© Libro N° 6115.
Mundo Anillo IV. Hijos Del Mundo Anillo. Niven, Larry. Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título
original: © Ringworld’s Children
Versión Original: © Mundo Anillo IV. Hijos Del Mundo Anillo. Larry
Niven
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://orig00.deviantart.net/28bb/f/2018/009/6/f/04_hijos_del_mundo_anillo_by_tuscriaturas-dbzhtoi.pdf
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Emancipación
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Mundo Anillo 4
HIJOS DEL MUNDO ANILLO
Larry Niven
HIJOS DEL MUNDO ANILLO
Larry Niven
(Mundo Anillo 4)
Título original: Ringworld’s Children
Traducción: abur_chocolat
© 2004 by Larry Niven
ISBN: 0-765-30167-9
Edición digital: abur_chocolat
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P á g i n a
INDICE
Prefacio
1 –
Luis Wu
2 –
El Ser Último
3 –
Reclutamiento
4 –
Acólito
5 –
Hanuman
6 –
El Punto Ciego
7 –
Fin de carrera
8 –
La bomba de antimateria
9 –
Panorámica
10 –
Algo que contar
11 –
El suelo herido
12 –
La Gente Jirafa
13 –
El Toro Bacota
14 –
El Pueblo de las Montañas Derramadas
15 –
Proserpina
16 –
Reunión de mentes
17 –
La ciudadela del Penúltimo
18 –
El suelo del Mundo Anillo
19 –
El despertar
20 –
Contando un cuento
21 –
En vuelo
22 –
Criador
Parámetros
del Mundo Anillo
Listado
de personajes
Glosario
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P á g i n a
Este
libro va dedicado a los bomberos de California y estados vecinos que lucharon
contra los incendios de octubre de 2003; en particular, deseo agradecer a
aquellos que salvaron nuestra casa y otras en el condado.
L.
N.
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P á g i n a
PREFACIO
El
Mundo Anillo tiene la misma masa que Júpiter. Su forma es la de una cinta
cerrada, de un millón seiscientos mil kilómetros de ancho y novecientos sesenta
millones de kilómetros de longitud total, lo que lo hace un poco más grande que
la órbita de la Tierra. Circunda una estrella enana amarilla. Su velocidad de
giro, de 1230 kilómetros por segundo, es suficiente para otorgarle a la
superficie interna una gravedad muy similar a la de la Tierra, merced a la
fuerza centrífuga generada. Unos muros a lo largo de ambos bordes, de mil
seiscientos kilómetros de altura, son lo bastante altos para conservar entre
ellos una atmósfera por millones de años.
Mucho
más se deriva de estas consideraciones básicas.
La
superficie interior del Anillo conforma un hábitat cuya área es tres millones
de veces mayor que la del planeta Tierra. La topografía es literalmente una
obra de arte, esculpida por quien construyó el artefacto, de modo que por
debajo el Mundo Anillo semeja la cara interior de una máscara.
Un
anillo interior de paneles rectangulares, que giran en sentido opuesto al
Anillo, bloquea el sol, otorgando períodos nocturnos a tramos; si así no fuera,
sería siempre el mediodía. Un sistema de enormes tuberías corre desde el fondo
de los océanos y mares —bajo el suelo del Mundo Anillo y por la parte trasera
de los muros perimetrales— y descarga sobre el borde, permitiendo reciclar el
lodo de los fondos (llamado flup) y generar con él las montañas derramadas.
Unos inmensos motores de posición se ubican por encima de los muros de los
bordes: estatorreactores Bussard, que usan el viento de protones proveniente
del sol como combustible, y mantienen el Mundo Anillo centrado contra su
inestabilidad inherente. Tres espaciopuertos cuelgan como cornisas fuera de los
muros, del lado del espacio. Dos enormes océanos salinos sirven como reservas
para la vida de alta mar, y para algo más: contienen gigantescas islas
dibujadas como los mapas de varios mundos, en proyección polar y en escala
real. El suelo del Mundo Anillo es de un material inusualmente denso y fuerte,
llamado scrith, y posee muchas otras insólitas propiedades.
El
propio sol está implicado en la defensa contra meteoritos de Mundo Anillo. Una
red de enormes cables superconductores, empotrada en el suelo del mundo,
provoca llamaradas solares y genera con ellas un efecto de láser supratérmico.
El inconveniente: no puede dispararle a los meteoritos que llegan por detrás
del fondo del Anillo. Así, cualquier meteorito que al fin golpee el Mundo
Anillo —como el que formó la montaña Puño-de-Dios—, generalmente choca de abajo
hacia arriba en el paisaje.
Algunos
detalles otorgan pistas acerca de la naturaleza de los Constructores.
La
plétora de puertos y fiordos, sumado a los espejos de agua no muy profundos —
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P á g i n a
la
mayoría de ellos—, sugiere una especie que utiliza sólo la superficie de los
mares.
Las
formas de vida más viles —los mosquitos, las moscas, los chacales, los
tiburones, los murciélagos vampiro— no existen. Por ello, los homínidos se han
prodigado en especies para cubrir la mayoría de esos huecos ecológicos. Los
Constructores no eran ecologistas; eran jardineros.
Los
habitantes son homínidos, en desconcertante variedad: unos inteligentes, otros
no. Cubren los nichos ecológicos que sobre la Tierra son ocupados por casi
cualquier otro mamífero, pero en particular las formas de vida más viles, ya
referidas…, como si el antepasado de la humanidad, el Homo habilis, hubiera
sido protegido hasta contarse por cientos de miles de millones, y luego
abandonado a su suerte, para mutar sin detenerse.
No
se entiende correctamente el Mundo Anillo hasta que se ha comprendido su
tamaño.
Poco
después de que el primer libro salió a la venta, un amigo iba a construir un
modelo a escala para una convención de Ciencia Ficción próxima. Tenía una
canica de mármol de color azul, que serviría como la Tierra, para comparar.
Resultó que necesitaría una cinta de metro y medio de alto y ochocientos metros
de longitud. El terreno del hotel no era lo suficientemente grande para
contenerla.
Un
sujeto que intentó trazar un mapa del Mundo Anillo, me dijo que se quedó
rápidamente sin capacidad en la computadora. Los cálculos requerían demasiadas
potencias de diez.
David
Gerrold habla de un subgénero de novelas al que llamó «La Cosa Enorme». Hoy se
podría llenar un anaquel bastante grande con ellas. Cita con Rama, de Arthur C.
Clarke y Orbitsville, de Bob Shaw están en esa clase, y lo mismo mi propia
novela Rainbow Mars.
Pero
Mundo Anillo llegó primero que las demás, pues fue publicada en 1970.
Podría
haber sido objeto de risa: demasiado grande, demasiado improbable. Cualquier
material estructural normal sería desgarrado por los esfuerzos. Esperé las
críticas con un poco de miedo.
James
Blish escribió que pensaba que la novela ganaría el premio Hugo, pero que no
debería hacerlo.
Los
lectores le otorgaron el Hugo, de todos modos.
Luego
los escritores le otorgaron el Nebula.
Yo no
había planeado una
secuela. Tampoco esperaba
una inundación de
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P á g i n a
rediseños.
Durante
una de mis conferencias, un hombre indicó que, matemáticamente, el Mundo Anillo
es muy simple: se trata de un puente colgante sin puntos extremos.
Un
académico de Inglaterra aseveró que la resistencia a la tensión del material
del Mundo Anillo debía ser del orden de las fuerzas que mantienen unido al
núcleo atómico. De ahí sale el scrith.
Una
clase de una escuela primaria de Florida dedicó un semestre al Mundo Anillo. Su
conclusión: el peor problema es que, sin actividad tectónica, todo el suelo
vegetal fluiría hacia los océanos en unos pocos miles de años. De ahí el flup,
y las tuberías de reciclado.
En
la Convención Mundial de Ciencia Ficción de 1970 había estudiantes del MIT en
los pasillos, cantando: ¡El Mundo Anillo es inestable! ¡El Mundo Anillo es
inestable! Hice lo mejor que pude para evitarlo, y así llegaron los motores de
posición.
Alguien
calculó que los rectángulos de sombra entregarían demasiada luz crepuscular.
Eran necesarios cinco rectángulos largos en órbita retrógrada.
Al
fin y al cabo, les había dado demasiadas oportunidades para rediseñarlo. Tuve
que escribir una secuela, Los Ingenieros de Mundo Anillo.
Todos
esos lectores habían encontrado algo de valor en el conocimiento. El Mundo
Anillo es un enorme, llamativo e intelectual juguete, un patio con las puertas
abiertas de par en par.
Algunos
lectores sólo leen el libro y ya.
Otros
juegan con los personajes, o las presunciones que uno hace, o el ambiente.
Hacen su propio trabajo. Los que leemos con gusto hemos estado haciendo lo
mismo durante miles de años: exigiendo más datos sobre la Atlántida de Platón,
inventando el Purgatorio para poner entre el Infierno y el Cielo, replanteando
el Infierno del Dante, escribiendo nuevas Odiseas. Incluso, una asombrosa
subcultura ha aparecido alrededor de Star Trek.
Internet
abre un metacampo enteramente nuevo para tal gente. Varios sitios web han
aparecido —bueno, al menos dos— cuyo tema es la ficción de Larry Niven.
En
setiembre de 1999, informado del asunto por Eleanor Wood, mi encantadora
agente, me registré en larryniven-1@bucknell.edu. La gente allí discutía acerca
de si se puede clonar a un protector, y si el Caminante y Teela Brown podrían
haber dejado un niño tras de sí. Si ellos hubieran tenido razón, yo no habría
encontrado una nueva historia; pero estaban fuera del camino, y podía
solucionarlo. Después de unos meses de seguir paso a paso estas discusiones,
raramente interrumpidas, ya tenía bastante
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P á g i n a
material
para escribir Hijos de Mundo Anillo.
Este
es un patio de juegos para la mente. Es un rompecabezas también, y un
laberinto. Habrá de preguntar a cada paso, o se habrá perdido. Y cuando haya
terminado el libro, recuerde no cerrar con llave la puerta.
Todo
eso es indispensable —replicaba el doctor tuerto—, y de las desgracias
individuales se compone el bien general; de suerte que cuantas más desgracias
individuales haya, mejor está el conjunto.
Pangloss,
en el Cándido de Voltaire
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P á g i n a
2893
d. C.
CAPÍTULO
1
LUIS
WU
Luis
Wu despertó llameando de nueva vida, bajo la tapa de un ataúd.
Unas
pequeñas pantallas brillaban por encima de sus ojos. Composición ósea,
parámetros sanguíneos, reflejos, y los balances corporales de urea, potasio y
cinc: podía identificar a la mayoría. Los daños listados no habían sido
grandes. Heridas punzantes y cortes, fatiga, algunos ligamentos rasgados,
extensos hematomas, dos costillas rajadas: todas reliquias de la batalla contra
el protector vampiro, Bram. Todas curadas ahora. El autodoc lo había
reconstruido célula por célula. Se había sentido medio muerto, recordó, al
momento de introducirse en la cavidad de terapia intensiva.
Ochenta
y cuatro días antes, según tiempo terrestre, era lo que registraba la pantalla.
Sesenta
y siete días del Mundo Anillo. Casi un falan; un falan eran diez rotaciones del
Anillo, setenta y cinco días de treinta horas. ¡Veinte o treinta días deberían
haber sido suficientes! Pero ahora sabía que había sido malherido. Con todo el
general magullamiento de la batalla con Bram, no había notado esas heridas
punzantes en su espalda.
Había
estado bajo tratamiento el doble de tiempo respecto de la primera vez que
estuvo en la caja. Por aquel entonces, sus sistemas de tuberías internas habían
estado introduciéndose el uno en el otro, y había pasado once años sin
administrarse el complejo de longevidad llamado revitalizador. Había estado
muriéndose de enfermedad y de vejez.
El
nivel de testosterona era alto; también el de adrenalina, y creciendo.
Luis
pujó firmemente contra la tapa del autodoc. La cubierta no se abriría más
rápido, pero su cuerpo ansiaba acción. Se deslizó y cayó a un suelo de piedra,
frío bajo sus pies descalzos. ¿Piedra?
Estaba
completamente desnudo. Se encontró de pie en una enorme caverna. ¿Dónde estaba
la Aguja?
La
nave espacial interestelar La Aguja Candente de la Cuestión había quedado
empotrada en magma enfriado la última vez que la había visto, y el autodoc
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P á g i n a
experimental
de reparación nanotecnológica de Carlos Wu yacía en el cuarto de la
tripulación. Ahora sus componentes se asentaban separados en medio de un nido
de instrumentos y cables, sobre un suelo de lava fría. El autodoc había sido en
buena parte desmontado, pero el todo parecía funcionar todavía.
Ostentoso,
masivo, imponente: era el trabajo de un protector. Oboe, el protector Chacal,
debía haber estado estudiando los principios del autodoc mientras el artefacto
curaba a Luis.
Cerca
de allí, La Aguja Candente de la Cuestión había sido rebanada como un pescado.
Había sido separada del casco una lonja que iba casi desde proa hasta popa,
exponiendo la zona de alojamiento, el espacio de carga —que había alojado una
naveta de aterrizaje, ahora destruida—, el revestimiento del propulsor, y el
vano del motor de hiperimpulso. Más de la mitad del volumen de la nave estaba
destinado a los tanques de almacenamiento de combustible, y por supuesto todos
habían sido vaciados. El borde del corte había sido revestido con algo parecido
a cobre o bronce, y unos cables insertos en el metal conducían a unos
instrumentos y un generador.
La
sección cortada había sido llevada aparte, usando maquinaria pesada. La zona de
corte de la sección también estaba revestida de bronce, y conectada con cables.
El
motor del hiperimpulso había ocupado casi toda la longitud de la nave. Ahora
yacía sobre la lava, en medio de una maraña de instrumentos. ¿Oboe otra vez?
Se
acercó para echar una mirada.
Había
sido reparado.
Luis
había varado al Ser Último en el Mundo Anillo cortando el hiperimpulsor por la
mitad con un haz láser, doce o trece años atrás. Ahora, aún desmontado, parecía
listo para devolver a la Aguja a las estrellas, viajando a velocidad Quantum I,
tres días por año luz.
Podría
volver a casa, pensó Luis, saboreando la noción.
¿Dónde
están todos? Miró a su alrededor, sintiendo la oleada de adrenalina.
Comenzaba
a temblar de frío.
Tenía
casi doscientos cuarenta años ya, ¿no era así? Era fácil perderse al respecto.
Pero los nanomecanismos del autodoc experimental de Carlos Wu habían leído su
ADN y reparado todo por debajo del nivel de los núcleos de sus células. Luis
conocía ya esta música: su cuerpo sentía que apenas había pasado la pubertad.
Tranquilízate,
muchacho. Nadie te ha desafiado aún.
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P á g i n a
La
nave espacial, la sección separada del casco, el autodoc, las máquinas para
mover y reparar estas masas, y los instrumentos de tosco aspecto emplazados
para estudiarlas, todo formaba un apretado racimo dentro de un espacio mucho
más vasto. La caverna era enorme, y estaba casi vacía. Luis vio una cantidad de
placas flotantes apiladas como fichas de póker, y más allá de ellas una torre
inclinada, un tremendo pilar de sección toroidal que atravesaba un inmenso
hueco abierto en el suelo y se alzaba directamente hasta el lejano techo de la
caverna. Unos cilindros yacían cerca del hueco, instalados encima de otra de
las enormes maquinarias de Oboe. Cada uno de ellos era más grande que la Aguja,
cada uno algo diferente de los demás.
Había
pasado alguna vez antes por este lugar. Luis alzó la vista, sabiendo qué
esperar.
Nueve
o diez kilómetros hasta el techo, calculó. El Mapa de Marte tenía sesenta y
cinco kilómetros de altura. Este nivel en particular debía estar cerca de la
superficie. Luis podía distinguir los contornos. Había que pensar en ello como
la parte de atrás de una máscara… la máscara de un volcán del tamaño de Ceres.
La
Aguja había descendido por el cráter del Monte Olimpo, abriéndose camino hacia
el Centro de Reparaciones que yacía bajo el mapa en escala real del planeta
Marte. Teela Brown los había atrapado allí, después de que se había vuelto
protector. Luego había movido la nave mil doscientos kilómetros por los
pasillos, y vertido roca fundida alrededor de ella. Los prisioneros habían
usado los discos pedestres —el sistema de transporte instantáneo de fabricación
titerote— para salir, y atacar luego a Teela. Por todos esos años desde
entonces, la nave había quedado atrapada en la roca enfriada.
Ahora
Oboe la había devuelto a la enorme caverna bajo el Monte Olimpo.
Luis
conocía a Oboe, pero… no muy bien. Había puesto una trampa para él —un Amo de
la Noche, un criador— y lo había impulsado a convertirse en protector. Lo había
visto luchar contra Bram… y eso era todo lo que sabía de Oboe el protector.
Ahora tenía la vida de Luis en sus manos, y era él mismo quien lo había hecho
posible.
Era
mucho más listo que Luis. La idea de superar en inteligencia a un protector
era… diablos… era tan tonta como inevitable. Ninguna cultura humana ha dejado
alguna vez de intentar superar a Dios.
Entonces…
La Aguja volvería a ser una nave espacial interestelar, si se podía montar de
nuevo el hiperimpulsor. Aquella tremenda torre inclinada —sesenta y cinco
kilómetros de largo, si acaso llegara al mismísimo fondo del Centro de
Reparaciones— era un acelerador lineal, un sistema de lanzamiento. Algún día,
Oboe podría necesitar una nave espacial. Mientras ese momento llegara,
mantendría destripada a la Aguja, porque Luis Wu y el Ser Último intentarían
robarla para huir de allí, y el protector no podía permitirse perderla.
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P á g i n a
Luis
caminó hacia la Aguja, un cilindro ahusado de treinta y tres metros de
diámetro, con el vientre aplanado. No faltaba mucho de la nave. El hipermotor,
el autodoc… ¿qué más? El alojamiento de la tripulación estaba dispuesto en
forma perpendicular al eje del navío; su suelo quedaba a unos cinco metros de
altura. Bajo el suelo, la cocina y los sistemas de reciclaje habían quedado
expuestos.
Si
pudiera subir allí arriba, podría conseguir un desayuno y vestirse también,
pero no vio ninguna ruta obvia. Tal vez hubiera un disco en funcionamiento…
Pero no podía adivinar dónde habría instalado Oboe el disco transportador, o
adónde conduciría el que quizá hallara.
La
cabina de comando y los alojamientos del Ser Último también habían sido
expuestos. Consistían en tres niveles, con techos mucho más bajos que los que
necesitaría un Kzin. Luis supuso que podría encaramarse al piso inferior… Desde
luego, un protector no tendría ningún problema en absoluto.
Luis
sacudió la cabeza. ¿En qué debía estar pensando el Ser Último?
Los
titerotes de Pierson tenían una filosofía de un millón de años de historia,
basada en la cobardía. Cuando el Inferior construyó la Aguja, había aislado su
cabina de comando no sólo de cualquier factible intruso, sino hasta de su
propio equipo alienígena. No había ningún acceso físico en absoluto; sólo
discos pedestres, y con mil trampas. Ahora, tal como estaban las cosas, el
titerote debía sentirse tan desnudo como el propio Luis.
Se
puso en cuclillas por debajo del borde de una masa de cima lisa, tal vez el
sistema de renovación del aire. Saltó estirándose, y una vez sujeto comenzó a
trepar. La cura del autodoc lo había dejado delgado, casi descarnado; no tenía
que alzar mucho peso al trepar. Cuando llegó a los quince metros de altura, se
colgó de sus dedos por un momento, pensando.
Este
era el suelo de la cabina del Ser Último, su área más privada. Habría defensas,
seguramente. Oboe podía haberlas dejado fuera de acción… o no.
Se
alzó a pulso, y se introdujo en el espacio prohibido.
Allí
vio al Ser Último. También vio su propio contactor, reposando sobre una
mesilla.
El
contactor era el aparato intermediario entre cualquier enchufe de pared y el
cerebro de Luis Wu. Pero tenía que estar destruido… Hace años se lo había dado
a Chmeee, y había visto al Kzin hacerlo añicos.
De
modo que se trataba de un reemplazo. Un cebo para Luis Wu, el adicto a la
corriente, el cableta. La mano de Luis se introdujo entre el cabello de su
nuca, bajo la
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P á g i n a
coleta.
¿Se conectaría al contactor, dejaría que la corriente eléctrica le goteara el
placer dentro?
Pero…
¿dónde estaba el enchufe?
Luis
rió como poseso. ¡Ya no estaba allí! Las nanomáquinas del doc habían
reconstruido su cráneo sin el enchufe para el contactor…
Luis
meditó en ello; luego tomó el aparato. Si te encuentras confundido, lo mejor es
enviar un mensaje que confunda.
El
titerote parecía un escabel enjoyado, con sus tres piernas y ambas cabezas
metidas protectoramente bajo el torso. Los labios de Luis sonrieron. Se
adelantó para hundir su mano en la adornada melena y sacudir al titerote fuera
de su catatonia.
—
¡No toque nada!
Luis
se estremeció violentamente. Fue una musical ráfaga de contralto con un volumen
muy alto, y era la voz del Ser Último hablando en Intermundo…, pero no provenía
del ovillo en que se había convertido el titerote.
—Si
desea algo, pídalo —dijo la voz—. Pero no toque nada.
El
piloto automático de la Aguja…, usando la voz del Ser Último; el artefacto lo
conocía —o conocía su lengua al menos—, y lo bueno es que aún no lo había
matado. Luis encontró su propia voz.
—
¿Me esperaba, acaso?
—Sí.
Le concedo libertad limitada en este lugar. Hay una fuente de corriente al lado
de…
—No.
Quiero desayunar —dijo Luis, porque su estómago de repente le hizo recordar que
estaba vacío y agonizante—. Necesito alimentarme.
—No
hay autococina para su especie aquí.
Una
rampa de leve pendiente dispuesta alrededor de las paredes llevaba a los pisos
superiores del alojamiento del titerote.
—Enseguida
vuelvo —dijo Luis.
Caminó
hacia allí, luego trepó agachado por la rampa. Se movió siguiendo la pared, y
luego se descolgó alrededor del muro separador por encima de una caída de
veinticinco metros —no era difícil, sólo atemorizante— y entró al cuarto de la
tripulación.
Había
un hueco en el sitio de donde había sido retirado el autodoc, pero el salón no
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P á g i n a
mostraba
otros cambios. Las consolas estaban todavía en funcionamiento. Luis fue a la
pared de la cocina, pidió un capuchino y un plato de frutas, y comió con
apetito. Luego se vistió con pantalones y blusón y por encima un chaleco que
era todo bolsillos; el contactor abultaba en uno de ellos. Terminada su fruta,
marcó una tortilla de huevos y patatas, otro capuchino y un bollo.
Meditó
mientras comía. ¿Qué debía hacer ahora?
¿Despertar
al Ser Último? Lo necesitaba para explicarle lo que sucedía… pero los titerotes
eran manipuladores y reservados, y el equilibrio de fuerzas en el Centro de
Reparaciones se vería alterado enseguida. Sería mejor aprender más, antes que
nada. Lograr cierta ventaja estratégica antes de conocer la realidad.
Vertió
los restos del desayuno en el reciclador, y volvió a trepar con cuidado
alrededor del muro divisor.
—Voz
del Ser Último —dijo.
—A
sus órdenes. No tenía porqué arriesgarse a una caída. Aquí hay un disco
pedestre —y un cursor en forma de saeta le mostró un punto sobre el suelo del
cuarto de la tripulación.
—No
importa. Muéstrame el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.
—Ese
término me resulta desconocido —un holograma apareció en la pared de estribor—.
¿Es éste el sitio a que se refiere?
El
Cuarto de Defensa Antimeteoritos bajo el Mapa de Marte era un espacio
elipsoidal enorme y oscuro. Todas las estrellas del universo corrían alrededor
de una pared de diez metros de altura, y también por el suelo y el techo. Tres
grúas balanceadas terminaban en unas sillas equipadas con teclados de regazo, y
se destacaban apenas, negro sobre negro frente a la pantalla de la pared.
Cerca
del borde de la imagen aparecía, bajo un foco de luz deslumbrante, un grupo de
nudosos huesos, que habían sido dispuestos para su estudio. Se trataba del
esqueleto del protector más antiguo de que Luis tenía noticia, a quien había
llamado Cronos.
En
las lejanas sombras del salón atisbó unos gruesos pilares con grandes platos
encima, el conjunto parecido a un manojo de setas mecánicas. Luis los señaló en
la imagen.
—
¿Qué son esas cosas?
—Pilas
de servicio —dijo la voz del Ser Último—. Varias placas flotantes montadas una
sobre otra, con un disco transportador instalado encima.
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P á g i n a
Luis
asintió con la cabeza. Los ingenieros de Mundo Anillo habían dejado esas placas
flotantes magenéticas por todos sitios en el Centro de Reparaciones. Cada una
tenía un límite de carga, pero si se las apilaba, sumaban sus capacidades. La
adición de un disco transportador le pareció un refinamiento obvio… si hubiera
que dispersarlos.
Luis
vio oscilar una de las grúas a través del campo estrellado. En el asiento del
extremo descubrió una sombra nudosa y angular.
Todos
los protectores tenían el aspecto de armaduras medievales.
Oboe
vigilaba cierto racimo de estrellas. Las cámaras que le entregaban esa vista
estarían montadas en el propio Mundo Anillo, tal vez por fuera del Muro del
borde, mirando a espaldas del sol. No parecía consciente de que estaba siendo
observado.
Luis
no creía que esos puntos brillantes a que prestaba atención Oboe fueran
asteroides o planetas. Los desconocidos Constructores del Mundo Anillo habían
limpiado todo el sistema eones atrás. Esas luces en leve movimiento tenían que
ser naves espaciales, tripuladas por varias especies. Para confirmar su aserto,
pronto la pantalla se concentró en una nave diáfana y frágil: un navío de los
Forasteros. Luego sobre una aguja de cristal, un fuselaje número 2 de Productos
Generales, de procedencia desconocida; luego en un acorazado de la BRAZO, cuyo
diseño recordaba una palanca.
La
concentración de Oboe parecía total. Hizo un acercamiento hacia un sector
ocluido por un terrón brumoso, un protocometa: unas diminutas máquinas volaban
a la deriva alrededor, señalizadas en la pantalla por parpadeantes cursores
circulares. Una lanza de luz se encendió en la imagen, fulminando con su
brillo: la unidad de fusión de algún acorazado. Aquí llegaba otro, cruzando
como rayo a través de la pantalla. Nadie había disparado todavía.
La
Guerra del Margen está todavía fría, pensó Luis. Se preguntó cuánto más podría
durar ese estado de cosas. No podía arreglarse una tregua formal entre tantas
mentes diferentes.
Las
manos del protector se movieron por encima del teclado.
Por
el bordillo del ojo, Luis vio entrar la luz del sol en la Aguja. Giró la
cabeza, luego el cuerpo.
Por
encima de la Aguja, el enorme cráter del monte Olimpo se deslizaba a un lado,
inundando la caverna de luz sin filtrar.
El
acelerador lineal rugió como mil demonios, y un rayo deslumbrante lo recorrió
de punta a punta.
15 |
P á g i n a
El
cráter comenzó luego a cerrarse.
Luis
se volvió hacia la pantalla. Por sobre el hombro de Oboe, vio una llamarada de
luz de fusión cruzar la pantalla y disminuir al tamaño de un punto brillante.
Lo que el protector había lanzado estaba ya demasiado lejos para distinguirlo.
¡Oboe
se había unido a la Guerra del Margen!
Bien,
no podía esperarse que un protector se quedara de brazos cruzados, aun cuando
la alternativa fuera atraer la guerra sobre su propia cabeza. Luis frunció el
ceño. Bram el protector había sido un loco, aunque sumamente inteligente. Ahora
debería decidir si Oboe estaba insano también, y qué hacer acerca de ello.
Mientras
tanto, esa última maniobra debía mantener al protector ocupado por un rato.
Ahora bien, ¿cuánta libertad tendría permitida Luis en la Aguja?
—Voz
del Ser Último, muéstrame la posición de todos los discos pedestres.
Apareció
un mapa de trescientos sesenta grados en el cuarto. El Mundo Anillo rodeó a
Luis, con sus novecientos sesenta millones de kilómetros de longitud y su
millón y medio de kilómetros de anchura, mostrado en bandas de un azul claro
donde era de día y azul negro donde era de noche, y unos terminátores rosados
en las tenues franjas del anochecer y el alba. Unos cursores naranja fueron
guiñando a través de su faz. Algunos tenían forma de flecha.
La
disposición de los discos había cambiado enormemente desde que Luis había dado
el último vistazo a dicho mapa.
—
¿Cuántos hay?
—Ciento
diez. Noventa y cinco están actualmente en uso. Dos han fallado. Tres han sido
enviados al espacio profundo y unas sondas lanzadas a través de ellos; las
flotas las derribaron. Diez son mantenidos en reserva.
El
titerote había acarreado varios discos pedestres a bordo de la Aguja Candente
de la Cuestión, pero… ¡no tal cantidad!
—
¿Acaso el Ser Último ha fabricado más?
—Con
su ayuda, Oboe ha construido una fábrica de discos pedestres. El trabajo avanza
lentamente.
Las
luces parpadeantes de color naranja que marcaban las posiciones de los discos
pedestres eran muy numerosas a lo largo de los bordes del Mundo Anillo, y sobre
la zona del arco ocupado por el Gran Océano. En el lado opuesto, en cambio,
parecía haber escaso número. Dos flechas naranjas casi habían alcanzado el
borde del Océano Opuesto. Algunas otras también se movían en aquella dirección.
16 |
P á g i n a
El
Océano Opuesto tenía forma de rombo, y se encontraba a ciento ochenta grados
del Gran Océano, ocupando —como éste último— casi toda la anchura de la cinta
que era el Mundo Anillo. Las dos masas de agua debían compensar la una a la
otra, seguramente. La tripulación del Ser Último nunca había explorado el
Océano Opuesto.
Ya
es hora, pensó Luis.
La
mayoría de los discos pedestres estaban arracimados alrededor del Gran Océano,
y de ellos, los más hacinados debían marcar la posición del Mapa de Marte. Luis
señaló a uno de ellos, en pleno océano, fuera de la costa de Marte.
—¿Dónde
está instalado éste?
—En
la naveta de desembarco de la Aguja.
Era
la que había robado Chmeee, y que Teela el protector había abatido durante su
último duelo.
—¿Funciona?
—El
disco pedestre es funcional.
—¿Y
la naveta?
—El
apoyo de vida es marginal. Los sistemas de propulsión y el armamento han
quedado inservibles.
—Esas
pilas de servicio… ¿pueden algunas ser interconectadas aparte del sistema?
—Eso
ya ha sido hecho —unas líneas se extendieron a través del mapa, para unir las
luces que parpadeaban. Algunas tenían el círculo cruzado con una tacha:
cerrado. El laberinto era complejo, y Luis no trató de entenderlo—. Mi amo
posee los códigos de anulación —concluyó la Voz.
—¿Puedo
disponer de ellos?
—No.
—Numera
las posiciones de los discos pedestres para mí. Luego genera una copia impresa
del mapa.
Como
el Mundo Anillo era enorme, la escala era extrema; a ojo desnudo nunca
conseguiría el menor detalle. No obstante, cuando el mapa le fue entregado lo
dobló cuidadosamente y lo guardó en uno de los bolsillos.
Hizo
una pausa para su almuerzo y regresó.
Puso
en movimiento dos pilas de servicio, y cambió varios de los enlaces. La voz del
17 |
P á g i n a
Ser
Último imprimió otro gráfico, con sus cambios añadidos; guardó en otro bolsillo
el nuevo mapa. Sería mejor retenerlos a los dos. Ahora, con algo de suerte, él
tendría caminos y enlaces desconocidos para Oboe.
Sin
embargo, también podía ser una pérdida de tiempo. Cuando despertara, el Ser
Último podía volver todo atrás en un momento.
La
Voz rechazó el conseguirle armas. Por supuesto, la cocina en el cuarto de la
tripulación tampoco las habría hecho.
Oboe
seguía sobre su asiento al extremo de la grúa, todavía rastreando aquello que
había lanzado.
—¿Dónde
están los demás? —preguntó a la Voz.
—¿A
quién busca usted?
—A
Acólito, por ejemplo.
—No
tengo ningún registro definido con ese nombre.
—El
muchacho Kzin con que compartimos un tiempo esta nave. El hijo de Chmeee.
—Lo
tengo en la lista como … —y soltó un aullido horripilante. Luis tuvo que
esforzarse luego para conseguir soltar sus dedos del borde de la consola—. ¿He
de renombrarlo como Acólito?
—Por
favor.
El
mapa regresó ampliado, y un punto solitario parpadeó al lado del Puño-de-Dios…
No, en realidad a… unos ciento cincuenta mil kilómetros a babor y antigiro del
Puño-de-Dios —cuatro veces la circunferencia de la Tierra—, y al doble de
distancia a giro del Mapa del Marte. La inmensidad del Mundo Anillo tenía que
ser aprendida de nuevo cada vez. La Voz dijo:
—Hacia
allí fue conducido Acólito, con una pila de servicio, hace treinta y un días.
Se ha movido desde entonces mil setecientos kilómetros —el punto brincó
minuciosamente—. Oboe ha cambiado el ajuste del disco transportador; enlaza
ahora a un punto de observación sobre el Mapa de la Tierra.
Debía
llevar a la finca del padre de Acólito, Chmeee.
—¿Lo
ha usado él?
—No.
—¿Dónde
están los Constructores de las Ciudades?
18 |
P á g i n a
—¿Se
refiere a los bibliotecarios? Kawaresksenjajok, Fortaralisplyar y los tres
niños fueron devueltos a su sitio de origen…
—¡Bravo!
—él había pensado hacer lo mismo.
—…a
la biblioteca, en la Ciudad Flotante. Noto su aprobación. ¿He de rastrear a
alguien más?
¿Quiénes
más habían sido sus acompañantes? Dos protectores… Bram el Vampiro estaba
muerto, y Oboe… todavía ocupado, parecía. En el Cuarto de Defensa
Antimeteoritos, la pantalla del protector hacía el seguimiento de un punto que
se alejaba, el vehículo que había lanzado un rato antes. El impulsor estaba
apagado. Luego llameó gloriosamente y se apagó otra vez.
Se
trataba de una nave de guerra, entonces. Los motores de reacción todavía eran
necesarios para la batalla; los modernos propulsores inertes no podían
encenderse y apagarse tan rápido.
Luis
preguntó:
—¿Has
conservado la pista de Valavirgillin?
El
mapa brincó.
—Se
encuentra aquí, cerca de la Ciudad Flotante, en un centro local del Pueblo de
la Máquina.
Y
bien lejos de los vampiros, advirtió. Hacía doce años ya desde que la había
conocido…
Espera
un momento.
—¿Por
qué conservaste su rastro, Voz del Ser Último?
—Órdenes.
Con
cuidado ahora.
—¿De
quién obedeces órdenes?
—De
usted, de Oboe y de… —una ráfaga de caos orquestal, desgarradoramente dulce.
Luis reconoció en ella el nombre verdadero del Ser Último—. Pero todas las
órdenes pueden ser revocadas por… —el nombre del titerote otra vez.
—¿Tiene
restringido Oboe algún nivel importante de esta nave?
—No
actualmente.
El
Ser Último estaba todavía refugiado en su catatonia.
19 |
P á g i n a
—¿Cuánto
tiempo ha pasado el Inferior sin comer? —preguntó Luis.
—Dos
días locales. Siempre despierta para alimentarse.
—Despiértalo
ahora.
—¿Cómo
lo despertaré sin provocarle un trauma?
—Lo
vi bailar una vez. Pon esa cinta, y prepara alimentos para él.
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P á g i n a
CAPÍTULO
2
EL
SER ÚLTIMO
El
Ser Último soñaba con la seguridad perfecta.
Nunca
soñaba con que era el Inferior otra vez, cabeza y jefe de un billón de seres de
su propia clase. Tenía que haber estado loco para ser tan ambicioso. Siempre
supo que no sería un puesto estable, que su facción Experimentalista podría
perder el poder en un instante… tal como sucedió, en definitiva.
Soñó
que era joven otra vez. Pero había pasado tanto tiempo de ello, que todo
detalle había sido borrado de su mente, y sólo recordó una impresión general de
ser pequeño, protegido y único.
Soñó
con una época en la que sus manos todavía no había mordido ningún instrumento…
Y
luego el baile comenzó.
La
ilusión era maravillosa.
Luis
permanecía de pie en un salón enorme. El suelo era todo peldaños, unos peldaños
amplios, playos. Mil alienígenas se movían a su alrededor; dos mil gargantas
cantaban una música orquestal que era también conversación, insoportablemente
compleja. Wolfgang Amadeus Mozart se habría vuelto loco. Los Beatles…
comenzaron ya locos, pero qué demonios, Mozart también.
Patada
lateral, deslizarse, las cabezas izquierdas separan los labios-dedos; patadas
de pierna trasera, el compañero se espanta. El Ser Último dio de coces. Una
cabeza tuerta y plana surgió desde debajo de su torso. Vuelta, patada; el Ser
Último se alzó a los tumbos sobre sus patas delanteras y trató de dar la
vuelta.
Luis
se lo preguntó de nuevo: ¿era un baile, o un arte marcial?
El
Ser Último silbó. El baile se disipó.
—Luis
—dijo el titerote.
—¿Cuánto
hace que no despiertas?
—Duermo
mucho. ¿Dónde está Oboe?
—Luchando
su propia guerra, según creo.
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P á g i n a
Una
de las cabezas giró hacia la pantalla que mostraba el Cuarto de Defensa
Antimeteoritos.
—Lo
vi construir aquel vehículo. La Guerra del Margen se pone cada vez más
caliente. ¿Han invadido ya el Anillo?
—No
tengo ni idea. Inferior, ¿cómo llegó la Aguja a este estado?
—Recuerda
que Oboe me aceptó como su instructor, de acuerdo a tu consejo.
Oboe,
el Chacal músico, había recién nacido como protector y se encontraba sediento
de aprendizaje cuando Luis sugirió eso.
—Él
necesitaba entrenamiento, y rápido —dijo Luis—. Pensé que mientras más
aprendiera de nosotros, más podríamos adivinar lo que él haría luego. ¿Trataste
de guardar tus secretos?
—Sí.
—Y
lo excluíste del acceso a tu cubierta de vuelo, por supuesto.
—Lo
hice —reconoció el titerote—. Lo instruí utilizando las pantallas presentes en
el cuarto de la tripulación. Di bien mis clases, pero él aprendía rápido,
siempre más rápido. Pronto exigió el acceso a mis instrumentos. Me negué. Seis
días después de que tú entraras en el autodoc, cuando desperté lo encontré de
pie aquí, donde jamás pensé que podía alcanzarme. Le di todo, por supuesto.
—¿Cuándo
cortó en tiras la nave?
—Algún
tiempo después. Quedé catatónico de terror durante once días. Salí del coma y
me encontré con… con esto. Poco ha cambiado desde entonces. ¡Luis, ha reparado
el hiperimpulsor!
—Eso
parece muy apropiado.
—Y
volverá a montar la nave. Cuando lo haga, huiré. Asegúrate de estar a bordo.
—¿Cuándo
será eso?
Las
cabezas del titerote se enfrentaron la una a la otra.
Eso
significaba confusión, o sorpresa, o algún tipo de conflicto interno. Luis
preguntó:
—¿Qué
ha estado haciendo Oboe? Ha construido una nave de guerra…
—Sí,
y acechando la Guerra del Margen, excavando en los secretos de mi maquinaria…
ya no confía en mí para que se los revele… y librándose de mis aliados y
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P á g i n a
los
tuyos. Devolvió a su casa a la Gente de la Máquina. Envió a Acólito para que
espíe algo que ya no existe. A ti te mantuvo bien dormido en la Cámara de
Cuidados Intensivos, e hizo experimentos extensivos allí también. Luis, debo
instruirte; debes saber todo que podrías necesitar…
—¿Por
qué? —preguntó Luis.
—¡Tú
y yo somos aliados!
—¿Por
qué?
El
contactor ya no estaba en su sitio, era un bulto en el bolsillo de Luis. ¿Lo
mencionaría el Ser Último?
—¡Oboe
nos ha esclavizado! ¿No alcanzas a ver lo que planea para ti?
—Lo
sé. Él quiere convertirme en protector.
El
protector era la etapa final de las especies humanas1.
Niño,
criador, protector. En la mediana edad —alrededor de los cuarenta y cinco años
para los humanos, algo menos para algunas especies de homínidos, algo más para
otras— un criador puede convertirse en protector. Su piel se espesa y se
arruga, volviéndose una armadura. El órgano cerebral se amplía. Un segundo
corazón de dos cámaras nace y crece allí donde las arterias femorales ingresan
en las piernas. Las articulaciones se abultan, otorgando capacidad para una
acción de palanca mayor por parte de los músculos y tendones, que se endurecen
y aumentan su potencia.
Ocurren
cambios psicológicos también. Un protector pierde los atributos sexuales, y
protegerá sólo a la progenie que ha tenido en su etapa como criador,
identificándola por el olor. Toda mutación será eliminada. Un protector sin
progenie superviviente por lo general deja de comer y muere, aunque algunos
entre ellos pueden decidir el proteger y nutrir a la entera especie. Eso se
vuelve más probable si hay una amenaza clara contra la especie en su conjunto.
Pero
el cambio a protector no tiene lugar sin el virus que vive en el Árbol de la
Vida, que es lo que provoca la modificación.
El
Árbol de la Vida no creció correctamente sobre la Tierra, y el virus no
arraigó. En el Mundo Anillo —por lo que sabía Luis— se encontraba sólo en
ciertas cámaras cerradas, bajo el Mapa de Marte. Los homínidos de la Tierra, y
los del Mundo Anillo
1 La descripción completa de la historia y
desarrollo de los protectores se halla en la novela Protector, aún sin
traducción castellana. (N. del Trad.)
23 |
P á g i n a
también,
han evolucionado desde eones atrás como criadores: una forma inacabada, como
los axolotes2.
Un
homínido demasiado joven para el cambio no reacciona al atractivo aroma de la
raíz de Árbol de la Vida. A un homínido demasiado viejo, la raíz lo atraería… y
lo envenenaría. Luis Wu había sido demasiado viejo, hasta que el autodoc de
Carlos Wu lo cambió, y ahora era demasiado joven.
—Estaré
seguro durante al menos un cuarto de siglo —dijo Luis.
—Aún
más que eso —dijo el titerote—, si usas el autodoc a tiempo. El sistema te
rejuvenece. Pero es de sospechar que Oboe evitará que lo hagas.
Buen
punto.
—¿Y
qué sucedería si él esperara todo ese tiempo antes de rearmar la Aguja? —dijo
Luis.
El
titerote sonó como música fúnebre.
—Entonces
estaré perdido. Seguiré separado de mi familia y de mi hogar, y esclavizado a
una criatura formada por la evolución para no considerar nada valioso más allá
de su propio linaje… Pero Luis, tú afrontas el mismo peligro: no eres de la
especie de Oboe.
—No
soy de ninguna de las especies sobre el Mundo Anillo.
—Exactamente
por ello, Luis, sí —in crescendo—. ¿No ves las implicaciones? A su tiempo, te
hará comer del Árbol de la Vida. Te convertirá en protector, pero no te dará
poder sobre él. Tú serás su servidor y su consejero: una cabeza parlante, un
protector que no tiene descendientes para proteger. Igual que la copia de mi
personalidad que protege la Aguja, ¡tú serás la Voz que hablará por la
seguridad del propio Mundo Anillo!
—Sí
—dijo Luis con paciencia—, pero no por los próximos veinticinco años. He sido
reconstruido demasiado joven… No reaccionaré al aroma de la raíz. No estoy lo
bastante maduro para el cambio.
—Pero…
¿acaso quieres eso?
—No.
No, no, ni que estuviera loco… Escucha, ¿en qué puedes ayudarme? He estado
estudiando la disposición de los discos pedestres, e hice ciertos cambios…
2 Axolote, axolótl: salamandra larval (Ambystoma
mexicanum) propia de los lagos de montaña mexicanos, que usualmente cumple su
ciclo vital sin metamorfosearse a su estado adulto. (N. del Trad.)
24 |
P á g i n a
El
Ser Último dio varios silbidos, invocando la pantalla Cuarto de Mapas, el Mundo
Anillo y los discos pedestres, los vectores y todo lo demás. Giró un círculo
completo, las cabezas bien aparte para una extrema visión binocular.
—Bien.
—Supongo
que tú podrías volver atrás todos estos cambios. Sin embargo, Inferior,
comprende que si una pila de servicio no está donde yo espero encontrarla, eso
podría matarme. Deberías proporcionarme los códigos de acceso.
—Sí.
—En
estos momentos, Oboe ya debe saber todo sobre el autodoc. ¿Qué cosas desconozco
de ese artefacto?
—Hum.
No tendrías la capacidad mental de comprenderlo.
Luis
permaneció en silencio.
—Carlos
Wu construyó ese sistema médico nanotecnológico experimental hace más de
doscientos años. Las Naciones Unidas consideraron su genio científico como algo
de su exclusiva propiedad, y reclamaron su trabajo también. Cuando Carlos
desapareció, se llevó el autodoc con él. Carlos Wu nunca fue encontrado, pero
el doc reapareció seis años más tarde, en Shasht -Fafnir3. Mi agente, Nessus,
fue encargado de comprarlo. Mi equipo de investigación lo modificó para que se
acomodara también a la fisiología de los titerotes de Pierson y los kzinti, y
hacerlo más versátil y confiable.
»Ahora
Oboe ha modificado el artefacto; sospecho que aceptará también a un integrante
del Pueblo de la Noche. Él ha dominado esa forma de nanotecnología y diseñó
nanomáquinas específicas para construir más discos pedestres… ¿Qué más tienes
que saber? El autodoc está preparado para reconstruir ciertas formas de vida
partiendo de sus códigos genéticos…
—Hablemos
de la Aguja. ¿Le ha añadido armas?
—Sí,
y modificó las mías, y además el muy demente incrementó la potencia de mis
propulsores más allá de los apropiados límites de seguridad…
—¿Qué
hace él ahora?
En
la pantalla, la silueta negra de Oboe no se movía. Toda la acción estaba en el
espacio profundo, donde un punto brillante se alejaba del Mundo Anillo a toda
3 Esta historia se narra en la novelette
“Procusto”, que forma parte de la colección de relatos Crashlander, aún sin
traducción castellana. (N. del Trad.)
25 |
P á g i n a
velocidad.
Las naves de la Guerra del Margen no lo habían detectado aún.
—Se
trata de una nave muy ágil, con una cabina en miniatura. Lleva como piloto a un
pequeño protector de los Pueblos Colgantes —comentó el Ser Último—. Poco
combustible, propulsor y motores de reacción grandes, y unas armas que no
provienen de mi biblioteca. Como tal vez has visto, ha sido lanzado por medio
del acelerador lineal. El combustible a bordo es usado sólo para maniobras
evasivas y deceleración. Oboe la ha llamado Sonda Uno.
La
Sonda Uno era difícil de ver cuando su motor estaba apagado, pero ahora
chisporroteaba mientras esquivaba armas de plasma y misiles y, de algún modo,
hasta parecía que también láseres. Los instrumentos de Oboe la siguieron en su
camino hacia el espacio interestelar.
El
sistema del Mundo Anillo sólo había retenido sus cometas exteriores. Todas las
otras masas cercanas al sol —los planetas, satélites y asteroides— habían sido
retirados del sistema hacía mucho, pero los cometas no deben haber sido
juzgados una real amenaza para el Anillo. Después de todo, no había ya grandes
masas que modificaran sus órbitas y los lanzaran hacia dentro.
Las
naves de media docena de especies habían estado escondiéndose tras los cometas
desde que Chmeee y Luis revelaran la existencia del Mundo Anillo, hacía ya casi
cuarenta años.
Ahora
unas naves de la BRAZO —construidas por humanos, la rama de policía militar de
las Naciones Unidas— ingresaron en la pantalla. Parecían más bien largas
palancas, algunas con naves más pequeñas sujetas a todo lo largo de ellas. La
Sonda Uno se encendió como un flash —tal vez se había equivocado respecto a los
láseres— y desapareció.
La
pantalla de Oboe se movió en forma amplia, pero nada obvio siguió. Luis no
había visto siquiera escombros.
Los
Pueblos Colgantes era una designación genérica para una serie de homínidos que
vivían un estilo de vida similar al de los monos. La mayoría de las especies no
eran sapientes. Un protector de la Gente Colgante lograría tras la
transformación una inteligencia del nivel de la humana, o quizá superior.
Entrenado a toda prisa para el vuelo espacial, podría abatir las defensas de la
BRAZO; pero Oboe todavía debía superarlo mentalmente con facilidad, para poder
controlarlo. Ser un protector era sobre todo mantener el control de lo que lo
rodeaba.
El
telescopio de Oboe rotó por medio cielo, ciento ochenta grados, o casi. El
punto de vista se enfocó en un objeto borroso… un cometa: varios trozos de
hielo mal embalado, que se mantenían unidos gracias a la tenue atracción entre
ellos. Luego se cernió sobre una nave espacial, que surgía de entre la nube.
26 |
P á g i n a
Tenía
forma lenticular, estaba completamente pintada de negro y llevaba marcas de un
naranja vivo: los puntos y comas de la escritura Kzinti.
—Según
esas marcas, se trata de la nave Diplomático —dijo el Ser Último a Luis—. El
Diplomático parece bien armado, pero nunca se acerca a la estrella del Mundo
Anillo. Siempre está al acecho, oculto entre los cometas. Puede huir en
cualquier momento usando el hiperimpulsor.
—No
suena como que fuera Kzinti…
—Han
aprendido mucho. Juzgo al Diplomático como la nave comando de la flota del
Patriarcado.
¡La
Sonda Uno había regresado! Volando por el hiperespacio, había girado en
semicírculo alrededor del sol de Mundo Anillo en menos de treinta minutos. Su
enorme velocidad intrínseca la había llevado lejos del sol; ahora traía la nave
hacia dentro, directamente hacia el Diplomático.
Lo
sucedido del otro lado del cielo no debía haber llegado al Diplomático aún.
Pasaron varios minutos antes que la tripulación de la nave Kzinti reaccionara
ante el intruso. Entonces, unas hilachas de polvo interplanetario brillaron un
poco bajo el fuego láser del Diplomático, y un puñado de pequeñas naves partió
con rapidez desde la nube de hielo.
La
Sonda Uno comenzó a escabullirse. Un láser: la pequeña nave sonda llameó
gloriosamente. Luis bizqueó contra la deslumbrante luz; la pantalla que usaba
Oboe no había sido diseñada para proteger a los espectadores de la ceguera. La
Sonda Uno esquivó el haz y cayó bajo un centelleo de impactos, pero seguía
volando todavía.
—¿Un
fuselaje de Productos Generales? —preguntó Luis.
—Sí,
bajo una capa del material del Mundo Anillo.
Otro
nave apareció cerca, y se mantuvo sólo lo suficiente para que Luis consiguiera
distinguirla. Era mucho más grande que el Diplomático: una esfera transparente
con compleja maquinaria llenando cada hueco del fuselaje… Se había ido ahora,
tan de repente como la burbuja de jabón a la que se parecía.
—El
Tiro Largo… —dijo Luis, su cólera en aumento.
—Lo
vi —dijo el Ser Último.
—¿Huyeron?
Los Kzinti no hacen eso.
—El
Tiro Largo está siendo aprovechado como mensajero. Es demasiado valioso para
arriesgarlo, y el Patriarcado no habrá encontrado espacio libre en él para
colocarle armamentos.
27 |
P á g i n a
—Se
supone que la BRAZO y el Patriarcado comparten esa nave. Chmeee y yo la
entregamos bajo aquel compromiso…
La
Sonda Uno se estaba acercando demasiado a la nave lenticular, acelerando de
lado para rodearla, mientras luchaba contra el despliegue de energías y los
navíos pequeños. De repente, hubo una luz actínica. Luis parpadeó con fuerza.
Cuando pudo ver otra vez, la Sonda Uno había desaparecido.
—¿Qué
demonios fue eso? —preguntó.
—Un
proyectil de antimateria. Las últimas naves de la BRAZO están todas impulsadas
por antimateria, pero no habíamos comprobado aún que el Patriarcado también las
usara. Deben fabricar su propio combustible en un acelerador de partículas, en
algún sitio. La BRAZO tiene una fuente natural, un sistema solar completo de
antimateria4.
—Antimateria…
Inferior, eso hace a la Guerra del Margen mucho más peligrosa. El Anillo es
demasiado frágil para eso.
—Estoy
de acuerdo.
—¿Qué
hace Oboe ahora?
La
sombra del protector saltó de su silla, trazó un arco como una superestrella de
ballet a través del fondo de cometas y navíos de guerra, tocó el suelo en uno
de los focos del cuarto elíptico, y desapareció.
Una
mano como un saco de nueces se cerró sobre el antebrazo de Luis. Él saltó
espasmódicamente, como un hombre electrocutado.
—¡Luis!
Bravo, has despertado —dijo Oboe, enérgicamente—. Sin ti esto habría sido
difícil. Inferior, sal de allí; el peligro no espera por nuestra conveniencia…
Luis, ¿estás bien? El latido de tu corazón parece atípico.
4 La historia del descubrimiento de ese sistema
constituido por antimateria puede leerse en el relato Flatlander (Llanero),
incluído primero en la recopilación de relatos Neutron Star y luego en Crashlander,
ambos aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)
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P á g i n a
CAPÍTULO
3
RECLUTAMIENTO
Oboe
era un protector joven.
Un
macho de mediana edad del Pueblo de la Noche había sido atraído hacia una
caverna en la que se cultivaba el Árbol de la Vida. Oboe había surgido de su
estado de capullo ciento diez días atrás: una mente tremenda que exigía ser
entrenada, en el cuerpo de un homínido endurecido para una guerra interminable.
Al
principio debe haberse satisfecho con el incompleto conocimiento de los
Bibliotecarios, y el de Acólito, y con los tacaños datos entregados gota a gota
por el Ser Último.
Oboe
no habría comenzado sus intrusiones de manera vacilante, pensó Luis; el Ser
Último podría haberlas bloqueado con facilidad. El protector debe haber
construido y programado este equipo pesado en su tiempo de ocio, y luego
haberlo puesto en acción, cuando hubo descubierto las cerraduras del Ser
Último.
Fait
accompli: de repente, se encuentra frente al titerote en su propia residencia.
De repente, ha cortado en filetes la nave espacial del Ser Último y retira
componentes como un pescador destripa una trucha.
Los
protectores de cualquier especie serían constructores de herramientas. La
inteligencia era manipuladora, ¿verdad? Una inteligencia superior querría
controlar a su instructor. Sacarlo del equilibrio de vez en cuando. Las
diferencias entre un aliado, un criado, un esclavo y un perro de trineo se
desvanecen cuando la inteligencia es lo suficientemente grande.
Un
momento atrás, Luis había estado espiando a un protector. De repente el
protector estaba a su lado, sujetando su muñeca.
—Estoy
bien —dijo Luis—. Demasiado joven para sufrir un ataque cardíaco.
Las
cabezas y las piernas del titerote estaban sepultadas debajo de él.
—Vuélvelo
en sí —dijo Oboe—. Voy a estar ocupado.
—Dos
preguntas… —dijo Luis, pero el protector se había ido.
El
Ser Último extendió una cabeza hacia afuera. No el cuello, sólo el ojo y la
boca.
Pudieron
ver a Oboe corriendo a gran velocidad por el exterior de La Aguja Caliente de
la Cuestión, trasteando con los controles, luego gritando algo en el delgado
aire. La
29 |
P á g i n a
pesada
maquinaria comenzó a moverse. El reconstruido motor de hiperimpulso se puso en
movimiento. Las mitades desiguales del fuselaje de la nave comenzaron a
cerrarse. La parte superior del acelerador lineal comenzó a retroceder a través
del agujero, hacia la parte oculta del monte Olimpo.
El
Ser Último silbó.
—¡Yo
tenía razón! Él está… —la cabeza se escondió otra vez.
Oboe
estaba de regreso.
Se
inclinó para retocar los mandos del disco pedestre oculto. Entonces recogió al
enroscado titerote, evitando la pierna trasera cuando comenzó a repartir golpes
a diestra y siniestra. Ambos pesarían lo mismo, adivinó Luis.
—Luis,
sígueme —ladró; se lanzó al disco y desapareció.
Sólo
por un instante, Luis Wu se rebeló.
Lo
estaba poniendo a prueba, por supuesto. ¿Iría Luis Wu a seguirlo, sin hacer
preguntas? Pero la situación era demasiado familiar…
Un
alienígena genial irrumpe en la vida de Luis Wu, reúne al equipo, y parte en
una misión sólo conocida por el amo. Primero Nessus, luego el Ser Último, luego
el protector Teela Brown, por fin Bram, ahora Oboe…, cada uno elige a Luis Wu
por motivos de conveniencia, lo deja caer en medio de una situación que él no
entiende, y lo dirige como a un títere. Para cuando Luis logra ponerse al
corriente, se encuentra obligado a hacer algo rayano con la locura.
Los
titerotes de Pierson eran adictos al control. Un verdadero cobarde nunca vuelve
la espalda al peligro.
Ser
un protector significaba controlarlo todo.
¿Dónde
estaría, y qué habría hecho Luis Wu, por la época en que no sabía nada?
Pero
el instante pasó. Si acaso no siguiera a Oboe, se vería completamente fuera de
acción. Luis avanzó, pisó un disco transportador idéntico al resto del suelo, y
desapareció.
Un
aluvión de luz solar lo hizo bizquear.
Se
encontró sobre una alta colina, parado encima de seis placas flotantes apiladas
y un disco transportador. Oboe y el Ser Último estaban de pie por debajo de él,
sobre una superficie gris translúcida. Luis miró primero hacia el Arco, para
orientarse.
El
Arco —el lado opuesto del Mundo Anillo, visto desde cualquier punto de su
superficie interna— formaba un puente vertical, de horizonte a horizonte;
bastante
30 |
P á g i n a
amplio
justo por encima de la neblina a giro y antigiro, y estrechándose hacia el
cenit, donde pasaba por detrás del sol. Luis no había visto el Arco a ojo
desnudo en cierto tiempo.
La
montaña del Puño-de-Dios surgía a babor como una luna perdida, su cumbre muy
por encima de la atmósfera. Alrededor de ella, la tierra era más un paisaje
lunar que un desierto: cientos de millones de kilómetros cuadrados de roca sin
vida. El Puño-de-Dios era un cráter invertido. Un meteoro había perforado el
suelo de Mundo Anillo desde abajo, cientos de años atrás. La explosión había
desollado el suelo en el sitio, y el desastre llegó tan lejos como allí donde
se encontraban ahora. El scrith desnudo era tremendamente resbaladizo.
Más
cerca se veían unos hilos de plata —los ríos— y unos parches de plata —el mar—,
y el tinte verde oscuro de la vida, que gradualmente usurpa todo sitio libre.
La tierra por debajo de la colina era una extensa selva, y cortando a través de
ella, un río se destacaba a cierta distancia.
—Mira
dónde pisas —dijo Oboe. Luis bajó del disco y se asentó con cuidado sobre el
scrith desnudo.
Valía
la pena recordarlo: bajo esta cáscara de paisaje no había sino estrellas y
vacío. No habría ninguna primavera por aquí, ninguna agua subterránea, nada
para apoyar la vida. Ningún entrometido vagaría por ese sitio, para trastear
con los mandos de una pila de servicio abandonada. Expuestos como estaban, éste
era un escondrijo excelente para unos instrumentos de alta tecnología como
éstos.
—¿Vas
a explicarme qué sucede? —preguntó Luis.
—Brevemente
—dijo Oboe—. Como criador yo sabía muy poco, pero recordaba mucho. Saliendo de
mi transición de criador a protector, la primera cosa de la que estuve seguro
es que el Anillo es terriblemente frágil. Y supe que había renacido para
proteger al Mundo Anillo y a todas sus especies.
»Eso
llegó a mi mente paso a paso. Olí a Bram, por supuesto, y supe que tenía que
matarlo. Luego pasé algún tiempo aprendiendo del Ser Último y su biblioteca, y
asistiendo al desarrollo de la Guerra del Margen. Durante este período me
pareció lo mejor trabajar solo, o con algunos protectores del Pueblo Colgante.
Ahora debo reunir un equipo.
—¿Para
hacer qué?
Oboe
tocó los mandos. La pila de servicio se alzó en su sitio. Cuatro placas
flotantes se separaron del fondo y se deslizaron, apartándose. Oboe abordó una
pila doble, y destinó una simple al Inferior y otra a Luis.
El
titerote miraba a su alrededor, y dijo:
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P á g i n a
—Allí
abajo, uno podría sobrevivir. La gente del Anillo es generalmente hospitalaria
con los forasteros. Oboe, tú nunca aceptas mi palabra si puedes probarlo por tu
cuenta. ¿Por qué me implicas, entonces?
—¿Y
para qué? —exigió Luis.
Oboe
flotó hacia la selva, colina abajo. Luis y el titerote montaron en sus
plataformas y le siguieron. La voz del protector les llegó fácilmente. Hablaba
en Intermundo sin rastro de acento, proyectando la voz profundamente desde su
vientre, sin temer ninguna interrupción, como haría un rey.
—La
Guerra del Margen se pone más intensa. La BRAZO usa antimateria en vez de
fusión de hidrógeno para impulsar sus motores y armas. Luis, el Anillo no puede
sobrevivir a eso. Algo debe hacerse.
—¡Me
agradará saber qué se te ocurre!
—Luis,
para formar un plan tengo que aprender más. ¿Te comentó el Inferior de una nave
mensajera? De manufactura titerote, con un impulsor experimental…
—El
Tiro Largo. He volado en él. ¡Los gatos lo han robado! —no había llamado gato a
un Kzin por mucho tiempo.
—Pues
vamos a conseguirlo para nosotros. Tenemos tiempo para reclutar a Acólito —dijo
Oboe.
Se
acercaban al borde de la selva.
—¿Por
qué piensas que Acólito se te uniría?
—Esperaba
que tú le invitarías a hacerlo. El padre de Acólito te lo envió «para aprender
sabiduría».
—¿Considerarías
sabio el unirte a una expedición de piratería?
—¿Para
qué nos necesitas? —preguntó el titerote—. ¿Acaso confías en nosotros?
¿No
podrías luchar solo?
—Debo
enviar a alguien para que vuele La Aguja Candente de la Cuestión, o dejarla
abandonada y al garete entre los cometas —adujo el protector.
—Yo
puedo volar la Aguja —dijo el Ser Último inmediatamente.
—Inferior,
tú huirías de aquí.
—Luis
y yo estaremos contentos de…
—Luis
voló el Tiro Largo antes. Lo hará otra vez. Tú y Acólito volaréis en la Aguja.
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P á g i n a
—Como
te parezca —dijo el Ser Último.
—Luis,
has hecho un juramento —le recordó Oboe—. Has de proteger el Mundo Anillo.
En
un momento loco, Luis Wu había jurado salvar al Mundo Anillo. Había sido doce
años atrás, cuando el Anillo había derivado de su centro, amenazando con chocar
contra el sol… pero Luis sólo dijo:
—No
forzaré a Acólito.
—Entonces
debo esperar el desarrollo.
En
la selva había Gente Colgante, de largas colas; les lanzaron palos y estiércol.
Luis y el Ser Último se elevaron por encima de la copa de los árboles, pero
Oboe dirigió las placas flotantes hacia el suelo de la foresta. Lo oyeron
chillar a los monos y lo vieron devolver misiles. Las piedras y los palos que
retornaba volaron más rápido y más exactamente de lo que la Gente Colgante
podía escabullirse. En menos de un minuto habían desaparecido.
Oboe
se elevó para unirse a ellos.
—¡Díganme
otra vez que las especies del Anillo son siempre hospitalarias!
—Oboe,
esos no eran más que monos —dijo Luis—. Los homínidos no siempre son
conscientes de sí mismos, tú lo sabes. ¿Fue uno de ésos el que escogiste para
pilotar tu sonda?
—Sí,
vuelto protector. La conciencia es relativa.
Luis
se preguntó si un protector realmente vería la diferencia entre esos monos y,
por ejemplo, Luis Wu. Los labios y encías de un protector se endurecían y
fundían en algo parecido a un grueso pico de ave; no podía fruncir el ceño, o
mostrar desdén, o hacer muecas, o sonreír.
Era
selva a todo lo largo, árboles y enredaderas que Luis no pudo reconocer,
excepto por una especie similar a la raíz acodada que crecía encadenada en
ángulos de sesenta grados; pero éstas eran lo bastante grandes para emparejar a
las secoyas.
Luis
cambió la holopantalla de su placa de visión frontal al infrarrojo. Ahora unas
luces sobre la tierra tejieron sus caminos las unas sobre las otras: algunas al
acecho, otras corriendo o combinándose. Las miles de luces diminutas por encima
de la selva debían ser pájaros. Las luces más grandes en los árboles debían ser
perezosos y la
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P á g i n a
Gente
Colgante y… Luis alzó repentinamente la plataforma voladora para esquivar una
cosa similar a una ardilla voladora de veinte kilos de peso, con una cabeza que
era sólo oídos y colmillos. La cosa blasfemó en chillidos al pasar por debajo
de él.
¿Sería
un homínido?
Un
día agradable para dar un paseo.
Oboe
se instaló en un círculo de árboles acodados. La tierra era desigual, con gibas
aquí y allí, y un enredo de hierbas demasiado crecidas. El titerote descendió y
Luis lo seguía, todavía sin ver nada… y de pronto, apareció a la vista una
placa flotante abandonada. ¿Cómo habría llegado allí?
Su
propio móvil se asentó. Luis bajó de él, y entonces se vieron rodeados. Unos
pequeños y extraños hombrecitos bajaron de los árboles acodados, y sus mujeres
brotaron de debajo de la tierra. Todos iban armados con espadas cortas y, salvo
por sus pelajes, completamente desnudos. Luis, que llevaba su armadura de
impacto, no se sintió particularmente amenazado.
Oboe
los saludó y comenzó a hablar rápidamente. El dispositivo traductor de Luis
nunca había registrado esa lengua; sólo podía oír el parloteo. Pero pudo
apreciar, por entre la hierba rasgada, una madriguera que corría profundamente.
La hierba estaba desprendida en una cincuentena de sitios.
Estaban
de pie sobre una ciudad.
Los
homínidos —los criadores descendientes de aquellos Pak que construyeron el
Mundo Anillo— habían ocupado cada nicho ecológico posible, comenzando hace
medio millón de años con una población que ya estaría en los billones… aunque
esos números fueran más o menos conjeturales; los de este grupo eran
excavadores. Vestían sólo su propio pelaje, de un marrón liso, y acarreaban
unas bolsas de piel de animal. Sus rostros tenían un aspecto afilado, como de
hurón.
Se
habían relajado bastante ahora. Algunos incluso sonreían. Oboe habló, y varios
rieron. Uno trepó a una colina de tierra y señaló a lo lejos.
Oboe
se dobló en reverencia. Luego se volvió a su grupo:
—Acólito
caza a dos o tres días de marcha a giro y babor. Luis, ¿qué debo decirles? Nos
ofrecen rishathra.
Él
se sintió tentado por un instante, pero luego se avergonzó.
—Luis
no está en su temporada de celo.
Oboe
ladró. Los Excavadores rieron histéricamente, mirando a Luis con ojos miopes.
34 |
P á g i n a
—¿Y
cuál fue tu excusa? —preguntó Luis.
—He
estado aquí antes. Ellos saben de los protectores. Sube a tu disco.
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P á g i n a
CAPÍTULO
4
ACÓLITO
Los
olores eran increíblemente intensos. Cientos de variedades de plantas, rastros
de animales… Los Kzinti podrían sobrevivir en gran estilo aquí, hasta que su
número se hiciera demasiado grande. Acólito, a millones de kilómetros del kzin
más cercano, no echaba de menos su compañía; pero resolvió informar a su padre
sobre este lugar.
Siguió
olfateando. Buscaba un aroma evasivo: el de algo grande, o quizá letal.
Pero
no habría tal cosa allí. Sólo el olor de las diversas ramas de homínidos.
El
parque de cacería de su padre había sido más peligroso. El nivel de amenaza del
parque de Chmeee había sido definido con tanto cuidado como la colocación de
cada arbusto. Los Kzinti necesitaban de la amenaza para mantenerse vivos, y
para restringir su número también.
Pero
los protectores de Pak no pensaban así.
Luis
Wu se lo había explicado: los Pak habían desparramado a lo largo del Anillo una
imitación de los distintos modelos de vida que evolucionaron sobre los Mundos
Esfera, pero habían excluido todo lo que dañara o molestara a los criadores,
desde los carnívoros a los parásitos y bacterias. Cualquier cosa que hoy
atacara a los homínidos habría evolucionado durante los cuatro millones de
falans —el millón de años— que siguieron después de la siembra.
Por
supuesto, Luis estaba especulando cuando le hablaba así. Le había dicho esto
también.
De
tal modo, era un sitio seguro para divertirse mientras tanto. Un día de ésos
Oboe lo llamaría —o tal vez Luis—, y Acólito se encontraría envuelto en
peligros. No todas las luces que veía en el cielo nocturno eran estrellas.
Una
mancha en infrarrojo, más grande que las otras manchas, pasó de la calma
perfecta a un borrón de velocidad, saltó hacia un árbol, se fusionó con un
brillo más pequeño, hizo una pausa…
Oboe
aulló.
El
aullido de respuesta pareció amortiguado. El traductor holgazán de Luis se puso
algo tarde al corriente; primero dijo “¡Acólito!”, luego “Aquí”. Una pequeña
espera.
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P á g i n a
Entonces:
—¡Luis!
—¡Hola,
Acólito! —llamó Luis.
—¡Luis!
¡Estuve preocupado! ¿Cómo estás?
—Muy
joven. Hambriento, algo irritado, no del todo sano.
—¡Parecías
quedarte para siempre en la caja que cura!
—Acólito
estuvo molestándome todo el tiempo por novedades al respecto, hasta que
encontré algo para él en otra parte —relató Oboe.
Luis
estaba conmovido. Acólito se había preocupado… tal vez por pensar que si
permanecía mucho tiempo en el autodoc sería porque sus heridas eran muy
severas. Sin embargo, era más probable que Oboe simplemente estuviera
quitándose a Luis del camino; o tal vez hubiera estado refinando el proceso de
rejuvenecimiento…, o usándole como cobayo para estudiar nanotecnología, nej con
él. Pero no debiera forzar a un muchacho de doce años a tener tal pensamiento
cínico, aunque el adolescente fuera un kzin.
El
masivo gato se encontraba a mitad de altura de un árbol, comiendo, mientras la
Gente Colgante le lanzaba frutos duros desde cierta distancia. Oboe separó las
placas flotantes que montaba y envió una de ellas hacia Acólito.
Chmeee
había sido el kzin elegido por el titerote Nessus para formar parte de su
equipo de exploración, décadas atrás. Acólito era el hijo mayor de Chmeee,
expulsado por su padre y enviado para “aprender sabiduría” de Luis Wu. Tenía
dos metros diez centímetros de altura —algo más bajo que su padre—, y estaba
cubierto de piel de un brillante naranja, con algunas motas de color chocolate:
en las orejas, unas rayas en la zona baja su espalda, una mancha en forma de
pequeña coma bajo su cola y pierna. Tres cicatrices paralelas cruzaban su
vientre, posiblemente un recuerdo del entredicho con su padre; Luis nunca le
había preguntado al respecto. Recostado sobre un enorme tronco inclinado bajo
el follaje verdinegro, se veía completamente en casa.
—¿Estamos
listos, finalmente? —preguntó.
—Sí
—respondió Oboe.
Acólito
calculó la distancia, por encima de una caída de cincuenta pies. Hubo de hacer
un salto largo y acomodarse en el aire, pero golpeó el disco con las cuatro
patas a la vez. El disco cedió bajo su peso, sin embargo, y Acólito se deslizó;
pero se revolvió y consiguió aferrarse.
Las
manos de un kzin eran buenas para prensar, pero si hubiera extendido las
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P á g i n a
garras
sus dedos habrían resbalado. El arrojo podría haberlo matado. Había sido una
chanza, o tal vez una prueba… y Oboe se había lanzado por delante de él, listo
a aferrarlo.
—Debo
ir a por mi propio plato flotador —dijo Acólito.
Se
lanzó en vuelo hacia el suelo del bosque y cruzó por entre los troncos
inclinados, siguiendo un camino que Luis nunca hubiera podido hallar.
Una
solitaria plataforma flotaba por encima de un despliegue de enormes flores
color naranja, magníficas. Acólito deslizó el disco que montaba sobre el otro
plato flotador, y con un chasquido magnético se trabaron el uno contra el otro.
—Dejé
uno de los que tenía con el Pueblo Sumergido; jugarán con él hasta que lo
necesite de nuevo —dijo el kzin—. Pero peso demasiado. Tengo que ser muy
cuidadoso cuando sólo dispongo de una plataforma.
El
doble disco salió lanzado, y Oboe lo siguió, acelerando furiosamente. Luis
trató de mantenerse por detrás, pero era una cabalgata salvaje. Y estaban
dejando muy atrás al Ser Último.
Oboe
preguntó:
—¿Qué
has descubierto?
El
kzin bramó:
—Nada
nuevo desde que hablamos. El camino de Teela termina entre los Mecánicos, dos
meses después de que se separara de Luis y de mi padre. He morado ya entre
cinco civilizaciones y seis especies: primero una cultura simbiótica muy
interesante, luego los Mecánicos, y en estos últimos tiempos con una variedad
de las Gentes Colgantes. Nadie sabe nada de Teela Brown o del Caminante, ni de
armas de luz, medicina avanzada o aerocicletas. Más allá de lo que a mí me
parezca, nunca oyeron hablar de ellos.
—¿Crees
que te han mentido?
—¿Quién
se atrevería? ¿Quién se molestaría en hacerlo? El camino de Teela es
discontinuo. ¡Nunca la rastreé por el cielo! Sólo encontré algunos sitios donde
ella y el Caminante tomaron tierra. Los Mecánicos recuerdan haberla visto dos o
tres falans después de que un edificio flotante pasara sobre ellos, hace unos
ciento cincuenta falans. ¿Has seguido los rumores de avistaje de dispositivos
volantes? ¿O evaluado informes en conflicto?
—Sí.
—Luis…
—Acólito miró hacia atrás, luego redujo la marcha. Oboe bajó también la
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P á g i n a
velocidad:
la carrera había terminado—. Luis, Oboe me pidió que rastreara al Caminante y a
Teela Brown. Encontré muy poco. Ellos desaparecieron por setenta u ochenta
falans; nadie los vio. Luego, el protector vampiro Bram nos dijo que entraron
en el Centro de Reparaciones como criadores. El hombre murió por causa del
Árbol de la Vida; era demasiado viejo…, y Teela despertó del coma convertida en
protector.
—Quiero
saber cómo esos criadores pudieron encontrar su camino hacia el Mapa de Marte
—explicó Oboe—. Quiero saber por qué Bram permitió que Teela despertara. Habría
sido muy fácil para él estudiarla durante su coma, y luego matarla. Puede que
sean cuestiones triviales, pero me causan extrañeza.
Luis
se encogió de hombros. Él se lo había preguntado también. Bram había tenido muy
poco respeto por la vida humana, ya fuera en su época como criador o protector.
—¿Habéis
descubierto qué está pasando? —preguntó Acólito.
—Nej,
no. Oboe me vuelve loco con sus secretos.
—Hablaré
mientras nos movemos —dijo el protector—. Luis, tú me has hecho quien soy
ahora. Habías visto que un protector vampiro era incapaz de conducir los
destinos de Mundo Anillo, o que Bram mismo era inadecuado. Pensaste que un Amo
de la Noche lo haría mejor. Entonces me pusiste una celada, atrayéndome hacia
el Centro de Reparaciones. Un jardín del Árbol de la Vida me hizo protector.
Esperabas que yo matara a Bram, y así lo hice. Asumo que has considerado las
implicaciones…
Ninguna
cólera, ninguna amargura se traslucía en sus palabras. La cara del protector
parecía un trozo de cuero endurecido.
—Considera
esto: ningún protector alguna vez evolucionó para mantenerse aparte cuando su
descendencia está en peligro. Imaginaste que un hijo de los Amos de la Noche
sólo se beneficiaría si todos los otros homínidos sobrevivían, pero… ¿has visto
esto también? Debemos actuar, con sensatez o no. La Guerra del Margen ya era
bastante mala cuando entraste en el autodoc, Luis. Ahora la BRAZO ha traído
naves impulsadas por antimateria; ya suman veinte y siguen llegando. Parece
también que los Kzinti han robado la hipernave Quantum II de los titerotes. El
que sólo la utilicen para el servicio de mensajería revela cosas interesantes,
¿verdad?
Luis
estuvo de acuerdo.
—No
se atreven a ponerla en peligro —dijo—. No saben cómo duplicar el impulsor.
Hay
todavía sólo una nave, entonces.
—Inferior,
¿podrías construir otro Tiro Largo? —preguntó Oboe.
—No.
Mi equipo de desarrollo podría, pero el método de prueba y error jugó una parte
grande, y el coste… quebró a mi gobierno y me condujo al exilio, tanto como
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P á g i n a
cualquiera
de mis otros errores.
Rodearon
en vuelo la pila de servicio que había dejado Acólito cerca de la ciudad de los
Excavadores, luego tomaron tierra.
—Yo
no puedo hacer nada —dijo Oboe—. Si pudiera desentrañar los secretos del Tiro
Largo… Bien, permítanme restablecer nuestros destinos. Acólito, este ajuste te
devolvería a tu padre. ¿Te sientes tentado?
—No
tengo nada para ofrecerle aún.
—Sígueme
entonces.
Oboe
se bajó de su plato flotador, cambió los mandos del disco pedestre y
desapareció.
Salieron
bajo tierra, donde unas placas flotantes esperaban. El aire olía a las
catacumbas bajo el Mapa de Marte. Oboe exhibió sus juguetes mientras derivaban
por túneles y cavernas. Una docena de placas flotantes portaba un enorme cañón
láser a paso de hombre.
—Hice
esto a partir de las especificaciones en los archivos del Ser Último —dijo el
protector—, y añadí algunas mejoras. Lo montaré sobre el monte Olimpo. He
dictado el diseño por heliógrafo a los protectores a lo largo de la pared del
Borde; pronto no tendremos que depender del sol para conversar. Debería montar
también uno sobre el Puño-de-Dios.
»Y
aquí…—extendió la mano y sujetó un rollo de tubería. Apoyó un extremo en su
boca y surgió una música salvaje—. ¿Qué piensas de esto? —sopló otra vez, y qué
demonios, Luis bailó sobre el plato flotador con un compañero imaginario.
Oboe
se detuvo para examinar cierta masiva maquinaria, luego reconstruyó algo de
circuitería de superconductores con una pistola rociadora. La masa se arrastró
lejos, sobre sesenta o setenta placas flotantes.
—Un
kit de reparación contra agujeros de meteorito —dijo él—. Está terminado, pero
ahora hay que llevarlo al lanzador.
Los
discos pedestres crecían en una tina, mientras varios instrumentos supervisaban
el contenido metálico del fluido. Oboe usó un disco recién terminado para
transportarlos al Cuarto de Defensa Antimeteoritos.
Luis
no tenía idea de donde habían estado.
Y
ninguna idea acerca de lo que estaban haciendo.
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P á g i n a
Le
pareció a Luis que la mente del protector semejaba un laberinto enorme, con
Luis perdido dentro de ella. Trabajar con Bram no había sido muy diferente. El
protector vampiro había cometido un crimen intolerable, y Luis lo había
descubierto. Había tomado medidas para sustituirlo por un Amo de la Noche, un
Chacal. Parecía haber sido bueno, pero ¿acaso había esperado alcanzar de
repente la libertad?
Ni
los mismos protectores disfrutaban de libertad. Si Oboe podía descubrir siempre
la respuesta correcta, ¿por qué elegiría alguna vez hacer algo distinto? Y todo
lo que un pobre y estúpido criador podría hacer era seguirle la marcha. Pero si
Luis no conseguía algunas respuestas pronto…
La
Guerra del Margen estaba representada en su totalidad en la pantalla de suelo a
techo que rodeaba el Cuarto de Defensa Antimeteoritos. Los vehículos y las
bases estaban señaladas con parpadeantes cursores en tonos de neón. Las naves
humanas y Kzinti eran numerosas. Otras especies también manifestaban su
presencia: titerotes, Forasteros, trinocs, y otras naves y sondas que Oboe aún
no había identificado. El Anillo era materia de interés para cualquier entidad
que hubiera oído de él.
Una
nave Kzinti cayó cruzando el interior del sistema, rodeando el sol pero sin
presentar amenaza.
—Una
de las naves de la BRAZO intentó comunicarse conmigo —dijo Oboe—, pero decidí
no contestar. Ninguna otra facción lo ha hecho luego. Hubo unas tempranas
tentativas de invasión. La defensa antimeteoritos impidió toda incursión,
excepto las de las microsondas; deben estar en todas partes. He interceptado lo
que deben ser mensajes entre naves, demasiado bien codificados hasta para mí.
Mediante la base de datos de la Aguja pude identificar a las naves y hábitats
en los cometas interiores; pertenecen a la BRAZO, al Patriarcado, a los
Trinocs; hay una nave de los Forasteros y tres de los titerotes de Pierson,
todas ellas bien fuera del sistema, y miles de sondas de origen no
identificado. Me parece lo más lógico asumir que cada uno sabe todo lo que los
otros hacen. Será complicado mantener algo en secreto, incluso para mí.
Oboe
hizo un acercamiento en la pantalla.
—Luis,
dime qué es esto.
La
luminosidad de una zona fue intensificada para revelar una velada y fantasmal
forma toroidal hecha de cordoncillos negros entrelazados, con una diminuta
fuente puntual de luz blancoamarillenta en el centro; obviamente no se trataba
de ningún impulsor convencional.
—Dista
de nosotros treinta y dos radios del Anillo…
—Otro
Forastero —reconoció Luis—. No siempre usan velas ligeras. Fue a ellos a
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P á g i n a
quienes
compramos la tecnología del hiperimpulsor, pero para sí tienen algo aún mejor.
La buena noticia es que no pueden aprovechar para nada el agua en estado
líquido y la gravedad alta, por lo que no manifiestan ningún interés por los
mundos humanos.
—¿Y
esto? —mostró un cilindro abollado, llameando en la cola, con ventanillas
destellando a lo largo de su cintura.
—Hum.
El diseño es parecido a los de las Naciones Unidas, de hace largo tiempo. Tal
vez un carguero lento, mejorado con la adición de un hiperimpulsor. Podría ser
de los Sheathclaws. ¿Tratarán ellos de colarse aquí? Su planeta fue colonizado
por humanos y telépatas Kzinti.
—Sheathclaws.
¿Representan una amenaza seria?
—No.
Ellos no pueden permitirse armas poderosas.
—De
acuerdo. Inferior, ¿le has mostrado al Diplomático?
—Sí.
Hemos observado cómo la Sonda Uno malogró la cita entre el Diplomático y la
Tiro Largo. Ésta se retiró al hiperespacio.
—Luis,
Acólito, Inferior… necesito una comprobación —dijo Oboe—. ¿Se puede creer en
esto que digo? Mi Sonda Uno espanta al Tiro Largo de una cita prevista. Éste
salta al hiperespacio, no lejos de allí, y luego observa desde una distancia
segura, unos pocos minutos luz, hasta que el piloto no detecta ninguna amenaza
adicional. Entonces vuelve para cambiar datos y bultos con el Diplomático, pero
llega tarde.
»Por
lo tanto, retorna al Patriarcado todavía dentro de su agenda y trata de ponerse
al corriente. El Tiro Largo ha de reportar directamente, porque ¿quién más
podría? Cualquier otra nave sería demasiado lenta. El espacio Kzinti está a
doscientos treinta años luz de aquí. Eso significa unos trescientos minutos en
cada sentido. Podemos considerar unas diez horas antes de que el piloto del
Tiro Largo pueda volver al espacio del Anillo, y hará su siguiente cita con más
prisa aún. ¿Es correcta la apreciación?
—Lo
harían, de todos modos —dijo Luis—. Cargarían directamente.
Acólito
se erizó.
—Los
Kzinti no adoramos a los relojes y calendarios, Oboe. Esa nave, el Diplomático,
fue atacada. Estarán alerta.
—Los
nativos del espacio siempre adoran a los relojes y calendarios —dijo Luis—.
Las
órbitas se parecen a eso, incluso.
—¿Inferior?
42 |
P á g i n a
—¿Qué
arriesgas tú en esta conjetura? —preguntó el titerote.
—Muchísimo
—dijo Oboe—, pero debo arriesgarlo. La actividad de la Guerra del Margen se
acelera hacia nuestra singularidad. Mi peor movimiento es no hacer ningún
movimiento.
—¿Cuál
es tu intención?
—Capturar
al Tiro Largo.
Luis
comprobó que había tenido razón: una misión desquiciada. Intentó advertir:
—El
Tiro Largo es tres mil veces más rápido que nosotros bajo el hiperimpulso, y
nunca entrará en la singularidad del Mundo Anillo.
—Pero
no pueden usar el hiperimpulsor si se encuentran atracados a otra nave.
Seguidme.
Oboe
avanzó dos zancadas y desapareció. Y por segunda vez, Luis lo siguió.
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P á g i n a
CAPÍTULO
5
HANUMAN
Según
su propia opinión, la Sonda Dos ya era una máquina perfecta…, pero Hanuman 5
siguió trabajando en ella, sin embargo. De todas las fascinantes máquinas en el
dominio de Oboe, era ésta la que se hubiera sentido justificado de hacerla
propia. Arriesgaría su propia vida por montar esa nave.
Lo
había observado trabajar en el Sistema de Retejido Antimeteoros; Oboe le había
hablado mientras tanto. Hanuman casi sentía que lo entendía. Al abrirse un
cráter en el suelo del Mundo Anillo, un número enorme de diminutos componentes
tejerían hilos de scrith a partir de la materia desprendida, reuniendo y
recomponiendo la enorme estructura, y cerrando el agujero. Algo más sucedería,
mientras esas nanomáquinas trabajaban: otros componentes diminutos similares
tejerían unos cables magnéticos — más delgados que el pelo sobre el cuerpo de
Hanuman— para reparar la red de cables superconductores embebida dentro del
suelo del Anillo.
La
naturaleza de todo protector le impulsaba a actuar…, pero Hanuman no podía
hacer otra cosa que mantenerse lejos del Sistema de Retejido Antimeteoros,
conservar sus manos apartadas de esas máquinas que podían salvar al Mundo
Anillo y cada especie sobre él, incluso al propio Hanuman. No se atrevía a
tocar lo que no entendía.
Por
mil quinientas vueltas del cielo Hanuman había vivido en los árboles, con otros
de su clase. Había amado, había engendrado niños, había madurado. Luego una
criatura toda hecha de nudos, y envainada en una armadura de cuero, había dado
a Hanuman una raíz para comer.
Hanuman
había sido inteligente por un período de un falan, más o menos. Era muy
consciente de este hecho: Oboe era un intelecto superior. Hanuman podría
arruinar las máquinas de Oboe, a menos que fuera explícitamente dirigido y
guiado al respecto.
Pero
al menos podía trabajar sobre la Sonda Dos. Ésta era la máquina que
probablemente lo mataría, por lo que esperaba entenderla mejor. Oboe —tan
superior a Hanuman como él era hoy superior a los criadores de su especie— no
la entendía completamente tampoco.
Hanuman
sintió un leve movimiento en el aire y se dio vuelta: Oboe había llegado, y
5 Hanuman: en la religión hindú, el dios mono
auxiliar de Rama; representa la devoción y la valentía. (N. del Trad.)
44 |
P á g i n a
traía
invitados.
Se
encontraban ahora en la gran caverna bajo el monte Olimpo. Oboe se acercó de un
tranco hacia un individuo de la mitad de su altura.
—Hanuman,
éstos son amigos. Equipo, éste es Hanuman, piloto de la Sonda Dos.
La
voz del forastero era aguda, pero no infantil.
—Acólito,
Luis Wu, Ser Último. Seáis bienvenidos.
—Es
un placer —dijo Luis. ¿Hanuman, había dicho Oboe? Todavía trataba de decidir lo
que estaba viendo. El forastero no pesaría más de veintitantos kilogramos. Casi
un metro de alto, una cola de medio metro, articulaciones engrosadas, un cráneo
demasiado grande para su tamaño general y la piel como cuero curtido, cayendo
en pliegues—. Tú ha de ser un protector del Pueblo Colgante…
—Sí.
Oboe me hizo y me bautizó. El nombre Hanuman es una referencia literaria tomada
de la biblioteca de La Aguja Candente de la Cuestión.
Hanuman
cambió a otra lengua: dialecto Chacal, hablado a gran velocidad. Mientras él y
Oboe charlaban, el traductor de Luis pescaba una palabra aquí y otra allí.
—…prisa…
—…descender
en el sitio.
—…sólo
para probar la teoría. Si tu vehículo sobrevive…
Un
cilindro esperaba al lado del acelerador lineal. Parecía demasiado pequeño para
llevar pasajeros, pero el morro era totalmente transparente. Las espiras
magnéticas por detrás de él —el acelerador lineal— tenían más de kilómetro y
medio de diámetro.
Las
máquinas habían devuelto ya el reconstruido motor de hiperimpulso al vientre de
la Aguja. Ahora la sección retirada del fuselaje avanzaba lentamente, para
reincorporarse a la nave.
Luis
pudo ver que la lonja cortada a la Aguja había sido alterada: un cilindro en
forma de tambor la atravesaba de parte a parte. El lado externo del
abultamiento era opaco, y lucía aquella materia de color bronce. Cuando la
sección del fuselaje se unió a La Aguja Candente de la Cuestión, el
abultamiento se introdujo en lo que una vez había sido el hangar para la naveta
de desembarco.
El
agregado era una esclusa de aire, observó Luis, y lo bastante grande como para
transferir a una docena de personas a la vez.
45 |
P á g i n a
Los
cantos de color bronce de las dos partes del fuselaje se unieron. Entonces el
ribete de bronce se resumió, destilando como una serpiente sobre el suelo de
lava enfriada. La zona de metal dorado sobre la esclusa de aire, en cambio,
permaneció en su lugar.
—No
lo comprendo —dijo Luis—. ¿Qué es esa materia de color bronce?
—Un
pegamento —dijo Hanuman.
Luis
esperó. Oboe al fin habló, aunque con un poco de renuencia.
—Es
un poco más complejo que eso. ¿Entiendes cómo están hechos los fuselajes de
Productos Generales? Cada casco es una enorme molécula única, con sus vínculos
interatómicos artificialmente potenciados. Es muy fuerte, pero si la molécula
es dividida, la envoltura completa se deshace. He desarrollado una sustancia
que sustituye las ligazones interatómicas. No sólo me permite cortar un
fuselaje, como has visto; también puedo unir el fuselaje de una nave de
Productos Generales a otro del mismo tipo. Hanuman, ¿estás listo?
—Sí.
—Sólo
completa tu misión; luego sálvate si es que puedes. Marcha ya.
Hanuman
correteó a través del suelo de piedra, subió en el diminuto misil, y cerró la
nariz transparente. Su nave se deslizó bajo el nivel del suelo.
Hanuman
se tomó un momento para meditar sobre los compañeros de Oboe. Uno era
evidentemente un criador de alguna especie desconocida, pero los tres
destilaban rareza. Gente de la Esfera, extranjeros en el Mundo Anillo. Hanuman
sabía algo acerca de ellos, gracias a la Aguja y los archivos de su
computadora.
¿A
qué nivel de inteligencia se encontrarían ellos, respecto de Hanuman?
“Pegamento”
había dicho, para ver si Luis Wu extrapolaba el resto. Pero no lo hizo.
No
era muy brillante, por lo tanto.
Hanuman
era mucho más listo que cualquiera del Pueblo Colgante, pero no podía ver lo
que Oboe sí veía: la respuesta correcta, cada vez. Y Luis Wu había elegido a
Oboe… ¿Eso hacía a Wu lo bastante listo para que se pudiera confiar en él? El
extranjero grande y peludo no era más que un niño; tendría poco para decir. El
de dos cabezas, en cambio, era tan viejo como los mares y las montañas…
La
Sonda Dos estaba lista para ser lanzada, y Hanuman tenía ya sus instrucciones.
Pero
si conseguía sobrevivir, vendría de nuevo aquí, para saber en quién debía
confiar.
46 |
P á g i n a
El
combustible de hidrógeno barbotó hacia los tanques de la Aguja.
Oboe
señaló la torre de anillos.
—Bram
construyó este acelerador magnético para lanzar los parches de reparación de
los cráteres provocados por meteoritos. Lo he rediseñado. Ahora nos otorgará
una velocidad inicial bastante más alta que lo que nuestro combustible y
cohetes propulsores permitirían. Abordad la Aguja ahora, colocaos los trajes de
presión, y sujetaos. Inferior: a la cabina, conmigo. Deberíamos partir
inmediatamente después de la Sonda Dos.
Ahora
La Aguja Candente de la Cuestión se deslizaba a través del suelo de lava. Luis
se preguntó si tendrían que correr detrás de la nave para poder montar en ella,
pero Oboe les señaló un disco pedestre que los transportó a bordo. El Ser
Último y Oboe pasaron a la sala de control; Acólito y Luis se quedaron en el
cuarto de la tripulación.
Mientras
Luis se metía en su traje, la Sonda Dos era lanzada en medio de una
relámpagueante llamarada y desaparecía en el cielo, a través del cráter del
monte Olimpo. El sistema de lanzamiento era poco eficiente, se dijo Luis. Malo
para el ambiente. Oboe debía disponer de energía en exceso para desaprovecharla
de esa manera.
La
Aguja se hundió hacia la base del lanzador.
Oboe
se había vestido mucho más rápido que los demás.
—¡Comed
algo antes de cerrar vuestros cascos! —gritó—. Hay tiempo aún.
Corrió
algunos programas de diagnóstico, luego comenzó a usar los discos pedestres
para saltar por toda la nave, deteniéndose para observar y retocar controles.
En dos o tres minutos estuvo de vuelta.
La
cabina de control de la Aguja había sido modificada, y ahora disponía de lugar
para un copiloto. El asiento de Oboe, atornillado apresuradamente en el sitio,
era un conjunto de láminas que se combaron para acomodarlo. Echó un vistazo
alrededor a su equipo —todos en sus puestos, bien sujetos, el Inferior a su
lado— y activó el acelerador.
47 |
P á g i n a
CAPÍTULO
6
EL
PUNTO CIEGO
—¡Allá
viene otro! —gritó Forrestier.
La
Tec Roxanny Gauthier miró. En la pantalla de pared, lo que se elevaba por
delante del borde del Mundo Anillo no era más que un punto velado. El Toro
Bacota 6 se encontraba patrullando entre los cometas interiores, lejos de
cualquier amenaza del Anillo.
—¿Has
visto de dónde provino? —preguntó Roxanny.
—Del
mismo sitio que el anterior. Una isla, en uno de los grandes océanos salados.
Las
tripulaciones de caza y reconocimiento no sabían nada, realmente. La pantalla
que observaban les era transmitida desde el Control. Los oficiales en Control
podían entregarles los datos que les pareciera. Sin embargo, eso no evitaba la
especulación de los trips.
—El
primero que nos atacó era demasiado pequeño —comentó Roxanny—. Igual que éste.
No son naves, sólo sondas.
—Son
rápidas, caray. Tec Gauthier, ¿qué es eso?
Elevándose
de la isla del Gran Océano, apareció un punto más grande y alargado, moviéndose
con la misma asombrosa velocidad de la sonda.
—Eso
sí me parece una nave —dijo Roxanny.
La
Central tendría que contestar a eso, seguramente. El Toro Bacota era un navío
de transporte; no lucharía directamente. Era largo y delgado, construido para
soportar las altas aceleraciones en emergencias, y acarreaba veinte naves de
caza y reconocimiento. Roxanny pertenecía a la tripulación del caza Caracolero
7.
6 Toro Bacota: especie de tiburón (Carcharias
taurus) de 2,5 a 3 metros de largo y 100 kg de peso, que se encuentra en todos
los mares y es llamado también gray nurse (enfermera gris) en Australia y sand
tiger (tigre de arena) en USA. (N. del Trad.)
7 Caracolero: pequeña perca (Percina tanasi) de
entre 7 y 8 centímetros de largo que se alimenta de caracoles y sólo vive en el
río Tennessee; es conocida en la zona con el
48 |
P á g i n a
Los
hombres duplicaban aproximadamente a las mujeres tripulantes, y todos tenían
entre cuarenta y ochenta años. Si fueras menor de cuarenta, el Comando no
confiaría en tus reflejos. Y si fueras mayor de ochenta, ¿por qué no habías
sido promovido? Había algo mal contigo… En el sistema de Sol, los trips del
Toro Bacota habían sido de los mejores, pero aquí, en este lugar extraño,
muchos se asombraron al descubrirse bastante mediocres.
Roxanny
Gauthier tenía cincuenta y un años, y todavía era de los mejores. La falta de
acción no le fastidió. A lo largo de los dos últimos años había disfrutado de
las modestas instalaciones recreativas del Toro Bacota: se mantuvo en forma,
compitió ferozmente en las simulaciones de guerra, y se educó con tenacidad.
Realmente disfrutaba en los juegos de lucha por el dominio. Algunos de los
trips combatientes la hallaban intimidante.
La
Guerra del Margen no podía durar para siempre. Las fuerzas implicadas
controlaban energías que eran demasiado poderosas. Y si el Mundo Anillo al fin
se involucraba, nada duraría mucho más.
El
Toro Bacota volvió a la vida. Su morro comenzó a girar de lado. La voz del
Comando
—tranquila, pero no apacible— dijo:
—A
todos los equipos de caza-rec, entraremos al sistema en cincuenta a sesenta
horas. Estaréis inactivos hasta entonces. Comed, dormid, duchaos. Luego del
lanzamiento, lamentaréis no haberlo hecho.
Varios
de los trips bufaron descontentos. El Toro Bacota aún no había lanzado un solo
caza desde su arribo, hacía ya diez meses.
La
partida fue feroz. Luis oyó el gemido de los generadores de gravedad de la
cabina, y sintió la masa de un planeta aplastarse sobre él y expulsarle todo el
aire de los pulmones. ¡Se suponía que esto no debía pasar! Entonces…
…discontinuidad.
La
vista brincó de pronto a un fondo azul marino, y un gran disco negro adornado
con flamígeros tonos alrededor. Las llamas murieron a poco, transformando el
sol en un disco del negro más profundo sobre el negro cielo.
Luis
podía respirar otra vez.
nombre
de snail darter (ensartador de caracoles). Está declarada como especie
protegida por las leyes de EE. UU. (N. del Trad.)
49 |
P á g i n a
La
pared transparente de la nave los protegía de la luz del sol poniendo un parche
negro al exceso de luminosidad. Cuando los ojos de Luis se acostumbraron pudo
distinguir las estrellas, y aquí y allí unas lanzas de luz de fusión. Una gran
nave espacial —un avanzado diseño de la BRAZO— cruzó en forma repentina por
delante, demasiado cerca.
—Lo
lamento —se disculpó Oboe—. Modifiqué el generador de campo de estasis. El
efecto duraba demasiado tiempo; eso nos hacía vulnerables. Sin embargo, ahora
no se activa lo bastante rápido. Lo arreglaré luego. ¿Estáis todos bien?
—¡Podríamos
haber sido aplastados! —gimió el Ser Último.
—¿Dónde
está Hanuman? —preguntó Acólito.
Una
ventana virtual apareció, y mostró un acercamiento.
—Allí,
por delante de nosotros.
Los
bandos involucrados en la Guerra del Margen comenzaron a anoticiarse de la
presencia de la diminuta nave de Hanuman, y también de la más grande, que la
seguía a cuatro minutos. Oboe sacudía y hacía danzar la Aguja, para evitar
peligros invisibles. Por delante de ellos, la Sonda Dos de Hanuman comenzó a
deslizarse enloquecidamente por todas las zonas del cielo. El parche negro que
cubría el sol comenzaba a ampliarse.
Oboe
aplicó los cohetes propulsores en una oleada sostenida, y viró en medio de la
aceleración. La visión delantera se borroneó a negro, luego se aclaró.
La
Sonda Dos se había ido.
Luis
se apenó un poco; nunca había tenido posibilidad de intimar con el pequeño
protector.
—Bien.
¿Y de qué sirvió esto, Oboe? —preguntó.
Una
nutrida dosis de pirotecnia los rozó: las armas de la Guerra del Margen
mordiendo la nerviosa estela de la Aguja. Oboe no hizo caso de ello.
—Lo
que has visto no sirvió de nada… aún.
La
Sonda Dos de pronto regresó. Se había movido, había emergido de la nada… medio
millón de millas más adelante.
Nej
y caray, ¿qué ha hecho Hanuman?
—Tú
y yo nos ponemos a prueba constantemente, ¿no es así, Luis? —dijo Oboe—. Déjame
mostrarte lo que he aprendido…
50 |
P á g i n a
El
grito orquestal del titerote ahogó la voz de Luis:
—¡No
lo hagas!
Las
manos de Oboe se movieron.
Hubo
color y flujo. No había formas allí, sólo modelos fluidos de luz y unas
huidizas manchas en forma de coma, oscuras y diminutas.
En
el Punto Ciego, bajo el hiperimpulso, Luis nunca había sido capaz de ver nada.
Entrar
en el hiperespacio estando tan cerca de un sol era insano, pero la Sonda Dos de
Hanuman lo había hecho, de todos modos. Y de alguna manera, había vuelto al
espacio normal otra vez. ¡Y Oboe estaba haciendo lo mismo! Le gritaron que se
detuviera, pero no les hizo caso. Sumergió a la Aguja en el hiperespacio
estando demasiado cerca de la singularidad provocada por un sol.
Nacido
y crecido sobre el Mapa de Tierra, Acólito nunca hubiera adivinado el peligro.
El despegue ya debía haberlo asustado bastante, pero en medio de esa pesadilla
danzante de revueltas comas y claroscuros, sólo podía retener el aliento para
rugir cuando emergieran al espacio normal otra vez.
De
pronto, estaban de nuevo entre las estrellas. La singularidad no se los había
tragado, al fin al cabo; o, en todo caso, los había regurgitado. Luis miró
alrededor, saboreando de nuevo la capacidad de ver. Detrás de él, y muy
cercano, se veía una media luna negra orlada de fuego: el sol cortado por la
mitad por la sombra del Anillo.
Conducir
por el hiperespacio de manera incorrecta, en teoría, podía hacerlos aparecer en
cualquier parte del universo. Luis no había esperado ver el arco del Anillo
eclipsando la mitad del sol. De hecho, de todos los quintillones de soles en el
universo, nunca hubiera pensado que estarían todavía precisamente al lado de
éste… pero estaban allí.
Oboe
habló entonces.
—Oye,
Inferior… Hum. Luis, entonces. ¿Me dirías si lo que se veía por las paredes era
el Punto Ciego del que vuestras historias hablan?
—El
Punto Ciego es lo que no se ve en el hiperespacio —respondió Luis—. Si tratas
de mirar por una ventanilla, te quedas ciego. Puedes ver sólo lo que está
dentro de la cabina. Ésa es la causa de porqué la mayoría de los pilotos usan
pintura y cortinados para cubrir los fuselajes transparentes de Productos
Generales. Hay algunos seres distintos, sin embargo, humanos y otras PJ que
pueden usar al menos un detector de masas sin volverse locos. Yo, por ejemplo,
puedo hacerlo. ¿Inferior? —pero el titerote
51 |
P á g i n a
debía
estar en su modo de escabel, hecho un ovillo en el cuarto de control—.
¿Acólito?
—Oboe
—dijo el kzin—, si acaso no puedes ver cuando viajas por el hiperespacio, este
será un paseo bastante entretenido…
—Pero…
¡ese no es el punto! —Luis penaba tratando de explicar lo obvio—. Las naves
simplemente se pierden si pasan al hiperespacio estando demasiado cerca de una
masa lo suficientemente grande. El espacio está demasiado curvado por la
singularidad… ¿Qué pasó aquí? Deberíamos estar muertos, o en otra parte del
universo, o en otro universo incluso… ¿Por qué no ha sucedido? ¡Estamos todavía
en el sistema de Mundo Anillo!
—Mira,
Luis, yo no encontré ninguna teoría convincente acerca de ello en los archivos
—adujo Oboe—. Tuve que desarrollar una por mi cuenta. El “hiperespacio” es un
término falso, Luis. El universo a que se tiene acceso mediante el impulsor de
los Forasteros corresponde a nuestro propio universo einsteiniano, punto a
punto, pero hay una serie de velocidades fijas, cuantificadas.
»De
seguro sabes que es posible trazar un mapa de cualquier parte de un dominio
matemático dentro del propio dominio. Para cada punto en un dominio particular,
se puede definir un punto único en el otro. Pensé que la relación aquí debía
ser punto a punto, salvo que el espacio curvado por la cercanía de las grandes
masas no está apropiadamente representado. En estas condiciones, una nave que
intentara lo que Hanuman ha intentado, simplemente no iría a ninguna parte.
Entonces pensé en un modelo alternativo. Tendremos que revisar luego las
grabaciones que he hecho al saltar para saber si he tenido razón, pero después
de todo, Hanuman realmente entró y volvió a salir… Disculpadme ahora —dijo
Oboe, y retornó a los mandos.
La
Aguja Candente de la Cuestión comenzó a zigzaguear.
La
batalla no les dejaba respiro. Una andanada de estallidos termonucleares
floreció fuera de la nave. La Aguja los atravesó, y una oscuridad protectora
fluyó a través de las paredes.
Luis
sentía grandes deseos de golpear a Oboe en la cabeza con algo contundente para
que se decidiera a hablar, pero no parecía prudente hacerlo mientras les guiaba
a través de una tormenta de fuego.
—Observa
de que no hemos viajado muy lejos bajo el hiperimpulso —continuó el protector—.
Hanuman no lo hizo tampoco. Un año luz en tres días es lo característico a
través del espacio, cuando no hay masas cercanas. En el pozo de la singularidad
de una estrella, en cambio, el espacio no es plano. No estoy seguro siquiera de
que hayamos excedido la velocidad de la luz.
»Hemos
partido a punto uno C. Estaremos a la altura de los cometas en unas pocas
52 |
P á g i n a
horas;
podremos usar sin peligro el hiperimpulsor allí. ¿Tomarás entonces los mandos,
Inferior?
Una
cabeza se asomó apenas por entre la enjoyada melena.
—No.
—Entonces
conéctate a la memoria de la nave y reúne la información que recolectamos en el
salto.
Un
indicador de masa no puede crear registros, porque la mente del usuario es un
componente indispensable para que funcione y el equipo entrega la información
directamente al cerebro. Pero Oboe había construido algo mejor, algo que tomaba
fotos bajo hiperimpulso.
Una
pantalla virtual mostraba ahora los fluentes colores que Luis recordaba, y un
punto violáceo profundo que se ampliaba en forma de renacuajo.
—Esto
explica por qué no viajamos lejos —dijo Oboe—. Demasiado cerca de la masa del
sol…
—Dentro
de la singularidad —aclaró Luis.
—Luis,
no creo que haya aquí una singularidad matemática en absoluto. Encontré la
referencia a un indicador de masa en la biblioteca de la Aguja. ¿Has usado
alguna vez un indicador de masa?
—Hay
uno delante de ti. Sólo se activa bajo el hiperimpulso.
—¿Esto?
—señaló una esfera de cristal, inerte ahora. Luis asintió con la cabeza—. ¿Qué
es lo que se ve con esto?
—Las
estrellas.
—¿La
luz de las estrellas?
—No.
El indicador de masa es un dispositivo psiónico. Uno percibe datos, pero no con
los sentidos habituales. Las estrellas se ven más grandes de lo que son, como
si se viera un sistema solar entero.
—Tú
has estado percibiendo esto —Oboe señaló la foto, que se veía como trazos de
pintura de neón corriendo sobre aceite—. Materia oscura. La masa faltante. Los
instrumentos no pueden detectarla en el espacio einsteiniano, pero se acumula
alrededor de las estrellas en esa otra región que vosotros habéis estado
llamando el hiperespacio. La materia oscura vuelve más masivas a las galaxias,
cambia su spin…
53 |
P á g i n a
—¿Hemos…
atravesado esa cosa?
—Tienes
el cuadro incorrecto en mente, Luis. Mis instrumentos no registraron ninguna
resistencia. Probaré eso más tarde, pero… podría haber sido muy diferente si
esto nos hubiera alcanzado —señaló a la sombra violácea en forma de coma—.
Hemos encontrado vida en todas partes, en este universo. ¿Sería sorprendente si
ha crecido una ecología dentro de la materia oscura, incluyendo… los
depredadores?
Tal
vez Oboe estaba realmente loco.
—¿Sugieres
que las naves que activan el hiperimpulsor cerca de una estrella son…
devoradas?
—Sí.
Loco,
verdaderamente. Pero… el Ser Último seguía su trabajo con los instrumentos de
la Aguja y las grabaciones. Él no se había estremecido bajo la noción de unos
depredadores masticándose las naves espaciales.
Entonces…
el titerote ya lo sabía.
—Sólo
sostuve el hiperimpulso durante un momento —dijo Oboe—, pero estos hipotéticos
depredadores tienen una única velocidad, Luis, y es rápida. “Singularidad” es
un término matemático. Seguramente hay implicadas matemáticas en el asunto,
pero puede que sean más complejas, y no sólo regiones donde una ecuación da el
infinito como resultado. Dentro de esa ciénaga que es la materia oscura, la
velocidad característica del viaje por el hiperespacio puede verse
drásticamente reducida. La prueba de ello es que salimos vivos.
—Estamos
siendo observados —dijo el Ser Último—. Percibo haces provenientes de
telescopios de la BRAZO y del Patriarcado, y detectores de neutrinos. Las naves
comienzan a acelerar hacia dentro del sistema. La nave de los Sheathclaws lleva
a bordo telépatas de ambas especies, aunque aún no estamos dentro de su
alcance. He encontrado el racimo de cometas que esconde al Diplomático, el
buque insignia Kzinti. Está del otro lado del sistema, a siete horas luz de
distancia detrás de nosotros. Oboe, ¿tienes un plan, acaso?
El
protector Chacal dijo:
—Tengo
un esbozo simple. Observaremos la Guerra del Margen mientras nos deslizamos
hacia el exterior del sistema. Dejaremos que nuestra velocidad nos lleve lejos
de la zona de peligro, esa región de materia oscura donde los depredadores
están al acecho. Entonces costearemos alrededor del sistema, en régimen de
hiperimpulso. Nos acercaremos al Diplomático, al otro lado del sol, y
esperaremos el desarrollo de los acontecimientos.
54 |
P á g i n a
Las
horas pasaron. Las facciones de la Guerra del Margen no hicieron ninguna prueba
adicional de la defensas de la Aguja. Cuando el sol no era más que un punto
brillante y el Anillo apenas un halo fantasmal, Oboe preguntó:
—Inferior,
¿puedes percibir el hiperespacio directamente?
—Sí.
—Yo
no puedo verlo. Pero si tú no puedes pilotar debido al terror, tendré que volar
yo la Aguja…
El
titerote se desovilló entonces, y tomó los mandos de la nave.
—¿Dónde
he de dirigirme?
—Llévanos
a diez minutos luz por fuera de la última posición del Diplomático.
Los
seres humanos no pueden con el Punto Ciego. La mayoría de las personas
directamente se volverían locas. Unas pocas, como Luis, pueden usar un
indicador de masa para conducir por el hiperespacio y mantener a salvo su
cordura también. Algunos Kzinti son psiónicos, y pueden percibir el
hiperespacio directamente; por ello sus descendientes femeninos se han apareado
dentro de la familia del Patriarca por los últimos quinientos años.
Esta
vez no había nada. Ni oscuridad, ni un monótono color gris, ni siquiera el
recuerdo de una visión. Luis hurgó en los comandos hasta que pudo opacar el
fuselaje en el cuarto de la tripulación.
—No
entiendo lo suficiente para hacer preguntas inteligentes, Luis —dijo Acólito.
—Todo
va bien. Conozco esto. Estamos bajo hiperimpulso de la manera a la que estoy
acostumbrado. Hemos salido fuera de la… línea de demarcación, digamos — arguyó
Luis—. Parece que tengo que aprender de nuevo todo lo que sé.
Durante
toda su vida él había pensado en términos de singularidades matemáticas. En un
sistema tal, la influencia de las masas densas —los soles y planetas— generaría
indeterminaciones en el hiperespacio. Las naves no podrían ir allí usando el
hiperimpulso.
—Lo
que hacemos ahora es una maniobra estándar de navegación. ¿Recuerdas que
viajábamos a cierta velocidad en el espacio normal? Fuimos lanzados desde el
Mundo Anillo, superamos el sol y volamos hasta los límites del sistema. Todavía
llevamos esa enorme velocidad.
55 |
P á g i n a
»Pero
el Ser Último nos conduce ahora bajo el hiperimpulso alrededor del sistema.
Cuando retornemos al espacio normal, tendremos la misma velocidad con la que
comenzamos, pero la nave apuntará ahora hacia el sol y el Mundo Anillo.
—Hemos
salido —dijo el Ser Último.
Estaban
nuevamente en el espacio negro, y una gran estrella brillaba adelante.
Habían
estado aproximadamente cinco minutos bajo el régimen del hiperimpulso.
—La
Guerra del Margen no llega normalmente tan lejos —dijo el Ser Último—. Estamos
seguros por el momento. Nuestro vector de velocidad apunta ahora al interior
del sistema, derecho hacia la última posición conocida del Diplomático.
Deberíamos actuar dentro de los próximos diez minutos, antes de que el navío
Kzinti pueda detectar nuestra estela de neutrinos y la radiación de Cherenkov
que despedimos.
—Consígueme
una vista —pidió Oboe.
Diez
minutos luz es algo más que la distancia entre la Tierra y el Sol. La ventana
virtual apareció, el Inferior hizo un acercamiento, y se vio un cometa bastante
desperdigado, por fuera del campo estrellado. Un nuevo acercamiento…
Emergiendo
de su nido cometario, se reveló el navío de Comando Diplomático, del
Patriarcado Kzinti: una forma lenticular de acero y cristal.
De
pronto, una gran esfera surgió en la imagen, proveniente de la nada: era el
Tiro Largo, cercano y acercándose.
Oboe
echó apenas un vistazo a la imagen.
—Dentro
de unos minutos se acoplarán. Tenemos tiempo. Inferior, muéstranos lo
registrado en este último salto de hiperimpulso.
El
registro de la hipercámara estaba en blanco. Luis rió disimuladamente, pero
Oboe lo reprendió.
—Luis,
¿no lo entiendes? Simplemente no hay nada que ver. Estamos fuera de la
envoltura de materia oscura que se reúne alrededor de nuestra estrella. Allí
donde casi no hay materia oscura, casi tampoco hay espacio. Ése es el motivo
por el cual podemos viajar más rápido que la luz en el vacío: porque las
distancias en este dominio en particular están drásticamente contraídas.
»Ahora
sólo tengo que descubrir por qué hay más de una velocidad característica. Lo
conseguiré estudiando el Tiro Largo. Inferior, llévanos dentro del alcance del
Diplomático.
—Dos
navíos bélicos custodian el lado cercano del cometa…
56 |
P á g i n a
—Los
veo. Entra en el rango usando el hiperimpulsor. Les golpearemos con nuestra
propia luz.
El
Punto Ciego destelló sólo por un instante.
El
objetivo debía estar todavía demasiado lejos para mostrarse a simple vista,
pero la ventana virtual lo mostró: un esponjoso y oscuro cometa, multitud de
satélites plumosos y helados derivando a su alrededor… y cuatro naves, dos de
ellas unidas. Las nudosas manos de Oboe bailaron sobre los mandos. La Aguja se
lanzó: los generadores de gravedad de la cabina gimieron otra vez. Las naves
más grandes, el Diplomático y el Tiro Largo, estaban unidas por las esclusas de
aire, y se acercaban rápido. Luego más lento. Luego aún más lento.
—Tomaré
el mando —dijo Oboe.
El
Diplomático encendió sus láseres defensivos: el cuarto de la tripulación se
volvió negro como la noche.
La
ventana virtual presentaba algo más que la luz visible: una multitud de puntos
de débil brillo venía hacia ellos. La Aguja no tenía motores cohete; Oboe
activó los propulsores inertes. Ahora la ventana virtual desapareció, el
fuselaje chocó de lado, y luego se frenó en su marcha.
Luis
sólo tuvo el tiempo suficiente para comprender que se habían adherido al Tiro
Largo. Entonces la gravedad de cabina de la Aguja se desplazó de manera
inquietante mientras los generadores gemían su canción. Tres naves, acopladas
de cualquier modo, intentaban girar alrededor de su centro común de masa.
El
Diplomático se rasgó y se soltó, cayendo y disminuyendo de tamaño en la ahora
restablecida visual.
La
Aguja Candente de la Cuestión usaba el pleno empuje para arrastrar el Tiro
Largo. ¿Cuánto entregarían los reconstruidos propulsores de la Aguja contra la
importante masa del hiperreactor de Quantum II? ¿Quizá unas diez gravedades? Y
Luis recordó que el Tiro Largo no había tenido gravedad de cabina cuando voló
en él. Todo el espacio disponible había sido necesario para instalar el enorme
hipermotor, y no hubo sitio para equipo suplementario… o al menos, eso le fue
dicho en su momento. Diez gravedades aplastarían a cualquier Kzinti que
estuviera a bordo, noqueándolo o aún matándolo.
El
Diplomático lanzó una nube de misiles, pero luego desapareció en una bola de
fuego, cuyo centro fue oscurecido por las paredes de la cabina.
Los
misiles explotaron uno tras otro: Oboe ejercitaba su puntería con ellos. Los
navíos de guerra custodios no despidieron metralla alguna, sin embargo. ¿Sería
por temor a dañar el Tiro Largo? Oboe hizo reventar una de las naves, que había
intentado
57 |
P á g i n a
aparear
su ruta. La otra quedó muy atrás.
Una
nave que acarrea antimateria es muy vulnerable, pensó Luis. ¿Era eso algo
tranquilizador, o sólo espeluznante?
En
la Aguja, de pronto, cesó el empuje. Oboe saltó de su asiento en pleno grito:
—¡Al
hangar! —cayó en un disco pedestre y se fue.
Acólito
lo siguió antes de que Luis pudiera siquiera comenzar a moverse. Los muros del
cuarto de la tripulación se habían hecho transparentes otra vez, y el Tiro
Largo semejaba un enorme planeta apoyado contra el fuselaje de la Aguja, su
cabina justo contra la nueva esclusa de aire, y la visión bloqueada por el
“pegamento” de color bronce. Luis se desprendió de su red de aceleración, arma
en mano, y corrió al disco transportador. Vio a Oboe cruzar el hangar en dos
zancadas, zambullirse en la esclusa, echar una mirada, abrir la segunda puerta
y saltar, con Acólito directamente detrás. Entonces Luis apareció en la bodega
de carga.
Estaba
a unos tres metros por detrás de Acólito, que llevaba un láser en la mano e iba
frenando su carrera e inclinándose hacia delante porque estaba a punto de
entrar en caída libre. Ahora soy un pirata espacial, pensó con regocijo, no
esperando ninguna verdadera resistencia.
Pero
una dura luz chisporroteó allí donde Oboe había desaparecido. Acólito se detuvo
de repente, luego saltó fuera de la vista.
En
caída libre ahora, Luis apoyó sus pies en la pared y se impulsó llevando al
frente su arma con el brazo extendido.
La
gravedad artificial lo aplastó de golpe contra el suelo.
Eso
lo hubiera confundido, si hubiera tenido tiempo para pensar en ello. El Tiro
Largo no había tenido generadores de gravedad.
El
sistema de apoyo vital del Tiro Largo había consistido en una apretada cabina
para el piloto y único tripulante humano —situada en el mismo fondo de la
esfera—, y un somero cuarto de descanso y recreación por encima de ella, ahora
ocupado por Oboe y tres kzin. Dos de los gatos estaban tumbados en charcos de
sangre color naranja, cortados en trozos, chamuscados y muertos. El tercero
estaba erizado como una nube amarilla y negra con dientes. Luis mantuvo la
temblorosa mira de su láser sobre él hasta que se sintió seguro de que era
Acólito.
La
voz de Oboe habló en el casco de Luis:
—El
tiempo urge. Luis, serás el piloto del Tiro Largo. Acólito, regresa a la Aguja.
Inferior,
viajarás con él. Ya tienes tus instrucciones.
58 |
P á g i n a
Luis
se retorció en su camino para eludir a Acólito y cayó en la silla del piloto.
Acólito
empujó a los guerreros del Patriarcado bien adentro de la zona de descanso;
luego saltó hacia la esclusa de aire. El titerote, que acababa de llegar, había
reculado por delante de él.
La
voz del comunicador de Oboe los siguió.
—Inferior,
¿qué significa que hayamos encontrado gravedad de cabina a bordo del Tiro
Largo?
Silencio.
—¡Inferior!
El
titerote estaba poco dispuesto a hacerlo, pero al fin habló.
—Eso
sugiere que el Patriarcado ha descubierto algunos de nuestros secretos. Varios
de los items embalados en el Tiro Largo eran instrumentos de recolección de
datos. Otros eran sólo equipamiento ficticio, para desviar la dirección del
estudio y retardar la asequibilidad de la tecnología del hipermotor. El equipo
científico del Patriarca debe haber descubierto cuánto espacio superfluo había
en realidad; han de haberlo usado para instalar un generador de gravedad de
cabina, y quién sabe qué otras cosas. Tienes que comprender el motivo de que lo
hiciéramos así… ¿Qué harían con una nave tan rápida los guerreros, humanos o
Kzinti, si supieran que había espacio suficiente para propulsores, naves
pequeñas de ataque y armas? Oboe, si tú no puedes imaginarlo, pregúntale a
Luis.
—¿Luis?
—Hum.
Sólo alégrate de que esta nave sea nuestra ahora —dijo Luis.
Estudió
el panel de control del Tiro Largo. Un segundo grupo de instrumentos, de
construcción algo más burda, había sido añadido al lado del primero. Todos los
indicadores habían sido modificados, y referían en puntos y comas Kzinti.
La
gravedad rodó en forma inquietante. Estaban en movimiento ahora, y el generador
de la cabina del Tiro Largo se veía en figurillas a causa de la desequilibrada
configuración actual.
Oboe
se asomó por detrás del hombro de Luis, apoyándole su afilada mandíbula contra
el cuello.
—¿Puedes
volar la nave?
—Creo
que sí —dijo Luis—. Aunque debería mantener los ojos cerrados.
—¿Lees
la Lengua del Héroe?
59 |
P á g i n a
—No.
—Yo
sí. Apártate. Únete a tus compañeros a bordo de la Aguja.
—Puedo
volar el Tiro Largo. Recuerdo los mandos.
—Ya
ves que han sido modificados. ¡Sal de ahí!
—¿Podrás
volar esta nave?
—Debo
intentarlo. Vete ya.
Cuando
Luis volvió al hangar de la Aguja, Acólito ya había salido de él.
Se
tomó un minuto para contener su enojo. Típico de un protector, apostar su
propia vida y las de los demás en base a sus propias capacidades todavía poco
formadas, a teorías nebulosas, tomando riesgos que el mismo Luis no habría
asumido siquiera en su adolescencia. Pero no era bastante. Oboe había apostado
por la vida de Luis Wu porque podía aprovecharlo… y ahora, que había llegado el
momento, no lo hacía. Bien, qué demonios… Era sólo otra jugada que no le había
dado resultado.
Inhalar
por la nariz, retener el aire, forzar el abdomen, exhalar… Se sentía
notablemente bien el retorno a los veinte. Sería estupendo, aunque sólo si
lograra sobrevivir lo suficiente.
La
Aguja dio algunos tumbos y se separó del Tiro Largo.
Luis
encontró el disco pedestre oculto y pasó al cuarto de la tripulación. Acólito
estaba allí. El Ser Último estaba en la cubierta de vuelo, dándoles la espalda.
—Hemos
de hacer nuestro camino por separado. Luis, Acólito, sujetaos.
—Se
supone que yo deba ser el copiloto —señaló Acólito.
—Cambio
de planes —dijo el Ser Último sin girar siquiera las cabezas.
Luis
no se preguntó entonces cómo fue que el titerote tuvo control sobre el
“pegamento” de bronce que había unido los fuselajes. Oboe no vaciló tampoco;
habló desde el Tiro Largo y dijo:
—Como
mejor te parezca, Inferior. Vuestros enemigos en esta parte del espacio
incluyen cada nave de la BRAZO y del Patriarcado, y muy probablemente todos los
demás foráneos. He envainado el fuselaje de la Aguja en scrith, otorgándole una
nueva capa de defensa; pero los proyectiles de antimateria representan todavía
un gran peligro. Ábrete camino al Mapa de Marte como mejor puedas.
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P á g i n a
El
Ser Último no contestó. La Aguja Candente de la Cuestión dio la vuelta
lentamente, apuntando hacia el espacio interestelar.
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P á g i n a
CAPÍTULO
7
FIN
DE CARRERA
—Luis,
¿no estamos apuntando en la dirección incorrecta? —preguntó Acólito.
Cuatro
motores de fusión brillaron azules en el Tiro Largo, que se veía lejano y
diminuto ahora. La gran nave no tenía mucha aceleración, y era todo llama de
fusión, muy visible contra un cielo plagado de enemigos.
¿Intentarían
la BRAZO o el Patriarcado destruir al Tiro Largo? Luis supuso que no lo harían
mientras hubiera esperanzas de recapturarlo; el hiperimpulsor de Quantum II era
demasiado valioso. A menos que otra facción se aventurara a hacerse de la nave…
¿Qué sucedería entonces?
¿Cómo
pretendería Oboe esconder tan enorme artefacto? Un kilómetro y medio de
diámetro… aunque ahora parecía diminuta contra la escala del espacio profundo.
Pero
ninguno de los problemas de Oboe tenía mayor relevancia frente a lo que el Ser
Último estaba por hacer: retornar al espacio interestelar, volver a casa.
Luis
no había contestado inmediatamente. Acólito siguió hablando.
—Mi
padre asume a menudo que yo sé cosas que en verdad ignoro. Él las aprendió de
pequeño, y por ello le han de parecer obvias. La geometría esférica, la fuerza
centrífuga, las estaciones, el camino que sigue la luz del día a través de un
mundo esférico…
—El
Inferior intenta fugarse —explicó Luis.
—¿Fugarse?
El
Ser Último era seguramente capaz de escuchar, y Oboe podría oírle también, pero
¿qué tenía que esconder Luis?
—El
Inferior tiene ahora una nave espacial en condiciones —explicó—. Siempre ha
considerado frágil la constitución del Mundo Anillo. Lo hace sentirse atrapado.
Ahora está fuera de su prisión, y se dirigirá hacia la Flota de los Mundos… los
planetas donde viven los titerotes.
—Entonces…
¡me ha secuestrado! ¡Inferior!
El
titerote no contestó.
—Yo
también he sido secuestrado. Relájate —dijo Luis—. Tenemos tiempo. Este
62 |
P á g i n a
nave
no puede alcanzar el espacio conocido en menos de dos años. Incluso la Flota de
los Mundos está a varios meses de distancia. Tenemos mucho tiempo para pensar.
—Luis,
¿qué harás cuándo termines de enseñarme la paciencia?
Luis
sonrió.
—Montarte
como una estatua en el palacio de tu padre —era su broma privada.
La
Flota de los Mundos debía ser el lógico objetivo del Ser Último. Sin embargo,
la política de la Flota lo había expulsado de la posición suprema… Hacía varios
años de ello, pero los titerotes pensaban en períodos de tiempo mucho mayores.
El Inferior no sería bienvenido entre los de su propia especie.
Se
podía tener esperanzas, entonces.
En
cuanto a Luis Wu, era buscado por las Naciones Unidas para ejercer sobre él su
protección al conocimiento patentado… por el grave delito de saber demasiado.
Las NU gozaban de gran importancia en los mundos del espacio humano, pero, de
todos modos, no gobernaban en todas partes. Su autoridad concreta sólo
comprendía el sistema Tierra-Luna… y su objetivo era cualquier cosa que pudiera
amenazar ese dominio.
El
Ser Último había hallado a Luis Wu sobre Canyon y lo había secuestrado, hacía
ya unos quince años. La administración municipal de Canyon o la BRAZO habrían
reclamado las posesiones de Luis allí, al día de hoy. Había perdido hace tiempo
el derecho sobre sus residencias en la Tierra. Entonces… ¿dónde iría Luis?
Tenía que haber un lugar seguro.
Se
sorprendió al descubrir que realmente nunca imaginó que este día llegara alguna
vez.
—Tendré
que ser persuasivo —dijo Luis—. Tal vez pueda conseguir que el Inferior nos
deje en algún sitio del espacio humano; entonces encontraré el modo de hacerte
regresar a casa. Aunque antes te mostraré algo de los mundos humanos; podría
ser interesante para ti.
—¿Por
qué ir al espacio humano? ¡Que nos deje en el Patriarcado! Permite que yo sea
tu guía allí.
Luis
había sido un héroe interespecies, por un breve período, cuando junto a Chmeee
entregaron el Tiro Largo a sus respectivos gobiernos.
—Acólito,
yo he estado en el palacio del Patriarca y he cazado en su parque. ¿Tú lo has
hecho, acaso?
—Guíame
tú, entonces. Muéstrame el sitio donde creció mi padre.
63 |
P á g i n a
—Bueno,
verás… Tengo miedo de ir allí. Podría mostrarte las grabaciones que hice en su
momento, si consigo entrar a la Tierra o a Canyon… pero incluso eso es
demasiado arriesgado —de nada valía soñar despierto: la BRAZO de seguro habría
reclamado sus posesiones—. Mira, yo podría tener otra lectura sobre la Guerra
del Margen antes de que volvamos aquí. Oboe no sabe lo suficiente. Tal vez
nadie lo sabe. Podría ser como la guerra de las Dos Rosas, o la de Vietnam, o
la venganza de La Meca: tal vez durara para siempre. Nadie sabe cómo apagar una
guerra.
—Stet,
llévame al espacio humano. ¿Me concederán ellos mi lugar, mis derechos? Luis se
rió.
—Oh,
no. Hablarás el Intermundo, del modo en que Chmeee y yo te lo enseñamos.
Afirmaremos que eres de Sheathclaws o de Fafnir, y que has crecido en una
comunidad humano-kzin. Ellos esperarían que fueras un poco extraño… Nej, ¿por
qué no nos hemos movido? ¡Inferior!
El
Tiro Largo se había perdido ya entre las estrellas y el brillo del sol, pero la
Aguja no se había movido en absoluto.
—¡Haz
algo, Inferior! —gritó Luis.
El
titerote graznó. Luego repuso, sin la menor entonación:
—El
comedor de carroña ha deshabilitado mi hiperimpulsor.
Luis
no encontró nada que decir.
—¡Podría
haber girado en el hiperespacio para esconder mi punto de retorno al Mundo
Anillo! Ahora cada telescopio en el sistema nos estará siguiendo, mientras
intento alcanzar la seguridad —lloriqueó el titerote—. Estaremos bajo fuego
por… dos días, como estimación más optimista. Oboe tendrá mucho que explicar
acerca de esto.
—Vamos,
Inferior… Habrías huido, y tú lo sabes —dijo Luis.
El
titerote lanzó un discordante y orquestal alarido. La Aguja volteó y se puso en
marcha.
Nubes
de misiles y una veintena de naves brotaron de los cometas una hora después de
que el Ser Último comenzó su carrera. Los miraron llegar mientras la Aguja
aceleraba hacia el sol.
El
titerote permaneció en la cubierta de comando. Acólito y Luis quedaron aislados
en el cuarto. Ambos hablaron del asunto en voz baja, como si no pudieran ser
oídos.
Luis
contempló la llegada de la Guerra del Margen.
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P á g i n a
Los
misiles más rápidos no acarreaban verdadero peligro: nada que tuviera alto
empuje llevaría antimateria. No se podía arriesgar que la antimateria se
sacudiera y golpeara contra su contenedor magnético. Algunas naves —en
particular aquellas alargadas de la BRAZO— debían acarrear proyectiles de
antimateria y un acelerador lineal para lanzarlos, pero esos navíos serían
lentos, demasiado lentos para rivalizar con la Aguja.
El
rastreo del Tiro Largo no ofreció a los invasores ningún problema en absoluto.
La esfera de kilómetro y medio era demasiado conspicua e indefensa.
Los
misiles comenzaron a llegar durante el segundo día. La mayor parte de ellos
convergió en una nube en torno al Tiro Largo.
Oboe
había añadido una torrecilla láser a la Aguja. El Ser Último la utilizó para
derribar concienzudamente las pocas docenas de misiles que los perseguían. El
sol fue creciendo a ojos vistas. Luis se preguntó si habría más naves esperando
por ellos en el interior del sistema.
—¿No
deberíamos dar la vuelta ya, Inferior?
—Es
lo que ellos esperarían —respondió.
Luis
se preguntó de qué hablaba el titerote. Entonces, mirando hacia adelante, lo
supo.
¿Qué
tan peligroso podía ser? ¿Acaso los titerotes no eran cobardes? Luis Wu no
debía revelar su temor delante del Kzin. Sería mejor si podía persuadir a
Acólito de que se estaba divirtiendo… ¡Esto es un paseo!
Incluso
el Ser Último tenía más miedo de sus perseguidores que de lo que intentaba
hacer, evidentemente.
Luis
se tomó un momento para estudiar su siguiente parlamento. Luego:
—Inferior,
todo lo nuevo sobre la Aguja, incluyendo el hiperimpulsor, ha sido construido o
modificado por Oboe, y nunca ha sido probado. ¿Confías en ello? Me refiero,
sobre todo, al campo de estasis…
—Tengo
que hacerlo —dijo—. Aquí fuera soy la presa. Cualquier criatura con un
telescopio ha de haber visto el ataque de la Aguja contra el Tiro Largo. ¿Somos
una mera diversión? ¿Acaso Oboe tirará por la borda nuestras vidas para
distraer a sus enemigos? ¡Responde, Luis! Él es más de tu especie que de la
mía.
Siéndole
pedida su opinión de Oboe, Luis la dio:
—No
confíes en él. Juega tu mejor baza, pero recuerda que él reacciona muy rápido.
65 |
P á g i n a
—Incluso
si pudiéramos alcanzar Mundo Anillo, todavía seré su prisionero —dijo el Ser
Último—. Pero no aceptaré eso. No lo haré más. Me he hartado de que me pongan
en constante peligro para lograr objetivos que no entiendo.
—Háblame
sobre ello —dijo Luis.
La
Aguja Candente de la Cuestión había adquirido una velocidad considerable y
todavía aceleraba cuando sobrepasó el Muro del Borde. Apenas lo hizo, una nube
de puntos de luz se desplegaron saliendo de la cara inferior del Anillo,
permanentemente en sombras. La Aguja estaba ahora dentro del arco del Mundo
Anillo, bajo la deslumbrante luz del sol y con un halo de miles de diminutas
sondas a la zaga.
Luis
oyó un aullido como para derretir los huesos y un sonido sordo y rítmico, pero
decidió no asomarse alrededor de la pared de la cocina para ver. Sólo era
Acólito atacando un muro, haciendo un poco de ejercicio.
La
nave daba tumbos y zigzagueos a través del cielo, pero eso sólo se notaba por
los nerviosos desplazamientos visuales del campo estrellado en derredor. La
Aguja sufría tremendas aceleraciones, pero el generador de gravedad de la
cabina parecía estar a la altura del desafío. Otra vez aparecieron las sondas.
Ninguna atacaba a la Aguja, pero evidentemente todas las especies querían
echarle un vistazo.
¿Qué
verían en sus pantallas? Un fuselaje número tres de Productos Generales, de
factura titerote, y un titerote en los mandos. La Aguja podía considerarse
bastante segura; la enorme mayoría de las PJ en el espacio prefería evitar el
asustar a un titerote.
El
círculo negro que interceptaba el sol se hacía más grande a cada segundo.
Esto
va a ser un paseo del infierno, se dijo Luis.
Una
luz repentina y deslumbrante parpadeó, blanco sobre negro. Acólito preguntó, en
tono sarcástico:
—¿No
era que los misiles no portaban antimateria?
—Tal
vez eso fuera una nave golpeada por una bala de antimateria —sugirió Luis—. La
luz parece ser la adecuada. Estoy especulando, por supuesto… Inferior, continúa
zigzagueando.
La
voz del titerote cantó:
—¿Para
oponerme a qué? No me molestes, Luis. Dime, si matan a Oboe, ¿elegirás a otro
protector? ¿O a ninguno más?
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P á g i n a
—¿Qué
es lo que está haciendo él?
El
Ser Último hizo aparecer una ventana virtual.
Un
denso cardumen de misiles y naves convergían, como formando una cáscara,
alrededor de la esfera de cristal de kilómetro y medio de diámetro. Una miríada
de láseres y bombas centelleaba entre ellos. Contra todo sentido, alguna de las
naves perseguidoras había disparado sobre el Tiro Largo, y ahora todas las
demás disparaban también. La esfera cambió de tonalidades,
brillante-oscuro-brillante bajo la luz de los láseres, con sus cuatro arcaicos
impulsores llameando.
Entonces…
el Tiro Largo desapareció.
—Se
sumergió en el hiperespacio —dijo Luis—. Bastardo loco. Pero los perderá,
siempre que evite ser devorado por…
—¿Qué
harás si Oboe perece? —insistió el Ser Último.
—Hay
demasiado Árbol de la Vida por allí, Inferior. Tengo que hacer algo —dijo
Luis—. Si no lo hago, los protectores sobre el Muro perimetral tomarían el
mando. Y eso no es nada bueno. Están demasiado apartados de la corriente
principal del desarrollo de los homínidos, y no conocen lo suficiente respecto
a lo que sucede. Inferior, los Amos de la Noche siguen siendo la mejor opción.
Poseen el estilo de vida de un chacal. Todo lo que vive es suyo finalmente. Lo
mejor para su propia especie es mantener en buenas condiciones a todas las
demás. Aparte de eso, su sistema de comunicaciones por heliógrafo es
maravilloso. Lo necesitamos.
—Oboe
es arrogante y manipulador —dijo el Ser Último.
La
mancha negra que cubría el sol creció desmesuradamente y se los tragó.
Discontinuidad.
67 |
P á g i n a
CAPÍTULO
8
LA
BOMBA DE ANTIMATERIA
Durante
dos días el Toro Bacota había estado acelerando, por el simple procedimiento de
dejarse caer hacia el sol y el Mundo Anillo. El transporte pasaría por sobre el
Muro perimetral en unas pocas horas; en ese momento habría que decidirse. Un
motor lineal corría por toda la longitud del fuselaje del Toro Bacota. Las
naves de acecho y caza que transportaba podían ser disparadas a la velocidad de
giro del mismo Mundo Anillo.
Los
trips esperaban.
Lo
que había sucedido en el conglomerado de cometas y vacío guardado por el
Patriarcado sucedió demasiado lejos del Toro Bacota, y quedó a medias oculto
por la niebla de cristales de hielo. Las tripulaciones de batalla podían
especular acerca de ello, por supuesto. Unas sondas de exploración estaban
haciendo el trabajo forense. Mientras tanto, los que atacaron a los Kzinti
estaban a la vista y en movimiento.
—El
más pequeño es un fuselaje número tres de PG —dijo el Tec-Dos Claus Raschid—.
Podría ser alguien importante.
—Alguien,
pero nunca un titerote —dijo Roxanny—. No tendría el coraje. —Y el más grande y
lento tiene que ser el Tiro Largo…
El
resto de los implicados en la Guerra del Margen también se había enterado.
Ambos naves estaban rodeadas ahora por sondas de media docena de
civilizaciones. Los datos relativos a ellas fueron mostradas sobre los
monitores de uso común. Un titerote de Pierson estaba al timón de la nave GP#3.
El piloto del Tiro Largo parecía humano.
—El
Tiro Largo está de nuestro lado del espacio —dijo Claus—. Podría ser una buena
ocasión para recuperarlo…
Los
tripulantes miraban la serie de datos. Un repentino estallido de armas rodeó al
Tiro Largo —amenazando una nave experimental de inestimable valor— y Roxanny
sonrió al escuchar las cataratas de maldiciones. Pero su sonrisa se apagó
—igual que las maldiciones— cuando la cristalina esfera simplemente
desapareció.
La
voz del Comando habló por fin:
—¡A
las naves! ¡Todas las tripulaciones de batalla, a las naves ya!
68 |
P á g i n a
Se
esfumó como una burbuja de jabón, pensó Roxanny. ¿Cómo lo hizo? Se escurrió a
lo largo del pasillo hacia su puesto, eludiendo a esos corpulentos tipos que
pensaban que podrían moverse en estos estrechos claustros.
Su
puesto estaba en el Caracolero. Se arrastró por la esclusa y tomó su asiento
asignado. Claus Raschid la siguió. El tercer trip…
—¿Dónde
está Forrestier? —ladró.
El
Tec Oliver Forrestier se balanceó dentro y cayó en su sitio. Los tres estaban
espalda contra espalda, revisando sus pantallas de datos en la pared.
—¿Creéis
que nos lanzarán esta vez? —preguntó Oliver.
Roxanny
Gauthier sonrió abiertamente. Le gustaba eso: ella y dos rudos machos en un
ámbito tan cerrado que no podría filtrar del aire todas las feromonas, y en
condiciones demasiado apretadas para cualquier cosa excepto coquetear. Claus y
Oliver ya se encontraban intimidados.
—Nos
lanzarán —aseguró ella—. Dependiendo de lo que esas naves hagan, podremos ver
bien de cerca el Anillo. Podríamos incluso bajar hasta la superficie…¡Fajaos
los lomos, Personas Jurídicas! Vamos a entrar.
La
nave se sacudió, y Luis se sintió sacudido también, a medida que todo alrededor
de ellos cambiaba. La Aguja estaba fuera de la estasis.
La
visión a los laterales mostraba los temibles fuegos de la corona, por encima de
un horizonte negro. La popa era toda negra: el sol, retrocediendo por detrás de
ella.
Luis
no podía ver lo que aparecía en las pantallas de la cabina del Ser Último.
Mejor. Si pudiera ver los gráficos y representaciones en falso color, sentiría
la temperatura del fuselaje. Había que decir algo sobre los titerotes de
Pierson: ellos nunca ignoraban el peligro, nunca fingían que no estaba allí.
Nunca daban las espaldas a una amenaza, excepto para darle de coces.
Por
delante de ellos fluían unas trazas de gas de la corona, encendidas como
guirnaldas. Las estrellas quedaban opacadas tras un resplandor color rubí, que
debía ser el fuselaje transparente de la Aguja emitiendo radiación para
enfriarse.
Las
naves de la Guerra del Margen no se veían ya. El titerote había eludido a sus
perseguidores al usar la atmósfera del sol como freno aerodinámico para su
nave.
Se
acercaban ya al anillo de enormes rectángulos que creaban las sombras de la
noche para el Mundo Anillo. El Ser Último hizo derivar la nave hasta el borde
de una de las pantallas, luego incrementó ferozmente la aceleración y la dejó
atrás.
69 |
P á g i n a
Luis
se preguntó ociosamente si Oboe habría apagado la defensa antimeteoritos. Ya
una vez antes —a bordo del Embustero—, Luis había sufrido el disparo del láser
supratérmico generado desde el sol; la nave había caído en estasis hacia el
suelo del Mundo Anillo y había arado un terrible surco a través de la tierra.
Nessus, Teela, Chmeee y Luis habían sobrevivido sin un rasguño… pero ahora el
protector Chacal había metido mano en el temporizador del campo.
Esta
vez el láser supratérmico del Anillo no se encendió, o tal vez no lo hizo lo
bastante rápido para pillar a la Aguja.
Pero
la Guerra del Margen los encontró.
—Estamos
siendo seguidos —dijo Acólito.
—Ya
los perderé. No me distraigan —cantó el Ser Último.
El
Mundo Anillo trepó hacia ellos como un enorme matamoscas. La Aguja se zambulló
directamente hacia una larga cinta de tierra, que dormía bajo las sombras de la
noche. Luis pudo apreciar el Océano Opuesto casi justo frente a ellos, un
inmenso diamante azul punteado con racimos de islas, deslizándose de lado a
medida que la Aguja bajaba en picado. El Ser Último apuntó la nave hacia un
grupo de nubes en forma de reloj de arena aplastado; enormes relámpagos
cruzaban toda su superficie. La tormenta tenía un tamaño varias veces mayor que
el de la Tierra.
Un
Ojo de Tormenta es el signo visible de una avería en el suelo del Anillo,
provocada por el choque de un meteorito.
Es
el equivalente en el Mundo Anillo de los huracanes y tornados que se forman en
el ecuador de los planetas. El drenaje de aire a través del cráter produce un
vacío parcial. El aire que fluye desde giro reduce la su velocidad de marcha;
pesa menos y tiende a elevarse. El aire de antigiro se apresura, se pone más
pesado, y tiende a bajar. Vista desde arriba, la tormenta parece un reloj de
arena aplanado e incompleto, con un agujero en la zona central. Pero visto
desde la superficie, a babor o estribor, la tormenta toma el aspecto de un ojo,
con un párpado superior y otro inferior, y una voluta de tornado horizontal en
el centro, e incluso una ceja, hecha de altos cirrus.
Cualquier
protector del Mundo Anillo, Oboe o aún Bram antes de él, habría obturado ya
cualquier agujero, si fuera lo bastante grande; el aire que se ha perdido es
difícil de sustituir. El cráter de meteorito que tenían enfrente debía ser
pequeño, y bastante antiguo; estas tormentas tomaban generaciones para
formarse.
No
es más que un maldito paseo.
El
Ser Último se zambulló hacia la garganta en torbellino del reloj de arena
70 |
P á g i n a
reduciendo
la velocidad en forma terrorífica, llevando una nave grande y dos más pequeñas
todavía en su estela. La Aguja se sumergió en el negro torbellino con frenesí
suicida, y salió como escupida a otro universo, pasando por el cráter del
meteorito hacia el espacio interestelar de un pleno negro, y girando con fuerza
a un lado y de vuelta hacia arriba. El Inferior encendió un láser hacia la
parte oculta del Mundo Anillo; una deslumbrante luz de color rubí iluminó a
poca distancia del cráter una serie de cañerías de reciclaje del flup marino,
rotas por otro antiguo meteorito.
He
de decirle a Oboe, pensó Luis. El Mundo Anillo se desgasta. Pierde el aire y el
agua. Todo necesita reparaciones, el fondo, los Muros del borde, el mismo
paisaje. Oh, sí, lo haremos en nuestro abundante tiempo ocioso.
Atravesaban
ahora una pluma de cristales de hielo. Un bloque de agua de mar congelada
estaba siendo evaporado. De repente, Acólito exclamó:
—¡Luis,
basta ya de repetir eso!
—Lo
siento.
—Ya
sé lo que significa “Esto no es más que un paseo”. Millones de los de tu
especie pagan altas sumas por el privilegio de pasar miedo en condiciones
seguras. ¡Un héroe debe enfrentar peligros reales!
—Lo
has hecho cuando luchamos contra Bram…
Oh,
aquí vamos de nuevo, pensó Luis cuando la Aguja se alzó hacia arriba
nuevamente. Esto no es una trampa mortal, es sólo un paseo…
El
esponjoso mar de negro hielo estaba ya casi totalmente evaporado. La nave se
introdujo por el roto desagüe marino, atravesó una última barrera de hielo, y
se introdujo en el mar de encima.
La
Aguja Candente de la Cuestión derivó por el agua negra y se detuvo.
—Y
aquí la nave podrá reposar —dijo el Ser Último.
Levantó
el borde de un disco pedestre y comenzó a trabajar en sus mandos.
—¿Cuánto
hace que tenías planeado esto? —preguntó Luis, con voz temblorosa.
—Prefiero
adelantarme a las contingencias —respondió el Ser Último—. Si Oboe alguna vez
me daba la oportunidad de mover la Aguja, iba a necesitar un sitio donde
esconderla. Bien, Luis, este enlace conduce ahora al Centro de Reparaciones. La
red de discos pedestres está abierta para nosotros.
Las
orejas de Acólito se alzaron, y miró a Luis y al titerote como si estuviera
presenciando un partido de tenis de mesa.
71 |
P á g i n a
Luis
se lo pensó detenidamente. El océano alrededor de ellos drenaría por el hueco
hasta que se formara otro tapón de hielo. Oboe podría encontrarlos por la pluma
de vapor de agua, si acaso dispusiera de suficiente tiempo. Pero el Tiro Largo
era demasiado lento viajando en el espacio normal, y aunque usar el
hiperimpulsor cerca de una estrella ya no fuera una muerte segura, era todavía
bastante peligroso. Oboe y el Tiro Largo serían cazados a través del cielo
durante varios días aún.
Entonces,
La Aguja Candente de la Cuestión era… —Inferior, no puedes esconderte de Oboe
en esta nave. —Lo he hecho.
—Tenemos
que tener acceso al resto de la Aguja para alimento, descanso, duchas, trajes
de presión… Necesitamos los discos pedestres, y eso es todo lo que Oboe
necesita para hallarte: un disco pedestre en funcionamiento aquí.
—Puedo
esconder nuestra posición, Luis.
El
Ser Último tenía la ilusión de recuperar el control. Parecía fútil, pero…
Caramba, Luis intentaba lo mismo.
—Piensa
en esto, ahora —dijo Luis—. Mientras Oboe busca La Aguja Candente de la
Cuestión, por qué no robarnos el Tiro Largo?
—¿Qué?
¿Cómo?
—No
tengo idea. Pero estoy harto de ser dirigido como un títere, sea por él o por
ti, Inferior. ¡Tiene que haber alguna salida de esta caja!
—Bien,
mientras Oboe se encuentre ocupado, podríamos tener aún un día o dos para
pensar en alguna cosa.
Cruzaron
el disco hacia el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.
La
luz del día había llegado a la zona del Ojo de Tormenta. Luis miraba a través
de trescientos millones de kilómetros, más allá del borde que las pantallas
negras recortaban al sol.
Los
nudos e hilos de plata todavía marcaban ríos, lagos y mares, pero el tiempo y
el cráter habían desecado esa tierra. Tres naves se escabullían y daban vueltas
dentro y alrededor de un reloj de arena aplanado hecho de vientos. Ésas debían
ser las que habían seguido la estela de la Aguja. El navío mayor era Kzinti, y
los más pequeños eran cazas de la BRAZO. Eran capaces de verse el uno al otro
entre las nubes, como cualquiera que tuviera radar de profundidad.
72 |
P á g i n a
Un
relámpago parpadeaba esporádicamente en el cuello de la tormenta, pero un
repentino chisporroteo fue demasiado brillante para ser el relámpago.
—El
problema de cargar con balas de antimateria —conjeturó Luis—, es que toda
tripulación aprovechará cualquier excusa para expulsarlas de la nave.
Las
naves humanas perseguían a la Kzinti. El navío grande se zambulló de nuevo
entre las nubes; Luis podía rastrear su huella de radar por el eje del Ojo de
Tormenta. Una nave de la BRAZO siguió su estela, la otra se lanzó hacia
delante, por el aire libre. Entonces la nave Kzinti aceleró, se clavó en el
cráter de abajo y salió del Mundo.
Dos
cazas de la BRAZO mandaban ahora en quizás un billón de kilómetros cuadrados
del Mundo Anillo. Pasaron varias de las siguientes horas cuartelando y mapeando
el área, aunque volviendo cada tanto al Ojo de Tormenta.
—Custodian
el cráter para prevenir intrusiones —sugirió el Ser Último—. Tú y Chmeee
desperdigaron el secreto por todo el espacio conocido, ¿no es cierto, Luis?
Entre y salga del Mundo Anillo por cualquier cráter de meteorito. De no hacerlo
así, afrontará un láser supratérmico bombeado por el sol.
—Si
encuentran la Aguja —dijo Luis—, tendrán acceso a la red de discos pedestres.
Inferior, ¿es fácil de copiar esta tecnología? Las Naciones Unidas nunca
tuvieron la posibilidad de estudiar los discos. Son mucho más avanzados que las
cabinas de transferencia.
El
Ser Último no contestó, por supuesto.
Luis
se encontró contemplando el Océano Opuesto. La enorme extensión de agua y
tierra se veía como un tapiz sobre la pared de un castillo, en la pantalla del
Cuarto de Defensa Antimeteoritos. Racimos de islas… que eran continentes;
tenían que ser grandes, tan grandes como los Mapas en el Gran Océano, uno de
los cuales era un mapa a escala real de la misma Tierra. Aquéllos en el mar
opuesto estaban arracimados más densamente, y parecían todos idénticos.
—Inferior,
¿fue construido el Mundo Anillo por protectores de Pak, realmente? —No lo sé,
Luis.
—Pensé
que lo sabrías ya. Me pregunto si podría haber verdaderos Pak, en algún sitio
entre todos estos homínidos. No hemos visto nada de los Pak, salvo una pila de
huesos viejos.
—Podemos
deducir mucho sobre los criadores Pak —arguyó el titerote—. Dormían o se
escondían durante el día y la noche. Cazaban y resolvían sus asuntos en las
horas crepusculares, al anochecer y la madrugada. Vivían en las zonas costeras.
73 |
P á g i n a
Luis
estaba sorprendido.
—¿Cómo
puedes saber todo eso?
—Tu
calvicie parcial sugiere que tus antepasados nadarían con regularidad, y te he
visto en el agua, también. En cuanto al crepúsculo, este Mundo Anillo tiene
mucho más tiempo crepuscular que un planeta, y eso es totalmente innecesario.
Déjame mostrarte.
El
Ser Último se alojó con torpeza en una de las sillas que remataban las grúas.
Una de sus bocas encontró los mandos. Una zona de la pantalla de la pared
brincó, se hizo de un azul monótono. El Ser Último comenzó a dibujar en líneas
blancas. Una burbuja de blanco: el sol. Un círculo: el Mundo Anillo. Uno
bastante más pequeño, concéntrico: treinta y tantas pantallas moviéndose un
poco más rápido que la órbita, sujetas entre sí por cables.
—Este
es el modo en que el Mundo Anillo fue diseñado —dijo el Ser Último—. Un día de
treinta horas, con sólo diez horas de oscuridad, y más de una hora de
crepúsculo y amanecer, con el sol en parte bloqueado. En cambio…
Dibujó
ahora cinco pantallas largas, moviéndose en forma retrógrada, a contragiro del
Mundo Anillo.
—Este
modelo evitaría el largo período de crepúsculo y haría el día igual a la noche.
Pero los diseñadores no buscaron eso. Quienes construyeron el Mundo Anillo
deben haber deseado veranos interminables y largos crepúsculos. Sospechamos que
eran protectores de Pak, y conjeturamos que el mundo Pak debió ser parecido a
esto.
Luis
estudió el dibujo. O tal vez, pensó, construyeron un modelo avanzado en otra
parte.
—Tengo
hambre —dijo el titerote—. ¿Podríais vigilar vosotros?
—Hambre
—el Kzin estuvo de acuerdo—. Date prisa.
El
tiempo se había deslizado sin que lo percibieran. Luis descubrió que él también
estaba famélico.
Un
titerote debía comer más a menudo que un carnívoro. El Ser Último estuvo fuera
durante casi una hora; volvió con joyas centelleando en una melena recién
peinada. Lo seguía un plato flotante, con pienso apilado en él.
—Lamentaremos
el tiempo que estamos desperdiciando ahora —dijo—. Nuestras últimas horas
libres de Oboe… Pero, ¿qué podemos hacer con ellas? Mis planes nunca llegaron
tan lejos. Mirad, más naves de guerra.
Tres
cruceros Kzinti, luego una más grande y desconocida, y posteriormente tres
naves de la BRAZO bailaron alrededor del anillo interior de paneles de sombra,
sin
74 |
P á g i n a
disparar
aún.
—Acólito,
ve a comer tú solo —dijo Luis. ¿Quién quiere estar cerca de un Kzin hambriento?
Luis
y el Ser Último observaron en silencio los desplazamientos de las naves de
guerra.
—No
todas tendrán campos de estasis —especuló Luis—; los campos son costosos y no
demasiado confiables, y además dejan fuera de acción a la nave que protegen. Se
mueven con cautela a causa de la defensa antimeteoritos, pero Oboe la dejó sin
efecto para que no amenazara su arribo, y ya comienzan a darse cuenta de ello.
Las
tres naves Kzinti iniciaron una larga zambullida hacia la superficie de Mundo
Anillo.
—Aquí
vienen los Kzinti para derribar a los primeros cazas de la BRAZO, y más naves
de la BRAZO para evitarlo… ¡Nej y maldita sea!
Una
brillante línea atravesó la atmósfera y terminó en un relámpago contra el
desierto.
—Era
una bala de antimateria —dijo el titerote.
—Y
ahora es otro Ojo de Tormenta. ¡Nej, este no es siquiera el acontecimiento
principal! Lo que ellos buscan es el Tiro Largo. La Aguja no les interesa.
—¿Una
aguja en un pajar? Lo que describes es en gran medida invento de tu propia
imaginación —dijo el Ser Último—. La mayor parte de una guerra transcurre en
forma invisible. Aquella nave más grande, la he identificado. Pertenece a
Tierras Lejanas Limitada, la alianza de negocios entre Jinx y los Kdatlyno. No
lucharán, sólo observarán. Ah, aquí llega Acólito. Luis, ve a comer… y date un
buen baño.
Luis
se despertó de una sacudida. Algo lo había turbado… ¿Un destello de luz en la
gran pantalla?
Acólito
y el titerote estaban dormidos, tumbados lejos el uno del otro sobre el duro
suelo del Cuarto de Defensa Antimeteoritos. Se sentía bien y limpio. Había
comido como un ejército; dormir entre sus placas sómnicas hubiera sido lo
ideal… Pero quien durmiera a bordo de la Aguja de seguro se perdería de algo.
Luis
se sentó. ¡Nada le dolía! Sonrió abiertamente, recordando lo que una mujer
madura le había dicho en la fiesta que él organizó al cumplir doscientos años:
«Querido, si despiertas por la mañana sin dolor en tus articulaciones y
músculos, es un signo seguro de que has muerto por la noche».
75 |
P á g i n a
El
Ser Último había reposicionado la pantalla envolvente. Ahora mostraba un
panorama del cielo, y dos ventanas por delante enfocaban el Ojo de Tormenta y
el Océano Opuesto. Alrededor de las ventanas unas luces diminutas se deslizaban
nerviosamente: naves de la Guerra del Margen. Todas las imágenes estaban en
silencio ahora.
Lo
que realmente lo molestaba, era que no podía pensar en nada que hacer… excepto
vigilar. Intentaba anticiparse al protector. ¿Qué posibilidad iba a tener más
tarde, si no podía encontrar alguna salida ahora, cuando Oboe estaba siendo
cazado a través del sistema?
Sobre
el Mundo Anillo había millones de mares. Luis no podía adivinar donde habría
ocultado el Ser Último a La Aguja Candente de la Cuestión. Sin embargo, podía
llegar allí modificando el ajuste de un disco pedestre. El primer par de naves
de la BRAZO no la había encontrado, y ahora estaban demasiado ocupadas
maniobrando. La guerra por encima del Ojo de Tormenta había estado fría durante
horas, pero las naves seguían cambiando de posición.
Unas
luces blancas repentinas destellaron en las cercanías de la nave de Tierras
Lejanas: balas de antimateria interceptadas en pleno vuelo. La gran nave
comenzó a acelerar, apartándose de la acción; su nuevo curso eludía el Mundo
Anillo. Un láser de rubíes la iluminó gloriosamente, pero era demasiado difuso
debido a la lejanía de la fuente; el atacante navegaba demasiado profundamente
en la atmósfera. Las naves que estaban a decenas de millones de kilómetros
tenían posibilidades de defenderse.
Pero
la guerra por encima del Ojo de Tormenta se hacía demasiado tensa por momentos.
Una
andanada de fuego irrumpió en las nubes, donde se escondían los dos cazas de la
BRAZO. Luis gritó:
—¡A
despertarse! ¡Os estáis perdiendo la acción!
Los
otros se revolvieron.
El
radar profundo de Oboe mostró una nave de la BRAZO tirándose un clavado por el
agujero del meteoro; abandonaba un terreno ganado con mucho esfuerzo, pero
salvaría los datos de sus exploraciones…, a menos que alguna emboscada la
esperara bajo el suelo del Anillo. La restante aceleró violentamente,
atravesando el eje horizontal de la tormenta por un canal de aire quieto: la
pupila del ojo.
Los
Kzinti también tenían el radar profundo. Dos naves lenticulares aparecieron
desde el cielo, zambulléndose velozmente. La metralla las siguió en su
descenso.
El
Ojo de Tormenta lanzó de pronto una deslumbrante luz blanquiazul.
76 |
P á g i n a
El
Ser Último cerró la ventana de acercamiento antes de que el brillo los cegara.
Bajo una vista menos ampliada —Oboe debía tener una cámara sobre una de las
pantallas de sombra— una estrella fulminó las miradas cerca del Océano Opuesto,
tan grande como… muy grande, demasiado grande.
—Creo
que una de las naves de la BRAZO ha estallado —dijo el titerote. Antimateria.
Tendremos un agujero del tamaño de…—el titerote lo pensó detenidamente, luego
se dobló en si mismo y se llamó a silencio.
El
Ojo de Tormenta había desaparecido, bajo la expansión del estallido. Los
patrones de las nubes mostraban un anillo creciente, y la onda expansiva
cruzaba los mares y la tierra gris verdosa. Un hemisferio de nubes envolvía una
bola de fuego que se atenuaba.
—¿Qué
ha pasado aquí?
Oboe
y el pequeño Hanuman estaban sobre el disco pedestre: el protector Chacal
semejaba un terrible hechicero, encarándose con sus descarriados aprendices,
exigiendo explicaciones. A Luis se le cerró la garganta. Parecía como si él
debiera haber parado el desastre. Parecía como si Oboe lo culpara.
—Una
explosión de antimateria —dijo Acólito.
—¿Hay
un agujero bajo aquella nube?
La
pregunta era tonta: la cúpula de nubes ya se hundía en el centro. Estaba siendo
absorbida hacia el espacio interestelar. Como Acólito no contestó, Luis dijo:
—Había
ya un agujero…
—Por
supuesto. Tenemos que movernos rápido —dijo Oboe—. Vamos —había alzado la
superficie del disco y modificaba las coordenadas del enlace.
Luis
encontró su voz.
—Oh,
seguro, ahora es buen tiempo para moverse rápido… ¡Has traído la guerra a casa!
¡Y ahora el aire escapa del Mundo Anillo!
Lo
que había sido una bola de fuego ya había menguado. En el centro de la
explosión el suelo del Mundo Anillo era scrith desnudo, y las nubes se
desplazaban a terrible velocidad hacia el enorme agujero.
Y
Oboe tenía sujeto a Luis por el antebrazo. Lo arrastró al disco pedestre.
Los
ojos de Hanuman recogieron todo en un barrido:
77 |
P á g i n a
Él
había violado las leyes que gobernaban el universo real, y también las de otro
hipotético. Su misión había sido un éxito… pero nada de ello importaba ahora.
El Anillo guardaba en sí todo lo que valía la pena conservar, y ahora el suelo
del Mundo había sido rasgado.
El
agujero estaba del lado lejano del arco. Eso era tan bueno como pésimo. La
muerte tardaría mucho tiempo en caminar alrededor de la curva para alcanzarlos
aquí; pero las soluciones de Oboe tendrían que cruzar aquel mismo espacio…
Los
alienígenas también lo entendieron. El más extraño era el viejo, también el más
experimentado, quizá el más sabio… y había cerrado su mente a la desgracia. El
homínido había perdido las esperanzas. El más joven, el peludo y grande, estaba
esperando —como Hanuman mismo— que alguien lo solucionara.
¿Y
Oboe?
Oboe
ya se había puesto en movimiento cuando Hanuman todavía se ponía al corriente.
El protector Chacal no reflejó dudas. Cuando Oboe y Luis Wu desaparecieron, el
pequeño protector los siguió. Oboe lo arreglaría.
Una
maquinaria a escala de Brobdingnag8 había sido desplazada hacia la estación de
trabajo bajo el monte Olimpo.
Oboe
soltó el brazo de Luis y se movió entre los instrumentos a gran velocidad. El
pequeño protector, Hanuman, correteaba detrás del Chacal.
Acólito
apareció al lado de Luis.
—Luis,
¿qué sucede?
—El
aire escapa del Mundo Anillo.
—¿Eso
sería… el final de todo?
—Sí.
Se ha iniciado en el lado más lejano del Arco. Podríamos tener días por
delante, pero sólo gracias a que el Anillo es absolutamente gigantesco. No
tengo ni idea lo que Oboe planea hacer.
—¿Qué
es esa enorme estructura? La he visto…
8 Tierra imaginada por Jonathan Swift en su
novela Viajes de Gulliver, en donde todo era enorme. (N. del Trad.)
78 |
P á g i n a
Hanuman
se reincorporó a ellos.
—Es
un parche para agujeros de meteorito, la versión más grande diseñada por Oboe.
Por supuesto, nunca fue probado.
Tenía
la forma de una pastilla de aspirina y el tamaño de un monte, pero era todavía
muy pequeño comparado con la perforación practicada en el Mundo Anillo.
—Ya
lo recuerdo… —dijo Luis—. Esto estaba en una de las cavernas. Lo trajo aquí
sobre un gran número de placas flotantes.
Ellos
lo miraron deslizarse hacia el gran agujero del suelo y caer, dirigido por
campos magnéticos, hacia la base del lanzador lineal. Oboe estaba en el borde,
mirando. Luis y Acólito fueron a unírsele.
Las
espiras del acelerador lineal corrían a lo largo de unos cien kilómetros, desde
la azotea que era el monte Olimpo al suelo del Centro de Reparaciones. Era un
lanzador desproporcionado para algo tan pequeño como La Aguja Candente de la
Cuestión; se acomodaba mejor a moles de ochocientos metros de diámetro, como
este paquete de Oboe. El fondo del lanzador se asentaba sobre una vasta serie
de placas flotantes, y ahora se movía para ajustar la inclinación.
El
bulto estaba cerca del fondo ahora: todavía cayendo, pero cada vez más
lentamente.
Mientras
ellos contemplaban la operación de lanzamiento, Oboe les miraba. De pronto, los
empujó lejos del agujero en el suelo.
Un
relámpago rugió a sus espaldas. Luis se dio de inmediato la vuelta, para sólo
ver un destello tremendo cruzar muy lejos arriba el cráter del monte Olimpo y
perderse al instante en el cielo.
Las
orejas de Acólito se habían rizados en apretados nudos. Hanuman apartó las
manos de sus oídos y gesticuló con la boca. Luis no podía oír nada. Su cabeza
todavía vibraba por el rugido y la agonía de aquella relámpagueante explosión.
Tuvo
que soportar la sordera por algún tiempo. Acólito se recuperó mucho más rápido.
Luis podía ver el Kzin hablar de… de alguna cosa con Oboe y Hanuman, mientras
todos seguían la acción en una pantalla de la pared del Cuarto de Defensa
Antimeteoritos. El Ser Último permanecía sumergido en su catatonia.
Luis
sólo podía observar.
El
remiendo antimeteoritos lanzado por Oboe fue a la deriva hacia el sol. En su
momento, la Aguja había sido lanzada a un décimo de la velocidad de la luz; el
sistema
79 |
P á g i n a
de
lanzamiento era capaz de eso. Pero desde tal distancia como la representada en
la pantalla, la evolución del bulto pareció lenta.
En
una imagen de acercamiento se veía el cráter, un punto negro en medio de un
paisaje que parecía lunar: despejado, de sombras afiladas y estéril. Ya no se
veía el color plata del agua o el verdegris oscuro de la vida. Luis calculó que
el cráter debía tener un diámetro de al menos cien kilómetros. Un anillo de
niebla lo rodeaba, más grande que la Tierra y en pleno crecimiento.
El
Mundo Anillo no era todavía consciente de su agonía. Todo el aire y el agua
fluirían por el agujero hacia el vacío, pero primero tendrían que moverse hasta
allí… El desastre debía correr cuatrocientos ochenta millones de kilómetros
antes de que pudiera alcanzar el lado opuesto del Anillo: el Gran Océano, aquí.
No mucho se perdería en ciento sesenta minutos, el tiempo que tardaría el
paquete de Oboe en cruzar el diámetro del Mundo Anillo. El Océano Opuesto no
habría comenzado siquiera a hervir en tan corto lapso de tiempo.
Hanuman
vagó por el sitio. Habló en voz alta, escupiendo las consonantes; era divertido
mirar sus labios.
—He
estado en esta condición por menos de un falan. Todavía no puedo hacerme a la
idea de la escala de las cosas. No crecí en un universo de cincuenta mil
millones de falans de antigüedad, ni en un anillo que gira alrededor de una
mancha de luz, una más entre otras diez a la vigésima potencia… ¡No había
ninguna cosa en tal cantidad! Mi mundo era pequeño, acogedor, fácilmente
comprensible…
—Uno
se acostumbra a ello —dijo Luis. Apenas podía oírse a sí mismo—. Hanuman, ¿qué
es eso que ha lanzado Oboe? ¿Qué puede hacer? ¡Perdemos nuestra atmósfera!
—Sé
muy poco de ello…
—Compártelo
conmigo —exigió Luis.
—Dos
mentes brillantes con objetivos similares solucionarán los problemas de modo
similar. El protector vampiro Bram vio la necesidad de tapar los agujeros
provocados por meteoritos. Sus primeros parches eran pequeños, pero el lanzador
de masas que construyó bajo el monte Olimpo tiene cientos de falans y está
enormemente sobredimensionado. El impacto del meteoro que creó el Puño-de-Dios
debe haber asustado al estúpido Bram.
»Oboe
construye más grande aún. Ese bulto es su esfuerzo más importante… — Hanuman
estaba en constante movimiento, saltando alrededor de Luis mientras hablaba,
balanceando los brazos—. Lo veremos en acción. Oboe quiere que observemos en el
mismo sitio de su despliegue. Si hay un parcial fracaso, entonces debemos ver
lo que ha de ser replanteado.
80 |
P á g i n a
—Y
ese remiendo de meteorito sobremedida, ¿cómo actúa?
—Sólo
puedo adivinarlo.
—¿Nunca
ha sido probado?
—¿Cuándo
lo probaría? Tú has estado en el autodoc por menos de un falan. En ese tiempo,
Oboe produjo y entrenó a cuatro protectores del Pueblo Colgante, construyó una
fábrica que usa nanotecnología para generar parches de meteorito más grandes,
vigiló la Guerra del Margen, diseñó y construyó varios tipos de naves sonda,
puso en marcha una fábrica de discos pedestres, reparó y modificó la Aguja…
—Ha
estado ocupado, por lo visto.
—¡Ha
estado trabajando como loco! Y si el parche no funciona, todo habrá sido por
nada…
—¿Has
tenido hijos?
—Sí,
y ellos tienen sus hijos también. Desde que Oboe me hizo protector, no he
tenido posibilidad de contarlos, ni siquiera de olerlos. Por supuesto, no son
más que granos de arena respecto de los planes de Oboe y la Guerra del Margen…
—Como
todos nosotros. ¿Debería Oboe haber corrido tal riesgo?
—¿Cómo
podría yo juzgarle? —el baile frenético de Hanuman, que aporreaba su pecho con
las manos, habría parecido un furor incontrolable en cualquier humano—. Oboe
entendió que el mayor riesgo hubiera sido no actuar… Luis, ¿cómo puedes
permanecer tan tranquilo?
—Cincuenta
años… es decir, doscientos falans de yoga. Te enseñaré.
—Debo
actuar —dijo Hanuman—, pero no porque estar inmóvil sea erróneo. Eso puede ser
lo que sucede con Oboe. ¿Cómo puedo saberlo? Me exaspera no tener un objetivo.
La
atracción del sol modificaba poco a poco el curso del bulto.
Oboe
y Acólito llegaron.
—Luis,
¿has recuperado la audición? —preguntó Oboe—. ¿Has descansado bien?
—He
dormido un poco. ¿Dónde has dejado el Tiro Largo?
—¿Por
qué iba a decírtelo? —Oboe hizo un gesto con la mano—. Tú, Acólito y Hanuman
deben observar mi parche en acción. ¿Te ha contado algo acerca de él?
—Se
trata de un parche de meteorito tamaño XXL.
81 |
P á g i n a
—Bien.
Tengo un disco pedestre ubicado…
—Sabías
que esto sucedería —dijo Luis.
—Sí,
lo sabía.
—Podrías
haberlo evitado.
—¿Cómo?
—No
robando el Tiro Largo, por ejemplo.
—Lo
necesito para desentrañar el hiperimpulsor Quantum II. Luis, tienes que
entender que la Guerra del Margen nunca se habría quedado en los cometas. Las
especies de los Mundos Esfera desean fervientemente la tecnología involucrada
en el Mundo Anillo. No es al propio Mundo Anillo al que quieren conservar; lo
que quieren es el conocimiento, y evitar que accedan a él todos los demás.
Luis
asintió con la cabeza. Eso no era nuevo para él.
—Armaduras
de scrith. Plantas de fusión baratas.
—Esas
son trivialidades —dijo Oboe—. Los ingenieros del Mundo Anillo necesitaron
motores para otorgarle su giro a esta estructura. Han de haber confinado una
masa de hidrógeno equivalente a una docena de gigantescos Mundos Esfera, y
luego hicieron pasar todo eso por campos de fuerza diseñados para actuar como
motores de fusión de hidrógeno. Pero vuestros rufianes de las Esferas no
controlan el magnetismo de forma aceptable siquiera, y por ello lo que ahora
tienen no aumentará de tamaño. Podrían aprender bastante sólo con estudiar
nuestros motores sobre el Muro… Relevarán el Mundo Anillo, pero no tienen
porqué conservarlo. ¿Tiene sentido lo que digo?
—Tal
vez.
—Luis,
quiero que observes en el sitio cómo se despliega el remiendo para meteoritos.
—Oboe,
me molesta ser alguien prescindible…
—No
he usado esas palabras, Luis. No me interesa el concepto. Todo lo vivo muere, y
toda la vida se resiste a morir. Yo no te expondría a un peligro innecesario…
—Una
frase muy llamativa la que has dicho.
—Tengo
un disco pedestre en el sitio, desde el que podrás observar. Será un
espectáculo imperdible. Hanuman irá. ¿Qué harás tú? Acólito, ¿irás con ellos?
¿O reposarás aquí cómodamente, mientras contemplas si todo lo que conocemos es
destruido?
82 |
P á g i n a
Acólito
miró a Luis.
Luis
alzó sus manos.
—Stet.
¿Hemos de ir en trajes de presión?
—Con
todo mi corazón —dijo Oboe—. Llevad un equipo completo.
83 |
P á g i n a
CAPÍTULO
9
PANORÁMICA
Se
equiparon en la Aguja y partieron desde allí. El Ser Último no fue con ellos.
Dejaron
al titerote en un estado depresivo y poco comunicativo.
Yendo
a la velocidad de la luz por medio de los discos pedestres, llegarían por
delante del bulto volador de Oboe.
Acólito
vestía el traje de presión de repuesto de Chmeee, recuperado de los almacenes
de la Aguja; parecía un racimo transparente de uvas. Hanuman, en un traje muy
ceñido al cuerpo y con un casco tipo pecera, salió primero. Luis caminó a
continuación sobre el plato.
El
piso desapareció.
Luis
no había esperado entrar en caída libre. Tampoco encontrarse a miles de
kilómetros de altura. Manoteó a los lados por reflejo, intentando sujetarse de
algo: encontró la mano de Hanuman. El protector tiró de él, subiéndolo al disco
pedestre.
El
Mundo Anillo, tres mil kilómetros más abajo, corría a una velocidad feroz.
Parecía extenderse hasta el infinito en todas las direcciones. Los muros del
borde se encontraban demasiado distantes para mostrarse como algo más que
líneas afiladas.
Acólito
aulló.
Luis
no se atrevió a ponerse al alcance del aterrorizado kzin. El traje de presión
de Chmeee era todo globos, pero había garras de metal en los cuatro miembros.
Hubiera sido como meter la mano en una trilladora.
—Todo
está bien, Acólito. El traje tiene jets de posición —gritó Luis—. Úsalos cuando
te tranquilices.
El
aullido se detuvo.
Las
suelas magnéticas de Luis lo mantuvieron firme. Apenas entró el kzin, Hanuman
había desconectado el disco pedestre; de otra manera, estarían de vuelta a
bordo de la Aguja.
—Tenemos
mucho tiempo, Acólito. Estamos en órbita alrededor del sol —Luis mantuvo la voz
calma, tranquilizadora. El pobre kzin tiene sólo doce años, se dijo—.
Esencialmente nos mantenemos quietos, y el Mundo Anillo gira a sus habituales
mil doscientos kilómetros por segundo, por lo que veríamos pasar toda la
superficie bajo
84 |
P á g i n a
nosotros
en siete días y medio. ¿Hanuman?
—Por
ahora hay ocho discos pedestres en órbita —informó el pequeño protector—, pero
la intención de Oboe es colocar muchos más. Éste es el más cercano al desastre.
He aprendido de memoria el sistema de discos transportadores; si luego tenemos
que bajar a la superficie, hay una pila de servicio no demasiado lejos, pero
mientras tanto podemos echar una mirada desde lejos. ¿Puedes ver el cráter?
—No
lo localizo aún.
—Mira
hacia antigiro.
—¿Está
detrás de nosotros? Stet, lo tengo. Se ve como un blanco de dardos…
Un
paisaje lunar sin aire, bordeado de nubes, rayado con líneas radiales que
señalaban hacia un punto negro en el centro.
La
tierra que corría por debajo de ellos todavía mostraba los trazos plateados de
los ríos y el verde oscuro de la vida. Por el suelo, una línea blanca corría
hacia antigiro. Luis creyó saber lo que sería, pero eso era menos urgente que
el pinchazo.
—¿Acólito?
—Veo
el cráter, pero no veo el parche que envió Oboe.
—Tampoco
lo he encontrado —dijo Hanuman—. Demasiado pequeño para verlo desde aquí. Oboe,
¿nos escuchas?
—Hay
una demora de media hora en la comunicación —le recordó Luis—. Dieciséis
minutos de ida y de vuelta, a la velocidad de la luz.
¿Éste
era un protector? Pero proveniente de un animal, recordó Luis. Uno no esperaría
que un protector se olvidara de las cosas… y Hanuman debía estar muy
acostumbrado a la dirección de Oboe.
Acólito
se lanzó contra el disco pedestre. Sus suelas magnéticas se adhirieron. Se
mantuvo de pie en forma vacilante.
—Mi
padre intentó explicarme sobre la caída libre —dijo él—. No creo que alguna vez
le haya temido…
Oboe
habló, dieciséis minutos en el pasado.
—He
enviado la señal de despliegue al parche XXL. Decidme lo que veis, todos
vosotros. Sentíos libres de hablar todos juntos; puedo clasificar vuestras
voces.
Algo
como una lámpara se encendió encima del objetivo.
85 |
P á g i n a
No
parecía mucho más brillante que un poste de luz callejera, pero su tamaño… Luis
bizqueó por delante de la deslumbrante luz.
—Algo
sucede. Oboe, eso parece un par de salamandras de fuego apareándose… o un globo
que se infla… está abultándose, tomando una forma similar a la vela de una nave
de propulsión solar. Aparecen unos chorros a temperaturas de fusión… ¿Qué has
lanzado allí, Oboe?
Acólito:
—Se está asentando. Disminuye la velocidad. Ha formado un toro. Es mucho más
amplio que el cráter, mil a dos mil clics de diámetro. ¿Era eso lo que querías
oír?
Hanuman:
—El suelo de scrith que sostiene el Anillo posee una tremenda resistencia a la
tensión. He hecho los cálculos. Las fuerzas que soporta el scrith generarían
chorros de quarks si acaso colapsara. Un contenedor hecho de ese material sería
lo bastante fuerte para resistir una explosión de fusión de hidrógeno en su
interior. Hay riesgos, Oboe, pero parece sostenerse.
Acólito:
—Se está apoyando…
Luis:
—…alrededor del cráter. Deja la abertura expuesta como el centro de un blanco
de puntería. Adivino que tu globo en forma de rosquilla alcanzará unos setenta
kilómetros de altura, lo suficiente para contener la atmósfera mientras esté en
su sitio.
Hanuman:
—Oboe, ¿qué tan buen aislante es un globo de scrith? No lo veríamos si no
estuviera perdiendo energía. Cuando se enfríe bastante, colapsará. Oboe, de
todas formas se escapará el aire. La tierra por debajo ha de ser desigual…
La
respuesta no podía llegar: la reacción de Oboe estaba a una distancia de un
diámetro del Mundo Anillo.
Por
ello, él debió haber hablado dieciséis minutos atrás.
—Observad
la llegada del segundo envío. Decidme si se instala dentro del anillo.
Acólito:
—No veo nada. ¿Luis? ¿Hanuman?
Luis:
—Pues no habría un rastro de meteorito si…
Acólito:
—¡Un cohete! Lo veo. De fusión, por el color. Se acerca lentamente hacia el
borde del agujero. Ha descendido.
Luis:
—Vamos a la deriva, demasiado lejos. No puedo ver el cráter ya.
Hanuman
se inclinó hacia el borde del disco pedestre.
—Arreglaré
eso. El siguiente disco pedestre está a treinta grados siguiendo el arco del
Anillo. ¿Listos?
86 |
P á g i n a
Se
mudaron.
El
Mundo Anillo seguía fluyendo por debajo. Habían brincado treinta grados de
arco, aproximadamente ochenta millones de kilómetros. Luis, que miraba delante
de él, encontró en la lejanía una franja blanca de varios mundos de ancho, y un
trazo más brillante asomando por encima de su centro. Dijo Acólito:
—Allí
está. No podemos ver en detalle, Oboe. No estaremos sobre el sitio al menos en
medio día más…
Luis:
—Hay una función de acercamiento en las placas frontales, Acólito. Oboe, no veo
ningún cambio. Tu globo está inflado todavía, y se ve niebla todo alrededor.
Hemos perdido un… pequeño porcentaje del Mundo Anillo ya.
Alrededor
de los bordes de la niebla, la tierra habría sido devastada por las ondas
expansivas, que reverberarían por el aire, el mar, la tierra, y la fundación de
scrith. Los modelos climáticos habrán quedado hechos añicos…. Luis comprendió
que había sido
demasiado
optimista. Pensó que si Oboe tapaba el agujero, ya no habría más pérdidas.
Alguna
vez había estimado la población del Mundo Anillo en unos treinta billones de
individuos, con los homínidos ocupando cada nicho ecológico posible. La neblina
sobre aquel enorme llano se debería a la humedad atmosférica, condensada por la
caída brusca de la presión. Las ecologías bajo aquel manto de niebla sufrirían
la deshidratación y el sofocamiento. Alrededor del sitio, el cambio climático
pronto causaría una gran devastación.
Pero
todo eso tendría importancia sólo si Oboe concluía el milagro.
—Creo
que una nave en estasis se estrelló a antigiro del cráter —dijo Luis—. No puedo
ver la huella desde aquí.
—No
la veremos durante medio día —dijo Hanuman. Volvamos a casa.
Un
momento después —más un cuarto de hora en suspensión por el viaje— entraban a
bordo de la Aguja. Al instante, Oboe también entró.
—Hanuman,
informa —pidió él.
—El
dispositivo se ha desplegado. Se sostendrá por unos días, pero al final
colapsará. ¿Qué esperas lograr?
—Envié
un sistema de retejido para hacer más scrith. He basado mi diseño en la
nanotecnología del autodoc a bordo de la Aguja. Un asunto complicado, ése. El
sistema debiera sustituir no sólo el suelo de scrith, sino la rejilla
superconductora embebida dentro.
—Hay especies cuyos criadores evolucionaron hacia la inteligencia —dijo
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P á g i n a
Hanuman—.
Sus protectores serían lo bastante listos como para ayudarte con tales
problemas.
—Bastante
listos para pelearse entre ellos, también, y poner de rehén al Anillo para
ventaja de su propio fondo genético. Lo haré solo. Luis, dime eso que has visto
de una nave espacial derribada.
—Sólo
he visto una grieta —dijo Luis.
—¿Era
diferente de otras grietas?
Lo
dijo de modo amable, demasiado condescendiente. Luis enrojeció.
—La
he visto desde lejos, pero… Mira, llegué al Mundo Anillo a bordo de una nave en
estasis, el Embustero. La nave golpeó con una velocidad horizontal de mil
doscientos kilómetros por segundo, cepillando el suelo. Dejamos una grieta de
lava fundida y scrith desnudo. Ahora he visto algo como eso. Pienso que cuando
una de las naves explotó, la otra fue sacudida por el estallido y derribada.
—Tenemos
que hallarla.
—Será
sencillo, pero… no ahora —se quejó Luis—. Tu disco orbital no estará a la vista
del cráter durante doce horas, al menos. Déjanos procurar algún sueño —estaba
listo para suplicar, agotado físicamente y emocionalmente.
—Dormid,
entonces.
Descansaron
a bordo de la Aguja. Luis compartió las placas sómnicas con Hanuman; el pequeño
protector quería probarlas.
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P á g i n a
CAPÍTULO
10
ALGO
QUE CONTAR
Despertaron,
desayunaron y volvieron a la estación de trabajo bajo el Olimpo, donde Oboe les
esperaba.
Oboe
había añadido algo a su material. Ahora incluía dos aerocicletas.
Nessus
y su abigarrado equipo habían utilizado cuatro aerocicletas, unas estructuras
volantes que se veían como unas pesas de mano, con un asiento montado en la
delgada parte media. Todas ellas habían quedado arruinadas durante aquel primer
viaje. Estas dos debían haber sido modeladas a partir de los restos; pero eran
más largas, cada una con dos asientos y un gran portaequipajes trasero.
Luis
inspeccionó uno de los vehículos. La cocina convertidora se montaría en el
portaequipajes, o tal vez colgaría del extremo. Unos soportes sobre el panel
frontal acarreaban una linterna láser y otros instrumentos. El equipo de Nessus
había llegado al Mundo Anillo con efectos similares a éste, parte de ellos de
construcción titerote y otros comprados en tiendas del espacio humano.
—Modifiqué
también el escudo sónico —dijo Oboe—. El disco pedestre orbital número ocho ha
de estar casi en el sitio, Hanuman. Puedes contactarlo desde aquí.
—Stet.
—A Acólito y Luis, Hanuman dijo—: Colocaos vuestros trajes de presión, luego
estibad vuestro equipaje. Haremos pasar primero las aerocicletas.
—¿Dónde
está el Ser Último? —preguntó Luis.
—Se
halla todavía en estado depresivo —dijo Oboe—. Eso me preocupa; puede sufrir un
desequilibrio químico. Lo pondré en el autodoc después de que os hayáis ido.
Luis
no hizo comentario alguno. Se equiparon y partieron.
Otra
vez en caída libre, con el Mundo Anillo resplandeciendo abajo. El kzin, el
protector, Luis y las dos aerocicletas derivaron, apartándose. La cruda luz del
sol se reflejaba en los vehículos.
El
disco pedestre orbital número ocho había ido a la deriva durante la noche,
recorriendo veinte grados del arco, unos cincuenta millones de kilómetros. Luis
veía casi directamente abajo un agujero negro con un brillo en el borde, en
medio de un paisaje cuasi lunar cruzado por líneas de flujo radiales y trazas
onduladas y brillantes:
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P á g i n a
lechos
de ríos congelados. Un toroide de la altura de una montaña, brillando de color
rubí encendido desde dentro y comenzando ya a pandearse, era su frontera. Se
veía como si Dios hubiera dejado caer uno de sus juguetes. Un llano de nubes
blanquecinas, más grande que muchos mundos, rodeaba el toroide.
Hacia
antigiro, donde la capa de nubes se hacía desigual, un rasguño blanco y recto
cruzaba la tierra.
Luis
lo señaló.
—Una
nave excavó aquella hondonada. La encontraremos al final, hacia antigiro. No se
la ve desde aquí, por lo que seguramente será pequeña. Hanuman, ¿comenzamos a
decelerar?
—Sí.
Toma una aerocicleta, yo tomaré la otra; Acólito irá con quien desee.
—Contigo
—dijo Acólito.
—Stet.
Mantén tu altitud hasta que tu velocidad relativa sea baja, Luis. El escudo
sónico no se sostendrá a más de cuatro o cinco veces la velocidad del sonido.
Te mantendré a la vista. Dirígenos hacia la nave.
Una
red de material superconductor corría bajo el suelo de Mundo Anillo. Las
aerocicletas provistas por Nessus había volado por levitación magnética sobre
ellas. Con el principio maglev de repulsión para mantenerlas en vilo, los
cohetes propulsores de aquéllas no necesitaban ser muy potentes… pero estas
máquinas rediseñadas entregaban realmente un empuje serio. Cuando su velocidad
con relación al paisaje había disminuido a algo razonable, Luis descendió hacia
la atmósfera, hasta que oyó un leve gemir del escudo sónico. Incluso podía ver
un encaje de vapor de agua alrededor de la otra aerocicleta; su propia onda
expansiva eran mucho menos visible.
Oboe
les habló de repente en los auriculares.
—Vuestra
misión es buscar una nave estrellada. Luis, dirígelos. Informadme a cada paso.
Abrid bien los ojos, por la eventualidad de que hubiera más de una nave abajo.
Los surcos de accidente que esculpirían dos naves cayendo al mismo tiempo
estarían tan cercanos que se verían juntos y paralelos, y quizá incluso se
unieran en uno solo.
»Quiero
saber de qué especie son los que han caído, y qué podría esperar de ellos, pero
no malgastéis vuestras vidas por averiguarlo. No matéis a ninguna PJ si puedes
evitarlo, pero si debéis hacerlo, borrad todo rastro de ello. De ser posible,
negociad con ellos. Haré que cualquier invitado se sienta alegre de haberme
encontrado.
»Me
preocupa lo que pudiera olvidar de deciros. Luis, recuerda que almacenar
información es sencillo. Probablemente todo el conocimiento humano esté
almacenado a bordo de cada nave espacial de la BRAZO, con distintos bloqueos
para restringir los
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P á g i n a
secretos.
El oficial correcto conocerá las contraseñas correctas. Acólito, si resulta ser
una nave del Patriarcado, habréis de rendiros. El conocimiento puede estar
allí, pero ningún héroe os lo proporcionará.
—Un
telépata podría… —dijo Luis, pero el monólogo de Oboe había terminado.
«Me
preocupa lo que pudiera olvidar de deciros»… Por ejemplo, que estás a
quinientos millones de kilómetros de casa, y el disco pedestre está en órbita
más allá de tu alcance, y el titerote estará en el autodoc, por lo que no
podrás contar con él como aliado, y tampoco podrás usar el doc si acaso te
hieren, Luis. Cuando llegue el momento, te haré un protector… Pero no era
probable que Oboe le dijera nada de esto. Luis se concentró en el vuelo.
Lejos
por detrás de ellos había un muro bajo hecho de niebla. El artefacto que
rastreaban se había abierto camino a través de un mar, un río, otro río. Un
risco mostraba una muesca brillante de scrith desnudo allí donde la nave debía
haber golpeado y saltado por el aire. La recta hondonada se reanudaba más
adelante, con el scrith bordeado de lava salpicada. Seguir el rastro era
sencillo. Cruzaba un bosque, luego una playa de arena blanca, un larga
extensión de páramo… allí.
Parecía
mentira que una cosa tan pequeña hubiera hecho tanto daño.
Contra
otro risco había medio cilindro elegantemente perfilado, con un lado plano; sin
cabina ni ventanas, ninguna discontinuidad en la superficie reflexiva, excepto
cerca de uno de los extremos. Luis hizo un acercamiento con su placa frontal.
—¿Es
una nave de la BRAZO? —preguntó Acólito—. ¿O del Patriarcado? Liso como es,
podría ser incluso titerote, pero… ellos usarían un fuselaje de Productos
Generales, ¿verdad?
Se
acercaban a una velocidad de varios Mach. La protuberancia del extremo semejaba
el aguijón de una abeja.
—Eso
es un tanque descartable —dijo Luis.
—Explícate
—ladró Hanuman.
—No
es una nave espacial. Es parte de una nave espacial, un contenedor que lleva
combustible extra, y que luego se puede abandonar… —estaba furioso consigo
mismo, y luego, de repente, regocijado—. Pero claro… La nave cayó en estasis.
Cuando el campo de estasis se disipó, ellos todavía tenían una nave
operacional.
¡Una
nave operacional!
Sigue
hablando. De algún modo conservó firme la voz.
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P á g i n a
—Una
vez vacío de combustible, dejan caer el tanque cuando se desea mayor agilidad,
o un alcance más extenso. Yo diría que se preparaban para una batalla cerrada.
Pero…
¡una nave espacial completamente operacional!
—Flup.
Tenemos que encontrar esa nave. ¿Esperabas esto? —preguntó Hanuman.
—No.
El Embustero tenía un diseño diferente. Después de que golpeamos, quedamos
encallados. ¿Qué hacemos ahora?
—Las
posibilidades lo sugerirán —dijo Hanuman—. Primero, estamos en contacto con
Oboe. Oboe, tienes la evaluación de Luis. ¿Esperaremos aquí a que la nave
retorne por su combustible? Luis, ¿es de la BRAZO, Kzinti o de alguien más?
¿Debemos negociar o desafiarles?
—Es
de la BRAZO —dijo Luis—. Los Kzinti habrían marcado su propiedad… —no podía ser
de Pierin, o kdatlyno, o de los Trinocs… no desafiarían a los Kzinti o a los
humanos; los Kzinti los habían esclavizado en el pasado a todos ellos. Los
titerotes no retarían directamente a nadie. Los Forasteros no sobrevivirían tan
cerca de una estrella—. Podría ser de alguna otra rama humana, o bandidos
Kzinti, o quizá de los Trinocs…, pero estoy convencido de que es de la BRAZO.
»Es
un recipiente pequeño, por lo que se trata de una nave de reducido tamaño. Un
caza no llevaría combustible de antimateria… La energía estaría almacenada en
una batería. Agua, para utilizarla como masa para la reacción, porque es fácil
de almacenar y bombear. Pero sí podría tener armas de antimateria. Es
sorprendente que una nave tan pequeña tenga un campo de estasis; tal vez las
Naciones Unidas han abaratado mucho la tecnología de fabricación.
»Y
cualquier superficie de un navío de guerra tendrá cámaras del tamaño de un
punto distribuidas por todas partes. Si no nos están mirando ahora, todavía
podrían estar grabándonos —dijo Luis—. ¿Quiénes debiéramos ser, entonces?
Unos
pequeños hologramas en el visor de su casco mostraban las cabezas de sus
compañeros; la expresión de sus rostros parecía de laguna mental.
Luis
se explicó:
—Mirad,
somos los agentes de un protector superinteligente que solía ser un comedor de
cadáveres. Eso es demasiado espeluznante. Cualquier PJ militar que oyera tal
descripción automáticamente nos barrería a tiros. Una nave de la BRAZO tendrá
archivos de lo que es un protector; eso los asustaría también.
»Entonces,
¿quiénes debemos ser? Un Kzin, un humano y un protector del Pueblo Colgante… No
podemos ser del Patriarcado; son temibles también. No podemos
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P á g i n a
mostrar
una identificación de la BRAZO…
—Ah
—dijo Hanuman—. Tú quieres mentirles.
—¿Es
un nuevo concepto para ti?
Acólito
gruñó de disgusto. Dijo Hanuman:
—Los
criadores de mi especie no son sapientes. He sido capaz de pensar y hablar por
menos de un falan. ¿A quién mentiría yo? ¿A Oboe?
Un
perro probaría de mentirle a su amo humano, pensó Luis, pero mejor dejemos de
lado eso.
—Stet,
pero no podemos encararlos contigo: eres un protector. Hanuman, ¿recuerdas aun
cómo te comportabas cuando eras un criador? ¿Podrías hacerlo otra vez?
—¿Quieres
que yo sea un mono mascota?
—Sí.
—Stet.
Si no puedo hablar, no puedo ser descubierto mintiendo. Deberé ser el animal
doméstico de Acólito, presumo. ¿Qué hay contigo?
—Creo
que Oboe previó que esto podía suceder —dijo Luis—. Nuestro equipo es muy
parecido al que Nessus trajo a bordo del Embustero…, de modo que vamos a ser el
nuevo equipo del Ser Último. Con el titerote conduciéndonos desde muuuy atrás,
como de costumbre. Eso daría sustento a la existencia de las aerocicletas.
Hanuman, ¿alguna sugerencia?
—Contaremos
una fábula, de acuerdo… Pero será mejor si no se enteran de que Luis Wu creó un
protector y lo puso al frente del Mundo Anillo; parecerías demasiado poderoso…
y demasiado indefenso a la vez. Y mejor no mencionemos cierto sistema médico
experimental que usa nanotecnología; eso les fue robado a las Naciones Unidas,
según creo. Aunque sucedió hace ochocientos falans, lo querrían de regreso.
—No
había pensado en eso… Stet, vamos a seguir trabajando en el asunto. Acólito…
—¡Estoy
orgulloso de quien soy! Y no me educaron para mentir. Servimos a un amo
poderoso… ¿Por qué no exigir simplemente lo que queremos?
—Tal
vez sea éste el motivo por el cual Chmeee te envió a mí. Acólito, escúchame:
esa nave que buscamos es sólo un caza, pero su buque nodriza ha de llevar
combustible de antimateria. Hanuman, ¿cuántos parches XXL posee Oboe?
—Uno
más, en parte terminado.
93 |
P á g i n a
Era
peor de lo que había pensado. ¡El Mundo Anillo no podía permitirse otra
explosión de antimateria!
—Acólito,
eres el hijo de Chmeee. Cíñete a la verdad tanto como puedas; sólo evita hablar
del Centro de Reparaciones, de Oboe y del autodoc de Carlos Wu. Di que tu padre
Chmeee gobierna un sector del Mapa de Tierra. El Ser Último te hizo una oferta,
y tú te marchaste con él antes de luchar con tu padre otra vez. Eres su rehén,
pero no lo sabes.
—¿Y
cómo encontré a Luis Wu? —inquirió el Kzin.
—Yo…
no he pensado tan lejos aún.
—Aterricemos
—ordenó Hanuman—. Llenaremos la ranura de la cocina mientras esperamos el
regreso de la nave. Luis, ¿cuánto tiempo toma una batalla cerrada?
—No
mucho. Unas horas.
Tomaron
tierra entre unos árboles parecidos a plantas diente de león, pero con la
altura de secoyas. Luis ya los había visto en otra parte.
La
luz y el ruido los alertarían cuando la nave volviera. Mientras tanto se
apearon, se desentumecieron y se quitaron sus trajes de presión. Tan pronto
como Acólito olisqueó el aire, saltó lejos con un aullido, en persecución de
algo que los demás nunca vieron.
Luis
balanceó el convertidor de la cocina sobre su amarre. Cargó hierba y pequeñas
plantas en la tolva. Hanuman hacía lo propio con la otra. Si las cocinas
estuvieran basadas en las que habían usado hace treinta y tantos años,
convertirían la vegetación local o la carne de animales en bloques manuables
que él podría comer sin temor, y desecharían la escoria. Tendrían que conseguir
algo con mucha carne, y pronto.
La
cocina entregó un bloque.
—Ajuste
incorrecto —dijo Hanuman—. Aquí, mira —giró un disco sobre la cocina de Luis—.
Esto es para mí: comedor de frutas.
Luis
rompió un trozo del bloque y lo probó.
—No
está mal, sin embargo. Mi especie come frutas también.
Entonces
y sin advertencia, lo golpeó una ráfaga de nostalgia. Había estado en ese mismo
acto antes, sobre un paraje desconocido en medio de toda esa inmensidad del
Mundo Anillo, compartiendo un bloque de alimento con Teela. Dio la espalda a
Hanuman, con los ojos llenos de lágrimas.
Recordó
a Teela Brown.
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P á g i n a
Ella
era alta y delgada, y caminaba con la confianza de una persona centenaria,
aunque sólo estaba en sus treinta. Cuando la conoció vestía una red de plata
sobre la piel pintada de azul; el pelo escarlata, naranja y negro, como una
hoguera ardiente y humeante, estaba peinado hacia arriba. Más tarde, ella había
dejado de lado el estilo llanero9. Recordó su pálida piel de nórdica, su rostro
ovalado, los grandes ojos café y su boca pequeña y grave; el pelo oscuro y
ondulado, recortado para que no le molestara al calzarse el traje de presión…
Ella
nunca había tropezado, nunca tuvo un mal amorío, nunca había estado enferma o
herida, nunca tuvo que enfrentar un escándalo o una metedura de pata pública,
hasta que asistió a la fiesta de cumpleaños número doscientos de Luis Wu.
Él
todavía creía que Teela había sido una casualidad estadística. En una población
de decenas de miles de millones, podía de seguro encontrarse alguien como Teela
Brown.
Pero
el partido Experimentalista entre los titerotes de Pierson creía que estaba
modificando la raza humana para potenciar la suerte. Teela era descendiente de
seis generaciones de ganadores de la Lotería de la Procreación. Cualquier cosa
que le pasara a Teela podría ser interpretado como afortunado:
Enamorarse
de Luis Wu. Seguirle al Mundo Anillo.
Perder
la ruta, en un sitio con tres millones de veces el área superficial de la
Tierra. Encontrarse con el Caminante, el fornido explorador que podría
mostrarle tanto de los secretos del Arco.
Descubrir
el Centro de Reparaciones bajo el Mapa de Marte. Encontrar el escondite del
Árbol de la Vida. Caer en coma mientras sus articulaciones y cerebro se
ampliaban, el sexo desaparecía, las encías y labios se fundían en unas
herraduras de agudo hueso, la piel se arrugaba y endurecía como una armadura…
para convertirla en un protector.
Nessus
nos condujo, y yo atraje a Teela, al juguete más grande y más llamativo del
universo. ¿Cómo podía evitar ella el querer apropiárselo? Pero sólo la
inteligencia de un protector podía mantener a salvo el Mundo Anillo. Y cuando
el Anillo fue puesto en el mayor de los peligros, Teela Brown el protector
entendió que debía morir.
9 Es decir, el estilo de boga en Tierra.
«Llanero» es, en el espacio humano, sinónimo de terrestre. (N. del Trad.)
95 |
P á g i n a
Para
un protector, la muerte no es mala suerte: es sólo otro instrumento.
Acólito
volvió con la boca roja de sangre.
—La
caza es buena aquí. Mi padre se pierde otra gran aventura.
—Luis,
¿podrías pasar por miembro de la tripulación de una nave de la BRAZO? —
preguntó Hanuman.
Luis
pensó en ello. Tenía una noción de las prácticas de la BRAZO, pero… ¿recordaría
lo suficiente?
—Bien,
algo por lo que no puedo pasar es por un homínido local. Soy un Homo sapiens, y
mi origen es evidentemente terrestre. ¿Por qué querría ser un tripulante,
Hanuman? ¿Tripulante de qué?
—No
podemos ser los sirvientes de un protector —dijo Hanuman—. Por ello, debo
convertirme en un animal que mora en los árboles, y tú has de ser un vagabundo,
a menos que sirvas a alguna fuerza mayor. Si sirves a alguien, tiene que ser a
alguna facción de la Guerra del Margen…
—La
BRAZO, por supuesto. Pero no conozco el actual protocolo, y tampoco estoy en
sus archivos.
—¿No
hay algún modo en que podrías haber sido pasado por alto?
—No.
Hay que intentar otra cosa.
Mascó
un bloque mientras pensaba. Olvidemos la historia anterior; volvamos al
principio. Digamos algo simple. Algo que Luis Wu pueda sostener fácilmente, y
también Acólito.
—Tratemos
de conjeturar lo que cualquier caza de la BRAZO pudiera tener en sus archivos
—dijo—. Ellos saben que volvimos a casa; que Chmeee y Luis Wu volvieron a casa
con Nessus herido y sin Teela Brown. ¿Supondrán acaso que Teela sigue viva? Si
así lo hicieran, hay que ocultar que ella encontró el Centro de Reparaciones y
el Árbol de la Vida.
»Seguramente
sabrán que el Ser Último descendió en Canyon veintitrés años más tarde, y que
Luis Wu desapareció por entonces. Podrían haber rastreado también a Chmeee,
viajando desde uno de los mundos Kzin hasta donde el Ser Último lo recogió.
»Luego
el titerote nos regresa al Mundo Anillo, formando parte de su equipo. Así es
como las cosas sucedieron, pero… supongamos que Luis planeó una cita con Teela.
Ella y Luis Wu habrían estado viviendo juntos desde entonces. Las cosas podrían
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P á g i n a
haber
sido así…
¡Nej!
Deberían haber sido así…, incluso aunque el Mundo Anillo se hubiera destruido
un año más tarde.
Todavía
fantaseando, Luis continuó:
—Ellos
han tenido un niño luego de que el período de esterilidad de Teela se agotó, y
ese niño soy yo.
—Esa
hipótesis diverge de los archivos de la BRAZO —dijo Hanuman.
¡Nej!
—¿En
qué sentido diverge?
—¿Cuándo
hubieran ocurrido esos acontecimientos? Luis Wu volvió aquí hace trece años.
¿Sabe eso la BRAZO?
—Hum…
Sí, ellos lo sabrían. La BRAZO me encontró sobre Canyon justo antes de que el
Ser Último me capturara; tuve que matar a dos de sus agentes… ¡Nej! Tienes
razón. Eso haría que el hijo de Luis Wu tuviera doce años a lo sumo.
—¿Podrías
pasar por un muchacho de doce? —Hanuman preguntó.
—Ni
por asomo.
—¿Podría
ser que Luis Wu hubiera hecho un niño a Teela Brown, antes de partir del
Anillo? Tendría ahora la edad de ciento sesenta falans.
—Casi
cuarenta años… No, no podría haber sucedido. Teela tiene que haberse aplicado
el parche de infertilidad, de cinco años de duración, antes del viaje. Tendría
que haber pasado al menos ese tiempo para que fuera fértil de nuevo. Y nunca lo
tuvimos.
—Podrías
ser el niño de Teela y Caminante —sugirió Acólito.
—¡Ja!
Eso es imposible. Eran de diferentes especies.
Hanuman
y Acólito esperaron en silencio.
Volvamos
al principio.
—Al
final de la primera expedición, hace treinta y ocho años, Chmeee y yo volvimos
al espacio humano y al Patriarcado. Entregamos el Tiro Largo, y alguna
información sobre el Mundo Anillo. Fuimos interrogados por una comisión
conjunta, y luego la BRAZO me preguntó mucho más. No aprendieron mucho, porque
no exploramos mucho. Nuestra segunda expedición aconteció veintitrés años más
tarde, pero… ¿y si
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P á g i n a
hubiera
habido una expedición en medio de las dos?
—¿Quién
la enviaría? —preguntó Hanuman.
—El
Ser Último la enviaría. Expedición número uno y medio. Puedo fingir tal cosa…
Mirad, cuando atracamos en la Flota de los Mundos me encontré con un titerote
llamado Chiron. Él era de un blanco puro, perfectamente peinado con una
maravillosa serie de gemas clásicas, y un poco más pequeño que Nessus… —pero
sus compañeros nunca habían conocido a Nessus—. Bien, digamos… unos quince
kilos más pequeño que el Ser Último. Hablaba igual que nuestro titerote;
supongo que todos ellos tenía la misma formación.
»Ahora
cualquiera de nosotros podrá describirlo, ¿stet? Digamos que el Ser Último puso
a Chiron al cargo de la expedición número uno y medio. Chiron despega de la
Flota de los Mundos no mucho tiempo después de que Chmeee y yo volvimos al
espacio conocido. Eso le hace llegar aquí en… hum… al menos, treinta años
atrás. A poco, él y su equipo encuentran a Teela; su período de infertilidad ya
ha vencido. Teela se acuesta con un humano del equipo de Chiron… y yo soy el
niño.
—¿Cómo
te llamas, niño?
—Lewis
—Acólito podría olvidarse, pero todavía tendría razón, porque sería igual:
Lewis o Luis suenan Looiss en la garganta del kzin—. Lewis Tamasan —un apellido
oriental que él podría fácilmente recordar, y que explicaría los pliegues
epicánticos en sus ojos—. Chiron lo ha borrado de sus archivos; la BRAZO ya
sabe que los titerotes se meten con los registros, de modo que eso será
plausible. No hay ninguna anotación en el Comité de Fertilidad tampoco, porque
mi padre… hum… Horacio Tamasan nació de una madre libre, un nacimiento ilegal.
Muchos bastardos van al espacio.
—Parece
una historia plausible —dijo Hanuman—. ¿Tendremos el talento para
interpretarla?
La
voz de Oboe forzó su entrada sin aviso:
—Hanuman,
conjeturas que un caza de la BRAZO ha dejado caer su tanque suplementario y se
ha marchado para luchar. Exploré un área de muchos millones de kilómetros
cuadrados y no encuentro lucha alguna. El detector de neutrinos no muestra
ninguna fuente de emisión. Las naves a batería no serían detectadas, presumo.
¿Debo vigilar hasta que despidan balas de antimateria o láseres?
—Esta
demora de media hora tarde o temprano va a volvernos locos —dijo Luis.
—Una
nave pequeña podría ser indetectable para los instrumentos de Oboe, pero no un
arma láser o un destello de antimateria —dijo Hanuman—. ¿Lucharían ellos sin
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P á g i n a
usar
tales armas? No lo creo, por lo que conjeturo que no hay ninguna lucha en
absoluto, Luis.
Luis
reflexionó al cabo. Si no hubiera estado esperando una lucha, ¿dónde se habría
dirigido la nave de la BRAZO? ¿Por qué había dejado caer su tanque primero?
—El
tanque podría estar vacío —sugirió Hanuman—. Buscaban aumentar su alcance. No
volverían aquí, entonces.
—Bien,
vamos a repensar el asunto —dijo Luis—. A giro de nosotros, hay suficiente
niebla como para esconderse bien. Las naves podrían estar cazándose entre
ellas. Ah, flup, no importa… —ambos alienígenas lo miraron—. ¡Si no hay nadie
contra quien luchar, pues se han marchado para ver el cráter! ¿Qué otra cosa
hay por aquí? El Mundo Anillo se muere. Tienen que informar a su buque nodriza
lo que sucede aquí, y podrían querer escaparse rápido… Entonces, dejaron caer
su tanque y se fueron allá.
Hanuman
lo meditó y asintió con la cabeza.
—A
los trajes de presión.
99 |
P á g i n a
CAPÍTULO
11
EL
SUELO HERIDO
La
mayoría de los Ratoneros dormitaba bajo tierra después de su comida mañanera.
Pero
esa no era la costumbre de Wembleth. Sin embargo, él era un viajero, por lo que
adaptaba su comportamiento al de sus anfitriones. Había estado viviendo con
estos cazadores nocturnos durante varias vueltas del cielo, compartiendo sus
comidas y sus mujeres, y enseñándoles cómo construir y utilizar herramientas
simples, algo que él había aprendido en otra parte.
La
mayor parte de los aldeanos estaba ya dentro de sus madrigueras. Los niños
mayores y los ancianos limpiaban el solar después del banquete, con ayuda de
Wembleth, mientras la sombra se retiraba del sol. Esa era una buena tarea para
él; necesitaba alguna luz del día para mantenerse saludable. En unos minutos
entrarían todos en las…
Pero
el día se incendió.
Los
niños comenzaron a gritar.
Los
Ratoneros no podían siquiera enfrentarse con la mera luz del día… ¿qué les
haría este fulgor deslumbrante? Sus propios ojos bizquearon y lagrimearon.
Wembleth recogió en vilo a dos de los pequeños, les aplastó las caras contra su
pecho, y gritó al resto:
—¡Todos
adentro!
Entró
como una flecha en la madriguera más cercana. Los demás podrían seguirle, o
encontrar su camino por sí mismos.
Las
ventanas era meras rajas en las casas de los Ratoneros. Wembleth dejó caer en
la oscuridad su carga de niños, eludió a los asustados muchachos que habían
entrado siguiendo su voz y salió otra vez.
Varios
niños y ancianos corrían ciegos en medio de la horrenda claridad. Los mayores
entre los Ratoneros tendían a perder la vista de todos modos; eso les permitía
moverse a plena luz del día. Entrecerrando y apantallándose los ojos Wembleth
podía ver todavía. Se dio cuenta de que no se las arreglarían por sí mismos…
Los adultos eran más grandes y pesados que él; de algún modo se las arregló
para dirigirlos hacia los accesos, forcejeando contra su terror.
No
podría decir cuánto tiempo pasó. La luz fue palideciendo poco a poco. Un viento
100
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feroz
y caliente aulló a través de la plaza, dispersando los carbones del fuego
comunitario, y murió de repente. Entonces un viento más suave comenzó a soplar
en sentido opuesto al anterior. Cuando ya no pudo encontrar a nadie más —ya no
podía ver casi nada, de todos modos—, se escurrió lentamente hacia las
cavernas. Bajo tierra era la oscuridad perfecta; su visión se había arruinado,
y la horrorosa luz se había ido también. Wembleth se tendió y jadeó, pugnando
por aire.
Algo
cambiaría. Siempre sucedía eso, cuando las cosas se estropeaban. Uno tenía que
prepararse para las oportunidades que vendrían.
Al
momento, Wembleth cayó en la cuenta de que se estaba asfixiando.
La
explosión había lanzado al Caracolero, en estasis, contra un acantilado rocoso,
por encima de un enorme bosque. Cuando el tiempo normal retornó, la nave estaba
sumergida en un inmenso desprendimiento de pizarra hecha añicos.
Lejos,
muy lejos a giro, un mar de niebla cruzaba a través del horizonte, ocultando
todo hasta la base del Arco. Mucho más lejos, la neblina se abovedaba hacia
arriba. El borde cercano de la niebla lo formaba una onda expansiva que todavía
se movía perezosamente hacia el Caracolero.
—Esto
parece el final del mundo. De cualquier mundo. De muchos mundos —dijo Oliver.
—Mira
si hay alguien alrededor —pidió Roxanny.
El
detective Oliver Forrestier trasteó con varios sensores. La Ballena Franca, el
gran crucero de la BRAZO, había golpeado contra un anónimo acorazado Kzinti
justo antes de la gigantesca bola de fuego y el subsiguiente apagón. Había
otras naves también en la zona…, pero ahora no había nada.
—Ninguna
estela aparente —dijo Oliver—. La nube escupe neutrinos … los últimos rastros
de antimateria, adivino, y van disminuyendo. Ninguna fuente puntual. No hay
naves grandes.
—La
bola de fuego se está colapsando. Como si estuviera siendo absorbida desde
abajo —dijo Claus con inquietud.
—Bien
—dijo Roxanny—, dejadme ver. Nos hemos quedado sin enemigos, ¿correcto, Tec
Forrestier? La explosión ha de haberlos destruido a todos. A los amigos
también, desafortunadamente. Entonces, nuestra misión es recolectar datos.
Levántanos, Claus.
El
Caracolero despegó. El Tec-Dos Claus Raschid preguntó:
101
| P á g i n a
—¿Volaremos
directamente hacia allí, Roxanny?
—Permanece
a baja altura, tómate tu tiempo. Mira alrededor. Claus, hay un agujero en el
centro de todo eso. Un agujero en el Mundo Anillo es la vuelta a casa.
—Roxanny,
¿qué te tiene tan alegre?
Roxanny
Gauthier se rió bulliciosamente.
—¡Estamos
vivos, tonto! ¿No te parece suficiente? ¡Mira el rastro que dejamos! Podemos
seguirlo derecho hasta la explosión… Claus, Oliver, por todo que sabemos sobre
los campos de estasis, ¿lo creen realmente posible? ¿Se puede creer que se
detenga el tiempo y luego se reanude? Cuando vi la luz, supe que era una
explosión de antimateria. ¡Pensé que moriríamos!
—Mira
allí abajo. Esto era una ciudad —dijo Oliver. Deslizó sus instrumentos a lo
largo del damero de calles y edificios—. Grande. Abierta, como Sydney.
—Claus,
baja la velocidad —dijo Roxanny—. No veo muchos cadáveres en el campo. ¿Dónde
están los muertos?
Oliver
especuló.
—Adentro,
cubriéndose de la onda expansiva. Echa una mirada a tu pantalla, Roxanny. La
presión atmosférica está muy baja, y sigue cayendo. Se refugiaron de la onda
expansiva y luego…
—¿Se
asfixiaron?
El
aire estaba escapando hacia el espacio. Claus no era estúpido; sólo tardo en
darse cuenta.
—Hemos
matado al Mundo Anillo entero. Oye…
—Nos
pasaremos diez mil años investigando la estructura, aprendiendo sus secretos
—dijo Roxanny—. ¿Qué haces, Claus?
—Aterrizo.
Veo a un sobreviviente.
Bajo
tierra, Wembleth se asfixiaba.
Se
abrió camino hacia la luz, pero el aire no era mejor afuera.
La
luz era la conocida y sempiterna del día, pero había una cosa rara a giro…,
como si la mitad del mundo hubiera sido arrancado, dejando sólo niebla y caos.
Wembleth anduvo a los tumbos hacia la plaza común, con el pecho agitado.
102
| P á g i n a
Una
hora atrás, habían estado de banquete. Ahora no había nadie allí, e incluso el
fuego había desaparecido. Los Ratoneros no saldrían fuera en caso de
emergencia, y Wembleth no tenía una mejor solución para ofrecerles.
Algo
bajaba del cielo… Algo plateado, con una forma vagamente similar al huevo de un
vinch.
Wembleth
se mantuvo de pie —aun sintiendo que se desmayaría de un momento a otro— y
agitó los brazos. «Si tienes una duda, pide ayuda»… Eso era un instinto normal,
pero su desdibujado intelecto retornó a poco:
¡Aquí
venían unas gentes con el poder de volar! Las leyendas hablaban de tal poder,
pero éstos llegaban cabalgando los vientos de un gran desastre. Alguien que
podía volar tenía que saber algo.
La
noticia del desastre debía ser comunicada a los otros pueblos.
Wembleth
cayó sobre sus manos y rodillas, a punto de perder el conocimiento, cuando dos
homínidos de especie desconocida descendieron hacia él. Llevaban puestas unas
armaduras, como los míticos Vashnisht. Ellos le ofrecieron una bolsa, para que
se metiera en ella.
Wembleth
lo hizo.
El
aire silbó en la bolsa. Ya podía respirar.
No
sabía cómo decirle al Vashnisht que había muchos otros que necesitaban rescate.
Nunca se le ocurrió que los Vashnisht —los hechiceros— pudieran ser la causa
del desastre que destruyera el mundo.
La
gravedad alrededor de un Mundo Esfera sigue la ley del cuadrado inverso de la
distancia. En contraste, el Mundo Anillo es una superficie plana. La gravedad
no disminuye a medida que uno se eleva alejándose de la superficie, ni tampoco
la aceleración lateral, ni la fuerza magnética, por lo menos hasta que el
Anillo parece una cinta más que un plano, a cientos de miles de kilómetros de
altura.
Los
ingenieros de Mundo Anillo empotraron una malla de encaje de cable
superconductor en el suelo de scrith. La malla permite manipular magnéticamente
las erupciones solares y generar en ellas un efecto de láser supratérmico —la
defensa antimeteoros del Mundo Anillo—, pero también permite el uso de la
levitación magnética. Gracias a ello, los vehículos impulsados magnéticamente
podían elevarse a cualquier altura.
Era
plena noche cuando las aerocicletas despegaron. A cien kilómetros de altura, ya
103
| P á g i n a
afuera
de la atmósfera, siguieron hacia giro la hondonada cavada por la nave caída. El
verde paisaje se hizo tempestuoso; pero en lugar de formas espirales, como se
hubieran dado en los Mundos Esfera, aparecían largas ondulaciones y corrientes
lineales de nubes encendidas por relámpagos. Luego todo fue nubes sin fin.
El
terminátor, generado por el borde de una de las pantallas de sombra, pasó
rápidamente sobre ellos. Una astilla creciente del sol se convirtió poco a poco
en la deslumbrante luz del mediodía. ¿Cuánto hacía que Luis no veía un
amanecer?
Cruzaron
por encima de un toroide de tremendo tamaño, bastante alabeado ya y que
fulguraba ligeramente. Retazos de niebla fluían por encima de las zonas más
flácidas del tubo y desaparecían en el vacío. El parche de Oboe no se
sostendría por siempre.
El
terreno y las rocas todavía se aferraban al suelo de scrith. Había enormes
piletas y cintas de hielo, de aspecto espumoso, y todo el terreno estaba
devastado siguiendo un modelo radial. Superaron el borde del parche, yendo
hacia el cráter.
El
borde del agujero brillaba tenuemente. Tal vez… tal vez el sistema de Oboe —el
llamado retejido— funcionara.
—Una
nave espacial —dijo Acólito—. Por encima del cráter.
No
había trazas de fusión. La nave flotaba sobre sus impulsores inertes: un
cilindro con el vientre aplanado, algo más grande que el tanque descartable,
pero con un bulbo transparente en el morro.
—Es
un diseño de la BRAZO, clase Ratonero —dijo Luis—. Un caza. Tres tripulantes.
Nos habrán visto ya.
—¿Dispararán
sobre nosotros?
—Deberíamos
de parecer lo bastante inocuos… —Luis intentaba persuadirse de ello.
Los
hologramas miniatura de sus dos aliados se enturbiaron, y luego se
transformaron en dos caras de la misma mujer: de piel morena, vestida con el
uniforme de tareas de la BRAZO. Una voz de contralto resonó en su altavoz.
—Intruso,
responda inmediatamente o será destruido. Ha entrado en zona de guerra.
—Soy
Lewis Tamasan —contestó Luis Wu—. ¿Puede oírme? —Le oímos, Lewis Tamasan. Por
favor, acérquese al Caracolero. —¿Cuáles son vuestras intenciones?
104
| P á g i n a
—Somos
observadores de las Naciones Unidas —dijo la mujer—. ¿Qué sabe de los
acontecimientos en esta región?
—Vinimos
para relevar un cráter en el suelo del Mundo Anillo.
—Su
acompañante es un kzin…
Luis
se rió.
—Acólito
es de aquí, un natural del Mundo Anillo. También yo soy de aquí.
Ella
le miró detenidamente desde su holograma.
—Tú
pareces humano.
—Soy
humano. Nacido aquí. Acólito también ha nacido aquí, y él es un kzin.
—¿Hay
Kzinti aquí?
—Kzinti
arcaicos, en el Gran Océano —eso debería despertar su curiosidad, pensó Luis.
La
mujer de la BRAZO sonaba malhumorada.
—Probamos
todas las frecuencias razonables. ¿Por qué te comunicas en una frecuencia usada
por la Flota de los Mundos?
—Los
titerotes hallaron el Mundo Anillo, y los titerotes lo exploraron primero —dijo
Luis, con un rastro de frialdad en su voz—. Mis padres y el padre de Acólito
vinieron aquí con los titerotes de Pierson.
—Tomad
tierra allí en el borde.
—Vinimos
aquí para examinar el cráter. ¿Podemos dar vueltas en esa zona?
—Tomad
tierra ahora, hijos del Mundo Anillo.
—Abajo,
Acólito —dijo Luis, y dejó que la aerocicleta descendiera.
La
mujer de la BRAZO preguntó:
—Acólito,
¿hablas el Intermundo?
—Sí
lo hago, señora PJ —tronó el Kzin.
—Mientras
yo esté bajo servicio de las Naciones Unidas debes dirigirte a mí por mi rango,
como Copiloto o Tec, no como Persona Jurídica. ¿Cómo he de llamarte?
—Acólito,
hasta que obtenga un nombre más digno.
105
| P á g i n a
—¿Cuál
es tu conexión con el Patriarcado?
—He
oído hablar de él a mi padre. Hemos visto las luces de la Guerra del Margen.
Las
aerocicletas se asentaron sobre el desnudo scrith.
El
Caracolero descendió con evidente precaución, y tocó el suelo. Una esclusa de
aire se abrió debajo de su extremo romo. Una forma humana surgió, y luego una
segunda, arrastrando un bulto de alguna clase por una puerta que era demasiado
estrecha para él. El bulto pasó, de todos modos.
Uno
de los humanos voló hacia las aerocicletas, mientras el otro apoyaba el bulto
sobre el césped desecado por el vacío. El bulto era una vaina de rescate, un
globo inflable y semitransparente con unas zonas opacas donde estaban los
equipos de apoyo de vida. En el globo se distinguía la sombra de un tercer
hombre, que echó a andar por dentro mientras el globo rodaba hacia las
aerocicletas.
La
Tec-Uno Gauthier —fácilmente reconocible a través de su casco pecera— debe
haber tenido una clara visión de Hanuman, que montaba alerta en el regazo de
Acólito. Acólito había atado un cordel al traje de presión de Hanuman, como si
el supuesto mono acostumbrara corretear lejos y tuviera que ser sujeto. La
pareja desembarcó y se unió a Luis. Gauthier aterrizó delante de ellos.
—Me
siento pequeño frente a esto —dijo Acólito con inquietud.
Tan
cerca del cráter, el suelo había sido pulido por la explosión de antimateria:
sólo se veía el monótono scrith, translúcido y liso, artificial e infinito. Se
veían diminutos en tan gran espacio liso. Luis no lo había sentido hasta que el
kzin lo expresara.
—PJ
Acólito, PJ Lewis —dijo Gauthier con deliberada cortesía, porque ni Lewis
Tamasan ni Acólito podrían haber sido registrados alguna vez como Personas
Jurídicas—, os presento al Tec Oliver Forrestier y al PJ Wembleth. Soy la Tec
Roxanny Gauthier —sus maneras se habían suavizado un poco.
El
Tec Forrestier, segundo de a bordo, era alto, delgado y pálido; quizás un
nativo del Cinturón, criado en baja gravedad. Como el de Gauthier, su pelo
rizado de color herrumbre había sido cortado casi al rape. Al llegar a ellos
sonrió y le tendió el guante a Luis, luego al kzin.
—Nos
alegramos de encontrarle —dijo.
—¿Podréis
llevar a Wembleth con vosotros? No tenemos sitio para él en la nave — explicó
Gauthier.
—Es
una nave de tres plazas —explicó Forrestier.
—¿Qué
es Wembleth, entonces? —preguntó Luis—. ¿Un homínido local?
106
| P á g i n a
El
citado Wembleth se había quedado atrás. Hacer rodar un globo cilíndrico por el
método de caminar en su interior no parecía incomodarlo, pero era una forma
lenta de desplazarse. Cuando intentó detenerse, el globo siguió andando por
inercia; él se cayó de bruces, pero se alzó luego sin manifestar bochorno
alguno.
¿Podría
Wembleth oír los comunicadores? No había pronunciado palabra…
—Lo
encontramos donde el aire se estaba yendo —comentó Forrestier—. Había cadáveres
y madrigueras destruidas todo alrededor de él. ¿Reconoce su tipo?
—¿Su
especie? —Luis estudió a Wembleth.
Wembleth
parpadeaba como si la luz le hiciera daño, pero su mirada encontró la de Luis
sin amedrentarse. Era unos veinte centímetros más bajo que Luis, un metro
sesenta o poco más. Sus vestidos eran de tela tejida, pantalones y una camisa
suelta con bolsillos aplicados, todo del color de la arena. Sus pies estaban
descalzos y eran grandes y córneos; las largas uñas de los dedos parecían
armas. Era de tez más oscura que Luis, aunque más pálida que la de Roxanny
Gauthier, y la piel de sus manos, cara y cuello estaba arrugada. El cabello,
grueso, blanco y negro, cubría la mayor parte de su cara. Tenía unos adornos
azules, en voluta, sobre sus cejas y mejillas; podían ser tatuajes rituales, o
tal vez un camuflaje desarrollado naturalmente. Lo más llamativo era que
sonreía interesado en medio de una situación en la que cualquier hombre normal
se hubiera encogido de terror.
—No
conozco exactamente la especie —Luis no se había cruzado con residentes por los
últimos cientos de millones de kilómetros, pero él no dijo esto. Aún no había
decidido qué distancia tenía que haber recorrido «Lewis Tamasan»—. Pero hay
miles de especies de homínidos sobre el Mundo Anillo, tal vez decenas de miles,
y la mayoría son sapientes. Wembleth tiene un tamaño promedio; el color de su
piel es bastante común también. Los dientes…
Wembleth
sonrió, y Luis se estremeció.
Los
dientes de Wembleth estaban torcidos y decolorados. Cuatro faltaban, dejando
huecos negros. Luis podía sentir lo que debía ser portar esa boca… ¿No se
masticaría constantemente la lengua?
Wembleth
todavía tenía tres colmillos, sin embargo.
—Parece
un comedor de carne…
La
Tec Gauthier se encogió de hombros.
—Le
dimos un bloque de dieta estándar. Hay un ajuste para carne cruda, por
supuesto, por si tomamos a un Kzinti prisionero. Él comió un poco de eso.
107
| P á g i n a
—Podremos
alimentarle, entonces. Aunque su ecología entera está muerta… —dijo Luis.
—¡Bueno!
Pasemos a otra cosa —dijo Oliver Forrestier—. Dígame lo que sepa sobre… sobre
eso —y su brazo trazó un círculo alrededor.
El
parche de Oboe. La pregunta era obvia, pero Luis aún no había planeado su
respuesta. Él improvisó:
—Sí,
lo vimos descender. Respecto de las cosas de este tamaño, a escala del Mundo
Anillo, ni mis padres tienen mucho para decir. De hecho, Chiron nos envió aquí
para aprender más.
—¿Chiron?
—Él
trajo a mi padre a este lugar. Es un titerote.
—Stet.
Venga aquí, Lewis…
Forrestier
anduvo hacia el borde del cráter, que estaba a unos veinte metros de distancia.
Luis lo siguió.
Forrestier
se detuvo, las puntas de sus botas demasiado cerca del borde. Desde ese punto
de vista, era un hoyo sin fondo de quince o veinte kilómetros de diámetro.
Estremecedor, eso es lo que era. Era difícil concentrar la mirada en el borde;
se veía turbio y brillaba tenuemente cuando Luis adelantó su cabeza.
—¿Es
normal esto? —preguntó Forrestier.
—Nunca
he examinado un rasgón en el suelo del mundo —dijo Luis—. Es espeluznante… —eso
no era del todo una mentira. Luis había mirado a través del cráter del
Puño-de-Dios, pero «Lewis» no tenía porqué haberlo hecho.
—Parece
que se estuviera reparando por sí mismo —señaló Gauthier, por el comunicador—.
¿Hace siempre eso? A lo largo de los años hemos visto morir algunas de esas
tormentas en forma de clepsidra. Pensábamos que eran cráteres y escapes de
aire.
Luis
frunció el ceño, intentando expresar con su gesto No entiendo. Entonces recordó
una palabra que había aprendido lejos de allí, usada con el significado de
mago, pero que en realidad significaba protector.
—Vashnisht
—dijo—. Hay secretos que nunca entenderemos.
La
Tec-Uno Gauthier ladró por el comunicador:
—¡Oliver,
regresad aquí! Lewis, Acólito, montaremos una tienda de campaña.
108
| P á g i n a
Roxanny
y Oliver extrajeron un abultado paquete por la esclusa de la nave; lo apoyaron
sobre el scrith y lo anclaron con cinta adhesiva por los bordes. La tienda de
campaña se infló, se retorció y por supuesto comenzó a dar tumbos, debido a que
el adhesivo de la cinta no se adhería al scrith. Roxanny dejó que Oliver se las
arreglara con ello mientras volvía a la nave para sacar la cocina-autodoc.
Oliver
vio lo que ella hacía y explotó:
—PJ
Gauthier, ¿te has vuelto loca? ¡No podemos perder eso!
—Podemos
vivir sin la cocina por unas horas.
—¿Por
qué trataste de abandonar a Wembleth? ¡Un natural de Mundo Anillo! ¡Es un
maravilloso hallazgo!
—¡Quiero
a Lewis Tamasan! Wembleth es una buena presa, de acuerdo. Lamento que no
podamos llevárnoslos a todos, pero él es sólo un residente; no sabe lo
suficiente. Tomaría al kzin si pudiera meterlo en la nave, pero no puedo;
entonces lo interrogaremos antes de dejarlo.
—¡Roxanny,
él es todavía un kzin!
—¿Acaso
tienes miedo? No es más que un niño. Ambos no son más que unos adolescentes.
Sus padres estaban ya en el Mundo Anillo cuando arribó la Flota, y los niños
deben haber estado oyendo sobre esto toda la vida.
Oliver
lo consideró.
—¿Qué
harían sus padres para recuperarlos?
—Tal
vez lo averigüemos también, después de que sepamos todo lo que hacen — sonrió
abiertamente—. Oli, ¿has visto la mirada que me echó Lewis? Como si…
Oliver
supo de lo que ella hablaba, y su voz mostró cierto resentimiento:
—Como
si nunca hubiera visto a una mujer antes. Bien, Roxanny, lo tendrás como
quieres. Compartiremos la tienda de campaña con un kzin, ¡y por Finagle que
será el primero en alimentarse! Pero ya tenemos muchos más datos que los que
nos hicieron venir, y el asunto ahora será retornar a casa con ellos.
Los
de la BRAZO estaban ocupados en erigir la tienda de campaña. Nadie prestaba
atención a Luis cuando la imagen en miniatura de Oboe apareció sobre la consola
de la aerocicleta.
109
| P á g i n a
—Tengo
que saber con urgencia si mi sistema de retejido funciona —dijo el protector—.
¿Se hace más pequeño el agujero? ¿Cómo debo actuar para salvar algo? He que
advertirte severamente que evites caer por el cráter…
¿Estaría
el Caracolero o su nave nodriza escuchándoles a escondidas? Pero incluso si la
línea se mantuviera limpia, el holograma de la cabeza de Oboe sería visto con
facilidad.
—El
agujero se cierra —dijo Luis rápidamente—. Se está cerrando. Pero tenemos
compañía —y apagó la pantalla.
Ahora
Oboe no podría hacer otra cosa que escuchar.
La
tienda de campaña se había convertido en un tubo con gran puerta esclusa, un
nicho para los trajes de vacío, un espacio de habitación y un pequeño cuarto
con paredes plateadas que debía esconder los servicios. Gauthier desde dentro,
y Forrestier por fuera, asistieron al resto para entrar.
Acólito
hizo entrar a Hanuman, pero lo dejó en su traje de presión.
—El
traje tiene sus propios sanitarios —arguyó Acólito. Hanuman dijo uuk.
Gauthier
se había quitado el casco, aunque no parecía tener intención de aliviarse del
traje. Oliver había hecho lo mismo. Los de la BRAZO no parecían en exceso
desconfiados. Luis y Acólito se quitaron los propios, y todos se acomodaron
alrededor de la pequeña cocina.
Wembleth
habló en un idioma que Luis no había oído nunca. La voz del traductor lo hizo
desde uno de sus bolsillos:
—Bueno,
aquí hay más espacio…
El
hombre peludo bajó la cremallera de su vaina de rescate y salió de ella con un
suspiro de contento.
—Wembleth
hace el número cuatro en un nave de tres plazas —explicó Forrestier—. Lo
encontramos rodeado por los muertos de una especie más grande y peluda,
jadeando como un pez fuera del agua… pero andando por sí mismo y arrastrándose
hacia nosotros entre las paredes que la tormenta no había arrojado lejos.
Tuvimos que introducirlo en el cuarto de Misión y Armas y cerrarlo. Lo hemos
interrogado… él sabe cosas que necesitamos saber…, pero no podemos volar así,
PJ Lewis. Hemos de tener la capacidad de defendernos.
—Lo
llevaremos a algún sitio en que él pueda vivir —dijo Luis.
—Encontraremos
un modo de amarrar la vaina de rescate a una de vuestras máquinas voladoras. No
tenemos un traje que se ajuste a él.
110
| P á g i n a
La
Tec Gauthier repartía bloques que extraía de la pequeña cocina. Hizo unos
ajustes y entregó a Acólito un bloque que goteaba rojo; luego algo afrutado
para Hanuman.
—Ésta
es la única cocina que tenemos, y también cumple funciones de autodoc. Estando
en vuelo en tiempo de paz, esta tienda inflable brota del fuselaje y lo amplía.
Si no podemos desplegarla, apenas tenemos espacio para menearnos. La guerra es
el infierno —dijo ella, en tono frívolo—. ¿Puedo ofreceros algo para beber?
—Sorpréndeme
—dijo Luis—. ¿Té? ¿Jugo?
—¿Cerveza?
—Mejor
no. Y Acólito es demasiado joven.
Acólito
gruñó. Roxanny se rió.
—¡Tú
también, Lewis!
¡Ella
pensaba que él era un adolescente!
—Es
cierto, Roxanny —dijo.
Ella
les pasó unos bulbos: algo con sabor de arándano para Luis, caldo para Acólito
y Wembleth.
—Vosotros
dos habéis crecido sobre el Mundo Anillo. ¿Os hablaron vuestros padres sobre
los planetas?
—Los
vimos al aprender física —dijo Acólito—. Chmeee, mi padre, trató de explicarme
lo que es una tormenta de Coriolis, llamada huracán. No estoy seguro de
entenderlo.
—Me
encantaría ver la Tierra —dijo Luis.
¡Una
nave espacial funcional! Su primera posibilidad para desertar desde que el
abominable Bram lo había encontrado… No, antes de eso… ¡Desde que había fundido
el hiperimpulsor de la Aguja!
Tenía
que haber un modo de hablar a solas con Roxanny Gauthier.
El
traje de la mujer no era muy ceñido: sólo insinuaba unas formas que hicieron
dar un vuelco a su corazón. Una mujer fuerte, una atleta. Su cara era severa,
con barbilla cuadrada y nariz recta. Estaría en sus cincuenta, juzgó Luis,
basándose en el lenguaje corporal y la manera en que Forrestier le prestaba
deferencia… a menos que ella tuviera un cargo mayor. Su pelo era una manta de
terciopelo negro; debía depilar o afeitar su cuero cabelludo periódicamente.
111
| P á g i n a
Sorprendió
mucho a Luis el enterarse de cuánto había añorado la presencia de una mujer,
después de todos los homínidos que se había encontrado.
Pero
ella estaba preguntando:
—¿Sabéis
algo sobre una gran nave transparente? Luis sacudió su cabeza. Acólito fue
menos cauteloso.
—¿Como
una nave de Productos Generales? ¿Qué debíamos ver, una burbuja de cristal?
—Sí,
una burbuja de cristal grande. ¿Qué sabes sobre fuselajes de Productos
Generales?
—El
padre de Luis vino aquí en un número dos —dijo Acólito.
Daba
demasiados detalles. Lo atraparían en inconsistencias, temió Luis… pero Chmeee
ha de haberle descrito al Embustero —que había sido un número dos— cuando habló
a su hijo de la primera expedición.
Y
Acólito se estaba divirtiendo con el reto.
—Una
enorme burbuja de cristal, llena de cosas. Muchas máquinas dentro —dijo
Gauthier.
—Con
cuatro llamas que se mueven a través del cielo —se sumó Forrestier—. La nave
tiene cuatro motores de fusión. Fue robada, tal vez por Chiron.
—Chiron
no nos lo dice todo —aseguró Luis—. A veces siquiera nos dice algo de lo que
pasa.
—En
realidad fue robado dos veces —dijo Roxanny—, primero por los Kzinti, y luego
les fue quitado a ellos. No lo vimos alcanzar el Mundo Anillo, pero pensamos
que está aquí. Queremos recuperarlo.
—Háblanos
sobre la expedición de Chiron —pidió Oliver.
Luis
improvisó.
—Mi
padre dice que les tomó dos años llegar aquí, y fue un viaje difícil… —Mantente
en lo que sabes que es seguro, se dijo Luis—. Mi madre vino con la primera
expedición. Ella cuenta que el Embustero comenzó como un número dos y creció
luego más allá de toda proporción, haciéndose más grande cada vez que un
titerote pensaba en otro rasgo de seguridad. Al final, el Embustero quedó
convertido un gran ala volante con el casco de Productos Generales metido en
medio. Cuando fue atacado, el campo de estasis encerró el cilindro y los
tripiulantes se salvaron, pero perdieron todo que estaba sobre el ala.
112
| P á g i n a
Todo
eso estaría en los archivos de la BRAZO, incluso las propias especulaciones de
Luis Wu. Encontrarían allí también la descripción de Chiron que Luis hizo en su
momento.
—Por
eso cuando Chiron construyó su propia nave —continuó—, él metió todo dentro del
fuselaje. He estado en ella, pero no desde hace tiempo, ya que he crecido, y
cuando niño ya entraba apretado…
—Nos
gustaría hablar con Chiron —dijo Oliver—. ¿Dónde podemos encontrarlo?
—Chiron
nos ha expresado muy claramente que jamás debemos decir a nadie cómo
encontrarlo —explicó Acólito.
Oliver
habló a Roxanny.
—El
Tiro Largo estaba en manos de los Kzinti. Los titerotes podrían encontrarlo
inquietante, ¿no crees? Un titerote podría actuar para recuperarlo… —se dirigió
a Luis—. La nave de Chiron, ¿tiene nombre?
—Paranoia
—dijo Luis, sin permitir que asomara una sonrisa.
—¿Cómo
está armada?
—La
Paranoia no tiene armamentos en absoluto —dijo Luis—, ni siquiera algún
instrumento que pudiera ser utilizado a tal efecto. No debemos hablar de ello.
—¿Dónde
aterrizó la Paranoia? ¿Cerca del Gran Océano, donde la primera expedición
abandonó a Teela Brown?
Luis
no había decidido sobre eso tampoco.
—No
puedo decíroslo.
—Muchacho,
parece que no tienes nada en absoluto para intercambiar —dijo Roxanny
Gauthier—. ¿Qué quisieras saber de nosotros? ¿Os dijo Chiron qué preguntas nos
debiérais hacer?
—Nos
envió aquí para saber si el Mundo Anillo va a recuperarse. Puedo ver que la
rotura se está sellando por sí misma. De todas formas, ¿qué podéis decirnos
sobre la Guerra del Margen? ¿Está a punto de acabar?
—Lo
dudo mucho —dijo Roxanny.
—¿Acaso
va a hacerse tan grande y violenta que todo quede destruido?
—Eso
no va a suceder —dijo ella, firmemente.
Oliver
se rió. Roxanny lo miró muy molesta, y el hombre dijo:
113
| P á g i n a
—Era
sólo algo que pasó por mi cabeza. ¿Qué edad tienes, Lewis?
Luis
había planeado tener treinta años, pero los de la BRAZO parecían pensar que él
apenas había pasado la pubertad. Por la razón que fuera, eso le agradó. Nej,
¿por qué no? De modo que dijo:
—Ochenta
falans, y unos días.
—¿Y
un falan sería…?
—Diez
rotaciones del cielo.
—Aproximadamente
setenta y cinco días… Días de Mundo Anillo, de treinta horas… —Oliver susurraba
a una computadora de bolsillo, más grande que las versiones civiles que
recordaba Luis—. Tienes unos veinte años, según el tiempo de la Tierra. Yo
tengo cuarenta y seis años. ¿Roxanny?
—Cincuenta
y uno —dijo ella, sin vacilar.
—Tomamos
píldoras revitalizadoras, por supuesto. Eso nos impide volvernos viejos. Lo que
cruzó por mi mente —dijo Oliver Forrestier—, es que Roxanny es la primera mujer
humana que tú has visto alguna vez… aparte de tu madre, Lewis.
Roxanny
sonreía en forma reluctante. Y Luis enrojeció, de repente consciente de que sus
ojos se habían demorado demasiado sobre Roxanny Gauthier, y que se había
sentado más cerca de ella que lo exigido por lo apretado del sitio; y de que no
podía hablar coherentemente cuando la miraba de frente. El aire debía estar
sembrado con feromonas de Roxanny… y de Oliver también. Y siendo que Oliver era
el primer macho humano que él había visto o había olido en más de veinte años
—y sin cuarto de duchas a bordo del Caracolero—, no era sorprendente que Luis
se sintiera tanto excitado como amenazado.
—Lo
siento —dijo, y se hizo atrás unos centímetros.
Cruzó
por su mente en ese instante la idea de que la intimidación podía tomar muchas
formas. Ellos querían algo de Lewis: información que Luis Wu tendría que
inventar, pero todavía…
Roxanny
se rió ligeramente.
—No
importa. Lewis, ¿quisieras ver el Caracolero? Acólito, no podemos subirte a
bordo; es demasiado chico el espacio. Luis puede contarte sobre ello después.
Los
ojos de Hanuman se cruzaron con los de Luis, pero él no dijo nada. Wembleth y
Acólito habían comenzado una vacilante conversación; el homínido encontraba
fascinante al Kzin. Luis cerró su placa frontal y siguió a los de la BRAZO.
114
| P á g i n a
El
navío era terriblemente pequeño.
Tres
asientos se daban la espalda el uno al otro alrededor de un pilar central. Uno
de ellos estaba ocupado. Había un buche al lado de la esclusa de aire, para
guardar la tienda ahora armada. Un agujero con poterna en el suelo conducía a
una cavidad del tamaño de un hombre: el cuarto de Misión y Armas.
Roxanny
entró primero. Ella se deslizó en el segundo asiento.
—PJ
Lewis Tamasan, le presento al Tec-Dos Claus Raschid. Claus, él es Lewis — dijo
ella—. No del todo un nativo.
Claus
se giró y le ofreció una mano. Era más oscuro que Roxanny, más alto que Oliver,
y su brazo tenía un largo alcance.
—Hola,
Luis; soy el piloto. Siéntate allí.
Luis
había esperado dirigirse en soledad a Roxanny, o quizá a Oliver. Ambos habían
venido, caminando junto a él un poco demasiado cerca para la comodidad de Luis,
dejando a Acólito, Wembleth y Hanuman en la tienda de campaña.
Luis
se deslizó en el tercer asiento. Él sintió cómo se modificaban los planos de
apoyo, adaptándose a su altura y peso y al bulto de su traje de presión. Eran
butacas estándar; cuando acabó de adaptarse Luis no encajaba perfectamente.
Roxanny
Gauthier tecleó una orden en el brazo de su silla, usando ambas manos.
Una
red protectora encerró a Luis antes de que él pudiera moverse.
El
campo de fuerza embebido en una red antichoque protege a un pasajero en una
colisión, pero era también útil para la tarea de policía.
Luis
no reaccionó en seguida. ¿Cómo reaccionaría Lewis? Congelado por el pánico, lo
que al menos daría bastante tiempo a Luis para pensar. Y luego, ¿qué?
—Es
para tu protección. Dijiste que querías ver la Tierra —adujo Roxanny, sonriendo
como un gato.
Oliver
se deslizó por la escotilla y luego abajo, ocupando la cuarta silla. El cuarto
de Misión y Armas lo ceñía como un apretado traje.
Luis
se movió un poco; el campo no le permitía mucho despliegue.
—¿Acaso
vamos a la Tierra? —preguntó.
—Volvemos
al Toro Bacota, por lo pronto —dijo el tercer trip—. Estaremos allí en una
hora, o al menos deberíamos. Roxanny, te has dejado la cocina-doc…
115
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—Tuve
que hacerlo, para despistar —dijo ella.
—Stet,
pero si algo sale mal… Stet. Lewis, el transporte Toro Bacota es nuestra
primera parada, y allí unas personas decidirán dónde irás después. Es posible
que sea la Tierra, o al menos el sistema de Sol. Y mientras estamos en ruta
puedes contarnos algunas cosas. Chiron no puede detenerte ahora. Oye… serás el
segundo anillícola en alcanzar el espacio humano.
—No
paséis por este cráter —dijo Luis.
Los
tres giraron sus cabezas para mirarlo.
—¿Por
qué no? —preguntó Roxanny.
Ése
había sido un buen punto. Luis Wu estaba seguro de que Oboe no permitiría que
una nave espacial de la BRAZO fugara tan fácilmente. Algo les bloquearía. Pero…
¿por qué diría Lewis Tamasan algo tan fuera de su carácter?
—Chmeee
nos contó que la primera expedición dejó el mundo a través del Puño-de-Dios. Mi
padre atravesó un cráter diferente, y ninguno de ellos vio nada como este…
brillo. La montaña Puño-de-Dios no se repara a sí misma, verdad?, pero este
agujero sí lo hace.
—Lo
mismo hizo el Puño-de-Dios —dijo Claus—. El cráter está cerrado hace semanas,
antes de que lo notáramos. Esperábamos que tú pudieras decirnos algo sobre eso.
Oboe
ha de haber probado allí su sistema de retejido, supuso Luis. Pero no dijo
nada.
Claus
Raschid señaló algo sobre una pantalla virtual.
—Nosotros
estamos aquí. Lewis, intenta comprender. El cráter más cercano del que tengamos
noticia está a un millón y medio de kilómetros de distancia. Eso es demasiado
lejos; nos rastrearían fácilmente a través de la superficie. Nej… Cada especie
de la Guerra del Margen querrá capturarnos con tanto interés como nosotros te
queremos a ti, debido a lo que pudiéramos saber. Pero podríamos escapar con
sencillez si pasamos inmediatamente, aquí mismo, y con nuestros motores
apagados —la nave se alzó de repente—. El Toro Bacota nos espera del otro lado:
en la oscuridad, contra el suelo del Mundo Anillo…
Debajo
de ellos, Oliver gritaba:
—¡Raschid!
¿A qué juegas tú?
Luis
trató de gritar más alto. Haber sido inmovilizado lo ponía frenético.
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—¡Arrojad
algo primero! ¡Veamos lo que le pasa!
—Iremos
a casa —dijo Raschid a Oliver. La nave se inclinó de lado; ahora estaba encima
del cráter—. Todas las fuentes de alimentación apagadas. Luis, si aún
tuviéramos el depósito de combustible auxiliar lo dejaría caer, pero no lo
tenemos.
Ahora
descendían a toda prisa. Luis vislumbró la tienda de campaña, asentada en
abrumadora soledad sobre el scrith. Estarían bien, se dijo; tenían a Hanuman
para dirigirlos. El cráter se amplió, y estaba lleno de estrellas.
El
Caracolero se estrelló entonces sobre algo muy duro.
Las
redes de accidente sujetaron a sus captores cuando rebotaban hacia arriba. Luis
sintió saltar su cerebro en el cráneo. Como ya estaba sujeto en su red
antichoque, él se recuperó primero… todavía inmovilizado. Pudo oír a Oliver,
que gritaba por debajo de él.
—¿Contra
qué golpeamos? —aulló Claus.
—¡Sácanos!
¡Sácanos de aquí! —gritó Roxanny.
Sistema
de retejido, había dicho Oboe. ¿Qué tan fuertes serían los hilos de scrith? ¿Lo
bastante como para detener una nave espacial en caída libre? Pero hubieran
atravesado el fuselaje, cortándolo. El agujero debía estar cubierto con ellos.
—Los
propulsores están muertos —dijo Claus.
—¿Dónde
están esos motores? —exigió saber Luis. Claus estiró el cuello hacia él para
gruñirle, pero Luis siguió hablando—. Están en el vientre de la nave, ¿verdad?
— era el antiguo hábito: los constructores navales tendían a poner los
propulsores donde antes habrían puesto los cohetes—. Lo que sea que haya en el
cráter, reparando el cráter, ha destruido los propulsores. Nos hundiremos en
eso. ¿Cuánto pasará antes de que alcance la fuente de alimentación? ¿Qué usa
esta nave como combustible? ¿Dónde… dónde está el tanque? —Luis ya balbuceaba.
¿Por qué no se había activado el campo de estasis? Pero si se activaba, podrían
quedar clavados allí para siempre…
Claus
era lento para pescar la idea. Roxanny Gauthier informó:
—A
mitad de altura de la nave. Es una batería. Si algo se introduce en ella…
La
nave se hundía, en efecto: bajaba por el cráter centímetro a centímetro. Y peor
aún, comenzaba a alzar el morro.
Claus
los contemplaba, sin entender. Cuando al fin lo hizo, gritó de terror. Sus
manos bailaron encima de los mandos. Roxanny gritó:
—¡Espera!
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La
escotilla en el suelo se cerró. El grito de Oliver quedó cortado en dos.
Bramó
un motor de cohete. La sección de cabina se separó y se elevó rápido,
bamboleándose; luego se estabilizó. Claus cambió a manual; la cabina se inclinó
y cayó, se enderezó otra vez.
—¡Oliver!
¡Lo has matado! —aulló Roxanny.
—Estaba
sentado en el sitio incorrecto —Claus fulminó con la mirada primero a Luis,
quien ocupaba la silla de Oliver; luego a Roxanny—. ¿No eras tú la que gritaba
«sácanos de aquí»?
La
tienda de campaña ondeó bajo los gases de combustión cuando la cabina se tumbó
sobre el scrith. El retroceso lanzó a Roxanny y Claus varios centímetros hacia
arriba, antes de que sus redes de accidente los capturaran.
A
través de las paredes de la tienda, Luis pudo ver que Acólito y Hanuman
extendían la vaina de rescate para que Wembleth entrara en ella.
Una
luz brillante llameó desde el cráter. Al momento, ese lado de la cabina
ennegreció. Luis gritó:
—¡Roxanny,
déjame salir!
—Espera
un poco, Lewis.
Una
onda expansiva golpeó duramente la cabina.
—¡Se
morirán ahí! ¡Suéltame, nej! ¡Claus!
—Stet
—dijo Claus. Su mano se movió, y Luis quedó libre. Él rodó de su silla y se
lanzó hacia la diminuta esclusa de aire.
Cuando
Luis se apeó de la esclusa, la tienda de campaña se extendía en fragmentos,
como un globo hecho añicos. La explosión había dispersado todo su contenido.
Wembleth y su vaina de rescate rodaban suavemente alejándose del cráter, con el
homínido girando dentro como en una lavadora de la Edad del Petróleo.
Acólito
trataba de ponerse de pie, caía, y lo intentaba otra vez. Hanuman no estaba a
la vista. Wembleth debía haber recobrado el sentido: se había combado formando
una apretada bola ahora, y todavía giraba.
—Acólito,
¿estás bien? ¿La presión del traje?
—Mi
traje mantiene la presión. ¿Ves a Hanuman?
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—No…
Wembleth
era el más cercano. Luis abrió los chorros de actitud y voló hacia allí, se
dejó caer por delante de él, y corrió junto al globo, pateándolo para
contrarrestar su giro. El homínido trató de ayudar. Al fin se detuvo, aunque
Wembleth estaba desequilibrado… porque Hanuman le abrazaba apretadamente, su
cara contra el pecho de Wembleth. Hanuman todavía llevaba puesto el traje de
presión.
—Acólito,
tengo a ambos aquí.
Volvieron
atrás, hacia la arruinada tienda de campaña. Acólito, Claus y Roxanny se les
unieron. Roxanny llevaba algo pesado que había extraído de la nave, un bloque
oblongo que abrazaba contra su pecho.
La
cocina-doc no había salido volando. Parecía indemne, pero la dejaron allí.
Amarraron
el bloque rescatado a la aerocicleta de Luis, y sujetaron la vaina de Wembleth
al vehículo de Acólito. Los de la BRAZO daban órdenes como si fueran oficiales
superiores. Luis preguntó, en cierto momento:
—¿Hay
alguna razón para llevarnos la cabina? No creo que los motores de las
aerocicletas puedan con ella.
—Déjala
—dijo Roxanny—. Está muerta.
La
explosión de la batería del caza puede haber dañado el sistema de retejido de
Oboe, pensó Luis. Deberían decirlo al protector… pero él tenía que saberlo ya,
por la cámara y el audio abiertos. Oboe no podía contestar, y eso le parecía
excelente a Luis.
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CAPÍTULO
12
LA
GENTE JIRAFA
El
brillo del parche XXL estaba ya muy atenuado. El tubo se combaba, dejando
escapar amplios ríos blancos de la tormenta troposférica. Pero ya no importaba;
cuando al fin partieron, el cráter casi se había cerrado.
El
grupo voló hacia giro, en dirección contraria al sitio donde habían dejado el
depósito de combustible.
—Lo
dejaremos como cebo. No queremos estar cerca de ahí —pidió Roxanny Gauthier—.
Quien haya dejado caer la cordillera inflable podría interesarse. ¿Vashnisht,
has dicho? ¿Qué sabes tú de esos vashnisht?
—Vashnisht
es sólo lo que decimos cuando nadie entiende nada de lo que ha sucedido —dijo
Luis—. Hechiceros. Magia —eran las palabras en Intermundo que Lewis hubiera
aprendido de sus padres.
Ella
montaba la silla delantera de la aerocicleta de Luis. Había tratado de hacer
funcionar los mandos, y se había puesto gélida cuando no respondieron a sus
esfuerzos. Luis volaba desde la silla de popa. Ni Roxanny ni Claus habían dicho
nada al respecto, pero era evidente que habían sido reclutados por la BRAZO.
La
otra aerocicleta parecía en buenas condiciones. Acólito montaba el asiento
delantero; Claus quedaba oculto tras del kzin. El homínido parecía bastante
cómodo, sujeto por debajo del vehículo en su inflada vaina de rescate, hasta
que comenzó a jadear.
—¡Acólito!
—Sí,
Luis.
—La
vaina de rescate se ha quedado sin aire. Wembleth está en problemas.
—Nej,
debe haberse descompuesto… —dijo Claus.
—Descendamos.
Tomaron
tierra deprisa. Wembleth se había desmayado.
No
se quitaron los trajes. En el aire flotaba una niebla delgada y sonaba un
viento de huracán; eso atenuó sus voces por el comunicador.
—No
quiero abrir la vaina de rescate —gritó Luis.
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Acólito:
—¿Tienes
una mejor idea?
—Dile
a tu mascota que abra su casco. Su traje tiene un equipo de reciclaje.
El
pequeño antropoide fue rápido para responder a los gestos de Acólito. Se abrió
el casco, estornudando ante el hedor, y lo dejó abierto. Interesado, acercó su
cara a la de Wembleth y lo olisqueó. Wembleth comenzó a moverse y a poco se
sentó.
Volaron
sobre una multitud de árboles caídos; tenían follajes redondos como balones
—ahora aplastados— y unos troncos altos y delgados. La explosión de antimateria
los había abatido, y sus redondas cumbres señalaban todas a giro. Algo más
lejos, el viento debido a la caída de presión los tumbó hacia antigiro, pero al
menos las especies más bajas del bosque aún estaban de pie.
La
caída de presión formaba una ola que todavía se expandía a través de esa
tierra. Las aerocicletas fueron por detrás de la onda expansiva, poniéndose
lentamente al corriente. Cruzaron decenas de miles de kilómetros de desastre y
tormenta. Ahora podían ver algunos árboles balón aún de pie entre los caídos.
La foresta siguió durante largo rato, mezclándose luego, en tierras más bajas,
con otras ecologías.
Luis
bajó en un claro del bosque de árboles balón, y aterrizó en el prado junto a un
riacho de fuerte corriente.
¡Aire!
Sacaron a Wembleth de su burbuja antes de quitarse sus propios trajes. Wembleth
chilló de alegría y se lanzó a bailar, aunque algo tieso aún. Luego se sumergió
en el agua del arroyo, se quitó camisa y pantalones, y comenzó a fregarse con
ellos.
¡Agua!
La corriente, de poca profundidad, se volcaba en una profunda alberca natural.
Los tecs se miraron el uno a la otra; luego se desnudaron y se zambulleron. En
medio de su arco en pleno aire, los ojos de Roxanny enfocaron risueños a Lewis
Tamasan.
Luis
había olvidado cómo respirar.
Acólito
se sumergió con un fuerte chapoteo. Con su pelaje mojado, se veía terriblemente
cómico. Esto rompió el hechizo, y Luis se rió.
Hanuman
luchaba con los accesorios de su traje. Luis le echó una mano. El afectuoso
mico lo abrazó y susurró:
—Los
de la BRAZO tienen armas de mano escondidas.
121
| P á g i n a
—Sorpresa
—murmuró Luis.
—Uuk
uuk iik. ¿Te desnudarás?
—Mi
problema es que…
—¿Qué
te preocupa? Ellos lo saben. Entra al agua igual que hizo Wembleth.
Hanuman
se desprendió de sus brazos y corrió al agua como cuadrúpedo, zambulléndose sin
un chapoteo. Luis gritó y lo persiguió, saltando al final y entrando en el agua
al mejor estilo bala de cañón.
¡Estaba
fría! Se quitó su ceñido traje en el agua profunda. Hizo la tentativa de
frotarlo contra sí para limpiarse, luego lo cerró en una bola y lo lanzó a la
rocosa orilla, para que drenara.
Allí
estaba ahora…, y todos intentaron disimular el hecho de que Lewis Tamasan
estaba sexualmente excitado.
Se
mantuvo alejado de los de la BRAZO, quienes estaban… poniéndose amistosos,
según le había parecido, pero… Claus se echaba atrás ahora, y Roxanny le
hablaba rápida e inaudiblemente. ¿Una riña? Bien, de todas formas querrían
privacidad.
Acólito
no era buen nadador, pero la corriente tenía poca profundidad. El kzin tomó de
un brazo a Hanuman y arrastrándolo caminó por las aguas por la alberca hasta
Luis, quien pisando el fondo mantenía apenas la cabeza fuera de la superficie.
Hanuman
habló enérgicamente.
—Vi
un meteorito descender cerca del cráter. Oboe debería habernos anunciado otra
nave.
—Él
no puede decírnoslo, pues apagué la pantalla. Yo…
—De
acuerdo. Seguiré viajando con Acólito. Déjame conducirte; puedo llevarnos a una
pila de servicio.
Una
pila de servicio los llevaría a casa…, al Mapa de Marte.
—¿A
qué distancia? —preguntó Luis.
—Está
en órbita, pero Oboe puede hacerla descender hacia nosotros.
—¿Nos
conviene que los de la BRAZO vean una pila de servicio?
—Le
preguntaremos a Oboe más tarde, cuando conectemos para saber si ha detectado
más intrusos. ¿Qué opinas?
Luis
pensó en ello.
122
| P á g i n a
—Los
tecs buscan reincorporarse a su nave. No nos preocupemos por ello, ¿de acuerdo?
Al menos, mientras no aprendan demasiado.
La
voz de Hanuman era un susurro, apenas audible.
—¡Gauthier
rescató su biblioteca! ¡La quiero! Quiero ver cómo la usan antes de que les
dejemos ir. Pero estos tecs son una peligrosa compañía. No hay necesidad de
arriesgarnos todos. Dime, Luis, ¿y si Acólito y yo escapamos? Podemos ir a la
cita con la pila de servicio. Tú te quedas, y observas.
Como
sugerencia era asombrosa.
—¿Y
por qué yo?
—En
todo el Mundo Anillo, Roxanny Gauthier es la única compañera viable para ti. No
tienes un plan de tu propia cosecha, ¿verdad?
Luis
se encogió de hombros.
—¿Habéis
notado que tenemos un auditorio? —preguntó Acólito.
Luis
miró alrededor.
Los
de la BRAZO, río arriba, estaban hundidos hasta la cintura y seguían
conversando entre ellos, aunque su lenguaje corporal se había vuelto
conspirador. Luis tuvo que esforzarse para quitar la mirada de los pechos de la
mujer. Wembleth yacía ahora en tierra, su espalda sobre una roca llana y
calentada por el sol, absorbiendo la luz. Unas aves negras giraban por encima
del bosque balón, y un par de cuadrúpedos cornados miraban todo con recelo.
—No
veo a nadie observando.
—Siete
homínidos —dijo Acólito—. Tres hombres, cuatro mujeres. Los detecté por el
olor. Deberíamos decidir…
Algo
captó la atención de Wembleth. Se levantó y gritó, señalando los bosques.
Un
homínido se adelantó. Pasó por delante de las bestias con cuernos; los animales
no salieron huyendo. El hombre se detuvo a una docena de metros de Wembleth, y
habló. Tenía las manos abiertas a los lados, claramente visibles. El mismo
gesto hizo Wembleth.
Ambos
estaban desnudos, también. El hombre se alzaba mucho sobre Wembleth. Era más
alto que Acólito, dos metros y medio o poco menos, y tan delgado como los
árboles de alrededor. Cada parte de él era alargada…, pero no su cabeza. Su
mandíbula era fuerte y cuadrada; su cabello del mismo color que el follaje de
los árboles balón.
123
| P á g i n a
Desnudos
en el riacho, los de la BRAZO parecían indecisos. Caminaron por el agua río
abajo, hacia Luis y Acólito.
—No
han extraído sus armas —murmuró Hanuman—. Luis, ¿se mantendrán calmados? —él
hablaba de los Tecs, por supuesto.
—No
lo sé —dijo—. Pero alguien tendrá que explicarles sobre el rishathra.
Wembleth
y el forastero hablaban libremente ahora.
Claus
se arrimó a Luis.
—¿Alguna
sugerencia? —preguntó.
—Wembleth
lo hace bien —dijo Luis—. Dejemosle hablar por nosotros. Hay más visitantes.
—¿Dónde?
—En
los árboles —informó Acólito, y señaló—: Allí, y allí. Son seis.
—El
tipo parece una jirafa —se rió Claus.
—O
un lunariano —dijo Roxanny, con tono de reproche.
Lewis
Tamasan nunca habría visto a un ciudadano de Luna, por lo que Luis no mostró
darse por enterado.
—Han
de ser pacíficos. Mirad la mandíbula: es un herbívoro. Probablemente se
alimenten de la fruta o corteza de estos árboles. Tenemos que resolver…
—Nej
con eso. Nuestros traductores tienen que oírlos.
Claus
vadeó acercándose; los demás fueron detrás de él. El tec recogió su traje para
secarse un poco con él, luego lo dejó caer y tomó la mochila. Si la desnudez
era correcta para los forasteros, entonces no necesitaría la ropa; pero en la
bolsa llevaba el traductor, y tal vez también el arma de que hablaba Hanuman.
Seis
humanoides altos y delgados surgieron de los árboles altos y delgados.
¿Rishathra? Todavía tenemos que explicarle a los de la BRAZO…
Wembleth
habló rápidamente, señalando hacia Acólito y Hanuman. Los altos homínidos se
doblaron profundamente hacia ellos en gesto de saludo, y continuaron
dirigiéndose al peludo. Luis y Roxanny tomaron sus propios traductores y se
unieron al grupo.
Los
traductores de la BRAZO captaban algún discurso. El idioma estaba cerca de lo
que habían aprendido de Wembleth, aunque esta lengua local fuera bastante
diferente
124
| P á g i n a
de
cualquiera de las oídas cerca del Gran Océano.
Wembleth
de repente se volvió a Roxanny. Su discurso no pareció diferente, pero todos
los traductores reaccionaron.
—Ellos
quieren saber lo que su clase hace sobre… —una palabra que no tradujeron—. ¿Qué
les diré?
—¿De
qué se trata? —preguntó la mujer.
Wembleth
trató de explicar.
—La
actividad que hace tener niños a las mujeres, pero entre clases diferentes no
lo hace.
Claus
y Roxanny escucharon, luego se giraron hacia Luis por ayuda.
—Ellos
usan una palabra diferente, pero lo que significa es rishathra. El rishathra es
el sexo practicado fuera de la especie, pero siempre entre los homínidos
inteligentes. No es una palabra que vosotros necesitaríais en vuestros…
—Maldito
sabelotodo —Claus no se veía divertido.
Luis
descubrió de pronto que tenía miedo de Claus.
—Esto
no es broma, Claus. Es la primera cosa que se tiene que saber en los contactos
con una nueva especie. Pero no te molestes; siempre puedes decir que tú estás
apareado, y que eres monógamo…
Claus
miraba a las cuatro mujeres. Eran tan altas como los hombres, dos metros y
medio al menos. No lunáticos, ni jirafas: elfos, más bien. Ellas les miraban
tan francamente como los machos; pero los hombres sólo tenían ojos para
Roxanny, quien se sonrojaba. Luis comprendió que él también estaba
ruborizándose.
—Wembleth…,
diles que Acólito no es de nuestra especie en absoluto. Él no hace rishathra.
Wembleth
habló. Una de las mujeres se rió. El traductor de Luis recogió:
—¡…
alegro que no!
—Pero
tenemos que decidirnos —urgió Luis—. ¿Claus? ¿Roxanny?
—Lewis,
has hecho tú esto antes? —exigió Claus.
—¡Seguro!
—¿Qué otra cosa diría Lewis? ¡No se confesaría casto! Un adolescente
exageraría—. Con más de una especie… Nada parecido a ellos, pero he oído de
cosas peores…¿Por qué no? —pero no podía enfrentar la mirada de Roxanny, o de
Claus
125
| P á g i n a
siquiera—.
Es amistoso, es seguro, y no puedes quedar embarazada, Roxanny. Las infecciones
por lo general no cruzan el límite interespecies. ¿Y quién más había en el
mundo para mí? Las mujeres humanas eran sólo rumores, tan lejanos como las
estrellas.
Y
Wembleth exclamó:
—¡Lo
mismo me sucede a mí! Yo también estoy solo en mi especie. ¿Por qué tienes
problemas con ello, Claus? Cuando las gentes se encuentran, siempre se hacen
esta pregunta primero. Algunas especies usan el reshtra para controlar su
natalidad. Los Moradores del Agua… bien, para ellos es una broma de mal gusto,
a menos que tú puedas sostener el aliento mucho tiempo. Algunas especies no
pueden reshar, o aparearse con otro que no sea su compañero de por vida. Otras,
a causa de su rara conformación no esperan compartir reshtra… ¿rishathra?… en
realidad, pero preguntan igual, por cortesía. Y hay quienes insisten, a pesar
de ello. Roxanny, ¿no alcanzáis a daros cuenta que los Hinsh están
desconcertados? Es porque vosotros aún no habéis contestado.
Luis
—Lewis— dijo, pensativo:
—Me
gustaría conocer a una hembra de los Ingenieros de las Ciudades. Se supone que
ellos lo hacen realmente bien. Construyeron su imperio comercial usando el
rishathra. Incluso trataron de hacerlo interestelar…
Claus
sonreía abiertamente ahora.
—¿Y
si decimos que no?
—Puedo
hacer eso por ti —dijo Wembleth inmediatamente, y comenzó a hablar en Hinsh.
—Un
momento, Wembleth —le detuvo Claus—. Lo haré. —Sus ojos chasquearon hacia
Roxanny, luego se apartaron.
—¿En
compañía, o sólo los dos? —preguntó Wembleth.
Claus
pareció asustado.
—Hum.
En compañía. Yo no sabría cómo explicarme con… con una de ellas.
Roxanny
Gauthier se acercó a Wembleth. Ella habló rápido y en voz baja. El peludo
homínido asintió con la cabeza, y comenzó a hablar. Ahora los traductores
recogían unas palabras del discurso Hinsh.
Una
de las mujeres se estiró hacia arriba. Sus largos dedos se cerraron alrededor
de una fruta amarilla, del tamaño de un melón. La mordió, con todo y corteza,
luego la rompió clavándole los dedos y ofreció los trozos a Wembleth, luego a
Claus, luego a
126
| P á g i n a
otros
Hinsh. Wembleth rompió de su parte y ofreció a Luis y Roxanny. Luis comprendió
que se estaban designando. Claus y Wembleth risharían con las mujeres Hinsh,
Luis y Roxanny no. Hanuman ya conseguía su propia fruta: él no rishaba.
¿Harían
rishathra con carnívoros? No, si ofrecían un melón como preliminar. Este ritual
eliminaría a los Chacales, y tal vez era lo que ellos deseaban.
La
fruta era roja por dentro. Sabía un poco a bayas.
Los
demás tomaron como una buena señal el que los forasteros comieran: armaron un
banquete. Había frutas a todo su alrededor, abatidas por el viento. Eran
herbívoros, por lo tenían que comer mucho. Dieron de comer a Wembleth y a
Claus, y se movieron en más íntimo contacto.
Roxanny
volvió la espalda y se alejó.
Luis
recogió un melón, lo rompió contra su rodilla —Nej, ¿por qué no?— y fue detrás
de ella. Había esperado captar la atención de Roxanny.
Ella
se dio vuelta y lo esperó; miró hacia abajo, le sonrió abiertamente y le dijo:
—Pedí
a Wembleth les dijera que estamos en pareja —tomó su mitad del melón y comió.
Entonces
anduvo hacia él, de puntillas —media cabeza más alta que Luis—, lo abrazó y
deslizó su cuerpo contra el de Luis hacia abajo, hasta arrodillarse.
Con
un grito ronco, Luis la empujó sobre la hierba y penetró en ella.
Nunca
había tratado así a una mujer. Roxanny estaba sorprendida. Tampoco estaba
completamente lista, pero cerró sus brazos y piernas alrededor de Luis y lo
hizo prisionero por segunda vez. La mente de Luis Wu se marchó.
Cuando
volvió en sí otra vez balbuceaba, y se preguntó si habría hablado sin tino de
algún secreto. Pero Roxanny, apresándolo todavía entre sus piernas, se reía.
—¡Muchacho,
sí que estabas impaciente!
Y
los Hinsh se habían movido para rodearlos.
Las
mujeres se arrodillaban para rishar. Cuando se apareaban con sus hombres, ambos
se arrodillaban. Los machos observaron el desempeño de los forasteros con sus
mujeres e hicieron gráficos comentarios, que fueron traducidos a medias por los
aparatos. Encontraban divertidos a los «hombres cortos». Wembleth, el más
pequeño en altura, era por ello el más gracioso. Y descubrieron que tenía
cosquillas.
127
| P á g i n a
—Lo
siento, Roxanny. Perdí la cabeza… —dijo Luis.
Le
pareció haberse apareado con uno de los vampiros de Mundo Anillo: fue igual de
irreflexivo, e igual de intenso. ¡Pero no le iba a hablar de ellos!
Roxanny
acarició su mejilla.
—Fue
refrescante. Nueve años para que mi implante venza, y esto fue una buena cosa.
—Yo
soy fértil —dijo Luis, alelado.
—Por
supuesto que lo eres. —Ella se levantó y le dio la espalda, los puños sobre las
caderas—. Pero a mí no me engañas. ¿Que has hecho rishathra? No me has dicho la
verdad ni por un instante, Lewis. ¿Nos unimos a ellos?
¿Qué?
—¡Somos
pareja! ¡Los escandalizarás!
Roxanny
recogió un melón, lo rompió por la mitad, y lo ofreció a un elfo.
El
Hinsh se conmocionó. Luego se rió, se arrodilló, y la apretó contra sí. Luis se
enjuagó en el río… y recogió un melón.
Hacia
el crepúsculo, cuando ya estaba demasiado oscuro para ver qué frutas estaban
bien maduras, los Hinsh dejaron de comer, rishar y aparearse para pasar a las
presentaciones: una rara inversión del orden lógico. Sus nombres eran largos y
formidables.
Wembleth
llamó aparte a Luis y le dijo:
—Los
Hinsh se parecen a otras especies que he conocido en sitios por donde he
viajado. Si los forasteros planean quedarse por un tiempo breve, ellos se
presentan con nombres cortos, rápidos de aprender. Con eso pueden querer decir
márchense pronto. Pero… ¿ves toda esta fruta? El viento lanzó mucha fruta a la
tierra, comida para cientos de hombres. Cada forastero que llega significa
menos fruta para pudrirse y apestar. Somos bienvenidos.
Luis
se sintió bienvenido, pero el rishathra no era sexo. Su cuerpo lo sabía. Quería
a Roxanny.
Y
Claus buscaría matarle.
128
| P á g i n a
La
noche del Mundo Anillo raramente era demasiado oscura para ver. Los Hinsh no
quisieron dormir; dialogaron. Los Tecs escuchaban, por lo general.
Preguntó
Luis sobre las bestias con cuernos.
—¿Los
herbívoros? Ellos no nos molestan, y no los molestamos —dijo un hombre. Del
cielo dijo, luego—: Las estrellas solían mantener su curso. Podíamos usarlas
para saber la hora, si lo deseábamos. Ahora muchas andan sueltas, vagando a
través del cielo; sólo los Vashnisht saben por qué.
Hablaron
de las zonas segadas que habían dejado atrás, y del clima. Gente monótona,
realmente.
Luego
hablaron de los vientos salvajes y repentinos.
—El
clima cambiará —dijo Luis a su compañera, cuyo nombre había memorizado como
Szeblinda; su traductor escupía las ocho sílabas completas—. Deberéis avanzar
por el bosque hacia antigiro, a medida que los árboles balón se mueran. Llevad
melones y dejad caer las semillas donde queráis que crezcan otros árboles.
Muchos pueblos deben estar escapando del desastre; tendréis que tratar con
ellos cuando arriben aquí.
—¿Os
quedaréis con nosotros, para aconsejarnos?
—No.
Tenemos que movernos rápido. Lo que intentamos es solucionar todo esto —
respondió Luis.
129
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CAPÍTULO
13
EL
TORO BACOTA
Por
la mañana, Luis se encontró sobre una colina cubierta de hierba. Se puso de pie
para echar una mirada alrededor.
Las
aerocicletas permanecían en su sitio, cerca de la orilla del río; Acólito
dormía entre ellas. Hanuman y la gente de la Tierra no eran visibles por
ninguna parte. Los Hinsh se había marchado. En el plano inclinado que iba hacia
el río había árboles balón y cantidad de cáscaras de melón rotas. El roñoso
bulto de piel naranja y chocolate al lado de la alberca tenía que ser Acólito.
Bajó
por la pendiente.
Esperaba
que el kzin despertara cuando él se acercara lo suficiente, pero Acólito no se
movió. Sin embargo, su costado subía y bajaba. Bueno, el kzin respiraba. Ahora,
¿qué travesura estarían haciendo los de la BRAZO?
Luis
trepó a su aerocicleta y subió a lo alto.
Claus
y Roxanny estaban al otro lado de la cala, tras de una colina. Operaban con el
bloque oblongo y pesado que habían cargado en el compartimento de equipajes de
Luis. El equipo tenía desplegado un teclado numérico holográfico: se trataba de
la biblioteca de su pequeña nave espacial.
Wembleth
y Hanuman miraban detenidamente por delante de ellos, hacia la pantalla
holográfica. Roxanny vio la aerocicleta de Luis y agitó un brazo. Él respondió
al saludo.
No
parecía que estuvieran guardando secretos. Luis volvió a la alberca.
Acólito
se sentaba, estirándose. Miró a su alrededor.
—¿Dónde
están todos?
—Cruzando
el río. ¿Te encuentras bien?
—Bien
alimentado y bien dormido, al aire libre. Encontré un pequeño ciervo, o algo
parecido. Luis, nadie me dijo que no me atiborrara. Debíamos haber plantado
unas guardias.
Luis
se estiró.
—Me
pregunté si acaso te habrían atontado. Oye, dormí tan bien como tú lo hiciste.
Los de la BRAZO hacen algo mañoso, pienso, pero Hanuman está en el sitio,
130
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observándoles.
¿Vamos allá?
Tomaron
una aerocicleta y cruzaron el río.
A su
descenso Claus les esperaba.
—Lewis,
Acólito, quiero entrevistaros sobre lo que visteis en el cráter. ¿Alguna
objeción?
Pensó
Luis en objeciones, pero no halló ninguna que Lewis pudiera sostener.
—Muéstranos
como trabaja eso —pidió.
—El kzin
primero —dijo Claus.
—Nos
ayudaremos el uno al otro —dijo Luis, y Acólito gruñó en acuerdo.
Entonces
Wembleth también quiso participar. Eso permitió a los tres corroborarse el uno
al otro en la entrevista, que se convirtió en una animada conversación.
Luis
supuso que los tecs no tendrían un equipo vocal detector de mentiras. Pero el
Toro Bacota, o algún otro de los transportes en la flota de la BRAZO,
seguramente podrían descubrir el engaño.
En
cuanto a lo que «Lewis» había visto, Luis se atuvo a la verdad. Ellos habían
estado bajo techo, y se habían perdido la explosión —y Lewis no sabía nada
respecto de la antimateria—. Cuando él y Acólito volvían de… algún sitio, una
gran luz había aparecido, no mucho más brillante que el sol, pero enorme.
Luego, una rosquilla de deslumbrante color amarillo, del tamaño de una
cordillera, bloqueó la región que habían venido a verificar.
Le
preguntaron sobre su entorno. Él improvisó, pero lo hizo en forma concisa. Un
muchacho de veinte años no tendría siglos de memorias; tampoco contaría bien
las historias, y se vería un poco intimidado en presencia de los mayores.
Acólito, que realmente tenía sólo doce años, era capaz de atenerse a sus
propias memorias, porque Chiron —según explicó Luis— nunca se había presentado
ante el joven kzin. Lewis especuló en voz alta si el titerote habría tenido
miedo.
Y la
biblioteca fascinó a los entrevistados.
Protector:
1 Etapa adulta de las especies de Pak, donde la línea corre de niño a criador a
adulto. 2 Los homínidos en general descienden de los Pak. También tienen una
etapa de criador, en la cual por lo general pasan toda su vida, y una etapa
adulta raramente lograda. 3 Arcaicos…
Cuando
Claus o Roxanny buscaban una referencia, Wembleth, Luis y Acólito se
131
| P á g i n a
amontonaban
para mirar. Lo mismo hacía Hanuman, aunque por lo general era ignorado. A
Roxanny no le gustaba estar cerca de él; entonces el «mico» hizo fiestas a
Claus, y éste comenzó a tratarlo como a un animal doméstico.
Había
vínculos en todas partes del texto.
Titerotes
de Pierson: especie de gran poder industrial y sofisticación. Fueron una vez
comunes en el espacio conocido y más allá, ahora se cree que huyen de la
explosión del núcleo galáctico. Véase la compañía de Productos Generales. Su
fisiología…
Explosión
del Núcleo: Se cree debida a una erupción de supernovas… alcanzará la Tierra en
veinte mil años. Su estudio es inadecuado…
Productos
Generales: Compañía ahora inexistente, una vez administrada y regida por los
titerotes de Pierson. En el espacio humano, comercializó casi exclusivamente
fuselajes de naves espaciales.
Espacio
conocido: Aquellas regiones del Brazo Principal de la galaxia que han sido
exploradas por las especies sapientes conocidas.
…Las
formas de vida del Mundo Anillo son poco comprendidas. Las ecologías parecen
tender a los modelos familiares, pero ningún biólogo entrenado ha tenido la
oportunidad de investigarlas…
Mamíferos:…
Homínidos:
Relacionados con el género Hominidæ de la Tierra. Probablemente todas las
especies se derivan de criadores de Pak importados del núcleo galáctico, y
posteriormente se han desarrollado en muchas direcciones…
Luis
Wu: [holograma rotativo]
—Ahora
concedednos un poco de intimidad —dijo Roxanny, sin alzar la vista.
Luis
y Acólito se apartaron. Hanuman trepó al regazo de Claus. El Tec rascó la
cabeza del antropoide, y no pareció notar su alta capacidad craneal o la
pequeña cresta ósea por encima. La entrevista había durado casi dos horas.
Se
acercaron a la aerocicleta, y Luis desplegó la cocina.
—Hanuman
quiere la biblioteca —dijo Acólito.
—Oboe
también la querrá —le pasó al Kzin un bulbo de caldo.
—Una
aerocicleta podría llevarnos a los tres si Hanuman monta en mi regazo o el tuyo
—dijo Acólito—. Hanuman aprende rápido. Pronto sabrá todo lo que necesita para
manejar la biblioteca. Entonces nos iremos…, a menos que realmente quieras a la
hembra humana como compañera.
132
| P á g i n a
—El
plan es bueno. Nos iremos cuando Hanuman esté listo —dijo Luis, mientras
chupaba el té verde de su bulbo. Pero no se sentía tan seguro como sonaba.
Los
códigos de la biblioteca podrían no ser fáciles de romper.
Los
de la BRAZO quizá no les dejaran ir con gentileza.
Cualquier
cosa podía pasar.
Los
Tecs parecían estar gritándose el uno al otro, pero Luis y Acólito se
encontraban demasiado lejos para escuchar su discusión. Luego Claus volvió a su
trabajo con la biblioteca —con Wembleth y Hanuman mirando por sobre su hombro—
y Roxanny se acercó a zancadas hacia la aerocicleta.
—¡Lewis!
—llamó ella, con cierta premura en su voz.
Luis
le ofreció un bulbo. Roxanny se sobresaltó.
—¡Ah!
Gracias. Hemos estado en contacto con el Toro Bacota.
—¿Y?
Ella
echó un vistazo hacia Acólito.
—Vámonos
a algún sitio —dijo.
Lo
condujo a través del río sobre unas piedras escalonadas, luego tras de unos
arbustos bajos. Al sentarse en la gramilla, quedaban escondidos. Luis la besó.
Ella aceptó el beso sin contestarlo, y luego preguntó:
—¿Aún
deseas el rescate? ¿Te interesa visitar la Tierra?
—La
vez pasada yo no tenía opción, ¿recuerdas?
Ella
se encogió de hombros.
—Sería
muy valioso tenerte. Yo podría tratar de conseguirte la ciudadanía…
—Roxanny,
mi padre ha nacido ilegalmente —quería establecer que Lewis Tamasan no estaría
registrado antes de que ella tratara de buscar a una persona imaginaria—.
¿Ciudadanía de qué? ¿Qué significa eso?
Él
escuchó con cuidado las respuestas. Debía haber cambios en la civilización
desde su partida. Sonaba como si hubiera más leyes, más restricciones. Tal vez
sólo fuera en el sistema de Sol.
Habría
unas cuantas cosas que Lewis no podría saber.
—¿Derechos
de procreación? Roxanny, ¿qué son esos derechos de procreación?
133
| P á g i n a
—Lo
buscaré para ti en la biblioteca. Básicamente, cualquiera nace con uno o dos
derechos de procreación según… nej… Bien, sobre todo según el patrón genético.
Si eres saludable, probablemente tuvieras dos derechos. Puedes perderlos, o
sumar más. Dos derechos de procreación hacen un niño.
Luis
Wu ya había consumido sus derechos de procreación. La falsificación de su ID
implicaría falsificar también eso, y las penas eran terribles.
—No
parece muy agradable el decidirme por la Tierra…
—No,
considerando que tu padre fue un ilegal. Es el mundo más interesante, sin
embargo.
Tal
vez fuera posible, pensó, que Lewis Tamasan se convirtiera en una persona
enteramente nueva. Si pudiera llegar a Lo Conseguimos o a Hogar, ¿quién iba a
tomarse la molestia de relacionar su patrón de genes con el de un tal Luis Wu?
Podría pagar los gravámenes necesarios, aprender una nueva profesión, casarse…
—¿Qué
probabilidades tenemos de salir al espacio?
—Conocemos
dónde están los cráteres, si acaso el… hechicero… no los ha cerrado.
—El
Fantasma Tejedor.
Ella
se encogió de hombros.
—Llámalo
como quieras. El Toro Bacota puede disparar a un cráter desde debajo del Mundo;
eso nos informaría si está siendo cerrado. Luego de eso, ¿quién sabe? ¿Crees
que Acólito coopere con esto?
—Supongo.
—¿Vendría
él con nosotros?
—Tú
no puedes conseguirle la ciudadanía. Es un kzin. Vosotros lucháis contra los
Kzinti, ¿verdad?
—No
ha habido una guerra formal en… hum… unos cuatrocientos años —tableteó en su
manga y leyó lo que apareció—. Eso son mil seiscientos falans. Él estaría bien.
Hay cientos de miles de ciudadanos Kzinti en el espacio humano.
—Yo
no le diría de venir. Él es más joven que yo, tú lo sabes.
—Volvamos.
Luis
no se movió.
—¿Y
Wembleth? ¿Lo queréis también?
134
| P á g i n a
—Oh,
sí. Él es un nativo verdadero, después de todo. Debe saber muchas cosas, y hay
quien mataría por conocer su molde genético —Roxanny se puso en pie y saludó
con sus brazos hacia Claus—. Volvamos ahora.
Una
de las pantallas de sombra había bloqueado ya todo el sol, excepto por una
astilla de luz. Acólito estaba acuclillado ante la biblioteca, y Claus estaba
de pie detrás de él. Cerca, Hanuman rebuscaba en su piel unos parásitos
imaginarios, con aspecto solemne. El pequeño protector alzó la vista hacia Luis
y le hizo una rápida señal.
Claus
levantó entonces la mano, que sostenía algo en forma de L.
Detrás
de él, Roxanny gritó:
—¡Quieto,
Lewis!
Hanuman
chilló tras el grito. Ella tenía algo también: un objeto plano y delgado con un
extremo como de pistola; claramente un arma. Su antiguo entrenamiento yogatsu
le indicó a Luis que Roxanny estaba fuera de su alcance.
Por
detrás de la mujer, el amanecer brilló sobre el borde de un risco.
Eso
tendría que haberle llamado la atención de inmediato, pero Luis estaba entre
Roxanny y Claus, y enfrentaba dos armas. Su mente se puso al corriente
demasiado lentamente. Oculto o no, el sol en Mundo Anillo está siempre en el
mediodía. Esa luz no podía ser el sol.
La
tierra tembló.
Acólito
no se había movido; debía de haber sido advertido en contrario.
—Pienso
que lo haremos mejor si vamos solos —dijo Claus, sonriendo, victorioso—. Sólo
necesitamos una aerocicleta, pero tendréis que enseñarnos cómo volarla. Ambos
sabéis cómo hacerlo. Sólo necesitamos a uno de vosotros…
De
pronto, Luis cayó en la cuenta. Se giró, apartándose de la bola de fuego que se
elevaba por encima del risco.
La
llamarada debe haber medio cegado a Claus. La tierra se sacudió, Luis dio
tumbos, Claus perdió el pie, y Hanuman brincó a los brazos de Claus. El tec
trató de apartarlo. Acólito giró mientras se levantaba de súbito; su garra
corrió a través de Claus y quedó enganchada bajo la garganta del hombre.
Luis
se revolvió y dio dos rápidos pasos. Su puño encontró a Roxanny bajo la
mandíbula, lanzándola hacia atrás. Ella cayó rodando, y Luis saltó tras de la
mujer, con temor de haberla golpeado demasiado duro… pero tenía que hacerse de
aquella arma.
135
| P á g i n a
Con
el rabillo de su ojo, vio que Acólito derribaba a Claus en medio de un baño de
sangre.
Luis
pisó la mano derecha de Roxanny, y se hizo del arma.
—Quieta
—dijo.
Ella
no le hizo caso. Lanzó el pie con fuerza y le azotó en la tripa. Luis movió su
mano: el arma no dio en la mujer cuando disparó. Un chorro de polvo se elevó
del césped. Un arma sónica. Luis se mantuvo de pie, e intentó retroceder; el
otro pie de Roxanny lo enganchó por la rodilla. Él se desmadejó, ella se
levantó; golpeó su mejilla con el talón de la mano, y Luis se tumbó, todavía
tratando de evitar dispararle. Luego ella tenía su mano armada entre las suyas,
la retorció, y recuperó el arma. Apuntó a una aerocicleta, que pasó rasante,
pero Luis le quitó el equilibrio de un puntapié. Ella disparó mientras caía.
Luis
se revolcó sobre la tierra, gritando; le parecía que todos los huesos de su
pierna izquierda y cadera se habían roto. Roxanny disparó apuntando al cielo…,
luego dejó caer el brazo y blasfemó.
Cuando
pudo enfocar los ojos llorosos, Luis vio a Roxanny apuntándole con el arma a un
metro de distancia.
La
bola de fuego moría por encima del risco. Una nave espacial salió de la
deslumbrante luz y comenzó a tomar tierra.
Una
de las aerocicletas yacía todavía allí. La otra no estaba a la vista. Hanuman,
Acólito y Wembleth tampoco. Claus, tirado boca arriba, tenía la cabeza casi
separada del cuerpo y las entrañas desparramadas.
Roxanny
lo tenía cubierto.
—¿Por
qué no he de matarte? —preguntó ella.
—Roxanny,
no lo hagas —dijo Luis Wu, el maestro del sarcasmo. No se atrevía a moverse y
no podía pensar. Mejor así. Un chico de veinte años se quebraría bajo la furia
de esa mirada—. No me dispares —dijo Luis—. Volaré contigo por donde quieras.
Sólo que no puedo moverme…
Wembleth
apareció de detrás de un árbol, vio el arma en la mano de Roxanny, y
retrocedió.
—No
necesito tu aerocicleta —dijo Roxanny—. Tenemos una nave. ¡Wembleth! Ve a bordo
y ocupa un asiento. Luis, ¿puedes levantarte?
—¡Futz,
no! —dijo Luis.
136
| P á g i n a
La
mujer se inclinó sobre él y lo alzó en brazos. Su pierna y cadera flamearon
como si estuvieran deshuesadas. Ella casi lo dejó caer cuando él gritó. El
dolor calcinó su mente, y se perdió lo demás.
Cuando
volvió en sí, yacía sobre su espalda. Algo como un programa de entrevistas
corría sobre el techo, pero las voces no coincidían. Ajá: el sonido estaba
apagado. Las voces que oía habían estado hablando durante algún tiempo, contra
un ruidoso fondo que Luis consideró el de una nave de guerra.
—Una
vez tuve hermanos —Wembleth parecía drogado, pero en el aparato traductor
sonaba claro y alerta—. Quedaron en el prado natal cuando Padre y yo nos
movimos hacia…
—¿Se
movían a menudo? —una voz masculina y autoritaria, que Luis no había oído
nunca.
Wembleth:
—Sí.
Roxanny
le había disparado…
Luis
no podía creerlo. ¿Qué tan mal le habría herido? Se sentía atontado; tendría
problemas para hilar una historia coherente. Si acaso resolvieran interrogar a
Lewis Tamasan, entregaría demasiada información. Trató de moverse.
No
podía sentir gran cosa. Había un cosquilleo en su nuca. Podía mover los ojos, y
un poco la cabeza. Sólo pudo verificar que estaba desnudo, tendido de espaldas,
e inmovilizado en algo parecido a un potro de tormentos… o la cavidad de
terapia intensiva de un autodoc militar. El ruido de fondo sugería una nave de
guerra. Prestó atención a las voces, tratando de distinguirlas.
Voz
masculina: —¿…hermanos?
Wembleth:
—Medio hermanos. Crecieron más rápido que yo… se quedaron con los suyos, para
encontrar pareja.
Voz
masculina: —¿Ha conocido muchas clases de… homínidos?
Wembleth:
—Veinte o treinta especies… He reshtrado con…
Creyó
adivinar lo que había pasado antes.
Una
nave bajo el suelo del Mundo Anillo había despedido proyectiles de antimateria
hacia arriba. No había necesidad de encontrar el Ojo de Tormenta más cercano.
La primera bala destruiría el aislamiento de scrith esponjoso. La siguiente
abriría un agujero a través del suelo de scrith y el paisaje por encima, lo
bastante grande para
137
| P á g i n a
que
pasara a través un pequeño transporte de tropas.
Era
estúpido y cruel, pero simple y directo. Tendría que haberlo supuesto, en lugar
de proponer complicados viajes de largo aliento.
Wembleth:
—No se puede ir a ninguna parte si no se sabe… reshtra… no intente adivinar…
Roxanny:
—¿Y las guerras? ¿Alguna vez lucháis?
—He
visto carnívoros luchar… contra los hervíboros… Me comerían a mí también. ¿A
eso se refiere?
—Uuk.
¿Qué?
Voltear la cabeza no resultaba fácil: Luis estaba retenido en un nido de
aparatejos, y había perdido toda sensación por debajo de su cuello. Pero allí
estaba Hanuman, en una jaula lo bastante grande para contener a un kzin.
Cruzaron miradas de mutua compasión. Entonces, algo bloqueó la visión de Luis.
Roxanny
Gauthier llegaba tras de un hombre corpulento, tal vez un jinciano10, ambos
vistiendo ropas con la insignia de la BRAZO. El hombre se cernió sobre Luis,
como apreciando el daño.
—Tú
has de ser Lewis Tamasan —dijo.
—Sí
—respondió Luis Wu.
—Has
atacado a uno de mi personal.
Y
estoy vivo para lamentarlo.
—Lo
siento.
—Soy
el Tec-Principal Schmidt. Eres un prisionero civil. Eso te otorga ciertos
derechos, pero estás en mala forma para ejercerlos. Esos aturdidores sólo
atontan si uno está lejos, pero tú estabas encima de la Tec-Primera Gauthier.
Tienes los huesos hechos trizas desde la cadera hasta la rodilla. El autodoc
puede curarte, si te quedas quieto un tiempo. Cinco días, al menos.
Nej.
Será mejor mostrarse agradable.
10 Natural de Jinx, mundo de alta gravedad. Una
descripción del planeta y sus habitantes puede leerse en el relato At the Core
(En el Núcleo), perteneciente a la colección de relatos Crashlander, aún sin
traducción castellana. (N. del Trad.)
138
| P á g i n a
—Gracias
por su ayuda, señor. Pensé que quedaría mutilado para toda la vida.
El
oficial sonrió abiertamente.
—Seguro.
Ahora bien, ¿puedo confiar en ti y liberar tus brazos? Eso significa que
podrías comer. De no ser así, te entubaremos.
—No
intentaré liberarme —dijo Luis.
—Te
podrías hacer mucho daño si lo intentaras. Stet.
El
cosquilleo en su nuca comenzó a moverse hacia abajo, a lo largo de su médula
espinal. Sus brazos volvieron a la vida, el izquierdo muy sensible, magullado
desde el codo a las yemas de los dedos… y el renacer de la sensibilidad siguió
adelante, hasta…
—¡Aaahh!
—y retrocedió unos centímetros.
Luis
podía ahora sentir las contusiones a lo largo de sus costillas, pero no el
horrible y agónico dolor que comenzaba en su cadera izquierda.
Las
manos de Schmidt manipularon un vídeo remoto, ubicado en el límite visual de
Luis. El programa de entrevistas desapareció, y el panorama del Mundo Anillo
brincó a la vida, floreciendo del techo, y derramándose hacia abajo, por las
paredes rectangulares. Schmidt preguntó:
—¿De
dónde provienes?
—Hágalo
girar. Un poco más… Stet. Señor, eso es el Gran Océano. Observe a lo largo del
borde ubicado más a giro….
Luis
comenzó a describir el pueblo de Tejedores en el que había vivido el año
anterior. La gente, casas, el río, los Pescadores visitantes, la cámara red que
el Ser Último —Chiron— había rociado sobre la muralla de piedra de un
desfiladero… Estos tecs no tenían ningún modo de comprobar lo que les decía. Y
si acaso pudieran, los Tejedores les hablarían de Luis Wu y del Ser Último como
de Vashnisht que sostenían alguna especie de reyerta.
Pero
su mente giraba en brumas. Luis no había bebido en mucho tiempo, pero la
sensación era la misma.
Schmidt
hizo un acercamiento sobre la región del Gran Océano.
—¿Tú
vives allí? ¿Y tus padres? ¿Quién más? ¿Una familia Kzinti? ¿Ese titerote sobre
el que nos ha contado?
—No,
Chiron no vive ahí. Sólo Finagle sabe… donde vive Chiron —hablaba entre
risitas, que lamentaba no poder suprimir. Su lengua se rizaba fuera de
control—. Los
139
| P á g i n a
Kzinti
no viven en el poblado; vinieron de algún sitio en el Gran Océano…
Si
acaso lo presionaran, revelaría otra verdad parcial: que Chmeee vivía entre los
Kzinti que habían conquistado el Mapa de la Tierra, con nativos y todo.
El
Tec-Principal Schmidt dijo:
—Hay
muchos Kzinti llamados Chmeee; fue alguna especie de héroe legendario. ¿A qué
te refieres con el Mapa de la Tierra?
Luis
comprendió que había estado balbuceando, pensando en voz alta. —¿El Mapa de la
Tierra? —repitió Schmidt, con voz acerada. —Sí, señor. Allí…
Luis
señaló hacia el techo: el Gran Océano, donde los continentes de la Tierra
habían sido labrados en proyección central alrededor del polo norte, a ciento
sesenta mil kilómetros a giro del Mapa de Marte. Sabía ahora que no podría
guardar secretos. Tal vez lo habían drogado, tal vez sólo era por los
analgésicos. Se mantendría mientras pudiera…, y luego les diría su verdadero
nombre, y observaría explotar a Roxanny en su propia cara.
—Futz
—exclamó Roxanny—. ¿Tienen esclavos humanos?
Luis:
—Homo habilis. Criadores de Pak.
Schmidt:
—¿Sin alterar? ¿Como los esqueletos en el desfiladero de Olduvai?
Luis:
—Nunca vi a ninguno de ellos. Me gustaría ver sus narices.
—Tal
vez habrán evolucionado un poco —dijo Schmidt, evidentemente hablando para la
grabación—. Por lo que ya sabemos, un billón de criadores de Pak han tenido
aquí un cuarto de millón de años para evolucionar sin protectores que
eliminaran a los mutantes. Los Kzinti habrán hecho un poco de cría selectiva,
como siempre… De todos modos, esos homínidos no habrían evolucionado hacia los
seres humanos actuales, ¿verdad, Luis?
Las
palabras de Luis llegaron lentamente.
—Bueno…
podrían haber desarrollado inteligencia. Después de todo, nosotros lo hicimos.
¿Está pensando invadirles? —se rió—. ¿Acaso rescatarles? Esos Kzinti arcaicos
construyeron el velero más grande de la historia, y eso fue hace mil años. No
combatirán sólo con lanzas y garrotes…
—Podemos
abatir sus naves de alta mar. Ahora bien, ¿qué tipo de tecnología ha traído el
titerote? ¿Algo novedoso?
140
| P á g i n a
Blam.
Luis
dijo, hablando como Lewis:
—¿Cómo
puedo saber qué cosa es novedosa?
Y se
oyó proseguir:
—¿Cámaras
como telarañas de cobre, que se instalan sólo rociándolas?
Pero
su voz se perdió en medio de un bramido. El techo mostraba un desconocido
símbolo de zozobra: Fuselaje: brecha en*parte delantera*tanque de combustible
de estribor. Pérdida de*potencia*en*sección*dos*y*tres.
Schmidt
y Roxanny extrajeron armas y se movieron, inclinándose para salir por una
pequeña poterna oval. Luis habló para nadie:
—Posee
también discos pedestres… ¿Qué era ese ruido? El Toro Bacota se sacudió. La
gravedad se apagó. Habló Hanuman:
—Son
invasores. Nos rescatarán, o nos matarán. Es de esperar alguna sorpresa.
Ningún
protector nos abandonaría en manos ajenas.
—¿Por
qué no? —se oyó gemir Luis—. ¿Por qué futz no pueden simplemente dejarnos en
paz?
Pero
no oyó la respuesta de Hanuman; el ruido había crecido hasta llenarlo todo. Una
nave espacial sometida al abordaje se convierte en una espantosa cámara de
ecos.
Roxanny
Gauthier retornó por la puerta oval y quedó fuera de la visión de Luis. Un
momento después, Wembleth pasó flotando a la deriva, demasiado drogado para
actuar. Roxanny tocó unos sitios sobre la jaula de Hanuman, y ésta se abrió.
Ella
habló en un susurro histérico:
—No
sé qué diablos son. No son Kzinti. Son… como pesadillas —se giró hacia Luis,
inmóvil en su jaula médica, y dijo—: Lo lamento.
—¿Qué
está pasando? —preguntó Luis.
Ella
cerró sus labios con un índice. Luego se arrastró tras de la jaula médica de
Luis.
Sólo
su arma de proyectiles se veía, apuntando hacia la entrada.
Una
voz habló desde algún sitio: la voz del Tec Schmidt, sonando demasiado calma.
141
| P á g i n a
—A
todos: luchamos desde el refugio antiradiación. Puedo ver invasores sobre el
fuselaje y en cuatro, cinco, seis, y diez. Han destruido nuestros motores, pero
estamos bajo aceleración de todos modos. No sabemos de dónde proviene el
ataque. Nos enfrentamos también con fuego fratricida, misiles de la BRAZO
entrantes… sesenta y sigue la suma, ningún navío alienígena aún. El
Tec-Almirante Wrayne no querrá que nos puedan tomar cautivos, imagino…
—¿Por
qué no los vimos venir? —susurró ella—. ¡Han de tener una nave invisible! Shh.
Volvió
la voz de Schmidt:
—¡Los
misiles viran lejos! —y murió en un rugido de estática.
Una
sombra parpadeó por delante de la pequeña puerta. Roxanny disparó entre
blasfemias. Lo que entró después parecía un enano filmado en cámara rápida.
Estuvo detrás de Roxanny antes de que ella pudiera darse vuelta, y Luis no pudo
ver el resto.
Tres
nudosas formas entraron a gran velocidad por la puerta, moviéndose luego más
despacio. La cerraron tras de sí. Llevaban puestos trajes de presión.
Desplegaron un globo que tenía adosados unos tubos de inflado alrededor de él:
una vaina de rescate no muy convencional. Pero no la inflaron.
Los
pueblos de las montañas derramadas pertenecen a una variedad de especies, pero
todas ellas lucen más o menos parecidas: cuerpos corpulentos, piernas y brazos
gruesos y cortos, gran capacidad pulmonar, un grueso pelaje que les sirve de
aislación, los rostros lampiños. Estos tres habían sido gente de las montañas
derramadas, pero ya no lo eran. Vestían trajes de presión y cascos grandes y
globulares, y sus caras habían cambiado: bocas rígidas y desdentadas, como
picos aplanados; grandes narices romanas; piel sin pelaje, arrugada, como una
armadura de cuero. Una mirada momificada, y una extraña gracia al moverse.
Habían comido del Árbol de la Vida. Eran protectores.
El
primero en entrar reapareció, remolcando a una inconsciente Roxanny. Era
también un protector, pero no de la gente de las montañas derramadas. Más
pequeño, más delgado. Una cara de muerto, que tenía menos nariz que un mono.
Luis no reconoció la especie, pero no era alguna de los Pueblos Colgantes. Luis
había supuesto que Oboe estaba implicado en el ataque; estaba menos seguro
ahora.
Introdujeron
a Wembleth en la vaina de rescate, y luego a Roxanny. Hanuman entró lentamente
en ella, sin luchar. Entonces los protectores se giraron hacia Luis.
—Estoy
malherido —dijo él.
No
obtuvo ninguna reacción.
142
| P á g i n a
Estudiaron
la maquinaria alrededor de él, hablando concisamente en una lengua que el
traductor de Luis no conocía. Entonces comenzaron a apagar el equipo. Cuando
uno estiró la mano por detrás de Luis, el dolor cayó sobre él como si hubiera
sido impactado por un camión.
Luchó
para no desmayarse, manteniendo la atención clavada en su respiración. Más
tarde, él recordó muchas cosas. El tacto de las manos, grandes, con dedos romos
y nudillos abultados. Sus ojos eran marrones, con pliegues epicánticos. El
protector más delgado daba órdenes en monosílabos. Los demás separaron a Luis
del doc, lo introdujeron en la vaina de rescate, y la sellaron. Un armazón
todavía mantenía inmóvil su pierna y cadera. Dos de ellos estudiaban la
maquinaria que lo había sostenido, mientras el tercero cortaba un amplio
agujero en el fuselaje.
El
aire en fuga arrastró la vaina de rescate hacia el espacio.
143
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CAPÍTULO
14
EL
PUEBLO DE LAS MONTAÑAS DERRAMADAS
El
Toro Bacota era un transporte de la BRAZO, construido más como una lanza que
como una nave, y portaba varias naves más pequeñas a lo largo de su fuselaje.
Un intruso se había pegado como una rémora cerca del extremo de proa. Era mucho
más ligero que el Toro Bacota, y parecía el esqueleto de un pez luna: una
cabina en el morro y luego una extensa rejilla cuadriculada de viguetas,
similar a las que usan las naves mineras del Cinturón para acarrear rocas y
mena. Luis no consiguió ver nada que pareciera un propulsor.
Los
protectores siguieron a la vaina de rescate por el espacio. Varios más, todos
protectores de las montañas derramadas, surgieron de la popa del Toro Bacota.
Algunos de ellos remolcaron la vaina de rescate hacia la nave intrusa y la
amarraron con cuerdas a la rejilla. Luego encendieron los cohetes de sus
mochilas y se fueron, abandonando a sus prisioneros en el espacio abierto.
Tal
vez fuera por las drogas, o por algún mecanismo de defensa de su cuerpo; lo
cierto era que el dolor se había retirado de él como una marea. Luis miró el
universo a su alrededor.
Una
miríada de motas claras, inmóviles un momento atrás, fueron barridas en un
abrir y cerrar de ojos. Eran sondas espía, y un manotazo de Dios las había
eliminado… Pero ¿cómo?
Roxanny
se meneaba, intentando despertarse. Hanuman sólo contemplaba. Wembleth se veía
muy nervioso. Habló; vio que no había sido entendido y cambió la lengua.
—No
entiendo —dijo su traductor.
—Háblame
a mí, Wembleth —dijo Luis.
—¿Dónde
estamos, Luis?
—Debajo
del Mundo Anillo.
Wembleth
alzó la vista hacia la negra pared que bloqueaba la mitad del cielo.
—Nos
caemos…
—No
hay nada contra qué golpear. Te acostumbrarás al rato.
Los
protectores volvieron. Dos de ellos empujaban una masa bastante grande: la
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jaula
médica. La amarraron a la rejilla de carga, al lado de la vaina de rescate.
Traían otra carga, y también la sujetaron. Luego de ello partieron todos hacia
la cabina, dejando a uno todavía sobre la rejilla.
El
Toro Bacota se apartó, muy lejos.
Luis
no sintió ninguna aceleración, más allá de cierto palpitar; pero sintió en su
cabeza que su coleta se desplazaba. Debían estar bajo cientos de gravedades. El
Toro Bacota sólo se fue. No había visto nada que pareciera un impulsor, ni
siquiera un cohete propulsor.
Wembleth
se había cubierto la cara con las manos.
La
nave rejilla siguió el rastro de una cañería de drenaje bajo la parte oculta
del Mundo Anillo. Una lenta hora más tarde, según el reloj de mano de Luis, la
cañería los condujo alrededor del Muro y de pronto los golpeó la deslumbrante
luz del sol.
Luis
miró hacia abajo, a lo largo del interior del Muro del borde. A mil seiscientos
kilómetros por debajo de ellos, y contra el Muro, había unos diminutos conos,
dispuestos en línea a lo largo de su base. Poco más allá había una amplia costa
— veinte a treinta mil kilómetros de costa, probablemente, considerando la
altura a la que estaban— y luego una infinidad de agua azul. Volaban a
suficiente altura para que se viera la textura del fondo de mar, y unos escasos
racimos de islas llanas y grandes.
Los
racimos de islas eran peculiares. Todos ellos parecían iguales, y también había
algo más, aunque Luis no supo discernir qué era. No había visto nunca nada como
aquello, y eso significaba que estaban por encima del Océano Opuesto.
Caían
hacia el Muro perimetral. Habían estado en vuelo por menos de una hora.
—¿Wembleth?
—¡Roxanny!
¿Puedes hablar? —dijo Luis.
Ella
parpadeó.
—¿Lewis?
Te han capturado también… ¿Dónde estamos? ¿Qué son esos seres?
—Son
del pueblo de las montañas derramadas —explicó Luis—. Hay muchas especies,
todas similares. ¿Sabe algo la BRAZO sobre…?
—Allí,
debajo de nosotros… aquellas son las montañas derramadas —dijo ella—. Son más
grandes de lo que parecen. ¿Sabes lo que son en realidad?
—Son
sólo montañas —dijo Luis, sonriendo para sus adentros.
Las
montañas derramadas se hacían más grandes. Cada uno de los pequeños conos lucía
unos hilos de plata: ríos que corrían por sus flancos.
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—Bajo
el suelo del Anillo hay unos enormes tubos —comentó Roxanny—. Por ellos corre
el limo extraído del fondo de mar, el que es bombeado por sobre el borde del
Muro. Si así no se hiciera, todo el suelo fértil terminaría en los fondos de
los mares y nada más crecería en el mundo.
La
nave caía hacia una de las cumbres. Roxanny prosiguió hablando:
—Esas
montañas son pilas de desechos marinos que se apoyan contra el Muro del borde,
y tienen unos cuarenta a cincuenta clicks de alto. Hay homínidos viviendo sobre
ellas; incluso hemos visto unos globos aerostáticos navegando entre los picos.
Pero… Luis, creo que quienes nos atacaron eran protectores de Pak. ¿Sabes algo
sobre los protectores?
—¿Son
como los Vashnisht? Hechiceros. Muy listos, muy feroces, y nacen con armadura.
Nos preguntábamos si eran sólo un mito. Hay algunos artefactos…
—Ah,
sí que existen. Uno de ellos parece diferente del resto… —dijo Roxanny—. Lewis,
un protector primigenio navegó hacia el sistema de Sol, hace setecientos años,
proveniente del Núcleo galáctico. Su rostro se asemejaba al de éste.
—El
de nariz chata11. Es el que manda —dijo Luis.
—¿Cómo
sabes eso?
Bram
y Anne, ambos protectores vampiro, habían encontrado que era sencillo
esclavizar a los protectores creados a partir de las gentes de las montañas
derramadas. Los montañeses no podían vivir sobre el llano. Cada especie quedó
aislada sobre una única montaña, convirtiéndose en rehenes que tenían vedado
huir a ninguna parte. Un protector de las montañas derramadas nacía atrapado.
Pero
Lewis no sabría eso, por lo que Luis dijo:
—Lo
vi dando órdenes.
Avanzaban
lentamente por el cielo, hacia una de las montañas derramadas. Luis podía oír
el gemido del viento y sentía una vibración en la vaina de rescate. La nave
rejilla tenía pobres prestaciones aerodinámicas. Se hundieron por delante de un
pico helado; mucho más abajo se veía el verde de los prados y árboles. La nave
se acercó al monte y se deslizó de lado a lo largo de una escalera de
salientes, y pronto Luis
11 Niven llamó a este personaje joker, por la
frase común del inglés the joker in the pack: se trata de una persona o cosa
que puede cambiar lo que acontece en una forma que no se puede predecir. No hay
una equivalencia correcta en castellano. (N. del Trad.)
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pudo
ver árboles, campos arados en terrazas y vislumbres de nieve caída formando
conos regulares. Kilómetros abajo se veía un paisaje impresionante, una tierra
intrincadamente detallada en diminutos mares, ríos, riscos y colinas.
Hubo
un golpe. Luis fue a la deriva hacia la pared de la burbuja. En ese momento el
generador de gravedad se apagó, y cayó contra la pared curva por su propio
peso. El dolor azotó su pierna y su cadera.
Pudo
evitar el desmayarse, sin embargo.
—En
toda guerra pasan estas cosas, Lewis —le susurró Roxanny—. No me guardes
rencor.
Ya
los protectores se movían alrededor, sobre el hielo y la roca, desatando el
botín del Toro Bacota y llevándoselo. Varios trabajaban sobre el autodoc.
El
protector chato abrió la vaina de rescate. El aire caliente se escapó, dejando
entrar otro muy frío. El chato entró, olió y miró por turnos a cada uno de los
inquilinos. Roxanny se mostraba recelosa; Wembleth se encogió de puro terror.
Los ojos de Hanuman se cruzaron con los del otro protector. No se hablaron,
pero se reconocieron el uno al otro por lo que eran.
El
chato tocó la pierna de Luis y su armazón metálica, con gran cuidado.
Wembleth
se escapó por la abertura. El chato le lanzó un golpe y falló… o quizá cambió
de opinión a mitad de la maniobra. El homínido corrió a lo largo de la cornisa,
superó las viviendas cónicas y se perdió de vista.
Wembleth
se asfixiaba otra vez. No había suficiente aire. La gente alrededor de él
parecía no tener problemas, sin embargo. Unos niños lo miraron con curiosidad.
Alzó
rápidamente el dispositivo traductor que Roxanny le había dado. El aprendizaje
de las lenguas sería más fácil ahora… pero aún tomaría horas. Los forasteros
eran siempre bien tratados, pero el Vashnisht era un forastero también.
Wembleth sabía que tendría que esconderse de inmediato, y sin ayuda.
Las
casas eran altos montones de nieve, con un único agujero como puerta. Lo
encontrarían enseguida si se refugiaba en una de ellas, y sólo tenían una
salida. Consideró la posibilidad de esconderse en un ventisquero, pero sólo por
un instante. Se congelaría allí. No llevaba bastante abrigo… ¡y estaba dejando
huellas!
Un
risco de roca desnuda le dio la posibilidad de desandar parte del camino.
Siguió por él hasta donde podría saltar por sobre la nieve hacia el angulado
tronco de un enorme árbol acodado. Pero sus rodillas lo traicionaron cuando al
fin brincó; aterrizó
147
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mal
sobre el árbol, se deslizó, se sujetó, y usando las garras de sus pies trepó
diez metros hacia lo alto por el tronco desnudo. La cumbre era un denso penacho
verde; Wembleth se refugió allí.
Incluso
podía ver un poco hacia abajo.
Cuatro
protectores montañeses, desnudos excepto por el propio pelaje, blanco y espeso,
introdujeron el autodoc del Toro Bacota por la apertura en la vaina de rescate.
Luis
gimió cuando lo movieron. Los protectores eran muy fuertes y sorprendentemente
suaves, pero igual le dolió lo indecible. Lo hicieron descender cuidadosamente
en la cavidad de terapia intensiva y uno estiró el brazo por debajo de él. Toda
sensación desapareció por debajo de su cintura.
Aunque
el doc militar había sido arrancado a tirones del Toro Bacota, de alguna manera
habían conseguido ponerlo en funcionamiento.
El
chato giró la cabeza cuando Roxanny habló:
—Estáis
violando varias docenas de leyes, relativas a la BRAZO y sus gobiernos
relacionados.
El
protector contestó en un idioma desconocido.
El
traductor de Roxanny recogería el discurso, y también lo haría el de Luis. Eso
era poco, pero bueno. Inmovilizado como estaba, no había nada más que él
pudiera hacer. Se echó a dormir.
Entre
la vegetación, Wembleth observó al protector salir de la vaina de rescate.
Roxanny lo seguía. Una docena de niños la siguió a ella. El protector rastreó
las huellas de Wembleth durante un rato, luego brincó a través del risco, lo
examinó con su nariz contra la tierra, y vino directamente hacia él. Trepó con
facilidad por el tronco, metió la nudosa mano en el penacho de la cima y sacó a
Wembleth.
Le
bajó del follaje pendiendo de una mano. El homínido estaba congelado de miedo y
frío.
Una
docena de niños atestaba la vaina de rescate, y muchos más se apretaban fuera.
Hanuman hacía bufonadas para ellos. Los niños se espantaron cuando Luis se
movió y despertó.
Él
sonrió hacia la pared de piel blanca y sus dos docenas de ojos.
148
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—Hola
—dijo.
Unas
pocas voces contestaron. Su traductor no lo hizo.
La
mayor parte de los dolores por encima de su cintura —el brazo izquierdo y las
costillas de ese lado— ya no le acosaban. Se preguntó cuánto tiempo habría
debido pasar para notar tal mejoría. Si Roxanny y el chato se habían enseñado
el uno al otro su idioma, entonces el protector no había estado hablando en el
dialecto local, y eso explicaría que Luis no pudiera dirigirse siquiera a estos
niños.
Pero
Roxanny y el chato venían, y Wembleth de la mano de la mujer.
No
podrían atravesar fácilmente la muchedumbre para alcanzar la vaina de rescate,
pero tampoco lo intentaron. El chato comenzó a dar una conferencia, señalando
de vez en cuando a la gente y a Wembleth. Los chiquillos que estaban dentro no
podían oír mucho, por lo que fueron saliendo. Entonces el chato envió a
Wembleth y Roxanny dentro, echó a los cuatro niños que habían quedado, y cerró
la burbuja.
Roxanny
fulminó con la mirada al protector, que trepaba por los puntales de la rejilla
de carga de la nave.
—No
hablará —dijo Roxanny amargamente.
—¿El
traductor no funciona?
—El
traductor funciona bien, pero no tiene nada que decir.
—¿Intentas
proteger los secretos de la BRAZO? —preguntó Luis.
—¡Ella
hace lo mismo! —y prosiguió, captando la mirada sorprendida de Luis—: Sí, ella,
es todo lo que me dijo. Que su nombre es Proserpina.
Los
dientes de Wembleth castañetearon cuando habló. Su traductor dijo:
—Parece
que vamos a dar otro paseo…
—¿Estás
listo para eso? —preguntó Luis.
El
homínido tembló violentamente.
—Mojé
mis pantalones la última vez. Gracias por no notarlo.
Luis
olisqueó. El aire en la burbuja nunca había dejado de oler limpio y fresco.
—Los
protectores construyen buenas máquinas —dijo—. Estaremos bien.
Vio
al chato entrar en la cabina de la nave. La gravedad se disipó.
—Estaremos
bien —repitió.
149
| P á g i n a
La
nave rejilla se separó del acantilado, luego se elevó directamente hacia el
cenit.
El
cielo azul se oscureció paulatinamente a negro.
—He
resuelto el misterio de esta nave —dijo Luis—. El control de la gravedad es…
—Por
magnetismo —dijo Roxanny, en tono seco—. Para eso debe ser la rejilla. Lewis,
hay una red de cables superconductores en el suelo del Mundo Anillo. Si esta
nave usa un impulsor magnético, entonces puede actuar contra el Mundo Anillo,
atrayéndolo y repeliéndolo. Es como dejar el motor en casa. Se me eriza el
cabello de sólo pensarlo… ¿A ti no?
—Stet,
pero yo me refería a la gravedad de cabina. Es poderosa, pero tiene
fluctuaciones. ¿Por qué no solucionarían eso los Vashnisht? Sospecho que son
demasiado arrogantes para hacer pruebas de lo que construyen. Lo hacen todo de
una vez.
—¿Todo
eso lo has pensado tú solo, muchacho?
Luis
enrojeció.
—Stet,
es magnético —dijo—. El vehículo tendría alcance prácticamente infinito y una
enorme aceleración mientras se mantuviera cerca de la red superconductora. La
red se podría usar como un arma también, para lanzar misiles y naves. Hasta
podría ser considerada como un mensaje.
—¿Qué
mensaje?
—«No
puedo invadirte. Soy puramente defensiva». Como una fortaleza.
—Hum.
O tal vez «Prohibido el paso».
—¡Nos
caemos otra vez! —estalló Wembleth—. Roxanny, ¿dónde vamos?
Roxanny
sacudió la cabeza negativamente.
Cruzaron
una costa maravillosamente fractal, llena de bahías y playas de suaves curvas,
y estaban sobre el océano. Océano, y salpicaduras de islas. Si se pensara en
ellas como islas, no parecía que se viajara a tanta velocidad…, pero eran en
realidad mapas de mundos a escala real.
Cerca
de la orilla del Océano Opuesto, los racimos de islas se veían un poco
escorzados. Pero por lo demás, todos ellos eran mapas del mismo mundo. Un
continente algo desparramado, cruzado por una gran cordillera; cuatro cuerpos
más pequeños y un archipiélago de diminutas islas dispersas, todos a antigiro
del continente, y todos mostrando una textura granulada. Si uno tuviera que
decir dónde se encontraba… Por decir algo, si se pudieran comunicar con Oboe,
¿como le dirían dónde se hallaban?
150
| P á g i n a
Pero
los trazos de las sombras sobre las islas eran distintas. Sólo algunas de las
islas poseían parches de sombra, en forma de cintas y manchas.
—¡Éste
es el Océano Dos! —exclamó Roxanny—. ¿Supones que iremos a uno de esos mapas?
—Seguro.
¿Qué te parece que son esas sombras, Roxanny?
—Hum.
Estamos demasiado alto para saberlo.
Luis
no contestó. ¿Qué podría saber sobre eso Lewis Tamasan? Pero esas sombras no
podían formarse en un sitio donde era siempre mediodía, y Luis Wu lo encontró
extraño.
—Luis,
Wembleth… hay dos océanos sobre el Mundo Anillo, ¿lo sabéis? —continuó
Roxanny—. Por supuesto, están todos esos millares de pequeños mares, de poca
profundidad y con costas onduladas, para ofrecer a los habitantes muchas bahías
y calas convenientes, y luego esos millones de clicks de tortuosos ríos. Pero
además hay dos océanos grandes, contrapesados entre sí: uno con todos los
mundos habitados en el espacio conocido sobre él… ése es el que tú conoces,
Lewis… y este otro, en el que se repite el mismo mapa sin parar. Evidentemente
es la copia a escala real de algún mundo, pero no es ninguno de los conocidos
por la BRAZO.
Luis
comenzó a reírse. Roxanny lo fulminó con la mirada.
—¡Hay
treinta y dos de estos mapas, todos del mismo mundo! —ladró—. Cuando
aterricemos, ¡no sabremos dónde estamos! ¿Te parece divertido eso?
—Oh,
sí. ¿Tiene la BRAZO alguna idea de a qué se parecería el mundo originario de
los Pak?
—Pues…
a una zona de guerra permanente. Cada protector de Pak procura que los
descendientes de su línea genética gobiernen el mundo. Sólo repito lo que dicen
los resúmenes —aseguró Roxanny—, y… Nej, toda la información que tenemos
proviene de un protector de Pak errabundo, y la sabemos por Jack Brennan, y él
era un minero del Cinturón que luego fue vuelto protector… O sea, alguien en
quien no se podía confiar demasiado. Por ello no tenemos idea de la forma de
los continentes Pak. Tal vez fueran cambiantes. Esas criaturas son poderosas.
»Proserpina…
Bien, se parece a los esqueletos de criadores Pak que encontramos todavía en
Asia y África. ¿De dónde será ella? ¿Del mundo originario? O tal vez del Mapa
de la Tierra… Lewis, has dicho que el Mapa de la Tierra tenía al principio
criadores de Pak…
La
nave rejilla descendía hacia un racimo de islas cercano a la orilla de antigiro
del Océano Opuesto; tal vez a unos ochenta mil kilómetros de distancia. El Mapa
ganaba
151
| P á g i n a
en
detalle a medida que la tierra se elevaba hacia su encuentro. Había arcos y
manchas de sombra sobre la tierra…, pero ¿cómo podían ser sombras, con el sol
allá arriba, en el cenit? Parecían casi pictogramas, o algún tipo de escritura.
Una montaña solitaria, cerca del punto medio del continente, lanzó cierto
reflejo. ¿Viviendas con ventanas?
El
aspecto granulado de la tierra se convirtió en miríadas de huecos, en patrones
circulares de todo tamaño que se mezclaban entre sí, como si la tierra hubiera
sido batida por meteoritos. La nave planeó sobre un amplio bosque, reduciendo
la marcha ahora. Luis reconoció cadenas de árboles acodados y otra vegetación
familiar.
—La
mayor parte de lo que se encuentra sobre el Mundo Anillo debe haber
evolucionado a partir de plantas y animales del mundo de Pak —sugirió.
—Muy
bien, Lewis —le acarició verbalmente ella.
Había
algo que llamaba la atención en el formato de todo lo que veían.
—Esto
es un jardín —dijo Roxanny.
—¿Un
jardín? ¿Tan grande? —todavía estaban a kilómetros de altura.
De
todos modos, ella tenía razón. El paisaje no era tierra de cultivo, pero
evidentemente estaba trazado. Variedad y color: esas ondulaciones con los
colores del arco iris debían ser miles de kilómetros cuadrados de macizos
florales. Había grupos variados de árboles en todos los colores del otoño y
más, aunque debido a la altura no parecían mayores que los pelos en la barba de
un púber. Un llano ahora, sombreado con arcos negros. Estanques, lagos, mares
como bandejas de plata, con pequeñas islas puntuales en el centro…
—Los
jardines formales suelen ser todo rectángulos, a menos que se diseñen ex
profeso para semejar una zona agreste —dijo Roxanny—. ¿Qué tipo de jardín es
todo círculos, y ninguno del mismo tamaño? Es como… Sí.
Como
la luna, pensó Luis, pero Lewis no podía conocer la Luna.
—¿Como
si hubiera habido una guerra? Todos círculos, cada uno un cráter… El mundo de
origen de los Pak.
—Vashnisht
—dijo Wembleth, con certeza.
—Sí,
el chato trata de impresionarnos —dijo Roxanny.
Luis
se rió.
Vislumbró unos
rasgos rectilíneos asomando
por entre los
salvajes colores.
Entonces
descendieron bruscamente. Hubo un golpe, y la gravedad cesó de vibrar.
152
| P á g i n a
CAPÍTULO
15
PROSERPINA
Ella
hizo bajar la nave magnética en el jardín, diez kilómetros cuesta abajo del
hábitat del continente del Penúltimo. Tan pronto como cerró los motores,
Proserpina abrió la cabina y se dirigió a popa. Su sentido del orden le
impulsaba a ayudar a los alienígenas a adaptarse, pero aprendería menos si les
concedía el tiempo suficiente.
Aislada,
privada de sus sentidos, encarcelada en la Zona de Aislamiento por todos esos
millones de falans, Proserpina fue todavía capaz de deducir los detalles
generales de la historia del Mundo Anillo: la lucha cuerpo a cuerpo, los juegos
de dominio, la reforma de la topografía en grandes extensiones, las alianzas
cambiantes, las modificaciones de los modelos genéticos…
Había
sólo un Centro de Reparaciones, colocado en el lado opuesto del Mundo Anillo
respecto de la Zona de Aislamiento. El Centro de Reparaciones podía ser visto
como el sitio natural para ubicar el trono del Mundo Anillo. Un Chacal estaba
al mando ahora, y eso estaba bien… aunque se lo notaba falto de experiencia e
imprudente — eso no era bueno—, y probablemente había sido macho. Los machos
siempre iban a la delantera. Allí donde el Árbol de la Vida fuera escaso,
siempre un macho lo encontraría primero.
El
control era el meollo de todo el asunto. En épocas pretéritas, había
presenciado conspiración tras conspiración, y siempre halló un modo de
mantenerse neutral sin ser destruida. Siempre hubo un Maestro de la Creación, y
—después de un temprano y horrible experimento— Proserpina nunca lo fue.
Ella
saltó por entre los barrales de la rejilla de carga y se deslizó en la vaina de
rescate.
La
hembra humana la encaró a su llegada:
—Tenemos
que hablar.
Proserpina
percibió la impaciencia de la Tec-primera Gauthier y la encontró divertida. La
mujer era joven, aunque no muy joven para ser un criador. Pero su postura
sugería una gravedad diferente; incluso su discurso había cambiado un poco
respecto al que Proserpina oyera, cuando escuchaba a escondidas al séquito del
Chacal. Gauthier era uno de los invasores; ella tendría mucho que decir, una
vez dejara de lado su reticencia.
El
silencio de Proserpina inquietó a la mujer.
153
| P á g i n a
—Tenemos
que hablar, para que funcionen los traductores —añadió ella.
Proserpina
no sonrió; no podía hacerlo. Había cruzado unas palabras con ella antes,
mientras cazaba a Wembleth en el pueblo de las montañas derramadas, pero no se
habían dicho nada importante. Unos pocos sustantivos y verbos: no eran
suficientes señales para el dispositivo parlante de la Tec Gauthier. La mujer
guardaba secretos.
Lo
mismo Proserpina. Cuando tuviera que hablar, lo haría.
El
cuadrumano la miró y no hizo nada. Ella había estado esperando su servilismo.
El pequeño protector debía servir a otro, probablemente al Chacal.
Uno
de los machos le hizo una petición en voz baja. Proserpina no entendió su
lengua, pero ya resolvería eso. Se paraba como un local: un poco encorvado,
pero perfectamente acostumbrado a la gravedad inducida del Mundo Anillo. No
tendría mucho para contar. Lo que pedía estaba claro: tenía hambre.
El
otro macho estaba herido e inmovilizado, desnudo e indefenso. Él la miró.
Proserpina se sintió golpeada por su serenidad. Aunque no era un protector, sin
duda tenía una edad avanzada, y era de la misma especie que la mujer. Éste
debía de ser el criador sirviente del Chacal, Luis Wu de los Mundos Esfera.
—Estáis
hambrientos —dijo Proserpina en Intermundo. Los hombres no se sorprendieron,
pero Gauthier brincó—. Todos podéis tolerar la fruta. Resolveremos en breve los
detalles de vuestra dieta. Somos todos omnívoros, creo, excepto tú —señaló al
pequeño—. ¿Cómo os llamáis?
La
mujer recuperó su aplomo y los presentó:
—Lewis
Tamasan. Wembleth. Roxanny Gauthier. ¿Cómo aprendiste nuestra lengua?
—He
abierto una biblioteca —dijo Proserpina. Vio cómo se encrespaba la mujer: ¡La
computadora del Toro Bacota! ¡Robada!—. Elegí el nombre de Proserpina revisando
vuestra literatura —se dirigía ahora a Lewis/Luis. Wu y el pequeño protector
tenían sus secretos también.
Batió
las palmas.
—Podréis
alimentaros. Hay frutales aquí, y una corriente de agua.
—Tendré
que alimentar a Lewis —dijo Roxanny.
—Habrás
de descubrir lo que es comestible para ti. Vamos ya. Lewis, volveremos pronto.
El sistema médico te proporciona nutrientes, pero será mejor si tu aparato
digestivo se mantiene en funciones.
154
| P á g i n a
—Gracias
—dijo él.
Roxanny
pareció dudar, pero partió.
La
mujer siguió al protector. Wembleth siguió a Roxanny, llevando de la mano a
Hanuman. El simio marchaba más rápido en cuatro patas que cuando lo hacía sólo
con sus cortas piernas.
Visto
desde detrás, el chato parecía una mujer pequeña, flacucha y calva. Llegaba al
metro y medio de altura. Todas sus articulaciones se habían engrosado; su
espalda era una columna de guijarros. Roxanny sabía que debía temer a esa
criatura, pero no conseguía sentirse intimidada.
Proserpina
se dirigía a Wembleth en Intermundo. Wembleth le respondía en su propia lengua,
y Roxanny prestaba atención a medias a su traductor.
—Mi
madre nos abandonó. Nunca pregunté a mi padre sobre el asunto; él era
quisquilloso al respecto, pero escuché. Ellos solían ir de exploración. Un día,
ella se fue sola. A algunas gentes les ocurre; se vuelven hoscas y solitarias,
como la Gente del Pantano. Amigables y curiosos cuando jóvenes, cumplen gran
rishathra… y luego algo se dispara, y ellos crecen, cambian de actitud y se
marchan al pantano. Tuve miedo de que me pasara lo mismo. La cruza entre
especies es rara, y no se sabe lo que vendrá.
—¿Has
rishado con la Gente del Pantano?
—Con
una muchacha de los Pantanos…, hasta que ella se apareó, y entonces fuimos sólo
amigos. Luego ella quedó preñada, y se marchó para criar sola a los niños.
Había
unos edificios bajos en el bosque. Los árboles los enmascaraban, creciendo
sobre las azoteas, o al lado de un minarete. Un enorme árbol había crecido por
el centro hueco de un edificio en forma de anillo, de dos pisos de altura.
Unas
sombras latieron en los límites laterales de su visión. Las sombras de los
árboles no se moverían en ese lugar extraño, donde era siempre el mediodía o la
noche. Roxanny estaba segura de que había animales en el bosque, mirándolos.
Proserpina
se movía rápido, lanzándose entre los árboles, arrancando y reuniendo vegetales
de variados colores y formas.
—Prueba
esto —dijo ella al monito de Lewis, poniendo una bola purpúrea en sus manos.
Parecía una berenjena, pero largó un jugo rojo cuando Hanuman la mordió,
sepultando la cara en la fruta.
Proserpina
distribuyó otras frutas, y vigiló sus reacciones. El globo amarillo que recibió
Roxanny le supo amargo. Ella lo dejó caer. Un puñado de cerezas verdes
155
| P á g i n a
resultó
comestible, pero las frutas eran muy ácidas alrededor de las semillas. A
Wembleth le gustó el borde interno de un aro amarillo con motas —tuvo que meter
su cabeza dentro para comerlo— y la bola purpúrea de Hanuman.
—Roxanny,
¿es muy diferente este sitio de vuestros Mundos Esfera?
—Mucho.
—¿En
qué sentido?
—No
he estado aquí por mucho tiempo. Todavía observo.
Roxanny
estaba poco dispuesta a hablar. Tarde o temprano, le harían preguntas que ella
no debería contestar. Sin embargo, ¿no había cosas que podría aprender de un
protector?
—Aprendimos
mucho antes de que cualquier nave aterrizara —contemporizó—. Es siempre
mediodía aquí. Eso podría volver loco a cualquiera. Si alguna vez sucediera una
puesta de sol, sería el final del mundo.
—Y
un sistema completo hecho jirones se desparramaría por el vacío. Bien, eso no
es del todo malo. Algunas industrias pueden aprovechar el vacío a veces.
—Hace
un año derribabas cada nave que se acercaba al Mundo Anillo. ¿Por qué hiciste
eso? ¿Por qué ya no lo haces?
—Había
un protector vampiro en el Centro de Reparaciones. Él hizo los disparos.
Otro
lo sustituyó ahora.
—¿Y
ahora es un tiempo más tranquilo, más pacífico?
—¡No
mientras juguéis con antimateria, amiga! ¡Eso tendrá que cesar! Podríais
destruirnos a todos, y a vosotros mismos también. Creo que tú debes ser
esquizofrénica. Ah, Roxanny, te has sobresaltado.
—¿Yo?
—¿Eres
esquizo? ¿O lo fuiste? Lo fuiste. ¿Cómo fuiste curada?
—¡Dejé
de tomar la maldita cosa! —gruñó Roxanny.
—¿Qué
cosa?
—La
Brigada Amalgamada Zonal solía reclutar esquizoides para los grados inferiores.
Pero como hemos tratado por años de eliminar ese rasgo de nuestro acervo
genético, es ya difícil encontrar verdaderos esquizos. Sin embargo, hay
productos bioquímicos que pueden imitar el estado de esquizofrenia. Uno ve,
piensa, y oye cosas que cualquier persona normal no hace. He tomado la droga
durante el entrenamiento.
156
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Puedo
inyectarme durante una misión, porque hace las cosas más fáciles, pero… trato
de no hacerlo. No soy esquizo, Proserpina. Mis genes están limpios.
Roxanny
cerró sus labios con prensa, luego de esto. Había sido más personal de lo que
ella había tenido la intención de revelar.
—Has
dicho grados inferiores… ¿Los superiores se hacen esquizos? Bien, no importa.
¿Los guerreros como tú tienen niños, Roxanny?
—No.
Yo no puedo. Me han esterilizado con químicos.
Proserpina
la contempló largamente. Luego se dio vuelta para juntar más fruta.
—Alimentaré
a vuestro herido —dijo ella—. Come. Explora. Disfruta. —Señaló vagamente hacia
el bosque y sus edificios escondidos—. La corriente está por ese rumbo,
síguelo. Hablaremos luego.
Roxanny
la miró irse. ¿La había dejado realmente para que explore sin supervisión? La
perspectiva era aterradora… e irresistible. Estaba en el Jardín del Edén. Dios
anduvo por aquí.
Por
otra parte, no había peligro.
El
edificio.
Era
un toroide. Una sola puerta, sin ventanas. Un árbol del tamaño de una secoya en
el centro lo alzaba dos metros de sus fundaciones. Mientras Roxanny vacilaba,
Wembleth brincó para alcanzar el umbral, se alzó a brazo limpio y entró.
Roxanny esperó un latido, luego lo siguió. Lamentó no tener un mejor armamento
que el que el que llevaba en el hueco de su espalda.
Roxanny
trotó alrededor del perímetro. Era un único cuarto, grande y tubular, inclinado
unos pocos grados. No encontró nada de valor. El suelo estaba tapizado de
suciedad y hojas podridas. Ninguna iluminación a la vista, excluyendo la azotea
transparente. Ni oficinas, ni retretes.
—¿Conoces
estos edificios? —preguntó a Wembleth.
—Trabajo
de Vashnisht. Muy viejo. Estas paredes no pueden ser dañadas, pero muchas vidas
de viento redondearon esas esquinas. Pienso que los criados del Vashnisht han
vivido aquí. Éste era un lecho…
¿El
pilón de basura vegetal? Roxanny estaba acostumbrada a las placas sómnicas.
El
siguiente edificio era similar a una casilla de bombeo, en medio de un bosque
de tubos. Y lo era, pero también tenía retretes, una enorme tina de baño, y
unos
157
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montículos
de polvo que debieron haber sido toallas. Wembleth comprendió: él conocía
medios aún más primitivos para aprovechar los desperdicios como fertilizante.
Las aguas servidas y las del baño fluían hacia un sistema de aspersión
automática. Todo se impulsaba desde la azotea, convirtiendo la luz del sol.
Roxanny y Wembleth se pasaron una hora, primero bañándose y luego investigando
el sistema. Lo notable consistía en que la maquinaria todavía funcionaba.
Roxanny
encabezó la marcha a lo largo del río, que corría en dirección del flujo de las
pantallas de sombra, hacia antigiro. Llegaron a una amplia playa de arena
blanca. Enormes olas la batían, provenientes de un océano interminable.
Roxanny
probó sus gafas de magnificación. Sabía lo que tenía que ver, pero el horizonte
no era más que una línea de neblina; las gafas sólo la ampliaban, revelando las
corrientes de calor. Podía mirar detenidamente por cientos de kilómetros, para
sólo ver los demás subcontinentes pertenecientes a este mismo y pequeño mapa.
¿Cuánto le tomaría acostumbrarse a la escala del Mundo Anillo?
Tendría
una mejor vista desde la cima del sitio arcológico12 que se divisaba a lo
lejos, pero no era una distancia practicable.
Proserpina
hizo una pausa en los límites del jardín para instruir a sus sirvientes. No
debían verles los extraños. Ellos tampoco debían ser molestados, ni alejados de
los edificios del Penúltimo, largo tiempo abandonados.
Cuando
volvió, vio que Hanuman la miraba desde un árbol mientras comía.
Proserpina
le indicó que bajara.
—¿A
quién sirves tú? —preguntó.
El
brazos largos dijo una frase musical, luego traducida en Intermundo.
—A
Oboe. Él deriva de una de las variedades del Pueblo de la Noche. Sus secretos
no son míos para entregarlos.
—¿Por
qué ocultas tu naturaleza a la mujer? ¿Por qué debería yo hacerlo?
—Una
nave de la BRAZO explotó, hace tres días. Abrió un agujero de tal tamaño en
12 Arcología: concepto introducido por el
arquitecto Paolo Soleri en los ’60, para definir la conjunción de arquitectura
y ecología como un proceso integral. Sostiene que la ciudad es un instrumento
necesario para la evolución futura de la humanidad. (N. del Trad.)
158
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el
suelo del mundo, que nos habría destruido a todos… —Hanuman describió la
posición rápida y exactamente—. Oboe lo reparó.
—¿Cómo
lo hizo?
—Es
un secreto. Sin embargo, aquel a quien sirvo se encuentra limitado en sus
recursos. Otro acontecimiento como ése, y se terminaría todo. Tú, Oboe y yo
tenemos eso en común. Mantener lejos de aquí a las naves de la BRAZO es nuestra
única esperanza. Los Kzinti también deben ser apartados, por lo mismo. Los
titerotes nos gobernarían de tal modo que nos volviéramos de fiar; modificarían
el Mundo Anillo para hacerlo tan seguro, que lo volverían inhabitable para
nosotros. Nadie sabe lo que los Forasteros podrían hacer… y hay otras
facciones. Pregunta a la Tec Gauthier, o explora cualquier biblioteca de la
BRAZO. Entregar información a cualquiera de estos invasores sólo conseguiría
atraerles aquí para aprender más. Hablarles de los protectores podría asustarlos,
y hacerles cometer tonterías. Premiar a los invasores con datos valiosos…
—Basta
ya de charla, te he comprendido. ¿Y qué de Lewis Tamasan?
—¿Qué
fuentes has estado explorando?
—Explorar
es una palabra demasiado rimbombante. He tenido apenas tiempo para echar una
ojeada en las bibliotecas del Toro Bacota y de La Aguja Caliente de la
Cuestión.
—Busca
a Luis Wu.
—El
Toro Bacota contiene el informe que Wu hizo a las Naciones Unidas después de la
expedición del Embustero. ¿Debo esconder su identidad?
—Sería
conveniente. Está en medio de un frívolo juego de apareo y dominación con la
mujer de la BRAZO.
—Stet,
dejaremos todo como está por un tiempo.
—¿Qué
es este lugar? —preguntó Hanuman—. ¿Se encuentran en peligro mis protegidos?
—No…,
pero custódialos, si lo deseas. Éste era el dominio del último rebelde, excepto
uno; el Penúltimo —dijo Proserpina—. ¿Me servirás a mí?
—No.
—Ni ambigüedad, ni vacilación.
—Quiero
hablar con Oboe. ¿Cómo puedo hacerlo?
—Dime
lo que quieres decirle, y concédeme un vehículo.
—Tengo
toda la historia de esta estructura y sus regentes, para ofrecer en trueque.
159
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El
Centro de Reparaciones no es el único secreto del Mundo Anillo. ¿Te atreverías
a ocultar mis conocimientos a Oboe?
—No.
Oboe es más inteligente que tú o que yo, pero no puede actuar sin datos.
—¿Dónde
se encuentra él?
—A
alguna distancia, arco arriba.
—Habéis
venido para investigar la explosión de antimateria. Dejasteis vuestro vehículo
atrás, cuando la nave de la BRAZO os capturó… —Hanuman no reaccionó. Proserpina
dijo—: No tienes ningún transporte. Y yo tengo sólo esta nave magnética.
Construir otra nos retrasaría durante días. ¿Podemos ahorrar tiempo de alguna
manera?
—Debo
llevarte a Oboe, entonces.
Proserpina
pensó en ello. ¿Podría encontrar el modo de protegerse? ¿O sería su tiempo de
morir, si Oboe así lo decidiera?
—Arreglaré
algunas cosas aquí primero —dijo—. Espera hasta mañana por la noche.
Luis
Wu se sentía bastante feliz. Disfrutaba de un largo descanso, postrado en la
cavidad de terapia intensiva. Nadie esperaba nada de él. Resolvió dejar que los
otros trataran con la Guerra del Margen, el combustible de antimateria, y la
lucha entre protectores. Él dormitó, y pensó, y dormitó…
Y se
durmió, o fue puesto a dormir. Despertó a la sombra, bajo unos árboles altos.
El masivo autodoc de la BRAZO ya no estaba amarrado a la nave rejilla. Y el
chato se encontraba de pie a su lado.
Él
trató de no consternarse al ver que Proserpina había vuelto sola. Hanuman debía
estar con los demás: él los protegería.
—¿Estás
bien? —preguntó ella.
—Comprueba
las lecturas —dijo Luis.
Ella
le tomó la palabra.
—Te
estás curando. Se te proporciona nutrición y un calmante. —Tabaleó con sus
dedos en una pantalla—. Hum. No entregaría estos datos si no tuvieras heridas
internas. Aún están bajo curación. Este otro químico parece un derivado de la
raíz del Árbol de la Vida, o algún análogo sintético, pero la máquina no te
alimenta con eso.
160
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—¿Realmente?
¿Del Árbol de la vida? ¿La cosa que…?
—Aquí,
este tubo.
Luis
trató de sentarse.
—No
puedo verlo.
Ella
dibujó una señal en el aire. Luis reconoció el símbolo, una marca registrada
hacía casi quinientos años.
—El
regenerador…
—¿Lo
usan para restaurar la juventud en el cuerpo de un criador viejo? Pero tú ya no
lo necesitas. Eres un anciano hecho joven. ¿Es el revitalizador uno de los
secretos de Oboe?
Luis
parpadeó.
—No.
Eso podría ser un secreto de la BRAZO.
Le
habían dicho cuando niño que el complejo regenerador había sido fabricado por
ingeniería genética a partir de la planta de margaritas. Ahora lo golpeó la
idea de que el tratamiento de longevidad había sido introducido —cambiando la
naturaleza humana para siempre, según se afirmaba— unos doscientos años después
de que cierta nave estatorreactora alcanzó el sistema de Sol, proveniente del
sistema Pak. Todo parecía coincidir…
—Tú
eres fértil. Puedo olerlo. Roxanny habló de químicos para hacer estéril a una
persona.
Luis
sonrió. ¿Cómo podría un asexuado protector entender el motivo?
—Hace
mucho tiempo, perseguía a una mujer llamada Paula Cherenkov —explicó— . Sabía
que ella buscaba tener niños. Yo tenía el hábito de alejarme del espacio humano
de cuando en cuando, y siempre pensé que algún día pasaría algo de contrabando…
pero nunca lo hice. Sin embargo, una vez fui a Jinx.
»Algunos
mundos piensan del mismo modo que los llaneros sólo cuando les llega la
explosión demográfica, pero es que la mayoría no tienen mucho territorio
habitable. No pasa eso con Jinx. Cuando necesitan más espacio, simplemente
amplían las regiones terraformadas. Solicité de ellos que reconectaran mis
vasos deferentes.
»Entonces
Paula dejó la Tierra, porque realmente quería una familia grande.
»Unos
años más tarde, introduje una nueva especie inteligente al espacio conocido.
Las Naciones Unidas me ofrecieron derechos de procreación por encontrar a los
Trinocs, y en pago a mis servicios como su primer embajador. Desgraciadamente,
los
161
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doctores
debían restablecer lo que ya había sido restablecido… por lo que, cuando Nessus
hizo su oferta, me vine al Mundo Anillo.
Proserpina
puso sus manos sobre el vientre de Luis y las movió alrededor. Hizo presión
encima de su cadera izquierda.
—¿Una
vieja herida en el abdomen?
—Sí.
—Queda
apenas un rastro. Esta costilla flotante está rajada…
—¡Agh!
Sus
manos como racimos de nueces palparon las adormecidas caderas, y luego se
deslizaron por la pierna.
—Seis
fracturas, tal vez más, todas del lado izquierdo. No importa mucho cuántas son;
sanarán todas al mismo tiempo. En cuatro días caminarás, en siete podrás
correr. ¿Probarás de comer alguna cosa?
Luis
señaló:
—Aquel
fruto es bueno. Los Hinsh nos lo dieron.
Ella
partió la fruta parecida a un melón amarillo, lo alimentó, y tomó algo para sí
también.
—¿Quién
eres tú? —preguntó Luis.
—Soy
el protector más viejo con vida, el último de los rebeldes —dijo ella—. Dime
quién eres tú. La mujer no lo sabe. Tampoco percibió lo que es Hanuman. ¿Qué
piensa que es?
—Le
dejamos creer que Hanuman es un mono domesticado. En cuanto a mí, ella piensa
que soy el hijo de un Tec de la BRAZO que quedó varado aquí. ¿Podemos mantener
las cosas así? Roxanny es una detective de la BRAZO, y hay cosas que ellos no
deberían saber.
—La
BRAZO es una de las facciones…
—Brigada
Amalgamada Zonal, en sus orígenes. Fue fundada en Tierra, y se ha convertido en
la policía de las Naciones Unidas desde hace ochocientos años13. Hay
13 La historia completa se relata en The Long ARM
of Gil Hamilton, una recopilación de tres novelas cortas aún sin traducción
castellana. (N. del Trad.)
162
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unas
cien naves de la BRAZO involucradas en la Guerra del Margen. ¿Cuánto sabes del
asunto, Proserpina? ¿Has estado espiando en la Aguja?
—Sí,
lo he hecho. La civilización titerote es demasiado fascinante; podría haberme
perdido en ella. De todos modos, ese Ser Último tiene extensos archivos sobre
la civilización humana. ¿Conoces el nombre de Proserpina?
—La
esposa de Plutón, la dama que gobierna los Infiernos. El mito es de origen
griego. ¿Es éste el Infierno para ti?
—En
cierto sentido. Háblame sobre Oboe.
—Todavía
no. Quiero saber sobre ti. Quiero comprender quién eres.
Tuvo
la rara impresión de que ella sonreía abiertamente.
—Tus
señales corporales no son fáciles de leer, siendo que estás en reposo sobre tu
espalda, con la cadera y piernas inertes, y el resto conectado a todas esas
bombas y sensores. De todos modos, te siento propiedad de alguien. ¿Te posee
Oboe?
Luis
se rió.
—Él
piensa que me posee.
—Y
tú no estás de acuerdo, pero no lo odias. Sin embargo, te liberarías si
pudieras. ¿Me servirías, tal vez? No, no lo harías. ¿Durante un tiempo, al
menos? Quizá, si me conocieras mejor. Bien, no soy propensa a los raptos de
furia, las rachas de actividad frenética o la megalomanía, Luis Wu. No sorbo
sangre, aunque tú has servido una vez a un vampiro. Me he mantenido pasiva por
millones de falans, mientras el resto de mi clase se consumía en las llamas de
la guerra. Por supuesto deberás conocerme primero, si tenemos tiempo. Mi
historia es complicada. Yo colaboré en la construcción del Mundo Anillo.
—He
oído eso antes —dijo Luis.
—¿De
algún criador fanfarrón? Se han hecho enormemente variados, ¿verdad? Mis
telescopios no penetran bien la atmósfera, y no me atrevo a viajar para ver
más, pero he tratado con las especies de las montañas derramadas. Lewis, o
Luis, no te estoy mintiendo. Rompí mis promesas antes de que el trabajo
estuviera terminado, por lo que fue concluido sin mi ayuda… pero creo que soy
el último Constructor con vida. ¿Quisieras recuperar tus piernas?
¿Qué
quería decir con eso? Ella se inclinó, alcanzando algo por debajo y detrás de
él. El dolor retornó.
—¿Puedes
tolerarlo? Es mejor si puedes sentir lo que sucede.
163
| P á g i n a
—Es…
es bastante feroz —jadeó él.
—Cortaré
la entrada de señales a la mitad… —el dolor retrocedió— y cambiaré tu
equilibrio químico un poco… —se difuminó ahora—. Listo. Sería bueno que
orinaras y evacuaras. El sistema está equipado para manejar eso.
—Prefiero
la intimidad, por favor.
—Stet.
—Ella se dio la vuelta para irse—. Luego puedes decirme sobre la gente del
Mundo Anillo. ¿A quiénes has encontrado? ¿A qué se parecen? Tengo derecho a
saberlo. Nuestros hijos fueron sus antepasados.
Luis
meditó sobre el guardar silencio. Pero no era su naturaleza. Y poco podía
esconderle a un protector, de todos modos. Y se preguntó si Proserpina habría
hecho gotear en él las drogas de la verdad de la BRAZO.
Pero
el nido de vampiros no era un secreto para mantener oculto. Y era una historia
condenadamente buena. Unos criadores —homínidos del Mundo Anillo— habían
evolucionado para cubrir el nicho ecológico que en otros sitios ocuparon
variados chupasangres. Luis Wu había interferido con el clima sobre un área del
tamaño de un mundo. Sus intenciones habían sido buenas —había modificado el
ambiente para eliminar a unos peligrosos vegetales, los girasoles esclavistas—
pero durante los siguientes años, los vampiros pudieron moverse bajo la
cubierta permanente de nubes generada por Luis Wu, crecieron mucho en número y
ocuparon la sombra de un edificio industrial flotante.
Esto
sucedió muy lejos, siguiendo el arco del Mundo Anillo, respecto de donde Luis
moraba con los Tejedores. Él había asistido al drama por medio de una cámara
red del Ser Último. Luis lo describió para Proserpina, y al pueblo de
Tejedores, y eso lo condujo atrás y atrás en el tiempo. Los edificios flotantes
unidos para formar una ciudad, y la granja de sombras debajo de ella, que
cultivaba cientos de especies de hongos. El Mundo Anillo fuera de su centro, a
punto de chocar contra el sol. Y siguió retrocediendo, hasta contarle como
había llegado al Mundo Anillo, atraído por una expedición lanzada para explorar
algo extraño más allá de cualquier mundo que él conociera.
Ella
sabía qué preguntas hacer, cuándo guardar silencio, cuándo hacer una pausa y
alimentarlo con frutas.
—Esta
máquina fabrica un caldo nutritivo también. ¿Comerías de eso?
Él
lo intentó. Eran los ingredientes básicos para alimentar a un soldado herido.
—No
está mal.
164
| P á g i n a
—Comes
carne también, ¿verdad? ¿Fresca, recién cazada? Te traeré un espécimen mañana.
Mi especie era más carroñera que la tuya, pienso. ¿Cómo regresaste a las
estrellas? ¿Por un Ojo de Tormenta?
—Algo
así.
Le
habló de Halrloprillalar, la Constructora de Ciudades que afirmaba que su clase
había construido el Mundo Anillo.
—Ella
bromeaba conmigo, pero de seguro lo tenía como leyenda. Por culpa de su especie
casi se destruye el mundo.
—¿Cómo?
—Quitaron
los estatorreactores de corrección instalados en el Muro perimetral, para
motorizar sus naves espaciales. Proserpina, ¿por qué permitiste que tal cosa
sucediera?
Cara
de póker.
—Hicimos
que fueran desmontables para que pudieran ser fácilmente suplantados.
Suponíamos que se desgastarían con el tiempo. ¿Eso fue parte de la Guerra del
Margen?
—No.
Eso sucedió antes.
—Hablaremos
del tema en otra oportunidad. ¿Cuándo comenzó la Guerra del Margen?
—Nej,
no sé. Las primeros naves pueden haber llegado aquí por delante del Ser Último,
hace unos cien falans. Tienes la biblioteca del Toro Bacota, ¿verdad? ¿Has
conseguido penetrar en ella? Fíjate si acaso tiene algún registro en vídeo de
la entrada de la Aguja al sistema.
—Lo
haré ahora —dijo el protector.
Luis
pidió, antes que se fuera:
—Comprueba
cómo están los otros, ¿de acuerdo?
—Están
seguros aquí, pero lo haré de todos modos. Descansa ahora.
Era
ya de noche, y sentía la garganta levemente ronca. Durmió.
Cuando
despertó, vio a Roxanny y Wembleth dormir dentro de la funda plástica. No los
molestó. Luego de una hora despertaron, hallaron una provisión de fruta y
165
| P á g i n a
comieron.
Roxanny
lo alimentó con delicadeza. Tal vez hubiera criado a un niño en alguna ocasión.
Ella
y Wembleth habían pasado el día anterior explorando mientras Luis yacía en el
doc.
—Esos
árboles acodados son sencillos de trepar. Fue hasta inofensivo, luego de que
encontré algo de cuerda. Conseguimos una maravillosa vista. Todo es plano, el
horizonte nunca se curva fuera de la vista, y yo tenía esto —señaló sus gafas
magnificadoras—. Lewis, ¿has notado una montaña central grande, cuando
llegábamos?
—Sí,
más hacia el interior.
—Está
plagada de ventanas de la raíz a la cima, pero hay sólo unas pocas de cierto
tamaño. El resto semeja por su brillo un rocío, cubriéndolo todo. Yo llamaría a
la estructura una arcología, pero es realmente grande, y construido por
militares, o tal vez por locos paranoides. Se accede por carreteras rectas con
torres al final, maravillosos campos de tiro. Pistas para grandes helicópteros.
No vi ningún arma; sólo vi dónde debían estar montadas.
»No
hay más que ese enorme palacio. Sobre el resto de la isla… sigo llamándolo
isla, sólo porque no puedo ver demasiado, pues la mayor parte de ella está
desdibujada por lo que parece una niebla. Continente, debiera decir. Los
edificios cercanos son todos muy básicos, y no hay nada grande cerca. Wembleth
piensa que el lugar aloja criadores, Homo habilis. No vimos ninguno, sin
embargo; podrían haber muerto todos, pero… Luis, si esta fuera la residencia de
un protector, habría defensas, laboratorios de investigación y bibliotecas, ¿no
es cierto?
—Bien,
está el edificio arcológico —dijo Luis.
Ella
le sonrió abiertamente.
—Lewis,
¿acaso sabes lo que significa arcológico?
—Pues…
un edificio grande.
—Bien…
de acuerdo. No creo que ella lo use. Fue dejado aquí por el dueño anterior del
sitio. Pienso que Proserpina tiene su base, tal vez sobre los pequeños
continentes, tal vez en otro Mapa. Ella no nos habría dejado sueltos allí donde
ella trabaja. Este lugar es… ¿recuerdas que lo llamé un jardín? Supón que
tuvieras que convertir a la Tierra entera en un jardín… La Tierra es una
ecología cerrada, pero esto cambia. Deriva… —ella miraba en su interior,
buscando la comprensión—. A los jardineros no les gustan los hierbajos. Y
harían algo con los desiertos… No tendrían que
166
| P á g i n a
preocuparse
de la tundra porque no hay ningún invierno…, pero un jardinero debería
controlar el clima.
—El
clima es caótico. No puede ser controlado —dijo Luis.
—¿Y
si se tuvieran enormes masas de aire para trabajar? Un área de mil Tierras, y
sin patrones de huracán para complicar las cosas, porque no se está sobre una
pelota que gira. Las masas de aire no se moverían rápido…
Luis
se rió.
—Stet.
Tal vez.
—No
veremos realmente otros Mapas —dijo ella, deprimida de repente—. No hay naves
para los invitados. ¿Qué piensas tú, Lewis? Un supercontinente entero para
crear un jardín, y los criadores como parte integrante de él. Defensas en las
islas. Telescopios, e instalaciones de investigación. Las minas… No puede haber
minería en el Mundo Anillo, verdad?
—Sí,
si se pudieran alcanzar las montañas derramadas —dijo Luis—. Los materiales
formarían capas con el tiempo, según su densidad. En cualquier otra parte, la
minería es imposible. Si cavas para buscar petróleo, primero llegas al scrith,
y luego está el vacío.
—Proserpina
puede llegar a las montañas derramadas.
Luis
se encogió de hombros.
—No
puedo acompañarte a explorar. Sé cautelosa, Roxanny. Todas las culturas poseen
leyendas acerca de alguien que encuentra algo que no debería hallar.
—Incluso
así —dijo Roxanny—, me gustaría entrar en aquel edificio.
Wembleth
y Roxanny salieron otra vez después del desayuno.
Proserpina
regresó hacia mediodía.
—¿Qué
son los discos pedestres? —preguntó.
—¿Dónde
supiste de ellos?
—De
tu propio informe a la BRAZO, Luis Wu. Pero no has contado mucho ahí. ¿Y si yo
tuviera que construir discos pedestres? ¿Hace eso el protector Chacal?
—Antes,
dime cómo están mis compañeros.
—Están
explorando. Hanuman se marchó solo, Wembleth y Roxanny andan juntos.
167
| P á g i n a
Aprenderán
poco en este lugar. El último rebelde en morir vivió aquí. Tomé a mi cargo su
hábitat, pero el palacio del Penúltimo está lleno de trampas. Lo dejo en paz.
Ella
alzó un pequeño ciervo, de casi su propio peso. El animal pendía con el cuello
roto. Unos grandes insectos lo sobrevolaban.
—Yo
misma suelo alimentarme con estas presas. ¿Podrás comerlo?
—Tal
vez.
—¿He
de tratarlo con calor?
—Sí.
Quítale las vísceras. ¿Tendré que…?
—Puedes
mover la parte superior de tu cuerpo, pero el resto tendrá que descansar. Tus
huesos se han fijado, pero requieren reposo para fortalecerse. Yo cocinaré.
Puedo investigar cómo.
Los
olores del asado le dieron hambre. En una hora Proserpina estaba de vuelta, con
unas partes ya cocidas. Ella trozó la carne para él. Luis encontró muy
agradable el ser servido así.
—Siempre
oigo a mis espaldas los alados discos pedestres del Tiempo, que me persiguen de
cerca14 —dijo ella—. No, come. Tengo que saber qué tan urgente es este problema
de la Guerra del Margen. ¿Lo tiene controlado Oboe?
—Más
o menos —respondió Luis.
—Come.
En tu opinión, ¿es más, o menos? —y frunció el ceño por lo que vio en su cara—.
Menos. Hanuman me habló de la explosión que abrió un agujero hacia el espacio.
Yo la vi a la distancia, y supe entonces que debía actuar. Antimateria… Podrían
haber destruido toda la vida en el Arco. ¿Previno eso Oboe, realmente?
—Sí.
—¿Qué
has visto?
—A
Wembleth y Roxanny les agradaría comer un poco de esto —dijo Luis.
14 “But always at my back I hear / Time's winged
footsteps hurrying near”. Frase que alude en forma aproximada a las palabras de
Andrew Marvell, escritor y poeta inglés (1621-1678), contemporáneo y amigo de
John Milton, en su famoso poema To His Coy Mistress (A Su Graciosa Majestad),
publicado en 1681: “But at my back I always hear / Time's winged chariot
hurrying near”; Niven cambia la palabra chariot (carroza) por footstep (disco
pedestre).
168
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El
protector enfrentó su mirada durante un largo latido.
—Los
traeré —dijo al fin.
Puso
una gran lonja de carne a su alcance, y se marchó.
La
luz del día se decoloraba cuando al fin volvieron. Proserpina y los demás
cocinaron su comida afuera. Luis olió el humo de la madera, y la carne
asándose. Lo que Roxanny trajo a Luis finalmente incluía verduras: unas
frondosas hojas verdeamarillas, y ñames asados.
Proserpina
se estaba volviendo un experto chef. Comió con ellos, pero sólo carne cruda y
ñames sin cocer. Cuando hubieron terminado de comer, ella habló.
—Necesito
contar con vuestra confianza.
Los
ojos del arcaico protector se encararon con los de los otros, pero evitando a
Hanuman, como si realmente fuera un animal mudo.
—Wembleth,
Roxanny, Lewis… Realmente tendríais que estar dementes para confiar en mí,
conociendo tan poco como hasta ahora.
—Cuéntanos
tu historia —dijo Luis.
Proserpina
estaba respetando el secreto de Hanuman, y el de Luis, y quizá alguno de
Roxanny también. Pero no había ninguna razón para confiar en ella, y muchas
razones para escuchar lo que diría.
—Los
acontecimientos que narraré ocurrieron cerca del Núcleo Galáctico. Nuestro
mundo allí mantenía entre diez y cien millones de protectores de las especies
de Pak —dijo Proserpina—. El número variaba sin gobierno bajo la guerra
interminable.
»Hace
algo más de cuatro millones de falans… he perdido la noción del tiempo, hasta
cierto punto…, diez mil de nosotros construimos una gran nave de transporte y
algunos cazas de reconocimiento. Ochenta años más tarde, seiscientos fuimos
designados para ocuparlos.
Proserpina
hablaba despacio, buceando muy lejos en su memoria. El Intermundo era una
lengua flexible, pero no había sido diseñada para manejar algunos conceptos.
—Esta
tierra emergida es un buen mapa del mundo Pak. ¿Habéis visto su relieve?
Círculos por todas partes —dijo Proserpina—. Cráteres de explosiones, nuevos y
antiguos, producidos por una interminable variedad de armas. Estos mapas eran
todos idénticos cuando los construimos, pero han ido cambiando desde entonces.
Sobre el mundo Pak y aquí también, siempre luchamos por lograr cualquier
ventaja para nuestra
169
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línea
de sangre. ¿Qué pasa, Luis?
—Oh,
bueno, es… extraño —dijo Luis Wu—. ¿El mismo Mapa, repetidas veces? Vuestro
mundo Pak estaba en el Núcleo Galáctico. Las estrellas están muy cerca unas de
otras allí. Pero vinisteis aquí, viajasteis treinta mil años luz, sin escalas.
¿Por qué no aprovechásteis algunos mundos más cercanos?
—Sí,
nuestro sector del universo estaba mucho más densamente poblado en mundos que
el vuestro. Interminable espacio a nuestra disposición, y deseado
fervientemente, sin reposo. No encontramos ningún modo de ocupar esos mundos en
una nave espacial que llevara criadores, porque lucharíamos por tomar ventaja
para los propios. Y si solucionábamos eso, afrontaríamos otro problema aún
peor. Cualquier mundo requeriría reformas, lo que podría llevar miles de años.
Y antes de que el trabajo estuviera completo, nos sería arrebatado por
ejércitos de otros protectores, tentados por el suculento bocado. Podíamos ver
que esto mismo había pasado antes. Los mundos cercanos a Pak fueron reformados
idealmente, y luego convertidos en un yermo estéril mucho antes de que yo naciera.
No vimos ningún medio de tomar otros mundos, a menos que pudiéramos cambiar las
circunstancias que nos formaron.
»Y
eso fue lo que hicimos, esos seiscientos de nosotros. Primero, resolvimos
evitar los mundos cercanos. Si alguna otra nave podía alcanzarnos, significaba
que el mundo estaba demasiado cerca. Encontramos en los archivos datos de un
viaje siguiendo el brazo galáctico, una ruta ya probada antes por una nave
colonia. La colonia falló, pero sabíamos que ningún peligro intermedio le había
impedido alcanzar su objetivo.15
»Segundo,
nos segregamos de nuestros propios criadores. Los alojamos en un cilindro
rotatorio, topografiado como un paisaje. Su alimento crecería allí también, con
un reciclado de agua, aire y desperdicios: una ecología cerrada con llave16.
Ninguna feromona procedente del alojamiento de los criadores alcanzaría el
complejo de control de vuelo. Los criadores no debían amarnos; no serían
conscientes de nosotros en lo absoluto. Cualquier protector que violara la
prohibición debía morir.
»Por
supuesto, la selección natural haría su trabajo. Muchos criadores morirían sin
la compañía de los protectores… —los ojos de Proserpina buscaron los de los
demás—.
15 Proserpina está hablando de la nave colonia
que dio origen a la humanidad en la Tierra, según se desprende de la historia
narrada en la novela Protector, aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)
16 Es un diseño básico que ya Niven había
empleado para los dos asteroides-hábitat de los mineros del Cinturón: el
Granjero y el Confinamiento, descriptos en el relato “En el fondo de un
agujero”, parte de las Historias del Espacio Reconocido. (N. del Trad.)
170
| P á g i n a
Incluso
ahora, tras cuatro millones de falans de evolución, ¿no necesitáis a veces,
Gente de las Esferas, la compañía de algo superior a vosotros?
—No
—dijo Roxanny.
—En
los archivos se habla de cientos de religiones.
—Hemos
crecido más que eso —aseguró ella.
Después
de una pausa momentánea, Proserpina dijo:
—Stet.
Muchos criadores murieron por falta de nuestra compañía, pero menos por cada
generación. Otra vez, muchos protectores descubrieron que necesitamos oler o
tocar a los de nuestra propia descendencia, y eso tiene un peso insoportable a
veces. A lo largo del viaje, muchos hallaron diversos modos de entrar en el
alojamiento de los criadores, y murieron luego de ser atrapados. Muchos otros
dejaron de comer. En el primer millar de años, nuestro número se redujo a la
mitad. Sustituirlos usando la reserva de criadores era cosa arriesgada: la
selección natural cobraría su tributo.
»Lo
que surgió al final del viaje de trescientos cincuenta mil falans, fue un grupo
de protectores que había aprendido a vivir sin el olor de la propia
descendencia constantemente en las fosas nasales.
»Viramos
lejos del mundo que había sido el objetivo anterior. Una colonia allí había
fallado, pero no podíamos saber qué tan mal, ni por qué. Podría ser que aun
hubiera protectores en el sitio, y nuestra nave era una frágil burbuja.
Creíamos que… ¿Sí, Roxanny?
—¿Hablas
de la Tierra?
—Sí,
tu mundo, la Tierra. Podríamos haber ido a la Tierra. Pero el Árbol de la Vida
no crecía en forma correcta en vuestro suelo. Vuestros protectores murieron, y
sus descendientes evolucionaron siguiendo muchas direcciones. No sabíamos eso.
Aprendimos demasiado poco de la malograda colonia de Tierra antes de que
vuestros desarrollados criadores comenzaran a lanzar ondas de radio hacia las
estrellas. Para entonces…
Proserpina
parpadeó mirándoles, y luego continuó:
—Llegamos
a la vecindad local. Encontramos mundos que podíamos tomar, pero nuestras
ambiciones eran mayores. Elegimos un sistema con un planeta gaseoso gigante,
que giraba muy cerca de su estrella. Conjeturamos que se formó lejos en el
disco de acreción que hizo los planetas. Luego trazó su ruta durante mil
millones de años, comiéndose los mundos menores a medida que se acercaba al
sol. De modo que teníamos un sistema planetario ya limpio para nuestra
conveniencia, y la mayor parte de la masa reunida en un solo cuerpo, una masa
de casi veinte veces la de Júpiter,
171
| P á g i n a
Roxanny.
»Entonces,
nos pusimos a construir. Encontramos dificultades al trabajar tan cerca de un
sol, pero conseguimos usar el campo magnético de la estrella para confinar las
masas con que trabajamos, en particular el hidrógeno que necesitábamos para los
enormes motores de fusión que utilizamos para otorgar su giro al Anillo.
» Por regla general, las estrellas que pueden
generar sistemas planetarios extensos se dan en racimos. Alrededor de nosotros,
por donde fuéramos, había estrellas con planetas, y algunos eran como Pak, o
bastante parecidos. Identificamos los que podrían desarrollar enemigos
peligrosos. Recolectamos sus ecologías locales y las colocamos sobre unos mapas
a escala real de sus mundos.
»Pero
nunca nos acercamos a la Tierra, Roxanny. Tuvimos miedo. Estudiamos el sistema
en forma intensiva, pero a larga distancia. El Mapa de Tierra sirvió de hogar a
nuestros propios criadores. Necesitamos cincuenta mil falans para generar una
ecología en la superficie interior del Mundo Anillo, pero comenzamos allí, con
el Mapa de la Tierra como zona experimental.
—¡Las
ballenas! —recordó Luis—. Hay ballenas en el Gran Océano. Algún protector tiene
que haber ido a la Tierra para que las hubiera.
—Puede
haber sucedido después de que fui aislada —dijo Proserpina—. Wembleth,
¿entiendes de lo que estoy hablando? —Proserpina cambió de lengua y le habló
rápidamente. Luego volvió al Intermundo—: Más tarde te mostraré mapas del
cielo, y diagramas. Vosotros deberíais tratar de explicarle a Wembleth lo que
es un Mundo Esfera.
»Roxanny,
estos mapas de Pak son prisiones. Sabíamos que algunos de nosotros quebraríamos
alguna ley. Construimos las prisiones primero, como advertencia de unos a
otros. Cualquier criminal sería aislado, con un mundo para gobernar y toda una
población de su propia clase, igual que si hubiera triunfado cada uno sobre el
mundo Pak originario, pero todos éramos rehenes de la mayoría.
»Yo
fui uno de ellos.
—¿Por
qué?
—Ah,
Roxanny… —el lenguaje corporal de Proserpina sugería cierta desazón, y lanzó
una risa amarga—. ¡Pensamos que ganaríamos! Once de nosotros pensamos que
podíamos tomar el Centro de Reparaciones. Criaríamos a los descendientes de
todas las líneas, y luego iríamos eliminando variaciones para volver nuestros
propios rasgos dominantes. En mil años estaríamos seguros, aun si el equilibrio
de poder cambiara, aun si una sublevación consiguiera matarnos. Planeamos todo
eso en una tarde, y recolectamos nuestros recursos tan rápido como pudimos.
Incluso así, fuimos
172
| P á g i n a
un
poco lentos.
»Los
demás me confinaron en uno de los Mapas, aunque no en éste en particular. Luego
separaron un centenar de mis descendientes y los desperdigaron en parejas por
toda esa tierra. Tuve que construir sitios en los que ellos pudieran vivir.
Debí guiar a los criadores yo misma, de modo que por último se encontraran y
mezclaran… o la endogamia los destruiría. Mientras hacía todo eso, el tiempo
pasó. Yo estaba fuera del asunto. Los restantes descendientes de mi sangre
fueron incluidos entre la creciente población del Mundo Anillo, por lo que sus
genes también eran tenidos como rehenes… para evitar que yo hiciera nada.
Proserpina
calló.
—¿Cuánto
duró eso? ¿Cómo fue que acabó? —preguntó Luis.
—Unos
cientos de miles de falans. Sólo estoy conjeturando, Lewis. Wembleth, Roxanny,
¿comprendéis lo que me pregunta? Sobre el Anillo que construimos, la población
de criadores creció hasta llegar al billón de individuos. En algún momento se
volvió un caos de mutaciones. Las mutaciones son inútiles para un protector;
simplemente, no huelen correctamente. Lewis me pregunta cuándo los protectores
dejaron de eliminar los mutantes de sus tribus, y por qué. Pero yo he visto
demasiado poco. No sé por qué sucedió. Incluso apenas puedo conjeturar el
período en que tuvo lugar.
»Yo
era una prisionera. Pasé largos períodos en plena depresión, sin notar nada a
mi alrededor… pero nunca me privé completamente de comida. Cuando al fin volví
en mí, fabriqué telescopios, pero no sondas. Teníamos prohibido hacer
investigaciones en el exterior, y entrometernos. Con los telescopios yo no
podía ver nada que estuviera muy cerca, pero podía estudiar lo que sucedía a lo
lejos, siguiendo la curva del arco. Los meteoritos siguieron siendo
interceptados. Un Ojo de Tormenta se formó. Conjeturé la dinámica; luego vi la
tormenta disiparse. Eso significaba que los otros todavía hacían reparaciones.
¿Qué pasa, Lewis?
—Oh,
pensaba en tu depresión. Lo siento, no quise interrumpir… —¿Cómo puedo evitar
notar que quieres decir algo?
—Esos…
ataques de depresión, ¿hacen que te distraigas de las cosas? Me pregunto sobre
la desaparición de los motores de posición del Muro, y la montaña Puño-de-Dios.
—¿Dónde
está eso?
—Cerca
del Océano lejano. Fue un impacto de un gigantesco meteoro, desde abajo del
mundo. No se escapó el aire, porque el scrith fue estirado hacia arriba, y se
abrió por encima de la atmósfera.
173
| P á g i n a
—Yo
no habría actuado. Eso era tarea del protector residente.
—En
ese momento, había una lucha para ver quién sería el protector residente.
Roxanny
y Proserpina contemplaron a Luis. Entonces el chato gimió.
—He
sido negligente…
—¿Te
entregaron tus carceleros el Árbol de la Vida? —preguntó Luis.
—Sí,
pero neutralizado. Un virus causa el cambio genético que genera un protector de
un criador. El virus vive en la raíz del Árbol de la Vida. El tubérculo
neutralizado me alimentará todavía, como alimentaría a cualquier protector,
pero no cambiará a un criador. ¿Qué te hizo preguntar eso, Luis?
—Oh,
sólo una conjetura… —El Árbol de la Vida sólo crecía en el Centro de
Reparaciones, por lo que Luis sabía. Aparentemente, había desaparecido de
cualquier otra parte—. ¿Es fácil deshacerse del virus del cambio?
—Sí.
—Pero
tú has conseguido más.
—¿Cómo
supiste eso? Sí, lo filtré del aire cuando se puso lo bastante denso y se
dispersó lo bastante lejos, unos cuatrocientos mil falans después de la
creación del Anillo. Cultivé el virus y lo agregué a mis plantas. Hice unos
criados entonces, no los bastantes para que se notara, y los envié a cumplir
misiones. Pero se amotinaron y tuve que matarlos, y la siguiente vez que lo
intenté, ya no funcionó. Mis plantas habían sido neutralizadas otra vez, no sé
por qué medios, y el virus ya no estaba en el aire. Lewis, tú mismo has comido
del Árbol de la Vida ayer noche.
Roxanny
jadeó. Luis tragó saliva.
—Sabía
como un ñame… Pienso que probablemente es el ñame, Roxanny. Proserpina, ¿cuándo
sucedió eso?
—Algo
más de un millón de falans después de la creación. Tú sabes lo qué pasó, ¿no es
verdad, Luis? Dímelo.
Luis
negó con la cabeza.
—Los
protectores desaparecieron. Eso es todo lo que sabemos.
—Lo
entiendo ahora —dijo Proserpina—. La diferenciación de las especies ha sido
extrema en los dos millones de falans que pasaron. Puedo ver qué tan lejos
vuestra propia especie ha virado, Roxanny, bajo presiones que favorecen la
inteligencia, la pérdida de pelo, el talento para la natación y la carrera en
dos piernas. Verán, mis telescopios me permitían observar las montañas
derramadas. Comencé a visitarlas
174
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apenas
me atreví, cuando estuve segura de que yo era el último protector en estas
tierras.
»La
Gente de las Montañas se escinde en especies incompatibles, a pesar de que
moran en condiciones casi idénticas. He detectado la red de comunicación de
heliógrafos montada por el Pueblo de la Noche. Comedores de cadáveres, ¿verdad?
¡Tanta inteligencia, y aún son criadores! Algún protector semiinteligente
gobernó el Centro de Reparaciones por mucho tiempo. No puedo adivinar cuántas
otras variaciones hay en el mundo.
—Miles
—dijo Roxanny.
—Pero…
sobre el Mapa de Tierra, no hay suficiente espacio para que las mutaciones
puedan establecerse y competir, y deformarse las unas a las otras. Con el
tiempo, mis sirvientes buscaron a lo ancho del Mundo y colocaron a todos mis
criadores entre los Pak del Mapa de Tierra. Mi línea tiene que haber prosperado
allí… Lewis, ¿qué es lo que escondes?
—Lo
siento.
Ella
se alzó sobre él, pequeña pero muy peligrosa.
—Dímelo.
Postrado
en su caja, él dijo:
—Tengo
a un amigo sobre el Mapa de Tierra. Quiero protegerlo.
—Oboe
no permitiría a otro protector cerca del Mapa de Tierra. No he sobrevivido
tanto tiempo desafiando al amo residente. ¿Qué escondes?
Roxanny
habló.
—Hay
Kzinti sobre el Mapa de Tierra. Lewis me lo dijo. Uno de sus compañeros, un
kzin llamado Acólito, proviene de allí.
—Kzinti
arcaicos —aclaró Luis—. No son los mismos de los ejércitos de la Guerra del
Margen, sino los que tu gente sembró hace eones en el Mapa de Kzin. Ellos
surcaron el Gran Océano en un enorme velero desde su Mapa, y formaron una
colonia sobre el Mapa de Tierra, no hace mucho.
—Mientras
yo estaba bajo depresión —dijo Proserpina—. Dejé demasiado en manos del
anterior residente. Stet. Investigaré a los Kzinti, arcaicos y modernos. Tal
vez podamos llegar a un arreglo. Pero debo encontrarme con el residente actual.
»Esta
noche he de marcharme. Trataré con Oboe, de una manera u otra. Puede que falte
de aquí por varios días. Tec Gauthier, debes hacerte cargo del herido. Lewis,
¿te
175
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devuelvo
tus percepciones?
—Lo
intentaré.
Cuando
el dolor llegó, Luis se preguntó si Proserpina se tomaba represalias contra el
mensajero de las malas nuevas. Pero no había más que dolor, aunque le corriera
de la cadera al talón.
—Menéate
de lado si quieres, pero con cuidado. No separes nada de lo que tienes
conectado. —Proserpina acarició entonces la cabeza del cuadrumano—. Pequeño
Hanuman, ¿querrías venir conmigo?
Hanuman
lo consideró, luego brincó en sus brazos. Ella les miró a todos a los ojos.
—Sólo
os voy a hacer una proscripción. Todo aquello que podáis alcanzar os está
permitido a vosotros, excepto el edificio grande a giro y estribor, y el
continente más cercano a antigiro. Estoy segura de que el edificio grande está
lleno de trampas, colocadas por el anterior morador de este Mapa; yo misma no
me he atrevido a visitarlo. Y el pequeño continente es el sitio donde el
Penúltimo guardó las especies peligrosas de Pak. Los análogos de vuestros
lobos, tigres, piojos, mosquitos, cactus espinados y setas venenosas, las
plantas y criaturas que nunca quisimos entre nuestros criadores. La mayoría de
las especies ya estaba extinguida cuando dejamos las estrellas del Núcleo, pero
salvamos a unos cuantos. Sería mejor haberlos liberado, de haber supuesto que
nuestros criadores mutarían para prosperar en sus nichos ecológicos.
Se
dio vuelta y se retiró, tan silenciosa y suavemente, que fue como si un
fantasma se hubiera evaporado.
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CAPÍTULO
16
REUNIÓN
DE MENTES
¡Ella
le dejaría volar la nave!
Hanuman
se preparó. La silla no era adecuada para él, de modo que la reformó.
Proserpina
lo miraba.
Luego
caminaron hacia el bosque para recolectar una carga de fruta. Rápida como el
rayo, Proserpina arrebató de debajo de un arbusto a un animal parecido a una
comadreja, y le rompió el cuello. Lo cargó a bordo con la fruta y el agua.
Ella
se acomodó sobre un canapé en forma de herradura e improvisó una red de
seguridad. Hanuman estudió el anillo de diales y mandos durante algunos
segundos antes de atreverse a tocarlos. Tenían un aspecto algo arbitrario:
parecían haberse acumulado a medida que hubiera algo nuevo para ser
supervisado.
El
vehículo no era en nada parecido a un aeroplano.
Relajada
como si la hubieran vertido en su canapé, Proserpina lo observó mientras
levantaba vuelo y descendía en picado, giraba en pendiente casi lo bastante
bajo para partirse contra el árbol y el minarete, ascender demasiado rápido,
luego más lento hasta que la vibración debida al viento se disipara, luego
trepar con calma hacia el vacío, donde podría aumentar la velocidad.
La
nave magnética era una maravilla sólo comparable a las que había diseñado Oboe.
Su potencia era alarmante: podría haberse partido fácilmente en mil pedazos. Su
motor era el propio suelo del Mundo Anillo, alimentado por la energía solar que
caía sobre los billones de kilómetros cuadrados de las pantallas de sombra.
Navegando por las líneas de fuerza magnética, su desplazamiento era más
parecido al de un submarino que al de un avión.
No
todos los mandos estaban destinados al vuelo. Hanuman voló durante algún tiempo
antes de intentar cualquier otra cosa. Proserpina lo miraba, pero no interfirió
cuando el pequeño protector manipuló los campos magnéticos yacentes por debajo
del paisaje. El suelo se alzó y cambió. Bajo la estela de la nave, una
corriente de agua comenzó a cambiar su curso.
Hanuman
ya había visto a Oboe manipular tales fuerzas en el puesto de mando del Centro
de Reparaciones. Esa no era sólo una nave espacial: era parte del sistema de
defensa de Mundo Anillo.
Bajo
la guía de la nave magnética, los cables superconductores embebidos en el
177
| P á g i n a
scrith
por debajo del paisaje podían atraer, repeler o modificar todo lo metálico:
meteoros entrantes, naves y misiles invasores, y hasta una tormenta solar o
alguna ocasional ola de letales rayos cósmicos. Hanuman podía manejarse bien
para orquestar tal defensa: había contemplado frecuentemente a Oboe en su
trabajo.
La
tierra por debajo de la nave era sólo una cáscara sobre el vacío. Sabiendo eso
en su tripa, habiendo visto la cara oculta del Mundo Anillo, con sus resaltos
que eran cañones y lechos del otro lado, y los huecos que eran sierras, Hanuman
supuso que nunca se acostumbraría a ello. Sólo ahora comenzó a sentirse el amo.
El
amo, si excluía la presencia de un protector más apto. Proserpina era más apta
que Hanuman. En su etapa de criador, ella había evolucionado en forma más
cercana a la inteligencia; el virus del Árbol de la Vida había hecho su tarea
usando como base un cerebro más grande. Tenía también más experiencia, pero
Oboe era más brillante que ella.
El
permitirle volar la nave era un soborno; Hanuman entendió eso bien. También el
hecho de que con cada movimiento que hacía le estaba revelando secretos.
Hanuman es un maestro piloto, y totalmente prescindible. ¿Qué ha volado?
¿Cuánto habría aprendido sobre él? ¿Cuánto sabría ya? Proserpina se reclinaba,
y asistía a todo en silencio.
Circuló
por la desnuda y cepillada tierra, a medias escondida bajo capas de nubes. El
agujero se había cerrado, pero la atmósfera aun no había fluido totalmente para
llenar el vacío parcial. Dijo a Proserpina:
—Este
cráter hubiera hecho escapar todo el aire del Anillo a las estrellas. Oboe lo
cerró.
—¿Cómo
lo hizo?
—No
puedo decírtelo.
—Me
alegro de que haya encontrado un modo de hacerlo. ¿Cómo llegasteis aquí? No fue
en una nave lo bastante grande para que mis dispositivos la detectasen.
—No
puedo decírtelo.
—Discos
pedestres, ¿verdad? Luis Wu los describió para la BRAZO. Debemos hallar uno.
Muéstrame aquellos restos.
Hanuman
pasó por sobre el enorme globo desinflado que había sido el parche
antimeteoritos de Oboe —ella lo hubiera encontrado sin su ayuda, por supuesto—
y se cernió por encima de los jirones de una tienda presurizada de la BRAZO.
178
| P á g i n a
—¿Aterrizo?
—Sí.
Se
pusieron los trajes de presión y anduvieron por los restos. Él no halló ninguna
razón para no contestar a sus preguntas. Lo que ella le preguntó le permitió
conjeturar un poco de sus pensamientos y objetivos, aunque Proserpina aprendió
más que Hanuman con la conversación.
Amarraron
la pesada cocina-doc de la BRAZO a la rejilla de carga, y alzaron vuelo otra
vez.
El
campo de batalla había sido removido. Proserpina anduvo por él, observando
primero, luego haciendo preguntas. Hanuman trató de ver lo que ella vería. El
sónico no dejaba rastros de salpicadura o señales de quemazón. Había un charco
oscuro cubierto de hormigas allí donde Claus había muerto. Marcas de pezuñas:
unas bestezuelas habían atravesado el sitio luego del combate. Huellas de unas
grandes manos y pies: los Chacales habían acudido al olor de la sangre, pero no
habían hallado nada de comer. La naveta de la BRAZO se llevaría el cadáver de
Claus.
La
aerocicleta estaba vuelta del revés, apoyada sobre el tablero y los respaldos
de los asientos. Había más huellas grandes, alrededor y sobre el aparato. Los
Chacales habían tratado de volarla, pero las trampas de Oboe habían funcionado
bien; ellos lo habían convertido luego en una broma.
—Oboe
es más listo que tú —dijo Hanuman—. ¿Por qué no le dejas hacer lo suyo? Te has
mantenido fuera del juego por una eternidad.
—Debo
asegurarme de su competencia. He de hablar con él.
La
aerocicleta era demasiado pesada para que los dos protectores pudieran ponerla
al derecho. Hanuman se arrastró debajo de ella, activándola. El vehículo se
puso en funcionamiento, se alzó del suelo y se enderezó en el aire.
Hanuman
encendió la holopantalla. Luis debió haber apagado la recepción y dejado activa
la transmisión. Ahora bien, ¿cómo esconder la tardanza debida a la velocidad de
la luz, para ocultar la posición de Oboe?
Hanuman
no vio ningún medio, por lo que dijo abiertamente:
—Ahora
puedes hablar con Oboe, pero él no puede vernos aún. Habrá una demora de media
hora.
—¿Está
del lado opuesto del Arco? La conversación será penosa, entonces… Stet,
comenzaré. ¡Oboe! —y aulló lo que Hanuman le había dicho que era el verdadero
179
| P á g i n a
nombre
del protector Chacal—. Has estado metiéndote con el diseño básico del Mundo
Anillo; tienes que haber conjeturado mi existencia. Mi nombre es… —y siguió un
sonido muy poco musical—. Resido en la Zona de Aislamiento. Luis Wu y tu piloto
están a salvo. Wu ha sido herido, pero se encuentra en curación. Tengo aquí a
la Tec Roxanny Gauthier, de la BRAZO, de la Gente de la Esfera. El kzin Acólito
se ha perdido. Supongo que estará contigo.
»Quiero
intercambiar secretos de fabricación, y acordar una serie de compromisos
contigo. Lo que tengo para ofrecer son algunos datos de la construcción del
Mundo Anillo y de su historia, más lo que pueda extraer de la mujer Gauthier.
Todos queremos proteger al Mundo de aquello que Luis llama la Guerra del
Margen. La prisa lo exige. Necesito que me tranquilices respecto a que podrás
tapar el cráter, si acaso ocurre otra explosión de antimateria. Asegúrame que
puedes mantener a raya a estos intrusos. Hanuman parece experto y apto, pero no
es mejor que sus vehículos. Además, mis descendientes directos…
Proserpina
hizo una pausa, luego continuó.
—Debo
informarme en cuanto al estado del Mapa de Tierra. Dime lo que sepas. Te paso
ahora con Hanuman.
Hanuman
habló con mucho detalle. Entregó meticulosas descripciones de Proserpina y
Roxanny, del Toro Bacota y los guerreros de la BRAZO, de la nave magnética, del
vuelo por sobre el Muro perimetral, del continente en el Mapa de Pak, de la
vegetación local, probablemente importada de Pak, de los no bien ocultos
criados de Proserpina… Concisa como era la lengua de los Amos de la Noche,
habló durante largo rato.
Cuando
se detuvo, no fue porque Proserpina lo hubiera forzado. Él había entregado cada
secreto, y la protector no lo había matado para callar su boca.
Proserpina
saltó de la silla de la aerocicleta.
—¿Cómo
pasaremos el tiempo hasta que llegue la respuesta?
—¿Almorzando?
—sugirió Hanuman.
—De
acuerdo.
Extendieron
fruta sobre la hierba y añadieron una comadreja muerta.
—¿Cómo
supones que la están pasando nuestros invitados? —preguntó Proserpina.
Hanuman
masticó una manzana enana. Citó algo que había leído en la biblioteca de la
Aguja:
—Cuando
el gato anda lejos, los ratones se divierten. ¿Les has dejado un bote para
180
| P á g i n a
navegar,
o algo que vuele? ¿No? Entonces intentarán alcanzar el palacio del Penúltimo.
—No
hay ningún acceso —dijo Proserpina.
—¿Para
ti tampoco?
—He
diagramado las hipotéticas rutas, pero juzgo inaceptable el riesgo. Las
invenciones del Penúltimo no me son de utilidad; no hay nada que pueda
modificar para mi uso. Hanuman, no son más que criadores…
—Buscarán
el modo.
—Hola.
¿Aburrido?
—Un
poco.
—¿Cómo
te entretienes?
—Cuento
mis errores —dijo Luis.
Aquí
está otro. Un joven no puede recordar muchos errores. ¿O sí? No podía
recordarlo, realmente. Había pasado demasiado tiempo.
—¿Somos
amigos todavía?
—Seguro.
¿Por qué no?
Ella
alzó la cabeza, estudiándolo para detectar alguna señal de sarcasmo.
—Lewis,
quisiera que me perdones por haberte disparado.
—De
acuerdo.
—Nej,
sí que lo haces fácil. Podrías haberme pedido que te perdone por Claus.
—Claus
se mató a sí mismo, más o menos —dijo Luis.
—Tu
amigo kzin lo mató.
—A
la primera oportunidad. Stet, ¿por qué no? Escaparse es el deber de todo
prisionero. ¿Por qué, en nombre de la cordura, amenazó Claus a mano armada a un
kzin?
—Estamos
en guerra.
—¿Y
quién declaró la guerra? Roxanny, ¿quién de vosotros decidió apresarme? Podrías
haberme engañado, hacerme dar un paseo… Si lo hubierais hecho así, tal vez
181
| P á g i n a
Acólito
podría haber venido también.
—¿Y
si decías que no?
—¿Eres
una esquizo? —preguntó él, sinceramente curioso.
—¿Qué?…
No ahora mismo.
La
dotación de la BRAZO estaba formada por esquizofrénicos y paranoicos. Todo el
mundo lo sabía. En la vida normal, cualquier médico podía recetar medicamentos
que mantendrían sano a un esquizo, pero en la BRAZO actuaban sin usarlos, al
menos parte del tiempo.
Luis
no dijo más. Roxanny lo fulminó con la mirada.
—Esto
es un ataque personal, ¿no es así, Lewis? No me han diagnosticado
esquizofrenia. No me uní a la BRAZO por ser esquizo; lo hice por la aventura.
—Ah.
—Pero
hube de drogarme con psicomiméticos. No lo hago más, pero los usé durante el
entrenamiento. —Se encogió de hombros—. ¿Quieres dar un paseo?
—No
saldré de esta cosa al menos por dos días más.
—Este
lugar es el Jardín de Edén. Te va a gustar. No hay nada peligroso, y Dios anda
de viaje. Proserpina acaba de marcharse por un rato.
—¿Alguna
idea de adónde fue?
—No.
¿Por qué piensas que se llevó al mono? Primero supuse que le había gustado como
mascota. Luego, que tal vez oliera como uno de sus parientes… ¿Qué piensas de
ello?
—No
creo que huela como un pariente. Al menos, no más que tú o yo.
Se
hizo un corto silencio. Luego:
—Lewis,
¿quieres hacerlo?
Él
sonrió.
—¿En
este estado?
—Vi
que ella apagó el bloqueo de los nervios. ¿Duele mucho?
—No
demasiado. Es más bien una molestia constante.
Él
la miró quitarse la ropa. La suya propia debía haberse quedado a bordo del Toro
182
| P á g i n a
Bacota.
De repente, se sintió indefenso. Y se preguntó qué haría ella si él dijera
«No».
Roxanny
hizo correr las manos por sus pies.
—¿Sientes
esto?
—Sí.
Movió
las manos hacia arriba, en parte masaje, en parte caricia. Donde él se
estremecía debido al dolor, su toque se hacía ligero.
La
excitación nunca desapareció del todo. Entre la Gente Jirafa él había estado
demasiado aturdido y con demasiada prisa. Cuando ella se trepó al doc, él
avisó:
—Si
dejas caer todo tu peso sobre mí, gritaré por ayuda.
—Nadie
te oirá, mi pobre muchacho. Envié a Wembleth para que localice algo que pueda
volar. Vamos a ver si puedo interesarte en esto. Lewis, ¿qué edad tienes tú?
—Doscientos…
—En
serio. —Ella se apretó íntimamente contra él—. A veces pareces mayor. Sabes
cosas que no deberías… —las puntas de sus pezones le despeinaron los pelos del
pecho cuando se inclinó sobre él—. ¿Cómo sabes tú que hay ballenas en el Gran
Océano?
—Mi
padre me lo dijo. Se puede ver con gran detalle bajo el agua, si vuelas lo
bastante alto.
—Ah.
—Me
has estado tratando como un niño, Roxanny. No estoy seguro de que me guste eso.
Tampoco de que no me guste. Pero oye, tú eres definitivamente la responsable
ahora.
—¿De
veras? Entonces, vamos a ver qué tan ágil soy. —Con evidente destreza, ella se
encajó en él—. Tengo más de cincuenta años, Luis. Este autodoc es mi único
suministro del regenerador para el futuro previsible.
—Bueno…,
no saltes con demasiada energía o lo arruinarás.
Ella
se rió. Él sintió la ondulación de los poderosos músculos de su vientre.
—Roxanny,
¿sabías tú que… el complejo regenerador está hecho del Árbol de la Vida?
—¿Qué?
¡No! ¿Quién te dijo eso?
—Proserpina.
Piensa en las implicaciones. Si las Naciones Unidas jugaron con el
183
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Árbol
de la Vida… hace quinientos años… ¿qué más han hecho con ello? Tal vez haya un
protector… dirigiendo la BRAZO.
Sus
ojos se agrandaron.
—No
lo creo. ¡Lewis, quienes están en la superioridad de la BRAZO son todos
esquizofrénicos paranoides! ¡Y ellos no toman sus medicamentos! ¿No puedes…?
—Sigue
moviéndote. Pensé que era sólo un rumor…
—Bueno,
todo el mundo lo dice. Nunca hubieran permitido que un protector los dirigiera.
¡Podría asumir el gobierno de la Tierra!
—Pero
si realmente hubiera un protector suelto, él hubiera dirigido la BRAZO. Y
pensaría como un esquizofrénico paranoide, ¿no es verdad? Roxanny, yo debería
dejar de distraerte…
—Seguro
que deberías. Pensar en la BRAZO no es en absoluto divertido. ¿Se siente bien?
—Oh,
sí.
—¿No
tienes cosquillas?
—Solía
tenerlas.
—¿Un
poco, tal vez?
Él
se rió tontamente.
—No.
No.
Había
dominado sus reflejos táctiles hacía mucho tiempo.
No
había sido tan buena idea, después de todo.
La
imagen de Oboe a través de la holopantalla concordaba con lo que Proserpina
había supuesto: mandíbulas alargadas, una cara desnuda de barbas, grandes
articulaciones en la mandíbula, fosas nasales planas, pómulos afilados: un
Chacal girado a protector.
Oboe
habló en la lengua Chacal. Proserpina se sintió algo confusa, pero sólo por un
instante. Los heliógrafos habían propagado una lengua común. Ella conocía el
idioma escrito, y una versión similar se hablaba cerca de las montañas
derramadas. También había escuchado a Hanuman mientras relataba datos a la
pantalla holográfica. Era sólo un asunto de pronunciación.
184
| P á g i n a
—¿Eres
un corredor de llanuras omnívoro? Me he preguntado mucho tiempo sobre ti. Tu
especie sobrevive aún en el Mapa de Tierra, pero no sin alteraciones…
Proserpina
aulló. Hanuman trepó y se escondió en la copa de un árbol balón, aun antes de
darse cuenta. Pero Proserpina todavía atendía a la pantalla holográfica, y Oboe
aún hablaba.
—Los
invasores Kzinti han estado cruzando los homínidos locales para producir los
rasgos que les complacen. El único de ellos que no sigue esta costumbre es un
extranjero que vino con la primera expedición, llamado Chmeee. Cuida a los
homínidos en su pequeño sector del Mapa, les deja vivir libremente, no come su
carne ni permite que sus criados los dañen. Podríamos solucionar tu problema
más fácilmente si otorgamos el Mapa de Tierra a Chmeee. Trataríamos con él a
través de su hijo, o por medio de su antiguo aliado Luis Wu.
»La
Guerra del Margen es un problema más arduo. Creo que debemos reunirnos. Tú
tienes que conocer el Centro de Reparaciones, y yo no debo dejarte sin
vigilancia.
»Lo
que supuse de ti me induce a creer que has aprendido a no actuar. Tal grado de
autocontrol es raro en uno de nuestra clase. Creo que estaría seguro en tu
presencia, si puedo ofrecerte garantías razonables respecto a tu propia
seguridad.
»Una
garantía que debieras aceptar es tu conocimiento de lo que soy. Los homínidos
en el Mundo Anillo hemos evolucionado como criadores inteligentes. Los de mi
propia especie, los Amos de la Noche, perviven como carroñeros. Por ello,
normalmente consideramos como indeseable el daño infligido a cualquiera de las
razas. Allí donde los otros homínidos viven bien, nosotros también lo hacemos.
Las guerras no son buenas para nosotros; generan una superabundancia de
alimento, seguida de una vasta hambruna. Las sequías tampoco son buenas, por lo
que educamos a los locales para que cuiden el suministro de agua. Los desiertos
no son deseables; los guiamos para que los combatan con la reforestación.
Tomamos medidas para controlar las inundaciones y dispersarlas. Protegemos las
religiones locales, pero las apartamos de las malas prácticas, las guerras
santas, los sacrificios humanos y la incineración. Nos mantenemos comunicados
gracias a heliógrafos, controlados por los pueblos del Muro perimetral.
Mantenemos adecuado nuestro número.
»Si
no encuentro ninguna razón para dañarte, no lo haré. Si requiero de tu buena
voluntad, actuaré en tu beneficio. Aprende lo que puedas de mí, y decide si
vendrás a reunirte conmigo. Enviaré una pila de servicio a una cita con la
aerocicleta guiada por Hanuman.
La
cara de Oboe se marchó, pero el cuadro permaneció: unas estructuras
esqueléticas en primer plano, sobre un fondo de espacio interestelar.
—¡Hanuman!
—gritó Proserpina.
185
| P á g i n a
El
simio protector bajó del árbol.
La
presión de las manos de Proserpina había doblado los apoyabrazos del asiento
delantero de la aerocicleta.
—Mis
descendientes están siendo almorzados por unos grandes carnívoros de color
naranja… —se quejó ella.
—¿Sabías
eso antes de anoche?
—Sabía
que la mayor parte del Mundo Anillo estaba fuera de mi control, y prohibida
para mí. Esto no es lo peor que imaginé, pero lo asumí con mi cerebro, Hanuman,
no con mis glándulas. Ahora dime, ¿qué es una pila de servicio?
—Un
disco pedestre montado sobre unos platos flotadores. Puedo guiarte a través del
sistema de transportadores una vez que ingresemos.
—Deberíamos
echar una mirada a nuestros invitados primero. Tú toma la aerocicleta; yo
llevaré la nave magnética a casa. Tengo algo que hacer.
Caía
la tarde.
—No
es como el rishathra —dijo Luis—. ¿No puedes ver la diferencia?
—Niño,
tú tienes más experiencia que yo en eso —dijo Roxanny—; por eso lo dices. ¿Qué
hacemos para comer?
—Podrías
ir de caza.
—No
tengo ganas.
—Quizá
este sistema fabrique bloques de alimento.
Roxanny
lo revisó.
—Sólo
sopa.
—Hazme
una taza.
Ella
marcó caldo para dos.
—Luis,
¿cómo entrarías tú en aquella montaña?
—Ni
siquiera la he visto. Fantaseo con volver a caminar, no con trepar una montaña
artificial. ¿En qué estás pensando?
—Necesitamos
un transporte —dijo Roxanny—. Incluso en la Tierra, los edificios
186
| P á g i n a
arcológicos
son demasiado grandes para explorarlos a pie. Luego yo me ocuparía de la
seguridad. Los protectores son muy territoriales, según se dice.
—Humm.
Esto está muy bueno.
Roxanny
bebió a sorbos. Era una sopa pesada, granulada.
—Te
cansarás rápido de esto.
—Piensa
en los criadores.
—¿En
qué?
—Los
criadores. Los Pak que aún no se han vuelto protectores. Monos de llanura,
adultos y niños. Corren sin caerse junto a un antílope, mientras lo golpean en
la cabeza con un hueso grande y pesado. Puede que conseguir tal sentido del
equilibrio haya sido lo que les generó un cerebro grande y complejo. Y todavía
pueden trepar. Si hay trampas explosivas en el gran edificio, las habrán
colocado de manera tal que los criadores vivan en paz cerca de él.
—A
menos que sean mantenidos lejos por algo como… pues no sé, ¿una cerca?
—Deberíamos
esperar una cerca —estuvo de acuerdo él—. Roxanny… No vayas sola, ¿stet?
—¿Qué
es eso? Hay luz allá fuera.
—Las
luces de posición de una aerocicleta…
Roxanny
salió para mirar. Al rato volvió, trayendo a Hanuman de la mano.
—Proserpina
debió enviar la aerocicleta a casa en automático.
—Sí,
tiene un piloto automático. Habrá trasteado con él. ¿Dónde está ella?
Roxanny
se encogió de hombros.
—Nadie
estaba a bordo, salvo la bestia.
187
| P á g i n a
CAPÍTULO
17
LA
CIUDADELA DEL PENÚLTIMO
Llegado
el cuarto día, Roxanny le pidió que caminara.
—Falta
otro día aún —le aseguró él.
—Lo
sé, pero las herramientas de diagnóstico dicen que estás casi curado. Ventajas
de tu juventud, adivino. Luis, los soldados saltan del autodoc cuando tienen
que luchar, y les importa un futz el diagnóstico. Y no les hace daño eso.
Luis
se sentía tentado, pero…
—¿Cuál
es la prisa, Roxanny?
—Wembleth
dice que ha encontrado un camino para ingresar en el edificio.
—Ah.
—Tenemos
una aerocicleta, pero no volará sin ti. Proserpina parece haberla arreglado
para sí misma, pero yo aún no puedo. Ella tampoco ha vuelto.
—¿Dónde
está Hanuman?
—En
algún sitio del bosque, atiborrándose de fruta, pienso. ¿Por qué?
—Hay
que vigilarlo…
—No,
no lo necesita. Luis, no sé lo que Proserpina hace ahora, pero no estará lejos
por mucho tiempo.
Por
ello Luis se deslizó del doc. Con una mano apoyada sobre el musculado hombro de
Roxanny cojeó hacia la aerocicleta, donde ya esperaba Wembleth. Sentía pequeños
y agudos dolores a lo largo de su pierna izquierda, cadera y costillas.
—¿Podremos
viajar los tres en esta cosa? —preguntó Roxanny.
—Seguro.
Wembleth puede encaramarse en medio. Yo iré en el puesto delantero.
Luis
tomó asiento, acomodándose con cuidado, buscando la posición del mínimo dolor.
Wembleth trepó lentamente entre él y Roxanny. Había poco sitio, y la salvaje
pelambre del rostro del homínido raspaba el cuello y orejas de Luis.
—¿Qué
has encontrado, Wembleth? —preguntó.
—Un
camino hacia la fortaleza —dijo el hombre.
188
| P á g i n a
—Stet.
Señálame por dónde —dijo Luis, elevando la aerocicleta.
No
era simétrico, ni conscientemente artístico. Parecía una montaña como el
Matterhorn, todo planos inclinados de piedra oscura, con el esplendente brillo
de miles de ventanas. Un amplio llano rodeaba su base, y acababa en un risco
casi vertical que lo aislaba del edificio.
El
llano era una inclinada planicie de oro y negro: líneas y arcos de hierba negra
sobre un campo de oro.
—¿Qué
podrá ser eso? —inquirió Luis.
—Lo
negro se está muriendo —sugirió Wembleth.
—El
color negro es bastante razonable para una planta —dijo Roxanny—. La clorofila
refleja la luz verde. ¿Y si una planta pudiera aprovechar toda la luz? En el
espacio conocido hay algunas que lo hacen.
—Sí,
pero lo de Wembleth también suena razonable. Esos trazos se parecen a… unas
escrituras que hubieran sido erosionadas, en parte borradas. ¿Y qué me dices de
la ingeniería genética? El Penúltimo tal vez plantó esas hierbas por
decoración. Sea lo que fuere, no parecen tan robustas como el heno o el trigo.
Desde
cierta altura, el risco se veía realmente artificial. Luis condujo la
aerocicleta cerca, luego pasó rozando el suelo a lo largo del borde.
—Esto
detendría a los monos de las llanuras —dijo Roxanny—, pero no a un vehículo
volador.
—No.
¿Te sientes afortunada? Los protectores son…
—Territoriales,
lo recuerdo, Luis. ¿Estamos cerca, Wembleth?
—Vuela
más despacio. Sube.
Luis
lo hizo.
—Allí
—dijo Wembleth, cuando volaban a lo largo del borde del risco—. A la izquierda,
hacia estribor.
La
hierba sobre la inclinada llanura podría ser tomada por un césped, si no fueran
tan grandes las plantas. Algunos de los patrones cambiaron bruscamente en la
enorme extensión. ¿Acaso el viento? Luis tomó prestadas las gafas
magnificadoras de Roxanny. Con su ayuda pudo distinguir a miles de criaturas
parecidas a ovejas amarillas.
189
| P á g i n a
Por
delante de su vuelo, el risco de roca se había derrumbado. El suelo por encima
se había derramado luego sobre las piedras.
—¿Un
temblor? Wembleth, ¿qué cosa puede generar temblores de tierra sobre el Mundo
Anillo?
Wembleth
se encogió de hombros.
—¿Un
meteorito? —sugirió Roxanny.
—No
veo ningún cráter.
—Entonces
piensa en esto, chico: tenemos aquí la fortaleza de un protector. ¿Y si algún
otro protector quiso entrar?
—Eso
debió ser mucho, mucho tiempo atrás… —dijo Luis. Una ecología entera, distintas
variedades de hierba y un bosque de árboles balón había invadido la roca y la
tierra caídas—. Pero… Mirad, aquel rastro es nuevo.
Comenzaba
con una serie de huellas chamuscadas en los árboles, por debajo de la cuesta
demasiado empinada que había sido un muro. Esos puntos dispersos se convertían
en un surco recientemente carbonizado, que viboreaba a través del césped y
luego se elevaba aún, trepando por las curvas paredes de la Ciudadela.
—No
nos hemos equivocado respecto a las defensas —dijo Luis—. Alguien trepó esa
cuesta, y el armamento defensivo disparó contra él todo el camino. Wembleth,
¿cómo hallaste esto?
—Roxanny
me envió para echar una mirada. La cuesta se veía peligrosa. Algo debía haber
hecho todo este daño. Subí a un árbol para ver mejor. Mira, el rastro sigue a
través de aquellos agujeros en la pared.
—Si
seguimos el mismo camino estaremos más seguros —dijo Roxanny—. Todas las
trampas explosivas habrán sido ya activadas.
—¿Estás
segura? Bueno, entonces no habrá que encender el escudo sónico. —¿Tienes un
escudo de alguna clase? ¡Stet, actívalo!
—Intentaba
ser sarcástico. Roxanny, es de locos entrar allí. Es el castillo de un
protector. No hay manera de saber qué trampas él… ¿Cómo lo llamó Proserpina?
—El
Penúltimo. Fue el anteúltimo sobre este mar de mapas. Podría haber un millón de
milagros allí dentro, Luis… No podemos volvernos atrás ahora.
Es
fácil sentirse cobarde cuando uno no puede luchar y tampoco correr. Luis miró
detrás de él, buscando un aliado…, pero la postura de Wembleth era la de
avanzar, tan urgido e impaciente como Roxanny.
190
| P á g i n a
Luis
conectó el escudo sónico. No podía verlo actuando; no se movían a velocidad tan
cercana a la del sonido como para apreciar el efecto.
A
las ovejas amarillas, escondidas bajo la hierba, las habían estado rodeando
unos animales oscuros. Ahora corrieron directamente hacia la aerocicleta,
gruñendo locamente. Semejaban unos horribles lobos.
Esos
animales seguramente ahuyentarían a cualquier Homo habilis que se animara a
llegar tan lejos. Luis pasó rozándoles las cabezas, siguiendo el camino trazado
por la hierba chamuscada.
Era
un tiempo de sorpresas, después de eones de previsibilidad. Proserpina aterrizó
la nave magnética en la base, y encontró:
No
estaba la aerocicleta.
Todos
se habían ido.
Se
reencontró con Hanuman entre los árboles frutales. Él no sabía que faltaba la
aerocicleta, pero su conjetura fue la misma que la de Proserpina. Corrieron a
la nave rejilla y partieron hacia la Ciudadela del Penúltimo.
A
medida que Luis seguía el camino de destrucción, encontraron sitios donde las
defensas del Penúltimo habían arruinado la gruesa pared de roca, y a pesar de
ello las ventanas seguían en su sitio o habían caído intactas al suelo. Los
cristales eran hexágonos del tamaño de un hombre. Eran más duras que la piedra.
¿Diamante?
Luis
podía presentir unos sensores mecánicos observándolo.
Lanzó
la aerocicleta por un hueco del tamaño de un yate velero.
Un
sonido les golpeó. Era como el alarido de un millón de voces enojadas gritando
de modo incomprensible, afortunadamente amortiguado por el escudo sónico. Una
luz ardió hacia ellos, atenuada por las gafas magnificadoras que Luis había
olvidado devolver. Detrás de él, Wembleth y Roxanny habían ladeado sus cabezas,
con los ojos estallando en lágrimas. Luis buscó el escondite más cercano: un
agujero derretido en una segunda pared. Parecía demasiado pequeño para el
escudo sónico… De modo que lo apagó, gritó contra el sonido, pasó a través y
volvió a conectarlo.
El
rugido bajó en intensidad, y lo mismo hizo la luz.
Se
encontraban en medio de un revoltijo de maquinaria, en un corredor curvo de
veinte metros de ancho y mucho más de alto. Algunas máquinas eran altas y todo
191
| P á g i n a
vigas,
como grúas de construcción. Otras parecían a medio terminar. El lugar era
similar al taller de Oboe —o el de Bram—, pero más atestado.
—Esperaba
que quien pasó por aquí hubiera derribado las defensas —dijo Roxanny.
Ella
se frotaba los ojos. Wembleth parecía estar bien, pero…
—¡Este
hedor! —dijo Roxanny—. ¡Como el de un circo!
Ella
tenía razón, aunque «Lewis» no podía haber visto nunca un circo.
—Huele
como cuando los Carnívoros Rubios salen de cacería —dijo Wembleth—.
No
lo entiendo.
Era
horrible, aún con el escudo sónico dejando pasar muy poco de ello.
—¿Será
el olor de las panteras del planeta de Pak? —sugirió Luis—. Todo esto parece
haber sido preparado para ahuyentar a los criadores…, el olor, las luces y el
ruido. Me pregunto a qué olerá, para un protector. Este hedor a muchedumbre sin
lavarse podría ser de los niños de alguien, millones de ellos. Tal vez mil
protectores enojados huelan como esto… ¡Eso es! Esto es una advertencia para
protectores.
—También
para nosotros —dijo Roxanny—. Es tiempo de…
Wembleth
saltó de la aerocicleta desde un metro de altura, y aterrizó con facilidad,
doblando sus rodillas para absorber el impacto. Luego corrió a gachas,
zigzagueando entre las máquinas y bultos, siguiendo las huellas medio
derretidas que punteaban el suelo. Miró atrás hacia a la aerocicleta, y agitó
alegremente los brazos sobre su cabeza.
—Estaba
a punto de decir que es tiempo de continuar a pie —terminó Roxanny—. Sigamos a
Wembleth. Directamente detrás de él, Luis. Nada de atajos. Creo que hace lo
correcto; no debemos mostrar demasiado blanco a un posible disparo. Y… tampoco
te muevas demasiado cerca de él.
—Stet
—refunfuñó Luis—. No será inteligente estar muy cerca cuando algo creme al
pobre bastardo.
Pero
el rastro derretido condujo a Wembleth alrededor de la curva del corredor, y
luego las huellas treparon por una pared. Ya no se podía seguir a pie. Pidió
que acercaran la aerocicleta y subió entre ellos, señalando sobre la oreja de
Luis:
—Allí
arriba.
El
rastro de la ráfaga había abierto un camino en lo alto. Luis miró a Wembleth,
luego a Roxanny. Ella se encogió de hombros.
No
había ninguna forma de llegar cubierto. Luis lanzó el vehículo directamente a
192
| P á g i n a
través
del hueco y lo dejó caer por gravedad. Un rayo —no un láser, sino un chorro de
plasma— disparó hacia el agujero luego de que ellos hubieron pasado, y los
siguió en su descenso hasta morir en un laberinto de rampas. La pared sufrió un
colapso bajo su furia, una docena de metros demasiado arriba para dañar a la
aerocicleta.
Ahora
estaban profundamente adentrados en la montaña artificial. La enorme cavidad
interior era un espacio casi del todo vacío, cruzado por un laberinto de rampas
de tamaño descomunal. Luis se preguntó si habría sido ideado como una zona de
entrenamiento para guerreros. Aun si lo fuera, también había otras cosas
notables. Como Roxanny había supuesto, encontraron maravillas. De un lado, toda
una hilera de toscas máquinas flotaba por levitación magnética o gravítica. Más
allá, unos rayos de luz en medio de una neblina de polvo se curvaban al pasar
por un foco centelleante. Había armas —o quizá grupos de instrumentos— montados
en los sitios en que dos rampas se cruzaban. Y todos los artefactos se veían
arruinados por el calor.
Luis
se sintió tentado a desviarse del camino de destrucción. Roxanny tenía razón,
muchas armas habían hecho pedazos las cosas aquí… pero aún podía sentir los
sensores buscándolos. ¿Los esperaban con algo más allá?
Flotó
cruzando una rampa destruida hacia un ennegrecido tramo de escaleras. Era
estúpido suponer que alguna de las trampas no se repetiría, a pesar de que el
optimismo de Roxanny parecía justificado hasta ahora. De pronto, un arma de
proyectiles hizo llover trozos de metal sobre ellos, pero el escudo sónico los
desvió mientras Luis guiaba la aerocicleta al abrigo de otra rampa. Luego dejó
el camino para girar alrededor de una pared caída. Algo explotó con luz
deslumbrante; el sonido apenas los alcanzó.
—¡Esperad!
—dijo Wembleth—. ¿Qué es aquello?
Aquello
era una zona de guerra, iluminada como un anuncio holográfico. Unos escombros
parecidos a una pila de tortillas estaban colocados bajo la deslumbrante luz…
derretidos, pero no completamente fundidos. Esos escombros habían sido una de
las pilas de servicio de Oboe. Un láser instalado en una pared, muy por encima
de ellos, bañaba los escombros con una luz blanco perla. Cuando Luis movió la
aerocicleta para acercarse, el láser se apagó.
La
pila todavía brillaba al rojo blanco, pero lucía de color negro en la cima.
Esas placas flotantes ya no volarían después de tal tratamiento. Pero el disco
pedestre…
Oculta
ese pensamiento.
—El
final del rastro —dijo Luis.
—Sí
—concedió Roxanny—. Yo diría que esa cosa es lo que hemos estado siguiendo, y
también diría que estaba armada. Allí abajo… —y señaló al pie de la pila—
193
| P á g i n a
.
Lewis, ¿qué ves allí?
—Más
maquinaria derretida. Un brillo de lentillas… ¿Un cañón láser?
—Armas,
y un escudo protector. Quien haya entrado lo hizo sentado como una gorra sobre
esa cosa. Debe haber disparado sobre todo lo que lo atacó, destruyéndolo…
—Todo
excepto este láser, Roxanny. Esa última arma lo acabó.
—¡Esa
última arma se agotó hace apenas diez segundos! Todo lo que se había dispuesto
para hacernos daño ha sido destruido. ¡Lewis, Wembleth, tenemos una posibilidad
perfecta para seguir explorando!
Parecía
demasiado fortuito para ser creíble.
—Tú
dices que el láser quedó fuera de uso. ¿Y si sólo se detuvo?
—¿Cuál
es tu punto?
—Vámonos
a casa ahora. Mantengámonos en el camino, pero fotografiemos todo. Desandemos
la ruta. Estudiemos lo que tenemos. Mostrémoslo a Proserpina, si no podemos
solucionarlo por nosotros mismos…
—Lewis,
¿para qué hacer tales cosas? ¿De qué nos serviría?
—Podría
señalarnos otro camino para entrar —adujo Luis—. ¿Tienes tú una mejor idea?
—Apearnos,
y mirar alrededor por nuestra cuenta. Lewis, si vamos a pie pareceremos unos
criadores… De hecho, somos criadores. Dudo mucho que las defensas disparen
contra un criador a pie —dijo Roxanny Gauthier.
—Los
criadores van desnudos. ¿Hemos de desnudarnos?
—Tú
estás desnudo ya.
—Y
tú ya estás esquizo.
Luis
giró la aerocicleta y emprendió el viaje de regreso. Aquella última andanada de
plasma había quemado un agujero de tan agradable amplitud en la pared, que
llegaba hasta el nivel del suelo. Sería más sencillo salir que lo que les había
resultado entrar.
Wembleth
lo tomó del hombro.
—Mira
allá arriba. Plantas.
Lejos
por encima de sus cabezas, la vegetación colgaba de los bordes de una rampa.
Parecía un lugar realmente atípico para instalar un jardín.
194
| P á g i n a
—Conocemos
una salida —insistió Luis—. Y sólo una.
Roxanny
sujetó su brazo. Su voz intentaba ser tranquilizadora.
—¿Qué
te preocupa, Lewis? Mira, esta rampa es tan amplia como una autopista. Sólo
llévanos hacia arriba. Si algo nos ataca, retrocedemos aquí, y estaremos de
vuelta sobre el camino seguro. ¿Stet? Vamos, ve hacia arriba.
Las
rampas no tenían bardas de protección, pero Luis no dijo nada. Roxanny lo veía
como un cobarde, y de alguna manera él no podía soportar esa idea. Envió la
aerocicleta directamente hacia arriba.
Nada
disparó sobre ellos.
Una
selva de color verde se desbordaba por ambos lados de la rampa superior.
—Las
armas tampoco dispararían sobre las plantaciones —conjeturó Roxanny—.
Eso
debió ser el suministro de alimentos del Penúltimo.
—Tú
no sabes nada de eso, ¡y arriesgas nuestras vidas!
—Eso
es lo que hacemos todo el tiempo los detectives de la BRAZO, Lewis. También es
nuestra última posibilidad de aprender algo sin Proserpina al mando. ¡Y ella no
es mi oficial superior! Llévanos allí, Lewis.
—¿A
la selva?
—Sí.
Él
comenzó a girar hacia allí, y algo los encontró.
El
escudo sónico reverberó como una gran campana, y siguió sonando. Luis gritó
contra el sonido. Anuló el motor de ascenso, y rogó que Roxanny no se hubiera
equivocado respecto de la salida. La aerocicleta cayó, y en medio de la caída
él dio potencia y atravesó el agujero.
A
partir del momento en que quedó a la vista de la Ciudadela, la nave magnética
fue detectada. Proserpina trabajó duro para atenuar las longitudes de onda que
reflejaba la nave. Cuando se acercaron a la montaña, algo vino hacia ellos:
unos proyectiles repicaron sobre la nave, luego se desviaron lejos. Un rayo
cayó luego, y también se desvió. Hanuman siguió volando; era todo que podía
hacer mientras Proserpina combatía.
Su
camino no estaba en duda. Esperó que la Tec Gauthier hubiera seguido la ruta
marcada por la quemazón. De todos modos, aunque lo hubiera hecho todavía podía
morir de cien maneras distintas, y sus compañeros también.
195
| P á g i n a
—¿Sobrevivirán?
—preguntó.
Proserpina
no contestó. Sus campos arrancaron cuidadosamente una sección de la pared.
Había un muro interior, y también lo abrió. Una luz llameó y se apagó. Hanuman
vio algo parecido a una colmena. Proserpina llevó la nave adentro.
Luis
sintió unos fuertes brazos a su alrededor, depositándolo sobre una superficie
plana. Todo le dolía.
Los
dolores le eran familiares: las heridas de las que había estado curándose, más
un golpe en su mandíbula y un silbido en sus oídos. Abrió los ojos. Roxanny
alzaba a Wembleth y lo colocaba en el asiento de delante; unos hilos de sangre
corrían de la nariz y oídos del homínido.
—¿Estás
despierto? —gritó ella. Él apenas podía oírla—. Ven, ayúdame con él. — Levantó
al homínido, sentándolo correctamente, e intentaba conectarlo a los sistemas
médicos—. Nosotros teníamos redes de accidente —dijo ella—, pero él no. Puede
haberse roto el cuello, o incluso la columna. Mira, tiene una hemorragia nasal…
—Tú
también —gritó él.
Ella
lo miró.
—También
tú. Adivino que debió ser el sonido. Nej, ¿está muerto?
Luis,
ayudado por Roxanny, terminó de acoplar a Wembleth al sistema médico. Las
lecturas titilaron.
—Está
vivo —dijo Luis—. Tiene traumatismos por todo el cuerpo. Se sentirá como yo
cuando se despierte.
—Esto
le proveerá con el complejo regenerador, ¿verdad?
Aquella
antigua marca registrada…
—Sí.
Wembleth nunca ha usado el complejo regenerador antes. Y creo que él es viejo,
Roxanny. Probablemente necesite el suministro entero.
—Nej.
Ese habría sido mi suministro. Bien, Lewis, pon las manos sobre los mandos.
—No
podremos volar en esta posición. Deberíamos sentarnos en los asientos —dijo
Luis, mientras hacía lo que ella le pedía.
—Lo
sé.
Ella
puso sus propias manos en el comando de vuelo y el teclado numérico.
196
| P á g i n a
Encendió
el motor de despegue, y entonces empujó a Luis con fuerza en el pecho. Él voló
hacia atrás en el aire.
Cayó
desde una altura de dos metros, y golpeó la roca. Una marea de dolor se volcó
sobre él. Apenas podía respirar. Vio que la aerocicleta se alzaba, y quedaba
suspendida en el aire.
—Tú
eres Luis Wu —dijo Roxanny, inclinándose desde el asiento de popa para
encontrar sus ojos—. Tienes doscientos cincuenta años de edad. Eras sirviente
del titerote de Pierson hasta que cambiaste de amo, y ahora sirves a alguien
que no me interesa describir…
Gimiendo
de dolor, Luis se alzó sobre sus rodillas, luego procuró ponerse de pie.
Intentó estirarse para atraparla, pero la aerocicleta ya flotaba fuera de
alcance. Los mandos no deberían haber respondido a otras manos que las suyas.
Tal vez Proserpina había eliminado el sistema de seguridad para poder usarlo
ella misma.
Preguntó
Luis:
—¿Qué
sucede contigo?
—Hice
que Proserpina me lo dijera, aunque ya lo había adivinado, Luis. Hay demasiadas
cosas erróneas en el modo en que actúas. Me has tomado por tonta…
—No,
Roxanny, no. Preferí ser tratado como un muchacho, siendo joven otra vez. ¡Nada
de responsabilidades! Roxanny… —Luis Wu huía de la BRAZO… pero no podía decirle
eso. Había muchas otras cosas que ella no podía saber, porque Luis quería
seguir libre. De modo que le dijo—: Roxanny, yo te amo…
Ella
señaló hacia la masa que todavía brillaba al rojo.
—¿Qué
es eso?
—Una
pila de servicio. Una serie de placas flotantes, de… de otra parte del Anillo.
—¿Y
las armas? Aquéllas.
—No
lo sé.
Pero
podía suponerlo. Oboe debía haber perdido alguna pila de servicio cuando la
envió a explorar la Ciudadela. Había armado otra y había entrado en ella, y
ésta llegó tan lejos como pudo.
—¿Y
eso de color plata que está montado arriba?
Él
no podía decirle la verdad.
—Es
un disco pedestre de los titerotes, ¿no es así? —preguntó ella—. Y eso envía
197
| P á g i n a
la
luz, las balas y cualquier cosa que caiga en él hacia algún otro sitio. Eso
significa que funciona todavía, y por eso funciona todavía…
—¡Es
muy peligroso! ¡Roxanny, no tienes ni idea de adónde conduce eso!
—¡Me
has mentido todo el tiempo! No soy una niña —Roxanny lo estudió—. Al principio
no creí en lo que me dijo Proserpina, porque no me habías hecho el amor como un
hombre mayor. Pero luego te probé, y lo hiciste.
—¿Y
cómo puedes tú saberlo?
—Había
un profesor.
—Roxanny…
—Bien,
ya es peligroso quedarse aquí. Pienso que habrá que intentarlo.
La
aerocicleta se elevó y se deslizó de lado.
La
arruinada pila de platos brillaba de un color rojo apagado. La superficie por
encima era de color plata mate. Roxanny dejó caer la aerocicleta hacia allí y
desapareció.
Estaba
vuelta del revés, y caía. El aliento de Roxanny se derramó en un largo y
silencioso grito. Caía a lo largo de una roca lisa, roja y vertical, hacia la
arena de color ocre, muy abajo. Debajo de sus pies había un cielo azul marino,
con trazos rosados.
Entonces
la aerocicleta se corrigió y comenzó a elevarse otra vez, pero su grito
permaneció. Había surgido en Marte, con el escudo sónico desconectado. En el
vacío tienes que gritar, o tus pulmones estallan.
¡Marte!
Era
ridículo. Insano. Pero ella conocía el lugar, se había entrenado en Marte. Sus
sentidos giraron y encontraron el Arco, el Mundo Anillo elevándose sobre ella.
Entonces… no estaba loca de remate; este sitio no era Marte sino el Mapa de
Marte, ubicado en el Gran Océano, al otro lado del Anillo. Pero ella y Wembleth
estarían muertos en minutos, en una atmósfera que sería un buen veneno si no
fuera demasiado tenue para que importara.
La
sangre que todavía brotaba de su nariz se estaba espumando. La boca de Wembleth
estaba abierta en un largo grito; se había prendido de los mandos de la
aerocicleta como si estuviera estrangulando a alguien.
El
vehículo se detuvo en su ascenso por debajo de un disco solitario, plateado por
encima, igual que el que ellos habían atravesado: un transportador colocado en
198
| P á g i n a
posición
invertida.
Wembleth
extendió la mano, jalando del umbilical que lo ataba al autodoc de la
aerocicleta. Golpeó con un puño en el borde del disco pedestre. El borde saltó,
y apareció un teclado. Su puño aporreó los botones. Entonces tomó los mandos de
la aerocicleta, y el vehículo cayó, se enroscó en el aire, y se elevó para
tocar la superficie inferior del disco pedestre.
Había
aire, y un cielo azul celeste.
Roxanny
sorbió el aire, jadeando por un rato. Luego dijo:
—Estupendo…
—un crudo susurro emitido por su garganta. Abrazó a Wembleth—. Estupendo. Nos
has salvado. Aquella cosa habría venido tras de nosotros. También Proserpina. Y
Lewis… Luis Wu. —Luego de un largo momento levantó la cabeza—. Has tocado los
controles al azar, ¿verdad? Me pregunto dónde estaremos.
Se
podía ver todo alrededor. Estaban en una diminuta isla, en medio de un mar
plano y tranquilo. Sólo malezas crecían allí. Parecía un lugar seguro para
dejar un disco pedestre y su pila de platos de servicio.
Roxanny
abrió la tapa de los controles y tocó varios de ellos.
—Listo
—dijo—. Vamos a ver si nos encuentran ahora.
Luis
se tambaleó hacia la pila de servicio. Lo haría mejor si tuviera un bastón o
una muleta. Se detuvo a unos metros, porque el calor era demasiado fuerte.
Tenía que ir detrás de ella… pero no podía acercarse. Se sentó para pensar.
¿Saltar
al disco pedestre desde la altura de una rampa? Oh, sí, seguro…
La
pila de servicio no se mantendría caliente por siempre… pero tardaría mucho en
enfriarse. ¿Un día, quizá dos? Tendría que alimentarse mientras esperaba.
En
un minuto más, comenzaría a subir hacia el jardín colgante.
Una
luz chisporroteante lo despertó. Se había dormido, o tal vez desmayado. Miró
sin sorpresa la nave de Proserpina descendiendo; unos láseres le disparaban
desde una docena de direcciones. La nave rejilla vaciló. Entonces todos los
láseres explotaron en bolas de fuego, y la gran nave se cernió sobre él.
Hanuman,
en traje de presión, surgió de la abierta escotilla.
—Se
fueron por allí —explicó Luis—. Tengo que seguirlos, pero está demasiado
caliente. ¡Espera!
199
| P á g i n a
Hanuman
brincó. Aterrizó sobre el disco pedestre y se había ido.
¿Qué
lo había puesto en funcionamiento, de todos modos? ¿El calor del plasma? ¿Un
aleatorio balazo? Debió haber sido algo así. ¿Por qué iba Oboe a dejar aquí una
pila de servicio con el disco pedestre abierto? Luis vio ahora a Proserpina en
la escotilla, llevando puesto su traje de presión.
—¡Cuidado,
aún está en funcionamiento! —le gritó.
Ella
se lanzó hacia el disco pedestre y también se fue.
La
nave rejilla dio la vuelta, tanteando a ciegas. Luego se alzó hacia el agujero
en la pared, desapareciendo por él.
Luis
se preguntó qué tan grande era el problema en que se encontraba.
Todos
lo habían abandonado. No se había sentido tan solo desde… Bien, no podía
recordarlo. Roxanny lo había dejado atrás. ¿Cómo podría explicarle él…? ¿O
acaso ella había entendido demasiado bien?
Había
pensado en ella como su mujer, signada por el destino; la única hembra Homo
sapiens en una inmensidad del tamaño de tres millones de mundos…
Pero
Roxanny se había llevado la aerocicleta, y Proserpina había programado la nave
magnética para que volviera a casa. Luis estaba a pie.
Era
noticias buenas y malas. Le esperaba un largo camino hacia las fuentes de
alimento, pero al menos sería todo en descenso. No se moriría de hambre. Las
defensas del palacio del Penúltimo tampoco lo atacarían, si había que dar
crédito aún al análisis de Roxanny: sería detectado como un Homo habilis
vagabundeando. Ya estaba desnudo, incluso.
Pero
tenía que hallar agua, y lo más pronto posible.
Debía
haber alguna reserva de agua allá afuera, para que aquella enorme llanura se
mantuviera tan verde. De hecho, sabía dónde había agua, y era más cerca aún: no
lejos por encima de su cabeza. Su mirada echó a correr por las rampas vecinas,
las que llevaban a los jardines colgantes.
Comenzó
a andar. Nada le disparó. Tal vez Proserpina hubiera acabado con lo que quedaba
de las defensas del Penúltimo.
Descansó
cada vez más con frecuencia. Por último, avanzaba penosamente. Un bastón le
hubiera sido realmente útil. Tal vez hallara un árbol joven en el jardín
colgante; se procuraría uno. Una vez conseguida el agua, de vuelta a la base de
200
| P á g i n a
Proserpina.
Subiría al doc de la BRAZO, y acabaría de curarse. Ya pensaría qué hacer
después.
Hum.
Conocía aquel aroma…
Había
encontrado… ¡el suministro de Árbol de la Vida del Penúltimo!
Fue
una gran cosa, pensó vertiginosamente, el que no hubiera conseguido aterrizar
la aerocicleta en el jardín. Roxanny habría comido de las raíces. Ella era… tal
vez mayor de lo conveniente, o tal vez no, por las décadas ganadas con el
complejo regenerador. Se hubiera convertido en protector, o tal vez hubiera
muerto. Wembleth habría comido también, imaginó; el elegante pelaje blanco y
negro del nativo podría ser signo de edad avanzada.
El
agua, manando desde arriba, caía sobre la rampa y corría entre las
plantaciones. Luis se introdujo en el canal y avanzó por el líquido sobre sus
manos y rodillas; la superficie rozaba su vientre.
Sólo
se detuvo una vez, cuando descubrió cierta tela brillante bajo sus rodillas.
Descubrió que era una falda de mujer, con un holograma que corría todo
alrededor: potros salvajes corriendo por las colinas de Wyoming, una y otra
vez…
No
había manera de saber cuánto tiempo había estado allí, en el fondo del canal.
La tela era buena, no se pudrió. Teela había tenido una falda como ésa; la
había comprado en una tienda de Phoenix. Luis avanzó a gatas otra vez.
Se
introdujo lentamente en el jardín, chorreando agua, arrastrando la falda detrás
de sí. Había árboles: podía tirarse a sus pies. No había sólo el Árbol de la
Vida aquí. Vio frutales, alubias, mazorcas de maíz del tamaño de un puño…. Se
arrodilló y comenzó a
cavar.
Tiró
de una raíz amarilla, le quitó la suciedad, y le clavó una dentellada. Era como
masticar madera.
Esto
era dos veces insano. Era demasiado joven. La nanotecnología del autodoc de
Carlos Wu lo había vuelto demasiado joven. No tenía ninguna razón para estar
interesado en el Árbol de la Vida. Además, eso podría matarlo…
Pero
continuó comiendo.
201
| P á g i n a
CAPÍTULO
18
EL
SUELO DEL MUNDO ANILLO
Al
sentir la gravedad invertida, Hanuman se sujetó del borde del disco pedestre
con una mano y un pie. Rocas como dientes, coloreadas de herrumbre, esperaban
lejos por debajo de él. Pero por millones de falans su especie supo cómo
arreglárselas con las caídas.
Cuando
apareció Proserpina, Hanuman la tomó por el cinturón, pero no fue necesario:
ella también se había prendido del borde del disco.
—Una
trampa —dijo. Se lanzó hacia una roca de color ocre—. Muy burda. ¿Para los
extranjeros?
—Oboe
es cuidadoso —dijo Hanuman—. Algo podría llegar desde el bastión del Penúltimo.
Proserpina… Oboe nos dijo que esperáramos, y nos ha enviado una pila de
servicio.
—Sígueme
—dijo Proserpina. Ella se balanceó colgada del borde del disco pedestre y
golpeó contra su superficie. Nada pasó—. Gauthier ha cambiado la conexión.
—Conozco
los protocolos —Hanuman liberó una mano, abrió la cubierta de los mandos y dio
un toque rápido—. Pero perderemos el contacto con Gauthier. ¿Te preocupa dónde
fueron la Tec y el nativo?
—Ella
cambiará los ajustes otra vez. Están perdidos en la red. Vámonos.
Hanuman
se balanceó y estaba en otra parte.
Bajo
un hemisferio de cielo artificial, un sol rojo yacía contra el horizonte, bajo
y aplanado. El llano se estiraba alrededor de Hanuman, con un lago y un bosque
achaparrado en la distancia.
Proserpina
apareció detrás de él. Ella echó una fija mirada hacia el sol menguante. —¿Hubo
aquí un protector nacido en un Mundo Esfera? —Sí. No conozco los detalles —dijo
Hanuman.
—De
repente tengo mucha hambre —dijo Proserpina, y comenzó a trotar hacia los
árboles.
202
| P á g i n a
—Sospecho
—comentó Hanuman— que los protectores perdemos el apetito cuando tenemos poco
que proteger. ¿Has estado ociosa por mucho tiempo?
Corrían
entre gramíneas amarillas, y Hanuman se retrasó un poco. Había reconocido los
árboles que había delante.
Sus
memorias como criador eran oscuras. Recordó que estaba viejo y lento, y sus
articulaciones comenzaban a doler. La manada había luchado contra un intruso.
Hanuman, el más feroz de los machos, se acercó lo bastante para inhalar un olor
que le provocó una rabia de hambre. Había comido en forma estúpida, luego se
durmió, y entonces… despertó en un sitio como éste, una caverna abierta
profundamente bajo tierra, con un pequeño bosque transplantado y un sol
errante. Su propio bosque para mantenerlo alimentado, y una serie de
rompecabezas para entrenar su mente recién desarrollada.
Los
árboles eran frutales. Unas plantas bajas crecían en los bordes del
bosquecillo. La vida del Mundo Anillo era la vida de Pak, y todo lo que había
allí era comestible. Las nudosas manos de Proserpina se clavaron en el oscuro
suelo. Extrajo una raíz amarillenta de la tierra y comió, y dio otra a Hanuman.
—Dónde
está Oboe? —preguntó.
—No
puedo llamarlo. —El traje de presión que Proserpina había fabricado para él era
una rápida chapucería. No le sentaba bien, y tampoco tenía comunicación con
Oboe—. Ya nos encontrará —dijo Hanuman.
—Estuve
atrapada en un mapa de Pak, en soledad, por más de un millón de falans —relató
ella—. Cuando mis hermanos Pak dejaron de supervisar el paisaje del Mundo
Anillo, yo me mantuve vigilando el Centro de Reparaciones, verificando la
existencia de protectores allí. El Centro ha permanecido activo, y por ello he
permanecido pasiva. Soy la última defensora; un día seré necesaria. No parece
haber llegado mi hora aún, pero… tengo que asegurarme. Debería explorar. ¿Dónde
puedes llevarme, Hanuman?
—Tu
interés principal pasa por la invasión a nuestro sistema, ¿verdad?
—Sí.
Hanuman
hizo unos ajustes.
—Ven.
Ahora
estaban en un espacio enorme, oscuro y de forma elipsoidal.
Las
estrellas brillaban realzadas, sin impedimentos, en paredes, suelo y techo. Las
naves espaciales era más difíciles de ver. Oboe había puesto parpadeantes
círculos
203
| P á g i n a
alrededor
de las que había encontrado; podía ser que hubiera otras. Miles de naves, y
cientos de miles de puntos diminutos que parpadeaban: sondas.
Proserpina
giró la cabeza, lentamente, observando.
Tres
brazos grúa balanceados terminaban en sillas equipadas con teclados de regazo.
Todas las sillas estaban vacías.
Hanuman
rompió el silencio:
—¿Quieres
ver…?
—Calla
—dijo ella, y siguió analizando el sitio.
Discos
pedestres: uno allá a la vista; aún no podía prestar atención al que estaba
debajo de ella. Armas y cámaras: no detectó ninguna. Las proyecciones del
universo podían enmascarar algunas.
Si
Oboe atacaba lo haría desde arriba, y Hanuman lo secundaría. Estaba lista para
el desafío…, pero eso no era más que una respuesta natural. Hablando de manera
realista, si Oboe buscaba su muerte, la conseguiría.
—¿Conoces
de quiénes son esas naves? —preguntó a Hanuman.
—Conozco
a algunas de ellas.
Hanuman
señaló unas cuantas: titerotes, trinocs, forasteros, Kzinti, las de la BRAZO,
de los Sheathclaws…
—Algunas
sólo observan —dijo Proserpina—. Otras están en formación de ataque. Eso es
malo. La BRAZO ganaría si golpeara aquí y allí… —su voz vagó lejos—. Y los
restos de esta nave, o de ésa otra, podrían golpear el Mundo Anillo. Ese
diseño… confina el combustible de antimateria en la popa, ¿verdad? ¿Ha pensado
Oboe en destruir todas estas flotas?
—Oboe
lo considera todo.
—Pero
no conozco sus herramientas. ¡Debe haber pensado en algo! Alguna otra cosa,
aparte de la defensa contra meteoros. No podré decidir nada hasta que conozca
con qué podemos luchar. O huir.
—¿Huir?
—dijo Hanuman.
—Sólo
especulo.
Proserpina
caminó siguiendo la curva de la pantalla mural. Bajo una luz deslumbrante
encontró el montaje de los huesos de un antiguo protector, presentado con
algunas de sus armas. Las articulaciones eran robustas. Las vértebras estaban
204
| P á g i n a
soldadas.
—Ya
habían comenzado a transformarse —comentó ella—. ¿Sabes por qué eliminamos a
los mutantes? ¿Harías todavía tal cosa?
—Por
supuesto, si huelen incorrecto, o se comportan de forma errónea.
—Éste
era muy bueno en lo suyo. Mira el estado de los huesos, desgastados por la mera
edad. Debe haber vivido decenas de miles de falans… Hanuman, ¿piensas que
debíamos haber dejado libres a nuestros predadores de Pak?
—No.
—Pero
éstos, que antes eran de mi propia especie, han ocupado cada nicho ecológico
que quedó vacío… —miró con dureza a Hanuman. Ella casi había logrado no hacer
caso de su hedor de mutante—. Pero entiendo tu punto. No sólo hubieran quedado
libres los carroñeros que reemplazó éste, sino también los primates… y tú no
hubieras existido. Las mutaciones y la evolución están bien, siempre que puedas
detenerlas ahora, siempre ahora, de modo que tu propia especie no necesite
cambiar…
Hanuman
no contestó. Lo que ella declaraba era obvio.
Pero
Oboe sí habló:
—Tu
especie, la original de Pak, no ha sobrevivido. Para eso es que sirven las
mutaciones y la evolución, Proserpina. Algo que tiene casi tu forma se ha
multiplicado por decenas de billones. Tal vez no te agraden algunos de los
nuestros, pero… ¿cuándo está uno a gusto con todos los vecinos?
Se
encontraba de pie sobre una de las sillas grúa, la que se hallaba justo encima
de su cabeza. Podría haberla matado en un instante. Demasiado inteligente,
demasiado rápido.
Proserpina
dijo:
—Si
leo correctamente estos datos, las probabilidades indican que estaremos muertos
en unos diecinueve falans… pero tú los ha estudiado por más tiempo. Te saludo,
Oboe.
Oboe
saltó de la silla al suelo.
—Te
saludo, Proserpina, reverenciado ancestro. ¿Tus invitados están seguros?
—Esto
me parece más importante que sus vidas. ¡Has estado entrometiéndote con nuestro
diseño básico!
—Sí,
pero no lo bastante rápido. Necesito toda la ayuda que pueda conseguir.
205
| P á g i n a
—¿Qué
cambios has hecho? ¿Qué otros estás considerando?
—Antes
dime: ¿cuál sería tu solución respecto de la Guerra del Margen?
—Pues…
podría haber intentado… ¿Tienes algo para dibujar?
Oboe
trepó nuevamente a la silla y la hizo mover cerca de la pared elíptica. El
campo estrellado desapareció, y la pared mostró un plano azul oscuro. Oboe
ondeó una mano, apuntando hacia la pared: unas líneas blancas aparecieron sobre
el azul, siguiendo sus movimientos.
Proserpina
brincó a otra silla. Acercándola al muro azul, trajo formas a la vida: el sol,
las pantallas de sombra, luego el Anillo. Primero fueron sólo líneas, blancas y
curvas; luego se convirtieron en imágenes fotográficamente realistas. Los
brazos de Proserpina se movían como los de un director de concierto. El sol
ganó en detalle: sus campos magnéticos brotaron del interior. Las líneas del
campo cambiaron: se comprimieron. El polo magnético sur del sol se espesó,
luego se agitó, luego lanzó un chorro de luz.
—Podría
haber intentado esto —dijo Proserpina—. Cuando construimos el Mundo Anillo,
insertamos una red de superconductores dentro de la estructura de fundación.
Podemos así manipular el campo magnético solar.
El
polo sur del sol lanzó llamas del color del plasma de rayos X. Lentamente el
sol se movió hacia su norte, dejando atrás al Mundo Anillo. Pero su gravedad
actuó —unas débiles líneas sobre la pared azul—, y el Anillo lo siguió luego.
—Usaríamos
el sol como motor de empuje…, entregaría varios metros por segundo cuadrado,
según las medidas Intermundiales. Además…
Se
formaron unas líneas aerodinámicas. El Mundo Anillo se movió en soledad,
dejando el sol atrás.
—El
flujo de materia interestelar que atraviesa el hueco central del Anillo puede
ser guiado magnéticamente hacia el eje y ser sometido allí a la fusión. El sol
nos proporcionaría más combustible, por supuesto; pero los gases de combustión
de la fusión encauzada por los campos magnéticos podrían sustituirlo, bañar el
Mundo Anillo con su luz, y servir también como un gran estatorreactor. El Mundo
Anillo sobreviviría, y podríamos seguir acelerando.
—¿Cuáles
son los inconvenientes?
—Bien…
la desaceleración sería difícil, aunque no imposible; los campos podrían ser
modificados para empujar hacia la dirección de la marcha. Pero las mareas
cambiarían, inundando las costas del mundo.
Oboe
esperó.
206
| P á g i n a
—Y
cuando al fin nos detuviéramos, no habría ningún sol. —Proserpina se encogió de
hombros; la imagen se deformó por ello—. De todas formas, eso no importa; no
podemos siquiera comenzar. El sol se pondría demasiado caliente si tratáramos
de acelerarlo mucho. El grupo de pantallas puede prácticamente cerrarse, para
proteger al Anillo de la insolación; pero si por alguna causa las pantallas se
quedaran atrás o fueran lanzadas hacia delante, el paisaje sería carbonizado.
»Y
lo peor de todo, es que el proceso es demasiado lento —reconoció Proserpina—.
El tirón gravitacional del sol sobre el Anillo no es lo suficientemente
importante para acelerar gran cosa. Se pueden manipular los campos magnéticos
para que sea más fuerte, pero todavía no es bastante. Los intrusos nos
seguirían con facilidad… No puedo pensar en un modo de dejarlos atrás.
—Es
que partes de un principio incorrecto —dijo Oboe—. Te falta información. ¿Te
habló Luis del sistema médico de Carlos Wu? ¿O de la nave espacial que robamos
a los Kzinti?
—No.
—Te
daré los detalles cuando sea el momento. Mientras tanto, he de decirte algo:
aquellos protectores lo bastante empedernidos para hacerse dueños del Centro de
Reparaciones, no siempre han sido muy diligentes en su tarea. Han permitido que
hubiera impactos, lo que produjo Ojos de Tormenta, erosión, y a veces hasta un
fondo de mar expuesto. Aquella tonta sanguijuela dejó miles de sitios en donde
quedó visible la fundación del Mundo Anillo… Necesito de ti, y de tus aliados y
criados, para encontrar esos sitios y lanzar cierto polvo en ellos. He estado
trabajando con otros de mi propia especie, usando la red de los Amos de la
Noche, que cubre todo Mundo Anillo; pero no he sido capaz de alcanzar bastantes
de esas roturas. Nos movemos demasiado despacio.
—¿Qué
es ese polvo? ¿Qué hace?
—Tú
sólo tiene que saber…
—¡Debo
juzgar por mí misma!
—¡No
quiero a un igual, Proserpina! El polvo se distribuye por sí mismo en el
scrith, pero primero debe llegar a él. ¿Cómo podemos poner la suficiente
cantidad en contacto con el suelo del Mundo Anillo?
—Mis
sirvientes de las montañas derramadas son inútiles sobre el llano —dijo
Proserpina—. Se sofocan. Si les provees el polvo, lo que pueden hacer es
extenderlo a lo largo de los bordes de las montañas derramadas, contra el Muro.
Incluso viajarán por globo de cumbre a cumbre para ello.
—Muy
bien. Mis propios protectores montañeses han estado haciendo eso. ¿Qué
207
| P á g i n a
más?
—El
Pueblo de las Aguas —dijo Proserpina— podría ayudarnos. Puede ser que lleguen
al sistema de tubos que pone en circulación el sedimento de los fondos marinos…
—El
flup.
—Sí,
el flup. Usamos esa palabra también. La tierra barrida por los vientos y
llevada por los ríos se acumula en los fondos de los mares. Sin nuestros
cuidados, se volcaría toda allí, y la capa de tierra fértil del Mundo Anillo se
perdería en los mares en unos pocos miles de años. Hemos montado un sistema de
recirculación de desagües, que corre bajo el suelo de scrith y el exterior del
Muro perimetral, y se vacía sobre el Borde. Eso es lo que fabrica las montañas
derramadas. Con el tiempo y gracias a los vientos, vuelve a la superficie. Si
tu polvo puede ser introducido en las tuberías del fondo de los mares, ¿podrá
extenderse por el scrith desde allí?
—Sí.
—¿Cuánto
tomará eso?
—Si
comenzamos ahora mismo, quizá menos de dos falans.
208
| P á g i n a
CAPÍTULO
19
EL
DESPERTAR
Comió,
y luego se escondió.
Luis
avanzó lentamente entre las plantas, abriéndose camino en la selva. Vivió sobre
su vientre, cavando entre las sombras para hacerse de las raíces amarillas. El
jardín colgante estaba demasiado expuesto. No podía hacer nada contra eso; no
podía abandonar su fuente de alimento. Cada especie homínida sobre la Tierra y
el Anillo debe haber poseído al menos éste rasgo en común: un criador que se
convierte en protector se escondería para evitar que otros protectores lo
encontraran en su hora más indefensa.
Sombra
y luz: los días llegaban y se iban.
Nada
pareció buscarlo. Él se preguntó sobre el particular. Un protector suelto
debería ser un tema preocupante. Esto le sugirió que los protectores del Mundo
Anillo tendrían otras ocupaciones: debían estar todos implicados en la Guerra
del Margen, no haciendo caso de los habituales y letales juegos de dominio.
Debía estar bastante mal el asunto. Él debería ayudar.
Su
cuerpo cambiaba, su mente se agitaba. ¿Por qué comía del Árbol de la Vida a una
edad efectiva de veintitantos? Eso tenía una respuesta obvia, pero las
implicaciones eran serias.
El
autodoc le había otorgado el aspecto, pero no lo había hecho realmente un
adolescente. ¿Por qué no?
Oboe
había abierto el autodoc experimental de Carlos Wu y lo había extendido como a
un cadáver bajo autopsia, para extraerle todos sus secretos. Luego había
mantenido a Luis allí mucho más tiempo del que necesitaba, para ensayar sus
nociones, y por otra razón: la nanotecnología del autodoc había vuelto a
escribir la genética de Luis Wu, posiblemente repetidas veces, hasta que
estuviera listo para convertirse en protector en el momento que Oboe eligiera.
Si
el protector Chacal había aprendido la nanotecnología en tal detalle, ya
conocía de la materia más que cualquier otra mente en el espacio conocido. ¿Qué
haría Oboe con ese conocimiento?
Y la
respuesta a eso también era obvia, considerando el secuestro del Tiro Largo…
La
mente de Luis vagó lejos, chisporroteando en plena inspiración, buscando otros
rompecabezas.
209
| P á g i n a
¿Dónde
estaba el Inferior? A bordo de La Aguja Candente de la Cuestión. Aún una nave
construida como una botella de cristal podía contener alguna sala de controles
oculta. ¿Dónde estaba la Aguja? Pero eso no era fundamental. Luis siempre
podría llegar a la nave por medio de los discos pedestres, y era todo que
importaba, salvo que… ¿Sería confiable en el hiperespacio? Tendría que
arriesgarse y averiguarlo.
¿Por
qué el morro de Oboe era tan grande, cuando la nariz de Proserpina era casi
inexistente?
¿Tendría
Luis Wu algún hijo o N-hijo en las naves destacadas a la Guerra del Margen?
¿Dónde
estaría oculto el Tiro Largo? Oboe probablemente estudiaría la nave en el mismo
sitio donde había trabajado sobre la Aguja y el autodoc: en el Cuarto de
Lanzamientos bajo el Mapa del monte Olimpo. El sitio era lo bastante espacioso.
Sería el primer lugar en que Luis miraría, si alguna vez acabara este letargo…
Le pareció que pensaba muy rápido, pero sentía su mente como diez mil mariposas
en un campo, desparramándose por todas partes y yendo concretamente a ninguna.
Y su cuerpo… Bien, no podía saberlo.
De
modo que se escondió, y comió raíces.
¿Dónde
estarían Roxanny y Wembleth? Ella había huido de Luis Wu y de sus aliados
protectores. Por supuesto, habría quemado sus naves: cambiaría los ajustes de
los discos pedestres, tal vez incluso destruyó el último antes de esconderse.
¿Cómo haría para encontrarlos?
Pasaron
ciento cincuenta y un días. Entonces despertó, y era como si se hubiera echado
una cabezada.
Se
quedó donde estaba, a medias sepultado entre la mugre y los tallos de las
plantas. Sus manos barrieron la cara y el cuerpo, encontrando nuevas formas.
Las robustas articulaciones, los testículos desaparecidos, el pene encogido
casi hasta la nada. Su cráneo se había ablandado, ampliado y endurecido otra
vez, dejando una pequeña cresta ósea. Su cara era una dura máscara, con los
labios fundidos a las encías y osificados. Su nariz se había hecho mayor…,
parecería un payaso. Y su sentido del olfato se había vuelto casi mágico.
¡Ah!
Había solucionado algo: el problema de las narices.
La
nariz humana tiene forma de capucha para capturar una burbuja de aire, algo muy
útil para un animal nadador. Los monos no tienen las fosas nasales grandes
porque no nadan. Los humanos han evolucionado a mitad de camino en todas
direcciones, incluso la acuática: la mayor parte de su piel está desnuda, como
sucede con los delfines.
210
| P á g i n a
El
destino quiso que la humanidad pudiera nadar.
Los
criadores han perdido la mayor parte de su sentido del olfato porque si no
fuera así, se volverían locos. Matarían a cualquier forastero que se acercara a
sus niños, hasta a los médicos y maestros. Protegerían a sus niños de todo, lo
que los dejaría insanos.
El
nuevo olfato de Luis le aseguró que el monumental refugio del Penúltimo estaba
libre de enemigos. La única vida existente por allí la portaban unos
excavadores de madrigueras y unos análogos de insectos. Encontró también un
viejo olor, que fue directamente a su cerebelo.
Miró
el reloj tatuado al dorso de su mano; los nudillos y huesos agrandados
deformaron la pantalla digital. Mostraba la hora de Canyon; hizo los cálculos y
encontró que había estado holgazaneando por dos falans. Demasiado tiempo. Pero
era correcto, había contado ciento cincuenta y un días de treinta horas. Los
viejos registros de la BRAZO decían que Jack Brennan había cambiado a protector
mucho más rápido que eso.
Alguna
cosa había reducido la velocidad de su metamorfosis.
Él
trató de levantarse, adivinando ya la respuesta.
No
podía mantenerse de pie derecho. Estaba a medio curar cuando comenzó a comer
las raíces amarillas… y las heridas y malformaciones quedaron empotradas en el
molde del nuevo crecimiento. Se había vuelto un protector, pero tullido. Su
rodilla, pierna y cadera izquierdas, y las costillas de ese lado estaban
deformes. Su cuerpo estaba completamente libre de grasas, quemadas durante una
hibernación demasiado larga.
Cojeó
por el jardín colgante, aprendiendo de nuevo cómo moverse. Un protector que no
podía luchar… Vio algo parecido a un tejón, y consiguió capturarlo por una de
las patas sólo porque era muy lento. Se lo comió deprisa, y juzgó que era
suficiente por un tiempo.
Rampa
abajo vio la pila de servicio, chamuscada y medio derretida. Cojeó hacia allí y
le echó un vistazo. Ya se había enfriado, por supuesto. Trató de abrir la tapa
de los mandos, pero el metal fundido la había soldado.
Se
trepó dolorosamente al disco. Nada pasó.
Su
puño golpeó el borde con fuerza.
¡Marte!
Se enroscó en el aire y alcanzó a trabar ambas manos contra el borde del disco
invertido, antes de que pudiera caer. Un momento después, se encontró parado de
manos en un campo de hierbas altas. Rodó y se puso de pie rápido —¿dónde
211
| P á g i n a
estaría
Oboe?—, y se halló bajo un hemisferio azul, en el mismo huerto del Árbol de la
Vida donde había matado a Teela Brown.
¿Oboe?
En
ninguna parte.
Abrió
los mandos del disco pedestre y comenzó a modificarlos. Primero lo primero.
Había
un velero de kilómetro y medio de largo en el Gran Océano. El Patriarca Oculto
había conducido a los Kzinti que invadieron el Mapa de Tierra, siglos atrás, y
sobre aquella nave había un disco pedestre. Luis no recordaba el código, pero
lo encontró.
El
Patriarca Oculto. Apareció sobre el velero, tenso como un manojo de alambres,
listo para luchar o morir.
Pero
nada vino hacia él. Pudo ver una telaraña fractal de bronce, contra una oxidada
pared de hierro: una de las cámaras red del Ser Último. Más allá de eso, la
posición no parecía estar vigilada.
Él
había dejado al Patriarca Oculto casi contra el Muro del Borde, a estribor del
Mundo Anillo. Semejante paisaje reducía a un hombre al tamaño de un protón.
Unas montañas tan altas como el Everest se alineaban contra la base del muro,
verdes de vida salvaje. Las montañas derramadas estaban formadas del estiércol
del fondo de los mares, todo un fertilizante.
Los
bibliotecarios no habían desplazado la nave. El Ser Último había dicho que los
había devuelto a su casa. El Patriarca Oculto muy bien podía estar vacío.
Luis
abrió nuevamente los mandos, quitando al disco de la red. Ahora era
inalcanzable.
Por
unos momentos, Luis sólo pensó. Sus recuerdos anteriores eran confusos, los de
una larga vida como criador. En cambio, los de la última hora estaban claros
como el diamante.
Hace
mucho tiempo, según le pareció, había estudiado un mapa del sistema de discos
pedestres del Ser Último. Ahora rebuscó en su memoria para encontrar los
ajustes y colocaciones para varias de las posiciones. La mayoría habría
cambiado ya…, pero el que necesitaba ahora era un disco puesto en servicio sólo
recientemente. El cálculo y la memoria le revelaron el código por el cual el
titerote designaba los discos pedestres. ¿Habrá mantenido Oboe ese sistema? Eso
le daría a Luis un puñado de ajustes para intentar.
212
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Tenía
que conseguir un traje de presión.
Apareció
a bordo de la Aguja Candente de la Cuestión y gritó:
—¡Voz
del Ser Último! ¡Soy Luis!
A
pesar de ciertos cambios en la estructura de su garganta, él intentó sonar como
Luis Wu.
—No
se mueva. Usted no es Luis Wu —dijo una voz llana, igual a la del Inferior.
Luis
no se movió. Estaba en la cabina de la tripulación. Durante un instante había
pensado en el alimento familiar, en darse una ducha y un cambio de ropa…, pero
simplemente ya no importaba.
—Sólo
dile al Ser Último que Luis Wu se ha convertido en protector. Necesito hablar
con él.
—¿Luis?
¡Te lo advertí! —dijo la misma voz.
—Lo
sé. No me digas dónde estás. He venido por un traje de presión. ¿Has estado
vigilando la Guerra del Margen? ¿Ha pasado algo?
—Un
misil de antimateria destruyó uno de los estatorreactores sobre el Muro —dijo
la voz del titerote—. Eso fue hace veintiocho días del Mundo Anillo. La
explosión fue tremenda, no sólo por la antimateria, sino también debido a los
kilotones de plasma confinado bajo fusión en el reactor. Las montañas se
derritieron. No pude descubrir qué facción lo hizo. Pensé que el caos seguiría
y me preparé para marchar, pero nada más sucedió.
—Esos
motores de posición siempre fueron demasiado vulnerables. Oboe debe haber
preparado alguna otra cosa ya… —la mente de Luis se extendió por delante de su
discurso—. Los constructores del Mundo Anillo nunca pensaron en los
estatorreactores del Muro como algo más que un aparejo temporal y un sistema
secundario de seguridad. Ellos diseñaron la rejilla superconductora embebida en
el scrith para mover el sistema magnéticamente, actuando contra el sol. Oboe la
controla.
—Sólo
es una conjetura tuya.
—Conjeturo
mejor ahora. Soy un protector, ¿recuerdas? Libérame, Inferior, y me iré de tu
propiedad.
—¿Cómo
se siente? —preguntó el Ser Último.
—Me
siento limitado. Estoy lisiado —dijo Luis—. No puedo luchar, no puedo correr.
Puedo pensar más rápido que nunca, y veo más respuestas. Pero eso también me
213
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limita,
en cierto sentido. Si encuentro la respuesta correcta cada vez, no tengo
opciones.
»Oboe
tiene un plan. No interferiré, a menos que él amenace a mis N-hijos, pero
debería hablar con él. Sólo se trata de que hay algunas cosas que tengo que
hacer antes. ¿Y tú? ¿Tienes algún plan?
—Huir
apenas vea una posibilidad.
—Muy
bien. ¿Recuerdas el sitio donde Oboe trabajó en la Aguja? ¿Tienes cámaras red
allí?
—Bajo
el monte Olimpo.
—¿Está
allí el Tiro Largo? ¿Es funcional?
—Oboe
desmontó la nave y volvió a montarla luego. No la ha probado desde entonces.
—¿Y
el autodoc de Carlos Wu?
—No
ha sido tocado.
—¿Está
todavía desarmado y desparramado por el suelo?
—Sí.
—Bien.
Voy a provocar una distracción. Necesito que cargues el autodoc y lo pongas en
condiciones de trabajo a bordo del Tiro Largo. ¿Puedes hacerlo?
El
chillido pareció una orquesta demente:
—¿Por
qué iba yo siquiera a pensar en cometer un robo en el patio de atrás de un
protector?
—Pero
tendrás a un protector de tu lado. Inferior, estamos cerca del punto crítico, y
Oboe no tendrá en cuenta tus conveniencias. Actuará tan pronto como pueda,
porque no puede predecir cuándo se irá al diablo la Guerra del Margen. Si no
podemos dejar pronto el Mundo Anillo, perderás tu hogar para siempre, y lo
mismo yo…, y peor aún.
En
el silencio que siguió, dijo Luis:
—Piensas
que podrías mantenerme prisionero hasta devolverme a Oboe, y comprar algo con
eso. Te diré por qué no puedes hacerlo. ¿Recuerdas las tres sillas en el Cuarto
de Defensa Antimeteoritos, sobre unas grúas?
—Las
recuerdo.
—Oboe
sólo necesita una de ellas…
214
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El
Ser Último comprendió. Su mente era tan rápida como la de algunos protectores.
—Un
triunvirato.
—Él
me permitió ver eso a propósito. Era un mensaje, una promesa. Oboe, Proserpina
y yo. Extrapoló un protector de Pak superviviente, y sabía que podría
alimentarme con el Árbol de la Vida. Pero no imaginó que yo escaparía.
Probablemente tampoco esperará encontrarme mutilado como un antiguo esclavo
griego. Sin embargo, necesita mi ayuda. No puede conjeturar lo que acontecerá
con la Guerra del Margen tan bien como yo puedo hacerlo.
»Entiéndelo:
puedes venderme a Oboe, pero tendrás inevitablemente que tratar conmigo
después.
—Eres
libre de moverte por la nave —dijo el Ser Último.
Luis
se dejó caer en su postura enroscada, más natural.
—Dame
acceso a los mandos maestros de los discos pedestres. Tengo que reescribir
algunas instrucciones.
—¿Para
volverte difícil de hallar? Puedo ayudarte.
—A
mí, y a otras dos personas. No necesito tu ayuda.
Cuando
hubo terminado de reprogramar el sistema de discos pedestres, Luis pasó a la
bahía de carga de la Aguja. Tomó un traje de presión: no se acomodaría bien a
su retorcida condición actual, pero igual serviría. También tomó algún equipo:
una cuerda, gafas ampliadoras, una linterna láser.
Dio
un toque a los mandos del disco pedestre y se marchó.
Estaba
en órbita. Había pensado que tal cosa podía suceder. Los ajustes que buscó eran
los más recientemente marcados, y algunos de ellos contactarían con pilas de
servicio orbitales.
Dedicó
unos momentos a contemplar el Mundo Anillo. Estaba sobre una región que nunca
había visto detalladamente, a medio camino entre los Grandes Océanos. Había
desiertos de color ocre, y las diminutas picaduras de cráteres de impacto, y
tres pequeños nudos de nubes: Ojos de Tormenta.
Oboe
no estaba haciendo reparaciones a menos que no le quedara más remedio.
Considerando lo que buscaba lograr, podía alegrarse de encontrar sitios donde
el terreno hubiera sido barrido hasta el scrith.
No
vio ninguna nave espacial, ni tampoco naves aéreas. Era mejor de lo que había
215
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supuesto.
A esas alturas, la Guerra del Margen podría haberse abierto camino hacia la
superficie. Todavía tenía tiempo, entonces.
Pero
él habría hecho esta salida aún a pesar de la Guerra del Margen. Un protector a
menudo no tenía opciones. Hizo otro ajuste.
Todavía
estaba en órbita, pero en otro sitio. Una cámara de la BRAZO, del tamaño de un
mosquito, lo enfocaba a dos metros de distancia.
¡Eso
lo arruinaría todo! Ahora ellos tendrían verificada la observación de un
protector. ¿O quizá el traje de presión y sus propios miembros contrahechos
esconderían su verdadera naturaleza por un tiempo? Dio un toque a los controles
y se fue rápido.
La
fuerza no era particularmente oscura sobre el Mundo Anillo. Nada había allí,
salvo arena, malezas y una pila de servicio de Oboe, y la tranquila superficie
del mar. Luis merodeó un poco, pero la arena no habría conservado huellas.
Sin
embargo, sí conservó rastros de un olor.
Ellos
habían llegado aquí, pero no se habían quedado mucho tiempo. Tenían una
aerocicleta para moverse. Luis anduvo alrededor de la isla, usando sus gafas
ampliadoras para estudiar las distantes orillas. Una aerocicleta debería
distinguirse.
No
halló nada. Saltó otra vez.
A
ninguna parte. Se encontró atrapado entre ramas y espinos.
Miró
alrededor y probó todos sus sentidos antes de intentar moverse. Las espinas no
hicieron mucho daño a su piel curtida. Detrás de su cara de máscara, su mente
sonrió abiertamente.
Oboe
había enviado una pila de servicio a la cita con la aerocicleta de Luis, medio
año atrás. Roxanny, montando la aerocicleta, debe haberse desplazado varias
veces antes de rendirse. La programación de Oboe para la pila debía ser:
«encuentra a la aerocicleta». Por todo lo que Roxanny sabía, ¡podía estar
cubierta de sensores y cámaras! Finalmente ella debió haber enviado la
aerocicleta hacia una selva, y dejado a las plantas espinosas crecer sobre el
vehículo y la pila de servicio.
Luis recortó
cuidadosamente las ramas
con la linterna
láser. Los arbustos
216
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comenzaron
a incendiarse a su alrededor. Eso no era bueno. Avanzó lentamente por debajo de
las espinas, alrededor del borde del disco pedestre, coleccionando rasguños, y
cortando más vegetación a medida que avanzaba. Abrió el borde y apagó el disco
pedestre, y se elevó con la pila de placas flotantes antes de que el fuego
pudiera asarlo.
El
bosque corría a lo largo de una buena distancia, siguiendo un río, y él había
estado en medio de la arboleda. Ahora estaba bastante arriba, y disfrutaba de
una agradable y extensa vista. ¿Dónde iría un par de forasteros después de
abandonar su transporte?
No
muy lejos, de seguro. Wembleth conduciría a Roxanny al más cercano centro de
civilización: él sabía que los forasteros eran bienvenidos en todas partes.
Yendo río abajo, de seguro encontrarían algo.
Lo
que Luis halló fue la convergencia de dos ríos y un pequeño pueblo. Derivó
hacia las casas, de forma cónica. En algún sitio, una voz gritó:
«¡Vasneesit!»,
y Luis pensó: Stet.
El
fuego crecía en el bosque. Una columna de humo perfecta para llamar la
atención, justo allí donde Roxanny y Wembleth habían dejado su vehículo.
Mirando hacia el fuego, verían la pila de placas flotantes dibujarse contra el
humo. ¿Qué harían entonces? ¿Se esconderían, o acaso intentarían huir?
Se
esconderían. Sin la aerocicleta, no podían moverse más rápido que una pila de
servicio.
Luis
olfateó. Una población de mil a mil quinientos seres, oliendo como comedores de
carne; no muchos ancianos, muchos parásitos pero pocas enfermedades. Y…
Allí.
Dejó
la pila en la plaza de pueblo. Los nativos se reunieron, rodeándole. Eran bajos
y fornidos, hombres y mujeres con aspecto de lobo. Los ojos hacia el frente, en
profundos pozos óseos. Las pequeñas y agudas mandíbulas sobresalían un poco.
Uno
de los jefes trató de hablarle. Luis no pudo comprender su lengua, pero intentó
aplacar al hombre usando el lenguaje corporal. Cuando esto no funcionó, tomó al
líder por el hocico y lo derribó. Lo lanzó luego de lado como a un fardo y lo
dejó arrastrándose.
Ya
era suficiente. Luis siguió el rastro del olor. La fuente había cambiado de
sitio, pero el rastro habría sido más ostensible si se hubieran movido por el
aire libre. ¿Habría túneles bajo el poblado?
217
| P á g i n a
Un
hombre joven saltó fuera de un acceso cercano, con el sónico de Roxanny en la
mano.
El
zumbido sólo lo rozó antes de que el láser de Luis pusiera al rojo el extremo
metálico del sónico. ¡Con cuidado! El hombre dejó caer el arma cuando le quemó
la mano y corrió dentro. No era de la Gente Lobo. Era unos centímetros más bajo
que Luis, con pelo castaño rizado alrededor de la cara y cabeza, y la piel
desnuda por lo demás. Era claramente humano.
La
nariz de Luis lo reconoció.
—¡Wembleth!
—Luis cojeó tras de él—. Sólo quiero hablar.
Luis
se introdujo por la abertura, con temor de que ellos pudieran escapar, pero
cojeaba más rápido de lo que ellos corrían. Su mano atrapó algo dirigido hacia
su cabeza; giró la muñeca y sujetó un brazo y la barra metálica.
—Roxanny…
La
furia se evaporó en ella. Lo contempló con terror insondable.
—¿Quién
eres tú?
—¿No
crees en los Vashnisht? —Ella no reaccionó. ¿No era divertido, acaso?—. Soy
Luis Wu —dijo él—. Tu sónico me dejó lisiado, pero más allá de eso soy un
protector. Has tenido suerte. Hubieras comido tú también del Árbol de la Vida
si hubieras llegado allí donde me indicaste.
—¿Luis?
Él
la olió: llevaba un niño de su propia sangre. Un descendiente de Luis.
Ahora
Roxanny podría matarlo antes de que él la dañara. Le dijo:
—¿Sabes
que estás…?
—¿Embarazada?
Sí. Esas cosas pasan. —Roxanny lo miró a los ojos—. Dijiste que eras fértil.
—El
niño es de Wembleth. Puedo olerlo.
—Stet.
¿Cómo podías ser fértil? La mayor parte de los hombres consumen sus derechos de
procreación rápidamente, y tú tienes doscientos cincuenta años… Respóndeme,
Luis Wu.
—Roxanny,
cada vida es única e irrepetible.
Su
sonrisa fue un mero parpadeo.
218
| P á g i n a
—¿Y
por qué soy yo fértil? Tú no puedes haber arreglado eso.
—Alguien
alteró tus registros médicos —sugirió Luis—. Todos vosotros usabais el mismo
autodoc a bordo del Toro Bacota, ¿verdad? Alguien quiso que quedaras preñada,
para lo cual dejó sin efecto tu tratamiento de esterilidad. Probablemente
quería regresarte a casa. Es la respuesta más racional.
—La
Coronel Uno Zinna Hendersdatter17 —dijo Roxanny—. Sostenía que yo era la causa
de que Oliver hubiera pasado de ella. —Recuperó su aplomo—. Entonces, los
protectores cometen errores…
—Nunca
hay suficientes datos. Es el motivo de por qué los protectores se cuestionan
los unos a los otros a posteriori. Roxanny, sólo quiero hablar y luego me iré.
¿Wembleth?
—Aléjate
de ella.
La
cabeza y brazos de Wembleth habían estado dentro de un agujero en el suelo de
tierra. Él había estado agachado allí durante algún tiempo. Su barba era marrón
y algo rizada, moteada de blanco. El complejo regenerador del doc lo había
rejuvenecido, y en aquel estado se veía como una mezcla de Teela Brown y un
joven Luis Wu. Tenía una ballesta armada en sus manos.
—No
hará falta que te acerques más —dijo Luis. Dejó ir a Roxanny, quien retrocedió.
Se mantuvo alerta de todos modos, preguntándose si Wembleth dispararía, y si
podría sujetar en el aire un dardo de ballesta—. ¿Has estado practicando el
Intermundial?
—Sí.
Roxanny quiere volver a la flota de la BRAZO.
¿Cómo?,
se preguntó Luis. Si hubiera habido un camino, él habría tenido que bloquearlo.
—Roxanny,
¿dónde dejaste la biblioteca del Caracolero?
—La
llevé a bordo del Toro Bacota —dijo ella—. ¿Por qué?
—Alguno
de mis hijos, o de sus N-hijos, podría haberse unido a la flota de la BRAZO.
Tengo que revisar la lista. Ha de haber una copia actualizada en cada nave en
la flota.
17 Pequeño homenaje a la escritora norteamericana
de ciencia ficción Zenna Henderson (1917-1983), una de las primeras damas del
género. Parece ser que en el manuscrito original figuraba “Zinna Henderson”
como nombre del personaje, pero fue modificado por la casa editora en inglés.
(N. del Trad.)
219
| P á g i n a
Ella
se rió.
—¡Hay
decenas de miles de hombres y mujeres en las naves de la BRAZO! ¿Vas a
revisarlos a todos?
—Sí.
Ella
se encogió de hombros.
—Tal
vez Proserpina se hizo con ella, al asaltar el Toro Bacota.
—Tendréis
que marcharos de aquí —dijo Luis—. Traje conmigo la pila de servicio; la
reprogramaré para que deje de seguir a la aerocicleta. Es muy importante que no
podáis ser hallados, y no estáis bien ocultos. Conseguí llegar a vosotros sólo
consultando la programación de los discos pedestres. Seguí tu olor desde el
bosque, Wembleth.
—Con
una nariz así, no me sorprende —dijo Wembleth, groseramente. Luis tocó su
ampliada cavidad nasal. —¿Sabes tú acaso que eres hijo mío? Wembleth resopló de
incredulidad.
—¡Podría
haber supuesto que tú eras hijo mío! Pero eres más viejo de lo que te veías…
—Eres
joven ahora, y puedo reconocerte. Nunca había visto a un ser humano sometido al
paso del tiempo, y que no hubiera usado jamás las modernas técnicas médicas. Ni
depiladoras, ni píldoras de bronceado, y jamás un programa dental. Pensé que
eras de alguna otra especie. Pero tu madre fue Teela Brown —dijo Luis.
Roxanny
asintió suavemente con la cabeza.
—Ella
debía tener un tratamiento de esterilidad de cinco años.
—Debe
haber decidido tener un hijo conmigo. Tiene que haber hecho cesar su
tratamiento de esterilidad antes de que dejáramos la Tierra. Eso habría
requerido sus dos derechos de procreación. Y nunca me lo dijo.
—Espera
un momento —reaccionó Wembleth—. ¿Lo dices en serio? ¿Tú eres mi padre?
—parecía horrorizado.
—Sí.
—¿Por
qué nos abandonaste?
—Teela
me dejó a mí. Pensé entonces que ella me había cambiado por el
220
| P á g i n a
Caminante…
—Pero…
¿qué hiciste tú para que ella te dejara?
—No
la protegí —¿Cómo podría él, contra su propia suerte?—. Ella entró en un Ojo de
Tormenta y la perdimos. Cuando la hallamos de nuevo, venía con el Caminante. Ya
te tenía en su vientre cuando los dejé ir, cerca del Gran Océano, y en cuanto a
lo que hizo después de eso, sólo puedo suponerlo.
—Tú
eres un Vashnisht —dijo Wembleth—. Eres bueno para adivinar. Yo no lo he
entendido nunca. ¿Por qué nos abandonó mi madre?
Luis
sabía que debía marcharse. Cada segundo podía ser precioso. Una vez, la gente
de Proserpina había limpiado el sistema del Mundo Anillo de toda roca
amenazante. Ahora estaba plagado de naves…
Pero
en la presencia de su hijo, y su futuro nieto, Luis se sintió inclinado a
quedarse…, y Wembleth necesitaba recuperar su confianza.
—Me
despedí de Teela cerca del Gran Océano. No había por aquel entonces ningún
disco pedestre sobre el Mundo Anillo. El Caminante, aquel homínido por el que
ella me abandonó, tal vez sabía usar el transporte que corre a lo largo del
Muro perimetral. Es un sistema de levitación magnética, Roxanny. Ellos
encontraron algún vehículo que los acercara al sitio; hay bastante tecnología
de los Constructores por allí. Entonces utilizaron el sistema maglev y se
desplazaron alrededor del Anillo, hasta el Océano Opuesto.
»Se
lo podría llamar locura, a menos que estuvieran huyendo de algo temible. No de
mí, supongo; pero tal vez sí de lo que ella supuso que yo traería: la Guerra
del Margen. O tal vez Teela puede haber tenido miedo de los titerotes; Nessus
se metió con su vida, y la hizo pedazos. No querría que eso pasara de nuevo.
Teela sabía que cualquiera de nosotros la buscaría en el sitio donde la vimos
por última vez.
»Entonces
hallaron un lugar, al otro lado del Arco, y ella se aquietó e hizo su vida con
el Caminante y contigo. Espero que fuera feliz.
—Mi
madre era feliz —dijo Wembleth—, pero algo le preocupaba. No tuvo más niños…
—Por
supuesto que no. El Caminante no era de su especie.
—Ella
y… Caminante, mi padre —dijo Wembleth, con cierto aire de descubrimiento—, se
turnaban para explorar. Nunca supe lo que buscaban. Uno de ellos debía quedarse
siempre conmigo. Lo hicieron más a menudo a medida que yo crecía. Cuando ella
al fin desapareció, yo tenía cerca de los ochenta falans.
221
| P á g i n a
—¿Y
nunca volvió?
—Nunca
lo hizo —dijo Wembleth.
—Es
porque Teela encontró el Árbol de la Vida.
La
suerte de Teela, pensó Luis. Pobre Teela. Si algo tuvo suerte en ella, fueron
sus genes.
—No
sé cómo sucedió, pero el tubérculo crece libremente sobre todos esos Mapas del
mundo Pak, y la mayor parte de los Mapas alguna vez cobijaron a un protector
prisionero. Varios de los presos debe haber encontrado el modo de infectar las
raíces con el virus, como lo hizo Proserpina. Sospecho que Teela encontró el
jardín del Penúltimo. Le habría sucedido también al Caminante, si ella no
hubiera estado explorando sola. Teela despertó como un protector. Wembleth,
ella no te abandonaría nunca, a menos que debiera protegerte de un peligro
mayor.
Wembleth
frunció el ceño.
—Te
lo aseguro —continuó Luis—. Ella vio lo que todos vimos; ha de haber adivinado
lo que se escondía bajo el Mapa de Marte. Roxanny, se trata de un enorme
volumen, un área que equivale a todos los continentes de la Tierra, y con
sesenta y cinco kilómetros de altura. No se la puede obviar. Es el Centro de
Reparaciones para todo el Mundo Anillo. Teela se dio cuenta de que faltaban la
mayoría de los estatorreactores de posición del Muro. Alguien tenía que entrar
en el Centro de Reparaciones para tratar de estabilizar el Mundo Anillo antes
de que rozara con el sol.
Había
querido hacerse con el poder también, pensó Luis. Futz, era un protector,
después de todo.
—Entonces
se subió al sistema maglev del Muro, volvió al Gran Océano, y luego buscó algo
que la acercara al Mapa de Marte… —su mente corría de nuevo por delante de su
boca—. Tal vez fue al Mapa de Tierra primero, para ver cómo viajaban los Pak
arcaicos; allí debió robar el Patriarca Oculto. Así fue como el velero llegó a
Marte…
—¿Qué?
—exclamó Roxanny.
—No
importa. Lo que sucedió a continuación fue que Teela intentó matar a Bram.
—¿Bram?
—dijo Roxanny. Y Wembleth:
—¿Matar?
¿Mi madre?
—Había
ya un protector en el Centro de Reparaciones —explicó Luis—. Teela no sabía
directamente de Bram; pero sabía que si había alguien en el puesto, no estaba
haciendo su trabajo, pues permitió que los reactores de posición del Muro
fueran quitados. Tenía que ser sustituido.
222
| P á g i n a
»Wembleth,
yo hablé con Bram; conocí su versión de lo sucedido. Bram no era el más
brillante de los protectores. Nunca entendió lo que sucedía.
»Teela
era un protector; hizo lo que tenía que hacer. Tomó a un hombre viejo,
probablemente de uno de los otros mapas, y se disfrazó. Partió con él hacia el
Mapa de Marte, como si fueran un par de criadores. Exploraron el Centro de
Reparaciones. Para cuando hallaron el jardín del Árbol de la Vida, Teela debía
haber visto ya suficiente, o haberlo olido. En algún sitio había un protector.
Ella dejó al hombre comer del Árbol de la Vida, y comió también.
»El
hombre murió. Teela simuló entrar en el coma. Debe haber yacido inmóvil por
varios días. Suponía que Bram vendría y la examinaría para averiguar qué era
ella, para luego matarla antes de que pudiera despertarse como protector. Ella
lo sorprendería entonces, y lo mataría a él.
»Pero
Bram nunca llegó; debe haber decidido dejarla despertar. Ella tuvo que pasar al
Plan B. Dejó el Mapa de Marte sin permitir que Bram supiera que estaba enterada
de su existencia. Comenzó a recolocar los motores en el Muro perimetral, y
luego… buscó la forma de matarse.
—¿Cómo?
¿Qué has dicho, Luis? —preguntó Wembleth. Aún sostenía la ballesta.
Teela
había atacado a Luis y sus aliados, y había buscado la forma de perder la
lucha. Luis la había matado con sus propias manos.
—Bram
nos tenía a su merced —explicó—. Éramos sus rehenes mientras Teela estuviera
viva. Ella sólo habría podido ser su sirviente, y Bram era un incompetente. Por
eso Teela tenía que morir para salvar el Mundo Anillo, y así lo hizo.
—Pero…
Luis
dejó de lado el tema.
—Lo
que importa ahora es lo que debo hacer con vosotros. En la práctica, lo que
tengo que hacer es conseguir que os perdáis de vista. Es de enorme importancia
que los protectores al mando, Oboe y Proserpina, sean incapaces de encontraros.
—¿Qué
harían ellos, matarnos? ¿Interrogarnos?
—Ellos
os protegerían.
Wembleth
dejó caer la ballesta. Sus manos temblaban.
—¡Vashnisht!
Stet. Me gusta este sitio, pero podemos movernos otra vez. ¿Has de saber tú
adónde vamos?
—No,
yo no debo saberlo —dijo Luis firmemente.
223
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Salió
fuera de la choza. Los jóvenes del Pueblo Lobo trepaban por la pila de
servicio. Luis los espantó. Programó de nuevo los mandos del disco pedestre, y
los del flotador también.
Wembleth
y Roxanny lo habían seguido al exterior.
—Voy
a saltar —les dijo—. Después de que me vaya, cambiad este ajuste, luego apretad
este botón con la cruz, aquí, y saltad vosotros. Luego seguid saltando, y
quedaos dondequiera que os guste.
—¿No
podemos ser rastreados?
—No
con esto, Roxanny. Seréis como fantasmas si dais un toque al botón en cruz
antes de saltar. A pesar de ello, Oboe lo solucionará bastante rápido, de modo
que hacedlo durante no más de… medio día, digamos. Entonces dejad de saltar y
apartaos de la pila de servicio.
Luis
se fue.
224
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CAPÍTULO
20
CONTANDO
UN CUENTO
El
Cuarto de Lanzamientos. Luis sólo necesitaba un instante. Quería ver la zona de
trabajo, para asegurarse de que estuvieran allí el Tiro Largo y el autodoc.
El
modificado autodoc de Carlos Wu estaba desparramado alrededor del disco
pedestre por el que había arribado. También había un gran surtido de
herramientas; podía adivinar el uso de la mayor parte de ellas. Manojos de
cables y fibras ópticas, de todos los colores del arco iris, conducían a un
grupo de instrumentos apilados. Desenredar ese laberinto le tomaría varios
minutos… una hora o más para el Ser Último.
El
Tiro Largo surgía por detrás: una pompa de jabón de kilómetro y medio de
diámetro. A primera vista parecía en parte desmontado. Una escotilla curva, tan
grande como un parque de atracciones, bostezaba cerca del fondo de la nave. Una
montaña de equipo estaba agrupada cerca de allí, y había embalajes ligeros por
todas partes.
Miró
otra vez: aquellos elementos no eran intrínsecos a ningún probable sistema de
hiperimpulso. Había entre ellos una nave provista con un fuselaje número dos de
Productos Generales, seguramente un bote salvavidas. Aquellos otros eran
tanques. Los paquetes de más allá, habitaciones inflables para tierra y órbita,
y una refinería de deuterio, diseñada para extraerlo del agua de mar. Algo de
todo ello era simple camuflaje. Ciertos accesorios deformados del fuselaje
resultaron ser el halo de un holoproyector encendido.
Oboe
había vaciado la bodega de carga —y embalado todo aparte— para acceder a los
motores, había hecho sus investigaciones, y luego reconstruido la nave. Si se
cerraba aquella escotilla… Luis no podía imaginarse cómo la nave saldría la
caverna. ¿Eh?
El
acelerador lineal rugió como si explotara un mundo. Un relámpago atravesó el
gran agujero del suelo, y salió por el monte Olimpo. En el sordo silencio que
siguió, Luis oyó el grito de Proserpina:
—¡Se
darán cuenta! —en dialecto Chacal.
Estaban
próximos al agujero, mirando abajo ahora, a lo largo del cañón lineal:
Proserpina, Oboe, y dos protectores más pequeños, cualquiera de los cuales
podía ser Hanuman.
—Ya
saben que estoy aquí —bramó Oboe—. Supondrán que estoy en actividad. Los
225
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más
despiertos deben haber deducido a estas horas lo que se encuentra bajo el Mapa
de Marte. Incluso algunos puede que descansen más tranquilos ahora, desde que
cierro los agujeros en el suelo del Mundo Anillo.
—¿…riesgo?
—Si
nos guiamos por los misiles de antimateria que la mayoría de los bandos ha
estado usando, una explosión no destruiría mucho del Centro de Reparaciones. No
podrían saber si me habían hecho daño a mí, y en caso de que no me mataran
saben que me enfadaría, y que podría hallarlos cuando quisiera. Confieso que
hay riesgo; pero estoy en un atolladero. No quiero a la BRAZO y al resto de
ellos preguntándose qué está haciendo el protector del Mapa de Marte. Entonces
les muestro qué estoy haciendo: cerrando agujeros, no pergeñando alguna
travesura.
Ellos
no lo percibirían por el olfato, desde que Luis vestía un traje de presión.
Tampoco él podía oler nada, por lo que siguió mirando alrededor. Vio a unos
pocos protectores de los Pueblos Colgantes, a lo lejos. También descubrió una
cámara red rociada sobre la Cavidad de Cuidados Intensivos del autodoc. Agitó
la mano hacia allí: ¡Hola, Ser Último!… y se preguntó entonces si Oboe acaso
estaría viendo las mismas cámaras.
—¿…necesitabas
los agujeros?
—Dependía
por entero de ellos. Estamos casi…—sus voces bajaron en volumen a medida que su
sentido de audición les volvía. Luis no iba a aprender más si no se acercaba.
Vio
que se cubrían los oídos, y entonces Luis hizo lo propio. Cuando el relámpago
rugió en el cañón lineal, Luis alzó en vilo un multigrap y lo arrojó hacia la
cabeza de Proserpina, a sesenta metros de distancia.
Proserpina
lo capturó, y lo envió zumbando de regreso hacia él… muy cerca; golpearía el
Muro de Servicio del autodoc, lo rompería, y regaría el espacio con astillas,
atravesándole el cuerpo. Luis bailó alrededor de la pared de servicio, sujetó
el multigrap antes de que golpeara, y lo arrojó oblicuamente por el suelo,
rebotando hacia Proserpina, que lo atrapó y devolvió. De repente, otros objetos
estaban en movimiento: varios instrumentos, un trozo considerable de hormigón y
un animal muerto tan grande como Luis. El animal se partió en su mano. Luis
agarró los restos y los devolvió a su fuente. Giró la espita de un tanque y se
protegió tras del Muro de Servicio otra vez, reapareció y devolvió el multigrap
y un trozo de lava enfriada; luego se lanzó detrás del chorro de plástico de
embalar que había surgido del tanque. Dio una patada hacia arriba al chorro
grumoso y se escondió detrás del tabique otra vez, mientras ellos lo buscaban
bajo la espita. El multigrap, de regreso, atravesó el plástico de espuma, rompiéndolo
en grandes goterones voladores…
226
| P á g i n a
Pero
había demasiados proyectiles volando ahora, y las partes de su torso y cadera
pugnaban por desgarrarse. De modo que capturó todos los misiles que pudo, hizo
malabares con ellos y luego los dejó caer. Luego cojeó hacia los protectores.
—Un
sujeto divertido —dijo Proserpina.
—¿Qué
te hace sentir tan seguro? —preguntó Oboe.
—Tú
me reservaste una silla. Y te has metido con mi metabolismo.
—Luis,
todo ha sucedido fuera de tiempo —dijo Oboe—. Has comido del Árbol de la Vida
demasiado temprano, y demorado mucho en cambiar a protector. Aquella nave de la
BRAZO explotó demasiado pronto. Podríamos habernos pasado un buen rato
extrapolando el comportamiento de todas estas facciones en la Guerra del
Margen; ahora… Dime, ¿qué harán ellos?
—¿Puedo
preguntar algunas cosas primero?
—¿Qué
cosas?
—¿Has
descubierto cómo funciona el Tiro Largo?
—Sí.
—¿Y
has insertado el mismo principio en un quintillón de dispositivos
nanotecnológicos, fabricados con lo que has aprendido de un autodoc
experimental muy modificado?
—La
cantidad exacta es…
—¿Y
has insertado un nanopolvo en la red superconductora bajo el Mundo Anillo, de
modo que su estructura pudiera ser alterada?
—Sí,
con ayuda de Proserpina y nuestros socios.
—Proserpina,
¿te has aliado con él?
—Sí,
Luis. No había bastantes agujeros en la superficie, de modo que tuvimos que
perforar en varios puntos…
—¿Funcionará
eso?
—Creo
que sí —dijo Oboe.
—Stet.
Estoy en mis cabales y tú también, o sea que estamos todos locos. ¿El sistema
está listo para despegar?
—Es
probable, si mi sistema de almacenamiento de energía soporta el esfuerzo. Pero
no puedo llevarme ni las pantallas protectoras, ni el sol. Con la potencia
227
| P á g i n a
disponible
podremos viajar sólo durante un poco más de dos días, todo lo más. Pero… Luis,
no estoy seguro de que los nanosistemas hayan terminado de infectar la red
entera. Tengo que saber cuánto tiempo nos queda aún. ¿Qué sucederá con la
Guerra del Margen?
Pero
la mente de Luis bailaba por un nuevo camino.
—Se
puede construir un nuevo sistema para generar el día y la noche. Oboe, ¿por qué
no construir una verdadera esfera de Dyson? De unos dieciséis millones de
kilómetros de diámetro, con un sol en el centro y el Mundo Anillo alrededor de
todo. Si la construimos delgada como una vela solar, la presión de la luz la
mantendrá inflada. Dejando unas ventanas en la periferia, la luz del día
llegaría al Mundo Anillo. El resto de la superficie sería un transformador
fotoeléctrico. Reunirías así la mayor parte de la energía del sol.
—Estás
demasiado fresco, Luis —dijo Proserpina en el dialecto Chacal, lo que
significaba una carne no lista aún para comer: una poco aceptable inmadurez—.
Los protectores suelen irse por las nubes al principio; debes solucionar un
problema a la vez. Todavía tenemos enfrente a las flotas de la Guerra del
Margen. ¿Cuándo nos atacarán?
—Hay
otra cosa que…
—¡No!
—bramó Oboe—. Una facción ya ha destruido uno de mis motores de posición.
¿Quién ha sido? ¿Por qué motivo? ¿Fue una provocación deliberada?
—Muéstrame
el acontecimiento. Vamos al CDA.
Saltaron
al Cuarto de defensa Antimeteoritos.
No
podía hacer señas al Ser Último, pero el titerote tendría que moverse ahora.
Proserpina
y Oboe llegaron de un salto a sus sillas; el retorcido Luis tuvo que trepar
para alcanzar la tercera. Mientras lo hacía, buscó con la mirada las posiciones
de los discos pedestres. El transportador que él había atravesado para llegar
allí estaba claramente visible. Un protector de la Gente Colgante, Hanuman,
apareció en un sitio sin señalar y esperó órdenes. Algunos otros podrían estar
ocultos allí o allí. Debían ser tres o cuatro, no más. ¿Por qué estas grúas tan
masivas para mover las sillas?
La
pared mostró el sistema del Mundo Anillo tal como se vería desde el sol. El
inmenso artefacto estaba mostrado en contorno, hilos blancos contra el campo
estrellado.
—Necesito
un apuntador… —dijo Luis, al tiempo que hallaba puntos de presión
228
| P á g i n a
sobre
una perilla—. Stet. Éstas son naves de los Forasteros, ¿verdad? Dos… ¿Habéis
encontrado más?
—No.
—Realmente,
no somos de interés para seres tan diferentes. Éstos —destacó unas lentillas y
esferas— son navíos Kzinti, y éstos de la BRAZO —unas manchas largas en forma
de palanca, tachonadas con naves menores—. No veo la nave de los Sheathclaws…
—Se
ha retirado.
—Probablemente
fueron reclamadas de su cuartel, o podrían haber huido de los Kzinti. Los
aprovechan a los telépatas como esclavos. ¿Sobre qué os hacéis preguntas?
—Las
interacciones entre ellos —apuntó Proserpina.
Necesitaba
consumir algo de tiempo, luego enviar fuera a los protectores usando alguna
distracción. Luis unió varias naves con una red de líneas, y añadió flechas de
vector.
—¿Veis?
Distancia, velocidad y gravedad. Habéis de tomar todo eso en consideración; por
ello es tan complicado…
—No
lo es —aseveró Proserpina—. Tan sólo es diferente. ¡Hemos viajado desde el
corazón galáctico al sitio de Mundo Anillo! Las facciones han llegado a un
punto muerto, pero es inestable aquí —señaló un sitio.
—Sí.
Y el equilibrio no se sostendrá si… si alguna facción disidente… digamos, un
contingente del partido de Una Sola Raza, manda actualmente en esta nave o esta
otra…
—No
comprendo cómo se ha mantenido durante tanto tiempo esta situación. Tampoco veo
cómo podría sostenerse mucho más —señaló Oboe—. Pero tú les conoces a todos
ellos, Luis.
—Esto
no se sostendría, pero olvidas el efecto que producen los Forasteros. Son más
poderosos que la suma de todas las otras facciones, y todos lo saben. Sólo por
estar aquí, han hecho que se mantuviera estable hasta ahora. Cada especie ha
estado preguntándose qué harán los Forasteros. Pero lo que harán es nada, y la
entera Guerra del Margen gradualmente toma conciencia de eso.
Él
lo veía ahora: la disposición actual desintegrándose, las fuerzas aumentadas
aquí, un embuste allí. Dos naves de la BRAZO en forma de barra derivando para
destruir una gran nave lenticular Kzinti. Treinta y una naves alrededor de un
vehículo
229
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de
los Forasteros, en la esperanza de contar con una protección que desaparecería
como la helada del alba sobre la Luna. Futz, no había ningún equilibrio allí.
—Oboe,
este castillo de naipes podría caerse en cualquier segundo. No podemos esperar.
¿Qué tan rápido puedes ponernos en movimiento?
—Llevará
medio día, con suerte.
Luis
giró hacia él, sorprendido.
—¿Por
qué tanto tiempo?
—Tengo
que dirigir toda la energía del sistema de pantallas de sombra hacia la rejilla
superconductora. Si lo hiciera demasiado rápido, podría haber pérdidas en…
—¿No
puedes extraer potencia magnetohidrodinámica de los estatorreactores del Muro?
—Oh,
qué idea tan buena. Hubiera requerido cierto rediseño, de veinte a treinta días
de tareas y uno mil protectores de las montañas derramadas. Sólo necesito medio
día, Luis; luego nos vamos, y adiós Guerra del Margen.
—Pues
comienza ya mismo —dijo Luis.
—Acabas
de llegar —dijo Oboe, con tono paciente—. No sabemos, ni siquiera tú sabes
quién nos atacó hace veintiocho días. ¿De dónde viene el peligro? ¿Puedo
simplemente acabar con él? La red superconductora ha sido regenerada sólo dos
falans atrás, cristalizándose en su nueva configuración. Incluso si el cambio
al fin se ha completado, tengo que probarla antes.
A
veces sólo se puede apostar el todo por el todo, pensó Luis. Pero Oboe no
actuaría lo bastante rápido si no aumentaba la presión sobre él.
—Muéstrame
cómo sucedió —dijo él.
El
cielo cambió: las naves se movieron, las estrellas no lo hicieron. El Mundo
Anillo se solidificó. Una ventana se abrió, mostrando un acercamiento sobre uno
de los motores de posición, una brillante y diáfana red moldeada magnéticamente
en la forma de un hiperboloide de rotación, con una línea de fuego blanco
surcando el eje. De repente se hizo más brillante, dolorosamente brillante, y
luego se atenuó. El motor había desaparecido, y el Muro del Borde se veía como
cortado por una dentellada. A lo largo de su base, las montañas derramadas
ardían.
—¿Eso
es todo lo que tienes?
—Fue
registrado en varias frecuencias.
Se
repitió la secuencia, esta vez en luz alfa de hidrógeno. Luis lo despreció
230
| P á g i n a
moviendo
una mano.
—Es
un ataque demasiado a la descubierta para que lo hicieran titerotes, y
demasiado mesurado para los Kzinti. Tal vez un grupo Kzinti disidente… Hay
disidentes de la BRAZO también; podríamos preguntarle a Roxanny. O tal vez fue
alguien a quien gustaría que ambos lados se redujeran un poco mutuamente. Nunca
he estado seguro respecto a los Trinocs, o a los titerotes, de hecho.
—No
es de mucha ayuda, lo sé —acordó Oboe.
—Dime
lo que sepas sobre Teela Brown.
—¿Quién?
—preguntó Proserpina.
—Un
insano proyecto titerote —dijo Oboe—. Ella fue una de las víctimas. Productos
Generales, el brazo mercantil de los titerotes de Pierson en el espacio humano,
estableció en forma oculta una lotería de derechos de procreación sobre la
Tierra. La idea era favorecer, a través de la selección reproductiva, la
creación de humanos afortunados. En la práctica, lo que consiguieron fueron
unas pocas anomalías estadísticas, como Teela Brown. Ella… ¡Luis! ¿Has tenido
un niño con Teela Brown?
Luis
no dijo nada.
—¿Dónde
está tu hijo?
Luis
no dijo nada. Entre protectores, mantener cara de póker es fácil; mantener mudo
el lenguaje corporal es mucho más difícil.
Él
esperó hasta detectar movimiento. Proserpina abandonó su silla con un largo
salto. Oboe brincó en una dirección diferente. Hanuman pareció indeciso;
permaneció en el disco pedestre visible, el más lejano. Tan pronto como los
protectores saltaron, Luis brincó hacia la silla de Oboe.
Una
de esas sillas tenía que ocultar un disco pedestre. Era el escondrijo natural.
Que hubiera dos sería redundante, aunque las tres grúas habían sido fabricadas
demasiado pesadas para su función y los asientos demasiado amplios… y Oboe
habría reclamado el primero. Pero los otros transportadores en ese cuarto
tenían que estar custodiados. Si Luis estaba en lo cierto…
Y lo
estaba, porque al instante Hanuman se lanzó hacia la misma silla.
El
homínido llegó primero. La silla comenzó a apartarse, pero Luis ya estaba
encima de él. Hanuman recibió a Luis con una poderosa patada, pero Luis tenía
más masa. Aplastó de golpe a Hanuman contra el disco pedestre y estiró el brazo
sobre el aturdido protector para abrir el borde y encender el disco. Ambos se
fueron.
231
| P á g i n a
Dio
a Hanuman un durísimo golpe en la cabeza con el talón de la mano, y lo sintió
aflojarse. Luis lo envió lejos, volando de un empujón. Sentía un fuerte dolor
en su cadera: la coz de Hanuman le había roto algo.
Estaba
en un subsuelo, en algún sitio bajo el Mapa de Marte. Hizo saltar el borde del
disco y cambió los mandos, rápido.
Luis
cambió, y abrió el borde nuevamente. Si Oboe lo rastreara hasta esa isla
arenosa y estéril —o Hanuman lo señalara un par de minutos más tarde—
encontraría huellas de Luis, pero viejas de horas. Hasta podría encontrar los
rastros de olor de Wembleth y Roxanny.
Y si
los genes de Teela fueran realmente afortunados, Wembleth, Roxanny y su niño ya
estarían bien lejos del alcance de Oboe. Pero cada modelo de genes tiene una
suerte loca sólo por sobrevivir, y la fortuna de Teela no importaría un nej a
Oboe. Lo que importaba era esto: Luis Wu nunca podría mostrarse desapasionado y
confiable ante las preguntas de Oboe mientras tuviera que ocultar sus
respuestas para favorecer a su descendencia.
Una
movida más. Luis dio un toque a los mandos, luego presionó la tecla marcada con
una cruz y partió.
En
el cuarto de la tripulación a bordo de La Aguja Candente de la Cuestión, Luis
se acercó a la cocina y marcó rápidamente un queso azul, una omelette de setas
y una ensalada. Se desembarazó de su traje de presión, y luego de sus ropas.
Marcó un mono de vacío y se vistió con él. Abrió la ducha el tiempo suficiente
para mojar sus vestidos. Había esperado a medias oír la Voz del Ser Último,
pero no llegó.
Pasó
a la bahía de carga. Una aerocicleta hubiera sido algo demasiado grande, pero
solicitó a la cocina un cinturón volante modificado para el ascenso magnético.
Se comió la mayor parte de la ensalada y el omelette mientras esperaba los
cuatro minutos necesarios para que el cinturón fuera construido. Se lo puso, y
volvió a pasar al cuarto de la tripulación.
Ahora
bien, ¿dónde escondería un disco pedestre un titerote? Tenía que haber allí una
escotilla de salvamento: el Ser Último podría encontrarse atrapado en el cuarto
de la tripulación entre un humano y un kzin… ¿El asiento del sanitario?
Demasiado pequeño. ¿La ducha?
El
techo de la ducha. Era del tamaño adecuado. El código de apertura sería algo de
la música de titerote: Luis nunca podría imitarlo. Tal vez podría desarmar el
techo y llegar al transportador, pero primero debía probar otra cosa.
232
| P á g i n a
Puso
sus manos contra el techo de la ducha y dijo:
—Voz
del Ser Último, hazme pasar.
Se
encontró en la sala de controles. Utilizó entonces el disco pedestre que había
allí.
Ni
Hanuman ni Luis estaban donde el primer transportador los había dejado. El
segundo traslado llevó a Oboe y Proserpina a una isla estéril. Allí encontraron
a Hanuman, aturdido e intentando sentarse. Proserpina lo examinó; no parecía
malherido.
—¿Cómo
te encuentras? —lo interrogó Oboe.
—Lastimado,
pero no mucho. Podría haberme quitado la vida, pero no lo hizo —dijo Hanuman.
—Eso
demuestra un buen autocontrol. Proserpina, ve si puedes hallar rastros de tus
huéspedes. Hanuman, descansa.
Oboe
comenzó a trabajar sobre los mandos del disco pedestre.
—Encontré
el olor de los fugitivos —anunció Proserpina—. Data de varios falans atrás.
Ambos en celo.
—Eso
lo cambia todo —dijo Hanuman—. Debo advertir a mi gente…
—¡Tu
gente mora en los árboles! ¿Cómo pueden esconderse de lo que va a venir?
—Stet.
Sé lo que he de hacer.
—Hazlo
luego de que partamos —dijo Oboe—. Cuando acabes, te reincorporarás a nosotros
en el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.
Él y
Proserpina saltaron.
El
Cuarto de Lanzamientos. Varios protectores del Pueblo Colgante yacían sobre el
piso de la caverna bajo el monte Olimpo. El Ser Último trabajaba sobre un
proyector láser.
—¿Cómo
va eso? —preguntó Luis.
—Todavía
desconecto instrumentos. Es difícil asegurarse por dónde es adecuado hacerlo.
Luis
comenzó a desconectar los cables y láseres, pacificando los instrumentos de
233
| P á g i n a
Oboe
cuando era necesario. Lamentaba no poder moverse más rápido. Algo con filos
agudos andaba por dentro de su cuerpo, en la zona de su cadera; la carne se le
estaba inflamando.
—Ya
no te encuentras a salvo sobre el Mundo Anillo —dijo él—. ¿Cómo vas a mover los
componentes del autodoc?
—Aún
no lo he decidido.
—Esperaba
que hubieras pensado en alguna cosa. Stet. Lo que sigue es algo arriesgado…
—Luis terminó de desconectar sensores. Los componentes del autodoc estaban
todavía relacionados entre sí. Los dejó de esa manera—. Estaré fuera por una
hora, al menos. Deja todo esto preparado para ser alzado mediante campos
magnéticos. Abre el techo.
—Espera…
¿Qué estás a punto de hacer?
—No
tengo tiempo de explicártelo.
—¿Dónde
están los protectores a los que robamos? ¿Qué podré llevar a cabo, si la muerte
puede llegarme acaso en cualquier momento? ¡Dime lo que has hecho!
Sería
mejor si lo sabía, y Luis había perdido ya una hora al menos. Concedámosle al
Ser Último un minuto más.
—Traté
de explicarle a Oboe que la Guerra del Margen está a punto de estallar…
—¡Aiiiiiii!
—un estentóreo chillido de consternación.
—Es
como te lo digo. Si escondes tus cabezas, morirás en esa posición. ¿Me crees?
—Sí.
—Le
permití a Oboe adivinar que yo tenía un hijo… sí, un muchacho con los genes de
Teela. Gracias al cielo, ambos sobrevivieron. Tu programa de crianza afortunada
está todavía vigente.
—¿Y
la endogamia posterior? ¿Dónde hallarán pareja los siguientes?
—Oh,
Inferior… otras naves se habrán estrellado sobre el Mundo Anillo. Los niños de
Wembleth y Roxanny encontrarán pareja.
—Stet.
—Me
transporté a unos pocos sitios, allí donde Oboe pudiera hallar rastros de
Wembleth, para que quedara convencido. Luego apliqué el bloqueo al disco
pedestre y pasé a la Aguja. No le tomará mucho tiempo a Oboe superar el
bloqueo. Cuando lo haga, descubrirá que fui a La Aguja Candente de la Cuestión,
tomé un descanso allí, y
234
| P á g i n a
no
me marché de inmediato.
»Debía
estar a bordo cuando él llegara. Pero le dejo sospechar que estaré buscando a
Wembleth, ¿comprendes? Se supone que intento dejar el Mundo Anillo. El
equilibrio en la Guerra del Margen debe estar por caer ahora mismo . Si no
fuera por eso, ningún protector arriesgaría la vida de su descendencia de tal
manera, en una nave que pudiera ser derribada por cualquiera de las facciones
en la Guerra del Margen, o bloqueada tan fácilmente como Oboe puede bloquear la
Aguja.
»Si
Oboe y Proserpina siguieran esa línea de lógica, entonces se dedicarían a
terminar la Guerra del Margen…, y no nos molestarán aquí, mientras mantengas
dormidos a estos protectores y tengas el cuidado de apagar las cámaras de
vigilancia de este cuarto. ¿Puedes hacerlo?
—Confía
en mí —dijo el Ser Último.
Luis
se tomó un momento para meditar. El Ser Último sabía cómo abrir el iris del
monte Olimpo… pero el Tiro Largo era demasiado grande para ser lanzado por el
acelerador lineal, por lo que la nave tendría que elevarse lentamente usando
sus motores de fusión, y se convertiría en un blanco demasiado fácil. El
titerote no tendría la audacia necesaria, y era demasiado peligroso, de todos
modos.
Por
lo tanto, no se iría sin Luis. Podía entonces confiar en él, y eso concluía el
asunto. Luis partió.
Cuarto
de Defensa Antimeteoritos.
—Nunca
pudimos localizar la nave —dijo Oboe—. ¿Podrías acaso bloquear su despegue?
—Sí.
Y puedo revisar el espacio cercano, en busca de cualquier nave de la BRAZO que
se dirija hacia él. Posiblemente no pueda eludirme. Debe haberse vuelto loco.
Una transición fallida al estado de protector puede retorcer el cerebro de un
criador.
—El
entendimiento repentino también puede hacer eso. ¿Loco de terror?
—Pero…
¿tiene miedo de la Guerra del Margen, o de lo que estamos por hacer? —
Proserpina entrecerró los ojos, pensando; el gesto la hacía verse algo similar
a Hanuman. Luego dijo—: No esperará retrasarnos por mucho tiempo. Tendría
apenas el suficiente para huir, si comenzamos ahora y no hacemos caso de Luis
Wu y su niño.
Oboe
alzó la vista hacia el atestado cielo.
—Comencemos,
entonces —ordenó.
235
| P á g i n a
Hanuman
apareció sobre un risco de scrith desnudo. Miró abajo a través de millas y
millas de bosque, examinando sus opciones.
Luis
Wu era el único protector que no tenía descendientes sobre el Mundo Anillo… a
menos que hubiera tenido un niño de Teela Brown. Luis protector no podría tener
ningún interés por Teela, que estaba muerta, a menos que ella hubiera dejado un
niño; y aquel niño tenía que ser de Luis Wu. El encadenamiento lógico era tan
sencillo que hasta un protector del Pueblo Colgante podía seguirlo.
Oboe
lo había visto en un instante, por supuesto. Y en aquel momento, Luis Wu había
huído para rescatar a su hijo y llevarlo a algún sitio seguro.
El
motivo de tal actitud sólo podía ser que la muerte del Mundo Anillo debido a la
Guerra del Margen era probable e inmediata. Era seguro, entonces, que Oboe
actuaría.
¿Y
ahora qué? ¡Los descendientes de Hanuman eran arborícolas! Ellos no tenían
inteligencia; no podrían seguir sus instrucciones, aunque tuviera alguna para
dar. ¿Cómo podía esconderlos del cielo?
¿Rogar
por una lluvia torrencial?
¿Encontrar
y traer al afortunado niño de Teela Brown, y luego hacerle rogar por una lluvia
torrencial?
Hanuman
se decidió.
Separó
uno de los platos flotadores de la pila de servicio. Voló en él por encima del
bosque, disfrutando del olor de miles de sus congéneres por debajo del dosel de
ramas. Hermanos, hermanas, N-hijos… Pero no bajó para verlos. No había tiempo.
Oboe
actuaría inmediatamente. Cuando la cima de un árbol alto le bloqueó el sol,
Hanuman pudo ver cierto brillo en las pantallas de sombra. La energía ya estaba
siendo emitida hacia la red superconductora.
Bajó
el disco sobre la tierra colorada. Unos pocos Excavadores surgieron a la luz.
Hanuman
les habló:
—Deberéis
quedaros bajo tierra durante los próximos dos días; para vosotros será
sencillo. Durante ese tiempo, evitad por todos los medios mirar al cielo.
Extended el mensaje todo lo que podáis, pero guardaos bajo tierra antes de que
las sombras oculten el sol.
»Habrá
en el cielo unas luces más allá de vuestra experiencia. No miréis hacia el
cielo hasta que esas luces se retiren. Después de eso, el cielo quedará muy
oscuro. Habréis de ir entonces hacia babor y giro, en donde encontraréis a la
Gente Colgante.
236
| P á g i n a
Les
ayudaréis; ellos son de los míos, y todos se habrán vuelto locos.
237
| P á g i n a
CAPÍTULO
21
EN
VUELO
El
Palacio del Penúltimo. Luis llegó y saltó rodando de la quemada pila de placas
flotantes, pero nada disparó sobre él.
El
cinturón volante lo sacó del gran salón y luego del edificio. Pasó rozando por
encima del césped amarillo, y se preguntó una vez más por las marcas negras.
Algunas de ellas tal vez formaran el nombre del Penúltimo, o quizá el retrato…
allí, parecían los rasgos de una historieta, muy simplificada, en un estilo que
le trajo extrañas reminiscencias de William Rotsler18. El otro grupo de marcas
sería algún discurso.
Hubiera
necesitado una piedra Rosetta. ¿Qué diría un protector a un invasor? Podría ser
un rompecabezas pictográfico: una palabra que se podría leer como “Entra” o
“Extinto”, “Saludos” o “Epitafio”. ¿Podría extrapolarse su lengua a partir de
eso?
No
era probable.
Luis
voló bajo, disfrutando de su nueva habilidad para sortear los árboles. Tal vez
lo ocultarían, en el caso de que a Proserpina se le ocurriera buscarlo en su
propio terreno. No, no lo ocultarían; ella captaría su olor cuando se quitara
el traje de vacío. De modo que se dedicó a dar vueltas rápido y a alta
gravedad, y disfrutar de una breve libertad de los problemas intelectuales.
La
nave rejilla descansaba entre los árboles, cerca de la base de Proserpina. Con
el tiempo, unos árboles pequeños habían crecido a través de su grilla. Luis
dejó el cinturón volante oculto detrás de un grueso tronco, se quitó su mono de
vacío, y lo abandonó también. Hizo el resto del camino a pie. Vean al criador,
desnudo y cojo.
Allí
estaba el autodoc del Toro Bacota. Luis se preguntó qué dirían las lecturas
diagnósticas sobre él. ¿Mutación? ¿No humano? ¿Moribundo? Siguió caminando sin
detenerse. ¡No había tiempo!
También
encontró la biblioteca del Caracolero. No había tiempo, pero los protectores no
siempre tenían opción.
18 Conocido y premiado dibujante estadounidense
de historietas fantásticas (1926-1997); fue también novelista y director de
cine. Eran frecuentes sus viñetas trazadas con sólo los mínimos gestos de
pluma. (N. del Trad.)
238
| P á g i n a
Había
visto a Roxanny y a Claus trabajar con el dispositivo. No fue difícil urgirlo a
reunir una lista del personal destinado a la flota de la Guerra del Margen.
Había docenas de Wu, y seis Harmony: su primera hija se había casado con un
Harmony. Una de las secuencias del número ID mostraría su línea de
descendencia…
Dos
de sus descendientes se habían unido a la Marina hacía varias décadas. Wes
Carlton Wu, uno de sus nietos, era capitán de vuelo a bordo del Koala —una nave
de acecho—, con su hija Tanya Wu como sobrecargo.
Echó
otra rápida mirada… pero no encontró ningún pariente de sangre, y el tiempo se
le estaba acabando.
Luis
se dirigió a la nave rejilla.
Piensa
como un Pak. Un protector mataría a cualquier criador que oliera incorrecto, y
así generaría más espacio para sus propios criadores. Pero tú eres Proserpina.
La adaptación te ha permitido sobrevivir durante un millón de años. Tú no
quieres hacerle daño a ningún criador… ¡Podría ser el N-hijo de algún enemigo
poderoso!
No
había escalerilla para subir a la cabina. Luis trepó como uno de los del Pueblo
Colgante.
Era
espaciosa por dentro. Había pasamanos por todas partes, aún en el suelo: ¿qué
tan prensiles serían los pies de Proserpina? Sensores e interruptores, botones
y palancas, todos colocados al azar. Vio un tablero en forma de herradura, pero
sólo una silla de control, y no se adaptaría a Luis. Tendría que modificarla…
pero sería mejor, por el momento, convencer a la nave de que él era Proserpina.
Luis
se había decepcionado con el Ser Último. El Inferior había conducido los
destinos de una especie cuyos instrumentos y cultura habían dejado a la
humanidad en el papel de mendigos. ¿Por qué no podía mover unos kilotones de
equipo médico? Eso hubiera resuelto considerables problemas a Luis, y le habría
otorgado dos o tres horas de tiempo.
Tal
vez la facción Experimentalista en la Flota de los Mundos era algo así como el
tradicional Rey Tonto de Nueva Orleáns19. Déjalos que hagan lo suyo, pero
vigílalos. Quítalos de en medio sólo cuando hacen algo costoso o peligroso en
exceso. A veces harán algo que valga la pena.
Se
estaba distrayendo.
19 El rey falso del mundialmente conocido
Carnaval de Nueva Orleáns, el Mardi Gras. (N. del Trad.)
239
| P á g i n a
No
tendrás a ningún Proserpina excepto a mí. Ella habría instalado algunas
trampas, para impedir que otro protector manipulara su nave. A menos que…
¿Pondría Proserpina una trampa lo suficientemente mortal para alguien como
Oboe, reconocido como más brillante y más peligroso que la propia Proserpina?
Si fallara, la revancha que tomara el Chacal podía ser fatal…
¿Y
qué habrá sido de los sirvientes de Proserpina? Esa silla se veía como si
hubiera sido modificada para alguien del tamaño de un individuo del Pueblo
Colgante, y luego ajustada para Proserpina otra vez. Oye… ¡Ha de haber dejado a
Hanuman volarla!
¡Futz!
La nave no estaba defendida. Proserpina era la defensa. ¿Quién se atrevería a
robar su nave? Y ése era precisamente el punto: el verdadero riesgo para Wu
Luis era no hacer nada.
Modificó
la silla y se sentó, se sujetó con las correas y levantó vuelo.
Los
arbolillos que habían crecido entre los metales de la nave se desprendieron del
suelo. Luis ascendió por encima de la atmósfera, luego giró hacia el Muro
perimetral.
¿Acaso
el sol se estaba irritando? Tenía que verlo para asegurarse, pero quedaría
cegado si lo mirara directamente. Debía haber algún modo de atenuar el cristal…
Y Oboe tendría la defensa antimeteoritos actuando. Luis zigzagueó un poco en el
vuelo, y estudió los mandos.
¿Sería
esto?
El
comando no sólo oscureció la vista; también la amplificó ligeramente. Lo giró
hasta que se puso muy oscuro, y alzó entonces la mirada.
Una
prominencia solar se extendía como un brazo… hacia él.
Luis
lanzó la nave a alta aceleración. La tierra llameó por debajo de él. Pudo ver
la columna de fuego rastrearlo y acercársele, luego incendiar una de las muy
pobladas montañas derramadas… y un momento después la nave estaba fuera del
Anillo y la hizo caer, girando hacia atrás y por debajo del suelo del Mundo.
Tenía
que recorrer el arco por afuera del Mundo a lo largo de la semicircunferencia,
ciento ochenta grados, quinientos treinta millones de kilómetros. Ahora el
peligro provenía de las naves extrañas, y no era nada trivial. Luis zigzagueó
siguiendo la rejilla magnética, acelerando enormemente, oyendo el toc, toc
constante de las cámaras espía multimoleculares haciéndose añicos contra la
cáscara de la nave. La Guerra del Margen comenzaría bastante pronto después de
este episodio.
Algo
brilló contra la parte oculta del Mundo Anillo. Luis eludió por muy poco otro
destello. Tal vez él mismo había comenzado la guerra.
240
| P á g i n a
El
Sistema de Retejido de Oboe había cerrado el Puño -de-Dios; Luis tuvo que
trepar alrededor del borde. Se lanzó hacia el Mapa de Marte, a algo más de
ochocientos mil kilómetros de distancia. El sol se ponía nervioso otra vez.
Una
chispa se escapó hacia arriba: otro lanzamiento desde el monte Olimpo. Luis
acomodó la nave rejilla para que siguiera la traza de los parches, sólo por un
momento. ¡Oboe habría evitado que la defensa antimeteoritos disparara sobre el
propio Centro de Defensa! Redujo fuertemente la marcha, se coló por el cráter,
y ya en el interior puso la nave en flotación.
Se
arrastró por la cabina y gritó hacia las sombras de abajo:
—¡Inferior,
ciérralo!
El
iris del cráter comenzó a cerrarse.
Luis
comenzó a jugar con los mandos de la nave magnética. A poco, la Cavidad de
Cuidados Intensivos del autodoc se elevó, girando en el aire, y se introdujo
algo torpemente en la bahía del Tiro Largo. Luego le tocó el turno al Muro de
Servicios, arrastrando cables sueltos. Luego los otros componentes más
pequeños. Luego el bote salvavidas.
Por
último, un tanque que Luis había identificado antes.
El
titerote gritaba algo:
—¿…jetarás?
Luis
cargó el tanque junto con el resto del autodoc. Luego bajó la nave rejilla y
salió de ella.
El
Ser Último vino trotando hacia él.
—¿Cómo
sujetarás esos componentes contra el choque del despegue? —preguntó.
—Oboe
estaba usando una espuma plástica, y eso es lo que hay en el tanque que cargué
al último. Sellaremos y cerraremos; luego subimos a bordo.
El
tanque soltaba chorros de espuma plástica cuando Luis cerró la escotilla de la
bahía de carga. Tomó el asiento del piloto sin el menor comentario. Caramba,
había sido construido para humanos…
—¿No
deberíamos abrir el cráter otra vez? —preguntó el Ser Último.
—Inferior,
vamos a intentar otra cosa.
Activó
el hiperimpulsor Quantum II. La caverna desapareció. El navío se lanzó
directamente hacia abajo, en medio de hirvientes colores.
241
| P á g i n a
Sobre
el Mapa de Tierra.
Poco
después de que anocheciera, Acólito pidió audiencia con Chmeee.
Uno
de los guardias le dijo:
—Juega
en otra parte, niño. Tu padre está ocupado —y sonrió abiertamente.
—Traigo
un mensaje de Oboe.
—Un
nombre raro ése.
—Chmeee
lo conoce. Oboe, el que vive bajo el Mapa de Marte.
El
guardia se aburría, y por ello decidió seguir el juego otro rato. Entró en la
tienda de campaña. Cuando salió, preguntó:
—¿Como
te llegó ese mensaje?
—Por
destellos de luz, provenientes de las montañas situadas a estribor.
Permitieron
la entrada a Acólito. Él se prosternó ante su padre, que lo interrogó.
—¿Se
trata del mismo Oboe que quiere entregarme el Mapa de Tierra? No he oído nada
de él desde que entregaste su anterior mensaje.
—Declara
que tú podrás tomar el Mapa por ti mismo, una vez que los demás se hayan vuelto
locos.
Sus
palabras rasgaron el silencio: los cortesanos de Chmeee prestaban completa
atención.
—¿Locos?
—repitió Chmeee, y estudió a ese hijo suyo, cuyo servilismo parecía ocultar una
euforia impaciente—. Explícame, entonces.
—Las
instrucciones de Oboe son que hemos de escondernos del cielo durante dos días
completos. Debemos estar bajo techo o tiendas de campaña todos nosotros, hasta
las hembras y los cachorros. Incluso deberíamos dormir, si podemos. Hemos de
estar todos a cubierto, o con los ojos vendados, antes de que la sombra cubra
el sol.
—¿Tan
pronto? ¿Cómo se supone que manejaré eso?
Acólito
se atrevió a sonreír.
—¿Qué
sugeriría Luis Wu?
—Hum.
Eso he conseguido al enviarte… ¿Qué ha de pasarle al cielo?
242
| P á g i n a
—No
lo dijo. Pero tú mismo has visto a muchas naves dejar trazas de luz a través
del cielo. Has oído hablar de la Guerra del Margen. La vi en acción en el
Cuarto de Defensa Antimeteoritos de Oboe. Me han dicho que Oboe terminará con
la guerra.
Chmeee
asintió con la cabeza.
—¿Estás
listo para correr? Muy bien. —Su voz se elevó a un bramido—. ¡A todos los que
me oyen! ¡Os declaro emisarios a mis provincias lejanas! Dividíos el contenido
de mi cocina para alimentaros en el camino. Id adonde os envío. Llevad vendas
para los ojos, y estad listos para usarlas; ya sabréis cuándo será necesario
hacerlo. Los tontos entre vosotros os quedaréis ciegos o locos.
»Cada
uno de vosotros es más valioso que cualquiera de aquellos a los que hablaréis,
y por ello habéis de estar a cubierto antes de que las sombras caigan. Dos días
pasaréis ocultos, o habréis de responder conmigo por ello. El resto de nosotros
puede conquistar el Mapa de Tierra, si es lo que elegimos.
El
muchacho Flarpa miraba fijamente, con la boca abierta, hacia el cielo. Las
sombras habían cubierto el sol, pero los rectángulos brillaban de una manera
que nunca había visto. En breve levantó su instrumento y comenzó a tocar.
Sobre
la música, oyó un sigiloso cambio de postura, demasiado cerca para que fuera
provocado por algún forastero.
—Supe
que estabas allí —dijo a las sombras.
—No
te des vuelta. Me he convertido en Vashnisht.
Su
padre había desaparecido hacía varios falans, y ahora esto: regresaba
transformado en un ente de fantasía, imponente y terrible. Flarpa no se dio la
vuelta.
—¿Lo
sabe madre?
—Tú
deberás decirle. Hazlo con cuidado. Luego explícale que deberá esconderse del
cielo durante dos días, y tú también, para no volveros locos. Extiende este
mensaje. Una madriguera será mejor que un toldo. Luego habrá un mundo entero de
gente enloquecida para cuidar, y un banquete mucho más grande del que nuestro
pueblo querrá alguna vez.
—¿Te
quedarás con nosotros?
—No
ahora. Os visitaré apenas pueda.
La
cabina del Tiro Largo estaba en el fondo de la esfera, ubicada entre las cuatro
243
| P á g i n a
toberas
de los motores de fusión. Bajo el hiperimpulso, la nave voló marcha atrás hacia
lo desconocido. Luis la lanzó directamente hacia abajo, a través del suelo del
Mundo Anillo —sintiendo un poco de frenado a causa del superdenso scrith— y la
hizo saltar hacia el espacio.
Se
alejaban del sol, y viajaban directamente hacia el conglomerado más grueso de
naves de la Guerra del Margen. No era que importara gran cosa… Aquellos navíos
estaban todos en el espacio einsteniano, y demasiado cerca de una gran masa. En
cambio Luis volaba —a ciegas, por supuesto— cruzando el hiperespacio. En lo que
él confiaba era que esta nave, más rápida, superaría a los comedores.
El
titerote estaba cerrado en un apretado nudo. No sería de gran ayuda.
¿A
qué velocidad se movería el Tiro Largo cerca de una masa tan grande? Él se
había preguntado si siquiera excedería la velocidad de la luz. Oboe podría
haber resuelto el dilema del funcionamiento del sistema Quantum II, pero Luis
no tenía suficientes pistas. De todos modos, aprendería pronto. Cuando la
esfera de cristal que era el detector de masas comenzó a trabajar, supo que
estaba fuera de la singularidad.
Once
horas más tarde, Luis descubrió que hasta los protectores podían caer agotados.
Pero podía hacer caso omiso de ello, del hambre y la sed, y del dolor de sus
tripas y articulaciones, de su cabeza y sinus, todas cosas que sólo pertenecían
a un salvaje envejecido. Ya no importaba: había escapado del Mundo Anillo. De
los treinta billones de homínidos del Arco, un gran porcentaje sobreviviría.
Wembleth, Roxanny y su niño se perderían entre la muchedumbre. Aún si Oboe
descubriera quiénes eran ellos realmente, no los buscaría. Con algo de suerte,
pensaría que Luis se había llevado consigo a Wembleth a las estrellas.
La
sensación de triunfo podía compensar con mucho el dolor.
El
suelo de la cabina funcionaba como ventana de visualización, y seguramente se
oscurecería, amplificaría la luz, mostraría los registros y grabaciones como
una pantalla, e incluso haría acercamientos visuales. Luis contempló al
principio unos patrones de flujo de luz coloreada, y una coma oscura cruzando
rápidamente por delante.
Cambió
la imagen. La ventana ya no estaba allí: sus ojos se deslizaron alrededor del
sitio.
Echó
una ojeada al detector de masas. Debían haber habido líneas de luz avanzando
lentamente hacia él, situado en el centro del cristal… Pero no mostraba nada,
sólo el cristal dopado.
Luis
cortó el hipermotor.
Aparecieron
nubes de estrellas. El universo era amplio y hermoso debajo de sus
244
| P á g i n a
pies.
Estaba de regreso en el espacio normal.
Hubiera
sido muy agradable vender el Tiro Largo a alguna banda de filibusteros en el
espacio humano… ¡o formar la propia, incluso! Sin embargo, ahora todo eso
parecía improbable. Luis hizo una aproximación de vídeo, luego oscureció un
poco el cristal contra la luz deslumbrante del astro. En la imagen el Mundo
Anillo eclipsaba el sol, excepto por una leve astilla de luz.
A
seis horas luz del sistema del Mundo Anillo —midió la distancia—, el sol no
iluminaría gran cosa al Tiro Largo ; pero ocultar la nave a la sombra del
Anillo la volvería negra como el espacio. Y como no había usado en absoluto los
motores de fusión, nadie lo hallaría siguiendo la huella del flujo de
neutrinos. Sin embargo, el resto del espectro electromagnético podría revelarlo
a los contendientes de la Guerra del Margen, si acaso resolvieran mirar hacia
allí. Pero pensó que estarían demasiado ocupados. Seguirían buscando la nave
rejilla de Proserpina, hasta que sucediera algo más interesante… y no faltaba
mucho para ello.
El
cuarto de reposo superior era tan diminuto como la cabina de abajo, pero había
un muro de recreación, un dosificador de alimentos y una ducha de bolsa. Notó
también una escotilla en el techo; eso era nuevo. Conducía a un laberinto de
tubos de acceso, del diámetro de un hombre, que podía verse a través de la
pared. Eran difíciles de seguir —un bonito rompecabezas—, pero descubrió que
uno de ellos conducía a la bodega donde había cargado el bote salvavidas y el
autodoc. Eso era muy bueno.
Se
tomó el tiempo para una ducha. De todos modos, si acaso se perdiera el
acontecimiento, el Tiro Largo podría pescar la onda de luz más adelante.
Nada
había cambiado cuando salió de la ducha, ya seco. Hundió sus dedos en la melena
del Ser Último y esquivó una patada de la pierna trasera… o casi.
—Despierta
—le dijo.
—¿Te
hice daño?
—No
importa.
—¿Por
qué estamos en reposo?
—Quiero
ver una cosa. De todas formas, no puedo usar el detector de masas.
—¡Iiiii!
—silbó el titerote.
—Es
un dispositivo psiónico. Tendrás que volar la nave tú mismo. Pero estamos
libres, todo lo que amo está seguro, la Guerra del Margen no nos busca todavía,
y el camino está libre hasta Canyon.
—¿Canyon?
245
| P á g i n a
—O
la Flota de los Mundos, si prefieres. Sólo que imaginé que habías llevado a tu
compañero y niños contigo cuando dejaste la Flota.
—Por
supuesto.
—Si
podemos detenernos en algunos detalles, hay algo que necesitaría.
—Estás
alardeando, Luis, como has hecho antes una vez. Te mueres, ¿verdad?
—Sí.
Estaba demasiado lastimado cuando el Árbol de la Vida comenzó a cambiarme. Me
muero, stet, pero no alardeo. Todo ha salido bien. Pero me pondría contento si
pudiéramos conseguir que el autodoc de Carlos Wu funcionara otra vez.
—Eso
tomaría… hum.
—Una
complicación considerable. Un pesado esfuerzo físico. ¿Qué puedo ofrecerte?
—El
Tiro Largo se mueve demasiado rápido…; es casi segura la colisión con alguna
estrella. No me atrevo a conducir hasta Hogar.
—¿No
iremos a Canyon?
—A
Hogar —repitió el titerote—. No pensé que podría esconderlos bien sobre Canyon.
Demasiado pequeño. Hogar se parece mucho a la Tierra, Luis, y tiene una
maravillosa historia.
—A
Hogar, entonces —dijo Luis, con tono afable—. Oye…
El
sol ampliado por la visión brilló de repente, llenando la sala de control con
agudas sombras.
El
titerote giró una cabeza, luego ambas; sus pupilas como puntas de lápiz, casi
cerradas. Su voz se hizo monótona: el Ser Último estaba alterado.
—¿Dónde
está el Mundo Anillo?
—Oh,
sí…
—¿Sí?
—Sí.
Oboe usó nanotecnología para adaptar la rejilla superconductora del Anillo a la
configuración que encontró en el Tiro Largo. Ha huído como un conejo, bajo el
hiperimpulsor Quantum II, y se llevó al Mundo Anillo con él…
—¿A
qué distancia?
—…y
ésta es la única nave que podría alcanzarlo. ¿Qué dices? Bien, un poco más de
dos días de treinta horas bajo el hiperimpulsor Q-II … un año luz en un minuto
y
246
| P á g i n a
cuarto…
Digamos tres mil años luz, antes de Oboe se quede sin energía. Eso es muy lejos
del espacio humano. Los telescopios no lo verán por las próximas cien
generaciones. Se podría detectar esa masa tan grande en movimiento con un
simple detector de ondas gravitatorias. ¿Qué piensas hacer, correr en su busca?
—La
riqueza —se afligió el Ser Último—. Todo se ha ido. Perdí mi sitio como Ser
Último persiguiendo la riqueza de conocimientos que guardaba el Mundo Anillo. Y
esos que has nombrado… los que tú amas, Luis… ¿qué será de ellos?
—Nunca
los encontraré, Inferior; ése es el punto. Ahora vamos a reparar ese autodoc
antes de que algo se rasgue dentro de mí.
—Pienso
que podemos despreciar el efecto de marea —dijo Oboe—. ¿Qué crees?
Los
dedos de Proserpina bailaron. La pantalla de la pared —que no mostraba más que
un color gris sólido en todas partes— se ennegreció. Unos jeroglíficos blancos
bailaron a través de ella, cálculos en un sistema matemático Pak de millones de
falans de antigüedad.
—La
gravedad del sol nos jalaba un poco hacia dentro, a lo largo de un ángulo muy
estrecho. Ahora que el sol se ha ido —dijo ella—, todos los mares tenderán a
fluir hacia las paredes laterales. Estaremos en vuelo durante dos días… Stet,
es insignificante. Pero lo que realmente me preocupa… —los jeroglíficos
bailaron otra vez— es el acercamiento.
El
cielo se había vuelto loco. Roxanny y Wembleth salieron de la tienda de campaña
—ella un poco torpe a causa del embarazo—, y miraron fijamente un espectáculo
de luces que hubiera ganado premios.
—¿Qué
es lo que pasa? —preguntó Wembleth.
—Juro
que no tengo la menor idea. Algún arma supersecreta… Futz, espero que no sea
Kzinti. No veo ninguna nave en absoluto, a menos que… ¿Qué es eso?
Una
pequeña coma negra pasó girando a través del cielo, de estribor a babor. Dejó
una picadura cerca de la cumbre del Muro del Borde, visible para Roxanny
gracias sus gafas magnificadoras.
—No
sé —dijo Wembleth.
—¿Una
nave más grande que el Tiro Largo? Ninguna especie de las que conozco las
tiene…
247
| P á g i n a
—El
cielo cambia otra vez, Roxanny…
Por
un instante los colores palidecieron, y luego el cielo entero desapareció, y
ambos quedaron ciegos.
Era
difícil recordar que una vez hubo un paisaje.
—¡Esto
es el Punto Ciego! —dijo Roxanny. Ella había sido entrenada para enfrentarlo:
dirigió la vista a sus pies. Sí, allí estaban—. Futz, no puedo creerlo…
¡Estamos bajo hiperimpulso! Mira hacia abajo, Wemb. Más abajo, a tus…—pero
Wembleth vagaba lejos, aún cegado. Roxanny lo siguió y, todavía sin alzar la
vista, trepó las manos por su cuerpo y le inclinó la cabeza hacia abajo.
—Vamos
a la tienda —dijo ella.
Se
refugiaron en la tienda de presión durante dos días. Cuando tuvieron cielo otra
vez, sólo había estrellas deslumbrantes sobre un fondo negro.
—Esto
que sucedió va a volver locos a muchos de los Pueblos —dijo Roxanny—. El Mundo
Anillo jamás estuvo así de oscuro. Los faros de la aerocicleta van a ser
inestimables.
—Nunca
vi estrellas tan brillantes —dijo Wembleth—. Esto es una nueva era, Roxanny.
¿Dices que hay Mundos Esfera alrededor de la mayor parte de las estrellas?
Podrían ser nuestra herencia, tal vez…
Una
estrella hacia estribor se hacía cada vez más brillante, por encima del Muro
del Borde.
El
cielo había vuelto a la pantalla de pared del Cuarto de Defensa Antimeteoritos.
—Tendremos
que encontrarnos un sol, stet? —dijo Proserpina—. Y desplazar el Mundo Anillo
para acomodarnos a él. Los campos magnéticos son inútiles sin algo contra lo
que actuar, por lo que usaremos sólo los reactores de actitud. Nos alinearemos
con una estrella, avanzaremos hacia ella, y ya en su proximidad usaremos el
campo para detenernos. Los mares enloquecerán, Oboe.
—Lo
sé. He encontrado una estrella blancoamarillenta que posee casi nuestra propia
velocidad y vector. Allí, la brillante, ¿la ves?
—Sí.
Acerca la imagen.
La
estrella se amplió, y un filtro la oscureció.
—La
emisión de rayos X es mayor en esta región —dijo ella—. Tendremos que
incrementar la capa de ozono hasta que podamos construir unas pantallas de
sombra.
248
| P á g i n a
—Sí.
—Estoy
más preocupada por las mareas…
—Sí,
habrá mucha tensión sobre los mares y océanos.
—Pensé
dejar que se helaran, pero no podemos hacerlo. Tenemos que…
—Por
supuesto que no, pero podemos usar el efecto magnético sobre el mismo sol.
Mira, podemos sesgar nuestro camino, para que la estrella ingrese corrida del
eje del anillo. Cuando rodeemos el sol, vamos a sacudirnos unas cuantas veces
mientras nos estabilizamos; eso arrojará los mares de aquí para allá, pero
evitará que todos vayan en una misma dirección, lo que sería desastroso.
Los
jeroglíficos blancos bailaron a través del campo estrellado.
—Eso
funcionaría —dijo Proserpina—. Perderemos a la mayor parte de nuestra
población, incluso quizá especies completas…
—Lo
sé.
—Tengo
una solicitud. Dime si será factible.
—La
consideraré, si puedes describirla.
—Hagamos
que el sol no quede centrado respecto al eje del Anillo. Así tendremos mareas.
También estaciones, modificando el clima.
—¿Qué,
como un Mundo Esfera? —Oboe se rió—. Como tu mundo, el mundo Pak… ¿Y los
criadores? ¿No se volverán más locos aún?
—Quien
haya conservado su mente sana después de estos dos días se acostumbrará a
cualquier cosa —aseguró Proserpina.
249
| P á g i n a
CAPÍTULO
22
CRIADOR
Luis
Wu se despertó llameando de nueva vida. Cauteloso por recordar que estaba en
caída libre, esperó a que la tapa del ataúd se apartara completamente. Un
holograma del Ser Último lo miraba desde arriba.
Luis
se movió un poco.
—Nada
me duele.
—Me
alegro.
—Me
había acostumbrado a ello —sonrió—. ¡Ah, futz, he perdido mi mente!
—Luis,
¿no sabías que la máquina te reconstruiría como un criador?
—Sí,
pero… mi cabeza se siente futzy. Como llena de algodón. Nunca me sentí yo mismo
con tanta intensidad como cuando podía pensar como un protector.
—Podemos
reconstruir el autodoc para…
—No.
No —dio un puñetazo contra la tapa de ataúd—. Lo recuerdo todo. Tengo que
mantenerme como criador, o morir. Si algún día me vuelvo un protector,
inevitablemente iré en busca de Wembleth y Roxanny…, y Oboe y Proserpina los
encontrarán.
—Pero
seguramente ellos protegerían tu línea sanguínea.
—Lo
harían, sí. Pero si Wembleth está libre sobre el Mundo Anillo, su suerte… Hum.
—Tú
no creías en la suerte de Teela Brown.
—No,
no creía en eso. Pero cuando era un protector… Bien, esto no es muy científico…
¿stet?, porque no puede ser verificado. Pero… echa una mirada al esquema
completo. Él se robó a mi mujer, ¿stet? Y ella cayó en su regazo. La única
mujer al alcance que podía hacer joven otra vez a Wembleth, y tener a sus niños
también. ¡Él es el único sobreviviente de un pueblo que murió de asfixia, y
estaría muerto si el rescate no hubiera caído sobre él, proveniente del espacio
interestelar!
—¡Luis!
¡Teela no fue afortunada!
—Stet,
y Wembleth perdió a todos sus amigos, y terminaron como unos refugiados
perseguidos. ¿Y si son los genes los que tienen suerte? Los genes de Teela, que
250
| P á g i n a
quieren
seguir reproduciéndose. Se puede argumentar siempre por uno u otro camino…
—Oh,
podrían ser incluso los rayos de la luna… Vamos, Luis, una idea que genera
suposiciones que no pueden ser verificadas no es científica. Probablemente
Teela no era más que una aberración estadística cuando la encontramos. Después
de eso, independientemente de lo que le sucediera, tú siempre podrías
explicarlo como la posibilidad más afortunada respecto de cualquier otra cosa
que le podría haber pasado. Lee el Cándido de Voltaire, y verás.
—Lo
leeré.
—Es
incomprobable. Si es un error, no puedes demostrarlo.
—Cuando
yo era un protector, no dudé de ello. Tal vez los hijos de Teela se conviertan
en la suerte del Mundo Anillo. Si su localización es incierta, pues protegerán
al Anillo entero. Mecánica cuántica básica. ¡Y el Anillo va a necesitarlo! Han
huído más allá del universo conocido, a un año luz por cada minuto y cuarto…
—Luis.
—¿Qué?
—No
nos hemos movido desde que entraste en el autodoc, hace dos meses del tiempo
terrestre. Somos un punto caliente en el cielo. Tarde o temprano, la Guerra del
Margen nos descubrirá. ¿Qué otra cosa tendrá aquella heterogénea muchedumbre
para entretenerse, salvo detectarnos y perseguir nuestra nave?
—Tienes
razón.
Luis
trepó de regreso a la cabina por el laberinto de tubos de acceso, perdiéndose
una vez, recuperando el camino luego, dirigido por el titerote. Se instaló en
la silla del piloto y encendió el hiperimpulso. Las líneas radiales le
indicaron la posición de las estrellas en el detector de masas, y Luis enfiló
el Tiro Largo hacia Hogar.
251
| P á g i n a
PARÁMETROS
DEL MUNDO ANILLO
30
horas = 1 día del Mundo Anillo
1
revolución = 7,5 días = 1 rotación del Mundo Anillo
1
falan = 10 revoluciones = 75 días
Masa
= 2 x 1024 toneladas
Radio
= 1,5915 x 108 km
Circunferencia
= 1 x 109 km
Anchura
= 1,6 x 106 km
Superficie
= 1,55 x 1015 km2 = 3 millones de veces la de la Tierra (aprox.)
Gravedad
superficial = 9,73 m/seg = 0,992 g
Velocidad
de rotación = 1230 km/seg
Altura
de los muros laterales: 1600 km
Astro
central: G3 próximo a G2, algo más frío y pequeño que el Sol.
LISTADO
DE PERSONAJES
GENTE
DE LA ESFERA
Luis
Wu: Terrestre. Primera y segunda expedición al Mundo Anillo.
Teela
Brown: Terrestre, de una línea criada para producir humanos afortunados, debido
a la manipulación causada por los titerotes de Pierson. Primera expedición al
Mundo Anillo. Vuelta protector durante Los Ingenieros de Mundo Anillo, y ahora
fallecida.
Nessus:
titerote de Pierson, compañero del Ser Último y su pareja. Condujo la primera
expedición al Mundo Anillo.
252
| P á g i n a
Ser
Último, Inferior: titerote de Pierson, una vez el principal de su especie.
Condujo la segunda expedición al Mundo Anillo.
Chmeee,
antes Interlocutor de Animales: Kzin. Primera y segunda expedición al Mundo
Anillo.
Roxanny
Gauthier: Terrestre, Detective Principal de la BRAZO. Sirviendo a bordo del
Caracolero y Toro Bacota.
Oliver
Forrestier: Wunderlandés, Detective de la BRAZO. Sirviendo a bordo del
Caracolero y Toro Bacota.
Claus
Raschid: Terrestre, Detective Adjunto de la BRAZO. Sirviendo a bordo del
Caracolero y Toro Bacota.
Detective
en Jefe Schmidt: Terrestre. Sirviendo a bordo del Toro Bacota.
Wes
Carlton Wu: Terrestre, Capitán de Vuelo a bordo del Koala.
Tanya
Haynes Wu, Terrestre, Sobrecargo a bordo del Koala.
HIJOS
DEL MUNDO ANILLO
Caminante:
Especie desconocida, visto por última vez con Teela Brown.
Acólito:
Kzin del Mapa de Tierra, hijo desterrado de Chmeee.
Bram:
Vampiro vuelto protector, regente del Centro de Reparación durante eones, hasta
morir a manos de Oboe, con la ayuda de Luis Wu.
Wembleth:
homínido de especie desconocida, viajero por el Mundo Anillo.
Oboe:
Amo de la Noche (Chacal) vuelto protector.
Flarpa:
Amo de la Noche, hijo de Oboe.
Hanuman:
homínido de una de las razas de los Pueblos Colgantes, vuelto protector.
Valavirgillin:
Hembra del Pueblo de la Máquina; representa al grupo de Comerciantes Oteadores.
Proserpina:
Protector de Pak, superviviente de los Constructores del Mundo Anillo.
El
Penúltimo: Protector de Pak, muerto hace tiempo.
253
| P á g i n a
Szeblinda:
Hembra hinsh, de la Gente Jirafa.
Kawaresksenjajok:
Macho, Ingenieros de las Ciudades.
Fortaralisplyar:
Hembra, Ingenieros de las Ciudades.
254
| P á g i n a
GLOSARIO
Freno
Aerodinámico: bajar la velocidad por el método de atravesar una atmósfera
planetaria.
Antigiro:
dirección opuesta al sentido de rotación del Anillo.
Arco:
el Mundo Anillo, según se ve desde la superficie. La mayoría de los nativos
considera su mundo como una superficie plana coronada por un inmenso y estrecho
arco parabólico, con el sol suspendido de él.
Babor:
mirando hacia giro, dirección que queda a la izquierda.
BRAZO:
anteriormente, la Brigada Amalgamada Zonal; actualmente, desde hace varios
cientos de años, la milicia de las Naciones Unidas. Su jurisdicción se limitaba
originalmente al sistema Tierra-Luna.
Autodoc:
Cualquier sistema construido para realizar operaciones médicas automatizadas.
Cableta:
adicto a la corriente. Se utiliza un mecanismo llamado contactor o tasp, que se
enchufa en la nuca (en un electrodo previamente insertado por cirugía) y
administra una determinada cantidad de electricidad al centro de placer del
cerebro.
Canyon:
mundo del espacio humano, una vez propiedad del Patriarcado Kzinti.
Autodoc
de Carlos Wu: un sistema médico experimental, que vio la luz en el cuento
“Procusto”, incorporado luego en “Colisionte” (Crashlander).
Contactor,
Tasp: un pequeño dispositivo que se enchufa al cráneo de un adicto a la
corriente, o cableta. Su objetivo: dirigir un flujo de corriente al centro de
placer del cerebro del usuario.
Raíz
acodada: planta común del Mundo anillo, usada como cercado natural.
Experimentalistas:
facción política de los titerotes de Pierson, ahora fuera del gobierno.
Ojo
de Tormenta: patrón de vientos que se forma encima de un agujero en el suelo de
Mundo Anillo. Semeja un tornado puesto de lado; los huracanes y tornados
convencionales son imposibles sobre la llana superficie del Mundo Anillo.
Flota
de los Mundos: el mundo natal de los titerotes, acompañado por otros cuatro
planetas más (dedicados a la agricultura) formando una roseta de Klemperer,
moviéndose en ruta hacia las Nubes de Magallanes a una velocidad cercana a la
de la
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luz.
Flup:
cieno del fondo marino. Por extensión, mierda.
Aerocicleta:
un dispositivo volante de cabina abierta, para una o dos personas.
Guerra
del Margen: Todas las especies del espacio conocido parecen haber enviado naves
invasoras al sistema del Mundo Anillo. Mientras Bram estuvo al mando del Centro
de Reparaciones, las derribaba si se acercaban demasiado. Oboe no ha hecho lo
mismo, y la Guerra del Margen actualmente se halla congelada.
Productos
Generales: una compañía propiedad de los titerotes de Pierson, que comerciaba
fuselajes de naves espaciales en el espacio humano. Fue disuelta hace
doscientos años, cuando los titerotes iniciaron su migración hacia las Nubes de
Magallanes.
El
Gran Océano: el más cercano de los dos mares salinos sobre el Mundo Anillo, que
poseen cada uno seiscientas veces el área superficial de la Tierra.
Multigrap:
una herramienta manual multipropósito.
Hogar:
mundo del espacio humano, excepcionalmente parecido a la Tierra.
La
Aguja Candente de la Cuestión: segunda nave de diseño Experimentalista en
alcanzar el Mundo Anillo.
Espacio
humano: la región de estrellas exploradas y habitadas por la humanidad.
Espacio
conocido: la región del espacio mapeada y conocida por la humanidad, ya sea por
propia exploración o la de otras especies.
PJ
(Persona Jurídica): Cualquier entidad (humana o no, orgánica o no) legalmente
autorizada a tener derechos civiles en el espacio conocido.
Tiro
Largo: nave espacial prototipo, dotada de un hiperimpulsor Quantum II, la
primera y única en visitar el Centro Galáctico.
Embustero:
primera nave de diseño Experimentalista en alcanzar el Mundo Anillo.
Mapa
de Tierra (o de Marte, de Kzin, Kdatlyno, etc.): el Gran Océano está sembrado
con mapas de los mundos habitados cercanos, a escala real, completados hasta
con las ecologías locales por la época en que el Mundo Anillo fue construido.
Defensa
antimeteoritos: sistema defensivo del Mundo Anillo, que puede provocar una
llamarada solar, y producir un efecto de láser supratérmico dentro de la
llamarada. La cantidad de energía involucrada es pavorosa, pero el efecto es
lento.
N-niño:
descendiente natural, legal o no.
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Hipermotor
de los Forasteros, o Hiperimpulsor Quantum I: un motor para navegar más rápido
que la velocidad de la luz, común en el espacio conocido.
Patriarcado:
el imperio interestelar Kzinti.
Babor:
mirando hacia giro, dirección que queda a la izquierda.
Hiperimpulsor
Quantum II: un avanzado sistema impulsor experimental, más rápido que la luz,
de diseño titerote, originalmente relatado en el cuento “En el Núcleo”. Un día
del Mundo Anillo bajo el impulsor Q-II representan 1440 años luz de distancia.
Centro
de Reparaciones: antiguo centro de mantenimiento y control del Mundo Anillo,
oculto debajo del Mapa de Marte, en el Gran Océano.
Rishathra
(reshtra): práctica sexual interespecies, aunque siempre dentro de los
homínidos. Es una costumbre propia del Mundo Anillo.
Scrith:
el material estructural del Mundo Anillo. El scrith forma todo el subsuelo, y
sobre él se asienta la superficie interior terraformada, de tierra y rocas.
Está esculpido para formar los accidentes geográficos, y su espesor es
prácticamente constante. Las paredes del Borde también son de scrith. Es muy
denso, y tiene una resistencia mecánica del orden de las fuerzas de cohesión
del núcleo atómico.
Sheathclaws:
un mundo compartido por telépatas humanos y Kzinti.
Montañas
derramadas: montañas que se apoyan sobre los muros perimetrales del Mundo
anillo, formadas por los detritos que expelen los desagües que se encuentran en
lo alto del Muro. Son una de las fases de recirculación del flup, y tienen su
propia ecología.
Giro:
sentido de la rotación del Mundo anillo (contra la rotación del cielo).
Estribor:
mirando hacia giro, dirección que queda a la derecha.
Campo
de estasis: tecnología humana. Un estado inducido, en el cual el tiempo pasa
muy despacio. Las proporciones pueden ser tan altas como que mil millones de
años de tiempo real equivalgan a unos pocos segundos bajo la estasis. Un objeto
sumergido en estasis es prácticamente invulnerable.
Disco
pedestre: sistema teleportador abierto, de diseño y manufactura titerote. Otras
razas del espacio conocido poseen sistemas menos perfeccionados que requieren
el uso de recintos cerrados, llamados cabinas de transferencia.
Stet:
Déjalo en paz; acéptalo como escrito; no hagas ningún cambio.
Nej:
abreviatura de «no es justo», utilizada como interjección.
Propulsor: motor
sin reacción. En el espacio
conocido, los propulsores
han
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reemplazado
a los motores de fusión en todas las naves espaciales, salvo las militares.
Vishnishti
(Vashnesht, Vasnesht, Vasnisit, etc.): mago, nombre dado a los protectores por
los homínidos del Mundo Anillo.
Cámara
red: artefacto multisensor de tecnología titerote, que simula una telaraña de
bronce muy poco visible.
Planta
salchicha: vegetal muy común en el Mundo Anillo. Comestible.
FIN


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