© Libro N° 6117.
Tengo Un Sueño Y Otros Textos. Luther King, Martin. Emancipación. Junio 15 de
2019.
Título
original: © Tengo Un Sueño Y Otros Textos. Martin Luther King
Versión Original: © Tengo Un Sueño Y Otros Textos. Martin Luther King
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ClásiCos
de la resistenCia Civil
TENGO UN SUEÑO Y OTROS TEXTOS
Martin Luther King
La
colección Clásicos de la resistencia civil expone el pensamiento de grandes personajes del mundo
en pro de la no-violencia, la auto- gestión social y el respeto de los derechos
humanos y ciudadanos, prologados por especialistas reconocidos en cada autor.
EJEMPLAR
GRATUITO
MARTIn LUThER KInG
Tengo un sueño
y otros textos
Prólogo de Roberto Ochoa
Universidad Autónoma del Estado de Morelos
Dr. Alejandro Vera Jiménez Rector
Dr. José Antonio Gómez Espinosa Secretario General
Javier Sicilia Secretario de Extensión
Francisco Rebolledo Director de Difusión Cultural
King, Martin Luther, Jr., 1929-1968
Tengo un sueño y otros textos / Martin Luther King ; prólogo de Roberto Ochoa. - - México :
Universidad Autónoma del Estado de
Morelos, 2014.
59 p. – (Clásicos de la resistencia civil; 6)
ISBn 978-607-8332-45-8 Colección
ISBn 978-607-8332-76-2 Obra
1. Afroamericanos – Derechos
civiles 2. Movimientos
por los derechos civiles –
Estados Unidos – historia – Siglo XX 3.
no violencia
LCC E185.97.K5 DC 323.092
TEnGO Un SUEÑO
de Martin Luther King
De la colección
Clásicos de la resistencia civil
D.R. © 2014, Prólogo de Roberto Ochoa
D.R. © 2014, Universidad Autónoma del Estado de Morelos Av.
Universidad 1001, Col. Chamilpa Cuernavaca, Morelos, 62210, México
Colección dirigida por Francisco Rebolledo Dirección de Difusión
Cultural
Secretaría de Extensión de la UAEM
Cuidado editorial: Roberto Abad Diseño: Araceli Vázquez Mancilla
ISBn: 978-607-8332-45-8
Colección Clásicos de la resistencia civil
ISBn: 978-607-8332-76-2
Reservados los derechos de impresión/Impreso en México
Contenido
Prólogo
Tengo
un sueño
Carta
desde la cárcel de Birmingham Peregrinación a la no-violencia
Capítulo
I
Capítulo
II
Capítulo
III
Prólogo
En
este tiempo de medios de comunicación masiva, cuando una acción puede
reproducirse hasta el infinito en una multiplicidad de imágenes y enviarse al
instante frente a la mirada de un espectador al otro lado del globo, la
revolución verdadera y posible no es, ya, la de Castro y el Che, que fue la
última de su época, sino la de Martin Luther King.
En
esta edición de Clásicos de la resistencia civil se presenta uno de los
discursos más hermosos y memorables en la historia de la humanidad, ése que
Martin Luther King Jr. pronunciara el 28 de agosto de 1963 desde las
escalinatas del monumento a Lin- coln. I have a dream (“Tengo un sueño”) es el
discurso por el que más ampliamente ha sido reconocido este imponente líder del
movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, pues no sólo es de
extraordinaria belleza, tanto en su factura como en la manera en que se
pronunció, sino que se dio en el momento cumbre de la lucha, al final de la
marcha a Washington, con la que prácticamente se selló el triunfo y que se
concretaría menos de un año después con la firma de la Civil Rights Act.
Pero
más allá de la belleza de ese texto, que nuevamente ponemos a consideración del
público, lo que nos interesa des- entrañar son las fibras internas de una lucha
exitosa, todavía muy reciente en términos históricos, y que se valió de la
no-vio- lencia como su método principal de acción. Es por ello que en esta
edición hemos decidido agregar la Carta desde la cárcel de Birmingham, escrita
apenas cuatro meses antes del discurso en Washington, dirigida a ocho clérigos
blancos de Alabama que habían cuestionado sus acciones, y Peregrinación a la
no-vio- lencia, dos textos que junto con dicho discurso, nos permiten ir más a
fondo en el conocimiento de las ideas que Martin Luther King profesaba sobre la
resistencia civil no-violenta.
Se
ha mencionado que I have a dream muestra una visión rosa de la vida, y de ahí
que se haya percibido como endulco- rada la lucha de Luther King, como una
lucha poco radical. Sin embargo, esta percepción distorsiona la historia y nos
aleja del auténtico talante combativo que el líder de la lucha por los dere-
chos civiles imprimió en todas sus acciones, talante que lo llevó incluso hasta
el martirio.
En
México, para los múltiples movimientos sociales que bus- can reivindicaciones
de la justicia, el testimonio y la vida de Lu- ther King debieran servir de
enseñanza fundamental. El trauma de nuestra relación con los Estados Unidos,
debido a su expan- sionismo militar, político, económico y cultural, nos ha
man- tenido demasiado distantes de lo mejor que su pueblo ha dado. Seguramente
por eso los movimientos sociales en México han ignorado a Luther King y todo lo
que se puede aprender de él.
Además,
por nuestra propia historia y modo de ser, res- pondemos más a los íconos que a
las ideas, por lo que la figura siempre vestida de traje de Luther King genera
una barrera ini- cial en los movimientos en lucha, pues frente a las imágenes
de Villa y Zapata, Luther King nos parece más un burgués que un hombre en
combate. Por las razones que sean, el hecho es que en México no ha sido
referente de lucha. hemos perdido mucho, nosotros y nuestras causas.
En
parte, eso es lo que intentamos remediar con la publica- ción de estos textos
de King, aunque sabemos que no será sufi- ciente. Lo que aspiramos es que
nuestros jóvenes empiecen a co- nocerlo, lean sus textos y se familiaricen con
él. Su inspiración será de gran valor para los movimientos sociales que tratan
de subvertir el régimen económico, político, social y cultural que tanto atenta
en nuestros días en contra de la naturaleza y del tejido social de los pueblos.
Frente
a la percepción de que Luther King enarbolaba una vi- sión rosa de la vida, hay
que recordar la dureza de sus palabras en contra de la complacencia de las
clases acomodadas y en contra del gradualismo reformista de los moderados. Esas
palabras las encontramos en los tres textos que aquí presentamos. En I have a
dream, cuando la insurrección del movimiento por los derechos
civiles
está en la cúspide, habla explícitamente de la “urgencia impetuosa del ahora”,
y de que no hay lugar para gradualismos. Más ampliamente, en Carta desde la
cárcel de Birmingham, cuestiona fuertemente la actitud de los blancos moderados
y les achaca que, en realidad, la segregación racial no descansa tanto en la
hostilidad racial, sino en la indiferencia de los blancos mo- derados “que
anteponen el orden a la justicia; que prefieren una paz negativa que supone
ausencia de tensión, a una paz positiva que entraña presencia de la justicia”,
y llama a sus interlocutores a abandonar “las oscuras mazmorras de la
complacencia” para pasar a las “luminosas colinas de la protesta creadora”,
pues “es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados
prescinden muy rara vez espontáneamente de sus privilegios”; el esclavo ha de
conquistar la libertad combatiendo por ella.
Pero
además, la lucha de Martin Luther King está íntimamen- te vinculada con una de
las principales causas de los movimien- tos sociales en el México de hoy: la
lucha por la paz y la justicia en medio de una camaleónica guerra contra el
narcotráfico.
La
trágica historia de muertos y desaparecidos a causa de la guerra contra el narco en México, tiene
su correlato al nor- te del Río Bravo en
la reconfiguración de un nuevo régimen de segregación racial. En los últimos
años, Michelle Alexander ha documentado cómo la guerra contra las drogas dentro
de los Es- tados Unidos no es otra cosa que el nuevo Jim Crow1, es decir, la
nueva estructura jurídica e institucional que impone restric- ciones en el
espacio público y una ciudadanía de segunda para los negros y los latinos. El
encarcelamiento masivo y el control judicial de los ex convictos está
revirtiendo, a inicios del siglo XXI, el triunfo del movimiento por los
derechos civiles de los años sesenta. La narrativa que enfatiza la muerte de la
esclavi- tud y de Jim Crow y celebra, con la elección de Barack Obama, el
triunfo de los Estados Unidos sobre la raza, está peligrosamen- te
desorientada, dice Alexander. El discurso triunfalista de que Estados Unidos
por fin es una sociedad racialmente igualitaria está ocultando la “pesadilla de
los derechos humanos (que) ocu- rre bajo nuestros ojos”2.
1
Michelle Alexander, The New Jim Crow, Mass Incarceration in the Age of
Colorblind- ness, The new Press, new York, 2010.
2
Ibid., p. 15.
La
guerra contra las drogas ha provocado que al interior de los Estados Unidos se
desarrolle una impresionante industria del control del crimen y de
encarcelamiento masivo. Si México es el cuarto país del mundo que más
encarcela, con 20.7 presos por millón de habitantes, y Rusia es el segundo
lugar con 49.3 presos por millón, los Estados Unidos tienen la enorme canti-
dad de 71.6 presos por millón de habitantes3. Por su parte, el ar- gumento de
Michelle Alexander se prueba con el hecho de que “más de la mitad de los
hombres negros jóvenes, en cualquiera de las grandes ciudades americanas, está
actualmente bajo el control del sistema de justicia criminal (o endilgados con
ante- cedentes criminales)”4. no es sólo que la sociedad no les esté pro-
porcionando a los afroamericanos la oportunidad de ascender en la escala
social, debido a las condiciones de pobreza en que asisten a la escuela, sino
que además están siendo nuevamente borrados en sus derechos civiles
directamente por la vía legal. El nuevo sistema de control del crimen, que
tiene como pretexto la guerra contra las drogas, “permanentemente encierra a un
gran porcentaje de la co- munidad afroamericana fuera del mainstream social y
económico (…) Como Jim Crow (y como la esclavitud), el encarcelamiento masivo
opera como un estrecho sistema in- terrelacionado de leyes, políticas,
costumbres e instituciones que funcionan colectivamente para asegurar un
estatus su- bordinado de un grupo definido ampliamente por la raza”5.
De
esta manera, lo que Estados Unidos expande como milita- rización hacia fuera de
sus fronteras, lo imponen hacia adentro como sistema masivo de persecución
criminal a los estratos más bajos de la sociedad, compuestos principalmente por
negros y latinos. Militarización y segregación racial son dos caras de una
misma moneda, lo que Luther King vio cada vez más claro, so- bre todo durante
los últimos tres años de su vida en que se opuso abiertamente a la guerra en
Vietnam, al tiempo que atendía las rebeliones urbanas de los negros. Estas dos
acciones, tan decisi-
vas,
fueron las que seguramente llevaron a su asesinato. Por lo que a nosotros toca,
en un México que padece la militarización, así como también un sistema de
segregación de las clases popu- lares, nos resulta más urgente que nunca
abrevar su sabiduría.
Pero
su gran enseñanza no está sólo en el sentido de sus luchas, sino también en el
método empleado para llevarlas adelante.
La
longeva activista norteamericana de origen chino, Gra- ce Lee Boggs, describe
muy bien el carácter revolucionario de Luther King en su más reciente libro,
The Next American Re- volution, en el que le dedica un capítulo entero a él y a
Malcolm X para colocarlos a ambos como referentes de las revoluciones por
venir. King fue un auténtico revolucionario porque más allá de la lucha contra
el racismo, su más alta preocupación, como bien lo dice Lee Boggs, era la de
cómo transformar y cómo gobernar a la sociedad estadunidense en su conjunto.
Eso es lo que da el contenido de grandeza, más allá de la majestuosa pie- za de
oratoria, al discurso pronunciado en Washington y que llena de sentido a la
expresión I have a dream. Al leerlo, o al es- cucharlo, la emoción invade
porque sus palabras transforman la realidad que tocan y la conducen hacia el
horizonte de la jus- ticia, ésa que no puede ser sólo para algunos si no es al
mismo tiempo para todos. “Los remolinos de la rebelión –exclama a los pies de
la estatua de Abraham Lincoln– continuarán sacudien- do los cimientos de
nuestra nación hasta que surja el esplendo- roso día de la justicia”. Por eso
no sólo esas palabras tocaron el corazón de los negros, sino también de los
blancos que termi- naron por comprender que la libertad de los negros
conllevaba la suya propia y que “la injusticia, en cualquier parte que se co-
meta, constituye una amenaza para la justicia en todas partes”. Pero como
dijimos arriba, hay que aprender también del método, porque el análisis de la relación
entre medios y fines es fundamental para comprender esta nueva vía de lucha
revolucionaria.
“El
boicot de autobuses en Montgomery6, me di cuenta, –dice Grace Lee Boggs– fue la
primera lucha de un pueblo oprimi do en la civilización
occidental basada en la concepción de una transformación de dos caras, tanto de
nosotros mismos como de nuestras instituciones (…) Usaron métodos que
ejercitaban su poder espiritual, siempre llevando en mente que su meta no era
sólo la eliminación de la segregación ra- cial en los camiones, sino también la
construcción de la ‘co- munidad amada’ (de la que tanto hablaba Luther King).
De esta manera, inspiraron la identidad humana, antiguerrera y ecológica de los
movimientos por venir”7.-
Los tres escritos que aquí presentamos, I have
a dream, Car- ta desde la cárcel de Birmingham y Peregrinación a la no-vio-
lencia, son abundantes en referencias a ese método de lucha no-violenta
aprendido por Luther King de Gandhi, que se basa en el principio de que los
medios de que nos valemos tienen que ser tan puros como las metas que nos
proponemos alcanzar. En I have a dream, el autor expresa que “debemos evitar
cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos
corresponde”. Mientras que en la Carta es mucho más explí- cito, incluso
respecto de las fases que toda campaña noviolenta debe de seguir. Propone tres
pasos previos antes de pasar a la acción directa: primero, la reunión de los
datos necesarios para determinar si existen las injusticias, luego la
negociación, des- pués la autopurificación, y, sólo entonces, la acción
directa.
_____________________
3
nils Christie, “El umbral del dolor”, en Letras libres, marzo 2013, pp. 10-16.
4
Michelle Alexander op. cit., p. 16.
5
Ibid., p. 13.
6
Ésta fue la primera acción de resistencia civil encabezada por Martin Luther
King en el año de 1955.
En
particular, me parece fundamental hacer referencia al tercero de los pasos
previos a la acción directa, el de la autopuri- ficación, pues es frente al que
los mismos activistas, por obvias razones, presentan más resistencia, y
desearían saltarse, para ir directo hacia la acción. Pero es también la etapa
de preparación que, si se hace bien, más frutos puede redituar. De lo que se
tra- ta, como bien lo explica en la Carta, es de volverse capaces de presentar
el propio cuerpo como “instrumento de exposición (…) ante la conciencia de la
comunidad local y nacional”. Los cuer- pos maltratados de los activistas serán
captados por los medios de comunicación, incluso de ser posible en el mismo
momento de la agresión y la imagen dará la vuelta al mundo. Las simpa tías de
la opinión pública se decantarán en favor de quien re- siste y no de quien
agrede. Pero hay que estar bien dispuestos a atravesar la prueba del
sufrimiento que todo ello implica. Por eso, quienes se preparaban para las
acciones se preguntaban reiteradas veces: “¿Sabrás aceptar los golpes sin
devolverlos?
¿Sabrás
prevalecer en la prueba del encarcelamiento?”
Que
quede muy claro, en el llamado a la desobediencia de las leyes injustas Luther
King no preconiza la anarquía. Muy al
contrario, al igual que lo hizo Sócrates al beber de la cicuta, dice que la ley
debe cumplirse aun cuando sea sobre mi propia carne, y si la sanción resulta
finalmente injusta, entonces lo que
tiene que cambiar es la ley. Por eso, dice en la Carta, quien quebranta una ley
injusta “tiene que estar dispuesto a aceptar
la consiguiente sanción”, sabiendo a su vez, como lo pregona en su discurso de Washington, que “el
sufrimiento que no es merecido es emancipador”.
-
_____________________
7
Grace Lee Boggs,The Next American Revolution: Sustainable Activism for the
Twen- ty-First Century, University of California Press, 2011, p. 90.
La
forma de lucha que puso en marcha consiste entonces, fundamentalmente, en no
devolver la violencia física que se emplea en contra de nosotros, soportando el
sufrimiento, enrai- zados en una fuerza espiritual que se adquiere solamente
me- diante la autodisciplina. Por eso, como pastor bautista que era, abrevaba
también de las fuentes de la Iglesia primitiva, que ha- bía mostrado la fuerza
que se adquiere al estar dispuesto a entre- garse y sufrir por las más altas
convicciones.
Sólo
después de la autopurificación puede florecer el momen- to de la acción
directa, ese estado de tensión provocado delibera- damente para hacer estallar
una crisis que coloque a las fuerzas oprimidas en un nuevo lugar de
negociación. La tensión provo- cada por la no-violencia está destinada no a la
destrucción del adversario sino, a partir de la negociación de acuerdos, a
poner los cimientos de una nueva institucionalidad basada en la justicia.
En
esto consiste el carácter revolucionario de la no-violen- cia, tal como Martin
Luther King lo puso en práctica durante la década de los sesenta. Pero esa
revolución estaba todavía en pro- ceso de elaboración cuando una bala atravesó
su garganta el 4 de abril de 1968, sólo un mes antes de que estallara la
revolución del mayo francés. Con esa bala se truncó un proceso que, según lo
apunta Michelle Alexander, tendrá pronto que retomarse ante las constantes
violaciones a los derechos civiles que la guerra contra el narcotráfico está
ocasionando en estas primeras décadas del siglo XXI. La idea de que el
mainstream militaris- ta en América
Latina y segregacionista en los Estados Unidos pueda ser modificado mediante el
litigio de casos particulares y una
política de reformas graduales, le parece a Alexander una ingenuidad. “Aun
cuando esas estrategias tuvieron su lugar, el Acta de los Derechos Civiles de
1964 y su concomitante cambio cultural nunca hubieran ocurrido sin el cultivo
de una crítica conciencia política (…) y el extendido activismo estratégico que
emanó de ella”8.
Los
manuales de operación sobre las revoluciones en ciernes, si se puede hablar de
algo así, tienen que tomar en cuenta estos tres textos que hoy ponemos en manos
del lector. El trabajo in- terior que se realiza al leerlos es el primer paso
en la construc- ción de sujetos capaces de levantar los movimientos sociales
que tanto hacen falta para salir del pasmo civilizatorio en que nos
encontramos.
_________________
8
Michelle Alexander, op. cit., p. 15
Estoy
orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor
manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.
hace
cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó
la Proclamación de emancipación. Este trascendental decreto fue como un gran
rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las
llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de
una larga noche de cautiverio. Pero cien años después, el negro aún no es
libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las
esposas de la se- gregación y las cadenas de la discriminación; cien años
después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océa- no de
prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las
esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia
tierra.
Por
eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condi- ción vergonzosa. En cierto
sentido, hemos venido a la capital de
nuestro país a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república
escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de
Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser
heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres les serían
garantizados los inalienables derechos a la vida, la li- bertad y la búsqueda
de la felicidad.
Es
obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que
concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación,
Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido
devuel- to con el sello de “fondos insuficientes”. Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya
quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes
bóvedas de la oportunidad de este país.
Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las
riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.
También
hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia
impetuosa del ahora. Éste no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de
tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las
promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado
valle de la segregación hacia el cami- no soleado de la justicia racial. Ahora
es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de
Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la
injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.
Sería
fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la
importancia a la decisión de los ne- gros. Este verano, ardiente por el
legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño
vigorizante de libertad e igualdad.
1963
no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la es- peranza de que los
negros necesitaban desahogarse para sen- tirse contentos, tendrán un rudo
despertar si el país retorna a lo mismo
de siempre. no habrá ni descanso
ni tranquilidad en Estados Unidos
hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los
remolinos de la rebelión conti- nuarán sacudiendo los cimientos de nuestra
nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia. Pero hay algo que
debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que condu- ce al palacio de la justicia. Debemos evitar
cometer actos in- justos en el proceso de obtener el lugar que por derecho
nos corresponde. no busquemos satisfacer
nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos
con- ducir para siempre nuestra
lucha por el
camino elevado de la dignidad y la disciplina. no debemos
permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra
vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza
física con la fuerza del alma. La maravillosa nue- va militancia que ha
envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la
gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su
presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al
nuestro y su libertad está inherentemente ligada a la nuestra. no podemos caminar solos. Y al
hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. no po-
demos volver atrás.
hay
quienes preguntan a los partidarios de los derechos ci- viles: “¿Cuándo
quedarán satisfechos?”
nunca
podremos quedar satisfechos mientras que las per- sonas negras sean víctimas de
horrores indescriptibles de la brutalidad de la policía, mientras que nuestros
cuerpos, fatiga- dos de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las
ca- rreteras y en los hoteles de las ciudades. no podremos quedar satisfechos,
mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un barrio pequeño a un barrio
más grande. nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Mississipi
no pueda votar y un negro de nueva York considere que no hay por qué votar. no,
no; no estamos satisfechos y no quedaremos satis- fechos hasta que “la justicia
ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.
Sé
que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y
tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de celdas angostas. Algunos
de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido
golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de
la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufri- miento creativo.
Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es
merecido, es emancipador.
Regresen
a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Geor- gia, regresen a Louisiana,
regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del norte,
sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. no nos
revol- quemos en el valle de la desesperanza.
hoy
les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las difi- cultades del momento:
yo aún tengo un sueño. Es un sueño pro- fundamente arraigado en el sueño
“americano”.
Sueño
que un día esta nación se levantará y vivirá el verda- dero significado de su
credo: “Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son
creados iguales”.
Sueño
que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos
y los hijos de los antiguos dueños de escla- vos, se puedan sentar juntos a la
mesa de la hermandad.
Sueño
que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor
de la injusticia y de la opresión, se conver- tirá en un oasis de libertad y
justicia.
Sueño
que mis cuatro hijos vivirán un día
en un
país en el cual no serán juzgados
por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.
¡hoy
tengo un sueño!
Sueño
que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador es- cupe frases de
interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un
sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los
niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.
¡hoy
tengo un sueño!
Sueño
que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más
escarpados serán nive- lados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de
Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.
Ésta
es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la cual regreso al sur. Con esta fe
podremos esculpir de la montaña de la desespe- ranza una piedra de esperanza.
Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una
hermosa sinfo- nía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar
juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos,
sabiendo que algún día seremos libres.
Ése
será el día cuando todos los hijos de Dios podrán can- tar el himno con un
nuevo significado, “Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a ti te canto.
Tierra de libertad donde mis antecesores murieron, tierra orgullo de los
peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad”. Y si
Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.
Por
eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los mon- tes prodigiosos de
nueva hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de nueva
York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de
Pennsylvania!
¡Que
repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde
las sinuosas pen- dientes de California! Pero no sólo eso: ¡Que resuene la
liber- tad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que resuene la libertad
desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que resuene la libertad desde cada
pequeña colina y montaña de Mississipi! “De cada costado de la montaña, que
resuene la libertad”.
Cuando
resuene la libertad y la dejemos resonar en cada aldea y en cada caserío, en
cada estado y en cada ciudad, podre- mos acelerar la llegada del día en que
todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y
católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual
negro: “¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos
libres al fin!”
Carta desde la cárcel de Birmingham
mis
queridos saCerdotes y compañeros:
Mientras
me hallo recluido aquí, en la cárcel de la ciudad de Birmingham, me llegó su
reciente declaración calificando mis actividades presentes de “poco hábiles e
inoportunas”. Son po- cas las veces en que me detengo a contestar las críticas
formu- ladas contra mi trabajo e ideas. Si tratara de contestar a todas las
críticas que pasan por mi mesa de trabajo, mis secretarios tendrían poco tiempo
disponible para cualquier otra cosa en el curso del día, y a mí no me quedaría
ni un instante para reali- zar una tarea constructiva. Pero como creo que son
hombres de intenciones fundamentalmente buenas, y que sus críticas han sido
formuladas sinceramente, quiero intentar responder a su declaración con unas
pocas palabras que espero sean pacientes y razonables.
Creo
que debiera indicarles por qué estoy aquí, en Birmin- gham, puesto que parecen
influidos por la opinión que anate- matiza a los “forasteros que se inmiscuyen
en los asuntos aje- nos”. Tengo el honor de ser presidente de la Southern
Christian Leadership Conference, una organización que actúa en
todos los estados del sur, con su
cuartel general en Atlanta (Georgia). Tenemos en todo el sur unas 85
organizaciones afiliadas, y una de ellas es el Alabama Christian Movement for
Human Rights. Compartimos a menudo nuestra dirección y nuestros recursos tanto
educativos como financieros con nuestras filiales. hace varios meses, la filial
de aquí, de Birmingham, nos pidió que es- tuviéramos dispuestos a emprender un
programa de acción di- recta no violenta si ello resultaba necesario.
Consentimos ense- guida y, cuando llegó la hora, cumplimos nuestra promesa. Por
eso, yo, y conmigo varios de mis colaboradores de la dirección, estamos aquí,
por habérsenos invitado a que viniésemos. Estoy aquí porque tengo vínculos de
organización.
Pero,
lo que es más importante: estoy en Birmingham porque también está aquí la
injusticia. Así como los profetas del siglo VIII antes de Cristo abandonaban
sus pueblos y difundían su mensaje divino muy lejos de los límites de las
ciudades origina- rias; así como el apóstol Pablo dejó su pueblo de Tarso y
difundió el Evangelio de Cristo hasta los lugares más remotos del mun- do
grecorromano, así me veo yo también obligado a difundir el Evangelio de la
Libertad más allá de los muros de mi ciudad de origen. Lo mismo que Pablo,
tengo que responder sin dilación a la
petición de ayuda de los macedonios. Y, lo que es más, soy consciente de la
interrelación existente entre todas las comuni- dades y los estados. no puedo
permanecer con los brazos cruza- dos en Atlanta sin sentirme afectado por lo
que en Birmingham acontece. La injusticia, en cualquier parte que se cometa,
consti- tuye una amenaza para la justicia en todas partes. nos encontra- mos
cogidos dentro de las ineludibles redes de la reciprocidad, uncidos al mismo
carro del destino. Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente,
nos afecta a todos indirectamen- te. nunca más podremos permitirnos el lujo de
aferrarnos a la idea estrecha, provinciana de “agitador forastero”. Quienquiera
que viva dentro de las fronteras de los Estados Unidos tiene de- recho a que no
se le vuelva a considerar nunca más forastero en el territorio de la nación.
Deploran
las manifestaciones que ahora tienen lugar en Birmingham. Pero su declaración,
siento decirlo, hace caso omiso de las condiciones que dieron lugar a estas
manifestaciones. Estoy seguro de que ninguno de ustedes quiere limitarse a esa
clase de análisis social superficial que no se ocupa más que de los efectos,
sin detenerse a aprehender las causas subyacentes. Es una pena que las
manifestaciones tengan lugar en Birmin- gham, pero es todavía más lamentable
que la estructura del poder blanco de la ciudad no dejase a la comunidad negra
otra salida que ésta.
Toda
campaña no-violenta tiene cuatro fases básicas: prime- ro la reunión de los
datos necesarios para determinar si existen las injusticias; luego la
negociación; después la autopurifica- ción; y, por último, la acción directa.
hemos pasado en Birmingham por todas estas fases. no cabe discutir el hecho de
que la injusticia racial embarga a esta comunidad. Birmingham es probablemente
la ciudad más drásticamente segregada de toda norteamérica. Su horrenda lista
de violaciones es conocida por todos. Los negros han sufrido de modo flagrante
un trato injusto por parte de los tribunales; en Birmingham, ha habido más des-
trucciones que en cualquier otra ciudad de la nación, de domi- cilios e
iglesias a consecuencia de bombas, que han quedado sin resolver. Éstos son los
hechos, duros, palmarios, determinantes de la situación. Con estas condiciones
de base, los líderes negros trataron de negociar con los prohombres de la
ciudad. Pero éstos se negaron una y otra vez a entablar negociaciones de buena
fe.
Entonces,
el pasado septiembre se presentó la oportunidad de hablar con los
representantes de la comunidad económica de Birmingham. Durante las
negociaciones, los comerciantes for- mularon ciertas promesas, entre ellas la
de suprimir los humi- llantes símbolos raciales de los almacenes.
Apoyándose
en estas promesas, el reverendo Fred Shut- tlesworth y los líderes del Alabama
Christian Movement for Human Rights
concedieron una tregua en todas las manifesta- ciones. Pasaron las semanas y
los meses, y comprobamos que éramos víctimas de un perjurio. Unos cuantos
emblemas, tras haber sido suprimidos por un tiempo, volvieron a surgir; el
resto permanecieron donde estaban.
Como
en tantos otros casos, se habían defraudado nuestras esperanzas y se apoderó de
nosotros la sensación de un profun- do desaliento. no teníamos más salida que
la de prepararnos para la acción directa, en la que presentaríamos nuestros
pro- pios cuerpos como instrumentos de exposición de nuestro caso ante la
conciencia de la comunidad local y nacional. A sabien- das de las dificultades
existentes, decidimos emprender un pro- ceso de autopurificación. Dimos
comienzo a la creación de toda una serie de seminarios paro aleccionar sobre la
no-violencia, y nos preguntamos
reiteradas veces: ¿sabrás aceptar los golpes sin devolverlos? ¿Sabrás
prevalecer en la prueba del encarcela- miento? Decidimos lanzar nuestro
programa de acción directa en la temporada de Semana Santa, porque sabíamos
que, excep- to la navidad, éste era el periodo principal de compras duran- te
el año. Conscientes de que un programa enérgico de boicot económico sería la
consecuencia de la acción directa, pensa- mos que este sería el mejor momento
para poner en marcha la presión que
pensábamos ejercer sobre los comerciantes para provocar el cambio necesario.
Entonces
caímos en la cuenta de que los comicios para la elección de alcalde en
Birmingham estaban señalados para el mes de marzo, y decidimos rápidamente
posponer la acción hasta el día
siguiente de las elecciones. Cuando descubrimos que el responsable de orden
público, Eugene “Bull” Connor había reunido votos bastantes para presentarse
al desempa- te, nuevamente
decidimos posponer la acción hasta el día si- guiente al de los comicios
finales, para que no se utilizaran las manifestaciones con el fin de velar los
problemas reales que se debatían. Como muchos otros, esperábamos asistir a la
derro- ta del señor Connor, y para ello nos acordamos retrasar una y otra vez
la fecha de nuestra acción. Después de haber auxiliado a la comunidad en esta
necesidad, creímos que ya no se podía demorar más nuestro programa de acción
directa.
Se
preguntarán: “¿Por qué acción directa?, ¿por qué plantones, marchas y demás?,
¿acaso no es mejor el camino de la negocia- ción?” Tienen razón al abogar por
la negociación. De hecho, eso es lo que realmente propone la acción directa. La
acción directa no-violenta trata de crear una crisis tal, y de originar tal
ten- sión, que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar se ve
obligada a hacer frente a este problema. Trata de dramatizar tanto la cuestión,
que ya no puede ser desconocida bajo ningún concepto. Podrá parecer raro que yo
cite la creación de un estado de tensión como parte del trabajo que incumbe al
resistente no-violento. Pero tengo que confesar que no me asus- ta la palabra
“tensión”. no he dejado nunca de oponerme a la tensión violenta, pero existe
una clase de tensión no-violenta constructiva, necesaria para el crecimiento.
Así como Sócrates creía que era necesario crear una tensión en la mente para
que los individuos superasen su dependencia respecto de los mi- tos y de las semiverdades
hasta ingresar en el recinto libre del análisis creador y de la evaluación
objetiva, así también, hemos de comprender la necesidad de “tábanos”
no-violentos creadores de una tensión social que sirva de acicate para que los
hombres superen las oscuras profundidades del prejuicio y del racismo,
elevándose hasta las alturas mayestáticas de la comprensión y de la
fraternidad.
La
meta de nuestro programa de acción directa radica en crear una situación tan
pletórica de crisis que desemboque ine- vitablemente en la salida negociadora.
Me uno, pues, a ustedes en su apología de la negociación. nuestro querido sur
ha perma- necido demasiado tiempo encerrado en un trágico esfuerzo de vivir
monologando en vez de dialogar.
Uno
de los puntos básicos de su declaración es que la acción que yo y mis
colaboradores hemos emprendido en Birmingham es inoportuna. han preguntado
algunos: “¿Por qué no han dado a la nueva administración urbana tiempo para
obrar?” La única contestación que se me ocurre para esta pregunta es que la
nue- va administración de Birmingham tiene que ser tan zarandeada como la
anterior, si se quiere que obre. Estamos profundamente equivocados si creemos
que la elección de Albert Boutwell para el cargo de alcalde convertirá los
sueños en realidad en Birmin- gham. Pese a que el señor Boutwell sea una
persona mucho más pacífica que el señor Connor, ambos son segregacionistas, em-
peñados en el mantenimiento del status quo. Espero que el señor Boutwell sea lo
bastante razonable como para percatarse de la insignificancia de una
resistencia denodada a la integración. Pero no lo verá sin la presión de los
partidarios incondicionales de los defensores de los derechos civiles.
Amigos
míos, tengo que decirles que no nos hemos apunta-
do
ni un solo tanto en materia de derechos civiles sin una em- pecinada presión
legal y no-violenta. Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible
que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez, espontáneamente, de sus
privilegios. Los individuos podrán ver la luz de la moral y abandonar vo-
luntariamente una postura injusta; pero, como nos recordara Reinhold niebuhr,
los grupos tienden a comportarse más inmo- ralmente que los individuos.
Sabemos
por una dolorosa experiencia que la libertad nun- ca la concede voluntariamente
el opresor. Tiene que ser exigi- da por el oprimido. A decir verdad, todavía
estoy por empezar una campaña de acción directa que sea “oportuna” ante los
ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la
segregación. hace años que estoy oyendo esa palabra.
“¡Espera!”,
suena en el oído de cada negro con penetrante fami- liaridad. Este “espera” ha
significado casi siempre “nunca”. Te- nemos que convenir con uno de nuestros
juristas más eminen- tes en que “una justicia demorada durante demasiado tiempo
equivale a una justicia denegada”.
hemos
aguardado más de trescientos cuarenta años para usar nuestros derechos
constitucionales y otorgados por Dios. Las naciones de Asia y de África se
dirigen a velocidad supersó- nica a la conquista de su independencia política;
pero nosotros estamos todavía arrastrándonos por un camino de herradura que nos
llevará a la conquista de un tazón de café en el mostra- dor de los almacenes.
Es posible que resulte fácil decir “espera” para quienes nunca sintieron en su
cuerpo los acerados dardos de la segregación. Pero cuando se ha visto cómo
muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahoga- ban
a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cómo policías
rebosantes de odio insultaban a los nues- tros, cómo maltrataban e incluso
mataban a nuestros hermanos y hermanas negros; cuando se ve a la gran mayoría
de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmo- rra sin aire de la pobreza, en medio de una
sociedad opulenta; cuando, de pronto, se queda uno con la lengua torcida,
cuando balbucea al tratar de explicar a su hija de seis años por qué no puede
ir al parque público de atracciones recién anunciado en la televisión, y ver
cómo se le saltan las lágrimas cuando se le dice que el “País de las
Maravillas” está vedado a los niños de color, y cuando observa cómo los
ominosos nubarrones de la inferiori- dad empiezan a enturbiar su pequeño cielo
mental, y cómo em- pieza a deformar su personalidad dando cauce a un
inconscien- te resentimiento hacia los blancos; cuando se tiene que amañar una
contestación para el hijo de cinco años que pregunta: “Papá
¿por
qué tratan tan mal los blancos a la gente de color?”; cuando
se
sale a dar una vuelta por el campo en coche y se ve uno obli- gado a dormir
noche tras noche en algún rincón incómodo del propio automóvil porque no están
abiertas las puertas de nin- gún hotel para uno; cuando se le humilla a diario
con los símbo- los punzantes de “blanco” y “colored”; cuando el nombre de uno
pasa a ser “negrazo” y el segundo nombre se torna “muchacho” (cualquiera que
sea la edad que se tenga), volviéndose su apellido “John” en tanto que a su
mujer y a su madre se les niega un trato de “señora”; cuando se es hostigado de
día y se siente obse- sionado durante la noche por el hecho de ser un negro,
viviendo en perpetua tensión sin saber nunca a qué atenerse, y rebosando
temores internos y resentimientos exteriores; cuando se está lu- chando
continuamente contra una sensación degeneradora de despersonalización,
entonces, y sólo entonces se comprende por qué nos parece tan difícil aguardar.
Llega un momento en que se colma la copa de la resignación. Estoy seguro,
señores, que com- prenderán nuestra legítima e ineludible impaciencia.
Expresan
una profunda ansiedad en torno a nuestra deci- sión de quebrantar las leyes si
es preciso. no cabe duda de que su preocupación es legítima. Como pedimos con
tanta diligen- cia a nuestro pueblo que obedeciese a la decisión del Tribu- nal Supremo que declaraba ilegal la
segregación en las escue- las oficiales, podrá parecer paradójico, de buenas a
primeras, nuestra desobediencia consciente de las leyes. Podrán pregun- tar:
“¿Cómo pueden ustedes defender la desobediencia de unas leyes y el acatamiento
de otras?” La contestación debe buscarse en el hecho de que existen dos clases
de leyes: las leyes justas y las
injustas. Yo sería el primero en defender la necesidad de obedecer los
mandamientos Justos. Se tiene una responsabili- dad moral además de legal en lo
que hace al acatamiento de las normas justas. Y, a la vez, se tiene la
responsabilidad moral de desobedecer normas injustas. Estoy de acuerdo con San
Agus- tín en que “una ley injusta no es tal ley”.
Pero, ¿cuál
es la diferencia
entre ambas clases
de leyes?
¿Cómo
se sabe si una ley es justa o no lo es? Una ley justa es un mandato formulado
por el hombre que cuadra con la ley moral o la ley de Dios. Una ley injusta es
una norma en conflicto con la ley moral. Para decirlo con palabras de Santo
Tomás de Aquino: “Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en
la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad
humana es justa; toda norma que degrada la perso- nalidad humana es injusta”.
Todos los mandatos legales segrega- cionistas son injustos, porque la
segregación deforma el alma y perjudica la personalidad; da al que segrega una
falsa sensación de superioridad y al segregado una sensación de inferioridad
también falsa. La segregación, para valernos de la terminología del filósofo
judío Martín Buber, sustituye la relación “yo-
tú” por una relación “yo-ello”, y acaba relegando a las personas a la
condición de cosas. Por eso, la segregación es, además de inadecuada política,
económica y sociológicamente, moral- mente equivocada y pecaminosa. Dijo Paul
Tilich que “pecado es separación”. ¿Acaso no es la segregación una
manifestación existencial de la trágica separación del hombre, su aislamiento
horrible, su tremenda condición de pecador? Por eso precisa- mente puedo pedir
a los hombres que cumplan la decisión de 1954 del Tribunal Supremo, por ser
moralmente recta; y por eso puedo instarles a que desobedezcan las ordenanzas
segre- gacionistas, por ser éstas moralmente equivocadas.
Consideremos
un ejemplo más concreto de normas justas e injustas. Una ley injusta es una
norma por la que un grupo nu- méricamente superior o más fuerte obliga a
obedecer a una mi- noría pero sin que rija para él. Esto equivale a la
legalización de la diferencia. Por el mismo procedimiento, resulta que una ley
justa es una norma por la que una mayoría obliga a una minoría a obedecer lo
que esta mande, quedando a la vez vinculada al texto normativo. Esto equivale a
la legalización de la semejanza. Permítaseme dar otra explicación. Una ley es
injusta si es im- puesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar,
no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley. ¿Quién podrá
decir que la legislación de Alabama de la que emanaron las leyes del estado
sobre la segregación fue elegida democráti- camente? Por todo Alabama se
utilizan toda suerte de métodos sutiles encaminados a evitar que los negros
pasen a figurar en los censos electorales; y hay condados en que, por más que
los negros constituyan una mayoría de la población, no consta ni un solo negro
en las listas. ¿Puede decirse que una ley promulga- da en tales circunstancias
está estructurada democráticamente? Algunas veces una ley es justa por su texto
e injusta en su aplicación. Por ejemplo, se me arrestó por manifestarme sin
permiso. Ahora bien; nada hay de malo en que exista una orde Espero que sepan
percatarse de la diferencia que trato de mostrarles. Bajo ningún concepto
preconizo la desobediencia ni el desafío a la ley, como haría el segregacionista
rabioso. Esto nos llevaría a la anarquía. El que quebranta una ley injusta tie-
ne que hacerlo abiertamente, con amor y dispuesto a aceptar la consiguiente
sanción. Opino que un individuo que quebranta una ley injusta para su
conciencia, y que acepta de buen grado la pena de prisión con tal de despertar
la conciencia de la injusticia en la comunidad que la padece, está de hecho
manifestando el más eminente respeto por el derecho.
naturalmente,
no hay ninguna novedad en esta clase de des- obediencia civil. La encontramos,
en una de sus manifestacio- nes sublimes, en la negativa de Shadrach, Meshach y
Abednego a obedecer las órdenes de nabucodonosor, en aras a la ley moral
superior. La practicaron de modo soberbio los cristianos primiti- vos, que
estaban dispuestos a enfrentarse con leones hambrien- tos, con el dolor
insoportable de la tortura antes que someterse a ciertas leyes injustas del
Imperio Romano. hasta cierto punto, la libertad académica es actualmente una
realidad porque Sócra- tes practicó la desobediencia civil. En nuestra nación,
el Boston Tea Party1 fue un acto colectivo de desobediencia civil.
no
hemos de olvidar jamás que todo cuanto hicieron los húngaros que luchaban por
la libertad se reputaba “ilegal” en hungría. “Ilegal” era ayudar y consolar a
un judío en la Ale- mania de hitler. Aún así, estoy seguro de que, si hubiera
vivi- do entonces en Alemania, hubiese ayudado y consolado a mis hermanos
judíos. Si actualmente viviese en un país comunista donde han sido suprimidos
ciertos principios inherentes a la fe cristiana, abogaría abiertamente por la
desobediencia a las leyes antirreligiosas del país.
Tengo
que confesarles honradamente dos cosas, hermanos míos cristianos y judíos;
tengo que confesar, primero, que en los últimos años he quedado profundamente
desencantado del blanco moderado. Casi he llegado a la triste conclusión de que
nanza que exige un permiso para manifestarse. Pero esta norma se vuelve injusta
cuando es puesta al servicio de la segregación, denegando a los ciudadanos el
derecho de reunión y protesta pacíficas concedido por la primera enmienda.
__________________
1
Boston Tea Party, concentración de ciudadanos de Boston, el 16 de diciembre de
1773, para proteger las decisiones contrarias a la importación adoptadas por la
colo- nia, quienes echaron por la borda el cargamento de té que se hallaba en
tres buques ingleses recién llegados.
la
rueda de molino que lleva amarrada el negro y que traba su tránsito hacia la
libertad, no proviene del miembro del Conse- jo de Ciudadanos Blancos, o del
Ku-Klux-Klan, sino del blanco moderado que antepone el “orden” a la justicia;
que prefiere una paz negativa que supone ausencia de tensión, a una paz
positiva que entraña presencia de la justicia; quien dice continuamente: “Estoy
de acuerdo con el objetivo que usted se propone, pero no puedo aprobar sus
métodos de acción directa”; que cree muy pa- ternalmente que puede fijar un
plazo a la libertad del prójimo; quien vive de un concepto mítico del tiempo y
aconseja al negro que aguarde a que llegue “un momento más oportuno”. La com-
prensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la
absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más
desconcertante la acepta- ción tibia que el rechazo sin matices.
Esperé
que el blanco moderado comprendiera que la ley y el
orden
existen para la elaboración de la justicia, y que, cuando fracasan en este
empeño, se convierten en unas trabas peligro- samente estructuradas que impiden
el fluir del progreso social. Esperé que el blanco moderado comprendiera que la
actual ten- sión en el sur es una fase necesaria para la transición desde una
odiosa paz negativa en la que el negro aceptaba pasivamente su carga injusta, a
una paz distinta, real y positiva, en la que todos los hombres respetaran la
dignidad y el valor de la personali- dad humana. De hecho, los que seguíamos la
senda de la acción directa no violenta no somos quienes creamos la tensión. nos
limitamos a traer a la superficie la tensión oculta que se hallaba en estado
latente desde mucho antes. La sacamos a la luz, porque así se la puede ver y
actuar en consecuencia. Lo mismo que un tumor que no se puede curar mientras
siga oculto, y que debe abrirse en todo su horror a los remedios naturales del
aire y de la luz, la injusticia tiene que exponerse, con toda la tensión que esta
exposición crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinión
nacional si es que existe el deseo de subsanarla.
Afirman
ustedes en su declaración que nuestras acciones,
aunque
pacíficas, tienen que ser condenadas porque conducen a la violencia. ¿Pero es
ésta una aseveración lógica? ¿no es ello lo mismo que condenar a un hombre
víctima del hurto porque el
hecho
de haber poseído dinero determinó la pecaminosa acción de robarle? ¿Acaso no es
como si se condenara a Sócrates porque su absoluta entrega a la verdad y sus
investigaciones filosóficas causaron la actitud del populacho mal aconsejado
que le conde- nó a beber la cicuta? ¿no les parece que esto equivale a condenar
a Jesucristo porque su incomparable ciencia divina y su ince- sante acatamiento
de la voluntad de Dios precipitó aquella pe- caminosa crucifixión? hay que
reconocer que, como han venido afirmando una y otra vez los tribunales
federales, no está bien pedir a un individuo que abandone sus esfuerzos por
conquis- tar sus derechos constitucionales básicos sencillamente porque esta
petición pueda determinar la violencia. La sociedad tiene que proteger al
robado y castigar al ladrón.
También
esperé que el blanco moderado abandonara ese
mito acerca del momento oportuno para librar la batalla por la libertad. Acabo de recibir una carta de
un hermano blanco de Texas. Escribe:
“Cualquier
cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos
indirectamente. Una ley injusta es una
ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho
natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma
que degrada la personalidad humana es injusta.
Una
ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al de- negársele el derecho a
votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley”.
Esta
actitud procede de un trágico error en cuanto a lo que es el tiempo, de una
noción curiosamente irracional a cuyo tenor hay, en el devenir del tiempo
mismo, algo que inevitablemente cura todos los males. De hecho, el tiempo en sí
es neutro; puede ser utilizado para la destrucción lo mismo que para construir.
Se
me ocurre cada vez más que los hombres de mala volun- tad se han valido del
tiempo con una eficacia muy superior a
la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad. Tendremos
que arrepentimos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas
del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio
atribuible a los hombres buenos. El progreso humano nunca discurre por la vía
de lo inevitable, es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a
trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se
convierte de por sí en aliado de las fuer- zas del estancamiento social.
Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es
oportuno obrar rectamente. En este momento es hora de convertir en realidad
palpable la promesa de democracia y de transformar nuestra indecisa elegía
nacional en un salmo de hermandad creadora. En este momento es hora de sacar
nuestra política nacional de las arenas movedizas de la injusticia racial para
plantarla sobre la firme roca de la dignidad humana.
Tildan
ustedes nuestra actividad en Birmingham de extre- mada. Al principio quedé algo
desconcertado por pensar que unos sacerdotes colegas míos pudiesen ver en mis
esfuerzos no violentos la actuación de un extremista. Me puse a pensar acerca
del hecho de que me encuentro situado en el centro de dos fuer- zas opuestas de
la comunidad negra. A un lado está la fuerza de la complacencia, compuesta, en
parte, de negros que, tras largos años de opresión, han quedado tan faltos de
todo sentido de la propia dignidad, tan despersonalizados, que se han
adaptado a la segregación; y, en parte,
de un puñado de negros de clase media que, debido a cierto grado de seguridad
académica o eco- nómica, y porque, hasta cierto punto, sacan provecho de la se-
gregación, se han desentendido de los problemas de las masas. La otra fuerza
viene animada por el rencor y el odio, y se acerca peligrosamente a la defensa
de la violencia. Un caso similar son los varios grupos nacionalistas negros que
brotan por toda la nación, el más conocido y más numeroso de los cuales es el
mo- vimiento musulmán de Elijah Mohamed. nutrido por la frus- tración del
negro, hijo de la permanencia de la discriminación racial, este movimiento se
compone de gente que ha perdido su fe en los Estados Unidos, que ha repudiado
definitivamente el cristianismo y que ha llegado a la conclusión de que el
blanco es un “demonio” incorregible.
he tratado
de mantenerme entre
estas dos fuerzas,
afirmando que no
tenemos necesidad de
imitar el inmovilismo de los
complacientes ni el odio y la desesperación de los na- cionalistas negros. Y es
que ésta es la mejor forma de protesta amorosa y no-violenta. Agradezco a Dios
que haya hecho, por el conducto de la
Iglesia negra, que la senda de la no-violencia pasa a formar parte integrante
de nuestro plan de lucha.
Si
esta filosofía no hubiese surgido, estoy convencido de que actualmente muchas
de las calles del sur norteamericano esta- rían inundadas de sangre. Y estoy,
además, convencido de que si nuestros hermanos blancos califican de “demagogos”
y de “agi- tadores forasteros” a aquéllos de entre nosotros que se valen de la
acción directa no-violenta, y si se niegan a apoyar nuestros esfuerzos
no-violentos, millones de negros, presa de la desespe- ración y de la
frustración, buscarían refugio y albergue en las ideologías nacionalistas
negras, lo cual, de suceder, conduciría inevitablemente a una aterradora
pesadilla racial.
Los
hombres oprimidos no pueden serlo de por vida. El an- helo de libertad acaba
por manifestarse abiertamente, y esto es lo que ha ocurrido con el negro
estadounidense. hay algo dentro de él que le ha recordado que nacía con el
derecho a la libertad; y algo, otra cosa fuera de él, le ha recordado que esta
libertad po- día ser conquistada. Consciente o inconscientemente, se ha deja-
do embargar por el Zeitgeist, y el negro norteamericano, unido a sus hermanos
negros de África y a sus hermanos amarillos y co- brizos de Asia, América del
Sur y el Caribe, marcha impregna- do por un ansia que no puede esperar, hacia
la tierra prometida de la justicia racial. Si se reconoce esta necesidad vital
que se ha apoderado de la comunidad negra, se tiene que comprender in-
mediatamente el porqué de las manifestaciones públicas actua- les. El negro
lleva dentro de sí muchos resentimientos concen- trados y muchas frustraciones
latentes, y tiene que liberarlos. Así que déjesele marchar; déjesele participar
en procesiones en dirección al ayuntamiento; déjesele participar en los “viajes
de la Libertad”, e inténtese comprender por qué siente la necesidad de hacerlo.
Si sus emociones reprimidas no encuentran escape en actuaciones no-violentas,
buscarán una manifestación violenta. Con ello no formulo una amenaza; me limito
a recordar ense- ñanzas de la historia, por eso no he dicho a mi pueblo:
“Abandonad vuestro descontento”. Antes bien, he tratado de decir que este
descontento normal cuanto sano, puede encauzarse por la vía creadora de la
acción directa no-violenta. Y ahora, he aquí que se califica de extremista este
punto de vista.
Pero
a pesar de que me desconcertó inicialmente que me lla- maran extremista,
conforme seguía pensando acerca del asunto, fue entrándome cierta satisfacción
por la etiqueta. ¿Acaso no fue Jesús un extremista del amor?: “Amad a vuestros
enemigos; per- donad a los que os maltratan; haced el bien a los que os odian y
rezad por los que abusan maliciosamente de vosotros y os persi- guen”. Y Amós,
un extremista de la justicia: “Dejad que la justicia discurra como el agua y
que la equidad corra como un inagota- ble manantial”. Y Pablo, un extremista
del Evangelio cristiano: “Llevo en mi cuerpo las señales de nuestro Señor
Jesucristo”. Y Martín Lutero, un extremista: “A lo dicho me atengo; no puedo
obrar de otra manera: que Dios venga en mi ayuda”. Y John Bun- yan:
“Permanecería en la cárcel hasta el final de mis días antes que asesinar mi
conciencia”. Y Abraham Lincoln: “Esta nación no puede sobrevivir esclava a
medias y libre a medias”. Y Tho- mas Jefferson: “Para nosotros hay verdades
evidentes, y una de ellas es que todos los hombres fueron creados iguales”. Así
que el problema no estriba en saber si hemos de ser extremistas, sino en la
clase de extremistas que seremos. ¿Llevaremos nuestro ex- tremismo hacia el
odio o hacia el amor? ¿Pondremos el extre- mismo al servicio de la conservación
de la injusticia o de la di- fusión de la justicia? En la dramática escena del
Gólgota fueron crucificados tres hombres. nunca hemos de olvidar que los tres
fueron crucificados por el mismo delito: el delito del extremis- mo. Dos de
ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron más bajo que el
mundo que les rodeaba. El otro, Jesu- cristo, era un extremista del amor, de la
verdad y de la bondad, y por eso se elevó por encima del mundo que le rodeaba.
Bien podría ser que el sur, la nación y el mundo necesiten muchísimo de
extremistas creadores.
Esperé
que el blanco moderado se percatara de esta necesi-
dad.
Quizá pequé de excesivo optimismo; quizás fueran excesi- vas mis esperanzas.
Supongo que debía haberme dado cuenta de que pocos son los miembros de la raza
opresora capaces de comprender la profundidad de los gemidos y la pasión de los
deseos de la raza oprimida, y aún son menos los capaces de ver que la
injusticia necesita ser extirpada mediante una acción po- derosa, persistente y
decidida. Estoy, sin embargo, agradecido con algunos de nuestros hermanos
blancos del sur por haber captado el sentido de esta revolución social y
haberse puesto a su servicio. Todavía son muy pocos en cuanto al número, pero
grande es su calidad. Algunos, como, por ejemplo, Ralph McGill, Lillian Smith,
harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Bra- den y Sarah fatton Boyle, han
escrito acerca de nuestra lucha con palabras elocuentes y proféticas. Otros han
marchado con nosotros por las calles anónimas del sur; se han consumido en
cárceles sucias e infestadas de parásitos, sufriendo los insultos y los
maltratos de policías para quienes ellos eran “desprecia- bles negrazófilos”.
Frente a lo que solían hacer sus hermanos y hermanas moderados, ellos
reconocieron la urgencia de actuar y sintieron la necesidad de poderosos
antídotos “activos” para combatir la enfermedad segregacionista.
Déjenme
apuntarles otra razón fundamental de mi desencanto. ¡Cuán grande ha sido éste
en lo que hace a la Iglesia blan- ca y a sus ministros! Cierto es que existen
algunas excepciones notables. no desconozco el hecho de que cada uno de ustedes
haya adoptado algunas actitudes significativas acerca del par- ticular. Le
aplaudo a usted, reverendo Stallings, por su actitud cristiana el domingo
pasado, al dar la bienvenida a los negros en el oficio dominical, aceptando el
principio de la integración. Aplaudo a los líderes católicos de este estado por
haber integra- do hace ya varios años el Spring Hill College.
Pero,
aparte de estas importantes excepciones, tengo que rei- terar honradamente que
la Iglesia me ha defraudado. no lo digo como lo diría uno de esos críticos
negativos que siempre saben encontrar algo equivocado en la Iglesia. Lo digo en
mi calidad de ministro del Evangelio, que ama a la Iglesia; en mi papel de
eclesiástico educado en su seno; que se ha sostenido gracias a sus bendiciones
espirituales y que seguirá siendo leal mientras le quede un hálito de vida.
Cuando
de pronto me vi lanzado al liderato de la protesta de los autobuses en Montgomery (Alabama),
hace de esto unos años, pensé que gozaría del apoyo de la Iglesia blanca. Pensé
que los ministros, sacerdotes y rabinos blancos del sur se contarían entre
nuestros más firmes aliados. Mas, he aquí que algunos de ellos han sido incluso
enemigos, negándose a comprender el movimiento de la libertad y formándose una
idea equivocada de sus líderes. En cuanto a los demás, han sido demasiados los
que se han mostrado más precavidos que valientes y que han permanecido
silenciosos detrás de la adormecedora seguridad de las piadosas vidrieras.
A
pesar de ver quebrantados mis sueños, acudí a Birmin- gham con la esperanza
puesta en que la dirección religiosa blanca de esta comunidad se percataría de
la justicia de nuestra causa y haría, cumpliendo un profundo deber moral, de
canal por el que podríamos encauzar nuestras justas quejas hacia las esferas
del poder. Esperé que cada uno de ustedes comprendiera. Y de nuevo vino el
desencanto.
he
oído a muchos dirigentes religiosos del Sur aconsejar a sus feligreses que
acatasen una sentencia integracionista por- que así lo quería la ley. Pero
hubiese querido oír a los eclesiásti- cos blancos declarar: “Acatad este
decreto porque la integración es moralmente justa y porque el negro es vuestro
hermano”. En medio de las injusticias palmarias infligidas al negro, he
visto a los ministros blancos de la
religión permanecer al margen mientras formulaban frases piadosas que no hacían
al caso y trivialidades mojigatas. En medio de la grandiosa contienda sos-
tenida por librar a nuestra nación de la injusticia racial y econó- mica, he
oído a muchos ministros decir: “Son estos problemas sociales con los que el
Evangelio no está realmente relacionado”. Y he observado cómo varias iglesias
se consagran a una religión diferente, de modo antibíblico, entre el cuerpo y
el alma, lo sa- grado y lo laico.
he
viajado por todas partes en Alabama, Mississippi y todos los demás estados del
sur. En bochornosos días de verano y en diáfanas mañanas otoñales, me he
quedado mirando las bellas iglesias del sur con sus elevados campanarios
apuntando al cie- lo. he visto las impresionantes siluetas de sus enormes
institu- ciones dedicadas a la enseñanza confesional. Siempre acababa
preguntándome: “¿Qué clase de personas viene aquí? ¿Quién es su Dios? ¿Dónde
estaban sus voces cuando salieron de los labios del gobernador Barnett palabras
de obstaculización y de anu- lación? ¿Dónde estaban cuando el gobernador
Wallace tocó a rebato dando la señal para desencadenar el odio y la provoca-
ción? ¿Dónde estaban sus palabras de apoyo cuando hombres y mujeres negros,
magullados y cansados, decidieron abandonar las oscuras mazmorras de la
complacencia y pasar a las lumino- sas colinas de la protesta creadora?”
Sí,
sigo preguntándome todo esto. Profundamente desalenta- do, he llorado sobre la
laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lágrimas fueron lágrimas de amor. no
cabe un profundo desa- liento sino donde falta un amor profundo. Sí, amo a la
Iglesia.
¿Cómo
iba a no ser así? Me encuentro en la situación harto fre- cuente de ser hijo,
nieto y bisnieto de predicadores. Sí, la Iglesia es para mí el cuerpo de
Cristo. Mas, ¡ay!, cómo hemos envilecido y herido este cuerpo con la
negligencia social y con el temor de convertimos en posibles miembros
disconformes.
hubo
una época en que la Iglesia fue muy poderosa: cuando los cristianos primitivos
se regocijaban de que se les considerase dignos de sufrir por sus convicciones.
En aquella época, la Iglesia no era mero termómetro que medía las ideas y los
principios de la opinión pública. Era más bien, un termostato que transforma-
ba las costumbres de la sociedad. Dondequiera que un cristiano penetrase en una
ciudad, las personas que entonces detentan las riendas del poder, se
perturbaban e inmediatamente trataban de procesar a los cristianos por ser
“perturbadores de la paz”, “agita- dores forasteros”. Pero los cristianos no
cedieron en su empeño, convencidos de que eran “una colonia celestial”,
destinados a obe- decer a Dios antes que al hombre. Su número era limitado,
pero grande su entrega. Estaban demasiado ebrios de Dios para sentir- se
“astronómicamente intimidados”. Con su esfuerzo y su ejemplo pusieron fin a
prejuicios tan remotos como el abominable infan- ticidio y los funestos
combates de gladiadores.
En
la actualidad todo ocurre de modo muy distinto. Y es que la Iglesia
contemporánea es a menudo una voz débil y sin timbre, de sonido incierto. Es
que a menudo es defensora a todo trance del status quo. En vez de sentirse
perturbada por la pre- sencia de la Iglesia, la estructura del poder de la
comunidad se beneficia del espaldarazo tácito y aún, a veces, verbal, de la
Igle- sia a la situación imperante. Pero el juicio de Dios rige para la Iglesia
más que nunca. Si la iglesia de hoy no recobra el es- píritu de sacrificio de
la Iglesia primitiva, perderá su auten-
ticidad,
echará a perder la lealtad de millones de personas y acabará desacreditada como
si se tratara de algún club social irrelevante, desprovisto de sentido para el
siglo XX. Todos los días me encuentro con jóvenes cuyo desengaño por la actitud
de la Iglesia se ha convertido en autentico asco.
Puede
que esta vez también me haya pasado de optimista.
¿Acaso
la religión está demasiado vinculada al status quo como para salvar a nuestra
nación y al mundo? Es posible que tenga que polarizar mi fe en la Iglesia
espiritual interior, en la Iglesia dentro de la Iglesia, como verdadera eklesia
y esperanza del orbe. Pero agradezco nuevamente a Dios que algunas almas nobles
de las filas de la religión organizada hayan roto las ca- denas paralizantes
del conformismo y se hayan unido a noso- tros en calidad de asociados activos
en la lucha por la libertad. Abandonaron sus tranquilas congregaciones y
marcharon con nosotros por las calles de Albany. han descendido por las au-
topistas del sur participando en unos “viajes de la Libertad”, por cierto
sembrados de obstáculos. Sí, fueron a la cárcel con nosotros; algunos de ellos
perdieron sus parroquias, quedaron sin el apoyo de sus obispos y de sus colegas
eclesiásticos. Pero obraron creyendo que la razón derrotada puede más que la
sinrazón triunfante. Su testimonio ha sido la sal espiritual que ha conservado
el verdadero significado del Evangelio en estos tiempos de turbación. han
cavado un túnel de esperanza en la negra montaña del desconcierto.
Espero
que la Iglesia en conjunto saldrá a la palestra en esta hora decisiva. Pero,
aunque la Iglesia no acuda en ayuda de la justicia, no pierdo mis esperanzas
acerca del futuro. no abrigo ningún temor acerca del resultado de nuestra lucha
en Birmin- gham, aunque haya sido dada una interpretación equivocada de nuestros
motivos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Bir- mingham y en toda la
nación, porque la meta de norteamérica es la libertad. Por más que se nos
insulte y se haga burla de nosotros, nuestro destino va unido al de Estados
Unidos. Antes de que los peregrinos arribasen a Plymouth, estábamos aquí. Antes
de que la pluma de Jefferson escribiera las majestuosas palabras de la
Declaración de Independencia en las páginas de la historia, estábamos aquí.
Durante más de dos siglos, nuestros antecesores trabajaron en este país sin
cobrar salario alguno;
hicieron
rey al algodón; edificaron las mansiones de sus amos mientras sufrían una
injusticia flagrante y padecían una hu- millación abyecta y, sin embargo,
gracias a una vitalidad sin límites,
siguieron progresando y multiplicándose. Si las inena- rrables crueldades de la
esclavitud no pudieron detenernos, menos podrá hacerlo la oposición que tenemos
ahora frente a nosotros. Conquistaremos nuestra libertad porque el sagrado
legado de nuestra nación y la eterna voluntad de Dios están plenamente
integrados en nuestras exigencias.
Antes
de terminar, me siento obligado a citar otro punto de la declaración hecha por
ustedes que me ha turbado profunda- mente. Aplaudieron ustedes con calor a la
policía de Birmin- gham por mantener “el orden” y “prevenir la violencia”. Dudo
que aplaudiesen tan fervorosamente a la fuerza policiaca de haber visto a sus
perros hincar sus colmillos en negros iner- mes, no violentos. Dudo que
aplaudiesen con tanto fervor a los
policías de haber observado el horrible e inhumano trato que deparan a los
negros aquí, en la cárcel de la ciudad; si los vieran empujar e insultar a las
ancianas negras y a las mucha- chas negras; si los vieran abofetear y golpear a
los viejos y a los muchachos negros;
si observaran cómo –según hicieron en dos ocasiones– se negaban a darnos de
comer porque quería- mos cantar para bendecir la mesa juntos. no puedo unirme a
ustedes en su alabanza a la policía de Birmingham.
Es
cierto que la policía ha demostrado cierta capacidad de disciplina en su trato
a los manifestantes. En este sentido, se han comportado más bien de modo
“no-violento” en público. Pero, ¿por qué? Para preservar el perjudicial sistema
de la segre- gación. Durante los últimos años he predicado sin cesar que la no-violencia
requiere que los medios de que nos valemos sean tan puros como las metas que
nos proponemos alcanzar. he tratado de dejar claramente establecido que está
mal valerse de medios inmorales para lograr fines morales. Pero ahora he de
afirmar que tan mal está, y quizás aún sea peor, valerse de me- dios morales
para la consecución de fines inmorales. Es posible que el señor Connor y sus
policías se hayan mostrado más bien no-violentos en público como hiciera el
jefe de policía Pritchctt en Albany (Georgia), pero han utilizado los medios
morales que les brinda la no-violencia para mantener la meta inmoral de la
injusticia
racial. Como dijera el gran escritor T. S. Eliot: “La últi- ma tentación es la
mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos”.
hubiera
preferido que aplaudieran a los negros que partici- paban en los plantones yen
las manifestaciones de Birmingham, rindiendo así homenaje a su valor sublime, a
su aceptación del martirio y su increíble disciplina ante tamaña provocación.
Al- gún día reconocerá el sur cuáles son sus verdaderos héroes. Se citarán a
los James Meredith, con el noble sentido de la misión propia que les arma para
enfrentarse a muchedumbres vocife- rantes y hostiles, y con esa oprimente
sensación de soledad que caracteriza la vida del pionero. Se citarán las
mujeres negras opri- midas, de edad provecta, desgastadas, simbolizadas por
aquella anciana de setenta y dos años que en Montgomery (Alabama) se alzó,
movida por su sentido de la dignidad, y decidió con los su- yos no viajar más
en autobuses segregados, y que respondió con espontánea profundidad a alguien
que le preguntaba acerca de su cansancio: “Tengo los pies cansados, pero mi
alma descansa”. Se hablará de los jóvenes alumnos de los institutos y de los
es- tudiantes universitarios; de los jóvenes ministros del Evangelio y de toda
una pléyade de sacerdotes mayores que ellos, que se sientan en las secciones
alimenticias de los almacenes, valien- temente y adhiriéndose a la
no-violencia, a la vez dispuestos a ingresar en la cárcel porque así se lo pide
su conciencia. Llegará el día en que el sur se entere de que, cuando aquellos
hijos des- heredados de Dios se sentaban en los snack-bar de las galerías, de
hecho estaban defendiendo lo mejor del sueño norteamerica- no y los valores más
sagrados de nuestro legado judeocristiano, reconduciendo así nuestra nación a
los grandes pozos de la de- mocracia, profundamente cavados por los padres de
la nación norteamericana en su formulación de la Constitución y de la
Declaración de la Independencia.
nunca
antes de ahora escribí una carta tan larga. Me temo que sea demasiado larga,
tomando en cuenta lo cargados que es- tán sus horarios. Les aseguro que hubiese
sido mucho más corta de haber sido escrita detrás de un cómodo despacho, pero,
¿qué puede hacer uno cuando está solo en una estrecha celda de la prisión, como
no sea escribir largas cartas, desentrañar profun- dos pensamientos y rezar
interminables oraciones?
Si
hay en esta carta algo que exagera la verdad e indica una impaciencia poco
razonable, les pido que me perdonen por ello. Si hay en ella algo que minimiza
la verdad e indica que es tanta mi paciencia que me conformo con algo menor que
la fraterni- dad, pido a Dios, sinceramente, que me perdone.
Espero
que esta carta los encuentre firmes en su fe. Espero también que las
circunstancias me permitan no tardar mucho en reunirme con cada uno de ustedes
no como integracionista ni como líder del movimiento de los derechos civiles,
sino en cali- dad de eclesiástico y de hermano cristiano. Esperemos todos que
los oscuros nubarrones del prejuicio racial se alejen pronto y que la densa
niebla de la interpretación torcida se aparte de nuestras comunidades presas de
miedo, y que algún día no lejano las re- fulgentes estrellas del amor y de la
fraternidad iluminen nues- tra nación con toda su deslumbrante belleza.
Me
despido de ustedes, quedando suyo en la causa de la paz y la fraternidad.
16
de abril de 1963 Martin Luther King
Peregrinación a la no-violencia
durante
el último curso en el seminario de teología leí diversas teorías teológicas con
gran entusiasmo. Como había sido cria- do en una tradición más bien estricta,
fundamentalista, recibí un gran shock cuando mi viaje intelectual me condujo a
través de áreas doctrinales nuevas, y, la mayoría de las veces, comple- jas;
sin embargo, fue una peregrinación siempre estimulante, que me dió una nueva
apreciación de las consideraciones obje- tivas y análisis críticos, y me obligó
a despertar de mi adormi- lado dogmatismo.
El
liberalismo me proporcionó una satisfacción
intelec- tual que no había
encontrado nunca en el fundamentalismo.
Me sentía tan entusiasmado con los puntos de vista liberales, que casi
caí en la trampa de aceptar sin discusión todo lo que englobaban. Estaba
completamente convencido de la bondad natural del hombre y del poder natural de
la razón humana.
I
al
Comenzar a someter a crítica algunas de las teorías que se ha- bían asociado a
la teología que se definía a sí misma como liberal se produjo un cambio básico
en mi mentalidad. Es evidente que existen aspectos del liberalismo que pienso
acatarlos siempre: su devoción por la búsqueda de la verdad, su insistencia en
un espí- ritu de apertura y análisis, y su negativa a abandonar los caminos de
la razón. La aportación del liberalismo a la crítica filológi- co-histórica de
la literatura bíblica ha tenido un valor inconmen- surable y debería ser
defendida con pasión religiosa y científica.
Sin
embargo, empecé a poner en duda la doctrina liberal so- bre el hombre. Cuanto
más observaba las tragedias de la histo- ria y la vergonzosa inclinación del
hombre a escoger el camino bajo, más cuenta me daba del abismo y la fuerza del
pecado. La lectura de las obras de Reinhold niebuhr me obligó a tomar con-
ciencia de la complejidad de los motivos humanos y de la reali- dad del pecado
en todos los niveles de la existencia del hombre y la evidentísima realidad del
mal colectivo. Comprendí que el liberalismo había sido excesivamente
sentimental respecto a la naturaleza humana y que se inclinaba hacia un falso
idealismo. También me di cuenta de que el superficial optimismo del liberalismo
respecto a la naturaleza humana pasaba por alto el hecho de que la razón está
oscurecida por el pecado. Cuanto más pensaba en la naturaleza humana, más
cuenta me daba de que nuestra trágica inclinación al pecado nos animaba a
racionali- zar nuestras acciones. El liberalismo no puede evidenciar que la
razón, por sí sola, sea algo más que un instrumento para jus- tificar en el
hombre sus formas defensivas de pensar. La razón, desprovista del poder
purificador de la fe, no puede desligarse de las deformaciones y
racionalizaciones.
A
pesar de que repudiaba algunos aspectos del liberalismo, no llegué nunca a una
total aceptación de la neo-ortodoxia. A pesar de considerar la neo-ortodoxia
como un correctivo útil para el liberalismo sentimental, comprendí que no
proporcio- naba una respuesta adecuada a los problemas fundamentales. Si el
liberalismo era demasiado optimista respecto a la natu- raleza humana, la
neo-ortodoxia era demasiado pesimista. no solamente por lo que se refiere al
tema del hombre, sino tam- bién a otros puntos vitales, la revuelta de la
neo-ortodoxia iba demasiado lejos. En sus intentos por preservar la trascenden-
cia de Dios, comprometida por la excesiva importancia que se concedía en el
liberalismo a la inmanencia, la neo-ortodoxia caía en el otro extremo al insistir
en un Dios oculto, desconoci- do, totalmente “diferente”. Al rebelarse contra
la exaltación del poder de la razón en el liberalismo, la neo-ortodoxia caía en
una postura mental de antirracionalismo y semifundamenta- lismo, subrayando un
bibliocismo estrecho y nada crítico. Esta concepción me parecíainadecuada tanto
para la Iglesia como para la vida personal.
De
forma que, aunque el liberalismo me dejaba insatisfecho en lo que respecta a la
cuestión de la naturaleza del hombre, no encontré refugio en la neo-ortodoxia.
Ahora estoy convencido de que la verdad sobre el hombre no se encuentra en el
liberalismo ni en la neo-ortodoxia. Ambos representan una verdad parcial. Un
importante sector del liberalismo protestante definía al hom- bre sólo según su
naturaleza esencial, según su capacidad para el bien; la neo-ortodoxia tiende a
definir al hombre según su natu- raleza existencial, su capacidad para el mal.
Una adecuada com- prensión del hombre no la encontraremos ni en la tesis del
libe- ralismo ni en la antítesis de la neo-ortodoxia, sino en una síntesis que
reconcilie la verdad de ambas posiciones.
A
medida que transcurrían los años, fui adquiriendo una nueva apreciación de la
filosofía del existencialismo. El pri-
mer contacto con esta filosofía me llegó a través de la lectura de Kierkegaard y de nietzsche. Más tarde me
decanté hacia un estudio de Jaspers, heidegger y Sartre. Estos pensadores esti-
mularon mi reflexión; a pesar de que estudiaba a todos, llegué a aprender mucho estudiándolos. Cuando,
finalmente, empecé a hacer un estudio serio de las obras de Paul Tillich, me
convencí de que el existencialismo, a pesar de haberse puesto demasiado de
moda, había proclamado algunas verdades básicas sobre el hombre y su condición
que no podemos pasar por alto de forma sistemática.
La
comprensión de la “libertad limitada” del hombre es una de las aportaciones
permanentes del existencialismo, y su per- cepción de la angustia y del
conflicto que en la vida personal y social del hombre se producen en razón de
la peligrosa y ambi- gua estructura de la existencia toma una especial
significación en estos tiempos. El existencialismo teístico y el ateo tienen en
común que la situación existencial del hombre queda alejada de su naturaleza esencial. En su rebelión
contra el esencia- lismo de hegel, todos los existencialistas argumentan que el
mundo está fragmentado. La historia es una sucesión de con- flictos
inconciliables, y la existencia del hombre está llena de angustia y aterrada
por la falta de sentido. Así pues, aunque la respuesta definitiva no se
encuentra en ninguna de las asercio- nes existencialistas, el teólogo puede
describir bastante bien el verdadero estado de la existencia del hombre
aprovechando elementos que figuran en
las referidas aserciones.
Aunque
haya aplicado la mayor parte de mi tiempo al estudio de la teología y la
filosofía sistemáticas, me he ido inte- resando cada vez más por la ética
social. Durante mi primera adolescencia estaba muy interesado por el problema
de la in- justicia racial. Consideraba que la segregación era inexplicable
racionalmente, y moralmente injustificable. no pude consentir nunca tener que
sentarme en los últimos asientos de un auto- bús o en un compartimiento o
sección segregada en un tren. La primera vez que, en un vagón restaurante, tuve
que sentarme detrás de una cortina, fue como si aquella cortina hubiese caído
encima de mi personalidad. También aprendí que la hermana gemela e inseparable
de la injusticia racial es la injusticia eco- nómica. Vi cómo los sistemas de
segregación explotaban tanto a los negros como a los blancos desposeídos. Estas
primeras expe- riencias me hicieron tomar conciencia de las diversas
injusticias que existen en nuestra sociedad.
II
sin
embargo, hasta que ingresé en el seminario teológico no inicié una búsqueda
intelectual seria de un método que eliminase el mal social. Inmediatamente fui
influido por el evangelio social. Al comenzar la década de los cincuenta, leí
Cristianismoy crisis social, de Walter Rauschenbusch, libro que dejó una huella
in- deleble en mi pensamiento. naturalmente, en algunos puntos difería de
Rauschenbusch. Me daba cuenta de que fue una víc- tima del “culto al progreso
inevitable” del siglo XIX, que le dejó un optimismo inmoderado sobre la
naturaleza humana. Ade- más, tendía peligrosamente a identificar el Reino de
Dios con un sistema social y económico determinado, tentación en la que nunca
debe caer la Iglesia. Pero, a pesar de aquellos fallos, Raus- chenbusch
proporcionó al protestantismo americano un senti- miento de seguridad social
que ya no había de perder nunca. El Evangelio trata del hombre total, no
solamente de su bienestar espiritual, sino también del bienestar material. Una
religión que tiene una preocupación por las almas de los hombres, pero que no
se preocupa de los barrios de barracas, las condiciones eco- nómicas
asfixiantes y las condiciones sociales paralizadoras, es una religión
espiritualmente moribunda.
Después
de leer a Rauschenbusch, pasé a un estudio deta- llado de las teorías sociales
y morales de los grandes filósofos. Durante este período casi me había
desengañado del poder del amor para resolver los problemas sociales. Los
filósofos que proponen ofrecer la otra mejilla y amar a los enemigos son váli-
dos, pensaba, sólo cuando unos individuos están enfrentados a otros; ahora,
cuando grupos raciales o naciones entran en con- flicto, hace falta un método
más realista.
Entonces
empecé a penetrar en la vida y la doctrina del Mahatma Gandhi. A medida que iba
leyendo sus obras, me iba sintiendo profundamente fascinado por sus campañas de
resis- tencia pacífica. Su concepto de satyagraha (satya es la verdad que
equivale al amor, y graha es la fuerza; por tanto, satyagra- ha significa
“verdad-fuerza”) me resultaba fundamentalmen- te significativo. A medida de que
penetraba en la filosofía de Gandhi, mi escepticismo respecto al poder del amor
decrecía gradualmente, y por primera vez me di cuenta de que la doctri- na
cristiana del amor, actuando a través del método gandhia- no de la
no-violencia, es una de las armas más potentes de las que dispone un pueblo
oprimido en la lucha por la libertad. Sin embargo, en aquella época sólo
adquirí una comprensión y una estimación intelectual de aquella postura, y no
tenía ninguna determinación firme de organizarla en una situación social- mente
efectiva.
Cuando
en 1954 llegué como pastor a Montgomery, Ala- bama, no tenía la más mínima idea
de que más tarde me iba a encontrar involucrado en una crisis en la que sería
aplica- ble la resistencia pacífica. Después de vivir un año en aquella
comunidad, comenzó el boicot a los autobuses. Los negros de Montgomery,
aplastados por las humillantes experiencias que habían tenido que soportar
constantemente en los autobuses, expresaron en un acto de no cooperación en
masa su determi- nación de ser libres. Se dieron cuenta de que, en último
térmi- no, era más honorable caminar dignamente por las calles que subir a los
autobuses para ser humillados. Cuando empezó la protesta, la gente vino a
buscarme para que fuera su portavoz. Al aceptar esta responsabilidad, mi espíritu,
consciente o in- conscientemente, se volvió hacia el Sermón de la Montaña y el
método gandhiano de la resistencia pacífica. Este principio se convirtió en la
luz que guiaría nuestro movimiento. Cristo proporcionaba el espíritu y la
motivación, y Gandhi el método. La experiencia de Montgomery sirvió para
aclarar mi pen- samiento respecto a las cuestiones de la no-violencia mejor que
todos los libros que había leído. A medida que transcurrían los días me fui
convenciendo cada vez más del poder de la no-vio- lencia. La no-violencia se
convirtió en un método al cual yo aceptaba intelectualmente; se convirtió en un
compromiso de un estilo de vida. Muchos puntos que no había podido resolver
intelectualmente respecto a la no-violencia se aclaraban ahora en el terreno de
la acción práctica.
La
suerte de poder viajar a la India me produjo un gran im- pacto; era estimulante
constatar directamente los asombrosos resultados de una lucha no-violenta para
conseguir la indepen- dencia. El residuo del odio y el rencor que son, de
ordinario, las secuelas de una campaña violenta, no podía encontrarse en nin-
gún lugar de la India, y entre los ingleses y los indios integrados en la
Commonwealth existía una amistad mutua basada en la completa igualdad.
no
quisiera dar la impresión de que la no-violencia va a producir milagros. Los
hombres no se separan fácilmente de sus rutinas mentales, ni son liberados de
sus prejuicios o sen- timientos irracionales. Cuando los desposeídos piden
libertad, los privilegiados empiezas reaccionando dura y
tenazmente. no obstante, cuando las demandas se presentan en términos
no-violentos, la reacción inicial es sustancialmente la misma. Estoy convencido
de que muchos de nuestros hermanos blan- cos de Montgomery y de todo el Sur
están aún resentidos con- tra los dirigentes negros, a pesar de que estos
dirigentes hayan procurado seguir un camino de amor y de no-violencia.
Pero el método no-violento conmueve
los corazones y las almas de los que se consagran a él. Les da un nuevo respeto
a sí mismos. Recurre a reservas de fuerza y valor que ni ellos mismos creían
poseer. Finalmente, emociona de tal forma la conciencia del adversario, que la
reconciliación se convierte en una realidad.
III
más
reCientemente he visto muy claro la necesidad
del método de la no-violencia en
las relaciones internacionales. Aunque no estaba completamente convencido de la
eficacia de la guerra en conflictos entre naciones, presentía que,
aunque no podía ser nunca un bien positivo, podían servir como bien negativo
para impedir la proliferación y el crecimiento de la fuerza del mal. La guerra,
aun siendo horrible, era preferible a la rendición a un sistema totalitario.
Pero
ahora creo que la poderosa fuerza destructora de las ar- mas actuales elimina
totalmente la posibilidad de que la guerra sirva para conseguir un bien
negativo. Si partimos de la base de que la humanidad tiene derecho a
sobrevivir, tendremos que encontrar una alternativa a la guerra y a la
destrucción. En la era de los vehículos espaciales y proyectiles balísticos
dirigi- dos, la elección está entre la no-violencia y la no-existencia. no soy
pacifista doctrinario, pero he abrazado un pacifismo realis- ta que entiende
que la posición pacifista es, dadas las circuns- tancias, el mal menor. no
pretendo verme libre de los dilemas morales con que tropieza el no-pacifista
cristiano, pero estoy convencido de que la Iglesia no puede permanecer callada
mientras la humanidad se enfrenta a la amenaza de la aniqui- lación nuclear. Si
la Iglesia es fiel a su misión, debe pedir que se ponga fin a la carrera de
armamentos.
Mis
sufrimientos personales me han enseñado a modelar mi pensamiento. Siempre
vacilo antes de hacer referencia a estas experiencias por miedo a producir el
efecto contrario. Una per- sona que constantemente llama la atención sobre sus
desventu- ras y sufrimientos corre el peligro de provocarse un complejo de mártir
y causar en los demás la impresión de que busca
condolencia. Es posible que quien habla de su sacrificio se incline por
el egoísmo. Por eso tengo una cierta aprensión a referirme a mis sacrificios
personales. Pero en cierta manera me siento justifica- do por citarlos en este
ensayo en razón de la influencia que han ejercido en mi pensamiento.
A
causa de la consagración a la lucha por la libertad de mi gente, he conocido
pocos días plácidos durante estos últimos años. he estado encarcelado en
Alabama y en Georgia doce ve- ces. Dos veces han arrojado bombas contra mi
casa. Apenas pasa día sin que mi familia o yo seamos objeto de amenazas de
muer- te. he sido víctima de un apuñalamiento casi fatal. Así, en un sentido
real he sido acosado por las tempestades de la persecu- ción. he de confesar
que, a veces, he tenido la impresión de que no podría soportar por más tiempo
un fardo tan pesado y me he sentido tentado a retirarme a una vida más
tranquila y serena. Pero cada vez que me asaltaba aquella tentación, algo
fortalecía mi decisión. Ahora sé que la carga del Maestro es ligera precisa-
mente porque nosotros aceptamos el yugo.
Mis
pruebas personales me han enseñado también el valor del sufrimiento inmerecido.
A medida que aumentaban los sufrimientos, me daba cuenta de que existían dos
formas de afrontar la situación: o reaccionar con acritud, o intentar trans-
formar el sufrimiento en fuerza creadora. Elegí el segundo ca- mino.
Reconociendo la necesidad del sufrimiento, he intentado convertirlo en una
virtud. Aunque sólo fuera por salvarme del rencor, he buscado la forma de
considerar mis angustias perso- nales como una oportunidad para transformarme y
cuidar de la gente involucrada en la trágica situación en que se encuentran.
Estos últimos años he vivido en la convicción de que el sufri- miento
inmerecido redime. Algunos creen todavía que la Cruz es un obstáculo a superar,
otros la consideran una locura; pero yo estoy más convencido que nunca de que
es el poder de Dios aplicado a la salvación social e individual.
De
manera que, como el apóstol Pablo, puedo decir humildemente, pero con legítimo
orgullo: “Llevo en mi corazón las señales del señor Jesús”. En los angustiosos
momentos de estos últimos años también me he acercado más a Dios. Estoy más
convencido que nunca de la realidad de un Dios personal. Es cierto que también
creo en su personalidad. Pero antes la idea de un Dios personal era poco más
que una categoría metafísi- ca que consideraba teológica y filosóficamente
satisfactoria. Ahora es una realidad viviente que se ha hecho válida en las
experiencias de la vida diaria. Dios ha sido profundamente real para mí en
estos años. En medio de los días solitarios y las no- ches espantosas, he
sentido una voz interior que decía: “Valor, estaré contigo”. Cuando las cadenas
del miedo y las esposas de la frustración han puesto a prueba mis esfuerzos, he
sentido el poder de Dios transformando la fatiga de la desesperanza en la
plenitud de la esperanza. Estoy convencido de que el universo está sometido al
control de un propósito de amor, y de que, en la lucha por el derecho, el
hombre tiene una compañía cósmica. Detrás de las ásperas apariencias del mundo
hay un poder benigno. Decir que este Dios es personal no es convertirlo en un
objeto finito junto a los demás objetos, o atribuirle las limi- taciones de las
personalidad humana; es escoger lo más noble y excelso de nuestra conciencia y
afirmar que existe perfecta- mente en Él. Es cierto que la personalidad humana
es limitada, pero como tal personalidad no comporta limitaciones necesa- rias.
Significa simplemente autoconciencia y autodirección. Así pues, en el más puro
sentido de la palabra, Dios es un Dios vivo. En Él hay un sentimiento y
voluntad del corazón humano; este Dios convida a la plegaria y al mismo tiempo
responde.
La
última década ha sido verdaderamente apasionante. A pesar de las tensiones e
incertidumbres de este periodo, sucede algo verdaderamente significativo.
Mueren los viejos sistemas de explotación y opresión; nacen nuevos sistemas de
justicia e igualdad. En este sentido real, es una gran época para los que la vivimos. Consiguientemente, no he perdido
la esperanza en el futuro.
Admito
que el optimismo superficial de ayer es imposible. Admito que nos enfrentamos
con una crisis mundial que nos abandona al creciente murmullo del mar inquieto
de la vida. Pero todas las crisis tienen sus peligros y sus oportunidades. Tan-
to puede representar la salvación como la condenación. En un mundo oscuro,
confuso, el reino de Dios puede todavía imperar en el corazón de los hombres.
Tengo un sueño y otros textos, de Martin Luther King,
se terminó de imprimir en diciembre de 2014 en los talleres de
Amaquemecan. La edición consta de 1000 ejemplares impresos sobre papel cultural
de 90 gramos; en su composición se utilizaron tipos Berkeley Oldstyle de 10 y
14 puntos


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