© Libro N° 6121. 21 Matrimonios Que Hicieron Historia. Castillo, Gerardo. Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título original: © 21 Matrimonios Que Hicieron Historia. Gerardo Castillo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
21
MATRIMONIOS QUE HICIERON HISTORIA
Gerardo
Castillo

© 2011 by Gerardo Castillo
© 2011 by EDICIONES RIALP, S.A. Alcalá,
290 - 28027 Madrid
Realización
ePub: produccioneditorial.com
ISBN:
978-84-321-3895-9
Depósito
legal: M-21582-2011
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A D. Ricardo Rovira Reich,
que me propuso escribir este
libro,
me sugirió algunos de los
personajes históricos incluidos
y me apoyó a lo largo de su elaboración.
G. C.
Existen muchos libros sobre la vida individual
de personajes extraordinarios, pero muy pocos sobre la vida compartida de ese
tipo de personajes en el ámbito del matrimonio.
Se ha dicho que detrás de un hombre
importante, hay una mujer importante (y viceversa). Aunque eso es ya un tópico,
con bastante frecuencia es una gran verdad. Por otra parte, me parece
prácticamente imposible hacer una buena biografía de una persona casada sin
tener en cuenta cómo fue la relación con su cónyuge, sobre todo cuando esa
relación se mantuvo con fidelidad a lo largo de muchos años, hasta el final de
su vida.
Es muy significativa, en este sentido, la
historia de hombres famosos y de mucha categoría, que deben gran parte de su
éxito a la ayuda oculta y abnegada de sus esposas. En este libro hay varios
ejemplos: Pierre Curie, G. K. Chesterton, Jacques Maritain, Carlos de Austria,
Ronald Tolkien, Juan Ramón Jiménez, Miguel Delibes, Balduino I de Bélgica.
El libro es el resultado de una investigación
sobre la historia de una serie de personajes extraordinarios ligada a la de un
cónyuge también extraordinario. Han sido elegidos en función de dos criterios:
ser protagonistas de una época histórica y haber vivido una bella y meritoria
historia de amor conyugal. Hay nueve matrimonios de reyes y siete de
escritores. A ellos se añade un caso de cada una de estas actividades:
artesanía, historia, política, música y ciencia.
La mayoría se casaron por amor. Cuatro fueron
matrimonios políticos o de conveniencia y luego se transformaron en matrimonios
de amor. Así, Luis IX de Francia y Margarita de Provenza se casaron sin haberse
conocido, o Isabel de Hungría y Luis de Turingia como consecuencia de un pacto
entre los padres de ambos. En los dos casos nació un amor que luego se mantuvo
siempre vivo. Está claro que el proceso seguido en ambos casos no es ortodoxo
ni recomendable, pero nos proporciona una enseñanza: la buena voluntad por
parte de ambos cónyuges siempre es positiva y, a veces, hace «milagros».
En el libro hay
también casos de amor a contracorriente, que sobrevive
la tragedia de la
guerra o que supera diferencias de edad y de forma de ser, como el de Nicolás
II de Rusia, Alfonso XII o Antonio Machado.
Pienso que el conocimiento de esa constante
histórica de matrimonios unidos, fieles y felices en medio de grandes
dificultades, puede ser una referencia valiosa para el debate actual sobre la
institución matrimonial. Además, los testimonios recogidos abarcan un marco
temporal muy amplio: desde el año 40 después de Cristo hasta 1960. En la
relación de matrimonios que figura en el índice del libro, junto a un «titular»
sobre cada uno, consta el año de la boda.
Confío en que la descripción de estos
testimonios contribuya a recuperar la narrativa del éxito amoroso en el
matrimonio, así como la confianza en esta institución de origen natural, frente
al actual monopolio de descripciones de fracaso conyugal.
G. C.
1. AQUILA Y PRISCILA (40 D.C.)
EL SERVICIO A LA
COMUNIDAD CRISTIANA ENRIQUECIÓ SU RELACIÓN CONYUGAL Y
FAMILIAR
Un matrimonio evangelizador en el origen de la Iglesia
Lo poco que se sabe de los esposos Aquila y
Priscila procede de la Sagrada Escritura. De los dos se hace mención conjunta
con grandes alabanzas tres veces en el libro de los Hechos de los Apóstoles
(18, 2-3) y otras tres en las Cartas de San Pablo (Corintios 1, 16; Romanos 16,
3-5; Timoteo 4, 19).
En pocos años la semilla del Evangelio se
había extendido por muchas regiones del Imperio Romano. En Roma fue acogida por
algunos judíos, entre ellos Aquila y Priscila, que se convirtieron al
cristianismo en los años cuarenta, después de haberlo predicado San Pedro y
antes de conocer a San Pablo. Ambos fueron discípulos y colaboradores de este
último, a partir del año 50 d.C., desempeñando un papel evangelizador muy
activo en los orígenes de la Iglesia.
Aquila era oriundo del Ponto. El nombre lo
tomó del latín, probablemente para ocultar su origen judío. Era un tejedor de
tiendas de campaña para uso doméstico que se había establecido en la ciudad de
Roma, de la que fue expulsado junto con su esposa por el edicto del Emperador
Claudio, promulgado en el año 49 y que alcanzaba tanto a judíos como a
cristianos. El historiador Suetonio alude al decreto de forma muy sintética:
«Expulsó de Roma a los judíos, pues provocaban desórdenes a causa de Cresto»
—de Cristo—. Se trataba de discordias dentro de la comunidad judía en torno a
la cuestión de si Jesús era el
El nombre de Priscila es el diminutivo de
Prisca (Anciana), utilizado por San Pablo cuando la menciona en sus Cartas y
Epístolas. Era ciudadana romana. Una larga tradición sostiene que estaba
emparentada con el senador Cayo Mario Corneliano, que hospedaba a San Pedro en
su casa, en el Viminale. Existen pinturas en las que San Pedro está
administrando el Bautismo a una joven llamada Prisca.
Priscila acompañó a su esposo en muchos
viajes. Su celo en difundir el Evangelio la hizo destacar al lado de Aquila. Se
la menciona siete veces por su nombre y no por el de su marido, y en cuatro de
ellas, en primer lugar. Esto es señal de que era muy conocida en su actividad
pastoral. Era, además, una mujer muy instruida, pues contribuyó a enseñar la
doctrina cristiana al hebreo Apolo, un hombre muy culto.
Obligados a dejar Roma, Aquila y Priscila se
trasladaron a Corinto, la capital de Acaya, situada entre los mares Adriático y
Egeo. Por su estratégica posición, entre oriente y occidente, fue una de las
grandes metrópolis del Imperio Romano. Era centro religioso, portuario y
comercial.
Allí los jóvenes emigrantes tuvieron que
ganarse la vida, entre griegos, romanos, africanos, judíos, etc., con
tradiciones y mentalidades muy diferentes. Corinto era núcleo de la industria
de la púrpura y del tejido. Por ello, no tardaron en instalar su propio taller
de fabricantes de tiendas, y llegaron a contar con muchos empleados a sus
órdenes.
Alojan a San Pablo en su casa
A los pocos meses de llegar a aquella gran
ciudad cosmopolita, al inicio de los años cincuenta, fueron visitados por un
viajero procedente de Atenas que les pidió asilo en su casa. Era Pablo de
Tarso, que llegaba abatido por la incomprensión hacia su trabajo apostólico por
parte de los atenienses, con quienes parece que no tuvo éxito. Años después lo
recordaba así: «Me he presentado ante vosotros débil, con temor y mucho
temblor». Pablo venía a Corinto con el propósito de iniciar allí una comunidad
cristiana.
Aquila y Priscila
sintonizaron desde el primer momento con Pablo, ya que compartían, además de la
fe cristiana, la misma profesión. Lo acogieron con alegría en su propio hogar y
le dieron trabajo en su taller. El matrimonio trabajó intensamente junto a San
Pablo en la propagación de la fe, y reunieron en su casa a los conversos,
llegando a constituir una pequeña Iglesia. Se inició así la Iglesia de Corinto,
con un equipo misionero compuesto por el apóstol y por un matrimonio.
En el ambiente de la ciudad abundaban el lujo
y la corrupción, el culto a los ídolos de todo tipo y los espectáculos
sangrientos llegados de Roma, y no era fácil que arraigara la vida cristiana.
Además, Corinto estaba consagrada a Afrodita. Sin embargo, en pocos años la
Iglesia de Acaya llegó a ser una de las principales. En un entorno que parecía
sordo a las mociones de la Gracia, se bautizaron, entre otros personajes
importantes, Crispo, el jefe de la sinagoga, y Erasto, tesorero de la ciudad,
además de libertos, artesanos, esclavos, etc.
Pablo recordaría más tarde a los corintios:
«Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni
los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los
lujuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y esto erais algunos.
Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en
el nombre de Jesucristo el Señor y en el espíritu de nuestro Dios».
Acompañan a San Pablo en sus viajes apostólicos
En el año 52 Pablo dejó Corinto tras una
extraordinaria labor apostólica, algunas incomprensiones y también la expulsión
de la sinagoga. Se encaminó a Éfeso, acompañado de Aquila y Priscila. La nave
llegó al puerto de Palermo, y los viajeros subieron a una barca que los
trasladó a Éfeso.
Muy pronto Pablo pronunció su primer sermón
ante los judíos, en la sinagoga local. Sus oyentes quedaron tan impactados que
le pidieron que se quedara a vivir con ellos, pero él deseaba ir a Siria,
aunque les prometió regresar. Éfeso era el centro de la región más poblada de
Asia y en ella vivía una importante colonia de hebreos. Algunos de ellos,
venidos
de la diáspora, habían recibido la predicación de Juan el Bautista.
Estos discípulos del Bautista no sólo no
habían recibido el Espíritu Santo, sino que ni siquiera tenían noticia de su
existencia. Uno de ellos era Apolonio, abreviado Apolo, una persona elocuente y
versada en las Escrituras. Un día Aquila y Priscila escucharon la predicación
de Apolo en la sinagoga; les impresionó su discurso mesiánico, pero detectaron
algunas deficiencias en su formación cristiana que le propusieron resolver.
Apolo aceptó la ayuda y pidió ser bautizado. Más adelante fue a predicar a la
Iglesia de Corinto.
Cuando San Pablo escribe en Éfeso su Primera
Carta a los Corintios, junto a sus saludos, envía también los de Aquila y
Priscila, junto con la Iglesia que se reúne en su casa.
Sabemos, por la Carta de San Pablo a los
Romanos, escrita hacia el año 57, que Aquila y Priscila regresaron a Roma desde
Éfeso, y también allí constituyeron una Iglesia en su hogar. Pablo, al escribir
a los romanos, dice lo siguiente: «Saludad a Prisca y Aquila, colaboradores
míos en Cristo Jesús. Ellos expusieron sus cabezas para salvarme. Y no estoy
solo al agradecérselo, sino también lo hacen todas las Iglesias de la
gentilidad; saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa».
La casa de Alquila y Priscila estaba,
probablemente, en los cimientos de la iglesia actual de Santa Prisca, en el
Aventino. En una de las excavaciones arqueológicas se encontró, en ese lugar,
la tablilla que indicaba quién era el titular de la casa: «Títulus Santae
Priscae».
Aquila y Priscila regresaron a Éfeso. Allí se
encontraban hacia el año 67, pues San Pablo les envía saludos en su segunda
Carta a Timoteo. El Martirologio Romano afirma que estos dos esposos cristianos
murieron en Asia Menor, aunque según la tradición, fueron martirizados en Roma.
Los conmemora como santos el 8 de julio.
* * *
Un matrimonio comprometido
Aquila y Priscila
fueron un matrimonio cristiano ejemplar, del que se
aprende mucho sobre el compromiso y la entrega
que deben prestar los esposos al servicio del Reino de Dios. Así lo ha
manifestado Benedicto XVI: «Honramos a Aquila y Priscila como modelos de una
vida conyugal responsablemente comprometida al servicio de toda la comunidad
cristiana. Y encontramos en ellos el modelo de la Iglesia, familia de Dios para
todos los tiempos»[1].
Nos han legado un extraordinario testimonio
del ministerio laico: el de hacer apostolado en equipo, como esposos y ante una
Autoridad de la Iglesia. De su ejemplo se obtienen muchas lecciones. En primer
lugar, la de que ese compromiso con la comunidad cristiana beneficia también a
la propia comunidad conyugal: «La cotidiana comunión de su vida se prolonga y,
en cierto sentido, se sublima, al asumir una común responsabilidad a favor del
Cuerpo místico de Cristo, aunque sólo sea de una pequeña parte de éste»[2].
Esa sublimación de la comunidad conyugal se
traduce aquí en un refuerzo de la unidad entre los esposos y en un
fortalecimiento gracias a las virtudes del otro. El matrimonio es así ámbito de
perfección permanente y camino de santidad. Los esposos se santifican
cumpliendo, por amor a Dios, los fines y deberes del matrimonio. Es bien
significativo que en la Biblia nunca se les menciona separados. Estuvieron
siempre juntos, en la vida conyugal y en el ministerio al servicio de la
Iglesia.
Unidad de vida
Una segunda lección: Aquila y Priscila viven
la coherencia con su fe en los ámbitos de su vida familiar, profesional y
misionera. No sólo logran conciliar lo familiar y lo profesional-social, sino
que enseñan que la casa puede y debe transformarse en una pequeña Iglesia, en
una pequeña comunidad con proyección evangelizadora, en una Iglesia doméstica:
«No sólo en el sentido de que en ella tiene que reinar el típico amor
cristiano, hecho de altruismo y recíproca atención, sino más aún en el sentido
de que toda la vida familiar, en virtud de la fe, está llamada a rotar en torno
al único señorío de Jesucristo. Por eso, en la Carta a los
Efesios, Pablo compara la relación matrimonial
con la comunión esponsalicia que se da entre Cristo y la Iglesia»[3].
Aquila y Priscila nos muestran así que todo
matrimonio cristiano, además de manifestar su amor y virtudes en casa, en el
ámbito del hogar y la familia, también debe vivirlo fuera de casa, dando
testimonio ante muchas personas.
Un hogar cristiano abierto y hospitalario
Ellos son un buen ejemplo de cómo tener el
hogar abierto a Dios y al prójimo. Además, por sus frecuentes traslados, su
hogar era tan móvil como las tiendas de campaña para uso doméstico que
fabricaban.
Recordemos que cuando el apóstol Pablo llega a
Corinto, dolido y desanimado por la hostilidad e incomprensión de los
atenienses, se encuentra sólo y sin trabajo. En ese momento es acogido
amorosamente por Aquila y Priscila, que le proporcionan una morada segura: le
invitan a vivir en su casa y a trabajar en su taller como tejedor. Para Pablo
aquella casa no fue un hotel, sino un auténtico hogar familiar. Bajo ese techo
nace así una floreciente comunidad cristiana.
Otra generosa acogida se produce cuando el
judío alejandrino Apolo, recién convertido al cristianismo, predica
valientemente a los judíos de Éfeso. Recordemos que Aquila y Priscila acuden un
día a escucharle a la sinagoga y, viendo su limitado conocimiento de la
doctrina cristiana, le invitan afectuosamente a vivir en su hogar con el
propósito de completar su formación: «Cuando Priscila y Aquila lo escucharon,
se lo llevaron a su hogar y le explicaron el nuevo camino hacia Dios con más
detalle».
Sabían, por tanto, que eran Iglesia, y que
instruir a Apolo era responsabilidad suya. Su empeño contribuyó de manera
decisiva a la labor evangelizadora de Apolo en la región de Acaya.
Entre los cristianos primitivos se vivía la
hospitalidad, hasta el punto de provocar la admiración por parte de los
gentiles. A esa práctica se la ha denominado la gloria del hogar y la flor de
la vida hogareña.
Las epístolas del Nuevo Testamento exhortan a
vivir esa virtud cristiana especialmente hacia los caminantes, conocidos o
desconocidos:
«No os olvidéis de la hospitalidad, porque,
por ella, algunos hospedaron a los ángeles» (Hebreos 13,2). Se refiere al bello
gesto de Abraham y Sara, cuando prepararon una comida para los forasteros que
vinieron a la puerta de su tienda, y más tarde demostraron ser ángeles.
La capacidad de acogida de este matrimonio no
se debilitó ante los cambios de residencia y de país, los viajes frecuentes por
motivos profesionales y evangelizadores y la resistencia y hostilidad de las
personas que intentaban convertir.
[1]
Intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de los miércoles, para
presentar a los esposos y primeros cristianos Priscila y Aquila. (Febrero de
2007).
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
2.
PLUTARCO DE QUERONEA Y TIMÓXENA (46 D.C.)
LA UNIÓN DE LOS ESPOSOS
SE REFUERZA CON LOS HIJOS QUE DUELEN
La etapa de formación del joven Plutarco
Plutarco fue historiador, filósofo, moralista
y educador griego. Nació en el pequeño pueblo de Queronea (Beocia), actualmente
desaparecido, hacia el año 45 de nuestra era. Murió en la misma ciudad, en el
año 125.
Inició sus estudios en su ciudad natal,
apoyado por su abuelo Lamprias y su padre Nicarco. Tuvo dos hermanos, Timón y
Lamprias, a los que menciona con frecuencia en sus escritos.
Se trasladó a Atenas para completar su
formación, y fue discípulo del peripatético Ammonio Saccas y del retórico
Emiliano. Su amplísima erudición puede deberse, en parte, a sus muchos viajes.
Tuvo mucha influencia en importantes
personajes romanos —se cree que uno de ellos fue el joven Trajano—. Entre sus
amigos figuran L. Mestrio Floro, que le concedió la ciudadanía romana. Fue
cónsul bajo Trajano y procurador de Acaya con Adriano. Aunque influido por la
moral estoica, polemizó muchas veces con sus adeptos.
El matrimonio y la vida familiar
Plutarco contrajo
matrimonio con Timóxena, con quien tuvo cuatro
hijos varones y una hija. Hombre muy
religioso, desempeñó un sacerdocio vitalicio en Delfos tras convertirse en el
oráculo de Queronea.
No conoció el cristianismo, pero sus teorías
se asemejan mucho a las de esa religión, siendo estimado pronto como un cripto
cristiano. De hecho, algunos importantes pensadores cristianos se nutrieron de
la doctrina contenida en sus obras.
Vivió hasta una edad muy avanzada, consagrado
al estudio, a la redacción de sus obras y a la vida familiar, rodeado de su
esposa, de sus hermanos Timón y Lamprias y de sus hijos.
Entre sus obras históricas hay que destacar
«Vidas paralelas», que es un conjunto de biografías de personajes griegos y
romanos emparejadas en función de sus semejanzas de carácter y concluidas con
una comparación. El autor aclara que no se proponía tanto escribir historias
como estudiar la influencia del carácter en la vida de las personas. Siguiendo
un criterio moralizante, los biografiados aparecen como esclavos de la pasión o
como modelos de virtud.
Su amplia obra se ha dividido en dos
apartados: «Vidas paralelas» y «Obras morales y de costumbres» (Moralia). En este último figuran libros
de carácter ético junto a otros sobre temas muy diversos, entre ellos el
matrimonio y la familia.
Retrato de Plutarco como esposo y padre
Un autor como Plutarco, que da muchos consejos
sobre el amor conyugal, ¿cómo realizó su propio papel en el matrimonio?
La Carta
de consuelo a Timóxena le retrata bien como esposo y padre. La escribe con
ocasión de la muerte de su hija pequeña, también llamada Timóxena, ocurrida en
su ausencia. El mensajero enviado por su esposa no lo encuentra, y es en
Tanagra donde recibe la noticia a través de una nieta. Antes de esa hija ya
habían muerto dos hijos varones. Uno era el mayor.
La Carta debió de ser redactada en el espacio
de tiempo transcurrido entre el conocimiento de la noticia en Tanagra y el
regreso junto a su
esposa en Queronea, para que ella tuviera este
consuelo antes de su llegada.
El escrito tiene un carácter espontáneo; sale
del corazón de su autor. Habría sido redactado de forma improvisada y a
vuelapluma en su breve estancia en Tanagra. Contiene elementos propios del
género epistolar, tales como la inutilidad de los consuelos y de los llantos
emitidos por personas ajenas; la inutilidad de la pena excesiva; la
superfluidad de los signos externos de luto; el balance entre bienes y males de
la vida; la consideración de la muerte temprana como un gran bien; la
inmortalidad del alma por la que ésta, tras la muerte, regresa a su verdadera
patria.
El documento revela que Plutarco no es el
esposo y padre «clásico», caracterizado más por el mando que por el afecto,
sino una persona sensible y tierna que sabe consolar a la esposa, escucharla y
educar a sus hijos contando con ella.
En el inicio de la Carta se aprecia una
actitud de acompañamiento en el dolor de su esposa, apoyándose en el amor
compartido y en la educación de sus hijos: «Tú misma lo sabes por haber criado
conmigo tantos hijos en común, habiéndolos educado nosotros mismos a todos en
casa. Y sé que dichosamente ocurrió que te naciera una hija cuando lo deseabas
después de cuatro hijos, lo que a mí me dio la ocasión de ponerle tu nombre.
Pero se añade también una particular amargura al afecto por criaturas tan
pequeñas: su dulzura es siempre pura y sin mezcla de cualquier ira o reproche».
Tanto la crianza como la educación se llevó a
cabo sin delegarlo en otras personas. El padre tuvo la delicadeza de poner a la
niña el nombre de su madre.
Amar incluye consolar a la persona amada. Y
Plutarco demuestra que domina el arte de consolar: invita a su esposa a tener
una visión positiva, centrada en los antiguos momentos felices, en los buenos
recuerdos: «No veo, querida mía, por qué estas cosas y otras semejantes que nos
hacían gozar, mientras estaba viva, ahora nos habrán de apenar y conturbar al
pensar en ellas. Transportándote con el pensamiento, intenta volver
frecuentemente a aquel tiempo en el que, por no haber nacido todavía esta
hijita, no teníamos reproche alguno contra la fortuna. Después, intenta unir
este tiempo de ahora con aquél, como si las cosas que nos han ocurrido fueran
de nuevo semejantes. No es necesario borrar del
recuerdo estos dos años y medio, sino, por el
contrario, contarlos entre lo placentero, porque nos proporcionaron alegría y
goce».
Otro argumento de Plutarco para consolar a su
esposa es prevenirla contra una posible pena inventada o, al menos, exagerada,
fruto de una excesiva subjetivación de lo sucedido: «Si tienes pena porque ella
partió sin casar y sin hijos, puedes hacerte la situación más llevadera
pensando en otras cosas, que no has quedado sin cumplir ni participar en
ninguna de estas celebraciones. (…) Ella, que ha marchado a un lugar sin
tristeza, no necesita que nosotros estemos tristes. Pues ¿qué pena vamos a
tener por su causa si para ella ahora no existe tristeza alguna? (…) A los que
mueren en la infancia no se llevan libaciones ni se celebran otros ritos para
ellos, como es natural que se haga a los muertos, porque no han tomado parte en
nada de la tierra ni de las cosas de la tierra. (…) No lo permiten las leyes
para personas de esa edad, en la idea de que no es piadoso observar el duelo a
esos que han partido a un tiempo hacia una suerte y una región mejor y más
divina».
La pena exagerada ha sido estudiada por C. S.
Lewis en El problema del dolor, donde da pistas para
desentrañar ese enigma. Veinte años después
de su publicación falleció su esposa, Joy Gresham, a causa de un cáncer. Su
historia de amor sirvió de argumento a la película Tierras de penumbra,
basada en el diario de Lewis, publicado en 1961 con el título de Una
pena en observación.
Lewis reflexiona sobre su propia experiencia
del dolor. Inicialmente se rebela, hasta que advierte el desorden de su
pensamiento doliente: haber pensado más en sí mismo que en su mujer y en Dios.
La pasión del dolor había oscurecido su mente. Descubrir su pasado egoísta le
lleva a cambiar el orden de su pensamiento: primero Dios, luego su mujer y, en
tercer lugar, él mismo. Descubre también que, cuando nos apoyamos en la fe en
los momentos de mayor sufrimiento, no estamos solos.
Plutarco manifiesta una gran admiración hacia
Timóxena, usando diferentes elogios. Sabe expresar el amor que le profesa.
La admiración juega un papel fundamental tanto
en el inicio del enamoramiento como a lo largo de la vida conyugal. La cohesión
de la relación requiere que cada cónyuge renueve la admiración hacia el otro,
tratando de captar sus valores ocultos. Cuando se debilita, disminuye la
tolerancia hacia los defectos ajenos.
Admiración por lo
nuevo, por lo ya conocido e incluso por lo olvidado. Para ello es útil
preguntarse: ¿qué fue lo que inicialmente me enamoró de mi cónyuge?
Es un factor de enriquecimiento mutuo: «Aparte
de proporcionar cobijo en medio de la tormenta, la admiración nos enriquece de
muchas maneras. Al ser admirados nos sentimos visibles, apreciados, amados, y
así se refuerza el amor que sentimos por nuestro cónyuge. Al experimentar y
expresar admiración, nos sentimos orgullosos de la elección de la persona que
hemos hecho, confirmados en nuestro juicio y fortalecidos en nuestra percepción
del amor»[1].
Expresar el amor y manifestarlo, además, de
forma cariñosa, es también un factor clave. Hay que mostrar al otro cónyuge lo
que uno es por dentro, sin temor a confiarse totalmente en él.
Un error frecuente es compartir sólo o
principalmente lo que se tiene y lo que se hace. Suele ir ligado al miedo a
expresar los propios sentimientos. Se olvida así que compartir una vida es
mucho más que vivir en la misma casa.
Retrato de Timóxena como esposa y madre
Las palabras de Plutarco en la misma Carta nos
aportan un retrato de Timóxena como esposa y madre lleno de admiración: crió y
educó con mucho amor, dedicación y sacrificio a cinco hijos; crió con su pecho
a Queronte, el pequeño de los varones, a pesar de lo incómodo que le resultó;
supo afrontar con serenidad, dignidad y prudencia el dolor ocasionado por la
muerte temprana de varios hijos; vivió con modestia y sencillez: «Por tu
modestia en el aspecto y la simplicidad en tu género de vida no hay filósofo a quien
no hayas asombrado cuando ha estado en compañía y relación con nosotros, ni
tampoco ciudadano a quien no haya servido de espectáculo tu propia sencillez
cuando has asistido a ceremonias sagradas, sacrificios o representaciones
teatrales. Además, en asuntos tales, también manifestaste ya una gran firmeza
al perder al mayor de tus hijos y otra vez cuando nos dejó el buen Querón. ¡Tan
prudentemente mantuviste en orden la casa en una ocasión que da gran
posiblidad de desorden! Sin embargo, tú le
criaste con tu propio pecho y soportaste con firmeza una intervención
quirúrgica cuando el pezón sufrió una contusión. Esto es nobleza y amor de
madre».
Las claves de la felicidad conyugal de Plutarco y Timóxena
Plutarco da una serie de consejos a dos
antiguos discípulos suyos, Poliano y Eurídice, para ayudarles a ser felices en
su matrimonio. Es una invitación a vivir virtudes y actitudes positivas
recíprocas entre los esposos, que el propio Plutarco trató de practicar en las
relaciones con su esposa Timóxena: el respeto mutuo, la comprensión recíproca,
la tolerancia, la fidelidad conyugal, etc., y que a los dos les dio buen
resultado.
Frente al pensamiento histórico anterior,
Plutarco pone todo el significado y peso del matrimonio en una simbiosis
espiritual entre los esposos, y no en una mera unión de los cuerpos y de los
bienes materiales.
La función de la mujer también es nueva, ya
que Plutarco no acepta que se la siga relegando a los trabajos de la casa.
Ahora participa en discusiones filosóficas. Y al esposo le corresponde
favorecer la formación de su esposa con un objetivo: que al participar ambos de
los mismos bienes espirituales la unión matrimonial sea más duradera y feliz.
En esta concepción del matrimonio se amplían
los derechos de la mujer casada, aunque todavía se frena su emancipación con
respecto al hombre. El marido sigue siendo el jefe de la casa, aunque Plutarco
le exige fidelidad y comprensión con la esposa, si es que quiere conservarla
honesta y fiel a su matrimonio, y no coqueta y dedicada únicamente al adorno
personal, descuidando los trabajos propios de su estado. También le concede
mayor papel a Eros, al amor, en el matrimonio. Esta institución no sirve sólo
para la procreación de hijos, sino también como base para la amistad y la
concordia.
En las relaciones conyugales, Plutarco se guió
por normas muy concretas. A continuación transcribo algunas, extraídas de su
escrito sobre Consejos conyugales:
Consejo
a los recién casados: «Al principio es necesario, sobre todo, que los recién casados se guarden de
discordias y enojos, al observar que algunos recipientes caseros, por estar
hechos de piezas sueltas, en un primer momento se hacen pedazos a la primera
ocasión que hay, pero, con el tiempo, cuando las junturas se han armado bien,
apenas pueden ser separadas con el fuego y el hierro. (…) El ardiente amor de
los recién casados, que se enciende por la hermosura del cuerpo, no es duradero
ni constante a menos que, estando asentado firmemente en la moral y sujeto a la
razón, adquiera una animada disposición».
Consejo
para reforzar la unión conyugal: «Platón dice que es
feliz y dichosa la ciudad en la que
rara vez se oye pronunciar: “esto es mío y eso no es mío”; porque los
ciudadanos usan en común, en la medida en que les es posible, las cosas que son
dignas de alguna importancia. Con mayor razón conviene desterrar del matrimonio
tales expresiones. (…) Es hermoso que la mujer simpatice con las cosas del
marido y el marido con las de la mujer, para que así como los nudos se
refuerzan mutuamente entrelazándose, del mismo modo, dándose cada uno de los
esposos afecto en correspondencia, se salve a través de ambos su unión».
Consejo
relacionado con el cultivo de actitudes positivas entre los cónyuges: «El
romano, al ser censurado por sus amigos, porque había repudiado a una mujer prudente, rica y hermosa, extendiendo hacia
ellos su calzado, dijo: “También éste es hermoso a la vista y nuevo, pero nadie
sabe dónde me aprieta”. Así pues, es necesario que la mujer no confíe en su
dote matrimonial ni en su linaje ni en su hermosura, sino en aquellas cosas con
las que pueda adueñarse mejor de su marido, esto es, su conversación, su carácter
y su complacencia, y éstas cosas no ofrecérselas cada día con dificultad y que
le molesten, sino de forma armoniosa, que no le causen dolor y que estén llenas
de afecto. Ya que, así como los médicos temen más las fiebres que surgen por
causas desconocidas y que aparecen poco a poco que las que tienen motivos
evidentes y grandes, así los pequeños, continuos y diarios disgustos entre
marido y mujer, que pasan desapercibidos a la mayoría, dividen y perjudican la
vida matrimonial».
Esos consejos de Plutarco me sugieren tres
comportamientos que considero decisivos en la vida matrimonial:
Saber vivir de forma
positiva la fase
inicial, de «rodaje»,
del
matrimonio:
en contra de lo que suele creerse, el primer año de vida conyugal no es fácil. No es una
situación de prolongación de la «luna de miel», sino de riesgo. Los recién
casados se encuentran con la necesidad de adaptarse a una realidad muy
diferente de la del noviazgo. Ello les plantea el reto de armonizar muchas cosas:
los caracteres; las costumbres y formas de vida; las funciones a realizar en el
hogar; los criterios para la toma de decisiones; los proyectos; la postura con
respecto al trabajo profesional de la esposa, etc. Con la llegada de la vida en
común, de la convivencia continuada y ampliada a espacios de mayor intimidad,
cambia mucho la «decoración»: desaparecida la idealización propia del noviazgo,
cada uno se muestra ante el otro como es, sin disfraces. Se descubre así que la
persona amada tiene defectos inesperados que hacen difícil la convivencia. En
ese momento es fundamental empezar a aceptar al otro como es, y desarrollar
actitudes positivas para la convivencia — comprensión y respeto, sobre todo—.
Pero ese aprendizaje no es sencillo.
Crecer
en un amor que supera el «yo» y el «tú» para llegar al «nosotros»: en
el amor conyugal auténtico existe un deseo de unión total entre los esposos. Es deseo amoroso de formar una unidad estable
entre dos personas: junto al «yo» y al «tú», que no desaparecen, surge el
«nosotros». El amor no reside ni en el amante ni en el amado, considerados
individualmente y de forma independiente. El amor no es un yo conmigo, sino contigo, para hacer un nosotros.
El amor no es individual, sino interpersonal: es cosa de dos, es una realidad
compartida que se compone de amar y ser amado.
Saber
alegrar la vida del otro: hay que crear una atmósfera de alegría en la vida conyugal. Ello pasa por el
olvido de sí y requiere cierta creatividad; por ejemplo, preguntarse cada día:
«¿Qué puedo hacer hoy para que mi cónyuge tenga una jornada feliz?».
El amor conyugal de Plutarco y Timóxena
Plutarco nos ha transmitido cómo entendió y
vivió el amor conyugal en su libro Erótico.
Está escrito en forma de diálogo y pertenece a la
tradición de diálogo filosófico sobre el amor.
Es una defensa del amor hombre-mujer en el seno del matrimonio. A continuación
selecciono dos ideas:
Sobre
la convivencia y comunicación en el matrimonio: Plutarco pone en la boca de su hijo Aristóbulo
estas palabras: «mi padre, antes de que nosotros naciéramos, recién casado con
mi madre, a raíz de una disputa y desavenencia surgida entre los padres de
ambos, fue allí (Tespias) para ofrecer un sacrificio al Amor y llevó a mi madre
a la fiesta, pues a ella correspondía la plegaria y el sacrificio. De su patria
le acompañaban sus amigos íntimos. (…) Durante dos o tres días, según parece,
estuvieron todos juntos por la ciudad, filosofando tranquilamente en las
palestras y en los teatros».
Sobre
la función de la amistad en la vida conyugal: «El
Amor que ha prendido en un alma bien
dotada y joven culmina en la virtud a través de la amistad; mientras que esos
deseos hacia las mujeres permiten sólo disfrutar del placer y goce de la
juventud y del cuerpo. (…) Pues el fin del deseo es el placer y el goce. En cambio
el Amor, cuando pierde la esperanza de la amistad, no quiere permanecer ni
cultivar lo molesto y floreciente de la juventud, si no produce el fruto propio
de su carácter en forma de amistad y virtud».
Esas ideas de Plutarco apuntan a dos aspectos básicos del amor
conyugal que considero básicos:
Quererse
como casados es vivir con el otro y para el otro: la
vida en común propia del matrimonio,
en la que no tienen cabida los comportamientos de «autorrealización» a costa
del otro, es aplicación diaria de un proyecto común formulado en el momento de
casarse. La comunicación en el matrimonio requiere momentos y lugares en los
que los cónyuges se encuentran a solas. Son situaciones de conversación
sosegada, de intimidad conyugal, de profundización en el conocimiento del otro,
de mutua contemplación.
Ser
amigos, además de cónyuges: la integración de la
amistad en el amor conyugal es un
síntoma de la maduración de ese amor. Sobre todo refuerza su carácter
interpersonal, su capacidad de ligar a dos personas en cuanto personas, lo que
las preserva de los males de la división, del individualismo y del aislamiento.
Sin esa reciprocidad el amor no puede llegar a su plenitud. El amor de
benevolencia propio de la amistad es
ayuda
mutua para el desarrollo personal. Cada cónyuge se convierte así en formador de
su cónyuge.
* * *
Escritos de Plutarco consultados:
Tres libros pertenecientes a Obras
morales y de costumbres (Moralia),
Gredos, Madrid, 1996:
Libro II, sobre los
deberes del matrimonio (pp. 171-205).
Libro VIII, en Escrito de consolación a su mujer (pp.
307-325)
Libro X, en Erótico (pp. 10- 123).
[1]
BRANDEN, N. La psicología del amor
romántico. Paidós, Barcelona, 2000, pp. 195-196.
3.
LUIS IX DE FRANCIA Y MARGARITA DE PROVENZA
(1200)
EL MATRIMONIO POLÍTICO
QUE SE TRANSFORMÓ EN UN MATRIMONIO DE AMOR
Un príncipe de padre francés y madre española
Luis IX de Francia nació el 25 de abril de
1214 en el castillo de Poissy, cerca de París, lugar donde residía entonces la
familia real. Era hijo de Luis VIII y de la infanta Blanca de Castilla, hija de
Alfonso VIII y de Leonor de Inglaterra.
Margarita de Provenza nació probablemente en
el año 1220. Era hija de Raimundo Berenguer, conde de Provenza, y de su esposa
Beatriz de Saboya. Se casaron el 17 de mayo de 1234. Luis tenía 20 años y
Margarita 14.
Blanca de Castilla tuvo una gran influencia
tanto en la formación de la personalidad de su hijo Luis, como en su posterior
matrimonio con Margarita. Por ello es obligado destacar los rasgos más
relevantes de su perfil biográfico.
El matrimonio político de Luis VIII de Francia y Blanca de
Castilla
Blanca de Castilla, junto con sus dos hermanas
Berenguela y Urraca, nació en el castillo de Palencia, residencia de la familia
real. Por un tratado de paz entre Felipe Augusto II de Francia —padre de Luis
VIII—
y Juan I de Inglaterra, se dispuso el
casamiento del heredero francés con una princesa castellana.
Un día llegaron al castillo de Palencia unos
embajadores del rey Felipe Augusto, con el fin de formalizar el matrimonio
político. Descartaron el proyecto inicial de unión entre Luis y Urraca, debido
a que ese nombre de mujer les chocó mucho —de hecho ninguna reina de Francia se
había llamado Urraca; consideraron que una princesa extranjera no sería popular
con ese nombre—. Por ello, eligieron a su hermana Blanca, que tenía 12 años en
ese momento. Era menos bella que Urraca, pero en cambio poseía muy buenas cualidades
personales y mucho fervor religioso. La boda se celebró en una iglesia de
Normandía, el 23 de mayo de 1200. Por tratarse de dos adolescentes, durante
cuatro años durmieron en cámaras aisladas.
Esta etapa de matrimonio blanco la sobrellevó
Blanca sin impaciencia. Había sido educada en la idea del deber y en la
supremacía de la razón sobre la pasión y el sentimentalismo. En cambio, Luis,
que estaba muy enamorado de su esposa, aguardaba impacientemente el inicio de
la cohabitación. Además «hubiera preferido tal vez hallar en ella una enamorada
más ardiente, en lugar de una dócil esposa, preocupada únicamente de sus
deberes y sus ambiciones maternales; pero tuvo la delicadeza de no
reprochárselo jamás. Jamás nube alguna vino a turbar la felicidad conyugal de
los Delfines»[1].
Ella tenía 17 años y él 18 cuando llegó su
primer hijo, que no vivió. Luego nacieron tres más, que tampoco sobrevivieron.
El primero que lo consiguió fue Luis —futuro Luis IX—. Posteriormente llegaron
otros siete hijos.
Muere Luis VIII y su
heredero queda bajo la regencia de Blanca de Castilla, su madre
Luis VIII murió inesperadamente en 1226,
atacado de una crisis de disentería, cerca de Montpensier. La nueva situación
era la siguiente:
«Un rey niño de doce años, que se llama Luis
IX y recibe sobre los débiles hombros el peso de una sucesión agobiadora. Junto
a él, su
madre, mujer enérgica, valiente, inteligente,
consagrada exclusivamente al bien de sus hijos y al interés de su país de
adopción. Un personal adicto, la nobleza de la corte, los funcionarios adeptos
a la dinastía capeta y obligados por el juramento prestado ante Luis VIII
moribundo: ayudar, sostener, servir, defender al rey niño»[2].
Blanca vio cómo, de pronto, su vida se
complicaba extraordinariamente: «En un instante perdía toda su felicidad y se
veía revestida de la más pesada tarea. Cuatro hijos, de los que el mayor, el
nuevo rey, no tenía sino doce años, y, además, el que llevaba en su vientre.
Era ya mucho para una madre sin el apoyo paterno. Además, el reino que había de
administrar y conservar, y la formación de un nuevo rey, cuya educación caía
ahora sobre ella sola. Por añadidura, ¿no era en Francia una extranjera que
suscitaba el recelo de la nación?»[3].
Blanca de Castilla educó a sus hijos en un
ambiente familiar parecido al que se había criado ella en tierra castellana,
caracterizado por la oración en común y las ceremonias religiosas. Proporcionó
a sus hijos excelentes maestros, dando preferencia a los religiosos dominicos.
Luis no fue, inicialmente, el niño bueno y
perfecto que algunos podrían fácilmente suponer. Era violento e inclinado al
placer. Al lado de su madre fue creciendo en virtudes. Ella le enseñó a
dominarse y a ser más prudente, le habituó a la práctica de diferentes deportes
y al estudio del latín, de la filosofía y de la teología moral. Día a día le
fue inculcando los deberes propios de su futura tarea de rey, así como el ideal
de una vida al servicio de Dios. Con frecuencia le decía: «Hijo mío, prefiero verte
muerto que en desgracia de Dios por el pecado mortal».
Un sector de la sociedad francesa aceptó y amó
al pequeño rey Luis IX, pero otro sector —barones y señores feudales ambiciosos
que buscaban aumentar como fuera sus privilegios—, no aceptaron que se le
confiase la regencia a Blanca. Se le reprochaba que fuera extranjera, que se
rodeara de servidores españoles y que educara a Luis más para clérigo que para
príncipe y soldado. Como reacción a esa campaña Blanca promovió la coronación
del joven rey en Reims, como Luis IX, el 29 de noviembre de 1226.
Los ocho años de regencia de Blanca de
Castilla fueron muy duros debido al empeño de la nobleza francesa y las cortes
para restar poder político a la corona.
Blanca de Castilla
entrega el poder a su hijo Luis IX y le busca esposa
El 5 de abril de 1234 Luis cumple 20 años.
Blanca hace que su hijo sea declarado mayor de edad, por considerar que tiene
ya madurez para gobernar. El 25 de abril del mismo año le entrega el poder que
había recibido en usufructo de su marido. Blanca tenía motivos para sentirse
satisfecha: «Durante los ocho años que durara la regencia no hubo uno exento de
guerra o de calamidad, pero gracias a su discreción, a su tenacidad, a su
inteligencia, y a la devoción de todos los instantes que consagrara a la causa
francesa, había Blanca unificado una nación que, a la muerte de Luis VIII,
amenazaba deshacerse en el desorden y en la anarquía»[4].
Con el beneplácito de su hijo, Blanca siguió
asociada al poder, aunque desde un segundo plano. Vigilaba la obra política que
había realizado con gran esfuerzo, especialmente la unidad de la nación y la
permanencia de la dinastía capeta. Luis unía la idea del matrimonio a la de su
ideal religioso. Sabía que su madre elegiría por él, en función del interés del
reino, pero estaba predispuesto a amar a esa mujer y a que fuese la única que
ocupara su corazón toda la vida.
Blanca se tomó muy en serio esa elección, ya
que le daba miedo que la futura esposa de su hijo fuera una intrigante o una
ambiciosa que se aprovechara de la bondad de Luis: «Desde varios años observa
Blanca de Castilla a las diversas princesas núbiles que hay en las diferentes
cortes de Europa, para escoger la que pudiera convenir a su hijo. ¿Qué
cualidades eran las que reclamaba de su nuera? La belleza no tenía importancia;
bastaba que no fuera de una fealdad repulsiva. Sólo importaban las cualidades morales
y, sobre todo, la piedad, pues la religión defiende a una mujer de los
extravíos del corazón y de los sentidos. Sana, fuerte, capaz de dar al mundo y
de educar hijos numerosos; tal debía ser la futura reina. El amor no tenía que
entrar en cuenta. Ella misma no se había casado por amor, sino sólo por
obedecer la razón de Estado. La afección, la estima y aun más, probablemente,
el hábito, habían dado a su unión con Luis VIII aquel carácter de
satisfacción tranquila que los hacían ser
considerados como un matrimonio feliz»[5].
Blanca se decidió por la hija mayor del conde
de Provenza, Margarita. Aunque físicamente era menos atractiva que sus hermanas
—Leonor, Sancha y Beatriz—, poseía muchas virtudes morales y era muy piadosa.
Luis aceptó esa elección. Luego inició secretamente las negociaciones de un
matrimonio político que, con el tiempo, se transformaría en un matrimonio de
amor.
Aprobado el matrimonio, cada uno, con su
cortejo, salió al encuentro del otro para coincidir en Sens, el 26 de mayo de
1235. Era la primera vez que se veían, pero eso no fue obstáculo: «Se gustaron
enseguida. Ella le amaba de antemano, por él mismo. Él la amaba de antemano, en
Dios»[6].
La boda de Luis IX y Margarita de Provenza
El matrimonio se celebró en una iglesia de
Sens, el 27 de mayo de 1235. Entre los invitados había muchos pobres y enfermos
que Luis cuidaba de forma habitual. Se les proporcionó alojamiento y comida
durante varios días. Luis quiso vivir la castidad conyugal desde el primer
momento:
«Las tres primeras noches el marido las quiso
pasar en oración. Ella se unió a él hasta que se quedó dormida con un sueño de
niño. Entonces él se decidió a coger esta flor de Provenza todavía en Capullo y
que sólo pedía abrirse. Jamás debía separar él de su alma un amor carnal que
fue único, transparente y fecundo. (…) La reina, enamorada y rendida, aceptó
sin quejarse jamás las reservas que su marido le impuso. Pues éste deseaba
practicar la castidad en determinadas épocas, el Adviento y la Cuaresma, y dentro
de la semana, los viernes y sábados, las vísperas de fiesta y las fiestas,
antes y después de la comunión»[7].
Esa conducta del rey es toda una lección de
continencia basada en el dominio de sí que siempre se impuso. Gracias a ese
autocontrol rebajó mucho la violencia original de su carácter y adquirió la
virtud de la paciencia, tan necesaria en la vida conyugal. De este enlace
nacerían
cinco hijos y seis hijas en lugares
diferentes: en Francia, en Egipto y en Tierra Santa. Les proporcionaron
abundantes esperanzas y también muchos dolores, pero supieron llevarlo juntos.
Los años de vida conyugal
Luis fue, desde el principio, un esposo y
padre ejemplar. El amor a su mujer era correspondido. Margarita le
proporcionaba comprensión y estímulo para trabajar sin descanso por sus
vasallos. Fue una esposa amante, fiel, abnegada y, en ocasiones, heroica. Lo
vemos en su decisión de acompañar a su esposo en sus penosos viajes de las
Cruzadas. También en el comportamiento que tuvo con la madre de Luis:
«Margarita de Provenza tuvo otro mérito más, y no de los menores: soportó a su
suegra. Hasta su marcha con el rey para la Cruzada, en 1248, es decir, durante
catorce años, tuvo que sufrir la autoridad de Blanca de Castilla, que, incluso
después de haber renunciado a la regencia, continuó aconsejando a Luis y
trabajando con él en la administración del reino. La intimidad, incluso
política, de la madre y del hijo no podía ser sino desagradable y penosa para
la joven reina. (…) La reina madre tenía acaparado al rey durante todo el día.
Los enamorados debían conformarse con las noches»[8].
¿Cuál fue la actitud de Luis ante las
frecuentes discrepancias ente suegra y nuera? Normalmente la de no intervenir,
elevándose por encima de ese conflicto. Se aislaba, intensificando sus rezos y
ayunos, evitando así tener que tomar partido. Pero en alguna ocasión supo
resistir abiertamente las intrusiones de Blanca en su matrimonio, por ejemplo
cuando ella se opuso a la marcha de su hijo a la Cruzada. Luis no la escuchó y
viajó con Margarita.
Luis IX fue una encarnación del modelo ideal de monarca
cristiano
El rey trabajó con denuedo y acierto para el
logro de la paz con otras naciones de Europa. Para ello no dudó en enfrentarse
a Enrique III de
Inglaterra, a quien derrotó en Tailebourg en
1242, firmando el Tratado de París de 1259. Además, trajo la paz interior a su
país, alterada por los señores feudales. Gobernó con sabiduría y prudencia.
Administraba justicia personalmente, atendiendo cada día las quejas de los
oprimidos y desamparados. Como cristiano coherente supo combinar la labor de
gobierno con el espíritu de oración y penitencia. Su ascetismo fue elogiado
tanto por comentaristas católicos como laicos. Voltaire dijo de él lo
siguiente: «No es posible que ningún hombre haya llevado más lejos la virtud».
Se entregaba a duras y frecuentes prácticas de
mortificación y a actos de humillación, como lavar los pies a los mendigos y
compartir su mesa con los leprosos. Defendió a la Iglesia de sus enemigos,
fundó muchos monasterios y construyó la famosa Saint-Chapelle en París para
guardar una colección de reliquias.
Fue el último monarca europeo que emprendió
Cruzadas contra los musulmanes. Dirigió dos con el objetivo de liberar el
sepulcro de Cristo. En la primera cayó prisionero en Egipto y fue liberado tras
pagar un rescate. En la segunda puso sitio a Túnez, pero la expedición fracasó
y el rey murió de disentería cerca de Cartagena, el 25 de agosto de 1270. El
día anterior recibió los últimos sacramentos. Tenía 56 años y había reinado
durante 44. Su sucesor fue Felipe III el Atrevido.
La permanente defensa de la religión
cristiana, unida a su fama de santidad como esposo y padre de familia y a su
testamento espiritual, motivaron su rápida canonización por parte de Bonifacio
VIII, el 11 de agosto de 1297, en la iglesia italiana de San Francisco de
Orvieto.
Testamento espiritual de Luis IX a su hijo Felipe III
«Hijo amadísimo, lo primero que quiero
enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus
fuerzas; sin ello no hay salvación posible. Hijo, debes guardarte de todo
aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal
manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que
cometer un pecado mortal. Además, si el Señor permite que te aflija alguna
tribulación, debes soportarla generosamente y
con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la
hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con
humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por
cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le
ofendas.
Asiste, de buena gana y con devoción, al culto
divino; mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin
necesidad, sino ruega devotamente al Señor con oración vocal o mental. Ten
piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos
según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te
harás digno de recibir otros mayores. Obra con toda rectitud y justicia, sin
desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre
que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor
diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo
las personas eclesiásticas y religiosas.
Sé devoto y obediente a nuestra madre, la
Iglesia romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en
alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la
herejía. Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un
padre amante puede dar a su hijo; que la Santísima Trinidad y todos los santos
te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad,
de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida,
los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén». (Acta Sanctorum
Augusti 5 [1868]1, 546).
* * *
Un matrimonio por el que nadie hubiera apostado
La forma como fue concertado este matrimonio
es todo un ejemplo de cómo no hay que hacerlo. Luis y Margarita no se casaron
por amor, sino por motivos utilitarios. Lo hicieron sin haberse conocido y, por
tanto, sin haberse elegido. No se les dio margen para el trato personal y para
el noviazgo, por lo que carecían de información acerca de si eran o no el uno
para el otro. A ello se añadían los pocos años de ambos. Los
matrimonios precoces suelen resultar mal,
debido a que a sus protagonistas les falta madurez para la vida conyugal: no
están en condiciones de asumir responsablemente el compromiso contraído y no
tienen conciencia de deberse el uno al otro. El hecho de que tanto Luis como
Margarita aceptaran voluntariamente el planteamiento hecho por sus padres desde
la conveniencia política—no parece que hubiera coacción—, no justificaba el
procedimiento seguido, ni daba motivos para la esperanza. En el juicio de la situación
previa a la boda conviene tener en cuenta un factor positivo que pudo ser una
de las claves de que este matrimonio político se transformara, con el paso de
los años, en un matrimonio de amor. Me refiero a la ya mencionada
predisposición personal de Luis y Margarita a amarse: «Se gustaron enseguida.
Ella le amaba de antemano, por él mismo. Él la amaba de antemano, en Dios».
Inicialmente no se querían, pero sí querían quererse. No había
amor-sentimiento, pero sí se iniciaba el amor-voluntad, que sería decisivo a lo
largo de la vida matrimonial. El profesor Hervada ha explicado la importancia
de esa segunda dimensión del amor: «El núcleo esencial del amor conyugal no es
sentimiento afectuoso, ni instinto, ni enamoramiento: es voluntad que impele y
ordena a las distintas potencias del ser humano a la unión, según las
exigencias de la justicia y la ley natural que son inherentes a esa unión. (…)
La fuerza del amor conyugal reside en el acto decisorio de la voluntad, al que
la espontaneidad añade facilidad y aun ayuda, pero no lo sustituye»[9].
En el matrimonio no basta «quererse»; es
necesario, también y sobre todo, querer
quererse: que los cónyuges estén decididos a convertir la atracción inicial
en actos concretos y continuados de amor. La experiencia dice que los
matrimonios que duran no suelen ser los que pusieron el énfasis en el
amor-pasión, sino los que lo pusieron en un amor-decisión de seguir
queriéndose.
Un segundo factor positivo en esta historia
amorosa es el siguiente: tanto Luis como Margarita llegaron a amarse por ser
personas con virtudes. Aristóteles decía que el verdadero amor sólo se da entre
personas virtuosas. Añadía que para quien obra conforme a la virtud, amar bien
es lo natural, mientras que para quien no es recto resulta muy difícil.
Crecieron como
matrimonio porque crecieron en virtudes
Para San Agustín, la virtud es ordo amoris, el orden en el amor. La
práctica de las virtudes en la vida matrimonial intensifica el amor, en cuanto
crea ocasiones para concretar la entrega recíproca. En la vida matrimonial de
Luis y Margarita se aprecia que ambos practicaron de modo especial dos virtudes:
la comprensión y la paciencia. Amar
implica comprender. El cónyuge
comprensivo sabe ponerse en el lugar del otro para ver las cosas como él las ve
y sintonizar con su estado anímico. Siendo comprensivo se evita la exigencia no
realista, que suele desembocar en conflictos.
Luis siente la comprensión de Margarita cuando
está agobiado por los problemas de gobierno, cuando se dispone a emprender una
Cruzada, cuando decide vivir temporalmente la castidad conyugal absoluta.
Margarita siente la comprensión de Luis con ocasión del sufrimiento que le
ocasiona su suegra. La postura de Luis ante las disputas entre madre y nuera,
originadas por las intromisiones de la primera, es discutible. Si su
neutralidad hubiera sido ocasional se podría interpretar como muestra de tacto
y prudencia, pero al ser habitual contribuyó a la pérdida de autonomía de su
matrimonio. Luis debió dejar claro desde el principio a su madre que él es
ahora en primer lugar esposo y sólo en segundo lugar hijo. Quien se casa debe
aprender a desprenderse de su anterior papel como hijo o hija de familia, para
asumir el nuevo papel de esposo o esposa. Esto supone cambiar el término de
referencia: pasar de la dependencia de la familia de origen a la
responsabilidad de fundar una familia. Una persona que se casa tiene el derecho
y el deber de decidir libremente con su cónyuge su propio estilo de vida
conyugal y familiar. Y los padres de ambos deben aceptarlo y respetarlo. Si no
lo hacen, dificultan que el matrimonio joven se desarrolle y consolide y
provocarán conflictos familiares.
En el amor hay que saber esperar. La paciencia es un ingrediente esencial del
amor y de la felicidad conyugal. Torelló lo explica así: «El amor verdadero
florece poco a poco; tiene necesidad de tiempo, de rocíos, de lágrimas y de
risas cotidianas, de horas oscuras vividas en común, de sucesivas revelaciones
mutuas, de flaquezas, de perdones
otorgados una y otra vez. La desilusión echa a
perder muchos matrimonios por impaciencia, por desfallecimiento en la incursión
hacia las profundidades de la riqueza vital del otro»[10].
He aludido ya a cómo se esforzó Luis en
dominar su carácter, adquiriendo la virtud de la paciencia. Margarita la
ejercitó soportando durante 14 años a su suegra y esperando sin quejas a su
marido con ocasión de sus frecuentes expediciones de guerra.
Un amor que permaneció siempre vivo
En su análisis del amor conyugal, San
Francisco de Sales pone como ejemplo al matrimonio de Luis IX y Margarita de
Provenza: «El afecto supo resistir a los dos grandes obstáculos destinados a
destruir la dicha de los esposos: la costumbre y los celos. Pues la costumbre
en el matrimonio puede engendrar la indiferencia, paciente y segura destrucción
de la vida conyugal. (…) Un amor que no se exprese, que deje al pasado y al
porvenir el cuidado de probarse, está ya muy enfermo. Prepara esas famosas
crisis de la treintena o de la cuarentena que los novelistas han analizado con
tanta frecuencia»[11].
Uno de los peores y más frecuentes peligros
que acechan la vida matrimonial es el acostumbramiento, la rutina. Con el paso
de los años algunas personas casadas se vuelven cómodas en la relación con su
cónyuge: todos los días son iguales, no hay novedades ni sorpresas. El amor
pierde su carácter de conquista y de aventura. Desaparece la conversación. Como
consecuencia, llega la desilusión y el aburrimiento.
Para prevenir esta enfermedad del amor, cada
cónyuge debe esforzarse en redescubrir motivos para seguir admirando al otro.
Por ejemplo, preguntarse a sí mismo de vez en cuando: «¿Qué fue lo que me
enamoró?». Eso que nos enamoró permanece, pero es preciso reactivarlo. Es
fundamental tener la actitud permanente de reestrenar el amor y el matrimonio,
pensando que cada nuevo día encierra una aventura posible.
El amor verdadero no es repetitivo, es siempre
nuevo y creativo, sabe inventar. Pero no sale solo, hay que construirlo día a
día, poniendo esfuerzo: «La llama del amor se mantiene viva porque los
enamorados se
ocupan cada día de llevar la madera suficiente
para que el fuego no se apague. El problema es que la madera cada día está más
lejos, y cada día el esfuerzo de encontrarla es mayor, pero siempre hay madera.
¡Hay que querer esforzarse por encontrarla!»[12].
Un segundo amor conyugal que sobrepasó al primero
A lo largo de los 35 años de vida en común, el
amor conyugal entre Luis y Margarita no sólo no decreció, sino que aumentó y se
enriqueció. Ello confirma una vez más, algo que se sabe por tradición: «El amor
conyugal no es, como la paradójica definición del genio, sino una larga
paciencia que la edad completa. El matrimonio no debe ser un descenso, sino una
ascensión, pero no hay ascensión sin sacrificio. Si llevan juntos las alegrías
y las penas de la vida cotidiana delante de Dios y con la fuerza de Dios, entonces
se desarrollará poco a poco el segundo amor, que es el verdadero misterio del
matrimonio. Sobrepasa tanto al primero como la madurez sobrepasa a la juventud,
y como el corazón que sabe renunciar sobrepasa al que no sabe más que abrirse y
expandirse. Algo grande se produce allí, pero como fruto de muchos sacrificios
y renunciamientos»[13].
El amor conyugal evoluciona con el paso de los
años. Ello posibilita que madure y se perfeccione, pero ese logro no se obtiene
sin el sacrificio y las renuncias de unos cónyuges que afrontan juntos las
penas y dolores que la vida les va deparando. Esa fue la actitud de Luis y de
Margarita.
Las sucesivas edades del amor conyugal son
puertas abiertas a nuevas formas de amar. Son invitaciones a amar más y mejor.
El buen amor huye del inmovilismo y tiende a adaptarse a las nuevas
circunstancias; lo que es bueno en una etapa puede no serlo en otra. El amor
que no evoluciona, que no se adapta a las nuevas situaciones, es un amor que se
instala en la inmadurez y que origina conflictos.
Con el paso de los años el amor tiende a ser
menos apasionado, pero en cambio se refuerza con la amistad entre los cónyuges,
que aporta diálogo, intercambio de confidencias, comprensión, consuelo, ayuda y
compañía. La relación suele ser más rica y
profunda que en la etapa inicial. Los matrimonios que dan ese paso no suelen
entrar en crisis. Un factor clave que ayuda a madurar en el amor conyugal es la
experiencia compartida de ir afrontando y superando pruebas. Cada prueba
afrontada en común une más a los esposos y fortalece su amor.
[1]
BRION, M: Blanca de Castilla. Madre de
San Luis, Rey de Francia. Edit. Juventud, Barcelona, 1953, pp. 38-39.
[2] Ibídem, p.135.
[3] BORDAUX, H.: San Luis Rey de Francia. Espasa-Calpe
Argentina, Buenos Aires, 1951, p. 90.
[4] BRION, M.: Op. cit.
p. 196.
[5] Ibídem, p. 213.
[6] BORDAUX, H.: Op.
cit. p. 115.
[7] Ibídem, p. 118.
[8] Ibídem, p 124.
[9] HERVADA, J.: Diálogos sobre el amor y el matrimonio,
EUNSA, Pamplona, 1987, pp. 37 y 52.
[10] TORELLÓ, J. B.: Psicología abierta. Rialp, Madrid, 1972,
p. 27.
[11] BORDAUX, H.: Op.
cit. p. 119.
[12]
Palabras de Carla Royo-Villanova, en el libro de Gerardo Castillo Confidencias de casados famosos y felices, Amat, Barcelona,
2006, p. 207.
[13] BORDAUX, H.: Op.
cit. p. 126.
4.
FERNANDO III Y BEATRIZ DE SUABIA (1219);
JUANA DE DAMMARTÍN,
CONDESA DE
PONTHIEU (1237)
UNO DE LOS MATRIMONIOS
MÁS FELICES DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA
El tierno amor de doña Berenguela de Castilla a su hijo Fernando
Con relación al año en que nació Fernando hay
distintas teorías. La tradicional es que ocurrió al año siguiente del
matrimonio de sus padres, el 24 de junio de 1198. El lugar fue el monasterio
cisterciense de Valparaíso, cerca del pueblo segoviano de Peleas de Arriba, en
un descanso de la corte itinerante de Castilla.
Sus padres fueron el rey Alfonso IX de León y
doña Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla. Fue un matrimonio político
realizado como solución para terminar con las frecuentes guerras entre ambos
reinos.
El matrimonio fue declarado nulo por razones
de parentesco y no contar con la dispensa papal. Como consecuencia, los esposos
tuvieron que separarse y Fernando se fue a vivir con su padre. Al ser
considerado hijo bastardo no se le reconocieron derechos sucesorios al reino de
León.
Alfonso VIII, abuelo y gran valedor de
Fernando en la defensa de sus derechos, llegó a un acuerdo con Alfonso IX para
que su hijo visitara con frecuencia a su madre y se educara con ella y con los
abuelos. Una manifestación del gran cariño que Berenguela tenía a su hijo es
que, a pesar de contar con una nodriza, la leonesa Teresa Martínez, le alimentó
de su propio pecho.
Fernando
fue educado por su madre en las virtudes del caballero cristiano
En la educación de Fernando su madre fue muy
exigente. Le formó en los hábitos, virtudes e ideales del caballero cristiano
medieval. A las prácticas caballerescas —manejo de las armas, equitación, caza,
etc.— se unían las prácticas piadosas.
Según el P. Retana, «de su madre doña
Berenguela aprendió las secretas virtudes que forman la nobleza del corazón, la
ternura del carácter; ella supo inculcar en el tierno corazón de su hijo la
tiernísima devoción a la Santísima Virgen, de la que dio testimonio durante
toda su vida el santo monarca, que nunca se separó de una imagen de la reina de
los Cielos, llevándola siempre como celestial capitana de sus ejércitos, en sus
continuas expediciones contra los infieles. Doña Berenguela inculcó a su hijo un
extraordinario espíritu de mortificación, no sólo exterior, sino interior, y
realmente podía ser maestra en tribulación, quien como ella pasó por el triste
trance de ver destruido el hogar que había constituido con su esposo, Alfonso
IX, a los pocos años de formado»[1].
Una de las tradiciones milagrosas relacionadas
con Fernando III es la siguiente: a la edad de diez años enfermó gravemente,
hasta el punto de que no podía comer ni dormir, por lo que su madre lo llevó al
monasterio burgalés de Oña. Ante una imagen de la Virgen, Berenguela rezó y
lloró toda una noche. Tras quedarse profundamente dormido, el niño despertó
curado y pidiendo algo de comer. Esta historia ayuda a entender la devoción
mariana que tendría el rey a lo largo de toda su vida.
Doña Berenguela cede el trono de Castilla a su hijo Fernando
En 1214 heredó el trono de Castilla Enrique I,
hermano de doña Berenguela. Enrique murió en 1217 a consecuencia de las heridas
sufridas por la caída de una teja que le dio en la cabeza mientras jugaba en el
patio del castillo episcopal de Palencia. Berenguela, tras ser proclamada reina
de Castilla, llamó a su hijo Fernando y abdicó en él en 1217. No obstante fue,
hasta su muerte en 1246, la inspiradora de la
El rey de León, Alfonso IX, mostró su
desacuerdo con la forma en que se había realizado la sucesión en Castilla,
enviando una expedición militar de castigo. Fernando se negó a combatir contra
su padre, al tiempo que le enviaba una carta conciliadora. Por el acuerdo de la
Paz de Toro, Alfonso IX se retiró, a cambio de una indemnización de once mil
maravedíes.
Fernando III tuvo que enfrentarse en el inicio
de su reinado a la Casa de los Lara por una revuelta nobiliaria.
El matrimonio de
Fernando con la dulce princesa alemana Beatriz de Suabia
Resueltas las divisiones internas castellanas,
con la ayuda de las ciudades y de los obispados, era el momento de asegurar el
futuro de la dinastía con el matrimonio del monarca. De esta tarea se ocupó
personalmente doña Berenguela. De entre las diferentes alternativas posibles se
escogió la más segura: la princesa alemana Beatriz, hija del duque Felipe de
Suabia y prima hermana del emperador Federico II. En ella confluían los linajes
imperiales de Alemania y Bizancio. Otro motivo de la preferencia de doña Berenguela
por Beatriz eran sus cualidades personales: «La Chronica latina, no sólo encomia la nobleza, la belleza y la
honestidad de costumbres de Beatriz de Suabia, sino que pone de relieve su
relación directa con los dos mayores y más preclaros emperadores que existen en
el universo mundo. Por su parte, Don Rodrigo Ximénez de Rada, que tanto la
trató, la describe como una mujer esencialmente buena, bella, culta, prudente,
pura y fácil a ruborizarse; pero lo que más destaca en ella es su ternura, su
trato “dulcísimo”, que encantaba a los que la rodeaban»[2].
Después de varios meses de negociaciones, los
embajadores castellanos regresaron con Beatriz. Fue recibida en Vitoria por
doña Berenguela y en Burgos por Fernando, con toda la corte.
Para poder casarse, el rey debía cumplir la
costumbre de ser armado caballero. Como su padre Alfonso IX se negó a asistir a
la ceremonia,
Fernando tomó la espada del altar y se la
ciñó. A continuación se la desciñó su madre. La ceremonia se celebró en el
Monasterio de Las Huelgas, fundado por Alfonso VIII y donde había sido
enterrado recientemente Enrique I.
Antes de contraer matrimonio Fernando pasó
toda una noche rezando, pidiendo a Dios que bendijera su hogar. El espíritu de
oración fue constante en su vida. Se cuenta que estando retenido en Toledo por
una enfermedad, velaba por las noches para pedir la ayuda de Dios sobre su
pueblo. Tenía una gran devoción a la Eucaristía y a la Virgen María.
La boda se celebró en la iglesia de Santa
María de Burgos, el 30 de noviembre de 1219, y fue oficiada por el obispo de
esa ciudad, don Mauricio. Como fue insuficiente para acoger a los asistentes,
Fernando decidió construir una gran catedral. La primera piedra se colocó el 20
de julio de 1221, actuando de padrino el monarca.
El 23 de noviembre de 1221 nació en Toledo el
primogénito, Alfonso. Luego nacieron seis hijos y tres hijas. De un matrimonio
político surgió progresivamente una hermosa historia de amor.
Fernando II de Castilla hereda el reino de León
En 1224 la Curia de Carrión proporciona los
recursos necesarios para la lucha contra los musulmanes, iniciándose una etapa
de numerosas conquistas militares. Se toman, inicialmente, las ciudades de
Baeza y Úbeda.
En 1230 falleció Alfonso IX, dejando como
herederas del reino de León a las infantas Sancha y Dulce, hijas de su
matrimonio con Teresa de Portugal. Esta decisión sucesoria no respetaba el
juramento que las Cortes de León habían expresado en su día a favor de
Fernando, reconociéndole como futuro rey.
Berenguela pidió a su hijo Fernando que
reivindicara sus derechos sucesorios, mientras ella se entrevistaba con Teresa
de Portugal. Fernando se presentó en León, donde fue muy bien recibido por una
parte del clero y de la nobleza. Su aureola de reconquistador, la habilidad
política de su madre y la oferta de una compensación de grandes rentas
para las dos infantas, hicieron que Teresa de
Portugal aceptara la renuncia del derecho al trono de sus hijas, por el Tratado
de Valencia de Don Juan. De este modo, el reinado de Fernando III trajo la
reunificación definitiva de los reinos de Castilla y León.
Fernando II Castilla, al heredar el trono de
León, es ya Fernando III, como nieto y sucesor legítimo de Fernando II de León.
En 1236 toma Córdoba, una conquista que a su valor militar añade el valor
moral, por el carácter simbólico de la vieja capital del califato.
Las sucesivas expediciones militares de
Fernando no fueron obstáculo para una continuada convivencia conyugal, ya que
Beatriz, con gran sacrificio, le acompañaba casi siempre. Su hijo, Alfonso X,
narra en su Crónica General un hecho que le impresionó mucho durante el asedio
de Capilla por su padre: «Como esta fortaleza tardaba en rendirse, el rey, que
no se sentía a gusto si no tenía a la Reina a su lado, le pidió que si le era
posible se instalase en la villa de Concha, muy cercana a Capilla, pero alejada
de todo peligro. La reina, a pesar de lo adelantado de su embarazo, marchó
hacia Concha. Quizá el viaje y la fatiga le sentaron mal, el hecho es que llegó
en tan pésimo estado a la villa que el médico que la atendía, francés de
origen, Pedro de Montpellier, tuvo que avisar al Rey para que a toda prisa se
acercara a Concha si quería ver a su mujer todavía con vida, pues apenas le
quedaban un par de horas para morir. Al enterarse la Reina de su próximo fin,
le pidió a su hijo primogénito, el futuro Alfonso X, que le trajera una estatua
de la Virgen que, como su marido, llevaba siempre consigo. Así lo hizo su hijo
Alfonso. La madre tomó con mucho amor la estatua y pidió con gran fervor a la
Virgen que la curara. Al terminar de pronunciar su oración, se levantó
completamente curada. Así la encontró su marido cuando llegó a galope tendido
desde Capilla»[3].
Enfermedad y muerte de Beatriz de Suabia
En noviembre de 1235 la reina Beatriz enfermó
de gravedad y de forma repentina en Villalobos. Fue llevada rápidamente a Toro.
Desde el primer momento Fernando permaneció en la cabecera del lecho hasta que
su esposa falleció, a finales de ese mismo
mes. El monarca quedó muy afectado y entristecido.
El cuerpo de Beatriz fue llevado a Burgos,
para ser enterrado en el Monasterio de Las Huelgas. Tras la muerte de Fernando,
Beatriz fue trasladada a Sevilla, en cuya catedral fue enterrada al lado de su
marido.
El matrimonio con una mujer similar a la primera: Juana de
Ponthieu
Desde 1235 doña Berenguela intentó casar de
nuevo a su hijo, por considerar que la viudedad, siendo aún joven, es un estado
más peligroso que el celibato: «Con el fin de que la virtud del rey no se
menoscabase con relaciones ilícitas, su madre, la noble reina, pensó en darle
por esposa a una doncella noble, linajuda, llamada Juana, bisnieta del muy
ilustre rey de Francia, hija del ilustre conde Simón de Ponthieu y de María,
ilustre condesa del mismo lugar» (Crónica del arzobispo de Toledo)[4].
En 1237 el rey contestó a su madre que
aceptaba su consejo, pidiéndola que le buscase una mujer como Beatriz. Doña
Berenguela rogó a su hermana Blanca, reina de Francia, una mujer para su hijo,
dado que todas las princesas españolas estaban emparentadas con él. Blanca
sugirió a Juana de Ponthieu, debido a que tenía un carácter similar al de
Beatriz. Aunque Fernando y Juana tenían parentesco, doña Berenguela obtuvo de
Gregorio IX la dispensa papal.
El 20 de noviembre de 1237 se celebró la boda
en Burgos. La ceremonia fue oficiada por el arzobispo de Toledo don Rodrigo
Jiménez de Rada. De este segundo matrimonio, que también fue feliz, nacieron
cinco hijos, de los que sobrevivieron Fernando, Luis y Leonor.
Últimas conquistas militares y muerte de Fernando III
A la conquista de Córdoba la siguieron las de
Murcia y Jaén. Granada permanecerá como reino musulmán independiente hasta ser
tomada por los Reyes Católicos en 1492.
El 23 de noviembre de
1284 cae Sevilla, la joya más importante del poder musulmán, tras un asedio de
quince meses. El ataque por tierra se combinó con un ataque marítimo de la
flota del cantábrico, al mando del almirante Ramón Bonifaz. El control del acceso
fluvial a la ciudad fue decisivo. A pesar de que, a causa de la guerra, sufrió
una gran pérdida de población, Sevilla se convirtió en sede de la corte del
reino castellano-leonés. En 1246 muere doña Berenguela.
Después del prolongado y sangriento asedio de
la ciudad de Sevilla la salud del rey empezó a empeorar. Su hijo Alfonso
refiere en su Crónica General que un día, sintiéndose muy mal, pidió la
Comunión, que recibió despojándose de sus vestiduras reales y con gran
devoción. Más tarde solicitó que le entregasen una candela encendida, símbolo
de la fe que un cristiano debe avivar en ese difícil momento. Se despidió de su
segunda esposa y de sus hijos, dándoles algunos consejos, especialmente al
infante don Alfonso, que reinaría pronto con el título de Alfonso X.
La forma de morir muestra la gran religiosidad
de Fernando III, que se humilló olvidando su condición de rey. Antes de
comulgar se arrodilló sobre un montón de cenizas, teniendo un crucifijo en las
manos y una soga en el cuello, expresando así el arrepentimiento por sus
pecados y pidiendo perdón a todos los presentes por los agravios que hubiera
podido causarles.
La muerte le llegó a Fernando el 30 de mayo de
1252, impidiéndole realizar una expedición que había proyectado contra el norte
de África, para evitar posibles futuras invasiones. A sus exequias asistió el
rey moro de Granada, vasallo suyo, con cien nobles que portaban antorchas
encendidas. Su cuerpo fue sepultado ante el altar mayor de la catedral de
Sevilla. Sobre la tumba recién sellada, su hijo Alfonso fue proclamado rey de
Castilla y León. Años después, el cuerpo de Fernando fue colocado en un sepulcro
de la Capilla Real de la misma catedral de Sevilla.
Tras la muerte de Fernando III, la reina Juana
vivió varios años en Castilla. Se trasladó a Francia en 1256, al heredar el
condado de Ponthieu, casándose allí con Juan de Neslé.
La herencia espiritual
de Fernando III
Fernando III ordenó traducir al castellano el
«Liber Iudiciorum», conocido como «Fuero Juzgo». Impuso el castellano como
idioma oficial de sus reinos en sustitución del latín y promovió la
construcción de las catedrales de Burgos, Toledo y León. El florecimiento
jurídico, literario y musical de la corte de su hijo Alfonso X el Sabio es
fruto de la labor iniciada en la corte de su padre.
El intenso culto mariano que existe
actualmente en Andalucía fue promovido inicialmente por Fernando III. El rey
llevaba siempre consigo en las campañas militares imágenes marianas. En la toma
de Córdoba le acompañó una imagen de la Virgen de Linares. En el asedio de
Sevilla le acompañaban varias imágenes de la Virgen María. Una de ellas es la
Virgen de los Reyes, que tiene en el pie derecho una flor de lis, y que fue la
que entró triunfalmente en Sevilla en lugar del rey. Por deseo del rey, esa
imagen se colocó junto a su sepulcro. Otra imagen es la Virgen de las Batallas,
una pequeña talla de marfil que Fernando llevaba siempre sobre el arzón de la
silla de su caballo.
Fernando III fue un santo rey: un seglar y
hombre de su siglo que alcanzó la santidad santificando su oficio. La suya fue
una vida entregada al servicio de su pueblo por amor de Dios, con gran
sacrificio y constancia. No fue un monje en palacio, sino un seglar lleno de
atractivos humanos: deportista, jugador de ajedrez y de juegos de salón, músico
y poeta. Era amigo de trovadores y se le atribuyen algunas cantigas a la
Virgen.
Nada más morir empezó a crecer su fama de
santo, hasta el punto de que en los aniversarios de su muerte se paralizaba
Sevilla y la gente presentaba ofrendas en su sepulcro. Fue canonizado por el
Papa Clemente X el 4 de febrero de 1671.
Sevilla es la ciudad en la que la devoción a
San Fernando es más fuerte, teniéndolo como patrono. Cada 23 de noviembre,
aniversario de la toma de la ciudad, para honrar al rey se celebra la procesión
de su espada por las naves de la catedral.
* * *
El acierto en la
elección de la primera esposa
Beatriz de Suabia fue feliz e hizo feliz a su
marido, a pesar de que este último delegó en su madre, doña Berenguela, la
elección de esposa, y a pesar de tratarse de un matrimonio político. Una vez
más se demuestra que el amor conyugal puede surgir y crecer con el trato, sobre
una base de cierta madurez personal, criterio moral, buen carácter y
determinadas cualidades y virtudes. Las virtudes enamoran.
Beatriz era, además de bella, buena, piadosa,
prudente, tierna, dulce y con encanto. Fernando poseía los valores propios del
caballero cristiano, entre ellos, la prudencia, la lealtad, la piedad y el
heroísmo. Los dos incluyeron a Dios en su proyecto conyugal. Contaron con la
ventaja de la ayuda de la Gracia, que proporciona a los casados el sacramento
del matrimonio. Es bien significativo un dato ya mencionado: Fernando, antes de
contraer matrimonio, pasó toda una noche rezando, pidiendo a Dios que bendijera
su hogar.
El hecho de que el matrimonio fuese una
operación política no impidió que se convirtiera, con el paso del tiempo, en
una hermosa historia de amor: «El matrimonio de San Fernando con Beatriz de
Suabia constituye, quizá, la unión más feliz de la monarquía española, sobre la
que no se conoce ninguna sombra, infidelidad o conflicto. (…) Beatriz se
comportó, sobre todo, como esposa y como madre. En ella tuvo San Fernando el
apoyo afectivo que necesitaba y la tranquilidad y satisfacción indecibles que
le producía la educación que Beatriz daba a sus hijos, el respeto y afecto que
conseguía de quienes la trataban y la fama de santidad que iba adquiriendo
entre los que con ella se relacionaban»[5].
Los grandes éxitos políticos y militares de
Fernando III —unificación de los reinos de Castilla y León y reconquista de
casi toda Andalucía—, no se conciben sin un matrimonio feliz, en el que hubo
armonía y fidelidad. Fernando no habría hecho lo que hizo sin el apoyo afectivo
y moral de su esposa. El rey contó con la presencia física y el apoyo moral de
Beatriz en las batallas más duras; pudo centrarse en sus altas
responsabilidades como monarca en plena Reconquista, porque Beatriz era una
buena madre que educaba con dedicación y acierto a sus hijos. Es un claro
testimonio de que el matrimonio conlleva vida en común. Es
también un buen ejemplo de la
complementariedad que se espera entre un hombre y una mujer unidos por el
matrimonio.
Unidos hasta el final, en la salud y en la enfermedad
El amor comprometido y fiel entre Beatriz y
Fernando afrontó y superó con éxito los muchos retos que surgieron a lo largo
de su vida matrimonial. Ella salió victoriosa del reto de la ausencia de su
marido a causa de sus viajes, acompañándole al campo de batalla con valentía y
sacrificio. Él no la dejó sola desde el inicio de su enfermedad hasta la
muerte, viviendo esos últimos años sólo para ella.
La separación definitiva fue un gran desgarro
interior para el rey, que nunca pudo vivir sin su mujer. Ahora tendría que
aprender a vivir sin ella. Le quedaba el hermoso recuerdo de una feliz vida
matrimonial sin conflictos y sin crisis que se conozcan: «El hecho más doloroso
que sufrió Fernando III a lo largo de su vida fue posiblemente la muerte de su
mujer. Con el fallecimiento de la reina Beatriz, se pone fin al matrimonio más
representativo o, si se quiere, más ejemplar, de la monarquía española. Durante
los 17 años que duró este matrimonio, no existe ni una sola noticia de alguna
desavenencia, distanciamiento o sombra de desliz conyugal; y sí, en cambio, de
amor entre los esposos, unión y deseos de estar juntos, de no poder vivir el
uno sin el otro»[6].
Un segundo matrimonio feliz
Doña Berenguela y su hijo acertaron por
segunda vez en la elección de esposa. En este segundo caso Fernando tuvo más
protagonismo que en el primero, ya que quería una mujer del tipo de Beatriz.
Sabemos por la Crónica General de Alfonso X,
que Fernando amó mucho a Juana, tanto como a Beatriz, y que ella le
correspondió de la misma forma. Buena prueba de ello es que Fernando llevó
consigo a Juana en todos sus viajes y aun en todas las guerras, instalándola en
sitio seguro, próximo al campo de batalla, para tenerla cerca de sí, y a veces
en
el mismo campamento si no había peligro. Fernando agradeció que Juana le
sobreviviera[7].
[1] ANSÓN, F.: Fernando III, Rey de Castilla y León. Palabra, Madrid, 1998, p. 47.
[2] Ibídem, pp. 82-86.
[3] Ibídem, pp. 143-144.
[4] GONZÁLEZ, M.: Fernando III el Santo. Fundación José
Manuel Lara, Sevilla, 2006, p. 174.
[5] ANSÓN, F.: Op.cit.,
pp. 92 y 143.
[6] Ibídem, p. 142.
[7] Ibídem, p. 154.
5.
ISABEL DE HUNGRÍA Y LUIS DE TURINGIA (1221)
UN PERMANENTE IDILIO DE
AMOR A CONTRACORRIENTE
El temprano compromiso matrimonial de Luis e Isabel
Isabel nació el 7 de julio 1207 en la ciudad
de Presburgo (Bratislava), a orillas del Danubio, muy cerca de Viena. Era la
antigua ciudad sagrada de los reyes de Hungría, de origen romano. En ese
momento ocupaba el trono de Hungría su padre Andrés II, un monarca justo,
caritativo y afecto a la Iglesia Católica, piadoso y generoso con los pobres.
Estaba casado con Gertrudis de Andechs-Merania, que descendía directamente de
Carlomagno. Era buena esposa y buena madre.
Isabel era hermana de Violante, la que fue
esposa de Jaime I y tía de Isabel de Portugal. Desde sus primeros años se
caracterizó por su piedad y por la caridad con los desvalidos. Entregaba a los
pobres que encontraba lo que llevara en ese momento, normalmente ropa y comida.
Muy lejos de Presburgo, en el castillo de
Wartburg de la ciudad de Eisenach, residía el landgrave de Turingia Hermann I,
un hombre con mucho poder en la comunidad de los grandes señores alemanes. Era
muy admirado en toda Alemania por su cultura, generosidad y piedad. Estaba
especialmente ocupado en preparar un buen matrimonio para su hijo mayor, Luis,
que tenía grandes cualidades como caballero y como cristiano.
Alguien informó a Hermann de la vida santa de
Isabel, una hija del rey de Hungría. Y como, además, estaba muy interesado en
una alianza con
Andrés II, se decidió a enviar, en 1211, una
embajada para pedir el desposorio de Isabel y de Luis. En ese momento Isabel
tenía cuatro años y Luis once.
En aquella época era normal concertar
matrimonios reales desde las primeras edades. Esos matrimonios servían para
asegurar una alianza política o para evitar un conflicto entre dos países. Y
con cierta frecuencia lo que se había proyectado como un matrimonio pactado por
los padres, se convertía en un matrimonio por amor.
De Wartburg partió una cabalgata de unos
cuarenta jinetes. Al frente de la misma iba una dama, Berta de Beindeliben.
Tenía la facultad de concertar el compromiso matrimonial y, en el caso de que
Andrés II accediera, pedirle que permitiera a Isabel irse a vivir a Turingia,
para quedar al cuidado de su futura familia.
Andrés y Gertrudis dieron su conformidad para
que Isabel quedase prometida como esposa de aquel príncipe alemán de Turingia.
También accedieron a que la niña creciese y se educase en la corte de Turingia,
junto con su futuro esposo y restante familia política. La niña fue envuelta en
un cobertor de seda bordado de oro y plata e introducida en una cuna de oro
macizo. La delegación germana la trasladó al castillo de Wartburg, donde la
esperaba Hermann con su esposa Sofía, en un ambiente de gran fiesta. Después de
dar gracias a Dios de rodillas por haber oído su ruego, dispusieron que se
celebraran los desposorios con gran pompa.
«A contar desde este día, Isabel no se separó
nunca del que más tarde debía ser su esposo y a quien desde ese momento llamó
su hermano. Tierna y saludable costumbre de las edades y familias católicas,
esta educación dada en común a aquellos cuya vida debía ser también común algún
día y para siempre; inspiración bienhechora que confundía en el corazón del
hombre el puro nombre de hermana con el sacro nombre de esposa; que,
utilizándolo todo en la vida, hacía refluir las frescas y fugitivas emociones
de la vida en pro de los graves y duraderos deberes del matrimonio, que se
apoderaba para calmar y santificar el corazón de sus propios ardores e ímpetus,
envolviendo así en los lazos de un mismo y solo amor cuanto de más íntimo y
puro tiene la vida, los recuerdos más dulces y las afecciones más santas»[1].
La vida de Isabel en
la corte de Turingia hasta su matrimonio
El landgrave Hermann eligió siete niñas de la
misma edad que Isabel, de entre las familias más nobles de su corte, incluida
su hija Inés, para formar una escuela en su castillo. A los dos años de la
llegada de Isabel a Turingia, se produjo un suceso que marcó su vida para
siempre: Gertrudis, su madre, fue asesinada en Hungría en circunstancias nada
claras, relacionadas con una lucha intestina dentro del reino.
Isabel concentraba sus pensamientos y
emociones en Dios. Cada día se escapaba de la compañía de sus doncellas para
pasar varias horas rezando en la capilla. Entregaba a los pobres todo el dinero
que recibía. Visitaba las chozas más humildes sin mostrar repugnancia ante las
enfermedades contagiosas. Mortificaba continuamente su voluntad en cosas
pequeñas por amor a Dios. Con el paso de los años crecía en virtudes y en
recogimiento interior.
Ese modo de vida de Isabel provocó el recelo y
enfado de su futura suegra, Sofía, y de su hija Inés, al creerse humilladas. El
suceso más fuerte ocurrió durante una ceremonia religiosa en la iglesia de
Eisenach, en la que coincidieron todas las princesas de Turingia luciendo
valiosos adornos. Isabel llevaba una corona de oro: «De pronto, los ojos de la
santa se clavan en la imagen del Señor, coronado de espinas. Isabel ya se había
olvidado de todo: de las conveniencias y de la rigidez de una ceremonia de la
corte. No ve más que una cosa: al Señor coronado de espinas y a ella misma con
una corona de oro en la cabeza. Y no lo puede soportar. Entre el asombro y la
indignación de las duquesas, arroja al suelo su corona dorada y hunde la frente
en las losas, sollozando por los martirios de Jesús»[2].
A raíz del fallecimiento de Hermann en 1216,
Isabel sufrió una creciente hostilidad por parte de los deudos, consejeros y
amigos del landgrave. Hermann la había tratado siempre con mucha comprensión y
benevolencia, siendo su único amparo, por lo que a su muerte se sintió huérfana
—no podía contar con el afecto de sus padres, ya que desde el lejano Presburgo
ni siquiera llegaban noticias—. La persecución y las injurias que tuvo que
soportar con tan sólo nueve años la hacían derramar muchas lágrimas, aunque sabía
recobrar la alegría y la paz abriendo su
Los enemigos de Isabel tramaron la ruptura del
concertado matrimonio, con la devolución de la princesa a Hungría. Lo
fundamentaron en un supuesto estado de locura de Isabel, manifestado al
alimentarse sólo de pan y agua, entregar su ropa a los pobres y lavar a
enfermos contagiosos. Aquello, según los acusadores, no era propio de una
duquesa de Turingia, por lo que trataron de influir en la actitud de Luis, el
heredero, pero sin resultado: «Los pérfidos consejos no lograban sino avivar su
fidelidad y ternura hacia la inocente extranjera. Y cuanto más los otros la
odiaban por su piedad y virtudes, tanto más se sentía él inclinado a defenderla
y amarla; y no contento con esto, aprovechaba cuantas ocasiones se le ofrecían
de poder, sin ofensa de su madre, ir a consolarla en secreto en sus momentos de
abatimiento y tristeza. En esta soledad, sin más testigo que Dios, que ya había
bendecido unión tan santa, se hablaban de su mutuo y discreto amor. Y el
Príncipe, con persuasivas y tiernas palabras, procuraba calmar las heridas que
otros habían causado en aquella alma delicada y suave; lo cual hacía para
Isabel de estas dulces relaciones un indecible y grande consuelo»[3].
Luis estaba cada día más enamorado de Isabel.
Cuando regresaba de un viaje no olvidaba traer un regalo como prenda de amor
para su prometida. Se cuenta que ella salía a su encuentro y que él le daba el
brazo amorosamente mientras le entregaba el regalo.
Al llegar a su mayoría de edad —18 años—, Luis
fue armado caballero, y se dispuso a emprender alguna acción que le acreditara.
Antes de partir a la campaña contra Maguncia confirmó a Isabel la seguridad de
su amor inquebrantable. Durante su ausencia se redoblaron los desdenes de Sofía
e Inés, que Isabel supo afrontar con gran paciencia. A su regreso, Luis declaró
públicamente su propósito de cumplir lo antes posible el compromiso contraído.
Añadió que estaba dispuesto a perder una montaña de oro antes que la mano de
Isabel.
En 1220 Luis cumplió 20 años, heredando de su
padre la dignidad de landgrave. En ese momento se celebró el matrimonio con
Isabel —14 años—, en la iglesia de san Jorge de Eisenach, con gran solemnidad.
El día de la boda ella renunció a lucir en la iglesia las joyas de su rango,
justificándolo así: «¿Cómo podría llevar una corona tan preciosa ante un Rey
coronado de espinas?».
Los seis felices años de vida matrimonial
Las relaciones matrimoniales entre Luis e
Isabel fueron de amor conyugal auténtico. Los cronistas de la época cuentan que
Isabel era bella, alegre, modesta, piadosa, caritativa, prudente, paciente y
leal. Fue ejemplar como esposa y madre. Estaba tan enamorada de Luis que un día
exclamó: «¡Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿cuánto más debiera
amarte a Ti?».
Luis admiraba mucho las virtudes de su mujer.
Ella correspondía cuidando y sirviendo a su marido antes que a nadie. La mayor
felicidad de los dos era estar juntos: «Era tan íntima la alianza de sus almas,
que al separarse uno del otro no podían sufrirlo ni aun por brevísimo espacio
de tiempo. De modo que el Duque, cuando sus excursiones eran cortas, llevaba
siempre consigo a su amada Isabel, dichosa en acompañarle»[4].
En las expediciones lejanas, en las que no le
podía acompañar Isabel, Luis supo rechazar siempre las invitaciones de malos
amigos para tener aventuras amorosas. De ese modo las largas ausencias eran
ocasión de consolidar la mutua fidelidad entre los esposos. Cuando Luis estaba
en uno de sus viajes, Isabel redoblaba su habitual piedad y penitencia, se
ocupaba de los pobres y se vestía la ropa más sencilla. Él nunca la llegó a ver
así, porque ella se transformaba en presencia de su marido: «Su deber de esposa
la movía, cuando esperaba el regreso de Luis, a lucir su mejor ropa y su más
cuidadoso peinado, para serle agradable, para embellecerle la vida, para darle
satisfacción y para quitarle la ocasión de pecar. Y sería inexacto creer que
esto era para ella un esfuerzo penoso. Era una manifestación espontánea de su
sincero amor y de su caridad. Era una santa, pero una santa que estaba casada
y, por tanto, una mujer que debería cumplir sus deberes de casada mejor que
ninguna. El amor y servicio que su esposo recibía iban dirigidos a Dios»[5].
Isabel descubrió la presencia de Jesús en los
pobres y en los rechazados de la sociedad. Diariamente alimentaba a novecientos
pobres en el castillo de Wartburg. Como el castillo se encontraba en un monte
muy empinado llamado «Rompe-rodillas», al que no podían subir los
inválidos, Isabel edificó un gran hospital al
pie del monte para ellos. Allí acudía con frecuencia para dar de comer a los
inválidos con sus propias manos y hacerles la cama. Los seis años de vida
matrimonial de Luis e Isabel fueron considerados por un escritor inglés como
«un idilio de arrebatado amor, de ardor místico, de felicidad casi infantil,
como rara vez se encuentra en las novelas que se leen ni en la experiencia
humana. Isabel profundizó mucho en el sentido del matrimonio, que consiste en
poner a Dios primero, de manera que el amor conyugal se nutra de Cristo y
manifieste a Cristo»[6].
Entre los 15 y los 20 años Isabel tuvo un
hijo, Hermann, y dos hijas, Sofía y Gertrudis. Estando embarazada de Gertrudis,
Luis fue invitado por Federico II, emperador del Sacro Imperio, a participar en
una Cruzada. Siendo un príncipe alemán y cristiano, Luis comprendió que no
tenía más remedio que aceptar. Isabel, en cambio, meditó mucho el consejo que
le debía dar. Por una parte le resultaba muy dura una separación de ese tipo,
que encerraba una aventura muy peligrosa en la que su marido podía morir, pero,
por otra parte, vio la trascendencia de esa empresa: «En el otro platillo de la
balanza figuraba la mágica frase que hacía más de un siglo estremecía el
corazón de Europa: rescatar el sepulcro de Jesucristo. Aquella frase llamaba
aún más poderosamente, si cabe, al corazón de Isabel que al de Luis. Ante
aquello, ante la perspectiva de arrancar el lugar mas sagrado de la Cristiandad
de las manos de infieles descreídos, ¿qué valor tenía la vida, ni otras
consideraciones egoístas y terrenales? Isabel abrazó tiernamente a su marido y
le aconsejó que acudiera al llamamiento de Federico. Con aquello abría la
puerta a las pruebas más duras que Dios le tenía reservadas en esta vida, para
hacerla notoriamente digna, a todos los ojos, de las mayores venturas celestiales»[7].
La larga y dolorosa
despedida de Isabel al marido que parte para un viaje sin retorno
En su incorporación a la Sexta Cruzada en
1227, Luis accedió a que Isabel le acompañara cabalgando por los bosques hasta
el límite de los
estados de Turingia. Llegados a ese punto ella
le pidió acompañarle una jornada más: «Nuevamente cedió Luis, hasta que al fin
de aquel día fue visible a todos los ojos la imposibilidad de continuar con
aquella despedida interminable que agotaba el corazón sin satisfacerlo, pues la
separación, al cabo, había de venir inevitablemente. Antes de separarse los dos
esposos, con tierno y prolongado abrazo, Luis mostró a Isabel un anillo que
llevaba y le dijo que quienquiera que con aquel anillo se le presentase debía
considerarlo como emisario suyo y creer que le decía verdad. (…) Isabel se
separó de su esposo, lo vio desaparecer en un recodo del camino y ya no se
reunió otra vez con él hasta el cielo»[8].
Luis no pudo llegar a Tierra Santa, ya que, en
plena navegación, enfermó de peste y falleció el 11 de septiembre de 1227.
Antes de morir recibió los Sacramentos con mucho fervor y entregó a un
caballero su anillo para que se lo llevara a Isabel con la noticia de que había
muerto aceptando la voluntad de Dios. La noticia no pudo llegar a Alemania
hasta el mes de octubre. Cuando Isabel la conoció experimentó un dolor tan
fuerte que la llevó al borde de la desesperación, pero luego lo aceptó como
venido de Dios.
Isabel es expulsada del castillo de Wartburgo
De acuerdo con la ley de sucesión, a la muerte
de Luis el poder recaía en Hermann, el hijo de Isabel, que por ser menor de
edad estaba bajo la tutela materna. Pero los hermanos de Luis, Conrado y
Enrique, proyectaron desposeer a Isabel y a su hijo de sus derechos, alegando
que Isabel no estaba capacitada para administrar el estado. La acusaron de
despilfarrar sus caudales repartiéndolos entre los pobres. Y una sentencia
ordenó expulsarla del castillo con sus hijos, despojada de todo. Además se
prohibía a los habitantes de Eisenach ampararla o acogerla. Se la condenaba así
a vivir como mendiga.
Isabel fue expulsada de su castillo y tuvo que
huir con sus tres hijos. Ese mismo día acudió a una iglesia de los Padres
Franciscanos para que cantaran un Te Deum
en acción de gracias a Dios. Confiaba totalmente en Dios y estaba segura de que
nunca la abandonaría.
Algunas familias del
ducado, conmovidas por el sufrimiento de los tres niños, que pasaban frío y
hambre, les ofrecieron su casa. Isabel aceptó, pagando el precio de quedarse
sola. Se alimentaba solamente de un pedazo de pan que ganaba hilando con sus
manos. Se entregó con gozo a la oración y a la pobreza.
Otras personas la invitaron a que volviese a
la corte de Hungría, pero Isabel no aceptó. Se cuenta que un noble húngaro fue
a Marburgo para visitarla. Sorprendido por encontrar a la hija de un rey
hilando y vestida con una tela burda, intentó llevarla a Hungría, pero ella se
negó. Alegó que sus hijos, sus pobres y la tumba de su esposo estaban en
Turingia, por lo que ahí quería vivir el resto de su vida. Isabel también
declinó la proposición del obispo de Bamberg para que contrajera matrimonio con
el emperador del Sacro Imperio Federico II, que se sentía muy atraído por las
virtudes de ella.
Isabel guarda fidelidad a la memoria de su marido
¿Por qué renunció Isabel a una propuesta de
matrimonio tan importante? Antes de la marcha a la Cruzada, Luis e Isabel se
habían prometido mutuamente no volver a casarse. Por eso, «Isabel no deseaba
volver a las pompas del mundo ni tener ya otro esposo que el Señor. Guardaba
con la mayor fidelidad la memoria de Luis, y ni la tentación de ser emperatriz
del Sacro Imperio pudo apartarla de su propósito»[9].
Terminada la cruzada con éxito, Isabel tuvo el
consuelo de ver los restos de su esposo, traídos por algunos nobles caballeros
de Turingia. Estos nobles visitaron al usurpador Enrique, exigiéndole el
regreso de Isabel a Wartburg con todos los honores y reconociendo los derechos
del niño Hermann como heredero legítimo del título de landgrave de Turingia.
Enrique accedió a lo que se le exigía. Pero Isabel renunció a todo; solamente
aceptó su dote, que quería destinar a obras de caridad.
A partir de ese momento vivió con plenitud el
ideal franciscano de pobreza en la Tercera Orden, entregándose a actividades
asistenciales hasta el momento de su muerte, ocurrida el 17 de noviembre de
1231 en Marburgo, a los 24 años.
Isabel fue canonizada
en 1235 por el Papa Gregorio IX. Durante la ceremonia de canonización, se la
llamó «la mujer más grande de la Edad Media alemana». Fue una mujer que siguió
el camino del amor cristiano como seglar, en su condición de esposa y madre.
Desde entonces ya no fueron solamente las mártires o las vírgenes las elevadas
al honor de los altares, sino también las esposas, las madres y las viudas. En
1236 las reliquias de la santa fueron trasladas a la iglesia de Santa Isabel de
Marburgo.
* * *
El amor utilitarista se transforma en amor romántico
De un matrimonio que se pactó y planificó por
los padres como un matrimonio de conveniencia, sólo cabía esperar un amor
utilitarista, basado en el cálculo. Sin embargo, se transformaría, de forma
inesperada, en un matrimonio con verdadero amor. Eso mismo sucedió, como hemos
visto, en el matrimonio de Luis IX de Francia con Margarita de Provenza, pero
con la diferencia de que en aquel caso los contrayentes no se conocieron hasta
el día de la boda.
No cabía esperar una relación de amor porque
faltaba una condición esencial del mismo, su carácter electivo: «El amor es,
por su misma esencia, elección. (…) El amor implica una íntima adhesión a
cierto tipo de vida humana que nos parece el mejor y que hallamos preformado,
insinuado en otro ser»[10].
A diferencia de lo que ocurre con el instinto
o con el simple deseo, que es indiscriminado, en el amor una persona concreta
es preferida y elegida entre otras muchas. En el amor hay que elegir y ser
elegido. Ese mutuo elegirse es mucho más que un mutuo gustarse: es un acto de
libertad que está muy por encima de una satisfacción sensible, aun cuando lo
segundo no sea algo superfluo.
Isabel y Luis estaban destinados a casarse sin
haberse elegido, pero pasados unos años rompieron ese guión y se eligieron. El
hecho de que se conocieran desde niños y convivieran durante diez años en casa
de él fue, a pesar de lo pintoresco de la situación, una oportunidad continuada
de
tratarse y de profundizar en el conocimiento
mutuo. A lo largo de ese proceso de trato personal, el bien que cada uno
descubrió en el otro se convirtió en una fuerza atractiva que movió la voluntad
de ambos.
Tuvo que ser muy fuerte esa mutua atracción,
ya que, como sabemos, los enamorados encontraron y superaron grandes obstáculos
en su relación: a ella, con tan sólo nueve años, su familia política le hace la
vida imposible para que regresara a Hungría con sus padres; a él le deforman la
imagen de su prometida para que rompiera el matrimonio concertado.
Esos fuertes obstáculos produjeron el efecto
contrario del que se buscaba, ya que estimularon y reforzaron el amor. Una vez
más, la oposición frontal y no razonable de una familia a una relación
sentimental de un hijo, lejos de apagar las llamas del fuego, las aviva, y le
da a esa relación un carácter aún más romántico.
Es admirable la paciencia y capacidad de
sufrimiento demostradas por Isabel, sobre todo en la época en la que Luis
estaba ausente. Y no menos admirable la confianza de Luis en Isabel, sin
dejarse influir por las habladurías de su propia familia y manteniendo su
compromiso. Ese comportamiento expresa una práctica de virtudes humanas que son
esenciales en el amor.
Llama mucho la atención que con tan sólo 16
años, en plena adolescencia, Luis tuviera tanta madurez como enamorado:
constancia, fidelidad, ternura, capacidad de consolar, detalles al regreso de
sus viajes, valentía para decir en público que mantenía el compromiso con su
prometida.
El secreto de un matrimonio feliz
Los cronistas de la época coinciden en
destacar que el matrimonio de Luis e Isabel fue muy feliz. Los dos entendían
esa felicidad no como una realidad material —la posesión de cosas y el disfrute
de placeres sensibles—, sino espiritual —el gozo de la verdad, del bien y de la
belleza—. Para Tomás de Aquino, la felicidad es el gozo o dicha que se deriva
de haber conseguido un bien objetivo, una perfección; por tanto,
no puede lograrse de forma espontánea y directa.
La mayor felicidad de los dos era estar
juntos. Eso provenía de que su matrimonio fue un permanente idilio de amor,
comparable al de las mejores novelas. Se querían con un amor fiel, generoso,
paciente, sufrido y comprensivo.
En Isabel se fundía el amor romántico con el
amor de entrega actualizado día a día. Es bien expresiva en este sentido la
actitud ilusionada con la que esperaba el regreso de su marido, bien vestida y
peinada, para hacerle más agradable la vida. De sus deberes de esposa hacía
poesía y plegaria. Amaba a su esposo a través del amor a Dios. En ese
planteamiento no quedaba ningún margen para ese gran enemigo de la vida
conyugal que es la rutina.
Quienes se aman tienden a convertirse en una
sola cosa. La persona enamorada mantiene en todo momento el deseo de unión
total: está siempre pendiente del amado, le acompaña física o espiritualmente a
lo largo del día.
Es muy aleccionador que Isabel acompañara a su
marido en todos los viajes que podía. Los dos tenían muy claro que la vida
matrimonial es vida en común. Y que esa costumbre de viajar juntos es una
medida preventiva con respecto a la infidelidad conyugal. La experiencia dice
que la soledad prolongada del cónyuge viajero es un riesgo continuo.
El tierno y prolongado abrazo de la separación
La unión amorosa no se reduce a unión afectiva
—un mismo sentir—; es, además, unión en el ser, identificación entre el amante
y el amado. Cada uno se transforma en el otro. El modelo paradigmático es la
unión matrimonial, en la que cada cónyuge ve al otro como lo que realmente es:
parte de sí mismo. Por eso una larga separación se vive como un desgarro del
propio ser, un vaciamiento interior y un estado de soledad insufrible. Y en los
casos en los que se presiente que esa separación va a ser definitiva, esos
sentimientos son aún más intensos.
Esto último es lo que ocurrió en el momento en
el que Luis se dispuso a despedirse de Isabel para incorporarse a la Sexta
Cruzada en 1227.
Como a los dos les resultaba insoportable
separarse —pensando que podía ser para siempre—, se resistían a hacerlo —sobre
todo ella—, haciendo así que la despedida se prolongase a lo largo de varios
días. Es admirable el sacrificio de Isabel cabalgando por los bosques de
Turingia para acompañar a su marido. Y no menos admirable el gesto de Luis
mostrando a Isabel el anillo que acreditaría a quien se lo presentara como
emisario suyo.
Lo normal es que la despedida se hubiera
realizado en el castillo de Wartburgo y que fuera breve. Sabemos, por
experiencia, que las despedidas entre enamorados suelen ser cortas, con el fin
de no sufrir y de no hacer sufrir. Pero en el caso que nos ocupa no fue así, y
se entiende por qué, dadas las circunstancias en las que ocurrió.
Los dos sufrieron mucho amándose tiernamente
durante una despedida interminable. Sufrían porque aquella situación «agotaba
el corazón sin satisfacerlo». Y eso fue lo que les decidió a terminar la
despedida, no sin antes prometerse mutuamente no volver a casarse. Isabel y
Luis convirtieron una despedida en un canto al amor conyugal.
Isabel prolongó ese amor tras el duro momento
de serle mostrado el anillo de su esposo. Supo cumplir su promesa de no
casarse, a pesar de estar en la miseria y de tener como pretendiente al
emperador Federico II. Primero fue fiel a su marido y luego fue fiel a su
memoria.
[1] CONDE DE
MONTALEMBERT: Historia se Santa Isabel de
Hungría, Duquesa de Turingia.
Librería religiosa, Barcelona, 1858, tomo I,
p. 245.
[2] GONZÁLEZ RUIZ, N.: Santa Isabel de Hungria. Acción Católica
Española, Madrid, 1944, pp.
24-25.
[3] CONDE DE
MOMTALEMBERT: Op. cit., pp. 266-267.
[4] Ibídem, pp. 291-292.
[5] GONZÁLEZ-Ruiz, N:
Op. cit., p. 31.
[6]http://www.
corazones.org/santos/isabelhungria.htm.
[7] GONZÁLEZ-Ruiz, N:
Op. cit., pp. 53-54.
[8] Ibídem, pp. 56-57.
[9] Ibídem, p. 66.
[10]
ORTEGA y GASSET, J.: Estudios sobre el
amor. Revista de Occidente, Madrid, 1961, pp. 133 y 136.
6.
ISABEL I DE CASTILLA Y FERNANDO II DE ARAGÓN
(1469)
LA BODA SECRETA Y
ROMÁNTICA DE UN MATRIMONIO POLÍTICO Y DE
AMOR
Isabel se cría y educa en un ambiente familiar ajeno a la corte
Juan II, rey de Castilla, tras quedar viudo de
su primera mujer, María de Aragón, y tener un heredero varón, el futuro Enrique
IV, contrae un segundo matrimonio. Esta vez elige a una portuguesa, Isabel de
Avis (Isabel de Portugal), que llega a Castilla con un séquito impresionante.
El cortejo se encaminó a la villa de Madrigal de las Altas Torres, donde se
celebró el matrimonio el 22 de julio de 1447. La belleza de la reina fue
alabada por el Marqués de Santillana en una de sus canciones.
Fruto de esa unión fue una niña, Isabel, que
nació en Madrigal, el 22 de abril de 1451, Jueves Santo. Le pusieron el nombre
de su madre, y también el de una reina, santa Isabel de Portugal, fundadora de
las Clarisas de Coimbra.
Dos años después nació
un hermano, Alfonso, lo que tranquilizó a Juan
II
respecto a la continuidad dinástica por vía
directa masculina: si el primogénito falleciera sin descendencia, el nuevo
infante pasaría a ser el príncipe heredero. En Castilla no contaba la ley
sálica, pero los varones tenían preferencia sobre las mujeres.
Juan II murió en 1454. Antes, dejó establecido
el orden sucesorio conforme al derecho constitucional castellano. En primer
lugar, Enrique, el primogénito y sus hijos; en su ausencia Alfonso y sus hijos;
y sólo en el
caso de que sus dos hermanos murieran sin
dejar sucesión legítima, ocuparía el trono Isabel.
Enrique IV sucede a Juan II en 1544, cuando
Isabel tenía tres años. Pocos personajes históricos han sido tan vilipendiados
como él, sobre todo por su conducta inmoral. Algunos cronistas de su época lo
presentan como un afeminado y un marido engañado e incapaz de reaccionar ante
ese engaño. Como gobernante era muy indeciso, veleidoso y permisivo. En su
reinado el poder de la nobleza alcanzó un nivel hasta entonces desconocido.
Entre los nobles más influyentes estaban Beltrán de la Cueva, Juan Pacheco y Pedro
Girón.
Isabel de Portugal, madre de la pequeña
Isabel, se trasladó a la villa de Arévalo en 1454, tras enviudar de Juan II de
Castilla. El nuevo rey, Enrique IV, envió allí una guardia armada para
mantenerles controlados, con el pretexto de protegerlos.
La niña Isabel creció en un ambiente familiar
hasta cumplir diez años, separada de la corte real y del ambiente político del
reino, pero sin estar ajena a lo que ocurría. Le gustaba ir a la cercana villa
de Medina del Campo, especialmente cuando se celebraban las ferias. Tenía mucha
afición por los juegos, bailes y celebraciones.
Su madre, a pesar de sus disturbios mentales,
cuidó con gran esmero de su educación, como lo demostraría la formación
adquirida por la futura reina. Con el ejemplo de su madre, la niña desarrolló
una intensa vida de piedad. La familia disponía de una capilla con autorización
pontificia para celebrar la misa diariamente.
Desde muy pequeña Isabel comenzó a manifestar
una profunda fe por influencia de su abuela, Isabel de Barcelós, y del
franciscano fray Lorenzo.
En la educación de la pequeña Isabel, su madre
contó con la valiosa ayuda de otras personas. Beatriz de Silva influyó en su
devoción a la Inmaculada Concepción; Teresa Enríquez, conocida como «la loca
del Sacramento», favoreció su devoción por la Eucaristía; fray Juan de Tolosa,
provincial de los franciscanos de Castilla, fue su preceptor; el agustino
Martín de Córdoba, autor de Jardín de
nobles doncellas, le regaló y dedicó ese libro, a petición de su madre. La
obra tiene intención moralizadora, y expone las virtudes que se esperan de la
mujer: pudor, castidad y modestia.
La futura reina
adquirió una amplia y variada formación: moral, cristiana, cultural (gramática,
música, retórica, filosofía), junto con el conocimiento de las normas del
protocolo.
Isabel es separada de su familia para vivir en la corte de
Enrique IV
A los diez años de edad Isabel fue obligada a
abandonar Arévalo para instalarse en Segovia, en la corte de su hermanastro el
rey Enrique IV, alejada así de su madre. Esa separación fue muy dura porque
estaba muy unida a ella. Siendo ya reina la visitaría con asiduidad, hasta su
fallecimiento en 1496.
El cambio fue difícil también por la
diferencia de ambiente. Además Isabel perdió libertad, ya que quedó vinculada a
la vida cortesana. Más tarde calificaría la corte como escuela de malas
costumbres, donde fue testigo del «espectáculo de un poder real pisoteado, de
un soberano incapaz de hacerse respetar y obedecer, de un Estado entregado a
las banderías y reducido a la impotencia»[1].
Afortunadamente tuvo algún contacto con sus
orígenes, ya que la reina Juana de Portugal, esposa de Enrique IV, estaba muy
relacionada con damas portuguesas, por lo que Isabel pudo seguir escuchando
portugués, la lengua de su madre y abuela.
En 1462 nació su sobrina Juana de Castilla, de
quien fue madrina. Isabel se vio obligada a residir en diferentes ciudades:
Segovia, Aranda, Madrid, Toledo y Guadalajara. En los últimos años de su
permanencia en la corte real, vivió la tensión originada por la violenta
oposición de los nobles.
Enrique IV se casó dos veces. Primero con
Blanca de Navarra, siendo anulado el matrimonio al cabo de doce años por no
haberse consumado. Después contrajo matrimonio con Juana, hermana de Alfonso V,
rey de Portugal. A los siete años la reina da a luz una hija, Juana, que las
Cortes reconocieron como heredera del trono. Posteriormente surge el rumor de
que la infanta no es hija del rey, sino del valido Beltrán de la Cueva, y se la
empieza a nombrar con el apodo de «la Beltraneja». Con este motivo, un sector de
la nobleza castellana organiza una violenta campaña política
en contra del rey, que desembocaría en el
manifiesto del 28 de septiembre de 1464, en el que se le acusa de dejar el
Estado en poder de Beltrán de la Cueva. Se le conmina también a desheredar a la
infanta Juana.
El rey cede y deshereda a Juana —aunque no la
declara ilegítima—, y reconoce como heredero al trono a su hermano Alfonso.
Confiaba en un posible matrimonio posterior entre Alfonso y su hija, pero el
fallecimiento prematuro de Alfonso haría imposible su secreto proyecto.
El 5 de julio de 1465, en una ceremonia
grotesca celebrada en Ávila, los nobles rebeldes destronan en efigie a Enrique
IV y proclaman rey al infante Alfonso, que tiene once años. Además le
convierten en bandera de su propio bando. Alfonso comienza a actuar como rey y
dona a su hermana Isabel, en 1467, la importante villa de Medina del Campo. El
5 de julio de 1468, tras una corta enfermedad, muere y es enterrado en el
convento franciscano de Arévalo. Isabel, muy apenada, mantuvo fría la cabeza y
empezó a manifestar su madurez y su inteligencia política: «A los 17 años,
Isabel había vivido lo bastante como para tener claro el sentido de su
existencia (…). Isabel se hizo mayor a golpe de zozobras y desventuras. En la
niñez, muerto su padre y alejada su madre de la Corte, vio como ésta se volvía
loca, destino trágico que siempre le alarmó y que le aguardaba en otra estación
de su vida. (…) La religión se convirtió en un consuelo y hasta en un refugio
desde que tuvo uso de razón. (…) La degradación de la corte y los escándalos de
Enrique; el menosprecio de éste a su madre; la soledad; la falta de recursos,
lindante con la escasez, que madre e hija padecieron; la sombra de un
matrimonio forzado (…) y el peligro que corría su vida en aquel baile de golpes
de mano, cambio de herederos, raptos y asesinatos, la hicieron madurar a la
fuerza. También la hicieron extremadamente cautelosa, aunque no medrosa. Cuando
tuvo ocasión de acceder al poder y ejercerlo, nunca dudó»[2].
Isabel no se deja manipular
Desde la muerte de Alfonso, Isabel, que vive
en Ávila, se convierte en heredera del reino de Castilla. Los nobles de su
partido quieren
proclamarla reina. Intentan utilizarla para
aumentar su propio poder proponiendo que suceda a su hermano, pero ella se
opone y opta por la línea de sucesión legítima, obligándoles así a buscar un
acuerdo con Enrique IV que evite una posible guerra civil. Demostró con ello un
sentido político impropio de su edad —17 años— y de aquellos tiempos.
Por el Pacto de Guisando —19 de septiembre de
1468—, Isabel aplaza el título de reina hasta la muerte de su hermano, y hace
que recupere el poder real. Enrique le confiere por ese motivo el título de
princesa de Asturias, que desde Juan I es el que llevan los herederos de la
corona. La reconoce públicamente como heredera del trono, en menoscabo de su
hija Juana «la Beltraneja».
Con el Pacto se logró la reconciliación entre
Enrique IV e Isabel, y el restablecimiento de la paz en el reino. También se
estableció que ella no se casaría en contra de su voluntad. A pesar de ello, su
hermano Enrique intentó forzarla a contraer matrimonio con el rey Alfonso V de
Portugal. Ante la negativa, Enrique la amenazó con recluirla en prisión.
Isabel prefiere como pretendiente a Fernando II de Aragón
Durante seis meses Isabel mantuvo en secreto
su decisión de casarse con Fernando II de Aragón, con el fin de evitar la
ruptura con Enrique y asegurarse los apoyos necesarios y las garantías de su
futuro esposo. Prefirió a Fernando por ser el más antiguo de los pretendientes
y el que ella consideraba más apropiado para fortalecer su opción al trono.
Para la princesa castellana el camino hacia el
poder pasaba por la alianza con Aragón.
Fernando había nacido el 10 de mayo de 1452 en
territorio aragonés, en la localidad de Sos, por deseo expreso de su madre —que
se encontraba en ese momento en Navarra—. Era el segundo hijo de Juan II de
Aragón y de Juana Enríquez, esta última de la familia de los Trastámara,
emparentada con el rey de Castilla Enrique IV. Esto convertía a Fernando en
primo de Isabel. Heredaría la corona a la muerte de su hermano Carlos, Príncipe
de Viana, en 1461.
Hernando del Pulgar,
en su Crónica de los Reyes Católicos,
dice que,
desde su infancia, Fernando fue criado entre
guerras y peligros. Tenía diez años cuando se produjo la rebelión de Barcelona
contra su padre, que originó una guerra civil de diez años en la que tomó parte
activa (1462-1472).
Fernando fue educado por el humanista
Francisco Vidal de Noya y por el obispo gerundense Joan Margarit. En su
personalidad destacaba su habilidad de maniobra política, heredada de su padre,
que solía desconcertar a sus adversarios.
Los agentes de Juan II de Aragón, con el apoyo
del Arzobispo de Toledo, habían proyectado la boda del príncipe heredero con la
infanta Isabel de Castilla. Con ese propósito negociaron con la nobleza
castellana opuesta a Enrique IV. Para los Trastámara de Aragón ese matrimonio
era una gran ayuda frente a los revolucionarios de Cataluña y el expansionismo
de la monarquía francesa.
La boda de Isabel y Fernando
Fernando e Isabel tenían un problema legal
para contraer matrimonio: eran primos —sus abuelos, Fernando de Antequera y
Enrique III, eran hermanos—. Necesitaban una bula papal que los dispensara de
ese impedimento. Con la connivencia de don Rodrigo Borgia, los novios
presentaron una supuesta bula emitida en junio de 1464 a favor de Fernando por
el Papa anterior, Pío II, en la que se le permitía contraer matrimonio con
cualquier princesa con lazo de consanguinidad hasta tercer grado.
Con la mediación de Fernando del Pulgar, el 7
de enero de 1469 se realizan las capitulaciones matrimoniales. Fernando firma
un protocolo en el que se compromete a actuar en estrecha colaboración con
Isabel. Todas las decisiones se tomarían en común y todos los decretos
llevarían el nombre del rey y de la reina, aunque según derecho, ella será la
única titular de la corona. Fernando queda limitado a la situación de príncipe
consorte.
La boda entre Isabel y Fernando se celebró en
secreto en Valladolid, el 19 de octubre de 1469. Ese matrimonio, que establecía
la fusión de las
coronas de Castilla y de Aragón, sería de
enorme importancia para la unidad de España. Fue muy bien visto en aquella
época, en cuanto significaba la recuperación de lo que en el siglo viii se
había llamado «la pérdida de España»[3].
Despechado por esa boda, realizada sin su
consentimiento y a sus espaldas, Enrique IV se retracta de lo acordado en el
Pacto de Guisando, y designa heredera al trono de Castilla a su hija Juana.
Esto daría lugar más adelante a un enfrentamiento bélico entre dos bandos: el
proisabelino, apoyado por una parte de la nobleza y por el reino de Aragón, y
el de los partidarios de Juana, ayudados por el reino de Portugal.
La princesa Isabel se autoproclama reina por sorpresa
Enrique IV muere en Madrid el 12 de diciembre
de 1474. Isabel recibe la noticia encontrándose sola en Segovia, ya que
Fernando estaba en Aragón ayudando a su padre. Isabel no espera a que regrese
su marido para tomar sus primeras decisiones. La princesa, que había sido
reconocida heredera de los reinos de Castilla y León en 1468, se hace proclamar
reina el 14 de diciembre de 1474, tomando como base el Tratado de los Toros de
Guisando.
El 13 de diciembre, desde el Alcázar de
Segovia, Isabel llega a la plaza de la ciudad, donde se había preparado un
estrado junto a la iglesia de San Miguel. Acude a la ceremonia montando un
caballo engalanado y bajo palio, precedida por un caballero con la espada
desnuda levantada, símbolo del poder de la persona que cabalgaba detrás de
ella. Tras jurar por Dios, por la Cruz y por los Evangelios que sería obediente
a los Mandamientos de la Santa Iglesia y ejercería un buen gobierno, es
proclamada y reconocida como reina por los nobles presentes, que le juran
lealtad. Luego entra en el templo a rezar. Tras entregar a la Iglesia el pendón
real, hace celebrar un oficio religioso en memoria del rey difunto. Terminada
la celebración, escribe a su marido, que recibe la carta en Calatayud. Actuó
así confiando en el factor sorpresa: «Isabel toma por sorpresa a todo el mundo,
empezando por su marido, reducido a
la situación de príncipe consorte, lo cual no
aprecia en absoluto. Se esperaba un debate con los principales personajes del
reino para examinar las condiciones en las que se efectuaría la transmisión de
poderes, se esperaban promesas y garantías de una parte y otra; en resumen, se
esperaba una negociación general. Eso era precisamente lo que pretendía evitar
Isabel: la transmisión de la corona no se discute; no puede ser objeto de
ninguna transacción, menos todavía de componendas: se acepta o se rechaza. Isabel
coloca a todo el mundo ante el hecho consumado y obliga a nobles y ciudades a
pronunciarse con claridad»[4].
La noticia no agrada a Fernando. Le disgusta
sobre todo el gesto de la espada, que expresa claramente la pretensión de
Isabel: ser reina efectiva en su reino. El príncipe regresa a marchas forzadas
hacia Segovia con el propósito de reorientar lo ocurrido.
Fernando no se conforma con ser príncipe
consorte, pese a que era lo previsto en el acuerdo de 1469. Alega que, como
pariente varón más próximo a Enrique IV, se considera su legítimo sucesor. Tras
fuertes discusiones con Isabel, gracias a la mediación del Arzobispo de Toledo
se llega a la Concordia de Segovia, en enero de 1475. Se establece que Fernando
reciba el título de rey, junto con la garantía de ejercer el poder
conjuntamente con la reina.
La audacia de Isabel tuvo éxito. Los
partidarios de la princesa Juana, sorprendidos y desorientados, perdieron la
iniciativa. Al frente estaba el marqués de Villena, Diego López Pacheco. La
cuestión de si la princesa Juana es la heredera legítima pasa ahora a un
segundo plano; lo que se pretende es que la nobleza obtenga el derecho a
participar en el gobierno del reino en pie de igualdad con el monarca. Pero la
cuestión se complica cuando los nobles rebeldes se alían con el invasor
portugués.
El reinado de los Reyes Católicos
La muerte de Enrique IV abre un período de
guerra civil entre los partidarios de Isabel y los de la hija de Enrique, Juana
la Beltraneja, apoyada por el rey de Portugal Alfonso V el Africano. En abril
de 1475, Alfonso V comunica a Isabel I su intención de casarse con su sobrina,
la
princesa Juana, y reivindicar para ella y para
sí mismo la corona de Castilla.
Con el cruce de la frontera por parte del
ejército portugués se inicia la Guerra de Sucesión Castellana (1475-1480).
Muchas ciudades de Castilla se levantan a favor de Isabel. La reina obtiene
subsidios de las Cortes de Medina del Campo y Madrigal para financiar la
guerra. Fernando negocia con habilidad la ayuda de poderosas familias
castellanas, instruye a su ejército en nuevas técnicas militares y lleva
personalmente la dirección militar de la guerra.
La victoria en la batalla de Toro, el 1 de
marzo de 1476, decide la guerra a favor de Castilla, que concluye con el
Tratado de Alcobendas, el 4 de septiembre de 1479. Juana renuncia a sus
derechos y es recluida en un convento de Santa Clara, en Coimbra.
Fernando hereda la corona de Aragón a la
muerte de su hermano Carlos, Príncipe de Viana. Añade esa corona a la de
Castilla, Sicilia y Nápoles. Además se produce la unión dinástica de Aragón y
Castilla. Recibió el título de Rey Católico, otorgado por el Papa Alejandro VI.
Luego la costumbre lo extendió a su esposa Isabel.
Los Reyes Católicos inician su reinado
pacificando a la nobleza levantisca y reduciendo su poder. En las Cortes de
Toledo (1480) los nobles fueron desposeídos de la mitad de las rentas que
habían usurpado desde 1464. Mediante la reforma de las instituciones ponen las
bases de un Estado moderno. Buscando la unidad religiosa introducen la
Inquisición y expulsan a los judíos y a los moriscos de Granada.
En su objetivo de ultimar la Reconquista, en
1492 obtienen el éxito de la conquista de Granada, gracias, sobre todo, a la
pericia militar y habilidad política del rey. En ese mismo año se autorizó y
financió el viaje de Colón en busca de las Indias, que desembocaría en el
descubrimiento de un nuevo continente.
Los últimos años de los Reyes Católicos están
amargados por la desgracia de sus hijos. En 1474 muere el infante Juan, y en
1498 lo hace la infanta Isabel. Con la muerte del príncipe heredero a la edad
de 19 años, se abre un período de incertidumbre del que España no saldrá hasta
1522, con Carlos V. Este suceso parece destruir la esperanza de que la doble
monarquía quede definitivamente unida en la persona de un solo rey. Ello crea
en Isabel un desasosiego que no logrará superar.
La reina muere el 26
de noviembre de 1504, a los 53 años de edad, en el Palacio Real de Medina del
Campo, de un cáncer de útero. Durante su enfermedad mandó que las misas por su
salud se aplicaran por su alma. Pidió la Unción de los Enfermos y el Santísimo
Sacramento, que recibió con mucha piedad. Dispuso que no se realizaran gastos
suntuosos para su entierro y se invirtiera ese dinero en limosnas, y que su
cuerpo fuera vestido con el hábito franciscano. Su fama de santidad se fue
extendiendo rápidamente.
Tras el fallecimiento de Isabel y el de su
hijo primogénito Juan, la princesa Juana, hija mayor de los reyes, queda como
heredera del trono, y Fernando como regente. Las presiones de Felipe el
Hermoso, el marido de Juana, obligaron a Fernando a dejar la regencia en sus
manos, aunque por poco tiempo. La muerte de Felipe en 1507 y la locura de su
hija Juana hicieron que Fernando tuviera que hacerse cargo de la regencia por
segunda vez, a petición del Cardenal Cisneros, que había asumido la regencia
temporalmente.
Fernando se casó de
nuevo el 19 de octubre de 1505 con Germana de
Foix, sobrina de Luis
XII de Francia. Fue regente hasta su muerte en
Madrigalejo en enero
de 1516. Su nieto Carlos I heredó todos los reinos.
«Antes de los Reyes Católicos no había Estado.
Ellos lo crearon. Llegaron en el momento oportuno y con las cualidades
necesarias para conseguirlo. Restauraron el prestigio de la monarquía, la
autoridad del Estado y la justicia en el reino. Su gobierno supuso el final de
la anarquía y la instauración de un poder fuerte y respetado. Tenían muchos
colaboradores y consejeros, pero las decisiones las tomaban ellos dos solos en
común»[5].
Con los Reyes Católicos se inició la unidad de España. Reduciendo el poder
nobiliario sustituyeron el Estado Medieval por el Estado Moderno.
Actualmente están enterrados en la Capilla
Real de Granada, junto con Juana I y Felipe el Hermoso, en un fastuoso sepulcro
construido por Carlos I.
En 1958 se inició el proceso de beatificación
de Isabel por la Archidiócesis de Valladolid. Gran parte del episcopado español
e hispanoamericano se ha mostrado favorable.
Una boda de novela para un matrimonio político
Ante el temor de que Enrique IV abortara los
planes de boda, los novios se citaron secretamente en Valladolid. Isabel salió
de Ocaña, donde estaba custodiada por Juan Pacheco, a mediados de mayo, con el
pretexto de visitar la tumba de su hermano Alfonso, que reposaba en Ávila. Su
llegada a Valladolid para liberarse de los aspirantes que le imponían originó
una gran acogida popular. El pueblo repetía la frase atribuida a Isabel
pensando en Fernando, a quien consideraba el esposo ideal: «Flores de Aragón,
en Castilla son».
Fernando salió de Zaragoza de manera oficial
el 5 de octubre de 1469, simulando dirigirse en dirección opuesta a Castilla.
Luego cambia de dirección y de vestimenta y, acompañado sólo de seis personas
disfrazadas de comerciantes, camina rumbo a Castilla. Viaja de noche y sin
escolta. En una posada se hace pasar por palafrenero, cuidando los caballos de
sus acompañantes. El 7 de octubre llegan a Burgo de Osma, donde, al ser tomados
por merodeadores, son recibidos a pedradas por los centinelas de las murallas
de esa localidad. Tras ser identificados, Fernando se viste como príncipe de
Aragón. Pasando por Dueñas, entran clandestinamente en Valladolid el 14 de
octubre, día en el que se encuentra por primera vez con su prometida, en
presencia del obispo Carrillo, en casa de Juan de Vivero.
De acuerdo con los compromisos adquiridos,
Fernando entregó a Isabel un collar de perlas valorado en cuarenta mil ducados,
junto con veinte mil florines de oro.
Algunos cronistas hablan de la alegría popular
suscitada por el encuentro de los novios. El pueblo, cansado de riñas entre los
nobles, mostraba su simpatía al joven príncipe, capaz de correr grandes
peligros para casarse con su prometida.
La boda, oficiada por el arzobispo de Toledo,
se celebró en la mayor intimidad. Después de la ceremonia los príncipes, que ya
usaban el título de reyes de Sicilia, tuvieron que refugiarse en Dueñas huyendo
de Enrique IV. El historiador Luis Suárez ha afirmado que, aunque no se
trataba de un matrimonio de amor, sin embargo,
durante toda su vida Isabel dio un altísimo ejemplo de fidelidad, entrega y
amor.
Dos declaraciones
tardías de amor: el testamento de Isabel y la carta posterior de Fernando
En su testamento, Isabel dispuso que su cuerpo
fuese enterrado junto al de su marido, y que se vendieran sus bienes muebles,
con una salvedad: que Fernando escogiera las joyas y otras cosas que quisiera
para que «viéndolas, pueda tener más continua memoria del singular amor que a
su señoría siempre tuve».
Esta declaración de amor tuvo respuesta en la
carta que el 26 de noviembre escribió Fernando para informar de la muerte de la
reina a las ciudades e instituciones del reino. Selecciono un fragmento: «Hoy,
día de la fecha de ésta, ha placido a Nuestro Señor llevar para sí a la
serenísima reina doña Isabel, mi muy cara y muy amada mujer. Y aunque su muerte
es para mí el mayor trabajo que en esta vida me pudiera venir, y por una parte
el dolor de ella y por lo que en perderla perdí yo y perdieron todos estos reinos
me atraviesa las entrañas, pero por otra, viendo que ella murió tan sana y tan
católicamente como vivió, de que es de esperar que Nuestro Señor la tiene en su
gloria, que para ella es mejor y más perpetuo reino que los que acá tenía, pues
que a Nuestro Señor así le plugo, es razón conformarnos con su voluntad e darle
gracias por todo lo que hace»[6].
Estas palabras expresan que Fernando se fue
enamorando con el paso de los años de su mujer. La relación inicial, de
intereses políticos y de amistad, fue evolucionando hasta convertirse en una
relación amorosa. Quizá sentirse amado por una mujer de tanta categoría fue
decisivo para que Fernando correspondiera.
[1] PÉREZ, J.: Isabel y Fernando. Los Reyes Católicos.
Nerea, Madrid, 1988, p. 78.
[2] JIMÉNEZ
LOSANTOS, F.: Los nuestros.
Cien vidas en la historia
de España. Planeta,
[3]
DEL VAL, I., y VALDEÓN, J: Isabel la
Católica, reina de Castilla. Ámbito, Valladolid, 2004, pp. 99-102.
[4] PÉREZ, J.: Op. cit.,
p. 96.
[5] PÉREZ, J.: Op. cit.,
pp. 121-125.
[6] PÉREZ, J.: Op. cit.,
p. 365.
7.
TOMÁS MORO Y JUANA COLT (1505); ALICIA
MIDDLETON (1511)
UN MATRIMONIO FELIZ CENTRADO EN LA AYUDA MUTUA
Un hijo de jurista que sigue la tradición paterna
Tomás Moro escribió en 1532 una breve
autobiografía en forma de epitafio. Aunque en ese momento, con 54 años, aún no
imaginaba una muerte por martirio —que llegaría tres años después—, sí tenía la
intuición de que se encontraba en la recta final de su vida. El 16 de mayo de
ese año había renunciado a su cargo de Lord Canciller del Reino por razones de
conciencia, tras catorce años al servicio de Enrique VIII. Aprovechándose de su
voluntaria salida de la vida pública, sus enemigos políticos y religiosos, resentidos
porque Moro había frenado sus tropelías, organizaron campañas de desprestigio
basadas en la calumnia. Ante ello, Moro ideó redactar el epitafio con la
intención secreta de responder para siempre y de modo ingenioso a los injustos
ataques recibidos.
En la vieja iglesia «Old Church» de Chelsea se
conserva actualmente su tumba, con la inscripción latina del epitafio esculpida
sobre una lápida de mármol negro. El sepulcro contiene solamente la cabeza del
mártir — lo único que Margarita, su hija mayor, pudo salvar tras ser
decapitado, sobornando al encargado de arrojarla al río Támesis—. El epitafio
empieza así: «Tomás Moro, nacido en la ciudad de Londres, de familia honrada,
sin ser célebre».
No existe seguridad
absoluta sobre la fecha de nacimiento. La más
probable es la de 7 de febrero de 1478. Era el
segundo hijo y primer varón de Sir John More, abogado y juez, y de su primera
esposa, Agnes Graunger, que falleció cuando Tomás tenía 4 años. La familia Moro
vivía en Milk Street, cerca de Cripplegate.
En 1490 Moro ingresa en la escuela de Saint
Anthony, considerada la mejor «grammar school» de Londres. Los profesores
consideraron que, por sus grandes progresos en historia, retórica, latín e
inglés, merecía ser admitido en el Palacio de Lambeth, sede del Arzobispo de
Canterbury y Lord Canciller de Inglaterra John Morton.
Con ese objetivo, el padre, acompañado de su
hijo, fue a ver a Morton. Tomás superó el difícil interrogatorio al que le
sometió el Arzobispo, que pronto lo convirtió en su paje favorito. Los dos se
entendieron siempre muy bien, por similitud de ingenio, carácter abierto y amor
a las letras. Los años de convivencia con el Arzobispo y más tarde Cardenal
permitieron a Tomás adquirir una formación doctrinal católica muy sólida, junto
con una magnífica preparación para su posterior carrera política: «Los muchachos
confiados a la custodia de Lambeth asimilaban de manera directa los manejos de
la política, el trato con la gente y las reglas de cortesía. (…) El paso por la
casa del Cardenal era en aquellos años la mejor antesala para la vida pública.
Allí adquirió Tomás tacto y finos modales, logrando esa dignidad y discreción
que le permitirían el día de mañana tratar con llaneza a los del pueblo y
actuar con garbo en el Parlamento y en la Corte»[1].
En 1492, con 14 años, ingresó en el Canterbury
College de la Universidad de Oxford, donde el arzobispo le había conseguido
plaza. Estudió literatura, filosofía y griego. También perfeccionó la retórica.
Su padre le enviaba solo el dinero indispensable para los gastos más
necesarios, lo que le ayudó a restar tiempo a las diversiones y emplearlo en el
estudio diario en la biblioteca.
Dos años después, por deseo de su padre, dejó
Oxford sin graduarse, para estudiar los fundamentos del derecho en el New Inn
de Londres, una escuela profesional de juristas. Siendo estudiante de Derecho
en la Escuela de Lincoln´s Inn, impartió clases en la escuela de Derecho de
Furnivall´s y mantuvo una relación amistosa con humanistas como Erasmo. En esta
época aprendió francés, escribió algunas poesías llenas de ironía, que le
dieron alguna fama, y tradujo libros del latín al inglés y
Los años de dudas en el terreno espiritual
Entre 1499 y 1503 trabajó como abogado de
éxito y como profesor de Derecho. Vivió además varios meses como huésped en la
cartuja de Londres, donde acudió a causa de su inquietud espiritual, sin hacer
votos religiosos: «Tomás participaba en la Santa Misa, en las meditaciones,
lecturas y prácticas de penitencia de los monjes. Servía a Dios con ellos. Pero
aún estaba abierta la cuestión de si aquélla era la forma de servir a Dios
prevista para él, o si ese servicio debería vivirse en el mundo, en la profesión
y las obligaciones sociales, matrimoniales y familiares, y cómo habría de
realizarse todo ello»[2].
Moro dejó el convento sin haber resuelto un
problema vocacional que se prolongaría durante varios años. En ese tiempo de
dudas se encontró con un libro que sería providencial en su vida: el tratado de
La Ciudad de Dios, de San Agustín. Durante su lectura se planteó una pregunta clave: ¿cómo se llega a ese desprecio
de sí mismo en el mundo en que se basa la Ciudad de Dios? La respuesta que
encontró fue la siguiente: estando en el mundo sin ser del mundo.
En 1501 imparte clases en la iglesia de San
Lorenzo, sobre el libro La Ciudad de Dios. Tres años después, bajo
el reinado de Enrique VII, es elegido
por primera vez miembro del Parlamento y nombrado juez y subprefecto en la
ciudad de Londres.
Cuatro años más tarde traduce al inglés la
biografía de Giovanni Pico della Mirandola, escrita por su sobrino
Gianfrancesco. Este libro le impactó, pues encontró en él la solución sobre el
modo de vivir que buscaba.
Pico era un humanista que conocía los secretos
tanto del mundo clásico greco-latino como los de la ciencia hebrea y árabe. En
un certamen público celebrado en Roma retó a todos los sabios de Italia.
Conocer aquel modo de pensar dejó en Tomás una huella imborrable: «El tremendo
impacto producido por el ejemplo de Pico, al traducirlo primorosamente al
inglés, no le abandonó nunca. No se sabe cuáles
fueron los libros que tuvo consigo antes de su
muerte en la Torre de Londres; pero quien haya leído los comentarios a los
salmos del humanista italiano y sus oraciones, verá el hilo de la inspiración
que los une con el salterio de Moro y sus puntos de meditación. (…) Moro
aprendió de Pico que el destino humano está por encima de culturas y
civilizaciones y que la misión del amante es transformar la sociedad en que
vive, cristianizando las empresas mundanas y restableciendo el señorío de
Cristo en el universo»[3].
La decisión de casarse
En 1505, con 27 años, Moro se sintió llamado
al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical: «Reconcentrado de
nuevo en el serio problema de su vida interior, y convencido de que su vocación
era el mundo, no vio mejor salida a su estado que el casarse. Le dolían los
devaneos de otras épocas y tendría que resolverse a cortar por lo sano. La
despedida de soltero fue lenta y reflexiva. No existen episodios sentimentales
ni flechas de Cupido. Tampoco asoma el acicate apasionado de la carne. Moro consultó
el asunto con su director espiritual y se dedicó a buscar soluciones por su
cuenta, como es de ley en todo soltero. Encerrándose en su cuarto cogió papel y
pluma e hizo examen de conciencia. De aquellos escrutinios se conserva un poema
titulado Cándido, ¿qué esposa has de
elegir? El poema, compuesto en latín por el Moro reflexivo, está dirigido,
en monólogo interior, al Moro ingenuo y cándido que tenía el corazón lo
suficientemente mozo como para cometer cualquier tontería»[4].
Como resultado de su examen de conciencia,
enumera por escrito las cualidades que deberá tener su novia: «Pudores de
virgen, alegrías de juventud, sin ceño ni procacidad; que guste de la música y
de los libros, que no tenga arrebatos de histerismo cuando se presente un
apuro, ni se atolondre en los momentos gozosos. Quería un mirlo blanco. Parece
ser que lo encontró, aunque más cierto sería decir que le fue cambiando el
plumaje»[5].
Aceptando sucesivas
invitaciones, Moro frecuentaba la casa de John
Colt, en su finca de Netherhall, en el condado
de Essex. Este caballero tenía tres hijas en edad de casarse. Se enamoró de la
segunda, aunque eligió a la mayor, Juana, por delicadeza: quería evitarla el
dolor y la vergüenza de no ser preferida siendo la primogénita.
El matrimonio con Juana Colt
Tomás y Juana se casaron en 1505. Ella tenía
17 años, 10 menos que él. Juana se había criado en el campo, junto con sus
padres y hermanos, y aunque era de noble linaje, no poseía mucha instrucción.
Tomás la prefirió así para modelarla según su propio criterio. Con ese fin le
proporcionó lecciones de literatura y de música. Le expresaba su afecto
ayudándola a desarrollar su personalidad.
Durante el primer año de vida matrimonial,
Juana sentía mucha nostalgia del contacto con la naturaleza en Essex. Sufría
también al tener que seguir una disciplina de estudios impuesta por su
esposo-profesor, a lo que no estaba acostumbrada. Todo ello explica por qué
lloraba de forma casi continua. Tomás intentaba distraerla llevándola de paseo
por la ciudad de Londres, pero como esto no daba resultado, la acompañó al
campo, a casa de sus padres.
Moro tendría que aprender que, para hacer
feliz a su joven, dulce y frágil esposa, el camino no era sustituir la vida del
hogar por el ambiente de una academia. Pidió consejo a su suegro, por tener
mucha experiencia de casado, pero no le convenció el método que le propuso:
«Ejercita tus derechos y suminístrale una buena tunda». A quien sí logró
convencer John Colt fue a su hija: «La joven, tras la conversación con su
padre, volvió al dormitorio y allí se encontró a su marido, solo. Se echó a sus
pies y dijo: “querido esposo, hasta ahora no te conocía ni a ti ni a mí. Verás
como en el futuro seré distinta. Olvida, pues, todo lo que ha pasado hasta este
momento”. Tras escuchar estas palabras, el marido la atrajo hacia sí con un
beso, prometiéndole todo si era fiel a su propósito. Lo fue, y también podemos
suponer que el esposo se había vuelto más cauto, más comedido en su afán
pedagógico y más recto en sus intenciones y que iría madurando poco a poco
hasta ser el cariñoso padre de sus hijos, tal
como lo conocemos»[6].
Tomás y Juana tuvieron tres hijas: Margarita,
Isabel y Cecilia, y un hijo: Juan. El matrimonio fue feliz, como lo prueba que,
muchos años después, Moro recuerda a su fallecida esposa como su cara uxorcula, su «querida mujercita».
Ella fue dichosa dedicándose plenamente a sus hijos y las tareas del hogar.
Además, superó con éxito el reto de su formación y su adaptación a la forma de
ser de su marido.
La unión duró solamente seis años y medio, ya
que Juana murió en el verano de 1511, a los 23 años, dejando al joven Moro
viudo, con cuatro hijos de entre seis y dos años.
Segundas nupcias: el matrimonio con Alicia Middleton
Lo que más preocupaba a Moro en su viudez era
el cuidado y educación de cuatro hijos sin madre. Se vio asaltado por el
recuerdo de su propia orfandad, de su soledad infantil, a la muerte de su
madre, Inés Grauger. Y decidió seguir el ejemplo de su padre, que volvió a
casarse. Esto explica la rapidez de su segundo casamiento, que se produjo unas
cinco semanas tras el fallecimiento de su primera mujer.
Otra vez se le planteaba a Tomás el reto de
acertar en la elección de esposa. Si en la primera unión se guió más por el
corazón que por la cabeza, en esta ocasión no hubo margen para un idilio
romántico. Buscó una mujer hacendosa y con experiencia en el gobierno de la
casa y en la educación de los hijos.
La elegida fue Alice Middleton, viuda de John
Middleton, comerciante de paños en Londres. Tenía seis años más que Tomás y
vivía con una hija del primer matrimonio. Alice era una mujer enérgica y de
fuerte carácter, pero Tomás fue feliz con ella, porque supo entenderla y
tratarla.
A pesar de la rapidez con la que tomó la
decisión de casarse por segunda vez, Moro siempre se mostró muy satisfecho de
su segundo matrimonio, hasta el punto de que no sabía a cuál de las dos mujeres
había querido más. Fue toda su vida un marido fiel y un padre ejemplar. Se
responsabilizó de la educación intelectual, moral y religiosa de sus hijos.
Amaba la vida de familia y fomentaba la oración en común. Su
casa siempre permaneció abierta a todos sus familiares y amigos.
La persona de confianza de Enrique VIII
En 1510 Moro es elegido miembro del primer
Parlamento convocado por Enrique VIII. Seis años después escribió su obra
cumbre, Utopía, publicada en Lovaina,
en la que analizaba algunos problemas sociales de la humanidad. Con ella obtuvo
el reconocimiento de los principales eruditos de Europa.
Empezó a trabajar para el Rey en 1517, quien
le hizo miembro de su Consejo Privado y le confió misiones diplomáticas en
diferentes países. Pasados cuatro años fue nombrado Vicecanciller del Tesoro y
ascendido a la nobleza. Su hija Margaret se casó con William Roper.
En 1524 adquirió unas tierras en la aldea de
Chelsea. Buscaba un lugar tranquilo, alejado del ajetreo de la City, para
contemplar la naturaleza y estudiar filosofía. También quería una casa más
grande que la de Londres, teniendo en cuenta que su segunda y tercera hija se
casarían pronto y Moro deseaba que todos vivieran juntos. Solía visitar a las
familias más necesitadas, participaba en las procesiones de su parroquia y
colaboraba económicamente en la construcción de una capilla.
En 1527 Moro es consultado por primera vez por
el Rey acerca de su «gran asunto»: la intención de divorcio. Enrique pretende
que el Cardenal-Canciller Wolsey lleve adelante la anulación del matrimonio con
Catalina de Aragón. Pero Wolsey fracasaría en sus gestiones con Roma, algo que
Enrique no le perdonó. Un año después fue encerrado en la prisión de la Torre
de Londres. Allí enfermó de muerte a causa de los remordimientos por su indigna
conducta.
Dos años después el Rey nombró a Moro
Lord-Canciller del Reino. Fue el primer laico en desempeñar ese cargo. Moro se
resistió en un principio a aceptarlo, porque sospechaba que Enrique quería
utilizarle como instrumento para resolver su «gran asunto». Finalmente accedió,
por sentido de la responsabilidad, en un momento de crisis política y económica
del país. La ceremonia de entrega del Gran Sello —símbolo de las facultades de
la Cancillería—, tuvo lugar el 25 de octubre de
Moro se aleja del Rey
El 15 de mayo de 1532 el clero inglés se
sometió definitivamente a la supremacía del Rey sobre la Iglesia. Un día
después, no queriendo apoyar el proyecto de Enrique VIII, Moro dimitió de su
cargo de Lord-Canciller del Reino. Se retiró de la vida pública, aceptando una
nueva vida de pobreza y el abandono de quienes había considerado sus amigos. En
esa etapa redacta su epitafio en latín y la carta a John Frith en defensa de la
Sagrada Eucaristía.
El 25 de enero de 1533 Enrique VIII se casó
con Ana Bolena, que fue coronada reina el 1 de junio. Moro no participó en la
ceremonia de coronación. En enero de 1534 se acusó a Moro de haber escrito
contra una publicación oficial redactada con el consentimiento del rey y de su
Consejo: El libro de los IX Artículos,
que exponía el pensamiento anglicano sobre el divorcio y la Iglesia. El libro
encierra la amenaza de apelar al Concilio contra el Papa, a quien se acusa de
hereje y de autoridad ilegítima. El 6 de marzo Moro es interrogado ante una
Comisión del Consejo Real. Dos semanas más tarde el Papa Clemente VII declara
que el primer matrimonio de Enrique era el único válido.
El 30 de ese mismo mes se promulga el Acta de
Sucesión, que traspasa la sucesión al trono a los hijos del matrimonio del Rey
con Ana Bolena. Poco después se añade que el matrimonio con Catalina de Aragón
ha sido invalidado. Enrique VIII es considerado Cabeza de la Iglesia Anglicana,
como realidad independiente de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Quien
se oponga a dicha Acta es reo de alta traición.
El 13 de abril Moro y el obispo Juan Fisher
son citados para comparecer en el palacio de Lambeth, donde son exhortados a
jurar sobre la Ley de Sucesión. La fórmula del juramento iba precedida de un
preámbulo, en que se declaraba nulo el matrimonio con Catalina de Aragón y se
rechazaba la supremacía del Papa sobre la Iglesia de Inglaterra. Ante los
Lores, ambos se niegan a prestar ese juramento.
Prisión y muerte en la
Torre de Londres
Moro se negó a jurar por segunda vez. Le
pidieron que expusiese sus razones, pero él permanecía en un prudente silencio.
Como hombre de leyes, sabía que si hablaba pronunciaría su sentencia de muerte.
Y como creyente que meditaba diariamente la Pasión del Señor, recordaba que
Jesús guardó silencio ante sus acusadores. Quería dejar bien claro que, siendo
inocente ante la ley, moría exclusivamente por motivos religiosos.
Su negativa le supuso el encarcelamiento en la
Torre de Londres, el 17 de abril de 1534. Perseveró callado hasta el momento en
el que fue condenado por un falso testimonio; entonces pronunció una elocuente
apología sobre la indisolubilidad del matrimonio y sobre la libertad de la
Iglesia ante el Estado.
Al prisionero se le prohibieron todo tipo de
visitas. Vivía en un cuarto húmedo e inhóspito y estaba enfermo, pero gozaba en
su interior de mucha paz. Se apoyaba en la oración y en la fe que había guiado
siempre su vida. Confiaba en Dios, que nunca abandona a sus siervos.
Al cabo de un mes su hija Margarita consiguió
permiso para verle. Le pidió que cediera en su negativa de prestar juramento,
alegando que la Ley había sido aprobada por el Parlamento. Moro le contestó que
él estaba dispuesto a perderlo todo, bienes, tierra y vida, antes de ir contra
su conciencia y poner en riesgo su alma.
Varios meses después se permitió, con torcidas
intenciones, que le visitara su mujer. Cromwell pensaba que Alice Middleton
sería una buena aliada para obtener su propósito y lograr que Moro cediera.
Ella abordó la cuestión sin preámbulos: «¿Cómo va eso, Master Moro? Siempre
habéis sido hombre discreto. Mucho me sorprende que hagáis ahora el tonto
encerrado aquí, en esta cochambrosa prisión, conviviendo alegremente con ratas
y ratones, cuando podíais estar fuera y libre, gozando del favor y benevolencia
del rey y de su Consejo, si hicierais lo que todos los obispos y personajes de
este reino han hecho. En Chelsea tenéis una hermosa casa, biblioteca, libros,
galería, jardín y huerta, y todo lo que os place. Allí lo podéis pasar muy
bien, acompañado de mujer, de hijos y criados. ¿Qué demonios hacéis que no os
dais prisa a dejar esto?»[7].
Tomás escuchó a su
mujer con su habitual paciencia. Luego dialogó con ella:
—Alicia, por favor,
dime una cosa.
—A ver, ¿qué?
—¿No se halla esta
casa tan cerca del cielo como la mía?
—¡Ta, ta, ta!
—Vamos, di, Alicia,
¿no es así?
—Bone Deus, bone Deus, marido. Veo que no
soltáis prenda. —Bueno, Alicia; si es así, mucho mejor. Pero no veo razón para
alegrarme tanto de volver a mi casita y a las cosas que allí
tengo. Porque si llevase siete años bajo tierra y se me ocurriera resucitar y
regresar allá, de seguro que me toparía con alguien a la puerta que me mandaría
largarme diciendo que ya no era mía. ¿Por qué he de apegarme a una casa que va
a olvidar tan pronto a su dueño?[8].
Alicia quiso hasta el final a su esposo.
Financió con gran sacrificio los gastos de estancia en la Torre y compartió
moralmente su martirio, pero, al igual que sus hijas, nunca entendió su
negativa a prestar juramento al Acta de Sucesión. Esto último fue un dolor
añadido para Tomás. Sentía la separación de su familia, pero se sabía protegido
por Dios. Y aprovechaba su tiempo para pensar y escribir.
Entre los escritos del prisionero destacan Tratado sobre la Pasión de Cristo, La agonía de Cristo y
Diálogo del Consuelo en la tribulación.
Vázquez de Prada afirma lo siguiente sobre ese tercer libro: «Tiene mucho
de autobiográfico y de historia contemporánea. Encierra, además, un eterno
valor de símbolo y doctrina. Es un libro ascético, escrito por un humanista,
que nos señala las normas para vivir con Cristo en tiempos de persecución y
apostasía. Es el libro de la iglesia del Silencio. Y guarda, por desgracia, una
palpitante actualidad en todos los siglos»[9].
Al prisionero se le permitió durante un tiempo
ir a Misa a la capilla de la Torre y frecuentar los sacramentos. Se consagró a
poner el alma en regla y amor de Dios. Y en su oración recurría mucho a los
salmos de la Biblia.
Pasaría quince meses
en la Torre de Londres, conservando siempre la
serenidad para sobrellevar la injusticia del
rey. En ese tiempo pudo intercambiar algunas cartas con Margarita, su hija
mayor. En una de ellas le dice lo siguiente: «En realidad estoy aquí tan bien
como en mi casa, porque Dios, que me hizo un niño travieso, me guarda contra su
corazón y me acaricia como a un pequeñuelo»[10].
En 1535 la situación material de la familia
Moro era muy mala, debido a que una nueva ley les privaba de los bienes
materiales y rentas que percibían. Por ello, Alicia Middleton dirigió una carta
al rey que no fue atendida. Los bienes de la familia fueron confiscados y
traspasados a otras personas. El 4 de mayo Margarita visitó por última vez a su
padre. Juntos contemplaron cómo eran conducidos al cadalso los primeros
mártires cartujos, por no jurar el Acta de Sucesión.
El 22 de junio, tiene lugar la ejecución del
obispo Fisher. El 1 de julio se inicia el proceso de Moro en Westminster-Hall.
Por una declaración falsa de Richard Rich, prestada bajo juramento, es
condenado a muerte por «alta traición». El rey conmutó la sentencia de la horca
y el descuartizamiento por una sentencia de muerte por decapitación.
El 6 de julio, su amigo Sir Tomás Pope le
visitó muy temprano para anunciarle que, de acuerdo con un mensaje del rey y
del Consejo, sería ejecutado antes de las nueve. Como el mensajero rompió a
llorar, Moro le consoló con estas palabras: «Sosegaos, mi buen amigo Master
Pope, y no os apenéis, porque estoy seguro de que en el cielo nos veremos otra
vez alegres, con la certeza de vivir y amarnos en la dicha eterna de la
bienaventuranza»[11].
Vestido con su mejor ropa, Moro caminó a pie
hasta el lugar de la ejecución. En el camino rogó a la gente que rezase por él
y declaró que moría por la Iglesia Católica. Tras subir al cadalso recitó el
salmo 50: «Apiádate de mí, Señor, según tu gran misericordia. Señor, no
despreciarás un corazón contrito y humillado». Luego besó y alentó al verdugo,
y se vendó los ojos. La cabeza rodó al primer golpe. Estuvo expuesta un tiempo
en el Puente de Londres, hasta que su hija Margarita pudo rescatarla y depositarla
en el sepulcro de la familia, en la iglesia de San Dunstano. La decapitación de
Moro fue la culminación de un largo martirio: «Consistió no sólo en prisión y
muerte, sino también en miedo: miedo a los sufrimientos, miedo a ser débil,
miedo a acabar ofendiendo a Dios. (…) El martirio consistió también, y quizá en
su forma más
dolorosa, en que continuamente fue tentado,
una y otra vez, de manera peligrosamente sutil, puesto que el tentador le
apremiaba, incluso por boca de las personas más queridas, por ejemplo de su
hija Margaret, con el reproche de ser arrogante, inmodesto, soberbio»[12].
El 29 de diciembre de 1886 son beatificados
John Fisher y Tomás Moro por el Papa León XIII, y el 19 de mayo de 1935
canonizados por Pío XI. De no haber sido mártir, Moro habría merecido la
canonización como confesor. Juan Pablo II proclamó a Tomás Moro patrono de los
gobernantes y de los políticos en el año 2000.
* * *
Moro descubre su vocación para el matrimonio
Recordemos que Moro «se sintió llamado al
matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical». Consideraba el
matrimonio no como una opción, sino como una vocación, que es humana y
sobrenatural al mismo tiempo.
Cuando se habla de «matrimonio» se alude a la
alianza por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de
toda la vida. Cuando se habla del «matrimonio cristiano» se alude a la alianza
de amor de los esposos entre sí y de ellos con Dios: «El matrimonio no es, para
un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las
debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23).
La vocación sobrenatural abre todo un camino
de santidad. Moro sabía que los casados se santifican cumpliendo con perfección
los fines y deberes del matrimonio. Era consciente de que el matrimonio es un
medio para santificar a las personas y tareas domésticas.
Para responder a la llamada recibida, Moro
aborda con prudencia y responsabilidad la tarea de elegir a su esposa. Será una
decisión no basada en criterios sentimentales, sino en una prolongada
reflexión. Quiere actuar con cabeza y corazón. Elegirá a la compañera para toda
la vida en función de unas determinadas cualidades personales: deberá
poseer virtudes, como la alegría y el pudor,
junto con la madurez de carácter que posibilita el autodominio y la fortaleza
de ánimo.
Moro supo elevar el punto de mira a la hora de
elegir esposa, aun cuando pudo pecar de pedir lo imposible. Es muy sugerente,
en este sentido, el comentario de Vázquez de Prada: «Quería un mirlo blanco.
Parece ser que lo encontró, aunque más cierto sería decir que le fue cambiando
el plumaje». Juana Colt hizo feliz a Tomás cuando empezó a olvidar su etapa de
soltera —viejo plumaje—, para asumir su nuevo papel de mujer casada, donde la
atención a la familia fundada prevalece sobre su familia de origen —nuevo plumaje—.
Un matrimonio feliz entre dos personas muy desiguales
La etapa inicial de vida en común plantea a
los casados el reto de convivir de forma positiva, adaptándose a la diferente
forma de ser y a las costumbres del otro. Algunas diferencias ya eran conocidas
desde la época del noviazgo, pero no planteaban problemas, debido a que el
tiempo de convivencia era muy reducido. En cambio, en la intensa y prolongada
convivencia conyugal, esas diferencias se hacen más presentes e incluso se
desvelan otras nuevas que en el período del noviazgo permanecieron ocultas.
¿Qué es lo aconsejable en esa situación? No se
trata de buscar la mera «coexistencia pacífica» o el equilibrio entre
diferencias; tampoco tiene sentido intentar ignorarlas o borrarlas. Lo más
realista y sensato es armonizarlas, como se armonizan entre sí los diferentes
sonidos de una misma pieza musical. Hay que asumir que el otro es diferente y
aprender a vivir con sus diferencias.
En el caso de Tomás y Juana el estreno de la
vida conyugal fue difícil, en primer lugar, por la diferencia de edad, que
suele ir ligada a una diferencia de madurez para la vida conyugal. Ella era una
adolescente de 17 años que se casaba con un adulto de 27. A ello se añadía la
considerable diferencia de instrucción: una chica con estudios primarios se
unía a un gran humanista. En tercer lugar estaba la diferente procedencia
social: él había nacido y crecido en la City,
mientras que
ella se había criado en el campo.
¿Cómo abordó Moro esa situación de fuerte
desigualdad intelectual y cultural? Haciendo del hogar una academia. Se creaba
así una dependencia propia de una relación autoritaria padre-hijo o
profesor-alumno, y no de una relación conyugal.
Moro lo hacía con la mejor intención:
desarrollar la personalidad de Juana y favorecer su acceso a la cultura en una
época en la que la mujer tenía menos oportunidades que el hombre. Pero el
método no dio resultado. Ella no podía sentirse bien siendo moldeada por su
marido, porque el molde impide la autonomía y la realización personal. A ello
se unía el sufrimiento de someterse a una disciplina de estudio para la que no
estaba preparada.
Otro error de Moro fue no descubrir a tiempo
cómo le afectaba a Juana el alejamiento de su familia y del campo. Le faltó
capacidad para ponerse en el lugar de su mujer, pero rectifica cuando acompaña
a su mujer al campo, a casa de sus padres, mostrando por fin una sintonía de
sentimientos que sería decisiva en la relación conyugal. El llanto de su mujer,
aunque inmaduro, exigía comprensión, adaptación, paciencia.
El cambio de actitud de Tomás favoreció el
cambio de Juana: asumió la continuidad de su formación y fue dichosa
dedicándose plenamente a su marido y a sus hijos y logrando alcanzar un
matrimonio feliz.
Moro se vuelve a casar por amor a sus hijos
Tras quedarse viudo, Moro pudo haberse tomado
un tiempo —un año, por ejemplo— para decidir si se casaba de nuevo. Y en ese
caso, pudo haber esperado a enamorarse: hubiera sido lo normal, y lo que se
espera de una persona de su nivel. Pero no ocurrió así: se casó un mes después
de fallecer su esposa, y no con la mujer que más le podía gustar. ¿Por qué
tanta rapidez en una cuestión tan trascendente? ¿Por qué renunció a casarse con
una mujer joven y atractiva?
La respuesta es la siguiente: por amor a sus
cuatro pequeños hijos; para que, cuanto antes, estuvieran bien cuidados por una
madre. Moro elige antes a la madre que a la esposa. Quien se case con él debe
tener
las cualidades de una buena madre. Elige con
la cabeza. No quiere una chica joven: prefiere que sea adulta y que tenga
experiencia como madre y como gobernante de la casa. Por eso acepta a una viuda
mayor que él, junto con un hijo del anterior matrimonio. Moro sacrifica así su
bienestar personal a la felicidad de sus hijos, lo que prueba que era un buen
padre, y muestra su gran visión del matrimonio: «Tenía una idea muy práctica
del matrimonio como sacramento y como institución familiar. La educación de los
hijos, el cariño de los esposos y la economía del hogar estaban por encima de
los subjetivos refinamientos del amor. (…) Consideraba el matrimonio como un
estado que le permitía quedarse en el mundo y seguir adelante con su plan de
perfección espiritual, como medio de santificar las personas y quehaceres
domésticos»[13].
Moro confesaría, más adelante, que su segundo
matrimonio fue feliz, a pesar de que Alice Middleton era una mujer de fuerte
carácter. El secreto del éxito fue que tuvo con ella mucho aguante y la trató
con cariño, dulzura, paciencia, perseverancia y sentido del humor. Como
consecuencia, Alice fue moldeando su carácter, vivió una segunda juventud y fue
una excelente madre para los cuatro hijos del primer matrimonio de Tomás.
En la postdata al epitafio de Chelsea Moro
elogia a sus dos esposas y dice que hubiera sido maravilloso vivir los tres
juntos: «Reposa aquí mi querida mujer Jane. Yo, Tomás Moro, quiero que esta
tumba nos acoja también a Alice y a mí. La primera de las dos damas, mi mujer
en los días de mi juventud, me hizo padre de un hijo y de tres hijas; la otra
amó a sus hijastros —lo que suele ser raro en una madrastra—, con intensidad
tal que rara es aún en una madre respecto a sus propios hijos. Una terminó su
vida a mi lado, la otra aún la comparte y de una forma tal que no soy capaz de
juzgar si amé más a la primera o amo más a la segunda. ¡Cuán felices hubiéramos
sido juntos los tres, si el destino y la moral lo hubieran permitido! Rezo,
pues, para que la tumba —como el Cielo—, nos unan. La muerte nos dará así lo
que la vida no pudo darnos»[14].
Ese texto expresa que Moro amó mucho a sus dos
esposas. Amó a cada una de la manera más adecuada, según su edad, carácter y
estado. Quiso a cada una como necesitaba ser querida. Del texto se deduce
también que ambos matrimonios fueron dos etapas de su maduración conyugal: «Las
palabras de la persona joven “porque te quiero, eres mi mujer”, se
transforman en las del hombre maduro: “te
quiero porque eres mi mujer”. Es la única manera de que un matrimonio salga
adelante. Parece ser que Moro recorrió precisamente ese camino de Jane Colt a
Alice Middleton; es decir, experimentó en dos matrimonios una evolución que
normalmente se lleva a cabo en uno solo»[15].
[1] VÁZQUEZ DE PRADA,
A.: Sir Tomás Moro. Rialp, Madrid,
2004, pp. 44-45.
[2] BERGLAR, P.: La hora de Tomás Moro. Sólo frente al poder.
Palabra, Madrid, 1993, pp. 21-22.
[3] VÁZQUEZ DE PRADA, A.
Op. cit. pp. 86 y 88.
[4] Ibídem, pp. 96-99.
[5] Ibídem, p. 97.
[6] BERGLAR, P.: Op.
cit. p. 180.
[7] Ibídem, p. 177.
[8] Ibídem, p. 187.
[9] VÁZQUEZ DE PRADA,
A., p. 325.
[10] Ibídem, pp. 325-326.
[11] Ibídem, pp. 329-330.
[12] ROPER, W.: La vida de Sir Tomás Moro. EUNSA,
Pamplona, 2000.
[13] VÁZQUEZ DE PRADA,
A.: Op. cit. p.124.
[14] BERGLAR, P.: Op.
cit., p. 177.
[15] Ibídem, p. 187.
8. JOHANN
SEBASTIAN BACH Y ANNA MAGDALENA WILKEN DE BACH (1720)
EN SINTONÍA PERMANENTE
CON LA AYUDA DE LA MÚSICA
Bach nace en una familia de músicos
Johann Sebastian Bach nació en Eisenach
—Turingia, Alemania— el 21 de marzo de 1685, en el seno de una familia de gran
tradición musical. El primer músico de la familia Bach fue un tatarabuelo de
Sebastian, el molinero Vitus Bach, que amenizaba sus horas de trabajo tocando
una bandurria. Se sucedieron cinco generaciones con cincuenta músicos en una
familia que se comportaba como un clan: se visitaban mucho para compartir su
música y, una vez al año, se reunían todos para hacer música juntos.
Fue el octavo hijo de Johann Ambrosius Bach y
de María Elisabeth Lammerhirt. Nació y vivió en un momento clave de la música
europea, dividida entre el barroco italiano y el germánico. El primero tiene
raíces en el mundo católico, mientras que el segundo está vinculado al
luteranismo. Sebastián sería devoto luterano y esencialmente germánico, pero no
limitó su creatividad a un ámbito determinado.
Creció en un ambiente familiar muy religioso
—luterano, porque en Eisenach había predicado Martín Lutero—. Adoptó una
profunda actitud religiosa, que se reflejaría en su vida y en su obra musical
hasta el fin de sus días.
En su primera infancia recibió clases de
música de su padre, que era un talentoso violinista y trompetista en Eisenach.
Le enseñó a tocar el
violín y el clavecín. Uno de sus tíos, Johann
Christoph Bach, le introdujo en el arte de la interpretación del órgano.
La orfandad prematura
no interrumpe la educación musical de Johann Sebastian
Johann Sebastian quedó huérfano de madre en
1695, a los nueve años, y de padre a los diez. En ese momento hubo de ir a
vivir con su hermano Juan Cristóbal, 16 años mayor, que era organista de San
Miguel de Ohrdruf y se ocupó de su educación musical, dándole clases de órgano,
clave y composición. Además, le envió a la prestigiosa escuela Kloster, donde
estudió latín, griego y teología luterana. Allí se comprobó muy pronto que
tenía un don especial para tocar todo tipo de instrumentos musicales, aunque el
órgano era su instrumento favorito.
Sentía ya verdadera pasión por la música, como
lo muestra un conocido episodio. Habiendo rehusado su hermano prestarle un
libro con piezas de Froberger, Kerl y Pachelbel, lo tomó a escondidas con la
intención de copiarlo por las noches. Como no disponía de luz, lo fue
escribiendo a la luz de la luna llena durante seis meses. Cuando se disponía a
gozar en secreto de aquel tesoro conseguido con tanto trabajo, su hermano le
descubrió y se lo destruyó. Tendría que esperar a la muerte de ese hermano para
poseer aquel libro.
Desde su etapa de formación inicial Johann
Sebastian mantuvo su independencia artística, hasta el punto de que sus mayores
logros musicales fueron llegando de forma autodidacta.
El joven Bach se emancipa: estudia, trabaja y se casa
En 1700, con tan solo quince años, se fue de
la casa de su hermano. Viajó con su amigo Georg Erdmann a Luneburgo, y fue
admitido en la escuela de San Miguel. Ingresó en el coro de esa institución por
su extraordinaria voz y estudió música en el Gymnasium. En algunas ocasiones
actuó como organista y director del coro.
Su pasión por el
clavicordio y el órgano le impulsó a perfeccionarlo. Con ese propósito fue
varias veces de Lüneburg a Hamburgo, para escuchar al famoso organista de la
iglesia de San Juan, Johan Adam Reinken.
En 1703 sufrió un cambio de voz que le obligó
a abandonar el coro. Ese mismo año comienza su vida profesional, al ser
contratado como violinista en la orquesta del príncipe Johann Ernst de Weimar,
hermano menor del duque de Weimar. Luego es nombrado maestro de capilla y
organista de la iglesia de san Bonifacio en Arnstadt. Fue su primer trabajo
remunerado. Le ayudó a aceptar esta ocupación la posibilidad de dedicar más
tiempo al órgano, complementada con el estudio perseverante de las obras de
todos los organistas importantes de la época.
En 1705 hizo un viaje a pie a Lübeck para
escuchar en secreto al famoso organista de la iglesia de Santa María Dietrich
Buxtehude. Permaneció allí tres meses, a pesar de que se le había concedido
solamente un mes de permiso. Por este motivo recibió una reprimenda del
Consistorio Coral de Arnstadt. Dos años después se trasladó a Mülhausen, como
organista de la iglesia de San Blas. El 17 de octubre de 1707 contrajo
matrimonio con su prima y primera esposa María Bárbara Bach, en Dornheim, con
la que tendría siete hijos.
La etapa de mayor producción musical
En 1708 Johann Sebastian regresa a Weimar,
aceptando la oferta como organista y músico de cámara del duque reinante,
Guillermo Ernesto. Allí permaneció siete años. Fue una etapa fructífera, en la
que compuso cerca de treinta cantatas y numerosas obras para clave y órgano.
Entre sus composiciones de esta etapa figura la «Tocata y fuga en re menor» y
el «Pasacalle en do menor».
Su primer biógrafo, J.N.Forkel, atribuye esta
fecundidad artística a haber empleado bien su tiempo, a su celo y asiduidad en
el trabajo, y a haber estudiado, compuesto y ejecutado mucho. La vocación y
talento musical se potenciaba con su tenacidad.
En 1710 nació su
primer hijo varón, Wilhelm Friedemann. Cuatro años después nació Carl Philipp
Emanuel Bach. En 1715 nació Johann Gottfried Bernhard Bach, que moriría a los
24 años. En 1717 se trasladó a Cöthen, aceptando la oferta del príncipe Leopold
de Anhalt-Kothem, perito en música, para ser maestro director de su capilla. Se
inició así una de las etapas más felices de su vida. Aquí compuso sus Conciertos de Brandemburgo.
Muere María Bárbara,
su primera esposa, y contrae nuevo matrimonio con Anna Magdalena Wilcken
En 1720, mientras acompañaba al príncipe en
Carlsbad, murió repentinamente su esposa María Bárbara. Bach recibió la noticia
con gran dolor y mucha entereza. El 3 de diciembre de 1721 contrajo nuevas
nupcias con una joven y talentosa soprano que cantaba en la corte de Cöthen, 16
años más joven que él, llamada Anna Magdalena Wilcken. Su padre era Johann
Caspar Wilcken, un trompetista de la corte de Zeitz. La madre de Anna fue
Margaretha Elisabeth Liebe.
El príncipe Leopold de Anhalt-Cöthen dejó de
apoyar a Bach cuando contrajo matrimonio con una princesa de Anhalt-Bernburg
considerada por Bach una «amusa» —una no amante de las artes—.
Pese a la diferencia de edad, tendrían un
matrimonio estable y feliz del que nacieron 13 hijos, entre 1723 y 1742. De los
veinte hijos que tuvo Bach con sus dos esposas sobrevivieron solamente nueve.
Algunos de ellos fueron célebres compositores y músicos.
Anna Magdalena se desvivía por su marido, le
admiraba y le ayudaba transcribiendo sus partituras. Con ello mostraba que se
había casado por amor. No cabe la sospecha de que se hubiese casado por otros
motivos, pues contaba con un trabajo propio bien remunerado y era 16 años más
joven de un Bach viudo y con hijos. Los manuscritos de notas que dejó revelan
que estuvo siempre muy enamorada de su esposo.
La vida amorosa de Bach con Anna Magdalena fue
todo un ejemplo. Ella la relataría ocho años después de la muerte de su esposo,
en una biografía de 1758 titulada La
pequeña crónica de Anna Magdalena
Bach.
En este libro evoca muchos detalles de cariño que tuvo Bach con ella, de quien estuvo siempre
profundamente enamorado.
Bach, a su vez, escribió para Anna El pequeño libro de Anna Magdalena Bach, que consta de dos
cuadernos manuscritos, con una música
que ella misma y sus hijos podían interpretar en casa. El primero es de 1722 y
el segundo de 1725.
Anna fue añadiendo a su crónica otras piezas
recopiladas por ella misma. Esos dos cuadernos son, de hecho, un diario de la
vida musical del hogar de los Bach y del amor que allí se respiraba. Existía un
grato ambiente familiar, con veladas musicales en las que participaba toda la
familia, incluida Anna Magdalena con su notable voz de soprano.
Para sostener económicamente a su numerosa
familia, Bach desempeñó sucesivamente los oficios de compositor, intérprete,
cantor, profesor de música y latín y viajante perito en órganos. A pesar de
ello nunca se interrumpió su producción musical.
La pequeña historia
del noviazgo y boda de Johann Sebastian y Anna Magdalena
Johann Sebastian y Anna Magdalena se habían
visto por primera vez con ocasión de un viaje de él a Hamburgo para escuchar al
organista Reinken. Durante su estancia en esta ciudad, Anna Magdalena entró
casualmente en la iglesia en la que Sebastian estaba interpretando una pieza
musical en el órgano, y quedó impresionada. Lo narraría más tarde con detalle,
en la biografía de su marido: «Al pasar por la iglesia de Santa Catalina entré
un momento para contemplar el órgano. Cuando abrí la puerta oí que alguien tocaba
y, de pronto, desde la oscuridad, llegó hasta mí una música tan maravillosa que
pensé estaría sentado un arcángel al teclado. (…) El organista quedaba
invisible a mis ojos. No sé cuánto tiempo permanecí escuchando en la iglesia,
pues no era más que oídos y parecía haber echado raíces en las losas, perdida
completamente la noción del tiempo. (…) El organista se acercó a la escalera
que bajaba del órgano. Su atención se fijó en mí, que seguía mirando hacia
arriba. Le contemplé durante un momento, tan asustada de su repentina
aparición,
que no podía moverme. Sin duda, después de una
música tan divina, esperaba ver bajar del órgano a San Jorge y no a un hombre.
Pero inmediatamente me eché a temblar; cogí el manto, que se me había caído al
suelo, y, con un estremecimiento inconcebible de horror, salí corriendo de la
iglesia»[1].
Anna no sospechaba quién pudiera ser el
organista. Su padre le aclaró que sólo podía ser el director de orquesta del
duque de Cöthen, Johann Sebastian Bach. Un año después, al regresar a casa su
madre, la avisa de que Bach está allí, hablando con su padre. Anna lo relata
así: «Y ahora llego a mi primer encuentro con él, que sucedió al año de haberle
visto por vez primera. Mi pobre corazón se puso a latir con violencia. No le
había visto más que una sola vez, pero había oído hablar mucho de él y sentía un
deseo ardiente e inexplicable de volverle a ver. Me quedé en el pasillo, con el
temor de que mi padre me llamase, pero temiendo, al mismo tiempo, que no lo
hiciese. Mi padre me vio y exclamó: “Ven, hija mía, el señor Bach es muy amable
y quiere oír tu voz”. Entonces entré y me encontré frente a él. Estaba tan
turbada que casi no me atrevía a levantar la vista, y tenía la esperanza de que
no me reconociese, ya que la iglesia de Santa Catalina es bastante sombría,
pero más tarde me contó que había reconocido al momento a su tímida oyente. Me
invitó a cantar. Afortunadamente mi turbación desapareció en cuanto empecé a
cantar. El señor Bach me miró unos momentos inmóvil y luego dijo: sabes cantar
y tu voz es pura»[2].
Pasado un año llegó la petición de mano, que
Anna narra de este modo: «A finales del verano de 1721, aproximadamente un año
después de la muerte de su primera mujer, Sebastian pidió mi mano a mi padre.
Yo no le había visto con mucha frecuencia, pero, no obstante, había pensado en
él más de lo que mi madre hubiera deseado. Llegué a ver con claridad, mucho
antes de atreverme a esperar que quisiera hacerme su esposa, que no podría ser
de ningún otro hombre. Mis padres comprendieron el honor que representaba su
petición, pero se creyeron en el deber de recordarme que Sebastian me llevaba
15 años y tenía 4 hijos. Sebastian me dijo: “querida Magdalena, ya sabes mis
deseos. Tus padres están conformes. ¿Quieres ser mi mujer?”. Yo le respondí:
“¡Oh, sí, gracias!”, y rompí en lágrimas, lo que realmente no estaba muy
indicado; pero eran lágrimas de felicidad pura, lágrimas de agradecimiento a
Dios y a Sebastian»[3].
En ese mismo año se
prometieron y se casaron, tal como cuenta Anna: «Nos prometimos en septiembre
de 1721, y en diciembre se celebró nuestra boda en casa de Sebastian, de modo
que me casé en la casa que había de ser mi hogar. Cómo me demostró su amor aquel
día, cómo lo transformó en un sueño delicioso, sólo podría comprenderlo quien
haya amado como yo. Se dice que el día de la boda es el más feliz en la vida de
una mujer. Lo seguro es que nunca hubo una joven tan feliz en ese día como yo,
porque, ¿quién iba a encontrar un marido como mi Juan Sebastian Bach?»[4].
La vida de la familia Bach en Leipzig
En 1723 Bach se instala en Leipzig con su
familia para tomar posesión del cargo al que fue elegido por unanimidad y que
desempeñaría hasta su muerte: director de música y Cantor de la escuela de
Santo Tomás. Fue una función muy propicia para dedicarse a la composición de
música sagrada. El cargo de Cantor incluía la enseñanza de música, latín y
teología a los alumnos, así como la interpretación de motetes y cantatas en las
celebraciones religiosas.
Durante la estancia en Leipzig, Anna Magdalena
organizaba veladas musicales con toda la familia, cantando y tocando con
invitados amigos. Su casa era un centro musical de la ciudad.
En Leipzig alcanzó Bach la plenitud de su
carrera musical, aunque tuvo que padecer mucho por las envidias. Su fama no le
impidió seguir siendo muy humilde, sin sentir orgullo por su talento. Decía a
sus alumnos que, estudiando con constancia y dedicación, cualquiera de ellos
podría llegar a tocar como él. Les daba ejemplo no estando nunca ocioso.
Comentaba que el tiempo era uno de los dones más grandes que nos había dado
Dios, por lo que había que aprovecharlo al máximo.
En 1725, tras muchos intentos logró, por fin,
conocer personalmente a Haendel, de quien era un gran admirador. En 1727 se
escucha su Pasión según San Mateo en la iglesia de Santo
Tomás de Leipzig. Dos años después
fue nombrado director del Collegium Musicum de Leipzig. A partir de 1736, tras
ser nombrado Compositor de la Corte, incrementó
considerablemente su actividad compositiva y
pedagógica, y fue profesor de 80 alumnos. Su prestigio aumentó mucho entre los
músicos. En 1747 hace un viaje a la Corte de Federico el Grande en Postdam,
acompañado de su hijo Emmanuel. Fue recibido con grandes honores, a los que
correspondió componiendo su Ofrenda
Musical.
Bach enferma y muere
dejando una viuda sola y pobre, pero enamorada
El laborioso y tenaz trabajo de tantos años,
pasando los días y las noches perfeccionando su arte, le ocasionó a Bach una
gran fatiga en la vista. Siempre fue algo miope, debido sobre todo a su
actividad nocturna de transcribir partituras a la luz de las velas.
En 1750 se sometió a una operación de
cataratas y contrajo una infección ocular. Su visión fue empeorando hasta
quedar completamente ciego. También se fue deteriorando mucho su salud, pero
nunca interrumpió su trabajo. En esa situación llamó a su yerno Alnikol para
dictarle un coral titulado Desde las
profundidades de mi miseria te invoco,
¡oh Señor!
Unos días antes de su muerte recuperó la vista
durante varias horas y pudo disfrutar de la presencia de su familia. Murió el
28 de julio de 1750 en Leipzig, con 65 años, dejando una producción musical
considerable, que se la repartieron sus hijos. Parte de ella se perdió.
Tras la muerte de Bach, la familia se
dispersó. Su viuda, Anna Magdalena, la misma que había abandonado su carrera
para dedicar todo el tiempo a su marido y a sus hijos, se quedó sola con sus
dos hijos menores, en medio de la mayor pobreza. Como nadie la quiso ayudar
económicamente, sobrevivía recurriendo a la mendicidad. Sus hijos mayores se
fueron olvidando de ella. Dispuso de bastantes partituras y voces de cantatas
de su marido que nunca quiso vender para poder comer. Murió en la miseria en
1760, diez años después de su esposo, y fue enterrada en una fosa común.
Durante años Bach fue olvidado, pero a
comienzos del siglo XIX
algunas personalidades alemanas e inglesas redescubrieron la maestría
del compositor: Johann Nicolaus Forkel fue su
primer biógrafo; Félix Mendelssohn divulgó y popularizó su música a partir de
la interpretación de La Pasión según San
Mateo en Leipzig.
Su reputación como organista y clavecinista
había sido legendaria. Es uno de los compositores más fecundos y completos de
la historia. Su música está considerada como la cumbre de la música barroca y
una de las cimas de la música universal. Su catálogo comprende 1127 obras,
distribuidas en dos bloques: la música coral y vocal y la instrumental. La
coral fue compuesta durante su actividad al servicio de la iglesia; la
instrumental se produjo cuando trabajó para cortes, sobre todo en Cöthen.
Las obras corales más destacables son Oratorio de Navidad, Magnificat, Misa en si menor y sus dos Pasiones. En la parte instrumental cabe destacar Seis conciertos de Brandemburgo, Ofrenda
musical, El arte de la fuga, El clave
bien temperado, Las sonatas para violín, Las suites para violonchelo, Las
variaciones Goldberg y La tocata y
fuga en re menor para órgano.
* * *
Un matrimonio con vida compartida
El matrimonio, a diferencia de la relación
propia de la soltería y del noviazgo, es vida compartida. Una persona casada ha
aceptado ser del otro con todas las consecuencias; se debe a su cónyuge, vive
para él, para hacerle feliz. Los casados no se realizan —en lo conyugal— de
forma independiente, sino de forma conjunta, viviendo los fines del matrimonio.
Esa fue la actitud, desde el primer momento, de Anna Magdalena: «A partir del
día de la boda ya no tuve más vida que la suya. Era como una pequeña corriente
de agua que se la hubiese tragado el océano. Me había fundido y mezclado en una
vida más amplia y profunda de lo que la mía hubiera podido ser jamás. Así
empezó mi vida. Todo lo que me había sucedido antes me pareció no haber sido
más que preparación y espera para esta vida»[5].
Un matrimonio en
sintonía con ayuda de la música
En la relación amorosa entre Johann Sebastian
y Anna Magdalena jugó un papel muy importante coincidir ambos en la pasión por
la música. Se conocen con ocasión de una interpretación al órgano; ella se
enamora de él tras enamorarse de su música; las interpretaciones musicales en
el hogar favorecen mucho la expresión de los sentimientos y la comunicación
conyugal. Al sintonizar estéticamente sintonizan en otros muchos aspectos de su
vida. La música genera una complicidad en el amor que hace que se entiendan sin
palabras: cada enamorado empatiza con los sentimientos del otro y se solidariza
con ellos.
Se comprendieron porque se quisieron
Para amar hay que conocer. No se ama lo que no
se conoce. El bien conocido en la persona del otro se convierte en una fuerza
atractiva que mueve a la tendencia amorosa. Pero no es menos cierto que el
amor, a su vez, aumenta el conocimiento de la persona amada. Quienes más y
mejor nos conocen son quienes más nos aman, porque son los que más interés se
han tomado en escucharnos y contemplarnos. Es un conocimiento profundo que
favorece la comprensión.
Esa comprensión que nace del amor es la que
experimentó Anna Magdalena con respecto a su esposo: «Conforme iba viviendo,
año tras año, en su intimidad, comprendía cada vez mejor su grandeza. Con
frecuencia le veía junto a mí tan poderoso que me quedaba casi aterrada; sin
embargo, le comprendía porque le amaba»[6]. «Creo que Sebastian
era un hombre muy difícil de conocer no queriéndole. Si yo no le hubiese
querido desde el principio, estoy segura de que nunca le hubiera comprendido.
En sus conversaciones sobre cosas profundas era siempre muy retraído, no se
manifestaba con palabras, sino con su actitud y, naturalmente, con su música.
Era el hombre más religioso que he conocido en mi vida»[7].
Cada uno vivió para
hacer feliz al otro
La felicidad está más relacionada con amar que
con ser amado. No se obtiene con una búsqueda directa, sino como consecuencia
de intentar hacer feliz a la persona amada. La felicidad no es la condición
inicial, sino el premio que se consigue por haber antepuesto la felicidad del
otro a la propia, lo que pasa por el olvido de sí mismo. Esta fue la actitud
que tuvieron tanto Johann Sebastian como Anna Magdalena: «El primer día de
nuestro casamiento, al marcharse los invitados, Sebastian se me acercó, me levantó
la cara cogiéndomela con las dos manos, me miró fijamente y dijo: “¡Doy gracias
a Dios por haberme hecho el don de tu persona, Magdalena!”. Yo no pude
contestarle, pero escondí la cara en su pecho y murmuré apasionadamente esta
plegaria: “¡Dios mío, hazme digna de él!”. De pronto tuve conciencia de mi
juventud y de la gran responsabilidad que había contraído al aceptar ser la
esposa de semejante hombre. Si en alguna forma le hacía desgraciado, corría el
riesgo de malograr su música»[8].
«Al principio yo era un poco despreocupada y
olvidadiza; pero tuvo mucha paciencia conmigo y pronto me corregí de los
defectos que no le agradaban. Porque mi único pensamiento, mi única aspiración,
era agradarle y hacer que su hogar fuese el lugar de este mundo en que se
sintiese más feliz»[9].
El cuidado amoroso de Bach a su mujer
El amor implica preocupación operativa por la
vida del amado: cuidarlo. El cuidado amoroso es una de las características más
importantes del amor conyugal. El esposo y la esposa se expresan mutuamente el
amor cuidando el uno del otro. Por ejemplo, ayudándose a realizar una tarea o a
descansar.
El cuidado amoroso requiere estar pendiente de
los pequeños detalles, porque en el amor lo más importante es lo pequeño. Esos
detalles muestran que el amor es activo y está siempre alerta. La vida real de
un matrimonio está hecha de muchas cosas pequeñas que hay que cuidar de
modo habitual. Los pequeños detalles hacen la
vida diaria más grata a la persona amada. Por ejemplo: complacerla con
situaciones que le gustan —ir al cine, a cenar, etc.—; ceder en los gustos
comunes; sorprenderla con un regalo inesperado, etc.
Anna Magdalena ha relatado algunas muestras
del cuidado amoroso que recibió de Johann Sebastian: «El día de la boda compuso
para mí una canción que luego escribió, con otras, en mi cuadernito de música.
(…) Ése fue mi regalo de boda, presagio de mi felicidad»[10].
Los detalles de Johann Sebastian con su mujer
continuaron a lo largo de la vida conyugal: «Poco después de nuestra boda me
trajo un librito de música que había hecho para mí; todavía lo tengo en mi
poder y, por muy pobre que llegue a ser, no me separaré de él mientras viva.
(…) Había escrito composiciones fáciles para clavicordio dedicadas a mí. Hacía
poco que haba empezado a enseñarme a tocar ese instrumento y yo todavía no
había adelantado gran cosa, a pesar de que ya sabía tocar un poco cuando me casé.
Había escrito aquellas pequeñas composiciones
melodiosas para darme una alegría, para animarme y hacerme pasar en forma
agradable a una técnica superior. (…) Como nueva prueba de su bondad y de su
amor me regaló en aquella época un nuevo cuaderno de música. Estaba también
encuadernado en verde, y en la cubierta había caligrafiado él mismo con oro y
tinta china mi nombre y la fecha 1725. Me dijo que lo habíamos de llenar entre
los dos; yo copiaría en él las piezas musicales que más me gustasen, y él escribiría
piezas compuestas exclusivamente para mí. (…) Cuando llegamos a Leipzig en la
última semana de mayo de 1723, con todos nuestros bienes y nuestra joven
familia, al detenernos ante la casa del cantor, saltó Sebastian del coche y
quiso pasar conmigo en brazos el umbral, siguiendo la vieja costumbre alemana.
“Si bien se mira, no eres más que mi novia —me dijo dándome un beso al pasar
por la puerta—. (…) ¡Seguirías siendo mi novia aunque tuviese veinte hijos!”»[11].
La dedicación de Anna Magdalena a su marido
No existe verdadero
amor conyugal si falta la donación, la actitud de
entrega total: «La donación es el acto más
propio y típico del amor. El que ama se entrega, se da, aunque el deseo o el
gusto no estén presentes y no se tenga esperanza de una correspondencia
inmediata»[12].
El amor es una tarea permanente, orientada a
que la persona amada se realice y sea feliz. En la vida matrimonial cada
cónyuge necesita que el otro le dedique tiempo continuado y sin prisas al
servicio de ese propósito. En virtud del compromiso hecho en su día, los
cónyuges tienen una mutua deuda de amor: se quieren porque se lo deben. También
se deben la vida en común.
Anna Magdalena entendió muy bien esa
dedicación a su marido: «En aquella época le empezaba a brotar la música de la
que estaba lleno, y necesitaba un lugar tranquilo y sin preocupaciones para dar
salida a la impetuosa corriente que llevaba dentro. Ansiaba tener una mujer que
le cuidase de todas sus cosas diarias y terrenales, para poder dedicar todo el
tiempo y todas sus fuerzas a la obra para la que Dios le había dotado con tanta
prodigalidad»[13].
«Trabajaba muy entrada la noche a la luz de una vela, a pesar de producirle,
con mucha frecuencia, dolores en los ojos. En ese trabajo yo le ayudaba en lo
que podía, ayudándole a copiar e incitando a que hicieran lo mismo sus hijos y
sus alumnos. Pero, naturalmente, la música que nacía en su cerebro no podíamos
escribírsela. Y así se fue debilitando su vista»[14].
El paso de los años no oscureció el amor romántico y de entrega
El amor conyugal no es una realidad estática,
sino dinámica: evoluciona con el paso de los años. Con frecuencia, va
disminuyendo poco a poco el amor apasionado inicial, pero a cambio tiende a
volverse más amistoso, tierno, comprensivo, confiado, respetuoso, leal y
servicial. Este proceso no es de decadencia, sino de maduración del amor, ya
que la relación es cada vez más rica y profunda.
Cuando disminuye el amor-pasión subsiste el
amor de dilección, que es decisión voluntaria de amar basada en la reflexión.
La dilección asume, integra y eleva lo sensible y lo emocional. Ese crecimiento
del amor se aprecia claramente en el matrimonio de Johann Sebastian y Anna
Magdalena. Su amor permaneció joven en la
tercera edad: «Doy gracias a Dios porque en los treinta años que duró nuestro
matrimonio no sólo fue un buen marido, sino también un amante cariñoso. No
parecía advertir que yo envejecía, que mis mejillas iban teniendo arrugas y que
me salían hebras de plata en los cabellos. Por tanto, no es de extrañar que le
quisiera cada vez con más ardor y que recogiese en mi corazón todas sus
palabras y sus miradas, como un tesoro que crecía sin cesar. Con frecuencia,
las cosas más pequeñas son las que más claramente quedan grabadas en la memoria
de una mujer enamorada, y a eso se debe atribuir que mi último pensamiento
respecto a él no sea el del día de nuestra boda o el del nacimiento de nuestro
primer hijo, sino el momento en que tocó una fuga sin dejar de abrazarme o el
beso que me dio al pasar el umbral de la casa del cantor de Leipzig»[15].
Anna asume su estado de pobreza y soledad
apoyándose en los buenos recuerdos de la vida feliz junto a su esposo: «Pobre
como soy y olvidada, y viviendo de las limosnas de la ciudad de Leipzig, y
vieja —ayer cumplí los 57 años, y soy sólo siete años más joven de lo que era
él cuando se marchó de entre nosotros—, no quisiera dejar de ser lo que soy
ahora, si hubiese de comprar la más hermosa y honorable vejez al precio de no
haber sido su compañera»[16].
[1]La pequeña crónica de Anna Magdalena Bach, Juventud, Barcelona,
1994, p. 9.
[2] Ibídem, p. 14.
[3] Ibídem, pp. 17-18.
[4] Ibídem, p. 20.
[5] Ibídem, pp. 20-23.
[6] Ibídem, p. 20.
[7] Ibídem, p. 53.
[8] Ibídem, p. 56.
[9] Ibídem, p. 58.
[10] Ibídem, p. 21.
[11] Ibídem, pp. 60-75.
[12] LLANO, A.: La vida lograda. Ariel, Barcelona, 2002,
pp. 180-184.
[13]La pequeña crónica de Anna Magdalena Bach, op. cit. p. 40.
[14] Ibídem, p. 180.
[15] Ibídem, p. 76.
[16] Ibídem, p. 8.
9.
NICOLÁS II DE RUSIA Y ALEJANDRA FIÓDOROVNA
(1817)
UNA HERMOSA Y TRÁGICA
HISTORIA DE AMOR
Una educación espartana para un futuro y último zar
Nicolás II nació el 6 de mayo de 1868 en el
palacio imperial de Tzarskoie-Selo. Fue el primogénito de Alejandro III y
Dagmar de Dinamarca —nombre que cambió por el de María Fiódorovna poco antes de
casarse—. Después del nacimiento de Nicolás, el matrimonio tuvo cinco hijos
más.
Nicolás fue educado en las rígidas normas de
la corte rusa, pero aislándole de la agitada situación interna del imperio.
Recibía clases de idiomas, geografía, historia y matemáticas. Llegó a hablar
correctamente inglés, francés y alemán y adquirió una gran cultura. Le
sirvieron de gran ayuda sus viajes a Inglaterra, Japón y la India, realizados
desde su adolescencia.
Se mostró desde el principio como un buen
estudiante. Aprendía la historia de su pueblo y le impresionaban los relatos
heroicos. En marzo de 1881, con 13 años, tuvo una terrible experiencia que le
marcó para toda la vida: vio el cuerpo destrozado de su abuelo Alejandro II,
asesinado en un acto terrorista. Es posible que ese hecho contribuyera a formar
su mentalidad fatalista.
Su tutor, Konstantín
Pobedonóstsev, era filósofo y procurador del santo
Sínodo. Le
instruyó en las
convicciones autocráticas de
la dinastía
Romanov y en la
doctrina del origen divino del poder del zar. Decía que
Dios elige al zar, y en sus designios no hay
lugar para que los representantes del pueblo participen en el gobierno de la
nación. Si un zar no se comporta como un autócrata no cumple con sus deberes
para con Dios.
Su padre, Alejandro III, era un hombre
corpulento, fuerte, de mucho carácter, decidido y con gran capacidad de
trabajo. Se reveló como un buen padre de familia. Su madre, María, era pequeña,
inteligente, cariñosa y muy alegre. La familia vivía en el palacio de Gátchina.
Aunque el edificio tenía 900 habitaciones, sólo ocupaban el entresuelo,
destinado anteriormente al servicio.
Los chicos fueron educados de forma espartana
por su padre, adquiriendo así las virtudes de la sobriedad y la sencillez. Se
bañaban con agua fría y dormían en catres con almohadas duras. María los
cuidaba, los ayudaba en sus estudios y recibía sus confidencias. Su trato dulce
compensaba la conducta severa de su marido. Nicolás, de carácter soñador y
artístico, heredó de su padre el autoritarismo místico, pero no la capacidad de
mando como gobernante.
En 1882, María Fiódorovna le regaló a su hijo
Nicolás un cuaderno muy bonito. El chico se lo agradeció y comentó que sería su
diario. Las anotaciones de sus diarios se convertirían en documentos históricos
de gran valor. Dos años después Nicolás asistió en San Petersburgo a la boda de
su tío paterno Sergio Alexándrovich Romanov con la princesa alemana Isabel,
hija del gran duque de Hesse-Darmamstand Luis IV y de la difunta Alicia,
tercera de los nueve hijos de la reina Victoria de Inglaterra.
El amor a primera vista entre Nicolás y Alix Hesse
En la boda de su tío Nicolás conoció a la
hermana menor de Isabel Hesse, Alix, que había nacido en 1872 en Darmstadt,
Alemania. En ese momento la chica tenía 12 años. Era hija del Gran Duque Luis
IV de Hesse y de la princesa Alicia de Inglaterra.
Alix le contó a Nicolás que había nacido en
Alemania, el 6 de julio de 1872, y que fue bautizada como Alix, variante
germanizada de Alicia.
Quedó huérfana a los seis años, debido a que
su madre murió a los 35 de difteria. Desde ese momento, su abuela, la reina
Victoria de Inglaterra se hizo cargo de su custodia y educación, y Alix llegó a
ser así su nieta predilecta.
Entre Nicolás y Alix nació un amor a primera
vista. Se citaron para unos días después en una dacha. Luego pasaron cinco años
sin volver a verse, pero no se olvidaron. En esa época Nicolás hizo el servicio
militar en la Guardia de San Petersburgo. Con 19 años, su padre le confirió el
grado de coronel y le dio el mando de un escuadrón de la Guardia Montada.
El 17 de octubre de 1888 Nicolás y su familia
se salvaron milagrosamente de un accidente. El tren imperial en el que viajaban
descarriló en Jaárkov. El techo de su vagón se hundió, pero el zar Alejandro
III, haciendo gala de su gran fuerza física, lo levantó sobre sus hombros y lo
sostuvo hasta que su esposa y sus hijos pudieron salir. Ese gran esfuerzo
afectaría seriamente a su salud.
En 1889, con 21 años, Nicolás seguía enamorado
de Alix. Ella había rechazado varias propuestas de matrimonio de otras casas
reales, planeadas por la reina Victoria. Con ello demostraba tener carácter. Su
timidez le daba una apariencia de persona fría y distante que no se
correspondía con la realidad.
Con 17 años Alix fue a ver a Nicolás a
Peterhof, en compañía de la familia imperial. La iniciativa de este encuentro
fue de la gran duquesa Isabel. Estuvieron juntos durante seis semanas,
reafirmando su amor. Entre ellos había nacido una sólida relación sentimental.
A partir de ese momento Nicolás hacía frecuentes visitas a casa de sus tíos
Isabel y Sergio para ver a Alix. En 1892 Nicolás hizo esta anotación en su
Diario: «Sueño con desposarme con Alix de H».
Los dos enamorados no
ceden, ante la oposición del Zar a su proyecto matrimonial
Los jóvenes enamorados se encontraron con la
oposición del Zar y de la Zarina, que tenían otros planes matrimoniales para su
hijo. No les
agradaba una princesa alemana que, además,
había recibido una educación liberal inglesa. Como, por otra parte, deseaban
una alianza entre Rusia y Francia, habían proyectado ofrecer a Nicolás la
princesa Helena de Orleáns, hija del pretendiente a la corona de Francia, el
Conde de París. Era la esposa más conveniente para lograr sus propósitos
políticos.
El Zar basó su oposición al matrimonio de
Nicolás y Alix en que la diferente religión de los novios era un impedimento
para la boda —la princesa pertenecía a la iglesia protestante anglicana de
Inglaterra y Nicolás a la ortodoxa de Rusia—.
Alix no quiso renunciar a su fe para casarse,
por lo que regresó a Inglaterra. No aceptó a ningún otro pretendiente. Nicolás
cedió al dictamen de su padre, pero se opuso a casarse con la princesa de
Orleáns. Además, no renunció a hacerlo algún día con Alix, quedando a la espera
del momento más oportuno.
Para lograr que Nicolás olvidara a Alix, el
Zar le organizó un viaje, junto con su hermano Jorge, por diferentes países.
Fue una ocasión para conocer distintas culturas.
A comienzos de 1894 el Zar Alejandro III se
sintió, de forma inesperada, gravemente enfermo de una nefritis. Y se encontró
con el serio problema de que no le quedaba tiempo para preparar a su hijo mayor
para ser zar. Además, Nicolás no tenía el carácter necesario para ser un
gobernante absoluto. Frente a la personalidad enérgica y segura del padre, el
hijo era débil, tímido e inseguro.
E. M. Halliday, autor del libro La Revolución Rusa, menciona un diálogo
entre el Zar enfermo y la Zarina:
—(El
Zar) Al menos debiera dejar a nuestro hijo establemente casado. —(La Zarina)
Pero es que Nicolás a la única mujer que ama y tiene en
cuenta para casarse es
a Alicia…
—(El Zar) Aceptémosla.
Nicolás pide la mano de Alix
Ante los ruegos
continuados de Nicolás, en noviembre de 1894 Alix
accedió a convertirse a la religión cristiana
ortodoxa, aunque con la condición de no renunciar interiormente a su fe
anglicana.
Muy próxima ya la muerte, el Zar dio a Nicolás
la bendición paterna. Unos días después, el 2 de abril de 1894, el Zarevitch
salió para Coburgo con el encargo oficial de representar a su padre en la boda
del gran duque de Hesse, hermano de Alicia, pero oficiosamente se proponía
pedir la mano de Alix, algo que se venía haciendo según la ley y la costumbre.
Pero al Zarevitch le daba mucho apuro declarar de forma pública su amor a la
mujer elegida. A Alix le costaba también dar el sí definitivo, por la confusión
en la que estaba como creyente. Ante la indecisión de los novios, el emperador
Guillermo II pasó a la acción: «Cogió al Zarevitch de un brazo, le condujo a su
alcoba, hizo que dejara en ella su sable, le quitó su gorro de pieles, hizo que
lo cogiera y, poniéndole en el brazo unas rosas, le dijo: Ahora, adelante:
vamos a pedir la mano de Alix»[1]. En esa velada, celebrada el 8 de abril de
1894, se anunció oficialmente el noviazgo.
Subida al trono de Nicolás II y boda con Alix
El 20 de octubre de 1894 falleció el Zar
Alejandro III en el palacio de Livadia. El gran duque Alejandro Mikhailovitch
describió así ese día: «La muerte de Alejandro fija definitivamente la suerte
de Rusia. Entre la multitud de parientes, cortesanos, médicos y servidores que
rodeaba al zar en su lecho de muerte, todos, en definitiva, se daban cuenta de
que la nación había perdido en su persona el único apoyo capaz de impedir que
Rusia se precipitara en el abismo. El mismo Niki (Nicolás) lo comprendía mejor que
nadie. En esta ocasión, por primera vez en mi vida, he visto las lágrimas en
sus ojos grises. Me cogió de un brazo y me condujo a su habitación, nos
abrazamos y lloramos juntos. No podía ordenar sus ideas. Comprendía que se
había transformado en emperador y que el terrible peso de la responsabilidad le
ahogaba: “Sandro, ¿qué debo hacer?”, se lamentó patéticamente. “¿Qué va a ser
de Rusia? Todavía no estoy preparado para ser zar. Ni siquiera sé cómo hablar a
los ministros”»[2].
Al día siguiente del
fallecimiento de su padre el Zarevich era exaltado al trono, adoptando el
nombre de Nicolás II. A partir de ese momento emprendió una trágica aventura
desconociendo las enormes fuerzas a las que iba a tener que enfrentarse. A
pesar de que tenía una fatalista creencia en su destino personal —debido a los
atentados contra sus antecesores—, no pudo imaginar el papel que le reservaba
la historia: la pérdida del imperio, el fin de la dinastía Romanov y su
inmolación personal junto a la de su familia, a manos de los revolucionarios
que pusieron fin al orden de valores de la vieja Rusia.
Nicolás II sería un patriota y un monarca
preocupado por el bienestar de su pueblo, pero le faltó información y capacidad
de reacción sobre las nuevas realidades que surgieron en la sociedad rusa.
El 14 de noviembre de 1894 Nicolás contrajo
matrimonio con Alix de Hesse quien, al adoptar la religión griega ortodoxa y
abjurar de la protestante, tomó el nombre de Alejandra Fiódorovna. Así se
convirtió en la Zarina Alejandra. Fue bautizada según el rito ortodoxo en la
iglesia de Orianda.
Los recién casados fueron recibidos en el
umbral del palacio Anitchkov por la emperatriz María Fiódorovna, la misma que
se había opuesto a ese matrimonio junto con una parte de la corte rusa. Alix no
olvidó nunca aquella humillación. Ese resentimiento, unido a su carácter
reservado, hizo que la nueva Zarina huyera siempre de los actos propios de la
vida cortesana, lo que, a su vez, generaba malestar entre la nobleza. De esa
unión nacieron primero cuatro hijas: Olga (1895), Tatiana (1897), María (1899)
y Anastasia (1901). Durante ese tiempo los padres sufrieron mucho debido a que
no llegaba el hijo varón destinado a ser el heredero. Por fin lo hizo en 1904.
La sucesión parecía asegurada.
La primera etapa del reinado de Nicolás II
El comienzo del reinado fue tranquilo en lo
social. Surgió un proceso de industrialización acelerada que situó al país en
la era moderna, ligado a la aparición de importantes núcleos obreros en forma
de sindicatos.
Los agitadores y revolucionarios aprovecharon tanto las
concentraciones industriales como la reforma
agraria para manipular a los descontentos mediante su propaganda ideológica. El
socialismo revolucionario se opuso a la terminación del ferrocarril
transiberiano.
El considerable impulso que el gobierno de
Nicolás II dio a la instrucción, duplicando el número de estudiantes de
enseñanza secundaria y superior, no evitó la acción política de los
revolucionarios en la universidad.
Nicolás continuó la línea autocrática de sus
antecesores. La propuesta del movimiento liberal de establecer una constitución
que limitara el ejercicio del poder fue rechazada por el Zar. Su rigidez empujó
a sectores no comprometidos con la ideología de la revolución a alinearse con
ella.
Nicolás dedicaba 18 horas a un trabajo que
veía como un mandato divino. Por ello se resistía a delegarlo en otras
personas, incurriendo así en uno de los errores que originaron la pérdida del
imperio. Pasaba por encima de sus ministros, por considerar que de ese modo
estaba más cerca de su pueblo. Buscaba una unión patriarcal entre el zar y su
pueblo.
El Zar se centraba en el trabajo burocrático
de leer informes y firmar leyes, y desconocía así los problemas reales de la
gente. Y cuando se producían asonadas se limitaba a enviar a los soldados para
reprimirlas. Las medidas de represión eran el éxito de los agitadores, pues
aumentaba su recluta.
El 14 de febrero de 1901 se inició la primera
rebelión abierta del pueblo contra el poder imperial. Un estudiante,
Karpovitch, hirió al ministro Bogoliepov. Y el 2 de abril otro estudiante,
Balmachov, asesinó al ministro Sipiaguin. Un año después le llegó a Nicolás una
carta del conde León Tolstoi, en la que, entre otras cosas, le decía lo
siguiente: «Un tercio de Rusia se encuentra en el estado llamado de “protección
acentuada”, lo que significa tanto como decir fuera de la ley. El ejército de
la policía secreta y oficiales crece sin cesar. Las cárceles, los lugares de
deportación y los presidios están llenos, no solamente de centenares de miles
de delincuentes por delito común, sino asimismo de detenidos políticos, entre
los que ahora se encuentran también los obreros. Actualmente, la censura lo
suspende todo arbitrariamente, como no ha sucedido en los peores períodos desde
hace cuarenta años. (…) El resultado de toda esta administración cruel es que
el agro, esos cien
millones de hombres sobre los que reposa la
fuerza de Rusia, se empobrece de año en año y el hambre se enseñorea de nuestro
país como un fenómeno regular y casi normal»[3].
El Zar no podía detener al autor de los libros
que él mismo leía a la Zarina durante las veladas familiares. Y ordenó que se
concediera libertad de expresión a Tolstoi.
En 1905, preocupado por la defensa de los
puertos rusos ante el avance japonés en Indochina, Nicolás declaró la guerra al
Japón, en la creencia de que obtendría una victoria fácil. Su mala información
llevó a la derrota a la flota rusa.
En la apacible vida familiar entró el dolor
La vida de Alix, desde la muerte prematura de
su madre y de su hermana May en el mismo año, había sido una sucesión de penas.
Por fin llegó la alegría, al iniciarse su romántica historia de amor con un
hombre que la adoraba. Entre los dos habían creado una familia unida y feliz.
Pero no tardó en aparecer un nuevo
sufrimiento: a los dos meses de su nacimiento se descubrió que Alexis, el hijo
varón tan esperado, destinado a ser el heredero del imperio, estaba afectado de
hemofilia, una enfermedad que había sido heredada de su abuela Victoria. El
riesgo de tener una hemorragia imparable vedó al niño entregarse a los juegos
propios de su edad. Los zares no dieron a conocer al pueblo que el heredero
estaba enfermo.
Con la ayuda de los médicos, los angustiados
padres lucharon durante años contra la enfermedad, pero no llegaba la curación.
Un día Alexis sufrió una recaída tan fuerte que los médicos dijeron que la
situación era desesperada. Eso movió a los padres a solicitar la ayuda del mago
Rasputín. Con su presencia cesaron los dolores y convulsiones del niño. Este
hecho se repitió varias veces. Al comprobar que el zarevich reaccionaba siempre
con la intervención de Rasputín, la madre creyó en ese hombre y llegó a considerarle
un enviado de Dios.
El domingo, 9 de enero de 1905, se produjo un
hecho muy grave que sería decisivo para el destino de la dinastía Romanov. Una
masa descontenta pero pacífica de campesinos y obreros, conducida por el pope
Gapone, se dirigía al palacio de Invierno del Zar en San Petersburgo para
entregar una serie de peticiones no extremistas. Portaba cruces, iconos y
retratos del Zar y caminaba en silencio, confiada en que nadie se atrevería a
disparar contra esos retratos. Cuando la muchedumbre llegó a unos cien metros de
la entrada del palacio descubrió que estaba defendida por tropas de cosacos.
Sin mediar provocación, los soldados dispararon a matar sobre los
manifestantes. A continuación fueron atacados con una carga de caballería. Hubo
92 muertos. Gapone desapareció misteriosamente, sin dejar rastro.
La oposición revolucionaria se encontró así
con una nueva arma: la represión de una manifestación popular por medios que
nadie esperaba de un Zar considerado hasta entonces como padre de todos. El eco
del ametrallamiento se extendió rápidamente por todo el país y produjo la
ruptura del pueblo con su zar.
El llamado «domingo sangriento» avivó las
llamas iniciales de la revolución que buscaban los mencheviques y bolcheviques,
y se produjeron muchos atentados en ese año. En uno de ellos murió un tío de
Nicolás II, el gran duque Sergio Románov. Además, se sublevaron los marinos en
los puertos, entre ellos, los del acorazado Potemkin. Una gran huelga paralizó
la industria. Los revolucionarios estaban dirigidos por Lenin, Trotski y otros
agitadores marxistas.
El fracaso militar ante Japón, unido a la
cruel represión del pueblo, puso de manifiesto que el régimen de Nicolás II no
había sabido adaptarse a la evolución experimentada por el país. Para intentar
contener la riada revolucionaria el Zar destituyó a Mirski, ministro de
interior, y nombró en su lugar a Witte. Aunque Nicolás se inclinaba en
principio por una dictadura militar, acabó aceptando la propuesta de Witte de
convocar una Duma o Parlamento que otorgara un carácter constitucional a la
monarquía. Pero al comprobar que los miembros de la Duma proyectaban poner
límites al carácter autocrático del gobierno,
Nicolás la disolvió, sustituyéndola por otra más manejable.
En 1906 Witte fue sustituido por Stolypin, que
organizó una gran represión contra los revolucionarios marxistas y acabó
disolviendo la segunda Duma. En 1907 se instauró una tercera Duma que, de forma
velada, favorecía la autocracia. Tras promover una exitosa reforma agraria, con
la que se intentaba reconquistar a las masas populares, Stolypin fue asesinado
en septiembre de 1911 en un teatro por un revolucionario, ante los ojos del
Zar.
La entrada en la primera Guerra Mundial
El asesinato del archiduque Francisco Fernando
de Austria en Sarajevo por los nacionalistas serbios, puso a Nicolás en una
situación muy comprometida ante el Imperio Austrohúngaro, debido a su pacto con
los serbios. El 31 de julio de 1914 el zar cometió el grave error de movilizar
tropas en la frontera austriaca, lo que provocaría la guerra con Alemania y el
comienzo de la primera Guerra Mundial.
A ese error se añadió otro no menos grave: que
el zar se pusiera personalmente al frente de su ejército, relevando a su tío el
gran duque Nicolás Románov el Joven. Ello supuso dejar a la zarina como
regente, a quien el pueblo detestaba, tanto por su origen alemán, como por
contar con el odiado Rasputín como favorito y consejero. Rasputín se había
aprovechado de su éxito en el alivio de la enfermedad del zarevich para ganarse
la confianza absoluta de la reina. La gestión de la regente fue pésima. Se opuso
a dotar al país de un régimen constitucional y fue desbordada por las crisis
sociales.
Rasputín murió en 1916, como consecuencia de
un asesinato proyectado por el príncipe Félix Felixovitch Yusupov. El motivo
fue ser considerado el origen de todo el mal que se estaba extendiendo por el
país. La noticia se recibió con mucha alegría en Petrogrado, donde los asesinos
fueron homenajeados como héroes nacionales.
El ejército ruso obtuvo algunas victorias
iniciales en territorio austriaco, pero el intento de avanzar en territorio
alemán le ocasionó graves derrotas, en las que murieron más de dos millones de
hombres. En
1915 se inició la retirada. Los fracasos
militares y los errores políticos originaron el desprecio del régimen, tanto
por las minorías como por la opinión pública. Se reclamaba de forma masiva la
renuncia a la forma autocrática del poder.
Abdicación y asesinato de Nicolás II junto con su familia
A partir de enero de 1917 el gobierno empezó a
desintegrarse. La cuarta Duma cedió a la presión de los revolucionarios, y en
marzo se formó un Gobierno provisional presidido por Kerenski, un
revolucionario moderado.
Dedicado exclusivamente al control de las
operaciones militares, Nicolás carecía de información sobre los movimientos de
la oposición en la retaguardia. Ello explica su sorpresa ante la abdicación que
le exigió la Duma y la mayor parte de los altos cuadros del ejército, con el
fin de evitar una guerra civil.
Con la dignidad y serenidad que siempre tuvo
en los momentos más difíciles, Nicolás II abdicó, por sí y por su hijo Alexis,
en su hermano el gran duque Miguel.
La zarina permanecía en el palacio de
Tzarskoie-Selo, aislada y con cuatro hijos enfermos. Aunque desconocía la
abdicación de Nicolás, estaba llena de inquietud porque una parte de la
guarnición del palacio había hecho causa común con los revolucionarios.
Fue el gran duque Pablo quien comunicó a la
zarina la noticia de la abdicación de su esposo. Unos días después apareció por
sorpresa el zar en el palacio. Los soldados que custodiaban el edificio le
prohibieron quedarse allí. A partir de ese momento tanto Nicolás como su
familia se convertirían en prisioneros, primero del gobierno provisional, y
después del gobierno bolchevique.
Nicolás, junto con su familia, fue confinado
inicialmente en el palacio Tsarkoe-Seloe, en las afueras de San Petersburgo. En
agosto de 1917, temiendo un intento de asesinato, Kerenski exilió a la familia
imperial a Tobolsk, en Siberia. Antes de salir previno a Nicolás: «Los soviets
desean mi cabeza, después vendrán a por usted y a por su familia».
Kerenski solicitó
asilo para la familia real al primer ministro británico Lloyd George, pero este
último declinó la petición. Tampoco fue aceptada por el gobierno francés.
Con el triunfo de la Segunda Revolución Rusa
en octubre, en la que los bolcheviques, dirigidos por Lenin, derrocaron al
gobierno de Kerenski, el Soviet Central ordenó el traslado de la familia
imperial a Ekaterimburgo, que se hallaba bajo el control del Soviet de los
Urales, con apoyo del Ejército Rojo. De ese modo se evitaba el riesgo de que el
zar fuera liberado por fuerzas contrarrevolucionarias.
El zar dejó escrito en su Diario que en la
casa de Ipatiev la familia imperial estaba sometida a un régimen carcelario.
Los guardianes se paseaban ebrios por todas las estancias, cubrían las paredes
de inscripciones obscenas y robaban en los equipajes de los prisioneros.
El 4 de julio de 1918 un escuadrón al mando de
Yákok Yurovski relevó a la guardia de la casa-prisión de la familia imperial. Y
el 13 del mismo mes recibió la orden del Soviet de los Urales de fusilar a toda
la familia. Ese mismo día se permitió al pope Skorochev celebrar el rito de la
misa ortodoxa. A su término el pope ofreció al zar el crucifijo. Nicolás lo
besó y recibió con la sagrada hostia la bendición de la Iglesia rusa.
El 17 de julio, por la noche, con el pretexto
de que se les iba a tomar una fotografía, fueron conducidos al sótano de otra
casa, sin que sospecharan lo que les aguardaba. Nicolás llevaba en brazos a
Alexis. Fueron fusilados todos, junto a algunos sirvientes, un médico y el
perro del niño. Doce personas en total.
Yurovzki dijo previamente al Zar que el pueblo
ruso le había condenado a muerte. Seguidamente le disparó a quemarropa con su
revólver. Luego 17 soldados armados con fusiles a la bayoneta hicieron una
descarga cerrada sobre el resto de la familia. Las niñas, que llevaban corsés
apretados y cargados con joyas, no murieron instantáneamente, debido a que las
balas rebotaron en las joyas, y fueron rematadas con la bayoneta. Fue un
asesinato, ya que ningún juez las había condenado a muerte.
A continuación, los cuerpos fueron trasladados
en camiones y escondidos en una mina abandonada. Al día siguiente, Yurovski
ordenó el traslado de los cuerpos a otras excavaciones, así como su destrucción
por medio de fuego y ácido.
El gobierno soviético
prohibió informar sobre lo ocurrido en Ekaterimburgo. Los periódicos de Moscú
se limitaron a dar una escueta y manipulada información: «La condena a muerte
del ex Zar Nicolás Romanov ha sido ejecutada en la noche del 16 al 17 de julio.
La mujer y los hijos han sido transportados a otro sitio y se encuentran en
lugar seguro».
El descubrimiento de los cuerpos
En 1979 los historiadores Avdonin y Riábov
encontraron la posible tumba de la familia imperial en el bosque de Koptiakí.
No lo hicieron público hasta varios años después. El 12 de abril de 1989 lo
dieron a conocer los periódicos. La tumba fue abierta en 1991 por las
autoridades soviéticas, y en su interior fueron encontrados nueve cuerpos.
Faltaban los de Alexis y la Gran Duquesa María. Estos últimos fueron hallados
en 2007. Todos los descubrimientos fueron confirmados por las pruebas de ADN.
Nicolás II, junto con el resto de su familia y
los demás zares rusos, está enterrado desde 1997 en la Catedral de San Pedro y
San Pablo en San Petersburgo.
Canonización y rehabilitación
En 1981, la Iglesia Ortodoxa Rusa en el exilio
canonizó a los integrantes de la familia Romanov, por considerarles mártires.
Esa decisión fue refrendada en el año 2000 por el Sínodo de la Ortodoxia Rusa.
El 1 de octubre de 2008 el Tribunal Supremo de
Justicia de la Federación de Rusia rehabilitó a Nicolás II y su familia. Era la
respuesta a una denuncia presentada en 2005 por el abogado de la Gran duquesa
María Vladimirovna, que se considera la heredera de Nicolás II.
* * *
Un largo noviazgo de
amor constante que culmina en boda
Desde que se conocieron en 1884 hasta que se
casaron, Nicolás y Alix pasaron diez largos años, en los que tuvieron que
esforzarse mucho para mantener viva su relación, protegiéndola de dificultades
y peligros. Fueron diez años de perseverancia en el amor, sin rendirse ante la
distancia, el tiempo, la oposición de los padres de ambos —que deseaban un
matrimonio de conveniencia—, el asedio de muchos pretendientes y una religión
diferente.
El año 1894 fue especialmente intenso en
acontecimientos importantes, que pusieron a prueba el control emocional de los
novios y la confianza en su amor. El último de ellos fue su boda, que estuvo
precedida por la conversión de Alix a la religión ortodoxa, la aceptación del
matrimonio por parte de un zar gravemente enfermo, la petición de la mano de
Alix, la muerte del zar y la subida al trono de Nicolás: «Ni una sombra, ni un
presentimiento turbó la felicidad de los dos amantes. La lenta agonía del Zar,
los difíciles días que aguardaban a los dos muchachos, el país inmenso, sumido
en una angustiosa expectación, todo parecía pertenecer a otro planeta. (…) Este
amor fue para Nicolás una isla dichosa en la que ningún dolor, ningún azar
amargo del Destino debía turbar su paz. El encantado retiro de dos seres en
medio de las devastadoras tempestades de la época contemporánea duró 24 años y
constituyó quizá el fenómeno más extraño en la enigmática vida mental del Zar.
El preludio de este idilio de 24 años terminó cuando Nicolás abandonó
Inglaterra para reunirse en Crimea con su familia»[4].
Impresiona la capacidad que adquieren las
personas verdaderamente enamoradas para aislarse de todo lo que les rodea y
concentrarse en su relación, elevándose espiritualmente por encima de
acontecimientos muy duros. Es como si hubieran sido tocados por una varita
mágica que les preservara de los males que acechan a los demás mortales.
La historia de amor de Nicolás y Alix no pudo
empezar de forma más romántica: con un amor a primera vista en el inicio de la
adolescencia — tenían 16 y 12 años, respectivamente—. El fenómeno del
«flechazo» no siempre es el inicio de un proceso amoroso estable y continuado,
ya que se basa principalmente en el conocimiento sensible y en la atracción
física; el insuficiente conocimiento recurre a
la imaginación, idealizando a la persona amada. Brota así un querer emocional,
y está apenas presente el querer racional y voluntario.
En muchos casos, después del «flechazo» la
relación desaparece, por inconsistencia o por reducción al contacto físico.
Pero en otros casos continúa. ¿Qué es lo que favorece esa continuidad? El trato
personal, sustentado en la conversación habitual. Ese trato ayuda a cada
enamorado a ir descubriendo de forma progresiva el «yo» real del otro. Tras
conocerse de un modo más objetivo tendrán que decidir si se aceptan mutuamente
como son, y si ambas formas de ser son compatibles dentro de un mismo proyecto
de amor.
En el caso de Nicolás y Alix se dieron las
condiciones para la continuidad y para el desenlace en forma de matrimonio.
Mantuvieron un prolongado noviazgo con mucho trato personal, con encuentros
frecuentes, a pesar de la distancia. Ello les permitió conocerse mejor y
comprobar que se querían de verdad. El suyo fue un amor que supo esperar sin
debilitarse y sin caer en el olvido. Primero fueron cinco años sin verse a
causa de las obligaciones militares de Nicolás; luego otros cinco, resistiendo
juntos la oposición del zar y de la zarina y pendientes de una solución a su
diferente religión. El compromiso matrimonial del 8 de abril de 1894 fue el
final feliz de una prolongada lucha amorosa en la que los novios demostraron su
constancia. En la noche de ese día Nicolás hizo una anotación en su Diario:
«Admirable, inolvidable día de mi vida, el de mi noviazgo con mi bien amada
Alicia. Todo el día he caminado como un ebrio, sin llegar a comprender
exactamente lo que me ha sucedido. No puedo creerlo; tengo novia».
Essad Bey comenta así esa anotación del
zarevitch: «Con esta breve nota, de la que se desprenden su turbación y su
alegría, comienza la felicidad personal del más desdichado de todos los zares.
Esta felicidad familiar le fue fiel. No le abandonó ni durante las tempestades
de la revolución, ni durante la guerra, ni después de su abdicación. Le fue
fiel asimismo el día en que, apoyada su mano en la de Alicia, caduca y pálida,
descendió a la cueva de la casa Ipatiev para colocarse frente a las balas
mortíferas»[5].
Armonía en las
relaciones conyugales
La relación entre Nicolás y Alix fue la de un
amor auténtico, tanto en los años de un noviazgo romántico como en los de un
matrimonio feliz. Y eso fue posible a pesar de la penosa e incurable enfermedad
de su hijo Alexis. ¿Cómo afectó esa contradicción al matrimonio? Fortaleció la
unión entre los esposos.
La felicidad conyugal tampoco fue oscurecida
por las graves convulsiones políticas que hubo al final del reinado. Esto se
debió, sobre todo, a la fidelidad de una esposa que seguía muy enamorada y no
dejaba de expresar su amor: «En los angustiosos días del estallido de las
revueltas revolucionarias, Alejandra evocaba tiernamente la época en la que se
enamoró de Nicolás y se casó con él: “Hace treinta y dos años que mi corazón de
mocita se colmó de intenso amor por ti ”»[6].
Al conocer la noticia de la abdicación de su
esposo se limitó a comentar: «Pobre amor mío, está solo con su pena». Luego
informó a sus hijos del cambio que se iba a producir en sus vidas.
Cuando Nicolás llegó por sorpresa al palacio
donde estaba su familia ocurrió lo siguiente: «La zarina corrió a su encuentro
como una muchacha de diecisiete años loca de amor. Le abrazó apasionadamente.
Después le condujo a su alcoba y pasó a su lado cuatro horas. Durante este
tiempo el Zar se dejó abatir por el dolor que le causaba la fatalidad que
pesaba sobre su destino»[7].
Nicolás y Alix fueron felices con muy
diferente forma de ser. Mientras el zar buscaba la justificación de sus actos
en la voluntad divina, la zarina le daba consejos basados en argumentos
lógicos. Nicolás era inseguro, desconfiado y fatalista; la zarina se
caracterizaba por el raciocinio, el orgullo y la amargura. El contacto con la
corte la irritaba mucho. En su interior había siempre un conflicto entre el
misticismo ruso y la cultura europea. Aunque lo intentó, la princesa occidental
no llegaría a ser una verdadera rusa: «A pesar de estas diferencias, la vida de
la pareja imperial seguía su curso de felicidad inalterable, casi de clase
media. Cuanto más abrumaba a Nicolás el peso del gobierno, más aspiraba a las
horas amables de la vida familiar. El lindo palacio de Tsarkoie Selo, donde la
familia imperial pasaba la mayor parte del año,
se convirtió en una idílica isla de amor, en
cuyas orillas se deshacían sin fuerzas las altas olas del agitado océano ruso»[8].
Cada uno aceptó al otro como era, con su
carácter, con sus virtudes y defectos, con sus costumbres. De ese modo las
diferencias no fueron un factor de conflicto conyugal, sino un complemento
entre dos personalidades. Aprendieron a vivir con esas diferencias. Y lograron
una auténtica vida de familia, a pesar de las grandes responsabilidades de
gobierno. Supieron conciliar familia y trabajo. La familia era para ellos un
ámbito de amor que les reconfortaba diariamente, tras el desgaste sufrido en el
ambiente social y político.
A lo largo de cada jornada, tanto Nicolás como
Alix tenían presente que lo prioritario era su cónyuge. Mantenían vivo su
recuerdo cuando no estaban juntos y esperaban ese momento con ilusión. En su
larga vida matrimonial no hubo acostumbramiento ni rutina, porque la plantearon
como una prolongación permanente del «flechazo» inicial, del noviazgo y de su
feliz primer año de casados.
Nicolás hacía llegar a su esposa cada mañana
un ramo de flores. Durante las horas de trabajo cada uno seguía pendiente del
otro. Ella mostraba una espera impaciente. La felicidad conyugal fue descrita
por un historiador de la época de este modo: «Jamás hubo entre los dos esposos
una palabra que no fuera de amigos. Se sentían animados constantemente el uno
para el otro con las más delicadas atenciones, y evitaban herirse entre sí
incluso con una mirada. Desde el principio de su unión hasta su fin trágico común,
sus palabras y su trato entre ellos fue siempre el de dos jóvenes recién
casados en su luna de miel. Nunca se entibió su amor un solo instante»[9].
Cuidaron mucho un tiempo diario para estar
juntos y a solas, hablar de todo y pasarlo bien. En el Diario del Zar consta
que solían pasear por el jardín, contemplaban juntos las puestas de sol y
hablaban de las cosas de cada día.
[1] ESSAD BEY, M.: Nicolás II. Vida y tragedia. Joaquín Gil
Editor, Barcelona, 1941, p. 72.
[2] Ibídem, p. 80.
[3] Ibídem, pp. 138-139.
[4] Ibídem, p. 75.
[5] Ibídem, p. 73.
[6] G. DE LUACES: Nicolás II, Zar de Rusia. Ediciones G.
P. Barcelona, 1960, pp 19-20.
[7] ESSAD BEY, Op. cit.
p. 396.
[8] Ibídem, p. 108.
[9] Ibídem, p. 109.
10.
VICTORIA I DE INGLATERRA Y ALBERTO DE
SAJONIA-COBURGO-GOTHA (1838)
UNA MUJER QUE, POR
AMOR, ANTEPUSO SER ESPOSA A SER REINA
La niña que se propuso ser una buena reina
Victoria nació en el palacio de Kensington,
Londres, el 24 de mayo de 1819. Era la única hija del Príncipe Eduardo —Duque
de Kent, cuarto hijo varón del rey Jorge III— y de Victoria de Sajonia Coburgo
Saalfeld. Esta duquesa descendía de una de las más antiguas familias reales
europeas, por lo que su hija, desde su nacimiento, estuvo emparentada con las
casas reales de seis países. Tenía sangre alemana, tanto por línea paterna como
materna. Era sobrina del Zar Alejandro.
La niña fue bautizada como Alejandrina
Victoria en la Sala de la Cúpula del citado palacio, el 24 de junio del mismo
año, por el arzobispo de Canterbury. Familiarmente la llamaban Drina. Nació en
el quinto lugar del orden de sucesión a la corona británica, pero por
diferentes avatares, a los 3 años de edad, ya estaba muy cerca del trono.
Cuanto tenía ocho meses quedó huérfana de
padre, que falleció de una neumonía el 23 de enero de 1820. Seis meses después,
el 29 de enero, su abuelo, el rey Jorge III, murió ciego y loco. Victoria se
convirtió a los 10 años en heredera del trono debido a que ninguno de sus tíos
—Jorge IV y Guillermo IV— tuvo descendencia.
En sus primeros años hablaba solamente alemán,
que era el idioma materno y el de la institutriz, la baronesa Lehzen. A partir
del momento en el que, de forma inesperada, surgieron muchas posibilidades de
acceder
al trono, aprendió a hablar inglés y otros idiomas.
El vacío del padre fue suplido con creces por
el enérgico carácter de su madre, ayudada por la institutriz: «La Princesa
brindaba a su madre respeto filial, pero el corazón lo había rendido a Lehzen.
La hija del pastor de Hanover, sagaz, dotada de inagotables recursos verbales,
que volcaba toda su devoción sobre la discípula real, había cosechado sus
frutos en forma de confianza ilimitada y de apasionada adoración. La muchacha
habría caminado sobre el fuego por su “adorada Lehzen”, “la mejor y la más sincera
amiga —decía— que había tenido en toda su vida”»[1].
Su madre se propuso formarla para ser una
reina cristiana, desarrollando en ella algunas virtudes y preservándola de la
influencia perniciosa de sus tíos y del ambiente disoluto de la corte. Las
pautas educativas, inspiradas en un severo anglicanismo, eran muy estrictas. La
madre incurrió así en el defecto de la vigilancia excesiva y de una
sobreprotección que aislaba a su hija, reduciendo su vida al ámbito familiar.
En plena edad juvenil, Victoria no podía dar
un paso en el palacio sin la compañía de ayas o de su madre. Es bien expresivo
el hecho de que seguía durmiendo en el dormitorio materno y era llevada de la
mano al bajar las escaleras cuando se aproximaba ya su proclamación como reina.
Esa dependencia acabó deteriorando la relación entre madre e hija, creándose un
distanciamiento que aumentaría con el paso de los años.
A pesar de la sobreprotección, la niña fue
mostrando una fuerte personalidad y un afán de independencia —posiblemente
heredado de su madre— nada proclive a dejarse dominar. Además era muy
inteligente, lo que favorecía la confianza en sí misma. Cuando a los doce años
fue informada de que estaba destinada a heredar el trono, con gran aplomo
comentó: «seré una buena reina». Mostraba ya una presencia de ánimo y una
determinación que conservaría a lo largo de toda su vida y que sería clave en
su exitosa labor de gobierno.
Como las leyes no contemplaban la eventual
subida al trono de un infante, se promulgó la Ley de Regencia de 1831, que
establecía que la duquesa de Kent, madre de Victoria, sería la Regente del
reino durante la minoría de edad de la reina. Victoria tuvo que enfrentarse a
su madre y a Conroy, su consejero, que pretendía obligarla a firmar una
regencia a
favor de ella hasta que la hija cumpliera 25
años, manteniéndola separada de la Corte. Sólo confiaba en su institutriz
Lhezen. Supo luchar por su libertad, como persona, como mujer y como heredera
al trono, en medio de unos condicionantes férreos y bajo fuertes presiones
ligadas a intereses políticos y familiares.
Victoria conoce a su futuro esposo y es
proclamada reina de Inglaterra
En 1835, con dieciséis años de edad, Victoria
conoció a su primo y futuro esposo, el príncipe Alberto de
Sajonia-Coburgo-Gotha, hijo del rey Leopoldo de Bélgica. Lo que inicialmente
parecía ser una unión de conveniencia por intereses políticos, se convirtió en
una historia de amor auténtico por ambas partes, con un noviazgo caracterizado
por frecuentes conversaciones y correspondencia. El noviazgo acabaría en boda,
seguida de una vida matrimonial muy feliz.
Jorge IV y Guillermo IV, tíos de Victoria,
ocuparon el trono entre 1820 y 1837. Este último falleció el 20 de junio de
1837. Como la princesa Victoria había cumplido ya los dieciocho años, no era
necesaria una regencia. Ese mismo día el arzobispo de Canterbury comunicó
oficialmente a Victoria su proclamación como reina de Inglaterra. Fue coronada
el 28 de junio de 1838 en la abadía de Westminster. La muchacha dejó constancia
del acontecimiento en su diario: «Ya que la Providencia ha querido colocarme en
este puesto, haré todo lo posible para cumplir mi obligación con mi país. Soy
muy joven y quizás en muchas cosas me falte experiencia, aunque no en todas;
pero estoy segura de que no hay demasiadas personas con la buena voluntad y el
firme deseo de hacer las cosas bien que yo tengo».
La joven reina asombra a sus consejeros
De Victoria se esperaba que corrigiera la
decadencia de la institución monárquica en Inglaterra, originada en los tres
últimos reinados por la
incompetencia de los soberanos. Se esperaba
mucho de una mujer poco conocida: «Para sus súbditos, la nueva reina era casi
una perfecta desconocida. En los actos públicos su madre invariablemente había
dominado el escenario. Su vida íntima había sido la de una novicia en un
convento; contados eran los seres humanos que habían hablado con ella.
(…)
Cuando apareció, de repente, proveniente de
esta obscuridad absoluta, causó una impresión inmediata y profunda. Su conducta
en esta primera reunión de Estado no dejó sorprendidos a los consejeros, los
dejó asombrados. El entusiasmo los arrastró a todos. (…) Lo que, por encima de
todo, sorprendía a todo el mundo con abrumadora evidencia, era el contraste
entre la reina Victoria y sus tíos. Aquellos ancianos repugnantes, viciosos,
egoístas, tercos y ridículos, con su eterna carga de deudas, desórdenes y escándalos,
todo eso se había derretido como las nieves del invierno; y he aquí que, por
fin, radiante y coronada, aparecía la primavera»[2].
Victoria rompe con su
madre y delega muchas funciones en el primer ministro y en su institutriz
La nueva reina depositó toda su confianza en
Lord Melbourne y en la baronesa Lehzen, mientras cortaba de forma drástica la
dependencia de su madre: «Cuando, tras la primera reunión de Estado, cruzó la
antesala, se encontró con su madre aguardándola, y le dijo:
—Madre, de verdad,
¿soy ya una reina?
—Ya veis, querida
hija, que así es.
—Entonces, querida madre, confío en que me
concedáis la primera petición que os hago como reina: dejadme sola durante una
hora.
Victoria permaneció sola durante una hora. Al
cabo reapareció y dio una orden muy significativa: ordenó que se llevaran su
cama del dormitorio de su madre. Era el destino de la duquesa de Kent. Habían
terminado los largos años de espera, había llegado el momento soñado durante
toda una vida, su hija ya era reina de Inglaterra, pero ese momento le trajo su
propia aniquilación. Supo que de forma irremisible no tenía ningún acceso al
poder, no gozaba de la confianza de la reina,
carecía de la más mínima influencia»[3].
A la duquesa de Kent no le sirvieron las
quejas y las maniobras; su autoritarismo había terminado. Y cuando al cabo de
un mes de la coronación la casa real se trasladó de Kensington al palacio de
Buckingham, a la duquesa se le asignaron unas habitaciones separadas de las de
la reina. A esa decisión de Victoria siguió otra no menos valiente: no volver a
recibir a sir John Conroy. Esos cambios reforzaron la influencia de la baronesa
Lehzen sobre la reina. Era bien significativo que su dormitorio estuviera junto
al de ella.
En el momento de iniciarse el nuevo reinado el
Gobierno estaba controlado por el partido liberal Whig, que venía ejerciendo el
poder desde 1830. El primer ministro era William Lamb, vizconde de Melbourne,
un hombre inteligente, eficaz, brillante y afable. Estas cualidades fascinaron
a la nueva reina, hasta el punto de dejar en manos de Lamb los asuntos de
Estado: «Lord Melbourne se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en el
consejero íntimo, en el compañero habitual de una jovencita que había pasado
directamente del cuarto de jugar al trono»[4].
El primer ministro ejerció una gran influencia
sobre la políticamente inexperta soberana, que le pedía consejo y ayuda en
todo. Ello explica que eligiera la compañía de damas que compartían la
ideología «whig», que en los primeros años se alejara de los asuntos de
gobierno y que se despreocupara de la vida política diaria.
El poder de Lord Melbourne acabó pronto.
Primero se había mostrado incapaz de controlar las colonias británicas y
después vio cómo su partido perdía la mayoría en el Parlamento. Por estos
motivos, dimitió en 1839.
En ese momento los «tories» —conservadores— se
dispusieron a formar gobierno. La reina comisionó al tory Robert Peel la tarea
de encabezar el nuevo gabinete, pero muy pronto rectificó, negándose de forma
rotunda a aceptar el relevo de Lord Melbourne. Se produce así la primera crisis
política de su reinado.
¿A qué se debió esa rectificación? Un motivo
fue la llamada «Crisis de las Damas de Cámara»: Robert Peel había exigido que
las damas «whigs» fueran sustituidas por damas «tories», a lo que la reina se
opuso. Otro motivo fue que la forma de ser de Peel desagradaba a Victoria,
sobre todo porque consideraba que sus modales
eran detestables. La reina sacó a relucir el genio y la testarudez ocultos
hasta entonces, inmiscuyéndose personalmente, por primera vez, en la política
del país. La situación se resolvió tras una serie de negociaciones y pactos que
restituyeron en su cargo al primer ministro «whig», Lord Melbourne.
La boda de Victoria y Alberto
Alberto viajó a Londres para asistir a la
coronación de Victoria. Tres años después la reina tomaría la decisión de
casarse con él. Tras fijarse el día de la boda, Victoria tuvo una crisis
personal: «Cada vez más nerviosa, era víctima de su propio carácter y de los
nervios. Tuvo unas febrículas y, tras cuidadoso examen, sir James Clark anunció
que estaba incubando el sarampión. Pero, una vez más, sir James se equivocó en
el diagnóstico. No era el sarampión lo que la aquejaba, sino una enfermedad
enteramente diferente: de repente la habían postrado la preocupación, el
arrepentimiento y las dudas. Durante dos años había sido dueña de sus actos,
habían sido con diferencia los dos años más felices de toda su vida. ¡Y todo
iba a terminar! Iba a someterse a un dominio extraño: tendría que prometer eso
de obedecer y honrar a alguien que, tal vez, le negaría los deseos, que le
llevaría la contraria, ¡eso sería horroroso! ¿Por qué se había embarcado en un
experimento tan lleno de riesgos? ¿Por qué no se había conformado con Lord
Melbourne? No lo dudaba: amaba a Albert. En todo caso, de una cosa estaba
segura: se casaría con Albert, pero la reina de Inglaterra sería siempre ella.
Cuando lo vio de nuevo llevaba un hermoso uniforme; ante su presencia todas las
dudas se deshicieron como la niebla ante el sol»[5].
El 10 de febrero de 1840, en la Capilla Real
del palacio de San James de Londres, la reina contrae matrimonio con Alberto de
Sajonia. Cuatro días antes había otorgado a su futuro esposo el tratamiento de
«Su Alteza Real». Sería conocido como el Príncipe Consorte, aunque no recibió
formalmente el título hasta 1857.
Alberto era uno de los pocos hombres con los
que Victoria había podido relacionarse en su juventud y el primero con el que
tuvo ocasión
de hablar a solas. La boda fue una
manifestación más del carácter decidido de la joven, ya que tuvo que afrontar
la oposición del pueblo inglés a la subida al trono de un personaje extranjero.
Victoria se casó muy enamorada. Fue una de las
pocas reinas de su época que se casó por amor. Sentía veneración por un hombre
que, además de apuesto, reunía muchas cualidades personales; era muy delicado y
poseía una fina inteligencia política. A lo largo de todo su matrimonio fue un
marido fiel y ejemplar.
La difícil adaptación inicial a la vida conyugal
Alberto tuvo que enfrentarse inicialmente a
dificultades inesperadas en su vida matrimonial. Como príncipe consorte no
tenía funciones concretas, y la reina seguía dejando en manos de Lord
Melbourne, primer ministro y asesor, todos los asuntos de Estado. Ella
consideraba que la colaboración de Alberto en el gobierno no era necesaria;
además, tenía muy en cuenta que a los ingleses no les gustaba que los
extranjeros intervinieran en política. Victoria se conformaba con que Alberto
llegara a ser lo que ella esperaba: un buen marido. Pero él se sentía
minusvalorado: «Victoria lo idolatraba, pero él necesitaba comprensión, no
idolatría; y aunque Victoria estaba saturada de Alberto hasta el brocal, ¿de
verdad lo comprendía?»[6].
A pesar de que a Alberto le aburría la
política de palacio, el hecho de que no se contara con él le disgustaba mucho:
«El papel que le habían asignado no sólo era ínfimo en asuntos políticos.
Incluso como marido, según averiguó, sus funciones eran muy reducidas. La
baronesa Lehzen ejercía un poder absoluto sobre la vida privada de la reina
Victoria. (…) Desde que llegó al trono ese poder se había incrementado. (…)
Alberto no tardó en darse cuenta de que no mandaba en su propia casa. Todos los
detalles de su vida y la de su mujer estaban bajo control de una tercera
persona: no podía hacerse nada que no hubiera autorizado previamente Lehzen.
Victoria, que adoraba a Lehzen con indeclinable intensidad, no veía nada raro
en que las cosas fueran así. Tampoco la vida social aportaba ninguna clase de
felicidad al Príncipe. Era un extranjero tímido,
torpe ante las damas, poco comunicativo»[7].
Por indicación de Lehzen Victoria ocultaba a
Alberto muchas cosas de su vida. A este obstáculo se unía que el matrimonio
tenía hábitos muy diferentes. Alberto era madrugador y se recogía pronto,
mientras que Victoria se levantaba tarde por ser trasnochadora; a él le gustaba
relacionarse con científicos y humanistas, mientras que Victoria prefería el
intercambio de banalidades con las personas de siempre; a ella le encantaba
Londres, mientras él deseaba residir en Windsor. Como, por otra parte, ninguno
de los dos estaba acostumbrado a ocupar un segundo lugar, no hay que extrañarse
de que se produjeran, con alguna frecuencia, fricciones y riñas entre ellos. No
llegaron a una crisis conyugal por el gran amor que se tenían: «Victoria
luchaba en condiciones de inferioridad porque ya no era dueña de sí misma: la
dominaba una emoción muy intensa, que se servía de ella para sus propios fines.
Estaba locamente enamorada. (…) Ha sobrevivido una anécdota que resume el
aspecto fundamental de las relaciones: encolerizado, el Príncipe se encerró en
una ocasión en sus habitaciones; Victoria, no menos furiosa, llamó a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó
él.
—La reina de
Inglaterra —respondió ella.
No
sucedió nada, y a continuación se oía una nueva catarata de golpes. Pregunta y
respuesta se repetían varias veces. Al final había una pausa,
se oían unos golpes
más delicados.
—¿Quién es? —se
repetía una vez más la pregunta.
Pero esta vez la
respuesta era diferente:
—Tu esposa, Alberto.
Y la puerta se abrió
al momento»[8].
Victoria cambia, dándole a su marido un papel en la vida
política
Alberto empezó a superar su inadaptación
cuando cambió de actitud. Se decidió a estudiar cuestiones políticas y a
recibir instrucción sobre el sistema legal inglés. Por su parte, la reina, al
descubrir en él nuevas y grandes cualidades, hizo que en ocasiones estuviera
presente cuando se
reunía con los ministros; también le pidió que
comunicara sus opiniones al gobierno. Pronto lo convirtió en su consejero
político, en detrimento de Lord Melbourne. Así pudo comprobar que había
encontrado el compañero perfecto no sólo en lo familiar, sino también en lo
político: «Victoria ya no era la alumna de Lord Melbourne, era la mujer de
Alberto»[9].
Más adelante el príncipe Alberto fue designado
regente en caso de fallecimiento de la reina. A la habilidad política de
Alberto se unía el respeto de la reina hacia los mecanismos parlamentarios. Las
decisiones eran tomadas de común acuerdo entre ambos esposos, creándose un
modelo de comportamiento político que restauraría el prestigio de la monarquía
inglesa. Ello hizo que la vuelta al poder de Peel en 1841 no supusiera ya para
Victoria ningún trauma.
El nacimiento del príncipe de Gales en 1841,
primer hijo varón, dejó resuelta la cuestión sucesoria. Sucedería a Victoria en
1901 con el nombre de Eduardo VII.
En 1842 se produjo un cambio importante: la
reina aceptó sin conflicto la remodelación de la baronesa Lehzen. Pronto se
comprobó que ese hecho tuvo un gran beneficio para su matrimonio.
Alberto y Victoria se quisieron mucho a lo
largo de su vida conyugal y supieron sobrellevar juntos una época muy difícil
de la historia de Inglaterra. Entre los dos existió un amor ilusionado y
hogareño, del que nacieron cuatro hijos y cinco hijas. Entre los aciertos
personales del príncipe consorte cabe destacar la reforma de la organización de
la casa real y la organización de la primera Feria Mundial, conocida como la
gran Exposición de 1851. Fue inaugurada por la reina el 1 de mayo de ese mismo
año y tuvo un éxito extraordinario. Victoria estaba tan entusiasmada que ese
mismo día escribió a su tío lo siguiente: «Ha sido el día más grande de nuestra
historia; ha sido el espectáculo más emocionante, más imponente y el más
hermoso, ha sido un triunfo de mi amado Alberto. Ha sido el día más feliz de mi
vida, el día del que más orgullosa estoy; no puedo pensar en otra cosa. El
nombre adorable de Alberto lo ha inmortalizado su gran obra, todo se le debe a
él; y mi país ha mostrado que lo merecía. El triunfo ha sido inmenso»[10].
La Exposición produjo grandes beneficios
económicos, y los inventos allí presentados servirían para fundar el South
Kensington Museum.
El desconsuelo de Victoria tras la muerte de su marido
En marzo de 1861 falleció la madre de
Victoria, la duquesa de Kent. El 14 de diciembre de ese mismo año murió Alberto
de fiebres tifoideas, a los cuarenta y dos años. Victoria estuvo en la cabecera
del enfermo hasta el final.
La pérdida de quien fuera su amado esposo,
amigo y consejero afectó mucho a Victoria. Fue el hecho más doloroso de su
vida. A partir de ese momento vistió siempre de luto en recuerdo de su marido,
se hizo acompañar constantemente de su fotografía, evitó las apariciones
públicas, ordenó al servicio preparar diariamente la ropa limpia de Alberto y
vivió fuera de Londres, en el palacio de Windsor.
A pesar del dolor que la afligía y dando
muestras de su carácter luchador, Victoria no se dejó abatir y reaccionó con
gran entereza. Su alma de hierro la mantuvo entera. Pensó que la mejor manera
de rendir homenaje al esposo desaparecido era hacer suyo el ideal que le había
animado: trabajar incansablemente al servicio de su país. Se propuso continuar
la obra de Alberto y grabar en todas las mentes sus méritos y virtudes, puesto
que en vida no había tenido ese reconocimiento. Una de sus iniciativas fue encargar
una biografía completa al escritor Mr. Martín, quien trabajó en ello sin
descanso durante catorce años.
La viudez y últimos años de la reina Victoria
La reina supervisaba personalmente la política
interior, dirigida sucesivamente por Palmerston, Disraeli y Gladstone.
Inglaterra progresaba en el establecimiento del liberalismo económico y
político, favoreciendo una amplia participación política del pueblo y la
estabilidad de las instituciones.
Se abordó con éxito el problema del
nacionalismo irlandés, que recibió una mayor autonomía; se afrontó la cuestión
de las reivindicaciones obreras, surgidas del fuerte proceso de
industrialización, mediante la legalización de
los primeros sindicatos modernos. Se alcanzó el mayor desarrollo económico
conocido en la historia del país. Se produjo una gran expansión del Imperio
Británico, que incluyó la coronación de Victoria como emperatriz de la India y
la creación del Commonwealth australiano. El Reino Unido se convirtió en la
primera potencia de su época.
El de Victoria fue un reinado con influencia
histórica y esplendor, en el que, bajo una moral de corte cristiano se
produjeron grandes avances científicos y técnicos. A ello se unió el progreso
en las letras y las artes, con personajes como Kipling, Wilde y Faraday.
Victoria, dotada de una extraordinaria
majestad, fue un mito viviente y una autoridad en la política mundial, sin
dejar de ser al mismo tiempo una figura maternal. A los doce años había dicho
que iba a ser buena y lo cumplió: «Con la fe del converso, Victoria promovía
unas exigencias de pureza moral con un rigor tal que sobrepasaban, si tal cosa
fuera posible, las del propio Alberto. (…) Más aún, era la encarnación, el
epítome viviente de una nueva era en la historia de la humanidad. Había
desaparecido el último vestigio del siglo xviii; el cinismo y las sutilezas
habían mermado hasta convertirse en polvo; el deber, la laboriosidad, la
moralidad y los hábitos familiares y domésticos se habían alzado sobre
aquéllos. (…) La Época Victoriana estaba en su apogeo»[11].
La larga duración de su reinado proporcionó a
Inglaterra la estabilidad que no había tenido en mucho tiempo. La reina
Victoria pasó su última Navidad en Osborne House, la residencia que había sido
diseñada por el Príncipe Alberto en la isla de Wight. Allí murió, el 22 de
enero de 1901, a los ochenta y un años de edad, tras haber reinado durante casi
sesenta y cuatro, acompañada de su nieto el Káiser Guillermo II de Alemania.
Fue sepultada en el Mausoleo de Frogmore, cerca de Windsor, al lado de su esposo.
* * *
El amor pudo más que la conveniencia
Quien sería la
protagonista de uno de los reinados más trascendentales
de la historia europea, no optó por un
matrimonio de conveniencia. Quiso casarse como lo suelen hacer los ciudadanos
corrientes y los pobres: por amor. Y lo hizo contrariando las expectativas del
pueblo inglés, que no quería un príncipe extranjero. Su historia de amor
romántico con el príncipe Alberto se inició con un noviazgo con mucho trato
personal, a pesar del aislamiento al que Victoria estaba sometida por su madre.
Las frecuentes conversaciones y muchas cartas les sirvieron para conocerse
mejor y para proyectar de común acuerdo su futura vida matrimonial.
Victoria se casa para siempre tras dos años de
reinado. Aunque estaba muy enamorada, le costó dar ese paso; acostumbrada a
mandar mucho y a tener una vida muy independiente, le costaba «someterse»,
darse con amor comprometido y de entrega total a un marido y compartir con él
su vida. Ella, que tenía tanto poder, tendría que aprender a vivir para otra
persona sin utilizar ese poder, y buscando ante todo que fuera feliz. Pronto
comprobaría que, aunque el amor comprometido conlleva renuncias y sacrificios,
no origina ninguna esclavitud.
Los esposos se autoobligan libre y
voluntariamente a quererse con fidelidad y para siempre. El compromiso es una
fuente inagotable de crecimiento personal, mientras que su ausencia impide que
maduren el amor y la libertad, y hace inviable la felicidad.
La resistencia inicial de Victoria a sustituir
la independencia propia de la soltería por la vida compartida era un rasgo de
inmadurez para la vida conyugal, lo cual no resulta extraño siendo ella tan
joven. Los casados no se realizan en lo conyugal de manera independiente, sino
de forma conjunta, viviendo los fines del matrimonio. Por ello, las decisiones
básicas deben ser compartidas. Otro rasgo de inmadurez conyugal de Victoria era
su dificultad para aceptar que en el matrimonio cada cónyuge se debe al otro.
A pesar de sus reservas iniciales respecto a
la vida matrimonial, Victoria se casó convencida e ilusionada. Ese hecho
muestra la gran influencia que tiene la admiración en el proceso amoroso.
Recordemos que la reina sentía veneración por un hombre que, además de apuesto,
reunía muchas cualidades personales. El amor pudo más que el cálculo, aunque
inicialmente no del todo, porque Victoria no estaba dispuesta a compartir el
gobierno con su marido. Pronto comprobaría que esa actitud era un obstáculo
para las relaciones conyugales.
La costosa adaptación mutua en el primer año de vida conyugal
Ella le quería, pero ¿le quería como él
necesitaba ser querido? Alberto esperaba en vano que su esposa compartiera con
él algunos asuntos políticos, por lo que se sentía incomprendido. Amar incluye
comprender, saber situarse en el lugar de la persona amada para sintonizar con
sus sentimientos. La relación conyugal mejoró desde el momento en el que
Victoria empezó a contar con la opinión y el consejo de Alberto en algunas
cuestiones de gobierno.
Él esperaba que Victoria le tratara no como
reina, sino como esposa. Recordemos el forcejeo en la puerta de su habitación:
bastó que dijera que era su esposa para que la puerta se abriera. Es muy
elogiable la fortaleza y la dignidad que demuestra Alberto manteniendo la
disputa en el terreno de la relación conyugal, pero no es menos elogiable la
humildad y ternura con la que rectifica Victoria.
No acabaron ahí los errores de Victoria como
esposa. Quizá el mayor fue llevar demasiado lejos su amistad íntima con la
baronesa Lehzen, en detrimento de la comunicación y confianza con su marido.
Recordemos que, por consejo de Lehzen, Victoria ocultaba a Alberto muchas cosas
de su vida.
Victoria redescubre a su marido y renueva su amor
Cuesta entender cómo una mujer tan inteligente
y tan enamorada de su esposo permitió que una amiga se interfiriera tanto en su
vida privada y que, además, lo considerara algo normal. Aunque tarde, Victoria
también supo corregir ese error cuando, en 1842, aceptó la remodelación de la
baronesa Lehzen. Sólo entonces, a la vista de la mejoría producida en su vida
conyugal, la reina fue plenamente consciente de la importancia del error
cometido: «Los desacuerdos iniciales se habían desvanecido, se habían transformado
en la armonía de la vida matrimonial. Victoria, vencida por una revelación
nueva e impensada, rindió el alma a su
marido. Ahora advertía que la belleza y
encanto que tan súbitamente se habían adueñado de ella al comienzo no eran sino
una emanación externa del verdadero Alberto. Había una belleza interior, una
gloria íntima, hacia la que anteriormente había estado ciega, que ahora
comenzaba a entrever, pero de la que eran muy conscientes todas y cada una de
las fibras de su ser: ¡Era bueno, era maravilloso! ¿Cómo se le habría ocurrido
en el pasado oponer su voluntad a la de él, su ignorancia a su sabiduría, sus
caprichos a su exquisito gusto? (…) Su única felicidad consistía ahora en
pasear al aire libre, en madrugar muy pronto con Alberto. ¡Qué hermoso era ser
su discípula y que te enseñara a identificar los árboles, a aprender todo sobre
las abejas! Y después sentarse a hacer punto de cruz, mientras él me leía en
voz alta la Historia Constitucional»[12].
Victoria confiesa que, a pesar de estar muy
enamorada, tuvo unos años de ceguera con respecto a Alberto. El «amor ciego» es
más propio de la fase del enamoramiento inicial —el noviazgo— que del
matrimonio, pero en este caso no fue así. La amiga de Victoria fue la venda que
le impidió profundizar en el conocimiento de su marido. Al retirar esa venda
descubre que el objeto de su amor había sido más la belleza exterior que la
belleza interior. Ese tardío descubrimiento origina un segundo enamoramiento o,
si se prefiere, una revitalización del amor anterior. Más vale tarde que nunca.
Esta historia deja bien claro que en el
matrimonio no basta con estar muy enamorado; hay que aceptar con humildad que
ese amor siempre es imperfecto y, por tanto, mejorable. Es la historia de un
matrimonio feliz, no porque no existieran errores, sino porque fueron
reconocidos y corregidos una y otra vez.
El dolor de amor de una reina viuda
La unión matrimonial es la más fuerte que
existe humanamente. Los casados están unidos en sus naturalezas, son dos en una
sola carne. Por eso, la muerte de uno de ellos es sentida por el otro como un
desgarro del propio ser. El desgarro es mayor cuando los esposos han estado muy
enamorados y el matrimonio ha sido duradero y
feliz. Para el cónyuge que sobrevive, la muerte del ser amado es una tragedia
que, a veces, cuestiona el sentido de la propia vida. Es comprensible, por
ello, el gran dolor de amor experimentado por Victoria a la muerte de Alberto:
«La muerte del Príncipe Consorte fue el punto de inflexión de la biografía de
la reina Victoria. Ella misma pensaba que su vida, la de verdad, había
concluido con la de su marido, y que el resto de sus días tendría una
naturaleza crepuscular: el epílogo tras la conclusión de la tragedia»[13].
Victoria echó siempre de menos la ayuda y
sobre todo el amor de su desaparecido marido. Su luto permanente originó muchas
críticas rechazadas por ella: «¿Es que no iban a entenderlo jamás? No era una
pena sencilla lo que la mantenía apartada en aquella extraña reclusión: era la
devoción, era una inmolación personal, era la prolija herencia del amor»[14].
[1] STRACHEY, L.: La reina Victoria. Valdemar, Madrid,
1997, pp. 56-57.
[2] Ibídem, pp. 73-74.
[3] Ibídem, pp. 74-75.
[4] Ibídem, p. 83.
[5] Ibídem, pp. 120-121.
[6] Ibídem, p. 136.
[7] Ibídem, p. 122.
[8] Ibídem, pp. 125-126.
[9] Ibídem, p. 145.
[10] Ibídem, pp. 148-149.
[11] Ibídem, p. 145.
[12] Ibídem, pp. 130-131.
[13] Ibídem, p. 205.
[14] Ibídem, p. 214.
11.
ALFONSO XII Y MARÍA MERCEDES DE ORLEANS
(1878); MARÍA CRISTINA DE
HABSBURGO-LORENA
(1879)
UN AMOR QUE ENTUSIASMÓ
AL PUEBLO, INTERRUMPIDO POR LA TRÁGICA MUERTE DE LA
REINA
La infancia y
adolescencia de Alfonso transcurre entre Madrid y el exilio
Alfonso XII nació en el Palacio Real de Madrid
el 28 de noviembre de 1857. Fue hijo de la reina Isabel II y del príncipe don
Francisco de Asís de Borbón.
Isabel II nació en Madrid en 1830, del cuarto
matrimonio de Fernando VII con su sobrina María Cristina de Borbón, poco
después de que el rey promulgara la Pragmática Sanción, por la que se
restablecía el derecho sucesorio tradicional castellano según el cual podían
acceder al trono las mujeres en caso de morir el rey sin descendientes varones.
De ese modo Isabel II fue jurada como princesa
de Asturias en 1833 y proclamada reina al morir su padre en ese mismo año. Pero
su tío Carlos María Isidro no reconoció la legitimidad de esta sucesión,
reclamando su derecho al trono y desencadenando la Primera Guerra Carlista
(1833-1840).
Hasta que Isabel llega a la mayoría de edad,
la Regencia recayó en su madre María Cristina, que encabezó la defensa de los
derechos dinásticos contra los carlistas, aliándose con los liberales.
En 1840 María Cristina
fue apartada de la regencia y expulsada de
España por su actitud reacia al liberalismo
progresista. Le sucedió como regente el general Espartero, quien, a su vez, fue
derrocado tres años después. Para evitar una nueva regencia se decidió
adelantar la mayoría de edad de Isabel II, que comenzó su reinado con trece
años.
Subió al trono el 29 de septiembre de 1833. A
los dieciséis años el gobierno arregló un matrimonio con su primo el infante
Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz. Se valoró que, al ser un hombre de
poco carácter, no interferiría en política.
Debido a la supuesta homosexualidad de
Francisco de Asís y a las infidelidades de su esposa, algunas fuentes señalan
como posibles progenitores de Alfonso XII, al capitán Enrique Puig Moltó y al
general Francisco Serrano. Alfonso supo llevar siempre con discreción el
sufrimiento por la mala fama tanto de su padre como de su madre. Recibió una
esmerada educación primaria, con buenos preceptores, entre ellos el general
Álvarez Osorio y el arzobispo de Burgos, elegido por Isabel II tras consultar
con el Papa Pío IX.
Cuando tenía once años sus padres fueron
destronados por la Revolución de 1868, llamada la Gloriosa, y se les obligó a
exiliarse. Con Isabel II la monarquía había frenado la participación de los
ciudadanos. Por otra parte, la reina interfería con frecuencia en la política
de la nación, lo que la hizo impopular entre los políticos. Todo ello provocó
la Revolución que la apartó del trono.
Tras la esmerada educación de la infancia,
Alfonso continuó su formación en el extranjero, en diferentes ciudades
europeas. En ellas completó su preparación académica y militar. Se educó con
maestros que llegaron a ser amigos personales. Uno de ellos fue el Duque de
Sesto, que tomó a Alfonso bajo su protección y le presentó a muchos personajes
que le serían de gran ayuda en el futuro.
La salida a Europa fue una valiosa experiencia
para el joven príncipe, que sabía que algún día ocuparía el trono de España.
Así pudo conocer otros sistemas educativos y políticos, como el francés, el
austriaco y el británico. Su primer centro educativo fue el colegio Stanislas
de París. Luego estudió tres años en el Colegio Teresiano de Viena. Por último,
estuvo en la Academia Naval de Sandhurs en Inglaterra, la mejor de Europa, para
perfeccionar su inglés y familiarizarse con el parlamentarismo. En este país
conoció de primera mano el
constitucionalismo real inglés.
Entre 1868 y 1870, en España se suceden varios
gobiernos provisionales. En 1870 la reina Isabel II decide renunciar a sus
derechos dinásticos a favor de su hijo, Alfonso, que tenía doce años de edad,
firmando un documento en París. A partir de ese momento los partidarios de la
restauración borbónica se articularon en torno a la figura de Antonio Cánovas
del Castillo. Aumentaron mucho debido a dos causas: la prolongación de la
guerra de Cuba y el inicio de la tercera guerra carlista.
Entre 1871 y 1873 tuvo lugar el reinado de
Amadeo de Saboya. A continuación llegó la Primera República Española
(1873-1874), que fue derribada por el golpe de estado del general Pavía en
enero de 1874, abriéndose un segundo período de gobiernos provisionales,
conocido cono el Sexenio Revolucionario. Durante esta etapa histórica la causa
alfonsina estuvo representada en las Cortes por Antonio Cánovas del Castillo.
Del exilio al Palacio Real de Madrid
El 1 de diciembre de 1874 Alfonso hizo público
un manifiesto en Sandhhurst, por el que se presentaba como un príncipe español,
católico, liberal, constitucional y deseoso de servir a la nación española
desde la monarquía parlamentaria. El 29 de diciembre del mismo año se produjo
la restauración de la monarquía, al pronunciarse el general Martínez Campos en
Sagunto (Valencia) a favor del acceso al trono del príncipe Alfonso de Borbón.
A la espera de la llegada del rey desde el exilio, Cánovas del Castillo se hizo
cargo del gobierno.
Alfonso, con dieciocho años, regresó de sus
siete años de exilio. Embarcó en Marsella rumbo a Barcelona en enero de 1875.
Tres días después llegó a Madrid, donde fue recibido con gran alegría y
entusiasmo por un pueblo que se agolpaba en las calles para aclamar a un Rey
montado en un caballo blanco. Alfonso fue proclamado Rey de España por las
cortes generales.
La reina madre, Isabel
II, pudo regresar a España en 1876, pero con la
prohibición de cualquier actividad política.
Sus desavenencias con el gobierno de Cánovas la decidieron a exiliarse
definitivamente en París, donde vivió aislada. Moriría en 1904, sobreviviendo a
su madre, a su hijo y a su marido.
Los primeros años de reinado
Pocos días después de ocupar el trono, Alfonso
visitó a las tropas. Al situarse en la primera línea de combate en la batalla
de Lácar estuvo a punto de caer prisionero del ejército carlista.
Cánovas inició la preparación de una
Constitución, la de 1876. En ese nuevo marco se adoptarían un conjunto de
medidas orientadas a una centralización jurídico-administrativa del Estado.
En política internacional España se mantuvo
neutral. Cánovas consideraba que ello permitía dedicarse a lo que más importaba
en ese momento: consolidar el nuevo régimen político de la Restauración.
Los primeros años de reinado fueron exitosos
en lo militar, ya que se consiguió finalizar la tercera guerra carlista,
promovida por el pretendiente Carlos VII (1876). También se logró que cesaran,
de forma transitoria, las hostilidades en la guerra de Cuba, con la firma de la
Paz de Zanjón. En este éxito fue fundamental la llegada del general Martínez
Campos, ya que utilizó una política conciliadora en la que se concedía un
margen de autonomía a la isla. Al finalizar las dos guerras, Alfonso se ganó el
apodo de Rey Pacificador.
Con la restauración monárquica se consolidó un
sistema político bipartidista. El partido conservador, liderado por Cánovas del
Castillo y apoyado por la aristocracia y las clases medias moderadas, se
repartía el poder político con el partido liberal, liderado por Sagasta y
apoyado por comerciantes e industriales.
El noviazgo entre Alfonso y María Mercedes
Al inicio de su
reinado, Alfonso XII viajó a Sevilla, aparentemente
para visitar a su tía Luisa Fernanda, hermana de su madre la
reina Isabel
II.
En realidad, el propósito de la visita era ver
a su bellísima y encantadora prima María de las Mercedes de Orleans. Esta era
la quinta hija de Luisa Fernanda de Borbón y de Antonio de Orleans, duque de
Montpensier, hijo del rey Luis Felipe de Francia. Alfonso y Mercedes, que
habían iniciado una relación amorosa en 1873 en París, seguían enamorados.
Mercedes había nacido el 24 de junio de 1860
en el Palacio Real de Madrid. Pasó su infancia junto a sus padres y hermanos en
Sevilla. El exilio de la familia real la llevó a vivir en Lisboa y después en
París.
Durante el exilio, Alfonso y Mercedes se
vieron cuatro veces, veinte días en total. Para ambos, el amor surgió a primera
vista. Después del primer encuentro, Alfonso confió su secreto a su hermana
Isabel.
La reina se opuso desde el principio a este
matrimonio. Ella había proyectado para su hijo un matrimonio de estado. Además,
se llevaba muy mal con el conde de Montpensier, por ser un conspirador que
había intervenido en su destronamiento.
Puso muchas trabas a aquella relación
sentimental y utilizó algunos recursos reprobables. Por ejemplo, logró que su
hijo cayera en brazos de una atractiva y brillante cantante de ópera exiliada
en París, Elena Sanz, con el propósito de que se olvidara de Mercedes. Pero la
estratagema no hizo sucumbir el ardiente amor de su hijo.
Mercedes de Orleans y su familia regresaron a España, y se
instalaron en el Palacio de San Telmo de Sevilla.
Un matrimonio por amor que entusiasma al pueblo
El joven rey de 17 años fue recibido con
delirio a su regreso a España. Después regresaron del exilio los monárquicos,
con excepción de la ex reina Isabel II, a la que Cánovas prefirió mantener
fuera del país.
Desde el principio Alfonso fue aceptado y
querido por el pueblo. Era un rey muy joven que llegaba de un penoso exilio;
fue el primer monarca que se declaró liberal antes de llegar al trono; luego
juró la Constitución y tuvo el gesto de abandonar las comodidades del palacio
para ponerse al
frente de sus tropas en la guerra contra los
carlistas, con gran riesgo para su vida; además, era guapo y simpático.
Ante la firmeza del Rey, el Presidente Cánovas
mostró por fin su conformidad al matrimonio con María Mercedes de Orleans. El 7
de diciembre de 1877 una comisión presidida por el Marqués de Alcañices
emprende el viaje a Sevilla para pedir oficialmente la mano de la Infanta
Mercedes.
La novia comunicaba su felicidad a su maestra
de clase, en una carta escrita en el Palacio de San Telmo el 9 de diciembre de
1877: «Hoy puedo, querida Madre, participaros mi próxima boda. Ayer, día feliz
para mí, fiesta de la Santísima Virgen, la Inmaculada Concepción, Patrona de mi
querido país, fui pedida en matrimonio por un enviado extraordinario del Rey de
España. Ayer mismo la contestación fue dada y el enviado ha regresado con mi
consentimiento»[1].
Alfonso y Mercedes se casarían contrariando a
quienes habían proyectado un matrimonio de estado para fortalecer alianzas
políticas con alguna nación europea. En cambio, el pueblo lloraba de emoción
desde que se anunció la boda, porque un matrimonio por amor era inusual en las
cortes europeas. La gente sabía que se habían conocido y enamorado en el
destierro. Una de las muchas coplas que surgieron espontáneamente antes de la
boda decía: «El buen rey se casa como nosotros los pobres, solamente por amor».
El amor pudo con todo.
La ceremonia tuvo lugar tres años después de
regresar a España, entre el júbilo de los madrileños, el 23 de enero de 1878,
en la Basílica de la Virgen de Atocha en Madrid. Le siguieron varios días de
celebraciones. Alfonso tenía entonces 20 años y ella casi 18. Isabel II no
asistió a la boda.
La reina feliz se encuentra pronto con una cruel enfermedad
María Mercedes era el complemento ideal para
iniciar un romance de amor: casi una niña, española, guapa y con la alcurnia
necesaria para convertirse en reina de España. Los días más felices de su vida
transcurrían en El Pardo, acompañando a Alfonso en sus largos paseos y
Mercedes enseñó a sus cuñadas a hacer labores
de aguja y de crochet para los pobres, y organizó un ropero. A quien cosía con
ella solía decirle lo siguiente: «Debes esmerarte, porque los pobres tienen
tanto gusto como tú, y además, como lo usan a diario, las cosas deben ser
bonitas, confortables y bien hechas para que duren y estén contentos»[2].
Poco tiempo después de casarse, Mercedes
comenzó a sufrir mareos. Al principio se atribuyeron a un posible embarazo,
pero luego se descartó esa causa. En realidad padecía tifus, pero no fue
detectado por los médicos de la corte. La reina sufría constantes
desvanecimientos, adelgazaba por días y estaba muy pálida. El 18 de junio de
1878 se le presentaron unas fiebres muy altas, con hemorragias intestinales y
una sed abrasadora.
El día 22, mientras las salvas de ordenanza
saludaban su 18 cumpleaños, después de confesarse y comulgar, el Cardenal
Moreno, Arzobispo de Toledo, la unge con los Santos Óleos, invitándola a
ofrecer su vida a Dios. «Se la ofrezco –contestó ella-, pero siento morirme por
Alfonso y por mis padres».
Alfonso puso sobre la cama de Mercedes el
regalo con el que tenía pensado obsequiarla en su cumpleaños: un pequeño cofre
con unas joyas. Ella lo agradeció, pero en un momento en el que se queda sola
llamó a su camarera y le dijo: «Guarda estas joyas, Ramona; ya nunca me las
pondré; quiero sólo que me vistan luego con el hábito de la Merced».
Las malas noticias de la prensa sobre la salud
de la reina hicieron que el día de San Juan la ciudad entera cerrara
espontáneamente sus establecimientos. El dolor llevó a miles de madrileños a
congregarse ante las puertas del Palacio Real para informarse y rezar. Tras una
larga agonía, Mercedes falleció en el mismo Palacio en el que había nacido.
Apenas tenía 18 años.
El impacto de la muerte de una reina muy querida
Alfonso se encerró en sus habitaciones para
llorar en silencio. Antes le comentó al marqués de Alcañices: «¡Para qué habré
conocido tanta
felicidad!». Luego dispuso que su esposa fuera
enterrada en una capilla de la Basílica de San Lorenzo de El Escorial, junto al
altar mayor. No pudo ser enterrada en el panteón real de ese monasterio,
reservado únicamente a las reinas con descendencia. Los restos serían
trasladados posteriormente a la catedral de Nuestra Señora de la Almudena de
Madrid, el 8 de noviembre de 2000. La construcción de esa catedral se había
iniciado en 1883 con el apoyo de la reina, que cedió para ese fin unos terrenos
adyacentes a la Plaza de la Armería.
El traslado del féretro desde el Palacio Real
hacia El Escorial se inició el día señalado a las siete de la mañana. A pesar
de la temprana hora, se había congregado una multitud impresionante en la Plaza
de Oriente y a lo largo del camino que llevaba a la estación del ferrocarril de
Príncipe Pío. La carroza funeraria era arrastrada por ocho caballos negros.
La prematura muerte de la reina tuvo un gran
impacto. Alfonso sufrió una depresión muy fuerte, por lo que durante algún
tiempo abandonó la Corte, retirándose al Palacio Real de Riofrío en Segovia.
Parece que nunca se recuperó de ese desconsuelo. Muy pronto se hizo popular una
tonadilla, inspirada en un antiguo romance español, que elevó a la categoría de
mito la historia de amor entre Alfonso y Mercedes, que se había desarrollado
entre el cuento y la tragedia. Dos de sus estrofas fueron cantadas por el pueblo
una y otra vez: «¿Dónde vas Alfonso XII? / ¿Dónde vas triste de ti? / Voy en
busca de Mercedes / que ayer tarde no la vi.». «Te vas camino del cielo / sin
un hijo que te herede. / España viste de duelo / y el Rey no tiene consuelo, /
María de las Mercedes». Unos versos populares sirvieron de letra a una canción
infantil: «Merceditas está muerta / muerta está que yo la vi, / cuatro Duques
la llevaban / por las calles de Madrid».
Ochenta años después —en 1958— esa historia de
amor romántico sería tema para una película española con el título «Dónde vas
Alfonso XII», dirigida por Luis César Amadori. El guión se atiene con rigor a
los hechos históricos. Tuvo una segunda parte titulada «Dónde vas triste de
ti».
* * *
Alfonso estuvo
dispuesto a renunciar al trono por amor a Mercedes
Alfonso confesó cuál fue la primera impresión
que le causó Mercedes: «Ella apareció ante mis ojos como la imagen de la
felicidad y de la virtud»[3].
Esa primera imagen de Mercedes, vinculada al
amor verdadero, permaneció en la mente de Alfonso hasta los últimos días de su
vida. Así se recoge en una excelente autobiografía novelada: «Mercedes era el
amor puro, el propio de dos jóvenes que se adoran, aquel en el que el roce de
unos dedos al acariciar una mejilla tiene un significado profundo de
entendimiento, de sumisión total al otro, sin egoísmos ni promesas, porque el
futuro no es posible imaginarlo sin él»[4].
La actitud de Alfonso se corresponde con un
concepto de amor muy aceptado:
—amar es aprobar, dar
por bueno a algo o a alguien (Pieper);
—el amor es la primera reacción del
sentimiento y de la voluntad que se complace en el bien (Hervada);
—el amor es una íntima adhesión a cierto tipo
de vida humana que nos parece el mejor y que hayamos preformado, insinuado en
otro ser (Ortega y Gasset);
—el amor es la inclinación y adhesión a un
bien en sí mismo, a una realidad que se nos presenta como buena (García López).
El bien en el que se complace y al que se
inclina el amante está constituido por las cualidades o perfecciones que ha
advertido en una persona determinada. Ortega decía que para enamorarse se
necesita captar en poco tiempo lo que otra persona de diferente sexo tiene de
singular y valioso. A esa capacidad la denominaba perspicacia e intuición.
Añadía que su intervención en la gestación de un proceso amoroso prueba que el
amor no es ilógico ni antirracional: «El amor, aunque nada tenga de operación
intelectual, se parece al razonamiento en que no nace en seco y, por decirlo
así, a nihilo, sino que tiene su
fuente psíquica en las calidades del objeto amado. La presencia de éstas
engendra y nutre el amor; o dicho de otro modo, nadie ama sin porqué o porque
sí; todo el que ama tiene, a la vez, la convicción de que su amor está
justificado: más aún, amar es creer que lo amado es, en efecto,
amable por sí mismo, como pensar es creer que
las cosas son, en realidad, según las estamos pensando. Es posible que en uno y
otro caso padezcamos error, pero es el caso que amamos y pensamos en tanto que
es ésa nuestra convicción»[5].
Al conocer la noticia del regreso a España de
Alfonso, Mercedes pensó que había llegado el final de su romance. Alfonso, por
el contrario, se reafirmó en el amor hacia ella. El diálogo que mantuvieron
muestra claramente la nobleza de sus sentimientos: «Todo ha pasado ya, Alfonso;
tienes que pensar en España y en hacer feliz a tu pueblo”. Pero el Rey no la
deja proseguir, e impetuoso, tomándole la mano, le dice bajo, pero no lo
suficiente para que algún indiscreto llegue a recoger la frase y la repita a Doña
Isabel, poniéndola en guardia del futuro matrimonio de su hijo: “nada ha
cambiado para mí; si soy Rey tú serás mi reina, y prefiero dejar de serlo antes
de que dejes de ser mi mujer»[6].
Tanto Mercedes como Alfonso expresaron así que
el suyo era un amor abnegado. Abnegación: «Sacrificio que alguien hace de su
voluntad, de sus afectos o de sus intereses, generalmente por motivos
religiosos o por altruismo». (Diccionario de la Lengua de la R.A.E).
A comienzos de 1875 Mercedes recibió
secretamente una carta de Alfonso en la que le decía que no dudara de su cariño
y que pronto iría a verla. En ese momento el joven rey seguía sufriendo mucho
por la oposición a su boda con Mercedes, como evocaría años después: «Ni mi
madre ni el Gobierno aceptaban mi matrimonio con Mercedes. Entonces, ¿debería
realmente renunciar a ella? No me sentía con fuerzas para seguir viviendo si no
podía realizar el único sueño de amor de mi existencia. Necesitaba a aquella mujer
que centraría mi vida y mis esperanzas. No era un simple capricho, era la
realización de un proyecto que constituía la razón de mi vida. Hasta aquel día
había vivido sólo una parte de mí mismo; unirme con Mercedes, era completar mi
persona»[7].
Alfonso era bien consciente de que en el
matrimonio existía una unión mucho más profunda que en el noviazgo. En la nueva
situación serían dos en una sola carne; cada uno sería parte del otro y le
pertenecería —en lo conyugal—. En la unión matrimonial el otro es uno mismo: no
se trata solamente de un mayor grado de intimidad, sino de una unión en el ser
(coidentidad).
Mercedes vivió para
hacer feliz a Alfonso
Mujer inteligente y prudente, Mercedes nunca
habló con el Rey de cuestiones de Estado. Vivió para hacer feliz a su esposo:
«Amaba todo lo que el Rey amaba. Todo le parece excelente porque lo hace
Alfonso; se amolda a sus gustos, a su manera rápida de comer, a su puntualidad,
a los paseos en coche descubierto, aunque es friolera. (…) Leía mucho, cosa por
la que Don Alfonso no sentía gran afición; era ella la que marcaba las noticias
más interesantes y charlaba con él de los libros recién publicados»[8].
Amar es querer el bien para el otro
(Aristóteles). Ese bien consiste en ayudarle a que sea «más otro», a que crezca
como ser libre. El amor así entendido es el amor de benevolencia, que busca
hacer feliz a la persona amada.
El amor conyugal tiene un orden: el otro
cónyuge es lo primero, necesita recibir atención preferente. Para una persona
casada lo prioritario en su vida no es el trabajo profesional, sino su
matrimonio y sus hijos. Y su principal objetivo es lograr que sean felices.
La búsqueda de la felicidad del otro cónyuge
pasa por el olvido de sí mismo. Pero ese «olvido», paradójicamente, es fuente
de felicidad para quien lo practica. Ocurre que la felicidad no se obtiene con
una búsqueda directa, sino como consecuencia de hacer feliz al ser amado. La
felicidad de un cónyuge depende de la del otro. En el matrimonio se cumple
siempre esta «ley»: o los dos felices o ninguno.
Pensando siempre en la felicidad de su esposo,
Mercedes hace un gran esfuerzo para evitar que note la gravedad de su
enfermedad. Quiere evitar que aumente la angustia que ya advierte en su mirada.
Sólo se lo comunica a su camarera mayor: «Me voy poco a poco, como se fue María
Amalia». Cada vez que Alfonso entra en su habitación, Mercedes le sonríe y le
alienta con palabras cariñosas. Incluso le habla del próximo veraneo. Las
muchas horas que parecía dormida, en realidad las pasaba rezando sin cesar.
Las fiebres muy altas y la sed abrasadora no
impiden el tierno diálogo de los dos enamorados, evocado después por el marido:
«—Alfonso, no quiero
que me veas así.
—Tu belleza no sufre
con tu dolencia. Hoy tienes la hermosura del rostro que sufre.
—No
trates de ser galante. Ayer me horroricé al verme en el espejo. —¿Crees que las
promesas que nos hicimos en presencia del Cardenal,
pronunciadas frente al
altar de Atocha, eran una simple pantomima?
Me tomó una de mis manos y la besó con fervor.
Yo me incliné e hice lo propio en su frente, húmeda, fría, que no correspondía
al calor que desprendían sus mejillas»[9].
En los momentos de lucidez, Mercedes dirige a
Alfonso palabras de amor y de consuelo. Él relataría después cómo fueron los
últimos momentos con Mercedes: «Dios se me llevaba al ser que más quería, ¡a
los seis meses de habernos casado, y sin que yo pudiera hacer nada para
impedirlo! El día 26 de junio de 1878, de madrugada, Mercedes parecía que por
primera vez aceptaba la derrota. Me arrodillé a su lado y nos cogimos muy
fuertemente las manos, sin dejar de mirarnos. Ya no hablaba; únicamente, como
si tratase de decir algo, movía los labios, pero por más que acercaba mi oído a
su boca, no me era posible escuchar siquiera un leve suspiro. Así permanecimos
unas tres horas hasta que el doctor Corral, colocando una de sus manos en mis
hombros, apretándome fuertemente, me dio el terrible mensaje: Majestad, la
Reina ha fallecido. Rompí a llorar desconsoladamente, como un niño»[10].
Alfonso seguía
abrazado a Mercedes y costó mucho separarlo de ella.
Luego sacó de la mano
de ella el anillo nupcial y lo colocó en la suya.
El matrimonio de
Alfonso XII con María Cristina de Habsburgo-Lorena
La pronta muerte de Mercedes de Orleans, su
primera esposa, permitió a Alfonso XII pasar a la historia como un marido
enamorado y fiel. Pero el rigor histórico exige precisar que en su segundo
matrimonio fue un mal marido. No le justifica que se tratara de un matrimonio
político y que nunca lograra superar el trauma que le originó la inesperada
desaparición de Mercedes.
Sólo un año después de
la muerte de Mercedes, razones de Estado,
junto con la necesidad de asegurar cuanto
antes la sucesión de la dinastía, obligaron a Alfonso a contraer matrimonio por
segunda vez.
Augusto Conte, embajador español en Viena,
propuso como candidata a María Cristina de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de
Austria y princesa de Hungría y Bohemia, sobrina de los emperadores de Austria
y de México, Francisco José y Maximiliano I.
María Cristina exigió un encuentro privado con
Alfonso antes de dar una respuesta. Tuvo lugar en Bellegarde (Francia). En esa
primera entrevista colocó sobre la tapa del piano un retrato de María de las
Mercedes, comentando que respetaría su recuerdo y que nunca pretendería
suplantarla. Ese gesto gustó mucho a Alfonso.
Como María Cristina quedó satisfecha, el duque
de Bailén pidió su mano al emperador austriaco en nombre de Alfonso, en el
palacio de Schönbrunn. La boda se celebró el 29 de noviembre de 1879.
Este segundo matrimonio fue la antítesis del
primero. La reina le quería, pero su amor no fue correspondido. Alfonso salía
de palacio en secreto muchas noches, acompañado de su amigo el Duque de Sesto,
para sus aventuras amorosas extramatrimoniales. Sus romances eran muy conocidos
por los madrileños.
María Cristina era una mujer culta, preparada
para reinar y educada para el matrimonio. Compensaba su escaso atractivo físico
y su carácter reservado con muchas virtudes, hasta el punto de que el pueblo le
puso el apodo de «Doña Virtudes». Estas cualidades no fueron suficientes para
enamorar a Alfonso, que no puso nada de su parte para que aquel matrimonio de
Estado llegara a ser un matrimonio de amor.
María Cristina tuvo que competir con el
recuerdo de la primera esposa y con su amante, Elena Sanz. Llevó muy mal las
infidelidades de su marido, pero su principal rival fue siempre María de las
Mercedes, a la que Alfonso no olvidó ni dejó de amar nunca. María Cristina fue
siempre muy respetuosa y delicada con la figura de María Mercedes, pero su
actitud nunca fue valorada por el rey. En la autobiografía novelada sobre la
vida de Alfonso XII se le atribuye al Rey esta confidencia: «Cuando paseamos
por los jardines del Pardo, tengo que hacer un esfuerzo para no establecer
comparaciones con Mercedes: Cristina es una excelente mujer, inteligente,
firme, buena esposa y mejor madre. ¿Quién cegó la fuente de mis sentimientos
para que no la quiera como se merece? La muerte de
Mercedes había sido tan inesperada, tan
inexplicable, que sentí como si, de un zarpazo, una afilada garra hubiera
vaciado el corazón de mi pecho, dejándome sin la posibilidad de volver a amar a
otra mujer. Nunca me ha sido posible volver a querer como la quise a ella.
María Cristina no se casó conmigo engañada, porque conocía lo enamorado que yo
estaba de la mujer de la que acababa de enviudar. Nunca traté de ser cruel con
ella, sino que, simplemente, me era imposible cualquier disimulo transformando
en un cuento romántico lo que fue una boda de conveniencia, que los políticos
denominan pomposamente matrimonio de Estado»[11].
La historiadora María Pilar Queralt cuenta el
sufrimiento de la reina en su libro La
pasión de la reina. Diario de María Cristina, y el desprecio que sentía
como mujer y como reina. Añade que tras ese sufrimiento llegó el de su difícil
viudedad: una etapa de soledad absoluta, al ser una extranjera regente en una
sociedad que desconocía.
En 1881 nació la infanta María de las
Mercedes. Ese nombre fue elegido por la reina como homenaje a la primera esposa
de su marido. La niña murió muy pronto. Dos años después nació la infanta María
Teresa, que también falleció al poco tiempo.
Enfermedad y muerte de Alfonso XII
La salud del rey nunca había sido buena. Acabó
enfermando de tuberculosis, por lo que tuvo que irse a vivir al Palacio del
Pardo en Madrid. Tras varios días de agonía, falleció el 25 de noviembre de
1885, cuando le faltaban tan solo tres días para cumplir los 28 años de edad.
Le acompañó hasta el final María Cristina, la esposa fiel que con el paso del
tiempo se fue enamorando cada vez más de él.
La capilla ardiente se instaló en el mismo
palacio. María Cristina colocó en las manos de Alfonso un crucifijo de plata y
depositó en el ataúd el retrato que Alfonso prefería de su esposa, junto con un
mechón de cabellos. Estando arrodillada con la mano de Alfonso entre las suyas,
Cánovas la obligó a levantarse para jurar la Constitución. Ella nunca se lo
perdonó. El día 30 el féretro fue transportado en tren al monasterio del
En ese momento María Cristina estaba
embarazada de tres meses de un hijo que nacería póstumo, el futuro Alfonso
XIII. Hasta su mayoría de edad, la reina viuda desempeñó la regencia durante 17
años, siendo uno de los periodos más problemáticos de la historia de España. Se
enconó el catalanismo, aumentó la tensión con Marruecos y se perdieron las tres
últimas colonias hispanoamericanas. En esa etapa se estableció el pacto del
Pardo entre Cánovas y Sagasta, que instituyó el sistema de turnos pacíficos de
ejercicio del poder entre conservadores y liberales.
En 1902 Alfonso XIII llegó a la mayoría de
edad, y fue proclamado Rey de España. Su madre siempre le aconsejó que se
casara por amor.
Tras el matrimonio de Alfonso con Victoria
Eugenia de Battenberg, María Cristina utilizó el título de «Reina Madre».
[1] DE SAGRERA, A.: La Reina Mercedes. Diana, Artes
Gráficas, Madrid, 1952, p. 244.
[2] Ibídem, p. 286.
[3] Ibídem, p. 175.
[4]
FERRER, E, y otros: Matrimonio de amor,
matrimonio de Estado: vida de Alfonso XII y vicisitudes de su reinado. EIUNSA, Barcelona, 1993, p. 124.
[5] ORTEGA Y GASSET, J.:
Estudios sobre el amor. Revista de
Occidente, Madrid, 1961, pp. 50-51.
[6] DE SAGRERA, A.: Op.
cit., p. 195.
[7] FERRER, E., y otros:
Op. cit., pp. 175-176.
[8] DE SAGRERA, A.: Op.
cit., p. 289.
[9] FERRER, E, y otros:
Op. cit., p. 221.
[10] DE SAGRERA, A.: Op.
cit., pp. 308-309.
[11] FERRER, E., y otros:
Op. cit., p. 210.
12.
PIERRE CURIE Y MARÍA SKLODOWSKA DE CURIE
(1895)
COMPARTIR LA PASIÓN POR
LA CIENCIA LES AYUDÓ A QUERERSE
Un ambiente de cultura familiar
María Sklodowska nació en Varsovia (Zarato de
Polonia, Imperio Ruso) el 7 de noviembre de 1867. En aquel tiempo, la mayor
parte del país estaba ocupado por Rusia, que había impuesto su lengua y sus
costumbres e intentaba mantener al pueblo polaco ignorante de su cultura.
Muchos patriotas polacos, como los padres de María, se resistían a la
dependencia del Zar.
María —llamada familiarmente «Mania»— fue la
quinta hija del matrimonio de Wladyslaw Skldowski, profesor de física y
matemáticas de liceo, y de Bronislawa Boguska, maestra, pianista y cantante.
Tuvieron cinco hijos: Zofia (1862), Jozef (1863), Bronislawa (1865), Helena
(1866) y un año más tarde, María.
Los padres eran personas muy cultas, y
favorecieron en la familia un entorno de interés por el saber. Para Wladyslaw
la educación era muy importante. Leía a sus hijos los autores clásicos de la
Literatura universal y les mostraba los aparatos que usaba en sus clases de
Física.
Desde muy pronto, María demostró ser una
estudiante brillante, con una excelente memoria y una gran capacidad de
concentración. A ello unía la pasión por aprender, reflejada en su afición a la
lectura. Disfrutaba especialmente con la historia natural y la física.
Hizo sus primeros
estudios en su ciudad natal, en una escuela privada.
Convivían entonces dos planes de estudio: el
polaco, realizado a escondidas, y el oficial, con materias impuestas por los
rusos. La situación era estresante, tanto para las maestras como para las
alumnas, ya que corrían el riesgo de ser descubiertas por los inspectores rusos
e ir a la cárcel. Para María era aún más estresante pues, al ser la alumna más
aplicada, la elegían siempre para recitar algún pasaje en ruso cuando algún
inspector visitaba la escuela[1].
En 1873, el padre fue despedido de su cargo
oficial de subinspector de un instituto masculino por el supervisor escolar
ruso, como represalia política. Ello obligó a la familia a acoger huéspedes y
dar clases particulares en su casa.
En 1876 muere Zofia, la hermana mayor, a causa
del tifus. Un año después, con diez años, María fue transferida a una escuela
pública, en la que sólo se hablaba en ruso. A lo largo de toda la enseñanza
secundaria, siguiendo el ejemplo de sus hermanos, fue siempre la primera de la
clase. Además, hablaba cuatro lenguas: polaco, ruso, francés y alemán.
Una niña que queda marcada por la experiencia del dolor
El 9 de mayo de 1878 muere la madre, víctima
de la tuberculosis. Durante los años de enfermedad evitó todo contacto con sus
hijos para impedir el contagio; nunca los acarició ni besó. Para la niña esa
actitud fue incomprensible y muy dolorosa. Las dos muertes prematuras,
ocurridas en el espacio de dos años, imprimieron en la personalidad de María un
rasgo de introversión que permanecería siempre.
En 1883, a los 15 años, terminó sus estudios
secundarios con medalla de oro. Al sufrir su primera depresión nerviosa su
padre la envió un año al campo, a casa de unos familiares, donde pudo montar a
caballo, remar y pescar en un lago.
Regresó a Varsovia en 1884, con grandes deseos
de seguir aprendiendo, y de realizar una carrera científica. Su hermano José
pudo entrar en la Facultad de Medicina de la Universidad de Varsovia, pero ella
y Bronia no, por ser mujeres. María eludía la prohibición de las autoridades
rusas y estudiaba en secreto. Se inscribió en la clandestina
«Universidad volante» de Varsovia. En esa
época se interesó por las teorías positivistas.
Las dos hermanas soñaban con estudiar en La
Sorbona de París, a pesar de que sabían que sus padres no podían costearlo.
Concibieron un plan para lograrlo, basado en la ayuda mutua.
El sacrificio de trabajar como institutriz
En 1885 María acepta trabajar como
institutriz, con la intención de aliviar las dificultades económicas
familiares, pero también con el deseo de financiar la estancia de su hermana
Bronia en París. Las dos hermanas habían llegado a un acuerdo: Bronia estudiaría
Medicina en París, mientras María la ayudaba desde Polonia; cuando Bronia
terminase su carrera, le llegaría a ella el turno.
Su primer trabajo como institutriz fue
decepcionante. El 10 de diciembre de 1885 se lo cuenta a su prima Enriqueta en
una carta que figura en la biografía escrita por su hija Eva Curie: «Desde que
nos separamos, mi existencia ha sido la de una prisionera. Como sabes, me
coloqué en casa de los B., la familia de un abogado. Ni a mi peor enemigo le
desearía semejante infierno. Mis relaciones con la señora B. llegaron a ser tan
frías que, no pudiéndola soportar, se lo dije. (…) He ganado algo conociendo un
poco mejor la especie humana. He aprendido que los personajes descritos en las
novelas existen, y que no hay que entrar en contacto con las gentes a quienes
la fortuna ha desmoralizado».
Eva comenta ese episodio: «Viniendo de un ser
desprovisto de maldad, nos muestra la inocencia de Mania y sus ilusiones.
Colocándose al azar en una familia polaca acomodada, creía encontrar gentes
comprensivas, niños encantadores. Estaba dispuesta a interesarse, a querer. La
decepción ha sido bastante dura»[2].
Tras dejar ese primer empleo, en el que estuvo
pocos días, se interesó por otro, también de institutriz, mucho mejor pagado,
pero a 150 kilómetros de Varsovia, en el campo. Aceptarlo suponía aislarse
totalmente de su familia. Partió en tren el 1 de enero de 1886 con el temor de
que los nuevos señores fueran como los anteriores. A las tres horas en
tren le siguieron cuatro de trineo, en una noche de invierno.
La familia Zorawski, además de acaudalada,
tenía otro tipo de valores que agradaron a María desde el primer momento. En
una carta a su primo Enrique escrita el 3 de febrero de 1886, María dice que
vive en Szcuki, que se ha aclimatado ya a su nuevo trabajo, que los señores Z.
son excelentes personas y muy cultos, que tiene a su cargo a tres chicas, que
el señor Z. es un ingeniero agrónomo que explota doscientas hectáreas de
remolacha destinadas a una fábrica de azúcar muy cercana, de la que es
accionista mayoritario.
A continuación, describe lo que se ve desde la
casa: «¿No es cómico partir hacia una casa de campo aislada; imaginarse por
adelantado un paisaje agreste, prados, selvas y después, al abrir el balcón por
primera vez, descubrir una chimenea fabril, alta, agresiva, que ensucia el
cielo con su opaco penacho de humo negro? En dos kilómetros a la redonda no hay
un monte, siquiera un prado. Nada más que remolachas y más remolachas, que
cubren estos grandes campos monótonos. En el otoño estas remolachas pálidas y terrosas,
amontonadas en las carretas tiradas por yuntas de bueyes, convergen lentamente
hacia la fábrica, que es una azucarera. Los campesinos siembran, escardan y
recolectan para esta fábrica. Cerca de estos edificios tristes, de ladrillos
rojos, se agrupan las chozas del pueblecito de Krasiniec. Y el río mismo es
esclavo de la fábrica, a donde llega limpio y sigue sucio, cargado de una
espuma turbia y pringosa»[3].
La estancia en casa de los Zorawski duraría
tres años. A lo largo de ese tiempo María aprovecha sus ratos libres para
escribir muchas cartas a su familia. También para leer y estudiar física y
matemáticas por su cuenta, gracias a que puede pedir prestados libros en la
biblioteca de la fábrica. Y aún le queda algún tiempo para montar una pequeña
escuela clandestina donde enseña polaco a los niños y adolescentes del pueblo,
la mayoría analfabetos. Los señores Zorawski autorizan esa escuela en su casa,
conscientes de que una denuncia llevaría consigo la deportación de todos a
Siberia. Pero el sueño de María no es ser profesora sino discípula, y en la
Universidad de París. A veces se desespera por tener que estudiar en manuales
anticuados y carecer de orientación.
En los planes de María no entraba el amor,
pero éste llegó a principios de 1887, mediante un romántico idilio con Casimir,
el hijo mayor de los Zorawski. Él acababa de regresar de Varsovia, tras
terminar sus estudios sobre las mismas materias científicas que a ella la
apasionaban. Y quedó deslumbrado por aquella institutriz deportista y culta,
tan diferente de las jóvenes que conocía. Tenían la misma edad, 19 años, y
llegaron a hacer proyectos de matrimonio. Aunque María era consciente de
encontrarse en una posición social inferior, la tranquilizaba que en aquella
familia todos la tenían mucho afecto.
Cuando Casimir pidió a sus padres que
aprobaran la relación, obtuvo una respuesta negativa: «En un instante, en
aquella casa en donde se hace gala de tratar a María como una amiga, se
levantan, infranqueables, las barreras sociales. El hecho de que la adolescente
sea de buena familia, culta, brillante y de una reputación sin tacha; el hecho
de que su padre sea dignamente conocido en Varsovia como un caballero
honorable, no cuentan ante siete palabras implacables: ¡No es posible casarse
con una institutriz! Sermoneado, apostrofado, sacudido, el estudiante ve hundir
su resolución. Tiene poco carácter. Teme los reproches y la cólera de los
suyos. Y Mania, herida por el desprecio de estos seres que le son inferiores,
se encierra en una equivocada indiferencia y en un mutismo categórico. Lo ha
resuelto: nunca más otorgará un recuerdo a ese idilio»[4].
Los padres de Casimir les obligaron a romper
el compromiso. Esa experiencia amorosa tan amarga dejó huella en María, sobre
todo porque era su primer amor.
María deseaba abandonar Szczuki, pero no se
podía permitir el lujo de prescindir de un empleo tan bien remunerado, con el
que financiaba los estudios de su hermana mayor. Por ello se tragó la
humillación y siguió en la misma casa como si no hubiera pasado nada. Fue uno
de los momentos más tristes y pesimistas de su vida. Tenía carácter, pero eso
no la hacía invulnerable al afecto.
Eva Curie describe
el estado anímico de su madre de este
modo:
«Desgraciada en amores,
decepcionada en sus sueños
intelectuales y
materialmente necesitada, puesto que tras
ayudar a unos y a otros apenas le quedaba nada, Mania intentaba olvidar su
destino, esta vía en donde ella se siente atascada para siempre. Mania se
vuelve hacia su familia. No le pide ayuda, ni siquiera les cuenta sus
amarguras. En cada una de sus cartas prodiga consejos y ofrece su apoyo, porque
quiere que los suyos tengan una vida agradable»[5].
En una carta que escribe a su hermano José el
9 de marzo de 1887, le aconseja que se quede en Varsovia, en vez de enterrarse
en provincias: «Ejercer en un pequeño pueblo te privará de desarrollar tu
cultura y de hacer investigaciones. Te envilecerás en un rincón y no tendrás
carrera. Sin farmacia, sin hospital, sin libros, se embrutece uno, a pesar de
las más firmes decisiones. Y si esto te llegara a suceder, yo sufriría
enormemente, puesto que ahora he perdido la esperanza de llegar a ser algo y
toda mi ambición se limita al porvenir de Bronia y al tuyo. Es necesario que
vosotros dos, por lo menos, encaminéis vuestra vida según vuestros dones. Es
necesario que estos dones, que sin duda existen en nuestra familia, no
desaparezcan jamás, y que triunfen a través de alguno de nosotros. Cuantas más
decepciones tengo por mí, más esperanzas cifro en vosotros»[6].
María regresa a
Varsovia y realiza sus primeros experimentos en un laboratorio clandestino
En julio de 1889 finaliza el trabajo de María
en Szczuki, debido a que ya no se necesitan sus servicios. Por ello regresa a
Varsovia para seguir trabajando y estudiando por su cuenta.
Inicia una tercera experiencia como
institutriz en casa de los señores F., pero dejó esa ocupación pasado un año,
pues mejoró la situación económica de toda la familia. Su padre aceptó la
dirección de un correccional para niños con un sueldo que bastaba para
financiar la estancia de Bronia en París. María se limitó a dar algunas clases
particulares, y pudo renovar la relación con sus amigos de la «Universidad
volante». A esta alegría se añadió otra: la de poder realizar experimentos
simples de física y química en un pequeño laboratorio
clandestino. Años después confesaría que
realizando esos primeros ensayos se desarrolló su gusto por la investigación
experimental.
En marzo de 1880 Bronia escribe a Mania desde
París, contándole que se ha casado con un patriota polaco e invitándola a
alojarse el siguiente año en su casa. Mania duda y contesta que no sabe qué
hacer. Se resiste a abandonar el grato ambiente de Varsovia, junto a su familia
y amigos. Por fin, el 23 de diciembre de 1881, escribe a Bronia aceptando su
hospitalidad y ofreciendo ayudarla en las labores domésticas.
María se traslada a París
Una fuerte vocación por la ciencia le hace
abandonar su amada patria. En 1891, a los 24 años, viaja en tren a la capital
francesa con sus libros, algunas provisiones y una silla plegable, ya que los
viajeros de cuarta clase no tenían derecho a un asiento.
Ya instalada en París, ingresa en la Facultad
de Ciencias de la Universidad de La Sorbona. Allí encuentra la libertad
intelectual que no existía en su patria. Acude diariamente a las clases tomando
dos ómnibus. Al escuchar a los sabios profesores descubre grandes baches en su
preparación anterior y es consciente de lo mucho que tendrá que trabajar para
conseguir el título de licenciada en Ciencias.
En la casa en la que vive con su hermana no
encuentra el recogimiento que necesita para el estudio, sobre todo por las
muchas visitas que se reciben allí. Además, está muy alejada de La Sorbona y el
precio del ómnibus es elevado. De acuerdo con su familia parisina, María se
traslada a vivir al barrio Latino, cerca de la Universidad. Su hermana le
presta los francos para el cambio de domicilio.
La buhardilla estaba en un sexto piso. Empezó
allí una vida de soledad y de pobreza, consagrada a sus estudios. Disponía solo
de unos ahorros de 40 rublos para los gastos de cada mes, junto a la ayuda de
Bronia y de su padre. Era pobre, pero no más que los estudiantes de su barrio.
Las sucesivas habitaciones que iría alquilando serían muy baratas y, por ello,
frías e incómodas.
Una vida consagrada al
estudio y a las prácticas de laboratorio
Durante su primer año en París, María
descubrió que se podía vivir con muy poco. Aunque estaba mal alimentada y
pasaba frío, se sentía motivada y feliz con el reto intelectual al que debía
responder, hasta el punto de que sus problemas nerviosos desaparecieron.
Se dedicó a su tarea con mucha obstinación,
aunque ello exigiera una vida solitaria y sin diversiones. Al principio se
reunía con algunos estudiantes polacos, con quienes hablaba de política, pero
fue dejando esas reuniones a medida que aumentaba su interés por los temas
científicos. Al comenzar su segundo año había cortado ya con todas las
amistades, para evitar distracciones. Incluso renuncia a cocinar, y se limita a
comer pan con manteca y a beber té, para ganar tiempo.
Pero pronto surge la anemia. Un día, al
regresar a casa pierde el conocimiento. La noche anterior había trabajado hasta
muy tarde, y durante el día sólo comió un poco de verdura. El médico que la
visita, amigo de su padre, la acompaña a casa de Bronia, donde permanece una
semana. Tras recuperarse, regresa a su buhardilla, para preparar los exámenes,
y promete ser más juiciosa.
¿Qué es lo que preocupa y ocupa a María en ese
momento? Eva Curie lo cuenta de este modo: «¡Trabajar! ¡Trabajar! Enteramente
hundida en el estudio, embriagada por sus progresos, María se siente con altura
suficiente para aprender todo cuanto los hombres han descubierto. (…) Se siente
feliz en esta atmósfera de sigilo y silencio, en este “clima” de los
laboratorios, que hasta su último día María preferirá a todo lo demás. María
está de pie, siempre de pie, ante una mesa de roble en que hay un aparato de precisión,
o bien ante el cuévano en que, hostigada por el soplete abrasador, hierve
alguna materia en infusión. María se distingue apenas, bajo su bata de arrugada
tela, de los reflexivos caballeros que se inclinan junto a ella sobre otros
sopletes y sobre otros aparatos. Como los demás, María respeta el recogimiento
del lugar. No hace ruido ninguno, no pronuncia ninguna palabra inútil. No le
basta con una licenciatura. María está dispuesta a pasar dos: física y
matemáticas»[7].
Con su gran inteligencia, sostenida por una
voluntad de hierro, María logra en 1893 el primer gran objetivo que se había
propuesto: la
licenciatura en Ciencias Físicas. En julio de
ese año regresa al hogar familiar de Polonia, pero con el propósito de volver
al inicio del año escolar.
En Varsovia sufre ante el obstáculo de cómo
financiarse. Cuando ya estaba a punto de renunciar al viaje surgió el milagro:
se le concede la beca Alexandrovitch de ayuda a estudiantes de mérito que
desean continuar sus estudios en el extranjero. Estaba dotada con 600 rublos.
El 15 de septiembre de 1893 escribe a su
hermano José. Le cuenta que ha alquilado una habitación que, comparada con la
del año pasado, es un palacio, que es feliz con su regreso y que dedica muchas
horas a estudiar matemáticas.
María conoce a Pierre Curie y se casan en el espacio de un año
Con 26 años, María había descartado el
matrimonio. Después de la humillación recibida de los Zorawski, alejó de su
vida el amor para dejarse llevar por la pasión de la ciencia.
A comienzos de 1894 María conoce a Pierre
Curie. Se lo presentó un polaco, el doctor Kowalski, profesor de Física en la
Universidad de Friburgo, que estaba pasando unos días en París. Fue un
encuentro providencial. Pierre tenía 35 años, nueve más que ella, y era ya un
prestigioso científico francés, conocido por sus trabajos sobre cristalografía,
magnetismo y cuerpos radiactivos. Había nacido en París, el 15 de mayo de 1859.
Era el segundo hijo del doctor Eugene Curie, apasionado de las investigaciones científicas.
Pierre, al igual que su hermano Jacques, se
sintió atraído por las ciencias desde la infancia. Como fruto de su trabajo
experimental realizó varios inventos. Uno de ellos fue el cuarzo
piezoeléctrico, que sirve para medir con precisión pequeñas cantidades de
electricidad. Fue también el creador de una balanza científica ultrasensible,
la «balanza Curie». Posteriormente realizó investigaciones sobre el magnetismo,
descubriendo una ley fundamental, la «ley de Curie».
Como reconocimiento a 15 años de trabajo
científico coronado por el éxito, en 1894 recibe del Estado francés un sueldo
de 300 francos
mensuales. En el momento en el que conoce a
María, Pierre seguía soltero, porque no había conocido ninguna mujer que
compartiera su pasión por la ciencia. En una ocasión había afirmado: «las
mujeres de genio son raras». El primer encuentro entre los dos ocurrió en casa
de Kowalski. María lo contó más tarde de este modo: «Cuando entré, Pierre Curie
se hallaba en el alféizar de una puerta que daba a un balcón. Me pareció muy
joven, a pesar de tener ya 35 años. Me impresionó la expresión de su clara
mirada, una ligera apariencia de abandono y su alta estatura. Su palabra un
poco lenta y reflexiva, su simplicidad, su sonrisa, a la vez grave y juvenil,
inspiraba confianza. Trenzamos una conversación que pronto fue amistosa. Tenía
como objeto algunas cuestiones científicas sobre las cuales yo estaba encantada
de obtener su consejo»[8].
Los dos simpatizaron desde el principio.
Pierre se sintió agradablemente sorprendido y atraído por María por varios
motivos: venir de Polonia para estudiar en La Sorbona, triunfar en los exámenes
y estar a punto de obtener una segunda licenciatura. También le impresionó su
valor y nobleza de espíritu. A María, por su parte, le admiró la profunda
formación de Pierre y su devoción por la ciencia. Y se sintió bien con alguien
de carácter introvertido, como el suyo.
Por iniciativa sobre todo de Pierre se suceden
los encuentros amistosos entre los dos. Muy pronto él se enamora de ella y
realiza un perseverante galanteo. Ella se deja querer, pero no acepta
inicialmente su proposición de matrimonio por motivos familiares. El ardiente y
generoso amor de Pierre logra por fin vencer la resistencia de María. Se casan
el mismo año en el que se habían conocido: 1894.
Una buena esposa y ama
de casa que investiga muchas horas en el laboratorio
Al regreso del viaje de luna de miel, en el
mes de octubre, se instalan en un pequeño e incómodo apartamento de la calle de
la Glacière, 24. No lo decoran y sólo tienen los muebles imprescindibles; así
simplifican la limpieza diaria y pueden dedicarse a lo que más les interesa: la
investigación científica. El principal adorno
son los libros. Cada día María se levanta muy temprano para ir a la compra y
dejar hecha la comida. Se esmera como cocinera, con la ayuda de algunos libros
de recetas. Poco a poco se convierte en una aceptable ama de casa. Luego se
dirige al laboratorio de la Escuela, donde dedica ocho horas a sus
investigaciones científicas. Cuando llega la noche preparan juntos el plan de
trabajo para el día siguiente sin dejar de contemplarse: «A menudo, sintiendo
sobre sí la bella y profunda mirada de su marido, María levanta los ojos para
recibir el mensaje de amor y de admiración. Una sonrisa silenciosa se cambia
entre este hombre y esta mujer que se quieren»[9].
En el segundo año de matrimonio María queda
embarazada. Ella ha deseado ese hijo, pero al encontrarse mal se fatiga y le
resulta muy difícil mantenerse de pie ante sus aparatos del laboratorio. El 12
de septiembre de 1897 nace su hija Irene, que seguiría los pasos de sus padres
y recibiría el Premio Nobel de Química. María nunca pensó en la necesidad de
elegir entre el hogar y su carrera científica. Decidió hacer compatibles las
dos cosas, sin descuidar ninguna de ellas. Poniendo pasión y voluntad consiguió
su objetivo.
La etapa del doctorado y el descubrimiento de la radioactividad
En 1898 María tiene como principal meta su
doctorado. Pide consejo a Pierre, que es su jefe de laboratorio, para elegir un
proyecto de investigación que le sirva de tema para la tesis. Y se interesa
mucho por una reciente publicación del científico francés Antoine Henri
Becquerel, en la que expone su descubrimiento: los compuestos de uranio,
incluso en la oscuridad, emitían rayos que podían velar una placa fotográfica.
Faltaba explicar de dónde proviene esa energía.
María consiguió que le prestaran como
laboratorio un pequeño almacén en la escuela donde trabajaba Pierre. Al
estudiar los rayos de uranio confirmó las conclusiones de Becquerel, pero fue
más allá. Formuló la hipótesis de que la emisión de rayos de los compuestos de
uranio podría ser una propiedad atómica del elemento, algo dentro de la misma
estructura de los átomos. Era una hipótesis revolucionaria, puesto
que en esa época los científicos consideraban
al átomo como la partícula más elemental y, por lo tanto, indivisible. Nadie
imaginaba la compleja estructura de los átomos y la inmensa energía que
guardaban.
María probó todos los elementos conocidos para
averiguar si existían otros que también emitían de forma espontánea rayos como
los del uranio. Averiguó que otros compuestos también los emitían y que esa
emisión parecía ser una propiedad atómica, que denominó «radioactividad».
Pierre, entusiasmado con el proyecto de María, abandonó sus propios trabajos de
investigación para ayudarla en una mísera barraca sin suelo convertida en
laboratorio.
La mayor parte de los experimentos tenían que
hacerlos al aire libre, debido a que no había conducciones para expulsar los
gases nocivos. El polvo y las salpicaduras de los ácidos dejaban sus huellas en
el rostro, mientras los vapores atacaban los ojos y la garganta. En estas
condiciones trabajaron los dos durante cuatro años. En una carta posterior
María describió la situación: «No teníamos dinero, laboratorio, ni ayuda para
llevar a cabo esta labor importante y difícil. Era como crear una cosa con nada.
(…) Puedo decir sin exageración que este período fue, para mi marido y para mí,
la época heroica de nuestra existencia común. (…) No obstante, fue en ese
miserable y viejo hangar donde transcurrieron los mejores y más felices años de
nuestra vida, enteramente dedicada al trabajo. A menudo prefería comer allí
para no tener que interrumpir alguna operación de importancia particular. A
veces pasaba el día entero removiendo una masa en ebullición con una barra de
hierro casi tan grande como yo. Por la noche estaba rendida de fatiga»[10].
Midiendo pacientemente la radiactividad de
todos los elementos que contiene la pecblenda, mineral de uranio, los Curie
descubrieron dos elementos nuevos, que bautizaron como polonio y radio. Pero
tendrían que probar su existencia y averiguar cuál era su peso atómico. En 1902
los esposos Curie lograron preparar un decigramo de radio puro y determinar su
peso atómico. A partir de ese momento el radio existía oficialmente. El
descubrimiento del radio fue el resultado de un tenaz y costoso esfuerzo
conjunto. Dio nacimiento a una nueva ciencia que se aplicó pronto a la curación
de los tumores malignos.
Los dos
científicos no quisieron patentar sus
descubrimientos, por
considerar que pertenecían a toda la
humanidad. También porque servirían para curar enfermedades. Renunciaron así a
grandes beneficios económicos. En junio de 1903 María recibió su Doctorado en
Física con la mención «cum laude». El título de la tesis doctoral fue el
siguiente: «Investigaciones sobre las sustancias radiactivas». Ese tema sería
la gloria de su vida. En ese mismo año el matrimonio Curie recibió el premio
Nobel de Física, compartido con Becquerel, por sus trabajos con los rayos de
uranio. Los Curie no asistieron a la ceremonia celebrada en Estocolmo por estar
enfermos a causa de su intensa exposición a las radiaciones. El 6 de diciembre
de 1904 nace la segunda hija de los Curie, Eva. Sería periodista y escribiría
una biografía de su madre.
La inesperada muerte de Pierre Curie
El 19 de abril de 1906 muere Pierre Curie,
atropellado en una calle de París por un coche de caballos. La rueda trasera
izquierda destrozó su cabeza. Ningún coche quiso coger el cadáver
ensangrentado, por miedo a manchar los asientos, por lo que tuvo que ser
transportado en camilla. El encargado de identificar el cuerpo fue un ayudante
de laboratorio de Curie, Pierre Clerc. La noticia le fue comunicada a María por
dos personas: Paul Appell, colega de Curie y decano de la Facultad de Ciencias,
y Jean Perrin, un amigo. María, como había hecho siempre, escondió sus
emociones y mantuvo el dominio de sí misma. Luego pidió a Jean Perrin que su
mujer acogiera a las niñas durante esa noche y se quedó a solas con su dolor.
Una ambulancia llevó el cuerpo de Pierre a casa, y fue instalado en una
habitación.
María afronta su vida sin Pierre
María sustituyó a Pierre un mes después de su
fallecimiento en la cátedra de la Sorbona por decisión unánime del Consejo de
la Facultad de Ciencias. Era la primera mujer que ejercía el profesorado en
estudios superiores. El día de su primera clase el aula estaba llena y había
una
gran expectación por saber cuáles serían sus
primeras palabras. Sorprendió al público pronunciando la misma frase con la que
había terminado Pierre su última lección.
El trágico suceso movió al Gobierno francés a
otorgar a la viuda una pensión, pero ella la rechazó con estas palabras: «No
quiero pensión de ninguna clase. Soy bastante joven para ganarme la vida y
mantener a mis hijas»[11].
Con la viudez aumentaron mucho las
responsabilidades de María Curie. En lo familiar debía sostener el hogar. En lo
profesional debía continuar las investigaciones iniciadas con su marido, pero
sin contar con su ayuda. Además, la esperaba la misión de construir un
laboratorio a la altura de lo que había soñado Pierre, para que los jóvenes
investigadores pudieran realizar sus trabajos sobre la nueva ciencia de la
radioactividad: «Con la angustia en el corazón y enfermo el cuerpo, continúa
sola la obra emprendida, y amplía brillantemente la ciencia creada por el
matrimonio. El resto de su vida no es más que una perpetua generosidad. A los
heridos de guerra les ofrece su devoción y su salud. Más tarde dará sus
consejos, su saber y su tiempo a los alumnos, a los futuros hombres de ciencia
llegados de las cinco partes del mundo»[12].
La ausencia de Pierre origina en María
frecuentes crisis de desesperación y pesadillas horribles que la persiguen por
la noche, pero lo lleva en silencio y no acepta ser compadecida y consolada. En
1910 publica su tratado sobre la radioactividad. Un año después se le concede
el Premio Nobel de Química, y se convierte así en la primera persona que recibe
dos. María acude enferma a Estocolmo, acompañada de su hermana Bronia y de su
hija mayor, Irene. Esta última recibirá el mismo premio 24 años después.
Los dos premios Nobel recibidos suscitan la
admiración de muchas personas, pero también la envidia y la animosidad de
otras. María sufrió los prejuicios de su época: la xenofobia y el sexismo. Una
de las campañas en su contra la tachó de rusa, alemana, judía y polaca. Fue
presentada como una extranjera usurpadora en un momento en que se encontraba
débil, sola y sin ninguna defensa. En esa difícil situación recibe el apoyo de
su padre político, el doctor Eugene Curie, que desde su serenidad tranquiliza a
María. Para las dos niñas el abuelo es compañero de juegos y maestro durante
las muchas horas que la madre
Con sus descubrimientos, María buscaba sobre
todo disminuir el sufrimiento humano. Por ello impulsó la creación en 1914 de
un centro internacional para el estudio de la radioactividad llamado Instituto
del Radio, a cargo de la Universidad de París y del Instituto Pasteur. María
fue la directora hasta 1933, y atendió a más de 8.000 enfermos. En 1914,
durante la primera guerra mundial, organizó junto con su hija Irene un servicio
de auxilio radiológico. Suministraba aparatos de rayos X a las unidades móviles
y hospitales e instruía al personal de enfermería.
La ceguera progresiva no le impide seguir trabajando
A partir de 1920 el médico diagnostica una
doble catarata que se convertiría en una ceguera progresiva. Sólo se lo
comunica a sus hijas y a su hermana Bronia. Casi ciega y muy fatigada, sigue
acudiendo diariamente al laboratorio, disimulando como puede su limitación. En
1921 un grupo de mujeres norteamericanas reunieron cien mil dólares, el valor
de un gramo de radio, para donárselo a María, con el fin de abastecer el
«Instituto Marie Sklodowska Curie de Varsovia». Le pidieron que, a cambio,
visitara Estados Unidos. Conmovida por la generosidad de esas mujeres, María
hizo el viaje. En 1922 se repitió la misma experiencia. En esa época se sentía
abrumada por los nombramientos, distinciones, invitaciones y aclamaciones que
recibía de todas partes. Seguía eludiendo la gloria y buscando el aislamiento
voluntario para poder investigar. En 1933 transfiere a su hija Irene la
dirección del Instituto del Radio. Su salud había empeorado mucho.
Quedó ciega y murió el 4 de julio de 1934 en
Salanches (Francia), como consecuencia de una anemia aplásica originada por las
radiaciones. Fue enterrada en el cementerio de Sceaux sin ningún acto oficial,
con la única compañía de sus familiares, colaboradores y amigos. Su ataúd se
depositó sobre el de Pierre Curie. En la lápida mortuoria hay una inscripción:
«María Curie-Sklodowska, 1867-1934».
En 1995 sus restos fueron trasladados al
Panteón de París, siendo la primera mujer enterrada allí. Era un postrer
reconocimiento a la
investigadora que abrió el campo de la física
nuclear y la terapia del cáncer. Un año después su hija Irene obtuvo el premio
Nobel de Química, por su descubrimiento de la radiactividad artificial.
* * *
A la historia que
empezó como amistad le siguió la del galanteo amoroso
Recordemos que, tras la decepción amorosa
sufrida en 1887 en su etapa como institutriz, María había descartado casarse.
Su marcha a París cuatro años después estuvo motivada exclusivamente por su
vocación por la ciencia, no por la del matrimonio. Solo le interesaba aprender,
y a ello consagraba todo su tiempo. Por eso, cuando conoce a Pierre Curie ve en
él únicamente un compañero de estudios y un científico notable.
A Pierre le causó un gran impacto que María
triunfara rotundamente en La Sorbona siendo mujer, pobre y viniendo de Polonia.
Eso demostraba mucha determinación y valentía. A María le impactó la formación
científica de Pierre. El deseo de compartir su pasión por la ciencia les hizo
compañeros inseparables. La admiración mutua generaría primero una relación de
amistad y después una relación amorosa.
Para seguir viendo a María, Pierre iba con
frecuencia a las sesiones de la Sociedad de Física. Entre los dos se fue
creando un diálogo científico y una hermosa amistad. Tras obtener su permiso,
Pierre fue un día a visitarla. Su hija Eva nos ha dibujado la romántica escena:
«María, amistosa y discretamente, lo ha recibido en su pequeño departamento, y
Pierre, con el corazón emocionado al observar tanta pobreza, ha admirado, no
obstante, en su fuero interno, el sutil acuerdo del personaje y del ambiente. En
este recinto casi vacío, con su vestido usado, su rostro ardiente y firme,
María le ha parecido más hermosa que nunca. Su joven silueta, fatigada por el
esfuerzo de una vida ascética, no podía encontrar cuadro más justo que esta
buhardilla desnuda»[13].
El trato personal aumenta la intimidad. Él la
influye en su modo de pensar; ella le estimula en sus trabajos sobre el
magnetismo. Y a los pocos meses Pierre le propone matrimonio. María piensa que
casarse con
un francés significaría abandonar para siempre
a su familia y a su patria, cometer una traición. Poco después, sin prometerle
nada, regresa en tren a Varsovia, ignorando si volverá a París.
Pierre escribe varias cartas a María a lo
largo del verano. En ellas hay un ruego insistente: que regrese. En la del 7 de
septiembre se lo dice así: «Le aconsejo que regrese a París, en el mes de
octubre. Me causaría mucha pena que no volviera este año. No es sólo por un
egoísmo de amigo por lo que le digo que venga. Creo, tan sólo, que trabajará
mejor, y que aquí dará una labor más sólida y más útil»[14].
María decide, por fin, regresar a Francia. El
17 de septiembre de 1894 Pierre le comunica su alegría: «Su carta de Varsovia
me tranquiliza y noto que se ha calmado usted. Su retrato me gusta mucho. ¡Qué
excelente idea ha tenido usted al enviármelo! Se lo agradezco de todo corazón.
En fin, viene usted a París, y ello es para mí un gran placer. Vivamente deseo
que seamos, por lo menos, amigos inseparables. ¿Está usted de acuerdo conmigo?»[15].
Una boda muy sencilla seguida de un viaje de luna de miel en
bicicleta
En octubre de 1894 Pierre vuelve a ver a María
en La Sorbona. Le dice que está dispuesto a establecerse en Polonia como precio
para que ella acepte casarse. A ella le emociona este sacrificio, pero
considera que no debe aceptarlo. Diez meses después accede a casarse. María se
lo anuncia a su amiga Kazia en una carta escrita en julio de 1895: «Cuando
recibas esta carta, tu Mania habrá cambiado de nombre. Voy a casarme con el
hombre de quien te hablé el año pasado en Varsovia. Me es muy penoso quedarme
para siempre en París, pero ¿qué se le va a hacer? El destino ha hecho que nos
hayamos atraído profundamente el uno al otro y que no podamos soportar la idea
de separarnos. (…) Escríbeme a esta dirección: Sra. Curie, Escuela de Física y
Química, calle Lhomond, 42. Es así como voy a llamarme de ahora en adelante. Mi
marido es profesor de esta escuela»[16].
La boda se celebra el 26 de julio de 1895.
María está feliz con este matrimonio celebrado con extrema sencillez. Asisten
unos pocos
familiares y amigos. Los recién casados
realizaron su viaje de luna de miel en bicicletas compradas con el dinero que
habían recibido como regalo de bodas.
Esta experiencia les predispuso para la nueva
etapa: «En estos días felices se anuda uno de los más hermosos lazos que jamás
hayan unido a una mujer y a un hombre. Dos corazones laten al unísono, dos
cuerpos se han juntado, dos cerebros de genio se han acostumbrado a pensar
conjuntamente. María no podía casarse con otro hombre que no fuera este gran
físico, este ser sereno y noble. Pierre no podía unirse a otra mujer que no
hubiese sido esta polaca rubia, suave y vivaracha, que sabe ser, con algunos
intervalos, pueril o trascendental, camarada y compañera, amante y profesora»[17].
La complicidad en el amor
La vida compartida no cesó nunca. Es muy
bonita la escena amorosa que se repite cada noche: preparan juntos el plan de
trabajo del día siguiente sin dejar de mirarse y contemplarse con mutua
admiración. Es un hermoso ejemplo de cómo en el matrimonio hay que encontrar un
tiempo cada día para estar juntos a solas. Recordemos la observación que hizo
Eva Curie sobre esa escena protagonizada diariamente por sus padres: «A menudo,
sintiendo sobre sí la bella y profunda mirada de su marido, María levanta los ojos
para recibir el mensaje de amor y de admiración. Un sonrisa silenciosa se
cambia entre este hombre y esta mujer que se quieren».
Pierre y María viven noche tras noche la
complicidad en el amor: se entienden sin necesidad de muchas palabras, con una
comunicación poco explícita, basada en gestos secretos convenidos: un cruce de
miradas con intención, una sonrisa…Cada uno de ellos sabe lo que significa esa
mirada y esa sonrisa. En el amor de complicidad cada enamorado empatiza con los
sentimientos del otro y se solidariza con ellos. Hay una sintonía afectiva, una
comunión de almas.
El dolor de amor de
María Curie
La forma como murió Pierre, a causa de aquel
inesperado, brutal y absurdo atropello, originó un sufrimiento indescriptible
en su esposa. El cuerpo roto de Pierre hizo a María aún más consciente de la
grandeza del alma que había habitado en él: «Maria hubo de enfrentarse al
espectáculo del cuerpo destrozado del hombre que le había hecho vivir los años
de su vida que realmente importaban. Todas las dificultades que habían tenido
que soportar juntos aparecían de repente como insignificantes. Pierre le había
dado el amor de sus años jóvenes y le había hecho acceder a una vida que quizás
nunca hubiese conocido de otra forma. Lo que quedaba de aquel sueño ya estaba
llegando a su fin, pero lo que habían vivido, lo habían compartido realmente.
(…) La generosidad de Pierre le había asegurado la justa consagración de un
trabajo igual»[18].
Pasados algunos días, María sintió la
necesidad de expresar el dolor que la ahogaba escribiendo a Pierre cartas de
amor en un diario íntimo. Las páginas del cuaderno quedaron manchadas de
lágrimas. María hubiera sido incapaz de expresarle esos sentimientos estando
vivo. No lo hizo en polaco, su lengua materna, sino en francés, el idioma que
siempre habían hablado juntos.
Las cartas contenían un sentimiento de culpa.
Algunos fragmentos de algunas de ellas serían publicados por su hija Eva en la
biografía de su madre. En uno de ellos, María le cuenta a Pierre, con gran
ternura, como le veló antes del entierro: «Te pusimos en el ataúd el sábado por
la mañana, y he sostenido tu cabeza para ese traslado. Puse mi último beso
sobre tu frío rostro. Luego, algunas hierbas doncellas del jardín en el ataúd y
un retratito mío, aquel que tú decías que era el de «la pequeña estudiante sensata»
y que tanto querías. Es el retrato que te debía acompañar a la tumba, el
retrato de aquella que tuvo la dicha de gustarte tanto, para que no dudaras en
ofrecerle el compartir tu vida cuando apenas la habías visto algunas veces. Me
has dicho, muy a menudo, que fui la única ocasión de tu vida en que actuaste
sin dudar, con la convicción absoluta de que obrabas bien. Pierre mío, creo que
no te equivocaste. Estábamos hechos para vivir juntos, y nuestra unión debía
realizarse»[19].
[1] Cfr.: REID, R.: Marie Curie. Salvat Editores, Barcelona,
1984, pp. 13-20.
[2]
CURIE, E.: La vida heroica de María Curie.
Espasa-Calpe, Colección Austral, Buenos Aires, 1944, p. 57.
[3] Ibídem, p. 61.
[4] Ibídem, pp. 68-69.
[5] Ibídem, p. 70.
[6] Ibídem, pp. 70-71.
[7] Ibídem, pp. 98-99.
[8] Ibídem, p. 107.
[9] Ibídem, p. 129.
[10] Ibídem, p. 149.
[11] Ibídem, p. 220.
[12] Ibídem, p. 9.
[13] Ibídem, p. 113.
[14] Ibídem, p. 117.
[15] Ibídem, p. 118.
[16] Ibídem, p. 121.
[17] Ibídem, p. 125.
[18] REID, R.: Op. cit.,
pp. 122-123.
[19] CURIE, E.: La vida heroica de María Curie, pp.
216-217.
13.
GILBERT KEITH CHESTERTON Y FRANCES BLOGG
(1901)
SE PROPUSIERON SER «DOS
EN UNO» Y LO LOGRARON, PESE A SER MUY
DIFERENTES
El estudiante mediocre escondía un gran talento
Gilbert Keith Chesterton nació el 29 de mayo
de 1874 en Campden Hill (Londres), en el seno de una familia muy convencional y
de clase media. Fue bautizado según el rito de la Iglesia anglicana, a pesar de
que sus padres eran librepensadores, al estilo de la época victoriana. Lo
hicieron no por convicción religiosa sino por convencionalismo, para cumplir
con una tradición familiar y social.
Su padre, Edward, había contraído matrimonio
con Marie Louise Grosjean, de origen suizo-escocés. Edward trabajaba en una
agencia inmobiliaria y topográfica propia en Kensington, pero su vocación,
heredada de su padre Arthur, era el arte, la literatura, la jardinería y el
teatro casero.
Los Chesterton tuvieron tres hijos. Primero
llegó Beatrice, que murió con ocho años. Luego nacieron Gilbert y Cecil, que
nunca oyeron hablar de Beatrice, porque los padres lo tenían prohibido. Cecil
sería amigo íntimo, además de hermano. Con él mantendría apasionantes
discusiones de tipo cultural a lo largo de la adolescencia y juventud.
Gilbert inició su educación escolar en la
preparatoria «Colet Court», en 1881. En 1887 ingresó en el colegio privado San
Pablo para realizar la enseñanza secundaria. Fue un alumno solitario, lento,
con malos
resultados, e inadaptado al colegio. En su
Autobiografía recuerda esa etapa como «ser instruido por alguien que yo no
conocía acerca de algo que no quería saber». Solía sentarse en el fondo de la
clase y se distraía haciendo dibujos. Los profesores lo consideraban un
estudiante mediocre y atrasado. Esa mala imagen procedía también de la torpeza
de movimientos, relacionada con ser un chico físicamente muy grande, de 1,93
metros y 134 kilos.
El talento de Gilbert se manifestó
tardíamente, cuando empezó a dar pruebas de una memoria prodigiosa y de gran
capacidad dialéctica. Fue uno de los fundadores del Junior Debating Club y del
The Debater, el diario del club, que se inició como un juego y acabó con una
tirada de cien mil ejemplares. El periódico tenía una alta calidad, tanto en la
forma como en el contenido, algo sorprendente teniendo en cuenta que sus
redactores eran adolescentes. Gilbert realizaba también las ilustraciones.
La crisis de escepticismo en un ambiente de «ortodoxia atea»
En 1892 termina la etapa del colegio y empieza
la universidad. Ello supuso la dispersión del grupo de amigos, lo que afectó
mucho a Gilbert. Más tarde confesaría que entró en una época de dudas y
tentaciones, favorecida por el ambiente de «ortodoxia atea» en el que vivía.
Fue su época de agnóstico militante. Al año siguiente sufrió una crisis de
escepticismo y cayó en una fuerte depresión, como consecuencia de su afición al
espiritismo y al ocultismo. Esto le llevó, según confiesa en su Autobiografía,
a «un estado de melancolía enfermiza y ociosa, de deriva y anarquía moral». En
ese mismo año inició el estudio de artes plásticas en la Slade School of Art y
se matriculó en literatura inglesa.
En 1895 abandonó la Universidad sin haber
obtenido el título y comenzó a trabajar en Londres para los editores Redway y
T. Fisher Unwin (1986-1902) y a publicar sus trabajos en diferentes periódicos:
The Speaker, Daily News, Ilustrated London News, Eye Witness, New Witness.
Inició su carrera periodística como crítico de artes plásticas y temas
religiosos. A pesar de que cultivó casi todos los géneros literarios
—biografía, novela, etc.—, sería toda su vida periodista de opinión y un
ensayista. Escribía ensayos cortos con
regularidad para los periódicos, pero la exigua retribución económica que
recibía no le permitía, de momento, emanciparse ni pensar en casarse.
Enamoramiento a
primera vista entre Gilbert Keith Chesterton y Frances Blogg
En 1896 Chesterton escribió dos poemas, sin el
propósito de publicarlos, que expresaban sus sentimientos más íntimos. Uno de
ellos con este título: «De repente en medio». Selecciono una estrofa:
De repente me sesntí
olo.
Me
sentí como un niño sin más juegos para jugar porque no tengo una mujer
a la que envíe
entonces mi pensamiento
para que corone ella
mi obra.
El segundo poema lo
tituló «Madonna Mía». A él pertenece esta estrofa:
Sobre Ella a la que
todavía no conozco
me pregunto qué hace
ahora, cuando se pone
el sol.
Poco después conoció a la mujer con la que se
acabaría casando. Se llamaba Frances Blogg y era hija de un comerciante de
diamantes que había fallecido cuando ella era pequeña dejando a su familia en
la pobreza, lo que obligó a sus tres hijas a trabajar para subsistir. Un amigo
de Chesterton, Lucien Oldershaw, que cortejaba a Ethel, la hermana pequeña de
Frances, fue el instrumento que le puso en contacto con quien sería su futura
novia: «En el otoño de 1896, Chesterton acompañó a Oldershaw a casa de la
familia Blogg, en Bedford Park, y vio a Frances por primera vez. Se enamoró a
primera vista. (…) A solas en su cuarto ya entrada la noche, garabateó en un
papel su devoción hacia Frances Blogg»[1].
En el poema que dedicó a Frances, una joven y
bella anglicana practicante, explica que Dios creó el mundo y puso en él reyes,
pueblos y
naciones sólo para que así se lo encontrara
Frances. Poco después escribió que «Frances sería la delicia de un príncipe».
Gilbert acompañaba a Frances a la iglesia y comenzó así a frecuentar los
oficios litúrgicos. «A partir del primer encuentro, los cuadernos de Chesterton
se incendian con el tema del amor. (…) Ambos empiezan a vivir una historia que
creen única e irrepetible. Las visitas de Chesterton a Bedford Park son más
frecuentes: empieza por no faltar nunca a los debates de los sábados y acaba por
dejarse caer también por aquella “aldea sagrada” los domingos y las fiestas. El
Club de debates se llamaba I.D.K., las iniciales en inglés de “no lo sé”. (…) A
Frances le hacía mucha gracia el contraste entre su aspecto algo desastrado y
su ordenadísimo cerebro, puesto que era un verdadero espectáculo verle rebatir,
una por una y siguiendo el mismo orden, las ideas expuestas anteriormente por
cualquier participante»[2].
Al joven Chesterton el amor le dio confianza
en sí mismo y centró su vida, sobre todo tras el descubrimiento de Jesús de
Nazaret.
Compromiso y resistencia de las familias a un posible matrimonio
Entre Gilbert Keith Chesterton y Frances había
surgido un amor recíproco muy consistente: «A nosotros pueden parecernos largos
dos años de aproximación romántica y otros dos y pico de noviazgo formal, pero
a Gilbert y Frances, ese período les resultó casi como el sueño de una noche de
verano, por no decir, con lenguaje del escritor, un instante eterno o una
eternidad instantánea. Precisamente en pleno mes de agosto de 1898 es cuando
tiene lugar el paso de la irresistible atracción al compromiso que marca el
comienzo de la cuenta atrás hacia el definitivo caminar juntos, midiendo el
tiempo por primaveras. Sucede en el Parque de St. James, junto al pequeño lago
con patos que cruza un puentecillo.
(…)
Se han citado allí para almorzar luego juntos,
como vienen haciendo desde que los encuentros casi furtivos de la oficina de
Westminster les saben a poco»[3].
Varias horas después
escribió una carta a su prometida, de la que
destaco un párrafo: «Nunca he sabido lo que
significa ser feliz hasta esta noche. Ser feliz no es estar pagado de uno
mismo, en absoluto, ni estar tranquilo o satisfecho como lo estaba yo hasta
hoy. La felicidad trae consigo no ya la paz, sino una espada; te sacude como el
jugador agita los dados al lanzarlos; te deja sin habla, te nubla la vista»[4].
A Gilbert le preocupaba mucho conseguir la
aprobación de la familia de Frances: «La señora Blogg digería muy mal el
desaliño de aquel “terco espantapájaros”, un desastre objetivo de presentación,
y sentía terror ante la idea de que su hija se casase con él sin más ingresos
que los 25 chelines semanales que ganaba entonces en T. Fisher Unwin»[5].
En 1900 Chesterton conoció a Hilaire Belloc,
un joven historiador francés católico, que le ayudó a descubrir el pensamiento
social cristiano y sería uno de sus mejores amigos. El 24 de diciembre de ese
mismo año tuvo su primer contacto con la Iglesia católica, al acompañar a
Belloc a la Misa del gallo. El 25 comunicó a Frances su decisión de casarse con
ella lo antes posible.
Fueron dos en uno
Gilbert y Frances se casaron en la iglesia
parroquial de Kensington, el 28 de junio de 1901. Él aceptó sin problema que su
esposa fuera una cristiana practicante. Frances fue una esposa con muchas
virtudes, entre ellas la humildad y la discreción. Apenas está presente en la
Autobiografía de su marido, porque ella lo quiso así. Escribió muchos poemas,
pero solo dio a conocer unos pocos. Quiso permanecer siempre en segundo plano,
desde el que daba a su marido la seguridad que necesitaba, e intentaba hacerle
feliz. Unos versos de Chesterton expresan claramente la idea que tenía del
matrimonio:
El
mundo es de muchos y es de locos, Pero nosotros somos uno y estamos sanos.
«Gilbert y Frances fueron Uno en un sentido místico, pero muy real. La influencia que ella
ejerció sobre él no se notaba, pero fue mucho mayor que cualquier otro influjo
que pudo haber tenido en su vida. Frances era
el profundo silencio en el cual él encontraba la paz»[6].
Frances le ayudó a que se acercara al
cristianismo. Logró que estudiase con rigor esa religión y, más adelante,
contribuyó mucho a su conversión al catolicismo, aunque él lo hizo cuatro años
antes que ella. También estimuló la creatividad de su marido. Le inspiró bellos
textos sobre el amor y el matrimonio. Pero antes se ocupó de alejarle de Fleet
St., un lugar de reunión de periodistas donde él incurría en todo tipo de
excesos. Por iniciativa de ella, en 1909, se fueron a vivir a Beaconsville, a
25 millas de Londres, un lugar aislado y tranquilo en el que Gilbert pudo
llevar una vida más sana, concentrarse en su trabajo e incrementar
considerablemente su obra. Entre 1903 y 1906 Chesterton publicó las biografías
de Robert Browning y Charles Dickens y su primera novela, El Napoleón de Notting Hill,
de carácter político.
La defensa de la ortodoxia cristiana
En 1903 polemiza con el director del Clarion,
Robert Blatchford, debido al pensamiento determinista de este último. Los
argumentos de Chesterton muestran su paso del agnosticismo al pensamiento
cristiano. Como algunos de los personajes escépticos, criticados por él, le
acusaran de juzgar la visión de la vida de los demás sin exponer la propia,
Chesterton lo hizo en su libro Ortodoxia,
publicado en 1908 y dedicado a su madre. Fue considerado por Éttienne Gilson
como la mejor apología cristiana que había producido el siglo XX. Allí Chesterton se confiesa partidario del
cristianismo sin ser cristiano; además, muestra un primer interés por el
catolicismo, al que se convertiría en 1922.
En esa obra Chesterton refuta varias teorías
anticristianas. Una de ellas relacionaba el cristianismo con la oscuridad y la
tristeza. Contesta que la alegría y la luz son el gran secreto del cristiano.
En 1908 aparece su novela más destacada, El hombre que fue jueves, una alegoría
sobre el mal y el libre albedrío, que denuncia la decadencia cultural de
finales del siglo XX.
Gilbert y Frances se
refugian en un nido sin polluelos
En 1909 Gilbert y Frances se trasladaron a
Beaconsfield, a 25 millas de Londres. «Tomaron la decisión de mudarse a
petición de Frances, porque gozaba de poca salud y necesitaba huir del ajetreo
londinense. Las depresiones de Frances no eran algo nuevo, pues ya había
atravesado largas crisis de ansiedad a raíz de las trágicas muertes de su
hermana Gertrude y de su hermano Knollys. Pero en 1909 la causa de su
abatimiento no era tan evidente. Es cierto que sufría intensos dolores
producidos por la curvatura de la columna vertebral, de la que padecía desde
mucho tiempo atrás. Hay otra posible explicación. Frances y Gilbert habían
abrigado siempre la esperanza de crear una familia y, sin embargo, sus
esfuerzos no habían dado fruto. (…) Frances encontró sosiego construyendo un
nido en Beaconsfield, pese a que no iba a tener polluelos. Gracias a esta base
tan sólida se evaporó todo resto de amargura y muy pronto animarían la casa los
hijos de otras personas. Acogían de buena gana a los chicos en su nueva casa y preferían
la compañía de los niños a la de los padres. Uno de los pasatiempos era el
teatro de juguete que había fabricado Chesterton»[7].
En 1911 Chesterton publicó La inocencia del padre Brown, recogiendo
doce relatos policíacos, en los que un sacerdote católico, de aspecto humilde e
inofensivo, resuelve los crímenes más enigmáticos gracias a su conocimiento de
la naturaleza humana. El detective busca que el criminal reconstruya su
relación con Dios, lo que denota el valor que Chesterton daba al perdón y a la
confesión. Otros relatos posteriores se recogieron en La sabiduría del padre Brown y El escándalo del padre Brown. El personaje fue llevado muchas
veces al cine.
Entre 1913 y 1914 Chesterton colaboró de forma
regular con el Daily Herald y empezó a ser uno de los periodistas más conocidos
y polémicos del país. Disponía en ese momento de la valiosa ayuda de Dorothy
Collins, una secretaria ideal para un autor desordenado, que llegaría a ser
considerada hija adoptiva. Durante la Segunda Guerra Mundial murió su único y
querido hermano Cecil.
La conversión de
Chesterton al Catolicismo
Con el paso de los años, Chesterton se fue
acercando cada vez más al Cristianismo. A la idea del superhombre, propuesta
por Nietzsche y seguida por Shaw y Wells, respondió con el ensayo ¿Por qué creo en el Cristianismo? En 1923 publicó la biografía sobre San Francisco de
Asís. Con ella quiso demostrar que la
vida de un santo puede ser más apasionante que la mejor novela. Diez años
después publicó una biografía de Santo Tomás de Aquino, que mereció grandes
elogios de Gilson.
En 1921 mantiene correspondencia con tres
conversos al catolicismo que le ayudaron mucho a orientar su pensamiento hacia
la fe que ellos profesaban: Maurice Baring, el Padre O´Connor y el Padre Knox.
A través de O´Connor, Chesterton se enteró de que la Iglesia Católica tenía un
conocimiento tanto del bien como del mal, por medio del Sacramento de la
Penitencia. La Confesión fue un gran atractivo para él, debido a que inicia una
nueva relación del creyente con su Creador.También le impactó mucho el culto
mariano. Y descubrió que el cristianismo ha conquistado el corazón de las
personas a través de la humildad.
En 1922, a los 46 años, Chesterton se bautizó
en una sencilla barraca con tejado de uralita, debido a que en Beaconsfield aún
no se había podido construir un templo. Los días anteriores estudió un
catecismo. En su Autobiografía confesaría más tarde que un pequeño catecismo de
un penique le enseñó todo lo que la ciencia y la filosofía pagana no le habían
enseñado. Chesterton se convirtió del anglicanismo al catolicismo romano.
Aclaró que su conversión fue completamente racional y que lo hizo para desembarazarse
de sus pecados, ya que no existe ningún otro sistema religioso que los haga
desaparecer.
En 1925 publicó El hombre eterno, considerada su obra maestra, en la que expone una
concepción cristiana de la historia.
Bodas de plata
El 28 de junio de
1926, Gibert y Frances celebraron las bodas de
plata. En el otoño de sus vidas y de su
matrimonio, el amor seguía tan vivo y comprometido como en la época de la luna
de miel, porque los dos habían puesto los medios para ello. No era fácil ser la
mujer de un genio, y Frances lo supo desde que conoció en Bedford Park a aquel
altísimo muchacho de mirada miope y bondadosa, tan brillante en los debates y
tan desastre en lo demás, que se enamoró de ella con el ímpetu de un trovador
medieval. Ahora, en su residencia definitiva, el amor de Chesterton seguía tan
lozano como en los albores del siglo, cuando le escribía cartas incendiarias.
Se sentía tan unido a ella que hasta retrasó su conversión por el deseo de
llevarla consigo. A su amigo Baring le dijo Gilbert: «Por razones más profundas
de lo que podría explicar mi espíritu, debo atender especialmente al
pensamiento de mi esposa, cuya vida ha sido de muchas maneras una tragedia muy
heroica, y con quien tengo contraída tal deuda de honor que no puedo soportar
la idea de abandonarla, ni siquiera psicológicamente, y desearía llevarla
conmigo con tacto y simpatía»[8].
El 1 de noviembre de ese mismo año Frances se
convierte al catolicismo. Es seguida por su hija adoptiva Dorothy. Poco
después, Gilbert y Frances reciben el Sacramento del matrimonio.
En la historia de la vida conyugal de los
Chesterton no hubo conflictos, ni siquiera en los momentos de agobio económico
y enfermedad. Las pruebas a las que les iba sometiendo la vida les mantenían
aún más unidos.
Enfermedad y muerte de Chesterton
Tras publicar un centenar de libros,
Chesterton enfermó de gravedad en junio de 1936. Frances no se separó de la
cabecera del enfermo. A ella se dirigieron las últimas palabras de su esposo.
«El sábado, 13 de junio, Chesterton está
inconsciente. Al atardecer abre los ojos, mira a Frances y le dice con media
sonrisa: “Hola, cariño”. Y al descubrir a Dorothy, que está allí en ese
momento: “Hola, querida”. Son sus últimas palabras. Vuelve a perder el
conocimiento, pasa la noche respirando con mucha dificultad y, a las diez y
cuarto de la
mañana del domingo 14 de junio de 1936, cruza
el puente con la llave de oro. Acababa de cumplir 62 años»[9].
Su biógrafo, Joseph Pearce, daría una
interpretación positiva a esas palabras finales aparentemente inadecuadas: «Sus
últimas palabras, “hola cariño” y “hola querida”, crean un verdadero
anticlimax; produce un gran desencanto el que uno de los ingenios más
brillantes del siglo se fuera de un modo tan decepcionante. Aun así, sus
palabras fueron sumamente apropiadas; en primer lugar, porque estaban dirigidas
a las dos personas más importantes de su vida, su mujer y su hija adoptiva; y
en segundo lugar, porque eran palabras de saludo y no de despedida,
significaban un comienzo y no el final de la relación. Las tres personas que
estaban en la habitación así lo creían, por dura que se les pudiera antojar la
realidad in extremis»[10].
El cardenal Hinsley y Frances recibieron
telegramas de Roma firmados por el cardenal Pacelli, futuro Pío XII. Unos días
después del entierro, Frances escribió a Maisie Ward: «Cada día encuentro más
difícil seguir adelante. Se me hace casi insoportable sentir que ya no me
necesita. ¿Cómo se aman los amantes sin tenerse el uno al otro? Nosotros dos
siempre fuimos amantes. Voy a hacer que se ofrezca una Misa por él cada martes,
pero me parece sentir que es más por el descanso de mi alma que por el de la suya»[11].
Chesterton falleció el 14 de junio de 1936.
Antes había dejado escrita su autobiografía. En el funeral, celebrado en la
Catedral de Westminster, Ronald Knox leyó su elogio fúnebre y monseñor O’Connor
cantó el Réquiem. El papa Pío XI le otorgó el título de Defensor Fidei. Frances
murió dos años después, el 12 de diciembre, cuidada por Dorothy. De ella dijo
el P. O´Connor: «Gilbert lo debemos a Frances, porque supo fomentar su genio y
alejar elementos perturbadores». Y Douglas Woodruff afirmó lo siguiente: «Frances
Chesterton figura entre las grandes esposas de nuestra historia literaria».
* * *
Un noviazgo muy romántico
Gilbert y Frances
demostraron mucha intuición y perspicacia con su enamoramiento a primera vista:
los dos supieron captar en muy poco tiempo lo que el otro tenía de singular y
valioso. Recordemos que, para Ortega y Gasset, la intervención de esas dos capacidades
prueba que el amor no es ilógico ni irracional. Los dos supieron centrarse
desde el primer momento no en lo exterior del otro, sino en lo interior, en sus
cualidades espirituales; eso es lo que les atrae y enamora. El inevitable amor
idealizado que está presente en todo enamoramiento, en este caso se transforma,
antes de lo habitual, en un amor basado en el conocimiento real de la persona
amada. Se conocen por dentro y se aceptan como son, con sus virtudes y con sus
defectos.
A lo largo de todo el noviazgo su amor tiende
a la unión y se alimenta de un trato personal profundo. El noviazgo no es para
ellos un fin en sí mismo, sino una etapa que les prepara para el matrimonio.
Los dos apuestan por su amor y son valientes y perseverantes ante la
desaprobación de sus familias. ¿Cómo contribuyó cada uno a la existencia de un
buen noviazgo?
Gilbert tenía una marcada predisposición a
amar y ser amado; llevaba la iniciativa en un continuado trato personal, que
ejercía también con el recurso epistolar; realizaba reflexiones profundas sobre
su proceso amoroso que expresaba en poemas compartidos con su novia; se
adaptaba a las prácticas religiosas de Frances, a pesar de ser agnóstico.
Frances no se deja condicionar por el aspecto desastrado de Gilbert, por sus
exiguos ingresos económicos y por ser agnóstico. Valora, por encima de todo
eso, la inteligencia, la capacidad dialéctica y, sobre todo, su bondad.
Demuestra así mucha personalidad y confianza en su novio. Esta actitud tan
positiva debió influir mucho en que él permitiera el contagio de las creencias
religiosas de ella.
Un matrimonio feliz entre dos cónyuges muy diferentes
La religión no era la única diferencia que
había entre los dos: «Ella es sobria por naturaleza, bebe té y agua y come lo
justo para sobrevivir, sin más exceso que las chocolatinas, en ocasiones
especiales; a él, en
cambio, le encanta probarlo todo, si es
posible, en grandes cantidades y bien rociado con cerveza y con vino. Ella es
práctica, precisa y ordenada; para él, solo existen sus pensamientos y, a pesar
de su buena voluntad, chafa todo lo que toca. Ella es previsora y él, más que
al día, vive al segundo, cuando consigue salir de la eternidad de su nube. Ella
es puntual y él no tiene idea del tiempo. Ella es cuidadosa con el vestido y
con todo lo demás; él sigue siendo un desastre y puede ir de cualquier modo sin
enterarse. Ella es de constitución débil, con problemas reumáticos y de columna
vertebral; él rebosa desafiante buena salud y vigor vital. Ella disfruta con el
campo y las flores; él es urbano al cien por cien y, aunque ame los paisajes,
las únicas flores que reconoce son las rosas, por evidentes, y los alhelíes,
que Frances le enseñó a identificar. (…) A pesar de todo, la convivencia
funcionó desde el primer momento por la calidad del amor que se profesaban y
por el conocimiento bien probado de sus limitaciones»[12].
Los dos se habituaron, desde el noviazgo, a
amar al otro en sí mismo, a quererle como es, con sus defectos. Aprendieron a
aceptarse. De esa forma, evitaron muchas tensiones y conflictos y sus dos
personalidades se hicieron complementarias. Pero, detrás de esas actitudes tan
positivas, estaba la calidad de su amor: un amor desinteresado que se daba sin
condiciones, un amor de entrega total que implicaba renuncias y olvido de sí
para buscar, de forma prioritaria, la felicidad del otro.
¿Cómo contribuyó cada uno a esta armonía en
las relaciones conyugales? Frances eligió estar en segundo plano por amor a su
esposo. Desde esa posición ejerció un cuidado amoroso que le aportó lo que él
más necesitaba: orden, seguridad, equilibrio, estímulo de su capacidad
creativa, ayuda en su crisis espiritual. Y lo hizo habiendo tenido una vida muy
dura: enfermedades, muerte de dos hermanos, amargura por no tener hijos.
Gilbert explicitó su idea del matrimonio en
este verso: «somos dos en uno». Esa expresión subraya el tipo de unión propio
de esa institución: unión plena y total; unión indivisible de vida. Además, se
dejó ayudar por su mujer, lo que le permitió evolucionar en sus convicciones y
costumbres. Hizo ver en todo momento a Frances que la necesitaba. Esto último
era muy importante para ella, como lo prueba el comentario que sabemos hizo
tras la muerte de su marido: «Se me hace casi insoportable
sentir que ya no me necesita».
[1] PEARCE, J.: G. K. Chesterton. Ediciones Encuentro,
Madrid, 1998, p. 60.
[2] SECO, L. I.: Chesterton. Un escritor para todos los
tiempos. Palabra, Madrid, 2005, pp. 88 y 89.
[3] SECO, L. I.: Op.
cit., p. 91.
[4] PEARCE, J.: Op.
cit., pp. 61-62.
[5] SECO, L. I.: Op.
cit., p. 91.
[6] PEARCE, J.: Op.
cit., pp. 65 y 70.
[7] PEARCE, J.: Op.
cit., pp. 150-152.
[8] SECO, L. I.: Op.
cit., p. 295.
[9] SECO, L. I.: Op.
cit., p. 360.
[10] PEARCE, J.: Op.
cit., p. 589.
[11] SECO, L. I.: Op.
cit., p. 363.
[12] Ibídem, pp. 121-122.
14.
JACQUES MARITAIN Y RAISSA OUMANCOFF (1904)
UNIDOS POR LA BÚSQUEDA
DEL SENTIDO DE LA VIDA, ENCONTRARON LA FE
ESTANDO YA CASADOS
La infancia feliz de una niña rusa
Raissa Oumancoff nació en Rostof, sobre el
Don, Rusia, el 12 de septiembre de 1883. Cuando tenía dos años su familia se
trasladó a Marioupol, una pequeña ciudad junto al mar de Azoff. Tuvo una
infancia feliz, ligada sobre todo a los cuidados de una madre cariñosa y a la
estrecha relación con su abuelo materno, al que recordaría siempre por su
bondad, dulzura y piedad. La entrada en el liceo, a los siete años, acrecentó
su felicidad: «Entraba en el mundo del conocimiento. Me latía el corazón con
infinita esperanza. Iba yo a aprender a leer y creía que todo lo que estaba
escrito era cierto. (…) Cuanto concernía a la escuela era una fiesta para mí:
el levantarme pronto, el desafiar el frío, la nieve y el hielo, cuando nuestros
vecinos no me conducían en su trineo. (…) Había en aquel tiempo, en los
alrededores del liceo, solares no construidos donde se podía ver cómo los
primeros brotes de hierba atravesaban la nieve y anunciaban la primavera. Esta
visión, tras un largo y riguroso invierno, era una de las grandes alegrías de
mi infancia»[1].
La pequeña Raissa se sentía muy querida y
alabada por sus profesoras, que la presentaban ante sus compañeras como una
niña inteligente, estudiosa y buena. Esto suscitaba malestar entre los padres
de sus compañeras, acrecentado por proceder de familia hebrea. Sus padres,
judíos ortodoxos, emigraron a Francia en 1893
para librarse de la discriminación racial que existía en su país y buscando
mejores oportunidades educativas para ella y para su hermana pequeña Vera.
De Marioupol al exilio de París
El paso de una pequeña ciudad rusa a una gran
ciudad europea supuso un difícil periodo de adaptación para toda la familia:
«¿Cuándo empecé yo a amar a París? No sabría decirlo; eso se hizo poco a poco.
Una persona mayor necesita mucho tiempo para comprender el alma y el lenguaje
de una ciudad, y, con mayor razón todavía, una niña que viene de tan lejos por
su raza y por el lugar de nacimiento. Mi primera impresión fue de tristeza. (…)
Sólo contábamos para alojarnos con dos habitaciones en una casa bastante sombría
y que me pareció muy fea; no era aquella nuestra espaciosa casa de Marioupol,
no había patio a disposición de los niños, ni flores. (…) No, nada más que
habitaciones tristes, una casa gris, una calle estrecha. (…) Mis padres, que no
sabían una palabra de francés a la salida de Rusia, llegaron milagrosamente a
arreglárselas»[2].
Raissa y su hermana Vera ingresaron en una
pequeña escuela municipal para niñas de seis a doce años:
«Cuando nuestro padre, que nos había llevado,
nos dejó en el patio de recreo, nos encontramos de repente muy solas y muy
medrosas; en aquel momento sentí por primera vez que era una extranjera, en un
país extraño.
(…)
Experimentaba yo una sensación de decaimiento,
pero esta sensación no duró. Pronto llegó a gustarme mi escuela tanto como me
había gustado mi liceo de Marioupol. La sencillez, la bondad de las profesoras,
la gentileza de las niñas que me adoptaron y me dieron, según creo, una especie
de trato de favor, tuvieron la ventaja de tranquilizarme y de librarme de toda
timidez. Aquello fue para mí una gran ayuda, sobre todo durante los quince
primeros días de trágica prueba»[3].
Raissa era muy buena estudiante, casi siempre
la primera de la clase. A la inteligencia unía el esfuerzo constante. Era muy
responsable a sus diez años y se autoexigía mucho por motivos familiares:
«Tenía para
sostener mis esfuerzos y mi celo el
sentimiento de un deber particular: sabía que mis padres habían salido de Rusia
padeciendo las penas del exilio, la pobreza, la separación de los seres
queridos que dejaron allá y que ya jamás habrían de volver a ver; todo esto por
mi hermana y por mí, para asegurar el porvenir de nuestros estudios y las
condiciones de una vida digna y libre, al abrigo de vejaciones antisemitas.
Nada les pareció nunca difícil ni demasiado duro con tal de que me permitiera
estudiar a mi gusto. Comprendieron, antes de que yo pudiera advertirlo, que
aquella sería mi vida, la felicidad de mi vida. (…) Por eso se unió muy pronto
una viva gratitud a mis sentimientos instintivos de lealtad hacia ellos. Me he
esforzado en no defraudarles, y me sentía, por ser la primogénita, como cargada
en cierto modo de las responsabilidades de la familia»[4].
A los doce años, Raissa y Vera fueron
admitidas en una escuela más importante que la primera. Raissa se familiarizó
con la literatura clásica francesa. Le entusiasmaban, sobre todo, Racine y
Corneille. A los catorce años comenzó a plantearse problemas respecto a Dios:
«Me preguntaba si verdaderamente Dios existía. Recuerdo muy claramente que
razonaba así: si existe Dios, es también infinitamente bueno y omnipotente.
Pero si es bueno, ¿cómo permite el sufrimiento?, y, si es omnipotente, ¿cómo
tolera a los malos? No es, pues, ni omnipotente ni infinitamente bueno y, por
consiguiente, no existe. (…) Era un drama el que comenzaba para mí, y en aquel
drama me encontraba sola. Mis padres no me sirvieron de ayuda. Habían
abandonado casi todas las prácticas religiosas y la influencia de mis abuelos
estaba lejos. Sin embargo, conservaban su fe en Dios; y no creían que su hija
pudiera verdaderamente perderla; vivían en esta seguridad. En la escuela no
encontraba yo tampoco ninguna enseñanza religiosa»[5].
Raissa conoce a Jacques Maritain en La Sorbona
Raissa fue admitida en la Universidad de La
Sorbona a los 17 años. Se matriculó en la Facultad de Ciencias. No le
interesaba tanto aumentar sus conocimientos como buscar la Verdad: «Sólo busco
verdaderamente aquello de que tengo necesidad para justificar la existencia, lo
que me
parece necesario para que la vida no sea una
cosa absurda y cruel. Tengo necesidad de la alegría de la inteligencia, de la
luz de la certidumbre, de una regla de vida fundada en una verdad sin defecto.
(…) Y creía yo que las ciencias de la naturaleza eran la clave de todo
conocimiento»[6].
Raissa sufre una decepción: ninguno de los
problemas que a ella le inquietaban, en relación con la verdad y la existencia
humana, es tratado por aquellos sabios que enseñaban la estructura del universo
físico. Se evitaba todo ejercicio de la inteligencia que intentara elevarse por
encima de la simple comprobación empírica de los hechos. Pero ella necesita
conocer la naturaleza de otro modo, en sus causas y en su esencia. En
consecuencia, pierde la confianza en aquellos maestros positivistas de La
Sorbona que desprecian la metafísica.
En esta situación de desengaño conoció en 1900
a un universitario que tenía sus mismas inquietudes y preocupaciones
intelectuales. Se acercó a ella para invitarla a tomar parte en un movimiento
de protesta estudiantil contra los malos tratos de que eran víctimas los
estudiantes socialistas rusos por parte de la policía zarista. Se llamaba
Jacques Maritain. Era un año mayor que ella —había nacido en París el 18 de
noviembre de 1882 —, y pertenecía a una familia protestante.
En el momento del encuentro Jacques era ya
licenciado en filosofía por La Sorbona y estudiaba la licenciatura en ciencias,
por lo que coincidía con Raissa en algunos cursos. Los dos estaban en contra de
la enseñanza materialista del positivismo que imperaba en esa Universidad y
sentían por igual un ansia de la sabiduría metafísica que no les ofrecían sus
profesores. Tenían una misma pasión por la poesía, el arte y la justicia
social, pero la pasión que más les unía era la de abordar el problema de la verdad
y encontrar un sentido a la vida. Consideraban intolerable imaginar que la
existencia podía ser un absurdo, tal como se enseñaba en las aulas de La
Sorbona.
La atracción entre los dos fue inmediata:
«Pronto nos hicimos inseparables. (…) Después de las clases me acompañaba a
casa. Teníamos que andar un largo camino. Nuestras charlas eran interminables.
(…) Por primera vez podía yo hablar verdaderamente de mí misma, salir de mis
reflexiones silenciosas para comunicarlas, decir mis tormentos. Por primera vez
encontraba yo alguien que me inspiraba desde el primer momento absoluta
confianza; alguien de quien yo sabía
que nunca me decepcionaría; alguien con quien,
sobre todo, podría yo entenderme bien. Otro alguien había preestablecido entre
nosotros, a pesar de tan grandes diferencias de temperamento y de origen, una
soberana armonía»[7].
Una amistad que desemboca en un noviazgo
De la relación inicial de amistad pronto brotó
el enamoramiento. Raissa se sintió atraída por el mismo deseo de verdad que
tenía Jacques, al que añadía más madurez, ciencia y experiencia que ella.
Maritain evocaría muchos años después lo que sintieron el 14 de agosto de 1902.
Lo había dejado escrito en su diario: «Raissa y yo hemos sentido claramente
nuestra verdad, la de los dos, en lo definitivo. Lo que ha pasado por dentro es
inefable y divino. La sinceridad absoluta, la profunda armonía de nuestras almas
nos han llenado de una dicha inagotable. La vida, nuestra vida, nos ha
aparecido tal como debe ser, y en el silencio nos hemos hecho promesas
irrevocables»[8].
El descubrimiento de Henri Bergson y León Bloy
El ambiente de positivismo pseudocientífico,
escepticismo y relativismo que seguía reinando en La Sorbona resultaba
desesperante para quienes, como Jacques y Raissa, sentían amor por la verdad y
necesitaban encontrarla: «Esta filosofía de la verdad, esta verdad tan
ardientemente buscada, tan invenciblemente creída, no era todavía para nosotros
más que una especie de Dios desconocido. Le reservábamos un altar en nuestro
corazón, la amábamos ardientemente sin conocerla; por adelantado le
reconocíamos todos los derechos sobre nosotros, sobre nuestra vida. Pero no
sabíamos qué sería, desconocíamos cuál era el camino y cuáles eran los medios
para alcanzarla. (…) Hasta el día inolvidable en que oímos a Bergson esta idea
de la verdad, esta esperanza de descubrimientos insospechados, había sido por
todos cuantos esperábamos alguna luz implícita o explícitamente
escarnecida»[9].
Fue Charles Péguy, un prestigioso escritor
católico que despreciaba a los maestros positivistas de La Sorbona, quien
aconsejó a Jacques y Raissa que fueran a las clases que dictaba en el College
de France un filósofo que, sin ser cristiano, era espiritualista: Henri
Bergson. Los edificios del College estaban enfrente de los de La Sorbona,
separados tan solo por una calle, pero no era fácil atravesarla, por los muchos
prejuicios y desconfianza que existía entre ambas instituciones: «Quien nos
hizo atravesar la calle, quien nos hizo pasar de una casa a la otra, fue el
enemigo declarado del historicismo sorboniano: Charles Péguy»[10].
Jacques y su novia Raissa se convirtieron en
asistentes habituales de las clases del filósofo que demostraba que, por la
intuición, el ser humano es capaz de llegar a lo absoluto. Esta descripción de
Raissa coincide con la que hizo Jacques en un libro suyo: «La filosofía cientista
y fenomenista de mis maestros de La Sorbona me llevó a desesperar de la razón.
En algún momento llegué a creer que podría encontrar la certeza integral en las
ciencias. Félix Le Dantec pensaba que yo sería discípulo de su materialismo
biológico. Mi mayor deuda a los estudios de esa época en la Facultad de
Ciencias fue el encuentro, no con Le Dantec, sino con Raissa, a la que desde
entonces tuve la dicha de contar para todos mis trabajos en una perfecta y
saludable comunión. Bergson fue el primero que respondió a nuestro deseo
profundo de verdad metafísica, y el que despertó en nosotros el sentimiento de
lo Absoluto»[11].
Tras el descubrimiento de Bergson llegó el de
León Bloy. Este último les mostraría la belleza de la santidad. Jacques y
Raissa tenían muchos prejuicios hacia el catolicismo; la consideraban la
religión de los ricos. Cuando el escritor católico León Bloy los conoce, no
utiliza con ellos una apologética de demostración, sino que los anima a leer
vidas de santos. Esa experiencia borra los prejuicios de los Maritain hacia el
catolicismo, descubriendo que es la religión del Amor, la Paz, la Libertad y la
Justicia. León les aportó, además, el testimonio personal de una fe vivida
profundamente siendo muy pobre: «Bloy nos colocó ante el hecho de la santidad,
simplemente porque nos amaba. (…) Nos mostraba el catolicismo heroico, la
santidad en sus terribles pruebas, en su humildad y su divina caridad, en su
ascetismo, en la beatitud en que se realiza, en su pura armonía, en su poder,
en su belleza»[12].
Suenan campanas de boda
En 1902 Jacques y Raissa se comprometen en
matrimonio: «Éramos novios hacía dos años por lo menos cuando decidimos
casarnos sin esperar a la terminación de los estudios de Jacques. Nuestros
esponsales se habían hecho de la manera más sencilla, sin ninguna
“declaración”. Nos encontrábamos solos en la sala de mis padres. Jacques estaba
sentado en la alfombra, muy cerca de mi butaca; me pareció, de repente, que
habíamos estado siempre el uno junto al otro y que lo estaríamos siempre. Sin
pensar en ello le pasé la mano por la cabeza, él me miró, y todo fue claro para
nosotros. Se extendió en mí el sentimiento de que siempre —para mi felicidad y
salvación—, mi vida estaría unida a la de Jacques. (…) Desde aquel momento
nuestro acuerdo fue perfecto e irrevocable»[13].
Poco después Raissa se vio afectada de
gravedad por una dolencia de garganta. Tuvo que ser operada de urgencia en
condiciones médicas muy precarias, a la luz de un quinqué de petróleo. Con la
recuperación de la salud volvió la alegría de vivir. Realizaron los
preparativos de su boda civil, que se celebró el 26 de noviembre de1904. En
febrero de 1906 Raissa contrae una nueva y grave enfermedad. Jacques, muy
angustiado, reza de rodillas y ofrece aceptar el catolicismo para que ella se
cure. León Bloy le pidió a Raissa que rezara, poniéndole una medalla de la
Virgen en el cuello.
Raissa se recuperó y, tras hablarlo con
Jacques, comunicó a Bloy que los dos querían bautizarse. El 11 de junio del
mismo año son bautizados, junto a Vera Oumancof, hermana de Raissa, en la
iglesia de San Juan el Evangelista, en París. Unos días después contraen
matrimonio religioso.
Un matrimonio unido
frente a las incomprensiones, la enfermedad y la pobreza
El 25 de agosto de
1906, Raissa y Jacques parten a Heildelberg para
estudiar biología durante dos años con Hans
Driesh, becados por el legado Michonis. En esa ciudad alemana Raissa enferma de
nuevo gravemente y pide la extremaunción. Por sugerencia de León Bloy se
encomienda a Notre Dame de la Salette. Su curación fue muy rápida. En junio de
1908 regresan a París. Cuando se disponían a informar a los padres de los dos
de su conversión al catolicismo, se encuentran con que ya se habían enterado
por la indiscreción de una amiga, y estaban muy disgustados. Los padres de ella
consideraban aquella conversión una traición a la raza hebrea; los de él una
traición al progreso unido al triunfo de la Tercera República Francesa,
perseguidora del catolicismo.
Los Maritain se instalaron, junto con su
hermana Vera, en un departamento de la calle de los Feuillantines. Este regreso
a París supuso vivir la experiencia de un matrimonio feliz en medio de la
pobreza. Raissa lo evocó así: «Fue entonces cuando se planteó para nosotros el
primer problema grave en el orden práctico. Había llegado la hora de que
Jacques ocupase una cátedra de filosofía en uno de los Liceos del Estado,
derecho que le daba su título de agregado. Pero estamos en una época de
anticlericalismo tan violento, y, con razón o sin ella, ante el temor de no
tener absoluta libertad para enseñar de acuerdo con las propias convicciones de
cristiano y filósofo —de filósofo cristiano, si se quiere —, carecíamos en
absoluto de dinero. Éramos felices viviendo sin ningún ingreso seguro, aunque
tuviésemos que ganarnos la vida»[14].
Maritain consiguió un trabajo en un
Diccionario Ortográfico que le ocupó durante un año. Después le llegó el
encargo de un Diccionario de la Vida Práctica, en el que trabajó durante tres
años. En esa etapa tomó al padre Clerissac como director espiritual, quien le
sugirió leer a Santo Tomás de Aquino. Jacques manifestó el gran impacto que le
produjo el estudio de la Suma Teológica, hasta el punto de encontrar de forma
plena su vocación filosófica.
El apostolado laico de Maritain
A partir de 1910 Maritain inicia su apostolado
cristiano basado en la filosofía tomista, a través de la palabra hablada y
escrita, que perduraría
durante 60 años. Esta labor se acrecienta en
1912, desde su nombramiento como profesor de Filosofía en el Lycée Stanislas.
Se propuso introducir el pensamiento tomista en la cultura profana y en el
campo cerrado de las filosofías contemporáneas. Supo abrir sus ojos al mundo de
su tiempo, sin perder nunca el contacto con la realidad que le tocó vivir, pero
desde su lugar de pensador cristiano. El catolicismo de Maritain se proyectaba
tanto en sus conferencias, artículos y libros como en el testimonio de su vida
privada. Fue un hombre de oración. En 1913 publica su primer libro: La Filosofía Bergsoniana, y es nombrado
profesor adjunto de Historia de la Filosofía Moderna en el Instituto Católico
de París.
Dos obras que son una sola
La producción de Maritain no hubiera sido
posible sin la compañía y el apoyo permanente de Raissa. Ella estuvo a su lado
durante la época estudiantil, se convirtió con él al catolicismo y fue su fiel
esposa hasta el final de su vida. Su nombre quedó asimilado al de su marido. A
partir de su matrimonio y ya para siempre, Raissa renunció a su apellido
Oumancoff, para llamarse en su vida y en su obra Raissa Maritain.
La relación entre Jacques y Raissa fue tan
profunda que sus obras se pueden considerar como una sola. Él escribió 60
libros, pero gran parte de su pensamiento es fruto de la experiencia espiritual
de ella. Raissa, desde el segundo plano en el que quiso permanecer, fue la
inspiración de todo su trabajo y la coautora de algunas publicaciones, además
de ser autora de 12. Ella fue quien estimuló a Jacques para el estudio del
pensamiento de Tomás de Aquino.
Una de las mejores obras de Raissa es Las grandes amistades, donde narra el
encuentro del matrimonio Maritain con personajes que ejercieron una influencia
decisiva en sus vidas, entre ellos Charles Péguy, Henry Bergson y León Bloy.
Esas personas amigas les ayudaron mucho a descubrir el sentido de la vida que
estaban buscando en la época de estudiantes en La Sorbona.
Entre 1914 y 1940 la
producción de Maritain es muy grande. Algunas
publicaciones de ese período son: Introducción a la Filosofía, El orden de los conceptos, Ensayo sobre Filosofía
Cristiana, Humanismo integral.
La época del exilio en América
La guerra mundial sorprendió a los Maritain
impartiendo clases en Toronto y Nueva York. Después de la ocupación de Francia
por el ejército alemán y la formación del gobierno de Vichy, decidieron
permanecer en Estados Unidos, sobre todo para preservar a Raissa de la
persecución de la que eran víctimas los judíos. Se instalaron en el número 30
de la Quinta Avenida de Nueva York.
El dolor producido por el destierro lo refleja
Raissa de este modo: «6 de julio de 1940. No hay ya para mí porvenir en este
mundo. Para mí la vida ha terminado por la catástrofe que sumerge a Francia en
el duelo, y el mundo con ella, por lo menos todo lo que en Francia y en el
mundo va unido a los valores humanos y divinos de la inteligencia libre, de la
sabia libertad, de la universal caridad. En mucho tiempo, quizá ya nunca,
volverán a encontrar nuestros ojos a nuestra Francia querida. Quizá no volvamos
a ver jamás en este mundo a quienes nos son queridos sobre todo. (…) París, ¡oh
ciudad querida cuyo nombre no puedo escribir sin nostalgia profunda, sin
inmenso dolor; oh ciudad que quizá no vuelva a ver de nuevo, que quizá haya
abandonado para siempre! Tú que has alimentado mi alma de verdad y de belleza,
tú que me has dado a Jacques, y a mi padrino León Bloy, y a tantos amigos
preciosos que embellecieron los días de nuestra vida en tu recinto. ¡Oh ciudad
del gran sufrimiento y del gran amor!»[15].
Durante esa etapa, que duraría cinco años,
Maritain impartió clases en las Universidades de Princeton y Columbia y
escribió varios libros contra el fascismo y el nazismo, denunciando su
ideología anticristiana: A través del desastre; Cristianismo y
democracia; El crepúsculo de la civilización; Los derechos del hombre y la ley
natural; Principios de una política humanista; De Bergson a Santo Tomás de
Aquino.
El 10 de noviembre de 1944, contra lo que
había supuesto Raissa, los Maritain pudieron regresar a Francia, tras la
derrota del nazismo. Los méritos adquiridos por Jacques durante la guerra
hicieron que De Gaulle le nombrara Embajador de Francia ante la Santa Sede (se
había declarado simpatizante de la resistencia francesa y tenía mucho prestigio
por sus clases y sus libros). Cuando presentó sus credenciales, el Papa Pío XII
le dijo estas palabras: «Apreciamos y saludamos en Vuestra Excelencia a un
hombre que, haciendo abiertamente profesión de su fe católica y de su culto por
la filosofía del Doctor Común, pone a disposición sus ricas cualidades al
servicio de los grandes principios doctrinales y morales que, sobre todo en
estos tiempos de universal desorden, la Iglesia no cesa de inculcar en el
mundo».
Pío XII se identificaba con el pensamiento de
Maritain y valoraba mucho su labor de renovación y difusión del tomismo.
Durante la estancia de Maritain en Roma (1944-1948) oía Misa todos los días en
la capilla privada del Papa y recibía la Comunión de sus manos. En 1948
Maritain renunció a la Embajada, con el fin de disponer de más tiempo para su
obra intelectual y apostólica. A partir de ese año publicó, entre otros libros,
los siguientes: La persona y el bien
común; Razón y razones; El hombre y
el Estado; Nueve lecciones sobre las nociones primeras de la filosofía moral;
La intuición creadora en el arte y la poesía; Por una filosofía de la Historia;
Para una filosofía de la Educación.
Muerte de Raissa y desconsuelo de un esposo enamorado
El 4 de noviembre de 1960 muere Raissa, tras
55 años de intensa y fiel unión conyugal. Fue un golpe muy duro para Jacques,
ya que perdió a la compañera de casi toda su vida. Sus restos fueron sepultados
en Kolsheim, en Francia. Sólo a partir de ese doloroso suceso Jacques descubre
los diarios íntimos de su esposa, y queda admirado por aquella profundidad
espiritual hasta entonces oculta. Esos documentos recogen la intensa vida de
oración de su autora y su vocación como contemplativa en
Maritain publicó dos libros con textos de su
esposa: La contemplación sobre los caminos y Diario de Raissa.
También mostró claramente su reconocimiento
a Raissa en dos de sus nuevos libros: Carnet
de notas y El campesino del Garona.
En este último escribió lo siguiente: «Quiero mencionar, entre los inmerecidos dones que he recibido de Dios, el
más grande: haber compartido durante cerca de 55 años, desde nuestro bautismo,
la vida de dos seres benditos, Raissa y su hermana Vera, quienes, en el seno
mismo de las tribulaciones de una existencia muy agitada, fueron, sin
desfallecer un instante, fieles a la oración contemplativa, y estuvieron
entregadas totalmente a la unión de amor con Jesús, al amor de su Cruz y a la
obra que, a través de semejantes almas, prosigue en medio de los hombres. Ellas
me enseñaron lo que es la contemplación en el mundo. Yo era un rezagado, un
obrero del intelecto, expuesto por ello mismo a creer que vivía realmente
ciertas cosas porque mi cabeza las comprendía un poco y porque mi filosofía
disertaba sobre ellas. Pero fui enseñado, y bien enseñado, por la experiencia,
los dolores y las luces de esas dos almas fieles. Es lo que me anima a tratar
de rendirles homenaje al hablar aquí de cosas que me sobrepasan, aunque a
sabiendas de que el haber sido enseñado por el ejemplo no hace más fácil el
traducir en ideas y palabras lo que así he aprendido»[16].
Maritain intensificó su vida contemplativa en
sus últimos años, pero sin desentenderse de los problemas de su tiempo. Fue un
gran intérprete de su tiempo en clave cristiana. En 1963 se le otorgó el Gran
Premio de Letras de Francia. Dos años después el Papa Pablo VI le pidió que, en
representación de los intelectuales del mundo cristiano, recibiera públicamente
en la Plaza de San Pedro de Roma las Actas del Concilio Vaticano II. El Decreto
acerca de la libertad religiosa recogía muchas ideas del filósofo que anteriormente
habían sido acusadas de heréticas.
Maritain ejerció el apostolado laico del modo
recomendado por el Concilio: con el ejemplo de su vida, el testimonio de su fe
y la difusión de mensajes orales y escritos. El 28 de abril de 1973 murió en
Tolosa (Francia) a los 91 años de edad. El 2 de mayo fue enterrado junto a su
esposa en Kolbsheim.
Jacques Maritain
publicó cómo se desarrolló la etapa inicial de su matrimonio
El Cuaderno de Notas de Maritain, publicado en
1965, nos permite conocer cómo fueron los primeros años de su vida conyugal. El
28 de octubre de 1906, durante la estancia de los Maritain en Heidelberg, en su
segundo año de casados, escribió en su diario aquellas cualidades personales de
Raissa que le habían enamorado y aún seguía admirando: «Bondad. Pureza. Raissa
siempre va hasta el fin, con una intención recta y una voluntad entera. En su
valor no hay cálculo, ni defensa en su piedad. Donde no hay belleza se ahoga y
no puede vivir. Siempre ha vivido para la verdad; nunca ha resistido a la
verdad. Jamás ha planteado dificultades a su espíritu ni mentido a su dolor. Da
siempre sin retener nada. Lo que importa a su corazón como a su entendimiento
es la realidad esencial; ninguna cosa accesoria podría hacerle vacilar. Su
pensamiento, su talento siempre se dirige a la intuición. Como toda ella es
interior, toda ella es libre. Su razón solo con lo real puede satisfacerse, su
alma solo con lo absoluto»[17].
Otra anotación de Maritain en su diario, hecha
el 20 de junio de 1907 en la misma ciudad, expresa muy bien cómo eran las
relaciones conyugales en el tercer año de vida matrimonial: «Raissa me lleva a
Schloss, bajo los hermosos árboles verdes, inacabablemente verdes, cuya sombra
es un paraíso de frescor donde uno se sumerge como un buen nadador en las olas.
Alegría de salir con mi querida amiga, como dos buenos esposos que se pasean un
día de fiesta entre esta gente de burgueses endomingados. Mi corazón tiembla
viendo a Raissa tan tierna y tan buena, y sintiendo su alma inocente vibrar por
así decirlo en torno a ella como esos cálidos rayos que hacen temblar el aire»[18].
Raissa evoca el
creciente amor mutuo en el otoño de la vida matrimonial
El Diario de Raissa, publicado por Jacques
en 1966, ofrece una información muy valiosa sobre el amor conyugal en los
últimos años del matrimonio. En enero de 1936 Raissa escribió en su diario unas
palabras: «a Jacques» en Meudon, que expresan, de forma apasionada, tanto su
disposición de amar mejor como su necesidad de seguir siendo amada: «Sigue
amándome así, necesito mucho amor para vivir, y sé que yo debo amar “como no
amando”, en el sentido de san Pablo, y más allá del sentido de san Pablo. ¡Qué
terrible vocación! Por ello Dios ha puesto junto a mí tu maravillosa ternura.
¿Junto a quién hubiera podido yo vivir tal vocación si no junto a ti? Y, desde
ahora, en un enajenamiento extraordinario de todo conocimiento»[19].
El 25 de enero de 1944, en Nueva York, durante
su exilio en América, Raissa escribió en su diario un fragmento de una carta
dirigida a Jacques. Son palabras de consuelo y de deseo de felicidad ante una
contradicción sufrida por su esposo: «Si hay algo en este mundo que no pueda
soportar es que te sientas desgraciado. Deseo con todo mi corazón que ese
“momento de tristeza” que inspiró tu carta del sábado por la mañana, sólo haya
sido un momento. Has sido víctima de una ilusión agobiadora, pues en la inestabilidad
e inseguridad de nuestra vida, nada hay de lo que seas responsable. (…) Estas
amarguras habrán sido numerosas en nuestra vida, son nuestra parte en la cruz
de Jesús, y en el fondo del alma nunca las hemos rechazado. Espero que Dios nos
otorgue la gracia de soportarlas cada vez mejor con el progreso de la vida
hacia la muerte y, por fin, hacia la vida con Dios. (…) En lo que se refiere a
nuestra vida, a mi vida contigo, doy gracias a Dios con toda mi alma. Me ha
concedido una suerte maravillosa, la mejor que se me podía destinar. Junto a ti
he encontrado toda la dulzura y la luz de la que tenía y tengo necesidad. Yo
habré tenido las primicias y la parte más dulce de esta luz. Y tu amor que me
habrá rodeado siempre, reconfortado, dado el valor de vivir. Sé tú también
feliz, Jacques querido, tanto como es posible serlo en este mundo. Ten valor,
querido. Nosotros somos de aquel que venció al mundo»[20].
[1] MARITAIN, R.: Las
grandes amistades. Desclée de Brouwer, Buenos Aires, 1954, pp. 16-17.
[2] Ibídem, p. 25.
[3] Ibídem, pp. 26-27.
[4] Ibídem, pp. 28-29.
[5] Ibídem, p. 33.
[6] Ibídem, pp. 43-44.
[7] Ibídem, pp. 45-46.
[8] MARITAIN, J.: Cuaderno de notas. Desclee de Brouwer,
Bilbao, 1967, p. 24.
[9] MARITAIN, R.: Las grandes amistades, pp. 78-79.
[10] Ibídem, p. 77.
[11] MARITAIN, J.: Confesión de Fe. Editions de la Maison
Francaises, 1941.
[12] MARITAIN, R.: Las grandes amistades, pp. 135-137.
[13] Ibídem, p. 95.
[14] Ibídem, p. 179.
[15] Ibídem, pp. 9 y 24.
[16] MARITAIN, J.: El campesino del Garona. Desclée de
Brouwer, Bilbao, 1967, pp. 257-258.
[17] MARITAIN, J.: Cuaderno de Notas, p. 44.
[18] Ibídem, p. 53.
[19] MARITAIN, J.: Diario de Raissa, p. 219.
[20] Ibídem, pp. 250-251.
15.
ANTONIO MACHADO Y LEONOR IZQUIERDO (1909)
UN AMOR QUE SUPERÓ LA
BARRERA DE LA EDAD Y SE ENGRANDECIÓ CON LA
ENFERMEDAD
La infancia sevillana de Machado
Antonio Machado nació el 26 de julio de 1875
en Sevilla. Aunque dejó esa ciudad a los ocho años, le quedó un recuerdo
imborrable de ella, ligado a una infancia feliz y, a veces, añorada:
Mi
infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura
el limonero; mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos
casos que recordar no quiero.
(Poema XCVII)
El paisaje de la tierra en la que vivía fue tema permanente de
sus versos desde niño; no el paisaje aislado, sino fundido con el ser humano:
Las plazas y los
naranjos encendidos
con sus frutas
redondas y risueñas.
Tumulto de pequeños
colegiales
que al salir en
desorden de la escuela,
llenan el aire de la
plaza en sombra
con la algazara de sus
voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades
muertas!
¡Y algo nuestro de
ayer, que todavía
vemos vagar por estas
calles viejas!
(Poema III)
Antonio fue el segundo de cinco hermanos de
una familia «liberal». Confesaría tener en sus venas «gotas de sangre jacobina»
y un arraigado republicanismo[1].
El padre, Antonio Machado Álvarez, era abogado
y licenciado en Letras. Amigo de Joaquín Costa y de Francisco Giner de los
Ríos, publicó muchos estudios sobre el folclore andaluz y gallego, colaboró con
la prensa republicana e influyó en la afición de sus hijos por la poesía. Su
madre, Ana Ruiz, mujer sevillana con carácter, era hija de un armador de la
ciudad. Su abuelo, Antonio Machado Núñez, era médico y profesor de Ciencias
Naturales.
La imagen de su admirado padre permanecería
siempre viva en Antonio. No olvidaría las coplas que le enseñó, ni las
excursiones de caza que hicieron juntos. En un emotivo poema, escrito en marzo
de 1916, evocaría la figura paterna con mucha ternura:
Ya casi tengo un
retrato
de mi buen padre, en
el tiempo,
pero el tiempo se lo
va llevando.
Mi padre, cazador en
la ribera
del Guadalquivir ¡en
un día tan claro!
Es el cañón azul de su
escopeta
y del tiro certero el
humo blanco.
Mi padre en el jardín
de nuestra casa,
mi padre, entre sus
libros, trabajando.
Pasea oh padre mío
¡todavía!
estás ahí, el tiempo
no te ha borrado.
Ya soy más viejo que
eras tú, padre mío, cuando me besabas.
Pero en el recuerdo,
soy también el niño que tú llevabas de la mano.
¡Muchos años pasaron sin que yo te recordara, padre mío!
¿Dónde estabas tú esos
años?
La familia vivía en una parte del palacio de
las Dueñas, alquilado por sus propietarios, los Duques de Alba. En ese hogar
existía un marcado ambiente cultural «progresista» que influiría en la
educación de los hijos. Con frecuencia se celebraban allí animadas tertulias de
intelectuales y artistas moderadas por el abuelo. Desde los cinco años, Antonio
asiste en Sevilla a la escuela de Antonio Sánchez, evocada en estos versos:
Una tarde parda y fría
de invierno. Los
colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los
cristales.
Con timbre sonoro y
hueco
truena el maestro, un
anciano
mal vestido, enjuto y
seco,
que lleva un libro en
la mano.
Y todo un coro
infantil
va cantando la
lección:
“mil veces ciento,
cien mil;
mil veces mil, un
millón”.
(Poema V)
La juventud de Machado en Madrid
En 1883 su abuelo es nombrado profesor de la
Universidad Central de Madrid, y toda la familia se traslada con él a esa
ciudad. Antonio prosigue sus estudios en la Institución Libre de Enseñanza, a
la que acude con su hermano Manuel. En 1893 muere su padre de tuberculosis. A
partir de ese momento los problemas económicos de la familia le obligarían a
interrumpir varias veces sus estudios.
Antonio realiza
su primer viaje
a París en
1899, donde vive
su
hermano, el poeta Manuel, con quien, en lo
sucesivo, emprenderá una carrera conjunta como autor dramático. En esa ciudad
trabaja de traductor para la Editorial Garnier y conoce a Pío Baroja y a Oscar
Wilde. En 1900 trabaja como actor de teatro y obtiene el grado de bachiller en
el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. Un año después publica sus primeras
poesías en la revista Electra.
Su segundo viaje a París lo realiza en 1902, y
conoce allí a Rubén Darío. Al regreso, en 1903, publica su primer libro, Soledades, que había sido escrito entre
1899 y 1902. Esta obra fue muy bien recibida por los intelectuales, incluido
Rubén Darío.
De 1903 a 1906 colabora desde Madrid con
varios periódicos y revistas literarias. Aunque es ya un poeta consagrado, sus
ingresos económicos no le permiten vivir dignamente. Por eso, en 1906 decide
usar sus conocimientos de francés. Con 32 años, prepara las oposiciones a
cátedra de Lengua francesa para institutos de segunda enseñanza. Las gana al
año siguiente y es destinado al Instituto de Soria. En ese mismo año publica
con gran éxito Soledades, Galerías y
otros poemas.
Machado descubre Soria y a Leonor
Antonio llegó a Soria el 4 de mayo de 1907.
Por estar terminando el curso, se limitó a tomar posesión de su cátedra y
regresó a Madrid. En septiembre del mismo año volvió a Soria para quedarse. Se
hospedó primero en una pensión de la calle Collado, pero en diciembre se
trasladó a otra de la calle Estudios, de la que eran propietarios Isabel Cuevas
y su esposo Ceferino Izquierdo.
En 1907 el poeta se encuentra ejerciendo la
docencia, a la que no se siente llamado, y viviendo lejos de su querida
capital, donde está el cogollo del mundo literario. No estaba preparado para
enseñar ni para la vida en provincias. Por eso, cuando en el verano de 1908 se
entera de que existe una cátedra de francés vacante en el Instituto San Isidro
de Madrid, comunica al Ministerio de Instrucción Pública su deseo de participar
en las oposiciones. Sin embargo, no llegó a opositar. Cabe suponer que la razón
fue que ya estaba enamorado de Leonor Izquierdo
Leonor era sobrina de la dueña de la pensión
en la que vivía Machado. Aunque había nacido en Almenar, un pueblecito cercano
a Soria, desde 1906 se alojaba en esa pensión. Conoció a Machado el 21 de
septiembre de 1907. En aquel momento tenía tan solo 13 años. Machado descubrió
con ella el amor auténtico. Pero había un problema: él era muy tímido con las
mujeres y, además, temía ser rechazado. Por ello ideó declararse con un poema
que dejó al alcance de Leonor simulando un descuido. El objetivo se encerraba en
los tres últimos versos:
Y la niña que yo
quiero,
¡ay! preferirá casarse
con un mocito barbero.
Parece que Leonor tuvo realmente un joven
pretendiente barbero. Tanto la chica como sus padres prefirieron al poeta. ¿Por
qué le aceptó ella a pesar de que le doblaba la edad? Un posible motivo es que
Leonor quedó deslumbrada por la cultura y humanidad de aquel forastero; otro,
que le encantaban los versos; y un tercer motivo: aquel señor mayor tenía un
talante opuesto al de su autoritario y violento padre. Seguramente Leonor vio
en él, al principio, al padre bondadoso y cariñoso que no pudo tener[2].
Una boda entre dos personas de edades muy dispares
Tras esperar a que Leonor tuviera la edad
legal para casarse, 15 años, contrajeron matrimonio el 30 de julio de 1909, a
las 10 de la mañana, en la iglesia de Santa María la Mayor de Soria. La
ceremonia fue oficiada por el capellán del Instituto. Antonio estuvo acompañado
de su madre y tres hermanos, venidos de Madrid.
En un día tan feliz los contrayentes tuvieron
que sufrir las burlas de un grupo de jóvenes por ser una boda de dos personas
de edades muy dispares (34 y 15 años). En el viaje de novios Antonio y Leonor
se dirigen inicialmente en tren a Barcelona, pero al llegar a Zaragoza
encuentran las comunicaciones cortadas debido
al estallido de la «Semana trágica» (una protesta general contra la decisión
del gobierno de Maura de enviar reservistas a la guerra de Marruecos). Cambian
sus planes y viajan a Fuenterrabía, donde pasan todo el verano. En otoño
regresan a Soria, a su casa de la plaza de los Teatinos. Antonio escribe
intensamente. Dedica su tiempo libre a leer y pasear. Descubre Soria, con sus
campos y sus hombres, y, a través de ello, Castilla.
En contra de la primera impresión de su
llegada a Soria, más adelante confesaría que la estancia en esa ciudad fue el
período más decisivo y feliz de su vida, ya que allí se casó con la mujer que
adoró y que no olvidaría nunca. Antonio y Leonor se sentían muy unidos y
felices en su matrimonio. Con frecuencia caminaban juntos a orillas del río
Duero, por el paseo entre San Polo, ruina románica de una fortaleza templaria,
y San Saturio, la ermita del patrón de la ciudad. En esta época el poeta
escribe mucho. Publica sus Primeros
Proverbios y Cantares y trabaja intensamente en un libro que, cuando se
publique, se titulará Campos de Castilla.
En octubre de 1910 Machado realiza una
esforzada excursión, sin la compañía de Leonor, hacia las fuentes del Duero, en
la cima del monte Urbión, atravesando ríos, lagunas y bosques, en los que
perduran leyendas impresionantes. Una de ellas, contada por un campesino, le
inspiró su obra La tierra de
Alvargonzález, que escribiría primero en prosa y luego en verso.
Una segunda luna de miel tronchada por la enfermedad
En enero de 1911 Antonio y Leonor, que siguen
muy enamorados, realizaron su sueño de conocer juntos París. El viaje fue
financiado con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios. Se alojaron en
un hotelito de la calle Perronet. Sería una segunda luna de miel. Antonio
actualiza sus conocimientos de gramática histórica y filología medieval
francesas. Asiste también a los cursos de Henri Bergson, un filósofo vitalista
muy admirado por él. Y le queda tiempo para terminar de escribir La tierra de Alvargonzález.
Acariciaba el proyecto
de pasar el verano con Leonor en la región de Bretaña, pero los planes quedaron
descartados ante la llegada de la enfermedad. El 14 de julio Leonor se siente
muy mal; tiene un vómito de sangre, síntoma de tuberculosis. Antonio, desesperado,
recorre toda la ciudad sin encontrar un médico, debido a que ese día París está
de fiesta. Al día siguiente ingresa a Leonor en una clínica. Allí permanecerá
todo el verano con su angustiado marido en la cabecera de la cama. En
septiembre los médicos autorizan la salida, pero Antonio carece de recursos
económicos para el traslado a España. Le pide ayuda a Rubén Darío, que se la
concede. El matrimonio llega a Soria el día 20 del mismo mes.
Leonor empeoraba cada día más. Antonio le
entregó un ejemplar de su reciente libro Campos
de Castilla, publicado en junio de 1912 con esta dedicatoria: «A mi
Leonorina de mi alma».
A finales de julio de 1912, comienza la
agonía. El 31 de ese mes Leonor recibe el Santo Viático. Antonio sostiene las
manos de su mujer entre las suyas hasta el final. Muere el 1 de agosto y es
inhumada en el cementerio católico municipal. A pesar de su deseo de luchar
contra el dolor y la soledad, Antonio no resiste más de una semana en el lugar
de su tragedia. El 8 de agosto de 1912 se traslada a Madrid. Intenta conseguir
una cátedra en esa ciudad pidiendo su apoyo a Giner de los Ríos, quien se lo
deniega.
De Soria a Baeza
El 30 de agosto de 1912 se anuncia un concurso
de traslado para proveer la vacante de Lengua Francesa en el Instituto de Baeza
(Jaén). Machado la solicita, y el 15 de octubre la obtiene. Llega a Baeza el 1
de noviembre acompañado de su madre. En ese mismo año publica La tierra de Alvargonzález.
La primera impresión de Baeza fue muy mala,
sobre todo por la falta de inquietudes de la gente y por las hirientes
diferencias de clase. Antonio se rebela contra la mediocridad del ambiente.
Habla de la superioridad espiritual de las tierras pobres del alto Duero, pero,
sin
embargo, no se queda pasivo: «Se siente
prisionero en aquella atmósfera de tedio y monotonía que se respira, pero no
por ello se enclaustra en sí mismo. Antonio ya ha decidido que su vida de poeta
tiene razón de ser en función del “tú”, de los otros, y por ello se dispone a
conocer, a entender a aquellas gentes, a aquellas tierras, nuevas para él.
Aunque la presencia de Castilla, y de Soria en particular, permanezca
indeleblemente grabada en su pensamiento, se irá suavizando con el tiempo, a
medida que profundice en lo que ahora le rodea. Este período de su vida, entre
1912 y 1919, será uno de los más importantes en la historia de nuestro poeta»[3].
Antonio entra en contacto con lo popular andaluz e inicia su compromiso con una
España que necesita un cambio social.
Machado se ve a sí mismo como filósofo y poeta
En mayo de 1913 remite a Juan Ramón Jiménez un
documento autobiográfico para una antología que está preparando Azorín. Veamos
algunos fragmentos: «No tengo vocación de maestro y mucho menos de catedrático.
Procuro, no obstante, cumplir con mi deber. Mis lecturas han sido especialmente
de filosofía y de literatura, pero he tenido afición a todas las ciencias. (…)
Tengo un gran amor a España y una idea de España completamente negativa. (…) En
el fondo soy un creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible.
Siento una gran aversión a todo lo que escribo, después de escrito, y mi mayor
tortura es corregir mis composiciones en pruebas de imprenta. Esto explica que
todos mis libros estén plagados de erratas. Mi gran pasión son los viajes. (…)
No he sido nunca mujeriego y me repugna toda pornografía. Tuve adoración a mi
mujer y no pienso volver a casarme»[4].
Entre 1913 y 1915 Machado colabora en varias
revistas literarias, principalmente en La
Lectura y España. En 1915, con 40 años, comienza sus estudios de
Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid como alumno
libre. Más de una vez confesó que la filosofía fue una afición de toda su vida.
Firma el manifiesto de intelectuales a favor del bando de los aliados durante
la Segunda Guerra Mundial. Mientras estudia Filosofía anota muchas reflexiones
personales que más adelante
atribuiría a dos personajes de ficción: «Abel
Martín» y «Juan de Mairena».
En 1917 conoce al joven poeta granadino
Federico García Lorca. En ese año se realizan las primeras ediciones de Poesías completas y de Páginas escogidas.
De Baeza, a Segovia y Madrid
En 1919 Machado se traslada a Segovia como
profesor de instituto. La prensa local se hace eco de la llegada del poeta y
reproduce algunos de sus poemas. Vive en una pensión modesta que actualmente se
conserva como museo. Viaja en tren los fines de semana a Madrid. Crea, con la
colaboración de algunos compañeros de tertulia, la Universidad Popular de
Segovia: una institución libre y popular, abierta a todo tipo de personas.
Durante su estancia en esa ciudad escribe para varias revistas, principalmente España, Revista de Occidente y Alfar. Es
nombrado académico y estrena dos obras de teatro en colaboración con su hermano
Manuel: Juan de Mañara y La Lola se va a los puertos.
Desde 1928 hasta el comienzo de la Guerra
Civil española mantiene una relación amorosa secreta con una mujer que en sus
versos llama Guiomar. Cinco años
después se traslada a Madrid como catedrático del Instituto Calderón de la Barca. Estrena conjuntamente con Manuel
la obra de teatro La duquesa de Benamejí.
En 1935 es catedrático del Instituto Lope de Vega de Madrid.
En el verano de 1936 el ambiente de Madrid
estaba muy tenso. Las fuerzas de derecha están enfrentadas con las del Frente
Popular. Las «dos Españas», a las que se había referido tanto Machado, están a
punto de protagonizar una guerra fraticida. Al poeta le llega la noticia de la
trágica muerte de Federico García Lorca. Más tarde le dedicaría un poema
titulado La muerte fue en Granada.
Aunque Machado quería seguir en Madrid, sus amigos poetas Rafael Alberti y León
Felipe, le aconsejan que salga de la ciudad.
En ese mismo año publica un libro de ensayos
que expresan su pensamiento filosófico, Juan
de Mairena.
De Madrid al exilio y
a la muerte en Collioure
El 25 de noviembre Machado partirá con su
madre y con sus hermanos José, Francisco y Joaquín, hacia Valencia. Pero antes
de la salida del convoy, el Quinto Regimiento ofrece un almuerzo al grupo de
viajeros evacuados, todos ellos intelectuales. Antonio dio las gracias en
nombre de sus compañeros. La familia Machado se alojó en un chalet del pueblo
de Rocafort, a pocos kilómetros de la ciudad de Valencia, en pleno campo.
Aunque su salud es muy débil, Antonio no deja de trabajar.
El 11 de diciembre de 1936, el ministro de
Instrucción Pública, el comunista Jesús Hernández, inaugura en la plaza Emilio
Castelar de Valencia una «Tribuna de Agitación y Propaganda». En una pantalla
se proyectan escenas y consignas de la lucha contra el fascismo. León Felipe
recita un poema sobre «la heroica defensa de la capital». Luego interviene
Machado, que recita «El crimen de Granada», en el que denuncia el asesinato de
García Lorca.
En 1937 Machado se adhiere a dos manifiestos
de los intelectuales españoles antifascistas. Su hermano Manuel, en cambio, se
había convertido en uno de los principales panegiristas de Franco, lo que
Antonio consideró una traición. En marzo de 1938 Antonio se traslada a
Barcelona con su madre y su hermano José. Tiene la oportunidad de relacionarse
con León Felipe y José Bergamín. Se siente viejo y enfermo. En julio de ese año
publica tres artículos muy críticos sobre la sublevación militar contra la
República. A finales de diciembre se inicia la ofensiva del bando de los
«nacionales» contra Cataluña. En ese momento las autoridades republicanas
aconsejan a Machado que se prepare para salir en dirección a Francia.
En la noche del 22 de enero de 1939, un coche
oficial recoge a los Machado y se une a una caravana de vehículos, en la que
hay varias ambulancias, que marchan hacia Francia. El día 23 llegan a Gerona,
una ciudad saturada de vehículos llenos de gente que huyen hacia la frontera.
Cuando la caravana está a 25 kilómetros de la frontera empeora mucho el tiempo
y la carretera queda bloqueada por la multitud de autos y de caminantes. A ello
se une el temor a ser bombardeados por la aviación enemiga. Tras atravesar la
frontera, consiguieron llegar a la estación de
Cerbère, donde tuvieron la suerte de eludir
ser embarcados en un tren que se dirigía a «campos de refugiados». En realidad
eran campos de concentración. En esa estación pasan la noche en un vagón de
ferrocarril situado en vía muerta. Al día siguiente, gracias a las gestiones de
Corpus Barga, consiguen que la Embajada española en París tome a su cargo los
gastos de la familia Machado. Luego se dirigen en tren al cercano pueblo
pesquero de Collioure, sin dinero ni pertenencia alguna. Se instalan en un hotel.
Machado, con dificultad, logra dar algunos
pequeños paseos por el pueblo, pero a mediados de febrero empezó a fallarle el
corazón. Murió el 22 de febrero de 1939. Unos días después de su muerte, su
hermano José encontró en un bolsillo un papel arrugado con su último verso:
«Estos días azules y este sol de la infancia». Dos días después murió su madre[5].
* * *
Cómo amó Antonio Machado a Leonor
El enamoramiento de Antonio Machado merece
estar en las mejores antologías del género. Fue un amor auténtico probado:
superó la gran diferencia de edad y los consiguientes respetos humanos; anuló
el proyecto inicial de salir cuanto antes de Soria; originó sus versos más
inspirados. Machado definió su amor por Leonor como un «Eros con alas», en
contraposición al «Eros sin alas» de amoríos anteriores. A través de Abel Martín afirma que el gran incentivo
del amor no es la atracción física del otro, sino «la sed metafísica de lo
esencialmente otro». Con ello nos está diciendo que el amor no debe confundirse
con el instinto.
El instinto es mera atracción física o carnal
hacia el otro. El amor, en cambio, es atracción por la persona entera del varón
o de la mujer. Si no fuera así se produciría una despersonalización de la
relación entre el hombre y la mujer: sería simplemente una relación de un
varón-objeto con una mujer-objeto.
La esencia del amor es
la complacencia en la existencia de una determinada persona, seguida de la
inclinación y unión al bien que encierra esa existencia. El amante auténtico no
se conforma con el querer sensible, con un querer que se refiere solamente a lo
que el otro tiene de concreto y repetible —cualidades físicas captadas por los
sentidos externos—; aspira al encuentro personal con el amado en cuanto persona
única e irrepetible. La persona necesita ser amada en sí misma y por sí misma,
y no por el placer o la utilidad que pueda proporcionar.
Los poemas amorosos que se refieren a Leonor
no expresarán nunca una pasión erótica, sino sentimientos profundos: cariño,
soledad, dolor, melancolía, nostalgia… La mayoría son poemas evocadores, llenos
de lirismo, como el siguiente:
Allá, en las tierras
altas,
por donde traza el
Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria,
entre plomizos cerros
y manchas de raídos
encinares,
mi corazón está
vagando, en sueños…
¿No ves Leonor, los
álamos del río
con sus ramajes
yertos?
Mira el Moncayo azul y
blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la
tierra mía,
bordados de olivares
polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado,
pensativo y viejo.
(Poema CXXI)
En la vida matrimonial de Antonio y Leonor el
amor se hizo mutua compañía. Así lo expresan episodios como los frecuentes
paseos por la orilla del Duero y la segunda luna de miel con el viaje a París.
El hecho de que Antonio y Leonor compartieran el gusto por la poesía favoreció
también la existencia de una convivencia intensa y enriquecedora para los dos.
El amor de entrega de
Antonio: lo deja todo para cuidar a su mujer
Cuando Leonor ingresa en un hospital de París,
Antonio no se separa de la cabecera de su cama. Y cuando, tras una breve
mejoría, vuelve a recaer con la llegada del frío invierno soriano, Antonio
abandona todo para cuidarla con inmensa ternura, confiando que resista hasta la
llegada de la primavera: «Ella necesita respirar aire puro y Antonio, caminando
pesadamente, empuja todos los días un carrito que conduce a Leonor hacia el
Mirón. Allí alquila una casita para refugiarse cuando llueve. Cuando vuelven a
su casa de la plaza de los Teatinos, Antonio permanece inmóvil junto a la joven
enferma y la atiende amorosamente. De aquella época tristísima es el poema
titulado “A un olmo seco”; intento desgarrado de esperanza por parte del poeta
que aún confía en un milagro imposible»[6]. Los versos del poema
expresan un sentimiento ambivalente de angustia esperanzada:
Al olmo viejo, hendido
por el rayo
y en su mitad podrido,
con
las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido.
Mi corazón espera
también hacia la luz y
hacia la vida,
otro milagro de la
primavera.
(Poema CXV)
Ese episodio ejemplifica perfectamente que
amar conlleva darse, entregarse, dar de la propia vida, renunciando a lo que es
propio[7].
El episodio nos hace ver también que la donación propia del
matrimonio no es parcial, sino total, y que es ilimitada en el tiempo:
«El auténtico amor humano es, como el divino,
donación y entrega de una persona a otra. El amor es, en cierto sentido, salir
de sí mismo para vivir para el otro. Por eso el gran obstáculo para el
matrimonio y la familia es el mismo que tiene el amor: el egoísmo, que lleva a
centrarse en uno mismo, encerrarse en sí mismo, vivir para sí mismo. De ahí que
en
el matrimonio no basta vivir el uno al lado
del otro para decir que se quieren. Ni siquiera es amor entregar sólo algo, por
ejemplo, el propio cuerpo en la relación conyugal, porque amar no es “dar
cosas”, sino darse a la persona entera, y la donación es entera cuando se da
total y para siempre, por eso el amor es indisoluble. No poner en la base del
amor la entrega personal es apoyarlo en arenas movedizas y así no se puede
edificar nada sólido»[8].
El dolor y la nostalgia interminable por el amor perdido
El milagro esperado no se produjo. La muerte
de Leonor sumió a su marido en una gran depresión. Antonio expresó su profundo
dolor en unos sentidos versos:
Señor, ya me
arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios
mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo,
Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos
solos mi corazón y el mar.
(Poema CXIX)
El recuerdo de lo vivido le ayuda a seguir
viviendo espiritualmente con Leonor. Así se ve en una carta a su admirado
maestro Miguel de Unamuno, en la que le expresa sus sentimientos: «La muerte de
mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical
segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el
amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir,
hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada de extraordinario en
este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo
que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto me consuelo
algo. Tengo a veces esperanza. (…) Mientras luché a su lado contra lo
irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella,
al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy
vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar.
Paciencia y humildad»[9].
La del caminante es una figura muy utilizada
por el poeta. Quien camina dialoga con el paisaje mientras va en busca de su
destino. En un poema de Soledades el
tema del viajero es la nostalgia por el amor perdido:
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las
colinas
doradas, los verdes
pinos,
las polvorientas
encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando
viajero
a lo largo del
sendero.
—La tarde cayendo
está—.
«En el corazón tenía
la espina de una
pasión;
logré arrancármela un
día:
ya no siento el
corazón» (...)
La tarde más se
oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y
desaparece.
Mi cantar vuelve a
plañir:
«Aguda espina dorada,
quién te pudiera a
sentir
en el corazón
clavada.»
(Poema XI)
Lejos ya la etapa de la vida en tierras
sorianas, Machado recorría con frecuencia, solo y a pie, los nueve kilómetros
del camino de Baeza hasta Úbeda. En estos paseos la nostalgia no le abandona:
Caminos de los campos…
Ay, ya no puedo
caminar con ella.
El recuerdo del amor perdido conlleva pena,
pero mantiene al corazón vivo; sufrir por amor es preferible a olvidar y a
dejar de sufrir, porque el corazón que no ama está muerto.
[1] GIBSON, I.: Ligero de equipaje. La vida de Antonio
Machado. Aguilar, Madrid, 2006, p. 405.
[2] Ibídem, pp. 207-214.
[3] SORIANO, M.: Antonio Machado. Club Internacional del
libro, Madrid, 2002, p.49.
[4] GIBSON, I.: Op.
cit., pp. 287-288.
[5] Ibídem, pp. 611-628.
[6] SORIANO, M.: Op.
cit., p. 44.
[7] LLANO, A.: La vida lograda. Ariel, Barcelona, 2002,
pp. 180-184.
[8] Ibídem, pp. 180-184.
[9] GIBSON, I.: Op.
cit., pp. 285-286.
16.
CARLOS DE AUSTRIA Y ZITA DE BORBÓN-PARMA
(1911)
UN AMOR NO ALTERADO POR
LA GUERRA Y EL DESTIERRO
El nacimiento del
último emperador y de la última emperatriz del imperio astro-húngaro
Carlos I de Habsburgo-Lorena nació el 17 de
agosto de 1887 en el castillo de Persenbeug, a orillas del Danubio, a cien
kilómetros de Viena. Fue el primer hijo del Archiduque Otto y de María Josefa
de Sajonia, hija del último rey de Sajonia. Se casó en 1911 con la princesa
Zita de Borbón-Parma, cinco años más joven, con quien viviría sus once años de
matrimonio, sólo interrumpido por la muerte. Fue una unión entre dos devotos
católicos.
El 28 de junio de 1914, tras el asesinato de
su tío el Archiduque Francisco Fernando de Habsburgo-Lorena en Sarajevo, se
convirtió, mucho antes de lo que imaginaba, en heredero del emperador Francisco
José I al trono del imperio austro-húngaro. Austrohungría era un gran imperio
multiétnico que se extendía desde el Adriático hasta el centro de Europa. Tenía
en 1914 una extensión de 676.616 kilómetros cuadrados y una población de 52,5
millones de habitantes. Llegó a ser el segundo país más extenso de Europa y el
tercero más poblado. También la sexta potencia económica mundial.
Carlos ascendió al trono el 21 de noviembre de
1916, a la muerte de su anciano tío-abuelo Francisco José I, con el nombre de
Carlos I de Austria y IV de Hungría. Ya había empezado la Primera Guerra
Mundial. Sería el
último emperador del imperio austro-húngaro.
Zita de Borbón-Parma nació el 9 de mayo de
1892 en Villa Pianore, cerca de Viareggio, ciudad de Italia en Toscana de
Lucca, junto al mar Tirreno. Fue la hija número 17 del duque Roberto I de Parma
y de su segunda esposa María Antonia de Braganza. Sería la última emperatriz y
reina consorte de Austria-Hungría. Tuvo con su marido ocho hijos.
La infancia y la formación inicial del príncipe Carlos
Carlos fue bautizado el 19 de agosto de 1887
en la capilla del castillo. Su padrino fue el abuelo Carlos-Luis, hermano del
rey Francisco José I. Su padre, Otto, le proporcionó una educación esmerada
también en el ejercicio físico y los idiomas extranjeros. Su madre, María
Josefa, era muy piadosa y estuvo entregada a la educación de su hijo. Le
proporcionó una honda enseñanza religiosa, con la colaboración de un religioso
dominico, el padre Geggerle. Contó también con la ayuda de Mlle. Liese, una
extraordinaria institutriz, a la que Carlos adoraba.
En 1893, Otto fue
destinado a Sopron como comandante del
IX regimiento de húsares. Con pocos años Carlos manifestaba ya
una generosidad que más adelante sería proverbial. Por ejemplo, entregaba los
regalos recibidos a niños pobres. El 12 de abril de 1895 nació el hermano que
Carlos esperaba con ilusión, Maximiliano, con quien tendría muy buena relación.
Desde ese año tuvo un preceptor excelente, el conde Wallis, capitán de
caballería y católico ferviente, que se encargó de su educación militar apoyado
en una recia disciplina. Carlos no se quejó, a pesar de su aversión a la
guerra.
La muerte de su abuelo Carlos-Luis en 1896
convirtió al joven archiduque en un heredero potencial a la corona. A partir de
ese momento se le proporcionó una formación acorde con las exigencias del
Estado. Dos años después, la familia abandonó Sopron para residir en Viena,
donde Otto había sido nombrado general de brigada.
Carlos estudió en el Liceo Escocés de Viena
con maestros católicos. Amplió sus conocimientos viajando por diferentes
países. Al estar muy dotado para las lenguas, adquirió el dominio de las que se
hablaban en el
imperio. El 19 de noviembre de ese mismo año
hizo su Primera Comunión y recibió de su padre un crucifijo que guardaría toda
la vida. En 1905 inició la carrera militar, y dos años más tarde alcanzó la
mayoría de edad.
Encuentro y compromiso de Carlos y Zita
María Teresa de Braganza, tercera esposa de
Carlos-Luis, hermano del emperador Francisco José, se tomó mucho interés en el
futuro matrimonio de su nieto Carlos. Tras estudiar a todas las princesas
casaderas de Europa, llegó a la conclusión de que la más adecuada era Zita, una
de las hijas de su cuñado Roberto, duque de Parma. Esta joven de 16 años tenía
todas las condiciones requeridas: antepasados, alcurnia, posición económica,
familia, religión, espiritualidad, formación y belleza. Además, su forma de ser,
decidida y resuelta, ayudaría mucho a Carlos. Sin duda, había heredado la
fortaleza y carácter de su madre. La formación de Zita era uno de sus puntos
más fuertes, pues había recibido una buena preparación espiritual y una
educación humanística excelente.
Zita se educó en diferentes internados
religiosos. El último fue el de las benedictinas francesas de Solesmes, en la
isla de Wight. La cultura y el ambiente francés le encantaban. María Teresa
favoreció que Carlos y Zita se conocieran, sin planear un matrimonio político o
de conveniencia.
Zita aclararía en una entrevista, muchos años
después, que sus primeros encuentros con Carlos fueron una suma de
casualidades. Le conocía desde niña y habían compartido juegos infantiles en
casa de su tía María Teresa. Unos años después coincidieron en Wartholt,
estando Zita con su hermana.
En 1909 Carlos fue destinado a la guarnición
de la ciudad de Brandeis-sur-L´Elbe, en Bohemia, como capitán de un batallón.
Cerca de allí, en Franzensbad, se encontraba Zita con su tía María Teresa,
pasando unos días en un balneario. Tuvieron así la oportunidad de conocerse
mejor. Ya no eran niños, puesto que él tenía 22 años y ella 17. Poco después se
inició un noviazgo que ha sido muy bien narrado por Cejas en La historia de amor de Carlos de Austria y
Zita de Borbón Parma.
Carlos experimentó un
flechazo, mientras que para Zita aquello fue sólo el inicio de un proceso: «Me
enamoré de él poco a poco, en el espacio de dos años».
El joven confió a su madre el deseo de
contraer matrimonio con Zita. María Josefa le aconsejó esperar, pero al año
siguiente accedió y transmitió al rey la petición de matrimonio, que fue
aceptada. Los esponsales previos a la boda se celebraron en la capilla del
castillo de Villa Pianore, el 13 de junio de 1911. Cuando terminó, Carlos le
dijo a su futura esposa: «¡Ahora, vamos a ayudarnos mutuamente a ganar el
Cielo!».
Paseando por los jardines del castillo los
prometidos tuvieron una conversación especialmente íntima. Carlos se sintió en
el deber de explicar a Zita con claridad lo que había sido su vida, sin omitir
episodios que le avergonzaban. Luego le hizo esta pregunta: «¿Después de lo que
te he contado, estás dispuesta a casarte conmigo?».
Carlos prometió ser siempre fiel, y juró que,
si alguna vez la traicionaba en algo, por pequeño que fuera, se lo contaría
antes de 24 horas. A partir de ese momento se veían con más frecuencia. En el
verano de 1911 realizaron un viaje por diferentes ciudades de Europa. Fue una
buena ocasión para conocerse mejor, y confirmar su sintonía afectiva e
intelectual[1].
El enlace se fue preparando según las normas y
tradiciones de la etiqueta austriaca. Carlos pidió a su prometida que fuera a
Roma para solicitar una audiencia con el Papa Pío X junto con la bendición
apostólica para los dos. Zita viajó con su madre, y fue recibida en audiencia
privada. «Que Dios os bendiga, querida hija —dijo el Papa—. Me alegro de este
enlace. Que vuestra patria y la del futuro monarca se beneficien de esta
bendición».
El Papa prometió a Zita que delegaría en uno
de sus prelados su bendición nupcial.
La boda y los primeros años de vida matrimonial
Tanto Carlos como Zita
acudieron por separado a un retiro espiritual.
El matrimonio religioso se celebró el 21 de
octubre de 1911 en una de las mansiones de la familia de ella: en la capilla
del castillo de Swarzau, en la Baja Austria, junto a los Alpes. Carlos vestía
el uniforme de capitán de dragones; Zita una capa pluvial laminada en plata,
una diadema regalada por Francisco-José y un velo de encaje, bordado con la
flor de lis de los Borbones.
El cardenal Bisletti leyó el sermón redactado
por el Papa. Terminada la ceremonia les felicitó y les entregó el texto de la
homilía, mientras les hacía una confidencia: había omitido una frase en la que
el Papa saludaba en Carlos y Zita a los futuros soberanos directos de la
Monarquía. Esta profecía de Pío X se cumpliría tres años después con el
asesinato del heredero, Francisco Fernando, en Sarajevo[2].
Los recién casados pasaron su primer mes en la
villa Wartholz. Luego fueron en peregrinación al santuario de Mariazelli, para
pedir la protección de la Virgen. A continuación emprendieron el viaje de
novios.
Tras regresar a Viena, Carlos se reincorporó,
acompañado de Zita, a su regimiento de dragones en Bohemia. Poco después el
regimiento fue trasladado a la ciudad de Kolomea, junto a los Cárpatos, para un
tiempo de maniobras. Carlos y Zita instalaron su hogar de recién casados en un
modesto chalet. Les esperaba un largo y frío invierno. Aquí vivieron una de las
etapas más felices de su vida.
Terminadas las maniobras, regresaron a Viena.
Presenciaron el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en esa ciudad en
septiembre de 1912. El 1 de noviembre Carlos fue nombrado comandante del
regimiento 39 de infantería del primer batallón en Stiftskaserne, Viena. El 20
de ese mismo mes nació allí su primogénito, Otto. Fue bautizado por el cardenal
Nagl, entonces arzobispo de Viena.
Al año siguiente, la familia se instaló en el
castillo de Hetzendorf, cedido por el emperador Francisco José. Carlos, como
oficial instructor, formaba a sus alumnos y les motivaba con su ejemplo. Seguía
con la misma vida ascética de siempre, caracterizada por la sobriedad y los
frecuentes ayunos.
A comienzos de 1914 al pequeño Otto le llegó
una hermanita, Adelaida. Luego vendrían siete más, entre 1915 y 1922. Uno de
ellos, el Archiduque Rodolfo, nacido en 1919, hizo en 2005 una breve semblanza
de su padre, tal como él le recuerda, en el prólogo de la biografía
elaborada por Michel Dugast: «Era un hombre
profundamente piadoso, un marido fiel, un excelente padre de siete hijos y del
que mi madre estaba esperando, un experto oficial del ejército, un notable jefe
de Estado dotado de una memoria extraordinaria, un trabajador consumado, fuerte
y prudente. Hacía muy buena pareja con mi madre, una persona enérgica y activa,
de gran perspicacia y profundamente enamorada de su marido. Ambos amaban a sus
países y a sus habitantes. Hicieron todo lo que estuvo en su mano para procurar
la paz y el bienestar a sus pueblos. Al final de la guerra fueron expulsados de
su país, confiscadas todas sus propiedades y obligados a embarcar hacia
Madeira, donde, sin un céntimo, murió mi padre a consecuencia de una neumonía y
de un fallo del corazón. El motivo fue el increíble estrés provocado por los
enormes esfuerzos realizados a lo largo de su reinado. El Santo Padre y la
Iglesia dispusieron que esos heroicos esfuerzos por su pueblo y por la Iglesia
fueran reconocidos ante el mundo el día 3 de octubre de 2004 en la plaza de San
Pedro»[3].
El crimen de Sarajevo
El heredero del imperio, el archiduque
Francisco Fernando, tío de Carlos, había contraído matrimonio morganático en
1900 con la condesa Sofía Chotek, comprometiéndose a renunciar a la corona para
los hijos que nacieran de esa unión. Por ello, a su muerte, Carlos heredaría el
trono. A comienzos de 1914 invitó a cenar a Carlos y Zita en su residencia del
palacio de Belvedere. Entre el anfitrión y el invitado se produjo este diálogo:
—Estoy convencido de que voy a ser asesinado.
La policía está al corriente.
—Tío,
eres demasiado pesimista. Tenemos una policía competente. —Tienes razón, pero
hay asesinatos que no se pueden evitar. Si me
matan, querría que te ocuparas de Sofía y del niño, como albacea
testamentario. Después de mi muerte, mi notario te entregará mi testamento. Ni
una palabra delante de Sofía; se preocuparía demasiado[4].
Francisco Fernando
había asegurado en 1913 al conde Czernin que el odio de los masones le había
condenado a muerte. Al parecer, la guerra de 1914 había sido anunciada en
documentos masónicos, y tenía tenía cuatro objetivos: la destrucción de
Austria-Hungría como potencia católica, la eliminación de la dinastía de los
Hohenzollern, la creación de nuevos Estados en Europa Central y la Revolución
rusa. Se pretendía transformar la monarquía en una federación[5].
El 28 de junio de 1914 la población de
Sarajevo (Bosnia) esperaba ilusionada la visita del príncipe heredero,
acompañado de su esposa. Cuando el cortejo de automóviles circulaba por el
muelle Appel se oyó una denotación. Una bomba arrojada por un conspirador
serbio se introdujo en el automóvil de los príncipes. Francisco Fernando tuvo
la sangre fría de coger el artefacto antes de explotar y tirarlo por una
ventana. El cortejo siguió recorriendo la ciudad, aunque con un cambio de
itinerario. De pronto, el auto que iba en cabeza dio un brusco viraje,
saliéndose de la dirección prevista. En ese momento un pistolero se acercó al
coche de los príncipes y disparó, primero a Sofía y después a Francisco
Fernando. Los dos murieron minutos después.
Al día siguiente Carlos fue al encuentro de su
tío abuelo, el emperador Francisco José, que regresaba de un viaje y estaba muy
afectado por el suceso. Como nuevo heredero, el archiduque Carlos recibió los
restos de las dos víctimas de Sarajevo en la estación Sur de Viena. El 6 de
julio los condujo a la cripta de la capilla del castillo de Artstetten. A
continuación regresó con su familia a la villa de Wartholz.
De pronto le había caído una carga tremenda:
ser el heredero directo de las coronas de Austria, Hungría y Bohemia.
Austria declara la
guerra a Serbia, desencadenando la Primera Guerra Mundial
El 7 de julio se reunió el Consejo de la
Corona presidido por el emperador Francisco José. El tema a considerar era la
respuesta que Austria debía dar a Serbia por el atentado de Sarajevo. Carlos no
fue invitado a la reunión, por ser pacifista. El Consejo acordó enviar un
enérgico ultimátum a Serbia, exigiéndole
investigar el atentado y terminar con la propaganda antiaustriaca. Se exigía
una respuesta en 48 horas. Serbia no aceptó el envío de policías austriacos
para colaborar en la investigación, probablemente porque en Serbia estaban los
cómplices de los asesinos. Como consecuencia, el embajador austriaco abandonó
inmediatamente Belgrado.
Francisco José dudaba, pero al final cedió
ante quienes querían castigar a Serbia, firmando la declaración de guerra, que
fue comunicada a Belgrado el 27 de julio de 1914. A Serbia se unieron
sucesivamente Rusia, Francia e Italia. El otro bando lo formaron
Austria-Hungría y Alemania. El atentado de Sarajevo precipitó así el comienzo
de la Primera Guerra Mundial.
Desde ese mismo día Carlos fue nombrado
coronel del primer regimiento de húsares. Al llegar a Hetzendorf le sorprendió
que la mayoría de la gente quería la guerra. Él estaba en contra, a pesar de
ser oficial. Por indicación de Francisco José visitó las principales
localidades del imperio, con el fin de promover la movilización de los
ejércitos. Carlos fue destinado al Estado Mayor del archiduque Federico, que
estaba al mando de las operaciones militares en Galitizia. Antes de salir para
el frente pidió a su esposa que le hiciera grabar en el sable estas palabras: Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei
genitrix.
En todo momento trabajó por disminuir en lo
posible la crueldad de la guerra. Por ejemplo, se opuso a que un general
atacara con gas a los rusos, tras haber sido atacados de ese modo; también
impidió el bombardeo de ciudades. El 8 de febrero viajó a Viena para asistir al
nacimiento de su segundo hijo varón, Roberto.
Una de sus tareas militares era realizar
viajes de inspección, en los que supo ganarse a los generales. Cada día, a las
siete de la mañana, informaba de su actividad a Francisco José. Antes de esa
hora ya había oído Misa. Aunque tenía una agenda de trabajo muy sobrecargada,
siempre encontraba la forma de pasar la velada con su familia y de explicar el
catecismo a sus hijos.
Muerte de Francisco José I y subida al trono
de Carlos I de Austria,
En noviembre de 1916, Zita envió un telegrama
a su esposo informándole de que Francisco José estaba enfermo. Carlos regresó a
Viena inmediatamente desde el frente y, para no alarmar a la población, se
instaló con su familia en la villa de Wartholz. La salud del emperador
empeoraba cada día. Recibió la bendición papal transmitida por el nuncio de
Benedicto XV. También se confesó, comulgó y recibió la Santa Unción con mucha
devoción. Falleció el 21 de noviembre de 1916, tras un reinado de 68 años. Al
día siguiente, Carlos y Zita asistieron a la Misa que se celebraba por su
tío-abuelo en la habitación donde había fallecido. Comulgaron y rezaron juntos
el rosario.
La muerte de Francisco José supuso el ascenso
del archiduque Carlos de Habsburgo al trono. Heredó la dignidad de Emperador y
Rey apostólico. A sus 29 años, se encontró con un trono que no había buscado, y
con una terrible guerra en la que se vieron implicadas casi todas las naciones
de Europa. Heredó un imperio en rápido declive. El nuevo emperador difundió un
Manifiesto que incluía una clara referencia a la búsqueda de la paz: «Al pedir
al Cielo gracia y bendición para mí y para mi Casa, así como para mis amados
pueblos, juro ante el Todopoderoso administrar fielmente los bienes que me han
legado mis antepasados. Haré todo lo que esté dentro de mis posibilidades para
desterrar en el plazo más breve los horrores y los sacrificios que acarrea la
guerra y para devolver a mi pueblo los beneficios de la paz».
Desde el primer momento de su reinado se opuso
abiertamente a la guerra e intentó sacar de ella al imperio Austro-Húngaro,
movido tanto por sus convicciones personales como por la situación económica de
los países integrantes, que era muy preocupante. También se propuso luchar
contra la corrupción, restablecer en la monarquía el régimen constitucional y
mantener la unidad del imperio.
Carlos, acompañado de Zita, recibió la corona
de San Esteban durante una ceremonia celebrada el 30 de diciembre de 1916 en la
iglesia de Nuestra Señora de Budapest. Así expresaba la convicción de que su
cargo procedía de Dios. A su regreso a Viena conoció la respuesta negativa de
los países enemigos a su propuesta de paz del 12 de
Carlos acudía con frecuencia al frente, donde
ayudaba a los heridos y hacía celebrar Misa, a pesar de la desaprobación de su
séquito y de la corte. En medio de la guerra, sabía hallar tiempo para atender
a sus hijos, dándoles una formación cristiana y haciéndoles conscientes de las
responsabilidades que les creaba su alta cuna. Zita nunca olvidó que en la
ceremonia de coronación se le había confiado la misión de ayudar a su esposo en
lo que necesitara.
En 1917, a espaldas de Alemania, Carlos
intentó alcanzar una paz por separado con los países en guerra a través de su
cuñado, el príncipe Sixto de Borbón-Parma. Pero ese propósito se frustró, al
fracasar la negociación bilateral con Francia. Carlos tuvo que viajar a
Alemania para asegurar a Guillermo II su lealtad como aliado. El 1 de agosto de
ese mismo año, el papa Benedicto XV dirigió a los beligerantes una llamada a la
firma de la paz, que fue apoyada por Carlos. No fue escuchada.
Mientras Carlos se
concentraba en sus deberes políticos y militares, Zita visitaba los hospitales
del frente de guerra
Zita visitaba con mucha frecuencia a los
heridos de la guerra para consolar y ayudar. Uno de los hospitalizados, un
campesino del Tirol, evoca ahora una de esas visitas: «Un día, durante la
guerra, vi aparecer en un hospital de Viena a la misma emperatriz, sin que
hubieran anunciado su visita. Se detuvo ante cada una de las camas. Un pobre
enfermo y yo éramos los últimos de la sala. Cuando llegó a mi lado, me preguntó
por mi salud. Yo le respondí que estaba mejor que mi mujer, que acababa de
tener un hijo y no tenía de qué vivir, porque no tenía pensión de guerra, y que
yo, en mis condiciones, no podía ayudarla. Unos días después recibí carta de mi
mujer; de repente, le había llegado la pensión»[6].
Esa labor humanitaria de la emperatriz había
empezado al subir al trono. Recorría los barrios más pobres de Viena,
socorriendo a los niños abandonados y enfermos. Luego amplió ese socorro a los
huérfanos y
El fallido intento de salvar la unidad del imperio
A los sucesivos fracasos en los campos de
batalla, con deserciones en masa, se unieron las crisis interiores de la
monarquía. Dugast hace una elocuente descripción de la grave situación tras
cuatro años de guerra: «El año 1918 fue una pesadilla para la población civil.
El invierno era frío y riguroso. Viena tenía hambre y frío. Las colas se
alargaban delante de las tiendas de alimentación, los tranvías no circulaban
para economizar el carbón, mientras que la gripe española causaba miles de
víctimas. Las señales de descontento se multiplicaban. No era raro ver
inscripciones en contra de la guerra en las calles de Viena. En el Arsenal
estalló una huelga. (…) En los cuarteles húngaros, los soldados pedían un
ejército húngaro independiente y exigían la separación de Austria. En Budapest
se había creado un comité clandestino formado por obreros y soldados, semejante
a los soviets rusos. Ante el fantasma de una revolución, la policía tuvo que
tomar medidas de seguridad para la familia imperial»[7].
En enero de 1918 los diputados checos
exigieron la creación de un Estado checoslovaco autónomo. Fueron apoyados por
huelgas y manifestaciones populares, que culminaron el 1 de mayo con un
multitudinario mitin de solidaridad con la Revolución rusa. En Viena se sublevó
la flota del Danubio. Tras el hundimiento del frente búlgaro, en septiembre de
1918, Carlos llevó a cabo fuertes medidas reformistas para intentar salvar el
imperio, pero sin resultado.
El 16 de octubre de 1918 emitió el Manifiesto
«A mis fieles pueblos austriacos», en el que anunciaba la conversión del
imperio en un Estado federal que compartía únicamente la jefatura del Estado.
Esta medida llegó tarde. Los consejos nacionales que fomentó entre las
distintas nacionalidades optaron por abandonar el imperio. El 1 de noviembre se
reunió el último Consejo de la Corona. Se acordó firmar un armisticio. Carlos
enseñó a Zita el documento antes de firmarlo. Ella le aconsejó que no lo
hiciera, porque parecía una abdicación y le infundió valor para
mantener su postura: «Un soberano no puede
abdicar; puede ser depuesto, despojado de sus derechos por la fuerza, pero
nadie puede obligarle a reconocer que los ha perdido. Siempre puede
recuperarlos, según las circunstancias, con el paso del tiempo. Pero abdicar,
jamás, jamás. Prefiero morir contigo. Entonces, Otto nos sucederá. Y aunque
muriéramos todos, siempre habrá otros Habsburgo»[8].
Carlos renunció a la jefatura del Estado el 11
de noviembre de 1918, pero no a sus derechos como jefe de la dinastía. Con ello
quería mantener la posibilidad de que perviviese la monarquía de Habsburgo con
otro miembro de la familia. Con su responsable comportamiento hizo posible, al
término de la guerra, una transición a un nuevo orden sin guerra civil. Pero, a
pesar de ello, fue desterrado de su patria.
El exilio
En 1919, Carlos fue depuesto por el parlamento
austriaco. El día 23, tras asistir a Misa con su familia y su séquito, parte
hacia el exilio. Vestido con el uniforme de mariscal de campo toma el tren que
le llevará a Suiza. El día 24 protestó por escrito contra su destitución y
expulsión, aprobada el 11 de noviembre por el gobierno y el parlamento. Dos
años después, para evitar el establecimiento del poder comunista en
Centroeuropa, intentó restaurar la monarquía en Hungría. El intento fracasó, y
Carlos fue apresado y recluido en la isla portuguesa de Madeira.
Carlos y Zita tuvieron que vivir con sus hijos
pobremente, en una casa muy húmeda. En marzo de 1922 Carlos sufre una
enfermedad respiratoria, diagnosticada como neumonía doble, de la que no se
recuperaría. En la biografía escrita por Dugast consta que aceptó su enfermedad
sin queja, perdonando a quienes le habían abandonado, como un sacrificio por la
paz y la unidad de sus pueblos. Y en el lecho de muerte recordó el lema de su
vida: «Todo mi compromiso es siempre, en todas las cosas, conocer lo más claramente
posible y seguir la voluntad de Dios, y esto en el modo más perfecto».
Pidió la confesión y
la extremaunción. En medio de sus sufrimientos
rezaba sin descanso, acompañado de Zita. Estas
fueron sus últimas palabras: «Señor, que se haga Vuestra voluntad; ofrezco mi
vida en sacrificio por mi pueblo; Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío;
Jesús, María y José».
Un médico no creyente que le asistió se sintió
tan conmovido por aquella muerte ejemplar, que se convirtió. Carlos falleció el
1 de abril de 1922, a la edad de 35 años, y descansa desde entonces en su tumba
de Madeira.
La fidelidad de Zita a la memoria de su marido
Zita quedó viuda con 28 años. Se hizo cargo de
una gran familia y trasladó su residencia a España. Ella y su hijo mayor Otto
se convirtieron en símbolos de la unidad de la dinastía exiliada. Permaneció
fiel a la memoria de su marido por el resto de su larga vida. Falleció en
Zizers, Suiza, el 14 de marzo de 1989, con 97 años. Pasó sus últimos años en un
convento de clausura. Las autoridades austriacas permitieron que fuera
enterrada en la cripta del convento de los capuchinos de Viena, en el panteón
de los emperadores de la Casa de Habsburgo.
La beatificación de Carlos de Austria
El 1 de abril de1972, en el cincuenta
aniversario de su muerte, se abrió el sepulcro de Carlos, y se encontró su
cuerpo incorrupto. El 3 de octubre de 2004 el último emperador católico de la
historia moderna fue beatificado por Juan Pablo II. El Papa le definió como «un
amigo de la paz». En la homilía Juan Pablo II manifestó lo siguiente: «La tarea
fundamental del cristiano consiste en buscar en todo la voluntad de Dios,
reconocerla y seguirla. Carlos de Austria, jefe de estado y cristiano, afrontó
diariamente este desafío. La guerra le parecía “algo horrible”. En los tumultos
de la Primera Guerra Mundial trató de promover la iniciativa de paz de mi
predecesor Benedicto XV. Desde el comienzo, el emperador Carlos concibió su
cargo como servicio santo a su pueblo. Su
principal preocupación fue la de seguir la
vocación del cristiano a la santidad también en su acción política. Por esto,
para él era importante la asistencia social. ¡Que sea un ejemplo para todos
nosotros, sobre todo para aquellos que hoy tienen la responsabilidad política
en Europa!».
* * *
La sorprendente
madurez de los dos enamorados en la etapa del noviazgo
Corrientemente, el inicio del enamoramiento es
un amor idealizado, con poca base en la realidad. Está sujeto a cierto engaño
con respecto a cómo es la persona amada. Cada uno aparenta lo que no es; se
muestra mejor de lo que es, con el fin de agradar al otro. A ello se une el
gusto mutuo por el autoengaño: el ser amado es imaginado, mas que conocido,
según los propios sueños. Lo emocional predomina sobre lo racional.
Este período de inmadurez amorosa no se
aprecia en el noviazgo de Carlos y Zita. Da la impresión de que los dos
actuaron con cabeza y corazón. Cada uno se esforzó desde el principio en
conocer de un modo real al otro. Y después de conocerse se aceptaron como eran,
incluidos los defectos. Ese noviazgo tiene cuatro momentos clave: el encuentro
en el balneario de Franzensbad; la ceremonia del compromiso; la conversación
íntima en los jardines del castillo de Pianore; el viaje conjunto por Europa.
En el encuentro del balneario tuvo que haber
mucho trato personal, ya que resultó definitivo para enamorarse. El hecho de
que, para Carlos, fuera un amor a primera vista le da a la relación un toque de
sano romanticismo. Pienso que no se trató de una simple atracción física, ni de
una mera sintonía emocional, sino de una complacencia ante el bien que existía
en Zita como persona. No era todavía amor de donación, pero sí una base para
que surgiera.
Su noviazgo no fue un fin en sí mismo; no fue
una aventura ni una pasión, sino un medio para averiguar si eran el uno para el
otro con vistas a un posible matrimonio. El amor mutuo evolucionó y maduró,
conforme a lo que cabe esperar de esa etapa: «En el noviazgo hay un punto de
partida: el atractivo físico y emocional que
surge del primer encuentro: esa mujer (o ese hombre) me gusta. No es todavía
amor. (…) El enamorado (en-amor-dado) debe plantearse más adelante la decisión
de dar al otro y recibir algo más de uno mismo; un deseo de entrega que debe
ser mutuo. Surge el amor personal: me atraen o enamoran no sólo las cualidades
físicas del otro, sino sus cualidades espirituales, intelectuales y morales,
toda su persona: me gusta cómo es él —o ella— incluidos sus defectos, que inevitablemente
se perciben en un trato continuado»[9].
En ese noviazgo hubo pronto un proyecto de
vida conyugal, un proyecto mutuo e ilusionado de vida compartida. Ellos sabían
que para casarse es necesario tener la capacidad de elaborar un proyecto
conyugal cuyo compromiso es para siempre. Luego sabrían ser leales a ese
proyecto.
La ceremonia religiosa de los esponsales habla
por sí misma de que se trataba de un matrimonio por amor, de que ese amor era
comprometido, y de que, como cristianos, el proyecto no fue de dos, sino de
tres: él, ella y Dios. Es bien expresivo, en este sentido, el comentario de
Carlos a su futura esposa: «¡Ahora, vamos a ayudarnos mutuamente a ganar el
Cielo!».
La ayuda mutua es una de las finalidades del
matrimonio. Y la mejor ayuda no es la material, sino la espiritual: la que
contribuye a hacer feliz al otro en esta vida y en la otra. Carlos y Zita
sabían que, para los cristianos, la etapa del noviazgo implica un proyecto de
amor al que Dios no es ajeno: «Si sois novios, Dios tiene un proyecto de amor
sobre vuestro futuro matrimonio y vuestra familia, y es esencial que lo
descubráis con la ayuda de la Iglesia. (…) El período del noviazgo es un tiempo
de espera y de preparación, que se ha de vivir en castidad de los gestos y de
las palabras. Esto permite madurar en el amor, en el cuidado y la atención del
otro; ayuda a ejercitar el autodominio, a desarrollar el respeto por el otro,
características del verdadero amor que no busca en primer lugar la propia
satisfacción ni el propio bienestar»[10].
La conversación íntima en los jardines del
castillo denota que el trato no era superficial, sino que se refería a la forma
de entender y vivir los valores. Hablaron de la fidelidad porque una posible
infidelidad es una traición a lo establecido en el pacto conyugal.
Carlos tuvo la
responsabilidad y la valentía de abrir el libro de su vida a su prometida
porque consideró, con buen criterio, que ella tenía el derecho de saber con
quien se iba a casar, con quien iba a compartir toda su vida. Al prometer a
Zita fidelidad, unida a la sinceridad, puso la base principal de una feliz vida
matrimonial. El noviazgo fue también para ellos lo que debe ser: una etapa de
preparación responsable para la futura vida matrimonial. Así lo confirma el que
los dos realizaran un retiro espiritual.
Un buen estreno de la vida matrimonial
Lo primero que hacen los recién casados es una
peregrinación a un santuario de la Virgen, para pedir protección. El viaje de
novios podía esperar. Al ponerlo en manos de la Virgen su matrimonio empieza
muy bien. Son conscientes de que la vida matrimonial no es fácil, por lo que se
requieren medios tanto humanos como sobrenaturales.
Zita acompañó a Carlos en su nuevo destino
militar, el de Kolomea. Vivió un largo y frío invierno en un lugar muy alejado
de Viena, en una casa sin comodidades. Y sin ningún tipo de queja. Esto pone de
manifiesto el amor sacrificado, paciente y entregado de una esposa ejemplar.
Sería el preludio de lo que ocurrió el resto de la vida matrimonial. Ese
invierno en Kolomea fue uno de los períodos más felices del matrimonio. Las
dificultades que surgieron con la guerra reforzaron la unión del matrimonio.
Recordemos, como ejemplo, que antes de salir para el frente, Carlos pidió a su
esposa que le hiciera grabar en el sable una hermosa invocación a la Virgen
implorando su protección.
Zita fue la esposa que necesitaba el último emperador
María Teresa de Braganza acertó cuando, antes
del noviazgo, comentó que la joven Zita reunía todas las condiciones para ser
emperatriz y esposa de Carlos. Sólo una mujer con su fortaleza moral y su
carácter
enérgico, activo y decidido, podía ser el
apoyo que el último emperador iba a necesitar a lo largo de un reinado tan
convulsionado. Zita cumplió lo prometido en la ceremonia de la Coronación:
ayudar a su marido en todo lo que pudiera necesitar, que iba a ser mucho.
Fue en todo momento una esposa abnegada y
fiel, que sacrificó su propio bienestar anteponiendo la felicidad de su esposo
y de sus hijos y las necesidades de su país. Una muestra de ello es su labor
humanitaria y sus visitas a los hospitales.
Su gran personalidad y sus fuertes
convicciones morales fueron un factor clave en los momentos más duros del
reinado, por ejemplo, cuando infundió valor a Carlos para que no firmara el
documento de abdicación. Su actitud fue heroica, ya que para evitar la
abdicación estaba dispuesta a morir junto a su marido.
Con el paso de los años fue actualizando el
amor de entrega con el que se había casado. Supo amar a su esposo en la salud y
en la enfermedad, en el poder y en el exilio. Acompañó a su marido enfermo
durante la dura estancia en Madeira y no dejó de rezar con él.
Tras la muerte de Carlos, Zita se hizo cargo
de una familia con ocho hijos, y vivió un penoso periplo por varios países,
hasta su refugio en España. Llevó con dignidad el dolor de la tragedia de su
pueblo y de su familia y mantuvo la fidelidad a la memoria de su marido hasta
el final de sus días.
[1] CEJAS,
J. M.: La historia de amor de Carlos de Austria y Zita de Borbón Parma.
www.conelpapa.com/historias
de amor.
[2] DUGAST, M.: Carlos de Habsburgo. El último emperador.
Palabra, Madrid, 2005, p. 31.
[3] Ibídem, p. 12.
[4] Ibídem, p. 36.
[5] Ibídem, p. 46.
[6] Ibídem, p. 177.
[7] Ibídem, p. 173.
[8] Ibídem, p. 208.
[9]
APARICIO, A.: Casarse: un compromiso para
toda la vida. EUNSA, Pamplona, 2002, pp. 81-83.
[10] Mensaje de Benedicto
XVI en la XXII Jornada Mundial de la Juventud 2007.
17.
ANDRÉ MAUROIS Y JEANNE-MARIE DE SZYMKIEWICZ
(1912)
UNA HISTORIA DE AMOR
LUCHANDO CONTRA LA ENFERMEDAD Y LA SOLEDAD EN TIEMPO
DE GUERRA
Una infancia feliz que marcó toda su vida
André Maurois es el pseudónimo artístico de
Émile Herzog, novelista, biógrafo, ensayista y crítico literario francés. Uno
de sus méritos es haber iniciado su carrera de escritor de éxito en el
escenario de una guerra, sin dejarse condicionar por esa terrible y dolorosa
experiencia. Sus biografías se refieren casi siempre a personas que él admiró
por sus cualidades. En ellas destaca la facilidad con la que escribe acerca del
paso del tiempo; el lector avanza en cada relato sin darse cuenta de que el
tiempo transcurre, como en la vida real. Se aprecia un estudio riguroso de los
datos, pero con amenidad, prescindiendo de toda pedantería. A ello se añade una
extraordinaria interpretación psicológica y moral de cada personaje.
Nació en Elbeuf, Ruán, Francia, el 26 de julio
de 1885. Descendía de una rica familia de judíos alsacianos instalados en
Normandía en 1871 y propietarios de una fábrica de pañería. En sus Memorias o
autobiografía, confiesa que tuvo una infancia feliz que marcó toda su vida, a
lo que contribuyeron mucho sus padres. Hacia ellos mostró siempre gran
admiración.
Enamorado de su mujer, Jeanne-Marie Wanda de
Szymkiewick, Janine, con la que se
había casado en 1912, y de sus tres hijos, los retrató con
mucho cariño en las Memorias. Janine falleció
en 1924. André se casó en segundas nupcias con Simone de Caillevet, sobrina de
Marcel Proust, e inspiradora de uno de los personajes del autor de En busca del tiempo perdido.
Durante la primera Guerra Mundial sirvió como
intérprete del Estado Mayor británico, y se familiarizó así con la cultura
anglosajona. Esta experiencia influyó mucho en su obra. Su consagración como
novelista sobreviene con su obra Climas
(1928). En 1938 ingresó en la Academia Francesa.
En la segunda Guerra Mundial luchó como
capitán por la Francia libre. Tras negar su obediencia al gobierno pro-nazi de
Vichy, se refugió en Estados Unidos, donde transcurriría un largo exilio. Murió
en París a los 82 años, el 9 de octubre de 1967.
Entre las numerosas biografías que escribió
figuran las siguientes: Ariel o la vida
de Shelley, la vida de Disraeli, Alain, Don Juan, Byron, Chateaubriand, Balzac,
Napoleón, Marcel Proust. En el género de la novela cabe destacar las siguientes: Climas, en la que recrea su vida familiar, El pesador de almas, La máquina de leer los pensamientos, Rosas de septiembre. En el ensayo
destacan Un arte de vivir, Estudios
literarios, Los tres Dumas, Historia de Inglaterra, Historia de Francia. En el género del teatro escribió El profesor de matrimonios. El
protagonista es un profesor que da lecciones muy divertidas sobre el arte del
buen matrimonio, aconsejando modos de favorecer la armonía conyugal.
Gran lector desde niño
El pequeño André dispuso de una biblioteca
familiar bien seleccionada. Su madre, muy culta, le enseñó a leer a los cuatro
años y le inculcó el amor a la lectura. En el Liceo de Elbeuf, donde ingresó a
los ocho años, se fomentaba también la afición a la lectura. A André le quedó
un grato recuerdo de aquellos profesores que sentían ilusión por su trabajo, en
especial monsieur Kittel: «Kittel fue el primero que un día me dijo que quizá,
con el tiempo, yo escribiría libros (…). Me regaló un
libro, L’Ame Russe, que contenía novelas de
Puchkin, de Gogol y de Tolstoi, y en cuya primera página había escrito una
dedicatoria en la que me pedía no olvidarle cuando me hubiese convertido en
escritor. No le he olvidado jamás. En ese libro ofrecido por él leí por primera
vez La Dame de Pique, un cuento que me impresionó vivamente y que me inspiró el
deseo de componer un día narraciones fantásticas como esa»[1].
A los doce años inició estudios secundarios en
Rouen, en el Liceo Corneille, de 1897 a 1902. A esa edad ya había leído un gran
número de libros. Su maestro Alain, que le abrió el camino a la literatura,
tendría una gran influencia en su vida: «Primera clase con Alain: Se dirigió a
la pizarra y escribió: “Es necesario dirigirse a la verdad con toda el alma”.
Nos dejó meditar durante algunos instantes la frase de Platón. Alain pensaba
que el mejor medio de obligar a los hombres a ejercer su juicio no es ofrecerle
doctrina consabida, sino estimular su apetito y su curiosidad con sorpresas
incesantes. (…) He conocido pocos lectores mejores que Alain. Se entretenía en
los pormenores de los textos y saboreaba sus bellezas»[2].
Se graduó en literatura en la Universidad de
Caen en 1903, con excelentes notas.
Renuncia inicialmente
a su vocación de escritor por el trabajo en una fábrica
Tras su graduación, el joven André se plantea
a qué dedicarse. Le complacía ser un profesor honorable y querido por sus
alumnos, que dedicara parte de su tiempo a escribir.Tanto Alain como su padre
le aconsejan que trabaje inicialmente en la fábrica de la familia, con el fin
de adquirir experiencia de la vida antes de escribir, cosa que a él no le
agrada en absoluto: «No me seducía. ¿Qué haría yo, lector de Platón y de
Descartes, entre montañas de tela, entre grasientas máquinas y entre lanas
empapadas? ¿Por qué habría yo de aceptar una vida dura, casi sin vacaciones,
lejos de mis queridos libros, cuando nada me impedía llevar la vida para la
cual sentía haber nacido?»[3].
Desde 1904 hasta el
estallido de la primera Guerra Mundial, trabajó
en la fábrica textil familiar, y luego lograría dedicarse a la
literatura.
Conoce a Janine. Un enamoramiento a primera vista
El joven André consideraba a las mujeres como
simples instrumentos de placer y servidoras. Pero esa actitud cambió
radicalmente cuando se enamoró de una mujer fascinante. Una amiga actriz le
presentó, de vacaciones en Ginebra, a mademoiselle Janine de Szymkiewicz.
«Desconcertado por la sorprendente belleza de la desconocida, no supe qué
decir. (…) El rostro de mis sueños se encontraba ante mí. (…) Yo no podía
separar mis ojos de la aparición, que, de súbito, colmaba todos los deseos de
mi corazón. Ella me miró también y, embarazada por mi silencio, sonreía:
—¿Puedo acompañarla a
través del parque?
—Como guste.
—Es extraño —le dije—, pero la espero a usted
desde hace veinte años.
—He de volver —dijo—.
Los leones se enfurecerán.
—¿Quiénes son los
leones?
—Mi madre y mi abuela.
—¿Podré verla mañana?
—Sí, venga al parque a
las cuatro. Cerca de nuestro banco. Estaré allí.
Iremos a merendar
juntos»[4].
Este primer encuentro con Janine le dejó a
André un recuerdo que nunca pudo borrar el paso de los años: «Cuando recuerdo
aquella velada, mis sentimientos son una mezcla de admiración, de entusiasmo y
de confianza. Desde nuestras primeras palabras, nuestra conversación se situó
en un plano de familiaridad, de ternura y, sin duda, hay que añadir de amor.
Inmediatamente amé su voz precisa, un poco velada, y la poesía triste de sus
contestaciones. ¿Qué decía? Me contaba su vida»[5].
Janine le refirió que su madre se había se
quedado viuda muy joven con una hija, la propia Janine, que dejó en un
convento, y un hijo, que llevó a un internado. Desde entonces —le comentó— se
sentía
desgraciada, la vida en casa le resultaba insoportable.
El noviazgo
Terminadas sus vacaciones, André deja a Janine
en Ginebra para regresar a Elbeuf. Adquirió entonces la costumbre de pasar
todos los domingos en Ginebra. Janine iba a las ocho de la mañana a esperarle a
la estación de Cornavin: «Como ella era muy religiosa y no quería faltar a la
misa, me llevaba consigo. Se quedó estupefacta y desconcertada al saber que yo
no era católico. “Te convertiré”, me dijo.
Al encontrarme a su lado en una iglesia,
experimenté una dulzura infinita. La música y el latín de la liturgia eran
sublimes; el evangelio del día, cada domingo, perfecta y misteriosamente
acordado a nuestros pensamientos. Janine me había dicho un día, al principio de
nuestra amistad:
—Prométeme
que no intentarás nunca hacerme perder la fe… —Querida —le repuse— intentaría
más que nada, si no la tuvieras,
dártela»[6].
André deseaba vivamente casarse, pero tuvo que
esperar a que ella cumpliera veinte años y él alcanzara una posición más
establecida. Además, hubo de convencer a sus padres para que aceptaran un
matrimonio «exótico» con una rusa. Janine hizo lo mismo con su madre y su tío
tutor.
La boda y los primeros años de vida conyugal
Por fin pudieron ver cumplido su deseo: «El
matrimonio se celebró en París, el 30 de octubre de 1912, en la iglesia de la
Trinidad. Nos unió un viejo y afable sacerdote. Tener la mano de Janine en la
mía, colocar en su dedo la alianza, fue muy dulce para mí. “Para lo bueno y
para lo malo”, me dijo ella gravemente, bajando los escalones de la iglesia»[7].
En esta nueva etapa él se siente más feliz que
ella. Fue un tiempo muy duro para Janine, pues tenía que pasar muchas horas
sola, en un pequeño
pueblo y relacionándose con la familia de
André, con la que no sintonizaba: «Nuestra casa de Caudebec era sencilla, pero
graciosa. El gusto de Janine había hecho maravillas. (…) Teníamos muchos gustos
comunes y las veladas que pasábamos juntos, leyendo yo para ella en alta voz
novelas o comedias, tocando ella el piano o contándome su infancia, eran
siempre muy agradables. Yo no deseaba nada más. Pensaba con un ingenuo egoísmo
que ella estaba plenamente satisfecha. Yo he sabido, mucho tiempo después de su
muerte, a través de una cartas suyas halladas por mí y por las confidencias de
sus amigas, que había experimentado una pena extraordinaria aclimatándose en el
seno de una familia austera y melancólica. “Nuestra vida de ermitaños”, decía.
(…) Para ella, estas horas de intimidad estaban separadas por los vastos
desiertos del día»[8].
A André lo único que le preocupaba y
entristecía era la frustración de no cultivar su vocación literaria. El 27 de
mayo de 1914 nació Michelle, la primera hija. Janine estuvo muy enferma durante
largo tiempo como consecuencia del parto. André estaba ya próximo a participar
en la primera Guerra Mundial con el ejército francés, en el que sería
intérprete, y luego oficial de enlace, adscrito al Estado Mayor de un ejército
británico en el Somme. Ello, unido a su gran conocimiento del inglés, le
familiarizó con la cultura y el carácter anglosajones, y le permitiría escribir
más adelante sobre diversos aspectos de la cultura inglesa.
Despedida de Janine para ir a la guerra
Una separación motivada por una guerra es de
las más dolorosas que pueden darse entre esposos, sobre todo por la
incertidumbre con respecto al futuro. En este caso fue más dura para ella, que
se sabía condenada a una vida de soledad. En la despedida le confiesa a él su
miedo: «Janine y yo pasamos una velada dulce y melancólica. Era un día cálido y
puro y fuimos a sentarnos en el jardín, bajo los árboles. Nos habíamos cogido
de las manos y apenas hablábamos.
—Espero —dije— que no
te hayas sentido demasiado desgraciada,
—He sido tan feliz —dijo ella— que quisiera
ahora que toda mi vida fuese como este último año… Pero tengo miedo de lo que
ha de venir…
—Mi familia cuidará de
ti. Se lo he pedido solemnemente.
—Sí —repuso ella—, lo intentarán, pero no
sabrán hacerlo… Yéndote tú, entre nosotros no queda ya ningún lazo[9].
Un amigo se ofreció para trasladar a André en
coche hasta un cuartel de Rouen. Antes de partir, Janine, acompañada de la
hija, le abrazó. Un capitán inglés compasivo le liberó de ir al frente,
encargándole organizar los aprovisionamientos:
—Pero, capitán —repuse—, prefiero partir con
los otros. Quiero hacer la guerra.
—Ya tendrá usted tiempo de hacerla —dijo
Ridel—. Será larga. Ha de pensar usted en su desventurada esposa. Le ha contado
a la mía su situación. No tiene familia en este país. No se ha acostumbrado aún
a la de usted y no se ha reestablecido todavía del choque nervioso del parto.
Le oculta a usted su estado, pero está desesperada[10].
André consigue algunos encuentros con Janine en plena guerra
André ideó diferentes recursos para ver a su
mujer durante la guerra. Pero en ese tiempo no fue consciente del enorme
sacrificio que esos encuentros esporádicos supusieron para ella: «Con
frecuencia me reproché más tarde mi ceguera de este tiempo. Los hombres no
comprenden nunca las tremendas fatigas de sus mujeres. Aquella a quien yo
adoraba sufría de un agotamiento nervioso que la ponía en peligro, y yo no veía
nada. La hacía viajar diariamente por el placer de verla una hora. Yo pensaba
no organizar la vida para su felicidad, sino hacer su existencia compatible con
mis deberes de soldado»[11].
Encontrándose en el hospital militar francés
del Havre, un médico amigo le puso en situación de observación durante tres
meses, y André se quedó a vivir en la base: «Disponiendo de algún tiempo,
adquirí una casa bastante agradable al pie de la colina de Sainte-Adresse, e
hice venir a mi mujer y a mi hija. Esto estaba prohibido. El Havre figuraba en
la zona
de los ejércitos, pero todos mis jefes,
convertidos en mis amigos, cerraron los ojos. Recibir a mi hija fue una gran
sorpresa. A esa edad se cambia rápidamente. Michelle, ahora, hablaba y corría.
Su madre estaba orgullosa de ella. Nosotros conocimos, en ese pequeño jardín
del Havre, horas que recordaban la dulzura del pasado. (…) Janine estaba
contenta. Había encontrado en el Havre a algunos amigos. Pero en tiempo de
guerra nada dura»[12].
Surge una crisis conyugal a causa de la soledad de Janine
Tenía razón André al decir que en tiempo de
guerra nada es duradero. Lo peor fue que, a causa de la soledad, Janine se
distanció de su marido y sobrevino una crisis conyugal: «Yo tenía derecho a un
permiso cada cuatro meses. La primera vez me dirigí a París, a nuestro pequeño
piso de la Rue Ampère. Ella estaba desasosegada por un indefinible y penoso
sentimiento de malestar. Como era fácil prever, Janine, sola en París y tan
bella, había sido poco a poco descubierta por grupos muy diversos, cuya vida no
era la estudiosa, retirada y modesta que yo había deseado para ella. Yo estaba
lejos, y sabiendo que algunos de sus nuevos amigos me disgustaban, no me habló
de ellos nunca en sus cartas. (…) Durante todo este permiso ella hizo un
esfuerzo gentil y cuidadoso para hacerme feliz. Pero no lo fui y partí
llevándome el recuerdo de misteriosas llamadas telefónicas e incomprensibles
alusiones. Ella se dio cuenta, y en el andén de la estación del Norte me abrazó
con una ternura ansiosa y desesperada. (…) Su vida y la mía contenían ahora,
fuera de nuestra hija y nuestros recuerdos, pocos elementos comunes. La guerra
deshacía nuestro matrimonio, como tantos otros»[13].
André reconoce, muchos años después, que en
esa época su amor por Janine era más propio de la etapa del noviazgo, en la que
suele darse una excesiva idealización de la persona amada: «En aquel tiempo
escribí a mi mujer muchas cartas en verso, pero estaban dirigidas a la Natacha,
a la Irene de mi imaginación, más que a la mujer real y desamparada que tenía
necesidad de una presencia, de un apoyo, y no de poéticas abjuraciones»[14].
La experiencia de la guerra influyó de forma
decisiva en sus comienzos literarios. En 1918, aún movilizado, publicó con el
seudónimo «André Maurois», Les silences du colonel Bramble. Se trata de un
relato humorístico de sus experiencias bélicas. La buena acogida de esta obra
le orientó a escribir lo siguiente: «El fin del año 1917 fue para mí, como para
todos, desgraciado. La guerra parecía interminable y la victoria insegura.
Flotaba una sombra sobre mi vida personal. Buscaba refugio en la ficción. Desde
hacía mucho tiempo, gran número de personajes se alimentaban en mí de mis
sueños. Habían nacido tanto de mí mismo como de los oficiales que había
encontrado en la IX División, como de mis amigos y camaradas del Estado Mayor
Asser. (…) Durante las noches de Abbeville, esperando los ronquidos de los
aviones alemanes, y para huir de mis siniestros pensamientos, me puse a anotar
los diálogos de estos hombres. Pronto, estas conversaciones dieron forma a un
libro. Yo lo escribí en la máquina del Estado Mayor, en mis momentos de ocio.
Le encontré después un título: Les Silences du Colonel Bramble»[15].
Enfermedad grave de Janine
El ejército aliado empezó a ganar la guerra.
Pero André no pudo saborear este éxito a causa de una nueva y grave enfermedad
de su esposa, de la que le informó un médico por telegrama. Tras conseguir un
permiso militar de pocos días, acudió a visitarla y la trasladó a un hospital
de París, donde tuvo que abandonarla. Le dolió mucho irse cuando su mujer más
le necesitaba. La enfermedad de Janine y sus efectos sobre la vida matrimonial
crearon un fuerte estado de ansiedad en André. Por eso, la inminente victoria
militar fue para él una simple rutina. Se sentía muy pesimista con respecto a
su matrimonio: «¿Mi matrimonio? Incluso si Janine curara, lo sentía cruelmente
quebrantado por la ausencia, por las influencias hostiles, por el destino. (…)
Sin duda, poseía yo ahora una felicidad nueva: la de escribir. Pero, ¿qué
significa el éxito, aun cuando sea en la tarea que se desempeña con gusto, si
no se
puede participar con nadie? Mi mujer había
aparecido indiferente a este nuevo aspecto de mi vida. Mis amigos, los más
queridos, habían muerto. Mi hija, única esperanza del porvenir, tenía cuatro
años. Del edificio pacientemente construido durante la primera parte de mi
vida, casi nada quedaba. En esa noche de victoria, cuando me encontré solo en
mi habitación, me sentí agotado, vencido»[16].
André fue desmovilizado a principios del año
1919. Tenía 33 años. Y en ese momento decidió dar un giro de 180 grados a su
vida: «Concebía el proyecto, inconcebible cuatro años, antes de abandonar mi
fábrica, mi ciudad y mi provincia y marchar a reedificar en otra parte, según
un plan nuevo, una vida que la guerra había sembrado de ruinas»[17].
Regresan a Elbeuf. Janine sigue enferma y triste
André se plantea cómo ayudar a Janine a
recuperar la salud. Para lograrlo, sigue el consejo medico: «Los médicos, para
la convalecencia de mi mujer, me habían aconsejado vivir fuera del pueblo, y
había alquilado en La Saussaye, preciosa villa cercana a Elbeuf, una casa
rodeada por un pequeño parque. (…) ¿Se acostumbró Janine a su nueva casa? No lo
creo. Había vuelto de esa otra guerra, la enfermedad, con alma y cuerpo
marchitos. (…) A su naturaleza melancólica mezclábase una singular amargura.
Abandonada, sin protector, sin consejos, en un mundo que el desorden del tiempo
hacía implacable y peligroso, había aprendido a conocer la traición, la
perfidia y la crueldad»[18].
André no tiene éxito, de momento, en la
recuperación de Janine, pues no es capaz de verla y aceptarla como es, en su
nueva situación personal. Su ayuda es más de tipo material que espiritual.
Reconoce también que fue egoísta con su mujer. Pensó más en su propia felicidad
que en la de ella: «Para reconquistar a Janine estaba dispuesto a todos los
sacrificios, pero no al sacrificio intelectual, que hubiese consistido, repito,
en aceptarla como era. Los placeres del artista, que yo había comenzado a
saborear, me atraían más que los del amor. El egoísmo del escritor, más devoto
hacia su obra que hacia los seres que le rodean, extraña combinación de
solicitud maternal y de ambición paterna, crecía en mí a
ojos vistas. Nuestro matrimonio, en apariencia
tranquilo bajo los hermosos tilos de La Saussaye, sufría»[19].
En estas difíciles circunstancias. André se ve
reflejado en el poeta Shelley, lo que le lleva a escribir su biografía, con
este título: Ariel o la vida de Shelley: «Desde mis primeras
visitas a Oxford pensé con un vivo interés
en una Vida del poeta Shelley, y me parecía que, escribiéndola, podría expresar
los sentimientos que había experimentado y que me turbaban aún. Como Shelley,
convertido bajo la influencia de mis lecturas juveniles en un doctrinario, yo
había querido aplicar a mi vida sentimental métodos racionales. Como él, había
encontrado una materia viva y sensible que no se doblegaba a mi lógica. Como
él, yo había sufrido y hacía sufrir»[20].
La publicación del
libro en 1923 fue un gran éxito.
Janine lee Ariel y lo
comenta a André
Leyendo ese libro, Janine aprendió a valorar
al escritor, pero también le sirvió para denunciar las incoherencias del
esposo: «Ariel tuvo en Janine una
lectora atenta, inquieta y sorprendida. Hasta ese libro, mi mujer no había
concedido gran importancia a mi vocación de escritor.
(…)
Tenía ahora tres hijos (los últimos, Gerald y
Olivier, habían nacido en 1920 y 1921) y no tenía deseo alguno de verme
abandonar una fábrica próspera por trabajos de dudoso éxito. (…) Después de Ariel, fue para mi trabajo más
indulgente y respetuosa:
—No creía que fueses capaz de escribir este libro —me dijo—…
Hablas allí de mujeres mejor de lo que me has hablado nunca…
—Quién sabe —le respondí— si lo he escrito precisamente para
contarte cosas que no llego a decirte en alta voz.
Ella había leído el manuscrito. Releyó dos
veces el libro impreso. Buscaba en él alusiones, aclaraciones. Copió pasajes.
Comprendí que estaba sorprendida de ver que yo parecía censurar en Shelley
precisamente aquello que ella sufría en mí, esa seriedad inflexible que ella
llamaba “mi pedantería”, esa necesidad de rodearme de profesores que ella
consideraba insoportablemente enojosa, y ese egoísmo
inconsciente y duro del artista. Puesto que
comprende tan bien —parecía pensar—, ¿por qué no cambia?»[21].
Sigue la crisis conyugal
André y Janine entran en una época de vidas
separadas que les duele, pero que no son capaces de corregir. Su único punto de
apoyo son los buenos recuerdos: «Yo tenía entonces algunos amigos en París, a
cuyas casas iba a pasar la velada sin ella. Por su parte, Janine salía mucho
con su hermano, que se había convertido en un gran modisto, en un mundo
desconocido para mí. Una y otro veíamos con desesperación cómo aumentaba entre
nosotros la rotura de cuatro años de guerra. Como un hombre que con los pies hundidos
entre el légamo se agita en vano y se hunde aún más al hacer un movimiento
cualquiera, así nuestros esfuerzos por ser amables, nuestros pequeños
sacrificios, pasaban inadvertidos, incomprendidos, mal recompensados,
haciéndonos sentir claramente lo peligroso de nuestra situación. (…) Y como
había entre Janine y yo tantos felices recuerdos, como nuestro amor había
comenzado con tanta fuerza y confianza, no podíamos consentir en un divorcio
espiritual»[22].
En esta época de enfermedad y de crisis
conyugal, Janine tuvo el mérito de luchar para salvar su matrimonio y su
familia: «Por Navidad Janine tuvo ánimos para preparar los regalos y un árbol.
Le gustaban mucho las fiestas y los regalos. Hizo venir de Londres,
secretamente para mí, los sesenta volúmenes del Dictionary of National Biography, cuya ausencia en nuestra
biblioteca me había oído lamentar tantas veces. Veo aún su gozo el día en que
me condujo ante los estantes en los cuales había colocado la sorpresa»[23].
Correspondiendo a la positiva actitud de
Janine, André se sacrificó como nunca lo había hecho por su mujer y sus hijos:
«Aun cuando no era el tiempo de vacaciones, y a pesar de las quejas de mis
asociados, abandoné la fábrica en pleno trabajo y fui a instalarme con mi mujer
y los niños en La Napoule, cerca de Cannes. Janine tenía allí un grupo de
amigos ingleses y americanos, a quienes queríamos ambos. Apenas dejábamos la
casa y la playa. Tuvimos largas y francas
conversaciones»[24].
Enfermedad grave y muerte de Janine
Este período de sosiego y convivencia fue
interrumpido nuevamente por la falta de salud de Janine. Una fiebre violenta le
obligó a guardar cama. Los médicos diagnosticaron una septicemia grave y
decidieron intervenir: «Janine aceptó la operación con valentía, pero sin
ilusiones. Pidió ver de nuevo a los niños. (…) Cuando el cloroformo cesó de
producir sus efectos y ella se despertó, sufría mucho. Yo estaba a su lado, con
una enfermera. Janine hablaba como una persona que va a morir y lo sabe. Afirmó
que era creyente y me pidió le dijera misas por el descanso de su alma. De
pronto, lanzó un grito de terror: “¡No veo!” Su cabeza cayó sobre la almohada.
Todo había terminado. Yo no podía creerlo ni admitirlo (…) Hasta el amanecer
estuve arrodillado cerca de la pequeña cama, cogiendo aquella mano que se
enfriaba. (…) Salí en busca de flores. Volví con los brazos llenos de lilas y
de rosas, que coloqué cerca de ella. (…) En el mundo enorme había encontrado a
la reina. La había elegido, conquistado y perdido. (…) Por la mañana vinieron
los primeros amigos. (…) En la iglesia de Saint-Pierre de Neuilly quise que
tocaran el Réquiem de Fauré, tan bello, y el Largo de Haendel»[25].
La experiencia vivida en el funeral de Janine
produjo en André un efecto similar al de una conversión religiosa:
«Por la punzante belleza de esta misa, guardo
a la Iglesia un reconocimiento infinito. Estaba consumido de dolor y de amor.
(…) Me parecía posible estar tranquilo, y si existía otro mundo donde
sobrevivía aquella a quien yo había amado tanto, yo estaría allí. Ella sería
dichosa y se parecería enteramente a la joven angélica, infantil y apasionada
que había visto la primera noche, al claro de luna, bajo los árboles del Parc
des Eaux-Vives»[26].
La pérdida del cónyuge es siempre un desgarro
muy fuerte. André explicó 17 años después qué le resultó más doloroso: «Lo que
tras la muerte de un ser amado es más doloroso para los que quedan, es la
sensación de lo irreparable: Never more.
Nunca más oiría esa voz un
poco velada. Nunca más vería su hermoso
rostro. Nunca más podría tener con ella aquello que ella llamaba “una palabra”.
Larga explicación colocada a veces en un punto difícil, pero que ahora me
parecía tan precioso que hubiese dado con gusto lo que podía quedarme de vida
para volver a ver a Janine una hora, un minuto»[27].
El gran impacto emocional de la pérdida de su
esposa le impidió ocuparse de su trabajo. La permanente evocación de Janine no
dejaba espacio para nada más: «Cada noche, en mis sueños volvía a encontrar a
Janine. Cada despertar era un desgarramiento. (…) Ante la tumba coloqué un
pequeño banco de mármol semicircular, un sauce y una larga copa de flores. Me
acostumbré a ir cada día a sentarme en ese cementerio, para soñar con el
pasado. Con frecuencia me acompañaban los niños. (…) En cuanto me sentí con ánimos
volví al trabajo. Desde hacía mucho tiempo había pensado en escribir los Dialogues sur le Commandement. El libro, publicado en 1924, es un ensayo sobre si a
un país le conviene un gobierno que
gobierne mucho o uno que gobierne poco. Tuvo mucho éxito»[28].
* * *
Se casaron muy enamorados
Para el joven André fue providencial conocer a
Janine. Tanto sus cualidades personales como la coherencia con sus creencias le
admiran, le enamoran y le transforman, empezando por el respeto a las mujeres,
que dejan de ser para él instrumentos de placer. El impacto de Janine se
advierte en el buen noviazgo, en que él se convierte al catolicismo y quiere
casarse pronto y por la Iglesia. En la historia del matrimonio hay que poner
inicialmente en el «haber» de André que contribuyó mucho a que su enamoramiento
fuera auténtico, bello y romántico. Vale la pena repetir la descripción de ese
proceso amoroso.
El primer encuentro con Janine le dejó a André
un recuerdo que nunca pudo borrar. En los años que fueron sucediéndose hubo
aprecio de las cualidades personales de Janine. De ello surge la admiración. Se
enamora de la persona, de su espiritualidad, y no sólo de la belleza
física. Y en ese enamoramiento hay
sentimientos nobles: entusiasmo, confianza y ternura. La relación entre ambos
se caracteriza por el trato personal, a través de conversaciones muy abiertas
en las que existe confianza y respeto. Cada uno cuenta su vida anterior,
facilitando mucho así el conocimiento mutuo. André se casa muy enamorado y es
un buen recién casado.
La soledad de Janine provoca una crisis conyugal que sería
superada
En el «debe» de André hay que hacer constar
que no se entera de lo mucho que Janine sufría sin quejarse, por estar sola
dentro de una casa en una aldea perdida, teniendo que relacionarse con una
familia política con la que no sintonizaba. A él sólo le afectaba la
frustración de no estar cultivando su vocación literaria. Luego vino una
soledad añadida y peor, a causa de la guerra. Aunque él logra que vuelvan a
reunirse, lo hace sin ser consciente del sacrificio que esos encuentros
esporádicos suponían para ella, que seguía sin quejarse, haciendo realidad lo
que le había dicho el día de la boda: «para lo bueno y para lo malo».
André, muchos años después, confesaría esa
nueva ceguera. También reconocería —como ya sabemos— sus deficiencias en la
forma de amar: «En aquel tiempo escribí a mi mujer muchas cartas en verso, pero
estaban dirigidas a la Natacha, a la Irene de mi imaginación…»[29].
En contra de lo que André suponía, la causa de
la crisis conyugal no fue la guerra, sino sus propias cegueras. Sin duda, quiso
mucho a su mujer, pero no siempre le dio atención prioritaria. Incluso después
de estar gravemente enferma, recordemos que hay un momento en el que antepone
su vocación literaria. Es muy significativo el diálogo entre André y Janine,
que ya conocemos, tras la lectura que esta última hace de Ariel o la vida de Shelley. Por primera vez ella le reprocha sus incoherencias en el amor.
Sorprende que un autor que escribe tan bien
sobre el amor haya cometido fallos de principiante. Veamos una de sus reglas
del arte de amar, incluidas en su libro Un
arte de vivir: «Para criar un amor hacen falta cuidados constantes. El más
poderoso de los atractivos, la novedad,
es también el más perecedero. En los comienzos
de un amor, cada uno tiene mil cosas que descubrir en el otro. Pero estas
reservas se agotan, y bien pronto los cuentos que parecían tan nuevos se tornan
monótonos, gastados. El genio en el amor consiste en salvar en la unión una
perpetua novedad»[30].
Una mujer como Janine, que supo querer de
verdad a su marido y luchó siempre por salvar su matrimonio incluso estando muy
enferma, recibió amor, pero merecía algo más. Merecía haber sido lo primero
para su esposo.
Muchas crisis provienen de que uno de los
cónyuges pone en primer lugar su trabajo profesional. Para una persona casada
lo prioritario no es su trabajo sino su matrimonio y sus hijos. Es verdad que a
veces es difícil armonizar familia y trabajo, pero hay que plantearlo como un
reto a nuestro ingenio y creatividad. Casi siempre la «cuerda» se rompe por el
punto más débil: la familia; y esto denota una mala jerarquización de valores.
El cónyuge necesita atención preferente por parte de su cónyuge.
Janine merecía más confidencias de su marido,
y no esperar a conocerlas leyendo uno de sus libros. Él podía haber recurrido a
las cartas, muy apropiadas en tiempo de guerra. Janine merecía los cuidados
constantes que su esposo explica en sus libros. André le proporciona ayudas
materiales, una casa más cómoda, pero pocas ayudas espirituales. La quiere,
pero no como ella necesita ser querida.
Él no sabe aceptar a su mujer en sus nuevas y
difíciles circunstancias, probablemente porque interrumpió el buen hábito del
noviazgo y de los inicios del matrimonio, cuando buscaba facetas nuevas en la
persona amada. No logra que el amor conyugal tenga la perpetua novedad que
predica en sus libros. Este fallo es preocupante, no sólo porque denota
egocentrismo y favorece la rutina, sino también porque es una forma de
infidelidad: «El amor es un continuo descubrimiento y apreciación del otro como
otro. Este descubrimiento es un proceso inacabable que se despliega
gradualmente a lo largo de una vida. En este sentido, la virtud de la fidelidad
no reside simplemente en evitar la infidelidad, sino en una apertura a la
realidad del otro, una realidad que no se puede conocer con antelación. La
fidelidad es el deseo de aceptar a la otra persona tal cual se va presentando
ante nosotros. La fidelidad no es estática. Se da por hecho que las dos
personas están en constante cambio, descubriendo
quiénes son realmente, pero siempre con una
actitud de fidelidad hacia los cambios del otro. El “nosotros” que emerge de
esta situación trasciende el propio ser de cada uno»[31].
Sabemos que la crisis conyugal se superó con
la lucha de Janine por salvar su matrimonio y su familia. Ello incluyó tener
muchos detalles con su marido. Esa conducta tan positiva estimuló la reacción
de André, que antepuso la atención a su familia a la atención a su trabajo. El
dolor de amor de André durante la agonía de Janine manifestaba que, como
esposo, había salido reforzado de la crisis.
Las crisis de crecimiento del amor conyugal no
son manifestación de fracaso; son retos y oportunidades para renovar el amor;
son invitaciones a amar más y mejor.
[1] MAUROIS, A.: Memorias. Aymá, Barcelona, 1944, p. 43.
[2] Ibídem, p. 61-62.
[3] Ibídem, p. 69.
[4] Ibídem, p. 121.
[5] Ibídem, p.122.
[6] Ibídem, p. 128.
[7] Ibídem, p. 135.
[8] Ibídem,137-138.
[9] Ibídem, p.145.
[10] Ibídem, p.152.
[11] Ibídem, p. 152.
[12] Ibídem, pp. 164-
165.
[13] Ibídem, p. 169.
[14] Ibídem, p. 169.
[15] Ibídem, p. 170.
[16] Ibídem, p. 175-176.
[17] Ibídem, p. 175- 177.
[18] Ibídem, p.182.
[19] Ibídem, p.182.
[20] Ibídem, pp. 182-183.
[21] Ibídem, pp. 201-202.
[22] Ibídem, p. 203.
[23] Ibídem, pp. 203-204.
[24] Ibídem, p. 205.
[25] Ibídem, p. 206.
[26] Ibídem, pp. 205-206.
[27] Ibídem, p. 209.
[28] Ibídem, pp. 209-
211.
[29] Ibídem, p. 169.
[30] MAUROIS, A.: Un arte de vivir. Librería Hachtte,
Buenos Aires, 1955 (Cap. 2: el arte de amar).
[31]
CONSTABLE, R.: Educación familiar y
terapia familiar: guía para el cambio en las relaciones. Ponencia presentada en la II Jornada Interfamiliar en
la Universidad de Navarra. Octubre de 2003.
18.
JOHN RONALD REUEL TOLKIEN Y EDITH BRATH (1916)
EL AMOR POR SUS HIJOS
LES AYUDÓ A ESTAR UNIDOS HASTA EL FIN
Un hijo de padres ingleses emigrados a Sudáfrica
John Ronald Reuel Tolkien nació el 3 de enero
de 1892 en Bloem-fontein (Sudáfrica). Su padre, Arthur Reuel Tolkien, era un
banquero inglés que emigró desde Birmingham a Sudáfrica, entonces colonia
británica, en busca de mejores oportunidades de vida. Allí se casó con Mabel
Suffield, de origen inglés, que tenía 13 años menos. La ceremonia religiosa se
celebró en la catedral de Ciudad de El Cabo, el 16 de abril de 1891. Mabel
había aceptado el sacrificio de vivir alejada de su hogar de Birmingham, a
nueve mil kilómetros, en un país desconocido. Lo hizo por amor a su marido:
«Adoraba a Arthur, y era feliz cuando conseguía arrancarlo de su escritorio y
salir con él de paseo, jugar juntos al tenis o al golf, o dedicarse a leer
libros, como solían, uno al otro y en voz alta. Pronto hubo otra cosa que ocupó
su mente: estaba embarazada»[1].
El primer hijo, John Ronald Reuel, fue
bautizado en la catedral de Bloemfontein el 31 de enero de 1892. El 17 de
febrero de 1894 nació el segundo hijo, Hilary Arthur Reuel. El clima
extremadamente caluroso de la ciudad de Bloemfontein perjudicaba mucho la salud
de los niños, por lo que Mabel, de acuerdo con su marido, se trasladó
temporalmente a Birmingham, con la intención de regresar a Sudáfrica.
Arthur permaneció solo
en ese país. En 1896 contrajo fiebre reumática.
Mabel decidió regresar para cuidarlo, pero no
pudo llegar a tiempo. Murió el 15 de febrero de ese año y fue enterrado en el
cementerio anglicano de Bloemfontein. La renta que le quedó a Mabel apenas
alcanzaba para mantenerse ella y sus dos hijos. Por eso tuvo que alquilar una
casita barata en Sarehole, una pequeña población rural en las afueras de la
ciudad industrial de Birmingham. En ese mundo de prados, bosques y ríos se
despertó la fantasía de John Ronald. La evocación de esa infancia feliz al aire
libre sería una constante en sus obras de creación. Mabel trabajó mucho para
mantener a su familia y se ocupó con desvelo de la educación religiosa de sus
hijos.
Una madre que enviuda
prematuramente y se convierte al catolicismo
Mabel formó a sus hijos inicialmente de
acuerdo con su religión anglicana, pero al ser recibida en la Iglesia católica
en 1900, junto a su hermana May, les dio una educación conforme a su nueva fe.
Su conversión la había apartado de algunos familiares, que le privaron de apoyo
económico. Pero su fe prevaleció, en una época en la que convertirse al
catolicismo en Inglaterra era visto como alta traición.
Mabel se preocupó de que sus hijos fueran
buenos estudiantes para así obtener becas que les permitieran acudir a un
colegio privado. John Ronald permanecería toda su vida como católico, edificado
por el ejemplo de valentía y coherencia de su madre: «Mi querida madre fue en
verdad una mártir, y no a todos concede Dios un camino tan sencillo hacia sus
grandes dones como nos otorgó a Hilary y a mí, al darnos una madre que se mató
de trabajo y preocupación para asegurar que conserváramos la fe»[2].
Gracias a su madre John Ronald sabía leer a
los cuatro años. A los siete tenía conocimientos de latín, griego, francés y
alemán. Mabel también le leía muchos libros de cuentos, pero prefería los de
leyendas de dragones a los cuentos clásicos. Se trasladó a Birmingham en 1900,
donde John Ronald comenzó sus estudios en la King Edward’s School, la antigua
escuela donde acudió su padre. Desde pequeño se interesó por el lenguaje y
cultivó la afición de inventar idiomas. Mostraba ya unas
capacidades lingüisticas extraordinarias,
tanto en las lenguas clásicas como en las modernas.
En 1902, junto con su hermano Hillary, John
Ronald ingresa en la Philip´Grammar School. El nuevo domicilio familiar estaba
muy cerca del Oratorio de Birmingham, que había sido fundado en 1849 por John
Henry Newman, tras convertirse del anglicanismo al catolicismo. Uno de los
sacerdotes de esa comunidad, Francis Morgan, era católico y había asumido el
cargo de párroco. Sería un valioso amigo de la familia Tolkien. Dos años
después Mabel enfermó de diabetes, y pasó varias semanas en un hospital. Era
una enfermedad incurable en aquella época, ya que se desconocía la insulina.
Tras entrar en coma diabético, murió en noviembre del mismo año, a los 34 años,
acompañada del padre Morgan. Fue sepultada en el cementerio católico de
Bromsgove.
Los dos niños
huérfanos son confiados a la tutela del padre Francis Morgan
Los chicos tenían en ese momento 12 y 11 años.
John Ronald quedó muy afectado por la muerte de su madre, y cayó en un estado
frecuente de pesimismo y depresión. La pérdida de su madre le acompañaría toda
su vida. La fe católica le sostuvo cuando ella desapareció. Además, encontró un
maravilloso refugio en los libros. No le interesaban los infantiles, sino los
que contenían leyendas y mitologías. También se refugió en la escritura y en la
naturaleza. Le atraía, sobre todo, la belleza de los árboles: le gustaba estar
junto a ellos para observarlos, escalarlos y dibujarlos.
Los dos huérfanos habían sido confiados por su
madre a la tutela del padre Morgan, que se hizo cargo de ellos, tanto material
como espiritualmente; se convirtió en su tutor y mentor y los instaló en casa
de su tía Beatrice Suffield. Esta mujer se limitaba a darles alojamiento y
comida; la falta de afecto hacía infelices a sus sobrinos. Por ello, en 1908,
el padre Morgan decidió buscarles un mejor alojamiento. Recurrió a la señora
Faulkner, que alquilaba habitaciones en una casa de ambiente familiar y agradable.
Una vez aceptados en la pensión, los hermanos
Tolkien vieron que allí vivía otra
pensionista, una joven de 19 años que trabajaba muchas horas cada día con su
máquina de coser. Se llamaba Edith Bratt. Ella también era huérfana.
Edith había nacido el 21 de enero de 1889 en
Gloucester. Era hija ilegítima. Su madre, Frances Bratt, no se casó nunca. La
niña tenía mucho talento para la música y tocaba muy bien el piano. Tras
fallecer su madre, estudió en una escuela de música con el objetivo de llegar a
ser profesora de piano y concertista, pero al ser enviada por su tutor a la pensión
se interrumpió su carrera musical.
Un noviazgo de novela entre John Ronald y Edith
Edith y John Ronald se gustaron desde el
principio y se hicieron amigos. Juntos empezaron a frecuentar las casas de té
de Birmingham y a dar paseos en bicicleta. Pronto surgió un romance amoroso
clandestino, en el verano de 1909. Lo facilitó que los dos eran huérfanos y
estaban necesitados de afecto. El padre Morgan descubrió el romance al observar
que las calificaciones del chico habían bajado últimamente. Se enfadó al
sentirse engañado por una persona a la que había dado tanto afecto y ayuda;
también porque estaba descuidando sus estudios poco tiempo antes del examen
para obtener la beca que necesitaba para ingresar en Oxford. El chico ese año
fracasó y no la obtuvo.
El padre Morgan exigió a John Ronald que
cortara la relación con Edith. Quería evitar que el genio intelectual del chico
se perdiera con un amor inmaduro. También pesó que los enamorados eran de
religión diferente. Edith era protestante. Morgan ordenó a John Ronald mudarse
de la pensión donde vivía también Edith. A partir de su separación los novios
se enviaban notas a través de mensajeros, pero Morgan también lo prohibió. Le
dijo a John Ronald que no podrían verse hasta que cumpliera 21 años, ya mayor de
edad. El joven obedeció, porque se lo debía todo al padre Morgan y porque creía
que la autoridad existía para ser obedecida, pero mantuvo vivos sus
sentimientos, al igual que ella: «El padre Francis no era un hombre lúcido, y
no entendió que al obligar a Ronald y Edith a separarse estaba transformando un
amor juvenil en un
romance frustrado. Ronald escribió treinta
años más tarde: probablemente ninguna otra cosa hubiera fortalecido nuestra
voluntad hasta el punto de dar permanencia a esa relación —aunque era, sin
duda, un caso de verdadero amor—»[3].
El período de espera fue para John Ronald una
prueba de amor, con la que demostró sacrificio y fidelidad por la mujer amada.
Había descubierto esos valores en el cristianismo aprendido de su madre y
también en sus lecturas de literatura medieval, en las que se honra a las
mujeres.
Edith abandonó Duchess Road para instalarse en
Cheltenham, en la casa de un matrimonio que le había ofrecido siempre su
protección, a pesar de no ser familiares. La joven encontró allí un hogar y una
paz que era nueva para ella. Podía practicar diariamente en el piano y tocaba
en los servicios de la iglesia parroquial.
En 1910 John Ronald ganó la beca Exhibition
para el Exeter College de Oxford. Al año siguiente empezó su licenciatura en
Lengua Inglesa en la Universidad de Oxford, que concluiría en 1915 con Honores
de Primera Clase. En enero de 1913 inició sus tareas docentes en la Honours
School of English Language and Literature. En enero de ese año cumplió los
ansiados 21 años: «Cuando tocaron las doce de la noche del 3 de enero de 1913,
Tolkien celebró su mayoría de edad sentándose en la cama y escribiendo a Edith
por primera vez en tres años. Era una nueva declaración de amor que culminaba
con la pregunta que ocupaba el primer lugar en su pensamiento: ¿Cuánto tiempo
pasará antes de que podamos unirnos otra vez, ante Dios y el mundo?»[4].
Ella contestó que ya estaba comprometida con
otro joven, por haber supuesto que John Ronald la había olvidado. John Ronald
no se dio por vencido y tomó el primer tren para Cheltenham. En la estación le
esperaba Edith. Tras pasear y hablar durante varias horas Edith aceptó casarse
con él. No fue difícil, debido a que ella no había dejado de quererle, por lo
que la relación continuó donde la habían dejado.
John Ronald regresó a Oxford y anunció al
padre Morgan su compromiso de boda con Edith. La respuesta fue fría, debido a
que ella era anglicana. Pero John Ronald estaba tranquilo. Confiaba en que su
novia ingresaría en la Iglesia Católica: aunque tenían creencias y costumbres
muy diferentes, eso no impediría que se acabaran casando. El
optimismo de Jonh Ronald no era realista, ya
que, aunque a Edith le agradaba la idea de convertirse al catolicismo, el paso
estaba lleno de obstáculos. Temía ser perseguida y condenada al ostracismo.
Tendría que renunciar a sus numerosos amigos de la iglesia anglicana y a seguir
estando acogida en la casa de uno de ellos, que era anticatólico.
El 8 de enero de 1914 Edith ingresó en la
Iglesia Católica, por la insistencia de su novio, aunque no plenamente
convencida. Por ese motivo le quedó cierto resentimiento. Poco después se
comprometieron ante el padre Murphy. Ese día Edith se confesó y comulgó por
primera vez, y manifestó que le produjo una gran felicidad.
La boda de John Ronald y Edith
Para casarse, Edith se desprendió de todas sus
ambiciones personales; sacrificó mucho para ser la esposa de Tolkien, y no dejó
de hacerlo a lo largo de toda su vida. En 1915 John Ronald se alistó para
combatir en la primera Guerra Mundial. Al acercarse la fecha del embarque a
Francia para incorporarse a su destino militar, los dos jóvenes decidieron
casarse antes de la partida, a pesar de que no disponían de más dinero que la
modesta paga del ejército. Él tenía 24 años y ella 27.
El 22 de marzo del año siguiente se casaron en
la iglesia de Santa María Inmaculada de Warwick, Inglaterra. La ceremonia fue
oficiada por el Padre Murphy. La belleza del lugar, en plena naturaleza, era un
marco ideal para una unión tan romántica.
John Ronald sirvió como oficial de señales de
batallón en el Somme. Procuró que la tragedia de la guerra no cambiara su forma
de contemplar el mundo, su ilusión por la vida y su fe. En esa época escribió
un poema que es un canto al amor:
¡Mira!,
somos jóvenes
y sin embargo hemos
sido
como
corazones plantados en el gran Sol del amor tanto tiempo,
que en el bosque o en
un prado abierto
se alzan por completo
entrelazados
y
respiran los aires y absorben la luz misma juntos, que nos hemos vuelto uno,
profundamente
enraizado en el suelo de la Vida y enredado en la dulce hierba.
En noviembre John Ronald regresó a Inglaterra
enfermo de la «fiebre de las trincheras» y de las heridas causadas por la
explosión de una granada. Edith se consagró totalmente a cuidarle. Fue una
extraordinaria enfermera que logró devolverle la salud. Él nunca olvidaría la
felicidad que ella le proporcionó, sobre todo, en los largos paseos por un
bosque de cicutas. Edith cantaba y bailaba para él entre los árboles. De aquí
proviene el relato de El Silmarillion: la historia de amor entre un hombre
mortal, Beren, y una doncella inmortal, Lúthien. Él se enamora de ella al verla
actuar en el bosque.
En 1917, aún convaleciente de su enfermedad,
empieza a escribir el Libro de los
cuentos perdidos, que se convertirá más adelante en El Silmarillion. Ese año nace su hijo John. Un año después, tras
el armisticio, regresa a Oxford con
su familia e ingresa en el equipo del New English Diccionary. En 1920 es
designado lector de Lengua Inglesa en la Universidad de Leeds y nace su segundo
hijo, Michael. En 1924 es nombrado profesor de Lengua Inglesa en la Universidad
de Leeds y nace su tercer hijo, Christopher. Un año después es profesor de
anglosajón de Rawlinson y Bosworth, en Oxford, y adquiere una casa en Northmoor
Road. La familia se reúne con él poco después. Allí vivirían 21 años. En 1929
nace la tercera hija, Priscilla.
La difícil vida de Edith en Oxford
Cuando John Ronald se convirtió en profesor de
Oxford, Edith lo pasó mal. Añoraba su anterior vida en Leeds, donde la gente
era más sencilla. Se sentía incómoda frente a otras esposas de profesores que
habían
tenido la posibilidad de realizar estudios
superiores. Por ese motivo no tomaba la iniciativa para organizar reuniones
sociales. Era conocida como «la esposa que no llama», y fue excluida de las
reuniones caseras que hacían las otras esposas. A Edith también le desagradaba
la excesiva dedicación de su marido a sus muchos y grandes amigos,
especialmente a C. S. Lewis, y la hacía sentirse ignorada.
Otra contradicción era que su marido estaba
excesivamente volcado en su trabajo y le desagradaban las interrupciones cuando
escribía. Sin embargo John Ronald contaba con ella para leerle lo que iba
escribiendo y para que le hiciera copias. Además, tenían algunos amigos en
común. En 1945 Tolkien es nombrado profesor de Lengua y Literatura Inglesas de
Merton Oxford.
La casa de Holywell Street, donde vivían,
estaba muy afectada por el ruido y los gases del tráfico, lo que dificultaba
mucho el trabajo y el sueño. Por ello en 1953 compraron una casa en Sanfield
Road, Headington, un tranquilo suburbio de Oxford. Tenía el inconveniente de
que cada vez que deseaban ir el centro de la ciudad debían tomar un taxi, y eso
disminuyó las visitas de sus amigos. En 1954 se publican los primeros volúmenes
de El Señor de los Anillos. En 1959
Tolkien se retira de su cátedra en Oxford.
John Ronald se aleja de Oxford para ver más feliz a Edith
En 1968 los Tolkien se trasladan de Sanfield
Road a Bournemouth, un apartado y tranquilo lugar en la costa. Esto supuso un
gran sacrificio para John Ronald, ya que se alejaba aún más de Oxford y de sus
amigos íntimos. Lo hizo pensando en Edith. Se sentía en deuda con ella por los
muchos sacrificios realizados: «El sacrificio tenía una finalidad, y esa
finalidad se había logrado. Edith era feliz allí, mucho más que en cualquier
otro momento de su vida de casada. Aparte de la comodidad de la casa nueva, que
además no tenía escaleras, eran un continuo goce para ella las visitas al hotel
y a los amigos que allí tenía. Había dejado de ser la esposa tímida, insegura
y, a veces, preocupada de un profesor de Oxford, para ser otra vez ella misma,
la Miss Bratt sociable y de buen
humor de los días de Cheltenham. Estaba de
nuevo en el sitio al que pertenecía. Y, en general, la vida era también mejor
para Tolkien. Le gratificaba ver feliz a Edith, y eso se transmitía a su propio
estado de ánimo, de modo que el diario que llevó por breve tiempo durante ese
período en Bournemouth apenas muestra la depresión que solía apoderarse de él
en Sandfield Road»[5].
En el verano de 1971 Edith sufrió una
inflamación en la vesícula que la obligó a ingresar en el hospital. Murió el 19
de noviembre de ese año, al cumplir 82, lo que sumió a John Ronald en una
profunda tristeza. El matrimonio había durado 55 años. El mismo día del
fallecimiento, Tolkien describió sus últimos días en una carta a un amigo:
«Lamento mucho decirle que mi esposa ha muerto esta mañana. Su coraje y
determinación la llevaron hasta lo que parecía el borde de la recuperación,
pero se produjo una súbita recaída contra la que luchó en vano durante casi
tres días. Por lo menos murió en paz. Me siento completamente desconsolado, y
mi corazón no logra animarse todavía, aunque me rodean mi familia y muchos
amigos»[6].
Tolkien es, a partir de ese momento un hombre
solitario, pero se mantiene activo. En 1972 regresó a Oxford. La Universidad le
otorgó un Doctorado Honorario en Letras, por su trabajo en filología. Retomó su
inacabada novela El Silmarillion.
Sería publicada por su hijo Christopher. El 2 de septiembre de 1973 enfermó y
murió en Bournemouth, a causa de unas complicaciones estomacales, a los 81
años, dos después de su querida esposa, de cuya pérdida no se consoló nunca.
Fue enterrado a su lado.
Edith fue el gran amor de su vida y a este
sentimiento profundo y romántico dedicó Jonh Ronald la triste pero hermosa
historia narrada en su libro El
Silmarillion. Es la historia de los amores entre dos personajes de ficción,
Lúthien y Beren, basados en su propia relación sentimental. Edith y J.
R.Tolkien fueron Lúthien y Beren hasta su tumba, donde permanecen los nombres
de ambos junto con los de sus alias de ficción. El epitafio del matrimonio en
el cementerio Wolvecote de Oxford fue redactado por Jonh Ronald pocos días
antes de su muerte y dice así: «Edith Mary Tolkien, Lúthien, 1889-1971; John
Ronald Reuel Tolkien, Beren, 1892-1973».
Un romance de amor romántico que duró toda la vida
Tolkien y Edith fueron amigos antes de
enamorarse y no dejaron de serlo en el noviazgo y a lo largo de su dilatada
vida matrimonial. La afinidad espiritual que existe entre los amigos verdaderos
favoreció mucho que su amor fuera un encuentro personal. La vida matrimonial
fue una conversación ininterrumpida y una conquista mutua permanente. El
noviazgo los dispuso bien para el matrimonio, porque se conocieron por dentro,
porque supieron esperar, porque fueron perseverantes en su amor. Después se
quisieron toda la vida como cuando eran novios, con el mismo cuidado amoroso.
Había sacrificio por parte de los dos, buscando la felicidad del otro. Ella
sacrificó su religión, su carrera musical, su mundo, su tiempo, su descanso, su
posible fama, por su marido. Quiso estar en segundo plano para, desde allí,
apoyar la labor creativa del genio con el que se había casado. Él correspondió
reconociendo siempre su deuda de amor y convirtiéndola en la protagonista de
una gran novela de amor, que escribió a lo largo de muchos años.
Lútien —Edit— fue la protagonista de un amor abnegado y generoso
¿Por qué John Ronald Tolkien quiso que el
nombre Lúthien fuese inscrito en la lápida de Edith? Ella fue la doncella elfa
que había sacrificado su inmortalidad para casarse con el mortal Beren. En una
carta a su hijo Christopher lo explicó de este modo: «Ella era —y lo sabía— mi
Lúthien. (…) Alguien que está cerca de mi corazón debería tener algún
conocimiento de aquello que los registros no registran: los terribles
sufrimientos de nuestra infancia, de los que nos rescatamos el uno al otro,
aunque sin poder curar del todo heridas que, más tarde, se demostraron muchas
veces pertinaces; los sufrimientos que debimos soportar una vez que nos
declaramos mutuo amor; todo lo cual —más allá y por encima de las debilidades
personales— podría ayudar a hacer
perdonables, o comprensibles, los errores y
oscuridades que a veces ensombrecieron nuestras vidas, y a explicar por qué
nunca rozaron lo más profundo de nuestras almas ni borraron el recuerdo de
nuestro amor juvenil. Por qué siempre, y en especial a solas, nos encontrábamos
todavía a la media luz del bosque caminando con las manos unidas para escapar a
la sombra de la muerte inminente antes de nuestra despedida final»[7].
El argumento de la leyenda narrada en El Silmarillion es el siguiente:
«Lúthien nació en Doriath antes que se elevara el Sol y la Luna. Era hija del
rey Elfo Elú Thingol y del espíritu Maia que llamaban Melian. Era la doncella
más hermosa que jamás existió. Tenía el cabello oscuro, los ojos grises y la
piel blanca como la nieve. Siempre estaba cantando y bailando en los bosques de
Doriath. Durante mucho tiempo vivió en la seguridad de Doriath, pero un día
entró a esos bosques un hombre llamado Beren y encontró a Lúthien bailando
entre los árboles.
Beren era hijo de Barahir, el heredero de
Beor. Después de la batalla de la Llama Súbita, este territorio fue ocupado por
las criaturas de Morgoth, el Señor Oscuro. Todos sus habitantes huyeron o
fueron asesinados por los Orcos, excepto Barahir, Beren y once hombres más.
Morgotth los persiguió a muerte y solo sobrevivió Beren. Lo único que conservó
de las pertenencias de su padre fue un anillo que Finrod Felagund, el rey de
Nargothrond, le había entregado como sello de su promesa de ayuda a él y a sus
descendientes.
Beren estaba desesperado y ya no podía
continuar en las tierras que le habían visto nacer. Entonces cruzó las montañas
de Gorgoroth, sobreviviendo a muchos peligros y siguió su camino hacia el sur.
Así llegó a las fronteras de Doriath y como su destino era más fuerte que los
poderes de Melian la Maia, no fue detenido por la Cintura que protegía el reino
de cualquier intruso. Caminando por esos bosques guardados encontró a Lúthien.
Al verla quedó prendado de ella y la llamó Tinúviel, que quiere decir ruiseñor.
Cuando Lúthien —hija de un Elfo inmortal y de
una Maia o diosa— vio a Beren —un hombre mortal—, se enamoró de él y anduvieron
por los bosques y fueron felices. Pero Daeron, el bardo de Thingol, los vio, y
como él también amaba a Lúthien, denunció sus encuentros con Beren ante el rey.
Thingol se enfureció
al oírlo e hizo traer a su presencia a Beren, pero le juró a Lúthien que no le
daría muerte. Cuando Beren estuvo frente al rey le dijo que quería a Lúthien y
que deseaba estar junto a ella para siempre.Thingol pensó en una forma de
mandarlo a la muerte sin romper su juramento: le dijo que lo dejaría casarse
con Lúthien si le traía uno de los silmarils hechos por Feanor y que ahora se
encontraban engarzados en la corona de Morgot. Beren juró que cuando se
volvieran a ver, él sostendría en la mano una de las Joyas Sagradas y salió del
reino en su búsqueda. Lúthien no volvió a cantar o a bailar y todo se volvió
sombrío en los bosques. Después de correr muchos peligros Beren recuperó el
Silmaril y así pudo cumplir su juramento y casarse con Lúthien»[8].
Las diferencias
personales no impidieron la armonía en las relaciones conyugales
La distinta forma de ser y la diferente
educación religiosa que había recibido cada uno crearon cierto distanciamiento
psicológico en el inicio de la vida conyugal. Edith, que en los primeros años
tras su conversión mostraba una tibia aceptación de su nuevo credo y era poco
devota, no entendía el fervor religioso de su marido, que le parecía exagerado.
John Ronald estaba siempre inmerso en su mundo de ficción, mientras que Edith
permanecía en el mundo doméstico: «Él, que, en su mundo mitológico apenas tocaba
con los pies el suelo, difícilmente entendía a las mujeres que se perdían en
los mil pequeños detalles de la vida cotidiana, fastidiosos e irritantes. Esta
fue una constante en su vida matrimonial, que tuvieron que vencer con
generosidad y buena voluntad de su parte. Él nunca se acostumbró a la
trivialidad que conlleva la vida hogareña. Y ella nunca entendió del todo la
pasión de su marido por los libros y el lenguaje. En realidad, se habían
formado en mundos distintos: una sociedad por entero académica y formal, por
una parte, y otra, doméstica. Mundos que nunca llegaron a converger, sino que
discurrieron paralelos a lo largo de sus vidas. Ella nunca llegó a participar
en las actividades académicas y eruditas de su marido, y él, aunque la ayudaba
en las tareas domésticas, sintió siempre que su verdadero lugar era el
ágora»[9].
Tuvieron una convivencia armoniosa a lo largo
de sus 55 años de matrimonio porque supieron aceptarse y amarse como eran,
viendo en sus diferencias una positiva complementariedad. Edith era la fuerza
que impulsaba a Jonh Ronald a superarse en su carrera y en su trabajo. Salvaron
su distancia a partir de un planteamiento correcto del amor conyugal. Fue un
amor de entrega, cediendo y siendo generosos el uno con el otro. Las personas
que convivieron con los dos durante muchos años contaron que se querían mucho:
«Era visible en las pequeñas cosas, como el modo casi absurdo en que cada uno
se preocupaba por la salud del otro, o el cuidado con que elegían y envolvían
los regalos para algunos de sus aniversarios; y también en las cosas
importantes, como el abandono, por parte de Ronald, de gran parte de su vida de
retiro para dar a Edith esos años finales en Bournemouth que ella se merecía, a
su entender; o el orgullo que ella mostraba por la celebridad de su esposo.
Otra fuente de dicha para ambos era el amor que tenían por la familia. Éste los
unió hasta el fin de sus vidas y fue, quizá, la mayor fuerza del matrimonio.
Les encantaba hablar y meditar sobre cada detalle de la vida de sus hijos, y
luego de sus nietos»[10].
En una carta escrita en marzo de 1941 Tolkien
habla de la necesidad del sacrificio en la vida matrimonial. No lo hace desde
la teoría, sino desde la experiencia vivida con su esposa: «La fidelidad en el
matrimonio cristiano implica una gran mortificación. No hay hombre, por
fielmente que haya amado a su prometida y novia cuando joven, que le haya sido
fiel ya convertida en su esposa en cuerpo y alma sin un ejercicio
deliberadamente consciente de la voluntad, sin autonegación»[11].
Otro factor clave en la unión y fidelidad del
matrimonio fueron los hijos: «Quizás el mayor poder de su matrimonio, lo que
los unía más que ninguna otra cosa, era el amor que compartían por sus hijos.
Como ambos habían quedado huérfanos a temprana edad, intentaron garantizar a
sus hijos el entorno de una familia fuerte y convencional que a ellos se les
había negado. Disfrutaban con cada detalle de la vida de sus vástagos y, en
años posteriores, este placer era evidente en la devoción por sus nietos»[12].
[1] CARPENTER, H.: J. R. R. Tolkien. Minotauro, Barcelona,
1990, p. 22.
[2] Ibídem, p. 43.
[3] Ibídem, p. 57.
[4] PEARCE, J.: Tolkien. Hombre y mito. Minotauro,
Barcelona, 1961, p. 46.
[5] CARPENTER, H.: J. R. R. Tolkien, Op. cit., p. 274.
[6]
CARPENTER, H.: Cartas de J. R. R. Tolkien.
Minotauro, Barcelona, 1993, pp. 488-489.
[7] CARPENTER, H.: J. R. R. Tolkien, Op. cit., p. 114.
[8] TOLKIEN, J.R.: The Silmarillion. Ballantine Books,
1977.
[9] ARGUIJO, P.: Tolkien, Palabra, Madrid, 1992, pp.
78-79.
[10] CARPENTER, H.: Cartas de J. R. R. Tolkien, Op. cit.,
pp. 65-66.
[11] PEARCE, J.: Tolkien. Hombre y mito, Op. cit., p. 62.
[12] Ibídem, p. 212.
19.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ Y ZENOBIA CAMPRUBÍ (1916)
EL POETA QUE DEPURÓ SUS
VERSOS ANTE UNA ESPOSA QUE LE CONSAGRÓ SU VIDA
Un adolescente poeta, tras renunciar a ser pintor y abogado
Juan Ramón Jiménez nació en Moguer, Huelva, el
23 de diciembre de 1881. Fue hijo de Víctor Jiménez y Purificación Mantecón,
comerciantes en vinos. En 1891 aprobó el examen de primera enseñanza en el
Instituto de Huelva. Dos años después cursó el bachillerato en el Colegio San
Luis Gonzaga del Puerto de Santa María. En 1896 se traslada a Sevilla para ser
pintor, con la certeza de que esa era su vocación. Frecuenta la biblioteca del
Ateneo de Sevilla. Inicia sus escritos en prosa y verso y colabora en periódicos
y revistas de Huelva y Sevilla. Luego comienza la carrera de Derecho por
imposición de su padre en la Universidad de Sevilla, pero la abandona en 1899.
Un año después se traslada a Madrid, donde publicaría dos libros: Ninfeas y Almas de violeta. La muerte de
su padre y la ruina económica de la familia le causa una fuerte depresión, y es
ingresado primero en un sanatorio de Burdeos y después en Madrid.
En 1902 publica Arias tristes, y en 1904 Jardines
lejanos. Al año siguiente regresa a Moguer, su pueblo natal, e inicia su
período de mayor producción literaria. Entre ese año y 1912 publica veinte
libros de poemas, entre ellos, Pastorales,
Elejías, La soledad sonora, Laberinto, Poemas
agrestes, Libros de amor, El silencio de oro, Idilios.
El 29 de diciembre de 1912 regresa a Madrid,
donde conocerá a Zenobia Camprubí en 1913. Se instala en la Residencia de
Estudiantes. Zenobia había nacido en la localidad costera catalana de Malgrat
de Mar, el 31 de agosto de 1887 y pertenecía a una familia culta y rica. Su
madre, Isabel Aymar, de padre norteamericano, tenía ascendientes corsos
afincados en Puerto Rico. Su padre, Raimundo Camprubí, ingeniero, era oriundo
de Pamplona. Se habían casado en Puerto Rico.
Los tres hermanos de Zenobia se educaron en
colegios y universidades de Estados Unidos. Ella, en cambio, por ser mujer,
siguiendo las costumbres de la época, fue educada con profesores particulares
en las ciudades a donde iba destinado su padre: Barcelona, Tarragona y
Valencia.
En 1896 Zenobia, con nueve años, viajó a
Estados Unidos con su madre. En su etapa adolescente mostraba ya sus dotes
literarias. A los 21 años realizó estudios en el Teacher´s College de la
Universidad de Columbia, en Nueva York, durante el curso 1908-1909. En esa
época escribió varios cuentos y artículos. También escribía un diario que había
iniciado en la adolescencia, por sugerencia de su madre, que lo consideraba muy
formativo.
En 1910, con 22 años, Zenobia regresó a España
con su madre. Estuvo en La Rábida, donde promovió una escuela para los niños de
la aldea. Tras un nuevo viaje a Estados Unidos, madre e hija regresaron a
España y se instalan en 1912 con el padre en el número 18 del paseo de la
Castellana de Madrid, muy cercano a la Residencia de Estudiantes de la calle
Fortuny. Zenobia regresó disgustada, ya que prefería el modo de vida americano,
mucho más libre para una mujer que el español.
En Madrid Zenobia asistía a muchas
conferencias. En la primavera de 1913 se matriculó en un curso dirigido por
Ramón Menéndez Pidal en la Residencia de Estudiantes. Tras verla allí, Juan
Ramón Jiménez quedó impactado y consiguió que unos amigos se la presentaran.
Acto seguido le declaró su amor de forma impulsiva. A Zenobia aquello le
pareció una locura. Aceptó su amistad, pero no una relación que pudiera
desembocar en matrimonio.
El joven Juan Ramón no
se rindió. Le escribía cartas y poemas de amor. Con gran perseverancia, se
pasaba las tardes escribiendo para su amada, sentado en un banco, frente al
piso donde vivía Zenobia. A ella, que era alegre, extrovertida, práctica,
optimista y muy animada, no le atraía el poeta, por su carácter triste,
predispuesto a la melancolía y al pesimismo; tampoco podía aceptar sus ofertas
de felicidad eterna, porque conocía su poca sociabilidad, sus depresiones y su
falta de sentido práctico.
Zenobia sabía que Juan Ramón era hipocondríaco
y que tenía una personalidad complicada y difícil. Una muestra de ello es que
nunca pudo soportar el menor ruido a la hora de escribir; llegó a forrar las
paredes de su cuarto de trabajo de Madrid con un producto insonorizador
utilizado en los sanatorios de Estados Unidos para personas fatigadas.
Por si esto fuera poco, la madre de Zenobia
era reacia a que su hija se casara con un poeta y, además, español. La había
educado en la admiración por la cultura norteamericana. Juan Ramón Jiménez era
en 1913 un poeta consagrado, pero el oficio de poeta no daba para vivir. Isabel
Aymar prefería como candidato al abogado norteamericano Henry Shattuk. Por eso,
huyendo del peligro, se llevó a Zenobia a Estados Unidos. Juan Ramón las siguió
un mes más tarde, pero tampoco le ayudaron sus versos para convencer a la madre
y conquistar a su hija, pues ambas mujeres los consideraban insulsos. Uno de
los poemas de amor a Zenobia incluía esta estrofa:
Dejo correr mi sangre,
para que te persiga…
¡No esperes a que
salga
la última gota, para
hacerte mía!
Un enamorado no correspondido
Entre Juan Ramón y Zenobia surge una relación
amistosa que se mantiene principalmente por medio de cartas cruzadas. Unidas a
las de la etapa del noviazgo, ofrecen una información muy valiosa sobre la
personalidad del poeta y la de su esposa, y
sobre la comunicación entre ambos. Fueron recogidas en un epistolario de Juan
Ramón titulado Monumento de amor.
En las primeras cartas se puede apreciar dos
modos de ser muy diferentes que, con frecuencia, entran en colisión. Por otra
parte, Juan Ramón está enamorado, pero Zenobia no, y se comporta solo como
amiga. Por ello, el tono de los contenidos es muy diferente: él escribe con
hondura y sentimiento, como enamorado no correspondido; ella lo hace en tono
distendido, jovial y bromista y se atreve a ejercer la corrección amistosa con
toda franqueza. Así se puede apreciar en la carta que Zenobia le escribe a Juan
Ramón un domingo por la noche, en el verano de 1913, de la que selecciono un
fragmento: «¿Por qué está usted siempre con esa cara de alma en pena? ¡Es usted
un egoísta de primera! ¡Caramba! No le da la gana de ver más que lástimas en el
mundo. Hasta yo me pongo triste. A usted lo que le pasa es que necesita salirse
de la dichosa rutina cariacontecida de su interior. Yo le voy a curar a usted
de raíz, pero de raíz. Sálgase de una vez de su cuarto tenebroso de la calle
Villanueva, y váyase al Escorial, a Moguer y después a la Residencia, ¡pero,
por Dios, enseguida! Y cuando vuelva a Madrid después de haber respirado un
poco el aire de campo, yo me encargo de que no le vuelva a dar la tristeza. No
le voy a dejar parar. ¿Para qué le sirven a usted su benditos versos?»[1].
En su carta de respuesta del lunes por la
noche del mismo verano de 1913, Juan Ramón agradece la de Zenobia, pero muestra
que no ha sabido encajar la simpática y acertada crítica recibida:
«Muy alegre estabas cuando me escribiste tu
carta. Te la agradecí con toda mi alma, pero cuando la terminé me eché a
llorar. No es una carta tierna ni dulce. De haberlo sido me habría puesto más
alegre. No, Zenobita, no es que yo sea fúnebre siempre. ¿Me quieres decir que
tiene uno en el corazón de vuelta de esas frivolidades a que, tan muerta de
risa, me invitas? (…) Aun cuando todo esto sea una broma, aunque lo hayas
escrito con la mejor de las intenciones, Zenobita, en serio te lo digo, ¿no te
ha dolido nada al escribirlo? (…) De todos modos, no me dejes sin ti misma. Te
necesito como seas, como quieras ser, y yo seré lo que tú quieras, solo porque
seas feliz. Si ahora mismo me dijeran que con mi muerte se conseguiría tu
felicidad, la muerte me parecería tan dulce como
tú misma»[2].
El día siguiente Zenobia se defiende de haber
sido tachada de frívola. Luego se muestra muy dura con un libro de poemas, Laberinto, que Juan Ramón le había
enviado con mucha ilusión tan pronto se publicó. No le gustó por considerarlo
erótico. Con respecto a la frivolidad dice lo siguiente: «¿Es que te figuras
que yo no hago nada porque trabajo riendo?
(…)
Yo no creo que haya nada en el mundo que no
pueda empezar tomando una taza de té o haciendo cualquier otra simpleza
convencional. No es lo que se hace, es el modo de hacerlo. ¿Y usted cree que
con sus tristezas hace algo de mucho más bueno? (…) Yo quisiera alegrarlo a
usted porque esa antipatía y ese prejuicio que tiene contra lo que llama
“frivolidades” no son más que el resultado de su ensimismamiento».
Y con respecto al libro, este es su juicio:
«¿Usted cree que sus versos hacen a alguien más bueno? Yo estoy segura de que
no. Anoche leí Laberinto. Lo leí
porque lo había escrito usted, conste, que si no estoy segura de que no hubiera “aguantado” hasta el final. Y cuando lo
concluí tenía una rabia contra usted, que si llego a saber que estaba usted
abajo en la Castellana, seguramente sale el libro volando por la ventana»[3].
A partir del verano de 1914 las cartas tienen mayor intimidad,
pero siguen en el terreno de la simple amistad.
El noviazgo
La tenacidad de Juan Ramón acabó venciendo la
resistencia de Zenobia, ya que en el verano de 1915 aceptó ser su novia. Ella
escribía sus cartas desde el pueblecito navarro de Burguete. La evolución de
los sentimientos de Zenobia se aprecia claramente en varios párrafos de una
larga carta que escribió a Juan Ramón desde Nueva York, el 24 de diciembre de
1915: «Juanito mío querido, es la Nochebuena y en tu tierra estarán cantando
los campesinos. (…) En una noche como esta quisiera que encendiéramos juntos el
fuego y nos sentáramos a su luz, sin otra luz en el cuarto más que la de la
lamparita chiquita azul que compramos juntos antes de venirme. Le haremos una
pantallita azul y nos derramará su lucecita suave para que nos acordemos
siempre de toda esta ilusión
dulce, tierna y tan llena de felicidad,
esperanza y fuerza de corazón. (…) De vez en cuando vendremos aquí para
salirnos un poco de nuestra rutina y para hacer más amplio nuestro espíritu,
sin perder el refinamiento del mundo viejo. Yo procuraré siempre ser una buena
mujer para ti, con lo cual quiero decir todo lo que en mí quepa de útil para
ti, para ayudarte a ser valiente, para no ser una carga y para empujarte
siempre para arriba en todo lo que alcancen nuestras almas. Quiero que te
refugies en mí contra toda desilusión y contra lo mediocre y mezquino de la
vida. (…) Te quiero entrañablemente mi niño y pienso cuánto más aún te querré
luego. Juanito mío, sé valiente y vamos a hacer los dos lo mejor para el
porvenir»[4].
Después de esa manifestación de amor, Juan
Ramón estaba impaciente por casarse, por lo que quería ir al encuentro de su
novia, en Estados Unidos, cuanto antes. El 29 de enero de 1916 embarcó, en
Cádiz en un vapor de la Compañía Trasatlántica, rumbo a América. Durante el
viaje de ida y vuelta escribió los poemas de un libro que titularía Diario de un poeta recién casado. Llegó a Nueva York el 12 de febrero. Le
esperaban Zenobia, su madre y Ramón
Jaén, antiguo compañero en la Residencia de Estudiantes.
Boda en Nueva York
El 2 de marzo de 1916 se casaron en Nueva
York, en la iglesia católica de Saint Stephen. Él era diez años mayor que ella.
Asistió la madre de Zenobia, que, por fin, había claudicado ante la categoría
del poeta. Además, viviría con el matrimonio sin problemas hasta su
fallecimiento.
Los años siguientes a su matrimonio son de
enorme actividad para ellos. Zenobia no sólo ayuda a Juan Ramón en su obra,
sino que sigue con la labor de traductora y realiza actividades propias que le
gustan y ayudan a equilibrar el modesto presupuesto económico familiar. Dirige
un negocio de compra y venta de artesanía popular, abre con la ayuda de unas
amigas una tienda llamada «Arte Popular Español» y alquila pisos para
decorarlos y realquilarlos de nuevo a norteamericanos que pasaban temporadas en
España.
Lo ocurrido del 12 de
febrero al 14 de agosto de 1916 está recogido en un libro autobiográfico de
Zenobia titulado Vivir con Juan Ramón.
Es su Diario de recién casada, denominado también Cuaderno de 1916[5].
El jueves, 2 de marzo de 1916 dejó constancia
de su boda de forma muy concisa: «Me casé. Presentes: mamá, Yoyó, Raimundito,
Epi, Hannah, aunt Edith, Mrs. De Meli y Miss Anna. Juan Ramón y yo fuimos al
fotógrafo en el automóvil de aunt Edith, y luego de ponerme el vestidito azul
con adornos crema en el Martha Washington, Juan Ramón y yo salimos para el
Nacional Arts Club, en donde nos esperaban tres cajas de flores rosas blancas
de mamá, tulipanes rosa y junquillos dorados de los Underhill’s, y un gran número
de flores de todas clases enviado por Miss Sargent. Tras una espera estúpida,
nos dan las habitaciones del Barón Anónimo. Mamá y Miss Anna nos hacen un rato
de tertulia en la velada».
Raimundito y Epi eran los dos hermanos
pequeños de Zenobia. Hannah y Yoyó eran los padrinos.
De América a España
A primeros de junio de 1916 Juan Ramón,
Zenobia e Isabel Aymar viajan hacia España. El poeta aprovechó el viaje en
barco para escribir la cuarta parte de su Diario
de un poeta recién casado. Se titula «Mar de retorno» y contiene 41 poemas
escritos entre el 7 y el 20 de junio de 1916. Llegaron a Cádiz el 19 de junio.
Pasaron varios días en Sevilla y Moguer antes de trasladarse a su casa de
Madrid. Juan Ramón completó el libro con la quinta y sexta parte. Eran, en
total, 243 poemas. Desde ese momento, hasta la muerte de Zenobia en 1956,
transcurrieron cuarenta años de matrimonio unido y feliz, a pesar de la grave
enfermedad que tendría ella y del penoso exilio a América.
El exilio en Cuba
El 22 de agosto de
1936 el matrimonio abandona España camino del
exilio, a causa de la Guerra Civil española.
Los acompaña Isabel Aymar, la madre de Zenobia. Juan Ramón viaja con un
pasaporte diplomático como Agregado Cultural a la Embajada de España en
Washington, expedido tres días antes por Manuel Azaña, Presidente de la
República Española. El gobierno español quería alejar al poeta de un escenario
de guerra. Para conocer con más detalle cómo fue la vida de Juan Ramón y
Zenobia fuera de su patria, disponemos de tres Diarios de Zenobia, escritos en
inglés, que recogen lo sucedido entre el 2 de marzo de 1937 y el 11 de
septiembre de 1956.
Después de varias semanas en Nueva York con
los hermanos de Zenobia, embarcaron con destino a Puerto Rico, donde llegaron
el 29 de septiembre de 1936. Sin duda influyó el hecho de que Isabel Aymar era
puertorriqueña, pero también la ilusión que siempre tuvo Juan Ramón de conocer
esta isla. A ello se sumaba la invitación que había recibido el poeta en 1935
para revisar una selección de textos suyos para el libro Verso y prosa para niños, que se quería introducir en las escuelas
de Puerto Rico.
Dos meses después parten para Cuba, y llegan a
La Habana el 24 de noviembre de 1937, con el propósito de encargarse de la
edición escolar de una antología de la poesía de Juan Ramón. Se alojaron en el
hotel Vedado, donde tuvieron que hospedarse en una pequeña habitación. Vivieron
con privaciones, a pesar de que ambos trabajaban mucho —él escribiendo y ella
como su secretaria, asesora, traductora y agente literario ante las
editoriales—. La estancia se prolonga hasta final de 1939, año en el que la
victoria de los sublevados contra la República española les hace perder la
esperanza de regresar a su patria.
A Zenobia no le agradaba el clima ni el
ambiente de Cuba. Su deseo fue siempre vivir en Estados Unidos. Juan Ramón, en
cambio, se adaptó bien y escribía mucho, a pesar de estar afectado por el
desarrollo de los acontecimientos en España.
Selecciono algunas anotaciones de Zenobia en su Diario1. Cuba (1937-1939), publicado por Alianza Editorial:
La Habana, Cuba, 2 de marzo de 1937
«Hoy hace veintiún
años que nos casamos, estamos de nuevo en este lado del mar, pero tan lejos de
casa. Hace siete meses la visión de nuestra vida presente me hubiera parecido
un sueño inalcanzable. Este maravilloso cielo claro, este mar de azul intenso,
coronado de blanco por las olas y, sobre todo, esta libertad (…) son nuestros».
22 de julio
«J. R. estaba agotadísimo anoche y tuvo que
hacer un esfuerzo sobrehumano para subir de nuevo y corregir treinta y dos
páginas de pruebas devueltas por la imprenta a última hora. Le he hecho
prometer que nunca más se encargará de editar pruebas. Le hice pensar por un
momento en lo absurdo que es pasar ocho meses de su vida corrigiendo las
pruebas de tres libros y desperdiciando su tiempo en corregir errores
tipográficos, cuando por falta de él tiene que dejar de hacer tanto trabajo de
creación».
5 de agosto
«J. R. me había pedido que comprara hoy rosas
blancas para el retrato de mi querida madre y ayer decidí, al pasar la iglesia
del Cristo en autobús, que ése era el lugar callado donde podía estar una hora,
tranquila, pensando en ella, por la mañana».
19 de octubre
«J. R. está tan afectado mentalmente con la
situación de España que me tiene muy preocupada. Anoche, creyendo que yo
dormía, se puso a hablarle a España como un triste enamorado. Una de estas
noches me voy a incorporar y a contestarle. Si nos hubiéramos quedado en España
se hubiera vuelto loco en tres meses».
«Todo el día trabajando con J. R. Hay tanto
que hacer que da ánimos para vivir, a pesar de todo el ambiente de tragedia. J.
R. tiene una facultad especial para dejar a un lado cualquier cosa que pueda
serle una ventaja económica. La idea de recibir dinero por su trabajo le hace
sentirse mal hasta lo indecible y siempre se siente humillado cuando acepta
dinero. La mayor parte de su trabajo lo hace para sí o para complacer a otros,
o simplemente porque no sabe decir no».
26 de enero de 1938
«J. R. tiene la mente llena de destellos de
creatividad en estos dos últimos días, pero me temo que no va a pasar de ahí.
Esta manera transitoria de vivir no es buena ni para él ni para mí, aunque él
ha logrado disciplinarse para trabajar. El país es bello en un sentido pagano,
pero le falta grandeza y diversidad y no ofrece lo suficiente para querer
quedarse uno aquí».
2 de marzo de 1938
«El aniversario 22 de mi boda y el primero de
mi Diario. Es la primera vez que he llevado uno con la fidelidad de éste. El
otro más largo fue el que empecé después de casarme y que se quedó en Padilla,
38. Si no fuera porque el mundo parece estar al borde de la catástrofe, hubiera
sido un día feliz desde un punto de vista limitado y personal».
El tiempo de Miami
Aunque Juan Ramón se
encontraba muy involucrado en la vida cultural
cubana y tenía una gran actividad, decidieron
trasladarse a vivir a Miami, pues él había sido invitado a dar conferencias en
la Universidad de Miami y en la de Duke, en Carolina del Norte. El 29 de enero
de 1939 llegaron a Miami en barco desde La Habana. Allí vivirían hasta su
traslado a Washington en 1942. Esta época también fue dura. Juan Ramón cae en
un estado depresivo, y es internado en varias ocasiones. No obstante continúa
con su labor poética y escribe obras importantísimas, como Tiempo y Espacio y Romances de Coral Gables. Zenobia inició su Diario 2. Estados Unidos (1939-1950) el
29 de enero de 1939, también publicado
por Alianza Editorial. Selecciono algunas anotaciones:
11 de junio de 1939
«Ambos estuvimos intranquilos y deprimidos
todo el día. Al fin él quiere que nos instalemos en un clima menos caliente que
éste y lo bastante cerca de Nueva York como para que yo pase allí una semana de
vez en cuando y al mismo tiempo esté al alcance. Sugerí las cercanías de
Washington, pues a él le gustaría visitar algún museo y tener con quién hablar
español de vez en cuando».
18 de julio
«Regañé a J. R. por lamentarse de la
imposibilidad de lograr en esta vida todos nuestros sueños, creo que le vino
bien. (… ) Quiere una de las cosas que yo quiero, una buena radio para
mantenerse en contacto con el mundo —en particular el de habla española—. Lo
importante es hacerle desear lo que se puede conseguir».
4 de marzo de 1940
«Mi aniversario, o mejor dicho, el nuestro,
fue, como siempre, una desilusión. Es evidente que nadie en la familia de J. R.
ha
tenido la capacidad de hacer los aniversarios
memorables, como lo hacía mi madre, con exquisito arte. Así que todos nuestros
aniversarios, de cualquier clase, siempre son un fracaso; aunque J. R. empieza
el día diciendo que podemos hacer lo que yo quiera, tiene siempre demasiada
prisa para hacer lo que yo quiero. Desde luego, me habría gustado celebrar el
día con un paseo a Key West, algo que nunca hemos hecho, a pesar de haber
estado muchas veces a punto desde que tenemos coche, pero ni se lo mencioné siquiera».
24 de junio de 1940
«Ayer celebramos maravillosamente el santo de
J. R. Sin embargo, en vez de dejarme complacerle, insistió en complacerme él a
mí, hasta el punto de sugerir que saliéramos a almorzar, lo que, en general, es
un sufrimiento en su caso, aunque parece que hasta lo disfrutó».
El tiempo de Washington
En 1942 se trasladan a vivir a Washington,
pero con la intervención de los Estados Unidos en la segunda Guerra Mundial,
las Universidades apenas tienen actividad. Por ello, se le ofrece a Juan Ramón
una serie de conferencias para promover el aprendizaje de la lengua entre los
soldados. De esta colaboración se deriva la incorporación de Zenobia y Juan
Ramón como profesores de Lengua y Literatura Extranjeras en la Universidad.
Poco después se mudaron a una casa de una pequeña población, Riverdale, cerca de
la Universidad de Maryland, con la que colaboraban. Juan Ramón sigue
escribiendo, ahora en su nuevo libro, Animal
de Fondo, y Zenobia se dedica a su trabajo en la Universidad.
El tiempo de Puerto Rico
Después de un exitoso
viaje por Hispanoamérica, dando conferencias en Argentina y Uruguay, pasan una
temporada en Puerto Rico, donde llegan el 20 de noviembre de 1951. Lo hicieron
por considerarlo un buen lugar para que Juan Ramón descansara y se recuperara
de su enfermedad del corazón y de sus depresiones. Ambos son contratados como
profesores de la Universidad y viven en su casa de invitados, en pleno campus.
A finales de diciembre deciden regresar a
Estados Unidos ante la precaria economía del matrimonio. Los elevados gastos de
las enfermedades de Juan Ramón, les obliga a retomar las clases en la
Universidad de Maryland. El 20 de marzo de 1951 regresaron a Puerto Rico con
intención de quedarse definitivamente. Juan Ramón le había pedido a Zenobia
volver a la isla, de la que sentía nostalgia.
El 3 de octubre de 1951 Zenobia inicia las
anotaciones en su Diario 3. Puerto Rico (1951-1956). En 1951 a
Zenobia se le reproduce el cáncer del
que ya había sido tratada hacía algunos años. El puertorriqueño doctor Ortega
propuso que la atendiera el doctor Meigs, de Boston, y él mismo le escribió
solicitando su ayuda. Zenobia voló a esa ciudad para operarse, sin la compañía
de su marido, que estaba muy enfermo y no se atrevía a hacer el viaje separado
de su médico habitual. Así lo explica ella en su Diario:
22 de diciembre de 1951
«Pasado mañana salgo para Boston a operarme.
Los días de preparación han sido atroces. J. R. está en un estado de
desesperación horrible al pensar que pueda irme sin él, pero todavía puede en
él más la manía: sin médico no se va, y ahora lo quiere para mí tanto como para
él. El viajar con él estando yo sana es bastante para enfermar, pero estando
enferma es inconcebible».
El 31 de diciembre de 1951 fue operada por el
doctor Meigs. Una acompañante de Zenobia en el hospital, Inés Muñoz, informó a
Juan Ramón del éxito de la intervención. El 10 de enero de 1952 Zenobia se
trasladó a la residencia de convalecientes del
hospital. Desde allí escribía una larga carta cada día a su esposo. Tras
restablecerse de la operación, se incorporó nuevamente a su tarea docente a
comienzos de febrero de 1952, sin dejar de cuidar a su marido enfermo.
26 de febrero de 1952
«Estamos en una etapa completamente distinta
de nuestra vida. J. R. y yo hemos pasado, cada uno, por una fuerte crisis. Él
de locura, lo mío cáncer. Pero creo que el sufrimiento por lo de él fue
infinitamente mayor».
El 2 de marzo de 1956 celebraron el cuarenta
aniversario de su boda, que sería el último. Zenobia confiesa que le enfada no
poder valerse por sí misma.
13 de mayo de 1956
«Dios me ayude a cultivar mejor genio porque,
desde que enfermé, estoy convertida en una verdadera cascarrabias. El tener que
hacerlo todo indirectamente molestando a cuantas personas conozco me violenta
mucho».
El 28 de junio ingresó nuevamente en el
hospital de Boston. Llegó acompañada por el doctor Rodríguez Olleros y su
esposa. El doctor Meigs le comunicó que ya era imposible iniciar nuevos
tratamientos. El 13 julio estaba de regreso en Puerto Rico. Gullón describe la
nueva y dura situación de Zenobia: «Las semanas siguientes fueron muy crueles.
La lucha contra la muerte se complicaba por la neurosis de Juan Ramón, y por la
tremenda sensación de tener perdida la carrera con el tiempo. El 30 de julio
copió en el Diario los últimos versos en él citados, una copla popular que Juan
Ramón le dijera la noche anterior; le impresionó la belleza del cantar y, tal
vez, se sintió oscuramente aludida en las dos
¡Qué triste es una
paloma
cantando al anochecer!
¡Más triste es una
mujer
andando en la noche,
sola!»[6]
Zenobia volvió a ingresar en el hospital de
Boston el 4 de septiembre, acompañada de su sobrina Inés. El doctor Meigs le
comunicó que ya nada se podía hacer y que le quedaba poco tiempo de vida.
Estuvo internada hasta el 19 de septiembre, sin dejar de escribir ni un solo
día a Juan Ramón. El 20 de septiembre ingresó en la Clínica Mimiya de Santurce.
Luego vino una lenta agonía, que sufrió con paciencia ejemplar. Estaba atendida
por tres enfermeras de turno. Los parientes y amistades se turnaban también para
hacerle compañía.
En el lecho de muerte seguía esperando con
ilusión la noticia de que a su marido le habían concedido el Premio Nobel de
Literatura. Antes de que se hiciera oficial, un periodista sueco se la comunica
a Zenobia, con el fin de que sea ella la que informe a su marido.
El 28 de octubre de 1956, tres días después de
la concesión del Nobel, moría Zenobia en la Clínica Mimiya de Santurce, con la
mano de Juan Ramón en la suya. Juan Ramón delegó en Jaime Benítez, rector de la
Universidad de Puerto Rico, la recepción del galardón en Estocolmo. En el
discurso de aceptación Benítez leyó un mensaje de Juan Ramón: «Mi esposa
Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su
inspiración de 40 años han hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella
desolado y sin fuerzas».
La salud de Juan Ramón se resintió mucho por
el golpe. Cayó en un estado de atonía y tuvo que ser hospitalizado durante
algún tiempo. Con frecuencia iba al cementerio de Porta Coeli para poner flores
en el sepulcro de Zenobia. En 1957 regaló a la Universidad de Puerto Rico todos
los papeles y documentos que tenía en ese país. El 26 de mayo de 1958 enfermó
de una grave bronconeumonía. Falleció el 29 en la Clínica Mimiya. Un libro de
espiritualidad, Camino, facilitado
por un sobrino, reposaba en su mesilla. Sus restos viajaron, junto a los de
Zenobia, a
Moguer, en cuyo cementerio fueron depositados el 6 de junio de
1958.
* * *
El enamoramiento inicial de dos personas de carácter opuesto
Tras experimentar un enamoramiento a primera
vista, Juan Ramón afrontó con mucho ímpetu el largo y difícil proceso de
conquistar a una mujer que no se sentía inicialmente atraída por él: «El poeta
impaciente, anhelante, inquieto, desea transformar a la amada y apropiársela.
Pero no siempre los enamorados son clarividentes, y la táctica de presión
incesante y dolorido sentir no era la adecuada para que la muchacha cediera. La
reiteración de la melancolía, la insistencia en la actitud de tristeza chocaba con
el ánimo, poco predispuesto a ella, de la animosa “americanita”, cuya vitalidad
extrañaba las murrias y preocupaciones del solicitante. El diálogo va
declarando diferencias, y también, aun cuando no destaquen tanto, comunidad de
aficiones, simpatías y la honda corriente de comprensión que poco a poco les
acerca y une»[7].
Zenobia frena con habilidad y sentido del
humor el galanteo inicial de su pretendiente, porque no le agrada su forma de
ser —tenía un carácter opuesto al suyo—. También porque ese galanteo es
agobiante, presuntuoso, precipitado y posesivo. No obstante, deja abierta la
puerta de una posible amistad.
¿Cuál fue el secreto de que dos personalidades
tan opuestas llegaran a enamorarse y casarse? Pienso que el factor clave fue la
amistad, una amistad verdadera, caracterizada por la benevolencia recíproca
—deseo mutuo del bien— de la que hablaba Aristóteles. En ella se quiere a otra
persona en sí misma y por sí misma, y no por el beneficio o el placer que puede
proporcionar.
No toda relación de amistad entre un hombre y
una mujer conduce a una relación amorosa, pero sí es un buen terreno para que
pueda brotar y crecer la flor del verdadero amor, en cuanto es una situación de
diálogo y confidencia que facilita el mutuo conocimiento.
El joven e inexperto Juan Ramón sólo acertaba
en esta cuestión cuando rectificaba. Al aceptar que Zenobia fuera en principio
sólo una buena
amiga, dio un gran paso para su posterior
conquista amorosa. Pero tampoco era fácil iniciar y mantener una relación de
amistad entre personas tan diferentes.
La amistad entre los muy desiguales es
difícil, pero no imposible si se encuentra una semejanza o un interés común
consistente. En este caso esa coincidencia fue la poesía, que se hizo operativa
con la colaboración de Juan Ramón en la traducción del libro de Tagore a cargo
de Zenobia. Esa actividad compartida y prolongada en el tiempo fue una ocasión
continua para el diálogo y para el intercambio de intimidad propio de la
amistad.
Tras leer en 1913 The Crescent Moon, de Rabindranath Tagore, Zenobia tradujo algunos
poemas y se los enseñó a Juan Ramón. Como había supuesto, a él le gustaron
mucho y la animó a traducir todo el libro con su ayuda. Se inició así una mutua
colaboración. Ella traducía del inglés al castellano y él daba forma literaria
a lo traducido. Este trabajo agrandó la intimidad entre los dos, dentro de una
relación de amistad, previa al noviazgo.
Los caracteres opuestos se hacen complementarios
El carácter triste de Juan Ramón deja de ser
un obstáculo que les separa, para convertirse en una llamada continua al gran
corazón de Zenobia, que responde con generosidad. Se da una conjunción entre
quien necesita ayuda afectiva y quien necesita dar afecto. Los dos caracteres
opuestos se convierten en complementarios, sin perderse.
Ese conocimiento y esa correspondencia mutua
propiciaron el desarrollo del amor. A ella le enamoró el poeta —la persona que
expresa sus sentimientos de forma poética—. A su vez, el enamoramiento de ella
generó una nueva respuesta de amor de Juan Ramón que se tradujo en un cambio
poético.
El cambio sentimental del poeta transformó el
contenido y estilo de sus versos. Fue el paso de la etapa sensitiva a la
intelectual. Empezó a usar el verso libre, que llamaba desnudo. Suprimió la
musicalidad, los argumentos poéticos y la aparatosidad externa anterior, para
adentrarse en lo profundo, en lo puro y esencial. Era una poesía estilizada y
depurada, en la que el poeta admira lo que contempla.
Graziela Palau, especialista en la vida y obra
de Juan Ramón, a quien conoció cuando llegó exiliado a Puerto Rico en 1936, ha
señalado que el cambio poético fue una respuesta de amor. Depuró su poesía para
expresar mejor el amor que sentía[8].
En el amor humano el «yo» y el «tú» deben
encontrarse en el «nosotros», pero no desaparecen. Aparentemente, Zenobia se
había dejado arrollar dócilmente por el huracán de su apasionado pretendiente,
pero no fue exactamente así. Ella lo explicó en una carta a Juan Ramón de fecha
23 de julio de 1913: «¿Qué es lo que pasa cuando una tormenta huracanada se
desencadena sobre un bosque? Los árboles fuertes se quiebran, si no pueden
resistir erguidos, los arbustos débiles se doblan con el viento y cuando ha pasado
se vuelven a levantar. Esto es lo que me ha ocurrido a mí con usted».
Había sido enamorada por su poesía, pero nunca
dejaría de ser ella misma, lo que sería muy beneficioso para los dos y para su
futuro matrimonio: «En el equilibrio de temperamentos y actitudes estuvo el
secreto de su felicidad, pues fueron dichosos largas temporadas, cuando
enfermedades de uno y otro no les preocupaban»[9].
Dos recién casados que
afrontan con ilusión y talento la vida en común
Todo el primer año de matrimonio fue una
prolongación de la luna de miel, con episodios que Juan Ramón iba reflejando en
forma de poema en su Diario de un poeta
recién casado. En esta primera etapa la convivencia es intensa y
placentera. Visitan y reciben juntos a algunos amigos, salen a almorzar con
otros, se dan largos paseos, van a un estudio fotográfico para encargar más
fotografías, acuden a exposiciones y espectáculos, visitan museos, hacen
compras, etc. En las horas que no salen, Zenobia escribe cartas y más cartas y
Juan Ramón trabaja en Diario de un poeta
recién casado. Pero no faltaron algunas pequeñas riñas que superaron en el momento, siendo positivos, dialogando y
sabiendo perdonar y olvidar. De esta forma su amor salía fortalecido
después de un conflicto, tal como lo refleja
esta anotación de 4 de marzo: «Estuvimos
toda la mañana atendiendo al equipaje y a los encargos de importaciones de España. Almorzamos con mamá y Yoyó. Por la tarde
salimos para Boston. Llegamos al Bellevue a las 11,30. Juan Ramón y yo tuvimos
nuestro primer disgusto, y después nos dio mucha pena y nos quisimos más».
Juan Ramón aludiría a ese disgusto en su poema
64, escrito el 14 de marzo:
Bebimos, en la sombra,
nuestros llantos
Confundidos…
Yo no supe cuál era
el tuyo.
¿Supiste tú cuál era
el mío?
El día 16 de marzo surge una nueva diferencia:
«Nada. Juan Ramón y yo tenemos un gran disgusto, y luego mayor comprensión y
mucho más cariño verdadero».
El poeta lo reflejó en el brevísimo poema 66,
«Berceuse», escrito ese mismo día:
No; dormida,
no te beso.
Valoraban mucho la mutua compañía, unida al
cuidado amoroso del otro, y se resistían a separarse. Los días en los que uno
de los dos se encuentra enfermo está muy bien acompañado por el otro, por
ejemplo, el 19 de abril: «Me paso todo el día en la cama, pero no me aburro
porque J. R. es muy bueno conmigo. Coso y leo. The Spoon River Anthology me interesa muchísimo, y también nos
gustó mucho The Congo, que leemos con
júbilo J. R. y yo juntos. Por la tarde viene mamá a acompañarme mientras J. R.
trabaja en Platero con Underhill.
Cuando se va mamá, leemos juntos parte de la traducción de Mr. U. y notamos que
el señor no
comprende del todo el texto español. Me visita
la vieja lavandera alemana, que con su regordete buen humor me divierte la mar.
J. R. y yo estamos contentos y muy felices».
Posiblemente fue ese día cuando Juan Ramón
compuso el poema 110, «Desvelo», en el que expresa su temor al sueño de
Zenobia, porque cuando ella duerme están separados, aunque estén juntos
físicamente:
Amor,
no me acompañas; me amedrenta el cercano secreto
de tu sueño encendido
y dilatado
a mi lado, en la
sombra.
Y aunque te tengo y
eres toda mía,
con tu soñar en ti, y
pudiera
matar, amor, tu sueño
en ti, lo mismo
que
a un veneno en su flor, le tengo miedo a tu sueño, ¡amor, sí, te tengo miedo!
El 27 de abril, en el Diario figura la
realización de algunas compras. Luego se puede leer: «Salimos J. R. y yo a
Washington Sq., y de paso vemos un incendio».
Ese día el poeta
escribe el poema 119, «Serenata espiritual»:
Ahora, que estás
dormida,
puedo, solo, adorarte,
sin serme, con tu
parte,
mi fe correspondida.
¡Qué bien, dar uno,
entero
su afán, sin
recompensa!
¡Esta es la vida
inmensa,
el amor verdadero!
El 4 de junio, domingo, Zenobia hace un viaje de un día sin la
compañía de Juan Ramón: «Salgo a las 8,30 para oír misa, tomo el
desayuno por 15 céntimos y cojo el tren para
Essex Falls, en donde paso un día feliz de campo, sintiendo sólo que no esté
Juan Ramón, que no ha querido venir. Regreso para cenar con J. R. Lo hacemos en
el Albert bastante lúgubremente».
Ese día Juan Ramón
escribió el poema 151, «Ausencia de un día»:
Ahora, soñar es verte,
y ya, en vez de soñar,
vivir será mirar
tu luz, hasta la
muerte.
¡Mirar tu luz! Ni
sueño,
ni ensueño. Sólo amor,
más fácil y mejor
que el sueño y el
ensueño.
Esa ausencia pasajera de Zenobia suscita en el
poeta la valoración del porvenir deseado: toda una vida con ella, hasta la
muerte. También le lleva a apreciar el amor real, verdadero, que le espera, en
contraste con el amor soñado, de fantasía, que sintió antes de casarse con su
amada.
La mujer que quiso permanecer en la sombra por amor
Recordemos que, ya en la etapa del noviazgo,
Zenobia le ofreció a Juan Ramón vivir para él: “Yo procuraré siempre ser una
buena mujer para ti, con lo cual quiero decir todo lo que en mí quepa de útil
para ti, para ayudarte a ser valiente, para no ser una carga y para empujarte
siempre para arriba en todo lo que alcancen nuestras almas. Quiero que te
refugies en mí contra toda desilusión y contra lo mediocre y mezquino de la
vida».
Esa declaración de intenciones adelanta cómo
será el amor conyugal de Zenobia: un amor abnegado, generoso, de entrega total,
que se orienta directamente a hacer feliz a su cónyuge. Esa actitud tan
positiva fue un factor clave del éxito matrimonial: «El matrimonio vivió
siempre en perfecta armonía; su relación no tuvo intercadencias ni desniveles.
Zenobia no sólo fue esposa sino a la vez
madre, colaboradora, secretaria, agente de negocios, enfermera y chofer de su
marido. (…) Cuando estaban separados se escribían a diario y a menudo»[10].
Zenobia fue una mujer inteligente, culta y
abnegada, que permaneció voluntariamente en la sombra por amor y para salvar al
admirado poeta que estaba siempre en peligro de hundirse. Era escritora, pero
su ambición no estaba en la literatura, sino en ponerse al servicio de un ideal
encarnado en la obra de su marido. Hizo de Juan Ramón Jiménez una razón de su
vida. Su sacrificio incluyó organizar pequeños negocios que ayudaran a resolver
los problemas económicos que acompañaron siempre al matrimonio. Ella misma ha
explicado por qué eligió ese camino en su vida: «Así como nunca enfoqué en mi
juventud la idea de convertirme en maestra, muchas veces había pensado en un
porvenir de escritora. Pero como no me casé hasta los 27 años, había tenido
tiempo suficiente para averiguar que los frutos de mis veleidades literarias no
garantizaban ninguna vocación seria. Al casarme con quien, desde los 14, había
encontrado la rica vena de su tesoro individual, me di cuenta, en el acto, de
que el verdadero motivo de mi vida había de ser dedicarme a facilitar lo que
era ya un hecho y no volví a perder el tiempo en fomentar espejismos»[11].
Una esposa que
contribuyó decisivamente a la grandeza de su marido como escritor
A su llegada a Puerto Rico fue entrevistado en
1936 por Ángela Negrón. Juan Ramón destacó el trabajo laborioso, incansable y
paciente de su mujer: «Anoto mis impresiones y lo dejo todo en mis cajas. Más
tarde, hojeando mis apuntes, cuando encuentro una cosa que vale la pena, la
dicto a máquina a mi mujer, que ha trabajado conmigo también día y noche, sin
sentirse nunca cansada. Ella me ayuda mucho en mi trabajo. Ha copiado cuanto yo
he escrito. Después que ella lo escribe a máquina, lo vuelvo a corregir para la
imprenta. Ella tiene una gran paciencia conmigo. Una gran dosis de ternura que
heredó de su madre»[12].
En la larga etapa del
exilio, complicada con la difícil adaptación a
diferentes países, el poeta se encontró con
muchas carencias y obstáculos para su labor creadora. Así ocurrió, por ejemplo,
en Miami, una ciudad que en 1939 era un simple lugar para turistas, por lo que
pocas personas sabían quien era Juan Ramón Jiménez: «Esto significó que Zenobia
tuvo que asumir el control completo de la vida de ambos. El Diario de esta
época revela su indómito espíritu, su iniciativa, su alto sentido de la
responsabilidad, su heroico desempeño del papel de esposa de Juan Ramón Jiménez.
Iba a decir su sacrificado papel, pero no fue así en el caso de Zenobia, que
siempre logra de algún modo vivir su vida y cumplir con su marido. Zenobia fue
una equilibrista en un juego en el que muchas otras mujeres hubieran sucumbido,
pero su vida fue, desde el principio, una preparación para salir a flote en la
vida de casada, y cuando consintió en ser la esposa de Juan Ramón, conocía
todas sus virtudes y todos sus defectos. Típico de su integridad como ser
humano es el hecho de que Zenobia no parece haberse dado cuenta de en qué
medida contribuyó a la grandeza de su marido; pero fue en esa difícil época de
su residencia en La Florida cuando Juan Ramón escribió dos de las grandes obras
de su trilogía final, Espacio y Tiempo»[13].
El amor romántico de dos enfermos sexagenarios
Sabemos, por el testimonio de Zenobia, que en
la última etapa con Juan Ramón, el amor ni cayó en el conformismo ni se
estabilizó; se mantuvo vivo y creciente hasta el último día. Esto confirma una
vez más que el amor de entrega total, como el buen vino, mejora con el tiempo.
El romanticismo en el amor no es exclusivo de la luna de miel. Con el paso de
los años el sentimiento amoroso tiende a hacerse más hondo y a expresarse con
mayor ternura. Ricardo Gullón menciona la delicadeza de Zenobia con Juan Ramón
estando ella ingresada en el hospital de Estados Unidos:
«Para que en ningún caso le faltaran noticias
suyas, dejó a Nemesia, la fiel sirvienta puertorriqueña, una porción de cartas
numeradas para que, según esa numeración, fuera entregándole una cada día. Y
esto no impedía que desde el hospital siguiera escribiéndole, para mantenerle
animoso y consolado, como si ella, condenada a
morir, debiera consolarle a él. Antes de emprender viaje dejó escritos los
sobres para las cartas que él había de enviarla a Estados Unidos. Detalles
demostrativos de la solicitud y el cariño con que hasta el final se ocupó de
evitar a su marido trabajos y contrariedades, siquiera mínimos»[14].
El recrudecimiento de la enfermedad de Zenobia
y de la suya en 1953, movió a Juan Ramón a iniciar su libro poético de Puerto
Rico, titulado De ríos que se van. Es
un canto a la vida de los dos yéndose a la mar, que es el morir. De uno de esos poemas, «Concierto», es esta
estrofa:
Y que convierte
el tiempo y el
espacio, con latido
de ríos que se van, en
el remanso
que aparta a dos que
vienen de su muerte.
Otro poema, «Fuego
único», está dedicado a Zenobia:
Los días que tú
viviste
por el espacio y el
tiempo,
me tocó vivir contigo,
estrella de los
luceros.
Y todo mi vivir fue
acariciado de fuegos:
fuego rojo, oro,
morado,
blanco, azul, gris y
ahora negro.
Si no me hubiera
quemado
no sé lo que hubiera
hecho.
¿Te merecí, fuego
único?
Yo no puedo
comprenderlo.
En 1952 Zenobia tuvo primero un gran dolor
moral y después un gran gozo. El dolor fue la crisis de locura de Juan Ramón.
El gozo fue la superación de esa crisis seis meses después. Estos hechos
quedaron
registrados en el Diario del 30 de agosto de
ese año: «Hoy J. R. me ha dado una gran alegría. Ayer la empezó cuando me dijo:
“Mañana quiero irme contigo a comprarte unos claveles por tu día”. Me abalancé
a abrazarlo diciéndole: “Lo de menos son las flores, lo que más alegría me da
es que salgas conmigo”. Tanto tiempo esperando que llegase este momento, y hoy
lo ha dicho dos veces. (…) Gracias a Dios que todo va llegando. Si yo hubiese
podido verlo con fe desde un principio, no habría pasado tanto tiempo de desesperación.
Cuántas gracias voy a dar a Dios mañana al cumplir los 65 años».
El 17 de septiembre de 1952 Zenobia hace una
reflexión sobre su amor conyugal: «¡Cómo se da uno cuenta de que se quiere más
y más a medida de que pasan los años! Es porque se da uno cuenta, al mismo
tiempo, de que le va ya quedando poco de estar juntos. Apenas puedo escribir
esto. ¡Qué congoja! ».
La salud del poeta experimentó un retroceso en
los dos años siguientes. En septiembre de 1954 Zenobia se muestra muy
preocupada. «Nos encontramos en una nueva etapa de lucha por la salud de J. R.
que a ratos se encuentra tan abatido que se echa a llorar. Me cuesta mucho
trabajo no consolarlo con el cariño que yo querría, pero esto da un resultado
contrario y no hay más remedio que cortar su emoción con entereza, por no decir
dureza. En este mismo momento me está diciendo: “Zenobita mía, en un abismo estoy”.
A lo que contesto: “Bien pronto vamos a salir de ese abismo”. Yo hoy no tengo
mucho brío, porque anoche, por primera vez en mucho tiempo, J. R. despertó
temblando y con un pulso frecuentísimo».
Ricardo Gullón, que fue profesor de la
Universidad de Puerto Rico en la época de Juan Ramón y Zenobia, convivió
estrechamente con ellos y posteriormente trabajó en la biografía del poeta. En
ella comenta la difícil tarea de Zenobia como esposa de un marido tan enfermo:
«Zenobia estaba en lo cierto, hacía falta dar sensación de entereza para
impedir que Juan Ramón se hundiera. Entereza terapéutica que no se decidía a
aplicar —o no podía—, la tierna mujer. El enfermo necesitaba mano fuerte y
cariñosa, Y Zenobia, ideal en la conjugación de afecto y energía, empezaba a
flaquear según su salud fallaba. En la vida del matrimonio habría ya pocos
remansos de calma y nunca durarían lo suficiente como para considerarlos
retorno a la normalidad, a la costumbre del trabajo
cotidiano, sobre el cual basaron su vida, tantos años»[15].
Gullón añade que llegó un momento en el que
Zenobia, a pesar de su energía, se sintió físicamente superada por la
enfermedad de su marido: «El día 20 de octubre del 54, pedía a Dios que ese día
señalara el punto más bajo de sus sufrimientos, pues se sentía “completamente
agotada” e incapaz de resistir más. (…) Movida por un impulso de legítima
defensa quería hacer algo de su vida ordinaria: compras, visitas…, pero no era
fácil; el enfermo se aferraba a ella, sin darse cuenta de que no era un
baluarte, sino una trémula criatura a quien sin quererlo —y sin saberlo—, hacía
vivir angustiada»[16].
Juan Ramón cambió de actitud hacia su
«enfermera» el día que ella tuvo un episodio de amnesia —como efecto del
cansancio mental— y no le reconoció. Esto sirvió para que él se olvidara algo
de sí mismo y se preocupara más de su esposa. Le expresó su afecto por el mejor
procedimiento del que disponía: sus poemas. La leyó unos versos que había
compuesto cuando la operaron a ella en Boston: —Diario, 4 de octubre, 1955—:
¡Vida de mi vida
Zenobia de mi alma!
¡Qué bonita eres
lucero del alba!
Otro día la cantó una canción popular —Diario, 8 de octubre de
1955 —:
Cuando yo esté en la
agonía
siéntate a mi
cabecera,
pon en tu mano la mía
puede que no me muera
A comienzos de 1956 Juan Ramón mejoró en su
salud y se mostró más animado. El día 3 de enero estuvo especialmente locuaz y
cariñoso con Zenobia. Momentos como ese le compensaban a ella de sus ansiedades
y amarguras. Así lo relató en el Diario: «Qué conversación tan preciosa
acabo de tener con J. R., durante mi supuesta
hora de siesta, en que se ha ido adentrando en los recuerdos y durante una hora
ha sido él, sin sombra de intromisiones morbosas. ¡Qué maravilla! ¡Nunca más
cerca el uno del otro! Sin excitación y rememorando diferentes épocas de su
vida, sentado en el borde de mi cama. Y luego me contó su inquietud cuando me
fui a Mallorca y pensaba, en la noche, que sólo había agua debajo del barco en
que yo iba, y entonces fue cuando escribió “La Perdida”, lleno de angustia:
Perdida en la noche
inmensa.
¿Quién la encontrará?
El que muere, cada
noche,
más lejos se va.»
El amor con poesía les hacía olvidar que eran
muy ancianos y que estaban muy enfermos. Juan Ramón la expresó poéticamente sus
sentimientos de eterno enamorado:
Cuando yo sentí la
vida es cuando yo te quise a ti.
Envuélveme en tu luz
para que la muerte no me vea.
En marzo de 1956 se produjo un recrudecimiento
del cáncer de Zenobia. Pero, a pesar de los dolores insoportables y del
cansancio, seguía trabajando en la preparación de la Tercera Antología. El día 26 ingresó en una clínica de Santurce
para someterse al tratamiento con radio. Cuando a principios de abril volvió a
su casa escribió lo siguiente: «¡Qué haría yo sin él! Cuarenta años en que nos
hemos ido queriendo cada vez más».
Su enfermedad y sus preocupaciones no le
impedían recordar a su esposo que tenía que cortarse el pelo, ofreciéndose para
cortárselo ella misma[17].
Zenobia Camprubí. La isla de los ratones, 1996, pp. 31-32.
[2] Ibídem, pp. 33-35.
[3] Ibídem, pp. 35-38.
[4] Ibídem, pp. 100-101.
[5] Cfr. CAMPRUBÍ, Z.: Vivir con Juan Ramón. Los libros de
Fausto, Madrid, 1986.
[6] GULLÓN, R.: El último Juan Ramón, Alfaguara, Madrid,
1968, p. 153.
[7]
GULLÓN, R.: Estudio preliminar de Poemas
y Cartas de amor de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Op. cit., pp. 15-16.
[8] Cfr. PALAU, G.: Vida y Obra de Juan Ramón Jiménez.
Gredos, Madrid, 1957.
[9]
GULLÓN, R. Estudio preliminar de Poemas y
Cartas de amor de Juan Ramón Jiménez y Zenobia
Camprubí, Op. cit., pp. 13-15.
[10] Ibídem, p. 26.
[11] CAMPRUBÍ, Z.: Juan Ramón y yo. Ayuntamiento de Moguer,
1987, p. 4.
[12] GULLÓN, R.: El último Juan Ramón. Op. cit., pp.
23-24.
[13] PALAU, G.: Zenobia Camprubí: Diario 2. Estados Unidos,
Alianza Editorial, 1995, p. XI.
[14] GULLÓN, R.: El último Juan Ramón, Op, cit., pp.
26-27.
[15] Ibídem, p. 134.
[16] Ibídem, pp. 134-136.
[17] Ibídem, pp. 145-150.
20.
MIGUEL DELIBES Y ÁNGELES DE CASTRO (1946)
UN
NOVELISTA EXCEPCIONAL, DESCUBIERTO Y SOSTENIDO POR EL
AMOR DE SU MUJER
Miguel Delibes, estudiante y soldado
Miguel Delibes Setién nació en Valladolid el
17 de octubre de 1920. Era el tercero de los ocho hijos de Adolfo Delibes,
catedrático y director de la Escuela de Comercio de Valladolid, y de María del
Milagro Setién.
Adolfo transmitió a sus hijos su afición por
la vida al aire libre y los deportes —fútbol, ciclismo, natación y caza, sobre
todo—. Su modo de educar apelaba a la autoexigencia, a valerse por sí mismo. La
lucha deportiva preparaba a los hijos para su posterior lucha por la vida.
Tras concluir el bachillerato en 1936, la
Guerra Civil impide al joven Miguel acceder a la Universidad, tal como deseaba,
pues es cerrada durante ese periodo. En esa situación decide asistir a clases
de perito mercantil y matricularse en la Escuela de Artes y Oficios para
perfeccionarse en modelado y escultura.
En 1938, con 17 años, antes de que le
movilicen como soldado, se enrola como voluntario en la Marina y es destinado
al crucero Canarias, con base en Palma de Mallorca. Allí permaneció hasta el
final de la guerra. Años después explicaría que tomó aquella decisión para
evitar un probable destino a Infantería: «Lo que a mí más me estremece de una
guerra es la idea del cuerpo a cuerpo, de apuntar y disparar contra otro hombre
o de saltar sobre él con la bayoneta calada. La guerra en el mar
no deja de ser arriesgada, pero es una guerra
más aséptica, un tanto deshumanizada, despersonalizada, mejor. El blanco es un
avión o un barco, nunca un hombre. Los hombres están, pero no se ven. Es un mal
menor»[1].
Delibes quedó muy marcado psicológicamente por
aquella guerra. Recién terminada regresó a Valladolid, sin tener claro qué
quería ser en la vida. El condicionamiento económico familiar le lleva a
estudiar en Valladolid. Pide un préstamo en la Caja de Ahorros y se matricula
en dos carreras que no le gustaban, Derecho y Comercio.
El encuentro con Ángeles de Castro
En ese mismo año conoce a Ángeles de Castro,
una chica de 16 años, tres años menor que él. Tiempo después evocaría el primer
encuentro: «La conocí cuando ella contaba quince años. Era tan bella, grácil y
alegre que, a pesar de ser aún una niña, tenía ya una legión de moscones
alrededor. Nos enamoramos»[2].
Ángeles nació el 25 de mayo de 1923 en
Valladolid. Inició su carrera de Letras en 1940, pero luego decidió crecer en
cultura sin someterse a los carriles académicos. Tenía verdadero amor al saber
y fue siempre una gran lectora. Gozaba de vitalidad, culto a la belleza,
optimismo, alegría y sentido del humor.
El descubrimiento de la vocación de escritor
Por sus estudios académicos, Miguel Delibes
parecía destinado a ser profesor mercantil, y por sus cualidades artísticas,
dibujante o pintor. Nunca había mostrado interés por la literatura. Sólo el
azar, como él mismo confesó, quiso que descubriera su vocación de escritor y,
especialmente, la de novelista. Ocurrió de una forma sorprendente: al estudiar
el Manual de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues se emocionó con la
sobriedad y belleza del lenguaje: «Garrigues consiguió interesarme por la
palabra escrita, seducirme con sus múltiples
combinaciones y, en consecuencia, ganarme para
un mundo, el de las letras, en el que yo nunca había soñado entrar. Hasta aquel
momento yo había leído libros —científicos y literarios—, interesándome por lo
que decían, nunca por cómo lo decían, esto es, por el vehículo expositivo.
Después de conectar con el Curso de Derecho Mercantil, mi actitud cambió
radicalmente y la forma de decir llegó a apasionarme tanto como el mensaje que
contenía. (…) Su prosa era sencilla, directa, casi ascética. Garrigues era castellano
en el decir: llano y desnudo. ¡Pero qué admirablemente exacto! ¡Qué
adjetivación inesperada la suya! Esta prosa precisa, desvestida, sin galas, es
lo primero que me cautivó de él»[3].
En 1941 comenzó a colaborar en el El Norte de Castilla, el periódico de su
ciudad, primero como caricaturista —firmaba Max—, y luego como redactor, tras
haber realizado un curso de periodismo en Madrid, indispensable para obtener el
carné de prensa. Su primer artículo fue sobre la caza mayor.
Profesor y periodista
En 1945 ganó por oposición la cátedra de
Derecho Mercantil y fue destinado a la Escuela de Comercio de Valladolid. Los
tres años de preparación fueron muy duros, pero contó en todo momento con la
compañía y ayuda de su novia, que le examinaba cada día de los artículos del
Código de Comercio. Con 25 años su situación empieza a estabilizarse, al unir
dos sueldos: el de profesor y el de periodista. Descubre que la enseñanza es su
segunda vocación y la ve como un privilegio: «La cátedra es un privilegio porque
te permite seguir en contacto con la juventud. Yo siempre he afirmado que un
hombre empieza a envejecer cuando deja de comprender a los jóvenes y de
interesarse por sus problemas. Además, la enseñanza te gana cuando topas con
chicos que te siguen y se interesan por lo que dices. La enseñanza no ha estado
reñida con mi vocación de escritor. Para mí no fue nunca una experiencia
desagradable, sobre todo cuando cambié la cátedra de Derecho Mercantil por la
de Historia. Explicar Historia y buscar las razones de esto y de lo otro me
resultó más atractivo»[4].
El noviazgo y el
interés por la lectura
Ángeles de Castro, anima a Delibes a leer
mucho y a escribir su primera novela, como él confesaría muchos años después:
«En mis comienzos yo leo poco y desordenadamente. A mí me enseñó a leer bien y
lo debido mi mujer, Ángeles, que entonces era mi novia y que, aunque muy niña,
tenía una gran afición a la lectura»[5].
Delibes la reñía porque se gastaba en libros
—algo que apenas le interesaba— el poco dinero que tenían. En las vacaciones de
verano sus familias estaban separadas por más de cien kilómetros. Miguel
visitaba a Ángeles en bicicleta, porque no podía pagar otro medio de
transporte. Tras siete años de noviazgo se comprometen. En la petición de mano
se intercambian los regalos. Ángeles recibe una pulsera y una bicicleta; Miguel
recibe una máquina de escribir. Eran regalos intencionados: ella debía
compartir con él la práctica del ciclismo, a cambio de que él iniciara su
carrera como novelista.
Una boda sencilla y un matrimonio feliz
Miguel y Ángeles contraen matrimonio el 23 de
abril de 1946 en la capilla del colegio de Lourdes de Valladolid. De común
acuerdo, quisieron que su boda fuera muy sencilla: «Siempre me fastidió el
protocolo y el protagonismo. Pero era necesario hacerlo, nadie podía casarse
por mí. Ante lo inevitable del trance, Ángeles y yo acordamos simplificar el
ceremonial y yo no estrené camisa. Eliminar el traje blanco de novia en 1946
era una medida revolucionaria, casi un sacrilegio, pero Ángeles lo aceptó con
gusto. Para mayor intimidad, redujimos los invitados al mínimo y nos casamos en
el Colegio de Lourdes, donde yo había estudiado, con lo que evitamos el
espectáculo en plena calle. Luego, tras la ceremonia, cambió la decoración. Los
pocos ahorros de que disponíamos los empleamos en alquilar un taxi con gasógeno
que nos llevó a la casa de mi padre en Molledo-Portolín, donde las cosas fueron
mucho más agradables»[6].
Delibes evocaría mucho
después su primer año de matrimonio como
una época muy feliz: «Todo confluía para
sentirnos muy felices Ángeles y yo. Nos habíamos pasado casi cuatro meses en un
tú a tú de recién casados, de enamorados, y ahora se nos anunciaba el primer
fruto de ese amor, nuestro primer hijo.Teníamos muchas carencias materiales,
pero yo recuerdo aquel tiempo como de mucha dicha y de gran satisfacción
personal»[7].
Disfrutarían de 26 años de vida conyugal,
hasta el fallecimiento de Ángeles.
Nace el primer hijo y la primera novela
El 12 de febrero de 1947 nació el primero de
los siete hijos. En ese año Delibes estaba elaborando su primera novela: La sombra del ciprés es alargada. Le pasaba los folios que
iba escribiendo a Ángeles, para que
se los corrigiera. Se trataba de una obra autobiográfica centrada en una
obsesión de su infancia: la idea de la muerte.
Presenta la novela al Premio Nadal y lo gana.
El fallo tuvo lugar en la noche del 6 de enero de 1948, en el Café Suizo de
Barcelona. La noticia apareció al día siguiente, en la portada de El Norte de Castilla. Se publicó en
abril del mismo año, con dedicatoria a toda su familia: a su mujer, a sus
padres y a su hijo. Haber conseguido ese premio tan importante y, además, con
su primera novela, le animó a continuar como escritor. De no haberlo obtenido,
probablemente habría abandonado ese camino.
En 1952 fue nombrado subdirector de El Norte de Castilla, y siete años
después, director. Sus campañas a favor del desatendido medio rural castellano
le enfrentaron con el régimen y la censura reinantes, viéndose obligado a
dimitir de su cargo en 1963.
Tras el éxito de su primera novela, compaginó
el periodismo y la literatura. Prosiguió su carrera literaria publicando nueve
novelas muy populares entre 1949 y 1973: Aún
es de día, El camino, Mi idolatrado hijo
Sisí, Diario de un cazador —Premio Nacional de Literatura—, La hoja rota, Las ratas —Premio de la
Crítica—, Cinco horas con Mario, Parábola
del náufrago y El príncipe destronado.
Delibes hizo una
fuerte autocrítica de su primera novela, a pesar del premio: la consideraba
«engolada» y «grandilocuente». En cambio, le gustó la tercera: El camino. La había escrito de un tirón,
en tres semanas y sin retórica; se propuso «escribir como hablo». Con ella
encontró su estilo y ya no lo abandonaría.
En 1973 fue elegido miembro de la Real
Academia de la Lengua. Su mujer compartió con él esa alegría, le ayudó a
preparar el discurso de ingreso y hasta le asesoró sobre cómo tenía que ir
vestido. Pero una cruel y rápida enfermedad le impediría acompañarle dos años
después en la toma de posesión del sillón de la Academia.
Enfermedad y muerte prematura de Ángeles de Castro
En junio de ese mismo año Ángeles comienza a
sentir los primeros síntomas de una grave enfermedad, pero no se desalienta ni
deja de ocuparse de su marido y de sus hijos. Con el paso de los meses los
síntomas eran más preocupantes. Delibes contaría años después el proceso de la
enfermedad de Ángeles en una novela autobiográfica de su vida conyugal: Señora de rojo sobre fondo gris. En uno
de los episodios narra cómo le comunicó a su mujer el diagnóstico de su
enfermedad —un tumor cerebral—: «Había decidido no revelárselo hasta el día
siguiente, con la nueva luz, pero ella, consciente de mi esfuerzo por eludirla,
se apiadó de mí. Mi debilidad, como de costumbre, terminó por prevalecer. De
modo que cuando me aparté de la librería y nos miramos de frente, se lo dije.
Me asombró su respuesta: hoy estas cosas tienen arreglo, dijo. En el peor de
los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo 48 horas en toda
una vida»[8].
A partir de ese momento el angustiado pintor
—personaje de ficción tras el que se esconde el escritor— no se separa ni un
instante de su mujer y pasea diariamente con ella: «Salíamos al campo y
paseábamos lentamente durante dos horas. Yo buscaba en mi cabeza temas de
conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el
lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se
lo expliqué una mañana que, como de costumbre,
caminábamos cogidos de la mano. ¿Qué vamos a
decirnos? Me siento feliz así, respondió ella. Yo sabía que callaba cosas, pero
ignoraba qué y, con su silencio, me negaba cualquier posibilidad de consuelo.
(…) Una tarde me comunicó que deseaba confesarse. No revistió con tintes
sombríos su deseo: Iré a Madrid más tranquila, se justificó»[9].
A mediados de noviembre de 1974 Ángeles fue
intervenida quirúrgicamente. Al salir del quirófano entró en un coma
irreversible. El 22 de noviembre falleció la mujer a la que el escritor había
calificado como «mi equilibrio» y «la mejor mitad de mí mismo». Había
desempeñado un papel fundamental en su vida. Un año después, Delibes toma
posesión del sillón de la Academia. En su discurso hay una emocionada
referencia a su desaparecida esposa: «Desde la fecha de mi elección a la de
ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más
importante que podría haberme ocurrido en la vida: la muerte de Ángeles, mi
mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años, califiqué de “mi equilibrio”.
He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que
eso: ella fue también el eje de mi vida y el estímulo de mi obra pero, sobre
todas las demás cosas, el punto de referencia de todos mis pensamientos y
actividades»[10].
La soledad de Miguel Delibes
La pérdida de su mujer sumió a Delibes en una
fuerte depresión durante tres años. Se sentía incapaz de concentrarse, por lo
que pensó en dejar de escribir. Afrontó su soledad refugiándose en la compañía
de sus hijos y de sus nietos.
Reanudó la publicación de novelas en 1978 con El disputado voto del señor Cayo. Luego vendrían, entre otras, Los santos inocentes y Madera
de héroe —Premio Ciudad de Barcelona—. Publicó también libros de caza y de viajes y un divertido libro
de memorias: Mi vida al aire libre.
En 1991 apareció Señora de rojo sobre
fondo gris. Se la dedicó a su esposa, 17 años después de su fallecimiento.
En la impresionante descripción del personaje de Ana se reconoce fácilmente a
su mujer, así
como la profunda historia de admiración y amor
que sintió hacia ella. El título de la novela es el del retrato de Ángeles que
había realizado Eduardo García Benito, y que ha permanecido siempre en el
despacho del escritor. Ángeles aparece en el lienzo vestida de rojo, en
contraste con un fondo gris.
En la contraportada del libro se puede leer lo
siguiente: «Un famoso pintor que atraviesa una crisis creativa va narrando en
forma de monólogo sus recuerdos familiares. Se ocupa de forma especial de las
relaciones con Ana, su esposa, realizando una semblanza impresionante de un
personaje femenino con gran calidad humana. Describe con mucho detalle la
enfermedad y muerte de Ana, que es la protagonista de la historia y el apoyo
imprescindible para el hombre y para el artista en crisis».
En 1991 Delibes es distinguido con el premio
Príncipe de Asturias de las Letras. Un año después recibió el Premio Cervantes,
el galardón más importante de las letras españolas. En 1998 publicó El hereje, y obtuvo con esa novela el
Premio Nacional de Narrativa.
Falleció en
Valladolid, su ciudad natal, el 12 de marzo de 2010.
* * *
Un noviazgo de prueba
«Fue el nuestro un noviazgo de prueba, pues en
los primeros tiempos no disponíamos de una peseta y nos pasábamos la vida en un
banco de Campo Grande mirándonos a los ojos, hermosa actividad hoy
incomprendida»[11].
Esta nueva evocación que hace Delibes de su
noviazgo con Ángeles nos permite descubrir la calidad de su amor. Unos novios
que pasaron bastante tiempo mirándose a los ojos en un banco del parque, sin
enterarse del frío que hacía y olvidándose de que tenían el estómago vacío,
tenían que estar muy enamorados. Ese amor tan sano y romántico merece ser
cantado por los poetas y servir de referencia para los novios de ahora, que no
salen juntos si no llevan dinero encima y que se pasan las horas muertas
mirando la pantalla del televisor de una confortable
cafetería, en vez de mirándose a los ojos.
Pero pongamos las cosas en su sitio. Ese amor
idealizado típico de la fase inicial del enamoramiento, aunque es muy bonito y
entra en el «programa», no es suficiente para casarse. Es un amor que no capta
todavía el «yo» real de la persona amada, obstaculizado por un «yo» imaginado a
la medida de los propios sueños. Los enamorados deben hacer un esfuerzo por
conocerse de modo real, con sus virtudes y defectos. Y después tienen que
decidir si se aceptan como son y si sus dos personalidades son compatibles dentro
de un mismo proyecto. En otras palabras: para casarse, los novios tienen que
evaluar las posibilidades reales de su relación. Deberán seguir adelante
solamente si el resultado de esa prueba es positivo.
Da la impresión de que en el caso de Miguel y
Ángeles llegó pronto esa evaluación amorosa y que el resultado fue positivo. La
perseverancia gustosa en el duro banco del parque, leyendo sin cansarse en las
pupilas del otro, aceleró el mutuo conocimiento y la maduración del amor: ¿qué
mejor prueba podían haber tenido de que se querían de verdad y de que eran el
uno para el otro?
Aprendieron también a conocerse y a quererse
mientras estudiaban juntos el Código de Comercio y compartían sus lecturas. El
tiempo de ocio no fue ociosidad para ellos, sino diversión sana y
enriquecimiento cultural. Fue un buen entrenamiento para la ayuda mutua, propia
de la vida matrimonial que vendría después.
La alegría y el tacto en la convivencia conyugal
Uno de los mayores elogios hechos a Ángeles de
Castro tuvo lugar en un solemne acto académico celebrado al año siguiente de su
muerte. El famoso pintor que protagoniza Señora
de rojo sobre fondo gris se lo relata a una hija, y abunda en las
cualidades de su mujer: «La semana pasada, en la ceremonia de ingreso en Bellas
Artes, Evelio Estefanía, en su discurso de contestación, dedicó unas palabras a
su madre: una mujer, dijo, que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de
vivir. Un juicio definitivo. Con frecuencia me pregunto de dónde sacaba ella
ese
tacto para la convivencia, sus originales
criterios sobre las cosas, su delicado gusto, su sensibilidad. Sus antepasados
eran gente sencilla, inmigrantes del campo, con poca imaginación. ¿De quién
aprendió entonces que una rosa en un florero puede ser más hermosa que un ramo
de rosas o que la belleza podía esconderse en un viejo reloj de pared
destripado y lleno de libros? El juicio de Estefanía era exacto: su presencia
aligeraba la pesadumbre de vivir. (…) ¿Puede decirse de alguien algo más
hermoso?»[12].
El acto, en realidad, se desarrolló en la Academia de la Lengua
y el discurso de contestación fue pronunciado por Julián Marías.
La vida en común implica muchas horas de
convivencia. Pero la convivencia diaria no sale sola: hay que promoverla,
porque de lo contrario se corre el riesgo de que la comodidad y el
acostumbramiento haga de los cónyuges dos islas cercanas, pero incomunicadas.
También acecha el peligro de que, a pesar de la proximidad, surjan tensiones:
no controlar el propio carácter; dejarse llevar por estados de malhumor
originados fuera de casa; no sobreponerse al cansancio de cada jornada; no
ceder en los gustos personales; descuidar los modales; no mostrar interés por
las cosas del otro; no escuchar; abusar de las pequeñas mentiras y de las
verdades a medias…
La convivencia positiva es clave para la
felicidad personal y conyugal y para prevenir posibles crisis. Pero, en contra
de lo que con frecuencia se dice, no es tanto una cuestión de técnicas como de
actitudes y de virtudes que hay que activar día a día. Los cónyuges deben
aspirar a convivir como personas que se quieren con hechos concretos.
Ángeles de Castro irradiaba alegría,
optimismo, sencillez, buen humor, tacto para no herir ni chocar, interés por
hacer la vida agradable a los demás; buen gusto; detalles de servicio que
permanecían ocultos. Eso originaba un clima muy favorable para la convivencia
conyugal. Pero, además, complementaba la forma de ser de su marido, como
destacó Esther Tusquets: «El pesimismo de Delibes, su tendencia a la nostalgia,
su excesiva preocupación por tantas cosas, quedaban compensados por la
vitalidad, el optimismo, el buen humor de Ángeles. Parecía una de esas mujeres
que, si el mundo por accidente se paraba, lo pondría de nuevo en marcha. Nunca
se mostraba a mis ojos tan profundo el cariño por su amada Ángeles, tan
entrañable su ternura, como cuando ésta se reía de
sus obsesiones y de sus manías, se burlaba de
sus miedos, banalizaba sus ansiedades»[13].
Una vez más se ve cómo las diferencias pueden
ser un factor de mutuo enriquecimiento personal, si hay buena voluntad. Ángeles
aceptaba que él fuera un «ciprés», aunque sin renunciar a ayudarle con su
sentido del humor; Miguel aceptaba y agradecía que su mujer fuera tan vitalista
y bromeara con sus rarezas.
El matrimonio es una empresa de dos
Ángeles eligió libremente el papel de
secretaria de su marido, con unas funciones mucho más amplias. Y lo desempeñó
con gran profesionalidad. Ser ama de casa y educar a sus hijos nunca le impidió
atender ese cometido. Ni siquiera en la época en que visitaba a un hijo en la
cárcel, o en los días previos a la boda de una hija, o durante su enfermedad,
descuidó su encargo: «Nada de esto impedía a tu madre atender sus obligaciones
como secretaria. Conocía mis compromisos, mis deseos y caprichos; seguía mi vida
tan puntualmente que rara vez me consultaba antes de responder a una carta.
Procuraba desbrozarme el camino para que yo trabajase despreocupado: lo tuyo es
pintar, solía decirme. Por encima de premios y honores, del juicio de los
críticos, era su fe lo que me animaba»[14].
Ese encargo de secretaria que se inventó
Ángeles fue todo un acierto, también para la vida matrimonial, pues favoreció
mucho la comunicación. Hay casos en los que un experimento así sale mal, al no
tener claro qué le corresponde a cada uno, o al utilizar el estatus profesional
superior para imponerse en la relación conyugal; también podría no aceptarse,
por orgullo, una relación de subordinación. Pero esos motivos no se dieron en
el caso de Miguel y Ángeles: «La nuestra era una empresa de dos, uno producía y
el otro administraba. Normal, ¿no? Ella nunca se sintió postergada por eso. Al
contrario, le sobró habilidad para erigirse en cabeza sin derrocamiento previo.
Declinaba la apariencia de autoridad, pero sabía ejercerla. (…) Yo, aunque otra
cosa pareciese, me plegaba a su buen criterio, aceptaba su autoridad. A sus
amigas solía aconsejarlas
evitar los encuentros frontales. Sabio consejo»[15].
El experimento salió bien por una razón
añadida: los dos eran personas humildes, que preferían estar en segundo plano y
sabían pedir perdón y perdonar. Delibes lo ha explicado así: «El aspecto formal
de la lucha por el poder en el matrimonio se le antojaba grotesco, por no decir
de mal gusto. (…) Era incapaz de rencores; menos aún de rencores vitalicios. La
aburrían. Durante los primeros meses de matrimonio, cada vez que discutíamos,
se ataba un hilo al dedo meñique para recordar que estábamos enfadados. Luego
lo olvidó; llegó a olvidar incluso la razón por la que se había atado el hilo.
Era muy desmemoriada»[16].
Saber agradecer y corresponder a tiempo
Algunos casados viven tan centrados en sus
cosas que no captan los detalles de servicio de su cónyuge. Otros los captan,
pero se acostumbran, y no ven motivos para apreciarlo y agradecerlo. De esa
egolatría brota un amor posesivo, que obstaculiza la convivencia y el camino
hacia la felicidad. A algunos de estos ególatras sólo se les cae la venda de
los ojos cuando pierden a quien tanto les amó. Entonces surge un sentimiento de
culpabilidad, y la amargura de saber que ya no hay posibilidad de rectificar y
reparar.
Esta lección puede ser muy útil para los
cónyuges que aún están a tiempo: «Es ahora, a cosa pasada, cuando deploro mi
mezquindad. Es algo que suele suceder con los muertos: lamentar no haberles
dicho a tiempo cuánto los amabas, lo necesarios que te eran. (…) Ensimismado en
su tarea, uno cree, sobre todo si es artista, que los demás le deben
acatamiento, se erige en ombligo del mundo y desestima la contribución ajena.
Pero un día adviertes que aquel que te ayudó a ser quien eres se ha ido de tu
lado y, entonces, te dueles inútilmente de tu ingratitud. (…) Durante el
semestre que pasamos en Washington yo comía poco y enflaquecía. No me adaptaba
a la comida ni al horario americanos, y tu madre, que conocía mi aprensión, me
metía el botón del cuello de la camisa cada cierto tiempo, para que no lo
advirtiera. ¿Cómo no valoré este detalle?»[17].
El amor tranquilo en
el doloroso otoño de la vida matrimonial
En el otoño de la vida matrimonial el amor
tiende a ser menos romántico y pasional que en los primeros años, pero no por
ello pierde calidad. Lewis dice que es la etapa del «amor tranquilo» y que debe
verse no como un retroceso, sino como una madurez del amor. En ella suelen
disminuir las emociones fuertes, pero, en cambio, aumentan las buenas
disposiciones, ligadas a un amor que ha ganado en ternura y amistad. En la
nueva relación predomina el desinterés, la benevolencia, la confianza, la
comprensión, el respeto, la tolerancia… Debe quedar claro que la fase del
enamoramiento inicial no es la del estado de perfección del amor: «Estar
enamorado es bueno, pero no es lo mejor. No se puede convertir en la base de
toda una vida. Es un sentimiento noble, pero no deja de ser un sentimiento. No
se puede depender de que ningún sentimiento perdure en toda su intensidad, ni
siquiera de que perdure. De hecho, digan lo que digan, el sentimiento de estar
enamorado no suele durar. ¿Quién podría soportar vivir (siempre) en tal estado
de excitación? ¿Qué sería de nuestro trabajo, nuestro apetito, nuestro sueño,
nuestras amistades? Pero, naturalmente, dejar de estar enamorados no implica
dejar de amar»[18].
No se debe confundir el amor tranquilo con el
desamor: sentir menos el amor no significa haber dejado de amar. El amor se
mide por la capacidad de entrega, no por la capacidad de emocionarse. A Miguel
y Ángeles el otoño de su matrimonio les planteó el reto de afrontar juntos la
enfermedad de ella y la crisis creativa de él. Esa contradicción no sólo no
originó una crisis del amor, sino que lo fortaleció. El amor tranquilo,
expresado en la ilusión por la mutua compañía, no se alteró y fue la mejor
terapia para el dolor: «En las sobremesas, solíamos sentarnos frente a frente y
charlábamos. Yo seguía en el yermo y estas pláticas me serenaban un poco.
Asentía cuando ella me preguntaba si bajaban los ángeles, engañándola a
sabiendas. Ella también intentaba engañarme diciéndome que se encontraba algo
mejor que la víspera. En aquellas sobremesas empleábamos palabras ambiguas,
solapadas. Ninguno de los dos éramos sinceros pero lo fingíamos y ambos
aceptábamos, de antemano, la simulación. Pero las más de las veces callábamos.
Nos
bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban
los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y
era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas
sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la
vida, eran sencillamente la felicidad»[19].
[1]
GARCÍA DOMÍNGUEZ, R.: El quiosco de los
helados. Miguel Delibes de cerca. Ediciones Destino, Barcelona, 2005, p.
81.
[2] Ibídem, p. 108.
[3] Ibídem, p. 93.
[4] Ibídem, p. 94.
[5] Ibídem, p. 21.
[6] Ibídem, pp. 112-113.
[7] Ibídem, p. 118.
[8] DELIBES, M.: Señora de rojo sobre fondo gris.
Destino, Barcelona, 1991, pp. 97-98.
[9] Ibídem, pp. 123-124.
[10] GARCÍA DOMÍNGUEZ,
R.: El quiosco de los helados. Miguel
Delibes de cerca, op. cit., p.
339.
[11] Ibídem, p. 108.
[12] DELIBES, M.: Señora de rojo sobre fondo gris,
op.cit., pp. 13 y 43.
[13] GARCÍA DOMÍNGUEZ,
R.: El quiosco de los helados. Miguel
Delibes de cerca, op. cit., p.
351.
[14] DELIBES, M.: Señora de rojo sobre fondo gris, op.
cit., p. 39.
[15] Ibídem, p. 41.
[16] Ibídem, pp. 40 y 45.
[17] Ibídem, pp. 54-55.
[18] LEWIS, C. S.: Mero cristianismo. Rialp, Madrid, 1995,
pp. 54-55 y 122-123.
[19] DELIBES, M.: Señora de rojo sobre fondo gris, op.
cit., pp. 111-112.
21.
FABIOLA DE MORA Y ARAGÓN Y BALDUINO I DE
BÉLGICA (1960)
LA FELICIDAD DE
COMPARTIR PROFUNDAS CONVICCIONES RELIGIOSAS
La prematura orfandad y exilio de un niño
El Rey Balduino I de Bélgica nació en
Bruselas, el 7 de septiembre de 1930. Fue el segundo hijo de Leopoldo III y de
su primera esposa, la princesa Astrid, nieta del rey Gustavo de Suecia. El 29
de agosto de 1935, con tan solo cinco años, perdió a su madre, la reina Astrid,
en un accidente de tráfico. En mayo de 1940 los alemanes invaden Bélgica y se
produce la capitulación de la Armada belga. Un año después Leopoldo III se casa
con la princesa Retty. De junio de 1944 a julio de 1945 la familia real belga es
deportada, primero a Alemania, y luego a Austria. Entre 1945 y 1950 vive
exiliada en Suiza.
El 22 de julio de 1950 la familia real regresa
del exilio. Aunque un plebiscito sobre la forma del Estado devolvió la Corona a
Leopoldo, fue mal recibido por el pueblo. Al producirse grandes tumultos y una
huelga general en protesta por la rendición al ejército alemán en 1940, el rey
cede sus poderes a Balduino, que es proclamado príncipe real. El 16 de julio de
1951 Leopoldo III abdica. Balduino I es proclamado quinto rey de los belgas.
Balduino rey de los belgas a los 21 años
Balduino I prestó
juramento el 17 de julio. Era un rey triste, porque nunca había querido serlo;
también por el sufrimiento que le acompañó a lo largo de toda su vida: a los 3
años muere su madre; a los 10 cae prisionero de los alemanes; a los 14 es deportado;
a los 15 marcha al exilio; a los 21 sufre la humillante abdicación de su
querido padre, que considera una gran injusticia; tras subir al trono padece la
influencia política nefasta de su madrastra, la princesa Retty; a los 30 se
casa, pero no podría tener la descendencia que tanto deseaba.
Balduino accedió al trono en circunstancias
muy difíciles: siendo todavía un adolescente, sin tener tiempo para prepararse
para esa responsabilidad por la inesperada dimisión de su padre; sin conocer su
país, dado que entre los 10 y los 20 años tuvo que vivir en el extranjero. El
desgaste que le producía el ejercicio del poder, unido a su carácter reservado
y ansioso, iría dañando su salud. Un antiguo primer ministro, Achille Van
Acker, escribe en sus memorias que, de soltero, Balduino no sabía sonreír. Añade
que no aprendió a reír hasta después de su matrimonio[1].
En los primeros años, Balduino se siente
inseguro, por lo que acepta la protección de los miembros del Gobierno. Apenas
sale del palacio real y se muestra muy poco en público. Pero la situación
cambió a partir del éxito de su viaje al Congo en mayo de 1955. Cuatro años
después visitó Estados Unidos. El presidente Eisenhower lo recibió
personalmente a su llegada al aeropuerto militar de Washington. Balduino aceptó
una rueda de prensa de la que salió airoso. Recorrió todo el país a lo largo de
tres semanas, siendo muy bien acogido por la sociedad americana. Regresó de
modo triunfal a Bruselas. Estas experiencias tan positivas le ayudaron mucho a
tomar la medida de la función real.
Luego tendría que enfrentarse a las tensiones
nacionalistas entre flamencos y valones, así como a los movimientos para la
descolonización del Congo. En enero de 1959 se producen graves disturbios en
Leopoldville que se saldan con 50 muertos y 300 heridos. La situación coge por
sorpresa a los belgas. El rey, con gran realismo, se pronuncia a favor de la
independencia. Oponerse no lo habría evitado y, además, habría hipotecado toda
posibilidad de cooperación futura entre los dos países.
Como jefe del Estado,
se mantuvo distante de la política interior de su
país, asumiendo un papel de conciliación entre
las diversas tendencias políticas y lingüisticas. En 1960, con 30 años y 10 de
reinado, Balduino es un hombre muy diferente del joven torpe que subió al
trono: «Ha aprendido su oficio reinando. Y aunque no ha sido él quien ha
escogido ese oficio, le toma gusto y con auténtico talento representa a su país
en el extranjero. También es sensible a los grandes cambios de la historia,
como lo prueba el realismo de que acaba de dar pruebas en el asunto de la descolonización»[2].
El rey estaba soltero y sin compromiso, lo que
constituía una preocupación de Estado. Los esfuerzos de su madrastra Liliana de
Rety por buscarle novia no dieron resultado. A Balduino no le gustaban las
fiestas, los bailes ni el tipo de chicas que los frecuentaban, lo que
dificultaba mucho encontrar a una joven casadera. Los periódicos —mal
informados— le hacen novio de una larga lista de princesas.
La búsqueda de una novia
Monseñor León José Suenens, obispo auxiliar
del primado de Bélgica —sería cardenal en 1961—, escribió un libro sobre los
recuerdos de sus encuentros con Balduino, con ocasión del deseo de este último
de casarse.
Suenens le aconsejó inicialmente que pidiera
la ayuda de la Virgen en el santuario de Lourdes y acudiera allí de incógnito,
mezclado con los peregrinos. Le sorprendió la respuesta del monarca: acababa de
pasar toda una noche en oración ante la gruta de las apariciones, confiándole a
la Virgen la solución del problema de su matrimonio. Suenens le sugirió
entonces que se pusiera en contacto con una mujer irlandesa, de toda confianza,
que él había conocido en Lourdes en una de sus peregrinaciones. Se llamaba Verónica
O´Brien, era promotora de la Legión de María y había tenido algunas
revelaciones sobrenaturales.
Balduino pidió conocer a Verónica. En una
entrevista que duró cinco horas le confió su preocupación por acertar en la
elección de esposa. Verónica creyó oír una llamada del Señor invitándola a
buscar la solución en la católica España —luego supo que ese era el país que
prefería el rey por ser católico: quería una
esposa que compartiera su fe y que, por tanto, no tuviera que convertirse al
catolicismo—.
Verónica partió en secreto para Madrid
provista de una carta de presentación del rey para el nuncio apostólico, en la
que no se aludía al objetivo del viaje. Un amigo que había tenido un cargo
diplomático en Madrid aconsejó a Verónica entrevistarse con la directora de una
prestigiosa escuela femenina de la ciudad. En esa conversación Verónica reveló
la finalidad de su desplazamiento, pero tras obtener, bajo juramento, la
promesa de guardar el secreto. La directora acompañó a Verónica a visitar a una
de sus antiguas alumnas. Su nombre era Fabiola de Mora y Aragón.
El encuentro con Fabiola de Mora y Aragón
Fabiola Fernanda María de las Victorias
Antonia Adelaida de Mora y Aragón, había nacido en Madrid, el 11 de junio de
1928, en el seno de una familia de la aristocracia española. Era la tercera
hija de Gonzalo de Mora y Fernández Riera, Marqués de Casa Riera, y de Blanca
de Aragón. Su madrina de bautismo fue la reina Victoria Eugenia de España.
Durante la niñez de Fabiola su familia
residió, por motivos políticos, en diferentes ciudades europeas. Realizó sus
estudios primarios en Roma y París. De regreso a España cursó estudios de
enfermería que puso en práctica en el hospital Gómez Ulla de Madrid. Hablaba
perfectamente cuatro idiomas. Antes de casarse publicó un libro de cuentos de
hadas: Los doce cuentos maravillosos.
En el momento de conocer a Fabiola, Verónica
O´Brien quedó muy impactada: «Al instante algo me dice en mi interior que “es
ella”. Pero el sentido común me decía: no es posible, dada la edad —32 años—. Y
además, ¿no estaría ya comprometida? Probablemente. Y, sin embargo, una parte
profunda de mi ser estaba convencida de que me hallaba ante la elegida de
Nuestra Señora, ante aquella que María misma había preparado desde hacía mucho
tiempo.
(…)
Al ver su habitación Verónica tuvo un
sobresalto: acababa de reconocer el cuadro que había visto en sueños colgado de
la pared; representaba a una madre con un niño en brazos y había prendas de un
rojo vivo que aún no estaban guardadas»[3].
Fabiola comentó a Verónica que dedicaba muchas
horas a visitar enfermos. Añadió que el matrimonio entraba en sus planes, pero
que sus amigas valían mucho más que ella, por lo que sugirió presentárselas. No
le preocupaba estar sin novio todavía: «He dejado mi vida en manos de Dios, en
Él me he abandonado. Quizás Él me tenga algo preparado»[4].
Tras conocer la gestión realizada, el rey
pidió a Verónica que regresara a Madrid e invitara a Fabiola a pasar unos días
en Bruselas. Pero Fabiola desconfía de Verónica y rompe su relación con ella.
Solamente rectifica cuando el nuncio apostólico le confirma la autenticidad de
la misión de Verónica. Fabiola comenta que el Rey debería elegir una reina de
rango más elevado y sugiere los nombres de varias princesas. Por fin, accedió a
realizar el viaje, y se encuentró en secreto con Balduino en casa de Verónica,
en la calle Suisse. Antes de iniciarse el noviazgo, Fabiola acudió a Lourdes
para confiar a la Virgen su decisión última. Unas semanas después regresaría al
santuario acompañada de Balduino. El rey relataría después cómo se desarrolló
ese nuevo encuentro.
El noviazgo y la boda
El 6 de junio de 1960 se vieron en Lourdes a
las siete de la tarde: «Después de una rápida presentación, nos adentramos los
dos por un caminito solitario. Durante cerca de tres horas intercambiamos
nuestras impresiones sobre la situación, contándonos lo que había ocurrido y lo
que habíamos pensado desde que nos vimos en la calle Suisse. El contacto surgió
otra vez maravilloso y de inmediato, y la confianza era recíproca: en pocos
minutos la amistad había crecido con la ayuda de Nuestra Señora para que, antes
de separarnos el día 10, pudiéramos decirnos un sí el uno al otro»[5].
Los días 7 y 8 volvieron a verse en la cripta,
oyeron juntos la santa misa y continuaron la conversación iniciada el primer
día. Balduino pidió a la Virgen que le indicara cuándo debía declararse. El día
9, mientras daban un paseo, llegó la sorpresa. Balduino lo ha relatado así:
«Ávila —
Fabiola— me dijo: “Esta vez es sí y ya no me
volveré a echar atrás”. Era demasiado bonito; tenía ganas de llorar de alegría
y gratitud a nuestra Mamá del cielo, que había hecho un nuevo milagro, y a
Ávila, que se había dejado guiar dócilmente por la mano de Nuestra Señora de
Lourdes. Eran, me parece, las dos de la tarde y habíamos quedado hacia esa hora
con mi amigo y con Yvette. Nos ven llegar del brazo y Ávila les anuncia que
somos novios. (…). Lo que más me atrae de ella es su humildad, su confianza en
la Santísima Virgen y su transparencia. Sé que será para mí siempre un gran
estímulo para amar a Dios cada día más»[6].
El 15 de agosto de 1960 Fabiola aprovecha que
toda su familia está reunida en la villa veraniega de Zarauz, cerca de San
Sebastián, para anunciarles su decisión en el momento de las fotografías: «Es
mi última foto de soltera. Mi novio se llama Balduino. Es el rey de los
belgas».
Gaston Eyskens, Primer ministro de Bélgica,
interrumpió un programa de radio para anunciar oficialmente los esponsales del
rey con Fabiola. Cuando los belgas se enteran de que el rey ha elegido una
esposa española quedan desconcertados. No olvidan que cuatro siglos antes
Felipe II envió a Bruselas al cruel duque de Alba para extirpar por las armas
el protestantismo. Hizo decapitar a los condes Hoorn y Egmont, dos héroes
legendarios. La desconfianza hacia la esposa católica y desconocida cesó cuando
se supo que era un matrimonio de amor y no de conveniencia y cuando se observó
que el rey era muy feliz al lado de ella.
El 13 de septiembre Fabiola viaja en
automóvil, conducido por un chófer de librea, desde Zarauz a Bélgica,
acompañada por su madre y por su hermano Gonzalo. Tras pasar una noche en París
llegan al castillo de Ciergnon, donde les espera Balduino. Desde allí se
dirigen al palacio real de Bruselas, mientras son aclamados por la multitud. La
víspera de la boda se ofrece una cena de gala en el palacio real.
El 15 de septiembre es un día histórico para
los belgas. El rey Balduino se casa. La ceremonia religiosa se celebra en la
catedral de los santos Miguel y Gúdula. Están presentes los dignatarios del
reino. Hay siete mil invitados. A las doce y media la pareja entra en la
iglesia. En contra de la costumbre, es Balduino quien acompaña a la novia, por
expreso deseo suyo. En el presbiterio les espera el cardenal Van Roey, con
mitra y báculo, asistido por monseñor Suenens. Verónica, por
discreción, no está presente. Ha preferido
seguir la ceremonia por televisión. Fabiola le envía un simpático mensaje de
agradecimiento: «Hasta ahora, yo sabía que Nuestra Señora era reina y madre. Y
tiene también otras muchas atribuciones, pero no sabía que también era
organizadora de matrimonios».
En el intercambio de consentimientos el rey
usó el tuteo, por ser más íntimo que el Nos de majestad. A la salida de la
catedral sonaron cien salvas y se soltaron cinco mil palomas. Balduino y
Fabiola saludaban a la multitud que les aclamaba. Por la tarde el matrimonio
viajó en avión a Sevilla. Desde allí se desplazaron a San Calixto, una
propiedad de Córdoba cedida por el marqués de Salinas, hermano de Fabiola.
Tendrían que interrumpir su luna de miel a causa de una huelga producida en
Bruselas, como consecuencia de la crisis económica del país.
Al regresar al palacio de Laekens se
encuentran con una sorpresa muy desagradable: el palacio había sido vaciado de
su mobiliario por Leopoldo y Lilian, su mujer. Lo llevaron al castillo de
Argenteuil, su nueva residencia. Desde ese momento las relaciones entre los dos
matrimonios se enfriaron.
La vida matrimonial
El 8 de junio de 1961, a los seis meses de su
matrimonio, los reyes son recibidos por Juan XXIII. Informan al Papa de que
esperan un hijo antes de darlo a conocer a los belgas. Al regreso del viaje la
reina se siente mal. Fue su primer aborto. Entre 1962 y 1963 la reina sufrió
dos nuevos abortos.
Durante muchos años mantuvieron la ilusión y
esperanza de tener hijos, hasta que, por fin, admitieron y aceptaron que no era
posible. La reina confesó que había sufrido cinco abortos, pero que había
aprendido a vivir con ello. El rey habló ante 700 niños recibidos en el
castillo de Laeken: «Nos hemos preguntado por el sentido de este sufrimiento:
poco a poco hemos ido comprendiendo que nuestro corazón estaba así más libre
para amar a todos los niños, absolutamente a todos».
El cardenal Suenens se
pregunta, en el libro biográfico que escribió,
cuál era el secreto del Rey. Y contesta lo
siguiente: «No hay que buscarlo lejos: reside en la profundidad de su vida
espiritual. Dicho de otro modo, en su unión con Dios, vivida en cristiano, día
a día, y traducida en gestos cotidianos de servicio a los demás»[7].
Balduino renunció a sus funciones como jefe de
Estado, durante 44 horas, entre el 3 y el 5 de abril de 1990, al oponerse a la
ley de despenalización del aborto, y evitar tener que sancionarla. Obró así
porque esa ley atentaba contra el derecho a la vida y chocaba con sus creencias
católicas. Corrió el riesgo de que el Parlamento no aprobara su regreso al
poder.
A los 63 años Balduino se sentía ya cansado y
enfermo. El 21 de julio de 1993 envió una carta a su amigo el cardenal Suenens,
en la que le confesaba su debilidad para afrontar las tareas diarias. Sufría
mucho, pero no se olvidaba de otras personas que también sufrían, a las que
visitaba. Pedía cada día ayuda a Dios para saber sufrir con alegría, como los
santos.
Su último discurso oficial al país fue el 21
de julio de 1993. Tuvo valor de testamento. Luego se retiró a descansar unos
días con Fabiola a su residencia veraniega Villa Astrida, en Motril, un bello
pueblo de Granada.
Baldino fallece de forma repentina
El día 31 la reina llamó varias veces al rey
para cenar, sin obtener respuesta. Encontró a su marido sentado en su sillón en
la terraza de la casa, con el libro que había estado leyendo en el suelo. Avisó
con rapidez al doctor Carlos Aguarda, especialista en enfermedades
cardiovasculares, que intentó en vano reanimar al monarca. Acababa de morir por
una crisis cardiaca. Sus restos mortales fueron trasladados en avión al
castillo de Laeken. Tenía en sus manos el rosario Fiat que tanto apreciaba.
Fabiola no quiso capilla ardiente; prefirió la
pequeña capilla privada del castillo, en la que permaneció en oración sola.
Después, el cuerpo del monarca, vestido con el uniforme militar, fue expuesto
en el palacio real.
Junto al catafalco había un ramo de rosas
blancas con estas palabras: «A mi corazón, Fabiola».
Los funerales fueron transmitidos por
Eurovisión. La reina Fabiola eligió personalmente los cánticos. Vestida de
blanco, quiso que el duelo se transformara en un día de gloria y de esperanza.
La liturgia proclamaba la victoria de la vida sobre la muerte. En su homilía,
el cardenal Danneels habló de que el rey supo afrontar cristianamente el
sufrimiento que nunca le abandonó. Hubo también una referencia a su matrimonio:
«Este hombre, habitado por el amor, tenía que ser un modelo en su vida
matrimonial y familiar. En la Reina nos ha dejado probablemente la más valiosa
de las herencias. Más allá de la muerte, que apenas los ha separado, el Rey y
la Reina tienen realmente derecho a decirnos: Os rogamos, pues, que seáis
nuestros imitadores»[8].
El rey fue enterrado en el panteón real de la
iglesia de Nuestra Señora de Laeken. Fabiola recibió unas 300.000 cartas de
pésame. Algunas de ellas pedían que Balduino fuese llevado a los altares.
Publicó en la prensa un mensaje de agradecimiento al pueblo belga por haber
compartido su pena. Al no tener descendencia, a Balduino le sucedió su hermano
Alberto, príncipe de Lieja, casado con la princesa Paola Ruffo di Calabria.
Tras la muerte de su esposo, Fabiola recibió un nuevo tratamiento: Su Majestad
la reina Fabiola de Bélgica. A partir de ese momento la Reina Fabiola se dedicó
a obras de beneficencia y a continuar al frente de la Fundación Rey Balduino,
creada en 1976 para combatir la pobreza y promover la ecología y la ayuda al
Tercer Mundo.
* * *
Un amor conyugal que se mantuvo siempre joven
Con el paso de los años, Balduino y Fabiola
comprobaron que estaban hechos el uno para el otro. En las anotaciones que el
rey hace en su diario espiritual figuran frecuentes menciones a un amor
conyugal que no cae en el acostumbramiento, sino que permanece tan vivo y joven
como el de los primeros días, y que sigue creciendo. En cada aniversario del
día en que
se prometieron, el rey renovaba su acción de
gracias a Dios por el don de ese encuentro. En una anotación fechada el 8 de
julio de 1978 el rey escribió: «Hace 18 años que Fabiola y yo nos prometimos el
uno al otro, al salir de misa el día de santa Isabel de Portugal, en Lourdes.
Gracias, Señor, por habernos llevado de la mano a los pies de María, y desde
entonces, todos los días. Gracias, Señor, por habernos amado en tu Amor y por
haber ido creciendo en ese amor día a día»[9].
Nunca fueron conformistas en su mutuo amor.
Sabían que el amor o crece o muere. A lo largo de su dilatada vida matrimonial
no se concedieron descansos: la romántica conquista amorosa de la etapa del
noviazgo nunca se interrumpió. Estuvieron siempre abiertos a quererse más y
mejor, sabiendo que el amor conyugal no es algo que sale solo, sino que se
construye cada día con pequeñas renuncias y cesiones, con pequeños detalles que
alegran la vida del otro, con perdones otorgados una y otra vez.
La armonía conyugal es el efecto de practicar
muchas virtudes: sinceridad, respeto, comprensión, paciencia, etc., pero a
falta de todo eso existe un recurso que nunca falla: tener una «mala memoria».
El secreto de muchos matrimonios felices es no haber tenido nunca una lista de
agravios. Hay que saber olvidar y perdonar una y otra vez, para recomenzar la
relación cada día.
El matrimonio como vocación
Para Balduino y Fabiola el matrimonio no fue
simplemente una opción vital, sino una vocación humana y sobrenatural.
El matrimonio como sacramento no sustituye al
matrimonio como contrato natural, dado que tiene los mismos fines y
propiedades. Es realidad natural y sobrenatural a la vez: «El carácter
sacramental del matrimonio no le hace perder al amor conyugal nada de sus
aspectos humanos. Es ese mismo amor natural nacido entre un hombre y una mujer
con su carga de afecto, de sentimiento, de aspiración a no ser más que un
corazón y una sola alma, con el atractivo corporal y deseos de amarse, lo que
es elevado por Cristo a sacramento; una realidad que es fuente de
santificación y salvación. Cristo se sirve del
amor de los esposos para dar a conocer cómo es el amor con que ama a la
Iglesia, y, por tanto, el amor matrimonial debe ser un reflejo de ese amor»[10].
Balduino y Fabiola vivieron el matrimonio como
una alianza de amor entre los esposos y de ellos con Dios. El matrimonio fue
para ambos un camino de santidad. Se santificaron cumpliendo con perfección sus
deberes conyugales. La Gracia del sacramento les fortaleció para mantener un
amor de entrega total en todas las circunstancias de la vida, incluidas las más
difíciles y dolorosas. También les ayudó a crecer en caridad sobrenatural.
Balduino amaba a Fabiola no por amor de Dios, sino con el amor de Dios: «Casi
todos los días veo en mi vida signos palpables del amor de Dios. Fabiola ha
sido y sigue siendo uno de los más destacados. Algunas veces —pocas—, me he
preguntado si todo esto no era demasiado maravilloso para ser verdad, y si no
sería fruto de mi imaginación, como un cuento de hadas que nada tuviera que ver
con la dura realidad»[11].
Unidos por el olvido de sí mismos y el sufrimiento compartido
La ausencia de hijos no solo no los separó,
sino que fue un estímulo para estar unidos. Asumieron juntos el sufrimiento. El
14 de diciembre de 1990, tras 30 años de matrimonio, la reina expresó sus
sentimientos en un mensaje radiotelevisado: «Os diré simplemente que fueron
años de felicidad, debidos por una parte a la amabilidad de mi marido, a sus
atenciones, a un constante olvido de sí mismo que no faltó jamás. No digo esto
a la ligera, pues tiene conmigo una paciencia a toda prueba: eso es lo que ha hecho
que nuestro amor haya aumentado y haya dado siempre flores nuevas. Ese olvido
de sí a favor del otro, es de verdad la clave de un matrimonio feliz. Pues amor
y alegría es todo uno, lo cual no excluye el sufrimiento. El mismo compartir
las pruebas consolida el amor. En el corazón de cada sufrimiento hay una
promesa de vida, como en la primavera»[12].
El amor conyugal tiene un orden: el otro
cónyuge es lo primero. Hay que vivir más para el otro que para uno mismo,
evitando el egoísmo del
amor posesivo, que sólo conduce al fracaso. Si
se piensa excesivamente en el propio yo, se deja de pensar en el otro y de
querer su bien y su felicidad; para hacerle feliz es condición necesaria el
olvido de sí mismo. Esto último no sólo no atenta contra la propia felicidad,
sino que la acrecienta: la felicidad no se consigue directamente, sino como
efecto de hacer feliz al ser amado. En el matrimonio, la felicidad de cada
cónyuge depende de la del otro. Hay una ley que siempre se cumple: «o los dos
felices o ninguno».
Ese olvido de sí a favor del otro, del que
había hablado Fabiola en 1990, lo vivió de un modo muy especial tres años
después, cuando Balduino enfermó de gravedad. Le confortó con su acogedora
compañía y con sus cuidados amorosos llenos de ternura: «Fabiola hace todo lo
posible para que se distienda, descanse, en esa morada rodeada de palmeras, de
laureles rosa y de naranjos, y cuya vista se extiende sobre las aguas color
celeste del Mediterráneo. Por la noche es la propia reina la que cocina y,
cuando todo está listo, llama al rey para cenar en la intimidad, con toda
sencillez. Como a ambos les gusta hacer, con sus dos teckels, Miko y Toffec,
como únicos testigos»[13].
La inesperada y rápida muerte de Balduino
interrumpió una larga historia de amor, pero, al mismo tiempo, subrayó la
belleza que encerraba: «En ese momento comienza una larga y dolorosa noche para
la reina, que ve interrumpirse brutalmente un inmenso romance de amor comenzado
hacía treinta y tres años. Un amor de leyenda que parece desafiar las leyes del
tiempo. Treinta y tres años durante los cuales, juntos, inseparables en el
fasto y en el dolor, han combatido por las causas más diversas, sin dejar nunca
de aportar un testimonio de compasión y de calor humano a todos los que se
sienten afligidos de repente por el destino. Unidos por una íntima y profunda
comprensión y una ardiente fe religiosa, pasaron lo que, sin duda, fue su
terrible prueba: no tener hijos»[14].
[1] SERROU, R.: Balduino, Rey. Palabra, Madrid, 2001, p.
25.
[2] Ibídem, p. 118.
[3] CARDENAL SUENENS: Balduino.
El secreto del rey, Espasa Calpe, Madrid, 1995, pp. 44-47.
[4] Ibídem, p. 46.
[5] Ibídem, p. 55.
[6] Ibídem, pp. 56-58.
[7] Ibídem, p. 77.
[8] Ibídem, pp. 159-161.
[9] Ibídem, p. 61.
[10] APARICIO, A.: El matrimonio a examen. EUNSA, Pamplona,
2003, p. 225.
[11] CARDENAL SUENENS:
op. cit., p. 78.
[12] SERROU, R.: op.
cit., p. 140.
[13] IBÍDEM, p. 201.
[14] Ibídem, p. 202.
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