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Libro N° 6115. Mundo Anillo IV. Hijos Del Mundo Anillo. Niven, Larry.

Libro N° 6115. Mundo Anillo IV. Hijos Del Mundo Anillo. Niven, Larry.

 


© Libro N° 6115. Mundo Anillo IV. Hijos Del Mundo Anillo. Niven, Larry. Emancipación. Junio 15 de 2019.

Título original: © Ringworld’s Children

                                  

Versión Original: © Mundo Anillo IV. Hijos Del Mundo Anillo. Larry Niven

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://orig00.deviantart.net/28bb/f/2018/009/6/f/04_hijos_del_mundo_anillo_by_tuscriaturas-dbzhtoi.pdf

 

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Portada E.O. de Imagen original:

https://orig00.deviantart.net/28bb/f/2018/009/6/f/04_hijos_del_mundo_anillo_by_tuscriaturas-dbzhtoi.pdf

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mundo Anillo 4

HIJOS DEL MUNDO ANILLO

Larry Niven

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HIJOS DEL MUNDO ANILLO

 

Larry Niven

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Mundo Anillo 4)

 

 

 

Título original: Ringworld’s Children

 

Traducción: abur_chocolat

 

© 2004 by Larry Niven

 

ISBN: 0-765-30167-9

 

Edición digital: abur_chocolat

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 | P á g i n a

 

 

INDICE

 

 

 

 

 

Prefacio

 

1 – Luis Wu

 

2 – El Ser Último

 

3 – Reclutamiento

 

4 – Acólito

 

5 – Hanuman

 

6 – El Punto Ciego

 

7 – Fin de carrera

 

8 – La bomba de antimateria

 

9 – Panorámica

 

10 – Algo que contar

 

11 – El suelo herido

 

12 – La Gente Jirafa

 

13 – El Toro Bacota

 

14 – El Pueblo de las Montañas Derramadas

 

15 – Proserpina

 

16 – Reunión de mentes

 

17 – La ciudadela del Penúltimo

 

18 – El suelo del Mundo Anillo

 

19 – El despertar

 

20 – Contando un cuento

 

21 – En vuelo

 

22 – Criador

 

Parámetros del Mundo Anillo

 

Listado de personajes

 

Glosario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3 | P á g i n a

 

 

Este libro va dedicado a los bomberos de California y estados vecinos que lucharon contra los incendios de octubre de 2003; en particular, deseo agradecer a aquellos que salvaron nuestra casa y otras en el condado.

 

L. N.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4 | P á g i n a

 

 

PREFACIO

 

 

 

 

 

El Mundo Anillo tiene la misma masa que Júpiter. Su forma es la de una cinta cerrada, de un millón seiscientos mil kilómetros de ancho y novecientos sesenta millones de kilómetros de longitud total, lo que lo hace un poco más grande que la órbita de la Tierra. Circunda una estrella enana amarilla. Su velocidad de giro, de 1230 kilómetros por segundo, es suficiente para otorgarle a la superficie interna una gravedad muy similar a la de la Tierra, merced a la fuerza centrífuga generada. Unos muros a lo largo de ambos bordes, de mil seiscientos kilómetros de altura, son lo bastante altos para conservar entre ellos una atmósfera por millones de años.

 

Mucho más se deriva de estas consideraciones básicas.

 

La superficie interior del Anillo conforma un hábitat cuya área es tres millones de veces mayor que la del planeta Tierra. La topografía es literalmente una obra de arte, esculpida por quien construyó el artefacto, de modo que por debajo el Mundo Anillo semeja la cara interior de una máscara.

 

Un anillo interior de paneles rectangulares, que giran en sentido opuesto al Anillo, bloquea el sol, otorgando períodos nocturnos a tramos; si así no fuera, sería siempre el mediodía. Un sistema de enormes tuberías corre desde el fondo de los océanos y mares —bajo el suelo del Mundo Anillo y por la parte trasera de los muros perimetrales— y descarga sobre el borde, permitiendo reciclar el lodo de los fondos (llamado flup) y generar con él las montañas derramadas. Unos inmensos motores de posición se ubican por encima de los muros de los bordes: estatorreactores Bussard, que usan el viento de protones proveniente del sol como combustible, y mantienen el Mundo Anillo centrado contra su inestabilidad inherente. Tres espaciopuertos cuelgan como cornisas fuera de los muros, del lado del espacio. Dos enormes océanos salinos sirven como reservas para la vida de alta mar, y para algo más: contienen gigantescas islas dibujadas como los mapas de varios mundos, en proyección polar y en escala real. El suelo del Mundo Anillo es de un material inusualmente denso y fuerte, llamado scrith, y posee muchas otras insólitas propiedades.

 

El propio sol está implicado en la defensa contra meteoritos de Mundo Anillo. Una red de enormes cables superconductores, empotrada en el suelo del mundo, provoca llamaradas solares y genera con ellas un efecto de láser supratérmico. El inconveniente: no puede dispararle a los meteoritos que llegan por detrás del fondo del Anillo. Así, cualquier meteorito que al fin golpee el Mundo Anillo —como el que formó la montaña Puño-de-Dios—, generalmente choca de abajo hacia arriba en el paisaje.

 

Algunos detalles otorgan pistas acerca de la naturaleza de los Constructores.

 

La plétora de puertos y fiordos, sumado a los espejos de agua no muy profundos —

 

 

 

 

 

 

5 | P á g i n a

 

 

la mayoría de ellos—, sugiere una especie que utiliza sólo la superficie de los mares.

 

Las formas de vida más viles —los mosquitos, las moscas, los chacales, los tiburones, los murciélagos vampiro— no existen. Por ello, los homínidos se han prodigado en especies para cubrir la mayoría de esos huecos ecológicos. Los Constructores no eran ecologistas; eran jardineros.

 

Los habitantes son homínidos, en desconcertante variedad: unos inteligentes, otros no. Cubren los nichos ecológicos que sobre la Tierra son ocupados por casi cualquier otro mamífero, pero en particular las formas de vida más viles, ya referidas…, como si el antepasado de la humanidad, el Homo habilis, hubiera sido protegido hasta contarse por cientos de miles de millones, y luego abandonado a su suerte, para mutar sin detenerse.

 

No se entiende correctamente el Mundo Anillo hasta que se ha comprendido su tamaño.

 

Poco después de que el primer libro salió a la venta, un amigo iba a construir un modelo a escala para una convención de Ciencia Ficción próxima. Tenía una canica de mármol de color azul, que serviría como la Tierra, para comparar. Resultó que necesitaría una cinta de metro y medio de alto y ochocientos metros de longitud. El terreno del hotel no era lo suficientemente grande para contenerla.

 

Un sujeto que intentó trazar un mapa del Mundo Anillo, me dijo que se quedó rápidamente sin capacidad en la computadora. Los cálculos requerían demasiadas potencias de diez.

 

David Gerrold habla de un subgénero de novelas al que llamó «La Cosa Enorme». Hoy se podría llenar un anaquel bastante grande con ellas. Cita con Rama, de Arthur C. Clarke y Orbitsville, de Bob Shaw están en esa clase, y lo mismo mi propia novela Rainbow Mars.

 

Pero Mundo Anillo llegó primero que las demás, pues fue publicada en 1970.

 

Podría haber sido objeto de risa: demasiado grande, demasiado improbable. Cualquier material estructural normal sería desgarrado por los esfuerzos. Esperé las críticas con un poco de miedo.

 

James Blish escribió que pensaba que la novela ganaría el premio Hugo, pero que no debería hacerlo.

 

Los lectores le otorgaron el Hugo, de todos modos.

 

Luego los escritores le otorgaron el Nebula.

 

Yo  no  había  planeado  una  secuela.  Tampoco  esperaba  una  inundación  de

 

 

 

 

 

 

 

 

6 | P á g i n a

 

 

rediseños.

 

Durante una de mis conferencias, un hombre indicó que, matemáticamente, el Mundo Anillo es muy simple: se trata de un puente colgante sin puntos extremos.

 

Un académico de Inglaterra aseveró que la resistencia a la tensión del material del Mundo Anillo debía ser del orden de las fuerzas que mantienen unido al núcleo atómico. De ahí sale el scrith.

 

Una clase de una escuela primaria de Florida dedicó un semestre al Mundo Anillo. Su conclusión: el peor problema es que, sin actividad tectónica, todo el suelo vegetal fluiría hacia los océanos en unos pocos miles de años. De ahí el flup, y las tuberías de reciclado.

 

En la Convención Mundial de Ciencia Ficción de 1970 había estudiantes del MIT en los pasillos, cantando: ¡El Mundo Anillo es inestable! ¡El Mundo Anillo es inestable! Hice lo mejor que pude para evitarlo, y así llegaron los motores de posición.

 

Alguien calculó que los rectángulos de sombra entregarían demasiada luz crepuscular. Eran necesarios cinco rectángulos largos en órbita retrógrada.

 

Al fin y al cabo, les había dado demasiadas oportunidades para rediseñarlo. Tuve que escribir una secuela, Los Ingenieros de Mundo Anillo.

 

Todos esos lectores habían encontrado algo de valor en el conocimiento. El Mundo Anillo es un enorme, llamativo e intelectual juguete, un patio con las puertas abiertas de par en par.

 

Algunos lectores sólo leen el libro y ya.

 

Otros juegan con los personajes, o las presunciones que uno hace, o el ambiente. Hacen su propio trabajo. Los que leemos con gusto hemos estado haciendo lo mismo durante miles de años: exigiendo más datos sobre la Atlántida de Platón, inventando el Purgatorio para poner entre el Infierno y el Cielo, replanteando el Infierno del Dante, escribiendo nuevas Odiseas. Incluso, una asombrosa subcultura ha aparecido alrededor de Star Trek.

 

Internet abre un metacampo enteramente nuevo para tal gente. Varios sitios web han aparecido —bueno, al menos dos— cuyo tema es la ficción de Larry Niven.

 

En setiembre de 1999, informado del asunto por Eleanor Wood, mi encantadora agente, me registré en larryniven-1@bucknell.edu. La gente allí discutía acerca de si se puede clonar a un protector, y si el Caminante y Teela Brown podrían haber dejado un niño tras de sí. Si ellos hubieran tenido razón, yo no habría encontrado una nueva historia; pero estaban fuera del camino, y podía solucionarlo. Después de unos meses de seguir paso a paso estas discusiones, raramente interrumpidas, ya tenía bastante

 

 

 

 

 

 

 

7 | P á g i n a

 

 

material para escribir Hijos de Mundo Anillo.

 

Este es un patio de juegos para la mente. Es un rompecabezas también, y un laberinto. Habrá de preguntar a cada paso, o se habrá perdido. Y cuando haya terminado el libro, recuerde no cerrar con llave la puerta.

 

 

 

 

 

Todo eso es indispensable —replicaba el doctor tuerto—, y de las desgracias individuales se compone el bien general; de suerte que cuantas más desgracias individuales haya, mejor está el conjunto.

 

Pangloss, en el Cándido de Voltaire

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8 | P á g i n a

 

 

2893 d. C.

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

 

LUIS WU

 

 

 

 

 

Luis Wu despertó llameando de nueva vida, bajo la tapa de un ataúd.

 

Unas pequeñas pantallas brillaban por encima de sus ojos. Composición ósea, parámetros sanguíneos, reflejos, y los balances corporales de urea, potasio y cinc: podía identificar a la mayoría. Los daños listados no habían sido grandes. Heridas punzantes y cortes, fatiga, algunos ligamentos rasgados, extensos hematomas, dos costillas rajadas: todas reliquias de la batalla contra el protector vampiro, Bram. Todas curadas ahora. El autodoc lo había reconstruido célula por célula. Se había sentido medio muerto, recordó, al momento de introducirse en la cavidad de terapia intensiva.

 

Ochenta y cuatro días antes, según tiempo terrestre, era lo que registraba la pantalla.

 

Sesenta y siete días del Mundo Anillo. Casi un falan; un falan eran diez rotaciones del Anillo, setenta y cinco días de treinta horas. ¡Veinte o treinta días deberían haber sido suficientes! Pero ahora sabía que había sido malherido. Con todo el general magullamiento de la batalla con Bram, no había notado esas heridas punzantes en su espalda.

 

Había estado bajo tratamiento el doble de tiempo respecto de la primera vez que estuvo en la caja. Por aquel entonces, sus sistemas de tuberías internas habían estado introduciéndose el uno en el otro, y había pasado once años sin administrarse el complejo de longevidad llamado revitalizador. Había estado muriéndose de enfermedad y de vejez.

 

El nivel de testosterona era alto; también el de adrenalina, y creciendo.

 

Luis pujó firmemente contra la tapa del autodoc. La cubierta no se abriría más rápido, pero su cuerpo ansiaba acción. Se deslizó y cayó a un suelo de piedra, frío bajo sus pies descalzos. ¿Piedra?

 

Estaba completamente desnudo. Se encontró de pie en una enorme caverna. ¿Dónde estaba la Aguja?

 

La nave espacial interestelar La Aguja Candente de la Cuestión había quedado empotrada en magma enfriado la última vez que la había visto, y el autodoc

 

 

 

 

 

 

 

9 | P á g i n a

 

 

experimental de reparación nanotecnológica de Carlos Wu yacía en el cuarto de la tripulación. Ahora sus componentes se asentaban separados en medio de un nido de instrumentos y cables, sobre un suelo de lava fría. El autodoc había sido en buena parte desmontado, pero el todo parecía funcionar todavía.

 

Ostentoso, masivo, imponente: era el trabajo de un protector. Oboe, el protector Chacal, debía haber estado estudiando los principios del autodoc mientras el artefacto curaba a Luis.

 

Cerca de allí, La Aguja Candente de la Cuestión había sido rebanada como un pescado. Había sido separada del casco una lonja que iba casi desde proa hasta popa, exponiendo la zona de alojamiento, el espacio de carga —que había alojado una naveta de aterrizaje, ahora destruida—, el revestimiento del propulsor, y el vano del motor de hiperimpulso. Más de la mitad del volumen de la nave estaba destinado a los tanques de almacenamiento de combustible, y por supuesto todos habían sido vaciados. El borde del corte había sido revestido con algo parecido a cobre o bronce, y unos cables insertos en el metal conducían a unos instrumentos y un generador.

 

La sección cortada había sido llevada aparte, usando maquinaria pesada. La zona de corte de la sección también estaba revestida de bronce, y conectada con cables.

 

El motor del hiperimpulso había ocupado casi toda la longitud de la nave. Ahora yacía sobre la lava, en medio de una maraña de instrumentos. ¿Oboe otra vez?

 

Se acercó para echar una mirada.

 

Había sido reparado.

 

Luis había varado al Ser Último en el Mundo Anillo cortando el hiperimpulsor por la mitad con un haz láser, doce o trece años atrás. Ahora, aún desmontado, parecía listo para devolver a la Aguja a las estrellas, viajando a velocidad Quantum I, tres días por año luz.

 

Podría volver a casa, pensó Luis, saboreando la noción.

 

¿Dónde están todos? Miró a su alrededor, sintiendo la oleada de adrenalina.

 

Comenzaba a temblar de frío.

 

Tenía casi doscientos cuarenta años ya, ¿no era así? Era fácil perderse al respecto. Pero los nanomecanismos del autodoc experimental de Carlos Wu habían leído su ADN y reparado todo por debajo del nivel de los núcleos de sus células. Luis conocía ya esta música: su cuerpo sentía que apenas había pasado la pubertad.

 

Tranquilízate, muchacho. Nadie te ha desafiado aún.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10 | P á g i n a

 

 

La nave espacial, la sección separada del casco, el autodoc, las máquinas para mover y reparar estas masas, y los instrumentos de tosco aspecto emplazados para estudiarlas, todo formaba un apretado racimo dentro de un espacio mucho más vasto. La caverna era enorme, y estaba casi vacía. Luis vio una cantidad de placas flotantes apiladas como fichas de póker, y más allá de ellas una torre inclinada, un tremendo pilar de sección toroidal que atravesaba un inmenso hueco abierto en el suelo y se alzaba directamente hasta el lejano techo de la caverna. Unos cilindros yacían cerca del hueco, instalados encima de otra de las enormes maquinarias de Oboe. Cada uno de ellos era más grande que la Aguja, cada uno algo diferente de los demás.

 

Había pasado alguna vez antes por este lugar. Luis alzó la vista, sabiendo qué esperar.

 

Nueve o diez kilómetros hasta el techo, calculó. El Mapa de Marte tenía sesenta y cinco kilómetros de altura. Este nivel en particular debía estar cerca de la superficie. Luis podía distinguir los contornos. Había que pensar en ello como la parte de atrás de una máscara… la máscara de un volcán del tamaño de Ceres.

 

La Aguja había descendido por el cráter del Monte Olimpo, abriéndose camino hacia el Centro de Reparaciones que yacía bajo el mapa en escala real del planeta Marte. Teela Brown los había atrapado allí, después de que se había vuelto protector. Luego había movido la nave mil doscientos kilómetros por los pasillos, y vertido roca fundida alrededor de ella. Los prisioneros habían usado los discos pedestres —el sistema de transporte instantáneo de fabricación titerote— para salir, y atacar luego a Teela. Por todos esos años desde entonces, la nave había quedado atrapada en la roca enfriada.

 

Ahora Oboe la había devuelto a la enorme caverna bajo el Monte Olimpo.

 

Luis conocía a Oboe, pero… no muy bien. Había puesto una trampa para él —un Amo de la Noche, un criador— y lo había impulsado a convertirse en protector. Lo había visto luchar contra Bram… y eso era todo lo que sabía de Oboe el protector. Ahora tenía la vida de Luis en sus manos, y era él mismo quien lo había hecho posible.

 

Era mucho más listo que Luis. La idea de superar en inteligencia a un protector era… diablos… era tan tonta como inevitable. Ninguna cultura humana ha dejado alguna vez de intentar superar a Dios.

 

Entonces… La Aguja volvería a ser una nave espacial interestelar, si se podía montar de nuevo el hiperimpulsor. Aquella tremenda torre inclinada —sesenta y cinco kilómetros de largo, si acaso llegara al mismísimo fondo del Centro de Reparaciones— era un acelerador lineal, un sistema de lanzamiento. Algún día, Oboe podría necesitar una nave espacial. Mientras ese momento llegara, mantendría destripada a la Aguja, porque Luis Wu y el Ser Último intentarían robarla para huir de allí, y el protector no podía permitirse perderla.

 

 

 

 

 

 

 

 

11 | P á g i n a

 

 

Luis caminó hacia la Aguja, un cilindro ahusado de treinta y tres metros de diámetro, con el vientre aplanado. No faltaba mucho de la nave. El hipermotor, el autodoc… ¿qué más? El alojamiento de la tripulación estaba dispuesto en forma perpendicular al eje del navío; su suelo quedaba a unos cinco metros de altura. Bajo el suelo, la cocina y los sistemas de reciclaje habían quedado expuestos.

 

Si pudiera subir allí arriba, podría conseguir un desayuno y vestirse también, pero no vio ninguna ruta obvia. Tal vez hubiera un disco en funcionamiento… Pero no podía adivinar dónde habría instalado Oboe el disco transportador, o adónde conduciría el que quizá hallara.

 

La cabina de comando y los alojamientos del Ser Último también habían sido expuestos. Consistían en tres niveles, con techos mucho más bajos que los que necesitaría un Kzin. Luis supuso que podría encaramarse al piso inferior… Desde luego, un protector no tendría ningún problema en absoluto.

 

Luis sacudió la cabeza. ¿En qué debía estar pensando el Ser Último?

 

Los titerotes de Pierson tenían una filosofía de un millón de años de historia, basada en la cobardía. Cuando el Inferior construyó la Aguja, había aislado su cabina de comando no sólo de cualquier factible intruso, sino hasta de su propio equipo alienígena. No había ningún acceso físico en absoluto; sólo discos pedestres, y con mil trampas. Ahora, tal como estaban las cosas, el titerote debía sentirse tan desnudo como el propio Luis.

 

Se puso en cuclillas por debajo del borde de una masa de cima lisa, tal vez el sistema de renovación del aire. Saltó estirándose, y una vez sujeto comenzó a trepar. La cura del autodoc lo había dejado delgado, casi descarnado; no tenía que alzar mucho peso al trepar. Cuando llegó a los quince metros de altura, se colgó de sus dedos por un momento, pensando.

 

Este era el suelo de la cabina del Ser Último, su área más privada. Habría defensas, seguramente. Oboe podía haberlas dejado fuera de acción… o no.

 

Se alzó a pulso, y se introdujo en el espacio prohibido.

 

 

 

Allí vio al Ser Último. También vio su propio contactor, reposando sobre una mesilla.

 

El contactor era el aparato intermediario entre cualquier enchufe de pared y el cerebro de Luis Wu. Pero tenía que estar destruido… Hace años se lo había dado a Chmeee, y había visto al Kzin hacerlo añicos.

 

De modo que se trataba de un reemplazo. Un cebo para Luis Wu, el adicto a la corriente, el cableta. La mano de Luis se introdujo entre el cabello de su nuca, bajo la

 

 

 

 

 

 

 

12 | P á g i n a

 

 

coleta. ¿Se conectaría al contactor, dejaría que la corriente eléctrica le goteara el placer dentro?

 

Pero… ¿dónde estaba el enchufe?

 

Luis rió como poseso. ¡Ya no estaba allí! Las nanomáquinas del doc habían reconstruido su cráneo sin el enchufe para el contactor…

 

Luis meditó en ello; luego tomó el aparato. Si te encuentras confundido, lo mejor es enviar un mensaje que confunda.

 

El titerote parecía un escabel enjoyado, con sus tres piernas y ambas cabezas metidas protectoramente bajo el torso. Los labios de Luis sonrieron. Se adelantó para hundir su mano en la adornada melena y sacudir al titerote fuera de su catatonia.

 

— ¡No toque nada!

 

Luis se estremeció violentamente. Fue una musical ráfaga de contralto con un volumen muy alto, y era la voz del Ser Último hablando en Intermundo…, pero no provenía del ovillo en que se había convertido el titerote.

 

—Si desea algo, pídalo —dijo la voz—. Pero no toque nada.

 

El piloto automático de la Aguja…, usando la voz del Ser Último; el artefacto lo conocía —o conocía su lengua al menos—, y lo bueno es que aún no lo había matado. Luis encontró su propia voz.

 

— ¿Me esperaba, acaso?

 

—Sí. Le concedo libertad limitada en este lugar. Hay una fuente de corriente al lado de…

 

—No. Quiero desayunar —dijo Luis, porque su estómago de repente le hizo recordar que estaba vacío y agonizante—. Necesito alimentarme.

 

—No hay autococina para su especie aquí.

 

Una rampa de leve pendiente dispuesta alrededor de las paredes llevaba a los pisos superiores del alojamiento del titerote.

 

—Enseguida vuelvo —dijo Luis.

 

Caminó hacia allí, luego trepó agachado por la rampa. Se movió siguiendo la pared, y luego se descolgó alrededor del muro separador por encima de una caída de veinticinco metros —no era difícil, sólo atemorizante— y entró al cuarto de la tripulación.

 

Había un hueco en el sitio de donde había sido retirado el autodoc, pero el salón no

 

 

 

 

 

 

 

13 | P á g i n a

 

 

mostraba otros cambios. Las consolas estaban todavía en funcionamiento. Luis fue a la pared de la cocina, pidió un capuchino y un plato de frutas, y comió con apetito. Luego se vistió con pantalones y blusón y por encima un chaleco que era todo bolsillos; el contactor abultaba en uno de ellos. Terminada su fruta, marcó una tortilla de huevos y patatas, otro capuchino y un bollo.

 

Meditó mientras comía. ¿Qué debía hacer ahora?

 

¿Despertar al Ser Último? Lo necesitaba para explicarle lo que sucedía… pero los titerotes eran manipuladores y reservados, y el equilibrio de fuerzas en el Centro de Reparaciones se vería alterado enseguida. Sería mejor aprender más, antes que nada. Lograr cierta ventaja estratégica antes de conocer la realidad.

 

Vertió los restos del desayuno en el reciclador, y volvió a trepar con cuidado alrededor del muro divisor.

 

—Voz del Ser Último —dijo.

 

—A sus órdenes. No tenía porqué arriesgarse a una caída. Aquí hay un disco pedestre —y un cursor en forma de saeta le mostró un punto sobre el suelo del cuarto de la tripulación.

 

—No importa. Muéstrame el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

—Ese término me resulta desconocido —un holograma apareció en la pared de estribor—. ¿Es éste el sitio a que se refiere?

 

El Cuarto de Defensa Antimeteoritos bajo el Mapa de Marte era un espacio elipsoidal enorme y oscuro. Todas las estrellas del universo corrían alrededor de una pared de diez metros de altura, y también por el suelo y el techo. Tres grúas balanceadas terminaban en unas sillas equipadas con teclados de regazo, y se destacaban apenas, negro sobre negro frente a la pantalla de la pared.

 

Cerca del borde de la imagen aparecía, bajo un foco de luz deslumbrante, un grupo de nudosos huesos, que habían sido dispuestos para su estudio. Se trataba del esqueleto del protector más antiguo de que Luis tenía noticia, a quien había llamado Cronos.

 

En las lejanas sombras del salón atisbó unos gruesos pilares con grandes platos encima, el conjunto parecido a un manojo de setas mecánicas. Luis los señaló en la imagen.

 

— ¿Qué son esas cosas?

 

—Pilas de servicio —dijo la voz del Ser Último—. Varias placas flotantes montadas una sobre otra, con un disco transportador instalado encima.

 

 

 

 

 

 

 

14 | P á g i n a

 

 

Luis asintió con la cabeza. Los ingenieros de Mundo Anillo habían dejado esas placas flotantes magenéticas por todos sitios en el Centro de Reparaciones. Cada una tenía un límite de carga, pero si se las apilaba, sumaban sus capacidades. La adición de un disco transportador le pareció un refinamiento obvio… si hubiera que dispersarlos.

 

Luis vio oscilar una de las grúas a través del campo estrellado. En el asiento del extremo descubrió una sombra nudosa y angular.

 

Todos los protectores tenían el aspecto de armaduras medievales.

 

Oboe vigilaba cierto racimo de estrellas. Las cámaras que le entregaban esa vista estarían montadas en el propio Mundo Anillo, tal vez por fuera del Muro del borde, mirando a espaldas del sol. No parecía consciente de que estaba siendo observado.

 

Luis no creía que esos puntos brillantes a que prestaba atención Oboe fueran asteroides o planetas. Los desconocidos Constructores del Mundo Anillo habían limpiado todo el sistema eones atrás. Esas luces en leve movimiento tenían que ser naves espaciales, tripuladas por varias especies. Para confirmar su aserto, pronto la pantalla se concentró en una nave diáfana y frágil: un navío de los Forasteros. Luego sobre una aguja de cristal, un fuselaje número 2 de Productos Generales, de procedencia desconocida; luego en un acorazado de la BRAZO, cuyo diseño recordaba una palanca.

 

La concentración de Oboe parecía total. Hizo un acercamiento hacia un sector ocluido por un terrón brumoso, un protocometa: unas diminutas máquinas volaban a la deriva alrededor, señalizadas en la pantalla por parpadeantes cursores circulares. Una lanza de luz se encendió en la imagen, fulminando con su brillo: la unidad de fusión de algún acorazado. Aquí llegaba otro, cruzando como rayo a través de la pantalla. Nadie había disparado todavía.

 

La Guerra del Margen está todavía fría, pensó Luis. Se preguntó cuánto más podría durar ese estado de cosas. No podía arreglarse una tregua formal entre tantas mentes diferentes.

 

Las manos del protector se movieron por encima del teclado.

 

Por el bordillo del ojo, Luis vio entrar la luz del sol en la Aguja. Giró la cabeza, luego el cuerpo.

 

Por encima de la Aguja, el enorme cráter del monte Olimpo se deslizaba a un lado, inundando la caverna de luz sin filtrar.

 

El acelerador lineal rugió como mil demonios, y un rayo deslumbrante lo recorrió de punta a punta.

 

 

 

 

 

 

 

 

15 | P á g i n a

 

 

El cráter comenzó luego a cerrarse.

 

Luis se volvió hacia la pantalla. Por sobre el hombro de Oboe, vio una llamarada de luz de fusión cruzar la pantalla y disminuir al tamaño de un punto brillante. Lo que el protector había lanzado estaba ya demasiado lejos para distinguirlo.

 

¡Oboe se había unido a la Guerra del Margen!

 

Bien, no podía esperarse que un protector se quedara de brazos cruzados, aun cuando la alternativa fuera atraer la guerra sobre su propia cabeza. Luis frunció el ceño. Bram el protector había sido un loco, aunque sumamente inteligente. Ahora debería decidir si Oboe estaba insano también, y qué hacer acerca de ello.

 

Mientras tanto, esa última maniobra debía mantener al protector ocupado por un rato. Ahora bien, ¿cuánta libertad tendría permitida Luis en la Aguja?

 

—Voz del Ser Último, muéstrame la posición de todos los discos pedestres.

 

Apareció un mapa de trescientos sesenta grados en el cuarto. El Mundo Anillo rodeó a Luis, con sus novecientos sesenta millones de kilómetros de longitud y su millón y medio de kilómetros de anchura, mostrado en bandas de un azul claro donde era de día y azul negro donde era de noche, y unos terminátores rosados en las tenues franjas del anochecer y el alba. Unos cursores naranja fueron guiñando a través de su faz. Algunos tenían forma de flecha.

 

La disposición de los discos había cambiado enormemente desde que Luis había dado el último vistazo a dicho mapa.

 

— ¿Cuántos hay?

 

—Ciento diez. Noventa y cinco están actualmente en uso. Dos han fallado. Tres han sido enviados al espacio profundo y unas sondas lanzadas a través de ellos; las flotas las derribaron. Diez son mantenidos en reserva.

 

El titerote había acarreado varios discos pedestres a bordo de la Aguja Candente de la Cuestión, pero… ¡no tal cantidad!

 

— ¿Acaso el Ser Último ha fabricado más?

 

—Con su ayuda, Oboe ha construido una fábrica de discos pedestres. El trabajo avanza lentamente.

 

Las luces parpadeantes de color naranja que marcaban las posiciones de los discos pedestres eran muy numerosas a lo largo de los bordes del Mundo Anillo, y sobre la zona del arco ocupado por el Gran Océano. En el lado opuesto, en cambio, parecía haber escaso número. Dos flechas naranjas casi habían alcanzado el borde del Océano Opuesto. Algunas otras también se movían en aquella dirección.

 

 

 

 

 

 

16 | P á g i n a

 

 

El Océano Opuesto tenía forma de rombo, y se encontraba a ciento ochenta grados del Gran Océano, ocupando —como éste último— casi toda la anchura de la cinta que era el Mundo Anillo. Las dos masas de agua debían compensar la una a la otra, seguramente. La tripulación del Ser Último nunca había explorado el Océano Opuesto.

 

Ya es hora, pensó Luis.

 

La mayoría de los discos pedestres estaban arracimados alrededor del Gran Océano, y de ellos, los más hacinados debían marcar la posición del Mapa de Marte. Luis señaló a uno de ellos, en pleno océano, fuera de la costa de Marte.

 

—¿Dónde está instalado éste?

 

—En la naveta de desembarco de la Aguja.

 

Era la que había robado Chmeee, y que Teela el protector había abatido durante su último duelo.

 

—¿Funciona?

 

—El disco pedestre es funcional.

 

—¿Y la naveta?

 

—El apoyo de vida es marginal. Los sistemas de propulsión y el armamento han quedado inservibles.

 

—Esas pilas de servicio… ¿pueden algunas ser interconectadas aparte del sistema?

 

—Eso ya ha sido hecho —unas líneas se extendieron a través del mapa, para unir las luces que parpadeaban. Algunas tenían el círculo cruzado con una tacha: cerrado. El laberinto era complejo, y Luis no trató de entenderlo—. Mi amo posee los códigos de anulación —concluyó la Voz.

 

—¿Puedo disponer de ellos?

 

—No.

 

—Numera las posiciones de los discos pedestres para mí. Luego genera una copia impresa del mapa.

 

Como el Mundo Anillo era enorme, la escala era extrema; a ojo desnudo nunca conseguiría el menor detalle. No obstante, cuando el mapa le fue entregado lo dobló cuidadosamente y lo guardó en uno de los bolsillos.

 

Hizo una pausa para su almuerzo y regresó.

 

Puso en movimiento dos pilas de servicio, y cambió varios de los enlaces. La voz del

 

 

 

 

 

 

 

 

17 | P á g i n a

 

 

Ser Último imprimió otro gráfico, con sus cambios añadidos; guardó en otro bolsillo el nuevo mapa. Sería mejor retenerlos a los dos. Ahora, con algo de suerte, él tendría caminos y enlaces desconocidos para Oboe.

 

Sin embargo, también podía ser una pérdida de tiempo. Cuando despertara, el Ser Último podía volver todo atrás en un momento.

 

La Voz rechazó el conseguirle armas. Por supuesto, la cocina en el cuarto de la tripulación tampoco las habría hecho.

 

Oboe seguía sobre su asiento al extremo de la grúa, todavía rastreando aquello que había lanzado.

 

—¿Dónde están los demás? —preguntó a la Voz.

 

—¿A quién busca usted?

 

—A Acólito, por ejemplo.

 

—No tengo ningún registro definido con ese nombre.

 

—El muchacho Kzin con que compartimos un tiempo esta nave. El hijo de Chmeee.

 

—Lo tengo en la lista como … —y soltó un aullido horripilante. Luis tuvo que esforzarse luego para conseguir soltar sus dedos del borde de la consola—. ¿He de renombrarlo como Acólito?

 

—Por favor.

 

El mapa regresó ampliado, y un punto solitario parpadeó al lado del Puño-de-Dios… No, en realidad a… unos ciento cincuenta mil kilómetros a babor y antigiro del Puño-de-Dios —cuatro veces la circunferencia de la Tierra—, y al doble de distancia a giro del Mapa del Marte. La inmensidad del Mundo Anillo tenía que ser aprendida de nuevo cada vez. La Voz dijo:

 

—Hacia allí fue conducido Acólito, con una pila de servicio, hace treinta y un días. Se ha movido desde entonces mil setecientos kilómetros —el punto brincó minuciosamente—. Oboe ha cambiado el ajuste del disco transportador; enlaza ahora a un punto de observación sobre el Mapa de la Tierra.

 

Debía llevar a la finca del padre de Acólito, Chmeee.

 

—¿Lo ha usado él?

 

—No.

 

—¿Dónde están los Constructores de las Ciudades?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

18 | P á g i n a

 

 

—¿Se refiere a los bibliotecarios? Kawaresksenjajok, Fortaralisplyar y los tres niños fueron devueltos a su sitio de origen…

 

—¡Bravo! —él había pensado hacer lo mismo.

 

—…a la biblioteca, en la Ciudad Flotante. Noto su aprobación. ¿He de rastrear a alguien más?

 

¿Quiénes más habían sido sus acompañantes? Dos protectores… Bram el Vampiro estaba muerto, y Oboe… todavía ocupado, parecía. En el Cuarto de Defensa Antimeteoritos, la pantalla del protector hacía el seguimiento de un punto que se alejaba, el vehículo que había lanzado un rato antes. El impulsor estaba apagado. Luego llameó gloriosamente y se apagó otra vez.

 

Se trataba de una nave de guerra, entonces. Los motores de reacción todavía eran necesarios para la batalla; los modernos propulsores inertes no podían encenderse y apagarse tan rápido.

 

Luis preguntó:

 

—¿Has conservado la pista de Valavirgillin?

 

El mapa brincó.

 

—Se encuentra aquí, cerca de la Ciudad Flotante, en un centro local del Pueblo de la Máquina.

 

Y bien lejos de los vampiros, advirtió. Hacía doce años ya desde que la había conocido…

 

Espera un momento.

 

—¿Por qué conservaste su rastro, Voz del Ser Último?

 

—Órdenes.

 

Con cuidado ahora.

 

—¿De quién obedeces órdenes?

 

—De usted, de Oboe y de… —una ráfaga de caos orquestal, desgarradoramente dulce. Luis reconoció en ella el nombre verdadero del Ser Último—. Pero todas las órdenes pueden ser revocadas por… —el nombre del titerote otra vez.

 

—¿Tiene restringido Oboe algún nivel importante de esta nave?

 

—No actualmente.

 

El Ser Último estaba todavía refugiado en su catatonia.

 

 

 

 

 

 

 

19 | P á g i n a

 

 

—¿Cuánto tiempo ha pasado el Inferior sin comer? —preguntó Luis.

 

—Dos días locales. Siempre despierta para alimentarse.

 

—Despiértalo ahora.

 

—¿Cómo lo despertaré sin provocarle un trauma?

 

—Lo vi bailar una vez. Pon esa cinta, y prepara alimentos para él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

20 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 2

 

 

EL SER ÚLTIMO

 

 

 

 

 

El Ser Último soñaba con la seguridad perfecta.

 

Nunca soñaba con que era el Inferior otra vez, cabeza y jefe de un billón de seres de su propia clase. Tenía que haber estado loco para ser tan ambicioso. Siempre supo que no sería un puesto estable, que su facción Experimentalista podría perder el poder en un instante… tal como sucedió, en definitiva.

 

Soñó que era joven otra vez. Pero había pasado tanto tiempo de ello, que todo detalle había sido borrado de su mente, y sólo recordó una impresión general de ser pequeño, protegido y único.

 

Soñó con una época en la que sus manos todavía no había mordido ningún instrumento…

 

Y luego el baile comenzó.

 

La ilusión era maravillosa.

 

Luis permanecía de pie en un salón enorme. El suelo era todo peldaños, unos peldaños amplios, playos. Mil alienígenas se movían a su alrededor; dos mil gargantas cantaban una música orquestal que era también conversación, insoportablemente compleja. Wolfgang Amadeus Mozart se habría vuelto loco. Los Beatles… comenzaron ya locos, pero qué demonios, Mozart también.

 

Patada lateral, deslizarse, las cabezas izquierdas separan los labios-dedos; patadas de pierna trasera, el compañero se espanta. El Ser Último dio de coces. Una cabeza tuerta y plana surgió desde debajo de su torso. Vuelta, patada; el Ser Último se alzó a los tumbos sobre sus patas delanteras y trató de dar la vuelta.

 

Luis se lo preguntó de nuevo: ¿era un baile, o un arte marcial?

 

El Ser Último silbó. El baile se disipó.

 

—Luis —dijo el titerote.

 

—¿Cuánto hace que no despiertas?

 

—Duermo mucho. ¿Dónde está Oboe?

 

—Luchando su propia guerra, según creo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21 | P á g i n a

 

 

Una de las cabezas giró hacia la pantalla que mostraba el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

—Lo vi construir aquel vehículo. La Guerra del Margen se pone cada vez más caliente. ¿Han invadido ya el Anillo?

 

—No tengo ni idea. Inferior, ¿cómo llegó la Aguja a este estado?

 

—Recuerda que Oboe me aceptó como su instructor, de acuerdo a tu consejo.

 

Oboe, el Chacal músico, había recién nacido como protector y se encontraba sediento de aprendizaje cuando Luis sugirió eso.

 

—Él necesitaba entrenamiento, y rápido —dijo Luis—. Pensé que mientras más aprendiera de nosotros, más podríamos adivinar lo que él haría luego. ¿Trataste de guardar tus secretos?

 

—Sí.

 

—Y lo excluíste del acceso a tu cubierta de vuelo, por supuesto.

 

—Lo hice —reconoció el titerote—. Lo instruí utilizando las pantallas presentes en el cuarto de la tripulación. Di bien mis clases, pero él aprendía rápido, siempre más rápido. Pronto exigió el acceso a mis instrumentos. Me negué. Seis días después de que tú entraras en el autodoc, cuando desperté lo encontré de pie aquí, donde jamás pensé que podía alcanzarme. Le di todo, por supuesto.

 

—¿Cuándo cortó en tiras la nave?

 

—Algún tiempo después. Quedé catatónico de terror durante once días. Salí del coma y me encontré con… con esto. Poco ha cambiado desde entonces. ¡Luis, ha reparado el hiperimpulsor!

 

—Eso parece muy apropiado.

 

—Y volverá a montar la nave. Cuando lo haga, huiré. Asegúrate de estar a bordo.

 

—¿Cuándo será eso?

 

Las cabezas del titerote se enfrentaron la una a la otra.

 

Eso significaba confusión, o sorpresa, o algún tipo de conflicto interno. Luis preguntó:

 

—¿Qué ha estado haciendo Oboe? Ha construido una nave de guerra…

 

—Sí, y acechando la Guerra del Margen, excavando en los secretos de mi maquinaria… ya no confía en mí para que se los revele… y librándose de mis aliados y

 

 

 

 

 

 

 

22 | P á g i n a

 

 

los tuyos. Devolvió a su casa a la Gente de la Máquina. Envió a Acólito para que espíe algo que ya no existe. A ti te mantuvo bien dormido en la Cámara de Cuidados Intensivos, e hizo experimentos extensivos allí también. Luis, debo instruirte; debes saber todo que podrías necesitar…

 

—¿Por qué? —preguntó Luis.

 

—¡Tú y yo somos aliados!

 

—¿Por qué?

 

El contactor ya no estaba en su sitio, era un bulto en el bolsillo de Luis. ¿Lo mencionaría el Ser Último?

 

—¡Oboe nos ha esclavizado! ¿No alcanzas a ver lo que planea para ti?

 

—Lo sé. Él quiere convertirme en protector.

 

El protector era la etapa final de las especies humanas1.

 

Niño, criador, protector. En la mediana edad —alrededor de los cuarenta y cinco años para los humanos, algo menos para algunas especies de homínidos, algo más para otras— un criador puede convertirse en protector. Su piel se espesa y se arruga, volviéndose una armadura. El órgano cerebral se amplía. Un segundo corazón de dos cámaras nace y crece allí donde las arterias femorales ingresan en las piernas. Las articulaciones se abultan, otorgando capacidad para una acción de palanca mayor por parte de los músculos y tendones, que se endurecen y aumentan su potencia.

 

Ocurren cambios psicológicos también. Un protector pierde los atributos sexuales, y protegerá sólo a la progenie que ha tenido en su etapa como criador, identificándola por el olor. Toda mutación será eliminada. Un protector sin progenie superviviente por lo general deja de comer y muere, aunque algunos entre ellos pueden decidir el proteger y nutrir a la entera especie. Eso se vuelve más probable si hay una amenaza clara contra la especie en su conjunto.

 

Pero el cambio a protector no tiene lugar sin el virus que vive en el Árbol de la Vida, que es lo que provoca la modificación.

 

El Árbol de la Vida no creció correctamente sobre la Tierra, y el virus no arraigó. En el Mundo Anillo —por lo que sabía Luis— se encontraba sólo en ciertas cámaras cerradas, bajo el Mapa de Marte. Los homínidos de la Tierra, y los del Mundo Anillo

 

 

 

 

 

1 La descripción completa de la historia y desarrollo de los protectores se halla en la novela Protector, aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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también, han evolucionado desde eones atrás como criadores: una forma inacabada, como los axolotes2.

 

Un homínido demasiado joven para el cambio no reacciona al atractivo aroma de la raíz de Árbol de la Vida. A un homínido demasiado viejo, la raíz lo atraería… y lo envenenaría. Luis Wu había sido demasiado viejo, hasta que el autodoc de Carlos Wu lo cambió, y ahora era demasiado joven.

 

—Estaré seguro durante al menos un cuarto de siglo —dijo Luis.

 

—Aún más que eso —dijo el titerote—, si usas el autodoc a tiempo. El sistema te rejuvenece. Pero es de sospechar que Oboe evitará que lo hagas.

 

Buen punto.

 

—¿Y qué sucedería si él esperara todo ese tiempo antes de rearmar la Aguja? —dijo Luis.

 

El titerote sonó como música fúnebre.

 

—Entonces estaré perdido. Seguiré separado de mi familia y de mi hogar, y esclavizado a una criatura formada por la evolución para no considerar nada valioso más allá de su propio linaje… Pero Luis, tú afrontas el mismo peligro: no eres de la especie de Oboe.

 

—No soy de ninguna de las especies sobre el Mundo Anillo.

 

—Exactamente por ello, Luis, sí —in crescendo—. ¿No ves las implicaciones? A su tiempo, te hará comer del Árbol de la Vida. Te convertirá en protector, pero no te dará poder sobre él. Tú serás su servidor y su consejero: una cabeza parlante, un protector que no tiene descendientes para proteger. Igual que la copia de mi personalidad que protege la Aguja, ¡tú serás la Voz que hablará por la seguridad del propio Mundo Anillo!

 

—Sí —dijo Luis con paciencia—, pero no por los próximos veinticinco años. He sido reconstruido demasiado joven… No reaccionaré al aroma de la raíz. No estoy lo bastante maduro para el cambio.

 

—Pero… ¿acaso quieres eso?

 

—No. No, no, ni que estuviera loco… Escucha, ¿en qué puedes ayudarme? He estado estudiando la disposición de los discos pedestres, e hice ciertos cambios…

 

 

 

2 Axolote, axolótl: salamandra larval (Ambystoma mexicanum) propia de los lagos de montaña mexicanos, que usualmente cumple su ciclo vital sin metamorfosearse a su estado adulto. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

24 | P á g i n a

 

 

El Ser Último dio varios silbidos, invocando la pantalla Cuarto de Mapas, el Mundo Anillo y los discos pedestres, los vectores y todo lo demás. Giró un círculo completo, las cabezas bien aparte para una extrema visión binocular.

 

—Bien.

 

—Supongo que tú podrías volver atrás todos estos cambios. Sin embargo, Inferior, comprende que si una pila de servicio no está donde yo espero encontrarla, eso podría matarme. Deberías proporcionarme los códigos de acceso.

 

—Sí.

 

—En estos momentos, Oboe ya debe saber todo sobre el autodoc. ¿Qué cosas desconozco de ese artefacto?

 

—Hum. No tendrías la capacidad mental de comprenderlo.

 

Luis permaneció en silencio.

 

—Carlos Wu construyó ese sistema médico nanotecnológico experimental hace más de doscientos años. Las Naciones Unidas consideraron su genio científico como algo de su exclusiva propiedad, y reclamaron su trabajo también. Cuando Carlos desapareció, se llevó el autodoc con él. Carlos Wu nunca fue encontrado, pero el doc reapareció seis años más tarde, en Shasht -Fafnir3. Mi agente, Nessus, fue encargado de comprarlo. Mi equipo de investigación lo modificó para que se acomodara también a la fisiología de los titerotes de Pierson y los kzinti, y hacerlo más versátil y confiable.

 

»Ahora Oboe ha modificado el artefacto; sospecho que aceptará también a un integrante del Pueblo de la Noche. Él ha dominado esa forma de nanotecnología y diseñó nanomáquinas específicas para construir más discos pedestres… ¿Qué más tienes que saber? El autodoc está preparado para reconstruir ciertas formas de vida partiendo de sus códigos genéticos…

 

—Hablemos de la Aguja. ¿Le ha añadido armas?

 

—Sí, y modificó las mías, y además el muy demente incrementó la potencia de mis propulsores más allá de los apropiados límites de seguridad…

 

—¿Qué hace él ahora?

 

En la pantalla, la silueta negra de Oboe no se movía. Toda la acción estaba en el espacio profundo, donde un punto brillante se alejaba del Mundo Anillo a toda

 

 

 

3 Esta historia se narra en la novelette “Procusto”, que forma parte de la colección de relatos Crashlander, aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

25 | P á g i n a

 

 

velocidad. Las naves de la Guerra del Margen no lo habían detectado aún.

 

—Se trata de una nave muy ágil, con una cabina en miniatura. Lleva como piloto a un pequeño protector de los Pueblos Colgantes —comentó el Ser Último—. Poco combustible, propulsor y motores de reacción grandes, y unas armas que no provienen de mi biblioteca. Como tal vez has visto, ha sido lanzado por medio del acelerador lineal. El combustible a bordo es usado sólo para maniobras evasivas y deceleración. Oboe la ha llamado Sonda Uno.

 

La Sonda Uno era difícil de ver cuando su motor estaba apagado, pero ahora chisporroteaba mientras esquivaba armas de plasma y misiles y, de algún modo, hasta parecía que también láseres. Los instrumentos de Oboe la siguieron en su camino hacia el espacio interestelar.

 

El sistema del Mundo Anillo sólo había retenido sus cometas exteriores. Todas las otras masas cercanas al sol —los planetas, satélites y asteroides— habían sido retirados del sistema hacía mucho, pero los cometas no deben haber sido juzgados una real amenaza para el Anillo. Después de todo, no había ya grandes masas que modificaran sus órbitas y los lanzaran hacia dentro.

 

Las naves de media docena de especies habían estado escondiéndose tras los cometas desde que Chmeee y Luis revelaran la existencia del Mundo Anillo, hacía ya casi cuarenta años.

 

Ahora unas naves de la BRAZO —construidas por humanos, la rama de policía militar de las Naciones Unidas— ingresaron en la pantalla. Parecían más bien largas palancas, algunas con naves más pequeñas sujetas a todo lo largo de ellas. La Sonda Uno se encendió como un flash —tal vez se había equivocado respecto a los láseres— y desapareció.

 

La pantalla de Oboe se movió en forma amplia, pero nada obvio siguió. Luis no había visto siquiera escombros.

 

Los Pueblos Colgantes era una designación genérica para una serie de homínidos que vivían un estilo de vida similar al de los monos. La mayoría de las especies no eran sapientes. Un protector de la Gente Colgante lograría tras la transformación una inteligencia del nivel de la humana, o quizá superior. Entrenado a toda prisa para el vuelo espacial, podría abatir las defensas de la BRAZO; pero Oboe todavía debía superarlo mentalmente con facilidad, para poder controlarlo. Ser un protector era sobre todo mantener el control de lo que lo rodeaba.

 

El telescopio de Oboe rotó por medio cielo, ciento ochenta grados, o casi. El punto de vista se enfocó en un objeto borroso… un cometa: varios trozos de hielo mal embalado, que se mantenían unidos gracias a la tenue atracción entre ellos. Luego se cernió sobre una nave espacial, que surgía de entre la nube.

 

 

 

 

 

 

 

26 | P á g i n a

 

 

Tenía forma lenticular, estaba completamente pintada de negro y llevaba marcas de un naranja vivo: los puntos y comas de la escritura Kzinti.

 

—Según esas marcas, se trata de la nave Diplomático —dijo el Ser Último a Luis—. El Diplomático parece bien armado, pero nunca se acerca a la estrella del Mundo Anillo. Siempre está al acecho, oculto entre los cometas. Puede huir en cualquier momento usando el hiperimpulsor.

 

—No suena como que fuera Kzinti…

 

—Han aprendido mucho. Juzgo al Diplomático como la nave comando de la flota del Patriarcado.

 

¡La Sonda Uno había regresado! Volando por el hiperespacio, había girado en semicírculo alrededor del sol de Mundo Anillo en menos de treinta minutos. Su enorme velocidad intrínseca la había llevado lejos del sol; ahora traía la nave hacia dentro, directamente hacia el Diplomático.

 

Lo sucedido del otro lado del cielo no debía haber llegado al Diplomático aún. Pasaron varios minutos antes que la tripulación de la nave Kzinti reaccionara ante el intruso. Entonces, unas hilachas de polvo interplanetario brillaron un poco bajo el fuego láser del Diplomático, y un puñado de pequeñas naves partió con rapidez desde la nube de hielo.

 

La Sonda Uno comenzó a escabullirse. Un láser: la pequeña nave sonda llameó gloriosamente. Luis bizqueó contra la deslumbrante luz; la pantalla que usaba Oboe no había sido diseñada para proteger a los espectadores de la ceguera. La Sonda Uno esquivó el haz y cayó bajo un centelleo de impactos, pero seguía volando todavía.

 

—¿Un fuselaje de Productos Generales? —preguntó Luis.

 

—Sí, bajo una capa del material del Mundo Anillo.

 

Otro nave apareció cerca, y se mantuvo sólo lo suficiente para que Luis consiguiera distinguirla. Era mucho más grande que el Diplomático: una esfera transparente con compleja maquinaria llenando cada hueco del fuselaje… Se había ido ahora, tan de repente como la burbuja de jabón a la que se parecía.

 

—El Tiro Largo… —dijo Luis, su cólera en aumento.

 

—Lo vi —dijo el Ser Último.

 

—¿Huyeron? Los Kzinti no hacen eso.

 

—El Tiro Largo está siendo aprovechado como mensajero. Es demasiado valioso para arriesgarlo, y el Patriarcado no habrá encontrado espacio libre en él para colocarle armamentos.

 

 

 

 

 

 

27 | P á g i n a

 

 

—Se supone que la BRAZO y el Patriarcado comparten esa nave. Chmeee y yo la entregamos bajo aquel compromiso…

 

La Sonda Uno se estaba acercando demasiado a la nave lenticular, acelerando de lado para rodearla, mientras luchaba contra el despliegue de energías y los navíos pequeños. De repente, hubo una luz actínica. Luis parpadeó con fuerza. Cuando pudo ver otra vez, la Sonda Uno había desaparecido.

 

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó.

 

—Un proyectil de antimateria. Las últimas naves de la BRAZO están todas impulsadas por antimateria, pero no habíamos comprobado aún que el Patriarcado también las usara. Deben fabricar su propio combustible en un acelerador de partículas, en algún sitio. La BRAZO tiene una fuente natural, un sistema solar completo de antimateria4.

 

—Antimateria… Inferior, eso hace a la Guerra del Margen mucho más peligrosa. El Anillo es demasiado frágil para eso.

 

—Estoy de acuerdo.

 

—¿Qué hace Oboe ahora?

 

La sombra del protector saltó de su silla, trazó un arco como una superestrella de ballet a través del fondo de cometas y navíos de guerra, tocó el suelo en uno de los focos del cuarto elíptico, y desapareció.

 

Una mano como un saco de nueces se cerró sobre el antebrazo de Luis. Él saltó espasmódicamente, como un hombre electrocutado.

 

—¡Luis! Bravo, has despertado —dijo Oboe, enérgicamente—. Sin ti esto habría sido difícil. Inferior, sal de allí; el peligro no espera por nuestra conveniencia… Luis, ¿estás bien? El latido de tu corazón parece atípico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4 La historia del descubrimiento de ese sistema constituido por antimateria puede leerse en el relato Flatlander (Llanero), incluído primero en la recopilación de relatos Neutron Star y luego en Crashlander, ambos aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

 

RECLUTAMIENTO

 

 

 

 

 

Oboe era un protector joven.

 

Un macho de mediana edad del Pueblo de la Noche había sido atraído hacia una caverna en la que se cultivaba el Árbol de la Vida. Oboe había surgido de su estado de capullo ciento diez días atrás: una mente tremenda que exigía ser entrenada, en el cuerpo de un homínido endurecido para una guerra interminable.

 

Al principio debe haberse satisfecho con el incompleto conocimiento de los Bibliotecarios, y el de Acólito, y con los tacaños datos entregados gota a gota por el Ser Último.

 

Oboe no habría comenzado sus intrusiones de manera vacilante, pensó Luis; el Ser Último podría haberlas bloqueado con facilidad. El protector debe haber construido y programado este equipo pesado en su tiempo de ocio, y luego haberlo puesto en acción, cuando hubo descubierto las cerraduras del Ser Último.

 

Fait accompli: de repente, se encuentra frente al titerote en su propia residencia. De repente, ha cortado en filetes la nave espacial del Ser Último y retira componentes como un pescador destripa una trucha.

 

Los protectores de cualquier especie serían constructores de herramientas. La inteligencia era manipuladora, ¿verdad? Una inteligencia superior querría controlar a su instructor. Sacarlo del equilibrio de vez en cuando. Las diferencias entre un aliado, un criado, un esclavo y un perro de trineo se desvanecen cuando la inteligencia es lo suficientemente grande.

 

Un momento atrás, Luis había estado espiando a un protector. De repente el protector estaba a su lado, sujetando su muñeca.

 

—Estoy bien —dijo Luis—. Demasiado joven para sufrir un ataque cardíaco.

 

Las cabezas y las piernas del titerote estaban sepultadas debajo de él.

 

—Vuélvelo en sí —dijo Oboe—. Voy a estar ocupado.

 

—Dos preguntas… —dijo Luis, pero el protector se había ido.

 

El Ser Último extendió una cabeza hacia afuera. No el cuello, sólo el ojo y la boca.

 

Pudieron ver a Oboe corriendo a gran velocidad por el exterior de La Aguja Caliente de la Cuestión, trasteando con los controles, luego gritando algo en el delgado aire. La

 

 

 

 

 

 

29 | P á g i n a

 

 

pesada maquinaria comenzó a moverse. El reconstruido motor de hiperimpulso se puso en movimiento. Las mitades desiguales del fuselaje de la nave comenzaron a cerrarse. La parte superior del acelerador lineal comenzó a retroceder a través del agujero, hacia la parte oculta del monte Olimpo.

 

El Ser Último silbó.

 

—¡Yo tenía razón! Él está… —la cabeza se escondió otra vez.

 

Oboe estaba de regreso.

 

Se inclinó para retocar los mandos del disco pedestre oculto. Entonces recogió al enroscado titerote, evitando la pierna trasera cuando comenzó a repartir golpes a diestra y siniestra. Ambos pesarían lo mismo, adivinó Luis.

 

—Luis, sígueme —ladró; se lanzó al disco y desapareció.

 

Sólo por un instante, Luis Wu se rebeló.

 

Lo estaba poniendo a prueba, por supuesto. ¿Iría Luis Wu a seguirlo, sin hacer preguntas? Pero la situación era demasiado familiar…

 

Un alienígena genial irrumpe en la vida de Luis Wu, reúne al equipo, y parte en una misión sólo conocida por el amo. Primero Nessus, luego el Ser Último, luego el protector Teela Brown, por fin Bram, ahora Oboe…, cada uno elige a Luis Wu por motivos de conveniencia, lo deja caer en medio de una situación que él no entiende, y lo dirige como a un títere. Para cuando Luis logra ponerse al corriente, se encuentra obligado a hacer algo rayano con la locura.

 

Los titerotes de Pierson eran adictos al control. Un verdadero cobarde nunca vuelve la espalda al peligro.

 

Ser un protector significaba controlarlo todo.

 

¿Dónde estaría, y qué habría hecho Luis Wu, por la época en que no sabía nada?

 

Pero el instante pasó. Si acaso no siguiera a Oboe, se vería completamente fuera de acción. Luis avanzó, pisó un disco transportador idéntico al resto del suelo, y desapareció.

 

Un aluvión de luz solar lo hizo bizquear.

 

Se encontró sobre una alta colina, parado encima de seis placas flotantes apiladas y un disco transportador. Oboe y el Ser Último estaban de pie por debajo de él, sobre una superficie gris translúcida. Luis miró primero hacia el Arco, para orientarse.

 

El Arco —el lado opuesto del Mundo Anillo, visto desde cualquier punto de su superficie interna— formaba un puente vertical, de horizonte a horizonte; bastante

 

 

 

 

 

 

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amplio justo por encima de la neblina a giro y antigiro, y estrechándose hacia el cenit, donde pasaba por detrás del sol. Luis no había visto el Arco a ojo desnudo en cierto tiempo.

 

La montaña del Puño-de-Dios surgía a babor como una luna perdida, su cumbre muy por encima de la atmósfera. Alrededor de ella, la tierra era más un paisaje lunar que un desierto: cientos de millones de kilómetros cuadrados de roca sin vida. El Puño-de-Dios era un cráter invertido. Un meteoro había perforado el suelo de Mundo Anillo desde abajo, cientos de años atrás. La explosión había desollado el suelo en el sitio, y el desastre llegó tan lejos como allí donde se encontraban ahora. El scrith desnudo era tremendamente resbaladizo.

 

Más cerca se veían unos hilos de plata —los ríos— y unos parches de plata —el mar—, y el tinte verde oscuro de la vida, que gradualmente usurpa todo sitio libre. La tierra por debajo de la colina era una extensa selva, y cortando a través de ella, un río se destacaba a cierta distancia.

 

—Mira dónde pisas —dijo Oboe. Luis bajó del disco y se asentó con cuidado sobre el scrith desnudo.

 

Valía la pena recordarlo: bajo esta cáscara de paisaje no había sino estrellas y vacío. No habría ninguna primavera por aquí, ninguna agua subterránea, nada para apoyar la vida. Ningún entrometido vagaría por ese sitio, para trastear con los mandos de una pila de servicio abandonada. Expuestos como estaban, éste era un escondrijo excelente para unos instrumentos de alta tecnología como éstos.

 

—¿Vas a explicarme qué sucede? —preguntó Luis.

 

—Brevemente —dijo Oboe—. Como criador yo sabía muy poco, pero recordaba mucho. Saliendo de mi transición de criador a protector, la primera cosa de la que estuve seguro es que el Anillo es terriblemente frágil. Y supe que había renacido para proteger al Mundo Anillo y a todas sus especies.

 

»Eso llegó a mi mente paso a paso. Olí a Bram, por supuesto, y supe que tenía que matarlo. Luego pasé algún tiempo aprendiendo del Ser Último y su biblioteca, y asistiendo al desarrollo de la Guerra del Margen. Durante este período me pareció lo mejor trabajar solo, o con algunos protectores del Pueblo Colgante. Ahora debo reunir un equipo.

 

—¿Para hacer qué?

 

Oboe tocó los mandos. La pila de servicio se alzó en su sitio. Cuatro placas flotantes se separaron del fondo y se deslizaron, apartándose. Oboe abordó una pila doble, y destinó una simple al Inferior y otra a Luis.

 

El titerote miraba a su alrededor, y dijo:

 

 

 

 

 

 

 

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—Allí abajo, uno podría sobrevivir. La gente del Anillo es generalmente hospitalaria con los forasteros. Oboe, tú nunca aceptas mi palabra si puedes probarlo por tu cuenta. ¿Por qué me implicas, entonces?

 

—¿Y para qué? —exigió Luis.

 

Oboe flotó hacia la selva, colina abajo. Luis y el titerote montaron en sus plataformas y le siguieron. La voz del protector les llegó fácilmente. Hablaba en Intermundo sin rastro de acento, proyectando la voz profundamente desde su vientre, sin temer ninguna interrupción, como haría un rey.

 

—La Guerra del Margen se pone más intensa. La BRAZO usa antimateria en vez de fusión de hidrógeno para impulsar sus motores y armas. Luis, el Anillo no puede sobrevivir a eso. Algo debe hacerse.

 

—¡Me agradará saber qué se te ocurre!

 

—Luis, para formar un plan tengo que aprender más. ¿Te comentó el Inferior de una nave mensajera? De manufactura titerote, con un impulsor experimental…

 

—El Tiro Largo. He volado en él. ¡Los gatos lo han robado! —no había llamado gato a un Kzin por mucho tiempo.

 

—Pues vamos a conseguirlo para nosotros. Tenemos tiempo para reclutar a Acólito —dijo Oboe.

 

Se acercaban al borde de la selva.

 

—¿Por qué piensas que Acólito se te uniría?

 

—Esperaba que tú le invitarías a hacerlo. El padre de Acólito te lo envió «para aprender sabiduría».

 

—¿Considerarías sabio el unirte a una expedición de piratería?

 

—¿Para qué nos necesitas? —preguntó el titerote—. ¿Acaso confías en nosotros?

 

¿No podrías luchar solo?

 

—Debo enviar a alguien para que vuele La Aguja Candente de la Cuestión, o dejarla abandonada y al garete entre los cometas —adujo el protector.

 

—Yo puedo volar la Aguja —dijo el Ser Último inmediatamente.

 

—Inferior, tú huirías de aquí.

 

—Luis y yo estaremos contentos de…

 

—Luis voló el Tiro Largo antes. Lo hará otra vez. Tú y Acólito volaréis en la Aguja.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Como te parezca —dijo el Ser Último.

 

—Luis, has hecho un juramento —le recordó Oboe—. Has de proteger el Mundo Anillo.

 

En un momento loco, Luis Wu había jurado salvar al Mundo Anillo. Había sido doce años atrás, cuando el Anillo había derivado de su centro, amenazando con chocar contra el sol… pero Luis sólo dijo:

 

—No forzaré a Acólito.

 

—Entonces debo esperar el desarrollo.

 

 

 

En la selva había Gente Colgante, de largas colas; les lanzaron palos y estiércol. Luis y el Ser Último se elevaron por encima de la copa de los árboles, pero Oboe dirigió las placas flotantes hacia el suelo de la foresta. Lo oyeron chillar a los monos y lo vieron devolver misiles. Las piedras y los palos que retornaba volaron más rápido y más exactamente de lo que la Gente Colgante podía escabullirse. En menos de un minuto habían desaparecido.

 

Oboe se elevó para unirse a ellos.

 

—¡Díganme otra vez que las especies del Anillo son siempre hospitalarias!

 

—Oboe, esos no eran más que monos —dijo Luis—. Los homínidos no siempre son conscientes de sí mismos, tú lo sabes. ¿Fue uno de ésos el que escogiste para pilotar tu sonda?

 

—Sí, vuelto protector. La conciencia es relativa.

 

Luis se preguntó si un protector realmente vería la diferencia entre esos monos y, por ejemplo, Luis Wu. Los labios y encías de un protector se endurecían y fundían en algo parecido a un grueso pico de ave; no podía fruncir el ceño, o mostrar desdén, o hacer muecas, o sonreír.

 

 

 

Era selva a todo lo largo, árboles y enredaderas que Luis no pudo reconocer, excepto por una especie similar a la raíz acodada que crecía encadenada en ángulos de sesenta grados; pero éstas eran lo bastante grandes para emparejar a las secoyas.

 

Luis cambió la holopantalla de su placa de visión frontal al infrarrojo. Ahora unas luces sobre la tierra tejieron sus caminos las unas sobre las otras: algunas al acecho, otras corriendo o combinándose. Las miles de luces diminutas por encima de la selva debían ser pájaros. Las luces más grandes en los árboles debían ser perezosos y la

 

 

 

 

 

 

 

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Gente Colgante y… Luis alzó repentinamente la plataforma voladora para esquivar una cosa similar a una ardilla voladora de veinte kilos de peso, con una cabeza que era sólo oídos y colmillos. La cosa blasfemó en chillidos al pasar por debajo de él.

 

¿Sería un homínido?

 

Un día agradable para dar un paseo.

 

Oboe se instaló en un círculo de árboles acodados. La tierra era desigual, con gibas aquí y allí, y un enredo de hierbas demasiado crecidas. El titerote descendió y Luis lo seguía, todavía sin ver nada… y de pronto, apareció a la vista una placa flotante abandonada. ¿Cómo habría llegado allí?

 

Su propio móvil se asentó. Luis bajó de él, y entonces se vieron rodeados. Unos pequeños y extraños hombrecitos bajaron de los árboles acodados, y sus mujeres brotaron de debajo de la tierra. Todos iban armados con espadas cortas y, salvo por sus pelajes, completamente desnudos. Luis, que llevaba su armadura de impacto, no se sintió particularmente amenazado.

 

Oboe los saludó y comenzó a hablar rápidamente. El dispositivo traductor de Luis nunca había registrado esa lengua; sólo podía oír el parloteo. Pero pudo apreciar, por entre la hierba rasgada, una madriguera que corría profundamente. La hierba estaba desprendida en una cincuentena de sitios.

 

Estaban de pie sobre una ciudad.

 

Los homínidos —los criadores descendientes de aquellos Pak que construyeron el Mundo Anillo— habían ocupado cada nicho ecológico posible, comenzando hace medio millón de años con una población que ya estaría en los billones… aunque esos números fueran más o menos conjeturales; los de este grupo eran excavadores. Vestían sólo su propio pelaje, de un marrón liso, y acarreaban unas bolsas de piel de animal. Sus rostros tenían un aspecto afilado, como de hurón.

 

Se habían relajado bastante ahora. Algunos incluso sonreían. Oboe habló, y varios rieron. Uno trepó a una colina de tierra y señaló a lo lejos.

 

Oboe se dobló en reverencia. Luego se volvió a su grupo:

 

—Acólito caza a dos o tres días de marcha a giro y babor. Luis, ¿qué debo decirles? Nos ofrecen rishathra.

 

Él se sintió tentado por un instante, pero luego se avergonzó.

 

—Luis no está en su temporada de celo.

 

Oboe ladró. Los Excavadores rieron histéricamente, mirando a Luis con ojos miopes.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Y cuál fue tu excusa? —preguntó Luis.

 

—He estado aquí antes. Ellos saben de los protectores. Sube a tu disco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

 

ACÓLITO

 

 

 

 

 

Los olores eran increíblemente intensos. Cientos de variedades de plantas, rastros de animales… Los Kzinti podrían sobrevivir en gran estilo aquí, hasta que su número se hiciera demasiado grande. Acólito, a millones de kilómetros del kzin más cercano, no echaba de menos su compañía; pero resolvió informar a su padre sobre este lugar.

 

Siguió olfateando. Buscaba un aroma evasivo: el de algo grande, o quizá letal.

 

Pero no habría tal cosa allí. Sólo el olor de las diversas ramas de homínidos.

 

El parque de cacería de su padre había sido más peligroso. El nivel de amenaza del parque de Chmeee había sido definido con tanto cuidado como la colocación de cada arbusto. Los Kzinti necesitaban de la amenaza para mantenerse vivos, y para restringir su número también.

 

Pero los protectores de Pak no pensaban así.

 

Luis Wu se lo había explicado: los Pak habían desparramado a lo largo del Anillo una imitación de los distintos modelos de vida que evolucionaron sobre los Mundos Esfera, pero habían excluido todo lo que dañara o molestara a los criadores, desde los carnívoros a los parásitos y bacterias. Cualquier cosa que hoy atacara a los homínidos habría evolucionado durante los cuatro millones de falans —el millón de años— que siguieron después de la siembra.

 

Por supuesto, Luis estaba especulando cuando le hablaba así. Le había dicho esto también.

 

De tal modo, era un sitio seguro para divertirse mientras tanto. Un día de ésos Oboe lo llamaría —o tal vez Luis—, y Acólito se encontraría envuelto en peligros. No todas las luces que veía en el cielo nocturno eran estrellas.

 

 

 

Una mancha en infrarrojo, más grande que las otras manchas, pasó de la calma perfecta a un borrón de velocidad, saltó hacia un árbol, se fusionó con un brillo más pequeño, hizo una pausa…

 

Oboe aulló.

 

El aullido de respuesta pareció amortiguado. El traductor holgazán de Luis se puso algo tarde al corriente; primero dijo “¡Acólito!”, luego “Aquí”. Una pequeña espera.

 

 

 

 

 

 

 

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Entonces:

 

—¡Luis!

 

—¡Hola, Acólito! —llamó Luis.

 

—¡Luis! ¡Estuve preocupado! ¿Cómo estás?

 

—Muy joven. Hambriento, algo irritado, no del todo sano.

 

—¡Parecías quedarte para siempre en la caja que cura!

 

—Acólito estuvo molestándome todo el tiempo por novedades al respecto, hasta que encontré algo para él en otra parte —relató Oboe.

 

Luis estaba conmovido. Acólito se había preocupado… tal vez por pensar que si permanecía mucho tiempo en el autodoc sería porque sus heridas eran muy severas. Sin embargo, era más probable que Oboe simplemente estuviera quitándose a Luis del camino; o tal vez hubiera estado refinando el proceso de rejuvenecimiento…, o usándole como cobayo para estudiar nanotecnología, nej con él. Pero no debiera forzar a un muchacho de doce años a tener tal pensamiento cínico, aunque el adolescente fuera un kzin.

 

El masivo gato se encontraba a mitad de altura de un árbol, comiendo, mientras la Gente Colgante le lanzaba frutos duros desde cierta distancia. Oboe separó las placas flotantes que montaba y envió una de ellas hacia Acólito.

 

Chmeee había sido el kzin elegido por el titerote Nessus para formar parte de su equipo de exploración, décadas atrás. Acólito era el hijo mayor de Chmeee, expulsado por su padre y enviado para “aprender sabiduría” de Luis Wu. Tenía dos metros diez centímetros de altura —algo más bajo que su padre—, y estaba cubierto de piel de un brillante naranja, con algunas motas de color chocolate: en las orejas, unas rayas en la zona baja su espalda, una mancha en forma de pequeña coma bajo su cola y pierna. Tres cicatrices paralelas cruzaban su vientre, posiblemente un recuerdo del entredicho con su padre; Luis nunca le había preguntado al respecto. Recostado sobre un enorme tronco inclinado bajo el follaje verdinegro, se veía completamente en casa.

 

—¿Estamos listos, finalmente? —preguntó.

 

—Sí —respondió Oboe.

 

Acólito calculó la distancia, por encima de una caída de cincuenta pies. Hubo de hacer un salto largo y acomodarse en el aire, pero golpeó el disco con las cuatro patas a la vez. El disco cedió bajo su peso, sin embargo, y Acólito se deslizó; pero se revolvió y consiguió aferrarse.

 

Las manos de un kzin eran buenas para prensar, pero si hubiera extendido las

 

 

 

 

 

 

 

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garras sus dedos habrían resbalado. El arrojo podría haberlo matado. Había sido una chanza, o tal vez una prueba… y Oboe se había lanzado por delante de él, listo a aferrarlo.

 

—Debo ir a por mi propio plato flotador —dijo Acólito.

 

Se lanzó en vuelo hacia el suelo del bosque y cruzó por entre los troncos inclinados, siguiendo un camino que Luis nunca hubiera podido hallar.

 

Una solitaria plataforma flotaba por encima de un despliegue de enormes flores color naranja, magníficas. Acólito deslizó el disco que montaba sobre el otro plato flotador, y con un chasquido magnético se trabaron el uno contra el otro.

 

—Dejé uno de los que tenía con el Pueblo Sumergido; jugarán con él hasta que lo necesite de nuevo —dijo el kzin—. Pero peso demasiado. Tengo que ser muy cuidadoso cuando sólo dispongo de una plataforma.

 

El doble disco salió lanzado, y Oboe lo siguió, acelerando furiosamente. Luis trató de mantenerse por detrás, pero era una cabalgata salvaje. Y estaban dejando muy atrás al Ser Último.

 

Oboe preguntó:

 

—¿Qué has descubierto?

 

El kzin bramó:

 

—Nada nuevo desde que hablamos. El camino de Teela termina entre los Mecánicos, dos meses después de que se separara de Luis y de mi padre. He morado ya entre cinco civilizaciones y seis especies: primero una cultura simbiótica muy interesante, luego los Mecánicos, y en estos últimos tiempos con una variedad de las Gentes Colgantes. Nadie sabe nada de Teela Brown o del Caminante, ni de armas de luz, medicina avanzada o aerocicletas. Más allá de lo que a mí me parezca, nunca oyeron hablar de ellos.

 

—¿Crees que te han mentido?

 

—¿Quién se atrevería? ¿Quién se molestaría en hacerlo? El camino de Teela es discontinuo. ¡Nunca la rastreé por el cielo! Sólo encontré algunos sitios donde ella y el Caminante tomaron tierra. Los Mecánicos recuerdan haberla visto dos o tres falans después de que un edificio flotante pasara sobre ellos, hace unos ciento cincuenta falans. ¿Has seguido los rumores de avistaje de dispositivos volantes? ¿O evaluado informes en conflicto?

 

—Sí.

 

—Luis… —Acólito miró hacia atrás, luego redujo la marcha. Oboe bajó también la

 

 

 

 

 

 

 

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velocidad: la carrera había terminado—. Luis, Oboe me pidió que rastreara al Caminante y a Teela Brown. Encontré muy poco. Ellos desaparecieron por setenta u ochenta falans; nadie los vio. Luego, el protector vampiro Bram nos dijo que entraron en el Centro de Reparaciones como criadores. El hombre murió por causa del Árbol de la Vida; era demasiado viejo…, y Teela despertó del coma convertida en protector.

 

—Quiero saber cómo esos criadores pudieron encontrar su camino hacia el Mapa de Marte —explicó Oboe—. Quiero saber por qué Bram permitió que Teela despertara. Habría sido muy fácil para él estudiarla durante su coma, y luego matarla. Puede que sean cuestiones triviales, pero me causan extrañeza.

 

Luis se encogió de hombros. Él se lo había preguntado también. Bram había tenido muy poco respeto por la vida humana, ya fuera en su época como criador o protector.

 

—¿Habéis descubierto qué está pasando? —preguntó Acólito.

 

—Nej, no. Oboe me vuelve loco con sus secretos.

 

—Hablaré mientras nos movemos —dijo el protector—. Luis, tú me has hecho quien soy ahora. Habías visto que un protector vampiro era incapaz de conducir los destinos de Mundo Anillo, o que Bram mismo era inadecuado. Pensaste que un Amo de la Noche lo haría mejor. Entonces me pusiste una celada, atrayéndome hacia el Centro de Reparaciones. Un jardín del Árbol de la Vida me hizo protector. Esperabas que yo matara a Bram, y así lo hice. Asumo que has considerado las implicaciones…

 

Ninguna cólera, ninguna amargura se traslucía en sus palabras. La cara del protector parecía un trozo de cuero endurecido.

 

—Considera esto: ningún protector alguna vez evolucionó para mantenerse aparte cuando su descendencia está en peligro. Imaginaste que un hijo de los Amos de la Noche sólo se beneficiaría si todos los otros homínidos sobrevivían, pero… ¿has visto esto también? Debemos actuar, con sensatez o no. La Guerra del Margen ya era bastante mala cuando entraste en el autodoc, Luis. Ahora la BRAZO ha traído naves impulsadas por antimateria; ya suman veinte y siguen llegando. Parece también que los Kzinti han robado la hipernave Quantum II de los titerotes. El que sólo la utilicen para el servicio de mensajería revela cosas interesantes, ¿verdad?

 

Luis estuvo de acuerdo.

 

—No se atreven a ponerla en peligro —dijo—. No saben cómo duplicar el impulsor.

 

Hay todavía sólo una nave, entonces.

 

—Inferior, ¿podrías construir otro Tiro Largo? —preguntó Oboe.

 

—No. Mi equipo de desarrollo podría, pero el método de prueba y error jugó una parte grande, y el coste… quebró a mi gobierno y me condujo al exilio, tanto como

 

 

 

 

 

 

 

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cualquiera de mis otros errores.

 

Rodearon en vuelo la pila de servicio que había dejado Acólito cerca de la ciudad de los Excavadores, luego tomaron tierra.

 

—Yo no puedo hacer nada —dijo Oboe—. Si pudiera desentrañar los secretos del Tiro Largo… Bien, permítanme restablecer nuestros destinos. Acólito, este ajuste te devolvería a tu padre. ¿Te sientes tentado?

 

—No tengo nada para ofrecerle aún.

 

—Sígueme entonces.

 

Oboe se bajó de su plato flotador, cambió los mandos del disco pedestre y desapareció.

 

 

 

Salieron bajo tierra, donde unas placas flotantes esperaban. El aire olía a las catacumbas bajo el Mapa de Marte. Oboe exhibió sus juguetes mientras derivaban por túneles y cavernas. Una docena de placas flotantes portaba un enorme cañón láser a paso de hombre.

 

—Hice esto a partir de las especificaciones en los archivos del Ser Último —dijo el protector—, y añadí algunas mejoras. Lo montaré sobre el monte Olimpo. He dictado el diseño por heliógrafo a los protectores a lo largo de la pared del Borde; pronto no tendremos que depender del sol para conversar. Debería montar también uno sobre el Puño-de-Dios.

 

»Y aquí…—extendió la mano y sujetó un rollo de tubería. Apoyó un extremo en su boca y surgió una música salvaje—. ¿Qué piensas de esto? —sopló otra vez, y qué demonios, Luis bailó sobre el plato flotador con un compañero imaginario.

 

Oboe se detuvo para examinar cierta masiva maquinaria, luego reconstruyó algo de circuitería de superconductores con una pistola rociadora. La masa se arrastró lejos, sobre sesenta o setenta placas flotantes.

 

—Un kit de reparación contra agujeros de meteorito —dijo él—. Está terminado, pero ahora hay que llevarlo al lanzador.

 

Los discos pedestres crecían en una tina, mientras varios instrumentos supervisaban el contenido metálico del fluido. Oboe usó un disco recién terminado para transportarlos al Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

Luis no tenía idea de donde habían estado.

 

Y ninguna idea acerca de lo que estaban haciendo.

 

 

 

 

 

 

 

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Le pareció a Luis que la mente del protector semejaba un laberinto enorme, con Luis perdido dentro de ella. Trabajar con Bram no había sido muy diferente. El protector vampiro había cometido un crimen intolerable, y Luis lo había descubierto. Había tomado medidas para sustituirlo por un Amo de la Noche, un Chacal. Parecía haber sido bueno, pero ¿acaso había esperado alcanzar de repente la libertad?

 

Ni los mismos protectores disfrutaban de libertad. Si Oboe podía descubrir siempre la respuesta correcta, ¿por qué elegiría alguna vez hacer algo distinto? Y todo lo que un pobre y estúpido criador podría hacer era seguirle la marcha. Pero si Luis no conseguía algunas respuestas pronto…

 

 

 

La Guerra del Margen estaba representada en su totalidad en la pantalla de suelo a techo que rodeaba el Cuarto de Defensa Antimeteoritos. Los vehículos y las bases estaban señaladas con parpadeantes cursores en tonos de neón. Las naves humanas y Kzinti eran numerosas. Otras especies también manifestaban su presencia: titerotes, Forasteros, trinocs, y otras naves y sondas que Oboe aún no había identificado. El Anillo era materia de interés para cualquier entidad que hubiera oído de él.

 

Una nave Kzinti cayó cruzando el interior del sistema, rodeando el sol pero sin presentar amenaza.

 

—Una de las naves de la BRAZO intentó comunicarse conmigo —dijo Oboe—, pero decidí no contestar. Ninguna otra facción lo ha hecho luego. Hubo unas tempranas tentativas de invasión. La defensa antimeteoritos impidió toda incursión, excepto las de las microsondas; deben estar en todas partes. He interceptado lo que deben ser mensajes entre naves, demasiado bien codificados hasta para mí. Mediante la base de datos de la Aguja pude identificar a las naves y hábitats en los cometas interiores; pertenecen a la BRAZO, al Patriarcado, a los Trinocs; hay una nave de los Forasteros y tres de los titerotes de Pierson, todas ellas bien fuera del sistema, y miles de sondas de origen no identificado. Me parece lo más lógico asumir que cada uno sabe todo lo que los otros hacen. Será complicado mantener algo en secreto, incluso para mí.

 

Oboe hizo un acercamiento en la pantalla.

 

—Luis, dime qué es esto.

 

La luminosidad de una zona fue intensificada para revelar una velada y fantasmal forma toroidal hecha de cordoncillos negros entrelazados, con una diminuta fuente puntual de luz blancoamarillenta en el centro; obviamente no se trataba de ningún impulsor convencional.

 

—Dista de nosotros treinta y dos radios del Anillo…

 

—Otro Forastero —reconoció Luis—. No siempre usan velas ligeras. Fue a ellos a

 

 

 

 

 

 

 

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quienes compramos la tecnología del hiperimpulsor, pero para sí tienen algo aún mejor. La buena noticia es que no pueden aprovechar para nada el agua en estado líquido y la gravedad alta, por lo que no manifiestan ningún interés por los mundos humanos.

 

—¿Y esto? —mostró un cilindro abollado, llameando en la cola, con ventanillas destellando a lo largo de su cintura.

 

—Hum. El diseño es parecido a los de las Naciones Unidas, de hace largo tiempo. Tal vez un carguero lento, mejorado con la adición de un hiperimpulsor. Podría ser de los Sheathclaws. ¿Tratarán ellos de colarse aquí? Su planeta fue colonizado por humanos y telépatas Kzinti.

 

—Sheathclaws. ¿Representan una amenaza seria?

 

—No. Ellos no pueden permitirse armas poderosas.

 

—De acuerdo. Inferior, ¿le has mostrado al Diplomático?

 

—Sí. Hemos observado cómo la Sonda Uno malogró la cita entre el Diplomático y la Tiro Largo. Ésta se retiró al hiperespacio.

 

—Luis, Acólito, Inferior… necesito una comprobación —dijo Oboe—. ¿Se puede creer en esto que digo? Mi Sonda Uno espanta al Tiro Largo de una cita prevista. Éste salta al hiperespacio, no lejos de allí, y luego observa desde una distancia segura, unos pocos minutos luz, hasta que el piloto no detecta ninguna amenaza adicional. Entonces vuelve para cambiar datos y bultos con el Diplomático, pero llega tarde.

 

»Por lo tanto, retorna al Patriarcado todavía dentro de su agenda y trata de ponerse al corriente. El Tiro Largo ha de reportar directamente, porque ¿quién más podría? Cualquier otra nave sería demasiado lenta. El espacio Kzinti está a doscientos treinta años luz de aquí. Eso significa unos trescientos minutos en cada sentido. Podemos considerar unas diez horas antes de que el piloto del Tiro Largo pueda volver al espacio del Anillo, y hará su siguiente cita con más prisa aún. ¿Es correcta la apreciación?

 

—Lo harían, de todos modos —dijo Luis—. Cargarían directamente.

 

Acólito se erizó.

 

—Los Kzinti no adoramos a los relojes y calendarios, Oboe. Esa nave, el Diplomático, fue atacada. Estarán alerta.

 

—Los nativos del espacio siempre adoran a los relojes y calendarios —dijo Luis—.

 

Las órbitas se parecen a eso, incluso.

 

—¿Inferior?

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Qué arriesgas tú en esta conjetura? —preguntó el titerote.

 

—Muchísimo —dijo Oboe—, pero debo arriesgarlo. La actividad de la Guerra del Margen se acelera hacia nuestra singularidad. Mi peor movimiento es no hacer ningún movimiento.

 

—¿Cuál es tu intención?

 

—Capturar al Tiro Largo.

 

Luis comprobó que había tenido razón: una misión desquiciada. Intentó advertir:

 

—El Tiro Largo es tres mil veces más rápido que nosotros bajo el hiperimpulso, y nunca entrará en la singularidad del Mundo Anillo.

 

—Pero no pueden usar el hiperimpulsor si se encuentran atracados a otra nave.

 

Seguidme.

 

Oboe avanzó dos zancadas y desapareció. Y por segunda vez, Luis lo siguió.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

 

HANUMAN

 

 

 

 

 

Según su propia opinión, la Sonda Dos ya era una máquina perfecta…, pero Hanuman 5 siguió trabajando en ella, sin embargo. De todas las fascinantes máquinas en el dominio de Oboe, era ésta la que se hubiera sentido justificado de hacerla propia. Arriesgaría su propia vida por montar esa nave.

 

Lo había observado trabajar en el Sistema de Retejido Antimeteoros; Oboe le había hablado mientras tanto. Hanuman casi sentía que lo entendía. Al abrirse un cráter en el suelo del Mundo Anillo, un número enorme de diminutos componentes tejerían hilos de scrith a partir de la materia desprendida, reuniendo y recomponiendo la enorme estructura, y cerrando el agujero. Algo más sucedería, mientras esas nanomáquinas trabajaban: otros componentes diminutos similares tejerían unos cables magnéticos — más delgados que el pelo sobre el cuerpo de Hanuman— para reparar la red de cables superconductores embebida dentro del suelo del Anillo.

 

La naturaleza de todo protector le impulsaba a actuar…, pero Hanuman no podía hacer otra cosa que mantenerse lejos del Sistema de Retejido Antimeteoros, conservar sus manos apartadas de esas máquinas que podían salvar al Mundo Anillo y cada especie sobre él, incluso al propio Hanuman. No se atrevía a tocar lo que no entendía.

 

Por mil quinientas vueltas del cielo Hanuman había vivido en los árboles, con otros de su clase. Había amado, había engendrado niños, había madurado. Luego una criatura toda hecha de nudos, y envainada en una armadura de cuero, había dado a Hanuman una raíz para comer.

 

Hanuman había sido inteligente por un período de un falan, más o menos. Era muy consciente de este hecho: Oboe era un intelecto superior. Hanuman podría arruinar las máquinas de Oboe, a menos que fuera explícitamente dirigido y guiado al respecto.

 

Pero al menos podía trabajar sobre la Sonda Dos. Ésta era la máquina que probablemente lo mataría, por lo que esperaba entenderla mejor. Oboe —tan superior a Hanuman como él era hoy superior a los criadores de su especie— no la entendía completamente tampoco.

 

Hanuman sintió un leve movimiento en el aire y se dio vuelta: Oboe había llegado, y

 

 

 

 

5 Hanuman: en la religión hindú, el dios mono auxiliar de Rama; representa la devoción y la valentía. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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traía invitados.

 

 

 

Se encontraban ahora en la gran caverna bajo el monte Olimpo. Oboe se acercó de un tranco hacia un individuo de la mitad de su altura.

 

—Hanuman, éstos son amigos. Equipo, éste es Hanuman, piloto de la Sonda Dos.

 

La voz del forastero era aguda, pero no infantil.

 

—Acólito, Luis Wu, Ser Último. Seáis bienvenidos.

 

—Es un placer —dijo Luis. ¿Hanuman, había dicho Oboe? Todavía trataba de decidir lo que estaba viendo. El forastero no pesaría más de veintitantos kilogramos. Casi un metro de alto, una cola de medio metro, articulaciones engrosadas, un cráneo demasiado grande para su tamaño general y la piel como cuero curtido, cayendo en pliegues—. Tú ha de ser un protector del Pueblo Colgante…

 

—Sí. Oboe me hizo y me bautizó. El nombre Hanuman es una referencia literaria tomada de la biblioteca de La Aguja Candente de la Cuestión.

 

Hanuman cambió a otra lengua: dialecto Chacal, hablado a gran velocidad. Mientras él y Oboe charlaban, el traductor de Luis pescaba una palabra aquí y otra allí.

 

—…prisa…

 

—…descender en el sitio.

 

—…sólo para probar la teoría. Si tu vehículo sobrevive…

 

Un cilindro esperaba al lado del acelerador lineal. Parecía demasiado pequeño para llevar pasajeros, pero el morro era totalmente transparente. Las espiras magnéticas por detrás de él —el acelerador lineal— tenían más de kilómetro y medio de diámetro.

 

Las máquinas habían devuelto ya el reconstruido motor de hiperimpulso al vientre de la Aguja. Ahora la sección retirada del fuselaje avanzaba lentamente, para reincorporarse a la nave.

 

Luis pudo ver que la lonja cortada a la Aguja había sido alterada: un cilindro en forma de tambor la atravesaba de parte a parte. El lado externo del abultamiento era opaco, y lucía aquella materia de color bronce. Cuando la sección del fuselaje se unió a La Aguja Candente de la Cuestión, el abultamiento se introdujo en lo que una vez había sido el hangar para la naveta de desembarco.

 

El agregado era una esclusa de aire, observó Luis, y lo bastante grande como para transferir a una docena de personas a la vez.

 

 

 

 

 

 

 

45 | P á g i n a

 

 

Los cantos de color bronce de las dos partes del fuselaje se unieron. Entonces el ribete de bronce se resumió, destilando como una serpiente sobre el suelo de lava enfriada. La zona de metal dorado sobre la esclusa de aire, en cambio, permaneció en su lugar.

 

—No lo comprendo —dijo Luis—. ¿Qué es esa materia de color bronce?

 

—Un pegamento —dijo Hanuman.

 

Luis esperó. Oboe al fin habló, aunque con un poco de renuencia.

 

—Es un poco más complejo que eso. ¿Entiendes cómo están hechos los fuselajes de Productos Generales? Cada casco es una enorme molécula única, con sus vínculos interatómicos artificialmente potenciados. Es muy fuerte, pero si la molécula es dividida, la envoltura completa se deshace. He desarrollado una sustancia que sustituye las ligazones interatómicas. No sólo me permite cortar un fuselaje, como has visto; también puedo unir el fuselaje de una nave de Productos Generales a otro del mismo tipo. Hanuman, ¿estás listo?

 

—Sí.

 

—Sólo completa tu misión; luego sálvate si es que puedes. Marcha ya.

 

Hanuman correteó a través del suelo de piedra, subió en el diminuto misil, y cerró la nariz transparente. Su nave se deslizó bajo el nivel del suelo.

 

 

 

Hanuman se tomó un momento para meditar sobre los compañeros de Oboe. Uno era evidentemente un criador de alguna especie desconocida, pero los tres destilaban rareza. Gente de la Esfera, extranjeros en el Mundo Anillo. Hanuman sabía algo acerca de ellos, gracias a la Aguja y los archivos de su computadora.

 

¿A qué nivel de inteligencia se encontrarían ellos, respecto de Hanuman?

 

“Pegamento” había dicho, para ver si Luis Wu extrapolaba el resto. Pero no lo hizo.

 

No era muy brillante, por lo tanto.

 

Hanuman era mucho más listo que cualquiera del Pueblo Colgante, pero no podía ver lo que Oboe sí veía: la respuesta correcta, cada vez. Y Luis Wu había elegido a Oboe… ¿Eso hacía a Wu lo bastante listo para que se pudiera confiar en él? El extranjero grande y peludo no era más que un niño; tendría poco para decir. El de dos cabezas, en cambio, era tan viejo como los mares y las montañas…

 

La Sonda Dos estaba lista para ser lanzada, y Hanuman tenía ya sus instrucciones.

 

Pero si conseguía sobrevivir, vendría de nuevo aquí, para saber en quién debía confiar.

 

 

 

 

 

 

 

 

46 | P á g i n a

 

 

 

 

El combustible de hidrógeno barbotó hacia los tanques de la Aguja.

 

Oboe señaló la torre de anillos.

 

—Bram construyó este acelerador magnético para lanzar los parches de reparación de los cráteres provocados por meteoritos. Lo he rediseñado. Ahora nos otorgará una velocidad inicial bastante más alta que lo que nuestro combustible y cohetes propulsores permitirían. Abordad la Aguja ahora, colocaos los trajes de presión, y sujetaos. Inferior: a la cabina, conmigo. Deberíamos partir inmediatamente después de la Sonda Dos.

 

Ahora La Aguja Candente de la Cuestión se deslizaba a través del suelo de lava. Luis se preguntó si tendrían que correr detrás de la nave para poder montar en ella, pero Oboe les señaló un disco pedestre que los transportó a bordo. El Ser Último y Oboe pasaron a la sala de control; Acólito y Luis se quedaron en el cuarto de la tripulación.

 

Mientras Luis se metía en su traje, la Sonda Dos era lanzada en medio de una relámpagueante llamarada y desaparecía en el cielo, a través del cráter del monte Olimpo. El sistema de lanzamiento era poco eficiente, se dijo Luis. Malo para el ambiente. Oboe debía disponer de energía en exceso para desaprovecharla de esa manera.

 

La Aguja se hundió hacia la base del lanzador.

 

Oboe se había vestido mucho más rápido que los demás.

 

—¡Comed algo antes de cerrar vuestros cascos! —gritó—. Hay tiempo aún.

 

Corrió algunos programas de diagnóstico, luego comenzó a usar los discos pedestres para saltar por toda la nave, deteniéndose para observar y retocar controles. En dos o tres minutos estuvo de vuelta.

 

La cabina de control de la Aguja había sido modificada, y ahora disponía de lugar para un copiloto. El asiento de Oboe, atornillado apresuradamente en el sitio, era un conjunto de láminas que se combaron para acomodarlo. Echó un vistazo alrededor a su equipo —todos en sus puestos, bien sujetos, el Inferior a su lado— y activó el acelerador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

47 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 6

 

 

EL PUNTO CIEGO

 

 

 

 

 

—¡Allá viene otro! —gritó Forrestier.

 

La Tec Roxanny Gauthier miró. En la pantalla de pared, lo que se elevaba por delante del borde del Mundo Anillo no era más que un punto velado. El Toro Bacota 6 se encontraba patrullando entre los cometas interiores, lejos de cualquier amenaza del Anillo.

 

—¿Has visto de dónde provino? —preguntó Roxanny.

 

—Del mismo sitio que el anterior. Una isla, en uno de los grandes océanos salados.

 

Las tripulaciones de caza y reconocimiento no sabían nada, realmente. La pantalla que observaban les era transmitida desde el Control. Los oficiales en Control podían entregarles los datos que les pareciera. Sin embargo, eso no evitaba la especulación de los trips.

 

—El primero que nos atacó era demasiado pequeño —comentó Roxanny—. Igual que éste. No son naves, sólo sondas.

 

—Son rápidas, caray. Tec Gauthier, ¿qué es eso?

 

Elevándose de la isla del Gran Océano, apareció un punto más grande y alargado, moviéndose con la misma asombrosa velocidad de la sonda.

 

—Eso sí me parece una nave —dijo Roxanny.

 

La Central tendría que contestar a eso, seguramente. El Toro Bacota era un navío de transporte; no lucharía directamente. Era largo y delgado, construido para soportar las altas aceleraciones en emergencias, y acarreaba veinte naves de caza y reconocimiento. Roxanny pertenecía a la tripulación del caza Caracolero 7.

 

 

 

 

 

 

 

6 Toro Bacota: especie de tiburón (Carcharias taurus) de 2,5 a 3 metros de largo y 100 kg de peso, que se encuentra en todos los mares y es llamado también gray nurse (enfermera gris) en Australia y sand tiger (tigre de arena) en USA. (N. del Trad.)

 

7 Caracolero: pequeña perca (Percina tanasi) de entre 7 y 8 centímetros de largo que se alimenta de caracoles y sólo vive en el río Tennessee; es conocida en la zona con el

 

 

 

 

 

 

48 | P á g i n a

 

 

Los hombres duplicaban aproximadamente a las mujeres tripulantes, y todos tenían entre cuarenta y ochenta años. Si fueras menor de cuarenta, el Comando no confiaría en tus reflejos. Y si fueras mayor de ochenta, ¿por qué no habías sido promovido? Había algo mal contigo… En el sistema de Sol, los trips del Toro Bacota habían sido de los mejores, pero aquí, en este lugar extraño, muchos se asombraron al descubrirse bastante mediocres.

 

Roxanny Gauthier tenía cincuenta y un años, y todavía era de los mejores. La falta de acción no le fastidió. A lo largo de los dos últimos años había disfrutado de las modestas instalaciones recreativas del Toro Bacota: se mantuvo en forma, compitió ferozmente en las simulaciones de guerra, y se educó con tenacidad. Realmente disfrutaba en los juegos de lucha por el dominio. Algunos de los trips combatientes la hallaban intimidante.

 

La Guerra del Margen no podía durar para siempre. Las fuerzas implicadas controlaban energías que eran demasiado poderosas. Y si el Mundo Anillo al fin se involucraba, nada duraría mucho más.

 

El Toro Bacota volvió a la vida. Su morro comenzó a girar de lado. La voz del

 

Comando —tranquila, pero no apacible— dijo:

 

—A todos los equipos de caza-rec, entraremos al sistema en cincuenta a sesenta horas. Estaréis inactivos hasta entonces. Comed, dormid, duchaos. Luego del lanzamiento, lamentaréis no haberlo hecho.

 

Varios de los trips bufaron descontentos. El Toro Bacota aún no había lanzado un solo caza desde su arribo, hacía ya diez meses.

 

 

 

La partida fue feroz. Luis oyó el gemido de los generadores de gravedad de la cabina, y sintió la masa de un planeta aplastarse sobre él y expulsarle todo el aire de los pulmones. ¡Se suponía que esto no debía pasar! Entonces…

 

…discontinuidad.

 

La vista brincó de pronto a un fondo azul marino, y un gran disco negro adornado con flamígeros tonos alrededor. Las llamas murieron a poco, transformando el sol en un disco del negro más profundo sobre el negro cielo.

 

Luis podía respirar otra vez.

 

 

 

 

nombre de snail darter (ensartador de caracoles). Está declarada como especie protegida por las leyes de EE. UU. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

49 | P á g i n a

 

 

La pared transparente de la nave los protegía de la luz del sol poniendo un parche negro al exceso de luminosidad. Cuando los ojos de Luis se acostumbraron pudo distinguir las estrellas, y aquí y allí unas lanzas de luz de fusión. Una gran nave espacial —un avanzado diseño de la BRAZO— cruzó en forma repentina por delante, demasiado cerca.

 

—Lo lamento —se disculpó Oboe—. Modifiqué el generador de campo de estasis. El efecto duraba demasiado tiempo; eso nos hacía vulnerables. Sin embargo, ahora no se activa lo bastante rápido. Lo arreglaré luego. ¿Estáis todos bien?

 

—¡Podríamos haber sido aplastados! —gimió el Ser Último.

 

—¿Dónde está Hanuman? —preguntó Acólito.

 

Una ventana virtual apareció, y mostró un acercamiento.

 

—Allí, por delante de nosotros.

 

Los bandos involucrados en la Guerra del Margen comenzaron a anoticiarse de la presencia de la diminuta nave de Hanuman, y también de la más grande, que la seguía a cuatro minutos. Oboe sacudía y hacía danzar la Aguja, para evitar peligros invisibles. Por delante de ellos, la Sonda Dos de Hanuman comenzó a deslizarse enloquecidamente por todas las zonas del cielo. El parche negro que cubría el sol comenzaba a ampliarse.

 

Oboe aplicó los cohetes propulsores en una oleada sostenida, y viró en medio de la aceleración. La visión delantera se borroneó a negro, luego se aclaró.

 

La Sonda Dos se había ido.

 

Luis se apenó un poco; nunca había tenido posibilidad de intimar con el pequeño protector.

 

—Bien. ¿Y de qué sirvió esto, Oboe? —preguntó.

 

Una nutrida dosis de pirotecnia los rozó: las armas de la Guerra del Margen mordiendo la nerviosa estela de la Aguja. Oboe no hizo caso de ello.

 

—Lo que has visto no sirvió de nada… aún.

 

La Sonda Dos de pronto regresó. Se había movido, había emergido de la nada… medio millón de millas más adelante.

 

Nej y caray, ¿qué ha hecho Hanuman?

 

—Tú y yo nos ponemos a prueba constantemente, ¿no es así, Luis? —dijo Oboe—. Déjame mostrarte lo que he aprendido…

 

 

 

 

 

 

 

50 | P á g i n a

 

 

El grito orquestal del titerote ahogó la voz de Luis:

 

—¡No lo hagas!

 

Las manos de Oboe se movieron.

 

 

 

Hubo color y flujo. No había formas allí, sólo modelos fluidos de luz y unas huidizas manchas en forma de coma, oscuras y diminutas.

 

En el Punto Ciego, bajo el hiperimpulso, Luis nunca había sido capaz de ver nada.

 

Entrar en el hiperespacio estando tan cerca de un sol era insano, pero la Sonda Dos de Hanuman lo había hecho, de todos modos. Y de alguna manera, había vuelto al espacio normal otra vez. ¡Y Oboe estaba haciendo lo mismo! Le gritaron que se detuviera, pero no les hizo caso. Sumergió a la Aguja en el hiperespacio estando demasiado cerca de la singularidad provocada por un sol.

 

Nacido y crecido sobre el Mapa de Tierra, Acólito nunca hubiera adivinado el peligro. El despegue ya debía haberlo asustado bastante, pero en medio de esa pesadilla danzante de revueltas comas y claroscuros, sólo podía retener el aliento para rugir cuando emergieran al espacio normal otra vez.

 

De pronto, estaban de nuevo entre las estrellas. La singularidad no se los había tragado, al fin al cabo; o, en todo caso, los había regurgitado. Luis miró alrededor, saboreando de nuevo la capacidad de ver. Detrás de él, y muy cercano, se veía una media luna negra orlada de fuego: el sol cortado por la mitad por la sombra del Anillo.

 

Conducir por el hiperespacio de manera incorrecta, en teoría, podía hacerlos aparecer en cualquier parte del universo. Luis no había esperado ver el arco del Anillo eclipsando la mitad del sol. De hecho, de todos los quintillones de soles en el universo, nunca hubiera pensado que estarían todavía precisamente al lado de éste… pero estaban allí.

 

Oboe habló entonces.

 

—Oye, Inferior… Hum. Luis, entonces. ¿Me dirías si lo que se veía por las paredes era el Punto Ciego del que vuestras historias hablan?

 

—El Punto Ciego es lo que no se ve en el hiperespacio —respondió Luis—. Si tratas de mirar por una ventanilla, te quedas ciego. Puedes ver sólo lo que está dentro de la cabina. Ésa es la causa de porqué la mayoría de los pilotos usan pintura y cortinados para cubrir los fuselajes transparentes de Productos Generales. Hay algunos seres distintos, sin embargo, humanos y otras PJ que pueden usar al menos un detector de masas sin volverse locos. Yo, por ejemplo, puedo hacerlo. ¿Inferior? —pero el titerote

 

 

 

 

 

 

 

51 | P á g i n a

 

 

debía estar en su modo de escabel, hecho un ovillo en el cuarto de control—. ¿Acólito?

 

—Oboe —dijo el kzin—, si acaso no puedes ver cuando viajas por el hiperespacio, este será un paseo bastante entretenido…

 

—Pero… ¡ese no es el punto! —Luis penaba tratando de explicar lo obvio—. Las naves simplemente se pierden si pasan al hiperespacio estando demasiado cerca de una masa lo suficientemente grande. El espacio está demasiado curvado por la singularidad… ¿Qué pasó aquí? Deberíamos estar muertos, o en otra parte del universo, o en otro universo incluso… ¿Por qué no ha sucedido? ¡Estamos todavía en el sistema de Mundo Anillo!

 

—Mira, Luis, yo no encontré ninguna teoría convincente acerca de ello en los archivos —adujo Oboe—. Tuve que desarrollar una por mi cuenta. El “hiperespacio” es un término falso, Luis. El universo a que se tiene acceso mediante el impulsor de los Forasteros corresponde a nuestro propio universo einsteiniano, punto a punto, pero hay una serie de velocidades fijas, cuantificadas.

 

»De seguro sabes que es posible trazar un mapa de cualquier parte de un dominio matemático dentro del propio dominio. Para cada punto en un dominio particular, se puede definir un punto único en el otro. Pensé que la relación aquí debía ser punto a punto, salvo que el espacio curvado por la cercanía de las grandes masas no está apropiadamente representado. En estas condiciones, una nave que intentara lo que Hanuman ha intentado, simplemente no iría a ninguna parte. Entonces pensé en un modelo alternativo. Tendremos que revisar luego las grabaciones que he hecho al saltar para saber si he tenido razón, pero después de todo, Hanuman realmente entró y volvió a salir… Disculpadme ahora —dijo Oboe, y retornó a los mandos.

 

La Aguja Candente de la Cuestión comenzó a zigzaguear.

 

La batalla no les dejaba respiro. Una andanada de estallidos termonucleares floreció fuera de la nave. La Aguja los atravesó, y una oscuridad protectora fluyó a través de las paredes.

 

Luis sentía grandes deseos de golpear a Oboe en la cabeza con algo contundente para que se decidiera a hablar, pero no parecía prudente hacerlo mientras les guiaba a través de una tormenta de fuego.

 

—Observa de que no hemos viajado muy lejos bajo el hiperimpulso —continuó el protector—. Hanuman no lo hizo tampoco. Un año luz en tres días es lo característico a través del espacio, cuando no hay masas cercanas. En el pozo de la singularidad de una estrella, en cambio, el espacio no es plano. No estoy seguro siquiera de que hayamos excedido la velocidad de la luz.

 

»Hemos partido a punto uno C. Estaremos a la altura de los cometas en unas pocas

 

 

 

 

 

 

 

 

52 | P á g i n a

 

 

horas; podremos usar sin peligro el hiperimpulsor allí. ¿Tomarás entonces los mandos, Inferior?

 

Una cabeza se asomó apenas por entre la enjoyada melena.

 

—No.

 

—Entonces conéctate a la memoria de la nave y reúne la información que recolectamos en el salto.

 

 

 

Un indicador de masa no puede crear registros, porque la mente del usuario es un componente indispensable para que funcione y el equipo entrega la información directamente al cerebro. Pero Oboe había construido algo mejor, algo que tomaba fotos bajo hiperimpulso.

 

Una pantalla virtual mostraba ahora los fluentes colores que Luis recordaba, y un punto violáceo profundo que se ampliaba en forma de renacuajo.

 

—Esto explica por qué no viajamos lejos —dijo Oboe—. Demasiado cerca de la masa del sol…

 

—Dentro de la singularidad —aclaró Luis.

 

—Luis, no creo que haya aquí una singularidad matemática en absoluto. Encontré la referencia a un indicador de masa en la biblioteca de la Aguja. ¿Has usado alguna vez un indicador de masa?

 

—Hay uno delante de ti. Sólo se activa bajo el hiperimpulso.

 

—¿Esto? —señaló una esfera de cristal, inerte ahora. Luis asintió con la cabeza—. ¿Qué es lo que se ve con esto?

 

—Las estrellas.

 

—¿La luz de las estrellas?

 

—No. El indicador de masa es un dispositivo psiónico. Uno percibe datos, pero no con los sentidos habituales. Las estrellas se ven más grandes de lo que son, como si se viera un sistema solar entero.

 

—Tú has estado percibiendo esto —Oboe señaló la foto, que se veía como trazos de pintura de neón corriendo sobre aceite—. Materia oscura. La masa faltante. Los instrumentos no pueden detectarla en el espacio einsteiniano, pero se acumula alrededor de las estrellas en esa otra región que vosotros habéis estado llamando el hiperespacio. La materia oscura vuelve más masivas a las galaxias, cambia su spin…

 

 

 

 

 

 

 

 

53 | P á g i n a

 

 

—¿Hemos… atravesado esa cosa?

 

—Tienes el cuadro incorrecto en mente, Luis. Mis instrumentos no registraron ninguna resistencia. Probaré eso más tarde, pero… podría haber sido muy diferente si esto nos hubiera alcanzado —señaló a la sombra violácea en forma de coma—. Hemos encontrado vida en todas partes, en este universo. ¿Sería sorprendente si ha crecido una ecología dentro de la materia oscura, incluyendo… los depredadores?

 

Tal vez Oboe estaba realmente loco.

 

—¿Sugieres que las naves que activan el hiperimpulsor cerca de una estrella son… devoradas?

 

—Sí.

 

Loco, verdaderamente. Pero… el Ser Último seguía su trabajo con los instrumentos de la Aguja y las grabaciones. Él no se había estremecido bajo la noción de unos depredadores masticándose las naves espaciales.

 

Entonces… el titerote ya lo sabía.

 

—Sólo sostuve el hiperimpulso durante un momento —dijo Oboe—, pero estos hipotéticos depredadores tienen una única velocidad, Luis, y es rápida. “Singularidad” es un término matemático. Seguramente hay implicadas matemáticas en el asunto, pero puede que sean más complejas, y no sólo regiones donde una ecuación da el infinito como resultado. Dentro de esa ciénaga que es la materia oscura, la velocidad característica del viaje por el hiperespacio puede verse drásticamente reducida. La prueba de ello es que salimos vivos.

 

—Estamos siendo observados —dijo el Ser Último—. Percibo haces provenientes de telescopios de la BRAZO y del Patriarcado, y detectores de neutrinos. Las naves comienzan a acelerar hacia dentro del sistema. La nave de los Sheathclaws lleva a bordo telépatas de ambas especies, aunque aún no estamos dentro de su alcance. He encontrado el racimo de cometas que esconde al Diplomático, el buque insignia Kzinti. Está del otro lado del sistema, a siete horas luz de distancia detrás de nosotros. Oboe, ¿tienes un plan, acaso?

 

El protector Chacal dijo:

 

—Tengo un esbozo simple. Observaremos la Guerra del Margen mientras nos deslizamos hacia el exterior del sistema. Dejaremos que nuestra velocidad nos lleve lejos de la zona de peligro, esa región de materia oscura donde los depredadores están al acecho. Entonces costearemos alrededor del sistema, en régimen de hiperimpulso. Nos acercaremos al Diplomático, al otro lado del sol, y esperaremos el desarrollo de los acontecimientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las horas pasaron. Las facciones de la Guerra del Margen no hicieron ninguna prueba adicional de la defensas de la Aguja. Cuando el sol no era más que un punto brillante y el Anillo apenas un halo fantasmal, Oboe preguntó:

 

—Inferior, ¿puedes percibir el hiperespacio directamente?

 

—Sí.

 

—Yo no puedo verlo. Pero si tú no puedes pilotar debido al terror, tendré que volar yo la Aguja…

 

El titerote se desovilló entonces, y tomó los mandos de la nave.

 

—¿Dónde he de dirigirme?

 

—Llévanos a diez minutos luz por fuera de la última posición del Diplomático.

 

 

 

Los seres humanos no pueden con el Punto Ciego. La mayoría de las personas directamente se volverían locas. Unas pocas, como Luis, pueden usar un indicador de masa para conducir por el hiperespacio y mantener a salvo su cordura también. Algunos Kzinti son psiónicos, y pueden percibir el hiperespacio directamente; por ello sus descendientes femeninos se han apareado dentro de la familia del Patriarca por los últimos quinientos años.

 

Esta vez no había nada. Ni oscuridad, ni un monótono color gris, ni siquiera el recuerdo de una visión. Luis hurgó en los comandos hasta que pudo opacar el fuselaje en el cuarto de la tripulación.

 

—No entiendo lo suficiente para hacer preguntas inteligentes, Luis —dijo Acólito.

 

—Todo va bien. Conozco esto. Estamos bajo hiperimpulso de la manera a la que estoy acostumbrado. Hemos salido fuera de la… línea de demarcación, digamos — arguyó Luis—. Parece que tengo que aprender de nuevo todo lo que sé.

 

Durante toda su vida él había pensado en términos de singularidades matemáticas. En un sistema tal, la influencia de las masas densas —los soles y planetas— generaría indeterminaciones en el hiperespacio. Las naves no podrían ir allí usando el hiperimpulso.

 

—Lo que hacemos ahora es una maniobra estándar de navegación. ¿Recuerdas que viajábamos a cierta velocidad en el espacio normal? Fuimos lanzados desde el Mundo Anillo, superamos el sol y volamos hasta los límites del sistema. Todavía llevamos esa enorme velocidad.

 

 

 

 

 

 

 

55 | P á g i n a

 

 

»Pero el Ser Último nos conduce ahora bajo el hiperimpulso alrededor del sistema. Cuando retornemos al espacio normal, tendremos la misma velocidad con la que comenzamos, pero la nave apuntará ahora hacia el sol y el Mundo Anillo.

 

—Hemos salido —dijo el Ser Último.

 

Estaban nuevamente en el espacio negro, y una gran estrella brillaba adelante.

 

Habían estado aproximadamente cinco minutos bajo el régimen del hiperimpulso.

 

—La Guerra del Margen no llega normalmente tan lejos —dijo el Ser Último—. Estamos seguros por el momento. Nuestro vector de velocidad apunta ahora al interior del sistema, derecho hacia la última posición conocida del Diplomático. Deberíamos actuar dentro de los próximos diez minutos, antes de que el navío Kzinti pueda detectar nuestra estela de neutrinos y la radiación de Cherenkov que despedimos.

 

—Consígueme una vista —pidió Oboe.

 

Diez minutos luz es algo más que la distancia entre la Tierra y el Sol. La ventana virtual apareció, el Inferior hizo un acercamiento, y se vio un cometa bastante desperdigado, por fuera del campo estrellado. Un nuevo acercamiento…

 

Emergiendo de su nido cometario, se reveló el navío de Comando Diplomático, del Patriarcado Kzinti: una forma lenticular de acero y cristal.

 

De pronto, una gran esfera surgió en la imagen, proveniente de la nada: era el Tiro Largo, cercano y acercándose.

 

Oboe echó apenas un vistazo a la imagen.

 

—Dentro de unos minutos se acoplarán. Tenemos tiempo. Inferior, muéstranos lo registrado en este último salto de hiperimpulso.

 

El registro de la hipercámara estaba en blanco. Luis rió disimuladamente, pero Oboe lo reprendió.

 

—Luis, ¿no lo entiendes? Simplemente no hay nada que ver. Estamos fuera de la envoltura de materia oscura que se reúne alrededor de nuestra estrella. Allí donde casi no hay materia oscura, casi tampoco hay espacio. Ése es el motivo por el cual podemos viajar más rápido que la luz en el vacío: porque las distancias en este dominio en particular están drásticamente contraídas.

 

»Ahora sólo tengo que descubrir por qué hay más de una velocidad característica. Lo conseguiré estudiando el Tiro Largo. Inferior, llévanos dentro del alcance del Diplomático.

 

—Dos navíos bélicos custodian el lado cercano del cometa…

 

 

 

 

 

 

 

 

56 | P á g i n a

 

 

—Los veo. Entra en el rango usando el hiperimpulsor. Les golpearemos con nuestra propia luz.

 

El Punto Ciego destelló sólo por un instante.

 

El objetivo debía estar todavía demasiado lejos para mostrarse a simple vista, pero la ventana virtual lo mostró: un esponjoso y oscuro cometa, multitud de satélites plumosos y helados derivando a su alrededor… y cuatro naves, dos de ellas unidas. Las nudosas manos de Oboe bailaron sobre los mandos. La Aguja se lanzó: los generadores de gravedad de la cabina gimieron otra vez. Las naves más grandes, el Diplomático y el Tiro Largo, estaban unidas por las esclusas de aire, y se acercaban rápido. Luego más lento. Luego aún más lento.

 

—Tomaré el mando —dijo Oboe.

 

El Diplomático encendió sus láseres defensivos: el cuarto de la tripulación se volvió negro como la noche.

 

La ventana virtual presentaba algo más que la luz visible: una multitud de puntos de débil brillo venía hacia ellos. La Aguja no tenía motores cohete; Oboe activó los propulsores inertes. Ahora la ventana virtual desapareció, el fuselaje chocó de lado, y luego se frenó en su marcha.

 

Luis sólo tuvo el tiempo suficiente para comprender que se habían adherido al Tiro Largo. Entonces la gravedad de cabina de la Aguja se desplazó de manera inquietante mientras los generadores gemían su canción. Tres naves, acopladas de cualquier modo, intentaban girar alrededor de su centro común de masa.

 

El Diplomático se rasgó y se soltó, cayendo y disminuyendo de tamaño en la ahora restablecida visual.

 

La Aguja Candente de la Cuestión usaba el pleno empuje para arrastrar el Tiro Largo. ¿Cuánto entregarían los reconstruidos propulsores de la Aguja contra la importante masa del hiperreactor de Quantum II? ¿Quizá unas diez gravedades? Y Luis recordó que el Tiro Largo no había tenido gravedad de cabina cuando voló en él. Todo el espacio disponible había sido necesario para instalar el enorme hipermotor, y no hubo sitio para equipo suplementario… o al menos, eso le fue dicho en su momento. Diez gravedades aplastarían a cualquier Kzinti que estuviera a bordo, noqueándolo o aún matándolo.

 

El Diplomático lanzó una nube de misiles, pero luego desapareció en una bola de fuego, cuyo centro fue oscurecido por las paredes de la cabina.

 

Los misiles explotaron uno tras otro: Oboe ejercitaba su puntería con ellos. Los navíos de guerra custodios no despidieron metralla alguna, sin embargo. ¿Sería por temor a dañar el Tiro Largo? Oboe hizo reventar una de las naves, que había intentado

 

 

 

 

 

 

57 | P á g i n a

 

 

aparear su ruta. La otra quedó muy atrás.

 

Una nave que acarrea antimateria es muy vulnerable, pensó Luis. ¿Era eso algo tranquilizador, o sólo espeluznante?

 

En la Aguja, de pronto, cesó el empuje. Oboe saltó de su asiento en pleno grito:

 

—¡Al hangar! —cayó en un disco pedestre y se fue.

 

Acólito lo siguió antes de que Luis pudiera siquiera comenzar a moverse. Los muros del cuarto de la tripulación se habían hecho transparentes otra vez, y el Tiro Largo semejaba un enorme planeta apoyado contra el fuselaje de la Aguja, su cabina justo contra la nueva esclusa de aire, y la visión bloqueada por el “pegamento” de color bronce. Luis se desprendió de su red de aceleración, arma en mano, y corrió al disco transportador. Vio a Oboe cruzar el hangar en dos zancadas, zambullirse en la esclusa, echar una mirada, abrir la segunda puerta y saltar, con Acólito directamente detrás. Entonces Luis apareció en la bodega de carga.

 

Estaba a unos tres metros por detrás de Acólito, que llevaba un láser en la mano e iba frenando su carrera e inclinándose hacia delante porque estaba a punto de entrar en caída libre. Ahora soy un pirata espacial, pensó con regocijo, no esperando ninguna verdadera resistencia.

 

Pero una dura luz chisporroteó allí donde Oboe había desaparecido. Acólito se detuvo de repente, luego saltó fuera de la vista.

 

En caída libre ahora, Luis apoyó sus pies en la pared y se impulsó llevando al frente su arma con el brazo extendido.

 

La gravedad artificial lo aplastó de golpe contra el suelo.

 

Eso lo hubiera confundido, si hubiera tenido tiempo para pensar en ello. El Tiro Largo no había tenido generadores de gravedad.

 

El sistema de apoyo vital del Tiro Largo había consistido en una apretada cabina para el piloto y único tripulante humano —situada en el mismo fondo de la esfera—, y un somero cuarto de descanso y recreación por encima de ella, ahora ocupado por Oboe y tres kzin. Dos de los gatos estaban tumbados en charcos de sangre color naranja, cortados en trozos, chamuscados y muertos. El tercero estaba erizado como una nube amarilla y negra con dientes. Luis mantuvo la temblorosa mira de su láser sobre él hasta que se sintió seguro de que era Acólito.

 

La voz de Oboe habló en el casco de Luis:

 

—El tiempo urge. Luis, serás el piloto del Tiro Largo. Acólito, regresa a la Aguja.

 

Inferior, viajarás con él. Ya tienes tus instrucciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

58 | P á g i n a

 

 

Luis se retorció en su camino para eludir a Acólito y cayó en la silla del piloto.

 

Acólito empujó a los guerreros del Patriarcado bien adentro de la zona de descanso; luego saltó hacia la esclusa de aire. El titerote, que acababa de llegar, había reculado por delante de él.

 

La voz del comunicador de Oboe los siguió.

 

—Inferior, ¿qué significa que hayamos encontrado gravedad de cabina a bordo del Tiro Largo?

 

Silencio.

 

—¡Inferior!

 

El titerote estaba poco dispuesto a hacerlo, pero al fin habló.

 

—Eso sugiere que el Patriarcado ha descubierto algunos de nuestros secretos. Varios de los items embalados en el Tiro Largo eran instrumentos de recolección de datos. Otros eran sólo equipamiento ficticio, para desviar la dirección del estudio y retardar la asequibilidad de la tecnología del hipermotor. El equipo científico del Patriarca debe haber descubierto cuánto espacio superfluo había en realidad; han de haberlo usado para instalar un generador de gravedad de cabina, y quién sabe qué otras cosas. Tienes que comprender el motivo de que lo hiciéramos así… ¿Qué harían con una nave tan rápida los guerreros, humanos o Kzinti, si supieran que había espacio suficiente para propulsores, naves pequeñas de ataque y armas? Oboe, si tú no puedes imaginarlo, pregúntale a Luis.

 

—¿Luis?

 

—Hum. Sólo alégrate de que esta nave sea nuestra ahora —dijo Luis.

 

Estudió el panel de control del Tiro Largo. Un segundo grupo de instrumentos, de construcción algo más burda, había sido añadido al lado del primero. Todos los indicadores habían sido modificados, y referían en puntos y comas Kzinti.

 

La gravedad rodó en forma inquietante. Estaban en movimiento ahora, y el generador de la cabina del Tiro Largo se veía en figurillas a causa de la desequilibrada configuración actual.

 

Oboe se asomó por detrás del hombro de Luis, apoyándole su afilada mandíbula contra el cuello.

 

—¿Puedes volar la nave?

 

—Creo que sí —dijo Luis—. Aunque debería mantener los ojos cerrados.

 

—¿Lees la Lengua del Héroe?

 

 

 

 

 

 

59 | P á g i n a

 

 

—No.

 

—Yo sí. Apártate. Únete a tus compañeros a bordo de la Aguja.

 

—Puedo volar el Tiro Largo. Recuerdo los mandos.

 

—Ya ves que han sido modificados. ¡Sal de ahí!

 

—¿Podrás volar esta nave?

 

—Debo intentarlo. Vete ya.

 

 

 

Cuando Luis volvió al hangar de la Aguja, Acólito ya había salido de él.

 

Se tomó un minuto para contener su enojo. Típico de un protector, apostar su propia vida y las de los demás en base a sus propias capacidades todavía poco formadas, a teorías nebulosas, tomando riesgos que el mismo Luis no habría asumido siquiera en su adolescencia. Pero no era bastante. Oboe había apostado por la vida de Luis Wu porque podía aprovecharlo… y ahora, que había llegado el momento, no lo hacía. Bien, qué demonios… Era sólo otra jugada que no le había dado resultado.

 

Inhalar por la nariz, retener el aire, forzar el abdomen, exhalar… Se sentía notablemente bien el retorno a los veinte. Sería estupendo, aunque sólo si lograra sobrevivir lo suficiente.

 

La Aguja dio algunos tumbos y se separó del Tiro Largo.

 

Luis encontró el disco pedestre oculto y pasó al cuarto de la tripulación. Acólito estaba allí. El Ser Último estaba en la cubierta de vuelo, dándoles la espalda.

 

—Hemos de hacer nuestro camino por separado. Luis, Acólito, sujetaos.

 

—Se supone que yo deba ser el copiloto —señaló Acólito.

 

—Cambio de planes —dijo el Ser Último sin girar siquiera las cabezas.

 

Luis no se preguntó entonces cómo fue que el titerote tuvo control sobre el “pegamento” de bronce que había unido los fuselajes. Oboe no vaciló tampoco; habló desde el Tiro Largo y dijo:

 

—Como mejor te parezca, Inferior. Vuestros enemigos en esta parte del espacio incluyen cada nave de la BRAZO y del Patriarcado, y muy probablemente todos los demás foráneos. He envainado el fuselaje de la Aguja en scrith, otorgándole una nueva capa de defensa; pero los proyectiles de antimateria representan todavía un gran peligro. Ábrete camino al Mapa de Marte como mejor puedas.

 

 

 

 

 

 

 

 

60 | P á g i n a

 

 

El Ser Último no contestó. La Aguja Candente de la Cuestión dio la vuelta lentamente, apuntando hacia el espacio interestelar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

61 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 7

 

 

FIN DE CARRERA

 

 

 

 

 

—Luis, ¿no estamos apuntando en la dirección incorrecta? —preguntó Acólito.

 

Cuatro motores de fusión brillaron azules en el Tiro Largo, que se veía lejano y diminuto ahora. La gran nave no tenía mucha aceleración, y era todo llama de fusión, muy visible contra un cielo plagado de enemigos.

 

¿Intentarían la BRAZO o el Patriarcado destruir al Tiro Largo? Luis supuso que no lo harían mientras hubiera esperanzas de recapturarlo; el hiperimpulsor de Quantum II era demasiado valioso. A menos que otra facción se aventurara a hacerse de la nave… ¿Qué sucedería entonces?

 

¿Cómo pretendería Oboe esconder tan enorme artefacto? Un kilómetro y medio de diámetro… aunque ahora parecía diminuta contra la escala del espacio profundo.

 

Pero ninguno de los problemas de Oboe tenía mayor relevancia frente a lo que el Ser Último estaba por hacer: retornar al espacio interestelar, volver a casa.

 

Luis no había contestado inmediatamente. Acólito siguió hablando.

 

—Mi padre asume a menudo que yo sé cosas que en verdad ignoro. Él las aprendió de pequeño, y por ello le han de parecer obvias. La geometría esférica, la fuerza centrífuga, las estaciones, el camino que sigue la luz del día a través de un mundo esférico…

 

—El Inferior intenta fugarse —explicó Luis.

 

—¿Fugarse?

 

El Ser Último era seguramente capaz de escuchar, y Oboe podría oírle también, pero ¿qué tenía que esconder Luis?

 

—El Inferior tiene ahora una nave espacial en condiciones —explicó—. Siempre ha considerado frágil la constitución del Mundo Anillo. Lo hace sentirse atrapado. Ahora está fuera de su prisión, y se dirigirá hacia la Flota de los Mundos… los planetas donde viven los titerotes.

 

—Entonces… ¡me ha secuestrado! ¡Inferior!

 

El titerote no contestó.

 

—Yo también he sido secuestrado. Relájate —dijo Luis—. Tenemos tiempo. Este

 

 

 

 

 

 

 

62 | P á g i n a

 

 

nave no puede alcanzar el espacio conocido en menos de dos años. Incluso la Flota de los Mundos está a varios meses de distancia. Tenemos mucho tiempo para pensar.

 

—Luis, ¿qué harás cuándo termines de enseñarme la paciencia?

 

Luis sonrió.

 

—Montarte como una estatua en el palacio de tu padre —era su broma privada.

 

La Flota de los Mundos debía ser el lógico objetivo del Ser Último. Sin embargo, la política de la Flota lo había expulsado de la posición suprema… Hacía varios años de ello, pero los titerotes pensaban en períodos de tiempo mucho mayores. El Inferior no sería bienvenido entre los de su propia especie.

 

Se podía tener esperanzas, entonces.

 

En cuanto a Luis Wu, era buscado por las Naciones Unidas para ejercer sobre él su protección al conocimiento patentado… por el grave delito de saber demasiado. Las NU gozaban de gran importancia en los mundos del espacio humano, pero, de todos modos, no gobernaban en todas partes. Su autoridad concreta sólo comprendía el sistema Tierra-Luna… y su objetivo era cualquier cosa que pudiera amenazar ese dominio.

 

El Ser Último había hallado a Luis Wu sobre Canyon y lo había secuestrado, hacía ya unos quince años. La administración municipal de Canyon o la BRAZO habrían reclamado las posesiones de Luis allí, al día de hoy. Había perdido hace tiempo el derecho sobre sus residencias en la Tierra. Entonces… ¿dónde iría Luis? Tenía que haber un lugar seguro.

 

Se sorprendió al descubrir que realmente nunca imaginó que este día llegara alguna vez.

 

—Tendré que ser persuasivo —dijo Luis—. Tal vez pueda conseguir que el Inferior nos deje en algún sitio del espacio humano; entonces encontraré el modo de hacerte regresar a casa. Aunque antes te mostraré algo de los mundos humanos; podría ser interesante para ti.

 

—¿Por qué ir al espacio humano? ¡Que nos deje en el Patriarcado! Permite que yo sea tu guía allí.

 

Luis había sido un héroe interespecies, por un breve período, cuando junto a Chmeee entregaron el Tiro Largo a sus respectivos gobiernos.

 

—Acólito, yo he estado en el palacio del Patriarca y he cazado en su parque. ¿Tú lo has hecho, acaso?

 

—Guíame tú, entonces. Muéstrame el sitio donde creció mi padre.

 

 

 

 

 

 

 

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—Bueno, verás… Tengo miedo de ir allí. Podría mostrarte las grabaciones que hice en su momento, si consigo entrar a la Tierra o a Canyon… pero incluso eso es demasiado arriesgado —de nada valía soñar despierto: la BRAZO de seguro habría reclamado sus posesiones—. Mira, yo podría tener otra lectura sobre la Guerra del Margen antes de que volvamos aquí. Oboe no sabe lo suficiente. Tal vez nadie lo sabe. Podría ser como la guerra de las Dos Rosas, o la de Vietnam, o la venganza de La Meca: tal vez durara para siempre. Nadie sabe cómo apagar una guerra.

 

—Stet, llévame al espacio humano. ¿Me concederán ellos mi lugar, mis derechos? Luis se rió.

 

—Oh, no. Hablarás el Intermundo, del modo en que Chmeee y yo te lo enseñamos. Afirmaremos que eres de Sheathclaws o de Fafnir, y que has crecido en una comunidad humano-kzin. Ellos esperarían que fueras un poco extraño… Nej, ¿por qué no nos hemos movido? ¡Inferior!

 

El Tiro Largo se había perdido ya entre las estrellas y el brillo del sol, pero la Aguja no se había movido en absoluto.

 

—¡Haz algo, Inferior! —gritó Luis.

 

El titerote graznó. Luego repuso, sin la menor entonación:

 

—El comedor de carroña ha deshabilitado mi hiperimpulsor.

 

Luis no encontró nada que decir.

 

—¡Podría haber girado en el hiperespacio para esconder mi punto de retorno al Mundo Anillo! Ahora cada telescopio en el sistema nos estará siguiendo, mientras intento alcanzar la seguridad —lloriqueó el titerote—. Estaremos bajo fuego por… dos días, como estimación más optimista. Oboe tendrá mucho que explicar acerca de esto.

 

—Vamos, Inferior… Habrías huido, y tú lo sabes —dijo Luis.

 

El titerote lanzó un discordante y orquestal alarido. La Aguja volteó y se puso en marcha.

 

 

 

Nubes de misiles y una veintena de naves brotaron de los cometas una hora después de que el Ser Último comenzó su carrera. Los miraron llegar mientras la Aguja aceleraba hacia el sol.

 

El titerote permaneció en la cubierta de comando. Acólito y Luis quedaron aislados en el cuarto. Ambos hablaron del asunto en voz baja, como si no pudieran ser oídos.

 

Luis contempló la llegada de la Guerra del Margen.

 

 

 

 

 

 

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Los misiles más rápidos no acarreaban verdadero peligro: nada que tuviera alto empuje llevaría antimateria. No se podía arriesgar que la antimateria se sacudiera y golpeara contra su contenedor magnético. Algunas naves —en particular aquellas alargadas de la BRAZO— debían acarrear proyectiles de antimateria y un acelerador lineal para lanzarlos, pero esos navíos serían lentos, demasiado lentos para rivalizar con la Aguja.

 

El rastreo del Tiro Largo no ofreció a los invasores ningún problema en absoluto. La esfera de kilómetro y medio era demasiado conspicua e indefensa.

 

Los misiles comenzaron a llegar durante el segundo día. La mayor parte de ellos convergió en una nube en torno al Tiro Largo.

 

Oboe había añadido una torrecilla láser a la Aguja. El Ser Último la utilizó para derribar concienzudamente las pocas docenas de misiles que los perseguían. El sol fue creciendo a ojos vistas. Luis se preguntó si habría más naves esperando por ellos en el interior del sistema.

 

—¿No deberíamos dar la vuelta ya, Inferior?

 

—Es lo que ellos esperarían —respondió.

 

Luis se preguntó de qué hablaba el titerote. Entonces, mirando hacia adelante, lo supo.

 

¿Qué tan peligroso podía ser? ¿Acaso los titerotes no eran cobardes? Luis Wu no debía revelar su temor delante del Kzin. Sería mejor si podía persuadir a Acólito de que se estaba divirtiendo… ¡Esto es un paseo!

 

Incluso el Ser Último tenía más miedo de sus perseguidores que de lo que intentaba hacer, evidentemente.

 

Luis se tomó un momento para estudiar su siguiente parlamento. Luego:

 

—Inferior, todo lo nuevo sobre la Aguja, incluyendo el hiperimpulsor, ha sido construido o modificado por Oboe, y nunca ha sido probado. ¿Confías en ello? Me refiero, sobre todo, al campo de estasis…

 

—Tengo que hacerlo —dijo—. Aquí fuera soy la presa. Cualquier criatura con un telescopio ha de haber visto el ataque de la Aguja contra el Tiro Largo. ¿Somos una mera diversión? ¿Acaso Oboe tirará por la borda nuestras vidas para distraer a sus enemigos? ¡Responde, Luis! Él es más de tu especie que de la mía.

 

Siéndole pedida su opinión de Oboe, Luis la dio:

 

—No confíes en él. Juega tu mejor baza, pero recuerda que él reacciona muy rápido.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Incluso si pudiéramos alcanzar Mundo Anillo, todavía seré su prisionero —dijo el Ser Último—. Pero no aceptaré eso. No lo haré más. Me he hartado de que me pongan en constante peligro para lograr objetivos que no entiendo.

 

—Háblame sobre ello —dijo Luis.

 

 

 

La Aguja Candente de la Cuestión había adquirido una velocidad considerable y todavía aceleraba cuando sobrepasó el Muro del Borde. Apenas lo hizo, una nube de puntos de luz se desplegaron saliendo de la cara inferior del Anillo, permanentemente en sombras. La Aguja estaba ahora dentro del arco del Mundo Anillo, bajo la deslumbrante luz del sol y con un halo de miles de diminutas sondas a la zaga.

 

Luis oyó un aullido como para derretir los huesos y un sonido sordo y rítmico, pero decidió no asomarse alrededor de la pared de la cocina para ver. Sólo era Acólito atacando un muro, haciendo un poco de ejercicio.

 

La nave daba tumbos y zigzagueos a través del cielo, pero eso sólo se notaba por los nerviosos desplazamientos visuales del campo estrellado en derredor. La Aguja sufría tremendas aceleraciones, pero el generador de gravedad de la cabina parecía estar a la altura del desafío. Otra vez aparecieron las sondas. Ninguna atacaba a la Aguja, pero evidentemente todas las especies querían echarle un vistazo.

 

¿Qué verían en sus pantallas? Un fuselaje número tres de Productos Generales, de factura titerote, y un titerote en los mandos. La Aguja podía considerarse bastante segura; la enorme mayoría de las PJ en el espacio prefería evitar el asustar a un titerote.

 

El círculo negro que interceptaba el sol se hacía más grande a cada segundo.

 

Esto va a ser un paseo del infierno, se dijo Luis.

 

Una luz repentina y deslumbrante parpadeó, blanco sobre negro. Acólito preguntó, en tono sarcástico:

 

—¿No era que los misiles no portaban antimateria?

 

—Tal vez eso fuera una nave golpeada por una bala de antimateria —sugirió Luis—. La luz parece ser la adecuada. Estoy especulando, por supuesto… Inferior, continúa zigzagueando.

 

La voz del titerote cantó:

 

—¿Para oponerme a qué? No me molestes, Luis. Dime, si matan a Oboe, ¿elegirás a otro protector? ¿O a ninguno más?

 

 

 

 

 

 

 

 

66 | P á g i n a

 

 

—¿Qué es lo que está haciendo él?

 

El Ser Último hizo aparecer una ventana virtual.

 

Un denso cardumen de misiles y naves convergían, como formando una cáscara, alrededor de la esfera de cristal de kilómetro y medio de diámetro. Una miríada de láseres y bombas centelleaba entre ellos. Contra todo sentido, alguna de las naves perseguidoras había disparado sobre el Tiro Largo, y ahora todas las demás disparaban también. La esfera cambió de tonalidades, brillante-oscuro-brillante bajo la luz de los láseres, con sus cuatro arcaicos impulsores llameando.

 

Entonces… el Tiro Largo desapareció.

 

—Se sumergió en el hiperespacio —dijo Luis—. Bastardo loco. Pero los perderá, siempre que evite ser devorado por…

 

—¿Qué harás si Oboe perece? —insistió el Ser Último.

 

—Hay demasiado Árbol de la Vida por allí, Inferior. Tengo que hacer algo —dijo Luis—. Si no lo hago, los protectores sobre el Muro perimetral tomarían el mando. Y eso no es nada bueno. Están demasiado apartados de la corriente principal del desarrollo de los homínidos, y no conocen lo suficiente respecto a lo que sucede. Inferior, los Amos de la Noche siguen siendo la mejor opción. Poseen el estilo de vida de un chacal. Todo lo que vive es suyo finalmente. Lo mejor para su propia especie es mantener en buenas condiciones a todas las demás. Aparte de eso, su sistema de comunicaciones por heliógrafo es maravilloso. Lo necesitamos.

 

—Oboe es arrogante y manipulador —dijo el Ser Último.

 

La mancha negra que cubría el sol creció desmesuradamente y se los tragó.

 

Discontinuidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

67 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 8

 

 

LA BOMBA DE ANTIMATERIA

 

 

 

 

 

Durante dos días el Toro Bacota había estado acelerando, por el simple procedimiento de dejarse caer hacia el sol y el Mundo Anillo. El transporte pasaría por sobre el Muro perimetral en unas pocas horas; en ese momento habría que decidirse. Un motor lineal corría por toda la longitud del fuselaje del Toro Bacota. Las naves de acecho y caza que transportaba podían ser disparadas a la velocidad de giro del mismo Mundo Anillo.

 

Los trips esperaban.

 

Lo que había sucedido en el conglomerado de cometas y vacío guardado por el Patriarcado sucedió demasiado lejos del Toro Bacota, y quedó a medias oculto por la niebla de cristales de hielo. Las tripulaciones de batalla podían especular acerca de ello, por supuesto. Unas sondas de exploración estaban haciendo el trabajo forense. Mientras tanto, los que atacaron a los Kzinti estaban a la vista y en movimiento.

 

—El más pequeño es un fuselaje número tres de PG —dijo el Tec-Dos Claus Raschid—. Podría ser alguien importante.

 

—Alguien, pero nunca un titerote —dijo Roxanny—. No tendría el coraje. —Y el más grande y lento tiene que ser el Tiro Largo…

 

El resto de los implicados en la Guerra del Margen también se había enterado. Ambos naves estaban rodeadas ahora por sondas de media docena de civilizaciones. Los datos relativos a ellas fueron mostradas sobre los monitores de uso común. Un titerote de Pierson estaba al timón de la nave GP#3. El piloto del Tiro Largo parecía humano.

 

—El Tiro Largo está de nuestro lado del espacio —dijo Claus—. Podría ser una buena ocasión para recuperarlo…

 

Los tripulantes miraban la serie de datos. Un repentino estallido de armas rodeó al Tiro Largo —amenazando una nave experimental de inestimable valor— y Roxanny sonrió al escuchar las cataratas de maldiciones. Pero su sonrisa se apagó —igual que las maldiciones— cuando la cristalina esfera simplemente desapareció.

 

La voz del Comando habló por fin:

 

—¡A las naves! ¡Todas las tripulaciones de batalla, a las naves ya!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

68 | P á g i n a

 

 

Se esfumó como una burbuja de jabón, pensó Roxanny. ¿Cómo lo hizo? Se escurrió a lo largo del pasillo hacia su puesto, eludiendo a esos corpulentos tipos que pensaban que podrían moverse en estos estrechos claustros.

 

Su puesto estaba en el Caracolero. Se arrastró por la esclusa y tomó su asiento asignado. Claus Raschid la siguió. El tercer trip…

 

—¿Dónde está Forrestier? —ladró.

 

El Tec Oliver Forrestier se balanceó dentro y cayó en su sitio. Los tres estaban espalda contra espalda, revisando sus pantallas de datos en la pared.

 

—¿Creéis que nos lanzarán esta vez? —preguntó Oliver.

 

Roxanny Gauthier sonrió abiertamente. Le gustaba eso: ella y dos rudos machos en un ámbito tan cerrado que no podría filtrar del aire todas las feromonas, y en condiciones demasiado apretadas para cualquier cosa excepto coquetear. Claus y Oliver ya se encontraban intimidados.

 

—Nos lanzarán —aseguró ella—. Dependiendo de lo que esas naves hagan, podremos ver bien de cerca el Anillo. Podríamos incluso bajar hasta la superficie…¡Fajaos los lomos, Personas Jurídicas! Vamos a entrar.

 

 

 

La nave se sacudió, y Luis se sintió sacudido también, a medida que todo alrededor de ellos cambiaba. La Aguja estaba fuera de la estasis.

 

La visión a los laterales mostraba los temibles fuegos de la corona, por encima de un horizonte negro. La popa era toda negra: el sol, retrocediendo por detrás de ella.

 

Luis no podía ver lo que aparecía en las pantallas de la cabina del Ser Último. Mejor. Si pudiera ver los gráficos y representaciones en falso color, sentiría la temperatura del fuselaje. Había que decir algo sobre los titerotes de Pierson: ellos nunca ignoraban el peligro, nunca fingían que no estaba allí. Nunca daban las espaldas a una amenaza, excepto para darle de coces.

 

Por delante de ellos fluían unas trazas de gas de la corona, encendidas como guirnaldas. Las estrellas quedaban opacadas tras un resplandor color rubí, que debía ser el fuselaje transparente de la Aguja emitiendo radiación para enfriarse.

 

Las naves de la Guerra del Margen no se veían ya. El titerote había eludido a sus perseguidores al usar la atmósfera del sol como freno aerodinámico para su nave.

 

Se acercaban ya al anillo de enormes rectángulos que creaban las sombras de la noche para el Mundo Anillo. El Ser Último hizo derivar la nave hasta el borde de una de las pantallas, luego incrementó ferozmente la aceleración y la dejó atrás.

 

 

 

 

 

 

69 | P á g i n a

 

 

Luis se preguntó ociosamente si Oboe habría apagado la defensa antimeteoritos. Ya una vez antes —a bordo del Embustero—, Luis había sufrido el disparo del láser supratérmico generado desde el sol; la nave había caído en estasis hacia el suelo del Mundo Anillo y había arado un terrible surco a través de la tierra. Nessus, Teela, Chmeee y Luis habían sobrevivido sin un rasguño… pero ahora el protector Chacal había metido mano en el temporizador del campo.

 

Esta vez el láser supratérmico del Anillo no se encendió, o tal vez no lo hizo lo bastante rápido para pillar a la Aguja.

 

Pero la Guerra del Margen los encontró.

 

—Estamos siendo seguidos —dijo Acólito.

 

—Ya los perderé. No me distraigan —cantó el Ser Último.

 

El Mundo Anillo trepó hacia ellos como un enorme matamoscas. La Aguja se zambulló directamente hacia una larga cinta de tierra, que dormía bajo las sombras de la noche. Luis pudo apreciar el Océano Opuesto casi justo frente a ellos, un inmenso diamante azul punteado con racimos de islas, deslizándose de lado a medida que la Aguja bajaba en picado. El Ser Último apuntó la nave hacia un grupo de nubes en forma de reloj de arena aplastado; enormes relámpagos cruzaban toda su superficie. La tormenta tenía un tamaño varias veces mayor que el de la Tierra.

 

 

 

Un Ojo de Tormenta es el signo visible de una avería en el suelo del Anillo, provocada por el choque de un meteorito.

 

Es el equivalente en el Mundo Anillo de los huracanes y tornados que se forman en el ecuador de los planetas. El drenaje de aire a través del cráter produce un vacío parcial. El aire que fluye desde giro reduce la su velocidad de marcha; pesa menos y tiende a elevarse. El aire de antigiro se apresura, se pone más pesado, y tiende a bajar. Vista desde arriba, la tormenta parece un reloj de arena aplanado e incompleto, con un agujero en la zona central. Pero visto desde la superficie, a babor o estribor, la tormenta toma el aspecto de un ojo, con un párpado superior y otro inferior, y una voluta de tornado horizontal en el centro, e incluso una ceja, hecha de altos cirrus.

 

Cualquier protector del Mundo Anillo, Oboe o aún Bram antes de él, habría obturado ya cualquier agujero, si fuera lo bastante grande; el aire que se ha perdido es difícil de sustituir. El cráter de meteorito que tenían enfrente debía ser pequeño, y bastante antiguo; estas tormentas tomaban generaciones para formarse.

 

No es más que un maldito paseo.

 

El Ser Último se zambulló hacia la garganta en torbellino del reloj de arena

 

 

 

 

 

 

 

70 | P á g i n a

 

 

reduciendo la velocidad en forma terrorífica, llevando una nave grande y dos más pequeñas todavía en su estela. La Aguja se sumergió en el negro torbellino con frenesí suicida, y salió como escupida a otro universo, pasando por el cráter del meteorito hacia el espacio interestelar de un pleno negro, y girando con fuerza a un lado y de vuelta hacia arriba. El Inferior encendió un láser hacia la parte oculta del Mundo Anillo; una deslumbrante luz de color rubí iluminó a poca distancia del cráter una serie de cañerías de reciclaje del flup marino, rotas por otro antiguo meteorito.

 

He de decirle a Oboe, pensó Luis. El Mundo Anillo se desgasta. Pierde el aire y el agua. Todo necesita reparaciones, el fondo, los Muros del borde, el mismo paisaje. Oh, sí, lo haremos en nuestro abundante tiempo ocioso.

 

Atravesaban ahora una pluma de cristales de hielo. Un bloque de agua de mar congelada estaba siendo evaporado. De repente, Acólito exclamó:

 

—¡Luis, basta ya de repetir eso!

 

—Lo siento.

 

—Ya sé lo que significa “Esto no es más que un paseo”. Millones de los de tu especie pagan altas sumas por el privilegio de pasar miedo en condiciones seguras. ¡Un héroe debe enfrentar peligros reales!

 

—Lo has hecho cuando luchamos contra Bram…

 

Oh, aquí vamos de nuevo, pensó Luis cuando la Aguja se alzó hacia arriba nuevamente. Esto no es una trampa mortal, es sólo un paseo…

 

El esponjoso mar de negro hielo estaba ya casi totalmente evaporado. La nave se introdujo por el roto desagüe marino, atravesó una última barrera de hielo, y se introdujo en el mar de encima.

 

La Aguja Candente de la Cuestión derivó por el agua negra y se detuvo.

 

—Y aquí la nave podrá reposar —dijo el Ser Último.

 

Levantó el borde de un disco pedestre y comenzó a trabajar en sus mandos.

 

—¿Cuánto hace que tenías planeado esto? —preguntó Luis, con voz temblorosa.

 

—Prefiero adelantarme a las contingencias —respondió el Ser Último—. Si Oboe alguna vez me daba la oportunidad de mover la Aguja, iba a necesitar un sitio donde esconderla. Bien, Luis, este enlace conduce ahora al Centro de Reparaciones. La red de discos pedestres está abierta para nosotros.

 

Las orejas de Acólito se alzaron, y miró a Luis y al titerote como si estuviera presenciando un partido de tenis de mesa.

 

 

 

 

 

 

 

71 | P á g i n a

 

 

Luis se lo pensó detenidamente. El océano alrededor de ellos drenaría por el hueco hasta que se formara otro tapón de hielo. Oboe podría encontrarlos por la pluma de vapor de agua, si acaso dispusiera de suficiente tiempo. Pero el Tiro Largo era demasiado lento viajando en el espacio normal, y aunque usar el hiperimpulsor cerca de una estrella ya no fuera una muerte segura, era todavía bastante peligroso. Oboe y el Tiro Largo serían cazados a través del cielo durante varios días aún.

 

Entonces, La Aguja Candente de la Cuestión era… —Inferior, no puedes esconderte de Oboe en esta nave. —Lo he hecho.

 

—Tenemos que tener acceso al resto de la Aguja para alimento, descanso, duchas, trajes de presión… Necesitamos los discos pedestres, y eso es todo lo que Oboe necesita para hallarte: un disco pedestre en funcionamiento aquí.

 

—Puedo esconder nuestra posición, Luis.

 

El Ser Último tenía la ilusión de recuperar el control. Parecía fútil, pero… Caramba, Luis intentaba lo mismo.

 

—Piensa en esto, ahora —dijo Luis—. Mientras Oboe busca La Aguja Candente de la Cuestión, por qué no robarnos el Tiro Largo?

 

—¿Qué? ¿Cómo?

 

—No tengo idea. Pero estoy harto de ser dirigido como un títere, sea por él o por ti, Inferior. ¡Tiene que haber alguna salida de esta caja!

 

—Bien, mientras Oboe se encuentre ocupado, podríamos tener aún un día o dos para pensar en alguna cosa.

 

Cruzaron el disco hacia el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

 

 

La luz del día había llegado a la zona del Ojo de Tormenta. Luis miraba a través de trescientos millones de kilómetros, más allá del borde que las pantallas negras recortaban al sol.

 

Los nudos e hilos de plata todavía marcaban ríos, lagos y mares, pero el tiempo y el cráter habían desecado esa tierra. Tres naves se escabullían y daban vueltas dentro y alrededor de un reloj de arena aplanado hecho de vientos. Ésas debían ser las que habían seguido la estela de la Aguja. El navío mayor era Kzinti, y los más pequeños eran cazas de la BRAZO. Eran capaces de verse el uno al otro entre las nubes, como cualquiera que tuviera radar de profundidad.

 

 

 

 

 

 

 

72 | P á g i n a

 

 

Un relámpago parpadeaba esporádicamente en el cuello de la tormenta, pero un repentino chisporroteo fue demasiado brillante para ser el relámpago.

 

—El problema de cargar con balas de antimateria —conjeturó Luis—, es que toda tripulación aprovechará cualquier excusa para expulsarlas de la nave.

 

Las naves humanas perseguían a la Kzinti. El navío grande se zambulló de nuevo entre las nubes; Luis podía rastrear su huella de radar por el eje del Ojo de Tormenta. Una nave de la BRAZO siguió su estela, la otra se lanzó hacia delante, por el aire libre. Entonces la nave Kzinti aceleró, se clavó en el cráter de abajo y salió del Mundo.

 

Dos cazas de la BRAZO mandaban ahora en quizás un billón de kilómetros cuadrados del Mundo Anillo. Pasaron varias de las siguientes horas cuartelando y mapeando el área, aunque volviendo cada tanto al Ojo de Tormenta.

 

—Custodian el cráter para prevenir intrusiones —sugirió el Ser Último—. Tú y Chmeee desperdigaron el secreto por todo el espacio conocido, ¿no es cierto, Luis? Entre y salga del Mundo Anillo por cualquier cráter de meteorito. De no hacerlo así, afrontará un láser supratérmico bombeado por el sol.

 

—Si encuentran la Aguja —dijo Luis—, tendrán acceso a la red de discos pedestres. Inferior, ¿es fácil de copiar esta tecnología? Las Naciones Unidas nunca tuvieron la posibilidad de estudiar los discos. Son mucho más avanzados que las cabinas de transferencia.

 

El Ser Último no contestó, por supuesto.

 

Luis se encontró contemplando el Océano Opuesto. La enorme extensión de agua y tierra se veía como un tapiz sobre la pared de un castillo, en la pantalla del Cuarto de Defensa Antimeteoritos. Racimos de islas… que eran continentes; tenían que ser grandes, tan grandes como los Mapas en el Gran Océano, uno de los cuales era un mapa a escala real de la misma Tierra. Aquéllos en el mar opuesto estaban arracimados más densamente, y parecían todos idénticos.

 

—Inferior, ¿fue construido el Mundo Anillo por protectores de Pak, realmente? —No lo sé, Luis.

 

—Pensé que lo sabrías ya. Me pregunto si podría haber verdaderos Pak, en algún sitio entre todos estos homínidos. No hemos visto nada de los Pak, salvo una pila de huesos viejos.

 

—Podemos deducir mucho sobre los criadores Pak —arguyó el titerote—. Dormían o se escondían durante el día y la noche. Cazaban y resolvían sus asuntos en las horas crepusculares, al anochecer y la madrugada. Vivían en las zonas costeras.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Luis estaba sorprendido.

 

—¿Cómo puedes saber todo eso?

 

—Tu calvicie parcial sugiere que tus antepasados nadarían con regularidad, y te he visto en el agua, también. En cuanto al crepúsculo, este Mundo Anillo tiene mucho más tiempo crepuscular que un planeta, y eso es totalmente innecesario. Déjame mostrarte.

 

El Ser Último se alojó con torpeza en una de las sillas que remataban las grúas. Una de sus bocas encontró los mandos. Una zona de la pantalla de la pared brincó, se hizo de un azul monótono. El Ser Último comenzó a dibujar en líneas blancas. Una burbuja de blanco: el sol. Un círculo: el Mundo Anillo. Uno bastante más pequeño, concéntrico: treinta y tantas pantallas moviéndose un poco más rápido que la órbita, sujetas entre sí por cables.

 

—Este es el modo en que el Mundo Anillo fue diseñado —dijo el Ser Último—. Un día de treinta horas, con sólo diez horas de oscuridad, y más de una hora de crepúsculo y amanecer, con el sol en parte bloqueado. En cambio…

 

Dibujó ahora cinco pantallas largas, moviéndose en forma retrógrada, a contragiro del Mundo Anillo.

 

—Este modelo evitaría el largo período de crepúsculo y haría el día igual a la noche. Pero los diseñadores no buscaron eso. Quienes construyeron el Mundo Anillo deben haber deseado veranos interminables y largos crepúsculos. Sospechamos que eran protectores de Pak, y conjeturamos que el mundo Pak debió ser parecido a esto.

 

Luis estudió el dibujo. O tal vez, pensó, construyeron un modelo avanzado en otra parte.

 

—Tengo hambre —dijo el titerote—. ¿Podríais vigilar vosotros?

 

—Hambre —el Kzin estuvo de acuerdo—. Date prisa.

 

El tiempo se había deslizado sin que lo percibieran. Luis descubrió que él también estaba famélico.

 

Un titerote debía comer más a menudo que un carnívoro. El Ser Último estuvo fuera durante casi una hora; volvió con joyas centelleando en una melena recién peinada. Lo seguía un plato flotante, con pienso apilado en él.

 

—Lamentaremos el tiempo que estamos desperdiciando ahora —dijo—. Nuestras últimas horas libres de Oboe… Pero, ¿qué podemos hacer con ellas? Mis planes nunca llegaron tan lejos. Mirad, más naves de guerra.

 

Tres cruceros Kzinti, luego una más grande y desconocida, y posteriormente tres naves de la BRAZO bailaron alrededor del anillo interior de paneles de sombra, sin

 

 

 

 

 

 

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disparar aún.

 

—Acólito, ve a comer tú solo —dijo Luis. ¿Quién quiere estar cerca de un Kzin hambriento?

 

Luis y el Ser Último observaron en silencio los desplazamientos de las naves de guerra.

 

—No todas tendrán campos de estasis —especuló Luis—; los campos son costosos y no demasiado confiables, y además dejan fuera de acción a la nave que protegen. Se mueven con cautela a causa de la defensa antimeteoritos, pero Oboe la dejó sin efecto para que no amenazara su arribo, y ya comienzan a darse cuenta de ello.

 

Las tres naves Kzinti iniciaron una larga zambullida hacia la superficie de Mundo Anillo.

 

—Aquí vienen los Kzinti para derribar a los primeros cazas de la BRAZO, y más naves de la BRAZO para evitarlo… ¡Nej y maldita sea!

 

Una brillante línea atravesó la atmósfera y terminó en un relámpago contra el desierto.

 

—Era una bala de antimateria —dijo el titerote.

 

—Y ahora es otro Ojo de Tormenta. ¡Nej, este no es siquiera el acontecimiento principal! Lo que ellos buscan es el Tiro Largo. La Aguja no les interesa.

 

—¿Una aguja en un pajar? Lo que describes es en gran medida invento de tu propia imaginación —dijo el Ser Último—. La mayor parte de una guerra transcurre en forma invisible. Aquella nave más grande, la he identificado. Pertenece a Tierras Lejanas Limitada, la alianza de negocios entre Jinx y los Kdatlyno. No lucharán, sólo observarán. Ah, aquí llega Acólito. Luis, ve a comer… y date un buen baño.

 

 

 

Luis se despertó de una sacudida. Algo lo había turbado… ¿Un destello de luz en la gran pantalla?

 

Acólito y el titerote estaban dormidos, tumbados lejos el uno del otro sobre el duro suelo del Cuarto de Defensa Antimeteoritos. Se sentía bien y limpio. Había comido como un ejército; dormir entre sus placas sómnicas hubiera sido lo ideal… Pero quien durmiera a bordo de la Aguja de seguro se perdería de algo.

 

Luis se sentó. ¡Nada le dolía! Sonrió abiertamente, recordando lo que una mujer madura le había dicho en la fiesta que él organizó al cumplir doscientos años: «Querido, si despiertas por la mañana sin dolor en tus articulaciones y músculos, es un signo seguro de que has muerto por la noche».

 

 

 

 

 

 

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El Ser Último había reposicionado la pantalla envolvente. Ahora mostraba un panorama del cielo, y dos ventanas por delante enfocaban el Ojo de Tormenta y el Océano Opuesto. Alrededor de las ventanas unas luces diminutas se deslizaban nerviosamente: naves de la Guerra del Margen. Todas las imágenes estaban en silencio ahora.

 

Lo que realmente lo molestaba, era que no podía pensar en nada que hacer… excepto vigilar. Intentaba anticiparse al protector. ¿Qué posibilidad iba a tener más tarde, si no podía encontrar alguna salida ahora, cuando Oboe estaba siendo cazado a través del sistema?

 

Sobre el Mundo Anillo había millones de mares. Luis no podía adivinar donde habría ocultado el Ser Último a La Aguja Candente de la Cuestión. Sin embargo, podía llegar allí modificando el ajuste de un disco pedestre. El primer par de naves de la BRAZO no la había encontrado, y ahora estaban demasiado ocupadas maniobrando. La guerra por encima del Ojo de Tormenta había estado fría durante horas, pero las naves seguían cambiando de posición.

 

Unas luces blancas repentinas destellaron en las cercanías de la nave de Tierras Lejanas: balas de antimateria interceptadas en pleno vuelo. La gran nave comenzó a acelerar, apartándose de la acción; su nuevo curso eludía el Mundo Anillo. Un láser de rubíes la iluminó gloriosamente, pero era demasiado difuso debido a la lejanía de la fuente; el atacante navegaba demasiado profundamente en la atmósfera. Las naves que estaban a decenas de millones de kilómetros tenían posibilidades de defenderse.

 

Pero la guerra por encima del Ojo de Tormenta se hacía demasiado tensa por momentos.

 

Una andanada de fuego irrumpió en las nubes, donde se escondían los dos cazas de la BRAZO. Luis gritó:

 

—¡A despertarse! ¡Os estáis perdiendo la acción!

 

Los otros se revolvieron.

 

El radar profundo de Oboe mostró una nave de la BRAZO tirándose un clavado por el agujero del meteoro; abandonaba un terreno ganado con mucho esfuerzo, pero salvaría los datos de sus exploraciones…, a menos que alguna emboscada la esperara bajo el suelo del Anillo. La restante aceleró violentamente, atravesando el eje horizontal de la tormenta por un canal de aire quieto: la pupila del ojo.

 

Los Kzinti también tenían el radar profundo. Dos naves lenticulares aparecieron desde el cielo, zambulléndose velozmente. La metralla las siguió en su descenso.

 

El Ojo de Tormenta lanzó de pronto una deslumbrante luz blanquiazul.

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Ser Último cerró la ventana de acercamiento antes de que el brillo los cegara. Bajo una vista menos ampliada —Oboe debía tener una cámara sobre una de las pantallas de sombra— una estrella fulminó las miradas cerca del Océano Opuesto, tan grande como… muy grande, demasiado grande.

 

—Creo que una de las naves de la BRAZO ha estallado —dijo el titerote. Antimateria. Tendremos un agujero del tamaño de…—el titerote lo pensó detenidamente, luego se dobló en si mismo y se llamó a silencio.

 

El Ojo de Tormenta había desaparecido, bajo la expansión del estallido. Los patrones de las nubes mostraban un anillo creciente, y la onda expansiva cruzaba los mares y la tierra gris verdosa. Un hemisferio de nubes envolvía una bola de fuego que se atenuaba.

 

—¿Qué ha pasado aquí?

 

Oboe y el pequeño Hanuman estaban sobre el disco pedestre: el protector Chacal semejaba un terrible hechicero, encarándose con sus descarriados aprendices, exigiendo explicaciones. A Luis se le cerró la garganta. Parecía como si él debiera haber parado el desastre. Parecía como si Oboe lo culpara.

 

—Una explosión de antimateria —dijo Acólito.

 

—¿Hay un agujero bajo aquella nube?

 

La pregunta era tonta: la cúpula de nubes ya se hundía en el centro. Estaba siendo absorbida hacia el espacio interestelar. Como Acólito no contestó, Luis dijo:

 

—Había ya un agujero…

 

—Por supuesto. Tenemos que movernos rápido —dijo Oboe—. Vamos —había alzado la superficie del disco y modificaba las coordenadas del enlace.

 

Luis encontró su voz.

 

—Oh, seguro, ahora es buen tiempo para moverse rápido… ¡Has traído la guerra a casa! ¡Y ahora el aire escapa del Mundo Anillo!

 

Lo que había sido una bola de fuego ya había menguado. En el centro de la explosión el suelo del Mundo Anillo era scrith desnudo, y las nubes se desplazaban a terrible velocidad hacia el enorme agujero.

 

Y Oboe tenía sujeto a Luis por el antebrazo. Lo arrastró al disco pedestre.

 

 

 

Los ojos de Hanuman recogieron todo en un barrido:

 

 

 

 

 

 

 

 

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Él había violado las leyes que gobernaban el universo real, y también las de otro hipotético. Su misión había sido un éxito… pero nada de ello importaba ahora. El Anillo guardaba en sí todo lo que valía la pena conservar, y ahora el suelo del Mundo había sido rasgado.

 

El agujero estaba del lado lejano del arco. Eso era tan bueno como pésimo. La muerte tardaría mucho tiempo en caminar alrededor de la curva para alcanzarlos aquí; pero las soluciones de Oboe tendrían que cruzar aquel mismo espacio…

 

Los alienígenas también lo entendieron. El más extraño era el viejo, también el más experimentado, quizá el más sabio… y había cerrado su mente a la desgracia. El homínido había perdido las esperanzas. El más joven, el peludo y grande, estaba esperando —como Hanuman mismo— que alguien lo solucionara.

 

¿Y Oboe?

 

Oboe ya se había puesto en movimiento cuando Hanuman todavía se ponía al corriente. El protector Chacal no reflejó dudas. Cuando Oboe y Luis Wu desaparecieron, el pequeño protector los siguió. Oboe lo arreglaría.

 

 

 

Una maquinaria a escala de Brobdingnag8 había sido desplazada hacia la estación de trabajo bajo el monte Olimpo.

 

Oboe soltó el brazo de Luis y se movió entre los instrumentos a gran velocidad. El pequeño protector, Hanuman, correteaba detrás del Chacal.

 

Acólito apareció al lado de Luis.

 

—Luis, ¿qué sucede?

 

—El aire escapa del Mundo Anillo.

 

—¿Eso sería… el final de todo?

 

—Sí. Se ha iniciado en el lado más lejano del Arco. Podríamos tener días por delante, pero sólo gracias a que el Anillo es absolutamente gigantesco. No tengo ni idea lo que Oboe planea hacer.

 

—¿Qué es esa enorme estructura? La he visto…

 

 

 

 

 

 

8 Tierra imaginada por Jonathan Swift en su novela Viajes de Gulliver, en donde todo era enorme. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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Hanuman se reincorporó a ellos.

 

—Es un parche para agujeros de meteorito, la versión más grande diseñada por Oboe. Por supuesto, nunca fue probado.

 

Tenía la forma de una pastilla de aspirina y el tamaño de un monte, pero era todavía muy pequeño comparado con la perforación practicada en el Mundo Anillo.

 

—Ya lo recuerdo… —dijo Luis—. Esto estaba en una de las cavernas. Lo trajo aquí sobre un gran número de placas flotantes.

 

Ellos lo miraron deslizarse hacia el gran agujero del suelo y caer, dirigido por campos magnéticos, hacia la base del lanzador lineal. Oboe estaba en el borde, mirando. Luis y Acólito fueron a unírsele.

 

Las espiras del acelerador lineal corrían a lo largo de unos cien kilómetros, desde la azotea que era el monte Olimpo al suelo del Centro de Reparaciones. Era un lanzador desproporcionado para algo tan pequeño como La Aguja Candente de la Cuestión; se acomodaba mejor a moles de ochocientos metros de diámetro, como este paquete de Oboe. El fondo del lanzador se asentaba sobre una vasta serie de placas flotantes, y ahora se movía para ajustar la inclinación.

 

El bulto estaba cerca del fondo ahora: todavía cayendo, pero cada vez más lentamente.

 

Mientras ellos contemplaban la operación de lanzamiento, Oboe les miraba. De pronto, los empujó lejos del agujero en el suelo.

 

Un relámpago rugió a sus espaldas. Luis se dio de inmediato la vuelta, para sólo ver un destello tremendo cruzar muy lejos arriba el cráter del monte Olimpo y perderse al instante en el cielo.

 

Las orejas de Acólito se habían rizados en apretados nudos. Hanuman apartó las manos de sus oídos y gesticuló con la boca. Luis no podía oír nada. Su cabeza todavía vibraba por el rugido y la agonía de aquella relámpagueante explosión.

 

 

 

Tuvo que soportar la sordera por algún tiempo. Acólito se recuperó mucho más rápido. Luis podía ver el Kzin hablar de… de alguna cosa con Oboe y Hanuman, mientras todos seguían la acción en una pantalla de la pared del Cuarto de Defensa Antimeteoritos. El Ser Último permanecía sumergido en su catatonia.

 

Luis sólo podía observar.

 

El remiendo antimeteoritos lanzado por Oboe fue a la deriva hacia el sol. En su momento, la Aguja había sido lanzada a un décimo de la velocidad de la luz; el sistema

 

 

 

 

 

 

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de lanzamiento era capaz de eso. Pero desde tal distancia como la representada en la pantalla, la evolución del bulto pareció lenta.

 

En una imagen de acercamiento se veía el cráter, un punto negro en medio de un paisaje que parecía lunar: despejado, de sombras afiladas y estéril. Ya no se veía el color plata del agua o el verdegris oscuro de la vida. Luis calculó que el cráter debía tener un diámetro de al menos cien kilómetros. Un anillo de niebla lo rodeaba, más grande que la Tierra y en pleno crecimiento.

 

El Mundo Anillo no era todavía consciente de su agonía. Todo el aire y el agua fluirían por el agujero hacia el vacío, pero primero tendrían que moverse hasta allí… El desastre debía correr cuatrocientos ochenta millones de kilómetros antes de que pudiera alcanzar el lado opuesto del Anillo: el Gran Océano, aquí. No mucho se perdería en ciento sesenta minutos, el tiempo que tardaría el paquete de Oboe en cruzar el diámetro del Mundo Anillo. El Océano Opuesto no habría comenzado siquiera a hervir en tan corto lapso de tiempo.

 

Hanuman vagó por el sitio. Habló en voz alta, escupiendo las consonantes; era divertido mirar sus labios.

 

—He estado en esta condición por menos de un falan. Todavía no puedo hacerme a la idea de la escala de las cosas. No crecí en un universo de cincuenta mil millones de falans de antigüedad, ni en un anillo que gira alrededor de una mancha de luz, una más entre otras diez a la vigésima potencia… ¡No había ninguna cosa en tal cantidad! Mi mundo era pequeño, acogedor, fácilmente comprensible…

 

—Uno se acostumbra a ello —dijo Luis. Apenas podía oírse a sí mismo—. Hanuman, ¿qué es eso que ha lanzado Oboe? ¿Qué puede hacer? ¡Perdemos nuestra atmósfera!

 

—Sé muy poco de ello…

 

—Compártelo conmigo —exigió Luis.

 

—Dos mentes brillantes con objetivos similares solucionarán los problemas de modo similar. El protector vampiro Bram vio la necesidad de tapar los agujeros provocados por meteoritos. Sus primeros parches eran pequeños, pero el lanzador de masas que construyó bajo el monte Olimpo tiene cientos de falans y está enormemente sobredimensionado. El impacto del meteoro que creó el Puño-de-Dios debe haber asustado al estúpido Bram.

 

»Oboe construye más grande aún. Ese bulto es su esfuerzo más importante… — Hanuman estaba en constante movimiento, saltando alrededor de Luis mientras hablaba, balanceando los brazos—. Lo veremos en acción. Oboe quiere que observemos en el mismo sitio de su despliegue. Si hay un parcial fracaso, entonces debemos ver lo que ha de ser replanteado.

 

 

 

 

 

 

 

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—Y ese remiendo de meteorito sobremedida, ¿cómo actúa?

 

—Sólo puedo adivinarlo.

 

—¿Nunca ha sido probado?

 

—¿Cuándo lo probaría? Tú has estado en el autodoc por menos de un falan. En ese tiempo, Oboe produjo y entrenó a cuatro protectores del Pueblo Colgante, construyó una fábrica que usa nanotecnología para generar parches de meteorito más grandes, vigiló la Guerra del Margen, diseñó y construyó varios tipos de naves sonda, puso en marcha una fábrica de discos pedestres, reparó y modificó la Aguja…

 

—Ha estado ocupado, por lo visto.

 

—¡Ha estado trabajando como loco! Y si el parche no funciona, todo habrá sido por nada…

 

—¿Has tenido hijos?

 

—Sí, y ellos tienen sus hijos también. Desde que Oboe me hizo protector, no he tenido posibilidad de contarlos, ni siquiera de olerlos. Por supuesto, no son más que granos de arena respecto de los planes de Oboe y la Guerra del Margen…

 

—Como todos nosotros. ¿Debería Oboe haber corrido tal riesgo?

 

—¿Cómo podría yo juzgarle? —el baile frenético de Hanuman, que aporreaba su pecho con las manos, habría parecido un furor incontrolable en cualquier humano—. Oboe entendió que el mayor riesgo hubiera sido no actuar… Luis, ¿cómo puedes permanecer tan tranquilo?

 

—Cincuenta años… es decir, doscientos falans de yoga. Te enseñaré.

 

—Debo actuar —dijo Hanuman—, pero no porque estar inmóvil sea erróneo. Eso puede ser lo que sucede con Oboe. ¿Cómo puedo saberlo? Me exaspera no tener un objetivo.

 

La atracción del sol modificaba poco a poco el curso del bulto.

 

Oboe y Acólito llegaron.

 

—Luis, ¿has recuperado la audición? —preguntó Oboe—. ¿Has descansado bien?

 

—He dormido un poco. ¿Dónde has dejado el Tiro Largo?

 

—¿Por qué iba a decírtelo? —Oboe hizo un gesto con la mano—. Tú, Acólito y Hanuman deben observar mi parche en acción. ¿Te ha contado algo acerca de él?

 

—Se trata de un parche de meteorito tamaño XXL.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Bien. Tengo un disco pedestre ubicado…

 

—Sabías que esto sucedería —dijo Luis.

 

—Sí, lo sabía.

 

—Podrías haberlo evitado.

 

—¿Cómo?

 

—No robando el Tiro Largo, por ejemplo.

 

—Lo necesito para desentrañar el hiperimpulsor Quantum II. Luis, tienes que entender que la Guerra del Margen nunca se habría quedado en los cometas. Las especies de los Mundos Esfera desean fervientemente la tecnología involucrada en el Mundo Anillo. No es al propio Mundo Anillo al que quieren conservar; lo que quieren es el conocimiento, y evitar que accedan a él todos los demás.

 

Luis asintió con la cabeza. Eso no era nuevo para él.

 

—Armaduras de scrith. Plantas de fusión baratas.

 

—Esas son trivialidades —dijo Oboe—. Los ingenieros del Mundo Anillo necesitaron motores para otorgarle su giro a esta estructura. Han de haber confinado una masa de hidrógeno equivalente a una docena de gigantescos Mundos Esfera, y luego hicieron pasar todo eso por campos de fuerza diseñados para actuar como motores de fusión de hidrógeno. Pero vuestros rufianes de las Esferas no controlan el magnetismo de forma aceptable siquiera, y por ello lo que ahora tienen no aumentará de tamaño. Podrían aprender bastante sólo con estudiar nuestros motores sobre el Muro… Relevarán el Mundo Anillo, pero no tienen porqué conservarlo. ¿Tiene sentido lo que digo?

 

—Tal vez.

 

—Luis, quiero que observes en el sitio cómo se despliega el remiendo para meteoritos.

 

—Oboe, me molesta ser alguien prescindible…

 

—No he usado esas palabras, Luis. No me interesa el concepto. Todo lo vivo muere, y toda la vida se resiste a morir. Yo no te expondría a un peligro innecesario…

 

—Una frase muy llamativa la que has dicho.

 

—Tengo un disco pedestre en el sitio, desde el que podrás observar. Será un espectáculo imperdible. Hanuman irá. ¿Qué harás tú? Acólito, ¿irás con ellos? ¿O reposarás aquí cómodamente, mientras contemplas si todo lo que conocemos es destruido?

 

 

 

 

 

 

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Acólito miró a Luis.

 

Luis alzó sus manos.

 

—Stet. ¿Hemos de ir en trajes de presión?

 

—Con todo mi corazón —dijo Oboe—. Llevad un equipo completo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 9

 

 

PANORÁMICA

 

 

 

 

 

Se equiparon en la Aguja y partieron desde allí. El Ser Último no fue con ellos.

 

Dejaron al titerote en un estado depresivo y poco comunicativo.

 

Yendo a la velocidad de la luz por medio de los discos pedestres, llegarían por delante del bulto volador de Oboe.

 

Acólito vestía el traje de presión de repuesto de Chmeee, recuperado de los almacenes de la Aguja; parecía un racimo transparente de uvas. Hanuman, en un traje muy ceñido al cuerpo y con un casco tipo pecera, salió primero. Luis caminó a continuación sobre el plato.

 

El piso desapareció.

 

Luis no había esperado entrar en caída libre. Tampoco encontrarse a miles de kilómetros de altura. Manoteó a los lados por reflejo, intentando sujetarse de algo: encontró la mano de Hanuman. El protector tiró de él, subiéndolo al disco pedestre.

 

El Mundo Anillo, tres mil kilómetros más abajo, corría a una velocidad feroz. Parecía extenderse hasta el infinito en todas las direcciones. Los muros del borde se encontraban demasiado distantes para mostrarse como algo más que líneas afiladas.

 

Acólito aulló.

 

Luis no se atrevió a ponerse al alcance del aterrorizado kzin. El traje de presión de Chmeee era todo globos, pero había garras de metal en los cuatro miembros. Hubiera sido como meter la mano en una trilladora.

 

—Todo está bien, Acólito. El traje tiene jets de posición —gritó Luis—. Úsalos cuando te tranquilices.

 

El aullido se detuvo.

 

Las suelas magnéticas de Luis lo mantuvieron firme. Apenas entró el kzin, Hanuman había desconectado el disco pedestre; de otra manera, estarían de vuelta a bordo de la Aguja.

 

—Tenemos mucho tiempo, Acólito. Estamos en órbita alrededor del sol —Luis mantuvo la voz calma, tranquilizadora. El pobre kzin tiene sólo doce años, se dijo—. Esencialmente nos mantenemos quietos, y el Mundo Anillo gira a sus habituales mil doscientos kilómetros por segundo, por lo que veríamos pasar toda la superficie bajo

 

 

 

 

 

 

 

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nosotros en siete días y medio. ¿Hanuman?

 

—Por ahora hay ocho discos pedestres en órbita —informó el pequeño protector—, pero la intención de Oboe es colocar muchos más. Éste es el más cercano al desastre. He aprendido de memoria el sistema de discos transportadores; si luego tenemos que bajar a la superficie, hay una pila de servicio no demasiado lejos, pero mientras tanto podemos echar una mirada desde lejos. ¿Puedes ver el cráter?

 

—No lo localizo aún.

 

—Mira hacia antigiro.

 

—¿Está detrás de nosotros? Stet, lo tengo. Se ve como un blanco de dardos…

 

Un paisaje lunar sin aire, bordeado de nubes, rayado con líneas radiales que señalaban hacia un punto negro en el centro.

 

La tierra que corría por debajo de ellos todavía mostraba los trazos plateados de los ríos y el verde oscuro de la vida. Por el suelo, una línea blanca corría hacia antigiro. Luis creyó saber lo que sería, pero eso era menos urgente que el pinchazo.

 

—¿Acólito?

 

—Veo el cráter, pero no veo el parche que envió Oboe.

 

—Tampoco lo he encontrado —dijo Hanuman—. Demasiado pequeño para verlo desde aquí. Oboe, ¿nos escuchas?

 

—Hay una demora de media hora en la comunicación —le recordó Luis—. Dieciséis minutos de ida y de vuelta, a la velocidad de la luz.

 

¿Éste era un protector? Pero proveniente de un animal, recordó Luis. Uno no esperaría que un protector se olvidara de las cosas… y Hanuman debía estar muy acostumbrado a la dirección de Oboe.

 

Acólito se lanzó contra el disco pedestre. Sus suelas magnéticas se adhirieron. Se mantuvo de pie en forma vacilante.

 

—Mi padre intentó explicarme sobre la caída libre —dijo él—. No creo que alguna vez le haya temido…

 

Oboe habló, dieciséis minutos en el pasado.

 

—He enviado la señal de despliegue al parche XXL. Decidme lo que veis, todos vosotros. Sentíos libres de hablar todos juntos; puedo clasificar vuestras voces.

 

Algo como una lámpara se encendió encima del objetivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No parecía mucho más brillante que un poste de luz callejera, pero su tamaño… Luis bizqueó por delante de la deslumbrante luz.

 

—Algo sucede. Oboe, eso parece un par de salamandras de fuego apareándose… o un globo que se infla… está abultándose, tomando una forma similar a la vela de una nave de propulsión solar. Aparecen unos chorros a temperaturas de fusión… ¿Qué has lanzado allí, Oboe?

 

Acólito: —Se está asentando. Disminuye la velocidad. Ha formado un toro. Es mucho más amplio que el cráter, mil a dos mil clics de diámetro. ¿Era eso lo que querías oír?

 

Hanuman: —El suelo de scrith que sostiene el Anillo posee una tremenda resistencia a la tensión. He hecho los cálculos. Las fuerzas que soporta el scrith generarían chorros de quarks si acaso colapsara. Un contenedor hecho de ese material sería lo bastante fuerte para resistir una explosión de fusión de hidrógeno en su interior. Hay riesgos, Oboe, pero parece sostenerse.

 

Acólito: —Se está apoyando…

 

Luis: —…alrededor del cráter. Deja la abertura expuesta como el centro de un blanco de puntería. Adivino que tu globo en forma de rosquilla alcanzará unos setenta kilómetros de altura, lo suficiente para contener la atmósfera mientras esté en su sitio.

 

Hanuman: —Oboe, ¿qué tan buen aislante es un globo de scrith? No lo veríamos si no estuviera perdiendo energía. Cuando se enfríe bastante, colapsará. Oboe, de todas formas se escapará el aire. La tierra por debajo ha de ser desigual…

 

La respuesta no podía llegar: la reacción de Oboe estaba a una distancia de un diámetro del Mundo Anillo.

 

Por ello, él debió haber hablado dieciséis minutos atrás.

 

—Observad la llegada del segundo envío. Decidme si se instala dentro del anillo.

 

Acólito: —No veo nada. ¿Luis? ¿Hanuman?

 

Luis: —Pues no habría un rastro de meteorito si…

 

Acólito: —¡Un cohete! Lo veo. De fusión, por el color. Se acerca lentamente hacia el borde del agujero. Ha descendido.

 

Luis: —Vamos a la deriva, demasiado lejos. No puedo ver el cráter ya.

 

Hanuman se inclinó hacia el borde del disco pedestre.

 

—Arreglaré eso. El siguiente disco pedestre está a treinta grados siguiendo el arco del Anillo. ¿Listos?

 

 

 

 

 

 

86 | P á g i n a

 

 

Se mudaron.

 

El Mundo Anillo seguía fluyendo por debajo. Habían brincado treinta grados de arco, aproximadamente ochenta millones de kilómetros. Luis, que miraba delante de él, encontró en la lejanía una franja blanca de varios mundos de ancho, y un trazo más brillante asomando por encima de su centro. Dijo Acólito:

 

—Allí está. No podemos ver en detalle, Oboe. No estaremos sobre el sitio al menos en medio día más…

 

Luis: —Hay una función de acercamiento en las placas frontales, Acólito. Oboe, no veo ningún cambio. Tu globo está inflado todavía, y se ve niebla todo alrededor. Hemos perdido un… pequeño porcentaje del Mundo Anillo ya.

 

Alrededor de los bordes de la niebla, la tierra habría sido devastada por las ondas expansivas, que reverberarían por el aire, el mar, la tierra, y la fundación de scrith. Los modelos climáticos habrán quedado hechos añicos…. Luis comprendió que había sido

 

demasiado optimista. Pensó que si Oboe tapaba el agujero, ya no habría más pérdidas.

 

Alguna vez había estimado la población del Mundo Anillo en unos treinta billones de individuos, con los homínidos ocupando cada nicho ecológico posible. La neblina sobre aquel enorme llano se debería a la humedad atmosférica, condensada por la caída brusca de la presión. Las ecologías bajo aquel manto de niebla sufrirían la deshidratación y el sofocamiento. Alrededor del sitio, el cambio climático pronto causaría una gran devastación.

 

Pero todo eso tendría importancia sólo si Oboe concluía el milagro.

 

—Creo que una nave en estasis se estrelló a antigiro del cráter —dijo Luis—. No puedo ver la huella desde aquí.

 

—No la veremos durante medio día —dijo Hanuman. Volvamos a casa.

 

Un momento después —más un cuarto de hora en suspensión por el viaje— entraban a bordo de la Aguja. Al instante, Oboe también entró.

 

—Hanuman, informa —pidió él.

 

—El dispositivo se ha desplegado. Se sostendrá por unos días, pero al final colapsará. ¿Qué esperas lograr?

 

—Envié un sistema de retejido para hacer más scrith. He basado mi diseño en la nanotecnología del autodoc a bordo de la Aguja. Un asunto complicado, ése. El sistema debiera sustituir no sólo el suelo de scrith, sino la rejilla superconductora embebida dentro.

 

—Hay  especies  cuyos  criadores  evolucionaron  hacia  la  inteligencia  —dijo

 

 

 

 

 

 

 

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Hanuman—. Sus protectores serían lo bastante listos como para ayudarte con tales problemas.

 

—Bastante listos para pelearse entre ellos, también, y poner de rehén al Anillo para ventaja de su propio fondo genético. Lo haré solo. Luis, dime eso que has visto de una nave espacial derribada.

 

—Sólo he visto una grieta —dijo Luis.

 

—¿Era diferente de otras grietas?

 

Lo dijo de modo amable, demasiado condescendiente. Luis enrojeció.

 

—La he visto desde lejos, pero… Mira, llegué al Mundo Anillo a bordo de una nave en estasis, el Embustero. La nave golpeó con una velocidad horizontal de mil doscientos kilómetros por segundo, cepillando el suelo. Dejamos una grieta de lava fundida y scrith desnudo. Ahora he visto algo como eso. Pienso que cuando una de las naves explotó, la otra fue sacudida por el estallido y derribada.

 

—Tenemos que hallarla.

 

—Será sencillo, pero… no ahora —se quejó Luis—. Tu disco orbital no estará a la vista del cráter durante doce horas, al menos. Déjanos procurar algún sueño —estaba listo para suplicar, agotado físicamente y emocionalmente.

 

—Dormid, entonces.

 

 

 

Descansaron a bordo de la Aguja. Luis compartió las placas sómnicas con Hanuman; el pequeño protector quería probarlas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 10

 

 

ALGO QUE CONTAR

 

 

 

 

 

Despertaron, desayunaron y volvieron a la estación de trabajo bajo el Olimpo, donde Oboe les esperaba.

 

Oboe había añadido algo a su material. Ahora incluía dos aerocicletas.

 

Nessus y su abigarrado equipo habían utilizado cuatro aerocicletas, unas estructuras volantes que se veían como unas pesas de mano, con un asiento montado en la delgada parte media. Todas ellas habían quedado arruinadas durante aquel primer viaje. Estas dos debían haber sido modeladas a partir de los restos; pero eran más largas, cada una con dos asientos y un gran portaequipajes trasero.

 

Luis inspeccionó uno de los vehículos. La cocina convertidora se montaría en el portaequipajes, o tal vez colgaría del extremo. Unos soportes sobre el panel frontal acarreaban una linterna láser y otros instrumentos. El equipo de Nessus había llegado al Mundo Anillo con efectos similares a éste, parte de ellos de construcción titerote y otros comprados en tiendas del espacio humano.

 

—Modifiqué también el escudo sónico —dijo Oboe—. El disco pedestre orbital número ocho ha de estar casi en el sitio, Hanuman. Puedes contactarlo desde aquí.

 

—Stet. —A Acólito y Luis, Hanuman dijo—: Colocaos vuestros trajes de presión, luego estibad vuestro equipaje. Haremos pasar primero las aerocicletas.

 

—¿Dónde está el Ser Último? —preguntó Luis.

 

—Se halla todavía en estado depresivo —dijo Oboe—. Eso me preocupa; puede sufrir un desequilibrio químico. Lo pondré en el autodoc después de que os hayáis ido.

 

Luis no hizo comentario alguno. Se equiparon y partieron.

 

 

 

Otra vez en caída libre, con el Mundo Anillo resplandeciendo abajo. El kzin, el protector, Luis y las dos aerocicletas derivaron, apartándose. La cruda luz del sol se reflejaba en los vehículos.

 

El disco pedestre orbital número ocho había ido a la deriva durante la noche, recorriendo veinte grados del arco, unos cincuenta millones de kilómetros. Luis veía casi directamente abajo un agujero negro con un brillo en el borde, en medio de un paisaje cuasi lunar cruzado por líneas de flujo radiales y trazas onduladas y brillantes:

 

 

 

 

 

 

 

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lechos de ríos congelados. Un toroide de la altura de una montaña, brillando de color rubí encendido desde dentro y comenzando ya a pandearse, era su frontera. Se veía como si Dios hubiera dejado caer uno de sus juguetes. Un llano de nubes blanquecinas, más grande que muchos mundos, rodeaba el toroide.

 

Hacia antigiro, donde la capa de nubes se hacía desigual, un rasguño blanco y recto cruzaba la tierra.

 

Luis lo señaló.

 

—Una nave excavó aquella hondonada. La encontraremos al final, hacia antigiro. No se la ve desde aquí, por lo que seguramente será pequeña. Hanuman, ¿comenzamos a decelerar?

 

—Sí. Toma una aerocicleta, yo tomaré la otra; Acólito irá con quien desee.

 

—Contigo —dijo Acólito.

 

—Stet. Mantén tu altitud hasta que tu velocidad relativa sea baja, Luis. El escudo sónico no se sostendrá a más de cuatro o cinco veces la velocidad del sonido. Te mantendré a la vista. Dirígenos hacia la nave.

 

Una red de material superconductor corría bajo el suelo de Mundo Anillo. Las aerocicletas provistas por Nessus había volado por levitación magnética sobre ellas. Con el principio maglev de repulsión para mantenerlas en vilo, los cohetes propulsores de aquéllas no necesitaban ser muy potentes… pero estas máquinas rediseñadas entregaban realmente un empuje serio. Cuando su velocidad con relación al paisaje había disminuido a algo razonable, Luis descendió hacia la atmósfera, hasta que oyó un leve gemir del escudo sónico. Incluso podía ver un encaje de vapor de agua alrededor de la otra aerocicleta; su propia onda expansiva eran mucho menos visible.

 

Oboe les habló de repente en los auriculares.

 

—Vuestra misión es buscar una nave estrellada. Luis, dirígelos. Informadme a cada paso. Abrid bien los ojos, por la eventualidad de que hubiera más de una nave abajo. Los surcos de accidente que esculpirían dos naves cayendo al mismo tiempo estarían tan cercanos que se verían juntos y paralelos, y quizá incluso se unieran en uno solo.

 

»Quiero saber de qué especie son los que han caído, y qué podría esperar de ellos, pero no malgastéis vuestras vidas por averiguarlo. No matéis a ninguna PJ si puedes evitarlo, pero si debéis hacerlo, borrad todo rastro de ello. De ser posible, negociad con ellos. Haré que cualquier invitado se sienta alegre de haberme encontrado.

 

»Me preocupa lo que pudiera olvidar de deciros. Luis, recuerda que almacenar información es sencillo. Probablemente todo el conocimiento humano esté almacenado a bordo de cada nave espacial de la BRAZO, con distintos bloqueos para restringir los

 

 

 

 

 

 

 

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secretos. El oficial correcto conocerá las contraseñas correctas. Acólito, si resulta ser una nave del Patriarcado, habréis de rendiros. El conocimiento puede estar allí, pero ningún héroe os lo proporcionará.

 

—Un telépata podría… —dijo Luis, pero el monólogo de Oboe había terminado.

 

«Me preocupa lo que pudiera olvidar de deciros»… Por ejemplo, que estás a quinientos millones de kilómetros de casa, y el disco pedestre está en órbita más allá de tu alcance, y el titerote estará en el autodoc, por lo que no podrás contar con él como aliado, y tampoco podrás usar el doc si acaso te hieren, Luis. Cuando llegue el momento, te haré un protector… Pero no era probable que Oboe le dijera nada de esto. Luis se concentró en el vuelo.

 

 

 

Lejos por detrás de ellos había un muro bajo hecho de niebla. El artefacto que rastreaban se había abierto camino a través de un mar, un río, otro río. Un risco mostraba una muesca brillante de scrith desnudo allí donde la nave debía haber golpeado y saltado por el aire. La recta hondonada se reanudaba más adelante, con el scrith bordeado de lava salpicada. Seguir el rastro era sencillo. Cruzaba un bosque, luego una playa de arena blanca, un larga extensión de páramo… allí.

 

Parecía mentira que una cosa tan pequeña hubiera hecho tanto daño.

 

Contra otro risco había medio cilindro elegantemente perfilado, con un lado plano; sin cabina ni ventanas, ninguna discontinuidad en la superficie reflexiva, excepto cerca de uno de los extremos. Luis hizo un acercamiento con su placa frontal.

 

—¿Es una nave de la BRAZO? —preguntó Acólito—. ¿O del Patriarcado? Liso como es, podría ser incluso titerote, pero… ellos usarían un fuselaje de Productos Generales, ¿verdad?

 

Se acercaban a una velocidad de varios Mach. La protuberancia del extremo semejaba el aguijón de una abeja.

 

—Eso es un tanque descartable —dijo Luis.

 

—Explícate —ladró Hanuman.

 

—No es una nave espacial. Es parte de una nave espacial, un contenedor que lleva combustible extra, y que luego se puede abandonar… —estaba furioso consigo mismo, y luego, de repente, regocijado—. Pero claro… La nave cayó en estasis. Cuando el campo de estasis se disipó, ellos todavía tenían una nave operacional.

 

¡Una nave operacional!

 

Sigue hablando. De algún modo conservó firme la voz.

 

 

 

 

 

 

 

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—Una vez vacío de combustible, dejan caer el tanque cuando se desea mayor agilidad, o un alcance más extenso. Yo diría que se preparaban para una batalla cerrada.

 

Pero… ¡una nave espacial completamente operacional!

 

—Flup. Tenemos que encontrar esa nave. ¿Esperabas esto? —preguntó Hanuman.

 

—No. El Embustero tenía un diseño diferente. Después de que golpeamos, quedamos encallados. ¿Qué hacemos ahora?

 

—Las posibilidades lo sugerirán —dijo Hanuman—. Primero, estamos en contacto con Oboe. Oboe, tienes la evaluación de Luis. ¿Esperaremos aquí a que la nave retorne por su combustible? Luis, ¿es de la BRAZO, Kzinti o de alguien más? ¿Debemos negociar o desafiarles?

 

—Es de la BRAZO —dijo Luis—. Los Kzinti habrían marcado su propiedad… —no podía ser de Pierin, o kdatlyno, o de los Trinocs… no desafiarían a los Kzinti o a los humanos; los Kzinti los habían esclavizado en el pasado a todos ellos. Los titerotes no retarían directamente a nadie. Los Forasteros no sobrevivirían tan cerca de una estrella—. Podría ser de alguna otra rama humana, o bandidos Kzinti, o quizá de los Trinocs…, pero estoy convencido de que es de la BRAZO.

 

»Es un recipiente pequeño, por lo que se trata de una nave de reducido tamaño. Un caza no llevaría combustible de antimateria… La energía estaría almacenada en una batería. Agua, para utilizarla como masa para la reacción, porque es fácil de almacenar y bombear. Pero sí podría tener armas de antimateria. Es sorprendente que una nave tan pequeña tenga un campo de estasis; tal vez las Naciones Unidas han abaratado mucho la tecnología de fabricación.

 

»Y cualquier superficie de un navío de guerra tendrá cámaras del tamaño de un punto distribuidas por todas partes. Si no nos están mirando ahora, todavía podrían estar grabándonos —dijo Luis—. ¿Quiénes debiéramos ser, entonces?

 

Unos pequeños hologramas en el visor de su casco mostraban las cabezas de sus compañeros; la expresión de sus rostros parecía de laguna mental.

 

Luis se explicó:

 

—Mirad, somos los agentes de un protector superinteligente que solía ser un comedor de cadáveres. Eso es demasiado espeluznante. Cualquier PJ militar que oyera tal descripción automáticamente nos barrería a tiros. Una nave de la BRAZO tendrá archivos de lo que es un protector; eso los asustaría también.

 

»Entonces, ¿quiénes debemos ser? Un Kzin, un humano y un protector del Pueblo Colgante… No podemos ser del Patriarcado; son temibles también. No podemos

 

 

 

 

 

 

 

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mostrar una identificación de la BRAZO…

 

—Ah —dijo Hanuman—. Tú quieres mentirles.

 

—¿Es un nuevo concepto para ti?

 

Acólito gruñó de disgusto. Dijo Hanuman:

 

—Los criadores de mi especie no son sapientes. He sido capaz de pensar y hablar por menos de un falan. ¿A quién mentiría yo? ¿A Oboe?

 

Un perro probaría de mentirle a su amo humano, pensó Luis, pero mejor dejemos de lado eso.

 

—Stet, pero no podemos encararlos contigo: eres un protector. Hanuman, ¿recuerdas aun cómo te comportabas cuando eras un criador? ¿Podrías hacerlo otra vez?

 

—¿Quieres que yo sea un mono mascota?

 

—Sí.

 

—Stet. Si no puedo hablar, no puedo ser descubierto mintiendo. Deberé ser el animal doméstico de Acólito, presumo. ¿Qué hay contigo?

 

—Creo que Oboe previó que esto podía suceder —dijo Luis—. Nuestro equipo es muy parecido al que Nessus trajo a bordo del Embustero…, de modo que vamos a ser el nuevo equipo del Ser Último. Con el titerote conduciéndonos desde muuuy atrás, como de costumbre. Eso daría sustento a la existencia de las aerocicletas. Hanuman, ¿alguna sugerencia?

 

—Contaremos una fábula, de acuerdo… Pero será mejor si no se enteran de que Luis Wu creó un protector y lo puso al frente del Mundo Anillo; parecerías demasiado poderoso… y demasiado indefenso a la vez. Y mejor no mencionemos cierto sistema médico experimental que usa nanotecnología; eso les fue robado a las Naciones Unidas, según creo. Aunque sucedió hace ochocientos falans, lo querrían de regreso.

 

—No había pensado en eso… Stet, vamos a seguir trabajando en el asunto. Acólito…

 

—¡Estoy orgulloso de quien soy! Y no me educaron para mentir. Servimos a un amo poderoso… ¿Por qué no exigir simplemente lo que queremos?

 

—Tal vez sea éste el motivo por el cual Chmeee te envió a mí. Acólito, escúchame: esa nave que buscamos es sólo un caza, pero su buque nodriza ha de llevar combustible de antimateria. Hanuman, ¿cuántos parches XXL posee Oboe?

 

—Uno más, en parte terminado.

 

 

 

 

 

 

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Era peor de lo que había pensado. ¡El Mundo Anillo no podía permitirse otra explosión de antimateria!

 

—Acólito, eres el hijo de Chmeee. Cíñete a la verdad tanto como puedas; sólo evita hablar del Centro de Reparaciones, de Oboe y del autodoc de Carlos Wu. Di que tu padre Chmeee gobierna un sector del Mapa de Tierra. El Ser Último te hizo una oferta, y tú te marchaste con él antes de luchar con tu padre otra vez. Eres su rehén, pero no lo sabes.

 

—¿Y cómo encontré a Luis Wu? —inquirió el Kzin.

 

—Yo… no he pensado tan lejos aún.

 

—Aterricemos —ordenó Hanuman—. Llenaremos la ranura de la cocina mientras esperamos el regreso de la nave. Luis, ¿cuánto tiempo toma una batalla cerrada?

 

—No mucho. Unas horas.

 

 

 

Tomaron tierra entre unos árboles parecidos a plantas diente de león, pero con la altura de secoyas. Luis ya los había visto en otra parte.

 

La luz y el ruido los alertarían cuando la nave volviera. Mientras tanto se apearon, se desentumecieron y se quitaron sus trajes de presión. Tan pronto como Acólito olisqueó el aire, saltó lejos con un aullido, en persecución de algo que los demás nunca vieron.

 

Luis balanceó el convertidor de la cocina sobre su amarre. Cargó hierba y pequeñas plantas en la tolva. Hanuman hacía lo propio con la otra. Si las cocinas estuvieran basadas en las que habían usado hace treinta y tantos años, convertirían la vegetación local o la carne de animales en bloques manuables que él podría comer sin temor, y desecharían la escoria. Tendrían que conseguir algo con mucha carne, y pronto.

 

La cocina entregó un bloque.

 

—Ajuste incorrecto —dijo Hanuman—. Aquí, mira —giró un disco sobre la cocina de Luis—. Esto es para mí: comedor de frutas.

 

Luis rompió un trozo del bloque y lo probó.

 

—No está mal, sin embargo. Mi especie come frutas también.

 

Entonces y sin advertencia, lo golpeó una ráfaga de nostalgia. Había estado en ese mismo acto antes, sobre un paraje desconocido en medio de toda esa inmensidad del Mundo Anillo, compartiendo un bloque de alimento con Teela. Dio la espalda a Hanuman, con los ojos llenos de lágrimas.

 

Recordó a Teela Brown.

 

 

 

 

 

 

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Ella era alta y delgada, y caminaba con la confianza de una persona centenaria, aunque sólo estaba en sus treinta. Cuando la conoció vestía una red de plata sobre la piel pintada de azul; el pelo escarlata, naranja y negro, como una hoguera ardiente y humeante, estaba peinado hacia arriba. Más tarde, ella había dejado de lado el estilo llanero9. Recordó su pálida piel de nórdica, su rostro ovalado, los grandes ojos café y su boca pequeña y grave; el pelo oscuro y ondulado, recortado para que no le molestara al calzarse el traje de presión…

 

Ella nunca había tropezado, nunca tuvo un mal amorío, nunca había estado enferma o herida, nunca tuvo que enfrentar un escándalo o una metedura de pata pública, hasta que asistió a la fiesta de cumpleaños número doscientos de Luis Wu.

 

Él todavía creía que Teela había sido una casualidad estadística. En una población de decenas de miles de millones, podía de seguro encontrarse alguien como Teela Brown.

 

Pero el partido Experimentalista entre los titerotes de Pierson creía que estaba modificando la raza humana para potenciar la suerte. Teela era descendiente de seis generaciones de ganadores de la Lotería de la Procreación. Cualquier cosa que le pasara a Teela podría ser interpretado como afortunado:

 

Enamorarse de Luis Wu. Seguirle al Mundo Anillo.

 

Perder la ruta, en un sitio con tres millones de veces el área superficial de la Tierra. Encontrarse con el Caminante, el fornido explorador que podría mostrarle tanto de los secretos del Arco.

 

Descubrir el Centro de Reparaciones bajo el Mapa de Marte. Encontrar el escondite del Árbol de la Vida. Caer en coma mientras sus articulaciones y cerebro se ampliaban, el sexo desaparecía, las encías y labios se fundían en unas herraduras de agudo hueso, la piel se arrugaba y endurecía como una armadura… para convertirla en un protector.

 

Nessus nos condujo, y yo atraje a Teela, al juguete más grande y más llamativo del universo. ¿Cómo podía evitar ella el querer apropiárselo? Pero sólo la inteligencia de un protector podía mantener a salvo el Mundo Anillo. Y cuando el Anillo fue puesto en el mayor de los peligros, Teela Brown el protector entendió que debía morir.

 

 

 

 

 

 

9 Es decir, el estilo de boga en Tierra. «Llanero» es, en el espacio humano, sinónimo de terrestre. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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Para un protector, la muerte no es mala suerte: es sólo otro instrumento.

 

 

 

Acólito volvió con la boca roja de sangre.

 

—La caza es buena aquí. Mi padre se pierde otra gran aventura.

 

—Luis, ¿podrías pasar por miembro de la tripulación de una nave de la BRAZO? — preguntó Hanuman.

 

Luis pensó en ello. Tenía una noción de las prácticas de la BRAZO, pero… ¿recordaría lo suficiente?

 

—Bien, algo por lo que no puedo pasar es por un homínido local. Soy un Homo sapiens, y mi origen es evidentemente terrestre. ¿Por qué querría ser un tripulante, Hanuman? ¿Tripulante de qué?

 

—No podemos ser los sirvientes de un protector —dijo Hanuman—. Por ello, debo convertirme en un animal que mora en los árboles, y tú has de ser un vagabundo, a menos que sirvas a alguna fuerza mayor. Si sirves a alguien, tiene que ser a alguna facción de la Guerra del Margen…

 

—La BRAZO, por supuesto. Pero no conozco el actual protocolo, y tampoco estoy en sus archivos.

 

—¿No hay algún modo en que podrías haber sido pasado por alto?

 

—No. Hay que intentar otra cosa.

 

Mascó un bloque mientras pensaba. Olvidemos la historia anterior; volvamos al principio. Digamos algo simple. Algo que Luis Wu pueda sostener fácilmente, y también Acólito.

 

—Tratemos de conjeturar lo que cualquier caza de la BRAZO pudiera tener en sus archivos —dijo—. Ellos saben que volvimos a casa; que Chmeee y Luis Wu volvieron a casa con Nessus herido y sin Teela Brown. ¿Supondrán acaso que Teela sigue viva? Si así lo hicieran, hay que ocultar que ella encontró el Centro de Reparaciones y el Árbol de la Vida.

 

»Seguramente sabrán que el Ser Último descendió en Canyon veintitrés años más tarde, y que Luis Wu desapareció por entonces. Podrían haber rastreado también a Chmeee, viajando desde uno de los mundos Kzin hasta donde el Ser Último lo recogió.

 

»Luego el titerote nos regresa al Mundo Anillo, formando parte de su equipo. Así es como las cosas sucedieron, pero… supongamos que Luis planeó una cita con Teela. Ella y Luis Wu habrían estado viviendo juntos desde entonces. Las cosas podrían

 

 

 

 

 

 

 

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haber sido así…

 

¡Nej! Deberían haber sido así…, incluso aunque el Mundo Anillo se hubiera destruido un año más tarde.

 

Todavía fantaseando, Luis continuó:

 

—Ellos han tenido un niño luego de que el período de esterilidad de Teela se agotó, y ese niño soy yo.

 

—Esa hipótesis diverge de los archivos de la BRAZO —dijo Hanuman.

 

¡Nej!

 

—¿En qué sentido diverge?

 

—¿Cuándo hubieran ocurrido esos acontecimientos? Luis Wu volvió aquí hace trece años. ¿Sabe eso la BRAZO?

 

—Hum… Sí, ellos lo sabrían. La BRAZO me encontró sobre Canyon justo antes de que el Ser Último me capturara; tuve que matar a dos de sus agentes… ¡Nej! Tienes razón. Eso haría que el hijo de Luis Wu tuviera doce años a lo sumo.

 

—¿Podrías pasar por un muchacho de doce? —Hanuman preguntó.

 

—Ni por asomo.

 

—¿Podría ser que Luis Wu hubiera hecho un niño a Teela Brown, antes de partir del Anillo? Tendría ahora la edad de ciento sesenta falans.

 

—Casi cuarenta años… No, no podría haber sucedido. Teela tiene que haberse aplicado el parche de infertilidad, de cinco años de duración, antes del viaje. Tendría que haber pasado al menos ese tiempo para que fuera fértil de nuevo. Y nunca lo tuvimos.

 

—Podrías ser el niño de Teela y Caminante —sugirió Acólito.

 

—¡Ja! Eso es imposible. Eran de diferentes especies.

 

Hanuman y Acólito esperaron en silencio.

 

Volvamos al principio.

 

—Al final de la primera expedición, hace treinta y ocho años, Chmeee y yo volvimos al espacio humano y al Patriarcado. Entregamos el Tiro Largo, y alguna información sobre el Mundo Anillo. Fuimos interrogados por una comisión conjunta, y luego la BRAZO me preguntó mucho más. No aprendieron mucho, porque no exploramos mucho. Nuestra segunda expedición aconteció veintitrés años más tarde, pero… ¿y si

 

 

 

 

 

 

 

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hubiera habido una expedición en medio de las dos?

 

—¿Quién la enviaría? —preguntó Hanuman.

 

—El Ser Último la enviaría. Expedición número uno y medio. Puedo fingir tal cosa… Mirad, cuando atracamos en la Flota de los Mundos me encontré con un titerote llamado Chiron. Él era de un blanco puro, perfectamente peinado con una maravillosa serie de gemas clásicas, y un poco más pequeño que Nessus… —pero sus compañeros nunca habían conocido a Nessus—. Bien, digamos… unos quince kilos más pequeño que el Ser Último. Hablaba igual que nuestro titerote; supongo que todos ellos tenía la misma formación.

 

»Ahora cualquiera de nosotros podrá describirlo, ¿stet? Digamos que el Ser Último puso a Chiron al cargo de la expedición número uno y medio. Chiron despega de la Flota de los Mundos no mucho tiempo después de que Chmeee y yo volvimos al espacio conocido. Eso le hace llegar aquí en… hum… al menos, treinta años atrás. A poco, él y su equipo encuentran a Teela; su período de infertilidad ya ha vencido. Teela se acuesta con un humano del equipo de Chiron… y yo soy el niño.

 

—¿Cómo te llamas, niño?

 

—Lewis —Acólito podría olvidarse, pero todavía tendría razón, porque sería igual: Lewis o Luis suenan Looiss en la garganta del kzin—. Lewis Tamasan —un apellido oriental que él podría fácilmente recordar, y que explicaría los pliegues epicánticos en sus ojos—. Chiron lo ha borrado de sus archivos; la BRAZO ya sabe que los titerotes se meten con los registros, de modo que eso será plausible. No hay ninguna anotación en el Comité de Fertilidad tampoco, porque mi padre… hum… Horacio Tamasan nació de una madre libre, un nacimiento ilegal. Muchos bastardos van al espacio.

 

—Parece una historia plausible —dijo Hanuman—. ¿Tendremos el talento para interpretarla?

 

 

 

La voz de Oboe forzó su entrada sin aviso:

 

—Hanuman, conjeturas que un caza de la BRAZO ha dejado caer su tanque suplementario y se ha marchado para luchar. Exploré un área de muchos millones de kilómetros cuadrados y no encuentro lucha alguna. El detector de neutrinos no muestra ninguna fuente de emisión. Las naves a batería no serían detectadas, presumo. ¿Debo vigilar hasta que despidan balas de antimateria o láseres?

 

—Esta demora de media hora tarde o temprano va a volvernos locos —dijo Luis.

 

—Una nave pequeña podría ser indetectable para los instrumentos de Oboe, pero no un arma láser o un destello de antimateria —dijo Hanuman—. ¿Lucharían ellos sin

 

 

 

 

 

 

 

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usar tales armas? No lo creo, por lo que conjeturo que no hay ninguna lucha en absoluto, Luis.

 

Luis reflexionó al cabo. Si no hubiera estado esperando una lucha, ¿dónde se habría dirigido la nave de la BRAZO? ¿Por qué había dejado caer su tanque primero?

 

—El tanque podría estar vacío —sugirió Hanuman—. Buscaban aumentar su alcance. No volverían aquí, entonces.

 

—Bien, vamos a repensar el asunto —dijo Luis—. A giro de nosotros, hay suficiente niebla como para esconderse bien. Las naves podrían estar cazándose entre ellas. Ah, flup, no importa… —ambos alienígenas lo miraron—. ¡Si no hay nadie contra quien luchar, pues se han marchado para ver el cráter! ¿Qué otra cosa hay por aquí? El Mundo Anillo se muere. Tienen que informar a su buque nodriza lo que sucede aquí, y podrían querer escaparse rápido… Entonces, dejaron caer su tanque y se fueron allá.

 

Hanuman lo meditó y asintió con la cabeza.

 

—A los trajes de presión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 11

 

 

EL SUELO HERIDO

 

 

 

 

 

La mayoría de los Ratoneros dormitaba bajo tierra después de su comida mañanera.

 

Pero esa no era la costumbre de Wembleth. Sin embargo, él era un viajero, por lo que adaptaba su comportamiento al de sus anfitriones. Había estado viviendo con estos cazadores nocturnos durante varias vueltas del cielo, compartiendo sus comidas y sus mujeres, y enseñándoles cómo construir y utilizar herramientas simples, algo que él había aprendido en otra parte.

 

La mayor parte de los aldeanos estaba ya dentro de sus madrigueras. Los niños mayores y los ancianos limpiaban el solar después del banquete, con ayuda de Wembleth, mientras la sombra se retiraba del sol. Esa era una buena tarea para él; necesitaba alguna luz del día para mantenerse saludable. En unos minutos entrarían todos en las…

 

Pero el día se incendió.

 

Los niños comenzaron a gritar.

 

Los Ratoneros no podían siquiera enfrentarse con la mera luz del día… ¿qué les haría este fulgor deslumbrante? Sus propios ojos bizquearon y lagrimearon. Wembleth recogió en vilo a dos de los pequeños, les aplastó las caras contra su pecho, y gritó al resto:

 

—¡Todos adentro!

 

Entró como una flecha en la madriguera más cercana. Los demás podrían seguirle, o encontrar su camino por sí mismos.

 

Las ventanas era meras rajas en las casas de los Ratoneros. Wembleth dejó caer en la oscuridad su carga de niños, eludió a los asustados muchachos que habían entrado siguiendo su voz y salió otra vez.

 

Varios niños y ancianos corrían ciegos en medio de la horrenda claridad. Los mayores entre los Ratoneros tendían a perder la vista de todos modos; eso les permitía moverse a plena luz del día. Entrecerrando y apantallándose los ojos Wembleth podía ver todavía. Se dio cuenta de que no se las arreglarían por sí mismos… Los adultos eran más grandes y pesados que él; de algún modo se las arregló para dirigirlos hacia los accesos, forcejeando contra su terror.

 

No podría decir cuánto tiempo pasó. La luz fue palideciendo poco a poco. Un viento

 

 

 

 

 

 

 

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feroz y caliente aulló a través de la plaza, dispersando los carbones del fuego comunitario, y murió de repente. Entonces un viento más suave comenzó a soplar en sentido opuesto al anterior. Cuando ya no pudo encontrar a nadie más —ya no podía ver casi nada, de todos modos—, se escurrió lentamente hacia las cavernas. Bajo tierra era la oscuridad perfecta; su visión se había arruinado, y la horrorosa luz se había ido también. Wembleth se tendió y jadeó, pugnando por aire.

 

Algo cambiaría. Siempre sucedía eso, cuando las cosas se estropeaban. Uno tenía que prepararse para las oportunidades que vendrían.

 

Al momento, Wembleth cayó en la cuenta de que se estaba asfixiando.

 

 

 

La explosión había lanzado al Caracolero, en estasis, contra un acantilado rocoso, por encima de un enorme bosque. Cuando el tiempo normal retornó, la nave estaba sumergida en un inmenso desprendimiento de pizarra hecha añicos.

 

Lejos, muy lejos a giro, un mar de niebla cruzaba a través del horizonte, ocultando todo hasta la base del Arco. Mucho más lejos, la neblina se abovedaba hacia arriba. El borde cercano de la niebla lo formaba una onda expansiva que todavía se movía perezosamente hacia el Caracolero.

 

—Esto parece el final del mundo. De cualquier mundo. De muchos mundos —dijo Oliver.

 

—Mira si hay alguien alrededor —pidió Roxanny.

 

El detective Oliver Forrestier trasteó con varios sensores. La Ballena Franca, el gran crucero de la BRAZO, había golpeado contra un anónimo acorazado Kzinti justo antes de la gigantesca bola de fuego y el subsiguiente apagón. Había otras naves también en la zona…, pero ahora no había nada.

 

—Ninguna estela aparente —dijo Oliver—. La nube escupe neutrinos … los últimos rastros de antimateria, adivino, y van disminuyendo. Ninguna fuente puntual. No hay naves grandes.

 

—La bola de fuego se está colapsando. Como si estuviera siendo absorbida desde abajo —dijo Claus con inquietud.

 

—Bien —dijo Roxanny—, dejadme ver. Nos hemos quedado sin enemigos, ¿correcto, Tec Forrestier? La explosión ha de haberlos destruido a todos. A los amigos también, desafortunadamente. Entonces, nuestra misión es recolectar datos. Levántanos, Claus.

 

El Caracolero despegó. El Tec-Dos Claus Raschid preguntó:

 

 

 

 

 

 

 

 

101 | P á g i n a

 

 

—¿Volaremos directamente hacia allí, Roxanny?

 

—Permanece a baja altura, tómate tu tiempo. Mira alrededor. Claus, hay un agujero en el centro de todo eso. Un agujero en el Mundo Anillo es la vuelta a casa.

 

—Roxanny, ¿qué te tiene tan alegre?

 

Roxanny Gauthier se rió bulliciosamente.

 

—¡Estamos vivos, tonto! ¿No te parece suficiente? ¡Mira el rastro que dejamos! Podemos seguirlo derecho hasta la explosión… Claus, Oliver, por todo que sabemos sobre los campos de estasis, ¿lo creen realmente posible? ¿Se puede creer que se detenga el tiempo y luego se reanude? Cuando vi la luz, supe que era una explosión de antimateria. ¡Pensé que moriríamos!

 

—Mira allí abajo. Esto era una ciudad —dijo Oliver. Deslizó sus instrumentos a lo largo del damero de calles y edificios—. Grande. Abierta, como Sydney.

 

—Claus, baja la velocidad —dijo Roxanny—. No veo muchos cadáveres en el campo. ¿Dónde están los muertos?

 

Oliver especuló.

 

—Adentro, cubriéndose de la onda expansiva. Echa una mirada a tu pantalla, Roxanny. La presión atmosférica está muy baja, y sigue cayendo. Se refugiaron de la onda expansiva y luego…

 

—¿Se asfixiaron?

 

El aire estaba escapando hacia el espacio. Claus no era estúpido; sólo tardo en darse cuenta.

 

—Hemos matado al Mundo Anillo entero. Oye…

 

—Nos pasaremos diez mil años investigando la estructura, aprendiendo sus secretos —dijo Roxanny—. ¿Qué haces, Claus?

 

—Aterrizo. Veo a un sobreviviente.

 

 

 

Bajo tierra, Wembleth se asfixiaba.

 

Se abrió camino hacia la luz, pero el aire no era mejor afuera.

 

La luz era la conocida y sempiterna del día, pero había una cosa rara a giro…, como si la mitad del mundo hubiera sido arrancado, dejando sólo niebla y caos. Wembleth anduvo a los tumbos hacia la plaza común, con el pecho agitado.

 

 

 

 

 

 

 

102 | P á g i n a

 

 

Una hora atrás, habían estado de banquete. Ahora no había nadie allí, e incluso el fuego había desaparecido. Los Ratoneros no saldrían fuera en caso de emergencia, y Wembleth no tenía una mejor solución para ofrecerles.

 

Algo bajaba del cielo… Algo plateado, con una forma vagamente similar al huevo de un vinch.

 

Wembleth se mantuvo de pie —aun sintiendo que se desmayaría de un momento a otro— y agitó los brazos. «Si tienes una duda, pide ayuda»… Eso era un instinto normal, pero su desdibujado intelecto retornó a poco:

 

¡Aquí venían unas gentes con el poder de volar! Las leyendas hablaban de tal poder, pero éstos llegaban cabalgando los vientos de un gran desastre. Alguien que podía volar tenía que saber algo.

 

La noticia del desastre debía ser comunicada a los otros pueblos.

 

Wembleth cayó sobre sus manos y rodillas, a punto de perder el conocimiento, cuando dos homínidos de especie desconocida descendieron hacia él. Llevaban puestas unas armaduras, como los míticos Vashnisht. Ellos le ofrecieron una bolsa, para que se metiera en ella.

 

Wembleth lo hizo.

 

El aire silbó en la bolsa. Ya podía respirar.

 

No sabía cómo decirle al Vashnisht que había muchos otros que necesitaban rescate. Nunca se le ocurrió que los Vashnisht —los hechiceros— pudieran ser la causa del desastre que destruyera el mundo.

 

 

 

La gravedad alrededor de un Mundo Esfera sigue la ley del cuadrado inverso de la distancia. En contraste, el Mundo Anillo es una superficie plana. La gravedad no disminuye a medida que uno se eleva alejándose de la superficie, ni tampoco la aceleración lateral, ni la fuerza magnética, por lo menos hasta que el Anillo parece una cinta más que un plano, a cientos de miles de kilómetros de altura.

 

Los ingenieros de Mundo Anillo empotraron una malla de encaje de cable superconductor en el suelo de scrith. La malla permite manipular magnéticamente las erupciones solares y generar en ellas un efecto de láser supratérmico —la defensa antimeteoros del Mundo Anillo—, pero también permite el uso de la levitación magnética. Gracias a ello, los vehículos impulsados magnéticamente podían elevarse a cualquier altura.

 

Era plena noche cuando las aerocicletas despegaron. A cien kilómetros de altura, ya

 

 

 

 

 

 

 

 

103 | P á g i n a

 

 

afuera de la atmósfera, siguieron hacia giro la hondonada cavada por la nave caída. El verde paisaje se hizo tempestuoso; pero en lugar de formas espirales, como se hubieran dado en los Mundos Esfera, aparecían largas ondulaciones y corrientes lineales de nubes encendidas por relámpagos. Luego todo fue nubes sin fin.

 

El terminátor, generado por el borde de una de las pantallas de sombra, pasó rápidamente sobre ellos. Una astilla creciente del sol se convirtió poco a poco en la deslumbrante luz del mediodía. ¿Cuánto hacía que Luis no veía un amanecer?

 

Cruzaron por encima de un toroide de tremendo tamaño, bastante alabeado ya y que fulguraba ligeramente. Retazos de niebla fluían por encima de las zonas más flácidas del tubo y desaparecían en el vacío. El parche de Oboe no se sostendría por siempre.

 

 

El terreno y las rocas todavía se aferraban al suelo de scrith. Había enormes piletas y cintas de hielo, de aspecto espumoso, y todo el terreno estaba devastado siguiendo un modelo radial. Superaron el borde del parche, yendo hacia el cráter.

 

El borde del agujero brillaba tenuemente. Tal vez… tal vez el sistema de Oboe —el llamado retejido— funcionara.

 

—Una nave espacial —dijo Acólito—. Por encima del cráter.

 

No había trazas de fusión. La nave flotaba sobre sus impulsores inertes: un cilindro con el vientre aplanado, algo más grande que el tanque descartable, pero con un bulbo transparente en el morro.

 

—Es un diseño de la BRAZO, clase Ratonero —dijo Luis—. Un caza. Tres tripulantes. Nos habrán visto ya.

 

—¿Dispararán sobre nosotros?

 

—Deberíamos de parecer lo bastante inocuos… —Luis intentaba persuadirse de ello.

 

Los hologramas miniatura de sus dos aliados se enturbiaron, y luego se transformaron en dos caras de la misma mujer: de piel morena, vestida con el uniforme de tareas de la BRAZO. Una voz de contralto resonó en su altavoz.

 

—Intruso, responda inmediatamente o será destruido. Ha entrado en zona de guerra.

 

 

—Soy Lewis Tamasan —contestó Luis Wu—. ¿Puede oírme? —Le oímos, Lewis Tamasan. Por favor, acérquese al Caracolero. —¿Cuáles son vuestras intenciones?

 

 

 

 

 

 

104 | P á g i n a

 

 

—Somos observadores de las Naciones Unidas —dijo la mujer—. ¿Qué sabe de los acontecimientos en esta región?

 

—Vinimos para relevar un cráter en el suelo del Mundo Anillo.

 

—Su acompañante es un kzin…

 

Luis se rió.

 

—Acólito es de aquí, un natural del Mundo Anillo. También yo soy de aquí.

 

Ella le miró detenidamente desde su holograma.

 

—Tú pareces humano.

 

—Soy humano. Nacido aquí. Acólito también ha nacido aquí, y él es un kzin.

 

—¿Hay Kzinti aquí?

 

—Kzinti arcaicos, en el Gran Océano —eso debería despertar su curiosidad, pensó Luis.

 

La mujer de la BRAZO sonaba malhumorada.

 

—Probamos todas las frecuencias razonables. ¿Por qué te comunicas en una frecuencia usada por la Flota de los Mundos?

 

—Los titerotes hallaron el Mundo Anillo, y los titerotes lo exploraron primero —dijo Luis, con un rastro de frialdad en su voz—. Mis padres y el padre de Acólito vinieron aquí con los titerotes de Pierson.

 

—Tomad tierra allí en el borde.

 

—Vinimos aquí para examinar el cráter. ¿Podemos dar vueltas en esa zona?

 

—Tomad tierra ahora, hijos del Mundo Anillo.

 

—Abajo, Acólito —dijo Luis, y dejó que la aerocicleta descendiera.

 

La mujer de la BRAZO preguntó:

 

—Acólito, ¿hablas el Intermundo?

 

—Sí lo hago, señora PJ —tronó el Kzin.

 

—Mientras yo esté bajo servicio de las Naciones Unidas debes dirigirte a mí por mi rango, como Copiloto o Tec, no como Persona Jurídica. ¿Cómo he de llamarte?

 

—Acólito, hasta que obtenga un nombre más digno.

 

 

 

 

 

 

 

 

105 | P á g i n a

 

 

—¿Cuál es tu conexión con el Patriarcado?

 

—He oído hablar de él a mi padre. Hemos visto las luces de la Guerra del Margen.

 

Las aerocicletas se asentaron sobre el desnudo scrith.

 

El Caracolero descendió con evidente precaución, y tocó el suelo. Una esclusa de aire se abrió debajo de su extremo romo. Una forma humana surgió, y luego una segunda, arrastrando un bulto de alguna clase por una puerta que era demasiado estrecha para él. El bulto pasó, de todos modos.

 

Uno de los humanos voló hacia las aerocicletas, mientras el otro apoyaba el bulto sobre el césped desecado por el vacío. El bulto era una vaina de rescate, un globo inflable y semitransparente con unas zonas opacas donde estaban los equipos de apoyo de vida. En el globo se distinguía la sombra de un tercer hombre, que echó a andar por dentro mientras el globo rodaba hacia las aerocicletas.

 

La Tec-Uno Gauthier —fácilmente reconocible a través de su casco pecera— debe haber tenido una clara visión de Hanuman, que montaba alerta en el regazo de Acólito. Acólito había atado un cordel al traje de presión de Hanuman, como si el supuesto mono acostumbrara corretear lejos y tuviera que ser sujeto. La pareja desembarcó y se unió a Luis. Gauthier aterrizó delante de ellos.

 

—Me siento pequeño frente a esto —dijo Acólito con inquietud.

 

Tan cerca del cráter, el suelo había sido pulido por la explosión de antimateria: sólo se veía el monótono scrith, translúcido y liso, artificial e infinito. Se veían diminutos en tan gran espacio liso. Luis no lo había sentido hasta que el kzin lo expresara.

 

—PJ Acólito, PJ Lewis —dijo Gauthier con deliberada cortesía, porque ni Lewis Tamasan ni Acólito podrían haber sido registrados alguna vez como Personas Jurídicas—, os presento al Tec Oliver Forrestier y al PJ Wembleth. Soy la Tec Roxanny Gauthier —sus maneras se habían suavizado un poco.

 

El Tec Forrestier, segundo de a bordo, era alto, delgado y pálido; quizás un nativo del Cinturón, criado en baja gravedad. Como el de Gauthier, su pelo rizado de color herrumbre había sido cortado casi al rape. Al llegar a ellos sonrió y le tendió el guante a Luis, luego al kzin.

 

—Nos alegramos de encontrarle —dijo.

 

—¿Podréis llevar a Wembleth con vosotros? No tenemos sitio para él en la nave — explicó Gauthier.

 

—Es una nave de tres plazas —explicó Forrestier.

 

—¿Qué es Wembleth, entonces? —preguntó Luis—. ¿Un homínido local?

 

 

 

 

 

 

 

106 | P á g i n a

 

 

El citado Wembleth se había quedado atrás. Hacer rodar un globo cilíndrico por el método de caminar en su interior no parecía incomodarlo, pero era una forma lenta de desplazarse. Cuando intentó detenerse, el globo siguió andando por inercia; él se cayó de bruces, pero se alzó luego sin manifestar bochorno alguno.

 

¿Podría Wembleth oír los comunicadores? No había pronunciado palabra…

 

—Lo encontramos donde el aire se estaba yendo —comentó Forrestier—. Había cadáveres y madrigueras destruidas todo alrededor de él. ¿Reconoce su tipo?

 

—¿Su especie? —Luis estudió a Wembleth.

 

Wembleth parpadeaba como si la luz le hiciera daño, pero su mirada encontró la de Luis sin amedrentarse. Era unos veinte centímetros más bajo que Luis, un metro sesenta o poco más. Sus vestidos eran de tela tejida, pantalones y una camisa suelta con bolsillos aplicados, todo del color de la arena. Sus pies estaban descalzos y eran grandes y córneos; las largas uñas de los dedos parecían armas. Era de tez más oscura que Luis, aunque más pálida que la de Roxanny Gauthier, y la piel de sus manos, cara y cuello estaba arrugada. El cabello, grueso, blanco y negro, cubría la mayor parte de su cara. Tenía unos adornos azules, en voluta, sobre sus cejas y mejillas; podían ser tatuajes rituales, o tal vez un camuflaje desarrollado naturalmente. Lo más llamativo era que sonreía interesado en medio de una situación en la que cualquier hombre normal se hubiera encogido de terror.

 

—No conozco exactamente la especie —Luis no se había cruzado con residentes por los últimos cientos de millones de kilómetros, pero él no dijo esto. Aún no había decidido qué distancia tenía que haber recorrido «Lewis Tamasan»—. Pero hay miles de especies de homínidos sobre el Mundo Anillo, tal vez decenas de miles, y la mayoría son sapientes. Wembleth tiene un tamaño promedio; el color de su piel es bastante común también. Los dientes…

 

Wembleth sonrió, y Luis se estremeció.

 

Los dientes de Wembleth estaban torcidos y decolorados. Cuatro faltaban, dejando huecos negros. Luis podía sentir lo que debía ser portar esa boca… ¿No se masticaría constantemente la lengua?

 

Wembleth todavía tenía tres colmillos, sin embargo.

 

—Parece un comedor de carne…

 

La Tec Gauthier se encogió de hombros.

 

—Le dimos un bloque de dieta estándar. Hay un ajuste para carne cruda, por supuesto, por si tomamos a un Kzinti prisionero. Él comió un poco de eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

107 | P á g i n a

 

 

—Podremos alimentarle, entonces. Aunque su ecología entera está muerta… —dijo Luis.

 

—¡Bueno! Pasemos a otra cosa —dijo Oliver Forrestier—. Dígame lo que sepa sobre… sobre eso —y su brazo trazó un círculo alrededor.

 

El parche de Oboe. La pregunta era obvia, pero Luis aún no había planeado su respuesta. Él improvisó:

 

—Sí, lo vimos descender. Respecto de las cosas de este tamaño, a escala del Mundo Anillo, ni mis padres tienen mucho para decir. De hecho, Chiron nos envió aquí para aprender más.

 

—¿Chiron?

 

—Él trajo a mi padre a este lugar. Es un titerote.

 

—Stet. Venga aquí, Lewis…

 

Forrestier anduvo hacia el borde del cráter, que estaba a unos veinte metros de distancia. Luis lo siguió.

 

Forrestier se detuvo, las puntas de sus botas demasiado cerca del borde. Desde ese punto de vista, era un hoyo sin fondo de quince o veinte kilómetros de diámetro. Estremecedor, eso es lo que era. Era difícil concentrar la mirada en el borde; se veía turbio y brillaba tenuemente cuando Luis adelantó su cabeza.

 

—¿Es normal esto? —preguntó Forrestier.

 

—Nunca he examinado un rasgón en el suelo del mundo —dijo Luis—. Es espeluznante… —eso no era del todo una mentira. Luis había mirado a través del cráter del Puño-de-Dios, pero «Lewis» no tenía porqué haberlo hecho.

 

—Parece que se estuviera reparando por sí mismo —señaló Gauthier, por el comunicador—. ¿Hace siempre eso? A lo largo de los años hemos visto morir algunas de esas tormentas en forma de clepsidra. Pensábamos que eran cráteres y escapes de aire.

 

Luis frunció el ceño, intentando expresar con su gesto No entiendo. Entonces recordó una palabra que había aprendido lejos de allí, usada con el significado de mago, pero que en realidad significaba protector.

 

—Vashnisht —dijo—. Hay secretos que nunca entenderemos.

 

La Tec-Uno Gauthier ladró por el comunicador:

 

—¡Oliver, regresad aquí! Lewis, Acólito, montaremos una tienda de campaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

108 | P á g i n a

 

 

 

 

Roxanny y Oliver extrajeron un abultado paquete por la esclusa de la nave; lo apoyaron sobre el scrith y lo anclaron con cinta adhesiva por los bordes. La tienda de campaña se infló, se retorció y por supuesto comenzó a dar tumbos, debido a que el adhesivo de la cinta no se adhería al scrith. Roxanny dejó que Oliver se las arreglara con ello mientras volvía a la nave para sacar la cocina-autodoc.

 

Oliver vio lo que ella hacía y explotó:

 

—PJ Gauthier, ¿te has vuelto loca? ¡No podemos perder eso!

 

—Podemos vivir sin la cocina por unas horas.

 

—¿Por qué trataste de abandonar a Wembleth? ¡Un natural de Mundo Anillo! ¡Es un maravilloso hallazgo!

 

—¡Quiero a Lewis Tamasan! Wembleth es una buena presa, de acuerdo. Lamento que no podamos llevárnoslos a todos, pero él es sólo un residente; no sabe lo suficiente. Tomaría al kzin si pudiera meterlo en la nave, pero no puedo; entonces lo interrogaremos antes de dejarlo.

 

—¡Roxanny, él es todavía un kzin!

 

—¿Acaso tienes miedo? No es más que un niño. Ambos no son más que unos adolescentes. Sus padres estaban ya en el Mundo Anillo cuando arribó la Flota, y los niños deben haber estado oyendo sobre esto toda la vida.

 

Oliver lo consideró.

 

—¿Qué harían sus padres para recuperarlos?

 

—Tal vez lo averigüemos también, después de que sepamos todo lo que hacen — sonrió abiertamente—. Oli, ¿has visto la mirada que me echó Lewis? Como si…

 

Oliver supo de lo que ella hablaba, y su voz mostró cierto resentimiento:

 

—Como si nunca hubiera visto a una mujer antes. Bien, Roxanny, lo tendrás como quieres. Compartiremos la tienda de campaña con un kzin, ¡y por Finagle que será el primero en alimentarse! Pero ya tenemos muchos más datos que los que nos hicieron venir, y el asunto ahora será retornar a casa con ellos.

 

 

 

Los de la BRAZO estaban ocupados en erigir la tienda de campaña. Nadie prestaba atención a Luis cuando la imagen en miniatura de Oboe apareció sobre la consola de la aerocicleta.

 

 

 

 

 

 

 

109 | P á g i n a

 

 

—Tengo que saber con urgencia si mi sistema de retejido funciona —dijo el protector—. ¿Se hace más pequeño el agujero? ¿Cómo debo actuar para salvar algo? He que advertirte severamente que evites caer por el cráter…

 

¿Estaría el Caracolero o su nave nodriza escuchándoles a escondidas? Pero incluso si la línea se mantuviera limpia, el holograma de la cabeza de Oboe sería visto con facilidad.

 

—El agujero se cierra —dijo Luis rápidamente—. Se está cerrando. Pero tenemos compañía —y apagó la pantalla.

 

Ahora Oboe no podría hacer otra cosa que escuchar.

 

La tienda de campaña se había convertido en un tubo con gran puerta esclusa, un nicho para los trajes de vacío, un espacio de habitación y un pequeño cuarto con paredes plateadas que debía esconder los servicios. Gauthier desde dentro, y Forrestier por fuera, asistieron al resto para entrar.

 

Acólito hizo entrar a Hanuman, pero lo dejó en su traje de presión.

 

—El traje tiene sus propios sanitarios —arguyó Acólito. Hanuman dijo uuk.

 

Gauthier se había quitado el casco, aunque no parecía tener intención de aliviarse del traje. Oliver había hecho lo mismo. Los de la BRAZO no parecían en exceso desconfiados. Luis y Acólito se quitaron los propios, y todos se acomodaron alrededor de la pequeña cocina.

 

Wembleth habló en un idioma que Luis no había oído nunca. La voz del traductor lo hizo desde uno de sus bolsillos:

 

—Bueno, aquí hay más espacio…

 

El hombre peludo bajó la cremallera de su vaina de rescate y salió de ella con un suspiro de contento.

 

—Wembleth hace el número cuatro en un nave de tres plazas —explicó Forrestier—. Lo encontramos rodeado por los muertos de una especie más grande y peluda, jadeando como un pez fuera del agua… pero andando por sí mismo y arrastrándose hacia nosotros entre las paredes que la tormenta no había arrojado lejos. Tuvimos que introducirlo en el cuarto de Misión y Armas y cerrarlo. Lo hemos interrogado… él sabe cosas que necesitamos saber…, pero no podemos volar así, PJ Lewis. Hemos de tener la capacidad de defendernos.

 

—Lo llevaremos a algún sitio en que él pueda vivir —dijo Luis.

 

—Encontraremos un modo de amarrar la vaina de rescate a una de vuestras máquinas voladoras. No tenemos un traje que se ajuste a él.

 

 

 

 

 

 

110 | P á g i n a

 

 

La Tec Gauthier repartía bloques que extraía de la pequeña cocina. Hizo unos ajustes y entregó a Acólito un bloque que goteaba rojo; luego algo afrutado para Hanuman.

 

—Ésta es la única cocina que tenemos, y también cumple funciones de autodoc. Estando en vuelo en tiempo de paz, esta tienda inflable brota del fuselaje y lo amplía. Si no podemos desplegarla, apenas tenemos espacio para menearnos. La guerra es el infierno —dijo ella, en tono frívolo—. ¿Puedo ofreceros algo para beber?

 

—Sorpréndeme —dijo Luis—. ¿Té? ¿Jugo?

 

—¿Cerveza?

 

—Mejor no. Y Acólito es demasiado joven.

 

Acólito gruñó. Roxanny se rió.

 

—¡Tú también, Lewis!

 

¡Ella pensaba que él era un adolescente!

 

—Es cierto, Roxanny —dijo.

 

Ella les pasó unos bulbos: algo con sabor de arándano para Luis, caldo para Acólito y Wembleth.

 

—Vosotros dos habéis crecido sobre el Mundo Anillo. ¿Os hablaron vuestros padres sobre los planetas?

 

—Los vimos al aprender física —dijo Acólito—. Chmeee, mi padre, trató de explicarme lo que es una tormenta de Coriolis, llamada huracán. No estoy seguro de entenderlo.

 

—Me encantaría ver la Tierra —dijo Luis.

 

¡Una nave espacial funcional! Su primera posibilidad para desertar desde que el abominable Bram lo había encontrado… No, antes de eso… ¡Desde que había fundido el hiperimpulsor de la Aguja!

 

Tenía que haber un modo de hablar a solas con Roxanny Gauthier.

 

El traje de la mujer no era muy ceñido: sólo insinuaba unas formas que hicieron dar un vuelco a su corazón. Una mujer fuerte, una atleta. Su cara era severa, con barbilla cuadrada y nariz recta. Estaría en sus cincuenta, juzgó Luis, basándose en el lenguaje corporal y la manera en que Forrestier le prestaba deferencia… a menos que ella tuviera un cargo mayor. Su pelo era una manta de terciopelo negro; debía depilar o afeitar su cuero cabelludo periódicamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

111 | P á g i n a

 

 

Sorprendió mucho a Luis el enterarse de cuánto había añorado la presencia de una mujer, después de todos los homínidos que se había encontrado.

 

Pero ella estaba preguntando:

 

—¿Sabéis algo sobre una gran nave transparente? Luis sacudió su cabeza. Acólito fue menos cauteloso.

 

—¿Como una nave de Productos Generales? ¿Qué debíamos ver, una burbuja de cristal?

 

—Sí, una burbuja de cristal grande. ¿Qué sabes sobre fuselajes de Productos Generales?

 

—El padre de Luis vino aquí en un número dos —dijo Acólito.

 

Daba demasiados detalles. Lo atraparían en inconsistencias, temió Luis… pero Chmeee ha de haberle descrito al Embustero —que había sido un número dos— cuando habló a su hijo de la primera expedición.

 

Y Acólito se estaba divirtiendo con el reto.

 

—Una enorme burbuja de cristal, llena de cosas. Muchas máquinas dentro —dijo Gauthier.

 

—Con cuatro llamas que se mueven a través del cielo —se sumó Forrestier—. La nave tiene cuatro motores de fusión. Fue robada, tal vez por Chiron.

 

—Chiron no nos lo dice todo —aseguró Luis—. A veces siquiera nos dice algo de lo que pasa.

 

—En realidad fue robado dos veces —dijo Roxanny—, primero por los Kzinti, y luego les fue quitado a ellos. No lo vimos alcanzar el Mundo Anillo, pero pensamos que está aquí. Queremos recuperarlo.

 

—Háblanos sobre la expedición de Chiron —pidió Oliver.

 

Luis improvisó.

 

—Mi padre dice que les tomó dos años llegar aquí, y fue un viaje difícil… —Mantente en lo que sabes que es seguro, se dijo Luis—. Mi madre vino con la primera expedición. Ella cuenta que el Embustero comenzó como un número dos y creció luego más allá de toda proporción, haciéndose más grande cada vez que un titerote pensaba en otro rasgo de seguridad. Al final, el Embustero quedó convertido un gran ala volante con el casco de Productos Generales metido en medio. Cuando fue atacado, el campo de estasis encerró el cilindro y los tripiulantes se salvaron, pero perdieron todo que estaba sobre el ala.

 

 

 

 

 

 

112 | P á g i n a

 

 

Todo eso estaría en los archivos de la BRAZO, incluso las propias especulaciones de Luis Wu. Encontrarían allí también la descripción de Chiron que Luis hizo en su momento.

 

—Por eso cuando Chiron construyó su propia nave —continuó—, él metió todo dentro del fuselaje. He estado en ella, pero no desde hace tiempo, ya que he crecido, y cuando niño ya entraba apretado…

 

—Nos gustaría hablar con Chiron —dijo Oliver—. ¿Dónde podemos encontrarlo?

 

—Chiron nos ha expresado muy claramente que jamás debemos decir a nadie cómo encontrarlo —explicó Acólito.

 

Oliver habló a Roxanny.

 

—El Tiro Largo estaba en manos de los Kzinti. Los titerotes podrían encontrarlo inquietante, ¿no crees? Un titerote podría actuar para recuperarlo… —se dirigió a Luis—. La nave de Chiron, ¿tiene nombre?

 

—Paranoia —dijo Luis, sin permitir que asomara una sonrisa.

 

—¿Cómo está armada?

 

—La Paranoia no tiene armamentos en absoluto —dijo Luis—, ni siquiera algún instrumento que pudiera ser utilizado a tal efecto. No debemos hablar de ello.

 

—¿Dónde aterrizó la Paranoia? ¿Cerca del Gran Océano, donde la primera expedición abandonó a Teela Brown?

 

Luis no había decidido sobre eso tampoco.

 

—No puedo decíroslo.

 

—Muchacho, parece que no tienes nada en absoluto para intercambiar —dijo Roxanny Gauthier—. ¿Qué quisieras saber de nosotros? ¿Os dijo Chiron qué preguntas nos debiérais hacer?

 

—Nos envió aquí para saber si el Mundo Anillo va a recuperarse. Puedo ver que la rotura se está sellando por sí misma. De todas formas, ¿qué podéis decirnos sobre la Guerra del Margen? ¿Está a punto de acabar?

 

—Lo dudo mucho —dijo Roxanny.

 

—¿Acaso va a hacerse tan grande y violenta que todo quede destruido?

 

—Eso no va a suceder —dijo ella, firmemente.

 

Oliver se rió. Roxanny lo miró muy molesta, y el hombre dijo:

 

 

 

 

 

 

 

 

113 | P á g i n a

 

 

—Era sólo algo que pasó por mi cabeza. ¿Qué edad tienes, Lewis?

 

Luis había planeado tener treinta años, pero los de la BRAZO parecían pensar que él apenas había pasado la pubertad. Por la razón que fuera, eso le agradó. Nej, ¿por qué no? De modo que dijo:

 

—Ochenta falans, y unos días.

 

—¿Y un falan sería…?

 

—Diez rotaciones del cielo.

 

—Aproximadamente setenta y cinco días… Días de Mundo Anillo, de treinta horas… —Oliver susurraba a una computadora de bolsillo, más grande que las versiones civiles que recordaba Luis—. Tienes unos veinte años, según el tiempo de la Tierra. Yo tengo cuarenta y seis años. ¿Roxanny?

 

—Cincuenta y uno —dijo ella, sin vacilar.

 

—Tomamos píldoras revitalizadoras, por supuesto. Eso nos impide volvernos viejos. Lo que cruzó por mi mente —dijo Oliver Forrestier—, es que Roxanny es la primera mujer humana que tú has visto alguna vez… aparte de tu madre, Lewis.

 

Roxanny sonreía en forma reluctante. Y Luis enrojeció, de repente consciente de que sus ojos se habían demorado demasiado sobre Roxanny Gauthier, y que se había sentado más cerca de ella que lo exigido por lo apretado del sitio; y de que no podía hablar coherentemente cuando la miraba de frente. El aire debía estar sembrado con feromonas de Roxanny… y de Oliver también. Y siendo que Oliver era el primer macho humano que él había visto o había olido en más de veinte años —y sin cuarto de duchas a bordo del Caracolero—, no era sorprendente que Luis se sintiera tanto excitado como amenazado.

 

—Lo siento —dijo, y se hizo atrás unos centímetros.

 

Cruzó por su mente en ese instante la idea de que la intimidación podía tomar muchas formas. Ellos querían algo de Lewis: información que Luis Wu tendría que inventar, pero todavía…

 

Roxanny se rió ligeramente.

 

—No importa. Lewis, ¿quisieras ver el Caracolero? Acólito, no podemos subirte a bordo; es demasiado chico el espacio. Luis puede contarte sobre ello después.

 

Los ojos de Hanuman se cruzaron con los de Luis, pero él no dijo nada. Wembleth y Acólito habían comenzado una vacilante conversación; el homínido encontraba fascinante al Kzin. Luis cerró su placa frontal y siguió a los de la BRAZO.

 

 

 

 

 

 

 

 

114 | P á g i n a

 

 

 

 

El navío era terriblemente pequeño.

 

Tres asientos se daban la espalda el uno al otro alrededor de un pilar central. Uno de ellos estaba ocupado. Había un buche al lado de la esclusa de aire, para guardar la tienda ahora armada. Un agujero con poterna en el suelo conducía a una cavidad del tamaño de un hombre: el cuarto de Misión y Armas.

 

Roxanny entró primero. Ella se deslizó en el segundo asiento.

 

—PJ Lewis Tamasan, le presento al Tec-Dos Claus Raschid. Claus, él es Lewis — dijo ella—. No del todo un nativo.

 

Claus se giró y le ofreció una mano. Era más oscuro que Roxanny, más alto que Oliver, y su brazo tenía un largo alcance.

 

—Hola, Luis; soy el piloto. Siéntate allí.

 

Luis había esperado dirigirse en soledad a Roxanny, o quizá a Oliver. Ambos habían venido, caminando junto a él un poco demasiado cerca para la comodidad de Luis, dejando a Acólito, Wembleth y Hanuman en la tienda de campaña.

 

Luis se deslizó en el tercer asiento. Él sintió cómo se modificaban los planos de apoyo, adaptándose a su altura y peso y al bulto de su traje de presión. Eran butacas estándar; cuando acabó de adaptarse Luis no encajaba perfectamente.

 

Roxanny Gauthier tecleó una orden en el brazo de su silla, usando ambas manos.

 

Una red protectora encerró a Luis antes de que él pudiera moverse.

 

El campo de fuerza embebido en una red antichoque protege a un pasajero en una colisión, pero era también útil para la tarea de policía.

 

Luis no reaccionó en seguida. ¿Cómo reaccionaría Lewis? Congelado por el pánico, lo que al menos daría bastante tiempo a Luis para pensar. Y luego, ¿qué?

 

—Es para tu protección. Dijiste que querías ver la Tierra —adujo Roxanny, sonriendo como un gato.

 

Oliver se deslizó por la escotilla y luego abajo, ocupando la cuarta silla. El cuarto de Misión y Armas lo ceñía como un apretado traje.

 

Luis se movió un poco; el campo no le permitía mucho despliegue.

 

—¿Acaso vamos a la Tierra? —preguntó.

 

—Volvemos al Toro Bacota, por lo pronto —dijo el tercer trip—. Estaremos allí en una hora, o al menos deberíamos. Roxanny, te has dejado la cocina-doc…

 

 

 

 

 

 

115 | P á g i n a

 

 

—Tuve que hacerlo, para despistar —dijo ella.

 

—Stet, pero si algo sale mal… Stet. Lewis, el transporte Toro Bacota es nuestra primera parada, y allí unas personas decidirán dónde irás después. Es posible que sea la Tierra, o al menos el sistema de Sol. Y mientras estamos en ruta puedes contarnos algunas cosas. Chiron no puede detenerte ahora. Oye… serás el segundo anillícola en alcanzar el espacio humano.

 

—No paséis por este cráter —dijo Luis.

 

Los tres giraron sus cabezas para mirarlo.

 

—¿Por qué no? —preguntó Roxanny.

 

Ése había sido un buen punto. Luis Wu estaba seguro de que Oboe no permitiría que una nave espacial de la BRAZO fugara tan fácilmente. Algo les bloquearía. Pero… ¿por qué diría Lewis Tamasan algo tan fuera de su carácter?

 

—Chmeee nos contó que la primera expedición dejó el mundo a través del Puño-de-Dios. Mi padre atravesó un cráter diferente, y ninguno de ellos vio nada como este… brillo. La montaña Puño-de-Dios no se repara a sí misma, verdad?, pero este agujero sí lo hace.

 

—Lo mismo hizo el Puño-de-Dios —dijo Claus—. El cráter está cerrado hace semanas, antes de que lo notáramos. Esperábamos que tú pudieras decirnos algo sobre eso.

 

Oboe ha de haber probado allí su sistema de retejido, supuso Luis. Pero no dijo nada.

 

Claus Raschid señaló algo sobre una pantalla virtual.

 

—Nosotros estamos aquí. Lewis, intenta comprender. El cráter más cercano del que tengamos noticia está a un millón y medio de kilómetros de distancia. Eso es demasiado lejos; nos rastrearían fácilmente a través de la superficie. Nej… Cada especie de la Guerra del Margen querrá capturarnos con tanto interés como nosotros te queremos a ti, debido a lo que pudiéramos saber. Pero podríamos escapar con sencillez si pasamos inmediatamente, aquí mismo, y con nuestros motores apagados —la nave se alzó de repente—. El Toro Bacota nos espera del otro lado: en la oscuridad, contra el suelo del Mundo Anillo…

 

Debajo de ellos, Oliver gritaba:

 

—¡Raschid! ¿A qué juegas tú?

 

Luis trató de gritar más alto. Haber sido inmovilizado lo ponía frenético.

 

 

 

 

 

 

 

 

116 | P á g i n a

 

 

—¡Arrojad algo primero! ¡Veamos lo que le pasa!

 

—Iremos a casa —dijo Raschid a Oliver. La nave se inclinó de lado; ahora estaba encima del cráter—. Todas las fuentes de alimentación apagadas. Luis, si aún tuviéramos el depósito de combustible auxiliar lo dejaría caer, pero no lo tenemos.

 

Ahora descendían a toda prisa. Luis vislumbró la tienda de campaña, asentada en abrumadora soledad sobre el scrith. Estarían bien, se dijo; tenían a Hanuman para dirigirlos. El cráter se amplió, y estaba lleno de estrellas.

 

El Caracolero se estrelló entonces sobre algo muy duro.

 

Las redes de accidente sujetaron a sus captores cuando rebotaban hacia arriba. Luis sintió saltar su cerebro en el cráneo. Como ya estaba sujeto en su red antichoque, él se recuperó primero… todavía inmovilizado. Pudo oír a Oliver, que gritaba por debajo de él.

 

—¿Contra qué golpeamos? —aulló Claus.

 

—¡Sácanos! ¡Sácanos de aquí! —gritó Roxanny.

 

Sistema de retejido, había dicho Oboe. ¿Qué tan fuertes serían los hilos de scrith? ¿Lo bastante como para detener una nave espacial en caída libre? Pero hubieran atravesado el fuselaje, cortándolo. El agujero debía estar cubierto con ellos.

 

—Los propulsores están muertos —dijo Claus.

 

—¿Dónde están esos motores? —exigió saber Luis. Claus estiró el cuello hacia él para gruñirle, pero Luis siguió hablando—. Están en el vientre de la nave, ¿verdad? — era el antiguo hábito: los constructores navales tendían a poner los propulsores donde antes habrían puesto los cohetes—. Lo que sea que haya en el cráter, reparando el cráter, ha destruido los propulsores. Nos hundiremos en eso. ¿Cuánto pasará antes de que alcance la fuente de alimentación? ¿Qué usa esta nave como combustible? ¿Dónde… dónde está el tanque? —Luis ya balbuceaba. ¿Por qué no se había activado el campo de estasis? Pero si se activaba, podrían quedar clavados allí para siempre…

 

Claus era lento para pescar la idea. Roxanny Gauthier informó:

 

—A mitad de altura de la nave. Es una batería. Si algo se introduce en ella…

 

La nave se hundía, en efecto: bajaba por el cráter centímetro a centímetro. Y peor aún, comenzaba a alzar el morro.

 

Claus los contemplaba, sin entender. Cuando al fin lo hizo, gritó de terror. Sus manos bailaron encima de los mandos. Roxanny gritó:

 

—¡Espera!

 

 

 

 

 

 

 

117 | P á g i n a

 

 

La escotilla en el suelo se cerró. El grito de Oliver quedó cortado en dos.

 

Bramó un motor de cohete. La sección de cabina se separó y se elevó rápido, bamboleándose; luego se estabilizó. Claus cambió a manual; la cabina se inclinó y cayó, se enderezó otra vez.

 

—¡Oliver! ¡Lo has matado! —aulló Roxanny.

 

—Estaba sentado en el sitio incorrecto —Claus fulminó con la mirada primero a Luis, quien ocupaba la silla de Oliver; luego a Roxanny—. ¿No eras tú la que gritaba «sácanos de aquí»?

 

La tienda de campaña ondeó bajo los gases de combustión cuando la cabina se tumbó sobre el scrith. El retroceso lanzó a Roxanny y Claus varios centímetros hacia arriba, antes de que sus redes de accidente los capturaran.

 

A través de las paredes de la tienda, Luis pudo ver que Acólito y Hanuman extendían la vaina de rescate para que Wembleth entrara en ella.

 

Una luz brillante llameó desde el cráter. Al momento, ese lado de la cabina ennegreció. Luis gritó:

 

—¡Roxanny, déjame salir!

 

—Espera un poco, Lewis.

 

Una onda expansiva golpeó duramente la cabina.

 

—¡Se morirán ahí! ¡Suéltame, nej! ¡Claus!

 

—Stet —dijo Claus. Su mano se movió, y Luis quedó libre. Él rodó de su silla y se lanzó hacia la diminuta esclusa de aire.

 

 

 

Cuando Luis se apeó de la esclusa, la tienda de campaña se extendía en fragmentos, como un globo hecho añicos. La explosión había dispersado todo su contenido. Wembleth y su vaina de rescate rodaban suavemente alejándose del cráter, con el homínido girando dentro como en una lavadora de la Edad del Petróleo.

 

Acólito trataba de ponerse de pie, caía, y lo intentaba otra vez. Hanuman no estaba a la vista. Wembleth debía haber recobrado el sentido: se había combado formando una apretada bola ahora, y todavía giraba.

 

—Acólito, ¿estás bien? ¿La presión del traje?

 

—Mi traje mantiene la presión. ¿Ves a Hanuman?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

118 | P á g i n a

 

 

—No…

 

Wembleth era el más cercano. Luis abrió los chorros de actitud y voló hacia allí, se dejó caer por delante de él, y corrió junto al globo, pateándolo para contrarrestar su giro. El homínido trató de ayudar. Al fin se detuvo, aunque Wembleth estaba desequilibrado… porque Hanuman le abrazaba apretadamente, su cara contra el pecho de Wembleth. Hanuman todavía llevaba puesto el traje de presión.

 

—Acólito, tengo a ambos aquí.

 

Volvieron atrás, hacia la arruinada tienda de campaña. Acólito, Claus y Roxanny se les unieron. Roxanny llevaba algo pesado que había extraído de la nave, un bloque oblongo que abrazaba contra su pecho.

 

La cocina-doc no había salido volando. Parecía indemne, pero la dejaron allí.

 

Amarraron el bloque rescatado a la aerocicleta de Luis, y sujetaron la vaina de Wembleth al vehículo de Acólito. Los de la BRAZO daban órdenes como si fueran oficiales superiores. Luis preguntó, en cierto momento:

 

—¿Hay alguna razón para llevarnos la cabina? No creo que los motores de las aerocicletas puedan con ella.

 

—Déjala —dijo Roxanny—. Está muerta.

 

La explosión de la batería del caza puede haber dañado el sistema de retejido de Oboe, pensó Luis. Deberían decirlo al protector… pero él tenía que saberlo ya, por la cámara y el audio abiertos. Oboe no podía contestar, y eso le parecía excelente a Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

119 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 12

 

 

LA GENTE JIRAFA

 

 

 

 

 

El brillo del parche XXL estaba ya muy atenuado. El tubo se combaba, dejando escapar amplios ríos blancos de la tormenta troposférica. Pero ya no importaba; cuando al fin partieron, el cráter casi se había cerrado.

 

El grupo voló hacia giro, en dirección contraria al sitio donde habían dejado el depósito de combustible.

 

—Lo dejaremos como cebo. No queremos estar cerca de ahí —pidió Roxanny Gauthier—. Quien haya dejado caer la cordillera inflable podría interesarse. ¿Vashnisht, has dicho? ¿Qué sabes tú de esos vashnisht?

 

—Vashnisht es sólo lo que decimos cuando nadie entiende nada de lo que ha sucedido —dijo Luis—. Hechiceros. Magia —eran las palabras en Intermundo que Lewis hubiera aprendido de sus padres.

 

Ella montaba la silla delantera de la aerocicleta de Luis. Había tratado de hacer funcionar los mandos, y se había puesto gélida cuando no respondieron a sus esfuerzos. Luis volaba desde la silla de popa. Ni Roxanny ni Claus habían dicho nada al respecto, pero era evidente que habían sido reclutados por la BRAZO.

 

La otra aerocicleta parecía en buenas condiciones. Acólito montaba el asiento delantero; Claus quedaba oculto tras del kzin. El homínido parecía bastante cómodo, sujeto por debajo del vehículo en su inflada vaina de rescate, hasta que comenzó a jadear.

 

—¡Acólito!

 

—Sí, Luis.

 

—La vaina de rescate se ha quedado sin aire. Wembleth está en problemas.

 

—Nej, debe haberse descompuesto… —dijo Claus.

 

—Descendamos.

 

Tomaron tierra deprisa. Wembleth se había desmayado.

 

No se quitaron los trajes. En el aire flotaba una niebla delgada y sonaba un viento de huracán; eso atenuó sus voces por el comunicador.

 

—No quiero abrir la vaina de rescate —gritó Luis.

 

 

 

 

 

 

 

120 | P á g i n a

 

 

Acólito:

 

—¿Tienes una mejor idea?

 

—Dile a tu mascota que abra su casco. Su traje tiene un equipo de reciclaje.

 

El pequeño antropoide fue rápido para responder a los gestos de Acólito. Se abrió el casco, estornudando ante el hedor, y lo dejó abierto. Interesado, acercó su cara a la de Wembleth y lo olisqueó. Wembleth comenzó a moverse y a poco se sentó.

 

 

 

Volaron sobre una multitud de árboles caídos; tenían follajes redondos como balones —ahora aplastados— y unos troncos altos y delgados. La explosión de antimateria los había abatido, y sus redondas cumbres señalaban todas a giro. Algo más lejos, el viento debido a la caída de presión los tumbó hacia antigiro, pero al menos las especies más bajas del bosque aún estaban de pie.

 

La caída de presión formaba una ola que todavía se expandía a través de esa tierra. Las aerocicletas fueron por detrás de la onda expansiva, poniéndose lentamente al corriente. Cruzaron decenas de miles de kilómetros de desastre y tormenta. Ahora podían ver algunos árboles balón aún de pie entre los caídos. La foresta siguió durante largo rato, mezclándose luego, en tierras más bajas, con otras ecologías.

 

Luis bajó en un claro del bosque de árboles balón, y aterrizó en el prado junto a un riacho de fuerte corriente.

 

¡Aire! Sacaron a Wembleth de su burbuja antes de quitarse sus propios trajes. Wembleth chilló de alegría y se lanzó a bailar, aunque algo tieso aún. Luego se sumergió en el agua del arroyo, se quitó camisa y pantalones, y comenzó a fregarse con ellos.

 

¡Agua! La corriente, de poca profundidad, se volcaba en una profunda alberca natural. Los tecs se miraron el uno a la otra; luego se desnudaron y se zambulleron. En medio de su arco en pleno aire, los ojos de Roxanny enfocaron risueños a Lewis Tamasan.

 

Luis había olvidado cómo respirar.

 

Acólito se sumergió con un fuerte chapoteo. Con su pelaje mojado, se veía terriblemente cómico. Esto rompió el hechizo, y Luis se rió.

 

Hanuman luchaba con los accesorios de su traje. Luis le echó una mano. El afectuoso mico lo abrazó y susurró:

 

—Los de la BRAZO tienen armas de mano escondidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

121 | P á g i n a

 

 

—Sorpresa —murmuró Luis.

 

—Uuk uuk iik. ¿Te desnudarás?

 

—Mi problema es que…

 

—¿Qué te preocupa? Ellos lo saben. Entra al agua igual que hizo Wembleth.

 

Hanuman se desprendió de sus brazos y corrió al agua como cuadrúpedo, zambulléndose sin un chapoteo. Luis gritó y lo persiguió, saltando al final y entrando en el agua al mejor estilo bala de cañón.

 

¡Estaba fría! Se quitó su ceñido traje en el agua profunda. Hizo la tentativa de frotarlo contra sí para limpiarse, luego lo cerró en una bola y lo lanzó a la rocosa orilla, para que drenara.

 

Allí estaba ahora…, y todos intentaron disimular el hecho de que Lewis Tamasan estaba sexualmente excitado.

 

Se mantuvo alejado de los de la BRAZO, quienes estaban… poniéndose amistosos, según le había parecido, pero… Claus se echaba atrás ahora, y Roxanny le hablaba rápida e inaudiblemente. ¿Una riña? Bien, de todas formas querrían privacidad.

 

Acólito no era buen nadador, pero la corriente tenía poca profundidad. El kzin tomó de un brazo a Hanuman y arrastrándolo caminó por las aguas por la alberca hasta Luis, quien pisando el fondo mantenía apenas la cabeza fuera de la superficie.

 

Hanuman habló enérgicamente.

 

—Vi un meteorito descender cerca del cráter. Oboe debería habernos anunciado otra nave.

 

—Él no puede decírnoslo, pues apagué la pantalla. Yo…

 

—De acuerdo. Seguiré viajando con Acólito. Déjame conducirte; puedo llevarnos a una pila de servicio.

 

Una pila de servicio los llevaría a casa…, al Mapa de Marte.

 

—¿A qué distancia? —preguntó Luis.

 

—Está en órbita, pero Oboe puede hacerla descender hacia nosotros.

 

—¿Nos conviene que los de la BRAZO vean una pila de servicio?

 

—Le preguntaremos a Oboe más tarde, cuando conectemos para saber si ha detectado más intrusos. ¿Qué opinas?

 

Luis pensó en ello.

 

 

 

 

 

 

 

122 | P á g i n a

 

 

—Los tecs buscan reincorporarse a su nave. No nos preocupemos por ello, ¿de acuerdo? Al menos, mientras no aprendan demasiado.

 

La voz de Hanuman era un susurro, apenas audible.

 

—¡Gauthier rescató su biblioteca! ¡La quiero! Quiero ver cómo la usan antes de que les dejemos ir. Pero estos tecs son una peligrosa compañía. No hay necesidad de arriesgarnos todos. Dime, Luis, ¿y si Acólito y yo escapamos? Podemos ir a la cita con la pila de servicio. Tú te quedas, y observas.

 

Como sugerencia era asombrosa.

 

—¿Y por qué yo?

 

—En todo el Mundo Anillo, Roxanny Gauthier es la única compañera viable para ti. No tienes un plan de tu propia cosecha, ¿verdad?

 

Luis se encogió de hombros.

 

—¿Habéis notado que tenemos un auditorio? —preguntó Acólito.

 

Luis miró alrededor.

 

Los de la BRAZO, río arriba, estaban hundidos hasta la cintura y seguían conversando entre ellos, aunque su lenguaje corporal se había vuelto conspirador. Luis tuvo que esforzarse para quitar la mirada de los pechos de la mujer. Wembleth yacía ahora en tierra, su espalda sobre una roca llana y calentada por el sol, absorbiendo la luz. Unas aves negras giraban por encima del bosque balón, y un par de cuadrúpedos cornados miraban todo con recelo.

 

—No veo a nadie observando.

 

—Siete homínidos —dijo Acólito—. Tres hombres, cuatro mujeres. Los detecté por el olor. Deberíamos decidir…

 

Algo captó la atención de Wembleth. Se levantó y gritó, señalando los bosques.

 

Un homínido se adelantó. Pasó por delante de las bestias con cuernos; los animales no salieron huyendo. El hombre se detuvo a una docena de metros de Wembleth, y habló. Tenía las manos abiertas a los lados, claramente visibles. El mismo gesto hizo Wembleth.

 

Ambos estaban desnudos, también. El hombre se alzaba mucho sobre Wembleth. Era más alto que Acólito, dos metros y medio o poco menos, y tan delgado como los árboles de alrededor. Cada parte de él era alargada…, pero no su cabeza. Su mandíbula era fuerte y cuadrada; su cabello del mismo color que el follaje de los árboles balón.

 

 

 

 

 

 

 

123 | P á g i n a

 

 

Desnudos en el riacho, los de la BRAZO parecían indecisos. Caminaron por el agua río abajo, hacia Luis y Acólito.

 

—No han extraído sus armas —murmuró Hanuman—. Luis, ¿se mantendrán calmados? —él hablaba de los Tecs, por supuesto.

 

—No lo sé —dijo—. Pero alguien tendrá que explicarles sobre el rishathra.

 

Wembleth y el forastero hablaban libremente ahora.

 

Claus se arrimó a Luis.

 

—¿Alguna sugerencia? —preguntó.

 

—Wembleth lo hace bien —dijo Luis—. Dejemosle hablar por nosotros. Hay más visitantes.

 

—¿Dónde?

 

—En los árboles —informó Acólito, y señaló—: Allí, y allí. Son seis.

 

—El tipo parece una jirafa —se rió Claus.

 

—O un lunariano —dijo Roxanny, con tono de reproche.

 

Lewis Tamasan nunca habría visto a un ciudadano de Luna, por lo que Luis no mostró darse por enterado.

 

—Han de ser pacíficos. Mirad la mandíbula: es un herbívoro. Probablemente se alimenten de la fruta o corteza de estos árboles. Tenemos que resolver…

 

—Nej con eso. Nuestros traductores tienen que oírlos.

 

Claus vadeó acercándose; los demás fueron detrás de él. El tec recogió su traje para secarse un poco con él, luego lo dejó caer y tomó la mochila. Si la desnudez era correcta para los forasteros, entonces no necesitaría la ropa; pero en la bolsa llevaba el traductor, y tal vez también el arma de que hablaba Hanuman.

 

Seis humanoides altos y delgados surgieron de los árboles altos y delgados. ¿Rishathra? Todavía tenemos que explicarle a los de la BRAZO…

 

Wembleth habló rápidamente, señalando hacia Acólito y Hanuman. Los altos homínidos se doblaron profundamente hacia ellos en gesto de saludo, y continuaron dirigiéndose al peludo. Luis y Roxanny tomaron sus propios traductores y se unieron al grupo.

 

Los traductores de la BRAZO captaban algún discurso. El idioma estaba cerca de lo que habían aprendido de Wembleth, aunque esta lengua local fuera bastante diferente

 

 

 

 

 

 

124 | P á g i n a

 

 

de cualquiera de las oídas cerca del Gran Océano.

 

Wembleth de repente se volvió a Roxanny. Su discurso no pareció diferente, pero todos los traductores reaccionaron.

 

—Ellos quieren saber lo que su clase hace sobre… —una palabra que no tradujeron—. ¿Qué les diré?

 

—¿De qué se trata? —preguntó la mujer.

 

Wembleth trató de explicar.

 

—La actividad que hace tener niños a las mujeres, pero entre clases diferentes no lo hace.

 

Claus y Roxanny escucharon, luego se giraron hacia Luis por ayuda.

 

—Ellos usan una palabra diferente, pero lo que significa es rishathra. El rishathra es el sexo practicado fuera de la especie, pero siempre entre los homínidos inteligentes. No es una palabra que vosotros necesitaríais en vuestros…

 

—Maldito sabelotodo —Claus no se veía divertido.

 

Luis descubrió de pronto que tenía miedo de Claus.

 

—Esto no es broma, Claus. Es la primera cosa que se tiene que saber en los contactos con una nueva especie. Pero no te molestes; siempre puedes decir que tú estás apareado, y que eres monógamo…

 

Claus miraba a las cuatro mujeres. Eran tan altas como los hombres, dos metros y medio al menos. No lunáticos, ni jirafas: elfos, más bien. Ellas les miraban tan francamente como los machos; pero los hombres sólo tenían ojos para Roxanny, quien se sonrojaba. Luis comprendió que él también estaba ruborizándose.

 

—Wembleth…, diles que Acólito no es de nuestra especie en absoluto. Él no hace rishathra.

 

Wembleth habló. Una de las mujeres se rió. El traductor de Luis recogió:

 

—¡… alegro que no!

 

—Pero tenemos que decidirnos —urgió Luis—. ¿Claus? ¿Roxanny?

 

—Lewis, has hecho tú esto antes? —exigió Claus.

 

—¡Seguro! —¿Qué otra cosa diría Lewis? ¡No se confesaría casto! Un adolescente exageraría—. Con más de una especie… Nada parecido a ellos, pero he oído de cosas peores…¿Por qué no? —pero no podía enfrentar la mirada de Roxanny, o de Claus

 

 

 

 

 

 

 

125 | P á g i n a

 

 

siquiera—. Es amistoso, es seguro, y no puedes quedar embarazada, Roxanny. Las infecciones por lo general no cruzan el límite interespecies. ¿Y quién más había en el mundo para mí? Las mujeres humanas eran sólo rumores, tan lejanos como las estrellas.

 

Y Wembleth exclamó:

 

—¡Lo mismo me sucede a mí! Yo también estoy solo en mi especie. ¿Por qué tienes problemas con ello, Claus? Cuando las gentes se encuentran, siempre se hacen esta pregunta primero. Algunas especies usan el reshtra para controlar su natalidad. Los Moradores del Agua… bien, para ellos es una broma de mal gusto, a menos que tú puedas sostener el aliento mucho tiempo. Algunas especies no pueden reshar, o aparearse con otro que no sea su compañero de por vida. Otras, a causa de su rara conformación no esperan compartir reshtra… ¿rishathra?… en realidad, pero preguntan igual, por cortesía. Y hay quienes insisten, a pesar de ello. Roxanny, ¿no alcanzáis a daros cuenta que los Hinsh están desconcertados? Es porque vosotros aún no habéis contestado.

 

Luis —Lewis— dijo, pensativo:

 

—Me gustaría conocer a una hembra de los Ingenieros de las Ciudades. Se supone que ellos lo hacen realmente bien. Construyeron su imperio comercial usando el rishathra. Incluso trataron de hacerlo interestelar…

 

Claus sonreía abiertamente ahora.

 

—¿Y si decimos que no?

 

—Puedo hacer eso por ti —dijo Wembleth inmediatamente, y comenzó a hablar en Hinsh.

 

—Un momento, Wembleth —le detuvo Claus—. Lo haré. —Sus ojos chasquearon hacia Roxanny, luego se apartaron.

 

—¿En compañía, o sólo los dos? —preguntó Wembleth.

 

Claus pareció asustado.

 

—Hum. En compañía. Yo no sabría cómo explicarme con… con una de ellas.

 

Roxanny Gauthier se acercó a Wembleth. Ella habló rápido y en voz baja. El peludo homínido asintió con la cabeza, y comenzó a hablar. Ahora los traductores recogían unas palabras del discurso Hinsh.

 

Una de las mujeres se estiró hacia arriba. Sus largos dedos se cerraron alrededor de una fruta amarilla, del tamaño de un melón. La mordió, con todo y corteza, luego la rompió clavándole los dedos y ofreció los trozos a Wembleth, luego a Claus, luego a

 

 

 

 

 

 

126 | P á g i n a

 

 

otros Hinsh. Wembleth rompió de su parte y ofreció a Luis y Roxanny. Luis comprendió que se estaban designando. Claus y Wembleth risharían con las mujeres Hinsh, Luis y Roxanny no. Hanuman ya conseguía su propia fruta: él no rishaba.

 

¿Harían rishathra con carnívoros? No, si ofrecían un melón como preliminar. Este ritual eliminaría a los Chacales, y tal vez era lo que ellos deseaban.

 

La fruta era roja por dentro. Sabía un poco a bayas.

 

Los demás tomaron como una buena señal el que los forasteros comieran: armaron un banquete. Había frutas a todo su alrededor, abatidas por el viento. Eran herbívoros, por lo tenían que comer mucho. Dieron de comer a Wembleth y a Claus, y se movieron en más íntimo contacto.

 

Roxanny volvió la espalda y se alejó.

 

Luis recogió un melón, lo rompió contra su rodilla —Nej, ¿por qué no?— y fue detrás de ella. Había esperado captar la atención de Roxanny.

 

Ella se dio vuelta y lo esperó; miró hacia abajo, le sonrió abiertamente y le dijo:

 

—Pedí a Wembleth les dijera que estamos en pareja —tomó su mitad del melón y comió.

 

Entonces anduvo hacia él, de puntillas —media cabeza más alta que Luis—, lo abrazó y deslizó su cuerpo contra el de Luis hacia abajo, hasta arrodillarse.

 

Con un grito ronco, Luis la empujó sobre la hierba y penetró en ella.

 

Nunca había tratado así a una mujer. Roxanny estaba sorprendida. Tampoco estaba completamente lista, pero cerró sus brazos y piernas alrededor de Luis y lo hizo prisionero por segunda vez. La mente de Luis Wu se marchó.

 

 

 

Cuando volvió en sí otra vez balbuceaba, y se preguntó si habría hablado sin tino de algún secreto. Pero Roxanny, apresándolo todavía entre sus piernas, se reía.

 

—¡Muchacho, sí que estabas impaciente!

 

Y los Hinsh se habían movido para rodearlos.

 

Las mujeres se arrodillaban para rishar. Cuando se apareaban con sus hombres, ambos se arrodillaban. Los machos observaron el desempeño de los forasteros con sus mujeres e hicieron gráficos comentarios, que fueron traducidos a medias por los aparatos. Encontraban divertidos a los «hombres cortos». Wembleth, el más pequeño en altura, era por ello el más gracioso. Y descubrieron que tenía cosquillas.

 

 

 

 

 

 

 

 

127 | P á g i n a

 

 

—Lo siento, Roxanny. Perdí la cabeza… —dijo Luis.

 

Le pareció haberse apareado con uno de los vampiros de Mundo Anillo: fue igual de irreflexivo, e igual de intenso. ¡Pero no le iba a hablar de ellos!

 

Roxanny acarició su mejilla.

 

—Fue refrescante. Nueve años para que mi implante venza, y esto fue una buena cosa.

 

—Yo soy fértil —dijo Luis, alelado.

 

—Por supuesto que lo eres. —Ella se levantó y le dio la espalda, los puños sobre las caderas—. Pero a mí no me engañas. ¿Que has hecho rishathra? No me has dicho la verdad ni por un instante, Lewis. ¿Nos unimos a ellos?

 

¿Qué?

 

—¡Somos pareja! ¡Los escandalizarás!

 

Roxanny recogió un melón, lo rompió por la mitad, y lo ofreció a un elfo.

 

El Hinsh se conmocionó. Luego se rió, se arrodilló, y la apretó contra sí. Luis se enjuagó en el río… y recogió un melón.

 

 

 

Hacia el crepúsculo, cuando ya estaba demasiado oscuro para ver qué frutas estaban bien maduras, los Hinsh dejaron de comer, rishar y aparearse para pasar a las presentaciones: una rara inversión del orden lógico. Sus nombres eran largos y formidables.

 

Wembleth llamó aparte a Luis y le dijo:

 

—Los Hinsh se parecen a otras especies que he conocido en sitios por donde he viajado. Si los forasteros planean quedarse por un tiempo breve, ellos se presentan con nombres cortos, rápidos de aprender. Con eso pueden querer decir márchense pronto. Pero… ¿ves toda esta fruta? El viento lanzó mucha fruta a la tierra, comida para cientos de hombres. Cada forastero que llega significa menos fruta para pudrirse y apestar. Somos bienvenidos.

 

Luis se sintió bienvenido, pero el rishathra no era sexo. Su cuerpo lo sabía. Quería a Roxanny.

 

Y Claus buscaría matarle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

128 | P á g i n a

 

 

La noche del Mundo Anillo raramente era demasiado oscura para ver. Los Hinsh no quisieron dormir; dialogaron. Los Tecs escuchaban, por lo general.

 

Preguntó Luis sobre las bestias con cuernos.

 

—¿Los herbívoros? Ellos no nos molestan, y no los molestamos —dijo un hombre. Del cielo dijo, luego—: Las estrellas solían mantener su curso. Podíamos usarlas para saber la hora, si lo deseábamos. Ahora muchas andan sueltas, vagando a través del cielo; sólo los Vashnisht saben por qué.

 

Hablaron de las zonas segadas que habían dejado atrás, y del clima. Gente monótona, realmente.

 

Luego hablaron de los vientos salvajes y repentinos.

 

—El clima cambiará —dijo Luis a su compañera, cuyo nombre había memorizado como Szeblinda; su traductor escupía las ocho sílabas completas—. Deberéis avanzar por el bosque hacia antigiro, a medida que los árboles balón se mueran. Llevad melones y dejad caer las semillas donde queráis que crezcan otros árboles. Muchos pueblos deben estar escapando del desastre; tendréis que tratar con ellos cuando arriben aquí.

 

—¿Os quedaréis con nosotros, para aconsejarnos?

 

—No. Tenemos que movernos rápido. Lo que intentamos es solucionar todo esto — respondió Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

129 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 13

 

 

EL TORO BACOTA

 

 

 

 

 

Por la mañana, Luis se encontró sobre una colina cubierta de hierba. Se puso de pie para echar una mirada alrededor.

 

Las aerocicletas permanecían en su sitio, cerca de la orilla del río; Acólito dormía entre ellas. Hanuman y la gente de la Tierra no eran visibles por ninguna parte. Los Hinsh se había marchado. En el plano inclinado que iba hacia el río había árboles balón y cantidad de cáscaras de melón rotas. El roñoso bulto de piel naranja y chocolate al lado de la alberca tenía que ser Acólito.

 

Bajó por la pendiente.

 

Esperaba que el kzin despertara cuando él se acercara lo suficiente, pero Acólito no se movió. Sin embargo, su costado subía y bajaba. Bueno, el kzin respiraba. Ahora, ¿qué travesura estarían haciendo los de la BRAZO?

 

Luis trepó a su aerocicleta y subió a lo alto.

 

Claus y Roxanny estaban al otro lado de la cala, tras de una colina. Operaban con el bloque oblongo y pesado que habían cargado en el compartimento de equipajes de Luis. El equipo tenía desplegado un teclado numérico holográfico: se trataba de la biblioteca de su pequeña nave espacial.

 

Wembleth y Hanuman miraban detenidamente por delante de ellos, hacia la pantalla holográfica. Roxanny vio la aerocicleta de Luis y agitó un brazo. Él respondió al saludo.

 

No parecía que estuvieran guardando secretos. Luis volvió a la alberca.

 

Acólito se sentaba, estirándose. Miró a su alrededor.

 

—¿Dónde están todos?

 

—Cruzando el río. ¿Te encuentras bien?

 

—Bien alimentado y bien dormido, al aire libre. Encontré un pequeño ciervo, o algo parecido. Luis, nadie me dijo que no me atiborrara. Debíamos haber plantado unas guardias.

 

Luis se estiró.

 

—Me pregunté si acaso te habrían atontado. Oye, dormí tan bien como tú lo hiciste. Los de la BRAZO hacen algo mañoso, pienso, pero Hanuman está en el sitio,

 

 

 

 

 

 

 

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observándoles. ¿Vamos allá?

 

Tomaron una aerocicleta y cruzaron el río.

 

 

 

A su descenso Claus les esperaba.

 

—Lewis, Acólito, quiero entrevistaros sobre lo que visteis en el cráter. ¿Alguna objeción?

 

Pensó Luis en objeciones, pero no halló ninguna que Lewis pudiera sostener.

 

—Muéstranos como trabaja eso —pidió.

 

—El kzin primero —dijo Claus.

 

—Nos ayudaremos el uno al otro —dijo Luis, y Acólito gruñó en acuerdo.

 

Entonces Wembleth también quiso participar. Eso permitió a los tres corroborarse el uno al otro en la entrevista, que se convirtió en una animada conversación.

 

Luis supuso que los tecs no tendrían un equipo vocal detector de mentiras. Pero el Toro Bacota, o algún otro de los transportes en la flota de la BRAZO, seguramente podrían descubrir el engaño.

 

En cuanto a lo que «Lewis» había visto, Luis se atuvo a la verdad. Ellos habían estado bajo techo, y se habían perdido la explosión —y Lewis no sabía nada respecto de la antimateria—. Cuando él y Acólito volvían de… algún sitio, una gran luz había aparecido, no mucho más brillante que el sol, pero enorme. Luego, una rosquilla de deslumbrante color amarillo, del tamaño de una cordillera, bloqueó la región que habían venido a verificar.

 

Le preguntaron sobre su entorno. Él improvisó, pero lo hizo en forma concisa. Un muchacho de veinte años no tendría siglos de memorias; tampoco contaría bien las historias, y se vería un poco intimidado en presencia de los mayores. Acólito, que realmente tenía sólo doce años, era capaz de atenerse a sus propias memorias, porque Chiron —según explicó Luis— nunca se había presentado ante el joven kzin. Lewis especuló en voz alta si el titerote habría tenido miedo.

 

Y la biblioteca fascinó a los entrevistados.

 

Protector: 1 Etapa adulta de las especies de Pak, donde la línea corre de niño a criador a adulto. 2 Los homínidos en general descienden de los Pak. También tienen una etapa de criador, en la cual por lo general pasan toda su vida, y una etapa adulta raramente lograda. 3 Arcaicos…

 

Cuando Claus o Roxanny buscaban una referencia, Wembleth, Luis y Acólito se

 

 

 

 

 

 

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amontonaban para mirar. Lo mismo hacía Hanuman, aunque por lo general era ignorado. A Roxanny no le gustaba estar cerca de él; entonces el «mico» hizo fiestas a Claus, y éste comenzó a tratarlo como a un animal doméstico.

 

Había vínculos en todas partes del texto.

 

Titerotes de Pierson: especie de gran poder industrial y sofisticación. Fueron una vez comunes en el espacio conocido y más allá, ahora se cree que huyen de la explosión del núcleo galáctico. Véase la compañía de Productos Generales. Su fisiología…

 

Explosión del Núcleo: Se cree debida a una erupción de supernovas… alcanzará la Tierra en veinte mil años. Su estudio es inadecuado…

 

Productos Generales: Compañía ahora inexistente, una vez administrada y regida por los titerotes de Pierson. En el espacio humano, comercializó casi exclusivamente fuselajes de naves espaciales.

 

Espacio conocido: Aquellas regiones del Brazo Principal de la galaxia que han sido exploradas por las especies sapientes conocidas.

 

…Las formas de vida del Mundo Anillo son poco comprendidas. Las ecologías parecen tender a los modelos familiares, pero ningún biólogo entrenado ha tenido la oportunidad de investigarlas…

 

Mamíferos:…

 

Homínidos: Relacionados con el género Hominidæ de la Tierra. Probablemente todas las especies se derivan de criadores de Pak importados del núcleo galáctico, y posteriormente se han desarrollado en muchas direcciones…

 

Luis Wu: [holograma rotativo]

 

—Ahora concedednos un poco de intimidad —dijo Roxanny, sin alzar la vista.

 

Luis y Acólito se apartaron. Hanuman trepó al regazo de Claus. El Tec rascó la cabeza del antropoide, y no pareció notar su alta capacidad craneal o la pequeña cresta ósea por encima. La entrevista había durado casi dos horas.

 

Se acercaron a la aerocicleta, y Luis desplegó la cocina.

 

—Hanuman quiere la biblioteca —dijo Acólito.

 

—Oboe también la querrá —le pasó al Kzin un bulbo de caldo.

 

—Una aerocicleta podría llevarnos a los tres si Hanuman monta en mi regazo o el tuyo —dijo Acólito—. Hanuman aprende rápido. Pronto sabrá todo lo que necesita para manejar la biblioteca. Entonces nos iremos…, a menos que realmente quieras a la hembra humana como compañera.

 

 

 

 

 

 

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—El plan es bueno. Nos iremos cuando Hanuman esté listo —dijo Luis, mientras chupaba el té verde de su bulbo. Pero no se sentía tan seguro como sonaba.

 

Los códigos de la biblioteca podrían no ser fáciles de romper.

 

Los de la BRAZO quizá no les dejaran ir con gentileza.

 

Cualquier cosa podía pasar.

 

Los Tecs parecían estar gritándose el uno al otro, pero Luis y Acólito se encontraban demasiado lejos para escuchar su discusión. Luego Claus volvió a su trabajo con la biblioteca —con Wembleth y Hanuman mirando por sobre su hombro— y Roxanny se acercó a zancadas hacia la aerocicleta.

 

—¡Lewis! —llamó ella, con cierta premura en su voz.

 

Luis le ofreció un bulbo. Roxanny se sobresaltó.

 

—¡Ah! Gracias. Hemos estado en contacto con el Toro Bacota.

 

—¿Y?

 

Ella echó un vistazo hacia Acólito.

 

—Vámonos a algún sitio —dijo.

 

Lo condujo a través del río sobre unas piedras escalonadas, luego tras de unos arbustos bajos. Al sentarse en la gramilla, quedaban escondidos. Luis la besó. Ella aceptó el beso sin contestarlo, y luego preguntó:

 

—¿Aún deseas el rescate? ¿Te interesa visitar la Tierra?

 

—La vez pasada yo no tenía opción, ¿recuerdas?

 

Ella se encogió de hombros.

 

—Sería muy valioso tenerte. Yo podría tratar de conseguirte la ciudadanía…

 

—Roxanny, mi padre ha nacido ilegalmente —quería establecer que Lewis Tamasan no estaría registrado antes de que ella tratara de buscar a una persona imaginaria—. ¿Ciudadanía de qué? ¿Qué significa eso?

 

Él escuchó con cuidado las respuestas. Debía haber cambios en la civilización desde su partida. Sonaba como si hubiera más leyes, más restricciones. Tal vez sólo fuera en el sistema de Sol.

 

Habría unas cuantas cosas que Lewis no podría saber.

 

—¿Derechos de procreación? Roxanny, ¿qué son esos derechos de procreación?

 

 

 

 

 

 

 

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—Lo buscaré para ti en la biblioteca. Básicamente, cualquiera nace con uno o dos derechos de procreación según… nej… Bien, sobre todo según el patrón genético. Si eres saludable, probablemente tuvieras dos derechos. Puedes perderlos, o sumar más. Dos derechos de procreación hacen un niño.

 

Luis Wu ya había consumido sus derechos de procreación. La falsificación de su ID implicaría falsificar también eso, y las penas eran terribles.

 

—No parece muy agradable el decidirme por la Tierra…

 

—No, considerando que tu padre fue un ilegal. Es el mundo más interesante, sin embargo.

 

Tal vez fuera posible, pensó, que Lewis Tamasan se convirtiera en una persona enteramente nueva. Si pudiera llegar a Lo Conseguimos o a Hogar, ¿quién iba a tomarse la molestia de relacionar su patrón de genes con el de un tal Luis Wu? Podría pagar los gravámenes necesarios, aprender una nueva profesión, casarse…

 

—¿Qué probabilidades tenemos de salir al espacio?

 

—Conocemos dónde están los cráteres, si acaso el… hechicero… no los ha cerrado.

 

—El Fantasma Tejedor.

 

Ella se encogió de hombros.

 

—Llámalo como quieras. El Toro Bacota puede disparar a un cráter desde debajo del Mundo; eso nos informaría si está siendo cerrado. Luego de eso, ¿quién sabe? ¿Crees que Acólito coopere con esto?

 

—Supongo.

 

—¿Vendría él con nosotros?

 

—Tú no puedes conseguirle la ciudadanía. Es un kzin. Vosotros lucháis contra los Kzinti, ¿verdad?

 

—No ha habido una guerra formal en… hum… unos cuatrocientos años —tableteó en su manga y leyó lo que apareció—. Eso son mil seiscientos falans. Él estaría bien. Hay cientos de miles de ciudadanos Kzinti en el espacio humano.

 

—Yo no le diría de venir. Él es más joven que yo, tú lo sabes.

 

—Volvamos.

 

Luis no se movió.

 

—¿Y Wembleth? ¿Lo queréis también?

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Oh, sí. Él es un nativo verdadero, después de todo. Debe saber muchas cosas, y hay quien mataría por conocer su molde genético —Roxanny se puso en pie y saludó con sus brazos hacia Claus—. Volvamos ahora.

 

 

 

Una de las pantallas de sombra había bloqueado ya todo el sol, excepto por una astilla de luz. Acólito estaba acuclillado ante la biblioteca, y Claus estaba de pie detrás de él. Cerca, Hanuman rebuscaba en su piel unos parásitos imaginarios, con aspecto solemne. El pequeño protector alzó la vista hacia Luis y le hizo una rápida señal.

 

Claus levantó entonces la mano, que sostenía algo en forma de L.

 

Detrás de él, Roxanny gritó:

 

—¡Quieto, Lewis!

 

Hanuman chilló tras el grito. Ella tenía algo también: un objeto plano y delgado con un extremo como de pistola; claramente un arma. Su antiguo entrenamiento yogatsu le indicó a Luis que Roxanny estaba fuera de su alcance.

 

Por detrás de la mujer, el amanecer brilló sobre el borde de un risco.

 

Eso tendría que haberle llamado la atención de inmediato, pero Luis estaba entre Roxanny y Claus, y enfrentaba dos armas. Su mente se puso al corriente demasiado lentamente. Oculto o no, el sol en Mundo Anillo está siempre en el mediodía. Esa luz no podía ser el sol.

 

La tierra tembló.

 

Acólito no se había movido; debía de haber sido advertido en contrario.

 

—Pienso que lo haremos mejor si vamos solos —dijo Claus, sonriendo, victorioso—. Sólo necesitamos una aerocicleta, pero tendréis que enseñarnos cómo volarla. Ambos sabéis cómo hacerlo. Sólo necesitamos a uno de vosotros…

 

De pronto, Luis cayó en la cuenta. Se giró, apartándose de la bola de fuego que se elevaba por encima del risco.

 

La llamarada debe haber medio cegado a Claus. La tierra se sacudió, Luis dio tumbos, Claus perdió el pie, y Hanuman brincó a los brazos de Claus. El tec trató de apartarlo. Acólito giró mientras se levantaba de súbito; su garra corrió a través de Claus y quedó enganchada bajo la garganta del hombre.

 

Luis se revolvió y dio dos rápidos pasos. Su puño encontró a Roxanny bajo la mandíbula, lanzándola hacia atrás. Ella cayó rodando, y Luis saltó tras de la mujer, con temor de haberla golpeado demasiado duro… pero tenía que hacerse de aquella arma.

 

 

 

 

 

 

 

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Con el rabillo de su ojo, vio que Acólito derribaba a Claus en medio de un baño de sangre.

 

Luis pisó la mano derecha de Roxanny, y se hizo del arma.

 

—Quieta —dijo.

 

Ella no le hizo caso. Lanzó el pie con fuerza y le azotó en la tripa. Luis movió su mano: el arma no dio en la mujer cuando disparó. Un chorro de polvo se elevó del césped. Un arma sónica. Luis se mantuvo de pie, e intentó retroceder; el otro pie de Roxanny lo enganchó por la rodilla. Él se desmadejó, ella se levantó; golpeó su mejilla con el talón de la mano, y Luis se tumbó, todavía tratando de evitar dispararle. Luego ella tenía su mano armada entre las suyas, la retorció, y recuperó el arma. Apuntó a una aerocicleta, que pasó rasante, pero Luis le quitó el equilibrio de un puntapié. Ella disparó mientras caía.

 

Luis se revolcó sobre la tierra, gritando; le parecía que todos los huesos de su pierna izquierda y cadera se habían roto. Roxanny disparó apuntando al cielo…, luego dejó caer el brazo y blasfemó.

 

Cuando pudo enfocar los ojos llorosos, Luis vio a Roxanny apuntándole con el arma a un metro de distancia.

 

La bola de fuego moría por encima del risco. Una nave espacial salió de la deslumbrante luz y comenzó a tomar tierra.

 

Una de las aerocicletas yacía todavía allí. La otra no estaba a la vista. Hanuman, Acólito y Wembleth tampoco. Claus, tirado boca arriba, tenía la cabeza casi separada del cuerpo y las entrañas desparramadas.

 

Roxanny lo tenía cubierto.

 

—¿Por qué no he de matarte? —preguntó ella.

 

—Roxanny, no lo hagas —dijo Luis Wu, el maestro del sarcasmo. No se atrevía a moverse y no podía pensar. Mejor así. Un chico de veinte años se quebraría bajo la furia de esa mirada—. No me dispares —dijo Luis—. Volaré contigo por donde quieras. Sólo que no puedo moverme…

 

Wembleth apareció de detrás de un árbol, vio el arma en la mano de Roxanny, y retrocedió.

 

—No necesito tu aerocicleta —dijo Roxanny—. Tenemos una nave. ¡Wembleth! Ve a bordo y ocupa un asiento. Luis, ¿puedes levantarte?

 

—¡Futz, no! —dijo Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

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La mujer se inclinó sobre él y lo alzó en brazos. Su pierna y cadera flamearon como si estuvieran deshuesadas. Ella casi lo dejó caer cuando él gritó. El dolor calcinó su mente, y se perdió lo demás.

 

 

 

Cuando volvió en sí, yacía sobre su espalda. Algo como un programa de entrevistas corría sobre el techo, pero las voces no coincidían. Ajá: el sonido estaba apagado. Las voces que oía habían estado hablando durante algún tiempo, contra un ruidoso fondo que Luis consideró el de una nave de guerra.

 

—Una vez tuve hermanos —Wembleth parecía drogado, pero en el aparato traductor sonaba claro y alerta—. Quedaron en el prado natal cuando Padre y yo nos movimos hacia…

 

—¿Se movían a menudo? —una voz masculina y autoritaria, que Luis no había oído nunca.

 

Wembleth: —Sí.

 

Roxanny le había disparado…

 

Luis no podía creerlo. ¿Qué tan mal le habría herido? Se sentía atontado; tendría problemas para hilar una historia coherente. Si acaso resolvieran interrogar a Lewis Tamasan, entregaría demasiada información. Trató de moverse.

 

No podía sentir gran cosa. Había un cosquilleo en su nuca. Podía mover los ojos, y un poco la cabeza. Sólo pudo verificar que estaba desnudo, tendido de espaldas, e inmovilizado en algo parecido a un potro de tormentos… o la cavidad de terapia intensiva de un autodoc militar. El ruido de fondo sugería una nave de guerra. Prestó atención a las voces, tratando de distinguirlas.

 

Voz masculina: —¿…hermanos?

 

Wembleth: —Medio hermanos. Crecieron más rápido que yo… se quedaron con los suyos, para encontrar pareja.

 

Voz masculina: —¿Ha conocido muchas clases de… homínidos?

 

Wembleth: —Veinte o treinta especies… He reshtrado con…

 

Creyó adivinar lo que había pasado antes.

 

Una nave bajo el suelo del Mundo Anillo había despedido proyectiles de antimateria hacia arriba. No había necesidad de encontrar el Ojo de Tormenta más cercano. La primera bala destruiría el aislamiento de scrith esponjoso. La siguiente abriría un agujero a través del suelo de scrith y el paisaje por encima, lo bastante grande para

 

 

 

 

 

 

 

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que pasara a través un pequeño transporte de tropas.

 

Era estúpido y cruel, pero simple y directo. Tendría que haberlo supuesto, en lugar de proponer complicados viajes de largo aliento.

 

Wembleth: —No se puede ir a ninguna parte si no se sabe… reshtra… no intente adivinar…

 

Roxanny: —¿Y las guerras? ¿Alguna vez lucháis?

 

—He visto carnívoros luchar… contra los hervíboros… Me comerían a mí también. ¿A eso se refiere?

 

—Uuk.

 

¿Qué? Voltear la cabeza no resultaba fácil: Luis estaba retenido en un nido de aparatejos, y había perdido toda sensación por debajo de su cuello. Pero allí estaba Hanuman, en una jaula lo bastante grande para contener a un kzin. Cruzaron miradas de mutua compasión. Entonces, algo bloqueó la visión de Luis.

 

Roxanny Gauthier llegaba tras de un hombre corpulento, tal vez un jinciano10, ambos vistiendo ropas con la insignia de la BRAZO. El hombre se cernió sobre Luis, como apreciando el daño.

 

—Tú has de ser Lewis Tamasan —dijo.

 

—Sí —respondió Luis Wu.

 

—Has atacado a uno de mi personal.

 

Y estoy vivo para lamentarlo.

 

—Lo siento.

 

—Soy el Tec-Principal Schmidt. Eres un prisionero civil. Eso te otorga ciertos derechos, pero estás en mala forma para ejercerlos. Esos aturdidores sólo atontan si uno está lejos, pero tú estabas encima de la Tec-Primera Gauthier. Tienes los huesos hechos trizas desde la cadera hasta la rodilla. El autodoc puede curarte, si te quedas quieto un tiempo. Cinco días, al menos.

 

Nej. Será mejor mostrarse agradable.

 

 

 

 

 

10  Natural de Jinx, mundo de alta gravedad. Una descripción del planeta y sus habitantes puede leerse en el relato At the Core (En el Núcleo), perteneciente a la colección de relatos Crashlander, aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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—Gracias por su ayuda, señor. Pensé que quedaría mutilado para toda la vida.

 

El oficial sonrió abiertamente.

 

—Seguro. Ahora bien, ¿puedo confiar en ti y liberar tus brazos? Eso significa que podrías comer. De no ser así, te entubaremos.

 

—No intentaré liberarme —dijo Luis.

 

—Te podrías hacer mucho daño si lo intentaras. Stet.

 

El cosquilleo en su nuca comenzó a moverse hacia abajo, a lo largo de su médula espinal. Sus brazos volvieron a la vida, el izquierdo muy sensible, magullado desde el codo a las yemas de los dedos… y el renacer de la sensibilidad siguió adelante, hasta…

 

—¡Aaahh! —y retrocedió unos centímetros.

 

Luis podía ahora sentir las contusiones a lo largo de sus costillas, pero no el horrible y agónico dolor que comenzaba en su cadera izquierda.

 

Las manos de Schmidt manipularon un vídeo remoto, ubicado en el límite visual de Luis. El programa de entrevistas desapareció, y el panorama del Mundo Anillo brincó a la vida, floreciendo del techo, y derramándose hacia abajo, por las paredes rectangulares. Schmidt preguntó:

 

—¿De dónde provienes?

 

—Hágalo girar. Un poco más… Stet. Señor, eso es el Gran Océano. Observe a lo largo del borde ubicado más a giro….

 

Luis comenzó a describir el pueblo de Tejedores en el que había vivido el año anterior. La gente, casas, el río, los Pescadores visitantes, la cámara red que el Ser Último —Chiron— había rociado sobre la muralla de piedra de un desfiladero… Estos tecs no tenían ningún modo de comprobar lo que les decía. Y si acaso pudieran, los Tejedores les hablarían de Luis Wu y del Ser Último como de Vashnisht que sostenían alguna especie de reyerta.

 

Pero su mente giraba en brumas. Luis no había bebido en mucho tiempo, pero la sensación era la misma.

 

Schmidt hizo un acercamiento sobre la región del Gran Océano.

 

—¿Tú vives allí? ¿Y tus padres? ¿Quién más? ¿Una familia Kzinti? ¿Ese titerote sobre el que nos ha contado?

 

—No, Chiron no vive ahí. Sólo Finagle sabe… donde vive Chiron —hablaba entre risitas, que lamentaba no poder suprimir. Su lengua se rizaba fuera de control—. Los

 

 

 

 

 

 

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Kzinti no viven en el poblado; vinieron de algún sitio en el Gran Océano…

 

Si acaso lo presionaran, revelaría otra verdad parcial: que Chmeee vivía entre los Kzinti que habían conquistado el Mapa de la Tierra, con nativos y todo.

 

El Tec-Principal Schmidt dijo:

 

—Hay muchos Kzinti llamados Chmeee; fue alguna especie de héroe legendario. ¿A qué te refieres con el Mapa de la Tierra?

 

Luis comprendió que había estado balbuceando, pensando en voz alta. —¿El Mapa de la Tierra? —repitió Schmidt, con voz acerada. —Sí, señor. Allí…

 

Luis señaló hacia el techo: el Gran Océano, donde los continentes de la Tierra habían sido labrados en proyección central alrededor del polo norte, a ciento sesenta mil kilómetros a giro del Mapa de Marte. Sabía ahora que no podría guardar secretos. Tal vez lo habían drogado, tal vez sólo era por los analgésicos. Se mantendría mientras pudiera…, y luego les diría su verdadero nombre, y observaría explotar a Roxanny en su propia cara.

 

—Futz —exclamó Roxanny—. ¿Tienen esclavos humanos?

 

Luis: —Homo habilis. Criadores de Pak.

 

Schmidt: —¿Sin alterar? ¿Como los esqueletos en el desfiladero de Olduvai?

 

Luis: —Nunca vi a ninguno de ellos. Me gustaría ver sus narices.

 

—Tal vez habrán evolucionado un poco —dijo Schmidt, evidentemente hablando para la grabación—. Por lo que ya sabemos, un billón de criadores de Pak han tenido aquí un cuarto de millón de años para evolucionar sin protectores que eliminaran a los mutantes. Los Kzinti habrán hecho un poco de cría selectiva, como siempre… De todos modos, esos homínidos no habrían evolucionado hacia los seres humanos actuales, ¿verdad, Luis?

 

Las palabras de Luis llegaron lentamente.

 

—Bueno… podrían haber desarrollado inteligencia. Después de todo, nosotros lo hicimos. ¿Está pensando invadirles? —se rió—. ¿Acaso rescatarles? Esos Kzinti arcaicos construyeron el velero más grande de la historia, y eso fue hace mil años. No combatirán sólo con lanzas y garrotes…

 

—Podemos abatir sus naves de alta mar. Ahora bien, ¿qué tipo de tecnología ha traído el titerote? ¿Algo novedoso?

 

 

 

 

 

 

 

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Blam.

 

Luis dijo, hablando como Lewis:

 

—¿Cómo puedo saber qué cosa es novedosa?

 

Y se oyó proseguir:

 

—¿Cámaras como telarañas de cobre, que se instalan sólo rociándolas?

 

Pero su voz se perdió en medio de un bramido. El techo mostraba un desconocido símbolo de zozobra: Fuselaje: brecha en*parte delantera*tanque de combustible de estribor. Pérdida de*potencia*en*sección*dos*y*tres.

 

Schmidt y Roxanny extrajeron armas y se movieron, inclinándose para salir por una pequeña poterna oval. Luis habló para nadie:

 

—Posee también discos pedestres… ¿Qué era ese ruido? El Toro Bacota se sacudió. La gravedad se apagó. Habló Hanuman:

—Son invasores. Nos rescatarán, o nos matarán. Es de esperar alguna sorpresa.

 

Ningún protector nos abandonaría en manos ajenas.

 

—¿Por qué no? —se oyó gemir Luis—. ¿Por qué futz no pueden simplemente dejarnos en paz?

 

Pero no oyó la respuesta de Hanuman; el ruido había crecido hasta llenarlo todo. Una nave espacial sometida al abordaje se convierte en una espantosa cámara de ecos.

 

Roxanny Gauthier retornó por la puerta oval y quedó fuera de la visión de Luis. Un momento después, Wembleth pasó flotando a la deriva, demasiado drogado para actuar. Roxanny tocó unos sitios sobre la jaula de Hanuman, y ésta se abrió.

 

Ella habló en un susurro histérico:

 

—No sé qué diablos son. No son Kzinti. Son… como pesadillas —se giró hacia Luis, inmóvil en su jaula médica, y dijo—: Lo lamento.

 

—¿Qué está pasando? —preguntó Luis.

 

Ella cerró sus labios con un índice. Luego se arrastró tras de la jaula médica de Luis.

 

Sólo su arma de proyectiles se veía, apuntando hacia la entrada.

 

Una voz habló desde algún sitio: la voz del Tec Schmidt, sonando demasiado calma.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—A todos: luchamos desde el refugio antiradiación. Puedo ver invasores sobre el fuselaje y en cuatro, cinco, seis, y diez. Han destruido nuestros motores, pero estamos bajo aceleración de todos modos. No sabemos de dónde proviene el ataque. Nos enfrentamos también con fuego fratricida, misiles de la BRAZO entrantes… sesenta y sigue la suma, ningún navío alienígena aún. El Tec-Almirante Wrayne no querrá que nos puedan tomar cautivos, imagino…

 

—¿Por qué no los vimos venir? —susurró ella—. ¡Han de tener una nave invisible! Shh.

 

Volvió la voz de Schmidt:

 

—¡Los misiles viran lejos! —y murió en un rugido de estática.

 

Una sombra parpadeó por delante de la pequeña puerta. Roxanny disparó entre blasfemias. Lo que entró después parecía un enano filmado en cámara rápida. Estuvo detrás de Roxanny antes de que ella pudiera darse vuelta, y Luis no pudo ver el resto.

 

Tres nudosas formas entraron a gran velocidad por la puerta, moviéndose luego más despacio. La cerraron tras de sí. Llevaban puestos trajes de presión. Desplegaron un globo que tenía adosados unos tubos de inflado alrededor de él: una vaina de rescate no muy convencional. Pero no la inflaron.

 

Los pueblos de las montañas derramadas pertenecen a una variedad de especies, pero todas ellas lucen más o menos parecidas: cuerpos corpulentos, piernas y brazos gruesos y cortos, gran capacidad pulmonar, un grueso pelaje que les sirve de aislación, los rostros lampiños. Estos tres habían sido gente de las montañas derramadas, pero ya no lo eran. Vestían trajes de presión y cascos grandes y globulares, y sus caras habían cambiado: bocas rígidas y desdentadas, como picos aplanados; grandes narices romanas; piel sin pelaje, arrugada, como una armadura de cuero. Una mirada momificada, y una extraña gracia al moverse. Habían comido del Árbol de la Vida. Eran protectores.

 

El primero en entrar reapareció, remolcando a una inconsciente Roxanny. Era también un protector, pero no de la gente de las montañas derramadas. Más pequeño, más delgado. Una cara de muerto, que tenía menos nariz que un mono. Luis no reconoció la especie, pero no era alguna de los Pueblos Colgantes. Luis había supuesto que Oboe estaba implicado en el ataque; estaba menos seguro ahora.

 

Introdujeron a Wembleth en la vaina de rescate, y luego a Roxanny. Hanuman entró lentamente en ella, sin luchar. Entonces los protectores se giraron hacia Luis.

 

—Estoy malherido —dijo él.

 

No obtuvo ninguna reacción.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estudiaron la maquinaria alrededor de él, hablando concisamente en una lengua que el traductor de Luis no conocía. Entonces comenzaron a apagar el equipo. Cuando uno estiró la mano por detrás de Luis, el dolor cayó sobre él como si hubiera sido impactado por un camión.

 

Luchó para no desmayarse, manteniendo la atención clavada en su respiración. Más tarde, él recordó muchas cosas. El tacto de las manos, grandes, con dedos romos y nudillos abultados. Sus ojos eran marrones, con pliegues epicánticos. El protector más delgado daba órdenes en monosílabos. Los demás separaron a Luis del doc, lo introdujeron en la vaina de rescate, y la sellaron. Un armazón todavía mantenía inmóvil su pierna y cadera. Dos de ellos estudiaban la maquinaria que lo había sostenido, mientras el tercero cortaba un amplio agujero en el fuselaje.

 

El aire en fuga arrastró la vaina de rescate hacia el espacio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 14

 

 

EL PUEBLO DE LAS MONTAÑAS DERRAMADAS

 

 

 

 

 

El Toro Bacota era un transporte de la BRAZO, construido más como una lanza que como una nave, y portaba varias naves más pequeñas a lo largo de su fuselaje. Un intruso se había pegado como una rémora cerca del extremo de proa. Era mucho más ligero que el Toro Bacota, y parecía el esqueleto de un pez luna: una cabina en el morro y luego una extensa rejilla cuadriculada de viguetas, similar a las que usan las naves mineras del Cinturón para acarrear rocas y mena. Luis no consiguió ver nada que pareciera un propulsor.

 

Los protectores siguieron a la vaina de rescate por el espacio. Varios más, todos protectores de las montañas derramadas, surgieron de la popa del Toro Bacota. Algunos de ellos remolcaron la vaina de rescate hacia la nave intrusa y la amarraron con cuerdas a la rejilla. Luego encendieron los cohetes de sus mochilas y se fueron, abandonando a sus prisioneros en el espacio abierto.

 

Tal vez fuera por las drogas, o por algún mecanismo de defensa de su cuerpo; lo cierto era que el dolor se había retirado de él como una marea. Luis miró el universo a su alrededor.

 

Una miríada de motas claras, inmóviles un momento atrás, fueron barridas en un abrir y cerrar de ojos. Eran sondas espía, y un manotazo de Dios las había eliminado… Pero ¿cómo?

 

Roxanny se meneaba, intentando despertarse. Hanuman sólo contemplaba. Wembleth se veía muy nervioso. Habló; vio que no había sido entendido y cambió la lengua.

 

—No entiendo —dijo su traductor.

 

—Háblame a mí, Wembleth —dijo Luis.

 

—¿Dónde estamos, Luis?

 

—Debajo del Mundo Anillo.

 

Wembleth alzó la vista hacia la negra pared que bloqueaba la mitad del cielo.

 

—Nos caemos…

 

—No hay nada contra qué golpear. Te acostumbrarás al rato.

 

Los protectores volvieron. Dos de ellos empujaban una masa bastante grande: la

 

 

 

 

 

 

 

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jaula médica. La amarraron a la rejilla de carga, al lado de la vaina de rescate. Traían otra carga, y también la sujetaron. Luego de ello partieron todos hacia la cabina, dejando a uno todavía sobre la rejilla.

 

El Toro Bacota se apartó, muy lejos.

 

Luis no sintió ninguna aceleración, más allá de cierto palpitar; pero sintió en su cabeza que su coleta se desplazaba. Debían estar bajo cientos de gravedades. El Toro Bacota sólo se fue. No había visto nada que pareciera un impulsor, ni siquiera un cohete propulsor.

 

Wembleth se había cubierto la cara con las manos.

 

La nave rejilla siguió el rastro de una cañería de drenaje bajo la parte oculta del Mundo Anillo. Una lenta hora más tarde, según el reloj de mano de Luis, la cañería los condujo alrededor del Muro y de pronto los golpeó la deslumbrante luz del sol.

 

Luis miró hacia abajo, a lo largo del interior del Muro del borde. A mil seiscientos kilómetros por debajo de ellos, y contra el Muro, había unos diminutos conos, dispuestos en línea a lo largo de su base. Poco más allá había una amplia costa — veinte a treinta mil kilómetros de costa, probablemente, considerando la altura a la que estaban— y luego una infinidad de agua azul. Volaban a suficiente altura para que se viera la textura del fondo de mar, y unos escasos racimos de islas llanas y grandes.

 

Los racimos de islas eran peculiares. Todos ellos parecían iguales, y también había algo más, aunque Luis no supo discernir qué era. No había visto nunca nada como aquello, y eso significaba que estaban por encima del Océano Opuesto.

 

Caían hacia el Muro perimetral. Habían estado en vuelo por menos de una hora.

 

—¿Wembleth?

 

—¡Roxanny! ¿Puedes hablar? —dijo Luis.

 

Ella parpadeó.

 

—¿Lewis? Te han capturado también… ¿Dónde estamos? ¿Qué son esos seres?

 

—Son del pueblo de las montañas derramadas —explicó Luis—. Hay muchas especies, todas similares. ¿Sabe algo la BRAZO sobre…?

 

—Allí, debajo de nosotros… aquellas son las montañas derramadas —dijo ella—. Son más grandes de lo que parecen. ¿Sabes lo que son en realidad?

 

—Son sólo montañas —dijo Luis, sonriendo para sus adentros.

 

Las montañas derramadas se hacían más grandes. Cada uno de los pequeños conos lucía unos hilos de plata: ríos que corrían por sus flancos.

 

 

 

 

 

 

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—Bajo el suelo del Anillo hay unos enormes tubos —comentó Roxanny—. Por ellos corre el limo extraído del fondo de mar, el que es bombeado por sobre el borde del Muro. Si así no se hiciera, todo el suelo fértil terminaría en los fondos de los mares y nada más crecería en el mundo.

 

La nave caía hacia una de las cumbres. Roxanny prosiguió hablando:

 

—Esas montañas son pilas de desechos marinos que se apoyan contra el Muro del borde, y tienen unos cuarenta a cincuenta clicks de alto. Hay homínidos viviendo sobre ellas; incluso hemos visto unos globos aerostáticos navegando entre los picos. Pero… Luis, creo que quienes nos atacaron eran protectores de Pak. ¿Sabes algo sobre los protectores?

 

—¿Son como los Vashnisht? Hechiceros. Muy listos, muy feroces, y nacen con armadura. Nos preguntábamos si eran sólo un mito. Hay algunos artefactos…

 

—Ah, sí que existen. Uno de ellos parece diferente del resto… —dijo Roxanny—. Lewis, un protector primigenio navegó hacia el sistema de Sol, hace setecientos años, proveniente del Núcleo galáctico. Su rostro se asemejaba al de éste.

 

—El de nariz chata11. Es el que manda —dijo Luis.

 

—¿Cómo sabes eso?

 

Bram y Anne, ambos protectores vampiro, habían encontrado que era sencillo esclavizar a los protectores creados a partir de las gentes de las montañas derramadas. Los montañeses no podían vivir sobre el llano. Cada especie quedó aislada sobre una única montaña, convirtiéndose en rehenes que tenían vedado huir a ninguna parte. Un protector de las montañas derramadas nacía atrapado.

 

Pero Lewis no sabría eso, por lo que Luis dijo:

 

—Lo vi dando órdenes.

 

Avanzaban lentamente por el cielo, hacia una de las montañas derramadas. Luis podía oír el gemido del viento y sentía una vibración en la vaina de rescate. La nave rejilla tenía pobres prestaciones aerodinámicas. Se hundieron por delante de un pico helado; mucho más abajo se veía el verde de los prados y árboles. La nave se acercó al monte y se deslizó de lado a lo largo de una escalera de salientes, y pronto Luis

 

 

 

 

11  Niven llamó a este personaje joker, por la frase común del inglés the joker in the pack: se trata de una persona o cosa que puede cambiar lo que acontece en una forma que no se puede predecir. No hay una equivalencia correcta en castellano. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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pudo ver árboles, campos arados en terrazas y vislumbres de nieve caída formando conos regulares. Kilómetros abajo se veía un paisaje impresionante, una tierra intrincadamente detallada en diminutos mares, ríos, riscos y colinas.

 

Hubo un golpe. Luis fue a la deriva hacia la pared de la burbuja. En ese momento el generador de gravedad se apagó, y cayó contra la pared curva por su propio peso. El dolor azotó su pierna y su cadera.

 

Pudo evitar el desmayarse, sin embargo.

 

—En toda guerra pasan estas cosas, Lewis —le susurró Roxanny—. No me guardes rencor.

 

Ya los protectores se movían alrededor, sobre el hielo y la roca, desatando el botín del Toro Bacota y llevándoselo. Varios trabajaban sobre el autodoc.

 

El protector chato abrió la vaina de rescate. El aire caliente se escapó, dejando entrar otro muy frío. El chato entró, olió y miró por turnos a cada uno de los inquilinos. Roxanny se mostraba recelosa; Wembleth se encogió de puro terror. Los ojos de Hanuman se cruzaron con los del otro protector. No se hablaron, pero se reconocieron el uno al otro por lo que eran.

 

El chato tocó la pierna de Luis y su armazón metálica, con gran cuidado.

 

Wembleth se escapó por la abertura. El chato le lanzó un golpe y falló… o quizá cambió de opinión a mitad de la maniobra. El homínido corrió a lo largo de la cornisa, superó las viviendas cónicas y se perdió de vista.

 

 

 

Wembleth se asfixiaba otra vez. No había suficiente aire. La gente alrededor de él parecía no tener problemas, sin embargo. Unos niños lo miraron con curiosidad.

 

Alzó rápidamente el dispositivo traductor que Roxanny le había dado. El aprendizaje de las lenguas sería más fácil ahora… pero aún tomaría horas. Los forasteros eran siempre bien tratados, pero el Vashnisht era un forastero también. Wembleth sabía que tendría que esconderse de inmediato, y sin ayuda.

 

Las casas eran altos montones de nieve, con un único agujero como puerta. Lo encontrarían enseguida si se refugiaba en una de ellas, y sólo tenían una salida. Consideró la posibilidad de esconderse en un ventisquero, pero sólo por un instante. Se congelaría allí. No llevaba bastante abrigo… ¡y estaba dejando huellas!

 

Un risco de roca desnuda le dio la posibilidad de desandar parte del camino. Siguió por él hasta donde podría saltar por sobre la nieve hacia el angulado tronco de un enorme árbol acodado. Pero sus rodillas lo traicionaron cuando al fin brincó; aterrizó

 

 

 

 

 

 

 

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mal sobre el árbol, se deslizó, se sujetó, y usando las garras de sus pies trepó diez metros hacia lo alto por el tronco desnudo. La cumbre era un denso penacho verde; Wembleth se refugió allí.

 

Incluso podía ver un poco hacia abajo.

 

 

 

Cuatro protectores montañeses, desnudos excepto por el propio pelaje, blanco y espeso, introdujeron el autodoc del Toro Bacota por la apertura en la vaina de rescate.

 

Luis gimió cuando lo movieron. Los protectores eran muy fuertes y sorprendentemente suaves, pero igual le dolió lo indecible. Lo hicieron descender cuidadosamente en la cavidad de terapia intensiva y uno estiró el brazo por debajo de él. Toda sensación desapareció por debajo de su cintura.

 

Aunque el doc militar había sido arrancado a tirones del Toro Bacota, de alguna manera habían conseguido ponerlo en funcionamiento.

 

El chato giró la cabeza cuando Roxanny habló:

 

—Estáis violando varias docenas de leyes, relativas a la BRAZO y sus gobiernos relacionados.

 

El protector contestó en un idioma desconocido.

 

El traductor de Roxanny recogería el discurso, y también lo haría el de Luis. Eso era poco, pero bueno. Inmovilizado como estaba, no había nada más que él pudiera hacer. Se echó a dormir.

 

 

 

Entre la vegetación, Wembleth observó al protector salir de la vaina de rescate. Roxanny lo seguía. Una docena de niños la siguió a ella. El protector rastreó las huellas de Wembleth durante un rato, luego brincó a través del risco, lo examinó con su nariz contra la tierra, y vino directamente hacia él. Trepó con facilidad por el tronco, metió la nudosa mano en el penacho de la cima y sacó a Wembleth.

 

Le bajó del follaje pendiendo de una mano. El homínido estaba congelado de miedo y frío.

 

 

 

Una docena de niños atestaba la vaina de rescate, y muchos más se apretaban fuera. Hanuman hacía bufonadas para ellos. Los niños se espantaron cuando Luis se movió y despertó.

 

Él sonrió hacia la pared de piel blanca y sus dos docenas de ojos.

 

 

 

 

 

 

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—Hola —dijo.

 

Unas pocas voces contestaron. Su traductor no lo hizo.

 

La mayor parte de los dolores por encima de su cintura —el brazo izquierdo y las costillas de ese lado— ya no le acosaban. Se preguntó cuánto tiempo habría debido pasar para notar tal mejoría. Si Roxanny y el chato se habían enseñado el uno al otro su idioma, entonces el protector no había estado hablando en el dialecto local, y eso explicaría que Luis no pudiera dirigirse siquiera a estos niños.

 

Pero Roxanny y el chato venían, y Wembleth de la mano de la mujer.

 

No podrían atravesar fácilmente la muchedumbre para alcanzar la vaina de rescate, pero tampoco lo intentaron. El chato comenzó a dar una conferencia, señalando de vez en cuando a la gente y a Wembleth. Los chiquillos que estaban dentro no podían oír mucho, por lo que fueron saliendo. Entonces el chato envió a Wembleth y Roxanny dentro, echó a los cuatro niños que habían quedado, y cerró la burbuja.

 

Roxanny fulminó con la mirada al protector, que trepaba por los puntales de la rejilla de carga de la nave.

 

—No hablará —dijo Roxanny amargamente.

 

—¿El traductor no funciona?

 

—El traductor funciona bien, pero no tiene nada que decir.

 

—¿Intentas proteger los secretos de la BRAZO? —preguntó Luis.

 

—¡Ella hace lo mismo! —y prosiguió, captando la mirada sorprendida de Luis—: Sí, ella, es todo lo que me dijo. Que su nombre es Proserpina.

 

Los dientes de Wembleth castañetearon cuando habló. Su traductor dijo:

 

—Parece que vamos a dar otro paseo…

 

—¿Estás listo para eso? —preguntó Luis.

 

El homínido tembló violentamente.

 

—Mojé mis pantalones la última vez. Gracias por no notarlo.

 

Luis olisqueó. El aire en la burbuja nunca había dejado de oler limpio y fresco.

 

—Los protectores construyen buenas máquinas —dijo—. Estaremos bien.

 

Vio al chato entrar en la cabina de la nave. La gravedad se disipó.

 

—Estaremos bien —repitió.

 

 

 

 

 

 

 

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La nave rejilla se separó del acantilado, luego se elevó directamente hacia el cenit.

 

El cielo azul se oscureció paulatinamente a negro.

 

—He resuelto el misterio de esta nave —dijo Luis—. El control de la gravedad es…

 

—Por magnetismo —dijo Roxanny, en tono seco—. Para eso debe ser la rejilla. Lewis, hay una red de cables superconductores en el suelo del Mundo Anillo. Si esta nave usa un impulsor magnético, entonces puede actuar contra el Mundo Anillo, atrayéndolo y repeliéndolo. Es como dejar el motor en casa. Se me eriza el cabello de sólo pensarlo… ¿A ti no?

 

—Stet, pero yo me refería a la gravedad de cabina. Es poderosa, pero tiene fluctuaciones. ¿Por qué no solucionarían eso los Vashnisht? Sospecho que son demasiado arrogantes para hacer pruebas de lo que construyen. Lo hacen todo de una vez.

 

—¿Todo eso lo has pensado tú solo, muchacho?

 

Luis enrojeció.

 

—Stet, es magnético —dijo—. El vehículo tendría alcance prácticamente infinito y una enorme aceleración mientras se mantuviera cerca de la red superconductora. La red se podría usar como un arma también, para lanzar misiles y naves. Hasta podría ser considerada como un mensaje.

 

—¿Qué mensaje?

 

—«No puedo invadirte. Soy puramente defensiva». Como una fortaleza.

 

—Hum. O tal vez «Prohibido el paso».

 

—¡Nos caemos otra vez! —estalló Wembleth—. Roxanny, ¿dónde vamos?

 

Roxanny sacudió la cabeza negativamente.

 

Cruzaron una costa maravillosamente fractal, llena de bahías y playas de suaves curvas, y estaban sobre el océano. Océano, y salpicaduras de islas. Si se pensara en ellas como islas, no parecía que se viajara a tanta velocidad…, pero eran en realidad mapas de mundos a escala real.

 

Cerca de la orilla del Océano Opuesto, los racimos de islas se veían un poco escorzados. Pero por lo demás, todos ellos eran mapas del mismo mundo. Un continente algo desparramado, cruzado por una gran cordillera; cuatro cuerpos más pequeños y un archipiélago de diminutas islas dispersas, todos a antigiro del continente, y todos mostrando una textura granulada. Si uno tuviera que decir dónde se encontraba… Por decir algo, si se pudieran comunicar con Oboe, ¿como le dirían dónde se hallaban?

 

 

 

 

 

 

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Pero los trazos de las sombras sobre las islas eran distintas. Sólo algunas de las islas poseían parches de sombra, en forma de cintas y manchas.

 

—¡Éste es el Océano Dos! —exclamó Roxanny—. ¿Supones que iremos a uno de esos mapas?

 

—Seguro. ¿Qué te parece que son esas sombras, Roxanny?

 

—Hum. Estamos demasiado alto para saberlo.

 

Luis no contestó. ¿Qué podría saber sobre eso Lewis Tamasan? Pero esas sombras no podían formarse en un sitio donde era siempre mediodía, y Luis Wu lo encontró extraño.

 

—Luis, Wembleth… hay dos océanos sobre el Mundo Anillo, ¿lo sabéis? —continuó Roxanny—. Por supuesto, están todos esos millares de pequeños mares, de poca profundidad y con costas onduladas, para ofrecer a los habitantes muchas bahías y calas convenientes, y luego esos millones de clicks de tortuosos ríos. Pero además hay dos océanos grandes, contrapesados entre sí: uno con todos los mundos habitados en el espacio conocido sobre él… ése es el que tú conoces, Lewis… y este otro, en el que se repite el mismo mapa sin parar. Evidentemente es la copia a escala real de algún mundo, pero no es ninguno de los conocidos por la BRAZO.

 

Luis comenzó a reírse. Roxanny lo fulminó con la mirada.

 

—¡Hay treinta y dos de estos mapas, todos del mismo mundo! —ladró—. Cuando aterricemos, ¡no sabremos dónde estamos! ¿Te parece divertido eso?

 

—Oh, sí. ¿Tiene la BRAZO alguna idea de a qué se parecería el mundo originario de los Pak?

 

—Pues… a una zona de guerra permanente. Cada protector de Pak procura que los descendientes de su línea genética gobiernen el mundo. Sólo repito lo que dicen los resúmenes —aseguró Roxanny—, y… Nej, toda la información que tenemos proviene de un protector de Pak errabundo, y la sabemos por Jack Brennan, y él era un minero del Cinturón que luego fue vuelto protector… O sea, alguien en quien no se podía confiar demasiado. Por ello no tenemos idea de la forma de los continentes Pak. Tal vez fueran cambiantes. Esas criaturas son poderosas.

 

»Proserpina… Bien, se parece a los esqueletos de criadores Pak que encontramos todavía en Asia y África. ¿De dónde será ella? ¿Del mundo originario? O tal vez del Mapa de la Tierra… Lewis, has dicho que el Mapa de la Tierra tenía al principio criadores de Pak…

 

La nave rejilla descendía hacia un racimo de islas cercano a la orilla de antigiro del Océano Opuesto; tal vez a unos ochenta mil kilómetros de distancia. El Mapa ganaba

 

 

 

 

 

 

 

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en detalle a medida que la tierra se elevaba hacia su encuentro. Había arcos y manchas de sombra sobre la tierra…, pero ¿cómo podían ser sombras, con el sol allá arriba, en el cenit? Parecían casi pictogramas, o algún tipo de escritura. Una montaña solitaria, cerca del punto medio del continente, lanzó cierto reflejo. ¿Viviendas con ventanas?

 

El aspecto granulado de la tierra se convirtió en miríadas de huecos, en patrones circulares de todo tamaño que se mezclaban entre sí, como si la tierra hubiera sido batida por meteoritos. La nave planeó sobre un amplio bosque, reduciendo la marcha ahora. Luis reconoció cadenas de árboles acodados y otra vegetación familiar.

 

—La mayor parte de lo que se encuentra sobre el Mundo Anillo debe haber evolucionado a partir de plantas y animales del mundo de Pak —sugirió.

 

—Muy bien, Lewis —le acarició verbalmente ella.

 

Había algo que llamaba la atención en el formato de todo lo que veían.

 

—Esto es un jardín —dijo Roxanny.

 

—¿Un jardín? ¿Tan grande? —todavía estaban a kilómetros de altura.

 

De todos modos, ella tenía razón. El paisaje no era tierra de cultivo, pero evidentemente estaba trazado. Variedad y color: esas ondulaciones con los colores del arco iris debían ser miles de kilómetros cuadrados de macizos florales. Había grupos variados de árboles en todos los colores del otoño y más, aunque debido a la altura no parecían mayores que los pelos en la barba de un púber. Un llano ahora, sombreado con arcos negros. Estanques, lagos, mares como bandejas de plata, con pequeñas islas puntuales en el centro…

 

—Los jardines formales suelen ser todo rectángulos, a menos que se diseñen ex profeso para semejar una zona agreste —dijo Roxanny—. ¿Qué tipo de jardín es todo círculos, y ninguno del mismo tamaño? Es como… Sí.

 

Como la luna, pensó Luis, pero Lewis no podía conocer la Luna.

 

—¿Como si hubiera habido una guerra? Todos círculos, cada uno un cráter… El mundo de origen de los Pak.

 

—Vashnisht —dijo Wembleth, con certeza.

 

—Sí, el chato trata de impresionarnos —dijo Roxanny.

 

Luis se rió.

 

Vislumbró  unos  rasgos  rectilíneos  asomando  por  entre  los  salvajes  colores.

 

Entonces descendieron bruscamente. Hubo un golpe, y la gravedad cesó de vibrar.

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 15

 

 

PROSERPINA

 

 

 

 

 

Ella hizo bajar la nave magnética en el jardín, diez kilómetros cuesta abajo del hábitat del continente del Penúltimo. Tan pronto como cerró los motores, Proserpina abrió la cabina y se dirigió a popa. Su sentido del orden le impulsaba a ayudar a los alienígenas a adaptarse, pero aprendería menos si les concedía el tiempo suficiente.

 

Aislada, privada de sus sentidos, encarcelada en la Zona de Aislamiento por todos esos millones de falans, Proserpina fue todavía capaz de deducir los detalles generales de la historia del Mundo Anillo: la lucha cuerpo a cuerpo, los juegos de dominio, la reforma de la topografía en grandes extensiones, las alianzas cambiantes, las modificaciones de los modelos genéticos…

 

Había sólo un Centro de Reparaciones, colocado en el lado opuesto del Mundo Anillo respecto de la Zona de Aislamiento. El Centro de Reparaciones podía ser visto como el sitio natural para ubicar el trono del Mundo Anillo. Un Chacal estaba al mando ahora, y eso estaba bien… aunque se lo notaba falto de experiencia e imprudente — eso no era bueno—, y probablemente había sido macho. Los machos siempre iban a la delantera. Allí donde el Árbol de la Vida fuera escaso, siempre un macho lo encontraría primero.

 

El control era el meollo de todo el asunto. En épocas pretéritas, había presenciado conspiración tras conspiración, y siempre halló un modo de mantenerse neutral sin ser destruida. Siempre hubo un Maestro de la Creación, y —después de un temprano y horrible experimento— Proserpina nunca lo fue.

 

Ella saltó por entre los barrales de la rejilla de carga y se deslizó en la vaina de rescate.

 

La hembra humana la encaró a su llegada:

 

—Tenemos que hablar.

 

Proserpina percibió la impaciencia de la Tec-primera Gauthier y la encontró divertida. La mujer era joven, aunque no muy joven para ser un criador. Pero su postura sugería una gravedad diferente; incluso su discurso había cambiado un poco respecto al que Proserpina oyera, cuando escuchaba a escondidas al séquito del Chacal. Gauthier era uno de los invasores; ella tendría mucho que decir, una vez dejara de lado su reticencia.

 

El silencio de Proserpina inquietó a la mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Tenemos que hablar, para que funcionen los traductores —añadió ella.

 

Proserpina no sonrió; no podía hacerlo. Había cruzado unas palabras con ella antes, mientras cazaba a Wembleth en el pueblo de las montañas derramadas, pero no se habían dicho nada importante. Unos pocos sustantivos y verbos: no eran suficientes señales para el dispositivo parlante de la Tec Gauthier. La mujer guardaba secretos.

 

Lo mismo Proserpina. Cuando tuviera que hablar, lo haría.

 

El cuadrumano la miró y no hizo nada. Ella había estado esperando su servilismo. El pequeño protector debía servir a otro, probablemente al Chacal.

 

Uno de los machos le hizo una petición en voz baja. Proserpina no entendió su lengua, pero ya resolvería eso. Se paraba como un local: un poco encorvado, pero perfectamente acostumbrado a la gravedad inducida del Mundo Anillo. No tendría mucho para contar. Lo que pedía estaba claro: tenía hambre.

 

El otro macho estaba herido e inmovilizado, desnudo e indefenso. Él la miró. Proserpina se sintió golpeada por su serenidad. Aunque no era un protector, sin duda tenía una edad avanzada, y era de la misma especie que la mujer. Éste debía de ser el criador sirviente del Chacal, Luis Wu de los Mundos Esfera.

 

—Estáis hambrientos —dijo Proserpina en Intermundo. Los hombres no se sorprendieron, pero Gauthier brincó—. Todos podéis tolerar la fruta. Resolveremos en breve los detalles de vuestra dieta. Somos todos omnívoros, creo, excepto tú —señaló al pequeño—. ¿Cómo os llamáis?

 

La mujer recuperó su aplomo y los presentó:

 

—Lewis Tamasan. Wembleth. Roxanny Gauthier. ¿Cómo aprendiste nuestra lengua?

 

—He abierto una biblioteca —dijo Proserpina. Vio cómo se encrespaba la mujer: ¡La computadora del Toro Bacota! ¡Robada!—. Elegí el nombre de Proserpina revisando vuestra literatura —se dirigía ahora a Lewis/Luis. Wu y el pequeño protector tenían sus secretos también.

 

Batió las palmas.

 

—Podréis alimentaros. Hay frutales aquí, y una corriente de agua.

 

—Tendré que alimentar a Lewis —dijo Roxanny.

 

—Habrás de descubrir lo que es comestible para ti. Vamos ya. Lewis, volveremos pronto. El sistema médico te proporciona nutrientes, pero será mejor si tu aparato digestivo se mantiene en funciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Gracias —dijo él.

 

Roxanny pareció dudar, pero partió.

 

 

 

La mujer siguió al protector. Wembleth siguió a Roxanny, llevando de la mano a Hanuman. El simio marchaba más rápido en cuatro patas que cuando lo hacía sólo con sus cortas piernas.

 

Visto desde detrás, el chato parecía una mujer pequeña, flacucha y calva. Llegaba al metro y medio de altura. Todas sus articulaciones se habían engrosado; su espalda era una columna de guijarros. Roxanny sabía que debía temer a esa criatura, pero no conseguía sentirse intimidada.

 

Proserpina se dirigía a Wembleth en Intermundo. Wembleth le respondía en su propia lengua, y Roxanny prestaba atención a medias a su traductor.

 

—Mi madre nos abandonó. Nunca pregunté a mi padre sobre el asunto; él era quisquilloso al respecto, pero escuché. Ellos solían ir de exploración. Un día, ella se fue sola. A algunas gentes les ocurre; se vuelven hoscas y solitarias, como la Gente del Pantano. Amigables y curiosos cuando jóvenes, cumplen gran rishathra… y luego algo se dispara, y ellos crecen, cambian de actitud y se marchan al pantano. Tuve miedo de que me pasara lo mismo. La cruza entre especies es rara, y no se sabe lo que vendrá.

 

—¿Has rishado con la Gente del Pantano?

 

—Con una muchacha de los Pantanos…, hasta que ella se apareó, y entonces fuimos sólo amigos. Luego ella quedó preñada, y se marchó para criar sola a los niños.

 

Había unos edificios bajos en el bosque. Los árboles los enmascaraban, creciendo sobre las azoteas, o al lado de un minarete. Un enorme árbol había crecido por el centro hueco de un edificio en forma de anillo, de dos pisos de altura.

 

Unas sombras latieron en los límites laterales de su visión. Las sombras de los árboles no se moverían en ese lugar extraño, donde era siempre el mediodía o la noche. Roxanny estaba segura de que había animales en el bosque, mirándolos.

 

Proserpina se movía rápido, lanzándose entre los árboles, arrancando y reuniendo vegetales de variados colores y formas.

 

—Prueba esto —dijo ella al monito de Lewis, poniendo una bola purpúrea en sus manos. Parecía una berenjena, pero largó un jugo rojo cuando Hanuman la mordió, sepultando la cara en la fruta.

 

Proserpina distribuyó otras frutas, y vigiló sus reacciones. El globo amarillo que recibió Roxanny le supo amargo. Ella lo dejó caer. Un puñado de cerezas verdes

 

 

 

 

 

 

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resultó comestible, pero las frutas eran muy ácidas alrededor de las semillas. A Wembleth le gustó el borde interno de un aro amarillo con motas —tuvo que meter su cabeza dentro para comerlo— y la bola purpúrea de Hanuman.

 

—Roxanny, ¿es muy diferente este sitio de vuestros Mundos Esfera?

 

—Mucho.

 

—¿En qué sentido?

 

—No he estado aquí por mucho tiempo. Todavía observo.

 

Roxanny estaba poco dispuesta a hablar. Tarde o temprano, le harían preguntas que ella no debería contestar. Sin embargo, ¿no había cosas que podría aprender de un protector?

 

—Aprendimos mucho antes de que cualquier nave aterrizara —contemporizó—. Es siempre mediodía aquí. Eso podría volver loco a cualquiera. Si alguna vez sucediera una puesta de sol, sería el final del mundo.

 

—Y un sistema completo hecho jirones se desparramaría por el vacío. Bien, eso no es del todo malo. Algunas industrias pueden aprovechar el vacío a veces.

 

—Hace un año derribabas cada nave que se acercaba al Mundo Anillo. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué ya no lo haces?

 

—Había un protector vampiro en el Centro de Reparaciones. Él hizo los disparos.

 

Otro lo sustituyó ahora.

 

—¿Y ahora es un tiempo más tranquilo, más pacífico?

 

—¡No mientras juguéis con antimateria, amiga! ¡Eso tendrá que cesar! Podríais destruirnos a todos, y a vosotros mismos también. Creo que tú debes ser esquizofrénica. Ah, Roxanny, te has sobresaltado.

 

—¿Yo?

 

—¿Eres esquizo? ¿O lo fuiste? Lo fuiste. ¿Cómo fuiste curada?

 

—¡Dejé de tomar la maldita cosa! —gruñó Roxanny.

 

—¿Qué cosa?

 

—La Brigada Amalgamada Zonal solía reclutar esquizoides para los grados inferiores. Pero como hemos tratado por años de eliminar ese rasgo de nuestro acervo genético, es ya difícil encontrar verdaderos esquizos. Sin embargo, hay productos bioquímicos que pueden imitar el estado de esquizofrenia. Uno ve, piensa, y oye cosas que cualquier persona normal no hace. He tomado la droga durante el entrenamiento.

 

 

 

 

 

 

 

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Puedo inyectarme durante una misión, porque hace las cosas más fáciles, pero… trato de no hacerlo. No soy esquizo, Proserpina. Mis genes están limpios.

 

Roxanny cerró sus labios con prensa, luego de esto. Había sido más personal de lo que ella había tenido la intención de revelar.

 

—Has dicho grados inferiores… ¿Los superiores se hacen esquizos? Bien, no importa. ¿Los guerreros como tú tienen niños, Roxanny?

 

—No. Yo no puedo. Me han esterilizado con químicos.

 

Proserpina la contempló largamente. Luego se dio vuelta para juntar más fruta.

 

—Alimentaré a vuestro herido —dijo ella—. Come. Explora. Disfruta. —Señaló vagamente hacia el bosque y sus edificios escondidos—. La corriente está por ese rumbo, síguelo. Hablaremos luego.

 

Roxanny la miró irse. ¿La había dejado realmente para que explore sin supervisión? La perspectiva era aterradora… e irresistible. Estaba en el Jardín del Edén. Dios anduvo por aquí.

 

Por otra parte, no había peligro.

 

 

 

El edificio.

 

Era un toroide. Una sola puerta, sin ventanas. Un árbol del tamaño de una secoya en el centro lo alzaba dos metros de sus fundaciones. Mientras Roxanny vacilaba, Wembleth brincó para alcanzar el umbral, se alzó a brazo limpio y entró. Roxanny esperó un latido, luego lo siguió. Lamentó no tener un mejor armamento que el que el que llevaba en el hueco de su espalda.

 

Roxanny trotó alrededor del perímetro. Era un único cuarto, grande y tubular, inclinado unos pocos grados. No encontró nada de valor. El suelo estaba tapizado de suciedad y hojas podridas. Ninguna iluminación a la vista, excluyendo la azotea transparente. Ni oficinas, ni retretes.

 

—¿Conoces estos edificios? —preguntó a Wembleth.

 

—Trabajo de Vashnisht. Muy viejo. Estas paredes no pueden ser dañadas, pero muchas vidas de viento redondearon esas esquinas. Pienso que los criados del Vashnisht han vivido aquí. Éste era un lecho…

 

¿El pilón de basura vegetal? Roxanny estaba acostumbrada a las placas sómnicas.

 

El siguiente edificio era similar a una casilla de bombeo, en medio de un bosque de tubos. Y lo era, pero también tenía retretes, una enorme tina de baño, y unos

 

 

 

 

 

 

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montículos de polvo que debieron haber sido toallas. Wembleth comprendió: él conocía medios aún más primitivos para aprovechar los desperdicios como fertilizante. Las aguas servidas y las del baño fluían hacia un sistema de aspersión automática. Todo se impulsaba desde la azotea, convirtiendo la luz del sol. Roxanny y Wembleth se pasaron una hora, primero bañándose y luego investigando el sistema. Lo notable consistía en que la maquinaria todavía funcionaba.

 

Roxanny encabezó la marcha a lo largo del río, que corría en dirección del flujo de las pantallas de sombra, hacia antigiro. Llegaron a una amplia playa de arena blanca. Enormes olas la batían, provenientes de un océano interminable.

 

Roxanny probó sus gafas de magnificación. Sabía lo que tenía que ver, pero el horizonte no era más que una línea de neblina; las gafas sólo la ampliaban, revelando las corrientes de calor. Podía mirar detenidamente por cientos de kilómetros, para sólo ver los demás subcontinentes pertenecientes a este mismo y pequeño mapa. ¿Cuánto le tomaría acostumbrarse a la escala del Mundo Anillo?

 

Tendría una mejor vista desde la cima del sitio arcológico12 que se divisaba a lo lejos, pero no era una distancia practicable.

 

 

 

Proserpina hizo una pausa en los límites del jardín para instruir a sus sirvientes. No debían verles los extraños. Ellos tampoco debían ser molestados, ni alejados de los edificios del Penúltimo, largo tiempo abandonados.

 

Cuando volvió, vio que Hanuman la miraba desde un árbol mientras comía.

 

Proserpina le indicó que bajara.

 

—¿A quién sirves tú? —preguntó.

 

El brazos largos dijo una frase musical, luego traducida en Intermundo.

 

—A Oboe. Él deriva de una de las variedades del Pueblo de la Noche. Sus secretos no son míos para entregarlos.

 

—¿Por qué ocultas tu naturaleza a la mujer? ¿Por qué debería yo hacerlo?

 

—Una nave de la BRAZO explotó, hace tres días. Abrió un agujero de tal tamaño en

 

 

 

 

 

12  Arcología: concepto introducido por el arquitecto Paolo Soleri en los ’60, para definir la conjunción de arquitectura y ecología como un proceso integral. Sostiene que la ciudad es un instrumento necesario para la evolución futura de la humanidad. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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el suelo del mundo, que nos habría destruido a todos… —Hanuman describió la posición rápida y exactamente—. Oboe lo reparó.

 

—¿Cómo lo hizo?

 

—Es un secreto. Sin embargo, aquel a quien sirvo se encuentra limitado en sus recursos. Otro acontecimiento como ése, y se terminaría todo. Tú, Oboe y yo tenemos eso en común. Mantener lejos de aquí a las naves de la BRAZO es nuestra única esperanza. Los Kzinti también deben ser apartados, por lo mismo. Los titerotes nos gobernarían de tal modo que nos volviéramos de fiar; modificarían el Mundo Anillo para hacerlo tan seguro, que lo volverían inhabitable para nosotros. Nadie sabe lo que los Forasteros podrían hacer… y hay otras facciones. Pregunta a la Tec Gauthier, o explora cualquier biblioteca de la BRAZO. Entregar información a cualquiera de estos invasores sólo conseguiría atraerles aquí para aprender más. Hablarles de los protectores podría asustarlos, y hacerles cometer tonterías. Premiar a los invasores con datos valiosos…

 

—Basta ya de charla, te he comprendido. ¿Y qué de Lewis Tamasan?

 

—¿Qué fuentes has estado explorando?

 

—Explorar es una palabra demasiado rimbombante. He tenido apenas tiempo para echar una ojeada en las bibliotecas del Toro Bacota y de La Aguja Caliente de la Cuestión.

 

—Busca a Luis Wu.

 

—El Toro Bacota contiene el informe que Wu hizo a las Naciones Unidas después de la expedición del Embustero. ¿Debo esconder su identidad?

 

—Sería conveniente. Está en medio de un frívolo juego de apareo y dominación con la mujer de la BRAZO.

 

—Stet, dejaremos todo como está por un tiempo.

 

—¿Qué es este lugar? —preguntó Hanuman—. ¿Se encuentran en peligro mis protegidos?

 

—No…, pero custódialos, si lo deseas. Éste era el dominio del último rebelde, excepto uno; el Penúltimo —dijo Proserpina—. ¿Me servirás a mí?

 

—No. —Ni ambigüedad, ni vacilación.

 

—Quiero hablar con Oboe. ¿Cómo puedo hacerlo?

 

—Dime lo que quieres decirle, y concédeme un vehículo.

 

—Tengo toda la historia de esta estructura y sus regentes, para ofrecer en trueque.

 

 

 

 

 

 

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El Centro de Reparaciones no es el único secreto del Mundo Anillo. ¿Te atreverías a ocultar mis conocimientos a Oboe?

 

—No. Oboe es más inteligente que tú o que yo, pero no puede actuar sin datos.

 

—¿Dónde se encuentra él?

 

—A alguna distancia, arco arriba.

 

—Habéis venido para investigar la explosión de antimateria. Dejasteis vuestro vehículo atrás, cuando la nave de la BRAZO os capturó… —Hanuman no reaccionó. Proserpina dijo—: No tienes ningún transporte. Y yo tengo sólo esta nave magnética. Construir otra nos retrasaría durante días. ¿Podemos ahorrar tiempo de alguna manera?

 

—Debo llevarte a Oboe, entonces.

 

Proserpina pensó en ello. ¿Podría encontrar el modo de protegerse? ¿O sería su tiempo de morir, si Oboe así lo decidiera?

 

—Arreglaré algunas cosas aquí primero —dijo—. Espera hasta mañana por la noche.

 

 

 

Luis Wu se sentía bastante feliz. Disfrutaba de un largo descanso, postrado en la cavidad de terapia intensiva. Nadie esperaba nada de él. Resolvió dejar que los otros trataran con la Guerra del Margen, el combustible de antimateria, y la lucha entre protectores. Él dormitó, y pensó, y dormitó…

 

Y se durmió, o fue puesto a dormir. Despertó a la sombra, bajo unos árboles altos. El masivo autodoc de la BRAZO ya no estaba amarrado a la nave rejilla. Y el chato se encontraba de pie a su lado.

 

Él trató de no consternarse al ver que Proserpina había vuelto sola. Hanuman debía estar con los demás: él los protegería.

 

—¿Estás bien? —preguntó ella.

 

—Comprueba las lecturas —dijo Luis.

 

Ella le tomó la palabra.

 

—Te estás curando. Se te proporciona nutrición y un calmante. —Tabaleó con sus dedos en una pantalla—. Hum. No entregaría estos datos si no tuvieras heridas internas. Aún están bajo curación. Este otro químico parece un derivado de la raíz del Árbol de la Vida, o algún análogo sintético, pero la máquina no te alimenta con eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Realmente? ¿Del Árbol de la vida? ¿La cosa que…?

 

—Aquí, este tubo.

 

Luis trató de sentarse.

 

—No puedo verlo.

 

Ella dibujó una señal en el aire. Luis reconoció el símbolo, una marca registrada hacía casi quinientos años.

 

—El regenerador…

 

—¿Lo usan para restaurar la juventud en el cuerpo de un criador viejo? Pero tú ya no lo necesitas. Eres un anciano hecho joven. ¿Es el revitalizador uno de los secretos de Oboe?

 

Luis parpadeó.

 

—No. Eso podría ser un secreto de la BRAZO.

 

Le habían dicho cuando niño que el complejo regenerador había sido fabricado por ingeniería genética a partir de la planta de margaritas. Ahora lo golpeó la idea de que el tratamiento de longevidad había sido introducido —cambiando la naturaleza humana para siempre, según se afirmaba— unos doscientos años después de que cierta nave estatorreactora alcanzó el sistema de Sol, proveniente del sistema Pak. Todo parecía coincidir…

 

—Tú eres fértil. Puedo olerlo. Roxanny habló de químicos para hacer estéril a una persona.

 

Luis sonrió. ¿Cómo podría un asexuado protector entender el motivo?

 

—Hace mucho tiempo, perseguía a una mujer llamada Paula Cherenkov —explicó— . Sabía que ella buscaba tener niños. Yo tenía el hábito de alejarme del espacio humano de cuando en cuando, y siempre pensé que algún día pasaría algo de contrabando… pero nunca lo hice. Sin embargo, una vez fui a Jinx.

 

»Algunos mundos piensan del mismo modo que los llaneros sólo cuando les llega la explosión demográfica, pero es que la mayoría no tienen mucho territorio habitable. No pasa eso con Jinx. Cuando necesitan más espacio, simplemente amplían las regiones terraformadas. Solicité de ellos que reconectaran mis vasos deferentes.

 

»Entonces Paula dejó la Tierra, porque realmente quería una familia grande.

 

»Unos años más tarde, introduje una nueva especie inteligente al espacio conocido. Las Naciones Unidas me ofrecieron derechos de procreación por encontrar a los Trinocs, y en pago a mis servicios como su primer embajador. Desgraciadamente, los

 

 

 

 

 

 

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doctores debían restablecer lo que ya había sido restablecido… por lo que, cuando Nessus hizo su oferta, me vine al Mundo Anillo.

 

Proserpina puso sus manos sobre el vientre de Luis y las movió alrededor. Hizo presión encima de su cadera izquierda.

 

—¿Una vieja herida en el abdomen?

 

—Sí.

 

—Queda apenas un rastro. Esta costilla flotante está rajada…

 

—¡Agh!

 

Sus manos como racimos de nueces palparon las adormecidas caderas, y luego se deslizaron por la pierna.

 

—Seis fracturas, tal vez más, todas del lado izquierdo. No importa mucho cuántas son; sanarán todas al mismo tiempo. En cuatro días caminarás, en siete podrás correr. ¿Probarás de comer alguna cosa?

 

Luis señaló:

 

—Aquel fruto es bueno. Los Hinsh nos lo dieron.

 

Ella partió la fruta parecida a un melón amarillo, lo alimentó, y tomó algo para sí también.

 

—¿Quién eres tú? —preguntó Luis.

 

—Soy el protector más viejo con vida, el último de los rebeldes —dijo ella—. Dime quién eres tú. La mujer no lo sabe. Tampoco percibió lo que es Hanuman. ¿Qué piensa que es?

 

—Le dejamos creer que Hanuman es un mono domesticado. En cuanto a mí, ella piensa que soy el hijo de un Tec de la BRAZO que quedó varado aquí. ¿Podemos mantener las cosas así? Roxanny es una detective de la BRAZO, y hay cosas que ellos no deberían saber.

 

—La BRAZO es una de las facciones…

 

—Brigada Amalgamada Zonal, en sus orígenes. Fue fundada en Tierra, y se ha convertido en la policía de las Naciones Unidas desde hace ochocientos años13. Hay

 

 

 

13  La historia completa se relata en The Long ARM of Gil Hamilton, una recopilación de tres novelas cortas aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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unas cien naves de la BRAZO involucradas en la Guerra del Margen. ¿Cuánto sabes del asunto, Proserpina? ¿Has estado espiando en la Aguja?

 

—Sí, lo he hecho. La civilización titerote es demasiado fascinante; podría haberme perdido en ella. De todos modos, ese Ser Último tiene extensos archivos sobre la civilización humana. ¿Conoces el nombre de Proserpina?

 

—La esposa de Plutón, la dama que gobierna los Infiernos. El mito es de origen griego. ¿Es éste el Infierno para ti?

 

—En cierto sentido. Háblame sobre Oboe.

 

—Todavía no. Quiero saber sobre ti. Quiero comprender quién eres.

 

Tuvo la rara impresión de que ella sonreía abiertamente.

 

—Tus señales corporales no son fáciles de leer, siendo que estás en reposo sobre tu espalda, con la cadera y piernas inertes, y el resto conectado a todas esas bombas y sensores. De todos modos, te siento propiedad de alguien. ¿Te posee Oboe?

 

Luis se rió.

 

—Él piensa que me posee.

 

—Y tú no estás de acuerdo, pero no lo odias. Sin embargo, te liberarías si pudieras. ¿Me servirías, tal vez? No, no lo harías. ¿Durante un tiempo, al menos? Quizá, si me conocieras mejor. Bien, no soy propensa a los raptos de furia, las rachas de actividad frenética o la megalomanía, Luis Wu. No sorbo sangre, aunque tú has servido una vez a un vampiro. Me he mantenido pasiva por millones de falans, mientras el resto de mi clase se consumía en las llamas de la guerra. Por supuesto deberás conocerme primero, si tenemos tiempo. Mi historia es complicada. Yo colaboré en la construcción del Mundo Anillo.

 

—He oído eso antes —dijo Luis.

 

—¿De algún criador fanfarrón? Se han hecho enormemente variados, ¿verdad? Mis telescopios no penetran bien la atmósfera, y no me atrevo a viajar para ver más, pero he tratado con las especies de las montañas derramadas. Lewis, o Luis, no te estoy mintiendo. Rompí mis promesas antes de que el trabajo estuviera terminado, por lo que fue concluido sin mi ayuda… pero creo que soy el último Constructor con vida. ¿Quisieras recuperar tus piernas?

 

¿Qué quería decir con eso? Ella se inclinó, alcanzando algo por debajo y detrás de él. El dolor retornó.

 

—¿Puedes tolerarlo? Es mejor si puedes sentir lo que sucede.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Es… es bastante feroz —jadeó él.

 

—Cortaré la entrada de señales a la mitad… —el dolor retrocedió— y cambiaré tu equilibrio químico un poco… —se difuminó ahora—. Listo. Sería bueno que orinaras y evacuaras. El sistema está equipado para manejar eso.

 

—Prefiero la intimidad, por favor.

 

—Stet. —Ella se dio la vuelta para irse—. Luego puedes decirme sobre la gente del Mundo Anillo. ¿A quiénes has encontrado? ¿A qué se parecen? Tengo derecho a saberlo. Nuestros hijos fueron sus antepasados.

 

 

 

Luis meditó sobre el guardar silencio. Pero no era su naturaleza. Y poco podía esconderle a un protector, de todos modos. Y se preguntó si Proserpina habría hecho gotear en él las drogas de la verdad de la BRAZO.

 

Pero el nido de vampiros no era un secreto para mantener oculto. Y era una historia condenadamente buena. Unos criadores —homínidos del Mundo Anillo— habían evolucionado para cubrir el nicho ecológico que en otros sitios ocuparon variados chupasangres. Luis Wu había interferido con el clima sobre un área del tamaño de un mundo. Sus intenciones habían sido buenas —había modificado el ambiente para eliminar a unos peligrosos vegetales, los girasoles esclavistas— pero durante los siguientes años, los vampiros pudieron moverse bajo la cubierta permanente de nubes generada por Luis Wu, crecieron mucho en número y ocuparon la sombra de un edificio industrial flotante.

 

Esto sucedió muy lejos, siguiendo el arco del Mundo Anillo, respecto de donde Luis moraba con los Tejedores. Él había asistido al drama por medio de una cámara red del Ser Último. Luis lo describió para Proserpina, y al pueblo de Tejedores, y eso lo condujo atrás y atrás en el tiempo. Los edificios flotantes unidos para formar una ciudad, y la granja de sombras debajo de ella, que cultivaba cientos de especies de hongos. El Mundo Anillo fuera de su centro, a punto de chocar contra el sol. Y siguió retrocediendo, hasta contarle como había llegado al Mundo Anillo, atraído por una expedición lanzada para explorar algo extraño más allá de cualquier mundo que él conociera.

 

Ella sabía qué preguntas hacer, cuándo guardar silencio, cuándo hacer una pausa y alimentarlo con frutas.

 

—Esta máquina fabrica un caldo nutritivo también. ¿Comerías de eso?

 

Él lo intentó. Eran los ingredientes básicos para alimentar a un soldado herido.

 

—No está mal.

 

 

 

 

 

 

 

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—Comes carne también, ¿verdad? ¿Fresca, recién cazada? Te traeré un espécimen mañana. Mi especie era más carroñera que la tuya, pienso. ¿Cómo regresaste a las estrellas? ¿Por un Ojo de Tormenta?

 

—Algo así.

 

Le habló de Halrloprillalar, la Constructora de Ciudades que afirmaba que su clase había construido el Mundo Anillo.

 

—Ella bromeaba conmigo, pero de seguro lo tenía como leyenda. Por culpa de su especie casi se destruye el mundo.

 

—¿Cómo?

 

—Quitaron los estatorreactores de corrección instalados en el Muro perimetral, para motorizar sus naves espaciales. Proserpina, ¿por qué permitiste que tal cosa sucediera?

 

Cara de póker.

 

—Hicimos que fueran desmontables para que pudieran ser fácilmente suplantados. Suponíamos que se desgastarían con el tiempo. ¿Eso fue parte de la Guerra del Margen?

 

—No. Eso sucedió antes.

 

—Hablaremos del tema en otra oportunidad. ¿Cuándo comenzó la Guerra del Margen?

 

—Nej, no sé. Las primeros naves pueden haber llegado aquí por delante del Ser Último, hace unos cien falans. Tienes la biblioteca del Toro Bacota, ¿verdad? ¿Has conseguido penetrar en ella? Fíjate si acaso tiene algún registro en vídeo de la entrada de la Aguja al sistema.

 

—Lo haré ahora —dijo el protector.

 

Luis pidió, antes que se fuera:

 

—Comprueba cómo están los otros, ¿de acuerdo?

 

—Están seguros aquí, pero lo haré de todos modos. Descansa ahora.

 

Era ya de noche, y sentía la garganta levemente ronca. Durmió.

 

 

 

Cuando despertó, vio a Roxanny y Wembleth dormir dentro de la funda plástica. No los molestó. Luego de una hora despertaron, hallaron una provisión de fruta y

 

 

 

 

 

 

 

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comieron.

 

Roxanny lo alimentó con delicadeza. Tal vez hubiera criado a un niño en alguna ocasión.

 

Ella y Wembleth habían pasado el día anterior explorando mientras Luis yacía en el doc.

 

—Esos árboles acodados son sencillos de trepar. Fue hasta inofensivo, luego de que encontré algo de cuerda. Conseguimos una maravillosa vista. Todo es plano, el horizonte nunca se curva fuera de la vista, y yo tenía esto —señaló sus gafas magnificadoras—. Lewis, ¿has notado una montaña central grande, cuando llegábamos?

 

—Sí, más hacia el interior.

 

—Está plagada de ventanas de la raíz a la cima, pero hay sólo unas pocas de cierto tamaño. El resto semeja por su brillo un rocío, cubriéndolo todo. Yo llamaría a la estructura una arcología, pero es realmente grande, y construido por militares, o tal vez por locos paranoides. Se accede por carreteras rectas con torres al final, maravillosos campos de tiro. Pistas para grandes helicópteros. No vi ningún arma; sólo vi dónde debían estar montadas.

 

»No hay más que ese enorme palacio. Sobre el resto de la isla… sigo llamándolo isla, sólo porque no puedo ver demasiado, pues la mayor parte de ella está desdibujada por lo que parece una niebla. Continente, debiera decir. Los edificios cercanos son todos muy básicos, y no hay nada grande cerca. Wembleth piensa que el lugar aloja criadores, Homo habilis. No vimos ninguno, sin embargo; podrían haber muerto todos, pero… Luis, si esta fuera la residencia de un protector, habría defensas, laboratorios de investigación y bibliotecas, ¿no es cierto?

 

—Bien, está el edificio arcológico —dijo Luis.

 

Ella le sonrió abiertamente.

 

—Lewis, ¿acaso sabes lo que significa arcológico?

 

—Pues… un edificio grande.

 

—Bien… de acuerdo. No creo que ella lo use. Fue dejado aquí por el dueño anterior del sitio. Pienso que Proserpina tiene su base, tal vez sobre los pequeños continentes, tal vez en otro Mapa. Ella no nos habría dejado sueltos allí donde ella trabaja. Este lugar es… ¿recuerdas que lo llamé un jardín? Supón que tuvieras que convertir a la Tierra entera en un jardín… La Tierra es una ecología cerrada, pero esto cambia. Deriva… —ella miraba en su interior, buscando la comprensión—. A los jardineros no les gustan los hierbajos. Y harían algo con los desiertos… No tendrían que

 

 

 

 

 

 

 

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preocuparse de la tundra porque no hay ningún invierno…, pero un jardinero debería controlar el clima.

 

—El clima es caótico. No puede ser controlado —dijo Luis.

 

—¿Y si se tuvieran enormes masas de aire para trabajar? Un área de mil Tierras, y sin patrones de huracán para complicar las cosas, porque no se está sobre una pelota que gira. Las masas de aire no se moverían rápido…

 

Luis se rió.

 

—Stet. Tal vez.

 

—No veremos realmente otros Mapas —dijo ella, deprimida de repente—. No hay naves para los invitados. ¿Qué piensas tú, Lewis? Un supercontinente entero para crear un jardín, y los criadores como parte integrante de él. Defensas en las islas. Telescopios, e instalaciones de investigación. Las minas… No puede haber minería en el Mundo Anillo, verdad?

 

—Sí, si se pudieran alcanzar las montañas derramadas —dijo Luis—. Los materiales formarían capas con el tiempo, según su densidad. En cualquier otra parte, la minería es imposible. Si cavas para buscar petróleo, primero llegas al scrith, y luego está el vacío.

 

—Proserpina puede llegar a las montañas derramadas.

 

Luis se encogió de hombros.

 

—No puedo acompañarte a explorar. Sé cautelosa, Roxanny. Todas las culturas poseen leyendas acerca de alguien que encuentra algo que no debería hallar.

 

—Incluso así —dijo Roxanny—, me gustaría entrar en aquel edificio.

 

 

 

Wembleth y Roxanny salieron otra vez después del desayuno.

 

Proserpina regresó hacia mediodía.

 

—¿Qué son los discos pedestres? —preguntó.

 

—¿Dónde supiste de ellos?

 

—De tu propio informe a la BRAZO, Luis Wu. Pero no has contado mucho ahí. ¿Y si yo tuviera que construir discos pedestres? ¿Hace eso el protector Chacal?

 

—Antes, dime cómo están mis compañeros.

 

—Están explorando. Hanuman se marchó solo, Wembleth y Roxanny andan juntos.

 

 

 

 

 

 

 

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Aprenderán poco en este lugar. El último rebelde en morir vivió aquí. Tomé a mi cargo su hábitat, pero el palacio del Penúltimo está lleno de trampas. Lo dejo en paz.

 

Ella alzó un pequeño ciervo, de casi su propio peso. El animal pendía con el cuello roto. Unos grandes insectos lo sobrevolaban.

 

—Yo misma suelo alimentarme con estas presas. ¿Podrás comerlo?

 

—Tal vez.

 

—¿He de tratarlo con calor?

 

—Sí. Quítale las vísceras. ¿Tendré que…?

 

—Puedes mover la parte superior de tu cuerpo, pero el resto tendrá que descansar. Tus huesos se han fijado, pero requieren reposo para fortalecerse. Yo cocinaré. Puedo investigar cómo.

 

Los olores del asado le dieron hambre. En una hora Proserpina estaba de vuelta, con unas partes ya cocidas. Ella trozó la carne para él. Luis encontró muy agradable el ser servido así.

 

—Siempre oigo a mis espaldas los alados discos pedestres del Tiempo, que me persiguen de cerca14 —dijo ella—. No, come. Tengo que saber qué tan urgente es este problema de la Guerra del Margen. ¿Lo tiene controlado Oboe?

 

—Más o menos —respondió Luis.

 

—Come. En tu opinión, ¿es más, o menos? —y frunció el ceño por lo que vio en su cara—. Menos. Hanuman me habló de la explosión que abrió un agujero hacia el espacio. Yo la vi a la distancia, y supe entonces que debía actuar. Antimateria… Podrían haber destruido toda la vida en el Arco. ¿Previno eso Oboe, realmente?

 

—Sí.

 

—¿Qué has visto?

 

—A Wembleth y Roxanny les agradaría comer un poco de esto —dijo Luis.

 

 

 

 

 

14  “But always at my back I hear / Time's winged footsteps hurrying near”. Frase que alude en forma aproximada a las palabras de Andrew Marvell, escritor y poeta inglés (1621-1678), contemporáneo y amigo de John Milton, en su famoso poema To His Coy Mistress (A Su Graciosa Majestad), publicado en 1681: “But at my back I always hear / Time's winged chariot hurrying near”; Niven cambia la palabra chariot (carroza) por footstep (disco pedestre).

 

 

 

 

 

 

 

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El protector enfrentó su mirada durante un largo latido.

 

—Los traeré —dijo al fin.

 

Puso una gran lonja de carne a su alcance, y se marchó.

 

 

 

La luz del día se decoloraba cuando al fin volvieron. Proserpina y los demás cocinaron su comida afuera. Luis olió el humo de la madera, y la carne asándose. Lo que Roxanny trajo a Luis finalmente incluía verduras: unas frondosas hojas verdeamarillas, y ñames asados.

 

Proserpina se estaba volviendo un experto chef. Comió con ellos, pero sólo carne cruda y ñames sin cocer. Cuando hubieron terminado de comer, ella habló.

 

—Necesito contar con vuestra confianza.

 

Los ojos del arcaico protector se encararon con los de los otros, pero evitando a Hanuman, como si realmente fuera un animal mudo.

 

—Wembleth, Roxanny, Lewis… Realmente tendríais que estar dementes para confiar en mí, conociendo tan poco como hasta ahora.

 

—Cuéntanos tu historia —dijo Luis.

 

Proserpina estaba respetando el secreto de Hanuman, y el de Luis, y quizá alguno de Roxanny también. Pero no había ninguna razón para confiar en ella, y muchas razones para escuchar lo que diría.

 

—Los acontecimientos que narraré ocurrieron cerca del Núcleo Galáctico. Nuestro mundo allí mantenía entre diez y cien millones de protectores de las especies de Pak —dijo Proserpina—. El número variaba sin gobierno bajo la guerra interminable.

 

»Hace algo más de cuatro millones de falans… he perdido la noción del tiempo, hasta cierto punto…, diez mil de nosotros construimos una gran nave de transporte y algunos cazas de reconocimiento. Ochenta años más tarde, seiscientos fuimos designados para ocuparlos.

 

Proserpina hablaba despacio, buceando muy lejos en su memoria. El Intermundo era una lengua flexible, pero no había sido diseñada para manejar algunos conceptos.

 

—Esta tierra emergida es un buen mapa del mundo Pak. ¿Habéis visto su relieve? Círculos por todas partes —dijo Proserpina—. Cráteres de explosiones, nuevos y antiguos, producidos por una interminable variedad de armas. Estos mapas eran todos idénticos cuando los construimos, pero han ido cambiando desde entonces. Sobre el mundo Pak y aquí también, siempre luchamos por lograr cualquier ventaja para nuestra

 

 

 

 

 

 

 

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línea de sangre. ¿Qué pasa, Luis?

 

—Oh, bueno, es… extraño —dijo Luis Wu—. ¿El mismo Mapa, repetidas veces? Vuestro mundo Pak estaba en el Núcleo Galáctico. Las estrellas están muy cerca unas de otras allí. Pero vinisteis aquí, viajasteis treinta mil años luz, sin escalas. ¿Por qué no aprovechásteis algunos mundos más cercanos?

 

—Sí, nuestro sector del universo estaba mucho más densamente poblado en mundos que el vuestro. Interminable espacio a nuestra disposición, y deseado fervientemente, sin reposo. No encontramos ningún modo de ocupar esos mundos en una nave espacial que llevara criadores, porque lucharíamos por tomar ventaja para los propios. Y si solucionábamos eso, afrontaríamos otro problema aún peor. Cualquier mundo requeriría reformas, lo que podría llevar miles de años. Y antes de que el trabajo estuviera completo, nos sería arrebatado por ejércitos de otros protectores, tentados por el suculento bocado. Podíamos ver que esto mismo había pasado antes. Los mundos cercanos a Pak fueron reformados idealmente, y luego convertidos en un yermo estéril mucho antes de que yo naciera. No vimos ningún medio de tomar otros mundos, a menos que pudiéramos cambiar las circunstancias que nos formaron.

 

»Y eso fue lo que hicimos, esos seiscientos de nosotros. Primero, resolvimos evitar los mundos cercanos. Si alguna otra nave podía alcanzarnos, significaba que el mundo estaba demasiado cerca. Encontramos en los archivos datos de un viaje siguiendo el brazo galáctico, una ruta ya probada antes por una nave colonia. La colonia falló, pero sabíamos que ningún peligro intermedio le había impedido alcanzar su objetivo.15

 

»Segundo, nos segregamos de nuestros propios criadores. Los alojamos en un cilindro rotatorio, topografiado como un paisaje. Su alimento crecería allí también, con un reciclado de agua, aire y desperdicios: una ecología cerrada con llave16. Ninguna feromona procedente del alojamiento de los criadores alcanzaría el complejo de control de vuelo. Los criadores no debían amarnos; no serían conscientes de nosotros en lo absoluto. Cualquier protector que violara la prohibición debía morir.

 

»Por supuesto, la selección natural haría su trabajo. Muchos criadores morirían sin la compañía de los protectores… —los ojos de Proserpina buscaron los de los demás—.

 

 

 

 

 

15  Proserpina está hablando de la nave colonia que dio origen a la humanidad en la Tierra, según se desprende de la historia narrada en la novela Protector, aún sin traducción castellana. (N. del Trad.)

 

16  Es un diseño básico que ya Niven había empleado para los dos asteroides-hábitat de los mineros del Cinturón: el Granjero y el Confinamiento, descriptos en el relato “En el fondo de un agujero”, parte de las Historias del Espacio Reconocido. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

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Incluso ahora, tras cuatro millones de falans de evolución, ¿no necesitáis a veces, Gente de las Esferas, la compañía de algo superior a vosotros?

 

—No —dijo Roxanny.

 

—En los archivos se habla de cientos de religiones.

 

—Hemos crecido más que eso —aseguró ella.

 

Después de una pausa momentánea, Proserpina dijo:

 

—Stet. Muchos criadores murieron por falta de nuestra compañía, pero menos por cada generación. Otra vez, muchos protectores descubrieron que necesitamos oler o tocar a los de nuestra propia descendencia, y eso tiene un peso insoportable a veces. A lo largo del viaje, muchos hallaron diversos modos de entrar en el alojamiento de los criadores, y murieron luego de ser atrapados. Muchos otros dejaron de comer. En el primer millar de años, nuestro número se redujo a la mitad. Sustituirlos usando la reserva de criadores era cosa arriesgada: la selección natural cobraría su tributo.

 

»Lo que surgió al final del viaje de trescientos cincuenta mil falans, fue un grupo de protectores que había aprendido a vivir sin el olor de la propia descendencia constantemente en las fosas nasales.

 

»Viramos lejos del mundo que había sido el objetivo anterior. Una colonia allí había fallado, pero no podíamos saber qué tan mal, ni por qué. Podría ser que aun hubiera protectores en el sitio, y nuestra nave era una frágil burbuja. Creíamos que… ¿Sí, Roxanny?

 

—¿Hablas de la Tierra?

 

—Sí, tu mundo, la Tierra. Podríamos haber ido a la Tierra. Pero el Árbol de la Vida no crecía en forma correcta en vuestro suelo. Vuestros protectores murieron, y sus descendientes evolucionaron siguiendo muchas direcciones. No sabíamos eso. Aprendimos demasiado poco de la malograda colonia de Tierra antes de que vuestros desarrollados criadores comenzaran a lanzar ondas de radio hacia las estrellas. Para entonces…

 

Proserpina parpadeó mirándoles, y luego continuó:

 

—Llegamos a la vecindad local. Encontramos mundos que podíamos tomar, pero nuestras ambiciones eran mayores. Elegimos un sistema con un planeta gaseoso gigante, que giraba muy cerca de su estrella. Conjeturamos que se formó lejos en el disco de acreción que hizo los planetas. Luego trazó su ruta durante mil millones de años, comiéndose los mundos menores a medida que se acercaba al sol. De modo que teníamos un sistema planetario ya limpio para nuestra conveniencia, y la mayor parte de la masa reunida en un solo cuerpo, una masa de casi veinte veces la de Júpiter,

 

 

 

 

 

 

 

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Roxanny.

 

»Entonces, nos pusimos a construir. Encontramos dificultades al trabajar tan cerca de un sol, pero conseguimos usar el campo magnético de la estrella para confinar las masas con que trabajamos, en particular el hidrógeno que necesitábamos para los enormes motores de fusión que utilizamos para otorgar su giro al Anillo.

 

» Por regla general, las estrellas que pueden generar sistemas planetarios extensos se dan en racimos. Alrededor de nosotros, por donde fuéramos, había estrellas con planetas, y algunos eran como Pak, o bastante parecidos. Identificamos los que podrían desarrollar enemigos peligrosos. Recolectamos sus ecologías locales y las colocamos sobre unos mapas a escala real de sus mundos.

 

»Pero nunca nos acercamos a la Tierra, Roxanny. Tuvimos miedo. Estudiamos el sistema en forma intensiva, pero a larga distancia. El Mapa de Tierra sirvió de hogar a nuestros propios criadores. Necesitamos cincuenta mil falans para generar una ecología en la superficie interior del Mundo Anillo, pero comenzamos allí, con el Mapa de la Tierra como zona experimental.

 

—¡Las ballenas! —recordó Luis—. Hay ballenas en el Gran Océano. Algún protector tiene que haber ido a la Tierra para que las hubiera.

 

—Puede haber sucedido después de que fui aislada —dijo Proserpina—. Wembleth, ¿entiendes de lo que estoy hablando? —Proserpina cambió de lengua y le habló rápidamente. Luego volvió al Intermundo—: Más tarde te mostraré mapas del cielo, y diagramas. Vosotros deberíais tratar de explicarle a Wembleth lo que es un Mundo Esfera.

 

»Roxanny, estos mapas de Pak son prisiones. Sabíamos que algunos de nosotros quebraríamos alguna ley. Construimos las prisiones primero, como advertencia de unos a otros. Cualquier criminal sería aislado, con un mundo para gobernar y toda una población de su propia clase, igual que si hubiera triunfado cada uno sobre el mundo Pak originario, pero todos éramos rehenes de la mayoría.

 

»Yo fui uno de ellos.

 

—¿Por qué?

 

—Ah, Roxanny… —el lenguaje corporal de Proserpina sugería cierta desazón, y lanzó una risa amarga—. ¡Pensamos que ganaríamos! Once de nosotros pensamos que podíamos tomar el Centro de Reparaciones. Criaríamos a los descendientes de todas las líneas, y luego iríamos eliminando variaciones para volver nuestros propios rasgos dominantes. En mil años estaríamos seguros, aun si el equilibrio de poder cambiara, aun si una sublevación consiguiera matarnos. Planeamos todo eso en una tarde, y recolectamos nuestros recursos tan rápido como pudimos. Incluso así, fuimos

 

 

 

 

 

 

 

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un poco lentos.

 

»Los demás me confinaron en uno de los Mapas, aunque no en éste en particular. Luego separaron un centenar de mis descendientes y los desperdigaron en parejas por toda esa tierra. Tuve que construir sitios en los que ellos pudieran vivir. Debí guiar a los criadores yo misma, de modo que por último se encontraran y mezclaran… o la endogamia los destruiría. Mientras hacía todo eso, el tiempo pasó. Yo estaba fuera del asunto. Los restantes descendientes de mi sangre fueron incluidos entre la creciente población del Mundo Anillo, por lo que sus genes también eran tenidos como rehenes… para evitar que yo hiciera nada.

 

Proserpina calló.

 

—¿Cuánto duró eso? ¿Cómo fue que acabó? —preguntó Luis.

 

—Unos cientos de miles de falans. Sólo estoy conjeturando, Lewis. Wembleth, Roxanny, ¿comprendéis lo que me pregunta? Sobre el Anillo que construimos, la población de criadores creció hasta llegar al billón de individuos. En algún momento se volvió un caos de mutaciones. Las mutaciones son inútiles para un protector; simplemente, no huelen correctamente. Lewis me pregunta cuándo los protectores dejaron de eliminar los mutantes de sus tribus, y por qué. Pero yo he visto demasiado poco. No sé por qué sucedió. Incluso apenas puedo conjeturar el período en que tuvo lugar.

 

»Yo era una prisionera. Pasé largos períodos en plena depresión, sin notar nada a mi alrededor… pero nunca me privé completamente de comida. Cuando al fin volví en mí, fabriqué telescopios, pero no sondas. Teníamos prohibido hacer investigaciones en el exterior, y entrometernos. Con los telescopios yo no podía ver nada que estuviera muy cerca, pero podía estudiar lo que sucedía a lo lejos, siguiendo la curva del arco. Los meteoritos siguieron siendo interceptados. Un Ojo de Tormenta se formó. Conjeturé la dinámica; luego vi la tormenta disiparse. Eso significaba que los otros todavía hacían reparaciones. ¿Qué pasa, Lewis?

 

—Oh, pensaba en tu depresión. Lo siento, no quise interrumpir… —¿Cómo puedo evitar notar que quieres decir algo?

 

—Esos… ataques de depresión, ¿hacen que te distraigas de las cosas? Me pregunto sobre la desaparición de los motores de posición del Muro, y la montaña Puño-de-Dios.

 

—¿Dónde está eso?

 

—Cerca del Océano lejano. Fue un impacto de un gigantesco meteoro, desde abajo del mundo. No se escapó el aire, porque el scrith fue estirado hacia arriba, y se abrió por encima de la atmósfera.

 

 

 

 

 

 

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—Yo no habría actuado. Eso era tarea del protector residente.

 

—En ese momento, había una lucha para ver quién sería el protector residente.

 

Roxanny y Proserpina contemplaron a Luis. Entonces el chato gimió.

 

—He sido negligente…

 

—¿Te entregaron tus carceleros el Árbol de la Vida? —preguntó Luis.

 

—Sí, pero neutralizado. Un virus causa el cambio genético que genera un protector de un criador. El virus vive en la raíz del Árbol de la Vida. El tubérculo neutralizado me alimentará todavía, como alimentaría a cualquier protector, pero no cambiará a un criador. ¿Qué te hizo preguntar eso, Luis?

 

—Oh, sólo una conjetura… —El Árbol de la Vida sólo crecía en el Centro de Reparaciones, por lo que Luis sabía. Aparentemente, había desaparecido de cualquier otra parte—. ¿Es fácil deshacerse del virus del cambio?

 

—Sí.

 

—Pero tú has conseguido más.

 

—¿Cómo supiste eso? Sí, lo filtré del aire cuando se puso lo bastante denso y se dispersó lo bastante lejos, unos cuatrocientos mil falans después de la creación del Anillo. Cultivé el virus y lo agregué a mis plantas. Hice unos criados entonces, no los bastantes para que se notara, y los envié a cumplir misiones. Pero se amotinaron y tuve que matarlos, y la siguiente vez que lo intenté, ya no funcionó. Mis plantas habían sido neutralizadas otra vez, no sé por qué medios, y el virus ya no estaba en el aire. Lewis, tú mismo has comido del Árbol de la Vida ayer noche.

 

Roxanny jadeó. Luis tragó saliva.

 

—Sabía como un ñame… Pienso que probablemente es el ñame, Roxanny. Proserpina, ¿cuándo sucedió eso?

 

—Algo más de un millón de falans después de la creación. Tú sabes lo qué pasó, ¿no es verdad, Luis? Dímelo.

 

Luis negó con la cabeza.

 

—Los protectores desaparecieron. Eso es todo lo que sabemos.

 

—Lo entiendo ahora —dijo Proserpina—. La diferenciación de las especies ha sido extrema en los dos millones de falans que pasaron. Puedo ver qué tan lejos vuestra propia especie ha virado, Roxanny, bajo presiones que favorecen la inteligencia, la pérdida de pelo, el talento para la natación y la carrera en dos piernas. Verán, mis telescopios me permitían observar las montañas derramadas. Comencé a visitarlas

 

 

 

 

 

 

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apenas me atreví, cuando estuve segura de que yo era el último protector en estas tierras.

 

»La Gente de las Montañas se escinde en especies incompatibles, a pesar de que moran en condiciones casi idénticas. He detectado la red de comunicación de heliógrafos montada por el Pueblo de la Noche. Comedores de cadáveres, ¿verdad? ¡Tanta inteligencia, y aún son criadores! Algún protector semiinteligente gobernó el Centro de Reparaciones por mucho tiempo. No puedo adivinar cuántas otras variaciones hay en el mundo.

 

—Miles —dijo Roxanny.

 

—Pero… sobre el Mapa de Tierra, no hay suficiente espacio para que las mutaciones puedan establecerse y competir, y deformarse las unas a las otras. Con el tiempo, mis sirvientes buscaron a lo ancho del Mundo y colocaron a todos mis criadores entre los Pak del Mapa de Tierra. Mi línea tiene que haber prosperado allí… Lewis, ¿qué es lo que escondes?

 

—Lo siento.

 

Ella se alzó sobre él, pequeña pero muy peligrosa.

 

—Dímelo.

 

Postrado en su caja, él dijo:

 

—Tengo a un amigo sobre el Mapa de Tierra. Quiero protegerlo.

 

—Oboe no permitiría a otro protector cerca del Mapa de Tierra. No he sobrevivido tanto tiempo desafiando al amo residente. ¿Qué escondes?

 

Roxanny habló.

 

—Hay Kzinti sobre el Mapa de Tierra. Lewis me lo dijo. Uno de sus compañeros, un kzin llamado Acólito, proviene de allí.

 

—Kzinti arcaicos —aclaró Luis—. No son los mismos de los ejércitos de la Guerra del Margen, sino los que tu gente sembró hace eones en el Mapa de Kzin. Ellos surcaron el Gran Océano en un enorme velero desde su Mapa, y formaron una colonia sobre el Mapa de Tierra, no hace mucho.

 

—Mientras yo estaba bajo depresión —dijo Proserpina—. Dejé demasiado en manos del anterior residente. Stet. Investigaré a los Kzinti, arcaicos y modernos. Tal vez podamos llegar a un arreglo. Pero debo encontrarme con el residente actual.

 

»Esta noche he de marcharme. Trataré con Oboe, de una manera u otra. Puede que falte de aquí por varios días. Tec Gauthier, debes hacerte cargo del herido. Lewis, ¿te

 

 

 

 

 

 

 

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devuelvo tus percepciones?

 

—Lo intentaré.

 

Cuando el dolor llegó, Luis se preguntó si Proserpina se tomaba represalias contra el mensajero de las malas nuevas. Pero no había más que dolor, aunque le corriera de la cadera al talón.

 

—Menéate de lado si quieres, pero con cuidado. No separes nada de lo que tienes conectado. —Proserpina acarició entonces la cabeza del cuadrumano—. Pequeño Hanuman, ¿querrías venir conmigo?

 

Hanuman lo consideró, luego brincó en sus brazos. Ella les miró a todos a los ojos.

 

—Sólo os voy a hacer una proscripción. Todo aquello que podáis alcanzar os está permitido a vosotros, excepto el edificio grande a giro y estribor, y el continente más cercano a antigiro. Estoy segura de que el edificio grande está lleno de trampas, colocadas por el anterior morador de este Mapa; yo misma no me he atrevido a visitarlo. Y el pequeño continente es el sitio donde el Penúltimo guardó las especies peligrosas de Pak. Los análogos de vuestros lobos, tigres, piojos, mosquitos, cactus espinados y setas venenosas, las plantas y criaturas que nunca quisimos entre nuestros criadores. La mayoría de las especies ya estaba extinguida cuando dejamos las estrellas del Núcleo, pero salvamos a unos cuantos. Sería mejor haberlos liberado, de haber supuesto que nuestros criadores mutarían para prosperar en sus nichos ecológicos.

 

Se dio vuelta y se retiró, tan silenciosa y suavemente, que fue como si un fantasma se hubiera evaporado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 16

 

 

REUNIÓN DE MENTES

 

 

 

 

 

¡Ella le dejaría volar la nave!

 

Hanuman se preparó. La silla no era adecuada para él, de modo que la reformó.

 

Proserpina lo miraba.

 

Luego caminaron hacia el bosque para recolectar una carga de fruta. Rápida como el rayo, Proserpina arrebató de debajo de un arbusto a un animal parecido a una comadreja, y le rompió el cuello. Lo cargó a bordo con la fruta y el agua.

 

Ella se acomodó sobre un canapé en forma de herradura e improvisó una red de seguridad. Hanuman estudió el anillo de diales y mandos durante algunos segundos antes de atreverse a tocarlos. Tenían un aspecto algo arbitrario: parecían haberse acumulado a medida que hubiera algo nuevo para ser supervisado.

 

El vehículo no era en nada parecido a un aeroplano.

 

Relajada como si la hubieran vertido en su canapé, Proserpina lo observó mientras levantaba vuelo y descendía en picado, giraba en pendiente casi lo bastante bajo para partirse contra el árbol y el minarete, ascender demasiado rápido, luego más lento hasta que la vibración debida al viento se disipara, luego trepar con calma hacia el vacío, donde podría aumentar la velocidad.

 

La nave magnética era una maravilla sólo comparable a las que había diseñado Oboe. Su potencia era alarmante: podría haberse partido fácilmente en mil pedazos. Su motor era el propio suelo del Mundo Anillo, alimentado por la energía solar que caía sobre los billones de kilómetros cuadrados de las pantallas de sombra. Navegando por las líneas de fuerza magnética, su desplazamiento era más parecido al de un submarino que al de un avión.

 

No todos los mandos estaban destinados al vuelo. Hanuman voló durante algún tiempo antes de intentar cualquier otra cosa. Proserpina lo miraba, pero no interfirió cuando el pequeño protector manipuló los campos magnéticos yacentes por debajo del paisaje. El suelo se alzó y cambió. Bajo la estela de la nave, una corriente de agua comenzó a cambiar su curso.

 

Hanuman ya había visto a Oboe manipular tales fuerzas en el puesto de mando del Centro de Reparaciones. Esa no era sólo una nave espacial: era parte del sistema de defensa de Mundo Anillo.

 

Bajo la guía de la nave magnética, los cables superconductores embebidos en el

 

 

 

 

 

 

 

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scrith por debajo del paisaje podían atraer, repeler o modificar todo lo metálico: meteoros entrantes, naves y misiles invasores, y hasta una tormenta solar o alguna ocasional ola de letales rayos cósmicos. Hanuman podía manejarse bien para orquestar tal defensa: había contemplado frecuentemente a Oboe en su trabajo.

 

La tierra por debajo de la nave era sólo una cáscara sobre el vacío. Sabiendo eso en su tripa, habiendo visto la cara oculta del Mundo Anillo, con sus resaltos que eran cañones y lechos del otro lado, y los huecos que eran sierras, Hanuman supuso que nunca se acostumbraría a ello. Sólo ahora comenzó a sentirse el amo.

 

El amo, si excluía la presencia de un protector más apto. Proserpina era más apta que Hanuman. En su etapa de criador, ella había evolucionado en forma más cercana a la inteligencia; el virus del Árbol de la Vida había hecho su tarea usando como base un cerebro más grande. Tenía también más experiencia, pero Oboe era más brillante que ella.

 

El permitirle volar la nave era un soborno; Hanuman entendió eso bien. También el hecho de que con cada movimiento que hacía le estaba revelando secretos. Hanuman es un maestro piloto, y totalmente prescindible. ¿Qué ha volado? ¿Cuánto habría aprendido sobre él? ¿Cuánto sabría ya? Proserpina se reclinaba, y asistía a todo en silencio.

 

 

 

Circuló por la desnuda y cepillada tierra, a medias escondida bajo capas de nubes. El agujero se había cerrado, pero la atmósfera aun no había fluido totalmente para llenar el vacío parcial. Dijo a Proserpina:

 

—Este cráter hubiera hecho escapar todo el aire del Anillo a las estrellas. Oboe lo cerró.

 

—¿Cómo lo hizo?

 

—No puedo decírtelo.

 

—Me alegro de que haya encontrado un modo de hacerlo. ¿Cómo llegasteis aquí? No fue en una nave lo bastante grande para que mis dispositivos la detectasen.

 

—No puedo decírtelo.

 

—Discos pedestres, ¿verdad? Luis Wu los describió para la BRAZO. Debemos hallar uno. Muéstrame aquellos restos.

 

Hanuman pasó por sobre el enorme globo desinflado que había sido el parche antimeteoritos de Oboe —ella lo hubiera encontrado sin su ayuda, por supuesto— y se cernió por encima de los jirones de una tienda presurizada de la BRAZO.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Aterrizo?

 

—Sí.

 

Se pusieron los trajes de presión y anduvieron por los restos. Él no halló ninguna razón para no contestar a sus preguntas. Lo que ella le preguntó le permitió conjeturar un poco de sus pensamientos y objetivos, aunque Proserpina aprendió más que Hanuman con la conversación.

 

Amarraron la pesada cocina-doc de la BRAZO a la rejilla de carga, y alzaron vuelo otra vez.

 

 

 

El campo de batalla había sido removido. Proserpina anduvo por él, observando primero, luego haciendo preguntas. Hanuman trató de ver lo que ella vería. El sónico no dejaba rastros de salpicadura o señales de quemazón. Había un charco oscuro cubierto de hormigas allí donde Claus había muerto. Marcas de pezuñas: unas bestezuelas habían atravesado el sitio luego del combate. Huellas de unas grandes manos y pies: los Chacales habían acudido al olor de la sangre, pero no habían hallado nada de comer. La naveta de la BRAZO se llevaría el cadáver de Claus.

 

La aerocicleta estaba vuelta del revés, apoyada sobre el tablero y los respaldos de los asientos. Había más huellas grandes, alrededor y sobre el aparato. Los Chacales habían tratado de volarla, pero las trampas de Oboe habían funcionado bien; ellos lo habían convertido luego en una broma.

 

—Oboe es más listo que tú —dijo Hanuman—. ¿Por qué no le dejas hacer lo suyo? Te has mantenido fuera del juego por una eternidad.

 

—Debo asegurarme de su competencia. He de hablar con él.

 

La aerocicleta era demasiado pesada para que los dos protectores pudieran ponerla al derecho. Hanuman se arrastró debajo de ella, activándola. El vehículo se puso en funcionamiento, se alzó del suelo y se enderezó en el aire.

 

Hanuman encendió la holopantalla. Luis debió haber apagado la recepción y dejado activa la transmisión. Ahora bien, ¿cómo esconder la tardanza debida a la velocidad de la luz, para ocultar la posición de Oboe?

 

Hanuman no vio ningún medio, por lo que dijo abiertamente:

 

—Ahora puedes hablar con Oboe, pero él no puede vernos aún. Habrá una demora de media hora.

 

—¿Está del lado opuesto del Arco? La conversación será penosa, entonces… Stet, comenzaré. ¡Oboe! —y aulló lo que Hanuman le había dicho que era el verdadero

 

 

 

 

 

 

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nombre del protector Chacal—. Has estado metiéndote con el diseño básico del Mundo Anillo; tienes que haber conjeturado mi existencia. Mi nombre es… —y siguió un sonido muy poco musical—. Resido en la Zona de Aislamiento. Luis Wu y tu piloto están a salvo. Wu ha sido herido, pero se encuentra en curación. Tengo aquí a la Tec Roxanny Gauthier, de la BRAZO, de la Gente de la Esfera. El kzin Acólito se ha perdido. Supongo que estará contigo.

 

»Quiero intercambiar secretos de fabricación, y acordar una serie de compromisos contigo. Lo que tengo para ofrecer son algunos datos de la construcción del Mundo Anillo y de su historia, más lo que pueda extraer de la mujer Gauthier. Todos queremos proteger al Mundo de aquello que Luis llama la Guerra del Margen. La prisa lo exige. Necesito que me tranquilices respecto a que podrás tapar el cráter, si acaso ocurre otra explosión de antimateria. Asegúrame que puedes mantener a raya a estos intrusos. Hanuman parece experto y apto, pero no es mejor que sus vehículos. Además, mis descendientes directos…

 

Proserpina hizo una pausa, luego continuó.

 

—Debo informarme en cuanto al estado del Mapa de Tierra. Dime lo que sepas. Te paso ahora con Hanuman.

 

Hanuman habló con mucho detalle. Entregó meticulosas descripciones de Proserpina y Roxanny, del Toro Bacota y los guerreros de la BRAZO, de la nave magnética, del vuelo por sobre el Muro perimetral, del continente en el Mapa de Pak, de la vegetación local, probablemente importada de Pak, de los no bien ocultos criados de Proserpina… Concisa como era la lengua de los Amos de la Noche, habló durante largo rato.

 

Cuando se detuvo, no fue porque Proserpina lo hubiera forzado. Él había entregado cada secreto, y la protector no lo había matado para callar su boca.

 

Proserpina saltó de la silla de la aerocicleta.

 

—¿Cómo pasaremos el tiempo hasta que llegue la respuesta?

 

—¿Almorzando? —sugirió Hanuman.

 

—De acuerdo.

 

Extendieron fruta sobre la hierba y añadieron una comadreja muerta.

 

—¿Cómo supones que la están pasando nuestros invitados? —preguntó Proserpina.

 

Hanuman masticó una manzana enana. Citó algo que había leído en la biblioteca de la Aguja:

 

—Cuando el gato anda lejos, los ratones se divierten. ¿Les has dejado un bote para

 

 

 

 

 

 

 

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navegar, o algo que vuele? ¿No? Entonces intentarán alcanzar el palacio del Penúltimo.

 

—No hay ningún acceso —dijo Proserpina.

 

—¿Para ti tampoco?

 

—He diagramado las hipotéticas rutas, pero juzgo inaceptable el riesgo. Las invenciones del Penúltimo no me son de utilidad; no hay nada que pueda modificar para mi uso. Hanuman, no son más que criadores…

 

—Buscarán el modo.

 

 

 

—Hola. ¿Aburrido?

 

—Un poco.

 

—¿Cómo te entretienes?

 

—Cuento mis errores —dijo Luis.

 

Aquí está otro. Un joven no puede recordar muchos errores. ¿O sí? No podía recordarlo, realmente. Había pasado demasiado tiempo.

 

—¿Somos amigos todavía?

 

—Seguro. ¿Por qué no?

 

Ella alzó la cabeza, estudiándolo para detectar alguna señal de sarcasmo.

 

—Lewis, quisiera que me perdones por haberte disparado.

 

—De acuerdo.

 

—Nej, sí que lo haces fácil. Podrías haberme pedido que te perdone por Claus.

 

—Claus se mató a sí mismo, más o menos —dijo Luis.

 

—Tu amigo kzin lo mató.

 

—A la primera oportunidad. Stet, ¿por qué no? Escaparse es el deber de todo prisionero. ¿Por qué, en nombre de la cordura, amenazó Claus a mano armada a un kzin?

 

—Estamos en guerra.

 

—¿Y quién declaró la guerra? Roxanny, ¿quién de vosotros decidió apresarme? Podrías haberme engañado, hacerme dar un paseo… Si lo hubierais hecho así, tal vez

 

 

 

 

 

 

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Acólito podría haber venido también.

 

—¿Y si decías que no?

 

—¿Eres una esquizo? —preguntó él, sinceramente curioso.

 

—¿Qué?… No ahora mismo.

 

La dotación de la BRAZO estaba formada por esquizofrénicos y paranoicos. Todo el mundo lo sabía. En la vida normal, cualquier médico podía recetar medicamentos que mantendrían sano a un esquizo, pero en la BRAZO actuaban sin usarlos, al menos parte del tiempo.

 

Luis no dijo más. Roxanny lo fulminó con la mirada.

 

—Esto es un ataque personal, ¿no es así, Lewis? No me han diagnosticado esquizofrenia. No me uní a la BRAZO por ser esquizo; lo hice por la aventura.

 

—Ah.

 

—Pero hube de drogarme con psicomiméticos. No lo hago más, pero los usé durante el entrenamiento. —Se encogió de hombros—. ¿Quieres dar un paseo?

 

—No saldré de esta cosa al menos por dos días más.

 

—Este lugar es el Jardín de Edén. Te va a gustar. No hay nada peligroso, y Dios anda de viaje. Proserpina acaba de marcharse por un rato.

 

—¿Alguna idea de adónde fue?

 

—No. ¿Por qué piensas que se llevó al mono? Primero supuse que le había gustado como mascota. Luego, que tal vez oliera como uno de sus parientes… ¿Qué piensas de ello?

 

—No creo que huela como un pariente. Al menos, no más que tú o yo.

 

Se hizo un corto silencio. Luego:

 

—Lewis, ¿quieres hacerlo?

 

Él sonrió.

 

—¿En este estado?

 

—Vi que ella apagó el bloqueo de los nervios. ¿Duele mucho?

 

—No demasiado. Es más bien una molestia constante.

 

Él la miró quitarse la ropa. La suya propia debía haberse quedado a bordo del Toro

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bacota. De repente, se sintió indefenso. Y se preguntó qué haría ella si él dijera «No».

 

Roxanny hizo correr las manos por sus pies.

 

—¿Sientes esto?

 

—Sí.

 

Movió las manos hacia arriba, en parte masaje, en parte caricia. Donde él se estremecía debido al dolor, su toque se hacía ligero.

 

La excitación nunca desapareció del todo. Entre la Gente Jirafa él había estado demasiado aturdido y con demasiada prisa. Cuando ella se trepó al doc, él avisó:

 

—Si dejas caer todo tu peso sobre mí, gritaré por ayuda.

 

—Nadie te oirá, mi pobre muchacho. Envié a Wembleth para que localice algo que pueda volar. Vamos a ver si puedo interesarte en esto. Lewis, ¿qué edad tienes tú?

 

—Doscientos…

 

—En serio. —Ella se apretó íntimamente contra él—. A veces pareces mayor. Sabes cosas que no deberías… —las puntas de sus pezones le despeinaron los pelos del pecho cuando se inclinó sobre él—. ¿Cómo sabes tú que hay ballenas en el Gran Océano?

 

—Mi padre me lo dijo. Se puede ver con gran detalle bajo el agua, si vuelas lo bastante alto.

 

—Ah.

 

—Me has estado tratando como un niño, Roxanny. No estoy seguro de que me guste eso. Tampoco de que no me guste. Pero oye, tú eres definitivamente la responsable ahora.

 

—¿De veras? Entonces, vamos a ver qué tan ágil soy. —Con evidente destreza, ella se encajó en él—. Tengo más de cincuenta años, Luis. Este autodoc es mi único suministro del regenerador para el futuro previsible.

 

—Bueno…, no saltes con demasiada energía o lo arruinarás.

 

Ella se rió. Él sintió la ondulación de los poderosos músculos de su vientre.

 

—Roxanny, ¿sabías tú que… el complejo regenerador está hecho del Árbol de la Vida?

 

—¿Qué? ¡No! ¿Quién te dijo eso?

 

—Proserpina. Piensa en las implicaciones. Si las Naciones Unidas jugaron con el

 

 

 

 

 

 

 

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Árbol de la Vida… hace quinientos años… ¿qué más han hecho con ello? Tal vez haya un protector… dirigiendo la BRAZO.

 

Sus ojos se agrandaron.

 

—No lo creo. ¡Lewis, quienes están en la superioridad de la BRAZO son todos esquizofrénicos paranoides! ¡Y ellos no toman sus medicamentos! ¿No puedes…?

 

—Sigue moviéndote. Pensé que era sólo un rumor…

 

—Bueno, todo el mundo lo dice. Nunca hubieran permitido que un protector los dirigiera. ¡Podría asumir el gobierno de la Tierra!

 

—Pero si realmente hubiera un protector suelto, él hubiera dirigido la BRAZO. Y pensaría como un esquizofrénico paranoide, ¿no es verdad? Roxanny, yo debería dejar de distraerte…

 

—Seguro que deberías. Pensar en la BRAZO no es en absoluto divertido. ¿Se siente bien?

 

—Oh, sí.

 

—¿No tienes cosquillas?

 

—Solía tenerlas.

 

—¿Un poco, tal vez?

 

Él se rió tontamente.

 

—No. No.

 

Había dominado sus reflejos táctiles hacía mucho tiempo.

 

No había sido tan buena idea, después de todo.

 

 

 

La imagen de Oboe a través de la holopantalla concordaba con lo que Proserpina había supuesto: mandíbulas alargadas, una cara desnuda de barbas, grandes articulaciones en la mandíbula, fosas nasales planas, pómulos afilados: un Chacal girado a protector.

 

Oboe habló en la lengua Chacal. Proserpina se sintió algo confusa, pero sólo por un instante. Los heliógrafos habían propagado una lengua común. Ella conocía el idioma escrito, y una versión similar se hablaba cerca de las montañas derramadas. También había escuchado a Hanuman mientras relataba datos a la pantalla holográfica. Era sólo un asunto de pronunciación.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Eres un corredor de llanuras omnívoro? Me he preguntado mucho tiempo sobre ti. Tu especie sobrevive aún en el Mapa de Tierra, pero no sin alteraciones…

 

Proserpina aulló. Hanuman trepó y se escondió en la copa de un árbol balón, aun antes de darse cuenta. Pero Proserpina todavía atendía a la pantalla holográfica, y Oboe aún hablaba.

 

—Los invasores Kzinti han estado cruzando los homínidos locales para producir los rasgos que les complacen. El único de ellos que no sigue esta costumbre es un extranjero que vino con la primera expedición, llamado Chmeee. Cuida a los homínidos en su pequeño sector del Mapa, les deja vivir libremente, no come su carne ni permite que sus criados los dañen. Podríamos solucionar tu problema más fácilmente si otorgamos el Mapa de Tierra a Chmeee. Trataríamos con él a través de su hijo, o por medio de su antiguo aliado Luis Wu.

 

»La Guerra del Margen es un problema más arduo. Creo que debemos reunirnos. Tú tienes que conocer el Centro de Reparaciones, y yo no debo dejarte sin vigilancia.

 

»Lo que supuse de ti me induce a creer que has aprendido a no actuar. Tal grado de autocontrol es raro en uno de nuestra clase. Creo que estaría seguro en tu presencia, si puedo ofrecerte garantías razonables respecto a tu propia seguridad.

 

»Una garantía que debieras aceptar es tu conocimiento de lo que soy. Los homínidos en el Mundo Anillo hemos evolucionado como criadores inteligentes. Los de mi propia especie, los Amos de la Noche, perviven como carroñeros. Por ello, normalmente consideramos como indeseable el daño infligido a cualquiera de las razas. Allí donde los otros homínidos viven bien, nosotros también lo hacemos. Las guerras no son buenas para nosotros; generan una superabundancia de alimento, seguida de una vasta hambruna. Las sequías tampoco son buenas, por lo que educamos a los locales para que cuiden el suministro de agua. Los desiertos no son deseables; los guiamos para que los combatan con la reforestación. Tomamos medidas para controlar las inundaciones y dispersarlas. Protegemos las religiones locales, pero las apartamos de las malas prácticas, las guerras santas, los sacrificios humanos y la incineración. Nos mantenemos comunicados gracias a heliógrafos, controlados por los pueblos del Muro perimetral. Mantenemos adecuado nuestro número.

 

»Si no encuentro ninguna razón para dañarte, no lo haré. Si requiero de tu buena voluntad, actuaré en tu beneficio. Aprende lo que puedas de mí, y decide si vendrás a reunirte conmigo. Enviaré una pila de servicio a una cita con la aerocicleta guiada por Hanuman.

 

La cara de Oboe se marchó, pero el cuadro permaneció: unas estructuras esqueléticas en primer plano, sobre un fondo de espacio interestelar.

 

—¡Hanuman! —gritó Proserpina.

 

 

 

 

 

 

 

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El simio protector bajó del árbol.

 

La presión de las manos de Proserpina había doblado los apoyabrazos del asiento delantero de la aerocicleta.

 

—Mis descendientes están siendo almorzados por unos grandes carnívoros de color naranja… —se quejó ella.

 

—¿Sabías eso antes de anoche?

 

—Sabía que la mayor parte del Mundo Anillo estaba fuera de mi control, y prohibida para mí. Esto no es lo peor que imaginé, pero lo asumí con mi cerebro, Hanuman, no con mis glándulas. Ahora dime, ¿qué es una pila de servicio?

 

—Un disco pedestre montado sobre unos platos flotadores. Puedo guiarte a través del sistema de transportadores una vez que ingresemos.

 

—Deberíamos echar una mirada a nuestros invitados primero. Tú toma la aerocicleta; yo llevaré la nave magnética a casa. Tengo algo que hacer.

 

 

 

Caía la tarde.

 

—No es como el rishathra —dijo Luis—. ¿No puedes ver la diferencia?

 

—Niño, tú tienes más experiencia que yo en eso —dijo Roxanny—; por eso lo dices. ¿Qué hacemos para comer?

 

—Podrías ir de caza.

 

—No tengo ganas.

 

—Quizá este sistema fabrique bloques de alimento.

 

Roxanny lo revisó.

 

—Sólo sopa.

 

—Hazme una taza.

 

Ella marcó caldo para dos.

 

—Luis, ¿cómo entrarías tú en aquella montaña?

 

—Ni siquiera la he visto. Fantaseo con volver a caminar, no con trepar una montaña artificial. ¿En qué estás pensando?

 

—Necesitamos un transporte —dijo Roxanny—. Incluso en la Tierra, los edificios

 

 

 

 

 

 

 

 

186 | P á g i n a

 

 

arcológicos son demasiado grandes para explorarlos a pie. Luego yo me ocuparía de la seguridad. Los protectores son muy territoriales, según se dice.

 

—Humm. Esto está muy bueno.

 

Roxanny bebió a sorbos. Era una sopa pesada, granulada.

 

—Te cansarás rápido de esto.

 

—Piensa en los criadores.

 

—¿En qué?

 

—Los criadores. Los Pak que aún no se han vuelto protectores. Monos de llanura, adultos y niños. Corren sin caerse junto a un antílope, mientras lo golpean en la cabeza con un hueso grande y pesado. Puede que conseguir tal sentido del equilibrio haya sido lo que les generó un cerebro grande y complejo. Y todavía pueden trepar. Si hay trampas explosivas en el gran edificio, las habrán colocado de manera tal que los criadores vivan en paz cerca de él.

 

—A menos que sean mantenidos lejos por algo como… pues no sé, ¿una cerca?

 

—Deberíamos esperar una cerca —estuvo de acuerdo él—. Roxanny… No vayas sola, ¿stet?

 

—¿Qué es eso? Hay luz allá fuera.

 

—Las luces de posición de una aerocicleta…

 

Roxanny salió para mirar. Al rato volvió, trayendo a Hanuman de la mano.

 

—Proserpina debió enviar la aerocicleta a casa en automático.

 

—Sí, tiene un piloto automático. Habrá trasteado con él. ¿Dónde está ella?

 

Roxanny se encogió de hombros.

 

—Nadie estaba a bordo, salvo la bestia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 17

 

 

LA CIUDADELA DEL PENÚLTIMO

 

 

 

 

 

Llegado el cuarto día, Roxanny le pidió que caminara.

 

—Falta otro día aún —le aseguró él.

 

—Lo sé, pero las herramientas de diagnóstico dicen que estás casi curado. Ventajas de tu juventud, adivino. Luis, los soldados saltan del autodoc cuando tienen que luchar, y les importa un futz el diagnóstico. Y no les hace daño eso.

 

Luis se sentía tentado, pero…

 

—¿Cuál es la prisa, Roxanny?

 

—Wembleth dice que ha encontrado un camino para ingresar en el edificio.

 

—Ah.

 

—Tenemos una aerocicleta, pero no volará sin ti. Proserpina parece haberla arreglado para sí misma, pero yo aún no puedo. Ella tampoco ha vuelto.

 

—¿Dónde está Hanuman?

 

—En algún sitio del bosque, atiborrándose de fruta, pienso. ¿Por qué?

 

—Hay que vigilarlo…

 

—No, no lo necesita. Luis, no sé lo que Proserpina hace ahora, pero no estará lejos por mucho tiempo.

 

Por ello Luis se deslizó del doc. Con una mano apoyada sobre el musculado hombro de Roxanny cojeó hacia la aerocicleta, donde ya esperaba Wembleth. Sentía pequeños y agudos dolores a lo largo de su pierna izquierda, cadera y costillas.

 

—¿Podremos viajar los tres en esta cosa? —preguntó Roxanny.

 

—Seguro. Wembleth puede encaramarse en medio. Yo iré en el puesto delantero.

 

Luis tomó asiento, acomodándose con cuidado, buscando la posición del mínimo dolor. Wembleth trepó lentamente entre él y Roxanny. Había poco sitio, y la salvaje pelambre del rostro del homínido raspaba el cuello y orejas de Luis.

 

—¿Qué has encontrado, Wembleth? —preguntó.

 

—Un camino hacia la fortaleza —dijo el hombre.

 

 

 

 

 

 

 

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—Stet. Señálame por dónde —dijo Luis, elevando la aerocicleta.

 

 

 

No era simétrico, ni conscientemente artístico. Parecía una montaña como el Matterhorn, todo planos inclinados de piedra oscura, con el esplendente brillo de miles de ventanas. Un amplio llano rodeaba su base, y acababa en un risco casi vertical que lo aislaba del edificio.

 

El llano era una inclinada planicie de oro y negro: líneas y arcos de hierba negra sobre un campo de oro.

 

—¿Qué podrá ser eso? —inquirió Luis.

 

—Lo negro se está muriendo —sugirió Wembleth.

 

—El color negro es bastante razonable para una planta —dijo Roxanny—. La clorofila refleja la luz verde. ¿Y si una planta pudiera aprovechar toda la luz? En el espacio conocido hay algunas que lo hacen.

 

—Sí, pero lo de Wembleth también suena razonable. Esos trazos se parecen a… unas escrituras que hubieran sido erosionadas, en parte borradas. ¿Y qué me dices de la ingeniería genética? El Penúltimo tal vez plantó esas hierbas por decoración. Sea lo que fuere, no parecen tan robustas como el heno o el trigo.

 

Desde cierta altura, el risco se veía realmente artificial. Luis condujo la aerocicleta cerca, luego pasó rozando el suelo a lo largo del borde.

 

—Esto detendría a los monos de las llanuras —dijo Roxanny—, pero no a un vehículo volador.

 

—No. ¿Te sientes afortunada? Los protectores son…

 

—Territoriales, lo recuerdo, Luis. ¿Estamos cerca, Wembleth?

 

—Vuela más despacio. Sube.

 

Luis lo hizo.

 

—Allí —dijo Wembleth, cuando volaban a lo largo del borde del risco—. A la izquierda, hacia estribor.

 

La hierba sobre la inclinada llanura podría ser tomada por un césped, si no fueran tan grandes las plantas. Algunos de los patrones cambiaron bruscamente en la enorme extensión. ¿Acaso el viento? Luis tomó prestadas las gafas magnificadoras de Roxanny. Con su ayuda pudo distinguir a miles de criaturas parecidas a ovejas amarillas.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por delante de su vuelo, el risco de roca se había derrumbado. El suelo por encima se había derramado luego sobre las piedras.

 

—¿Un temblor? Wembleth, ¿qué cosa puede generar temblores de tierra sobre el Mundo Anillo?

 

Wembleth se encogió de hombros.

 

—¿Un meteorito? —sugirió Roxanny.

 

—No veo ningún cráter.

 

—Entonces piensa en esto, chico: tenemos aquí la fortaleza de un protector. ¿Y si algún otro protector quiso entrar?

 

—Eso debió ser mucho, mucho tiempo atrás… —dijo Luis. Una ecología entera, distintas variedades de hierba y un bosque de árboles balón había invadido la roca y la tierra caídas—. Pero… Mirad, aquel rastro es nuevo.

 

Comenzaba con una serie de huellas chamuscadas en los árboles, por debajo de la cuesta demasiado empinada que había sido un muro. Esos puntos dispersos se convertían en un surco recientemente carbonizado, que viboreaba a través del césped y luego se elevaba aún, trepando por las curvas paredes de la Ciudadela.

 

—No nos hemos equivocado respecto a las defensas —dijo Luis—. Alguien trepó esa cuesta, y el armamento defensivo disparó contra él todo el camino. Wembleth, ¿cómo hallaste esto?

 

—Roxanny me envió para echar una mirada. La cuesta se veía peligrosa. Algo debía haber hecho todo este daño. Subí a un árbol para ver mejor. Mira, el rastro sigue a través de aquellos agujeros en la pared.

 

—Si seguimos el mismo camino estaremos más seguros —dijo Roxanny—. Todas las trampas explosivas habrán sido ya activadas.

 

—¿Estás segura? Bueno, entonces no habrá que encender el escudo sónico. —¿Tienes un escudo de alguna clase? ¡Stet, actívalo!

 

—Intentaba ser sarcástico. Roxanny, es de locos entrar allí. Es el castillo de un protector. No hay manera de saber qué trampas él… ¿Cómo lo llamó Proserpina?

 

—El Penúltimo. Fue el anteúltimo sobre este mar de mapas. Podría haber un millón de milagros allí dentro, Luis… No podemos volvernos atrás ahora.

 

Es fácil sentirse cobarde cuando uno no puede luchar y tampoco correr. Luis miró detrás de él, buscando un aliado…, pero la postura de Wembleth era la de avanzar, tan urgido e impaciente como Roxanny.

 

 

 

 

 

 

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Luis conectó el escudo sónico. No podía verlo actuando; no se movían a velocidad tan cercana a la del sonido como para apreciar el efecto.

 

A las ovejas amarillas, escondidas bajo la hierba, las habían estado rodeando unos animales oscuros. Ahora corrieron directamente hacia la aerocicleta, gruñendo locamente. Semejaban unos horribles lobos.

 

Esos animales seguramente ahuyentarían a cualquier Homo habilis que se animara a llegar tan lejos. Luis pasó rozándoles las cabezas, siguiendo el camino trazado por la hierba chamuscada.

 

 

 

Era un tiempo de sorpresas, después de eones de previsibilidad. Proserpina aterrizó la nave magnética en la base, y encontró:

 

No estaba la aerocicleta.

 

Todos se habían ido.

 

Se reencontró con Hanuman entre los árboles frutales. Él no sabía que faltaba la aerocicleta, pero su conjetura fue la misma que la de Proserpina. Corrieron a la nave rejilla y partieron hacia la Ciudadela del Penúltimo.

 

 

 

A medida que Luis seguía el camino de destrucción, encontraron sitios donde las defensas del Penúltimo habían arruinado la gruesa pared de roca, y a pesar de ello las ventanas seguían en su sitio o habían caído intactas al suelo. Los cristales eran hexágonos del tamaño de un hombre. Eran más duras que la piedra. ¿Diamante?

 

Luis podía presentir unos sensores mecánicos observándolo.

 

Lanzó la aerocicleta por un hueco del tamaño de un yate velero.

 

Un sonido les golpeó. Era como el alarido de un millón de voces enojadas gritando de modo incomprensible, afortunadamente amortiguado por el escudo sónico. Una luz ardió hacia ellos, atenuada por las gafas magnificadoras que Luis había olvidado devolver. Detrás de él, Wembleth y Roxanny habían ladeado sus cabezas, con los ojos estallando en lágrimas. Luis buscó el escondite más cercano: un agujero derretido en una segunda pared. Parecía demasiado pequeño para el escudo sónico… De modo que lo apagó, gritó contra el sonido, pasó a través y volvió a conectarlo.

 

El rugido bajó en intensidad, y lo mismo hizo la luz.

 

Se encontraban en medio de un revoltijo de maquinaria, en un corredor curvo de veinte metros de ancho y mucho más de alto. Algunas máquinas eran altas y todo

 

 

 

 

 

 

 

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vigas, como grúas de construcción. Otras parecían a medio terminar. El lugar era similar al taller de Oboe —o el de Bram—, pero más atestado.

 

—Esperaba que quien pasó por aquí hubiera derribado las defensas —dijo Roxanny.

 

Ella se frotaba los ojos. Wembleth parecía estar bien, pero…

 

—¡Este hedor! —dijo Roxanny—. ¡Como el de un circo!

 

Ella tenía razón, aunque «Lewis» no podía haber visto nunca un circo.

 

—Huele como cuando los Carnívoros Rubios salen de cacería —dijo Wembleth—.

 

No lo entiendo.

 

Era horrible, aún con el escudo sónico dejando pasar muy poco de ello.

 

—¿Será el olor de las panteras del planeta de Pak? —sugirió Luis—. Todo esto parece haber sido preparado para ahuyentar a los criadores…, el olor, las luces y el ruido. Me pregunto a qué olerá, para un protector. Este hedor a muchedumbre sin lavarse podría ser de los niños de alguien, millones de ellos. Tal vez mil protectores enojados huelan como esto… ¡Eso es! Esto es una advertencia para protectores.

 

—También para nosotros —dijo Roxanny—. Es tiempo de…

 

Wembleth saltó de la aerocicleta desde un metro de altura, y aterrizó con facilidad, doblando sus rodillas para absorber el impacto. Luego corrió a gachas, zigzagueando entre las máquinas y bultos, siguiendo las huellas medio derretidas que punteaban el suelo. Miró atrás hacia a la aerocicleta, y agitó alegremente los brazos sobre su cabeza.

 

—Estaba a punto de decir que es tiempo de continuar a pie —terminó Roxanny—. Sigamos a Wembleth. Directamente detrás de él, Luis. Nada de atajos. Creo que hace lo correcto; no debemos mostrar demasiado blanco a un posible disparo. Y… tampoco te muevas demasiado cerca de él.

 

—Stet —refunfuñó Luis—. No será inteligente estar muy cerca cuando algo creme al pobre bastardo.

 

Pero el rastro derretido condujo a Wembleth alrededor de la curva del corredor, y luego las huellas treparon por una pared. Ya no se podía seguir a pie. Pidió que acercaran la aerocicleta y subió entre ellos, señalando sobre la oreja de Luis:

 

—Allí arriba.

 

El rastro de la ráfaga había abierto un camino en lo alto. Luis miró a Wembleth, luego a Roxanny. Ella se encogió de hombros.

 

No había ninguna forma de llegar cubierto. Luis lanzó el vehículo directamente a

 

 

 

 

 

 

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través del hueco y lo dejó caer por gravedad. Un rayo —no un láser, sino un chorro de plasma— disparó hacia el agujero luego de que ellos hubieron pasado, y los siguió en su descenso hasta morir en un laberinto de rampas. La pared sufrió un colapso bajo su furia, una docena de metros demasiado arriba para dañar a la aerocicleta.

 

Ahora estaban profundamente adentrados en la montaña artificial. La enorme cavidad interior era un espacio casi del todo vacío, cruzado por un laberinto de rampas de tamaño descomunal. Luis se preguntó si habría sido ideado como una zona de entrenamiento para guerreros. Aun si lo fuera, también había otras cosas notables. Como Roxanny había supuesto, encontraron maravillas. De un lado, toda una hilera de toscas máquinas flotaba por levitación magnética o gravítica. Más allá, unos rayos de luz en medio de una neblina de polvo se curvaban al pasar por un foco centelleante. Había armas —o quizá grupos de instrumentos— montados en los sitios en que dos rampas se cruzaban. Y todos los artefactos se veían arruinados por el calor.

 

Luis se sintió tentado a desviarse del camino de destrucción. Roxanny tenía razón, muchas armas habían hecho pedazos las cosas aquí… pero aún podía sentir los sensores buscándolos. ¿Los esperaban con algo más allá?

 

Flotó cruzando una rampa destruida hacia un ennegrecido tramo de escaleras. Era estúpido suponer que alguna de las trampas no se repetiría, a pesar de que el optimismo de Roxanny parecía justificado hasta ahora. De pronto, un arma de proyectiles hizo llover trozos de metal sobre ellos, pero el escudo sónico los desvió mientras Luis guiaba la aerocicleta al abrigo de otra rampa. Luego dejó el camino para girar alrededor de una pared caída. Algo explotó con luz deslumbrante; el sonido apenas los alcanzó.

 

—¡Esperad! —dijo Wembleth—. ¿Qué es aquello?

 

Aquello era una zona de guerra, iluminada como un anuncio holográfico. Unos escombros parecidos a una pila de tortillas estaban colocados bajo la deslumbrante luz… derretidos, pero no completamente fundidos. Esos escombros habían sido una de las pilas de servicio de Oboe. Un láser instalado en una pared, muy por encima de ellos, bañaba los escombros con una luz blanco perla. Cuando Luis movió la aerocicleta para acercarse, el láser se apagó.

 

La pila todavía brillaba al rojo blanco, pero lucía de color negro en la cima. Esas placas flotantes ya no volarían después de tal tratamiento. Pero el disco pedestre…

 

Oculta ese pensamiento.

 

—El final del rastro —dijo Luis.

 

—Sí —concedió Roxanny—. Yo diría que esa cosa es lo que hemos estado siguiendo, y también diría que estaba armada. Allí abajo… —y señaló al pie de la pila—

 

 

 

 

 

 

 

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. Lewis, ¿qué ves allí?

 

—Más maquinaria derretida. Un brillo de lentillas… ¿Un cañón láser?

 

—Armas, y un escudo protector. Quien haya entrado lo hizo sentado como una gorra sobre esa cosa. Debe haber disparado sobre todo lo que lo atacó, destruyéndolo…

 

—Todo excepto este láser, Roxanny. Esa última arma lo acabó.

 

—¡Esa última arma se agotó hace apenas diez segundos! Todo lo que se había dispuesto para hacernos daño ha sido destruido. ¡Lewis, Wembleth, tenemos una posibilidad perfecta para seguir explorando!

 

Parecía demasiado fortuito para ser creíble.

 

—Tú dices que el láser quedó fuera de uso. ¿Y si sólo se detuvo?

 

—¿Cuál es tu punto?

 

—Vámonos a casa ahora. Mantengámonos en el camino, pero fotografiemos todo. Desandemos la ruta. Estudiemos lo que tenemos. Mostrémoslo a Proserpina, si no podemos solucionarlo por nosotros mismos…

 

—Lewis, ¿para qué hacer tales cosas? ¿De qué nos serviría?

 

—Podría señalarnos otro camino para entrar —adujo Luis—. ¿Tienes tú una mejor idea?

 

—Apearnos, y mirar alrededor por nuestra cuenta. Lewis, si vamos a pie pareceremos unos criadores… De hecho, somos criadores. Dudo mucho que las defensas disparen contra un criador a pie —dijo Roxanny Gauthier.

 

—Los criadores van desnudos. ¿Hemos de desnudarnos?

 

—Tú estás desnudo ya.

 

—Y tú ya estás esquizo.

 

Luis giró la aerocicleta y emprendió el viaje de regreso. Aquella última andanada de plasma había quemado un agujero de tan agradable amplitud en la pared, que llegaba hasta el nivel del suelo. Sería más sencillo salir que lo que les había resultado entrar.

 

Wembleth lo tomó del hombro.

 

—Mira allá arriba. Plantas.

 

Lejos por encima de sus cabezas, la vegetación colgaba de los bordes de una rampa. Parecía un lugar realmente atípico para instalar un jardín.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Conocemos una salida —insistió Luis—. Y sólo una.

 

Roxanny sujetó su brazo. Su voz intentaba ser tranquilizadora.

 

—¿Qué te preocupa, Lewis? Mira, esta rampa es tan amplia como una autopista. Sólo llévanos hacia arriba. Si algo nos ataca, retrocedemos aquí, y estaremos de vuelta sobre el camino seguro. ¿Stet? Vamos, ve hacia arriba.

 

Las rampas no tenían bardas de protección, pero Luis no dijo nada. Roxanny lo veía como un cobarde, y de alguna manera él no podía soportar esa idea. Envió la aerocicleta directamente hacia arriba.

 

Nada disparó sobre ellos.

 

Una selva de color verde se desbordaba por ambos lados de la rampa superior.

 

—Las armas tampoco dispararían sobre las plantaciones —conjeturó Roxanny—.

 

Eso debió ser el suministro de alimentos del Penúltimo.

 

—Tú no sabes nada de eso, ¡y arriesgas nuestras vidas!

 

—Eso es lo que hacemos todo el tiempo los detectives de la BRAZO, Lewis. También es nuestra última posibilidad de aprender algo sin Proserpina al mando. ¡Y ella no es mi oficial superior! Llévanos allí, Lewis.

 

—¿A la selva?

 

—Sí.

 

Él comenzó a girar hacia allí, y algo los encontró.

 

El escudo sónico reverberó como una gran campana, y siguió sonando. Luis gritó contra el sonido. Anuló el motor de ascenso, y rogó que Roxanny no se hubiera equivocado respecto de la salida. La aerocicleta cayó, y en medio de la caída él dio potencia y atravesó el agujero.

 

 

 

A partir del momento en que quedó a la vista de la Ciudadela, la nave magnética fue detectada. Proserpina trabajó duro para atenuar las longitudes de onda que reflejaba la nave. Cuando se acercaron a la montaña, algo vino hacia ellos: unos proyectiles repicaron sobre la nave, luego se desviaron lejos. Un rayo cayó luego, y también se desvió. Hanuman siguió volando; era todo que podía hacer mientras Proserpina combatía.

 

Su camino no estaba en duda. Esperó que la Tec Gauthier hubiera seguido la ruta marcada por la quemazón. De todos modos, aunque lo hubiera hecho todavía podía morir de cien maneras distintas, y sus compañeros también.

 

 

 

 

 

 

195 | P á g i n a

 

 

—¿Sobrevivirán? —preguntó.

 

Proserpina no contestó. Sus campos arrancaron cuidadosamente una sección de la pared. Había un muro interior, y también lo abrió. Una luz llameó y se apagó. Hanuman vio algo parecido a una colmena. Proserpina llevó la nave adentro.

 

 

 

Luis sintió unos fuertes brazos a su alrededor, depositándolo sobre una superficie plana. Todo le dolía.

 

Los dolores le eran familiares: las heridas de las que había estado curándose, más un golpe en su mandíbula y un silbido en sus oídos. Abrió los ojos. Roxanny alzaba a Wembleth y lo colocaba en el asiento de delante; unos hilos de sangre corrían de la nariz y oídos del homínido.

 

—¿Estás despierto? —gritó ella. Él apenas podía oírla—. Ven, ayúdame con él. — Levantó al homínido, sentándolo correctamente, e intentaba conectarlo a los sistemas médicos—. Nosotros teníamos redes de accidente —dijo ella—, pero él no. Puede haberse roto el cuello, o incluso la columna. Mira, tiene una hemorragia nasal…

 

—Tú también —gritó él.

 

Ella lo miró.

 

—También tú. Adivino que debió ser el sonido. Nej, ¿está muerto?

 

Luis, ayudado por Roxanny, terminó de acoplar a Wembleth al sistema médico. Las lecturas titilaron.

 

—Está vivo —dijo Luis—. Tiene traumatismos por todo el cuerpo. Se sentirá como yo cuando se despierte.

 

—Esto le proveerá con el complejo regenerador, ¿verdad?

 

Aquella antigua marca registrada…

 

—Sí. Wembleth nunca ha usado el complejo regenerador antes. Y creo que él es viejo, Roxanny. Probablemente necesite el suministro entero.

 

—Nej. Ese habría sido mi suministro. Bien, Lewis, pon las manos sobre los mandos.

 

—No podremos volar en esta posición. Deberíamos sentarnos en los asientos —dijo Luis, mientras hacía lo que ella le pedía.

 

—Lo sé.

 

Ella puso sus propias manos en el comando de vuelo y el teclado numérico.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Encendió el motor de despegue, y entonces empujó a Luis con fuerza en el pecho. Él voló hacia atrás en el aire.

 

Cayó desde una altura de dos metros, y golpeó la roca. Una marea de dolor se volcó sobre él. Apenas podía respirar. Vio que la aerocicleta se alzaba, y quedaba suspendida en el aire.

 

—Tú eres Luis Wu —dijo Roxanny, inclinándose desde el asiento de popa para encontrar sus ojos—. Tienes doscientos cincuenta años de edad. Eras sirviente del titerote de Pierson hasta que cambiaste de amo, y ahora sirves a alguien que no me interesa describir…

 

Gimiendo de dolor, Luis se alzó sobre sus rodillas, luego procuró ponerse de pie. Intentó estirarse para atraparla, pero la aerocicleta ya flotaba fuera de alcance. Los mandos no deberían haber respondido a otras manos que las suyas. Tal vez Proserpina había eliminado el sistema de seguridad para poder usarlo ella misma.

 

Preguntó Luis:

 

—¿Qué sucede contigo?

 

—Hice que Proserpina me lo dijera, aunque ya lo había adivinado, Luis. Hay demasiadas cosas erróneas en el modo en que actúas. Me has tomado por tonta…

 

—No, Roxanny, no. Preferí ser tratado como un muchacho, siendo joven otra vez. ¡Nada de responsabilidades! Roxanny… —Luis Wu huía de la BRAZO… pero no podía decirle eso. Había muchas otras cosas que ella no podía saber, porque Luis quería seguir libre. De modo que le dijo—: Roxanny, yo te amo…

 

Ella señaló hacia la masa que todavía brillaba al rojo.

 

—¿Qué es eso?

 

—Una pila de servicio. Una serie de placas flotantes, de… de otra parte del Anillo.

 

—¿Y las armas? Aquéllas.

 

—No lo sé.

 

Pero podía suponerlo. Oboe debía haber perdido alguna pila de servicio cuando la envió a explorar la Ciudadela. Había armado otra y había entrado en ella, y ésta llegó tan lejos como pudo.

 

—¿Y eso de color plata que está montado arriba?

 

Él no podía decirle la verdad.

 

—Es un disco pedestre de los titerotes, ¿no es así? —preguntó ella—. Y eso envía

 

 

 

 

 

 

 

197 | P á g i n a

 

 

la luz, las balas y cualquier cosa que caiga en él hacia algún otro sitio. Eso significa que funciona todavía, y por eso funciona todavía…

 

—¡Es muy peligroso! ¡Roxanny, no tienes ni idea de adónde conduce eso!

 

—¡Me has mentido todo el tiempo! No soy una niña —Roxanny lo estudió—. Al principio no creí en lo que me dijo Proserpina, porque no me habías hecho el amor como un hombre mayor. Pero luego te probé, y lo hiciste.

 

—¿Y cómo puedes tú saberlo?

 

—Había un profesor.

 

—Roxanny…

 

—Bien, ya es peligroso quedarse aquí. Pienso que habrá que intentarlo.

 

La aerocicleta se elevó y se deslizó de lado.

 

La arruinada pila de platos brillaba de un color rojo apagado. La superficie por encima era de color plata mate. Roxanny dejó caer la aerocicleta hacia allí y desapareció.

 

 

 

Estaba vuelta del revés, y caía. El aliento de Roxanny se derramó en un largo y silencioso grito. Caía a lo largo de una roca lisa, roja y vertical, hacia la arena de color ocre, muy abajo. Debajo de sus pies había un cielo azul marino, con trazos rosados.

 

Entonces la aerocicleta se corrigió y comenzó a elevarse otra vez, pero su grito permaneció. Había surgido en Marte, con el escudo sónico desconectado. En el vacío tienes que gritar, o tus pulmones estallan.

 

¡Marte!

 

Era ridículo. Insano. Pero ella conocía el lugar, se había entrenado en Marte. Sus sentidos giraron y encontraron el Arco, el Mundo Anillo elevándose sobre ella. Entonces… no estaba loca de remate; este sitio no era Marte sino el Mapa de Marte, ubicado en el Gran Océano, al otro lado del Anillo. Pero ella y Wembleth estarían muertos en minutos, en una atmósfera que sería un buen veneno si no fuera demasiado tenue para que importara.

 

La sangre que todavía brotaba de su nariz se estaba espumando. La boca de Wembleth estaba abierta en un largo grito; se había prendido de los mandos de la aerocicleta como si estuviera estrangulando a alguien.

 

El vehículo se detuvo en su ascenso por debajo de un disco solitario, plateado por encima, igual que el que ellos habían atravesado: un transportador colocado en

 

 

 

 

 

 

198 | P á g i n a

 

 

posición invertida.

 

Wembleth extendió la mano, jalando del umbilical que lo ataba al autodoc de la aerocicleta. Golpeó con un puño en el borde del disco pedestre. El borde saltó, y apareció un teclado. Su puño aporreó los botones. Entonces tomó los mandos de la aerocicleta, y el vehículo cayó, se enroscó en el aire, y se elevó para tocar la superficie inferior del disco pedestre.

 

Había aire, y un cielo azul celeste.

 

Roxanny sorbió el aire, jadeando por un rato. Luego dijo:

 

—Estupendo… —un crudo susurro emitido por su garganta. Abrazó a Wembleth—. Estupendo. Nos has salvado. Aquella cosa habría venido tras de nosotros. También Proserpina. Y Lewis… Luis Wu. —Luego de un largo momento levantó la cabeza—. Has tocado los controles al azar, ¿verdad? Me pregunto dónde estaremos.

 

Se podía ver todo alrededor. Estaban en una diminuta isla, en medio de un mar plano y tranquilo. Sólo malezas crecían allí. Parecía un lugar seguro para dejar un disco pedestre y su pila de platos de servicio.

 

Roxanny abrió la tapa de los controles y tocó varios de ellos.

 

—Listo —dijo—. Vamos a ver si nos encuentran ahora.

 

 

 

Luis se tambaleó hacia la pila de servicio. Lo haría mejor si tuviera un bastón o una muleta. Se detuvo a unos metros, porque el calor era demasiado fuerte. Tenía que ir detrás de ella… pero no podía acercarse. Se sentó para pensar.

 

¿Saltar al disco pedestre desde la altura de una rampa? Oh, sí, seguro…

 

La pila de servicio no se mantendría caliente por siempre… pero tardaría mucho en enfriarse. ¿Un día, quizá dos? Tendría que alimentarse mientras esperaba.

 

En un minuto más, comenzaría a subir hacia el jardín colgante.

 

Una luz chisporroteante lo despertó. Se había dormido, o tal vez desmayado. Miró sin sorpresa la nave de Proserpina descendiendo; unos láseres le disparaban desde una docena de direcciones. La nave rejilla vaciló. Entonces todos los láseres explotaron en bolas de fuego, y la gran nave se cernió sobre él.

 

Hanuman, en traje de presión, surgió de la abierta escotilla.

 

—Se fueron por allí —explicó Luis—. Tengo que seguirlos, pero está demasiado caliente. ¡Espera!

 

 

 

 

 

 

 

199 | P á g i n a

 

 

Hanuman brincó. Aterrizó sobre el disco pedestre y se había ido.

 

¿Qué lo había puesto en funcionamiento, de todos modos? ¿El calor del plasma? ¿Un aleatorio balazo? Debió haber sido algo así. ¿Por qué iba Oboe a dejar aquí una pila de servicio con el disco pedestre abierto? Luis vio ahora a Proserpina en la escotilla, llevando puesto su traje de presión.

 

—¡Cuidado, aún está en funcionamiento! —le gritó.

 

Ella se lanzó hacia el disco pedestre y también se fue.

 

La nave rejilla dio la vuelta, tanteando a ciegas. Luego se alzó hacia el agujero en la pared, desapareciendo por él.

 

 

 

Luis se preguntó qué tan grande era el problema en que se encontraba.

 

Todos lo habían abandonado. No se había sentido tan solo desde… Bien, no podía recordarlo. Roxanny lo había dejado atrás. ¿Cómo podría explicarle él…? ¿O acaso ella había entendido demasiado bien?

 

Había pensado en ella como su mujer, signada por el destino; la única hembra Homo sapiens en una inmensidad del tamaño de tres millones de mundos…

 

Pero Roxanny se había llevado la aerocicleta, y Proserpina había programado la nave magnética para que volviera a casa. Luis estaba a pie.

 

Era noticias buenas y malas. Le esperaba un largo camino hacia las fuentes de alimento, pero al menos sería todo en descenso. No se moriría de hambre. Las defensas del palacio del Penúltimo tampoco lo atacarían, si había que dar crédito aún al análisis de Roxanny: sería detectado como un Homo habilis vagabundeando. Ya estaba desnudo, incluso.

 

Pero tenía que hallar agua, y lo más pronto posible.

 

Debía haber alguna reserva de agua allá afuera, para que aquella enorme llanura se mantuviera tan verde. De hecho, sabía dónde había agua, y era más cerca aún: no lejos por encima de su cabeza. Su mirada echó a correr por las rampas vecinas, las que llevaban a los jardines colgantes.

 

Comenzó a andar. Nada le disparó. Tal vez Proserpina hubiera acabado con lo que quedaba de las defensas del Penúltimo.

 

Descansó cada vez más con frecuencia. Por último, avanzaba penosamente. Un bastón le hubiera sido realmente útil. Tal vez hallara un árbol joven en el jardín colgante; se procuraría uno. Una vez conseguida el agua, de vuelta a la base de

 

 

 

 

 

 

 

200 | P á g i n a

 

 

Proserpina. Subiría al doc de la BRAZO, y acabaría de curarse. Ya pensaría qué hacer después.

 

Hum. Conocía aquel aroma…

 

Había encontrado… ¡el suministro de Árbol de la Vida del Penúltimo!

 

Fue una gran cosa, pensó vertiginosamente, el que no hubiera conseguido aterrizar la aerocicleta en el jardín. Roxanny habría comido de las raíces. Ella era… tal vez mayor de lo conveniente, o tal vez no, por las décadas ganadas con el complejo regenerador. Se hubiera convertido en protector, o tal vez hubiera muerto. Wembleth habría comido también, imaginó; el elegante pelaje blanco y negro del nativo podría ser signo de edad avanzada.

 

El agua, manando desde arriba, caía sobre la rampa y corría entre las plantaciones. Luis se introdujo en el canal y avanzó por el líquido sobre sus manos y rodillas; la superficie rozaba su vientre.

 

Sólo se detuvo una vez, cuando descubrió cierta tela brillante bajo sus rodillas. Descubrió que era una falda de mujer, con un holograma que corría todo alrededor: potros salvajes corriendo por las colinas de Wyoming, una y otra vez…

 

No había manera de saber cuánto tiempo había estado allí, en el fondo del canal. La tela era buena, no se pudrió. Teela había tenido una falda como ésa; la había comprado en una tienda de Phoenix. Luis avanzó a gatas otra vez.

 

Se introdujo lentamente en el jardín, chorreando agua, arrastrando la falda detrás de sí. Había árboles: podía tirarse a sus pies. No había sólo el Árbol de la Vida aquí. Vio frutales, alubias, mazorcas de maíz del tamaño de un puño…. Se arrodilló y comenzó a

 

cavar.

 

Tiró de una raíz amarilla, le quitó la suciedad, y le clavó una dentellada. Era como masticar madera.

 

Esto era dos veces insano. Era demasiado joven. La nanotecnología del autodoc de Carlos Wu lo había vuelto demasiado joven. No tenía ninguna razón para estar interesado en el Árbol de la Vida. Además, eso podría matarlo…

 

Pero continuó comiendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

201 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 18

 

 

EL SUELO DEL MUNDO ANILLO

 

 

 

 

 

Al sentir la gravedad invertida, Hanuman se sujetó del borde del disco pedestre con una mano y un pie. Rocas como dientes, coloreadas de herrumbre, esperaban lejos por debajo de él. Pero por millones de falans su especie supo cómo arreglárselas con las caídas.

 

Cuando apareció Proserpina, Hanuman la tomó por el cinturón, pero no fue necesario: ella también se había prendido del borde del disco.

 

—Una trampa —dijo. Se lanzó hacia una roca de color ocre—. Muy burda. ¿Para los extranjeros?

 

—Oboe es cuidadoso —dijo Hanuman—. Algo podría llegar desde el bastión del Penúltimo. Proserpina… Oboe nos dijo que esperáramos, y nos ha enviado una pila de servicio.

 

—Sígueme —dijo Proserpina. Ella se balanceó colgada del borde del disco pedestre y golpeó contra su superficie. Nada pasó—. Gauthier ha cambiado la conexión.

 

—Conozco los protocolos —Hanuman liberó una mano, abrió la cubierta de los mandos y dio un toque rápido—. Pero perderemos el contacto con Gauthier. ¿Te preocupa dónde fueron la Tec y el nativo?

 

—Ella cambiará los ajustes otra vez. Están perdidos en la red. Vámonos.

 

Hanuman se balanceó y estaba en otra parte.

 

 

 

Bajo un hemisferio de cielo artificial, un sol rojo yacía contra el horizonte, bajo y aplanado. El llano se estiraba alrededor de Hanuman, con un lago y un bosque achaparrado en la distancia.

 

Proserpina apareció detrás de él. Ella echó una fija mirada hacia el sol menguante. —¿Hubo aquí un protector nacido en un Mundo Esfera? —Sí. No conozco los detalles —dijo Hanuman.

—De repente tengo mucha hambre —dijo Proserpina, y comenzó a trotar hacia los árboles.

 

 

 

 

 

 

 

 

202 | P á g i n a

 

 

—Sospecho —comentó Hanuman— que los protectores perdemos el apetito cuando tenemos poco que proteger. ¿Has estado ociosa por mucho tiempo?

 

Corrían entre gramíneas amarillas, y Hanuman se retrasó un poco. Había reconocido los árboles que había delante.

 

Sus memorias como criador eran oscuras. Recordó que estaba viejo y lento, y sus articulaciones comenzaban a doler. La manada había luchado contra un intruso. Hanuman, el más feroz de los machos, se acercó lo bastante para inhalar un olor que le provocó una rabia de hambre. Había comido en forma estúpida, luego se durmió, y entonces… despertó en un sitio como éste, una caverna abierta profundamente bajo tierra, con un pequeño bosque transplantado y un sol errante. Su propio bosque para mantenerlo alimentado, y una serie de rompecabezas para entrenar su mente recién desarrollada.

 

Los árboles eran frutales. Unas plantas bajas crecían en los bordes del bosquecillo. La vida del Mundo Anillo era la vida de Pak, y todo lo que había allí era comestible. Las nudosas manos de Proserpina se clavaron en el oscuro suelo. Extrajo una raíz amarillenta de la tierra y comió, y dio otra a Hanuman.

 

—Dónde está Oboe? —preguntó.

 

—No puedo llamarlo. —El traje de presión que Proserpina había fabricado para él era una rápida chapucería. No le sentaba bien, y tampoco tenía comunicación con Oboe—. Ya nos encontrará —dijo Hanuman.

 

—Estuve atrapada en un mapa de Pak, en soledad, por más de un millón de falans —relató ella—. Cuando mis hermanos Pak dejaron de supervisar el paisaje del Mundo Anillo, yo me mantuve vigilando el Centro de Reparaciones, verificando la existencia de protectores allí. El Centro ha permanecido activo, y por ello he permanecido pasiva. Soy la última defensora; un día seré necesaria. No parece haber llegado mi hora aún, pero… tengo que asegurarme. Debería explorar. ¿Dónde puedes llevarme, Hanuman?

 

—Tu interés principal pasa por la invasión a nuestro sistema, ¿verdad?

 

—Sí.

 

Hanuman hizo unos ajustes.

 

—Ven.

 

 

 

Ahora estaban en un espacio enorme, oscuro y de forma elipsoidal.

 

Las estrellas brillaban realzadas, sin impedimentos, en paredes, suelo y techo. Las naves espaciales era más difíciles de ver. Oboe había puesto parpadeantes círculos

 

 

 

 

 

 

203 | P á g i n a

 

 

alrededor de las que había encontrado; podía ser que hubiera otras. Miles de naves, y cientos de miles de puntos diminutos que parpadeaban: sondas.

 

Proserpina giró la cabeza, lentamente, observando.

 

Tres brazos grúa balanceados terminaban en sillas equipadas con teclados de regazo. Todas las sillas estaban vacías.

 

Hanuman rompió el silencio:

 

—¿Quieres ver…?

 

—Calla —dijo ella, y siguió analizando el sitio.

 

Discos pedestres: uno allá a la vista; aún no podía prestar atención al que estaba debajo de ella. Armas y cámaras: no detectó ninguna. Las proyecciones del universo podían enmascarar algunas.

 

Si Oboe atacaba lo haría desde arriba, y Hanuman lo secundaría. Estaba lista para el desafío…, pero eso no era más que una respuesta natural. Hablando de manera realista, si Oboe buscaba su muerte, la conseguiría.

 

—¿Conoces de quiénes son esas naves? —preguntó a Hanuman.

 

—Conozco a algunas de ellas.

 

Hanuman señaló unas cuantas: titerotes, trinocs, forasteros, Kzinti, las de la BRAZO, de los Sheathclaws…

 

—Algunas sólo observan —dijo Proserpina—. Otras están en formación de ataque. Eso es malo. La BRAZO ganaría si golpeara aquí y allí… —su voz vagó lejos—. Y los restos de esta nave, o de ésa otra, podrían golpear el Mundo Anillo. Ese diseño… confina el combustible de antimateria en la popa, ¿verdad? ¿Ha pensado Oboe en destruir todas estas flotas?

 

—Oboe lo considera todo.

 

—Pero no conozco sus herramientas. ¡Debe haber pensado en algo! Alguna otra cosa, aparte de la defensa contra meteoros. No podré decidir nada hasta que conozca con qué podemos luchar. O huir.

 

—¿Huir? —dijo Hanuman.

 

—Sólo especulo.

 

Proserpina caminó siguiendo la curva de la pantalla mural. Bajo una luz deslumbrante encontró el montaje de los huesos de un antiguo protector, presentado con algunas de sus armas. Las articulaciones eran robustas. Las vértebras estaban

 

 

 

 

 

 

204 | P á g i n a

 

 

soldadas.

 

—Ya habían comenzado a transformarse —comentó ella—. ¿Sabes por qué eliminamos a los mutantes? ¿Harías todavía tal cosa?

 

—Por supuesto, si huelen incorrecto, o se comportan de forma errónea.

 

—Éste era muy bueno en lo suyo. Mira el estado de los huesos, desgastados por la mera edad. Debe haber vivido decenas de miles de falans… Hanuman, ¿piensas que debíamos haber dejado libres a nuestros predadores de Pak?

 

—No.

 

—Pero éstos, que antes eran de mi propia especie, han ocupado cada nicho ecológico que quedó vacío… —miró con dureza a Hanuman. Ella casi había logrado no hacer caso de su hedor de mutante—. Pero entiendo tu punto. No sólo hubieran quedado libres los carroñeros que reemplazó éste, sino también los primates… y tú no hubieras existido. Las mutaciones y la evolución están bien, siempre que puedas detenerlas ahora, siempre ahora, de modo que tu propia especie no necesite cambiar…

 

Hanuman no contestó. Lo que ella declaraba era obvio.

 

Pero Oboe sí habló:

 

—Tu especie, la original de Pak, no ha sobrevivido. Para eso es que sirven las mutaciones y la evolución, Proserpina. Algo que tiene casi tu forma se ha multiplicado por decenas de billones. Tal vez no te agraden algunos de los nuestros, pero… ¿cuándo está uno a gusto con todos los vecinos?

 

Se encontraba de pie sobre una de las sillas grúa, la que se hallaba justo encima de su cabeza. Podría haberla matado en un instante. Demasiado inteligente, demasiado rápido.

 

Proserpina dijo:

 

—Si leo correctamente estos datos, las probabilidades indican que estaremos muertos en unos diecinueve falans… pero tú los ha estudiado por más tiempo. Te saludo, Oboe.

 

Oboe saltó de la silla al suelo.

 

—Te saludo, Proserpina, reverenciado ancestro. ¿Tus invitados están seguros?

 

—Esto me parece más importante que sus vidas. ¡Has estado entrometiéndote con nuestro diseño básico!

 

—Sí, pero no lo bastante rápido. Necesito toda la ayuda que pueda conseguir.

 

 

 

 

 

 

 

 

205 | P á g i n a

 

 

—¿Qué cambios has hecho? ¿Qué otros estás considerando?

 

—Antes dime: ¿cuál sería tu solución respecto de la Guerra del Margen?

 

—Pues… podría haber intentado… ¿Tienes algo para dibujar?

 

Oboe trepó nuevamente a la silla y la hizo mover cerca de la pared elíptica. El campo estrellado desapareció, y la pared mostró un plano azul oscuro. Oboe ondeó una mano, apuntando hacia la pared: unas líneas blancas aparecieron sobre el azul, siguiendo sus movimientos.

 

Proserpina brincó a otra silla. Acercándola al muro azul, trajo formas a la vida: el sol, las pantallas de sombra, luego el Anillo. Primero fueron sólo líneas, blancas y curvas; luego se convirtieron en imágenes fotográficamente realistas. Los brazos de Proserpina se movían como los de un director de concierto. El sol ganó en detalle: sus campos magnéticos brotaron del interior. Las líneas del campo cambiaron: se comprimieron. El polo magnético sur del sol se espesó, luego se agitó, luego lanzó un chorro de luz.

 

—Podría haber intentado esto —dijo Proserpina—. Cuando construimos el Mundo Anillo, insertamos una red de superconductores dentro de la estructura de fundación. Podemos así manipular el campo magnético solar.

 

El polo sur del sol lanzó llamas del color del plasma de rayos X. Lentamente el sol se movió hacia su norte, dejando atrás al Mundo Anillo. Pero su gravedad actuó —unas débiles líneas sobre la pared azul—, y el Anillo lo siguió luego.

 

—Usaríamos el sol como motor de empuje…, entregaría varios metros por segundo cuadrado, según las medidas Intermundiales. Además…

 

Se formaron unas líneas aerodinámicas. El Mundo Anillo se movió en soledad, dejando el sol atrás.

 

—El flujo de materia interestelar que atraviesa el hueco central del Anillo puede ser guiado magnéticamente hacia el eje y ser sometido allí a la fusión. El sol nos proporcionaría más combustible, por supuesto; pero los gases de combustión de la fusión encauzada por los campos magnéticos podrían sustituirlo, bañar el Mundo Anillo con su luz, y servir también como un gran estatorreactor. El Mundo Anillo sobreviviría, y podríamos seguir acelerando.

 

—¿Cuáles son los inconvenientes?

 

—Bien… la desaceleración sería difícil, aunque no imposible; los campos podrían ser modificados para empujar hacia la dirección de la marcha. Pero las mareas cambiarían, inundando las costas del mundo.

 

Oboe esperó.

 

 

 

 

 

 

 

 

206 | P á g i n a

 

 

—Y cuando al fin nos detuviéramos, no habría ningún sol. —Proserpina se encogió de hombros; la imagen se deformó por ello—. De todas formas, eso no importa; no podemos siquiera comenzar. El sol se pondría demasiado caliente si tratáramos de acelerarlo mucho. El grupo de pantallas puede prácticamente cerrarse, para proteger al Anillo de la insolación; pero si por alguna causa las pantallas se quedaran atrás o fueran lanzadas hacia delante, el paisaje sería carbonizado.

 

»Y lo peor de todo, es que el proceso es demasiado lento —reconoció Proserpina—. El tirón gravitacional del sol sobre el Anillo no es lo suficientemente importante para acelerar gran cosa. Se pueden manipular los campos magnéticos para que sea más fuerte, pero todavía no es bastante. Los intrusos nos seguirían con facilidad… No puedo pensar en un modo de dejarlos atrás.

 

—Es que partes de un principio incorrecto —dijo Oboe—. Te falta información. ¿Te habló Luis del sistema médico de Carlos Wu? ¿O de la nave espacial que robamos a los Kzinti?

 

—No.

 

—Te daré los detalles cuando sea el momento. Mientras tanto, he de decirte algo: aquellos protectores lo bastante empedernidos para hacerse dueños del Centro de Reparaciones, no siempre han sido muy diligentes en su tarea. Han permitido que hubiera impactos, lo que produjo Ojos de Tormenta, erosión, y a veces hasta un fondo de mar expuesto. Aquella tonta sanguijuela dejó miles de sitios en donde quedó visible la fundación del Mundo Anillo… Necesito de ti, y de tus aliados y criados, para encontrar esos sitios y lanzar cierto polvo en ellos. He estado trabajando con otros de mi propia especie, usando la red de los Amos de la Noche, que cubre todo Mundo Anillo; pero no he sido capaz de alcanzar bastantes de esas roturas. Nos movemos demasiado despacio.

 

—¿Qué es ese polvo? ¿Qué hace?

 

—Tú sólo tiene que saber…

 

—¡Debo juzgar por mí misma!

 

—¡No quiero a un igual, Proserpina! El polvo se distribuye por sí mismo en el scrith, pero primero debe llegar a él. ¿Cómo podemos poner la suficiente cantidad en contacto con el suelo del Mundo Anillo?

 

—Mis sirvientes de las montañas derramadas son inútiles sobre el llano —dijo Proserpina—. Se sofocan. Si les provees el polvo, lo que pueden hacer es extenderlo a lo largo de los bordes de las montañas derramadas, contra el Muro. Incluso viajarán por globo de cumbre a cumbre para ello.

 

—Muy bien. Mis propios protectores montañeses han estado haciendo eso. ¿Qué

 

 

 

 

 

 

 

207 | P á g i n a

 

 

más?

 

—El Pueblo de las Aguas —dijo Proserpina— podría ayudarnos. Puede ser que lleguen al sistema de tubos que pone en circulación el sedimento de los fondos marinos…

 

—El flup.

 

—Sí, el flup. Usamos esa palabra también. La tierra barrida por los vientos y llevada por los ríos se acumula en los fondos de los mares. Sin nuestros cuidados, se volcaría toda allí, y la capa de tierra fértil del Mundo Anillo se perdería en los mares en unos pocos miles de años. Hemos montado un sistema de recirculación de desagües, que corre bajo el suelo de scrith y el exterior del Muro perimetral, y se vacía sobre el Borde. Eso es lo que fabrica las montañas derramadas. Con el tiempo y gracias a los vientos, vuelve a la superficie. Si tu polvo puede ser introducido en las tuberías del fondo de los mares, ¿podrá extenderse por el scrith desde allí?

 

—Sí.

 

—¿Cuánto tomará eso?

 

—Si comenzamos ahora mismo, quizá menos de dos falans.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

208 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 19

 

 

EL DESPERTAR

 

 

 

 

 

Comió, y luego se escondió.

 

Luis avanzó lentamente entre las plantas, abriéndose camino en la selva. Vivió sobre su vientre, cavando entre las sombras para hacerse de las raíces amarillas. El jardín colgante estaba demasiado expuesto. No podía hacer nada contra eso; no podía abandonar su fuente de alimento. Cada especie homínida sobre la Tierra y el Anillo debe haber poseído al menos éste rasgo en común: un criador que se convierte en protector se escondería para evitar que otros protectores lo encontraran en su hora más indefensa.

 

Sombra y luz: los días llegaban y se iban.

 

Nada pareció buscarlo. Él se preguntó sobre el particular. Un protector suelto debería ser un tema preocupante. Esto le sugirió que los protectores del Mundo Anillo tendrían otras ocupaciones: debían estar todos implicados en la Guerra del Margen, no haciendo caso de los habituales y letales juegos de dominio. Debía estar bastante mal el asunto. Él debería ayudar.

 

Su cuerpo cambiaba, su mente se agitaba. ¿Por qué comía del Árbol de la Vida a una edad efectiva de veintitantos? Eso tenía una respuesta obvia, pero las implicaciones eran serias.

 

El autodoc le había otorgado el aspecto, pero no lo había hecho realmente un adolescente. ¿Por qué no?

 

Oboe había abierto el autodoc experimental de Carlos Wu y lo había extendido como a un cadáver bajo autopsia, para extraerle todos sus secretos. Luego había mantenido a Luis allí mucho más tiempo del que necesitaba, para ensayar sus nociones, y por otra razón: la nanotecnología del autodoc había vuelto a escribir la genética de Luis Wu, posiblemente repetidas veces, hasta que estuviera listo para convertirse en protector en el momento que Oboe eligiera.

 

Si el protector Chacal había aprendido la nanotecnología en tal detalle, ya conocía de la materia más que cualquier otra mente en el espacio conocido. ¿Qué haría Oboe con ese conocimiento?

 

Y la respuesta a eso también era obvia, considerando el secuestro del Tiro Largo…

 

La mente de Luis vagó lejos, chisporroteando en plena inspiración, buscando otros rompecabezas.

 

 

 

 

 

 

209 | P á g i n a

 

 

¿Dónde estaba el Inferior? A bordo de La Aguja Candente de la Cuestión. Aún una nave construida como una botella de cristal podía contener alguna sala de controles oculta. ¿Dónde estaba la Aguja? Pero eso no era fundamental. Luis siempre podría llegar a la nave por medio de los discos pedestres, y era todo que importaba, salvo que… ¿Sería confiable en el hiperespacio? Tendría que arriesgarse y averiguarlo.

 

¿Por qué el morro de Oboe era tan grande, cuando la nariz de Proserpina era casi inexistente?

 

¿Tendría Luis Wu algún hijo o N-hijo en las naves destacadas a la Guerra del Margen?

 

¿Dónde estaría oculto el Tiro Largo? Oboe probablemente estudiaría la nave en el mismo sitio donde había trabajado sobre la Aguja y el autodoc: en el Cuarto de Lanzamientos bajo el Mapa del monte Olimpo. El sitio era lo bastante espacioso. Sería el primer lugar en que Luis miraría, si alguna vez acabara este letargo… Le pareció que pensaba muy rápido, pero sentía su mente como diez mil mariposas en un campo, desparramándose por todas partes y yendo concretamente a ninguna. Y su cuerpo… Bien, no podía saberlo.

 

De modo que se escondió, y comió raíces.

 

¿Dónde estarían Roxanny y Wembleth? Ella había huido de Luis Wu y de sus aliados protectores. Por supuesto, habría quemado sus naves: cambiaría los ajustes de los discos pedestres, tal vez incluso destruyó el último antes de esconderse. ¿Cómo haría para encontrarlos?

 

Pasaron ciento cincuenta y un días. Entonces despertó, y era como si se hubiera echado una cabezada.

 

Se quedó donde estaba, a medias sepultado entre la mugre y los tallos de las plantas. Sus manos barrieron la cara y el cuerpo, encontrando nuevas formas. Las robustas articulaciones, los testículos desaparecidos, el pene encogido casi hasta la nada. Su cráneo se había ablandado, ampliado y endurecido otra vez, dejando una pequeña cresta ósea. Su cara era una dura máscara, con los labios fundidos a las encías y osificados. Su nariz se había hecho mayor…, parecería un payaso. Y su sentido del olfato se había vuelto casi mágico.

 

¡Ah! Había solucionado algo: el problema de las narices.

 

La nariz humana tiene forma de capucha para capturar una burbuja de aire, algo muy útil para un animal nadador. Los monos no tienen las fosas nasales grandes porque no nadan. Los humanos han evolucionado a mitad de camino en todas direcciones, incluso la acuática: la mayor parte de su piel está desnuda, como sucede con los delfines.

 

 

 

 

 

 

 

210 | P á g i n a

 

 

El destino quiso que la humanidad pudiera nadar.

 

Los criadores han perdido la mayor parte de su sentido del olfato porque si no fuera así, se volverían locos. Matarían a cualquier forastero que se acercara a sus niños, hasta a los médicos y maestros. Protegerían a sus niños de todo, lo que los dejaría insanos.

 

El nuevo olfato de Luis le aseguró que el monumental refugio del Penúltimo estaba libre de enemigos. La única vida existente por allí la portaban unos excavadores de madrigueras y unos análogos de insectos. Encontró también un viejo olor, que fue directamente a su cerebelo.

 

Miró el reloj tatuado al dorso de su mano; los nudillos y huesos agrandados deformaron la pantalla digital. Mostraba la hora de Canyon; hizo los cálculos y encontró que había estado holgazaneando por dos falans. Demasiado tiempo. Pero era correcto, había contado ciento cincuenta y un días de treinta horas. Los viejos registros de la BRAZO decían que Jack Brennan había cambiado a protector mucho más rápido que eso.

 

Alguna cosa había reducido la velocidad de su metamorfosis.

 

Él trató de levantarse, adivinando ya la respuesta.

 

No podía mantenerse de pie derecho. Estaba a medio curar cuando comenzó a comer las raíces amarillas… y las heridas y malformaciones quedaron empotradas en el molde del nuevo crecimiento. Se había vuelto un protector, pero tullido. Su rodilla, pierna y cadera izquierdas, y las costillas de ese lado estaban deformes. Su cuerpo estaba completamente libre de grasas, quemadas durante una hibernación demasiado larga.

 

Cojeó por el jardín colgante, aprendiendo de nuevo cómo moverse. Un protector que no podía luchar… Vio algo parecido a un tejón, y consiguió capturarlo por una de las patas sólo porque era muy lento. Se lo comió deprisa, y juzgó que era suficiente por un tiempo.

 

Rampa abajo vio la pila de servicio, chamuscada y medio derretida. Cojeó hacia allí y le echó un vistazo. Ya se había enfriado, por supuesto. Trató de abrir la tapa de los mandos, pero el metal fundido la había soldado.

 

Se trepó dolorosamente al disco. Nada pasó.

 

Su puño golpeó el borde con fuerza.

 

¡Marte! Se enroscó en el aire y alcanzó a trabar ambas manos contra el borde del disco invertido, antes de que pudiera caer. Un momento después, se encontró parado de manos en un campo de hierbas altas. Rodó y se puso de pie rápido —¿dónde

 

 

 

 

 

 

 

211 | P á g i n a

 

 

estaría Oboe?—, y se halló bajo un hemisferio azul, en el mismo huerto del Árbol de la Vida donde había matado a Teela Brown.

 

¿Oboe?

 

En ninguna parte.

 

Abrió los mandos del disco pedestre y comenzó a modificarlos. Primero lo primero.

 

Había un velero de kilómetro y medio de largo en el Gran Océano. El Patriarca Oculto había conducido a los Kzinti que invadieron el Mapa de Tierra, siglos atrás, y sobre aquella nave había un disco pedestre. Luis no recordaba el código, pero lo encontró.

 

 

 

El Patriarca Oculto. Apareció sobre el velero, tenso como un manojo de alambres, listo para luchar o morir.

 

Pero nada vino hacia él. Pudo ver una telaraña fractal de bronce, contra una oxidada pared de hierro: una de las cámaras red del Ser Último. Más allá de eso, la posición no parecía estar vigilada.

 

Él había dejado al Patriarca Oculto casi contra el Muro del Borde, a estribor del Mundo Anillo. Semejante paisaje reducía a un hombre al tamaño de un protón. Unas montañas tan altas como el Everest se alineaban contra la base del muro, verdes de vida salvaje. Las montañas derramadas estaban formadas del estiércol del fondo de los mares, todo un fertilizante.

 

Los bibliotecarios no habían desplazado la nave. El Ser Último había dicho que los había devuelto a su casa. El Patriarca Oculto muy bien podía estar vacío.

 

Luis abrió nuevamente los mandos, quitando al disco de la red. Ahora era inalcanzable.

 

Por unos momentos, Luis sólo pensó. Sus recuerdos anteriores eran confusos, los de una larga vida como criador. En cambio, los de la última hora estaban claros como el diamante.

 

Hace mucho tiempo, según le pareció, había estudiado un mapa del sistema de discos pedestres del Ser Último. Ahora rebuscó en su memoria para encontrar los ajustes y colocaciones para varias de las posiciones. La mayoría habría cambiado ya…, pero el que necesitaba ahora era un disco puesto en servicio sólo recientemente. El cálculo y la memoria le revelaron el código por el cual el titerote designaba los discos pedestres. ¿Habrá mantenido Oboe ese sistema? Eso le daría a Luis un puñado de ajustes para intentar.

 

 

 

 

 

 

 

212 | P á g i n a

 

 

Tenía que conseguir un traje de presión.

 

 

 

Apareció a bordo de la Aguja Candente de la Cuestión y gritó:

 

—¡Voz del Ser Último! ¡Soy Luis!

 

A pesar de ciertos cambios en la estructura de su garganta, él intentó sonar como Luis Wu.

 

—No se mueva. Usted no es Luis Wu —dijo una voz llana, igual a la del Inferior.

 

Luis no se movió. Estaba en la cabina de la tripulación. Durante un instante había pensado en el alimento familiar, en darse una ducha y un cambio de ropa…, pero simplemente ya no importaba.

 

—Sólo dile al Ser Último que Luis Wu se ha convertido en protector. Necesito hablar con él.

 

—¿Luis? ¡Te lo advertí! —dijo la misma voz.

 

—Lo sé. No me digas dónde estás. He venido por un traje de presión. ¿Has estado vigilando la Guerra del Margen? ¿Ha pasado algo?

 

—Un misil de antimateria destruyó uno de los estatorreactores sobre el Muro —dijo la voz del titerote—. Eso fue hace veintiocho días del Mundo Anillo. La explosión fue tremenda, no sólo por la antimateria, sino también debido a los kilotones de plasma confinado bajo fusión en el reactor. Las montañas se derritieron. No pude descubrir qué facción lo hizo. Pensé que el caos seguiría y me preparé para marchar, pero nada más sucedió.

 

—Esos motores de posición siempre fueron demasiado vulnerables. Oboe debe haber preparado alguna otra cosa ya… —la mente de Luis se extendió por delante de su discurso—. Los constructores del Mundo Anillo nunca pensaron en los estatorreactores del Muro como algo más que un aparejo temporal y un sistema secundario de seguridad. Ellos diseñaron la rejilla superconductora embebida en el scrith para mover el sistema magnéticamente, actuando contra el sol. Oboe la controla.

 

—Sólo es una conjetura tuya.

 

—Conjeturo mejor ahora. Soy un protector, ¿recuerdas? Libérame, Inferior, y me iré de tu propiedad.

 

—¿Cómo se siente? —preguntó el Ser Último.

 

—Me siento limitado. Estoy lisiado —dijo Luis—. No puedo luchar, no puedo correr. Puedo pensar más rápido que nunca, y veo más respuestas. Pero eso también me

 

 

 

 

 

 

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limita, en cierto sentido. Si encuentro la respuesta correcta cada vez, no tengo opciones.

 

»Oboe tiene un plan. No interferiré, a menos que él amenace a mis N-hijos, pero debería hablar con él. Sólo se trata de que hay algunas cosas que tengo que hacer antes. ¿Y tú? ¿Tienes algún plan?

 

—Huir apenas vea una posibilidad.

 

—Muy bien. ¿Recuerdas el sitio donde Oboe trabajó en la Aguja? ¿Tienes cámaras red allí?

 

—Bajo el monte Olimpo.

 

—¿Está allí el Tiro Largo? ¿Es funcional?

 

—Oboe desmontó la nave y volvió a montarla luego. No la ha probado desde entonces.

 

—¿Y el autodoc de Carlos Wu?

 

—No ha sido tocado.

 

—¿Está todavía desarmado y desparramado por el suelo?

 

—Sí.

 

—Bien. Voy a provocar una distracción. Necesito que cargues el autodoc y lo pongas en condiciones de trabajo a bordo del Tiro Largo. ¿Puedes hacerlo?

 

El chillido pareció una orquesta demente:

 

—¿Por qué iba yo siquiera a pensar en cometer un robo en el patio de atrás de un protector?

 

—Pero tendrás a un protector de tu lado. Inferior, estamos cerca del punto crítico, y Oboe no tendrá en cuenta tus conveniencias. Actuará tan pronto como pueda, porque no puede predecir cuándo se irá al diablo la Guerra del Margen. Si no podemos dejar pronto el Mundo Anillo, perderás tu hogar para siempre, y lo mismo yo…, y peor aún.

 

En el silencio que siguió, dijo Luis:

 

—Piensas que podrías mantenerme prisionero hasta devolverme a Oboe, y comprar algo con eso. Te diré por qué no puedes hacerlo. ¿Recuerdas las tres sillas en el Cuarto de Defensa Antimeteoritos, sobre unas grúas?

 

—Las recuerdo.

 

—Oboe sólo necesita una de ellas…

 

 

 

 

 

 

 

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El Ser Último comprendió. Su mente era tan rápida como la de algunos protectores.

 

—Un triunvirato.

 

—Él me permitió ver eso a propósito. Era un mensaje, una promesa. Oboe, Proserpina y yo. Extrapoló un protector de Pak superviviente, y sabía que podría alimentarme con el Árbol de la Vida. Pero no imaginó que yo escaparía. Probablemente tampoco esperará encontrarme mutilado como un antiguo esclavo griego. Sin embargo, necesita mi ayuda. No puede conjeturar lo que acontecerá con la Guerra del Margen tan bien como yo puedo hacerlo.

 

»Entiéndelo: puedes venderme a Oboe, pero tendrás inevitablemente que tratar conmigo después.

 

—Eres libre de moverte por la nave —dijo el Ser Último.

 

Luis se dejó caer en su postura enroscada, más natural.

 

—Dame acceso a los mandos maestros de los discos pedestres. Tengo que reescribir algunas instrucciones.

 

—¿Para volverte difícil de hallar? Puedo ayudarte.

 

—A mí, y a otras dos personas. No necesito tu ayuda.

 

Cuando hubo terminado de reprogramar el sistema de discos pedestres, Luis pasó a la bahía de carga de la Aguja. Tomó un traje de presión: no se acomodaría bien a su retorcida condición actual, pero igual serviría. También tomó algún equipo: una cuerda, gafas ampliadoras, una linterna láser.

 

Dio un toque a los mandos del disco pedestre y se marchó.

 

 

 

Estaba en órbita. Había pensado que tal cosa podía suceder. Los ajustes que buscó eran los más recientemente marcados, y algunos de ellos contactarían con pilas de servicio orbitales.

 

Dedicó unos momentos a contemplar el Mundo Anillo. Estaba sobre una región que nunca había visto detalladamente, a medio camino entre los Grandes Océanos. Había desiertos de color ocre, y las diminutas picaduras de cráteres de impacto, y tres pequeños nudos de nubes: Ojos de Tormenta.

 

Oboe no estaba haciendo reparaciones a menos que no le quedara más remedio. Considerando lo que buscaba lograr, podía alegrarse de encontrar sitios donde el terreno hubiera sido barrido hasta el scrith.

 

No vio ninguna nave espacial, ni tampoco naves aéreas. Era mejor de lo que había

 

 

 

 

 

 

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supuesto. A esas alturas, la Guerra del Margen podría haberse abierto camino hacia la superficie. Todavía tenía tiempo, entonces.

 

Pero él habría hecho esta salida aún a pesar de la Guerra del Margen. Un protector a menudo no tenía opciones. Hizo otro ajuste.

 

 

 

Todavía estaba en órbita, pero en otro sitio. Una cámara de la BRAZO, del tamaño de un mosquito, lo enfocaba a dos metros de distancia.

 

¡Eso lo arruinaría todo! Ahora ellos tendrían verificada la observación de un protector. ¿O quizá el traje de presión y sus propios miembros contrahechos esconderían su verdadera naturaleza por un tiempo? Dio un toque a los controles y se fue rápido.

 

 

 

La fuerza no era particularmente oscura sobre el Mundo Anillo. Nada había allí, salvo arena, malezas y una pila de servicio de Oboe, y la tranquila superficie del mar. Luis merodeó un poco, pero la arena no habría conservado huellas.

 

Sin embargo, sí conservó rastros de un olor.

 

Ellos habían llegado aquí, pero no se habían quedado mucho tiempo. Tenían una aerocicleta para moverse. Luis anduvo alrededor de la isla, usando sus gafas ampliadoras para estudiar las distantes orillas. Una aerocicleta debería distinguirse.

 

No halló nada. Saltó otra vez.

 

 

 

A ninguna parte. Se encontró atrapado entre ramas y espinos.

 

Miró alrededor y probó todos sus sentidos antes de intentar moverse. Las espinas no hicieron mucho daño a su piel curtida. Detrás de su cara de máscara, su mente sonrió abiertamente.

 

Oboe había enviado una pila de servicio a la cita con la aerocicleta de Luis, medio año atrás. Roxanny, montando la aerocicleta, debe haberse desplazado varias veces antes de rendirse. La programación de Oboe para la pila debía ser: «encuentra a la aerocicleta». Por todo lo que Roxanny sabía, ¡podía estar cubierta de sensores y cámaras! Finalmente ella debió haber enviado la aerocicleta hacia una selva, y dejado a las plantas espinosas crecer sobre el vehículo y la pila de servicio.

 

 

 

Luis  recortó  cuidadosamente  las  ramas  con  la  linterna  láser.  Los  arbustos

 

 

 

 

 

 

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comenzaron a incendiarse a su alrededor. Eso no era bueno. Avanzó lentamente por debajo de las espinas, alrededor del borde del disco pedestre, coleccionando rasguños, y cortando más vegetación a medida que avanzaba. Abrió el borde y apagó el disco pedestre, y se elevó con la pila de placas flotantes antes de que el fuego pudiera asarlo.

 

El bosque corría a lo largo de una buena distancia, siguiendo un río, y él había estado en medio de la arboleda. Ahora estaba bastante arriba, y disfrutaba de una agradable y extensa vista. ¿Dónde iría un par de forasteros después de abandonar su transporte?

 

No muy lejos, de seguro. Wembleth conduciría a Roxanny al más cercano centro de civilización: él sabía que los forasteros eran bienvenidos en todas partes. Yendo río abajo, de seguro encontrarían algo.

 

Lo que Luis halló fue la convergencia de dos ríos y un pequeño pueblo. Derivó hacia las casas, de forma cónica. En algún sitio, una voz gritó:

 

«¡Vasneesit!», y Luis pensó: Stet.

 

El fuego crecía en el bosque. Una columna de humo perfecta para llamar la atención, justo allí donde Roxanny y Wembleth habían dejado su vehículo. Mirando hacia el fuego, verían la pila de placas flotantes dibujarse contra el humo. ¿Qué harían entonces? ¿Se esconderían, o acaso intentarían huir?

 

Se esconderían. Sin la aerocicleta, no podían moverse más rápido que una pila de servicio.

 

Luis olfateó. Una población de mil a mil quinientos seres, oliendo como comedores de carne; no muchos ancianos, muchos parásitos pero pocas enfermedades. Y…

 

Allí.

 

Dejó la pila en la plaza de pueblo. Los nativos se reunieron, rodeándole. Eran bajos y fornidos, hombres y mujeres con aspecto de lobo. Los ojos hacia el frente, en profundos pozos óseos. Las pequeñas y agudas mandíbulas sobresalían un poco.

 

Uno de los jefes trató de hablarle. Luis no pudo comprender su lengua, pero intentó aplacar al hombre usando el lenguaje corporal. Cuando esto no funcionó, tomó al líder por el hocico y lo derribó. Lo lanzó luego de lado como a un fardo y lo dejó arrastrándose.

 

Ya era suficiente. Luis siguió el rastro del olor. La fuente había cambiado de sitio, pero el rastro habría sido más ostensible si se hubieran movido por el aire libre. ¿Habría túneles bajo el poblado?

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un hombre joven saltó fuera de un acceso cercano, con el sónico de Roxanny en la mano.

 

El zumbido sólo lo rozó antes de que el láser de Luis pusiera al rojo el extremo metálico del sónico. ¡Con cuidado! El hombre dejó caer el arma cuando le quemó la mano y corrió dentro. No era de la Gente Lobo. Era unos centímetros más bajo que Luis, con pelo castaño rizado alrededor de la cara y cabeza, y la piel desnuda por lo demás. Era claramente humano.

 

La nariz de Luis lo reconoció.

 

—¡Wembleth! —Luis cojeó tras de él—. Sólo quiero hablar.

 

Luis se introdujo por la abertura, con temor de que ellos pudieran escapar, pero cojeaba más rápido de lo que ellos corrían. Su mano atrapó algo dirigido hacia su cabeza; giró la muñeca y sujetó un brazo y la barra metálica.

 

—Roxanny…

 

La furia se evaporó en ella. Lo contempló con terror insondable.

 

—¿Quién eres tú?

 

—¿No crees en los Vashnisht? —Ella no reaccionó. ¿No era divertido, acaso?—. Soy Luis Wu —dijo él—. Tu sónico me dejó lisiado, pero más allá de eso soy un protector. Has tenido suerte. Hubieras comido tú también del Árbol de la Vida si hubieras llegado allí donde me indicaste.

 

—¿Luis?

 

Él la olió: llevaba un niño de su propia sangre. Un descendiente de Luis.

 

Ahora Roxanny podría matarlo antes de que él la dañara. Le dijo:

 

—¿Sabes que estás…?

 

—¿Embarazada? Sí. Esas cosas pasan. —Roxanny lo miró a los ojos—. Dijiste que eras fértil.

 

—El niño es de Wembleth. Puedo olerlo.

 

—Stet. ¿Cómo podías ser fértil? La mayor parte de los hombres consumen sus derechos de procreación rápidamente, y tú tienes doscientos cincuenta años… Respóndeme, Luis Wu.

 

—Roxanny, cada vida es única e irrepetible.

 

Su sonrisa fue un mero parpadeo.

 

 

 

 

 

 

 

 

218 | P á g i n a

 

 

—¿Y por qué soy yo fértil? Tú no puedes haber arreglado eso.

 

—Alguien alteró tus registros médicos —sugirió Luis—. Todos vosotros usabais el mismo autodoc a bordo del Toro Bacota, ¿verdad? Alguien quiso que quedaras preñada, para lo cual dejó sin efecto tu tratamiento de esterilidad. Probablemente quería regresarte a casa. Es la respuesta más racional.

 

—La Coronel Uno Zinna Hendersdatter17 —dijo Roxanny—. Sostenía que yo era la causa de que Oliver hubiera pasado de ella. —Recuperó su aplomo—. Entonces, los protectores cometen errores…

 

—Nunca hay suficientes datos. Es el motivo de por qué los protectores se cuestionan los unos a los otros a posteriori. Roxanny, sólo quiero hablar y luego me iré. ¿Wembleth?

 

—Aléjate de ella.

 

La cabeza y brazos de Wembleth habían estado dentro de un agujero en el suelo de tierra. Él había estado agachado allí durante algún tiempo. Su barba era marrón y algo rizada, moteada de blanco. El complejo regenerador del doc lo había rejuvenecido, y en aquel estado se veía como una mezcla de Teela Brown y un joven Luis Wu. Tenía una ballesta armada en sus manos.

 

—No hará falta que te acerques más —dijo Luis. Dejó ir a Roxanny, quien retrocedió. Se mantuvo alerta de todos modos, preguntándose si Wembleth dispararía, y si podría sujetar en el aire un dardo de ballesta—. ¿Has estado practicando el Intermundial?

 

—Sí. Roxanny quiere volver a la flota de la BRAZO.

 

¿Cómo?, se preguntó Luis. Si hubiera habido un camino, él habría tenido que bloquearlo.

 

—Roxanny, ¿dónde dejaste la biblioteca del Caracolero?

 

—La llevé a bordo del Toro Bacota —dijo ella—. ¿Por qué?

 

—Alguno de mis hijos, o de sus N-hijos, podría haberse unido a la flota de la BRAZO. Tengo que revisar la lista. Ha de haber una copia actualizada en cada nave en la flota.

 

 

 

 

 

17  Pequeño homenaje a la escritora norteamericana de ciencia ficción Zenna Henderson (1917-1983), una de las primeras damas del género. Parece ser que en el manuscrito original figuraba “Zinna Henderson” como nombre del personaje, pero fue modificado por la casa editora en inglés. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

219 | P á g i n a

 

 

Ella se rió.

 

—¡Hay decenas de miles de hombres y mujeres en las naves de la BRAZO! ¿Vas a revisarlos a todos?

 

—Sí.

 

Ella se encogió de hombros.

 

—Tal vez Proserpina se hizo con ella, al asaltar el Toro Bacota.

 

—Tendréis que marcharos de aquí —dijo Luis—. Traje conmigo la pila de servicio; la reprogramaré para que deje de seguir a la aerocicleta. Es muy importante que no podáis ser hallados, y no estáis bien ocultos. Conseguí llegar a vosotros sólo consultando la programación de los discos pedestres. Seguí tu olor desde el bosque, Wembleth.

 

—Con una nariz así, no me sorprende —dijo Wembleth, groseramente. Luis tocó su ampliada cavidad nasal. —¿Sabes tú acaso que eres hijo mío? Wembleth resopló de incredulidad.

 

—¡Podría haber supuesto que tú eras hijo mío! Pero eres más viejo de lo que te veías…

 

—Eres joven ahora, y puedo reconocerte. Nunca había visto a un ser humano sometido al paso del tiempo, y que no hubiera usado jamás las modernas técnicas médicas. Ni depiladoras, ni píldoras de bronceado, y jamás un programa dental. Pensé que eras de alguna otra especie. Pero tu madre fue Teela Brown —dijo Luis.

 

Roxanny asintió suavemente con la cabeza.

 

—Ella debía tener un tratamiento de esterilidad de cinco años.

 

—Debe haber decidido tener un hijo conmigo. Tiene que haber hecho cesar su tratamiento de esterilidad antes de que dejáramos la Tierra. Eso habría requerido sus dos derechos de procreación. Y nunca me lo dijo.

 

—Espera un momento —reaccionó Wembleth—. ¿Lo dices en serio? ¿Tú eres mi padre? —parecía horrorizado.

 

—Sí.

 

—¿Por qué nos abandonaste?

 

—Teela me dejó a mí. Pensé entonces que ella me había cambiado por el

 

 

 

 

 

 

 

220 | P á g i n a

 

 

Caminante…

 

—Pero… ¿qué hiciste tú para que ella te dejara?

 

—No la protegí —¿Cómo podría él, contra su propia suerte?—. Ella entró en un Ojo de Tormenta y la perdimos. Cuando la hallamos de nuevo, venía con el Caminante. Ya te tenía en su vientre cuando los dejé ir, cerca del Gran Océano, y en cuanto a lo que hizo después de eso, sólo puedo suponerlo.

 

—Tú eres un Vashnisht —dijo Wembleth—. Eres bueno para adivinar. Yo no lo he entendido nunca. ¿Por qué nos abandonó mi madre?

 

Luis sabía que debía marcharse. Cada segundo podía ser precioso. Una vez, la gente de Proserpina había limpiado el sistema del Mundo Anillo de toda roca amenazante. Ahora estaba plagado de naves…

 

Pero en la presencia de su hijo, y su futuro nieto, Luis se sintió inclinado a quedarse…, y Wembleth necesitaba recuperar su confianza.

 

—Me despedí de Teela cerca del Gran Océano. No había por aquel entonces ningún disco pedestre sobre el Mundo Anillo. El Caminante, aquel homínido por el que ella me abandonó, tal vez sabía usar el transporte que corre a lo largo del Muro perimetral. Es un sistema de levitación magnética, Roxanny. Ellos encontraron algún vehículo que los acercara al sitio; hay bastante tecnología de los Constructores por allí. Entonces utilizaron el sistema maglev y se desplazaron alrededor del Anillo, hasta el Océano Opuesto.

 

»Se lo podría llamar locura, a menos que estuvieran huyendo de algo temible. No de mí, supongo; pero tal vez sí de lo que ella supuso que yo traería: la Guerra del Margen. O tal vez Teela puede haber tenido miedo de los titerotes; Nessus se metió con su vida, y la hizo pedazos. No querría que eso pasara de nuevo. Teela sabía que cualquiera de nosotros la buscaría en el sitio donde la vimos por última vez.

 

»Entonces hallaron un lugar, al otro lado del Arco, y ella se aquietó e hizo su vida con el Caminante y contigo. Espero que fuera feliz.

 

—Mi madre era feliz —dijo Wembleth—, pero algo le preocupaba. No tuvo más niños…

 

—Por supuesto que no. El Caminante no era de su especie.

 

—Ella y… Caminante, mi padre —dijo Wembleth, con cierto aire de descubrimiento—, se turnaban para explorar. Nunca supe lo que buscaban. Uno de ellos debía quedarse siempre conmigo. Lo hicieron más a menudo a medida que yo crecía. Cuando ella al fin desapareció, yo tenía cerca de los ochenta falans.

 

 

 

 

 

 

 

 

221 | P á g i n a

 

 

—¿Y nunca volvió?

 

—Nunca lo hizo —dijo Wembleth.

 

—Es porque Teela encontró el Árbol de la Vida.

 

La suerte de Teela, pensó Luis. Pobre Teela. Si algo tuvo suerte en ella, fueron sus genes.

 

—No sé cómo sucedió, pero el tubérculo crece libremente sobre todos esos Mapas del mundo Pak, y la mayor parte de los Mapas alguna vez cobijaron a un protector prisionero. Varios de los presos debe haber encontrado el modo de infectar las raíces con el virus, como lo hizo Proserpina. Sospecho que Teela encontró el jardín del Penúltimo. Le habría sucedido también al Caminante, si ella no hubiera estado explorando sola. Teela despertó como un protector. Wembleth, ella no te abandonaría nunca, a menos que debiera protegerte de un peligro mayor.

 

Wembleth frunció el ceño.

 

—Te lo aseguro —continuó Luis—. Ella vio lo que todos vimos; ha de haber adivinado lo que se escondía bajo el Mapa de Marte. Roxanny, se trata de un enorme volumen, un área que equivale a todos los continentes de la Tierra, y con sesenta y cinco kilómetros de altura. No se la puede obviar. Es el Centro de Reparaciones para todo el Mundo Anillo. Teela se dio cuenta de que faltaban la mayoría de los estatorreactores de posición del Muro. Alguien tenía que entrar en el Centro de Reparaciones para tratar de estabilizar el Mundo Anillo antes de que rozara con el sol.

 

Había querido hacerse con el poder también, pensó Luis. Futz, era un protector, después de todo.

 

—Entonces se subió al sistema maglev del Muro, volvió al Gran Océano, y luego buscó algo que la acercara al Mapa de Marte… —su mente corría de nuevo por delante de su boca—. Tal vez fue al Mapa de Tierra primero, para ver cómo viajaban los Pak arcaicos; allí debió robar el Patriarca Oculto. Así fue como el velero llegó a Marte…

 

—¿Qué? —exclamó Roxanny.

 

—No importa. Lo que sucedió a continuación fue que Teela intentó matar a Bram.

 

—¿Bram? —dijo Roxanny. Y Wembleth:

 

—¿Matar? ¿Mi madre?

 

—Había ya un protector en el Centro de Reparaciones —explicó Luis—. Teela no sabía directamente de Bram; pero sabía que si había alguien en el puesto, no estaba haciendo su trabajo, pues permitió que los reactores de posición del Muro fueran quitados. Tenía que ser sustituido.

 

 

 

 

 

 

222 | P á g i n a

 

 

»Wembleth, yo hablé con Bram; conocí su versión de lo sucedido. Bram no era el más brillante de los protectores. Nunca entendió lo que sucedía.

 

»Teela era un protector; hizo lo que tenía que hacer. Tomó a un hombre viejo, probablemente de uno de los otros mapas, y se disfrazó. Partió con él hacia el Mapa de Marte, como si fueran un par de criadores. Exploraron el Centro de Reparaciones. Para cuando hallaron el jardín del Árbol de la Vida, Teela debía haber visto ya suficiente, o haberlo olido. En algún sitio había un protector. Ella dejó al hombre comer del Árbol de la Vida, y comió también.

 

»El hombre murió. Teela simuló entrar en el coma. Debe haber yacido inmóvil por varios días. Suponía que Bram vendría y la examinaría para averiguar qué era ella, para luego matarla antes de que pudiera despertarse como protector. Ella lo sorprendería entonces, y lo mataría a él.

 

»Pero Bram nunca llegó; debe haber decidido dejarla despertar. Ella tuvo que pasar al Plan B. Dejó el Mapa de Marte sin permitir que Bram supiera que estaba enterada de su existencia. Comenzó a recolocar los motores en el Muro perimetral, y luego… buscó la forma de matarse.

 

—¿Cómo? ¿Qué has dicho, Luis? —preguntó Wembleth. Aún sostenía la ballesta.

 

Teela había atacado a Luis y sus aliados, y había buscado la forma de perder la lucha. Luis la había matado con sus propias manos.

 

—Bram nos tenía a su merced —explicó—. Éramos sus rehenes mientras Teela estuviera viva. Ella sólo habría podido ser su sirviente, y Bram era un incompetente. Por eso Teela tenía que morir para salvar el Mundo Anillo, y así lo hizo.

 

—Pero…

 

Luis dejó de lado el tema.

 

—Lo que importa ahora es lo que debo hacer con vosotros. En la práctica, lo que tengo que hacer es conseguir que os perdáis de vista. Es de enorme importancia que los protectores al mando, Oboe y Proserpina, sean incapaces de encontraros.

 

—¿Qué harían ellos, matarnos? ¿Interrogarnos?

 

—Ellos os protegerían.

 

Wembleth dejó caer la ballesta. Sus manos temblaban.

 

—¡Vashnisht! Stet. Me gusta este sitio, pero podemos movernos otra vez. ¿Has de saber tú adónde vamos?

 

—No, yo no debo saberlo —dijo Luis firmemente.

 

 

 

 

 

 

 

223 | P á g i n a

 

 

Salió fuera de la choza. Los jóvenes del Pueblo Lobo trepaban por la pila de servicio. Luis los espantó. Programó de nuevo los mandos del disco pedestre, y los del flotador también.

 

Wembleth y Roxanny lo habían seguido al exterior.

 

—Voy a saltar —les dijo—. Después de que me vaya, cambiad este ajuste, luego apretad este botón con la cruz, aquí, y saltad vosotros. Luego seguid saltando, y quedaos dondequiera que os guste.

 

—¿No podemos ser rastreados?

 

—No con esto, Roxanny. Seréis como fantasmas si dais un toque al botón en cruz antes de saltar. A pesar de ello, Oboe lo solucionará bastante rápido, de modo que hacedlo durante no más de… medio día, digamos. Entonces dejad de saltar y apartaos de la pila de servicio.

 

Luis se fue.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

224 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 20

 

 

CONTANDO UN CUENTO

 

 

 

 

 

El Cuarto de Lanzamientos. Luis sólo necesitaba un instante. Quería ver la zona de trabajo, para asegurarse de que estuvieran allí el Tiro Largo y el autodoc.

 

El modificado autodoc de Carlos Wu estaba desparramado alrededor del disco pedestre por el que había arribado. También había un gran surtido de herramientas; podía adivinar el uso de la mayor parte de ellas. Manojos de cables y fibras ópticas, de todos los colores del arco iris, conducían a un grupo de instrumentos apilados. Desenredar ese laberinto le tomaría varios minutos… una hora o más para el Ser Último.

 

El Tiro Largo surgía por detrás: una pompa de jabón de kilómetro y medio de diámetro. A primera vista parecía en parte desmontado. Una escotilla curva, tan grande como un parque de atracciones, bostezaba cerca del fondo de la nave. Una montaña de equipo estaba agrupada cerca de allí, y había embalajes ligeros por todas partes.

 

Miró otra vez: aquellos elementos no eran intrínsecos a ningún probable sistema de hiperimpulso. Había entre ellos una nave provista con un fuselaje número dos de Productos Generales, seguramente un bote salvavidas. Aquellos otros eran tanques. Los paquetes de más allá, habitaciones inflables para tierra y órbita, y una refinería de deuterio, diseñada para extraerlo del agua de mar. Algo de todo ello era simple camuflaje. Ciertos accesorios deformados del fuselaje resultaron ser el halo de un holoproyector encendido.

 

Oboe había vaciado la bodega de carga —y embalado todo aparte— para acceder a los motores, había hecho sus investigaciones, y luego reconstruido la nave. Si se cerraba aquella escotilla… Luis no podía imaginarse cómo la nave saldría la caverna. ¿Eh?

 

El acelerador lineal rugió como si explotara un mundo. Un relámpago atravesó el gran agujero del suelo, y salió por el monte Olimpo. En el sordo silencio que siguió, Luis oyó el grito de Proserpina:

 

—¡Se darán cuenta! —en dialecto Chacal.

 

Estaban próximos al agujero, mirando abajo ahora, a lo largo del cañón lineal: Proserpina, Oboe, y dos protectores más pequeños, cualquiera de los cuales podía ser Hanuman.

 

—Ya saben que estoy aquí —bramó Oboe—. Supondrán que estoy en actividad. Los

 

 

 

 

 

 

 

 

225 | P á g i n a

 

 

más despiertos deben haber deducido a estas horas lo que se encuentra bajo el Mapa de Marte. Incluso algunos puede que descansen más tranquilos ahora, desde que cierro los agujeros en el suelo del Mundo Anillo.

 

—¿…riesgo?

 

—Si nos guiamos por los misiles de antimateria que la mayoría de los bandos ha estado usando, una explosión no destruiría mucho del Centro de Reparaciones. No podrían saber si me habían hecho daño a mí, y en caso de que no me mataran saben que me enfadaría, y que podría hallarlos cuando quisiera. Confieso que hay riesgo; pero estoy en un atolladero. No quiero a la BRAZO y al resto de ellos preguntándose qué está haciendo el protector del Mapa de Marte. Entonces les muestro qué estoy haciendo: cerrando agujeros, no pergeñando alguna travesura.

 

Ellos no lo percibirían por el olfato, desde que Luis vestía un traje de presión. Tampoco él podía oler nada, por lo que siguió mirando alrededor. Vio a unos pocos protectores de los Pueblos Colgantes, a lo lejos. También descubrió una cámara red rociada sobre la Cavidad de Cuidados Intensivos del autodoc. Agitó la mano hacia allí: ¡Hola, Ser Último!… y se preguntó entonces si Oboe acaso estaría viendo las mismas cámaras.

 

—¿…necesitabas los agujeros?

 

—Dependía por entero de ellos. Estamos casi…—sus voces bajaron en volumen a medida que su sentido de audición les volvía. Luis no iba a aprender más si no se acercaba.

 

Vio que se cubrían los oídos, y entonces Luis hizo lo propio. Cuando el relámpago rugió en el cañón lineal, Luis alzó en vilo un multigrap y lo arrojó hacia la cabeza de Proserpina, a sesenta metros de distancia.

 

Proserpina lo capturó, y lo envió zumbando de regreso hacia él… muy cerca; golpearía el Muro de Servicio del autodoc, lo rompería, y regaría el espacio con astillas, atravesándole el cuerpo. Luis bailó alrededor de la pared de servicio, sujetó el multigrap antes de que golpeara, y lo arrojó oblicuamente por el suelo, rebotando hacia Proserpina, que lo atrapó y devolvió. De repente, otros objetos estaban en movimiento: varios instrumentos, un trozo considerable de hormigón y un animal muerto tan grande como Luis. El animal se partió en su mano. Luis agarró los restos y los devolvió a su fuente. Giró la espita de un tanque y se protegió tras del Muro de Servicio otra vez, reapareció y devolvió el multigrap y un trozo de lava enfriada; luego se lanzó detrás del chorro de plástico de embalar que había surgido del tanque. Dio una patada hacia arriba al chorro grumoso y se escondió detrás del tabique otra vez, mientras ellos lo buscaban bajo la espita. El multigrap, de regreso, atravesó el plástico de espuma, rompiéndolo en grandes goterones voladores…

 

 

 

 

 

 

 

 

226 | P á g i n a

 

 

Pero había demasiados proyectiles volando ahora, y las partes de su torso y cadera pugnaban por desgarrarse. De modo que capturó todos los misiles que pudo, hizo malabares con ellos y luego los dejó caer. Luego cojeó hacia los protectores.

 

—Un sujeto divertido —dijo Proserpina.

 

—¿Qué te hace sentir tan seguro? —preguntó Oboe.

 

—Tú me reservaste una silla. Y te has metido con mi metabolismo.

 

—Luis, todo ha sucedido fuera de tiempo —dijo Oboe—. Has comido del Árbol de la Vida demasiado temprano, y demorado mucho en cambiar a protector. Aquella nave de la BRAZO explotó demasiado pronto. Podríamos habernos pasado un buen rato extrapolando el comportamiento de todas estas facciones en la Guerra del Margen; ahora… Dime, ¿qué harán ellos?

 

—¿Puedo preguntar algunas cosas primero?

 

—¿Qué cosas?

 

—¿Has descubierto cómo funciona el Tiro Largo?

 

—Sí.

 

—¿Y has insertado el mismo principio en un quintillón de dispositivos nanotecnológicos, fabricados con lo que has aprendido de un autodoc experimental muy modificado?

 

—La cantidad exacta es…

 

—¿Y has insertado un nanopolvo en la red superconductora bajo el Mundo Anillo, de modo que su estructura pudiera ser alterada?

 

—Sí, con ayuda de Proserpina y nuestros socios.

 

—Proserpina, ¿te has aliado con él?

 

—Sí, Luis. No había bastantes agujeros en la superficie, de modo que tuvimos que perforar en varios puntos…

 

—¿Funcionará eso?

 

—Creo que sí —dijo Oboe.

 

—Stet. Estoy en mis cabales y tú también, o sea que estamos todos locos. ¿El sistema está listo para despegar?

 

—Es probable, si mi sistema de almacenamiento de energía soporta el esfuerzo. Pero no puedo llevarme ni las pantallas protectoras, ni el sol. Con la potencia

 

 

 

 

 

 

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disponible podremos viajar sólo durante un poco más de dos días, todo lo más. Pero… Luis, no estoy seguro de que los nanosistemas hayan terminado de infectar la red entera. Tengo que saber cuánto tiempo nos queda aún. ¿Qué sucederá con la Guerra del Margen?

 

Pero la mente de Luis bailaba por un nuevo camino.

 

—Se puede construir un nuevo sistema para generar el día y la noche. Oboe, ¿por qué no construir una verdadera esfera de Dyson? De unos dieciséis millones de kilómetros de diámetro, con un sol en el centro y el Mundo Anillo alrededor de todo. Si la construimos delgada como una vela solar, la presión de la luz la mantendrá inflada. Dejando unas ventanas en la periferia, la luz del día llegaría al Mundo Anillo. El resto de la superficie sería un transformador fotoeléctrico. Reunirías así la mayor parte de la energía del sol.

 

—Estás demasiado fresco, Luis —dijo Proserpina en el dialecto Chacal, lo que significaba una carne no lista aún para comer: una poco aceptable inmadurez—. Los protectores suelen irse por las nubes al principio; debes solucionar un problema a la vez. Todavía tenemos enfrente a las flotas de la Guerra del Margen. ¿Cuándo nos atacarán?

 

—Hay otra cosa que…

 

—¡No! —bramó Oboe—. Una facción ya ha destruido uno de mis motores de posición. ¿Quién ha sido? ¿Por qué motivo? ¿Fue una provocación deliberada?

 

—Muéstrame el acontecimiento. Vamos al CDA.

 

Saltaron al Cuarto de defensa Antimeteoritos.

 

No podía hacer señas al Ser Último, pero el titerote tendría que moverse ahora.

 

 

 

Proserpina y Oboe llegaron de un salto a sus sillas; el retorcido Luis tuvo que trepar para alcanzar la tercera. Mientras lo hacía, buscó con la mirada las posiciones de los discos pedestres. El transportador que él había atravesado para llegar allí estaba claramente visible. Un protector de la Gente Colgante, Hanuman, apareció en un sitio sin señalar y esperó órdenes. Algunos otros podrían estar ocultos allí o allí. Debían ser tres o cuatro, no más. ¿Por qué estas grúas tan masivas para mover las sillas?

 

La pared mostró el sistema del Mundo Anillo tal como se vería desde el sol. El inmenso artefacto estaba mostrado en contorno, hilos blancos contra el campo estrellado.

 

—Necesito un apuntador… —dijo Luis, al tiempo que hallaba puntos de presión

 

 

 

 

 

 

 

 

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sobre una perilla—. Stet. Éstas son naves de los Forasteros, ¿verdad? Dos… ¿Habéis encontrado más?

 

—No.

 

—Realmente, no somos de interés para seres tan diferentes. Éstos —destacó unas lentillas y esferas— son navíos Kzinti, y éstos de la BRAZO —unas manchas largas en forma de palanca, tachonadas con naves menores—. No veo la nave de los Sheathclaws…

 

—Se ha retirado.

 

—Probablemente fueron reclamadas de su cuartel, o podrían haber huido de los Kzinti. Los aprovechan a los telépatas como esclavos. ¿Sobre qué os hacéis preguntas?

 

—Las interacciones entre ellos —apuntó Proserpina.

 

Necesitaba consumir algo de tiempo, luego enviar fuera a los protectores usando alguna distracción. Luis unió varias naves con una red de líneas, y añadió flechas de vector.

 

—¿Veis? Distancia, velocidad y gravedad. Habéis de tomar todo eso en consideración; por ello es tan complicado…

 

—No lo es —aseveró Proserpina—. Tan sólo es diferente. ¡Hemos viajado desde el corazón galáctico al sitio de Mundo Anillo! Las facciones han llegado a un punto muerto, pero es inestable aquí —señaló un sitio.

 

—Sí. Y el equilibrio no se sostendrá si… si alguna facción disidente… digamos, un contingente del partido de Una Sola Raza, manda actualmente en esta nave o esta otra…

 

—No comprendo cómo se ha mantenido durante tanto tiempo esta situación. Tampoco veo cómo podría sostenerse mucho más —señaló Oboe—. Pero tú les conoces a todos ellos, Luis.

 

—Esto no se sostendría, pero olvidas el efecto que producen los Forasteros. Son más poderosos que la suma de todas las otras facciones, y todos lo saben. Sólo por estar aquí, han hecho que se mantuviera estable hasta ahora. Cada especie ha estado preguntándose qué harán los Forasteros. Pero lo que harán es nada, y la entera Guerra del Margen gradualmente toma conciencia de eso.

 

Él lo veía ahora: la disposición actual desintegrándose, las fuerzas aumentadas aquí, un embuste allí. Dos naves de la BRAZO en forma de barra derivando para destruir una gran nave lenticular Kzinti. Treinta y una naves alrededor de un vehículo

 

 

 

 

 

 

 

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de los Forasteros, en la esperanza de contar con una protección que desaparecería como la helada del alba sobre la Luna. Futz, no había ningún equilibrio allí.

 

—Oboe, este castillo de naipes podría caerse en cualquier segundo. No podemos esperar. ¿Qué tan rápido puedes ponernos en movimiento?

 

—Llevará medio día, con suerte.

 

Luis giró hacia él, sorprendido.

 

—¿Por qué tanto tiempo?

 

—Tengo que dirigir toda la energía del sistema de pantallas de sombra hacia la rejilla superconductora. Si lo hiciera demasiado rápido, podría haber pérdidas en…

 

—¿No puedes extraer potencia magnetohidrodinámica de los estatorreactores del Muro?

 

—Oh, qué idea tan buena. Hubiera requerido cierto rediseño, de veinte a treinta días de tareas y uno mil protectores de las montañas derramadas. Sólo necesito medio día, Luis; luego nos vamos, y adiós Guerra del Margen.

 

—Pues comienza ya mismo —dijo Luis.

 

—Acabas de llegar —dijo Oboe, con tono paciente—. No sabemos, ni siquiera tú sabes quién nos atacó hace veintiocho días. ¿De dónde viene el peligro? ¿Puedo simplemente acabar con él? La red superconductora ha sido regenerada sólo dos falans atrás, cristalizándose en su nueva configuración. Incluso si el cambio al fin se ha completado, tengo que probarla antes.

 

A veces sólo se puede apostar el todo por el todo, pensó Luis. Pero Oboe no actuaría lo bastante rápido si no aumentaba la presión sobre él.

 

—Muéstrame cómo sucedió —dijo él.

 

El cielo cambió: las naves se movieron, las estrellas no lo hicieron. El Mundo Anillo se solidificó. Una ventana se abrió, mostrando un acercamiento sobre uno de los motores de posición, una brillante y diáfana red moldeada magnéticamente en la forma de un hiperboloide de rotación, con una línea de fuego blanco surcando el eje. De repente se hizo más brillante, dolorosamente brillante, y luego se atenuó. El motor había desaparecido, y el Muro del Borde se veía como cortado por una dentellada. A lo largo de su base, las montañas derramadas ardían.

 

—¿Eso es todo lo que tienes?

 

—Fue registrado en varias frecuencias.

 

Se repitió la secuencia, esta vez en luz alfa de hidrógeno. Luis lo despreció

 

 

 

 

 

 

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moviendo una mano.

 

—Es un ataque demasiado a la descubierta para que lo hicieran titerotes, y demasiado mesurado para los Kzinti. Tal vez un grupo Kzinti disidente… Hay disidentes de la BRAZO también; podríamos preguntarle a Roxanny. O tal vez fue alguien a quien gustaría que ambos lados se redujeran un poco mutuamente. Nunca he estado seguro respecto a los Trinocs, o a los titerotes, de hecho.

 

—No es de mucha ayuda, lo sé —acordó Oboe.

 

—Dime lo que sepas sobre Teela Brown.

 

—¿Quién? —preguntó Proserpina.

 

—Un insano proyecto titerote —dijo Oboe—. Ella fue una de las víctimas. Productos Generales, el brazo mercantil de los titerotes de Pierson en el espacio humano, estableció en forma oculta una lotería de derechos de procreación sobre la Tierra. La idea era favorecer, a través de la selección reproductiva, la creación de humanos afortunados. En la práctica, lo que consiguieron fueron unas pocas anomalías estadísticas, como Teela Brown. Ella… ¡Luis! ¿Has tenido un niño con Teela Brown?

 

Luis no dijo nada.

 

—¿Dónde está tu hijo?

 

Luis no dijo nada. Entre protectores, mantener cara de póker es fácil; mantener mudo el lenguaje corporal es mucho más difícil.

 

Él esperó hasta detectar movimiento. Proserpina abandonó su silla con un largo salto. Oboe brincó en una dirección diferente. Hanuman pareció indeciso; permaneció en el disco pedestre visible, el más lejano. Tan pronto como los protectores saltaron, Luis brincó hacia la silla de Oboe.

 

Una de esas sillas tenía que ocultar un disco pedestre. Era el escondrijo natural. Que hubiera dos sería redundante, aunque las tres grúas habían sido fabricadas demasiado pesadas para su función y los asientos demasiado amplios… y Oboe habría reclamado el primero. Pero los otros transportadores en ese cuarto tenían que estar custodiados. Si Luis estaba en lo cierto…

 

Y lo estaba, porque al instante Hanuman se lanzó hacia la misma silla.

 

El homínido llegó primero. La silla comenzó a apartarse, pero Luis ya estaba encima de él. Hanuman recibió a Luis con una poderosa patada, pero Luis tenía más masa. Aplastó de golpe a Hanuman contra el disco pedestre y estiró el brazo sobre el aturdido protector para abrir el borde y encender el disco. Ambos se fueron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Dio a Hanuman un durísimo golpe en la cabeza con el talón de la mano, y lo sintió aflojarse. Luis lo envió lejos, volando de un empujón. Sentía un fuerte dolor en su cadera: la coz de Hanuman le había roto algo.

 

Estaba en un subsuelo, en algún sitio bajo el Mapa de Marte. Hizo saltar el borde del disco y cambió los mandos, rápido.

 

 

 

Luis cambió, y abrió el borde nuevamente. Si Oboe lo rastreara hasta esa isla arenosa y estéril —o Hanuman lo señalara un par de minutos más tarde— encontraría huellas de Luis, pero viejas de horas. Hasta podría encontrar los rastros de olor de Wembleth y Roxanny.

 

Y si los genes de Teela fueran realmente afortunados, Wembleth, Roxanny y su niño ya estarían bien lejos del alcance de Oboe. Pero cada modelo de genes tiene una suerte loca sólo por sobrevivir, y la fortuna de Teela no importaría un nej a Oboe. Lo que importaba era esto: Luis Wu nunca podría mostrarse desapasionado y confiable ante las preguntas de Oboe mientras tuviera que ocultar sus respuestas para favorecer a su descendencia.

 

Una movida más. Luis dio un toque a los mandos, luego presionó la tecla marcada con una cruz y partió.

 

 

 

En el cuarto de la tripulación a bordo de La Aguja Candente de la Cuestión, Luis se acercó a la cocina y marcó rápidamente un queso azul, una omelette de setas y una ensalada. Se desembarazó de su traje de presión, y luego de sus ropas. Marcó un mono de vacío y se vistió con él. Abrió la ducha el tiempo suficiente para mojar sus vestidos. Había esperado a medias oír la Voz del Ser Último, pero no llegó.

 

Pasó a la bahía de carga. Una aerocicleta hubiera sido algo demasiado grande, pero solicitó a la cocina un cinturón volante modificado para el ascenso magnético. Se comió la mayor parte de la ensalada y el omelette mientras esperaba los cuatro minutos necesarios para que el cinturón fuera construido. Se lo puso, y volvió a pasar al cuarto de la tripulación.

 

Ahora bien, ¿dónde escondería un disco pedestre un titerote? Tenía que haber allí una escotilla de salvamento: el Ser Último podría encontrarse atrapado en el cuarto de la tripulación entre un humano y un kzin… ¿El asiento del sanitario? Demasiado pequeño. ¿La ducha?

 

El techo de la ducha. Era del tamaño adecuado. El código de apertura sería algo de la música de titerote: Luis nunca podría imitarlo. Tal vez podría desarmar el techo y llegar al transportador, pero primero debía probar otra cosa.

 

 

 

 

 

 

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Puso sus manos contra el techo de la ducha y dijo:

 

—Voz del Ser Último, hazme pasar.

 

Se encontró en la sala de controles. Utilizó entonces el disco pedestre que había allí.

 

 

 

Ni Hanuman ni Luis estaban donde el primer transportador los había dejado. El segundo traslado llevó a Oboe y Proserpina a una isla estéril. Allí encontraron a Hanuman, aturdido e intentando sentarse. Proserpina lo examinó; no parecía malherido.

 

—¿Cómo te encuentras? —lo interrogó Oboe.

 

—Lastimado, pero no mucho. Podría haberme quitado la vida, pero no lo hizo —dijo Hanuman.

 

—Eso demuestra un buen autocontrol. Proserpina, ve si puedes hallar rastros de tus huéspedes. Hanuman, descansa.

 

Oboe comenzó a trabajar sobre los mandos del disco pedestre.

 

—Encontré el olor de los fugitivos —anunció Proserpina—. Data de varios falans atrás. Ambos en celo.

 

—Eso lo cambia todo —dijo Hanuman—. Debo advertir a mi gente…

 

—¡Tu gente mora en los árboles! ¿Cómo pueden esconderse de lo que va a venir?

 

—Stet. Sé lo que he de hacer.

 

—Hazlo luego de que partamos —dijo Oboe—. Cuando acabes, te reincorporarás a nosotros en el Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

Él y Proserpina saltaron.

 

 

 

El Cuarto de Lanzamientos. Varios protectores del Pueblo Colgante yacían sobre el piso de la caverna bajo el monte Olimpo. El Ser Último trabajaba sobre un proyector láser.

 

—¿Cómo va eso? —preguntó Luis.

 

—Todavía desconecto instrumentos. Es difícil asegurarse por dónde es adecuado hacerlo.

 

Luis comenzó a desconectar los cables y láseres, pacificando los instrumentos de

 

 

 

 

 

 

 

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Oboe cuando era necesario. Lamentaba no poder moverse más rápido. Algo con filos agudos andaba por dentro de su cuerpo, en la zona de su cadera; la carne se le estaba inflamando.

 

—Ya no te encuentras a salvo sobre el Mundo Anillo —dijo él—. ¿Cómo vas a mover los componentes del autodoc?

 

—Aún no lo he decidido.

 

—Esperaba que hubieras pensado en alguna cosa. Stet. Lo que sigue es algo arriesgado… —Luis terminó de desconectar sensores. Los componentes del autodoc estaban todavía relacionados entre sí. Los dejó de esa manera—. Estaré fuera por una hora, al menos. Deja todo esto preparado para ser alzado mediante campos magnéticos. Abre el techo.

 

—Espera… ¿Qué estás a punto de hacer?

 

—No tengo tiempo de explicártelo.

 

—¿Dónde están los protectores a los que robamos? ¿Qué podré llevar a cabo, si la muerte puede llegarme acaso en cualquier momento? ¡Dime lo que has hecho!

 

Sería mejor si lo sabía, y Luis había perdido ya una hora al menos. Concedámosle al Ser Último un minuto más.

 

—Traté de explicarle a Oboe que la Guerra del Margen está a punto de estallar…

 

—¡Aiiiiiii! —un estentóreo chillido de consternación.

 

—Es como te lo digo. Si escondes tus cabezas, morirás en esa posición. ¿Me crees?

 

—Sí.

 

—Le permití a Oboe adivinar que yo tenía un hijo… sí, un muchacho con los genes de Teela. Gracias al cielo, ambos sobrevivieron. Tu programa de crianza afortunada está todavía vigente.

 

—¿Y la endogamia posterior? ¿Dónde hallarán pareja los siguientes?

 

—Oh, Inferior… otras naves se habrán estrellado sobre el Mundo Anillo. Los niños de Wembleth y Roxanny encontrarán pareja.

 

—Stet.

 

—Me transporté a unos pocos sitios, allí donde Oboe pudiera hallar rastros de Wembleth, para que quedara convencido. Luego apliqué el bloqueo al disco pedestre y pasé a la Aguja. No le tomará mucho tiempo a Oboe superar el bloqueo. Cuando lo haga, descubrirá que fui a La Aguja Candente de la Cuestión, tomé un descanso allí, y

 

 

 

 

 

 

 

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no me marché de inmediato.

 

»Debía estar a bordo cuando él llegara. Pero le dejo sospechar que estaré buscando a Wembleth, ¿comprendes? Se supone que intento dejar el Mundo Anillo. El equilibrio en la Guerra del Margen debe estar por caer ahora mismo . Si no fuera por eso, ningún protector arriesgaría la vida de su descendencia de tal manera, en una nave que pudiera ser derribada por cualquiera de las facciones en la Guerra del Margen, o bloqueada tan fácilmente como Oboe puede bloquear la Aguja.

 

»Si Oboe y Proserpina siguieran esa línea de lógica, entonces se dedicarían a terminar la Guerra del Margen…, y no nos molestarán aquí, mientras mantengas dormidos a estos protectores y tengas el cuidado de apagar las cámaras de vigilancia de este cuarto. ¿Puedes hacerlo?

 

—Confía en mí —dijo el Ser Último.

 

Luis se tomó un momento para meditar. El Ser Último sabía cómo abrir el iris del monte Olimpo… pero el Tiro Largo era demasiado grande para ser lanzado por el acelerador lineal, por lo que la nave tendría que elevarse lentamente usando sus motores de fusión, y se convertiría en un blanco demasiado fácil. El titerote no tendría la audacia necesaria, y era demasiado peligroso, de todos modos.

 

Por lo tanto, no se iría sin Luis. Podía entonces confiar en él, y eso concluía el asunto. Luis partió.

 

 

 

Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

—Nunca pudimos localizar la nave —dijo Oboe—. ¿Podrías acaso bloquear su despegue?

 

—Sí. Y puedo revisar el espacio cercano, en busca de cualquier nave de la BRAZO que se dirija hacia él. Posiblemente no pueda eludirme. Debe haberse vuelto loco. Una transición fallida al estado de protector puede retorcer el cerebro de un criador.

 

—El entendimiento repentino también puede hacer eso. ¿Loco de terror?

 

—Pero… ¿tiene miedo de la Guerra del Margen, o de lo que estamos por hacer? — Proserpina entrecerró los ojos, pensando; el gesto la hacía verse algo similar a Hanuman. Luego dijo—: No esperará retrasarnos por mucho tiempo. Tendría apenas el suficiente para huir, si comenzamos ahora y no hacemos caso de Luis Wu y su niño.

 

Oboe alzó la vista hacia el atestado cielo.

 

—Comencemos, entonces —ordenó.

 

 

 

 

 

 

 

 

235 | P á g i n a

 

 

 

 

Hanuman apareció sobre un risco de scrith desnudo. Miró abajo a través de millas y millas de bosque, examinando sus opciones.

 

Luis Wu era el único protector que no tenía descendientes sobre el Mundo Anillo… a menos que hubiera tenido un niño de Teela Brown. Luis protector no podría tener ningún interés por Teela, que estaba muerta, a menos que ella hubiera dejado un niño; y aquel niño tenía que ser de Luis Wu. El encadenamiento lógico era tan sencillo que hasta un protector del Pueblo Colgante podía seguirlo.

 

Oboe lo había visto en un instante, por supuesto. Y en aquel momento, Luis Wu había huído para rescatar a su hijo y llevarlo a algún sitio seguro.

 

El motivo de tal actitud sólo podía ser que la muerte del Mundo Anillo debido a la Guerra del Margen era probable e inmediata. Era seguro, entonces, que Oboe actuaría.

 

¿Y ahora qué? ¡Los descendientes de Hanuman eran arborícolas! Ellos no tenían inteligencia; no podrían seguir sus instrucciones, aunque tuviera alguna para dar. ¿Cómo podía esconderlos del cielo?

 

¿Rogar por una lluvia torrencial?

 

¿Encontrar y traer al afortunado niño de Teela Brown, y luego hacerle rogar por una lluvia torrencial?

 

Hanuman se decidió.

 

Separó uno de los platos flotadores de la pila de servicio. Voló en él por encima del bosque, disfrutando del olor de miles de sus congéneres por debajo del dosel de ramas. Hermanos, hermanas, N-hijos… Pero no bajó para verlos. No había tiempo.

 

Oboe actuaría inmediatamente. Cuando la cima de un árbol alto le bloqueó el sol, Hanuman pudo ver cierto brillo en las pantallas de sombra. La energía ya estaba siendo emitida hacia la red superconductora.

 

Bajó el disco sobre la tierra colorada. Unos pocos Excavadores surgieron a la luz.

 

Hanuman les habló:

 

—Deberéis quedaros bajo tierra durante los próximos dos días; para vosotros será sencillo. Durante ese tiempo, evitad por todos los medios mirar al cielo. Extended el mensaje todo lo que podáis, pero guardaos bajo tierra antes de que las sombras oculten el sol.

 

»Habrá en el cielo unas luces más allá de vuestra experiencia. No miréis hacia el cielo hasta que esas luces se retiren. Después de eso, el cielo quedará muy oscuro. Habréis de ir entonces hacia babor y giro, en donde encontraréis a la Gente Colgante.

 

 

 

 

 

 

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Les ayudaréis; ellos son de los míos, y todos se habrán vuelto locos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

237 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 21

 

 

EN VUELO

 

 

 

 

 

El Palacio del Penúltimo. Luis llegó y saltó rodando de la quemada pila de placas flotantes, pero nada disparó sobre él.

 

El cinturón volante lo sacó del gran salón y luego del edificio. Pasó rozando por encima del césped amarillo, y se preguntó una vez más por las marcas negras. Algunas de ellas tal vez formaran el nombre del Penúltimo, o quizá el retrato… allí, parecían los rasgos de una historieta, muy simplificada, en un estilo que le trajo extrañas reminiscencias de William Rotsler18. El otro grupo de marcas sería algún discurso.

 

Hubiera necesitado una piedra Rosetta. ¿Qué diría un protector a un invasor? Podría ser un rompecabezas pictográfico: una palabra que se podría leer como “Entra” o “Extinto”, “Saludos” o “Epitafio”. ¿Podría extrapolarse su lengua a partir de eso?

 

No era probable.

 

Luis voló bajo, disfrutando de su nueva habilidad para sortear los árboles. Tal vez lo ocultarían, en el caso de que a Proserpina se le ocurriera buscarlo en su propio terreno. No, no lo ocultarían; ella captaría su olor cuando se quitara el traje de vacío. De modo que se dedicó a dar vueltas rápido y a alta gravedad, y disfrutar de una breve libertad de los problemas intelectuales.

 

La nave rejilla descansaba entre los árboles, cerca de la base de Proserpina. Con el tiempo, unos árboles pequeños habían crecido a través de su grilla. Luis dejó el cinturón volante oculto detrás de un grueso tronco, se quitó su mono de vacío, y lo abandonó también. Hizo el resto del camino a pie. Vean al criador, desnudo y cojo.

 

Allí estaba el autodoc del Toro Bacota. Luis se preguntó qué dirían las lecturas diagnósticas sobre él. ¿Mutación? ¿No humano? ¿Moribundo? Siguió caminando sin detenerse. ¡No había tiempo!

 

También encontró la biblioteca del Caracolero. No había tiempo, pero los protectores no siempre tenían opción.

 

 

 

 

18  Conocido y premiado dibujante estadounidense de historietas fantásticas (1926-1997); fue también novelista y director de cine. Eran frecuentes sus viñetas trazadas con sólo los mínimos gestos de pluma. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

238 | P á g i n a

 

 

Había visto a Roxanny y a Claus trabajar con el dispositivo. No fue difícil urgirlo a reunir una lista del personal destinado a la flota de la Guerra del Margen. Había docenas de Wu, y seis Harmony: su primera hija se había casado con un Harmony. Una de las secuencias del número ID mostraría su línea de descendencia…

 

Dos de sus descendientes se habían unido a la Marina hacía varias décadas. Wes Carlton Wu, uno de sus nietos, era capitán de vuelo a bordo del Koala —una nave de acecho—, con su hija Tanya Wu como sobrecargo.

 

Echó otra rápida mirada… pero no encontró ningún pariente de sangre, y el tiempo se le estaba acabando.

 

Luis se dirigió a la nave rejilla.

 

Piensa como un Pak. Un protector mataría a cualquier criador que oliera incorrecto, y así generaría más espacio para sus propios criadores. Pero tú eres Proserpina. La adaptación te ha permitido sobrevivir durante un millón de años. Tú no quieres hacerle daño a ningún criador… ¡Podría ser el N-hijo de algún enemigo poderoso!

 

No había escalerilla para subir a la cabina. Luis trepó como uno de los del Pueblo Colgante.

 

Era espaciosa por dentro. Había pasamanos por todas partes, aún en el suelo: ¿qué tan prensiles serían los pies de Proserpina? Sensores e interruptores, botones y palancas, todos colocados al azar. Vio un tablero en forma de herradura, pero sólo una silla de control, y no se adaptaría a Luis. Tendría que modificarla… pero sería mejor, por el momento, convencer a la nave de que él era Proserpina.

 

Luis se había decepcionado con el Ser Último. El Inferior había conducido los destinos de una especie cuyos instrumentos y cultura habían dejado a la humanidad en el papel de mendigos. ¿Por qué no podía mover unos kilotones de equipo médico? Eso hubiera resuelto considerables problemas a Luis, y le habría otorgado dos o tres horas de tiempo.

 

Tal vez la facción Experimentalista en la Flota de los Mundos era algo así como el tradicional Rey Tonto de Nueva Orleáns19. Déjalos que hagan lo suyo, pero vigílalos. Quítalos de en medio sólo cuando hacen algo costoso o peligroso en exceso. A veces harán algo que valga la pena.

 

Se estaba distrayendo.

 

 

 

 

 

19  El rey falso del mundialmente conocido Carnaval de Nueva Orleáns, el Mardi Gras. (N. del Trad.)

 

 

 

 

 

 

 

239 | P á g i n a

 

 

No tendrás a ningún Proserpina excepto a mí. Ella habría instalado algunas trampas, para impedir que otro protector manipulara su nave. A menos que… ¿Pondría Proserpina una trampa lo suficientemente mortal para alguien como Oboe, reconocido como más brillante y más peligroso que la propia Proserpina? Si fallara, la revancha que tomara el Chacal podía ser fatal…

 

¿Y qué habrá sido de los sirvientes de Proserpina? Esa silla se veía como si hubiera sido modificada para alguien del tamaño de un individuo del Pueblo Colgante, y luego ajustada para Proserpina otra vez. Oye… ¡Ha de haber dejado a Hanuman volarla!

 

¡Futz! La nave no estaba defendida. Proserpina era la defensa. ¿Quién se atrevería a robar su nave? Y ése era precisamente el punto: el verdadero riesgo para Wu Luis era no hacer nada.

 

Modificó la silla y se sentó, se sujetó con las correas y levantó vuelo.

 

Los arbolillos que habían crecido entre los metales de la nave se desprendieron del suelo. Luis ascendió por encima de la atmósfera, luego giró hacia el Muro perimetral.

 

¿Acaso el sol se estaba irritando? Tenía que verlo para asegurarse, pero quedaría cegado si lo mirara directamente. Debía haber algún modo de atenuar el cristal… Y Oboe tendría la defensa antimeteoritos actuando. Luis zigzagueó un poco en el vuelo, y estudió los mandos.

 

¿Sería esto?

 

El comando no sólo oscureció la vista; también la amplificó ligeramente. Lo giró hasta que se puso muy oscuro, y alzó entonces la mirada.

 

Una prominencia solar se extendía como un brazo… hacia él.

 

Luis lanzó la nave a alta aceleración. La tierra llameó por debajo de él. Pudo ver la columna de fuego rastrearlo y acercársele, luego incendiar una de las muy pobladas montañas derramadas… y un momento después la nave estaba fuera del Anillo y la hizo caer, girando hacia atrás y por debajo del suelo del Mundo.

 

Tenía que recorrer el arco por afuera del Mundo a lo largo de la semicircunferencia, ciento ochenta grados, quinientos treinta millones de kilómetros. Ahora el peligro provenía de las naves extrañas, y no era nada trivial. Luis zigzagueó siguiendo la rejilla magnética, acelerando enormemente, oyendo el toc, toc constante de las cámaras espía multimoleculares haciéndose añicos contra la cáscara de la nave. La Guerra del Margen comenzaría bastante pronto después de este episodio.

 

Algo brilló contra la parte oculta del Mundo Anillo. Luis eludió por muy poco otro destello. Tal vez él mismo había comenzado la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

240 | P á g i n a

 

 

El Sistema de Retejido de Oboe había cerrado el Puño -de-Dios; Luis tuvo que trepar alrededor del borde. Se lanzó hacia el Mapa de Marte, a algo más de ochocientos mil kilómetros de distancia. El sol se ponía nervioso otra vez.

 

Una chispa se escapó hacia arriba: otro lanzamiento desde el monte Olimpo. Luis acomodó la nave rejilla para que siguiera la traza de los parches, sólo por un momento. ¡Oboe habría evitado que la defensa antimeteoritos disparara sobre el propio Centro de Defensa! Redujo fuertemente la marcha, se coló por el cráter, y ya en el interior puso la nave en flotación.

 

Se arrastró por la cabina y gritó hacia las sombras de abajo:

 

—¡Inferior, ciérralo!

 

El iris del cráter comenzó a cerrarse.

 

Luis comenzó a jugar con los mandos de la nave magnética. A poco, la Cavidad de Cuidados Intensivos del autodoc se elevó, girando en el aire, y se introdujo algo torpemente en la bahía del Tiro Largo. Luego le tocó el turno al Muro de Servicios, arrastrando cables sueltos. Luego los otros componentes más pequeños. Luego el bote salvavidas.

 

Por último, un tanque que Luis había identificado antes.

 

El titerote gritaba algo:

 

—¿…jetarás?

 

Luis cargó el tanque junto con el resto del autodoc. Luego bajó la nave rejilla y salió de ella.

 

El Ser Último vino trotando hacia él.

 

—¿Cómo sujetarás esos componentes contra el choque del despegue? —preguntó.

 

—Oboe estaba usando una espuma plástica, y eso es lo que hay en el tanque que cargué al último. Sellaremos y cerraremos; luego subimos a bordo.

 

El tanque soltaba chorros de espuma plástica cuando Luis cerró la escotilla de la bahía de carga. Tomó el asiento del piloto sin el menor comentario. Caramba, había sido construido para humanos…

 

—¿No deberíamos abrir el cráter otra vez? —preguntó el Ser Último.

 

—Inferior, vamos a intentar otra cosa.

 

Activó el hiperimpulsor Quantum II. La caverna desapareció. El navío se lanzó directamente hacia abajo, en medio de hirvientes colores.

 

 

 

 

 

 

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Sobre el Mapa de Tierra.

 

Poco después de que anocheciera, Acólito pidió audiencia con Chmeee.

 

Uno de los guardias le dijo:

 

—Juega en otra parte, niño. Tu padre está ocupado —y sonrió abiertamente.

 

—Traigo un mensaje de Oboe.

 

—Un nombre raro ése.

 

—Chmeee lo conoce. Oboe, el que vive bajo el Mapa de Marte.

 

El guardia se aburría, y por ello decidió seguir el juego otro rato. Entró en la tienda de campaña. Cuando salió, preguntó:

 

—¿Como te llegó ese mensaje?

 

—Por destellos de luz, provenientes de las montañas situadas a estribor.

 

Permitieron la entrada a Acólito. Él se prosternó ante su padre, que lo interrogó.

 

—¿Se trata del mismo Oboe que quiere entregarme el Mapa de Tierra? No he oído nada de él desde que entregaste su anterior mensaje.

 

—Declara que tú podrás tomar el Mapa por ti mismo, una vez que los demás se hayan vuelto locos.

 

Sus palabras rasgaron el silencio: los cortesanos de Chmeee prestaban completa atención.

 

—¿Locos? —repitió Chmeee, y estudió a ese hijo suyo, cuyo servilismo parecía ocultar una euforia impaciente—. Explícame, entonces.

 

—Las instrucciones de Oboe son que hemos de escondernos del cielo durante dos días completos. Debemos estar bajo techo o tiendas de campaña todos nosotros, hasta las hembras y los cachorros. Incluso deberíamos dormir, si podemos. Hemos de estar todos a cubierto, o con los ojos vendados, antes de que la sombra cubra el sol.

 

—¿Tan pronto? ¿Cómo se supone que manejaré eso?

 

Acólito se atrevió a sonreír.

 

—¿Qué sugeriría Luis Wu?

 

—Hum. Eso he conseguido al enviarte… ¿Qué ha de pasarle al cielo?

 

 

 

 

 

 

 

 

242 | P á g i n a

 

 

—No lo dijo. Pero tú mismo has visto a muchas naves dejar trazas de luz a través del cielo. Has oído hablar de la Guerra del Margen. La vi en acción en el Cuarto de Defensa Antimeteoritos de Oboe. Me han dicho que Oboe terminará con la guerra.

 

Chmeee asintió con la cabeza.

 

—¿Estás listo para correr? Muy bien. —Su voz se elevó a un bramido—. ¡A todos los que me oyen! ¡Os declaro emisarios a mis provincias lejanas! Dividíos el contenido de mi cocina para alimentaros en el camino. Id adonde os envío. Llevad vendas para los ojos, y estad listos para usarlas; ya sabréis cuándo será necesario hacerlo. Los tontos entre vosotros os quedaréis ciegos o locos.

 

»Cada uno de vosotros es más valioso que cualquiera de aquellos a los que hablaréis, y por ello habéis de estar a cubierto antes de que las sombras caigan. Dos días pasaréis ocultos, o habréis de responder conmigo por ello. El resto de nosotros puede conquistar el Mapa de Tierra, si es lo que elegimos.

 

 

 

El muchacho Flarpa miraba fijamente, con la boca abierta, hacia el cielo. Las sombras habían cubierto el sol, pero los rectángulos brillaban de una manera que nunca había visto. En breve levantó su instrumento y comenzó a tocar.

 

Sobre la música, oyó un sigiloso cambio de postura, demasiado cerca para que fuera provocado por algún forastero.

 

—Supe que estabas allí —dijo a las sombras.

 

—No te des vuelta. Me he convertido en Vashnisht.

 

Su padre había desaparecido hacía varios falans, y ahora esto: regresaba transformado en un ente de fantasía, imponente y terrible. Flarpa no se dio la vuelta.

 

—¿Lo sabe madre?

 

—Tú deberás decirle. Hazlo con cuidado. Luego explícale que deberá esconderse del cielo durante dos días, y tú también, para no volveros locos. Extiende este mensaje. Una madriguera será mejor que un toldo. Luego habrá un mundo entero de gente enloquecida para cuidar, y un banquete mucho más grande del que nuestro pueblo querrá alguna vez.

 

—¿Te quedarás con nosotros?

 

—No ahora. Os visitaré apenas pueda.

 

 

 

La cabina del Tiro Largo estaba en el fondo de la esfera, ubicada entre las cuatro

 

 

 

 

 

 

243 | P á g i n a

 

 

toberas de los motores de fusión. Bajo el hiperimpulso, la nave voló marcha atrás hacia lo desconocido. Luis la lanzó directamente hacia abajo, a través del suelo del Mundo Anillo —sintiendo un poco de frenado a causa del superdenso scrith— y la hizo saltar hacia el espacio.

 

Se alejaban del sol, y viajaban directamente hacia el conglomerado más grueso de naves de la Guerra del Margen. No era que importara gran cosa… Aquellos navíos estaban todos en el espacio einsteniano, y demasiado cerca de una gran masa. En cambio Luis volaba —a ciegas, por supuesto— cruzando el hiperespacio. En lo que él confiaba era que esta nave, más rápida, superaría a los comedores.

 

El titerote estaba cerrado en un apretado nudo. No sería de gran ayuda.

 

¿A qué velocidad se movería el Tiro Largo cerca de una masa tan grande? Él se había preguntado si siquiera excedería la velocidad de la luz. Oboe podría haber resuelto el dilema del funcionamiento del sistema Quantum II, pero Luis no tenía suficientes pistas. De todos modos, aprendería pronto. Cuando la esfera de cristal que era el detector de masas comenzó a trabajar, supo que estaba fuera de la singularidad.

 

Once horas más tarde, Luis descubrió que hasta los protectores podían caer agotados. Pero podía hacer caso omiso de ello, del hambre y la sed, y del dolor de sus tripas y articulaciones, de su cabeza y sinus, todas cosas que sólo pertenecían a un salvaje envejecido. Ya no importaba: había escapado del Mundo Anillo. De los treinta billones de homínidos del Arco, un gran porcentaje sobreviviría. Wembleth, Roxanny y su niño se perderían entre la muchedumbre. Aún si Oboe descubriera quiénes eran ellos realmente, no los buscaría. Con algo de suerte, pensaría que Luis se había llevado consigo a Wembleth a las estrellas.

 

La sensación de triunfo podía compensar con mucho el dolor.

 

El suelo de la cabina funcionaba como ventana de visualización, y seguramente se oscurecería, amplificaría la luz, mostraría los registros y grabaciones como una pantalla, e incluso haría acercamientos visuales. Luis contempló al principio unos patrones de flujo de luz coloreada, y una coma oscura cruzando rápidamente por delante.

 

Cambió la imagen. La ventana ya no estaba allí: sus ojos se deslizaron alrededor del sitio.

 

Echó una ojeada al detector de masas. Debían haber habido líneas de luz avanzando lentamente hacia él, situado en el centro del cristal… Pero no mostraba nada, sólo el cristal dopado.

 

Luis cortó el hipermotor.

 

Aparecieron nubes de estrellas. El universo era amplio y hermoso debajo de sus

 

 

 

 

 

 

 

244 | P á g i n a

 

 

pies. Estaba de regreso en el espacio normal.

 

Hubiera sido muy agradable vender el Tiro Largo a alguna banda de filibusteros en el espacio humano… ¡o formar la propia, incluso! Sin embargo, ahora todo eso parecía improbable. Luis hizo una aproximación de vídeo, luego oscureció un poco el cristal contra la luz deslumbrante del astro. En la imagen el Mundo Anillo eclipsaba el sol, excepto por una leve astilla de luz.

 

A seis horas luz del sistema del Mundo Anillo —midió la distancia—, el sol no iluminaría gran cosa al Tiro Largo ; pero ocultar la nave a la sombra del Anillo la volvería negra como el espacio. Y como no había usado en absoluto los motores de fusión, nadie lo hallaría siguiendo la huella del flujo de neutrinos. Sin embargo, el resto del espectro electromagnético podría revelarlo a los contendientes de la Guerra del Margen, si acaso resolvieran mirar hacia allí. Pero pensó que estarían demasiado ocupados. Seguirían buscando la nave rejilla de Proserpina, hasta que sucediera algo más interesante… y no faltaba mucho para ello.

 

El cuarto de reposo superior era tan diminuto como la cabina de abajo, pero había un muro de recreación, un dosificador de alimentos y una ducha de bolsa. Notó también una escotilla en el techo; eso era nuevo. Conducía a un laberinto de tubos de acceso, del diámetro de un hombre, que podía verse a través de la pared. Eran difíciles de seguir —un bonito rompecabezas—, pero descubrió que uno de ellos conducía a la bodega donde había cargado el bote salvavidas y el autodoc. Eso era muy bueno.

 

Se tomó el tiempo para una ducha. De todos modos, si acaso se perdiera el acontecimiento, el Tiro Largo podría pescar la onda de luz más adelante.

 

Nada había cambiado cuando salió de la ducha, ya seco. Hundió sus dedos en la melena del Ser Último y esquivó una patada de la pierna trasera… o casi.

 

—Despierta —le dijo.

 

—¿Te hice daño?

 

—No importa.

 

—¿Por qué estamos en reposo?

 

—Quiero ver una cosa. De todas formas, no puedo usar el detector de masas.

 

—¡Iiiii! —silbó el titerote.

 

—Es un dispositivo psiónico. Tendrás que volar la nave tú mismo. Pero estamos libres, todo lo que amo está seguro, la Guerra del Margen no nos busca todavía, y el camino está libre hasta Canyon.

 

—¿Canyon?

 

 

 

 

 

 

 

245 | P á g i n a

 

 

—O la Flota de los Mundos, si prefieres. Sólo que imaginé que habías llevado a tu compañero y niños contigo cuando dejaste la Flota.

 

—Por supuesto.

 

—Si podemos detenernos en algunos detalles, hay algo que necesitaría.

 

—Estás alardeando, Luis, como has hecho antes una vez. Te mueres, ¿verdad?

 

—Sí. Estaba demasiado lastimado cuando el Árbol de la Vida comenzó a cambiarme. Me muero, stet, pero no alardeo. Todo ha salido bien. Pero me pondría contento si pudiéramos conseguir que el autodoc de Carlos Wu funcionara otra vez.

 

—Eso tomaría… hum.

 

—Una complicación considerable. Un pesado esfuerzo físico. ¿Qué puedo ofrecerte?

 

—El Tiro Largo se mueve demasiado rápido…; es casi segura la colisión con alguna estrella. No me atrevo a conducir hasta Hogar.

 

—¿No iremos a Canyon?

 

—A Hogar —repitió el titerote—. No pensé que podría esconderlos bien sobre Canyon. Demasiado pequeño. Hogar se parece mucho a la Tierra, Luis, y tiene una maravillosa historia.

 

—A Hogar, entonces —dijo Luis, con tono afable—. Oye…

 

El sol ampliado por la visión brilló de repente, llenando la sala de control con agudas sombras.

 

El titerote giró una cabeza, luego ambas; sus pupilas como puntas de lápiz, casi cerradas. Su voz se hizo monótona: el Ser Último estaba alterado.

 

—¿Dónde está el Mundo Anillo?

 

—Oh, sí…

 

—¿Sí?

 

—Sí. Oboe usó nanotecnología para adaptar la rejilla superconductora del Anillo a la configuración que encontró en el Tiro Largo. Ha huído como un conejo, bajo el hiperimpulsor Quantum II, y se llevó al Mundo Anillo con él…

 

—¿A qué distancia?

 

—…y ésta es la única nave que podría alcanzarlo. ¿Qué dices? Bien, un poco más de dos días de treinta horas bajo el hiperimpulsor Q-II … un año luz en un minuto y

 

 

 

 

 

 

246 | P á g i n a

 

 

cuarto… Digamos tres mil años luz, antes de Oboe se quede sin energía. Eso es muy lejos del espacio humano. Los telescopios no lo verán por las próximas cien generaciones. Se podría detectar esa masa tan grande en movimiento con un simple detector de ondas gravitatorias. ¿Qué piensas hacer, correr en su busca?

 

—La riqueza —se afligió el Ser Último—. Todo se ha ido. Perdí mi sitio como Ser Último persiguiendo la riqueza de conocimientos que guardaba el Mundo Anillo. Y esos que has nombrado… los que tú amas, Luis… ¿qué será de ellos?

 

—Nunca los encontraré, Inferior; ése es el punto. Ahora vamos a reparar ese autodoc antes de que algo se rasgue dentro de mí.

 

 

 

—Pienso que podemos despreciar el efecto de marea —dijo Oboe—. ¿Qué crees?

 

Los dedos de Proserpina bailaron. La pantalla de la pared —que no mostraba más que un color gris sólido en todas partes— se ennegreció. Unos jeroglíficos blancos bailaron a través de ella, cálculos en un sistema matemático Pak de millones de falans de antigüedad.

 

—La gravedad del sol nos jalaba un poco hacia dentro, a lo largo de un ángulo muy estrecho. Ahora que el sol se ha ido —dijo ella—, todos los mares tenderán a fluir hacia las paredes laterales. Estaremos en vuelo durante dos días… Stet, es insignificante. Pero lo que realmente me preocupa… —los jeroglíficos bailaron otra vez— es el acercamiento.

 

 

 

El cielo se había vuelto loco. Roxanny y Wembleth salieron de la tienda de campaña —ella un poco torpe a causa del embarazo—, y miraron fijamente un espectáculo de luces que hubiera ganado premios.

 

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Wembleth.

 

—Juro que no tengo la menor idea. Algún arma supersecreta… Futz, espero que no sea Kzinti. No veo ninguna nave en absoluto, a menos que… ¿Qué es eso?

 

Una pequeña coma negra pasó girando a través del cielo, de estribor a babor. Dejó una picadura cerca de la cumbre del Muro del Borde, visible para Roxanny gracias sus gafas magnificadoras.

 

—No sé —dijo Wembleth.

 

—¿Una nave más grande que el Tiro Largo? Ninguna especie de las que conozco las tiene…

 

 

 

 

 

 

 

 

247 | P á g i n a

 

 

—El cielo cambia otra vez, Roxanny…

 

Por un instante los colores palidecieron, y luego el cielo entero desapareció, y ambos quedaron ciegos.

 

Era difícil recordar que una vez hubo un paisaje.

 

—¡Esto es el Punto Ciego! —dijo Roxanny. Ella había sido entrenada para enfrentarlo: dirigió la vista a sus pies. Sí, allí estaban—. Futz, no puedo creerlo… ¡Estamos bajo hiperimpulso! Mira hacia abajo, Wemb. Más abajo, a tus…—pero Wembleth vagaba lejos, aún cegado. Roxanny lo siguió y, todavía sin alzar la vista, trepó las manos por su cuerpo y le inclinó la cabeza hacia abajo.

 

—Vamos a la tienda —dijo ella.

 

Se refugiaron en la tienda de presión durante dos días. Cuando tuvieron cielo otra vez, sólo había estrellas deslumbrantes sobre un fondo negro.

 

—Esto que sucedió va a volver locos a muchos de los Pueblos —dijo Roxanny—. El Mundo Anillo jamás estuvo así de oscuro. Los faros de la aerocicleta van a ser inestimables.

 

—Nunca vi estrellas tan brillantes —dijo Wembleth—. Esto es una nueva era, Roxanny. ¿Dices que hay Mundos Esfera alrededor de la mayor parte de las estrellas? Podrían ser nuestra herencia, tal vez…

 

Una estrella hacia estribor se hacía cada vez más brillante, por encima del Muro del Borde.

 

 

 

El cielo había vuelto a la pantalla de pared del Cuarto de Defensa Antimeteoritos.

 

—Tendremos que encontrarnos un sol, stet? —dijo Proserpina—. Y desplazar el Mundo Anillo para acomodarnos a él. Los campos magnéticos son inútiles sin algo contra lo que actuar, por lo que usaremos sólo los reactores de actitud. Nos alinearemos con una estrella, avanzaremos hacia ella, y ya en su proximidad usaremos el campo para detenernos. Los mares enloquecerán, Oboe.

 

—Lo sé. He encontrado una estrella blancoamarillenta que posee casi nuestra propia velocidad y vector. Allí, la brillante, ¿la ves?

 

—Sí. Acerca la imagen.

 

La estrella se amplió, y un filtro la oscureció.

 

—La emisión de rayos X es mayor en esta región —dijo ella—. Tendremos que incrementar la capa de ozono hasta que podamos construir unas pantallas de sombra.

 

 

 

 

 

 

248 | P á g i n a

 

 

—Sí.

 

—Estoy más preocupada por las mareas…

 

—Sí, habrá mucha tensión sobre los mares y océanos.

 

—Pensé dejar que se helaran, pero no podemos hacerlo. Tenemos que…

 

—Por supuesto que no, pero podemos usar el efecto magnético sobre el mismo sol. Mira, podemos sesgar nuestro camino, para que la estrella ingrese corrida del eje del anillo. Cuando rodeemos el sol, vamos a sacudirnos unas cuantas veces mientras nos estabilizamos; eso arrojará los mares de aquí para allá, pero evitará que todos vayan en una misma dirección, lo que sería desastroso.

 

Los jeroglíficos blancos bailaron a través del campo estrellado.

 

—Eso funcionaría —dijo Proserpina—. Perderemos a la mayor parte de nuestra población, incluso quizá especies completas…

 

—Lo sé.

 

—Tengo una solicitud. Dime si será factible.

 

—La consideraré, si puedes describirla.

 

—Hagamos que el sol no quede centrado respecto al eje del Anillo. Así tendremos mareas. También estaciones, modificando el clima.

 

—¿Qué, como un Mundo Esfera? —Oboe se rió—. Como tu mundo, el mundo Pak… ¿Y los criadores? ¿No se volverán más locos aún?

 

—Quien haya conservado su mente sana después de estos dos días se acostumbrará a cualquier cosa —aseguró Proserpina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

249 | P á g i n a

 

 

CAPÍTULO 22

 

 

CRIADOR

 

 

 

 

 

Luis Wu se despertó llameando de nueva vida. Cauteloso por recordar que estaba en caída libre, esperó a que la tapa del ataúd se apartara completamente. Un holograma del Ser Último lo miraba desde arriba.

 

Luis se movió un poco.

 

—Nada me duele.

 

—Me alegro.

 

—Me había acostumbrado a ello —sonrió—. ¡Ah, futz, he perdido mi mente!

 

—Luis, ¿no sabías que la máquina te reconstruiría como un criador?

 

—Sí, pero… mi cabeza se siente futzy. Como llena de algodón. Nunca me sentí yo mismo con tanta intensidad como cuando podía pensar como un protector.

 

—Podemos reconstruir el autodoc para…

 

—No. No —dio un puñetazo contra la tapa de ataúd—. Lo recuerdo todo. Tengo que mantenerme como criador, o morir. Si algún día me vuelvo un protector, inevitablemente iré en busca de Wembleth y Roxanny…, y Oboe y Proserpina los encontrarán.

 

—Pero seguramente ellos protegerían tu línea sanguínea.

 

—Lo harían, sí. Pero si Wembleth está libre sobre el Mundo Anillo, su suerte… Hum.

 

—Tú no creías en la suerte de Teela Brown.

 

—No, no creía en eso. Pero cuando era un protector… Bien, esto no es muy científico… ¿stet?, porque no puede ser verificado. Pero… echa una mirada al esquema completo. Él se robó a mi mujer, ¿stet? Y ella cayó en su regazo. La única mujer al alcance que podía hacer joven otra vez a Wembleth, y tener a sus niños también. ¡Él es el único sobreviviente de un pueblo que murió de asfixia, y estaría muerto si el rescate no hubiera caído sobre él, proveniente del espacio interestelar!

 

—¡Luis! ¡Teela no fue afortunada!

 

—Stet, y Wembleth perdió a todos sus amigos, y terminaron como unos refugiados perseguidos. ¿Y si son los genes los que tienen suerte? Los genes de Teela, que

 

 

 

 

 

 

 

250 | P á g i n a

 

 

quieren seguir reproduciéndose. Se puede argumentar siempre por uno u otro camino…

 

—Oh, podrían ser incluso los rayos de la luna… Vamos, Luis, una idea que genera suposiciones que no pueden ser verificadas no es científica. Probablemente Teela no era más que una aberración estadística cuando la encontramos. Después de eso, independientemente de lo que le sucediera, tú siempre podrías explicarlo como la posibilidad más afortunada respecto de cualquier otra cosa que le podría haber pasado. Lee el Cándido de Voltaire, y verás.

 

—Lo leeré.

 

—Es incomprobable. Si es un error, no puedes demostrarlo.

 

—Cuando yo era un protector, no dudé de ello. Tal vez los hijos de Teela se conviertan en la suerte del Mundo Anillo. Si su localización es incierta, pues protegerán al Anillo entero. Mecánica cuántica básica. ¡Y el Anillo va a necesitarlo! Han huído más allá del universo conocido, a un año luz por cada minuto y cuarto…

 

—Luis.

 

—¿Qué?

 

—No nos hemos movido desde que entraste en el autodoc, hace dos meses del tiempo terrestre. Somos un punto caliente en el cielo. Tarde o temprano, la Guerra del Margen nos descubrirá. ¿Qué otra cosa tendrá aquella heterogénea muchedumbre para entretenerse, salvo detectarnos y perseguir nuestra nave?

 

—Tienes razón.

 

Luis trepó de regreso a la cabina por el laberinto de tubos de acceso, perdiéndose una vez, recuperando el camino luego, dirigido por el titerote. Se instaló en la silla del piloto y encendió el hiperimpulso. Las líneas radiales le indicaron la posición de las estrellas en el detector de masas, y Luis enfiló el Tiro Largo hacia Hogar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

251 | P á g i n a

 

 

PARÁMETROS DEL MUNDO ANILLO

 

 

 

 

30 horas = 1 día del Mundo Anillo

 

1 revolución = 7,5 días = 1 rotación del Mundo Anillo

 

1 falan = 10 revoluciones = 75 días

 

Masa = 2 x 1024 toneladas

 

Radio = 1,5915 x 108 km

 

Circunferencia = 1 x 109 km

 

Anchura = 1,6 x 106 km

 

Superficie = 1,55 x 1015 km2 = 3 millones de veces la de la Tierra (aprox.)

 

Gravedad superficial = 9,73 m/seg = 0,992 g

 

Velocidad de rotación = 1230 km/seg

 

Altura de los muros laterales: 1600 km

 

Astro central: G3 próximo a G2, algo más frío y pequeño que el Sol.

 

 

 

 

 

 

 

LISTADO DE PERSONAJES

 

 

 

 

 

GENTE DE LA ESFERA

 

 

 

 

 

Luis Wu: Terrestre. Primera y segunda expedición al Mundo Anillo.

 

Teela Brown: Terrestre, de una línea criada para producir humanos afortunados, debido a la manipulación causada por los titerotes de Pierson. Primera expedición al Mundo Anillo. Vuelta protector durante Los Ingenieros de Mundo Anillo, y ahora fallecida.

 

Nessus: titerote de Pierson, compañero del Ser Último y su pareja. Condujo la primera expedición al Mundo Anillo.

 

 

 

 

 

 

252 | P á g i n a

 

 

Ser Último, Inferior: titerote de Pierson, una vez el principal de su especie. Condujo la segunda expedición al Mundo Anillo.

 

Chmeee, antes Interlocutor de Animales: Kzin. Primera y segunda expedición al Mundo Anillo.

 

Roxanny Gauthier: Terrestre, Detective Principal de la BRAZO. Sirviendo a bordo del Caracolero y Toro Bacota.

 

Oliver Forrestier: Wunderlandés, Detective de la BRAZO. Sirviendo a bordo del Caracolero y Toro Bacota.

 

Claus Raschid: Terrestre, Detective Adjunto de la BRAZO. Sirviendo a bordo del Caracolero y Toro Bacota.

 

Detective en Jefe Schmidt: Terrestre. Sirviendo a bordo del Toro Bacota.

 

Wes Carlton Wu: Terrestre, Capitán de Vuelo a bordo del Koala.

 

Tanya Haynes Wu, Terrestre, Sobrecargo a bordo del Koala.

 

 

 

 

HIJOS DEL MUNDO ANILLO

 

 

 

 

 

Caminante: Especie desconocida, visto por última vez con Teela Brown.

 

Acólito: Kzin del Mapa de Tierra, hijo desterrado de Chmeee.

 

Bram: Vampiro vuelto protector, regente del Centro de Reparación durante eones, hasta morir a manos de Oboe, con la ayuda de Luis Wu.

 

Wembleth: homínido de especie desconocida, viajero por el Mundo Anillo.

 

Oboe: Amo de la Noche (Chacal) vuelto protector.

 

Flarpa: Amo de la Noche, hijo de Oboe.

 

Hanuman: homínido de una de las razas de los Pueblos Colgantes, vuelto protector.

 

Valavirgillin: Hembra del Pueblo de la Máquina; representa al grupo de Comerciantes Oteadores.

 

Proserpina: Protector de Pak, superviviente de los Constructores del Mundo Anillo.

 

El Penúltimo: Protector de Pak, muerto hace tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

253 | P á g i n a

 

 

Szeblinda: Hembra hinsh, de la Gente Jirafa.

 

Kawaresksenjajok: Macho, Ingenieros de las Ciudades.

 

Fortaralisplyar: Hembra, Ingenieros de las Ciudades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

254 | P á g i n a

 

 

GLOSARIO

 

 

 

 

 

Freno Aerodinámico: bajar la velocidad por el método de atravesar una atmósfera planetaria.

 

Antigiro: dirección opuesta al sentido de rotación del Anillo.

 

Arco: el Mundo Anillo, según se ve desde la superficie. La mayoría de los nativos considera su mundo como una superficie plana coronada por un inmenso y estrecho arco parabólico, con el sol suspendido de él.

 

Babor: mirando hacia giro, dirección que queda a la izquierda.

 

BRAZO: anteriormente, la Brigada Amalgamada Zonal; actualmente, desde hace varios cientos de años, la milicia de las Naciones Unidas. Su jurisdicción se limitaba originalmente al sistema Tierra-Luna.

 

Autodoc: Cualquier sistema construido para realizar operaciones médicas automatizadas.

 

Cableta: adicto a la corriente. Se utiliza un mecanismo llamado contactor o tasp, que se enchufa en la nuca (en un electrodo previamente insertado por cirugía) y administra una determinada cantidad de electricidad al centro de placer del cerebro.

 

Canyon: mundo del espacio humano, una vez propiedad del Patriarcado Kzinti.

 

Autodoc de Carlos Wu: un sistema médico experimental, que vio la luz en el cuento “Procusto”, incorporado luego en “Colisionte” (Crashlander).

 

Contactor, Tasp: un pequeño dispositivo que se enchufa al cráneo de un adicto a la corriente, o cableta. Su objetivo: dirigir un flujo de corriente al centro de placer del cerebro del usuario.

 

Raíz acodada: planta común del Mundo anillo, usada como cercado natural.

 

Experimentalistas: facción política de los titerotes de Pierson, ahora fuera del gobierno.

 

Ojo de Tormenta: patrón de vientos que se forma encima de un agujero en el suelo de Mundo Anillo. Semeja un tornado puesto de lado; los huracanes y tornados convencionales son imposibles sobre la llana superficie del Mundo Anillo.

 

Flota de los Mundos: el mundo natal de los titerotes, acompañado por otros cuatro planetas más (dedicados a la agricultura) formando una roseta de Klemperer, moviéndose en ruta hacia las Nubes de Magallanes a una velocidad cercana a la de la

 

 

 

 

 

 

 

255 | P á g i n a

 

 

luz.

 

Flup: cieno del fondo marino. Por extensión, mierda.

 

Aerocicleta: un dispositivo volante de cabina abierta, para una o dos personas.

 

Guerra del Margen: Todas las especies del espacio conocido parecen haber enviado naves invasoras al sistema del Mundo Anillo. Mientras Bram estuvo al mando del Centro de Reparaciones, las derribaba si se acercaban demasiado. Oboe no ha hecho lo mismo, y la Guerra del Margen actualmente se halla congelada.

 

Productos Generales: una compañía propiedad de los titerotes de Pierson, que comerciaba fuselajes de naves espaciales en el espacio humano. Fue disuelta hace doscientos años, cuando los titerotes iniciaron su migración hacia las Nubes de Magallanes.

 

El Gran Océano: el más cercano de los dos mares salinos sobre el Mundo Anillo, que poseen cada uno seiscientas veces el área superficial de la Tierra.

 

Multigrap: una herramienta manual multipropósito.

 

Hogar: mundo del espacio humano, excepcionalmente parecido a la Tierra.

 

La Aguja Candente de la Cuestión: segunda nave de diseño Experimentalista en alcanzar el Mundo Anillo.

 

Espacio humano: la región de estrellas exploradas y habitadas por la humanidad.

 

Espacio conocido: la región del espacio mapeada y conocida por la humanidad, ya sea por propia exploración o la de otras especies.

 

PJ (Persona Jurídica): Cualquier entidad (humana o no, orgánica o no) legalmente autorizada a tener derechos civiles en el espacio conocido.

 

Tiro Largo: nave espacial prototipo, dotada de un hiperimpulsor Quantum II, la primera y única en visitar el Centro Galáctico.

 

Embustero: primera nave de diseño Experimentalista en alcanzar el Mundo Anillo.

 

Mapa de Tierra (o de Marte, de Kzin, Kdatlyno, etc.): el Gran Océano está sembrado con mapas de los mundos habitados cercanos, a escala real, completados hasta con las ecologías locales por la época en que el Mundo Anillo fue construido.

 

Defensa antimeteoritos: sistema defensivo del Mundo Anillo, que puede provocar una llamarada solar, y producir un efecto de láser supratérmico dentro de la llamarada. La cantidad de energía involucrada es pavorosa, pero el efecto es lento.

 

N-niño: descendiente natural, legal o no.

 

 

 

 

 

 

 

256 | P á g i n a

 

 

Hipermotor de los Forasteros, o Hiperimpulsor Quantum I: un motor para navegar más rápido que la velocidad de la luz, común en el espacio conocido.

 

Patriarcado: el imperio interestelar Kzinti.

 

Babor: mirando hacia giro, dirección que queda a la izquierda.

 

Hiperimpulsor Quantum II: un avanzado sistema impulsor experimental, más rápido que la luz, de diseño titerote, originalmente relatado en el cuento “En el Núcleo”. Un día del Mundo Anillo bajo el impulsor Q-II representan 1440 años luz de distancia.

 

Centro de Reparaciones: antiguo centro de mantenimiento y control del Mundo Anillo, oculto debajo del Mapa de Marte, en el Gran Océano.

 

Rishathra (reshtra): práctica sexual interespecies, aunque siempre dentro de los homínidos. Es una costumbre propia del Mundo Anillo.

 

Scrith: el material estructural del Mundo Anillo. El scrith forma todo el subsuelo, y sobre él se asienta la superficie interior terraformada, de tierra y rocas. Está esculpido para formar los accidentes geográficos, y su espesor es prácticamente constante. Las paredes del Borde también son de scrith. Es muy denso, y tiene una resistencia mecánica del orden de las fuerzas de cohesión del núcleo atómico.

 

Sheathclaws: un mundo compartido por telépatas humanos y Kzinti.

 

Montañas derramadas: montañas que se apoyan sobre los muros perimetrales del Mundo anillo, formadas por los detritos que expelen los desagües que se encuentran en lo alto del Muro. Son una de las fases de recirculación del flup, y tienen su propia ecología.

 

Giro: sentido de la rotación del Mundo anillo (contra la rotación del cielo).

 

Estribor: mirando hacia giro, dirección que queda a la derecha.

 

Campo de estasis: tecnología humana. Un estado inducido, en el cual el tiempo pasa muy despacio. Las proporciones pueden ser tan altas como que mil millones de años de tiempo real equivalgan a unos pocos segundos bajo la estasis. Un objeto sumergido en estasis es prácticamente invulnerable.

 

Disco pedestre: sistema teleportador abierto, de diseño y manufactura titerote. Otras razas del espacio conocido poseen sistemas menos perfeccionados que requieren el uso de recintos cerrados, llamados cabinas de transferencia.

 

Stet: Déjalo en paz; acéptalo como escrito; no hagas ningún cambio.

 

Nej: abreviatura de «no es justo», utilizada como interjección.

 

Propulsor:  motor  sin  reacción.  En  el  espacio  conocido,  los  propulsores  han

 

 

 

 

 

 

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reemplazado a los motores de fusión en todas las naves espaciales, salvo las militares.

 

Vishnishti (Vashnesht, Vasnesht, Vasnisit, etc.): mago, nombre dado a los protectores por los homínidos del Mundo Anillo.

 

Cámara red: artefacto multisensor de tecnología titerote, que simula una telaraña de bronce muy poco visible.

 

Planta salchicha: vegetal muy común en el Mundo Anillo. Comestible.

 

 

 

 

 

 

FIN

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