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Libro N° 6114. El archivo de los Viudos Negros. Los Viudos Negros – 3. Asimov, Isaac.

 


© Libro N° 6114. El archivo de los Viudos Negros. Los Viudos Negros – 3. Asimov, Isaac. Emancipación. Junio 15 de 2019.

Título original: © Casebook of the Black Widowers

 

Versión Original: © El archivo de los Viudos Negros. Los Viudos Negros – 3. Isaac Asimov

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL ARCHIVO DE LOS VIUDOS NEGROS

Los Viudos Negros - 3

Isaac Asimov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dotado de una imaginación extraordinaria, Isaac Asimov ha alcanzado una inmensa popularidad basada principalmente en su innegable talento para la divulgación científica y en una extensa producción de narraciones de ciencia-ficción, cuya audacia y originalidad han dado lugar a una renovación decisiva del género. Menos conocida quizá su faceta de escritor de relatos de misterio, a la que responde esta selección publicada bajo el título «El archivo de los viudos negros», tercera de la serie iniciada por «Cuentos de los Viudos Negros» (LB 1466) y continuada en «Más cuentos de los Viudos Negros» (LB 1469).

 

Un grupo de amigos dedicados a distintas profesiones, pero unidos por una común curiosidad, se reúnen a cenar en un elegante restaurante una vez al mes acompañados de un invitado, quien, acabada la cena, es sometido a un minucioso interrogatorio a lo largo del cual se propone y se resuelve un enigma. Será el más callado y humilde de los asistentes, Henry, el camarero, quien invariablemente proporcione la única solución posible del misterio.

 

El ingenio y la erudición, la capacidad de deducción y un fino humor se combinan en estos once cuentos de inexcusable lectura para los admiradores del autor de «Estoy en Puertomarte sin Hilda» (LB 366), así como para todos los aficionados al relato detectivesco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Isaac Asimov

 

El archivo de los Viudos Negros

 

Los Viudos Negros - 3

 

Título original: Casebook of the Black Widowers

 

Isaac Asimov, 1980

 

Traducción: Jorge A. Sánchez

 

Corrector: Pilar Agramunt

 

Editor digital: Titivilius

 

ePub base r1.2

 

A Alex Zupnick, Don Laventhal

 

 

y Bob Zickin, que se esfuerzan

 

por evitarme problemas

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

POR ALGUNA RAZÓN, posiblemente por la dulce y encantadora modestia de que estoy imbuido, vivo en constante temor de que alguien intente detener mi continuo fluir de material publicado.

 

Por ejemplo, retrocediendo a marzo de 1971, escribí un relato de misterio para la Ellery Queen’s Mystery Magazine (EQMM) acerca de una organización que denominé «el Club de los Viudos Negros». Lo concebí como una pieza suelta, pero Frederic Dannay («Ellery Queen») la presentó como «el primero de una nueva serie». De modo que escribí un segundo, luego un tercero…

 

Y con cada uno, temblaba pensando que Fred, o cualquier otro, dijera: «Está bien, es suficiente».

Afortunadamente para mí, nadie lo hizo.

 

En su momento, cuando hube escrito doce relatos de la serie, decidí que eran suficientes para un libro que denominé Cuentos de los Viudos Negros. Cuando hube escrito doce más, llegó el turno a Más cuentos de los Viudos Negros[1].

 

Ustedes ya saben todo esto, lo sé, pero ahora he completado un tercer juego de relatos, de modo que aquí está El archivo de los Viudos Negros.

 

Y aún no ha aparecido nadie que me diga que me detenga. A veces me lo planteo. Después de todo, nadie niega que mis relatos de los Viudos Negros van contra las corrientes en boga en el campo del misterio. De hecho, estas historias son virtualmente del siglo XIX.

 

La idea de un grupo de hombres del estrato superior de la sociedad sentado alrededor de una placentera y suntuosa comida, mientras discuten y resuelven algún misterio, constituye por completo una convención victoriana. Tampoco ayuda que no haya sexo y violencia; de hecho, con frecuencia ni siquiera hay mucho delito. Y, a pesar de todo, la correspondencia que recibo es muy gratificante.

 

Los resultados de mis reflexiones sobre el asunto son estos:

 

1.  Los misterios son lo más leales posible. Trato de hacer una historia clara y la desarrollo de modo tal que en el momento crucial el lector pueda, junto con Henry, razonar y llegar a la solución. Y, si debo creer a las cartas que recibo, los lectores generalmente lo hacen.

 

2.  Los misterios, como tales misterios, pueden exponerse, discutirse y resolverse en aproximadamente un cuarto del espacio que dedico a cada cuento. Los otros tres cuartos están dedicados a la placentera charla de sobremesa de los Viudos Negros, y aparentemente también esto gusta a los lectores.

 

Esto me hace más feliz de lo que puedo expresar, pues yo también disfruto elaborando tanto misterios leales como conversaciones inteligentes.

 

De modo que, amables lectores, he aquí el tercer volumen de la serie. ¡Y tienen todos ustedes mi palabra de que mientras viva seguiré!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

LA CRUZ DE LORENA

 

 

Por regla general, Emmanuel Rubin nunca permitía que una expresión de alivio cruzara su rostro. Si lo hubiera hecho, ésta habría indicado un sentimiento previo de inseguridad o recelo, sensaciones que podía sentir, pero que seguramente nunca admitiría.

 

Esta vez, sin embargo, el alivio era inequívoco. Había llegado la hora del banquete mensual de los Viudos Negros; Rubin era el anfitrión, y era él quien debía traer al invitado; y eran casi las siete y veinte —faltaban sólo diez minutos para el comienzo del banquete— cuando su invitado llegó.

 

Rubin salió a su encuentro, cuidando, sin embargo, de no derramar una gota de su segunda copa.

—Caballeros —dijo aferrando el brazo del recién llegado—, mi invitado: el Sorprendente Larri… Se deletrea L-A-R-R-I. —Y en voz baja, sobre el murmullo de los saludos—. ¿Dónde demonios te habías metido?

 

—El metro se ha quedado parado —musitó Larri. Luego correspondió a las sonrisas y los saludos.

—Perdónenme —dijo Henry, el perenne e incomparable camarero de los banquetes de los Viudos Negros—, pero no hay mucho tiempo para que el invitado se tome una copa antes de que la cena comience. ¿Puedo preguntarle qué prefiere, señor?

 

—Esa sí que es una buena idea —dijo Larri, agradecido—. Gracias, camarero, póngame un martini seco, pero no demasiado seco… un poquito húmedo, por decirlo así.

 

—En seguida, señor —dijo Harry.

 

—Ya te conté, Larri —dijo Rubin—, que todos los miembros tenemos un doctorado ex officio, de modo que voy a presentártelos con nauseabundo detalle. Este caballero alto de pulcro bigote, cejas negras y espalda recta es el doctor Geoffrey Avalon. Es abogado y nunca sonríe. La última vez que lo intentó fue multado por desacato al Tribunal.

 

Avalon sonrió tan ampliamente como pudo y dijo:

 

—Indudablemente usted ya conoce a Manny lo suficiente como para no tomarlo en serio.

—Indudablemente —dijo Larri—. Él y Rubin, de pie uno junto al otro, mostraban un enorme parecido. Ambos eran de altura semejante —alrededor de un metro sesenta y cinco—, ambos poseían un rostro vivó e inquisitivo, y ambos tenían la barba rala, a pesar de que la de Larri era más larga y estaba acompañada también por pelo en las mejillas.

 

—Y aquí, vestido para matar a cualquiera que tenga verdadero gusto por la ropa,

 

nuestro insigne borroneador, el doctor Mario Gonzalo, quien insistirá en hacerte una caricatura en la que luego querrá encontrar alguna semejanza. El doctor Roger Halsted martiriza a sus jóvenes alumnos con el pretexto de enseñarles las pocas matemáticas que sabe. El doctor James Drake es un químico apolillado que alguna vez estafó a alguien para conseguir un doctorado. Y, finalmente, el doctor Thomas Trumbull, quien trabaja para el gobierno en algún departamento misterioso como experto en códigos cifrados y que pasa la mayor parte de su tiempo temiendo que el Congreso lo descubra.

 

—Manny —dijo Trumbull con enojo—, si fuera posible hacer una votación retroactiva, creo que tendrías cinco votos en contra.

Henry dijo:

 

—Caballeros, la cena está servida.

 

 

 

Fue una de esas raras ocasiones en que el plato fuerte de los Viudos Negros consistió en langosta, más rara hoy que nunca debido al aumento de los precios.

 

Rubin, que, como anfitrión, corría con los gastos, se encogió de hombros:

 

—Tuve una buena liquidación de un libro de bolsillo el último mes, de modo que

 

podemos considerar esto como una celebración.

 

—Podemos —dijo Avalon—, pero la langosta tiende a matar la conversación. Romper las pinzas y el caparazón, extraer la carne, mojarla en la mantequilla derretida, exige una total concentración. —Y el esfuerzo que empleaba en apretar las tenacillas le deformaba la cara en una mueca.

 

—En ese caso —dijo el Sorprendente Larri—, tendré el monopolio de la conversación —y sonrió con satisfacción cuando Henry colocó diestramente ante él una soberbia fuente de costillas asadas.

 

—Larri es alérgico a la carne de pescado —dijo Rubin.

 

La conversación, tal como Avalon había predicho, quedó suspendida hasta que las distintas langostas fueron derrotadas en la batalla gastronómica, y luego, finalmente, Halsted preguntó:

 

—¿Qué es lo que lo hace sorprendente, Larri?

 

—Nombre artístico —dijo Larri—. Soy prestidigitador, un escapista extraordinaire, y el exposeur más grande que existe.

Trumbull, que estaba sentado a la derecha de Larri, arrugó su bronceada frente. —¿Qué demonios quiere decir exposeur? Rubin hizo tintinear su copa de agua y dijo:

 

—No se puede interrogar hasta que tomemos el café.

 

—Por el amor de Dios —dijo Trumbull—. Sólo estoy preguntando la definición de una palabra.

—La decisión del anfitrión es inapelable —dijo Rubin.

 

Trumbull frunció el ceño torvamente mirando a Rubin.

 

—Entonces adivinaré la respuesta. Un exposeur es alguien que expone fraudes; alguien que, utilizando trucos de un tipo o de otro, pretende producir efectos que atribuye a fuerzas sobrenaturales o paranaturales.

Larri se mordió el labio inferior, alzó sus cejas y asintió con la cabeza.

 

—Bastante bien para ser una adivinación. No podría haberlo dicho mejor.

 

—Lo que usted quiere decir es que puede reproducir en el escenario cualquier efecto que se afirme que es de magia real —dijo Gonzalo.

—Exacto —dijo Larri—. Por ejemplo, supongamos que una persona dice que tiene la facultad de doblar cucharas por medio de fuerzas desconocidas. Yo puedo hacer lo mismo utilizando fuerzas naturales, de este modo. —Levantó su cuchara y, sosteniéndola por los extremos, la dobló algo más de un centímetro.

 

—Eso apenas tiene importancia. Eso cualquiera puede hacerlo —dijo Trumbull. —¡Ah! —dijo Larri—, pero es que esta cuchara que me han visto doblar no es en

absoluto el efecto sorprendente. Esa cuchara que miraban sólo sirvió para captar y enfocar los rayos etéreos que hicieron el verdadero trabajo. Han sido esos rayos los que han doblado su cuchara, doctor Trumbull.

 

Trumbull miró hacia abajo y levantó su cuchara, doblada casi en ángulo recto.

 

—¿Cómo lo ha hecho?

 

Larri se encogió de hombros.

 

—¿No cree que han sido las fuerzas etéreas?

 

Drake rió y, empujando los restos de su langosta hacia el centro de la mesa, encendió un cigarrillo.

—Larri lo hizo hace unos minutos, con las manos, cuando no lo observabas — dijo.

Larri se mantuvo imperturbable ante la revelación.

 

—Cuando Manny golpeó la copa, doctor Trumbull, distrajo usted la mirada. Me habría gustado que todos hubieran hecho lo mismo.

—Sé que a Manny no se le debe prestar ninguna atención —dijo Drake.

 

—Pero si nadie me hubiera visto hacerlo —dijo Larri—, ¿habría admitido usted las fuerzas etéreas?

—De ningún modo —dijo Trumbull.

 

—¿Ni siquiera aunque no hubiera otra forma de explicar el efecto? Mire, déjeme mostrarle algo. Suponga que quiere arrojar una moneda al aire…

Calló durante un momento, mientras Henry pasaba la bandeja con las tartitas de fresa; cogió la suya y dijo:

—Suponga que quiere dar la vuelta a una moneda sin levantarla… ésta, por ejemplo. Hay muchas maneras de hacerlo. La más sencilla sería tocarla ligeramente, porque, como todos saben, un dedo siempre está algo pegajoso, especialmente a la hora de la comida, de modo que la moneda se levanta un poco cuando quitamos el dedo y se puede darle la vuelta. Es cruz ahora, como ven. Ahora la toco y es cara.

—No hay prestidigitación ahí, creo —dijo Gonzalo—. Vimos cómo le daba la

 

vuelta.

 

—Exactamente —dijo Larri—, por eso no lo haré así. Pongamos algo sobre ella de forma que no se la pueda tocar ni dar la vuelta. Supongamos que utilizamos… — extendió la vista por la mesa un momento y cogió un salero—. Supongamos que utilizamos esto.

 

Colocó el salero sobre la moneda y dijo:

 

—Ahora la moneda está en cara, ¿no?…

 

—Un momento —dijo Gonzalo—. ¿Cómo sabemos que está en cara? Podría estar en cruz y luego, cuando la mostrara, diría que ha saltado cuando en realidad ha estado igual todo el tiempo.

 

—Tiene toda la razón: —dijo Larri—, y me alegra que haya llamado la atención sobre el asunto. Doctor Drake, sus ojos me atraparon antes. ¿Quiere usted ser testigo en nombre de toda la concurrencia? Levantaré el salero y usted dirá qué cara muestra la moneda.

 

Drake miró y dijo «¡Cara!» con su voz levemente ronca.

 

—Creo que todos ustedes aceptan la palabra del doctor Drake, ¿no, caballeros? Por favor, observen cómo coloco el salero nuevamente sobre la moneda y asegúrense de que no le doy la vuelta durante el proceso…

 

—No lo ha hecho… —dijo Drake.

 

—Ahora, para evitar que me resbalen los dedos mientras realizo el truco, pondré esta servilleta de papel sobre el salero.

Larri dobló la servilleta con pulcritud y la colocó cuidadosamente sobre el salero, luego dijo:

—Doctor Drake, ¿quiere usted verificar otra vez la moneda?

 

Drake se inclinó hacia adelante.

 

—Aún cara —dijo.

 

Con mucho cuidado y suavidad, Larri volvió a colocar el salero con la servilleta doblada sobre él y dijo:

—¿Seguía igual la moneda?

 

—Aún era cara —dijo Drake.

 

—En ese caso, ahora realizaré la magia. —Larri presionó hacia abajo el salero y el papel se hundió. No había nada debajo.

Hubo un momento de asombro, y luego Gonzalo dijo:

 

—¿Dónde está el salero?

 

—En otro plano de existencia —dijo Larri con complacencia.

 

—Pero usted dijo que iba a hacer saltar la moneda.

 

—Mentí.

 

—No es ningún misterio —dijo Avalon—. Nos tenía a todos concentrados en la moneda como táctica de distracción. Luego levantó el salero tapado con la servilleta y dejó que Jim mirara la moneda; entonces dejó caer el salero en su mano y colocó la servilleta doblada y vacía sobre la moneda.

 

—¿Me vio usted hacerlo, doctor Avalon? —preguntó Larri.

 

—No. También estaba mirando la moneda.

 

—Entonces lo está usted suponiendo —dijo Larri.

 

Rubin, que no había participado en absoluto en la demostración, sino que se había comido su tartita de fresa y ahora estaba esperando que los otros se comieran la suya, dijo:

 

—Se tiende a explicar estas cosas de forma lógica, y eso no puede ser. Los científicos y otros racionalistas acostumbran a tratar con el universo, que juega limpio. Enfrentados a los «poderes», que no lo hacen, se ven forzados a creer cosas sin sentido y, finalmente, a ponerse en ridículo.

 

Los magos, en cambio —continuó—, saben qué mirar, tienen la suficiente experiencia como para no dejar que los despisten y no se impresionan por lo aparentemente sobrenatural. Por eso las personas con poderes suelen no actuar cuando saben que hay magos entre la audiencia.

 

El café se había servido y Henry estaba aprestando silenciosamente el brandy, cuando Rubin hizo tintinear su copa de agua y dijo:

—Caballeros, es la hora del interrogatorio oficial, suponiendo que idiotas como vosotros tengan algo que preguntar. Geoff, ¿quieres hacer los honores esta vez?

 

 

 

Avalon se aclaró ominosamente la garganta y frunciendo el entrecejo dirigió su mirada hacia el Sorprendente Larri por debajo de sus oscuras y espesas cejas. Utilizando el tono de voz más profundo de su ya profundo registro, Avalon dijo:

 

—Es costumbre preguntar a nuestro invitado cómo justifica su existencia, pero si el invitado de hoy realiza trucos místicos de vez en cuando, yo, por mi parte, considero justificada su existencia y dejaré pasar el punto.

 

La tentación sería preguntarle cómo realizó su pequeño truco de desaparición de hace un momento, pero me figuro que los principios de su profesión le impedirán contárnoslo. A pesar de que todo lo que se dice aquí se considera reservado y nunca ha sido revelado, evitaré realizar ese tipo de preguntas.

 

En su lugar, entonces, déjeme preguntarle por sus fallos. Usted se describe como un exposeur. ¿No ha habido ninguna demostración supuestamente sobrenatural que usted no haya sido capaz de reproducir con prestidigitación y no haya podido explicar por medios naturales?

 

—No he intentado explicar todos los efectos con que me he encontrado o de los que me han hablado —dijo Larri—, pero siempre que he estudiado un efecto e intentado reproducirlo, lo he conseguido.

 

—¿Sin fallos?

 

—¡Nunca!

 

Avalon consideró el asunto, pero cuando iba a hacer la siguiente pregunta, Gonzalo le interrumpió. Tenía la cabeza apoyada sobre la palma de una mano, pero

 

los dedos estaban cuidadosamente dispuestos para no desarreglar su cabello. Dijo:

 

—Entonces, Larri, ¿sería correcto sugerir que sólo resuelve los casos fáciles?

 

¿Que en los casos realmente difíciles no lo intenta?

 

—¿Quiere decir —dijo Larri— que si evito cualquier cosa que pudiera estropear mi marca, o perturbar mis creencias en el orden racional del universo? Si es eso, se equivoca, doctor Gonzalo. La mayor parte de los informes relacionados con supuestos poderes son torpes y carecen de importancia, son burda y patentemente falsos. Estos los ignoro. Los casos en los cuales centro la atención son precisamente aquellos que tienen una naturaleza poco corriente y muestran un aparente divorcio con lo racional. Como ve, los únicos que tomo en cuenta son precisamente los que usted sospecha que evito.

 

Gonzalo calló y Avalon dijo:

 

—Larri, el mero hecho de que usted pueda reproducir un truco mediante la prestidigitación no significa que la otra persona no lo pueda haber realizado a través de medios sobrenaturales. El hecho de que los seres humanos puedan construir máquinas que vuelan no significa que los pájaros sean máquinas hechas por el hombre.

 

—Cierto —dijo Larri—, pero esas personas sustentan su afirmación de que intervienen poderes sobrenaturales en la idea, explícita o implícita, de que no hay otra forma de producir el efecto. Si yo demuestro que se puede producir el mismo efecto por medios naturales, entonces ellos tienen que demostrar que también puede producirse sin que intervengan los medios naturales que yo he utilizado. No sé de nadie que haya aceptado las condiciones establecidas por magos profesionales para evitar trucos y que haya tenido éxito.

 

—¿Y no ha habido nunca nada que le haya desconcertado? ¿Ni siquiera trucos que hayan hecho otros magos?

—Oh, sí. Hay efectos producidos por algunos magos que me desconciertan en el sentido de que no sé cómo los han hecho. Puedo reproducirlos, pero quizá utilizando un método diferente. En cualquier caso, no se trata de eso. Desde el momento en que el efecto es producido por medios naturales, que pueda reproducirlo o no, no tiene importancia. No soy el mejor mago del mundo. Sólo soy mejor mago que cualquier persona con «poderes».

 

Halsted, con su amplia frente colorada por la ansiedad, y tartamudeando ligeramente en su afán de hablar, dijo:

—Pero ¿no hay nada que pueda sorprenderle? No me refiero al tipo de desapariciones como la que llevó a cabo con el salero…

—¿Se refiere a éste? —preguntó Larri, apuntando hacia la mesa. Había un salero en medio de ella, pero nadie había visto colocarlo allí.

Halsted, desconcertado por un momento, se recobró y dijo:

 

—¿Nunca le ha sorprendido ninguna desaparición? He oído que algunos magos han hecho desaparecer elefantes.

 

 

 

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—En realidad, hacer desaparecer elefantes es un juego de niños. Le aseguro que no hay nada enigmático en las desapariciones que se llevan a cabo en un número de magia. —Entonces una expresión peculiar cruzó el rostro de Larri, un destello de tristeza y frustración—. En un número de magia, claro. Sólo…

 

—¿Sí? —dijo Halsted—. ¿Sólo qué?

 

—Sólo cuando es en la vida real —dijo Larri sonriendo e intentando desechar el asunto con despreocupación.

—Sólo un momento —dijo Trumbull—. No vamos a dejarlo pasar. Si hubo una desaparición en su vida real que no pueda explicar, queremos saber de qué se trata.

Larri sacudió la cabeza.

 

—No, no, doctor Trumbull. No es una desaparición misteriosa o inexplicable.

 

Nada de eso. Sólo que perdí… algo, y no puedo encontrarlo, y eso… me apena.

 

—Los detalles —dijo Trumbull.

 

—No vale la pena —dijo Larri—. Es una… historia tonta y de algún modo… — enmudeció.

—¡Maldita sea! —bramó Trumbull—. Todos los que estamos aquí renunciamos voluntariamente a preguntarle cualquier cosa que pueda significar violar su ética. ¿Violaría acaso la ética del oficio de mago contarnos esa historia?

 

—No es eso…

 

—Bien, entonces le repito lo que Geoff le ha dicho. Todo lo que aquí se diga es confidencial, y el acuerdo que preside estas cenas mensuales es que todas las preguntas deben ser contestadas. ¿Manny?

 

Rubin se encogió de hombros.

 

—Así es, Larri. Si no quieres responder, tendremos que dar la reunión por concluida.

Larri se recostó en la silla y pareció deprimido…

 

—No puedo permitir que eso suceda, considerando la agradable hospitalidad que me han demostrado. Les contaré la historia y comprobarán que no hay nada especial en ella. Encontré una mujer por puro accidente, perdí el contacto con ella y no puedo localizarla. Eso es todo.

 

—No —dijo Trumbull—, eso no es todo. ¿Dónde y cómo la encontró? ¿Dónde y cómo perdió contacto con ella? ¿Por qué no_ puede volver a encontrarla? Queremos conocer los detalles.

 

—De hecho, si nos cuenta los detalles —dijo Gonzalo—, quizá podamos ayudarle.

Larri rió sardónicamente.

 

—No lo creo.

 

—Se sorprenderá —dijo Gonzalo—. En el pasado…

 

—Detente, Mario —dijo Avalon—. No hagas promesas que no seas capaz de cumplir. ¿Quiere usted darnos los detalles? Le aseguro que haremos todo lo que podamos por ayudarlo.

 

 

 

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Larri sonrió con tristeza.

 

—Aprecio su ofrecimiento, pero ya verán que no hay nada que puedan hacer aquí sentados.

Se acomodó en su asiento y dijo:

 

 

 

—Había terminado mi actuación en una ciudad del norte del país… les daré los detalles si se empeñan, pero por el momento no tienen importancia, salvo que esto sucedió hace más o menos un mes. Tenía que estar en otra pequeña ciudad que se halla a unos ciento cincuenta kilómetros de allí para una función matinal, lo que suponía un pequeño problema de transporte.

 

Mi magia, desgraciadamente, no es de las que puedan transportar a alguien a ciento cincuenta kilómetros en un abrir y cerrar de ojos, ni siquiera hacer aparecer un par de botas de siete leguas. No tenía el coche —mejor, porque no me gusta viajar por carreteras comarcales de noche y con sueño—, y, en definitiva, no me quedaba más remedio que coger un autocar que realizaba más paradas que un tren correo y que tardaba casi cuatro horas en hacer el recorrido. Mi intención era dormir un poco durante el trayecto y que el viaje, por lo menos, me sirviese para algo.

Pero cuando las cosas empiezan a ir mal, siguen yendo mal, de modo que pueden adivinar que perdí el autocar y que el siguiente no pasaba hasta al cabo de dos horas. Había una estación cercana en la cual podría esperar, una estación tan deprimente como puedan imaginar… sin nada que leer, excepto algunos carteles cochambrosos, ni un mal lugar donde comprar un periódico o tomar un café. Pensé con ironía que tenía suerte de que no estuviera lloviendo y me senté, quedándome adormecido. Entonces mi suerte cambió.

 

En la estación entró una mujer. Nunca he estado casado, y tampoco he tenido nunca eso que los jóvenes de hoy llaman una relación seria. Algunos vínculos casuales, quizá, pero en definitiva, aunque parezca trivial decirlo, estoy casado con mi arte y encuentro en él más satisfacción que con las mujeres, en general.

 

No tenía ninguna razón para pensar que aquella mujer fuera mejor que otras, pero su aspecto era agradable. Aparentaba algo más de treinta años, y tenía el suficiente aplomo como para inspirar una sensación de comodidad y calidez, y no era demasiado alta.

 

Miró a su alrededor y dijo, sonriendo:

 

—«Bien, ya veo que he perdido el autocar».

 

Yo sonreí con ella. Me gustó la forma en que lo dijo. No parecía irritada ni quejumbrosa, ni obraba como si estuviera enojada con el universo. Era una declaración llana y desenfadada, y escucharla me hizo un tremendo bien, pues yo sí que estaba a punto de mostrarme irritado y quejumbroso, y de obrar con enojo. Ahora podría mostrar mi lado bueno, como ella, y dije: «Los dos lo hemos perdido, de modo que ni siquiera tiene la satisfacción de haber sido la única».

 

 

 

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—«Mucho mejor», dijo ella. «Así, podremos conversar y el tiempo pasará más rápido».

 

Yo estaba sorprendido. Ella no me trataba como si fuera a violarla o robarla. Dios sabe que no soy especialmente guapo y que no tengo una particular apariencia de respetabilidad, pero fue como si ella penetrara sin más en mi carácter más íntimo y lo encontrara satisfactorio. No pueden hacerse idea de lo halagado que me sentía. Aunque hubiera estado diez veces más dormido de lo que lo estaba, me hubiese quedado charlando con ella.

 

Y charlamos. A los quince minutos supe que estaba teniendo la más placentera conversación de mi vida en una miserable estación de autocares y algo después de medianoche. No puedo decirles de todo lo que hablamos, pero sí de que no hablamos de magia.

 

Yo puedo despertar el interés de cualquiera haciendo trucos, pero entonces no es en mí en quien se interesan: es en la velocidad de los dedos y en la cháchara. Y como siempre estoy procurando obtener atención de ese modo, no saben el placer que representa para mí que me la presten sin tener que recurrir a ellos. A ella, aparentemente, le gustaba escucharme y yo puedo asegurar que me gustaba escucharla a ella.

 

Por suerte, mi viaje no era uno de esos en toda regla, de modo que no llevaba mi gran baúl con publicidad del espectáculo en los costados; sólo dos maletas bastantes grandes. No le dije nada personal sobre mí, y yo tampoco le pregunté nada a ella. Supe solamente que se dirigía a casa de su hermano, que él vivía en esa misma carretera, que tendría que despertarle porque sin querer se había retrasado… pero sólo me contó todo esto para decirme que estaba contenta de que hubiera sucedido. A cambió de mi compañía, daba por bien empleadas las molestias de su hermano. Eso me gustó.

 

No hablamos ni de política ni de asuntos de interés general ni de teatro. Hablamos de la gente, de todas las cosas graciosas, curiosas y especiales que alguna vez habíamos observado en la gente. Nos estuvimos riendo durante dos horas, en las cuales nadie se nos acercó. Nunca me había ocurrido nada parecido y me sentía tan lleno de vida y feliz que, cuando finalmente llegó el autocar, a las dos menos diez, me sorprendí de lo apenado que me sentía. No quería que llegase, no quería que la noche acabara.

 

En el autocar, por supuesto, ya no fue lo mismo. Suficiente suerte fue encontrar libres dos asientos contiguos. Después de todo, en la estación habíamos estado solos y pudimos hablar en voz alta y reír. En el autocar tuvimos que susurrar; la gente estaba durmiendo.

 

No todo fue malo, claro está. Era agradable sentirla tan cerca de mí, tocarnos. Aunque ya tengo mis años, me sentía como un chaval. Tanto, de hecho, como para sentirme incómodo al notarme observado.

 

Al otro lado del pasillo había una mujer con su crío. Tendría unos ocho años,

 

 

 

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cálculo, y estaba despierto. Mantenía fijos en mí sus pequeños ojos penetrantes. Cada vez que un destello de luz penetraba en el autocar, veía su mirada fija en nosotros, lo qué resultaba muy inhibidor.

Deseé que se durmiera, pero, por supuesto, la emoción de estar en el autocar le mantenía despierto.

El movimiento del vehículo, el susurro ocasional, la sensación de estar completamente fuera de la realidad, la presión de su cuerpo contra el mío… todo era como un sueño confuso y, de hecho, las barreras entre sueño y vigilia se desvanecieron. No quería dormirme y logré espabilarme una o dos veces, pero finalmente, cuando me desperté una vez más, estaba claro que hacía ya mucho rato que dormía, y el asiento de al lado estaba vacío.

 

—Supongo que se bajó —dijo Halsted.

 

—No creo que se desvaneciera en el aire —dijo Larri—. Como es natural, eché una ojeada alrededor. No podía llamarla porque no sabía su nombre. En el servicio tampoco estaba, pues la puerta se balanceaba, abierta.

 

El niño del otro lado del pasillo habló con rapidez con tono agudo… en francés. Puedo entender el francés más o menos bien, pero no me hizo falta esforzarme porque su madre ya estaba despierta y lo tradujo. Ella hablaba muy bien el inglés. Me dijo: «Perdón, señor, ¿está buscando a la mujer que estaba con usted?».

—«Sí» —le dije—. «¿Ha visto si se ha bajado?».

 

—«Yo no. Estaba durmiendo. Pero mi hijo dice que bajó en el sitio de la cruz de Lorena».

—«¿Dónde?».

 

Me lo repitió, y también lo hizo el niño en francés.

 

—«Disculpe a mi hijo —dijo ella—. Es un gran admirador del presidente Charles de Gaulle, y a pesar de que es todavía muy joven conoce muy bien la historia de las fuerzas de la Francia Libre durante la guerra. Si él dice que vio la cruz, es que la ha visto».

 

Les di las gracias y me fui hacia la parte delantera del autocar, hasta el lugar del conductor, y le pregunté a él, pero a esa hora de la noche el vehículo se detiene allá donde el pasajero quiere subir o pide bajar. Había hecho muchas paradas y dejado subir y bajar a numerosas personas, por lo que no estaba seguro de quién se había bajado y dónde. En realidad fue bastante grosero.

 

Avalon se aclaró la garganta:

 

—Pudo pensar que sus intenciones no eran buenas y guardarse la información para proteger al pasajero.

—Quizá —dijo Larri con desaliento—, pero en definitiva la había perdido. Cuando volví a mi asiento, encontré una pequeña nota oculta en el bolsillo de la chaqueta que había colocado en la rejilla. Me las ingenié para leerla a la luz que entraba de la calle en la siguiente parada, donde se bajaron la madre francesa y su hijo. Decía: «Gracias por un rato tan agradable. Gwendolyn».

 

 

 

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—Por lo menos tiene el nombre —dijo Gonzalo.

 

—Me gustaría tener su apellido, dirección y número de teléfono. Un nombre carece de utilidad.

—Es posible —dijo Rubin— que ella se guardara deliberadamente la información porque no estuviera interesada en continuar la relación. Un pequeño interludio romántico es una cosa; una continuación peligrosa, otra. Quizá estuviera casada.

—O se enfadó con usted por haberse quedado dormido —dijo Gonzalo.

 

—Quizá —dijo Larri—. Pero sólo encontrándola podría disculparme si se enfadó o tranquilizarla si me teme; o cultivar su amistad si no le ocurre ni una cosa ni la otra. Sería mejor que pasarme el resto de mi vida preguntándomelo. —¿Y ha hecho algo para encontrarla? —preguntó Gonzalo.

 

—Claro —dijo Larri, sardónicamente—. Si un mago se encuentra con una mujer que desaparece debe comprender qué ha sucedido. Recorrí la ruta del autocar en coche dos veces, buscando una cruz de Lorena. Si la hubiera encontrado, habría entrado y preguntado si alguien conocía a una mujer llamada Gwendolyn. La habría descrito. Si hubiera hecho falta, habría ido incluso a la oficina de Correos o la estación de policía local.

 

—Pero no ha encontrado ninguna cruz de Lorena, supongo —dijo Trumbull.

 

—No.

 

—Hablando en términos matemáticos —dijo Halsted—, es un problema finito.

 

Puede preguntar en cada oficina de Correos que hay a lo largo de la ruta.

 

Larri suspiró.

 

—Si me desespero lo suficiente, lo haré. Pero, hablando en términos matemáticos, sería poco elegante. ¿Por qué no puedo encontrar la cruz de Lorena?

—El niño pudo equivocarse —dijo Trumbull.

 

—No creo —dijo Larri—. Un adulto sí, pero un niño, ¿hablar porque sí? Nunca. Los adultos acumulamos la suficiente irracionalidad como para resultar testigos más que dudosos. Un niño listo de ocho años es diferente. No intenten engañar a un niño listo: lo descubrirá.

 

Por otra parte —continuó—, no hay en toda la ruta un restaurante, unos almacenes o algo por el estilo con el nombre cruz de Lorena. Creo que he mirado las páginas amarillas de toda la ruta.

 

—Un momento —dijo Avalon—, hay algo que falla. El niño no pudo ver las palabras porque no habrían significado nada para él. Si hablaba y leía sólo francés, como supongo que era el caso, conocería la expresión Croix de Lorraine. El inglés nunca hubiera atraído su mirada. Debe de haber visto el símbolo, la cruz con dos barras horizontales, así. —Estiró la mano y Henry, servicialmente, le alcanzó el menú.

 

Avalon le dio la vuelta y sobre el reverso en blanco dibujó lo siguiente:

 

 

 

 

 

 

 

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—En realidad —dijo—, es más correcto llamarla cruz patriarcal o cruz arzobispal, ya que simboliza el alto cargo de los patriarcas y arzobispos duplicando la barra. La cruz papal, a su vez, tiene tres barras. La cruz patriarcal fue utilizada como símbolo por Godofredo de Bouillon, uno de los jefes de la Primera Cruzada, y como era el duque de Lorena acabó llamándosela cruz de Lorena. Como todos sabemos, fue adoptada como emblema por los franceses libres durante la guerra con Hitler. —Tosió ligeramente y trató de aparentar modestia.

 

—Entiendo lo del símbolo, doctor Avalon —dijo Larri, un poco impaciente—, y no pensé que el niño se hubiera fijado en las palabras. Sin embargo, creo que estará de acuerdo conmigo en que cualquier establecimiento que se llamara «Cruz de Lorena» ostentaría el símbolo al lado. Busqué el nombre en las páginas amarillas, pero pensando que se vería el símbolo desde la carretera.

 

—¿Y no lo encontró? —inquirió Gonzalo.

 

—Ya les he dicho que no. Estaba lo suficientemente desesperado como para tener en cuenta cosas que no creía que el niño pudiera haber visto en la noche. Me dije: «Quién sabe lo agudos que pueden ser esos jóvenes ojos y lo atentos que pueden estar para ver cualquier cosa que represente lo que más le interesa en ese momento». De modo que busqué el signo en ventanas, en señales callejeras… hasta en los grafitos de las paredes, maldita sea.

 

—Si hubiera sido un grafito —dijo Trumbull—, pudieron borrarlo entre que el niño lo vio y usted fue a buscarlo.

—No estoy muy seguro de eso —dijo Rubin—. Mi experiencia me dice que los grafitos nunca se borran. Hay uno en la fachada del edificio donde vivo que…

 

—Eso es Nueva York —dijo Trumbull—. En las ciudades más pequeñas hay menos tolerancia para esas muestras de anarquía.

—Un momento —dijo Gonzalo—. ¿Qué te hace pensar que los grafitos son necesariamente signos de anarquía? En realidad…

—¡Caballeros! ¡Caballeros! —y, como siempre, cuando la voz de Avalon surgía en todo su esplendor de barítono, se hizo el silencio—. No estamos aquí para discutir los méritos y deméritos del grafito. La cuestión es: ¿cómo podemos encontrar a la mujer que desapareció? Larri no encontró ningún restaurante u establecimiento con el nombre de «Cruz de Lorena», no encontró rastros del símbolo en toda la ruta. ¿Podemos ayudarle?

 

Drake alzó la mano y entrecerró los ojos a través de las volutas del humo de su cigarrillo.

—Un momento, resuelto. ¿Habéis visto alguna vez una iglesia ortodoxa rusa?

 

 

 

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¿Sabéis cómo es su cruz? —Trazó con rapidez unas líneas sobre el revés del menú y lo empujó hacia el centro de la mesa—. Aquí está…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El niño —continuó—, obsesionado con la Francia libre, pudo verla de refilón y confundirla con la cruz de Lorena. De modo que lo que tiene que hacer, Larri, es buscar una iglesia ortodoxa rusa en el trayecto. Dudo mucho que haya más de una.

Larri pensó en el asunto, pero no pareció muy satisfecho.

 

—La cruz con la segunda barra en ángulo estaría en lo alto de una aguja, ¿no es así?

—Me figuro que sí.

 

—Pero no tendría sistema de iluminación, ¿no? De modo que, ¿cómo pudo verla el niño a las cuatro de la mañana?

Drake apagó su cigarrillo.

 

—Pero las iglesias tienen generalmente un tablón con información cerca de la entrada. No lo sé; podría haber una cruz ortodoxa rusa sobre…

—¿No podría haber sido una Cruz Roja? —preguntó Gonzalo sin mucho convencimiento—. Ya sabe, que hubiera algún centro de la Cruz Roja en el camino.

—La Cruz Roja —dijo Rubin— es una cruz griega, con los cuatro brazos iguales. No se me ocurre cómo un admirador de los franceses libres podría confundirla con una cruz de Lorena. Es así…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Lo lógico, supongo —dijo Halsted—, es que sencillamente la haya pasado por alto, Larri. Si insiste en que, como mago, es usted un observador entrenado que no podría haberla pasado por alto, cosa que me parece imposible, entonces quizá estuviera el símbolo en algo con movimiento —un camión detenido, por ejemplo— que continuara su camino después del amanecer.

 

—El niño dijo muy claramente que era en el sitio de la cruz de Lorena —dijo Larri—. Supongo que hasta un niño de ocho años puede advertir la diferencia entre un sitio y un objeto en movimiento.

 

—Él hablaba en francés. Quizá usted lo entendió mal.

 

—No se me da tan mal —dijo Larri—, y además su madre lo tradujo así y el francés era su lengua nativa.

 

 

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—Pero el inglés no. Pudo ser ella quien cometiera el error. El niño pudo haber dicho cualquier otra cosa. Pudo no haber dicho «cruz de Lorena».

 

Avalon levantó la mano pidiendo silencio y dijo:

 

—Un momento. Veo que Henry, nuestro estimado camarero, está sonriendo. ¿De qué se trata, Henry?

Henry, desde el lugar que acostumbraba ocupar, junto al aparador, dijo:

 

—Me temo que me divierten sus dudas sobre el testimonio del niño. En mi opinión, es completamente seguro que vio la cruz de Lorena.

Hubo un momento de silencio y Larri dijo:

 

—¿Cómo puede afirmar eso, Henry?

 

—No siendo excesivamente sutil, señor.

 

La voz de Avalon retumbó:

 

—Lo sabía. Estamos complicando demasiado el asunto. Henry, ¿cómo se puede ser más sencillo?

—Vamos, señor Avalon. El incidente tuvo lugar de noche. En vez de buscar todos los signos, todos los lugares, todas las variedades de cruces, ¿por qué no nos preguntamos cuáles son las pocas cosas que pueden verse en una carretera de noche?

 

—¿Una cruz de Lorena? —preguntó Gonzalo con incredulidad.

 

—Por ejemplo —dijo Henry—, entre otras cosas. Especialmente si no la llamamos cruz de Lorena. Lo que el niño vio como una cruz de Lorena, sin duda por su especial interés, nosotros podemos verlo como otra cosa con tanta claridad que su relación con la cruz de Lorena sería invisible. Lo que ha estado ocurriendo ha sido precisamente lo mismo que sucedió cuando el señor Larri realizó su truco con la moneda y el salero. Nos concentramos en la moneda y no vimos la alternativa.

—Henry —dijo Trumbull—, si no para de hablar con acertijos le tiro algo a la cabeza. ¿Qué diablos es la cruz de Lorena si no es la cruz de Lorena?

—¿Qué es esto? —dijo Henry con gravedad, y dibujó cuidadosamente sobre el revés del menú…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Una cruz de Lorena… inclinada —dijo Trumbull.

 

—No, señor. Usted nunca hubiera dicho eso si no hubiéramos estado hablando sobre la cruz. Son letras inglesas y un símbolo muy común en las carreteras, si se le agrega algo… —Escribió algo con rapidez y la cruz inclinada se transformó en:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—La única cosa —dijo Henry— destinada a ser vista sin problemas, de día o de noche, en cualquier carretera, es el reclamo de una gasolinera. El niño vio en esta palabra la cruz de Lorena, pero el señor Larri, al volver a hacer la ruta, sólo vio la doble X, pues él leía el nombre entero como Exxon. Todas las inscripciones de este nombre, tanto en la carretera como en publicidad o en tarjetas de crédito, muestran la palabra escrita de esta forma.

Ahora Larri se inflamó.

 

—¿Quiere usted decir, Henry, que si me paso por las gasolineras Exxon de la ruta y pregunto por Gwendolyn…?

—Seguramente su hermano es el propietario de una de ellas y no debe haber más que cinco o seis donde preguntar.

—Dios mío, Henry —dijo Larri—, es usted un mago.

 

—Sólo trato de pensar de forma simple —dijo Henry—, aunque no en el sentido peyorativo de la palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

Eleanor Sullivan, la deliciosa directora de la Ellery Queen’s Mystery Magazine, que fue la primera persona que leyó la historia después que la escribí, se quedó muy sorprendida al pensar que había visto el signo «Exxon» infinidad de veces y que nunca había advertido la cruz de Lorena incorporada a él.

 

Decidió hacer un experimento. No mucho después de haber leído la historia, conducía su coche con un amigo como pasajero.

—En alguno de los signos de la carretera hay una ostensible cruz de Lorena —le dijo—. ¿Serías capaz de decirme en cuál?

El pasajero conocía la cruz de Lorena y comenzó a observar. (Sospecho, a pesar de que Eleanor no me contó nada, que debió de actuar como amortiguador de la conversación).

 

Eleanor lo facilitó todavía más parando deliberadamente en una gasolinera Exxon para llenar el depósito, pero el pasajero no vio la cruz. Finalmente, acabó

 

 

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explicándoselo.

 

En realidad, no es extraño. No necesariamente se ve lo que se debe ver; se ve lo que se espera ver. Sabes que hay dos x en Exxon, eso es todo lo que esperas ver y es todo lo que ves.

 

«La cruz de Lorena» apareció en el número de la EQMM correspondiente a mayo de 1976.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

UN HOMBRE DE FAMILIA

 

 

MARIO GONZALO, EL artista miembro de los Viudos Negros, tenía un aspecto curiosamente desaliñado cuando dijo con vehemencia:

 

—No puedo enseñar lo que hago porque no sé qué hago, pero eso no significa que no pueda hacerlo.

Y Emmanuel Rubin, cuya barba rala parecía despedir chispas de cada pelo gris, dirigió hacia Gonzalo los ojos, agrandados por los gruesos lentes, y dijo:

 

—Si no sabes lo que estás haciendo, eres un pintor de brocha gorda y no un artista.

—Estás loco, Manny. Si todo consistiera en saber, Miguel Angel podría enseñarte a ser Miguel Angel, pero el hecho es que Miguel Angel no podría enseñar a nadie a ser Miguel Angel. Por eso mismo, nadie pudo enseñar a Miguel Angel a ser Miguel Angel. Él nació Miguel Angel.

 

—No entiendes la cuestión. Enseñar no significa necesariamente hacer un igual. Miguel Angel podría dar un tipo de instrucción que beneficiara a los demás. Aunque no pudiera crear iguales, podría formar a unos picamármoles menos malos. Puedes apostar que él sabía lo que estaba haciendo, aunque sólo pudiera imbuir una pequeña parte de su talento en las cabezas de los simples mortales.

 

—¡Ah! —dijo Gonzalo jubilosamente—. ¡Simples mortales! ¿Y qué los hacía simples mortales? La falta de talento. ¿Y cuáles eran los componentes de ese talento? ¿Podría saberlo el propio Miguel Angel?

 

Thomas Trumbull, con la mirada fija en su whisky y soda, y aparentemente irritado por haber quedado excluido de una conversación que las voces altisonantes de Gonzalo y Rubin habían convertido en un diálogo privado, frunció el ceño y dijo:

—Ya que Miguel Angel está muerto y no se le puede consultar sobre el asunto, ¿por qué no abandonáis esa estúpida discusión?

—No —dijo Gonzalo apasionadamente—. Iré de lo sublime a lo ridículo y le preguntaré a Manny. Tú eres escritor, Manny… en cierta forma. ¿Puedes enseñar lo que haces?

 

—No sólo puedo —dijo Rubin—. Lo hago. He escrito artículos para The Writer y dado conferencias para escritores.

—Y les has hablado de las cartas de los lectores y de la necesidad de reescribir, supongo. ¿Les dices cómo sabes dónde comenzar tu relato, cómo se concatenan los incidentes, cómo interrumpes tus diálogos, cómo llegas al inevitable desenlace sin descubrirlo antes?

 

—Podría hacerlo.

 

—Entonces hazlo ahora. ¡Explícamelo a mí!

 

Roger Halsted, enrojeciendo hasta las raíces de su escaso pelo, dijo, con su voz

 

 

 

 

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suave:

 

—No lo hagas, Manny. Estaremos aquí sentados toda la noche y no nos interesa a ninguno. Ni siquiera a Mario.

 

—No lo haré… pero puedo.

 

—No puedes —dijo Gonzalo— porque no puedes describir la intuición necesaria. Suficiente intuición es talento, y un montón de intuición es genio, y la intuición no se puede enseñar.

 

Geoffrey Avalon, de pie todo lo alto que era, dijo con su solemne voz de barítono: —Tú piensas como los griegos, Mario. Estaban completamente seguros de que cualquier habilidad notable era resultado de la inspiración divina, la obra de un dios que poseía a la persona. La palabra «entusiasmo» expresa este proceso, significa «el dios interior» en griego. Naturalmente, no se puede explicar la obra de un dios en un

 

simple mortal, y creo que ésa es tu posición, Mario.

 

—¡Tonterías! —dijo Rubin—. Tonterías tuyas, Geoff, y de Mario y de los griegos. No hay nada misterioso en la intuición.

—Si sabes lo que es —dijo Mario—, explícalo.

 

—Lo haré —dijo Rubin—. Todo lo que el hombre sabe es lo que observa y aprende. No hay nada innato, excepto algunos instintos biológicos… desde luego, nada cultural. Puede ser que con experiencia —con experiencia, maldita sea, Mario —, una persona aprenda a interpretar, muy rápidamente, lo que observa, o a establecer inferencias, o a hacer algo basado en la deducción o la inducción a partir de esas observaciones y su experiencia pasada. Lo hace con tanta rapidez que generalmente no se preocupa por aislar los pasos en el procedimiento y ni siquiera advierte que éstos existen, de modo que lo llama intuición. ¿Sí, Henry?

 

Henry, el perenne camarero de las cenas mensuales de los Viudos Negros, sin que su rostro terso e imperturbable de sexagenario mostrara ninguna emoción, dijo suavemente:

 

—La cena está servida, señor Rubin. Si usted se sentara estoy seguro que los demás lo seguirían.

—Supongo que soy el líder natural —dijo Rubin.

 

—No —dijo James Drake, apagando su cigarrillo—, como anfitrión de hoy, yo soy el líder. Sin embargo, el resto de nosotros teme con razón que te comas todo, si no nos sentamos a proteger nuestros derechos.

 

—Eso depende —dijo Rubin— de lo que tengamos para hoy. ¿Henry?

 

—El chef ha cocinado hoy al viejo estilo inglés y tendremos costillas asadas y pudding de Yorkshire, precedidos por una quiche de mariscos y pescado.

 

—Eso no es el viejo estilo inglés —dijo Rubin.

 

—El chef no suele ser del todo coherente —dijo Henry—, y me temo que su juicio sobre lo que constituye una buena cena es bastante intuitivo.

—Y bastante correcto, también —dijo Gonzalo, con aprobación—. A pesar de lo que tú digas sobre la intuición, Manny, muchas personas tienen más que otras, y eso

 

 

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¿a qué se debe?

 

—Algunas personas tienen más talento que…

 

—¡Ajá! —dijo Gonzalo.

 

Rubin lo miró con desdén y dijo con rígida cortesía:

 

—Si se me permite terminar la frase, podré explicar que el talento es la capacidad para pensar rápido, unida, quizá, a la destreza muscular, e indudablemente depende de la fisiología del cerebro y de nada más misterioso que eso. —Eso ya es suficientemente misterioso —dijo Drake.

 

—Misterioso ahora, pero no tiene porqué serlo siempre —dijo Rubin—, y cuando sepamos lo suficiente sobre el cerebro, el talento y el genio serán tan misteriosos como el color de los ojos.

 

—Esa es tu suposición intuitiva —repuso Gonzalo.

 

La respuesta de Rubin se perdió en la quiche, y la conversación se hizo más general.

 

 

 

Durante toda la discusión, el invitado de la noche había permanecido en un silencio imperturbable y claramente divertido. Escuchaba con tanta tranquilidad como bebía su martini.

 

Su nombre era Simon Alexander. Su cabello y su bigote negros, lo suficientemente espesos y abundantes como para darle una apariencia satánica o, como mínimo, levantina, eran sus rasgos más prominentes. La leve y persistente sonrisa de su rostro parecía acentuar el satanismo.

 

Sin embargo, cuando se sirvió el café y Drake dio unos golpecitos en el vaso de agua con su cuchara, Alexander, como anticipándose, se puso serio.

 

—Caballeros —dijo Drake—, es hora de interrogar a nuestro estimado invitado, y como Manny ha parloteado de forma mucho más insoportable que de costumbre, supongo que dirigirá el interrogatorio.

 

—Lamento que encuentres la estimulación mental insoportable, Jim, pero no me sorprende. —Rubin tomó un rápido sorbo de café, hizo una seña a Henry para que trajera algo fresco y luego dijo—: Bien, señor Alexander o, si lo prefiere, Simon, ¿cómo justifica usted su existencia?

 

La sonrisa de Alexander volvió a su rostro.

 

—Procurando que el pueblo norteamericano pague los impuestos légales que debe y cuando debe.

Hubo una agitación en la mesa e incluso a Henry le traicionó una pausa en el preciso cumplimiento de sus obligaciones lo suficientemente larga como para dirigir una penetrante mirada al invitado.

 

—¿Es usted empleado de Hacienda? —dijo Trumbull, con evidente tono de ultraje.

—Así es —dijo Alexander—. Estoy en la Sección de Fraudes.

 

 

 

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—Por Dios —dijo Trumbull—, ¿y usted ofrece eso como justificación de su existencia? Eso, más que una justificación, es sadismo. —Clavó una mirada amenazadora sobre Drake.

 

—Dale una oportunidad, Tom —dijo Drake—. En el mundo tiene que haber toda clase de personas y, aparte de su profesión, Simon es de naturaleza noble.

 

Alexander hizo un gesto con la mano.

 

—No te preocupes, Jim. Los recaudadores de impuestos han sido siempre los malvados favoritos de la humanidad desde el momento en que aparecieron en la antigua Sumeria, hace cinco mil años, e inventaron la escritura para registrar las cuentas. Además, creo que el señor Trumbull simplemente estaba expresándose de forma pintoresca y no quería decir eso.

 

—Al infierno con que no quería —murmuró Trumbull.

 

Rubin, que se había mantenido en silencio con aire de ofendido, elevó ahora la voz:

—Ya que hoy me toca interrogar a mí, ¿podría continuar? ¿Te importaría callarte, Tom?

—Las circunstancias me empujaron —dijo Trumbull.

 

Rubin esperó a que se hiciera silencio y dijo:

 

—Señor Alexander —evitaré llamarle Simon, ya que por una ley humana común usted no puede tener amigos aquí, posiblemente en ningún lado—, ¿cómo puede justificar su existencia la función de recaudador de impuestos?

 

—Creo que no es difícil ver que Hacienda representa el único brazo esencial del gobierno —dijo Alexander—. Los presidentes pueden morir y son reemplazados por otros, sólo con un ligero e indiferente hipo de emoción. El Congreso puede tambalearse, el Tribunal Supremo naufragar, y podemos perder terreno en el ámbito diplomático, económico y hasta militar, y a pesar de todo recuperarnos después. Los desastres naturales son locales, temporales y pasajeros.

Sin embargo, en cuanto el sistema impositivo se tambalease, el gobierno no podría seguir funcionando. Eso significaría una parálisis progresiva que se iría extendiendo cada vez más, y la magnitud de la catástrofe se aproximaría a la de una guerra nuclear.

 

—Pero el sistema impositivo está lejos de tambalearse, ¿no es así?

 

—No en el sentido de que la maquinaria física vaya a estropearse o los ordenadores a dejar de funcionar. No, el eslabón débil es el impositor mismo. El presupuesto norteamericano se aproxima ahora al medio billón de dólares anuales, y la mayor parte se recauda del renuente bolsillo de todos los norteamericanos.

—Lo siento, Manny —dijo Trumbull con enojo—, pero tengo que interrumpirte. ¿Qué infiernos tiene que ver el «renuente» con todo esto? Usted impone su propia interpretación de las reglas, actúa al mismo tiempo como juez y fiscal, nos persigue sin piedad, nos considera culpables hasta que probemos nuestra inocencia y está dispuesto a encarcelarnos si puede. ¿Qué le importa si somos «renuentes»?

 

 

 

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—En primer lugar —dijo Alexander—, es posible recurrir nuestras decisiones en los tribunales. No tenemos la última palabra. Segundo, sería mucho peor si tuviéramos piedad. A pesar de todo lo que hacemos, no podemos realizar auditorías a todo el mundo, ni investigarlo todo. Si lo intentáramos, el coste sería mucho mayor que el dinero adicional que pudiéramos recaudar. No, estamos obligados a confiar que el americano medio rellene una declaración razonablemente honesta, y sólo podemos esperar eso si el americano medio está convencido de la honestidad esencial del sistema. Dentro de los límites de la ley —y la ley no es completamente equitativa, pero eso no es culpa nuestra— no podemos mostrar favor o misericordia, de otro modo la estructura se derrumbaría.

 

Por eso, aunque Al Capone hubiera cometido robos a gran escala y asesinado impunemente, sólo se le pudo atrapar por evasión de impuestos. No hay nada irónico en esto. La evasión de impuestos es el peor de todos los delitos. De la misma forma, nada de lo que Nixon y Agnew hicieran antes de verse obligados a dimitir fue tan grave como sus tejemanejes con Hacienda y las sospechosas declaraciones que presentaron. Que no les importara socavar la fe del pueblo americano en la honestidad del sistema impositivo fue la más imperdonable de todas sus fechorías.

—¿Dice todo eso en serio? ¿No nos está tomando el pelo? —dijo Rubin.

 

—Completamente en serio.

 

—Por Dios, Jim —dijo Rubin—, deberíamos pedirte la dimisión. Nos has traído a un tipo que intenta convencernos de que deducir gastos en la declaración es evasión de impuestos.

 

Avalon se aclaró la garganta.

 

—No soy un evasor consciente, pero debo admitir que, para empezar, Hacienda y yo podríamos no estar de acuerdo sobre lo que constituye un gasto deducible.

—Entonces deducirá hasta que nosotros le digamos lo contrario —dijo Alexander, con amabilidad—. Esa es la versión del recaudador de impuestos de considerar inocente al sujeto hasta que se pruebe su culpabilidad… pero no vine aquí para hablar de esto.

 

—Entonces —dijo Rubin—, ¿de qué quiere hablar?

 

—Jim me dijo —dijo Alexander— que a los Viudos Negros les gusta escuchar relatos en los que hay un enigma, y yo tengo uno.

—Jim cometió un error al decirle eso —dijo Avalon, con severidad—. Nos reunimos con el propósito de participar de una conversación estimulante, y para eso no es necesario un enigma; sin embargo…

 

Alexander sonrió.

 

—Además, me divirtió mucho la discusión de antes de la cena sobre la naturaleza de la intuición, ya que mi historia tiene que ver con la intuición.

—¡Telepatía! —dijo Gonzalo de inmediato.

 

—No, creo que no —dijo Alexander—. En realidad toda la conversación apoya la tesis del señor Rubin. Estoy de acuerdo con que la intuición consiste en la

 

 

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observación y la deducción inadvertidas, y creo que lo que se suele considerar como telepatía es lo mismo. Por eso, cuando Jim me presentó, dijo —me parece que éstas fueron sus palabras exactas—: «Este es Simon Alexander, una especie de investigador, y de los buenos. Puede percibir la criminalidad por una especie de magia interna». ¿No es eso lo que has dicho, Jim?

 

—Creo que sí —dijo Drake.

 

—Ya oí lo de «una especie de investigador» —gruñó Trumbull—. Pero no dijo nada de Hacienda.

—Estoy tratando de puntualizar —dijo Alexander— que la presentación tuvo lugar cuando se servían las bebidas… como el brandy ahora. Henry, ¿tenemos curasao?

 

—Creo que sí, señor.

 

—Tomaré un poco entonces. Como todos estaban concentrados en las bebidas, no pensé que alguien hubiera escuchado la presentación. ¿Alguien recuerda haberla oído?

 

Nadie picó el anzuelo esta vez, y Alexander se alisó el bigote con el índice y aceptó una pequeña copa de líquido color naranja que le ofrecía Henry.

 

—Pero aunque Rubin y Gonzalo no la escucharan conscientemente —dijo—, sí la oyeron, y lo de percibir la criminalidad por una especie de magia interna fue lo que provocó la discusión sobre la intuición. Por supuesto, yo no utilizo ningún tipo de magia interna. Utilizo la razón, siempre soy muy consciente de los detalles del razonamiento. Excepto una vez… —Su expresión se volvió pensativa.

 

Drake encendió un cigarro con la colilla del que acababa de fumar y dijo:

 

—Cuéntanoslo, Simon.

 

—Eso es lo que voy a hacer —dijo Alexander—, pero hay ciertas cosas personalmente confidenciales… Se me ha dicho que todo lo que se diga aquí es confidencial.

 

—¡Todo! —exclamó Trumbull, sarcásticamente—, y eso incluye todo lo que nosotros digamos. Damos por supuesto que nada de lo que usted oiga aquí podrá ser utilizado en contra nuestra, por lo que se refiere a los impuestos.

 

—De acuerdo —dijo Alexander—, pero, por favor, tengan cuidado con lo que dicen. No me gustaría que pusieran a prueba mi integridad.

 

 

 

Alexander sorbió su curasao con rostro pensativo y, por alguna extraña razón, particularmente diabólico.

 

—Por supuesto, ustedes saben —dijo— que los ordenadores son el torrente sanguíneo de Hacienda. No podríamos trabajar sin ellos. Nunca vacilan, nunca se cansan, nunca se aburren, son nuestra gran ventaja. Y, como nunca piensan, también son nuestra gran debilidad.

 

Para poder utilizar un ordenador, y explotar su debilidad, es necesario conocer

 

 

 

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cada detalle de su funcionamiento, y esto elimina a casi toda la raza humana. Por eso nos confiamos.

 

Hace algunos años, Hacienda fue víctima de un enorme fraude por parte de alguien que conocía sus ordenadores, un matemático que estaba harto de la remuneración que reciben los matemáticos.

 

Halsted, que enseñaba matemáticas en un instituto, suspiró y dijo:

 

—Conozco el tipo.

 

—Ahora no importan los detalles de su plan, pero se las arregló para obtener un puesto en el que debía manejar algunos de nuestros ordenadores. Por supuesto, se fabricó un nuevo currículum, un nuevo nombre, una nueva apariencia y todo lo necesario, incluso un nuevo número de la Seguridad Social. Cómo se las ingenió es algo que no les diré, ya que —confidencialmente o no— no se trata de ir difundiendo técnicas para el fraude.

 

—Estoy de acuerdo —dijo Avalon, asintiendo.

 

—Ni tampoco —dijo Alexander— les diré exactamente cómo se las arregló para reprogramar un ordenador clave… porque en este caso yo mismo no lo sé. No soy matemático. Sin embargo, lo hizo. Durante cinco años, nuestro matemático — llamémosle Johnson, para ahorrarnos sílabas— recibió grandes devoluciones de impuestos sin haberlos pagado nunca. Recibió más dinero en ese período del que podría haber ganado en toda una vida de trabajo honesto.

 

Aún estaría recibiendo dinero si no fuera por el descubrimiento accidental de una incongruencia en el programa. La detección fue el resultado de una coincidencia muy inusual, y les aseguro que Hacienda no pudo haberse sentido más consternada o apurada. Como es natural, dos cosas eran esenciales. Había que detener el goteo de dinero y modificar el programa del ordenador para impedir que el fraude de Johnson se repitiera en el futuro. Esto se llevó a cabo en el mayor secreto. El secreto era necesario no tanto para evitar el ridículo de algunos funcionarios, aunque ése era uno de los motivos, como para que el propio Ministerio no perdiera la confianza del pueblo americano.

 

—No sabrán la verdad por ninguno de nosotros —dijo Gonzalo, con sospechosa gravedad—. Se lo aseguro.

—La segunda cosa —continuó Alexander— era atrapar a Johnson, hacerle devolver el dinero recibido y meterlo entre rejas durante tanto tiempo como se pudiera. Era el razonamiento del caso Al Capone, como ustedes verán. Johnson debía pagar su delito sin sacudir los cimientos de la civilización americana, pero no debía permitírsele continuar con el fraude. Y en este punto entro yo. Fui asignado al caso.

 

Mi reputación en la Sección quizá sea exagerada. Más de una persona sospecha, tal y como les dijo Jim, que resuelvo mis casos por medio de una magia interna, una misteriosa facultad intuitiva que desafía el análisis. Se ha dicho entre nosotros, por ejemplo, que puedo ver una declaración de impuestos que parece impecable y sin embargo distinguir que algo de dinero se ha quedado pegado a unos dedos no del

 

 

 

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todo limpios. O que puedo entrevistar a una persona y saber con seguridad que hay un ladrón oculto tras el santo.

 

En realidad no hay ninguna magia en eso. Tengo cierto ingenio en el razonamiento y la observación, y una buena dosis de experiencia. Mi memoria es excelente y he encontrado todas las variedades de modelos de conducta… y también todas las formas de trampa en las declaraciones. Lo que parece magia o intuición no es otra cosa que la observación de pequeñas cosas a las que los demás no prestan la debida importancia.

 

También funciona en la otra dirección. A veces puedo detectar al santo tras el ladrón. Estoy completamente seguro, por ejemplo, que usted, señor Trumbull, no defrauda ni siquiera cincuenta dólares en su declaración. Sospecho que está avergonzado de su relativa honestidad, y lo expresa vilipendiando a la institución a la que no se atreve a defraudar. Y esto no es adivinación; he encontrado a otros como usted.

 

Era difícil que la bronceada piel de Trumbull se sonrojara, pero su expresión lo hizo innecesario.

—Me temo que tu reputación está arruinada, Tom —dijo Avalon—. Por favor, continúe, señor Alexander.

—Para darles un ejemplo, prácticamente en un cuarto de siglo de trabajo, casi nunca señalé a alguien, culpable o inocente, sin que se demostrara que estaba en lo cierto.

 

—¿Un cuarto de siglo? —preguntó Avalon—. ¿Cuántos años tiene usted, señor Alexander?

—Cincuenta y dos.

 

—No los aparenta —e, inconscientemente, Avalon se frotó con el dedo su bigote cano.

—Yo también tengo canas en el pelo —dijo Alexander—, pero las retoco un poco. No es tanto por vanidad, ¿comprenden?, sino porque el negro parece darme un aspecto temible que es útil en mi trabajo. Sin embargo…

 

Johnson no era una presa fácil. De todas formas, ya sabía que el juego había terminado, y cuando llegó la siguiente devolución —esta vez bajo el control de la Sección— no la cobró. No es imposible que tuviera un aliado en la Sección, pero eso no nos interesa ahora. Descubrirlo tampoco fue fácil. Había dejado su trabajo hacía mucho tiempo y todos los datos que teníamos sobre él eran falsos, incluso su número de Seguridad Social, que no pertenecía a ningún ser humano, como descubrimos inesperadamente.

 

Me vi obligado a seguir las pistas más tenues y a construir la imagen del ser humano que había cometido el hecho. No descubrimos absolutamente nada que nos condujera a la identidad del estafador y, finalmente, nos encontramos ante varias posibilidades, todas vagas e inciertas. Se asignaron distintos detectives a cada una de ellas. La tarea consistía en hallar suficientes pruebas que justificasen una

 

 

 

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concentración de fuerzas, una investigación a gran escala de un hombre en particular… una detención, por supuesto, si era posible.

 

Mi objetivo era un hombre gris, de peso y altura medios y aspecto vulgar. Eso, pensé para mí, era un buen signo, porque el trabajo debía de haber sido obra de alguien que pudiera pasar desapercibido en los momentos cruciales. Tenía un oscuro pasado que no era fácil de rastrear sin pillarnos los dedos demasiado pronto… salvo una feliz circunstancia. En los períodos cruciales parecía ser particularmente ilocalizable.

 

Por desgracia, el resultado fue negativo y los indicios no cuadraban. Necesitábamos alguna coincidencia positiva. Teníamos que localizarlo en el lugar del delito cada vez, demostrar sus conocimientos informáticos, etcétera. A pesar de todo, le seguí como un fantasma.

 

De hecho, me las ingenié para conocer a algunos de sus amigos y traté de estar siempre en las reuniones sociales a las que iba él.

En una fiesta a principios de noviembre coincidimos los dos: él se mostraba silencioso y observador, apenas bebía un trago en una hora; y yo, no tan silencioso, pero tan observador y tan abstemio como él. Entonces, el anfitrión se puso a hablar de la noche de Halloween[2]. Tenía una hija de siete años que había salido a recorrer las cosas del barrio con unos amigos mayores que ella, y había regresado entusiasmada.

 

Eso me pareció cierto, pues recordaba muy bien la primera experiencia de mi hija, y dije:

—«Sí, siempre he pensado que, si no fuera por el aspecto comercial que predomina en la Pascua de Navidad, la reacción espontánea de cualquier niño sería ilusionarse con la noche de Halloween lo mismo que con la Navidad».

 

Y, sorprendentemente, mi sospechoso habló. Como abrumado por una emoción que le obligaba a abandonar su natural reserva, dijo, con una cálida sonrisa que casi transfiguraba su rostro:

 

—«Tiene usted razón. En algunos aspectos, la noche de Halloween se puede considerar exactamente igual a la Navidad».

Estas fueron sus palabras exactas, caballeros, pues las escuché con particular atención.

—¿Por qué? —preguntó Rubin.

 

—Porque a consecuencia de ese comentario, lo descarté inmediatamente como sospechoso. También es cierto que recuerdo haber tenido el impulso de darle unas palmadas en el hombro e invitarle a un brindis para celebrar su inocencia. No pude porque supongo que su inesperado entusiasmo lo había asustado. Tan pronto como hizo la observación, se ruborizó, pareció asustado e intimidado. Mi propia atención se distrajo un momento y, cuando me volví para buscarlo, se había ido.

Alexander hizo una pausa y terminó su último sorbo de curasao.

 

—En aquel momento —dijo—, mi súbita convicción de su inocencia pudo parecer pura intuición —aun para mí mismo—, pero no lo era, por supuesto. Me

 

 

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inclino por la hipótesis de Rubin en el sentido de que la intuición es razonamiento no detectado. He aquí el razonamiento que realicé más tarde:

 

Trabajando laboriosamente a partir de detalles insignificantes, había esbozado un retrato del criminal, este Johnson. Era matemático y no tenía familia. Lo más probable es que no sólo no estuviera casado y sin hijos, sino que tampoco tuviera hermanos y que sus padres hubieran muerto cuando era joven. Era frío, muy frío… y no quiero decir que fuera cruel y sádico, sino simplemente que se había privado de cualquier ocasión o deseo de amor y afecto. Permítanme expresarlo de una forma que tiene gran significado para mí. No era, de ningún modo, un hombre de familia.

Halsted golpeteó el mantel distraídamente y dijo:

 

—Supongo que usted sí es un hombre de familia.

 

—Por completo. Mis padres, dos hermanos y una hermana, todos viven y estamos muy unidos. Me casé con la novia de mi juventud, tenemos tres hijos y un nieto recién nacido, y además sobrinas y sobrinos. Conozco las emociones de un hombre de familia y nadie, nadie, puede hablar con tanto afecto de las fiestas de los niños si no ha experimentado esa clase de amor y cariño que acompaña a esos días. Mi sospechoso hablaba de esa forma; Johnson no hubiera podido; conclusión: mi sospechoso no era Johnson y era inocente. Lo que parecía simple intuición era, después de todo, razonamiento.

 

Intuición o razonamiento, informé de mi creencia en su inocencia a mis superiores, y se intensificó la vigilancia de los demás sospechosos. Cinco meses más tarde cogimos al culpable y ahora está en prisión, donde permanecerá por largo tiempo. Se recuperó parte del dinero, no todo, por supuesto.

 

Hizo una pausa y Avalon rompió el corto silencio que siguió, diciendo:

 

—Me agrada que todo haya tenido un final feliz para su Sección, pero usted habló de un enigma y yo no veo ninguno.

Simon Alexander suspiró.

 

—No es un final feliz del todo. Tras eliminar a mi sospechoso, descubrimos que los demás eran inocentes. Uno tras otro, se demostró que no encajaban en las circunstancias del fraude. Un día, por pura desesperación, volví al sospechoso que había descartado y, en el intervalo, surgió algo inesperado que arrojó nueva luz sobre el asunto. Sorprendido, continué la investigación y di con él… mi propio sospechoso, cuya inocencia había mantenido y, prácticamente, garantizado. Después de todo, era el culpable.

 

Lo que me intriga y, aún hoy, no me deja dormir a veces es lo incongruente de todo. Él resultó ser tal y como yo sospechaba: un hombre sin familia, amor ni afecto. Su observación sobre la Navidad y la noche de Halloween y el tono con que la hizo indicaban lo contrario. ¿Cómo es posible esta contradicción y cómo pudo utilizarla él para despistarme?

 

 

 

 

 

 

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Se produjo un silencio en la mesa y Alexander esperó una respuesta.

 

Avalon habló por fin, contemplando fijamente su copa de brandy vacía.

 

—Señor Alexander, a pesar de las teorizaciones fáciles, los hechos demuestran que los seres humanos son criaturas complicadas e incoherentes. Hay indudables aspectos contradictorios en el carácter de su sospechoso o de cualquier hombre. Tiene usted que achacarlo a la mala suerte.

 

—Me gustaría hacerlo —dijo Alexander—, y lo he intentado, pero mi experiencia me dice que los seres humanos no son incoherentes en las cosas elementales; Un hombre que siempre se levanta con el pie izquierdo, puede cambiar de partido y trocar esposas, pero siempre se levantará con el pie izquierdo.

—Nada le impedirá levantarse con el pie derecho, por incómodo que sea —dijo Halsted—, si es necesario para engañar a alguien. Fingió a propósito para desorientarle.

 

Alexander no respondió de inmediato.

 

—Lo dudo —dijo luego—. Aunque hubiera sabido que yo estaba pisándole los talones, y es una posibilidad, no es posible que me conociera tan bien como para saber que me despistaría con una frase breve y aparentemente fuera de lugar.

 

—La afirmación bien pudo ser de carácter misantrópico, y usted la interpretó erróneamente debido a sus propias asociaciones felices con las fiestas. Lo que el sospechoso pudo haber querido decir es que la Navidad es tan supersticiosa y absurda como la noche de Halloween.

 

—Una idea interesante —dijo Alexander—, pero la expresión de su rostro y su voz no encajan. Eran felices, gozosas. Aún estoy seguro de que su observación era sincera.

 

—Pero puede que fuera un admirador de Charlie Brown y estuviera pensando en la «Gran Calabaza» de Linus, que es una especie de sátira de Santa Claus. Eso pudo establecer una asociación entre la noche de Halloween y la Navidad.

 

Hubo un abucheo general de la audiencia, pero Alexander levantó la mano.

 

—En realidad, ésa es la primera sugerencia en la que no había pensado. No me parece plausible en absoluto, pero averiguaré si mi ladrón es admirador de Charlie Brown.

 

—No tenemos nada sobre lo que continuar. No creo que podamos deducir nada que le tranquilice. ¡Lo siento!

—Estoy de acuerdo —dijo Drake—, pero aún no hemos oído a Henry.

 

—¿Henry? —dijo Alexander con sorpresa, dándose la vuelta en su silla.

 

 

 

Henry se aclaró la garganta.

 

—Admito, caballeros, que una idea surgió en mi mente en el momento en que el

 

 

 

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señor Alexander nos dijo la observación del sospechoso.

 

—¿Sí? —dijo Alexander—, ¿y cuál fue esa idea?

 

—El sospechoso, señor, no dijo, como usted o yo podríamos haber dicho, que la noche de Halloween era como la Navidad o tan bonita como la Navidad o incluso equivalente a la Navidad. Si usted citó correctamente, él dijo que la noche de Halloween era «exactamente igual» a la Navidad. No cabe duda de que así es como hablaría un matemático.

 

Alexander resopló.

 

—Frío. Frío. Alguien que no fuera matemático podría haber dicho lo mismo si fuera una persona precisa y meticulosa.

—Quizá —dijo Henry con suavidad—. Sin embargo, si consideramos la observación desde el punto de vista matemático, podemos descubrir cosas que todavía no ha señalado nadie. Después de todo, si su sospechoso era realmente el culpable, no sólo sería un matemático, sino también un especialista en informática.

Alexander pareció sorprendido.

 

—¿Qué tiene que ver eso?

 

—Señor Alexander —dijo Henry—, el escuchar a los caballeros del Club de los Viudos Negros mes tras mes ya es educativo en sí mismo y ha habido veces en que he dirigido mis lecturas en las direcciones que ellos me han abierto. El señor Halsted, por ejemplo, discutió una vez la lógica en que se sustenta el principio de posición, la manera en que nuestros números arábigos están construidos, de modo que me incitó a leer algo más sobre el tema. Si usted me permite explicarlo, estoy seguro que el señor Halsted será tan amable de corregirme si cometo un error.

—Seré tan amable, Henry, pero no veo adonde quieres ir a parar.

 

—Lo sabrá en un momento, señor. Nuestros números ordinarios están escritos en base diez. La primera columna a la derecha son las centenas o diez veces diez, la siguiente los millares o diez veces diez veces diez, y así sucesivamente. Por lo tanto, el número 1231 es una vez mil, más dos veces cien, más tres veces diez, más uno, y eso suma mil doscientos treinta y uno.

 

—Hasta ahora correcto —dijo Halsted.

 

—Pero no hay necesidad de considerar al diez la única base posible para un sistema numérico —dijo Henry—. Se puede utilizar el nueve, por ejemplo. La columna de la derecha en base nueve serían las unidades, la siguiente a la izquierda serían los nueves, la siguiente serían los ochenta y unos o nueve veces nueve, la siguiente serían los —ejem— setecientos veintinueves o nueve veces nueve veces nueve, y así sucesivamente. El número 1231 sería, en base nueve, una vez setecientos veintinueve, más dos veces ochenta y uno, más tres veces nueve, más uno. Lo que sería, si me permiten pensarlo un momento… el equivalente de novecientos diecinueve en nuestro sistema ordinario de base diez.

 

Escribió apresuradamente sobre una servilleta y la sostuvo levantada.

 

—Se puede escribir el resultado de esta forma: 1231 (base nueve) = 919 (base

 

 

 

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diez).

 

Halsted, Drake y Rubin asintieron. Avalon y Trumbull parecían pensativos, y Alexander sacudió la cabeza con impaciencia.

—Eso es ridículo —dijo Gonzalo—. ¿Cómo podría alguien utilizar ese sistema basado en el nueve y multiplicar por nueves?

—Las otras bases numéricas parecen complicadas, Mario —dijo Halsted—, sólo porque nuestro sistema numérico está diseñado para cuadrar con el diez como base. Matemáticamente, todos son igual de racionales, a pesar de que algunos son más cómodos que otros. Por ejemplo, en la informática a veces es particularmente útil el uso de… oh, oh…

 

Miró a Henry con una sonrisa y dijo:

 

—Me parece que ya lo entiendo, Henry, pero continúa tú hasta el final. —Gracias, señor —dijo Henry—. Tal y como el señor Halsted estaba a punto de

 

decir, creo que el sistema de base ocho es útil para trabajar con ordenadores. El número 31, por ejemplo, en base diez es tres veces diez más uno, o treinta y uno. En base ocho, sin embargo, es tres veces ocho más uno, o veinticinco.

 

Por lo tanto, podemos escribir —utilizó de nuevo la servilleta—: 31 (base ocho) =

 

25 (base diez).

 

Y continuó:

 

—Las diferentes bases numéricas a veces tienen nombres derivados de los nombres latinos de los números. En latín, diez es decem, por lo que un número en base diez pertenece al sistema decimal. En latín, ocho es octo así pues, los números en base ocho son octales. Por lo tanto, podemos escribir: 31 (octal) =25 (decimal).

Casualmente, tenemos los meses octubre y diciembre… De repente, Rubin dio un grito de júbilo.

 

—No es ninguna casualidad. Los romanos comenzaban su año en marzo antes de

 

la época de Julio César. Según ese sistema, octubre era el octavo mes y diciembre el

 

décimo, y por eso se les denominó así.

 

Henry asintió con la cabeza y dijo:

 

—Gracias, señor. Entonces, si abreviamos los términos «octal» y «decimal» en forma natural y omitimos los paréntesis, tenemos 31 octubre = 25 diciembre. Lo que puede describirse mejor diciendo que la noche de Halloween, que es el 31 de octubre, es exactamente igual a la Navidad, que es el 25 de diciembre.

 

La boca de Alexander se había relajado durante toda la deducción, pero ahora sus músculos se tensaron y dijo:

—¿Trata usted de decirme que el ladrón, al decir la frase sin pensar, delató que era un experto en informática?

—Sí, señor —dijo Henry—. La timidez no fue el motivo de que su rostro se alarmara y se marchara tan pronto como pudo. Debió haberle asustado la idea de que había dejado escapar algo de su verdadero carácter. Y en ese momento, si usted hubiera visto el significado de su observación, habría sido prudente comenzar las

 

 

 

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gestiones para arrestarlo.

 

Alexander parecía enfadado.

 

—Bueno, yo no lo vi así. Interpreté justamente lo contrario. Pero, espere, todo eso está claro e incluso puede que sea correcto teniendo en cuenta que la persona en cuestión resultó ser culpable, pero ¿cómo puede usted explicar la mirada de amor en su rostro? Éso fue lo que me confundió.

 

—Usted es un hombre de familia, señor —dijo Henry suavemente—, y tiene sus debilidades. Por naturaleza interpreta el amor en términos humanos. Por mi parte, no soy un hombre de familia, y sé que el amor es algo más amplio que eso. Hasta un misántropo que odie a la raza humana puede amar, y con mucha profundidad.

—¿Amar qué? —dijo Alexander con impaciencia.

 

—La belleza y las sorpresas de las matemáticas, por ejemplo —dijo Henry.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

Quienes hayan leído los dos primeros volúmenes de relatos del Club de los Viudos Negros, sabrán que existe una organización real llamada «las Arañas Tramperas», a la que pertenezco y que me sirve de inspiración para todo lo referente a los Viudos Negros, excepto los misterios. Ocasionalmente, incluso utilizo a un invitado de la vida real… al menos en su aspecto y otras características generales.

 

Por ejemplo, sin duda fue la reunión de «las Arañas Tramperas» con un mago, bastante parecido al Sorprendente Larri de la primera historia, lo que dio origen al relato. (No hubo misterio, por supuesto, en la vida real).

 

Y en otra reunión, en la que yo oficiaba de anfitrión, traje a mi contable como invitado. Es un caballero encantador con el que he compartido un millón de carcajadas y que, no contento con quitarme hasta la camisa por amor al Tío Sam, además pretende cobrar sus honorarios.

 

Lo tomé como inspiración de Simon Alexander en «Un hombre de familia», cambiando su profesión de contable por la de auditor de impuestos (el enemigo) y continuando a partir de ahí.

 

En cuanto a las diferentes bases el tema me lo ofreció un amigo miembro de otra organización a la que pertenezco: los Irregulares de Baker Street. Me lo ofreció apremiándome a que lo utilizara en un misterio de los Viudos Negros, y como nobleza obliga…

 

«Un hombre de familia» apareció en el número de noviembre de 1976 de la

 

 

 

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EQMM con el título de «Un caso de fraude impositivo». De todos modos, prefiero un título más corto, así que restablezco el mío aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

LA PÁGINA DE DEPORTES

 

 

—¿PÚSTULA ES UNA palabra inglesa? —preguntó Mario Gonzalo, mientras los miembros de los Viudos Negros se sentaban para su banquete mensual.

 

—¿Has dicho fístulas? —preguntó James Drake, arrastrando su silla hacia la mesa y observando la selección de pan y panecillos.

—Pústula —dijo Gonzalo secamente.

 

—¿Cómo se deletrea? —preguntó Roger Halsted, quien no tuvo dificultad en decidirse por dos rebanadas de pan de centeno. Las estaba untando con mantequilla.

 

—¿Qué diferencia hay en cómo se deletrea? —dijo Gonzalo con fastidio. Se colocó la servilleta cuidadosamente sobre sus pantalones rosa fuerte a rayas—. Deletréala como te plazca. ¿Es una palabra inglesa?

 

Thomas Trumbull, el anfitrión de la velada, frunció su bronceada frente y dijo:

 

—Maldita sea, Mario, hasta ahora habíamos tenido una reunión bastante

 

razonable. ¿Qué es eso de pústula?

 

—He hecho una pregunta. ¿Por qué no la respondes?

 

—De acuerdo. No es una palabra inglesa.

 

Gonzalo recorrió la mesa con la mirada.

 

—¿Todo el mundo está de acuerdo en que pústula no es inglés?

 

Hubo un vacilante coro de asentimientos. Emmanuel Rubin, los ojos agrandados por las gafas y su barba rala un poco más corta que de costumbre, como si la hubiera recortado distraídamente, murmuró por fin:

 

—No lo parece.

 

Lawrence Pentili, el invitado de Trumbull al banquete, un hombre mayor con escaso cabello blanco y patillas excesivamente largas, como anunciando que su pelo aún podía crecer, sonrió y dijo:

 

—Nunca oí esa palabra.

 

Sólo Geoffrey Avalon se mantenía en silencio. Sentado tan erguido como siempre, frunció el entrecejo y con el dedo medio agitó el hielo de su inacabada segunda copa.

 

—Bien —dijo Gonzalo—, todos estamos de acuerdo en que no es una palabra inglesa. Os habéis dado cuenta enseguida. Pero ¿cómo? ¿Habéis revisado toda la lista de palabras inglesas que conocéis y habéis visto que pústula no estaba en ella? ¿Habéis procedido por la familiaridad del sonido? ¿Habéis…?

 

La suave voz de Halsted lo interrumpió.

 

—Nadie sabe cómo recuerda las palabras la mente humana, de modo que ¿por qué preguntar? Ni siquiera los que tienen teorías de cómo funciona el mecanismo de la memoria comprenden cómo se puede recuperar la información una vez que se ha introducido. Cada una de las palabras que utilizo ha sido extraída de mi vocabulario,

 

 

 

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y cada una de ellas está allí cuando la necesito.

 

—Hay muchas veces que no puedes recordar la palabra que quieres —dijo Trumbull.

 

Halsted se había vuelto con satisfacción hacia la sopa de tortuga que Henry, el incomparable camarero de los Viudos Negros, había colocado delante de él.

 

—Sí —dijo, tartamudeando ligeramente, como le ocurría con frecuencia cuando estaba en tensión—, y eso trastorna. Muchas personas se preocupan cuando no pueden recordar una palabra, y eso les trastorna, como si hubiera funcionado mal algo que no debería funcionar mal. Yo, por mi parte, tiendo a tartamudear cuando no puedo encontrar una palabra.

 

Por fin se escuchó la profunda voz de barítono de Avalon, que dominó toda la mesa.

—Esperad un momento. En realidad, existe esa palabra, pústula. Es arcaica, pero es inglés. Es una especie de llaga, o ampolla.

—Así es —dijo Gonzalo con satisfacción—. La palabra aparece en la Biblia, en relación con las plagas de Egipto, en el Libro del Éxodo. Sabía que alguien de aquí la conocería. Creí que sería Manny.

 

—Pensé que te referías al inglés actual.

 

—No dije eso —dijo Gonzalo—. Además, aparece en palabras compuestas que sí se utilizan en inglés actual.

—No, no es verdad —dijo Rubin, excitándose más—, además…

 

—No te pongas a la defensiva, Manny —dijo Trumbull en voz alta—. Lo que me gustaría saber ahora es cómo sabe Mario todo esto. Por cierto, hoy tenemos merluza ahumada a petición mía, de modo que si a alguien no le gusta, puede negociar con Henry un sustituto. ¿Sí, Mario?

 

—Lo leí en un libro de psicología —dijo Gonzalo—. No hay nada que indique que yo haya nacido sabiéndolo todo, como Manny afirma que nació él. Yo voy reuniendo conocimientos manteniendo los ojos y los oídos abiertos. Y a lo que quiero llegar ahora es que recordar demasiado es peligroso.

 

—Un peligro que tú nunca correrás —musitó Rubin.

 

—No me importa —dijo Gonzalo—. Mira, yo hice una pregunta y obtuve una respuesta rápida y segura de todos, excepto de Jeff. No estaba seguro y vaciló porque recuerda demasiado. Recuerda el uso de la palabra pústula en la Biblia. Bien, el ser humano se enfrenta con elecciones a cada instante. Debe tomar una decisión y la decisión se tiene que basar en lo que él sabe. Y si sabe demasiado, vacilará.

—¿Y qué? —preguntó Drake, quien había tomado un poco de la merluza ahumada, primero con expresión pensativa y luego satisfecha.

—Que eso es lo malo —dijo Gonzalo—. A la larga, lo que importa es una respuesta rápida y la acción. Muchas veces una decisión no muy buena es mejor que la indecisión. Por eso, los seres humanos están provistos de una memoria imperfecta. El olvido es un valor positivo para la supervivencia.

 

 

 

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—Avalon sonrió y asintió.

 

—No es mala idea, Mario —dijo, quizá con una traza de condescendencia—. ¿Te he contado alguna vez mi teoría sobre el valor evolutivo de la belicosidad? En una sociedad cazadora…

 

Pero Gonzalo alzó ambos brazos.

 

—No he terminado, Jeff. ¿No veis por qué Henry es mejor que todos nosotros para resolver los enigmas que surgen de vez en cuando? Cada uno de nosotros intenta profundizar…

 

—No todos, Mario —dijo Rubin—. A no ser que tú vayas a empezar ahora.

 

Gonzalo lo ignoró.

 

—Henry no lo hace. Él no se llena la mente de información sin valor, así puede ver las cosas con más claridad.

Henry, mientras retiraba algunas de las fuentes que sobraban, dijo suavemente:

 

—Si puedo intervenir, señor Gonzalo, me temo que sería imposible hacer lo que

 

yo hago, si ustedes, caballeros, no eliminaran todo lo que me confundiría.

 

Su terso rostro de sexagenario mostró tan sólo una eficiencia imperturbable, mientras vertía vino blanco en las copas vacías.

—Mario —dijo Trumbull—, tu teoría es un disparate y en cuanto a ti, Henry, la falsa modestia es impropia de un hombre como tú. Ocurre sencillamente que tienes más cerebro que nosotros, y lo sabes.

 

—No, señor —dijo Henry—. Con respeto, todo lo que admitiré es que tengo facilidad para ver lo obvio.

—Porque —dijo Gonzalo— no tienes la dificultad de tratar de buscar lo obvio a través de sedimentos de impurezas, como hace Manny.

Henry inclinó la cabeza ligeramente y pareció casi aliviado cuando el injuriado Rubin se lanzó a un análisis del valor del conocimiento misceláneo del escritor y del hecho probado —que anunció con gran fervor— de la ecuación de la inteligencia general con la capacidad para recordar, rememorar, analizar y sintetizar.

Pero Pentili, el invitado, parecía haber perdido el interés en la conversación. Sus ojos seguían a Henry pensativos.

 

 

 

Mientras esperaban el preciso momento en que todos hubieran acabado el postre y las tazas de café ya estaban listas para que Henry las volviera a llenar, Trumbull dio unos golpecitos en su copa de agua con una cucharita y anunció que había llegado el momento del interrogatorio.

 

—Ya que soy el anfitrión —gruñó—, tengo el gusto de quedar descalificado para dirigir el interrogatorio. Mario, Mario, ya que has hecho toda esa prédica durante la sopa, ¿no quieres interrogar a nuestro invitado?

 

—En-caan-tado —dijo Mario, y se aclaró la garganta ostentosamente—. Señor Pentili, ¿cómo justifica usted su existencia?

 

 

 

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Pentili sonrió con amplitud, de tal modo que se le formaron dos bolitas de carne en las mejillas, dándole el aspecto de un Santa Claus musulmán sin barba.

 

—Gracias a Dios, ya no tengo que hacerlo. Estoy retirado, de modo que o ya he justificado mi existencia, o ya he fracasado.

—Y en la época en que podía justificarla, ¿cómo la hacía usted posible? —Respirando. Pero si lo que usted quiere decir es cómo me ganaba la vida, servía

al Tío Sam en la misma forma, más o menos, que lo hace Tom.

 

—¿Es experto en lenguajes cifrados?

 

—No, pero colaboraba con el Servicio de Inteligencia.

 

—¿Y eso justifica su existencia? —interrumpió Rubin.

 

—¿Tenemos que discutir el asunto? —dijo Pentili con amabilidad.

 

—No —dijo Trumbull—. Se ha discutido cincuenta veces. Adelante, Mario.

 

Gonzalo parecía ansioso.

 

—La última vez que Tom trajo un invitado, éste tenía un problema. ¿Lo tiene usted?

—En este momento, desde luego que no. He dejado que Tom y los otros muchachos carguen con ellos. Soy un observador más o menos afortunado. Pero tengo una pregunta, si puedo formularla.

 

—Adelante.

 

—Se ha dicho que Henry… quien, si no me equivoco, es nuestro camarero… —Henry es un valioso miembro del Club de los Viudos Negros y el mejor de

 

todos nosotros —interrumpió Trumbull.

 

—Ya veo. Pero entendí que Henry resolvía enigmas. ¿De qué tipo?

 

Una sombra de inquietud se extendió sobre el rostro de Henry, pero desapareció casi de inmediato.

—De vez en cuando surgen algunos interrogantes con ocasión de estos banquetes, señor, y los miembros han sido capaces de proponer soluciones —dijo.

—Tú las propusiste —dijo Gonzalo con energía.

 

Avalon levantó una mano.

 

—Protesto. Ese tema no es objeto de discusión. Todo lo que se diga aquí es enteramente confidencial y no debe discutirse sobre sesiones previas delante de nuestro invitado.

 

—No, no —dijo Pentili, sacudiendo la cabeza—. No pido confidencias. Sólo sé me ocurrió que, si era apropiado hacerlo, podría exponer un problema a Henry.

 

—Creí entender que usted no tenía problemas —dijo Gonzalo.

 

—No los tengo —dijo Pentili parpadeando—, pero una vez tuve un problema, hace muchos años, y nunca fue resuelto a mi entera satisfacción. Ya no tiene importancia, como comprenderán, pero desde entonces tengo la espina clavada.

 

—¿Qué fue, Larry? —preguntó Trumbull con súbito interés.

 

—Tú acababas de entrar en el departamento, Tom. No te afectó a ti… ni a casi nadie, excepto a mí.

 

 

 

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—¿Podemos oírlo? —preguntó Gonzalo.

 

—Como he dicho —dijo Pentili—, no tiene ninguna importancia y les aseguro que no pensaba exponerlo aquí. Fue sólo cuando se mencionó la facilidad con que Henry…

 

—Si me permite una palabra —dijo Henry con suavidad—, yo no soy un experto en resolver enigmas, como el señor Gonzalo ha dicho tan amablemente. Ha habido ocasiones en las que, sin embargo, he podido ayudar en esa dirección, pero sólo cuando los miembros del club ya habían considerado el problema y eliminado todo lo que no era esencial. En ese caso, yo puedo atar los cabos sueltos que queden tan bien como cualquier otro, pero nada más.

 

—Bueno —dijo Pentili confundido—. Entonces, estoy totalmente dispuesto a presentar el problema a todos los miembros en general.

—En ese caso —dijo Avalon—, somos todos oídos.

 

 

 

Pentili, después de haber terminado su brandy y declinado una segunda copa, dijo:

 

—Les pediré, caballeros, que retrocedan a 1961. John F. Kennedy se encontraba en los primeros meses de su trágicamente abreviada Administración, y se estaba planeando la invasión de Cuba con exiliados cubanos. Kennedy había heredado el plan de la Administración anterior y se había negado a suministrar apoyo aéreo norteamericano por las repercusiones que esto acarrearía. Los informes de Inteligencia le aseguraron que la población cubana se alzaría en apoyo a los invasores. Se formaría de inmediato un gobierno cubano libre y, a petición suya, los Estados Unidos llevarían sus fuerzas.

 

Es fácil, retrospectivamente, advertir cómo infravaloramos el poder de Castro sobre su ejército y su pueblo, pero en aquel entonces veíamos todo a través de un velo de rosado optimismo. Todos ustedes ya saben lo que ocurrió. Los invasores desembarcaron en la Bahía de Cochinos y allí les esperaban las bien organizadas tropas castristas. El pueblo cubano no se levantó y, a falta de apoyo aéreo efectivo, los invasores fueron muertos o tomados prisioneros. Fue una derrota trágica para ellos y un embarazoso fiasco para los Estados Unidos. Kennedy aceptó la responsabilidad, ya que era el presidente y había dado la orden de poner en marcha la operación. A pesar de que había otros que tenían más culpa, ninguno dio un paso al frente para recibir el castigo merecido. Tal como dijo Kennedy: la victoria tiene miles de padres, pero la derrota es huérfana.

 

Rubin, que había estado contemplando su taza de café, dijo de repente:

 

—Recuerdo eso. En aquel entonces, Kennedy dijo que era un viejo proverbio, pero nadie, que yo sepa, descubrió su fuente. Debería incluirse en los libros de citas con el nombre de Kennedy debajo.

 

Avalon se aclaró la garganta.

 

—Una derrota o hasta una humillación no quedan aisladas. Resentido por la

 

 

 

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Bahía de Cochinos, Kennedy decidió no someterse de nuevo, y al año siguiente se enfrentó a los soviéticos en la crisis de los misiles cubanos y obtuvo para nosotros la mayor victoria de la Guerra Fría.

 

—Y las victorias tampoco quedan aisladas —dijo Rubin con vehemencia—. El presidente Johnson, determinado a no ser menos macho[3] que su antecesor, nos llevó poco a poco al lodazal de Vietnam, y esto condujo a nuestros…

 

—Callaos, estúpidos —vociferó Trumbull—. Esto no es una clase de historia.

 

Estamos escuchando a Larry Pentili.

 

En el súbito silencio que se hizo, Pentili continuó con una cierta tristeza en su rostro:

—En realidad, todo eso viene al caso. Verán, el verdadero culpable de la Bahía de Cochinos fue un fallo del Servicio de Inteligencia. Si hubiéramos sabido la situación real en Cuba, Kennedy habría cancelado la invasión o le habría dado un apoyo aéreo efectivo. En ese caso, no hubiera sido un fiasco ni hubiera dado a Castro o a Kruschev la falsa idea de que podrían instalar misiles a noventa millas de Florida y, entonces, si aceptamos la interpretación psicohistórica de Rubin, no hubiéramos tenido Vietnam.

 

En mi opinión, la información necesaria no había sido errónea. Teníamos un agente en Cuba que regresó a Washington casi medio año antes del desembarco, ya que no había podido enviar los informes por radio…

 

—¿Por qué no? —preguntó Gonzalo al punto.

 

—Porque desempeñaba una difícil misión que no podía arriesgar. Era un agente soviético y, como comprenderán, su valor para nosotros dependía de que el gobierno ruso le permitiera viajar libremente a los Estados Unidos y moverse en Washington, ya que ellos pensaban que nos estaba espiando.

 

—Quizá lo estuviera —dijo Drake, mirando a través del humo de su cigarrillo—. ¿Cómo se puede saber a qué lado engaña un agente doble?

—Quizá a ambos lados —dijo Halsted.

 

—Quizá —concedió Pentili—, pero los soviéticos nunca descubrieron nada que nosotros no quisiéramos que nuestro ruso revelara deliberadamente. Por otra parte, a través de él supimos muchas cosas útiles de los soviéticos que ellos no querían que supiéramos.

 

—Me pregunto —dijo Rubin, con algo más que un dejo de sarcasmo en la voz— si los soviéticos no razonaban precisamente de la misma manera.

—No creo —dijo Pentili—, porque al final fueron ellos quienes lo eliminaron y no nosotros. Cómo llegaron a sospechar de él, cómo se delató él mismo, es algo que nunca descubrimos, pero estaba claro que los soviéticos acabaron coincidiendo con nosotros en que él era agente nuestro y no suyo. Es cruel, por supuesto, pero desde el punto de vista de ellos era un traidor. En la situación inversa nosotros hubiéramos hecho lo mismo.

 

—Francamente —dijo Avalon—, yo vacilaría en confiar en un traidor. Un hombre

 

 

 

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que traiciona una vez puede traicionar siempre.

 

—Sí —dijo Pentili—, y por esa razón nunca dejamos que supiera nada más de lo que consideramos seguro que supiera. Sin embargo, por lo menos yo confiaba en él. Siempre pensé que nos había elegido porque creía en los ideales norteamericanos. Durante los tres años que trabajó para nosotros nunca nos dio un motivo de sospecha.

 

Su nombre era Stepan y era un hombre muy serio, sin sentido del humor, que realizaba su labor con dedicación consciente. Se había propuesto aprender inglés y hablarlo con buen acento americano. Por eso era un celoso escucha de los noticiarios, no por su contenido, sino por la esmerada pronunciación de hombres como Walter Cronkite. Para desarrollar su vocabulario, Stepan hacía crucigramas, sin demasiado éxito, y era aficionado al Scrabble, al que solía perder.

 

—¿El Scrabble es ese juego de pequeñas fichas de madera que tienen letras grabadas con las cuales se forman palabras sobre un tablero? —preguntó Avalon.

 

—Tiene sus complicaciones… —comenzó Rubin.

 

—Eso es lo esencial, señor Avalon —interrumpió Pentili—. Menciono el juego porque tiene algo que ver con el problema. Stepan nunca logró completamente sus propósitos. Conservaba su acento ruso y su vocabulario nunca fue tan ilimitado como le hubiera gustado, pero le alentábamos porque lo considerábamos un signo de su dedicación a nosotros. Los soviéticos probablemente lo soportaban porque pensaban que eso le haría un espía más eficaz para ellos.

 

—Puede que tuvieran razón —dijo Rubin con sequedad.

 

—Ellos lo asesinaron, recuérdelo —dijo Pentili—. En septiembre de 1960, Stepan llegó de Cuba. Nosotros sólo teníamos una vaga idea de sus actividades en aquel país, pero su primer y precavido contacto nos hizo pensar que tenía información de vital importancia. Sólo había que obtener esa información sin vulnerar su cobertura.

Tomando muchas precauciones nos las arreglamos para contactar con él en el cuarto de un hotel. El problema fue que, sin que él ni nosotros lo supiéramos, había sido descubierto. Alguien le visitó antes que nosotros y, cuando nuestro hombre llegó, Stepan estaba muerto; apuñalado. Nunca supimos lo que tenía que decirnos.

Pensativamente, Avalon recorrió con el dedo el borde de su taza de café, vacía desde hacía tiempo.

—¿Está usted seguro, señor, de que fue asesinado por los soviéticos? Vivimos en una sociedad violenta y diariamente se asesina por muchas razones.

 

Pentili suspiró.

 

—Es demasiada coincidencia que un agente sea asesinado por otra causa justo a punto de entregar un mensaje vital. Además, la policía de Washington estaba obligada a tratarlo como un asesinato común y nosotros les ayudamos, ya que la víctima era de nacionalidad soviética. No se descubrió nada: no hubo robo ni motivos plausibles de su vida privada. El asesino no dejó huellas de ningún tipo; un delincuente común hubiera dejado alguna.

 

Segundo, la Embajada soviética mostró cierto interés por el asesinato, pero no

 

 

 

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demasiado. Sólo hicieron algunas preguntas demasiado fáciles de contestar. Tercero, algunos canales de información, que deberían haber quedado abiertos si Stepan hubiera estado libre de sospecha y hubiera muerto por razones no conectadas con su trabajo, se cerraron. No, señor Avalon, no me cabía ninguna duda de que tuvo la muerte de un agente.

 

Gonzalo, dándose cuenta súbitamente de que la original solapa de su chaqueta estaba cubierta de migas, se limpió con delicadeza y dijo:

—Entonces, ¿dónde está el enigma, señor Pentili? ¿Quiere usted saber quién lo asesinó? ¿Ahora? ¿Después de todos estos años?

—No, ya no importa en absoluto quién lo asesinó. Poco después de ser apuñalado, Stepan debió haber intentado decir algo, quizá lo suficiente para darnos el dato esencial que necesitábamos, pero si fue así, no lo consiguió. Desde que me retiré, me he hecho muchas veces la dolorosa pregunta de si, con un poco más de sagacidad o persistencia por nuestra parte, no podríamos haber evitado a nuestro país algunas derrotas en los años siguientes al asesinato.

 

—Me temo que esta pregunta es embarazosa, señor Pentili —dijo Halsted—, pero ¿su retiro se debió a la muerte de Stepan?

—¿Quiere usted decir si me retiraron como castigo por no haberlo podido mantener vivo? No. El episodio no significó ningún descrédito para mí y no me retiré hasta hace unos años, a la edad reglamentaria, con una generosa pensión, la expresa estima de mis compañeros y un premio de manos del presidente Nixon. En realidad, no fue la muerte de Stepan lo que representó un peligro para mí, sino mi insistencia en afirmar que él estaba tratando de decirnos algo importante. El departamento archivó el asunto; erróneamente, en mi opinión; y a mí también me obligaron en cierta forma a archivarlo. Pero me he preguntado desde entonces si tenía razón; y mucho más desde mi retiro.

 

—¿De qué forma transportaba Stepan la información? —preguntó Gonzalo. —Estamos completamente seguros de que Stepan no llevaba documentos

 

consigo, ni cartas, ni mensajes escritos. No trabajaba de esa forma. Tenía lo que se supone que cualquier viajero tendría en un cuarto de hotel: ropa, artículos de aseo y esas cosas, en una maleta, y un traje en una funda. Se veían signos de búsqueda, pero el asesino era un experto y había dejado un mínimo de desorden. Quizá se llevara algo, por supuesto, pero si así fue, no podemos decir qué era y no tiene nada que ver con el problema.

 

Lo único que no podría considerarse completamente rutinario era un libro de crucigramas, la mitad de los cuales ya estaban resueltos en parte o del todo con la letra de Stepan, y el juego de Scrabble que siempre llevaba consigo…

 

—¿Para jugar con los extraños que pudieran presentarse? —interrumpió Rubin. —No. Tenía el hábito de jugar contra sí mismo cuando no tenía nada que hacer, y

 

utilizaba un diccionario de bolsillo como ayuda. Decía que no había nada mejor para aumentar el vocabulario. El diccionario estaba allí, en el bolsillo de su chaqueta, que

 

 

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se encontraba colgada en el armario.

 

Al parecer, le apuñalaron mientras estaba de pie, y ese fue el único error en un trabajo por lo demás impecable, pues no murió de inmediato. El asesino o asesinos habían partido con rapidez, dejándole con un hilo de vida tras ellos. Stepan cayó junto al escritorio y, cuando se marcharon, consiguió incorporarse. Sobre el escritorio había un periódico —el Washington Post, por cierto— y el Scrabble.

Abrió el cajón superior y buscó una pluma. La encontró y trató de escribir con ella, pero estaba seca —como suele ocurrir en las habitaciones de hotel— y la arrojó al suelo. Su pluma estaba en el bolsillo interior de su chaqueta, en el otro extremo del cuarto, y sabía que no podría llegar hasta allí. Sólo le quedaban unos minutos de vida y tenía que utilizar cualquier objeto que hubiera en el escritorio.

 

En el momento en que fue apuñalado, el periódico estaba doblado como cuando lo compró una hora antes, pero…

—¿Cómo llegaron a esas conclusiones? —preguntó Halsted.

 

—Indicios. Les aseguro que somos expertos en esto. El cajón del escritorio estaba abierto; la pluma, completamente seca, en el suelo. Y lo más importante, Stepan sangraba también por una herida de la mano derecha, con la que había tratado de desviar el arma, y su sangre había marcado cada uno de sus movimientos y todo lo que tocó.

 

Como decía, desplegó el periódico en la página de deportes. Luego, levantó la tapa del Scrabble y logró sacar de la caja cinco letras que puso en el tablero utilizado para ese fin. Luego murió. Las letras eran «e», «p», «o», «c» y «k».

 

—¿En ese orden? —preguntó Drake.

 

—En ese orden, de izquierda a derecha.

 

—Epock es un período de tiempo en la historia, ¿no? —dijo Gonzalo.

 

—Es un momento temporal —dijo Rubin— que marca algún hecho histórico significativo, más tarde utilizado como referencia, pero se escribe e-p-o-c-h. La palabra termina en «h».

 

—Cometer un error de ortografía en esas circunstancias no es sorprendente —dijo Gonzalo a la defensiva—. El hombre estaba agonizando y quizá apenas viera. Pudo confundir la «k» con la «h». Además, era ruso, y es probable que no supiera cómo se deletrea esa palabra.

 

—No se trata de eso —dijo Pentili, con cierta impaciencia—. «Epock» o «epoch», «k» o «h», ¿qué significan?

—En realidad —dijo Avalon—, es Tom el experto en códigos… Trumbull se encogió de hombros.

—Larry se ha dirigido a vosotros. Pensad un poco. Si se me ocurre algo, os interrumpiré.

—¿No tenían ustedes un libro de claves, señor Pentili —dijo Avalon—, en el cual «epoch» significa una frase o grupo de palabras? ¿Es un código reconocido?

 

—Les aseguro que ni «epock» ni «epoch» significan nada en ningún código que

 

 

 

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Stepan pudiera conocer. No, la respuesta tiene que estar en la página de deportes, y si las letras tienen algún significado en conexión con ella.

 

—¿Por qué dice eso? —preguntó Halsted.

 

—Permítanme explicar un poco más —dijo Pentili… interrumpiéndose a sí mismo para decir—: Quisiera un poco de brandy, Henry, si no le importa. Espero que esté usted escuchando.

 

—Sí, señor —dijo Henry.

 

—¡Bien! —dijo Pentili—. En el curso normal de los acontecimientos, si se hubiera producido una emergencia, Stepan habría transmitido la información de manera condensada —esto es, con la mayor información posible por símbolo— por medio de números. Cada número representaría una frase dada. Es un mensaje inflexible, por supuesto, ya que puede no existir la frase exacta, pero un número da una buena aproximación, y ante la muerte no pudo hacer más. Abrió el periódico en una página donde había números y donde un número podía ser significativo.

—Quizá sólo quisiera una hoja de papel para escribir —dijo Halsted.

 

—No tenía con qué escribir —dijo Pentili.

 

—Su sangre.

 

Pentili hizo una mueca de disgusto.

 

—Podría haberlo hecho, pero no lo hizo. Quizá ni siquiera se diera cuenta de que sangraba. Y si quería hacerlo, ¿por qué abrir el periódico? La página inicial era suficiente.

 

—Podría haberlo abierto al azar —dijo Halsted, tozudamente.

 

—¿Por qué? Era un profesional. Había vivido con la muerte encima durante años y sabía que la información que llevaba era más importante que su vida. Lo que hiciera debía servir para transmitir la información.

 

—Vamos, Roger, estás siendo trivial —dijo Trumbull.

 

—Déjale, Tom —dijo Pentili—. De hecho, la opinión general en el Departamento fue que allí no había ningún enigma; que lo que hizo Gregory en el momento de su muerte no significaba nada; y que, cualesquiera que fueran sus propósitos, había fracasado. Yo era el único que quería investigar el asunto hasta el final y debo admitir que nunca conseguí traducir el mensaje.

 

Como verán, el problema era que había abierto la página de deportes. Era la única página que podía tener más números que la página de finanzas. ¿Cómo podemos mirar todos los números de la página de deportes y decidir cuál es el que nos interesa?

 

Avalon dijo:

 

—Si suponemos que Gregory sabía lo que hacía, entre todos los números, el importante debía ser obvio, o hubiera debido serlo. Por ejemplo, es posible que fuera el número de la página, y que todos los demás no tuvieran significado alguno.

—¡Primera idea! Sin embargo, era la página 32, y 32 significaba «Cancelar mensaje anterior». No había mensaje anterior, así que no era ese número.

 

 

 

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—¿Qué había en la página de deportes? —preguntó Avalon.

 

—No puedo reproducirla de memoria, por supuesto, y no tengo una fotocopia para mostrar. La página estaba dedicada al béisbol casi por entero, pues la temporada de béisbol estaba en los últimos meses. Había tablas de clasificación, resultados de algunos partidos concretos, algunas estadísticas de lanzadores.

 

—¿Y Stepan tenía conocimientos del béisbol?

 

—Algunos —dijo Pentili—. Profesionalmente estaba interesado en América, leía historia americana con avidez, por ejemplo, de modo que podría haberse interesado por el juego nacional. ¿Recuerdan que en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial a todos los espías nazis, por bien entrenados que estuvieran, les traicionaba su ignorancia de los resultados de la Serie Mundial del último año? Stepan no quería que le cogieran de esa forma, pero no por ello se convirtió en un experto.

—Bien —dijo Avalon con rigidez—, si la ignorancia en el béisbol es la marca del espía nazi, debería entregarme a la policía. No sé nada del juego.

—Ni yo —dijo Drake, encogiéndose de hombros.

 

—Oh, vamos —dijo Gonzalo—, es imposible que alguien lea los periódicos, mire televisión o converse con la gente y no sepa nada sobre el juego. Estáis hablando como si fuerais sordos. ¿Por qué no tratamos de averiguarlo? ¿Qué tipo de número debía ser? ¿De cuántos dígitos?

 

—Al menos, de dos dígitos, posiblemente tres. No más de tres —dijo Pentili. —De acuerdo. Si Gregory no era un experto en béisbol, debió haber escogido

 

algo simple y obvio. Los promedios de bateo tienen tres dígitos. Quizá promedios de bateo en los titulares.

Pentili sacudió la cabeza.

 

—No había números en los titulares. Hubiéramos caído sobre ellos de inmediato. Les aseguro que en ningún lugar de la página, en ningún lugar, había un número que destacara del resto. No, caballeros, estoy completamente convencido que esa página de deportes por sí misma es insuficiente, y de que Gregory intentó usarla en sus últimos momentos sólo porque no tenía otra cosa a mano. El número estaba allí, pero no había forma de localizarlo sin un indicio… de modo que preparó uno.

—¿Quiere usted decir las letras del Scrabble? ¿«Epock»? —preguntó Rubin.

 

—Sí.

 

—No me imagino a qué pudo aludir con eso.

 

—Pudo no haber terminado, ¿sabe? —dijo Gonzalo—. Logró colocar cinco letras y luego murió. Quizá se dio por vencido con la página de deportes y luego trató de deletrear el número, pero no pudo terminar. Si quería escribir «ciento veintidós», por ejemplo, hubiera necesitado más de cinco letras.

 

—¿Y nos estás diciendo que hay un número que comienza con «epock»? —Rubin dirigió sus ojos hacia arriba con exasperación.

—Las letras no tienen por qué estar ordenadas. En el Scrabble, las letras siempre se están ordenando y desordenando… como en los anagramas. Cuando tuviera todas

 

 

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las letras necesarias, las habría colocado formando el número que estaba deletreando.

 

Murió demasiado pronto.

 

—Lo siento, Mario —dijo Halsted—, pero eso no es posible. Las formas escritas de los números tienen una curiosa distribución de letras. Por ejemplo (los ojos del matemático brillaron), ¿sabes que puedes escribir todos los números desde el cero al novecientos noventa y nueve sin utilizar la letra «a»?

 

—¿Y? —dijo Gonzalo—. No hay ninguna «a» en «epock».

 

—No, pero hay una «p» y una «c». Escribe los números en orden y no encontrarás una «p» hasta que alcances… hmm… un heptillón, que tiene veinte dígitos. Y no encontrarás una «c» hasta el octillón, que tiene veintisiete. Por supuesto, en el sistema norteamericano de numeración. En el inglés…

 

—Ya te has explicado —gruñó Trumbull.

 

—De todas formas, es posible que fuera una palabra incompleta —dijo Rubin—. Pudo darse por vencido con la página de deportes, empezar de nuevo y coger las cinco letras más una «t», reagrupándolas para deletrear «pocket». Quizá tuviera el mensaje en el bolsillo…

 

—No lo tenía —interrumpió Pentili con sequedad.

 

—Es posible que se lo quitaran después de apuñalarlo y él estaba demasiado débil para darse cuenta.

—Es una conjetura de segundo orden. Hay que suponer una «t» adicional y luego un robo para que concuerde. ¡Improbable!

—¿Podría haber sido «pocket» una palabra código? —interrogó Rubin.

 

—¡No! —Pentili movió su mano abierta de izquierda a derecha, con gesto de impaciencia—. Caballeros, es divertido escuchar sus conjeturas pero se están moviendo en direcciones equivocadas. Los hábitos se mantienen incluso en el momento de la muerte. Stepan era una persona ordenada y cuando le llegó la muerte tenía la mano sobre la tapa del Scrabble y claramente estaba haciendo un esfuerzo para colocarla en su lugar. Nunca tuve dudas de que había sacado todas las fichas que necesitaba. Tenemos esas cinco letras, no más.

 

—Podría no haber tenido tiempo de reagrupar las letras —dijo Halsted.

 

Pentili suspiró.

 

—Hay exactamente ciento veinte formas diferentes de combinar cinco letras diferentes. Ninguna de las combinaciones nos da una palabra inglesa, tal como pústula —sonrió brevemente—. Una combinación es «kopec», una pequeña moneda rusa que se suele escribir «kopek», pero eso no tiene ningún significado. No, debe ser alguna referencia a un número.

 

—¿Qué había en la página de deportes además de deportes? —dijo Avalon de repente—. Quiero decir, ¿había avisos, por ejemplo?

Pentili concentró su vista a una distancia media, como si estuviera observando una invisible hoja de papel.

—Avisos, no —dijo pensativamente—. Pero sí había una columna de bridge.

 

 

 

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—¡Ah!, ¿podrían referirse a ella las letras? No es que sea un fanático del bridge, señor Pentili, pero lo juego y algunas veces leo la columna. Siempre muestran una mano designando a los jugadores como «norte», «sur», «este» y «oeste». Las cartas de cada mano se enumeran según los palos, espadas, corazones, diamantes y picas, y en orden descendente de valor.

 

—¿Y bien? —dijo Pentili, impertérrito.

 

—Entonces consideremos «epock». La «e» puede significar «este», la «c» «picas»[4]. La mano de «este» puede haber tenido cinco picas, por ejemplo: J, 8, 4, 3,

 

2.  La J y el 3 se excluyen porque están ocupados por letras que no representan dígitos. Por tanto, nuestro código será 842.

 

Pentili lo observó con algo de sorpresa.

 

—Debo admitir —dijo— que nunca pensé en esto. Cuando vuelva a mi oficina miraré la mano de bridge. Sorprendente, señor Avalon. No creía que, a estas alturas, se pudiera proponer una idea en la que yo no hubiera pensado.

 

—Hago lo que puedo, señor —dijo Avalon, enrojeciendo un poco.

 

—Sin embargo —dijo Pentili—, no creo que su sugerencia sea útil. Que yo sepa, el pobre Stepan no jugaba al bridge, y me parece que sólo a un monomaniaco del juego se le ocurriría usar el bridge para un código como ése en el momento de su muerte. Tiene que ser muy simple. Quizá hubiera utilizado el número de la página como código, pero sospecho que ya no podía distinguir los diminutos símbolos de la página del periódico. Reconoció globalmente la página de deportes y aún podía ver las grandes letras del Scrabble. Y no podemos encontrar nada simple allí.

—A menos que Henry tenga una sugerencia —dijo Gonzalo.

 

—¡Ah! —dijo Pentili—, finalmente llegamos a Henry. ¿Qué significa todo esto, Henry?

Henry, que había permanecido silencioso al lado del aparador durante toda la discusión, dijo:

—No lo sé, señor, a menos que el número veinte tuviera signifi… Le interrumpió un súbito estallido de Pentili.

—¡Veinte! ¿Es una conjetura, Henry?

 

—No del todo, señor. ¿Significa algo entonces?

 

—¡Qué si significa! He pasado años sombríos, sospechando que él trataba de decir veinte. Veinte significaba «Gobierno bajo firme control». No he mencionado el número veinte durante el relato, ¿no?

Hubo una negativa a coro.

 

—Si hubiera podido demostrar —dijo Pentili— que Stepan estaba tratando de decirnos veinte, hubiera podido detener lo de la Bahía de Cochinos. Al menos, lo hubiera intentado. Pero no veo cómo usted extrae veinte de todo el asunto, Henry.

 

—Bien, señor, si es verdad que el señor Stepan tenía sólo un moderado conocimiento de béisbol vería en la página de deportes lo mismo que verían otras personas con moderados conocimientos —yo, por ejemplo—. Tal como el señor

 

 

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Gonzalo diría, hablo desde mi ignorancia cuando digo que todo lo que veo en la página de deportes es el resultado de los partidos —el tanteo, en otras palabras— y eso me sugiere poderosamente el número «veinte»[5].

Avalon, posiblemente picado por el fracaso de su propuesta, dijo:

—Me parece que no, Henry. «Score» es una palabra bastante arcaica. ¿La conocería Stepan?

—Imagino que sí, señor Avalon —dijo Henry—. El señor Pentili dijo que Stepan era un ávido lector de historia norteamericana, y una de las más conocidas frases históricas es «Hace ochenta y siete años…»[6].

Pentili parecía disgustado.

 

—Es una brillante idea, Henry, pero no convincente. Mala suerte.

 

—Sí lo es, señor, cuando se advierte que las letras del Scrabble también significan veinte.

—¿De qué manera?

 

—Cuando el señor Gonzalo formuló su pregunta sobre pústula, se refería específicamente a si era una palabra inglesa. Nadie ha dicho que «epock» deba ser inglesa.

 

—¿Quieres decir que es veinte en ruso? —dijo Gonzalo con alegría.

 

—No, no es veinte en ruso —dijo Pentili—. Ya he mencionado la posibilidad de «kopec»/«kopek», pero no tiene nada que ver con veinte, seguro.

 

—No estoy pensando en palabras rusas —dijo Henry—. Tal y como usted ha dicho, el hábito se mantiene hasta en el momento de la muerte, y el señor Stepan podría haber utilizado letras rusas…

 

—El alfabeto cirílico —dijo Rubin.

 

—Sí, señor Rubin. Bien, hemos visto que URSS escrito en cirílico es CCCP. Sospecho, por lo tanto, que la «c» rusa equivale a nuestra «s» y que la «p» rusa equivale a nuestra «r».

 

—Indudable —dijo Pentili, con expresión atónita.

 

—Y la «k» rusa equivale a la «c» en nuestro alfabeto, de modo que «epock» se transforma en «erosc», que puede reagruparse en «score».

Pentili pareció estar hundido en una gran depresión.

 

—Usted gana, Henry. ¿No podría haberme dicho esto en 1960?

 

—Si lo hubiera sabido, señor —dijo Henry.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

 

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En algunos aspectos, hay una cierta inflexibilidad en mi esquema para escribir relatos de los Viudos Negros. Hay siempre un banquete y una conversación general; luego el interrogatorio y la presentación de un misterio; por último, la discusión y solución.

 

Pero también hay una cierta flexibilidad, pues el misterio puede, por ejemplo, no existir. Puede ser un asesinato, o un robo, o una historia de espías o un testamento desaparecido.

 

A veces, incluso puede consistir en ese antiguo recurso, la clave invisible. ¿Por qué no? Siempre divierten.

«La página de deportes» apareció en la EQMM en abril de 1977.

 

Por cierto, los lectores me escriben en ocasiones para ofrecerme soluciones alternativas a las de mis Viudos Negros. En el caso de esta historia, dos lectores llegaron a idénticas soluciones alternativas que (en mi opinión) son más ingeniosas que la mía. Uno fue Dan Button, editor del Science Digest, y el otro, Paul Edwin Kennedy, un abogado de Boston. Permítaseme citar a este último: «[Stepan] nos deja el críptico mensaje “epock”. Cualquier persona “moderadamente entendida” en béisbol conoce los tantos de puntuación (scores). Para él, las letras “e”, “po” y “k” significan “error”, “put out” (lanzamiento desviado) y “strike”, respectivamente. Por lo tanto, podemos traducir “epock” como “fallo al desviar un lanzamiento”. Evidentemente, la “c” significa “cubano”».

 

Dan Button, utilizando idéntico razonamiento, interpreta el mensaje así: «Batearéis fuera (sufriréis un desastre) si continuáis con el plan», o «El strike (invasión) será desviado, por la información errónea que habéis recibido».

 

Es increíble que, sin saberlo, mientras elaboraba una solución, estaba preparando el terreno para otra aún más sutil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

EL SEGUNDO MEJOR

 

 

CUANDO LOS VIUDOS NEGROS inauguraron la nueva estación con su banquete de septiembre, coincidiendo con las convenciones nacionales de los partidos, no fue extraño que se conversara de política.

 

Emmanuel Rubin, que era el anfitrión, había criticado duramente (como era de esperar) a los dos candidatos, y en un rápido análisis de sus defectos, hizo que ambos resultaran completamente inaceptables.

 

Thomas Trumbull frunció el ceño.

 

—Entonces ¿quién es tu candidato?

 

—El mismo —dijo Mario Gonzalo con rapidez, alisando la solapa de su chaqueta, que estaba confeccionada con tejido guateado de colores llamativos—. Manny ha votado por Rubin desde hace años.

 

—Desde luego, no tiene sentido votar por alguien que yo sé que es menos capaz que yo —dijo Rubin—. Si, por seguir la idea, admito que carezco de la capacidad necesaria para ser presidente de los Estados Unidos, cualquier hombre inferior, ipso facto, no debería recibir mi voto, ni el de ningún otro.

 

Geoffrey Avalon, bebiendo con lentitud su segunda copa, que no había aún alcanzado el punto medio en el cual se detenía automáticamente, dijo con austeridad:

—De todas maneras, no considero prudente cambiar de presidente. La experiencia y la continuidad son muy importantes.

James Drake, mirando a través del humo de su cigarrillo, aclaró su garganta y dijo suavemente:

—Qué experiencia tenía hace dos años cuando… Rubin le interrumpió sin contemplaciones.

 

—No discutas con él, Jim —dijo—. Geoff votó a Nixon en el 72. —Con su barba rala encrespada, le lanzó una mirada iracunda a través de los gruesos cristales de sus gafas.

 

Avalon permaneció más rígido que de costumbre y un débil rubor cubrió sus mejillas.

—No estoy avergonzado por eso. El problema principal en el 72 era la política exterior, y en ese momento consideré que la política exterior de Nixon era racional y útil.

 

—Era corrupto —dijo Rubin.

 

—Eso no se sabía entonces. No puedo votar basándome en un conocimiento futuro.

—¿Qué conocimiento futuro? Yo sabía que no se podía confiar en él desde que entró en el Congreso en 1947.

—No todos tienen tu visión retrospectiva 20-20, Manny —dijo Avalon, herido en

 

 

 

 

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su dignidad.

 

Nada de visión retrospectiva —dijo Rubin—. Puedo traer cientos de testigos que me escucharon denunciar a Nixon durante un período de treinta años.

—Te hemos escuchado aquí muchas veces, en los Viudos Negros —dijo Roger Halsted, contemplando los entremeses con mirada crítica.

Avalon, al llegar a la mitad de su copa, la depositó con firmeza y dijo:

 

—Creo que todos tenemos nuestras diferencias políticas, Manny. El ser miembro del Club de los Viudos Negros no me priva de mis derechos civiles.

—Vota como te plazca —dijo Rubin—, pero me gustaría recordarte que tú fuiste el único de los Viudos Negros que votó por los republicanos ese año.

 

Avalon se tocó su pulcro bigote gris, como para convencerse a sí mismo de que la bebida no lo había mojado, y dijo:

—¿Eso incluye a Henry?

 

—¿Por quién votaste en el 72, Henry? —dijo Gonzalo inmediatamente.

 

—No necesitas contestar, Henry. Tus opiniones políticas son asunto tuyo —dijo Avalon.

Henry, el inestimable camarero de los banquetes de los Viudos Negros, estaba dando los últimos toques a la mesa.

—No tengo ninguna razón para mantenerlo en secreto, señor Avalon —dijo—. Como el señor Rubin, discrepaba con el presidente y, con algunos reparos, voté por el otro candidato.

 

—Seis contra uno, Geoff —dijo Rubin, con una amplia sonrisa.

 

—¿Y qué hay de nuestro invitado? —dijo Avalon y, quizá con un dejo de rencor, agregó—: Después de todo, estás dando este espectáculo por él.

—¿Porque me va a hacer una entrevista? —comenzó a decir Rubin, con indignación.

El invitado cerró su libreta con un golpe lo suficientemente fuerte como para atraer la atención de todos y, con una voz sorprendentemente amable, dijo:

 

—En realidad, voté por Nixon. No entiendo mucho de política, pero generalmente voto a los republicanos.

—Seis contra dos —dijo Avalon, con voz baja llena de satisfacción, echando una furibunda mirada a Rubin, quien parecía un tanto molesto.

Levantando los ojos del retrato que estaba haciendo del invitado, Gonzalo dijo:

 

—¿Cómo puede usted ser periodista y no entender de política?

 

—No soy exactamente…

 

Trumbull alzó la voz:

 

—Guarda eso para el interrogatorio, Mario, maldita sea. Si hubieras llegado a tiempo, ya te habríamos presentado al señor Gardner.

—No necesito que tú me des lecciones de puntualidad, —dijo Gonzalo, herido—. Están pavimentando Park Avenue y mi taxi…

Henry, que había esperado con paciencia, aprovechó el momentáneo silencio.

 

 

 

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—Caballeros, a petición del señor Rubin, el anfitrión de esta velada, nuestro chef ha tenido el gusto de preparar smorgasbord. Si son tan amables de servirse ustedes mismos de las bandejas que hay en el aparador…

 

Se colocaron en fila con la avidez de saludables glotones y Halsted, cuya tripa incipiente era una prueba elocuente de su fraternal afecto por las calorías, dijo:

 

—Nunca habíamos tenido smorgasbord, Manny.

 

—No tiene nada de malo probar algo nuevo —dijo Rubin.

 

—No, si me parece bien… me parece bien. —Los ojos de Halsted erraban ávidamente sobre las bandejas.

—Esta noche estás semiempleado, Henry —dijo Gonzalo.

 

Henry sonrió paternalmente y dijo:

 

—Trataré de mantenerme ocupado, señor Gonzalo.

 

 

 

El contenido de las bandejas había quedado reducido a los restos, los comensales estaban bebiendo la segunda taza de café y Henry se disponía a servir el brandy, cuando Rubin dio unos golpecitos con su cuchara en el vaso de agua y dijo:

—Hermanos Viudos Negros, ha llegado la hora del interrogatorio, y Mario ha reclamado la oportunidad de dirigirlo. Muy en contra de mi opinión, le permitiré hacerlo. Mario…

 

Gonzalo sonrió y se reclinó en la silla, colocando un brazo negligentemente sobre el respaldo.

—Señor Gardner, me disculpo por haber llegado tarde. Están pavimentando Park Avenue…

—Ya sabemos eso —dijo Rubin—. Continúa.

 

—Y sin embargo, me he puesto al tanto durante la cena. Usted es Arthur Gardner y trabaja como colaborador independiente de la revista Personalities. ¿Estoy en lo cierto?

 

—Sí, señor.

 

El cabello gris de Gardner, abundante, moderadamente largo y bien peinado, le daba el aspecto de un hombre de unos cincuenta años, pero los demás rasgos desmentían esa opinión. Con el pelo teñido hubiera aparentado fácilmente menos de cuarenta. Sus dientes estaban en buen estado, pero su sonrisa era incómoda. No parecía encontrarse muy a gusto en aquella compañía.

 

—Me pareció entender que le han encargado una entrevista a Manny Rubin para un artículo en Personalities…

—Así es. El artículo de portada.

 

—Y el venir a esta cena, como invitado de Manny, forma parte del trabajo.

 

—Sí —dijo Gardner—. No soy un simple entrevistador. Trato de tomar una muestra, por así decirlo, de las actividades del señor Rubin.

—Ah —dijo Gonzalo—, eso nos lleva a la pregunta clave. Si sus actividades

 

 

 

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requieren presentar a Manny al público, ¿cómo puede usted justificar su existencia? —Si el señor Rubin puede justificar la suya, la mía está justificada

 

automáticamente —dijo Gardner.

 

Avalon se rió a carcajadas.

 

—Muy buena respuesta. Te ha apabullado, Mario.

 

—Estaba preparado —dijo Gonzalo con indignación—, pero no importa. Señor Gardner, antes de la cena usted dijo que no entendía mucho de política. ¿No es eso un handicap en su tipo de trabajo?

 

—No, señor. Si fuera comentarista político, lo sería, pero yo sólo me ocupo de personalidades.

—¿Qué sucede cuando su personalidad es un político?

 

—Sé lo suficiente para eso.

 

—¿Ha perdido algún trabajo por su ignorancia en las cuestiones políticas?

 

—No soy ignorante en cuestiones políticas —dijo Gardner con suavidad, sin que pareciera molesto—. No he necesitado más conocimientos de los que tengo, aun cuando… he realizado un reportaje, por ejemplo, sobre Hubert Hum…

 

Trumbull le interrumpió:

 

—Un momento, Mario. Señor Gardner, los Viudos Negros tenemos una sensibilidad desarrollada para los pequeños detalles. Usted dijo «aun cuando…», luego hizo una pausa y cambió de tema. Por favor, no cambie. Aun cuando ¿qué?

 

Gardner pareció sinceramente sorprendido.

 

—No comprendo.

 

—Usted iba a decir algo que luego no dijo. ¿Qué estaba a punto de decir? Gardner comprendió.

—¡Ah!… es una historia de la guerra que me molesta un poco durante cada elección presidencial. No tiene importancia.

—¿Podría contárnosla?

 

—Pero sucedió hace casi un cuarto de siglo. Todo ha pasado.

 

—De todas formas. Esa es la dirección que ha tomado el interrogatorio. Me temo que uno de los requisitos del juego es que usted responda. Le aseguro que todo lo que diga aquí es confidencial.

 

Gardner miró a su alrededor con aire desvalido.

 

—No hay nada de confidencial en esto. Fue en el invierno de 1950. En Corea, el ejército del general MacArthur había alcanzado la frontera de Manchuria a fines de noviembre y todos íbamos a volver a casa para las Navidades.

 

—Lo recuerdo —dijo Drake secamente—. Luego llegaron al sur grandes contingentes chinos y nos cogieron desprevenidos.

—Así fue —dijo Gardner cori amargura—. Desde entonces no me explico cómo nos pudieron sorprender. De cualquier modo, las divisiones de surcoreanos se disolvieron. Después de todo, podían pasar desapercibidos. Sin el uniforme, cada soldado sólo era otro campesino. Para los americanos, y los pocos soldados

 

 

 

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occidentales que había, era distinto. Teníamos que huir hacia el sur tan rápidamente como pudiéramos y mantenernos juntos hasta que fuera posible formar una línea que aguantara.

 

Muchos quedamos separados de nuestras unidades. Yo fui uno de ellos. Durante cinco días caminé hacia el sur, preguntándome cuándo me descubriría alguna unidad china o cuándo me atraparían los campesinos coreanos para despojarme de la ropa y los pertrechos.

 

Me ocultaba de día y caminaba durante la noche. Mis provisiones se habían acabado y después de un tiempo me sentí hambriento. No sabía qué había más adelante o si todavía había un ejército americano en algún sitio. Fue la peor derrota sufrida en campo de batalla por el ejército americano desde la Guerra Civil.

Al tercer día me topé con un soldado americano. Casi le disparé antes de darme cuenta que era uno de los nuestros. Por lo demás, él también estuvo a punto de dispararme, estaba herido y se movía con dificultad. Le tenía que ayudar a caminar y eso me retrasaba bastante, por lo que más de una vez pensé en abandonarle. No pude hacerlo. Me gustaría decir que fue un impulso humanitario, pero era otro par de ojos y podía ver algo que yo solo viera demasiado tarde. Además, me hacía compañía. Dios mío, hubiera hecho cualquier cosa por compañía.

La quinta noche estaba agonizando. Yo sabía que él lo sabía. No sabía cómo ayudarle, o cómo hacérselo más fácil. De modo que permanecí allí mientras él hablaba. En realidad no le escuchaba, ¿saben? Sólo trataba de mirar a todos lados al mismo tiempo y casi deseaba que se muriera para poder continuar, y al mismo tiempo que no se muriera para que no me dejase solo.

 

Estaba delirando y saltaba de un tema a otro. Hablaba de la política norteamericana. Decía que Truman estaba terminando y que los republicanos probablemente colocarían a Taft en la Casa Blanca en el 52. Recuerdo que dijo que ésa sería la cuarta vez que los presidentes fueran de la misma familia y la segunda combinación de padre-hijo. Eso se grabó en mi mente —no sé por qué—, pero todo lo demás que dijo se me ha olvidado y lo único que sé es que se refería a los presidentes. Creo que debió haber sido un entusiasta de los presidentes y que lo sabía todo acerca de ellos.

 

Justo antes del fin, me habló de él y su familia.

 

Estaba casado y tenía una hija de dos meses a la que nunca había visto. Consiguió sacar algo del bolsillo y dármelo.

—«Dáselo a ella —me dijo—, por favor. Así sabrá que al menos la vi con la niña en brazos, que he pensado en ellas hasta el final».

Trató de besar el objeto. Era una fotografía de una mujer y un bebé y supuse que le había llegado antes de que el ejército se desbandara.

—«De acuerdo —le dije—. ¿Cuál es tu apellido? ¿Dónde vives?».

 

En los dos días que habíamos estado juntos no nos habíamos llamado por nuestros apellidos. Los apellidos no tenían importancia entonces.

 

 

 

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Sus ojos se nublaron y murmuró:

 

—«¿Mi apellido? Un buen apellido. Un apellido presidencial. No es pariente mío, por supuesto. El segundo más votado de la lista. Le quieren».

Su voz se desvaneció, pero recuerdo las palabras exactas. He pensado mucho en ellas, como verán.

Lo sacudí pero estaba muerto. ¿Qué podía hacer? Desde luego, no iba a quedarme allí para darle sepultura cristiana o algo así. Sólo quería largarme. Pero traté de buscar su placa de identidad para entregarla si alguna vez llegaba a las líneas americanas. Así también podría averiguar su nombre y entregar la foto. Pensé que tenía la obligación de intentarlo si volvía alguna vez.

 

Mi mano nunca lo tocó. Escuché la voz de un chino —supongo que era chino— y alguien cayó sobre mí. Creo que había tropezado conmigo; me lo quité de encima usando el rifle como estaca y luego corrí. Oí disparos, pero ninguno me dio y seguí corriendo. Más adelante escuché a alguien maldiciendo en inglés y levanté una mano, vociferando: ¡Americano! ¡Americano!

 

Estaba con una compañía americana y así acabó todo. Pasaron dos días antes de que se me aclararan las ideas y creo que parte de ese tiempo lo pasé en una camilla.

 

 

Hubo una pausa y Halsted dijo:

 

—¿Así que nunca cogió la placa del soldado?

 

—No, señor —dijo Gardner enfáticamente—. Estábamos retirándonos. No pudimos detenernos y regresar hasta que nos hallamos bastante al sur de Seúl, y entonces sólo volvimos hasta la frontera entre las dos Coreas, más o menos. Mi compañero, quienquiera que fuese, había muerto en Corea del Norte y allí permanece hasta hoy.

 

—¿Luego no pudo entregar la foto? —dijo Halsted.

 

—Lo intenté —dijo Gardner—. El problema era que ni siquiera sabía cuál era su unidad y habíamos perdido muchos hombres en la retirada. Busqué todo lo que pude. Supongo que debí haber enviado la foto a alguna revista nacional y esperar que apareciera una mujer y la reclamara, pero eso costaba más dinero del que yo podía gastar.

 

Todavía me preocupa un poco. Su hija debe tener unos veinte años ahora, y su esposa mi edad más o menos. Puede que haya muerto o se haya vuelto a casar; es posible que su hija ya sea madre y quizá no haya pensado nunca en un padre al que no llegó a conocer.

 

Sin embargo… quizá les gustaría tener algo que él tocó mientras moría, algo que les probara que ellas ocupaban todos sus pensamientos. Pero ¿qué puedo hacer? Y a pesar de todo, cuando hay elecciones presidenciales, pienso en ello con más frecuencia de lo habitual.

 

—No debe culparse por algo que está completamente fuera de su control —dijo

 

 

 

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Avalon.

 

—Pero usted dice que lo intentó, señor Gardner —dijo Halsted—. ¿Cómo pudo hacerlo? No tenía ningún dato para empezar.

—Por supuesto que lo intenté —dijo Gardner—. El me dijo que tenía el apellido de uno de los presidentes americanos. Es probable que esa casualidad explicara su extraordinario interés por los presidentes. Y dijo que el presidente era el segundo más votado de la lista y que el pueblo le quería. Eso me parecía suficientemente claro. Cuando salí del ejército, escribí a Washington para que comprobaran los nombres de los desaparecidos en combate durante la retirada. Me parecía imposible que hubieran podido rescatar el cuerpo, de modo que no estaría entre los muertos en combate, y eso eliminaba algunos apellidos.

 

—Supongo que no encontró nada —dijo Halsted, encendiendo un nuevo cigarrillo.

—Nada. No había ningún Roosevelt en la lista.

 

Rubin explotó.

 

—¿Roosevelt? ¿Por qué Roosevelt?

 

Gardner pareció sorprendido.

 

—¿Por qué no Roosevelt?, es el nombre obvio, considerando sus palabras. El único nombre. No sé por qué no había nadie con ese nombre entre los desaparecidos en combate. Podría haber sido un caso típico de snafu[7] militar, pero como no fue así, me encontré en un callejón sin salida.

 

—¿Cómo dedujo lo de Roosevelt? —dijo Rubin.

 

—Seguramente, usted puede recordar las elecciones de 1936. Yo tenía diez años, pero me acuerdo del impacto que causaron. Franklin Roosevelt se llevó cuarenta y seis de los cuarenta y ocho Estados y al pobre Alf Landon sólo le dejó Maine y Vermont… ocho votos electorales.

 

—¿Y por eso es el segundo mejor?

 

—Bueno, Washington fue elegido dos veces en votación unánime del colegio electoral, en 1788 y en 1792. Eso le coloca en primer lugar. No hay nada por encima de la unanimidad y F. D. R. queda en segundo lugar.

 

Avalon, sentado muy erguido, con su pulcra barbita entrecana que le daba aire de sabio, siempre que fruncía las cejas, dijo:

—Es verdad. En 1820, James Monroe, nuestro quinto presidente, se presentó a la reelección. Los Estados Unidos eran prácticamente una nación de un solo partido en aquellos tiempos. El Partido Federalista se había suicidado virtualmente al comprometerse con imprudencia en algo que se llegó a considerar alta traición durante la Guerra de 1812. Por lo tanto, todos los políticos importantes se llamaban a sí mismos demócratas-republicanos. Más tarde formaron nuevas fracciones y nuevos partidos en torno a las personalidades dominantes, pero aún no había llegado la hora. Por tanto, Monroe fue a la reelección sin oposición formal. —Hizo una pausa y contempló a los otros con cierto aire de complacencia.

 

 

 

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—Vamos, Geoff —dijo Tom Trumbull—, has estado leyendo todo eso recientemente, de modo que no hagas como si lo estuvieras extrayendo de algún profundo pozo del conocimiento. ¿Adónde quieres ir a parar?

 

—No lo he leído recientemente. Son hechos que todo escolar conoce, o debería conocer, si las escuelas fueran como es debido hoy día. La cuestión es que Monroe obtuvo todos los votos electorales excepto uno. El único que se opuso —de New Hampshire, creo— otorgó su voto a John Quincy Adams, con el propósito expreso de evitar que hubiera unanimidad. Ningún otro hombre aparte de Washington, dijo, debía ser elegido unánimemente.

 

—Como veis —continúo Avalon—, si Washington ocupa el primer lugar entre los más votados, Monroe ocupa el segundo y F. D. R. es sólo el tercero. Por eso, usted no encontró ningún Roosevelt entre los desaparecidos en combate. El soldado muerto debió llamarse Monroe…

 

Gardner lo contempló atónito.

 

—¡Increíble! —exclamó—. No puedo creerlo. Nunca pensé ni por un minuto que pudiera ser otro que Roosevelt. ¿Está usted seguro?

Avalon se encogió de hombros.

 

—Podemos verificarlo. Tenemos un par de almanaques en la estantería de los libros de consulta.

—No te molestes en coger el almanaque, Henry —dijo Rubin—. Geoff tiene razón, al menos en este caso.

—Supongo que puedo volver a Washington con esto —dijo Gardner—. El ejército debe conservar siempre sus registros. Tengo cargo de conciencia. Si no hubiera estado tan seguro de mí mismo, podría haber encontrado a la esposa y la niña hace un cuarto de siglo.

 

—No sé —dijo Drake pensativamente—. Me parece que hay dos partes en la identificación. El presidente era el segundo mejor y la gente le quería. Estoy de acuerdo con la popularidad de Roosevelt, pero ¿dónde estaba la de Monroe?

 

—En ninguna parte —afirmó Rubin al momento—, en ninguna parte. Heredó la presidencia porque en aquella época era casi tradicional que la ocupara un virginiano. Fue el cuarto presidente virginiano de cinco presidentes; los cuatro fueron Washington, Jefferson, Madison y Monroe. Monroe fue el último y el menos importante de todos. Su único logro fue la Doctrina Monroe, cuyo autor fue en realidad John Quincy Adams, su secretario de Estado.

 

—Bueno, entonces, ¿era Monroe o no era Monroe? —preguntó Gardner—. Me han confundido por completo. ¿Cuál es la respuesta?

—No estoy seguro —dijo Rubin—, pero desde luego no es Monroe. Mire, la Constitución otorga el derecho de elegir al presidente al colegio electoral, y en las primeras ocho elecciones más o menos ni siquiera tenemos constancia de que se celebraran votaciones populares. En aquellos años, el candidato no tenía que arrancar votos a los ciudadanos; bastaba con que intrigara para obtener los votos de unos

 

 

 

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cuantos electores. No había votación en el sentido moderno de la palabra y si queremos averiguar cuáles fueron el primero y el segundo en cuanto a popularidad electoral, tendremos que eliminar a los primeros presidentes. Estoy seguro que el soldado nunca pensó en Washington ni en Monroe en relación con resultados electorales.

 

Gardner se frotó el borde del mentón.

 

—La primera campaña electoral moderna, un circo de libelos y trucos sucios, se celebró en 1840 —dijo Rubin, frunciendo el entrecejo—. Fue cuando William Henry Harrison venció a Martin Van Burén. Sospecho que debemos comenzar con él.

—No, Manny —dijo Avalon—. Las elecciones de 1840 quizá consolidaran ese estilo, pero creo que debemos comenzar con Andrew Jackson, retrocediendo a 1832.

—De acuerdo —dijo Rubin, agitando su mano derecha como quien desecha una observación con indiferencia—. Comencemos con Andy Jackson.

 

Drake, recostado en su silla, observó a los demás a través de sus lentes de contacto y dijo:

—Johnson obtuvo una victoria aplastante en 1964 y Nixon en 1972, pero el soldado murió a fines de 1950…

—Exacto —dijo Gardner—. Truman era entonces presidente, de modo que debemos detenernos en él.

—Me parece —dijo Avalon— que si nos limitamos a los presidentes entre Jackson y Truman, ambos incluidos, la mayor victoria electoral fue la de Roosevelt en 1936 y la segunda más importante —estoy seguro de esto— fue la de Warren Harding sobre James Cox en 1920.

 

—Entonces, ¿está usted diciendo que es Harding?

 

—No, claro que no —dijo Rubin con rapidez—. Nadie con dos dedos de frente podría suponer que su soldado habría estado orgulloso del aspecto presidencial de su nombre si se hubiera llamado Harding.

 

—Si Geoff está en lo cierto y Harding obtuvo la segunda mayor victoria en términos de porcentaje —dijo Drake—, entonces tiene que ser Harding. No puedes discutir con las cifras.

 

—Sí, puedes —dijo Rubin—. Puedes negar que unas cifras determinadas constituyan la base de un juicio. El hecho es que en toda la historia presidencial el más votado de todos los presidentes fue Roosevelt; por eso estaba tan sorprendido cuando Gardner decidió que él era el segundo. Pero ¿por qué es Roosevelt el primero? No por el porcentaje de votos, sino porque fue elegido para cuatro mandatos sucesivos, 1932, 1936, 1940 y 1944, y ningún otro presidente fue elegido más de dos veces. Es el número de elecciones lo que cuenta.

 

—Eso no facilita las cosas —dijo Gardner—. ¿Quién está entonces en segundo lugar?

—No lo sé —dijo Rubin—. Podría ser uno de los presidentes que fueron elegidos dos veces, pero ¿cómo podemos decir cuál? Eso depende de los prejuicios y

 

 

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predilecciones de su soldado.

 

—Quizá no —dijo Avalon—. Si era un entusiasta de los presidentes, debió tener algún criterio lógico para su elección, y debemos ser capaces de encontrarlo.

Gonzalo intervino:

 

—Tenemos lo que dijo de ser querido. ¿Qué presidente fue el más querido por la gente después de Roosevelt? Eso podría darnos un indicio.

—No creo —dijo Rubin—. Todos los presidentes fueron queridos por quienes les votaron. Es una especie de reflejo automático. Demonios, podría decir que aún hoy un cuarto del electorado piensa que Nixon fue deshonesto, y sin embargo sigue queriéndolo. Creo que debemos ser cautelosos al utilizar ese criterio.

 

—No divaguemos —dijo Avalon—. Roosevelt es nuestro único cuádruple ganador, no existe un triple ganador. Por lo tanto, debemos escoger a nuestro segundo más votado entre los presidentes que vencieron en dos elecciones. De Jackson a Truman, si cuento correctamente, hubo seis dobles ganadores. Los nombraré y tú me corregirás si es necesario, Manny; si tenemos alguna duda, acudiremos al almanaque. Los doble vencedores son Andrew Jackson, Abraham Lincoln, Ulysses S. Grant, Grover Cleveland, William McKinley y Woodrow Wilson.

 

Ahora podemos comenzar a descartar y tú, Manny, corrígeme si me equivoco. En 1860, Lincoln resultó elegido por muy poco y su victoria no se puede considerar un tributo a su popularidad. Se enfrentó a un Partido Demócrata desunido, que presentó a Stephen Douglas y a John Breckenridge contra él. Creo que también había un tipo llamado Bell. Si Lincoln se hubiera enfrentado a una oposición unida, habría sido derrotado abrumadoramente. Como no fue así, consiguió la mayoría de los votos electorales con una minoría de votos populares.

 

Lo mismo sucede con Woodrow Wilson, que se enfrentó a Theodore Roosevelt y a William Howard Taft en 1912. Si el Partido Republicano hubiera estado unido, Wilson habría sufrido una derrota aplastante. En cuanto a Grover Cleveland, ganó dos veces, pero no en elecciones sucesivas. Derrotó a James Blaine en 1884 y a Benjamin Harrison en 1892, pero fue vencido en 1888. Eso lo convierte en el presidente vigésimo segundo y vigésimo cuarto, el único hombre en la historia americana que ocupa dos lugares en la lista de presidentes.

 

Eso nos deja sólo tres presidentes que ganaron dos elecciones sucesivas sin la ventaja de una oposición dispersa, y son Jackson, Grant y McKinley. El segundo mejor debe ser uno de ellos.

 

Tras detenerse un momento, Avalon continuó:

 

—Sólo que no estoy seguro de cuál es.

 

—¿De qué sirve un análisis que nos deja con tres candidatos? —dijo Trumbull.

 

Gonzalo insistió:

 

—Yo sigo diciendo que no tenemos que olvidar que el soldado dijo que la gente le quería. Eso debe tener alguna relación.

Rubin se encogió de hombros.

 

 

 

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—No sé; desconfío de eso. Pero veamos. Por ejemplo, McKinley tenía un carácter apacible y agradable en su vida privada, pero fue un presidente débil y tuvo pocas simpatías. De hecho, fue su oponente derrotado, William Jenning Bryan, quien recibía la fanática adoración de sus seguidores.

 

—Esto convierte a McKinley en el primero electoralmente si se midió con un oponente fuerte.

—Quizá —dijo Rubin—, pero ahora estamos trabajando sobre la suposición de que ese hombre ganó y era querido. De modo que no es McKinley. Grant fue un héroe de la guerra, de modo que había mucha gente que lo idolatraba. Sin embargo, venció sobre la otra parte de la nación, y desde luego no-era muy querido en los Estados sureños.

 

—Además era corrupto, ¿no? —dijo Gonzalo.

 

—El personalmente no. Los que le rodeaban. Y esto no se supo hasta después de su reelección en 1872, de modo que no tiene nada que ver con el caso. Así pues, nos queda Andrew Jackson, con grandes éxitos electorales, idolatrado por muchos que lo apoyaron y cuya popularidad se extendió por toda la nación.

—Era muy odiado por algunos —gruñó Trumbull.

 

—Todo presidente lo es. Hasta F. D. R. No, estoy casi seguro de que el segundo mejor podría haber sido Jackson. Y además tenía un nombre corriente. Seguro que hubo muchos Jackson desaparecidos en combate en la retirada de aquel invierno, en Corea.

 

Hubo un silencio prolongado y Gardner dijo:

 

—Bien, trataré de localizar a los Jackson. Quizá juegue sobre seguro si también busco los nombres de Harding, Monroe y McKinley.

—Quizá deba hacer una lista de todos los que tenían apellido de presidente —dijo Avalon—. El argumento de Manny es ingenioso, pero demasiado sutil para ser convincente. Sospecho que Manny también se da cuenta de ello.

 

Rubin se puso de inmediato en guardia.

 

—En absoluto. No hay otra forma razonable de abordar el problema con los datos existentes. Si a alguien se le ocurre alguna, me gustaría escucharla, eso es todo.

—¿Es un reto general? —preguntó Gonzalo.

 

—Lo es —dijo Rubin.

 

—¿Aun para Henry?

 

—Aun para Henry —dijo Rubin, después de una ligera vacilación—. No veo cómo podría mejorarlo.

—Es tu turno, Henry —dijo Gonzalo sonriendo—. Derríbalo de su pedestal.

 

 

 

Henry, que había limpiado el aparador hacía rato y escuchaba con gran interés, dijo:

 

—No puedo pretender saber más de la historia americana que los señores Rubin o

 

Avalon.

 

 

 

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—Oh, vamos, Henry —dijo Gonzalo—, ellos te contarán cualquier historia que desees conocer. Sólo mejora el argumento de Manny.

 

—No estoy seguro de que pueda —dijo Henry con cautela—, pero tengo una pregunta para el señor Gardner, si me permite hacérsela.

Gardner, que parecía sorprendido por la súbita irrupción del camarero en la discusión, dijo:

—Sí, por supuesto.

 

—Varios de los caballeros y usted mismo han hablado del segundo más votado que también era querido por la gente. Sin embargo, no son ésas las palabras de su relato que yo recuerdo. Cuando el soldado agonizaba, ¿dijo: «La gente le quería»?

Gardner pensó un momento.

 

—No. Dijo: «Le quieren».

 

—¿Está usted seguro, señor? Fue hace tantos años.

 

—Admito que es así, pero pensé mucho en ello aquel año y lo que dijo fue: «Le quieren».

—Veo adonde quieres ir a parar, Henry —dijo Gonzalo—. La frase no se refiere a la gente en general, y una vez que sepamos a quién se refería, tendremos el nombre. ¿No es así, Henry?

 

—No exactamente, señor Gonzalo —dijo Henry—. Creo que sí se refería a la

 

gente; sólo quería saber las palabras exactas. Señor Gardner, ¿fue eso todo lo que

 

dijo, o el soldado trató de añadir algo más?

 

—Ahí me ha atrapado, Henry. No lo sé.

 

—Pero eso fue lo último que dijo: «Le quieren». ¿No dijo nada después? ¿Podría haber intentado decir algo más para terminar la frase?

—Imagino que sí, pero no lo sé.

 

—¿A qué viene todo esto, Henry? —preguntó Trumbull con impaciencia.

 

—No estoy muy seguro todavía —dijo Henry—. Sin embargo, tengo curiosidad por algo que dijo el señor Rubin. Señor, ¿usted dijo que Grover Cleveland fue elegido para dos mandatos no consecutivos?

 

—Así es, Henry —dijo Rubin—, en 1884 y 1892.

 

—¿Y fue derrotado en 1888?

 

—Sí, por Benjamin Harrison, pero le devolvió la pelota en 1892. Fue algo muy extraño. Un presidente fue derrotado dos veces en la reelección y los dos candidatos en esas elecciones resultaron ganador y perdedor sucesivamente.

 

—Sí, señor Rubin —dijo Henry, pacientemente—, pero la cuestión es que Cleveland fue el candidato de uno de los principales partidos tres veces seguidas.

 

—Así fue. Pero sólo ganó dos veces.

 

—Comprendo. De los otros cinco candidatos de dos mandatos, ¿se presentó alguno por tercera vez?

—Andrew Jackson. Se presentó tres veces y resultó elegido dos.

 

—Henry Clay y William Jennings Bryan se presentaron tres veces —dijo Avalon

 

 

 

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— y fueron derrotados las tres. Henry Clay… Trumbull le interrumpió con rapidez.

—Nixon fue candidato tres veces y ganó dos, pero eso fue después de Truman.

 

—¿Cómo le fue a Cleveland en la elección intermedia? —dijo Henry—. En la que perdió.

—No puedo darte las cifras exactas —dijo Rubin—, pero creo que fue una derrota por poco margen.

—Quizá ahora deberíamos buscar el almanaque —dijo Henry, y fue al estante de los libros de referencia, volviendo con uno de ellos.

—Déjame buscar, sé donde está —dijo Rubin.

 

Pasó las hojas rápidamente, luego recorrió con los dedos una página de arriba a abajo, mientras silbaba entre dientes.

—Aquí está. Dios mío, perdió en el colegio electoral por 233 a 168, pero fue el más votado en las elecciones. Recibió casi 400 000 votos más que Harrison. No consiguió la mayoría absoluta debido a un par de candidatos de grupos más pequeños, los Prohibicionistas y los Laboristas.

 

—Entonces me parece que si Franklin D. Roosevelt venció en cuatro elecciones sucesivas, Grover Cleveland fue el ganador en tres elecciones sucesivas y se le debe considerar el segundo más votado.

 

—Esperad —dijo Avalon. Había seguido hojeando el almanaque—. Manny dijo que Jackson también se presentó tres veces. Fue derrotado en 1824, pero obtuvo la mayoría relativa en ese año. Jackson también fue el más votado en tres elecciones sucesivas. Sostuvo la página ante los ojos de Henry.

 

—Así es, señor —dijo Henry—, pero el señor Rubin ha descartado las victorias obtenidas por el fraccionamiento de la oposición. Cleveland se presentó y ganó siempre contra una oposición unida. Él es el segundo más votado.

 

—Bien, Henry —dijo Rubin—, me has convencido. Pero ¿cómo lo supiste? ¿Sabías que Cleveland obtuvo más votos que Harrison aun cuando no resultó elegido?

 

—No hay ningún misterio —dijo Gonzalo—. Mientras discutíamos, Henry tuvo tiempo de mirar todas las estadísticas. ¿No es así, Henry?

—No, señor —dijo Henry—, no fue necesario acudir al almanaque. —Francamente —dijo Gardner con impaciencia—, no creo que el análisis de

 

Henry sea más convincente que los otros.

 

—No lo sería —dijo Henry— si sólo dependiera de las estadísticas de las elecciones, pero yo las utilicé únicamente para confirmar una conclusión basada en otras razones.

 

—¿En qué razones, Henry? —dijo Avalon severamente—. No juegues con nosotros.

—Cuando el señor Gardner contó su historia, se me ocurrió, señor Avalon, que era posible que el soldado agonizante no estuviera haciendo un simple comentario

 

 

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cuando dijo «Le quieren», sino que estaba tratando de completar una cita. Y especialmente si la memoria del señor Gardner no falla, porque utilizó el verbo en presente.

 

—¿Bien, Henry?

 

—Me pareció recordar una famosa cita en la historia de la política que dice: «Le quieren sobre todo los enemigos que ha hecho». Pensé que la frase podría referirse a Franklin Roosevelt, pero realmente no lo sabía. Mientras ustedes discutían, consulté el Bartlett. La frase fue pronunciada el 9 de julio de 1894 por un tal Edward Stuyvesant Braggs, que en aquellos momentos apoyaba la nominación de Grover Cleveland.

 

El admirado silencio que se produjo fue roto por Gardner, que dijo:

 

—Me ha convencido, Henry. ¿Le importaría si algún día escribo un artículo sobre usted?

Henry sonrió y sacudió la cabeza.

 

—Preferiría que no lo hiciera, señor. Valoro demasiado el anonimato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

«El segundo mejor» fue escrito en agosto de 1976 en plena campaña presidencial. Supongo que era inevitable que, con la mente puesta en lo que sucedía, escribiera una historia de los Viudos Negros con ese tema.

No fue muy inteligente por mi parte. Tengo la experiencia suficiente como para comprender que no se debe tratar un tema de actualidad en el momento de escribir… sino en el de publicar. Después de todo, transcurren alrededor de nueve meses desde que la EQMM acepta un relato y lo publica.

 

A pesar de que presenté la historia con confianza (porque la tenía cariño), Fred Dannay la rechazó. Habría aparecido después de las elecciones y los lectores ya estarían hartos del tema.

 

Es embarazoso cometer un error tan elemental, pero también tuvo sus ventajas. En cada uno de los dos primeros libros de esta serie, incluí tres relatos que no se habían publicado con anterioridad, y deseaba tener otras historias inéditas en este tercer libro. Felizmente, conservé el relato y ahora lo incluyo aquí como el primero de los inéditos.

 

 

 

 

 

 

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V

 

EL DETALLE OMITIDO

 

 

EMMANUEL RUBIN, el miembro polígrafo del Club de los Viudos Negros, estaba claramente irritado. Sus cejas colgaban hacia abajo sobre el borde de los gruesos cristales de sus gafas, y su rala barba gris estaba encrespada.

 

—Inverosímil —dijo—. ¡Imaginaos! ¡Inverosímil!

 

Mario Gonzalo, que acababa de subir la escalera y ya tenía en la mano el martini seco que le había ofrecido Henry, el incomparable camarero, dijo:

—¿Qué es inverosímil?

 

Geoffrey Avalon lo contemplo desde su metro noventa de estatura y dijo con solemnidad:

—Parece que a Manny le han rechazado un relato.

 

—Bien, ¿por qué no? —dijo Gonzalo, quitándose los guantes—. Los editores no tienen por qué ser siempre estúpidos.

—No es el rechazo en sí —dijo Rubin—. Editores mejores ya me han rechazado mejores relatos. ¡Es la razón que me ha dado! ¿Cómo infiernos puede saber él si una historia es verosímil o no? Nunca ha hecho otra cosa que calentar la silla del despacho. Puede él…

 

Roger Halsted, cuya experiencia como profesor de matemáticas en un instituto le había enseñado a interrumpir las voces estridentes, logró intervenir.

 

—¿Qué es lo que no encuentra verosímil, Manny?

 

Rubin hizo un ademán despectivo.

 

—No quiero hablar del asunto.

 

—Bien —dijo Thomas Trumbull, frunciendo el entrecejo bajo su ondulada mata de pulcro pelo blanco—. Entonces el resto de nosotros podremos escucharnos unos a otros por un rato. Roger, ya que el señor Gonzalo ha llegado tarde, ¿por qué no le presentas a tu invitado?

 

—Sólo estaba esperando a que bajaran los decibelios. Mario, mi amigo Jonathan Thatcher. Este es Mario Gonzalo, nuestro artista profesional. Jonathan es oboe, Mario.

 

Gonzalo sonrió y dijo:

 

—Suena divertido.

 

—Algunas veces casi lo es —dijo Thatcher—, sobre todo los días en que la lengüeta se porta bien.

Su rostro redondo y sus mofletudas mejillas habrían hecho de él un actor nato para representar a Santa Claus en las fiestas navideñas, pero hubiese necesitado rellenarse con almohadillas para hacerlo, pues su cuerpo tenía esa peculiar delgadez artificial que parecía indicar unos veinte kilos recién perdidos. Sus cejas eran oscuras y espesas, era imposible imaginar que alguna vez se fruncieran en un gesto de enojo.

 

 

 

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—Caballeros —dijo Henry—, la cena está servida.

 

James Drake apagó su cigarrillo y dijo:

 

—Gracias, Henry. Hoy es un día fresco y agradecería una comida caliente.

 

—Sí, señor —dijo Henry con una sonrisa amable—. Hoy tenemos langosta Termidor, patatas al horno, berenjenas rellenas…

—Pero ¿qué es esto? —preguntó Rubin, frunciendo el ceño.

 

—Borscht caliente, señor Rubin.

 

Rubín, con la expresión de un alma en pena, gruñó:

 

—Está bien.

 

Drake, desdoblando su servilleta, dijo:

 

—Una cuestión de procedimiento, Roger.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—Estoy sentado junto a Manny, y si continúa con esa cara, mi sopa se cuajará y me dará una indigestión. Tú eres el anfitrión y monarca absoluto; te ruego que le ordenes que nos cuente esa historia inverosímil que ha escrito, a ver si se desahoga.

—¿Por qué? —dijo Trumbull—. ¿Por qué no dejarlo hundido en el silencio, aunque sólo sea para variar?

—Yo también tengo curiosidad —dijo Gonzalo—, ya que nunca ha escrito nada verosímil…

—¿Por qué dices eso, si no sabes leer? —dijo Rubin. súbitamente.

 

—Es de dominio público —dijo Gonzalo—. Lo oyes en todas partes.

 

—Dios mío, es mejor que os lo diga y termine con estas miasmas de pseudoingenio. Mirad, he escrito una novela corta, de unas quince mil palabras, sobre una organización mundial de cerrajeros…

 

—¿Cerrajeros? —dijo Avalon, frunciendo el entrecejo, como si pensara que no había oído bien.

—Cerrajeros —dijo Rubin—. Son individuos expertos, pueden abrir cualquier cosa: cajas de seguridad, bóvedas, puertas de prisión. No hay secretos para ellos, y nada puede ocultárseles. En mi organización está lo mejor de la profesión y nadie puede entrar en ella sin aportar algún documento u objeto de importancia robado a alguna organización industrial, política o gubernamental.

 

Como es natural, tienen a todo el mundo en sus manos. Pueden controlar el mercado de valores, guiar la diplomacia, hacer y deshacer gobiernos y, en el momento en que mi relato comienza, están dirigidos por un peligroso megalomaníaco…

 

Drake le interrumpió, al tiempo que daba un respingo en sus esfuerzos por romper las pinzas de la langosta.

—Que además desea gobernar el mundo, por supuesto.

 

—Por supuesto —dijo Rubin—, y nuestro héroe debe detenerle. Él también es un hábil cerrajero…

—En primer lugar, Manny —interrumpió Trumbull—, ¿qué demonios sabes tú

 

 

 

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sobre cerrajería o como se diga eso?

 

—Más de lo que tú crees —respondió Rubin.

 

—Dudo que sea mucho —dijo Trumbull—, y el editor tiene razón. Esa historia no es nada plausible. Conozco a algunos cerrajeros y son gente amable e inofensiva con un cociente intelectual…

 

—Y supongo que cuando estabas en el ejército conociste a un par de cabos, y sobre la base de ese conocimiento me dirás que Napoleón y Hitler no eran plausibles.

 

El invitado de esa noche, que estaba escuchando la discusión con expresión sombría, habló:

—Perdónenme, caballeros, sé que debo ser sometido al interrogatorio al término de la cena, ¿significa eso que no puedo unirme ahora a la conversación?

 

—Cielos, no —dijo Halsted—. Puede hablar todo lo que quiera… si es que logra que le escuchen.

—En ese caso, permítanme que me ponga sin reservas del lado del señor Rubin. Una conspiración de cerrajeros puede no sonar plausible a los que estamos aquí sentados, pero el mundo exterior tampoco lo es. ¿Cómo puede un editor rechazar algo por no ser plausible cuando todo…? —Se contuvo, respiró con profundidad y dijo, en tono alterado—: Bueno… no quería entrometerme en sus asuntos. No soy escritor. Después de todo, a mí tampoco me gustaría que me dijeran cómo tocar el oboe — pero su sonrisa, mientras hablaba, era débil.

 

—Manny le dirá cómo tocar el oboe —dijo Gonzalo—, si le da la oportunidad. —Sin embargo —continuó Thatcher, como si no hubiera oído el comentario de

 

Gonzalo—, vivo en el mundo y lo observo. En estos tiempos la gente cree cualquier cosa. No existe eso que llamamos «verosimilitud». Vocifera solemnemente una tontería, luego jura que es verdad, y tendrás a millones detrás de ti.

Avalon asintió con aire magistral y dijo:

 

—Muy cierto, señor Thatcher. No sé si es simplemente una característica de nuestra época, pero el hecho es que tenemos mejores comunicaciones que permiten llegar a muchas personas rápidamente, de tal modo que un fenómeno como Herr Hitler, de triste memoria, es posible. Y los que creen en los antiguos astronautas de Von Däniken y en el Triángulo de las Bermudas de Berliz, se tragarían una conspiración de cerrajeros con el café del desayuno.

 

Thatcher hizo un ademán despectivo.

 

—Los antiguos astronautas y los Triángulos de las Bermudas no son nada. Suponga que usted dice que visita frecuentemente Marte por medio de proyecciones astrales y que, en realidad, Marte es un paraíso para las almas meritorias de este mundo. Habría gente que se lo creería.

 

—Me imagino que sí —comenzó Avalon.

 

—No tiene que imaginárselo —dijo Thatcher—. Es así. Me pregunto si han oído hablar de Tri-Lucifer. Es t-r-i.

—¿Tri-Lucifer? —exclamó Halsted, con aire un tanto confundido—. ¿Quiere

 

 

 

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usted decir tres Luciferes? ¿Qué es eso?

 

Thatcher paseó su mirada por el rostro de cada uno de los Viudos Negros, y todos permanecieron silenciosos.

Entonces, Henry, que estaba retirando algunos caparazones de langosta, dijo:

 

—Si me permiten, caballeros, he oído hablar de ellos. La semana pasada vino un

 

grupo a este restaurante para hacer una colecta.

 

—¿Cómo los moonies? —dijo Drake, empujando su plato en dirección a Henry y disponiéndose a encender un cigarrillo.

—Existe un parecido —dijo Henry, con el rostro algo pensativo—, pero los triluciferinos, si se puede utilizar este término, tienen un aspecto más sobrenatural.

—Así es —dijo Thatcher—, tienen que divorciarse de este mundo para lograr la proyección astral a Marte y facilitar la transferencia de sus almas después de la muerte.

 

—Pero por qué… —comenzó Gonzalo.

 

Y Trumbull súbitamente rugió con una ráfaga de enojo.

 

—Vamos, Roger, haz que esperen hasta que empecemos el interrogatorio.

 

Cambiemos de tema.

 

—Yo sólo quería saber por qué se llaman…

 

Halsted suspiró y dijo:

 

—Esperemos un rato, Mario.

 

 

 

Henry se dirigía a la mesa con el brandy, cuando Halsted dio unos golpecitos en su vaso de agua y dijo:

 

—Creo que podemos empezar el interrogatorio ahora y, Manny, ya que tu comentario sobre la verosimilitud ha despertado el interés de Jonathan durante la cena, ¿por qué no comienzas tú?

 

—Por supuesto —Rubin observó con solemnidad a Thatcher a través de la mesa y dijo:

—Señor Thatcher, lo tradicional ahora sería preguntarle cómo justifica su existencia, y entraríamos en una discusión sobre el oboe como instrumento de tortura para quienes lo tocan. Pero permítame decirle que creo que en este momento usted consideraría su vida justificada borrando a los triluciferinos de la faz de la tierra, ¿no estoy en lo cierto?

 

—Lo está, lo está —dijo Thatcher con energía—. Ese asunto ha ocupado mi vida y mis pensamientos durante más de un mes. Está arruinando…

Gonzalo le interrumpió.

 

—Lo que yo quiero saber es por qué se llaman a sí mismos triluciferinos. ¿Son adoradores del demonio o algo así?

—Estás interrumpiendo al invitado… —comenzó a decir Rubin.

 

—No importa —dijo Thatcher—. Se lo diré. Sólo lamento saber lo suficiente de

 

 

 

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esa organización como para poder decírselo. Al parecer, Lucifer significa lucero de la mañana, aunque no sé muy bien por qué…

 

—Lucifer —dijo Avalon, acariciando con el dedo el borde de su vaso de agua—, se deriva de las palabras latinas que significan «el que trae la luz». La aparición del astro de la mañana anunciaba al amanecer la pronta salida del sol. En una época en que no había relojes, era una información importante para quienes debían despertarse a esa hora.

 

—Entonces, ¿por qué es Lucifer el nombre del demonio? —preguntó Gonzalo. —Porque parece que a los reyes babilónicos sus aduladores cortesanos les

 

llamaban Lucero de la mañana y el profeta Isaías preelijo su destrucción. ¿Te acuerdas del pasaje, Manny?

—Podemos leerlo en la Biblia, si lo preferís. Está en el capítulo catorce de Isaías. La frase comienza así: «¡Cómo caíste del cielo, Lucifer, hijo de la aurora!». Esto es una hipérbole poética y muy efectiva, además, pero después se interpretó literalmente, y una simple frase dio lugar a todo el mito de la rebelión contra Dios de una horda de ángeles encabezados por Lucifer, que llegó a ser considerado el nombre de Satán mientras se encontraba aún en el cielo. Por supuesto, los rebeldes son derrotados y expulsados del paraíso por los ángeles leales bajo el liderazgo del Arcángel Miguel.

 

—¿Cómo en El Paraíso perdido? —dijo Gonzalo.

 

—Exactamente como en El Paraíso perdido.

 

—Creo que el demonio no forma parte del asunto —dijo Thatcher—. Para los triluciferinos, Lucifer sólo es el lucero de la mañana. Hay dos de ellos en la Tierra: Venus y Mercurio.

 

Drake entornó los ojos tras las volutas de humo del tabaco y dijo:

 

—También son astros vespertinos, dependiendo de a qué lado del sol estén. Si están al este del sol, se ocultan poco después de la puesta del sol, y si están al oeste, aparecen poco antes de levantarse el sol.

 

—¿Están juntos los dos, a un lado o a otro? —preguntó Thatcher con evidente esperanza.

—No —dijo Drake—, se mueven independientemente. Puede ocurrir que ambos sean astros vespertinos o astros matutinos, o uno matutino y el otro vespertino. También pueden coincidir con el sol, uno u otro, o ambos, y ser invisibles por completo, ya sea por la mañana o por la tarde.

 

—¡Qué mala suerte! —dijo Thatcher, sacudiendo la cabeza—. Eso es lo que dicen ellos. De cualquier modo, la cuestión es que desde Marte se ven tres astros matutinos en el cielo, o se pueden ver si se encuentran en la posición correcta; no sólo Mercurio y Venus, sino también la Tierra.

 

—Así es —dijo Rubin.

 

—Y —dijo Thatcher—, entonces supongo que pueden estar en cualquier posición. Los tres pueden ser astros vespertinos o astros matutinos, o bien dos de un

 

 

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tipo y uno de otro.

 

—Sí —dijo Drake—, o uno o más pueden encontrarse demasiado cerca del sol como para ser visibles.

Thatcher suspiró.

 

—Por eso llaman a Marte por el nombre místico de Tri-Lucifer: el mundo con tres astros matutinos.

—Supongo —dijo Gonzalo— que Júpiter tendrá cuatro astros matutinos: Mercurio, Venus, Tierra y Marte; y así sucesivamente hasta Plutón, que tendrá ocho astros matutinos.

 

—El problema es —dijo Halsted— que cuanto más te alejas, más oscuros se tornan los planetas que están más cerca del sol. Visto desde uno de los satélites de Júpiter, por ejemplo, dudo que Mercurio apareciera con un brillo superior al de un astro de brillo medio, y podría estar demasiado cerca del sol para que se viera con nitidez.

 

—¿Y qué ocurre cuando lo vemos desde Marte? ¿Se podría ver Mercurio? — preguntó Thatcher.

—Oh, sí, estoy seguro de eso —dijo Halsted—. Podría determinar el grado de brillantez en unos minutos.

—¿Le importaría hacerlo? —dijo Thatcher.

 

—Por supuesto que no —dijo Halsted—, si me acordé de traer la calculadora de bolsillo. Sí, aquí la tengo. Henry, tráeme la Columbia Encyclopedia, ¿quieres?

 

—Mientras Roger ocupa su limitada mente matemática en el problema, señor Thatcher, díganos cuál es su interés en todo esto. Parece interesado en desenmascararlos como farsantes. ¿Por qué? ¿Ha sido usted uno de ellos? ¿Se siente ahora desilusionado?

 

—No, nunca he sido miembro. Yo… —Se frotó las sienes vacilante—. Es mi esposa. Como comprenderán, no me gusta hablar de esto.

—Permítame asegurarle, señor Thatcher —dijo Avalon con solemnidad—, que todo lo que se dice aquí nunca sale de esta habitación. Eso incluye a nuestro valioso camarero, Henry. Puede usted hablar con confianza.

 

—Bien, no hay nada delictivo o deshonroso en ello. Sólo que no me gusta aparecer tan indefenso en algo ridículo… Está destrozando mi matrimonio, caballeros.

 

Hubo un discreto silencio alrededor de la mesa, roto tan sólo por el murmullo de las hojas de la enciclopedia que estaba consultando Halsted.

Thatcher continuó:

 

—Roger conoce a mi esposa. Les podría decir que es una mujer razonable… Halsted levantó la mirada un segundo y asintió. —Puedo garantizarlo, pero no sé qué tiene que ver con…

 

—Últimamente, Carol no ha estado muy sociable, ya me entienden. Por supuesto, yo no he hablado del asunto. Me costó mucho decidirme a venir aquí esta noche.

 

 

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Tengo miedo de dejarla sola. ¿Saben?, incluso la gente razonable tiene sus debilidades. Carol se preocupa por la muerte.

 

—Eso nos pasa a todos —dijo Drake.

 

—A mí también —dijo Thatcher—, pero de modo normal, espero. Todos sabemos que moriremos algún día y no lo esperamos con particular interés, podemos preocuparnos por el infierno o la nada o la esperanza del cielo, pero no pensamos mucho en eso. Sin embargo, Carol, está fascinada por la posibilidad de demostrar la existencia real de la vida después de la muerte. Parece que todo comenzó con el caso de Bridey Murphy cuando era joven… no sé si alguno de ustedes recuerda que…

 

—Lo recuerdo —dijo Rubin—. Una mujer bajo hipnosis parecía estar poseída por una irlandesa que había muerto hacía ya mucho tiempo.

—Sí —dijo Thatcher—. Al final se le pasó. Después empezó a interesarse por el espiritismo y también lo dejó. Siempre confié en que se daría cuenta de la insensatez de todo eso cuando dejara de estar obsesionada… y entonces encontró a los triluciferinos. Nunca la había visto así. Quiere unirse a ellos. Tiene su propio dinero y quiere dárselo a ellos. No me importa el dinero… bueno, me importa, pero eso no es lo principal… me preocupa ella. Ya saben, irá a vivir con ellos a su refugio, dondequiera que esté, se hará una hija de Tri-Lucifer, o como se llamen, y esperará su tránsito a la Morada de los Dichosos. Uno de estos días se marchará. No la veré nunca más. Me prometió que no lo haría esta noche, pero lo dudo.

 

—Creo —dijo Rubin— que usted supone que la organización sólo está interesada en el dinero de ella.

—Al menos, su jefe lo está —dijo Thatcher sombríamente—. Estoy seguro. ¿Qué otra cosa puede interesarle?

—¿Le conoce? ¿Le ha visto alguna vez? —dijo Rubin.

 

—No. Se mantiene aislado —dijo Thatcher—, pero he oído que hace poco compró una lujosa mansión en Florida, y dudo que sea para los miembros.

 

—Es curioso —dijo Drake—, no importa con cuánto lujo viva el líder de un culto, ni la extravagancia con que derrocha el dinero. A los seguidores que lo sostienen y ven que su dinero se utiliza claramente para ese propósito no parece importarles.

 

—Se identifican —dijo Rubin—. Cuanto más gasta él, más éxito creen que tiene la causa. En eso se basa también el ostentoso derroche gubernamental.

 

—Da igual —dijo Thatcher—. No creo que Carol se comprometa con ellos por entero. Aunque no le preocupen las acciones del líder, si puedo probar que él está equivocado, ella lo dejaría.

 

—¿Equivocado en qué? —preguntó Rubin.

 

—Equivocado en el asunto de Marte. El jefe del grupo proclama que ha estado en Marte frecuentemente… por medio de proyecciones astrales, por supuesto. Describe Marte en detalle, pero ¿lo hace correctamente?

 

—¿Por qué no? —preguntó Rubin—. Si lee todo lo que se sabe sobre Marte,

 

 

 

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puede describirlo como un astrónomo. Las fotografías del Viking hasta muestran parte de la superficie en detalle. No es difícil que esté en lo cierto.

 

—Sí, pero debe haber algo en lo que se equivoque, algo que pueda mostrar a Carol.

Halsted miró hacia arriba y dijo:

 

—Ya está. He calculado los doce objetos más brillantes en el cielo de Marte, junto con sus magnitudes. Puede haber una pequeña diferencia aquí y allá, pero nada importante.

 

Pasó la hoja de papel a los demás.

 

Mario retuvo el papel cuando le llegó.

 

—¿Quieres verlo, Henry?

 

—Gracias, señor —murmuró Henry, y le echó un vistazo; por un momento, una ceja se alzó ligeramente en su rostro.

El papel le llegó finalmente a Thatcher, que lo observó con ansiedad. Lo que vio fue esto:

 

Sol ...............  −26

Fobos .............  −9.6

Deimos ............  −5.1

Tierra ............  −4.5

Júpiter ...........  −3.1

Venus .............  −2.6

Sirio .............  −1.4

Saturno ...........  −0.8

Canopus ...........  −0.7

Alfa Centauro ..... −0.3

Arturo ............  −0.1

Mercurio ..........  −0.0

 

 

—Fobos y Deimos son los dos satélites de Marte —dijo Thatcher—. ¿Estos números significan que son muy brillantes?

 

—Cuanto más grande sea el número negativo —dijo Halsted—, más brillante es el objeto. Un objeto −2 es 2½ veces más brillante que un objeto −1, y un objeto −3 es 2½ veces más brillante aún, y es así sucesivamente. Después del Sol, Fobos es el objeto más brillante del cielo marciano y le sigue Deimos.

 

—Entonces, después del Sol y los dos satélites, la Tierra es el objeto más brillante del cielo.

—Sí, pero sólo cuando está cerca de su máxima brillantez —dijo Halsted—. Puede estar mucho más oscura dependiendo de la posición de Marte y la Tierra en sus respectivas órbitas. La mayor parte del tiempo probablemente sea menos brillante que Júpiter, que no cambia mucho en su brillantez al moverse en su órbita.

 

 

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Thatcher sacudió la cabeza y pareció desalentado.

 

—Pero puede ser tan brillante. Mala suerte. Hay una oración, o salmo, o algo así, de los triluciferinos que aparece en casi toda su literatura. La he visto con tanta frecuencia en la basura que Carol trae a casa que puedo citarlo exactamente. Dice así: «Cuando la Tierra brilla en lo alto del cielo, como una maravillosa joya, y los otros Luciferes se han ocultado tras el horizonte, de forma que resplandece sola en todo su esplendor, única en su belleza, con brillantez inigualable, es cuando las almas de los que están dispuestos para recibir la llamada, deben prepararse para elevarse de la Tierra y cruzar el gran golfo». Y eso es lo que usted dijo, Roger, que la Tierra puede ser el objeto más brillante del cielo marciano.

 

Halsted asintió.

 

—De noche, si Fobos y Deimos están tras el horizonte, y la Tierra se aproxima a su máxima brillantez, desde luego es el objeto más brillante del cielo. Sería 3½ veces más brillante que Júpiter, si éste está en el cielo, y 6 veces más brillante que Venus en su máxima brillantez.

 

—¿Y podría ser el único astro matutino del cielo?

 

—O el único astro vespertino. Seguro. Los otros dos, Venus y Mercurio, podrían estar al otro lado del Sol, desde la perspectiva de la Tierra.

Thatcher continuó con la mirada fija en la lista.

 

—¿Pero Mercurio sería visible? Está en el último lugar de la lista.

 

El último lugar sólo significa —dijo Halsted— que es el duodécimo en brillantez, pero hay miles de astros más oscuros que siguen siendo visibles. Habría sólo cuatro astros más brillantes que Mercurio, vistos desde Marte: Sirio, Canopus, Alfa Centauro y Arturo.

 

—Si cometieran algún error… —dijo Thatcher.

 

—Señor Thatcher —dijo Avalon—, con su voz grave de barítono un tanto vacilante, creo que quizá sería lo mejor que se enfrentara a los hechos. Mi experiencia me indica que aunque usted encuentre una fisura en las tesis de los triluciferinos no le servirá de nada. Quienes ingresan en cultos por razones emocionales no se disuaden con demostraciones de que lo que están haciendo es ilógico.

 

—Estoy de acuerdo con usted —dijo Thatcher—, y no me propongo argumentar con el ocultista ordinario. Pero conozco a Carol, la he visto apartarse de un sistema de creencias que a ella le hubiera gustado mucho seguir, simplemente porque vio que era ilógico. Si pudiera encontrar algo así aquí, estoy seguro de que ella regresaría.

 

—Alguno de nosotros debería pensar algo —dijo Gonzalo—. Después de todo, ese individuo nunca ha estado realmente en Marte. Tiene que haber cometido algún error.

 

—En absoluto —dijo Avalon—. Es probable que sepa tanto de Marte como nosotros. De modo que, si ha cometido algún error, quizá sea porque no comprende algo que nosotros tampoco comprendemos y no podemos atraparlo.

 

 

 

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Thatcher asintió con la cabeza.

 

—Supongo que tiene razón.

 

—No estoy seguro —dijo Gonzalo—. ¿Qué hay de los canales? Los triluciferinos están obligados a hablar de los canales. Todo el mundo creía en ellos y hace poco se descubrió que no existían, ¿no es así? De modo que si habla de ellos, le tenemos cogido.

 

—No todo el mundo creía en los canales, Mario —dijo Drake—. Pocos astrónomos lo hacían.

—La mayoría de la gente, sí —dijo Gonzalo.

 

—No últimamente —dijo Rubin—. En 1964, el Mariner tomó las primeras fotografías de Marte y eso prácticamente demostró que los canales no existían.

 

Una vez que el Mariner 9 trazó un mapa de todo el planeta en 1969 ya no hubo más discusión ¿Cuándo aparecieron los triluciferinos, señor Thatcher?

 

—Si no recuerdo mal —dijo Thatcher—;, alrededor de 1970, quizá en 1971. —Eso es —dijo Rubin—, una vez que tuvimos datos seguros sobre Marte, ese

 

tipo, quienquiera que sea, decidió inventar una nueva religión basada en el planeta. Escuchad, si queréis haceros ricos rápidamente, sin que os hagan preguntas, inventad una nueva religión. Entre la Primera Enmienda y las exenciones fiscales es como si tuvierais permiso para apropiaros de todo lo que se os ponga a mano. Apostaría que habla de los volcanes.

 

Thatcher asintió.

 

—El cuartel marciano de las proyecciones astrales está en Nix Olympica, el Monte Olimpo. Allí es donde se reúnen las almas justas. Es un gran volcán, ¿no?

 

—El mayor del sistema solar —dijo Rubin—. Al menos, que sepamos. Se conoce desde 1969.

—Los triluciferinos —dijo Thatcher— dicen que G. V. Schiaparelli —el que dio nombre a los distintos lugares de Marte— había recibido inspiración astral para llamar a ese punto Olimpo, el hogar de los divinos. En la antigua Grecia el Monte Olimpo era…

 

—Sí —dijo Avalon, asintiendo gravemente—, lo sabemos…

 

—¿No fue Schiaparelli el individuo que primero informó de los canales? — preguntó Gonzalo.

—Sí —dijo Halsted—. Aunque, en realidad, los llamó canali, que significa cauces de agua naturales.

—Aun así, ¿por qué la misma inspiración astral no le dijo que allí no había canales? —preguntó Gonzalo.

Drake asintió y dijo:

 

—Es algo que usted puede señalar a su esposa.

 

—No —dijo Thatcher—. Creo que ellos ya pensaron en ello. Dicen que los canales eran parte de la inspiración porque incrementaban el interés por Marte y eso era necesario para hacer el proceso de proyección astral más efectivo.

 

 

 

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Trumbull, que había mantenido un hosco silencio durante toda la discusión, como si esperase una oportunidad para desviar la discusión hacia los oboes, dijo súbitamente:

 

—Esa es una lógica enfermiza.

 

—Hay demasiada lógica en todo esto, ése es el problema —dijo Thatcher—. A veces quiero encontrar un error, no tanto para salvar a Carol como para salvarme a mí. Les digo que cuando escucho hablar a Carol, en algunos momentos corro yo más peligro de volverme loco con sus argumentos que ella de volverse razonable con los míos.

 

Trumbull agitó una mano con tono conciliador.

 

—Tómelo con calma y tratemos de resolverlo ¿Dicen algo sobre los satélites? —Hablan sobre ellos, sí. Fobos y Deimos. Seguro.

—¿Dicen algo de cómo cruzan el cielo? —La sonrisa de Trumbull era casi presuntuosa.

—Sí —dijo Thatcher—, lo comprobé porque no creía en ellos y pensé que allí podría haber algo. En su descripción del panorama de Marte, dicen que Fobos se eleva por el oeste y se pone por el este. Y resulta que es cierto. Y dicen que cuando Fobos o Deimos cruzan el cielo de noche, la mayor parte del tiempo les eclipsa la sombra de Marte. Y eso también es cierto.

 

Halsted se encogió de hombros.

 

—Los satélites fueron descubiertos hace más de un siglo, en 1877, por Asaph Hall. Tan pronto como se determinaron su distancia de Marte y sus períodos de revolución, lo que sucedió casi al mismo tiempo, se conoció su comportamiento en el cielo de Marte.

 

—No lo sabía —dijo Thatcher.

 

—No —dijo Halsted—, pero el individuo que inventó esa religión parece que hizo bien su trabajo. En realidad, no era difícil.

—Un momento —dijo Trumbull con truculencia—, algunas cosas no son tan obvias y no están en los libros de texto de astronomía elemental. Por ejemplo, he leído en algún lado que Fobos no puede verse desde las regiones polares de Marte. Está tan cerca de Marte que la propia superficie esférica del planeta oculta al satélite, si uno se desplaza suficientemente al norte o al sur. ¿Dicen los triluciferinos que Fobos es invisible desde algunos lugares de Marte, señor Thatcher?

—No que yo recuerde —dijo Thatcher—, pero no dicen que siempre sea visible. Y si no mencionan la cuestión, ¿qué prueba eso?

—Además —dijo Halsted—, Nix Olympica está a menos de veinte grados norte del ecuador marciano, y Fobos es visible desde allí siempre que esté sobre el horizonte y no haya eclipse. Y si ése es el cuartel general de las almas de la Tierra, lo lógico es que describan a Marte como se ve desde ese lugar.

 

—¿De qué lado estás tú? —gruñó Trumbull.

 

—Del de la verdad —dijo Halsted—. Sin embargo, es cierto que los libros de

 

 

 

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astronomía casi siempre se limitan a describir el firmamento de la Tierra. Por eso tuve que calcular la brillantez de los objetos en el cielo marciano en lugar de consultarlo en algún sitio. El único problema es que el líder de ese culto parece ser bueno haciendo cálculos.

 

—Tengo una idea —dijo Avalon—. No soy astrónomo ni mucho menos, pero he visto las fotografías tomadas por los módulos de aterrizaje de los Viking y he leído los artículos de los periódicos sobre la cuestión. Sabemos que el cielo marciano diurno es rosa, debido a las finas partículas de polvo rojo en suspensión. En ese caso, ¿no es posible que el polvo oscurezca el cielo nocturno de modo que no se vea nada? Por Dios, eso sucede con bastante frecuencia en Nueva York.

—En realidad —dijo Halsted—, el problema de Nueva York no es tanto el polvo coma la dispersión de luz de los edificios y las autopistas, y aun en Nueva York se puede ver los astros brillantes, si el cielo no está nublado.

 

En Marte, el fenómeno actuaría en ambas direcciones. Si hubiera suficiente polvo como para hacer al cielo invisible desde el suelo, el suelo sería invisible desde el cielo. Por ejemplo, cuando el Mariner 9 alcanzó Marte en 1969, había una tormenta de polvo en todo el planeta y no se podía ver nada de su superficie. En aquel momento, desde la superficie marciana el cielo debía estar completamente cubierto. No obstante, la mayor parte del tiempo podemos ver la superficie con claridad con nuestras sondas, de modo que, desde la superficie marciana, el cielo sería visible con claridad.

 

De hecho, teniendo en cuenta que la atmósfera de Marte es mucho menos densa que la de la Tierra, algo menos que una centésima parte, disiparía y absorbería mucha más luz que la de la Tierra, y las estrellas y los planetas se verían un poco más brillantes que con la atmósfera de la Tierra. No he tenido en cuenta eso en mis cálculos.

 

—Geoff ha mencionado las fotografías del Viking —dijo Trumbull—. Muestran rocas por todas partes. ¿Los triluciferinos hablan de rocas?

—No —dijo Thatcher—, nunca se han referido a ellas. Pero tampoco dicen que no las haya. Hablan de profundos cañones y lechos de ríos secos y terrazas de hielo.

—Todo eso se sabía desde 1969 —resopló Rubin—. Han hecho bien su trabajo. —¿Qué sucede con la vida? —dijo Avalon—. Aún no sabemos si hay alguna

forma de vida en Marte. Los resultados del Viking son ambiguos. ¿Se han pronunciado los triluciferinos sobre el asunto?

Thatcher lo pensó y luego dijo:

 

—Desearía poder decir que he leído todos sus escritos, pero no lo he hecho. Carol me obligó a leer bastante, porque decía que no podía difamar nada sin conocerlo primero.

 

—Es cierto —dijo Avalon—, pero la vida es corta y hay cosas que parecen tan improbables que uno duda en dedicar mucho tiempo a su estudio. De todas formas, ¿puede usted decirnos algo sobre su actitud hacia la vida marciana por lo que ha leído

 

 

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en sus escritos?

 

—Hablan de una superficie estéril, un desierto árido y vacío —dijo Thatcher—.

 

Lo contrastan con la agitación y plenitud de la esfera astral.

 

—Sí —dijo Avalon—, y, por supuesto, la superficie es seca, vacía y estéril. Ya lo sabemos. ¿Qué pasa con la vida microscópica? Eso es lo que buscamos.

 

Thatcher sacudió la cabeza.

 

—No la mencionan, al menos por lo que yo sé.

 

—Bueno, entonces —dijo Avalon— no se me ocurre nada más. Estoy completamente seguro de que este asunto es una estupidez. Todos nosotros lo estamos y ninguno necesita que se lo demuestren. Si su esposa necesita una prueba, nosotros no somos capaces de suministrarla.

 

—Lo comprendo —dijo Thatcher—. Se lo agradezco mucho, por supuesto, y espero que ella recupere el juicio pronto, pero debo admitir que nunca la había visto así. Me uniré al culto para no perderla de vista, pero, francamente, me temo que yo también acabaré creyendo en ellos.

 

Y en el silencio que siguió, Henry dijo con suavidad: —Señor Thatcher, quizá no necesite llegar a ese extremo. Thatcher se dio la vuelta con brusquedad. —Perdón. ¿Dijo usted algo, camarero?

 

—Henry es miembro del club, Jonathan —dijo Halsted—. No es que sea exactamente un astrónomo, pero es el más brillante de nosotros. ¿Hemos omitido algo, Henry?

 

—Eso creo, señor —dijo Henry—. Usted dijo, señor Halsted, que los libros de astronomía sólo suelen describir el firmamento de la Tierra, y sospecho que ésa es la razón por la que el líder del culto parece haber omitido un detalle en su descripción de Marte. Sin él, todo esto no es más verosímil que la conspiración de cerrajeros del señor Rubin… si usted me perdona, señor Rubin.

 

—No lo haré si no nos dices cuál es el detalle omitido, Henry.

 

—En la Tierra, Mercurio y Venus son los astros matutinos y vespertinos; por eso, siempre pensamos que tales objetos son planetas. En consecuencia, desde Marte, debe haber tres astros matutinos y vespertinos: Mercurio, Venus y, además, la Tierra. Así lo indica el mismo nombre del culto y sólo por eso pude advertir que falla algo.

—No estoy seguro de comprenderte, Henry —dijo Halsted.

 

—Pero, señor Halsted —dijo Henry—, ¿dónde está la Luna en todo esto? Nuestra Luna es un objeto grande, casi del tamaño de Mercurio, y está más cercana a Marte que Mercurio. Si Mercurio se puede ver desde Marte, también se podrá ver la Luna. Sin embargo, no está incluida en su lista de objetos brillantes en el cielo marciano.

Halsted enrojeció.

 

—Sí, por supuesto, la lista de los planetas me despistó. Siempre se enumeran sin mencionar la Luna. —Buscó el papel—. La Luna es más pequeña que la Tierra y refleja menos la luz, por lo que sólo tiene una septuagésima parte del brillo de la

 

 

 

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Tierra, a igual fase y distancia, lo que significa… una magnitud de 0,0. Sería tan brillante como Mercurio y, de hecho, se podría ver más fácilmente porque estaría más alta. En el ocaso, Mercurio, como astro vespertino, nunca se elevaría más de 16 grados sobre el horizonte, mientras que la Tierra podría estar a una altura de hasta 44 grados… lo cual es bastante.

 

—Por lo tanto, Marte —dijo Henry— tendría cuatro astros matutinos y el nombre mismo de Tri-Lucifer sería un desatino.

—Pero la Luna estaría siempre muy cerca de la Tierra. ¿No la ocultaría su brillo? —dijo Avalon.

—No —dijo Halsted—. Veamos —nunca compréis una calculadora de bolsillo que no tenga funciones trigonométricas—, en ocasiones la Luna podría llegar a estar a 23 minutos de arco de la Tierra, vista desde Marte. Lo que sería tres cuartos del tamaño de la Luna vista desde la Tierra.

 

—Una cosa más —dijo Henry—, señor Thatcher, ¿podría usted repetir los versos aquellos que mencionaban a la Tierra en lo alto del cielo?

—Por supuesto. «Cuando la Tierra brilla en lo alto del cielo, como una maravillosa joya, y los otros Luciferes se han ocultado tras el horizonte, de forma que resplandece sola en todo su esplendor, única en su belleza, con brillantez inigualable, es cuando las almas de los que están dispuestos para recibir la llamada deben prepararse para elevarse de la Tierra y cruzar el gran golfo».

 

—La Tierra puede estar en lo alto del cielo algunas veces —dijo Henry—, y Mercurio y Marte estar al otro lado del Sol y, por tanto, más allá del horizonte… pero la Tierra no puede estar «sola en todo su esplendor». La Luna tiene que estar con ella. Por supuesto, habrá veces en que la Luna está casi frente a la Tierra o detrás de ella, vista desde Marte, de modo que los dos puntos de luz convergerán en uno haciendo que la Tierra aparezca más brillante que nunca, pero la Luna no está entonces tras el horizonte. Me parece, señor Thatcher, que el líder del culto nunca ha estado en Marte, porque si hubiera estado allí, no habría dejado de advertir el gran detalle omitido: un mundo de 2160 millas de diámetro. Seguramente podrá explicar esto a su esposa.

 

—Sí —dijo Thatcher, con el rostro iluminado por una sonrisa—, se dará cuenta de que es una completa farsa.

—Si es verdad, como usted dice —dijo Henry con tranquilidad—, que su mujer es una persona razonable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

 

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Varias historias de los dos primeros volúmenes de los Viudos Negros no aparecieron en la EQMM, sino en The Magazine of Fantasy and Science Fiction (F&SF). Hubo algo de dificultad en ello y porque no podía escribir un relato de los Viudos Negros completamente fantástico o de ciencia-ficción.

 

No obstante, siendo como soy, construí una de las historias de forma que tuviera una relación, al menos tangencial, con la ciencia-ficción o la fantasía, y se la ofrecí a la F & SF.

 

La revista se quedó con el cuento. En 1977 apareció una nueva revista hermana de la EQMM. La nueva revista era la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine (IASFM) y, por supuesto, no me pareció correcto ofrecer una historia de ciencia-ficción a otra revista antes que a la IASFM.

 

De hecho, intenté deliberadamente elaborar para mi revista un misterio basándolo todo lo posible en la ciencia-ficción, y «El detalle omitido» fue el resultado. Apareció en el número de Invierno de 1977 de la IASFM. (Durante el primer año, la revista fue trimestral).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI

 

AL DÍA SIGUIENTE

 

 

LAS GAFAS DE Emmanuel Rubin siempre parecían agrandar sus ojos con particular intensidad cuando estaba excitado.

 

—¿Has traído a un editor como invitado? —dijo en un intenso susurro.

 

El tren de Nueva Jersey había llegado tarde y, en consecuencia, James Drake casi comete el solecismo de llegar tarde al banquete mensual del Club de los Viudos Negros del cual era anfitrión. Por tanto, tenía un tono mordaz poco frecuente cuando respondió:

 

—¿Por qué no? —Con un golpecito sacudió la ceniza de su cigarrillo y agregó—: si podemos tener a escritores como invitados, y hasta como miembros, que Zeus nos ayude, ¿por qué no editores?

 

Rubin, escritor, por supuesto, dijo desdeñosamente:

 

—No esperaba que un químico lo comprendiera —y miró en dirección al invitado, que era alto y flaco, con largos cabellos rubios y una especie de bigote y barba abreviados que le daban un aire de Robin Hood.

 

—Puedo ser un químico para ti, Manny —dijo Drake—, y para todo el mundo también, pero para él soy un escritor. —Trató de aparentar modestia pero no lo logró

—. Estoy escribiendo un libro. —¿Tú? —dijo Rubin.

—¿Por qué no? Puedo deletrear y, a juzgar por tu carrera, es lo único que se requiere.

—Si tu invitado piensa eso, tiene la capacidad mental necesaria para un editor. ¿Me puedes repetir su nombre?

—Stephen Bentham.

 

—¿Y en qué editorial trabaja?

 

Drake apagó su cigarrillo.

 

—Southby Publications.

 

—Menuda gentuza —dijo Rubin con desdén—. Es una editorial de sexo y sensacionalismo. ¿Qué quieren contigo?

—Estoy escribiendo un libro sobre la manipulación del ADN, que es un tema sensacional de actualidad… No creo que sepas nada sobre el asunto.

Mario Gonzalo acababa de entrar en ese momento y estaba limpiándose aún de su chaqueta de terciopelo castaño las partículas de polvo de la ciudad.

 

—Vamos, Jim —dijo—, todos los periódicos hablan de eso. Ese disparate de que van a crear nuevos gérmenes de enfermedades que despoblarán el mundo.

 

—Si Mario ha oído hablar del asunto, Jim —dijo Gonzalo—, tienes que admitir que yo también… y todo el mundo.

—Bien. Entonces mi libro es lo que todo el mundo necesita —dijo Drake.

 

 

 

 

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—El mundo lo necesita tanto como la polución —dijo Gonzalo—. He visto dos libros sobre el tema anunciados recientemente.

 

—¡Ja! —dijo Drake—. Hablan sobre la controversia, la política. Yo voy a hablar sobre química.

—En ese caso, no se venderá —dijo Rubin.

 

Y fue entonces cuando Henry, ese camarero modelo sin el cual no podría celebrarse ningún banquete de los Viudos Negros, anunció suavemente a Drake que los caballeros podían tomar asiento.

 

Geoffrey Avalon se dirigió hacia Henry, luego de haber tenido el placer de conversar tranquilamente con el invitado… con quien había hablado cara a cara, algo que desde su casi uno noventa de estatura no hacía con frecuencia.

 

—Detecto un aroma a pescado, Henry —dijo—. ¿Qué tenemos para esta noche? —Bullabesa, señor —dijo Henry—. Creo que es excelente. Avalon asintió gravemente y Roger Halsted, sonriendo, dijo:

 

—Hasta una bullabesa normal es excelente, y, con el elogio de Henry, estoy listo para que me deleiten.

—Espero, señor Bentham —dijo Avalon— que no tendrá objeciones.

 

—No la he probado nunca —Bentham hablaba con un ligero acento inglés—, pero estoy dispuesto a hacer los honores, un plato francés, creo.

—De origen marsellés —dijo Halsted, que parecía a punto de chuparse los dedos —, pero de encanto universal. ¿Dónde está Tom, por cierto?

—Aquí estoy —dijo una voz exasperada qué provenía de la escalera—. Maldito taxista. Gracias, Henry. —Thomas Trumbull, su bronceada frente arrugada y surcada por cincuenta líneas de enojo, cogió con agradecimiento el whisky y soda—. ¿Habéis empezado a cenar?

 

—Estábamos a punto —dijo Gonzalo—, y si tú no hubieras llegado, Roger se habría tomado tu plato de bullabesa, lo que habría sido una perspectiva consoladora para alguien. ¿Qué sucedió con el taxista?

 

Trumbull se sentó, bebió otro vigorizante sorbo de licor, untó una tostada con mantequilla y dijo:

—Le dije al muy idiota que me trajera al Milano, y al cabo de un rato me encuentro en un cine de mala muerte de la calle Ochenta y Seis Oeste llamado Milano. Tuvimos que hacer otras cuatro millas desde las calles de Manhattan hasta aquí. Decía que nunca había oído hablar del restaurante Milano, pero sí conocía esa cueva de ratas. Me costó tres pavos de más el viaje en taxi.

 

—Estabas muy ido, Tom —dijo Rubin—, si no te diste cuenta de que se dirigía al noroeste cuanto tú querías ir al sureste.

—No pensarás que estaba mirando las calles, ¿verdad? —gruñó Trumbull—.

 

Estaba ensimismado en mis pensamientos.

 

—No puedes confiar en la sabiduría local de un taxista de Nueva York —dijo Avalon—. Deberías haberle dicho explícitamente: Quinta Avenida y calle Trece.

 

 

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—Muchas gracias —dijo Trumbull—. Enseguida vuelvo el reloj atrás y se lo digo.

 

—Presumo que habrá una próxima vez, Tom, y que eres capaz de aprender de la experiencia —dijo Avalon, y recibió una mirada ceñuda por su consejo.

 

Tras la llegada de la bullabesa, la conversación se interrumpió mientras todos se concentraban en sacarles las vísceras a los mejillones y quitarles el caparazón a las langostas.

 

Fue Drake quien rompió el fuego.

 

—Si consideramos la manipulación del ADN… —dijo.

 

—No lo haremos —dijo Rubin, ensartando una ostra limpiamente.

 

—… Vemos que toda la discusión se refiere a ventajas que no se pueden demostrar y a peligros que no se pueden precisar. En cualquier caso, todos hablan de probabilidades imaginarias y, cuando discuten, compensan su falta de conocimientos científicos levantando el tono de voz. Lo que propongo es ir a la química y la genética del asunto y tratar de desvelar las verdaderas posibilidades y el significado de un cambio genético específico. Sin eso, es como si los dos bandos estuvieran buscando en un cuarto oscuro un gato negro que no está allí.

 

—¿Y eso es para público medio? —dijo Avalon.

 

—Desde luego.

 

—¿No es demasiado pesado?

 

—No es un libro para los que leen comics, pero creo que puede llegar al sector de lectores entre el Scientific American y Natural History. Dígaselo, Bentham —dijo Drake, quizá con un dejo de vanidad—, usted ha visto los primeros capítulos…

Bentham, que había atacado la bullabesa con ciertas reservas, pero ahora comía con entusiasmo, dijo:

—Sólo puedo juzgar por mí mismo, desde luego, pero supongo que si yo puedo seguir su argumento, el lector medio educado también podrá.

—Esto limita más aún tu público —dijo Gonzalo.

 

—No estoy de acuerdo —dijo Bentham—. Es un tema muy de actualidad y con buena promoción…

—Una especialidad de Southby —murmuró Rubin.

 

—Puede funcionar —dijo Bentham—. La gente que realmente no lo entienda podría comprarlo de todas formas porque está de moda; y, quién sabe, quizá lo lean y saquen algo útil de él.

 

 

 

Drake dio unos golpecitos en su copa de cristal mientras Henry servía el brandy. —Si todos estáis lo suficientemente despescadificados y si Henry retira las

 

toallitas y los aguamaniles, creo que podemos comenzar con nuestro invitado, el señor Stephen Bentham. Tom, ¿quieres hacer los honores?

—Encantado —dijo Trumbull—. Señor Bentham, es nuestra costumbre preguntar

 

 

 

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al invitado cómo justifica su existencia. En este caso, supongo que el hecho de que está relacionado con la producción de un libro de nuestro estimado colega, el doctor Drake, habla por usted. De modo que pasaremos a cuestiones más mundanas. Usted parece joven. ¿Qué edad tiene?

 

—Veintiocho años.

 

—Tengo la sensación de que no lleva mucho tiempo en los Estados Unidos. ¿Me equivoco?

—Hace cinco meses que vivo y trabajo aquí, pero he estado antes en la ciudad en breves visitas. Tres veces.

—Ya veo. ¿Y qué calificación tiene para su puesto… de editor, no es así? —Nada excepcional. —Bentham sonrió súbitamente con una sonrisa triste y

 

extrañamente agradable—. He sido editor con Fearn and Russell en Londres. Estaba bastante a gusto con ellos… no era muy excitante, saben, pero es que el mundo editorial británico no es muy excitante.

 

—Entonces, ¿por qué lo deja por un trabajo en una firma americana, donde las presiones son mayores? Porque supongo que serán mayores.

—Así es —otra vez la triste sonrisa—, pero no hay ningún misterio en mi llegada. La explicación, es tan simple que me avergüenza decirla. En una palabra, dinero. Me ofrecieron tres veces más de lo que ganaba en Inglaterra y todos los gastos del traslado pagados.

 

Halsted intervino súbitamente.

 

—¿Está usted casado, señor Bentham?

 

—No, señor Halsted. Totalmente soltero, aunque no necesariamente célibe, pero a los hombres solteros también les hace falta el dinero.

—Si no te importa, Tom, me gustaría añadir el reverso de la pregunta que has hecho. Puedo entender por qué se vino a Southby Publications. El dinero es un buen argumento. ¿Pero por qué le contrató esa gentuza? Usted es joven, sin mucha experiencia, y Southby no es el tipo de empresa que contrata jóvenes promesas por benevolencia. Sin embargo, triplican su sueldo y le pagan los gastos de desplazamiento. ¿Qué les ofrece usted?

 

—Conocí al señor Southby en uno de mis primeros viajes y creo que le gusté. — Su blanca tez se tornó considerablemente rosa—. Sospecho que fue mi acento y mi aspecto. Quizá le pareció qué podría dar un aire académico a la editorial.

 

—Un toque de distinción —murmuró Avalon, y Bentham se sonrojó más todavía.

 

Trumbull reanudó el interrogatorio.

 

—Manny llama a Southby Publications esa gentuza. ¿Está de acuerdo con eso?

 

—No lo sé. ¿Qué significa esa expresión?

 

—Libros baratos —dijo Drake— sin valor alguno, que sólo se venden gracias a campañas de publicidad basadas en el sexo y sensacionalismo.

Bentham permaneció silencioso.

 

—Adelante, Bentham —dijo Drake—. Todo lo que diga aquí nunca saldrá de

 

 

 

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estas paredes. El Club lo considera absolutamente confidencial.

 

—No es eso, Jim —dijo Bentham—, pero si le diera la razón, podría herir sus sentimientos. Usted es uno de nuestros autores.

Drake encendió otro cigarrillo.

 

—No me importa. A usted le han contratado para darle a la editorial un toque de distinción y hará que mi libro sea otro toque de distinción.

—Les aseguro que no opino demasiado bien de algunos libros del catálogo, pero Drake tiene razón. El señor Southby no tiene nada en contra de los buenos libros si piensa que se van a vender bien. Está personalmente complacido con lo que ha visto del libro del doctor Drake; diría que hasta le entusiasma. Quizá sea posible darle un poco de prestigio a la editorial.

 

—Me gustaría decir algo, Tom, si no te importa —dijo Avalon—. Señor Bentham, no soy psicólogo, ni investigo los pensamientos de una persona por sus expresiones. Sólo soy un humilde abogado de patentes. Sin embargo, me da la impresión de que usted está incómodo cuando menciona a su jefe. ¿Está usted seguro de que no se está guardando nada que el doctor Drake debiera saber? Quiero una respuesta inequívoca.

 

—No —dijo Bentham con rapidez—, no hay ningún problema con el libro de Drake. Suponiendo que termine el libro y qué mantenga el nivel de calidad que hemos visto, lo publicaremos y promocionaremos adecuadamente. No hay reservas ocultas en lo que he dicho.

 

—Entonces, ¿qué le intranquiliza? —dijo Gonzalo—. ¿O es que Geoff ha interpretado mal sus sentimientos? —Observaba con satisfacción la caricatura de Bentham que había realizado para la galería de invitados que cubría las paredes de la sala de reuniones. No se le había escapado el aire de Robin Hood y hasta había esbozado el gorro verde con pluma que se suele asociar con los proscritos del bosque de Sherwood.

 

—Desde luego que estoy intranquilo —dijo Bentham, con súbito enojo—, teniendo en cuenta que me van a dar la patada.

—¿Le van a despedir? —dijo Gonzalo, en tono más alto.

 

—Es la única palabra que se me ocurre para designar lo que he dicho.

 

—¿Por qué? —dijo Drake, repentinamente interesado.

 

—He perdido un manuscrito —dijo Bentham—. No el suyo, doctor Drake.

 

—¿En el correo? —preguntó Gonzalo.

 

—No. Premeditadamente, según Southby. En realidad, he hecho todo lo que he podido para recuperarlo. No sé qué tenía ese hombre en mente.

—¿Southby?

 

—No, el autor. Se llama Joshua Fairfield.

 

—Nunca he oído hablar de él —dijo Rubin.

 

—Supongo que nos contará todo lo que sucedió, señor Bentham —dijo Trumbull. —Es algo tonto y estúpido —dijo Bentham—. No quisiera estropear una velada

tan agradable.

 

 

 

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—Lo siento, señor Bentham —dijo Trumbull—, pero creo que Jim le habrá advertido que nuestras preguntas son el precio de la cena. Por favor, díganos exactamente qué sucedió.

 

 

 

—Supongo que la cosa más excitante que puede suceder en una editorial es tener algo bueno en proyecto; algo bueno que no haya pasado por las manos de un reputado agente y que no sea de un autor conocido; algo que llega por correo, escrito por alguien del que nadie ha oído hablar.

 

Además del mero placer de la suerte inesperada, existe la posibilidad de tener un autor nuevo a quien se puede explotar en los años venideros, siempre que no sea un autor de un solo libro… que no es un fenómeno tan infrecuente.

 

—Margaret Mitchell… —comenzó Rubin, y se detuvo cuando Trumbull, que estaba sentado junto a él, lo hizo callar con un codazo.

—De cualquier modo —dijo Bentham, contrariado sólo momentáneamente por la interrupción—, Southby pensó que tenía uno de esos autores. Un lector se lo llevó lleno de excitación, y con motivo, pues los lectores no suelen recibir nada por encima del nivel de una redacción escolar.

 

Podía haberse dirigido a un editor —no necesariamente a mí— con el manuscrito, pero prefirió ir directamente a Southby. Supongo que sabía que ese descubrimiento sería muy prestigioso y quería que Southby supiera quién había sido el descubridor. No puedo criticarle por eso.

 

En cualquier caso, Southby se enamoró del manuscrito, convocó una conferencia editorial, dijo que aceptaba el libro y que se lo había notificado al autor. Explicó con mucho entusiasmo que Southby se volcaría con él…

 

—Eso incluye amañar las listas de los libros más vendidos, ¿no? —dijo Rubin con indignación—. Tom, si me vuelves a dar con el codo, te lo rompo.

—Creo que usted tiene razón, señor Rubin, pero este libro merecía todo lo que se pudiera hacer por él… potencialmente. Southby dijo que pensaba que necesitaba una revisión y me lo dio para que yo la hiciera. Eso me pareció un signo de confianza y estaba muy entusiasmado con la tarea. Ya veía rápidos ascensos en el horizonte, si lograba salir bien del asunto. Sin embargo, a los otros editores no pareció importarles. Uno de ellos me dijo: «Te echará a ti la culpa si algo sale mal, porque Southby nunca se equivoca».

 

—A veces sucede que cuando el jefe comete un error —dijo Avalon con gravedad —, el subordinado responsable de enmendarlo es despedido si fracasa.

 

Bentham asintió.

 

—Eso también se me ocurrió, pero me excitó más aún. El olor del peligro incrementa la impaciencia del asesino, como ustedes saben.

Bueno, me volqué en el manuscrito con sumo cuidado. Primero lo leí despacio para captar el sentido y no me desagradó. A rasgos generales, la descripción de

 

 

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Southby no era equivocada. Tenía buen ritmo y era rico en detalles. Una gran saga familiar… un padre violento y dominante, una madre afable e insinuante en una sutil batalla por los hijos, sus esposas y sus niños. La trama estaba bien urdida, nunca se detenía y había el sexo suficiente para Southby, pero el sexo funcionaba. Cuadraba con la historia.

 

Presenté un informe favorable sobre el libro, indicando sus fallos más importantes y cómo proponía tratarlos. Me pusieron un «muy bien» bastante grande, y volví a la faena, había que ajustar la trama. Lo último que aprende un principiante, aunque tenga talento, es cómo ajustar la trama. Algunas escenas no estaban en el lugar idóneo o no recibían la importancia adecuada, y había que corregir eso.

Yo no soy un gran escritor y nunca lo seré, pero he estudiado obras verdaderamente buenas con la suficiente atención como para poder corregir y mejorar algo que ya está bien escrito, aunque yo no sea capaz de escribirlo. Me tomó seis semanas de intenso trabajo acabar la tarea. Sabía que mi cabeza estaba en juego y no iba a exponerme por un descuido.

 

Hasta que no terminé mi exhaustivo trabajo, no llamé al autor, Joshua Fairfield. Pensé que era mejor dejarlo para entonces; llamarlo en ruta, por así decirlo, hubiera significado meterme en ásperas discusiones sobre los cambios, y se hubiera malgastado mucho tiempo en asuntos triviales. Si él veía las revisiones como un todo, sabía que quedaría satisfecho. Los pequeños desacuerdos podrían resolverse fácilmente.

 

O así razonaba yo, y quizá también me hacía falta un poco de experiencia. El autor llegó y por fin nos conocimos. No puedo decir que su aspecto me agradase particularmente. Era de mi edad, pero tenía un semblante sombrío, ojos oscuros y pequeños —casi como cuentas de vidrio— y la dentadura en mal estado.

 

Cumplí los preliminares de rigor. Nos dimos la mano. Le dije qué satisfechos estábamos todos con el libro; qué bien se iba a vender; la promoción que le haríamos, etc.

 

Luego le dije, casi de pasada, como para destacar la poca importancia de los cambios —en comparación con lo no modificado, claro—, que me había tomado la libertad de introducir algunas pequeñas correcciones aquí y allá. Y al decir esto, se puso rígido en la silla y sus pequeños ojos parecieron salirse de las órbitas. Cogió el manuscrito, que estaba delante de nosotros sobre la mesa, sacó parte de él de una de las carpetas, hojeó las páginas donde yo había hecho los cambios necesarios con un lápiz de punta fina, marcándolos muy poco para permitir posteriores correcciones, y chilló.

 

De verdad. Gritó que yo había escrito algo en todas las páginas y que debería hacerlo mecanografiar de nuevo y la cuenta la pagaría yo. Luego cogió las carpetas y se marchó. No pude detenerle. Se lo juro, no podía moverme, me quedé atónito.

Pero realmente no me asusté. El manuscrito estaba fotocopiado y yo había tomado nota de los cambios que proponía. Ya que estaba bajo contrato —o eso creía

 

 

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yo— podíamos publicarlo ignorando sus objeciones. Aunque él nos demandara, no creo que pudiera ganar, y no pude dejar de pensar que la publicidad ayudaría a vender más libros.

 

El problema comenzó cuando fui a ver a Southby para decirle lo que había sucedido; me encontré con que no había contrato y todo se me vino encima. Parecía que Southby y Fairfield habían regateado sobre el anticipo. Supongo que debería haber sido más diplomático cuando escuché eso. No fue una buena idea preguntar a Southby si, a la vista del presupuesto que se iba a destinar a publicidad, tenía mucho sentido regatear por dos mil dólares de anticipo.

 

Rubin gruñó.

 

—Bien, ahora sabe algo acerca de Southby.

 

—Sé que no le gustó aparecer como si fuera el culpable. Me ordenó recuperar el manuscrito y dejó bien claro qué sucedería si no lo hacía.

Desde el comienzo todo fue difícil. Traté de localizar a Fairfield en su apartamento, intenté hablar con él por teléfono. Pasaron tres días y por fin respondió al teléfono. Conseguí que no me colgara. Le dije que podía tener el anticipo que quería. Le dije que todo cambio era negociable y que podíamos revisar el libro línea por línea —justo lo que yo había tratado desesperadamente de evitar al principio— y le advertí que ninguna editorial aceptaría el manuscrito tal como estaba.

Con una risita socarrona y desagradable me dijo que no era así, que otra editorial lo aceptaría como estaba. Todavía no se lo había ofrecido a nadie más, pero insinuó que lo haría.

 

Pensé que era un farol y no me preocupé. Le dije tranquilamente que ninguna editorial podía garantizar un éxito de ventas como Southby, recordándole algunos de nuestros libros…

 

—Seguro —dijo Rubin—. Basura como Alimento para Dioses.

 

—Déjale que hable, Manny —dijo Avalon.

 

—Bien —dijo Bentham—, estuvimos hablando más de una hora hasta que, por fin, fue al grano. ¿Publicaría el manuscrito tal y como estaba escrito? Le dije, con la misma claridad, que podríamos negociar cada cambio, pero que era necesario hacer algunos… por su propio bien.

 

Siguió con su actitud insolenté y desagradable, hasta que, sin más, cedió. Me dijo que entregaría el manuscrito al día siguiente, y yo le respondí con entusiasmo — tratando de ocultar mi alivio— que era estupendo; que cuanto antes mejor y, si lo prefería, yo le enviaría un mensajero. Dijo que no, que no quería ningún sucio mensajero, y colgó.

 

—Final feliz —dijo Halsted.

 

—No, porque nunca entregó el manuscrito. Esperamos una semana y cuando, por fin, Southby le llamó por teléfono, Fairfield se limitó a gruñirle que su mono a sueldo, Bentham, podía guardarse su asqueroso sarcasmo y que no obtendríamos el manuscrito en ningún caso, o algo por el estilo.

 

 

 

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Esa es la situación. No es necesario que diga que no fui sarcástico. Fui perfectamente razonable y diplomático en todas las ocasiones. Me mostré firme sobre el tema clave de la revisión, pero no ofensivo. De hecho, él había estado de acuerdo en entregar el manuscrito al día siguiente. Sin embargo, para Southby, yo había perdido el manuscrito por mi falta de habilidad al tratar con Fairfield y ahora está fuera de sí de rabia.

 

—Pero todavía no le ha despedido, Bentham. Y eso significa que quizá no lo haga.

—No, porque aún tiene esperanzas. Le dije que Fairfield seguramente estaba echándose un farol y que probablemente es un psicótico, pero en estos últimos días ni siquiera me escucha.

 

De hecho, pronto estaré en la calle con la marca del zapato de Southby claramente impresa en mi trasero. Esto, es tanto más seguro por cuanto se debe haber percatado de que nada hubiera sucedido si no hubiera estado jugando al tira y afloja con el autor. De otra forma, lo hubiera tenido bajo contrato. Despedirme será la prueba que necesita para demostrar al mundo y, sobre todo, a sí mismo que yo soy culpable y no él.

 

—Pero ¿no le resultaría difícil trabajar para Southby después de esto? Estaría mejor en otro sitio.

—Por supuesto… —dijo Bentham—, pero dimitiendo yo mismo y cuando yo lo decida. Después de todo, el sector editorial no está precisamente abierto ahora, y podría tener dificultades para encontrar un nuevo puesto, y esa perspectiva no me llena de alegría con la cuenta casi a cero. Southby podría muy bien ocuparse de que mis oportunidades fueran incluso peores de lo habitual.

 

—¿Quiere decir que podría ponerle en la lista negra? —dijo Rubin—. Creo que sería capaz.

El aspecto abatido de Bentham le mostró que estaba de acuerdo.

 

—Sin embargo —dijo—, lo peor de todo es que con mis correcciones hubiéramos tenido un buen libro. Algo de lo cual pudiéramos sentirnos orgullosos. Southby y Fairfield podrían hacer una fortuna y yo podría adquirir una reputación que me permitiría conseguir un puesto mejor en otro sitio. Y el mundo tendría una estupenda primera novela con la promesa de otras mejores en el futuro.

 

Fairfield tiene madera de gran novelista, maldita sea su alma, y yo tengo mi orgullo de editor y quería ser parte de esa grandeza. Yo no fui sarcástico y él cedió. Dijo que lo entregaría al día siguiente. ¿Por qué demonios no lo hizo? Eso es lo que me tortura. ¿Por qué no lo hizo?

 

 

 

Hubo una pausa un tanto desagradable. Finalmente, Avalon dijo:

 

—Debe haber una explicación. Ha habido hombres geniales que han sido monstruos de villanía en sus vidas privadas. Richard Wagner fue uno de ellos; Jean

 

 

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Jacques Rousseau otro. Si este hombre, Fairfield, estaba echándose un farol, y yo también creo que lo estaba, simplemente pudo haber creído que Southby era el mismo tipo de persona que él y piensa que a usted le van a despedir. Es lo que él haría en lugar de Southby. Después, cuando usted se haya ido, él se presentará con el manuscrito.

 

—Pero ¿por qué? —dijo Bentham.

 

—Creo que no es ningún enigma —dijo Avalon—. En primer lugar, usted se atrevió a alterar su manuscrito y piensa que debe castigarlo. En segundo lugar, una vez que usted se haya ido, podrá estar razonablemente seguro de que Southby, después de todo el problema, publicará el manuscrito tal y como lo escribió.

—Entonces, ¿por qué dijo que lo entregaría al día siguiente?

 

Avalon arqueó sus formidables cejas por un momento y dijo:

 

—Supongo que él pensaba que usted le diría entusiasmado a Southby que la cosa estaba hecha —como ocurrió en realidad— y que Southby, en un estallido de ira por el fracaso de sus expectativas, le despediría con toda seguridad.

 

—¿Y todo lo que dijo sobre mi sarcasmo estaba destinado a enfurecer más a Southby?

—Creo que sí. Sí.

 

Bentham pensó en ello.

 

—Buen panorama me ha presentado. Entre Fairfield y Southby no hay escapatoria.

Avalon pareció incómodo.

 

—Lo siento, señor Bentham, pero así es como yo lo veo.

 

—De todas formas, no puedo creerlo —dijo Bentham—. Hablé con ese hombre una hora o más por teléfono. No parecía vengativo. Terco y molesto, sí, pero no personalmente vengativo.

 

—Odio ser el insistente defensor de una solución que personalmente aborrezco — dijo Avalon—, pero sin duda usted no esperaba una actitud vengativa y probablemente no la percibiría si no fuera evidente.

 

—Pero hay más —dijo Bentham con desesperación—. Yo he leído su libro y usted no. No puedo creer que nadie, por hábil que sea, sea capaz de escribir un libro ajeno a su propia filosofía y…

 

—Eso es una tontería —dijo Rubin—. Yo puedo escribir una obra de ficción basada en la filosofía que le plazca. Puedo escribir una desde el punto de vista nazi, si tuviera eso en mente, que no lo tengo.

 

—No podría —dijo Bentham—. Por favor, no lo interprete como un reto, pero no podría. En el libro de Fairfield había una gran variedad de motivaciones, pero no esa clase de maldad inmotivada que algunos atribuyen a Yago. No había ninguna ira irracional por causas triviales.

 

—Pero ésa es la cuestión —dijo Avalon—. A usted le parece una causa trivial, pero no lo ve con los ojos de ese hombre. Hacer cambios en su novela, aunque sean

 

 

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pequeños, es algo imperdonable para él, y se lo hará pagar.

 

—Odio unirme al pesimismo general, señor Bentham —dijo Trumbull con voz turbada—, pero me parece que Geoff esta en lo cierto.

—Ah —dijo Rubin súbitamente—, yo no estoy de acuerdo.

 

Bentham se volvió hacia él rápidamente.

 

—¿Quiere decir que no piensa que Fairfield vaya a por mí?

 

—No —dijo Rubin—. Está enojado, seguro, pero no hasta el punto de perjudicarse a sí mismo de esa manera. Lo que tenemos que hacer es estudiar el asunto cuidadosamente con la psicología de un escritor. No, señor Bentham, no propongo que tratemos de conocer la personalidad de un escritor a través de sus obras, lo cual sigo creyendo que es imposible con un escritor verdaderamente bueno. Quiero decir algo que es válido para cualquier escritor principiante.

 

Admito que un principiante pueda estar lo suficientemente psicótico como para estallar de furia ante cualquier cambio que se imponga a su excelente prosa, pero incluso eso se queda en nada comparado con otra necesidad… que le publiquen.

 

Recordad, este tipo estaba regateando con Southby por unos miles de dólares de adelanto, y ¿qué era eso para él? Nos burlamos de Southby por aferrarse a una pequeña suma cuando había millones en perspectiva. ¿No es extraño que el autor hiciera lo mismo y arriesgara no sólo millones, sino la misma publicación de su obra? ¿Es imaginable que un principiante, que debió haber trabajado en su libro durante años, llegara a arriesgar siquiera la posibilidad de publicarlo por un anticipo?

—Si es el individuo semipsicótico que nos pintó Bentham —dijo Avalon—, ¿por qué no?

—¿No es mucho más razonable pensar que ya había otra editorial en liza y que lo intentó con Southby sólo por su reputación de fabricar bestsellers? Su disputa por el anticipo fue la forma en que consiguió que las dos editoriales pujaran en una subasta que desconocían. Luego, cuando Bentham intentó hacer algunos cambios, volvió con la otra editorial, que quizá deseaba hacer menos cambios, o ninguno.

—¿Quiere usted decir, señor Rubin —dijo Bentham—, que Fairfield fue primero a otra editorial… llamémosla X; qué X leyó el manuscrito, sugirió una revisión, y Fairfield lo recogió, supuestamente para revisarlo, pero nos lo trajo a nosotros? ¿Y que cuando le ofrecimos un anticipo menor y sugerimos grandes modificaciones, volvió a X?

 

—Sí, y usted escribió las correcciones en su copia —dijo Rubin—. Creo que eso le molestó aún más que la revisión misma. Eso significaba que tendría que volver a hacerla mecanografiar entera antes de entregarla. Aunque borrara sus modificaciones a lápiz, podrían quedar algunas marcas, y hubiera sido algo embarazoso que X supiera que estaba jugándoles una mala pasada con el manuscrito.

 

Después de todo, usted habló con él por teléfono tres días después de su estallido de cólera y ya tenía a la otra editorial en el anzuelo. ¿Después de tres días?

—Por eso supuse que estaba fanfarroneando.

 

 

 

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—¿Y arriesgar la publicación? No, la editorial X existe, sin duda.

 

—Debo de estar volviéndome loco, pero cambio de lado. Me has convencido, Manny —dijo Trumbull.

—Quizá tenga razón, señor Rubin —dijo Bentham—, pero yo sigo estando en una situación desesperada.

—No, si puede probar que Fairfield estaba coqueteando con dos editoriales. Cuando Southby lo sepa, se pondrá furioso con el autor, no con usted. Luego podrá esperar su oportunidad y dimitir cuando le convenga a usted.

 

—Pero para eso tendría que saber cuál es la editorial X, y no lo sé —dijo Bentham—. Y sin el nombre, él no creerá la historia. ¿Por qué iba a hacerlo?

—¿Está seguro de que Fairfield no mencionó la editorial? —preguntó Rubin.

 

—Estoy seguro.

 

—¿Cómo lo sabe? —dijo Halsted, tartamudeando un poco—. Usted sólo lleva en este país unos meses y quizá no conozca todas las editoriales.

—En Nueva York y los alrededores hay cientos, y desde luego no las conozco todas —dijo Bentham—. Creo que conozco las más importantes. Seguramente X debe estar entre las importantes.

 

—Yo también lo pienso —dijo Rubin—. ¿Ningún indicio?

 

—Si lo hubo, se me escapó.

 

—Piense —dijo Rubin—. Repita la conversación mentalmente.

 

Bentham cerró los ojos y permaneció inmóvil. Nadie hizo ruido alguno excepto

 

Drake, cuando la punta del alfiler de su corbata golpeó contra el vaso de agua al

 

estirarse para apagar un cigarrillo.

 

Bentham abrió los ojos y dijo:

 

—Es inútil. No hay nada.

 

Drake miró a su izquierda, al lado del aparador donde Henry estaba de pie. —Esta es una situación grave, Henry. ¿Tienes alguna sugerencia?

 

—Tan sólo el nombre de la editorial, señor. Bentham miró a su alrededor asombrado. —¿Qué?

 

Trumbull dijo apresuradamente:

 

—Henry es uno de los nuestros, señor Bentham. ¿Qué dices, Henry? ¿Cómo puedes saberlo?

—Creo que el autor, el señor Fairfield, lo mencionó en su conversación telefónica con el señor Bentham.

—¡No lo hizo! —exclamó Bentham al borde de la ira.

 

El terso rostro de Henry no mostró emoción alguna.

 

—Le ruego me disculpe, señor, no pretendo ofenderle, pero usted omitió sin darse cuenta una parte importante de la historia. Fue algo parecido al percance del señor Trumbull con el taxi, cuando omitió una parte importante de la dirección. Algo así como lo que dijo el doctor Drake de que quienes discuten sobre la manipulación del

 

 

 

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ADN lo hacen sin conocer suficientemente los fundamentos.

 

—¿Quieres decir que estamos buscando en un cuarto oscuro un gato negro que no está ahí? —preguntó Gonzalo.

—Sí, señor. Si el señor Bentham hubiera contado su historia de otra forma el paradero del gato negro sería evidente.

—¿Y de qué otra forma podría haber contado la historia? —preguntó Bentham. —Usted contó la historia de modo indirecto, señor, por eso nunca supimos las

palabras exactas que se utilizaron.

 

—Por una buena razón —dijo Bentham—. No recuerdo las palabras exactas. No soy una grabadora.

—Sin embargo, al relatar de modo indirecto lo que ha dicho una persona, se le pueden atribuir cosas que nunca hubiera dicho directamente.

—Le aseguro —dijo Bentham fríamente— que mi relato fue fiel.

 

—Estoy seguro de que lo fue, con sus limitaciones, señor. Si había una editorial X, ¿por qué prometió el señor Fairfield entregar el manuscrito al día siguiente?

—Dios sabe por qué. ¿Tendremos que volver a la maldad inmotivada? —No, señor. Yo sugeriría que él no dijo eso.

—Sí, Henry —dijo Bentham—. En eso me mantengo firme.

 

—¿Podría pasar la frase al modo directo y mantener que dijo: «Entregaré el manuscrito al día siguiente»?

—Ah, comprendo lo que me quiere decir. «Al día siguiente» es una paráfrasis, por supuesto. Él dijo: «Entregaré el manuscrito mañana». ¿Cuál es la diferencia?

 

—Y entonces usted, entusiasmado, le urgió a hacerlo y le ofreció poner un mensajero a su servicio. ¿No cree que eso sonaba a sarcasmo, señor?

—No. Él dijo «Entregaré el manuscrito mañana», y yo me mostré satisfecho. ¿Dónde está el sarcasmo?

—En To Morrow[8] —dijo Henry cuidadosamente, pronunciando las dos palabras.

—Dios mío —dijo Bentham, palideciendo.

Rubin golpeó la mesa con el puño.

 

—¡Maldición! William Morrow Company —dijo—, una de las editoriales más importantes de Nueva York.

—Sí, señor —dijo Henry—. Para estar seguro, miré en la guía telefónica inmediatamente después de que el señor Bentham relatara la conversación. Está en el 105 de Madison Avenue, casi a una milla de aquí.

 

—Ya está, señor Bentham —dijo Gonzalo—. Sólo tiene que decirle a su jefe que el autor había contactado primero con William Morrow Company.

—Y entonces él puede despedirme por mi estupidez. Me lo merezco.

 

—En absoluto —dijo Gonzalo—. No le diga la verdad literal. Dígale que como resultado de su inteligente investigación, descubrió la verdad a través de una fuente confidencial que no puede revelar.

 

—Después de todo, señor —dijo Henry—, la política de los Viudos Negros es

 

 

 

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absolutamente confidencial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

El 18 de marzo de 1977 sufrí una trombosis coronaria leve y, por la forma en que Janet se lo tomó, hubiera parecido que era el fin del mundo. En julio de ese año, por ejemplo, escribí «Al día siguiente», y sólo porque estábamos pasando una ola de calor, con temperaturas que sobrepasaban los cien grados Fahrenheit, Janet no me dejó salir de nuestro apartamento con aire acondicionado para ir a las oficinas de la EQMM. Tuve que enviar el relato por correo.

 

Fue un terrible golpe, porque siempre que presentaba un relato a la EQMM pasaba un rato bromeando con la maravillosa Eleanor Sullivan, directora de la revista. (Por bromear quiero decir perseguirla alrededor del escritorio… y Janet pensó que tampoco sería muy bueno para mi corazón).

 

Afortunadamente, Eleanor no se amilanó por el horror de verse privada de mi compañía y envió el relato a Fred. Este lo aceptó y apareció en el número de mayo de 1978 de la EQMM.

 

Algunas veces me asombro de la ínfima ambigüedad sobre la que es posible construir un argumento de los Viudos Negros. Esta historia puede ser el récord.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII

 

¡NO VIENE AL CASO!

 

 

—Creo —dijo Mario Gonzalo— que sé cuál es el secreto de Henry; cómo da con la respuesta cuando nosotros no lo conseguimos. —Gonzalo señaló con un ademán al camarero, quien estaba sirviendo silenciosamente las copas que eran el preludio del banquete mensual de los Viudos Negros.

 

James Drake apagó su cigarrillo y dijo:

 

—Yo ya lo sé desde hace tiempo. Es más listo que nosotros.

 

—Seguro —dijo Gonzalo, limpiándose de ceniza la manga de su chaqueta de terciopelo y untando algo de queso brie sobre una galletita—, pero ser más listo no es suficiente.

 

—Pues ser más tonto tampoco lo es —le interrumpió Emmanuel Rubin, mirando con el ceño fruncido a través de los gruesos cristales de sus gafas—, así que ¿de qué te va a servir el secreto, Mario?

 

—Ser realmente tonto —dijo Mario con frialdad— es tener miedo de escuchar por temor a aprender algo. Así que supongo que no estarás interesado, Manny.

 

—¿Qué, y perderme una buena ocasión de reír? —dijo Rubin—. Continúa, Mario. Geoffrey Avalon, después de aceptar la copa que le ofrecía Henry, se aproximó y

dijo:

 

—Una buena ocasión de reír ¿de qué?

 

—De la idea que tiene Mario de cómo se las ingenia Henry para encontrar las soluciones —dijo Rubin—. Henry, tú también puedes escuchar. Mario conoce tu secreto.

 

Henry sonrió discretamente.

 

—No es ningún secreto cómo lo hago. Los caballeros del Club analizan el problema detenidamente, quitan todo los adornos inútiles y dejan una clara imagen que yo describo.

 

—Eso no es todo —dijo Mario—, no es todo. Tú sólo dices eso para despistarnos. El secreto es… ¡lo que no viene al caso!

Se produjo una breve pausa. Con su barba rala encrespada, Rubin expresó su incredulidad:

—¿Es eso lo que se supone que debo escuchar para aprender algo?

 

—Por supuesto —dijo Gonzalo—. Todos somos personas que razonamos — incluso tú de vez en cuando, Manny— y tratamos de resolver los enigmas que nos presentan abordándolos desde todos los ángulos importantes. Pero si las cosas importantes fueran lo que importa, valga la redundancia, no habría enigma. Cualquiera podría ver la respuesta. El truco de Henry consiste en ver lo que no viene al caso y eso le da la respuesta.

 

—Es una contradicción de términos, Mario —dijo Drake—. Algo que no viene al

 

 

 

 

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caso es algo que no tiene nada que ver con… Gonzalo puntualizó con paciencia.

 

—Algo que en apariencia no viene al caso. Nosotros vemos que no guarda relación; Henry ve que en realidad sí. ¿No es así, Henry?

El rostro de Henry no mostró otra expresión que la de una benevolencia general.

 

—Desde luego, es una sugerencia interesante —dijo.

 

Avalon frunció sus formidables cejas.

 

—Seguramente es más que eso, Mario. Henry ve lo que nosotros no vemos, porque observa la vida con claridad, mientras que el resto de nosotros carece de su honestidad directa y simple, y no somos capaces de hacerlo. Aunque tú vieras lo mismo que Henry, no obtendrías la respuesta.

 

—Claro que podría —dijo Gonzalo—. Apuesto cinco dólares a que si hoy se presenta un enigma, utilizaré la técnica de Henry y obtendré la respuesta antes que él.

 

—Hecho —dijo Rubin al momento.

 

—Bien —dijo Mario—. Geoff, tú serás el depositario. Pero recordad, no hay ganador si no hay problema.

—Oh, habrá un problema —dijo Drake—. Personalmente, creo que cada uno de nosotros elige deliberadamente a nuestros invitados por su carácter problemático.

—Pero quizá esta vez no —dijo Avalon—, ya que el invitado no ha llegado… ni el anfitrión de esta noche, a menos que esos pasos en la escalera… No, es Tom.

 

Los blancos cabellos rizados de Thomas Trumbull hicieron su aparición, seguidos del resto de su cuerpo, mientras subía las escaleras.

—Si te interesa saber dónde está el anfitrión, Geoff, Robert Halsted acaba de llegar con un extraño que, me imagino, es nuestro invitado de esta noche. Me he adelantado porque soy un hombre agonizante que necesita un tra… Ah, gracias, Henry.

 

 

 

Gonzalo se había sentado junto a Halsted y, desdoblando su servilleta con un experto movimiento, dijo:

 

—Ya casi pensábamos que tendríamos que empezar, sin anfitrión ni invitado, Roger. ¿Qué ha sucedido? ¿Pensaste que no podrías pagar la cuenta?

 

Halsted enrojeció y su leve tartamudeo pareció un poco más pronunciado.

 

—No es culpa mía, de verdad. Burry se retrasó; Dan Burry, mi invitado. Su teléfono sonó justo cuando le fui a buscar y algo le trastornó mucho. No podía pedirle que colgara. De hecho, por un momento, creí que tendría que salir sin él.

 

—¿Qué sucedió? ¿Lo sabes? Me refiero a la llamada telefónica.

 

Halsted miró hacia su invitado.

 

—No lo sé. Algo relacionado con uno de sus alumnos. Es director de un instituto, ¿sabes?

—¿El tuyo?

 

 

 

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—No, pero ¿por qué no reservas tus preguntas para el interrogatorio?

 

—¿Te importaría dejarme comenzarlo?

 

—En absoluto —y Halsted volvió su atención a la sopa de cangrejo.

 

 

 

Dan Burry era un hombre bastante corpulento, con un cabello negro tan rizado como el de Trumbull, y con un exiguo bigote del estilo que Adolf Hitler desprestigió para una generación como mínimo. Tenía una expresión preocupada en su mofletudo rostro y atacaba su pato asado con un entusiasmo atenuado por su aire ausente.

 

No participó en la conversación general y pareció escuchar sólo vagamente cómo Rubin y Drake debatían las respectivas ventajas de la fusión nuclear y la energía solar como fuente básica de energía.

 

Por lo tanto, Burry no parecía preparado para el súbito giro que dio la conversación. Mientras Henry servía la segunda taza de café y traía el brandy, Gonzalo dijo:

 

—Señor Burry, ¿cómo justifica usted su existencia?

 

Burry miró a Gonzalo con lo que pareció un momentáneo destello de indignación en los ojos, pero luego balbuceó un tanto deprimido:

—Ah sí, Roger me advirtió que habría un turno de preguntas y respuestas.

 

—Sí —dijo Gonzalo—, y a cambio de la cena, se espera que usted conteste franca y honestamente, con la promesa de estricta reserva por nuestra parte sobre todo lo que diga, claro está. De modo que ¿cómo justifica usted su existencia?

—Trato de mantener en un instituto de la ciudad la atmósfera y la organización propicias para que al menos algunos de los estudiantes puedan educarse y adquirir respeto por la cultura. Es una justificación suficiente, supongo, cuando lo consigo.

—¿Lo consigue a menudo?

 

—No.

 

Avalon se aclaró la garganta.

 

—La educación de los jóvenes de cualquier clase comienza por la disciplina. —Quienes piensan así —dijo Burry— creen con demasiada frecuencia que todo

acaba también con la disciplina, y confunden la finalidad de la escuela con la finalidad de una prisión.

—Entiendo que cuando se disponía a venir a la cena recibió una llamada de teléfono inesperada —dijo Gonzalo—. ¿Asuntos del instituto?

Burry lanzó una dura mirada a Halsted. Este enrojeció y dijo:

 

—Tuve que explicar por qué llegamos tarde, Dan.

 

—¿Sobre qué fue la llamada?

 

Burry sacudió la cabeza.

 

—Sobre algo de lo que no debo hablar. Un desafortunado problema con un menor.

—Un menor ¿qué?

 

 

 

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—Estoy usando la palabra como nombre, señor Gonzalo, no como adjetivo. Un ser humano que sólo tiene diecisiete años.

 

—Comprendemos sus reservas para hablar del asunto —dijo Gonzalo—, pero le aseguro que el hecho de que se trate de un menor no viene al caso. —Hizo una pausa y pareció saborear las palabras por un momento—. Los términos de la cena son que usted respondería nuestras preguntas. Roger debería habérselo explicado.

—Puedo volver a garantizarle —le interrumpió Avalon— nuestra absoluta reserva.

—Incluyendo al camarero —dijo Trumbull, frunciendo el entrecejo—, que es un valioso miembro de esta organización.

Burry echó un rápido vistazo a Henry, que ya había ocupado su puesto junto al aparador con su serena y atenta expresión habitual, y dijo:

—No negaré, caballeros, que me agradaría hablar sobre esta cuestión, pues ya me siento bastante disgustado. Pero no puedo mencionar el nombre del joven. ¿Violaría las reglas de su organización si le llamo simplemente John?

 

—Nuestra experiencia, señor Burry —dijo Rubin—, es que ese tipo de subterfugio siempre falla. Se le escapará el verdadero nombre en cualquier momento.

—John es su verdadero nombre, señor Rubin, y es tan anónimo como pueda serlo un nombre falso. Simplemente me refería a no utilizar su apellido.

 

—Creo que eso no es ningún problema —dijo Halsted.

 

—Permítanme que primero les hable de John —dijo Burry—. Es un joven de aspecto agradable, un poco bajo, pero vivaz, rápido e inteligente. Su inteligencia atrajo la atención de sus profesores inmediatamente y yo, por supuesto, siempre me intereso por esos casos. En teoría, todos los estudiantes tienen la misma importancia y todos merecen la mejor educación que podamos darles, pero, desde luego, los especialmente inteligentes son nuestra mayor alegría y, con demasiada frecuencia, nuestra mayor tristeza.

 

—¿Por qué tristeza? —preguntó Gonzalo con rapidez.

 

—Porque suele ocurrir que un chico brillante sea víctima de las trabas sociales lo mismo que si no tuviera nada en la cabeza. Es un error pensar que la inteligencia por sí sola puede sacarle a uno del fango, y no sirve de nada citar ejemplos de lo contrario. Puede suceder en circunstancias especiales; en la mayoría de los casos, no.

 

—Supongo —dijo Rubin burlonamente— que John es un chico del ghetto… como lo fue mi padre en su época.

—John es un chico del ghetto —dijo Burry en tono pausado y tranquilo—, pero no como su padre, señor Rubin. Su padre y usted pueden, si son cautelosos, ocultar su origen. Cambiando de nombre, cuidando la pronunciación, abandonando ciertas costumbres, es posible ser aceptado. Tendría que haber una ley especial que les identificara con una etiqueta. Sin embargo, John y otros como él han nacido con esa etiqueta y mucho antes de que se les conozca como individuos se les reconoce como negros.

 

 

 

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Rubin pareció molesto.

 

—No quise ofender.

 

—No se preocupe. De todas formas, algunos negros necesitan identificación. De acuerdo con las convenciones de nuestra sociedad alguien con un solo antepasado negro es negro. Como yo. Yo soy negro.

 

—Eso no tiene importancia para nosotros, señor —dijo Avalon gravemente. —¿Por qué la iba a tener? —dijo Burry—. Tampoco parece tenerla para algunos

 

de los estudiantes. En un llamativo grafito no obsceno en el lavabo de la cuarta planta pone: «Burry es cuatro quintas partes blanco». De cualquier forma, a causa de ese antepasado mío, tengo una actitud especial hacia John.

 

Trato desesperadamente de dar a un joven así las oportunidades que tendría si su piel fuera como la mía. En la crisis que se avecina de nuestra época, la especie humana no puede permitirse desperdiciar cerebros, y éste quizá se desperdicie.

—¿Drogas? —preguntó Trumbull.

 

Burry se encogió de hombros.

 

—Yerba, por supuesto. Es un rito de iniciación de los chicos de estos días… como fumar en pipa lo era para Tom Sawyer, o para Mark Twain, puestos a eso. Y además, a pesar de todo lo que se habla del daño provocado por la marihuana, está demostrado que no perjudica tanto como el tabaco, y, sin embargo, fumar tabaco no sólo es legal y socialmente aceptable, sino que el gobierno subvenciona a los cultivadores.

 

—Se empieza con yerba y se acaba con heroína —dijo Avalon secamente—. Otro rito de iniciación.

—Algunas veces, especialmente si ambas son ilegales; por eso el fumador de yerba no ve mucha diferencia, pero sólo algunas veces. Se puede pasar de beber por compromiso social al alcoholismo, una adicción tan peligrosa como la heroína y mucho más común; sin embargo, la sociedad no condena ni prohíbe la bebida por esa razón.

 

En cualquier caso —continuó Burry—, John no le da mucho a la yerba y no tiene pinta de convertirse en heroinómano. No, me temo que el temperamento de John marcha en otra dirección… la delincuencia.

 

—¿Qué tipo de delincuencia, señor Burry? —preguntó Avalon.

 

—Nada especialmente grave. Sospecho que es carterista, roba en grandes almacenes, en fin, un ladronzuelo. Era sólo una sospecha, hasta esta noche. Ahora me temo que es una certeza.

 

—¿Era sobre eso la llamada telefónica? —preguntó Gonzalo.

 

—Era sobre John —dijo Burry con desaliento—. En realidad, era él. Estaba en problemas y recurrió a mí. Es una pequeña satisfacción. Me ocupé de conseguirle un abogado y prometí pagar una fianza razonable, en caso necesario. Eso fue lo que retrasó nuestra llegada. Y sin embargo, ahora sólo siento una satisfacción mínima por ser de utilidad. Sospecho que fracasé con él desde el principio.

 

—¿De qué forma? —preguntó Gonzalo.

 

 

 

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—Si fuera más ingenioso, podría haberle convencido de que cooperase con la policía.

 

—No habría tenido muchas posibilidades, Dan —dijo Halsted—. Cualquier profesor sabe que en el expresivo léxico de la juventud no existe la palabra «chivato». Los tipos que mantienen la boca cerrada van a la cárcel, pero son héroes y están protegidos. Los chivatos pueden no ir a prisión, pero se les margina y frecuentemente se les golpea.

 

—Ya lo sé, Roger —dijo Burry—, no necesito educarme en las costumbres de la calle, pero podría haberlo conseguido si fuera lo suficientemente listo. Le iré a ver esta noche después de la cena —si no les importa que me retire a las diez y media, como muy tarde—, y si él coopera, lo sacaré de la ciudad. Hay entidades que pueden ayudar en este asunto y ya he recurrido a ellas antes. Los individuos que queremos atrapar no van a ir a buscarlo a otra ciudad. No estamos hablando de la mafia.

Avalon hizo girar su copa vacía y dijo:

 

—¿Y de quién estamos hablando, señor Burry?

 

—De una organización de peristas de poca monta que emplea a estudiantes como rateros. Los chicos les traen lo que roban y reciben un porcentaje. Eso les evita el problema de deshacerse de los objetos ellos mismos… pero si intentan llevarse los beneficios, y los pescan, les dan una paliza.

 

—Eso suena a lo que hacía Fagin —dijo Trumbull.

 

—Es exactamente lo que hacía Fagin —dijo Burry—. No supondrá que esa práctica desapareció con Oliver Twist, ¿verdad?

—Y supongo que usted está tras el Fagin de la organización —dijo Trumbull. —Desde luego, detener a los chicos no sirve para nada. Llega un momento en que

salen y el juego continúa. Y si no salen, los sustituyen con facilidad, y el juego continúa de todas formas. Hay que coger a los corruptores mismos. Y además — agregó con tristeza—, a los elementos de nuestra sociedad que permiten estas cosas.

 

—Si fuera posible cambiar a esos individuos —dijo Avalon—, habríamos llegado al primero de nuestros diez mil años de supuesta civilización.

—Entonces, al menos a los corruptores —dijo Burry—. Si yo fuera lo suficientemente ingenioso como para convencer a John de que se presentara conmigo…

 

Gonzalo le interrumpió.

 

—Es la segunda vez que usted dice que necesita ser lo suficientemente ingenioso. ¿Por qué ingenioso? Persuasivo, me parecería más adecuado. O elocuente, falto de escrúpulos o amenazador. Pero ¿por qué ingenioso?

 

Burry vaciló y se frotó la barbilla, como preguntándose qué decir. Al parecer, se decidió y dijo:

—La policía ha estado tras la organización de peristas y, entre otros, me consultaron a mí. Tenían motivos para creer que algunos estudiantes de mi instituto estaban involucrados y querían que les ayudara a averiguar quiénes eran. A decir

 

 

 

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verdad, no me mostré muy deseoso de hacerlo.

 

—¿De chivatear? —preguntó Drake, con rostro inexpresivo.

 

Por un momento, Burry se puso rígido de indignación.

 

—Tiene razón, no quiero chivatear, pero eso no es más que una reacción emocional. La cuestión no es ésa. Como ya le he dicho, coger a los jóvenes no resuelve el problema, sino que además puede convertirlos en verdaderos delincuentes. Si yo tuviera que buscar a algún joven sospechoso de estar implicado, intentaría que me facilitase la información necesaria y llevaría la información, no al joven, a la policía.

 

—No creo que usted pudiera obtener la información sólo con razonamientos, señor Burry —dijo Avalon—. La policía podría tener mejores argumentos que usted.

Trumbull golpeó la mesa con la palma de la mano.

 

—Geoff, eso es estúpido. Esos chicos son héroes para sus compañeros si resisten ante la policía, y si un agente intentara sacarle algo por la fuerza, la información que obtuviera no sólo sería inadmisible como prueba, sino que el policía en cuestión sería acusado.

 

—Yo llamo a eso obstaculizar a la policía en perjuicio del honesto ciudadano — dijo Avalon.

—Yo lo llamo obligar a la policía a adoptar un solo patrón de conducta para que trate a los pobres, los marginados y los que no tienen instrucción con la misma cautela con que trata a los que tienen dinero y abogados —dijo Trumbull.

 

—Entonces, ¿por qué no aplicar el patrón único de tratar a todo delincuente adinerado con la misma brutalidad que a los pobres? —preguntó Avalon.

 

—Porque sólo son sospechosos —dijo Trumbull—. Sólo se les puede considerar verdaderos delincuentes después del juicio y la sentencia, y hasta entonces los detenidos tienen todos los derechos y privilegios de un americano libre, incluyendo un tratamiento decente de manos de los guardianes de la misma ley que garantiza esos derechos. Señor Burry, creo que su actitud es la correcta.

 

—Se lo agradezco, pero correcta o no, no funcionó. Lo que la policía necesita son pruebas. Sospechan quiénes son los jefes de la organización, pero mientras no los sorprendan in fraganti, rodeados de objetos robados, no pueden probarlo. Una de las dificultades parece ser que los delincuentes cambian su base de operaciones con frecuencia, y nunca permanecen en un lugar lo suficiente para dejar una pista clara. Por supuesto, si supiéramos por anticipado dónde están tendríamos una oportunidad. Y ésa es la información que tienen los jóvenes, pues saben a dónde tienen que llevar el botín.

 

Sin eso… bien, los barrios más pobres de Nueva York son una increíble madriguera donde puede desaparecer un destacamento de policía, que no encontraría allí más que gente de rostro inexpresivo que negaría todo conocimiento de cualquier cosa. Por la factura de los robos, la policía sospecha que la banda opera en el West Side de Manhattan, en algún lugar entre la calle 18 y la 125, pero eso no es mucho.

 

 

 

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Por mi parte, he estado vigilando a John.

 

—¿Por qué a él? —preguntó Drake.

 

—Dinero —escupió Burry—. Eso es todo. Vivimos en una sociedad que mide todos los valores por dinero y que ejerce una presión constante incitando en todos los medios de comunicación posibles a adquirir bienes materiales que sólo se pueden conseguir con dinero.

 

Los modelos sexuales los establece la jet, y sólo se pueden seguir con dinero. Entonces, si no tienes dinero, ¿qué haces? Dedicas la vida a adquirir la preparación necesaria para ganar dinero. ¿Qué sucede si estás convencido de que las desventajas con las que has nacido te impedirán ganar dinero aun cuando tengas esa preparación? Quizá abandones e intentes obtener el dinero por el camino más corto… y así se ha perdido otro joven para sí mismo y para la sociedad.

—Sí —dijo Drake—, pero eso les ocurre a muchos estudiantes del instituto, estoy seguro. ¿Por qué John?

—Por supuesto, les ocurre a muchos. Por eso es tan fácil reclutarlos. Pero estoy interesado en John, no le he perdido de vista y en los últimos meses se ha visto que tiene dinero.

 

—¿De qué forma? —preguntó Rubin, quien había estado garabateando distraídamente signos de dólar sobre su servilleta.

—Lleva ropa mejor, por ejemplo, y tiene aire de autosuficiencia. Algo así como una actitud arrogante hacia las chicas. No sirve de nada tener dinero si uno no lo demuestra, y conozco los signos. No tenía pruebas, por supuesto, y no quería exponer a John mis sospechas por si resultaba estar equivocado.

 

El lunes pasado, cuando me crucé con él en el pasillo por casualidad, tenía un pedazo de papel en la mano. Me pareció que se lo habían pasado. No le había estado mirando. Sólo me dio la impresión por el rabillo del ojo. Por supuesto, no vi quién se lo había pasado, porque era la hora del cambio de clase y los pasillos estaban atestados. Por cierto, conviene estar alguna vez en los pasillos a horas imprevistas. La posible presencia de la autoridad impone algo de disciplina en tales ocasiones, aunque sea mínima.

 

Burry suspiró y sonrió con cierta timidez.

 

—¿Y qué ocurrió con el papel? —dijo Gonzalo.

 

—No tenía razón para pensar que el papel estaba relacionado con los robos, pero me pareció inusual, y he aprendido a responder inmediatamente a algo inusual.

—«¿Qué es ese papel que tienes ahí, John?» —le pregunté en lo que esperaba que fuera un tono amistoso.

—«¿El papel, señor Burry?» —preguntó, y eso despertó mis sospechas de inmediato. Repetir una pregunta es casi siempre una forma de ganar tiempo. Así que le pedí que me lo mostrara; extendí la mano. La mayoría de los estudiantes ya habían pasado, aunque algunos se volvieron para echar una mirada rápida.

 

—¿Podía obligarle a mostrarle el papel? —preguntó Trumbull—. El chico tenía

 

 

 

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derecho a su propiedad personal, ¿no cree?

 

—No hubiera empleado la fuerza, naturalmente —dijo Burry—, pero dentro del instituto mis poderes para imponer la disciplina son, en teoría, considerables. Podría haberlo expulsado de clase por negarse a obedecer, y eso lo hubiera puesto en una situación desagradable. Le gustaban las clases. En cualquier caso, obedeció. Vacilando un tanto, dijo:

 

—«Es sólo un pedazo de papel que he cogido del suelo, señor Burry». —Lo miró despreocupadamente y me lo entregó diciendo con aire de virtud herida—: «Iba a tirarlo a la papelera, señor Burry. Usted no quiere que los pasillos estén sucios».

Resistí la tentación de contestarle que un pedazo de papel más no representaba ninguna diferencia entre los muchos que había por el suelo, y dije:

 

—«Me agrada tu pulcritud. Yo me ocuparé de tirarlo a la papelera» —y me guardé en el bolsillo sin mirarlo. Luego le pregunté cómo iba con los estudios y me respondió con bastante tranquilidad. No parecía inquieto porque yo tuviera el papel en mi posesión.

 

Esperé a estar de vuelta en mi despacho para mirarlo, y debo decir que sufrí una desilusión. Era una hoja de papel mecanografiada, fotocopiada, no muy profesional, y en ella se animaba a los estudiantes a exigir una educación decente, un mensaje con el que estuve de acuerdo de todo corazón. Pero allí no había nada comprometedor… o, al menos, yo no vi nada comprometedor. No podía confiar en mi propio juicio sobre la materia, de modo que llamé al teniente detective que había hablado conmigo por el asunto de la organización de peristas. Me visitó después de las horas de clase, de paisano, por supuesto, y le mostré la nota sin decirle el nombre del joven que me la había entregado.

 

—Seguramente, él preguntó su nombre… —dijo Trumbull.

 

—Le conté la historia de forma que ningún nombre apareciera implicado. Trumbull, que, como especialista en mensajes cifrados, quizá estuviera

particularmente interesado, dijo:

 

—Omitiendo información, usted puede haber privado al teniente de pistas vitales para comprender el mensaje.

—Él no lo pensó así —dijo Burry—. Se rió y me dijo que era una tontería. Creo que hubiera roto el papel si yo no lo rescato… quizá por desilusión, pues cuando lo llamé debió de darle la impresión de que tenía algo. Lo he estado estudiando yo mismo durante los últimos días. Por Dios, si hasta traté de calentarlo sobre una placa por si había algo escrito con tinta invisible.

 

Ahora es demasiado tarde. John fue detenido en lo que debe haber sido el escondrijo de esos tipos. Le sorprendieron en posesión de artículos robados. John me llamó desde la comisaría; ésa fue la llamada telefónica. Y yo hablé con mi amigo detective. Y quizá si hubiera sido lo suficientemente listo como para comprender la nota, podría haber evitado que John fuera allí.

 

—Eso si la nota tiene sentido —dijo Avalon—. No todo escrito inocente oculta un

 

 

 

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secreto culpable.

 

—Pero éste sí —dijo Rubin, con los ojos brillantes, la voz estridente—. Permítame hacerle algunas preguntas, señor Burry. Usted dijo que John fue detenido. No mencionó nada más, ni siquiera las circunstancias. ¿Estaba solo?

 

—Creo que sí.

 

—¿Sabe si John tenía el papel desde hacía rato cuando usted lo vio, o se lo acababan de dar?

—No puedo responder a esa pregunta con seguridad, señor Rubin —dijo Burry

 

—:, pero tengo la impresión de que se lo acababan de pasar cuando lo vi. Desearía haberme fijado en quien se lo pasó, pero no pude.

—Entonces el mensajero estaba allí —dijo Rubin con tono triunfal— y vio que usted le preguntó a John sobre el papel y que él se lo entregó. El mensajero volvió con esa información a los jefes de la banda, y ellos consideraron la posibilidad de que John hablase. Si la nota contenía algún tipo de información que le indicaba a John a dónde debía llevar los objetos robados, cambiaron la dirección rápidamente. Como ya no podían confiar en John, no le avisaron del cambio y fue solo al antiguo lugar de reunión, donde fue detenido.

 

—Espera —dijo Trumbull—. No sigas. ¿Cómo conocía la policía el lugar de reunión, el antiguo o el nuevo?

Burry se miró los dedos y dijo:

 

—Según mi amigo detective, con quien he hablado antes de venir aquí, John había estado bajo vigilancia por algún tiempo. A pesar de que yo no dije nada — agregó con rapidez—. Se le había identificado en el escenario de un robo… no con seguridad, desde luego, pero lo vigilaban. Yo no sabía nada de eso.

 

—Entonces, si usted no hubiera cogido ese papel —dijo Trumbull— y despertado sospechas, suponiendo que Manny Rubin esté en lo cierto, John habría conducido a la policía al escondrijo y, por lo tanto, a algunos de los jefes de la banda.

Burry asintió.

 

—Ya se me había ocurrido.

 

—¿Cómo demonios podía el señor Burry saber eso, Tom? —preguntó Gonzalo acaloradamente.

—Ahora vuelvo al punto inicial —dijo Trumbull—. Nuestro invitado mostró la nota al detective, que no le dio importancia. No mencionó el nombre del joven que se la había dado y dijo que podría ser una prueba importante. Yo tenía razón. Si el detective hubiera sabido que la nota procedía de un joven bajo vigilancia, habría tratado el asunto mucho más seriamente.

 

—Tiene razón —dijo Burry—. Tendré que decirles todo ahora.

 

—Espere —dijo Gonzalo—. Tengo una idea mejor. ¿Por qué no les dice lo que significa esa nota? Si pudiera ayudarles, ellos quizá accederían a no ser muy duros con John, si usted se lo pide.

 

—John —dijo Avalon— puede estar pensando a estas horas que le traicionaron;

 

 

 

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que la banda le dejó deliberadamente ir a una trampa para castigarle, por entregar el papel. Es posible que ya esté dispuesto a cooperar.

 

—El problema es —dijo Burry— que no sé qué significa la nota, de modo que no puedo utilizarla para pedir indulgencia a la policía ni cooperación a John.

 

—¿Recuerda qué decía el papel, señor Burry? —preguntó Gonzalo con impaciencia.

—No es necesario —dijo Burry—. Lo tengo aquí. Lo llevo en el bolsillo desde que lo cogí… y de vez en cuando lo saco y me lo quedo mirando, aunque no me ha servido de nada.

 

Sacó el papel. Estaba muy doblado y arrugado. Lo desplegó, lo alisó y se lo pasó a Gonzalo. Dio la vuelta a la mesa y llegó a Drake, quien se lo pasó a Henry, aun cuando Burry había tendido la mano para recogerlo. Henry lo miró con rapidez y se lo devolvió a Burry.

 

La mecanografía no parecía profesional, como tampoco la calidad de la fotocopia.

 

Tenía un título en mayúsculas:

 

CONTRA LA DISCRIMINACIÓN NACIONAL DE NUEVA YORK.

 

Y abajo decía: «Únete a la manifestación ante el Ayuntamiento el 20 de octubre. Exijamos que el Congreso reconozca los derechos de los pobres a recibir una educación digna. No es una desgracia haber nacido en Nueva York. Somo americanos, tan americanos como los habitantes de Tar Heel, Carolina del Norte, y queremos nuestros derechos de norteamericanos. Ni más ni menos».

 

—¿Eso es todo? —preguntó Avalon sorprendido.

 

—Eso es todo —dijo Burry.

 

—Es un mensaje bastante estúpido —dijo Avalon—. ¿Por qué manifestarse ante el Ayuntamiento? El Ayuntamiento no puede hacer nada. Además, no van a atraerse las simpatías de las pequeñas ciudades burlándose de ellas. ¡Tar Heel, Carolina del Norte! Admito que a los habitantes de Carolina del Norte se les llama «tarheeler» porque desde hace mucho se produce en ese Estado resina y brea de pino, pero ese tipo de apodo sólo suena bien cuando lo utilizan los que se llaman así. Inventarse un nombre como Tar Heel, Carolina del Norte, es un insulto deliberado. Es como si un sureño dijera Dam Yankee[9], Massachusetts. ¿Qué esperan ganar con ello?

 

—Nada —dijo Rubin, sonriendo—, porque no hay ninguna llamada a la acción. Sospecho que no hay ninguna manifestación programada para el 20 de octubre, ¿no es así, señor Burry?

 

—No lo sé —dijo Burry—. No tengo noticia de ninguna.

 

—Entonces tiene que haber un mensaje —dijo Rubin.

 

—¿Dónde? —preguntó Burry—. He tratado de descifrarlo fijándome en las letras iniciales y finales, tomando cada segunda palabra, cada tercera palabra. No pude encontrar nada.

 

Mario Gonzalo sacudió la cabeza lentamente y con un aire de superioridad un

 

 

 

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tanto insufrible.

 

—No es posible que sea algo así, señor Burry. Podría habérselo dicho antes de ver la nota.

Hubo un momento de completo silencio y cada uno de los miembros de los Viudos Negros contempló fijamente a Gonzalo.

—Dios mío —dijo Drake, entornando los ojos tras el humo del cigarrillo—, parece Sherlock Holmes.

—Si no te importa —dijo Gonzalo—, hay cinco dólares de apuesta, de modo que limítate a escuchar. —Puso a un lado la libre caricatura de Burry que había estado haciendo durante la discusión y dijo—: John cogió el mensaje cuando el señor Burry estaba mirando y se lo entregó enseguida. Pero primero lo vio, ¿no es así, señor Burry? ¿Sólo le echó un vistazo?

 

Burry vaciló y dijo:

 

—Sí, sólo una mirada rápida.

 

—¡Exacto! Si era un mensaje, tenía que ver cuál era antes de dárselo, y si un vistazo fue suficiente, no tuvo tiempo de descifrarlo a base de primeras o últimas letras, o combinando palabras. Y si sólo echamos una mirada a la nota, veremos lo que él vio.

 

—¿Y tendrías la amabilidad de decirnos qué es lo que tú ves? —dijo Rubin con excesiva cortesía.

—Te he dicho lo que hay que buscar al comienzo de la velada —dijo Gonzalo—. Lo que no viene al caso. Tar Heel, Carolina del Norte, no viene al caso. Podrían haber inventado cualquier otro nombre… Jet Air, Utah, o Lollipop, Dakota del Sur. ¿Por qué precisamente Tar Heel? Porque es la clave. John le echó un vistazo para ver el nombre de la ciudad, y una vez que lo supo, como eso era todo lo que necesitaba, ya podía entregar el papel.

 

—Bien —dijo Avalon pensativo—, puede que tengas algo de razón.

 

—No creo —dijo Rubin—, a no ser que Mario pueda decirnos qué significa Tar Heel, Carolina del Norte.

—Podría ser una anagrama.

 

—¿De qué tipo?

 

—He estado pensando uno —dijo Gonzalo—: «Al, the not real corn hair». Hubo un espeso silencio, y Trumbull golpeó la mesa con el puño. —Maldita sea, Mario, ¿qué significa eso?

 

—No lo sé. Podría ser otro anagrama. O un criptograma. O puede que haya un libro con una lista de palabras equivalentes. Quizá signifique: «Cuidado. Los polis». No lo sé. Pero significa algo.

 

—Es de gran ayuda decirnos que significa algo —dijo Rubin.

 

—Entonces pensemos un poco —dijo Gonzalo, con tono apesadumbrado—. No perdemos nada si pasamos algunos minutos tratando de descifrar el anagrama, o lo que sea, y quizá descubramos qué significa.

 

 

 

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Pasaron varios minutos en un silencio absoluto y, por fin, Burry miró su reloj y suspiró.

 

—Ya es hora de que vaya a la comisaría —dijo—. Supongo que la nota no tiene sentido realmente.

—Dan —dijo Halsted, pasándose la mano por el cabello—, la verdad es que no podemos llegar a ninguna conclusión hasta que le preguntemos a Henry.

 

—¿El camarero?

 

—Sí, claro. Tiene un don poco común para ver lo obvio. Pero ahora yo no lo veo a él. ¡Henry!

La cabeza de Henry apareció mientras subía las escaleras con una rapidez muy diferente de su acostumbrada suavidad de movimientos.

—Le ruego que me disculpe, señor Halsted —dijo—, pero no tenía la intención de alejarme mucho rato. ¿Puedo hacer una pregunta al señor Burry?

 

Burry se había levantado y ya se dirigía al guardarropa.

 

—Sí —dijo—, pero espero que no sea demasiado complicada.

 

—A menos que usted haya dicho algo durante el breve intervalo en que estuve ausente, señor, creo que no mencionó el lugar —la dirección— en que detuvieron al estudiante.

 

—No, no lo hice.

 

—¿Conoce el lugar?

 

Burry se mordió el labio inferior y pensó por un momento.

 

—Lo mencionaron. Sí. Pero creo que no lo recuerdo.

 

—¿Era por casualidad el 283 de la calle 92 Este? —preguntó Henry.

 

Por un momento, Burry contempló estupefacto a Henry, luego se sentó.

 

—Sí, lo era, ahora que usted lo menciona. Esa es precisamente la dirección. ¿Cómo lo supo?

—Está en la nota, señor.

 

—¿Dónde? —preguntó Avalon—. Muéstranos dónde.

 

—El razonamiento del señor Gonzalo me pareció correcto en cada detalle cuando señaló la importancia de lo que no viene al caso y, por tanto, la importancia de la ciudad de Tar Heel, Carolina del Norte. Daba la impresión de que era un nombre inventado, pero se me ocurrió que podría ser real. Muchas ciudades pequeñas de Estados Unidos tienen nombres peculiares. Tar Heel sería un nombre serio y conservador comparado con algunos otros. Y si fuera real, tendría un significado inequívoco, de modo que fui a comprobarlo.

 

—¿Quieres decir que hay un Tar Heel, Carolina del Norte? —preguntó Avalon.

 

—Así es, señor Avalon.

 

—¿Está en el diccionario geográfico?

 

—Puede ser, pero yo probé otras fuentes. El registro que incluye todos los lugares habitados de Estados Unidos lo suficientemente grandes como para tener una oficina de Correos es la Guía de Códigos Postales, y tenemos una abajo. En ella aparece Tar

 

 

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Heel, Carolina del Norte, con su código postal, por supuesto. La Guía es el libro al que el señor Gonzalo se refería cuando hablaba de una lista de palabras equivalentes.

 

—Estaba pensando en frases —dijo Gonzalo.

 

—Son números, pero eso es un mero detalle. Por supuesto, el número equivalente es único. Tar Heel tiene el código postal 28 392 y no otro, y si el escondrijo está en el Upper West Side, el 283 de la calle 92 Oeste podría ser una interpretación. Indudablemente, sería posible utilizar distintos códigos para el lado Este o el lado Oeste, no utilizar todos los números, como el 2 de la calle 92 Oeste, o si se trata de una calle con nombre, como la Avenida Ámsterdam. Sin embargo, el predominio en Manhattan de calles y avenidas numeradas hace que un código postal, si podemos utilizar la expresión, sea particularmente útil.

 

—¿Cómo no pensé en eso? —dijo Burry con expresión desolada.

 

—Siempre nos preguntamos lo mismo —gruñó Drake— después de que Henry observa lo que nosotros no vemos.

—Si le muestro esto a la policía, verán que la correspondencia entre el código postal y la dirección no puede ser una coincidencia. Y si saben eso, pueden averiguar más.

 

—Si estudian la nota —dijo Rubin—, pueden averiguar algo sobre la máquina de escribir, la fotocopiadora, etc. Y si usted expone a John lo que ya sabe y le indica que la banda supondrá que la información provino de él, podría estar dispuesto a decir algo más. Con ellos está en un grave aprieto, pero puede mejorar su posición.

Burry cogió la chaqueta y el sombrero.

 

—Gracias, gracias a todos. Gracias, Henry —y se marchó apresuradamente.

 

—Final feliz —dijo Avalon.

 

—No para todos —dijo Henry.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—El señor Gonzalo tenía la respuesta, sólo falló en el insignificante paso final — dijo Henry—. En mi opinión, el señor Rubin le debe cinco dólares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

A finales de enero de 1978 asistí a una convención de aficionados a la literatura de misterio en la Mohonk Mountain House (cerca de New Paltz, Nueva York), Era el segundo de unos encuentros que debían tener lugar anualmente y resultó exactamente igual de divertido que el primero. Al acabar, se celebró una subasta a

 

 

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fin de obtener fondos para el Mohonk Trust Fund, y una de las cosas subastadas fue que el mejor postor tuviera el privilegio de que su nombre apareciera en uno de los relatos de los Viudos Negros.

 

El adjudicatario fue Dan Burry y tres meses más tarde, cuando escribí «¡No viene al caso!», di el nombre de Dan Burry al invitado al banquete. Utilicé sólo el nombre, por supuesto, y no la apariencia, el trabajo o cualquier otra cosa relacionada con él.

 

El relato apareció en el número de marzo de 1979 de la EQMM con el título de «Eso es algo que no viene al caso», pero, como es habitual, preferí acortar el título y devolverle el mío.

 

El relato salió justo antes de la tercera reunión anual de aficionados a la literatura de misterio en Mohonk, y Dan Burry estaba radiante de alegría. Dijo que, por una curiosa coincidencia, los puntos de vista del Dan Burry de ficción eran muy semejantes a los suyos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII

 

NO HAY PEOR CIEGO…

 

 

ROGER HALSTED, cuya voz era normalmente suave, en ocasiones adoptaba un tono enérgico cuando el asunto en discusión era algo que atañía a sus aficiones preferidas.

 

—Estás equivocado, Manny —dijo—. No sólo son las quintillas una forma poética auténtica y respetable, sino qué son al lenguaje inglés lo que el haiku al japonés, una auténtica y peculiar adquisición.

 

La amplia frente de Halsted estaba enrojecida y su ligero tartamudeo crecía a medida que aumentaba su apasionamiento. Los otros presentes en la reunión previa al banquete mensual de los Viudos Negros permanecían en silencio, sorprendidos por el ataque de Halsted a Emmanuel Rubin.

 

Rubin, que se apasionaba incluso con los partes meteorológicos, ardía de impaciencia.

—¿Estás tratando de decirme, Roger, que no se pueden escribir quintillas en otras lenguas? —dijo.

—Por supuesto que no —dijo Halsted—. Conozco un buen número de quintillas en francés y alemán. Sólo que no suenan tan naturales en esas u otras lenguas como en inglés. No son idóneas para eso. Por el amor de Dios, se puede escribir haikus en inglés; sólo se trata de contar las sílabas, pero no causan el mismo efecto que en japonés.

 

—Eso es una tontería subjetiva —dijo Rubin, con su rala barba gris encrespada de beligerancia—. Todo consiste en acostumbrarse. Enseña haikus a los niños americanos en la escuela primaria y aprenderán a apreciarlos tan bien como los niños japoneses en japonés.

 

—Tú olvidas el hecho de que las sílabas en japonés tienen un sonido más regular que en inglés. Y por lo que respecta a las quintillas, lo que cuenta es la anarquía del lenguaje inglés.

 

—Tú lo llamas anarquía, Roger, porque no conoces la gramática.

 

—De eso se trata —dijo Halsted—. La gramática inglesa es increíblemente vaga. Prácticamente no consiste nada más que en excepciones. Y el vocabulario inglés, a través de una serie de accidentes históricos, es mucho mayor que el de cualquier otra lengua. Cada palabra inglesa tiene al menos veinte sinónimos, ninguno de los cuales posee exactamente el mismo significado.

 

—Estoy de acuerdo con la flexibilidad del inglés —dijo Rubin.

 

—Entonces estás de acuerdo con mi argumento. La quintilla se compone de trece pies métricos divididos en cinco versos con tres, tres, dos, dos, tres pies cada uno. En cada verso hay dos sílabas no acentuadas entre cada una acentuada, una o dos sílabas no acentuadas al comienzo de cada verso, y ninguna, una o dos sílabas no acentuadas

 

 

 

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al final de cada verso. Si…

 

En este punto, Mario Gonzalo, el artista de los Viudos Negros, que había seguido la discusión con un martini, y estaba saboreando ambos, dijo:

 

—Continúa, Roger, ya sabemos lo que es una quintilla.

 

—Lo que quiero decir —dijo Halsted— es que sus reglas de composición son rígidas y apenas dejan margen para variaciones. Podemos construirlas en inglés porque podemos elegir entre una palabra o su sinónimo, alterar el orden de palabras, utilizar un sustantivo como adjetivo, etc. En otras lenguas no tienes tanta libertad… no hay suficientes sinónimos, el orden de la frase es demasiado fijo, las propiedades de las palabras son demasiado rígidas.

 

En este punto, el único presente que no pertenecía al club, el invitado traído por el anfitrión de la velada, les interrumpió con vehemencia. Había estado escuchando la discusión, esperando una oportunidad para intervenir, y ahora dijo:

 

—Mi quintilla favorita es: «From a crypt in the church of St. Giles…»[10]. —¡Bien! —dijo Halsted—. Tomemos ésta. Frecuentemente he oído citar el

 

segundo verso así: «Came a scream that rang out for a mile»[11]. ¡Pero no se ajusta a las reglas! Entre las dos sílabas acentuadas «scream» y «rang» sólo hay una sílaba no acentuada.

 

—No es así —dijo James Drake, pasándose la mano por su pequeño bigote gris, como para asegurarse de su microscópica presencia—. Puedes decir «Came a scream that rang out for a mile».

 

Halsted pareció molesto.

 

—De esta forma alteras el ritmo normal del inglés. Si leyeras el verso como si fuera prosa y colocaras el acento en «out», parecerías un analfabeto. Puedes decir «Came a screaming that rang out for a mile», pero ahora tenemos tres sílabas no acentuadas entre «rang» y «mile», lo cual tampoco está permitido. De modo que si lo cambias por «Came a screaming that rang out for miles», suena mejor y, además, conserva el ritmo, una cuestión en la que la mayoría de los aficionados a las quintillas son extremadamente puntillosos. Sin embargo, la frase «came a screaming», aunque permisible en inglés —como casi todo—, es un poco innatural. Así que si la cambias por «Came a scream that resounded for miles» tienes un verso perfecto para una quintilla.

 

Entonces se escuchó la profunda voz de barítono de Geoffrey Avalon elevándose sin esfuerzo sobre la conversación.

—Y como Henry está tratando de decirte, Roger, tenemos un banquete perfecto esperándonos, si tú te callas y permites que todo el mundo se siente.

 

Henry, cuya función de camarero en el banquete mensual lo convertía en el hombre indispensable de la velada, dijo suavemente:

—No puedo garantizar la perfección, caballeros, pero tenemos un ganso asado que creo encontrarán aceptable.

Halsted se sentó de inmediato. Se rumoreaba que la única forma de detenerlo en

 

 

 

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la composición de quintillas era colocándole un plato de comida delante, y el propio Halsted admitió más de una vez la posibilidad de que hubiera algo de cierto en ello. Era un hombre de buen diente, decía.

 

 

 

El invitado se dirigió a Halsted nuevamente cuando todos hubieron acabado con los champiñones rellenos y los platos estuvieron cubiertos de huesos.

 

—Entonces, ¿usted ya conocía la quintilla de San Giles? —preguntó.

 

Thomas Trumbull, frunciendo su broceada frente bajo la mata de cabello blanco, dijo:

—El conoce todas las quintillas que existen y, gracias a su insufrible manía y a nuestra incomprensible tolerancia, nosotros también.

—Como es habitual, Tom, has llegado tarde —dijo Avalon— y no he tenido la oportunidad de presentarte a mi invitado. Ananías St. John, primo de mi esposa, pero un tipo estupendo.

 

—¿Ananías? —dijo Trumbull, con una pensativa mirada en los ojos.

 

—Ananías —dijo St. John con jovialidad—. Mis padres tenían un perverso sentido del humor. Sin embargo, la Biblia se lee tan poco en estos tiempos, que se pierde la alusión natural. Bueno, casi; creo que la última semana, no ocurrió. Por lo general el problema está la pronunciación. Lo que me recuerda, Geoff, por favor olvida tu anglófilo amor por la elisión y no pronuncies mi apellido Sinjon. Acentúa la última sílaba y di Sinjohn, o mejor aún, no suprimas nada y pronuncia Saint John.

—La elisión puede ser útil —dijo Halsted—: «There was a young fellow named Sinjon, who said to his wife, “Honest Injun”…»[12].

 

—Maldición, Roger —vociferó Trumbull—, no nos tortures más con otra quintilla, a menos que encuentres para St. John alguna rima, por execrable que sea.

Halsted dijo suavemente:

 

—«I was having no fling, with that pretty young thing. Just a small bit of fatherly pinchin…»[13].

—«Execrable» es la palabra, de acuerdo, Tom —dijo Avalon.

—¿Podéis hacerlo mejor vosotros? —exigió Halsted.

 

—¿Y a quién le importa? —dijo Trumbull—. Desear componer una quintilla mejor es la marca de un hombre con ambiciones microscópicas.

Avalon dio unos golpecitos en su vaso de agua, mientras Henry servía el brandy con su acostumbrada discreción.

—Roger —dijo Avalon—, has estado antes inusitadamente agresivo. Supongo que podemos aprovechar tu impetuosidad y pedirte que comiences el interrogatorio ahora.

 

Trumbull dejó oír un gruñido de desaprobación.

 

—Vamos, Geoff. Roger hará que esto se transforme en un concurso de quintillas y entonces juro que me marcho.

 

 

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El rostro de Avalon se puso serio.

 

—Como anfitrión, yo tomo las decisiones y no hay apelación. Roger, dirige el interrogatorio y que no salga el tema de las quintillas.

—Por supuesto que no. Ya he dicho lo que tenía que decir —respondió Halsted, con las cejas levantadas—. Señor St. John (pronunció el nombre cuidadosamente, acentuando las dos palabras), aunque no sea obligatorio, solemos pedir al invitado que justifique su existencia, pero en este caso no lo haré. Si lo hiciera, nos iríamos por la tangente y, en este caso, quiero llegar directamente a un punto sin quintillas…

—¡Interroga! ¡No hagas oratoria! —refunfuñó Trumbull.

 

—Tranquilo, Tom —dijo Avalon, con un gesto rígido.

 

—Antes, durante la cena —continuó Halsted—, usted dijo que pocas personas captaban la alusión de su nombre, Ananías. Se refería, por supuesto, al hecho de que se utiliza metafóricamente para designar a un mentiroso.

 

—Así es —dijo St. John alegremente—. Ananías y su esposa, Safira, vendieron una propiedad y fraudulentamente se quedaron con parte del precio, por lo que Pedro hizo que murieran. Está al comienzo del capítulo V de los Hechos.

 

—¿Nunca ha pensado en cambiarse de nombre? —preguntó Rubin.

 

—¿Por qué habría de hacerlo? —dijo St. John—. Me gusta. Me otorga un poco de individualidad. Soy el único Ananías que he conocido y eso me agrada.

 

—Volvamos al asunto —dijo Halsted—. Usted dijo que la semana pasada le hicieron alusiones. En otras palabras, alguien pensó que usted es un mentiroso. ¿Por qué?

 

St. John frunció el ceño y su redondo rostro cobró una expresión ansiosa. —¿He dicho algo sobre la semana pasada?

—Lo dijo —dijo Drake, asintiendo—. Yo también lo oí.

 

—No debería haberlo hecho —dijo St. John—. Se me había pedido que no hablara de ello.

Trumbull se inclinó hacia adelante con interés y exclamó:

 

—¡Un momento! ¿Es usted el St. John relacionado con el incidente en Winston Arms?

—Yo vivo en Winston Arms —dijo St. John cautelosamente, como esperando que le cogieran en una trampa.

—Bien. Todo lo que yo conocía era su inicial. Si hubiera sabido el nombre, lo habría reconocido al instante de presentarnos. Mire, señor St. John, el incidente no está exactamente bajo mi jurisdicción y sólo lo conozco de oídas, pero no hay problema en hablar de ello aquí. Todo lo que se dice aquí no sale de estas paredes, y eso incluye a Henry, nuestro estimado camarero.

 

La cautela no abandonó a St. John.

 

—¿Cómo sé que usted tiene autoridad para…?

 

—No te preocupes, Ni —dijo Avalon—. Si Tom dice que puedes continuar, es que puedes hacerlo. Lo único que me fastidia es que siempre elijo mis invitados

 

 

 

cuidadosamente para evitar estos malditos misterios. St. John es ingeniero eléctrico, con una vida impecablemente tranquila, y mirad ahora.

 

—Ocurrió la semana pasada, Geoff —dijo St. John débilmente—. Lo siento.

 

—¿Quiere contarnos el problema? —dijo Halsted.

 

Tras un momento de vacilación, St. John dijo:

 

—Resumiendo, he encontrado a un hombre muerto y no estoy seguro de que el FBI no piense que yo sea el asesino.

Los miembros de los Viudos Negros lanzaron un suspiro colectivo.

 

—¡Asesinato! —susurró Gonzalo—. Rara vez tenemos algo así.

 

—¡Dejadle que se explique! —exclamó Halsted—. ¿Quiere usted comenzar desde el principio, señor St. John?

—No hay mucho que decir —dijo St. John—. El viernes pasado salí de mi apartamento en Winston Arms para hacer unos recados. Tenía el día libre y mi esposa pensó que yo debía hacer algunas compras. Quizá creyó que el ocio desacostumbrado podía herir mi fibra moral. Estaba tratando de cerrar la puerta —tres cerraduras en Nueva York, por supuesto— cuando, detrás mío, escuché que se abría la puerta del ascensor. Eso significaba que alguien estaba saliendo o entrando en él, de modo que grité: «Espere, por favor», pues a veces tienes que quedarte cinco o diez minutos esperando el ascensor si pierdes una oportunidad. Cuando llegué allí, las puertas de los tres ascensores estaban cerradas. No había nadie a la vista y en los diez segundos que tardé en llegar al ascensor nadie pudo haber salido y desaparecer en un apartamento. Eso significaba que alguien había entrado en el ascensor.

 

Rubin, que vivía en un gran bloque de apartamentos, dijo:

 

—Los ascensores pueden fallar. Quizá se detuvo en su piso porque la señal no funcionaba, pero nadie entró ni salió de él.

—En realidad —continuó St. John—, todo indica que alguien entró… de hecho, un asesino, así que, desde un punto de vista egoísta, tuve suerte al estar de espaldas al rellano, ocupado en cerrar las tres cerraduras. Si lo hubiera visto y hubiera tratado de entrar en el ascensor con él, seguramente habría intentado asesinarme a mí también.

 

—¿Qué hora era? —preguntó Halsted.

 

—Hacia las cuatro de la tarde.

 

—Creo que tenía muchas posibilidades de ser visto.

 

—No necesariamente —dijo St. John—. Por la mirilla de la puerta por la que salió podía ver todo el rellano. Imagino que se aseguró de que estaba vacío antes de salir para llamar al ascensor. Claro, yo no sabía nada de eso entonces. Sólo sabía que alguien no me había esperado para bajar y me sentía un poco irritado mientras caminaba de arriba abajo para pasar el tiempo. La espera de un ascensor siempre parece el doble de larga si uno permanece de pie mirando fijamente la puerta cerrada.

 

Al final del pasillo, en el extremo opuesto a mi apartamento, había una puerta entreabierta, desde la cual me llegó nítidamente un gemido. Grité: «Eh, ¿sucede algo?», y empujé la puerta para abrirla un poco. El gemido se hizo un poco más

 

 

 

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fuerte y pensé que había oído la palabra «ayuda». Entré, sin muchas ganas. Es fácil burlarse, pero meterse en un lío puede ser un problema y, de hecho, lo fue.

 

Había un hombre agonizando en la sala de estar. Le habían apuñalado y aún tenía el puñal clavado en el pecho. Me disculparán si no doy detalles, pero no me divierten esas cosas. Había visto a aquel hombre en el ascensor varias veces y nos habíamos esperado en alguna ocasión, pero nunca hablamos. Ya saben, en Nueva York se suele ignorar a los vecinos.

 

Yo estaba casi paralizado. No soy médico; no sabía qué hacer. Debería haber salido corriendo pidiendo ayuda, o haber vuelto a mi apartamento para avisar al portero por el interfono. Pero me quedé allí inmóvil y él me miró y dijo muy claramente: «El hombre ciego», y los tendones de su cuello se aflojaron. Nunca había visto morir a nadie, pero no tuve dudas de que eso es lo que había pasado.

 

St. John hizo una pausa en ese punto, y dijo:

 

—Camarero, ¿podría servirme otro brandy?

 

Henry, como siempre, pareció haberse anticipado a sus deseos.

 

Los Viudos Negros permanecieron en silencio y, finalmente, St. John se aclaró la garganta y dijo:

—Tampoco entonces supe qué hacer. ¿Cómo podía estar seguro de que había muerto? ¿Se suponía que debía aplicarle los primeros auxilios para salvarle… cuando yo no sabía nada de primeros auxilios? Además, también pensé que si estaba muerto, no debía mover el cuerpo ni tocar nada. Tenía miedo de tocar hasta el teléfono, pero cogí el auricular con un pañuelo y llamé a la policía.

Después fui a mi apartamento para contarle a mi esposa lo sucedido, y a ella le costó tranquilizarse, como pueden imaginar. Luego volví a donde estaba el hombre muerto para esperar a la policía.

 

—¿Cómo no he visto la historia en los periódicos? —dijo Gonzalo—. Un asesinato en una casa de apartamentos elegante suele aparecer en la esquina izquierda de la primera página del Times y en alarmantes titulares en el News y el Post.

 

St. John se encogió de hombros.

 

—Sospecho que han intentado mantener la máxima discreción posible sobre el caso. De todas formas, la noticia circuló por la casa porque mi esposa había llamado al administrador. Los inquilinos ya se habían reunido una vez por el problema de la seguridad, pero esto no tiene nada que ver con esta historia.

 

El hecho es que cuando la policía llegó, había agentes de inteligencia con ellos, y uno de ellos fue quien me interrogó. Cuando le di mi nombre, me miró fijamente y me preguntó si tenía el carné de conducir conmigo. Parecía creer que le había dado un nombre falso. Se lo enseñé, junto con varias tarjetas de crédito, y allí estaba Ananías, bien claro.

 

—«¿Conocía bien a este hombre?» —me preguntó.

 

—«No —le dije—. Nos hemos encontrado en el pasillo o en el ascensor, pero nunca hablamos».

 

 

 

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—«Eran vecinos. Vivían en el mismo piso».

 

Traté de explicarle la costumbre de Nueva York. Me escuchó, sin ninguna expresión en su rostro.

—«¿Ha cambiado algo de sitio en la habitación?» —preguntó.

 

—«Nada en absoluto —le respondí—. Sólo toqué el teléfono, aunque también empujé la puerta, caminé sobre el suelo y quizá haya puesto una mano sobre algún mueble».

 

No estaba tratando de hacerme el gracioso. Sólo quería ser completamente honesto.

—«¿Hizo usted eso?» —me preguntó.

 

Señaló una persiana de la ventana, que colgaba torcida, como si la hubieran roto, luego algunos libros sobre una mesa de café, que parecían descolocados. Ni siquiera me había dado cuenta, y se lo dije. Me preguntó si había tocado alguno de los ceniceros y le dije que no.

 

Me pidió que le contara qué había sucedido, y yo lo hice… exactamente como lo he contado ahora.

—«Entonces, en su opinión, ¿fue un hombre ciego el que vino aquí e hizo esto?» —me preguntó.

Le dije que no tenía tal opinión. El hombre agonizante había dicho «El hombre ciego», y eso era todo. No había dicho que el ciego lo hubiera apuñalado o hubiera hecho alguna otra cosa. Tres palabras y murió.

 

—«¿Qué piensa usted que quiso decir?» —dijo el agente.

 

—«No lo sé» —le respondí—. Pero ahora estaba muy asustado porque me parecía ver adónde iba todo a parar. No había verdaderas señales de lucha. No parecía que hubieran buscado algo en concreto y quizá no habían robado nada. Parecía una súbita riña entre dos amigos. Y allí estaba yo, en el mismo piso. Podía haber sido el amigo. Podía haberlo asesinado y tratar de cubrirme llamando a la policía con una historia sobre un asesino bajando por el ascensor y el muerto murmurando palabras sin sentido.

 

Finalmente, me dejaron marchar, pero no antes de que yo empezara a creer que me iban a detener. Sin embargo, estoy convencido de que si no me llamara Ananías, ese agente no habría estado tan seguro de que estaba mintiendo y no me habría hecho pasar por un trance tan duro. De cualquier modo, me advirtieron que no hablara de ello, y eso es todo. Ya tienen la historia.

 

 

 

Trumbull rompió el silencio.

 

—Estoy seguro de que su nombre nada tuvo que ver con ello, señor St. John. Lo cierto es que el caso es más delicado de lo que usted imagina, y por eso hay que mantener una reserva razonable. Lo que voy a hacer —si puedo salir de mi asombro por la coincidencia de tenerlo a usted aquí una semana después de los hechos— es

 

 

 

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decirle tan poco como sea posible, pero tanto como sea necesario.

 

La verdad es que el muerto, al que llamaré Jones, era un agente secreto. Qué y a quién estaba investigando no nos importa aquí, pero era un asunto tan delicado que actuaba en solitario sin ponerse en contacto con nosotros, excepto en raras ocasiones, y aun entonces por medio de intrincados conductos, cuyos detalles no conozco. Como he dicho, yo no estaba relacionado directamente con su misión. Vivía en Winston Arms desde hacía dos años, tenía una complicada cobertura sin cabos sueltos, y cumplía discretamente su peligrosa tarea.

 

—Ese es el tipo de espía de novela que nunca me parece verdadero —musitó Rubin—. ¿Quién podría querer una vida así?

—Muy pocos —dijo Trumbull—, pero hay que hacerlo, está muy bien pagado y las ventajas adicionales de retirarse pronto, seguros médicos y una buena pensión son atractivos. Pero dejadme continuar… Viéndolo retrospectivamente sabemos que, de alguna forma, su cobertura fue descubierta. De alguna forma, fue asesinado. Pudo haber sido un asesino común, sin relación con su trabajo, pero no creemos en la pura coincidencia en estos asuntos.

 

—Dramatizando no siempre se está en lo cierto —dijo Avalon—. ¿Por qué no pudo haber sido alguien que fue a desvalijar el apartamento, encontró a Jones allí, lo apuñaló y luego huyó asustado sin llevarse nada?

 

Trumbull lo miró desdeñosamente.

 

—No había signos de que hubieran forzado la entrada y Jones no se hubiera dejado apuñalar por un vulgar ladrón a las cuatro de la tarde. No; debieron planearlo cuidadosamente para coger a Jones desprevenido y eso sólo lo pudo hacer una banda bien organizada.

 

—¿Por qué en el apartamento? —preguntó Halsted—. ¿Por qué no prepararon un accidente de automóvil? ¿Por qué no lo asaltaron en el Central Park?

—Pudieron haberlo hecho de esa forma —dijo Trumbull—. Y, en ocasiones, lo hacen. Pero éste era un caso especial, de guerra psicológica, por así decirlo. AL menos, eso creemos. Miradlo de esta forma: las personas que llevan esta vida tan peligrosa están alerta en todo momento, tanto en la calle como en los edificios públicos o los lugares vacíos. Sin embargo, la casa es un refugio. Si no hubiera un lugar donde se pudieran sentir a salvo, la vida sería intolerable. Al descubrirlo y asesinarlo en su propio apartamento no sólo han eliminado a un agente importante, sino que pueden desmoralizar a toda la agencia.

 

La cuestión no es por qué lo hicieron allí, sino cómo. Jones tenía un arma, pero no la usó. Era un experto en varias técnicas de autodefensa, sin embargo no había signos de lucha. Sumemos a esto el hecho de que, según todos los indicios, el asesino entró invitado en el apartamento.

 

¿A quién pudo haber dicho Jones “Adelante”? Es imposible que permitiera entrar a alguien de quien no estuviera totalmente seguro. Dudo que yo mismo pudiera haber entrado en su apartamento aunque le hubiera mostrado mi identificación. No me

 

 

 

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conocía personalmente y hubiera considerado la posibilidad de que mi carné fuese falso.

 

—En ese caso —dijo St. John con energía—, el agente que me interrogó quizá estuviera en lo cierto. Podría haber sido un ciego.

—¿Por qué dejaría él entrar a un ciego, Ni? —preguntó Avalon.

 

—¿Por qué no? Un ciego no es peligroso. Ya sé que se cuentan historias sobre ciegos capaces de moverse en la oscuridad, donde los que ven no pueden hacerlo. Pero no en plena tarde de un día soleado. No era ninguna ventaja ser ciego.

—Pero si un ciego no es peligroso, ¿cómo pudo asesinar a Jones? —preguntó Avalon.

—Todo concuerda —dijo St. John—. Jones no tendría ninguna sospecha porque, el hombre era ciego. El ciego extendería su mano izquierda y Jones la cogió automáticamente. El ciego pudo haber tenido una mano férrea, como Pew en La isla del Tesoro, hizo perder el equilibrio a Jones, y antes de que éste pudiera defenderse sería hombre muerto con un puñal entre las costillas. O casi hombre muerto.

—Pero ¿por qué querría un ciego entrar al apartamento de Jones? —inquirió Avalon—. ¿Cuál sería su excusa? Supongamos que un ciego llega a la puerta. ¿Qué dice para entrar?

 

—Podría estar pidiendo para alguna institución de caridad —dijo St. John—. Si Jones abría la puerta, eso es todo lo que el asesino necesitaba. Un apretón de manos, un súbito movimiento de muñeca, un empujón hacia adentro, el puñal y fuera otra vez. Todo pudo ocurrir en menos de quince segundos.

 

—¿Y cómo —preguntó Avalon— podía saber que el pasillo está vacío, tanto cuando entró como cuando salió?

—Un ciego —dijo St. John— habría aprendido a servirse del oído. En los pasillos, la gente habla, canturrea, da golpecitos con los dedos, al esperar, se apoyan primero en una pierna y luego en otra.

 

Rubin, cuyos gruesos lentes multiplicaban la ira de sus ojos, no pudo contenerse más:

¡Todo eso es una estupidez! —dijo—. Jones no le abriría la puerta a un ciego bajo ninguna circunstancia. Tom, si él no te hubiera dejado entrar a ti porque tu carné podría ser falso, ¡cómo iba a dejar entrar a un ciego que podría no serlo! ¿Qué se necesita para fingir ceguera? Gafas oscuras y un bastón blanco, eso es todo. A Jones no le hubiera engañado algo así.

 

—Además —dijo Trumbull—, en el edificio no vivía ningún ciego, ni se vio entrar o salir a ninguno a la hora del homicidio. El edificio tenía buenas condiciones de seguridad, con portero, por supuesto, y no se admitía a nadie sin ser anunciado.

—Bien, si vamos a eso —dijo Rubin, cambiando de lado—, yo vivo en una casa con portero, y eso no significa nada. Un portero tiene infinidad de cosas que hacer. Atiende el teléfono, corre a abrir la puerta de un taxi o a ayudar a una persona que va cargada, y cualquiera puede deslizarse en la casa en ese momento. Incluso cuando el

 

 

 

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portero vigile, puede esperar a que entre un inquilino, pasar con él y decirle amistosamente: «¿Cómo van las cosas?». El inquilino, sorprendido, pero amable, dice: «Bien, bien», y el portero supone que el extraño es un invitado del inquilino y lo deja pasar sin una palabra.

 

—Un ciego podría hacer esos trucos, ¿no? —dijo Trumbull con sarcasmo.

 

Rubin se encogió de hombros.

 

—Yo afirmo que el ciego no existe.

 

St. John, con la voz un registro más agudo, dijo:

 

—Él mencionó a un ciego.

 

—Seguro —dijo Gonzalo—. Alguien que parecía ciego. El asesino entra en la casa en la forma que Manny ha descrito. Una vez dentro, busca el apartamento, se pone gafas oscuras y saca el bastón…

 

—Pero ¿dónde lleva el bastón? —preguntó Rubin—. Miden de un metro a un metro veinte de largo. ¿Se puede plegar? Si no, ¿cómo lo oculta al deslizarse en la casa?

 

—De acuerdo —dijo Gonzalo—. Gafas oscuras, entonces. Finge ser ciego al entrar y entonces…

—Jones no le abriría la puerta a un extraño aunque llevara gafas oscuras, ni bastón. ¿No es así, Tom?

—Así es —dijo Trumbull—. Todo el asunto consiste en saber a quién pudo decir “Adelante”. Debió haber sido alguien a quien conocía. Quizá un vecino con quien tenía alguna amistad.

 

—No tenía ninguna amistad conmigo —dijo St. John—. ¿Significa eso que van a investigar a todos los inquilinos de Winston Arms bajo sospecha de amistad con intención de asesinato?

 

—La situación no tiene nada de graciosa, señor St. John —dijo Trumbull—. Pero respondiendo a su pregunta, si yo estuviera a cargo de la investigación, desde luego, eso es lo que haría.

 

—Pero Jones mencionó a un ciego —dijo Gonzalo—. ¿Debemos suponer que St. John miente? ¿Cómo te las arreglas para ignorar eso?

—Mi nombre puede ser Ananías —dijo St. John—, pero… Avalon le interrumpió con un ademán.

—Un hombre agonizante —dijo— no puede pronunciar claramente, ni sabe con seguridad lo que está diciendo. Podría ser cualquier cosa y podría significar cualquier cosa.

 

—Da igual, Geoff —dijo St. John—, yo lo oí. Puede que él no supiera lo que estaba diciendo, pero lo que dijo fue «El hombre ciego».

Drake encendió un cigarrillo, entornó los ojos tras el humo, y dijo:

—¿Puede usted jurar que no dijo «El hombre rubio»[14]?

 

St. John pareció confundido.

 

—¿El hombre rubio?

 

 

 

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—Sí. No hay mucha diferencia con «El hombre ciego».

 

—N… no —dijo St. John—. Fue «El hombre ciego».

 

—¿Podría usted afirmarlo bajo juramento en un juicio? —insistió Drake.

 

St. John vaciló.

 

—No estoy seguro.

 

Rubin, que había permanecido silencioso durante unos momentos, dijo súbitamente:

—No, fue «El hombre ciego».

 

—No cambies de lado, maldita sea —dijo Trumbull.

 

—Escuchad —dijo Rubin gravemente—, el problema sigue siendo que dijo “Adelante” a alguien. No pudo ser un vecino. Su apartamento tenía que ser un refugio. Ningún amigo podía entrar en él. Debería haber sido algo más que eso. Pensad un poco. ¿Quiénes son las únicas personas a las que él dejaría entrar?

 

—¡Mujeres! —dijo Gonzalo, con una amplia sonrisa.

 

Rubin pareció disgustado.

 

—¡Dios mío!

 

Gonzalo, repentinamente serio, dijo:

 

—¿Por qué no? No me estaréis diciendo que Jones era un eunuco. Tendría alguna amiga. Seguro que a ella le dejaría entrar. Se abrazaron y, mientras se besaban, ella deslizó una afilada hoja entre sus costillas. ¿Creéis que nunca ha sucedido?

 

St. John, indignado, dijo:

 

—Nunca he visto a una mujer extraña en nuestro piso.

 

—Con un poco de suerte, tampoco habría visto el asesinato —dijo Gonzalo—.

Apostaría que fue una rubia. Jim Drake tiene razón. La palabra era «rubia»[15].

 

—Un «hombre ciego» —dijo St. John—. Aunque cambien «ciego» por «rubia», lo cual no admito, insisto en que dijo «hombre».

—Además —dijo Avalon, cuyo rostro mostraba una firme desaprobación desde el momento en que se empezó a hablar de sexo—, seguramente conocería el nombre de la chica. No la hubiera llamado «la rubia». Diría «Fifí» o «Tootsie» o incluso «mi chica».

 

—Si me dejáis intervenir —rugió Trumbull—, me gustaría aclarar que las normas sobre las relaciones sexuales cuando se realiza un tipo de trabajo como el de Jones son estrictas. Los agentes tienen que seguir ciertas normas muy claras. No os daré los detalles, pero podéis estar seguros que no había líos de faldas en el apartamento de Jones.

 

—Las personas no siempre siguen las reglas —dijo Gonzalo con terquedad. —Volvamos —dijo Rubin— adonde estábamos cuando Mario empezó a decir

 

tonterías. ¿Quiénes son las únicas personas a las que Jones admitiría en su apartamento? ¿Quién podría acercársele lo suficiente como para apuñalarle? Un amigo agente.

 

—¿Qué? —dijo Trumbull con indignación.

 

 

 

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—¿Por qué no? —demandó Rubin—. Si ya ha habido damas asesinas, también ha habido agentes dobles traidores. Además, Jones lo dijo.

 

—¿Cuándo? ¿Cómo? —El enojo de Trumbull no había disminuido.

 

—Pensad en ello. Suponiendo que fuera un agente traidor, ¿cuál habría sido la última emoción de Jones? Quizá no sintiera pena por morir. Debió ser consciente de esa posibilidad durante años. Lo que le debió horrorizar fue la traición. El compañero de confianza, trabajando para los otros desde dentro. ¿Cómo es que nadie lo había visto? Y mientras agonizaba, sintió que alguien se inclinaba sobre él y sus últimas palabras fueron de amargura y de sorpresa. «Están ciegos, hombre»[16].

Rubin se acomodó en su silla, triunfante.

 

Hubo un silencio, y St. John dijo:

 

—Esa no fue la entonación de las palabras. No tenía la cadencia de esa frase. Fue llana… informativa, nada más.

—No creo que haya un traidor en esto —dijo Trumbull.

 

—Por supuesto que no —dijo Rubin—, ésa es la perdición de la mitad de las organizaciones como la vuestra. Para cuando estáis dispuestos a creer que alguno de vuestros buenos chicos son impostores, ya os han engañado.

 

Además —continuó—, todo tiene sentido. Ese individuo había estado antes en el apartamento, pero había entrado sin que lo viera el portero utilizando media docena de trucos. Tampoco quería ser visto en el rellano. Sabía que el ascensor tardaba varios minutos en llegar; había estado allí antes. De modo que inspeccionó el pasillo por la mirilla y dejó la puerta entreabierta detrás de él.

 

Si escuchaba ruidos en alguna puerta, eso significaba que alguien saldría y se encontraría con él en el rellano, entonces volvería al apartamento hasta que no hubiera moros en la costa. Si el ascensor estaba a punto de detenerse en el piso, tendría tiempo para retroceder, cerrar la puerta del apartamento y coger el ascensor.

—¿Qué sucede si alguien sale del ascensor mientras él intentá entrar? —preguntó Gonzalo.

—Cruzarse uno o dos segundos con una persona no es lo mismo que tener que esperar con ella en el rellano y bajar juntos en el ascensor. El problema fue que el asesino tuvo la mala suerte de que el señor St. John saliera de su apartamento cuando llegó el ascensor.

 

Si ahora volvía al apartamento, estaría a salvo, pero la puerta del ascensor se estaba abriendo y la tentación de cogerlo y bajar mientras tuviera la oportunidad fue demasiado fuerte. Y lo hizo… tomó la decisión en una fracción de segundo, y se equivocó, pues dejó la puerta del apartamento entreabierta.

 

—¡Qué montón de tonterías! —exclamó Gonzalo—. Si no quería que le relacionaran con el piso, ¿por qué no bajó las escaleras andando y esperó el ascensor tranquilamente en otro piso?

 

—Tu problema, Mario —dijo Rubin sardónicamente—, es que vives en una casa baja. El que vive en un rascacielos nunca utiliza las escaleras. Ni siquiera te enteras

 

 

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de que las escaleras están allí.

 

—Todo eso está muy bien —dijo Trumbull—, pero ¿cómo lo pruebas?

 

—No tengo que hacerlo —dijo Rubin—. He presentado una solución que refuta todas las objeciones que puedas plantear, y ahora te corresponde a ti probarla. No dejes que la organización pierda el tiempo investigando a los inquilinos. Haz que investigue a sus propios hombres. Encontrará al culpable… y espero que no seas tú, Tom.

 

Trumbull refunfuñó.

 

—Si piensas que nuestros propios hombres no están bajo continua vigilancia, Manny, estás más loco que nunca, ahora que intentas hacerte el cuerdo. Pasamos demasiado tiempo tratando de corromper a nuestros enemigos como para suponer que ellos no hacen lo mismo. Y como nosotros lo hemos conseguido algunas veces, deducimos que ellos también lo han conseguido algunas veces. No puedo decir que sea absolutamente seguro que no lo hizo ninguno de nuestros hombres, pero es lo más próximo a la realidad. Sólo creeré en la traición, si no se me ocurre otra explicación.

 

—Bien, ¿se te ocurre? —preguntó Rubin—. ¿Puedes ofrecer alguna explicación para el hecho de que Jones dijera “Adelante” a alguien, y que después dijera algo así como «El hombre ciego»?.

 

—¿Dónde está Henry? —dijo Trumbull con súbita energía, y gritó—: ¡Henry! —Sí, señor —contestó la tranquila voz de Henry—. ¿Desea usted algo? —Desde luego. ¿Has estado escuchando nuestra conversación? —Sí, señor.

 

—Entonces dile a Manny que está equivocado.

 

Una sombra de sonrisa apareció en el terso rostro de sexagenario de Henry.

 

—Como siempre, el señor Rubin es extremadamente ingenioso y persuasivo. Sospecho que todo lo que dijo es cierto, aunque se equivoca en la identidad del asesino.

 

—¿Cómo, Henry? —interrogó Rubin—. ¿Estás diciéndonos que sabes quién fue? —Creo que el nombre del asesino es Peter Wanko. Al menos, ése es el nombre que utiliza. Hubiera sido imprudente desaparecer inmediatamente después del

 

asesinato, pero creo que se ha despedido y…

 

—¡Henry! —rugió Trumbull—. ¿De qué demonios estás hablando?

 

—Lo siento, señor —dijo Henry—, pero en su afán por recalcar la soledad del señor Jones, ha olvidado que cualquier inquilino, por reservado y desconfiado que sea, puede recibir en su apartamento, casi a cualquier hora, a un gran número de personas.

 

—¿A quiénes?

 

—Por ejemplo, al personal de servicio, señor. De vez en cuando hay que reparar cosas, y no creo que Jones dejara de avisar para que fueran a reparar algo, si era necesario. Si los otros planeaban asesinar al señor Jones y podían colocar a uno de

 

 

 

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sus agentes en el personal de servicio de la casa, el resto sería cuestión de tiempo… Gonzalo asintió vigorosamente.

 

—Por supuesto. En cuanto Jones necesitó que repararan algo…

 

—Quizá no tan pronto, señor Gonzalo —dijo Henry—. El procedimiento normal sería que Jones llamara a la administración de la casa y que le enviaran un operario. Se sabría dónde estuvo el operario y cuándo estuvo allí. El operario estará al instante bajo sospecha. Hasta un asesino profesional preferiría escapar, si pudiera hacerlo.

—Bien, ¿y entonces? —preguntó Trumbull.

 

—Imagino, señor, que este Peter Wanko se hizo amigo del señor Jones… comenzó por saludarlo con respeto, preguntándole si estaba bien. Wanko entró en el personal de servicio hace un año aproximadamente y tuvo bastante tiempo para eso. En cuanto al señor Jones, respondería con amabilidad, estoy seguro, aunque quizá nunca llegara a saber el nombre del operario. Supongo que cuando Wanko fue al apartamento para arreglar algo, lo hizo con eficacia, recibió una buena propina y se fue debidamente agradecido. Debió parecer natural que pidiera al señor Jones que lo llamara directamente para pequeños trabajos, sin avisar a la administración. «Me ocuparé personalmente, señor —pudo haberle dicho—, y lo haré más rápido».

 

Por fin, el señor Jones llamó a Wanko directamente. Debió haberse cruzado con él en el vestíbulo y le dijo que era necesario arreglar algo y que estaría en su piso a las cuatro de la tarde. Wanko subió sin que nadie supiera adonde iba, teniendo cuidado de no ser visto. Como el propio señor Jones le había avisado, no vaciló en dejarlo entrar. Entonces, Wanko lo asesinó.

 

Se hizo un profundo silencio, hasta que, finalmente, St. John dijo:

 

—Pero esta teoría parece incluso más disparatada que la del señor Rubin. Conozco a Wanko y es una persona completamente inofensiva. ¿Qué pruebas tiene?

—Las últimas palabras del señor Jones, qué citó usted mismo. Recordará que en la discusión sobre las quintillas antes de la cena, el señor Halsted habló de la flexibilidad del inglés y de cómo las palabras pueden cumplir diferentes funciones en la oración. Por eso, cuando usted nos dijo que las palabras del señor Jones fueron «El hombre ciego», se me ocurrió al instante que «ciego», además de su uso habitual como adjetivo con el significado «invidente», también puede utilizarse como sustantivo. Usted mencionó que la persiana de una ventana colgaba como si estuviera rota, y un hombre ciego puede ser un hombre que arregla persianas[17].

 

Entonces, al final de la discusión de la velada, llamé a Winston Arms, hablé con el portero de noche, le dije que tenía un trabajo importante que necesitaba un buen operario, y que me habían recomendado al hombre que reparaba las persianas en Winston Arms.

 

—«Ah, usted se refiere a Peter Wanko» —dijo el portero—. «No está autorizado para hacer trabajos fuera del edificio, pero como se ha despedido, quizá acepte su encargo». Y me dio el número de teléfono y la dirección de Wanko.

—¡Dios mío! —dijo Trumbull. Bajó corriendo las escaleras y volvió cinco

 

 

 

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minutos después. Sonreía de oreja a oreja.

 

—Problema resuelto, Henry, cogieron al tipo. Lo detuvieron hace tres horas… mientras… tomábamos los primeros tragos.

—¿Qué lo delató? —preguntó St. John.

 

—Aparentemente —dijo Trumbull, con satisfacción—, siguieron el mismo razonamiento que Henry… pero tardaron siete días en dar con la solución.

—Ellos no tenían la ayuda de los Viudos Negros, señor —dijo Henry.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

Como mucha gente sabe, nunca voy en avión y no me gusta viajar en ningún medio de transporte. Soy muy casero.

 

Cuando tomo vacaciones, y aprovecho la ocasión para escribir un relato de los Viudos Negros, generalmente voy al norte del Estado de Nueva York o a alguna localidad no muy lejana.

 

De todas formas, a veces hago un crucero. No me importa ir a cualquier sitio en barco. En realidad, me encanta estar en un barco, siempre que pueda olvidarme de que sólo una pulgada de metal me separa de una inmensa extensión de agua.

Así fue como escribí «No hay peor ciego…» en las Bermudas. De hecho, cuando hubo que cortar el aire acondicionado del Statendam (el barco en que navegábamos en aquella ocasión) para hacer una reparación, Janet y yo buscamos un lujoso hotel, cuya sala de conferencias estaba libre, y nos quedamos allí un par de horas mientras yo finalizaba el relato.

 

«No hay peor ciego…» apareció en el número de junio de 1979 de la EQMM. Sólo para demostrarles que no siempre rechazo los cambios que hace Fred, mi

título original era “Adelante”. Cuando descubrí cómo lo iba a llamar Fred, me asombró mi estupidez por no habérseme ocurrido este título.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX

 

LA MIRADA HACIA ATRÁS

 

 

SI EMMANUEL RUBIN supiera cómo no ser didáctico, nunca utilizaría ese conocimiento.

 

—Cuando escribes un relato corto —decía—, debes conocer primero el final. El fin del relato es sólo el fin para el lector. Para el escritor, es el comienzo. Si no sabes exactamente adónde vas en cada momento que escribes, nunca llegarás allí… ni a ninguna parte.

 

El joven invitado de Thomas Trumbull a este banquete mensual de los Viudos Negros era todo ojos mientras observaba el temblor de la rala barba gris y los destellos de las gruesas gafas de Rubin; y todo oídos mientras escuchaba la firme y potente voz de Rubin.

 

El invitado tenía poco más de veinte años, era muy delgado, con la frente algo prominente y la mandíbula pequeña. Su ropa resplandecía de nueva, como si hubiera estrenado el traje para esa gran ocasión. Se llamaba Milton Peterborough.

 

—¿Eso significa —dijo con un pequeño temblor en la voz— que usted tiene que escribir un borrador, señor Rubin?

—No —dijo Rubin enfáticamente—. Puedes hacerlo si quieres, pero yo nunca lo hago. No necesitas saber la ruta exacta que vas a tomar. Tienes que saber tu destino, eso es todo. Una vez que lo sabes, cualquier ruta te llevará allí. Mientras escribes, miras atrás continuamente desde el destino conocido, y es esa mirada hacia atrás lo que te guía.

 

Mario Gonzalo, que estaba haciendo rápida y cuidadosamente una caricatura del invitado en la que éste aparecía con los ojos increíblemente grandes y llenos de inocencia infantil, dijo:

 

—Vamos, Manny, ese tipo de trama rígida puede valer para tus absurdos misterios, pero un verdadero escritor trabaja con caracteres, crea personas que actúan de acuerdo con sus caracteres y eso es lo que guía el relato, probablemente sorprendiendo al propio escritor.

 

Rubin se dio vuelta con lentitud y dijo:

 

—Si estás hablando de largas e invertebradas novelas, Mario —suponiendo que estés hablando de algo—, es posible que un autor experto o muy dotado pueda serpentear a lo largo de la historia y crear algo pasable. Pero siempre puedes distinguir el libro «no-sé-adónde-voy-pero-voy». Aun cuando disculpes su carácter amorfo por sus virtudes, tienes que disculparlo y eso supone una tensión y un inconveniente. Sin embargo, una trama bien urdida, donde todos los elementos concuerdan, es la obra literaria más noble. Puede ser mala, pero nunca necesita que la disculpen. La mirada atrás…

 

En el otro lado de la sala, Geoffrey Avalon miró con resignación a Rubin y dijo:

 

 

 

 

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—Tom, creo que fue un error decirle a Manny de entrada que el joven quiere ser escritor. Le hace mostrar lo peor de sí mismo, o lo más pedante, en cualquier caso.

Removió el hielo de su bebida con su índice y frunció sus oscuras cejas ominosamente.

—En realidad —dijo Thomas Trumbull, cuyo arrugado rostro tenía una expresión desacostumbradamente plácida—, el chico quería conocer a Manny. Admira sus relatos, Dios sabe por qué. Es hijo de un amigo mío y buen chico, y pensé mostrarle el lado menos agradable de la vida trayéndole aquí.

 

—Tampoco nos vendrá mal a nosotros soportar un poco de juventud de vez en cuando. Pero odio tener que soportar las teorías literarias de Rubin. ¡Henry!

 

El tranquilo y eficiente camarero que servía en todos los banquetes de los Viudos Negros apareció a su lado de inmediato, copio si no hubiera tenido necesidad de moverse.

 

—¿Si?, señor.

 

—Henry —dijo Avalon—, ¿qué son estas extrañas manifestaciones?

 

—Esta noche tenemos una cena de bufé. El chef ha preparado una selección de platos indios y paquistaníes.

—¿Con curry?

 

—Con bastante curry, señor. Así lo encargó el señor Trumbull.

 

Trumbull se sonrojó bajo la mirada acusadora de Avalon.

 

—Yo quería curry y soy el anfitrión.

 

—Y Manny no lo comerá y se pondrá insoportable.

 

Trumbull se encogió de hombros.

 

 

 

Rubin no se puso completamente insoportable, pero expresó en voz alta su opinión, y sólo Roger Halsted pareció indiferente a la andanada rubiniana contra todo lo indio.

—Un bufé es una buena idea —dijo Halsted, limpiándose los labios con la servilleta, y fue a servirse de todo por tercera vez con una sonrisa beatífica en el rostro.

 

—Roger, si no paras de comer —dijo Trumbull— comenzaremos la sesión de interrogatorio mientras masticas.

—Adelante —dijo Halsted alegremente—, no me importa.

 

—Te importará esta noche —dijo Rubin—, cuando te arda el estómago.

 

—Y tú comenzarás el interrogatorio —dijo Trumbull.

 

—Si no os importa que hable con la boca llena —dijo Halsted.

 

—Entonces empieza.

 

—¿Cómo justifica su existencia, Milton? —dijo Halsted con voz poco clara. —No puedo hacerlo —dijo Peterborough, un tanto sofocado—. Quizá después de

que me gradúe.

 

—¿En qué universidad estás y qué estudias?

 

 

 

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—Columbia y química.

 

—¿Química? —dijo Halsted—:. Pensaba que estudiarías literatura. Me pareció oír durante el cóctel que querías ser escritor.

—Cualquiera tiene derecho a querer ser escritor —dijo Peterborough.

 

—Pero no a serlo —dijo Rubin sombríamente.

 

—¿Y qué quieres escribir? —dijo Halsted.

 

Peterborough vaciló y dijo:

 

—Bueno, siempre he sido un aficionado a la ciencia-ficción. Desde que tenía nueve años.

—¡Dios mío! —murmuró Rubin, los ojos vueltos hacia arriba en muda súplica. —¿Ciencia-ficción? —dijo Gonzalo de inmediato—. Eso es lo que escribe tu

 

amigo Isaac Asimov, ¿no, Manny?

 

—No es mi amigo —dijo Rubin—. Se aferra a mí lleno de impotente admiración.

 

Trumbull elevó la voz:

 

—Vosotros dos, ¿queréis terminar con vuestra conversación privada? Continúa, Roger.

—¿Has escrito algo de ciencia-ficción?

 

—Lo he intentado, aunque aún no he presentado nada. Pero lo haré. Tengo que hacerlo.

—¿Por qué tienes que hacerlo?

 

—Hice una apuesta.

 

—¿De qué tipo?

 

—En realidad —dijo Peterborough débilmente—, es algo bastante complicado… y embarazoso.

—No nos importan las complicaciones —dijo Halsted—, y trataremos de no avergonzarnos.

—Bien —dijo Peterborough, y su rostro se sonrojó con una intensidad que no se había visto en los banquetes de los Viudos Negros desde hacía muchos años—, hay una chica. Estoy loc… Me gusta, creo que yo no le gusto a ella, pero de todas formas me gusta. El problema es que ella va detrás de un jugador de baloncesto; un verdadero idiota… un metro noventa sin nada en la cabeza.

 

Peterborough sacudió la cabeza y continuó:

 

—No tengo mucho a mi favor. No puedo impresionarla con la química; pero está en los cursos avanzados de literatura, así que le mostré algunos de mis relatos. Me preguntó si había vendido alguno de ellos, y le dije que no. Pero entonces dije que pensaba escribir algo y venderlo, y ella se rió.

 

Eso me molestó bastante y entonces recordé algo. Parece que Lester del Rey… —¿Quién? —interrumpió Rubin.

—Lester del Rey. Un escritor de ciencia-ficción.

 

—¿Otro de ésos? —dijo Rubin—. Nunca he oído hablar de él.

 

—Bueno, no es Isaac Asimov —admitió Peterborough—, pero está bien. La

 

 

 

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cuestión es que él empezó a escribir cuando leyó un relato de ciencia-ficción y pensó que era muy malo. Le dijo a su chica: «Demonios, yo puedo escribir algo mejor que esto», y ella le dijo: «Te desafío», y él lo hizo y lo vendió.

 

Así que cuando esta chica se rió, le dije: «Te apuesto a que escribo uno y lo vendo», y ella respondió: «Te apuesto a que no», y yo dije: «Te apuesto una cita contra cinco dólares. Si vendo el relato, irás conmigo a cenar y a bailar la noche que yo elija». Y ella estuvo de acuerdo.

 

De modo que ahora tengo que escribir un relato, porque ella dijo que saldría conmigo si escribía el relato y a ella le gustaba, aunque no lo vendiera… Lo que puede querer decir que le gusto un poco más de lo que creo.

 

James Drake, que había estado escuchando pensativamente, se frotó su pequeño bigote gris con un dedo y dijo:

—O que ella está segura de que no serás capaz de escribir el relato.

 

—Lo haré —dijo Peterborough.

 

—Adelante, entonces —dijo Rubin.

 

—Hay un problema. No puedo escribir el relato, lo sé. Tengo un material bastante bueno. Y hasta conozco el final, de modo que puedo echar esa mirada atrás que usted mencionó, señor Rubin. Lo que no tengo es un motivo.

 

—¿Un motivo? —dijo Rubin—. Pensé que ibas a escribir un relato de ciencia-ficción.

—Sí, señor Rubin, pero es un relato de ciencia-ficción de misterio, y necesito un motivo. Tengo el modus operandi del asesino, y la forma de cometerlo, pero no sé el motivo. Pensé que si venía aquí podría discutirlo con usted.

 

—¿Que podrías qué? —dijo Rubin, levantando la cabeza.

 

—Especialmente con usted, señor Rubin. He leído sus relatos de misterio —no sólo leo ciencia-ficción— y creo que usted es muy bueno. Siempre tiene motivaciones muy convincentes. Pensé que podría ayudarme a salir del paso.

 

Rubin estaba respirando con dificultad y daba la impresión de creer que respiraba fuego. Su cena había consistido en arroz y ensalada, más —para calmar el hambre— dos coupe aux matrons, y, a diferencia de otras veces, no estaba de humor para sentimentalismos.

 

—Permítame aclarar esto, señor sabelotodo. Usted hace una apuesta. Va a salir con una chica; mejor dicho, va a intentarlo escribiendo una historia que le guste y que quizá pueda vender… y ahora quiere ganar la apuesta y engañar a la chica haciéndome escribir la historia a mí. ¿No es así?

 

—No señor —dijo Peterborough rápidamente—, no es así. Yo la escribiré. Sólo quiero que me ayude con el motivo.

—Y aparte de eso, la va a escribir usted —dijo Rubin—. ¿Qué tal si le dicto el relato? Usted lo puede escribir. Puede copiarlo de su puño y letra.

—Eso no es lo mismo en absoluto.

 

—Sí lo es, jovencito, y vamos a dejarlo así. O escribe el relato usted mismo o le

 

 

 

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dice a la chica que no puede.

 

Milton Peterborough miró a su alrededor desvalidamente.

 

—Maldita sea, Manny —dijo Trumbull—, ¿por qué tanta arrogancia? Te he oído decir millones de veces que tienes ideas a diez centavos la docena; que lo difícil es escribirlas. Dale una idea, entonces; aún tendrá que hacer la parte más dura.

—No lo haré —dijo Rubin, empujando la mesa y apartándose con los brazos cruzados—. Si todos vosotros tenéis atrofiado el sentido ético, adelante, dadle ideas… si es que sabéis cómo.

 

—De acuerdo —dijo Trumbull—, como soy el anfitrión, podría resolver esto con una orden, pero lo someteré a votación. ¿Quién está a favor de ayudar al chico, si podemos?

 

Él alzó su mano, y lo mismo hicieron Gonzalo y Drake.

 

Avalon se aclaró la garganta algo inseguro.

 

—Me temo que estoy del lado de Manny. Sería engañar a la chica.

 

—Como profesor, me opongo a la ayuda externa en una prueba —dijo Halsted. —Votación empatada —dijo Rubin—. ¿Qué vas a hacer, Tom?

 

—No hemos votado todos —dijo Trumbull—. Henry es un Viudo Negro y su voto romperá el empate. ¿Henry?

Henry hizo una breve pausa.

 

—Mi posición honoraria, señor, apenas me da derecho a…

 

—Tú no eres un Viudo Negro honorario, Henry. Eres un Viudo Negro. ¡Decide! —Recuerda, Henry —dijo Rubin—, que eres el epítome del hombre honesto.

 

¿Estás a favor de engañar a la chica?

 

—No trates de influirle —dijo Trumbull—. Adelante, Henry.

 

Por una vez, Henry frunció la frente.

 

—Nunca he pretendido poseer una extraordinaria honestidad, pero suponiendo que lo haya hecho, puedo considerar este caso como una excepción. Julieta le dijo a Romeo: «De los perjurios del amor / Dicen que Dios se ríe». ¿Podríamos aplicar el mismo principio?

 

—Estoy sorprendido, Henry —dijo Rubin.

 

—Quizá me haya decidido el hecho de que yo no veo este caso como un asunto entre un joven y una joven, sino más bien entre un joven estudioso y un deportista. Todos nosotros somos hombres de estudios y, en nuestra época, quizá perdimos a alguna joven por culpa de un deportista. Me avergüenza decir que a mí me ocurrió. Entonces…

 

—Pues a mí no me ha ocurrido —dijo Rubin—. Ninguna chica me ha dejado por un… —Se detuvo asaltado por un súbito recuerdo y continuó con tono alterado—. Pero no tiene importancia. Si he perdido la votación, la he perdido. Así que, ¿cuál es la historia, Peterborough?

 

 

 

 

 

 

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El rostro de Peterborough enrojeció y le aparecieron gotas de sudor en las sienes. —No le diré la historia, nada más que lo esencial del punto en que necesito

 

ayuda. No quiero nada más que el mínimo. Ni siquiera querría eso, si no significara… tanto. —Se calló.

—Continúa —dijo Rubin con sorprendente tranquilidad—. No te preocupes. Lo entendemos.

—Gracias —dijo Peterborough—. Se lo agradezco. Tengo dos personajes, llamémoslos el Asesino y la Víctima. Ya tengo la forma en que se comete el asesinato y cómo atrapar al Asesino, y no diré una palabra sobre eso. Tanto el Asesino como la Víctima son entusiastas de los eclipses.

 

Avalon interrumpió.

 

—¿Le interesan a usted tanto los eclipses, señor Peterborough?

 

—Sí, señor. Tengo amigos que van a cualquier parte del mundo donde se vaya a producir un eclipse, aunque sólo sea del 5 por 100, pero yo no puedo costeármelo, y no dispongo de tiempo. Voy a los que puedo. Tengo un telescopio y un equipo fotográfico.

 

—¡Bien! Cuando se va a hablar de eclipses, conviene saber algo sobre ellos.

 

Tratar de escribir sobre un tema que se ignora es la fórmula del fracaso.

 

—¿También es ella una entusiasta de los eclipses? —preguntó Gonzalo.

 

—No —dijo Peterborough—. Desearía que lo fuera.

 

—¿Sabe? —continuó Gonzalo—, si ella no comparte sus gustos, podría buscar a alguien con quien tenga más cosas en común.

Peterborough sacudió la cabeza.

 

—No creo que eso funcione así, señor Gonzalo.

 

—Desde luego que no —dijo Trumbull—. Cállate, Mario, y déjale hablar.

 

—El Asesino y la Víctima están tomando fotografías de un eclipse y, contra todos los pronósticos, la Víctima, que es una persona débil, el perdedor nato, hace la mejor fotografía, y el Asesino, incapaz de soportarlo, decide matar a la Víctima. A partir de ahí, no tengo problemas.

 

—Entonces ya tienes el motivo —dijo Rubin—. ¿Cuál es tu problema?

 

—El problema es: ¿Qué tipo de fotografía mejor? Una fotografía de un eclipse es una fotografía de un eclipse. Algunas son mejores que otras, pero teniendo en cuenta que ambos fotógrafos son competentes, no es posible que haya tanta diferencia como para ser la causa de un asesinato.

 

Rubin se encogió de hombros.

 

—Puedes elaborar la historia de forma que hasta esa pequeña diferencia motive un asesinato… pero para eso es necesario tener mucha experiencia. Olvida el eclipse. Prueba con otra cosa.

 

—No puedo. Todo el asesinato, el arma y la detención dependen de la fotografía y

 

 

 

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los eclipses. De modo que tiene que ser eso.

 

—¿Qué es lo que hace que sea una historia de ciencia-ficción, joven? —preguntó Drake con suavidad.

—No les he explicado eso, ¿verdad? Estoy tratando de contarles lo mínimo posible sobre el relato. Para lo que estoy haciendo necesito ordenadores avanzados y efectos fotográficos de ciencia-ficción. Uno de los dos personajes —no estoy seguro de cuál— toma una fotografía del eclipse desde un avión de reacción estratosférico.

 

—En ese caso, ¿por qué no ir hasta el final? —dijo Gonzalo—. Si va a ser ciencia-ficción… Mire, permítame que le diga cómo lo veo. El Asesino y la Víctima son entusiastas de los eclipses y el Asesino es el mejor… Así que el Asesino va en ese avión y toma una fotografía nunca vista, utilizando nuevos efectos fotográficos que ha inventado. Luego, contra todos los pronósticos, la Víctima lo derrota. La Víctima va a la Luna y toma la fotografía del eclipse desde allí. El asesino está furioso por la derrota, estalla de indignación, y ya lo tenemos.

 

—¿Una foto de un eclipse en la Luna? —dijo Rubin.

 

—¿Por qué no? —dijo Gonzalo, ofendido—. Si podemos ir a la Luna en la realidad, desde luego que en un relato de ciencia-ficción también. Y en la Luna hay vacío, ¿no?

 

No hay aire. No hace falta ser científico para saber eso. Y las fotos salen mejor sin aire. La imagen es más nítida. ¿No es así, Milton?

—Sí, pero… —dijo Peterborough.

 

Rubin lo interrumpió.

 

—Mario —dijo—, escucha atentamente. Un eclipse de Sol se produce cuando la Luna está exactamente entre el Sol y la Tierra. Desde la Tierra se verá el Sol oscurecido porque el cuerpo opaco de la Luna está delante. En la Tierra estamos a la sombra de la Luna. Ahora bien, si estamos sobre la Luna, ¿cómo demonios puedes estar a la sombra de la Luna?

 

—No tan deprisa, Manny —dijo Avalon—, hay eclipses y eclipses. Existe el eclipse de Luna, cuando la Tierra se coloca entre el Sol y la Luna. En este caso, la Luna está a la sombra de la Tierra, y toda la Luna se oscurece.

 

Tal como yo le veo, ese Asesino toma una hermosa fotografía de un eclipse sobre la Tierra, mientras la Luna se pone delante del Sol. Tiene un equipo avanzado que ha inventado él mismo, de modo que nadie puede tomar una foto mejor de la Luna delante del Sol. Sin embargo, la Víctima toma una fotografía mejor y aun más impresionante de un eclipse sobre la Luna, donde, tal y como dice Mario, no hay aire, con la Tierra situada delante del Sol.

 

—No es lo mismo —murmuró Peterborough.

 

—Desde luego que no —dijo Halsted, que había apartado su taza de café y estaba haciendo cálculos rápidamente—. Vistos desde la Tierra, la Luna y el Sol parecen tener el mismo tamaño, casi exactamente. De hecho, hace muchos eones, la Luna estaba más cerca y aparecía más grande, y en eones futuros, la Luna estará… bueno,

 

 

 

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no importa. El hecho es que la Tierra es más grande que la Luna y, desde la Luna, la Tierra se ve a la misma distancia que se ve la Luna desde la Tierra. Por lo tanto, vista desde la Luna, la Tierra aparece más grande que la Luna, tal y como es en realidad. ¿Lo entendéis?

 

—No —dijo Gonzalo rotundamente.

 

Halsted pareció molesto.

 

—Bueno, pues no lo entiendas. Pero te aseguro que es así. En el cielo de la Luna, la Tierra es alrededor de 32/3 más grande en apariencia que la Luna en el cielo de la Tierra. Eso significa que la Tierra también es mucho más grande que el Sol en el cielo de la Luna, ya que el Sol se ve igual desde la Luna y desde la Tierra.

—Pero ¿cuál es la diferencia? —dijo Gonzalo—. Si la Tierra es más grande, se interpondrá ante el Sol mucho mejor.

—No —dijo Halsted—. La cuestión es que, en un eclipse, la Luna coincide exactamente con el Sol. Oculta el círculo brillante del Sol de forma que su corona — es decir, su atmósfera superior— relumbra alrededor del Sol oculto. La corona fulgura en todas direcciones con la luz de la Luna llena formando curvas y rayos de luz de delicada belleza. Por otra parte, si colocas un gran cuerpo como la Tierra delante del Sol, cubrirá tanto la brillante esfera como su corona. No se ve nada.

—Eso suponiendo que la Tierra esté exactamente delante del Sol —dijo Avalon

 

—. Cuando se ve un eclipse, antes o después de su punto medio, al menos, una parte de la corona asomará tras la esfera de la Tierra.

—Una parte no es todo —dijo Peterborough—. No sería lo mismo. Tras un breve silencio, Drake dijo:

—Espero que no le importe que un colega químico se meta en esto, jovencito. Estoy tratando de imaginar la Tierra en el cielo, cruzándose en la órbita del Sol. Y si hacemos esto, hay otra cosa que debemos tener en cuenta: la Tierra tiene atmósfera y la Luna no.

Cuando la Luna se coloca delante del Sol, vista desde la Tierra, la superficie lunar aparece nítidamente contra el Sol. Cuando la Tierra se coloca delante del Sol, vista desde la Luna, el contorno de la Tierra es borroso y el Sol brilla a través de la atmósfera de la Tierra. ¿Puedes utilizar esa diferencia en el relato?

 

—En realidad —dijo Peterborough—, ya había pensado eso. Aun cuando el Sol esté completamente detrás de la Tierra, la atmósfera de la Tierra hace que su luz se refracte en todas direcciones, y esta luz de color rojo anaranjado penetra por ella y llega hasta la Luna. Es como si desde la Luna pudiéramos ver una puesta de Sol alrededor de la Tierra. Y esto no es sólo teoría. Cuando hay un eclipse total de Luna, generalmente se puede ver la Luna como un círculo de luz débil, color rojo ladrillo, que brilla en la atmósfera terrestre de la puesta de Sol.

 

Cuando el eclipse, visto desde la Luna, avanza, el lado de la atmósfera que acaba de pasar sobre el Sol es más brillante, pero va perdiendo intensidad, mientras el otro lado se hace más brillante. Cuando un eclipse se encuentra en su punto medio, si te

 

 

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hayas en una parte de la Luna desde la que se vea la Tierra exactamente delante del Sol, el anillo rojo anaranjado brillará por igual todo alrededor… Suponiendo que no haya muchas nubes en la atmósfera de la Tierra en ese momento.

 

—Bien, por el amor de Dios —dijo Drake—, ¿no es una vista lo suficientemente espectacular para que la Víctima la fotografíe? La Tierra sería un agujero negro en el cielo, con un delgado anillo anaranjado a su alrededor. Sería…

—No, señor —dijo Peterborough—. No es lo mismo. Es demasiado simple. Sólo sería un anillo rojo anaranjado. Una vez que la fotografía se tomara por primera vez, sería siempre igual. No se puede comparar con una corona infinitamente cambiante.

—¡Dejadme intentarlo! —dijo Trumbull—. Usted quiere que la corona se vea alrededor, ¿no es así, Milton?

—Sí, señor.

 

—Corregidme si me equivoco, pero, según he leído, el cielo es azul porque la atmósfera disemina la luz. En la Luna, donde no hay atmósfera, el cielo es negro. Las estrellas, que desde la Tierra se ven apagadas por la luz diseminada de nuestro cielo azul, no lo estarían en el cielo sin aire de la Luna. Serían visibles.

 

—Sí, pero sospecho que el brillo del Sol no permitiría observarlas.

 

—Eso no importa —dijo Trumbull—. Todo lo que tienes que hacer es cortar un círculo opaco de metal y sujetarlo en el aire a la distancia apropiada de tu equipo fotográfico para cubrir el disco resplandeciente del. Sol. En la Tierra no lo puedes hacer porque si cubres el Sol, la luz diseminada del cielo oscurece la corona. En la Luna no hay luz diseminada en el cielo y la corona brillaría.

 

—En teoría, es posible —dijo Peterborough—. De hecho, hasta se puede hacer en la Tierra en la cima de las montañas, utilizando un coronógrafo. Pero no queda tan bien, porque no sólo está la luz dispersa por la atmósfera. Hay luz diseminada y reflejada por el suelo.

 

La superficie Lunar estaría muy iluminada y la luz vendría desde cada ángulo. Las fotografías no serían muy buenas. Verá, la razón por la que la Luna cumple esa función en la Tierra es que su sombra no cae justo sobre el telescopio y la cámara. Cae sobre todo el panorama circundante. La sombra de la Luna puede ser, en condiciones ideales, de 160 millas de ancho y cubrir 21 000 millas cuadradas de la superficie terrestre. En general, es considerablemente más pequeña, pero suele ser suficiente para cubrir el espacio inmediato… es decir, si se trata de un eclipse total.

—Entonces, un objeto mucho más opaco… —dijo Trumbull.

 

—Tendría que ser muy grande y estar muy alejado —dijo Peterborough— para lograr el efecto. Sería demasiado complicado.

—Espera —dijo Halsted—, creo que lo tengo. Necesitarías algo muy grande, de acuerdo. Supongamos qué en la órbita lunar hay satélites espaciales esféricos. Si la Víctima está en una nave espacial y se sitúa de forma que el satélite quede entre la nave y el Sol, eso sería exactamente lo que necesita. Podría arreglárselas para acercarse lo suficiente de forma que la sombra —que, por supuesto, es cónica y se

 

 

 

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estrecha hasta convertirse en un punto a medida que uno se aleja— cubriera toda la nave. No habría ninguna superficie que reflejara la luz, y ya lo tenemos.

 

—No había pensado en eso —dijo Peterborough ansiosamente—. Es posible. Halsted sonrió amablemente, y una ola de placer subió hasta la línea del cabello

que alguna vez tuvo.

 

—Entonces, ya está.

 

—No quiero ser pesado —dijo Peterborough—, pero… si introducimos el motivo espacial, crearíamos algunos problemas en el resto de la historia. Es importante que todo suceda en la Tierra o cerca de ella; y, sin embargo, debería ocurrir algo tan sorprendente e inesperado que…

 

Hizo una pausa y Rubin completó la frase.

 

—Tan sorprendente e inesperado que provoque la ira y la venganza del Asesino.

 

—Sí.

 

—Bien —dijo Rubin— como yo soy aquí el maestro del misterio, creo que puedo inventar algo sin dejar la Tierra muy lejos, en cuanto me aclare algunos puntos. Ha dicho que él Asesino iba a tomar las fotografías desde un avión. ¿Por qué?

—Oh, porque cuando la sombra de la Luna cae sobre la Tierra, se mueve muy rápido… alrededor de 1440 millas por hora o unas 0,4 millas por segundo. Si uno está en un punto de la Tierra, la mayor duración posible de un eclipse total es de siete minutos; después, la sombra se ha desplazado. Y eso cuando la sombra de la Luna abarca la máxima superficie terrestre posible. Cuando la Tierra se encuentra más cerca del final de la sombra, el eclipse total puede durar un par de minutos, o hasta unos segundos únicamente. De hecho, más de la mitad del tiempo, la sombra de la Luna durante un eclipse no llega a la superficie terrestre, y cuando la Luna está exactamente delante del Sol, permanece visible un anillo del disco solar. Eso es un eclipse anular, y entonces hay suficiente luz como para destruir el efecto. Un eclipse anular no nos vale.

 

—¿Pero en avión? —dijo rápidamente Rubin.

 

—En un avión se puede avanzar con la sombra y prolongar el eclipse total durante una hora o más, aun cuando en un punto fijo de la Tierra no durase más que un par de minutos. Se tiene mucho más tiempo para hacer fotografías y observaciones científicas. Eso no es ciencia-ficción; se está haciendo ahora.

 

—¿Se pueden tomar buenas fotos desde un avión? —preguntó Rubin—. ¿Es lo suficientemente estable?

—En mi historia —dijo Peterborough—, hay un ordenador que guía el avión teniendo en cuenta los movimientos del viento, y lo mantiene completamente estable. Ese es uno de los momentos en que interviene la ciencia-ficción.

 

—De todas formas, la sombra de la Luna acaba por abandonar la Tierra, ¿no? —Sí, la banda del eclipse cubre una porción fija de la superficie terrestre y tiene

un punto de partida global y un punto de finalización global.

 

—Exactamente —dijo Rubin—. Ahora bien, el Asesino confía en que su

 

 

 

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fotografía tomada desde la estratosfera será incluida entre las mejores vistas de un eclipse, pero no cuenta con que la Víctima tiene una nave espacial. No te preocupes, no necesitas alejarte mucho de la tierra. Basta con que la nave espacial siga la sombra de la Luna después de que deje la Tierra. La Víctima tiene más tiempo para hacer fotografías, con mayor estabilidad y sin interferencias atmosféricas. El Asesino es vencido con su propia arma, pues ve cómo un pobre simplón, la Víctima, hace exactamente lo mismo que él, pero mejor. Dispara y se convierte en asesino.

 

Gonzalo agitó ambas manos en el aire con excitación.

 

—¡Esperad! ¡Esperad! Se me ha ocurrido algo mejor. Escuche, ¿y ese eclipse anular que ha mencionado hace un rato? Dijo que la sombra no llega a la Tierra.

 

—No llega a la superficie. Así es.

 

—¿A qué distancia de la superficie se queda?

 

—Eso depende. En condiciones extremas, el final de la sombra puede estar a cientos de millas de la Tierra.

—Sí —dijo Gonzalo—, pero ¿sería posible que él final de la sombra quedara a, digamos, diez millas de la tierra?

—Seguro.

 

—Pero seguiría siendo anular y no valdría de nada, ¿no?

 

—Así es —dijo Peterborough—. La Luna apenas cubriría el Sol. Sólo habría una delgada franja de Sol alrededor de la Luna, y esa luz bastaría para estropear las cosas. Si haces una fotografía, pierdes las protuberancias, el fulgor, la corona.

 

—Pero si te encuentras a diez millas de altura, en la atmósfera —preguntó Gonzalo—. Entonces verías el eclipse total, ¿no?

—Si estuvieras en el punto correcto, sí.

 

—Entonces ya lo tenemos. Se produce un eclipse anular, y el Asesino piensa aprovechar la ocasión. Coge un avión, asciende diez millas de altura hasta llegar a la sombra y la sigue. Transformará un eclipse anular en uno total… y la Víctima, el perdedor de siempre, hace lo mismo, pero utiliza una nave espacial, sigue la sombra al espacio y toma las mejores fotos. ¿Qué puede encolerizar más al Asesino que jugar su mejor carta… y perder?

 

Avalon asintió con su cabeza.

 

—Bien, Mario. Eso sí que es mejor.

 

Rubin parecía haber mordido un limón inadvertidamente.

 

—Odio decírtelo, Mario…

 

—No tienes que decirlo, Manny —dijo Gonzalo—. Lo veo en ti. Ahí lo tiene, muchacho. Escriba la historia.

—Si —dijo Peterborough, con un suspiro—, supongo que es lo mejor que puede hacerse.

—No parece muy contento —dijo Gonzalo.

 

—Es que esperaba algo más —ejem— espectacular, pero no creo que exista. Si a ninguno de ustedes se le ocurre nada más…

 

 

 

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—¿Puedo interrumpirle, señor? —dijo Henry.

 

—¿Cómo? Oh… no, no deseo más café, camarero —dijo Peterborough.

 

—No, señor. Quiero decir con referencia al eclipse.

 

—Henry es miembro del club, Milton —dijo Trumbull—. Él rompió el empate sobre la discusión. ¿Recuerda?

Peterborough se llevó una mano a la frente.

 

—Desde luego, pregunte —ejem—, Henry.

 

—Señor, ¿serían las fotografías realmente mucho mejores en el vacío que en el tenue aire de la estratosfera? ¿Sería suficiente diferencia de calidad para provocar un asesinato, a menos que el Asesino fuera casi un maníaco homicida?

 

—Ese es el problema —dijo Peterborough, asintiendo—. Eso es lo que me preocupa. Por eso sigo diciendo que necesito un motivo. Esa diferencia de calidad en las fotos no es suficiente.

 

—Entonces, consideremos —dijo Henry— el dictamen del señor Rubin, según el cual en un relato se debe echar una mirada atrás.

—Conozco el final —dijo Peterborough—. He mirado atrás.

 

—Quiero decir en otro sentido… el de mirar deliberadamente en otra dirección, en la dirección desacostumbrada. En un eclipse, siempre miramos a la Luna —sólo a la Luna en un eclipse Lunar, y a la Luna cubriendo al Sol en un eclipse solar—, y eso es de lo que hacemos fotografías. ¿Qué sucede si miramos atrás, hacia la Tierra?

—¿Qué hay que ver en la Tierra, Henry? —preguntó Gonzalo.

 

—Cuando la Luna entra en la sombra de la Tierra, es siempre Luna nueva y por lo general está completamente oscura; ¿qué le ocurre a la Tierra cuando entra en la sombra de la Luna? Desde luego, no se oscurece por completo.

 

—No —dijo Peterborough enfáticamente—. La sombra de la Luna es más fina y más corta que la de la Tierra, y la propia Tierra es más grande que la Luna. Cuando la Tierra se halla en la sombra proyectada por la Luna, sólo se oscurece una pequeñísima parte de la Tierra, una pequeña mancha de oscuridad que, como máximo, representa 1/600 del círculo luminoso de la Tierra.

 

—¿Puede usted verla desde la Luna? —preguntó Henry.

 

—Si supiera adonde mirar y especialmente si tuviera unos buenos binoculares. Podría ver que empieza siendo pequeña, deslizándose hacia el oeste por la superficie terrestre, haciéndose más grande y luego más pequeña, para acabar desvaneciéndose. Interesante, pero nada espectacular.

 

—No desde la Luna, señor —dijo Henry—. Suponga ahora que invertimos la función de los personajes. Es la Víctima quien tiene el avión y quien puede hacer fotografías desde la estratosfera. Es el Asesino quien intenta ganar a su oponente tomando una fotografía mejor desde el espacio… una fotografía mejor, marginalmente. Pero supongamos que la Víctima, Contra todas las expectativas, desde su avión derrota al Asesino en su nave espacial.

 

—¿Cómo puede hacer eso, Henry? —preguntó Avalon.

 

 

 

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—La Víctima, en su avión, advierte súbitamente que no necesita mirar a la Luna. Mira atrás, hacia el suelo, y ve la sombra de la Luna avanzando hacia él. La sombra de la Luna es sólo un punto oscuro cuando la vemos desde la Luna; es como la llegada de una breve noche cuando la vemos desde la superficie terrestre… pero, desde un avión en la estratosfera, es un círculo de oscuridad que se mueve a 1440 millas por hora, tragando tierra y mar —y las nubes, por supuesto— al avanzar. El avión puede volar por delante y ya no es necesario tomar instantáneas. Con una cámara cinematográfica se puede filmar una película espectacular. De esta forma, el Asesino, que habría esperado derrotar por completo a la Víctima, descubre que la Víctima ha acaparado la atención mundial sólo con un avión contra su nave espacial.

 

Gonzalo estalló en un fuerte aplauso y Trumbull dijo:

 

—Magnífico.

 

Hasta Rubin sonrió y asintió.

 

En cuanto a Peterborough, se puso de pie al momento y exclamó:

 

—¡Eso es! Y la sombra tendría un fino borde rojizo, pues en el momento en que la sombra te alcanza, las protuberancias rojas despiden su luz sin que ésta se vea enmascarada por la blanca luz del Sol. ¡Eso es, Henry! ¡La mirada atrás es la clave! Si lo escribo bien, ni siquiera me preocupará si no se vende. Ni tampoco me preocupará (su voz tembló) si —ejem— a ella no le gusta y no sale conmigo. ¡El relato es más importante!

 

Henry sonrió amablemente y dijo:

 

—Me agrada oír eso, señor. Un escritor siempre debe tener un sentido justo de las prioridades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

George Scithers, el competente e ingenioso editor de la IASFM (que ganó el premio Hugo al mejor editor en el Congreso Mundial de Ciencia-Ficción de 1978, después de haber publicado sólo siete números de la revista —un reconocimiento rápido y merecido a su labor—), decidió que «El detalle omitido» había sido bien acogido por los lectores. Por ello, me pidió otro relato de los Viudos Negros relacionado con la ciencia-ficción.

 

Así fue como escribí «La mirada hacia atrás», que apareció en el número de septiembre de 1979 de la IASFM. (En su segundo año de existencia, la IASFM comenzó a aparecer cada dos meses, y en el tercer año se hizo mensual).

 

 

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Por cierto, en esta historia me he referido a Isaac Asimov como un conocido escritor de ciencia-ficción, y Manny Rubin, como siempre, reacciona con cierta impaciencia cuando le dicen que Asimov es amigo suyo. Es uno de los chistes privados de las «Arañas Tramperas» y ya lo he utilizado alguna vez.

 

Desde luego, esto es vanidad, pero el vínculo entre mis Amables Lectores y yo es estrecho y amistoso, así que espero que no les moleste un poco de vanidad por mi parte. Esta vez, la broma fue de mayor magnitud, pues un personaje menciona a Lester del Rey y lo describe así: «Bueno, no es Isaac Asimov, pero está bien».

Como es natural, espero (con alguna aprensión) la réplica de Lester. Lo cierto es que Lester y yo somos buenos amigos y lo hemos sido casi durante cuarenta años. Por eso nos hemos estado provocando el uno al otro durante casi cuarenta años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X

 

¿QUÉ HORA ES?

 

 

EL BANQUETE MENSUAL de los Viudos Negros había sido tan ruidoso como de costumbre, pero después, durante el café, cayó en un silencio poco habitual.

 

Geoffrey Avalon tomó pensativamente un sorbo de café y dijo:

 

—Son las cosas pequeñas, las cosas pequeñas. Conozco a una pareja que podría haber sido siempre un matrimonio feliz. Él era catequista en la Iglesia Episcopal y ella era una atea convencida, y nunca cruzaron una mirada de reproche por eso. Pero a él le gustaba cenar a la seis y a ella a las siete, y eso los separó.

Emmanuel Rubin lo miró como un búho desde su lugar en la mesa, con los ojos sin pestañear tras los gruesos cristales de sus gafas, y dijo:

—¿Qué es «grande» y qué «pequeño», Geoff? Toda diferencia es una diferencia pequeña si no te concierne a ti. No hay nada como una diferencia en el sentido del tiempo para provocar peleas.

 

Mario Gonzalo miró complacido el brillo de sus zapatos y dijo:

 

—Ogden Nash escribió una vez que a unas personas les gusta dormir con las ventanas cerradas y a otras con las ventanas abiertas, y que se casan entre sí.

 

Era bastante inusual que en un banquete de los Viudos Negros se produjeran tres comentarios sucesivos sin una interrupción explosiva, de modo que no le sorprendió a nadie que Thomas Trumbull frunciera el ceño y dijera:

 

—Eso son un montón de tonterías. Cuando el matrimonio se rompe, la razón trivial nunca es la verdadera razón.

—Conozco a la pareja, Tom —dijo Avalon con suavidad—, son mi hermano y mi cuñada… o mi excuñada.

—No pretendo que ellos no digan que se han separado por algo trivial, o incluso que no lo crean —dijo Trumbull—. Lo que quiero decir es que hay algo más profundo. Si una pareja es sexualmente compatible, si no tienen problemas económicos, ni hay grandes diferencias en las creencias o actitudes, permanecen juntos. Si cualquiera de estas cosas falla, el matrimonio se resiente y la pareja comienza a discutir por trivialidades. Entonces, se les echa la culpa a las trivialidades… pero no son la causa.

 

Roger Halsted, quien había estado rebañando los últimos trozos de pastel de manzana de su plato, tomó un sorbo de café para quitarse el sabor dulzón de la boca, y dijo:

 

—¿Cómo piensas probar esa afirmación, Tom?

 

—No necesito probarla —dijo Trumbull, frunciendo el ceño—. Es razonable. —Sólo desde tu punto de vista —dijo Halsted acaloradamente, cuya amplia frente

se había enrojecido, como siempre que se emocionaba—. Una vez rompí con una joven que me gustaba muchísimo porque no paraba de decir: «¿No es fenomenal?».

 

 

 

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Juro que no tenía otro fallo.

 

—Puedes  estar  cometiendo  perjurio  inconscientemente  —dijo  Trumbull—.

 

Escucha, Jim, pide una votación.

 

James Drake, el anfitrión de la velada, apagó su cigarrillo y pareció divertido. Sus pequeños ojos, anidados en su rostro cubierto de arrugas, recorrieron la mesa y dijo:

—Perderás, Tom.

 

—No me importa perder —dijo Trumbull—. Sólo quiero saber cuántos necios hay en la mesa.

—El número usual, supongo —dijo Drake—. Todos aquellos que estén de acuerdo con Tom que levanten la mano.

Trumbull levantó el brazo rápidamente y fue el único.

 

—No me sorprende —dijo, después de un rápido vistazo a derecha e izquierda—. Y tú, Henry, ¿no votas?

Henry, el incomparable camarero en todos los banquetes de los Viudos Negros, sonrió paternalmente.

—En realidad, pensaba no votar, señor Trumbull, pero si tuviera que hacerlo, me tomaría la libertad de estar en desacuerdo con usted.

Y continuó sirviendo el coñac.

 

—¿Tú también, Bruto? —dijo Trumbull.

 

Rubin terminó su café y dejó la taza en el plato ruidosamente.

 

—¡Qué demonios!, todas las diferencias son triviales. Las formas de vida son increíblemente diferentes en lo superficial, pero son idénticas a nivel bioquímico. Parece haber una diferencia infinita entre una lombriz y la tierra en que se oculta, pero considerando los átomos de que se componen, ambas…

 

—No te pongas poético, Manny —dijo Trumbull—, pero si es necesario, hazlo en tu garaje y no aquí. Aunque sospecho que la necedad es universal, para asegurarme, preguntaré a nuestro invitado si va a votar.

 

—Entonces que contesté durante el interrogatorio. Ya es hora —dijo Drake—. Y tú puedes dirigir el interrogatorio, Tom.

 

 

 

El invitado era Barry Levine, un hombre pequeño, de pelo oscuro, ojos oscuros, delgado y vestido con pulcritud. No era exactamente bien parecido, pero tenía una expresión alegre que era un buen sustituto. Gonzalo ya había esbozado su caricatura, exagerando la alegría hasta la inanidad, y Henry la había colocado en la pared junto a las otras.

 

—Señor Levine, en estas reuniones es costumbre empezar las preguntas a nuestro invitado con «¿Cómo justifica usted su existencia?». En este caso, no se lo pregunto, porque asumo que la razón de su existencia en este momento es apoyar, si puede, mi tesis —evidente, en mi opinión— de que las trivialidades son triviales.

Levine sonrió y dijo, con un tono ligeramente nasal:

 

 

 

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—¿Trivialidades a nivel humano o estamos hablando de lombrices?

 

—Estamos hablando de humanos, si omitimos a Manny.

 

—En ese caso, me uno a los necios, ya que, por mi trabajo, me ocupo exclusivamente de trivialidades.

—¿Y cuál es su ocupación, por favor?

 

—Soy ese tipo de abogado, señor Trumbull, que se gana la vida argumentando con testigos y con otros abogados ante un juez y un jurado. Y eso me hunde en la trivialidad.

 

—¿Considera usted que la justicia es una trivialidad? —gruñó Trumbull.

 

—No —dijo Levine con ecuanimidad—, pero no es de eso de lo que nos ocupamos principalmente en los tribunales. En los tribunales, jugamos. Intentamos hacer que un testimonio favorable sea admisible y uno desfavorable inadmisible. Jugamos con las normas en los interrogatorios y los careos. Tratamos de manipular la elección de jurados favorables, y luego manipulamos los pensamientos y las emociones del jurado que nos toca. Tratamos de apelar a los prejuicios y las opiniones del juez, si los conocemos, desde el principio o cuando los descubrimos en el transcurso del juicio. Intentamos bloquear al fiscal o, si es posible, obligarle a exagerar su papel. Y todo esto lo hacemos con las trivialidades y menudencias de la precedencia y la lógica.

 

—¿Y dónde está la justicia en esa letanía de la verbena judicial? —preguntó Trumbull, cuyo tono no se había suavizado.

—Siglos de experiencia en nuestro sistema angloamericano de jurisprudencia nos han convencido de que, en general y a la larga, la justicia se cumple. No obstante, a corto plazo, y en casos específicos, muy bien puede no ser así. Y esto es inevitable. Cambiar las reglas del juego para impedir la injusticia en un caso concreto casi con seguridad aumentaría el grado de injusticia en el sistema… aunque de vez en cuando se puede hacer un cambio global para mejor.

 

—En otras palabras —interpuso Rubin—, ¿usted no cree que la justicia universal sea la meta de la profesión jurídica?

—Como meta alcanzable, no —dijo Levine—. En el cielo puede reinar la justicia perfecta; en la tierra, no.

—Entonces, supongo que cuando usted se ocupa de un caso —dijo Trumbull—, no le interesa la justicia.

Las cejas de Levine se arquearon.

 

—¿Cuándo he dicho yo eso? Por supuesto que me interesa la justicia. El servicio más inmediato a la justicia es que mi cliente tenga la defensa mejor y más eficiente que pueda darle, no simplemente porque él la merezca, sino también porque la jurisprudencia norteamericana lo exige y porque si a él le privan de ella, te pone a ti en peligro, pues tú puedes ser el próximo.

 

Tampoco es importante que sea culpable o inocente, porque él es legalmente inocente hasta que se pruebe su culpabilidad de acuerdo con la ley, rigurosamente

 

 

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aplicada. Hasta dónde es el acusado moral o éticamente inocente es una cuestión mucho más difícil, que no me preocupa en primer término. Desde luego, sí me interesa en segundo término y, pese a todo mi empeño, hay veces que no puedo cumplir mi deber de abogado por un sentimiento de repulsión hacia mi cliente. Entonces mi deber es avisarle que se busque otro abogado.

 

Sin embargo, si tuviera que lograr la absolución de un hombre al que considero un bribón, no me dolería tanto como en el caso de que no pudiera conseguir la absolución de un hombre al que considero inocente. Como rara vez puedo estar seguro de si un hombre es un bribón irrecuperable o lo han acusado injustamente, eso beneficia tanto a la justicia como a mi conciencia, pues hago por cada uno todo lo que puedo dentro de los límites de la ética jurídica.

 

—¿Ha conseguido alguna vez la absolución de alguien a quien considerase un bribón? —preguntó Gonzalo.

—Pocas veces. En esos casos, obedeció a errores cometidos por la acusación… la obtención ilegal de pruebas o la lenta, preparación del caso. No puedo malgastar mi piedad con ellos. Tienen toda la maquinaria jurídica de su lado y los ilimitados fondos públicos. Si nosotros les permitimos que condenen a un delincuente sin pruebas totalmente aceptables y un proceso perfectamente legal simplemente porque deseamos que un delincuente sea castigado, ¿estaríamos usted y yo a salvo? A nosotros también se nos puede considerar bribones por la fuerza de las circunstancias o de los prejuicios.

 

—¿Y han condenado alguna vez a un cliente suyo a quien considerase injustamente acusado? —preguntó Gonzalo.

El rostro de Levine pareció contraerse. La impetuosa alegría con que defendía su profesión desapareció y su labio inferior pareció temblar por un momento.

 

—En realidad —dijo suavemente—, ahora estoy trabajando en un caso en el que mi cliente puede ser condenado, a pesar de que yo lo considero inocente.

 

Drake se rió ahogadamente y dijo:

 

—¡Te dije que te lo acabarían sacando, Barry! —elevó la voz para dirigirse a los otros—. Le dije que no se preocupara por nuestra reserva; que aquí todo es confidencial. Y también le dije que quizá pudiéramos hacer algo para ayudarle.

 

Avalon se enderezó en su silla y dijo con su potente voz de barítono:

 

—¿Sabes algo sobre el caso, Jim?

 

—No.

 

—Entonces, ¿cómo sabes que le podemos ayudar?

 

—Dije que era posible.

 

Avalon sacudió la cabeza.

 

—Esperaba eso del entusiasmo de Mario, pero no de ti, Jim.

 

Drake levantó una mano.

 

—No pontifiques, Geoff. No te pega.

 

Levine les interrumpió.

 

 

 

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—No discutan, caballeros. Aceptaré gustosamente cualquier ayuda que me puedan ofrecer y, si no pueden, no estaré peor que antes. Como es natural, quiero recalcar el hecho de que aunque la reserva sea la norma aquí, es de particular importancia en este caso. Cuento con ella.

 

—Puede hacerlo —dijo Avalon, ceremoniosamente.

 

—De acuerdo —dijo Trumbull—. En ese caso, dejémonos de juegos y vamos al grano. ¿Quiere darnos los detalles del caso, señor Levine?

—Les daré toda la información necesaria. Mi cliente se llama Johnson, un nombre que seguramente hubiera elegido si utilizara un nombre ficticio, pero es su nombre real. Es posible que hayan oído hablar del caso, pero supongo que no, pues no es un caso local y, si no les importa, no mencionaré la ciudad en que ocurrieron los hechos, pues no es necesario.

 

Johnson, mi cliente, estaba endeudado con un prestamista al que conocía… es decir, con el que tenía una relación lo suficientemente personal como para intentar obtener una prórroga pidiéndosela personalmente.

 

Fue al cuarto de hotel que el prestamista utilizaba como oficina… un cuarto sucio en un hotel sucio donde realizaba sus sucios negocios. El prestamista conocía a Johnson lo suficiente como para recibirlo, y hasta para tratarle con una especie de espuria bonhomie, pero se negó a concederle la prórroga. Eso significaba que cuando Johnson dejara de cumplir un pago, como mínimo, recibiría una paliza, destrozarían su negocio, quizá su familia.

 

Estaba desesperado —y yo lo estoy, por supuesto, contándoles la historia de Johnson tal y como él me la contó a mí—, pero el usurero le explicó fríamente que si hacía una excepción con Johnson, los demás podrían esperar la misma indulgencia. Por otra parte, si daba ejemplo con Johnson, eso animaría a los otros a pagar con prontitud y quizá les disuadiera de incurrir en deudas que no podían pagar. Al parecer, a Johnson le irritó que el prestamista se hiciera el virtuoso sobre la necesidad de proteger a los posibles deudores de sí mismos.

 

—Me atrevo a decirle, señor Levine —dijo Rubin con sequedad—, que si un prestamista se expresara tan bien como usted, podría presentar una defensa tan buena de su profesión como usted de la suya.

 

Después de una breve pausa, Levine dijo:

 

—No debería sorprenderme. De hecho, antes de que usted se moleste en decirlo, ya sé que, dada la reputación de los abogados, si la gente escuchara una defensa de las dos profesiones, quizá considerase a los prestamistas más admirables. No puedo evitarlo, pero creo que si usted tiene problemas es mejor que trate con un abogado que con un prestamista.

 

Continúo. A Johnson no le impresionó la lógica del prestamista de tratar de extraer sangre a una piedra y luego pulverizar la piedra porque deja de sangrar. Explotó de indignación, gritándole amenazas que no podía cumplir. En resumen, amenazó con matar al prestamista.

 

 

 

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—Como usted nos está contando la historia de Johnson, supongo que él admitió haber hecho las amenazas —dijo Trumbull.

 

—Sí, lo hizo —dijo Levine—. Desde el comienzo le dije, como a todos mis clientes, que no puedo defenderlo con eficacia si no me dice toda la verdad, aunque eso signifique confesar un crimen. Incluso después de tal confesión, yo podría seguir dispuesto a defenderlo y a luchar, en el peor de los casos, por un castigo menor del que le correspondería y, en el mejor, por conseguir la absolución basándome en posibles atenuantes.

 

Me parece que él me creyó, y no dudó en decirme lo de las amenazas; ni intentó suavizarlo ni modificarlo. Eso me impresionó mucho, la verdad. Soy lo suficientemente veterano en mi profesión y he escuchado las protestas de inocencia de suficientes mentirosos, como para no reconocer la verdad cuando la oigo, y, como suele suceder, hay pruebas que apoyan esta parte de la historia, a pesar de que Johnson no lo sabía entonces, de modo que dijo la verdad simplemente porque sabía que sería inútil mentir.

 

—¿Cuál es la prueba? —preguntó Trumbull.

 

—Los cuartos de hotel no están insonorizados y Johnson gritaba a pleno pulmón. Una limpiadora escuchó prácticamente todo y también un tipo en el cuarto de al lado, qué estaba tratando de dormir una siesta y llamó a recepción para quejarse.

—Eso sólo significa que se estaba produciendo una pelea. ¿Qué pruebas hay de que era Johnson quien estaba gritando?

—Muchas —dijo Levine—. El recepcionista también conoce a Johnson, y Johnson se detuvo para preguntarle si el prestamista estaba en su habitación. El recepcionista lo llamó y envió a Johnson arriba —y vio a Johnson bajar después—, y el aviso de la amenaza de muerte le llegó en ese período de tiempo.

 

Sin embargo, era una amenaza vacía. De hecho, sólo sirvió para que Johnson desahogara su ira. Salió casi inmediatamente después. Estoy prácticamente seguro de que Johnson fue incapaz de matarlo.

 

Rubin no dejaba de moverse en su asiento.

 

—Eso es una tontería —dijo—. Cualquiera es capaz de matar en un momento de suficiente ira o terror y con un arma a mano. Supongo que, después de que Johnson saliera, encontraron muerto al prestamista con la cabeza destrozada por un bate de béisbol, con sangre y cabellos pegados, echado sobre la cama; y usted nos dice que está seguro de que Johnson no lo hizo.

 

Levine levantó su copa e indicó que deseaba un poco más de brandy, dio las gracias a Henry con una sonrisa y dijo:

—He leído alguna de sus historias de misterio, señor Rubin, y me han gustado. Estoy seguro que si en sus relatos se diera una situación como ésta, usted encontraría formas de demostrar que el sospechoso es inocente. Pero esto no es uno de sus misterios, señor Rubin. El prestamista estaba completamente vivo cuando Johnson se fue.

 

 

 

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—Según Johnson, por supuesto —dijo Rubin.

 

—Un testigo irrecusable. El hombre que llamó a la recepción dijo que alguien había asesinado a alguien en el cuarto de al lado y el recepcionista envió inmediatamente al detective del hotel, pues temía que su amigo hubiera sido asesinado. El detective estaba bien armado, y aunque no sea un intelectual, es perfectamente apto para servir como testigo. Golpeó la puerta y se identificó, luego la puerta se abrió y apareció el prestamista, a quien el detective conocía, completamente vivo… y solo. Johnson ya se había marchado, desinflado y desmoralizado.

 

El hombre de la recepción, que se llama Brancusi, vio salir a Johnson unos segundos después de que el detective cogiera el ascensor. Al parecer, se cruzaron en ascensores distintos. Brancusi lo llamó, pero Johnson apenas levantó una mano y salió a toda prisa. Estaba pálido y parecía enfermo, dice Brancusi. Eran las tres menos cuarto, según Brancusi… y también según Johnson.

 

En cuanto al prestamista, bajó poco después de las cuatro y estuvo en el bar una hora o más. El camarero, que lo conocía, testificó eso y puede enumerar satisfactoriamente las bebidas que le sirvió. Alrededor de las cinco y cuarto, el prestamista salió del bar y, posiblemente, subió a su habitación.

 

—¿Bebió lo suficiente como para emborracharse? —preguntó Avalon.

 

—Según el camarero, no. Estaba bien dentro de sus límites usuales y no mostraba signos de estar bebido.

—¿Habló con alguien en particular?

 

—Sólo con el camarero. Y, según éste, se marchó del bar solo.

 

—Eso no significa nada —dijo Gonzalo—. Podía haberse reunido con alguien en el vestíbulo. ¿Lo vio alguien coger el ascensor solo?

—Nadie, que sepamos —dijo Levine—. Brancusi no se fijó y nadie ha admitido haberlo visto; tampoco se ha presentado nadie voluntariamente con la información. De todas formas, el prestamista pudo haberse encontrado con alguien en el ascensor o en el pasillo fuera de su cuarto. No lo sabemos y no tenemos pruebas de que no estuviera solo cuando entró en su cuarto poco después de las cinco y cuarto.

No obstante, este período de dos horas entre las tres y cuarto y las cinco y cuarto es muy significativo. El detective que vio al prestamista inmediatamente después de que Johnson saliera a las tres y cuarto lo encontró tranquilo y más bien divertido por todo el jaleo. Sólo una pequeña discusión, dijo, nada importante. Además, el camarero también insiste en que la conversación y la actitud del prestamista durante el tiempo que estuvo en el bar fueron normales y sin nada de particular. Ni hizo ninguna referencia a amenazas o peleas.

 

—¿Usted hubiera esperado que las hiciera? —preguntó Halsted.

 

—Quizá no —dijo Levine—, pero de todas formas es significativo. Al fin y al cabo, conocía a Johnson. Sabía que era física y emocionalmente débil. No temía que le atacara o no dudaba que podría manejarlo si lo intentaba.

 

Después de todo, el camarero no vio que tomara la precaución de llevar un

 

 

 

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guardaespaldas, aunque sabía que Johnson estaba desesperado. Durante ese intervalo de dos horas actuó como si considerara que mi cliente era inofensivo y, desde luego, yo expondré ese punto al jurado.

 

Avalon sacudió la cabeza.

 

—Quizá sea así, pero si su historia nos dice algo es que el prestamista encontró una muerte violenta. Y en ese caso, el hombre que le amenazó será sospechoso de asesinato. El hecho de que el prestamista estuviera seguro de que Johnson era inofensivo no significaba nada. El prestamista pudo cometer simplemente un error monumental.

 

Levine suspiró.

 

—Efectivamente, el prestamista murió. Volvió a su cuarto a las cinco y cuarto, o un minuto o dos después, y sospecho que sorprendió a un ladrón allí. El prestamista tenía una buena cantidad de dinero en efectivo en su habitación —necesario para sus negocios— y el hotel no era inmune a los ladrones. El prestamista luchó con el intruso, que lo mató antes de las cinco y media.

 

—¿Y las pruebas? —preguntó Trumbull.

 

—El hombre del cuarto de al lado que había tratado de echar una siesta dos horas antes se había despejado lo suficiente como para no poderse dormir hasta las cinco más o menos, y entonces, cuando por fin se durmió, le volvieron a despertar fuertes ruidos. Llamó a recepción muy enojado e informó a Brancusi de que esta vez había llamado directamente a la policía.

 

—¿Escuchó la misma voz que antes? —dijo Gonzalo.

 

—Dudo que cualquier identificación de voz que intentara hacer tuviera validez en el juicio —dijo Levine—. Sin embargo, no declaró haber oído voces. Sólo ruidos de muebles golpeados, cristales rotos y esas cosas.

 

Brancusi envió al detective, quien, al no obtener esta vez respuesta a su llamada, entró con su llave maestra y hacia las cinco y media encontró al prestamista estrangulado, el cuarto en completo desorden y la ventana abierta. La ventana daba a un tejado dos pisos más bajo. Un ladrón con experiencia pudo haber bajado fácilmente sin ser visto.

 

La policía llegó poco después, alrededor de las seis menos veinte. —Supongo que la policía —dijo Trumbull— no se cree la teoría del ladrón. —No. Ni en la pared ni en el tejado pudieron detectar indicios de que un ladrón

 

hubiera escapado por allí hacía poco. Sin embargo, cuando al interrogar al hombre que les llamó se enteraron del incidente anterior, descartaron la posibilidad de una coincidencia y ahora piensan que Johnson volvió a la habitación, atacó y estranguló al prestamista, golpeando los muebles en la lucha; luego abrió la ventana para hacer creer que un intruso había hecho la faena y salió apresuradamente por la puerta. Al detective se le escapó por unos instantes, pues se volvió a cruzar con él en el ascensor.

 

—¿No cree que sea posible? —dijo Trumbull.

 

 

 

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—Oh, todo es posible —dijo Levine, fríamente—, pero la misión del fiscal no es mostrar que es posible. Tiene que demostrar que fue así más allá de toda duda razonable. El hecho de que la policía no viera algo en las paredes o el tejado no significa nada. Quizá no buscaran lo suficiente. Una negativa nunca impresiona a ningún jurado o juez… y así debe ser. Y las amenazas de las tres y cuarto no tienen nada que ver con los hechos de las cinco y veinte, a no ser que se pueda demostrar la presencia en el lugar del crimen del hombre que las hizo.

 

Gonzalo estaba balanceándose sobre las patas traseras de la silla con las manos aferradas a la mesa.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

 

—El problema es, señor Gonzalo —dijo Levine—, que Johnson estaba en el lugar del crimen hacia la hora del asesinato.

Gonzalo dejó caer la silla hacia delante con estrépito.

 

—¿Hay alguna prueba?

 

—La mejor —dijo Levine—. Él mismo lo admite. Esto es lo que sucedió: dos horas después de dejar al prestamista, Johnson buscó rápidamente todo el dinero que tenía, pidió prestadas pequeñas sumas a varios amigos, hizo una visita a una casa de empeño y reunió aproximadamente la tercera parte de su deuda. Luego volvió al hotel esperando obtener un aplazamiento con el pago de una parte de la suma. Tenía pocas esperanzas de conseguirlo, pero tenía que intentarlo.

 

Llegó al hotel alrededor de las seis menos cuarto, después de que se hubiera cometido el asesinato, y vio un coche de la policía en la acera del hotel. Pero aparte de darse cuenta de su existencia, le prestó poca atención. Sólo tenía una cosa en la mente.

 

Se dirigió directamente al ascensor, que estaba en el vestíbulo con la puerta abierta. Cuando llegó al piso del prestamista vio un policía en la puerta de la habitación a la que se dirigía. Casi instintivamente retrocedió al ascensor y apretó el botón del vestíbulo. Era la única persona que iba en el ascensor y no lo llamaron de pisos superiores. El ascensor bajó lentamente, sin detenerse en ningún piso. Cuando llegó al vestíbulo, salió rápidamente, fue a su casa y se quedó allí hasta que la policía fue a buscarlo.

 

Una voluta de humo de cigarrillo flotaba en el aire sobre la cabeza de Drake. —Supongo —dijo— que se habían enterado de la amenaza y fueron a

 

interrogarlo.

 

—Así es —dijo Levine.

 

—Pero no pueden hacer que Johnson declare contra sí mismo, así que ¿cómo demuestran que estaba allí a la hora del crimen?

—En primer lugar, Brancusi lo vio cuando se dirigía al ascensor. Lo llamó para advertirle e impedir que se encontrara con la policía. Johnson no lo oyó y las puertas del ascensor se cerraron tras él antes de que Brancusi pudiera hacer algo. Sin embargo, Brancusi insiste en que Johnson volvió a bajar al cabo de un par de minutos

 

 

 

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y que se fue precipitadamente. Y está dispuesto a jurar que Johnson salió precisamente a las seis menos diez.

 

—¿Brancusi está totalmente seguro de eso? —dijo Drake.

 

—Sí. Su turno acababa a las seis y estaba furioso porque el asesinato no hubiera ocurrido una hora más tarde, cuando él ya hubiera salido. Estaba seguro de que le interrogarían y quizá le retuvieran algunas horas. Por lo tanto, era particularmente consciente de la hora. Había un reloj eléctrico colgado en la pared al lado del escritorio; era un reloj grande y bonito, con números claros, que habían colocado recientemente. Funciona al segundo y Brancusi está absolutamente seguro de que eran las seis menos diez.

 

Avalon se aclaró la garganta.

 

—En ese caso, señor Levine, Brancusi respalda la historia de Johnson y coloca a su cliente en el lugar del asesinato, pero no a la hora en que se cometió, sino después.

 

—Aquí es donde entran las trivialidades —dijo Levine—. Brancusi es un mal testigo. Tartamudea ligeramente, lo cual le hace parecer inseguro; tiene un párpado caído, lo que le da un aspecto avergonzado y sospechoso; tiene problemas para mirar a los ojos a otra persona. El jurado estará dispuesto a creer que es un mentiroso.

 

Segundo, Brancusi es amigo de Johnson, lo conoce desde la niñez y todavía van a tomar copas juntos. Eso le da un motivo para mentir, y la acusación lo explotará al máximo.

 

Finalmente, es posible que Brancusi no quiera declarar. Estuvo seis meses en prisión por un delito menor hace bastantes años. Desde entonces ha llevado una vida razonablemente ejemplar y, como es natural, no quiere que aquel incidente se haga público. Para empezar, podría costarle el empleo.

 

—¿Pero puede la acusación mencionar ese asunto? No tiene nada que ver, ¿no? —Desde luego que no, pero si la acusación adopta la actitud de dudar de la

credibilidad de Brancusi como testigo, puede contagiar al jurado.

 

—En ese caso —dijo Rubin—, si usted no lleva a Johnson ni a Brancusi al estrado, la acusación sigue teniendo el problema de probar que Johnson estuvo en el lugar del crimen a la hora en que se cometió. Ellos no pueden llamar a declarar a Johnson, y no van a llamar a Brancusi porque no pueden pedirle que declare y traer a colación que estuvo en la cárcel.

 

Levine suspiró.

 

—Hay otro testigo. Es un contable llamado William Sandow. Se detuvo en el vestíbulo del hotel a comprar un paquete de caramelos refrescantes y, mientras estaba en la tienda de periódicos, vio salir a Johnson apresuradamente del hotel. Más tarde, leyó la noticia del crimen y llamó a la policía para facilitarle la información. Su descripción del hombre que vio es correcta y más tarde lo reconoció en una rueda de identificación.

 

Sandow dice que lo que le llamó la atención en el hombre que pasaba era la mirada de horror y angustia de su rostro. Por supuesto, no puede utilizar esos

 

 

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términos como testigo, pero la acusación puede hacerle declarar que Johnson estaba sudando temblando, y esto le daría un aire de asesino en fuga.

 

—No —dijo Rubin—. Hay muchas cosas que pueden hacer sudar y temblar a un hombre, y Johnson tenía buenas razones para ello estando tan cerca de un asesinato. Además, Sandow sólo confirmará la historia de Brancusi y Johnson.

 

Levine sacudió la cabeza.

 

—No, no la confirma. Sandow dice que vio la hora de refilón cuando Johnson pasó y jura que eran exactamente las cinco y media, justo después de que se cometiera el asesinato, pero antes de la llegada de la policía. Si es verdad, esto destruye la historia de Johnson y refuerza las sospechas de que cometió el asesinato.

 

—Brancusi apoya a Johnson —dijo Rubin—. Es la palabra de un hombre contra la de otro. No pueden sentenciarlo.

—Pueden —dijo Levine—, si el jurado cree a uno y no al otro. Si Brancusi lo tiene todo en contra para crear una buena impresión, Sandow lo tiene todo a su favor, rostro franco, aspecto aseado, una voz agradable, y rebosa eficiencia y honestidad. El simple hecho de que sea contable le da un aire de exactitud. Además, mientras que Brancusi es amigo de Johnson y, por tanto, sospechoso, Sandow es ajeno a él por completo y no tiene ninguna razón para mentir.

 

—¿Cómo está usted seguro de eso? —dijo Rubin—. Estuvo muy dispuesto a facilitar la información y verse involucrado en el caso. ¿No tendrá algún secreto rencor contra Johnson? ¿O alguna conexión con el prestamista?

 

Levine se encogió de hombros.

 

—Existen ciudadanos de espíritu cívico, aún hoy. El hecho de que se presentara espontáneamente le ganará el favor del jurado. Como es natural, hemos investigado el pasado de Sandow. No encontramos nada que se pueda utilizar en su contra… al menos, no lo suficiente.

 

Hubo un breve silencio en la mesa y, finalmente, Rubin dijo:

 

—La gente honesta también comete errores. Sandow dice que vio la hora de refilón. ¿Cómo sucedió? ¿Miró su reloj? ¿Por qué? Brancusi tenía una buena razón para mirar el reloj. ¿Cuál es la de Sandow?

 

—El no afirma que mirase su reloj. Vio el mismo reloj de pared que miró Brancusi. Posiblemente, tanto Brancusi como Sandow miraron el mismo reloj en el mismo momento. El mismo reloj no puede indicar las cinco y media para una persona y las seis menos diez para otra. Es evidente que uno está mintiendo o se equivoca, y el jurado creerá a Sandow.

 

—Brancusi miró el reloj —dijo Rubin—. Sandow sólo lo vio de refilón. Quizá no lo viera bien.

—Había pensado poner de relieve ese punto, pero no estoy seguro de que deba hacerlo. La declaración de Sandow de que sólo lo vio de refilón parece honesta, en cierto modo. El simple hecho de que no declare haber visto más de lo que vio, de que no trate de dar más certeza a su testimonio, hace que suene verídico. Y, además, es

 

 

 

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contable. Dice que está acostumbrado a las cifras, que no puede evitar fijarse en ellas y recordarlas. Seguramente, la acusación le hará decir esto en el estrado, y el jurado seguramente lo aceptará.

 

Por otra parte, señor Rubin, si trato de contrarrestar la fría seguridad de Sandow haciendo que Brancusi declare de forma emotiva y tajante que está seguro de que eran las seis menos diez, será tanto menos convincente, porque al jurado le parecerá que está tratando desesperadamente de apoyar una mentira. Y si parece que causa buena impresión, la acusación intentará traer a colación su antigua condena.

Halsted interrumpió con súbita animación.

 

—Oiga, ¿podía Sandow ver el reloj desde donde estaba junto a los periódicos? —Buena idea —dijo Levi—. Lo comprobamos de inmediato y la respuesta es: si,

podía. Fácilmente.

 

Se hizo otro silencio en la mesa, un tanto largo. Finalmente, Trumbull dijo:

 

—Hagamos un rápido resumen. Usted está convencido de que Johnson es inocente y Brancusi está diciendo la verdad. Está también convencido de que Sandow miente o está equivocado, pero no sabe por qué lo hace ni cómo demostrarlo. Y el jurado creerá a Sandow y condenará a Johnson.

 

—Esos son los hechos —dijo Levine.

 

—Por supuesto, los jurados son impredecibles —dijo Rubin.

 

—Sí, así es —dijo Levine—, ésa es mi única esperanza, pero no es demasiado.

 

Me gustaría tener algo mejor.

 

Los dedos de Avalon tamborileaban ruidosamente sobre el mantel. Dijo:

 

—Soy abogado de patentes y, por tanto, no tengo experiencia en los tribunales. Sin embargo, todo lo que usted necesita es crear una duda razonable. ¿No puede hacer hincapié en que la libertad de un hombre depende de una mera ojeada a un reloj?

 

—Puedo, y pienso apoyarme en ese punto, aunque procuraré no empujar a la acusación a mencionar el pasado de Brancusi. Pero me gustaría tener algo más.

 

Desde el aparador, se escuchó súbitamente la voz de Henry:

 

—Si me permite, señor Levine… supongo que el reloj en cuestión, al que se refieren tanto el señor Brancusi como el señor Sandow, es un reloj digital.

Levine frunció el ceño.

 

—Sí, lo es. No lo mencioné, ¿no? ¿Cómo lo sabe? —Su momentánea confusión desapareció y sonrió—. Claro, no es ningún misterio. Dije que era un reloj nuevo, y en estos tiempos los relojes digitales se están haciendo tan populares que es razonable suponer que cualquier reloj nuevo sea digital.

 

—Estoy seguro de que es así —dijo Henry—, pero no es eso lo que me ha llevado a mi conclusión. Usted dijo hace unos momentos que el señor Sandow es contable y que los contables no pueden evitar fijarse en las cifras y recordarlas. Por supuesto, uno no recuerda las cifras de un reloj de esfera normal… recuerda la posición de las manecillas. En un reloj de esfera se puede saber la hora con la misma facilidad

 

 

 

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cuando tiene números que cuando tiene puntos o incluso nada.

 

—¿Entonces?

 

—Casi toda persona adulta de una inteligencia razonable puede saber la hora de una ojeada. Ser contable no supone ninguna ventaja. Con un reloj digital es diferente.

—Como era un reloj digital, los contables sí tienen una ventaja. No me está ayudando, Henry.

—Creo que sí —dijo Henry—. Usted ha estado confundiéndonos inconscientemente, señor Levine, diciéndonos la hora de la antigua forma apropiada para un reloj de esfera. Habló de las tres y cuarto, de las seis menos cuarto, etc. Los relojes digitales muestran específicamente esas horas como las tres y quince, y las, cinco cuarenta y cinco. Supongo que cuando sólo se utilicen relojes digitales, la hora se dirá exclusivamente de esta forma.

 

Levine pareció un tanto impaciente.

 

—¿Cómo cambia eso las cosas, Henry?

 

—Usted dijo —dijo Henry— que Brancusi estaba seguro de que en el momento crucial eran las seis menos diez, mientras que Sandow estaba seguro de que eran las cinco y media. En ese caso, si el reloj fuera de esfera, la posición de las manecillas sería completamente diferente y ninguno de los dos podría estar equivocado. Estaríamos ante una mentira deliberada de una de las dos partes.

 

Sin embargo, con un reloj digital, Brancusi afirma que leyó las cinco cincuenta y Sandow afirma que leyó las cinco treinta.

—¡Ah! —dijo Levine—, y usted piensa que Sandow confundió el cinco por un tres. No nos vale; se podría sostener con igual razón que Brancusi confundió el tres por el cinco en su impaciencia por acabar su turno.

 

—No se trata de un error qué cualquiera pudo cometer —dijo Henry—. Es un error que un contable cometería particularmente. Medio dólar son cincuenta centavos, pero media hora son treinta minutos, y un contable tiende a ver los números en términos de dinero. Para un contable, las cinco cincuenta es casi como decir cinco dólares y medio. Una rápida mirada a un reloj digital que marque las cinco cincuenta puede sugerir las cinco y media en la mente de un contable, y más tarde jurará que ha visto las cinco y media.

 

Avalon parecía sorprendido.

 

—¿Realmente crees que el señor Sandow pudo haber cometido ese error, Henry? Pero fue Levine quien respondió jubilosamente.

—¡Por supuesto! Es la única forma de explicar cómo dos personas pueden mirar el mismo reloj al mismo tiempo y, honestamente, dar dos versiones diferentes. Además, hay una duda razonable. Supongan que coloco una pantalla donde proyecto los números con el pretexto de probar la vista y la memoria de Sandow para las cifras, y le pido que detecte e identifique números proyectados rápidamente. Le muestro cinco cincuenta con un signo de dólar delante, y se verá impulsado a decir «cinco dólares y medio».

 

 

 

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—Podría decir «cinco cincuenta» o algo parecido —dijo Gonzalo.

 

—En ese caso, le pediré que indique si quiere decir quinientos cincuenta dólares o cinco dólares y medio —después de todo ¿ve o no ve el punto decimal?— y seguramente dirá cinco dólares y medio. Le haré repetir lo mismo con cinco cincuenta escrito en otros tipos y sin el signo de dólar. Finalmente, cuando proyecte la imagen de un reloj digital que marque las cinco cincuenta y le pregunte si son la cinco y media o las seis menos diez, ni siquiera tendrá que responder. El jurado comprenderá el error.

 

Levine se levantó y estrechó la mano de Henry.

 

—Gracias, Henry. Dije que los casos dependen de trivialidades, pero nunca imaginé que éste podría depender de algo tan trivial como la diferencia entre un reloj digital y un reloj de esfera.

 

—Pero —dijo Henry— de esta trivialidad depende la libertad de un hombre que está acusado de asesinato injustamente, y eso no es ninguna trivialidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

Casi con decepción advertí que había terminado todas las historias que necesitaba para el tercer libro, y que sólo había podido incluir una rechazada. Eso significaba que no podría enviar los dos relatos restantes a una revista y que debía escribirlos especialmente para el libro.

 

Como tenía que hacerlo, lo hice… y escribí éste en la tercera reunión de aficionados a la literatura de misterio en Mohonk, a la que me referí en el epílogo de «¡No viene al caso!».

 

Como mis lectores habrán observado, «¿Qué hora es?» incluye un crimen, un caso raro en mis relatos de los Viudos Negros. Sin embargo, aquí no importa quién lo hizo, ni cómo lo hizo, ni por qué lo hizo. Sólo se trata de explicar una discrepancia… que, a fin de cuentas, es de lo que tratan los Viudos Negros.

 

Pero, al menos, los Viudos Negros evitaron que un hombre inocente fuera condenado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI

 

EL SEGUNDO NOMBRE

 

 

ROGER HALSTED parecía apenado y dijo:

 

—Casi no vengo esta noche.

 

Geoffrey Avalon lo contempló desde su metro noventa de estatura y dijo:

 

—¿Un accidente de coche?

 

—Nada tan dramático —dijo Halsted—. Alice tenía uno de sus arrebatos feministas esta noche y criticó duramente el hecho de que los Viudos Negros sea una organización masculina.

 

—Pero ella lo sabía desde el principio, ¿no? —preguntó Avalon.

 

—Por supuesto, y está ofendida desde el principio —dijo Halsted—. Unas veces es peor que otras, eso es todo. Y hoy quizá viera algo en televisión o leyera algo en los periódicos, o charlara con una amiga, o lo que sea. De cualquier modo, estaba enfadada, y el problema es que yo estoy un poco de acuerdo con ella.

Emmanuel Rubin fue hacia ellos desde el otro lado de la habitación, donde había estado intercambiando insultos con Mario Gonzalo, el anfitrión del banquete mensual de los Viudos Negros.

 

—¿Estás hablando de tu esposa? —dijo.

 

—Sí.

 

—Lo hubiera adivinado por tu cara de preocupación. Malo. Los Viudos Negros no tienen esposas.

—¿Sí? —dijo Halsted incisivamente—. ¿Se lo has dicho a Jane? —Quiero decir durante los banquetes, y tú sabes lo que quiero decir.

—Te he oído mencionar a Jane en los banquetes y, además, mi discusión se refiere a los banquetes. No me gustaría tener que dejar de asistir.

 

—¿Quién te puede obligar a ello? —preguntó Rubin burlonamente, con su barba rala encrespada.

—Para empezar, mi propia conciencia —dijo Halsted—. Y no merece la pena romper un matrimonio por eso.

—¿Por qué romper un matrimonio? —dijo Rubin—. Aunque concedamos a las mujeres la igualdad —política, económica y social—, ¿por qué tendría eso que impedirme pasar una velada al mes con amigos de mi propia elección que, casualmente, son hombres?

 

—No se trata de eso, y tú lo sabes, Manny. No es que sólo haya hombres casualmente. Las reglas del club prohíben la entrada de miembros que no sean masculinos.

 

—Y que no sean inteligentes —dijo Rubin—; y que no sean compatibles. Si a cualquiera, de nosotros le desagrada alguien propuesto para miembro, por trivial o incluso inexistente que sea el motivo, ese miembro potencial puede ser rechazado.

 

 

 

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Con uno solo en contra es suficiente, a pesar de los deseos del resto, y ni siquiera tiene que dar explicaciones.

 

—Manny —dijo Avalon—, generalmente no eres tan obtuso. No es posible rechazar a una mujer, porque ni siquiera puede ser propuesta como miembro. ¿No ves la diferencia? Aquel de nosotros que sea anfitrión de la velada puede traer como invitado a quien desee, incluso a alguien que sería rechazado instantáneamente si fuera propuesto como miembro. Pero el invitado debe ser hombre. Nunca se puede traer a una mujer. ¿No ves la diferencia?

 

—Exactamente —dijo Halsted—. Si rechazáramos a un negro, o a un judío, o a un irlandés, sería intolerancia y ninguno de nosotros lo aceptaría. Pero como sólo son mujeres no parece importarnos ¡Qué ceguera moral!

 

—Bien, entonces —dijo Rubin—, ¿estáis sugiriendo que deberíamos admitir a mujeres en nuestra sociedad?

—No —dijeron Avalon y Halsted, rápida y enfáticamente.

 

—Entonces, ¿sobre qué estamos discutiendo?

 

—Sólo estoy señalando —dijo Halsted— que debemos reconocer la inmoralidad de esto.

—Quieres decir que mientras sepamos que algo es inmoral, somos libres de ser inmorales.

—Por supuesto que no —dijo Halsted—. Siempre pensé que la hipocresía agrava cualquier pecado. No hay nada tan machista como decir: «No soy machista, pero…», tal como he oído decir a Manny.

 

Mario Gonzalo se unió a ellos con evidente satisfacción.

 

—Yo no digo: «No soy machista, pero…». Yo soy machista. Espero que una mujer cuide de mí.

—Eso sólo es la admisión de que no puedes cuidar de ti mismo —dijo Rubin—, algo que siempre he sospechado, Mario.

Gonzalo miró por encima de su hombro con rapidez, en dirección a su invitado, y dijo en voz baja:

—Escuchad, seguid hablando de feminismo durante la cena, volved a ello de vez en cuando. Es una suerte que hayáis empezado por vuestra cuenta.

 

—¿Por qué? —dijo Avalon con una voz que nadie había silenciado desde su invención—. Qué estás tramando…

—Shh —dijo Gonzalo—. Quiero sonsacar a mi invitado. Hay algo que le preocupa y no quiere hablar de ello. Por eso lo he traído. Podría ser interesante.

 

—¿Sabes de qué se trata? —preguntó Halsted.

 

—Sólo en general… —dijo Gonzalo.

 

Henry, cuyo esmerado servicio en los banquetes daba solemnidad a la ocasión, les interrumpió delicadamente:

—Si no le importa, señor Gonzalo, la cena está servida.

 

 

 

 

 

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Gonzalo colocó inmediatamente a su invitado a su derecha y dijo:

 

—¿Ya os he presentado a todos al señor Washburn?

 

Hubo un murmullo general de asentimiento. Lionel Washburn era un individuo de belleza casi clásica, con abundante cabello oscuro pulcramente cortado, gafas de montura negra, camisa blanca, traje azul oscuro y zapatos negro brillante. Parecía bien vestido sin estar incómodo. No aparentaba más de treinta años. Se dirigió a Gonzalo sombríamente:

 

—Me pareció escuchar una discusión sobre si el club debería ser sólo para hombres. ¿Es así, Mario?

—No hay ninguna discusión —dijo Mario con rapidez—. Es de hombres. Yo te invité. No te propuse que trajeras a tu novia.

—No tengo novia —dijo Washburn, mordiendo cada palabra. Y añadió en tono normal—: ¿Desde cuándo es sólo para hombres?

—Desde el comienzo, pero es una historia de Jim. Jim, a mi invitado le gustaría saber cómo empezó el club… si no te importa contarlo, por supuesto.

 

James Drake sonrió y apartó el cigarrillo para poder ver claramente el rostro del otro.

—No me importa, pero estoy seguro de que los demás deben estar un poco cansados de oírla… ¿Alguna objeción?

Thomas Trumbull, quien estaba cortando sus costillas de cordero, dijo:

 

—Muchas, pero continúa; mientras tú hablas, yo me ocuparé de mi estómago. Henry, si puedes alcanzarme un poco de salsa de menta, te lo agradeceré infinitamente. Y Jim, te sugiero que mandes imprimir tu Libro del Génesis personal y se lo entregues a cada invitado. Sería un alivio para los demás. Gracias, Henry.

 

—Ahora que nos hemos deshecho de Tom —dijo Drake—, continuaré. Hace unos treinta años me casé, pero todos cometemos errores, ¿no? Creo que entonces estaba fascinado, aunque no puedo recordar por qué. Sin embargo, mis amigos, no estaban fascinados.

 

Avalon respiró profundamente.

 

—Nosotros recordamos por qué.

 

—Estoy seguro de que tú sí —dijo Drake, de buen humor—. Como consecuencia, me convertí en un solitario. Mis amigos dejaron de visitarme y yo no podía soportara los amigos de ella, y —después de un tiempo— a ella tampoco. Entonces se le ocurrió a Ralph Ottur —ahora vive en California, siento decirlo— fundar un club con el único propósito de verme sin mi mujer. Lógicamente, eso sólo era posible si el club era para hombres. Eso es todo. Nos llamamos los Viudos Negros porque las arañas viudas negras suelen devorar a su pareja, y nosotros estábamos decididos a sobrevivir.

 

—¿Y su esposa conoce el origen del club? —preguntó Washburn.

 

—No es mi esposa —dijo Drake—. Es decir, ya no lo es. Me divorcié después de siete años.

 

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—¿Y todos ustedes son miembros desde el comienzo?

 

Drake sacudió la cabeza.

 

Geoff, Tom y yo somos los miembros fundadores. Los otros se nos unieron más tarde. Algunos miembros han muerto o viven demasiado lejos para asistir.

 

Pero la razón para excluir a las mujeres ha desaparecido. ¿Por qué…?

 

Porque queremos —dijo Gonzalo con rapidez—. Porque me gustan las mujeres en su lugar y sé exactamente cuál es ese lugar, y no es éste.

—¡Qué odioso! —dijo Halsted, tartamudeando ligeramente, como siempre que se excitaba.

Tú dices eso porque estás casado —dijo Gonzalo con frialdad— y tienes que practicar, no sea que cometas algún desliz machista, como dicen, delante de tu mujer, y tengas problemas. Yo no estoy casado, así que soy un hombre libre. Mis amigas saben cómo pienso y si no les gusta, pueden marcharse.

 

Hay un desagradable donjuanismo en lo que dices —dijo Avalon—. ¿No te importa que se vayan?

Algunas veces —admitió Gonzalo—, pero sería peor si se quedaran y discutieran conmigo. Y siempre hay otras.

—Es odioso —dijo otra vez Halsted.

 

La verdad suele serlo —dijo Gonzalo—. ¿A que vosotros, con toda vuestra moral feminista, no podéis decirme por qué no queréis mujeres en estas reuniones sin darme un argumento machista?

 

Hubo un incómodo silencio en la mesa, y Gonzalo dijo:

 

—Henry, tú eres también un Viudo Negro, no te voy a dejar escapar. ¿Te gustaría que hubiera mujeres en estas reuniones?

El rostro de Henry se arrugó en una placentera sonrisa.

 

—No, señor Gonzalo, no me gustaría.

 

—Ajá —dijo Gonzalo—. Pero tú eres un hombre honesto, Henry, no como todos estos hipócritas negros. Dime por qué no.

—Como usted, señor Gonzalo —dijo Henry—, no estoy casado, pero me temo que carezco de su variada experiencia con mujeres jóvenes.

—¿Y eso qué tiene que ver?

 

—Sólo estoy explicando la situación —dijo Henry—, por si mi teoría sobre el asunto pudiera parecerles pueril a hombres más experimentados. Me parece que la mayoría de los hombres, durante su infancia, han tenido a la madre como figura dominante. Aun cuando se le atribuye al padre la misteriosa y cruel función de administrar el castigo, en realidad es la madre quien, con gritos, empujones y cachetes, se interpone siempre en lo que queremos hacer. Y nunca nos recobramos.

Rubin, con una voz profunda de masculino desdén, dijo:

 

—Vamos, Henry, ¿estás tratando de decir que esos hombres temen a las mujeres? —Creo que muchos sí —dijo Henry—. Desde luego, muchos tienen una sensación de alivio y libertad cuando están sólo en compañía de hombres y se sienten

 

 

 

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particularmente libres cuando no se permite a las mujeres que se inmiscuyan. Este club se originó como un refugio contra las mujeres bajo la forma de una mujer concreta. Esa mujer ya no está, pero el refugio sigue siendo necesario y persiste.

—Bien —dijo Avalon—, al menos no es un argumento descaradamente machista. —Y totalmente falso —dijo Rubin, cuyos ojos brillaban tras los gruesos cristales

de sus gafas—. ¿Cuántos de vosotros tenéis miedo a las mujeres?

 

Fue Washburn quien intervino en aquel momento. Con su agradable rostro contorsionado por la rabia, dio en la mesa un golpe con el puño que hizo temblar los platos, e incluso Henry se detuvo mientras servía el café.

 

—No esperaban que alguien lo admitiera, ¿no? Su camarero está en lo cierto, pero no ha ido lo suficientemente lejos. Por supuesto que tememos a las mujeres. ¿Por qué no las íbamos a temer? Son devoradoras de hombres, caníbales, arpías. No tienen reglas ni cánones de deportividad. Son la ruina de los hombres y de todo lo que es decente y humano. No me importa si no vuelvo a ver otra en mi vida.

Hizo una pausa, respiró profundamente, se pasó una mano por la frente, empapada de sudor, y dijo:

—Lo siento, caballeros, no tenía la intención de perder los nervios.

 

—Pero ¿por qué…? —dijo Trumbull, y se detuvo al ver la mano levantada de Gonzalo.

Gonzalo sonreía triunfante.

 

—Más tarde, Tom. Casi es la hora del interrogatorio y te elegiré a ti como inquisidor, así podrás hacer tu pregunta.

En efecto, no pasó mucho tiempo antes de que Gonzalo diera los golpecitos rituales en su vaso de agua mientras Henry servía el brandy.

—Es todo tuyo, Tom —dijo.

 

Trumbull frunció el entrecejo amenazadoramente bajo sus canosos cabellos rizados, y dijo:

—Supongo, señor Washburn, que Mario le habrá explicado que el pago por lo que esperamos le haya parecido una cena excelente y una conversación al menos en parte edificante es un interrogatorio. Se espera que responda a nuestras preguntas sincera y completamente, aun cuando resulten algo embarazosas. Puedo asegurarle que nada de lo dicho aquí saldrá de estas cuatro paredes.

Cumplido este preámbulo, permítame decirle esto: yo no soy ningún juez en belleza masculina, señor Washburn, pero me parece que las mujeres lo considerarían atractivo.

 

Washburn se sonrojó y dijo:

 

—Yo no intentaría entender los gustos de las mujeres. Sin embargo, es verdad que, en alguna ocasión, he visto que atraigo a las mujeres.

—Es usted muy modesto en su afirmación —dijo Trumbull—. ¿Sucede también lo contrario? ¿Le atraen las mujeres?

Por un momento, Washburn pareció sorprendido. Luego frunció el entrecejo y

 

 

 

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dijo:

 

—¿Me está preguntando si soy homosexual?

 

Trumbull se encogió de hombros y dijo con voz neutra:

 

—En estos tiempos es una pregunta permisible, e incluso es permisible responder de forma afirmativa, si fuera el caso. No se lo pregunto por interés personal, se lo aseguro, sino por simple curiosidad a causa de sus anteriores comentarios contra las mujeres en general.

 

Washburn se relajó.

 

—Comprendo. No, me interesan las mujeres. Me interesan demasiado. Y realmente no estoy contra las mujeres en general. ¡Estaba atacando a una sola! ¡A una mujer! ¡Y a mí mismo!

 

Trumbull vaciló.

 

—Lo lógico —dijo—, señor Washburn, sería preguntarle sobre esa mujer que tanto le inquieta. Sin embargo, no me decido a hacerlo. Por una parte, es un asunto especialmente privado, en el que no desearía inmiscuirme, y, por otra, si a usted no le importa, los detalles podrían ser particularmente aburridos. Supongo que cada uno de nosotros, en algún momento…

 

Avalon lo interrumpió.

 

—Si no te importa a ti, Tom, estás mostrando una inusual mezcla de delicadeza y falta de sensibilidad. Con tu permiso, estoy dispuesto a hacerme cargo del interrogatorio.

 

—Si crees que lo puedes hacer, Geoff, dentro de los límites del buen gusto —dijo Trumbull resentido.

Avalon levantó al máximo sus espesas cejas y dijo:

 

—Tengo buena opinión de ti, Tom, pero nunca te he considerado un árbitro del buen gusto. Señor Washburn, no deseo abrir heridas innecesariamente, pero permítame adivinar. Usted perdió los estribos en medio de una discusión en pro y en contra del feminismo. ¿Podemos suponer que su desagradable experiencia, sea la que sea, tuvo algo que ver con el feminismo?

 

Washburn asintió y dijo:

 

—Sí, maldita sea.

 

—¡Bien! Ahora puede ser superfluo preguntarle esto, pero ¿lo que le ocurrió a usted es algo que les ha pasado a muchos otros? Dejando de lado el enorme dolor que pueda haberle causado y que usted quizá se sintiera desgraciado como nadie, ¿pensaría usted en sus momentos más serenos que ése es el destino común de la humanidad masculina?

 

Washburn parecía perdido en sus pensamientos, y Avalon continuó, tan delicadamente como pudo.

—Después de todo, millones de hombres han sido rechazados, o engañados, o traicionados por sus amantes y amigas.

—Lo  que  me  sucedió  —dijo  Washburn,  mostrando  unos  dientes

 

 

 

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extraordinariamente blancos e iguales— les ha ocurrido a muchos otros, como usted sugiere. Lo reconozco. Perder a la mujer que se ama no es tan raro. Que se rían de uno y ser humillado —tragó saliva— puede sucederle a cualquiera. Pero en un aspecto, me ha ido particularmente mal. En un determinado aspecto.

 

Avalon asintió con la cabeza.

 

—Muy bien, no le haré más preguntas. Sólo cuéntenos sobre ese aspecto. Washburn clavó la mirada en su brandy y empezó a hablar precipitadamente. —Me enamoré. No era la primera vez. Ella era… no era la mujer más hermosa

 

que he conocido… ni la más agradable. De hecho, no nos llevábamos bien. Estar con ella era como una carrera enloquecedora por un camino lleno de baches. Pero no podía evitarlo. Y parece que todavía es más fuerte que yo. No me pidan que lo analice. Todo lo que puedo decir es que fui atrapado, y yo la quería. Y no pude conseguirla.

 

Ella actuaba como si me odiase. Actuaba como si quisiera que yo la quisiese, sólo para mostrarle al mundo que no podía tenerla.

Era feminista. Tiene los nervios a flor de piel en ese tema. Era una mujer de éxito, la ilustradora de revistas más solicitada, y ganaba mucho. Pero no era suficiente. Para que se sintiera a gusto, yo tenía que fracasar.

 

Y no había forma de argumentar con ella. Ganaba siempre. Por supuesto, era una intelectual y yo no lo soy… aunque pienso que soy inteligente…

 

—La inteligencia —dijo Rubin— es el diamante y el intelectualismo sólo las facetas. He conocido muchos vidrios de hermosas facetas. ¿Cuál es su medio de vida?

 

—Soy corredor de bolsa —dijo Washburn.

 

—¿Le va bien? Quiero decir, tan bien como a su feminista.

 

Washburn enrojeció.

 

—Sí. Y he heredado una fortuna bastante respetable. Ella parecía resentida por esto.

—Déjeme adivinar —dijo Rubin secamente—. Usted hace más dinero con menos inteligencia porque es un hombre. Llega más lejos con menos méritos porque es un hombre. Y probablemente ha heredado una respetable fortuna porque es un hombre. Su hermana hubiera recibido menos.

 

—Algo así —dijo Washburn—. Decía que la forma en que visto, la forma en que actúo, todo en mí estaba destinado a mostrar mi riqueza y mi poder masculino. Decía que era como si llevase escrito en luces de neón: «Puedo comprar mujeres».

—¿Trató de defenderse alguna vez? —dijo Trumbull.

 

—Claro —dijo Washburn—, y eso significaba una pelea. Le preguntaba ¿por qué, si pensaba que se la debía considerar un ser humano y una intelectual, sin ser castigada por su sexo, continuaba resaltando que era una mujer? ¿Por qué no se quitaba el maquillaje y se enfrentaba al mundo con el rostro sin pintar, como los hombres? ¿Por qué no se vestía con ropa menos llamativa, que acentuara menos sus pechos y caderas? Le decía que era como si llevase escrito en luces de neón: «Me

 

 

 

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vendo a buen precio».

 

—Todo eso debía encantarla —murmuró Rubin.

 

—No se lo imagina —dijo Washburn con tristeza—. Decía que una sociedad masculina la obligaba a defenderse y que no abandonaría la única arma que le estaba permitida. Le dije que no necesitaba un arma contra mí. Que me casaría con ella sin necesidad de artificio ni seducción, recién salida de la ducha, con el pelo mojado y un lunar sobre el hombro, si lo tenía. Y ella decía: «¿Para qué? ¿Para hacerte la cena y limpiarte la casa?». Y yo respondía: «Tengo una criada». Y ella decía: «Por supuesto, otra mujer».

 

—¿Para qué demonios iba a casarse con ella? —dijo Halsted—. Habrían peleado todo el día. Habría sido un purgatorio. ¿Por qué no la deja?

—¿Por qué no? —dijo Washburn—. Desde luego, ¿por qué no? ¿Por qué no se quita uno el hábito de la heroína? ¿Por qué no deja uno de respirar el aire contaminado? ¿Cómo puedo saber por qué no? No es algo que se pueda razonar. Quizá… quizá… si tuviera la oportunidad, podría conquistarla.

 

—No debería hacerlo —dijo Rubin llanamente—. Esa mujer es una lagarta, y seguirá siéndolo.

—Esa es una frase estúpida, Manny —dijo Halsted—. Es parte de la habitual intolerancia machista. Un hombre es ambicioso; una mujer no tiene escrúpulos. Un hombre es firme; una mujer es testaruda. Un hombre es ingenioso; una mujer es desvergonzada. Un hombre es competitivo; una mujer es trepadora. Un hombre es un líder enérgico; una mujer es una lagarta.

 

—Llámalo como quieras —dijo Rubin—. Es un lirio del valle, si quieres. Yo digo que su ambición y ocupación habrían sido hacer que nuestro amigo deseara no haber nacido, y que lo habría conseguido.

 

Se volvió hacia Washburn y dijo:

 

—Por su forma tan violenta de reaccionar antes, deduzco que su fracaso con ella

 

fue completo. De modo que le felicito, y si supiera una forma de ayudarle a

 

conquistarla, me negaría a decírsela.

 

Washburn sacudió la cabeza.

 

—No hay cuidado. Se casó con otro —un imbécil—, y lo último que he oído es que ella está cocinando y limpiando la casa.

—¿Abandonó su carrera? —dijo Avalon, atónito.

 

—No —dijo Washburn—, pero también se ocupa de la casa. Lo que nunca comprenderé es por qué lo eligió a él.

—La atracción no se puede explicar —dijo Trumbull—. Quizá ese tipo la hacía reír. Quizá la domina sin molestarse en discutir. Quizá a ella le gusta cómo huele. ¿Cómo vamos a saberlo? ¿Cómo explicaría la forma en que ella le atrae? Nada de lo que ha dicho la hace atractiva para mí.

 

—Si le prefería a él —dijo Washburn, con enojo—, ¿por qué no lo dijo, por qué razón… o no había razón? ¿Por qué hacer que pareciera una prueba? ¿Por qué

 

 

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humillarme?

 

—¿Prueba? —dijo Rubin—. ¿Qué prueba?

 

—Es lo que mencioné antes, cuando dije que me sentía particularmente vejado. Ella me dijo que averiguaría si yo era el tipo de hombre con el que podía vivir. Me pidió que le dijera un segundo nombre de una sílaba que representa lo que todo escolar conoce… y sin embargo no conoce. Me dio a entender que estaba haciendo a ese tipo la misma prueba. Yo lo conocía y no me preocupaba. Por Dios, era un estúpido redactor de textos publicitarios que arrastraba los pies, usaba jerséis de cuello redondo y bebía cerveza.

 

—Usted no creerá —dijo Avalon— que una mujer elegiría a un hombre de acuerdo con su habilidad para resolver una adivinanza. Eso quizá suceda en los cuentos de hadas; pero nada más.

 

—Eso lo comprendo ahora —dijo Washburn—. Pero se casó con él. Me dijo que él le había dado la solución. Ese idiota había pasado la prueba, me dijo, y yo había fallado. No conseguirla era suficientemente malo, pero ella se las arregló para hacerme perder en una lucha de ingenio con alguien a quien yo despreciaba… o, al menos, dijo que yo había perdido. No era una prueba. Era un absurdo. Supongan que eligen un segundo nombre de una sílaba —John, Charles, Ray, George—, cualquiera de ellos. ¿Quién puede decir si la respuesta es correcta o equivocada, salvo ella?

 

Si iba a casarse con él de cualquier forma, podría haberlo hecho sin molestarse en hacerme sentir como un imbécil ante mí mismo.

—¿Tiene alguna importancia que la prueba fuera auténtica? —dijo Halsted—. ¿Que él le diera la respuesta correcta y usted no? ¿Le haría sentirse mejor?

 

—Supongo que sí —dijo Washburn—, pero cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que fue una farsa.

—Veamos —dijo Halsted pensativamente—. Necesitamos un segundo nombre de una sílaba que cada escolar conoce… y sin embargo no conoce.

—Un escolar de cualquier sexo —gruñó Washburn—. No seamos machistas. —Adelante, Roger —dijo Gonzalo—. Tú eres profesor. ¿Qué es lo que todo

 

escolar sabe… y sin embargo no sabe?

 

—En mi clase en el instituto —dijo Halsted, sombríamente—, todo escolar sabe que debe saber álgebra, y lo que no sabe es álgebra. Si álgebra fuera un segundo nombre de una sílaba esa sería la respuesta.

 

—Seamos sistemáticos —dijo Drake—. Sólo las personas tienen segundos nombres en el sentido habitual de la palabra, de modo que podemos comenzar con eso. Si encontramos una persona que todo escolar conoce… y sin embargo no conoce, esa persona tendrá un segundo nombre y ese segundo nombre será la respuesta.

 

—Si usted piensa eso —dijo Washburn—, ¿adónde le lleva? ¿Cómo es posible conocer algo o a alguien… y sin embargo no conocerlo? Y si fuera posible, es completamente imposible que sólo sea aplicable a una persona. ¿Cómo elegiría a la

 

 

 

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persona correcta? No, esa bruja estaba burlándose.

 

—En realidad —dijo Avalon—, los segundos nombres no son frecuentes. Hoy todo el mundo tiene uno, pero me parece que no era la norma en el pasado. Recordemos a algunas personas famosas —George Washington, Abraham Lincoln, Napoleón—. Los griegos tenían un solo nombre: Sócrates, Platón, Demóstenes, Creón. Esto limita algo el campo.

 

—Está Robert Louis Stevenson, Franklin Delano Roosevelt, Gustavo Adolfo Vasa —dijo Halsted.

—¿Quién es Gustavo Adolfo Vasa? —preguntó Gonzalo.

 

—Un rey de Suecia de principios del 1600 —respondió Halsted.

 

—Supongo que todo escolar sueco lo conocería —dijo Gonzalo—, pero debemos limitarnos a los conocimientos de los escolares americanos.

—De acuerdo —dijo Avalon.

 

—Los romanos tenían tres nombres por lo general —dijo Rubin pensativamente

 

—. Julio César era realmente Cayo Julio César. Su asesino, Casio, era Cayo Casio Longino. Todo escolar americano conocería los nombres de Julio César y Casio de la obra de Shakespeare Julio César, que es una lectura obligatoria. Sin embargo, no conocería los nombres Cayo Julio César y Cayo Casio Longino. Pensaría que Julio es el primer nombre y Casio el último, pero en los dos casos se trataría de un segundo nombre. Podría ser algo así lo que estamos buscando.

 

—Muchas culturas utilizan patronímicos —dijo Avalon— como segundos nombres. Los rusos, por ejemplo. Pedro I de Rusia, o Pedro el Grande, como se le conoce generalmente, era en realidad Pedro Alexievich Romanov. Todo escolar conoce a Pedro el Grande y sin embargo no conoce su segundo nombre, ni siquiera sabe que tiene uno.

 

—Hay otras posibilidades —dijo Rubin—. Algunos segundos nombres se consideran primeros nombres, incluso en los americanos. El presidente Grover Cleveland era en realidad Stephen Grover Cleveland. Renunció a su primer nombre y se quedó con el segundo, de modo que todo escolar conoce a Grover Cleveland y no conoce a Stephen Grover Cleveland. Lo mismo sucede con Thomas Woodrow Wilson y John Calvin Coolidge.

 

También tenemos algunos segundos nombres perdidos en los seudónimos. Mark Twain era en realidad Samuel Langhorne Clemens, y Lewis Carroll era en realidad Charles Lutwidge Dodgson. Todo escolar conoce a Mark Twain y a Lewis Carroll, pero probablemente no conoce Langhorne y Lutwidge.

 

—Perdónenme, caballeros —dijo Washburn—, pero ¿a dónde conduce esto? ¿Cómo vamos a resolver el problema? ¿Es posible desechar millones de nombres, excepto el que quería esa mujer?

—Solamente estamos trazando las dimensiones del problema, señor Washburn — dijo Avalon con solemnidad.

—Y equivocándonos —dijo Gonzalo—. Mirad, cada segundo nombre que he

 

 

 

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escuchado, desde Julio hasta Lutwidge, tiene más de una sílaba. ¿Por qué no tomamos un segundo nombre de una sílaba y seguimos el proceso al contrario? Si pensamos en los presidentes norteamericanos, podemos comenzar con la letra «s». No existe mejor nombre de una sílaba que el que sólo tiene una letra. Está Harry S. Truman; y la S es sólo una S y no significa nada. Todo escolar conoce a Harry S. Truman, ¿pero cuántos saben que la S no significa nada?

 

—Puestos a eso —dijo Drake—, todo escolar conoce a Jimmy Carter, pero su nombre real es James Earl Carter, hijo. Los escolares no conocen el Earl, y tiene una sílaba.

 

—Aun así —dijo Washburn— hay millones de respuestas, y no una.

 

—Por todos los infiernos, caballeros —rugió Trumbull súbitamente enojado—, estáis olvidando la tercera pista, la crucial. Estoy aquí sentado esperando que alguno advierta el hecho, y no hacéis más que dar vueltas en solemnes y pedantes círculos.

—¿Qué tercera pista, Tom? —preguntó Avalon con rapidez.

 

—Necesitamos un segundo nombre de una sílaba; ésa es la primera. Tenemos ese galimatías sobre los escolares; ésa es la segunda. Y tenemos el hecho de que la mujer dijo que la adivinanza indicaría si Washburn era un hombre con el que ella podría vivir. Esa es la tercera. Significa que la adivinanza tiene algo que ver con el machismo, ya que la mujer es una ardiente feminista. La implicación es que a un machista, que es lo que ella considera a Washburn, no se le ocurriría la respuesta.

—Dios mío, Tom —dijo Rubin—, has dado con ello. ¿Tienes algo más? No me digas que también has encontrado la respuesta.

Trumbull sacudió la cabeza.

 

—No exactamente, pero sugiero que nos limitemos a nombres de mujeres. Una feminista argumentaría que muchas mujeres han jugado un importante papel en la historia, que el machismo suele ignorar. Todo escolar debería conocerlas, pero no las conoce.

 

—No, Tom —dijo Halsted—. Esa no es la pista. No es algo que todo escolar debería conocer, pero no conoce. Es algo que todo escolar conoce, pero no conoce. Es diferente.

 

—Además —dijo Rubin—, aunque nos limitemos a las mujeres, no tenemos una línea clara para dar con la respuesta. Si cogemos las feministas históricas, por ejemplo, tenemos a Susan Brownell Anthony, Carrie Chapman Catt, Helen Gurley Brown, Gloria Steinem, Betty Friedan… ¿cuál de ellas tiene un segundo nombre de una sílaba?

 

—No tiene por qué ser una feminista —dijo Drake, cuyos ojos parecían mirar pensativamente en el aire—. Podría ser una mujer que contribuyó a la historia… por ejemplo, la que escribió La cabaña del Tío Tom y ayudó a la causa de la Guerra Civil, como dijo Lincoln.

 

—Harriet Beecher Stowe —dijo Rubin con impaciencia—, y Beecher tiene dos sílabas.

 

 

 

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—Sí —dijo Drake—, pero la mencioné como ejemplo. ¿Qué me dices de la mujer que escribió «El Himno de Batalla de la República», Julia Ward Howe? ¿Cuántas sílabas tiene Ward?

 

—¿La conoce todo escolar y sin embargo no la conoce? —dijo Avalon.

 

—Todo escolar conoce la estrofa «Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor» y sin embargo no conocen a la autora, porque es una mujer. Al menos, eso es lo que diría una feminista.

 

Hubo un confuso clamor de objeciones sobre el que súbitamente se impuso la profunda voz de Avalon.

—¿Qué me decís de Mujercitas, que fue escrita por Louisa May Alcott? ¿Cuál es la respuesta: Ward o May?

—Ninguna de ellas —dijo Washburn bruscamente.

 

—¿Por qué no? ¿Cómo lo sabe? —dijo Drake.

 

—Porque ella me envió lo que dijo que era la respuesta cuando me escribió para decirme que se había casado —dijo Washburn—. Y no es Ward ni May.

 

—Usted ha retenido información —dijo Rubin, indignado.

 

—No, no lo he hecho —dijo Washburn—. Yo no tenía la información cuando traté de hallar la respuesta y, ahora que la tengo, sigo sin entender por qué. Creo que ella eligió una respuesta al azar para continuar su plan de hacerme sentir como un idiota.

 

Ni les daré la solución ahora, porque ustedes inventarán una razón después de tener el nombre, y eso no vale. Se trata de hallar una solución y razonarla sin conocer la respuesta por anticipado… pero me dio un nombre femenino. Le admito eso al señor Trumbull.

 

—Si podemos averiguar el nombre que ella te dio y decirte por qué, ¿te sentirás mejor? —dijo Gonzalo.

—Creo que sí —dijo Washburn con tristeza—. Al menos, pensaría que fue una prueba justa y que la habría conseguido si hubiera sido más listo, y que ella no se estaba riendo de mí. Pero ¿puede alguien decirme qué nombre era?

 

Miró alrededor de la mesa y encontró seis miradas fijas y pensativas.

 

—¿Tienes alguna idea, Henry? —dijo Gonzalo.

 

El camarero, que estaba retirando las copas de brandy, dijo calmadamente:

 

—A menos que el nombre en cuestión fuera Ann, señor Gonzalo, me temo que no se me ocurre nada.

Washburn dejó escapar un grito incoherente, empujó su silla hacia atrás ruidosamente y se incorporó de un salto.

—Pero es Ann —exclamó—. ¿Cómo llegó a esa conclusión? ¿Fue por azar o tenía una razón?

Estiró los brazos como si fuera a coger a Henry por los hombros y sacarle las respuestas a sacudidas, pero logró controlarse con evidente dificultad.

 

—Los caballeros del Club de los Viudos Negros me dieron las piezas del puzzle,

 

 

 

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señor. Yo no tuve más que juntarlas. El señor Rubin dijo que el segundo nombre podía estar oculto bajo un seudónimo, como en el caso de Mark Twain. El señor Trumbull señaló que debía considerarse el factor feminista. Me pareció muy posible que en algunos períodos de la historia una mujer se ocultara bajo un seudónimo masculino, y me pregunté dónde podría estar en conexión con algo que todo escolar conoce.

Un libro que los escolares han debido leer, década tras década, ha sido Silas Marner. Todo escolar lo conoce, y además sabe que lo escribió George Eliot. Me pareció recordar que era un seudónimo. Lo verifiqué en la enciclopedia que tenemos en el estante de libros de referencia, mientras la discusión arreciaba, y vi que el nombre real de Eliot era Mary Ann Evans.

 

Con los ojos abiertos de asombro, Washburn dijo:

 

—Entonces fue una prueba limpia. Me alegro de eso. Pero ¿le parece que el cretino con el que se casó fue capaz de deducirlo?

—Muy bien pudo hacerlo —dijo Henry—. Creo que lo mejor para usted sería creer que lo hizo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

 

 

Escribí este relato durante un viaje en tren a Richmond, Virginia, donde me habían invitado a pronunciar el discurso de apertura de una conferencia, y durante mi estancia en Richmond.

El club de las «Arañas Tramperas» y, por tanto, el de los Viudos Negros son organizaciones masculinas. Sólo admiten a hombres. Es más, el club de las «Arañas Tramperas» se fundó de la forma que, en este relato, atribuyo a los Viudos Negros.

Desde luego, las organizaciones masculinas están pasadas de moda actualmente. No puedo hablar por las otras «arañas tramperas», pero mi conciencia suele remorderme por ello. Afortunadamente, Janet es una mujer muy tolerante, que está chiflada por mí, y deja gustosamente que pertenezca no sólo a una organización masculina, sino a cuatro, pues se da cuenta de que a mí me gustan.

Bien, es verdad que me gustan y tranquilizo mi conciencia agitando desde dentro en favor de que admitamos tanto a hombres como a mujeres…, pero hasta ahora siempre en vano.

 

 

 

 

 

 

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ISAAC ASIMOV está considerado uno de los más grandes escritores de ciencia ficción de todos los tiempos.

 

Nacido en Rusia, su familia decidió emigrar a Estados Unidos cuando Asimov sólo contaba con tres años de edad. Se crió, pues, en Brooklyn, Nueva York, donde su padre mantenía una tienda de venta de golosinas y revistas. Desde pequeño ya demostró su interés por la ciencia ficción, siendo un ávido consumidor de revistas pulp.

 

Su atracción por la ciencia le llevó a estudiar Ingeniería Química, donde luego lograría doctorarse en Bioquímica y ser profesor en la Universidad de Boston durante varios años, hasta que su labor literaria le llevó a abandonar el mundo de la docencia.

 

Tras acabar la carrera, Asimov publicó su primer cuento en 1939, en la revista Astounding Science Fiction —dirigida por el famoso John W. Campbell— y también colaboró con Amazing Stories. Asimov nunca abandonó la escritura de cuentos y a lo largo de su vida publicó gran número de antologías.

 

Su obra más importante es sin duda La Fundación (1942) proyecto que se publicó en diversas entregas a lo largo de los años y que compuso poco a poco el universo en que Asimov centró la mayor parte de su trabajo. También ese año (1942) Asimov se casó con Gertrude Blugerman con la que vivió hasta 1970, momento en que se divorció.

 

En 1950 publicó su primera novela larga Un guijarro en el cielo, que significó el

 

 

 

 

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pistoletazo de salida para una larga y prolífica serie de títulos en los que Asimov no sólo trató la ciencia ficción sino que se introdujo en géneros como el policiaco, el histórico o la divulgación científica.

 

A lo largo de su carrera literaria recibió gran número de galardones literarios, entre los cuales se encuentran varios Premios Hugo, Nébula o Locus. Asimov formó parte, junto a Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke, de los mejores exponente de la época dorada de la ciencia ficción.

 

Asimov volvió a casarse en 1973 con Janet Opal, un año después de publicar otra de sus obras más importantes Los propios dioses (1972). Varios de sus libros fueron llevados al cine, como El hombre del bicentenario o Yo, Robot.

 

La producción de Asimov siguió siendo importante, tanto en cuentos como libros, hasta su muerte el seis de Abril de 1992.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas

 

[1]  Ambos publicados en esta misma colección, núms. 1466 y 1469. <<

 

[2]  Festividad de Todos los Santos, noche en que los niños se disfrazan y salen a pedir caramelos y golosinas por las casas del barrio. (N. del T.). <<

 

[3]  En castellano en el original. (N. del T.). <<

 

[4]  En inglés «picas» es clubs, de forma que la «c» podría representar esta palabra. (N. del T.). <<

 

[5]  Score es, entre otras cosas, el resultado o tanteo de un juego, y además veintena. (N. del T.). <<

 

[6]  Nota del editor: Fourscore and seven years ago… Fourscore es cuatro veces veinte. <<

 

[7]  Abreviación de Situation Normal, All Fouled Up. Situación confusa, en jerga militar. (N. del T.). <<

 

[8]  Tomorrow (mañana) y To Morrow (a Morrow). (N. del T.). <<

 

[9]  Nombre de ciudad imaginario: “Maldito yanky”. (N. del T.). <<

 

[10]  Desde una cripta en la iglesia de San Giles. (N. del T.). <<

 

[11]  Llegó un grito que resonó una milla. (N. del T.). <<

 

[12]  «Habría un muchacho llamado Sinjon, que decía a su mujer Honest Injun…». Juego de palabras con sin (pecado) y honest (honesto). (N. del T.). <<

 

 [13]  No quería conquistar a aquella bella jovencita. Sólo le daba un pellizquito paternal… (N. del T.). <<

 

 [14]  Blind man = hombre ciego; blond man = hombre rubio. (N. del T.). <<

 

 [15]  En inglés, el adjetivo no indica sexo, blond es indistintamente rubio o rubia. (N. del T.). <<

 

[16]  They’re blind, man. (N. del T.). <<

 

[17]  Blind (ciego) también significa persiana. (N. del T.). <<

 

 

 

 

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