© Libro N° 6114.
El archivo de los Viudos Negros. Los Viudos Negros – 3. Asimov, Isaac. Emancipación.
Junio 15 de 2019.
Título
original: © Casebook of the Black Widowers
Versión Original: © El archivo de los Viudos Negros. Los Viudos
Negros – 3. Isaac Asimov
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Miranda
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EL ARCHIVO DE LOS VIUDOS NEGROS
Los Viudos Negros - 3
Isaac Asimov
Dotado
de una imaginación extraordinaria, Isaac Asimov ha alcanzado una inmensa
popularidad basada principalmente en su innegable talento para la divulgación
científica y en una extensa producción de narraciones de ciencia-ficción, cuya
audacia y originalidad han dado lugar a una renovación decisiva del género.
Menos conocida quizá su faceta de escritor de relatos de misterio, a la que
responde esta selección publicada bajo el título «El archivo de los viudos
negros», tercera de la serie iniciada por «Cuentos de los Viudos Negros» (LB
1466) y continuada en «Más cuentos de los Viudos Negros» (LB 1469).
Un
grupo de amigos dedicados a distintas profesiones, pero unidos por una común
curiosidad, se reúnen a cenar en un elegante restaurante una vez al mes
acompañados de un invitado, quien, acabada la cena, es sometido a un minucioso
interrogatorio a lo largo del cual se propone y se resuelve un enigma. Será el
más callado y humilde de los asistentes, Henry, el camarero, quien
invariablemente proporcione la única solución posible del misterio.
El
ingenio y la erudición, la capacidad de deducción y un fino humor se combinan
en estos once cuentos de inexcusable lectura para los admiradores del autor de
«Estoy en Puertomarte sin Hilda» (LB 366), así como para todos los aficionados
al relato detectivesco.
Isaac Asimov
El archivo de los Viudos Negros
Los Viudos Negros - 3
Título original: Casebook of the Black Widowers
Isaac Asimov, 1980
Traducción: Jorge A. Sánchez
Corrector: Pilar Agramunt
Editor digital: Titivilius
ePub base r1.2
A Alex Zupnick, Don Laventhal
y Bob Zickin, que se esfuerzan
por evitarme problemas
INTRODUCCIÓN
POR
ALGUNA RAZÓN, posiblemente por la dulce y encantadora modestia de que estoy
imbuido, vivo en constante temor de que alguien intente detener mi continuo
fluir de material publicado.
Por
ejemplo, retrocediendo a marzo de 1971, escribí un relato de misterio para la
Ellery Queen’s Mystery Magazine (EQMM) acerca de una organización que denominé
«el Club de los Viudos Negros». Lo concebí como una pieza suelta, pero Frederic
Dannay («Ellery Queen») la presentó como «el primero de una nueva serie». De
modo que escribí un segundo, luego un tercero…
Y
con cada uno, temblaba pensando que Fred, o cualquier otro, dijera: «Está bien,
es suficiente».
Afortunadamente
para mí, nadie lo hizo.
En
su momento, cuando hube escrito doce relatos de la serie, decidí que eran
suficientes para un libro que denominé Cuentos de los Viudos Negros. Cuando
hube escrito doce más, llegó el turno a Más cuentos de los Viudos Negros[1].
Ustedes
ya saben todo esto, lo sé, pero ahora he completado un tercer juego de relatos,
de modo que aquí está El archivo de los Viudos Negros.
Y
aún no ha aparecido nadie que me diga que me detenga. A veces me lo planteo.
Después de todo, nadie niega que mis relatos de los Viudos Negros van contra
las corrientes en boga en el campo del misterio. De hecho, estas historias son
virtualmente del siglo XIX.
La
idea de un grupo de hombres del estrato superior de la sociedad sentado
alrededor de una placentera y suntuosa comida, mientras discuten y resuelven
algún misterio, constituye por completo una convención victoriana. Tampoco
ayuda que no haya sexo y violencia; de hecho, con frecuencia ni siquiera hay
mucho delito. Y, a pesar de todo, la correspondencia que recibo es muy
gratificante.
Los
resultados de mis reflexiones sobre el asunto son estos:
1. Los misterios son lo más leales posible. Trato
de hacer una historia clara y la desarrollo de modo tal que en el momento
crucial el lector pueda, junto con Henry, razonar y llegar a la solución. Y, si
debo creer a las cartas que recibo, los lectores generalmente lo hacen.
2. Los misterios, como tales misterios, pueden
exponerse, discutirse y resolverse en aproximadamente un cuarto del espacio que
dedico a cada cuento. Los otros tres cuartos están dedicados a la placentera
charla de sobremesa de los Viudos Negros, y aparentemente también esto gusta a
los lectores.
Esto
me hace más feliz de lo que puedo expresar, pues yo también disfruto elaborando
tanto misterios leales como conversaciones inteligentes.
De
modo que, amables lectores, he aquí el tercer volumen de la serie. ¡Y tienen
todos ustedes mi palabra de que mientras viva seguiré!
I
LA
CRUZ DE LORENA
Por
regla general, Emmanuel Rubin nunca permitía que una expresión de alivio
cruzara su rostro. Si lo hubiera hecho, ésta habría indicado un sentimiento
previo de inseguridad o recelo, sensaciones que podía sentir, pero que
seguramente nunca admitiría.
Esta
vez, sin embargo, el alivio era inequívoco. Había llegado la hora del banquete
mensual de los Viudos Negros; Rubin era el anfitrión, y era él quien debía
traer al invitado; y eran casi las siete y veinte —faltaban sólo diez minutos
para el comienzo del banquete— cuando su invitado llegó.
Rubin
salió a su encuentro, cuidando, sin embargo, de no derramar una gota de su
segunda copa.
—Caballeros
—dijo aferrando el brazo del recién llegado—, mi invitado: el Sorprendente
Larri… Se deletrea L-A-R-R-I. —Y en voz baja, sobre el murmullo de los
saludos—. ¿Dónde demonios te habías metido?
—El
metro se ha quedado parado —musitó Larri. Luego correspondió a las sonrisas y
los saludos.
—Perdónenme
—dijo Henry, el perenne e incomparable camarero de los banquetes de los Viudos
Negros—, pero no hay mucho tiempo para que el invitado se tome una copa antes
de que la cena comience. ¿Puedo preguntarle qué prefiere, señor?
—Esa
sí que es una buena idea —dijo Larri, agradecido—. Gracias, camarero, póngame
un martini seco, pero no demasiado seco… un poquito húmedo, por decirlo así.
—En
seguida, señor —dijo Harry.
—Ya
te conté, Larri —dijo Rubin—, que todos los miembros tenemos un doctorado ex
officio, de modo que voy a presentártelos con nauseabundo detalle. Este
caballero alto de pulcro bigote, cejas negras y espalda recta es el doctor
Geoffrey Avalon. Es abogado y nunca sonríe. La última vez que lo intentó fue
multado por desacato al Tribunal.
Avalon
sonrió tan ampliamente como pudo y dijo:
—Indudablemente
usted ya conoce a Manny lo suficiente como para no tomarlo en serio.
—Indudablemente
—dijo Larri—. Él y Rubin, de pie uno junto al otro, mostraban un enorme
parecido. Ambos eran de altura semejante —alrededor de un metro sesenta y
cinco—, ambos poseían un rostro vivó e inquisitivo, y ambos tenían la barba
rala, a pesar de que la de Larri era más larga y estaba acompañada también por
pelo en las mejillas.
—Y
aquí, vestido para matar a cualquiera que tenga verdadero gusto por la ropa,
nuestro
insigne borroneador, el doctor Mario Gonzalo, quien insistirá en hacerte una
caricatura en la que luego querrá encontrar alguna semejanza. El doctor Roger
Halsted martiriza a sus jóvenes alumnos con el pretexto de enseñarles las pocas
matemáticas que sabe. El doctor James Drake es un químico apolillado que alguna
vez estafó a alguien para conseguir un doctorado. Y, finalmente, el doctor
Thomas Trumbull, quien trabaja para el gobierno en algún departamento
misterioso como experto en códigos cifrados y que pasa la mayor parte de su
tiempo temiendo que el Congreso lo descubra.
—Manny
—dijo Trumbull con enojo—, si fuera posible hacer una votación retroactiva,
creo que tendrías cinco votos en contra.
Henry
dijo:
—Caballeros,
la cena está servida.
Fue
una de esas raras ocasiones en que el plato fuerte de los Viudos Negros
consistió en langosta, más rara hoy que nunca debido al aumento de los precios.
Rubin,
que, como anfitrión, corría con los gastos, se encogió de hombros:
—Tuve
una buena liquidación de un libro de bolsillo el último mes, de modo que
podemos
considerar esto como una celebración.
—Podemos
—dijo Avalon—, pero la langosta tiende a matar la conversación. Romper las
pinzas y el caparazón, extraer la carne, mojarla en la mantequilla derretida,
exige una total concentración. —Y el esfuerzo que empleaba en apretar las
tenacillas le deformaba la cara en una mueca.
—En
ese caso —dijo el Sorprendente Larri—, tendré el monopolio de la conversación
—y sonrió con satisfacción cuando Henry colocó diestramente ante él una
soberbia fuente de costillas asadas.
—Larri
es alérgico a la carne de pescado —dijo Rubin.
La
conversación, tal como Avalon había predicho, quedó suspendida hasta que las
distintas langostas fueron derrotadas en la batalla gastronómica, y luego,
finalmente, Halsted preguntó:
—¿Qué
es lo que lo hace sorprendente, Larri?
—Nombre
artístico —dijo Larri—. Soy prestidigitador, un escapista extraordinaire, y el
exposeur más grande que existe.
Trumbull,
que estaba sentado a la derecha de Larri, arrugó su bronceada frente. —¿Qué
demonios quiere decir exposeur? Rubin hizo tintinear su copa de agua y dijo:
—No
se puede interrogar hasta que tomemos el café.
—Por
el amor de Dios —dijo Trumbull—. Sólo estoy preguntando la definición de una
palabra.
—La
decisión del anfitrión es inapelable —dijo Rubin.
Trumbull
frunció el ceño torvamente mirando a Rubin.
—Entonces
adivinaré la respuesta. Un exposeur es alguien que expone fraudes; alguien que,
utilizando trucos de un tipo o de otro, pretende producir efectos que atribuye
a fuerzas sobrenaturales o paranaturales.
Larri
se mordió el labio inferior, alzó sus cejas y asintió con la cabeza.
—Bastante
bien para ser una adivinación. No podría haberlo dicho mejor.
—Lo
que usted quiere decir es que puede reproducir en el escenario cualquier efecto
que se afirme que es de magia real —dijo Gonzalo.
—Exacto
—dijo Larri—. Por ejemplo, supongamos que una persona dice que tiene la
facultad de doblar cucharas por medio de fuerzas desconocidas. Yo puedo hacer
lo mismo utilizando fuerzas naturales, de este modo. —Levantó su cuchara y,
sosteniéndola por los extremos, la dobló algo más de un centímetro.
—Eso
apenas tiene importancia. Eso cualquiera puede hacerlo —dijo Trumbull. —¡Ah!
—dijo Larri—, pero es que esta cuchara que me han visto doblar no es en
absoluto
el efecto sorprendente. Esa cuchara que miraban sólo sirvió para captar y
enfocar los rayos etéreos que hicieron el verdadero trabajo. Han sido esos
rayos los que han doblado su cuchara, doctor Trumbull.
Trumbull
miró hacia abajo y levantó su cuchara, doblada casi en ángulo recto.
—¿Cómo
lo ha hecho?
Larri
se encogió de hombros.
—¿No
cree que han sido las fuerzas etéreas?
Drake
rió y, empujando los restos de su langosta hacia el centro de la mesa, encendió
un cigarrillo.
—Larri
lo hizo hace unos minutos, con las manos, cuando no lo observabas — dijo.
Larri
se mantuvo imperturbable ante la revelación.
—Cuando
Manny golpeó la copa, doctor Trumbull, distrajo usted la mirada. Me habría
gustado que todos hubieran hecho lo mismo.
—Sé
que a Manny no se le debe prestar ninguna atención —dijo Drake.
—Pero
si nadie me hubiera visto hacerlo —dijo Larri—, ¿habría admitido usted las
fuerzas etéreas?
—De
ningún modo —dijo Trumbull.
—¿Ni
siquiera aunque no hubiera otra forma de explicar el efecto? Mire, déjeme
mostrarle algo. Suponga que quiere arrojar una moneda al aire…
Calló
durante un momento, mientras Henry pasaba la bandeja con las tartitas de fresa;
cogió la suya y dijo:
—Suponga
que quiere dar la vuelta a una moneda sin levantarla… ésta, por ejemplo. Hay
muchas maneras de hacerlo. La más sencilla sería tocarla ligeramente, porque,
como todos saben, un dedo siempre está algo pegajoso, especialmente a la hora
de la comida, de modo que la moneda se levanta un poco cuando quitamos el dedo
y se puede darle la vuelta. Es cruz ahora, como ven. Ahora la toco y es cara.
—No
hay prestidigitación ahí, creo —dijo Gonzalo—. Vimos cómo le daba la
vuelta.
—Exactamente
—dijo Larri—, por eso no lo haré así. Pongamos algo sobre ella de forma que no
se la pueda tocar ni dar la vuelta. Supongamos que utilizamos… — extendió la
vista por la mesa un momento y cogió un salero—. Supongamos que utilizamos
esto.
Colocó
el salero sobre la moneda y dijo:
—Ahora
la moneda está en cara, ¿no?…
—Un
momento —dijo Gonzalo—. ¿Cómo sabemos que está en cara? Podría estar en cruz y
luego, cuando la mostrara, diría que ha saltado cuando en realidad ha estado
igual todo el tiempo.
—Tiene
toda la razón: —dijo Larri—, y me alegra que haya llamado la atención sobre el
asunto. Doctor Drake, sus ojos me atraparon antes. ¿Quiere usted ser testigo en
nombre de toda la concurrencia? Levantaré el salero y usted dirá qué cara
muestra la moneda.
Drake
miró y dijo «¡Cara!» con su voz levemente ronca.
—Creo
que todos ustedes aceptan la palabra del doctor Drake, ¿no, caballeros? Por
favor, observen cómo coloco el salero nuevamente sobre la moneda y asegúrense
de que no le doy la vuelta durante el proceso…
—No
lo ha hecho… —dijo Drake.
—Ahora,
para evitar que me resbalen los dedos mientras realizo el truco, pondré esta
servilleta de papel sobre el salero.
Larri
dobló la servilleta con pulcritud y la colocó cuidadosamente sobre el salero,
luego dijo:
—Doctor
Drake, ¿quiere usted verificar otra vez la moneda?
Drake
se inclinó hacia adelante.
—Aún
cara —dijo.
Con
mucho cuidado y suavidad, Larri volvió a colocar el salero con la servilleta
doblada sobre él y dijo:
—¿Seguía
igual la moneda?
—Aún
era cara —dijo Drake.
—En
ese caso, ahora realizaré la magia. —Larri presionó hacia abajo el salero y el
papel se hundió. No había nada debajo.
Hubo
un momento de asombro, y luego Gonzalo dijo:
—¿Dónde
está el salero?
—En
otro plano de existencia —dijo Larri con complacencia.
—Pero
usted dijo que iba a hacer saltar la moneda.
—Mentí.
—No
es ningún misterio —dijo Avalon—. Nos tenía a todos concentrados en la moneda
como táctica de distracción. Luego levantó el salero tapado con la servilleta y
dejó que Jim mirara la moneda; entonces dejó caer el salero en su mano y colocó
la servilleta doblada y vacía sobre la moneda.
—¿Me
vio usted hacerlo, doctor Avalon? —preguntó Larri.
—No.
También estaba mirando la moneda.
—Entonces
lo está usted suponiendo —dijo Larri.
Rubin,
que no había participado en absoluto en la demostración, sino que se había
comido su tartita de fresa y ahora estaba esperando que los otros se comieran
la suya, dijo:
—Se
tiende a explicar estas cosas de forma lógica, y eso no puede ser. Los
científicos y otros racionalistas acostumbran a tratar con el universo, que
juega limpio. Enfrentados a los «poderes», que no lo hacen, se ven forzados a
creer cosas sin sentido y, finalmente, a ponerse en ridículo.
Los
magos, en cambio —continuó—, saben qué mirar, tienen la suficiente experiencia
como para no dejar que los despisten y no se impresionan por lo aparentemente
sobrenatural. Por eso las personas con poderes suelen no actuar cuando saben
que hay magos entre la audiencia.
El
café se había servido y Henry estaba aprestando silenciosamente el brandy,
cuando Rubin hizo tintinear su copa de agua y dijo:
—Caballeros,
es la hora del interrogatorio oficial, suponiendo que idiotas como vosotros
tengan algo que preguntar. Geoff, ¿quieres hacer los honores esta vez?
Avalon
se aclaró ominosamente la garganta y frunciendo el entrecejo dirigió su mirada
hacia el Sorprendente Larri por debajo de sus oscuras y espesas cejas.
Utilizando el tono de voz más profundo de su ya profundo registro, Avalon dijo:
—Es
costumbre preguntar a nuestro invitado cómo justifica su existencia, pero si el
invitado de hoy realiza trucos místicos de vez en cuando, yo, por mi parte,
considero justificada su existencia y dejaré pasar el punto.
La
tentación sería preguntarle cómo realizó su pequeño truco de desaparición de
hace un momento, pero me figuro que los principios de su profesión le impedirán
contárnoslo. A pesar de que todo lo que se dice aquí se considera reservado y
nunca ha sido revelado, evitaré realizar ese tipo de preguntas.
En
su lugar, entonces, déjeme preguntarle por sus fallos. Usted se describe como
un exposeur. ¿No ha habido ninguna demostración supuestamente sobrenatural que
usted no haya sido capaz de reproducir con prestidigitación y no haya podido
explicar por medios naturales?
—No
he intentado explicar todos los efectos con que me he encontrado o de los que
me han hablado —dijo Larri—, pero siempre que he estudiado un efecto e
intentado reproducirlo, lo he conseguido.
—¿Sin
fallos?
—¡Nunca!
Avalon
consideró el asunto, pero cuando iba a hacer la siguiente pregunta, Gonzalo le
interrumpió. Tenía la cabeza apoyada sobre la palma de una mano, pero
los
dedos estaban cuidadosamente dispuestos para no desarreglar su cabello. Dijo:
—Entonces,
Larri, ¿sería correcto sugerir que sólo resuelve los casos fáciles?
¿Que
en los casos realmente difíciles no lo intenta?
—¿Quiere
decir —dijo Larri— que si evito cualquier cosa que pudiera estropear mi marca,
o perturbar mis creencias en el orden racional del universo? Si es eso, se
equivoca, doctor Gonzalo. La mayor parte de los informes relacionados con
supuestos poderes son torpes y carecen de importancia, son burda y patentemente
falsos. Estos los ignoro. Los casos en los cuales centro la atención son
precisamente aquellos que tienen una naturaleza poco corriente y muestran un
aparente divorcio con lo racional. Como ve, los únicos que tomo en cuenta son
precisamente los que usted sospecha que evito.
Gonzalo
calló y Avalon dijo:
—Larri,
el mero hecho de que usted pueda reproducir un truco mediante la
prestidigitación no significa que la otra persona no lo pueda haber realizado a
través de medios sobrenaturales. El hecho de que los seres humanos puedan
construir máquinas que vuelan no significa que los pájaros sean máquinas hechas
por el hombre.
—Cierto
—dijo Larri—, pero esas personas sustentan su afirmación de que intervienen
poderes sobrenaturales en la idea, explícita o implícita, de que no hay otra
forma de producir el efecto. Si yo demuestro que se puede producir el mismo
efecto por medios naturales, entonces ellos tienen que demostrar que también
puede producirse sin que intervengan los medios naturales que yo he utilizado.
No sé de nadie que haya aceptado las condiciones establecidas por magos
profesionales para evitar trucos y que haya tenido éxito.
—¿Y
no ha habido nunca nada que le haya desconcertado? ¿Ni siquiera trucos que
hayan hecho otros magos?
—Oh,
sí. Hay efectos producidos por algunos magos que me desconciertan en el sentido
de que no sé cómo los han hecho. Puedo reproducirlos, pero quizá utilizando un
método diferente. En cualquier caso, no se trata de eso. Desde el momento en
que el efecto es producido por medios naturales, que pueda reproducirlo o no,
no tiene importancia. No soy el mejor mago del mundo. Sólo soy mejor mago que
cualquier persona con «poderes».
Halsted,
con su amplia frente colorada por la ansiedad, y tartamudeando ligeramente en
su afán de hablar, dijo:
—Pero
¿no hay nada que pueda sorprenderle? No me refiero al tipo de desapariciones
como la que llevó a cabo con el salero…
—¿Se
refiere a éste? —preguntó Larri, apuntando hacia la mesa. Había un salero en
medio de ella, pero nadie había visto colocarlo allí.
Halsted,
desconcertado por un momento, se recobró y dijo:
—¿Nunca
le ha sorprendido ninguna desaparición? He oído que algunos magos han hecho
desaparecer elefantes.
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—En
realidad, hacer desaparecer elefantes es un juego de niños. Le aseguro que no
hay nada enigmático en las desapariciones que se llevan a cabo en un número de
magia. —Entonces una expresión peculiar cruzó el rostro de Larri, un destello
de tristeza y frustración—. En un número de magia, claro. Sólo…
—¿Sí?
—dijo Halsted—. ¿Sólo qué?
—Sólo
cuando es en la vida real —dijo Larri sonriendo e intentando desechar el asunto
con despreocupación.
—Sólo
un momento —dijo Trumbull—. No vamos a dejarlo pasar. Si hubo una desaparición
en su vida real que no pueda explicar, queremos saber de qué se trata.
Larri
sacudió la cabeza.
—No,
no, doctor Trumbull. No es una desaparición misteriosa o inexplicable.
Nada
de eso. Sólo que perdí… algo, y no puedo encontrarlo, y eso… me apena.
—Los
detalles —dijo Trumbull.
—No
vale la pena —dijo Larri—. Es una… historia tonta y de algún modo… — enmudeció.
—¡Maldita
sea! —bramó Trumbull—. Todos los que estamos aquí renunciamos voluntariamente a
preguntarle cualquier cosa que pueda significar violar su ética. ¿Violaría
acaso la ética del oficio de mago contarnos esa historia?
—No
es eso…
—Bien,
entonces le repito lo que Geoff le ha dicho. Todo lo que aquí se diga es
confidencial, y el acuerdo que preside estas cenas mensuales es que todas las
preguntas deben ser contestadas. ¿Manny?
Rubin
se encogió de hombros.
—Así
es, Larri. Si no quieres responder, tendremos que dar la reunión por concluida.
Larri
se recostó en la silla y pareció deprimido…
—No
puedo permitir que eso suceda, considerando la agradable hospitalidad que me
han demostrado. Les contaré la historia y comprobarán que no hay nada especial
en ella. Encontré una mujer por puro accidente, perdí el contacto con ella y no
puedo localizarla. Eso es todo.
—No
—dijo Trumbull—, eso no es todo. ¿Dónde y cómo la encontró? ¿Dónde y cómo
perdió contacto con ella? ¿Por qué no_ puede volver a encontrarla? Queremos
conocer los detalles.
—De
hecho, si nos cuenta los detalles —dijo Gonzalo—, quizá podamos ayudarle.
Larri
rió sardónicamente.
—No
lo creo.
—Se
sorprenderá —dijo Gonzalo—. En el pasado…
—Detente,
Mario —dijo Avalon—. No hagas promesas que no seas capaz de cumplir. ¿Quiere
usted darnos los detalles? Le aseguro que haremos todo lo que podamos por
ayudarlo.
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Larri
sonrió con tristeza.
—Aprecio
su ofrecimiento, pero ya verán que no hay nada que puedan hacer aquí sentados.
Se
acomodó en su asiento y dijo:
—Había
terminado mi actuación en una ciudad del norte del país… les daré los detalles
si se empeñan, pero por el momento no tienen importancia, salvo que esto
sucedió hace más o menos un mes. Tenía que estar en otra pequeña ciudad que se
halla a unos ciento cincuenta kilómetros de allí para una función matinal, lo
que suponía un pequeño problema de transporte.
Mi
magia, desgraciadamente, no es de las que puedan transportar a alguien a ciento
cincuenta kilómetros en un abrir y cerrar de ojos, ni siquiera hacer aparecer
un par de botas de siete leguas. No tenía el coche —mejor, porque no me gusta
viajar por carreteras comarcales de noche y con sueño—, y, en definitiva, no me
quedaba más remedio que coger un autocar que realizaba más paradas que un tren
correo y que tardaba casi cuatro horas en hacer el recorrido. Mi intención era
dormir un poco durante el trayecto y que el viaje, por lo menos, me sirviese
para algo.
Pero
cuando las cosas empiezan a ir mal, siguen yendo mal, de modo que pueden
adivinar que perdí el autocar y que el siguiente no pasaba hasta al cabo de dos
horas. Había una estación cercana en la cual podría esperar, una estación tan
deprimente como puedan imaginar… sin nada que leer, excepto algunos carteles
cochambrosos, ni un mal lugar donde comprar un periódico o tomar un café. Pensé
con ironía que tenía suerte de que no estuviera lloviendo y me senté,
quedándome adormecido. Entonces mi suerte cambió.
En
la estación entró una mujer. Nunca he estado casado, y tampoco he tenido nunca
eso que los jóvenes de hoy llaman una relación seria. Algunos vínculos
casuales, quizá, pero en definitiva, aunque parezca trivial decirlo, estoy
casado con mi arte y encuentro en él más satisfacción que con las mujeres, en
general.
No
tenía ninguna razón para pensar que aquella mujer fuera mejor que otras, pero
su aspecto era agradable. Aparentaba algo más de treinta años, y tenía el
suficiente aplomo como para inspirar una sensación de comodidad y calidez, y no
era demasiado alta.
Miró
a su alrededor y dijo, sonriendo:
—«Bien,
ya veo que he perdido el autocar».
Yo
sonreí con ella. Me gustó la forma en que lo dijo. No parecía irritada ni
quejumbrosa, ni obraba como si estuviera enojada con el universo. Era una
declaración llana y desenfadada, y escucharla me hizo un tremendo bien, pues yo
sí que estaba a punto de mostrarme irritado y quejumbroso, y de obrar con
enojo. Ahora podría mostrar mi lado bueno, como ella, y dije: «Los dos lo hemos
perdido, de modo que ni siquiera tiene la satisfacción de haber sido la única».
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—«Mucho
mejor», dijo ella. «Así, podremos conversar y el tiempo pasará más rápido».
Yo
estaba sorprendido. Ella no me trataba como si fuera a violarla o robarla. Dios
sabe que no soy especialmente guapo y que no tengo una particular apariencia de
respetabilidad, pero fue como si ella penetrara sin más en mi carácter más
íntimo y lo encontrara satisfactorio. No pueden hacerse idea de lo halagado que
me sentía. Aunque hubiera estado diez veces más dormido de lo que lo estaba, me
hubiese quedado charlando con ella.
Y
charlamos. A los quince minutos supe que estaba teniendo la más placentera
conversación de mi vida en una miserable estación de autocares y algo después
de medianoche. No puedo decirles de todo lo que hablamos, pero sí de que no
hablamos de magia.
Yo
puedo despertar el interés de cualquiera haciendo trucos, pero entonces no es
en mí en quien se interesan: es en la velocidad de los dedos y en la cháchara.
Y como siempre estoy procurando obtener atención de ese modo, no saben el
placer que representa para mí que me la presten sin tener que recurrir a ellos.
A ella, aparentemente, le gustaba escucharme y yo puedo asegurar que me gustaba
escucharla a ella.
Por
suerte, mi viaje no era uno de esos en toda regla, de modo que no llevaba mi
gran baúl con publicidad del espectáculo en los costados; sólo dos maletas
bastantes grandes. No le dije nada personal sobre mí, y yo tampoco le pregunté
nada a ella. Supe solamente que se dirigía a casa de su hermano, que él vivía
en esa misma carretera, que tendría que despertarle porque sin querer se había
retrasado… pero sólo me contó todo esto para decirme que estaba contenta de que
hubiera sucedido. A cambió de mi compañía, daba por bien empleadas las
molestias de su hermano. Eso me gustó.
No
hablamos ni de política ni de asuntos de interés general ni de teatro. Hablamos
de la gente, de todas las cosas graciosas, curiosas y especiales que alguna vez
habíamos observado en la gente. Nos estuvimos riendo durante dos horas, en las
cuales nadie se nos acercó. Nunca me había ocurrido nada parecido y me sentía
tan lleno de vida y feliz que, cuando finalmente llegó el autocar, a las dos
menos diez, me sorprendí de lo apenado que me sentía. No quería que llegase, no
quería que la noche acabara.
En
el autocar, por supuesto, ya no fue lo mismo. Suficiente suerte fue encontrar
libres dos asientos contiguos. Después de todo, en la estación habíamos estado
solos y pudimos hablar en voz alta y reír. En el autocar tuvimos que susurrar;
la gente estaba durmiendo.
No
todo fue malo, claro está. Era agradable sentirla tan cerca de mí, tocarnos.
Aunque ya tengo mis años, me sentía como un chaval. Tanto, de hecho, como para
sentirme incómodo al notarme observado.
Al
otro lado del pasillo había una mujer con su crío. Tendría unos ocho años,
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cálculo,
y estaba despierto. Mantenía fijos en mí sus pequeños ojos penetrantes. Cada
vez que un destello de luz penetraba en el autocar, veía su mirada fija en
nosotros, lo qué resultaba muy inhibidor.
Deseé
que se durmiera, pero, por supuesto, la emoción de estar en el autocar le
mantenía despierto.
El
movimiento del vehículo, el susurro ocasional, la sensación de estar
completamente fuera de la realidad, la presión de su cuerpo contra el mío… todo
era como un sueño confuso y, de hecho, las barreras entre sueño y vigilia se
desvanecieron. No quería dormirme y logré espabilarme una o dos veces, pero
finalmente, cuando me desperté una vez más, estaba claro que hacía ya mucho
rato que dormía, y el asiento de al lado estaba vacío.
—Supongo
que se bajó —dijo Halsted.
—No
creo que se desvaneciera en el aire —dijo Larri—. Como es natural, eché una
ojeada alrededor. No podía llamarla porque no sabía su nombre. En el servicio
tampoco estaba, pues la puerta se balanceaba, abierta.
El
niño del otro lado del pasillo habló con rapidez con tono agudo… en francés.
Puedo entender el francés más o menos bien, pero no me hizo falta esforzarme
porque su madre ya estaba despierta y lo tradujo. Ella hablaba muy bien el
inglés. Me dijo: «Perdón, señor, ¿está buscando a la mujer que estaba con
usted?».
—«Sí»
—le dije—. «¿Ha visto si se ha bajado?».
—«Yo
no. Estaba durmiendo. Pero mi hijo dice que bajó en el sitio de la cruz de
Lorena».
—«¿Dónde?».
Me
lo repitió, y también lo hizo el niño en francés.
—«Disculpe
a mi hijo —dijo ella—. Es un gran admirador del presidente Charles de Gaulle, y
a pesar de que es todavía muy joven conoce muy bien la historia de las fuerzas
de la Francia Libre durante la guerra. Si él dice que vio la cruz, es que la ha
visto».
Les
di las gracias y me fui hacia la parte delantera del autocar, hasta el lugar
del conductor, y le pregunté a él, pero a esa hora de la noche el vehículo se
detiene allá donde el pasajero quiere subir o pide bajar. Había hecho muchas
paradas y dejado subir y bajar a numerosas personas, por lo que no estaba
seguro de quién se había bajado y dónde. En realidad fue bastante grosero.
Avalon
se aclaró la garganta:
—Pudo
pensar que sus intenciones no eran buenas y guardarse la información para
proteger al pasajero.
—Quizá
—dijo Larri con desaliento—, pero en definitiva la había perdido. Cuando volví
a mi asiento, encontré una pequeña nota oculta en el bolsillo de la chaqueta
que había colocado en la rejilla. Me las ingenié para leerla a la luz que
entraba de la calle en la siguiente parada, donde se bajaron la madre francesa
y su hijo. Decía: «Gracias por un rato tan agradable. Gwendolyn».
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—Por
lo menos tiene el nombre —dijo Gonzalo.
—Me
gustaría tener su apellido, dirección y número de teléfono. Un nombre carece de
utilidad.
—Es
posible —dijo Rubin— que ella se guardara deliberadamente la información porque
no estuviera interesada en continuar la relación. Un pequeño interludio
romántico es una cosa; una continuación peligrosa, otra. Quizá estuviera
casada.
—O
se enfadó con usted por haberse quedado dormido —dijo Gonzalo.
—Quizá
—dijo Larri—. Pero sólo encontrándola podría disculparme si se enfadó o
tranquilizarla si me teme; o cultivar su amistad si no le ocurre ni una cosa ni
la otra. Sería mejor que pasarme el resto de mi vida preguntándomelo. —¿Y ha
hecho algo para encontrarla? —preguntó Gonzalo.
—Claro
—dijo Larri, sardónicamente—. Si un mago se encuentra con una mujer que
desaparece debe comprender qué ha sucedido. Recorrí la ruta del autocar en
coche dos veces, buscando una cruz de Lorena. Si la hubiera encontrado, habría
entrado y preguntado si alguien conocía a una mujer llamada Gwendolyn. La
habría descrito. Si hubiera hecho falta, habría ido incluso a la oficina de
Correos o la estación de policía local.
—Pero
no ha encontrado ninguna cruz de Lorena, supongo —dijo Trumbull.
—No.
—Hablando
en términos matemáticos —dijo Halsted—, es un problema finito.
Puede
preguntar en cada oficina de Correos que hay a lo largo de la ruta.
Larri
suspiró.
—Si
me desespero lo suficiente, lo haré. Pero, hablando en términos matemáticos,
sería poco elegante. ¿Por qué no puedo encontrar la cruz de Lorena?
—El
niño pudo equivocarse —dijo Trumbull.
—No
creo —dijo Larri—. Un adulto sí, pero un niño, ¿hablar porque sí? Nunca. Los
adultos acumulamos la suficiente irracionalidad como para resultar testigos más
que dudosos. Un niño listo de ocho años es diferente. No intenten engañar a un
niño listo: lo descubrirá.
Por
otra parte —continuó—, no hay en toda la ruta un restaurante, unos almacenes o
algo por el estilo con el nombre cruz de Lorena. Creo que he mirado las páginas
amarillas de toda la ruta.
—Un
momento —dijo Avalon—, hay algo que falla. El niño no pudo ver las palabras
porque no habrían significado nada para él. Si hablaba y leía sólo francés,
como supongo que era el caso, conocería la expresión Croix de Lorraine. El
inglés nunca hubiera atraído su mirada. Debe de haber visto el símbolo, la cruz
con dos barras horizontales, así. —Estiró la mano y Henry, servicialmente, le
alcanzó el menú.
Avalon
le dio la vuelta y sobre el reverso en blanco dibujó lo siguiente:
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—En
realidad —dijo—, es más correcto llamarla cruz patriarcal o cruz arzobispal, ya
que simboliza el alto cargo de los patriarcas y arzobispos duplicando la barra.
La cruz papal, a su vez, tiene tres barras. La cruz patriarcal fue utilizada
como símbolo por Godofredo de Bouillon, uno de los jefes de la Primera Cruzada,
y como era el duque de Lorena acabó llamándosela cruz de Lorena. Como todos
sabemos, fue adoptada como emblema por los franceses libres durante la guerra
con Hitler. —Tosió ligeramente y trató de aparentar modestia.
—Entiendo
lo del símbolo, doctor Avalon —dijo Larri, un poco impaciente—, y no pensé que
el niño se hubiera fijado en las palabras. Sin embargo, creo que estará de
acuerdo conmigo en que cualquier establecimiento que se llamara «Cruz de
Lorena» ostentaría el símbolo al lado. Busqué el nombre en las páginas
amarillas, pero pensando que se vería el símbolo desde la carretera.
—¿Y
no lo encontró? —inquirió Gonzalo.
—Ya
les he dicho que no. Estaba lo suficientemente desesperado como para tener en
cuenta cosas que no creía que el niño pudiera haber visto en la noche. Me dije:
«Quién sabe lo agudos que pueden ser esos jóvenes ojos y lo atentos que pueden
estar para ver cualquier cosa que represente lo que más le interesa en ese
momento». De modo que busqué el signo en ventanas, en señales callejeras… hasta
en los grafitos de las paredes, maldita sea.
—Si
hubiera sido un grafito —dijo Trumbull—, pudieron borrarlo entre que el niño lo
vio y usted fue a buscarlo.
—No
estoy muy seguro de eso —dijo Rubin—. Mi experiencia me dice que los grafitos
nunca se borran. Hay uno en la fachada del edificio donde vivo que…
—Eso
es Nueva York —dijo Trumbull—. En las ciudades más pequeñas hay menos
tolerancia para esas muestras de anarquía.
—Un
momento —dijo Gonzalo—. ¿Qué te hace pensar que los grafitos son necesariamente
signos de anarquía? En realidad…
—¡Caballeros!
¡Caballeros! —y, como siempre, cuando la voz de Avalon surgía en todo su
esplendor de barítono, se hizo el silencio—. No estamos aquí para discutir los
méritos y deméritos del grafito. La cuestión es: ¿cómo podemos encontrar a la
mujer que desapareció? Larri no encontró ningún restaurante u establecimiento
con el nombre de «Cruz de Lorena», no encontró rastros del símbolo en toda la
ruta. ¿Podemos ayudarle?
Drake
alzó la mano y entrecerró los ojos a través de las volutas del humo de su
cigarrillo.
—Un
momento, resuelto. ¿Habéis visto alguna vez una iglesia ortodoxa rusa?
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¿Sabéis
cómo es su cruz? —Trazó con rapidez unas líneas sobre el revés del menú y lo
empujó hacia el centro de la mesa—. Aquí está…
El
niño —continuó—, obsesionado con la Francia libre, pudo verla de refilón y
confundirla con la cruz de Lorena. De modo que lo que tiene que hacer, Larri,
es buscar una iglesia ortodoxa rusa en el trayecto. Dudo mucho que haya más de
una.
Larri
pensó en el asunto, pero no pareció muy satisfecho.
—La
cruz con la segunda barra en ángulo estaría en lo alto de una aguja, ¿no es
así?
—Me
figuro que sí.
—Pero
no tendría sistema de iluminación, ¿no? De modo que, ¿cómo pudo verla el niño a
las cuatro de la mañana?
Drake
apagó su cigarrillo.
—Pero
las iglesias tienen generalmente un tablón con información cerca de la entrada.
No lo sé; podría haber una cruz ortodoxa rusa sobre…
—¿No
podría haber sido una Cruz Roja? —preguntó Gonzalo sin mucho convencimiento—.
Ya sabe, que hubiera algún centro de la Cruz Roja en el camino.
—La
Cruz Roja —dijo Rubin— es una cruz griega, con los cuatro brazos iguales. No se
me ocurre cómo un admirador de los franceses libres podría confundirla con una
cruz de Lorena. Es así…
—Lo
lógico, supongo —dijo Halsted—, es que sencillamente la haya pasado por alto,
Larri. Si insiste en que, como mago, es usted un observador entrenado que no
podría haberla pasado por alto, cosa que me parece imposible, entonces quizá
estuviera el símbolo en algo con movimiento —un camión detenido, por ejemplo—
que continuara su camino después del amanecer.
—El
niño dijo muy claramente que era en el sitio de la cruz de Lorena —dijo Larri—.
Supongo que hasta un niño de ocho años puede advertir la diferencia entre un
sitio y un objeto en movimiento.
—Él
hablaba en francés. Quizá usted lo entendió mal.
—No
se me da tan mal —dijo Larri—, y además su madre lo tradujo así y el francés
era su lengua nativa.
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—Pero
el inglés no. Pudo ser ella quien cometiera el error. El niño pudo haber dicho
cualquier otra cosa. Pudo no haber dicho «cruz de Lorena».
Avalon
levantó la mano pidiendo silencio y dijo:
—Un
momento. Veo que Henry, nuestro estimado camarero, está sonriendo. ¿De qué se
trata, Henry?
Henry,
desde el lugar que acostumbraba ocupar, junto al aparador, dijo:
—Me
temo que me divierten sus dudas sobre el testimonio del niño. En mi opinión, es
completamente seguro que vio la cruz de Lorena.
Hubo
un momento de silencio y Larri dijo:
—¿Cómo
puede afirmar eso, Henry?
—No
siendo excesivamente sutil, señor.
La
voz de Avalon retumbó:
—Lo
sabía. Estamos complicando demasiado el asunto. Henry, ¿cómo se puede ser más
sencillo?
—Vamos,
señor Avalon. El incidente tuvo lugar de noche. En vez de buscar todos los
signos, todos los lugares, todas las variedades de cruces, ¿por qué no nos
preguntamos cuáles son las pocas cosas que pueden verse en una carretera de
noche?
—¿Una
cruz de Lorena? —preguntó Gonzalo con incredulidad.
—Por
ejemplo —dijo Henry—, entre otras cosas. Especialmente si no la llamamos cruz
de Lorena. Lo que el niño vio como una cruz de Lorena, sin duda por su especial
interés, nosotros podemos verlo como otra cosa con tanta claridad que su
relación con la cruz de Lorena sería invisible. Lo que ha estado ocurriendo ha
sido precisamente lo mismo que sucedió cuando el señor Larri realizó su truco
con la moneda y el salero. Nos concentramos en la moneda y no vimos la
alternativa.
—Henry
—dijo Trumbull—, si no para de hablar con acertijos le tiro algo a la cabeza.
¿Qué diablos es la cruz de Lorena si no es la cruz de Lorena?
—¿Qué
es esto? —dijo Henry con gravedad, y dibujó cuidadosamente sobre el revés del
menú…
—Una
cruz de Lorena… inclinada —dijo Trumbull.
—No,
señor. Usted nunca hubiera dicho eso si no hubiéramos estado hablando sobre la
cruz. Son letras inglesas y un símbolo muy común en las carreteras, si se le
agrega algo… —Escribió algo con rapidez y la cruz inclinada se transformó en:
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—La
única cosa —dijo Henry— destinada a ser vista sin problemas, de día o de noche,
en cualquier carretera, es el reclamo de una gasolinera. El niño vio en esta
palabra la cruz de Lorena, pero el señor Larri, al volver a hacer la ruta, sólo
vio la doble X, pues él leía el nombre entero como Exxon. Todas las
inscripciones de este nombre, tanto en la carretera como en publicidad o en
tarjetas de crédito, muestran la palabra escrita de esta forma.
Ahora
Larri se inflamó.
—¿Quiere
usted decir, Henry, que si me paso por las gasolineras Exxon de la ruta y
pregunto por Gwendolyn…?
—Seguramente
su hermano es el propietario de una de ellas y no debe haber más que cinco o
seis donde preguntar.
—Dios
mío, Henry —dijo Larri—, es usted un mago.
—Sólo
trato de pensar de forma simple —dijo Henry—, aunque no en el sentido
peyorativo de la palabra.
Epílogo
Eleanor
Sullivan, la deliciosa directora de la Ellery Queen’s Mystery Magazine, que fue
la primera persona que leyó la historia después que la escribí, se quedó muy
sorprendida al pensar que había visto el signo «Exxon» infinidad de veces y que
nunca había advertido la cruz de Lorena incorporada a él.
Decidió
hacer un experimento. No mucho después de haber leído la historia, conducía su
coche con un amigo como pasajero.
—En
alguno de los signos de la carretera hay una ostensible cruz de Lorena —le
dijo—. ¿Serías capaz de decirme en cuál?
El
pasajero conocía la cruz de Lorena y comenzó a observar. (Sospecho, a pesar de
que Eleanor no me contó nada, que debió de actuar como amortiguador de la
conversación).
Eleanor
lo facilitó todavía más parando deliberadamente en una gasolinera Exxon para
llenar el depósito, pero el pasajero no vio la cruz. Finalmente, acabó
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explicándoselo.
En
realidad, no es extraño. No necesariamente se ve lo que se debe ver; se ve lo
que se espera ver. Sabes que hay dos x en Exxon, eso es todo lo que esperas ver
y es todo lo que ves.
«La
cruz de Lorena» apareció en el número de la EQMM correspondiente a mayo de
1976.
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II
UN
HOMBRE DE FAMILIA
MARIO
GONZALO, EL artista miembro de los Viudos Negros, tenía un aspecto curiosamente
desaliñado cuando dijo con vehemencia:
—No
puedo enseñar lo que hago porque no sé qué hago, pero eso no significa que no
pueda hacerlo.
Y
Emmanuel Rubin, cuya barba rala parecía despedir chispas de cada pelo gris,
dirigió hacia Gonzalo los ojos, agrandados por los gruesos lentes, y dijo:
—Si
no sabes lo que estás haciendo, eres un pintor de brocha gorda y no un artista.
—Estás
loco, Manny. Si todo consistiera en saber, Miguel Angel podría enseñarte a ser
Miguel Angel, pero el hecho es que Miguel Angel no podría enseñar a nadie a ser
Miguel Angel. Por eso mismo, nadie pudo enseñar a Miguel Angel a ser Miguel
Angel. Él nació Miguel Angel.
—No
entiendes la cuestión. Enseñar no significa necesariamente hacer un igual.
Miguel Angel podría dar un tipo de instrucción que beneficiara a los demás.
Aunque no pudiera crear iguales, podría formar a unos picamármoles menos malos.
Puedes apostar que él sabía lo que estaba haciendo, aunque sólo pudiera imbuir
una pequeña parte de su talento en las cabezas de los simples mortales.
—¡Ah!
—dijo Gonzalo jubilosamente—. ¡Simples mortales! ¿Y qué los hacía simples
mortales? La falta de talento. ¿Y cuáles eran los componentes de ese talento?
¿Podría saberlo el propio Miguel Angel?
Thomas
Trumbull, con la mirada fija en su whisky y soda, y aparentemente irritado por
haber quedado excluido de una conversación que las voces altisonantes de
Gonzalo y Rubin habían convertido en un diálogo privado, frunció el ceño y
dijo:
—Ya
que Miguel Angel está muerto y no se le puede consultar sobre el asunto, ¿por
qué no abandonáis esa estúpida discusión?
—No
—dijo Gonzalo apasionadamente—. Iré de lo sublime a lo ridículo y le preguntaré
a Manny. Tú eres escritor, Manny… en cierta forma. ¿Puedes enseñar lo que
haces?
—No
sólo puedo —dijo Rubin—. Lo hago. He escrito artículos para The Writer y dado
conferencias para escritores.
—Y
les has hablado de las cartas de los lectores y de la necesidad de reescribir,
supongo. ¿Les dices cómo sabes dónde comenzar tu relato, cómo se concatenan los
incidentes, cómo interrumpes tus diálogos, cómo llegas al inevitable desenlace
sin descubrirlo antes?
—Podría
hacerlo.
—Entonces
hazlo ahora. ¡Explícamelo a mí!
Roger
Halsted, enrojeciendo hasta las raíces de su escaso pelo, dijo, con su voz
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suave:
—No
lo hagas, Manny. Estaremos aquí sentados toda la noche y no nos interesa a
ninguno. Ni siquiera a Mario.
—No
lo haré… pero puedo.
—No
puedes —dijo Gonzalo— porque no puedes describir la intuición necesaria.
Suficiente intuición es talento, y un montón de intuición es genio, y la
intuición no se puede enseñar.
Geoffrey
Avalon, de pie todo lo alto que era, dijo con su solemne voz de barítono: —Tú
piensas como los griegos, Mario. Estaban completamente seguros de que cualquier
habilidad notable era resultado de la inspiración divina, la obra de un dios
que poseía a la persona. La palabra «entusiasmo» expresa este proceso,
significa «el dios interior» en griego. Naturalmente, no se puede explicar la
obra de un dios en un
simple
mortal, y creo que ésa es tu posición, Mario.
—¡Tonterías!
—dijo Rubin—. Tonterías tuyas, Geoff, y de Mario y de los griegos. No hay nada
misterioso en la intuición.
—Si
sabes lo que es —dijo Mario—, explícalo.
—Lo
haré —dijo Rubin—. Todo lo que el hombre sabe es lo que observa y aprende. No
hay nada innato, excepto algunos instintos biológicos… desde luego, nada
cultural. Puede ser que con experiencia —con experiencia, maldita sea, Mario —,
una persona aprenda a interpretar, muy rápidamente, lo que observa, o a
establecer inferencias, o a hacer algo basado en la deducción o la inducción a
partir de esas observaciones y su experiencia pasada. Lo hace con tanta rapidez
que generalmente no se preocupa por aislar los pasos en el procedimiento y ni
siquiera advierte que éstos existen, de modo que lo llama intuición. ¿Sí,
Henry?
Henry,
el perenne camarero de las cenas mensuales de los Viudos Negros, sin que su
rostro terso e imperturbable de sexagenario mostrara ninguna emoción, dijo
suavemente:
—La
cena está servida, señor Rubin. Si usted se sentara estoy seguro que los demás
lo seguirían.
—Supongo
que soy el líder natural —dijo Rubin.
—No
—dijo James Drake, apagando su cigarrillo—, como anfitrión de hoy, yo soy el
líder. Sin embargo, el resto de nosotros teme con razón que te comas todo, si
no nos sentamos a proteger nuestros derechos.
—Eso
depende —dijo Rubin— de lo que tengamos para hoy. ¿Henry?
—El
chef ha cocinado hoy al viejo estilo inglés y tendremos costillas asadas y
pudding de Yorkshire, precedidos por una quiche de mariscos y pescado.
—Eso
no es el viejo estilo inglés —dijo Rubin.
—El
chef no suele ser del todo coherente —dijo Henry—, y me temo que su juicio
sobre lo que constituye una buena cena es bastante intuitivo.
—Y
bastante correcto, también —dijo Gonzalo, con aprobación—. A pesar de lo que tú
digas sobre la intuición, Manny, muchas personas tienen más que otras, y eso
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¿a
qué se debe?
—Algunas
personas tienen más talento que…
—¡Ajá!
—dijo Gonzalo.
Rubin
lo miró con desdén y dijo con rígida cortesía:
—Si
se me permite terminar la frase, podré explicar que el talento es la capacidad
para pensar rápido, unida, quizá, a la destreza muscular, e indudablemente
depende de la fisiología del cerebro y de nada más misterioso que eso. —Eso ya
es suficientemente misterioso —dijo Drake.
—Misterioso
ahora, pero no tiene porqué serlo siempre —dijo Rubin—, y cuando sepamos lo
suficiente sobre el cerebro, el talento y el genio serán tan misteriosos como
el color de los ojos.
—Esa
es tu suposición intuitiva —repuso Gonzalo.
La
respuesta de Rubin se perdió en la quiche, y la conversación se hizo más
general.
Durante
toda la discusión, el invitado de la noche había permanecido en un silencio
imperturbable y claramente divertido. Escuchaba con tanta tranquilidad como
bebía su martini.
Su
nombre era Simon Alexander. Su cabello y su bigote negros, lo suficientemente
espesos y abundantes como para darle una apariencia satánica o, como mínimo,
levantina, eran sus rasgos más prominentes. La leve y persistente sonrisa de su
rostro parecía acentuar el satanismo.
Sin
embargo, cuando se sirvió el café y Drake dio unos golpecitos en el vaso de
agua con su cuchara, Alexander, como anticipándose, se puso serio.
—Caballeros
—dijo Drake—, es hora de interrogar a nuestro estimado invitado, y como Manny
ha parloteado de forma mucho más insoportable que de costumbre, supongo que
dirigirá el interrogatorio.
—Lamento
que encuentres la estimulación mental insoportable, Jim, pero no me sorprende.
—Rubin tomó un rápido sorbo de café, hizo una seña a Henry para que trajera
algo fresco y luego dijo—: Bien, señor Alexander o, si lo prefiere, Simon,
¿cómo justifica usted su existencia?
La
sonrisa de Alexander volvió a su rostro.
—Procurando
que el pueblo norteamericano pague los impuestos légales que debe y cuando
debe.
Hubo
una agitación en la mesa e incluso a Henry le traicionó una pausa en el preciso
cumplimiento de sus obligaciones lo suficientemente larga como para dirigir una
penetrante mirada al invitado.
—¿Es
usted empleado de Hacienda? —dijo Trumbull, con evidente tono de ultraje.
—Así
es —dijo Alexander—. Estoy en la Sección de Fraudes.
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—Por
Dios —dijo Trumbull—, ¿y usted ofrece eso como justificación de su existencia?
Eso, más que una justificación, es sadismo. —Clavó una mirada amenazadora sobre
Drake.
—Dale
una oportunidad, Tom —dijo Drake—. En el mundo tiene que haber toda clase de
personas y, aparte de su profesión, Simon es de naturaleza noble.
Alexander
hizo un gesto con la mano.
—No
te preocupes, Jim. Los recaudadores de impuestos han sido siempre los malvados
favoritos de la humanidad desde el momento en que aparecieron en la antigua
Sumeria, hace cinco mil años, e inventaron la escritura para registrar las
cuentas. Además, creo que el señor Trumbull simplemente estaba expresándose de
forma pintoresca y no quería decir eso.
—Al
infierno con que no quería —murmuró Trumbull.
Rubin,
que se había mantenido en silencio con aire de ofendido, elevó ahora la voz:
—Ya
que hoy me toca interrogar a mí, ¿podría continuar? ¿Te importaría callarte,
Tom?
—Las
circunstancias me empujaron —dijo Trumbull.
Rubin
esperó a que se hiciera silencio y dijo:
—Señor
Alexander —evitaré llamarle Simon, ya que por una ley humana común usted no
puede tener amigos aquí, posiblemente en ningún lado—, ¿cómo puede justificar
su existencia la función de recaudador de impuestos?
—Creo
que no es difícil ver que Hacienda representa el único brazo esencial del
gobierno —dijo Alexander—. Los presidentes pueden morir y son reemplazados por
otros, sólo con un ligero e indiferente hipo de emoción. El Congreso puede
tambalearse, el Tribunal Supremo naufragar, y podemos perder terreno en el
ámbito diplomático, económico y hasta militar, y a pesar de todo recuperarnos
después. Los desastres naturales son locales, temporales y pasajeros.
Sin
embargo, en cuanto el sistema impositivo se tambalease, el gobierno no podría
seguir funcionando. Eso significaría una parálisis progresiva que se iría
extendiendo cada vez más, y la magnitud de la catástrofe se aproximaría a la de
una guerra nuclear.
—Pero
el sistema impositivo está lejos de tambalearse, ¿no es así?
—No
en el sentido de que la maquinaria física vaya a estropearse o los ordenadores
a dejar de funcionar. No, el eslabón débil es el impositor mismo. El
presupuesto norteamericano se aproxima ahora al medio billón de dólares
anuales, y la mayor parte se recauda del renuente bolsillo de todos los
norteamericanos.
—Lo
siento, Manny —dijo Trumbull con enojo—, pero tengo que interrumpirte. ¿Qué
infiernos tiene que ver el «renuente» con todo esto? Usted impone su propia
interpretación de las reglas, actúa al mismo tiempo como juez y fiscal, nos
persigue sin piedad, nos considera culpables hasta que probemos nuestra
inocencia y está dispuesto a encarcelarnos si puede. ¿Qué le importa si somos
«renuentes»?
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—En
primer lugar —dijo Alexander—, es posible recurrir nuestras decisiones en los
tribunales. No tenemos la última palabra. Segundo, sería mucho peor si
tuviéramos piedad. A pesar de todo lo que hacemos, no podemos realizar
auditorías a todo el mundo, ni investigarlo todo. Si lo intentáramos, el coste
sería mucho mayor que el dinero adicional que pudiéramos recaudar. No, estamos
obligados a confiar que el americano medio rellene una declaración
razonablemente honesta, y sólo podemos esperar eso si el americano medio está
convencido de la honestidad esencial del sistema. Dentro de los límites de la
ley —y la ley no es completamente equitativa, pero eso no es culpa nuestra— no
podemos mostrar favor o misericordia, de otro modo la estructura se
derrumbaría.
Por
eso, aunque Al Capone hubiera cometido robos a gran escala y asesinado
impunemente, sólo se le pudo atrapar por evasión de impuestos. No hay nada
irónico en esto. La evasión de impuestos es el peor de todos los delitos. De la
misma forma, nada de lo que Nixon y Agnew hicieran antes de verse obligados a
dimitir fue tan grave como sus tejemanejes con Hacienda y las sospechosas
declaraciones que presentaron. Que no les importara socavar la fe del pueblo
americano en la honestidad del sistema impositivo fue la más imperdonable de
todas sus fechorías.
—¿Dice
todo eso en serio? ¿No nos está tomando el pelo? —dijo Rubin.
—Completamente
en serio.
—Por
Dios, Jim —dijo Rubin—, deberíamos pedirte la dimisión. Nos has traído a un
tipo que intenta convencernos de que deducir gastos en la declaración es
evasión de impuestos.
Avalon
se aclaró la garganta.
—No
soy un evasor consciente, pero debo admitir que, para empezar, Hacienda y yo
podríamos no estar de acuerdo sobre lo que constituye un gasto deducible.
—Entonces
deducirá hasta que nosotros le digamos lo contrario —dijo Alexander, con
amabilidad—. Esa es la versión del recaudador de impuestos de considerar
inocente al sujeto hasta que se pruebe su culpabilidad… pero no vine aquí para
hablar de esto.
—Entonces
—dijo Rubin—, ¿de qué quiere hablar?
—Jim
me dijo —dijo Alexander— que a los Viudos Negros les gusta escuchar relatos en
los que hay un enigma, y yo tengo uno.
—Jim
cometió un error al decirle eso —dijo Avalon, con severidad—. Nos reunimos con
el propósito de participar de una conversación estimulante, y para eso no es
necesario un enigma; sin embargo…
Alexander
sonrió.
—Además,
me divirtió mucho la discusión de antes de la cena sobre la naturaleza de la
intuición, ya que mi historia tiene que ver con la intuición.
—¡Telepatía!
—dijo Gonzalo de inmediato.
—No,
creo que no —dijo Alexander—. En realidad toda la conversación apoya la tesis
del señor Rubin. Estoy de acuerdo con que la intuición consiste en la
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observación
y la deducción inadvertidas, y creo que lo que se suele considerar como
telepatía es lo mismo. Por eso, cuando Jim me presentó, dijo —me parece que
éstas fueron sus palabras exactas—: «Este es Simon Alexander, una especie de
investigador, y de los buenos. Puede percibir la criminalidad por una especie
de magia interna». ¿No es eso lo que has dicho, Jim?
—Creo
que sí —dijo Drake.
—Ya
oí lo de «una especie de investigador» —gruñó Trumbull—. Pero no dijo nada de
Hacienda.
—Estoy
tratando de puntualizar —dijo Alexander— que la presentación tuvo lugar cuando
se servían las bebidas… como el brandy ahora. Henry, ¿tenemos curasao?
—Creo
que sí, señor.
—Tomaré
un poco entonces. Como todos estaban concentrados en las bebidas, no pensé que
alguien hubiera escuchado la presentación. ¿Alguien recuerda haberla oído?
Nadie
picó el anzuelo esta vez, y Alexander se alisó el bigote con el índice y aceptó
una pequeña copa de líquido color naranja que le ofrecía Henry.
—Pero
aunque Rubin y Gonzalo no la escucharan conscientemente —dijo—, sí la oyeron, y
lo de percibir la criminalidad por una especie de magia interna fue lo que
provocó la discusión sobre la intuición. Por supuesto, yo no utilizo ningún
tipo de magia interna. Utilizo la razón, siempre soy muy consciente de los
detalles del razonamiento. Excepto una vez… —Su expresión se volvió pensativa.
Drake
encendió un cigarro con la colilla del que acababa de fumar y dijo:
—Cuéntanoslo,
Simon.
—Eso
es lo que voy a hacer —dijo Alexander—, pero hay ciertas cosas personalmente
confidenciales… Se me ha dicho que todo lo que se diga aquí es confidencial.
—¡Todo!
—exclamó Trumbull, sarcásticamente—, y eso incluye todo lo que nosotros
digamos. Damos por supuesto que nada de lo que usted oiga aquí podrá ser
utilizado en contra nuestra, por lo que se refiere a los impuestos.
—De
acuerdo —dijo Alexander—, pero, por favor, tengan cuidado con lo que dicen. No
me gustaría que pusieran a prueba mi integridad.
Alexander
sorbió su curasao con rostro pensativo y, por alguna extraña razón,
particularmente diabólico.
—Por
supuesto, ustedes saben —dijo— que los ordenadores son el torrente sanguíneo de
Hacienda. No podríamos trabajar sin ellos. Nunca vacilan, nunca se cansan,
nunca se aburren, son nuestra gran ventaja. Y, como nunca piensan, también son
nuestra gran debilidad.
Para
poder utilizar un ordenador, y explotar su debilidad, es necesario conocer
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cada
detalle de su funcionamiento, y esto elimina a casi toda la raza humana. Por
eso nos confiamos.
Hace
algunos años, Hacienda fue víctima de un enorme fraude por parte de alguien que
conocía sus ordenadores, un matemático que estaba harto de la remuneración que
reciben los matemáticos.
Halsted,
que enseñaba matemáticas en un instituto, suspiró y dijo:
—Conozco
el tipo.
—Ahora
no importan los detalles de su plan, pero se las arregló para obtener un puesto
en el que debía manejar algunos de nuestros ordenadores. Por supuesto, se
fabricó un nuevo currículum, un nuevo nombre, una nueva apariencia y todo lo
necesario, incluso un nuevo número de la Seguridad Social. Cómo se las ingenió
es algo que no les diré, ya que —confidencialmente o no— no se trata de ir
difundiendo técnicas para el fraude.
—Estoy
de acuerdo —dijo Avalon, asintiendo.
—Ni
tampoco —dijo Alexander— les diré exactamente cómo se las arregló para
reprogramar un ordenador clave… porque en este caso yo mismo no lo sé. No soy
matemático. Sin embargo, lo hizo. Durante cinco años, nuestro matemático —
llamémosle Johnson, para ahorrarnos sílabas— recibió grandes devoluciones de
impuestos sin haberlos pagado nunca. Recibió más dinero en ese período del que
podría haber ganado en toda una vida de trabajo honesto.
Aún
estaría recibiendo dinero si no fuera por el descubrimiento accidental de una
incongruencia en el programa. La detección fue el resultado de una coincidencia
muy inusual, y les aseguro que Hacienda no pudo haberse sentido más consternada
o apurada. Como es natural, dos cosas eran esenciales. Había que detener el
goteo de dinero y modificar el programa del ordenador para impedir que el
fraude de Johnson se repitiera en el futuro. Esto se llevó a cabo en el mayor
secreto. El secreto era necesario no tanto para evitar el ridículo de algunos
funcionarios, aunque ése era uno de los motivos, como para que el propio
Ministerio no perdiera la confianza del pueblo americano.
—No
sabrán la verdad por ninguno de nosotros —dijo Gonzalo, con sospechosa
gravedad—. Se lo aseguro.
—La
segunda cosa —continuó Alexander— era atrapar a Johnson, hacerle devolver el
dinero recibido y meterlo entre rejas durante tanto tiempo como se pudiera. Era
el razonamiento del caso Al Capone, como ustedes verán. Johnson debía pagar su
delito sin sacudir los cimientos de la civilización americana, pero no debía
permitírsele continuar con el fraude. Y en este punto entro yo. Fui asignado al
caso.
Mi
reputación en la Sección quizá sea exagerada. Más de una persona sospecha, tal
y como les dijo Jim, que resuelvo mis casos por medio de una magia interna, una
misteriosa facultad intuitiva que desafía el análisis. Se ha dicho entre
nosotros, por ejemplo, que puedo ver una declaración de impuestos que parece
impecable y sin embargo distinguir que algo de dinero se ha quedado pegado a
unos dedos no del
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todo
limpios. O que puedo entrevistar a una persona y saber con seguridad que hay un
ladrón oculto tras el santo.
En
realidad no hay ninguna magia en eso. Tengo cierto ingenio en el razonamiento y
la observación, y una buena dosis de experiencia. Mi memoria es excelente y he
encontrado todas las variedades de modelos de conducta… y también todas las
formas de trampa en las declaraciones. Lo que parece magia o intuición no es
otra cosa que la observación de pequeñas cosas a las que los demás no prestan
la debida importancia.
También
funciona en la otra dirección. A veces puedo detectar al santo tras el ladrón.
Estoy completamente seguro, por ejemplo, que usted, señor Trumbull, no defrauda
ni siquiera cincuenta dólares en su declaración. Sospecho que está avergonzado
de su relativa honestidad, y lo expresa vilipendiando a la institución a la que
no se atreve a defraudar. Y esto no es adivinación; he encontrado a otros como
usted.
Era
difícil que la bronceada piel de Trumbull se sonrojara, pero su expresión lo
hizo innecesario.
—Me
temo que tu reputación está arruinada, Tom —dijo Avalon—. Por favor, continúe,
señor Alexander.
—Para
darles un ejemplo, prácticamente en un cuarto de siglo de trabajo, casi nunca
señalé a alguien, culpable o inocente, sin que se demostrara que estaba en lo
cierto.
—¿Un
cuarto de siglo? —preguntó Avalon—. ¿Cuántos años tiene usted, señor Alexander?
—Cincuenta
y dos.
—No
los aparenta —e, inconscientemente, Avalon se frotó con el dedo su bigote cano.
—Yo
también tengo canas en el pelo —dijo Alexander—, pero las retoco un poco. No es
tanto por vanidad, ¿comprenden?, sino porque el negro parece darme un aspecto
temible que es útil en mi trabajo. Sin embargo…
Johnson
no era una presa fácil. De todas formas, ya sabía que el juego había terminado,
y cuando llegó la siguiente devolución —esta vez bajo el control de la Sección—
no la cobró. No es imposible que tuviera un aliado en la Sección, pero eso no
nos interesa ahora. Descubrirlo tampoco fue fácil. Había dejado su trabajo
hacía mucho tiempo y todos los datos que teníamos sobre él eran falsos, incluso
su número de Seguridad Social, que no pertenecía a ningún ser humano, como
descubrimos inesperadamente.
Me
vi obligado a seguir las pistas más tenues y a construir la imagen del ser
humano que había cometido el hecho. No descubrimos absolutamente nada que nos
condujera a la identidad del estafador y, finalmente, nos encontramos ante
varias posibilidades, todas vagas e inciertas. Se asignaron distintos
detectives a cada una de ellas. La tarea consistía en hallar suficientes
pruebas que justificasen una
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concentración
de fuerzas, una investigación a gran escala de un hombre en particular… una
detención, por supuesto, si era posible.
Mi
objetivo era un hombre gris, de peso y altura medios y aspecto vulgar. Eso,
pensé para mí, era un buen signo, porque el trabajo debía de haber sido obra de
alguien que pudiera pasar desapercibido en los momentos cruciales. Tenía un
oscuro pasado que no era fácil de rastrear sin pillarnos los dedos demasiado
pronto… salvo una feliz circunstancia. En los períodos cruciales parecía ser
particularmente ilocalizable.
Por
desgracia, el resultado fue negativo y los indicios no cuadraban. Necesitábamos
alguna coincidencia positiva. Teníamos que localizarlo en el lugar del delito
cada vez, demostrar sus conocimientos informáticos, etcétera. A pesar de todo,
le seguí como un fantasma.
De
hecho, me las ingenié para conocer a algunos de sus amigos y traté de estar
siempre en las reuniones sociales a las que iba él.
En
una fiesta a principios de noviembre coincidimos los dos: él se mostraba
silencioso y observador, apenas bebía un trago en una hora; y yo, no tan
silencioso, pero tan observador y tan abstemio como él. Entonces, el anfitrión
se puso a hablar de la noche de Halloween[2]. Tenía una hija de siete años que
había salido a recorrer las cosas del barrio con unos amigos mayores que ella,
y había regresado entusiasmada.
Eso
me pareció cierto, pues recordaba muy bien la primera experiencia de mi hija, y
dije:
—«Sí,
siempre he pensado que, si no fuera por el aspecto comercial que predomina en
la Pascua de Navidad, la reacción espontánea de cualquier niño sería
ilusionarse con la noche de Halloween lo mismo que con la Navidad».
Y,
sorprendentemente, mi sospechoso habló. Como abrumado por una emoción que le
obligaba a abandonar su natural reserva, dijo, con una cálida sonrisa que casi
transfiguraba su rostro:
—«Tiene
usted razón. En algunos aspectos, la noche de Halloween se puede considerar
exactamente igual a la Navidad».
Estas
fueron sus palabras exactas, caballeros, pues las escuché con particular
atención.
—¿Por
qué? —preguntó Rubin.
—Porque
a consecuencia de ese comentario, lo descarté inmediatamente como sospechoso.
También es cierto que recuerdo haber tenido el impulso de darle unas palmadas
en el hombro e invitarle a un brindis para celebrar su inocencia. No pude
porque supongo que su inesperado entusiasmo lo había asustado. Tan pronto como
hizo la observación, se ruborizó, pareció asustado e intimidado. Mi propia
atención se distrajo un momento y, cuando me volví para buscarlo, se había ido.
Alexander
hizo una pausa y terminó su último sorbo de curasao.
—En
aquel momento —dijo—, mi súbita convicción de su inocencia pudo parecer pura
intuición —aun para mí mismo—, pero no lo era, por supuesto. Me
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inclino
por la hipótesis de Rubin en el sentido de que la intuición es razonamiento no
detectado. He aquí el razonamiento que realicé más tarde:
Trabajando
laboriosamente a partir de detalles insignificantes, había esbozado un retrato
del criminal, este Johnson. Era matemático y no tenía familia. Lo más probable
es que no sólo no estuviera casado y sin hijos, sino que tampoco tuviera
hermanos y que sus padres hubieran muerto cuando era joven. Era frío, muy frío…
y no quiero decir que fuera cruel y sádico, sino simplemente que se había
privado de cualquier ocasión o deseo de amor y afecto. Permítanme expresarlo de
una forma que tiene gran significado para mí. No era, de ningún modo, un hombre
de familia.
Halsted
golpeteó el mantel distraídamente y dijo:
—Supongo
que usted sí es un hombre de familia.
—Por
completo. Mis padres, dos hermanos y una hermana, todos viven y estamos muy
unidos. Me casé con la novia de mi juventud, tenemos tres hijos y un nieto
recién nacido, y además sobrinas y sobrinos. Conozco las emociones de un hombre
de familia y nadie, nadie, puede hablar con tanto afecto de las fiestas de los
niños si no ha experimentado esa clase de amor y cariño que acompaña a esos
días. Mi sospechoso hablaba de esa forma; Johnson no hubiera podido;
conclusión: mi sospechoso no era Johnson y era inocente. Lo que parecía simple
intuición era, después de todo, razonamiento.
Intuición
o razonamiento, informé de mi creencia en su inocencia a mis superiores, y se
intensificó la vigilancia de los demás sospechosos. Cinco meses más tarde
cogimos al culpable y ahora está en prisión, donde permanecerá por largo
tiempo. Se recuperó parte del dinero, no todo, por supuesto.
Hizo
una pausa y Avalon rompió el corto silencio que siguió, diciendo:
—Me
agrada que todo haya tenido un final feliz para su Sección, pero usted habló de
un enigma y yo no veo ninguno.
Simon
Alexander suspiró.
—No
es un final feliz del todo. Tras eliminar a mi sospechoso, descubrimos que los
demás eran inocentes. Uno tras otro, se demostró que no encajaban en las
circunstancias del fraude. Un día, por pura desesperación, volví al sospechoso
que había descartado y, en el intervalo, surgió algo inesperado que arrojó
nueva luz sobre el asunto. Sorprendido, continué la investigación y di con él…
mi propio sospechoso, cuya inocencia había mantenido y, prácticamente,
garantizado. Después de todo, era el culpable.
Lo
que me intriga y, aún hoy, no me deja dormir a veces es lo incongruente de
todo. Él resultó ser tal y como yo sospechaba: un hombre sin familia, amor ni
afecto. Su observación sobre la Navidad y la noche de Halloween y el tono con
que la hizo indicaban lo contrario. ¿Cómo es posible esta contradicción y cómo
pudo utilizarla él para despistarme?
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Se
produjo un silencio en la mesa y Alexander esperó una respuesta.
Avalon
habló por fin, contemplando fijamente su copa de brandy vacía.
—Señor
Alexander, a pesar de las teorizaciones fáciles, los hechos demuestran que los
seres humanos son criaturas complicadas e incoherentes. Hay indudables aspectos
contradictorios en el carácter de su sospechoso o de cualquier hombre. Tiene
usted que achacarlo a la mala suerte.
—Me
gustaría hacerlo —dijo Alexander—, y lo he intentado, pero mi experiencia me
dice que los seres humanos no son incoherentes en las cosas elementales; Un
hombre que siempre se levanta con el pie izquierdo, puede cambiar de partido y
trocar esposas, pero siempre se levantará con el pie izquierdo.
—Nada
le impedirá levantarse con el pie derecho, por incómodo que sea —dijo Halsted—,
si es necesario para engañar a alguien. Fingió a propósito para desorientarle.
Alexander
no respondió de inmediato.
—Lo
dudo —dijo luego—. Aunque hubiera sabido que yo estaba pisándole los talones, y
es una posibilidad, no es posible que me conociera tan bien como para saber que
me despistaría con una frase breve y aparentemente fuera de lugar.
—La
afirmación bien pudo ser de carácter misantrópico, y usted la interpretó
erróneamente debido a sus propias asociaciones felices con las fiestas. Lo que
el sospechoso pudo haber querido decir es que la Navidad es tan supersticiosa y
absurda como la noche de Halloween.
—Una
idea interesante —dijo Alexander—, pero la expresión de su rostro y su voz no
encajan. Eran felices, gozosas. Aún estoy seguro de que su observación era
sincera.
—Pero
puede que fuera un admirador de Charlie Brown y estuviera pensando en la «Gran
Calabaza» de Linus, que es una especie de sátira de Santa Claus. Eso pudo
establecer una asociación entre la noche de Halloween y la Navidad.
Hubo
un abucheo general de la audiencia, pero Alexander levantó la mano.
—En
realidad, ésa es la primera sugerencia en la que no había pensado. No me parece
plausible en absoluto, pero averiguaré si mi ladrón es admirador de Charlie
Brown.
—No
tenemos nada sobre lo que continuar. No creo que podamos deducir nada que le
tranquilice. ¡Lo siento!
—Estoy
de acuerdo —dijo Drake—, pero aún no hemos oído a Henry.
—¿Henry?
—dijo Alexander con sorpresa, dándose la vuelta en su silla.
Henry
se aclaró la garganta.
—Admito,
caballeros, que una idea surgió en mi mente en el momento en que el
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señor
Alexander nos dijo la observación del sospechoso.
—¿Sí?
—dijo Alexander—, ¿y cuál fue esa idea?
—El
sospechoso, señor, no dijo, como usted o yo podríamos haber dicho, que la noche
de Halloween era como la Navidad o tan bonita como la Navidad o incluso
equivalente a la Navidad. Si usted citó correctamente, él dijo que la noche de
Halloween era «exactamente igual» a la Navidad. No cabe duda de que así es como
hablaría un matemático.
Alexander
resopló.
—Frío.
Frío. Alguien que no fuera matemático podría haber dicho lo mismo si fuera una
persona precisa y meticulosa.
—Quizá
—dijo Henry con suavidad—. Sin embargo, si consideramos la observación desde el
punto de vista matemático, podemos descubrir cosas que todavía no ha señalado
nadie. Después de todo, si su sospechoso era realmente el culpable, no sólo
sería un matemático, sino también un especialista en informática.
Alexander
pareció sorprendido.
—¿Qué
tiene que ver eso?
—Señor
Alexander —dijo Henry—, el escuchar a los caballeros del Club de los Viudos
Negros mes tras mes ya es educativo en sí mismo y ha habido veces en que he
dirigido mis lecturas en las direcciones que ellos me han abierto. El señor
Halsted, por ejemplo, discutió una vez la lógica en que se sustenta el
principio de posición, la manera en que nuestros números arábigos están
construidos, de modo que me incitó a leer algo más sobre el tema. Si usted me
permite explicarlo, estoy seguro que el señor Halsted será tan amable de
corregirme si cometo un error.
—Seré
tan amable, Henry, pero no veo adonde quieres ir a parar.
—Lo
sabrá en un momento, señor. Nuestros números ordinarios están escritos en base
diez. La primera columna a la derecha son las centenas o diez veces diez, la
siguiente los millares o diez veces diez veces diez, y así sucesivamente. Por
lo tanto, el número 1231 es una vez mil, más dos veces cien, más tres veces
diez, más uno, y eso suma mil doscientos treinta y uno.
—Hasta
ahora correcto —dijo Halsted.
—Pero
no hay necesidad de considerar al diez la única base posible para un sistema
numérico —dijo Henry—. Se puede utilizar el nueve, por ejemplo. La columna de
la derecha en base nueve serían las unidades, la siguiente a la izquierda
serían los nueves, la siguiente serían los ochenta y unos o nueve veces nueve,
la siguiente serían los —ejem— setecientos veintinueves o nueve veces nueve
veces nueve, y así sucesivamente. El número 1231 sería, en base nueve, una vez
setecientos veintinueve, más dos veces ochenta y uno, más tres veces nueve, más
uno. Lo que sería, si me permiten pensarlo un momento… el equivalente de
novecientos diecinueve en nuestro sistema ordinario de base diez.
Escribió
apresuradamente sobre una servilleta y la sostuvo levantada.
—Se
puede escribir el resultado de esta forma: 1231 (base nueve) = 919 (base
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diez).
Halsted,
Drake y Rubin asintieron. Avalon y Trumbull parecían pensativos, y Alexander
sacudió la cabeza con impaciencia.
—Eso
es ridículo —dijo Gonzalo—. ¿Cómo podría alguien utilizar ese sistema basado en
el nueve y multiplicar por nueves?
—Las
otras bases numéricas parecen complicadas, Mario —dijo Halsted—, sólo porque
nuestro sistema numérico está diseñado para cuadrar con el diez como base.
Matemáticamente, todos son igual de racionales, a pesar de que algunos son más
cómodos que otros. Por ejemplo, en la informática a veces es particularmente
útil el uso de… oh, oh…
Miró
a Henry con una sonrisa y dijo:
—Me
parece que ya lo entiendo, Henry, pero continúa tú hasta el final. —Gracias,
señor —dijo Henry—. Tal y como el señor Halsted estaba a punto de
decir,
creo que el sistema de base ocho es útil para trabajar con ordenadores. El
número 31, por ejemplo, en base diez es tres veces diez más uno, o treinta y
uno. En base ocho, sin embargo, es tres veces ocho más uno, o veinticinco.
Por
lo tanto, podemos escribir —utilizó de nuevo la servilleta—: 31 (base ocho) =
25
(base diez).
Y
continuó:
—Las
diferentes bases numéricas a veces tienen nombres derivados de los nombres
latinos de los números. En latín, diez es decem, por lo que un número en base
diez pertenece al sistema decimal. En latín, ocho es octo así pues, los números
en base ocho son octales. Por lo tanto, podemos escribir: 31 (octal) =25
(decimal).
Casualmente,
tenemos los meses octubre y diciembre… De repente, Rubin dio un grito de
júbilo.
—No
es ninguna casualidad. Los romanos comenzaban su año en marzo antes de
la
época de Julio César. Según ese sistema, octubre era el octavo mes y diciembre
el
décimo,
y por eso se les denominó así.
Henry
asintió con la cabeza y dijo:
—Gracias,
señor. Entonces, si abreviamos los términos «octal» y «decimal» en forma
natural y omitimos los paréntesis, tenemos 31 octubre = 25 diciembre. Lo que
puede describirse mejor diciendo que la noche de Halloween, que es el 31 de
octubre, es exactamente igual a la Navidad, que es el 25 de diciembre.
La
boca de Alexander se había relajado durante toda la deducción, pero ahora sus
músculos se tensaron y dijo:
—¿Trata
usted de decirme que el ladrón, al decir la frase sin pensar, delató que era un
experto en informática?
—Sí,
señor —dijo Henry—. La timidez no fue el motivo de que su rostro se alarmara y
se marchara tan pronto como pudo. Debió haberle asustado la idea de que había
dejado escapar algo de su verdadero carácter. Y en ese momento, si usted
hubiera visto el significado de su observación, habría sido prudente comenzar
las
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gestiones
para arrestarlo.
Alexander
parecía enfadado.
—Bueno,
yo no lo vi así. Interpreté justamente lo contrario. Pero, espere, todo eso
está claro e incluso puede que sea correcto teniendo en cuenta que la persona
en cuestión resultó ser culpable, pero ¿cómo puede usted explicar la mirada de
amor en su rostro? Éso fue lo que me confundió.
—Usted
es un hombre de familia, señor —dijo Henry suavemente—, y tiene sus
debilidades. Por naturaleza interpreta el amor en términos humanos. Por mi
parte, no soy un hombre de familia, y sé que el amor es algo más amplio que
eso. Hasta un misántropo que odie a la raza humana puede amar, y con mucha
profundidad.
—¿Amar
qué? —dijo Alexander con impaciencia.
—La
belleza y las sorpresas de las matemáticas, por ejemplo —dijo Henry.
Epílogo
Quienes
hayan leído los dos primeros volúmenes de relatos del Club de los Viudos
Negros, sabrán que existe una organización real llamada «las Arañas Tramperas»,
a la que pertenezco y que me sirve de inspiración para todo lo referente a los
Viudos Negros, excepto los misterios. Ocasionalmente, incluso utilizo a un
invitado de la vida real… al menos en su aspecto y otras características
generales.
Por
ejemplo, sin duda fue la reunión de «las Arañas Tramperas» con un mago,
bastante parecido al Sorprendente Larri de la primera historia, lo que dio
origen al relato. (No hubo misterio, por supuesto, en la vida real).
Y en
otra reunión, en la que yo oficiaba de anfitrión, traje a mi contable como
invitado. Es un caballero encantador con el que he compartido un millón de
carcajadas y que, no contento con quitarme hasta la camisa por amor al Tío Sam,
además pretende cobrar sus honorarios.
Lo
tomé como inspiración de Simon Alexander en «Un hombre de familia», cambiando
su profesión de contable por la de auditor de impuestos (el enemigo) y
continuando a partir de ahí.
En
cuanto a las diferentes bases el tema me lo ofreció un amigo miembro de otra
organización a la que pertenezco: los Irregulares de Baker Street. Me lo
ofreció apremiándome a que lo utilizara en un misterio de los Viudos Negros, y
como nobleza obliga…
«Un
hombre de familia» apareció en el número de noviembre de 1976 de la
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EQMM
con el título de «Un caso de fraude impositivo». De todos modos, prefiero un
título más corto, así que restablezco el mío aquí.
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III
LA
PÁGINA DE DEPORTES
—¿PÚSTULA
ES UNA palabra inglesa? —preguntó Mario Gonzalo, mientras los miembros de los
Viudos Negros se sentaban para su banquete mensual.
—¿Has
dicho fístulas? —preguntó James Drake, arrastrando su silla hacia la mesa y
observando la selección de pan y panecillos.
—Pústula
—dijo Gonzalo secamente.
—¿Cómo
se deletrea? —preguntó Roger Halsted, quien no tuvo dificultad en decidirse por
dos rebanadas de pan de centeno. Las estaba untando con mantequilla.
—¿Qué
diferencia hay en cómo se deletrea? —dijo Gonzalo con fastidio. Se colocó la
servilleta cuidadosamente sobre sus pantalones rosa fuerte a rayas—. Deletréala
como te plazca. ¿Es una palabra inglesa?
Thomas
Trumbull, el anfitrión de la velada, frunció su bronceada frente y dijo:
—Maldita
sea, Mario, hasta ahora habíamos tenido una reunión bastante
razonable.
¿Qué es eso de pústula?
—He
hecho una pregunta. ¿Por qué no la respondes?
—De
acuerdo. No es una palabra inglesa.
Gonzalo
recorrió la mesa con la mirada.
—¿Todo
el mundo está de acuerdo en que pústula no es inglés?
Hubo
un vacilante coro de asentimientos. Emmanuel Rubin, los ojos agrandados por las
gafas y su barba rala un poco más corta que de costumbre, como si la hubiera
recortado distraídamente, murmuró por fin:
—No
lo parece.
Lawrence
Pentili, el invitado de Trumbull al banquete, un hombre mayor con escaso
cabello blanco y patillas excesivamente largas, como anunciando que su pelo aún
podía crecer, sonrió y dijo:
—Nunca
oí esa palabra.
Sólo
Geoffrey Avalon se mantenía en silencio. Sentado tan erguido como siempre,
frunció el entrecejo y con el dedo medio agitó el hielo de su inacabada segunda
copa.
—Bien
—dijo Gonzalo—, todos estamos de acuerdo en que no es una palabra inglesa. Os
habéis dado cuenta enseguida. Pero ¿cómo? ¿Habéis revisado toda la lista de
palabras inglesas que conocéis y habéis visto que pústula no estaba en ella?
¿Habéis procedido por la familiaridad del sonido? ¿Habéis…?
La
suave voz de Halsted lo interrumpió.
—Nadie
sabe cómo recuerda las palabras la mente humana, de modo que ¿por qué
preguntar? Ni siquiera los que tienen teorías de cómo funciona el mecanismo de
la memoria comprenden cómo se puede recuperar la información una vez que se ha
introducido. Cada una de las palabras que utilizo ha sido extraída de mi
vocabulario,
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y
cada una de ellas está allí cuando la necesito.
—Hay
muchas veces que no puedes recordar la palabra que quieres —dijo Trumbull.
Halsted
se había vuelto con satisfacción hacia la sopa de tortuga que Henry, el
incomparable camarero de los Viudos Negros, había colocado delante de él.
—Sí
—dijo, tartamudeando ligeramente, como le ocurría con frecuencia cuando estaba
en tensión—, y eso trastorna. Muchas personas se preocupan cuando no pueden
recordar una palabra, y eso les trastorna, como si hubiera funcionado mal algo
que no debería funcionar mal. Yo, por mi parte, tiendo a tartamudear cuando no
puedo encontrar una palabra.
Por
fin se escuchó la profunda voz de barítono de Avalon, que dominó toda la mesa.
—Esperad
un momento. En realidad, existe esa palabra, pústula. Es arcaica, pero es
inglés. Es una especie de llaga, o ampolla.
—Así
es —dijo Gonzalo con satisfacción—. La palabra aparece en la Biblia, en
relación con las plagas de Egipto, en el Libro del Éxodo. Sabía que alguien de
aquí la conocería. Creí que sería Manny.
—Pensé
que te referías al inglés actual.
—No
dije eso —dijo Gonzalo—. Además, aparece en palabras compuestas que sí se
utilizan en inglés actual.
—No,
no es verdad —dijo Rubin, excitándose más—, además…
—No
te pongas a la defensiva, Manny —dijo Trumbull en voz alta—. Lo que me gustaría
saber ahora es cómo sabe Mario todo esto. Por cierto, hoy tenemos merluza
ahumada a petición mía, de modo que si a alguien no le gusta, puede negociar
con Henry un sustituto. ¿Sí, Mario?
—Lo
leí en un libro de psicología —dijo Gonzalo—. No hay nada que indique que yo
haya nacido sabiéndolo todo, como Manny afirma que nació él. Yo voy reuniendo
conocimientos manteniendo los ojos y los oídos abiertos. Y a lo que quiero
llegar ahora es que recordar demasiado es peligroso.
—Un
peligro que tú nunca correrás —musitó Rubin.
—No
me importa —dijo Gonzalo—. Mira, yo hice una pregunta y obtuve una respuesta
rápida y segura de todos, excepto de Jeff. No estaba seguro y vaciló porque
recuerda demasiado. Recuerda el uso de la palabra pústula en la Biblia. Bien,
el ser humano se enfrenta con elecciones a cada instante. Debe tomar una
decisión y la decisión se tiene que basar en lo que él sabe. Y si sabe
demasiado, vacilará.
—¿Y
qué? —preguntó Drake, quien había tomado un poco de la merluza ahumada, primero
con expresión pensativa y luego satisfecha.
—Que
eso es lo malo —dijo Gonzalo—. A la larga, lo que importa es una respuesta
rápida y la acción. Muchas veces una decisión no muy buena es mejor que la
indecisión. Por eso, los seres humanos están provistos de una memoria
imperfecta. El olvido es un valor positivo para la supervivencia.
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—Avalon
sonrió y asintió.
—No
es mala idea, Mario —dijo, quizá con una traza de condescendencia—. ¿Te he
contado alguna vez mi teoría sobre el valor evolutivo de la belicosidad? En una
sociedad cazadora…
Pero
Gonzalo alzó ambos brazos.
—No
he terminado, Jeff. ¿No veis por qué Henry es mejor que todos nosotros para
resolver los enigmas que surgen de vez en cuando? Cada uno de nosotros intenta
profundizar…
—No
todos, Mario —dijo Rubin—. A no ser que tú vayas a empezar ahora.
Gonzalo
lo ignoró.
—Henry
no lo hace. Él no se llena la mente de información sin valor, así puede ver las
cosas con más claridad.
Henry,
mientras retiraba algunas de las fuentes que sobraban, dijo suavemente:
—Si
puedo intervenir, señor Gonzalo, me temo que sería imposible hacer lo que
yo
hago, si ustedes, caballeros, no eliminaran todo lo que me confundiría.
Su
terso rostro de sexagenario mostró tan sólo una eficiencia imperturbable,
mientras vertía vino blanco en las copas vacías.
—Mario
—dijo Trumbull—, tu teoría es un disparate y en cuanto a ti, Henry, la falsa
modestia es impropia de un hombre como tú. Ocurre sencillamente que tienes más
cerebro que nosotros, y lo sabes.
—No,
señor —dijo Henry—. Con respeto, todo lo que admitiré es que tengo facilidad
para ver lo obvio.
—Porque
—dijo Gonzalo— no tienes la dificultad de tratar de buscar lo obvio a través de
sedimentos de impurezas, como hace Manny.
Henry
inclinó la cabeza ligeramente y pareció casi aliviado cuando el injuriado Rubin
se lanzó a un análisis del valor del conocimiento misceláneo del escritor y del
hecho probado —que anunció con gran fervor— de la ecuación de la inteligencia
general con la capacidad para recordar, rememorar, analizar y sintetizar.
Pero
Pentili, el invitado, parecía haber perdido el interés en la conversación. Sus
ojos seguían a Henry pensativos.
Mientras
esperaban el preciso momento en que todos hubieran acabado el postre y las
tazas de café ya estaban listas para que Henry las volviera a llenar, Trumbull
dio unos golpecitos en su copa de agua con una cucharita y anunció que había
llegado el momento del interrogatorio.
—Ya
que soy el anfitrión —gruñó—, tengo el gusto de quedar descalificado para
dirigir el interrogatorio. Mario, Mario, ya que has hecho toda esa prédica
durante la sopa, ¿no quieres interrogar a nuestro invitado?
—En-caan-tado
—dijo Mario, y se aclaró la garganta ostentosamente—. Señor Pentili, ¿cómo
justifica usted su existencia?
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Pentili
sonrió con amplitud, de tal modo que se le formaron dos bolitas de carne en las
mejillas, dándole el aspecto de un Santa Claus musulmán sin barba.
—Gracias
a Dios, ya no tengo que hacerlo. Estoy retirado, de modo que o ya he
justificado mi existencia, o ya he fracasado.
—Y
en la época en que podía justificarla, ¿cómo la hacía usted posible?
—Respirando. Pero si lo que usted quiere decir es cómo me ganaba la vida,
servía
al
Tío Sam en la misma forma, más o menos, que lo hace Tom.
—¿Es
experto en lenguajes cifrados?
—No,
pero colaboraba con el Servicio de Inteligencia.
—¿Y
eso justifica su existencia? —interrumpió Rubin.
—¿Tenemos
que discutir el asunto? —dijo Pentili con amabilidad.
—No
—dijo Trumbull—. Se ha discutido cincuenta veces. Adelante, Mario.
Gonzalo
parecía ansioso.
—La
última vez que Tom trajo un invitado, éste tenía un problema. ¿Lo tiene usted?
—En
este momento, desde luego que no. He dejado que Tom y los otros muchachos
carguen con ellos. Soy un observador más o menos afortunado. Pero tengo una
pregunta, si puedo formularla.
—Adelante.
—Se
ha dicho que Henry… quien, si no me equivoco, es nuestro camarero… —Henry es un
valioso miembro del Club de los Viudos Negros y el mejor de
todos
nosotros —interrumpió Trumbull.
—Ya
veo. Pero entendí que Henry resolvía enigmas. ¿De qué tipo?
Una
sombra de inquietud se extendió sobre el rostro de Henry, pero desapareció casi
de inmediato.
—De
vez en cuando surgen algunos interrogantes con ocasión de estos banquetes,
señor, y los miembros han sido capaces de proponer soluciones —dijo.
—Tú
las propusiste —dijo Gonzalo con energía.
Avalon
levantó una mano.
—Protesto.
Ese tema no es objeto de discusión. Todo lo que se diga aquí es enteramente
confidencial y no debe discutirse sobre sesiones previas delante de nuestro
invitado.
—No,
no —dijo Pentili, sacudiendo la cabeza—. No pido confidencias. Sólo sé me
ocurrió que, si era apropiado hacerlo, podría exponer un problema a Henry.
—Creí
entender que usted no tenía problemas —dijo Gonzalo.
—No
los tengo —dijo Pentili parpadeando—, pero una vez tuve un problema, hace
muchos años, y nunca fue resuelto a mi entera satisfacción. Ya no tiene
importancia, como comprenderán, pero desde entonces tengo la espina clavada.
—¿Qué
fue, Larry? —preguntó Trumbull con súbito interés.
—Tú
acababas de entrar en el departamento, Tom. No te afectó a ti… ni a casi nadie,
excepto a mí.
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—¿Podemos
oírlo? —preguntó Gonzalo.
—Como
he dicho —dijo Pentili—, no tiene ninguna importancia y les aseguro que no
pensaba exponerlo aquí. Fue sólo cuando se mencionó la facilidad con que Henry…
—Si
me permite una palabra —dijo Henry con suavidad—, yo no soy un experto en
resolver enigmas, como el señor Gonzalo ha dicho tan amablemente. Ha habido
ocasiones en las que, sin embargo, he podido ayudar en esa dirección, pero sólo
cuando los miembros del club ya habían considerado el problema y eliminado todo
lo que no era esencial. En ese caso, yo puedo atar los cabos sueltos que queden
tan bien como cualquier otro, pero nada más.
—Bueno
—dijo Pentili confundido—. Entonces, estoy totalmente dispuesto a presentar el
problema a todos los miembros en general.
—En
ese caso —dijo Avalon—, somos todos oídos.
Pentili,
después de haber terminado su brandy y declinado una segunda copa, dijo:
—Les
pediré, caballeros, que retrocedan a 1961. John F. Kennedy se encontraba en los
primeros meses de su trágicamente abreviada Administración, y se estaba
planeando la invasión de Cuba con exiliados cubanos. Kennedy había heredado el
plan de la Administración anterior y se había negado a suministrar apoyo aéreo
norteamericano por las repercusiones que esto acarrearía. Los informes de
Inteligencia le aseguraron que la población cubana se alzaría en apoyo a los
invasores. Se formaría de inmediato un gobierno cubano libre y, a petición
suya, los Estados Unidos llevarían sus fuerzas.
Es
fácil, retrospectivamente, advertir cómo infravaloramos el poder de Castro
sobre su ejército y su pueblo, pero en aquel entonces veíamos todo a través de
un velo de rosado optimismo. Todos ustedes ya saben lo que ocurrió. Los
invasores desembarcaron en la Bahía de Cochinos y allí les esperaban las bien
organizadas tropas castristas. El pueblo cubano no se levantó y, a falta de
apoyo aéreo efectivo, los invasores fueron muertos o tomados prisioneros. Fue
una derrota trágica para ellos y un embarazoso fiasco para los Estados Unidos.
Kennedy aceptó la responsabilidad, ya que era el presidente y había dado la
orden de poner en marcha la operación. A pesar de que había otros que tenían
más culpa, ninguno dio un paso al frente para recibir el castigo merecido. Tal
como dijo Kennedy: la victoria tiene miles de padres, pero la derrota es
huérfana.
Rubin,
que había estado contemplando su taza de café, dijo de repente:
—Recuerdo
eso. En aquel entonces, Kennedy dijo que era un viejo proverbio, pero nadie,
que yo sepa, descubrió su fuente. Debería incluirse en los libros de citas con
el nombre de Kennedy debajo.
Avalon
se aclaró la garganta.
—Una
derrota o hasta una humillación no quedan aisladas. Resentido por la
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Bahía
de Cochinos, Kennedy decidió no someterse de nuevo, y al año siguiente se
enfrentó a los soviéticos en la crisis de los misiles cubanos y obtuvo para
nosotros la mayor victoria de la Guerra Fría.
—Y
las victorias tampoco quedan aisladas —dijo Rubin con vehemencia—. El
presidente Johnson, determinado a no ser menos macho[3] que su antecesor, nos
llevó poco a poco al lodazal de Vietnam, y esto condujo a nuestros…
—Callaos,
estúpidos —vociferó Trumbull—. Esto no es una clase de historia.
Estamos
escuchando a Larry Pentili.
En
el súbito silencio que se hizo, Pentili continuó con una cierta tristeza en su
rostro:
—En
realidad, todo eso viene al caso. Verán, el verdadero culpable de la Bahía de
Cochinos fue un fallo del Servicio de Inteligencia. Si hubiéramos sabido la
situación real en Cuba, Kennedy habría cancelado la invasión o le habría dado
un apoyo aéreo efectivo. En ese caso, no hubiera sido un fiasco ni hubiera dado
a Castro o a Kruschev la falsa idea de que podrían instalar misiles a noventa
millas de Florida y, entonces, si aceptamos la interpretación psicohistórica de
Rubin, no hubiéramos tenido Vietnam.
En
mi opinión, la información necesaria no había sido errónea. Teníamos un agente
en Cuba que regresó a Washington casi medio año antes del desembarco, ya que no
había podido enviar los informes por radio…
—¿Por
qué no? —preguntó Gonzalo al punto.
—Porque
desempeñaba una difícil misión que no podía arriesgar. Era un agente soviético
y, como comprenderán, su valor para nosotros dependía de que el gobierno ruso
le permitiera viajar libremente a los Estados Unidos y moverse en Washington,
ya que ellos pensaban que nos estaba espiando.
—Quizá
lo estuviera —dijo Drake, mirando a través del humo de su cigarrillo—. ¿Cómo se
puede saber a qué lado engaña un agente doble?
—Quizá
a ambos lados —dijo Halsted.
—Quizá
—concedió Pentili—, pero los soviéticos nunca descubrieron nada que nosotros no
quisiéramos que nuestro ruso revelara deliberadamente. Por otra parte, a través
de él supimos muchas cosas útiles de los soviéticos que ellos no querían que
supiéramos.
—Me
pregunto —dijo Rubin, con algo más que un dejo de sarcasmo en la voz— si los
soviéticos no razonaban precisamente de la misma manera.
—No
creo —dijo Pentili—, porque al final fueron ellos quienes lo eliminaron y no
nosotros. Cómo llegaron a sospechar de él, cómo se delató él mismo, es algo que
nunca descubrimos, pero estaba claro que los soviéticos acabaron coincidiendo
con nosotros en que él era agente nuestro y no suyo. Es cruel, por supuesto,
pero desde el punto de vista de ellos era un traidor. En la situación inversa
nosotros hubiéramos hecho lo mismo.
—Francamente
—dijo Avalon—, yo vacilaría en confiar en un traidor. Un hombre
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que
traiciona una vez puede traicionar siempre.
—Sí
—dijo Pentili—, y por esa razón nunca dejamos que supiera nada más de lo que
consideramos seguro que supiera. Sin embargo, por lo menos yo confiaba en él.
Siempre pensé que nos había elegido porque creía en los ideales
norteamericanos. Durante los tres años que trabajó para nosotros nunca nos dio
un motivo de sospecha.
Su
nombre era Stepan y era un hombre muy serio, sin sentido del humor, que
realizaba su labor con dedicación consciente. Se había propuesto aprender
inglés y hablarlo con buen acento americano. Por eso era un celoso escucha de
los noticiarios, no por su contenido, sino por la esmerada pronunciación de
hombres como Walter Cronkite. Para desarrollar su vocabulario, Stepan hacía
crucigramas, sin demasiado éxito, y era aficionado al Scrabble, al que solía
perder.
—¿El
Scrabble es ese juego de pequeñas fichas de madera que tienen letras grabadas
con las cuales se forman palabras sobre un tablero? —preguntó Avalon.
—Tiene
sus complicaciones… —comenzó Rubin.
—Eso
es lo esencial, señor Avalon —interrumpió Pentili—. Menciono el juego porque
tiene algo que ver con el problema. Stepan nunca logró completamente sus
propósitos. Conservaba su acento ruso y su vocabulario nunca fue tan ilimitado
como le hubiera gustado, pero le alentábamos porque lo considerábamos un signo
de su dedicación a nosotros. Los soviéticos probablemente lo soportaban porque
pensaban que eso le haría un espía más eficaz para ellos.
—Puede
que tuvieran razón —dijo Rubin con sequedad.
—Ellos
lo asesinaron, recuérdelo —dijo Pentili—. En septiembre de 1960, Stepan llegó
de Cuba. Nosotros sólo teníamos una vaga idea de sus actividades en aquel país,
pero su primer y precavido contacto nos hizo pensar que tenía información de
vital importancia. Sólo había que obtener esa información sin vulnerar su
cobertura.
Tomando
muchas precauciones nos las arreglamos para contactar con él en el cuarto de un
hotel. El problema fue que, sin que él ni nosotros lo supiéramos, había sido
descubierto. Alguien le visitó antes que nosotros y, cuando nuestro hombre
llegó, Stepan estaba muerto; apuñalado. Nunca supimos lo que tenía que
decirnos.
Pensativamente,
Avalon recorrió con el dedo el borde de su taza de café, vacía desde hacía
tiempo.
—¿Está
usted seguro, señor, de que fue asesinado por los soviéticos? Vivimos en una
sociedad violenta y diariamente se asesina por muchas razones.
Pentili
suspiró.
—Es
demasiada coincidencia que un agente sea asesinado por otra causa justo a punto
de entregar un mensaje vital. Además, la policía de Washington estaba obligada
a tratarlo como un asesinato común y nosotros les ayudamos, ya que la víctima
era de nacionalidad soviética. No se descubrió nada: no hubo robo ni motivos
plausibles de su vida privada. El asesino no dejó huellas de ningún tipo; un
delincuente común hubiera dejado alguna.
Segundo,
la Embajada soviética mostró cierto interés por el asesinato, pero no
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demasiado.
Sólo hicieron algunas preguntas demasiado fáciles de contestar. Tercero,
algunos canales de información, que deberían haber quedado abiertos si Stepan
hubiera estado libre de sospecha y hubiera muerto por razones no conectadas con
su trabajo, se cerraron. No, señor Avalon, no me cabía ninguna duda de que tuvo
la muerte de un agente.
Gonzalo,
dándose cuenta súbitamente de que la original solapa de su chaqueta estaba
cubierta de migas, se limpió con delicadeza y dijo:
—Entonces,
¿dónde está el enigma, señor Pentili? ¿Quiere usted saber quién lo asesinó?
¿Ahora? ¿Después de todos estos años?
—No,
ya no importa en absoluto quién lo asesinó. Poco después de ser apuñalado,
Stepan debió haber intentado decir algo, quizá lo suficiente para darnos el
dato esencial que necesitábamos, pero si fue así, no lo consiguió. Desde que me
retiré, me he hecho muchas veces la dolorosa pregunta de si, con un poco más de
sagacidad o persistencia por nuestra parte, no podríamos haber evitado a
nuestro país algunas derrotas en los años siguientes al asesinato.
—Me
temo que esta pregunta es embarazosa, señor Pentili —dijo Halsted—, pero ¿su
retiro se debió a la muerte de Stepan?
—¿Quiere
usted decir si me retiraron como castigo por no haberlo podido mantener vivo?
No. El episodio no significó ningún descrédito para mí y no me retiré hasta
hace unos años, a la edad reglamentaria, con una generosa pensión, la expresa
estima de mis compañeros y un premio de manos del presidente Nixon. En
realidad, no fue la muerte de Stepan lo que representó un peligro para mí, sino
mi insistencia en afirmar que él estaba tratando de decirnos algo importante.
El departamento archivó el asunto; erróneamente, en mi opinión; y a mí también
me obligaron en cierta forma a archivarlo. Pero me he preguntado desde entonces
si tenía razón; y mucho más desde mi retiro.
—¿De
qué forma transportaba Stepan la información? —preguntó Gonzalo. —Estamos
completamente seguros de que Stepan no llevaba documentos
consigo,
ni cartas, ni mensajes escritos. No trabajaba de esa forma. Tenía lo que se
supone que cualquier viajero tendría en un cuarto de hotel: ropa, artículos de
aseo y esas cosas, en una maleta, y un traje en una funda. Se veían signos de
búsqueda, pero el asesino era un experto y había dejado un mínimo de desorden.
Quizá se llevara algo, por supuesto, pero si así fue, no podemos decir qué era
y no tiene nada que ver con el problema.
Lo
único que no podría considerarse completamente rutinario era un libro de
crucigramas, la mitad de los cuales ya estaban resueltos en parte o del todo
con la letra de Stepan, y el juego de Scrabble que siempre llevaba consigo…
—¿Para
jugar con los extraños que pudieran presentarse? —interrumpió Rubin. —No. Tenía
el hábito de jugar contra sí mismo cuando no tenía nada que hacer, y
utilizaba
un diccionario de bolsillo como ayuda. Decía que no había nada mejor para
aumentar el vocabulario. El diccionario estaba allí, en el bolsillo de su
chaqueta, que
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se
encontraba colgada en el armario.
Al
parecer, le apuñalaron mientras estaba de pie, y ese fue el único error en un
trabajo por lo demás impecable, pues no murió de inmediato. El asesino o
asesinos habían partido con rapidez, dejándole con un hilo de vida tras ellos.
Stepan cayó junto al escritorio y, cuando se marcharon, consiguió incorporarse.
Sobre el escritorio había un periódico —el Washington Post, por cierto— y el
Scrabble.
Abrió
el cajón superior y buscó una pluma. La encontró y trató de escribir con ella,
pero estaba seca —como suele ocurrir en las habitaciones de hotel— y la arrojó
al suelo. Su pluma estaba en el bolsillo interior de su chaqueta, en el otro
extremo del cuarto, y sabía que no podría llegar hasta allí. Sólo le quedaban
unos minutos de vida y tenía que utilizar cualquier objeto que hubiera en el
escritorio.
En
el momento en que fue apuñalado, el periódico estaba doblado como cuando lo
compró una hora antes, pero…
—¿Cómo
llegaron a esas conclusiones? —preguntó Halsted.
—Indicios.
Les aseguro que somos expertos en esto. El cajón del escritorio estaba abierto;
la pluma, completamente seca, en el suelo. Y lo más importante, Stepan sangraba
también por una herida de la mano derecha, con la que había tratado de desviar
el arma, y su sangre había marcado cada uno de sus movimientos y todo lo que
tocó.
Como
decía, desplegó el periódico en la página de deportes. Luego, levantó la tapa
del Scrabble y logró sacar de la caja cinco letras que puso en el tablero
utilizado para ese fin. Luego murió. Las letras eran «e», «p», «o», «c» y «k».
—¿En
ese orden? —preguntó Drake.
—En
ese orden, de izquierda a derecha.
—Epock
es un período de tiempo en la historia, ¿no? —dijo Gonzalo.
—Es
un momento temporal —dijo Rubin— que marca algún hecho histórico significativo,
más tarde utilizado como referencia, pero se escribe e-p-o-c-h. La palabra
termina en «h».
—Cometer
un error de ortografía en esas circunstancias no es sorprendente —dijo Gonzalo
a la defensiva—. El hombre estaba agonizando y quizá apenas viera. Pudo
confundir la «k» con la «h». Además, era ruso, y es probable que no supiera
cómo se deletrea esa palabra.
—No
se trata de eso —dijo Pentili, con cierta impaciencia—. «Epock» o «epoch», «k»
o «h», ¿qué significan?
—En
realidad —dijo Avalon—, es Tom el experto en códigos… Trumbull se encogió de
hombros.
—Larry
se ha dirigido a vosotros. Pensad un poco. Si se me ocurre algo, os
interrumpiré.
—¿No
tenían ustedes un libro de claves, señor Pentili —dijo Avalon—, en el cual
«epoch» significa una frase o grupo de palabras? ¿Es un código reconocido?
—Les
aseguro que ni «epock» ni «epoch» significan nada en ningún código que
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Stepan
pudiera conocer. No, la respuesta tiene que estar en la página de deportes, y
si las letras tienen algún significado en conexión con ella.
—¿Por
qué dice eso? —preguntó Halsted.
—Permítanme
explicar un poco más —dijo Pentili… interrumpiéndose a sí mismo para decir—:
Quisiera un poco de brandy, Henry, si no le importa. Espero que esté usted
escuchando.
—Sí,
señor —dijo Henry.
—¡Bien!
—dijo Pentili—. En el curso normal de los acontecimientos, si se hubiera
producido una emergencia, Stepan habría transmitido la información de manera
condensada —esto es, con la mayor información posible por símbolo— por medio de
números. Cada número representaría una frase dada. Es un mensaje inflexible,
por supuesto, ya que puede no existir la frase exacta, pero un número da una
buena aproximación, y ante la muerte no pudo hacer más. Abrió el periódico en
una página donde había números y donde un número podía ser significativo.
—Quizá
sólo quisiera una hoja de papel para escribir —dijo Halsted.
—No
tenía con qué escribir —dijo Pentili.
—Su
sangre.
Pentili
hizo una mueca de disgusto.
—Podría
haberlo hecho, pero no lo hizo. Quizá ni siquiera se diera cuenta de que
sangraba. Y si quería hacerlo, ¿por qué abrir el periódico? La página inicial
era suficiente.
—Podría
haberlo abierto al azar —dijo Halsted, tozudamente.
—¿Por
qué? Era un profesional. Había vivido con la muerte encima durante años y sabía
que la información que llevaba era más importante que su vida. Lo que hiciera
debía servir para transmitir la información.
—Vamos,
Roger, estás siendo trivial —dijo Trumbull.
—Déjale,
Tom —dijo Pentili—. De hecho, la opinión general en el Departamento fue que
allí no había ningún enigma; que lo que hizo Gregory en el momento de su muerte
no significaba nada; y que, cualesquiera que fueran sus propósitos, había
fracasado. Yo era el único que quería investigar el asunto hasta el final y
debo admitir que nunca conseguí traducir el mensaje.
Como
verán, el problema era que había abierto la página de deportes. Era la única
página que podía tener más números que la página de finanzas. ¿Cómo podemos
mirar todos los números de la página de deportes y decidir cuál es el que nos
interesa?
Avalon
dijo:
—Si
suponemos que Gregory sabía lo que hacía, entre todos los números, el
importante debía ser obvio, o hubiera debido serlo. Por ejemplo, es posible que
fuera el número de la página, y que todos los demás no tuvieran significado
alguno.
—¡Primera
idea! Sin embargo, era la página 32, y 32 significaba «Cancelar mensaje
anterior». No había mensaje anterior, así que no era ese número.
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—¿Qué
había en la página de deportes? —preguntó Avalon.
—No
puedo reproducirla de memoria, por supuesto, y no tengo una fotocopia para
mostrar. La página estaba dedicada al béisbol casi por entero, pues la
temporada de béisbol estaba en los últimos meses. Había tablas de
clasificación, resultados de algunos partidos concretos, algunas estadísticas
de lanzadores.
—¿Y
Stepan tenía conocimientos del béisbol?
—Algunos
—dijo Pentili—. Profesionalmente estaba interesado en América, leía historia
americana con avidez, por ejemplo, de modo que podría haberse interesado por el
juego nacional. ¿Recuerdan que en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial
a todos los espías nazis, por bien entrenados que estuvieran, les traicionaba
su ignorancia de los resultados de la Serie Mundial del último año? Stepan no
quería que le cogieran de esa forma, pero no por ello se convirtió en un
experto.
—Bien
—dijo Avalon con rigidez—, si la ignorancia en el béisbol es la marca del espía
nazi, debería entregarme a la policía. No sé nada del juego.
—Ni
yo —dijo Drake, encogiéndose de hombros.
—Oh,
vamos —dijo Gonzalo—, es imposible que alguien lea los periódicos, mire
televisión o converse con la gente y no sepa nada sobre el juego. Estáis
hablando como si fuerais sordos. ¿Por qué no tratamos de averiguarlo? ¿Qué tipo
de número debía ser? ¿De cuántos dígitos?
—Al
menos, de dos dígitos, posiblemente tres. No más de tres —dijo Pentili. —De
acuerdo. Si Gregory no era un experto en béisbol, debió haber escogido
algo
simple y obvio. Los promedios de bateo tienen tres dígitos. Quizá promedios de
bateo en los titulares.
Pentili
sacudió la cabeza.
—No
había números en los titulares. Hubiéramos caído sobre ellos de inmediato. Les
aseguro que en ningún lugar de la página, en ningún lugar, había un número que
destacara del resto. No, caballeros, estoy completamente convencido que esa
página de deportes por sí misma es insuficiente, y de que Gregory intentó
usarla en sus últimos momentos sólo porque no tenía otra cosa a mano. El número
estaba allí, pero no había forma de localizarlo sin un indicio… de modo que
preparó uno.
—¿Quiere
usted decir las letras del Scrabble? ¿«Epock»? —preguntó Rubin.
—Sí.
—No
me imagino a qué pudo aludir con eso.
—Pudo
no haber terminado, ¿sabe? —dijo Gonzalo—. Logró colocar cinco letras y luego
murió. Quizá se dio por vencido con la página de deportes y luego trató de
deletrear el número, pero no pudo terminar. Si quería escribir «ciento
veintidós», por ejemplo, hubiera necesitado más de cinco letras.
—¿Y
nos estás diciendo que hay un número que comienza con «epock»? —Rubin dirigió
sus ojos hacia arriba con exasperación.
—Las
letras no tienen por qué estar ordenadas. En el Scrabble, las letras siempre se
están ordenando y desordenando… como en los anagramas. Cuando tuviera todas
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las
letras necesarias, las habría colocado formando el número que estaba
deletreando.
Murió
demasiado pronto.
—Lo
siento, Mario —dijo Halsted—, pero eso no es posible. Las formas escritas de
los números tienen una curiosa distribución de letras. Por ejemplo (los ojos
del matemático brillaron), ¿sabes que puedes escribir todos los números desde
el cero al novecientos noventa y nueve sin utilizar la letra «a»?
—¿Y?
—dijo Gonzalo—. No hay ninguna «a» en «epock».
—No,
pero hay una «p» y una «c». Escribe los números en orden y no encontrarás una
«p» hasta que alcances… hmm… un heptillón, que tiene veinte dígitos. Y no
encontrarás una «c» hasta el octillón, que tiene veintisiete. Por supuesto, en
el sistema norteamericano de numeración. En el inglés…
—Ya
te has explicado —gruñó Trumbull.
—De
todas formas, es posible que fuera una palabra incompleta —dijo Rubin—. Pudo
darse por vencido con la página de deportes, empezar de nuevo y coger las cinco
letras más una «t», reagrupándolas para deletrear «pocket». Quizá tuviera el
mensaje en el bolsillo…
—No
lo tenía —interrumpió Pentili con sequedad.
—Es
posible que se lo quitaran después de apuñalarlo y él estaba demasiado débil
para darse cuenta.
—Es
una conjetura de segundo orden. Hay que suponer una «t» adicional y luego un
robo para que concuerde. ¡Improbable!
—¿Podría
haber sido «pocket» una palabra código? —interrogó Rubin.
—¡No!
—Pentili movió su mano abierta de izquierda a derecha, con gesto de
impaciencia—. Caballeros, es divertido escuchar sus conjeturas pero se están
moviendo en direcciones equivocadas. Los hábitos se mantienen incluso en el
momento de la muerte. Stepan era una persona ordenada y cuando le llegó la
muerte tenía la mano sobre la tapa del Scrabble y claramente estaba haciendo un
esfuerzo para colocarla en su lugar. Nunca tuve dudas de que había sacado todas
las fichas que necesitaba. Tenemos esas cinco letras, no más.
—Podría
no haber tenido tiempo de reagrupar las letras —dijo Halsted.
Pentili
suspiró.
—Hay
exactamente ciento veinte formas diferentes de combinar cinco letras
diferentes. Ninguna de las combinaciones nos da una palabra inglesa, tal como
pústula —sonrió brevemente—. Una combinación es «kopec», una pequeña moneda
rusa que se suele escribir «kopek», pero eso no tiene ningún significado. No,
debe ser alguna referencia a un número.
—¿Qué
había en la página de deportes además de deportes? —dijo Avalon de repente—.
Quiero decir, ¿había avisos, por ejemplo?
Pentili
concentró su vista a una distancia media, como si estuviera observando una
invisible hoja de papel.
—Avisos,
no —dijo pensativamente—. Pero sí había una columna de bridge.
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—¡Ah!,
¿podrían referirse a ella las letras? No es que sea un fanático del bridge,
señor Pentili, pero lo juego y algunas veces leo la columna. Siempre muestran
una mano designando a los jugadores como «norte», «sur», «este» y «oeste». Las
cartas de cada mano se enumeran según los palos, espadas, corazones, diamantes
y picas, y en orden descendente de valor.
—¿Y
bien? —dijo Pentili, impertérrito.
—Entonces
consideremos «epock». La «e» puede significar «este», la «c» «picas»[4]. La
mano de «este» puede haber tenido cinco picas, por ejemplo: J, 8, 4, 3,
2. La J y el 3 se excluyen porque están ocupados
por letras que no representan dígitos. Por tanto, nuestro código será 842.
Pentili
lo observó con algo de sorpresa.
—Debo
admitir —dijo— que nunca pensé en esto. Cuando vuelva a mi oficina miraré la
mano de bridge. Sorprendente, señor Avalon. No creía que, a estas alturas, se
pudiera proponer una idea en la que yo no hubiera pensado.
—Hago
lo que puedo, señor —dijo Avalon, enrojeciendo un poco.
—Sin
embargo —dijo Pentili—, no creo que su sugerencia sea útil. Que yo sepa, el
pobre Stepan no jugaba al bridge, y me parece que sólo a un monomaniaco del
juego se le ocurriría usar el bridge para un código como ése en el momento de
su muerte. Tiene que ser muy simple. Quizá hubiera utilizado el número de la
página como código, pero sospecho que ya no podía distinguir los diminutos
símbolos de la página del periódico. Reconoció globalmente la página de
deportes y aún podía ver las grandes letras del Scrabble. Y no podemos
encontrar nada simple allí.
—A
menos que Henry tenga una sugerencia —dijo Gonzalo.
—¡Ah!
—dijo Pentili—, finalmente llegamos a Henry. ¿Qué significa todo esto, Henry?
Henry,
que había permanecido silencioso al lado del aparador durante toda la
discusión, dijo:
—No
lo sé, señor, a menos que el número veinte tuviera signifi… Le interrumpió un
súbito estallido de Pentili.
—¡Veinte!
¿Es una conjetura, Henry?
—No
del todo, señor. ¿Significa algo entonces?
—¡Qué
si significa! He pasado años sombríos, sospechando que él trataba de decir
veinte. Veinte significaba «Gobierno bajo firme control». No he mencionado el
número veinte durante el relato, ¿no?
Hubo
una negativa a coro.
—Si
hubiera podido demostrar —dijo Pentili— que Stepan estaba tratando de decirnos
veinte, hubiera podido detener lo de la Bahía de Cochinos. Al menos, lo hubiera
intentado. Pero no veo cómo usted extrae veinte de todo el asunto, Henry.
—Bien,
señor, si es verdad que el señor Stepan tenía sólo un moderado conocimiento de
béisbol vería en la página de deportes lo mismo que verían otras personas con
moderados conocimientos —yo, por ejemplo—. Tal como el señor
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Gonzalo
diría, hablo desde mi ignorancia cuando digo que todo lo que veo en la página
de deportes es el resultado de los partidos —el tanteo, en otras palabras— y
eso me sugiere poderosamente el número «veinte»[5].
Avalon,
posiblemente picado por el fracaso de su propuesta, dijo:
—Me
parece que no, Henry. «Score» es una palabra bastante arcaica. ¿La conocería
Stepan?
—Imagino
que sí, señor Avalon —dijo Henry—. El señor Pentili dijo que Stepan era un
ávido lector de historia norteamericana, y una de las más conocidas frases
históricas es «Hace ochenta y siete años…»[6].
Pentili
parecía disgustado.
—Es
una brillante idea, Henry, pero no convincente. Mala suerte.
—Sí
lo es, señor, cuando se advierte que las letras del Scrabble también significan
veinte.
—¿De
qué manera?
—Cuando
el señor Gonzalo formuló su pregunta sobre pústula, se refería específicamente
a si era una palabra inglesa. Nadie ha dicho que «epock» deba ser inglesa.
—¿Quieres
decir que es veinte en ruso? —dijo Gonzalo con alegría.
—No,
no es veinte en ruso —dijo Pentili—. Ya he mencionado la posibilidad de
«kopec»/«kopek», pero no tiene nada que ver con veinte, seguro.
—No
estoy pensando en palabras rusas —dijo Henry—. Tal y como usted ha dicho, el
hábito se mantiene hasta en el momento de la muerte, y el señor Stepan podría
haber utilizado letras rusas…
—El
alfabeto cirílico —dijo Rubin.
—Sí,
señor Rubin. Bien, hemos visto que URSS escrito en cirílico es CCCP. Sospecho,
por lo tanto, que la «c» rusa equivale a nuestra «s» y que la «p» rusa equivale
a nuestra «r».
—Indudable
—dijo Pentili, con expresión atónita.
—Y
la «k» rusa equivale a la «c» en nuestro alfabeto, de modo que «epock» se
transforma en «erosc», que puede reagruparse en «score».
Pentili
pareció estar hundido en una gran depresión.
—Usted
gana, Henry. ¿No podría haberme dicho esto en 1960?
—Si
lo hubiera sabido, señor —dijo Henry.
Epílogo
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En
algunos aspectos, hay una cierta inflexibilidad en mi esquema para escribir
relatos de los Viudos Negros. Hay siempre un banquete y una conversación
general; luego el interrogatorio y la presentación de un misterio; por último,
la discusión y solución.
Pero
también hay una cierta flexibilidad, pues el misterio puede, por ejemplo, no
existir. Puede ser un asesinato, o un robo, o una historia de espías o un
testamento desaparecido.
A
veces, incluso puede consistir en ese antiguo recurso, la clave invisible. ¿Por
qué no? Siempre divierten.
«La
página de deportes» apareció en la EQMM en abril de 1977.
Por
cierto, los lectores me escriben en ocasiones para ofrecerme soluciones
alternativas a las de mis Viudos Negros. En el caso de esta historia, dos
lectores llegaron a idénticas soluciones alternativas que (en mi opinión) son
más ingeniosas que la mía. Uno fue Dan Button, editor del Science Digest, y el
otro, Paul Edwin Kennedy, un abogado de Boston. Permítaseme citar a este
último: «[Stepan] nos deja el críptico mensaje “epock”. Cualquier persona
“moderadamente entendida” en béisbol conoce los tantos de puntuación (scores).
Para él, las letras “e”, “po” y “k” significan “error”, “put out” (lanzamiento
desviado) y “strike”, respectivamente. Por lo tanto, podemos traducir “epock”
como “fallo al desviar un lanzamiento”. Evidentemente, la “c” significa “cubano”».
Dan
Button, utilizando idéntico razonamiento, interpreta el mensaje así: «Batearéis
fuera (sufriréis un desastre) si continuáis con el plan», o «El strike
(invasión) será desviado, por la información errónea que habéis recibido».
Es
increíble que, sin saberlo, mientras elaboraba una solución, estaba preparando
el terreno para otra aún más sutil.
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IV
EL
SEGUNDO MEJOR
CUANDO
LOS VIUDOS NEGROS inauguraron la nueva estación con su banquete de septiembre,
coincidiendo con las convenciones nacionales de los partidos, no fue extraño
que se conversara de política.
Emmanuel
Rubin, que era el anfitrión, había criticado duramente (como era de esperar) a
los dos candidatos, y en un rápido análisis de sus defectos, hizo que ambos
resultaran completamente inaceptables.
Thomas
Trumbull frunció el ceño.
—Entonces
¿quién es tu candidato?
—El
mismo —dijo Mario Gonzalo con rapidez, alisando la solapa de su chaqueta, que
estaba confeccionada con tejido guateado de colores llamativos—. Manny ha
votado por Rubin desde hace años.
—Desde
luego, no tiene sentido votar por alguien que yo sé que es menos capaz que yo
—dijo Rubin—. Si, por seguir la idea, admito que carezco de la capacidad
necesaria para ser presidente de los Estados Unidos, cualquier hombre inferior,
ipso facto, no debería recibir mi voto, ni el de ningún otro.
Geoffrey
Avalon, bebiendo con lentitud su segunda copa, que no había aún alcanzado el
punto medio en el cual se detenía automáticamente, dijo con austeridad:
—De
todas maneras, no considero prudente cambiar de presidente. La experiencia y la
continuidad son muy importantes.
James
Drake, mirando a través del humo de su cigarrillo, aclaró su garganta y dijo
suavemente:
—Qué
experiencia tenía hace dos años cuando… Rubin le interrumpió sin
contemplaciones.
—No
discutas con él, Jim —dijo—. Geoff votó a Nixon en el 72. —Con su barba rala
encrespada, le lanzó una mirada iracunda a través de los gruesos cristales de
sus gafas.
Avalon
permaneció más rígido que de costumbre y un débil rubor cubrió sus mejillas.
—No
estoy avergonzado por eso. El problema principal en el 72 era la política
exterior, y en ese momento consideré que la política exterior de Nixon era
racional y útil.
—Era
corrupto —dijo Rubin.
—Eso
no se sabía entonces. No puedo votar basándome en un conocimiento futuro.
—¿Qué
conocimiento futuro? Yo sabía que no se podía confiar en él desde que entró en
el Congreso en 1947.
—No
todos tienen tu visión retrospectiva 20-20, Manny —dijo Avalon, herido en
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su
dignidad.
Nada
de visión retrospectiva —dijo Rubin—. Puedo traer cientos de testigos que me
escucharon denunciar a Nixon durante un período de treinta años.
—Te
hemos escuchado aquí muchas veces, en los Viudos Negros —dijo Roger Halsted,
contemplando los entremeses con mirada crítica.
Avalon,
al llegar a la mitad de su copa, la depositó con firmeza y dijo:
—Creo
que todos tenemos nuestras diferencias políticas, Manny. El ser miembro del
Club de los Viudos Negros no me priva de mis derechos civiles.
—Vota
como te plazca —dijo Rubin—, pero me gustaría recordarte que tú fuiste el único
de los Viudos Negros que votó por los republicanos ese año.
Avalon
se tocó su pulcro bigote gris, como para convencerse a sí mismo de que la
bebida no lo había mojado, y dijo:
—¿Eso
incluye a Henry?
—¿Por
quién votaste en el 72, Henry? —dijo Gonzalo inmediatamente.
—No
necesitas contestar, Henry. Tus opiniones políticas son asunto tuyo —dijo
Avalon.
Henry,
el inestimable camarero de los banquetes de los Viudos Negros, estaba dando los
últimos toques a la mesa.
—No
tengo ninguna razón para mantenerlo en secreto, señor Avalon —dijo—. Como el
señor Rubin, discrepaba con el presidente y, con algunos reparos, voté por el
otro candidato.
—Seis
contra uno, Geoff —dijo Rubin, con una amplia sonrisa.
—¿Y
qué hay de nuestro invitado? —dijo Avalon y, quizá con un dejo de rencor,
agregó—: Después de todo, estás dando este espectáculo por él.
—¿Porque
me va a hacer una entrevista? —comenzó a decir Rubin, con indignación.
El
invitado cerró su libreta con un golpe lo suficientemente fuerte como para
atraer la atención de todos y, con una voz sorprendentemente amable, dijo:
—En
realidad, voté por Nixon. No entiendo mucho de política, pero generalmente voto
a los republicanos.
—Seis
contra dos —dijo Avalon, con voz baja llena de satisfacción, echando una
furibunda mirada a Rubin, quien parecía un tanto molesto.
Levantando
los ojos del retrato que estaba haciendo del invitado, Gonzalo dijo:
—¿Cómo
puede usted ser periodista y no entender de política?
—No
soy exactamente…
Trumbull
alzó la voz:
—Guarda
eso para el interrogatorio, Mario, maldita sea. Si hubieras llegado a tiempo,
ya te habríamos presentado al señor Gardner.
—No
necesito que tú me des lecciones de puntualidad, —dijo Gonzalo, herido—. Están
pavimentando Park Avenue y mi taxi…
Henry,
que había esperado con paciencia, aprovechó el momentáneo silencio.
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—Caballeros,
a petición del señor Rubin, el anfitrión de esta velada, nuestro chef ha tenido
el gusto de preparar smorgasbord. Si son tan amables de servirse ustedes mismos
de las bandejas que hay en el aparador…
Se
colocaron en fila con la avidez de saludables glotones y Halsted, cuya tripa
incipiente era una prueba elocuente de su fraternal afecto por las calorías,
dijo:
—Nunca
habíamos tenido smorgasbord, Manny.
—No
tiene nada de malo probar algo nuevo —dijo Rubin.
—No,
si me parece bien… me parece bien. —Los ojos de Halsted erraban ávidamente
sobre las bandejas.
—Esta
noche estás semiempleado, Henry —dijo Gonzalo.
Henry
sonrió paternalmente y dijo:
—Trataré
de mantenerme ocupado, señor Gonzalo.
El
contenido de las bandejas había quedado reducido a los restos, los comensales
estaban bebiendo la segunda taza de café y Henry se disponía a servir el
brandy, cuando Rubin dio unos golpecitos con su cuchara en el vaso de agua y
dijo:
—Hermanos
Viudos Negros, ha llegado la hora del interrogatorio, y Mario ha reclamado la
oportunidad de dirigirlo. Muy en contra de mi opinión, le permitiré hacerlo.
Mario…
Gonzalo
sonrió y se reclinó en la silla, colocando un brazo negligentemente sobre el
respaldo.
—Señor
Gardner, me disculpo por haber llegado tarde. Están pavimentando Park Avenue…
—Ya
sabemos eso —dijo Rubin—. Continúa.
—Y
sin embargo, me he puesto al tanto durante la cena. Usted es Arthur Gardner y
trabaja como colaborador independiente de la revista Personalities. ¿Estoy en
lo cierto?
—Sí,
señor.
El
cabello gris de Gardner, abundante, moderadamente largo y bien peinado, le daba
el aspecto de un hombre de unos cincuenta años, pero los demás rasgos
desmentían esa opinión. Con el pelo teñido hubiera aparentado fácilmente menos
de cuarenta. Sus dientes estaban en buen estado, pero su sonrisa era incómoda.
No parecía encontrarse muy a gusto en aquella compañía.
—Me
pareció entender que le han encargado una entrevista a Manny Rubin para un
artículo en Personalities…
—Así
es. El artículo de portada.
—Y
el venir a esta cena, como invitado de Manny, forma parte del trabajo.
—Sí
—dijo Gardner—. No soy un simple entrevistador. Trato de tomar una muestra, por
así decirlo, de las actividades del señor Rubin.
—Ah
—dijo Gonzalo—, eso nos lleva a la pregunta clave. Si sus actividades
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requieren
presentar a Manny al público, ¿cómo puede usted justificar su existencia? —Si
el señor Rubin puede justificar la suya, la mía está justificada
automáticamente
—dijo Gardner.
Avalon
se rió a carcajadas.
—Muy
buena respuesta. Te ha apabullado, Mario.
—Estaba
preparado —dijo Gonzalo con indignación—, pero no importa. Señor Gardner, antes
de la cena usted dijo que no entendía mucho de política. ¿No es eso un handicap
en su tipo de trabajo?
—No,
señor. Si fuera comentarista político, lo sería, pero yo sólo me ocupo de
personalidades.
—¿Qué
sucede cuando su personalidad es un político?
—Sé
lo suficiente para eso.
—¿Ha
perdido algún trabajo por su ignorancia en las cuestiones políticas?
—No
soy ignorante en cuestiones políticas —dijo Gardner con suavidad, sin que
pareciera molesto—. No he necesitado más conocimientos de los que tengo, aun
cuando… he realizado un reportaje, por ejemplo, sobre Hubert Hum…
Trumbull
le interrumpió:
—Un
momento, Mario. Señor Gardner, los Viudos Negros tenemos una sensibilidad
desarrollada para los pequeños detalles. Usted dijo «aun cuando…», luego hizo
una pausa y cambió de tema. Por favor, no cambie. Aun cuando ¿qué?
Gardner
pareció sinceramente sorprendido.
—No
comprendo.
—Usted
iba a decir algo que luego no dijo. ¿Qué estaba a punto de decir? Gardner
comprendió.
—¡Ah!…
es una historia de la guerra que me molesta un poco durante cada elección
presidencial. No tiene importancia.
—¿Podría
contárnosla?
—Pero
sucedió hace casi un cuarto de siglo. Todo ha pasado.
—De
todas formas. Esa es la dirección que ha tomado el interrogatorio. Me temo que
uno de los requisitos del juego es que usted responda. Le aseguro que todo lo
que diga aquí es confidencial.
Gardner
miró a su alrededor con aire desvalido.
—No
hay nada de confidencial en esto. Fue en el invierno de 1950. En Corea, el
ejército del general MacArthur había alcanzado la frontera de Manchuria a fines
de noviembre y todos íbamos a volver a casa para las Navidades.
—Lo
recuerdo —dijo Drake secamente—. Luego llegaron al sur grandes contingentes
chinos y nos cogieron desprevenidos.
—Así
fue —dijo Gardner cori amargura—. Desde entonces no me explico cómo nos
pudieron sorprender. De cualquier modo, las divisiones de surcoreanos se
disolvieron. Después de todo, podían pasar desapercibidos. Sin el uniforme,
cada soldado sólo era otro campesino. Para los americanos, y los pocos soldados
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occidentales
que había, era distinto. Teníamos que huir hacia el sur tan rápidamente como
pudiéramos y mantenernos juntos hasta que fuera posible formar una línea que
aguantara.
Muchos
quedamos separados de nuestras unidades. Yo fui uno de ellos. Durante cinco
días caminé hacia el sur, preguntándome cuándo me descubriría alguna unidad
china o cuándo me atraparían los campesinos coreanos para despojarme de la ropa
y los pertrechos.
Me
ocultaba de día y caminaba durante la noche. Mis provisiones se habían acabado
y después de un tiempo me sentí hambriento. No sabía qué había más adelante o
si todavía había un ejército americano en algún sitio. Fue la peor derrota
sufrida en campo de batalla por el ejército americano desde la Guerra Civil.
Al
tercer día me topé con un soldado americano. Casi le disparé antes de darme
cuenta que era uno de los nuestros. Por lo demás, él también estuvo a punto de
dispararme, estaba herido y se movía con dificultad. Le tenía que ayudar a
caminar y eso me retrasaba bastante, por lo que más de una vez pensé en
abandonarle. No pude hacerlo. Me gustaría decir que fue un impulso humanitario,
pero era otro par de ojos y podía ver algo que yo solo viera demasiado tarde.
Además, me hacía compañía. Dios mío, hubiera hecho cualquier cosa por compañía.
La
quinta noche estaba agonizando. Yo sabía que él lo sabía. No sabía cómo
ayudarle, o cómo hacérselo más fácil. De modo que permanecí allí mientras él
hablaba. En realidad no le escuchaba, ¿saben? Sólo trataba de mirar a todos
lados al mismo tiempo y casi deseaba que se muriera para poder continuar, y al
mismo tiempo que no se muriera para que no me dejase solo.
Estaba
delirando y saltaba de un tema a otro. Hablaba de la política norteamericana.
Decía que Truman estaba terminando y que los republicanos probablemente
colocarían a Taft en la Casa Blanca en el 52. Recuerdo que dijo que ésa sería
la cuarta vez que los presidentes fueran de la misma familia y la segunda
combinación de padre-hijo. Eso se grabó en mi mente —no sé por qué—, pero todo
lo demás que dijo se me ha olvidado y lo único que sé es que se refería a los
presidentes. Creo que debió haber sido un entusiasta de los presidentes y que
lo sabía todo acerca de ellos.
Justo
antes del fin, me habló de él y su familia.
Estaba
casado y tenía una hija de dos meses a la que nunca había visto. Consiguió
sacar algo del bolsillo y dármelo.
—«Dáselo
a ella —me dijo—, por favor. Así sabrá que al menos la vi con la niña en
brazos, que he pensado en ellas hasta el final».
Trató
de besar el objeto. Era una fotografía de una mujer y un bebé y supuse que le
había llegado antes de que el ejército se desbandara.
—«De
acuerdo —le dije—. ¿Cuál es tu apellido? ¿Dónde vives?».
En
los dos días que habíamos estado juntos no nos habíamos llamado por nuestros
apellidos. Los apellidos no tenían importancia entonces.
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Sus
ojos se nublaron y murmuró:
—«¿Mi
apellido? Un buen apellido. Un apellido presidencial. No es pariente mío, por
supuesto. El segundo más votado de la lista. Le quieren».
Su
voz se desvaneció, pero recuerdo las palabras exactas. He pensado mucho en
ellas, como verán.
Lo
sacudí pero estaba muerto. ¿Qué podía hacer? Desde luego, no iba a quedarme
allí para darle sepultura cristiana o algo así. Sólo quería largarme. Pero
traté de buscar su placa de identidad para entregarla si alguna vez llegaba a
las líneas americanas. Así también podría averiguar su nombre y entregar la
foto. Pensé que tenía la obligación de intentarlo si volvía alguna vez.
Mi
mano nunca lo tocó. Escuché la voz de un chino —supongo que era chino— y
alguien cayó sobre mí. Creo que había tropezado conmigo; me lo quité de encima
usando el rifle como estaca y luego corrí. Oí disparos, pero ninguno me dio y
seguí corriendo. Más adelante escuché a alguien maldiciendo en inglés y levanté
una mano, vociferando: ¡Americano! ¡Americano!
Estaba
con una compañía americana y así acabó todo. Pasaron dos días antes de que se
me aclararan las ideas y creo que parte de ese tiempo lo pasé en una camilla.
Hubo
una pausa y Halsted dijo:
—¿Así
que nunca cogió la placa del soldado?
—No,
señor —dijo Gardner enfáticamente—. Estábamos retirándonos. No pudimos
detenernos y regresar hasta que nos hallamos bastante al sur de Seúl, y
entonces sólo volvimos hasta la frontera entre las dos Coreas, más o menos. Mi
compañero, quienquiera que fuese, había muerto en Corea del Norte y allí
permanece hasta hoy.
—¿Luego
no pudo entregar la foto? —dijo Halsted.
—Lo
intenté —dijo Gardner—. El problema era que ni siquiera sabía cuál era su
unidad y habíamos perdido muchos hombres en la retirada. Busqué todo lo que
pude. Supongo que debí haber enviado la foto a alguna revista nacional y
esperar que apareciera una mujer y la reclamara, pero eso costaba más dinero
del que yo podía gastar.
Todavía
me preocupa un poco. Su hija debe tener unos veinte años ahora, y su esposa mi
edad más o menos. Puede que haya muerto o se haya vuelto a casar; es posible
que su hija ya sea madre y quizá no haya pensado nunca en un padre al que no
llegó a conocer.
Sin
embargo… quizá les gustaría tener algo que él tocó mientras moría, algo que les
probara que ellas ocupaban todos sus pensamientos. Pero ¿qué puedo hacer? Y a
pesar de todo, cuando hay elecciones presidenciales, pienso en ello con más
frecuencia de lo habitual.
—No
debe culparse por algo que está completamente fuera de su control —dijo
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Avalon.
—Pero
usted dice que lo intentó, señor Gardner —dijo Halsted—. ¿Cómo pudo hacerlo? No
tenía ningún dato para empezar.
—Por
supuesto que lo intenté —dijo Gardner—. El me dijo que tenía el apellido de uno
de los presidentes americanos. Es probable que esa casualidad explicara su
extraordinario interés por los presidentes. Y dijo que el presidente era el
segundo más votado de la lista y que el pueblo le quería. Eso me parecía
suficientemente claro. Cuando salí del ejército, escribí a Washington para que
comprobaran los nombres de los desaparecidos en combate durante la retirada. Me
parecía imposible que hubieran podido rescatar el cuerpo, de modo que no
estaría entre los muertos en combate, y eso eliminaba algunos apellidos.
—Supongo
que no encontró nada —dijo Halsted, encendiendo un nuevo cigarrillo.
—Nada.
No había ningún Roosevelt en la lista.
Rubin
explotó.
—¿Roosevelt?
¿Por qué Roosevelt?
Gardner
pareció sorprendido.
—¿Por
qué no Roosevelt?, es el nombre obvio, considerando sus palabras. El único
nombre. No sé por qué no había nadie con ese nombre entre los desaparecidos en
combate. Podría haber sido un caso típico de snafu[7] militar, pero como no fue
así, me encontré en un callejón sin salida.
—¿Cómo
dedujo lo de Roosevelt? —dijo Rubin.
—Seguramente,
usted puede recordar las elecciones de 1936. Yo tenía diez años, pero me
acuerdo del impacto que causaron. Franklin Roosevelt se llevó cuarenta y seis
de los cuarenta y ocho Estados y al pobre Alf Landon sólo le dejó Maine y
Vermont… ocho votos electorales.
—¿Y
por eso es el segundo mejor?
—Bueno,
Washington fue elegido dos veces en votación unánime del colegio electoral, en
1788 y en 1792. Eso le coloca en primer lugar. No hay nada por encima de la
unanimidad y F. D. R. queda en segundo lugar.
Avalon,
sentado muy erguido, con su pulcra barbita entrecana que le daba aire de sabio,
siempre que fruncía las cejas, dijo:
—Es
verdad. En 1820, James Monroe, nuestro quinto presidente, se presentó a la
reelección. Los Estados Unidos eran prácticamente una nación de un solo partido
en aquellos tiempos. El Partido Federalista se había suicidado virtualmente al
comprometerse con imprudencia en algo que se llegó a considerar alta traición
durante la Guerra de 1812. Por lo tanto, todos los políticos importantes se
llamaban a sí mismos demócratas-republicanos. Más tarde formaron nuevas
fracciones y nuevos partidos en torno a las personalidades dominantes, pero aún
no había llegado la hora. Por tanto, Monroe fue a la reelección sin oposición
formal. —Hizo una pausa y contempló a los otros con cierto aire de
complacencia.
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—Vamos,
Geoff —dijo Tom Trumbull—, has estado leyendo todo eso recientemente, de modo
que no hagas como si lo estuvieras extrayendo de algún profundo pozo del
conocimiento. ¿Adónde quieres ir a parar?
—No
lo he leído recientemente. Son hechos que todo escolar conoce, o debería
conocer, si las escuelas fueran como es debido hoy día. La cuestión es que
Monroe obtuvo todos los votos electorales excepto uno. El único que se opuso
—de New Hampshire, creo— otorgó su voto a John Quincy Adams, con el propósito
expreso de evitar que hubiera unanimidad. Ningún otro hombre aparte de
Washington, dijo, debía ser elegido unánimemente.
—Como
veis —continúo Avalon—, si Washington ocupa el primer lugar entre los más
votados, Monroe ocupa el segundo y F. D. R. es sólo el tercero. Por eso, usted
no encontró ningún Roosevelt entre los desaparecidos en combate. El soldado
muerto debió llamarse Monroe…
Gardner
lo contempló atónito.
—¡Increíble!
—exclamó—. No puedo creerlo. Nunca pensé ni por un minuto que pudiera ser otro
que Roosevelt. ¿Está usted seguro?
Avalon
se encogió de hombros.
—Podemos
verificarlo. Tenemos un par de almanaques en la estantería de los libros de
consulta.
—No
te molestes en coger el almanaque, Henry —dijo Rubin—. Geoff tiene razón, al
menos en este caso.
—Supongo
que puedo volver a Washington con esto —dijo Gardner—. El ejército debe
conservar siempre sus registros. Tengo cargo de conciencia. Si no hubiera
estado tan seguro de mí mismo, podría haber encontrado a la esposa y la niña
hace un cuarto de siglo.
—No
sé —dijo Drake pensativamente—. Me parece que hay dos partes en la
identificación. El presidente era el segundo mejor y la gente le quería. Estoy
de acuerdo con la popularidad de Roosevelt, pero ¿dónde estaba la de Monroe?
—En
ninguna parte —afirmó Rubin al momento—, en ninguna parte. Heredó la
presidencia porque en aquella época era casi tradicional que la ocupara un
virginiano. Fue el cuarto presidente virginiano de cinco presidentes; los
cuatro fueron Washington, Jefferson, Madison y Monroe. Monroe fue el último y
el menos importante de todos. Su único logro fue la Doctrina Monroe, cuyo autor
fue en realidad John Quincy Adams, su secretario de Estado.
—Bueno,
entonces, ¿era Monroe o no era Monroe? —preguntó Gardner—. Me han confundido
por completo. ¿Cuál es la respuesta?
—No
estoy seguro —dijo Rubin—, pero desde luego no es Monroe. Mire, la Constitución
otorga el derecho de elegir al presidente al colegio electoral, y en las
primeras ocho elecciones más o menos ni siquiera tenemos constancia de que se
celebraran votaciones populares. En aquellos años, el candidato no tenía que
arrancar votos a los ciudadanos; bastaba con que intrigara para obtener los
votos de unos
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cuantos
electores. No había votación en el sentido moderno de la palabra y si queremos
averiguar cuáles fueron el primero y el segundo en cuanto a popularidad
electoral, tendremos que eliminar a los primeros presidentes. Estoy seguro que
el soldado nunca pensó en Washington ni en Monroe en relación con resultados
electorales.
Gardner
se frotó el borde del mentón.
—La
primera campaña electoral moderna, un circo de libelos y trucos sucios, se
celebró en 1840 —dijo Rubin, frunciendo el entrecejo—. Fue cuando William Henry
Harrison venció a Martin Van Burén. Sospecho que debemos comenzar con él.
—No,
Manny —dijo Avalon—. Las elecciones de 1840 quizá consolidaran ese estilo, pero
creo que debemos comenzar con Andrew Jackson, retrocediendo a 1832.
—De
acuerdo —dijo Rubin, agitando su mano derecha como quien desecha una
observación con indiferencia—. Comencemos con Andy Jackson.
Drake,
recostado en su silla, observó a los demás a través de sus lentes de contacto y
dijo:
—Johnson
obtuvo una victoria aplastante en 1964 y Nixon en 1972, pero el soldado murió a
fines de 1950…
—Exacto
—dijo Gardner—. Truman era entonces presidente, de modo que debemos detenernos
en él.
—Me
parece —dijo Avalon— que si nos limitamos a los presidentes entre Jackson y
Truman, ambos incluidos, la mayor victoria electoral fue la de Roosevelt en
1936 y la segunda más importante —estoy seguro de esto— fue la de Warren
Harding sobre James Cox en 1920.
—Entonces,
¿está usted diciendo que es Harding?
—No,
claro que no —dijo Rubin con rapidez—. Nadie con dos dedos de frente podría
suponer que su soldado habría estado orgulloso del aspecto presidencial de su
nombre si se hubiera llamado Harding.
—Si
Geoff está en lo cierto y Harding obtuvo la segunda mayor victoria en términos
de porcentaje —dijo Drake—, entonces tiene que ser Harding. No puedes discutir
con las cifras.
—Sí,
puedes —dijo Rubin—. Puedes negar que unas cifras determinadas constituyan la
base de un juicio. El hecho es que en toda la historia presidencial el más
votado de todos los presidentes fue Roosevelt; por eso estaba tan sorprendido
cuando Gardner decidió que él era el segundo. Pero ¿por qué es Roosevelt el
primero? No por el porcentaje de votos, sino porque fue elegido para cuatro
mandatos sucesivos, 1932, 1936, 1940 y 1944, y ningún otro presidente fue
elegido más de dos veces. Es el número de elecciones lo que cuenta.
—Eso
no facilita las cosas —dijo Gardner—. ¿Quién está entonces en segundo lugar?
—No
lo sé —dijo Rubin—. Podría ser uno de los presidentes que fueron elegidos dos
veces, pero ¿cómo podemos decir cuál? Eso depende de los prejuicios y
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predilecciones
de su soldado.
—Quizá
no —dijo Avalon—. Si era un entusiasta de los presidentes, debió tener algún
criterio lógico para su elección, y debemos ser capaces de encontrarlo.
Gonzalo
intervino:
—Tenemos
lo que dijo de ser querido. ¿Qué presidente fue el más querido por la gente
después de Roosevelt? Eso podría darnos un indicio.
—No
creo —dijo Rubin—. Todos los presidentes fueron queridos por quienes les
votaron. Es una especie de reflejo automático. Demonios, podría decir que aún
hoy un cuarto del electorado piensa que Nixon fue deshonesto, y sin embargo
sigue queriéndolo. Creo que debemos ser cautelosos al utilizar ese criterio.
—No
divaguemos —dijo Avalon—. Roosevelt es nuestro único cuádruple ganador, no
existe un triple ganador. Por lo tanto, debemos escoger a nuestro segundo más
votado entre los presidentes que vencieron en dos elecciones. De Jackson a
Truman, si cuento correctamente, hubo seis dobles ganadores. Los nombraré y tú
me corregirás si es necesario, Manny; si tenemos alguna duda, acudiremos al
almanaque. Los doble vencedores son Andrew Jackson, Abraham Lincoln, Ulysses S.
Grant, Grover Cleveland, William McKinley y Woodrow Wilson.
Ahora
podemos comenzar a descartar y tú, Manny, corrígeme si me equivoco. En 1860,
Lincoln resultó elegido por muy poco y su victoria no se puede considerar un
tributo a su popularidad. Se enfrentó a un Partido Demócrata desunido, que
presentó a Stephen Douglas y a John Breckenridge contra él. Creo que también
había un tipo llamado Bell. Si Lincoln se hubiera enfrentado a una oposición
unida, habría sido derrotado abrumadoramente. Como no fue así, consiguió la
mayoría de los votos electorales con una minoría de votos populares.
Lo
mismo sucede con Woodrow Wilson, que se enfrentó a Theodore Roosevelt y a
William Howard Taft en 1912. Si el Partido Republicano hubiera estado unido,
Wilson habría sufrido una derrota aplastante. En cuanto a Grover Cleveland,
ganó dos veces, pero no en elecciones sucesivas. Derrotó a James Blaine en 1884
y a Benjamin Harrison en 1892, pero fue vencido en 1888. Eso lo convierte en el
presidente vigésimo segundo y vigésimo cuarto, el único hombre en la historia
americana que ocupa dos lugares en la lista de presidentes.
Eso
nos deja sólo tres presidentes que ganaron dos elecciones sucesivas sin la
ventaja de una oposición dispersa, y son Jackson, Grant y McKinley. El segundo
mejor debe ser uno de ellos.
Tras
detenerse un momento, Avalon continuó:
—Sólo
que no estoy seguro de cuál es.
—¿De
qué sirve un análisis que nos deja con tres candidatos? —dijo Trumbull.
Gonzalo
insistió:
—Yo
sigo diciendo que no tenemos que olvidar que el soldado dijo que la gente le
quería. Eso debe tener alguna relación.
Rubin
se encogió de hombros.
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—No
sé; desconfío de eso. Pero veamos. Por ejemplo, McKinley tenía un carácter
apacible y agradable en su vida privada, pero fue un presidente débil y tuvo
pocas simpatías. De hecho, fue su oponente derrotado, William Jenning Bryan,
quien recibía la fanática adoración de sus seguidores.
—Esto
convierte a McKinley en el primero electoralmente si se midió con un oponente
fuerte.
—Quizá
—dijo Rubin—, pero ahora estamos trabajando sobre la suposición de que ese
hombre ganó y era querido. De modo que no es McKinley. Grant fue un héroe de la
guerra, de modo que había mucha gente que lo idolatraba. Sin embargo, venció
sobre la otra parte de la nación, y desde luego no-era muy querido en los
Estados sureños.
—Además
era corrupto, ¿no? —dijo Gonzalo.
—El
personalmente no. Los que le rodeaban. Y esto no se supo hasta después de su
reelección en 1872, de modo que no tiene nada que ver con el caso. Así pues,
nos queda Andrew Jackson, con grandes éxitos electorales, idolatrado por muchos
que lo apoyaron y cuya popularidad se extendió por toda la nación.
—Era
muy odiado por algunos —gruñó Trumbull.
—Todo
presidente lo es. Hasta F. D. R. No, estoy casi seguro de que el segundo mejor
podría haber sido Jackson. Y además tenía un nombre corriente. Seguro que hubo
muchos Jackson desaparecidos en combate en la retirada de aquel invierno, en
Corea.
Hubo
un silencio prolongado y Gardner dijo:
—Bien,
trataré de localizar a los Jackson. Quizá juegue sobre seguro si también busco
los nombres de Harding, Monroe y McKinley.
—Quizá
deba hacer una lista de todos los que tenían apellido de presidente —dijo
Avalon—. El argumento de Manny es ingenioso, pero demasiado sutil para ser
convincente. Sospecho que Manny también se da cuenta de ello.
Rubin
se puso de inmediato en guardia.
—En
absoluto. No hay otra forma razonable de abordar el problema con los datos
existentes. Si a alguien se le ocurre alguna, me gustaría escucharla, eso es
todo.
—¿Es
un reto general? —preguntó Gonzalo.
—Lo
es —dijo Rubin.
—¿Aun
para Henry?
—Aun
para Henry —dijo Rubin, después de una ligera vacilación—. No veo cómo podría
mejorarlo.
—Es
tu turno, Henry —dijo Gonzalo sonriendo—. Derríbalo de su pedestal.
Henry,
que había limpiado el aparador hacía rato y escuchaba con gran interés, dijo:
—No
puedo pretender saber más de la historia americana que los señores Rubin o
Avalon.
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—Oh,
vamos, Henry —dijo Gonzalo—, ellos te contarán cualquier historia que desees
conocer. Sólo mejora el argumento de Manny.
—No
estoy seguro de que pueda —dijo Henry con cautela—, pero tengo una pregunta
para el señor Gardner, si me permite hacérsela.
Gardner,
que parecía sorprendido por la súbita irrupción del camarero en la discusión,
dijo:
—Sí,
por supuesto.
—Varios
de los caballeros y usted mismo han hablado del segundo más votado que también
era querido por la gente. Sin embargo, no son ésas las palabras de su relato
que yo recuerdo. Cuando el soldado agonizaba, ¿dijo: «La gente le quería»?
Gardner
pensó un momento.
—No.
Dijo: «Le quieren».
—¿Está
usted seguro, señor? Fue hace tantos años.
—Admito
que es así, pero pensé mucho en ello aquel año y lo que dijo fue: «Le quieren».
—Veo
adonde quieres ir a parar, Henry —dijo Gonzalo—. La frase no se refiere a la
gente en general, y una vez que sepamos a quién se refería, tendremos el
nombre. ¿No es así, Henry?
—No
exactamente, señor Gonzalo —dijo Henry—. Creo que sí se refería a la
gente;
sólo quería saber las palabras exactas. Señor Gardner, ¿fue eso todo lo que
dijo,
o el soldado trató de añadir algo más?
—Ahí
me ha atrapado, Henry. No lo sé.
—Pero
eso fue lo último que dijo: «Le quieren». ¿No dijo nada después? ¿Podría haber
intentado decir algo más para terminar la frase?
—Imagino
que sí, pero no lo sé.
—¿A
qué viene todo esto, Henry? —preguntó Trumbull con impaciencia.
—No
estoy muy seguro todavía —dijo Henry—. Sin embargo, tengo curiosidad por algo
que dijo el señor Rubin. Señor, ¿usted dijo que Grover Cleveland fue elegido
para dos mandatos no consecutivos?
—Así
es, Henry —dijo Rubin—, en 1884 y 1892.
—¿Y
fue derrotado en 1888?
—Sí,
por Benjamin Harrison, pero le devolvió la pelota en 1892. Fue algo muy
extraño. Un presidente fue derrotado dos veces en la reelección y los dos
candidatos en esas elecciones resultaron ganador y perdedor sucesivamente.
—Sí,
señor Rubin —dijo Henry, pacientemente—, pero la cuestión es que Cleveland fue
el candidato de uno de los principales partidos tres veces seguidas.
—Así
fue. Pero sólo ganó dos veces.
—Comprendo.
De los otros cinco candidatos de dos mandatos, ¿se presentó alguno por tercera
vez?
—Andrew
Jackson. Se presentó tres veces y resultó elegido dos.
—Henry
Clay y William Jennings Bryan se presentaron tres veces —dijo Avalon
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— y
fueron derrotados las tres. Henry Clay… Trumbull le interrumpió con rapidez.
—Nixon
fue candidato tres veces y ganó dos, pero eso fue después de Truman.
—¿Cómo
le fue a Cleveland en la elección intermedia? —dijo Henry—. En la que perdió.
—No
puedo darte las cifras exactas —dijo Rubin—, pero creo que fue una derrota por
poco margen.
—Quizá
ahora deberíamos buscar el almanaque —dijo Henry, y fue al estante de los
libros de referencia, volviendo con uno de ellos.
—Déjame
buscar, sé donde está —dijo Rubin.
Pasó
las hojas rápidamente, luego recorrió con los dedos una página de arriba a
abajo, mientras silbaba entre dientes.
—Aquí
está. Dios mío, perdió en el colegio electoral por 233 a 168, pero fue el más
votado en las elecciones. Recibió casi 400 000 votos más que Harrison. No
consiguió la mayoría absoluta debido a un par de candidatos de grupos más
pequeños, los Prohibicionistas y los Laboristas.
—Entonces
me parece que si Franklin D. Roosevelt venció en cuatro elecciones sucesivas,
Grover Cleveland fue el ganador en tres elecciones sucesivas y se le debe
considerar el segundo más votado.
—Esperad
—dijo Avalon. Había seguido hojeando el almanaque—. Manny dijo que Jackson
también se presentó tres veces. Fue derrotado en 1824, pero obtuvo la mayoría
relativa en ese año. Jackson también fue el más votado en tres elecciones
sucesivas. Sostuvo la página ante los ojos de Henry.
—Así
es, señor —dijo Henry—, pero el señor Rubin ha descartado las victorias
obtenidas por el fraccionamiento de la oposición. Cleveland se presentó y ganó
siempre contra una oposición unida. Él es el segundo más votado.
—Bien,
Henry —dijo Rubin—, me has convencido. Pero ¿cómo lo supiste? ¿Sabías que
Cleveland obtuvo más votos que Harrison aun cuando no resultó elegido?
—No
hay ningún misterio —dijo Gonzalo—. Mientras discutíamos, Henry tuvo tiempo de
mirar todas las estadísticas. ¿No es así, Henry?
—No,
señor —dijo Henry—, no fue necesario acudir al almanaque. —Francamente —dijo
Gardner con impaciencia—, no creo que el análisis de
Henry
sea más convincente que los otros.
—No
lo sería —dijo Henry— si sólo dependiera de las estadísticas de las elecciones,
pero yo las utilicé únicamente para confirmar una conclusión basada en otras
razones.
—¿En
qué razones, Henry? —dijo Avalon severamente—. No juegues con nosotros.
—Cuando
el señor Gardner contó su historia, se me ocurrió, señor Avalon, que era
posible que el soldado agonizante no estuviera haciendo un simple comentario
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cuando
dijo «Le quieren», sino que estaba tratando de completar una cita. Y
especialmente si la memoria del señor Gardner no falla, porque utilizó el verbo
en presente.
—¿Bien,
Henry?
—Me
pareció recordar una famosa cita en la historia de la política que dice: «Le
quieren sobre todo los enemigos que ha hecho». Pensé que la frase podría
referirse a Franklin Roosevelt, pero realmente no lo sabía. Mientras ustedes
discutían, consulté el Bartlett. La frase fue pronunciada el 9 de julio de 1894
por un tal Edward Stuyvesant Braggs, que en aquellos momentos apoyaba la
nominación de Grover Cleveland.
El
admirado silencio que se produjo fue roto por Gardner, que dijo:
—Me
ha convencido, Henry. ¿Le importaría si algún día escribo un artículo sobre
usted?
Henry
sonrió y sacudió la cabeza.
—Preferiría
que no lo hiciera, señor. Valoro demasiado el anonimato.
Epílogo
«El
segundo mejor» fue escrito en agosto de 1976 en plena campaña presidencial.
Supongo que era inevitable que, con la mente puesta en lo que sucedía,
escribiera una historia de los Viudos Negros con ese tema.
No
fue muy inteligente por mi parte. Tengo la experiencia suficiente como para
comprender que no se debe tratar un tema de actualidad en el momento de
escribir… sino en el de publicar. Después de todo, transcurren alrededor de
nueve meses desde que la EQMM acepta un relato y lo publica.
A
pesar de que presenté la historia con confianza (porque la tenía cariño), Fred
Dannay la rechazó. Habría aparecido después de las elecciones y los lectores ya
estarían hartos del tema.
Es
embarazoso cometer un error tan elemental, pero también tuvo sus ventajas. En
cada uno de los dos primeros libros de esta serie, incluí tres relatos que no
se habían publicado con anterioridad, y deseaba tener otras historias inéditas
en este tercer libro. Felizmente, conservé el relato y ahora lo incluyo aquí
como el primero de los inéditos.
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V
EL
DETALLE OMITIDO
EMMANUEL
RUBIN, el miembro polígrafo del Club de los Viudos Negros, estaba claramente
irritado. Sus cejas colgaban hacia abajo sobre el borde de los gruesos
cristales de sus gafas, y su rala barba gris estaba encrespada.
—Inverosímil
—dijo—. ¡Imaginaos! ¡Inverosímil!
Mario
Gonzalo, que acababa de subir la escalera y ya tenía en la mano el martini seco
que le había ofrecido Henry, el incomparable camarero, dijo:
—¿Qué
es inverosímil?
Geoffrey
Avalon lo contemplo desde su metro noventa de estatura y dijo con solemnidad:
—Parece
que a Manny le han rechazado un relato.
—Bien,
¿por qué no? —dijo Gonzalo, quitándose los guantes—. Los editores no tienen por
qué ser siempre estúpidos.
—No
es el rechazo en sí —dijo Rubin—. Editores mejores ya me han rechazado mejores
relatos. ¡Es la razón que me ha dado! ¿Cómo infiernos puede saber él si una
historia es verosímil o no? Nunca ha hecho otra cosa que calentar la silla del
despacho. Puede él…
Roger
Halsted, cuya experiencia como profesor de matemáticas en un instituto le había
enseñado a interrumpir las voces estridentes, logró intervenir.
—¿Qué
es lo que no encuentra verosímil, Manny?
Rubin
hizo un ademán despectivo.
—No
quiero hablar del asunto.
—Bien
—dijo Thomas Trumbull, frunciendo el entrecejo bajo su ondulada mata de pulcro
pelo blanco—. Entonces el resto de nosotros podremos escucharnos unos a otros
por un rato. Roger, ya que el señor Gonzalo ha llegado tarde, ¿por qué no le
presentas a tu invitado?
—Sólo
estaba esperando a que bajaran los decibelios. Mario, mi amigo Jonathan
Thatcher. Este es Mario Gonzalo, nuestro artista profesional. Jonathan es oboe,
Mario.
Gonzalo
sonrió y dijo:
—Suena
divertido.
—Algunas
veces casi lo es —dijo Thatcher—, sobre todo los días en que la lengüeta se
porta bien.
Su
rostro redondo y sus mofletudas mejillas habrían hecho de él un actor nato para
representar a Santa Claus en las fiestas navideñas, pero hubiese necesitado
rellenarse con almohadillas para hacerlo, pues su cuerpo tenía esa peculiar
delgadez artificial que parecía indicar unos veinte kilos recién perdidos. Sus
cejas eran oscuras y espesas, era imposible imaginar que alguna vez se
fruncieran en un gesto de enojo.
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—Caballeros
—dijo Henry—, la cena está servida.
James
Drake apagó su cigarrillo y dijo:
—Gracias,
Henry. Hoy es un día fresco y agradecería una comida caliente.
—Sí,
señor —dijo Henry con una sonrisa amable—. Hoy tenemos langosta Termidor,
patatas al horno, berenjenas rellenas…
—Pero
¿qué es esto? —preguntó Rubin, frunciendo el ceño.
—Borscht
caliente, señor Rubin.
Rubín,
con la expresión de un alma en pena, gruñó:
—Está
bien.
Drake,
desdoblando su servilleta, dijo:
—Una
cuestión de procedimiento, Roger.
—¿Qué
quieres decir?
—Estoy
sentado junto a Manny, y si continúa con esa cara, mi sopa se cuajará y me dará
una indigestión. Tú eres el anfitrión y monarca absoluto; te ruego que le
ordenes que nos cuente esa historia inverosímil que ha escrito, a ver si se
desahoga.
—¿Por
qué? —dijo Trumbull—. ¿Por qué no dejarlo hundido en el silencio, aunque sólo
sea para variar?
—Yo
también tengo curiosidad —dijo Gonzalo—, ya que nunca ha escrito nada
verosímil…
—¿Por
qué dices eso, si no sabes leer? —dijo Rubin. súbitamente.
—Es
de dominio público —dijo Gonzalo—. Lo oyes en todas partes.
—Dios
mío, es mejor que os lo diga y termine con estas miasmas de pseudoingenio.
Mirad, he escrito una novela corta, de unas quince mil palabras, sobre una
organización mundial de cerrajeros…
—¿Cerrajeros?
—dijo Avalon, frunciendo el entrecejo, como si pensara que no había oído bien.
—Cerrajeros
—dijo Rubin—. Son individuos expertos, pueden abrir cualquier cosa: cajas de
seguridad, bóvedas, puertas de prisión. No hay secretos para ellos, y nada
puede ocultárseles. En mi organización está lo mejor de la profesión y nadie
puede entrar en ella sin aportar algún documento u objeto de importancia robado
a alguna organización industrial, política o gubernamental.
Como
es natural, tienen a todo el mundo en sus manos. Pueden controlar el mercado de
valores, guiar la diplomacia, hacer y deshacer gobiernos y, en el momento en
que mi relato comienza, están dirigidos por un peligroso megalomaníaco…
Drake
le interrumpió, al tiempo que daba un respingo en sus esfuerzos por romper las
pinzas de la langosta.
—Que
además desea gobernar el mundo, por supuesto.
—Por
supuesto —dijo Rubin—, y nuestro héroe debe detenerle. Él también es un hábil
cerrajero…
—En
primer lugar, Manny —interrumpió Trumbull—, ¿qué demonios sabes tú
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sobre
cerrajería o como se diga eso?
—Más
de lo que tú crees —respondió Rubin.
—Dudo
que sea mucho —dijo Trumbull—, y el editor tiene razón. Esa historia no es nada
plausible. Conozco a algunos cerrajeros y son gente amable e inofensiva con un
cociente intelectual…
—Y
supongo que cuando estabas en el ejército conociste a un par de cabos, y sobre
la base de ese conocimiento me dirás que Napoleón y Hitler no eran plausibles.
El
invitado de esa noche, que estaba escuchando la discusión con expresión
sombría, habló:
—Perdónenme,
caballeros, sé que debo ser sometido al interrogatorio al término de la cena,
¿significa eso que no puedo unirme ahora a la conversación?
—Cielos,
no —dijo Halsted—. Puede hablar todo lo que quiera… si es que logra que le
escuchen.
—En
ese caso, permítanme que me ponga sin reservas del lado del señor Rubin. Una
conspiración de cerrajeros puede no sonar plausible a los que estamos aquí
sentados, pero el mundo exterior tampoco lo es. ¿Cómo puede un editor rechazar
algo por no ser plausible cuando todo…? —Se contuvo, respiró con profundidad y
dijo, en tono alterado—: Bueno… no quería entrometerme en sus asuntos. No soy
escritor. Después de todo, a mí tampoco me gustaría que me dijeran cómo tocar
el oboe — pero su sonrisa, mientras hablaba, era débil.
—Manny
le dirá cómo tocar el oboe —dijo Gonzalo—, si le da la oportunidad. —Sin
embargo —continuó Thatcher, como si no hubiera oído el comentario de
Gonzalo—,
vivo en el mundo y lo observo. En estos tiempos la gente cree cualquier cosa.
No existe eso que llamamos «verosimilitud». Vocifera solemnemente una tontería,
luego jura que es verdad, y tendrás a millones detrás de ti.
Avalon
asintió con aire magistral y dijo:
—Muy
cierto, señor Thatcher. No sé si es simplemente una característica de nuestra
época, pero el hecho es que tenemos mejores comunicaciones que permiten llegar
a muchas personas rápidamente, de tal modo que un fenómeno como Herr Hitler, de
triste memoria, es posible. Y los que creen en los antiguos astronautas de Von
Däniken y en el Triángulo de las Bermudas de Berliz, se tragarían una
conspiración de cerrajeros con el café del desayuno.
Thatcher
hizo un ademán despectivo.
—Los
antiguos astronautas y los Triángulos de las Bermudas no son nada. Suponga que
usted dice que visita frecuentemente Marte por medio de proyecciones astrales y
que, en realidad, Marte es un paraíso para las almas meritorias de este mundo.
Habría gente que se lo creería.
—Me
imagino que sí —comenzó Avalon.
—No
tiene que imaginárselo —dijo Thatcher—. Es así. Me pregunto si han oído hablar
de Tri-Lucifer. Es t-r-i.
—¿Tri-Lucifer?
—exclamó Halsted, con aire un tanto confundido—. ¿Quiere
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usted
decir tres Luciferes? ¿Qué es eso?
Thatcher
paseó su mirada por el rostro de cada uno de los Viudos Negros, y todos
permanecieron silenciosos.
Entonces,
Henry, que estaba retirando algunos caparazones de langosta, dijo:
—Si
me permiten, caballeros, he oído hablar de ellos. La semana pasada vino un
grupo
a este restaurante para hacer una colecta.
—¿Cómo
los moonies? —dijo Drake, empujando su plato en dirección a Henry y
disponiéndose a encender un cigarrillo.
—Existe
un parecido —dijo Henry, con el rostro algo pensativo—, pero los
triluciferinos, si se puede utilizar este término, tienen un aspecto más
sobrenatural.
—Así
es —dijo Thatcher—, tienen que divorciarse de este mundo para lograr la
proyección astral a Marte y facilitar la transferencia de sus almas después de
la muerte.
—Pero
por qué… —comenzó Gonzalo.
Y
Trumbull súbitamente rugió con una ráfaga de enojo.
—Vamos,
Roger, haz que esperen hasta que empecemos el interrogatorio.
Cambiemos
de tema.
—Yo
sólo quería saber por qué se llaman…
Halsted
suspiró y dijo:
—Esperemos
un rato, Mario.
Henry
se dirigía a la mesa con el brandy, cuando Halsted dio unos golpecitos en su
vaso de agua y dijo:
—Creo
que podemos empezar el interrogatorio ahora y, Manny, ya que tu comentario
sobre la verosimilitud ha despertado el interés de Jonathan durante la cena,
¿por qué no comienzas tú?
—Por
supuesto —Rubin observó con solemnidad a Thatcher a través de la mesa y dijo:
—Señor
Thatcher, lo tradicional ahora sería preguntarle cómo justifica su existencia,
y entraríamos en una discusión sobre el oboe como instrumento de tortura para
quienes lo tocan. Pero permítame decirle que creo que en este momento usted
consideraría su vida justificada borrando a los triluciferinos de la faz de la
tierra, ¿no estoy en lo cierto?
—Lo
está, lo está —dijo Thatcher con energía—. Ese asunto ha ocupado mi vida y mis
pensamientos durante más de un mes. Está arruinando…
Gonzalo
le interrumpió.
—Lo
que yo quiero saber es por qué se llaman a sí mismos triluciferinos. ¿Son
adoradores del demonio o algo así?
—Estás
interrumpiendo al invitado… —comenzó a decir Rubin.
—No
importa —dijo Thatcher—. Se lo diré. Sólo lamento saber lo suficiente de
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esa
organización como para poder decírselo. Al parecer, Lucifer significa lucero de
la mañana, aunque no sé muy bien por qué…
—Lucifer
—dijo Avalon, acariciando con el dedo el borde de su vaso de agua—, se deriva
de las palabras latinas que significan «el que trae la luz». La aparición del
astro de la mañana anunciaba al amanecer la pronta salida del sol. En una época
en que no había relojes, era una información importante para quienes debían
despertarse a esa hora.
—Entonces,
¿por qué es Lucifer el nombre del demonio? —preguntó Gonzalo. —Porque parece
que a los reyes babilónicos sus aduladores cortesanos les
llamaban
Lucero de la mañana y el profeta Isaías preelijo su destrucción. ¿Te acuerdas
del pasaje, Manny?
—Podemos
leerlo en la Biblia, si lo preferís. Está en el capítulo catorce de Isaías. La
frase comienza así: «¡Cómo caíste del cielo, Lucifer, hijo de la aurora!». Esto
es una hipérbole poética y muy efectiva, además, pero después se interpretó
literalmente, y una simple frase dio lugar a todo el mito de la rebelión contra
Dios de una horda de ángeles encabezados por Lucifer, que llegó a ser
considerado el nombre de Satán mientras se encontraba aún en el cielo. Por
supuesto, los rebeldes son derrotados y expulsados del paraíso por los ángeles
leales bajo el liderazgo del Arcángel Miguel.
—¿Cómo
en El Paraíso perdido? —dijo Gonzalo.
—Exactamente
como en El Paraíso perdido.
—Creo
que el demonio no forma parte del asunto —dijo Thatcher—. Para los
triluciferinos, Lucifer sólo es el lucero de la mañana. Hay dos de ellos en la
Tierra: Venus y Mercurio.
Drake
entornó los ojos tras las volutas de humo del tabaco y dijo:
—También
son astros vespertinos, dependiendo de a qué lado del sol estén. Si están al
este del sol, se ocultan poco después de la puesta del sol, y si están al
oeste, aparecen poco antes de levantarse el sol.
—¿Están
juntos los dos, a un lado o a otro? —preguntó Thatcher con evidente esperanza.
—No
—dijo Drake—, se mueven independientemente. Puede ocurrir que ambos sean astros
vespertinos o astros matutinos, o uno matutino y el otro vespertino. También
pueden coincidir con el sol, uno u otro, o ambos, y ser invisibles por
completo, ya sea por la mañana o por la tarde.
—¡Qué
mala suerte! —dijo Thatcher, sacudiendo la cabeza—. Eso es lo que dicen ellos.
De cualquier modo, la cuestión es que desde Marte se ven tres astros matutinos
en el cielo, o se pueden ver si se encuentran en la posición correcta; no sólo
Mercurio y Venus, sino también la Tierra.
—Así
es —dijo Rubin.
—Y
—dijo Thatcher—, entonces supongo que pueden estar en cualquier posición. Los
tres pueden ser astros vespertinos o astros matutinos, o bien dos de un
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tipo
y uno de otro.
—Sí
—dijo Drake—, o uno o más pueden encontrarse demasiado cerca del sol como para
ser visibles.
Thatcher
suspiró.
—Por
eso llaman a Marte por el nombre místico de Tri-Lucifer: el mundo con tres
astros matutinos.
—Supongo
—dijo Gonzalo— que Júpiter tendrá cuatro astros matutinos: Mercurio, Venus,
Tierra y Marte; y así sucesivamente hasta Plutón, que tendrá ocho astros
matutinos.
—El
problema es —dijo Halsted— que cuanto más te alejas, más oscuros se tornan los
planetas que están más cerca del sol. Visto desde uno de los satélites de
Júpiter, por ejemplo, dudo que Mercurio apareciera con un brillo superior al de
un astro de brillo medio, y podría estar demasiado cerca del sol para que se
viera con nitidez.
—¿Y
qué ocurre cuando lo vemos desde Marte? ¿Se podría ver Mercurio? — preguntó
Thatcher.
—Oh,
sí, estoy seguro de eso —dijo Halsted—. Podría determinar el grado de
brillantez en unos minutos.
—¿Le
importaría hacerlo? —dijo Thatcher.
—Por
supuesto que no —dijo Halsted—, si me acordé de traer la calculadora de
bolsillo. Sí, aquí la tengo. Henry, tráeme la Columbia Encyclopedia, ¿quieres?
—Mientras
Roger ocupa su limitada mente matemática en el problema, señor Thatcher,
díganos cuál es su interés en todo esto. Parece interesado en desenmascararlos
como farsantes. ¿Por qué? ¿Ha sido usted uno de ellos? ¿Se siente ahora
desilusionado?
—No,
nunca he sido miembro. Yo… —Se frotó las sienes vacilante—. Es mi esposa. Como
comprenderán, no me gusta hablar de esto.
—Permítame
asegurarle, señor Thatcher —dijo Avalon con solemnidad—, que todo lo que se
dice aquí nunca sale de esta habitación. Eso incluye a nuestro valioso
camarero, Henry. Puede usted hablar con confianza.
—Bien,
no hay nada delictivo o deshonroso en ello. Sólo que no me gusta aparecer tan
indefenso en algo ridículo… Está destrozando mi matrimonio, caballeros.
Hubo
un discreto silencio alrededor de la mesa, roto tan sólo por el murmullo de las
hojas de la enciclopedia que estaba consultando Halsted.
Thatcher
continuó:
—Roger
conoce a mi esposa. Les podría decir que es una mujer razonable… Halsted
levantó la mirada un segundo y asintió. —Puedo garantizarlo, pero no sé qué
tiene que ver con…
—Últimamente,
Carol no ha estado muy sociable, ya me entienden. Por supuesto, yo no he
hablado del asunto. Me costó mucho decidirme a venir aquí esta noche.
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Tengo
miedo de dejarla sola. ¿Saben?, incluso la gente razonable tiene sus
debilidades. Carol se preocupa por la muerte.
—Eso
nos pasa a todos —dijo Drake.
—A
mí también —dijo Thatcher—, pero de modo normal, espero. Todos sabemos que
moriremos algún día y no lo esperamos con particular interés, podemos
preocuparnos por el infierno o la nada o la esperanza del cielo, pero no
pensamos mucho en eso. Sin embargo, Carol, está fascinada por la posibilidad de
demostrar la existencia real de la vida después de la muerte. Parece que todo
comenzó con el caso de Bridey Murphy cuando era joven… no sé si alguno de
ustedes recuerda que…
—Lo
recuerdo —dijo Rubin—. Una mujer bajo hipnosis parecía estar poseída por una
irlandesa que había muerto hacía ya mucho tiempo.
—Sí
—dijo Thatcher—. Al final se le pasó. Después empezó a interesarse por el
espiritismo y también lo dejó. Siempre confié en que se daría cuenta de la
insensatez de todo eso cuando dejara de estar obsesionada… y entonces encontró
a los triluciferinos. Nunca la había visto así. Quiere unirse a ellos. Tiene su
propio dinero y quiere dárselo a ellos. No me importa el dinero… bueno, me
importa, pero eso no es lo principal… me preocupa ella. Ya saben, irá a vivir
con ellos a su refugio, dondequiera que esté, se hará una hija de Tri-Lucifer,
o como se llamen, y esperará su tránsito a la Morada de los Dichosos. Uno de
estos días se marchará. No la veré nunca más. Me prometió que no lo haría esta
noche, pero lo dudo.
—Creo
—dijo Rubin— que usted supone que la organización sólo está interesada en el
dinero de ella.
—Al
menos, su jefe lo está —dijo Thatcher sombríamente—. Estoy seguro. ¿Qué otra
cosa puede interesarle?
—¿Le
conoce? ¿Le ha visto alguna vez? —dijo Rubin.
—No.
Se mantiene aislado —dijo Thatcher—, pero he oído que hace poco compró una
lujosa mansión en Florida, y dudo que sea para los miembros.
—Es
curioso —dijo Drake—, no importa con cuánto lujo viva el líder de un culto, ni
la extravagancia con que derrocha el dinero. A los seguidores que lo sostienen
y ven que su dinero se utiliza claramente para ese propósito no parece
importarles.
—Se
identifican —dijo Rubin—. Cuanto más gasta él, más éxito creen que tiene la
causa. En eso se basa también el ostentoso derroche gubernamental.
—Da
igual —dijo Thatcher—. No creo que Carol se comprometa con ellos por entero.
Aunque no le preocupen las acciones del líder, si puedo probar que él está
equivocado, ella lo dejaría.
—¿Equivocado
en qué? —preguntó Rubin.
—Equivocado
en el asunto de Marte. El jefe del grupo proclama que ha estado en Marte
frecuentemente… por medio de proyecciones astrales, por supuesto. Describe
Marte en detalle, pero ¿lo hace correctamente?
—¿Por
qué no? —preguntó Rubin—. Si lee todo lo que se sabe sobre Marte,
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puede
describirlo como un astrónomo. Las fotografías del Viking hasta muestran parte
de la superficie en detalle. No es difícil que esté en lo cierto.
—Sí,
pero debe haber algo en lo que se equivoque, algo que pueda mostrar a Carol.
Halsted
miró hacia arriba y dijo:
—Ya
está. He calculado los doce objetos más brillantes en el cielo de Marte, junto
con sus magnitudes. Puede haber una pequeña diferencia aquí y allá, pero nada
importante.
Pasó
la hoja de papel a los demás.
Mario
retuvo el papel cuando le llegó.
—¿Quieres
verlo, Henry?
—Gracias,
señor —murmuró Henry, y le echó un vistazo; por un momento, una ceja se alzó
ligeramente en su rostro.
El
papel le llegó finalmente a Thatcher, que lo observó con ansiedad. Lo que vio
fue esto:
Sol
............... −26
Fobos
............. −9.6
Deimos
............ −5.1
Tierra
............ −4.5
Júpiter
........... −3.1
Venus
............. −2.6
Sirio
............. −1.4
Saturno
........... −0.8
Canopus
........... −0.7
Alfa
Centauro ..... −0.3
Arturo
............ −0.1
Mercurio
.......... −0.0
—Fobos
y Deimos son los dos satélites de Marte —dijo Thatcher—. ¿Estos números
significan que son muy brillantes?
—Cuanto
más grande sea el número negativo —dijo Halsted—, más brillante es el objeto.
Un objeto −2 es 2½ veces más brillante que un objeto −1, y un objeto −3 es 2½
veces más brillante aún, y es así sucesivamente. Después del Sol, Fobos es el
objeto más brillante del cielo marciano y le sigue Deimos.
—Entonces,
después del Sol y los dos satélites, la Tierra es el objeto más brillante del
cielo.
—Sí,
pero sólo cuando está cerca de su máxima brillantez —dijo Halsted—. Puede estar
mucho más oscura dependiendo de la posición de Marte y la Tierra en sus
respectivas órbitas. La mayor parte del tiempo probablemente sea menos
brillante que Júpiter, que no cambia mucho en su brillantez al moverse en su
órbita.
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Thatcher
sacudió la cabeza y pareció desalentado.
—Pero
puede ser tan brillante. Mala suerte. Hay una oración, o salmo, o algo así, de
los triluciferinos que aparece en casi toda su literatura. La he visto con
tanta frecuencia en la basura que Carol trae a casa que puedo citarlo
exactamente. Dice así: «Cuando la Tierra brilla en lo alto del cielo, como una
maravillosa joya, y los otros Luciferes se han ocultado tras el horizonte, de
forma que resplandece sola en todo su esplendor, única en su belleza, con
brillantez inigualable, es cuando las almas de los que están dispuestos para
recibir la llamada, deben prepararse para elevarse de la Tierra y cruzar el
gran golfo». Y eso es lo que usted dijo, Roger, que la Tierra puede ser el
objeto más brillante del cielo marciano.
Halsted
asintió.
—De
noche, si Fobos y Deimos están tras el horizonte, y la Tierra se aproxima a su
máxima brillantez, desde luego es el objeto más brillante del cielo. Sería 3½
veces más brillante que Júpiter, si éste está en el cielo, y 6 veces más
brillante que Venus en su máxima brillantez.
—¿Y
podría ser el único astro matutino del cielo?
—O
el único astro vespertino. Seguro. Los otros dos, Venus y Mercurio, podrían
estar al otro lado del Sol, desde la perspectiva de la Tierra.
Thatcher
continuó con la mirada fija en la lista.
—¿Pero
Mercurio sería visible? Está en el último lugar de la lista.
El
último lugar sólo significa —dijo Halsted— que es el duodécimo en brillantez,
pero hay miles de astros más oscuros que siguen siendo visibles. Habría sólo
cuatro astros más brillantes que Mercurio, vistos desde Marte: Sirio, Canopus,
Alfa Centauro y Arturo.
—Si
cometieran algún error… —dijo Thatcher.
—Señor
Thatcher —dijo Avalon—, con su voz grave de barítono un tanto vacilante, creo
que quizá sería lo mejor que se enfrentara a los hechos. Mi experiencia me
indica que aunque usted encuentre una fisura en las tesis de los triluciferinos
no le servirá de nada. Quienes ingresan en cultos por razones emocionales no se
disuaden con demostraciones de que lo que están haciendo es ilógico.
—Estoy
de acuerdo con usted —dijo Thatcher—, y no me propongo argumentar con el
ocultista ordinario. Pero conozco a Carol, la he visto apartarse de un sistema
de creencias que a ella le hubiera gustado mucho seguir, simplemente porque vio
que era ilógico. Si pudiera encontrar algo así aquí, estoy seguro de que ella
regresaría.
—Alguno
de nosotros debería pensar algo —dijo Gonzalo—. Después de todo, ese individuo
nunca ha estado realmente en Marte. Tiene que haber cometido algún error.
—En
absoluto —dijo Avalon—. Es probable que sepa tanto de Marte como nosotros. De
modo que, si ha cometido algún error, quizá sea porque no comprende algo que
nosotros tampoco comprendemos y no podemos atraparlo.
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Thatcher
asintió con la cabeza.
—Supongo
que tiene razón.
—No
estoy seguro —dijo Gonzalo—. ¿Qué hay de los canales? Los triluciferinos están
obligados a hablar de los canales. Todo el mundo creía en ellos y hace poco se
descubrió que no existían, ¿no es así? De modo que si habla de ellos, le
tenemos cogido.
—No
todo el mundo creía en los canales, Mario —dijo Drake—. Pocos astrónomos lo
hacían.
—La
mayoría de la gente, sí —dijo Gonzalo.
—No
últimamente —dijo Rubin—. En 1964, el Mariner tomó las primeras fotografías de
Marte y eso prácticamente demostró que los canales no existían.
Una
vez que el Mariner 9 trazó un mapa de todo el planeta en 1969 ya no hubo más
discusión ¿Cuándo aparecieron los triluciferinos, señor Thatcher?
—Si
no recuerdo mal —dijo Thatcher—;, alrededor de 1970, quizá en 1971. —Eso es
—dijo Rubin—, una vez que tuvimos datos seguros sobre Marte, ese
tipo,
quienquiera que sea, decidió inventar una nueva religión basada en el planeta.
Escuchad, si queréis haceros ricos rápidamente, sin que os hagan preguntas,
inventad una nueva religión. Entre la Primera Enmienda y las exenciones
fiscales es como si tuvierais permiso para apropiaros de todo lo que se os
ponga a mano. Apostaría que habla de los volcanes.
Thatcher
asintió.
—El
cuartel marciano de las proyecciones astrales está en Nix Olympica, el Monte
Olimpo. Allí es donde se reúnen las almas justas. Es un gran volcán, ¿no?
—El
mayor del sistema solar —dijo Rubin—. Al menos, que sepamos. Se conoce desde
1969.
—Los
triluciferinos —dijo Thatcher— dicen que G. V. Schiaparelli —el que dio nombre
a los distintos lugares de Marte— había recibido inspiración astral para llamar
a ese punto Olimpo, el hogar de los divinos. En la antigua Grecia el Monte
Olimpo era…
—Sí
—dijo Avalon, asintiendo gravemente—, lo sabemos…
—¿No
fue Schiaparelli el individuo que primero informó de los canales? — preguntó
Gonzalo.
—Sí
—dijo Halsted—. Aunque, en realidad, los llamó canali, que significa cauces de
agua naturales.
—Aun
así, ¿por qué la misma inspiración astral no le dijo que allí no había canales?
—preguntó Gonzalo.
Drake
asintió y dijo:
—Es
algo que usted puede señalar a su esposa.
—No
—dijo Thatcher—. Creo que ellos ya pensaron en ello. Dicen que los canales eran
parte de la inspiración porque incrementaban el interés por Marte y eso era
necesario para hacer el proceso de proyección astral más efectivo.
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Trumbull,
que había mantenido un hosco silencio durante toda la discusión, como si
esperase una oportunidad para desviar la discusión hacia los oboes, dijo
súbitamente:
—Esa
es una lógica enfermiza.
—Hay
demasiada lógica en todo esto, ése es el problema —dijo Thatcher—. A veces
quiero encontrar un error, no tanto para salvar a Carol como para salvarme a
mí. Les digo que cuando escucho hablar a Carol, en algunos momentos corro yo
más peligro de volverme loco con sus argumentos que ella de volverse razonable
con los míos.
Trumbull
agitó una mano con tono conciliador.
—Tómelo
con calma y tratemos de resolverlo ¿Dicen algo sobre los satélites? —Hablan
sobre ellos, sí. Fobos y Deimos. Seguro.
—¿Dicen
algo de cómo cruzan el cielo? —La sonrisa de Trumbull era casi presuntuosa.
—Sí
—dijo Thatcher—, lo comprobé porque no creía en ellos y pensé que allí podría
haber algo. En su descripción del panorama de Marte, dicen que Fobos se eleva
por el oeste y se pone por el este. Y resulta que es cierto. Y dicen que cuando
Fobos o Deimos cruzan el cielo de noche, la mayor parte del tiempo les eclipsa
la sombra de Marte. Y eso también es cierto.
Halsted
se encogió de hombros.
—Los
satélites fueron descubiertos hace más de un siglo, en 1877, por Asaph Hall.
Tan pronto como se determinaron su distancia de Marte y sus períodos de
revolución, lo que sucedió casi al mismo tiempo, se conoció su comportamiento
en el cielo de Marte.
—No
lo sabía —dijo Thatcher.
—No
—dijo Halsted—, pero el individuo que inventó esa religión parece que hizo bien
su trabajo. En realidad, no era difícil.
—Un
momento —dijo Trumbull con truculencia—, algunas cosas no son tan obvias y no
están en los libros de texto de astronomía elemental. Por ejemplo, he leído en
algún lado que Fobos no puede verse desde las regiones polares de Marte. Está
tan cerca de Marte que la propia superficie esférica del planeta oculta al
satélite, si uno se desplaza suficientemente al norte o al sur. ¿Dicen los
triluciferinos que Fobos es invisible desde algunos lugares de Marte, señor
Thatcher?
—No
que yo recuerde —dijo Thatcher—, pero no dicen que siempre sea visible. Y si no
mencionan la cuestión, ¿qué prueba eso?
—Además
—dijo Halsted—, Nix Olympica está a menos de veinte grados norte del ecuador
marciano, y Fobos es visible desde allí siempre que esté sobre el horizonte y
no haya eclipse. Y si ése es el cuartel general de las almas de la Tierra, lo
lógico es que describan a Marte como se ve desde ese lugar.
—¿De
qué lado estás tú? —gruñó Trumbull.
—Del
de la verdad —dijo Halsted—. Sin embargo, es cierto que los libros de
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astronomía
casi siempre se limitan a describir el firmamento de la Tierra. Por eso tuve
que calcular la brillantez de los objetos en el cielo marciano en lugar de
consultarlo en algún sitio. El único problema es que el líder de ese culto
parece ser bueno haciendo cálculos.
—Tengo
una idea —dijo Avalon—. No soy astrónomo ni mucho menos, pero he visto las
fotografías tomadas por los módulos de aterrizaje de los Viking y he leído los
artículos de los periódicos sobre la cuestión. Sabemos que el cielo marciano
diurno es rosa, debido a las finas partículas de polvo rojo en suspensión. En
ese caso, ¿no es posible que el polvo oscurezca el cielo nocturno de modo que
no se vea nada? Por Dios, eso sucede con bastante frecuencia en Nueva York.
—En
realidad —dijo Halsted—, el problema de Nueva York no es tanto el polvo coma la
dispersión de luz de los edificios y las autopistas, y aun en Nueva York se
puede ver los astros brillantes, si el cielo no está nublado.
En
Marte, el fenómeno actuaría en ambas direcciones. Si hubiera suficiente polvo
como para hacer al cielo invisible desde el suelo, el suelo sería invisible
desde el cielo. Por ejemplo, cuando el Mariner 9 alcanzó Marte en 1969, había
una tormenta de polvo en todo el planeta y no se podía ver nada de su
superficie. En aquel momento, desde la superficie marciana el cielo debía estar
completamente cubierto. No obstante, la mayor parte del tiempo podemos ver la
superficie con claridad con nuestras sondas, de modo que, desde la superficie
marciana, el cielo sería visible con claridad.
De
hecho, teniendo en cuenta que la atmósfera de Marte es mucho menos densa que la
de la Tierra, algo menos que una centésima parte, disiparía y absorbería mucha
más luz que la de la Tierra, y las estrellas y los planetas se verían un poco
más brillantes que con la atmósfera de la Tierra. No he tenido en cuenta eso en
mis cálculos.
—Geoff
ha mencionado las fotografías del Viking —dijo Trumbull—. Muestran rocas por
todas partes. ¿Los triluciferinos hablan de rocas?
—No
—dijo Thatcher—, nunca se han referido a ellas. Pero tampoco dicen que no las
haya. Hablan de profundos cañones y lechos de ríos secos y terrazas de hielo.
—Todo
eso se sabía desde 1969 —resopló Rubin—. Han hecho bien su trabajo. —¿Qué
sucede con la vida? —dijo Avalon—. Aún no sabemos si hay alguna
forma
de vida en Marte. Los resultados del Viking son ambiguos. ¿Se han pronunciado
los triluciferinos sobre el asunto?
Thatcher
lo pensó y luego dijo:
—Desearía
poder decir que he leído todos sus escritos, pero no lo he hecho. Carol me
obligó a leer bastante, porque decía que no podía difamar nada sin conocerlo
primero.
—Es
cierto —dijo Avalon—, pero la vida es corta y hay cosas que parecen tan
improbables que uno duda en dedicar mucho tiempo a su estudio. De todas formas,
¿puede usted decirnos algo sobre su actitud hacia la vida marciana por lo que
ha leído
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en
sus escritos?
—Hablan
de una superficie estéril, un desierto árido y vacío —dijo Thatcher—.
Lo
contrastan con la agitación y plenitud de la esfera astral.
—Sí
—dijo Avalon—, y, por supuesto, la superficie es seca, vacía y estéril. Ya lo
sabemos. ¿Qué pasa con la vida microscópica? Eso es lo que buscamos.
Thatcher
sacudió la cabeza.
—No
la mencionan, al menos por lo que yo sé.
—Bueno,
entonces —dijo Avalon— no se me ocurre nada más. Estoy completamente seguro de
que este asunto es una estupidez. Todos nosotros lo estamos y ninguno necesita
que se lo demuestren. Si su esposa necesita una prueba, nosotros no somos
capaces de suministrarla.
—Lo
comprendo —dijo Thatcher—. Se lo agradezco mucho, por supuesto, y espero que
ella recupere el juicio pronto, pero debo admitir que nunca la había visto así.
Me uniré al culto para no perderla de vista, pero, francamente, me temo que yo
también acabaré creyendo en ellos.
Y en
el silencio que siguió, Henry dijo con suavidad: —Señor Thatcher, quizá no
necesite llegar a ese extremo. Thatcher se dio la vuelta con brusquedad.
—Perdón. ¿Dijo usted algo, camarero?
—Henry
es miembro del club, Jonathan —dijo Halsted—. No es que sea exactamente un
astrónomo, pero es el más brillante de nosotros. ¿Hemos omitido algo, Henry?
—Eso
creo, señor —dijo Henry—. Usted dijo, señor Halsted, que los libros de
astronomía sólo suelen describir el firmamento de la Tierra, y sospecho que ésa
es la razón por la que el líder del culto parece haber omitido un detalle en su
descripción de Marte. Sin él, todo esto no es más verosímil que la conspiración
de cerrajeros del señor Rubin… si usted me perdona, señor Rubin.
—No
lo haré si no nos dices cuál es el detalle omitido, Henry.
—En
la Tierra, Mercurio y Venus son los astros matutinos y vespertinos; por eso,
siempre pensamos que tales objetos son planetas. En consecuencia, desde Marte,
debe haber tres astros matutinos y vespertinos: Mercurio, Venus y, además, la
Tierra. Así lo indica el mismo nombre del culto y sólo por eso pude advertir
que falla algo.
—No
estoy seguro de comprenderte, Henry —dijo Halsted.
—Pero,
señor Halsted —dijo Henry—, ¿dónde está la Luna en todo esto? Nuestra Luna es
un objeto grande, casi del tamaño de Mercurio, y está más cercana a Marte que
Mercurio. Si Mercurio se puede ver desde Marte, también se podrá ver la Luna.
Sin embargo, no está incluida en su lista de objetos brillantes en el cielo
marciano.
Halsted
enrojeció.
—Sí,
por supuesto, la lista de los planetas me despistó. Siempre se enumeran sin
mencionar la Luna. —Buscó el papel—. La Luna es más pequeña que la Tierra y
refleja menos la luz, por lo que sólo tiene una septuagésima parte del brillo
de la
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Tierra,
a igual fase y distancia, lo que significa… una magnitud de 0,0. Sería tan
brillante como Mercurio y, de hecho, se podría ver más fácilmente porque
estaría más alta. En el ocaso, Mercurio, como astro vespertino, nunca se
elevaría más de 16 grados sobre el horizonte, mientras que la Tierra podría
estar a una altura de hasta 44 grados… lo cual es bastante.
—Por
lo tanto, Marte —dijo Henry— tendría cuatro astros matutinos y el nombre mismo
de Tri-Lucifer sería un desatino.
—Pero
la Luna estaría siempre muy cerca de la Tierra. ¿No la ocultaría su brillo?
—dijo Avalon.
—No
—dijo Halsted—. Veamos —nunca compréis una calculadora de bolsillo que no tenga
funciones trigonométricas—, en ocasiones la Luna podría llegar a estar a 23
minutos de arco de la Tierra, vista desde Marte. Lo que sería tres cuartos del
tamaño de la Luna vista desde la Tierra.
—Una
cosa más —dijo Henry—, señor Thatcher, ¿podría usted repetir los versos
aquellos que mencionaban a la Tierra en lo alto del cielo?
—Por
supuesto. «Cuando la Tierra brilla en lo alto del cielo, como una maravillosa
joya, y los otros Luciferes se han ocultado tras el horizonte, de forma que
resplandece sola en todo su esplendor, única en su belleza, con brillantez
inigualable, es cuando las almas de los que están dispuestos para recibir la
llamada deben prepararse para elevarse de la Tierra y cruzar el gran golfo».
—La
Tierra puede estar en lo alto del cielo algunas veces —dijo Henry—, y Mercurio
y Marte estar al otro lado del Sol y, por tanto, más allá del horizonte… pero
la Tierra no puede estar «sola en todo su esplendor». La Luna tiene que estar
con ella. Por supuesto, habrá veces en que la Luna está casi frente a la Tierra
o detrás de ella, vista desde Marte, de modo que los dos puntos de luz
convergerán en uno haciendo que la Tierra aparezca más brillante que nunca,
pero la Luna no está entonces tras el horizonte. Me parece, señor Thatcher, que
el líder del culto nunca ha estado en Marte, porque si hubiera estado allí, no
habría dejado de advertir el gran detalle omitido: un mundo de 2160 millas de
diámetro. Seguramente podrá explicar esto a su esposa.
—Sí
—dijo Thatcher, con el rostro iluminado por una sonrisa—, se dará cuenta de que
es una completa farsa.
—Si
es verdad, como usted dice —dijo Henry con tranquilidad—, que su mujer es una
persona razonable.
Epílogo
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Varias
historias de los dos primeros volúmenes de los Viudos Negros no aparecieron en
la EQMM, sino en The Magazine of Fantasy and Science Fiction (F&SF). Hubo
algo de dificultad en ello y porque no podía escribir un relato de los Viudos
Negros completamente fantástico o de ciencia-ficción.
No
obstante, siendo como soy, construí una de las historias de forma que tuviera
una relación, al menos tangencial, con la ciencia-ficción o la fantasía, y se
la ofrecí a la F & SF.
La
revista se quedó con el cuento. En 1977 apareció una nueva revista hermana de
la EQMM. La nueva revista era la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine
(IASFM) y, por supuesto, no me pareció correcto ofrecer una historia de
ciencia-ficción a otra revista antes que a la IASFM.
De
hecho, intenté deliberadamente elaborar para mi revista un misterio basándolo
todo lo posible en la ciencia-ficción, y «El detalle omitido» fue el resultado.
Apareció en el número de Invierno de 1977 de la IASFM. (Durante el primer año,
la revista fue trimestral).
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VI
AL
DÍA SIGUIENTE
LAS
GAFAS DE Emmanuel Rubin siempre parecían agrandar sus ojos con particular
intensidad cuando estaba excitado.
—¿Has
traído a un editor como invitado? —dijo en un intenso susurro.
El
tren de Nueva Jersey había llegado tarde y, en consecuencia, James Drake casi
comete el solecismo de llegar tarde al banquete mensual del Club de los Viudos
Negros del cual era anfitrión. Por tanto, tenía un tono mordaz poco frecuente
cuando respondió:
—¿Por
qué no? —Con un golpecito sacudió la ceniza de su cigarrillo y agregó—: si
podemos tener a escritores como invitados, y hasta como miembros, que Zeus nos
ayude, ¿por qué no editores?
Rubin,
escritor, por supuesto, dijo desdeñosamente:
—No
esperaba que un químico lo comprendiera —y miró en dirección al invitado, que
era alto y flaco, con largos cabellos rubios y una especie de bigote y barba
abreviados que le daban un aire de Robin Hood.
—Puedo
ser un químico para ti, Manny —dijo Drake—, y para todo el mundo también, pero
para él soy un escritor. —Trató de aparentar modestia pero no lo logró
—.
Estoy escribiendo un libro. —¿Tú? —dijo Rubin.
—¿Por
qué no? Puedo deletrear y, a juzgar por tu carrera, es lo único que se
requiere.
—Si
tu invitado piensa eso, tiene la capacidad mental necesaria para un editor. ¿Me
puedes repetir su nombre?
—Stephen
Bentham.
—¿Y
en qué editorial trabaja?
Drake
apagó su cigarrillo.
—Southby
Publications.
—Menuda
gentuza —dijo Rubin con desdén—. Es una editorial de sexo y sensacionalismo.
¿Qué quieren contigo?
—Estoy
escribiendo un libro sobre la manipulación del ADN, que es un tema sensacional
de actualidad… No creo que sepas nada sobre el asunto.
Mario
Gonzalo acababa de entrar en ese momento y estaba limpiándose aún de su
chaqueta de terciopelo castaño las partículas de polvo de la ciudad.
—Vamos,
Jim —dijo—, todos los periódicos hablan de eso. Ese disparate de que van a
crear nuevos gérmenes de enfermedades que despoblarán el mundo.
—Si
Mario ha oído hablar del asunto, Jim —dijo Gonzalo—, tienes que admitir que yo
también… y todo el mundo.
—Bien.
Entonces mi libro es lo que todo el mundo necesita —dijo Drake.
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—El
mundo lo necesita tanto como la polución —dijo Gonzalo—. He visto dos libros
sobre el tema anunciados recientemente.
—¡Ja!
—dijo Drake—. Hablan sobre la controversia, la política. Yo voy a hablar sobre
química.
—En
ese caso, no se venderá —dijo Rubin.
Y
fue entonces cuando Henry, ese camarero modelo sin el cual no podría celebrarse
ningún banquete de los Viudos Negros, anunció suavemente a Drake que los
caballeros podían tomar asiento.
Geoffrey
Avalon se dirigió hacia Henry, luego de haber tenido el placer de conversar
tranquilamente con el invitado… con quien había hablado cara a cara, algo que
desde su casi uno noventa de estatura no hacía con frecuencia.
—Detecto
un aroma a pescado, Henry —dijo—. ¿Qué tenemos para esta noche? —Bullabesa,
señor —dijo Henry—. Creo que es excelente. Avalon asintió gravemente y Roger
Halsted, sonriendo, dijo:
—Hasta
una bullabesa normal es excelente, y, con el elogio de Henry, estoy listo para
que me deleiten.
—Espero,
señor Bentham —dijo Avalon— que no tendrá objeciones.
—No
la he probado nunca —Bentham hablaba con un ligero acento inglés—, pero estoy
dispuesto a hacer los honores, un plato francés, creo.
—De
origen marsellés —dijo Halsted, que parecía a punto de chuparse los dedos —,
pero de encanto universal. ¿Dónde está Tom, por cierto?
—Aquí
estoy —dijo una voz exasperada qué provenía de la escalera—. Maldito taxista.
Gracias, Henry. —Thomas Trumbull, su bronceada frente arrugada y surcada por
cincuenta líneas de enojo, cogió con agradecimiento el whisky y soda—. ¿Habéis
empezado a cenar?
—Estábamos
a punto —dijo Gonzalo—, y si tú no hubieras llegado, Roger se habría tomado tu
plato de bullabesa, lo que habría sido una perspectiva consoladora para
alguien. ¿Qué sucedió con el taxista?
Trumbull
se sentó, bebió otro vigorizante sorbo de licor, untó una tostada con
mantequilla y dijo:
—Le
dije al muy idiota que me trajera al Milano, y al cabo de un rato me encuentro
en un cine de mala muerte de la calle Ochenta y Seis Oeste llamado Milano.
Tuvimos que hacer otras cuatro millas desde las calles de Manhattan hasta aquí.
Decía que nunca había oído hablar del restaurante Milano, pero sí conocía esa
cueva de ratas. Me costó tres pavos de más el viaje en taxi.
—Estabas
muy ido, Tom —dijo Rubin—, si no te diste cuenta de que se dirigía al noroeste
cuanto tú querías ir al sureste.
—No
pensarás que estaba mirando las calles, ¿verdad? —gruñó Trumbull—.
Estaba
ensimismado en mis pensamientos.
—No
puedes confiar en la sabiduría local de un taxista de Nueva York —dijo Avalon—.
Deberías haberle dicho explícitamente: Quinta Avenida y calle Trece.
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—Muchas
gracias —dijo Trumbull—. Enseguida vuelvo el reloj atrás y se lo digo.
—Presumo
que habrá una próxima vez, Tom, y que eres capaz de aprender de la experiencia
—dijo Avalon, y recibió una mirada ceñuda por su consejo.
Tras
la llegada de la bullabesa, la conversación se interrumpió mientras todos se
concentraban en sacarles las vísceras a los mejillones y quitarles el caparazón
a las langostas.
Fue
Drake quien rompió el fuego.
—Si
consideramos la manipulación del ADN… —dijo.
—No
lo haremos —dijo Rubin, ensartando una ostra limpiamente.
—…
Vemos que toda la discusión se refiere a ventajas que no se pueden demostrar y
a peligros que no se pueden precisar. En cualquier caso, todos hablan de
probabilidades imaginarias y, cuando discuten, compensan su falta de
conocimientos científicos levantando el tono de voz. Lo que propongo es ir a la
química y la genética del asunto y tratar de desvelar las verdaderas
posibilidades y el significado de un cambio genético específico. Sin eso, es
como si los dos bandos estuvieran buscando en un cuarto oscuro un gato negro
que no está allí.
—¿Y
eso es para público medio? —dijo Avalon.
—Desde
luego.
—¿No
es demasiado pesado?
—No
es un libro para los que leen comics, pero creo que puede llegar al sector de
lectores entre el Scientific American y Natural History. Dígaselo, Bentham
—dijo Drake, quizá con un dejo de vanidad—, usted ha visto los primeros
capítulos…
Bentham,
que había atacado la bullabesa con ciertas reservas, pero ahora comía con
entusiasmo, dijo:
—Sólo
puedo juzgar por mí mismo, desde luego, pero supongo que si yo puedo seguir su
argumento, el lector medio educado también podrá.
—Esto
limita más aún tu público —dijo Gonzalo.
—No
estoy de acuerdo —dijo Bentham—. Es un tema muy de actualidad y con buena
promoción…
—Una
especialidad de Southby —murmuró Rubin.
—Puede
funcionar —dijo Bentham—. La gente que realmente no lo entienda podría
comprarlo de todas formas porque está de moda; y, quién sabe, quizá lo lean y
saquen algo útil de él.
Drake
dio unos golpecitos en su copa de cristal mientras Henry servía el brandy. —Si
todos estáis lo suficientemente despescadificados y si Henry retira las
toallitas
y los aguamaniles, creo que podemos comenzar con nuestro invitado, el señor
Stephen Bentham. Tom, ¿quieres hacer los honores?
—Encantado
—dijo Trumbull—. Señor Bentham, es nuestra costumbre preguntar
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al
invitado cómo justifica su existencia. En este caso, supongo que el hecho de
que está relacionado con la producción de un libro de nuestro estimado colega,
el doctor Drake, habla por usted. De modo que pasaremos a cuestiones más
mundanas. Usted parece joven. ¿Qué edad tiene?
—Veintiocho
años.
—Tengo
la sensación de que no lleva mucho tiempo en los Estados Unidos. ¿Me equivoco?
—Hace
cinco meses que vivo y trabajo aquí, pero he estado antes en la ciudad en
breves visitas. Tres veces.
—Ya
veo. ¿Y qué calificación tiene para su puesto… de editor, no es así? —Nada
excepcional. —Bentham sonrió súbitamente con una sonrisa triste y
extrañamente
agradable—. He sido editor con Fearn and Russell en Londres. Estaba bastante a
gusto con ellos… no era muy excitante, saben, pero es que el mundo editorial
británico no es muy excitante.
—Entonces,
¿por qué lo deja por un trabajo en una firma americana, donde las presiones son
mayores? Porque supongo que serán mayores.
—Así
es —otra vez la triste sonrisa—, pero no hay ningún misterio en mi llegada. La
explicación, es tan simple que me avergüenza decirla. En una palabra, dinero.
Me ofrecieron tres veces más de lo que ganaba en Inglaterra y todos los gastos
del traslado pagados.
Halsted
intervino súbitamente.
—¿Está
usted casado, señor Bentham?
—No,
señor Halsted. Totalmente soltero, aunque no necesariamente célibe, pero a los
hombres solteros también les hace falta el dinero.
—Si
no te importa, Tom, me gustaría añadir el reverso de la pregunta que has hecho.
Puedo entender por qué se vino a Southby Publications. El dinero es un buen
argumento. ¿Pero por qué le contrató esa gentuza? Usted es joven, sin mucha
experiencia, y Southby no es el tipo de empresa que contrata jóvenes promesas
por benevolencia. Sin embargo, triplican su sueldo y le pagan los gastos de
desplazamiento. ¿Qué les ofrece usted?
—Conocí
al señor Southby en uno de mis primeros viajes y creo que le gusté. — Su blanca
tez se tornó considerablemente rosa—. Sospecho que fue mi acento y mi aspecto.
Quizá le pareció qué podría dar un aire académico a la editorial.
—Un
toque de distinción —murmuró Avalon, y Bentham se sonrojó más todavía.
Trumbull
reanudó el interrogatorio.
—Manny
llama a Southby Publications esa gentuza. ¿Está de acuerdo con eso?
—No
lo sé. ¿Qué significa esa expresión?
—Libros
baratos —dijo Drake— sin valor alguno, que sólo se venden gracias a campañas de
publicidad basadas en el sexo y sensacionalismo.
Bentham
permaneció silencioso.
—Adelante,
Bentham —dijo Drake—. Todo lo que diga aquí nunca saldrá de
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estas
paredes. El Club lo considera absolutamente confidencial.
—No
es eso, Jim —dijo Bentham—, pero si le diera la razón, podría herir sus
sentimientos. Usted es uno de nuestros autores.
Drake
encendió otro cigarrillo.
—No
me importa. A usted le han contratado para darle a la editorial un toque de
distinción y hará que mi libro sea otro toque de distinción.
—Les
aseguro que no opino demasiado bien de algunos libros del catálogo, pero Drake
tiene razón. El señor Southby no tiene nada en contra de los buenos libros si
piensa que se van a vender bien. Está personalmente complacido con lo que ha
visto del libro del doctor Drake; diría que hasta le entusiasma. Quizá sea
posible darle un poco de prestigio a la editorial.
—Me
gustaría decir algo, Tom, si no te importa —dijo Avalon—. Señor Bentham, no soy
psicólogo, ni investigo los pensamientos de una persona por sus expresiones.
Sólo soy un humilde abogado de patentes. Sin embargo, me da la impresión de que
usted está incómodo cuando menciona a su jefe. ¿Está usted seguro de que no se
está guardando nada que el doctor Drake debiera saber? Quiero una respuesta
inequívoca.
—No
—dijo Bentham con rapidez—, no hay ningún problema con el libro de Drake.
Suponiendo que termine el libro y qué mantenga el nivel de calidad que hemos
visto, lo publicaremos y promocionaremos adecuadamente. No hay reservas ocultas
en lo que he dicho.
—Entonces,
¿qué le intranquiliza? —dijo Gonzalo—. ¿O es que Geoff ha interpretado mal sus
sentimientos? —Observaba con satisfacción la caricatura de Bentham que había
realizado para la galería de invitados que cubría las paredes de la sala de
reuniones. No se le había escapado el aire de Robin Hood y hasta había esbozado
el gorro verde con pluma que se suele asociar con los proscritos del bosque de
Sherwood.
—Desde
luego que estoy intranquilo —dijo Bentham, con súbito enojo—, teniendo en
cuenta que me van a dar la patada.
—¿Le
van a despedir? —dijo Gonzalo, en tono más alto.
—Es
la única palabra que se me ocurre para designar lo que he dicho.
—¿Por
qué? —dijo Drake, repentinamente interesado.
—He
perdido un manuscrito —dijo Bentham—. No el suyo, doctor Drake.
—¿En
el correo? —preguntó Gonzalo.
—No.
Premeditadamente, según Southby. En realidad, he hecho todo lo que he podido
para recuperarlo. No sé qué tenía ese hombre en mente.
—¿Southby?
—No,
el autor. Se llama Joshua Fairfield.
—Nunca
he oído hablar de él —dijo Rubin.
—Supongo
que nos contará todo lo que sucedió, señor Bentham —dijo Trumbull. —Es algo
tonto y estúpido —dijo Bentham—. No quisiera estropear una velada
tan
agradable.
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—Lo
siento, señor Bentham —dijo Trumbull—, pero creo que Jim le habrá advertido que
nuestras preguntas son el precio de la cena. Por favor, díganos exactamente qué
sucedió.
—Supongo
que la cosa más excitante que puede suceder en una editorial es tener algo
bueno en proyecto; algo bueno que no haya pasado por las manos de un reputado
agente y que no sea de un autor conocido; algo que llega por correo, escrito
por alguien del que nadie ha oído hablar.
Además
del mero placer de la suerte inesperada, existe la posibilidad de tener un
autor nuevo a quien se puede explotar en los años venideros, siempre que no sea
un autor de un solo libro… que no es un fenómeno tan infrecuente.
—Margaret
Mitchell… —comenzó Rubin, y se detuvo cuando Trumbull, que estaba sentado junto
a él, lo hizo callar con un codazo.
—De
cualquier modo —dijo Bentham, contrariado sólo momentáneamente por la
interrupción—, Southby pensó que tenía uno de esos autores. Un lector se lo
llevó lleno de excitación, y con motivo, pues los lectores no suelen recibir
nada por encima del nivel de una redacción escolar.
Podía
haberse dirigido a un editor —no necesariamente a mí— con el manuscrito, pero
prefirió ir directamente a Southby. Supongo que sabía que ese descubrimiento
sería muy prestigioso y quería que Southby supiera quién había sido el
descubridor. No puedo criticarle por eso.
En
cualquier caso, Southby se enamoró del manuscrito, convocó una conferencia
editorial, dijo que aceptaba el libro y que se lo había notificado al autor.
Explicó con mucho entusiasmo que Southby se volcaría con él…
—Eso
incluye amañar las listas de los libros más vendidos, ¿no? —dijo Rubin con
indignación—. Tom, si me vuelves a dar con el codo, te lo rompo.
—Creo
que usted tiene razón, señor Rubin, pero este libro merecía todo lo que se
pudiera hacer por él… potencialmente. Southby dijo que pensaba que necesitaba
una revisión y me lo dio para que yo la hiciera. Eso me pareció un signo de
confianza y estaba muy entusiasmado con la tarea. Ya veía rápidos ascensos en
el horizonte, si lograba salir bien del asunto. Sin embargo, a los otros
editores no pareció importarles. Uno de ellos me dijo: «Te echará a ti la culpa
si algo sale mal, porque Southby nunca se equivoca».
—A
veces sucede que cuando el jefe comete un error —dijo Avalon con gravedad —, el
subordinado responsable de enmendarlo es despedido si fracasa.
Bentham
asintió.
—Eso
también se me ocurrió, pero me excitó más aún. El olor del peligro incrementa
la impaciencia del asesino, como ustedes saben.
Bueno,
me volqué en el manuscrito con sumo cuidado. Primero lo leí despacio para
captar el sentido y no me desagradó. A rasgos generales, la descripción de
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Southby
no era equivocada. Tenía buen ritmo y era rico en detalles. Una gran saga
familiar… un padre violento y dominante, una madre afable e insinuante en una
sutil batalla por los hijos, sus esposas y sus niños. La trama estaba bien
urdida, nunca se detenía y había el sexo suficiente para Southby, pero el sexo
funcionaba. Cuadraba con la historia.
Presenté
un informe favorable sobre el libro, indicando sus fallos más importantes y
cómo proponía tratarlos. Me pusieron un «muy bien» bastante grande, y volví a
la faena, había que ajustar la trama. Lo último que aprende un principiante,
aunque tenga talento, es cómo ajustar la trama. Algunas escenas no estaban en
el lugar idóneo o no recibían la importancia adecuada, y había que corregir
eso.
Yo
no soy un gran escritor y nunca lo seré, pero he estudiado obras verdaderamente
buenas con la suficiente atención como para poder corregir y mejorar algo que
ya está bien escrito, aunque yo no sea capaz de escribirlo. Me tomó seis
semanas de intenso trabajo acabar la tarea. Sabía que mi cabeza estaba en juego
y no iba a exponerme por un descuido.
Hasta
que no terminé mi exhaustivo trabajo, no llamé al autor, Joshua Fairfield.
Pensé que era mejor dejarlo para entonces; llamarlo en ruta, por así decirlo,
hubiera significado meterme en ásperas discusiones sobre los cambios, y se
hubiera malgastado mucho tiempo en asuntos triviales. Si él veía las revisiones
como un todo, sabía que quedaría satisfecho. Los pequeños desacuerdos podrían
resolverse fácilmente.
O
así razonaba yo, y quizá también me hacía falta un poco de experiencia. El
autor llegó y por fin nos conocimos. No puedo decir que su aspecto me agradase
particularmente. Era de mi edad, pero tenía un semblante sombrío, ojos oscuros
y pequeños —casi como cuentas de vidrio— y la dentadura en mal estado.
Cumplí
los preliminares de rigor. Nos dimos la mano. Le dije qué satisfechos estábamos
todos con el libro; qué bien se iba a vender; la promoción que le haríamos,
etc.
Luego
le dije, casi de pasada, como para destacar la poca importancia de los cambios
—en comparación con lo no modificado, claro—, que me había tomado la libertad
de introducir algunas pequeñas correcciones aquí y allá. Y al decir esto, se
puso rígido en la silla y sus pequeños ojos parecieron salirse de las órbitas.
Cogió el manuscrito, que estaba delante de nosotros sobre la mesa, sacó parte
de él de una de las carpetas, hojeó las páginas donde yo había hecho los
cambios necesarios con un lápiz de punta fina, marcándolos muy poco para
permitir posteriores correcciones, y chilló.
De
verdad. Gritó que yo había escrito algo en todas las páginas y que debería
hacerlo mecanografiar de nuevo y la cuenta la pagaría yo. Luego cogió las
carpetas y se marchó. No pude detenerle. Se lo juro, no podía moverme, me quedé
atónito.
Pero
realmente no me asusté. El manuscrito estaba fotocopiado y yo había tomado nota
de los cambios que proponía. Ya que estaba bajo contrato —o eso creía
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yo—
podíamos publicarlo ignorando sus objeciones. Aunque él nos demandara, no creo
que pudiera ganar, y no pude dejar de pensar que la publicidad ayudaría a
vender más libros.
El
problema comenzó cuando fui a ver a Southby para decirle lo que había sucedido;
me encontré con que no había contrato y todo se me vino encima. Parecía que
Southby y Fairfield habían regateado sobre el anticipo. Supongo que debería
haber sido más diplomático cuando escuché eso. No fue una buena idea preguntar
a Southby si, a la vista del presupuesto que se iba a destinar a publicidad,
tenía mucho sentido regatear por dos mil dólares de anticipo.
Rubin
gruñó.
—Bien,
ahora sabe algo acerca de Southby.
—Sé
que no le gustó aparecer como si fuera el culpable. Me ordenó recuperar el
manuscrito y dejó bien claro qué sucedería si no lo hacía.
Desde
el comienzo todo fue difícil. Traté de localizar a Fairfield en su apartamento,
intenté hablar con él por teléfono. Pasaron tres días y por fin respondió al
teléfono. Conseguí que no me colgara. Le dije que podía tener el anticipo que
quería. Le dije que todo cambio era negociable y que podíamos revisar el libro
línea por línea —justo lo que yo había tratado desesperadamente de evitar al
principio— y le advertí que ninguna editorial aceptaría el manuscrito tal como
estaba.
Con
una risita socarrona y desagradable me dijo que no era así, que otra editorial
lo aceptaría como estaba. Todavía no se lo había ofrecido a nadie más, pero
insinuó que lo haría.
Pensé
que era un farol y no me preocupé. Le dije tranquilamente que ninguna editorial
podía garantizar un éxito de ventas como Southby, recordándole algunos de
nuestros libros…
—Seguro
—dijo Rubin—. Basura como Alimento para Dioses.
—Déjale
que hable, Manny —dijo Avalon.
—Bien
—dijo Bentham—, estuvimos hablando más de una hora hasta que, por fin, fue al
grano. ¿Publicaría el manuscrito tal y como estaba escrito? Le dije, con la
misma claridad, que podríamos negociar cada cambio, pero que era necesario
hacer algunos… por su propio bien.
Siguió
con su actitud insolenté y desagradable, hasta que, sin más, cedió. Me dijo que
entregaría el manuscrito al día siguiente, y yo le respondí con entusiasmo —
tratando de ocultar mi alivio— que era estupendo; que cuanto antes mejor y, si
lo prefería, yo le enviaría un mensajero. Dijo que no, que no quería ningún
sucio mensajero, y colgó.
—Final
feliz —dijo Halsted.
—No,
porque nunca entregó el manuscrito. Esperamos una semana y cuando, por fin,
Southby le llamó por teléfono, Fairfield se limitó a gruñirle que su mono a
sueldo, Bentham, podía guardarse su asqueroso sarcasmo y que no obtendríamos el
manuscrito en ningún caso, o algo por el estilo.
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Esa
es la situación. No es necesario que diga que no fui sarcástico. Fui
perfectamente razonable y diplomático en todas las ocasiones. Me mostré firme
sobre el tema clave de la revisión, pero no ofensivo. De hecho, él había estado
de acuerdo en entregar el manuscrito al día siguiente. Sin embargo, para
Southby, yo había perdido el manuscrito por mi falta de habilidad al tratar con
Fairfield y ahora está fuera de sí de rabia.
—Pero
todavía no le ha despedido, Bentham. Y eso significa que quizá no lo haga.
—No,
porque aún tiene esperanzas. Le dije que Fairfield seguramente estaba echándose
un farol y que probablemente es un psicótico, pero en estos últimos días ni
siquiera me escucha.
De
hecho, pronto estaré en la calle con la marca del zapato de Southby claramente
impresa en mi trasero. Esto, es tanto más seguro por cuanto se debe haber
percatado de que nada hubiera sucedido si no hubiera estado jugando al tira y
afloja con el autor. De otra forma, lo hubiera tenido bajo contrato. Despedirme
será la prueba que necesita para demostrar al mundo y, sobre todo, a sí mismo
que yo soy culpable y no él.
—Pero
¿no le resultaría difícil trabajar para Southby después de esto? Estaría mejor
en otro sitio.
—Por
supuesto… —dijo Bentham—, pero dimitiendo yo mismo y cuando yo lo decida.
Después de todo, el sector editorial no está precisamente abierto ahora, y
podría tener dificultades para encontrar un nuevo puesto, y esa perspectiva no
me llena de alegría con la cuenta casi a cero. Southby podría muy bien ocuparse
de que mis oportunidades fueran incluso peores de lo habitual.
—¿Quiere
decir que podría ponerle en la lista negra? —dijo Rubin—. Creo que sería capaz.
El
aspecto abatido de Bentham le mostró que estaba de acuerdo.
—Sin
embargo —dijo—, lo peor de todo es que con mis correcciones hubiéramos tenido
un buen libro. Algo de lo cual pudiéramos sentirnos orgullosos. Southby y
Fairfield podrían hacer una fortuna y yo podría adquirir una reputación que me
permitiría conseguir un puesto mejor en otro sitio. Y el mundo tendría una
estupenda primera novela con la promesa de otras mejores en el futuro.
Fairfield
tiene madera de gran novelista, maldita sea su alma, y yo tengo mi orgullo de
editor y quería ser parte de esa grandeza. Yo no fui sarcástico y él cedió.
Dijo que lo entregaría al día siguiente. ¿Por qué demonios no lo hizo? Eso es
lo que me tortura. ¿Por qué no lo hizo?
Hubo
una pausa un tanto desagradable. Finalmente, Avalon dijo:
—Debe
haber una explicación. Ha habido hombres geniales que han sido monstruos de
villanía en sus vidas privadas. Richard Wagner fue uno de ellos; Jean
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Jacques
Rousseau otro. Si este hombre, Fairfield, estaba echándose un farol, y yo
también creo que lo estaba, simplemente pudo haber creído que Southby era el
mismo tipo de persona que él y piensa que a usted le van a despedir. Es lo que
él haría en lugar de Southby. Después, cuando usted se haya ido, él se
presentará con el manuscrito.
—Pero
¿por qué? —dijo Bentham.
—Creo
que no es ningún enigma —dijo Avalon—. En primer lugar, usted se atrevió a
alterar su manuscrito y piensa que debe castigarlo. En segundo lugar, una vez
que usted se haya ido, podrá estar razonablemente seguro de que Southby,
después de todo el problema, publicará el manuscrito tal y como lo escribió.
—Entonces,
¿por qué dijo que lo entregaría al día siguiente?
Avalon
arqueó sus formidables cejas por un momento y dijo:
—Supongo
que él pensaba que usted le diría entusiasmado a Southby que la cosa estaba
hecha —como ocurrió en realidad— y que Southby, en un estallido de ira por el
fracaso de sus expectativas, le despediría con toda seguridad.
—¿Y
todo lo que dijo sobre mi sarcasmo estaba destinado a enfurecer más a Southby?
—Creo
que sí. Sí.
Bentham
pensó en ello.
—Buen
panorama me ha presentado. Entre Fairfield y Southby no hay escapatoria.
Avalon
pareció incómodo.
—Lo
siento, señor Bentham, pero así es como yo lo veo.
—De
todas formas, no puedo creerlo —dijo Bentham—. Hablé con ese hombre una hora o
más por teléfono. No parecía vengativo. Terco y molesto, sí, pero no
personalmente vengativo.
—Odio
ser el insistente defensor de una solución que personalmente aborrezco — dijo
Avalon—, pero sin duda usted no esperaba una actitud vengativa y probablemente
no la percibiría si no fuera evidente.
—Pero
hay más —dijo Bentham con desesperación—. Yo he leído su libro y usted no. No
puedo creer que nadie, por hábil que sea, sea capaz de escribir un libro ajeno
a su propia filosofía y…
—Eso
es una tontería —dijo Rubin—. Yo puedo escribir una obra de ficción basada en
la filosofía que le plazca. Puedo escribir una desde el punto de vista nazi, si
tuviera eso en mente, que no lo tengo.
—No
podría —dijo Bentham—. Por favor, no lo interprete como un reto, pero no
podría. En el libro de Fairfield había una gran variedad de motivaciones, pero
no esa clase de maldad inmotivada que algunos atribuyen a Yago. No había
ninguna ira irracional por causas triviales.
—Pero
ésa es la cuestión —dijo Avalon—. A usted le parece una causa trivial, pero no
lo ve con los ojos de ese hombre. Hacer cambios en su novela, aunque sean
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pequeños,
es algo imperdonable para él, y se lo hará pagar.
—Odio
unirme al pesimismo general, señor Bentham —dijo Trumbull con voz turbada—,
pero me parece que Geoff esta en lo cierto.
—Ah
—dijo Rubin súbitamente—, yo no estoy de acuerdo.
Bentham
se volvió hacia él rápidamente.
—¿Quiere
decir que no piensa que Fairfield vaya a por mí?
—No
—dijo Rubin—. Está enojado, seguro, pero no hasta el punto de perjudicarse a sí
mismo de esa manera. Lo que tenemos que hacer es estudiar el asunto
cuidadosamente con la psicología de un escritor. No, señor Bentham, no propongo
que tratemos de conocer la personalidad de un escritor a través de sus obras,
lo cual sigo creyendo que es imposible con un escritor verdaderamente bueno.
Quiero decir algo que es válido para cualquier escritor principiante.
Admito
que un principiante pueda estar lo suficientemente psicótico como para estallar
de furia ante cualquier cambio que se imponga a su excelente prosa, pero
incluso eso se queda en nada comparado con otra necesidad… que le publiquen.
Recordad,
este tipo estaba regateando con Southby por unos miles de dólares de adelanto,
y ¿qué era eso para él? Nos burlamos de Southby por aferrarse a una pequeña
suma cuando había millones en perspectiva. ¿No es extraño que el autor hiciera
lo mismo y arriesgara no sólo millones, sino la misma publicación de su obra?
¿Es imaginable que un principiante, que debió haber trabajado en su libro
durante años, llegara a arriesgar siquiera la posibilidad de publicarlo por un
anticipo?
—Si
es el individuo semipsicótico que nos pintó Bentham —dijo Avalon—, ¿por qué no?
—¿No
es mucho más razonable pensar que ya había otra editorial en liza y que lo
intentó con Southby sólo por su reputación de fabricar bestsellers? Su disputa
por el anticipo fue la forma en que consiguió que las dos editoriales pujaran
en una subasta que desconocían. Luego, cuando Bentham intentó hacer algunos
cambios, volvió con la otra editorial, que quizá deseaba hacer menos cambios, o
ninguno.
—¿Quiere
usted decir, señor Rubin —dijo Bentham—, que Fairfield fue primero a otra
editorial… llamémosla X; qué X leyó el manuscrito, sugirió una revisión, y
Fairfield lo recogió, supuestamente para revisarlo, pero nos lo trajo a
nosotros? ¿Y que cuando le ofrecimos un anticipo menor y sugerimos grandes
modificaciones, volvió a X?
—Sí,
y usted escribió las correcciones en su copia —dijo Rubin—. Creo que eso le
molestó aún más que la revisión misma. Eso significaba que tendría que volver a
hacerla mecanografiar entera antes de entregarla. Aunque borrara sus
modificaciones a lápiz, podrían quedar algunas marcas, y hubiera sido algo
embarazoso que X supiera que estaba jugándoles una mala pasada con el
manuscrito.
Después
de todo, usted habló con él por teléfono tres días después de su estallido de
cólera y ya tenía a la otra editorial en el anzuelo. ¿Después de tres días?
—Por
eso supuse que estaba fanfarroneando.
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—¿Y
arriesgar la publicación? No, la editorial X existe, sin duda.
—Debo
de estar volviéndome loco, pero cambio de lado. Me has convencido, Manny —dijo
Trumbull.
—Quizá
tenga razón, señor Rubin —dijo Bentham—, pero yo sigo estando en una situación
desesperada.
—No,
si puede probar que Fairfield estaba coqueteando con dos editoriales. Cuando
Southby lo sepa, se pondrá furioso con el autor, no con usted. Luego podrá
esperar su oportunidad y dimitir cuando le convenga a usted.
—Pero
para eso tendría que saber cuál es la editorial X, y no lo sé —dijo Bentham—. Y
sin el nombre, él no creerá la historia. ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Está
seguro de que Fairfield no mencionó la editorial? —preguntó Rubin.
—Estoy
seguro.
—¿Cómo
lo sabe? —dijo Halsted, tartamudeando un poco—. Usted sólo lleva en este país
unos meses y quizá no conozca todas las editoriales.
—En
Nueva York y los alrededores hay cientos, y desde luego no las conozco todas
—dijo Bentham—. Creo que conozco las más importantes. Seguramente X debe estar
entre las importantes.
—Yo
también lo pienso —dijo Rubin—. ¿Ningún indicio?
—Si
lo hubo, se me escapó.
—Piense
—dijo Rubin—. Repita la conversación mentalmente.
Bentham
cerró los ojos y permaneció inmóvil. Nadie hizo ruido alguno excepto
Drake,
cuando la punta del alfiler de su corbata golpeó contra el vaso de agua al
estirarse
para apagar un cigarrillo.
Bentham
abrió los ojos y dijo:
—Es
inútil. No hay nada.
Drake
miró a su izquierda, al lado del aparador donde Henry estaba de pie. —Esta es
una situación grave, Henry. ¿Tienes alguna sugerencia?
—Tan
sólo el nombre de la editorial, señor. Bentham miró a su alrededor asombrado.
—¿Qué?
Trumbull
dijo apresuradamente:
—Henry
es uno de los nuestros, señor Bentham. ¿Qué dices, Henry? ¿Cómo puedes saberlo?
—Creo
que el autor, el señor Fairfield, lo mencionó en su conversación telefónica con
el señor Bentham.
—¡No
lo hizo! —exclamó Bentham al borde de la ira.
El
terso rostro de Henry no mostró emoción alguna.
—Le
ruego me disculpe, señor, no pretendo ofenderle, pero usted omitió sin darse
cuenta una parte importante de la historia. Fue algo parecido al percance del
señor Trumbull con el taxi, cuando omitió una parte importante de la dirección.
Algo así como lo que dijo el doctor Drake de que quienes discuten sobre la
manipulación del
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ADN
lo hacen sin conocer suficientemente los fundamentos.
—¿Quieres
decir que estamos buscando en un cuarto oscuro un gato negro que no está ahí?
—preguntó Gonzalo.
—Sí,
señor. Si el señor Bentham hubiera contado su historia de otra forma el
paradero del gato negro sería evidente.
—¿Y
de qué otra forma podría haber contado la historia? —preguntó Bentham. —Usted
contó la historia de modo indirecto, señor, por eso nunca supimos las
palabras
exactas que se utilizaron.
—Por
una buena razón —dijo Bentham—. No recuerdo las palabras exactas. No soy una
grabadora.
—Sin
embargo, al relatar de modo indirecto lo que ha dicho una persona, se le pueden
atribuir cosas que nunca hubiera dicho directamente.
—Le
aseguro —dijo Bentham fríamente— que mi relato fue fiel.
—Estoy
seguro de que lo fue, con sus limitaciones, señor. Si había una editorial X,
¿por qué prometió el señor Fairfield entregar el manuscrito al día siguiente?
—Dios
sabe por qué. ¿Tendremos que volver a la maldad inmotivada? —No, señor. Yo
sugeriría que él no dijo eso.
—Sí,
Henry —dijo Bentham—. En eso me mantengo firme.
—¿Podría
pasar la frase al modo directo y mantener que dijo: «Entregaré el manuscrito al
día siguiente»?
—Ah,
comprendo lo que me quiere decir. «Al día siguiente» es una paráfrasis, por
supuesto. Él dijo: «Entregaré el manuscrito mañana». ¿Cuál es la diferencia?
—Y
entonces usted, entusiasmado, le urgió a hacerlo y le ofreció poner un
mensajero a su servicio. ¿No cree que eso sonaba a sarcasmo, señor?
—No.
Él dijo «Entregaré el manuscrito mañana», y yo me mostré satisfecho. ¿Dónde
está el sarcasmo?
—En
To Morrow[8] —dijo Henry cuidadosamente, pronunciando las dos palabras.
—Dios
mío —dijo Bentham, palideciendo.
Rubin
golpeó la mesa con el puño.
—¡Maldición!
William Morrow Company —dijo—, una de las editoriales más importantes de Nueva
York.
—Sí,
señor —dijo Henry—. Para estar seguro, miré en la guía telefónica
inmediatamente después de que el señor Bentham relatara la conversación. Está
en el 105 de Madison Avenue, casi a una milla de aquí.
—Ya
está, señor Bentham —dijo Gonzalo—. Sólo tiene que decirle a su jefe que el
autor había contactado primero con William Morrow Company.
—Y
entonces él puede despedirme por mi estupidez. Me lo merezco.
—En
absoluto —dijo Gonzalo—. No le diga la verdad literal. Dígale que como
resultado de su inteligente investigación, descubrió la verdad a través de una
fuente confidencial que no puede revelar.
—Después
de todo, señor —dijo Henry—, la política de los Viudos Negros es
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absolutamente
confidencial.
Epílogo
El
18 de marzo de 1977 sufrí una trombosis coronaria leve y, por la forma en que
Janet se lo tomó, hubiera parecido que era el fin del mundo. En julio de ese
año, por ejemplo, escribí «Al día siguiente», y sólo porque estábamos pasando
una ola de calor, con temperaturas que sobrepasaban los cien grados Fahrenheit,
Janet no me dejó salir de nuestro apartamento con aire acondicionado para ir a
las oficinas de la EQMM. Tuve que enviar el relato por correo.
Fue
un terrible golpe, porque siempre que presentaba un relato a la EQMM pasaba un
rato bromeando con la maravillosa Eleanor Sullivan, directora de la revista.
(Por bromear quiero decir perseguirla alrededor del escritorio… y Janet pensó
que tampoco sería muy bueno para mi corazón).
Afortunadamente,
Eleanor no se amilanó por el horror de verse privada de mi compañía y envió el
relato a Fred. Este lo aceptó y apareció en el número de mayo de 1978 de la
EQMM.
Algunas
veces me asombro de la ínfima ambigüedad sobre la que es posible construir un
argumento de los Viudos Negros. Esta historia puede ser el récord.
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VII
¡NO
VIENE AL CASO!
—Creo
—dijo Mario Gonzalo— que sé cuál es el secreto de Henry; cómo da con la
respuesta cuando nosotros no lo conseguimos. —Gonzalo señaló con un ademán al
camarero, quien estaba sirviendo silenciosamente las copas que eran el preludio
del banquete mensual de los Viudos Negros.
James
Drake apagó su cigarrillo y dijo:
—Yo
ya lo sé desde hace tiempo. Es más listo que nosotros.
—Seguro
—dijo Gonzalo, limpiándose de ceniza la manga de su chaqueta de terciopelo y
untando algo de queso brie sobre una galletita—, pero ser más listo no es
suficiente.
—Pues
ser más tonto tampoco lo es —le interrumpió Emmanuel Rubin, mirando con el ceño
fruncido a través de los gruesos cristales de sus gafas—, así que ¿de qué te va
a servir el secreto, Mario?
—Ser
realmente tonto —dijo Mario con frialdad— es tener miedo de escuchar por temor
a aprender algo. Así que supongo que no estarás interesado, Manny.
—¿Qué,
y perderme una buena ocasión de reír? —dijo Rubin—. Continúa, Mario. Geoffrey
Avalon, después de aceptar la copa que le ofrecía Henry, se aproximó y
dijo:
—Una
buena ocasión de reír ¿de qué?
—De
la idea que tiene Mario de cómo se las ingenia Henry para encontrar las
soluciones —dijo Rubin—. Henry, tú también puedes escuchar. Mario conoce tu
secreto.
Henry
sonrió discretamente.
—No
es ningún secreto cómo lo hago. Los caballeros del Club analizan el problema
detenidamente, quitan todo los adornos inútiles y dejan una clara imagen que yo
describo.
—Eso
no es todo —dijo Mario—, no es todo. Tú sólo dices eso para despistarnos. El
secreto es… ¡lo que no viene al caso!
Se
produjo una breve pausa. Con su barba rala encrespada, Rubin expresó su
incredulidad:
—¿Es
eso lo que se supone que debo escuchar para aprender algo?
—Por
supuesto —dijo Gonzalo—. Todos somos personas que razonamos — incluso tú de vez
en cuando, Manny— y tratamos de resolver los enigmas que nos presentan
abordándolos desde todos los ángulos importantes. Pero si las cosas importantes
fueran lo que importa, valga la redundancia, no habría enigma. Cualquiera
podría ver la respuesta. El truco de Henry consiste en ver lo que no viene al
caso y eso le da la respuesta.
—Es
una contradicción de términos, Mario —dijo Drake—. Algo que no viene al
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caso
es algo que no tiene nada que ver con… Gonzalo puntualizó con paciencia.
—Algo
que en apariencia no viene al caso. Nosotros vemos que no guarda relación;
Henry ve que en realidad sí. ¿No es así, Henry?
El
rostro de Henry no mostró otra expresión que la de una benevolencia general.
—Desde
luego, es una sugerencia interesante —dijo.
Avalon
frunció sus formidables cejas.
—Seguramente
es más que eso, Mario. Henry ve lo que nosotros no vemos, porque observa la
vida con claridad, mientras que el resto de nosotros carece de su honestidad
directa y simple, y no somos capaces de hacerlo. Aunque tú vieras lo mismo que
Henry, no obtendrías la respuesta.
—Claro
que podría —dijo Gonzalo—. Apuesto cinco dólares a que si hoy se presenta un
enigma, utilizaré la técnica de Henry y obtendré la respuesta antes que él.
—Hecho
—dijo Rubin al momento.
—Bien
—dijo Mario—. Geoff, tú serás el depositario. Pero recordad, no hay ganador si
no hay problema.
—Oh,
habrá un problema —dijo Drake—. Personalmente, creo que cada uno de nosotros
elige deliberadamente a nuestros invitados por su carácter problemático.
—Pero
quizá esta vez no —dijo Avalon—, ya que el invitado no ha llegado… ni el
anfitrión de esta noche, a menos que esos pasos en la escalera… No, es Tom.
Los
blancos cabellos rizados de Thomas Trumbull hicieron su aparición, seguidos del
resto de su cuerpo, mientras subía las escaleras.
—Si
te interesa saber dónde está el anfitrión, Geoff, Robert Halsted acaba de
llegar con un extraño que, me imagino, es nuestro invitado de esta noche. Me he
adelantado porque soy un hombre agonizante que necesita un tra… Ah, gracias,
Henry.
Gonzalo
se había sentado junto a Halsted y, desdoblando su servilleta con un experto
movimiento, dijo:
—Ya
casi pensábamos que tendríamos que empezar, sin anfitrión ni invitado, Roger.
¿Qué ha sucedido? ¿Pensaste que no podrías pagar la cuenta?
Halsted
enrojeció y su leve tartamudeo pareció un poco más pronunciado.
—No
es culpa mía, de verdad. Burry se retrasó; Dan Burry, mi invitado. Su teléfono
sonó justo cuando le fui a buscar y algo le trastornó mucho. No podía pedirle
que colgara. De hecho, por un momento, creí que tendría que salir sin él.
—¿Qué
sucedió? ¿Lo sabes? Me refiero a la llamada telefónica.
Halsted
miró hacia su invitado.
—No
lo sé. Algo relacionado con uno de sus alumnos. Es director de un instituto,
¿sabes?
—¿El
tuyo?
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—No,
pero ¿por qué no reservas tus preguntas para el interrogatorio?
—¿Te
importaría dejarme comenzarlo?
—En
absoluto —y Halsted volvió su atención a la sopa de cangrejo.
Dan
Burry era un hombre bastante corpulento, con un cabello negro tan rizado como
el de Trumbull, y con un exiguo bigote del estilo que Adolf Hitler desprestigió
para una generación como mínimo. Tenía una expresión preocupada en su mofletudo
rostro y atacaba su pato asado con un entusiasmo atenuado por su aire ausente.
No
participó en la conversación general y pareció escuchar sólo vagamente cómo
Rubin y Drake debatían las respectivas ventajas de la fusión nuclear y la
energía solar como fuente básica de energía.
Por
lo tanto, Burry no parecía preparado para el súbito giro que dio la
conversación. Mientras Henry servía la segunda taza de café y traía el brandy,
Gonzalo dijo:
—Señor
Burry, ¿cómo justifica usted su existencia?
Burry
miró a Gonzalo con lo que pareció un momentáneo destello de indignación en los
ojos, pero luego balbuceó un tanto deprimido:
—Ah
sí, Roger me advirtió que habría un turno de preguntas y respuestas.
—Sí
—dijo Gonzalo—, y a cambio de la cena, se espera que usted conteste franca y
honestamente, con la promesa de estricta reserva por nuestra parte sobre todo
lo que diga, claro está. De modo que ¿cómo justifica usted su existencia?
—Trato
de mantener en un instituto de la ciudad la atmósfera y la organización
propicias para que al menos algunos de los estudiantes puedan educarse y
adquirir respeto por la cultura. Es una justificación suficiente, supongo,
cuando lo consigo.
—¿Lo
consigue a menudo?
—No.
Avalon
se aclaró la garganta.
—La
educación de los jóvenes de cualquier clase comienza por la disciplina.
—Quienes piensan así —dijo Burry— creen con demasiada frecuencia que todo
acaba
también con la disciplina, y confunden la finalidad de la escuela con la
finalidad de una prisión.
—Entiendo
que cuando se disponía a venir a la cena recibió una llamada de teléfono
inesperada —dijo Gonzalo—. ¿Asuntos del instituto?
Burry
lanzó una dura mirada a Halsted. Este enrojeció y dijo:
—Tuve
que explicar por qué llegamos tarde, Dan.
—¿Sobre
qué fue la llamada?
Burry
sacudió la cabeza.
—Sobre
algo de lo que no debo hablar. Un desafortunado problema con un menor.
—Un
menor ¿qué?
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—Estoy
usando la palabra como nombre, señor Gonzalo, no como adjetivo. Un ser humano
que sólo tiene diecisiete años.
—Comprendemos
sus reservas para hablar del asunto —dijo Gonzalo—, pero le aseguro que el
hecho de que se trate de un menor no viene al caso. —Hizo una pausa y pareció
saborear las palabras por un momento—. Los términos de la cena son que usted
respondería nuestras preguntas. Roger debería habérselo explicado.
—Puedo
volver a garantizarle —le interrumpió Avalon— nuestra absoluta reserva.
—Incluyendo
al camarero —dijo Trumbull, frunciendo el entrecejo—, que es un valioso miembro
de esta organización.
Burry
echó un rápido vistazo a Henry, que ya había ocupado su puesto junto al
aparador con su serena y atenta expresión habitual, y dijo:
—No
negaré, caballeros, que me agradaría hablar sobre esta cuestión, pues ya me
siento bastante disgustado. Pero no puedo mencionar el nombre del joven.
¿Violaría las reglas de su organización si le llamo simplemente John?
—Nuestra
experiencia, señor Burry —dijo Rubin—, es que ese tipo de subterfugio siempre
falla. Se le escapará el verdadero nombre en cualquier momento.
—John
es su verdadero nombre, señor Rubin, y es tan anónimo como pueda serlo un
nombre falso. Simplemente me refería a no utilizar su apellido.
—Creo
que eso no es ningún problema —dijo Halsted.
—Permítanme
que primero les hable de John —dijo Burry—. Es un joven de aspecto agradable,
un poco bajo, pero vivaz, rápido e inteligente. Su inteligencia atrajo la
atención de sus profesores inmediatamente y yo, por supuesto, siempre me
intereso por esos casos. En teoría, todos los estudiantes tienen la misma
importancia y todos merecen la mejor educación que podamos darles, pero, desde
luego, los especialmente inteligentes son nuestra mayor alegría y, con
demasiada frecuencia, nuestra mayor tristeza.
—¿Por
qué tristeza? —preguntó Gonzalo con rapidez.
—Porque
suele ocurrir que un chico brillante sea víctima de las trabas sociales lo
mismo que si no tuviera nada en la cabeza. Es un error pensar que la
inteligencia por sí sola puede sacarle a uno del fango, y no sirve de nada
citar ejemplos de lo contrario. Puede suceder en circunstancias especiales; en
la mayoría de los casos, no.
—Supongo
—dijo Rubin burlonamente— que John es un chico del ghetto… como lo fue mi padre
en su época.
—John
es un chico del ghetto —dijo Burry en tono pausado y tranquilo—, pero no como
su padre, señor Rubin. Su padre y usted pueden, si son cautelosos, ocultar su
origen. Cambiando de nombre, cuidando la pronunciación, abandonando ciertas
costumbres, es posible ser aceptado. Tendría que haber una ley especial que les
identificara con una etiqueta. Sin embargo, John y otros como él han nacido con
esa etiqueta y mucho antes de que se les conozca como individuos se les
reconoce como negros.
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Rubin
pareció molesto.
—No
quise ofender.
—No
se preocupe. De todas formas, algunos negros necesitan identificación. De
acuerdo con las convenciones de nuestra sociedad alguien con un solo antepasado
negro es negro. Como yo. Yo soy negro.
—Eso
no tiene importancia para nosotros, señor —dijo Avalon gravemente. —¿Por qué la
iba a tener? —dijo Burry—. Tampoco parece tenerla para algunos
de
los estudiantes. En un llamativo grafito no obsceno en el lavabo de la cuarta
planta pone: «Burry es cuatro quintas partes blanco». De cualquier forma, a
causa de ese antepasado mío, tengo una actitud especial hacia John.
Trato
desesperadamente de dar a un joven así las oportunidades que tendría si su piel
fuera como la mía. En la crisis que se avecina de nuestra época, la especie
humana no puede permitirse desperdiciar cerebros, y éste quizá se desperdicie.
—¿Drogas?
—preguntó Trumbull.
Burry
se encogió de hombros.
—Yerba,
por supuesto. Es un rito de iniciación de los chicos de estos días… como fumar
en pipa lo era para Tom Sawyer, o para Mark Twain, puestos a eso. Y además, a
pesar de todo lo que se habla del daño provocado por la marihuana, está
demostrado que no perjudica tanto como el tabaco, y, sin embargo, fumar tabaco
no sólo es legal y socialmente aceptable, sino que el gobierno subvenciona a
los cultivadores.
—Se
empieza con yerba y se acaba con heroína —dijo Avalon secamente—. Otro rito de
iniciación.
—Algunas
veces, especialmente si ambas son ilegales; por eso el fumador de yerba no ve
mucha diferencia, pero sólo algunas veces. Se puede pasar de beber por
compromiso social al alcoholismo, una adicción tan peligrosa como la heroína y
mucho más común; sin embargo, la sociedad no condena ni prohíbe la bebida por
esa razón.
En
cualquier caso —continuó Burry—, John no le da mucho a la yerba y no tiene
pinta de convertirse en heroinómano. No, me temo que el temperamento de John
marcha en otra dirección… la delincuencia.
—¿Qué
tipo de delincuencia, señor Burry? —preguntó Avalon.
—Nada
especialmente grave. Sospecho que es carterista, roba en grandes almacenes, en
fin, un ladronzuelo. Era sólo una sospecha, hasta esta noche. Ahora me temo que
es una certeza.
—¿Era
sobre eso la llamada telefónica? —preguntó Gonzalo.
—Era
sobre John —dijo Burry con desaliento—. En realidad, era él. Estaba en
problemas y recurrió a mí. Es una pequeña satisfacción. Me ocupé de conseguirle
un abogado y prometí pagar una fianza razonable, en caso necesario. Eso fue lo
que retrasó nuestra llegada. Y sin embargo, ahora sólo siento una satisfacción
mínima por ser de utilidad. Sospecho que fracasé con él desde el principio.
—¿De
qué forma? —preguntó Gonzalo.
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—Si
fuera más ingenioso, podría haberle convencido de que cooperase con la policía.
—No
habría tenido muchas posibilidades, Dan —dijo Halsted—. Cualquier profesor sabe
que en el expresivo léxico de la juventud no existe la palabra «chivato». Los
tipos que mantienen la boca cerrada van a la cárcel, pero son héroes y están
protegidos. Los chivatos pueden no ir a prisión, pero se les margina y
frecuentemente se les golpea.
—Ya
lo sé, Roger —dijo Burry—, no necesito educarme en las costumbres de la calle,
pero podría haberlo conseguido si fuera lo suficientemente listo. Le iré a ver
esta noche después de la cena —si no les importa que me retire a las diez y
media, como muy tarde—, y si él coopera, lo sacaré de la ciudad. Hay entidades
que pueden ayudar en este asunto y ya he recurrido a ellas antes. Los
individuos que queremos atrapar no van a ir a buscarlo a otra ciudad. No
estamos hablando de la mafia.
Avalon
hizo girar su copa vacía y dijo:
—¿Y
de quién estamos hablando, señor Burry?
—De
una organización de peristas de poca monta que emplea a estudiantes como
rateros. Los chicos les traen lo que roban y reciben un porcentaje. Eso les
evita el problema de deshacerse de los objetos ellos mismos… pero si intentan
llevarse los beneficios, y los pescan, les dan una paliza.
—Eso
suena a lo que hacía Fagin —dijo Trumbull.
—Es
exactamente lo que hacía Fagin —dijo Burry—. No supondrá que esa práctica
desapareció con Oliver Twist, ¿verdad?
—Y
supongo que usted está tras el Fagin de la organización —dijo Trumbull. —Desde
luego, detener a los chicos no sirve para nada. Llega un momento en que
salen
y el juego continúa. Y si no salen, los sustituyen con facilidad, y el juego
continúa de todas formas. Hay que coger a los corruptores mismos. Y además —
agregó con tristeza—, a los elementos de nuestra sociedad que permiten estas
cosas.
—Si
fuera posible cambiar a esos individuos —dijo Avalon—, habríamos llegado al
primero de nuestros diez mil años de supuesta civilización.
—Entonces,
al menos a los corruptores —dijo Burry—. Si yo fuera lo suficientemente
ingenioso como para convencer a John de que se presentara conmigo…
Gonzalo
le interrumpió.
—Es
la segunda vez que usted dice que necesita ser lo suficientemente ingenioso.
¿Por qué ingenioso? Persuasivo, me parecería más adecuado. O elocuente, falto
de escrúpulos o amenazador. Pero ¿por qué ingenioso?
Burry
vaciló y se frotó la barbilla, como preguntándose qué decir. Al parecer, se
decidió y dijo:
—La
policía ha estado tras la organización de peristas y, entre otros, me
consultaron a mí. Tenían motivos para creer que algunos estudiantes de mi
instituto estaban involucrados y querían que les ayudara a averiguar quiénes
eran. A decir
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verdad,
no me mostré muy deseoso de hacerlo.
—¿De
chivatear? —preguntó Drake, con rostro inexpresivo.
Por
un momento, Burry se puso rígido de indignación.
—Tiene
razón, no quiero chivatear, pero eso no es más que una reacción emocional. La
cuestión no es ésa. Como ya le he dicho, coger a los jóvenes no resuelve el
problema, sino que además puede convertirlos en verdaderos delincuentes. Si yo
tuviera que buscar a algún joven sospechoso de estar implicado, intentaría que
me facilitase la información necesaria y llevaría la información, no al joven,
a la policía.
—No
creo que usted pudiera obtener la información sólo con razonamientos, señor
Burry —dijo Avalon—. La policía podría tener mejores argumentos que usted.
Trumbull
golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Geoff,
eso es estúpido. Esos chicos son héroes para sus compañeros si resisten ante la
policía, y si un agente intentara sacarle algo por la fuerza, la información
que obtuviera no sólo sería inadmisible como prueba, sino que el policía en
cuestión sería acusado.
—Yo
llamo a eso obstaculizar a la policía en perjuicio del honesto ciudadano — dijo
Avalon.
—Yo
lo llamo obligar a la policía a adoptar un solo patrón de conducta para que
trate a los pobres, los marginados y los que no tienen instrucción con la misma
cautela con que trata a los que tienen dinero y abogados —dijo Trumbull.
—Entonces,
¿por qué no aplicar el patrón único de tratar a todo delincuente adinerado con
la misma brutalidad que a los pobres? —preguntó Avalon.
—Porque
sólo son sospechosos —dijo Trumbull—. Sólo se les puede considerar verdaderos
delincuentes después del juicio y la sentencia, y hasta entonces los detenidos
tienen todos los derechos y privilegios de un americano libre, incluyendo un
tratamiento decente de manos de los guardianes de la misma ley que garantiza
esos derechos. Señor Burry, creo que su actitud es la correcta.
—Se
lo agradezco, pero correcta o no, no funcionó. Lo que la policía necesita son
pruebas. Sospechan quiénes son los jefes de la organización, pero mientras no
los sorprendan in fraganti, rodeados de objetos robados, no pueden probarlo.
Una de las dificultades parece ser que los delincuentes cambian su base de
operaciones con frecuencia, y nunca permanecen en un lugar lo suficiente para
dejar una pista clara. Por supuesto, si supiéramos por anticipado dónde están
tendríamos una oportunidad. Y ésa es la información que tienen los jóvenes,
pues saben a dónde tienen que llevar el botín.
Sin
eso… bien, los barrios más pobres de Nueva York son una increíble madriguera
donde puede desaparecer un destacamento de policía, que no encontraría allí más
que gente de rostro inexpresivo que negaría todo conocimiento de cualquier
cosa. Por la factura de los robos, la policía sospecha que la banda opera en el
West Side de Manhattan, en algún lugar entre la calle 18 y la 125, pero eso no
es mucho.
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Por
mi parte, he estado vigilando a John.
—¿Por
qué a él? —preguntó Drake.
—Dinero
—escupió Burry—. Eso es todo. Vivimos en una sociedad que mide todos los
valores por dinero y que ejerce una presión constante incitando en todos los
medios de comunicación posibles a adquirir bienes materiales que sólo se pueden
conseguir con dinero.
Los
modelos sexuales los establece la jet, y sólo se pueden seguir con dinero.
Entonces, si no tienes dinero, ¿qué haces? Dedicas la vida a adquirir la
preparación necesaria para ganar dinero. ¿Qué sucede si estás convencido de que
las desventajas con las que has nacido te impedirán ganar dinero aun cuando
tengas esa preparación? Quizá abandones e intentes obtener el dinero por el
camino más corto… y así se ha perdido otro joven para sí mismo y para la
sociedad.
—Sí
—dijo Drake—, pero eso les ocurre a muchos estudiantes del instituto, estoy
seguro. ¿Por qué John?
—Por
supuesto, les ocurre a muchos. Por eso es tan fácil reclutarlos. Pero estoy
interesado en John, no le he perdido de vista y en los últimos meses se ha
visto que tiene dinero.
—¿De
qué forma? —preguntó Rubin, quien había estado garabateando distraídamente
signos de dólar sobre su servilleta.
—Lleva
ropa mejor, por ejemplo, y tiene aire de autosuficiencia. Algo así como una
actitud arrogante hacia las chicas. No sirve de nada tener dinero si uno no lo
demuestra, y conozco los signos. No tenía pruebas, por supuesto, y no quería
exponer a John mis sospechas por si resultaba estar equivocado.
El
lunes pasado, cuando me crucé con él en el pasillo por casualidad, tenía un
pedazo de papel en la mano. Me pareció que se lo habían pasado. No le había
estado mirando. Sólo me dio la impresión por el rabillo del ojo. Por supuesto,
no vi quién se lo había pasado, porque era la hora del cambio de clase y los
pasillos estaban atestados. Por cierto, conviene estar alguna vez en los
pasillos a horas imprevistas. La posible presencia de la autoridad impone algo
de disciplina en tales ocasiones, aunque sea mínima.
Burry
suspiró y sonrió con cierta timidez.
—¿Y
qué ocurrió con el papel? —dijo Gonzalo.
—No
tenía razón para pensar que el papel estaba relacionado con los robos, pero me
pareció inusual, y he aprendido a responder inmediatamente a algo inusual.
—«¿Qué
es ese papel que tienes ahí, John?» —le pregunté en lo que esperaba que fuera
un tono amistoso.
—«¿El
papel, señor Burry?» —preguntó, y eso despertó mis sospechas de inmediato.
Repetir una pregunta es casi siempre una forma de ganar tiempo. Así que le pedí
que me lo mostrara; extendí la mano. La mayoría de los estudiantes ya habían
pasado, aunque algunos se volvieron para echar una mirada rápida.
—¿Podía
obligarle a mostrarle el papel? —preguntó Trumbull—. El chico tenía
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derecho
a su propiedad personal, ¿no cree?
—No
hubiera empleado la fuerza, naturalmente —dijo Burry—, pero dentro del
instituto mis poderes para imponer la disciplina son, en teoría, considerables.
Podría haberlo expulsado de clase por negarse a obedecer, y eso lo hubiera
puesto en una situación desagradable. Le gustaban las clases. En cualquier
caso, obedeció. Vacilando un tanto, dijo:
—«Es
sólo un pedazo de papel que he cogido del suelo, señor Burry». —Lo miró
despreocupadamente y me lo entregó diciendo con aire de virtud herida—: «Iba a
tirarlo a la papelera, señor Burry. Usted no quiere que los pasillos estén
sucios».
Resistí
la tentación de contestarle que un pedazo de papel más no representaba ninguna
diferencia entre los muchos que había por el suelo, y dije:
—«Me
agrada tu pulcritud. Yo me ocuparé de tirarlo a la papelera» —y me guardé en el
bolsillo sin mirarlo. Luego le pregunté cómo iba con los estudios y me
respondió con bastante tranquilidad. No parecía inquieto porque yo tuviera el
papel en mi posesión.
Esperé
a estar de vuelta en mi despacho para mirarlo, y debo decir que sufrí una
desilusión. Era una hoja de papel mecanografiada, fotocopiada, no muy
profesional, y en ella se animaba a los estudiantes a exigir una educación
decente, un mensaje con el que estuve de acuerdo de todo corazón. Pero allí no
había nada comprometedor… o, al menos, yo no vi nada comprometedor. No podía
confiar en mi propio juicio sobre la materia, de modo que llamé al teniente
detective que había hablado conmigo por el asunto de la organización de
peristas. Me visitó después de las horas de clase, de paisano, por supuesto, y
le mostré la nota sin decirle el nombre del joven que me la había entregado.
—Seguramente,
él preguntó su nombre… —dijo Trumbull.
—Le
conté la historia de forma que ningún nombre apareciera implicado. Trumbull,
que, como especialista en mensajes cifrados, quizá estuviera
particularmente
interesado, dijo:
—Omitiendo
información, usted puede haber privado al teniente de pistas vitales para
comprender el mensaje.
—Él
no lo pensó así —dijo Burry—. Se rió y me dijo que era una tontería. Creo que
hubiera roto el papel si yo no lo rescato… quizá por desilusión, pues cuando lo
llamé debió de darle la impresión de que tenía algo. Lo he estado estudiando yo
mismo durante los últimos días. Por Dios, si hasta traté de calentarlo sobre
una placa por si había algo escrito con tinta invisible.
Ahora
es demasiado tarde. John fue detenido en lo que debe haber sido el escondrijo
de esos tipos. Le sorprendieron en posesión de artículos robados. John me llamó
desde la comisaría; ésa fue la llamada telefónica. Y yo hablé con mi amigo
detective. Y quizá si hubiera sido lo suficientemente listo como para
comprender la nota, podría haber evitado que John fuera allí.
—Eso
si la nota tiene sentido —dijo Avalon—. No todo escrito inocente oculta un
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secreto
culpable.
—Pero
éste sí —dijo Rubin, con los ojos brillantes, la voz estridente—. Permítame
hacerle algunas preguntas, señor Burry. Usted dijo que John fue detenido. No
mencionó nada más, ni siquiera las circunstancias. ¿Estaba solo?
—Creo
que sí.
—¿Sabe
si John tenía el papel desde hacía rato cuando usted lo vio, o se lo acababan
de dar?
—No
puedo responder a esa pregunta con seguridad, señor Rubin —dijo Burry
—:,
pero tengo la impresión de que se lo acababan de pasar cuando lo vi. Desearía
haberme fijado en quien se lo pasó, pero no pude.
—Entonces
el mensajero estaba allí —dijo Rubin con tono triunfal— y vio que usted le
preguntó a John sobre el papel y que él se lo entregó. El mensajero volvió con
esa información a los jefes de la banda, y ellos consideraron la posibilidad de
que John hablase. Si la nota contenía algún tipo de información que le indicaba
a John a dónde debía llevar los objetos robados, cambiaron la dirección
rápidamente. Como ya no podían confiar en John, no le avisaron del cambio y fue
solo al antiguo lugar de reunión, donde fue detenido.
—Espera
—dijo Trumbull—. No sigas. ¿Cómo conocía la policía el lugar de reunión, el
antiguo o el nuevo?
Burry
se miró los dedos y dijo:
—Según
mi amigo detective, con quien he hablado antes de venir aquí, John había estado
bajo vigilancia por algún tiempo. A pesar de que yo no dije nada — agregó con
rapidez—. Se le había identificado en el escenario de un robo… no con
seguridad, desde luego, pero lo vigilaban. Yo no sabía nada de eso.
—Entonces,
si usted no hubiera cogido ese papel —dijo Trumbull— y despertado sospechas,
suponiendo que Manny Rubin esté en lo cierto, John habría conducido a la
policía al escondrijo y, por lo tanto, a algunos de los jefes de la banda.
Burry
asintió.
—Ya
se me había ocurrido.
—¿Cómo
demonios podía el señor Burry saber eso, Tom? —preguntó Gonzalo acaloradamente.
—Ahora
vuelvo al punto inicial —dijo Trumbull—. Nuestro invitado mostró la nota al
detective, que no le dio importancia. No mencionó el nombre del joven que se la
había dado y dijo que podría ser una prueba importante. Yo tenía razón. Si el
detective hubiera sabido que la nota procedía de un joven bajo vigilancia,
habría tratado el asunto mucho más seriamente.
—Tiene
razón —dijo Burry—. Tendré que decirles todo ahora.
—Espere
—dijo Gonzalo—. Tengo una idea mejor. ¿Por qué no les dice lo que significa esa
nota? Si pudiera ayudarles, ellos quizá accederían a no ser muy duros con John,
si usted se lo pide.
—John
—dijo Avalon— puede estar pensando a estas horas que le traicionaron;
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que
la banda le dejó deliberadamente ir a una trampa para castigarle, por entregar
el papel. Es posible que ya esté dispuesto a cooperar.
—El
problema es —dijo Burry— que no sé qué significa la nota, de modo que no puedo
utilizarla para pedir indulgencia a la policía ni cooperación a John.
—¿Recuerda
qué decía el papel, señor Burry? —preguntó Gonzalo con impaciencia.
—No
es necesario —dijo Burry—. Lo tengo aquí. Lo llevo en el bolsillo desde que lo
cogí… y de vez en cuando lo saco y me lo quedo mirando, aunque no me ha servido
de nada.
Sacó
el papel. Estaba muy doblado y arrugado. Lo desplegó, lo alisó y se lo pasó a
Gonzalo. Dio la vuelta a la mesa y llegó a Drake, quien se lo pasó a Henry, aun
cuando Burry había tendido la mano para recogerlo. Henry lo miró con rapidez y
se lo devolvió a Burry.
La
mecanografía no parecía profesional, como tampoco la calidad de la fotocopia.
Tenía
un título en mayúsculas:
CONTRA
LA DISCRIMINACIÓN NACIONAL DE NUEVA YORK.
Y
abajo decía: «Únete a la manifestación ante el Ayuntamiento el 20 de octubre.
Exijamos que el Congreso reconozca los derechos de los pobres a recibir una
educación digna. No es una desgracia haber nacido en Nueva York. Somo
americanos, tan americanos como los habitantes de Tar Heel, Carolina del Norte,
y queremos nuestros derechos de norteamericanos. Ni más ni menos».
—¿Eso
es todo? —preguntó Avalon sorprendido.
—Eso
es todo —dijo Burry.
—Es
un mensaje bastante estúpido —dijo Avalon—. ¿Por qué manifestarse ante el
Ayuntamiento? El Ayuntamiento no puede hacer nada. Además, no van a atraerse
las simpatías de las pequeñas ciudades burlándose de ellas. ¡Tar Heel, Carolina
del Norte! Admito que a los habitantes de Carolina del Norte se les llama
«tarheeler» porque desde hace mucho se produce en ese Estado resina y brea de
pino, pero ese tipo de apodo sólo suena bien cuando lo utilizan los que se
llaman así. Inventarse un nombre como Tar Heel, Carolina del Norte, es un
insulto deliberado. Es como si un sureño dijera Dam Yankee[9], Massachusetts.
¿Qué esperan ganar con ello?
—Nada
—dijo Rubin, sonriendo—, porque no hay ninguna llamada a la acción. Sospecho
que no hay ninguna manifestación programada para el 20 de octubre, ¿no es así,
señor Burry?
—No
lo sé —dijo Burry—. No tengo noticia de ninguna.
—Entonces
tiene que haber un mensaje —dijo Rubin.
—¿Dónde?
—preguntó Burry—. He tratado de descifrarlo fijándome en las letras iniciales y
finales, tomando cada segunda palabra, cada tercera palabra. No pude encontrar
nada.
Mario
Gonzalo sacudió la cabeza lentamente y con un aire de superioridad un
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tanto
insufrible.
—No
es posible que sea algo así, señor Burry. Podría habérselo dicho antes de ver
la nota.
Hubo
un momento de completo silencio y cada uno de los miembros de los Viudos Negros
contempló fijamente a Gonzalo.
—Dios
mío —dijo Drake, entornando los ojos tras el humo del cigarrillo—, parece
Sherlock Holmes.
—Si
no te importa —dijo Gonzalo—, hay cinco dólares de apuesta, de modo que
limítate a escuchar. —Puso a un lado la libre caricatura de Burry que había
estado haciendo durante la discusión y dijo—: John cogió el mensaje cuando el
señor Burry estaba mirando y se lo entregó enseguida. Pero primero lo vio, ¿no
es así, señor Burry? ¿Sólo le echó un vistazo?
Burry
vaciló y dijo:
—Sí,
sólo una mirada rápida.
—¡Exacto!
Si era un mensaje, tenía que ver cuál era antes de dárselo, y si un vistazo fue
suficiente, no tuvo tiempo de descifrarlo a base de primeras o últimas letras,
o combinando palabras. Y si sólo echamos una mirada a la nota, veremos lo que
él vio.
—¿Y
tendrías la amabilidad de decirnos qué es lo que tú ves? —dijo Rubin con
excesiva cortesía.
—Te
he dicho lo que hay que buscar al comienzo de la velada —dijo Gonzalo—. Lo que
no viene al caso. Tar Heel, Carolina del Norte, no viene al caso. Podrían haber
inventado cualquier otro nombre… Jet Air, Utah, o Lollipop, Dakota del Sur.
¿Por qué precisamente Tar Heel? Porque es la clave. John le echó un vistazo
para ver el nombre de la ciudad, y una vez que lo supo, como eso era todo lo
que necesitaba, ya podía entregar el papel.
—Bien
—dijo Avalon pensativo—, puede que tengas algo de razón.
—No
creo —dijo Rubin—, a no ser que Mario pueda decirnos qué significa Tar Heel,
Carolina del Norte.
—Podría
ser una anagrama.
—¿De
qué tipo?
—He
estado pensando uno —dijo Gonzalo—: «Al, the not real corn hair». Hubo un
espeso silencio, y Trumbull golpeó la mesa con el puño. —Maldita sea, Mario,
¿qué significa eso?
—No
lo sé. Podría ser otro anagrama. O un criptograma. O puede que haya un libro
con una lista de palabras equivalentes. Quizá signifique: «Cuidado. Los polis».
No lo sé. Pero significa algo.
—Es
de gran ayuda decirnos que significa algo —dijo Rubin.
—Entonces
pensemos un poco —dijo Gonzalo, con tono apesadumbrado—. No perdemos nada si
pasamos algunos minutos tratando de descifrar el anagrama, o lo que sea, y
quizá descubramos qué significa.
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Pasaron
varios minutos en un silencio absoluto y, por fin, Burry miró su reloj y
suspiró.
—Ya
es hora de que vaya a la comisaría —dijo—. Supongo que la nota no tiene sentido
realmente.
—Dan
—dijo Halsted, pasándose la mano por el cabello—, la verdad es que no podemos
llegar a ninguna conclusión hasta que le preguntemos a Henry.
—¿El
camarero?
—Sí,
claro. Tiene un don poco común para ver lo obvio. Pero ahora yo no lo veo a él.
¡Henry!
La
cabeza de Henry apareció mientras subía las escaleras con una rapidez muy
diferente de su acostumbrada suavidad de movimientos.
—Le
ruego que me disculpe, señor Halsted —dijo—, pero no tenía la intención de
alejarme mucho rato. ¿Puedo hacer una pregunta al señor Burry?
Burry
se había levantado y ya se dirigía al guardarropa.
—Sí
—dijo—, pero espero que no sea demasiado complicada.
—A
menos que usted haya dicho algo durante el breve intervalo en que estuve
ausente, señor, creo que no mencionó el lugar —la dirección— en que detuvieron
al estudiante.
—No,
no lo hice.
—¿Conoce
el lugar?
Burry
se mordió el labio inferior y pensó por un momento.
—Lo
mencionaron. Sí. Pero creo que no lo recuerdo.
—¿Era
por casualidad el 283 de la calle 92 Este? —preguntó Henry.
Por
un momento, Burry contempló estupefacto a Henry, luego se sentó.
—Sí,
lo era, ahora que usted lo menciona. Esa es precisamente la dirección. ¿Cómo lo
supo?
—Está
en la nota, señor.
—¿Dónde?
—preguntó Avalon—. Muéstranos dónde.
—El
razonamiento del señor Gonzalo me pareció correcto en cada detalle cuando
señaló la importancia de lo que no viene al caso y, por tanto, la importancia
de la ciudad de Tar Heel, Carolina del Norte. Daba la impresión de que era un
nombre inventado, pero se me ocurrió que podría ser real. Muchas ciudades
pequeñas de Estados Unidos tienen nombres peculiares. Tar Heel sería un nombre
serio y conservador comparado con algunos otros. Y si fuera real, tendría un
significado inequívoco, de modo que fui a comprobarlo.
—¿Quieres
decir que hay un Tar Heel, Carolina del Norte? —preguntó Avalon.
—Así
es, señor Avalon.
—¿Está
en el diccionario geográfico?
—Puede
ser, pero yo probé otras fuentes. El registro que incluye todos los lugares
habitados de Estados Unidos lo suficientemente grandes como para tener una
oficina de Correos es la Guía de Códigos Postales, y tenemos una abajo. En ella
aparece Tar
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Heel,
Carolina del Norte, con su código postal, por supuesto. La Guía es el libro al
que el señor Gonzalo se refería cuando hablaba de una lista de palabras
equivalentes.
—Estaba
pensando en frases —dijo Gonzalo.
—Son
números, pero eso es un mero detalle. Por supuesto, el número equivalente es
único. Tar Heel tiene el código postal 28 392 y no otro, y si el escondrijo
está en el Upper West Side, el 283 de la calle 92 Oeste podría ser una
interpretación. Indudablemente, sería posible utilizar distintos códigos para
el lado Este o el lado Oeste, no utilizar todos los números, como el 2 de la
calle 92 Oeste, o si se trata de una calle con nombre, como la Avenida
Ámsterdam. Sin embargo, el predominio en Manhattan de calles y avenidas
numeradas hace que un código postal, si podemos utilizar la expresión, sea
particularmente útil.
—¿Cómo
no pensé en eso? —dijo Burry con expresión desolada.
—Siempre
nos preguntamos lo mismo —gruñó Drake— después de que Henry observa lo que
nosotros no vemos.
—Si
le muestro esto a la policía, verán que la correspondencia entre el código
postal y la dirección no puede ser una coincidencia. Y si saben eso, pueden
averiguar más.
—Si
estudian la nota —dijo Rubin—, pueden averiguar algo sobre la máquina de
escribir, la fotocopiadora, etc. Y si usted expone a John lo que ya sabe y le
indica que la banda supondrá que la información provino de él, podría estar
dispuesto a decir algo más. Con ellos está en un grave aprieto, pero puede
mejorar su posición.
Burry
cogió la chaqueta y el sombrero.
—Gracias,
gracias a todos. Gracias, Henry —y se marchó apresuradamente.
—Final
feliz —dijo Avalon.
—No
para todos —dijo Henry.
—¿Qué
quieres decir?
—El
señor Gonzalo tenía la respuesta, sólo falló en el insignificante paso final —
dijo Henry—. En mi opinión, el señor Rubin le debe cinco dólares.
Epílogo
A
finales de enero de 1978 asistí a una convención de aficionados a la literatura
de misterio en la Mohonk Mountain House (cerca de New Paltz, Nueva York), Era
el segundo de unos encuentros que debían tener lugar anualmente y resultó
exactamente igual de divertido que el primero. Al acabar, se celebró una
subasta a
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fin
de obtener fondos para el Mohonk Trust Fund, y una de las cosas subastadas fue
que el mejor postor tuviera el privilegio de que su nombre apareciera en uno de
los relatos de los Viudos Negros.
El
adjudicatario fue Dan Burry y tres meses más tarde, cuando escribí «¡No viene
al caso!», di el nombre de Dan Burry al invitado al banquete. Utilicé sólo el
nombre, por supuesto, y no la apariencia, el trabajo o cualquier otra cosa
relacionada con él.
El
relato apareció en el número de marzo de 1979 de la EQMM con el título de «Eso
es algo que no viene al caso», pero, como es habitual, preferí acortar el
título y devolverle el mío.
El
relato salió justo antes de la tercera reunión anual de aficionados a la
literatura de misterio en Mohonk, y Dan Burry estaba radiante de alegría. Dijo
que, por una curiosa coincidencia, los puntos de vista del Dan Burry de ficción
eran muy semejantes a los suyos.
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VIII
NO
HAY PEOR CIEGO…
ROGER
HALSTED, cuya voz era normalmente suave, en ocasiones adoptaba un tono enérgico
cuando el asunto en discusión era algo que atañía a sus aficiones preferidas.
—Estás
equivocado, Manny —dijo—. No sólo son las quintillas una forma poética
auténtica y respetable, sino qué son al lenguaje inglés lo que el haiku al
japonés, una auténtica y peculiar adquisición.
La
amplia frente de Halsted estaba enrojecida y su ligero tartamudeo crecía a
medida que aumentaba su apasionamiento. Los otros presentes en la reunión
previa al banquete mensual de los Viudos Negros permanecían en silencio,
sorprendidos por el ataque de Halsted a Emmanuel Rubin.
Rubin,
que se apasionaba incluso con los partes meteorológicos, ardía de impaciencia.
—¿Estás
tratando de decirme, Roger, que no se pueden escribir quintillas en otras
lenguas? —dijo.
—Por
supuesto que no —dijo Halsted—. Conozco un buen número de quintillas en francés
y alemán. Sólo que no suenan tan naturales en esas u otras lenguas como en
inglés. No son idóneas para eso. Por el amor de Dios, se puede escribir haikus
en inglés; sólo se trata de contar las sílabas, pero no causan el mismo efecto
que en japonés.
—Eso
es una tontería subjetiva —dijo Rubin, con su rala barba gris encrespada de
beligerancia—. Todo consiste en acostumbrarse. Enseña haikus a los niños
americanos en la escuela primaria y aprenderán a apreciarlos tan bien como los
niños japoneses en japonés.
—Tú
olvidas el hecho de que las sílabas en japonés tienen un sonido más regular que
en inglés. Y por lo que respecta a las quintillas, lo que cuenta es la anarquía
del lenguaje inglés.
—Tú
lo llamas anarquía, Roger, porque no conoces la gramática.
—De
eso se trata —dijo Halsted—. La gramática inglesa es increíblemente vaga.
Prácticamente no consiste nada más que en excepciones. Y el vocabulario inglés,
a través de una serie de accidentes históricos, es mucho mayor que el de
cualquier otra lengua. Cada palabra inglesa tiene al menos veinte sinónimos,
ninguno de los cuales posee exactamente el mismo significado.
—Estoy
de acuerdo con la flexibilidad del inglés —dijo Rubin.
—Entonces
estás de acuerdo con mi argumento. La quintilla se compone de trece pies
métricos divididos en cinco versos con tres, tres, dos, dos, tres pies cada
uno. En cada verso hay dos sílabas no acentuadas entre cada una acentuada, una
o dos sílabas no acentuadas al comienzo de cada verso, y ninguna, una o dos
sílabas no acentuadas
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al
final de cada verso. Si…
En
este punto, Mario Gonzalo, el artista de los Viudos Negros, que había seguido
la discusión con un martini, y estaba saboreando ambos, dijo:
—Continúa,
Roger, ya sabemos lo que es una quintilla.
—Lo
que quiero decir —dijo Halsted— es que sus reglas de composición son rígidas y
apenas dejan margen para variaciones. Podemos construirlas en inglés porque
podemos elegir entre una palabra o su sinónimo, alterar el orden de palabras,
utilizar un sustantivo como adjetivo, etc. En otras lenguas no tienes tanta
libertad… no hay suficientes sinónimos, el orden de la frase es demasiado fijo,
las propiedades de las palabras son demasiado rígidas.
En
este punto, el único presente que no pertenecía al club, el invitado traído por
el anfitrión de la velada, les interrumpió con vehemencia. Había estado
escuchando la discusión, esperando una oportunidad para intervenir, y ahora
dijo:
—Mi
quintilla favorita es: «From a crypt in the church of St. Giles…»[10]. —¡Bien!
—dijo Halsted—. Tomemos ésta. Frecuentemente he oído citar el
segundo
verso así: «Came a scream that rang out for a mile»[11]. ¡Pero no se ajusta a
las reglas! Entre las dos sílabas acentuadas «scream» y «rang» sólo hay una
sílaba no acentuada.
—No
es así —dijo James Drake, pasándose la mano por su pequeño bigote gris, como
para asegurarse de su microscópica presencia—. Puedes decir «Came a scream that
rang out for a mile».
Halsted
pareció molesto.
—De
esta forma alteras el ritmo normal del inglés. Si leyeras el verso como si
fuera prosa y colocaras el acento en «out», parecerías un analfabeto. Puedes
decir «Came a screaming that rang out for a mile», pero ahora tenemos tres
sílabas no acentuadas entre «rang» y «mile», lo cual tampoco está permitido. De
modo que si lo cambias por «Came a screaming that rang out for miles», suena
mejor y, además, conserva el ritmo, una cuestión en la que la mayoría de los
aficionados a las quintillas son extremadamente puntillosos. Sin embargo, la
frase «came a screaming», aunque permisible en inglés —como casi todo—, es un
poco innatural. Así que si la cambias por «Came a scream that resounded for
miles» tienes un verso perfecto para una quintilla.
Entonces
se escuchó la profunda voz de barítono de Geoffrey Avalon elevándose sin
esfuerzo sobre la conversación.
—Y
como Henry está tratando de decirte, Roger, tenemos un banquete perfecto
esperándonos, si tú te callas y permites que todo el mundo se siente.
Henry,
cuya función de camarero en el banquete mensual lo convertía en el hombre
indispensable de la velada, dijo suavemente:
—No
puedo garantizar la perfección, caballeros, pero tenemos un ganso asado que
creo encontrarán aceptable.
Halsted
se sentó de inmediato. Se rumoreaba que la única forma de detenerlo en
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la
composición de quintillas era colocándole un plato de comida delante, y el
propio Halsted admitió más de una vez la posibilidad de que hubiera algo de
cierto en ello. Era un hombre de buen diente, decía.
El
invitado se dirigió a Halsted nuevamente cuando todos hubieron acabado con los
champiñones rellenos y los platos estuvieron cubiertos de huesos.
—Entonces,
¿usted ya conocía la quintilla de San Giles? —preguntó.
Thomas
Trumbull, frunciendo su broceada frente bajo la mata de cabello blanco, dijo:
—El
conoce todas las quintillas que existen y, gracias a su insufrible manía y a
nuestra incomprensible tolerancia, nosotros también.
—Como
es habitual, Tom, has llegado tarde —dijo Avalon— y no he tenido la oportunidad
de presentarte a mi invitado. Ananías St. John, primo de mi esposa, pero un
tipo estupendo.
—¿Ananías?
—dijo Trumbull, con una pensativa mirada en los ojos.
—Ananías
—dijo St. John con jovialidad—. Mis padres tenían un perverso sentido del
humor. Sin embargo, la Biblia se lee tan poco en estos tiempos, que se pierde
la alusión natural. Bueno, casi; creo que la última semana, no ocurrió. Por lo
general el problema está la pronunciación. Lo que me recuerda, Geoff, por favor
olvida tu anglófilo amor por la elisión y no pronuncies mi apellido Sinjon.
Acentúa la última sílaba y di Sinjohn, o mejor aún, no suprimas nada y
pronuncia Saint John.
—La
elisión puede ser útil —dijo Halsted—: «There was a young fellow named Sinjon,
who said to his wife, “Honest Injun”…»[12].
—Maldición,
Roger —vociferó Trumbull—, no nos tortures más con otra quintilla, a menos que
encuentres para St. John alguna rima, por execrable que sea.
Halsted
dijo suavemente:
—«I
was having no fling, with that pretty young thing. Just a small bit of fatherly
pinchin…»[13].
—«Execrable»
es la palabra, de acuerdo, Tom —dijo Avalon.
—¿Podéis
hacerlo mejor vosotros? —exigió Halsted.
—¿Y
a quién le importa? —dijo Trumbull—. Desear componer una quintilla mejor es la
marca de un hombre con ambiciones microscópicas.
Avalon
dio unos golpecitos en su vaso de agua, mientras Henry servía el brandy con su
acostumbrada discreción.
—Roger
—dijo Avalon—, has estado antes inusitadamente agresivo. Supongo que podemos
aprovechar tu impetuosidad y pedirte que comiences el interrogatorio ahora.
Trumbull
dejó oír un gruñido de desaprobación.
—Vamos,
Geoff. Roger hará que esto se transforme en un concurso de quintillas y
entonces juro que me marcho.
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El
rostro de Avalon se puso serio.
—Como
anfitrión, yo tomo las decisiones y no hay apelación. Roger, dirige el
interrogatorio y que no salga el tema de las quintillas.
—Por
supuesto que no. Ya he dicho lo que tenía que decir —respondió Halsted, con las
cejas levantadas—. Señor St. John (pronunció el nombre cuidadosamente,
acentuando las dos palabras), aunque no sea obligatorio, solemos pedir al
invitado que justifique su existencia, pero en este caso no lo haré. Si lo
hiciera, nos iríamos por la tangente y, en este caso, quiero llegar
directamente a un punto sin quintillas…
—¡Interroga!
¡No hagas oratoria! —refunfuñó Trumbull.
—Tranquilo,
Tom —dijo Avalon, con un gesto rígido.
—Antes,
durante la cena —continuó Halsted—, usted dijo que pocas personas captaban la
alusión de su nombre, Ananías. Se refería, por supuesto, al hecho de que se
utiliza metafóricamente para designar a un mentiroso.
—Así
es —dijo St. John alegremente—. Ananías y su esposa, Safira, vendieron una
propiedad y fraudulentamente se quedaron con parte del precio, por lo que Pedro
hizo que murieran. Está al comienzo del capítulo V de los Hechos.
—¿Nunca
ha pensado en cambiarse de nombre? —preguntó Rubin.
—¿Por
qué habría de hacerlo? —dijo St. John—. Me gusta. Me otorga un poco de
individualidad. Soy el único Ananías que he conocido y eso me agrada.
—Volvamos
al asunto —dijo Halsted—. Usted dijo que la semana pasada le hicieron
alusiones. En otras palabras, alguien pensó que usted es un mentiroso. ¿Por
qué?
St.
John frunció el ceño y su redondo rostro cobró una expresión ansiosa. —¿He
dicho algo sobre la semana pasada?
—Lo
dijo —dijo Drake, asintiendo—. Yo también lo oí.
—No
debería haberlo hecho —dijo St. John—. Se me había pedido que no hablara de
ello.
Trumbull
se inclinó hacia adelante con interés y exclamó:
—¡Un
momento! ¿Es usted el St. John relacionado con el incidente en Winston Arms?
—Yo
vivo en Winston Arms —dijo St. John cautelosamente, como esperando que le
cogieran en una trampa.
—Bien.
Todo lo que yo conocía era su inicial. Si hubiera sabido el nombre, lo habría
reconocido al instante de presentarnos. Mire, señor St. John, el incidente no
está exactamente bajo mi jurisdicción y sólo lo conozco de oídas, pero no hay
problema en hablar de ello aquí. Todo lo que se dice aquí no sale de estas
paredes, y eso incluye a Henry, nuestro estimado camarero.
La
cautela no abandonó a St. John.
—¿Cómo
sé que usted tiene autoridad para…?
—No
te preocupes, Ni —dijo Avalon—. Si Tom dice que puedes continuar, es que puedes
hacerlo. Lo único que me fastidia es que siempre elijo mis invitados
cuidadosamente
para evitar estos malditos misterios. St. John es ingeniero eléctrico, con una
vida impecablemente tranquila, y mirad ahora.
—Ocurrió
la semana pasada, Geoff —dijo St. John débilmente—. Lo siento.
—¿Quiere
contarnos el problema? —dijo Halsted.
Tras
un momento de vacilación, St. John dijo:
—Resumiendo,
he encontrado a un hombre muerto y no estoy seguro de que el FBI no piense que
yo sea el asesino.
Los
miembros de los Viudos Negros lanzaron un suspiro colectivo.
—¡Asesinato!
—susurró Gonzalo—. Rara vez tenemos algo así.
—¡Dejadle
que se explique! —exclamó Halsted—. ¿Quiere usted comenzar desde el principio,
señor St. John?
—No
hay mucho que decir —dijo St. John—. El viernes pasado salí de mi apartamento
en Winston Arms para hacer unos recados. Tenía el día libre y mi esposa pensó
que yo debía hacer algunas compras. Quizá creyó que el ocio desacostumbrado
podía herir mi fibra moral. Estaba tratando de cerrar la puerta —tres
cerraduras en Nueva York, por supuesto— cuando, detrás mío, escuché que se
abría la puerta del ascensor. Eso significaba que alguien estaba saliendo o
entrando en él, de modo que grité: «Espere, por favor», pues a veces tienes que
quedarte cinco o diez minutos esperando el ascensor si pierdes una oportunidad.
Cuando llegué allí, las puertas de los tres ascensores estaban cerradas. No
había nadie a la vista y en los diez segundos que tardé en llegar al ascensor
nadie pudo haber salido y desaparecer en un apartamento. Eso significaba que
alguien había entrado en el ascensor.
Rubin,
que vivía en un gran bloque de apartamentos, dijo:
—Los
ascensores pueden fallar. Quizá se detuvo en su piso porque la señal no
funcionaba, pero nadie entró ni salió de él.
—En
realidad —continuó St. John—, todo indica que alguien entró… de hecho, un
asesino, así que, desde un punto de vista egoísta, tuve suerte al estar de
espaldas al rellano, ocupado en cerrar las tres cerraduras. Si lo hubiera visto
y hubiera tratado de entrar en el ascensor con él, seguramente habría intentado
asesinarme a mí también.
—¿Qué
hora era? —preguntó Halsted.
—Hacia
las cuatro de la tarde.
—Creo
que tenía muchas posibilidades de ser visto.
—No
necesariamente —dijo St. John—. Por la mirilla de la puerta por la que salió
podía ver todo el rellano. Imagino que se aseguró de que estaba vacío antes de
salir para llamar al ascensor. Claro, yo no sabía nada de eso entonces. Sólo
sabía que alguien no me había esperado para bajar y me sentía un poco irritado
mientras caminaba de arriba abajo para pasar el tiempo. La espera de un
ascensor siempre parece el doble de larga si uno permanece de pie mirando
fijamente la puerta cerrada.
Al
final del pasillo, en el extremo opuesto a mi apartamento, había una puerta
entreabierta, desde la cual me llegó nítidamente un gemido. Grité: «Eh, ¿sucede
algo?», y empujé la puerta para abrirla un poco. El gemido se hizo un poco más
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fuerte
y pensé que había oído la palabra «ayuda». Entré, sin muchas ganas. Es fácil
burlarse, pero meterse en un lío puede ser un problema y, de hecho, lo fue.
Había
un hombre agonizando en la sala de estar. Le habían apuñalado y aún tenía el
puñal clavado en el pecho. Me disculparán si no doy detalles, pero no me
divierten esas cosas. Había visto a aquel hombre en el ascensor varias veces y
nos habíamos esperado en alguna ocasión, pero nunca hablamos. Ya saben, en
Nueva York se suele ignorar a los vecinos.
Yo
estaba casi paralizado. No soy médico; no sabía qué hacer. Debería haber salido
corriendo pidiendo ayuda, o haber vuelto a mi apartamento para avisar al
portero por el interfono. Pero me quedé allí inmóvil y él me miró y dijo muy
claramente: «El hombre ciego», y los tendones de su cuello se aflojaron. Nunca
había visto morir a nadie, pero no tuve dudas de que eso es lo que había
pasado.
St.
John hizo una pausa en ese punto, y dijo:
—Camarero,
¿podría servirme otro brandy?
Henry,
como siempre, pareció haberse anticipado a sus deseos.
Los
Viudos Negros permanecieron en silencio y, finalmente, St. John se aclaró la
garganta y dijo:
—Tampoco
entonces supe qué hacer. ¿Cómo podía estar seguro de que había muerto? ¿Se
suponía que debía aplicarle los primeros auxilios para salvarle… cuando yo no
sabía nada de primeros auxilios? Además, también pensé que si estaba muerto, no
debía mover el cuerpo ni tocar nada. Tenía miedo de tocar hasta el teléfono,
pero cogí el auricular con un pañuelo y llamé a la policía.
Después
fui a mi apartamento para contarle a mi esposa lo sucedido, y a ella le costó
tranquilizarse, como pueden imaginar. Luego volví a donde estaba el hombre
muerto para esperar a la policía.
—¿Cómo
no he visto la historia en los periódicos? —dijo Gonzalo—. Un asesinato en una
casa de apartamentos elegante suele aparecer en la esquina izquierda de la
primera página del Times y en alarmantes titulares en el News y el Post.
St.
John se encogió de hombros.
—Sospecho
que han intentado mantener la máxima discreción posible sobre el caso. De todas
formas, la noticia circuló por la casa porque mi esposa había llamado al
administrador. Los inquilinos ya se habían reunido una vez por el problema de
la seguridad, pero esto no tiene nada que ver con esta historia.
El
hecho es que cuando la policía llegó, había agentes de inteligencia con ellos,
y uno de ellos fue quien me interrogó. Cuando le di mi nombre, me miró
fijamente y me preguntó si tenía el carné de conducir conmigo. Parecía creer
que le había dado un nombre falso. Se lo enseñé, junto con varias tarjetas de
crédito, y allí estaba Ananías, bien claro.
—«¿Conocía
bien a este hombre?» —me preguntó.
—«No
—le dije—. Nos hemos encontrado en el pasillo o en el ascensor, pero nunca
hablamos».
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—«Eran
vecinos. Vivían en el mismo piso».
Traté
de explicarle la costumbre de Nueva York. Me escuchó, sin ninguna expresión en
su rostro.
—«¿Ha
cambiado algo de sitio en la habitación?» —preguntó.
—«Nada
en absoluto —le respondí—. Sólo toqué el teléfono, aunque también empujé la
puerta, caminé sobre el suelo y quizá haya puesto una mano sobre algún mueble».
No
estaba tratando de hacerme el gracioso. Sólo quería ser completamente honesto.
—«¿Hizo
usted eso?» —me preguntó.
Señaló
una persiana de la ventana, que colgaba torcida, como si la hubieran roto,
luego algunos libros sobre una mesa de café, que parecían descolocados. Ni
siquiera me había dado cuenta, y se lo dije. Me preguntó si había tocado alguno
de los ceniceros y le dije que no.
Me
pidió que le contara qué había sucedido, y yo lo hice… exactamente como lo he
contado ahora.
—«Entonces,
en su opinión, ¿fue un hombre ciego el que vino aquí e hizo esto?» —me
preguntó.
Le
dije que no tenía tal opinión. El hombre agonizante había dicho «El hombre
ciego», y eso era todo. No había dicho que el ciego lo hubiera apuñalado o
hubiera hecho alguna otra cosa. Tres palabras y murió.
—«¿Qué
piensa usted que quiso decir?» —dijo el agente.
—«No
lo sé» —le respondí—. Pero ahora estaba muy asustado porque me parecía ver
adónde iba todo a parar. No había verdaderas señales de lucha. No parecía que
hubieran buscado algo en concreto y quizá no habían robado nada. Parecía una
súbita riña entre dos amigos. Y allí estaba yo, en el mismo piso. Podía haber
sido el amigo. Podía haberlo asesinado y tratar de cubrirme llamando a la
policía con una historia sobre un asesino bajando por el ascensor y el muerto
murmurando palabras sin sentido.
Finalmente,
me dejaron marchar, pero no antes de que yo empezara a creer que me iban a
detener. Sin embargo, estoy convencido de que si no me llamara Ananías, ese
agente no habría estado tan seguro de que estaba mintiendo y no me habría hecho
pasar por un trance tan duro. De cualquier modo, me advirtieron que no hablara
de ello, y eso es todo. Ya tienen la historia.
Trumbull
rompió el silencio.
—Estoy
seguro de que su nombre nada tuvo que ver con ello, señor St. John. Lo cierto
es que el caso es más delicado de lo que usted imagina, y por eso hay que
mantener una reserva razonable. Lo que voy a hacer —si puedo salir de mi
asombro por la coincidencia de tenerlo a usted aquí una semana después de los
hechos— es
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decirle
tan poco como sea posible, pero tanto como sea necesario.
La
verdad es que el muerto, al que llamaré Jones, era un agente secreto. Qué y a
quién estaba investigando no nos importa aquí, pero era un asunto tan delicado
que actuaba en solitario sin ponerse en contacto con nosotros, excepto en raras
ocasiones, y aun entonces por medio de intrincados conductos, cuyos detalles no
conozco. Como he dicho, yo no estaba relacionado directamente con su misión.
Vivía en Winston Arms desde hacía dos años, tenía una complicada cobertura sin
cabos sueltos, y cumplía discretamente su peligrosa tarea.
—Ese
es el tipo de espía de novela que nunca me parece verdadero —musitó Rubin—.
¿Quién podría querer una vida así?
—Muy
pocos —dijo Trumbull—, pero hay que hacerlo, está muy bien pagado y las
ventajas adicionales de retirarse pronto, seguros médicos y una buena pensión
son atractivos. Pero dejadme continuar… Viéndolo retrospectivamente sabemos
que, de alguna forma, su cobertura fue descubierta. De alguna forma, fue
asesinado. Pudo haber sido un asesino común, sin relación con su trabajo, pero
no creemos en la pura coincidencia en estos asuntos.
—Dramatizando
no siempre se está en lo cierto —dijo Avalon—. ¿Por qué no pudo haber sido
alguien que fue a desvalijar el apartamento, encontró a Jones allí, lo apuñaló
y luego huyó asustado sin llevarse nada?
Trumbull
lo miró desdeñosamente.
—No
había signos de que hubieran forzado la entrada y Jones no se hubiera dejado
apuñalar por un vulgar ladrón a las cuatro de la tarde. No; debieron planearlo
cuidadosamente para coger a Jones desprevenido y eso sólo lo pudo hacer una
banda bien organizada.
—¿Por
qué en el apartamento? —preguntó Halsted—. ¿Por qué no prepararon un accidente
de automóvil? ¿Por qué no lo asaltaron en el Central Park?
—Pudieron
haberlo hecho de esa forma —dijo Trumbull—. Y, en ocasiones, lo hacen. Pero
éste era un caso especial, de guerra psicológica, por así decirlo. AL menos,
eso creemos. Miradlo de esta forma: las personas que llevan esta vida tan
peligrosa están alerta en todo momento, tanto en la calle como en los edificios
públicos o los lugares vacíos. Sin embargo, la casa es un refugio. Si no
hubiera un lugar donde se pudieran sentir a salvo, la vida sería intolerable.
Al descubrirlo y asesinarlo en su propio apartamento no sólo han eliminado a un
agente importante, sino que pueden desmoralizar a toda la agencia.
La
cuestión no es por qué lo hicieron allí, sino cómo. Jones tenía un arma, pero
no la usó. Era un experto en varias técnicas de autodefensa, sin embargo no
había signos de lucha. Sumemos a esto el hecho de que, según todos los
indicios, el asesino entró invitado en el apartamento.
¿A
quién pudo haber dicho Jones “Adelante”? Es imposible que permitiera entrar a
alguien de quien no estuviera totalmente seguro. Dudo que yo mismo pudiera
haber entrado en su apartamento aunque le hubiera mostrado mi identificación.
No me
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conocía
personalmente y hubiera considerado la posibilidad de que mi carné fuese falso.
—En
ese caso —dijo St. John con energía—, el agente que me interrogó quizá
estuviera en lo cierto. Podría haber sido un ciego.
—¿Por
qué dejaría él entrar a un ciego, Ni? —preguntó Avalon.
—¿Por
qué no? Un ciego no es peligroso. Ya sé que se cuentan historias sobre ciegos
capaces de moverse en la oscuridad, donde los que ven no pueden hacerlo. Pero
no en plena tarde de un día soleado. No era ninguna ventaja ser ciego.
—Pero
si un ciego no es peligroso, ¿cómo pudo asesinar a Jones? —preguntó Avalon.
—Todo
concuerda —dijo St. John—. Jones no tendría ninguna sospecha porque, el hombre
era ciego. El ciego extendería su mano izquierda y Jones la cogió
automáticamente. El ciego pudo haber tenido una mano férrea, como Pew en La
isla del Tesoro, hizo perder el equilibrio a Jones, y antes de que éste pudiera
defenderse sería hombre muerto con un puñal entre las costillas. O casi hombre
muerto.
—Pero
¿por qué querría un ciego entrar al apartamento de Jones? —inquirió Avalon—.
¿Cuál sería su excusa? Supongamos que un ciego llega a la puerta. ¿Qué dice
para entrar?
—Podría
estar pidiendo para alguna institución de caridad —dijo St. John—. Si Jones
abría la puerta, eso es todo lo que el asesino necesitaba. Un apretón de manos,
un súbito movimiento de muñeca, un empujón hacia adentro, el puñal y fuera otra
vez. Todo pudo ocurrir en menos de quince segundos.
—¿Y
cómo —preguntó Avalon— podía saber que el pasillo está vacío, tanto cuando
entró como cuando salió?
—Un
ciego —dijo St. John— habría aprendido a servirse del oído. En los pasillos, la
gente habla, canturrea, da golpecitos con los dedos, al esperar, se apoyan
primero en una pierna y luego en otra.
Rubin,
cuyos gruesos lentes multiplicaban la ira de sus ojos, no pudo contenerse más:
¡Todo
eso es una estupidez! —dijo—. Jones no le abriría la puerta a un ciego bajo
ninguna circunstancia. Tom, si él no te hubiera dejado entrar a ti porque tu
carné podría ser falso, ¡cómo iba a dejar entrar a un ciego que podría no
serlo! ¿Qué se necesita para fingir ceguera? Gafas oscuras y un bastón blanco,
eso es todo. A Jones no le hubiera engañado algo así.
—Además
—dijo Trumbull—, en el edificio no vivía ningún ciego, ni se vio entrar o salir
a ninguno a la hora del homicidio. El edificio tenía buenas condiciones de
seguridad, con portero, por supuesto, y no se admitía a nadie sin ser
anunciado.
—Bien,
si vamos a eso —dijo Rubin, cambiando de lado—, yo vivo en una casa con
portero, y eso no significa nada. Un portero tiene infinidad de cosas que
hacer. Atiende el teléfono, corre a abrir la puerta de un taxi o a ayudar a una
persona que va cargada, y cualquiera puede deslizarse en la casa en ese
momento. Incluso cuando el
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portero
vigile, puede esperar a que entre un inquilino, pasar con él y decirle
amistosamente: «¿Cómo van las cosas?». El inquilino, sorprendido, pero amable,
dice: «Bien, bien», y el portero supone que el extraño es un invitado del
inquilino y lo deja pasar sin una palabra.
—Un
ciego podría hacer esos trucos, ¿no? —dijo Trumbull con sarcasmo.
Rubin
se encogió de hombros.
—Yo
afirmo que el ciego no existe.
St.
John, con la voz un registro más agudo, dijo:
—Él
mencionó a un ciego.
—Seguro
—dijo Gonzalo—. Alguien que parecía ciego. El asesino entra en la casa en la
forma que Manny ha descrito. Una vez dentro, busca el apartamento, se pone
gafas oscuras y saca el bastón…
—Pero
¿dónde lleva el bastón? —preguntó Rubin—. Miden de un metro a un metro veinte
de largo. ¿Se puede plegar? Si no, ¿cómo lo oculta al deslizarse en la casa?
—De
acuerdo —dijo Gonzalo—. Gafas oscuras, entonces. Finge ser ciego al entrar y
entonces…
—Jones
no le abriría la puerta a un extraño aunque llevara gafas oscuras, ni bastón.
¿No es así, Tom?
—Así
es —dijo Trumbull—. Todo el asunto consiste en saber a quién pudo decir
“Adelante”. Debió haber sido alguien a quien conocía. Quizá un vecino con quien
tenía alguna amistad.
—No
tenía ninguna amistad conmigo —dijo St. John—. ¿Significa eso que van a
investigar a todos los inquilinos de Winston Arms bajo sospecha de amistad con
intención de asesinato?
—La
situación no tiene nada de graciosa, señor St. John —dijo Trumbull—. Pero
respondiendo a su pregunta, si yo estuviera a cargo de la investigación, desde
luego, eso es lo que haría.
—Pero
Jones mencionó a un ciego —dijo Gonzalo—. ¿Debemos suponer que St. John miente?
¿Cómo te las arreglas para ignorar eso?
—Mi
nombre puede ser Ananías —dijo St. John—, pero… Avalon le interrumpió con un
ademán.
—Un
hombre agonizante —dijo— no puede pronunciar claramente, ni sabe con seguridad
lo que está diciendo. Podría ser cualquier cosa y podría significar cualquier
cosa.
—Da
igual, Geoff —dijo St. John—, yo lo oí. Puede que él no supiera lo que estaba
diciendo, pero lo que dijo fue «El hombre ciego».
Drake
encendió un cigarrillo, entornó los ojos tras el humo, y dijo:
—¿Puede
usted jurar que no dijo «El hombre rubio»[14]?
St.
John pareció confundido.
—¿El
hombre rubio?
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—Sí.
No hay mucha diferencia con «El hombre ciego».
—N…
no —dijo St. John—. Fue «El hombre ciego».
—¿Podría
usted afirmarlo bajo juramento en un juicio? —insistió Drake.
St.
John vaciló.
—No
estoy seguro.
Rubin,
que había permanecido silencioso durante unos momentos, dijo súbitamente:
—No,
fue «El hombre ciego».
—No
cambies de lado, maldita sea —dijo Trumbull.
—Escuchad
—dijo Rubin gravemente—, el problema sigue siendo que dijo “Adelante” a
alguien. No pudo ser un vecino. Su apartamento tenía que ser un refugio. Ningún
amigo podía entrar en él. Debería haber sido algo más que eso. Pensad un poco.
¿Quiénes son las únicas personas a las que él dejaría entrar?
—¡Mujeres!
—dijo Gonzalo, con una amplia sonrisa.
Rubin
pareció disgustado.
—¡Dios
mío!
Gonzalo,
repentinamente serio, dijo:
—¿Por
qué no? No me estaréis diciendo que Jones era un eunuco. Tendría alguna amiga.
Seguro que a ella le dejaría entrar. Se abrazaron y, mientras se besaban, ella
deslizó una afilada hoja entre sus costillas. ¿Creéis que nunca ha sucedido?
St.
John, indignado, dijo:
—Nunca
he visto a una mujer extraña en nuestro piso.
—Con
un poco de suerte, tampoco habría visto el asesinato —dijo Gonzalo—.
Apostaría
que fue una rubia. Jim Drake tiene razón. La palabra era «rubia»[15].
—Un
«hombre ciego» —dijo St. John—. Aunque cambien «ciego» por «rubia», lo cual no
admito, insisto en que dijo «hombre».
—Además
—dijo Avalon, cuyo rostro mostraba una firme desaprobación desde el momento en
que se empezó a hablar de sexo—, seguramente conocería el nombre de la chica.
No la hubiera llamado «la rubia». Diría «Fifí» o «Tootsie» o incluso «mi
chica».
—Si
me dejáis intervenir —rugió Trumbull—, me gustaría aclarar que las normas sobre
las relaciones sexuales cuando se realiza un tipo de trabajo como el de Jones
son estrictas. Los agentes tienen que seguir ciertas normas muy claras. No os
daré los detalles, pero podéis estar seguros que no había líos de faldas en el
apartamento de Jones.
—Las
personas no siempre siguen las reglas —dijo Gonzalo con terquedad. —Volvamos
—dijo Rubin— adonde estábamos cuando Mario empezó a decir
tonterías.
¿Quiénes son las únicas personas a las que Jones admitiría en su apartamento?
¿Quién podría acercársele lo suficiente como para apuñalarle? Un amigo agente.
—¿Qué?
—dijo Trumbull con indignación.
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—¿Por
qué no? —demandó Rubin—. Si ya ha habido damas asesinas, también ha habido
agentes dobles traidores. Además, Jones lo dijo.
—¿Cuándo?
¿Cómo? —El enojo de Trumbull no había disminuido.
—Pensad
en ello. Suponiendo que fuera un agente traidor, ¿cuál habría sido la última
emoción de Jones? Quizá no sintiera pena por morir. Debió ser consciente de esa
posibilidad durante años. Lo que le debió horrorizar fue la traición. El
compañero de confianza, trabajando para los otros desde dentro. ¿Cómo es que
nadie lo había visto? Y mientras agonizaba, sintió que alguien se inclinaba
sobre él y sus últimas palabras fueron de amargura y de sorpresa. «Están
ciegos, hombre»[16].
Rubin
se acomodó en su silla, triunfante.
Hubo
un silencio, y St. John dijo:
—Esa
no fue la entonación de las palabras. No tenía la cadencia de esa frase. Fue
llana… informativa, nada más.
—No
creo que haya un traidor en esto —dijo Trumbull.
—Por
supuesto que no —dijo Rubin—, ésa es la perdición de la mitad de las
organizaciones como la vuestra. Para cuando estáis dispuestos a creer que
alguno de vuestros buenos chicos son impostores, ya os han engañado.
Además
—continuó—, todo tiene sentido. Ese individuo había estado antes en el
apartamento, pero había entrado sin que lo viera el portero utilizando media
docena de trucos. Tampoco quería ser visto en el rellano. Sabía que el ascensor
tardaba varios minutos en llegar; había estado allí antes. De modo que
inspeccionó el pasillo por la mirilla y dejó la puerta entreabierta detrás de
él.
Si
escuchaba ruidos en alguna puerta, eso significaba que alguien saldría y se
encontraría con él en el rellano, entonces volvería al apartamento hasta que no
hubiera moros en la costa. Si el ascensor estaba a punto de detenerse en el
piso, tendría tiempo para retroceder, cerrar la puerta del apartamento y coger
el ascensor.
—¿Qué
sucede si alguien sale del ascensor mientras él intentá entrar? —preguntó
Gonzalo.
—Cruzarse
uno o dos segundos con una persona no es lo mismo que tener que esperar con
ella en el rellano y bajar juntos en el ascensor. El problema fue que el
asesino tuvo la mala suerte de que el señor St. John saliera de su apartamento
cuando llegó el ascensor.
Si
ahora volvía al apartamento, estaría a salvo, pero la puerta del ascensor se
estaba abriendo y la tentación de cogerlo y bajar mientras tuviera la
oportunidad fue demasiado fuerte. Y lo hizo… tomó la decisión en una fracción
de segundo, y se equivocó, pues dejó la puerta del apartamento entreabierta.
—¡Qué
montón de tonterías! —exclamó Gonzalo—. Si no quería que le relacionaran con el
piso, ¿por qué no bajó las escaleras andando y esperó el ascensor
tranquilamente en otro piso?
—Tu
problema, Mario —dijo Rubin sardónicamente—, es que vives en una casa baja. El
que vive en un rascacielos nunca utiliza las escaleras. Ni siquiera te enteras
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de
que las escaleras están allí.
—Todo
eso está muy bien —dijo Trumbull—, pero ¿cómo lo pruebas?
—No
tengo que hacerlo —dijo Rubin—. He presentado una solución que refuta todas las
objeciones que puedas plantear, y ahora te corresponde a ti probarla. No dejes
que la organización pierda el tiempo investigando a los inquilinos. Haz que
investigue a sus propios hombres. Encontrará al culpable… y espero que no seas
tú, Tom.
Trumbull
refunfuñó.
—Si
piensas que nuestros propios hombres no están bajo continua vigilancia, Manny,
estás más loco que nunca, ahora que intentas hacerte el cuerdo. Pasamos
demasiado tiempo tratando de corromper a nuestros enemigos como para suponer
que ellos no hacen lo mismo. Y como nosotros lo hemos conseguido algunas veces,
deducimos que ellos también lo han conseguido algunas veces. No puedo decir que
sea absolutamente seguro que no lo hizo ninguno de nuestros hombres, pero es lo
más próximo a la realidad. Sólo creeré en la traición, si no se me ocurre otra
explicación.
—Bien,
¿se te ocurre? —preguntó Rubin—. ¿Puedes ofrecer alguna explicación para el
hecho de que Jones dijera “Adelante” a alguien, y que después dijera algo así
como «El hombre ciego»?.
—¿Dónde
está Henry? —dijo Trumbull con súbita energía, y gritó—: ¡Henry! —Sí, señor
—contestó la tranquila voz de Henry—. ¿Desea usted algo? —Desde luego. ¿Has
estado escuchando nuestra conversación? —Sí, señor.
—Entonces
dile a Manny que está equivocado.
Una
sombra de sonrisa apareció en el terso rostro de sexagenario de Henry.
—Como
siempre, el señor Rubin es extremadamente ingenioso y persuasivo. Sospecho que
todo lo que dijo es cierto, aunque se equivoca en la identidad del asesino.
—¿Cómo,
Henry? —interrogó Rubin—. ¿Estás diciéndonos que sabes quién fue? —Creo que el
nombre del asesino es Peter Wanko. Al menos, ése es el nombre que utiliza.
Hubiera sido imprudente desaparecer inmediatamente después del
asesinato,
pero creo que se ha despedido y…
—¡Henry!
—rugió Trumbull—. ¿De qué demonios estás hablando?
—Lo
siento, señor —dijo Henry—, pero en su afán por recalcar la soledad del señor
Jones, ha olvidado que cualquier inquilino, por reservado y desconfiado que
sea, puede recibir en su apartamento, casi a cualquier hora, a un gran número
de personas.
—¿A
quiénes?
—Por
ejemplo, al personal de servicio, señor. De vez en cuando hay que reparar
cosas, y no creo que Jones dejara de avisar para que fueran a reparar algo, si
era necesario. Si los otros planeaban asesinar al señor Jones y podían colocar
a uno de
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sus
agentes en el personal de servicio de la casa, el resto sería cuestión de
tiempo… Gonzalo asintió vigorosamente.
—Por
supuesto. En cuanto Jones necesitó que repararan algo…
—Quizá
no tan pronto, señor Gonzalo —dijo Henry—. El procedimiento normal sería que
Jones llamara a la administración de la casa y que le enviaran un operario. Se
sabría dónde estuvo el operario y cuándo estuvo allí. El operario estará al
instante bajo sospecha. Hasta un asesino profesional preferiría escapar, si
pudiera hacerlo.
—Bien,
¿y entonces? —preguntó Trumbull.
—Imagino,
señor, que este Peter Wanko se hizo amigo del señor Jones… comenzó por
saludarlo con respeto, preguntándole si estaba bien. Wanko entró en el personal
de servicio hace un año aproximadamente y tuvo bastante tiempo para eso. En
cuanto al señor Jones, respondería con amabilidad, estoy seguro, aunque quizá
nunca llegara a saber el nombre del operario. Supongo que cuando Wanko fue al
apartamento para arreglar algo, lo hizo con eficacia, recibió una buena propina
y se fue debidamente agradecido. Debió parecer natural que pidiera al señor
Jones que lo llamara directamente para pequeños trabajos, sin avisar a la
administración. «Me ocuparé personalmente, señor —pudo haberle dicho—, y lo
haré más rápido».
Por
fin, el señor Jones llamó a Wanko directamente. Debió haberse cruzado con él en
el vestíbulo y le dijo que era necesario arreglar algo y que estaría en su piso
a las cuatro de la tarde. Wanko subió sin que nadie supiera adonde iba,
teniendo cuidado de no ser visto. Como el propio señor Jones le había avisado,
no vaciló en dejarlo entrar. Entonces, Wanko lo asesinó.
Se
hizo un profundo silencio, hasta que, finalmente, St. John dijo:
—Pero
esta teoría parece incluso más disparatada que la del señor Rubin. Conozco a
Wanko y es una persona completamente inofensiva. ¿Qué pruebas tiene?
—Las
últimas palabras del señor Jones, qué citó usted mismo. Recordará que en la
discusión sobre las quintillas antes de la cena, el señor Halsted habló de la
flexibilidad del inglés y de cómo las palabras pueden cumplir diferentes
funciones en la oración. Por eso, cuando usted nos dijo que las palabras del
señor Jones fueron «El hombre ciego», se me ocurrió al instante que «ciego»,
además de su uso habitual como adjetivo con el significado «invidente», también
puede utilizarse como sustantivo. Usted mencionó que la persiana de una ventana
colgaba como si estuviera rota, y un hombre ciego puede ser un hombre que
arregla persianas[17].
Entonces,
al final de la discusión de la velada, llamé a Winston Arms, hablé con el
portero de noche, le dije que tenía un trabajo importante que necesitaba un
buen operario, y que me habían recomendado al hombre que reparaba las persianas
en Winston Arms.
—«Ah,
usted se refiere a Peter Wanko» —dijo el portero—. «No está autorizado para
hacer trabajos fuera del edificio, pero como se ha despedido, quizá acepte su
encargo». Y me dio el número de teléfono y la dirección de Wanko.
—¡Dios
mío! —dijo Trumbull. Bajó corriendo las escaleras y volvió cinco
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minutos
después. Sonreía de oreja a oreja.
—Problema
resuelto, Henry, cogieron al tipo. Lo detuvieron hace tres horas… mientras…
tomábamos los primeros tragos.
—¿Qué
lo delató? —preguntó St. John.
—Aparentemente
—dijo Trumbull, con satisfacción—, siguieron el mismo razonamiento que Henry…
pero tardaron siete días en dar con la solución.
—Ellos
no tenían la ayuda de los Viudos Negros, señor —dijo Henry.
Epílogo
Como
mucha gente sabe, nunca voy en avión y no me gusta viajar en ningún medio de
transporte. Soy muy casero.
Cuando
tomo vacaciones, y aprovecho la ocasión para escribir un relato de los Viudos
Negros, generalmente voy al norte del Estado de Nueva York o a alguna localidad
no muy lejana.
De
todas formas, a veces hago un crucero. No me importa ir a cualquier sitio en
barco. En realidad, me encanta estar en un barco, siempre que pueda olvidarme
de que sólo una pulgada de metal me separa de una inmensa extensión de agua.
Así
fue como escribí «No hay peor ciego…» en las Bermudas. De hecho, cuando hubo
que cortar el aire acondicionado del Statendam (el barco en que navegábamos en
aquella ocasión) para hacer una reparación, Janet y yo buscamos un lujoso
hotel, cuya sala de conferencias estaba libre, y nos quedamos allí un par de
horas mientras yo finalizaba el relato.
«No
hay peor ciego…» apareció en el número de junio de 1979 de la EQMM. Sólo para
demostrarles que no siempre rechazo los cambios que hace Fred, mi
título
original era “Adelante”. Cuando descubrí cómo lo iba a llamar Fred, me asombró
mi estupidez por no habérseme ocurrido este título.
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IX
LA
MIRADA HACIA ATRÁS
SI
EMMANUEL RUBIN supiera cómo no ser didáctico, nunca utilizaría ese
conocimiento.
—Cuando
escribes un relato corto —decía—, debes conocer primero el final. El fin del
relato es sólo el fin para el lector. Para el escritor, es el comienzo. Si no
sabes exactamente adónde vas en cada momento que escribes, nunca llegarás allí…
ni a ninguna parte.
El
joven invitado de Thomas Trumbull a este banquete mensual de los Viudos Negros
era todo ojos mientras observaba el temblor de la rala barba gris y los
destellos de las gruesas gafas de Rubin; y todo oídos mientras escuchaba la
firme y potente voz de Rubin.
El
invitado tenía poco más de veinte años, era muy delgado, con la frente algo
prominente y la mandíbula pequeña. Su ropa resplandecía de nueva, como si
hubiera estrenado el traje para esa gran ocasión. Se llamaba Milton
Peterborough.
—¿Eso
significa —dijo con un pequeño temblor en la voz— que usted tiene que escribir
un borrador, señor Rubin?
—No
—dijo Rubin enfáticamente—. Puedes hacerlo si quieres, pero yo nunca lo hago.
No necesitas saber la ruta exacta que vas a tomar. Tienes que saber tu destino,
eso es todo. Una vez que lo sabes, cualquier ruta te llevará allí. Mientras
escribes, miras atrás continuamente desde el destino conocido, y es esa mirada
hacia atrás lo que te guía.
Mario
Gonzalo, que estaba haciendo rápida y cuidadosamente una caricatura del
invitado en la que éste aparecía con los ojos increíblemente grandes y llenos
de inocencia infantil, dijo:
—Vamos,
Manny, ese tipo de trama rígida puede valer para tus absurdos misterios, pero
un verdadero escritor trabaja con caracteres, crea personas que actúan de
acuerdo con sus caracteres y eso es lo que guía el relato, probablemente
sorprendiendo al propio escritor.
Rubin
se dio vuelta con lentitud y dijo:
—Si
estás hablando de largas e invertebradas novelas, Mario —suponiendo que estés
hablando de algo—, es posible que un autor experto o muy dotado pueda
serpentear a lo largo de la historia y crear algo pasable. Pero siempre puedes
distinguir el libro «no-sé-adónde-voy-pero-voy». Aun cuando disculpes su
carácter amorfo por sus virtudes, tienes que disculparlo y eso supone una
tensión y un inconveniente. Sin embargo, una trama bien urdida, donde todos los
elementos concuerdan, es la obra literaria más noble. Puede ser mala, pero
nunca necesita que la disculpen. La mirada atrás…
En
el otro lado de la sala, Geoffrey Avalon miró con resignación a Rubin y dijo:
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—Tom,
creo que fue un error decirle a Manny de entrada que el joven quiere ser
escritor. Le hace mostrar lo peor de sí mismo, o lo más pedante, en cualquier
caso.
Removió
el hielo de su bebida con su índice y frunció sus oscuras cejas ominosamente.
—En
realidad —dijo Thomas Trumbull, cuyo arrugado rostro tenía una expresión
desacostumbradamente plácida—, el chico quería conocer a Manny. Admira sus
relatos, Dios sabe por qué. Es hijo de un amigo mío y buen chico, y pensé
mostrarle el lado menos agradable de la vida trayéndole aquí.
—Tampoco
nos vendrá mal a nosotros soportar un poco de juventud de vez en cuando. Pero
odio tener que soportar las teorías literarias de Rubin. ¡Henry!
El
tranquilo y eficiente camarero que servía en todos los banquetes de los Viudos
Negros apareció a su lado de inmediato, copio si no hubiera tenido necesidad de
moverse.
—¿Si?,
señor.
—Henry
—dijo Avalon—, ¿qué son estas extrañas manifestaciones?
—Esta
noche tenemos una cena de bufé. El chef ha preparado una selección de platos
indios y paquistaníes.
—¿Con
curry?
—Con
bastante curry, señor. Así lo encargó el señor Trumbull.
Trumbull
se sonrojó bajo la mirada acusadora de Avalon.
—Yo
quería curry y soy el anfitrión.
—Y
Manny no lo comerá y se pondrá insoportable.
Trumbull
se encogió de hombros.
Rubin
no se puso completamente insoportable, pero expresó en voz alta su opinión, y
sólo Roger Halsted pareció indiferente a la andanada rubiniana contra todo lo
indio.
—Un
bufé es una buena idea —dijo Halsted, limpiándose los labios con la servilleta,
y fue a servirse de todo por tercera vez con una sonrisa beatífica en el
rostro.
—Roger,
si no paras de comer —dijo Trumbull— comenzaremos la sesión de interrogatorio
mientras masticas.
—Adelante
—dijo Halsted alegremente—, no me importa.
—Te
importará esta noche —dijo Rubin—, cuando te arda el estómago.
—Y
tú comenzarás el interrogatorio —dijo Trumbull.
—Si
no os importa que hable con la boca llena —dijo Halsted.
—Entonces
empieza.
—¿Cómo
justifica su existencia, Milton? —dijo Halsted con voz poco clara. —No puedo
hacerlo —dijo Peterborough, un tanto sofocado—. Quizá después de
que
me gradúe.
—¿En
qué universidad estás y qué estudias?
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—Columbia
y química.
—¿Química?
—dijo Halsted—:. Pensaba que estudiarías literatura. Me pareció oír durante el
cóctel que querías ser escritor.
—Cualquiera
tiene derecho a querer ser escritor —dijo Peterborough.
—Pero
no a serlo —dijo Rubin sombríamente.
—¿Y
qué quieres escribir? —dijo Halsted.
Peterborough
vaciló y dijo:
—Bueno,
siempre he sido un aficionado a la ciencia-ficción. Desde que tenía nueve años.
—¡Dios
mío! —murmuró Rubin, los ojos vueltos hacia arriba en muda súplica.
—¿Ciencia-ficción? —dijo Gonzalo de inmediato—. Eso es lo que escribe tu
amigo
Isaac Asimov, ¿no, Manny?
—No
es mi amigo —dijo Rubin—. Se aferra a mí lleno de impotente admiración.
Trumbull
elevó la voz:
—Vosotros
dos, ¿queréis terminar con vuestra conversación privada? Continúa, Roger.
—¿Has
escrito algo de ciencia-ficción?
—Lo
he intentado, aunque aún no he presentado nada. Pero lo haré. Tengo que
hacerlo.
—¿Por
qué tienes que hacerlo?
—Hice
una apuesta.
—¿De
qué tipo?
—En
realidad —dijo Peterborough débilmente—, es algo bastante complicado… y
embarazoso.
—No
nos importan las complicaciones —dijo Halsted—, y trataremos de no
avergonzarnos.
—Bien
—dijo Peterborough, y su rostro se sonrojó con una intensidad que no se había
visto en los banquetes de los Viudos Negros desde hacía muchos años—, hay una
chica. Estoy loc… Me gusta, creo que yo no le gusto a ella, pero de todas
formas me gusta. El problema es que ella va detrás de un jugador de baloncesto;
un verdadero idiota… un metro noventa sin nada en la cabeza.
Peterborough
sacudió la cabeza y continuó:
—No
tengo mucho a mi favor. No puedo impresionarla con la química; pero está en los
cursos avanzados de literatura, así que le mostré algunos de mis relatos. Me
preguntó si había vendido alguno de ellos, y le dije que no. Pero entonces dije
que pensaba escribir algo y venderlo, y ella se rió.
Eso
me molestó bastante y entonces recordé algo. Parece que Lester del Rey…
—¿Quién? —interrumpió Rubin.
—Lester
del Rey. Un escritor de ciencia-ficción.
—¿Otro
de ésos? —dijo Rubin—. Nunca he oído hablar de él.
—Bueno,
no es Isaac Asimov —admitió Peterborough—, pero está bien. La
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cuestión
es que él empezó a escribir cuando leyó un relato de ciencia-ficción y pensó
que era muy malo. Le dijo a su chica: «Demonios, yo puedo escribir algo mejor
que esto», y ella le dijo: «Te desafío», y él lo hizo y lo vendió.
Así
que cuando esta chica se rió, le dije: «Te apuesto a que escribo uno y lo
vendo», y ella respondió: «Te apuesto a que no», y yo dije: «Te apuesto una
cita contra cinco dólares. Si vendo el relato, irás conmigo a cenar y a bailar
la noche que yo elija». Y ella estuvo de acuerdo.
De
modo que ahora tengo que escribir un relato, porque ella dijo que saldría
conmigo si escribía el relato y a ella le gustaba, aunque no lo vendiera… Lo
que puede querer decir que le gusto un poco más de lo que creo.
James
Drake, que había estado escuchando pensativamente, se frotó su pequeño bigote
gris con un dedo y dijo:
—O
que ella está segura de que no serás capaz de escribir el relato.
—Lo
haré —dijo Peterborough.
—Adelante,
entonces —dijo Rubin.
—Hay
un problema. No puedo escribir el relato, lo sé. Tengo un material bastante
bueno. Y hasta conozco el final, de modo que puedo echar esa mirada atrás que
usted mencionó, señor Rubin. Lo que no tengo es un motivo.
—¿Un
motivo? —dijo Rubin—. Pensé que ibas a escribir un relato de ciencia-ficción.
—Sí,
señor Rubin, pero es un relato de ciencia-ficción de misterio, y necesito un
motivo. Tengo el modus operandi del asesino, y la forma de cometerlo, pero no
sé el motivo. Pensé que si venía aquí podría discutirlo con usted.
—¿Que
podrías qué? —dijo Rubin, levantando la cabeza.
—Especialmente
con usted, señor Rubin. He leído sus relatos de misterio —no sólo leo
ciencia-ficción— y creo que usted es muy bueno. Siempre tiene motivaciones muy
convincentes. Pensé que podría ayudarme a salir del paso.
Rubin
estaba respirando con dificultad y daba la impresión de creer que respiraba
fuego. Su cena había consistido en arroz y ensalada, más —para calmar el
hambre— dos coupe aux matrons, y, a diferencia de otras veces, no estaba de
humor para sentimentalismos.
—Permítame
aclarar esto, señor sabelotodo. Usted hace una apuesta. Va a salir con una
chica; mejor dicho, va a intentarlo escribiendo una historia que le guste y que
quizá pueda vender… y ahora quiere ganar la apuesta y engañar a la chica
haciéndome escribir la historia a mí. ¿No es así?
—No
señor —dijo Peterborough rápidamente—, no es así. Yo la escribiré. Sólo quiero
que me ayude con el motivo.
—Y
aparte de eso, la va a escribir usted —dijo Rubin—. ¿Qué tal si le dicto el
relato? Usted lo puede escribir. Puede copiarlo de su puño y letra.
—Eso
no es lo mismo en absoluto.
—Sí
lo es, jovencito, y vamos a dejarlo así. O escribe el relato usted mismo o le
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dice
a la chica que no puede.
Milton
Peterborough miró a su alrededor desvalidamente.
—Maldita
sea, Manny —dijo Trumbull—, ¿por qué tanta arrogancia? Te he oído decir
millones de veces que tienes ideas a diez centavos la docena; que lo difícil es
escribirlas. Dale una idea, entonces; aún tendrá que hacer la parte más dura.
—No
lo haré —dijo Rubin, empujando la mesa y apartándose con los brazos cruzados—.
Si todos vosotros tenéis atrofiado el sentido ético, adelante, dadle ideas… si
es que sabéis cómo.
—De
acuerdo —dijo Trumbull—, como soy el anfitrión, podría resolver esto con una
orden, pero lo someteré a votación. ¿Quién está a favor de ayudar al chico, si
podemos?
Él
alzó su mano, y lo mismo hicieron Gonzalo y Drake.
Avalon
se aclaró la garganta algo inseguro.
—Me
temo que estoy del lado de Manny. Sería engañar a la chica.
—Como
profesor, me opongo a la ayuda externa en una prueba —dijo Halsted. —Votación
empatada —dijo Rubin—. ¿Qué vas a hacer, Tom?
—No
hemos votado todos —dijo Trumbull—. Henry es un Viudo Negro y su voto romperá
el empate. ¿Henry?
Henry
hizo una breve pausa.
—Mi
posición honoraria, señor, apenas me da derecho a…
—Tú
no eres un Viudo Negro honorario, Henry. Eres un Viudo Negro. ¡Decide!
—Recuerda, Henry —dijo Rubin—, que eres el epítome del hombre honesto.
¿Estás
a favor de engañar a la chica?
—No
trates de influirle —dijo Trumbull—. Adelante, Henry.
Por
una vez, Henry frunció la frente.
—Nunca
he pretendido poseer una extraordinaria honestidad, pero suponiendo que lo haya
hecho, puedo considerar este caso como una excepción. Julieta le dijo a Romeo:
«De los perjurios del amor / Dicen que Dios se ríe». ¿Podríamos aplicar el
mismo principio?
—Estoy
sorprendido, Henry —dijo Rubin.
—Quizá
me haya decidido el hecho de que yo no veo este caso como un asunto entre un
joven y una joven, sino más bien entre un joven estudioso y un deportista.
Todos nosotros somos hombres de estudios y, en nuestra época, quizá perdimos a
alguna joven por culpa de un deportista. Me avergüenza decir que a mí me
ocurrió. Entonces…
—Pues
a mí no me ha ocurrido —dijo Rubin—. Ninguna chica me ha dejado por un… —Se
detuvo asaltado por un súbito recuerdo y continuó con tono alterado—. Pero no
tiene importancia. Si he perdido la votación, la he perdido. Así que, ¿cuál es
la historia, Peterborough?
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El
rostro de Peterborough enrojeció y le aparecieron gotas de sudor en las sienes.
—No le diré la historia, nada más que lo esencial del punto en que necesito
ayuda.
No quiero nada más que el mínimo. Ni siquiera querría eso, si no significara…
tanto. —Se calló.
—Continúa
—dijo Rubin con sorprendente tranquilidad—. No te preocupes. Lo entendemos.
—Gracias
—dijo Peterborough—. Se lo agradezco. Tengo dos personajes, llamémoslos el
Asesino y la Víctima. Ya tengo la forma en que se comete el asesinato y cómo
atrapar al Asesino, y no diré una palabra sobre eso. Tanto el Asesino como la
Víctima son entusiastas de los eclipses.
Avalon
interrumpió.
—¿Le
interesan a usted tanto los eclipses, señor Peterborough?
—Sí,
señor. Tengo amigos que van a cualquier parte del mundo donde se vaya a
producir un eclipse, aunque sólo sea del 5 por 100, pero yo no puedo
costeármelo, y no dispongo de tiempo. Voy a los que puedo. Tengo un telescopio
y un equipo fotográfico.
—¡Bien!
Cuando se va a hablar de eclipses, conviene saber algo sobre ellos.
Tratar
de escribir sobre un tema que se ignora es la fórmula del fracaso.
—¿También
es ella una entusiasta de los eclipses? —preguntó Gonzalo.
—No
—dijo Peterborough—. Desearía que lo fuera.
—¿Sabe?
—continuó Gonzalo—, si ella no comparte sus gustos, podría buscar a alguien con
quien tenga más cosas en común.
Peterborough
sacudió la cabeza.
—No
creo que eso funcione así, señor Gonzalo.
—Desde
luego que no —dijo Trumbull—. Cállate, Mario, y déjale hablar.
—El
Asesino y la Víctima están tomando fotografías de un eclipse y, contra todos
los pronósticos, la Víctima, que es una persona débil, el perdedor nato, hace
la mejor fotografía, y el Asesino, incapaz de soportarlo, decide matar a la
Víctima. A partir de ahí, no tengo problemas.
—Entonces
ya tienes el motivo —dijo Rubin—. ¿Cuál es tu problema?
—El
problema es: ¿Qué tipo de fotografía mejor? Una fotografía de un eclipse es una
fotografía de un eclipse. Algunas son mejores que otras, pero teniendo en
cuenta que ambos fotógrafos son competentes, no es posible que haya tanta
diferencia como para ser la causa de un asesinato.
Rubin
se encogió de hombros.
—Puedes
elaborar la historia de forma que hasta esa pequeña diferencia motive un
asesinato… pero para eso es necesario tener mucha experiencia. Olvida el
eclipse. Prueba con otra cosa.
—No
puedo. Todo el asesinato, el arma y la detención dependen de la fotografía y
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los
eclipses. De modo que tiene que ser eso.
—¿Qué
es lo que hace que sea una historia de ciencia-ficción, joven? —preguntó Drake
con suavidad.
—No
les he explicado eso, ¿verdad? Estoy tratando de contarles lo mínimo posible
sobre el relato. Para lo que estoy haciendo necesito ordenadores avanzados y
efectos fotográficos de ciencia-ficción. Uno de los dos personajes —no estoy
seguro de cuál— toma una fotografía del eclipse desde un avión de reacción
estratosférico.
—En
ese caso, ¿por qué no ir hasta el final? —dijo Gonzalo—. Si va a ser
ciencia-ficción… Mire, permítame que le diga cómo lo veo. El Asesino y la
Víctima son entusiastas de los eclipses y el Asesino es el mejor… Así que el
Asesino va en ese avión y toma una fotografía nunca vista, utilizando nuevos
efectos fotográficos que ha inventado. Luego, contra todos los pronósticos, la
Víctima lo derrota. La Víctima va a la Luna y toma la fotografía del eclipse
desde allí. El asesino está furioso por la derrota, estalla de indignación, y
ya lo tenemos.
—¿Una
foto de un eclipse en la Luna? —dijo Rubin.
—¿Por
qué no? —dijo Gonzalo, ofendido—. Si podemos ir a la Luna en la realidad, desde
luego que en un relato de ciencia-ficción también. Y en la Luna hay vacío, ¿no?
No
hay aire. No hace falta ser científico para saber eso. Y las fotos salen mejor
sin aire. La imagen es más nítida. ¿No es así, Milton?
—Sí,
pero… —dijo Peterborough.
Rubin
lo interrumpió.
—Mario
—dijo—, escucha atentamente. Un eclipse de Sol se produce cuando la Luna está
exactamente entre el Sol y la Tierra. Desde la Tierra se verá el Sol oscurecido
porque el cuerpo opaco de la Luna está delante. En la Tierra estamos a la
sombra de la Luna. Ahora bien, si estamos sobre la Luna, ¿cómo demonios puedes
estar a la sombra de la Luna?
—No
tan deprisa, Manny —dijo Avalon—, hay eclipses y eclipses. Existe el eclipse de
Luna, cuando la Tierra se coloca entre el Sol y la Luna. En este caso, la Luna
está a la sombra de la Tierra, y toda la Luna se oscurece.
Tal
como yo le veo, ese Asesino toma una hermosa fotografía de un eclipse sobre la
Tierra, mientras la Luna se pone delante del Sol. Tiene un equipo avanzado que
ha inventado él mismo, de modo que nadie puede tomar una foto mejor de la Luna
delante del Sol. Sin embargo, la Víctima toma una fotografía mejor y aun más
impresionante de un eclipse sobre la Luna, donde, tal y como dice Mario, no hay
aire, con la Tierra situada delante del Sol.
—No
es lo mismo —murmuró Peterborough.
—Desde
luego que no —dijo Halsted, que había apartado su taza de café y estaba
haciendo cálculos rápidamente—. Vistos desde la Tierra, la Luna y el Sol
parecen tener el mismo tamaño, casi exactamente. De hecho, hace muchos eones,
la Luna estaba más cerca y aparecía más grande, y en eones futuros, la Luna
estará… bueno,
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no
importa. El hecho es que la Tierra es más grande que la Luna y, desde la Luna,
la Tierra se ve a la misma distancia que se ve la Luna desde la Tierra. Por lo
tanto, vista desde la Luna, la Tierra aparece más grande que la Luna, tal y
como es en realidad. ¿Lo entendéis?
—No
—dijo Gonzalo rotundamente.
Halsted
pareció molesto.
—Bueno,
pues no lo entiendas. Pero te aseguro que es así. En el cielo de la Luna, la
Tierra es alrededor de 32/3 más grande en apariencia que la Luna en el cielo de
la Tierra. Eso significa que la Tierra también es mucho más grande que el Sol
en el cielo de la Luna, ya que el Sol se ve igual desde la Luna y desde la
Tierra.
—Pero
¿cuál es la diferencia? —dijo Gonzalo—. Si la Tierra es más grande, se
interpondrá ante el Sol mucho mejor.
—No
—dijo Halsted—. La cuestión es que, en un eclipse, la Luna coincide exactamente
con el Sol. Oculta el círculo brillante del Sol de forma que su corona — es
decir, su atmósfera superior— relumbra alrededor del Sol oculto. La corona
fulgura en todas direcciones con la luz de la Luna llena formando curvas y
rayos de luz de delicada belleza. Por otra parte, si colocas un gran cuerpo
como la Tierra delante del Sol, cubrirá tanto la brillante esfera como su
corona. No se ve nada.
—Eso
suponiendo que la Tierra esté exactamente delante del Sol —dijo Avalon
—.
Cuando se ve un eclipse, antes o después de su punto medio, al menos, una parte
de la corona asomará tras la esfera de la Tierra.
—Una
parte no es todo —dijo Peterborough—. No sería lo mismo. Tras un breve
silencio, Drake dijo:
—Espero
que no le importe que un colega químico se meta en esto, jovencito. Estoy
tratando de imaginar la Tierra en el cielo, cruzándose en la órbita del Sol. Y
si hacemos esto, hay otra cosa que debemos tener en cuenta: la Tierra tiene
atmósfera y la Luna no.
Cuando
la Luna se coloca delante del Sol, vista desde la Tierra, la superficie lunar
aparece nítidamente contra el Sol. Cuando la Tierra se coloca delante del Sol,
vista desde la Luna, el contorno de la Tierra es borroso y el Sol brilla a
través de la atmósfera de la Tierra. ¿Puedes utilizar esa diferencia en el
relato?
—En
realidad —dijo Peterborough—, ya había pensado eso. Aun cuando el Sol esté
completamente detrás de la Tierra, la atmósfera de la Tierra hace que su luz se
refracte en todas direcciones, y esta luz de color rojo anaranjado penetra por
ella y llega hasta la Luna. Es como si desde la Luna pudiéramos ver una puesta
de Sol alrededor de la Tierra. Y esto no es sólo teoría. Cuando hay un eclipse
total de Luna, generalmente se puede ver la Luna como un círculo de luz débil,
color rojo ladrillo, que brilla en la atmósfera terrestre de la puesta de Sol.
Cuando
el eclipse, visto desde la Luna, avanza, el lado de la atmósfera que acaba de
pasar sobre el Sol es más brillante, pero va perdiendo intensidad, mientras el
otro lado se hace más brillante. Cuando un eclipse se encuentra en su punto
medio, si te
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hayas
en una parte de la Luna desde la que se vea la Tierra exactamente delante del
Sol, el anillo rojo anaranjado brillará por igual todo alrededor… Suponiendo
que no haya muchas nubes en la atmósfera de la Tierra en ese momento.
—Bien,
por el amor de Dios —dijo Drake—, ¿no es una vista lo suficientemente
espectacular para que la Víctima la fotografíe? La Tierra sería un agujero
negro en el cielo, con un delgado anillo anaranjado a su alrededor. Sería…
—No,
señor —dijo Peterborough—. No es lo mismo. Es demasiado simple. Sólo sería un
anillo rojo anaranjado. Una vez que la fotografía se tomara por primera vez,
sería siempre igual. No se puede comparar con una corona infinitamente
cambiante.
—¡Dejadme
intentarlo! —dijo Trumbull—. Usted quiere que la corona se vea alrededor, ¿no
es así, Milton?
—Sí,
señor.
—Corregidme
si me equivoco, pero, según he leído, el cielo es azul porque la atmósfera
disemina la luz. En la Luna, donde no hay atmósfera, el cielo es negro. Las
estrellas, que desde la Tierra se ven apagadas por la luz diseminada de nuestro
cielo azul, no lo estarían en el cielo sin aire de la Luna. Serían visibles.
—Sí,
pero sospecho que el brillo del Sol no permitiría observarlas.
—Eso
no importa —dijo Trumbull—. Todo lo que tienes que hacer es cortar un círculo
opaco de metal y sujetarlo en el aire a la distancia apropiada de tu equipo
fotográfico para cubrir el disco resplandeciente del. Sol. En la Tierra no lo
puedes hacer porque si cubres el Sol, la luz diseminada del cielo oscurece la
corona. En la Luna no hay luz diseminada en el cielo y la corona brillaría.
—En
teoría, es posible —dijo Peterborough—. De hecho, hasta se puede hacer en la
Tierra en la cima de las montañas, utilizando un coronógrafo. Pero no queda tan
bien, porque no sólo está la luz dispersa por la atmósfera. Hay luz diseminada
y reflejada por el suelo.
La
superficie Lunar estaría muy iluminada y la luz vendría desde cada ángulo. Las
fotografías no serían muy buenas. Verá, la razón por la que la Luna cumple esa
función en la Tierra es que su sombra no cae justo sobre el telescopio y la
cámara. Cae sobre todo el panorama circundante. La sombra de la Luna puede ser,
en condiciones ideales, de 160 millas de ancho y cubrir 21 000 millas cuadradas
de la superficie terrestre. En general, es considerablemente más pequeña, pero
suele ser suficiente para cubrir el espacio inmediato… es decir, si se trata de
un eclipse total.
—Entonces,
un objeto mucho más opaco… —dijo Trumbull.
—Tendría
que ser muy grande y estar muy alejado —dijo Peterborough— para lograr el
efecto. Sería demasiado complicado.
—Espera
—dijo Halsted—, creo que lo tengo. Necesitarías algo muy grande, de acuerdo.
Supongamos qué en la órbita lunar hay satélites espaciales esféricos. Si la
Víctima está en una nave espacial y se sitúa de forma que el satélite quede
entre la nave y el Sol, eso sería exactamente lo que necesita. Podría
arreglárselas para acercarse lo suficiente de forma que la sombra —que, por
supuesto, es cónica y se
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estrecha
hasta convertirse en un punto a medida que uno se aleja— cubriera toda la nave.
No habría ninguna superficie que reflejara la luz, y ya lo tenemos.
—No
había pensado en eso —dijo Peterborough ansiosamente—. Es posible. Halsted
sonrió amablemente, y una ola de placer subió hasta la línea del cabello
que
alguna vez tuvo.
—Entonces,
ya está.
—No
quiero ser pesado —dijo Peterborough—, pero… si introducimos el motivo
espacial, crearíamos algunos problemas en el resto de la historia. Es
importante que todo suceda en la Tierra o cerca de ella; y, sin embargo,
debería ocurrir algo tan sorprendente e inesperado que…
Hizo
una pausa y Rubin completó la frase.
—Tan
sorprendente e inesperado que provoque la ira y la venganza del Asesino.
—Sí.
—Bien
—dijo Rubin— como yo soy aquí el maestro del misterio, creo que puedo inventar
algo sin dejar la Tierra muy lejos, en cuanto me aclare algunos puntos. Ha
dicho que él Asesino iba a tomar las fotografías desde un avión. ¿Por qué?
—Oh,
porque cuando la sombra de la Luna cae sobre la Tierra, se mueve muy rápido…
alrededor de 1440 millas por hora o unas 0,4 millas por segundo. Si uno está en
un punto de la Tierra, la mayor duración posible de un eclipse total es de
siete minutos; después, la sombra se ha desplazado. Y eso cuando la sombra de
la Luna abarca la máxima superficie terrestre posible. Cuando la Tierra se
encuentra más cerca del final de la sombra, el eclipse total puede durar un par
de minutos, o hasta unos segundos únicamente. De hecho, más de la mitad del
tiempo, la sombra de la Luna durante un eclipse no llega a la superficie
terrestre, y cuando la Luna está exactamente delante del Sol, permanece visible
un anillo del disco solar. Eso es un eclipse anular, y entonces hay suficiente
luz como para destruir el efecto. Un eclipse anular no nos vale.
—¿Pero
en avión? —dijo rápidamente Rubin.
—En
un avión se puede avanzar con la sombra y prolongar el eclipse total durante
una hora o más, aun cuando en un punto fijo de la Tierra no durase más que un
par de minutos. Se tiene mucho más tiempo para hacer fotografías y
observaciones científicas. Eso no es ciencia-ficción; se está haciendo ahora.
—¿Se
pueden tomar buenas fotos desde un avión? —preguntó Rubin—. ¿Es lo
suficientemente estable?
—En
mi historia —dijo Peterborough—, hay un ordenador que guía el avión teniendo en
cuenta los movimientos del viento, y lo mantiene completamente estable. Ese es
uno de los momentos en que interviene la ciencia-ficción.
—De
todas formas, la sombra de la Luna acaba por abandonar la Tierra, ¿no? —Sí, la
banda del eclipse cubre una porción fija de la superficie terrestre y tiene
un
punto de partida global y un punto de finalización global.
—Exactamente
—dijo Rubin—. Ahora bien, el Asesino confía en que su
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fotografía
tomada desde la estratosfera será incluida entre las mejores vistas de un
eclipse, pero no cuenta con que la Víctima tiene una nave espacial. No te
preocupes, no necesitas alejarte mucho de la tierra. Basta con que la nave
espacial siga la sombra de la Luna después de que deje la Tierra. La Víctima
tiene más tiempo para hacer fotografías, con mayor estabilidad y sin
interferencias atmosféricas. El Asesino es vencido con su propia arma, pues ve
cómo un pobre simplón, la Víctima, hace exactamente lo mismo que él, pero
mejor. Dispara y se convierte en asesino.
Gonzalo
agitó ambas manos en el aire con excitación.
—¡Esperad!
¡Esperad! Se me ha ocurrido algo mejor. Escuche, ¿y ese eclipse anular que ha
mencionado hace un rato? Dijo que la sombra no llega a la Tierra.
—No
llega a la superficie. Así es.
—¿A
qué distancia de la superficie se queda?
—Eso
depende. En condiciones extremas, el final de la sombra puede estar a cientos
de millas de la Tierra.
—Sí
—dijo Gonzalo—, pero ¿sería posible que él final de la sombra quedara a,
digamos, diez millas de la tierra?
—Seguro.
—Pero
seguiría siendo anular y no valdría de nada, ¿no?
—Así
es —dijo Peterborough—. La Luna apenas cubriría el Sol. Sólo habría una delgada
franja de Sol alrededor de la Luna, y esa luz bastaría para estropear las
cosas. Si haces una fotografía, pierdes las protuberancias, el fulgor, la
corona.
—Pero
si te encuentras a diez millas de altura, en la atmósfera —preguntó Gonzalo—.
Entonces verías el eclipse total, ¿no?
—Si
estuvieras en el punto correcto, sí.
—Entonces
ya lo tenemos. Se produce un eclipse anular, y el Asesino piensa aprovechar la
ocasión. Coge un avión, asciende diez millas de altura hasta llegar a la sombra
y la sigue. Transformará un eclipse anular en uno total… y la Víctima, el
perdedor de siempre, hace lo mismo, pero utiliza una nave espacial, sigue la
sombra al espacio y toma las mejores fotos. ¿Qué puede encolerizar más al
Asesino que jugar su mejor carta… y perder?
Avalon
asintió con su cabeza.
—Bien,
Mario. Eso sí que es mejor.
Rubin
parecía haber mordido un limón inadvertidamente.
—Odio
decírtelo, Mario…
—No
tienes que decirlo, Manny —dijo Gonzalo—. Lo veo en ti. Ahí lo tiene, muchacho.
Escriba la historia.
—Si
—dijo Peterborough, con un suspiro—, supongo que es lo mejor que puede hacerse.
—No
parece muy contento —dijo Gonzalo.
—Es
que esperaba algo más —ejem— espectacular, pero no creo que exista. Si a
ninguno de ustedes se le ocurre nada más…
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—¿Puedo
interrumpirle, señor? —dijo Henry.
—¿Cómo?
Oh… no, no deseo más café, camarero —dijo Peterborough.
—No,
señor. Quiero decir con referencia al eclipse.
—Henry
es miembro del club, Milton —dijo Trumbull—. Él rompió el empate sobre la
discusión. ¿Recuerda?
Peterborough
se llevó una mano a la frente.
—Desde
luego, pregunte —ejem—, Henry.
—Señor,
¿serían las fotografías realmente mucho mejores en el vacío que en el tenue
aire de la estratosfera? ¿Sería suficiente diferencia de calidad para provocar
un asesinato, a menos que el Asesino fuera casi un maníaco homicida?
—Ese
es el problema —dijo Peterborough, asintiendo—. Eso es lo que me preocupa. Por
eso sigo diciendo que necesito un motivo. Esa diferencia de calidad en las
fotos no es suficiente.
—Entonces,
consideremos —dijo Henry— el dictamen del señor Rubin, según el cual en un
relato se debe echar una mirada atrás.
—Conozco
el final —dijo Peterborough—. He mirado atrás.
—Quiero
decir en otro sentido… el de mirar deliberadamente en otra dirección, en la
dirección desacostumbrada. En un eclipse, siempre miramos a la Luna —sólo a la
Luna en un eclipse Lunar, y a la Luna cubriendo al Sol en un eclipse solar—, y
eso es de lo que hacemos fotografías. ¿Qué sucede si miramos atrás, hacia la
Tierra?
—¿Qué
hay que ver en la Tierra, Henry? —preguntó Gonzalo.
—Cuando
la Luna entra en la sombra de la Tierra, es siempre Luna nueva y por lo general
está completamente oscura; ¿qué le ocurre a la Tierra cuando entra en la sombra
de la Luna? Desde luego, no se oscurece por completo.
—No
—dijo Peterborough enfáticamente—. La sombra de la Luna es más fina y más corta
que la de la Tierra, y la propia Tierra es más grande que la Luna. Cuando la
Tierra se halla en la sombra proyectada por la Luna, sólo se oscurece una
pequeñísima parte de la Tierra, una pequeña mancha de oscuridad que, como
máximo, representa 1/600 del círculo luminoso de la Tierra.
—¿Puede
usted verla desde la Luna? —preguntó Henry.
—Si
supiera adonde mirar y especialmente si tuviera unos buenos binoculares. Podría
ver que empieza siendo pequeña, deslizándose hacia el oeste por la superficie
terrestre, haciéndose más grande y luego más pequeña, para acabar
desvaneciéndose. Interesante, pero nada espectacular.
—No
desde la Luna, señor —dijo Henry—. Suponga ahora que invertimos la función de
los personajes. Es la Víctima quien tiene el avión y quien puede hacer
fotografías desde la estratosfera. Es el Asesino quien intenta ganar a su
oponente tomando una fotografía mejor desde el espacio… una fotografía mejor,
marginalmente. Pero supongamos que la Víctima, Contra todas las expectativas,
desde su avión derrota al Asesino en su nave espacial.
—¿Cómo
puede hacer eso, Henry? —preguntó Avalon.
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—La
Víctima, en su avión, advierte súbitamente que no necesita mirar a la Luna.
Mira atrás, hacia el suelo, y ve la sombra de la Luna avanzando hacia él. La
sombra de la Luna es sólo un punto oscuro cuando la vemos desde la Luna; es
como la llegada de una breve noche cuando la vemos desde la superficie
terrestre… pero, desde un avión en la estratosfera, es un círculo de oscuridad
que se mueve a 1440 millas por hora, tragando tierra y mar —y las nubes, por
supuesto— al avanzar. El avión puede volar por delante y ya no es necesario
tomar instantáneas. Con una cámara cinematográfica se puede filmar una película
espectacular. De esta forma, el Asesino, que habría esperado derrotar por
completo a la Víctima, descubre que la Víctima ha acaparado la atención mundial
sólo con un avión contra su nave espacial.
Gonzalo
estalló en un fuerte aplauso y Trumbull dijo:
—Magnífico.
Hasta
Rubin sonrió y asintió.
En
cuanto a Peterborough, se puso de pie al momento y exclamó:
—¡Eso
es! Y la sombra tendría un fino borde rojizo, pues en el momento en que la
sombra te alcanza, las protuberancias rojas despiden su luz sin que ésta se vea
enmascarada por la blanca luz del Sol. ¡Eso es, Henry! ¡La mirada atrás es la
clave! Si lo escribo bien, ni siquiera me preocupará si no se vende. Ni tampoco
me preocupará (su voz tembló) si —ejem— a ella no le gusta y no sale conmigo.
¡El relato es más importante!
Henry
sonrió amablemente y dijo:
—Me
agrada oír eso, señor. Un escritor siempre debe tener un sentido justo de las
prioridades.
Epílogo
George
Scithers, el competente e ingenioso editor de la IASFM (que ganó el premio Hugo
al mejor editor en el Congreso Mundial de Ciencia-Ficción de 1978, después de
haber publicado sólo siete números de la revista —un reconocimiento rápido y
merecido a su labor—), decidió que «El detalle omitido» había sido bien acogido
por los lectores. Por ello, me pidió otro relato de los Viudos Negros
relacionado con la ciencia-ficción.
Así
fue como escribí «La mirada hacia atrás», que apareció en el número de
septiembre de 1979 de la IASFM. (En su segundo año de existencia, la IASFM
comenzó a aparecer cada dos meses, y en el tercer año se hizo mensual).
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Por
cierto, en esta historia me he referido a Isaac Asimov como un conocido
escritor de ciencia-ficción, y Manny Rubin, como siempre, reacciona con cierta
impaciencia cuando le dicen que Asimov es amigo suyo. Es uno de los chistes
privados de las «Arañas Tramperas» y ya lo he utilizado alguna vez.
Desde
luego, esto es vanidad, pero el vínculo entre mis Amables Lectores y yo es
estrecho y amistoso, así que espero que no les moleste un poco de vanidad por
mi parte. Esta vez, la broma fue de mayor magnitud, pues un personaje menciona
a Lester del Rey y lo describe así: «Bueno, no es Isaac Asimov, pero está
bien».
Como
es natural, espero (con alguna aprensión) la réplica de Lester. Lo cierto es
que Lester y yo somos buenos amigos y lo hemos sido casi durante cuarenta años.
Por eso nos hemos estado provocando el uno al otro durante casi cuarenta años.
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X
¿QUÉ
HORA ES?
EL
BANQUETE MENSUAL de los Viudos Negros había sido tan ruidoso como de costumbre,
pero después, durante el café, cayó en un silencio poco habitual.
Geoffrey
Avalon tomó pensativamente un sorbo de café y dijo:
—Son
las cosas pequeñas, las cosas pequeñas. Conozco a una pareja que podría haber
sido siempre un matrimonio feliz. Él era catequista en la Iglesia Episcopal y
ella era una atea convencida, y nunca cruzaron una mirada de reproche por eso.
Pero a él le gustaba cenar a la seis y a ella a las siete, y eso los separó.
Emmanuel
Rubin lo miró como un búho desde su lugar en la mesa, con los ojos sin
pestañear tras los gruesos cristales de sus gafas, y dijo:
—¿Qué
es «grande» y qué «pequeño», Geoff? Toda diferencia es una diferencia pequeña
si no te concierne a ti. No hay nada como una diferencia en el sentido del
tiempo para provocar peleas.
Mario
Gonzalo miró complacido el brillo de sus zapatos y dijo:
—Ogden
Nash escribió una vez que a unas personas les gusta dormir con las ventanas
cerradas y a otras con las ventanas abiertas, y que se casan entre sí.
Era
bastante inusual que en un banquete de los Viudos Negros se produjeran tres
comentarios sucesivos sin una interrupción explosiva, de modo que no le
sorprendió a nadie que Thomas Trumbull frunciera el ceño y dijera:
—Eso
son un montón de tonterías. Cuando el matrimonio se rompe, la razón trivial
nunca es la verdadera razón.
—Conozco
a la pareja, Tom —dijo Avalon con suavidad—, son mi hermano y mi cuñada… o mi
excuñada.
—No
pretendo que ellos no digan que se han separado por algo trivial, o incluso que
no lo crean —dijo Trumbull—. Lo que quiero decir es que hay algo más profundo.
Si una pareja es sexualmente compatible, si no tienen problemas económicos, ni
hay grandes diferencias en las creencias o actitudes, permanecen juntos. Si
cualquiera de estas cosas falla, el matrimonio se resiente y la pareja comienza
a discutir por trivialidades. Entonces, se les echa la culpa a las
trivialidades… pero no son la causa.
Roger
Halsted, quien había estado rebañando los últimos trozos de pastel de manzana
de su plato, tomó un sorbo de café para quitarse el sabor dulzón de la boca, y
dijo:
—¿Cómo
piensas probar esa afirmación, Tom?
—No
necesito probarla —dijo Trumbull, frunciendo el ceño—. Es razonable. —Sólo
desde tu punto de vista —dijo Halsted acaloradamente, cuya amplia frente
se
había enrojecido, como siempre que se emocionaba—. Una vez rompí con una joven
que me gustaba muchísimo porque no paraba de decir: «¿No es fenomenal?».
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Juro
que no tenía otro fallo.
—Puedes estar
cometiendo perjurio inconscientemente —dijo
Trumbull—.
Escucha,
Jim, pide una votación.
James
Drake, el anfitrión de la velada, apagó su cigarrillo y pareció divertido. Sus
pequeños ojos, anidados en su rostro cubierto de arrugas, recorrieron la mesa y
dijo:
—Perderás,
Tom.
—No
me importa perder —dijo Trumbull—. Sólo quiero saber cuántos necios hay en la
mesa.
—El
número usual, supongo —dijo Drake—. Todos aquellos que estén de acuerdo con Tom
que levanten la mano.
Trumbull
levantó el brazo rápidamente y fue el único.
—No
me sorprende —dijo, después de un rápido vistazo a derecha e izquierda—. Y tú,
Henry, ¿no votas?
Henry,
el incomparable camarero en todos los banquetes de los Viudos Negros, sonrió
paternalmente.
—En
realidad, pensaba no votar, señor Trumbull, pero si tuviera que hacerlo, me
tomaría la libertad de estar en desacuerdo con usted.
Y
continuó sirviendo el coñac.
—¿Tú
también, Bruto? —dijo Trumbull.
Rubin
terminó su café y dejó la taza en el plato ruidosamente.
—¡Qué
demonios!, todas las diferencias son triviales. Las formas de vida son
increíblemente diferentes en lo superficial, pero son idénticas a nivel
bioquímico. Parece haber una diferencia infinita entre una lombriz y la tierra
en que se oculta, pero considerando los átomos de que se componen, ambas…
—No
te pongas poético, Manny —dijo Trumbull—, pero si es necesario, hazlo en tu
garaje y no aquí. Aunque sospecho que la necedad es universal, para asegurarme,
preguntaré a nuestro invitado si va a votar.
—Entonces
que contesté durante el interrogatorio. Ya es hora —dijo Drake—. Y tú puedes
dirigir el interrogatorio, Tom.
El
invitado era Barry Levine, un hombre pequeño, de pelo oscuro, ojos oscuros,
delgado y vestido con pulcritud. No era exactamente bien parecido, pero tenía
una expresión alegre que era un buen sustituto. Gonzalo ya había esbozado su
caricatura, exagerando la alegría hasta la inanidad, y Henry la había colocado
en la pared junto a las otras.
—Señor
Levine, en estas reuniones es costumbre empezar las preguntas a nuestro
invitado con «¿Cómo justifica usted su existencia?». En este caso, no se lo
pregunto, porque asumo que la razón de su existencia en este momento es apoyar,
si puede, mi tesis —evidente, en mi opinión— de que las trivialidades son
triviales.
Levine
sonrió y dijo, con un tono ligeramente nasal:
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—¿Trivialidades
a nivel humano o estamos hablando de lombrices?
—Estamos
hablando de humanos, si omitimos a Manny.
—En
ese caso, me uno a los necios, ya que, por mi trabajo, me ocupo exclusivamente
de trivialidades.
—¿Y
cuál es su ocupación, por favor?
—Soy
ese tipo de abogado, señor Trumbull, que se gana la vida argumentando con
testigos y con otros abogados ante un juez y un jurado. Y eso me hunde en la
trivialidad.
—¿Considera
usted que la justicia es una trivialidad? —gruñó Trumbull.
—No
—dijo Levine con ecuanimidad—, pero no es de eso de lo que nos ocupamos
principalmente en los tribunales. En los tribunales, jugamos. Intentamos hacer
que un testimonio favorable sea admisible y uno desfavorable inadmisible.
Jugamos con las normas en los interrogatorios y los careos. Tratamos de
manipular la elección de jurados favorables, y luego manipulamos los
pensamientos y las emociones del jurado que nos toca. Tratamos de apelar a los
prejuicios y las opiniones del juez, si los conocemos, desde el principio o
cuando los descubrimos en el transcurso del juicio. Intentamos bloquear al
fiscal o, si es posible, obligarle a exagerar su papel. Y todo esto lo hacemos
con las trivialidades y menudencias de la precedencia y la lógica.
—¿Y
dónde está la justicia en esa letanía de la verbena judicial? —preguntó
Trumbull, cuyo tono no se había suavizado.
—Siglos
de experiencia en nuestro sistema angloamericano de jurisprudencia nos han
convencido de que, en general y a la larga, la justicia se cumple. No obstante,
a corto plazo, y en casos específicos, muy bien puede no ser así. Y esto es
inevitable. Cambiar las reglas del juego para impedir la injusticia en un caso
concreto casi con seguridad aumentaría el grado de injusticia en el sistema…
aunque de vez en cuando se puede hacer un cambio global para mejor.
—En
otras palabras —interpuso Rubin—, ¿usted no cree que la justicia universal sea
la meta de la profesión jurídica?
—Como
meta alcanzable, no —dijo Levine—. En el cielo puede reinar la justicia
perfecta; en la tierra, no.
—Entonces,
supongo que cuando usted se ocupa de un caso —dijo Trumbull—, no le interesa la
justicia.
Las
cejas de Levine se arquearon.
—¿Cuándo
he dicho yo eso? Por supuesto que me interesa la justicia. El servicio más
inmediato a la justicia es que mi cliente tenga la defensa mejor y más
eficiente que pueda darle, no simplemente porque él la merezca, sino también
porque la jurisprudencia norteamericana lo exige y porque si a él le privan de
ella, te pone a ti en peligro, pues tú puedes ser el próximo.
Tampoco
es importante que sea culpable o inocente, porque él es legalmente inocente
hasta que se pruebe su culpabilidad de acuerdo con la ley, rigurosamente
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aplicada.
Hasta dónde es el acusado moral o éticamente inocente es una cuestión mucho más
difícil, que no me preocupa en primer término. Desde luego, sí me interesa en
segundo término y, pese a todo mi empeño, hay veces que no puedo cumplir mi
deber de abogado por un sentimiento de repulsión hacia mi cliente. Entonces mi
deber es avisarle que se busque otro abogado.
Sin
embargo, si tuviera que lograr la absolución de un hombre al que considero un
bribón, no me dolería tanto como en el caso de que no pudiera conseguir la
absolución de un hombre al que considero inocente. Como rara vez puedo estar
seguro de si un hombre es un bribón irrecuperable o lo han acusado
injustamente, eso beneficia tanto a la justicia como a mi conciencia, pues hago
por cada uno todo lo que puedo dentro de los límites de la ética jurídica.
—¿Ha
conseguido alguna vez la absolución de alguien a quien considerase un bribón?
—preguntó Gonzalo.
—Pocas
veces. En esos casos, obedeció a errores cometidos por la acusación… la
obtención ilegal de pruebas o la lenta, preparación del caso. No puedo
malgastar mi piedad con ellos. Tienen toda la maquinaria jurídica de su lado y
los ilimitados fondos públicos. Si nosotros les permitimos que condenen a un
delincuente sin pruebas totalmente aceptables y un proceso perfectamente legal
simplemente porque deseamos que un delincuente sea castigado, ¿estaríamos usted
y yo a salvo? A nosotros también se nos puede considerar bribones por la fuerza
de las circunstancias o de los prejuicios.
—¿Y
han condenado alguna vez a un cliente suyo a quien considerase injustamente
acusado? —preguntó Gonzalo.
El
rostro de Levine pareció contraerse. La impetuosa alegría con que defendía su
profesión desapareció y su labio inferior pareció temblar por un momento.
—En
realidad —dijo suavemente—, ahora estoy trabajando en un caso en el que mi
cliente puede ser condenado, a pesar de que yo lo considero inocente.
Drake
se rió ahogadamente y dijo:
—¡Te
dije que te lo acabarían sacando, Barry! —elevó la voz para dirigirse a los
otros—. Le dije que no se preocupara por nuestra reserva; que aquí todo es
confidencial. Y también le dije que quizá pudiéramos hacer algo para ayudarle.
Avalon
se enderezó en su silla y dijo con su potente voz de barítono:
—¿Sabes
algo sobre el caso, Jim?
—No.
—Entonces,
¿cómo sabes que le podemos ayudar?
—Dije
que era posible.
Avalon
sacudió la cabeza.
—Esperaba
eso del entusiasmo de Mario, pero no de ti, Jim.
Drake
levantó una mano.
—No
pontifiques, Geoff. No te pega.
Levine
les interrumpió.
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—No
discutan, caballeros. Aceptaré gustosamente cualquier ayuda que me puedan
ofrecer y, si no pueden, no estaré peor que antes. Como es natural, quiero
recalcar el hecho de que aunque la reserva sea la norma aquí, es de particular
importancia en este caso. Cuento con ella.
—Puede
hacerlo —dijo Avalon, ceremoniosamente.
—De
acuerdo —dijo Trumbull—. En ese caso, dejémonos de juegos y vamos al grano.
¿Quiere darnos los detalles del caso, señor Levine?
—Les
daré toda la información necesaria. Mi cliente se llama Johnson, un nombre que
seguramente hubiera elegido si utilizara un nombre ficticio, pero es su nombre
real. Es posible que hayan oído hablar del caso, pero supongo que no, pues no
es un caso local y, si no les importa, no mencionaré la ciudad en que
ocurrieron los hechos, pues no es necesario.
Johnson,
mi cliente, estaba endeudado con un prestamista al que conocía… es decir, con
el que tenía una relación lo suficientemente personal como para intentar
obtener una prórroga pidiéndosela personalmente.
Fue
al cuarto de hotel que el prestamista utilizaba como oficina… un cuarto sucio
en un hotel sucio donde realizaba sus sucios negocios. El prestamista conocía a
Johnson lo suficiente como para recibirlo, y hasta para tratarle con una
especie de espuria bonhomie, pero se negó a concederle la prórroga. Eso
significaba que cuando Johnson dejara de cumplir un pago, como mínimo,
recibiría una paliza, destrozarían su negocio, quizá su familia.
Estaba
desesperado —y yo lo estoy, por supuesto, contándoles la historia de Johnson
tal y como él me la contó a mí—, pero el usurero le explicó fríamente que si
hacía una excepción con Johnson, los demás podrían esperar la misma
indulgencia. Por otra parte, si daba ejemplo con Johnson, eso animaría a los
otros a pagar con prontitud y quizá les disuadiera de incurrir en deudas que no
podían pagar. Al parecer, a Johnson le irritó que el prestamista se hiciera el
virtuoso sobre la necesidad de proteger a los posibles deudores de sí mismos.
—Me
atrevo a decirle, señor Levine —dijo Rubin con sequedad—, que si un prestamista
se expresara tan bien como usted, podría presentar una defensa tan buena de su
profesión como usted de la suya.
Después
de una breve pausa, Levine dijo:
—No
debería sorprenderme. De hecho, antes de que usted se moleste en decirlo, ya sé
que, dada la reputación de los abogados, si la gente escuchara una defensa de
las dos profesiones, quizá considerase a los prestamistas más admirables. No
puedo evitarlo, pero creo que si usted tiene problemas es mejor que trate con
un abogado que con un prestamista.
Continúo.
A Johnson no le impresionó la lógica del prestamista de tratar de extraer
sangre a una piedra y luego pulverizar la piedra porque deja de sangrar.
Explotó de indignación, gritándole amenazas que no podía cumplir. En resumen,
amenazó con matar al prestamista.
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—Como
usted nos está contando la historia de Johnson, supongo que él admitió haber
hecho las amenazas —dijo Trumbull.
—Sí,
lo hizo —dijo Levine—. Desde el comienzo le dije, como a todos mis clientes,
que no puedo defenderlo con eficacia si no me dice toda la verdad, aunque eso
signifique confesar un crimen. Incluso después de tal confesión, yo podría
seguir dispuesto a defenderlo y a luchar, en el peor de los casos, por un
castigo menor del que le correspondería y, en el mejor, por conseguir la
absolución basándome en posibles atenuantes.
Me
parece que él me creyó, y no dudó en decirme lo de las amenazas; ni intentó
suavizarlo ni modificarlo. Eso me impresionó mucho, la verdad. Soy lo
suficientemente veterano en mi profesión y he escuchado las protestas de
inocencia de suficientes mentirosos, como para no reconocer la verdad cuando la
oigo, y, como suele suceder, hay pruebas que apoyan esta parte de la historia,
a pesar de que Johnson no lo sabía entonces, de modo que dijo la verdad
simplemente porque sabía que sería inútil mentir.
—¿Cuál
es la prueba? —preguntó Trumbull.
—Los
cuartos de hotel no están insonorizados y Johnson gritaba a pleno pulmón. Una
limpiadora escuchó prácticamente todo y también un tipo en el cuarto de al
lado, qué estaba tratando de dormir una siesta y llamó a recepción para
quejarse.
—Eso
sólo significa que se estaba produciendo una pelea. ¿Qué pruebas hay de que era
Johnson quien estaba gritando?
—Muchas
—dijo Levine—. El recepcionista también conoce a Johnson, y Johnson se detuvo
para preguntarle si el prestamista estaba en su habitación. El recepcionista lo
llamó y envió a Johnson arriba —y vio a Johnson bajar después—, y el aviso de
la amenaza de muerte le llegó en ese período de tiempo.
Sin
embargo, era una amenaza vacía. De hecho, sólo sirvió para que Johnson
desahogara su ira. Salió casi inmediatamente después. Estoy prácticamente
seguro de que Johnson fue incapaz de matarlo.
Rubin
no dejaba de moverse en su asiento.
—Eso
es una tontería —dijo—. Cualquiera es capaz de matar en un momento de
suficiente ira o terror y con un arma a mano. Supongo que, después de que
Johnson saliera, encontraron muerto al prestamista con la cabeza destrozada por
un bate de béisbol, con sangre y cabellos pegados, echado sobre la cama; y
usted nos dice que está seguro de que Johnson no lo hizo.
Levine
levantó su copa e indicó que deseaba un poco más de brandy, dio las gracias a
Henry con una sonrisa y dijo:
—He
leído alguna de sus historias de misterio, señor Rubin, y me han gustado. Estoy
seguro que si en sus relatos se diera una situación como ésta, usted
encontraría formas de demostrar que el sospechoso es inocente. Pero esto no es
uno de sus misterios, señor Rubin. El prestamista estaba completamente vivo
cuando Johnson se fue.
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—Según
Johnson, por supuesto —dijo Rubin.
—Un
testigo irrecusable. El hombre que llamó a la recepción dijo que alguien había
asesinado a alguien en el cuarto de al lado y el recepcionista envió
inmediatamente al detective del hotel, pues temía que su amigo hubiera sido
asesinado. El detective estaba bien armado, y aunque no sea un intelectual, es
perfectamente apto para servir como testigo. Golpeó la puerta y se identificó,
luego la puerta se abrió y apareció el prestamista, a quien el detective
conocía, completamente vivo… y solo. Johnson ya se había marchado, desinflado y
desmoralizado.
El
hombre de la recepción, que se llama Brancusi, vio salir a Johnson unos
segundos después de que el detective cogiera el ascensor. Al parecer, se
cruzaron en ascensores distintos. Brancusi lo llamó, pero Johnson apenas
levantó una mano y salió a toda prisa. Estaba pálido y parecía enfermo, dice
Brancusi. Eran las tres menos cuarto, según Brancusi… y también según Johnson.
En
cuanto al prestamista, bajó poco después de las cuatro y estuvo en el bar una
hora o más. El camarero, que lo conocía, testificó eso y puede enumerar
satisfactoriamente las bebidas que le sirvió. Alrededor de las cinco y cuarto,
el prestamista salió del bar y, posiblemente, subió a su habitación.
—¿Bebió
lo suficiente como para emborracharse? —preguntó Avalon.
—Según
el camarero, no. Estaba bien dentro de sus límites usuales y no mostraba signos
de estar bebido.
—¿Habló
con alguien en particular?
—Sólo
con el camarero. Y, según éste, se marchó del bar solo.
—Eso
no significa nada —dijo Gonzalo—. Podía haberse reunido con alguien en el
vestíbulo. ¿Lo vio alguien coger el ascensor solo?
—Nadie,
que sepamos —dijo Levine—. Brancusi no se fijó y nadie ha admitido haberlo
visto; tampoco se ha presentado nadie voluntariamente con la información. De
todas formas, el prestamista pudo haberse encontrado con alguien en el ascensor
o en el pasillo fuera de su cuarto. No lo sabemos y no tenemos pruebas de que
no estuviera solo cuando entró en su cuarto poco después de las cinco y cuarto.
No
obstante, este período de dos horas entre las tres y cuarto y las cinco y
cuarto es muy significativo. El detective que vio al prestamista inmediatamente
después de que Johnson saliera a las tres y cuarto lo encontró tranquilo y más
bien divertido por todo el jaleo. Sólo una pequeña discusión, dijo, nada
importante. Además, el camarero también insiste en que la conversación y la
actitud del prestamista durante el tiempo que estuvo en el bar fueron normales
y sin nada de particular. Ni hizo ninguna referencia a amenazas o peleas.
—¿Usted
hubiera esperado que las hiciera? —preguntó Halsted.
—Quizá
no —dijo Levine—, pero de todas formas es significativo. Al fin y al cabo,
conocía a Johnson. Sabía que era física y emocionalmente débil. No temía que le
atacara o no dudaba que podría manejarlo si lo intentaba.
Después
de todo, el camarero no vio que tomara la precaución de llevar un
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guardaespaldas,
aunque sabía que Johnson estaba desesperado. Durante ese intervalo de dos horas
actuó como si considerara que mi cliente era inofensivo y, desde luego, yo
expondré ese punto al jurado.
Avalon
sacudió la cabeza.
—Quizá
sea así, pero si su historia nos dice algo es que el prestamista encontró una
muerte violenta. Y en ese caso, el hombre que le amenazó será sospechoso de
asesinato. El hecho de que el prestamista estuviera seguro de que Johnson era
inofensivo no significaba nada. El prestamista pudo cometer simplemente un
error monumental.
Levine
suspiró.
—Efectivamente,
el prestamista murió. Volvió a su cuarto a las cinco y cuarto, o un minuto o
dos después, y sospecho que sorprendió a un ladrón allí. El prestamista tenía
una buena cantidad de dinero en efectivo en su habitación —necesario para sus
negocios— y el hotel no era inmune a los ladrones. El prestamista luchó con el
intruso, que lo mató antes de las cinco y media.
—¿Y
las pruebas? —preguntó Trumbull.
—El
hombre del cuarto de al lado que había tratado de echar una siesta dos horas
antes se había despejado lo suficiente como para no poderse dormir hasta las
cinco más o menos, y entonces, cuando por fin se durmió, le volvieron a
despertar fuertes ruidos. Llamó a recepción muy enojado e informó a Brancusi de
que esta vez había llamado directamente a la policía.
—¿Escuchó
la misma voz que antes? —dijo Gonzalo.
—Dudo
que cualquier identificación de voz que intentara hacer tuviera validez en el
juicio —dijo Levine—. Sin embargo, no declaró haber oído voces. Sólo ruidos de
muebles golpeados, cristales rotos y esas cosas.
Brancusi
envió al detective, quien, al no obtener esta vez respuesta a su llamada, entró
con su llave maestra y hacia las cinco y media encontró al prestamista
estrangulado, el cuarto en completo desorden y la ventana abierta. La ventana
daba a un tejado dos pisos más bajo. Un ladrón con experiencia pudo haber
bajado fácilmente sin ser visto.
La
policía llegó poco después, alrededor de las seis menos veinte. —Supongo que la
policía —dijo Trumbull— no se cree la teoría del ladrón. —No. Ni en la pared ni
en el tejado pudieron detectar indicios de que un ladrón
hubiera
escapado por allí hacía poco. Sin embargo, cuando al interrogar al hombre que
les llamó se enteraron del incidente anterior, descartaron la posibilidad de
una coincidencia y ahora piensan que Johnson volvió a la habitación, atacó y
estranguló al prestamista, golpeando los muebles en la lucha; luego abrió la
ventana para hacer creer que un intruso había hecho la faena y salió
apresuradamente por la puerta. Al detective se le escapó por unos instantes,
pues se volvió a cruzar con él en el ascensor.
—¿No
cree que sea posible? —dijo Trumbull.
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—Oh,
todo es posible —dijo Levine, fríamente—, pero la misión del fiscal no es
mostrar que es posible. Tiene que demostrar que fue así más allá de toda duda
razonable. El hecho de que la policía no viera algo en las paredes o el tejado
no significa nada. Quizá no buscaran lo suficiente. Una negativa nunca
impresiona a ningún jurado o juez… y así debe ser. Y las amenazas de las tres y
cuarto no tienen nada que ver con los hechos de las cinco y veinte, a no ser
que se pueda demostrar la presencia en el lugar del crimen del hombre que las
hizo.
Gonzalo
estaba balanceándose sobre las patas traseras de la silla con las manos
aferradas a la mesa.
—Entonces,
¿cuál es el problema?
—El
problema es, señor Gonzalo —dijo Levine—, que Johnson estaba en el lugar del
crimen hacia la hora del asesinato.
Gonzalo
dejó caer la silla hacia delante con estrépito.
—¿Hay
alguna prueba?
—La
mejor —dijo Levine—. Él mismo lo admite. Esto es lo que sucedió: dos horas
después de dejar al prestamista, Johnson buscó rápidamente todo el dinero que
tenía, pidió prestadas pequeñas sumas a varios amigos, hizo una visita a una
casa de empeño y reunió aproximadamente la tercera parte de su deuda. Luego
volvió al hotel esperando obtener un aplazamiento con el pago de una parte de
la suma. Tenía pocas esperanzas de conseguirlo, pero tenía que intentarlo.
Llegó
al hotel alrededor de las seis menos cuarto, después de que se hubiera cometido
el asesinato, y vio un coche de la policía en la acera del hotel. Pero aparte
de darse cuenta de su existencia, le prestó poca atención. Sólo tenía una cosa
en la mente.
Se
dirigió directamente al ascensor, que estaba en el vestíbulo con la puerta
abierta. Cuando llegó al piso del prestamista vio un policía en la puerta de la
habitación a la que se dirigía. Casi instintivamente retrocedió al ascensor y
apretó el botón del vestíbulo. Era la única persona que iba en el ascensor y no
lo llamaron de pisos superiores. El ascensor bajó lentamente, sin detenerse en
ningún piso. Cuando llegó al vestíbulo, salió rápidamente, fue a su casa y se
quedó allí hasta que la policía fue a buscarlo.
Una
voluta de humo de cigarrillo flotaba en el aire sobre la cabeza de Drake.
—Supongo —dijo— que se habían enterado de la amenaza y fueron a
interrogarlo.
—Así
es —dijo Levine.
—Pero
no pueden hacer que Johnson declare contra sí mismo, así que ¿cómo demuestran
que estaba allí a la hora del crimen?
—En
primer lugar, Brancusi lo vio cuando se dirigía al ascensor. Lo llamó para
advertirle e impedir que se encontrara con la policía. Johnson no lo oyó y las
puertas del ascensor se cerraron tras él antes de que Brancusi pudiera hacer
algo. Sin embargo, Brancusi insiste en que Johnson volvió a bajar al cabo de un
par de minutos
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y
que se fue precipitadamente. Y está dispuesto a jurar que Johnson salió
precisamente a las seis menos diez.
—¿Brancusi
está totalmente seguro de eso? —dijo Drake.
—Sí.
Su turno acababa a las seis y estaba furioso porque el asesinato no hubiera
ocurrido una hora más tarde, cuando él ya hubiera salido. Estaba seguro de que
le interrogarían y quizá le retuvieran algunas horas. Por lo tanto, era
particularmente consciente de la hora. Había un reloj eléctrico colgado en la
pared al lado del escritorio; era un reloj grande y bonito, con números claros,
que habían colocado recientemente. Funciona al segundo y Brancusi está
absolutamente seguro de que eran las seis menos diez.
Avalon
se aclaró la garganta.
—En
ese caso, señor Levine, Brancusi respalda la historia de Johnson y coloca a su
cliente en el lugar del asesinato, pero no a la hora en que se cometió, sino
después.
—Aquí
es donde entran las trivialidades —dijo Levine—. Brancusi es un mal testigo.
Tartamudea ligeramente, lo cual le hace parecer inseguro; tiene un párpado
caído, lo que le da un aspecto avergonzado y sospechoso; tiene problemas para
mirar a los ojos a otra persona. El jurado estará dispuesto a creer que es un
mentiroso.
Segundo,
Brancusi es amigo de Johnson, lo conoce desde la niñez y todavía van a tomar
copas juntos. Eso le da un motivo para mentir, y la acusación lo explotará al
máximo.
Finalmente,
es posible que Brancusi no quiera declarar. Estuvo seis meses en prisión por un
delito menor hace bastantes años. Desde entonces ha llevado una vida
razonablemente ejemplar y, como es natural, no quiere que aquel incidente se
haga público. Para empezar, podría costarle el empleo.
—¿Pero
puede la acusación mencionar ese asunto? No tiene nada que ver, ¿no? —Desde
luego que no, pero si la acusación adopta la actitud de dudar de la
credibilidad
de Brancusi como testigo, puede contagiar al jurado.
—En
ese caso —dijo Rubin—, si usted no lleva a Johnson ni a Brancusi al estrado, la
acusación sigue teniendo el problema de probar que Johnson estuvo en el lugar
del crimen a la hora en que se cometió. Ellos no pueden llamar a declarar a
Johnson, y no van a llamar a Brancusi porque no pueden pedirle que declare y
traer a colación que estuvo en la cárcel.
Levine
suspiró.
—Hay
otro testigo. Es un contable llamado William Sandow. Se detuvo en el vestíbulo
del hotel a comprar un paquete de caramelos refrescantes y, mientras estaba en
la tienda de periódicos, vio salir a Johnson apresuradamente del hotel. Más
tarde, leyó la noticia del crimen y llamó a la policía para facilitarle la
información. Su descripción del hombre que vio es correcta y más tarde lo
reconoció en una rueda de identificación.
Sandow
dice que lo que le llamó la atención en el hombre que pasaba era la mirada de
horror y angustia de su rostro. Por supuesto, no puede utilizar esos
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términos
como testigo, pero la acusación puede hacerle declarar que Johnson estaba
sudando temblando, y esto le daría un aire de asesino en fuga.
—No
—dijo Rubin—. Hay muchas cosas que pueden hacer sudar y temblar a un hombre, y
Johnson tenía buenas razones para ello estando tan cerca de un asesinato.
Además, Sandow sólo confirmará la historia de Brancusi y Johnson.
Levine
sacudió la cabeza.
—No,
no la confirma. Sandow dice que vio la hora de refilón cuando Johnson pasó y
jura que eran exactamente las cinco y media, justo después de que se cometiera
el asesinato, pero antes de la llegada de la policía. Si es verdad, esto
destruye la historia de Johnson y refuerza las sospechas de que cometió el
asesinato.
—Brancusi
apoya a Johnson —dijo Rubin—. Es la palabra de un hombre contra la de otro. No
pueden sentenciarlo.
—Pueden
—dijo Levine—, si el jurado cree a uno y no al otro. Si Brancusi lo tiene todo
en contra para crear una buena impresión, Sandow lo tiene todo a su favor,
rostro franco, aspecto aseado, una voz agradable, y rebosa eficiencia y
honestidad. El simple hecho de que sea contable le da un aire de exactitud.
Además, mientras que Brancusi es amigo de Johnson y, por tanto, sospechoso,
Sandow es ajeno a él por completo y no tiene ninguna razón para mentir.
—¿Cómo
está usted seguro de eso? —dijo Rubin—. Estuvo muy dispuesto a facilitar la
información y verse involucrado en el caso. ¿No tendrá algún secreto rencor
contra Johnson? ¿O alguna conexión con el prestamista?
Levine
se encogió de hombros.
—Existen
ciudadanos de espíritu cívico, aún hoy. El hecho de que se presentara
espontáneamente le ganará el favor del jurado. Como es natural, hemos
investigado el pasado de Sandow. No encontramos nada que se pueda utilizar en
su contra… al menos, no lo suficiente.
Hubo
un breve silencio en la mesa y, finalmente, Rubin dijo:
—La
gente honesta también comete errores. Sandow dice que vio la hora de refilón.
¿Cómo sucedió? ¿Miró su reloj? ¿Por qué? Brancusi tenía una buena razón para
mirar el reloj. ¿Cuál es la de Sandow?
—El
no afirma que mirase su reloj. Vio el mismo reloj de pared que miró Brancusi.
Posiblemente, tanto Brancusi como Sandow miraron el mismo reloj en el mismo
momento. El mismo reloj no puede indicar las cinco y media para una persona y
las seis menos diez para otra. Es evidente que uno está mintiendo o se
equivoca, y el jurado creerá a Sandow.
—Brancusi
miró el reloj —dijo Rubin—. Sandow sólo lo vio de refilón. Quizá no lo viera
bien.
—Había
pensado poner de relieve ese punto, pero no estoy seguro de que deba hacerlo.
La declaración de Sandow de que sólo lo vio de refilón parece honesta, en
cierto modo. El simple hecho de que no declare haber visto más de lo que vio,
de que no trate de dar más certeza a su testimonio, hace que suene verídico. Y,
además, es
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contable.
Dice que está acostumbrado a las cifras, que no puede evitar fijarse en ellas y
recordarlas. Seguramente, la acusación le hará decir esto en el estrado, y el
jurado seguramente lo aceptará.
Por
otra parte, señor Rubin, si trato de contrarrestar la fría seguridad de Sandow
haciendo que Brancusi declare de forma emotiva y tajante que está seguro de que
eran las seis menos diez, será tanto menos convincente, porque al jurado le
parecerá que está tratando desesperadamente de apoyar una mentira. Y si parece
que causa buena impresión, la acusación intentará traer a colación su antigua
condena.
Halsted
interrumpió con súbita animación.
—Oiga,
¿podía Sandow ver el reloj desde donde estaba junto a los periódicos? —Buena
idea —dijo Levi—. Lo comprobamos de inmediato y la respuesta es: si,
podía.
Fácilmente.
Se
hizo otro silencio en la mesa, un tanto largo. Finalmente, Trumbull dijo:
—Hagamos
un rápido resumen. Usted está convencido de que Johnson es inocente y Brancusi
está diciendo la verdad. Está también convencido de que Sandow miente o está
equivocado, pero no sabe por qué lo hace ni cómo demostrarlo. Y el jurado
creerá a Sandow y condenará a Johnson.
—Esos
son los hechos —dijo Levine.
—Por
supuesto, los jurados son impredecibles —dijo Rubin.
—Sí,
así es —dijo Levine—, ésa es mi única esperanza, pero no es demasiado.
Me
gustaría tener algo mejor.
Los
dedos de Avalon tamborileaban ruidosamente sobre el mantel. Dijo:
—Soy
abogado de patentes y, por tanto, no tengo experiencia en los tribunales. Sin
embargo, todo lo que usted necesita es crear una duda razonable. ¿No puede
hacer hincapié en que la libertad de un hombre depende de una mera ojeada a un
reloj?
—Puedo,
y pienso apoyarme en ese punto, aunque procuraré no empujar a la acusación a
mencionar el pasado de Brancusi. Pero me gustaría tener algo más.
Desde
el aparador, se escuchó súbitamente la voz de Henry:
—Si
me permite, señor Levine… supongo que el reloj en cuestión, al que se refieren
tanto el señor Brancusi como el señor Sandow, es un reloj digital.
Levine
frunció el ceño.
—Sí,
lo es. No lo mencioné, ¿no? ¿Cómo lo sabe? —Su momentánea confusión desapareció
y sonrió—. Claro, no es ningún misterio. Dije que era un reloj nuevo, y en
estos tiempos los relojes digitales se están haciendo tan populares que es
razonable suponer que cualquier reloj nuevo sea digital.
—Estoy
seguro de que es así —dijo Henry—, pero no es eso lo que me ha llevado a mi
conclusión. Usted dijo hace unos momentos que el señor Sandow es contable y que
los contables no pueden evitar fijarse en las cifras y recordarlas. Por
supuesto, uno no recuerda las cifras de un reloj de esfera normal… recuerda la
posición de las manecillas. En un reloj de esfera se puede saber la hora con la
misma facilidad
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cuando
tiene números que cuando tiene puntos o incluso nada.
—¿Entonces?
—Casi
toda persona adulta de una inteligencia razonable puede saber la hora de una
ojeada. Ser contable no supone ninguna ventaja. Con un reloj digital es
diferente.
—Como
era un reloj digital, los contables sí tienen una ventaja. No me está ayudando,
Henry.
—Creo
que sí —dijo Henry—. Usted ha estado confundiéndonos inconscientemente, señor
Levine, diciéndonos la hora de la antigua forma apropiada para un reloj de
esfera. Habló de las tres y cuarto, de las seis menos cuarto, etc. Los relojes
digitales muestran específicamente esas horas como las tres y quince, y las,
cinco cuarenta y cinco. Supongo que cuando sólo se utilicen relojes digitales,
la hora se dirá exclusivamente de esta forma.
Levine
pareció un tanto impaciente.
—¿Cómo
cambia eso las cosas, Henry?
—Usted
dijo —dijo Henry— que Brancusi estaba seguro de que en el momento crucial eran
las seis menos diez, mientras que Sandow estaba seguro de que eran las cinco y
media. En ese caso, si el reloj fuera de esfera, la posición de las manecillas
sería completamente diferente y ninguno de los dos podría estar equivocado.
Estaríamos ante una mentira deliberada de una de las dos partes.
Sin
embargo, con un reloj digital, Brancusi afirma que leyó las cinco cincuenta y
Sandow afirma que leyó las cinco treinta.
—¡Ah!
—dijo Levine—, y usted piensa que Sandow confundió el cinco por un tres. No nos
vale; se podría sostener con igual razón que Brancusi confundió el tres por el
cinco en su impaciencia por acabar su turno.
—No
se trata de un error qué cualquiera pudo cometer —dijo Henry—. Es un error que
un contable cometería particularmente. Medio dólar son cincuenta centavos, pero
media hora son treinta minutos, y un contable tiende a ver los números en
términos de dinero. Para un contable, las cinco cincuenta es casi como decir
cinco dólares y medio. Una rápida mirada a un reloj digital que marque las
cinco cincuenta puede sugerir las cinco y media en la mente de un contable, y
más tarde jurará que ha visto las cinco y media.
Avalon
parecía sorprendido.
—¿Realmente
crees que el señor Sandow pudo haber cometido ese error, Henry? Pero fue Levine
quien respondió jubilosamente.
—¡Por
supuesto! Es la única forma de explicar cómo dos personas pueden mirar el mismo
reloj al mismo tiempo y, honestamente, dar dos versiones diferentes. Además,
hay una duda razonable. Supongan que coloco una pantalla donde proyecto los
números con el pretexto de probar la vista y la memoria de Sandow para las
cifras, y le pido que detecte e identifique números proyectados rápidamente. Le
muestro cinco cincuenta con un signo de dólar delante, y se verá impulsado a
decir «cinco dólares y medio».
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—Podría
decir «cinco cincuenta» o algo parecido —dijo Gonzalo.
—En
ese caso, le pediré que indique si quiere decir quinientos cincuenta dólares o
cinco dólares y medio —después de todo ¿ve o no ve el punto decimal?— y
seguramente dirá cinco dólares y medio. Le haré repetir lo mismo con cinco
cincuenta escrito en otros tipos y sin el signo de dólar. Finalmente, cuando
proyecte la imagen de un reloj digital que marque las cinco cincuenta y le
pregunte si son la cinco y media o las seis menos diez, ni siquiera tendrá que
responder. El jurado comprenderá el error.
Levine
se levantó y estrechó la mano de Henry.
—Gracias,
Henry. Dije que los casos dependen de trivialidades, pero nunca imaginé que
éste podría depender de algo tan trivial como la diferencia entre un reloj
digital y un reloj de esfera.
—Pero
—dijo Henry— de esta trivialidad depende la libertad de un hombre que está
acusado de asesinato injustamente, y eso no es ninguna trivialidad.
Epílogo
Casi
con decepción advertí que había terminado todas las historias que necesitaba
para el tercer libro, y que sólo había podido incluir una rechazada. Eso
significaba que no podría enviar los dos relatos restantes a una revista y que
debía escribirlos especialmente para el libro.
Como
tenía que hacerlo, lo hice… y escribí éste en la tercera reunión de aficionados
a la literatura de misterio en Mohonk, a la que me referí en el epílogo de «¡No
viene al caso!».
Como
mis lectores habrán observado, «¿Qué hora es?» incluye un crimen, un caso raro
en mis relatos de los Viudos Negros. Sin embargo, aquí no importa quién lo
hizo, ni cómo lo hizo, ni por qué lo hizo. Sólo se trata de explicar una
discrepancia… que, a fin de cuentas, es de lo que tratan los Viudos Negros.
Pero,
al menos, los Viudos Negros evitaron que un hombre inocente fuera condenado.
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XI
EL
SEGUNDO NOMBRE
ROGER
HALSTED parecía apenado y dijo:
—Casi
no vengo esta noche.
Geoffrey
Avalon lo contempló desde su metro noventa de estatura y dijo:
—¿Un
accidente de coche?
—Nada
tan dramático —dijo Halsted—. Alice tenía uno de sus arrebatos feministas esta
noche y criticó duramente el hecho de que los Viudos Negros sea una
organización masculina.
—Pero
ella lo sabía desde el principio, ¿no? —preguntó Avalon.
—Por
supuesto, y está ofendida desde el principio —dijo Halsted—. Unas veces es peor
que otras, eso es todo. Y hoy quizá viera algo en televisión o leyera algo en
los periódicos, o charlara con una amiga, o lo que sea. De cualquier modo,
estaba enfadada, y el problema es que yo estoy un poco de acuerdo con ella.
Emmanuel
Rubin fue hacia ellos desde el otro lado de la habitación, donde había estado
intercambiando insultos con Mario Gonzalo, el anfitrión del banquete mensual de
los Viudos Negros.
—¿Estás
hablando de tu esposa? —dijo.
—Sí.
—Lo
hubiera adivinado por tu cara de preocupación. Malo. Los Viudos Negros no
tienen esposas.
—¿Sí?
—dijo Halsted incisivamente—. ¿Se lo has dicho a Jane? —Quiero decir durante
los banquetes, y tú sabes lo que quiero decir.
—Te
he oído mencionar a Jane en los banquetes y, además, mi discusión se refiere a
los banquetes. No me gustaría tener que dejar de asistir.
—¿Quién
te puede obligar a ello? —preguntó Rubin burlonamente, con su barba rala
encrespada.
—Para
empezar, mi propia conciencia —dijo Halsted—. Y no merece la pena romper un
matrimonio por eso.
—¿Por
qué romper un matrimonio? —dijo Rubin—. Aunque concedamos a las mujeres la
igualdad —política, económica y social—, ¿por qué tendría eso que impedirme
pasar una velada al mes con amigos de mi propia elección que, casualmente, son
hombres?
—No
se trata de eso, y tú lo sabes, Manny. No es que sólo haya hombres casualmente.
Las reglas del club prohíben la entrada de miembros que no sean masculinos.
—Y
que no sean inteligentes —dijo Rubin—; y que no sean compatibles. Si a
cualquiera, de nosotros le desagrada alguien propuesto para miembro, por
trivial o incluso inexistente que sea el motivo, ese miembro potencial puede
ser rechazado.
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Con
uno solo en contra es suficiente, a pesar de los deseos del resto, y ni
siquiera tiene que dar explicaciones.
—Manny
—dijo Avalon—, generalmente no eres tan obtuso. No es posible rechazar a una
mujer, porque ni siquiera puede ser propuesta como miembro. ¿No ves la
diferencia? Aquel de nosotros que sea anfitrión de la velada puede traer como
invitado a quien desee, incluso a alguien que sería rechazado instantáneamente
si fuera propuesto como miembro. Pero el invitado debe ser hombre. Nunca se
puede traer a una mujer. ¿No ves la diferencia?
—Exactamente
—dijo Halsted—. Si rechazáramos a un negro, o a un judío, o a un irlandés,
sería intolerancia y ninguno de nosotros lo aceptaría. Pero como sólo son
mujeres no parece importarnos ¡Qué ceguera moral!
—Bien,
entonces —dijo Rubin—, ¿estáis sugiriendo que deberíamos admitir a mujeres en
nuestra sociedad?
—No
—dijeron Avalon y Halsted, rápida y enfáticamente.
—Entonces,
¿sobre qué estamos discutiendo?
—Sólo
estoy señalando —dijo Halsted— que debemos reconocer la inmoralidad de esto.
—Quieres
decir que mientras sepamos que algo es inmoral, somos libres de ser inmorales.
—Por
supuesto que no —dijo Halsted—. Siempre pensé que la hipocresía agrava
cualquier pecado. No hay nada tan machista como decir: «No soy machista,
pero…», tal como he oído decir a Manny.
Mario
Gonzalo se unió a ellos con evidente satisfacción.
—Yo
no digo: «No soy machista, pero…». Yo soy machista. Espero que una mujer cuide
de mí.
—Eso
sólo es la admisión de que no puedes cuidar de ti mismo —dijo Rubin—, algo que
siempre he sospechado, Mario.
Gonzalo
miró por encima de su hombro con rapidez, en dirección a su invitado, y dijo en
voz baja:
—Escuchad,
seguid hablando de feminismo durante la cena, volved a ello de vez en cuando.
Es una suerte que hayáis empezado por vuestra cuenta.
—¿Por
qué? —dijo Avalon con una voz que nadie había silenciado desde su invención—.
Qué estás tramando…
—Shh
—dijo Gonzalo—. Quiero sonsacar a mi invitado. Hay algo que le preocupa y no
quiere hablar de ello. Por eso lo he traído. Podría ser interesante.
—¿Sabes
de qué se trata? —preguntó Halsted.
—Sólo
en general… —dijo Gonzalo.
Henry,
cuyo esmerado servicio en los banquetes daba solemnidad a la ocasión, les
interrumpió delicadamente:
—Si
no le importa, señor Gonzalo, la cena está servida.
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Gonzalo
colocó inmediatamente a su invitado a su derecha y dijo:
—¿Ya
os he presentado a todos al señor Washburn?
Hubo
un murmullo general de asentimiento. Lionel Washburn era un individuo de
belleza casi clásica, con abundante cabello oscuro pulcramente cortado, gafas
de montura negra, camisa blanca, traje azul oscuro y zapatos negro brillante.
Parecía bien vestido sin estar incómodo. No aparentaba más de treinta años. Se
dirigió a Gonzalo sombríamente:
—Me
pareció escuchar una discusión sobre si el club debería ser sólo para hombres.
¿Es así, Mario?
—No
hay ninguna discusión —dijo Mario con rapidez—. Es de hombres. Yo te invité. No
te propuse que trajeras a tu novia.
—No
tengo novia —dijo Washburn, mordiendo cada palabra. Y añadió en tono normal—:
¿Desde cuándo es sólo para hombres?
—Desde
el comienzo, pero es una historia de Jim. Jim, a mi invitado le gustaría saber
cómo empezó el club… si no te importa contarlo, por supuesto.
James
Drake sonrió y apartó el cigarrillo para poder ver claramente el rostro del
otro.
—No
me importa, pero estoy seguro de que los demás deben estar un poco cansados de
oírla… ¿Alguna objeción?
Thomas
Trumbull, quien estaba cortando sus costillas de cordero, dijo:
—Muchas,
pero continúa; mientras tú hablas, yo me ocuparé de mi estómago. Henry, si
puedes alcanzarme un poco de salsa de menta, te lo agradeceré infinitamente. Y
Jim, te sugiero que mandes imprimir tu Libro del Génesis personal y se lo
entregues a cada invitado. Sería un alivio para los demás. Gracias, Henry.
—Ahora
que nos hemos deshecho de Tom —dijo Drake—, continuaré. Hace unos treinta años
me casé, pero todos cometemos errores, ¿no? Creo que entonces estaba fascinado,
aunque no puedo recordar por qué. Sin embargo, mis amigos, no estaban
fascinados.
Avalon
respiró profundamente.
—Nosotros
recordamos por qué.
—Estoy
seguro de que tú sí —dijo Drake, de buen humor—. Como consecuencia, me convertí
en un solitario. Mis amigos dejaron de visitarme y yo no podía soportara los
amigos de ella, y —después de un tiempo— a ella tampoco. Entonces se le ocurrió
a Ralph Ottur —ahora vive en California, siento decirlo— fundar un club con el
único propósito de verme sin mi mujer. Lógicamente, eso sólo era posible si el
club era para hombres. Eso es todo. Nos llamamos los Viudos Negros porque las
arañas viudas negras suelen devorar a su pareja, y nosotros estábamos decididos
a sobrevivir.
—¿Y
su esposa conoce el origen del club? —preguntó Washburn.
—No
es mi esposa —dijo Drake—. Es decir, ya no lo es. Me divorcié después de siete
años.
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—¿Y
todos ustedes son miembros desde el comienzo?
Drake
sacudió la cabeza.
Geoff,
Tom y yo somos los miembros fundadores. Los otros se nos unieron más tarde.
Algunos miembros han muerto o viven demasiado lejos para asistir.
Pero
la razón para excluir a las mujeres ha desaparecido. ¿Por qué…?
Porque
queremos —dijo Gonzalo con rapidez—. Porque me gustan las mujeres en su lugar y
sé exactamente cuál es ese lugar, y no es éste.
—¡Qué
odioso! —dijo Halsted, tartamudeando ligeramente, como siempre que se excitaba.
Tú
dices eso porque estás casado —dijo Gonzalo con frialdad— y tienes que
practicar, no sea que cometas algún desliz machista, como dicen, delante de tu
mujer, y tengas problemas. Yo no estoy casado, así que soy un hombre libre. Mis
amigas saben cómo pienso y si no les gusta, pueden marcharse.
Hay
un desagradable donjuanismo en lo que dices —dijo Avalon—. ¿No te importa que
se vayan?
Algunas
veces —admitió Gonzalo—, pero sería peor si se quedaran y discutieran conmigo.
Y siempre hay otras.
—Es
odioso —dijo otra vez Halsted.
La
verdad suele serlo —dijo Gonzalo—. ¿A que vosotros, con toda vuestra moral
feminista, no podéis decirme por qué no queréis mujeres en estas reuniones sin
darme un argumento machista?
Hubo
un incómodo silencio en la mesa, y Gonzalo dijo:
—Henry,
tú eres también un Viudo Negro, no te voy a dejar escapar. ¿Te gustaría que
hubiera mujeres en estas reuniones?
El
rostro de Henry se arrugó en una placentera sonrisa.
—No,
señor Gonzalo, no me gustaría.
—Ajá
—dijo Gonzalo—. Pero tú eres un hombre honesto, Henry, no como todos estos
hipócritas negros. Dime por qué no.
—Como
usted, señor Gonzalo —dijo Henry—, no estoy casado, pero me temo que carezco de
su variada experiencia con mujeres jóvenes.
—¿Y
eso qué tiene que ver?
—Sólo
estoy explicando la situación —dijo Henry—, por si mi teoría sobre el asunto
pudiera parecerles pueril a hombres más experimentados. Me parece que la
mayoría de los hombres, durante su infancia, han tenido a la madre como figura
dominante. Aun cuando se le atribuye al padre la misteriosa y cruel función de
administrar el castigo, en realidad es la madre quien, con gritos, empujones y
cachetes, se interpone siempre en lo que queremos hacer. Y nunca nos
recobramos.
Rubin,
con una voz profunda de masculino desdén, dijo:
—Vamos,
Henry, ¿estás tratando de decir que esos hombres temen a las mujeres? —Creo que
muchos sí —dijo Henry—. Desde luego, muchos tienen una sensación de alivio y
libertad cuando están sólo en compañía de hombres y se sienten
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particularmente
libres cuando no se permite a las mujeres que se inmiscuyan. Este club se
originó como un refugio contra las mujeres bajo la forma de una mujer concreta.
Esa mujer ya no está, pero el refugio sigue siendo necesario y persiste.
—Bien
—dijo Avalon—, al menos no es un argumento descaradamente machista. —Y
totalmente falso —dijo Rubin, cuyos ojos brillaban tras los gruesos cristales
de
sus gafas—. ¿Cuántos de vosotros tenéis miedo a las mujeres?
Fue
Washburn quien intervino en aquel momento. Con su agradable rostro
contorsionado por la rabia, dio en la mesa un golpe con el puño que hizo
temblar los platos, e incluso Henry se detuvo mientras servía el café.
—No
esperaban que alguien lo admitiera, ¿no? Su camarero está en lo cierto, pero no
ha ido lo suficientemente lejos. Por supuesto que tememos a las mujeres. ¿Por
qué no las íbamos a temer? Son devoradoras de hombres, caníbales, arpías. No
tienen reglas ni cánones de deportividad. Son la ruina de los hombres y de todo
lo que es decente y humano. No me importa si no vuelvo a ver otra en mi vida.
Hizo
una pausa, respiró profundamente, se pasó una mano por la frente, empapada de
sudor, y dijo:
—Lo
siento, caballeros, no tenía la intención de perder los nervios.
—Pero
¿por qué…? —dijo Trumbull, y se detuvo al ver la mano levantada de Gonzalo.
Gonzalo
sonreía triunfante.
—Más
tarde, Tom. Casi es la hora del interrogatorio y te elegiré a ti como
inquisidor, así podrás hacer tu pregunta.
En
efecto, no pasó mucho tiempo antes de que Gonzalo diera los golpecitos rituales
en su vaso de agua mientras Henry servía el brandy.
—Es
todo tuyo, Tom —dijo.
Trumbull
frunció el entrecejo amenazadoramente bajo sus canosos cabellos rizados, y
dijo:
—Supongo,
señor Washburn, que Mario le habrá explicado que el pago por lo que esperamos
le haya parecido una cena excelente y una conversación al menos en parte
edificante es un interrogatorio. Se espera que responda a nuestras preguntas
sincera y completamente, aun cuando resulten algo embarazosas. Puedo asegurarle
que nada de lo dicho aquí saldrá de estas cuatro paredes.
Cumplido
este preámbulo, permítame decirle esto: yo no soy ningún juez en belleza
masculina, señor Washburn, pero me parece que las mujeres lo considerarían
atractivo.
Washburn
se sonrojó y dijo:
—Yo
no intentaría entender los gustos de las mujeres. Sin embargo, es verdad que,
en alguna ocasión, he visto que atraigo a las mujeres.
—Es
usted muy modesto en su afirmación —dijo Trumbull—. ¿Sucede también lo
contrario? ¿Le atraen las mujeres?
Por
un momento, Washburn pareció sorprendido. Luego frunció el entrecejo y
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dijo:
—¿Me
está preguntando si soy homosexual?
Trumbull
se encogió de hombros y dijo con voz neutra:
—En
estos tiempos es una pregunta permisible, e incluso es permisible responder de
forma afirmativa, si fuera el caso. No se lo pregunto por interés personal, se
lo aseguro, sino por simple curiosidad a causa de sus anteriores comentarios
contra las mujeres en general.
Washburn
se relajó.
—Comprendo.
No, me interesan las mujeres. Me interesan demasiado. Y realmente no estoy
contra las mujeres en general. ¡Estaba atacando a una sola! ¡A una mujer! ¡Y a
mí mismo!
Trumbull
vaciló.
—Lo
lógico —dijo—, señor Washburn, sería preguntarle sobre esa mujer que tanto le
inquieta. Sin embargo, no me decido a hacerlo. Por una parte, es un asunto
especialmente privado, en el que no desearía inmiscuirme, y, por otra, si a
usted no le importa, los detalles podrían ser particularmente aburridos.
Supongo que cada uno de nosotros, en algún momento…
Avalon
lo interrumpió.
—Si
no te importa a ti, Tom, estás mostrando una inusual mezcla de delicadeza y
falta de sensibilidad. Con tu permiso, estoy dispuesto a hacerme cargo del
interrogatorio.
—Si
crees que lo puedes hacer, Geoff, dentro de los límites del buen gusto —dijo
Trumbull resentido.
Avalon
levantó al máximo sus espesas cejas y dijo:
—Tengo
buena opinión de ti, Tom, pero nunca te he considerado un árbitro del buen
gusto. Señor Washburn, no deseo abrir heridas innecesariamente, pero permítame
adivinar. Usted perdió los estribos en medio de una discusión en pro y en
contra del feminismo. ¿Podemos suponer que su desagradable experiencia, sea la
que sea, tuvo algo que ver con el feminismo?
Washburn
asintió y dijo:
—Sí,
maldita sea.
—¡Bien!
Ahora puede ser superfluo preguntarle esto, pero ¿lo que le ocurrió a usted es
algo que les ha pasado a muchos otros? Dejando de lado el enorme dolor que
pueda haberle causado y que usted quizá se sintiera desgraciado como nadie,
¿pensaría usted en sus momentos más serenos que ése es el destino común de la
humanidad masculina?
Washburn
parecía perdido en sus pensamientos, y Avalon continuó, tan delicadamente como
pudo.
—Después
de todo, millones de hombres han sido rechazados, o engañados, o traicionados
por sus amantes y amigas.
—Lo que me sucedió —dijo Washburn, mostrando unos dientes
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extraordinariamente
blancos e iguales— les ha ocurrido a muchos otros, como usted sugiere. Lo
reconozco. Perder a la mujer que se ama no es tan raro. Que se rían de uno y
ser humillado —tragó saliva— puede sucederle a cualquiera. Pero en un aspecto,
me ha ido particularmente mal. En un determinado aspecto.
Avalon
asintió con la cabeza.
—Muy
bien, no le haré más preguntas. Sólo cuéntenos sobre ese aspecto. Washburn
clavó la mirada en su brandy y empezó a hablar precipitadamente. —Me enamoré.
No era la primera vez. Ella era… no era la mujer más hermosa
que
he conocido… ni la más agradable. De hecho, no nos llevábamos bien. Estar con
ella era como una carrera enloquecedora por un camino lleno de baches. Pero no
podía evitarlo. Y parece que todavía es más fuerte que yo. No me pidan que lo
analice. Todo lo que puedo decir es que fui atrapado, y yo la quería. Y no pude
conseguirla.
Ella
actuaba como si me odiase. Actuaba como si quisiera que yo la quisiese, sólo
para mostrarle al mundo que no podía tenerla.
Era
feminista. Tiene los nervios a flor de piel en ese tema. Era una mujer de
éxito, la ilustradora de revistas más solicitada, y ganaba mucho. Pero no era
suficiente. Para que se sintiera a gusto, yo tenía que fracasar.
Y no
había forma de argumentar con ella. Ganaba siempre. Por supuesto, era una
intelectual y yo no lo soy… aunque pienso que soy inteligente…
—La
inteligencia —dijo Rubin— es el diamante y el intelectualismo sólo las facetas.
He conocido muchos vidrios de hermosas facetas. ¿Cuál es su medio de vida?
—Soy
corredor de bolsa —dijo Washburn.
—¿Le
va bien? Quiero decir, tan bien como a su feminista.
Washburn
enrojeció.
—Sí.
Y he heredado una fortuna bastante respetable. Ella parecía resentida por esto.
—Déjeme
adivinar —dijo Rubin secamente—. Usted hace más dinero con menos inteligencia
porque es un hombre. Llega más lejos con menos méritos porque es un hombre. Y
probablemente ha heredado una respetable fortuna porque es un hombre. Su
hermana hubiera recibido menos.
—Algo
así —dijo Washburn—. Decía que la forma en que visto, la forma en que actúo,
todo en mí estaba destinado a mostrar mi riqueza y mi poder masculino. Decía
que era como si llevase escrito en luces de neón: «Puedo comprar mujeres».
—¿Trató
de defenderse alguna vez? —dijo Trumbull.
—Claro
—dijo Washburn—, y eso significaba una pelea. Le preguntaba ¿por qué, si
pensaba que se la debía considerar un ser humano y una intelectual, sin ser
castigada por su sexo, continuaba resaltando que era una mujer? ¿Por qué no se
quitaba el maquillaje y se enfrentaba al mundo con el rostro sin pintar, como
los hombres? ¿Por qué no se vestía con ropa menos llamativa, que acentuara
menos sus pechos y caderas? Le decía que era como si llevase escrito en luces
de neón: «Me
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vendo
a buen precio».
—Todo
eso debía encantarla —murmuró Rubin.
—No
se lo imagina —dijo Washburn con tristeza—. Decía que una sociedad masculina la
obligaba a defenderse y que no abandonaría la única arma que le estaba
permitida. Le dije que no necesitaba un arma contra mí. Que me casaría con ella
sin necesidad de artificio ni seducción, recién salida de la ducha, con el pelo
mojado y un lunar sobre el hombro, si lo tenía. Y ella decía: «¿Para qué? ¿Para
hacerte la cena y limpiarte la casa?». Y yo respondía: «Tengo una criada». Y
ella decía: «Por supuesto, otra mujer».
—¿Para
qué demonios iba a casarse con ella? —dijo Halsted—. Habrían peleado todo el
día. Habría sido un purgatorio. ¿Por qué no la deja?
—¿Por
qué no? —dijo Washburn—. Desde luego, ¿por qué no? ¿Por qué no se quita uno el
hábito de la heroína? ¿Por qué no deja uno de respirar el aire contaminado?
¿Cómo puedo saber por qué no? No es algo que se pueda razonar. Quizá… quizá… si
tuviera la oportunidad, podría conquistarla.
—No
debería hacerlo —dijo Rubin llanamente—. Esa mujer es una lagarta, y seguirá
siéndolo.
—Esa
es una frase estúpida, Manny —dijo Halsted—. Es parte de la habitual
intolerancia machista. Un hombre es ambicioso; una mujer no tiene escrúpulos.
Un hombre es firme; una mujer es testaruda. Un hombre es ingenioso; una mujer
es desvergonzada. Un hombre es competitivo; una mujer es trepadora. Un hombre
es un líder enérgico; una mujer es una lagarta.
—Llámalo
como quieras —dijo Rubin—. Es un lirio del valle, si quieres. Yo digo que su
ambición y ocupación habrían sido hacer que nuestro amigo deseara no haber
nacido, y que lo habría conseguido.
Se
volvió hacia Washburn y dijo:
—Por
su forma tan violenta de reaccionar antes, deduzco que su fracaso con ella
fue
completo. De modo que le felicito, y si supiera una forma de ayudarle a
conquistarla,
me negaría a decírsela.
Washburn
sacudió la cabeza.
—No
hay cuidado. Se casó con otro —un imbécil—, y lo último que he oído es que ella
está cocinando y limpiando la casa.
—¿Abandonó
su carrera? —dijo Avalon, atónito.
—No
—dijo Washburn—, pero también se ocupa de la casa. Lo que nunca comprenderé es
por qué lo eligió a él.
—La
atracción no se puede explicar —dijo Trumbull—. Quizá ese tipo la hacía reír.
Quizá la domina sin molestarse en discutir. Quizá a ella le gusta cómo huele.
¿Cómo vamos a saberlo? ¿Cómo explicaría la forma en que ella le atrae? Nada de
lo que ha dicho la hace atractiva para mí.
—Si
le prefería a él —dijo Washburn, con enojo—, ¿por qué no lo dijo, por qué
razón… o no había razón? ¿Por qué hacer que pareciera una prueba? ¿Por qué
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humillarme?
—¿Prueba?
—dijo Rubin—. ¿Qué prueba?
—Es
lo que mencioné antes, cuando dije que me sentía particularmente vejado. Ella
me dijo que averiguaría si yo era el tipo de hombre con el que podía vivir. Me
pidió que le dijera un segundo nombre de una sílaba que representa lo que todo
escolar conoce… y sin embargo no conoce. Me dio a entender que estaba haciendo
a ese tipo la misma prueba. Yo lo conocía y no me preocupaba. Por Dios, era un
estúpido redactor de textos publicitarios que arrastraba los pies, usaba
jerséis de cuello redondo y bebía cerveza.
—Usted
no creerá —dijo Avalon— que una mujer elegiría a un hombre de acuerdo con su
habilidad para resolver una adivinanza. Eso quizá suceda en los cuentos de
hadas; pero nada más.
—Eso
lo comprendo ahora —dijo Washburn—. Pero se casó con él. Me dijo que él le
había dado la solución. Ese idiota había pasado la prueba, me dijo, y yo había
fallado. No conseguirla era suficientemente malo, pero ella se las arregló para
hacerme perder en una lucha de ingenio con alguien a quien yo despreciaba… o,
al menos, dijo que yo había perdido. No era una prueba. Era un absurdo.
Supongan que eligen un segundo nombre de una sílaba —John, Charles, Ray,
George—, cualquiera de ellos. ¿Quién puede decir si la respuesta es correcta o
equivocada, salvo ella?
Si
iba a casarse con él de cualquier forma, podría haberlo hecho sin molestarse en
hacerme sentir como un imbécil ante mí mismo.
—¿Tiene
alguna importancia que la prueba fuera auténtica? —dijo Halsted—. ¿Que él le
diera la respuesta correcta y usted no? ¿Le haría sentirse mejor?
—Supongo
que sí —dijo Washburn—, pero cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que
fue una farsa.
—Veamos
—dijo Halsted pensativamente—. Necesitamos un segundo nombre de una sílaba que
cada escolar conoce… y sin embargo no conoce.
—Un
escolar de cualquier sexo —gruñó Washburn—. No seamos machistas. —Adelante,
Roger —dijo Gonzalo—. Tú eres profesor. ¿Qué es lo que todo
escolar
sabe… y sin embargo no sabe?
—En
mi clase en el instituto —dijo Halsted, sombríamente—, todo escolar sabe que
debe saber álgebra, y lo que no sabe es álgebra. Si álgebra fuera un segundo
nombre de una sílaba esa sería la respuesta.
—Seamos
sistemáticos —dijo Drake—. Sólo las personas tienen segundos nombres en el
sentido habitual de la palabra, de modo que podemos comenzar con eso. Si
encontramos una persona que todo escolar conoce… y sin embargo no conoce, esa
persona tendrá un segundo nombre y ese segundo nombre será la respuesta.
—Si
usted piensa eso —dijo Washburn—, ¿adónde le lleva? ¿Cómo es posible conocer
algo o a alguien… y sin embargo no conocerlo? Y si fuera posible, es
completamente imposible que sólo sea aplicable a una persona. ¿Cómo elegiría a
la
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persona
correcta? No, esa bruja estaba burlándose.
—En
realidad —dijo Avalon—, los segundos nombres no son frecuentes. Hoy todo el
mundo tiene uno, pero me parece que no era la norma en el pasado. Recordemos a
algunas personas famosas —George Washington, Abraham Lincoln, Napoleón—. Los
griegos tenían un solo nombre: Sócrates, Platón, Demóstenes, Creón. Esto limita
algo el campo.
—Está
Robert Louis Stevenson, Franklin Delano Roosevelt, Gustavo Adolfo Vasa —dijo
Halsted.
—¿Quién
es Gustavo Adolfo Vasa? —preguntó Gonzalo.
—Un
rey de Suecia de principios del 1600 —respondió Halsted.
—Supongo
que todo escolar sueco lo conocería —dijo Gonzalo—, pero debemos limitarnos a
los conocimientos de los escolares americanos.
—De
acuerdo —dijo Avalon.
—Los
romanos tenían tres nombres por lo general —dijo Rubin pensativamente
—.
Julio César era realmente Cayo Julio César. Su asesino, Casio, era Cayo Casio
Longino. Todo escolar americano conocería los nombres de Julio César y Casio de
la obra de Shakespeare Julio César, que es una lectura obligatoria. Sin
embargo, no conocería los nombres Cayo Julio César y Cayo Casio Longino.
Pensaría que Julio es el primer nombre y Casio el último, pero en los dos casos
se trataría de un segundo nombre. Podría ser algo así lo que estamos buscando.
—Muchas
culturas utilizan patronímicos —dijo Avalon— como segundos nombres. Los rusos,
por ejemplo. Pedro I de Rusia, o Pedro el Grande, como se le conoce
generalmente, era en realidad Pedro Alexievich Romanov. Todo escolar conoce a
Pedro el Grande y sin embargo no conoce su segundo nombre, ni siquiera sabe que
tiene uno.
—Hay
otras posibilidades —dijo Rubin—. Algunos segundos nombres se consideran
primeros nombres, incluso en los americanos. El presidente Grover Cleveland era
en realidad Stephen Grover Cleveland. Renunció a su primer nombre y se quedó
con el segundo, de modo que todo escolar conoce a Grover Cleveland y no conoce
a Stephen Grover Cleveland. Lo mismo sucede con Thomas Woodrow Wilson y John
Calvin Coolidge.
También
tenemos algunos segundos nombres perdidos en los seudónimos. Mark Twain era en
realidad Samuel Langhorne Clemens, y Lewis Carroll era en realidad Charles
Lutwidge Dodgson. Todo escolar conoce a Mark Twain y a Lewis Carroll, pero
probablemente no conoce Langhorne y Lutwidge.
—Perdónenme,
caballeros —dijo Washburn—, pero ¿a dónde conduce esto? ¿Cómo vamos a resolver
el problema? ¿Es posible desechar millones de nombres, excepto el que quería
esa mujer?
—Solamente
estamos trazando las dimensiones del problema, señor Washburn — dijo Avalon con
solemnidad.
—Y
equivocándonos —dijo Gonzalo—. Mirad, cada segundo nombre que he
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escuchado,
desde Julio hasta Lutwidge, tiene más de una sílaba. ¿Por qué no tomamos un
segundo nombre de una sílaba y seguimos el proceso al contrario? Si pensamos en
los presidentes norteamericanos, podemos comenzar con la letra «s». No existe
mejor nombre de una sílaba que el que sólo tiene una letra. Está Harry S.
Truman; y la S es sólo una S y no significa nada. Todo escolar conoce a Harry
S. Truman, ¿pero cuántos saben que la S no significa nada?
—Puestos
a eso —dijo Drake—, todo escolar conoce a Jimmy Carter, pero su nombre real es
James Earl Carter, hijo. Los escolares no conocen el Earl, y tiene una sílaba.
—Aun
así —dijo Washburn— hay millones de respuestas, y no una.
—Por
todos los infiernos, caballeros —rugió Trumbull súbitamente enojado—, estáis
olvidando la tercera pista, la crucial. Estoy aquí sentado esperando que alguno
advierta el hecho, y no hacéis más que dar vueltas en solemnes y pedantes
círculos.
—¿Qué
tercera pista, Tom? —preguntó Avalon con rapidez.
—Necesitamos
un segundo nombre de una sílaba; ésa es la primera. Tenemos ese galimatías
sobre los escolares; ésa es la segunda. Y tenemos el hecho de que la mujer dijo
que la adivinanza indicaría si Washburn era un hombre con el que ella podría
vivir. Esa es la tercera. Significa que la adivinanza tiene algo que ver con el
machismo, ya que la mujer es una ardiente feminista. La implicación es que a un
machista, que es lo que ella considera a Washburn, no se le ocurriría la
respuesta.
—Dios
mío, Tom —dijo Rubin—, has dado con ello. ¿Tienes algo más? No me digas que
también has encontrado la respuesta.
Trumbull
sacudió la cabeza.
—No
exactamente, pero sugiero que nos limitemos a nombres de mujeres. Una feminista
argumentaría que muchas mujeres han jugado un importante papel en la historia,
que el machismo suele ignorar. Todo escolar debería conocerlas, pero no las
conoce.
—No,
Tom —dijo Halsted—. Esa no es la pista. No es algo que todo escolar debería
conocer, pero no conoce. Es algo que todo escolar conoce, pero no conoce. Es
diferente.
—Además
—dijo Rubin—, aunque nos limitemos a las mujeres, no tenemos una línea clara
para dar con la respuesta. Si cogemos las feministas históricas, por ejemplo,
tenemos a Susan Brownell Anthony, Carrie Chapman Catt, Helen Gurley Brown,
Gloria Steinem, Betty Friedan… ¿cuál de ellas tiene un segundo nombre de una
sílaba?
—No
tiene por qué ser una feminista —dijo Drake, cuyos ojos parecían mirar
pensativamente en el aire—. Podría ser una mujer que contribuyó a la historia…
por ejemplo, la que escribió La cabaña del Tío Tom y ayudó a la causa de la
Guerra Civil, como dijo Lincoln.
—Harriet
Beecher Stowe —dijo Rubin con impaciencia—, y Beecher tiene dos sílabas.
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—Sí
—dijo Drake—, pero la mencioné como ejemplo. ¿Qué me dices de la mujer que
escribió «El Himno de Batalla de la República», Julia Ward Howe? ¿Cuántas
sílabas tiene Ward?
—¿La
conoce todo escolar y sin embargo no la conoce? —dijo Avalon.
—Todo
escolar conoce la estrofa «Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor»
y sin embargo no conocen a la autora, porque es una mujer. Al menos, eso es lo
que diría una feminista.
Hubo
un confuso clamor de objeciones sobre el que súbitamente se impuso la profunda
voz de Avalon.
—¿Qué
me decís de Mujercitas, que fue escrita por Louisa May Alcott? ¿Cuál es la
respuesta: Ward o May?
—Ninguna
de ellas —dijo Washburn bruscamente.
—¿Por
qué no? ¿Cómo lo sabe? —dijo Drake.
—Porque
ella me envió lo que dijo que era la respuesta cuando me escribió para decirme
que se había casado —dijo Washburn—. Y no es Ward ni May.
—Usted
ha retenido información —dijo Rubin, indignado.
—No,
no lo he hecho —dijo Washburn—. Yo no tenía la información cuando traté de
hallar la respuesta y, ahora que la tengo, sigo sin entender por qué. Creo que
ella eligió una respuesta al azar para continuar su plan de hacerme sentir como
un idiota.
Ni
les daré la solución ahora, porque ustedes inventarán una razón después de
tener el nombre, y eso no vale. Se trata de hallar una solución y razonarla sin
conocer la respuesta por anticipado… pero me dio un nombre femenino. Le admito
eso al señor Trumbull.
—Si
podemos averiguar el nombre que ella te dio y decirte por qué, ¿te sentirás
mejor? —dijo Gonzalo.
—Creo
que sí —dijo Washburn con tristeza—. Al menos, pensaría que fue una prueba
justa y que la habría conseguido si hubiera sido más listo, y que ella no se
estaba riendo de mí. Pero ¿puede alguien decirme qué nombre era?
Miró
alrededor de la mesa y encontró seis miradas fijas y pensativas.
—¿Tienes
alguna idea, Henry? —dijo Gonzalo.
El
camarero, que estaba retirando las copas de brandy, dijo calmadamente:
—A
menos que el nombre en cuestión fuera Ann, señor Gonzalo, me temo que no se me
ocurre nada.
Washburn
dejó escapar un grito incoherente, empujó su silla hacia atrás ruidosamente y
se incorporó de un salto.
—Pero
es Ann —exclamó—. ¿Cómo llegó a esa conclusión? ¿Fue por azar o tenía una
razón?
Estiró
los brazos como si fuera a coger a Henry por los hombros y sacarle las
respuestas a sacudidas, pero logró controlarse con evidente dificultad.
—Los
caballeros del Club de los Viudos Negros me dieron las piezas del puzzle,
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señor.
Yo no tuve más que juntarlas. El señor Rubin dijo que el segundo nombre podía
estar oculto bajo un seudónimo, como en el caso de Mark Twain. El señor
Trumbull señaló que debía considerarse el factor feminista. Me pareció muy
posible que en algunos períodos de la historia una mujer se ocultara bajo un
seudónimo masculino, y me pregunté dónde podría estar en conexión con algo que
todo escolar conoce.
Un
libro que los escolares han debido leer, década tras década, ha sido Silas
Marner. Todo escolar lo conoce, y además sabe que lo escribió George Eliot. Me
pareció recordar que era un seudónimo. Lo verifiqué en la enciclopedia que
tenemos en el estante de libros de referencia, mientras la discusión arreciaba,
y vi que el nombre real de Eliot era Mary Ann Evans.
Con
los ojos abiertos de asombro, Washburn dijo:
—Entonces
fue una prueba limpia. Me alegro de eso. Pero ¿le parece que el cretino con el
que se casó fue capaz de deducirlo?
—Muy
bien pudo hacerlo —dijo Henry—. Creo que lo mejor para usted sería creer que lo
hizo.
Epílogo
Escribí
este relato durante un viaje en tren a Richmond, Virginia, donde me habían
invitado a pronunciar el discurso de apertura de una conferencia, y durante mi
estancia en Richmond.
El
club de las «Arañas Tramperas» y, por tanto, el de los Viudos Negros son
organizaciones masculinas. Sólo admiten a hombres. Es más, el club de las
«Arañas Tramperas» se fundó de la forma que, en este relato, atribuyo a los
Viudos Negros.
Desde
luego, las organizaciones masculinas están pasadas de moda actualmente. No
puedo hablar por las otras «arañas tramperas», pero mi conciencia suele
remorderme por ello. Afortunadamente, Janet es una mujer muy tolerante, que
está chiflada por mí, y deja gustosamente que pertenezca no sólo a una
organización masculina, sino a cuatro, pues se da cuenta de que a mí me gustan.
Bien,
es verdad que me gustan y tranquilizo mi conciencia agitando desde dentro en
favor de que admitamos tanto a hombres como a mujeres…, pero hasta ahora
siempre en vano.
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ISAAC
ASIMOV está considerado uno de los más grandes escritores de ciencia ficción de
todos los tiempos.
Nacido
en Rusia, su familia decidió emigrar a Estados Unidos cuando Asimov sólo
contaba con tres años de edad. Se crió, pues, en Brooklyn, Nueva York, donde su
padre mantenía una tienda de venta de golosinas y revistas. Desde pequeño ya
demostró su interés por la ciencia ficción, siendo un ávido consumidor de
revistas pulp.
Su
atracción por la ciencia le llevó a estudiar Ingeniería Química, donde luego
lograría doctorarse en Bioquímica y ser profesor en la Universidad de Boston
durante varios años, hasta que su labor literaria le llevó a abandonar el mundo
de la docencia.
Tras
acabar la carrera, Asimov publicó su primer cuento en 1939, en la revista
Astounding Science Fiction —dirigida por el famoso John W. Campbell— y también
colaboró con Amazing Stories. Asimov nunca abandonó la escritura de cuentos y a
lo largo de su vida publicó gran número de antologías.
Su
obra más importante es sin duda La Fundación (1942) proyecto que se publicó en
diversas entregas a lo largo de los años y que compuso poco a poco el universo
en que Asimov centró la mayor parte de su trabajo. También ese año (1942)
Asimov se casó con Gertrude Blugerman con la que vivió hasta 1970, momento en
que se divorció.
En
1950 publicó su primera novela larga Un guijarro en el cielo, que significó el
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pistoletazo
de salida para una larga y prolífica serie de títulos en los que Asimov no sólo
trató la ciencia ficción sino que se introdujo en géneros como el policiaco, el
histórico o la divulgación científica.
A lo
largo de su carrera literaria recibió gran número de galardones literarios,
entre los cuales se encuentran varios Premios Hugo, Nébula o Locus. Asimov
formó parte, junto a Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke, de los mejores
exponente de la época dorada de la ciencia ficción.
Asimov
volvió a casarse en 1973 con Janet Opal, un año después de publicar otra de sus
obras más importantes Los propios dioses (1972). Varios de sus libros fueron
llevados al cine, como El hombre del bicentenario o Yo, Robot.
La
producción de Asimov siguió siendo importante, tanto en cuentos como libros,
hasta su muerte el seis de Abril de 1992.
Notas
[1] Ambos publicados en esta misma colección,
núms. 1466 y 1469. <<
[2] Festividad de Todos los Santos, noche en que
los niños se disfrazan y salen a pedir caramelos y golosinas por las casas del
barrio. (N. del T.). <<
[3] En castellano en el original. (N. del T.).
<<
[4] En inglés «picas» es clubs, de forma que la
«c» podría representar esta palabra. (N. del T.). <<
[5] Score es, entre otras cosas, el resultado o
tanteo de un juego, y además veintena. (N. del T.). <<
[6] Nota del editor: Fourscore and seven years
ago… Fourscore es cuatro veces veinte. <<
[7] Abreviación de Situation Normal, All Fouled
Up. Situación confusa, en jerga militar. (N. del T.). <<
[8] Tomorrow (mañana) y To Morrow (a Morrow). (N.
del T.). <<
[9] Nombre de ciudad imaginario: “Maldito yanky”.
(N. del T.). <<
[10] Desde una cripta en la iglesia de San Giles.
(N. del T.). <<
[11] Llegó un grito que resonó una milla. (N. del
T.). <<
[12] «Habría un muchacho llamado Sinjon, que decía
a su mujer Honest Injun…». Juego de palabras con sin (pecado) y honest
(honesto). (N. del T.). <<
[13] No
quería conquistar a aquella bella jovencita. Sólo le daba un pellizquito
paternal… (N. del T.). <<
[14] Blind
man = hombre ciego; blond man = hombre rubio. (N. del T.). <<
[15] En
inglés, el adjetivo no indica sexo, blond es indistintamente rubio o rubia. (N.
del T.). <<
[16] They’re blind, man. (N. del T.). <<
[17] Blind (ciego) también significa persiana. (N.
del T.). <<


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