© Libro N° 6120.
Cultura Y Política. Arendt, Hannah. Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título
original: © Cultura Y Política. Hannah Arendt
Versión Original: © Cultura Y Política. Hannah Arendt
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://investigacion.uaem.mx/archivos/epub/clasicos_resistencia/14_Hannah_Arendt.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://investigacion.uaem.mx/archivos/epub/clasicos_resistencia/14_Hannah_Arendt.pdf
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CULTURA Y POLÍTICA
Hannah Arendt
Prólogo de Beatriz Rivas
Edición de Fina Birulés y
Àngela Lorena Fuster
Traducción de Ernesto
Rubio
Clásicos de la resistencia civil
Cultura y política
La
colección Clásicos de la resistencia civil expone el pensamiento de grandes
personajes del mundo en pro de la no-violencia, la autogestión social y el
respeto de los derechos humanos y ciudadanos, prologados por especialistas
reconocidos en cada autor.
EJEMPLAR
GRATUITO
Hannah Arendt
Cultura y
política
Prólogo de Beatriz Rivas
Edición de Fina Birulés y
Àngela Lorena Fuster
Traducción de Ernesto Rubio
Universidad Autónoma del
Estado de Morelos
Dr. Alejandro Vera Jiménez
Rector
Dra. Patricia Castillo España
Secretaria General
Javier Sicilia
Secretario de Comunicación Universitaria
Francisco Rebolledo
Director de Comunicación Intercultural
Arendt, Hannah, 1906-1975
Cultura y política / Hannah Arendt ; prólogo de Beatriz Rivas. -
- México : Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2016.
93 p. - - (Colección Clásicos de la resistencia civil ; 13)
ISBN 978-607-8332-45-8 (Colección)
ISBN 978-607-8434-66-4 (v. 13)
1. Filosofía 2. Política y cultura 3. Literatura – Filosofía
LCC B945.A694 DC 191
Cultura y política
Hannah Arendt
De la colección
Clásicos de la resistencia civil
D.R. © 2014, Editorial Trotta, S. A., Ferraz, 55. 20008, Madrid,
por los textos Cultura y política, Discurso de recepción del premio Sonning,
Más allá de la frustración personal. La poesía de Bertolt Brecht y La conquista
de Hermann Broch
D.R. © 2014, por la traducción, Ernesto Rubio
D.R. © 2014, por la edición de los textos, Fina Birulés y Àngela
Lorena Fuster
D.R. © 2016, por esta edición, Universidad Autónoma del Estado
de Morelos, av. Universidad 1001, Col. Chamilpa Cuernavaca, Morelos, 62210,
México
D.R. © 2016, por el prólogo, Beatriz Rivas
Colección dirigida por Francisco Rebolledo
Dirección de Comunicación Intercultural
Secretaría de Comunicación Universitaria
Cuidado editorial: Roberto Abad
Diseño: Araceli Vázquez Mancilla
ISBN: 978-607-8332-45-8 Colección Clásicos de la resistencia
civil
ISBN: 978-607-8434-66-4
Reservados los derechos de impresión/Impreso en México
Contenido
Prólogo 11
Cultura
y política 27
Discurso
de recepción del premio Sonning 57
Más
allá de la frustración personal
La
poesía de Bertolt Brecht 69
La
conquista de Hermann Broch 83
Prólogo
La
pasión de comprender
El ejercicio de pensar es como la labor
de Penélope: deshace cada mañana lo que acabó la víspera.
H.
Arendt
Cuando
“conocí” a Hannah Arendt, lo hice a través de Heidegger y lo lamento. Hubiera
preferido llegar a ella por el camino de la razón, de su pensamiento lúcido, de
su intelecto, y no por el de la vida cotidiana. Pero hablar de su vida, la de
todos los días, es inevitable y, además, fue ejemplar. En ciertos sectores,
Arendt es más conocida por su relación amorosa (y prohibida) con Martin
Heidegger que por sus obras, a pesar de que la filósofa se ha convertido en un
referente esencial del pensamiento del siglo XX. Lo maravilloso es que su vida,
a diferencia de la de otros pensadores, fue de una total congruencia con su
pensamiento, con esa lucha por disecar el momento social y político a favor de
la tolerancia y en contra del totalitarismo1.
Un
grado altísimo de tolerancia fue el que mostró cuando, en medio de las feroces
críticas contra un Heidegger que había demostrado su nazismo o que, al menos,
contribuyó a que fuera aceptado en las élites universitarias, defiende a su
antiguo amante; lo defiende como filósofo y logra que vuelva a ser aceptado en
el mundo de los intelectuales2. Arendt se da cuenta de que, independientemente
de las acciones de Heidegger, su filosofía debe ser rescatada y conocida en las
universidades del mundo. Como ya era una pensadora admirada, visita a las
edito-riales más importantes de Estados Unidos para convencerlos de que
publiquen al filósofo en inglés. Promueve su obra, supervisa las traducciones,
negocia contratos. Se convierte, al final de la guerra y con los años, en su
mejor amiga. Su Vertrauteste, le de-cía (la amiga en la que más confío).
Un régimen totalitario entendido como el que
busca la dominación total de los hom-bres en una sociedad y que reposa, en gran
medida, en la violencia.
_____________
2 Al principio, H. A. lo toma con mucha amargura
y culpa al filósofo, incluso, de la muerte de Husserl. Después lo perdona (o
justifica) y lo defiende.
Y lo
anterior, a pesar del daño que, en el pasado, Martin le había infligido a
Hannah: haciéndola su amante, cuando era su alumna, aunque ignorándola como
pensadora. Minimizando su obra. La historia de su relación personal es triste
y, en cier-ta forma, humillante3. Hannah tenía que luchar contra la
inse-guridad personal de su maestro, adulándolo y, también, debía aceptar las
reglas y normas que él le imponía. “Nos vemos en mi estudio a las 7, pero si la
lámpara está encendida, ni siquiera to-ques la puerta”, le escribe en alguna de
las tantas notas secretas. Peor, mucho peor todavía: sus acciones antisemitas
como rector de la universidad de Friburgo y ante sus propios amigos judíos. A
Edmund Husserl, su más querido maestro, le quita el grado de profesor emérito y
le prohíbe, como a los demás judíos, usar la biblioteca de la universidad. Se
dice que esta deslealtad de Hei-degger precipita la muerte de Husserl. A Karl
Jaspers deja de fre-cuentarlo puesto que su esposa, Gertrude, era judía.
Por
eso es más meritorio lo que Arendt hizo a favor del pen-samiento de Heidegger.
La intelectual demuestra, una vez más, su congruencia con su propia obra.
Arendt afirmaba que la con-dición del juicio era la imparcialidad y decía que:
“Si la esencia de toda acción (…) es engendrar un nuevo inicio, entonces la
comprensión es la otra cara de la acción”. “Es nuestra forma de estar de
acuerdo”. El Bewaeltigen, es decir, asumir el pasado.
He
caído en lo que trataba de evitar. Debo ahora, por lo tanto, rectificar el
camino. ¿Qué es lo que hace de Arendt una de las mentes más brillantes en lo
que concierne a la teoría política? ¿En dónde está su valor? Me atrevería a
resumirlo en una frase de Dana R. Villa4: “Arendt realza la dignidad de la
acción para rescatar así la dignidad humana maltrecha por las heridas que le
infligió el totalitarismo”. Proponer una filosofía moral y política
3 El libro que escribe H. A. sobre Rahel
Varnhagen, refleja estas humillaciones: una relación entre Rahel, judía, y el
conde Finckenstein, no judío.
4 Miembro del Institute for Advance Study,
Princeton. Autora de más de cinco libros sobre Hannah Arendt.
que
“rescate la dignidad humana” es suficiente tarea para que esta mujer ocupe un
importante lugar en la historia. Más aún si tomamos en cuenta que la humanidad
estaba sufriendo las consecuencias de uno de los momentos más indignos: la
barba-rie nazi, la Solución Final, los campos de exterminio. Pero, como veremos
más adelante, no fue lo único que trató de comprender; su obra es mucho más
amplia.
Sobra
decir que Arendt era judía; judía alemana (Hanno-ver 1906 - Nueva York 1975).
Cuando la entrevistaban, ella se describía como “un individuo judío de género
femenino, naci-da y educada en Alemania y formada, en parte, por ocho años
suficientemente felices que pasé en Francia”. Aunque vale la pena aclarar que
se hizo consciente de su judaísmo, que antes la tenía sin cuidado, precisamente
cuando comienza la propa-ganda antisemita de los nazis. Una mujer lúcida y
amante del conocimiento desde la niñez, que tuvo la fortuna de que su ma-dre,
Martha Beerwald, quien se declaraba irreligiosa, además de darle libre acceso a
todo el conocimento posible, fuera una fer-viente admiradora de Rosa de
Luxemburgo y una gran lectora, sobre todo de Goethe. Así que la pequeña Hannah
fue educada en un ambiente burgués, liberal, social-demócrata. A los 14 años
era una apasionada de la filosofía griega, leía a Kant y a Kier-kegaard,
hablaba griego y latín, escribía poesía y, a los 16 años, fundó un club de
lectura. Después estudió en las universidades de Marburgo, Friburgo y
Heidelberg, en donde, además de es-tudios en teología y geografía, obtuvo su
doctorado en filosofía con una tesis sobre el concepto del amor en San Agustín.
En en-trevistas posteriores explicó su decisión: “O estudiaba filosofía o me
ahogaba, porque necesitaba comprender”.
Quienes
la conocieron no dudaban en calificarla como una mujer tenaz y brillante.
También generosa. Queda claro que des-de siempre, Hannah Arendt mostró y
demostró una profunda pasión por pensar, por reflexionar de una manera crítica.
No es suficiente conocer, es decir, acumular teorías y saberes. Hay que pensar:
“Ese diálogo con nosotros mismos en nuestra más ínitima soledad”. Esa capacidad
de ponerse en el lugar del otro. El “mal extremo” llega cuando perdemos la
capacidad de pen-samiento y de juicio; en situaciones excepcionales, llega una
catástrofe. Una catástrofe tal como las “fábricas de cadáveres, como las
fábricas de la destrucción” de los nazis. La falta de reflexión crítica
contribuyó a aceptar y mantener el régimen nazi, afirma Arendt.
En
Marburgo, cuando ella tenía 18 años, conoce a Martin Heidegger, quien primero
es su profesor y poco tiempo después, también su amante. Es evidente que la
influencia que el autor de Ser y tiempo sobre esta inquieta estudiante, a quien
le llevaba 17 años, fue doble. Hannah siempre afirmó que “con él, el pensar se
hizo vivo”.
En
Martin, el pensamiento se convierte en algo vivo.
Aborda
los textos haciendo del autor un interlocutor:
Dialoga
con él como si lo tuviera enfrente.
Desde
Platón hasta Hegel su principal preocupación es la cuestión del Ser. Nadie lee
como él. Su filosofía es absolutamente mundana
y
sin compromisos.
Para
Heidegger, esta relación extramarital le causaba tam-bién un doble problema: su
esposa, Elfride, era furiosa y abier-tamente antisemita. Fue ella quien
convenció a su marido de la importancia de leer Mein Kampf 5. Además, en el
filósofo se hacía palpable la culpa. “Me he hecho culpable por tu pudorosa
libertad y mi esperanza no amenazada”, le escribía a su alum-na. Más tarde,
cuando la relación termina, le dice: “(…) mi fide-lidad solo deberá ayudarte a
mantenerte fiel a ti misma”. Ella, que siempre afirmó: es el hombre “al que he
permanecido fiel e infiel, y siempre enamorada”, le contestó algún tiempo
después: “Y si Dios lo da, te amaré mejor tras la muerte”.
En
1933 se ve obligada a huir a Francia, país donde “sobrevi-ve” durante ocho años
como exiliada6. En París conoció a quien fue el amor de su vida –lo describía
como su alfa y omega– y su segundo marido, Heinrich Blücher 7. De Blücher
aprendió, sobre todo, “a pensar políticamente y a tener una mirada de
historiado-ra”. En 1940 la detienen y la internan en el campo de Gurs8, del que
afortunadamente se escapa. Después de esperar tres meses en
5 Mi Lucha, el libro escrito por Adolf Hitler en
1925.
6 Trabaja para organizaciones judías.
7 Poeta y filósofo berlinés, excomunista, no
judío.
8 H. A. describe a Gurs como los “camastros de
desesperanza”.
Lisboa,
la pareja de pensadores consigue visas para ir a los Esta-dos Unidos. Llegan a
su país de adopción en 1941, con 25 dólares en la bolsa, y obtienen la
ciudadanía diez años después. Hannah siempre estuvo agradecida con la nación
que los aceptó –“en general, me llevo bastante bien con este país”– y, sin
embargo, con esa independencia intelectual que la caracterizaba, fue sin-cera y
crítica cuando tenía que serlo; por ejemplo, no soportaba que todo ahí girara
en torno al éxito y a la eficacia. Decía que era una sociedad de mucho alarde
tecnológico y poca reflexión. Continuaba explicando que los estadounidenses
intentaban ma-nipular su pasado a través de los medios y el manejo de la
opinión pública. Quienes deciden la agenda de la sociedad norteamericana son
los mass media, que se transforman en jueces y tienen la ca-pacidad de otorgar
el perdón o condenar para siempre, acusaba. La publicidad convierte a una
sociedad de producción en una de consumo. Los objetos se construyen
deliberadamente para que no duren, concluía Arendt después de haber vivido
muchos años en el seno de esa sociedad a la que llegó a conocer muy bien
gracias a su aguda capacidad de análisis.
En
Estados Unidos, Arendt se convierte en escritora inde-pendiente. Su gran
amigo9, Karl Jaspers, la definía como “una cosa entre historiadora y periodista
política”. Su tema más im-portante, por evidentes razones: los asuntos judíos.
Algún día esta pensadora, que no era creyente, afirmó: “Si nos atacan en
nuestra calidad de judíos, como judíos debemos defendernos”. Para ella, su
religión era convicción de vida, raíces asimiladas, certeza sangüínea. Sabía
que “no se sale de la judeidad”.
Con
los años, Hannah Arendt comienza a tener reconoci-miento en los Estados Unidos.
En 1952 obtiene la beca Guggen-heim. En 1959 le otorgan el premio Lessing “por
sus trabajos en ciencias y teoría política que han contribuido a aclarar las
fuer-zas espirituales y políticas que determinan nuestro mundo”. Es la primera
mujer en impartir el seminario Christian Gaus en la Uni-versidad de Princeton y
también la primera en dictar conferen-cias en la universidad católica de Notre
Dame. Tiempo después será también leída y admirada en Europa, sobre todo en su
tierra natal. En 1967, por ejemplo, recibe el Premio Sigmund Freud de la
Academia Alemana. En abril de 197510 le entregan, en Copen-hage, el prestigioso
premio Sonning11, por su contribución a la cultura europea. Los estudiantes
hacían cola para inscribirse en sus clases en la New School University, en
Nueva York. La describían como temperamental y apasionada. No soportaba la
irreflexión. Es probable que la lección de vida más importante que aprendieron
los jóvenes, fuera esa frase que repetía: “Ya no podemos mirar hacia otro
lado”. Ante el horror del nazismo y de la Solución Final (…) “dejé de creer que
fuera posible ser un mero espectador”.
__________________
9 Otra de sus pasiones fue la amistad, como ella
le decía: Eros der Freundschaft, Eros de la amistad. Tenía, cierto, muchos
amigos de la talla de Karl Jaspers, Edmund Husserl, Walter Benjamin, Bertolt
Brecht, Kurt Blumenfeld, Anne Mendelssohn, Raymond Aron, etcétera.
Precisamente
al tratar de entender por qué el antisemitismo de esos días era distinto al
antijudaísmo tradicional, escribe Los origenes del totalitarismo (1951): el
totalitarismo destruye las condiciones esenciales de la vida humana, mata de
raíz la vida política, social e individual de un pueblo. Para Hannah Arendt lo
más importante, su leit motiv, es pensar y comprender. “Com-prender, en una
palabra, consiste en observar la realidad con atención, sin ideas
preconcebidas”. “No es negar la existencia de los hechos ni aceptar pasivamente
su peso como si aquello que sucede debía fatalmente suceder”, explica. “Pensar
como el dos en uno del diálogo silencioso (…) con uno mismo: en mi unicidad se
inserta una diferencia (…) hay una necesitad de pluralidad para establecer esa
diferencia”.
Todavía
con las heridas frescas de la Segunda Guerra Mun-dial, la sociedad está
confundida. Herida. Ha perdido su digni-dad. No sabe cómo pudo suceder lo que
sucedió. Ante la bar-barie, nadie encuentra razones. Las formas convencionales
de explicación ya no aclaran nada. Frente al totalitarismo, “un fenómeno que
pulveriza nuestras categorías de pensamiento político y nuestros criterios de
juicio moral”, ante ese fenóme-no tan abrumador y aberrante, Hannah Arendt se
da cuenta de la necesidad de un pensamiento crítico para entender y para
mostrar alternativas ante el mal radical, la pérdida de sentido, la pérdida de
libertad, la violencia. Las categorías habituales del pensamiento político y
las normas de la moral tradicional, ya Pocos
meses antes de su muerte.
11El
texto de la recepción de este premio es, precisamente, uno de los que
seleccioné para la colección Clásicos de la resistencia civil.
no
son válidas en este contexto de confusión y horror. Entien-de que el ser humano
debe comprender lo que ha sucedido para encontrar el sentido y volver a estar
en armonía con el mundo. Busca una reconciliación como condición indispensable
a fin de comenzar de nuevo. Eso le importa mucho a Hannah, y con eso en mente,
a pesar de su visión pesimista del siglo XX –habla de “tiempo de oscuridad” y
de “la mayor bancarrota de la compren-sión”– propone una filosofía de la
natalidad no solo en el sentido de que “de toda criatura recién nacida se
espera lo inesperado”, sino que también entiende que acción humana es inicio,
liber-tad, comienzo. Creía en la capacidad del hombre de comenzar siempre algo
nuevo. Renacer para reinventar la realidad. Además, cree en la pluralidad, en
la importancia de estar rodeados de “otros”. Y, por lo tanto, también en el
peligro de no aceptar la libre existen-cia del otro, el ajeno, el extraño.
Nos
dice Neus Campillo12, en relación al pensar: Arendt “en-tiende la comprensión
como la otra cara de la acción y al enten-der la acción como el inicio de algo
nuevo, la comprensión hace posible que los hombres que actúan puedan aceptar
finalmente lo que irrevocablemente ha ocurrido y reconciliarse con lo que
irrevocablemente existe”. El pensamiento, pues, es un proceso de búsqueda de
sentido y, enseguida, de reconciliación.
Pero
Hannah va más allá al afirmar que: “La manifestación de pensar no es el
conocimiento: es la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo
feo. Y esto, en los raros mo-mentos en que se ha llegado a un punto crítico,
puede prevenir catástrofes, al menos para mí”. Es decir, comprender, perdonar y
reconciliarse no es quedarse de brazos cruzados, es, también, adquirir la
responsabilidad moral para que las catástrofes, como el totalitarismo –que
destrozó las normas y pautas tradi-cionales– no vuelvan a suceder.
Queda
claro que para la pensadora, un pasado negado, re-chazado, acaba por regresar.
Por eso hay que estudiarlo, pen-sarlo, comprenderlo, asimilarlo. “Eso nunca
debería de haber ocurrido (…). Ocurrió algo de lo que ya nadie puede
desprender-se”. “El infierno ha sucedido, puede volver a suceder”, afirma con
convicción en una entrevista, moviendo con firmeza su mano derecha, mientras
sostiene su cigarro con la izquierda. Fumaba mucho; nunca dejó de fumar.
_____________
12 En la Revista de Filosofía, núm. 26, 2002.
La
filósofa siempre se pregunta de qué manera incitar a la re-flexión. Cómo hacer
para que la gente comprenda. La compren-sión entendida como un “incesante
diálogo con la esencia de nuestro siglo”. “Mi comprensión no significa negar lo
que resulta atroz, significa reconocer la realidad con atención y sin
preme-ditación; soportarla, sea lo que fuere. (…) Necesito comprender los
acontecimentos más terroríficos de este siglo: la irrupción del totalitarismo
con todas sus consecuencias”.
Pensar,
para Hannah, significa sobre todo un tiempo en que se detiene la acción en
todas sus formas. El famoso thaumadzein, (una especie de “asombro”) para los
filósofos. Comprender no es una mirada inocente de la actualidad, debe pasar
por un trabajo de información y de conocimiento sin olvidar que “los
conoci-mientos, por sí mismos, no son nada si no dan a qué pensar”.
En
1961 Hannah Arendt viaja a Jerusalén como corresponsal de la revista The New
Yorker, a cubrir el juicio de Adolf Eich-mann, ex oficial de las SS y el
militar responsable de transportar a los judíos a los campos de
concentración13. Ella misma nos ex-plica: “Fui (…) porque quería saber cómo es
alguien que hace el mal radical”. De esa experiencia nace su obra más polémica
y la que provocó el repudio de algunos sectores judíos: Eichmann en Jerusalén,
un estudio sobre la banalidad del mal. Después de su publicación, en 1963, la
autora no solo fue rechazada, sino también atacada14. Dijeron que era
antisemita, antisionista, pu-rista jurídica, moralista kantiana y que no tenía
alma ni sen-timiento alguno frente al destino de su pueblo. Indignó, tam-bién,
el tono irónico de su prosa.
¿Qué
es lo que le critican? Haber puesto en la mesa de las discusiones el tema del
comportamiento del pueblo judío du-rante los años de la Solución Final. Tema
que, en realidad, fue abordado primero, durante el juicio, por el fiscal de
Israel. La cuestión era si el pueblo judío podía y debía haberse defendido.
________
13 Había huído a Argentina, en donde fue
secuestrado por un grupo de agentes israe-líes para llevarlo a ser juzgado en
Israel.
14 Sobre este tema versa la película de Hannah
Arendt, dirigida en 2012 por Margare-the von Trotta. En realidad, no es sobre
su vida, sino sobre la polémica que generó su informe. Según la propia
directora, el filme quiere destacar la controversia entre el poder de la razón
(la comprensión, diría yo) y las pasiones.
Fue
el fiscal, entonces, quien mencionó ese doloroso tema y, Hannah Arendt, de
hecho, dijo: “Yo había soslayado este asun-to por considerar que investigarlo
era inútil y cruel, ya que demostraba una formidable ignorancia de las
circunstancias imperantes a la sazón”. Si lo comenta en su reseña, es porque
formó parte de las discusiones en el proceso de Jerusalén. En ninguna parte del
reportaje15, Hannah afirma lo que dicen sus críticos: que los judíos se habían
asesinado a sí mismos. “Una monstruosa e inverosímil mentira”, dice,
supuestamente justi-ficada por “el odio hacia mí misma”.
A
las conclusiones a las que sí llega es que “lo que aprendí es que el mal, en su
principio, no es radical sino, más bien, un fenómeno superficial”. Dice que
Eichmann no tenía capacidad de juicio, sino una tendencia a la irreflexión. No
tenía moti-vaciones malignas específicas, era un instrumento de un pro-grama
para que funcionara eficazmente el sistema. Que si bien los actos fueron
monstruosos, el responsable era una persona “totalmente corriente, del montón,
ni demoniaco ni monstruo-so”. “Solo cumplía órdenes, no era loco ni psicópata”.
Con estas afirmaciones, Arendt regresa lo monstruoso al rango humano y lejos de
quitarle importancia a los crímenes, le advierte a la humanidad que lo que pasó
puede repetirse, pues “los peores crímenes no requieren grandes motivos”. Al
mismo tiempo, aclara que al referirse a la “banalidad del mal” no lo minimiza,
pues no se basa en lo que hizo Eichmann, sino en las razones por las que lo
hizo.
A
pesar de las terribles críticas, Hannah nunca se dejó pre-sionar. Trató de
explicar sus conclusiones, de evitar más ma-las interpretaciones sin dejarse
influir, y siguió defendiendo la libertad de su pensamiento. Incluso, en las
revisiones y post scríptum que hacía de su libro, cada vez que lo reeditaban,
ha-bla de obras de nueva aparición que también trataron el papel que los
consejos judíos tuvieron en la Solución Final y mues-tra cómo “hincharon
desproporcionadamente” algunos temas y hasta “fantasearon” sobre ellos,
mientras que ignoraron los más importantes. De hecho, acusa que su Eichmann en
Jerusalén no solo “fue objeto de una controversia, sino también de una campa-ña
organizada (…) por medios de formación de imagen pública y manipulación de la
opinión general (…) inspirados por intere-ses claramente definidos”.
Lo
irónico es que sus principales críticos alardeaban de no haber leído su libro y
prometían que no lo leerían jamás. Por eso, jamás se enteraron de que el
objetivo de Arendt no fue ocupar-se de los terribles sucesos del Tercer Reich
contra los judíos, ni de un análisis del totalitarismo, sino simplemente de
narrar el proceso contra un acusado de carne y hueso. Un individuo “con sus
propias formas de pensamiento y con sus propias circuns-tancias”. Es evidente
que una pensadora de la talla de Hannah Arendt, apasionada por comprender, en
el camino se vio obli-gada a hacerse muchas preguntas, algunas de ellas tal vez
in-cómodas: ¿Por qué tuvieron que ser los alemanes precisamente? ¿Por qué
tuvieron que ser los judíos? ¿Cuál era la naturaleza del totalitarismo?
Arendt
afirma: “En mi opinión, la función cumplida por los dirigentes judíos plantea
un importante problema, pero el de-bate al respecto poco ha contribuido a su
clarificación”. Y, de cierta manera, concluye: “Como suele ocurrir cuando las
discu-siones tienen lugar con grandes muestras de emoción, los inte-reses
prácticos de ciertos grupos, cuya emoción es el resultado de intereses
materiales, y que en consecuencia procuran defor-mar los hechos, quedan rápida
e intextricablemente unidos a las inmaculadas aspiraciones de los intelectuales
quienes, por el contrario, no tienen ningún interés en la determinación de los
hechos, que utilizan solamente como trampolín para expo-ner sus ideas”. “Se
puede afirmar que el objeto de la actividad judicial ha dejado de ser un ser
humano concreto y determina-do (…) para convertirse (…) en el pueblo alemán en
general, en el antisemitismo bajo todas sus formas (…) de tal modo que es la
humanidad quien se sienta en el banquillo del acusado”. “En-tonces deberemos
ser consecuentes con Eichmann y su defen-sor: Eichmann fue llevado ante el
tribunal porque se necesitaba un chivo expiatorio. (…) Y sigo creyendo que el
proceso debía celebrarse con la finalidad de administrar justicia, y nada más”.
Bien decía que: “El pensar opera con lo invisible, con represen-taciones de
cosas que están ausentes. El juzgar siempre se ocupa de particulares y cosas
que están a la mano”.
_________
15 Después publicado en forma de libro.
¿Por
eso la odiaron? ¿Por eso la rechazaron? ¿Por eso los judíos siguen pensando que
Hannah era su enemiga? Creo que todavía debe pasar más tiempo para que sea
objetivamente juzgada. Para que sus libros, y sus ideas, puedan “pensarse” y
“comprenderse” como ella lo proponía: sin prejuicios.
Como
dije anterioremente, Arendt todavía se atrevió a ir más allá al opinar que
“Eichmann carecía de motivos” y que “senci-llamente no supo jamás lo que se
hacía”. Con eso en mente, la pensadora habla de la banalidad del mal, oración
tan criticada. “Una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue
que tal alejamiento de la realidad (de Eichmann) y tal irreflexión puden causar
más daño que todos los malos instintos inheren-tes quizás, a la naturaleza
humana”. Arendt conocía el peligro de que “los hombres normales no saben que
todo es posible”.
El
no conformismo es la condición sine qua non de los lo-gros intelectuales, dice
Hannah y supongo que todos estamos de acuerdo. La filósofa (que no le gustaba
admitir que era filósofa) fue una mujer no conformista. Es probable que sí lo
fuera en el ámbito amoroso, pero no en el intelectual. Y es en ese ámbito en el
que debe pasar a la historia.
“La
sabiduría es una virtud de la edad adulta y no le llega más que a aquellos que
durante su juventud no fueron sabios ni prudentes”, dijo algún día Arendt,
alrededor de los setenta años. Lamentablemente, esa sabiduría no la alivia de
la ausencia de su marido: Heinrich Blücher muere en octubre de 1970. “A ve-ces,
con muy poca frecuencia, se crea todo un mundo entre dos seres. Eso es entonces
un hogar propio, una patria. La única que quisimos reconocer”, afirmaba esta
viuda que logró tener las dos cosas, aunque le “parecía increíble haberlo
conseguido: el gran amor y la identidad personal”. La muerte de Blücher fue un
gol-pe brutal y, sin embargo, Hannah sigue pensando, intentando comprender,
dando clases de filosofía política, frecuentando a sus amigos, escribiendo.
El 4
de diciembre de 1975 está cenando con una pareja de amigos en su departamento
de Nueva York. Ella es la anfitrio-na; siempre le ha gustado recibir y
agasajar. Mientras conver-san, enciende un cigarro que se queda sin terminar,
pues muere de un infarto. También la tercera parte de su trilogía La vida del
espíritu16, queda inacabada. Publicó El Pensar, La Voluntad, pero le faltó El
Juicio.
Hoy,
sus restos reposan en una tumba en el cementerio de Bard College, junto con los
de su marido, y sus libros siguen siendo material de consulta y de estudio en
las universidades y entre los lectores del mundo entero.
Considero
que, en un mundo donde el peligro de la intole-rancia y los totalitarismos está
en cada esquina, en cada mo-mento, el pensamiento de Arendt es profundamente
necesario; debemos, por lo tanto, entenderlo y rescatarlo. Debemos darle el
debido peso y valor al ejercicio de pensar –y a la capacidad de juzgar–17,
condición básica para no solo señalar los males de nuestra época, sino también
para entenderlos y, por lo tanto, evitarlos.
Lamentablemente,
Arendt no es por completo optimista. Con el pasar de los años, cuando llega a
la vejez, dice: “Lo terrible se produce cuando no podemos realizar un proceso
de comprensión creador de sentido y descubrimos que frente a ciertos hechos
he-mos perdido nuestros medios para comprender, para crear senti-do”. Incluso
después del Holocausto logramos volver a empezar, pero, si bien el futuro está
abierto y los humanos podemos crear nuevos inicios, eso no necesariamente es
algo deseable: no debe-mos olvidar que siempre existe la amenaza del mal, de la
violen-cia, de la injusticia.
Beatriz
Rivas
_____________________
16 Conocida también como La vida de la mente.
17 Entendida como “una facultad específicamente
política (…), la facultad de ver las cosas no solo desde el propio punto de
vista sino desde la perspectiva de todos aque-llos que nos rodean”.
Bibliografía:
Arendt,
Hannah, Eichmann en Jerusalén, De Bolsillo, Bar-celona, 2014.
Arendt,
Hannah, Más allá de la filosofía. Escritos sobre cultura, arte y literatura,
Editorial Trotta, Madrid, 2014.
Arendt,
Hannah, Sur l´antisémitisme, Calmann-Lévy, Pa-rís, 1998.
Arendt,
Hannah, Sobre la revolución, Alianza Universal, Madrid, 1988.
Arendt,
Hannh y Blücher, Heinrich, Correpondance (1936-1968), Calmann-Lévy, París,
1999.
Bernstein,
R., Canovan, M. et al., Hannah Arendt, el legado de una mirada, Ediciones
Sequitur, Madrid, 2001.
Birulés,
Fina, Hannah Arendt: el orgullo de pensar, Gedisa editorial, Barcelona, 2006.
Leibovici,
Martine, Hannah Arendt, Desclée de Brouwer, París, 2000.
Osiel,
Mark J., Mass Atrocity, Ordinary Evil and Hannah Arendt, Yale University Press,
2001.
Rivas,
Beatriz, La hora sin diosas, Alfaguara, México, 2003.
Safranski,
Rüdiger, Heidegger et son temps, Grasset, París, 1996.
Young-Bruehel,
Elisabeth, Hannah Arendt, Calmann-Lé-vy, París, 1999.
Videos:
Entrevista
de una hora, realizada a Hannah Arendt en 1974, por Jean-Claude Lubtchansky.
www.youtube.com/ watch?v=ZQ0yMcjxP64
Hannah
Arendt: pensar apasionadamente. Documental con varias entrevistas, realizado
por Jocken Kölsh para el canal Arte. www.youtube.com/watch?v=Oxe04ER1sY
Cultura y
política
Cultura y política*
I
Sea
lo que sea lo que entendamos por “cultura”, ha dejado de ser algo que demos por
supuesto sin ningún tipo de cuestionamiento previo o con un sentimiento de
gratitud. El propio término se ha convertido en motivo de incomodidad no solo
entre los intelectuales, sino también entre todos aquellos que crean los
objetos que, tomados después como un todo, constituyen aquello que llamamos
“cultura”. Me temo que si no tenemos en consideración esta incomodidad, de la
que todos somos conscientes, pasaremos por alto tanto lo que la cultura es
actualmente, como lo que podría llegar a ser.
Las
sospechas acerca de la cultura no son un fenómeno reciente. En Alemania
comenzaron probablemente con la aparición del “filisteísmo cultural”
[Bildungsphilisterium], descrito por vez primera cultura había sido una
cuestión de prestigio y una forma de ascenso social que se había devaluado
después a causa precisamente de su utilidad social. Esta dinámica resulta bastante
familiar en nuestros días: la gente la denomina a menudo “rebajas de los
valores” sin admitir que esas rebajas comenzaron cuando la sociedad moderna
descubrió el “valor” de la cultura, es decir, la utilidad de apropiarse de
objetos culturales y transformarlos en valores. El filisteo culto o educado
puede ser un espécimen puramente alemán, pero la socialización de la cultura
–su devaluación en forma de valores sociales– es un fenómeno moderno mucho más
general. El filisteo en Alema-nia corresponde al esnob inglés, al intelectual
altivo estadouni-dense, y quizás, al bien-pensant en Francia, donde Rousseau
fue quien descubrió por vez primera este fenómeno en los salones dieciochescos.
En la Europa actual ese tipo de cosas se considera algo propio del pasado, un
fenómeno poco merecedor de aten-ción; la situación es un tanto distinta en
Estados Unidos, donde el esnobismo cultural de los intelectuales altivos es una
reac-ción a la sociedad de masas. Las “rebajas de los valores” han sido, sobre
todo, unas “rebajas” de los valores educativos, y la deman-da de esos valores
ha durado apenas un poco más que su cada vez más reducida oferta.
-
* Publicado originalmente como “Kultur und
Politik”: Merkur 12 (1959), pp. 1122-1145; reed. en A. Machionni, Untergang
oder Übergang: l. Internationaler Kulturkri-tikerkongress in Banaschewski,
Múnich, 1958, pp. 35-66. Traducido al inglés por M. Klebes en H. Arendt,
Reflections on Literature and Culture, ed. e introd. de S. Young-ah Gottlieb,
Stanford UP), Stanford [=RLC], pp. 179-202.
Se
trata de una reflexión escrita para ser expuesta en un foro sobre
“cultura-crí-tica” que formaba parte de las actividades organizadas con motivo
de la conmemo-ración de los 800 años de la fundación de la ciudad de Múnich.
Arendt trabajó en la versión inglesa que quedó inédita; sin embargo, escribió
una variación de este mismo ensayo publicada con el título “Sociedad cultura”:
Daedalus 89 (1960), pp. 278-287, la cual constituye la base de una exposición
más completa titulada “The Crisis in Cul-ture: Its social and Political
Significance”, en Between Past and Future: Six Exercises in Political Thought,
Viking, Nueva York, 1961, pp. 197-226.
Cultura
y política 27
El
fenómeno de la socialización va mucho más allá. Lo que llamamos “cultura de
masas” no es sino la socialización de la cultura que comenzó en los salones. La
esfera de lo social, que primero atrapó a las clases sociales más favorecidas,
se extiende ahora a todos los estratos y se convierte así en un fenómeno de
masas. Sin embargo, todos los rasgos que la psicología de masas ha identificado
hasta ahora como típicos del hombre en la sociedad de masas: el abandono (sin
tener este nada que ver con el aislamiento o la soledad), junto con su extrema
capaci-dad para la adaptación; la irritabilidad y falta de respaldo, la
extraordinaria capacidad para el consumo (cuando no avidez), junto con la
incapacidad para juzgar las cualidades o simple-mente identificarlas; pero
sobre todo el egocentrismo y la alie-nación fatal del mundo, que se confunde
con la alienación de sí mismo (esto también viene de Rousseau); todos estos
rasgos ya se manifestaron en la “buena sociedad”, que no tiene un carác-ter de
masas. Se podría decir que los primeros integrantes de la nueva sociedad de
masas constituyeron, cuantitativamente ha-blando, una masa tan reducida, que
les permitió considerarse a sí mismos como parte de una élite.
No
obstante, existen diferencias sustanciales entre esta últi-ma fase del proceso
de socialización de la cultura, y la anterior,
28 Hannah Arendt
en
la que se produjo el filisteísmo cultural. El fenómeno de la industria del
entretenimiento puede proporcionarnos el mejor y más perfecto ejemplo de estas
diferencias, puesto que se trata de algo que concierne de forma muy pronunciada
tanto al filis-teo educado como al esnob. El filisteo se apropió de lo cultural
como valor cultural, con el objetivo de asegurarse una posición social más
elevada para sí mismo; más elevada de la que ocupa-ba, según su propio cálculo,
de forma natural o por nacimiento. Los valores culturales eran así lo que
siempre habían sido, es decir, valores de intercambio, y la devaluación que se
inició de manera natural consistió en el hecho de que se hacía un uso o un
abuso de la cultura con un propósito de tipo social. Los valores culturales, al
circular de mano en mano, perdieron el brillo y el potencial –que les era
propio a todos los hechos culturales–, y pasaron a cautivar por sí mismos.
Estos objetos culturales que perdieron su naturaleza para convertirse en
valores no fueron, sin embargo, consumidos; pese a ser reducidos a su mínima
ex-presión, continuaron siendo un conjunto de cosas objetivamen-te mundanas.
La
cuestión es bastante distinta cuando hablamos de objetos manufacturados por la
industria del entretenimiento. Su fun-ción es hacer pasar el tiempo, tal y como
se suele decir, pero eso significa que sirven al proceso vital de la sociedad,
que los con-sume de la misma manera que hace con otros objetos de consu-mo. El
tiempo vacío así consumido es tiempo biológico, es decir, el tiempo resultante
tras sumar la labor y el sueño. En el caso del ser humano laborante, cuya única
actividad consiste en mante-ner su propio proceso vital y el de su familia, y
en fortalecerlo a través de un consumo cada vez más elevado y de un nivel de
vida cada vez más alto, el placer ocupa esos espacios de la vida donde el ciclo
de la labor determinado de forma biológica –”el metabolismo entre hombre y
naturaleza” (Marx)– ha creado un hiato. Cuanto más sencilla se vuelve la labor
y más se re-duce el tiempo necesario para preservar la vida, más grande se
vuelve el hiato recreativo. Sin embargo, el hecho de que cada vez se libere más
tiempo para el placer, no implica que este no sea una parte esencial del
proceso biológico de la vida, del mis-mo modo que lo son la labor y el sueño.
La vida biológica, por su parte, es siempre un metabolismo que se nutre a sí
mismo a
Cultura
y política 29
través
de la ingesta de cosas, tanto cuando labora como cuando descansa, tanto cuando
consume como cuando se divierte. Las cosas que ofrece la industria del
entretenimiento no son valores que puedan ser usados e intercambiados, sino que
son objetos de consumo tan aptos para ser agotados como cualquier otro. Pa-nem
et circenses (pan y circo), las dos cosas van juntas: las dos son necesarias
para el proceso vital, le sirven de sustento y como herramienta para su
restablecimiento; las dos se agotan en este proceso, es decir, si no queremos
que este proceso se detenga, las dos han de ser producidas y realizadas una y
otra vez.
Todo
funciona a la perfección siempre y cuando la industria del entretenimiento
produzca sus propios objetos de consumo. Esta industria es tan digna de
reproche por el hecho de producir objetos tan poco duraderos que
obligatoriamente han de ser ago-tados en el mismo instante de su creación –ya
que, en caso con-trario, se echarían a perder– como 1o podría ser una
panadería. No obstante, si la industria del entretenimiento reivindica (para
sí) los productos culturales –que es justo lo que sucede en el seno de la
cultura de masas–, se corre el peligro inmenso de que el proceso vital de la
sociedad –el cual, como todos los procesos vitales, incorpora de manera
insaciable al sistema circulatorio biológico de su metabolismo todo lo que se
le ofrece– comience a devorar, literalmente hablando, los productos culturales.
Este no es el caso, desde luego, cuando los productos culturales –ya sean
libros o imágenes– son lanzados al mercado en forma de reproducciones baratas,
y como consecuencia de esto se venden de forma masiva, pero sí lo es cuando
estos mismos productos son alterados –reescritos, condensados, popularizados,
conver-tidos en algo kitsch por medio de la reproducción– de forma que puedan
ser utilizados por la industria del entretenimiento. Esto no quiere decir que
dicha industria sea un signo de aquello a lo que comúnmente llamamos “cultura
de masas”, y que, adoptan-do un término más preciso, deberíamos calificar como
el dete-rioro de la cultura. Tampoco es cierto que este deterioro comien-ce en
el momento en que todos puedan comprar los diálogos de Platón por muy poco
dinero, sino cuando estos productos son transformados hasta el extremo de
facilitar su venta masiva, algo que sería imposible de otra manera. Los que
fomentan este deterioro no son los compositores de música popular, sino los
30 Hannah Arendt
miembros
de un proletariado intelectual ilustrado e informado que trata de organizarse y
propagar la cultura por todo el plane-ta, y de convertir esta cultura en algo
agradable a todos aquellos que carecen de interés en tener contacto con ella.
La
cultura tiene que ver con los objetos y es un fenómeno del mundo, y el placer
tiene que ver con la gente y es un fenóme-no de la vida. Cuando la vida no
encuentre ya satisfacción en el placer que se deriva del metabolismo voraz que
se establece entre hombre y naturaleza –un placer que acompaña siempre la lucha
y la labor, porque la energía vital humana no puede agotarse a sí misma en este
proceso de circulación–, será libre para alcanzar los objetos del mundo, para
apropiarse de ellos y para consumirlos. La vida intentará entonces preparar
es-tos objetos del mundo o de la cultura con el objeto de que sean aptos para
el consumo; o sea, los tratará igual que si fuesen ob-jetos de la naturaleza,
los cuales, después de todo, también han de ser preparados antes de poder
fusionarse con el metabolismo humano. Los objetos de la naturaleza no se ven
afectados al ser consumidos de esta manera, sino que se renuevan
continua-mente, ya que el hombre –en cuanto que vive y labora, lucha y se
recupera– es también un ser natural cuya circulación biológica es la que mejor
encaja con una circulación más grande en la que todo lo natural está en
movimiento. Pero las cosas que hay en el mundo y que han sido producidas por el
hombre –en tanto que es un ser mundano, y no solo un ser natural–, no se
renuevan por sí mismas, simplemente desaparecen cuando la vida se apropia de
ellas y las consume por placer. Y esta desaparición, que pri-mero surge en el
contexto de una sociedad de masas basada en la alternancia entre labor y consumo,
es seguramente algo dis-tinto a lo que sucede cuando las cosas se agotan en el
seno de la sociedad al circular como valores de cambio hasta que su textu-ra
original deja prácticamente de ser reconocible.
Para
explicar estos dos procesos que están destruyendo la cultura desde el punto de
vista histórico o sociológico, la deva-luación de los productos de cultura
dentro del filisteísmo cul-tural puede servir para ejemplificar el peligro más
habitual de una sociedad comercial, cuyo espacio público más importante era el
mercado de bienes e intercambios. La desaparición de la cultura dentro de la
sociedad de masas, por su parte, puede
Cultura
y política 31
ser
atribuida a una sociedad de laborantes que, como tales, no conocen ni necesitan
un espacio público ni mundano que exis-ta independientemente de su proceso
vital, mientras que, como personas, necesitan por supuesto un espacio así y
serían capa-ces de construirlo tan pronto como cualquier otro ser humano
sometido a otras circunstancias temporales. Una sociedad labo-rante –que no
tiene por qué ser lo mismo que una sociedad de la-borantes–, está
caracterizada, en cualquier circunstancia, por el hecho de entender e
interpretarlo todo en términos de la función del proceso vital del individuo o
de la sociedad. Estos procesos anticulturales, que difieren entre sí,
comparten, sin embargo, una cosa: ambos se desatan cuando todos los objetos
producidos en el mundo son puestos en relación con una sociedad que los usa y
los intercambia, los evalúa y los aplica, o los consume y los ingiere. En ambos
casos estamos frente a una socialización del mundo. Esa idea bastante aceptada
de que la democracia se opone a la cultura, y de que la cultura solo puede
florecer en-tre la aristocracia, es correcta en la medida en que se entienda la
democracia como medio para expresar la socialización del hombre y del mundo,
interpretación que no tiene por qué ser necesariamente aceptada. En cualquier
caso, lo que supone una amenaza para la cultura es el fenómeno de la sociedad,
y el de la buena sociedad tanto o más que el de la sociedad de masas.
II
Nuestro
malestar con respecto a la cultura es en realidad un hecho relativamente
reciente, puesto que es consecuencia del fenómeno anticultural del filisteísmo
y de la cultura de masas, circunstancias que surgieron en este siglo como
resultado de una socialización omnipresente. Existe, sin embargo, otra clase de
recelo que es mucho más antiguo e igualmente relevante. En el contexto de esta
reflexión tiene además una ventaja funda-mental: no fue una respuesta a ciertos
signos de degeneración relacionados con aspectos culturales, sino que se
desencadenó ante una situación diametralmente opuesta; concretamente, la del
inmenso prestigio de la cultura y el temor a que esta pudiese
32 Hannah Arendt
convertirse
en un fenómeno aplastante. Fue en la esfera políti-ca donde se gestó esta
desconfianza, un hecho que no nos debe resultar para nada extraño si pensamos
en nuestra propia in-comodidad ante la noción de estética cultivada [aesthetic
cultu-redness], o ante otras construcciones como el concepto de políti-ca
cultural (Kulturpolitik). En cualquiera de los casos, lo que se pone de
manifiesto es una tensión y un posible conflicto entre la política y la
cultura. El esteta, desconocedor de las exigencias de la política, tratará de
resolver este conflicto en beneficio de la cultura, mientras que el político,
ajeno a las necesidades de la producción cultural, abogará por la política, es
decir, por la po-lítica cultural. Nuestra inquietud ante estos intentos de
resolu-ción está sin duda condicionada por las experiencias modernas. El esteta
nos recuerda al filisteo cultural, que también pensaba que trasladar los
“valores” elevados –es decir, culturales– a la esfera de la política –que él
consideraba vulgar e inferior– su-ponía mancillarlos y degradarlos. Hasta las
políticas cultura-les más liberales no podrán sino recordarnos las recientes y
espantosas experiencias que hemos presenciado en los regíme-nes totalitarios,
donde ese concepto que llamamos “política” ha aniquilado por completo cualquier
atisbo de todo aquello que solemos considerar “cultura”.
Para
desarrollar estas reflexiones, dejaré provisionalmen-te a un lado estas
asociaciones tan típicas de la Modernidad y propondré el estudio de un modelo
histórico distinto. La ciencia política necesita de un modelo histórico para
ser operativa, no solo porque la historia es su objeto de estudio, sino también
por-que únicamente con la ayuda de las experiencias sedimentadas históricamente
de conceptos como “política” o “cultura”, podre-mos intentar ampliar la visión
que nos concede nuestro propio horizonte de experiencia –siempre limitado en
cuanto tal– con el fin de lograr alcanzar una perspectiva más extensa sobre un
fenómeno de carácter general como es la relación entre cultura y política. De
hecho, mi decisión de alejarme de la Modernidad responde simplemente al hecho
de que para la vida de los anti-guos, la esfera pública de la política gozaba
de una dignidad sin parangón y de una enorme relevancia. Desde el punto de
vista de la ciencia política, en un contexto histórico de estas
caracterís-ticas los fenómenos y problemas fundamentales y particulares
Cultura
y política 33
pueden
ser estudiados con mucha mayor claridad que en cual-quier otro periodo
posterior. Con respecto al tema que nos ocu-pa, podemos descartar la Edad
Media, ya que en esa época el es-pacio público lo moldeaban fuerzas más allá de
lo básicamente secular o terrenal. Hoy día, la relación entre la cultura y la
polí-tica es una cuestión secular (aunque siga habiendo casos en que no) y, por
lo tanto, no puede ser determinada desde el punto de vista religioso. La
Modernidad, no obstante, plantea una pro-blemática casi irresoluble a la hora
de clarificar el fenómeno político, al haber aparecido entre los espacios
familiares de lo privado y lo público una nueva esfera en la que la parte
pública está en proceso de hacerse privada, y la privada, pública. No nos es posible
tratar aquí todas las distorsiones y desfiguracio-nes comunes a todos los
problemas políticos que se han dirimi-do y estudiado en el medio social.
Mencionarlos es una forma de justificar que vaya a remontarme a una época tan
distante en el tiempo. Me gustaría así recordar que, especialmente durante el
periodo clásico, tanto en la Antigüedad griega como romana, si no la cultura
como tal, sí al menos aquellos que producían objetos pertenecientes a ese
ámbito –es decir, los artesanos y los artistas–, despertaban tales suspicacias
que la opinión pre-dominante era que este tipo de gente no debía ser
considerada ciudadana de pleno derecho. Los romanos, por ejemplo, resol-vieron
el conflicto entre cultura y política de una forma tan ta-jantemente favorable
a la política que la cultura acabó siendo considerada como un fenómeno
importado de Grecia. (Mom-msen escribe que “el cantante y el poeta estaban al
mismo nivel que los equilibristas y los bufones”, y, por lo que respecta a las
artes plásticas, “hasta Varrón se burlaba de las supersticiones de la multitud,
que se apasionaba por miserables ídolos y mo-nigotes”1). El hecho de que la
palabra “cultura”, que tiene origen romano, provenga en realidad de “cultivar”,
de “cuidar”, sugiere también que, en ese ámbito, los romanos no adoptaron el
papel de productores y creadores, sino el de guardianes y cuidadores. Esta
misma actitud caracterizó a su vez la concepción que te-nían de la política:
1 Th. Mommsen, Historia de Roma, libros I y II:
Desde la fundación de Roma hasta la re-unión de los Estados itálicos, trad. de
A. García Moreno (2.a ed. rev. por L. A. Romero y con prólogo y comentarios en
la parte relativa a España de F. Fernández y González), Turner, Madrid, 2003,
p. 199.
Más
concretamente, la cuidadosa conservación de los prin-cipios bien cimentados que
la tradición había convertido en sagrados. La fundación de la ciudad era a la
política lo que la tradición griega a los asuntos relacionados con el espíritu
y el intelecto. Esta actitud, típica de un pueblo agrícola, resultó
in-mensamente productiva al confluir con la apasionadísima rela-ción que los
romanos mantenían con la naturaleza, es decir, con del paisaje romano. Desde su
punto de vista, el verdadero arte debe desarrollarse con la misma naturalidad
que lo hace el pai-saje; debe ser algo así como una naturaleza cultivada, como
el canto más antiguo, “el ruido armonioso de las hojas en la soledad de los
bosques” (Mommsen)2. La idea de que la agricultura podía “uncir” la tierra y
someterla a la violencia, y de que esa violencia era la prueba de la asombrosa
grandeza del ser humano –tal y como Sófocles pone en boca del coro en los
famosos versos de Antígona: “Numerosas son las maravillas del mundo; pero, de
todas, la más sorprendente es el hombre”–, es justo lo contrario de lo que los
ro-manos pensaban. Resumiendo, se podría decir que los griegos lo consideraban
todo, incluso la agricultura, en términos de tech-ne y poiesis, mientras que
los romanos, por el contrario, experi-mentaban incluso las actividades
culturales y las productoras del mundo desde el punto de vista del modelo de la
labor en el que la naturaleza es cuidadosamente atendida para que se con-vierta
en cultura y proporcione comida y cobijo al ser humano en cuanto que ser
natural.
Pese
a que las asociaciones generadas en la época romana si-guen presentes en el uso
que hacemos actualmente de la palabra “cultura”, el modelo de relación que se
estableció en esta época entre la cultura y la política no fue especialmente
fructífero. Los romanos no tomaban en serio ningún hecho cultural hasta que no
estuviese preparado para convertirse en lo que ellos consideraban un objeto
merecedor de cuidado, y formase parte así de la res pu-blica. En los primeros
tiempos, no permitían que los artistas y los poetas llevasen adelante ningún
proyecto, ya que creían que esos juegos infantiles no casaban bien con la
gravitas, la solemnidad y la dignidad propias de un ciudadano. Pensaban que esa
clase de productividad no podía nunca generar una actividad equipara-ble –o que
pudiese siquiera amenazar– a la esfera de lo político.
2 Ibid., p. 241.
34 Hannah Arendt Cultura
y política 35
La
capacidad productiva del modelo griego, en comparación, se puede deducir del
hecho de que, al menos en Atenas, el conflicto entre política y cultura nunca
benefició claramente a un lado o a otro, y de que tampoco hubo una mediación,
por lo que las dos es-feras acabaron mostrando una indiferencia total mutua. Es
como si los griegos pudiesen decir, por una parte: “Aquel que no ha visto el
Zeus de Fidias en Olimpia ha vivido en vano”, y al mismo tiem-po afirmar que a
la gente como Fidias, es decir, a los escultores, no se les debería en ningún
caso conceder la ciudadanía.
Tucídides
da testimonio de una célebre frase de Pericles, en la que la sospecha hacia la
cultura formulada desde la esfera po-lítica aparece de forma indirecta pero
significativa. Me refiero a la frase, prácticamente imposible de traducir,
philosophumen aneu malakias kai philokaloumen: met’euteleias (filosofamos sin
afeminación y amamos la belleza con buen juicio), donde podemos oír claramente
que es la polis, lo político, lo que pone límites al amor a la sabiduría y al
amor a la belleza (los cuales son concebidos –y de ahí la dificultad en la
traducción– no como estados sino como acciones). La euteleia, la precisión al
evitar los excesos, era la virtud política, mientras que la malakia, tal y como
decía Aristóteles, era considerada un vicio propio de bár-baros. La polis y la
política eran la razón por la que los griegos se consideraban superiores a los
bárbaros. O, por decirlo de otro modo, en ningún caso creían que fuese su
elevada cultura el ras-go que los distinguía de los pueblos menos civilizados,
sino más bien al contrario: la polis era la que limitaba todo aquello que era
esencialmente cultural. Entender esta cuestión tan simple que aflora en las
palabras de Pericles nos resulta difícil porque tendemos a creer de una forma
mucho más sencilla –debido a que nuestra tradición ha reprimido y sumergido las
experien-cias políticas de Occidente y su visión del mundo en favor de las
experiencias filosóficas–, que Pericles habla de conflictos que nos son
familiares: los que se generan entre la verdad y la belle-za, por un lado, y
entre el pensamiento y la acción, por el otro. Lo infantil de nuestra
interpretación se ve condicionado por la narrativa de la historia de la
filosofía, según la cual, Platón y los filósofos que le precedieron querían
prohibir en la república a Homero y a los poetas contar mentiras. Sin embargo,
no era Platón, el filósofo, el único que sentía la necesidad de poner en
36 Hannah Arendt
su
sitio a “Homero y los de su calaña”. Pericles, el político, hizo exactamente lo
mismo en el elogio, esgrimiendo diversas razo-nes, y afirmando, de forma
explícita, qué parte de la grandeza de Atenas consistía en no necesitar a
Homero y a los poetas para lograr que aquellas cosas que se han dicho y hecho
–que son las que constituyen la esencia de la política– se tornen inmortales.
Según él, el poder de la polis era lo suficientemente grande como para que los
monumentos en honor a su fama surgiesen direc-tamente de la acción y, por ende,
de la política misma; lo sufi-cientemente grande como para que no hiciesen
falta los pro-ductores profesionales de la fama: los artistas y los poetas, que
objetivan el mundo real y los hechos reales, y los convierten en cosas con el
fin de asegurar la permanencia necesaria con el fin de3 alcanzar la fama
inmortal.
Considero
que la tendencia de los griegos a no permitir que los artistas y los artesanos
tuviesen ninguna influencia sobre la polis se ha interpretado de forma errónea
al equipararse con el desprecio de la labor física necesaria para el
mantenimiento de la vida. Ese desdén tiene también una naturaleza política: no
po-drá ser libre aquel a quien la vida le esté forzando, aquel cuyas
actividades estén dictadas por las necesidades de la vida. Den-tro de la polis,
la vida del hombre libre solo será posible cuando haya dominado las necesidades
vitales, es decir, cuando se haya convertido en un señor al mando de esclavos
que le pertenecen en el ámbito doméstico. La labor que es necesaria para la
vida desnuda, sin embargo, permanece fuera de la política, y no pue-de por
tanto entrar en conflicto con ella; después de todo, ese tipo de labor no se
realiza en la esfera pública, sino en el reino privado de la familia y la casa.
Aquellos que están excluidos de la esfera pública y confinados a la esfera de
la casa y de lo pri-vado –la palabra griega oiketai (los que pertenecen a la
casa) y la romana familiares (los que pertenecen a la familia)–, son tan
esencialmente distintos de los artesanos (quienes, tal y como indica su nombre:
demiourgoi, no se quedan en casa sino que se mueven entre la gente para hacer
su trabajo) como lo son de los artistas, los poietai, cuyas obras sirven para
educar y para decorar el espacio público en el que se sitúa la vida política.
El conflicto entre política y cultura puede darse solo porque las ac-tividades
(actuar y producir) y los productos de cada uno (los
Cultura
y política 37
hechos
y las obras de la gente) tienen lugar en el espacio públi-co. La cuestión que
se ha de resolver respecto a este conflicto se basa simplemente en decidir qué
principios deben aplicarse en ese espacio público creado y habitado por la
gente: los princi-pios comunes a la acción o los comunes a la producción, los
que son políticos en el sentido más básico del término o aque-llos que son
específicamente culturales.
III
Hemos
determinado que el conflicto entre la cultura y la políti-ca se sitúa en la
esfera pública, y que el conflicto consiste en si el espacio público que todos
compartimos debería ser gobernado por los principios de aquellos que lo han
erigido –es decir, por el hombre en tanto que homo faber– o provenir
directamente de las interacciones entre la gente, que se manifiestan en el
mundo a través de hechos, palabras y acontecimientos. Como sabemos, los griegos
eligieron –con muy buen criterio, según mi opinión– la última de estas dos
alternativas. Esa decisión se manifiesta en todas las facetas de la existencia.
Si queremos descubrirla en la forma cotidiana en que las cosas son evaluadas,
se podría decir que el principio del tamaño era el prioritario, en comparación
con todos los demás principios de juicio. Si queremos verla en términos de la
organización política, convendría recordar la frase: “Allí donde estéis,
constituiréis una polis”, que se les decía a los que partían al exilio, y que
implicaba que la propia organi-zación de la polis tenía tal independencia de la
singular fisono-mía que se había alcanzado en casa (patria), que podía ser
dejada atrás de forma sumaria e intercambiarse, siempre y cuando las relaciones
menos tangibles que tienen lugar a través de las ac-ciones y las palabras
humanas permaneciesen intactas.
La
naturaleza de esta decisión no solo no resuelve, de una vez por todas, el
conflicto entre cultura y política –la pugna por dilucidar quién debía tener
más privilegios: si la persona que produce o la que actúa– sino que además
aviva todavía más sus llamas. La grandeza del ser humano, que es en torno a lo
que todo gira, consiste en la capacidad de hacer cosas y de decir palabras
38 Hannah Arendt
que
sean merecedoras de la inmortalidad –esto es, del recuerdo eterno–, pese a que
los seres humanos sean mortales. Esa inmor-talidad exclusivamente humana y
puramente terrenal que la grandeza reivindica es lo que conocemos como la
“fama”, y su propósito no solo es preservar la palabra y las acciones –todavía
más efímeras y fugaces que los mortales seres humanos– de la inmediata
desaparición, sino también concederles una perma-nencia inmortal. La pregunta
planteada por Pericles en la cita anterior viene a ser lo mismo que decir:
¿quién es el más adecua-do para hacer eso? ¿La organización de la polis –que
garantiza el espacio público donde puede llegar a aparecer y a comunicarse la
grandeza, y donde hay una presencia permanente de gente que se ve y es vista,
que habla y que puede ser escuchada– asegu-ra un recuerdo permanente? ¿O lo
hacen los poetas y los artistas, y más en general, las actividades que crean y
que producen el mundo, y que obviamente aportan una mejor garantía de fama que
la organización y la acción política, puesto que su función consiste en hacer
permanente e imperecedero todo aquello que tiene una naturaleza más perecedera
y fugaz? Fue la poesía, a través de Homero, la que enseñó a los griegos lo que
era la fama y lo que podía llegar a ser. Y pese a que la poesía, junto con la
música, quizá sea el arte menos sujeto a lo material, sigue siendo un medio de
producción que alcanza una forma de objetivación sin la cual la permanencia y
la condición de imperecedero se-rían inconcebibles.
Es
más, la dependencia de la acción con respecto a la produc-ción no está limitada
por la del héroe y su “fama” con respecto al poeta, como en el ejemplo
mencionado por Pericles. En general, la objetivación artística surge a partir
de un mundo ya existente de objetos del cual es deudora, y sin el cual la obra
de arte no tendría lugar donde existir. No podemos rastrear simplemente el
origen de este mundo de objetos en las necesidades vitales del ser humano; no
se trata de algo necesario para la mera supervi-vencia, tal y como demuestran
las tribus nómadas, y las tiendas y cabañas de los pueblos primitivos. Proviene
más bien de un deseo de erigir un dique de defensa contra la propia mortalidad,
de colocar algo, entre lo perecedero del ser humano y lo impe-recedero de la
naturaleza, que les sirva a los mortales como vara para medir su mortalidad. Lo
que ocupa este lugar es el mundo
Cultura
y política 39
construido
por el hombre que, sin llegar a ser inmortal, es mu-cho más duradero o
perdurable que la vida de los seres huma-nos. Toda la cultura empieza con esta
especie de fabricación del mundo, que en términos aristotélicos es ya una
athanatidzein, un hacer inmortal. Fuera de un mundo así –es decir, fuera de lo
que llamamos “cultura” en el sentido más amplio–, la acción puede no ser
estrictamente imposible, pero no dejaría ningún rastro; no habría ninguna
historia, ni “miles de piedras, del seno de la tierra excavadas, con sus
palabras darían testimonio”3.
De
todos los objetos que componen el mundo hemos dis-tinguido entre las cosas que
tienen un uso y las obras de arte. Las dos se parecen en que son objetos, es
decir, que no tienen lugar en la naturaleza, sino tan solo en el mundo creado
por el hombre, y que se caracterizan por una cierta permanencia que se extiende
desde la durabilidad de los objetos comunes de uso hasta la potencial
inmortalidad de la obra de arte. En este sen-tido, ambas categorías son
distintas de los bienes de consumo, por un lado –cuya esperanza de vida apenas
excede el tiempo necesario para su producción–, y de los productos de acción,
por el otro –es decir, los actos, los acontecimientos, las palabras, y
finalmente las historias que derivarán de ellas–, los cuales son tan fugaces que
apenas sobrevivirán la hora o el día en el que ven la luz, a no ser que la
memoria y las capacidades producti-vas de la gente acudan en su ayuda. Si
observamos los objetos que hay en el mundo desde la perspectiva de su capacidad
de duración, no cabe duda de que las obras de arte pertenecen a una categoría
superior a la del resto. Incluso después de miles de años, conservan la
capacidad de brillar ante nuestros ojos con la misma fuerza que el día en que
fueron traídas al mundo. Por eso son las cosas más mundanas que existen: son
las únicas que son producidas para un mundo que se supone que ha de so-brevivir
a todos los seres humanos, y por consiguiente no tienen función alguna en el
proceso vital de la sociedad humana. No solo no van a ser consumidas como bienes
de consumo, ni usa-das como objetos de uso, sino que están llamadas a superar
todo ese proceso de uso y consumo, y, por así decirlo, deben mante-
3 F. Schiller, “A los amigos” (“An die Freunde”:
“Tausend Steine würden redend Zeu-gen / Die man aus dem Schoß der Erde gräbt”).
40 Hannah Arendt
nerse
categóricamente selladas contra las necesidades biológi-cas de los seres
humanos. Todo ello podrá suceder de distintas maneras, pero la cultura, en el
sentido estricto del término, solo podrá encontrarse allí donde esto ocurra.
No
tengo la menor idea de si el hecho de ser una criatura mundana o hacedora de
mundo forma parte de la naturaleza humana. Hay pueblos sin mundo, de la misma
forma que hay individuos que carecen de este; y la vida humana precisa de un
mundo tan solo en la medida en que necesita un hogar en la tierra para la
duración de su presencia. Cada mundo sirve a los que viven en él como una
morada terrenal, pero eso no significa que cualquier ser humano que se
construya una casa esté creando un mundo. La morada terrenal se convierte en un
mundo únicamente cuando los objetos en su conjunto son pro-ducidos y
organizados de manera que puedan resistir el proceso vital de consumo de los
humanos que viven a su alrededor y de ser así capaces de sobrevivir a los seres
humanos, que son mor-tales. Solo podemos hablar de cultura cuando este proceso
de supervivencia esté garantizado, y hablaremos de obras de arte cuando nos
enfrentemos a objetos que están siempre presentes en su facticidad y su
cualidad, con independencia de todos los aspectos funcionales o utilitarios.
Por
todas estas razones, en mi opinión, cualquier reflexión acerca de la cultura
hará bien en tomar como punto de partida el fenómeno de la obra de arte. Este
intento que llevamos a cabo aquí, y que trata de indagar en la relación entre
cultura y política haciendo referencia a la percepción que se tenía de estos
temas en la antigua Grecia, parte especialmente de esta premisa. Las obras de
arte, por sí mismas, tienen una relación más estrecha con la política que el
resto de los objetos, y su modo de produc-ción está más íntimamente relacionado
con la acción que cual-quier otro tipo de ocupación. Todo esto se debe al hecho
de que las obras artísticas necesitan siempre de la esfera pública para
alcanzar el reconocimiento; esta afinidad se percibe también en el hecho de que
las obras de arte son objetos de carácter espiri-tual e intelectual. En la
cultura griega, Mnemosyne –recuerdo y memoria– es la madre de las musas, lo
cual quiere decir que reevaluamos la realidad a través del pensamiento y el
recuerdo. Esta reevaluación permite detener y objetivar lo intangible, es
Cultura
y política 41
decir,
los acontecimientos y las gestas, las palabras y las histo-rias. El origen de
la objetivación artística está en el pensamiento de la misma forma que el de la
objetivación artesanal está en el uso. Un acontecimiento no se vuelve eterno
directamente al ser recordado, pero este recuerdo lo prepara para su potencial
in-mortalidad, que podrá ser alcanzada a través de la objetivación artística.
Para los griegos, sin embargo, la posible inmortalidad era el objetivo más
elevado y profundo de todo lo relacionado con la política, en especial, de la
forma de organización de todo lo que les era más propio: la polis. Aquello que
buscaban no era la inmortalidad de la obra de arte en sí misma, sino más bien
lo potencialmente imperecedero, la posible persistencia eterna de las grandes
gestas y las grandes palabras en la memoria: una forma de fama inmortal que
podían lograr los poetas a través de la objetivación productiva, y la polis, a
través de las incesantes conmemoraciones de tipo narrativo.
IV
Teniendo
en cuenta que el pensamiento griego, sobre todo en sus aspectos políticos,
estaba dirigido de forma tan exclusiva a la potencial inmortalidad de los
mortales y a la condición impere-cedera de aquello que más pronto perece, lo
normal sería pensar que la capacidad humana que considerarían más importante
sería la de la producción artística, es decir, la capacidad poética incluida en
el término griego poiesis. Si recordamos el formi-dable desarrollo del arte
griego y la prodigiosa velocidad con la que, a lo largo de varios siglos, una
obra maestra daba paso a la siguiente, queda particularmente de manifiesto que
esa creencia política en la inmortalidad suscitó un extraordinario movimiento
de naturaleza específicamente cultural.
La
suspicacia que generaba entre los griegos cualquier tipo de producción, la
sospecha del peligro que amenazaba a la po-lis y a lo político desde el reino
de lo producido y lo cultural, tiene indudablemente que ver, más que con los
objetos cultu-rales en sí mismos, con las actitudes en las que se fundamenta la
producción: unas actitudes que son comunes a cualquiera
42 Hannah Arendt
cuya
única ocupación sea la de producir cosas. Las sospechas se dirigen contra una
generalización de los principios de los productores y contra su forma de
pensar, que inmiscuye en la esfera de lo político. Esto explica algo que nos
podría resultar sorprendente en un principio: que alguien sea capaz de
mostrar-se enormemente receptivo ante la actividad artística o declarar la más
ardiente admiración por algunas de sus obras –algo que, tal y como sabemos a
partir de gran cantidad de anécdotas, se presenta acompañado por la notable
confianza que los artistas tienen en sí mismos– y aún así seguir planteándose
si los artis-tas como individuos deberían o no ser excluidos de la comuni-dad
política. Esa misma suspicacia está presente en la tendencia a considerar lo
que eran actividades esencialmente políticas –en cuanto estas, tal y como
sucedía en el caso del trabajo legislativo o la ordenación urbanística, tenían
un mínimo en común con la producción–, como condiciones prepolíticas de lo
político, y, por lo tanto, a excluirlas de la polis en sí, es decir, del reino
de las actividades puramente políticas donde solo tienen acceso los ciudadanos
de pleno derecho.
Esta
sospecha que despierta la producción se justifica por dos razones de tipo
factual, que pueden ambas derivarse direc-tamente de la naturaleza de esta
actividad. La primera es que sin la aplicación de la fuerza la producción es
básicamente imposi-ble: para producir una mesa es preciso talar un árbol, y la
made-ra de ese árbol caído ha de ser violada para que pueda emerger después en
forma de mesa. (Quizá cuando Hölderlin calificó la poesía como la “más
inocente” de las actividades, estuviese pensando en la violencia inherente a
todo el resto de las formas artísticas. Aunque el poeta, qué duda cabe, también
viola el ma-terial con el que trabaja: su canto no es el mismo que el del
pájaro que habita en el árbol). La segunda razón es que la producción siempre
se sitúa dentro de la categoría de relaciones de medios y fines, las cuales
solo pueden tener lugar en la esfera de la pro-ducción y la fabricación. El
proceso de producción tiene un pro-pósito claramente discernible: el producto
final, en función del cual todo lo que lo conforma –los materiales, las
herramientas, la propia actividad, e incluso las personas implicadas– se
con-vierte en simple medio. En nombre del fin, el trabajo justifica todos los
medios, y sobre todo justifica la violencia sin la que
Cultura
y política 43
esos
medios no podrían estar garantizados. Los productores solo pueden contemplar
los objetos como medios para alcanzar de-terminados fines, y deben juzgarlos de
acuerdo a aquello para lo que sirven de manera específica. Esta misma actitud,
trasladada a otros ámbitos más generales aparte del de la fabricación, es la
que caracteriza hasta el día de hoy a los banausen (ignorantes), una de las
pocas palabras alemanas procedentes del griego que apenas ha variado su
significado. La sospecha que recae sobre ellos proviene de la esfera de lo
político y sugiere al mismo tiem-po el deseo de mantener fuera del espacio
público político de la comunidad tanto la violencia como la actitud utilitaria
de la racionalidad basada en los medios y los fines.
Hasta
el repaso más superficial de la historia de las teorías políticas pone
inmediatamente de manifiesto que esta sospe-cha no ha tenido la más mínima
repercusión en nuestra tra-dición de pensamiento político, y que fue un
fenómeno que desapareció del escenario de la historia de las experiencias
po-líticas con la misma presteza con la que había aparecido. Ac-tualmente,
ninguna idea nos resulta tan natural como la de que la política es el espacio
exacto donde la violencia puede estar legitimada, y que este espacio suele
estar definido por el gober-nar y el ser gobernado. Nos resulta inconcebible
imaginar que la acción pueda ser otra cosa que una actividad que persigue un
fin establecido a través de una serie de medios que, huelga decir, están de
sobra justificados por este. Para nuestra desgracia, hemos tenido que
experimentar las consecuencias prácticas y políticas de tal creencia en la
universalidad de la actitud banausisch. Lo que ha sucedido, en cualquier caso,
es justamente aquello que las suspicacias de los griegos hacia la cultura
trataban de evitar: que la esfera política sucumbiese ante la mentalidad y las
categorías propias de la producción. A pesar de que nunca fueron los medios,
sino el estar-hecho-para la producción, la política perdió su independencia, y
la esfera pública, el lugar en el que los seres humanos, organizados
políticamente, ha-blan e interactúan –es decir, el mundo ya construido– quedó
subsumido bajo las mismas categorías necesarias para que ese mundo existiese.
Sabemos
por experiencia lo capaz que es una racionalidad utilitaria de medios-fines de
hacer que la política derive hacia
44 Hannah Arendt
comportamientos
inhumanos. Aun así, todavía nos sorprende enormemente el hecho de que semejante
conducta inhumana pueda surgir de la esfera de la cultura y que, sin embargo,
el elemento más humanitario pueda ser asignado a la política. La razón de esto
es que por mucho que conozcamos o valoremos la cultura griega, nuestra
concepción de la cultura está defi-nida básicamente por los romanos, quienes
contemplaban este ámbito no desde el punto de vista de los productores
culturales, sino, más bien, desde la perspectiva del entregado y cuidadoso
guardián de lo natural y de lo heredado. Para poder asimilar una perspectiva
tan distinta como la griega, es preciso recordar que el descubrimiento de la
política estaba basado en concienzudo intento de apartar la violencia de la
comunidad, y que dentro de la democracia griega solo se consideraba una forma
de interac-ción válida, la peitho, que era el arte de convencer y de hablar los
unos con los otros. No debemos pasar por alto el hecho de que lo político solo
se refiere a las circunstancias internas a la polis. La violencia como tal era
considerada algo apolítico y, por lo tanto, algo que debía tener lugar fuera de
las murallas de la ciudad. Esa fue la causa de que las guerras en las
repúblicas griegas fue-ran tan espantosamente devastadoras; todo lo que
sucediese en el exterior de la polis estaba más allá de la ley y quedaba por lo
tanto a merced de la violencia: los más fuertes actuaban confor-me a su
voluntad y los más débiles sufrían las consecuencias.
Una
de las razones de que nos resulte tan difícil descubrir un elemento propio de
la violencia dentro de la cultura es que hemos asumido el pensamiento basado en
las categorías de pro-ducción, hasta el extremo de considerar estas últimas
como algo universal. Según estas categorías, actuamos de forma violenta en
todas las situaciones y en todos los campos, y es a continua-ción cuando
tratamos de conjurar la parte peor por medio de los tratados. Esta es la razón,
sin embargo, de que el ámbito don-de estas categorías encuentran su lugar
natural y donde no tiene cabida nada que no sean sus propias configuraciones,
nos parez-ca el más inofensivo y correcto de todos. En comparación con la
violencia que los hombres ejercen unos contra otros, la violencia ejercida
contra la naturaleza para contribuir a la construcción del mundo es, sin duda,
inocente. Por esta razón, consideramos que el mayor peligro de la política es
el debilitamiento, y traducimos
Cultura
y política 45
con
ese sentido la mención de Pericles de la malakia citada an-teriormente. Pero la
falta de virilidad que va incluida en el tér-mino, que a los griegos les
parecía propia de los bárbaros, exclu-ye por igual tanto la violencia como la
acción de recurrir a todos los medios al alcance para lograr el fin deseado.
Nosotros, que tantas veces hemos presenciado cómo la política más brutal ha
sometido a la “élite cultural formada por los artistas y la gente más culta”, y
cómo esta élite se ha visto intimidada y ha tenido que renunciar al “parloteo
incesante” es decir, al intercambio re-cíproco de convicciones, tenemos quizás
una mejor sensibilidad para entender estas cosas y ver en ellas algo más que
una simple “traición de los intelectuales”. Creer en la violencia de la
políti-ca no es un privilegio exclusivo de la brutalidad. La raíz de esa
creencia puede provenir también de lo que los franceses llaman déformation
professionelle, una aberración entre los producto-res y patrocinadores de la
cultura que se genera a raíz de su tipo de trabajo.
La
sospecha acerca del pensamiento medios-fines, que tam-bién pertenece en origen
al terreno de lo político, se acerca mu-cho más al objetivo. La objeción que
puede desde luego hacer la política a este tipo de pensamiento –que no deja de
ser necesario para la producción–, es que el fin justifica los medios, y que
unos fines enormemente atractivos pueden dar lugar a unos medios totalmente
terroríficos y destructivos. Si seguimos esta línea de pensamiento, que a lo
largo de nuestro siglo se ha convertido prácticamente en un lugar común,
descubrimos que la acción en sí misma no tiene ningún fin, o al menos es
incapaz de ser consciente de ningún fin en la forma en que ha sido
conceptua-lizada. Toda acción se sitúa en una red de relaciones en las que
cualquier cosa que los individuos intenten queda transformada de forma
inmediata, de modo que se evita que pueda convertir-se en un objetivo
establecido, como un programa, por ejemplo. Esto significa que en política los
medios son siempre más im-portantes que los fines, y lo mismo se puede expresar
al decirse a uno mismo, como yo hice en una ocasión: cada acción buena llevada
a cabo en nombre de una mala causa convierte al mun-do en un lugar mejor,
mientras que toda acción mala llevada a cabo por una buena causa lo empeora.
Pero pronunciamientos como este se basan en las paradojas que produce la
categoría
46 Hannah Arendt
de
las relaciones de medios- fines, y expresan únicamente la idea de que esa
categoría no resulta relevante para la acción. El tipo de pensamiento asociado
a ella supone una soberanía que solo posee el productor, y no quien actúa; una
soberanía a la hora de tratar con los propósitos para consigo mismo, con los
medios necesarios para la consecución de tales propósitos, o que tienen que ver
con el resto de personas a las que uno ha de dirigir, de forma que puedan
ejecutar las órdenes necesa-rias para fabricar un producto final previamente
concebido. Solamente el productor puede ser el patrón; él es el soberano y
puede tomar posesión de todas las cosas como los medios y las herramientas
precisas para su objetivo. El que lleva a cabo la acción siempre establece una
relación de dependencia con los otros que también actúan; nunca es
verdaderamente soberano. De este hecho se deriva la bien conocida
irreversibilidad de los procesos históricos, es decir, de los que se enraízan
en la acción; esta imposibilidad de dar marcha atrás en lo que se ha hecho no
se aplica en absoluto a los procesos de producción, en los que el productor, si
así lo elige, puede siempre intervenir de forma destructiva, a saber, dar
marcha atrás en el proceso.
Lo
que a los griegos les resultó sospechoso de los Banausen fue esa soberanía
inherente a la producción de la que hace gala el homo faber. La perspectiva de
este último, que podríamos ca-lificar de utilitaria –puesto que es una
estimación de las cosas en función de medios para alcanzar un fin– surge de
forma natural, ya que las cosas que produce están destinadas a ser usadas y que
para producirlas precisa siempre de otras cosas. Con muy buen juicio, los
griegos suponían que, al generalizarse, esta forma de pensar llevaría
necesariamente a una devaluación de las cosas en cuanto cosas, y que esa
devaluación se extendería a los objetos de la naturaleza, que no han sido
producidos por el ser humano y que son, en esencia, independientes de este. Por
decirlo de otro modo, tenían miedo de que el dominio y la soberanía del homo
faber acabarían en hybris si se permitía el acceso a la esfera polí-tica a este
tipo de seres humanos. Y pensaban, además, que una “victoria” así de la cultura
degeneraría en barbarismo, ya que, al igual que la malakia, la hybris era
considerada un vicio propio de los bárbaros. Me gustaría volver a recordar aquí
una vez más el famoso coro de Antígona: polla ta deina k’ouden anthropou
Cultura
y política 47
deinoteron
pelei, ya que reproduce de una forma muy particu-lar la escisión con la que los
griegos evaluaban las capacidades productivas y la forma en que estas les
inspiraban al mismo tiempo un profundo respeto y un rotundo pavor. Esas
capaci-dades siguieron asustándolos, porque la hybris que las caracte-rizaba
amenazaba la propia existencia de la naturaleza y del mundo.
El
ser humano, en tanto que es político y no solo productivo, carga consigo la
preocupación en torno a la preservación del mundo. Como ser político, necesita
ser capaz de depender de la producción, de forma que esta pueda proporcionarle
un refugio duradero donde actuar y hablar durante su efímera existencia,
durante una vida mortal caracterizada por su caducidad. La política necesita
así de la cultura, y la acción necesita de la pro-ducción para lograr la
estabilidad, pero aun así precisa también proteger de la amenaza de la cultura
y la producción tanto a lo político como al mundo ya producido, puesto que toda
produc-ción es al mismo tiempo destrucción.
En
tanto que cultura, el mundo ha de garantizar la perma-nencia, y lo hace por
medio de la forma más pura y liviana a través de esos objetos que llamamos
obras de arte, y que son ob-jetos de cultura, en el sentido más rotundo de la
palabra. Para cumplir su “propósito”, éstos deben ser protegidos
cuidadosa-mente de todas las declaraciones con propósitos e intereses
exis-tenciales, de ser usados y consumidos; en el contexto presente es
irrelevante si esa protección se logra colocando las obras de arte en lugares
sagrados –templos e iglesias– o confiándolas al cuidado de los museos y
conservadores. En cualquiera de los casos, las obras precisan de la esfera
pública y únicamente en el espacio compartido logran encontrar su lugar. Si se
mantienen ocultas entre otras posesiones de carácter privado no alcanzan ningún
tipo de reconocimiento, por lo que han de ser protegi-das de los intereses
privados. Solo bajo la protección de lo pú-blico podrán revelarse tal y como
son. Y sea lo que sea lo que en ellas aflore –eso que normalmente llamamos
belleza–, será algo imperecedero desde el punto de vista de la esfera política
y de sus actividades, que es el punto de vista del actuar y hablar en su misma
fugacidad.
48 Hannah Arendt
Desde
la perspectiva política, la belleza garantiza que inclu-so las cosas más
perecederas y efímeras –las palabras y las ges-tas de los mortales seres
humanos– puedan alcanzar un refugio terrenal en el mundo.
La
cultura, sin embargo, no es menos dependiente de la po-lítica de lo que esta lo
es de la cultura. La belleza precisa de la publicidad de un espacio político
protegido por seres huma-nos que actúen, porque lo público es, por excelencia,
el espacio de aparición, mientras que lo privado queda reservado para la
ocultación y la seguridad. Pero la belleza en sí misma no es un fenómeno
político; pertenece básicamente a la esfera de la pro-ducción y es uno de los
criterios que la conforman, ya que todos los objetos poseen un aspecto y una
forma que es peculiar a su propio estatuto como objetos. En este sentido, la
belleza sigue funcionando incluso como criterio para los objetos de uso, y no
porque los objetos “funcionales” puedan llegar incluso a ser be-llos, sino por
todo lo contrario, porque todos los objetos, inclu-so los de uso, tienen vida
más allá de la funcionalidad, por otro lado, no es el aspecto con que aparece
el objeto; ese aspecto co-rresponde a su forma y a su configuración. La
funcionalidad de las cosas es la propiedad en virtud de la cual los objetos
vuelven a desaparecer al ser usados y consumidos. Para ser capaces de valorar
un objeto según su valor de uso y no según su apariencia –decir si es hermoso o
feo, o algo intermedio– deberemos prime-ro apagar nuestros propios ojos.
La
cultura y la política dependen así la una de la otra, y tie-nen algo en común:
ambas son fenómenos del mundo público. Pese a eso, tal y como veremos, esta
confluencia tiene más peso que los conflictos y las oposiciones que se
establecen entre las dos esferas. Lo que tienen en común incumbe a los objetos
cul-turales, por una parte, y a los seres humanos políticos y activos, por
otra. Esta convergencia entre las dos esferas no tiene nada que ver con el
artista productor, puesto que, después de todo, el homo faber no mantiene la
misma relación con la esfera pública que la que caracteriza a los objetos que
ha creado y modelado. Para poder seguir añadiendo esos objetos al mundo, él
mismo ha de estar aislado y oculto del público, mientras que las acti-vidades
políticas –hablar y actuar– no pueden tener lugar sin la presencia de los otros
y, por lo tanto, sin la esfera pública de
Cultura
y política 49
un
espacio constituido por muchos. Las actividades que llevan a cabo tanto el
artista como el artesano están sujetas a unos con-dicionantes muy distintos que
los que corresponden a las acti-vidades políticas. No cabe duda tampoco de que
el homo faber, en cuanto levante la voz para dar a conocer su opinión acerca
del valor de lo político, desconfiará de la esfera política tanto como
desconfía la polis de la mentalidad y las condiciones de producción.
Solo
aquí se puede empezar a atisbar esta cara de la moneda; concretamente, cómo las
actividades políticas son percibidas con preocupación y recelo por los
productores de cultura. Sin embargo, lo más importante para nosotros en nuestro
contexto presente es que prestemos atención a una actividad humana en la que se
sugiere el carácter que tienen en común la cultura y la política. Esta
recomendación la recojo de la primera mitad de la Crítica del juicio de Kant,
en la que aparece el que es, en mi opinión, el aspecto más interesante y
original de la filosofía política kantiana.
Como
se recordará, en la Crítica de la razón práctica, Kant plantea la facultad
legislativa de la razón, y asume que el princi-pio de legislación, tal y como
viene determinado por el “impera-tivo categórico”, se basa en el acuerdo del
juicio racional consigo mismo; lo que, en términos kantianos, significa que si
no quiero contradecirme a mí mismo, debo desear solo esas condiciones que
pudieran, en principio, ser también una ley general. El prin-cipio de acuerdo
con uno mismo es muy antiguo. Una de sus for-mulaciones, muy parecida a la de
Kant, puede encontrarse ya en Sócrates, cuya doctrina central según la
formulación platónica dice así: “Dado que yo soy uno, es mejor para mí estar en
con-tradicción con el mundo que contradecirme a mí mismo”. Esta proposición ha
conformado la base de la concepción occidental de la ética y la lógica, con su
énfasis en la conciencia y en la ley de la no-contradicción respectivamente.
Bajo
el enunciado “Máximas del sentido común”, que se encuentra en la Crítica del
juicio, Kant añade al principio de acuerdo con uno mismo, el principio de una
“mentalidad am-pliada” que sostiene que yo puedo “pensar desde el lugar de los
otros”. Al acuerdo con uno mismo se une así un acuerdo poten-cial con los
demás. El poder del juicio reside en esta mentalidad
50 Hannah Arendt
ampliada,
de forma que el mismo hecho de juzgar genera su pro-pia legitimidad. Esto
significa, en el plano negativo, que puede ignorar sus propias “condiciones
privadas subjetivas”. Desde el punto de vista positivo, quiere decir que no
puede funcionar o prevalecer sin la existencia de otros puntos de vista desde
los que pensar. La presencia del yo es a la ley de la no-contradicción en
lógica, y a la no menos formal ley de la no-contradicción de la ética basada en
la conciencia, lo que la presencia de los demás es al juicio. El juicio posee
una cierta universalidad concreta, una validez general (Allgemeingültigkeit)
que es distinta de la vali-dez universal (universale Gültigkeit). El intento de
alcanzar la validez no puede llegar nunca más allá que otras pretensiones,
desde cuyo punto de vista las cosas son pensadas en común. El juicio, tal y
como dice Kant, se aplica a “toda persona que juzga”, lo que quiere decir que
no se aplica a quien no participa en el proceso del juicio y no está presente
en la esfera pública, que es, en última instancia, el lugar donde aparecen los
objetos que son juzgados.
Sin
lugar a dudas, la idea de que la capacidad de juicio es una facultad política,
en el sentido específico del término, es casi tan antigua como la propia
experiencia política articulada; una fa-cultad política en la forma exacta que
Kant la determina, es de-cir, la facultad de ver cosas no solo desde la propia
perspectiva, sino también desde la de todos los que están presentes. El juicio
es, así, quizá la facultad fundamental; permite al hombre orien-tarse en la
esfera pública política y, por lo tanto, en el mundo compartido. Resulta por
esto todavía más llamativo que ningún filósofo, anterior o posterior a Kant,
nunca antes haya decidido preguntarse sobre este asunto, y quizás el motivo de
este sorpren-dente hecho resida en la antipatía de nuestra tradición filosófica
hacia la política, aunque ese es un tema del que no nos podemos ocupar aquí.
Los griegos, en particular, llamaban a esta facultad la phronesis, y la
decisión de Aristóteles de diferenciar esta capa-cidad esencial del político de
la sophia de los filósofos (a los que les preocupa más la verdad) es
consistente con la opinión pública en la polis ateniense, de la misma forma que
suelen hacerlo sus escritos políticos. Hoy día, solemos confundir esta
capacidad con un “entendimiento humano sano” (gesunden Menschen-verstand), que
solían llamar Gemeinsinn en alemán, y que tenía
Cultura
y política 51
prácticamente
el mismo significado que el sentido común o el sens commun, que los franceses
llaman simplemente le bon sens, y que también podría ser denominado como
sentido del mundo (Weltsiltn). Esto solo nos lleva a reconocer el hecho de que
nues-tros cinco sentidos, que son privados y subjetivos, y sus datos en-cajan
con un mundo no subjetivo que tenemos “objetivamente” y que podemos compartir y
evaluar con los otros4.
Las
definiciones de Kant son especialmente destacables: él fue quien descubrió el
juicio en todo su esplendor, al dar con los fenómenos del gusto y del juicio de
gusto. Cuestionó la supuesta arbitrariedad y la naturaleza subjetiva del de
gustibus non dis-putandum est (en cuestiones de gusto no hay disputa), ya que
esta arbitrariedad era incompatible con su sentido de la política. A diferencia
de estos prejuicios tan habituales, insistió en que el gusto en realidad “asume
que los otros experimentan el mismo placer”, y que los juicios del gusto
“sugieren el acuerdo de todos”. Él entiende, por lo tanto, que el gusto, al
igual que el sentido co-mún (Gemeinsinn) del cual se deriva, es justamente lo
opuesto a un “sentimiento privado”, aunque se suelan confundir el uno con el
otro.
Discutir
todo esto en detalle nos llevaría demasiado lejos. Pese a eso, nuestra breve
disquisición ya pone de manifiesto que cuando hablamos del comportamiento
específicamente cultu-ral de los seres humanos, este se entiende como una
actividad política en el sentido más enfático del término. Los juicios, tan-to
los del gusto como los políticos, son decisiones, y como tales tienen “una base
que no puede ser sino subjetiva”. Sin embargo, deben mantenerse independientes
de todos los intereses subjeti-vos. El juicio surge de la subjetividad de una
posición en el mun-do y, sin embargo, al mismo tiempo, afirma que ese mundo, en
el que cada uno tiene su propia posición, es un hecho objetivo y, por tanto,
algo que todos compartimos. El gusto decide cómo se supone que debe parecer y
sonar el mundo en tanto que mundo, independientemente de su utilidad o de los
intereses existen-ciales que tengamos puestos en él. El gusto evalúa el mundo
de acuerdo a su mundaneidad. En vez de preocuparse por la vida sensual o el yo moral,
se opone a ambas cosas y propone un interés puro y “desinteresado” por el
mundo. Para el juicio de
4 Vease I. Kant, Crítica del juicio, 40-41.
gusto,
lo fundamental es el mundo, no el hombre, ni tampoco su vida ni su yo.
El
juicio de gusto se parece también al juicio político en el he-cho de que no
acarrea obligaciones, y en que, a diferencia del jui-cio cognitivo no puede
probar nada de forma concluyente. Todo lo que la persona que juzga puede hacer,
como tan acertadamen-te expone Kant, es “cortejar el acuerdo de los otros” y
confiar en poder llegar a un punto de vista común. Este cortejo no es más que
lo que los griegos llamaban peithein, que es el tipo de retóri-ca de la
persuasión que era valorada en la polis como los medios preferidos de conducir
el diálogo político. El peithein no solo se oponía a la violencia física, que
era despreciada por los griegos, también se distinguía claramente del
dialegesthai propiamente filosófico, justamente a causa de lo relacionado que
estaba este último con la cognición que, al igual que le sucede a la búsqueda
de la verdad, requiere de pruebas concluyentes. En las esferas culturales y
políticas, que constituyen la esfera entera de la vida pública, lo crucial no
es la cognición y la verdad, sino el juzgar y el decidir: la evaluación
normativa y la discusión acerca del mundo compartido, por un lado, y la
decisión referente a qué se debe parecer el mundo y a qué tipo de acciones
deben empren-derse en él, por otro.
Lo
que se trasluce de esta categorización del gusto entre las facultades políticas
del hombre, que puede quizá resultar extra-ño, es el hecho, bien conocido pero
no suficientemente asumido, de que el gusto cuenta con un poder organizativo
que tiene una fuerza muy peculiar. Todos sabemos que no hay nada compa-rable al
descubrimiento del acuerdo en cuestiones referentes a aquello que gusta y que
no gusta para ayudar a los seres huma-nos a que se reconozcan los unos a los
otros, y sientan después unos vínculos irrevocables entre sí. Es como si el
gusto no solo decidiese la apariencia que debe tener el mundo, sino también
quiénes pertenecen a él. En términos políticos, no resulta erróneo observar
este sentimiento de pertenencia mutua como un princi-pio de organización
esencialmente aristocrático, pero su poten-cial político puede ir, incluso, más
allá. Es esta copertenencia lo que se decide en los juicios acerca de un mundo
común. Y lo que el individuo manifiesta en sus juicios es un particular “ser
así y no de otra manera”, que caracteriza todo lo personal y que logra
52 Hannah Arendt Cultura
y política 53
legitimidad
hasta el punto de que se distancia de cualquier cosa que sea meramente
idiosincrática. Lo político, tanto en el discur-so como en la acción, tiene que
ver precisamente con esa condi-ción personal, con “quién” es cada uno, aparte
de los talentos y las cualidades que pueda tener. La política se encuentra por
esta razón opuesta a lo cultural, donde la cualidad es siempre en últi-ma
instancia el factor decisivo –la cualidad, por encima de todo, del objeto
producido, el cual, bajo la suposición de que en él se expresa algo personal,
nos envía de vuelta a los talentos y cuali-dades individuales más que al
“quién” de cada persona–. El juicio de gusto, sin embargo, no decide tan solo
cuestiones de cualidad; al contrario, estas cuestiones son necesariamente
evidentes, in-cluso si, en tiempos de decadencia cultural, solamente unos
po-cos serían susceptibles a indicios de este tipo. El gusto decide en-tre
cualidades, y puede desarrollars allí donde esté presente un sentido de
cualidad, una capacidad de discernir los indicios de lo hermoso. Si se da el
caso, ya es solo cuestión del gusto, que no cesa de juzgar las cosas del mundo,
el establecer límites y dotar el reino de lo cultural de un significado humano.
O lo que quiere decir lo mismo: su función consiste en desbarbarizar la
cultura.
Como
todo el mundo sabe, el término humanidad es de ori-gen romano, y no hay ninguna
palabra en griego que correspon-da al humanitas latino. Por esta misma razón,
considero que, para ilustrar la forma en que el gusto es la facultad por medio
de la que la cultura se humaniza, lo más apropiado es recurrir a un ejemplo
romano. Recordemos la antigua locución, que es platónica tanto en su forma como
en su contenido: amicus Socrates, amicus Plato, sed magis amica veritas
(Sócrates es mi amigo, Platón es mi amigo, pero soy más amigo de la verdad).
Este principio fundamentalmente apolítico e inhumano, que en nombre de la
verdad rechaza explícitamente a las personas y la amistad, debería ser
comparado con una declaración de Cicerón igual de conocida, que una vez, en
plena discusión, manifestó lo siguiente: Errare malo cum Platone quam cum istis
(sc. Pythago-raeis) vera sentire (prefiero equivocarme con Platón que acertar
en compañía de estos [los de Pitágoras]). Desde luego este pro-nunciamiento es
enormemente ambiguo. Tal vez lo que quiere decir es: prefiero errar usando la
razón platónica que “sentir” la verdad usando la sinrazón pitagórica. Pero si
el énfasis se
54 Hannah Arendt
pone
en sentire, la frase significa: preferir la compañía de Pla-tón a la de los
otros es una cuestión de gusto, incluso si él fuese la razón de mi error.
Suponiendo que la última lectura sea la correcta, se podría objetar que ni los
científicos ni los filósofos serían capaces de decir algo así. Sería más bien
la forma en que hablaría un verdadero político y un ser humano culto, en el
sentido romano de humanitas. Con toda probabilidad, es algo que esperaríamos
oír de alguien libre en todos los sentidos y para quien también la cuestión de
la libertad es la más impor-tante entre las que trata la filosofía. Una persona
así diría: en mis interacciones, no permitiré que me fuercen ni las personas ni
los objetos, incluso si esa fuerza resulta ser verdad.
En
el campo de lo cultural, la libertad se manifiesta en el gusto porque el juicio
de gusto contiene y comunica algo más que un juicio “objetivo” sobre la
cualidad. Como actividad del juicio, el gusto reúne cultura y política, las
cuales ya comparten el espacio abierto de la esfera de lo público. El gusto
iguala la tensión entre las dos, una tensión que surge del conflicto inter-no
entre acción y producción. Sin la libertad de lo político, la cultura permanece
sin vida. La paulatina muerte de lo político y el desfallecimiento del juicio
son las condiciones previas para que tenga lugar la socialización y devaluación
de la cultura de la que hablábamos al inicio de este ensayo. No obstante, sin
con-tar con la belleza de las cosas pertenecientes a la cultura y sin el
radiante esplendor en el que se manifiesta una permanencia articulada
políticamente y una potencialidad imperecedera del mundo, lo político en su
conjunto no podría perdurar.
Cultura
y política 55
Discurso
de recepción
del
premio Sonning*
Excelentísimo
Señor Rector Magnífico,
Excelencias,
Señoras
y señores:
Desde
el mismo momento en que recibí la inesperada noticia
de
que habían decidido elegirme como merecedora del premio
Sonning,
premio que distingue a las obras que han contribuido a
la
civilización europea, he venido pensando qué podría decir en
respuesta.
Considerando, por un lado, lo que ha sido mi propia
vida,
y por otro, mi actitud frente a este tipo de acontecimientos
públicos,
el simple hecho de verme enfrentada a esta situación
ha
suscitado en mí tal cantidad de reacciones y reflexiones, mu-
chas
de ellas contradictorias, que llegar a alguna conclusión no
me
ha resultado en absoluto sencillo. No hará falta mencionar
el
sentimiento de gratitud innato que nos deja desconcertados
cada
vez que el mundo nos ofrece un regalo auténtico, algo que
llega
siempre sin pedir nada a cambio, cuando la diosa Fortuna
nos
sonríe, con olímpica indiferencia ante todo aquello que an-
helábamos
de forma más o menos consciente y que considerá-
bamos
como nuestros objetivos, esperanzas o propósitos.
Permítanme
que trate de poner en claro algunas cosas. Em-
pezaré
con lo puramente biográfico. Recibir un reconocimien-
* Originalmente publicado como “Prologue” en The
Promise of Politics, Schocken Books, Nueva York, 2003, pp. 3-14.
El
Premio Sonning (Sonningprisen) es un reconocimiento bianual a persona-lidades
destacadas por su contribución a la cultura europea. El premio se creó por
voluntad testamentaria del editor y escritor danés Carl Johan Sonning
(1879-1937) y fue concedido por primera vez en 1950. Una comisión encabezada
por el rector de la Universidad de Copenhage concede el premio a partir de una
lista de personalidades propuestas por las principales universidades europeas.
Arendt lo recibió el 18 de abril de 1975.
Cultura
y política 57
to
público por mi contribución a la civilización europea no es algo que pueda
pasar por alto alguien como yo, que tuve que abandonar Europa hace treinta y
cinco años, no por decisión propia precisamente, y convertirme en ciudadana de
Estados Unidos, de forma del todo voluntaria y consciente, porque aquel país
tenía un gobierno que se regía por la ley y no por los hom-bres. Aquellos
primeros y decisivos años antes de alcanzar la naturalización fueron como un
curso autodidacta acerca de la filosofía política de los Padres Fundadores, y
el elemento que me acabó de convencer fue comprobar la existencia real de un
cuerpo político, a diferencia de lo que sucedía en los Esta-dos-nación
europeos, caracterizados por sus poblaciones homo-géneas, su sentido orgánico de
la historia, su división en clases sociales más o menos acusada, su soberanía
nacional y su no-ción de raison d’état. Esa idea de que en los momentos
críticos la diversidad ha de ser sacrificada en aras de una union sacrée de la
nación, que representó en su día el mayor triunfo de la fuerza asimiladora del
grupo étnico dominante, empieza ahora a res-quebrajarse bajo la presión de la
amenazadora metamorfosis de todos los gobiernos, incluido el de Estados Unidos,
en organis-mos burocráticos. Ya no son la ley ni los hombres los que nos rigen,
sino administraciones anónimas o computadoras cuyo dominio totalmente
despersonalizado puede llegar a conver-tirse en una amenaza mayor, para la
libertad y para el grado mínimo de civilidad necesario en miras a la convivencia,
que las grandes y más espantosas arbitrariedades de los tiranos del pasado.
Pero todos estos peligros derivados de lo enorme de su tamaño combinados con la
tecnocracia, cuya preponderancia amenaza con provocar la extinción, el
“desvanecimiento” de cualquier forma de gobierno –en aquel entonces las
propieda-des escalofriantes de esa bien intencionada quimera ideológica solo
podían ser detectadas mediante un análisis crítico– toda-vía no formaban parte
de la agenda política cotidiana, de ma-nera que lo que me convenció al llegar a
Estados Unidos fue precisamente la libertad de poder convertirme en ciudadana
sin tener que pagar el precio de la asimilación.
Como
todos ustedes saben, soy de origen judío; feminini ge-neris, tal y como pueden
ver; nacida y educada en Alemania, hecho que seguro ya han percibido al
escucharme, y, en cierto
58 Hannah Arendt
modo,
formada por la experiencia de ocho años en Francia, lar-gos y bastante felices.
No sé cuál puede haber sido mi contribu-ción a la civilización europea, pero he
de reconocer que a lo lar-go de estos años me he aferrado concienzudamente a
este bagaje europeo con una tenacidad que en ocasiones podía confundirse con
una obstinación no exenta de polémica, ya que me he visto rodeada de personas,
entre ellos viejos amigos, que trataban en-carecidamente de recorrer justo el
camino contrario: hacer todo lo posible por comportarse, por hablar y por
sentir como “autén-ticos estadounidenses”, dejándose llevar principalmente por
la pura fuerza de la costumbre, la costumbre de vivir en un Esta-do-nación en
el que para sentirse integrado es preciso adaptarse a los usos y las costumbres
de los allí nacidos. Mi problema fue que nunca deseé pertenecer a ningún sitio,
ni siquiera a Alema-nia, y que por Io tanto me costó entender el papel
fundamental que ejerce la nostalgia sobre los inmigrantes, en especial en
Es-tados Unidos, donde el origen nacional, una vez perdida su re-levancia política,
pasaba a convertirse en el vínculo más fuer-te, tanto en el ámbito social como
en el de la vida privada. Sin embargo, mientras que para los que me rodeaban
este origen era un país, quizás un paisaje, una serie de costumbres y
tradi-ciones, y sobre todo, una mentalidad determinada, en mi caso, el origen
era el idioma. Si algo hice conscientemente en defensa de la civilización
europea después de tener que abandonar Ale-mania, fue tomar, de forma
deliberada, la decisión de no cam-biar mi lengua materna por ninguna otra que
se me ofreciera o se me impusiera. Siempre he tenido la impresión de que para
la mayoría de la gente, en particular para los que no tienen una facilidad
especial para los idiomas, la lengua materna es la vara de medir con la que se confrontan
todas las lenguas que se van aprendiendo con el tiempo, por la simple y
sencilla razón de que las palabras que usamos en el lenguaje cotidiano
adquieren un determinado peso –que es el que origina nuestras elecciones y nos
aparta de las frases hechas– gracias a las variadas asociacio-nes que se
establecen de manera espontánea y excepcional con el tesoro de la gran poesía
que le es propio exclusivamente a esa lengua materna en cuestión.
El
segundo aspecto que tenía por fuerza que mencionar y que está también
relacionado con mi vida, tiene que ver con el
Cultura
y política 59
país
al que debo este honor. La forma en que el pueblo danés y su gobierno supieron
tratar y resolver el inmenso problema planteado por la conquista de Europa por
los nazis siempre me ha resultado fascinante. A menudo he pensado que esta
historia extraordinaria, que, por supuesto, ustedes conocen mucho me-jor que
yo, debería ser de lectura obligada en todos los cursos de ciencia política que
traten las relaciones que se establecen entre el poder y la violencia,
conceptos cuya frecuente equiparación es origen de algunas de las falacias más
elementales tanto en la teoría como en la práctica política. Este episodio de
la historia de su país proporciona un ejemplo enormemente instructivo de la
fuerza potencial que reside en la acción noviolenta y en la resistencia ante un
adversario que posee unos medios de vio-lencia inmensamente superiores. Y dado
que en este conflicto la victoria más espectacular fue la derrota de la
“solución final” y la salvación de casi todos los judíos que habitaban en
territo-rio danés sin importar cuál fuese su origen, tanto si eran ciuda-danos
daneses como si se trataba de refugiados procedentes de Alemania que se habían
quedado sin Estado, no es de extrañar que los que sobrevivieron a esta
catástrofe sientan una especial vinculación con este país.
Hay
dos cosas que me sorprenden especialmente en esta historia. En primer lugar, el
hecho de que, antes de la guerra, el trato dispensado por Dinamarca a los
refugiados no fue en ab-soluto favorable. Al igual que sucedió en otros
Estados-nación, también aquí les fue negada la naturalización y los permisos de
trabajo. Pese a la ausencia de antisemitismo, los judíos nacidos en otros
países no eran bienvenidos; sin embargo, el derecho de asilo, que no se respetó
en ningún otro país, fue considerado un principio sacrosanto. Cuando los nazis
exigieron la deportación primero de los apátridas, es decir, de los refugiados
alemanes que habían perdido la nacionalidad, los daneses replicaron que como
estos refugiados no eran ya ciudadanos alemanes, no se les podía deportar sin
la aprobación de Dinamarca. El segundo aspecto destacable es que mientras
fueron pocos los países eu-ropeos sometidos a la ocupación nazi que lograron
arreglárselas para conseguir salvar a la mayor parte de su población judía, los
daneses fueron los únicos, en mi opinión, que se atrevieron a ha-blar, a
decirles claramente a sus amos lo que pensaban. Gracias
60 Hannah Arendt
a la
presión ejercida por la opinión pública –y no a la amenaza de la resistencia
armada ni a ninguna táctica de guerrillas–, los funcionarios nazis destacados
en el país se vieron obligados a dar marcha atrás; perdieron toda credibilidad,
se vieron supe-rados por aquello que más habían despreciado: las simples
pa-labras, pronunciadas libremente y de forma pública. Aquel fue un hecho
inaudito.
Permítanme
que aborde ahora otro aspecto de estas reflexio-nes. La ceremonia que tiene
lugar hoy es evidentemente un acto público, y el honor que se otorga es la
expresión del reconoci-miento público a una persona que a partir de este
momento que-dará a su vez transformada en una figura pública. En este sen-tido,
me temo que su elección pueda ser cuestionada. Nada más lejos de mi intención
el plantear aquí el espinoso tema del mé-rito. Cuando nos es concedido un
honor, también se nos ofrece una inmensa lección de humildad, puesto que
aprendemos que no podemos juzgarnos a nosotros mismos, y que en ningún caso
debemos tratar de juzgar nuestros logros de la misma manera que hacemos con los
de los demás. Estoy dispuesta a aceptar esta lección tan necesaria; siempre he
pensado que conocerse a uno mismo es imposible, dado que nadie se aparece ante
sí mismo de la misma manera que lo hace ante los demás. Tan solo el pobre
Narciso se deja engañar por su imagen reflejada y languidece a causa del amor
por un espejismo. No obstante, y aunque esté dis-puesta a aceptar modestamente
el hecho de que nadie pueda ser su propio juez, no quiero en cambio renunciar
por completo a mi capacidad de decir –igual que lo haría un verdadero
cristiano–: “¿Quién soy yo para juzgar?” Y así, por una cuestión puramente
personal e individual, me veo inclinada a coincidir con el poeta W. H. Auden, y
decir:
Los
rostros privados en lugares públicos
Son
más sabios y agradables
Que
los rostros públicos en lugares privados 1
O lo
que es lo mismo, mi temperamento y mis inclinaciones –esas cualidades psíquicas
innatas que no tienen por qué influir
1 Poemas, trad. de M. Ardanaz, Visor, Madrid,
2011, p. 51.
Cultura
y política 61
en
nuestros juicios definitivos, pero que sí lo hacen en nuestros prejuicios y en
nuestros impulsos instintivos– me llevan, por una cuestión de timidez, a huir
de la esfera pública. Puede que a quienes hayan leído algunos de mis libros, y
recuerden los elo-gios o incluso la apología de la esfera pública como el
espacio adecuado para las apariciones del discurso y de la acción polí-tica,
todo esto les resulte falso o poco creíble. Cuando se trata de teorizar y de
comprender, los simples espectadores y los foraste-ros situados a cierta
distancia suelen tener una perspectiva más aguda y profunda que los mismos
actores y participantes, quie-nes siempre se ven inevitablemente sumergidos en
los hechos de los que están formando parte. Es, en efecto, posible entender y
reflexionar acerca de la política sin por ello ser eso que se lla-ma un animal
político.
Estos
impulsos genuinos -o si se prefiere, estas insuficiencias congénitas– se vieron
reforzados por dos tendencias bien distin-tas entre sí, pero hostiles por igual
a todo lo que tuviese que ver con lo público, que coincidieron de forma
espontánea durante la década de los años veinte de este siglo, en el espacio de
tiempo posterior a la Primera Guerra Mundial, periodo que ya entonces, y según
la opinión de los jóvenes de la época, marcaría la deca-dencia de Europa. Mi
decisión de estudiar filosofía era bastante habitual en esos tiempos, aunque
tampoco fuese una práctica muy extendida, y el compromiso con un bios
theoretikos, con un forma de vida contemplativa, entrañaba, aunque yo no fuese
aún consciente de ello, una falta de compromiso con lo público. La exhortación
del viejo Epicuro al filósofo, lathe biosas, “vive en lo oculto”, interpretada
a menudo de forma errónea como una recomendación de prudencia, surge de manera
natural de la forma de vida del pensador, porque el hecho de pensar, a
dife-rencia de otras actividades humanas, es una actividad invisible, no se
manifiesta hacia el exterior, y cuenta además con un rasgo especialmente
característico: no tiene ninguna urgencia de apa-recer ante los demás y su
impulso por comunicarse con los otros es muy limitado. Desde Platón, el
pensamiento ha sido definido como un diálogo silencioso que cada uno establece
consigo mis-mo; esa ha sido la única manera de hacernos compañía de forma
satisfactoria. La filosofía es una ocupación solitaria y no debe extrañarnos que
se haga más presente su necesidad en tiempos
62 Hannah Arendt
de
transición, cuando los hombres dejan de confiar en la estabi-lidad del mundo y
en el papel que juegan dentro de él, y cuando las cuestiones que hacen
referencia a las condiciones generales de la vida humana, coetáneas
probablemente de la aparición del hombre sobre la tierra, cobran de nuevo una
especial relevancia. Quizás Hegel tenía razón cuando decía: “La lechuza de
Minerva solo alza el vuelo al atardecer”.
Sin
embargo, este atardecer, este oscurecimiento de la escena pública jamás tuvo
lugar en silencio. Todo lo contrario, nunca estuvo el dominio público tan lleno
de proclamaciones, habi-tualmente optimistas. En todo ese barullo no solo se
mezclaban los eslóganes propagandísticos de dos ideologías antagónicas que
prometían futuros completamente distintos, sino también las prosaicas
declaraciones de políticos y hombres de Estado respetables de centro izquierda,
centro derecha y centro, que tomadas conjuntamente terminaban por
desustancializar cual-quier cuestión y por contribuir a la confusión del
público re-ceptor de sus mensajes. Este rechazo casi automático a todo lo
público estaba muy extendido en la Europa de los años veinte con sus
“generaciones perdidas” –tal y como se bautizaron a sí mismas– que, en
realidad, solo representaban a una minoría de cada país, vanguardia o élite. Su
poca relevancia numérica no les convierte en menos típicos del clima de la
época, aunque quizás explique la imagen glorificadora y distorsionada que se
tiene de los “locos años veinte”, y que siempre ha dejado en el total olvido la
desintegración de las instituciones políticas que precedió a las grandes
catástrofes de la década de los treinta. La poesía, el arte y la filosofía de
la época dan muestra del clima de desafección hacia lo público; es en esta
década cuando Heideg-ger descubrió el das Man, el “Ellos” al que contrapone “el
ser que es auténticamente”; cuando Bergson, en Francia, juzgó necesario
“recuperar el yo fundamental” y liberarlo de “las exigencias de la vida social
en general y del lenguaje en particular”, y cuando W. H. Auden dijo en cuatro
versos algo que a muchos segura-mente les parecería demasiado banal como para
ser escrito:
Todas
las palabras como Paz y Amor
todo
discurso afirmativo y cuerdo
Cultura
y política 63
había
sido mancillado, profanado, degradado hasta tornarse horrendo chirrido
mecánico2.
Es
muy probable que estas tendencias –¿o más bien debería decir manías?, ¿o
cuestiones de gusto?– que he intentado en-marcar históricamente y explicar de
manera concreta, por el hecho de haber sido adquiridas durante los años de
formación, continúen teniendo una importante influencia. Pueden acabar
conduciendo a la pasión del secreto y del anonimato, como si lo único que
importase fuese aquello que no puede ser divulgado. (“No intentes decir tu amor
/ Amor no puede decirse”3, o tam-bién “Willst du dein Herz mir schenken, / So
fang es heimlich an”4), como si el simple hecho de tener un nombre conocido por
el gran público, una fama, produjese el contagio del “Ellos” heideggeriano, del
“yo social” bergsoniano, y corrompiese el dis-curso con la vulgaridad del “horrendo
chirrido mecánico” del que habla Auden. Tras la Primera Guerra Mundial, surgió
una extraña estructura social en la que no han reparado ni críticos literarios
ni historiadores ni científicos sociales, y que podría ser descrita como una “sociedad de
celebridades” de carácter in-ternacional. Incluso hoy día, no resultaría
difícil elaborar una lista de sus miembros, entre los que no figuraría ninguno
de los nombres que se han revelado como los autores más influyentes de la
época. Si bien es cierto que ninguna de las “internaciona-les” de los años
veinte fueron capaces de dar respuesta a las esperanzas de solidaridad
anheladas por sus miembros duran-te la década de los treinta, también es
irrefutable que ninguna organización ha sucumbido más rápidamente ni sumido a
sus integrantes en una desesperación más profunda que esta aso-ciación de
carácter no político, cuyos miembros, mimados por “el radiante poder de la
fama”, se sintieron más desamparados ante la catástrofe que las multitudes
anónimas, quienes solo se vieron privadas del poder protector de sus
pasaportes. He cita-do la autobiografía de Stefan Zweig, El mundo de ayer,
escrita
2 Canción de cuna y otros poemas, trad. de E.
Iriarte, Lumen, Barcelona, 2006, p. 317.
3 “No intentes decir tu amor” es un poema de
William Blake. Esta traducción de Luis Cernuda aparece en Luis Cernuda. Poesía
completa. Obra completa, Siruela, Madrid, 1994, p. 765.
4 Si quieres regalarme tu corazón, / hazlo en
secreto”. Estos versos pertenecen a la composición conocida como “Aria di
Giovanni”, a la que pondría música de J. S. Bach.
y
publicada poco antes del suicidio de su autor. Por lo que sé, se trata del
único testimonio escrito acerca de este fenómeno difí-cilmente clasificable y
bastante ilusorio, cuya mera aura con-cedía a todos los llamados a disfrutar
del resplandor de la fama eso que hoy denominamos una “identidad”.
Si
no fuese porque mi edad me impide adoptar el discurso de las generaciones más
jóvenes sin hacer el ridículo, confesaría que la consecuencia más inmediata y,
en este caso, más previsi-ble, de la concesión de este premio ha sido la de
provocar en mí una “crisis de identidad”. La “sociedad de celebridades” ha
deja-do de suponer una amenaza; gracias a Dios ya no existe. No hay nada más
efímero en este mundo, menos estable y sólido, que esta forma de éxito que
confiere la fama. Nada llega con tanta rapidez y facilidad como el olvido. Lo
más apropiado para una persona de mi generación –una generación ya adulta, pero
toda-vía con vida– sería dejar de lado todas las consideraciones psico-lógicas
y aceptar esta oportuna intrusión como una prueba de buena suerte, sin olvidar
que los dioses –al menos los griegos– son irónicos e incluso astutos, tal y
como sospechó Sócrates, quien comenzó a inquietarse y a hacer uso de su
interrogación aporética después de que el oráculo de Delfos, conocido por sus
ambigüedades enigmáticas, le declarase como el más sabio de todos los mortales.
Y con eso solamente podía tratarse, a sus ojos, de una peligrosa hipérbole, de
una alusión quizás a que ningún hombre posee la sabiduría, una alusión con la
que Apolo había querido indicarle cómo podía hacer para que esta intuición
co-brase forma e inculcase la duda en sus conciudadanos. Pero, en-tonces, ¿qué
han querido decir los dioses al hacer que yo, que ni soy una figura pública ni
tengo la intención de convertirme en una, reciba un homenaje de carácter
público?
Dado
que el conflicto tiene que ver conmigo misma como persona, permítanme que
intente hacer una nueva aproxima-ción a este problema de la repentina
transformación en una personalidad pública a causa de la innegable fuerza, no
de la fama, sino del reconocimiento. Déjenme recordarles, en primer lugar, el
origen etimológico de la palabra “persona”, que se ha mantenido prácticamente
invariable en su paso del latín perso-na a las lenguas europeas, de la misma
forma que le ha sucedido, sin ir más lejos, al griego antiguo con polis y
“política”. El hecho
64 Hannah Arendt Cultura
y política 65
de
que una parte tan importante del vocabulario que usamos en Europa para hablar
de cuestiones legales, políticas y filosóficas provenga de la misma fuente de
la Antigüedad no es algo que debamos pasar por alto. Este vocabulario nos
proporciona algo similar al acorde fundamental, que va resonando en sus
múlti-ples modulaciones y variaciones a lo largo de la historia intelec-tual de
Occidente.
Persona
significaba originalmente la máscara que recubría el rostro individual,
“personal”, del actor, y que indicaba al especta-dor el papel y la función que
desempeñaba dentro de la obra. Pero en esa máscara, concebida y determinada por
la pieza que se re-presentaba, existía un gran agujero a la altura de la boca a
través del cual el sonido individual y desnudo de la voz del actor podía sonar.
Y de esta resonancia es de donde proviene originalmente la palabra persona;
per-sonare, “sonar a través”, es el verbo del cual la persona, la máscara, es
el sustantivo. Los propios romanos fueron los primeros en usarlo de forma
metafórica; en derecho romano, la persona era alguien que poseía unos derechos
civiles, en contraposición a homo que designaba a quien simplemente pertenecía
a la especie humana, un ser distinto desde luego de los animales, pero sin
ninguna cualidad o distinción específica. De esta forma, homo, al igual que la
palabra griega anthropos, se usa-ba frecuentemente de forma desdeñosa para
calificar aquellos que no estaban bajo el auspicio de ninguna ley.
Me
ha parecido útil hacer referencia al significado latino de persona para
proseguir con mi argumentación, ya que se trata de una invitación a la
metáfora, y las metáforas son el alimen-to del que se nutre todo pensamiento
conceptual. La máscara romana se corresponde con mucha precisión a nuestra
forma de aparecer en una sociedad en la que no somos ciudadanos, igualados por
el espacio público instituido y reservado para el discurso y la actuación
política, sino en una sociedad en la que somos aceptados como individuos con
nuestros propios de-rechos, pero no como simples seres humanos. En el escenario
que es el mundo siempre aparecemos y somos reconocidos de acuerdo a los papeles
que nos son asignados por nuestras pro-fesiones, como médicos o abogados, autores
o editores, profeso-res o estudiantes, etcétera. Por medio de este papel,
siendo escu-chados a través de él, se manifiesta algo más, algo totalmente
66 Hannah Arendt
idiosincrático
e indefinible, pero inconfundible al mismo tiem-po, algo que evita que un
repentino cambio de papeles pueda confundirnos (por ejemplo, cuando un
estudiante alcanza su objetivo y se convierte en profesor, o cuando la
anfitriona, a la que conocemos habitualmente doctora, sirve unas bebidas en vez
de ocuparse de sus pacientes). Dicho de otro modo, la ven-taja de adoptar el
concepto de persona para mi reflexión reside en el hecho de que las máscaras o
los papeles que el mundo nos asigna, y que debemos aceptar e incluso absorber
si deseamos tomar parte en la obra que es el mundo, son intercambiables; no son
inalienables, en el sentido en que hablamos de “derechos inalienables” ni están
fijados de forma permanente en nuestro fuero más interno a la manera en que lo
está, según la creencia popular, la voz de la concienciaa en el alma humana.
Es
de este modo como puedo aceptar aparecer aquí, con mo-tivo de un acontecimiento
público, como una “figura pública”. Eso significa que cuando terminen los
acontecimientos para los que la máscara fue diseñada, y deje de usar y abusar
de mis de-rechos individuales y de hacer que resuenen a través de la más-cara,
las aguas volverán a su cauce. Entonces yo –muy honrada y profundamente
agradecida por este instante– seré libre no solo para poder intercambiar los
papeles y máscaras que pon-ga a mi disposición el gran espectáculo del mundo,
sino tam-bién para participar en él, en la desnudez de mi propia “estei-dad”,
identificable, espero, pero no definible; a salvo de la gran tentación de un
reconocimiento que, sin importar la forma que tome, solo nos puede reconocer
como tales y cuales, es decir, como algo que fundamentalmente no somos.
Cultura
y política 67
Más
allá de la frustración personal
La
poesía de Bertolt Brecht*
En
la literatura alemana moderna, la poesía ha tenido siempre
un
papel menos destacado que la prosa. Bertolt Brecht, sin duda
el
mejor poeta alemán vivo y posiblemente el mejor dramatur-
go
europeo en activo, es el único poeta cuya relevancia puede
situarse
a la misma altura que Kafka y Broch dentro de la litera-
tura
alemana, Joyce en la inglesa y Proust en la francesa. Nacido
en
1898, pertenece a la misma generación que T. E. Lawrence: la
primera
de las que me veo tentada de definir como “tres gene-
raciones
perdidas”, con la esperanza de que, al pluralizarlas, se
mitigue
en cierto modo la actitud autocompasiva con respecto
a la
realidad política que suele llevar implícita la denominación
habitual.
Pese a todo, hay mucho de verdad en todo este senti-
mentalismo.
Si la productividad depende del “desarrollo puro
y
apacible” (el ruhige reine Entwicklung de Hebbel), entonces
todas
las generaciones de nuestro siglo han estado igualmente
“perdidas”:
la primera, porque su experiencia inicial fueron los
campos
de batalla de la Primera Guerra Mundial; la segunda,
porque
la inflación y el desempleo le enseñó de forma muy efi-
caz
la inestabilidad de todo aquello que había sobrevivido a la
destrucción
del mundo europeo, y la tercera, porque tuvo que
elegir
entre ser educada por el nazismo, la guerra civil española
o
los juicios de Moscú. Al final, las tres generaciones participa-
ron
en la Segunda Guerra Mundial: como soldados, como re-
fugiados
y exiliados; como miembros de la resistencia; como
prisioneros
en los campos de concentración, o como civiles
* Originalmente publicado como “Beyond Personal
Frustration. The Poetry of Bertolt Brecht”: The Kenyon Review 10 (1948), pp.
304-312. Se trata de una reseña de Bertolt Brecht, Selected Poems, trad. de H.
R. Hays, Reynal Hitchcock, Nueva York, 1947.
Cultura
y política 69
bajo
los incesantes bombardeos. Esta experiencia de la Segunda Gran Guerra sirvió
para reconciliar las diferencias de edad en-tre las distintas generaciones. Hoy
día, todas se encuentran en la misma situación, y cuando tratan de contemplarse
a sí mis-mas, sus vidas y sus posibilidades, con los ojos del siglo XIX, la
literatura resultante es tal que los individuos siempre terminan quejándose de
la deformación psicológica y de la tortura social, de la frustración personal y
de la desilusión generalizada.
Esta
actitud esencialmente individualista –pese a que a me-nudo el tema que trate
sea precisamente la descomposición del individuo– nunca tuvo nada que ver con
la obra de Brecht. Des-de el principio, las desgracias de la época le
impresionaron más que su propia infelicidad, resolvió todos sus problemas
perso-nales adoptando una actitud estoica ante todo aquello que le pudiese
suceder. Lo primero que llama la atención en esta an-tología (que trata de dar
una muestra de lo mejor de cada uno de sus periodos) es la consistencia de esa
actitud. Más de veinte años separan el primer poema: “Del pobre B. B.”, del
último, “¿A los que nazcan más tarde”. Sin embargo, es posible leerlos como si
se tratase de dos piezas consecutivas. Brecht, al principio de los años veinte,
escribió:
Von
diesen Städten wird bleiben: der durch sie indurchging, der Wind!
Fröhlich
machet das Haus den Esser: Er leert es.
Wir
wissen, daß wir Vorläufige sind
Und
nach uns tvird kommen: nichts Nennenswertes.
Bei
den Erdbeben, die kommen werden, werde ich hoffentlich Meine Virginia nicht
ausgehen lassen durch Bitterkeit Ich, Bertolt Brecht, in die Asphaltstädte
verschlagen
Aus
den schwarzen Wäldern in meiner Mutter in früher Zeit.
De
estas ciudades solo quedará ¡el viento que las atraviesa!
La
casa le alegra al tragón: la vacía.
Sabemos
que somos interinos y que, tras de nosotros no vendrá nada digno de mención.
En
los terremotos que vendrán espero
no
dejar que apague la amargura mi puro de Virginia yo, Bertolt Brecht, arrojado a
las ciudades de asfalto desde los bosques negros, dentro de mi madre, a una
temprana edad1.
Todo
queda explicado en uno de sus últimos poemas, y qui-zás el más hermoso de los
que hay reunidos en esta antología:
Wirklich,
ich lebe in finsteren Zeiten!
Das
arglose Wort ist töricht. Eine glatte Stirn Deutet auf unempfindlichkeit hin.
Der Lachende Hat die furchtbare Nachricht Nur noch nicht empfangen.
[…]
In
die Städte kam ich zur Zeit der Unordnung Als da Hunger herrschte.
Unter
die Menschen kam ich zu der Zeit des Aufruhrs Und ich empörte mich mit ihnen.
So verging meine Zeit
Die
auf erden mir gegeben war.
[…]
Ihr,
die ihr auftauchen werdet aus der Flut
In
der wir untergegangen sind
Gedenkt
Wenn
ihr von unseren Schwächen sprecht
Auch
der finsteren Zeit
Der
ihr entronnen seid.
Gedenkt
unsrer
Mit
Nachsicht.
¡Realmente,
vivo en tiempos sombríos!
La
palabra ingenua es necia. Una frente lisa
revela
insensibilidad. El que ríe
aún
no ha recibido
la
terrible noticia.
[…]
1 “Del pobre B. B.”, en Más de cien poemas,
trads. de V. Forés, J. Munárriz y J. Talens, Hiperión, Madrid, 1998, p. 59.
70 Hannah Arendt Cultura
y política 71
Llegué
a las ciudades en la época del desorden, cuando reinaba el hambre.
Me
mezclé con los hombres en la época de la revuelta
y me
alcé con ellos.
Así
pasé el tiempo
que
me fue concedido en la Tierra.
[…]
Vosotros,
los que surjáis del diluvio
en
el que nosotros nos hundimos,
pensad
cuando habléis de nuestras debilidades, también en
los
tiempos sombríos
de
que os habéis librado
[…]
Pensad
en nosotros
con
indulgencia2
Antes
de proseguir, me gustaría justificar por qué he incluido el original alemán
junto a la traducción [inglesa] dc Hays3. Por supuesto, no es insistir en el
hecho de que la traducción poética es imposible a menos que el traductor se
equipare al poeta al que traduce. (¿Quién puede entonces traducir a Hölderlin?
Y cuán-tos, ay, se han aventurado a traducir Goethe). Hays ha hecho su trabajo
lo mejor posible, pero la exactitud y la peculiar preci-sión de Brecht se
pierden al ser expresadas en versos en inglés no del todo perfectos, y esto
sucede con una frecuencia tal que quizás hubiese sido mejor optar por una
edición bilingüe en la que se incluyese una buena traducción en prosa4. En el
caso de
2 “A los que nazcan más tarde”, en Más de cien
poemas, cit., p. 169.
3 Prescindimos en la presente traducción española
de la versión inglesa de los poemas de Brecht citados por Hannah Arendt.
4 Conviene comparar la traducción de Hays de “Del
pobre B. B.” y de la “Leyenda del soldado muerto” con la versión en prosa
llevada a cabo por Clement Greenberg en un ensayo muy destacable sobre Brecht
publicado en Partisan Review (marzo-abril de 1941). Greenberg nunca cae en
distorsiones tan forzadas como las que se exponen a continua ción: en el primer
verso de “Del pobre B. B.” se habla de “los bosques negros”, y no de “la Selva
Negra”, un macizo montañoso situado en el sur de Alemania. El se-gundo verso,
“Meine Mutter trug mich in die Stådte hinein”, Hays lo traduce por “mi madre me
llevó a la ciudad”, sacrificando así, por querer utilizar una expresión más
típica del inglés, el sujeto del poema, que no es otro que las ciudades. En la
tercera estrofa, Brecht es “zu den lueten freundlich”, cosa que indica una
actitud distante y
Brecht,
el problema de la traducción adquiere un aspecto espe-cialmente triste, y no
solo porque continúe siendo, tal y como se recuerda correctamente en la
sobrecubierta, “una de las figuras menos conocidas” de la literatura
contemporánea, eclipsada por varias decenas de escritores mediocres y algunos
que, sien-do buenos, siguen sin alcanzar su grado de importancia. Anti-guamente
este destino inevitable del poeta era compensado en cierta medida gracias a la
existencia de un público culto capaz de dominar con soltura dos o tres idiomas
aparte del suyo, pero este público ha dejado de existir; en la actualidad, la
población multilingüe ha aprendido varias lenguas forzada por los
acon-tecimientos: porque han tenido, tal y como dice Brecht, que “cambiar más
de país que de zapatos”, y aunque lleven consigo la capacidad de entender las
literaturas extranjeras, un público tan itinerante no es nunca un sustituto
adecuado para los que pueden apreciar la obra desde el mismo lugar en el que ha
sido escrita. En el caso de Brecht se da la ironía aún más desgraciada de que
pocos escritores han intentado de forma tan clara y con-sistente que su obra
llegase a un público internacional. Brecht ha bebido con avidez de muchas
fuentes: de la poesía inglesa y francesa (hasta el extremo de que en cierta
ocasión, y en una clara demostración de estupidez, se le acusó de plagio), del
for-malismo del teatro japonés y de los refranes de origen chino. La “luna de
Alabama”; la “isla de Manhattan”, el “lago Erie”, el “húmedo Ohio”, la “ciudad
de Mahagonny”, “los bateleros del arroz” no son el telón de fondo de un
romanticismo barato: son la expresión precisa de la convicción de que las
experiencias y conclusiones de los hombres de este siglo son prácticamente las
mismas sin importar el lugar del que provengan, de que “toda criatura precisa
ayuda de todos” y de que este tomar prestado es una de las disposiciones
necesarias para “preparar el terreno para la afabilidad” hasta que “el hombre
sea un aliado para el hombre”.
que
no significa “me hago amigo de la gente”. Greenberg traduce, correctamente,
“soy amigable con la gente” (Cl. Greenberg, “La poesía de Bertolt Brecht” en
Arte y cultura, trad. de D. Gamper, Paidós, Barcelona’ 2002). También es
difícil de entender, por otra parte, por qué se han incluido “Letanía de la
respiración” y “Gran coral de la alabanza”. El efecto poético de ambos poemas
depende de que el lector conozca perfectamente algunos versos populares
alemanes que aparecen citados, con ciertas dosis de ironía, en un contexto que
no es para nada el suyo (N. de la A.).
72 Hannah Arendt Cultura
y política 73
El
estoicismo personal de Brecht, basado en el convencimien-to de que “si me falla
la suerte, estoy perdido”, se corresponde con su visión de la vida, según la
cual todos estamos destinados a llevar a cabo una tarea en el mundo. Mientras
que otros sen-tían formar parte de una “generación perdida”, Brecht percibe que
vive “en tiempos sombríos”, en los que “las calles llevaban a la charca en mi
época, la lengua me delató al verdugo”, de forma que “yo podía bien poco”5. El
poeta alemán se encuentra perdido porque la tarea a la que se enfrenta es
demasiado grande; si sien-te que se está hundiendo entre las aguas, hace un
llamamiento a aquellos que emergerán de ellas, y no mira hacia atrás ni con
nos-talgia a aquellos que todavía están a salvo. No conserva ni el más mínimo
sentimiento de envidia por el pasado, ni tan siquiera de irritación hacia la
inmensa multitud de idiotas que “aún no ha re-cibido la terrible noticia”6.
Brecht elude la tentación de caer en la simple psicología al darse cuenta de
que resultaría fatídico, ade-más de ridículo, medir la corriente de
acontecimientos en los que se ve envuelto a partir de la escala de valores de
las aspiraciones individuales: entender, por ejemplo, la catástrofe
internacional del desempleo a partir del concepto burgués del éxito o del
fra-caso en el trabajo, o la catástrofe de la guerra a partir del ideal de una
personalidad polifacética, o el exilio a partir de la queja por la popularidad
perdida.
Esta
insistencia antipsicológica basada en hechos es 1a razón principal por la que
Brecht emplea determinadas formas poé-ticas: la balada (en contraste con el
poema lirico) para escribir poesía, y el “teatro épico” (en contraste con la
tragedia) para tra-bajar el género dramático. Su teatro rompe con una tradición
que insistía en tratar el conflicto o el desarrollo de un personaje dentro del
mundo; en vez de eso, sus obras se concentran en un desarrollo lógico de los
acontecimientos en el que los hombres, convertidos en arquetipos abstractos y
enfrentados a unas cir-cunstancias que el público debería reconocer de
inmediato como propias, se comportan de forma correcta o incorrecta, y son
juz-gados según las exigencias objetivas de los propios hechos; o como sucede
en La ópera de cuatro cuartos (Dreigroschenoper) donde al mostrar un universo
teatral en el que los delincuentes
5 “A los que nazcan más tarde”, en Más de cien
poemas, cit., p. 171.
6 Ibid., p. 169.
actúan
como hombres de negocios, se deja al descubierto la for-ma de funcionar de un
mundo en el que los hombres de nego-cios se comportan como delincuentes.
Galileo, protagonista de la obra de teatro del mismo nombre, supone la
excepción a esta regla, al ser más un personaje que un tipo y amar el mundo y
todo lo que contiene más de lo que podía permitirse cualquie-ra de los
enormemente puritanos héroes de Brecht. Galileo no puede resistirse a “un vino
viejo o una idea nueva”7, no porque pretenda proponer alguna reflexión alejada
de hipocresías acer-ca del poder enormemente estimulante que tiene el dinero,
sino por la simple razón de que ambas cosas le encantan. Galileo es la obra más
madura y, por así decirlo, más relajada, que Brecht escribió nunca. (Es posible
que Estados Unidos influyese de esa manera en su obra. A fin de cuentas, no se
puede menospreciar el hecho de vivir durante varios años en un país en el que
pese a oír hablar de la malnutrición infantil que aqueja al resto del mundo,
uno nunca se suele cruzar con niños hambrientos por la calle). Pese a todo,
Galileo es también un tipo, si bien se tra-ta de uno nuevo en el repertorio de
Brecht: es el hombre al que solo le interesa la verdad, una verdad que se ha
convertido en el ingrediente activo en toda la estructura de la vida y el
mun-do. Y por extraño que resulte, tratándose de un poeta, existen suficientes
indicios de que esa pasión por la verdad de Galileo es la misma que embarga a
un Brecht wissensdurstig (ávido de conocimiento).
Esa
insistencia en los hechos es también evidente en la poesía de Brecht, que
prefiere evitar los estados de ánimo indi-viduales y los procesos de
transformación a través de la lírica que conducen a formas de existencia
universales, fascinantes e irrefutables. En las baladas, Brecht elige algunos
momentos trascendentales y muestra a los hombres, no como arquetipos que actuan
en el mundo, sino como damnificados por alguna catástrofe extrema, ya sea esta
de origen natural o causada por la humanidad. La virtud humana se presenta
siempre como una mezcla de valentía teñida de cinismo, de orgullo estoico y de
cierta curiosidad ante la espantosa capacidad de destrucción. Evidentemente, el
renovado interés que despierta esta forma
7 Vida de Galileo. Madre Coraje y sus hijos,
trad. de M. Sáenz, Alianza, Madrid, 2004, p. 103.
74 Hannah Arendt Cultura
y política 75
poética
se debe a experiencias de desamparo vividas durante la Primera Guerra Mundial.
La balada, con la tristeza que le era característica y los finales desgraciados
propios de la tradición popular, encajaba tan bien con esta experiencia que fue
capaz de sobrevivir a todas las tentativas experimentales del moder-nismo
poético alemán de posguerra. Los héroes de las primeras composiciones de
Devocionario doméstico (Hauspostille) son aventureros, piratas, soldados
profesionales, pero también ma-dres que han matado a sus hijos o hijos que han
asesinado a sus padres. La compasión que muestra Brecht en esa época no tiene
apenas una connotación social, no precisa de justificación, se trata por
supuesto de estar del lado de los “Mördern, denen viel Leides geschah”
(“asesinos que sufristeis en la propia piel”)8.
La
preocupación por el asesinato, la destrucción, la muerte y la decadencia era
una característica común de la época, pero el caso de Brecht se suele
interpretar de forma errónea. Los expo-nentes literarios más importantes de
esta corriente: la amarga, resentida y medio patológica glorificación de la más
pura deca-dencia que desarrollaron Gottfried Benn en Alemania y Céline en
Francia (los dos se convertirían posteriormente en entusias-tas admiradores del
nazismo) guarda muy poca relación, si es que guarda alguna, con las hermosas y
salvajes canciones car-gadas de glorioso y triunfante vitalismo que compone
Brecht.
Von
Sonne krank und ganz von Regen zerfressen Geraubten Lorbeer im zerrauften Haar
Hat
er seine ganze Jugend, nur nicht ihre Träume vergessen Lange das Dach, nie den
Himmel, der drüber war.
Enfermo
de sol y comido por las lluvias
en
el pelo revuelto laureles robados
olvidó
su juventud, pero no sus sueños,
olvidó
el techo, nunca el cielo sobre él desplegado9.
El
violento cinismo del primer Brecht era una reacción más bien tardía al
aplastante descubrimiento de que, tal y como había
8 “Balada de los aventureros”, en 80 poemas y
canciones, trad. de J. Hacker, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2011, p. 35.
9 Ibid.
declarado
Nietzsche, “Dios había muerto”, y el hombre era libre de vivir y amar como le
viniese en gana, y para darle las gra-cias a quien le viniese en gana por la
existencia del mundo, los piratas y los aventureros de Brecht tienen el orgullo
demonía-co de no albergar ningún tipo de preocupación, de ser hombres que solo
ceden ante las fuerzas catastróficas, pero jamás ante las preocupaciones
cotidianas de una vida respetable ni ante otras cuitas de carácter más elevado
relacionadas con la eternidad fu-tura. Brecht cayó en la cuenta de que en la
sentencia de Nietzs-che podía incluirse la posibilidad de una liberación
radical del miedo: en todo caso es evidente que pensaba (como se ve en la “Gran
coral de la alabanza”) que cualquier cosa es preferible a la esperanza del
paraíso y el temor al infierno.
Lobet
die Kälte, die Finsternis und das Verderben Schauet hinan.
Es
kommet nicht auf euch an
Und
ihr könnt unbesotgt sterben.
¡Alabad
el frío, las tinieblas, la descomposición!
Mirad
hacia lo alto.
De
vosotros no depende
y
podéis morir tranquilos10.
Sartre
ha explicado recientemente y con gran acierto la estre-cha relación que se ha
venido estableciendo entre la experiencia de la carnicería de la guerra y esta
particular glorificación de la vida en medio de la oscuridad y la muerte:
“Cuando los útiles quedan rotos, los planes desvirtuados y los esfuerzos en la
nada, el mundo se manifiesta con una frescura infantil y terrible, sin puntos
de apoyo, sin caminos”11. A esa “frescura terrible” con la que el mundo surgió
tras la matanza se corresponde la espanto-sa inocencia (cuyo mejor exponente es
la balada de Apfelböck o los lirios del campo) de los hombres que han perdido
las tareas que tenían encomendadas en el pasado y que todavía no han encontrado
otras nuevas. Comparada con este exultante cinis-mo, toda la poesía que se
limite a seguir los trillados senderos
10 “Gran coral de la alabanza”, en Poemas y
canciones, cit., p. 16.
11 ¿Qué es la literatura?, trad. de A. Bernández,
Losada, Buenos Aires, 1950, p. 65.
76 Hannah Arendt Cultura
y política 77
de
la tradición, y participe en lo que alguien describió como “la puesta en venta
de todos los valores”, no solo no resultará váli-da, sino que además nunca será
considerada como nada más que literatura.
No
quiere esto decir que Brecht careciese del sentido de la tradición, sino que
simplemente dejó de creer en ella. Sus ela-boradas y geniales parodias (véanse
en esta antología “Letanía de la respiración” y “Gran coral de la alabanza”, y
los coros de la obra Santa Juana de los mataderos (Die Heilige Johanna der
Schlachthöfe) no cumplirían su cometido si no fuesen más allá de la simple
parodia. Las farsas del autor alemán tienen múlti-ples significados y
propósitos. Brecht adapta las viejas formas a un contenido nuevo,
revolucionario, y las obliga a abrirse, de modo que las destruye y las preserva
al mismo tiempo, mos-trando, a través de su propia maestría, que todo poeta
merece-dor de tal nombre debe saber cómo trabajar artesanalmente las formas
tradicionales, aunque incluya también en estas un elemento destructivo y bien
definido: las formas tradicionales a las que se dota de nuevo contenido deben
poner al descubierto a los viejos poetas, revelar aquello que no dijeron,
desenmasca-rar su silencio. Así, en la “Letanía de la respiración”, Brecht usa
el “Über allen Gipfeln ist Ruh” (Sobre todas las cumbres hay calma) de Goethe12
para exponer que ese es el mismo silencio de los que observan impasibles a una
anciana que pasa hambre, y que el silencio de los pájaros –“die Vöglein
schweigen im Wal-de” (Silenciosas están las aves en el bosque)– es el mismo
silen-cio con el que la gente observa cómo es asesinado aquel que no quiso
quedarse callado. La rebelión de Brecht contra las formas clásicas y la
fructífera tradición no toma nunca la forma de una lucha de lo actual contra lo
desfasado, ni es tampoco el resulta-do del deseo de expresar un nuevo tipo de
sensibilidad, sino que se trata de una simple afirmación de que la belleza ha
ejercido también su poder sobre una realidad que era en muchos casos espantosa.
La pureza y la calidad de la propia parodia, irrepro-chable desde el punto de
vista poético, pone de manifiesto una respetuosa reverencia por la indudable
grandeza de la tradición.
12 Véanse Los Lieder de Schubert, texto en alemán
y castellano, recop., trad. y presen-tación de F. Pérez Cárceles, Hiperión,
Madrid, 2005.
Sin
embargo, el motivo más profundo que tiene Brecht para romper con la tradición
no es ni la causa de la justicia social, ni su aproximación a la historia desde
la perspectiva del mate-rialismo dialéctico. El rasgo que sí lo caracteriza es
la profunda rabia ante el rumbo que ha tomado el mundo y ante el hecho de que
hayan sido siempre los vencedores los que han elegido qué es lo que debe
registrar y recordar la humanidad. Brecht no escribe su poesía solo para los
desfavorecidos, sino para aquellos hombres vivos o muertos, cuya voz no ha sido
nunca escuchada.
Denn
die einen stehn im Dunklen
Und
die andern stehn im Licht;
Und
man sieht nur die ins Lichte,
Die
im Dunklen sieht man nicht.
Que
unos andan a la sombra
Y
otras andan a la luz
En
la luz es fácil verlos
En
la sombra es una cruz13.
La
filosofía de Brecht, en lo que respecta a su poesía, está for-mulada en esos
cuatro versos de La ópera de cuatro cuartos. En la “Balada de la noria” volverá
después sobre el mismo tema. Es-tas no son canciones con gran carga social, ni
son alegatos en defensa de los más pobres, sino que son la expresión de un
deseo apasionado por un mundo en el que todos los seres humanos puedan ser
vistos y escuchados; la ira apasionada contra la his-toria que recordó a unos
pocos y olvidó a casi todos, una historia que con el pretexto del recuerdo nos
hizo olvidar. Y aquí de nuevo estriba la razón de la elección de la balada, que
dentro de la tra-dición alemana ha sido siempre la forma poética más popular:
la tradición de la poesía no registrada, una tradición en la que la gente,
condenada a la oscuridad y al olvido, trataba de registrar su historia y crear
su propia eternidad poética14.
13 La ópera de cuatro cuartos. Teatro completo 3,
trad. de M. Sáenz, Alianza, Madrid, 1989, p. 110.
14 Arendt desarrolla más este punto en la versión
alemana de este ensayo: “Este mo-tivo de La ópera de cuatro cuartos es una
especie de leitmotiv que aparece en toda la obra de Brecht, y lo hace de forma
especialmente hermosa en la ‘Ballade vom Was-serrad’ (Balada de la rueda de
agua), que surge de Die Rundköpfe und die Spitzköpfe
78 Hannah Arendt Cultura
y política 79
Los
puntos débiles de una poesía tan íntimamente ligada a una forma de pensar tan
precisa e inteligente solo pueden tener su origen en los problemas de
comprensión que pueda sufrir su autor. A favor de Brecht hay que decir que
cuando escribe mal, por penoso que sea ver lo mal que puede llegar a escribir,
esto se debe a que no ha conseguido vislumbrar la verdad. Es como si la pérdida
consciente de sensibilidad se tomase aquí su revancha.
La
idea de redactar una lista con los temas que Brecht entiende de forma
correcta,, y otra con los que no, resulta enormemente tentadora. A la primera
categoría pertenecerían todos los fenó-menos previos a la guerra, como la
hipocresía, la explotación y la pobreza; los que tuvieron lugar durante la
guerra, como la violencia sin sentido y la ridícula amabilidad de los
indivi-duos, y también los posteriores a la guerra, como el desempleo, la
rebelión y el exilio. En la segunda categoría estarían todos los sucesos
relativos al fascismo y al totalitarismo, como el terror, los campos de
concentración, el antisemitismo. (El último está bien ilustrado en “Los judíos,
una desgracia para el pueblo”, don-de trata de explotar un argumento
antisemita, por reducción al absurdo, y acaba elaborando un razonamiento
perfectamente verosímil para un antisemita: “Está claro, si todas las
desgra-cias son producidas por los judíos, eso significa que el régimen es un
producto de los judíos”. Un buen número de antisemitas alemanes y de otros
lugares del mundo han llegado a la con-
(Cabezas
redondas y cabezas puntiagudas): ‘Von den Großen dieser Erde / melden uns die
Heldenlieder / Steigend auf so wie Gestirne / gehen sie wie Gestirne nieder. /
Das klingt tröstlich, und man muss es wissen / Nur für uns, die sie ernähren
müssen,
/ ist das leider immer ziemlich gleich gewesen. /
Aufstieg oder Fall: Wer trägt die Spesen? / Freilich dreht das Rad sich immer
weiter dass, / was oben ist, nicht oben bleibt. / Aber für das Wasser unten
heißt das leider nur: / Dass es das Rad halt ewig treibt’ (De los grandes de
este mundo / Cantan épicas canciones: / Se alzan al cielo profundo / y caen
cual constelaciones. / Es un consuelo, y hay que anotarlo / Pero tenemos que
costearlo / Y en fin de cuentas nunca hay sorpresas. / Suban o bajen, ¿a mí con
esas? / La noria, es claro, sigue girando / lo que está arriba, luego no está.
/ Pero esa agua que va empujando / Debajo siempre se quedará) (La madre.
Cabezas redon-das y cabezas puntiagudas: Teatro completo 5, trad. de M. Sáenz,
Alianza, Madrid, 1992, p. 209). La ‘filosofía de la historia’ sugerida en este
poema nada tiene que ver ni con el realismo socialista ni con la poesía
proletaria. Trata de algo mucho más general, que es al mismo tiempo mucho más
preciso; concretamente, la producción de un mundo en el que todas las personas
son igualmente visibles, y la planificación de una historia que no es recordada
por unos pocos y olvidada por la mayoría, que no induce al olvido bajo la
apariencia del recuerdo, que no implica a unos cuantos mientras convierte al
resto en instrumentos de la historia”.
clusión
de que Hitler era judío o que su ascenso fue producto de una conspiración
judía). En los años treinta, cuando Hitler había acabado con el paro, y el
nivel de vida de todas las cla-ses sociales había aumentado considerablemente,
Brecht es-cribió en contra del nazismo tratando los temas del hambre y del
desempleo. Tan solo unas cuantas canciones de ese periodo han sido incluidas en
la presente selección, lo cual habla a favor del criterio literario de su
editor. El “Entierro del agitador en un ataúd de zinc” es la más
representativa. Los cadáveres destroza-dos de aquellos que murieron en los
campos de concentración eran enviados a sus familias en ataúdes de zinc
sellados, cuya función era la de ocultar y poner de manifiesto al mismo
tiem-po, convirtiéndose así en un ejemplo perfecto de las tácticas de ir
mostrando y escondiendo de las que los nazis fueron auténti-cos maestros.
Además de hacer público oficialmente algo cuya mera mención estaba castigada
por ser Greuelmärchen (propa-ganda basada en historias abominables), el ataúd
de zinc servía como advertencia para el resto de la población: ¡Mira lo que te
puede llegar a pasar! ¡Lo han tenido que esconder en un ataúd de zinc porque
nadie podía soportar mirarlo! Brecht trata este tema como si el protagonista fuese
un simple agitador que “ha insti-gado a muchas cosas: a comer hasta saciarse, y
a tener un techo, y a alimentar a sus hijos”, etcétera. La cuestión es que, en
1936, un agitador con unos eslóganes semejantes habría resultado tan ridículo
que no hubiera hecho falta quitarlo de en medio. Ade-más, lo verdaderamente
horrible, que es la forma en que murió, pasa completamente inadvertida, y el
lector se queda con la im-presión de que el destino del agitador es solo
ligerísimamente peor que el que podría sufrir un opositor a cualquier otro tipo
de régimen político, de forma que el nazismo parece prácticamen-te inofensivo,
e incluso respetable.
Desde
entonces, sin embargo, o desde los Poemas de Sveden-borg, Brecht ha ido
distanciándose de los meros eslóganes pro-pagandísticos, y en Galileo vuelve a
tratar una de las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo: la búsqueda de la
verdad a través de la libertad.
80 Hannah Arendt Cultura
y política 81
La
conquista de Hermann Broch*
Hermann
Broch pertenece a esa tradición de grandes novelistas
del
siglo xx que han transformado una de las formas artísticas
más
características del siglo XIX hasta el punto de volverla casi
irreconocible.
La novela moderna ha dejado de servir como “en-
tretenimiento
e instrucción” (Broch), y sus autores ya no relatan
un
“incidente” poco habitual y del que no se tiene noticia (Goe-
the),
o cuentan una historia de la que se extraerá “consejo” (W.
Benjamin),
sino que enfrentan al lector con una serie de proble-
mas
y perplejidades ante los que este, siempre y cuando sea ca-
paz
de entender, habrá de estar preparado para tomar partido.
Como
resultado de esta transformación, la forma artística más
accesible
y popular se ha convertido en una de las más difíciles
y
esotéricas. La intriga ha desaparecido, y con ella la posibilidad
de
la fascinación pasiva; la ambición del novelista por crear la
ilusión
de una realidad más elevada, o lograr la transfiguración
de
lo real junto con la relevación de sus múltiples significados,
ha
cedido el paso al propósito de involucrar al lector en algo que
tiene
tanto de proceso mental como de invención artística.
Las
novelas de Proust, Joyce y Broch (al igual que las de
Kafka
y Faulkner, autores que forman cada uno una categoría
en
sí mismos) muestran una manifiesta y curiosa afinidad con
* Originalmente publicado como “The Achievement
of Hermann Broch”: The Ken-yon Review 11 (1949), pp. 476-483. Una versión
abreviada del mismo fue reimpresa como prefacio a H. Broch, The Sleepwalkers: a
trilogy, trad. de W. y E. Muir, Grosset & Dunlap, Nueva York, 1964, pp.
v-x. Una versión en alemán de este ensayo, con pocas variaciones, apareció con
el título de “Hermann Broch und der moderne Roman”, en Der Monat 1 (1948-1949),
pp. 147-151. Reseña de The Sleepwalkers, trad. de W. y E. Muir, Pantheon Books,
Nueva York, 1948. Reseña y The Death of Virgil, trad. de J. Starr Untermeyer,
Pantheon Books, Nueva York, 1945.
Cultura
y política 83
la
poesía, por un lado, y con la filosofía, por el otro1. Los novelis-tas modernos
más relevantes han comenzado, por consiguiente, a ver cómo su obra, al igual
que les sucede a filósofos y poetas se
1 La obra de Faulkner fue muy apreciada y
frecuentemente citada por Arendt, baste como muestra el hecho de que en los
seminarios que impartió con el título “Experien-cias políticas en el XX”, en
que habló de la Primera Guerra Mundial, del espíritu de la revolución, del
ascenso del totalitarismo, de la Segunda Guerra Mundial, del proble-ma de un
mundo, de la sociedad de masas y de las relaciones entre ciencias naturales y
políticas, no usó casi ninguna literatura científica sino en su mayoría una
mezcla de testimonios literarios, memorias y ensayos, entre ellos, obras de
William Faulkner, como Una fábula.
Como
observación a las reflexiones de Broch sobre la conquista de Joyce, Arendt
escribió el siguiente texto, sin ponerle ningún titulo: “El ensayo apareció en
1936, edi-tado por la editorial Herbert Reichner y con el subtítulo original de
‘Disertación en el
50 aniversario del nacimiento de Joyce’. La
segunda parte de la obra fue presentada en forma de conferencia por el autor en
la vienesa Volksbochschule. No deja de tener im-portancia la circunstancia de
que Broch contara por entonces cincuenta años de edad.
”El
autor coetáneo de Broch al que sin duda más apreciaba y de acuerdo con cuyo
patrón valoraba y medía, en secreto, toda la poesía de su tiempo, era Kafka. El
hecho de que Broch haga escasas alusiones a él y no haya escrito prácticamente
nada sobre él no viene a demostrar lo contrario, sino simplemente a poner de
manifiesto un mé-todo de acuerdo con el cual todo lo que se dice está ordenado
en torno a un centro que es, además de centro, escala de valoración. Esta
técnica se puede apreciar en toda su dimensión en el estudio sobre
Hofmannstahl, en el que todo es medido de acuerdo con La torre de Hofmannstahl
y todas las consideraciones acerca de la obra de este autor son referidas y
concretadas en La torre, pero, en cambio, apenas si se habla de esta obra concretamente.
Por lo que se refiere a Kafka –sobre el que Broch nunca escri-bió y por el cual
midió, sin embargo, a todos sus coetáneos– es el único que ha ejercido una
influencia decisiva e innegable en la expresión literaria de Broch.
”Sin
embargo, todavía hay un autor coetáneo de Broch cuya obra ejerció sin duda
alguna la más directa influencia sobre este; el autor al que nos referimos es
Joyce, cuyo Ulises Broch leyó inmediatamente después de concluir Los
sonámbulos, o sea, en un periodo de su vida en que su actitud ante la
novelística como forma artística era más que escéptica. Lo que Broch admiraba
en Joyce era el valor de describir en ‘1.200 páginas 16 horas de vida’, lo que
‘equivale a 75 páginas por hora, a más de una página por minuto, a casi una
línea por segundo’. Es cierto que lo que Joyce descubre con ello, la vida
cotidiana del hombre, no le interesa gran cosa a Broch; lo que realmente le
interesa es el método mediante el cual ‘la mera sucesión de cosas es convertida
en unidad, el devenir en unidad de lo simultáneo’. El Ulises fue, por así
decir, el que le proporcionó el valor necesario para escribir La muerte de
Virgilio, en la que igual-mente, en el espacio de 533 páginas, se describen 24
horas de vida, pero centrando la atención no en la vida cotidiana, sino en el
menos cotidiano de todos los días de la vida humana, esto es, el día de la
muerte” (véase H. Broch, “James Joyce y el presente”, en Poesía e
investigación, trad. de R. Ibero, Barral, Barcelona, 1974, pp. 239, 245 y
442-443, respectivamente, para las citas anteriores). No hay duda de que Arendt
dirige la atención del lector hacia La torre de Hofmannsthal como respuesta a
Hugo von Hof-mannsthal und seinee Zeit del propio Broch, cuya versión original
incluye un epílogo de Arendt formado por pasajes del ensayo que sería luego
traducido como “Hermann Broch, 1866-1951”, en Hombres en tiempos de oscuridad
(trad. de Cl, Ferrari y Serrano de Haro, Gedisa, Barcelona, 1989, pp. 111-151).
ha
visto confinada a un selecto y relativamente reducido círcu-lo de lectores. En
este sentido, basta con comparar las diminutas ediciones que se hacen de las
grandes obras con las inmensas tiradas de títulos que, pese a tener cierta
calidad, pertenecen a una categoría literaria claramente inferior. El don de
contar his-torias, que medio siglo atrás estaba reservado exclusivamente a los
más grandes, forma parte hoy día de las herramientas de autores cuya obra,
estando bien escrita, es en esencia medio-cre. La producción de títulos de
segunda categoría, a mitad de camino entre el kitsch y el arte con mayúsculas,
satisface ple-namente las exigencias de un público formado y aficionado al
arte, y ha tenido más que ver en el alejamiento de los lectores de los grandes
maestros que en la tan temida cultura de masas. La generalización de las
destrezas y conocimientos del oficio, y el aumento sustancial del nivel a la
hora de la ejecución, han puesto al artista bajo la sospecha de aprovecharse de
su simple talento para llevar a cabo una tarea que en sí misma no reviste gran
dificultad.
La
importancia de la trilogía de Los sonámbulos (cuya edi-ción original alemana,
Die Schlaftvandler, apareció en 1931) reside en la posibilidad que ofrece al
lector de acceder al labora-torio del novelista en medio de esta crisis y de
poder presenciar la transformación de la forma artística en cuestión2.
Remontán-dose a través de tres años cruciales –1818, cuando el Romántico se
encuentra en medio de la decadencia no visible aún del viejo mundo; 1903,
cuando el Anarquista se ve envuelto en la confu-sión de valores previa a la
guerra, y 1918, cuando el Realista se convierte en el amo indiscutible de una sociedad
dominada por el nihilismo–, Broch comienza el primer volumen como un na-rrador
tradicional para presentarse después en el último como un poeta cuya principal
preocupación no es contar sino juz-gar; como un filósofo que quiere no solo
hacer un retrato de los acontecimientos, sino descubrir y demostrar desde el
punto de vista lógico las leyes del movimiento que rigen “la degradación de los
valores”.
2 Hay una traducción castellana de los tres
volúmenes de Los sonámbulos: Pasenow o el romanticismo; Esch o la anarquía, y
Huguenau o el realismo (trad. de M.a Á. Grau Porta Debolsillo, Barcelona,
2006).
84 Hannah Arendt Cultura
y política 85
La
primera parte, que imita conscientemente la prosa deci-monónica de “los
ochenta”, está contada con tal habilidad, que nos hace pensar en el sacrificio
llevado a cabo por estos gran-des talentos de la narrativa que súbitamente
decidieron dejar de contar historias sobre el mundo porque se dieron cuenta de
que este se estaba resquebrajando. La historia se detiene bruscamen-te en medio
de una noche de bodas no consumada, y el autor le pide al lector que se imagine
el resto por sí solo, perturbando de esa forma la ilusión de una realidad
inventada en la que el autor controla todo lo que sucede y el lector es un mero
observador pasivo. Hay un desprecio explícito por la ficción; su validez se
somete a una distancia irónica e histórica. La narración se ter-mina no cuando
los destinos inventados y privados de los per-sonajes han llegado a su fin,
sino cuando se establecen los rasgos históricos fundamentales del periodo
determinado.
Se
destruye así, conscientemente, uno de los mayores atracti-vos de la lectura de
una novela: la identificación con el héroe, y se elimina el componente de
ensoñación que había provocado que la novela se aproximase sospechosamente al
kitsch. Los sonámbu-los es sin duda una novela histórica, pero lo
verdaderamente im-portante es que Broch no queda absorbido en ningún momento
por la historia ni permite que al lector le pase lo mismo.
La
primera parte de Los sonámbulos describe el mundo del junker Von Pasenow, cuya
juventud transcurre en Berlín, ciu-dad donde presta el servicio militar a lo
largo de varios años de honor y aburrimiento que se verán animados tan solo por
la tí-pica aventura con una chica encantadora perteneciente a una clase
inferior, y que no comporta, por lo tanto, ninguna respon-sabilidad, pero a la
que sin embargo, y contraviniendo todas las normas, el teniente Pasenow parece
amar de verdad, evidencia que irá vislumbrando gradualmente a través de
brumosos pre-juicios de clase no articulados y bajo el trauma de una aciaga
noche de bodas. Eduard Von Bertrand, amigo de Pasenow per-teneciente al mundo
berlinés, está a punto de abandonar la res-trictiva aristocracia prusiana tras
renunciar a la vida militar y emprender una carrera civil como industrial. El
mundo del que proviene está formado por una aristocracia terrateniente con sus
fincas, caballos, campos y sirvientes, y las luchas constantes contra el vacío,
el aburrimiento y las preocupaciones financie-
86 Hannah Arendt
ras.
Pasenow se casa con la hija “pura” de los vecinos de la finca de al lado; tal y
como debía ser, tal y como todo el mundo espe-raba que fuese.
Broch
no retrata este mundo desde el exterior; incluso cuan-do cincuenta años más
tarde y gracias al contraste resultaba fácil quedar impresionado por la
apariencia de engañosa esta-bilidad, el autor de Los sonámbulos desconfía de
las señales más evidentes y utiliza, en cambio, la técnica novelística del
flujo de conciencia en la que la subjetivación radical le permite pre-sentar
sucesos y sentimientos tan solo en cuanto objetos de la conciencia, la cual,
sin embargo, gana en significancia lo que ha perdido en objetividad, al
presentar el significado pleno de cada experiencia dentro de su propio marco de
referencia bio-gráfica. Esto le permite mostrar la aterradora discrepancia
entre el diálogo público, que respeta las formas convencionales, y los pensamientos
casi siempre histéricos que acompañan el discur-so y las acciones con la
obsesiva insistencia de la imaginación compulsiva. Esta discrepancia revela la
fragilidad fundamental de la época y la inseguridad y las convulsiones que
afectaban a aquellos que fueron sus representantes. Detrás de la fachada de los
fuertes prejuicios solo hay una incapacidad total para la orientación; los
únicos restos de la nobleza y la gloria pasadas son los clichés que impregnan
la sociedad y que constituyen el reflejo de algunos de sus principios. Cuando
la locura senil le otorga al padre de Pasenow el privilegio de poder decir lo
que piensa y actuar según sus impulsos, la discrepancia se disuelve y la unidad
de carácter es restaurada.
La
segunda parte mantiene solamente unos pocos ejemplos muy rudimentarios de la
técnica descrita. El personaje princi-pal, el contable Esch, de origen
pequeñoburgués, no siente la ne-cesidad de fingir nada y se muestra aún más
desvalido y confu-so y a merced de la decadencia generalizada. La idea de
justicia lo domina como si se tratase de la alucinación de un contable que
quiere mantener los balances en orden. Este hombre, cuyas acciones “están
guiadas por el ímpetu”, se pasa la vida ajustando cuentas y facturas
imaginarias. El punto álgido de este volumen es una conversación, que parece
extraída de un sueño, entre Esch y Bertrand (el personaje del primer volumen),
después de que aquel, presa del fanatismo, decida denunciar por homosexual al
Cultura
y política 87
bien
considerado presidente de una compañía naviera. En los dos volúmenes, la
posición de Bertrand es la misma: aparece como la única personalidad superior
que es dueño de su propio destino y no una simple víctima del curso de los
acontecimien-tos, y su figura se convierte así en el punto de referencia sobre
el que se miden las turbias y furtivas actuaciones de los demás.
Mientras
que la primera parte parecía seguir la tradición de la novela psicológica, la
segunda simula configurarse como una novela realista. Excepto el diálogo que
establecen Esch y Ber-trand, toda la narración transcurre en la superficie
tangible de lo real. Pese a eso, esta realidad no se nos presenta de una forma
más plena u objetiva de lo que lo hacía en la primera parte a tra-vés del
estudio psicológico de los distintos personajes. El mundo de 1903 es un telón
de fondo sombrío y apenas definido sobre el que los personajes actúan sin que
entre ellos se establezca ningún contacto real, de forma que cuanto más
impetuosa es en apariencia su manera de comportarse, más compulsiva se vuel-ve
en el plano de la realidad. Los personajes, incapaces de encon-trar un
territorio común para llevar a cabo este comportamiento convulso, acaban por
destruir, o al menos minar, la realidad del mundo cotidiano. Al igual que
sucede en el primero, el segundo volumen concluye con el matrimonio del héroe,
acto que parece garantizar un futuro seguro, normal y razonable. Si la obra tan
solo contase con estas dos partes, daría la impresión de que la banalidad de la
vida cotidiana se acaba imponiendo a la per-plejidad humana y consigue que la
confusión se transforme en algún tipo de normalidad de clase media.
La
tercera parte trata el final de la Primera Guerra Mundial y la ruptura de un
mundo que, si se ha mantenido unido y ha con-servado su sentido, no ha sido
gracias a sus “valores” sino al au-tomatismo de sus costumbres y sus clichés.
Los dos héroes de los volúmenes anteriores vuelven a aparecer: el teniente y
junker Pasenow, que durante la guerra ha regresado al servicio activo, se ha
convertido en mayor y está al mando de un destacamento militar en una pequeña
localidad al oeste de Alemania, y Esch, el antiguo contable, que es ahora
editor del diario local. Los dos personajes: el Romántico y el Anarquista, pese
a todas las dife-rencias de clase social y educación, terminan por entablar
amis-tad y unir sus fuerzas para enfrentarse al protagonista del tercer
88 Hannah Arendt
volumen:
Huguenau, el Realista, quien, tras desertar del ejército, ha emprendido una
exitosa carrera empresarial. El realismo de Huguenau, su constante aplicación
de los estándares de los ne-gocios a todas las facetas de la vida, su
emancipación de todos los valores y pasiones, es lo que acabará por poner de
manifies-to la incapacidad del Romántico y del Anarquista para la vida
práctica. Conducido por razones “objetivas”, es decir, por moti-vaciones que
responden a la lógica de su propio interés, Hugue-nau calumnia al comandante,
asesina al editor y se convierte en un miembro respetable de la sociedad
burguesa.
La
técnica narrativa vuelve a transformarse por completo. La historia que reúne a
los héroes de los tres volúmenes se ve in-terrumpida por un buen número de
episodios que se entrelazan con el desarrollo de la acción principal, y cuyos
protagonistas van apareciendo y desapareciendo en el curso de la narración. La
más espléndida de estas historias es la de Goedecke, de la Landwehr (ejército
de tierra), quien tras ser enterrado vivo es devuelto a la vida gracias a una
apuesta que hacen dos de sus camaradas. La lenta y paulatina recuperación del
equilibrio de los órganos y las funciones que conformaron una vez al ser
hu-mano llamado Ludwig Goedecke, la forma en que de unos cuan-tos pedazos
condenados y en descomposición surge de nuevo un hombre que puede hablar y
caminar y reírse, la seme janza de esta “resurrección de entre los muertos” con
una segunda creación que contiene la espantosa maravilla de la animación y la
individualización de la materia... toda la contundencia en las visiones y en el
lenguaje anticipa ya algunos de los más bellos pasajes de La muerte de
Virgilio.
Los
episodios que se intercalan desde distintos lados con-fieren a la trama
principal –la historia del Romántico que cree en el honor, el Anarquista que va
en busca de una nueva fe y del Realista que los destruye a los dos– un carácter
en cierto modo episódico. Esta sensación se acentúa aún más con la inser-ción
de dos niveles completamente distintos: las partes líricas de “La historia de
la muchacha salutista” y las especulaciones filosóficas acerca de “la
degradación de los valores”, que aportan al plano narrativo histórico un cariz
de eternidad. Ni las partes líricas ni las filosóficas tienen nada que ver con
la historia en sí, pese a que parezca sugerirse la reaparición de Bertrand como
Cultura
y política 89
narrador
de la historia de amor entre la muchacha salutista y el judío polaco a quien la
guerra ha conducido hasta Berlín. Lo importante aquí es que esta historia es un
verdadero interludio lírico, escrito a menudo en verso, y que las reflexiones
son puros discursos lógicos.
La
novela termina desembocando, así, en el lirismo, por un lado, y en la
filosofía, por el otro, y esto es un símbolo claro de lo que le estaba
sucediendo al género como forma artística. La na-rrativa ya no era capaz de
preservar ni la parte de las pasiones, de la que la novela tradicional había
tomado prestada la intriga, ni la parte referente a lo universal y a lo
espiritual, que había llenado de luz el género. “La degradación de los valores”
que su-puso el desplome de una forma de vida basada en una visión in-tegrada
del mundo, y la consecuente atomización radical de sus distintas esferas, cada
una de las cuales considera sus valores relativos como absolutos, había hecho
desaparecer la transpa-rencia del mundo en lo que al universo y al afecto
apasionado del individuo se refiere. Lo universal y lo racional, por un lado, y
la pasión individual y lo “irracional”, por el otro, se han ins-taurado tomando
la forma de las regiones independientes de la filosofía y la poesía.
La
muerte de Virgilio, aparte de haberse convertido en una obra cumbre de la
literatura alemana, es un libro único en su especie. El flujo ininterrumpido de
meditaciones cargadas de lirismo en el que transcurren las últimas veinticuatro
horas de vida del agonizante poeta comienza cuando la nave que ha de llevarlo,
por expreso deseo de su amigo el emperador, desde Atenas de vuelta a Roma, está
fondeada en el puerto de Bríndi-si, y finaliza con el viaje hacia la muerte,
cuando Virgilio, tras abandonar la lucidez febril y exagerada con la que se
despide conscientemente de la vida, se deja llevar por todas las etapas del
recuerdo, más allá de la niñez y el nacimiento, hacia la os-cura calma del caos
que reinaba antes de la creación. El viaje conduce hasta la nada, pero al
configurarse como una historia inversa de la creación y recorrer todas las
etapas del mundo y del ser humano hasta alcanzar el momento en que todo fue
creado de la nada, el viaje también conduce al universo: “La nada llenó el
vacío Y se hizo el universo”3.
3 H. Broch, La muerte de Virgilio, trad. de J.
M.a Ripalda, Alianza, Madrid, 2000, p. 225.
El
mismo argumento va feneciendo también al tratarse de la historia de “quien
siente acercarse a lo más importante de su vida terrena y está lleno de la
angustia de poder perderlo” (10). Aparte del párrafo introductorio –en el que
se describe la en-trada del barco en el puerto, y que forma parte, junto al
retrato de Bohemia que Stifter hace en las primeras páginas de Witiko, de los
mejores paisajes literarios escritos en lengua alemana–, lo único que logramos
percibir es aquello que consigue atravesar la invisible red con que la muerte
ha cubierto ya a su víctima, y que está entretejida a partir de informaciones
llenas de sensuali-dad, visiones febriles y elucubraciones. La riqueza de las
asocia-ciones producidas por la fiebre no solo sirve para transformar unos
elementos en otros a lo largo de una cadena sin fin, sino también para que cada
pequeño recuerdo fragmentado ilumi-ne el momento presente a través de su
relevancia universal e intercomunicada, de forma que los contornos de lo
concreto y lo particular terminen de vislumbrarse y confluyan en el di-bujo de
un símbolo onírico y universal.
El
contenido filosófico recuerda a una especulación spi-noziana acerca del Cosmos,
y también del Logos, en la que to-das las cosas que conocemos de forma separada
y particular aparecen bajo el aspecto siempre cambiante de un Uno eterno, de
forma que lo múltiple es entendido como una simple indivi-dualización
provisional de un todo omnicomprensivo. La base filosófica de las
especulaciones de Broch acerca del completo sinsentido de todas las cosas que
existen o suceden se funda-menta en una esperanza de redención verdaderamente
panteís-ta y panlógica, en la que al final el principio y el fin, “la nada” y
“el universo”, resultan ser idénticos. Esta esperanza ilumina por completo una
obra articulada en todo momento por el hecho de morir, comprendido este como una
acción consciente. El mag-nífico y fascinante ritmo de la prosa de Broch, que
adopta la forma de invocación y reitera de manera constante y con una
insistencia creciente los temas fundamentales de la obra, con-cuerda con el
gesto de despedida que anhela salvar lo que está inevitablemente condenado, y
también con la embriaguez en-tusiasta del ser universal que solo puede
expresarse por medio de exclamaciones.
90 Hannah Arendt Cultura
y política 91
En
este sentido, el tema fundamental del libro es la verdad, pero una verdad que
para poder manifestarse por completo de-bería poder ser articulada con una sola
palabra, igual que si se tratase de una fórmula matemática. La insistente
repetición de palabras como vida, muerte, tiempo, espacio, amor, ayuda,
jura-mento, soledad, amistad, es como un intento por penetrar en la palabra
única en la que desde el principio el universo y el hom-bre y la vida han sido
algo “disuelto y superado”, “conservado y contenido”, “aniquilado y creado de
nuevo para siempre”; la Palabra de Dios que fue al principio y que está “más
allá del len-guaje” (225).
El
ritmo de la prosa refleja el movimiento de la especulación filosófica de la
misma forma que la música refleja los movi-mientos del alma. A diferencia de lo
que sucede en Los sonámbu-los, la tensión y la intriga no se truncan ni se
rompen. La tensión y la intriga son las propias de la especulación filosófica,
en la medida en que esta, al margen de todas las técnicas filosóficas, es el
sentimiento apasionado y todavía sin articular que lleva a cabo el sujeto
filosófico en sí mismo. Y de la misma forma que al apasionado por la filosofía
siempre le fascinan varias cuestio-nes a un tiempo, y que los resultados no
pueden nunca satisfacer la pasión desatada por la especulación, este libro
transmite al lector la tensión de un movimiento que va más allá de la intri-ga
que pueda causar un argumento, y lo conduce, al igual que a Virgilio, a través
de todos los episodios y visiones hasta alcanzar la solución del descanso
eterno.
Del
lector se espera que se rinda a este movimiento y que lea la novela como si se
tratase de un poema. Suspendida entre la vida y la muerte, entre el “ya no” y
el “aún no” (155), la vida apa-rece con toda la riqueza de significados que
solo se vuelven vi-sibles al colocarse ante el oscuro telón de fondo que es la
muer-te. Al mismo tiempo, el “ya no y aún no” es un motivo central que impregna
el conjunto de la obra y que marca el punto de inflexión histórico, la crisis
entre el ya no más de la Antigüedad y el aún no de la Cristiandad, y los
evidentes paralelismos con el tiempo presente. La importancia filosófica de la
crisis tiene similitudes con el momento de la despedida: una situación en la
que se pierden todas las esperanzas, se cuestionan y abordan todos los
problemas, y se busca cualquier posible redención.
92 Hannah Arendt
El
“no más y aún no”, el “aún no y sin embargo casi al alcance de la mano” (220)
han sustituido como marco de referencia a la “degradación de los valores” sobre
la que siempre volvía Broch. Tras llegar a comprender esta crisis, en este
momento decisivo de la historia, Virgilio pierde la esperanza en la poesía e
intenta destruir el manuscrito de la Eneida . En el momento de la muer-te, el
poeta alcanza una región más elevada y válida que el arte y la belleza. La
belleza, irresponsable por naturaleza y alejada de la realidad, aparenta una
eternidad espuria; la productivi-dad del artista finge ser creación, es decir,
le arroga al hombre aquello que es un privilegio divino. Sea cual sea la
naturaleza y el nivel de estas fantasías: juegos circenses para el populacho
romano u obras maestras de refinados artistas, siempre es ca-paz de satisfacer
en distinta escala la misma ingratitud vulgar de los hombres, incapaces de
admitir su origen no humano, y de mitigar su deseo vulgar de escapar de la
realidad y la respon-sabilidad para alcanzar “la unidad del mundo establecida
por la belleza” (53). El arte, “su desesperado intento de crear lo
im-perecedero a partir del ser perecedero” (55), hace que el artista se vuelva
un traidor, egoísta, alguien ajeno a lo verdaderamente humano, alguien en quien
no se puede confiar.
Analizada
en el contexto de la historia de la literatura, La muerte de Virgilio resuelve
el problema de las nuevas formas y contenidos que se ha planteado en Los
sonámbulos. La novela parecía haber llegado a un impasse entre la filosofía y
el lirismo, debido precisamente a que algunos talentos incuestionables pero
menores se habían hecho cargo de la narración de histo-rias, el entretenimiento
y la instrucción propias del género. La importancia histórica de La muerte de
Virgilio es la creación de una unidad en la que es posible la materialización
de un ele-mento de suspenso específicamente moderno, como si solo aho-ra fuese
posible que aquellos elementos puramente artísticos que habían otorgado a la
novela tradicional la validez literaria, la pasión lírica y la transfiguración
de la realidad a través de lo universal, se emancipasen de lo puramente
informativo y en-contraran una forma nueva y válida.
Cultura
y política 93
Cultura
y política, de Hannah Arendt, se terminó de
imprimir
en agosto de 2016 en los talleres de Porrúa Print.
La
edición consta de 1000 ejemplares impresos sobre
papel
cultural de 90 gramos; en su composición se
utilizaron
tipos Berkeley Oldstyle de 10 y 14 puntos
Hannah
Arendt
Esta
edición ofrece una serie de textos de Hannah Arendt que dan a conocer el
impor-tante papel que en sus reflexiones desempe-ñan la crisis de la cultura,
la poesía, el arte y la narración literaria. La presente selec-ción, que se
desprende de la obra Más allá de la filosofía (Editorial Trotta, 2014), permite
descubrir la articulación del estilo de su autora, la genealogía de algunos de
sus conceptos más relevantes y de ciertos temas que atraviesan toda su obra.
Los
materiales aquí reunidos tienen un carácter heterogéneo debido a que fueron
escritos con distintos propósitos, en tiempos muy diversos, publicados en dos
conti-nentes y en dos lenguas distintas por una mujer que no se cansó de
insistir en que lo importante, lo verdaderamente esencial, es reflexionar a
partir de la experiencia.


Publicar un comentario