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Libro N° 6103. Cuentos Paralelos. Asimov, Isaac.

Libro N° 6103. Cuentos Paralelos. Asimov, Isaac.

 


© Libro N° 6103. Cuentos Paralelos. Asimov, Isaac. Emancipación. Junio 15 de 2019.

Título original: © Cuentos Paralelos. Isaac Asimov

 

Versión Original: © Aire Frío Y Otros Cuentos. H. P. Lovecraft. 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:Asimov, Isaac - Cuentos paralelos.pdf bjae.sytes.net/moodle/.../Asimov%2C%20Isaac%20-%20Cuentos%20paralelos.pdf?...

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUENTOS PARALELOS

Isaac Asimov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Kate Medina y Jennifer Brehl, las últimas de la larga cadena de redactores que me han guiado solícitamente (e intimidado algunas veces) a través de las complejidades del oficio de escritor. Muy de vez en cuando escribo un libro que no es idea mía. Éste es uno de ellos. Tengo deseos especiales de hacer saber a todos los lectores que la idea de esta obra no es mía y, por tanto, permítanme explicarles cómo empezó todo.

 

En 1964 el doctor Howard Gotlieb de la Biblioteca de la Universidad de Boston tuvo la idea de recopilar mis escritos. Esta biblioteca estaba especializada en autores norteamericanos del siglo veinte, título con el que yo cuadraba. Y lo que es más, yo era (y sigo siendo) miembro de la facultad de la Universidad de Boston, por lo que parecía muy conveniente incluirme.

 

Esto lo juzgué por aquel entonces como una idea grotesca. Consideraba que mis “escritos” eran trastos inútiles (y lo sigo creyendo en la actualidad, en lo más recóndito de mi corazón). Cuando los papeles se acumulaban hasta el punto de ser molestos, yo los quemaba en el fogón para barbacoas de mi casa de Newton, Massachusetts. (No usaba ese fogón para otra cosa. )

 

Cuando le expliqué esto, el doctor Gotlieb se horrorizó. Me comentó la importancia que tienen los documentos contemporáneos de figuras literarias importantes (y al parecer él se refería a mí cuando utilizó esa frase). También me habló del enorme número de estudiantes de literatura que obtendrán su ansiado título gracias al estudio meticuloso de mis primeros manuscritos, y cuán útil sería ello para los escritores en ciernes de siglos y milenios venideros.

 

No creí ni una sola palabra, pero el doctor Gotlieb era (y es) uno de los hombres más atentos y agradables jamás creados por una deidad creativa (suponiendo que exista una), y no tuve valor para desilusionarle. Le entregué todo el material que logré encontrar, el que se había salvado de la quema, y posteriormente le envié más papeles conforme iban acumulándose. Gotlieb recibió ejemplares de todos los libros publicados por mí en todas las ediciones disponibles (club del libro, bolsillo, extranjero, etc.). Le envié manuscritos, tanto borradores como copias definitivas. Le envié toda mi correspondencia y cartas de admiradores. Le envié un ejemplar intacto de todas las revistas que contenían un ensayo o un relato firmado por mí, de tal forma que Gotlieb dispone actualmente, por ejemplo, de una colección de veinte años de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, otra de diez años de American Way y todos los números de Isaac Asimov's Science Fiction Magazine. Todo ello permanece guardado en una bóveda especial.

 

El material acumulado durante estos últimos veinte años y pico es gigantesco y crece sin cesar. Cada quince días cargo con un montón de papeles, revistas y libros hasta la editorial Doubleday, que muy amablemente lo envía por correo a la “bóveda de Isaac”.

 

Me esfuerzo en no pensar en ello. Algún pobre diablo del despacho del doctor Gotlieb debe verse obligado a revisar, ordenar y clasificar todo el material, y a archivarlo de modo racional para que sea posible encontrar con rapidez cualquier documento solicitado. (Lo sé. A veces he necesitado algo, y ellos lo han encontrado de inmediato. )

 

También temo las consecuencias finales. Esa bóveda tiene una capacidad limitada. Algún día explotará, y ya imagino los titulares de The Boston Globe: “Explota la Bóveda de Asimov. Los alrededores en ruinas. Veinte muertos y centenares de heridos”.

 

Y la bóveda y la culpa serán mías.

 

Con lo dicho tienen ya el primer fragmento de la historia de este libro. Continúen leyendo.

 

En los últimos cinco anos, más o menos, me he aficionado a publicar antologías de diversas clases, y en gran cantidad. Tengo en mi haber, en este momento, más de ochenta de tales antologías.

 

Como es lógico, esta actividad atroz supera con mucho mi capacidad. Por tanto, no les sorprenderá saber que en casi todos los casos he contado con la ayuda de otros conspiradores. Los dos más leales y serviciales son Martin Harry Greenberg y Charles G. Waugh. El primero vive en Wisconsin, el segundo en Maine y yo en Manhattan, de forma que estamos muy alejados. Nos mantenemos en contacto mediante cartas, llamadas teletónicas y visitas esporádicas. (Ellos hacen las visitas. Yo no viajo. )

 

Se trata de una conspiración antológica ideal. Charles posee una inmensa colección de publicaciones y una memoria infalible para todo lo que lee, y se halla profundamente enamorado de una fotocopiadora. De ahí que pueda facilitarnos cualquier clase de relato que nos interesa. En cuanto a Martin, le apasiona irrefrenablemente solicitar autorizaciones, ocuparse de todo el papeleo y recibir y remitir cheques. Además, visita a los editores con el propósito de hipnotizarlos para que se avengan a publicar más y más antologías.

 

Con esto sólo me queda la tarea de leer el material que me envían tomar decisiones respecto a dónde va cada cosa, redactar introducciones v algunas notas y entregar los manuscritos a los diversos editores (ya que, si hace buen día, a casi todos puedo ir a verlos andando).

 

Naturalmente, Marty y Charles han acabado teniendo un interés posesivo por mí.

 

Y, por tanto, comprenderán ustedes que hace un par de años, cuando Charles visitó Boston, uno de los “monumentos” que él quiso ver fue la “bóveda del doctor Asimov”. (Charles es la quintaesencia del anglosajón protestante y nunca me llama por mi nombre de pila, a pesar de que yo le insto a hacerlo en repetidas ocasiones. Marty, tan anglosajón y protestante como yo, es más liberal.)

 

No sé cuánto tiempo pasó Charles en el sótano, inhalando el fortaleciente olor a papel viejo y escrutando caducos fragmentos de escritos asimovianos, pero al parecer topó con cierto material totalmente olvidado por mí. No estoy seguro de que el material merezca el apelativo de “curiosidad", pero era ciertamente curioso. Lo que interesó en especial a Charles fue que encontró versiones antiguas de algunas obras famosas mías que, por una u otra razón, son notablemente distintas de las publicadas con posterioridad. Charles consideró que algún lector podría estar interesado por estas versiones antiguas. Incluso preparó, a tal efecto, una lista de los relatos.

 

Mencionó el tema la siguiente vez que habló con Marty, y éste me lo mencionó la siguiente vez que habló conmigo. Marty incluso tenía un título para el libro: Cuentos paralelos.

 

Mi reacción fue inmediata y entusiástica.

 

—Marty—dije—, estás loco.

 

—¿Puedo mencionarlo a Doubleday?—preguntó él.

 

—Adelante—respondí, riendo de buena gana.

 

Estaba convencido de que lo echarían a patadas del despacho, acompañado por un torrente de lenguaje ignominioso. “Se lo tiene merecido”, pensé.

 

Pero o subestimé la persuasión de Marty, o no tuve en cuenta el buen carácter de Kate Medina, por entonces responsable editorial de Doubleday, o ambas cosas a la vez, porque la siguiente vez que surgió el tema me encontré mirando un contrato.

 

Sin dejar de pronunciar maldiciones en voz baja, escribí al bueno de Howard de la Biblioteca de la Universidad de Boston, y lo siguiente que supe fue que tenía montones de papeles viejos en mi escritorio, una muestra de los escritos mencionados por Charles.

 

Comprenderán pues por qué reniego de este libro. Algunos de ustedes tal vez piensen: “Bueno, aquí está Asimov y su exagerada vanidad, pensando que alguien va a interesarse por estas tonterías antiguas”. Pero no es así. La culpa corresponde por entero a Howard Gotlieb, Charles Waugh, Martin Greenbergy Kate Medina.

 

...De todas formas, ya que usted ha ojeado hasta aquí de pie en la librería, nada pierde pagando y llevándose el libro a casa. Howard, Charles, Martin y Kate piensan que el libro interesará, y no me gustaría desilusionarlos.

 

Envejece comnigo

 

Preámbulo

 

Ahora que ya tiene el libro en su casa, permítame presentarle el primer relato: mi novela corta “Envejece conmigo”.

 

El 26 de mayo de 1947 el director de Startling Stories me pidió que escribiera una obra de 40.000 palabras para la revista. Por aquel entonces yo llevaba casi veinte años vendiendo relatos a las revistas de ciencia ficción, y ya había escrito obras de esa longitud. Dos años antes había escrito “The Mule” para Astounding Science Fiction, un relato de 50.000 palabras.

 

Startling pedía en concreto un “relato tipo Astounding”, por lo que la tarea me pareció sencillísima.

 

Sin embargo, tardé el verano entero en escribirlo, porque también tenía que preparar mi tesis doctoral. Acabé el 22 de septiembre de 1947. La obra terminó siendo notablemente más larga que lo solicitado (49.0O0 palabras), pero ese detalle no me preocupó; puesto que las revistas pagan por palabra, eso significaba más dinero.

 

El htulo de la novela lo copié del primer verso de la obra Rabí Ben Ezra de Robert Browning, que es un himno a la vejez. Eso confería al título un significado irónico, en vista del argumento de la novela. Yo sólo tenía entonces veintisiete años, y aún podía considerar con despreocupación el tema de la vejez.

 

Pero para mi sorpresa (y para mi cólera) Startling, tras retener la novela tres semanas, la rechazó. Me sentí humillado, ya que no había

 

Este relato y otro titulado “El general” constituyen la novela Fundación e Imperio, segunda parte de la llamada serie de la Fundación. (N. del T. ) sufrido un rechazo en los últimos cinco anos. Sufrir uno por parte de una revista de segunda categoría, después de pasar el verano entero escribiendo y tras haber recibido la aprobación de la revista cuando (a solicitud de la misma) me habían pedido ver fragmentos de la novela conforme iba escribiéndola, me pareció insoportable. Tengo la costumbre de sentirme desilusionado cuando sufro rechazos (y sufro algunos incluso en la actualidad), pero los soporto filosóficamente. Aquélla fue la primera y la única vez que me encolericé.

 

Hice el intento en Astounding, y la novela fue rechazada de nuevo. Alimenté la esperanza de que una editorial semiprofesional, en proceso de creación para publicar obras de ciencia ficción, quisiera quedarse con mi novela prácticamente sin pagar un centavo, pero incluso esa esperanza se desvaneció.

 

Era el peor fracaso literario de mi vida hasta entonces, y lo extraño es que yo no tirara a la basura el condenado manuscrito. Por fortuna, aún faltaba una década para que comprara la casa con el fogón para barbacoas en el patio, o de otro modo habría quemado la novela. Pero yo residía en un piso sin posibilidad de preparar barbacoas en el salón; de modo que metí el manuscrito en un cajón e intenté olvidar el asunto.

 

Sin embargo, en 1949 Doubleday estaba planeando iniciar una colección de ciencia ficción con encuadernación de lujo, que sería la primera de una editorial no especializada. Mi amigo Frederik Pohl, también escritor de ciencia ficción, se enteró de ello, vino a verme y me sugirió que ofreciera “Envejece conmigo” a Doubleday. Puse muchísimos reparos, ya que no tenía intención alguna de sufrir nuevas humillaciones por causa del fiasco que había escrito, pero Fred fue muy persuasivo y le respondí que lo pensaría.

 

El 1I de marzo de 1949 decidí que sería poco profesional por mi parte determinar en nombre de un editor que una novela era inservible. En consecuencia, fui al piso de Fred Pohl. (En aquellos hempos, yo era demasiado pobre para ir en taxi, y demasiado ingenuo para pensar en una llamada telefónica a fin de comprobar si mi amigo estaba en su casa. ) Como era de esperar, Fred se había ausentado y fue su hijastra, una niña de ocho años que estaba sola en el piso, la que abrió la puerta. (En aquellos tiempos los ninos de ocho años aún no estaban firmemente adoctrinados para que jamás abrieran la puerta a desconocidos).

 

Deben saber que, por lo general, trato mis manuscritos como si estuvieran tachonados de diamantes. Siempre que es posible los llevo personalmente a la editorial y los pongo directamente en manos responsables. Cuando la persona responsable ha salido de viaje, me veo obligado a mandar los manuscritos por correo, pero siempre telefoneo al cabo de un tiempo razonable para asegurarme de que han llegado. Aquella vez, no obstante, me importaba tan poco “Envejece conmigo” que di el manuscrito a la niña con aire indiferente, en la misma puerta y le ordené que se lo entregara a su padre.

 

Y más tarde, no sin cierto asombro por mi parte, Walter L. Bradbury, responsable editorial de Doubleday, dio su aprobación a la novela y me dijo que, si prolongaba el texto hasta 70.000 palabras aproximadamente, su editorial lo publicaría. Y lo que es más, me pagó 150 dólares sólo por hacer eso, prometiéndome otros 350 una vez estuviera completada la tarea. Posteriormente, como es lógico, el libro podría rendir derechos de autor. Quedé aturdido ante tanta esplendidez y la visión de un esplendor oriental en el futuro.

 

Tardé seis semanas y media en corregir y prolongar el texto, y terminé el 20 de mayo de 1949. Doubleday lo aceptó, aunque me rogó eligiera otro título Yo estaba ansioso por anular el título anterior, que sólo podía asociar con desgracia y turbación, y sugerí el de Un guijarro en el cielo.

 

Un guijarro en el cielo fue publicado el 19 de enero de 1950. Fue el primer libro de la serie que actualmente supera los 330, de ellos más de 100 editados por Doubleday.

 

Después de todo esto conservé una copia hecha con papel carbón del “Envejece conmigo” original el tiempo suficiente para poder entregarla, junto con otro material, a Howard Gotlieb de la Biblioteca de la Universidad de Boston. Como es lógico, yo tenía un montón de manuscritos anhiguos en una caja que guardaba en el desván de mi casa de Newton y no inspeccioné con detalle los papeles, por lo que no supe que aquel manuscrito concreto iba incluido en el envío hasta que Charles Waugh me comunicó que lo había visto en el sótano de la biblioteca.

 

Aquí está ahora la novela, exactamente como fue concebida para Startling si se exceDtúa la corrección ~ ores y ro,s~ desatinos secundarios.

 

Envejece conmigo

 

Prólogo

 

Como cualquier persona que lo haya intentado sabe, un relato puede narrarse de dos formas. Puedes empezar por el principio y avanzar hacia el final, o empezar por el final y avanzar hacia el principio. En este caso concreto, el principio es Joseph Schwartz, sastre jubilado de Chicago, Estados Unidos, Anno Domini 1947, en tanto que el final es Bel Arvardan, arqueólogo no jubilado de Baronn, sector de Sirio, año 827 de la Era Galáctica.

 

En realidad, existe una tercera forma de contar un cuento, y consiste en empezar por ambos extremos y avanzar hacia el centro. Y puesto que, ioh gentil lector! (a propósito, cuando se usaba hace siglos esta frase no haáa referenaa a la amabilidad del lector sino a su supuesta calidad de “gentilhombre”, vale decir noble, a fin de diferenciarlo del populacho que careáa, en opinión del autor, del ingenio y el gusto selectivo necesarios para leer sus obras. . .).

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Pero como íbamos diciendo.. .

 

Y puesto que, ¡oh gentil lector!, el método de los dos extremos hacia el centro parece un poco confuso, vamos a ensayarlo y a demostrar que no es tal cosa.

 

El único problema es que tendremos que seguir los dos extremos por separado, ya que ni nuestro nombre de pila es Gertrude ni nuestro apellido Stein. Despues de lanzar la moneda, nos decidimos por Joseph Schwartz...

 

l.a PARTE: JOSEPH SCHWARTZ

 

I Entre dos pasos consecutivos

 

Joseph Schwartz, sastre jubilado, etc., aunque falto de lo que los mundanos de hoy denominan “educación formal", había gastado buena parte de su naturaleza inquisitiva en leer a la ventura. Simplemente a fuerza de indiscriminada voracidad haWa obtenido nociones superficiales de prácticamente cualquier tema, y gracias a su mañosa memoria había logrado retenerlo todo con claridad.

 

Sirva esto para explicar por qué, en este día muy soleado y brillante de principios del estío de 1947, Schwartz podía pasearse por las placenteras calles de las afueras de Chicago y citar mentalmente a Browning. En concreto estaba recordando el poema “Rabí Ben Ezra”, que conoáa de memoria tras haberlo leído dos veces cuando era más joven y que no repetiremos por entero para no aburrir al lector. En realidad, eran los dos primeros versos los que le atraían (a él y a nosotros) y dichos versos eran éstos:

 

¡Envejece conmigo!

Lo mejor aún no ha venido. . .

 

Schwartz sentía eso intensamente. Tras las luchas de su juventud en Europa y las sostenidas como adulto en los Estados Unidos, el sosiego de una madurez próspera resultaba placentero. Con casa y dinero propios, Schwartz podía retirarse, y así lo hizo. Con una esposa que gozaba de buena salud, una hija felizmente casada, un nieto para suavizar estos últimos años, los mejores..., ¿qué cosa podía preocuparle?

 

Estaba la bomba atómica, desde luego, y las habladurías en cierto modo lascivas sobre la tercera guerra mundial, pero Schwartz creía en la bondad de la naturaleza humana. No opinaba que pudiera llegar otra guerra, por lo que sonrió tolerantemente a los niños que pasaban a su lado y les deseó en silencio un recorrido rápido y no demasiado difícil de la juientud hasta la paz de lo mejor que iba a venir. . .

 

Y en otra parte de Chicago se erigía el Instituto de Estudios

Nucleares, donde los hombres no tenían teor~as sobre el valor esen-

cial de la naturaleza humana, ya que aún no se había inventado un

instrumento cuantitativo para medir dicho valor. Si pensaban en ello

alguna vez, era simplemente para desear que alguna maniobra celeste

impidiera al maldito ingenio de la raza humana convertir todos los

descubrimientos inocentes e interesantes en armas mortíferas.

 

Sin embargo, en caso necesario, el mismo hombre mentalmente

incapaz de contener su curiosidad por estudios nucleares que algún

día podrían exterminar medio mundo, ese mismo hombre arriesgada

su vida para salvar la de su camarada.

 

Fue el fulgor azul detrás del químico el primer detalle que atrajo

la atención del doctor Smith.

 

Lo atisbó al pasar junto a la puerta entreabierta. El químico, un

animado jovenzuelo, estaba silbando mientras empalmaba dos ca-

bles. No hubo reacaón durante unos instantes, y después un instinto

extraño se despertó.

 

El doctor Smith entró rápidamente y, con frenéticos movimientos

de una vara que había cogido, tiró al suelo todo lo que había en la

mesa. Se produjo el mortífero silbido de metal que se funde, y el

doctor Smith notó que una gota de sudor resbalaba hacia la punta de

su nariz y quedaba suspendida alli.

 

El joven se tomó tiempo para recobrar el entendimiento, destro-

zado por la precipitación del otro hombre. Miró inexpresivamente el

suelo de cemento, donde el metal plateado se había fundido ya de-

jando finas salpicaduras que todavía despedían intenso calor.

 

—¿Qué ha pasado aquí?—preguntó casi sin aliento el doctor

Smith.

 

—No ha pasado nada—gruñó el químico—. Era una muestra de

uranio impuro. Estoy efectuando una determinación electrolítica de

cobre. .. ¿Qué podía haber pasado?

 

—No lo sé. Había ese halo azul... ¿Uranio, dice?

 

—Uranio impuro, y eso no es peligroso. La pureza es uno de los

requisitos más importantes de la fisión. Además, no se trata de pluto-

nio y no estaba siendo bombardeado.

ù    —Y—dijo pensativamente el doctor Smith—se hallaba por de-

bajo de la masa crítica.—Contempló la reblandecida mesa, la pin-

tura quemada y llena de burbujas de los armarios—. Pero el uranio

funde a mil ochocientos grados centígrados, y este lugar debe estar

saturado de toda clase de radiaciones y emanaciones dispersas. En

cuanto se enfne el metal, joven, lo mejor será arrancarlo y recogerb,

y analizarlo meticulosamente.

 

Se acercó a la pared opuesta y tocó pensativamente un punto

situado a la altura de su hombro.

 

—¿Qué es eso?—preguntó al químico—. ¿Siempre ha estado

aquí?

 

—¿El qué, señor?

 

El joven se acercó nerviosamente y contempló con los ojos muy

 

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2. Cuento~ paralelo~

abiertos el punto indicado por el hombre de más edad. Era un agu-

jero diminuto, como el hecho por un clavo fino arrancado de la pared

después de clavado..., pero clavado en yeso y ladrillo, en todo el

grosor del muro del edifiao, ya que a través de él se veía la luz del

sol. El químico meneó la cabeza.

 

—Nunca lo había visto, pero tampoco lo había buscado.

 

—Bien..., salgamos de aquf. Haremos venir a los de radiaaones

para que inspecaonen la sala, y usted y yo pasaremos una temporada

en la enfermería.

 

—¿Quemaduras por radiación, se refiere a eso?

 

El químico se puso pálido.

 

—Lo averiguaremos.

 

No hubo indicios de quemaduras por radiación. Los análisis de

sangre fueron normales y el estudio de las raíces del cabello no reveló

nada. Tampoco surgieron síntomas de ningún tipo. Y en todo el

Instituto no se encontró a nadie, ni entonces ni en la época posterior

capaz de explicar por qué un crisol de uranio impuro, muy por debajo

de la masa críbca y sin estar sometido a bombardeo neutrónico di-

recto había podido ponerse al rojo vivo y fundirse repentinamente.

 

La única conclusión fue que la física nuclear tenta aún grietas

extrañas y peligrosas.

 

Ninguna relación se estableció entre todo esto y el hecho de que

durante los días siguientes, hubo artículos en los penódicos que infor-

maban de desapariciones. No estaba implicada ninguna persona im-

portante, ninguna de relativa importancia, ninguna de interés....

para nadie excepto para nosotros.

 

Porque una de las desapariciones quedó registrada así:

 

“Joseph Schwartz. Estatura: uno sesenta y cinco. Peso: setenta y

cuatro kilos. Parcialmente calvo y con canas. Desaparecido desde

hace tres días. La última vez que se le vio vesba. . .”

 

No hubo más informaciones sobre el tema.

 

Para Joseph Schwartz el accidente ocurrió entre dos pasos conse-

cutlvos. Había levantado el pie derecho cuando sintió un mareo mo-

mentáneo, como si en la fracción de tiempo más minúscula posible un

torbellino le hubiera alzado y vuelto del revés. Y cuando apoyó de

nuevo el pie todo el aire salió de su cuerpo en un jadeo, y notó que se

derrumbaba poco a poco y caía sobre la hierba.

 

Aguardó largo tiempo con los ojos cerrados... y finalmente los

abnó.

 

¡Era cierto! Se hallaba sentado sobre hierba, cuando antenor-

mente había pisado cemento. ¡Las casas habían desaparecido! Las

casas blancas, con sus céspedes, extendidas por los alrededores, hi-

lera tras hilera... ¡Todas habían desaparecido!

 

Y él no estaba sentado en el césped de una casa, porque la hierba

creáa espesa, desatendida, y había árboles alrededor, muchos árbo-

les, y muchos más en el horizonte.

 

En ese momento se produjo la peor conmoción, ya que algunas

de las hojas de aquellos árboles eran de color rojizo, y Schwartz not6

en el hueco de su mano la reseca fragilidad de una hoja muerta. Él

era un hombre de ciudad. .., pero conocía el otoño cuando lo veía.

 

¡Otoño! Pero cuando él había levantado el pie derecho era un día

de junio, con todo de un resplandeciente color verde.

 

Schwartz habló solo.. . puesto que hasta el sonido de su voz era un

elemento tranquilizador en un mundo, por lo demás, totalmente

extraño. Y esa voz fue baja, tensa y jadeante.

 

—Para empezar—dijo—, no estoy loco. Me siento como siempre

me he sentido. Debe de haber otra posibilidad.

 

“¿Un sueño? ¿Cómo puedo saber si es o no es un sueño?

 

Se pellizcó y not6 el dolor, pero sacudió la cabeza.

 

—Podría estar soñando que noto el pellizco. Eso no prueba nada.

 

Miró alrededor con aire confuso. ¿Podían los sueños ser tan nt'ti-

dos, tan detallados, tan prolongados? En cierta ocasión había leído

que casi todos los sueños duran menos de cinco segundos, que los

provocan molestias insignificantes para el durmiente... y que la dura-

ción aparente de los sueños era una ilusión.

 

Desesperado, echó hacia arriba el puño de su camisa y miró el

reloj de pulsera. La segundera giraba y giraba y giraba. Si se trataba

de un sueño, los cinco segundos iban a prolongarse terriblemente.

Apartó los ojos del reloj y se enjugó inútilmente la fn'a humedad de

su frente.

 

—¿Y si fuera amnesia?

 

No se respondió, sino que poco a poco hundió la cabeza entre las

manos. Si entre alzar un pie y volver a apoyarlo, la mente se desliza

tres meses o un año y tres meses o diez años y tres meses.. . Si te pasa

eso en junio de 1947 y acaba en septiembre u octubre de Dios sabe

cuándo... ¿cómo saberlo?

 

Pero era imposible. Schwartz contempló su camisa. Era la que se

había puesto esa misma manana, o la que debería haber sido esa

mañana, y se trataba de una camisa limpia. Reflexion6, hundió el

puño en el bolsillo del pantalón y extrajo una manzana.

 

La mordisqueó alocadamente. Era fresca y todavía conservaba

cierta frialdad de la nevera que la había contenido haáa dos horas....

olo que deben'an haber sido dos horas.

 

Después de eso s610 le quedaba el sueño. . . tal vez. . .

 

Se le ocurrió que la hora había cambiado. Estaba atardeciendo, o

como mínimo las sombras iban alargándose. La silenciosa desolación

del lugar empez6 a inquietarle repentinamente.

 

De un salto se puso en pie. Era obvio, tendría que buscar per-

sonas, cualquier persona. E igualmente obvio, tendría que encon-

trar una casa, y el mejor medio para hacerlo era buscar una carre-

te~a.

 

Instintivamente se volvi6 hacia el punto donde los árboles pare-

cían menos abundantes y emprendi6 el camino.

 

El suave fn'o del atardecer atravesaba lentamente su camisa y las

copas de los árboles iban volviéndose oscuras y amenazadoras,

cuando Schwartz top6 con aquella franja recta e indefinida de maca-

dam. Se lanzó haaa ella y not6 la dureza bajo sus pies.

 

En ambas direcciones había un vaáo total, y Schwartz volvió a

percibir por un momento la misma frialdad. Había esperado ver co-

ches. Habría sido faalisimo pararlos haciendo gestos y decir (lo dijo

en voz alta, tal era su ansiedad):

 

—¿Es posible que vava a Chicago?

 

¿Y si no se encontraba cerca de Chicago? Bien, cualquier ciudad

importante. Sólo tenía cuatro d61ares y setenta y cinco centavos en

los bolsillos, pero siempre podía recurrir a la poliáa. ..

 

Echó a andar por la carretera, por el centro de la misma, sin dejar

de mirar en ambas direcciones. La puesta de sol no le causó impre-

sión alguna, ni el hecho de que las primeras estrellas estuvieran

saliendo.

 

Ningún automóvil. Nada. Y pronto estaría todo muy oscuro.

 

Creyó que la sensación inicial de mareo estaba presentándose de

nuevo, ya que el horizonte de su izquierda centelleaba. A bravés de

las brechas de los árboles se veía un débil brillo azulado. No era del

rojo inquieto que él imaginaba que tendría un incendio forestal, sino

un fulgor suave que pareáa deslizarse lentamente. Y el macadam que

tenía bajo los pies aparentaba chispear con idéntica suavidad. Se

agachó para tocar el firme y lo notó normal. Pero había aquel cente-

lleo debilisimo que alcanzaba las comisuras de sus párpados.

 

Estaba hambriento y muy, muy asustado cuando vio aquella luz a

la derecha.

 

Era una casa. Schwartz gritó alocadamente y nadie respondió,

pero era una casa. El aguzado instinto del miedo, el hambre y la

soledad así se lo aseguraban, por lo que salió de la carretera y fue

campo a través dando tumbos, cruzó zanjas, esquivó árboles, atra-

vesó matorrales y un riachuelo y, por fin, llegó allí..., con las manos

extendidas para tocar la estructura dura y blanca.

  No era ladrillo, ni piedra, ni madera, pero ni por un momento le

prestó atención a ese detalle. Parecía porcelana, pero a él no le

importó en absoluto. Schwartz se limitó a buscar la puerta, y al llegar

a ella y no ver timbre alguno, la pateó y aulló como un loco.

  Oyó movimiento en el interior, y el sonido de una voz humana.

Gritó otra vez.

  —¡Eh, los de la casa!

  Hubo un zumbido tenue y blando, y la puerta se abrió. Por ella

salió una mujer, con una chispa de alanma en la mirada. Era alta,

fuerte y delgada, y tras ella se veía la enjuta silueta de un hombre de

recias facciones ves.ido con ropa de trabajo.

  Para Schwartz ambos eran tan bellos como bella puede ser para

un hombre la visión de unos amigos.

  La mujer habló, y su voz era, aunque líquida, autoritaria, y

Schwartz extendió la mano hacia la puerta para sostenerse en pie. Sus

labios se movieron, inútilmente, y de pronto los temores más sobre-

cogedores obstruyeron de nuevo su garganta y asfixiaron su corazón.      pregunta.

 

Porque la mujer hablaba en un idioma que Schwartz jamás había

oído.

 

2 La acomodac¿ón de un ex~rano

 

Loa Maren y su impasible esposo estaban jugando a cartas ese

fresco anochecer, mientras el arropado personaje del rinc6n que ocu-

paba la silla eléctrica de ruedas donnitaba sobre su librofilme. Era

una escena anormal, el breve intervalo entre el babajo y la hora de

acostarse.

 

Arbin Maren pasó los dedos cuidadosamente por los rectángulos

finos y lisos mientras meditaba la sig uente jugada. Y, lentamente,

mientras se deadía, sonaron bruscos golpes y broncos gritos en la

puerta, unos gritos que no acababan de convertirse en palabras.

 

Su mano se alzó de pronto y se detuvo justo enama de la carta

que iba a extraer del grupo que sostema. Los ojos de Loa reflejaban

temor, y un instante después la mujer miró a su esposo sin pcder

contener los temblores de su labio inferior.

 

—Saca de aquí a Grew. Deprisa—dijo Arbin.

 

Loa no respondió. Estaba junto a la silla de ruedas, emitió soni-

dos tranquilizadores con su lengua.

 

El personaje dormido abrió la boca y despert6 con gestos de

aturdimiento. Irguió su reclinada cabeza y busc6 a tientas el libro-

filme que había caído en la manta que cubría sus piernas.

 

—¿Qué pasa?—preguntó, irritado.

 

—¡Chis! No pasa nada—musitó vagamente Loa, y llevó la silla a

la habitaaón contigua.

 

Después cerró la puerta y apoy6 su espalda en ella. Su fino pecho

subía y bajaba mientras sus ojos buscaban los de su marido. Los

golpes violentos seguían sonando.

 

Se mantuvieron muy juntos en el momento de abrir la puerta, casi

a la defensiva y la hostilidad asomó en sus miradas al encararse con

el hombre bajito y regordete que les sonreía.

 

—¿Podemos ayudarle en algo?—dijo Loa.

 

E inrnediatamente se echó haaa atrás al ver que el desconoado

abría la boca y extendía una mano para no caer al suelo.

 

—¿Estará enfermo?—preguntó tontamente Arbin—. Vamos,

ayúdame a entrarlo.

 

Fueron pasando las horas después del incidente, y en el silenao

de su dormitorio Loa y Arbin fueron preparándose lentamente para

acostarse.

 

—Arbin—dijo la mujer.

 

—¿Qué quieres?

 

—¿Es seguro?

 

—¿Seguro?

 

Al DareCer. Arbin eludía deliberadamente el significado de la

 

21

—Ese hombre... El hombre que hemos entrado en la casa.

¿Quién es?

 

—¿Cómo voy a saberlo?—fue la irritada respuesta—. ¿Podemos

negarle cobijo? Mañana, si él no puede identificarse, infonmaremos

al Cuerpo Regional de Seguridad y ahí acabará todo—la tranquilizó.

 

Pero su esposa rompió el silencio posterior, con más urgencia en

su fina voz.

 

—¿No crees que podría ser agente de la Sociedad de Antiguos?

Está Grew, ya sabes.

 

—No es agente poliaal, Loa. Olvida eso. ¿Supones que recurri-

rían a una artimaña tan complicada por un pobre viejo confinado a la

silla de ruedas? ¿No podn'an presentarse a la luz del día y con autori-

zación legal de registro? Por favor, no fantasees. Además, ¿por qué

iban a sospechar algo? Nuestra producción esta temporada será la

cantidad exacta que nos exigen según el cupo fijado para nuestras

tierras, suponiendo una fuerza laboral de tres personas. . .

 

—Sí, sí. Pero es que, Arbin, he estado pensando. Si él no es

poliáa, no puede ser de la Tierra.

 

—¿Qué? ¿Pretendes dear que procede de los mundos exteriores?

Eso es más ridículo todavía. ¿Por qué va a venir a este planeta

muerto un habitante del Imperio?...

 

—Exacto. Porque nadie lo buscará aquí. No habla el idioma

¿verdad? Balbucea. ¿Eres capaz de comprenderle? ¿Una sola pala-

bra? ¿No ves que puede sernos útil? Si es un extranjero en la Tierra

no estará inscrito en la (~ficina del Censo, y le alegrará muchísimo no

tener que presentarse ante ellos. Podemos emplearlo en la granja, en

lugar de mi padre, y volverán a ser tres personas, no dos, las que

deban satisfacer el cupo de tres la próxima temporada.

 

Loa miró ansiosamente el incierto semblante de su esposo, que

meditó mucho antes de responder.

 

—Duerme, Loa. Seguiremos hablando con el sentido común que

proporciona la luz del día.

 

Los cuchicheos acabaron, se apagó la luz y por fin el sueño se

adueñó de la habitación y de la casa.

 

La mañana siguiente correspondió a Grew considerar el asunto. Era

un hombre que había sido fuerte y activo. Su espalda era amplia, sus

brazos muy musculosos. Ningún rasgo indicaba cincuenta y cinco años.

No obstante, sus piernas, dos masas cihndricas de materia enervada, iban

marchitándose y consumiéndo~e poco a poco de tal forma que, según las

costumbresdelaTierra,Grewdebíaserpresentadoparasereliminadosin

dolor y su lugar ocupado por un hombre más joven y capacitado.

 

Cuando habló lo hizo mirando con pena aquellas piernas, muertas

desde haáa dos años.

 

—Tus problemas, Arbin, provienen al parecer del hecho de que

yo estoy inscrito como trabajador, por lo que el cupo de producción

se fija para tres. Este es el segundo ano que he sobrevivido a mi hora.

Es suficiente.

 

—No vamos a discutir eso.—Arbin estaba preocupado—. Hemos

producido sufiaente.

 

—Dentro de dos anos habrá el censo, y me iré de todos modos.

 

—Tendrás otros dos anos de libros y descanso. ¿Por qué habnas

de verte privado de eso?

 

—Porque otros se ven privados. ¿Y qué me dices de Loa? ¿Du-

rará otra temporada? ¿Crees que no la he visto cuando está tan

cansada que no puede andar, cuando no tiene m fuerzas para llorar?

¿De qué me sirve la vida si es a costa de la muerte de mi hija?

 

—Está ese hombre—sugirió ansiosamente Arbin—. ¿Qué te pa-

rece?

 

—Un desconocido—musitó Grew—. Se presenta dando golpes

en la puerta, surgido de la nada, es imposible entender lo que dice...

¿Quién es?

 

El granjero se encogió de hombros.

 

—Es apaable, y está mortalmente asustado. Balbucea sin cesar y

después se queda acurrucado, sin moverse, perdido en alguna parte

de su mente.

 

—¿Y si está loco?. . . ¿Y si está esquivando a las autoridades como

yo mismo?

 

—Eso no parece probable.

 

Pero Arbin se removió, muy nervioso.

 

—Lo dices porque quieres aprovecharte de él... Bien, así pues el

problema es cómo disponer de este desconoado para obtener noso

tros el máximo provecho. ¿Sabes qué hada yo? Lo llevada a la au-

dad.

 

_ ¿A Chica?—Arbin se sentía horrorizado—. Eso seda la ruina.

 

—Ni mucho menos—dijo tranquilamente Grew—. ¿Recuerdas el

videonotiaario de la semana pasada? El Instituto de Investigaaiones

Nucleares posee un instrumento que al parecer consigue que la gente

aprenda con mayor faalidad. Quieren voluntarios. Presenta a ese

hombre.

 

Arbin sacudió la cabeza, desesperado.

 

—No sé nada de eso... Pero, Grew, pedirán el número de regis-

tro, y sabes que tener las cosas en desorden es una invitaaón a que

investiguen. En ese caso averiguan'an lo tuyo.

 

—~e equivocas, Arbin. El Instituto quiere voluntarios porque la

máquina esta aún en fase experimental. Estoy seguro de que no

harán preguntas. Si el desconocido muere, seguramente no estará

peor que ahora... Venga, Arbin, pásame el proyector de libros y pon

la señal en el rollo seis.

 

Cuando aquella mañana Schwartz abrió los ojos fue para sentir

ese dolor apagado, ese dolor que asfiDa el corazón y se nutre de sí

mismo, el dolor de un mundo familiar perdido.

 

En otra ocasión lo había sentido, y se produjo un destello mo-

mentáneo que dio brillo muy vivo a una escena olvidada. Él, un

mozalbete, en la nieve del pueblo invernizo, con el trineo esperán-

 

z                                                                                23

dole, y el tren al final de ese trayecto, y después de eso, el gran

barco.

 

El temor en parte nostálgico, en parte frustrante al mundo de lo

familiar, le unió momentáneamente con aquel joven de veinte anos

que había emigrado a los Estados Unidos. Sin saber cómo, había de-

cidido que todo esto no podía ser un sueño. . .

 

Se incorporó bruscamente en el instante que la luz situada encima

de la puerta se encendió y se apagó y sonó la incomprensible voz de

badtono de su anfitrión. Después se abrió la puerta y llegó el desa-

yuno: un puré harinoso que no reconoció, aunque tenía cierto sabor

a gachas de maíz (con una sabrosa diferencia), y leche.

 

—Gracias—dijo, y asintió vigorosamente.

 

El granjero dijo algo como respuesta y cogió la camisa de

Schwartz, colgada en el respaldo de la silla. La examinó atentamente

por todas partes, prestando atena6n especial a los botones. Acto

seguido, tras dejarla de nuevo en la silla, abri6 la puerta corrediza de

un armario y Schwartz, por primera vez, percibi6 visualmente el cá-

lido aspecto lechoso de las paredes.

 

“Plástico”, pensó, empleando ese término general con la irrevoca-

bilidad usual en los profanos. Observ6 además que no había rincones

o ángulos en la habitaa6n: todos los planos se enlazaban formando

una suave curva.

 

Pero el otro hombre estaba mostrándole objetos y haciendo ges-

tos inconfundibles. Era obvio que Schwartz debía lavarse y vestirse.

 

Con ayuda e instrucaones, obedeció... Pero no encontró nada

para afeitarse, y sus gestos tocándose el mentón no provocaron más

reacaón que un sonido imcomprensible acompañado por una mirada

de clara repugnanaa por parte del otro hombre. Schwartz se rascó su

barba cerdosa y grisácea y suspir6 de forma audible.

 

Y luego lo llevaron a un vehículo pequeno, alargado y provisto de

dos ruedas, al que le ordenaron entrar mediante gestos. El suelo

empezó a moverse bajo ellos y la desierta carretera retrocedi6 a

ambos lados, hasta que se alzaron ante Schwartz edificios bajos de

color blanco chispeante. Y más allá apareció el tono azul del agua.

 

Schwartz señaló ansiosamente.

 

—¿Chicago?

 

Era el último jadeo de esperanza que le quedaba, porque eviden-

temente nada de lo que había visto se pareáa menos a esa ciudad.

 

El granjero no dio respuesta alguna...

 

3 El gobernante y el gobemad o

 

Ennius cump~a su cuarto año como procurador de la minúscula

provincia de Terra. En calidad de representante directo del emperador,

su posición soaal estaba a la par, hasta aerto punto, con la de bs

virreyes de los inmensos sectores galácticos que extendían irregular-

mente sus reluaentes moles ocupando aentos de parsecs cúbicos de

espaao. Ese era, quizás, un consuelo académico para su esposa y su hija.

 

24

 

Pero en realidad el cargo de procurador de Terra era apenas

mejor que el exilio. Ni riquezas ni esplendor, aquí. Ninguna solemni-

dad regia en la que brillar, y tampoeo existía el bullicio del comercio y

la vida. En lugar de eso había palaaos desiertos en las laderas de las

montañas continentales, únicos lugares donde la radiaetividad atmos-

férica era lo bastante baja para permitir habitación continuada. Eso y

una población pendenaera que odiaba al procurador y al Imperio y

cuya enemistad inveterada, eterna, maliciosa y mortífera había que

juzgar y sopesar.

 

Las evasiones de Ennius eran raras y escasas. Debían de ser esca-

sas, porque en Chicago, tranquila por el momento, era necesario

vestir ropa impregnada de pbmo, siempre, incluso en la cama, y

tomar metabolina de forma continua.

 

Se hallaba platicando sobre ese mismo hecho en el antiguo Insti-

tuto de Investigaciones Nucleares, en donde estaba visitando al único

terrestre del planeta al que podía tratar como igual.

 

—La metabolina—dijo mientras levantaba la pl1dora de color

bermellón para examinarla—es tal vez el símbolo auténtico de todo

lo que su planeta significa para mí, amigo mío. Su funci6n es reforzar

todos los procesos metab61icos mientras yo permanezco inmerso en

la nube radiactiva que me rodea y que ustedes ni siquiera peraben.

—Tragó la píldora—. ¡Ya está! Ahora mi coraz6n latirá con más

rapidez, mi respiración emprenderá una carrera por su cuenta, mi

hígado hervirá y se deshará en esas síntesis químicas que, me infor-

man los expertos médicos, constituyen la fábrica más irnportante del

organismo... Y eso lo pago después con un cerco de dolores de

cabeza y lasitud.

 

El doctor Shekt le escuchaba con cierto aire de diversión. Nor-

malmente se refedan a él como “Shekt el que todo lo mira de cerca”,

no porque llevara gafas o fuera miope, sino tan s61e porque el hábito

prolongado le había llevado a la práctica inconsciente de considerar

atentamente todas las cosas, de sopesar ansiosamente todos los he-

chos antes de opinar. Era alto y entrado en años, y su marchita

silueta se encorvaba formando un interrogante.

 

Pero estaba muy instruido en cultura galáctica y se hallaba relati-

vamente a salvo del hábito de la hostilidad y la sospecha universales

que haáan tan repugnante al terrestre típico para aquel hombre del

Imperio, Ennius.

 

—Estoy seguro de que no la necesita—dijo Shekt—. La metabo-

lina es simplemente una de sus superstiaones, confiéselo. Si la cam-

biara por pastillas de azúcar sin que usted lo supiera, no se sentida

peor, ni mucho menos.

 

—Lo dice en la comodidad de su ambiente... ¿Va a negar que su

metabolismo básico es superior al mío?

 

—Sé que es una superstición del Imperio, Ennius, que nosotros,

los hombres de la Tierra, somos distintos del resto de seres humanos,

pero la verdad no es ésa. ¿Ha venido aquí como misionero de los an-

titerrestres?

Ennius gruñó.

 

—Por la vida del emperador, sus camaradas de la Tierra son los

mejores misioneros en ese sentido. Al vivir aquí, enjaulados en su

mortífero planeta, emponzoñados por su propia rabia, son simple-

mente una úlcera crónica en la galaxia.

 

“Hablo en serio. ¿Qué habitantes de otro planeta tienen tanto

ritual en sus vidas cotidianas como para adherirse a él con una furia

tan masoquista? No pasa un día sin que yo no reciba delegaciones de

una u otra de sus instituciones exigiéndome la pena de muerte para

pobres diablos cuyo único delito ha sido entrar en una zona prohi-

bida, eludir el Sesenta o simplemente comer más de lo que les co-

rresponde.

 

—Ah, pero usted siempre concede la pena de muerte. Su aversión

idealista parece reacia a oponerse.

 

—Las estrellas son testigos de que me esfuerzo para denegar la

muerte. Pero ¿qué puede hacer uno? El emperador ordena que todas

las subdivisiones del Imperio sigan sin intromisiones en sus costurn-

bres locales... Y eso es correcto y sensato, ya que resta apoyo popu-

lar a los necios que de otro modo buscadan revueltas martes y jueves

alternos. Además, si me mostrara terco cuando consejos, senados y

cámaras insisten en la muerte, se alzada tal gritedo y habda tantos

chillidos y denuncias del Imperio y todas sus obras que yo preferina

dormir entre una legión de diablos durante veinte años antes que

enfrentarme diez minutos a una Tierra en esas condiaones

 

Shekt suspiró y se rascó el escaso cabello de su cabeza

 

~jalá pudiera negar sus afirmaaones, procurador, pero no

puedo. Sin embargo, no somos distintos de ustedes, los de los mun-

dos exteriores. Simplemente somos más desafortunados. Estamos

apir-iados aquí, en un mundo prácticamente muerto, inmerso en un

mar de radiación que nos encarcela, rodeados por una galaxia in-

mensa que nos rechaza. ¿Qué podemos hacer contra la sensación de

frustración que nos corroe? ¿Deseada usted, procurador, que enviá-

ramos al exterior nuestro exceso de población?

 

Ennius se alzó de hombros.

 

—¿Me preocupada eso a mí? Preocuparía a las poblaciones. A

ellas no les interesada caer víctima de enfermedades terrestres.

 

—¡Enfermedades terrestres!—Shekt frunció el ceño—. Se trata

de un absurdo que deberda erradicarse. No somos portadores de

muerte. ¿Ha muerto usted por estar entre nosotros?

 

—A decir verdad—dijo Ennius, sonriente—, hago todo cuanto

puedo para evitar contactos indebidos.

 

—Eso es porque también usted teme la propaganda creada, al fin

y al cabo, por la estupidez de sus fanáticos.

 

—Vaya, Shekt, ¿no tiene base aenfffica alguna la teoda de que

los terrestres son radiactivos por sí mismos?

 

—Sí, ciertamente lo son. ¿Cómo iban a evitarlo? Igual que usted.

Igual que cualquier persona en cualquiera de los cien millones de

planetas del Imperio. Nosotros somos más radiactivos, en eso estoy

de acuerdo con usted~ pero apenas lo bastante para causar daño a

alguien.

 

—Pero el hombre medio de la galaxia cree lo contrario, me temo,

y no siente deseos de averiguarlo experimentalmente. Además...

 

—Además, va usted a decir, nosotros somos distintos. No somos

seres humanos, ya que mutamos con más rapidez a causa de la radia-

ción atómica y por lo tanto hemo carnbiado en muchos aspectos...

Tarnpoco está demostrado.

 

—Pero la gente lo cree.

 

—Y en tanto lo crea, procurador, y en tanto los terrestres seamos

tratados como parias, descubrirá en nosotros las caractedsticas a las

que usted objeta. Si nos presionan de modo intolerable, ¿hay que

extranarse de que nos defendamos? Odiándonos como nos odian,

¿tienen derecho a quejarse de que nosotros también odiemos?... No,

no, nosotros tenemos mucho más de of endidos que de of ensores.

 

Ennius se sentía mortificado por la ira que había susatado. Hasta

el mejor de aquellos terrestres tenía el mismo punto débil, la misma

sensación de la Tierra contra el universo entero.

 

—Shekt perdone mi groseda, por favor—dijo con sumo tacto—.

Acepte mi juventud y mi hastío como e~cusas. Tiene ante usted a un

pobre hombre, un joven de cuarenta (y cuarenta años es la edad de

un bebé en la administración civil profesional) que está afanándose

en su aprendizaje en la Tierra. Podrian pasar años antes de que los

necios del negoaiado de Provinaas E~teriores me recuerden lo bas-

tante para promoverme a un cargo menos mortífero. De forma que

ambos somos prisioneros de la Tierra y audadanos del gran mundo

de la mente en donde no e~isten distinaones ni de planeta ni de

caractedsticas ffsicas. Déme la mano, pues, y seamos amigos.

 

Las arrugas del rostro de Shekt se alisaron o, más exactamente,

fueron sustituidas por otras más indicativas de buen humor. El doctor

se echó a reír abiertamente.

 

—Esas palabras son las de un suplicante, pero el tono sigue

siendo el del diplomático imperial de carrera. Es un mal actor, pro-

curador.

 

—En ese caso desquítese conmigo siendo un buen profesor, y

hábleme de ese sinapsificador suyo.

 

—Vaya, ¿ha oído hablar del instrumento? ¿Es la ffsica otra de sus

afiaiones?

 

—Cualquier conoarniento es de mi incumbenaa. En serio, Shekt,

me gustana mucho conocer los detalles.

 

El físico examinó atentamente al otro y en su rostro se reflej6 la

duda. Se levantó, y su mano nudosa se alzó hasta su labio, que pe-

llizcó mientras meditaba.

 

~asi no sé por dónde empezar.

 

—Bien, por las estrellas, si está considerando por qué punto de la

teoda matemática va a empezar, olvidelos todos. No sé nada de sus

factores de probabilidad en neuroquímica electr6nica.

 

Los ojos de Shekt chispearon.

—Sin embargo, sabe correctamente el nombre de esa rama de las

matemáticas.

 

—Un error. Ha sido el primero que me ha venido a la mente, y si

no me hubiera pareado un galimatías, no lo habda pronunciado.

¿Qué es su sinapsificador?

 

—Bien, en esencia se trata de un dispositivo para incrementar la

capacidad de aprender de un ser humano.

 

—No me diga. ¿Y funaona?

 

—Ojalá lo supiéramos. Los detalles básicos son éstos: el sistema

nervioso del hombre y de los animales está formado por neuroprotel-

nas, que no son más que moléculas enormes en equilibrio eléctrico

muy precario. El menor estímulo excita a una molécula, que a su vez

excita a la siguiente, que a su vez repite el proceso hasta que se llega

al cerebro. El mismo cerebro es un agrupamiento inmenso de molé-

culas similares conectadas entre sí en todas las formas posibles.

Puesto que hay aproximadamente diez elevado a la vigésima poten-

cia, es dear, un uno seguido de veinte ceros, de tales neuroproteínas

en el cerebro, el número de posibles combinaciones es del orden de

diez factorial elevado a la vigésima potencia, un número tan impre-

sionante que si todos los electrones y protones del universo fueran

universos ellos mismos, y todos los electrones y protones de esos

universos volvieran a ser universos, en ese caso todos los electrones y

protones de todos los universos así creados seguinan siendo nada

comparados con el número del que le hablo. . . ¿Me comprende?

 

—Ni una palabra, graaas a las estrellas. Aunque intentara ha-

cerlo, ladrada como un perro por puro dolor del intelecto.

 

—¡Hum! Bien, en cualquier caso, lo que denominamos impulsos

nerviosos es simplemente el desequilibrio electrónico progresivo que

se desplaza por los nervios hasta el cerebro y luego desde el cerebro

hasta los nervios. ¿Entiende eso?

 

—Sí.

 

—Bien, le felicito a usted por ser una lumbrera. Mientras ese

impulso recorre una célula nerviosa, lo hace a velocidad rápida, ya

que las neuroproteínas están prácticamente en contacto. Sin em-

bargo, las células nerviosas poseen una extensión limitada, y entre

una y la siguiente existe una pequeña separación de tejido no ner-

vioso. En otras palabras, dos células nerviosas contiguas no están

realmente conectadas.

 

—Ah—dijo Ennius—, ¿y el impulso nervioso debe saltar la ba-

rrera?

 

—¡Exactamente! La separación disminuye la fuerza del im-

pulso y aminora la velocidad de su transmisi6n en una cantidad

igual al cuadrado de su anchura. Y esto es válido igualmente para

su cerebro. Imagine ahora que pudiera descubrirse algún medio

para reducir la constante dieléctrica de esta separaci6n entre las

células.

 

—¿La constante die-qué?

 

—La capaadad de aislamiento de la separación. El impulso salta-

 

28

 

da la brecha con más faalidad. La persona pensada más rápidamente

y aprendeda más rápidamente.

 

—Bien, ¿funaona?

 

—He ensayado el instrumento con animales.

 

—¿Y con qué resultado?

 

—Caramba, que casi todos mueren por desnaturalizaaón de la

proteína cerebral..., por coagulación, en otras palabras, como prepa-

rar un huevo duro.

 

Ennius se sobresaltó.

 

—Hay algo inefablemente cruel en la sangre fda de la aienaa. ¿Y

qué me dice de los que no han muerto?

 

—Nada concluyente, puesto que no son seres humanos. El peso

de la evidencia parece favorable... Pero necesito hombres. Mire,

todo reside en las propiedades electrónicas naturales del cerebro de

un individuo. Todos los cerebros producen microcorrientes de un

tipo especial. Ninguna es exactamente igual... corno las huellas dacti-

lares, o la configuraaón de vasos sanguíneos de la retina. En todo

caso, esas microcorrientes son más individualizadas. El tratamiento,

creo, debe tomar en cuenta eso y, si no me equivoco, no se produará

más desnaturalización... Pero no tengo seres humanos con los que

experimentar. He pedido voluntarios, pero...

 

Extendió las manos.

 

—No voy a culparlos, hombre.—Y Ennius sonri6—. Pero ha-

blando en serio, si el instrumento estuviera perfecaonado, ¿qué ha-

da usted con él?

 

El físico se encogió de hombros.

 

—No me corresponde a mí dearlo. Dependerá del Gran Consejo.

 

—¿No considerará la posibilidad de ponerlo a disposiaón del Im-

perio?

 

—El Gran Consejo. Vaya a visitarlos.

 

Ennius meneó la cabeza.

 

—Ellos no consentinan que saliera de la Tierra una sola cosa.

 

ù Querrá hablar usted con ellos?

 

—¿Yo? ¿Qué puedo decir yo?

 

—Hombre, que si la Tierra es capaz de idear un sinapsificador

que haga lo que usted dice, y lo pone a disposici6n de la gala~ia, tal

vez se anulen algunas limitaciones en la emigraaón a otros planetas.

 

—¿Cómo?—repuso ironicamente Shekt—. ¿Y arriesgarse a epi-

demias, a nuestras rarezas y a nuestra antihumanidad?

 

—Incluso es posible que los trasladen en masa a otro planeta

—dijo Ennius sin alterarse—. Medítelo.

 

La luz de aviso centelle6 alocadamente, y Shekt accionó el con-

mutador.

 

—¿Qué pasa?

 

—Doctor Shekt, tenemos un voluntario.

 

—¿Un qué?

 

—Un voluntario, doctor. Aquí hay alguien deseoso de ofrecerse

para el experimento.

 

29

El semblante del físico se tornó macilento.

 

—Iré ahora mismo.—Dio la vuelta en su silla—. Tendrá que ex-

cusarme, procurador.

 

—Por supuesto. ¿Cuánto dura la operaaón?

 

—Es cuestión de horas. ¿Desea verla?

 

—No puedo imaginar algo más horroroso, mi querido Shekt.

Estaré en la mansión del Estado hasta mañana. ¿Me informará de!

resultado?

 

Shekt pareció reflejar alivio.

 

—Sí, desde luego.

 

—Perfecto... Y pienss en lo que he dicho.

 

En cuanto se marchó Ennius, el doctor Shekt, tranquilo y caute-

loso, tocó el comunicador y un joven técnico entró corriendo con su

bata blanca resplandeaentemente limpia y el pelo castaño y largo

recogido en la nuca.

 

—¿Hay realmente un voluntario?—preguntó Shekt—. ¿Un vo-

luntario, no otro hombre enviado como de costumbre?

 

—Sí—fue la enfática respuesta. Acto seguido asomó un tono de

precaución—. ¿Cree que seda preferible desembarazarnos de él?

 

—No. Voy a verlo.

 

Pero la mente de Shekt era un fno torbellino. Hasta la fecha, el

secreto había sido totaL El simple hecho de que se presentara un

voluntario era inquietante... E inmediatamente después de la visita

de Ennius. El mismo Shekt poseía los conocimientos más vagos posi-

bles sobre las fuerzas enormes y nebulosas que iban a desatarse a lo

largo y a lo ancho de la ajada faz de la Tierra, pero sabía lo bastante

para sentirse a merced de ellas.

 

4 El voluntar¿o en contra de su voluntad

 

Arbin estaba nervioso en Chica. Se senb'a rodeado. En alguna

parte de Chica, una de las mayores ciudades de la Tierra (deáan que

albergaba a 50.000 seres humanos), en alguna parte de la ciudad

había representantes del Imperio exterior. Él jamás había visto un

hombre de la galaxia, pero en Chica su cuello se retorcía continua-

mente por temor a verlo. Si le hubieran obligado a explicarse, no

habría podido aclarar cómo iba a identificar a un no terrestre en caso

de que lo viera, pero creer que eran distintos en algo era una sensa-

ción arraigada incluso en sus mismos tuétanos.

 

Al entrar en el Instituto, miró hacia atrás por enama del hombro.

Su biciclo se hallaba aparcado en una zona al aire libre, con un cupón

de seis horas asegurándole un sitio libre para el vehículo (¿era sospe-

chosa la misma extravaganaa?)... Todo le aterrorizaba. El ambiente

estaba cargado de ojos y orejas.

 

Si por lo menos el hombre extranjero se acordaba de perma-

necer oculto en el suelo del compartimiento trasero... El desco-

nocido había asentido enérgicamente, pero ¿lo había compren-

did.~?

 

Y sin saber cómo, la puerta estaba abierta ante él, y una voz había

interrumpido sus pensamientos.

 

—¿Qué desea?

 

El tono era de impaciencia. Quizás esa voz le había hecho la

misma pregunta varias veces.

 

Arbin respondió con voz ronca, las palabras se atascaron en su

garganta como si fueran polvo reseco.

 

—¿Es aquí donde puede apuntarse uno para el sinapsificador?

 

La recepcionista aLzó la cabeza bruscamente.

 

—Firme aquí—dijo.

 

Arbin se llevó las manos a la espalda.

 

—¿Dónde pueden darme detalles del sinapsificador?—repitió

roncamente.

 

Grew le había dicho el nombre del instrumento, pero el término

brotó de sus labios de un modo extraño, como si fuera un galimatías.

 

Pero le entendieron, ya que la mujer joven que atendía el mostra-

dor apretó los labios y de una patada movió violentamente la palanca

de aviso situada junto a su silla.

 

Arbin estaba haciendo desesperados esfuerzos para no hacerse

notar y obteniendo un fracaso miserable en su opinión. AqueLla chica

le miraba fijamente. Se acordan'a de él mil años más tarde. Y dio

media vuelta, con el alocado deseo de poner fin al maldito asunto y

marcharse... Pero alguien había salido rápidamente de otra sala y la

recepclonista estaba señalando a Arbin.

 

—Un voluntario para el sinapsificador—estaba diciendo—. No

quiere dar su nombre.

 

Arbin se volvió para mirar al recién llegado.

 

—¿Es usted el encargado?

 

—Le llevaré a verlo.—Y en tono de ansiedad agregó—: ¿Desea

ofrecerse como voluntario para el sinapsificador?

 

—Quiero ver a la persona que está a cargo del instrumento—re-

puso tercamente Arbin.

 

El otro hombre frunció el ceño y se fue. Hubo una espera. Y por

fin. . ., un dedo se movió para indicarle que entrara.

 

El doctor Shekt escudrinó en vano al campesino de piel rugosa al

otro lado de su escritorio. Su edad, pensó Shekt, debía de ser inferior

a cuarenta años, pero aparentaba tener diez más. Sus mejillas tenían

un tono rojizo bajo aquel color castano correoso, y había claros

vestigios de sudor en el perfil del cuero cabelludo y en las sienes,

aunque haáa fn'o en la sala. Estaba restregándose las manos.

 

—Bien, mi querido señor—dijo Shekt, nervioso—, no compren-

do por qué insiste en estas condiciones, pero que sea como usted

quiere. Puede ocultar su nombre y su residencia, y todos los detalles

personales. Explíqueme tantas cosas como considere preciso, y nada

más. Adelante.

 

El campesino agachó la cabeza, como en un gesto rudimentario

de respeto.

—Gracias. La cosa es así, señor. Tenemos un hombre en la

granja, un... un pariente lejano... que nos ayuda, ¿sabe usted?...

 

Arbin hablaba con dificultad, y Shekt asintió gravemente.

 

—Es un trabajador muy dispuesto, y muy buen trabajador... Te-

níamos un hijo, ¿sabe?, pero murió... y la buena de mi mujer y yo,

¿sabe?, necesitábamos ayuda... Ella no está bien... Casi no habría-

mos podido continuar sin él.

 

Pensó que el relato debía de parecer una auténtica confusión.

Pero el enjuto científico asintió.

 

—¿Es a ese pariente suyo al que desea poner en tratamiento?

 

—Oh, sí, creía haberlo dicho ya... Pero tendrá que perdonarme si

esto me cuesta un poco. Mire, ese pobre hombre no..., no está

precisamente... bien de la cabeza.—Prosiguió rabiosamente—. No

está enfermo, compréndame. No está tan mal como para que tengan

que llevárselo. Es muy lento, ése es el problema. No habla, ¿sabe?

 

—¿No sabe hablar?—Shekt se asombró.

 

~h, sabe hablar. Pero no le gusta hacerlo. No habla bien.

 

El físico pareáa dudar.

 

—Y usted quiere el sinapsificador para mejorar su mentalidad,

¿no es eso?

 

Arbin asintió muy despacio.

 

—Si él supiera un poco más, señor, bueno, podría hacer parte del

trabajo que mi mujer no puede hacer, ¿comprende?

 

—El podría morir, ¿comprende usted eso?

 

Arbin, desesperado, miró al físico, y sus dedos se retorcieron

furiosamente.

 

—Necesitaré el consentimiento de ese hombre—dijo Shekt.

 

El campesino meneó la cabeza lenta, tercamente.

 

—El no le entenderá, doctor.—Y acto seguido, casi en voz baja,

añadió en tono de apremio—: Oh, mire, señor, estoy seguro de que

usted lo entenderá. Usted no parece un hombre que sepa cómo es

una vida dura. Este hombre está haciéndose viejo. No es problema

del Sesenta, comprenda, pero, ¿y si en el siguiente censo alguien

opina que él es tonto y... se lo llevan? No queremos perderle. Pero...

—Y los ojos de Arbin giraron de forma involuntaria hacia las pare-

des, como si quisieran atravesarlas por simple fuerza de voluntad

para detectar cuántas personas podían estar escuchando al otro

lado—. Pero, ¿y si a los Antiguos no les gusta eso? Intentar salvar a

un hombre enfermo puede ir en contra de las costumbres..., pero la

vida es dura, señor, y ustedes pueden beneficiarse. ¿Ustedes han

solicitado voluntarios?

 

—Sí, sí..., no tiene motivo por el que preocuparse, nos ocupare-

mos de usted. Suponga que lleva su coche a la parte trasera... Yo le

ayudaré a entrar a su pariente.

 

El brazo del doctor bajó en forma amistosa hasta el hombro de

Arbin, que sonrió espasmódicamente. Arbin pensó que ese brazo era

una cuerda que se aflojaba de su cuello.

 

Shekt bajó los ojos hacia la silueta regordeta y calva que ocupaba

el sofá. El paciente dormía, respiraba profunda y regularmente. Ha-

bía hablado de forma incomprensible, no había comprendido nada.

Sin embargo, no mostraba ninguno de los estigmas ffsicos de la debi-

lidad mental. Sus reflejos eran correctos, tratándose de un hombre

entrado en años.

 

¡Entrado en años! ¡Hum!

 

Shekt miró a Arbin, que no perdía detalle.

 

—¿Le interesaría que hiciéramos un análisis óseo?

 

—¡No!—exclamó Arbin. Y en voz más calmada añadió—: No me

interesa nada que pueda servir como identificación.

 

—Nos resultaría de gran ayuda conocer la edad del paciente—di-

jo Shekt.

 

—Tiene cincuenta anos—repuso lacónicamente Arbin.

 

El físico se encogió de hombros. No tenía importancia. Volvió a

mirar al durmiente. En el momento de entrar, el paaente había

estado, o había parecido estar, abatido, sumido en sus pensamientos,

como si no le importara nada. Al parecer, ni siquiera las pastillas

hipnóticas habían despertado sospechas. Se las habían ofrecido, el

desconocido había esbozado una breve y espasmódica sonrisa y había

engullido las píldoras...

 

El técnico se hallaba ya montando las últimas unidades, de as-

pecto más bien tosco que componían el sinapsificador. Después de

apretar un botón, el vidrio polarizado de las ventanas de h sala de

operaciones sufrió un reordenamiento molecular y se hizo opaco. La

única luz era la blanca que hnzaba su fno brillo sobre el paciente

suspendido en un campo diamagnético a cinco centímetros por enci-

ma de la mesa de operaciones a la que lo habían trasladado.

 

Arbin continuaba sentado en la penumbra, sin entender nada

pero implacablemente resuelto a impedir como fuera, mediante su

presencia, las nocivas artimanas que él mismo sabía no podía impedir

por carecer de conocimientos.

 

Los físicos no le prestaban atención. Los electrodos fueron ajusta-

dos al cráneo del paciente. Fue una tarea larga. En primer lugar un

estudio de la estructura craneal a cargo del experto irlandés que

permitió localizar fisuras sinuosas y muy apretadas. Shekt sonrió

sombríamente en su interior. Las fisuras craneales no eran una me-

dida cuantitativa inalterable de la edad, pero sí bastante significati-

vas. El paciente tenía más años que los supuestos cincuenta.

 

Y al cabo de unos instantes Shekt dejó de sonreír. Arrugó la

frente. Había otro rasgo en las fisuras. Pareáan raras..., no del

todo... Estuvo a punto de jurar que la estructura craneal era primi-

tiva, una reversión, pero claro... El paciente era subnormal mental.

¿Por qué no?...

 

—Ponga los contactos aquí, aquí y aquí—dijo en tono de hastío

al ayudante. Pinchazos minúsculos e inserción de los capilares de

platino—. Aquí..., aquí...

Una decena de conexiones, atravesando la piel hasta las fisuras, a

 

32                                                                                33

 

~. ~ U ~ pLIrdlC~lo~

través de cuyo espesor poddan captarse los ecos debilísimos de las

microcorrientes que aparecían célula tras célula en el cerebro.

 

Observaron atentamente los amperímetros de precisión, vieron

cómo las agujas se agitaban y brincaban conforme se efectuaban e

interrumpían las conexiones. Los diminutos registradores trazaron

delicadamente telarañas en el papel milimetrado, formando picos y

senos Irregulares.

 

A continuación sacaron los gráficos y los colocaron en el cristal

opalino iluminado. Sin dejar de susurrar, los expertos se agacharon

para contemplarlos.

 

Arbin oyó fragmentos inconexos:

 

—... notablemente regular..., fíjense en la altura de este pico

quinternario..., creo que habría que analizarlo..., bastante claro a

slmple vista...

 

Y después, durante lo que parecieron largas horas, hubo el te-

dioso ajuste del sinapsificador. Los mandos fueron situados en posi-

ción de micrómetro de precisión, luego fijados y finalmente grabadas

sus lecturas. Una y otra vez, los diversos electrómetros fueron com-

probados y surgió la necesidad de efectuar nuevos ajustes.

 

—Todo acabará muy pronto—dijo Shekt dirigiéndose a Arbin,

mientras le sonreía.

 

La enorme máquina fue acercada al durmiente como un monstruo

hambriento de lentos movimientos. Los técnicos suspendieron cuatro

cables alargados sobre las puntas de las extremidades del paciente y

pusieron en su nuca una almohadilla negra de un material sin briilo

parecido a caucho endurecido cuya inmovilidad aseguraron con gra-

pas agarradas a los hombros. Por fin, igual que dos mandíbulas gigan-

tescas, separaron los dos electrodos y los bajaron hacia aquel rostro

pálido y rechoncho, de tal modo que apuntaban a las sienes.

 

Shekt mantuvo los ojos fijos en el cronómetro; en su otra mano

sostenía el interruptor. Su pulgar se movió. No ocurrió nada visible

incluso para los agudizados sentidos por el miedo del atento Arbin.

Después de lo que tal vez fueran horas pero que en realidad fueron

menos de tres minutos el pulgar de Shekt actuó de nuevo.

 

Su ayudante se inciinó rápidamente sobre Schwartz, todavía dor-

mido, y alzó la cabeza con aire de triunfo.

 

—Vive.

 

Quedaban todavía horas por delante, durante las cuales tomaron

datos suficientes para llenar las estanterías de una biblioteca, en voz

baja y casi con la excitación de unos locos. Ya era más de mediano-

che cuando la hipodénnica cumplió su misión y los ojos del durmien-

te se agitaron.

 

Shekt dio un paso atrás, pálido y fatigado. Se enjugó la frente con

el dorso de la mano.

 

—Todo va bien.—Se volvió ansiosamente hacia Arbin—. ¿Que-

rría dejarlo con nosotros algunos días para que hagamos más com-

probaciones? No le causaremos ningún daño.

 

Pero la mirada de alarma del otro hombre, el instantáneo brote

 

34

 

de sospecha en las arrugas de su cara eran ya de por sí respuesta su-

ficiente.

 

Shekt hizo un gesto de resignación y extendió la mano derecha.

Arbin la estrechó muda pero fervientemente.

 

l

 

!

 

I

 

El doctor Shekt no durmió esa noche. El sol naciente le sorpren-

dió (o le habría sorprendido si las ventanas hubieran estado ajustadas

en transparencia) todavía sentado en la sala de operaciones, sumido

en reflexiones lentas y angustiosas.

 

La excitación y la emoción de la operación había terminado, y de

nuevo había lugar para los horrores y dudas del pensamiento.

 

¿Le interesaba disponer de voluntarios? Había recibido órdenes

de abstenerse de disponer de ellos.

 

Sus pensamientos emprendieron una irónica carrera. A decir ver-

dad, oficialmente él no sabía nada sobre los objetivos estratégicos de

la Sociedad de Antiguos y del primer ministro de la Tierra. Pero

podía deducir muchas cosas de su actitud hacia el sinapsificador.

 

El instrumento había estado sometido a prueba durante dos años,

y habían entorpecido las pruebas con la brusquedad típica de las

precauciones oficiales, sin ningún recato... Y el secreto iba en contra

del Imperio Galáctico.

 

Shekt disponía de siete u ocho artículos que tal vez podían ser

publicados en la Revisla de Neurofisiología de Sirio. Dichos documen-

tos se enmohecían en su escritorio. Naturalmente, no existía el secreto

absoluto. Esa clase de secreto se exponía a la investigación y podia

acabar siendo intolerablemente sospechoso, tanto como una activi-

dad. En vez de eso, se divulgaba información en un ambiente de

sencilla franqueza..., si bien una información sutilmente distorsio-

nada. El sinapsificador se había convertido en un dispositivo científico

vago y nada práctico, de enorme valor como sueño pero de escaso uso.

 

Sin embargo, Ennius estaba interesándose. ¿Sospechaba algo del

instrumento..., o de algo más importante? ¿Estaba el Imperio sospe-

chando lo que el mismo Shekt sospechaba y temía: que la Tierra

planeaba otra de sus inútiles rebeliones?

 

La Tierra se había sublevado tres veces en dos siglos. Tres veces,

bajo la bandera de una supuesta grandeza en el pasado (los hombros

de Shekt se estremecieron en un gesto de diversión amarga y silen-

ciosa al pensar en esto), la Tierra se había alzado contra las guarnicio-

nes imperiales. Tres veces habían fracasado, por supuesto, y la Tie-

rra, de no haber sido por la clarividencia del Imperio y porque en k~s

Consejos Galácticos imperaban los estadistas, habría sido eluminada

sangrientamente de la lista de planetas habitados.

 

Pero. .., ¿una cuarta vez? Imposible.

 

En ese caso, ¿por qué esa actitud hacia el sinapsificador? ¿Y cuál

era el motivo de otros hechos? La secta de los zelotes estaba actuan-

do de nuevo, tocando una vez más los tambores del mítico pasado im-

perial de la Tierra, difundiendo otra vez su odio a los habitantes del

espacio exterior. Y el Consejo de Antiguos lo toleraba.

 

35

¿Estaban locos? ¿O fantásticamente cuerdos? ¿Pensaban usar el

sinapsificador para crear una raza de superintelectos? Era una idea

grandiosa: un mundo de genios artificiales vengándose de los agra-

vios de hacía mil siglos.               ~-

 

Pero no, eso costaría tiempo. ¿Quién iba a saberlo mejor que él?

Quizá someter a tratamiento a ciertos hombres clave..., los que iban

a ser importantes...

 

Los pensamientos de Shekt descendieron a la Tierra. ¿Y aquel

hombre al que acababa de operar? Ese voluntario que se había pre-

sentado pese a la débil campaña publicitaria ideada tanto para no

despertar sospechas como para disuadir a posibles voluntarios, de

modo que sólo pasaran la prueba los voluntarios “de confianza” en-

viados por el primer ministro. ..

 

Quizá..., quizá debía infommar de ello al primer ministro. Tal vez

debía haberle consultado antes de actuar. Un espasmo de miedo le

sobrecogió. Tenía cincuenta y ocho años. El próximo censo sería su

fin, a menos que el primer ministro ordenara lo contrario..., y Shekt

deseaba vivir aunque fuera en aquella miserable y ardiente bola de

barro que era la Tierra. ..

 

Su mano se extendió hacia el comunicador y Shekt tecleó la com-

binación que le pondría en contacto directo con las habitaciones

privadas del primer ministro.

 

De lava y roca

 

El primer ministro era un hombre de lava y su secretario era un

hombre de roca. Dos hombres en una cáscara, aunque las nueces

estuvieran formadas de metáfora. El contraste quizá no era dema-

siado anormal, como se verá...

 

El primer ministro era el terrestre más importante de la Tierra,

gobernante reconocido del planeta mediante decreto directo y defi-

nido del emperador de toda la galaxia..., lógicamente sometido a las

órdenes del procurador imperial. El secretario no era nadie, en reali-

dad, tan sólo un miembro más de la Sociedad de Antiguos, designado

por el primer ministro para encargarse de ciertos detalles y, en teoría,

destituible a voluntad.

 

El primer ministro era reconocido en la Tierra entera y conside-

rado como el árbitro supremo en cuestiones de hábitos. Él anunciaba

quién quedaba libre del Sesenta y él juzgaba a los infractores del

ritual, a quienes desafiaban los programas de racionamiento y pro-

ducción, a los invasores de territorios prohibidos, etcétera, etcétera.

El secretario no era conocido por nadie, ni siquiera de oídas, excepto

por la Sociedad de Antiguos y, naturalmente. por el mismo primer

mmistro.

 

El primer ministro dominaba el lenguaje y pronunciaba discursos

con frecuencia, discursos de contenido muy emotivo y con un copioso

flujo de sentimientos. El secretario prefería las palabras cortas a las

largas, un gruñido a una palabra y el silencio a un gruñido.

 

Por todo ello podría parecer raro que, en el caso del relato, es

decir, cuando el doctor Shekt se enfrentó a los dos, fuera el secretario

al que dirigiera su férrea mirada.

 

Aproximadamente había transcurrido un mes desde el experi-

mento con el “voluntario” (en el pensamiento de Shekt el incidente

era considerado así, sin excluir las comillas) y durante ese tiempo el

físico había notado cómo iba aumentando la presión sobre su gar-

ganta.

 

Y el primer ministro estaba sentado en el rico tejido de su sillón y

tocaba suavemente con su blanda mano uno de los brazos tapizados.

El secretario se hallaba de pie detrás de él, con los ojos velados y

totalmente inmóvil.

 

—Lamentamos más que nunca que ocurriera ese incidente, doc-

tor Shekt—dijo el primer ministro.

 

El físico sintió que perdía la respiración. Fue incapaz de esbozar

ni tan siquiera una forzada sonrisa o una mirada de inexpresiva ecua-

nimidad.

 

—¿Hay pruebas, pues, de las sospechas de vuestra sabiduría?

—preguntó débilmente.

 

—Caramba, pruebas que consideramos lo bastante importantes

como para no poder conciliar el sueño. Hemos localizado a su hom-

bre. . . Reside cerca de su ciudad. . . Un campesino. . . Él. . ., su esposa. . ..

ese familiar. Según los archivos, son tres. Un hijo muerto, tal como él

mismo declaró. El tercer hombre tiene más de cincuenta años, como

también declaró.—Alzó la mirada hacia el secretario—. ¿No es así?

 

Y el secretario bajó y subió la cabeza una sola vez.

 

Shekt alzó una mano antes de hablar.

 

—Pero en ese caso...

 

—Ah, sí. Pero sondee un poco más. ¿Es probable que el Imperio,

en sus planes respecto a nosotros, utilice falsedades toscamente fal-

sas? Más bien espera que esas falsedades sean lo más parecido a la

verdad. Hemos investigado más atentamente los archivos..., y el

campesino cuadra con la descripción y su esposa también. Pero el

tercer hombre, el hombre, no. El individuo de nuestros archivos es el

padre de la mujer. Es alto, moreno, no es calvo y disponemos de su

fotografía tridimensional, la forma de su retina y la conformación de

su sangre. El hombre de usted, como sabe, es bajito, grueso, calvo y

su rostro y atributos personales no constan en nuestros archivos.

—Alzó los ojos otra vez—. ¿No es así?

 

El secretario asintió una sola vez.

 

—Pero. . ., ¿entonces quién es?—preguntó Shekt.

 

—También usted siente curiosidad, ¿eh? Caramba, es algo digno

de despertar la curiosidad a cualquiera, ¿no? Tenga en cuenta que

ese hombre no consta en ninguno de nuestros archivos sobre hom-

bres vivos.

 

Shekt se removió en la silla incómodamente dura reservada para

las personas que tenían el honor de una audiencia y aún tenían valía

suficiente para recibir cierta consideración.

—Vaya, su sabiduría, deduzco una explicación que no implica

nada demasiado anormal.

 

—Me gustaría escucharla.

 

—Podría ser que el padre politico de este hombre, es decir, el

campesino, muriera hace poco y que su muerte no fuera dada a

conocer. El otro, el que pasó el experimento, un desconocido, un

pariente lejano, un amigo o lo que sea, podía verse expuesto al

Sesenta. Para eludir al menos el próximo censo estará ocupando el

lugar del padre político.

 

El redondeado semblante del primer ministro esbozó la sonrisa

suave y cínica típica del hombre que estudia la virtud humana y

averigua que equivale a cero.

 

—Así pues, el campesino y su esposa arriesgaron sus vidas al

quebrantar las costumbres.

 

—Ahí podría entrar en juego el sinapsificador. Presentando vo-

luntario a ese hombre, esperaban librarlo del Sesenta y asegurarse

inmunidad por su delito.

 

El secretario abrió la boca y emitió un sonido similar al de una

rana croando. El primer ministro se apresuró a volver la cabeza.

 

—¿Qué ocurre?

 

El secretario habló, con voz fría y concisa.

 

—Pero hemos localizado al padre político, vivo, paralítico, tam-

bién intentando eludir el Sesenta.

 

—En ese caso debían esperar también la exención de él—replicó

prestamente Shekt.

 

—En el mes transcurrido desde el experimento—dijo el primer

ministro en tono dulce mientras se inclinaba hacia delante—, nada se

ha sabido de estas personas por lo que respecta a exenciones, inmuni-

dades o cosas parecidas.

 

—En ese caso, lo único que deben querer es otro trabajador en la

granja, y les falta valor para formular cualquier clase de solicitud.

—El doctor Shekt experimentó una repentina desesperación—. Su

sabiduría, creo sinceramente que estas personas son terrestres honra-

dos. Si intentan engañar, es por salvar la vida. Les di mi palabra de

que estarían protegidos...

 

—La palabra de usted no me compromete a nada—espetó el pri-

mer ministro—. ¿Quién le ha concedido el derecho a ofrecer protec-

ción? ¿Está luchando por la vida de esas personas, o por la de usted?

 

Los ojos de Shekt descendieron involuntariamente hacia el suelo

ante la mirada de ira del otro hombre.

 

—Sin embargo—dijo—, el experimento reforzó mis conocimien-

tos sobre el sinapsificador, y eso debería ser útil para la Tierra entera.

Es digno de recompensa.

 

—También es digno de recompensa por parte del Imperio.

 

Shekt se soliviantó.

 

—¿Pretende decir que he tenido algún trato con el Imperio al res-

pecto?

 

—Ennius fue a verle. Se trata de un hecho probado.

 

—Ya le hablé de eso ~ijo Shekt, paciente—. El invento debía

interesar al Imperio. Ennius fue bastante franco. Me pregunt6 sin

ambages si yo estaba dispuesto a poner el instrumento a disposición

del gobierno central. Ya le comuniqué su oferta, libertad para la

Tierra, trasladarnos a otro planeta.

 

Una vez más el secretario croó, y Shekt se sobresaltó. Pensó que

aquel hombre, al croar, pretendía reírse. El primer ministro frunció

 

un labio.

 

—Sí~ el Imperio es generoso en sus promesas pero, ¿habla de

libertad concedida libremente por el amo al esclavo? ¿Está soñando?

Les entregamos el sinapsificador y ellos, qué cosa tan extrana, qué

cosa tan misteriosa, olvidarán una vez más que existe una Tierra.

¿Qué me dice de las promesas de alimentos durante la época de

hambre que sufrimos hace cinco anos? Los embarques fueron recha-

zados porque no tenemos créditos imperiales, y nadie habría acep-

tado productos terrestres ya que están contaminados radiactiva-

mente. ¿Y los créditos imperiales? Cien rnil personas murieron de

hambre.

 

Shekt respiraba con dificultad.

 

—Si nosotros no hubiéramos sido tan tercos y hubiéramos llegado

a un acuerdo en la cuestión de. . .—dijo en tono sofocado.

 

El primer ministro dejó caer su puno sobre el escritorio que se

interponía entre él y el ffsico y se levantó, reluciente con su capa roja.

 

—Silencio. ¿Pretende librar al Imperio Galáctico del sentimiento

de culpabilidad por las vidas terrestres perdidas? Tenga cuidado,

doctor Shekt. Ese sentimiento de culpabilidad tendrá pronta recom-

pensa, y también recaerá la venganza sobre las cabezas de los terres-

tres renegados que...

 

Quizás el secretario tosió casi inaudiblemente, o tal vez dio un

codazo a su superior. Fuera como fuera, se produjo una pausa y acto

seguido un cambio de tono.

 

—Suponga—prosiguió fnamente el primer ministro—que ese

Ennius va a verle y mete su nariz de patricio de los mundos exteriores

en el sinapsificador. Y piense que mientras él hace tal cosa, un cam-

pesino se presenta con claras pruebas de agitación y presenta, como

sujeto de una prueba, un hombre que no es de la Tierra... Sí, ¿por

qué se finge boquiabierto? Un hombre que no consta en nuestros

archivos no es de la Tierra. ¿No ve ninguna relación?

 

Shekt no contestó.

 

—Usted publicará un artículo—dijo el primer ministro con firme

autoridad—. Hasta cierto punto, el sinapsificador constituye un éxito.

Ha logrado resultados débilmente positivos con un solo hombre, re-

sultados no decisivos con otros, ha causado la muerte a unos cuantos.

Proporcione detalles poco importantes, tantos como quiera mientras

transmitan convicción sin información. Recuerde, no hay que suscitar

excesivo interés... Y si Ennius o cualquier habitante de la galaxia

vuelve a visitarle..., no se vaya de la lengua. Recuerde que el Sesenta

le afectará dentro de poco, y que no estamos satisfechos con usted.

 

39

Shekt, pálido y encogido, bajó la cabeza y no contestó. Era el

final de la entrevista.

 

Y el primer ministro y el secretario quedaron a solas, y el segundo

tomó asiento descuidadarnente en la silla ocupada hasta entonces por

el doctor Shekt. El brillo y el fuego se habían apagado de momento

en el semblante del primer ministro. Su aspecto era simplemente el

de una persona preocupada.

 

—¿Crees que ese hombre es de confianza, hermano? ¿Eh?

 

El secretario se alzó de hombros y gruñó sin el respeto y la admi-

ración que por fuerza merecía un primer ministro. Ese tratamiento,

“hermano”, era prueba suficiente de pertenencia a la poderosa Socie-

dad de los Antiguos.

 

—Una palabra a Ermius, hermano, y podrían aniquilarnos—con-

tinuó el primer ministro—. Este Shekt es un integracionista. Ya has

oído sus observaciones sobre el hambre. Los cobardes que creen en

la conciliación son peligrosos.

 

La fn'a impasibilidad del semblante del secretario impidió la ex-

presión de más dudas.

 

—Shekt no sabe nada de nuestros planes—dijo—. Shekt es,

como tú dices, un cobarde y en consecuencia puede arder por dentro,

pero guardará silencio..., y todavía nos hace falta.—El secretario

prosiguió en tono decidido—: Además, no constituve ni la mitad de

peligro que esos necios de los altos cargos, los que vierten torrentes

de palabren'a que no contienen más que gotitas de sentido común.

 

Los pómulos del primer ministro se encendieron.

 

—¿A qué te refieres?

 

—Me refiero a tu discurso sobre sentimientos de culpabilidad y

venganza. Nuestra arma principal es que nadie podría concebir una

victoria de la Tierra sobre la galaxia. N.uestra debilidad, clara e in-

mensa, es nuestra fuerza, porque ellos no nos vigilan. Dejémoslo así,

su supuesta sabiduría. No amenaces. Y no te preocupes por el sinap-

sificador. Incluso ese tema es secundario.

 

El primer ministro tragó saliva, y el brillo de odio de sus ojos, si se

hubiera transformado en actos, habn'a sido la ruina para el secretario.

Pero eso era imposible y todas las personas implicadas lo sabían.

 

—Bien, ¿y ese espra?—preguntó el primer ministro—. Ese

agente T, como tú lo denominas.

 

—Nada. Vigilaremos y aguardaremos. Fue demasiado fácil locah-

zarlo. No hace esfuerzo alguno para ocultarse ni para ponerse en

contacto con Ennius.

 

El primer ministro meditó unos instantes. Sus dedos, largos y muy

cuidados, se alzaron hacia el labio inferior y lo pellizcaron.

 

—Pretendes decir que esperan que atrapemos al espía.

 

—¡Ah!—Y el secretario croó secamente—. Estás absorbiendo

sabiduría. No hay duda. Y por tanto, no haremos eso. Vigilaremos...

y aguardaremos.

 

—¿Cuánto tiempo?

 

—Hasta que Ennius haga la siguiente jugada..., o hasta que este-

mos preparados, en cuyo caso nuestra jugada será la última.

 

Y esbozó una extraordinaria sonrisa, ya que tenía tanto humor

como dulzura tiene un lirnón.

 

Y el secretario quedó a solas. Se dejó caer perezosamente en el

sillón blando y magnífico ocupado anteriormente por el primer minis-

tro. Su mirada distante se centró en el techo, sus manos quedaron

cruzadas suavemente en su regazo y sus pensamientos erraron con

suma agudeza.

 

La naturaleza exacta de esos pensamientos no sería precisamente

correcta en la narración ordenada de la historia, pero dichos pensa-

mientos guardaban escasa relación con el doctor Shekt, el primer

ministro e incluso Ennius.

 

En lugar de esos personajes, apareció la imagen de un planeta,

Trantor, desde cuya metrópoli inmensa, tan grande como un planeta,

se gobernaba la galaxia entera. Y también la imagen de un palacio

cuyos chapiteles y extensos arcos el secretario jamás había visto, que

ningún otro terrestre había visto. El secretario pensó en las lineas

invisibles de poder y gloria que iban de sol en sol formando cordeles,

cuerdas y cables hasta llegar al palacio central y aquella abstracción,

el emperador, que al fin y al cabo era simplemente un hombre.

 

Su mente se concentró en esa idea, la idea de un poder que tan

sólo podía conferir una divinidad en el transcurso de la vida, se

concentró en un personaje que era simplemente humano.

 

¡Simplemente humano! ¡Como él mismo!

 

6 La mente que camb~o

 

El momento del cambio parecía difuso en los recuerdos de Joseph

Schwartz. Primero aquel miedo aniquilador, tan extraño y raro en su

mente como la irnagen de la misma Chicago. El viaje a Chica y el

final insólito y enrnarañado. Schwartz pensaba en eso con frecuencia.

 

En primer lugar, aquel viaje había sido la única vez que había

abandonado la granja durante el medio año transcurrido desde el

incidente inicial. En segundo lugar, el recuerdo pareáa detenerse

bruscamente. . .

 

En muchas ocasiones había intentado rastrear aquel recuerdo,

paso a paso, centímetro a centímetro, despacio, como para captar

por mera insistencia la clave del cambio que se había producido a

partir de entonces.

 

En muchas ocasiones, en su pensamiento, el hombre delgado a

cargo de aquel local le había ofrecido la píldora blanca y elipsoidal.

Él la había cogido y tragado con rapidez. Una droga, desde luego.

Para curar, para matar, para nada. A él no le importaba entonces.

 

Y después...

 

Bien, y después...

 

Ahí concluía la claridad y empezaban a mofarse de él los retuer-

dos irregulares y fragmentados. A partir de ese instante no recordaba

nada aparte del campesino..., y los dolores de cabeza. No, en reali-

dad no eran dolores de cabeza. Palpitaciones, más bien, como si una

dinamo oculta en su cerebro se hubiera puesto en marcha y, con su

funcionamiento desacostumbrado, provocara la vibración de todos

los huesos de su cráneo.

 

Allí estaba Grew en su silla de ruedas, junto a la cama de

Schwartz, repitiendo palabras y señalando o haciendo gestos. Y un

día el desconocido dejó de decir tonterías y empezó a hablar inglés.. .

O mejor dicho él, Joseph Schwartz, había dejado de hablar inglés

para empezar a decir tonterías..., que con el tiempo dejaron de serh.

 

Posteriormente, cuando el otoño tinó todo de dorado, las cosas

volvían a ser claras y Schwartz estaba en el campo, trabajando. Era

sorprendente cómo había aprendido el oficio. Jamás cometía un

error. Había máquinas complicadas que él logró manejar sin dificul-

tad tras una simple explicación.

 

Schwartz esperó la llegada del tiempo frío, y el fno nunca se

presentó. El invierno lo pasó desbrozando terrenos, fertilizando, pre-

parando de muchas formas la siembra primaveral.

 

Preguntó a Grew, trató de explicarle qué era la nieve, pero el

inválido se limitó a mirarle fijamente y le dijo: “Agua helada que cae

como la lluvia, ¿eh? ¡Ah, nieve! En otros planetas, dicen... Aquí,

no”.

 

Schwartz vigiló la temperatura a partir de entonces y descubrió

que apenas variaba de un día a otro y, sin embargo, los días se

acortaban primero y se alargaban después como podía esperarse en

un lugar septentrional, por ejemplo, tan septentrional como Chicago.

Y Schwartz dudó que estuviera en la Tierra.

 

Intentó leer algunos de los fibrofilmes de Grew, pero desistió. Las

personas seguían siéndolo a pesar de todo, mas las minucias de la

vida cotidiana, cuyo conocimiento se daba por supuesto, las alusiones

históricas y sociológicas que carecían de sentido para él..., todo esto

le hizo desistir.

 

Los acertijos se sucedieron: las lluvias uniformemente cálidas, las

bruscas órdenes que recibía para mantenerse apartado de ciertas

zonas... Por ejemplo, una tarde acabó sintiéndose intrigadísimo por

el brillo del horizonte, el fulgor azul que aparecía hacia el sur.. .

 

Se escabulló después de cenar y, cuando había recorrido menos

de dos kilómetros, el zumbido casi inaudible de un vehículo de dos

ruedas sonó tras él, junto con los furiosos gritos de Arbin. Se detuvo

y éste lo llevó de nuevo a la casa.

 

Después, mientras medía la habitación con sus pasos, Arbin le

dijo que no se acercara a ningún brillo nocturno. Schwartz preguntó

sin alterarse: “¿Por qué?”. Y obtuvo una respuesta vivamente mor-

daz: “Porque está prohibido”.

 

Pero esa noche fue muy importante para Schwartz, puesto que

durante aquellos dos kilómetros escasos hacia el resplandor conoció

el contacto mental. Jamás había sido capaz de describirlo a otra

persona. No había visto a nadie, no había oído a nadie, no había sido

precisamente un contacto.

 

No... Había sido algo parecido a un contacto, pero no en parte

alguna de su organismo. En su cerebro... No exactamente un con-

tacto, más bien una presencia, algo que había allí.

 

Y la rareza se repitió cada vez con más frecuencia.

 

Tan sólo desde hacía un mes se había dado cuenta de que siempre

sabía cuándo Arbin o Loa estaban en la casa, incluso cuando no tenía

motivos lógicos para saberlo. Era muy difícil considerar anormal el

caso, ya que parecía tan natural...

 

Schwartz hizo pruebas y descubrió que él sabía con exactitud

dónde estaban los miembros de la familia..., en cualquier momento.

Podía distinguirlos, ya que el contacto mental difería según la per-

sona.

  No comentó nada al respecto.

  Al empezar la primavera percibió el contacto durante la siembra:

el contacto original, el que notó durante el breve paseo hacia el

resplandor. Esa tarde fue a buscar a Arbin.

  —¿Qué hacemos con esa zona de bosques, al otro lado de South

Hills, Arbin?—preguntó.

  —Nada—fue la áspera respuesta—. Es terreno minister~-

  —¿Qué es eso? f ~

  Arbin se mostró irritado. / ~, ~ b

  —Pertenece al primer ministro. ~                                    r

  —Pero no está cultivado.

 

—No está previsto para cultivo.—Arbin hablaba en t~*Oescan- ~ .

dalizado—. Fue un gran centro... en otros tiempos.    ~ ~ ~f

 

—¿Muy antiguo? ¿Cómo se llamaba?           __ i

 

Las preguntas brotaron con rapidez, como la respuración de

Schwartz.

 

Pero Arbin, impaciente, restó importancia al tema.

 

—No sé de qué época. Y sólo los hombres instruidos, la Sociedad

de Antiguos, conocen los nombres de los centros antiguos. De todas

forrnas, ¿a ti qué te importa? Mira, Joseph, si quieres seguir aquí sin

problemas, no seas tan curioso. Atiende tu faena.

 

—¿Vive alguien alli?

 

—¡No!

 

Arbin se fue.

 

Pero el contacto mental extraño procedía de alli, y poseía un

rasgo amenazador que intranquilizó a Schwartz.

 

Por entonces, él se sentía más joven. No en sentido ffsico, a decir

verdad. Tenía menos barriga y más hombros. Sus músculos eran más

duros y elásticos y su digestión había mejorado. Todo ello como

resultado del trabajo al aire libre; pero había algo más. Su forma de

pensar.

 

Los hombres entrados en ahos tienden a olvidar cómo pensaban

en su juventud, olvidan la rapidez del salto mental, la osadía de la

intuición juvenil, la agilidad de su entendimiento. Se acostumbran a

las variedades más laboriosas de la razón, pero puesto que este deta-

lle está más que compensado por la acumulación de experiencia, bs

viejos se consideran más inteligentes que los jóvenes.

 

Mas Schwartz conservaba la experiencia y además descubrió con

gran placer que podía entenderlo todo rápidamente. Poco a poco

pasó de seguir las explicaciones de Arbin a preverlas, a dar un salto

más allá. Y en consecuencia, se sentía joven de un modo mucho más

sutil que el que podría haberle proporcionado cualquier medida de

excelencia física.

 

Y con la siembra ya terminada, Schwartz pensó que necesitaba

averiguar... ciertas cosas. Por fin, una noche de primavera mientras

jugaba una partida de ajedrez con Grew en la glorieta, lo hizo.

 

El ajedrez, curiosamente, no había cambiado, aparte del nombre

de las piezas. Grew le habló de variantes, tales como el ajedrez para

cuatro jugadores en el que cada contendiente disponía de un tablero

comunicado con los demás por las esquinas, con un quinto tablero

para llenar el hueco central a modo de tierra común de nádie. Existía

el ajedrez tridimensional: ocho tableros transparentes c7ólocados uno

encima de otro, las piezas se movían en tres dimensiones en lugar de

las dos anteriores, su número era doble y la victoria acurría al produ-

cirse un jaque simultáneo de ambos reyes enemigos. Incluso existían

variantes populares en las que la posición original de los trebejos se

decidía tirando los dados, con casillas especiales que conferían venta-

jas o desventajas a las piezas que las ocupaban, con nuevas piezas de

extrañas particularidades, etcétera.

 

Pero el ajedrez en sí, el primitivo e inalterable, era el mismo..., y

el enfrentamiento entre Schwartz y Grew había completado las cua-

tro primeras partidas.

 

Cuando empezó a jugar, Schwartz tenía escasos conocimientos de

las jugadas y perdió las primeras partidas. Pero la situación varió y las

partidas fueron cada vez más distintas, en auanto Schwartz empezó a

ganar. De modo gradual, el juego de Grew se hizo lento y precavido,

y el inválido se habituó a dejar el tabaco de su pipa reducido a

relucientes ascuas en los intervalos entre jugadas..., hasta que la

partida concluía en estruendosa y lamentable derrota.

 

Grew conducía las blancas y su peón estaba ya en 4R. Schwartz

tomó asiento y suspiró mientras el crepúsculo progresaba. Conforme

él iba entendiendo cada vez más la naturaleza de las jugadas del rival,

incluso antes de que las ejecutara, las partidas habían ido perdiendo

interés. Era como si Grew tuviera una ventana en el cráneo.

 

Utilizaban un “tablero nocturno” que en la oscuridad emitía un

resplandor escaqueado de tonos azules y anaranjados. Los trebejos,

figuras ordinarias y defonmes de barro rojizo a la luz del día, sufrían

una metamorfosis por la noche. La mitad estaban sumidos en una

blancura cremosa que les confería el aspecto de porcelana fna y

reluciente, y el resto despedía minúsculos resplandores chispeantes

de color rojo.

 

Las primeras jugadas fueron rápidas. El peón de rey de Schwartz

se situó delante del peón enemigo. Grew sacó el caballo dc rey a 3A.

Schwartz replicó llevando el CD a 3A. Después, el alfil blanco saltó a

SCD y el PTD negro ocupó la tercera casilla para hacer retroceder a

4T a la pieza rival. Acto seguido avanzó el otro caballo a 3A.

 

Las brillantes piezas se deslizaban por el tablero con espectral

voluntad propia ya que los dedos que las aferraban desaparecían en

la noche.

 

En ese momento, Schwartz habló bruscamente con voz tensa.

 

—¿Dónde estoy?

 

Grew alzó la cabeza mientras situaba el caballo de dama en 3A.

 

—¿Cómo?

 

—¿Qué planeta es éste?—preguntó Schwartz jugando A2R.

 

—1.~ Tierra—fne l:~ hreve contectaci~Sn. v ~'lrew ce enrocó con

gran ceremoñia.

 

Primero se movió la alta figurilla que era el rey y luego la pesada

torre pasó por encima de la antenor y se posó al otro lado.

 

Era una respuesta totalmente insatisfactoria. Schwartz tradujo

mentalmente “Tierra”, el término empleado por Grew. Pero ¿qué

era “Tierra”? Cualquier planeta es “Tierra" para !os que lo habitan.

Avanzó dos pasos el peón de caballo de dama y de nuevo el alfil de

Grew tuvo que retirarse, en esta ocasión a 3C. A continuación ambos

jugadores, aprovechando su turno, avanzaron una fila el peón de

dama, los dos dando libertad de acción a su otro alfil para la batalla

que pronto se iniciaría en el centro.

 

—¿En qué año estamos?—preguntó Schwartz, con tanta calma y

naturalidad como pudo.

 

Grew hizo una pausa. Tal vez estuviera sorprendido.

 

—¿Qué tienes en la cabeza hoy? ¿No quieres jugar? Estamos en

el año 827 de la E. G. ¿Estás satisfecho con eso?

 

Contempló el tablero con aire ceñudo y desplazó bruscamente su

caballo de dama a SD,* el primer ataque. Schwartz lo eludió con

rapidez, llevando a 4T su caballo de dama a modo de contraataque.

Y la refriega cobró importancia. El caballo de Grew capturó el alfil,

que brincó hacia arriba en un baño de fuego rojo para caer emitiendo

un brusco “clic” en la caja donde permanecería, cual guerrero ente-

rrado, hasta la próxima partida. Y el caballo conquistador cayó al

instante ante la dama negra. En un momento de extremadas precau-

ciones, el ataque de Grew vaciló y las blancas movieron el otro

caballo al abrigo de lR, donde era relativamente inútil. El caballo de

dama de Schwartz repitió el primer cambio, capturando el alfil y

cayendo presa a su vez del peón de torre.

 

—¿Qué es E . G. ?—inquirió tranquilamente Schwartz después de

otra pausa.

 

—¿Cómo?—se extrañó el malhumorado Grew—. ¿Aún sigues

 

* Es obvio que Asimov olvida constatar una jugada, ya que correspondía

jugar a Sch vartz. Por el posterior desarrollo de la partida, no hay duda de

que las negras se han enrocado. (N. del T. )

 

45

sin saber en qué año estamos? Bien, es el827 de la Era Galáctica. 827

años desde la fundación del Imperio Galáctico, 827 años desde la

coronación de Frankenn I... Te toca—concluyó estruendosamente.

 

Pero el caballo que Schwartz sostenía estaba engullido por la

presa de su mano. Se sentía furiosamente frustrado.

 

—Por favor. . .—dijo, y dejó el caballo en 2D—. ¿Conoces alguno

de estos nombres: Asia, América, los Estados Unidos, Rusia, Euro-

pa...?

 

Estaba buscando identificación a tientas.

 

De pronto, en la oscuridad, la pipa de Grew se transformó en un

fulgor rojo y la difusa sombra del inválido se inclinó sobre el relu-

ciente tablero como si fuera ella, de las dos, la que tuviera menos

vida.

 

Schwartz lo intentó de nuevo.

 

—¿Sabes dónde podn'a encontrar un mapa?

 

—No hay mapas ~ruñó Grew—, a menos que desees arriesgar

el cuello en Chica. No soy geógrafo. Jamás había oído los nombres

que has mencionado.

 

Otra vez la vaga amenaza que parecía pender siempre sobre él:

“. . . arriesgar el cuello. ..”.

 

—El sol tiene nueve planetas, ¿no es cierto?—preguntó con aire

de duda.

 

—Diez—fue la inflexible respuesta.

 

Schwartz vaciló... Bien, podían haber descubierto otro planeta.

Contó con los dedos antes de formular la siguiente pregunta.

 

—¿Qué me dices del sexto planeta? ¿Tiene anillos?

 

Grew estaba avanzando dos casillas el peón de alfil de rey y

Schwartz hizo lo propio al instante.

 

—¿Te refieres a Saturno?—replicó Grew—. Naturalmente que

tiene anillos.

 

Estaba calculando. Podía capturar el peón de alfil o el de rey y las

consecuencias de ambas réplicas no eran demasiado claras.

 

Pero por lo que a Schwartz incumbía, seguro ya de la identidad de

la Tierra, la partida de ajedrez ni siquiera era una menudencia. Las

preguntas temblaban en la superficie interna de su cráneo y una de

ellas se escapó.

 

—Y tus librofilmes ¿son reales? ¿Existen otros mundos? ¿Con

gente?

 

Grew levantó la vista del tablero, y sus ojos escudriñaron en vano

en la penumbra.

 

—¿Hablas en serio?

 

—¿Existen?

 

. ¡ Por la galaxia! Creo que no lo sabes realmente.

 

Schwartz se sintió humillado por su ignorancia.

 

—Por favor...

 

—Naturalmente que existen otros mundos. ¡Millones! Todas las

estrellas que ves tienen planetas, y todavía hay más que tú no ves.

Todos forman parte del Imperio.

 

Muy suave, en su irlterior, Schwartz captó el eco tenue de las

vivas palabras de Grew conforme iban pasando, chispeantes, de una

mente a otra. Notaba que los contactos mentales iban reforzándose

con el paso de los días. Pronto, tal vez, sería capaz de escuchar

mentalmente esas suavísimas palabras incluso cuando la persona que

las pensaba no estuviera hablando.

 

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que ocurrió todo eso, Grew?

—preguntó roncamente—. ¿Cuánto tiempo desde que sólo existía un

planeta?

 

—¿Qué pretendes decir?—Grew se mostró repentinamente pre-

cavido—. ¿Eres miembro de los Antiguos?

 

—¿De qué? No soy miembro de nada..., pero la Tierra fue el

único planeta hace tiempo, ¿no?... Bien, ¿no es cierto?

 

—Eso dicen los Antiguos—dijo Grew con tono severo—. Pero

¿quién lo sabe? ¿Quién lo sabe realmente? Por lo que yo sé, esos

mundos de ahí arriba han estado ahí arriba a lo largo de toda la

historia.

 

—Pero, ¿cuántos años representa eso?

 

—Miles de años, supongo. Cincuenta mil, cien mil... No puedo

asegurarlo.

 

¡Miles de años! Schwartz notó un gorgoteo en su garganta y lo

reprimió, aterrorizado. ¿Tanto tiempo entre dos pasos? ¿Un suspiro,

un momento. una décima de segundo... v él había saltado miles de

años?

 

Pero Grew estaba jugando ya. Capturó el peón de alfil enemigo y

Schwartz, casi como un autómata, anoto mentahmente el hecho de

que esa opción era la incorrecta. Las jugadas encajaban en su cerebro

sin ningún esfuerzo consciente. Su torre de rey se lanzó hacia delante

para tomar el peón doblado. El cabaUo blanco se situó de nuevo en

3A. El alfil de Schwartz avanzó a 2C, quedando en libertad de ac-

ción. Grew respondió al instante colocando su alfil en 2D.

 

Schwartz hizo una pausa antes de lanzar el ataque final.

 

—¿La Tierra sigue siendo la dueña?—preguntó.

 

—La dueña ¿de qué?

 

—Del Imp...

 

Pero Grew levantó la cabeza con un rugido que hizo temblar los

trebejos.

 

—Escucha, tú, ¿adónde quieres ir a parar? Los Antiguos afirman

que lo fue hace tiempo, pero ¿lo parece?

 

Se oyó un suave zumbido mientras la silla de ruedas de Grew

daba la vuelta a la mesa. Schwartz notó unos dedos que aferraban su

brazo.

 

—¡Mira! ¡Mira alh!—La voz de Grew era un chirrido musita-

do—. ¿Ves el horizonte? ¿Ves cómo brilla?

 

—Sí.

 

—Eso es la Tierra, la Tierra entera. Excepto en algunos sitios

donde existen zonas como ésta.

 

—No lo entiendo.

 

46                                     ~                                      47

—La corteza terrestre es radiactiva. El suelo resplandece, siem-

pre lo ha hecho, siempre lo hará. No puede crecer nada. Nadie puede

vivir... ¿De verdad no sabes eso? ¿Por qué supones que tenemos el

Sesenta?

 

El paralítico se calmó. Su silla dio la vuelta a la mesa en sentido

contrario.

 

—Te toca jugar.

 

¡El Sesenta! Otra vez aquella frase y siempre con el contacto

mental de amenaza indefinida. Las piezas de ajedrez de Schwartz se

movieron solas mientras él se formulaba preguntas con el corazón

encogido. Su peón de rey capturó el de alfil del rival. Grew situó el

caballo en 4D y la torre de Schwartz eludió el ataque en 4C. El

caballo blanco siguió atacando desde 3A y las negras evitaron la

captura llevando la torre a 5C. Pero el peón de torre rey de Grew

avanzó tímidamente una casilla y la torre de Schwartz se lanzó al

ataque. Capturó el peón de caballo blanco, dando jaque al rey. Grew

se apresuró a tomar la pieza, mas la dama enemiga cubrió la baja al

instante desplazándose a 4C y dando jaque. El rey blanco se escabu-

lló en lT y Schwartz avanzó su caballo, situándolo en 4R. Grew

colocó la dama en 2R en vigorosa tentativa de movihzar sus defensas

y Schwartz replicó poniendo la dama dos casillas más adelante, en

6C, de tal modo que la lucha era ya cuerpo a cuerpo. Grew no tenía

elección: colocó la darna en 2C y las dos soberanas quedaron frente a

frente. El caballo negro dio en lo vivo al tomar el del rival en 6A, y

cuando el atacado alfil blanco se colocó rápidamente en 3A, el caba-

llo volvió a SD. Grew dudó unos instantes y luego su dama se des-

plazó por la gran diagonal para tomar el alfil contrario.

 

Y Grew hizo una pausa y suspiró de alivio. Su astuto rival tenía la

torre en peligro con un jaque en perspectiva, mientras la dama blanca

estaba lista para hacer estragos. Y tenía ventaja de una torre por

peón.

 

—Tú juegas—dijo con satisfacción.

 

—¿Qué. .., qué es el Sesenta?—preguntó por fin Schwartz.

 

El tono de Grew fue de viva hostilidad.

 

—¿Por qué lo preguntas? ¿Adónde quieres ir a parar?

 

—Por favor—fue la hurnilde respuesta—. Soy un hombre sin ma-

licia. No sé quién soy, ni qué me ha ocurrido. Tal vez soy un caso de

amnesia.

 

—Muy probable—fue la desdeñosa réplica—. ¿Estás huyendo

del Sesenta? Di la verdad.

 

—¡ Pero si te aseguro que desconozco qué es el Sesenta !

 

La voz transmiba convicción. Se produjo un silencio prolongado.

 

Schwartz pensó que el contacto mental de Grew era ominoso,

aunque fue incapaz, totahmente incapaz de captar palabras.

 

—El Sesenta—dijo muy despacio Grew—es tu año sexagésimo.

La Tierra cobija veinte millones de personas, nada más. Para vivir

debes producir. Si no puedes producir, no puedes vivir. Cuando

pasas del Sesenta, no puedes producir.

 

—Y por lo tanto...—la boca de Schwartz quedó abierta.

 

—Te ehminan. No hacen daño.

 

—¿Os matan?

 

—No es asesinato.—Y con voz tensa añadió—: Debe ser así. Los

demás planetas no quieren acogemos y debemos arreglarnos para

hacer sitio a los ninos. La generación de más edad debe hacer sitio a

los jóvenes.

 

—Supongamos que no informas que tienes sesenta años.

 

—¿Por qué hacer tal cosa? La vida después de los sesenta no es

divertida. . . Y hay un censo cada diez años a fin de atrapar a cualquier

persona lo bastante necia para intentar vivir. Además, tu edad está

en los archivos.

 

—No la mía.—Las palabras se le escaparon. Schwartz fue inca-

paz de contenerlas—. Por otra parte..., sólo tengo cincuenta, los

próximos que curnpla.

 

—No importa. Pueden comprobarlo mediante tu estructura ósea.

¿No lo sabías? Es imposible ocultar la edad. La próxima vez me

cogerán... Venga, tú juegas.

 

Schwartz hizo caso omiso del apremio.

 

—¿Pretendes decir que. . . ?

 

—Naturahmente. Sólo tengo cincuenta y cinco, pero fíjate en mis

piernas. No puedo trabajar, ¿no es cierto? En nuestra familia hay

tres personas registradas y nuestro cupo se determina partiendo de

tres trabajadores. Cuando sufn el ataque y quedé inválido sin reme-

dio, estábamos obligados a dar parte, y en ese caso habrían reducido

el cupo. Pero Arbin y Loa no quisieron hacerlo porque son tontos y

esto ha significado mucho trabajo para los dos..., hasta que tú lle-

gaste. Pero me cogerán el año que viene. .. Te toca.

 

—¿El censo es el año que viene?

 

—Exacto... Tú juegas.

 

—¡Espera!—exclamó Schwartz en tono apremiante—. ¿Eliminan

a cualquier persona después de los sesenta? ¿Sin ninguna excepción?

 

—No por lo que a ti y a mí nos incumbe. El primer ministro tiene

una vida prolongada, y los miembros de la Sociedad de Antiguos,

ciertos científicos y personas que realizan servicios muy importantes.

No demasiadas personas están capacitadas para superar esa edad.

Anualmente tal vez una decena.. . ¡Tú juegas!

 

—¿Quién decide las excepciones?

 

—El primer ministro, por supuesto. ¿Vas a jugar?

 

Pero Schwartz se levantó.

 

—No importa. Es mate en cinco jugadas. Mi dama capturará tu

peón con jaque, tendrás que poner el rey en uno caballo, te daré

jaque con el caballo en siete rey, jugarás rey dos alfil, mi dama dará

jaque en seis rey, tú pones el rey en dos caballo, juego dama seis

cabal;io y como no tienes más remedio que ir a uno torre te doy mate

en seis torre.

 

“Buena partida—añadió de forma mecánica.

 

Grew contempló durante un buen rato el tablero y después dio un

49

uento~ pa raie lo~

grito y lo echó violentamente fuera de la mesa. Las relucientes piezas

rodaron abatidamente por el suelo.

 

Pero Schwartz no se enteró de nada..., de nada excepto de la

abrumadora necesidad de huir. Porque si bien Browning había dicho:

 

¡Envejece conrnigo!

I o mejor aún no ha venido. . .

 

lo había dicho en una Tierra poblada por millones y millones de

bulliciosos habitantes y con alimentos sin límite. Lo mejor que ven-

dría ahora sería el Sesenta... y la muerte.

 

Porque Schwartz, la verdad sea dicha, tenía sesenta y dos años.

 

En esos momentos, Schwartz comprendió dos cosas. La primera

era sencilla e inevitable. Tenía que vivir, de algún modo, como fuera.

La muerte podía presentarse de una forma tranquila y natural para

los que durante toda su vida estaban acostumbrados a esa idea, pero

no para él.

 

La segunda cosa que Schwartz comprendió, no obstante, era más

sutil. Lo pensó en un momento de perspicacia no derivado de mas

lógica que las agudizadas percepciones propias del miedo. Ese detalle

era que el extraño contacto mental del terreno ministerial (el que

poseía una corriente oculta de hostilidad, el que había detectado en

su frustrado paseo hacia el brillo del horizonte) estaba vigilándole.

Vigilándole con el propósito definido de mantenerle donde estaba,

de no permitirle huir.

 

No había duda, estaba atrapado.

 

Atrapado en la extrañeza del oscuro futuro y condenado ya a

muerte.

 

INTERMEDIO

 

Dejamos a Joseph Schwartz en la difícil situación antes descrita,

temporalmente, de acuerdo con la promesa hecha en las primeras

líneas de este relato. La continuación puede entenderse mejor pa-

sando velozmente a otro extremo de la narración ahora mismo y

yendo hacia atrás hasta el punto adecuado..., o no yendo exacta-

mente hacia atrás, tampoco eso, sino más bien describiendo un án-

gulo de ciento veinte grados.

 

Todo acabará aclarándose, se lo prometo.

 

Y como se indica en el mismo principio, debemos hacer ciertas

consideraciones sobre Bel Arvardan, arqueólogo de Baronn, sector

de Sirio, ciudadano del Imperio Galáctico.

 

so

 

2.a PARTE: BEL ARVARDAN

 

7 Un solo mundo... o muchos

 

En el año 827 E. G., ahora considerado, Arvardan contaba

treinta y cinco años de edad, era un hombre rudamente atractivo

hasta tal punto que podría juzgarse raro en un científico... Pero la

arqueología es una ciencia de puertas afuera en sus aspectos operati-

vos y Arvardan había viajado por más regiones del Imperio que nu-

merosos viajeros profesionales de su edad.

 

Dado su aspecto físico, podría parecer extraño (o no, depende del

cinismo del observador) que aún estuviera soltero. Él mismo lo ne-

gaba, afirrnaba que estaba casado con su trabajo, pero la verdad nos

fuerza a declarar que pocas mujeres, o ninguna, se sentían impresio-

nadas por la legalidad de un contrato matrimonial de ese tipo. Como

minimo, las mujeres haáan grandes esfuerzos en convertir en bígamo

al arqueólogo.

 

Pero bien pensado, todo esto es incidental. De hecho, no tiene

nada que ver con el relato. .., excepto en cierto sentido.

 

Lo que sigue, si bien menos interesante, quizás es más pertinente.

Bel Arvardan obtuvo el título de doctor en arqueología a la edad

francamente insólita de veintitrés años en la Escuela de Arqueología

de la Universidad de Arturo. Su tesis doctoral se titulaba: “Sobre la

antiguedad de artetactos del sector de Sirio con consideraciones so-

bre la aplicación subsiguiente a la hipótesis de la irradiación para

explicar el ongen humano”.

 

Dicha disertación señaló el principio de una carrera iconoclasta.

Desde el primer momento Arvardan adoptó como suyas las hipótesis

propuestas anteriormente por ciertos grupos de místicos más preocu-

pados por la metafisica que por la arqueología, a saber, que la huma-

nidad había tenido su origen en un solo planeta antes de irradiarse

gradualmente a toda la galaxia. Era la teoría favorita de los escritores

de fantasía de la época y el motivo favorito de mofa de casi cualquier

arqueólogo respetable del Imperio.

 

Pero Arvardan constituía una fuerza a ser tenida en cuenta in-

cluso por los más respetables, Ya que antes de una década llegó a ser

una autoridad en las reliquias de las civilizaciones preimperiales que

aún subsistían en los remolinos y rebalsas de la galaxia.

 

Por ejemplo, Arvardan había escrito una monografia sobre la

civilización mecánica del sector de Rigel, en la que el desarrollo de la

automoción creó una cultura distinta que persistió varios siglos, hasta

que la misma perfección de las máquinas redujo la iniciativa humana

de tal modo que las potentes flotas del tirano Moray se impusieron

fácilmente. Si bien la arqueología ortodoxa atribuía la aparición de

culturas tan atípicas a diferencias de raza todavía no eliminadas me-

diante uniones entre miembros de los distintos pueblos, Arvardan

demostró que la civilización automatizada fue resultado natural de las

fuerzas económicas y sociales de aquella época y de aquella región.

 

Estaban también los mundos bárbaros de Ofiuco, que la ortodo-

xia había considerado desde antiguo como ejemplos de humanidad

primitiva lejos aún de la fase del viaje interestelar. Todos los libros de

texto citaban estos mundos como prueba de la teoría de la Fusión, a

saber, que la humanidad había tenido origen independiente en nume-

rosos planetas en los que predominaban relaciones químicas agua-

oxígeno y poseían intensidades adecuadas de temperatura y gravita-

ción, por efecto de la acción inevitable de las leyes biológicas, y que

conforme fue descubriéndose el viaje interestelar las diversas razas se

conocieron y fundieron.

 

Arvardan, no obstante, descubrió restos de la civilización pnmi-

tiva anterior a los mil años de barbarie de Ofiuco y demostró que los

datos más antiguos sobre el planeta indicaban vestigios de comercio

interestelar y que el hombre había emigrado a la región en una fase

ya civilizada.

 

Y finalmente el esfuerzo del arqueólogo por demostrar su teoría

favorita lo había conducido al planeta probablemente menos impor-

tante del Imperio: un planeta llamado Tierra. En este punto nos

unimos a Bel Arvardan.

 

Encontramos a Arvardan en el único paraje imperial de toda la

Tierra: las desoladas elevaciones de las mesetas situadas al norte del

Himalaya. Alli, donde ni entonces ni nunca había existido radiactivi-

dad, resplandecía un lugar que no era de arquitectura terrestre. En

esencia era copia de los palacios virreinales que existían en mundos

más afortunados. La suave frondosidad de los terrenos había sido

creada artificialmente por comodidad. Las rocas impresionantes ha-

bían sido cubiertas con humus, regadas, inmersas en un clima artifi-

cial... y convertidas en diez kilómetros cuadrados de prados y jar-

dines.

 

Según cálculos terrestres, el coste energético era asombroso, pero

las obras habían contado con el respaldo de los recursos francamente

increíbles de doscientos millones de mundos, y la cifra no cesaba de

aumentar. (Se supone que en el año 827 de la Era Galáctica una

media de cincuenta nuevos planetas diarios obtenían la categoría

provincial, para lo que era indispensable alcanzar una población de

500 millones de habitantes.)

 

En este retazo de apariencia no terrestre vivía el procurador, que

algunas veces, en este lujo artificial, podía olvidar que lo era y acor-

darse únicamente de su condición de aristócrata con grandes honores

y familia vetusta.

 

Su esposa se engañaba seguramente con menos frecuencia, sobre

todo cuando, tras trepar a una loma cubierta de hierba, veía a lo lejos

la Unea definida y terminante que separaba los terrenos de la selva

brutal que era la Tierra. En esos momentos las fuentes de colores

(luminiscentes por la noche, produciendo la impresión de fuego lí-

quido y frío), las sendas rodeadas de flores y las arboledas idílicas no

bastaban para compensar el conocimiento de su exilio.

 

Tal vez por eso, Arvardan fue recibido con más atenciones de las

estrictamente señaladas por el protocolo. Para Ennius, por ejemplo,

Arvardan fue una emanación del Imperio, de espaciosidad, de caren-

cia de limites.

 

Arvaraan, por su parte, descubrió muchas cosas que admirar.

 

—El lugar está bien construido—dijo—, y con gusto. Es asom-

broso cómo un toque de cultura central impregna los distritos más

distantes de nuestro Imperio.

 

Ennius sonrió.

 

—No es como yo desearía. Me parece un caparazón que suena a

hueco cuando lo toco. Después de considerar mi personal, la guarni-

ción imperial, tanto aquí como en los centros importantes del pla-

neta, y alguna visita esporádica como la suya, se agota todo el toque

de cultura central del que usted habla. Aparenta ser muy escaso.

 

Tomaron asiento en la columnata mientras moría la tarde, el

momento del día en el que el sol rielaba en su descenso hacia las

muescas de niebla purpúrea del horizonte y cuando el ambiente pare-

cía tan cargado del aroma a plantas en crecimiento que los movimien-

tos del aire eran simples suspiros de esfuerzo.

 

Naturalmente, no era muy correcto, ni siquiera para el procura-

dor, mostrar excesiva curiosidad por los actos de un invitado, pero

hay que tener en cuenta la inhumanidad que representa el aislamien-

to constante del Imperio.

 

—¿Piensa quedarse algún tiempo, doctor Arvardan?—preguntó

Ennius.

 

—Oh, difícilmente puedo asegurarlo. Tanto tiempo como consi-

dere preciso..., que es una respuesta indefinida, me temo. Com-

prenda, cuando se busca algo de naturaleza desconocida, y que no

estamos seguros de reconocer cuando lo encontremos, o de interpre-

tarlo después de reconocerlo, o de convencer a otros de la corrección

de nuestras ideas, o... Pero ¿cómo me he metido en este atolladero,

procurador?

 

—Me parece deducir cierta confusión—dijo Ennius, sonriente.

 

—Y la hay. Mucha confusión. Tal vez una parte se aclare, en

cuanto pueda meter las narices en el pasado prehistórico de este

planeta .

 

Ennius alzó las cejas.

 

—¿Por qué este planeta? Si algún punto de la galaxia carece de

historia, es éste.

 

—Puede parecerlo, pero creo que lo entiende usted al revés. Este

mundo es francamente extraordinario.

 

—En absoluto—dijo tensamente el procurador—, es un mundo

francamente vulgar. Más o menos una pocilga de mundo, o un agu-

jero terrible, o un lugar inmundo, o casi cualquier palabra desprecia-

tiva que quiera usarse. Y pese a tanto refinamiento del asco, el

planeta ni siquiera puede destacar en villanía, simplemente sigue

siendo un mundo campesino, ordinario, tosco.

 

—Pero—objetó Arvardan, hasta cierto punto sorprendido por el

vigor de las afirmaciones incoherentes con las que el procurador le

acosaba—, el planeta es radiactivo.

 

—Bien, ¿y qué? Varios miles de planetas de la galaxia son radiac-

tivos, y algunos mucho más que la Tierra.

 

En este preciso momento, el movimiento suave y deslizante de la

vitrina móvil, que se detuvo al alcance de la mano de los dos hom-

bres, atrajo su atención. Ennius señaló la vitrina.

 

—¿Qué prefiere?—preguntó.

 

—No soy exigente.. . Un refresco de lima, si puede ser.

 

—Eso puede arreglarse. La vitrina tendrá los ingredientes. ¿Con

o sin Chensey?

 

—Sólo una pizca—dijo Arvardan, y alzó y casi juntó los dedos

pulgar e índice de una mano.

 

—Lo tendrá dentro de un momento.

 

En alguna parte de las entrañas de la vitrina entró en acción el

producto mecánico quizá más universalmente popular del ingenio

humano: un camarero no humano cuya alma electrónica no mezclaba

ingredientes usando vasitos graduados, sino contando átomos, cuyas

proporciones eran siempre perfectas y al que ni toda la artesanía más

inspirada de alguien meramente humano podía igualar.

 

Los vasos altos surgieron como de la nada, al menos así lo pare-

ció, ya que estaban aguardando en las cavidades apropiadas.

 

Arvardan cogió el verde y durante un instante probó la frialdad

del vaso en su mejilla. Luego se llevó el borde a los labios y bebió.

 

—Perfecto—dijo. Dej6 el vaso en el soporte del brazo de su

sillón y añadió—: Miles de planetas radiactivos, procurador, tal como

usted dice, pero sólo uno de ellos está habitado. Éste, procurador.

 

—Bien...—Ennius chasqueó los labios por encuma del vaso y pa-

reció perder parte de su brusquedad con la suavidad de la bebida—.

Tal vez sea extraordinario en ese sentido. Es una distinción nada en-

vidiable.

 

—Su singularidad no reside solamente en ese detalle.—Arvardan

hablaba animadamente entre trago y trago—. Es algo más. Los biólo-

gos han demostrado, o afirman haberlo hecho, que la vida no se

desarrollará en planetas donde el nivel radiactivo de la atmósfera y

los mares supere determinado punto. La radiactividad de la Tierra

supera dicho punto por un margen considerable.

 

—Interesante. No lo sabía. Yo diría que esa es la prueba definida

de que la vida terrestre es fundamentalmente distinta de la del resto

de la galaxia.

 

—Ni mucho menos—fue la vehemente respuesta—. Ése es el

punto de vista antiguo, totalmente refutado, procurador. Toda forrna

de vida es en esencia idéntica, por cuanto se basa en comple~os

proteínicos en dispersión coloidal. Lo denominamos protoplasma. Y

el efecto de la radiactividad al que acabo de referirme se basa en la

mecánica cuántica de la molécula de proteína. Todo ello es válido

para usted, para mí, para los terrestres, las arañas y los gérmenes.

 

“Verá, las proteínas, como seguramente no hará falta que le ex-

 

54

 

plique, son agrupamientos muy complejos de aminoácidos y otros

compuestos especializados, ordenados en intrincadas estructuras tri-

dimensionales tan inestables como los rayos del sol en un día nu-

blado. La vida es precisamente esa inestabiiidad, puesto que siempre

cambia su posición esforzándose en conservar su identidad..., igual

que una vara larga suspendida en la nariz de un acróbata.

 

"Pero esta maravillosa proteína debe surgir antes de materia inor-

gánica, para que así sea posible la vida. Desde el principio mismo,

por la influencia de la energía radiante del sol y en las inmensas

soluciones que denominamos océanos, las moléculas orgánicas au-

mentan gradualmente su complejidad pasando de metano a formal

dehído, azúcares y féculas en una dirección, y de urea a aminoácidos

y proteínas en otra. Es cuestión de azar, desde luego, y el proceso en

un planeta puede tardar millones de años y en otro cientos. Se ha

demostrado que "millones" es, con mucho, la cifra probable.

 

“Bien, los químicos especializados en fisicoquímica orgánica han

averiguado con gran exactitud el proceso al respecto y, en particular,

la energética del mismo, y se sabe a ciencia cierta que varias etapas

cruciales requieren ausencia de energía radiante. Si ello le parece

raro, procurador, sólo puedo decirle que la fotoquímica, la química

de las reacciones provocadas por la energía radiante, es una rama

muy desarrollada de la ciencia y existen innumerables casos de reac-

ciones muy sencillas que siguen una dirección de las dos posibles,

según si se producen en presencia o ausencia de cuantos de energía

luminosa.

 

“En planetas normales, el sol es la única fuente de energía ra-

diante. Al abrigo de las nubes, o por la noche, los compuestos de

carbono y nitrógeno se combinan y recombinan, en las formas posibi-

litadas por la ausencia de esas minúsculas fracciones de energía lanza-

das entre ellos por el sol, como bolas entre un número infinito de

bolos infinitesimales.

 

“Pero en los mundos radiactivos, con sol o sin él, cualquier gota

de agua, incluso en la noche más oscura, incluso a diez kilómetros de

profundidad, cualquier gota de agua chispea y rebosa de veloces

rayos gamma. excita los átomos de carbono, los activa, según dicen

los químicos, y fuerza a las reacciones a proseguir sólo de ciertas

formas, formas que jamás producen vida. Y lo crea o no, existen

pruebas matemáticas rigurosas, y también experimentales, de todo io

anterior.

 

La bebida del arqueólogo se había acabado. Arvardan dejó el

vaso vacío en la inmóvil vitrina. El vaso desapareció al instante.

 

—¿Otro?—preguntó Ennius.

 

—Pregúntemelo después de cenar—dijo Arvardan—. De mo-

mento ya tengo bastante.

 

Y Ennius toqueteó con una reluciente uña el brazo de su sillón.

 

—Logra que el proceso parezca realmente fascinante—dijo—,

pero si todo es como usted afirma, ¿qué me dice de la vida en la

Tierra? ¿Cómo se originó esa vida'?

 

l

—Bien, pues... Fíjese, hasta usted empieza a extrañarse. Por eso

el tema es tan fascinante.

 

—A menos—dijo Ennius mientras se alzaba de hombros—que

las pruebas matemáticas rigurosas que usted menciona sean ligera-

mente erróneas. Es sorprendente cuánta rigurosidad científica ha

fallado en el pasado.

 

—¡Muy cierto! Pero la matemática rigurosa ha resistido mucho

más que fracasado..., y en el caso de la Tierra hay una explicación

muy factible.

 

—Ah, debí imaginámmelo. Tiene una hipótesis favorita.

 

—Exacto—convino Arvardan—, y es sencilla. La radiactividad

que supera el mínimo requerido hasta impedir la aparición de vida no

basta para destruir vida ya formada. Podría modificarla, pero no la

destruirá excepto si el nivel radiactivo es enormemente alto. Verá, las

reacciones químicas al respecto son distintas. En el primer caso hay

que evitar que se formen moléculas simples y, en el segundo, hay que

descomponer moléculas complejas ya formadas. No es lo mismo, ni

mucho menos.

 

—No veo la aplicación de todo ello—dijo Ennius.

 

—¿No es obvio? La vida en la Tierra se fommó antes de que el

planeta fuera radiactivo. Mi querido procurador, se trata de la única

explicación que no implica negar la realidad de la vida en la Tierra, ni

negar teorías químicas en cantidad suficiente para trastornar la mitad

de la ciencia.

 

Ennius contempló horrorizado al arqueólogo.

 

—Pero..., no puede hablar en serio.

 

—¿Por qué no?

 

—Porque ¿cómo puede hacerse radiactivo un planeta? La vida de

los elementos químicos radiactivos de la corteza del planeta es de

millones de años. Deben de haber existido indefinidamente en el pa-

sado.

 

—Pero existe algo llamado radi¿lctividad artificial, procurador,

incluso en proporciones inmensas. Hay miles de reacciones nucleares

con energía suficiente para crear toda clase de isótopos radiactivos. Si

suponemos que los seres humanos pueden aplicar algún tipo de reac-

ción nuclear en la industria, sin control adecuado, o incluso en la

guerra, si usted es capaz de imaginar una guerra que acontece en un

solo planeta, la mayor parte del suelo se convertiría en material

artificialmente radiactivo. ¿Qué opina de eso?

 

El sol había expirado sangrientamente en las montañas y la enjuta

cara de Ennius aparecía rojiza a causa de los reflejos. Soplaba la

suave brisa del atardecer y en los terrenos palaciegos el adormecido

murmullo de las variedades de insectos cuidadosamente selecciona-

das era más sedante que nunca.

 

—Todo me parece muy artificial—dijo Ennius—. Una hipótesis

ud hoc ideada para explicar hechos, pero muy improbable. Por ejem-

plo, me resulta imposible imaginar el uso de reacciones nucleares en

la guerra o permitir que escapen al control humano hasta ese punto,

de ninguna manera. Bien, si usted hubiera hablado de radiaciones

subetéricas. . .

 

—Usted subestima las reacciones nucleares porque vive en el

presente. Para usted, las reacciones nucleares son como..., como el

fuego. Destructivas, pero controlables. En el caso del fuego, en la

construcción pueden usarse materiales a prueba de incendio. Pode-

mos emplear agua, tierra, dióxido de carbono, tetracloruro de car-

bono, nitrógeno, etcétera. Pero ¿y si alguien, o algún ejército usara

el fuego sin saber cómo dominarlo?... Bien, aplique eso a las reaccio-

nes nucleares.

 

—¡Hum!—repuso Ennius—, usted habla como Shekt.

 

—¿Quién es Shekt?

 

Arvardan alzó la mirada rápidamente.

 

—Un terrestre. Biólogo. En cierta ocasión me explicó que la

Tierra podría no haber sido siempre radiactiva.

 

—¡Ah! Bien, no es anormal, ya que la teoría no es mía, cierta-

mente. Aparece en El libro de los Antiguos, la historia tradicional o

mítica de la Tierra prehistórica. Yo estoy refiriéndome a lo que ex-

plica el libro, con la excepción de que traduzco su fraseología bas-

tante elíptica por frases científicas equivalentes.

 

—¿El libro de los Antiguos?—Ennius reflejaba sorpresa..., y

cierta inquietud—. ¿Dónde lo consiguió?

 

—No fue fácil, pero lo conseguí. Algunos capítulos, al menos.

¿Por qué lo pregunta?

 

—Es un libro venerado por una secta radical de terrestres y los no

afiliados tienen prohibida su lectura. No me gustaría tener que infor-

mar del hecho de que usted lo leyó, al menos no mientras se encuen-

tre aquí. Hay gente de fuera de la Tierra que ha sido linchada por

mucho menos que eso.

 

—Lo dice como si el poder judicial del Imperio fuera defectuoso

aqui.

 

—Lo es en casos de sacrilegio. A buen entendedor con pocas

palabras bastan, profesor Arvardan.

 

De un melodioso carillón brotó una nota vibrante que pareció

armonizar con los susurros de los árboles. El sonido se apagó poco a

poco, persistió como si estuviera enamorado del ambiente.

 

Ennius se levantó.

 

—Creo que es hora de cenar. Si tiene la bondad de acompa-

ñarme, caballero, recibirá la poca hospitalidad que esta cáscara de

Imperio en la Tierra puede ofrecer.

 

I,a ocasión de celebrar un banquete se presentaba con poca fre-

cuencia. Cualquier excusa, por insignificante que fuese, se aprove-

chaba. Los platos fueron numerosos, el ambiente espléndido y las

mujeres encantadoras. Y hay que añadir que el profesor Bel Arvar-

dan de Baronn fue alabado hasta el punto de la embriaguez.

 

El invitado sacó provecho de su audiencia repitiendo gran parte

de lo que ya le había dicho a Ennius. Sus palabras fueron acogidas

 

56                                       1                                      57

con agradecidas palpitaciones de excitación, muchos susurros y excla-

maciones, todo ello acompañado de preguntas profundas si bien am-

pulosas por parte de los varones, y chillidos y sobresaltos por parte de

las damas.

 

Fue un éxito completo, si se exceptúa que Ennius permaneció

sentado durante toda la cena con una sonrisa forzada en los labios, un

gesto de nerviosismo más claro incluso que las suaves arrugas de su

frente.

 

Y más tarde, una dama esmeraldina se dirigió al invitado.

 

—Pero, profesor Arvardan—dijo mientras su pecho se alzaba

como un cojín rosado y blanco—, ¿realmente espera demostrar su

teoría aquí?

 

—Es posible—replicó alegremente el aludido—. Voy a investi~ar

las zonas radiactivas. Si descubro reliquias y artefactos humaños

aquí, ¿qué otra deducción extraer sino la existencia de vida antes de

la radiactividad?

 

Precisamente durante esta breve alocución se apagó la excitación

~y la cháchara, de modo que al final el arqueólogo miró alrededor

extrañado por el fn'o y repentino silencio.

 

—¿Cree que eso es prudente, caballero?—preguntó lacónica-

mente un hombre que vestía unifonme militar.

 

Arvardan alzó las cejas.

 

—Bien, la radiactividad no es tan peligrosa. Iremos con extrema

protección y haremos uso liberal de dispositivos mecánicos de largo

alcance especiales para investigaciones arqueológicas. El riesgo sera

escaso.

 

Ennius se inclinó hacia él.

 

—Estoy seguro de que el coronel no se refería a la radiactividad

—le dijo en tono significativo—. Se refería a que el primer ministro

no permitirá ninguna violación de las zonas prohibidas, que son todas

las radiactivas y algunas más.

 

Arvardan frunció el ceño.

 

—Bien, no creo que eso deba preocuparnos, procurador. Tengo

un mandato de autorización del emperador y mi investigación es de

gran valor para la ciencia.

 

Pero el procurador meneó la cabeza.

 

—Un mandato de autorización no servurá de nada. Ni el mismo

emperador podría entrar en las zonas radiactivas sin permiso del

primer ministro.. ., o sin declarar la guerra a los fanáticos de la Tierra.

 

Se produjo un murmullo general de acuerdo.

 

—En realidad—continuó Ennius—, si quiere aceptar mi muy ur-

gente aviso, renuncie a la idea y márchese.

 

De ese modo, la cena concluyó con un tono muy apagado.

 

8 Oscurecimiento... a la derecha

 

Por las noches, el palacio del procurador seguía siendo práctica-

mente el mismo mundo maravilloso. Las flores nocturnas (ninguna

originaria de la Tierra) abrían sus gruesos pétalos blancos formando

festones que extendían su delicada fragancia hasta los mismos muros

del palacio. Con la luz de la luna polarizada, las hebras de silicato

artificial, tramadas diestramente en la inmaculada aleación de alabas-

tro de la estructura del palacio, despedían desteUos de suave color

violeta sobre el fondo lechoso de los alrededores.

 

Ennius contempló las estrellas. Para él eran la auténtica belleza,

puesto que constituían el Imperio.

 

El cielo terrestre era de tipo intermedio. No poseía la gloria irre-

sistible de los cielos de los mundos centrales, donde las estrellas se

codeaban en rivalidad tan cegadora que el negro de la noche casi se

perdía en la coruscante explosión luminosa. Y tampoco poseía la

solitaria grandeza de los cielos de la periferia, donde la negrura uni-

forme quedaba interrumpida a grandes intervalos por la luz morte-

cina de alguna estrella huérfana; con la lechosa forma lenticular de la

galaxia extendida a través del cielo, las estrellas solitarias se perdían

en el polvo diamantino.

 

En la Tierra eran visibles dos mil estrellas. Ennius reconoció Si-

rio alrededor de la cual giraba uno de los diez planetas más grandes

dei Imperio. Y Arturo, naturalmente, capital del sector donde había

nacido él. El sol de Trantor, mundo central del Imperio, estaba

perdido en alguna parte de la Vía Láctea. Incluso observándolo con

un telescopio, seguía fonmando parte del resplandor general.

 

El procurador notó una blanda mano en su hombro y la suya se

alzó para tomarla.

 

—¿Flora?—musitó .

 

—¿Ordeno que traigan el desayuno aquí, Ennius?—sonó la voz

en parte divertida de su esposa—. ¿Sabes que está a punto de ama-

necer?

 

—¿De verdad?—El procurador le sonrió carinosamente y buscó

a tientas en la oscuridad el arete marrón suspendido cerca de la

mejilla de Flora. Le dio un suave tirón—. ¿Y debes esperanme levan-

tada y oscurecer los ojos más henmosos de la galaxia?

 

Flora apartó la cabeza antes de replicar.

 

—Tú mismo tratas de oscurecerlos con tus lisonjas—dijo dul-

cemente—, pero ya te he visto así otras veces. ¿Qué te preocupa esta

noche, querido?

 

Ennius meneó la cabeza en la oscuridad.

 

—No lo sé—respondió—. Creo que lo que finalmente me aburre

es la acumulación de pequeños detalles. Primero fue el asunto de

Shekt y su sinapsificador y ahora esa torpeza y estupidez total por

parte del gobierno... Y otras cosas, otras cosas. Oh, ¿para qué,

Flora?... Aquí no hago nada bueno.

 

—Indudablemente esta hora de la mañana no es momento para

poner a prueba tu moral.

 

Pero Ennius ya estaba hablando con los dientes apretados.

 

—¡Estos terrestres! ¿Por qué tan pocos hombres son una carga

tan grande para el Imperio? Son pendencieros y tercos y, al mismo

 

l

tiempo, astutamente precisos a la hora de irnportunar, como si supie-

ran por instinto cuáles son nuestras debilidades. Flora, ¿te acuerdas

cuando me nombraron procurador, los consejos que recibí del viejo

Faroul, el que me precedió, sobre la dificultad del cargo?... Él estaba

en lo cierto. Totalmente.—Hizo una pausa, se sumió en sus pensa-

mientos y finalmente siguió hablando, de un tema que, en apariencia.

nada tenía que ver—. Pero si hay algo claro es que el resentimiento

de estos terrestres los ha llevado a sueños de rebelión...—Miró a

Flora—. ¿Sabes cuál es la doctrina de la Sociedad de Antiguos de la

Tierra?—le preguntó—. Que la Tierra fue hace tiempo el único

hogar de la humanidad, que es el centro de la raza y que algún día

volverá a serlo.

 

—Sí—dijo ella en tono tranquilizador—. Lo sé.

 

En ocasiones como ésta siempre era mejor dejar que Ennius se

desfogara. Ella también sabía eso.

 

—Y en realidad existen grupos radicales—prosiguió el procura-

dor—que afirman que este mítico Segundo Reino de la Tierra está

cerca, que prevén la destrucción del Imperio en una catástrofe gene-

ral que dejará a la Tierra triunfante y con toda la gloria primitiva...

—su voz se quebró—, de un mundo retrasado, bárbaro e inmundo...

Pero en los dos últimos años no hemos tenido noticia de esos grupos.

 

—Ah, eso es bueno.

 

—No, eso es malo. Es el primer pequeño detalle que menciono.

Mientras los fanáticos puedan verter libremente sus aguas cloacales,

nadie los tomará en serio. Ni nosotros ni la población normal de la

Tierra. Pero si de pronto los silencian, mi opinión es que el primer

ministro desea que sus doctrinas no atraigan la atención y que eso

sólo podrá ocurrir cuando las doctrinas sean oficiales.

 

—Oh, Ennius, ¿no es un razonamiento muy tortuoso? Además,

¿qué pueden hacer esos desgraciados? ¿Hay que tomarlos tan en

serio? Se trata de su única fuente de diversión, ese sueño fantástico

que tienen ellos de dominar el mundo. ¿Por qué privarlos de ese

sueño?

 

—Bien, eso no es todo. Por ejemplo, ¿qué pasa con el sinapsifi-

cador?—Ennius miró pensativamente la débil luz que estaba con-

quistando la pulida negrura del cielo terrestre—. Shekt me asegura

que su propósito es aumentar la capacidad mental de los seres hu-

manos. ¿Dice la verdad? E incluso si eso fuera todo, ¿no estará

funcionando ya el instrumento con terrestres, a fin de que doscien-

tos millones de planetas no disfruten de las inmensas posibilidades

de uno solo?

 

—¿Aumentando la inteligencia de todos los terrestres? Si no me

equivoco dijiste que eso no daría resultado.

 

—Lo dijo Shekt, no yo... Y ahora él está interesado en rehuirme.

Las cartas que le envío las contesta de una forma impersonal, y creo

que con la censura de por medio. Son cartas muy extrañas. Intente

visitarle hace un mes en Chica, pero fue imposible localizarlo... ~Muy

curioso ! Y todo esto es muy enigmático. . ., y muy preocupante.

 

Y dicho esto se volvió hacia Flora y, a la débil luz de las estrellas,

buscó a tientas sus manos.

 

—Escúchame, Flora.—Su voz era apremiante—. Es absurdo se-

guir esta discusión. Hay muchas cosas que no sabes. Muchas cosas

que no debes saber. Pero te diré esto: habrá una rebelión en la

Tierra, similar al levantamiento de 750, salvo que seguramente será

peor. Por eso estoy sentado aquí, aguardando la salida del sol.

 

—Pero..., si estás tan seguro... ¿Estamos preparados?

 

—iPreparados!—La risa de Ennius fue más bien un ladrido—.

Yo lo estoy. La guarnición está alertada, y bien pertrecha. Todo

cuanto era posible hacer con el material disponible, lo he hecho.

Pero, Flora, no me interesa que haya una rebelión. No quiero que mi

procuraduría quede registrada en la historia como la procuraduría de

la rebelión. No quiero ver mi nombre vinculado a muerte y cannice-

ría. Me condecorarán por ello, pero dentro de un siglo los libros de

historia me denominarán tirano sangriento. ¿Qué me dices del virrey

de Santanni en el siglo sexto? ¿Podía hacer algo más que lo que hizo?

Recibió honores entonces, pero, ¿ahora quién tiene una palabra de

elogio para él? Preferin'a que me conocieran como el hombre que evi-

tó una sublevación y salvó las despreciables vidas de estos locos.

 

Su tono era poco esperanzado.

 

—¿Estás seguro de que, a pesar de todo, no puedes hacer nada,

Ennius?

 

Flora se sentó junto a él y le acarició con las uñas el borde del

mentón.

 

Ennius le cogió las manos y las apretó con fuerza.

 

—¿Cómo? Deliberadamente, el gobierno imperial ha emprendi-

do el peor camino. ¿Para qué mandan aquí a ese loco, a Arvardan?

Ya no puedo hacer nada.

 

—Pero, querido, no creo que ese arqueólogo vaya a hacer algo

tan terrible. Admito que parece un maniático pero, ¿qué daño puede

hacer?

 

—¿No está claro? Quiere que le autoricen a entrar en las zonas

prohibidas. Se lo impedirán.

 

—Bien. . .

 

—Pero no se lo impediré yo. Yo no puedo hacer eso. Casi todo el

mundo tiene la estúpida teoría de que los virreyes pueden hacer

cualquier cosa, pero sencillamente no es así. Ese hombre tiene un

mandato de autorización del negociado de Provincias Exteriores, y

aprobado por el emperador. Con eso quedo anulado. No puedo

hacer nada sin apelar al Consejo Central, y eso llevaria meses... ¿Y

qué razones iba a ofrecerles? Y si intento detener por la fuerza al

arqueólogo, estaría cometiendo un acto de rebeldía y ya sabes b

dispuesto que está el Consejo Central a destituir a cualquier funcio-

nario del que piensen que está pasándose de la raya, así ha sido

siempre desde la guerra civil de los años ochenta. ¿De qué me servi-

ría eso, por tanto? Me sustituirían por alguien que desconociera tota~

mente la situación y Arvardan podría seguir adelante de todos modos.

 

60                                                                              61

—Has dicho que se lo impedirán.

 

—¡Lo hará el primer ministro! Y en ese caso, ¿cómo voy a con-

vencerlo de que no se trata de un plan organizado por el gobierno,

que el Imperio no consiente sacrilegios deliberados?

 

~h, imposible que él sea tan quisquilloso.

 

—¿Imposible?—Ennius se echó hacia atrás y miró fijamente a su

esposa. La noche había cobrado un color apizarrado y, en parte,

Flora era visible—. Tienes una ingenuidad conmovedora. Natural-

mente que él puede ser tan quisquilloso. ¿Sabes que la Tierra, por

ejemplo, no tolera signos exteriores de dominio imperial en su pla-

neta porque insisten en que la Tierra es, por derecho, el gobernante

de la galaxia? En cierta ocasión la insignia del emperador se hallaba

desplegada en Washenn, la sede de la cámara del consejo terrestre,

tal como está presente en todas las cámaras de consejos de la galaxia,

como símbolo de unidad imperial. ¿Sabes qué ocurrió? Te lo expli-

caré. Los lunáticos la desgarraron y por la noche toda esa miserable

ciudad se había alzado en armas contra nuestros soldados. Al final

tuvimos que ceder.

 

—¿Quieres decir que no volvieron a poner la insignia imperial?

—preguntó ella con aire de incredulidad.

 

—Jamás lo hicieron. Por las estrellas, no. La Tierra es el único

planeta entre doscientos millones que no tiene insignia en su cámara

del consejo... Y ahora Arvardan intentará entrar en las zonas prohi-

bidas. ¿Qué estarán pensando de esto en Trantor? Y peor todavía,

ese arqueólogo está predicando la misma doctrina radical que los

fanáticos. Ese profesor chiflado cree sinceramente que la Tierra es el

planeta natal, el planeta natal de la raza humana. ¡Avivar el fuego de

esa forma, imagínate! Te garantizo que él es sincero..., pero aunque

no tuviera toda la razón, Flora, ¿qué pueden estar pensando esos

vagos del negociado de Provincias Exteriores?

 

—¿Quieres explicanme sinceramente una cosa, Ennius?

 

—Si puedo...

 

—¿Qué esperas en realidad? No estás simplemente preocupado,

carino, estás al borde del pánico. ¿Esperas una explosión experimen-

tal?... ¿O algo peor?

 

Ennius evitó mirar a su esposa.

 

—No tengo motivos para esperar algo peor.

 

—Pero los tienes.—Flora le miró ansiosamente a la luz del alba—.

No deberías ocultanme nada. No es incorrecto, es peor, es inútil. Tú

esperas algo peor.

 

—Flora, no he hablado de esto con nadie.—Había un viso de

tortura en sus ojos—. Ni siquiera es una corazonada... Cuatro años

en este planeta puede ser demasiado tiempo para cualquier hombre

que esté cuerdo. Pero yo diría que ningún planeta cuerdo pensaría en

rebelarse contra un imperio de doscientos millones de mundos.

 

—Lo han hecho anteriormente.

 

—Sí, pero esta vez parecen muy confiados.—Alzó la cabeza con

viva sorpresa, como si acabara de encontrar la clave de algo que

había eludido su comprensión. Y repitió enérgicamente—: Eso es,

parecen confiados. Por las estrellas, creen realmente que pueden

salirse con la suya. Más que eso. Creen que pueden obligarnos...

Como ya sabes, Flora, esta gente tiene sus misticismos. Deben tener-

los, para soportar la realidad. ¿Es posible que estén tan apegados a su

fe en un destino o alguna fuerza, en algo que sólo tiene significado

para ellos, algo que puede proporcionarles la victoria?

 

“Es imposible. Mira, aun dando por supuesto que el terrestre

ordinario crea que algún día el destino devolverá a la Tierra su su-

puesta supremacía sobre la galaxia, los gobernantes de la Tierra no

pueden pensar así, imposible. Como mínimo conocen la necesidad de

disponer del armamento bélico tan prosaico que hasta el destino

juzga útil en sus decisiones. Es posible..., quizá..., quizá.. .

 

—Quizá, ¿qué, Ennius?

 

—Quizá ya tengan armas.

 

—¿Y eso permitirá que un planeta derrote a doscientos millones?

Estás aterrorizado.

 

—Pero ellos se muestran tan confiados...

 

—Oh, ¿cómo lo sabes? Se han sublevado olras veces. Quizás

entonces tenían la misma confianza. Y es posible que ahora no estén

tan confiados, que tu imaginación enfermiza desee atribuirles esa

cualidad... Fíjate, el sol va a salir dentro de poco. ¿Descansamos un

rato en silencio? Luego te sentirás mejor y podrás meditar y aclarar

las cosas.

 

Durante media hora hubo paz, al menos en esa zona de la gala-

xia. Y el sol, después de salir, iluminó rojizamente una glorieta en

la que dormían abrazados el representante imperial en la Tierra y su

esposa.

 

Ninguno de los dos llegó a ver la salida del sol.

 

9 Oscurecimiento... en el cenlro

 

Bel Arvardan se embarcó en el mayor avión estratosférico de la

Compañía de Transporte Aéreo de la Tierra, que hacía el recorrido

entre Everest y la capital terrestre, Washenn. Viajó solo, tras haber

dejado su nave v a los miembros de la expedición enfrascados en los

preparativos de última hora.

 

Lo hizo deliberadamente, movido por la curiosidad lógica que

siente un arqueólogo que además es extranjero por la vida ordinaria

de los habitantes de un planeta como la Tierra.

 

... Y también tenía otro motivo: ver por sí mismo a los terrestres

después de las extrañas insinuaciones que le había hecho el procu-

rador.

 

Arvardan provenía del sector de Sirio, el sector de la galaxia que

estaba por encima de todos los demás, donde los prejuicios antite-

rrestres estaban más arraigados. Pero él no creía haber sucumbido a

los prejuicios. Logicamente había adquirido el hábito de imaginar a

los terrestres como personajes caricaturescos, especiales, invariables,

e incluso el término “terrestre” le parecía desagradable; pero en

realidad no tenía prejuicios...

 

Al menos él no lo creía así. Por ejemplo, si alguna vez un terrestre

hubiera deseado participar en alguna de sus expediciones, o trabajar

a sus órdenes en cualquier actividad, y si tenía experiencia y capaci-

dad suficientes, Arvardan lo habría aceptado. De haber existido al-

gún hueco para él, asunto arreglado. El arqueólogo meditó el asunto

y decidió que, llegado el caso, comería con un terrestre, o se alojaría

en casa de alguno, o los tratan'a en todos los aspectos como a cual

quier otra persona. Sin embargo, Arvardan siempre tenía en cuenta

el hecho de que un terrestre era un terrestre, no podía evitarlo. Era

consecuencia lógica de una infancia inmersa en un ambiente de into-

lerancia tan absoluta que casi era imperceptible, hasta que el obser-

vador salía de dicho ambiente y dirigía la vista atrás.

 

Sin embargo, el arqueólogo se encontraba ahora en un avión en el

que sólo había terrestres a su alrededor, y se sentía francamente có-

modo.

 

Pero, ¿qué tenía Ennius contra ellos? Había hecho enormes es-

fuerzos para evitar con razonamientos la investigación en las zonas

radiactivas. Y había pretendido dar a entender algo, algo siniestro y

amenazador relacionado con los terrestres, sin mostrarse claro y con-

creto.

 

Arvardan contempló de nuevo las caras vulgares y normales de

sus compañeros de viaje. Se suponía que esos hombres eran distintos.

Pero ¿podría él distinguirlos en una multitud? Arvardan no lo creía.

 

El mismo avión era, a juicio del arqueólogo, un caso menor de

construcción imperfecta. Estaba dotado de motor atómico, por su-

puesto, pero la aplicación del principio distaba mucho de ser efi-

ciente. En primer lugar, la unidad de potencia no se hallaba bien

protegida, y Arvardan pensó que la presencia casual de rayos gamma

combinada con elevada densidad neutrónica en la atmósfera podía

ser para los terrestres un problema menos importante que para otros.

 

Y en ese momento algo le atrajo su atención. Desde aquella

región de color vinoso de la estratosfera superior, la Tierra presen-

taba un aspecto fabuloso. Las zonas continentales inmensas y cubier-

tas de niebla que el arqueólogo veía bajo él, oscurecidas en algunos

puntos por grupos de nubes que reflejaban el sol, mostraban un

desolado tono anaranjado. Por detrás, alcanzando con rapidez al

veloz vehículo estratosférico, aparecía el suave y difuso horizonte

nocturno en cuya oscura sombra se veía el destello de las zonas ra-

diactivas.

 

La atención de Arvardan se vio desviada de la ventanilla por las

risas de los pasajeros, centradas en un matrimonio ya maduro, los

dos cónyuges muy robustos y todo sonrisas. El arqueólogo tocó el

brazo de su vecino de asiento.

 

—¿Qué ocurre?

 

El otro hombre dejó de reír para contestar.

 

—Llevan casados cuarenta años y están haciendo el gran viaje.

 

—¿El gran viaje?

 

—Sí, hombre, la vuelta al mundo.

 

El esposo ya entrado en años, ruborizado de placer, estaba na-

rrando sus experiencias e impresiones con abundancia de detalles,

mientras su esposa intervenía de vez en cuando con el mejor de los

humores. La amigable audiencia escuchaba todo cuanto decía la pa-

reja con enonme satisfacción, por lo que Arvardan pensó que los

terrestres eran tan cordiales y humanos como cualquier habitante de

la galaxia. En ese momento alguien hizo una pregunta.

 

—¿Y cuándo le toca el Sesenta?

 

—Dentro de un mes—fue la rápida y jovial respuesta—. El dieci-

séis de abril.

 

—Bueno—dijo el que había preguntado—, espero que le vaya

bien.

 

—Ella me acompañará—replicó el esposo, señalando con el pul-

gar a su afable mujer—. No le toca hasta dentro de tres meses, pero

ella opina que la espera es absurda, así que nos iremos juntos. ¿No es

así, regordeta?

 

—Oh, sí—dijo ella, y dejó escapar una agradable risita—. Nues-

tros hijos se han casado y tienen su propia casa, y yo sería un estorbo

para ellos. Además, no podría disfrutar esos meses sin mi media na-

ranja... Por eso nos iremos juntos.

 

Arvardan interrumpió el alboroto general para aclarar un punto

que le parecía claramente sospechoso.

 

—¿Qué es eso del Sesenta?—preguntó a su vecino de asiento—.

¿No se referirá a eutanasia, verdad?

 

Arvardan conocía la costumbre, aunque sólo de un modo teórico.

Sólo en ese momento pensó que se aplicaba realmente a seres hu-

manos.

 

El otro hombre obsequió al arqueólogo con una mirada prolon-

gada y suspicaz.

 

—Bueno, ¿qué opina usted?—dijo.

 

La pregunta era una respuesta más que suficiente. Arvardan, con

cierta consternación, contempló la algarabía general que un tema

como aquel podía provocar.

 

Al parecer, toda la lista de pasajeros estaba enfrascada en un

cálculo aritmético simultáneo del tiempo que les quedaba a todos,

proceso que implicaba la conversión de factores de meses a días y que

ocasionó varias disputas.

 

Un individuo bajito, con la ropa muy ajustada y la expresión

resuelta intervino furiosamente.

 

—Me quedan exactamente doce años, tres meses y cuatro días.

Doce años, tres meses y cuatro días. Ni un día más, ni un día menos.

 

El cálculo fue aprobado por otro pasajero, con una observación

lógica:

 

—Si no te mueres antes, claro.

 

—Tonterías—fue la réplica inmediata—. No tengo intención de

morirme antes. ¿Tengo el aspecto de alguien que moriría antes? Voy

 

5 . Cuento~ paralelo~

a vivir doce años, tres meses y cuatro días y aquí no hay ningun

hombre que se atreva a negarlo.

 

Y en realidad su aspecto era muy furioso.

 

Un mozalbete apartó de sus labios un cigarrillo alargado muy

elegante para decir con voz seria:

 

—Está muy bien que lo puedan calcular con tanía exactitud. Hay

más de uno que está viviendo más de lo que le toca.

 

—Ah, claro—dijo otro.

 

Hubo un asentimiento general y se creó un ambiente de indigna-

ción más bien provocado.

 

—Y no veo—prosiguió el joven, que mientras fumaba hacía

gestos ceremoniosos con la intención de eliminar la ceniza—nada

objetable en que un hombre, o una mujer, desee continuar después

de su cumpleaños hasta el siguiente día de asamblea general, en

especial si tienen algún asunto que resolver. Son esos sinverguenzas,

esos parásitos que intentan llegar más allá del próximo censo, los que

se comen el alimento de la siguiente generación...

 

Pareáa tener un motivo personal de queja.

 

—Pero—interrumpió suavemente Arvardan—, ¿no está regis-

trada la edad de todos los habitantes? No es posible que puedan ir

muy lejos después de su cumpleaños, ¿no es cierto?

 

Se produjo un silencio general combinado con desprecio por el

estúpido idealismo expresado.

 

—No parece muy lógico vivir después del Sesenta, supongo—di-

jo por fin alguien, en tono diplomático.

 

—No si eres trabajador, o campesino—espetó otro enérgicamen-

te—. Pero ¿qué pasa con los administradores, los funcionarios mu-

nicipales.. .?

 

Y, por fin, el hombre casi sesentón, cuyo cuadragésimo aniversa-

rio de boda había iniciado la conversación, aventuró su opinión, tal

vez envalentonado por el hecho de que él, víctima actual del Sesenta,

no tenía nada que perder.

 

—En cuanto a eso—dijo—, depende de quien ustedes saben.

—Y guinó un ojo en gesto de tímida alusión—. Conoá a un tipo que

cumplió los sesenta un año después del censo ochocientos diez y vivió

hasta que el censo ochocientos veinte lo descubrió. Cumplió los se-

senta ~r nueve antes de irse. ¡Sesenta y nueve !

 

—Pero ¿cómo pudo hacer eso?

 

—Tenía algún dinero, y su hermano era un Antiguo. Nada es im-

posible si puedes conseguir una combinación como ésa.

 

Y hubo aprobación general a ese sentimiento, reforzada por el

jovencito del cigarrillo.

 

—Pero si no tienes dinero contante y sonante ya puedes mar-

charte la manana de tu cumpleaños, o veinte Antiguos vendrán a

buscarte a casa al día siguiente...

 

—Y es muy probable que les pongan una multa a tus hijos—aña-

dio otro.

 

Arvardan escuchó todo esto con enorme asombro. Y tal vez parte

 

66

 

de ese asombro asomara en su semblante, ya que su vecino de

asiento, que había estado mirándole ceñudamente desde la pregunta

sobre el Sesenta, le interpeló bruscamente.

 

—Tiene una forma extraña de hablar. ¿Procede de los continen-

tes occidentales?

 

Arvardan notó que todas las miradas le apuntaban, todas con

visos repentinos de sospecha. ¿Pensaban que él era miembro de esa

Sociedad de Antiguos? ¿Acaso sus preguntas reflejaban el engatusa-

miento de un agent provocateur?

 

—No soy de ninguna parte de la Tierra—replicó en un arranque

de franqueza—. Me llamo Bel Arvardan y soy de Baronn, sector de

Sirio.

 

Fue igual que si hubiera arrojado una cápsula atómica explosiva

en medio del avión.

 

El horror mudo inicial de todos los semblantes se transformó

rápidamente en cólera, amarga hostilidad que llameó ante el arqueó-

logo. El hombre que compartía asiento con él se levantó con aire

ofendido y ocupó otro lugar, después de que las dos personas senta-

das alli se apretaran mucho para dejarle sitio.

 

Las caras se volvieron. El arqueólogo quedó rodeado de hom-

bros, enjaulado en espaldas. Durante un momento, Arvardan ardió

de indignación. Que los terrestres lo trataran así, a él. Y luego se

calmó. Era obvio que aquella intolerancia jamás había sido unilate-

ral, que el odio engendraba odio.

 

Completó el viaje en silencio y a solas.

 

10 Oscurecimiento... a la izquierda

 

Las instalaciones del colegio de Antiguos de Washenn son simple-

mente formales. Austeridad es la palabra clave, y hay un aire franca-

mente grave en los apretados grupos de novicios que dan su paseo de

la tarde entre los árboles del patio, donde nadie excepto los Antiguos

puede entrar. De vez en cuando la figura con túnica verde de un

Antiguo decano atraviesa el césped y recibe graciosas reverencias.

 

Y en raras ocasiones puede hacer acto de presencia el mismo

primer ministro...

 

Pero no como en este momento, casi corriendo, casi sudoroso,

haciendo caso omiso de los que respetuosamente alzan las manos,

desatento a las miradas precavidas que le siguen, a las miradas inex-

presivas que se cruzan, a las cejas ligeramente arqueadas. ..

 

Se introdujo en la Sala Legislativa por la entrada particular y echó

a correr rampa abajo entre el resonar de sus zancadas. La puerta a la

que se dirigía como un rayo se abrió mediante la presión de un pie del

único ocupante y el primer ministro entró.

 

El secretario apenas alzó la mirada de su escritorio, pequeño y

sencillo, donde estaba inclinado sobre un televisor diminuto cuyo

sonido escuchaba con atención mientras sus ojos erraban por más o

menos una mano de papel de comunicaciones al parecer oficiales

apiladas ante él. El primer ministro golpeó bruscamente el escri-

torio.

 

—¿Qué es esto? ¿Qué ocurre?

 

Los ojos del secretario miraron breve y fríamente al prirner minis-

tro y el televisor quedó apagado.

 

—Saludos, vuestra sabiduría.

 

—¡No me des saludos!—replicó con impaciencia el primer minis-

tro—. Quiero saber qué está pasando.

 

—En una palabra, nuestro hombre ha huido.

 

—¿Hablas del hombre que Shekt sometió al sinapsificador, el que

parloteaba en un idioma raro..., el de la granja cerca de Chicago?...

 

Es incierto el número de detalles que el primer ministro habría

recitado si el secretario no lo hubiera interrumpido en tono indife-

rente.

 

—Exacto.

 

—¿Por qué no he sido informado? ¿Por qué no soy informado

nunca?

 

—Eran precisas medidas inmediatas y tú estabas ocupado. Yo te

he sustituido, con toda mi capacidad.

 

—Sí, te preocupas mucho de mis ocupaciones cuando deseas ac-

tuar sin mí. Bien, no lo toleraré. No consentiré que se actúe sin mí,

que se me deje de lado. No pienso...

 

—Estamos retrasándonos—fue la réplica en el tono de voz nor-

mal, y la casi gritería del primer ministro cesó.

 

El recién Degado carraspeó y vaciló antes de seguir hablando.

 

—¿Qué datos tenemos?

 

—Apenas ninguno. Al cabo de seis meses de paciente espera, sin

nada que indicara tal cosa, ese individuo, el agente T, como lo deno-

minan los informes, se marchó.

 

—¿Lo siguieron?

 

—Naturalmente. Cuatro horas por la autopista, hacia el este.

Después se esfumó.

 

—¿Se esfumó?

 

—Ese es el detalle misterioso, ya que no existe explicación ló-

gica.

 

—¿De qué hablas, qué es eso de que no existe explicación lógica?

¿Cómo es posible? ¿Cómo vamos a lograr nuestros fines si en mo-

mentos cruciales no existe explicación lógica?

 

—Hemos interrogado a nuestro agente. Habla de dolor de ca-

beza, dolor cegador, luces muy brillantes ante sus ojos, mareo. No

está seguro de cuánto tiempo sufrió el ataque. Media hora, tal vez.

 

—Imposible. Lo han sobornado.

 

~lo atacaron—dijo el secretario sin perder la compostura—.

No somos los únicos que poseemos métodos de ataque desconocidos.

 

El primer ministro palideció de forma perceptible.

 

—¿Y qué haremos ahora?

 

—Encontrar al agente T. Es evidente que el Imperio tiene una

organización en la Tierra de la que no sabemos nada. El agente T,

una vez localizado, nos dará pistas para descubrirla, a menos que él

mismo sea un pez gordo. Cosa que todavía sería mejor.

 

El primer ministro volvió la cabeza y se mordió el labio mientras

su cerebro emprendía una carrera. Su siguiente pregunta la hizo de

espaldas.

 

—¿Qué hay del campesino con el que estaba viviendo el agente T?

 

—Nada. Lo interrogaron y lo dejaron marchar... Una simple he-

rramienta, de ningún valor ni para ellos ni para nosotros.

 

Acto seguido, por primera vez, el secretario tomó la iniciativa.

 

—Tienes una cita con el profesor Bel Arvardan dentro de cuatro

horas.

 

El otro hombre agitó la mano en un gesto de irritada negligencia.

 

—Anúlala.

 

_ De ningún modo. Será mejor que hables con él.

 

—¿Por qué?—preguntó dando media vuelta—. ¿Quién es ese

como se llame? ¿Qué desea?

 

—Deberías haberlo preguntado antes. Es arqueólogo del Im-

perio.

 

—¿Y qué tengo que ver yo con la arqueología, por la galaxia? ¿O

con los arqueólogos?

 

—Nada. Pero un representante del Imperio desea verte el mismo

día que el agente T se nos escapa.

 

—Ah...—Y el primer ministro, como si de pronto estuviera can-

sado, se dejó caer en la silla de respaldo recto que había en un

rincón—. Esto supera mi comprensión. Me he perdido.

 

—Cierto—murmuró el secretario, y dejó que una tenue sonrisa

apareciera en sus labios—. Ennius, nuestro respetable procurador,

nos ha enviado una nota avisándonos de la llegada del arqueólogo.

 

—Tampoco he recibido esa nota. Te lo aseguro, no se me informa

de nada de lo que ocurre. Es vergonzoso...

 

—Bueno, yo te informaré ahora, vuestra sabiduría. Ennius afirma

expresamente que este Arvardan no es representante oficial ni de él

ni del Imperio, y que desconoce por completo nuestras costumbres.

Y espera que lo tratemos con tolerancia y comprensión, dada su

ignorancia. . . Ah, sí, Ennius nos manda saludos fraternales.

 

—Parece demasiado ansioso—dijo el primer ministro—. No creo

una sola palabra.

 

—Tu misión será juzgar eso. No sabemos quién o qué es Arvar-

dan..., pero nuestro objetivo es averiguarlo y no perderle de vista

hasta conseguirlo.

 

Cuando el primer ministro estaba a punto de marcharse, el secre-

tario levantó un dedo.

 

—¡Vuestra sabiduría!—El aludido se volvió—. Sobre Arvardan

otra vez—dijo el secretario—. Sería preferible que no ensayaras

estrategias profundas. Muestra naturalidad y sé tan elocuente como

quieras, siempre que no digas nada. Limítate a una misión de confu-

ión y demora. .. Y sonríe. Tu actual expresión te delataría.

Bel Arvardan llegó puntualmente y tuvo tiempo de curiosear.

Para un hombre muy familiarizado con los triunfos arquitectónicos

de la galaxia entera, el Colegio de los Antiguos apenas era más que

un triste bloque de granito con refuerzos de acero, moldeado con un

estilo arcaico. Para un hombre que además era arqueólogo, la cons-

trucción podía constituir, con su austeridad lóbrega y casi salvaje, el

hogar apropiado para una forma de vida lóbrega y casi salvaje. Su

mismo carácter primitivo indicaba que los ojos estaban vueltos hacia

el pasado lejano. . .

 

En cuanto al primer ministro, su túnica era nueva y debido a ello

relucía. Su frente no mostraba señal alguna de prisa o duda, el sudor

quizá fuera algo desconocido para ella.

 

Y la conversación fue francamente amistosa. Arvardan se afanó

en mencionar los buenos deseos de algunos gentilhombres del Impe-

rio al pueblo de la Tierra. El primer ministro mostró igual cuidado al

expresar la enorme gratitud que debía sentir la Tierra entera por la

generosidad y la sapiencia del gobierno imperial.

 

Arvardan se explayó sobre la umportancia de la arqueología en la

filosofía imperial, sobre su contribución a la gran conclusión de que

todos los humanos de cualquier planeta de la galaxia eran herma-

nos..., y el primer ministro convino en ello insulsamente y observó

que la Tierra sostenía esa opinión desde hacía mucho tiempo y sólo

podía esperar la pronta llegada del momento en que el resto de la

galaxia convirtiera la teoría en práctica.

 

Arvardan sonrió fugazmente al oír la observación.

 

—Precisamente por ese motivo, vuestra sabiduría, he venido a

verles. Las diferencias entre la Tierra y algunas vecindades de los

dominios imperiales residen básicamente, creo yo, en la forma dis-

tinta de pensar. Sin embargo, sería posible eliminar muchas friccio-

nes si pudiera demostrarse que los terrestres no son distintos, en

sentido racial, de otros ciudadanos galácticos.

 

—¿Y cómo se propone hacer tal cosa, caballero?

 

—Bien, no es fácil explicarlo en pocas palabras. Como quizá sepa

vuestra sabiduria, las dos corrientes principales del pensamiento ar-

queológico reciben la denominación común de “teoría de la Fusión”

y “teoría de la Irradiación”.

 

—Estoy familiarizado con el punto de vista de un lego en la materia.

 

—Perfecto. Bien, la teoría de la Fusión implica lógicamente la

noción de que los diversos tipos de humanidad, al evolucionar de

modo independiente, cruzaron sus caminos en bs tiempos primitivos

y apenas documentados del viaje espacial. Una concepción como ésa

debe explicar forzosamente por qué actualmente los humanos son tan

parecidos.

 

—Sí—comentó secamente el primer ministro—, y una concep-

ción como ésa implica también la necesidad de que varios centenares

de seres de tipo más o menos humano y que han sufrido distintas

evoluciones estén tan relacionados en lo químico y en lo biológico

como para posibilitar la fusión.

 

—¡Cierto!—exclamó entusiasmado Arvardan—. Un punto terri-

blemente débil. Sin embargo, g~an parte de los arqueólogos lo ignora

y se adhiere firmemente a la teona de la Fusión, que implicana la

posible existencia de subespecies humanas en porciones alsladas de la

galaxia, que siguieron siendo distintas, que no se entrecruzaron...

 

—Se refiere a la Tierra—comentó el primer ministro.

 

—La Tierra es considerada un ejemplo. La teoría de la Irradia-

ción, por otra parte. ..

 

—Considera que todos somos descendientes de un solo grupo pla-

netario de humanos.

 

—Exactamente.

 

—Mi pueblo—dijo el primer ministro—, debido a la evldencla de

nuestra historia, y a ciertos escritos que consideramos sagrados y que

no pueden mostrarse a los extranjeros, sostiene la opini6n de que la

Tierra es el hogar original de la humanidad-

 

—Y eso creo yo también, y solicito su ayuda para demostrárselo a

toda la galaxia.

 

—Es usted optimista. ¿Qué hace falta para ello?

 

—Estoy convencido, vuestra sabiduría, de que es posible localizar

muchos artefactos primitivos y restos arquitectónicos en las zonas de

su planeta que actualmente, por desgracia, están envueltas en radiac-

tividad. La edad de los restos podría deducirse con precisión de la

decadencia radiactiva actual y compararla

 

Pero el primer ministro estaba meneando la cabeza.

 

—¡Por favor! No debe hablar más de este tema.

 

—Pero, ¿por qué no?

 

Arvardan frunció el ceño, totalmente perplejo.

 

—En primer lugar—dijo el primer ministro en tono razonable—,

¿qué espera lograr? Si demues~ra su hipótesis, incluso para satisfac-

ción de todos los planetas, ¿qué importancia tiene que hace un mlllón

de años todos ustedes fueran terrestres? Al fin y al cabo, hace mil

millones de años todos éramos monos y, sin embargo, no admibmos

como parientes a los monos actuales.

 

~h, por favor, vuestra sabiduría, no somos tan irrazonables.

 

—No hay nada de irracional en ello, caballero. ¿No es razonable

suponer que los terrestres, dado su aislamiento, han cambiado tanto

de sus parientes emigrados, en especial por influencia de la radiactivi-

dad, como para fonmar ahora una raza distinta?

 

Arvardan se mordió el labio inferior.

 

—Argumenta bien en favor de sus enemigos—repuso a regaña-

dientes.

 

—Porque me pregunto qué opinarán mis enemigos. De modo que

usted no logrará nada, caballero, como no sea exacerbar el odlo

contra nosotros al probar nuesíra pasada grandeza.

 

—Pero—dijo Arvardan—queda el problema de los intereses de

la ciencia pura, el avance del conocimiento

 

El primer ministro enarcó las cejas en un gesto de pesadumbre

casi humorístico.

{)diaría ser un obstáculo para ello. Le hablo ahora, caballero,

como hablaría un gentilhombre del Imperio a otro. Yo mismo le

ayudaría gustosamente, pero mi pueblo es una raza orgullosa y obsti-

nada que a lo largo de los siglos se ha aislado en ella misma debido a

la..., eh..., lamentable actitud hacia ella por parte de la galaxia.

Tienen ciertos tabúes, costumbres fijas determinadas..., que ni yo

mismo me of recería para quebrantarlas.

 

—Y las zonas radiactivas...

 

—Es uno de los tabúes más importantes. Incluso suponiendo que

le concediera permiso, y ciertamente siento el impuiso de hacerlo,

ello sólo provocaría alborotos y disturbios, que no sólo pondrían en

peligro las vidas de usted y los miembros de su expedición, sino que

además atraerían sobre la Tierra, a la larga, las medidas disciplinarias

del Imperio. No sería digno de mi cargo y traicionaría la confianza de

mi pueblo si lo permitiera.

 

—Pero yo tomaré gustosamente todas las precauciones lógicas. S¡

desea que me acompañen observadores... Y naturalmente es obvio

decir que yo le consultaría antes de hacer público cualquier dato ob-

tenido...

 

El primer ministro se alzó de hombros.

 

—Me tienta, cabaliero. Se trata de un proyecto interesante. Pero

sobrevalora mi autoridad, aunque dejáramos al pueblo a un lado. No

sov un gobernante absoluto. De hecho, mi poder es limitadísimo. . ., y

todos los asuntos deben someterse a la consideración de la Sociedad

de Antiguos antes de que sea posible una decisión definitiva.

 

Arvardan sacudió la cabeza.

 

~ué desgracia tan grande. El procurador me advirtió de las

dificultades..., pero yo confiaba en que... ¿Cuándo podrá consultar

con su legislatura, vuestra sabiduría?

 

—El Presidium de la Sociedad de Antiguos se reunirá dentro de

tres días. Alterar el orden del día está más allá de mis posibilidades,

por lo que podrían pasar unos días más antes de que se discuta el

tema... Digamos que una semana.

 

Arvardan asintió pensativamente.

 

—Bien, qué remedio... A propósito, vuestra sabiduría...

 

—¿Sí?

 

—El procurador mencionó de pasada a un científico terrestre....

un tal doctor Shekt. Después he tenido noticias de un sinapsificador

inventado por él, una máquina relacionada con la neuroquímica del

cerebro. ¿Sabe dónde podría localizarlo?

 

El primer ministro se había puesto visiblemente rígido y tardó

unos instantes en responder.

 

—Creo conocer al hombre del que me habla. ¿Para qué quiere

verlo?

 

—Bien, he estado trabajando un poco en un proyecto para clasifi-

car la humanidad en grupos encefaiográScos, en tipos segun las co-

rrientes cerebrales, ya me entiende.

 

—El instrumento, por lo que tengo entendido, no ha tenido éxito.

 

—Bien, tal vez no, pero puede haber infonmación que me resuite

útil. Ese Shekt..., ¿no estará en Washenn, verdad?

 

—Creo que podrá encontrarlo en el Instituto de Estudios Nuclea-

res de Chica. Naturalmente no deberá mencionar sus intenciones

respecto a las zonas prohibidas.

 

—Eso es evidente, vuestra sabiduría.—Se levantó—. Le agra-

dezco su cortesía y su amabke actitud y deseo que el Consejo de

Antiguos sea liberal en este caso.

 

Una vez más, en cuanto se fue Arvardan, el primer ministro

mostró su capacidad para el cambio. Permaneció largo rato en parali-

zado estado mental.

 

Dos meses...

 

Dos meses era el tiempo programado antes del día. Los “proyecti-

les espaciales” no estarían listos hasta entonces... Y las fuerzas de la

galaxia parecían estar convergiendo: el agente T, ese arqueólogo, el

traidor Shekt.. .

 

La Tierra. . ., contra toda la galaxia.

 

Las manos del primer ministro temblaban ligeramente.

 

11 “... Sudesagrablepersona~

 

Durante el medio año transcurrido desde el día en el que el sinap-

sificador del doctor Shekt fuera usado con Joseph Schwartz (o el

agente T, depende del punto de vista), el ffsico había experimentado

un cambio total. No mucho en el aspecto ffsico, aunque quizás estaba

un poco más encorvado, una pizca más delgado. El cambio estaba en

su forma de ser: abstraída, temerosa. Vivía en comunión interna,

apartado incluso de sus colegas más allegados, y de ese estado sa~a

con una desgana evidente para el observador más ciego.

 

Arvardan, lógicamente, no tenía oportunidad de comparar su

estado con el del Shekt anterior y, en consecuencia, juzgó la actitud

del otro hombre por lo que aparentaba ser: rudeza abrupta y extraña.

 

En la antesala del piso cuidadosamente oscurecido, se sintió tur-

bado, era un intruso obviamente mal recibido. Meditó sus palabras.

 

—Jamás habría soñado en imponerle mis deseos hasta el punto de

visitar su hogar, doctor, de no haber sido porque el procurador me

advirtió de su gran amabilidad respecto a los ciudadanos de la ga-

laxia.

 

Al parecer había sido una frase poco feliz, ya que el doctor Shekt

reaccionó bruscamente.

 

—Escuche, él hace mal al imputar amabilidades especiales hacia

extranjeros de esa clase. Ni tengo simpatías ni tengo antipatías. Soy

terrestre. Si tiene la bondad de solicitar una cita fonmal a mi secreta-

ria, en el Instituto...

 

Los labios de Arvardan se apretaron, y el arqueólogo hizo ade-

mán de volverse...

 

—Compréndalo, doctor Arvardan. ..—Las palabras brotaron apre-

 

72                                       1                                       73

suradamente y en un susurro—. Lamento parecer rudo, pero en

realidad no puedo...

 

—Lo comprendo perfectamente—dijo fn'amente el arqueólogo,

aunque no entendía nada—. Buenos días, caballero.

 

El doctor Shekt esbo~S una sonrisa.

Si tiene la bondad de solicitar una entrevista. . .

 

—Estoy muy ocupado, doctor Shekt.

 

Se volvió hacia la puerta, interionmente sentía una gran irritación

con toda la tribu de terrestres, escuchando sin quererlo algunos de los

insultos intercambiados con tanta naturalidad en su planeta natal.

Por ejemplo, los proverbios “La cortesía en la Tierra es como la

sequedad en el océano” y “Un terrestre te dará cualquier cosa siem-

pre que no cueste nada y valga aún menos”.

 

Su brazo ya había imterrumpido el rayo fotoeléctrico que abría la

puerta principal cuando Arvardan oyó rápidos y repentinos pasos

detrás de él y un “¡Chis!” de aviso. Le metieron en la mano un trozo

de papel y cuando se volvió vio desaparecer el centelleo rojo de una

silueta.

 

Se encontraba ya en el vehúculo alquilado cuando desenvolvió el

papel de su mano. Había palabras garabateadas:

 

“Pregunte dónde está el Gran Teatro y preséntese a las ocho

 

de la noche. Asegúrese de que no le siguen.”

 

Miró ceñudamente el mensaje y lo releyó más de cinco veces.

Después lo examinó de arriba abajo, como si esperara la repentina

aparición de otro mensaje escrito en tinta invisible. En un gesto

involuntario, miró detrás de él. La ca;~le estaba desierta. Empezó a

levantar la mano para echar los estúpidos garabatos por la ventanilla,

vaciló y metio el papel en el bolsillo de su chaleco.

 

Indudablemente, si el arqueólogo hubiera tenido una sola cosa

que hacer esa noche, aparte de lo que los garabatos sugenan, ese

habría sido el final de todo..., y quizá de varios billones de personas.

Pero en realidad Arvardan no tenía nada que hacer. . .

 

A las ocho en punto se hallaba avanzando lentamen~e for-

mando parte de una larga cola de vehículos de superficie a lo largo

de la ruta que al parecer conducía al Gran Teatro. Sólo había pre-

guntado una vez y el transeúnte le había mirado con recelo (tal

parecía que ningún extranjero quedaba libre de aquella sospecha

tan arraigada) antes de responderle “Limítese a seguir a los demás

vehículos”.

 

Al parecer, todos los vehículos iban al teatro, ya que al llegar al

lugar vio que las enormes fauces del aparcamiento subterráneo los

iban devorando uno tras otro. Se salió de la hilera y llegó lentamente

al otro lado del teatro, a fin de esperar no sabía qué.

 

Una silueta delgada salió corriendo de la rampa para peatones y

se pegó a la ventanilla. Arvardan miró fijamente al recién llegado,

sorprendido, pero el otro ya había abierto la puerta y se había intro-

ducido rápidamente en el vehículo.

 

—Le agradecería una explicaci6n—dijo el arqueólogo.

 

{)h, silencio.—El otro se acurrucó en el asiento—. ¿Le han se-

guido?

 

—¿Tenían que seguirme?

 

—No se haga el gracioso. Avance en línea recta. Gire cuando se

lo diga... ¡Dios mío!, ¿a qué espera7

 

El tono era de soprano. La capucha bajada hasta los hombros

dejó ver un cabello castano claro. Unos ojos azules se alzaron hacia

el científico.

 

—Adelante—ordenó categóricamente la mujer.

 

Arvardan obedeció y durante un cuarto de hora, aparte de alguna

orden en apagada pero brusca voz, la desconocida no dijo nada. El

arqueólogo le lanzó furtivas miradas y pensó con repentino deleite

que era guapa..., pero ella no tenía ojos para otra cosa que no fuera

la carretera.

 

Y no dejaba de mirar hacia atrás.

 

Detuvieron el coche, olo hizo Arvardan, siguiendo las instruccio-

nes de la mujer: en una esquina de un barrio residencial despoblado.

Después de una pausa precautoria, la mujer le indicó que siguiera

adelante y se adentraron despacio en un camino de acceso que aca-

baba en la suave rampa de un garaje particular.

 

La puerta se cerró en cuanto entraron y la luz del vehículo fue la

única fuente de iluminación.

 

—Ahora escúcheme bien ~ijo ella con voz grave—. No creo

que alguien nos haya seguido, pero si oye algún ruido, abráceme muy

fuerte y. . ., y... ya sabe.

 

Arvardan asintió seriamente.

 

{Ireo que podré improvisar sin problemas. ¿Es necesario aguar-

dar algún ruido?

 

La mujer se ruborizó.

 

—No bromee. Es un truco para evitar sospechas sobre nuestras

intenciones reales. Usted deber~a entenderlo.

 

Arvardan, desesperado, dejó caer las manos en su regazo y

arrugó una comisura de su labio.

 

—Mi querida señorita, le juro que no entiendo nada. No estoy

familiarizado con las costumbres de la Tierra y si aquí se considera

norrnal que una joven sea tan agresiva en sus atenciones amorosas,

suponiendo que se trate de eso, espero que perdone mi ignorancia y

me explique exactamente qué desea.

 

La mujer suspiró bruscamente y sus ojos se oscurecieron de or-

gullo.

 

—Está comportándose de una forma muy odiosa, y en cuanto ha-

yamos terminado aquí pienso despedazarlo. . . Mientras tanto, deje de

disimular. Sé que usted es agente imperial.

 

—¿Yo?—repuso Arvardan con súbito vigor.

—Naturalmente. Por eso le he traído aquí. Ellos no conocen este

lugar y desconocen mi existencia.

 

—¿Quiénes son “ellos"?

 

—Los Antiguos, por supuesto. No le culpo por no confiar en mí,

pero piénselo bien. Tiene que confiar en alguien, y yo soy la persona

idónea, ¿no? Estoy jugándome la vida para sostener esta conversa-

ción con usted.

 

Arvardan la miró con curiosidad. De pronto le parecía muy jo-

ven, tal vez aún no había cumpfido los veintiuno, pero era más que

guapa. Notó que estaba derivando hacia asuntos secundarios y volvió

al tema central.

 

—¿Puedo pensarlo?—dijo en voz suave—. Se trata de una deci-

sión terriblemente importante, este asunto de confiar en la gente,

¿no le parece?

 

La joven asintió.

 

—Bien, le doy quince minutos, aunque el tiempo es muy impor-

tante. Al cabo de ese tiempo deberá haber tomado la decisión de

confiar en mí... No diré una sola palabra.

 

Cruzó las manos en su regazo y fijó la mirada al frente, más allá

del parabrisas que sólo dejaba ver la pared lisa del garaje.

 

El arqueólogo la contempl6 a su antojo. La suave hnea de la

barbiDa contradecía el esfuerzo de firrneza a que eUa la forzaba, y su

nariz era recta y fina. Su tez poseía el rico viso tan característico en la

Tierra. . . y, no obstante, sus facciones carecían de los rasgos grotescos

tan famosos en la caricaturas de terrestres hechas en Sirio.

 

Arvardan notó que eDa estaba mirándole por el rabiDo del ojo. La

joven se apresur6 a corregir su gesto y miró de nuevo al frente...

antes de volver los ojos con tímida curiosidad.

 

—¿Qué ocurre?—dijo el científico.

 

Ella se volvió hacia Arvardan y se mordió el labio inferior.

 

—Estaba mirándole.

 

—Sí, ya lo he notado. ¿Tengo una mancha en la nariz?

 

—Ah-ah.—Su cabeDo pareáa flotar y revolotear suavemente en

cuanto movía la cabeza—. Aparte del procurador, usted es el primer

hombre de la galaxia que conozco..., y él siempre va envuelto en

tanta ropa de plomo que parece un saco de patatas.

 

—¿Soy distinto?

 

—Oh, sí... ¿No teme la radiactividad del ambiente? Viste ropa

ordinaria.

 

—Bien, igual que usted..., con la excepción de que su ropa tiene

un aspecto magnífico cuando usted la viste.

 

Aparecieron hoyuelos en las mejiDas de la joven.

 

—Naá aquí. Pero creía que los galáctia)s eran distintos.

 

—Pues bien, no son tan distintos como supone. No creo que la

radiactividad sea tan peligrosa: todavía no me siento enfermo. No se

me está cayendo el pelo.—Le dio un tirón—. No tengo el estómago

encogido y seguramente tendré hijos algún día, si lo intento en la

forma correcta.

 

Pronunció gravemente la última frase y los ojos de la joven se

entrecerraron para mirarle. Después ella se echó a reír.

 

—Está loco.

 

—Hum. Le sorprendería saber cuántos arqueólogos inteligentes y

famosos han dicho lo mismo. . ., y además en largos discursos.

 

—Bien, está loco. No se parece a los terrestres.

 

—Ustedes siempre dicen eso. ¿Por qué soy distinto?

 

—Es cordial. Los terrestres siempre recelan.

 

—Eh, alto, eso es adulación simplona. No puede engañar a un

viejo zorro como yo. Aún no he dicho que confíe en usted.

 

—Ah, lo hará—y la mujer asintió confiadamente—, porque si no

pensara hacerlo no seguina sentado aquí.

 

—¿Opina que tengo que hacer grandes esfuerzos para seguir sen-

tado a su lado? Si es así, se equivoca, ¿sabe? Además, yo podría

tener el muy astuto plan de sonsacarle todos sus secretos sin de-

latarme.

 

—¿Por qué? No soy enemiga de usted, ni del Imperio.

 

—¿Pero cómo puedo saber eso? Tal vez sea agente enemiga,

preparando todo para atraparme con su maléfico encanto. ¿Qué me

dice de eso?

 

La joven recobró su aire altanero.

 

—No soy ese tipo de mujer.

 

—Su aspecto indica lo contrario. Aunque las agentes enemigas

seductoras siempre se fingen inocentes. Esos son sus maliciosos mé-

todos.

 

La altanería desapareció y la joven dejó escapar una risita.

 

—Usted está loco en todos los sentidos.—Y acto seguido fue

toda actividad—. En fin, los quince minutos han pasado. ¿Está dis-

puesto a confiar en mí?

 

—Bien.. .—Arvardan enarcó las cejas, apoyó uno de sus morenos

brazos en el mecanismo de conducción y observó pensativamente a la

mujer—. No comprendo cómo puedo responder si ni siquiera sé

quién es usted. ¿Cómo se Dama?

 

La joven quedó boquiabierta.

 

—¡Oh, no, no se lo he dicho!

 

—No, es cierto. Y naturalmente eso me hace pensar que no con-

fía en mí. La confianza ha de ser mutua.

 

—Pero usted me vio en casa del doctor Shekt.

 

—Vi un destello de ropas rojas, creo, pero nada más. ¿Era usted?

 

Ella asintió.

 

—Ajá. Soy hija del doctor Shekt. Me Damo Poh Shekt.

 

—Bien. Yo soy Bel Arvardan. ¿Qué tal, Pola?—Tendió una

mano en la que desapareció momentáneamente la de la mujer y hubo

un serio apretón de manos—. No tendré que Damarla señorita Shekt,

¿eh?—Pola arrugó la frente—. ¿Lo preferiría?—Arvardan hizo una

mueca—. Creo que eso sena espantoso, ¿usted no?

 

—Pues llámeme Pola. ¿Debo llamarlo Bel?

 

—No respondo a otro nombre, ¿sabe?

—¿Estamos Listos para entrar en materia?

 

—En cualquier clase de materia—dijo él con fervor.

 

ELla le sonrió, y con el briLlo de la sonrisa, Arvardan experirnentó

de pronto un extraño tipo de shock eléctrico que afectaba órganos

internos de existencia desconocida para él.

 

—Ahora expliquemelo todo—dijo.

 

—Bien, desconozco cuánto sabe usted. siendo agente imperial,

pero de todas formas puedo explicarle una cosa. El destino de la

galaxia entera está en juego. Estoy convencida.

 

El primer impuLso de Arvardan fue echarse a reír. Ella hablaba

muy en serio, y el melodrama brotaba con suma duLzura de sus la-

bios. Y entre el impulso y el acto, el arqueólogo recordó algunos

detaLles. Las insinuaciones vagas y amenazadoras de Ennius, el odio

y la mortífera animosidad de los viajeros del avión cuando conocie-

ron su origen galáctico, el primer ministro y sus recelos, el doctor

Shekt y su rareza... Arvardan resolvió no reír, al menos durante un

rato.

 

—Adelante—dijo con aire solemne—. ExpLíqueme los detalles.

 

—La Tierra va a sublevarse.

 

La voz de Pola se redujo a un apagado susurro.

 

Arvardan no pudo resistirse a un instante de diversión.

 

—¡No!—exclamó, con los ojos muy abiertos—. ,La Tierra en-

tera?

 

Pero Pola mostró en su mirada una furia instantanea.

 

—Mire, no sea tan chistoso. Esto es muy serio, porque podría

destruir todo el Imperio.

 

—¿La Tierra hará todo eso?—Arvardan contuvo un estaLlido de

risa y añadió suavemente—: Pola, ¿qué tal va su galactografía?

 

—Tan bien como la de cualquiera, maestro, y de todas formas,

¿qué tiene que ver eso?

 

—Tiene mucho que ver. La galaxia tiene un volumen de varios

millones de años-luz cúbicos. Contiene dos millones de planetas habi-

tados y una población aproximada de quinientos mil billones de per-

sonas. ¿De acuerdo?

 

—Supongo que sí.

 

—Bien, la Tierra es un solo planeta, con una población de veinte

miLlones y además sin recursos. En otras palabras, hay veinticinco mil

miLlones de ciudadanos galácticos por terrestre... ¿Qué daño puede

causar la Tierra?

 

—¿Está seguro?—Durante un momento la joven pareció sumida

en dudas, pero se recuperó—. Pues es la verdad. Mi padre está

convencido, y él está bien informado.

 

—La Tierra se ha sublevado otras veces—le recordó Arvardan—.

Tres veces... y no causó en especial ningún daño.

 

—Esta vez es distinto.

 

—Querida mía—dijo Arvardan. Casi por sí sola, su mano se

había extendido para tocar la mejilla de la joven de un modo no

demasiado fraternal, pero el arqueólogo desvió el curso y se tiró de la

oreja—. Querida mía, admito que la entrevista es fascinante. Posee

elementos de misterio, intriga y, sobre todo, una conversadora pre-

ciosa. Pero no comprendo qué trata de decirme.

 

—¡Oh!—exclamó ella—. Creo que no está saliendo tal como lo

planeé. Pensaba que si usted era agente imperial estaría al corriente

de casi todo y podríamos trabajar juntos..., con mi padre.

 

—¿Su padre?—inquirió secamente Arvardan—. ¿Se refiere al

doctor Shekt, tan ansioso de verme que no me dejó pasar de la puerta

de su casa?

 

—No podía—dijo seriamente Pola—. ¿No lo comprende? El

primer ministro lo ha estado vigilando y siguiéndolo desde hace me-

ses y mi padre no se atrevió a hablar con usted. ¿Por qué supone que

le he hecho venir aquí? Me lo dijo mi padre, él preparó todo.

 

—Ah... Bien, ¿dónde está él, pues? ¿Aquí?

 

—¿Han dado las diez?

 

—Si.

 

—Entonces debe de estar arriba..., si no b han atrapado.—Miró

alrededor estremeciéndose involuntariamente—. Podemos entrar en

la casa por el mismo garaje y usted vendrá conmigo. . .

 

Tenía ya la mano en el botón que controlaba la puerta del coche

cuando se quedó inmóvil. Su voz fue un susurro ronco.

 

—Viene alguien... Oh, deprisa...

 

Las demás palabras quedaron apagadas. Arvardan no tuvo

problema alguno para recordar la orden inicial de la joven. Sus

brazos la rodearon con naturalidad y de inmediato Pola estuvo

cordial y blanda contra su cuerpo. Los labios de ella temblaron

sobre los del arqueólogo. Durante cerca de diez segundos Arvar-

dan forzó los ojos al máximo para ver el primer rayo de luz o

escuchar el primer paso, pero después se sintió anegado y barrido

por la dulzura de la situación. Pasó bastante rato antes de que

ella se separara y ambos descansaron un instante mientras mante-

nían unidas sus mejillas.

 

—Debe de haber sido un ruido del tráfico—dijo Arvardan con

ensoñador deleite.

 

—Lo supongo—murmuró ella, y de pronto se apartó, se arregló

el pelo v retocó el cuello de su vestido con gestos formales y pre-

cisos—. Creo que será mejor entrar ahora en la casa. Apague las

luces del coche. Tengo una pequeña linterna.

 

Arvardan bajó del vehúculo después que Pola y en la oscuridad

ella le pareció una sombra sutilísima con la pequeña mancha de luz

que brotaba de la linterna.

 

—Será mejor que me dé la mano—dijo Pola—. Tenemos que su-

bir una escalera.

 

—Ahora no se oye ningún ruido, ¿verdad Pola?—La voz del

arqueólogo era un susurro detrás de la joven—. Si sirve de algo, yo

mismo haré algún ruido.

 

Pola se detuvo y dio media vuelta. Arvardan no podía verla, pero

captó la deliciosa altanería de su voz.

—Oh, no piense que usted puede conseguirlo todo, doctor Arvar-

dan. Casualmente yo no oí ningún ruido antes.

 

Y la joven se dispuso a seguir subiendo, pero la mano de Arvar-

dan la retuvo con fuerza.

 

—Bien, en ese caso. ..—dijo seriamente Arvardan.

 

Y Pola tardó unos instantes en responder, con una voz rara, so-

focada.

 

—Ha conseguido que se me caiga la linterna.

 

Estaba en el suelo, en un minúsculo charco de luz. El arqueólogo

la recogió y la mantuvo enfocada un momento sobre la ruborizada

cara de Pola.

 

—Supongo que cree haber hecho algo muy ingenioso.

 

—Muy ingenioso—replicó tranquilamente Arvardan—. Y muy

agradable.

 

—Oh, venga, por favor.

 

Pero mientras subía la escalera, al abrigo de la oscuridad, Pola

sonreía.

 

12 Las posibilidades en contra que se esfumaron

 

Se reunieron en una habitación interior del segundo piso de la

casa, con las ventanas cuidadosamente polarizadas para lograr opaci-

dad total. Pola permaneció abajo, alerta y con los ojos bien abiertos,

sentada en un sillón desde el que podía vigilar la calle, oscura y

desierta en esos momentos.

 

La encorvada figura de Shekt tenía un aspecto distinto del que

Arvardan había observado diez horas antes. El semblante del físico

continuaba ojeroso, infinitamente cansado, pero los rasgos anterio-

res de aparente incertidumbre y timidez se habían transformado en

un gesto de feroz desafío.

 

—Doctor Arvardan—dijo, y su voz era firme—, debo pedirle

excusas por el tratamiento que le ofrecí esta mañana. Esperaba que

usted lo entendería...

 

—Debo admitir que no lo entendí, caballero, pero ahora es dis-

tinto.

 

Shekt tomó asiento ante la mesa y señakó la botella de vino.

Arvardan agitó la mano en gesto de disculpa.

 

—Si no le importa, comeré un poco de fruta... ¿Qué es esto? No

creo haber visto algo parecido.

 

—Es una variedad de naranja—dijo Shekt—. Supongo que no

crece fuera de la Tierra. La corteza se quita fácilmente.

 

Hizo una demostración y el arqueólogo, después de oler con

curiosidad la fruta, hincó los dientes en la pulpa vinosa. Lanzó una

exclamación.

 

—¡Caramba, es deliciosa, doctor Shekt! ¿Nunca han intentado

exportar estos productos?

 

—Los Antiguos no gustan de comerciar con el exterior—dijo

sombríamente el físico—. Del mismo modo que nuestros vecinos no

gustan de comerciar. con nosotros. Es un simple aspecto de nuestras

dificultades en la Tierra.

 

Y Arvardan se sintió abrumado por un brusco espasmo de furia.

 

—Lo más estúpido que he oído. Se lo aseguro, casi pierdo la

esperanza en la inteligencia humana cuando veo lo que hay en las

mentes de los hombres.

 

Shekt se alzó de hombros. Tenía tras de sí una vida entera de

tolerancia.

 

Me temo que forma parte del problema casi insoluble del anti-

terrestrismo.

 

—Si es casi insoluble—replicó con energía el arqueólogo—se

debe a que nadie parece desear soluciones. ¿Cuántos terrestres res-

ponden a la situación odiando sin discriminación a todos los ciudada-

nos galácticos? ¿Desean igualdad, tolerancia mutua?... No. Sólo de-

sean tener su ocasión como mandamases.

 

—Es posible—dijo tristemente Shekt—. Pero se trata de un

efecto simplemente superficial. Denos la oportunidad y crecerá una

generación de humanos igual que cualquier otra. Los integracionis-

tas, con su tolerancia y su creencia en el carácter universal de la

humanidad, más de una vez han tenido fuerza en la Tierra. Yo soy

integracionista. Pero la organización está en manos de IQS zelotes, es

decir, los nacionalistas radicales con sus sueños de dominio pasado y

dominio futuro. Lo que precisa el Imperio es justamente protección

contra ellos.

 

Arvardan frunció el ceño en gesto de hastío.

 

—¿La revolución de que hablaba Pola?

 

—Doctor Arvardan—dijo Shekt en tono grave—, no es suma-

mente fácil convencer a una persona de la posibilidad aparentemente

ridícula de que la Tierra conquiste la galaxia, pero es cierto. Física-

mente no valgo nada y tengo muchas ganas de vivir. Imagine pues la

crisis inmensa que debe existir ahora para que me vea forzado a

correr el riesgo de cometer un acto de traición con los ojos de la

administracón local puestos ya sobre mi persona.

 

—Bien—respondió Arvardan—, si el asunto va en serio, será

mejor que le diga una cosa ahora mismo. No soy agente irnperial. No

tengo relación alguna con el gobierno imperial. Soy exactamente lo

que parezco ser: un arqueólogo al mando de una expedición cientí-

fica relacionada únicamente con mis intereses personales. Estoy se-

guro de que para este asunto, le sería más práctico ver al procurador.

 

—Eso es precisamente lo que no puedo hacer, doctor Arvardan.

Los Antiguos me vigilan para evitar que tal cosa se produzca.

Cuando se presentó usted en mi casa, pensé que podía ser un inter-

mediario. Que él sospechaba.

 

—Tal vez sospecha..., no se lo puedo asegurar. Pero no soy un

intermediario. Lo siento.

 

—Sin embargo, está aquí y es ciudadano del Imperio. Puede visi-

tar al procurador más tarde.

 

En su semblante h~bía una expresión de infinita súplica.

 

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6. Cuento~ paralelo~

Arvardan estaba nervioso. De momento no le cabía ninguna duda

de que se encontraba hablando con un paranoico entrado en años y

excéntrico, quizás inofensivo pero completamente chiflado. A pesar

de todo, Arvardan seguía alh. El arqueólogo no analizó sus motivos,

aunque un observador malicioso habría sospechado que unos mecho-

nes de cabello castano claro y unos ojos azules, por entonces en otra

habitación, podian ser parte de la explicación.

 

En cualquier caso, Arvardan se recostó en su silla.

 

—Bien, el riesgo lo corre usted. Yo le ayudaré si puedo, pero no

le prometo nada.

 

—Escúcheme con atención. Es lo único que pido. Doctor Arvar-

dan, ¿ha oído hablar de mi sinapsificador?

 

—El procurador lo mencionó. Por lo demás, no sé nada.

 

—¿Y qué dijo el procurador?

 

—Que era un fracaso interesante, ideado para mejorar la capaci-

dad de aprender, creo.

 

Shekt mostró su enfado.

 

—Sí, sin duda alguna Ennius opina que el invento es un fracaso.

Ésa es la publicidad que se le dio, y de los resultados francamente

buenos no se ha dicho nada... deliberadamente.

 

—Hum. Una muestra bastante anormal de ética científica, doctor

Shekt.

 

—Lo admito. Pero tengo cincuenta y seis años, caballero, y si

sabe algo sobre las costumbres de la Tierra, sabrá que no me queda

mucha vida por delante.

 

—Según he leído, se hacen excepciones, entre otras personas, con

científicos notables.

 

—Desde luego. Pero eso lo dicen el primer ministro y el Consejo de

Antiguos, y no hay posibilidad de apelar contra sus decisiones, ni si-

quiera el emperador puede hacerlo. Se me comunicó que el precio de mi

vida era guardar el secreto del sinapsificador y esforzarme en mejorarlo.

—El físico extendi6 las manos en señal de desesperación—. ¿Cómo iba a

saber entonces el resultado, el uso que le darían a la máquina?

 

—¿Y qué uso es ése?

 

Arvardan sacó un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en la

camisa y of reció otro al físico, que lo rechazó.

 

—Aguarde un momento, por favor... Después de que mis experi-

mentos llegaron hasta al punto en el que consideré que el instru-

mento podía emplearse con seres humanos sin arriesgar sus vidas,

ciertos biólogos de la Tierra recibieron tratamiento, uno a uno. En

todos los casos se trataba de hombres que yo sabía simpatizaban con

los zelotes, con los extremistas, quiero decir. Todos sobrevivieron, si

bien hubo efectos secundarios al cabo de un tiempo. Finalmente,

volvieron a traer a uno de esos hombres. No pude salvarlo, pero

mientras deliraba..., averigué la verdad...

 

Casi era medianoche. La jornada había sido larga y habían pa-

sado muchas cosas. Pero algo empezaba a agitarse en el interior de

Arvardan.

 

—Me gustana que fuera al grano—se limitó a decir.

 

—Le ruego paciencia. Debo darle una explicación lo más com-

pleta posible para que me crea. Lógicamente usted conoce el medio

ambiente especial de la Tierra, su radiactividad. . .

 

—Sí, tengo buenos conocimientos al respecto.

 

—Y el efecto de esa radiactividad en los terrestres.

 

—Sí.

 

—En ese caso no me explayaré en el tema. Sólo preciso decir que

la incidencia de las mutaciones en la Tierra es mayor que en el resto

de la galaxia. De modo que la idea de nuestros enemigos, que los

íerrestres somos distintos, posee cierta base de verdad ffsica. De

hecho, las mutaciones son poco importantes y en su gran mayoría

carecen de potencial de supervivencia. Si algún cambio permanente

se ha producido entre los terrestres es únicamente en ciertos aspectos

de los procesos químicos internos, cambio que permite mostrar ma-

yor resistencia al medio ambiente particular, mayor resistencia a la

radiación, curación más rápida de los tejidos dañados...

 

—Doctor Shekt, estoy familiarizado con todo lo que dice.

 

—¿Y no ha pensado nunca que esos procesos de mutación ocu-

rren en otras especies vivientes de la Tierra además de la humana?

 

Se produjo un breve silencio antes de que Arvardan contestara.

 

—Pues no, no lo había pensado, aunque, ya que lo menciona ló-

gicamente es algo inevitable.

 

—Exacto. Está ocurriendo. Nuestros animales domésticos existen

en variedad muy superior a la de cualquier otro mundo habitado. La

naranja que ha comido es una variedad mutada que no se halla en

ningún otro sitio. Por ese motivo, entre otros, la naranja es tan

inaceptable para las exportaciones. Los extranjeros recelan de las

naranjas del mismo modo que recelan de nosotros..., y nosotros las

protegemos como propiedades valiosas peculiares de nuestro pla-

neta. Y, desde luego, lo que es de aplicación a plantas y animales

tiene igualmente validez para la vida microscópica.

 

Y Arvardan sintió en ese momento la fina punzada del miedo.

 

—¿Se refiere a. .. Ias bacterias?—dijo.

 

—Me refiero al dominio de la vida primitiva. Protozoos, bacte-

rias, y las proteínas autorreproductoras que algunas personas deno-

mman virus.

 

—¿Qué trata de decir?

 

—Creo que usted tiene alguna noción al respecto, doctor Arvar-

dan. De pronto parece muy interesado. Mire, entre ustedes los galác-

ticos existe la creencia de que los terrestres son portadores de

muerte, que relacionarse con un terrestre equivale a morir que los

terrestres son portadores de desgracia, que poseen una especie de ojo

maléfico...

 

—Estoy enterado de todo eso. Simple superstición.

 

—No del todo. Esa es la parte molesta. Como todas las creencias

comunes, a pesar de su superstición, distorsión o falsedad, ésta posee

en el fondo algo de verdad. Verá, algunas veces un terrestre lleva en

 

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su organismo una forma mutada de parásito microscópico que no

guarda parecido con los conocidos en otros lugares y al que los ex-

tranjeros no son especialmente resistentes. Lo que sigue es pura

biología, doctor Arvardan.

 

El arqueólogo guardó silencio.

 

—Por supuesto, también nosotros padecemos las consecuencias

de vez en cuando—prosiguió Shekt—. Una nueva especie de germen

logra salir de las nieblas radiactivas y una epidemia asola el planeta,

pero los terrestres, en general, no han quedado a la zaga. Para todas

y cada una de las variedades de ~ermenes y virus elaboramos genera-

ción tras generación nuestras defensas y sobrevivimos. Los extranje-

ros no tienen esa oportunidad.

 

—¿Pretende decir—intervino Arvardan, con una sensación rara-

mente vaga—que el contacto con usted ahora mismo. . . ?

 

Echó hacia atrás su silla.

 

Shekt sacudió la cabeza.

 

—Naturalmente que no. Nosotros no creamos la enfermedad,

simplemente, en condiciones muy desfavorables, somos portadores

de ella. Si yo viviera en su planeta, doctor, sería un portador del

germen tanto como usted. E incluso aquí, sólo uno de cada mil

billones de gérmenes, o uno entre un cuatrillón es peligroso. La

probabilidad de que usted se contagie ahora mismo es inferior a la

que tiene un meteorito para atravesar el techo de esta casa y caer

sobre usted... A menos que los gérmenes en cuestión sean buscados,

aislados y concentrados deliberadamente.

 

De nuevo se hizo el silencio, pero más prolongado esta vez.

 

—¿Han estado haciendo eso?—preguntó Arvardan con voz apa-

gada.

 

—Sí. Por razones inocentes. . . al principio. Lógicamente, nuestros

biólogos sienten especial interés por las peculiaridades de la vida

terrestre, y no hace mucho aislaron el virus de la fiebre común.

 

—¿Qué es la fiebre común?

 

—Una enfermedad endémica benigna típica de la Tierra. Es de-

cir, siempre nos acompana. Casi todos los terrestres la padecen en su

infancia y sus síntomas r~ son excesivamente ~aves. Fiebre mode-

rada, erupciones transitorias e hinchazón de las articulaciones, junto

con una molesta sensación de sed. Completa su ciclo en un período

de cuatro a seis días y a partir de entonces quedamos inmunizados.

Yo la tuve. Igual que Pola. Sin embargo, ocasionalmente, algún

miembro de la guarnición imp rial se contagia y es normal que fa-

llezca antes de doce horas. Después le entierran los terrestres, ya que

cualquier soldado que se acercara moriría también.

 

“El virus, como decía, fue aislado hace diez años. Se trata de

una nucleoproteína, como casi todos los virus filtrables, que no

obstante posee la notable propiedad de contener una concentración

anormalmente elevada de carbono radiactivo y nitrógeno. Al decir

anormalmente elevada me refiero al cincuenta por ciento. Se su-

pone que los efectos del organismo sobre su huésped se deben más

a sus radiaciones que a sus toxinas. Naturalmente, parece lógico

que los terrestres, adaptados a la radiación gamma, sufran tan sólo

trastornos ligeros. El interés inicial por el virus se basó en el mé-

todo que le permitía concentrar los isótopos radiactivos. Como us-

ted sabe, ningún medio químico puede separar isótopos, como tam-

poco puede hacerlo ningún organismo conocido..., pero la direc-

ción de la investigación cambió.

 

“Seré breve, doctor Arvardan. Creo que ya inmagina el resto.

Podían efectuarse experimentos con animales extraterrestres, pero

no con hombres extranjeros. El número de éstos en la Tierra era

escaso, no podía tolerarse que varios desaparecieran sin dejar rastro.

Y tampoco podía tolerarse que los descubrieran antes de tiempo. En

consecuencia, mandaron a un grupo de bacterióbgos al sinapsifica-

dor para que volvieran con inteligencias muy desarrolladas. Ellos

fueron los que idearon un nuevo enfoque matemático de la química

de la proteína y la inmunología, que finalmente les permitió formar

una cadena artificial de virus con el propósito de afectar tan sólo a

seres humanos galácticos. Actualmente existen toneladas de virus

cristalizado.

 

Arvardan se sentía consumido. Notó que las gotas de sudor resba-

laban perezosamente por sus sienes y sus mejillas.

 

—En ese caso está diciéndome—comentó en tono ronco—que la

Tierra pretende dejar suelto este virus en la galaxia, que van a iniciar

una gigantesca guerra bacteriológica...

 

—Una guerra que nosotros w podemos perder y que ustedes no

pueden ganar. Exacto. Una vez iniciada la epidemia, millones de

personas morirán a diario y nada podrá contenerla. Los que impulsa-

dos por el pánico huyan en naves espaciales serán portadores del

virus, y si alguien intenta hacer estallar planetas enteros, siempre será

posible iniciar de nuevo la epidemia en nuevos centros. No existirá

motivo alguno para relacionar el problema con la Tierra. Cuando

nuestra supervivencia empiece a ser sospechosa, el estrago habrá

progresado tanto, la desesperación de los galácticos será tan honda

que nada les importará.

 

—¿Y todos morirán?

 

El horror impresionante no calaba: no podía hacerlo.

 

—Tal vez no. Nuestra nueva ciencia bacteriológica sirve en ambos

sentidos. También tenemos la antitoxina y k>s medios para produ-

cirla. Podría usarse en caso de rendición temprana.

 

En la horrible negrura que siguió, la voz de Shekt sonó débil y

fatigada. Durante esa negrura Arvardan no pensó ni por un mo-

mento en dudar respecto a la veracidad de cuanto había escuchado,

la horrible verdad que de un solo golpe anulaba las posibilidades en

contra de veinticinco mil millones contra uno.

 

—No es la Tierra la que está haciendo esto. Un punado de líde-

res, depravados por la presión gigantesca que bs excluyó de la gala-

xia, que odian a quienes los dejaron fuera, que desean como locos

devolver el golpe cueste lo que cueste. . .

“En cuanto empiecen, la Tierra tendrá que seguirlos. ¿Qué otra

cosa podrá hacer? Por su tremenda sensación de culpabilidad, tendrá

que concluir la tarea empezada. ¿Podrá tolerar que sobreviva gran

parte de la galaxia y arriesgarse al castigo? Y de todas formas, ¿puede

evitarlo? Seguramente algunos rincones apartados se salvarán, otros

podrían estar inmunizados... Suficientes personas para recordar el

odio eterno que se producirá, y para vengarse.

 

“Y yo, antes que extraterrestre, soy hombre. ¿Deben morir billo-

nes en provecho de millones? ¿Debe derrumbarse una civilización

extendida por la galaxia en provecho del resentimiento de un pla-

neta, por muy justificado que esté? ¿Y quedaremos en mejor situa-

ción gracias a eso? La fuerza de la galaxia seguirá residiendo en los

mundos dotados de los rCcursos neccsarios..., y nosotros no tenemos

reCursos. Incluso es posible que los terrestres gobiernen en Trantor

durante una generaCión, pero sus hijos serán trantorianos y a su vez

despreciarán a los que permaneZcan en la Tierra.

 

“Y además, ¿qué ventaja hay para la humanidad si cambia la

tiranía de la galaxia por la tiram'a de la Tierra? No, no, debe haber

una salida para todos los hombres, un camino hacia la justicia y la li-

bertad.

 

Sus manos se alzaron hasta su cara y la cabeza de Shekt se meció

suavemente tras los nudosos dedos.

 

Arvardan lo había escuchado todo sumido en una niebla de es-

tupor.

 

—No hay traición en lo que usted ha hecho, doctor Shekt—mur-

murO—. Al contrario, veo en usted la unidad de la raza humana.

¿Cómo podemos impedir esto? ¿Cómo?

 

Se oyó ruido de pasos acelerados, una cara asustada entró de

pronto en la habitación y la puerta quedó abierta.

 

—Padre. . . Vienen hombres por el camino de acceso.

 

El doctor Shekt palideció.

 

—Deprisa, doctor Arvardan, por el garaje. —Estaba dándole

violentos empujones—. Vaya a ver a Ennius. Cuéntele todo esto.

Llévese a Pola, y no se preocupe por mí. Yo los frenaré.

 

Pero un hombre ataviado con una túnica verde les aguardaba

cuando se volvieron. Esbozaba una sonrisa apenas visible y empu-

ñaba, como si tal cosa, un látigo neurónico, el arma que aturdía con

el máximo dolor posible. Se oyó un estruendo de punetazos en la

puerta principal, algo que se derrumbaba y ruido de pies moviéndose

pesadamente.

 

—Es el sccretario del primer ministro—murmuró el desesperado

doctor Shekt.

 

—Cierto.—El hombre de la túnica verde avanz~. Y casi se ha

salido con la suya. Pero sólo casi... Hum, una mujer también. Poco

discreto. . . Y nuestro amigo imperial, el inocente arqueólogo.

 

—Soy ciudadano galáctico—dijo con firmeza Arvardan—y niego

su derecho a detenerme, olo que es igual, a entrar en esta casa sin

autoridad legal.

 

—Yo—y el secretario tocó suavemente su pecho con la mano de-

socupada—soy todo el derecho y la autoridad de este planeta..., y

antes de un mes, tal vez de la galaxia... Ya los hemos cogido a todos,

incluso al agente T.

 

—¿El agente T?—preguntó llanamente Arvardan.

 

—El hombre que se hace llamar Joscph Schwartz. También él

está detenido, y le está esperando.

 

Lo último que vio Arvardan fue una sonrisa que se hacía más

amplia..., y el destello del látigo. Se desplomó y perdió el conoci-

miento después de una llamarada carmesí de dolor.

 

INTERMEDIO

 

Y de este modo, como ya sc explicó con anterioridad, ambos

extremos se unen en el centro. Hemos seguido primero a Joseph

Schwartz y después a Bel Arvardan y ambos ahora acaban unidos. En

realidad la situación que comparten no es cómoda, puesto que la

reunión tiene lugar en condiciones más bien desesperadas para los dos.

 

Sin embargo, queda la tercera parte en la que nos ocuparemos de la

reunión y seguiremos los restantes hechos, que interesan por igual y

simultáneamente a ambos personajes.

 

En consecuencia, el diagrama de este relato podda ser el siguiente:

 

Tierra

 

1947 A. C.

 

.

 

| Sirio, |

L~G I

 

Primera p~    120ø    ~/ gun~da parte

Joseph Schwartz \        /    Bel Arvardan

(a través del tiempo) \<~~ (a través del espacio)

 

Tierra,

827 E. G.

 

Tercera parte

Joseph Schwartz y

Bel Arvardan

Por tanto, como ven, he hecho la narración partiendo de ambos

extremos en dirección al centro, como prometí.

 

El motivo de tratar el tema con tanto detalle, supongo, es que casi

todos los autores tienen necesidad de explicar la estructura ffsica de sus

relatos, algo distinto de pormenores secundarios como argumentos y

clímax. Finalmente, he dado satisfacción a dicha necesidad. Fasci-

nante, ¿no les parece?

 

3a PARTE:

JOSEPH SCHWARTZ Y BEL ARVARDAN

 

13 Coalescenc¿a

 

De momento, Schwartz descansaba nerviosamente en el duro

banco de una de las salas subterráneas del edificio correccional de

Chica.

 

El “Edificio”, como se lo denominaba normalmente, era el gran

símbolo del poder local del primer ministro y su camarilla. Alzaba su

tétrica sombra en una elevación angulosa y rocosa que oscurecía los

barracones imperiales situados en las cercanías, del mismo modo que

su sombra se aferraba al malhechor terrestre mucho más que la auto-

ridad no ejercida del Imperio.

 

Entre sus paredes, más de un terrestre en siglos pasados había

aguardado el juicio previsto para los que falsificaban o no cumplian

los cupos de producción, los que vivían más años que los legales o

silenciaban los delitos de otras personas o los acusados de tentativa

de subversión del gobierno local. De vez en cuando, si los prejuicios

locales de la justicia terrestre resultaban especialmente ilógicos para

el gobierno imperial de la época, pDr lo general sofisticado e indife-

rente, el procurador podía anular una condena, aunque ello derivaba

en insurrecciones o, como mínimo, alborotos violentos.

 

Normalmente, si el Consejo solicitaba la pena de muerte, el pro-

curador accedía.

 

Desde luego, Joseph Schwartz no sabía nada de esto. Para él el

conocimiento se reduáa a una pequeña habitación con las paredes

impregnadas de una luminosidad francamente débil y un mobiliario

formado por dos duros bancos y una mesa, más una cavidad en la

pared que hacía las veces de lavabo y retrete al mismo tiempo. No

había ventanas para echar una ojeada al cielo y la corriente de aire

que llegaba a la habitación por el pozo de ventilación apenas era

perceptible.

 

Schwartz se acarició el cabello que circundaba su calva y se irguió

con aire desconsolado. Su tentativa de huida a ninguna parte (¿en

qué lugar de la Tierra iba a estar a salvo?) había sido breve, nada fácil

y había terminado allí.

 

Sin duda alguna había sido una tentativa estúpida e inútil. . .

 

88

 

Pero sabía tan poco sobre aquel mundo horrible... Marcharse de

noche o a campo través le habría enmarañado en misterios, le habría

lanzado hacia el peligro de los focos radiactivos de los que él no sabía

nada... Y por eso, con el arrojo de la persona que no tiene elección,

había iniciado la marcha por la autopista en pleno mediodía.

 

En ningún momento olvidó la existencia de aquel contacto menial

enemigo que durante seis meses había estado vigilándole..., y que le

siguió en su huida. Jamás vio a persona alguna. En realidad no se

atrevía a mirar, a volver la cabeza, a demostrar que distaba mucho de

sentirse tranquilo. Porque al principio, cuando miró y trató de elimi-

nar al hombre que le seguía, el contacto mental sufrió un cambio

sutil. De la simple amenaza pasó a la precaución, de la precaución a

la duda. . ., y Schwartz supo que su Némesis estaba armada, que si él,

Joseph, demostraba saber que se hallaba en peligro, le abatirían en

vez de permitirle huir...

 

Por eso siguió andando, sabiendo que seguía dentro del radio de

acción de un arma mortífera. Su espalda permaneció rígida a la es-

pera de algún peligro desconocido. ¿Qué se siente al morir? ¿Qué se

siente al morir?... Ese pensamiento iba dándole empujones, siguien-

do el compás de sus pasos, daba tumbos en su cerebro, reía tonta-

mente en su subconsciencia hasta que se hizo insoportable.

 

Se dirigió hacia el borde cubierto de hierba de la autopista. Había

descendido un declive suave y casi un kilómetro de terreno se exten-

día en dirección ascendente hasta terminar abruptamente con su co-

lor verde y gris recortado sobre el fondo del cielo. ¿Había una inte-

rrupción en la campina, alli arriba? ¿Sería un rasgo nuevo y mortífero

del contacto mental? ¿Estaban levantando un arma? ¿Estaban apun-

tándole?

 

Chilló al vacío que contemplaba, agitó los brazos con furia.

 

—-¡Déjame en paz, por favor! ¿Qué te he hecho yo?... ¡Vete!...

¡Vete!

 

Concluyó con un quebrado aullido, con la frente acanalada por el

odio y el miedo a la criatura que le acechaba y la mente rebosante de

hostilidad. Sus pensamientos se lanzaron contra el contacto mental

para tratar de eludir su pegajosidad, para librarse de su aliento. . .

 

Y el contacto mental desapareció. De pronto, desapareció por

completo. Schwartz captó momentáneamente un dolor abrumador,

no en él, sino en el otro..., y luego nada: ningún contacto mental.

Había desaparecido como la presa de un puño que pierde fuerza y

queda inerte.

 

Schwartz aguardó largo rato...

 

Nada. .., ningún contacto mental...

 

Se volvió y siF.uió andando. El contacto mental no reapareció.

 

De vez en cuando pasaba algún vehículo. Ninguno se detuvo para

recogerle, y Schwartz se alegró de ello. Durmió al aire libre aqueDa

primera noche y la mañana siguiente llegó a las afueras de Chica.

 

!

l

Fue un error.

 

Schwartz se excusó por eDo de muchas formas mientras permane-

áa sentado en la dureza del banco de la celda. Él era hombre de

ciudad. Había estado en Chica una vez, mientras que el resto de la

Tierra le resultaba totalmente extrano. Podna perderse en el anoni-

mato de las multitudes. Incluso podna conseguir un empleo. . .

 

Pero fue un error, a pesar de todo.

 

Llegó a primeras horas de la mañana y el movimiento de la mu-

chedumbre era escaso y esporádico, pero aun así los contactos men-

tales por primera vez eran numerosos, detaDe que le sorprendió y

confundió.

 

¡Cuántos! Algunos suaves y difusos, otros agudos e intensos:

hombres que pasaban con minúsculas explosiones en sus mentes,

otros con nada dentro del cráneo excepto quizás una suave reflexión

sobre el desayuno recién completado.

 

Al principio, Schwartz volvía la cabeza y daba un brinco en

cuanto alg~uen pasaba cerca, al considerar a todos contactos persona-

les. Pero antes de una hora aprendió a no hacerles caso.

 

Escuchó palabras que jamás había oído en la granja, frases raras,

espectrales, inconexas y fustigadas por el viento, muy distantes, muy

distantes... Y con e;llas, emociones vivas y espeluznantes y otros

detalles sutiles que es imposible describir, de tal modo que el mundo

era un panorama de vida en ebuDición visible tan sólo para Schwartz.

 

Descubri6 que podía penetrar en los edificios mientras caminaba,

proyectar su mente como si la tuviera cogida con una correa, algo

capaz de escurrirse por rendijas invisibles a simple vista y extraer la

esencia de los pensamientos más recónditos de las personas.

 

Se detuvo ante un edificio enorme con fachada de piedra, ya que

alli se encontraba un lejano contacto mental que podía significar

empleo para él. Estaban solicitando trabajadores... Justo en ese ins-

tante, Schwartz descubrió que estaba hambriento.

 

Entró en el edificio, donde no tardó en ser ignorado por todos los

presentes. No había tenido oportunidad de leer el lenguaje de aque-

¡Ua nueva Tierra, sólo había aprendido a hablarlo y entenderlo, de

modo que los letreros de orientación carecían de significado para él.

Tocó el hombro de alg~uen.

 

—¿Dónde debo solicitar empleo, por favor?

 

—¡En aqueDa puerta!

 

El contacto mental que le llegó rebosaba de ;irritación y recelo.

 

Se metió por la puerta que le habían indicado y encontró al tipo

delgado del mentón puntiagudo que le lanzó una andanada de pre-

guntas y manejaba la máquina clasificadora en la que tecleaba las

respuestas.

 

Schwartz tartamudeó mentiras y verdades con igual indecisión.

 

Pero, por fin, el administrativo empezó con clara indiferencia.

Las preguntas se sucedieron con rapidez.

 

—Edad... ¿Cincuenta y dos? Hum. Estado filsico... Casado...

Cuántos hijos... Experiencia... ¿Ha trabajado con productos texti-

 

les'?... Bien, ¿de qué clase?... ¿Termoplásticos?... ¿Elastómeros?...

¿Qué quiere decir eso de que cree que con todos?... ¿Con quién

trabajó la última vez?... Deletree el nombre... No es de Chicago,

¿verdad?. .. ¿Dónde están sus documentos?... ¿Cuál es su número de

registro?...

 

Schwartz estaba retrocediendo. No había previsto ese final al

principio. Y el contacto mental del hombre que estaba ante él había

cambiado. Reflejaba recelo hasta el punto de no ver nada más, y

también precaución. Había una capa superficial de dulzura y compa-

ñerismo, tan delgada y ocultando tan poco la animosidad que resul-

taba más peligrosa que cualquier otro rasgo.

 

—Creo—dijo Schwartz, muy nervioso—que no estoy capacitado

para este trabajo.

 

—No, no, vuelva.—Y el administrativo le hizo gestos para que se

acercara—. Tenemos algo para usted. Déjeme mirar en estos archi-

vos.

 

Estaba sonriendo, pero su contacto mental era más claro y más

hostil todavia.

 

Había apretado un botón de su escritorio...

 

Schwartz, súbitamente dominado por el pánico, se lanzó hacia la

puerta.

 

—¡Cogedlo!—gritó el empleado al instante mientras abandonaba

a toda priiisa su escritorio.

 

Schwartz atacó al contacto mental, lo golpeó violentamente con

su pensamiento y escuchó un gemido a su espalda. Miró con rapidez

por encima del hombro. El administrativo se encontraba sentado en

el suelo, con el rostro contra;ido y las sienes hundidas en las palmas de

las manos. Otro hombre se incliinó sobre él, y tras un gesto de apre-

mio, se lanzó hacia Schwartz, que no esperó ni un momento más.

 

Salió por fin a la calle, sabedor ya de que debía existir una orden

de búsqueda y captura y que habr;ían difundido su descripción perso-

nal, y sabiendo igualmente que el empleado, como mínimo, le había

reconocido.

 

Echó a correr y dobló esquinas sin ver siquiera por dónde iba.

Atrajo la atención, más todav;ia a esa hora, ya que las calles estaban

cada vez más It;enas de gente... Recelo, recelo por todas partes,

recelo porque él estaba corriendo, recelo porque su ropa estaba arru;;-

gada y no era de su talla, recelo porque su cara parecía tener pelos,

pelos pequeños y grises. ..

 

Schwartz dejó escapar un quejido al captar ese pensamiento en

bastantes contactos mentales. Al parecer ninguno de aquellos hom-

bres nuevos ten;ian pelos en ila cara. Arbin no disponía de material

para afeitado y Schwartz había tenido que improvisar el suyo con una

especie de cortador de acero... Pero, ¿dónde se afeitar;ia ahora? Y si

no se afeitaba, la barba le delatar;ía.

 

Dada la multipliicidad de contactos mentales y la confusión cau-

sada por su miedo y su desespero, Schwartz no podía identificar a los

1,  enemigos verdaderos, aquellos que no sólo reflejaban recelo sino

 

l

 

;

 

í

también certidumbre..., y por e;llo no pudo darse cuenta de la presen-

cia del látigo neurónico.

 

Sólo sintió un dolor espantoso, que llegó como el silbido de un

latigazo y perduró como si le hubiera ca;ido una roca encima. Durante

algunos instantes se deslizó cuesta abajo por la pendiente de la ago-

nía, antes de adentrarse en ;';;a negrura.

 

Y ahora estaba sentado en el banco de la celda con su mente

proyectada y percibiendo únicamente pe;ligro y muerte.

 

La puerta se abrió y Schwartz se puso en pie al instante, r;igido a

causa del miedo. Sus rodillas y caderas le produjeron una punzada de

dolor al erguirse, y estuvo a punto de desplomarse.

 

Era un hombre con uniforme verde y con un objeto metálico en

una mano, un objeto que Schwartz sabía que era peligroso.

 

—Acompáñeme.

 

Schwartz fue tras el desconocido sin dejar de especular. Había

detenido al primer individuo que lo siguió en la carretera de Chica.

Casi había dejado sin conocimiento al administrativo aquella ma-

ñana. ¿Con cuántos podria enfrentarse?... Sería preferible aguardar,

antes del último y definitivo esfuerzo.

 

Le hicieron pasar a una habitación muy espaciosa. El guardián

cerró la puerta al marcharse y se situó al otro lado.

 

Schwartz miró alrededor.

 

—Acérquese, Joseph Schwartz.

 

Había una tarima en el otro extremo de la habitación, como el

estrado de los jueces en la sala del tribunal. En un alto sillón de

complejo diseño se hallaba sentado el hombre con larga túnica verde

que acababa de hablar.

 

Schwartz se acercó muy despacio y reparó en primer lugar en los

dos hombres y la mujer joven que ocupaban sencillas sillas de madera

con brazos y piernas extrañamente rígidos.

 

—¿Reconoce a estas personas, Joseph Schwartz?—preguntó el

hombre de la túnica.

 

Schwartz los contempló y señaló a uno de ellos.

 

—A éste lo vi una vez

 

Había señalado a Shekt.

 

—Lo sometí a tratarniento con el sinapsificador—repuso en tono

de hastío el físico—. Y ese fue el único contacto que tuve con él.

Usted lo sabe. Protesto por este. . .

 

—¡Silencio! ¿Qué dice usted, doctor Arvardan?

 

—Nunca lo había visto—fue la réplica breve y hostil.

 

—Eso ya lo veremos dentro de un rato—fue la siniestra res-

puesta.

 

14 Caída en la desesperaaon

 

El secretario contempló a las cuatro personas que tenía ante él

con brutal sensación de satisfacción. Su propósito era ignorar a la

mujer, pero por lo demás la cosecha había sido fabulosa. Allí estaba

el traidor terrestre, el agente imperial y la misteriosa criatura que

habían estado vigilando durante medio ano. Era dudoso que en un

caso tan urgente y crucial alguien de menor peso en las filas enemigas

supiera lo suficiente para constituir un peligro.

 

En realidad quedaba Ennius, y el Imperio. Los brazos de éstos~

en la persona de espías y traidores, estaban maniatados, pero restaba

una mente activa en alguna parte. . ., quizá para enviar otros brazos.

 

El secretario se inclinó hacia delante con las manos cruzadas y

habló en tono rápido y suave.

 

—Es preciso dejar las cosas totalmente claras. Hay guerra entre

la Tierra y la galaxia, todavía no declarada, pero guerra a pesar de

todo. Ustedes son nuestros prisioneros y serán tratados como co-

rresponde dadas las circunstancias. Como es natural, la pena justa

es la muerte...

 

—Sólo en el caso de guerra legítima y declarada—le interrumpió

enérgicamente Arvardan.

 

—¿Guerra legítima?—se burló el secretario—. ¿Qué significa

guerra legítima? La Tierra siempre ha estado en guerra con la galaxia,

con menciones diplomáticas del hecho o sin ellas.

 

—No se excite—susurró Shekt a Arvardan—. Déjelo hablar. No

estamos en situación de discutir.

 

Arvardan notó que la vida empezaba a cosquillear en las puntas

de sus dedos. Movió el brazo con un esfuerzo gigantesco que provocó

sudor en su frente..., pero consiguió tocar el codo de Pola. La joven

no lo notó, de eso no hubo duda. Pero al cabo de unos instantes vio el

brazo del arqueólogo y lo miró y le sonrió débilmente, sin más deste-

llo en sus ojos que el provocado por la aprensión. Arvardan trató de

reflejar ánimo en su expresión, y fracasó... Estaba hablando el se-

cretano.

 

—Como iba diciendo, todas las vidas aquí presentes están conde-

nadas, pero a pesar de todo es posible comprarlas. ¿Les interesa el

precio?

 

Shekt lo miró un momento.

 

—¿Qué está proponiendo?

 

—Esto. Es obvio que la noticia de nuestros planes se ha filtrado.

No es difícil entender cómo llegó al doctor Shekt, pero cómo llegó al

Imperio es un hecho misterioso. Nos gustaría saber, por tanto, qué

sabe exactamente el Imperio. ¿Qué opina, Arvardan?

 

—Soy arqueólogo—repuso categóricamente el aludido—. No

tengo la menor idea sobre qué sabe el Imperio..., aunque confio en

que sepan mucho.

 

—Eso supongo. Bien, tal vez cambie de opinión. Piensen, todos

ustedes.

 

En el transcurso de la conversación Schwartz no cooperó de nin-

gún modo, como tampoco alzó los ojos.

 

El secretario aguardó un rato, y después intervino con cierta

brusquedad.

 

—En ese caso seré yo el que fije el precio por la falta de coopera-

ción de todos ustedes. El doctor Shekt y la joven, su hija, que por

desgracia está involucrada terriblemente, son ciudadanos de la Tie-

rra. Dadas las circunstancias, será muy conveniente someterlos al

sinapsificador. ¿Me entiende, doctor Shekt?

 

Los ojos del físico eran balsas de horror puro.

 

—Sí, veo que me entiende—dijo el secretario—. Naturalmente

es posible que el sinapsificador dañe los tejidos cerebrales el tiempo

suficiente para crear un imbecil sin cerebro. Se trata de un estado

sumamente desagradable en el que alguien deberá darles de comer o

morirán de hambre, asearles o vivir inmersos en suciedad, recluirles o

ser siempre un estudio de horror para todas las personas que les vean.

Podn'a ser una lección para otros en el gran día que se avecina.

 

El secretario se dirigió a Arvardan, que pugnaba con furioso vigor

por elevar sus brazos sin poderlos levantar demasiado.

 

—En cuanto a usted y a su amigo Schwartz, son ciudadanos impe-

riales y, por tanto, apropiados para un interesante experimento.

Nunca hemos probado el virus de fiebre concenírada con ustedes

perros galácticos. Sería interesante demostrar la corrección de nues-

tros cálculos... Una dosis pequeña, claro, a fin de que la muerte no

sea instantánea. La enfermedad avanzará hacia lo inevitable durante

un período de una semana, si diluimos la inyección correctamente.

Será muy penoso.

 

Hizo una pausa y los observó con los ojos entrecerrados.

 

—Tal es la alternativa a unas cuantas palabras bien elegidas ahora

mismo... Y Arvardan, no crea que liberarse de la parálisis le servirá

de algo. Estoy armado y tengo en la calle medio ejército que entrará

en acción en cuanto usted abandone su asiento.

 

Arvardan se recostó, con el semblante rojo como un ladrillo a

causa del esfuerzo y la frustración.

 

—¿Cómo sabemos—murmuró el doctor Shekt—que de todos

modos no nos matará si consigue lo que quiere de nosotros?

 

—Tiene mi promesa de que morirán de una forma horrible si se

niegan. Tendrán que arriesgarse. ¿Qué dicen?

 

—¿No podemos disponer de algún tiempo?

 

—¿Tiempo? Naturalmente. Disponen de dos horas.

 

El secretario, en la plenitud de su poder, vomitó las palabras con

el mismo gesto con el que habn'a arrojado un hueso a un perro.

 

—¿Podemos permanecer juntos?

 

—¿Por qué no?—Y el secretario esbozó una sonrisa tétrica—.

Con la vigilancia conveniente al otro lado de la puerta y otra ración

de parálisis, creo que ninguno intentará hacer tonterías... Y—agregó

después de pensar un momento—h chica vendrá conmigo, para ase-

gurarme de las buenas intenciones de ustedes.

 

La sala en que los dejaron era evidentemente un lugar empleado

para asambleas de varios cientos de personas. Dado su tamaño, los

prisioneros se sintieron perdidos y solitarios. Ya no había nada que

decir. La garganta de Arvardan ardía secamente y el arqueólogo no

dejaba de mover la cabeza de un lado a otro con vano desasosiego.

Los ojos de Shekt estaban cerrados y sus labios se veían descoloridos

y estrujados.

 

Schwartz permaneció aparte. Su estado de apatía era total. No

había hecho un solo gesto de resistencia, ni siquiera cuando apreta-

ron a sus brazos y piernas las varillas marrones; primero había perci-

bido un cosquilleo en sus miembros y después perdió el dominio

sobre ellos. Los contactos mentales de los otros dos hombres reposa-

ban con suavidad en él, y Schwartz los agitó con sumo cuidado.

 

—Shekt—musitó furiosamente Arvarda;~. Shekt, vamos, hom-

 

—¿Qué?... ¿Qué?...

 

—¿Qué hace? ¿Piensadormirse? ¡Piense,hombre, piense!

 

—¿Por qué? ¿Qué tengo que pensar?

 

—¿Quién es ese Joseph Schwartz?

 

—¿No me cree, usted? Me lo trajeron para someterlo a trata-

miento con el sinapsificador, y así lo hice. No sé nada más.

 

—Pero en ese caso, ¿por qué? ¿Por qué pasó por el tratamiento?

—Arvardan notó suavisimas agitaciones en su interior—. Podría ser

agente imperial.

 

—¿Y si lo es? Fíjese en él. Está tan indefenso como nosotros... Si

le diéramos una explicación de común acuerdo, ellos tal vez aguarda-

rían y podríamos...

 

Los labios del arqueókogo se fruncieron.

 

—Vivir, quiere decir. ¿Con la galaxia muerta y la civilización en

ruinas? ¿Vivir? Yo preferin'a morir.

 

—Estoy pensando en Pola—murmuró Shekt.

 

—Yo también—dijo Arvardan—, ¿pero qué hay que hacer? No

deje que sus esperanzas le enganen. En ningún caso viviremos.—Y

acto seguido, como si quisiera huir de aquella idea, huir a cualquier

parte exclamó—: ¡Usted! ¡Como se llame! ¡Schwartz!

 

Ei aludido alzó la cabeza y dejó que su mirada vagara hacia el

otro hombre. No respondió.

 

—¿Quién es usted?—preguntó Arvardan—. ¿Cómo se metió en

este lio? ¿Qué papel ha desempeñado?

 

Y con esa pregunta, la injusticia de la situación sobrecogió a

Schwartz. La unocencia de su pasado y el infinito horror del presente

estallaron en su interior, y por ese motivo su réplica fue furiosa.

 

—¿Yo? ¿Que cómo me meb en este lío? Escuche, soy un don

nadie. Soy un hombre honrado, un sastre acostumbrado a trabajar

duro, hasta que me jubilé, y nunca molesté a nadie. No hice daño a

nadie, trabajé duro, me preocupé por mi familia... Y entonces, sin

ningún motivo, sin ningún motivo... Ilegué aquí.

 

—¿A Chica?—inquirió Arvardan.

 

—¡No, no a Chica!—gritó Schwartz en salvaje tono de ironía—.

Llegué a este mundo totalmente destrozado... ¡Oh, qué me importa

si me cree o no! Mi mundo está en el pasado. Mi mundo tenía tierra,

comida y dos mil millones de habitantes, y era el único mundo.

 

Arvardan guardó silencio ante aquel ataque verbal. Miró a Shekt.

—¿Entiende lo que dice?

 

—¿Se ha fijado?—repuso Shekt, ligeramente extrañado—. Tiene

vello en la eara.

 

—Cierto—dijo Schwartz con aire desafiante—, y tengo muela del

juicio y un apéndice vermicular... Y ojalá tuviera una cola que ense-

ñarles. Procedo del pasado. He viajado en el tiempo... Y ahora

déjenme en paz—concluyó casi sollozando.

 

Los dos eientíficos se miraron un momento. Arvardan bajó la

 

voz.

 

—Loco, supongo. No le culpo.

 

—Es extrano... Ahora recuerdo las fisuras de su cerebro. Eran

primitivas, muy primitivas.

 

Arvardan reflejaba asombro.

 

—¿Pretende decir que...? ¡Oh, vamos, es imposible!

 

—Siempre lo supuse.—En ese momento la voz de Shekt era una

pálida imitación de la normalidad, como si el surgimiento de un

problema científico hubiera conectado su mente al surco indefinido y

objetivo en el que los problemas personales desaparecen—. Se cal-

culó la energía precisa para desplazar materia a lo largo del eje del

tiempo y se llegó a un valor mayor que el infinito, por lo que el

proyecto siempre ha sido considerado imposible. Pero otros han ha-

blado de la posibilidad de “fallas temporales”, análogas a las geológi-

cas, ya me entiende... Han desaparecido naves espaciales, por ejem-

plo, prácticamente a la luz del día. Existe el famoso caso de Hor

Devallow, hace mucho tiempo, que entró en casa un día y jamás

volvió a salir, y tampoco estaba dentro. Y hay un planeta, que apa-

rece en los libros de galactografía del siglo pasado, que fue visitado

por tres expediciones. Los expedicionarios regresaron con descrip-

ciones completas.. ., y jamás ha sido visto otra vez.

 

“También hay ciertos avances de la quimica nuclear que parecen

negar la ley de conservación de la energía. Se ha intentado explicar

eso postulando la fuga de cierta cantidad de masa a lo largo del eje

temporal. Los núcleos de uranio, por ejemplo, combinados con co-

bre y bario en una proporción pequerúsima pero concreta, bajo la

influencia de suaves radiaciones gamma crean un sistema reso-

nante. . .

 

—Espere.—Arvardan frunció el ceño vivamente—. No importa

todo eso. No hay tiempo. Déjeme hacerle algunas preguntas... Oiga,

Schwartz.

 

El aludido alzó la cabeza otra vez.

 

—Su mundo. . ., ¿era el único de la galaxia?

 

—Schwartz asintió.

 

—Pero ustedes simplemente lo pensaban. Pretendo decir que no

conocían el viaje espacial y, en consecuencia, no podían compro-

barlo.

 

—No.

 

—¿Y conocian la energía atómica?

 

—Teníamos una bomba atómica... Uranio... Supongo que por

eso es radiactivo este planeta. Debió de producirse una guerra des-

pués de que yo me fuera... con bombas atómicas.

 

—Todo encaja hasta el momento—murmuró Arvardan, muy

tenso—. De acuerdo. Tendrian un idioma, supongo.

 

—Muchos idiomas.

 

—¿Cuál empleaba usted?

 

—El inglés.

 

—Bien, diga algo en ese idioma.

 

Durante seis meses o más Schwartz no había pronunciado una

sola palabra en inglés. Pero en ese momento lo hizo con carino y muy

despacio.

 

—Quiero volver a mi hogar y estar con los míos.

 

Arvardan miró a Shekt.

 

—¿Usó ese idioma cuando pasó por el sinapsificador?

 

—No podría asegurarlo—dijo Shekt, perplejo—. Sonidos extra-

ños entonces y sonidos extranos ahora. ¿Cómo puedo relacionarlos?

 

—Bien, no tiene importancia... ¿Cómo se dice “madre” en su

idioma, Schwartz?

 

El aludido pronunció la palabra.

 

—Ajá. Y ahora diga “padre"..., “hermano”..., “uno”..., me re-

fiero a los numerales, “dos”, “tres”..., “fuego”..., “mano”...

 

Las preguntas continuaron y la expresión de Arvardan, cuando se

detuvo para tomar aliento, era de perplejidad y admiración.

 

—Shekt dijo—, o este hombre es auténtico o soy víctima de la

pesadilla más loca que se puede imaginar. Habla un idioma práctica-

mente igual al de las inscripciones descubiertas en los estratos de

cincuenta mil años de antiguedad de Sirio, Arturo, Alfa Centauro y

otros veinte sectores.

 

—¿Está seguro?

 

—¿Seguro? Naturalmente que sí. Soy arqueólogo. Mi trabajo

consiste en saber esas cosas. He traducido el idioma antiguo durante

años y aquí hay un hombre que lo habla.

 

Durante unos instantes Schwartz sintió que se agrietaba su arma-

dura de retraimiento. Por primera vez creía recobrar la individuali-

dad perdida. El misterio había concluido. Él era un hombre del

pasado..., y aquellos hombres lo aceptaban. Ello probaba su cor-

dura, anulaba para siempre aquella duda inquietante, y Schwartz se

alegró. .. Y, sin embargo, se mantuvo retraído.

 

Era el turno de preguntas de Shekt, y el ffsico las formuló vo-

razmente .

 

—¿Ha notado efectos nocivos a consecuencia del sinapsificador?

 

Schwartz desconocía el término, pero captó el pensamiento de

Shekt.

 

—No ~ijo.

 

—Veo que después de eso aprendió con rapidez nuestro lenguaje.

¿No le pareció anormal?

 

—Siempre he tenido buena memoria—fue la fría respuesta.

 

—Así pues, no se siente distinto a como era antes del tratamiento.

 

7. ( uento~ paralelo~

—Exacto.

 

Los ojos del doctor Shekt estaban clavados en Schwartz.

 

—¿Qué estoy pensando?—le dijo rápidamente.

 

Y totalmente asombrado Schwartz respondió:

 

—Eso puedo saberlo...—Se interrumpió bruscamente—. ¿Cómo

lo ha sabido?

 

Pero Shekt ya no le dedicaba su atención. Había vuelto su rostro,

pálido e indefenso, hacia Arvardan.

 

—Él es capaz de captar los pensamientos, Arvardan... Cuántas

cosas podría hacer con él. Y estar aqun .. Sin poder hacer nada.

 

—¿Qué. . ., qué. . ., qué. . . ?—tartamudeó Arvardan.

 

—¡Schwartz puede leer el pensamiento! Ha sido una de mis preo-

cupaciones desde que trajeron a aquel hombre..., Arvardan, ¿re-

cuerda el bacteriólogo del que le hablé, el que faitleció a consecuencia

de los efectos del sinapsificador? Uno de los primeros síntomas de

deterioro mental fue su afirmación de que podía leer el pensa-

miento... Y podía. Lo averigué antes de que muriera. Ha sido mi

secreto. No he hablado de ello con nadie..., pero es posible, Arvar-

dan, es posible. Mire, al disminuir la resistencia de las neuronas

cerebrales, el cerebro puede captar los campos magnéticos incluidos

por las microcorrientes de los pensamientos de otras personas y re-

convertirlos en vibraciones similares... Es el mismo principio que el

de la grabadora ordinaria. Sería telepatía en todos los sentidos del

término. . .

 

Schwartz mantenía un silencio obstinado y hostil cuando Arvar-

dan volvió lentamente la cabeza para mirarlo.

 

—¿Está seguro, Shekt? Podríamos aprovecharnos de eso. ¿Es

cierto, Schwartz?—La mente del arqueólogo era un torbellino calcu-

lando umposibilidades—. Debe haber una solución. Debe haber una

solución.

 

Pero Schwartz reaccionó con frialdad al tumulto del contacto

mental que percibía con tanta claridad.

 

—Para mí, es posible. Yo seré valioso para ellos.

 

—¡Para ellos! —exclamó Arvardan, con enorme aversión—.

¿Qué está diciendo?

 

—Estoy diciendo que soy terrestre y usted extranjero. Esíá claro,

¿no?

 

Ya lo había dicho, y Schwartz se alegró.

 

Arvardan tardó tiempo en comprenderlo, y en cuanto lo hizo se

revolvió, otra vez en vano, contra la parálisis que lo inmovilizaba.

Schwartz captó la oscura amenaza del contacto mental, que yacía

como una mano sobre su mente. Dio un “empujón” a esa manta con

un talante casi salvaje y obtuvo el premio de ver el repentino respingo

de dolor en el semblante de Arvardan.

 

—Yo he hecho eso—le dijo—. ¿Quiere más?

 

Arvardan se calmó.

 

—Pero los terrestres también quieren acabar con usted.

 

Poco a poco Schwartz había ido haciendo acopio de furia. Du-

rante una hora había estado quieto, pensando. Durante una hora los

recuerdos de su juv~ntud habían vuelto, recuerdos que no había

rememorado hacía anos. La extraña amalgama de pasado y presente

provocó finalmente su indignación. Pero habló con calma, contenién-

dose.

 

—Ellos quieren matarme porque creen que soy uno de ustedes,

eso es todo. Supongo que a ustedes los consideran culpables. Su-

pongo que ustedes piensan que es un delito que un pueblo oprimido y

pequeño trate de derrocar a los tiranos. ¿No tienen una galaxia para

ustedes solos, con todas las estrellas del cielo para sus juegos? ¿Tam-

bién les hace falta la Tierra? Los terrestres no son bien recibidos en

ninguno de sus planetas. ¿No pueden concederles al menos los restos

de la Tierra?

 

—Habla igual que un zelote—comentó Arvardan despreciativa-

mente.

 

Schwartz ardió aún más al oír el comentario.

 

—Oh. sí, usted es un magnífico ejemplo de los productos que nos

manda la galaxia. Es tolerante y su buen corazón es una maravilla, y

se admira a sí mismo porque es capaz de tratar al doctor Shekt de

igual a igual. Pero en el fondo, aunque no tan en el fondo para que yo

no lo vea con claridad en su mente, se siente incómodo en su compa-

ñía. No le gusta la forma de hablar del doctor, no le gusta su aspecto

ffsico. En realidad no le gusta Shekt. aunque él quisiera traicionar a

la Tierra... Y hace poco besó a una mujer terrestre y considera eso

como una debilidad. Se averguenza de ello...

 

Arvardan había luchado en vano contra el torrente de palabras y

en ese momento se contuvo, con la cara enrojecida y la boca abierta.

 

Schwartz miró a Shekt con incontenida furia.

 

—¿Y usted qué pretende? El miedo a la muerte se aferra a su

mente, apesta a miedo, su contacto mental está lleno de miedo a ia

muerte... ¿Piensa que eludirá el Sesenta traicionando a su planeta,

que seguirá viviendo sobre los cadáveres de sus compatriotas?

 

Pero Shekt le hizo frente en ese momento, con la dignidad resul-

tante de la desesperación total.

 

—Si es capaz de leer los pensamientos, investigue los míos. ¡Há-

galo! ¡Investigue a fondo! Encuentre algo deshonroso si es que

puede. Compruebe si no es cierto que yo podría haberme salvado del

Sesenta cooperando con los locos que dejarán en ruinas la gaiaxia.

Compruebe si no es cierto que voy a perder la vida por oponerme a

ellos... Y compruebe si tengo algún deseo de causar dano a la Tierra

y a los terrestres.

 

Estas palabras frenaron a Schwartz, ya que en tales asuntos era

imposible engañarlo. La mente de Shekt estaba abierta ante él, y

para Schwartz los pensamientos eran pruebas indisputables. Era im-

posible que una mentira no dejara su inevitable hueila de mezcolanza

y confusión.

 

Y Shekt no menb'a.

 

Elii'sico siguió hablando, con sus fatigados ojos cerrados.

—Usted puede leer el pensamiento. ¿Ha investigado los pensa-

mientos del primer ministro? ¿De su secretario? ¿Qué sabe de sus

planes?

 

—Una sublevación—dijo de mala gana Schwartz—. Lucharán

por sus derechos. Hay gérmenes de por medio.

 

—¡Gérmenes!—recalcó con amargura Shekt—. ¿Sabe cuántas

personas morirán?—Schwartz no contestó—. Creo que ya lo sabe.

No crea en mí, si quiere, pero analice los pensamientos del secretario

cuando vuelva. Tal vez sea demasiado tarde. Si usted conserva la

vida, vivirá en una galaxia en ruinas, con una humanidad en ruinas.

Tal vez es eso lo que desea.

 

—No, no.

 

Todo estaba claro. Incluso el contacto mental del secretario pare-

cía haberse aclarado ahora, de repente. Anteriormente, Schwartz

había creído percibir un himno de aversión a la galaxia. Los detalles

eran vagos, no había prestado la suficiente atención. Pero ahora. ..

 

Estaba hablando Arvardan.

 

—Muy bien, Schwartz, míreme. Lea mis pensamientos. Nací en

Baronn, sector de Sirio. Creá en un ambiente de antiterrestrismo,

por fuerza he de tener umperfecciones e ideas alocadas en las raíces

de mi subconsciencia. Pero observe la superficie y dígame si alguna

vez desde que cumplí los trece años he sido intolerante en algún as-

pecto.

 

“;Schwartz, usted no conoce nuestra historia! No sabe nada de los

miles y decenas de miles de años de extensión del hombre por toda la

galaxia, las guerras y la miseria que se produjeron. No sabe nada de

los primeros siglos del Imperio, cuando aún había simple confusión y

alternaban el despotismo y el caos. Nuestro gobierno galáctico sólo

ha sido representativo en los últimos doscientos años. Bajo su direc-

ción, los diversos planetas tienen autonomía cultural, se les permite

poseer gobiernos propios, tener voz en el gobierno común.

 

“En ninguna época de la historia ha estado la humanidad tan a

salvo de la guerra y la pobreza como está ahora, en ninguna época

han sido tan brillantes sus perspectivas de futuro... ¿Y quiere que

unos cuantos megalomaniacos destruyan todo eso?

 

“Las quejas de la Tierra son legítimas y, si la galaxia vive, se

resolverán algún día. Pero lo que estos megalomaniacos harán ahora

no soluciona nada, es simplemente la caída en la desesperación.

 

Schwartz se sentía impresionado. Tantos mundos que morirían,

que se emponzoñarían y desharían a causa de una enfermedad terri-

ble... ¿Era él realmente un terrestre? ¿Simplemente un terrestre? En

su juventud había panido de Europa rumbo a los Estados Unidos.

¿No era el mismo hombre a pesar de eso? Y si después los hombres

habían abandonado una Tierra desgarrada y herida rumbo a los mun-

dos espaciales, ¿acaso eran menos terrestres? “¿Acaso la galaxia no

es mía también?”, pensó Schwartz. Todos, todos los galácticos des-

cendían de él y de sus hermanos...

 

—Les apoyo. ¿Puedo hacer algo?

 

1(~

 

—¿Hasta qué distancia puede contactar con una mente?—pre-

guntó ansiosamente Arvardan, con suma precipitación, como si te-

miera que el otro pudiera cambiar de idea súbitamente.

 

—No lo sé... Hay mentes afuera. Guardianes, supongo.

 

—¿Puede llegar hasta Pola. .., Ia joven que estuvo aquí?

 

—No sé cómo es su contacto—explicó Schwartz, casi con timi-

dez.

 

Detestaba revelar sus limitaciones.

 

—Bien, búsquela—rogó Arvardan—. Vea si puede encontrar

algo que sea conocido.

 

Se produjo un largo silencio durante el que los dos cienbficos

devoraron a Schwartz con la mirada. Arvardan siguió tratando de

moverse. El hormigueo de sus piernas podía significar el regreso de

vida.

 

Y, de pronto, se oyó en la suave quietud la voz baja y tensa de

Schwartz.

 

—Creo que puede ser ella... Miedo y enojo... Es una mente

femenina, estoy seguro. Parece..., parece tener rasgos femeninos.

—Alzó la cabeza—. No sé explicarlo.

 

—¿Está viva?—preguntó angustiado Shekt—. ¿Está herida?

 

—No percibo ningún dolor. Ah..., es ella. Está pensando en

usted, doctor Shekt, y.. .—Permaneció atónito un momento antes de

mirar a Arvardan—. Usted no es pariente de ella, ¿verdad?

 

Arvardan movió la cabeza de un lado a otro.

 

—¿Amigo íntimo?

 

Arvardan vaciló.

 

—La conocí ayer por la noche .

 

Schwartz pareció prestar atención y después se alzó de hombros.

No hizo más comentarios, pero Arvardan notó que el corazón le latía

con fuerza al pensar en las implicaciones de aquel silencio. Avergon-

zado de besar a Pola, ja. Si tan sólo consiguiera salir de ese embrollo.

Si tan sólo pudieran vivir. Él, Bel Arvardan, daría una lección a aquel

cara peluda que era Schwartz...

 

—¿Qué hay del secretario, el hombre que nos ha dejado aquí?

—preguntó .

 

Una pausa muy larga, diez minutos que se prolongaron insu-

friblemente .

 

—Las mentes de ustedes me obstaculizan—dijo Schwartz—. No

me vigilen. Piensen en otra cosa.

 

Lo intentaron. Otra pausa.

 

—No..., no puedo..., no puedo.

 

Arvardan luchó con sus pies. Ya podía moverlos un poco, aunque

cualquier movimiento le producía una punzada de dolor casi insopor-

table.

 

—¿Puede causar mucho daño a una persona?—inquirió—. Me

refiero a lo que hizo conrnigo hace un rato.

 

—Puedo dejar sin conocimiento a un hombre.

 

—¿Cómo lo hace?

—No lo sé. Simplemente lo hago. Es..., es como si.. .—Schwartz

reflejó una desesperación casi cómica en su esfuerzo por explicar lo

inexplicable.

 

—¿Puede atacar a más de una persona al mismo tiempo?

 

—Nunca lo he probado. . . Tal vez no.

 

Intervino Shekt.

 

—¿Está pensando en atacar al secretario cuando regrese, Arvar-

dan?

 

—¿Por qué no?

 

—¿Cómo saldremos? Aunque sorprendamos solo al secretario y

lo matemos, y no creo que Schwartz sea capaz de eso, hay cientos de

hombres esperándonos afuera.—Y con un alarido casi salvaje agre-

gó—: ¡Es inútil, se lo aseguro!

 

—Ya lo tengo—intervino quedamente Schwartz.

 

—¿A quién?—preguntaron los dos científicos al mismo tiempo.

 

—Al secretario. Es su contacto mental, lo sé.

 

—No lo pierda.

 

Arvardan casi dio una vuelta completa al tratar de urgir a

Schwartz..., y cayó de la siLria, de tal forrna que quedó tendido en el

suelo con una pierna medio paralizada moviéndose inútilmente a fin

de actuar como palanca para levantar su cuerpo.

 

—Vacíele la cabeza. Obtenga toda la información posible.

 

Schwartz se esforzó hasta que empezó a dolerle la cabeza. Hasta

ese momento los contactos mentales Llegaban a él, no él a el;ios. No

había podido eludirlos. Pero ahora tuvo que cerrar los puños, arañar

con los zarcillos de su mente, a ciegas, con torpeza, igual que un nino

de meses que extiende sus dedos, unos dedos que aún no sabe utili-

zar, hacia un objeto que no puede tocar. Con grandes esfuerzos,

Schwartz captó jirones.

 

—¡Triunfo! Él está seguro de los resultados... Algo sobre proyec-

tiles espaciales... Los ha activado... No, no los ha activado. .. Es otra

cosa. . . Le complacen los proyectiles espaciales. . .

 

—¿Qué son esos proyectiles espaciales?—inquirió Arvardan.

 

—No lo sé—gimió Schwartz—. Hay proyectiles espaciales en sus

pensamientos... No capto la imagen... Esperen, esperen... Naves

pequeñas.. ., naves pequeñas sin tripulación... No veo nada más.

 

Shekt lanzó un gruñido.

 

—¿No lo comprendes, Arvardan? Son misikes guiados automáti-

camente para transportar el virus. . . Apuntados a diversos planetas. . .

 

—Pero ¿dónde los guardan? —insistió Arvardan—. Busque,

hombre, busque...

 

—Hay un edificio. No..., no lo veo bien... Cinco puntas..., una

estreLla. . ., y Sloo...

 

—Ya está—intervino de nuevo Shekt—. ¡Por todas las estrellas

de la galaxia, ya está! El templo de Senloo. Está rodeado por bolsas

radiactivas. Nadie irá nunca alLí excepto los Antiguos. ¿Está en un

rio, Schwartz?

 

—Sl..., Si. .., Si. ..

 

—¿Cuándo, Schwartz, cuándo?

 

—No veo el día, pero pronto. . ., pronto. . . La mente del secretario

bulle con esa idea. . . Será muy pronto.

 

También la cabeza de Schwartz pareáa bullir a causa del es-

fuerzo.

 

Arvardan se sentía agotado y febrilento cuando por fin logró

apoyarse en manos y rodiLlas, pese a que tanto unas como otras

temblaban y cedían bajo el peso del cuerpo.

 

—Schwartz, atiéndame—le instó—. Quiero que haga una cosa.

 

Pero Schwartz estaba tartamudeando.

 

—Se acerca... Viene hacia aquí... Y va a ordenar que nos ma-

ten. . . Tiene esa idea fija en lo más profundo de su mente...

 

Su voz se apagó e interrumpió en el momento en el que se abría la

puerta.

 

Y entonces Arvardan se sintió muy, muy desesperado.

 

.

 

,

 

;

 

l

 

t

l

 

15 ¡Duelo!. . . con y sin arrnas

 

El secretario habló en tono fno y burlón.

 

—¡Doctor Arvardan! ¿No ser~a preferible que volviera a su asien-

to?

 

Arvardan aLzó los ojos para mirarlo, consciente de la cruel indig-

nidad de su postura, pero no había nada que responder y no respon-

dió. Poco a poco sus doloridas extremidades fueron levantándolo del

suelo. Aguardó donde estaba, respirando con dificultad y esperando

ansiosamente un retraso. Si sus piernas pudieran girar un poco más,

si pudiera lanzarse, si pudiera asustar al fn'o maniaco y obLigarb a

usar el arma.. .

 

No era el látigo neurónico el arma que pendía suavemente del

cinto liso y reluciente que sujetaba la túnica del secretario. Era un

desintegrador de considerable tamaño capaz de despedazar en áto-

mos a una persona en un instante dado, una muerte rápida total-

mente insensible para la víctima.

 

Fue extraño que en ese momento los pensamientos en Pola se

aferraran a él, extraño que él tuviera tantos deseos de vivir...

 

—Todos tienen peor aspecto pese a mi ausencia... ¿Tienen algo

que decirme?—preguntó el secretario.

 

Era evidente que no e igualmente obvio que el secretario no

quedó complacido por eLlo.

 

—No importa—prosiguió—. Su información ha dejado de ser

importante. Hemos adelantado la hora del ataque. Había pensado

que la reserva de virus era menor... Son asombrosos los resultados de

la presión, incluso en personas que juran que es imposible más ra-

pidez.

 

En este momento intervino Schwartz con voz ronca.

 

—Dos días... Menos... Veamos... El martes..., a las seis de la

mañana, hora de Chica.

 

El desintegrador estaba en la mano del secretario. Éste se acercó

con bruscas zancadas y se situó amenazadoramente junto a la encor-

vada figura de Schwartz.

 

—¿Cómo lo ha sabido?

 

Schwartz se puso tenso. En algún lugar de su cerebro unos zarci-

llos se agruparon y buscaron su presa. En el aspecto ffisico, los múscu-

los de las mandíbulas quedaron vigorosamente apretados y las cejas

encogidas hacia abajo, pero todo ello carecía de importancia. En el

interior del cerebro había algo que se proyectó y aferró con fuerza el

contacto mental del otro hombre.

 

Para Arvardan la escena fue irrelevante durante unos segundos

preciosos, unos segundos mal empleados. El repentino silencio y la

inmovilidad del secretario no eran significativos.

 

—Ya lo tengo...—murmuró el jadeante Schwartz—. Cójanle el

arma. . ., no podré resistir...

 

La voz se apagó tras un gorjeo.

 

Y Arvardan lo comprendió. Con un brusco esfuerzo se puso de

nuevo a gatas. Acto seguido, mientras sus dientes rechinaban, se

levantó simplemente porque no le quedaba más remedio y logró

perrnanecer erguido aunque tambaleante.

 

El secretario parecía petrificado por la mirada de Medusa. En su

frente lisa y sin arrugas iba formándose sudor y su semblante inexpre-

sivo no reflejaba emoción alguna... Sólo la mano derecha, la que

sostema el desintegrador, mostraba señales de vida. Un observador

atento habria visto que esa mano se movía a tirones infinitesimales,

habn'a percibido la extrana presión que ejercía un dedo sobre el

botón de disparo, una presión suave, insuficiente para causar daño

pero progresiva, progresiva...

 

—Agárrelo con fuerza—dijo Arvardan en pleno esfuerzo, con

júbilo feroz. Se apoyó en el respaldo de la silla y trató de recobrar el

aliento—. Tengo que acercarme a él.

 

Sus pies se arrastraron. El arqueólogo se encontró sumido en una

pesadilla; tuvo que vadear un río de miel, nadar en alquitrán, avanzar

tirando de su cuerpo con la mano apoyada en los respaldos de una

hilera de asientos hasta situarlo a la misma altura, extender otra vez

las manos hacia otra hilera, despacio, muy despacio, y vuelta a em-

pezar.

 

Desconocía el terrible duelo que estaba teniendo lugar ante él.

 

El secretario sólo tenía uma meta: ejercer con el pulgar derecho

una fuerza minúscula. . ., ochenta y cinco gramos exactamente, ya que

ésa era la presión que precisaba el desintegrador para funcionar. A

tal fin su mente únicamente tenía que dar la orden a un tendón

tembloroso ya medio contraído.

 

Schwartz sólo tenía una meta: frenar esa presión..., pero con la

rudimentaria masa de sensaciones que le ofrecía el contacto mental

del otro hombre no podía saber qué zona en particular estaba relacio-

nada con aquel pulgar. Por eso estaba dirigiendo sus esfuerzos a la

producción de un éxtasis, un éxtasis total.. .

 

El contacto mental del secretario se agitó y se revolvió contra la

 

104                                      i

 

l

 

,

 

sujeción. Era una mente rápida y de inteligencia temible la que desa-

fiaba el inexperto control de Schwartz. Durante unos segundos per-

manecería en reposo, a la espera. Luego, con un esfuerzo terrible y

desgarrador tiraría de algún músculo. ..

 

Para Schwartz fue igual que si hubiera estado haciendo un com-

bate de lucha libre con la obligación de mantenerlo a toda costa,

aunque su rival estuviera haciéndole rodar impulsado por el furor.

 

Pero nada de esto era visible. Sólo se veían los nerviosos movi-

mientos de la mandíbula de Schwartz al cerrarse y abrirse, los labios

temblorosos, ensangrentados por los dientes..., y un ligero movi-

miento ocasional del pulgar del secretario, tenso, muy tenso...

 

Arvardan hizo una pausa para descansar. El dedo que tenía ex-

tendido tocaba ligeramente el tejido de la túnica del secretario, y el

arqueólogo no podía seguir moviéndose. Sus atormentados pulmones

no podían bombear el oxígeno que sus piernas paralizadas precisa-

ban. Sus ojos no podían ver a causa de las lágrimas provocadas por el

esfuerzo, su mente no podía pensar entre la neblina del dolor.

 

—Sólo unos segundos más, Schwartz—dijo jadeante—. No deje

que se mueva, no deje que se mueva.

 

Schwartz meneó la cabeza despacio, muy despacio.

 

—No puedo..., no puedo...

 

Y en realidad, para Schwartz el mundo entero estaba deslizán-

dose hacia un caos nebuloso, desenfocado. Los zarcillos de su mente

estaban cada vez más rígidos y faltos de elasticidad.

 

El pulgar del secretario presionó de nuevo el botón de contacto.

Su dedo no descansaba, la presión aumentaba en pequerlisimas canti-

dades.

 

Schwartz notó la hinchazón de sus globos oculares, la serpen-

teante expansión de las venas de su frente. Percibió la espantosa

sensación de triunfo que iba formándose en el cerebro del otro hom-

bre.

 

Y en ese momento Arvardan atacó. Su cuerpo rígido y rebelde se

dejó caer hacia delante, con las manos extendidas y preparadas para

agarrar.

 

El secretario, indefenso a causa de la presa mental que sufría,

cayó junto con Arvardan. El desintegrador salió despedido hacia un

lado y resonó en el duro suelo.

 

Schwartz notó que la mente cautiva se liberaba con un último

esfuerzo y cayó de espaldas, con el cerebro sumido en una enmara-

ñada jungla de confusión.

 

El secretario se debatió furiosamente bajo el aferrado peso

muerto del cuerpo del arqueólogo. Le hundió una rodilla en la entre-

pierna con una fuerza brutal mientras lanzaba el puño hacia el pó-

mulo de Arvardan. Levantó a éste, golpeó. . ., y Arvardan rodó por el

suelo sintiendo toda suerte de dolores.

 

El secretario se levantó dando tumbos, jadeante y desaliñado. . ., y

quedó inmóvil otra vez.

 

Frente a él se hallaba Shekt medio reclinado. La m~,~

 

i~

del físico, con el tembloroso apoyo de la izquierda, sostenila el desin-

tegrador, y a pesar de los temblores, el arma apuntaba al secretario.

 

—¡Pandilla de imbéciles!—chill~i el secretario, sofocado por la

cólera—. ¿Qué esperan conseguir? S Sb tengo que alzar la voz...

 

—Y usted, como mínimo, morirá—respondió débilmente Shekt.

 

—No conseguirá nada matándome—dijo con amargura el secre-

tario—, y usted lo sabe. No salvará el Imperio por el que nos ha

traicionado..., y ni siquiera se salvarán usted y sus amigos. Entré-

gueme ese arma y quedará en libertad.

 

El secretario extendió una mano, pero Shekt se echó a reír.

 

—No estoy tan loco como para creerlo.

 

—Tal vez no, pero está prácticamente paralizado.

 

Y el secretario se desplazó de pronto hacia la derecha, con mucha

más celeridad que la debilitada muñeca del físico para mover el de-

sintegrador.

 

Pero en ese momento la mente del secretario, mientras éste se

disponía a dar el salto definitivo, estaba concentrada por completo en

el desintegrador cuyo disparo pretendía eludir. Schwartz proyectó su

mente una vez más para dar la estocada final y el secretario resbaló y

se desplomó igual que si le hubieran aporreado.

 

Con gran esfuerzo, Arvardan había logrado ponerse en pie. Su

mejilla estaba enrojecida e hinchada, y el arqueólogo cojeó al acer-

carse.

 

—¿Puede moverse, Schwartz?

 

—Un poco—fue la fatigada respuesta—.

 

Schwartz se levantó lentamente de la silla.

 

Arvardan se inclinó sobre el postrado Antiguo y le echó la cabeza

hacia atrás, con poca delicadeza.

 

—¿Vive?

 

Buscó en vano el pulso con las todavia entumecidas puntas de los

dedos y luego colocó la palma de la mano bajo la túnica verde.

 

—Su corazón late—dijo—. Tiene usted poderes peligrosos

Schwartz... ¿Qué hacemos ahora?

 

—La guarnición imperial de Fort Dibburn está a menos de un

kilómetro—dijo Shekt—. Una vez alli estaremos a salvo y podremos

informar a Ennius.

 

—¡ Una vez allí ! Debe de haber cien guardianes afuera, y centena-

res más entre este lugar y la guarnición...

 

—Todavía tenemos a Schwartz.

 

El rollizo terrestre alzó y sacudió la cabeza al oír su nombre.

 

—No lo hago muy bien. No puedo tener inmovilizado al secreta-

rio demasiado tiempo.

 

—Porque no está acostumbrado—dijo enérgicamente Shekt—.

Escuche, tengo ciertas nociones sobre lo que usted hace con su

mente. Es una estación receptora para las ondas electromagnéticas

del cerebro. Creo que usted también puede emitir. ¿Me entiende?

 

Schwartz pareáa penosamente inseguro.

 

—Debe entenderlo—insistió Shekt—. Tendrá que concentrarse

 

en lo que usted desea que haga él. .., y antes devolveremos el desinte-

grador al secretario.

 

—¿Qué?

 

El grito de indignación fue claramente audible.

 

Shekt alzó la voz.

 

—¡Él nos sacará de aquí! No podemos salir de otra forma, ¿no es

cierto?. .. ¿Y qué forma menos sospechosa que dejar ir armado al se-

cretario?

 

—Pero, ¿y si no consigo dominarlo?—inquirió Schwartz.

 

Estaba flexionando los brazos, dándoles palmadas, intentando

recobrar la sensación de normalidad.

 

—Es el riesgo que correremos. Pruebe ahora, Schwartz. Muévale

el brazo.

 

Su tono era de súplica.

 

El secretario gimió desde el suelo, y Schwartz captó el contacto

mental reavivado. En silencio, casi con miedo, dejó que la mente del

otro cobrara fuerza..., y le habló. Fue una alocución sin palabras, la

alocución muda que una persona envía a su brazo cuando desea mo-

verlo, tan muda que ni siquiera el interesado la oye.

 

Y no fue el brazo de Schwartz el que se movió, sino el del

secretario. El terrestre alzó la cabeza con una sonrisa feroz, pero

Shekt y Arvardan sólo tenían ojos para el secretario: un cuerpo

rec- ctado con la caheza elevándose, unos ojos en los que iba desa-

pareciendo el rasgo vidrioso del desmayo y un brazo que de un

modo extraño e incongruente se extendía a tirones formando un

ángulo de noventa grados.

 

Schwartz se centró en su tarea.

 

El secretario se puso en pie con el cuerpo inclinado, práctica-

mente, aunque sólo en apariencia, como si perdiera el equilibrio. Y

acto seguido empezó a danzar de un modo tan curioso como involun-

tario.

 

El baile carecía de ritmo, le faltaba belleza. Pero los tres que

observaban, sobre todo Schwartz, pensaron que era un acto increi-

blemente admirable, ya que en ese momento el cuerpo del secretario

se hallaba bajo el dominio de una mente no unida a él materialmente.

 

Despacio, con precaución, Shekt se acercó al robot que era el

secretario y, no sin desasosiego, extendió la mano. En la palma

abierta se hallaba el desintegrador, con la culata hacia delante.

 

~ue lo coja, Schwartz—dijo Shekt.

 

La mano del secretario se extendió y cogió torpemente el arma.

Ésta se movió con rapidez un instante y fue aferrada para entrar en

acción. Hubo un destello vivo y destructor en los ojos del secretario.

Y al instante el brillo se apagó. Despacio, muy despacio, el desinte-

grador ocupó su lugar en el cinto y la mano se apartó.

 

La risa de Schwartz tenía un tono estridente.

 

~asi se sale con la suya.

 

Pero su rostro estaba pálido mientras hablaba.

 

—¿Y bien? ¿Puede dominarlo?

l(K                                       ~                                       107

—Está luchandQ como un diablo... Pero no va tan mal como an-

tes.

 

—Eso se debe a que usted sabe qué está haciendo—dijo Shekt,

dándole los ánimos que él prácticamente no tenía—. Transmita

ahora. No intente dominar al secretario, limítese a fingir que lo está

haciendo usted mismo.

 

—¿Puede hacerle hablar?—preguntó Arvardan.

 

Hubo una pausa..., y después un bronco gruñido del secretario.

Otra pausa, otro sonido áspero.

 

—Eso es todo—dijo Schwartz, jadeante.

 

—Bien, no importa. Podemos pasar sin eso.

 

El recuerdo de las dos horas siguientes fue irrepetible para las

dos personas que tomaron parte en la singular odisea. El doctor

Shekt, por ejemplo, había adquirido una rara rigidez que le permi-

tió ahogar todos sus temores en su apoyo vano y estupefacto a iia

lucha interna de Schwartz. Durante la aventura sólo tuvo ojos para

la cara redondeada que poco a poco iba arrugándose y retorcién-

dose a causa del esfuerzo. Incluso cuando se reunieron con Pola, el

físico apenas tuvo tiempo para dedicarle una mirada fugaz, un apre-

tón rápido en la mano.

 

Fue Arvardan el que corrió hacia la joven, Arvardan el que ex-

plicó la situación con frases extrañas, embarulladas. Pola no se en-

contraba muy lejos, y tampoco hubo incidentes en el traslado desde

la sala de reuniones al pequeño despacho donde estaba detenida la

hija del físico. Los guardianes que vigilaban la puerta habían salu-

dado bruscamente al ver al secretario, que correspondió con un gesto

torpe, insulso. Nadie les molestó.

 

Pero al salir del edificio correccional, sólo entonces, Arvardan

comprendió la locura de la tentativa. Y no obstante, el arqueólogo

siguió ahogando sus penas en los ojos de Pola. Fuera por la vida que

le estaban arrebatando, por el futuro que estaban destruyéndole, por

la imposibilidad eterna de alcanzar la dulzura que había saborea-

do..., fuera por lo que fuese, nadie le había parecido nunca tan

arrolladoramente deseable.

 

Posteriormente, Pola sería el compendio de sus recuerdos. Pero la

Joven. . .

 

La joven no complendia nada. La actitud rara y abstraída de

Schwartz, la inclinación propia de un muerto del andar del secretario.

Ias cosas increíbles que Arvardan había dicho, que ella apenas había

comprendido a medias... El soleado brillo matutino cegaba sus ojos

desacostumbrados a la luz, por lo que el rostro vuelto hacia abajo del

arqueólogo era una mancha ante ella. Pola le sonrió y notó la fuerza y

la dureza del brazo sobre el que se apoyaba muy suavemente el suyo.

Ése fue el recuerdo que perduró después: músculos lisos y firmes

ligeramente cubiertos por tela plástica de textura lustrosa, fina y fría

bajo la muñeca de la joven...

 

Schwartz se hallaba sumido en sudorosa angustia. El curvado ca-

mino de acceso que se alejaba de la entrada lateral por la que habían

salido estaba francamente desierto. Schwartz sintió un enorme alivio

por ello.

 

Sólo él conocía el coste completo del fracaso. En la mente ene-

miga que estaba controlando podía captar la sensación de humilla-

ción insoportable, el odio descomunal, los propósitos sumamente

horribles. Tuvo que registrar esa mente en busca de información que

le orientara, la posición del coche oficial, la ruta más conveniente a

seguir. . . Y al hacer tal cosa encontró también la irritante amargura de

la venganza que se desataría si su control vacilaba tan sólo una dé-

cima de segundo.

 

Las fortalezas secretas de la mente que se veía forzado a registrar

iban a ser posesión personal de Schwartz para siempre. Posterior-

mente llegarían las horas grises de muchos amaneceres inocentes en

los que él guiaría de nuevo los pasos de un loco por los peligrosos

caminos de una ciudadela enemiga.

 

Schwartz jadeó más que habló cuando llegaron al vehículo de

superficie. No se atrevió a relajarse un poco para pronunciar frases

conexas y dijo rápidamente unas palabras como si se atragantara.

 

—Imposible..., conducir coche..., imposible... obligar secreta

rio. . . conducir. . ., complicado. . . , no puedo. . .

 

Shekt lo tranquilizó con un suave sonido. El físico no osó tocarlo,

no osó hablarle normalmente, no osó distraer la mente de Schwartz

un solo momento.

 

—Sólo tiene que meterlo en el asiento trasero, Schwartz—mu-

sitó—. Yo conduciré, sé hacerlo. A partir de ahora limítese a contro

lar al secretario.

 

En cuanto al papel del secretario durante estos hechos, ni siquiera

es posible especular. Cautivo de sus prisioneros, armado pero inde-

fenso frente a unos hombres desarmados... Investigar el asunto po-

dría ser incluso poco conveniente.

 

El vehúculo de superficie del secretario era un modelo especial.

Puesto que era especial, era distinto. Atraía la atención. Su faro

delantero de color verde giraba a izquierda y derecha con rítmicas

oscilaciones conforme la luz se apagaba y encendía produciendo des-

tellos esmeraldinos. La gente se detenía a mirar. Otros vehículos que

avanzaban en dirección contraria se apartaron con respetuosa preci-

pitación.

 

Si el coche hubiera sido menos llamativo, menos sobresaliente,

los transeúntes habrían tenido tiempo de reparar en el pálido e inmó-

vil Antiguo que ocupaba el asiento trasero, quizá se hubieran extra-

ñado, quizás hubieran olido el peligro.. .

 

Pero sólo repararon en el coche, y el tiempo fue pasando. . .

 

Un soldado impedía el paso ante las relucientes puertas de acero

cromado que se alzaban abruptamente con el estilo elegante e impre-

sionante característico de todas las estructuras imperiales, en vivo

contraste con la arquitectura plana y triste de la Tierra. La enorme

arma reglamentaria del militar se situó horizontalmente en un gesto

de obstrucción y el vehículo se detuvo. Arvardan asomó la cabeza.

 

Soy ciudadano del Imperio, soldado. Desearía ver a su coman-

dante.

 

—Tendré que ver su documentación, señor.

 

—Me la han quitado. Soy Bel Arvardan de Baronn. Tengo asun-

tos que tratar con el procurador, y mucha prisa.

 

El soldado acercó una muñeca a sus labios y habló en voz baja por

el transmisor. Hubo una pausa mientras aguardaba la respuesta..., y

luego bajó e1 rifle y se hizo a un lado. Las puertas fueron abriéndose

poco a poco.

 

16 El plazo que cumplía

 

Debía de ser mediodía cuando el primer ministro, desde Was-

henn, intentó localizar a su secretario a través del televisor y la bús-

queda del Antiguo no dio resultado. El primer ministro reacciono

con disgusto; los cargos menores del edificio correccional experimen-

taron inquietud.

 

Hubo preguntas después, y los guardianes de la sala de reuniones

fueron precisos al asegurar que el secretario había salido con los

prisioneros a las diez y media de la mañana... No, no había dejado

instrucciones... No sabían adónde había ido. Iógicamente no tenían

derecho a preguntar.

 

La chica también se había ido. Otro grupo de guardianes mani-

festó la misma falta de información. El ambiente general de ansiedad

fue creciendo y formando torbellinos.

 

A las dos de la tarde llegó el primer informe asegurando que el

vehículo de superficie del secretario había sido visto por la mañana.

Nadie había visto si el secretario iba dentro. Algunas personas creían

haberlo visto al volante, pero sólo lo suponían, ésa era la verdad. . .

 

A las dos y media se había deterrninado que el coche había en-

trado en Fuerte Dibburn.

 

Poco antes de las tres se decidió por fin llamar al comandante.

Respondió un teniente.

 

Según supieron, en ese momento era imposible facilitar infornna-

ción sobre el tema. Sin embargo, los oficiales de Su Majestad Impe-

rial rogaban que se mantuviera el orden. Rogaban además que la

noticia de la ausencia de un miembro de la Sociedad de Antiguos no

fuera difundida hasta nueva orden.

 

Eso fue suficiente. Hombres involucrados en actos de alta traición

no pueden correr riesgos, y cuando uno de los miembros principales

de una conspiración se halla en manos del enemigo, ello sólo puede

indicar que ha sido descubierto o que ha traicionado a los suyos. Esas

eran las dos caras de esta moneda. Cualquiera de ellas significaba la

muerte.

 

La noticia se difundió. ..

 

La población de Chica empezó a moverse. Los demagogos profe-

sionales ocuparon las esquinas de las calles. Los arsenales secretos

fueron abiertos violentamente y muchas manos sacaron armas de

ellos. Se formó una serpenteante columna hacia el fuerte y a las seis

de la tarde el comandante recibió otro mensaje, en esta ocasión

mediante envío personal.

 

Esta actividad no se correspondía con los hechos que se produáan

en el interior del fuerte. Todo había empezado de forma dramática,

cuando el joven oficial que salió a recibir al vehículo extendió la

mano hacia el desintegrador del secretario.

 

—Yo me encargaré de eso—dijo lacónicamente.

 

—Deje que lo coja, Schwartz—ordenó Shekt.

 

La mano del secretario cogió el desintegrador y se extendió. El

arma abandonó la mano..., y Schwartz suprirnió su control y dejó es-

capar un gemido a causa de la insoportable tensión que sufna.

 

Arvardan estaba preparado. Cuando el secretario reaccionó igual

que un rollo de acero loco libre de la compresión, el arqueólogo se

echó sobre él y dejó caer con fuerza sus puños.

 

El oficial dio órdenes bruscamente. Varios soldados se acercaron

corriendo. Cuando unas manos burdas agarraron a Arvardan por el

cuello de la camisa y le arrastraron fuera del coche, el secretario yacía

fláccido en el asiento. Sangre oscura brotaba débilmente de las comi-

suras de sus labios. La mejilla de Arvardan, magullada ya antes de

llegar al fuerte, mostraba uma herida y sangraba.

 

El arqueólogo se arregló el cabello con gestos temblorosos. Des

pués señaló al secretario con un dedo dgido.

 

—¡Acuso a este hombre de conspirar para derrocar al gobierno

irnperial!—gntó con firmeza—. Debo ver inmediatamente al coman-

dante en jefe.

 

—Ya nos ocuparemos de eso—repuso cortésmente el oficia~. Si

tienen la bondad, síganme.. ., todos ustedes.

 

Y en ese punto se detuvo la actividad, durante horas. La habita-

ción ocupada por el grupo era particuiar y estaba bastante limpia. Por

primera vez desde hacía doce horas tuvieron oportunidad de comer,

cosa que hicieron con prontitud y eficiencia a pesar de la situación.

Incluso tuvieron oportunidad de satisfacer esa otra necesidad de ia

civilización: tomar un bano.

 

Sin embargo, la habitac~6n estaba vigilada y cuando el sol descen-

día hacia el horizonte Arvardan perdió por fin ia paciencia.

 

—¡Pero si tan sólo hemos cambiado de cárcel!—exciamó.

 

La rutina insípida y trivial del campamento militar iba desarro

llándose alrededor del grupo, haciendo caso omiso de éste. Schwartz

estaba durmiendo y la mirada del arqueólogo se dirigió a él. Shekt

meneó la cabeza.

 

—Todavía no... Duerme porque está desesperado.

 

—Pero sólo quedan treinta y nueve horas.

 

—Lo sé..., pero hay que esperar.

 

Sonó una voz fn'a.

 

110                                                                             111

—¿Quién de ustedes afirma ser ciudadano del Imperio?

 

Arvardan se levantó de un brinco.

 

—Sígame—dijo el soldado.

 

El comandante en jefe de Fuerte Dibburn era un coronel en-

mohecido tras anos de servicio al Imperio. En la profunda paz de las

últimas generaciones había poca “gloria” obtenible para un oficial del

ejército y el coronel, iguai que el resto de oficiales, no había obtenido

ninguna. Pero durante el ascenso largo y lento desde cadete militar

había servido en todas partes de la ga~iaxia, de modo que incluso una

guarnición en aquel mundo neurótico que era la Tierra representaba

para él otra tarea más y simplemente eso. El coronel sólo deseaba las

rutinas tranquilas del servicio normai. No pedía nada más que lo

usua;i. .., y en ese momento estaban negándoselo.

 

Parecía refiejar cansancio cuando entró Arvardan. Llevaba abier-

to el cuel;io de ~ia camisa y su túnica, con el lliameante color amarillo

de la Nave Espacial y el Sol del Imperio, pendía descuidadamente en

el asiento de su sil;ia. Hizo sonar los nudillos de su mano derecha con

aire distraído mientras miraba solemnemente a Arvardan.

 

—Un asunto muy confuso, todo esto—dijo—. Mucho. ¿Me per

mite saber su nombre?

 

—Bel Arvardan de Baronn, señor. Arqueólogo al mando de una

expedición científica autorizada en la Tierra.

 

—Comprendo. Me informan que carece de documentos identifi

cativos.

 

—Me los arrebataron, pero el resto de la expedición se halla en

Everest. El mismo procurador puede identmcarme.

 

—Perfectamente.—El coronel cruzó los brazos y se baianceó en

la sil;ia—. ¿Y si me of reciera su versión de los hechos?

 

—Tengo noticia de una peiigrosa conspiración por parte de un

reducido grupo de terrestres que pretenden derribar por la fuerza el

gobierno imperial, intenciones que, de no ser dadas a conocer de

inmediato a ias autoridades convenientes, podrian acabar con el go-

bierno y con gran parte del Imperio.

 

—Me parece una afirmación muy temeraria y exagerada. ¿Puedo

conocer los detalles?

 

—Por desgracia, considero vital explicárselos al procurador en

persona. Por tanto, solicito que se me ponga en comunicación con él

ahora mismo, por favor.

 

—Hum... No actuemos con tanta prisa. ¿Sabe usted que el hombre

que han traído aquí es el secretario del primer ministro de la Tierra?

 

—¡Desde luego!

 

—Y él es un instigador importante de esa conspiración que usted

menciona.

 

—Lo es.

 

—Pruebas.

 

—No puedo discutir las pruebas con otra persona que no sea el

procurador.

 

112

 

El coronel arrugó la frente y contempló las uñas de sus dedos.

 

—¿Duda de mi competencia en este caso?

 

—En absoluto, señor. Pero sólo el procurador posee autoridad

para tomar las medidas decisivas y precisas en este caso.

 

—¿A qué medidas decisivas se refiere?

 

—Hay que bombardear y destruir por completo cierto edificio de

la Tierra antes de treinta horas, o gran parte de la población del

Imperio perderá la vida.

 

—¿Qué edificio?—preguntó en tono de hastío el coronel.

 

—¿Puede ponerme en contacto con el procurador, por favor?

—espetó Arvardan.

 

Hubo una pausa de estancamiento. Finaimente, el coronel inter-

vino con voz grave.

 

—¿Se da usted cuenta de que al secuestrar a un terrestre se ha

hecho merecedor de juicio y condena por parte de las autoridades de

la Tierra? Normaimente, por principios, el Imperio protege a sus

ciudadanos e insiste en la celebración de un juicio galáctico. Pero la

situación en la Tierra es deiicada..., y a menos que usted responda

satisfactoriamente a mis preguntas, me veré forzado a entregarles, a

usted y a sus compañeros, a las autoridades locales.

 

—¡Pero eso sería una sentencia de muerte! ¡También para usted!

Coronel, soy ciudadano del Imperio y exijo que me reciba el pro. . .

 

Un zumbador del escritorio del coronel le interrumpió. El miiitar

se volvió hacia el aparato y apretó un botón.

 

—¿Sí?

 

—¡Señor!—La voz se oía con claridad—. Un grupo de nativos ha

rodeado el fuerte. Se cree que van armados.

 

—¿Ha habido actos violentos?

 

—No, señor.

 

No había muestras de emoción en el semblante del coronel.

 

—Estado de alerta para la artil;iería y la aviación. Todos los hom-

bres en posición de combate. Que no dispare nadie si no es por mo-

tivos defensivos. ¿Entendido?

 

~í, señor. Un terrestre con bandera de paz pide audiencia.

 

—Mándemelo. . . Y que venga otra vez el secretario del primer mi-

nistro.

 

El coronel miró fnamente al arqueólogo.

 

—Confío en que comprenda la increíble naturaleza de sus actos.

 

—¡Exijo estar presente en la entrevista!—exclamó Arvardan, al

borde de la incoherencia dada su furia—. ¡Y exijo también saber el

motivo de que haya tenido que pudrirme durante seis horas bajo

vigiiancia mientras usted conversaba a puerta cerrada con un traidor

nativo !

 

—¿Está formulando acusaciones, cabaliero?—inquirió el coro

nel, y también su tono iba en aumento.

 

—No, señor... Pero voy a recordarle que será responsable de sus

actos a partir de ahora y que podria ser famoso en el futuro como el

hombre que aniquiió a su pueblo.

 

113

 

. Cuento~ paraleio~

—¡Siiencio! En cua'iquier caso no soy responsable ante usted... A

partir de ahora las cosas se harán como yo decida. ¿Ha entendido?

 

El secretario entró por la puerta que mantenía abierta un sol-

dado. En sus iabios enrojecidos e hinchados asomaba una fna son-

risa. IncFiinó la cabeza ante el coronel y, aparentemente, no dio mues-

tra aiguna de conocer ia presencia de Arvardan.

 

—Cabal;iero—dijo el coronel al terrestre—, he comunicado al

primer ministro los detalies de su presencia aquí y cómo se produje-

ron los hechos. Su detención es, por supuesto, totaimente..., eh...

anormal y tengo la intención de dejarle en libertad en cuanto pueda.

Sin embargo, hay aqut un caballero que, como ya debe saber usted,

ha formu;iado una acusación muy grave contra usted, una acusación

que, dadas ;ias circunstancias, debemos investigar...

 

—Comprendo, coronel—dijo tranquilamente el secretario—.

Pero como ya le he expiicado, este hombre sólo lieva en la Tierra,

creo, tres o cuatro días y sus conocimientos sobre nuestra política

interna son nulos. Se trah de una base francamente frágil para hacer

cualquier ciase de acusación.

 

—No soy el único que formuia esa acusación—replicó con enojo

Arvardan.

 

El secretario no miró a;i arqueólogo, ni en ese momento ni des-

pués. Estaba hablando exclusivamente con el coronel.

 

—Un cientifico loca;i está involucrado en esto, un cienbfico que

por estar acercándose a los sesenta años normales de vida padece

de;iirios de persecución... Y el otro es un individuo de antecedentes

desconocidos y un historial de imbeciiidad.

 

Arvardan se puso en pie de un brinco.

 

—Exijo ser escuchado.. .

 

—Siéntese—dijo el coronel con frialdad y hostilidad—. Se ha

negado a discutir el asunto conmigo. La negativa sigue siendo vá-

lida... Que traigan al hombre que lleva bandera de paz.

 

Se trataba de otro miembro de la Sociedad de Antiguos. Tan sólo

el aleteo de uno de sus párpados reveló emoción por su parte al ver al

secretario. El coronel se levantó.

 

—¿Es portavoz de los hombres que están ahi afuera?—preguntó.

 

—Sí, señor.

 

—Supongo entonces que esta reunión tumuituosa e ilegal se basa

en la exigencia de recobrar a su compatriota.

 

—Si, señor. Debe quedar en libertad inmediatamente.

 

—¡Por supuesto! No obstante, en interés de la ley y el orden y por

el debido respeto a los representantes de Su Majestad Imperial en

este planeta, el asunto no puede discutirse mientras haya hombres

armados congregados y sublevados contra nosotros. Debe ordenar a

los suyos que se dispersen.

 

El secretario intervino afablemente.

 

—El coronel tiene toda la razón, hermano Cori. Por favor, calma

la situación. Aquí estoy perfectamente seguro y no hay riesgos...

para nadie. ¿Comprendes?... Para nadie. Doy mi palabra de Anti-

guo.

 

—Muy bien, hermano. Me alegra que estés a salvo.

 

Lo condujeron afuera.

 

—Nos ocuparemos de que salga de aquí sin problemas en cuanto

la situación de la ciudad recobre la normalidad—dijo brevemente el

coronel.

 

Arvardan estaba en pie otra vez.

 

—Lo prohíbo. Va a dejar suelto al futuro asesino de la raza

humana. Exijo una entrevista con el procurador de acuerdo con mis

derechos constitucionales como ciudadano galáctico.—Y en el paro-

xismo de la frustración anadió—: ¿Va a mostrar más consideración a

un perro terrestre que a mí?

 

La voz del secretario se alzó por encima de esa última frase casi

incoherente de ira.

 

—Coronel, con gusto me quedaré aquí hasta que mi caso sea

atendido por el procurador, si eso es lo que desea este hombre. Una

acusación de alta traición es grave y las sospechas, por muy exagera-

das que sean, podrían bastar para que yo dejara de ser útil a mi

pueblo. Agradecería enormemente la oportunidad de probar ante el

procurador que nadie como yo es tan leal al Imperio.

 

—Admiro sus sentimientos, caballero—dijo muy erguido el co-

ronel—. v no tenpo inconveniente en admitir que mi actitud, de estar

yo en su iugar, sena muy distinta... Trataré de comunicar con el pro-

curador.

 

Arvardan no dijo nada hasta que volvieron a llevarlo a la celda.

 

Evitó las miradas de los otros. Durante largo tiempo permaneció

sentado e inmóvil, con un nudillo atrapado entre sus inquietos dien-

tes.

 

Finalmente intenrino Shekt.

 

—¿Y bien?

 

Arvardan sacudió la cabeza.

 

—Casi lo he echado todo a perder.

 

—¿Qué ha hecho?

 

—Perder la paciencia, ofender al coronel, no conseguir nada...

No soy diplomático, Shekt.

 

El ffsico estaba de pie, con sus arrugadas manos cruzadas a la

espalda.

 

—¿Y Ennius? ¿Va a venir?

 

—Supongo que sí... Pero a solicitud del secretario, cosa que no

puedo comprender.

 

—A solicitud del secretario... En ese caso mucho me temo que

Schwartz está en lo cierto.

 

—¿Cómo? ¿Qué ha dicho Schwartz?

 

El rollizo terrestre se hallaba sentado en su catre. Se aizó de

hombros en el momento que todas las miradas se dirigían hacia él y

extendió las manos en un gesto de impotencia.

 

114                                      ,                                       115

—Capté el contacto mental del secretario cuando pasaba junto a

nuestra puerta, hace un momento... Ya había sostenido una larga

conversación con ese of icial que ha hablado con usted.

 

—Lo sé. ¿Qué tiene eso de especial?

 

—No hay preocupación o temor en su mente. Sólo odio... Y

ahora es sobre todo odio hacia nosotros, por capturarle, por arras-

trarle hasta aquí. Hemos herido su vanidad, ha quedado mal. Pre-

tende desquitarse. He visto en su mente breves imágenes de los

sueños que alimenta. De él mismo, sin ayuda, evitando que la galaxia

haga algo para frenarle incluso cuando nosotros, con lo que sabemos,

actuamos contra él. El secretario está dándonos oportunidades, y

luego nos aplastará de todas maneras y triunfará sobre nosotros.

 

—¿Pretende decir que van a poner en peligro sus planes, sus

sueños imperiales, para tomarse una miserable venganza? Eso es de

 

locos.

 

—Lo sé—dijo Schwartz en tono categórico—. El secretario está

loco

 

—¿Y piensa él que triunfará?

 

—Exacto.

 

—En ese caso le necesitamos, Schwartz. Necesitamos su cerebro.

Escúcheme. . .

 

Pero Shekt estaba meneando la cabeza.

 

—No, Arvardan, eso no resultaría. Desperté a Schwartz cuando

usted se fue y hemos discutido el asunto. Sus facultades mentales,

que él sólo puede describir vagamente, no están bajo un control

perfecto, de eso no hay duda. Es capaz de atontar a un hombre,

paralizarlo, dominar los músculos voluntarios de mayor tamaño in-

cluso en contra de la voluntad de la víctima, pero ahi termina todo.

En el caso del secretario, Schwartz no logró hacerle hablar. Los

pequeños músculos de las cuerdas vocales superan su capacidad.

Tampoco fue capaz de coordinar los movimientos para que el canalla

condujera el coche, y mientras estuvo andando tuvo dificultades para

mantenerlo en equilibrio. En consecuencia, es obvio que no podría-

mos controlar a Ennius, por ejemplo, hasta el punto de obligarle a

cursar o redactar una orden. He pensado en eso, ¿sabe?...

 

Shekt sacudió la cabeza mientras su voz se apagaba.

 

Arvardan sintió que la angustia de la futilidad le sobrecogía.

 

—¿Dónde está Pola?

 

—Durmiendo en la otra habitación.

 

Habría ansiado ir a despertarla... Ansiado..., oh, habría ansiado

tantas cosas...

 

Arvardan miró su reloj. Sólo quedaban treinta horas.

 

17 El plazo que cumplió

 

Arvardan miró su reloj. Sólo quedaban seis horas.

 

Miró alrededor de un modo nebuloso y sin esperar nada. Todos

estaban allí..., incluso el procurador, por fin. Pola se hallaba junto a

él, con sus dedos.cálidos y finos en la muñeca del arqueólogo y

aquella expresión de miedo y agotamiento que enfurecía a Arvardan

más que cualquier otra cosa, hasta el punto de odiar toda la galaxia.

 

Quizá todos merecían la muerte, aquellos estúpidos, estúpidos,

estúpidos. . .

 

Apenas veía a Shekt y Schwartz. Los dos estaban sentados a su

izquierda. Y allí estaba también el secretario, con los labios aún

hinchados y una mejilla con magulladuras de color enfermizo; debía

de dolerle horriblemente cuando hablaba... Y los labios de Arvar-

dan una sonrisa brutal al pensar en ello y sus manos se cerraron y re-

torcieron. . .

 

Delante del grupo se hallaba Ennius, ceñudo, inseguro, ataviado

con aquella ropa pesada, deforme, impregnada de plomo...

 

También él era un estúpido... Arvardan notó que un estremeci-

miento de odio recorría su cuerpo al pensar en aquellos gobernantes

galácticos que sólo deseaban paz y tranquilidad. ¿Dónde estaban los

conquistadores de hacía tres siglos? ¿Dónde?

 

Quedaban seis horas...

 

Ennius había recibido la llamada de la guarnición de Chica diecio-

cho horas antes y recorrió medio planeta después de saber que se

requería su presencia. Los motivos que le indujeron a ello eran oscu-

ros. En esencia, había pensado él, nada importante había en el

asunto aparte del secuestro lamentable de una de las curiosidade~

vestidas de verde de aquel planeta supersticioso y obsesionado por

los duendes. Eso y las acusaciones, vagas y no documentadas. Nada

que el coronel no pudiera abordar sobre el terreno.

 

Y, sin embargo, estaban sus presagios de rebelión terrestre, y

estaba Shekt. .. Shekt implicado en el asunto...

 

En ese momento estaba sentado ante ellos, meditante, consciente

por completo de que su decisión en el caso podía precipitar la re-

vuelta, quizá debilitar su posición en la corte, anular sus posibilidades

de mejora... En cuanto al largo discurso de Arvardan sobre amena-

zas en forma de virus y epidemias desenfrenadas, ¿hasta qué punto

debía considerarlo en serio? Al fin y al cabo, si tomaba medidas

basándose en esos datos, ¿cuán creíble parecería el asunto a sus su-

periores?

 

Y, por todo ello, pospuso el problema en su mente e interrogó al

secretario.

 

—Seguramente tendrá usted algo que decir al respecto. . .

 

—Sorprendentemente poco—repuso el secretario con enorme

confianza—. Tan sólo preguntar qué pruebas tiene ese hombre.

 

—Su excelencia—dijo Arvardan, ofendido—, ya le he dicho que

ese hombre lo confesó con todo detalle anteayer, cuando estuvimos

detenidos.

 

—Tal vez decida usted dar crédito a esas palabras, su excelencia

—respondió el secretario—, pero se trata simplemente de otra afir-

mación sin fundamento. En realidad los únicos hechos que diversos

observadores neutrales podrán confirmar son que yo fui la única

persona hecha prisionera por la fuerza, no ellos, que fue mi vida la

que estuvo en peligro, no la de ellos. Ahora me gustaría que mi

acusador explicara cómo ha podido averiguar todo esto en la media

semana que lleva en el planeta, cuando usted, procurador, en años de

servicio no ha descubierto nada en mi contra.

 

—Hay lógica en lo que dice el hermano—admitió lentamente En-

nius—. ¿Cómo ha podido enterarse?

 

—Antes de la confesión del acusado fui informado de la conspira-

ción por el doctor Shekt—dijo gravemente Arvardan.

 

—¿Es cierto, doctor Shekt? ¿Y como se enteró usted?

 

La mirada del procurador se desvió hacia el físico.

 

—El doctor Arvardan—dijo el aludido—ha sido admirablemen-

te minucioso y preciso en su descripción del uso que se dio al sinapsi

ficador y al referirse a las declaraciones hechas en el lecho mortuorio

por el bacteriólogo F. Smitko.

 

—Pero, doctor Shekt, las últimas declaraciones de un hombre que

delira no tienen excesivo peso. ¿No tiene otra prueba?

 

Arvardan interrumpió la conversación dejando caer su puño so-

bre el brazo del sillón.

 

—¿Es esto un tribunal de justicia?—bramó—. ¿Hay alguien acu-

sado de violar las normas de tráfico? No tenemos tiempo para sope-

sar la evidencia. Se lo aseguro, tenemos hasta las seis de la mañana

 

cinco horas y media para anular esta enorme amenaza... Usted cono-

ció el doctor Shekt anteriormente. ¿Opina de él que es un mentiroso?

 

El secretario intervino al instante.

 

—Nadie acusa al doctor Shekt de mentir deliberadamente, su

excelencia. Lo que ocurre es que el buen doctor está muy preocu-

pado últimamente por la proximidad de su sexagésimo cumpleaños.

Mucho me temo que una mezcla de edad y miedo le ha provocado li-

geras tendencias paranoicas, bastante comunes en la Tierra. . . ¿No ha

notado algún cambio en el doctor en los últimos meses?

 

Ennius había observado un cambio, desde luego. Por las estrellas,

¿qué iba a hacer?

 

Pero la voz de Shekt fue sosegada, totalmente normal.

 

—Podría decir que durante el último medio año he estado bajo la

vigilancia continua de los Antiguos—expuso el ffsico—, que las car-

tas que usted me envi6 fueron abiertas, que mis respuestas a usted

fueron sometidas a la censura..., pero es obvio que tales quejas se

atribuirían a la paranoia ya mencionada. No obstante, tengo aquí a

Joseph Schwartz, el hombre que se sometió voluntariamente al sinap-

sificador un día del pasado otoño, el día que usted me visitó en el

instituto.

 

—Lo recuerdo.—Había un sentimiento débil de gratitud en la

mente de Ennius por el cambio momentáneo de tema—. ¿Es ese

hombre?

 

—Sí—dijo Shekt—. El tratamiento con el sinapsificador fue un

éxito sin precedentes, ya que él poseía una memoria fotográfica,

detalle que he averiguado no hace mucho. En cualquier caso,

Schwartz posee en la actualidad un cerebro sensible a los pensamien-

tos de otras personas.

 

Y Ennius se inclinó hacia delante en su silla mucho más de lo que

ya estaba.

 

—¿Cómo?—exclamó con suma perplejidad—. ¿Está diciéndome

que ese hombre lee los pensamientos?

 

—Puede demostrarse, su excelencia... Pero creo que el hermano

ratificará mi afirmación.

 

El secretario lanzó una fugaz mirada de odio a Schwartz, una

mirada abrasadora por su intensidad y tan veloz como un rayo por b

poco que tardó en esfumarse.

 

—Es muy cierto, su excelencia—dijo con un temblor práctica-

mente imperceptible en su voz—. El hombre que ellos han traído

aquí posee ciertas facultades hipnóticas, aunque no sé si ello se debe

o no al sinapsificador. Podría añadir que el sometimiento de este

hombre al sinapsificador no consta en documento alguno, detalle que

usted admitirá es muy sospechoso.

 

—No consta en ningún documento—repuso Shekt sin alterarse—

de acuerdo con las normas establecidas por el primer ministro.

 

Pero el secretario se limitó a encogerse de hombros.

 

—¿Qué me dice de Schwartz?—inquirió autoritariamente En-

nius—. ¿Qué relación tienen con el caso sus facultades para leer

pensamientos, sus talentos hipnóticos o lo que sea?

 

—Shekt pretende decir que Schwartz es capaz de leer mis pensa-

mientos—intervino el secretario.

 

—¿Es cierto?... Bien, ¿y qué está pensando él?—preguntó el

procurador, dirigiéndose a Schwartz por primera vez.

 

—Está pensando que no tenemos forma alguna de convencerle

para que defienda nuestra postura—dijo Schwartz.

 

—Muy cierto—se mofó el secretario—, aunque esa deducción no

requiere apenas esfuerzo mental.

 

—Y además—prosiguió Schwartz—, está pensando que usted es

un pobre imbécil, que teme actuar, que sólo ansía paz, que espera

granjearse la amistad de los terrestres gracias a su talante justo e

imparcial, y que es tanto más necio por confiar en eso.

 

El secretario se ruborizó.

 

—Niego esas afirmaciones.

 

Pero Ennius restó importancia al asunto.

 

—¿Y qué estoy pensando yo?—le preguntó a Schwartz.

 

—Que aun suponiendo que yo pudiera ver con claridad el interior

de la mente de un hombre—replicó Schwartz—, no es forzoso que

diga la verdad sobre lo que veo.

 

Las cejas del procurador se arquearon en gesto de sorpresa.

 

—Tiene razón, mucha razón... ¿Confirma la veracidad de las

declaraciones efectuadas por los doctores Arvardan y Shekt?

 

—Hasta la última palabra.

 

—Hum... Sin embargo, sería preciso encontrar a otro hombre

ll9

como usted, alg uen que no estuviera involucrado en el asunto. De lo

contrario, esta prueba no sen'a válida legalmente, incluso suponiendo

que sus facultades telepáticas fueran aceptadas mayoritariamente.

 

—¡Pero si no se trata de un problema legai!—exclamó Arvar-

dan—. ¡Se trata de la seguridad de la galaxia!

 

—Su excelencia—y el secretario se puso en pie—, tengo que

hacer una observación... Me gustaría que este hombre, Joseph

Schwartz, saliera de la habitación.

 

—¿Por qué motivo?

 

—Este individuo, además de leer los pensamientos, posee ciertas

facultades para controlar la mente. Fui capturado gracias a una pará-

lisis provocada por este hombre. Mucho me temo que pueda intentar

algo similar ahora mismo, contra mí o incluso contra usted, su exce-

lenaa.

 

Arvardan se puso en pie, pero el secretario gritó más que él.

 

—¡Ningún juicio puede ser justo si se haLiia presente un hombre

capaz de influir por medios sutiles, mediante facultades mentales

reconocidas, la opinión del juez!

 

Ennius tomó con rapidez su decisión. Entró un ordenanza y Jo-

seph Schwartz salió de la sala sin ofrecer resistencia, sin reflejar la

más ligera muestra de preocupación en su inexpresivo semblante.

 

Arvardan pensó que era el golpe definitivo...

 

En cuanto al secretario, se levantó y permaneció inmóvil un mo-

mento: un personaje alto y tétrico vestido de verde, impresionante

dada su confianza. Empezó a hablar con estilo formal, muy serio.

 

—Su excelencia, las opiniones y declaraciones del doctor Arvar-

dan se basan por completo en el testimonio del doctor Shekt. A su

vez, las opiniones del doctor Shekt se basan en los delirios de agonía

de un hombre... Y todo esto, su excelencia, todo esto tuvo lugar

después de que Joseph Schwartz fuera sometido a tratamiento con el

sinapsificador.

 

“¿Quién es, pues, Joseph Schwartz? Hasta que él apareció en

escena, el doctor Shekt era un hombre normal y sin problemas. Us-

ted mismo, su excelencia, pasó una tarde con él el día que Schwartz

fue sometido a tratamiento. ¿Era anormal entonces? ¿Le informó

entonces de una traición que iba a cometerse contra el Imperio? ¿Le

pareció preocupado, receloso? El doctor Shekt afirma ahora que

recibió instrucciones del primer ministro para falsificar los resultados

de los experimentos con el sinapsificador. ¿Le informó de eLlo enton-

ces? ¿O solamente le informa ahora, después del día de la aparición

de Schwartz?

 

“Repito, ¿quién es Joseph Schwartz? No hablaba un idioma co-

nocido cuando apareció en escena. Todo ello lo averiguamos noso-

tros mismos posteriormente, en cuanto empezamos a sospechar de la

estabilidad mental del doctor Shekt. Schwartz iba acompañado por

un campesino que no tenía dato alguno sobre su identidad, que no

sabía nada sobre sus actos. Nada se ha descubierto desde entonces.

 

“Sin embargo, este hombre posee extraños poderes mentales. Es

capaz de derribar a un hombre a cien metros de distancia simple-

mente pensándolo. Yo mismo quedé paralizado por él. Manipuló mis

brazos y mis piernas. Podría haber manipulado mi mente si lo hubiera

deseado.

 

“Creo, sin embargo, que Schwartz manipuló los pensamientos de

Ios aquí presentes. ELlos afirman que yo los detuve, que los amenacé

con la muerte, que me confesé culpable de alta traición y que ambi-

cionaba el Imperio... Pero formúleles una pregunta, su excelencia.

¿No han estado eLlos totalmente expuestos a la influencia de Schwartz,

es decir, a la influencia de un hombre capaz de controlar sus mentes?

 

“¿No será Schwartz el traidor? De lo contrario, ¿quién es Schwartz?

 

El secretario tomó asiento, con calma, casi con jovialidad.

 

Arvardan se sintió igual que si su cerebro se hubiera colocado en

un ciclotrón y estuviera girando hacia afuera y describiendo revolu-

ciones cada vez más rápidas... ¿Qué respuesta podía darse? ¿Que

Schwartz procedía del pasado? ¿Dónde estaban las pruebas? ¿Que él

había identificado un lenguaje genuinamente primitivo?... Pero ¿lo

había hecho teniendo manipuliados los pensamientos? Al fin y al

cabo, ¿cómo podía asegurar que no habrtan manipulado su cerebro?

¿Quién era Schwartz? ¿Qué detaLle le había convencido con tanta

rapidez y seguridad de aquel impresionante plan de conquista galác-

tica? ¿La palabra de un solo hombre? ¿Un solo beso de una mujer?

¿O la intervención de Joseph Schwartz?

 

¡No podlla pensar! ¡No podia pensar!

 

—Bien, cabaLleros.—Ennius parecía impaciente—. ¿Tiene algo

que decir, doctor Shekt? ¿Usted, doctor Arvardan?

 

Pero la voz de Pola se abrió paso bruscamente entre el silencio.

 

—¿No ve que todo es mentira? ¿No ve que nos está inmovilii-

zando con su lengua de vli'jbora? Oh, todos vamos a morir y ya no me

importa... Pero podríamos impedirlo, podnamos irnpedirlo... Pero

seguimos sentados aquí. . ., y. . . perderemos el tiempo hablando.. .

 

Y la joven prorrumpió en soLlozos incontenibles.

 

—De modo que estamos sujetos a los chilliidos de una mujer

histérica. . .—dijo el secretario—. Su excekncia, tengo una propuesta

que hacer. Mis acusadores afirman que todo esto, ese supuesto virus

y cualquier otra cosa que tengan en mente, está prograrnado para una

hora concreta, las seis de la mañana, creo. Propongo permanecer

bajo su custodia durante una semana. Si lo que eLlos dicen es cierto,

la noticia de una epidemia en la galaxia Llegará a la Tierra al cabo de

pocas horas. Si tal cosa ocurre, las fuerzas imperialles seguirán contro-

lando la Tierra. ..

 

—Un buen cambio, ciertamente. ¡La Tierra por una galaxia de

seres humanos!—mascuLló el páLido Shekt.

 

—Valoro mi vida, y la de los míos. Somos rehenes para probar

nuestra inocencia.

 

El secretario cruzó los brazos.

 

Ennius alzó una mirada que reflejaba preocupación.

 

—No encuentro culpa en este hombre.. .

 

I:ZO                                                                             l:ZI

Y Arvardan no pudo soportarlo más. Con sosegada y mortr'ifera

ferocidad, se levantó y se acercó rápidamente al procurador. Sus

intenciones no Lliegaron a saberse nunca. Posteriormente, ni él las

recordaría. En cualquier caso, el asunto carecía de importancia. En-

nius tenía un látigo neurónico y lo utilizó.

 

Todo se convirtió en una Liiama de dolor, empezó a dar vueltas y

se esfumó alrededor de Arvardan.. .

 

Luz. . .

 

Luz difusa y sombras nebulosas que se confundrlan y retorcían, y

finaLmente hubo claridad.

 

Un rostro... Unos ojos sobre los suyos...

 

—¡Pola!—Todo se hizo nítido y claro para Arvardan, en un solo

instante—. ¿Qué hora es?

 

Los dedos del arqueóbgo apretaron con tanta fuerza la muñeca

de la joven que ésta respingó de forma involuntaria.

 

—Más de las siete—musitó eLla—, el plazo se cumpLió.

 

Arvardan miró alrededor como un loco y se incorporó en el catre

donde yaáa, sin preocuparse por el ardor que senbiia en las articula-

ciones. Shekt, con su cuerpo delgado acurrucado en una silla, levantó

la cabeza y asintió breve y tristemente.

 

—Todo ha terminado, Arvardan.

 

—De modo que Ennius...

 

—Ennius no quiso correr riesgos—dijo Shekt—. ¿No es extraño?

—Lanzó una carcajada rara, quebrada, bronca—. Nosotros tres, sin

ayuda de nadie, descubrimos una conspiración inmensa contra ta

humanidad, sin ayuda de nadie capturamos al cabeciLiia y lo entrega-

mos a la justicia. Es como un programa televisivo, ¿no? Los superhé-

roes invencibles se aproximan a tiempo a la victoria... Pero nadie nos

cree. Eso no ocurre en los telefilmes, ¿verdad? ALlí todo tiene un

final feLiz, ¿no es cierto? Curioso...

 

Las palabras se convirtieron en sollozos roncos, sin lágrimas.

 

Arvardan desvió la mirada, muy disgustado. Los ojos de Pola

eran universos azules, húmedos, repletos de lágrimas. Sin saber

cómo, el arqueólogo se perdió un momento en eDios. Eran universos,

rienos de estreLlas. Y hacia esas estreLlas corrían velozmente unas

capsulitas metáLicas y relucientes que devoraban años-luz al penetrar

en el hiperespacio con saltos tan calculados como mortíferos. Pronto,

quizás ya habría sucedido, se acercarían a los planetas, atravesarían

atmósferas, estaLlarían formando invisibles lluvias de virus letales...

 

Bien, todo había terminado.

 

—¿Dónde está Schwartz?—preguntó débilmente.

 

Pero Pola se Limitó a menear la cabeza.

 

—No volvió a entrar en la sala.

 

¡Las diez! ¡Tres horas después del plazo!

 

Había ambiente de actividad en el fuerte. &ritos de los soldados,

una atmósfera de tensión física f icilmente perceptible.

 

122

 

Ennius se encontraba en la puerta, erguido, enjuto, ansioso...

 

Se abrió la puerta. El procurador hizo una seña. Dijo algo. Para

Arvardan, sumido en sus fútiles pensamientos, las palabras careáan

de significado. Pero siguió a Ennius igual que un autómata...

 

Y llegaron al despacho del comandante en jefe. Quizá volviía a

repetirse la noche anterior. El secretario también se encontraba alh,

semblante sombrío, ojos abolsados...

 

Ennius no había dormido desde haáa veinticuatro horas. Se diri-

gió al secretario.

 

—¿Conoce usted el significado de lo que está pasando afuera? Un

grupo de nativos está cercando el fuerte otra vez. No deseamos tener

que abrir fuego contra ellos. ¿No puede frenarlos?

 

—Basta con que yo lo desee, su excelencia.

 

—Bien, en tal caso...

 

—¡Pero no lo deseo, su excelencia!—Y el secretario sonrió y

extendió un brazo. Su voz era de burla feroz; había estado reprimida

mucho tiempo y brotaba gustosamente—. ¡Imbécil! Ha esperado de-

masiado. ¡Muera por eso! ¡O viva como un esclavo!

 

Las alocadas frases no produjeron efectos demoledores en En-

nius. Pero su aspecto lúgubre se intensificó.

 

—¿Tanto he perdido con mis precauciones? El asunto del virus. ...

¿era cierto?—Su voz reflejaba un asombro abstracto, casi indi-

ferente—. Pero la Tierra, usted mismo. . ., todos son mis rehenes.

 

—¡Nada de eso!—fue el grito instantáneo de victoria—. Usted y

los suvos son mi rehenes. El virus que ahora se propaga por el uni-

verso no ha dejado inmune a la Tierra. Satura ya en cantidad sufi-

ciente la atmósfera de todas las guarniciones del planeta, incluyendo

Everest. Los terrestres somos inmunes, pero ¿cómo se siente usted,

procurador? ¿Débil? ¿Tiene reseca la garganta? ¿Febrilenta la ca-

beza? No le queda mucho tiempo, ¿sabe? Y el anbdoto sólo podrá

obtenerlo de nosotros.

 

De repente se volvió y miró ferozmente a Shekt y Arvardan.

 

—Bien, ¿he representado adecuadamente mi papel? ¿He triun-

fado?

 

Y prorrumpió en bruscas carcajadas.

 

Despacio, muy despacio, Ennius apretó el botón de su escritorio.

Despacio, muy despacio, una puerta se abrió y Joseph Schwartz, algo

ceñudo, tambaleándose un poco a causa del cansancio, apareció en el

umbral. Despacio, muy despacio, el terrestre entró en el despacho.

 

La risa del secretario cesó. Sus ojos contemplaron al hombre del

pasado con repentino recelo.

 

—No—dijo con los dientes apretados—. No podrá sonsacarme el

secreto del antídoto. Los hombres que lo conocen y pueden usarlo

están seguros, lejos de su alcance.

 

—Muy seguros—convino Schwartz—. Pero no necesitamos el an-

tídoto. No hay virus que destruir.

 

La frase no acabó de quedar clara. Arvardan notó que una idea

 

123

asombrosa apareáa de pronto en su mente, pero la descartó. No           T

podía arriesgarse a la desilusión.

  Pero Ennius intervino de nuevo.                                       t

  —Explique los hechos, Schwartz, y hágalo con claridad. Quiero

que el hermano comprenda por completo la situación.

  —No es complicado—dijo Schwartz—. Ayer por la noche, mien-

tras estábamos reunidos, comprendí que no podía hacer nada si se-

guía sentado y escuchando. Actué precavidamente en el cerebro del

secretario, durante largo rato. Y finalmente él solicitó que yo sahera

de la habitación, por supuesto era lo que yo deseaba. El resto fue

fácil.

  “Dejé aturdido al vigilante y me dirigí al aeropuerto. El fuerte se

hallaba en situación de alerta constante. Los aviones estaban abaste-

cidos de combustible, armados y dispuestos para emprender el vuelo.

Los pilotos aguardaban. Elegí uno al azar..., y partimos hacia Sen-

loo.

 

El secretario pareáa querer decir algo. Sus mandíbulas se agita-

ban quedamente. Pero intervino Shekt.

 

—Sin embargo, usted no podía obligar a un hombre a pilotar un

avión, Schwartz. Hacerle caminar era lo único que sabía hacer.

 

—Cierto, si tenía que hacerlo contra su voluntad. Pero gracias a

los pensamientos del doctor Arvardan yo sabía cuánto odian los de

Sirio a los terrestres. Por lo tanto, busqué a un piloto nacido en el

sector de Sirio. Encontré uno. Odiaba a los terrestres tanto que es

diffcil entenderlo, incluso para mí, y me introduje en su mente. Él

deseaba bombardear a los terrestres. Deseaba destruirlos. Sólo la

disciplina le hacía contenerse, le impedía partir con su avión in-

mediatamente.

 

“Ese tipo mental es distinto. Un poco de sugestión, un poco de

presión y la disciplina no basta para contener. Creo que él ni siquiera

reparó en que yo subía al avión en su compar~ia.

 

—¿Cómo localizó Senloo?—musitó Shekt.

 

—En mi época—dijo Schwartz—había una ciudad llamada San

Luis. Se hallaba en la confluencia de dos grandes ríos. La encontra-

mos. Era de noche, pero había una mancha oscura en una zona de ra-

diactividad..., y el doctor Shekt había dicho que el templo era un

oasis aislado de terreno normal. Lanzamos una bengala, olo hicimos

mediante mi sugestión mental, y apareció un edificio de cinco puntas

bajo nosotros. Concordaba con la imagen que yo había captado en

los pensamientos del secretario. Ahora sób queda un boquete de

treinta metros de profundidad en el lugar donde estaba el edificio.

Eso sucedió a las tres de la madrugada. Ningún virus fue lanzado. El

universo está libre.

 

Fue un aullido bestial lo que brotó de los labios del secretario, el

chillido sobrenatural de un demonio. El terrestre pareció a punto de

saltar..., y de pronto se desplomó.

 

Un fino espumarajo de saliva empezó a surgir muy despacio por

su labio inferior.

 

124

 

—Ni lo he tocado—dijo en voz baja Schwartz. Después, mientras

contemplaba pensativamente el cuerpo postrado, añadió—: Cuando

volví, el procurador se habna vuelto loco si no llego a convencerle de

que aguardara a que cumpliera el plazo. Yo sabía que el secretario

sería incapaz de no vanagloriarse. Lo sabía por sus pensamientos... Y

ahora, ahí lo tienen.

 

EPILOGO

 

En realidad el relato ha terminado ya y añadir un epílogo es

bastante anticuado. De todas formas, un epílogo tiene su utilidad. Es

un nudo, ¿saben?, que ata los cabos sueltos de la trama (un retrué-

cano, sí), evita que se deshagan y los oculta a la vista pulcramente. Si

desea tener una sensación de consumación, siga leyendo, porque

aquí habrá epílogo a pesar de todo.

 

No será muy largo.

 

De hecho el único personaje que interviene es Joseph Schwartz.

Treinta días han transcurrido desde que emprendiera vuelo en la

pista de aquel aeropuerto en una noche dedicada a la destrucción de

la galaxia, con las señales de alarma sonando alocadamente a su

espalda v órdenes radiadas para que volviera poblando el cielo.

 

Había vuelto a su hora, con el templo de Senloo destruido y

mientras el aturdido piloto empezaba a preguntarse qué había suce-

dido exactamente.

 

El heroico acto fue dado a conocer oficialmente. Schwartz llevaba

en el bolsillo el cordón de oro de la Orden de la Nave Espacial y el

Sol. Sólo otras dos personas de la galaxia habían recibido dicha con-

decoración sin haber muerto antes. Algo impresionante para un sas-

tre retirado...

 

Naturalmente nadie, aparte de los árculos oficiales más oficiales,

sabía con exactitud qué había hecho Schwartz, pero ese detalle care-

cía de importancia. Algún día, en los libros de historia...

 

En la sosegada noche, Schwartz estaba dirigiéndose a pie hacia el

domicilio del doctor Shekt. La ciudad se hallaba tranquila, tanto

como el fulgor rutilante del cielo. En puntos aislados de la Tierra,

grupos de zelotes seguían causando problemas, pero sus líderes ha-

bían muerto o se encontraban presos, y los terrestres moderados se

bastaban para hacer frente al resto.

 

Los primeros convoyes de tierra normal ya estaban en camino.

Ennius había repetido su propuesta de que la población de la Tierra

fuera trasladada a otro planeta, pero eso estaba fuera de lugar. La

Tierra no deseaba caridad. Que los terrestres tuvieran oportunidad

de rehacer su planeta. Que pudieran reconstruir el hogar de sus

padres, el mundo nativo de la humanidad. Que pudieran trabajar

con sus manos, eliminar la tierra enfermiza y sustituirla por otra

saludable.

Se trataba de uria tarea enorme, podía durar un siglo... pero, ¿y

qué? La galaxia prestaría maquinaria, enviaría alimentos, suministra-

ría la tierra. Para sus recursos incalculables sería una insignifican-

cia. . ., y habn'a compensación.

 

Y algún día los terrestres volven'an a ser un pueblo entre otros

muchos, habitarían un planeta entre otros muchos y considerarían a

toda la humanidad bajo el punto de vista de la dignidad y la igualdad.

 

El corazón de Schwartz latió con fuerza al valorar la maravilla de

todo ello, mientras el terrestre subía los escalones de la entrada prin-

cipal. Dentro de una semana partiría en compar~ia de Arvardan hacia

los grandes mundos centrales de la galaxia. ¿Qué otra persona de su

generación había abandonado la Tierra?

 

Se detuvo, con la mano a punto de posarse en la puerta, ya que

sonaban palabras en su mente. Con cuánta claridad captaba ya los

pensamientos, como si fueran campanillas.

 

Era Arvardan, por supuesto, con tantas cosas en su mente que la

palabra era incapaz de expresarlas.

 

“Piénsalo, Pola, verías cosas que jamás has visto, vivirías como

nunca has vivido...”

 

Y la respuesta de Pola, con una mente tan ansiosa como la del

arqueólogo y palabras de pura desgana.

 

“Si piensas que es una gira por la galaxia lo que yo quiero...”

 

“Pero estarías conmigo..., es decir, yo estaría contigo. Y si te

arrepientes, regresaríarnos después de esa conferencia que tengo que

dar en Trantor.”

 

“Tu vieja Sociedad Arqueológica. .. Hum. . .”

 

“Pero luego podríamos volver. Y me quedaré aquí contigo. Nun-

ca te abandonaré.”

 

“Pero es posible que yo prefiera viajar.”

 

“En ese caso iremos a donde te apetezca.”

 

“Pero si soy una pobrecilla terres...”

 

Hubo una exclamación breve y apagada por parte de Arvardan,

seguida por un gritito muy femenino. La conversación se interrum-

pió.

 

Pero, lógicamente, los contactos mentales no se interrumpieron,

y Schwartz se apartó plenamente satisfecho..., y con cierta ver-

guenza. Podía esperar. Había tiempo de sobra para molestar a la

pareja en cuanto las cosas se aclararan un poco más.

 

Schwartz aguardó en la calle mientras centelleaban las estrellas,

una galaxia entera de estrellas, unas visibles, otras invisibles.

 

Y para él, y para la nueva Tierra, y para los millones de planetas

del universo, Schwartz repitió en voz baja aquel poema antiguo que

sólo él conocía entre billones de personas:

 

¡Envejece conmigo!

Lo mejoraún no ha venido...

 

126

 

Comentario final

 

Supongo que si quisiera hacer de este libro una especie de ejercicio

práctico sobre “Cómo revisar~, lo mejor sería incluir la versión publi-

cada de Un guijarro en el cielo inmediatamente después de ù Envejece

conmigo”. De ese modo el lector podría estudiar con penoso detalle,

frase por frase, qué hice yo.

 

Naturalmente, eso es imposible.

 

En primer lugar, hacer tal cosa duplicaría la extensión y el coste (y

el precio) del libro, práchcamente a cambio de nada.

 

Al fin y al cabo, los lectores que por su enorme interés en mis obras

han comprado este libro tendrán seguramente un ejemplar de Un

guijarro en el cielo escondido en alguna parte. Incluso si no han léído

la novela o la han perdido o echado a la basura, o si han sido tan

tontos que la han prestado (“tontos” porque gracias a las cartas que

recibo he acabado comprendiendo que nadie que pide prestada una de

mis obras la devuelve), siempre pueden adquirir un ejemplar en al-

guna librería de lance o cuando se reedite.

 

Y, finalmente, tal vez haya lectores que se deleiten hasta cierto

punto con ù Envejece conmigo” y no piensen ni por un momento en

leer Un guijarro en el cielo. En ese caso, ¿para qué molestarlos con

una segunda dosis de un relato que, en esencia, es el mismo?

 

No obstante, voy a darme el gusto de hacer algunos comentarios

sobre el tema.

 

Ahora que he vuelto a leer “Envejece conmigo” por prirnera vez

desde que hace treinta y seis años lo revisara, el relato no me parece tan

malo. Creo que Startling Stories ha hecho cosas peores que aceptar y

publicar esta obra.

 

Un detalle que agradezco mucho, no obstante, es que elirniné el

prólogo estúpido, el epílogo y los intermedios. ¿Qué tenía yo en la

cabeza y por qué los escribí? No lo recuerdo. En fin, en el intervalo de

dos años, entre 1947 y 1949, mi sentido común mejoró un poco y

eliminé los añadidos. Además anulé la división en tres partes y com-

biné los relatos de Joseph Schwartz y Bel Arvardan, mezclando las

partes de un modo que, en mi opinión, tiene una complejidad más in-

teresante.

 

Al repasar ~Envejece conmigo” advertí con cierto horror senales

de lápiz en diversas frases y párrafos. Ello sólo podía indicar que en

aquel hempo yo planeaba acortar el relato, tal vez para que fuera más

apropiado para su publicación en revista. Si es así, aquel proyecto

quedó abortado, no hay duda, y me alegro. Al parecer mi intención

fue eliminar la partida de ajedrez, que es mi fragmento favorito de la

obra.

 

Tenía la vaga ¿dea de que la partida de ajedrez figuraba en Un

guijarro en el cielo como medio de elaborar y alargar el relato. Me

complació mucho comprobar que dicha partida ya aparecía en “Enve-

jece conmigo”. ¿Saben una cosa? S¿empre he despreciado las descri~

ciones ficticias de partidas de ajedrez, esas descripciones que no of re-

cen detalles reales sino que incluyen comentarios tontos como por

ejemplo éste: “Inició un ataque despiadado con la torre de rey”. Y al

leer cosas como ésta mi reacción es siempre la misma: “¿Qué usó la

torre de rey, una navaja o una pistola?”.

 

Tomé la decisión de of recer una partida real, describiendo meticu-

losamente todas las jugadas, y una persona como mínimo, mientras

léía el libro por la noche, muy tarde, se sinhó lo bastante sorprendida y

estimulada para salir de la cama, coger el tablero y reproducir la

parhda. Este hombre la publicó en una revista de ajedrez con el htulo

“La partida de Asimov” y dijo que era excelente.

 

Bien, la parhda no era mía y era preferible que el lector la conside-

rara mía. La partida real que utilicé se disputó en Moscú en 1924 entre

Werlinski (blancas) y Loewenfisch (negras) y obtuvo el premio de

belleza por su brillantez.

 

Un detalle de “Envejece conmigo” me resulta muy turbador. Lo

escribí, recuerdo, en 1947, sólo dos anos después de que las bombas

de fisión nuclear cayeran sobre Hiroshima y Nagasaki. Evidente-

mente, yo desconocía el grado exacto de riesgo que representa la gue-

rra nuclear y la radiación (como casi cualquier otra persona).

 

Di a la futura Tierra una corteza radiactiva, al menos en ciertas

zonas y, sin embargo, tenía restos de vida y humanidad aferrados a

ella. Obviamente mi intención era que el lector lo considerara como

resultado de una guerra nuclear en nuestro futuro (el pasado del re-

lato). Pero una guerra nuclear tan virulenta, que convierte grandes

extensiones de la corteza terrestre en zonas de radiactividad continua

por fuerza debe eliminar la vida en la Tierra.

 

En “Envejece conmigo” Joseph Schwartz supone que la radiactividad

de la corteza es producto de una guerra “con bombas atómicas”, pero por

fortuna la suposición no es corroborada por ningún otro personaje y, por

lo que respecta al relato, no pasa de ser una especulación.

 

Como es lógico conservé la corteza radiactiva de la Tierra en Un

guijarro en el cielo. Tenía que hacerlo pues ese detalle es de crucial

importancia para el argumento. En mi segunda novela, The Stars

Like Dust (1951)* las escenas iniciales se desarrollaban en la Tierra y

de nuevo conservé la corteza radiactiva.

 

Con el paso de los anos, no obstante, y conforme decrecía mi

ingenuidad con respecto a la guerra nuclear, en especial cuando em-

pezó a experimentarse con bombas de fisión de hidrógeno, eluoi la

noción de una Tierra radiactiva. Pero cuando una generación más

tarde escribí Foundation's Edge (1982) y empecé a combinar mis

diversas novelas en una sola visión general de la historia futura, me

encontré atascado con la corteza radiactiva de la Tierra.

 

Tuve que recurrir a mi reserva de ingenio. La corteza radiactiva no

podía ser resultado de una guerra nuclear. ¿Qué era, pues? Como

consecuencia de mis meditaciones sobre el tema escribí Robots and

Empire (1985), de modo que una confusión acabó siendo algo muy útil.

 

~ En la arena estelar, publicada en el número 45 de esta misma colección.

 

El fin de la eternidad

 

Preámbulo

 

Otra novela mía creció a parár de una versión más pequeña y en

este segundo caso el asunto fue más complicado. Un guijarro en el

cielo era sólo 1,4 veces más larga que “Envejece conmigo”, pero mi

novela El fin de la eternidad* era tres veces más larga que el relato a

partir del cual se había desarrollado.

 

Sucedió de este modo. ..

 

El año era 1953, y habían transcurrido casi cuatro años desde la

publicación de mi primer libro, Un gUijarrO en el cielo. Desde enton-

ces había publicado ocho libros más (incluyendo un libro de texto

sobre bioquímica), es decirl nueve en total. Mi décimo libro, Lucky

Starr and the Pirates of the Asteroids (Doubleday, 1953), estaba a

punto de aparecer y el undécimo, The Caves of Steel (Doubleday,

1954)** estaba siendo publicado como serial en Galaxy, como prepa-

ración a la publicación en libro.

 

En aquellos días estaba teniendo un promedio de tres libros al año

lo que, dado mi ritmo de escritura, no era gran cosa, pero entonces no

tenía mucho tiempo para escribir. Medio año antes de que apareciese

Un guijarro en el cielo, había empezado a enseñar en la facultad de

Medicina de la Universidad de Boston y en 1951 me había convertido

en profesor ayudante de bioquímica. Me hallaba todavía bajo la falsa

idea de que ése era mi trabajo vital y que el escribir no era sino una

 

Publicada en el número 26 de esta misma colección. (N. del T. )

 

~ ~ Bó vedas de acero, publicada en el número 48 de esta misma colecci6n.

(N. del T. )

 

128                                     ~                                      129

 

9 Cuentos paralelos

ocupación accesorua..., pero seguia escrib¿endo igual, a raros perdi-

dos.

 

De vez en cuando me era preciso visitar la biblioteca de la Univers~-

dad de Boston en el campus principal (esos eran los días pre-Cotlieb)

y el 17 de noviembre de 1953, mientras curioseaba las estanterías, me

topé con una hilera de volúmenes encuadernados del T,me.

 

Empecé a hojear los primeros y, naturalmente, me divirtió el com-

probar como yo era mucho más inteligente que los escri~ores de Time,

con su estilo cuidadosamente cultivado de arrogancia sabelotodo (por

supuesto, era porque yo tenía la ventaja de ver las cosas a posteriori).

Sin demasiadas esperanzas, pregunté a los bibliotecarios si era posible

sacar esos volúmenes para leerlos en casa. Descubrí entonces que los

miembros de la facultad tenían algunos privilegios extraordinarios.

Ellos podían llevarse esos volúmenes, aunque los estudiantes no po-

dían.

 

Me llevé rápidamente el primero de los volúmenes de su colección

(que cubría la primera mitad de 1928) y seguí avanzando a buen ritmo.

Me costó casi un año abrirme paso a través de todos los volúmenes y

los bibliotecarios me llamaban, espero que con afectuosa diversión,

“el profesor de Tirne”.

 

Todo ese procedimiento fue meramente cuestión de satisfacer un

impulso, excepto por el hecho de que en uno de los primeros volúme-

nes me llamó la atención un dibujo en un pequeño anuncio. Lo percibí

por el rabillo del ojo y tuve la fugaz impresión de algo que se pareáa a

la ahora familiar nube en forma de hongo de una bomba nuclear. Eso

me sorprendió, pues el volumen de Time databa de unos quince años

antes de Hiroshima. Le eché otra mirada. Era solamente el géiser Old

Faithful del parque nacional de Yellowstone, y el anuncio era de lo

más corriente.

 

Pero, ¿de qué sirve ser un escritor de ciencia ficción si no saca uno

ventaja de pequeñas cosas raras como ésa? (“¿De dónde saca usted sus

locas ideas?”, me preguntan con frecuencua. Una respuesta podría ser:

~De números antiguos de la revista Tirne”.)

 

Después de todo, ¿y si el anuncio fuese lo que yo créí que era...

realmente, la nube en forma de hongo? ¿Podia el texto del anuncio dar

una sutil pista en cuanto a la auténtica naturaleza del dibujo? De ser

así, ¿cómo llegó hasta ahí? ¿Y porqué?

 

Estaba claro que el asunto impacaba necesariamente el vuaje en el

tiempo, lo que era inmeduatamente interesante, pues nunca había es-

crito un relato largo en el que el vuaje temporal estuviese implicado.

Asi pues, el 7 de diciembre de 1953 empecé a escribir una novela corta

a la que llamé “El fin de la eternidad”. Al final, resultó tener unas

25.000 palabras y acabé con ella el 6 de febrero de 1954. Estaba muy

contento de ella y se la envié inmed iatamente por correo a Galaxy.

 

El 9 de febrero Horace Gold me llamó por teléfono. Se trataba de

un rechazo total. Habló de revisión, pero de una revisión completa. Al

final la cosa habría sido aprovechar el título y poner bajo él una nueva

historia. Me negué rotundamente y eso fue todo.

 

Me parece que entonces debí probar con Astounding, pero no lo

hice. Ya no recuerdo la razón, y no tengo ninguna indicación en mi

diario en cuanto al porqué no lo hice. (Me he dado cuenta muchas

veces de que cuando sucede algo desagradable no hablo mucho de ello

en mi diario. Por lo tanto, es posible que mi diario le dé a mi vida un

aspecto más feliz y despreocupado del que debería tener, según los

hechos. . ., aunque la verdad es que mi vida ha sido lo bastante feliz y ni

tan siquiera sueño con quejarme.)

 

Puede ser (y ahora no estoy sino haciendo suposiciones) que de

mi conversación telefónica con Gold sacase la idea de que pasaban

demasiadas cosas en la novela corta y de que tenía entre manos una

novela deshidratada. Dado que Doubleday había publicado hasta el

momento cuatro novelas mías y tenía en prensa dos más, me senúa

como un escritor bien establecudo en la Doubleday que podía hacer

uso de las prerrogativas que lleva consigo el puesto. Es posible, por

lo tanto, que me pareciese razonable pedirle a Walter Bradbury que

leyese la novelita y me dijese si créía que en ella se escondía una

verdadera novela.

 

El 17 de marzo de 1954, mientras yo estaba en Nueva York, le dejé

la novela corta a Bradbury el cual, amablemente, accedió a mi peti-

ción. Esta vez había juzgado acertadamente. Bradbury dijo que ahi

había una novela valiosa y el 7 de abril me llamó para decirme que

tenía un contrato en marcha.

 

Firmé el contrato el 2I de abril y me enfrenté entonces a la perspec-

tiva de contar de nuevo la historia con una longitud triple. Me llevó

exactamente medio año el hacerlo y acabé el 5 de diciembre de 1954.

Una semana después sometí el resultado a Doubleday y el 4 de agosto

de 1955 recibí un ejemplar de prueba del libro.

 

Aquí, pues, está la novela corta original a partir de la cual se

preparó la verdadera novela.

 

Elfin de la eternidad

 

La sección de la etemidad entregada al siglo 575 está orientada

hacia la materia. Los vórtices de energía del 300 han desaparecido; la

dinámica de campos del 600 no ha llegado aún. En los veinte milenios

que van de la primera a la última, la materia se usa para todo, desde

paredes hasta sartenes. Tampoco los cambios registrados en la reali-

dad han afectado eso. Considerada como un todo, en la eternidad la

orientación hacia la energía ha sido siempre la excepción.

 

Ello no quiere decir que Brinsley Sheridan Cooper (siglo 28),

nacido en otro tiempo orientado hacia la materia, se encontrase

como en su casa cuando entró en la antesala que se extendía después

de una puerta transparente para seguir luego, indefinida, a través de

todo el 575. Después de todo, también en la materia hay modas. Para

un “energético”, la materia tiende a ser materia y nada más. Toda la

materia es tosca, pesada y bárbara. Para un “matricial”, sin embargo,

existe la madera, el metal (subdivisiones, pesado y ligero), el plás-

tico, los silicatos, el cemento y el cuero en innumerables combinacio-

nes y variedades.

 

A Cooper, cuya noción de un mundo estaba construida alrededor

de estructuras de aleaciones de metales ligeros, la visión de un

océano de cristal y porcelana, mirase donde mirase (aún más impre-

sionante porque en esos momentos no se veía a ningún ser humano),

le había dejado con la boca abierta.

 

Pemmaneció así hasta que una voz áspera, cargada de un acento

del milenio cuarenta, dijo:

 

—Preséntese, maldita sea.

 

Cooper parpadeó.

 

—Lo siento, señor, pero creo que no...

 

En su confusión, usó su propio dialecto del siglo 28.

 

La expresión algo airada de su interlocutor se suavizó al oírlo y la

nariz aquilina que asomaba bajo unas cejas gruesas y algo canosas se

hizo un poco menos impresionante. La puerta que había tras él y a

través de la que había entrado, seguía haciendo girar suavemente su

pesado cristal sobre la bisagra fommada por un campo longitudinal,

una concesión a la energética no demasiado extraña en un tiempo

orientado hacia la materia.

 

Tendió una ancha mano para detener la puerta y dijo:

 

—Lo siento, hijo. Pensé que eras un nativo de este tiempo.

 

—No, señor—dijo Cooper, intentando parecer resuelto—. Soy

B. S. Cooper, del 28. Mis credenciales.

 

Se había pasado ya a la lengua del milenio sesenta que había

estado practicando durante días.

 

Le alargó la cápsula personal pero él no examinó la pelicula

puesta al descubierto sino que la apartó a un lado y se rió.

 

—Mis disculpas—dijo—. Estábamos esperando a un nativo para

que se encargase del mostrador de recepción y saqué conclusiones

apresuradas. Estamos teniendo problemas para encontrar a un nuevo

hombre, y acabamos con el antiguo algo más pronto de lo que esperá-

bamos. Ya sabe cómo son estas cosas.

 

Lo dijo con una facilidad de veterano que Cooper intentó imitar

en su gesto de asentimiento. Después de todo, los nativos eran suje-

tos de observación y experimento aparte de los trabajos que pudiesen

desempeñar. Tendría que acostumbrarse a eso.

 

El otro siguió hablando.

 

—Hay que estar siempre vigilando a los nativos. Nunca entienden

realmente la etemidad, nunca se les mete en la cabeza que no se

puede tratar el tiempo como si fuera una pelota de fútbol. A veces

tardan segundos antes de registrar su entrada. Si tienen que registrar

su salida lo hacen y luego se van a los aseos, a este lado de la cortina.

Cuando vuelven al tiempo, se encuentran en el lado equivocado de

un agujero de dos minutos y entonces los computadores montan un

escándalo... ¿De dónde eres?

 

—Veintiocho.—Luego, ansiosamente, le preguntó—: ¿Es usted

de alguna época cercana?

 

—Soy del 413. ¿Qué te trae aquí, hijo?

 

El rostro de Cooper se ensombreció. Podría haber adivinado el

tiempo del hombre por su acento pero, ¿dónde está el Etemo que, en

su primera misión en un nuevo sector de la etemidad, pueda resistirse

a preguntar a gritos: “Hay alguien aquí del viejo 123”, o de su tiempo

natal, sea cual sea? O, si es demasiado joven y tímido, o demasiado

viejo y consciente de su dignidad como para decirlo en voz alta, al

menos puede pensarlo. Hay algo en el compartir un conjunto común

de tropismos y prejuicios sociales que ni todo el lavado y entrena-

miento de la escuela de novatos pueden eliminar por completo. Y la

persona más insoportable del mundo, si está ataviada con un traje

que uno reconoce como el traje correcto, el que en lo más hondo del

corazón de uno es apreciado toda la vida como el único traje co-

rrecto, se convierte en un príncipe y un compañero al que apreciar.

 

Pero 413 era solamente un número para Cooper. En ese instante

no podía recordar nada más respecto a él que el ser parte de un

milenio marcado por la subpoblación y que exportaba árboles y semi-

llas a varios siglos desprovistos de bosques. Así mismo, lo hacía en

vastas cantidades, dado que los árboles y las semillas no eran tan

sensibles con respecto a la realidad como los sueros antivirales, los

embriones humanos o los relés de vórtice.

 

—Tengo que ver a Laban Twissell—dijo Cooper, sin poder evitar

subir un poco el tono de voz al decir eso.

 

Las cejas del otro se alzaron un poco y recogió la cápsula personal

que antes había pasado por alto, examinándola cuidadosamente.

 

—¿El jefe programador Twissell?

 

—Eso es.

 

—Bueno, Cooper, siéntese y yo me pondré en contacto con él.

Por cierto, mi nombre es Nero Attrell.

 

El toque anterior de condescendencia había desaparecido de su

voz.

 

Cooper tomó asiento y sus labios temblaron un poco ante el

deleite reprimido que sentía. Estaba aquí a petición del jefe progra-

mador Laban Twissell, y Twissell era un miembro del Gran Consejo

Pantemporal y estaba considerado en toda la etemidad como el más

grande de los ejecutores.

 

Y era Twissell quien había pedido que Cooper le fuese asignado.

No había dado razones para ello y, con todo, Cooper estaba conven

cido de que conocía la razón. No le había hablado a nadie de su

convicción, ni tan siquiera a Genro Manfield, su instructor y el hom-

bre a quien, hasta el momento, más había respetado en su corta vida.

 

Después de todo, desde hacía bastante tiempo había llegado a ser

obvio para él que se le estaba preparando para una misión especial.

Había tenido sus primeros atisbos de lo que debía ser tal misión hacía

 

132                                                                             133

 

I

 

l

más de un fisioaño. (Había que aprender, casi al principio de la

educación, la diferencia entre los años, que no existían en la etemi

dad, y los fisioaños, que representaban meramente la medida del

envejecimiento del cuerpo humano.)

 

Había sucedido de este modo. Había cinco “novatos” en la clase

del siglo 28, dos de la segunda década y uno de la quinta, otro de la

séptima y otro de la novena. Él era el estudiante de la novena dé-

cada, habiendo nacido en el 2784 y entrado en la escuela en el 2798.

Si hubiese pemmanecido en el tiempo, llevan'a ahora siete anos perte-

neciendo al siglo 29; pero los siglos se contaban siempre desde el

momento en que uno abandonaba el tiempo y pasaba al entrena-

miento. Sería del 28 hasta el día en que muriese. (Mentalmente,

cambió la frase por un “hasta que muera,>. ¿De qué servia hablar de

“días” en la etemidad aunque, por supuesto, todos lo hiciesen? De-

cían “ayer” y “puede que el año próximo”, como si eso significase

algo )

 

Pero de los cinco novatos sólo él se especializó. Le hicieron pasar

a través de las matemáticas de computación todo lo deprisa que pudo

y, excepto por eso, todo el resto del esfuerzo fue consagrado a la

Historia Primitiva. Se quejó una vez. Los otros, señaló, estaban reci-

biendo cursos bien equilibrados.

 

El instructor Manfield se había frotado su castaña cabellera hasta

convertirla en U!l confuso revoltijo y había dicho:

 

—Son órdenes directas del Gran Consejo Pantemporal, hijo. No

sé el porqué.

 

(La gente tenía siempre tendencia a llamarle “hijo” a Cooper,

quizás a causa de que su cabellera y sus ojos claros junto con su rostro

de mentón poco pronunciado le hacían parecer bastante más joven

de lo que era.)

 

No había nada que hacer salvo volver a examinar los viejos perió-

dicos (impresos sobre papel en los días anteriores a ponerse de moda

la peUcula), hasta que las vidas, los hechos y los nombres muertos

haáa mucho fuesen para ambos cosas vivas.

 

Pero creyó saber lo que le estaba sucediendo y la razón; y aguar-

dó, con más o menos irnpaciencia, la llamada de Twissell. Había lle-

gado.

 

Antes de partir tuvo una última conversación con Manfield y fue

incapaz de no hacer alusión a ello. Con toda seguridad Manfield

debía saber algo y Cooper deseaba ver corroboradas sus ideas. Lo

deseaba enommemente.

 

—¿Para qué puede querer vemme, señor?—preguntó—. Me he

estado especializando en Historia Primitiva.

 

—Lo sé. Lo sé.—Manfield le sonrió—. Me temo que durante los

años que hemos pasado con ella ha llegado a interesamme demasiado.

Probablemente continuaré en ese campo después de que te hayas

ido.

 

Cooper sabía a qué se estaba refiriendo. Las revistas de noticias

de los siglos primitivos, con sus crónicas de sangre incontrolable,

crimen y pasión, dejaban un sello indeleble, el de una realidad que

no podía ser alterada, constituyendo una lectura fascinante. Echaría

de menos las horas que él y Manfield habían pasado juntos ocupán-

dose de ellas.

 

Cooper se acercó un poco más a lo que estaba seguro que era la

verdad.

 

—Pero yo quiero trabajar sobre los siglos primitivos. Quiero ha-

cer una investigación original sobre ellos. Trabajar sobre los 500 no

sería exactamente lo que quiero.

 

En ese momento, si Manfield sabía algo, no podría resistir la

tentación de hacer alguna alusión. Pero o Manfield no sabía nada o

era demasiado listo para caer en una trampa, o—y esto Cooper lo

rechazaba con amargura—todas las especulaciones de Cooper esta-

ban equivocadas.

 

—Siempre habrá tiempo libre para que puedas dedicarlo a tu

afición, hijo—le dijo Manfield.

 

Sonrió de nuevo, pero hasta sus sonrisas pareáan esconder un

matiz de pena. Sus estudiantes, todos los cuales le querían, no sabían

nada de su pasado. Jamás hablaba de él, ni tan siquiera con Cooper,

que había pasado con él la mayor parte de su tiempo. De algún modo

se había filtrado hasta los estudiantes la información de que había

nacido en los milenios más adelantados (“los cuandos altos”, como

decía la frase hecha). v lo aceptaban sin demasiado interés por buscar

una prueba de ello. Se deáa que en tiempos había sido programador,

un matemático muy destacado, un buen candidato para el Gran Con-

sejo Pantemporal y que lo había tirado todo por la borda para con-

vertirse en instructor de novatos en los lejanos siglos de los cuandos

bajos.

 

—¿Cómo te encuentras?—preguntó Manfield.

 

—Un poco asustado. Un poco nervioso—dijo Cooper con since-

ridad—. Ya sabes que nunca he estado en ningún cuando, excepto el

viaje de estudios al 40, y eso fue solamente un informe de dos días

acerca de la vida municipal bajo condiciones descentralizadas.

 

Lo que no añadió fue que sólo mediante muchas súplicas consi-

guió que se le permitiese ir, aunque se trataba de un trabajo elemen-

tal para el resto de la clase.

 

Y a la mañana siguiente, Brinsley Sheridan Cooper había cogido

una pequeña cabina cronomóvil unipersonal y había pasado, en soli-

tario, por los corredores de la eternidad. La cabina no cruzaba el

espacio en el sentido usual del término y, por supuesto, no cruzaba el

tiempo ya que la eternidad cortocircuitaba todo el tiempo desde el

siglo 28 (el primer siglo de la eternidad, un hecho que constituía el

título de fama más grande y orgullosamente proclamado por el 28)

hasta la insondable muerte entrópica que se hallaba hacia delante.

 

Pero, ¡santo Cronos!, la cabina cruzaba, sobrevolaba o bordeaba

algo. Cooper seguía careciendo del entrenamiento necesario y era lo

bastante joven como para preguntarse qué era ese algo.

 

Sus preguntas no le ayudaron. Fuese lo que fuese, siguió sin saber

 

134                                      !                                       135

de qué se trataba, pero pasó, y luego hubo un pulcro y pequeño

cartel en el que se podía leer 575 en el sistema de numeración local al

igual que en estándar atemporal. (Había incluso una lengua estándar

atemporal que, fuese por lo que fuese, raramente se usaba fuera de

los informes oficiales. Los dialectos locales, parecía, eran más satis-

factorios y Manfield solía explicar eso calificándolo de una expresión

inconsciente del impulso de “volver-al-tiempo” . )

 

Unos instantes más y Cooper vería a Twissell. ¡Twissell! El jefe

programador más viejo de todos los que vivían; el hombre que había

autorizado más cambios cuánticos en la realidad que cualquier otro

jefe programador que hubiese vivido jamás; el hombre que era la

mayor autoridad sobre Harvey Mallion, el primitivo del siglo 24 que

había hecho posible la Eternidad.

 

Harvey Mallon, la lliave a su propio.. .

 

La voz de Attrell interrumpió sus divagaciones.

 

—El jefe programador Twissell estará dispuesto a recibirle pron-

to, hijo.

 

—Gracias, señor.

 

A Cooper nunca le ofendéla la palabra “hijo”. Si él y Attrell exis-

tiesen en el tiempo, él tendrla unos cuarenta mil años más que At-

trell. Podría ser el tatara-tatara-tatara-tatara-muchas-veces-tatara-

buelo de AttrelL Pero esto no era el tiempo; esto era la etemidad.

Aqlú la palabra “hijo” no significaba nada. Realmente nada, dado

que ningún eterno podía tener un hijo. Todos los eternos debían

nacer en el tiempo de padres pertenecientes a él. Sólo de ese modo

podía seguirse asegurando el que los eternos retendrían la conexión

espiritual con la humanidad que tan necesaria era para su trabajo.

Que los eternos tuviesen hijos propios, eternos desde el nacimiento,

y muy pronto se formarían dinasbias divorciadas de la Tierra. De ser

los sabios directores y moldeadores de la humanidad, los eternos se

convertinian en sus tiranos.

 

(Cooper seguía siendo lo bastante joven y tenla aún el recuerdo

de la escuela lo bastante fresco como para no sentir ninguna punzada

de vanidad por ser idealiista. )

 

—¿Le gustana echarle una mirada al Siglo mientras espera?—pre-

guntó Attrell.

 

—¡Sí! —contestó Cooper, sonriendo de pronto—. ¿Puede

arreglarse?

 

—No hay problema. Tienen un observador trucado aquícuando.

Lo usan centrándolo en el 6i~0 y luego cambian a foco de campo.

Hay uno en el laboratorio de al lado que puedo sintonizar para

usted.

 

—¡Bueno, gracias!

 

Nero AttreUi lanzó una cautelosa ojeada al joven que tenía al

lado. Llevaba veinte fisioaños siendo un eterno y no sentía ninguna

afición a darle gusto a novatos que, en sus primeras misiones, nada-

ban en océanos de salvar mundos.

 

Pero, de algun modo, éste tenía que ser distinto. Twissell le había

mandado a buscar. Twissell era un hombre difícil de conocer, pero

Nero Attrell había conocido buena parte de la vida del viejo caba-

llero como para saber cuándo estaba nervioso.

 

Y Twisseri estaba nervioso.

 

Sólo unos instantes antes su voz había gorjeado suavemente en el

oído de Attrell a través del comuno.

 

—Sí, he estado esperando a ese joven. Estaré liisto pronto. Me

daré prisa. Es solamente un cambio cuántico del que debo asegurar-

me antes.

 

El nerviosismo era obvio. Se hallaba en la palabra “prisa".

 

Twissell jamás se había dado prisa por los demás. Una vez había

hecho esperar cinco horas a un comité del Gran Consejo Pantempo-

ral, y jamás se había tomado la molestia de dar una expliicación. Pero

ahora iba a darse prisa por un novato delgado y pálido que estaba

abrumado por hallarse en un otrocuando tan lejano de su hogar.

 

Todo ello dotaba al recién llegado, Cooper, de un extraño interés

y Attrell se descubrió sintiendo en su interior el principio de una

amistad hacia el muchacho.

 

Attrell no tardó demasiado en sintonizar el observador. El 575

era preciso v lógico en sus técnicas. El observador parecía sola

mente una mesa con la superficie de cristal pero, de pronto, el

cristal no estaba allí y en su lugar había una ciudad, con el aspecto

de una excelente fotografía tridimensional en color. Attrell sonrió

levemente cuando a Cooper se le escapó una leve exclamación.

Había estado esperándola. Siempre surgFla cuando un espectador

desprevenido notaba por primera vez que había movimiento dentro

de la “fotograffa”.

 

El novato se inclinó sobre el observador, intentando meterlo en

sus ojos todo a la vez. Luego retrocedió un paso, frunciendo el

ceño.

 

—Si desea verlo más de cerca—dijo Attrell—, le enseñaré cómo

funcionan los controles. Son muy sencillos.

 

El novato meneó la cabeza.

 

—Está bien. Yo..., no es tan diferente, ¿verdad? Pensé que, de

algún modo, sería distinto.

 

—¿Distinto de cuándo?

 

—De. . . del 28. De casa, ya sabe.

 

—¿Debena serlo?

 

—Bueno, son cincuenta mil años en el futu... eh..., cincuenta mil

años en un cuando más alto.

 

Attrell sonrió con tolerancia.

 

—Sabe—dijo—, creo que no se ha inventado nunca al novato

que no haya tenido la misma sensación la primera vez que veía el

tiempo de su primera asignación. Sea como sea, las cosas nunca son

distintas.

l

 

l

 

I

—¿Lo dice de veras, señor Attreri?

 

—Bueno, puede que esté exagerando un poco. Mire, ¿le importa

que le explique aligo?

 

—Lo agradecena, senior Attrell.

 

Bueno, pensó AttrerFi, es cortés. A menudo le habían dicho a

Attrell (una vez incluso Twissell se lo había dicho) que era un hom-

bre de los siglios subpoblados y que, por lo tanto, estaba destinado a

no hallarse a gusto en companiFi'a de desconocidos. Puede que fuese

así, pero estaba empezando a sentir simpatía por el chico.

 

—Muy bien, entonces, esto es lo que quiero explicar—dijo con

amabilidad—. Va a encontrarse con que el modelo humano de la

historia no es una línea, es una curva sinusoidal irregular. El progreso

no continúa en una sola curva de modo que todos los tiempos difie-

ran del suyo. Una era dada es probable que sea tan parecida a la suya

como que sea distinta.

 

—Me han enseñado eso.

 

—Sí, le han enseñado eso. Pero alguien del 28 no lo cree real-

mente hasta que lo ve. No me entienda mal; no tengo nada contra el

28, pero debe admitir que el 28 es solamente el primer siglo completo

de la eternidad. ¿Correcto?

 

—Ciertamente.

 

—Y el 28 es siempre muy consciente de los tiempos primitivos; los

siglos antes de que empiece la eternidad.

 

—Sí. De hecho, la Historia Primitiva es mi campo de especializa-

ción.

 

—Ahí tiene. El último milenio de los tiempos primitivos fue una

especie de desarrollo en Imea recta con una tecnología en progreso

continuo. Naturalmente, se cae en el hábito de pensar que una línea

recta como ésa continuará. No tengo que decirle a un graduado en

Historia Primitiva que a veces la raza humana no progresa, si es que

una palabra tal tiene algún significado; a veces retrocede.

 

—Es cierto—dijo Cooper, frunciendo algo afectadamente los

labios—, durante un milenio después del primer siglo hubo un de-

clive tecnológico tal que los estándares del medio milenio anterior al

primer siglo no se recuperaron realmente hasta que. . .

 

Attrell, que había estado prestando atención a las maneras leve-

mente pomposas con las que Cooper exhibía su recién adquirido

saber, sufrió un repentino espasmo de sospecha. ¿Acaso era él quien

estaba siendo tomado a broma?

 

—¿El medio milenio anterior al primer siglo?—preguntó.

 

—Sí. De veras. El primer siglo no fue el primero.

 

—¿Así que lo llaman el primer siglo sin razón?

 

—Es un poco complicado. Mire, es como si.. .

 

—Bueno, no importa.—Attrell decidió que el muchacho hablaba

en serio y no sentía deseo alguno de profundizar en las paradojas del

tiempo—. Es su especialidad, así que aceptaré su palabra—dijo—.

Yo me gradué en tramas vitales. Lo que estoy intentando dejar claro

es lo si~uiente: la ~ente se mueve en círculos. Puede que estén muv

lejos, en un cuando arriba o en un cuando abajo, y puede que sigan

siendo muy parecidos a usted. O puede que estén justo en el cuando

de al lado, y sean completamente distintos. No se deje impresionar

tampoco por esa diferencia. Lo que a usted puede parecerle decaden-

cia o barbarie, para otras personas puede suponer el descubrimiento

de unos valores nuevos y mejores. ¿Está familiarizado con el 413?

 

Contra su voluntad, Attrell descubrió en su fuero interno que

empezaba a ponerse a la defensiva, casi de un modo beligerante.

 

Cooper meneó la cabeza.

 

—No en detalle.

 

—Sólo tenemos cien millones de personas en él. Es un buen

tiempo.

 

De pronto, le invadió la añoranza. Había pasado mucho tiempo

desde que visitó el 410 y el 420. Podía oler el aire fresco con su aroma

a pinos y ver el azul de los glaciares recortándose en el horizonte.

Casi podía sentir el espacio despejado, las vastas extensiones abiertas

de su mundo.

 

—Supongo que su 28 está algo congestionado—dijo melancólica-

mente.

 

—Bastante. Cinco mil millones.

 

—Igual que este 575. Como casi todos los cuandos. En mi tiempo

había una pequeña era glacial, ya sabe. Los bosques lo cubrieron

todo y las ciudades se disgregaron en agrupaciones más pequeñas

donde la vida era más fácil. Nos gustaba, ya puede suponerlo, pero

cada vez que hay un cambio cuántico las eras subpobladas quedan un

poco encogidas. Ése es el único nombre que les da el Gran Consejo

Pantemporal, “las eras subpobladas,>. En las otras edades glaciares

había ciudades subterráneas o desarrollaban la energía solar. La ma-

yor parte mantenían alta la población.

 

“Pero yo creo que la subpoblación es excelente. No la considero

subpoblación; la considero población inteligente. La gente de casi

todos los cuandos se queda horrorizada ante eso. Ahí tiene...

 

Attrell se estaba emocionando y, por supuesto, como siempre que

se ponía así se mordió los labios y hubo un silencio repentino que

duró un lapso incómodo de tiempo.

 

—¿Cuándo dijo el ejecutor Twissell que iba a verme?—preguntó

finalmente Cooper.

 

—Con Twissell nunca se sabe—dijo Attrell. Luego, incapaz de

resistir el impulso, le preguntó—: ¿Supongo que está en el proyecto

Harvey Mallon?

 

Attrell se divirtió al ver cómo surgía la alarma en los ojos del

joven. Eso confirmaba también una sospecha.

 

—¿Qué proyecto Harvey Mallon?—preguntó Cooper—. No sé

nada de eso.

 

—Si no sabe nada, ya se enterará. Eso es todo lo que le interesa

ahora a Twissell. De vez en cuando da seminarios y nos habla de

Harvey Mallon hasta la muerte. Todo lo que hace tiene algo que ver

con Mallon.

  —¿Y por qué no, planeador asociado?—dijo una voz amable                 ~        El jefe programador se volvió hacia el novato.

quitándole cualquier énfasis al título que acababa de mencionar.                   —¿Sabe usted algo sobre Harvey Mallon? Está más cerca de su

  Attrell disimuló su sorpresa. No había oído entrar a Twissell.                 tiempo. Ha estudiado a los primitivos.

  —Por nada, jefe programador.                                                    —Hay escasa documentación sobre su vida, señor.

  Cooper se puso rígido. Sus pálidas mejillas se ruborizaron y sus                 Twissell sonrió.

delgados rasgos parecieron más afilados que nunca.                                 —¿Eso es todo lo que puede decir, muchacho?

  —¿El jefe programador Twissell?—preguntó tartamudeando.                          El cigarrillo que tenía entre los dedos se había consumido hasta el

  Attrell observó la reacción de Cooper y en una comisura de sus                 punto que sólo quedaba la colilla y, en su lugar, apareció otro encen-

labios aleteó por unos instantes la sombra de un temblor. Tenía una              dido. El intercambio fue realizado con la engañosa facilidad que

idea bastante buena de lo que sentía Cooper. Había visto una mirada              revelaba toda una vida de práctica, pero a Attrell le pareció, como se

similar, mitad incredulidad y mitad decepción, en los ojos de una                lo parecía siempre, una exhibición gratuita de habilidad.

docena de novatos cuando sus ojos se encontraban por primera vez                   —Le ofrecería un cigarrillo—le dijo Twissell a Cooper—, pero sé

con el gran hombre de la etemidad.                                               que no fuma. Casi en ningún cuando de la eternidad está bien visto

  Pero, cuando la reputación de un hombre es colosal y su nombre                 fumar. Sólo en el 72 hacen buenos cigarrillos, y los míos los importo

mágico, es difícil encararse con la realidad ffsica de una figura encor-     '   especialmente desde alli. Es una pena. La semana pasada tuve que

vada, un rostro pequeño y regordete, una calva lisa y pronunciada,           |   estar dos días en el 123 sin fumar. En el 123 no les importa el incesto.

unos ojillos que se perdían dentro de un millar de pequeñas arrugas,         |   pero se habrían desmayado como solteronas si hubiese sacado un

una sonrisa benevolente y un cigarrillo. Por encima de todo, el ci-          I   cigarrillo. A veces pienso que debería disponer un cambio cuántico y

garrillo.                                                                    ~   acabar con todos los tabúes sobre el no fumar de la eternidad entera,

  Cooper tenía el aspecto de ver por primera vez en su vida un               ~   pero cada vez que intento imaginarlo me encuentro que causa gue-

cigarrillo. Cuando una nubecilla de humo le alcanzó, se encogió vi-          ~   rras en el 58 o una sociedad esclavista en el 1000. Siempre hay algo.

siblemente.                                                                  I     “¿Le gustaría ver un cambio cuántico, muchacho?—prosiguió

  —¿Es usted mi muchacho? ¿Mi jovencito?                                         con el mismo tono monótono de voz—. He dispuesto uno para usted.

  Twissell se acercó a Cooper, alzando la vista hacia su rostro,             ~     Cogióalnovatoporelcodoylehizosalir.

                                                                                   Los ojos de Attrell les siguieron con gravedad. Nunca había visto

                                                                                 a Twissell actuar de un modo tan excéntrico ni hablar tanto.

                                                                                   Se encogió de hombros. No iba a descubrir nada, así que ¿para

                                                                                 qué romperse la cabeza? Volvió a su oficina y tomó asiento para

                                                                                 trazar mapas vitales del mismo modo concienzudo que había usado

                                                                                 durante fisioaños enteros. En tiempos había tramado las rutas vitales

                                                                                 alternativas (incluyendo todas las de probabilidad superior al 0,01) de

                                                                                 572 individuos en cuyos siglos no había ningún tipo de tratamiento

                                                                                 decente para el cáncer. Eso incluía desde el 27 hasta el 35, que no

                                                                                 había logrado desarrollar una tecnología genética manejable, y partes

                                                                                 de los bastante excéntricos 52 y 53, que habían reaccionado violenta-

                                                                                 mente a la medicina física (induyendo el uso de exploraciones psíqui-

                                                                                 cas y otras ayudas físicas al psicoanálisis), retrocediendo a un tipo de

                                                                                 psiquiatría que tenía bastantes puntos de contacto con la curación

                                                                                 mediante la fe.

                                                                                   De todos los 572 cuyas rutas vitales había tramado, exactamente

                                                                                 17 se habían beneficiado como resultado de ello. O, al menos, la

                                                                                 extensión de las vidas de los 17 no había implicado cambios cuánticos

                                                                                 de valor negativo, y sus muertes prematuras de cáncer habían sido

                                                                                 evitadas. El tratamiento era caro, pero los miembros de los gobiernos

                                                                                 de esos siglos seguían pidiendo más a gritos; más sueros anticáncer

                                                                                 enviados a través del tiempo al coste que fuese, más vidas que salvar.

                                                                                   Attrell sabía muy bien que los que se salvan'an serían más bien

                                                                                 pocos. Era la tesis favorita de TwisseU: con cada cambio cuántico en

 

como si intentase ver claro a través de la neblina creada por el cigarri-

llo, hablando con un espantoso acento dialectal del tercer milenio.

 

_Soy Brinsley Sheridan Cooper, señor—dijo Cooper—, en mi-

sión y esperando órdenes.

 

Habló en lengua del milenio sesenta, con la trabajosa lentitud del

que acaba de salir de la escuela.

 

—¡Oh, formalidades!—El jefe programador agitó la mano que

sostenía el cigarrillo y unas cenizas, ligeras como plumas, cayeron

sobre el suelo pulimentado—. Y no se tome la molestia de hablar en

milenio sesenta. He estudiado mucho su propia lengua. La hablo

maravillosamente bieri... Y ahora, dígame, ¿qué tiene de malo el

interés en Harvey Mallon, planeador asociado Attrell?

 

Attrell la reconoció como lo que era, una pregunta retórica y de

todos modos, no creía que pudiese hablar milenio tres con la fluidez

suficiente, así que mantuvo un silencio estratégico.

 

—¿Acaso no es digno de estudio?—dijo Twisselll . Es un primi-

tivo, así que no se puede llegar personalmente hasta él en una cabina.

Y, con todo, inventó el campo temporal en el 2354 y eso hizo posibles

las cabinas cuatrocientos anos después. Allanó el terreno para la

eternidad y seguimos sin saber a ciencia cierta cuándo nació o cuándo

murió. Preguntemos a mi muchacho.

 

(Esta última palabra la Fonunció como “muishasho”, con el

acento en la tercera sílaba, y en los oídos de Attrell eso sonaba como

una vil perversión de lo que la palabra debía ser.)

 

140                                      1                                       141

beneficio de la humanidad, sería más difícil encontrar el siguiente.

Nunca imposible; pero siempre más difícil.

 

Attrell suspiró. ¿Llegaría el día en que ninguna vida pudiese ser

alterada en todo el tiempo? ¿Cuando la historia humana siguiese

finalmente su camino ideal?

 

El Gran Consejo Pantemporal decía que no. No podía haber ideai

alguno en un número infinito de caminos. Lo único que podía hacer-

se era aproximarse asintóticamente a él. Acercarse, eternamente.

Llegar, nunca.

 

Volvió a inclinarse sobre la vida de Lyman Hugh Shapur del siglo

29 y trazó otra vez la extraña bifurcación doble que aún no había

conseguido interpretar del todo. Veamos, si. ..

 

Anders Horemm, nativo del siglo 29 (muy rígido y restrictivo en

cuanto a la energía atómica, levemente rústico, amante de la madera

natural como material estructural, exportadores de ciertos tipos de

potables destilados a casi todos los cuandos, e importadores de tré-

bol), tomó la cabina hacia el siglo 2456.

 

Su rostro cetrino, con las mejillas pronunciadas y los labios delga-

dos, estaba tranquilo. No mostraba nerviosismo alguno frente a un

delicado trabajo en el que no era posible ningún error. Jamás se le

había ocurrido que pudiese cometer un error en un cambio cuántico.

Hasta el momento, su confianza en sí mismo no había estado fuera de

lugar.

 

Horemm había empezado su carrera en la eternidad como obser-

vador. En tanto que los programadores permanecían en la atmósfera

rarificada de sus trabajos matemáticos y los planeadores de vidas se

internaban en la agotadora e interminable jungla de la posibilidad

infinita, y los sociales tejían sus frágiles teorías concernientes a los

hombres y las cosas, el observador salía decididamente al tiempo y

traía de vuelta los datos, sin analizar, que los alimentaban a todos.

 

El observador no obtiene gran reconocimiento por ello. La litera-

tura de la eternidad resuena con los aplausos a la brillantez de la

computación, las delicadezas del tramado, la inteligencia de la socia-

lización, pero muy poco se dice del observador que recoge los hechos

y aún menos del técnico, cuyas manos tiran de las cuerdas que cam-

bian miles de millones de vidas.

 

Horemm llevaba cinco años siendo un técnico. La mayor parte de

ese tiempo había trabajado directamente con Twissell. Twissell le

había dicho lo que debía hacer y por eso Twissell recibía honores.

Horemm haáa lo que Twissell le decía y por hacerlo no era apre-

ciado. Era como si los eternos, incapaces de evitar la culpa colectiva

que implicaba el hecho de jugar a ser Dios con las vidas de generacio-

nes enteras, la evitasen colocando sobre los hombros de los técnicos

el peso de dicha culpabilidad.

 

En sus observaciones de las sociedades que practicaban la pena

capital, Horemm había notado la misma distinción social entre el

respetado juez que ordenaba que se realizase la ejecución y el em-

pleado del gobierno que llevaba a cabo la orden pagando el precio

del ostracismo social.

 

Horemm no sentía amargura por eso. Sentía una austera alegna

siendo un técnico y trabajando para Twissell. No habría cambiado su

posición por nada.

 

Por encima de todo, sentía una extrema complacencia al trabajar

en lo que Twissell llamaba “el misterio Mallon”. Era el mismo Ho-

remm quien había penetrado ciertas eras durante misiones cuyos

resultados no habían sido registrados en ningún libro de acceso pú-

blico. Era él quien había seguido vidas que Twissell no le habría

confiado a ningún planeador profesional. Era él, en persona, quien

había localizado por primera vez a Brinsley Sheridan Cooper, y su

lenta sangre se había inflamado al enterarse de que aquí, al fin,

estaba la persona que Twissell había buscado. Él, personalmente,

había ido hacia abajo en el cuando (todo lo atrás en la vida de Cooper

que Twissell había osado llegar) para meter a Cooper primero en la

escuela de novatos y luego en la clase adecuada de entrenamiento

especializado. Luego, cuando había transcurrido el entrenamiento

mínimo, era Horemm quien había enviado el mensaje en nombre de

Twissell, ordenando a Cooper que fuese al 575.

 

Todc) estaba hien. Si Horemm fuese un hombre dado a sonreír,

ahora habría sonreído. En el hiperaislamiento de una cabina que

ascendía por los corredores interminables de los siglos, hasta podría

haber reído en voz alta. Pero sólo sentía la fría satisfacción de una

fisiodécada de laborioso trabajo que se acercaba a su clímax mientras

veía desvanecerse los siglos a través y más allá de su cabina.

 

La cabina se detuvo al fin, suavemente, de modo automático, y la

realidad se solidificó partiendo de las borrosas neblinas que la habían

rodeado.

 

Horemm no hizo ni una pausa para percibir las nuevas facetas que

todo siglo le ofrece a unos ojos nuevos, incluso en el primero y más

trivial de los encuentros. Llevaba demasiado tiempo en su profesión

como para perder el tiempo con observaciones que no fuesen de uti-

lidad inmediata.

 

En cualquier caso, se hallaba sólo en esa sección de la eternidad

entregada al 2456, y no en el tiempo propiamente dicho. La barrera

que separaba la eternidad del tiempo se oscurecía con las tinieblas del

caos primigenio y su aterciopelada no-luz se hallaba característica-

mente punteada con los huidizos puntos de luz que reflejaban imper-

fecciones submicroscópicas de la materia que no podían ser erradica-

das en tanto perdurase el principio de incertidumbre.

 

Horamm ajustó con delicadeza la posición de la barrera y la cruzó

después en el segundo exacto del tiempo indicado por el análisis

espacio-temporal como óptimo para su propi)sito. La barrera llameó

con una brillantez intangible mientras la masa viajaba a través de

ella. moviéndose de la eternidad al tiemDo.

Un millón de toneladas de materia se desintegraban cada seg,undo

para alimentar las barreras que circundaban a la eternidad, pero la

energía no era problema. A veinte mil millones de años ascendiendo

en el cuando ardía la nova definitiva que fue una vez el Sol, y la

potencia energética de un millón de soles estaba allí para ser tomada.

 

Eso, al menos, era constante. Ningún cambio concebible de la

realidad, ninguna alteración posible en los insignificantes asuntos

humanos del tiempo podría alterar jamás la llegada de esa nova.

 

Horemm se encontró en un cuarto de máquinas. Estaba vacío y lo

seguiría estando durante dos horas y treinta y seis minutos bajo la

realidad presente; por dos minutos más bajo la realidad venidera. Su

propia presencia aquí, como había probado un cuidadoso cálculo, era

neutral. En tanto que ninguna entrada en el tiempo, por casual que

fuese, podía dejar de suponer una distorsión finita en la textura de la

realidad, no todas las distorsiones llegaban al nivel mínimo requerido

como para que se realizase un cambio cuántico.

 

Lo que Horemm hizo luego fue, aparentemente, aún más trivial

que el simple hecho de su presencia. Cogió un pequeño recipiente de

su posición sobre una estantería y lo movió hasta un lugar vacío en la

estantería que había debajo.

 

Habiendo hecho esto, volvió a entrar en la eternidad de un modo

que le pareció tan prosaico como hubiese podido serlo el cruzar una

puerta cualquiera. Para un observador clavado en el tiempo, habría

sido como si hubiese desaparecido.

 

El pequeño recipiente permaneció allí, donde lo había puesto. No

jugaba un papel inmediato en la historia del mundo. La mano de un

hombre se tendió hacia él y no lo encontró. La búsqueda realizada lo

encontró media hora después, pero, entre tanto, un campo de fuerza

se había extinguido y un hombre había perdido los estribos. Una

decisión que en una realidad previa habría seguido sin ser adoptada,

fue tomada ahora a causa de la ira. Un encuentro no tuvo lugar, un

hombre que habría muerto vivió un año más, y uno que habría vivido

un día más murió un día más pronto.

 

Las ondulaciones fueron ensanchándose.

 

Desde el instante en que el recipiente había sido cambiado de

sitio hasta todo el tiempo posterior, existió una nueva realidad. En

algunos siglos el cambio fue muy pronunciado, con culturas enteras

sutilmente alteradas. En algunos siglos el cambio fue muy leve. En

ningún caso fue de cero.

 

Mas, por supuesto, ningún ser humano que se hallase en el

tiempo podía ser consciente de que algún cambio hubiese tenido

lugar. Y, aunque millones de hombres que hubiesen vivido no llega-

sen a hacerlo a causa del gesto de Horemm, los eternos comprendían

y, excepto por un instinto irracional, nadie habría considerado a

Horemm un asesino.

 

Excepto, por supuesto, el propio Horemm.

 

Laban Twissell había sido parte del paisaje de la eternidad tanto

tiempo que pocas eran las personas con vida capaces de recordar una

eternidad sin él. Era del dominio público que había estado tanto

tiempo sumergido en los problemas de la humanidad que había olvi-

dado el número exacto del siglo en que había nacido. Se decía tam-

bién que a temprana edad se le había atrofiado el corazón y que una

computadora manual, similar al modelo que llevaba siempre en el

bolsillo del pantalón, había ocupado su lugar.

 

Twissell no hacía nada por negar esos rumores. De hecho, tendía

a creerlos él mismo. Le habría mortificado que le dijesen que una

parte de su nerviosismo interno era visible; que su corazón computa-

dora quizás estaba latiendo a un ritmo inapropiado, como si, después

de todo, no fuese más que un conjunto de músculos y válvulas.

 

Estaba mirando a Brinsley Sheridan Cooper. Al fin estaba mirán-

dole. Y nadie sabía, salvo él mismo y ese tipo raro, Horemm, que

este joven nervioso y carente de toda particularidad era..., todo.

 

Estaban subiendo a la cabina. Sus costados eran perfectamente

redondos y encajaban cómodamente en el pozo vertical. Twissell

dispuso los controles con una mano; la otra, por supuesto, manipu-

laba su cigarrillo. Se produjo la leve conmoción, no un giro, no un

movimiento, que significaba que la cabina estaba moviéndose a tra-

vés de la eternidad.

 

Miró a Cooper y le sonrió.

 

—¿Inquieto, jovencito?

 

Los ojos de Cooper seguian el discurrir de los números giratorios.

j~    —¿A cuánto vamos, señor?

 

—Dos-siete-ocho-uno. No muy lejos. Un paseo. Un pequeño pa-

seo—dijo Twissell.

 

—¿El 2781?

 

—¿No ha estado nunca tan lejos?

 

—Hasta el día de hoy, ejecutor Twissell, nunca había estado en

un cuando más alto que el 40.

 

—¿Y? ¿Está asustado?

 

Cooper se removió en su asiento.

 

—Son unos doscientos mil años de distancia de casa.

 

—Un eterno no tiene casa. Debería aprender eso, muchacho—

dijo Twissell con suavidad.

 

Los números iban y venían, aumentando cada vez más.

 

—¿Hasta dónde ha remontado en los cuandos, señor?—dijo

Cooper.

 

—Creo que doscientos mil siglos, más o menos. No vale la pena

ir m~ás lejos, excepto los ingenieros que se aprovisionan de la nova

Sol. Para entonces, hacia el doscientos mil, la humanidad abandona

la Tierra.

 

El viejo ejecutor estudió el rostro intranquilo del otro.

 

—Supongo que eso no se lo enseñaron en la escuela, ¿no?

 

1(1. Cuentos paralelos

—Estaba muy especializado en otra dirección, señor—replicó

Cooper, sopesando sus palabras.

 

Pero Twissell no les prestó atención.

 

—Pero el hombre acaba por abandonar este viejo mundo—dijo.

 

—¿Por qué?

 

—No se sabe con exactitud. La entrada en el tiempo se detiene

algunos siglos antes de la partida. Algunos dicen que es la evolución;

el hombre se convierte en algo distinto al hombre. Algunos dicen que

es la ciencia, los hombres aprenden al fin el secreto del impulso

hiperespacial y pueden llegar a las estrellas.

 

~on todo, no hay razón para que deban abandonar la Tierra.

 

—Algunos piensan que se van para escapar de nosotros y nuestros

eternos manejos de la realidad—dijo Twissell.

 

—¿No podemos hacer que se queden?

 

—¿Por qué deberíamos hacerlo? ¿No hay trabajo suficiente en

nuestros doscientos mil siglos de etemidad?

 

—¿Qué sucede después de que se van?

 

—Nada. La eternidad continúa sin seres humanos hasta que el Sol

estalla y luego continúa sin el Sol hasta que la entropía llega al

máximo y todas las estrellas están muertas y luego, simplemente,

continúa. La eternidad no tiene fin.

 

Los números se detuvieron y Twissell encabezó la marcha hacia

una antesala cubierta de espejos.

 

—Películas moleculares, muy de moda aquí—dijo Twissell con

disgusto—. Pseudolíquidos.

 

Condujo a Cooper más allá de unos respetuosos eternos a los que

no prestó ninguna atención y entró en una pequeña sala de observa-

cion.

 

Cooper se quedó mirando su propio reflejo, duplicado con una

frecuencia desconcertante.

 

—¿Todo son espejos?—dijo.

 

—Casi todo. Una generación a la que le encanta mirarse. Sin

embargo, pueden ajustarse para un reflejo menor.

 

Con un gesto de su mano sobre unos controles bien disimulados,

moduló los espejos hasta un difuso tono gris pizarra en el cual él y

Cooper apenas si eran meras sombras.

 

Tomó asiento y dijo:

 

—Aún hemos de esperar un poco.

 

Cuando el cuerpo del jefe programador se acercó al esqueleto

desnudo de la silla, brotó un tapizado, un suave tapizado rojo que se

amoldó hasta encajar en la anatomía de Twissell.

 

Cooper se sentó cautelosamente y el tapizado creció igualmente a

su espalda.

 

La arrugada mano de Twissell se cerró alrededor de un contacto v

la pared más cercana se derritió hasta convertirse en cristal. Las

figuras y los objetos se fueron definiendo.

 

Cooper boqueó, sorprendido.

 

—¿Qué es eso, señor?

 

—Un espaciopuerto. Naves espaciales salen de aquí y se mueven

a través del sistema solar a lo largo de líneas electrogravíticas. Total-

mente inútil.

 

—Pero es magnífico.

 

—Nada es magnífico si se compra al precio de la miseria. Este es

un siglo infeliz, y los últimos y escasos cambios cuánticos han tendido

a hacerlo más infeliz. Ahora, finalmente, hay que hacer algo. Esos

pobres seres van a Marte, pero no hay nada en Marte. Nunca lo

hubo. Nunca lo habrá. En la Tierra, se vuelve hacia las drogas. El

2781 tiene el índice de adicción a las drogas más alto de toda la

eternidad.

 

—Deben de estar tremendamente avanzados en su tecnología.

 

—Usted es del 28. También un siglo tecnológico, así que está

impresionado. Oiga, nino, ¿sabe cuántas veces ha tenido lugar el

viaje espacial a lo largo de los sigbs? ¡Veintisiete! Nunca dura más de

uno o dos milenios. La gente se cansa. Vuelven a casa. Las colonias

se van muriendo. Entonces otros cuatro o cinco milenios, o cuarenta

o cincuenta, y vuelven a intentarlo. Cuando llegué por primera vez a

la eternidad, había treinta y cuatro pedodos con viaje espacial.

 

—¿Acaso los computadores están eliminando mediante los cuán-

ticos el viaje espacial de la realidad?

 

—En absoluto. ¿Por qué deberíamos hacerlo? Hubo una época

en la que sólo había catorce períodos con viaje espacial, y luego la

cifra volvió a subir. En la eternidad nos Limitamos a mejorar la reali-

dad. Seguimos la dirección en la que nos lleve esa mejora. Puede que

una vez barra el viaje espacial aquí; puede que luego lo restaure ahí.

 

Cooper observó el brillante metal verdoso de los hangares y el

reluciente destello de los navíos de acero, alzándose silenciosa y

suavemente sobre las hneas de fuerza libres-de-masa que ataban los

planetas entre sí. Twissell observó más a Cooper que la escena que

tenía ante él, y dejó que el humo de su cigarrillo se alzase suavemente

para que así no le molestase.

 

—Aquí se está tan lejos del cuando natal—dijo Cooper, la voz

trémula. Y, bruscamente, añadió—: Aquí mi madre lleva muerta

más de un cuarto de millón de años.

 

Twissell miró secamente al muchacho y dijo:

 

—¿Su madre existe?

 

Cooper se encogió de hombros y dijo con voz apagada:

 

—No lo sé. Los cambios cuánticos rara vez se acercan tanto al

inicio de la eternidad. Puede que sí exista. Pero después de que llegué

a la eternidad, Manfield me dijo que no lo comprobase nunca.

 

—Manfield tenía toda la razón. Es usted un tonto sólo por pensar

en esas cosas.

 

—Lo siento, señor.

 

—Bien, está perdonado. ¡Ahora, mire! Tres siglos en el abajo-

cuando, Horemm está desplazando los cristales de mezolita. El mo-

mento en fisiotiempo está encima de nosotros, ¿eh?

 

—¡El espaciopuerto!—fue el agudo grito de Cooper.

 

147

l

 

,

l

El resplandor había desaparecido; los edificios se encogían. Una

nave espacial se oxidó. El movimiento había cesado.

 

—¿Es eso lo que esperaba, señor?—preguntó Cooper.

 

—En efecto. El viaje espacial decayó un siglo más pronto de lo

que lo habría hecho. Pero no hay drogas. La gente es más feliz.

Mejoras en otras áreas de las que usted no sabe nada.

 

Inconscientemente, TwisseLI había vuelto a su propio dialecto. Se

dio cuenta de ello y volvió a la lengua de Cooper, y su irritación ante

el desLiz hizo más hirientes sus palabras.

 

—¡Idiota! ¿Derrama Lágrimas por el metal? ¿No le importa la

gente? Le advierto que si valora la materia por encima del hombre,

no tiene usted lugar en la eternidad.

 

Luego, con un arrepentimiento instantáneo, su tono cambió de

modo radical.

 

—No, no, Cooper, le estoy dando una reprimenda por algo que

no puede evitar. Ahora, venga conmigo. Quen'a que viese esto sólo

para darle un poco de perspectiva, para que pudiese entender más.

Pero ahora venga. Tenemos por delante nuestro asuntos más impor-

tantes, el asunto más importante de toda la eternidad.

 

Anders Horemm regresaba en una cabina del 2456.

 

La antesala del 2456, a través de la que había pasado para ir de la

cabina al tiempo y del tiempo a la cabina, había estado Llamativa y

obviamente vacía. Los eternos de esa sección de la eternidad sabían

que había un técnico trabajando y preferían no verle ni hablar con él.

 

Con su frialdad habitual, Horemm entendía las razones. Ninguno

de los eternos de esa sección eran nativos del 2456. ¡NaturaLmente!

Una de las reglas primarias de la eternidad era que ningún hombre

podía estar oficiaLmente asociado con su cuando natal. Si no existiese

esa regla, las posibilidades de corrupción eran demasiado obvias

como para discutirlas. Con todo, el paso de un técnico a través de una

barrera le recordaría agudamente a todos los hombres que su propio

cuando natal podía sufrir en el siguiente cambio cuántico. Y aunque

las mentes de todos los eternos se haLlaban educadas para saber que si

eLlo ocurría era inevitable y hasta deseable, los corazones (incluso los

de los eternos) no estaban siempre dispuestos a dejarse educar.

 

A menos, por supuesto, que se tratase del corazón de un hombre

como él, pensó el técnico y, al pensarlo, frunció el ceño. Muchas

veces le habían puesto como ejemplo a los novatos. La devoción al

deber y la conciencia de una misión que trascendía toda considera-

ción personal eran todo lo que debía entrar en la formación de un

eterno, soLia decirse.

 

Horemm había vivido en tiempos siguiendo con entusiasmo tal

regla, en los días en que era un simple observador, abandonando

cautelosamente la eternidad para recoger datos, en silencio, sin ha-

cerse notar, eficientemente. Cada vez que era posible, utilizaba las

casas ~ los empleados del tiempo en la etennidad como base.

Cuando no era conveniente hacerlo, residía en hoteles, si lo permi-

tían los mapas espaciotemporales; y, si insistían en ello, dormía de-

bajo de un seto.

 

En cada penetración, los mapas eran siempre de lo más meticu-

loso acerca de dónde podía ir y cuándo podía hacerlo, lo que podía

hacer y lo que no. Nunca, con una eficiencia que ahora le había

convertido en el técnico más apreciado por Twissell, había invadido

áreas prohibidas de gente, espacio o tiempo. En ningún momento de

su carrera la textura de la realidad se había tambaleado porque él

hubiese rebasado los límites.

 

Lo que acababa de hacer era un ejemplo. Sus acciones habían

sido delimitadas en el espacio-tiempo para conseguir resultados ópti-

mos. Era el equivalente de la incisión segura del cirujano, el diestro

giro del ingeniero.

 

Era él quien originaba la CMN (ningún etenno pensaba en la

“Causa Mínima Necesaria” de otro modo que no fuese CMN), usan-

do su propio método después de que el computador hubiese indicado

la naturaleza general de la CMN requerida. Era Twissell, tres siglos

después en el tiempo, quien observaba el MRS (Máximo Resultado

Significativo, te enseñaban a decir en la escuela).

 

¡Típico! El técnico producía la pequeña y deshonrosa causa. El

computador observaba el considerable y honroso resultado.

 

No importaba. Nada tenía importancia excepto la gran obra que

ahora ya se hallaba muy cerca del novato, Cooper, más cerca de lo

que nunca había llegado.

 

Sintió un levísimo estremecimiento. De pronto, sin querer, había

pensado en su primer fisioaño en el 482.

 

No sabía cómo era la época ahora. Rehuía leer sobre ella. Había

evitado las misiones en su proximidad. Pero recordaba con extrema

claridad cómo había sido cuando terminó la escuela y recibió su

primera misión en la eternidad.

 

Observador en el 482 y los siglos vecinos.

 

¡Observadorl ¡Objetivo y fn'o! ¡Incapaz de ver nada distinto a

como era en realidad

 

¡Observador! El hombre cuyo trabajo no terminaba nunca, dado

que cada cambio cuántico vaciaba de sentido en mayor o menor me-

dida todos los datos observacionales en los siglos implicados.

 

Había vuelto con su primer informe sobre el 482 y se había asegu-

rado de continuar con su actitud fn'a y objetiva. Se aseguró de no

poner al descubierto ni una fracción de la desaprobación que sentía

en su fuero interno. Era una era sin ética ni principios, tal y como él

estaba acostumbrado a concebirlos. Era hedonista, materialista, con-

siderablemente matriarcal. Era la única era en que había florecido el

nacimiento ectogénico y en su momento cumbre el 40 por cien de sus

mujeres daban a luz entregando meramente un óvulo fertilizado a los

depósitos de óvulos. El matrimonio se hacía y deshacía por mutuo

acuerdo y era considerado como una cuestión puramente emocional.

 

148                                     1                                       149

La unión destinada a engendrar ninos se hallaba, por supuesto, sepa-

rada de las funciones meramente sociales del matrimonio y era deci-

dida sobre principios puramente eugenésicos.

 

Horemm creía que, de otros cien modos distintos, aquella socie-

dad estaba enferma y anhelaba un cambio cuántico. Se le endurecía

la mandíbula con una excitada anticipación al pensar en los millones

de mujeres dedicadas a buscar el placer (la verdad es que con los

hombres no había que contar) que se encontrarían convertidas en

auténticas madres de corazón puro en otra realidad, con todos los

recuerdos que ello implicase, incapaces de decir, soñar o imaginar

que alguna vez hubiesen sido alguna otra cosa. Millones de seres

vivientes jamás habrían vivido, en un instante, y millones de otros

seres entrarían en la existencia convencidos, como si se tratase de

algo incuestionable, de que poseían antepasados e infancias. Y, en su

realidad, sería cierto.

 

Pero sus informes no revelaban ninguno de sus sentimientos v

sabía que no debían hacerlo. La desaprobación que sentía hacia lá

era y toda su obra no salió a la luz hasta que Noys Lambent entró por

primera vez en su sector de la eternidad como secretana del progra-

mador Hobbe Finge.

 

Horemm miraba con cierta sospecha a todos los empleados del

tiempo. Idealmente, pensaba, en la eternidad sólo deberían estar los

e~ernos. La presencia de individuos corrientes del tiempo hacía preci-

sas mil precauciones. Pero, naturalmente, los programadores siem-

pre insistían en que había mil razones para su uso.

 

Noys Lambent, sin embargo, superaba las diez mil razones..., o

así le parecía a Horemm.

 

Dos días después, entró decididamente en la oficina de Hobbe

Finge, programador asociado. (Finge estaba muerto ya; un hombre

sonnente y regordete, algo miope, procedente de un siglo centrado

en la energía alrededor del 600, que siempre parecía sorprendido de

hallarse sentado en algo hecho de simple y frágil materia y que pisaba

con cautela el suelo por miedo a que se rompiese bajo su peso. )

 

Horemm en seguida dejó claro lo que pretendía.

 

—Programador Finge, protesto porque se haya contratado a la se-

ñorita Lambent.

 

—Ah, Horemm.—Finge alzó la vista, sonriendo—. Siéntese. Sién-

tese. Encuentra a la señorita Lambent incompetente, inadecuada...

 

—No puedo decir si es incompetente o no—dijo secamente Ho-

remm—. No he hecho uso de sus servicios. ni pienso hacerlo. Es su

secretaria. Pero, ciertamente, es inadecuada.

 

No era muy adecuado hablarle así a un supenor, pero Horemm,

en su juventud, había sido un idealista en lo tocante a la eternidad y

sentía necesario protestar costase lo que costase.

 

Finge se lo quedó mirando con aspecto distante, como si su mente

de programador sopesase abstracciones más allá del alcance de un

eterno corriente.

 

—¿En qué sentido es inadecuada, Horemm?

 

—Me asombra que deba usted preguntarlo, programador. Su ves,

timenta es absolutamente lamentable.

 

—Oh, vamos.

 

—No he podido evitar el notar que lleva muy poco por encima de

la cintura.—Sus manos se movieron vagamente a la altura del pe-

cho—. Aparte de eso, la levedad de sus maneras es repugnante.

 

—Horemm, estoy seguro de que sus ropas y su actitud son parte

de las costumbres de su tiempo. Usted, como observador, debería ser

consciente de ello.

 

—En su propio ambiente, en su propio medio cultural, no hallaría

falta alguna en su carácter. Sin embargo, aquí, en la eternidad, una

persona como ella está fuera de lugar.

 

Finge sonrió. Efectivamente, sonrió, y si a Horemm le hubiese

quedado algún músculo en el cuerpo que no estuviese tenso, lo ha-

bría tensado entonces.

 

—La contraté deliberadamente—dijo Finge—. Está desempe-

ñando una función esencial. Es sólo temporal. Intente soportarla

mientras tanto.

 

A Horemm se le endureció la mandíbula. Había protestado y su

protesta había sido rechazada. No serviría de nada preguntar cuál era

esa “función esencial~. Un programador jamás daba explicaciones y,

ciertamente, menos a un observador. No se podía molestar a la aris-

tocracia mental que gobernaba la eternidad.

 

Se volvió envaradamente y caminó hacia la puerta. La voz de

Finge le detuvo.

 

—Observador, ¿ha tenido usted alguna vez...—dijo Finge, vaci-

lando, pareciendo querer escoger con cuidado sus palabras—..., una

amiga?

 

Con laboriosa e insultante precisión Horemm citó:

 

—Con el propósito de evitar complicaciones emocionales con el

tiempo, un eterno no puede casarse. Con ese mismo propósito, con

respecto a la familia, un eterno no puede tener hijos.

 

—No le he preguntado acerca del matrimonio olos hijos—dijo

gravemente el programador.

 

Horemm amplió su lista.

 

—Pueden establecerse relaciones temporales con moradores del

tiempo sólo después de haber entrado en contacto con la Oficina

Cartográfica Central para un mapa espaciotemporal adecuado.

 

—Totalmente cierto. ¿Se ha puesto alguna vez en contacto, ob-

servador?

 

—No, programador.

 

—Bien, Horemm, quizá debería hacerlo. Le daría una perspec-

tiva más amplia de la vida. Le interesarían menos bs detalles indu-

mentarios de una mujer.

 

Horemm se fue, enmudecido por la rabia.

Después de aquello, trabajó con más ahínco que nunca, y odió

aún más a la era. Ignoró la ofensiva presencia de la empleada, pero

siempre era consciente de ella. De algún modo, sin preguntarlo

nunca directamente, se enteró de que su nombre era Noys Lambent y

que era lo bastante rica como para ser independiente, que no tenía

que rendirle cuentas a nadie, que en su tiempo era una aristócrata.

 

Entonces, ¿por qué iba a desear trabajar en la eternidad? ¿Cómo

podía desempeñar los deberes de una secretaria?

 

Tenía grandes sospechas sobre Finge. Finge hablaba con descaro

de relaciones, llegaba incluso a recomendarlas. La etennidad siempre

había sido consciente de la necesidad de llegar a compromisos con los

apetitos humanos (para Horemm, la frase implicaba un estremea-

miento de repulsión), pero las restricciones que conllevaba el escoger

amantes hacían que el compromiso pudiese calificarse de todo ex-

cepto de generoso.

 

Entre los grupos inferiores de eternos había siempre rumores

(medio esperanzados, medio resentidos) sobre mujeres importadas

sobre una base más o menos penmanente por razones obvias. El

rumor señalaba siempre a los programadores como el grupo benefi-

ciado. Ellos y sólo ellos podían decidir qué mujeres podían ser abs-

traídas del tiempo sin un cambio cuántico de la realidad.

 

Los rumores seguían siendo rumores. En ningún caso se habían

comprobado ni encontrado a unos culpables detenminados, y Ho-

remm había descartado siempre esas cosas como vaporosas especula-

ciones de mentes ociosas.

 

Pero ahora sospechaba de Finge. ¿Una mujer como ésa su secre-

taria? Conocía otras palabras para calificarla.

 

Un día, se topó con la mujer en un pasillo y se echó a un lado para

dejarla pasar y apartando la vista.

 

Pero ella se quedó inmóvil, mirándole.

 

—Usted es el observador Horemm ¿verdad?

 

Él asintió brevemente, con frialdad.

 

—Me han dicho que es todo un experto en nuestro tiempo.

 

—Por favor, ¿va a dejarme pasar o pasa usted?

 

No pudo evitar el mirarla y ella le sonrió moviéndose con un lento

balanceo de caderas que hizo ascender su fna sangre, con un cosqui-

lleo, hacia sus mejillas enrojecidas de furia.

 

Furia hacia sí mismo por ruborizarse, hacia ella por hablarle y,

por encima de todo, por alguna oscura razón, hacia Finge.

 

Finge le llamó dos semanas después. Sobre su escritorio estaban

las familiares peliculas perforadas que el Gran Consejo Pantemporal

enviaba periódicamente. Bajo la adecuada observación por el unstru-

mento de Horemm, se convertirían en el mapa espaciotemporal que

le enviaría al tiempo y a otra misión.

 

—¿Quiere sentarse, Horemm?—dijo Finge—. Mírelas ahora

mismo .

 

Horemm hizo lo que se le decía, se detuvo a la mitad y sacó

 

152

 

bruscamente las películas de su observador como si estuviesen a

punto de explotar. Las sostuvo entre los dedos índice y pulgar.

 

—Programador Finge, ¿hay algún error?

 

—Creo que no—dijo Finge—. ¿Por qué lo dice?

 

—Con seguridad, no se espera de mí que utilice el hogar de esa

mujer, Lambent, como base.

 

El programador frunció los labios.

 

—Eso es lo que tengo entendido. Normalmente, observador, es-

peraria de usted que llevase a cabo su misión sin hacer preguntas. En

este caso, dado que ha llegado hasta el extremo de expresar oficial-

mente su desagrado hacia la senorita Lambent, creí mejor explicarle

algunos de los aspectos del actual problema.

 

Finge hablaba cuidadosamente, con cierta rigidez, y Horemm

permaneció sentado e inmóvil, sin mirar a su superior. “No se lo

pongas fácil”, pensó.

 

Normalmente, el orgullo profesional habría obligado a Horemm a

rechazar tal aclaración. No era cosa suya el replicar, el argumentar y

todo lo demás. Pero en este asunto sentía un cierto afán de venganza

que le sugería que una cierta desviación de la honra profesional

podría hallarse en todo ese asunto.

 

Horemm se había quejado, eso era lo que había hecho. Finge

temía que la queja pudiese ir más lejos, que el Gran Consejo Pan-

temporal pudiese investigar la función exacta de la aparatosa secreta-

na de Finge. Finge estaba obligado a darle a Horemm esta nueva

misión, ya que Horemm era su mejor hombre. Pero si Horemm

permanecía demasiado cerca de la muchacha, quizá descubriese de-

masiadas cosas.

 

Finge temía eso, así que intentaría explicarlo todo de antemano.

Horemm, sintiendo una austera diversión ante esa perspectiva, es-

taba dispuesto a escuchar pero no a creer.

 

—Por supuesto, los siglos son conscientes de la existencia de la

eternidad—dijo Finge—. Saben que supervisamos el comercio inter-

temporal y consideran que esa es nuestra función principal, lo cual es

bueno. Tienen un leve conocimiento de que también estamos aquí

para evitar que le ocurran catástrofes a la humanidad, lo cual es más

o menos correcto. Le proporcionamos a las generaciones una imagen

paterna de masas y un cierto sentimiento de seguridad, así que en

ningún caso deseamos ocultarnos de ellos.

 

“Con todo, hay ciertas cosas que no deben saber. La principal es

nuestra función de alterar la realidad mediante cambios cuánticos. Se

estableció hace mucho tiempo que la inseguridad que surgiría de

cualquier tipo de conocimiento de que la realidad puede ser alterada

a voluntad nos produciría grandes desventajas. Así pues, siempre

hemos eliminado todo conocimiento posible de ese tipo de la realidad

y nunca hemos tenido problemas con él.

 

"Sin embargo, hay otras creencias indeseables acerca de la etemi-

dad que brotan de vez en cuando en un siglo u otro. Nonmalmente,

las creencias peligrosas son las que se concentran particularmente en

 

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las clases gobernantes de una era, las clases que tienen un contacto

mayor con nosotros y que vehiculan el importante peso de lo que se

llama opinión pública. Eso es siempre inquietante, pues al eliminar

esas creencias religiosas debemos inducir cambios en la realidad que

a menudo niegan avances duramente ganados en otros campos, los

cuales deben entonces ser reconquistados por medios a veces compli-

cados.

 

Finge hizo una pausa como si esperase que Horemm hiciese algún

comentario o formulase alguna pregunta. Horemm no hizo ni lo uno

ni lo otro.

 

Finge prosiguió.

 

—Desde el último cambio cuántico que afectó seriamente al 482,

el Gran Consejo Pantemporal ha sido consciente de ciertos aspectos

indeseables de la nueva realidad aquí presente. No era nada de una

naturaleza lo suficientemente grande como para hacerse aparente

incluso en extrapolaciones del quinto orden, que es todo lo lejos que

podemos ir en este caso sin incrementar el error de probabilidad

hasta un grado prohibitivo. Por esa razón, nos hemos estado concen-

trando aquí en nuevas observaciones y por eso ha estado usted tan

ocupado, Horemm.

 

“Puedo decirle que las nuevas computaciones muestran que el

foco de la perturbación reside en una actitud bastante carente de

precedentes de la gente del tiempo hacia la eternidad. La he mante-

nido bajo estrecha observación para ver si era adecuada a nuestro

propósito. . .

 

¡Concluyente observación! ¡Sí!, pensó Horemm.

 

De nuevo su ira se centró más sobre Finge que sobre la mujer.

 

Finge seguía hablando.

 

—Desde todos los puntos de vista, resulta muy adecuada. Ahora

la devolveremos a su tiernpo. Usando su residencia como base, usted

podrá estudiar la vida social de su árculo, prestando la debida aten-

ción a las precauciones señaladas en el mapa. No puedo sino recal-

carle que está usted observando al medio cultural de un círculo pe-

queño y espeáfico y que la señorita Lambent resulta un instrumento

ideal para ese propósito. ¿Entiende ahora su función aquí?

 

Horemm tenía una respuesta para una pregunta tan directa.

 

—La entiendo, programador.

 

—¿Está dispuesto a aceptar la misión?

 

Horemm no pudo resistir la tentación de lanzarle un último agui-

jonazo.

 

—Soy un observador y tengo un deber. Mi modo de llevarlo a

cabo es independiente de las explicaciones.

 

Horemm se fue con el pensamiento consolador de que, en tanto

que se había expresado con el elevado idealismo que se esperaba de

un eterno, con todo, había logrado dejar bien claro que la compli-

cada explicación de Finge (¿cuánto tiempo le había llevado el desa-

rrollarla por completo?) no le había conmovido en lo más mínimo.

 

Casi enterrado por ese pensamiento había otro: que quizá se

estuviese aproximando un nuevo cambio cuántico pars el 482, uno

que quizá barriese toda la inmoralidad de esos tiempos e instalase la

decencia en su lugar.

 

La casa de Noys Lambent estaba bastante aislada pero su acceso,

desde una de las mayores ciudades del siglo, era sencillo. Horemm

había memorizado el mapa de la ciudad, al igual que había memori-

zado otros. Conocía sus avenidas y edificios; sus lineas de transporte;

los hábitos de su vida. Sabía qué partes exactas debía observar en

cada uno de los días de su misión, cuándo podía realizar cada viaje,

cuándo debía permanecer en la base.

 

Su primera conversación con Noys Lambent en su propio tiempo

se produjo como resultado del nerviosismo que ella sintió al descu-

brir su ligero desplazamiento temporal.

 

Se le acercó casi sin aliento.

 

—Estamos en junio, observador Horemm.

 

—No use mi título aquí—dijo secamente é~. Y si es así, ¿qué?

 

—Pero cuando ocupé mi puesto era febrero...—Hizo una larga

pausa—. Mi puesto en ese lugar, y hace sólo un mes de ello.

 

Horemm frunció el ceño.

 

—¿En qué año estamos ahora?

 

—Oh, el año es el mismo.

 

—¿Está segura?

 

—Absolutamente .

 

Noys tenía la maia costumbre de permanecer muy cerca de él

cuando hablaban, y su ligero ceceo (un rasgo del siglo antes que de su

propia personalidad), hacia que pareciese una niña pequeña y más

bien indefensa. Horemm no dejó que eso le engañase. Se apartó un

poco.

 

—¿Suele permanecer en esta casa durante la primavera?

 

—-No. Tengo una residencia en el Mar Medio.

 

(Horemm conocía la región bajo su nombre antiguo de Medite-

rráneo. )

 

—Entonces, sus amigos esperarían que estuviese ausente durante

ese tiempo, ¿no?—dijo él.

 

—Ya veo—respondió ella, pensativa—, quiere decir que parece-

ría ~aro que volviese en abril.

 

—Exactamente. En la eternidad cuidamos mucho de esas cosas.

 

Lo dijo con orgullo, como si él mismo fuese un jefe programador.

 

—Pero, entonces—dijo ella—, ¿he perdido tres meses de mi

vida ?

 

—Sus movimientos a través del tiempo nada tienen que ver con su

edad fisiológica.

 

—¿Significa eso que los he perdido o que no?

 

—No los ha perdido.

 

—¿Por qué está siempre tan enfadado conmigo?—le preguntó

Noys Lambent la segunda tarde.

 

Llevaba los brazos y los hombros al descubierto y sus largas pier-

nas parecían brillar envueltas en la débil luminiscencia del foamite.

 

155

El mapa espaciotemporal confinaba a Horemm en la casa durante

las últimas horas del día, y era alli donde había comido, picoteando

sin gran interés los platos que habían figurado en anteriores informes

suyos sobre la dieta de la época pero que hasta ahora se había abste-

nido de comer en persona. En contra de su voluntad, le gustaban. Y,

también en contra de su voluntad, estaba disfrutando de la bebida

espumosa, ligeramente verde y con sabor a menta que acompañaba

los alimentos.

 

—No estoy enfadado—dijo—. No siento nada hacia usted.

 

En ese momento, le parecía que esa frase era totalmente cierta.

 

Estaban solos en la casa. En esa era, con la hembra de la especie

económicamente independiente y capaz de lograr la maternidad, si lo

deseaba, sin necesidad de acoger físicamente al nir o en su seno, las

relaciones entre los sexos no llevaban implícitas “reglas” dignas de tal

nombre. No había nada de notable en que una mujer joven albergase

huéspedes varones; si no lo hacía, era más bien digna de compasión.

 

Horemm sabía todo eso perfectamente pero, con todo, se sentía

comprometido.

 

La comida había terminado; ella le sirvió nuevamente uno de los

vasos alargados que contenía la bebida ligeramente espumosa. Tenía

un poco de calor y le faltaba levemente el aliento, y se removió en su

blando asiento intentando hallar una postura más cómoda.

 

La muchacha estaba tendida en el sofá de enfrente, apoyándose

en el codo. La cubierta decorada del sofá se hundía bajo ella como si

desease ávidamente abrazarla. Se había quitado los transparentes

zapatos que llevaba y los dedos de sus pies se encogían y estiraban

como si fuesen las suaves garras de una gata perezosa.

 

—Trabajar para la eternidad fue divertido—dijo, suspirando—, y

estuve esperando mucho tiempo para poder entrar en ella.

 

Le estaba observando. En algún momento de la tarde su oscura

cabellera se había soltado, cayendo sobre su cuello y sus hombros

desnudos, a los que el contraste hacía resaltar dándoles un aspecto

cremoso.

 

Él no respondió.

 

—¿Cuántos años tiene?—preguntó ella.

 

Ciertamente, no debía haberle contestado. Era una pregunta per-

sonal y la respuesta no era asunto suyo. “Veinticinco años”, se oyó

decir. Queda decir fisioaños, por supuesto.

 

—Yo sólo tengo veintidós—dijo ella—, pero usted vivirá y vivirá

y será joven, y yo habré desaparecido muchos años antes.

 

—¿De qué está hablando?

 

Se apretó la frente intentando despejarse.

 

—Usted vive eternamente—dijo ella—. Es un eterno.

 

¿Era una pregunta o una afirmación?

 

—Está loca—dijo é~. Envejecemos y morimos como cualquier

otra persona.

 

—¿Puede contármelo?—inquirió ella.

 

Hablaba en voz baja, en un tono lleno de promesas. La lengua del

 

156

 

milenio cincuenta que él siempre había creído áspera y desagradable

ahora le parecía eufónica. ¿O era, simplemente, que un estómago

lleno y el aire perfumado le habían embotado el oído?

 

—Puede ver todos los tiempos, visitar todos los lugares ~ijo

ella—. Me encantaría ser una eterna. ¿Por qué no hay más mujeres

eternas?

 

No se atrevía a hablar. ¿Qué podía decir? Que los miembros de la

eternidad eran elegidos con todo cuidado, ya que debían cumplir dos

requisitos. Primero: debían estar equipados para el trabajo; segundo:

su retirada del tiempo no debía tener efectos deletéreos sobre la rea-

lidad.

 

¡La realidad! ¡No debía mencionarla!

 

Cuantos sujetos que tenían una excelente perspectiva habían de-

jado de ser contactados a causa de que llevarlos a la eternidad signifi-

caba el no-nacimiento de ninos, la no-muerte de hombres y mujeres,

los no-matrimonios y no-acontecimientos, las no-circunstancias que

habrían desviado la realidad en direcciones que el Gran Consejo

Pantemporal no permitía.

 

¿Podía decurle que las mujeres casi nunca lograban calificarse

para la eternidad porque, por alguna razón que no entendía (puede

que los programadores la entendiesen, pero él era meramente un

observador), su abstracción del tiempo iba a distorsionar probable-

mente unas diez veces más la realidad que la abstracción de un hom-

bre?

 

(Las ideas se confundían en su mente hasta que le fue imposible

distinguir una de otra. Parecían haberse perdido, recubiertas por un

confuso zumbido que no era totalmente desagradable. Ella se había

acercado más, sonriendo.)

 

Oyó su voz, como una brisa vagabunda.

 

—¡Oh, los eternos! ¡Conviértame en eterna!

 

Quería decírselo, anhelaba hacerlo: la eternidad no es divertida,

señora. ¡Trabajamos! Trabajamos para tramar todos los detalles de

todos los cuandos, desde el inicio de la eternidad hasta aquel en que

la Tierra queda vacía, e intentamos tramar todas las infinitas posibili-

dades de lo que podría-haber-sido y escoger un podría-haber-sido

mejor que el existente y decidir en qué lugar del tiempo podemos

hacer un pequeño y minúsculo cambio para desviar el es hacia el

podría-ser, y tenemos un nuevo es y buscamos un nuevo podna-ser,

siempre, siempre, siempre...

 

Meneó la cabeza, pero el torbellino de pensamientos siguió gi-

rando. ¿La bebida?

 

¿La bebida con sabor a menta?

 

Estaba aún más cerca, no podía distinguir claramente su rostro.

Podía sentir su cabello en la mejilla, la cálida y leve presión de su

aliento. Hubiese tenido que apartarse, pero, ¡qué extraño, qué ex-

traño!, descubrió que no quería hacerlo.

 

—Si me convirtiese en eterna...—susurró ella, casi en su ddo,

aunque las palabras sonaban muy lejos por encima del latir de su

 

l

 

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157

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corazón. Ella tenía los labios húmedos y entreabiertos—. Si fuese

una eterna...

 

É! alargó los brazos, con torpeza, tanteando a ciegas. Ella no se

resisbó, pareciendo derretirse en su abrazo, fundirse con é 1.

 

Todo sucedió como en un sueño, como si le estuviese ocurriendo

a otra persona.

 

No era lo repulsivo que él había imaginado siempre que debía ser.

 

Y luego ella se apoyó en él, los ojos brillantes, musitando, “eter-

nidad... eternidad...”, una y otra vez.

 

El mapa espaciotemporal no permiba esto. Pero, por alguna ra-

zón, lo único que en esos momentos despertaba una fuerte emoción

en el pecho de Horernm era el pensar en Finge. No se trataba de

culpabilidad. Era más bien... satisfacción, incluso triunfo.

 

Acabó volviendo a la eternidad, pero antes de abandonar a Noys

besó sus manos y la abrazó con fuerza.

 

Estuvo a punto de sonreír a Fmge cuando le presentó su informe.

Finge no alzó la vista y se limitó a mirar las lineas del informe, como

si sus ojos bien entrenados estuviesen convirtiendo palabras y frases

en símbolos; como si en algún lugar de su mente matemática empe-

zase a cobrar forma el entramado de las ecuaciones.

 

—Se comprobará—dijo, como sin darle importancia—. ¿Y a

usted qué le sucedió, Horemm?

 

—¿A mí, programador?—murmuró Horemm, su sensación de

seguridad se le esfumó bruscarnente.

 

—Sí. Pasó una noche a solas en la casa de la dama... Lo hizo,

¿verdad? Siguió el mapa.

 

—Lo hice, señor.

 

—¿Bien? ¿Están todos los detalles pertinentes incluidos en su

informe?

 

Los ojos de Finge se clavaban en él y la costumbre del deber

tiraba de Horemm. Un observador debe informar acerca de todo.

Idealmente, un observador no era más que un pseudópodo dotado de

percepción sensorial extendido por la eternidad. Carecía de toda

individualidad propia en el desempeño de su deber.

 

El labio inferior de Horemm tembló un instante, no a causa de la

ira, el miedo o el embarazo, sino a causa del recuerdo repentino de

aquella inolvidable noche.

 

Empezó a contar los acontecimientos que había dejado fuera de

su informe.

 

Y luego Finge levantó un dedo y dijo secamente:

 

—Gracias. Es suficiente.

 

Horemm volvió a su escritorio colmado de un vino espiritual. Por

supuesto, Finge había tenido que preguntárselo y, por supuesto, no

había podido soportar el oírb.

 

¡Finge estaba celoso! Para Horemm eso resultaba obvio, y por

primera vez en su vida supo que contaba con una meta más impor-

tante para él que el helado cumplimiento de los deberes de la eterni-

dad. Haría que Finge siguiese celoso y, si tenía que hacerlo, que lo

estuviese todo el mundo, porque iba a conservar a Noys aunque

tuviese que enfrentarse con Finge, con el Gran Consejo Pantemporal

y con la eternidad entera.

 

El primer permiso solicitado por Horemm para visitar el siglo

para un asunto particular fue presentado dos días después. Había

pretendido aguardar un discreto período de cinco días, pero fue in-

capaz.

 

Su solicitud fue rechazada.

 

En cierto modo, lo había esperado. Entró en la oficina del progra-

mador Finge temblando a causa de todo lo que tenía que decirle.

 

—Ha sido rechazada una petición mía para visitar el siglo. . .—em-

pezó a decir.

 

Finge le interrumpió de inmediato.

 

—Quiere ver a la señorita Lambent.

 

—Sí.

 

Puso en ese monosílabo todo el desafío de que era capaz.

 

—Se ha producido un cambio cuántico. Pensé que se había dado

cuenta de ello.

 

Horemm se puso lívido. Lo había olvidado.

 

—¿Un cambio cuántico?

 

—, Para qué otra cosa cree que necesitábamos la información?

 

—,,Un cambio cuántico?

 

—Uno pequeño, comparativamente hablando.

 

—Entonces. . .

 

—Pero la señorita Lambent ya no existe. Excepto en las mentes

de aquellos de nosotros que la conocimos en la eternidad, no existió

jamás. La nueva realidad la ha excluido. Nunca nació.

 

Horemm retrocedió tambaleándose hasta derrumbarse en una si-

lla.

 

—Se lo expliqué ~ijo Finge—. Le hablé de las dificultades que

teníamos con los tiempos en que estaban desarrollándose ideas in-

convenientes acerca de la eternidad. El 482 era uno de ellos. Por la

información que teníamos llegamos indirectamente a la conclusión de

que entre las clases superiores de la era, particularmente entre las

mujeres, estaba creciendo la idea de que los eternos eran realmente

eternos, que vivían para siempre...

 

(Horemm recordó la frase de Noys, breve y directa: “Vivís para

siempre”. Pero él lo había negado... Sólo un tremendo esfuerzo le

impidió gritar. )

 

Finge seguía hablando.

 

—Peor que eso, había surgido la superstición de que la intimidad

con Ull eterno haría a una mujer mortal, tal y como ellas se conce-

bían, capaz de vivir para siempre.

 

(Horemm podía oír nuevamente su voz, con tal claridad: “Si fuese

una eterna”. “Hazme eterna.” Las palabras se veían ahogadas por el

recuerdo mucho más potente de sus besos.)

 

158                                                                              lS9

Finge prosiguió:

 

—Eso era difícil de creer, Horemm. Carecía de precedentes. Si

era cierto, la creencia y las causas que daban origen a ella debían ser

eliminadas. Pero antes de que pudiésemos actuar, necesitábamos una

comprobación directa. Escogimos a la señorita Lambent como un

buen ejemplo de su clase. Le escogimos a usted como el otro sujeto...

 

Horemm se incorporó vacilante.

 

—Me escogieron... a mí... como sujeto.

 

—Era algo fuera de lo normal. La necesidad...

 

—¡Maldita necesidad! ¡Está mintiendo!

 

Ya no le importaba lo que pudiese decir.

 

Finge abrió desmesuradamente los ojos. Sus labios gordezuelos se

estremecieron.

 

—Observador, ¿cómo se atreve?

 

—Digo que miente—gritó Horemm—. Está celoso. Tenía sus

propios planes para Noys, pero ella me escogió a mí. ¡A mí! Está

intentando decirme que ella. .., que actuó como lo hizo porque quería

vivir para siempre y yo le digo que no. No fue así, y sus mentiras no

conseguirán estropearlo y usted no podrá ocultarla. Existe, y yo iré

ahi fuera... y...

 

Las palabras parecieron desvanecerse en los oídos de Horemm,

aunque estaba gritando con toda la potencia de que sus pulmones

eran capaces. La niebla roja que flotaba ante sus ojos se hizo más

oscura y empezó a girar. Notó la presión del suelo en su mejilla

aunque, en los primeros instantes, no fue consciente del dolor.

 

Luego llegó el dolor. Sus dedos se retorcían en el suelo como

intentando aferrarlo. La odiada voz de Finge sonaba en sus oídos,

pero las palabras no iban dirigidas a él. Finge estaba hablando por un

comuno. Horemm era capaz de entender eso, incluso en su actual

estado de impotencia.

 

Horemm oyó lo que dijo sin tener fuerzas suficientes para levan-

tarse del suelo y estrangularle.

 

Finge estaba diciendo:

 

—. . . ni la más ligera idea de que pudiese tener tal efecto. Sí, era la

elección lógica, casi la única. Inhibido, tímido, poco atractivo. El

hecho de que la muchacha deliberadamente. . . Ella lo hizo. Fue inequí-

vocamente deliberado. Su informe lo dejó muy claro. Le indico que

vea las adiciones. . . Sí, hospitalización y rehabilitación, ciertamente. A

su manera, es uno de nuestros mejores hombres. No querría perderle.

 

¡Hospitalización y rehabilitación! Llevó meses de fisiotiempo

pero cuando terminó cualquiera que hubiese conocido a Horemm ha-

bría jurado que volvía a ser el mismo.

 

Y podría haberlo sido, excepto por el hecho de que ahora existía

algo que no había existido antes. ¡Noys!

 

¿De qué servia decir que no existía? Existía en su mente. Y en

tanto que él viviese existiría siempre en su mente, y no habría nin-

guna otra mujer.

 

Nunca se apartó de esa decisión.

 

A duras penas, sacó del fondo de su alma la fuerza suficiente para

que la eficiencia en su trabajo fuese aún más firme e impersonal de lo

que había sido antes. Trepó a través de los varios niveles de la clasifi-

cación de observador hasta la de técnico.

 

Atrajo la atención nada menos que del jefe programador Twissell

y, a petición del propio Twissell, le fue asignado como técnico pew-

nal. En los últimos tres años él, pewnalmente, había cambiado de

lugar objetos, había apagado luces, manipulado interruptores, se ha-

bía apoderado de comunicaciones personales y había llevado a cabo

ciento una cosas sin importancia, cada una de las cuales había aca-

rreado la no-existencia de muchúsimas pewnas y objetos y la nueva

existencia de muchísimos otros.

 

Pero ya no le importaba lo que dejaba de existir en la realidad y,

de todas las cosas que en ella aparecían, ninguna era Noys. En el

primer año posterior a la catástrofe, de algún modo había logrado

engañarse a sí mismo con la esperarlza de que en algún lugar del

tiempo, a medida que se sucedían los cambios cuánticos, Noys Lam-

bent sería nuevamente recreada. Pero un conocimiento más pro-

fundo le decía que no y, a medida que pasaba el fisiotiempo, tuvo que

admitir ese no. Del infinito número de realidades posibles, la oportu-

nidad de que fuese escogida una con Noys dentro de ella era una

entre un número infinito, o (dicho sin rodeos, de un modo horrible)

cero.

 

Y entonces, cuando el peso de la futilidad podna haber hecho que

todo se derrumbase, le llegó una nueva meta vital. De inmediato no

se dio cuenta de cuál era. La idea fue creciendo lentamente pero,

gracias a ella, Horemm pudo soportar la vida, el trabajo y al ejecutor

Twissell. Aguantó todas las nimiedades triviales del jefe programa-

dor. Toleró todas las estupideces a las que parecía autorizarle la

calidad de genio. Por encima de todo, aguantó los humeantes cilin-

dros de papel y hierba que se consun~ian en sus manos..., un vicio del

que nunca había oído hablar, y menos aún experimentado, en todos

sus años de vida. Respiró el humo pestilente, atragantándose y aho-

gándose con él, y jamás tuvo una palabra o una mirada de queja (y,

muy raramente, sólo un pensamiento). Todo en bien del gran pro-

yecto de Twissell.

 

Hoy, ese mismo día, mientras volvía de su misión en el 2456, ese

proyecto iba a dar fruto.

 

Hoy iba a suceder, con la llegada del joven Brinsley Sheridan

Cooper, a quien el mismo Horemm había ido rastreando esforzada-

mente entre los incontables quintillones de posibilidades con un ar-

dor y una vocación que trascendían el simple deber.

 

Cooper permaneció callado en el viaje de vuelta del 2781. Sentía

cierta incomodidad ffsica. Ese espaciopuerto había estado repleto de

 

11. ~'uenlo~ paralelo~

gente. Después, estaba vaáo. Eso no significaba necesariamente que

hubiesen dejado de existir. Estaban en otro lugar, con vidas y recuer-

dos distintos; y si algunos nunca habían existido, había otros que

acababan de surgir a la existencia.

 

Todo era para mejorar, se dijo, para mejorar.

 

La cabina giró descendiendo por los cuandos, deslizándose a tra-

vés de los siglos.

 

Cuando la cabina se detuvo y estuvieron de vuelta en el 575, el

viejo ejecutor frunció el ceño convirtiendo su frente en una sucesión

de arrugas horizontales y preguntó:

 

—¿No se encuentra bien, jovencito?

 

—Estoy bien, señor—logró decir Cooper, aunque su tono resultó

muy poco convincente.

 

—Venga a mi oficina, por aquí—dijo Twissell.

 

Pasaron junto a grupos que se apartaban para dejarles paso. Sus

saludos formaban un continuo murmullo, pero Twissell no respondió

a ninguno. Cooper, incómodo, mantuvo los ojos clavados en el suelo

y se apresuró en pos de los talones del gran hombre.

 

Agradeció el que entrasen en una habitación y una puerta se

cerrase a sus espaldas. Límpidas porcelanas formaban un recinto

antiséptico. Un muro de la oficina estaba atiborrado, del suelo hasta

el techo, con las pequeñas unidades de computación que, juntas,

formaban el mayor Computaplex operado privadamente en toda la

eternidad, y, realmente, uno de los mayores de toda ella. El muro de

enfrente estaba lleno de películas de consulta. Entre los dos, lo que

quedaba de la habitación era casi un pasillo interrumpido por un

escritorio, dos sillas, equipo de proyección y grabación y un objeto

extraño para el que Cooper fue incapaz de imaginar uso alguno hasta

que vio cómo Twissell arrojaba en su interior los malolientes restos

de un cigarrillo.

 

El cigarrillo se desvaneció sin un solo ruido y Twissell, con sus

habituales maneras de prestidigitador, ya estaba sosteniendo otro

entre los dedos.

 

Cooper se preguntó cómo sería el que, algún día, su propio tra-

bajo fuese usado como la base para un cambio cuántico- si algún día

llegaría a decir: “¡Aquí y ahora! ¡Cambio!”. ¿Podn'a soportarlo?

 

Su instructor, Manfield, les había advertido una vez:

 

—Ningún hombre—dijo—, puede controlar las vidas de toda la

humanidad y no sentir culpabilidad. Por esa razón hasta los más

grandes programadores tienen buen cuidado de someter las más sen-

cillas extrapolaciones analógicas a los análisis de la máquina. La má-

quina debe cargar con toda la culpa y todas las responsabiiidades. E

mcluso entonces...

 

Manfield pareció ensimismarse y no llegó a completar la frase.

 

Otra vez, en una de las sesiones informales que celebraba regular-

mente después de comer con sus cinco muchachos, Manfield dijo:

 

—¿Por qué deben ser tan radicales los cambios en la reaiidad, eh?

¿Por qué no alteraciones ultradeiicadas que cambiasen una vida aquí,

otra allá, y no más? ¿Por qué deben arrancarse siglos enteros de sus

cimientos?

 

Su rostro plácido y triste se enrojeció y llegó a parecerse extraña-

mente al de un hombre apasionado, cosa que no era.

 

—Piensen en ello, caballeros—dijo—. Algún día recitarán fór-

mulas para explicarlo, pero ¿será eso suficiente? Cuando diez genera-

ciones de hombres han sido retorcidas y vueltas a modelar a instan-

cias suyas para deshacer o volver a hacer el trabajo de media docena

de individuos, ¿bastará con musitar piadosamente una ecuación?

 

"Por lo tanto, deben entender la necesidad de todo ello. Es fácil

pensar que cada pequeño gesto introducido en la realidad la cam-

biará, cada paso adicional, cada mirada, cada tos, cada gesto de

asentimiento. Esos estímulos tan diminutos deberían producir cam-

bios igualmente minúsculos. Pero no es así.

 

“Caballeros, no es así. La realidad tiene su propia estabilidad.

Empújenla un poco y, al igual que un bote de remos en un estanque,

puede que oscile un poco, pero no volcará. Para cambiar verdadera-

mente la realidad hay que empujarla con la suficiente fuerza como

para que descarrile, si me permiten utilizar estas metáforas. Al igual

que la materia y la energía existen en forma de partículas discretas o

cuantos, lo mismo sucede con la realidad.

 

“Y los cambios cuánticos son grandes. Deben serlo. Así que,

caballeros, jamás podrán escoger. Si van a ayudar de algún modo a la

humanidad, deben estar preparados para interferir en miles de milh}

nes de vidas de un golpe. La barca de re”s debe volcar, no oscilar

simplemente.

 

Entonces, de pronto, y sin mirar a los estudiantes, sin aguardar a

que le hiciesen preguntas, abandonó la habitación. Los estudiantes

comentaron ávidamente el hecho entre ellos, pero no llegaron a nin-

guna conclusión. Manfield era un buen profesor y eran de la opinión

de que todos los buenos profesores tenían sus propias manías.

 

Manfield volvió al cabo de media hora, sereno y un poco pálido.

La discusión prosiguió con fría deliberación, pero se confinó estricta-

mente a las matemáticas.

 

—Ah—dijo de repente Twissel~, aquí está Horemm.

 

Cooper salió de sus ensueños, se puso apresuradamente en pie y

aguardó respetuosamente a ser presentado.

 

—Mi técnico, Anders Horemm—dijo Twissel~. Este es Brins-

ley Cooper, del 28.—Y añadió, dirigiéndose a Cooper—: El téc-

nico Horemm arregló el cambio cuántico que acaba de presen-

ciar.

 

La mano que Cooper había extendido se retiró de modo involun-

tario. ¿Este era el hombre? Sintió un escalofno al contemplar las

manos alargadas y llenas de venas que habían llevado a cabo aquella

acción. Con seguridad que el rostro de aquel hombre debía de ser

siempre amargado y poco atractivo y no se trataba, sencillamente, de

que se lo pareciese a causa de su trabajo.

 

l

—Venga, muchacho, no se quede así—dijo Twissell—. No ten-

drá usted supersticiones acerca de los cambios cuánticos, ¿verdad?

 

—No... no, señor—dijo Cooper—. En absoluto. Me complace

mucho el conocerle, señor, mucho.

 

Volvió a tender su mano, esta vez ansiosamente.

 

El técnico la estrechó por un instante, le miró con frialdad y dijo:

 

—Estoy seguro de que le complace. No hace falta que exagere.

 

Cooper sintió que acababa de recibir un desaire y pensó, con

rebeldía: “Bueno, pues no me gusta".

 

Twissell se frotó las manos, dejando que el cigarrillo le colgase de

una comisura de la boca.

 

—¿Todo listo, Horemm?

 

—Por completo, ejecutor.

 

Twissell estaba mirando a Cooper. Se frotaba las manos con ner-

viosismo y tenía los ojos llenos de un deleite algo malsano, como si

estuviese reservándose el clímax de toda una vida sólo unos instantes

mas.

 

—Este joven ha estado estudiando los tiempos primitivos, Ho-

remm—le dijo—, el extraño tiempo anterior a la eternidad. Estudió

su inmutable realidad; el único e inalterable curso de su historia; su

locura, sufrimiento, pobreza, enfermedades, guerra y hambre que

nadie puede cambiar o mejorar.

 

Cooper miró con sorpresa a Horemm. El labio inferior de éste

estaba lleno de mordeduras y él temblaba.

 

—Ya lo sé, ejecutor. Queda poco tiempo.

 

Twissell agitó la mano con impaciencia.

 

—Sé cuánto tiempo hay... Bien, jovencito, ¿tiene alguna idea

acerca de en qué consiste todo esto?

 

Cooper tenía la garganta irritada a causa del humo de los cigarri-

llos de Twissell y notó que su corazón empezaba a acelerar el ritrno

de sus latidos. Encontró la voz suficiente para decir, con la firmeza

preclsa:

 

—Creo que sí.

 

En los días en que se entretenía preveyendo una escena como

ésta, Cooper solía imaginarse pronunciando esa frase y a Twissell

quedándose atóríito.

 

Pero no ocurrió nada de eso y Cooper sintió una cierta decepción.

Sencillamente, a Twissell se le iluminó el rostro y dijo:

 

—Cuéntemelo.

 

Cooper, luchando con una sensación de anticlimax, dijo:

 

—Me especialicé en Historia Primitiva, como usted dice. El ins-

tructor Manfield me separó de los demás y me dijo que actuaba si-

guiendo órdenes. Mis estudios fueron particularmente concienzudos

respecto al siglo 24, y en el siglo 24 vivió Harvey Mallon.

 

—Bien, bien—dijo Twissell, su rostro convertido, a causa de un

mohín, en el de un duendecillo benévolo.

 

Cooper prosiguió, haciendo acopio de todo el valor que le fue

poslble.

 

—Era asombroso que se supiese tan poco acerca del inventor del

viaje temporal. En uno de mis trabajos me encontré con un artículo

suyo. Me interesó y busqué algunos otros en mi tiempo libre. Me

pareció que sus investigaciones sólo podían llevar a una conclusión,

aunque usted nunca la declaró de modo explícito.

 

—¿Oye eso, Horemm?—le interrumpió Twissell, deleitado.

 

—Lo oigo—dijo Horemm.

 

—Parecía que no había modo de evitar la conclusión de que

Harvey Mallon no podía haber inventado de ningún modo el campo

temporal en el siglo 24. Y nadie podría haberlo inventado. No exis-

tían las bases matemáticas para ello. Las ecuaciones fundamentales

de Lefebvre no existían, ni podían existir hasta las investigaciones de

Jan Verdeer en el siglo 27.

 

—¿Y si Mallon tropezó casualmente con el campo temporal sin

ser consciente de su justificación matemática?—dijo Twissell . ¿Y

si fue un simple descubrimiento empírico?

 

—Pero, si su análisis de las especificaciones originales sobre inge-

niería del primer campo temporal es correcto, no podía serlo. Las

ecuaciones de Lefebvre fueron usadas de cien modos distintos. La

coincidencia o la suerte no podían de ninguna de las maneras explicar

el modo en que Mallon diseñó la máquina con una economía y una

racionalidad perfectas.

 

—Sí. Sí.

 

La confianza de Cooper creció.

 

—Sólo pudo haber un modo por el que Mallon llegase a conocer

las ecuaciones de Lefebvre—dijo con un tono triunfante—. Se las

contó un hombre del futuro, alguien de la eternidad... ¿Estoy en lo

cierto, señor?

 

—Totalmente, muchacho. Confiaba en que llegaría a descubrirlo

por usted mismo sobre la base de lo que había experimentado. Si era

el hombre adecuado, tenía que hacerlo. Era una prueba necesaria,

¿eh, Horemm?

 

Horemm miró de soslayo a Twissell y en sus ojos oscuros y medi-

tabundos hubo un destello.

 

—Usted es el ejecutor, señor. Pero, ¿qué otra razón podía haber

para no advertirle nunca durante el entrenamiento de cuál era su

misión final? Con seguridad que no podía haber otra razón.

 

—Por supuesto que no la hay—respondió con brusquedad Twis-

sell, irritado.

 

Tiró al suelo su cigarrillo, aplastándolo con su zapato hasta

apagarlo.

 

Horemm se inclinó humildemente, lo cogió con dos dedos y lo dejó

caer en el receptáculo de las colillas. Lentamente, durante los minutos

siguientes, se lirnpió los dedos, frotándoselos una y otra vez, sin cesar.

 

Cooper se dio cuenta de ello, pero su mente no estaba interesada

en esas cosas. Ahora que por fin se hallaba cara a cara con el final, le

invadía una enfermiza sensación de mareo. Conocía el nombre de esa

sensación; era el miedo.

 

164                                      1                                      165

—Entonces, es cierto—dijo—; he de ser yo quien vaya al 24. . .

 

—Ha sido concienzudamente entrenado en la cultura de esos

siglos—dijo Twissell . Será capaz de aclimatarse y llevar a cabo su

tarea.

 

—Pero, ¿y si no lo hago?—De pronto comprendió cuál era su

insoportable responsabilidad y eso hizo que le flaqueasen las piernas,

haciéndole derrumbarse en una silla—. Si cometo un error, si tras-

torno la creación del campo temporal... Haré imposibles las investi-

gaciones de Verdeer. Invalidaré toda la base del desarrollo de la

eterni. . .

 

La voz de Twissell le unterrumpió, suave y amable.

 

—No puede cometer un error, hijo. No hay más que una realidad

en los tiempos primitivos. Ya ha estado alli. Ya ha hecho su trabajo,

y ha triunfado. Debe tener eso presente en su mente. Va a un cuando

muy lejano para realizar un trabajo que ya está hecho... Ahora

tengo aquí las especificaciones de ingeniería del campo temporal...

 

Cooper alzó la vista. Se quedó mirando el pequeño rollo de peli-

cula dentro de su recipiente traslúcido.

 

—Pero, ¿ése es el de Mallon?—dijo, aturdido.

 

No podía ser otro. Había visto el objeto en el Museo de Ciencia y

Arte Primitivo en su propia era. El recipiente traslúcido, con su mapa

grabado de una parte de América del Norte. ..

 

—El mismo de Mallon.

 

—Pero no puede ser. Es el suyo. Si se lo llevo para que lo use, y si

nos lo deja para que lo cojamos y se lo llevemos para que lo use...

—Cooper rió débilmente—. Es un círculo. No puede ser. ¿Quién

trazó los planos en primer lugar? ¿Dónde empieza todo? Es imposi-

 

—En el tiempo no hay paradojas, hijo—dijo Twissell . Lo irá

descubriendo poco a poco a medida que vaya envejeciendo. Yo, un

nativo del siglo 1025, he ordenado cambios cu~nticos que pueden

haber matado a mi abuelo cuando era un bebé, y, pese a todo, aquí

estoy. Todas las aparentes paradojas son el resultado de un pensa-

miento centrado en el tiempo en vez de en la eternidad. Los tiempos

existen todos a la vez, al igual que el espacio. Son solamente nuestras

limitaciones humanas, incluso aquí, en la eternidad, las que nos ha-

cen persistir en concebirlo como si sucediese en instantes consecuti-

vos. Suponga que los planos de Mallon oscilan en el tiempo de ahora

a entonces y luego de vuelta. ¿Y qué? Un péndulo oscila en el espa-

cio. ¿Y qué?

 

La mano del ejecutor se apoyaba muy suavemente en su hombro.

Cooper alzó la mirada y el rostro lleno de arrugas que le contemplaba

estaba borroso. El joven pestañeó, pero siguió viéndolo borroso.

 

—Hora de ir al 24, hijo—dijo Twissell.

 

—Estoy listo—dijo Cooper. Y, con una débil sonrisa, añadió—:

Tengo que estarlo. Ya he ido alli.

 

Cooper aprendió mucho en dos horas.

 

Aprendió algo acerca de las herramientas de la eternidad. Apren-

dió que además de las cabinas que se movían dentro de la eternidad,

había algo más que podía ser propulsado fuera de ella. Pareáa una

cabina, pero llevaba unido a ella un complejo mecanismo cuyas ba-

rras pareáan capaces de manipular la transferencia de energía a rit-

mos que Cooper ni tan siquiera intentó imaginar.

 

Horemm se inclinó sobre las entrañas del mecanismo, compro-

bando, haciendo ajustes..., todo ello sin mover ni uno solo de los

músculos de su cara.

 

Cooper aprendió mucho sobre su misión. Twissell hablaba rápi-

damente y no siempre de un modo coherente. Con todo, invariable-

mente, sus palabras volvían a las películas que sostenía.

 

—Se hallará en un punto protegido y aislado en el año que ha sido

calculado como óptimo. Con usted enviaremos alimentos, agua y me-

dios para cobijarse y defenderse. Las películas carecerán de signifi-

cado para nadie excepto para usted. Se le darán instrucciones más

detalladas. Cuando llegue el momento de volver. ..

 

—¿Cuánto tardará, señor?—preguntó Cooper.

 

Twissell vaciló.

 

—No estoy seguro. Dos años. Veinte años. Dos días.—Su tono

se hizo algo más seco—. Jovencito, le digo que no lo sé. Cuando haya

terminado; cuando regrese a las coordenadas a las que llegó..., como

parte de su equipo tendrá un localizador Barr de punto fijo..., enton-

ces, se activará esta cabina.

 

Su vieja y cansada voz de anciano siguió hablando y hablando.

Horemm se enderezó, puso la diestra sobre uno de los diales de por-

celana y esperó.

 

El tono de Twissell se hizo cada vez más apremiante.

 

—No podemos intentar falsificar su medio de cambio o ninguno

de sus valores negociables. Le proveeremos de oro en forma de

pequeñas pepitas...

 

Cooper, cada vez más aturdido, pensó: “¿Por qué no me lo dije-

ron antes? No puedo hacerlo. No lo haré...”.

 

Cooper descubrió algo sobre él mismo. Descubrió que imaginar

alguna gran hazaña, romántica y peligrosa, no tenía nada que ver con

encontrársela en el regazo, mirándote fijamente. Descubrió que no

era tan viejo como pensaba, y que no era tan valiente como había

creído, y que tampoco era tan devotamente idealista.

 

Y descubrió también que, pese a todo, se las arreglaría para

hacerlo.

 

Twissell le estaba previniendo sobre el dar inforrnación que no

debía dar y sobre la información que debía dar y, luego, contradicién-

dose para afirmar que no podía hacer nada mal, ya que los tiempos

primitivos no podían variar y que ya lo había hecho todo bien.

 

En esos momentos Cooper apenas si le escuchaba. Se hallaba en

la cabina, fijándose, con un leve interés, en la economía del espacio y

el modo en que, pese a todo, se había logrado colocar las provisiones.

—¿Está listo?—preguntó finalmente Twissell, inmóvil delante de

Cooper, las piernas separadas, el cigarrillo por una vez inmóvil entre

sus dedos manchados, el humo alzándose en lentos remolinos.

 

Cooper, de pronto, pensó, muy sorprendido, que él estaba mu-

cho más asustado.

 

De un modo extraño, eso le dio valor. Recobró el ánimo y con-

testó:

 

—Estoy listo.

 

Lo último que vio, antes de que una extrarla y borrosa neblina gris

se cerrase momentáneamente sobre sus ojos, fue la mano izquierda

de Horemm bajando un interruptor hasta la posición de contacto, en

tanto que los dedos de su mano derecha, que el técnico ni tan siquiera

miraba, hacían girar bruscamente el dial de porcelana hasta el má-

xlmo.

 

El jefe programador Twissell veía que le temblaban las manos y

eso le molestaba. El muchacho se había ido. Todo estaba hecho. La

manipulación había sido perfecta. Se había acabado.

 

Cuando se llevó la mano a la frente, entonces, ¿por qué la tenía

pegajosa y llena de sudor? ¿Acaso era un programador novato, lleno

de inquietud ante su primer cambio cuántico. o era Twissell? Se

había acabado, maldita sea, acabado.

 

Lo dijo en voz alta, irritado.

 

—Se acabó.

 

—Sí, programador Twissell—dijo Horemm.

 

Twissell se sobresaltó.

 

—¿Qué?

 

Por lo que fuese, jamás había esperado que Horemm le contestase

excepto ante una pregunta directa. Cuando hablaba, Twissell siempre

tenía la sensación momentánea de que una extensión de su propio ser

un brazo, una pierna, habían sido repentinamente dotados (como ei

asno de Balaam en el viejo mito), con el milagroso don del habla.

 

Pero Horemm no se limitaba a hablar. Estaba sonriendo.

 

Durante todo el tiempo que hacía que lo conocía, Twissell jamás

había visto sonreír a Horemm. Se quedó mirando sorprendido la

boca abierta y los dientes súbitamente puestos al descubierto que

parecían remedar una sonrisa sin el menor atisbo de la emoción que

podía esperarse de ella. Percibió la malsana alegría que brillaba en los

oJos del técnico.

 

Y, con aspereza (pues se encontraba muy cansado), dijo:

 

—¿Qué le sucede, Horemm?

 

—Se acabó—dijo Horemm—. Todo se acabó. Me siento feliz.

 

—Bien. Yo también me siento feliz. Y ahora, por favor, deje de

mirarme así. Tómese unos días de reposo. Se los ha ganado.

 

—Más de lo que usted se imagina, ejecutor—dijo Horemm, que

seguía sonriendo.

 

168

 

Twissell aspiró ferozmente el humo de su cigarrillo, consumién-

dolo hasta quemarse casi la punta de los dedos antes de tirarlo. Dejó

que el humo llegase hasta lo más hondo de sus pulmones y lo expelió

con fuerza por los labios.

 

—¿Qué es lo que ignoro, Horemm?

 

Se estaba enfadando, pues no se encontraba de humor para con-

versaciones estúpidas.

 

—Bueno, el que todo ha terminado. Esto. Usted. Yo. ¡Toda la

eternidad !

 

—En el nombre del tiempo, ¿de qué está usted hablando? ¿Sabe

de qué está hablando?

 

—¡Lo sé!

 

Horemm se acercó a él.

 

Twissell se apresuró a retroceder. Con una repentina y aguda

incomodidad, se acordó de algo que normalmente no tenía presente.

Aquel hombre tenía un historial de problemas mentales. Twissell lo

sabía cuando requirió que se le asignase a Horemm como técnico

personal pero, naturalmente, la eficacia de Horemm y su fanática

devoción a los ideales de la eternidad debían basarse en una neurosis

semejante. Horemm necesitaba para sus propósitos personales una

personalidad tan rígidamente constreñida. Y, ciertamente, en sus

años con Twissell, Horemm se había portado siempre del modo más

satisfactorio posible. Era bastante raro (y, se preguntó Twissell,

¿quién no era raro?), y nadie pensaría de él que fuese una persona

encantadora, pero seguía siendo cierto que sin su absoluta lealtad era

muy dudoso que el proyecto hubiese podido llegar a buen fin.

 

Pero ahora Twissell era incapaz de reconocer a este Horemm,

cada vez acercándose más a él y alargando una delgada mano como

ansioso por tocar la came de Twissell, como para asegurarse de que

Twissell se encontraba realmente ahí, de que no se trataba de un

sueño.

 

Sólo de ese modo podía explicarse Twissell la expresión de Ho-

remm. Aquel hombre era tan feliz que a duras penas si podía creer en

que su propia felicidad fuese real. ¿Se trataba acaso de la liberación

final de una personalidad durante demasiado tiempo constreñida en

un largo proyecto?

 

—Horemm, ha trabajado demasiado—dijo Twissell.

 

Pero Horemm se limitó a negar con la cabeza.

 

—Quiero que lo entienda, ejecutor. La eternidad se ha terminado.

Se acabó. ¿Piensa que la eternidad no puede tener fin? ¿Que es

realmente eterna? Piénselo de nuevo. Puede que la eternidad carezca

de final en el tiempo, pero quizá tenga uno en la realidad. Lo ve, ¿no es

cierto? Usted es un programador. Usted es muy inteligente.

 

Twissell estaba empezando a entenderlo. Todo su cuerpo se es-

tremeció.

 

—¡ Horemm !—gritó .

 

Aunque la sonrisa de Horemm se esfumó, el feroz brillo de ale-

gría en sus ojos siguió presente.

 

i

l

i

—Sí, Horemm. Nada más que un observador y un técnico. Al-

guien con el que Finge pudiese experimentar. Un millar de realidades

han pasado desde que ernpezó la eternidad. ¿Puede recordar todas

las realidades que usted ha hecho cambiar, ejecutor? Yo puedo re-

cordar una. Cambió el 482 hace diez fisioaños. Usted firmó el análiisis

de Finge. Aprendí mucho sobre ese cambio cuántico después, pero

me pregunto si lo recuerda usted. Finge murió. Maldito sea, murió

demasiado pronto. Pero usted vive. Usted debe recordar.

 

Twissell interrumpió el jadeante torrente de palabras de su in-

terlocutor.

 

—¿Cómo puedo. . . ?

 

Lo que faltaba de la frase nunca llegó a nacer.

 

—¿Cómo puede recordar?—gritó Horemm—. Hubo tantos cam-

bios que mil millones de vidas más o menos son algo demasiado

minúsculo para que su mente se tome la molestia de recordarlo.

¿Qué son las generaciones del hombre para un ejecutor que puede

borrarlas de la existencia con un simple soplido? ¡Hagan esto! ¡Ya

está! Nada en la Tierra perdura sin cambios... ¿Quién le dio el dere-

cho? ¿Quién le dio el derecho?

 

El técnico alzó los puños al aire.

 

Twissell se acercó a la puerta y Horemm bajó los brazos, movién-

dose rápidamente para impedirle la retirada.

 

—Tendrá que escucharrne, ejecutor. Yo le escuché durante cinco

años y con toda seguridad usted puede concederme cinco minutos.

¿Se le ocurrió alguna vez que una víctima de sus manejos podría

algún día desear cobrarse su deuda?

 

—¿Qué ha hecho?—preguntó Twissell, la voz convertida en un

graznido.

 

—He cambiado la realidad yo solo—dijo Horemm—. Y no sola-

mente para los pobres seres que viven en el tiempo. La he cambiado

incluso para nosotros. Piénselo. Debe comprenderlo. Viva con esa

idea. Pronto, mañana, el año próximo, puede que dentro de un mi-

nuto, la eternidad llegará a su fin.

 

—Es imposible—susurró Twissel1.

 

—Es posible. ¡Es cierto!—gritó Horemm—. Mandó a ese mucha-

cho al 24 para que inspirase el invento que condujo a la eternidad.

¿Qué sucedería si la inspiración para ese invento no llegase? ¿Existi-

ría alguna eternidad? El muchacho preguntó de dónde procedían los

planos del campo temporal. Usted dijo que oscilaban en el tiempo

como un péndulo lo hacía en el espacio. ¿Y si alguien cortase la

cuerda del péndulo, eh? ¿Qué ocurrina si alguien interfiriese con las

oscilaciones temporales de esos preciosos planos?

 

—¿Qué ha hecho?—preguntó nuevamente Twissell.

 

—Creo que puede imaginarlo. En el mismo instante en que cerra-

ba el interruptor que enviaba a Cooper atrás en el tiempo, hice girar

el crono-control. No fue enviado al 24, sino a un tiempo anterior.

Unos siglos antes. El año en concreto no lo sé. Ni tan siquiera el

siglo. No miré los controles al hacerlos girar, y volví a hacerlos girar

 

170

 

antes de soltarlos. Y eso hizo saltar el mecanismo retroalimentador

automático de la cabina al mismo punto en el tiempo que habría

tenido lugar si y cuando Cooper intentase retroactivarla para un viaje

de regreso.

 

“Está perdido, ejecutor; perdido para siempre en la era primitiva.

Ya la textura de la realidad debe tensarse a cada instante que Cooper

permanece en un siglo que no es el suyo. Más pronto o más tarde, los

cambios que está introduciendo en él llegarán al nivel cuantico. Us-

ted y yo sabemos acerca de los cambios cuánticos, ¿verdad, computa-

dor? Y toda la realidad perderá sus cimientos. Sólo que éste no será

como los cambios cuánticos que hasta ahora ha ido usted introdu-

ciendo en ella. Esta vez todo se verá envuelto, la eternidad incluida,

porque el cambio cuántico implicará la no-invención del campo tem-

poral. Y entonces, al fin, estaré en paz con usted y con Finge, y yo

viviré de nuevo en la realidad sin cambios, y volveré a encontrar a

Noys. . .

 

Tendió los brazos y luego se dejó caer al suelo riendo agónica e

interminablemente, una ronca carcajada que siguió y siguió en tanto

que sus hombros temblaban convulsivamente.

 

Twissell se le quedó mirando durante un instante, paralizado por

el horror. La risa de Horemm se fue quebrando hasta detenerse. Se

quedó tendido, inmóvil.

 

Twissell salió corriendo del laboratorio y su aguda voz estuvo a

punto de quebrarse mientras gritaba:

 

—Que alguien busque al instructor Manfield del 28 en el comuno.

¡Manfield, del 28! ¡Y una ambulancia! ¡Maldita sea, muévanse!

¡Manfield! ¡Instructordel28! ¡Búsquenle!

 

8

 

Genro Manfield se había descrito una vez como un “pacifista”

ante nada menos que un grupo como el Comité de Personal del Gran

Consejo Pantemporal. Había permanecido en pie ante ellos, unos

nueve fisioaños antes, caminando con un paso nervioso y algo pare-

cido al de un oso, sus anchos hombros encorvados, sus cabellos more-

nos despeinados como de costumbre y su macizo rostro marcado con

tozudas arrugas de incomodidad.

 

—Estamos librando una guerra en la eternidad—había dicho,

mientras explicaba y defendía la petición que había presentado hacía

un mes al comité—. No estoy exactamente seguro de contra qué la

estamos librando. Supongo que contra la realidad, o contra los puli-

dos y maquinales conceptos que tenemos sobre lo que constituye la

miseria humana. Creemos que nuestros fines son buenos, pero sé que

nuestros medios son implacables.

 

“En tanto que programador, he sido oficial en esa guerra; por b

que he hecho hasta el momento, creo que me corresponde el grado

de coronel.

 

(Hablaba con lentitud y sus palabras parecían aún más lentas al

rumiar su mente la arcaica metáfora que había utilizado, moviéndose

luego por etapas de un modo automático y carente de esfuerzo hasta

los inicios de una consideración de la Historia Primitiva, cuyo estudio

era su diversión y su vía de escape.)

 

Volvió en sí con un esfuerzo visible, pasándose una vez más la

mano por el pelo.

 

—Por temperamento, ese papel no es adecuado para mí. Si lo que

estamos librando es una guerra, no puedo seguir participando en ella.

No sirve de nada que me diga a mí mismo que se trata de una guerra

justa y que debe ser librada. Soy un pacifista y no puedo combatir.

 

El presidente del comité le preguntó qué pretendía hacer. Con

toda seguridad debía saber que abandonar la eternidad y volver a su

tiempo original era imposible. Otorgarle una pensión a los cuarenta

fisioaños de edad significaría sentar un precedente peligroso. ¿De-

seaba acaso retirar su petición y pedir un período de hospitalización y

rehabilitación?

 

Las objeciones de Manfield fueron violentas. Sabía muy bien que

un programador de su categoría no tenía que sujetarse a un programa

tal sin, primero, su propio consentimiento o, segundo, un peligro

claro y actual de psicosis. Lo segundo era siempre difícil de probar, y

lo primero no iban a conseguirlo nunca.

 

Señaló con un gesto su petición y dijo:

 

—No estoy pidiendo el retiro completo- meramente el relevo de

la línea del frente. Una misión en el siglo 28 me permitiría proseguir

en paz mis investigaciones y me colocaría en un sector tranquilo

donde los asaltos de la realidad no son ni frecuentes ni serios.

 

No podía resignarse a abandonar su propia metáfora.

 

El presidente del comité le interrogó acerca de si se daba cuenta

del valor que tenía el entrenamiento de un programador y sus conoci-

mientos; si era consciente de la pérdida que sufriría la eternidad si él

se retiraba voluntariamente de la categon'a de programador; si había

pensado en las dificultades que implicaba hallar a alguien que lo re-

emplazase.

 

—En mi estado actual no soy de ninguna utilidad como programa-

dor—dijo Manfield—. Con todo, estaría dispuesto a ser instructor.

Con toda seguridad, los instructores deben ser tan valiosos para la

eternidad como cualquier otra categoría, y uno tan competente como

yo sería diffcil de encontrar.

 

Es dudoso que el comité hubiese llegado a aprobar ni tan siquiera

dicho compromiso de no ser porque Laban Twissell, que en esos mo-

mentos se hallaba en el comité y que hasta entonces se había limitado

a fumar y permanecer en silencio, no hubiese expresado repentina-

mente su acuerdo de un modo francamente explícito.

 

Al día siguiente, durante una entrevista con Twissell, Manfield.

con ~a notificación oficial de su categoría y su misión en el bolsillo,

hizo todo lo que pudo para darle las gracias.

 

Twissell le quitó importancia al asunto. Los gestos de su mano,

veloces y semejantes a los de un pájaro, su ancha y despejada frente y

sus ojos, inteligentes y vivaces, le eran tan familiares a Manfield

como se lo eran ya a todos los programadores de la eternidad.

 

—Tengo el germen de una idea—dijo Twissel~; una gran idea;

puede que una idea ridícula. No le hablaré de ella. Pero me gustaría

que hubiese alguien sólido y de confianza como usted en los lejanos

cuandos de abajo. Y, además, que fuese un instructor. Puede que no

llegue a nada pero, con todo...

 

Manfield no intentó comprender del todo tales observaciones.

Sólo tenía ganas de marcharse. Su cabina cronomóvil le estaba espe-

rando y quería alejarse todo lo posible a los inicios de la eternidad.

Quizá dentro de esa quietud le fuese posible olvidar su propio y

enorme crimen.

 

Estaba en la cabina, con Twissell estrechándole la mano por úl-

tima vez y diciendo:

 

—Se acordará, ¿verdad?, si alguna vez le necesito...

 

—Me acordaré—musitó, con apenas un matiz de impaciencia—.

Siempre le estaré agradecido, ejecutor.

 

Pero lo olvidó.

 

No del todo, naturalmente. A medida que transcurrían los fisioa-

ños no olvidó que en tiempos había sido un programador. No olvidó

una noche horrible, una petición que había cursado a la mañana

si~uiente. Ni tan siquiera olvidó que Twissell le había ayudado.

 

Sin embargo, olvidó las vagas insinuaciones de Twissell acerca de

que el apoyo que le había prestado no estaba motivado por la simpa-

tía sino por unas previsiones totalmente prácticas. Olvidó—o, mejor

dicho, nunca volvió a pensar en ello—, que se había colocado en una

situación de deuda con Twissell.

 

Incluso cuando Twissell le mandó la petición de que aceptase en

su clase a Brinsley Sheridan Cooper, pidiéndole además que el no-

vato se especializase en Historia Primitiva, en su mente no se remo-

vió ningún recuerdo. No se le ocurrió a Manfield que aquello era

parte de lo que Twissell ya tenía en mente cuando le ayudó a colo-

carse como instructor en el 28.

 

Manfield era un reconocido experto en Historia Primitiva, y no

consideró extraño que le enviasen a un estudiante para que lo entre-

nase en dicha disciplina.

 

Cuando Cooper se marchó con destino al 575 y, apenas unas doce

horas después llegó la llamada de Twissell, se dirigió tranquilamente

al comuno.

 

Llegó incluso a protestar, considerablemente agitado, cuando Twis-

sell le pidió por primera vez que tomase inmediatamente una cabina para

el 575. El no era un programador, explicó indignado. Preferina no...

 

—iPor el gran Cronos, hombre!—había exclamado roncamente

Twissell—, aún seguiría de programador si no hubiese sido por mí.

Ahora le necesito.

 

Y entonces Manfield se acordó.

 

—Estaré ahí—dijo apagadamente.

Manfield tardó más de quince minutos en tener una vaga idea de

lo que iba mal. Al principio le pareció que Twissell tan sólo se es-

taba lamentando por la pérdida de un técnico mentalmente inesta-

ble (Manfield había oído hablar de Horemm, el llamado “príncipe

de los técnicos”).

 

O quizá tardase en comprender a causa de que no se encontraba a

gusto en aquel ambiente. En todos los años transcurridos desde que

había tomado la cabina cronomóvil en dirección del abajo cuando,

hacia el 28, no había vuelto a un cuando más elevado que el periódico

viaje de estudios al 48. Y ahora, estaba aquí, sumergido en el milenio

sesenta de la eternidad, contemplando al hombre que resumía en su

persona el papel vital que a él le parecía más repulsivo y aborrecible.

A menos de cinco siglos..., cinco siglos...

 

Con un esfuerzo, arrancó de su mente el pozo de recuerdos en el

que siempre estaba dispuesto a sumergirse y trató de concentrarse en

lo que Twissell estaba diciendo.

 

La voz del viejo ejecutor se fue haciendo más fría y firme y el

auténtico significado de lo que estaba diciendo empezó a penetrar en

su conciencia. Los ojos de Manfield se entrecerraron y su ansiedad

por volver al útero que se había ido construyendo en el 28 disminuyó

a medida que escuchaba.

 

—Ejecutor—dijo finalmente—, ¿estuvo de acuerdo el Gran

Consejo Pantemporal en permitir que se mandase una cabina al ini-

cio de. . .?

 

Twissell dio una palmada, irritado.

 

—¿Qué tiene eso que ver con todo el asunto? Esa cabina la

construimos Horemm y yo para cumplir cierto propósito. Por desgra-

cia, el propósito de Horemm no era el mío. ¿Quiere dejar de poner

esa cara, Manfield? La teoría de penetrar en el pasado de la eterni-

dad es de sobra conocida. Por razones obvias, se trata de materia

restringida pero, de todos modos, logré arreglármelas... Muy bien,

no informé al Gran Consejo Pantemporal. ¿Qué significado tiene eso

ahora?

 

—Entonces, yo debería informar acerca de usted—dijo Man-

field.

 

—¿Y de qué servin'a eso ahora? ¿Entiende usted lo que estoy

diciendo? Estamos enfrentándonos con el fin de la eternidad.

 

Sí, la idea estaba empezando a quedar muy clara para Manfield.

¿El fin de la eternidad? Una idea extraña; casi agradable. ¿Acaso él,

y todos los eternos, iban a sufrir el destino que tan fn'amente le

habían infligido a tantos otros? De pronto, se preguntó: “¿Duele un

cambio de la realidad? ¿Cambian los recuerdos de un modo limpio y

rápido? ¿No queda nada? ¿No quedaría en ninguna mente el fan

tasma de una eternidad desvanecida?”.

 

Sonrió levemente. Era como si, finalmente, le estuviesen ofre-

ciendo una expiación por su crimen, y sonrió.

 

—No se quede ahú sentado sonriendo, Manfield—exclamó Twis-

sell, casi a gritos—. ¿No entiende lo que estoy diciendo?

 

174

 

—Lo entiendo, pero...

 

—Pero está atónito porque yo haya dejado de lado al Gran Con-

sejo. ¿Se trata de eso? Oiga, Manfield—dijo con violencia—, tenía

que trabajar sin ellos. Era mi idea, totalmente mía. No podía esperar

sus confabulaciones y sus retrasos. Aun así, tardé diez fisioaños.

Ahora tengo sesenta y cinco. Puede que a Cooper le hagan falta diez

años, incluso quince, para completar su misión. Quiero estar vivo

cuando regrese. Quiero ser capaz de decir que yo hice posible a

Harvey Mallon. Yo, y sólo yo, fui el auténtico originador de la eterni-

dad. Quiero decirlo; quiero que los eternos lo sepan. Entonces, po-

dré morir.

 

Pese a toda su ardiente energía, la auténtica edad del cuerpo de

Twissell no podía ser ignorada. Le temblaban las manos y sus pálidos

y resecos labios se estremecían. Manfield, sobresaltado, pensó: “Es

viejo; viejo”.

 

De algún modo, logró sentir compasión y, sin esperar una res-

puesta razonable, dijo:

 

—¿Qué quiere de mí?

 

—Conoce a Cooper y conoce los tiempos primitivos. Encuéntre-

melo.

 

Manfield meneó la cabeza.

 

—¿Cómo puedo hacerlo? ¿Dónde he de buscar? ¿Cómo he de

busc~r?... Mire, ejecutor, ¿por qué no arregla el asunto mandan-

do a alguien más de vuelta al 24? Con seguridad, debe haber co-

pias del plano de Mallon para el campo temporal. Mientras tanto,

cuando Cooper se dé cuenta de que está en un siglo equivocado y de

que no puede volver, tendrá lo bastante de programador y de eterno

para comprender los peligros de un cambio cuántico y evitar. . .

 

Twissell se enfureció.

 

—Es usted un tonto, un idiota. El muchacho podría causar un

cambio cuántico involuntariamente, sin ser consciente de ello. Ade-

más, es imposible mandar a nadie más.

 

—¿Por qué?

 

Twissell miró a Manfield con ojos torturados.

 

—Porque Cooper no es un mensajero para Mallon. Él es Mallon.

 

—¡Qué!

 

—Brinsley Sheridan Cooper es Harvey Mallon, el inventor del

campo temporal y el padre de la eternidad.

 

—Pero eso es imposible.

 

—¿Eso piensa? Eso es lo que usted piensa. Su campo de especiali-

zación es la Historia Primitiva, y piensa de ese modo. ¿Por qué no

llegó a establecerse jamás la fecha de nacimiento de Mallon? ¿No

podía ser acaso porque no hubiese nacido en el 24? ¿Por qué nadie

conoce la fecha exacta de su muerte; por qué no existen registros?

¿No podría suceder que, habiendo completado su obra, volviese a la

eternidad? Y no me hable de paradojas.

 

Manfield sacudió la cabeza.

 

—No soy un ni~o. No hablo de paradojas. ¿Le contó eso a Cooper?

—Tenía que contarle algo así, sí. Pero le conté lo menos que pude

hasta el último instante. Para obtener unos resultados óptimos era

necesario que mantuviese sus ideas sobre el asunto lo más fluidas

posible. La historia en los tiempos primitivos está fijada; no hay más

que una realidad, así que debía seguirla libremente. Si se lo hubiese

contado, si hubiese llegado al 24 con todo un conjunto de ideas ya

fijadas, quizá no fuese capaz de adaptarse con la rapidez necesaria.

 

“El plan era hacer que buscase a Mallon y no le encontrase. No

tardaría en sentir pánico y, en su desesperación, se establecería él

mismo como Mallon, revelaría los planos del campo y cerraría el

círculo. Debía suceder de ese modo. Casi podemos deducirlo de la

historia. Usted conoce los registros... Mallon exhibió su máquina con

la mayor reluctancia y publicó sus documentos solamente después de

dos años de retrasos. Solíamos llamarlo la humildad del auténtico

genio, pero no lo era. Era Cooper preguntándose qué debía hacer.

 

—Si la realidad primitiva está fijada—dijo Manfield—, esto debe

ser parte de ella. Puede que Mallon no sea Cooper, sino su tatara-

nieto. Puede que Cooper transmitiese los planos. ..

 

—No. No. ¡No! El plan fue mal dentro de la eternidad. Horemm

no se hallaba en los tiempos primitivos cuando desvió los controles.

Estaba aquí, en la eternidad, y aquí la realidad puede ser fluida.

Cooper se halla donde no debía estar. Eso es definitivo. Y en cual-

quier instante, en cualquier fisiotiempo, puede producirse un camhio

cuántico y todo habrá acabado.

 

Manfield le contestó con lentitud, pensativo.

 

—Y de ser así, ¿no podría ser eso algo bueno, algo deseable?

 

—¡No puede hablar en serio!—dijo Twissell.

 

—¿No? Toda la noción de la eternidad está basada en la asunción

de que los hombres, los hombres corrientes, pueden tener a su cargo

las vidas y la realidad de toda la humanidad.

 

—No se trata de los hombres. No hacemos sino atender a las

máquinas de computación—dijo Twissell trabajosamente.

 

—¿Es cierto eso? ¿Fue acaso una máquina de computación la que

siguió un proyecto durante diez anos sin el permiso, el conocimiento

o la cooperación del Gran Consejo Pantemporal? ¿Fue una máquina

de computación la que desvió los controles de una cabina cronomóvil

sabiendo que ello destruiría a la eternidad? Si hombres como usted y

Horemm no son de fiar, ejecutor, ¿qué eterno es digno de confianza?

Y si no se puede confiar en ningún eterno, ¿de qué sirve la eternidad?

 

—Manfield, Manfield, no tenemos tiempo para filosofías baratas.

Hay miles de eternos que han consagrado sus vidas a la eternidad sin

desviarse de sus ideales. Usted, por ejemplo. Usted mismo.

 

Manfield meneó la cabeza y dijo:

 

—Yo no. Soy tan criminal como pueda serlo cualquiera en la eter-

nidad.

 

Los ojos de Twissell se clavaron en él, fijos y brillantes.

 

—¿De qué modo? ¡Dígamelo! Pero rápido.

 

Y porque Manfield podía mirar cara a cara a otro eterno y sentir

que él también compartía el lazo de parentesco de haber obrado mal,

descubrió que al fin podía confesar su crimen.

 

El cnmen, igual que el de Horemm, empezó con una mujer. No

era una coincidencia. Era casi inevitable. El eterno que vendía las

satisfacciones nGrmales de la vida familiar por un puñado de perfora-

ciones hechas en un papel estaba maduro para la infección. O, al

igual que Twissell, no tardaría en caer presa de una inseguridad

básica y respondería con pequeñas vanidades como su incesante y

ostentosa exhibición de cigarrillos en una sociedad que no fumaba, o

la más amplia vanidad de buscar su renombre personal haciendo que

la eternidad corriese toda suerte de riesgos.

 

Manfield recordaba a esa mujer con pena y amor. Era inteligente

y buena. Si hubiese sido un hombre del tiempo, habría estado orgu-

lloso teniéndola como esposa. No todos los eternos (que debían to-

mar a sus mujeres solamente cuando lo permitía la computación)

tenían tanta suerte como él en ese aspecto.

 

Pero sus relaciones con ella estaban empañadas por algo que él

sabía y ella, por la misma naturaleza de las cosas, no podía saber. En

la realidad de ese fisiotiempo ella moriría joven. Iba a morir, de

hecho, pasado un año desde que sus relaciones hubiesen empezado.

 

Él lo sabía desde el pnncipio. La primera vez en que se sintió

atraído por ella (primero un individuo en el informe sobre el 570 de

un observador, y luego, impulsado por la curiosidad, como resultado

de haberla Vlsto y hablado con ella durante un viaje de observación

personal irregular, pero perfectamente legal) había tramado su vida.

 

No había dejado esa tarea para el departamento de Tramado Vi-

tal. La había realizado él mismo porque sentía cierta timidez al res-

pecto. Se enteró de su próxima muerte y, al principio, como recor-

daba ahora con verguenza, eso le complació. Significaba que las

oportunidades de un cambio cuántico producido a consecuencia de

su relación eran obviamente muy leves. Lo comprobó, y así era.

 

La visitó tan a menudo como lo permitían los mapas espaciotem-

porales. Su compatibilidad era muy superior a todo lo que él hubiese

podido esperar y descubrió la felicidad con ella. El Gran Consejo

Pantemporal, habiendo supervisado sus cálculos tal y como era de-

bido, se mostró indiferente ante aquel asunto.

 

Hasta el momento, no había cometido crimen alguno.

 

Pero lo que empezó como la satisfacción de una necesidad emo-

cional se convirtió en algo más. Su muerte inminente dejó de ser algo

oportuno y se convirtió en una catástrofe. Por tres veces distintas

llegó y pasó un punto del fisiotiempo en el que alguna sencilla acción

por parte de él habría alterado la realidad personal de ella. Pero él

sabía que un cambio motivado de un modo tan personal era imposi-

ble que fuese autorizado. La muerte de ella se convirtió en su respon-

sabilidad personal y aprendió cuál era el significado de la culpabi-

lidad.

 

Eso tampoco era un crimen, aunque se trataba de una debilidad

peligrosa.

 

(~'uento~ paral~lo~

)

(Así dijo Twissell, dejando consumir su cigarrillo, ligeramente

apartado de su preocupación ante el peligro inminente y abrumador

que le rodeaba. Manfield meneó la cabeza y dijo: “No puedo enten-

derlo” . )

 

No hizo nada cuando ella quedó embarazada. Su trama vital,

modificada para incluir su relación con Manfield, indicaba que el

embarazo era una consecuencia altamente probable. Generalmente

se evitaba tal eventualidad, pero a veces las mujeres del tiempo que-

daban embarazadas de un eterno. No era algo inaudito. Pero dado

que ningún eterno podía tener hijos, los embarazos eran llevados a

un fin eficiente e indoloro. Había muchos métodos.

 

Manfield no hizo nada. Ella era feliz con su embarazo y él quería

que siguiese siéndolo. Sabía que morina antes de que éste llegase a su

fin, así que se limitó a observarla con los ojos velados por la pena y

cuando ella le deáa, triunfante, que podía sentir cómo se agitaba la

vida en su interior, él sonreía con dolor.

 

Esto seguía sin ser un crimen premeditado por parte de Manfield,

pero era un acto de ignorancia; y la ignorancia puede ser casi un cri-

men.

 

Porque ella dio a luz prematuramente. Era algo que Manfield no

había previsto. Era un aspecto de la vida acerca del que tenía escasa

experiencia, y no se le había ocurrido la posibilidad de un nacimiento

prematuro.

 

Y, con todo, ¿cómo era posible que la trama vital que él había

hecho no lo indicase? Volvió a trabajar en ella y descubrió al niño

vivo..., en una solución alternativa a una bifurcación de baja proba-

bilidad que había pasado por alto. A un profesional no se le hubiese

pasado por alto.

 

¿Qué podía hacer Manfield ahora?

 

No podía matar al nino. A la madre le quedaban dos semanas de

vida. Que las viviese, pensó. Dos semanas de felicidad no es pedir

algo excesivo.

 

La madre murió... como estaba previsto, del modo previsto.

Manfield (durante el tiempo permitido por el mapa espaciotemporal)

permaneció sentado en su habitación, lleno de dolor, con una pena

tanto más aguda porque la había estado esperando, sabiendo lo que

sucedería, desde haáa casi un año. Sostenía en sus brazos al niño, el

hijo de él y ella.

 

(—¿Dejó que viviese?—inquirió Twissell, la voz llena de horror.

 

—No puede entenderlo—dijo Manfield.

 

—Pero era un crimen.)

 

Era un crimen, pero no el crimen.

 

Dejó que viviese. Lo dejó al cuidado de una organización ade-

cuada y volvió cuando pudo (dentro de una estricta secuencia tempo-

ral, acorde incluso con el fisiotiempo) para hacer los pagos necesarios

y ver cómo creáa el muchacho.

 

Pasaron dos años. Haáa comprobaciones periódicas, asegurán-

dose de que la trama vital del muchacho no inducía de ningún modo

 

178

 

cambios cuánticos. Era una buena trama vital y Manfield se alegraba

de ello. El niño aprendió a caminar y a balbucear algunas palabras.

No le enseñaron a llamarle “papá” a Manfield. Fuesen cuales fuesen

las especulaciones que la gente del tiempo de aquella institución para

el cuidado de ninos pudiesen hacer en lo concerniente al hombretón

que pagaba de modo tan regular, siguieron siendo eso, especulacio-

nes y nada más.

 

Luego, cuando hubieron pasado los dos años, las necesidades de

un cambio cuántico que incluía colateralmente al 570 fueron someti-

das al Gran Consejo Pantemporal y Manfield, promovido reciente-

mente al rango de programador asociado, fue puesto a cargo de éste.

 

El orgullo que sintió en aquel unstante estaba teñido de aprensión.

 

(—Tenía que estarlo—dijo Twissell . Los ninos son los rehenes

del tiempo.

 

Manfield sacudió la cabeza disgustado ante el aforismo.)

 

Trabajó en el cambio cuántico e hizo un trabajo impecable. Pero

su aprensión fue en aumento. Sucumbió a una tentación que, en su

corazón, había sabido que nunca sería capaz de resistir. Mantuvo

retenida su solución mientras tramaba un nuevo curso vital para su

hijo.

 

Ese era un segundo crimen, tan grande como el primero, pero

seguía sin ser el crimen.

 

Durante veinticuatro horas, sin comer ni dormir, permaneaió sen-

tado en su ofiana, luchando con la trama vital ya completada, ha-

ciéndola pedazos una y otra vez en un intento desesperado de hallar

un error.

 

No había ningún error.

 

Al día siguiente, reteniendo aún su solución para el cambio cuán-

tico, elaboró un mapa espaaotemporal y entró en el tiempo en un

punto situado más de treinta años arriba en el cuando desde el naci-

miento de su hijo.

 

Ese era un tercer crimen, mayor que los dos primeros, pero seguía

sin ser el crimen.

 

Su hijo tenía treinta y cuatro años de edad; era tan viejo ahora

como el mismo Manfield. No conocía a su padre, no recordaba a un

hombretón que le visitaba en su infancia.

 

Era ingeniero aeronáutico. El 570 era experto en media docena

de modos de viaje aéreo, y el hijo de Manfield era feliz y había

triunfado como miembro de su sociedad. Estaba casado con una

joven que le amaba con ardor, pero Manfield sabía que no iban a

tener hijos.

 

(—Al menos eso era algo—dijo Twissell, y puso la colilla de su

cigarrillo en una unidad de eliminaaión.

 

—Le dije que había trazado su curso vital en busca de cambios

cuánticos. No soy tan descuidado.)

 

Manfield pasó todo el día con su hijo. Se presentó como una

relación de negocios y le habló con formalidad, sonriendo cortés-

mente, despidiéndose con frialdad. Pero en secreto le vigilaba y ab-

sorbía cada uno de sus actos, llenándose con ellos, viviendo con feroz

intensidad ese único día de una realidad que mañana (en fisiotiempo)

no habría existido nunca.

 

Volvió a la eternidad y pasó una última y horrible noche luchando

fútilmente con lo que debía ser. A la mañana siguiente entregó sus

computaciones y preparó una petición al Gran Consejo Pantemporal

en la que pedía un cambio de categoría.

 

—Y usted me ayudó, ejecutor—concluyó Manfield.

 

—Supongo que su hijo no vivió en la nueva realidad—dijo Twis-

sell.

 

{)h sí que vivió—dijo Manfield lentamente—. Existió... como

un parapiéjico desde los cuatro años de edad. Cuarenta y dos años en

cama, bajo circunstancias que me impidieron incluso el lograr que se

aplicasen en su caso las técnicas regenerativas de nervios del 900.

 

“Yo le hice eso a mi hijo. Fueron mi mente y las máquinas de

computación las que computaron para él esa nueva vida, y fue mi

palabra la que ordenó el cambio. Cometí varios crímenes, pero ése

fue el crimen que acabó conmigo como programador.  I

 

Twissell se culpó a sí mismo de su pánico inicial a medida que éste

fue desapareciendo. Había actuado con bastante rapidez al hacer que

buscasen a Manfield, pero luego se había dejado trastornar, primero

por la lentitud de Manfield en comprender y luego por la reluctancia

neurótica de aquel hombre a la hora de ayudar.

 

Sólo cuando Twissell, en la negativa a colaborar de Manfield,

reconoció el torbellino de un dolor y una culpabilidad escondidas, fue

nuevamente capaz de recobrar la iniciativa. Lo consiguió dejando

hablar a Manfield. Sintió que el suelo iba volviendo a endurecerse

bajo sus pies, y recobró el equilibrio.

 

No intentó hacer que Manfield se apresurase. Dejó que pasasen

los minutos. Cuando Manfield acabó, Twissell estaba empezando a

encontrarle de nuevo sabor a sus cigarrillos.

 

No se apresuró a hablar. Al contrario, dejó que pasasen dos

minutos en tanto que la catarsis de la confesión purgaba a Manfield

de su carga de culpabilidad.

 

En tanto que ejecutor, Twissell tenía un cierto conocimiento,

naturalmente, de la ingeniería psíquica. Intelectual, ya que no emo-

cionalmente, podía ir siguiendo el funcionamiento de la mente de

Manfield. Lo que le había ocurrido era el equivalente a reventar un

absceso. Algún día, pensó Twissell, la ingeniería psíquica tendría que

ser elevada al rango de una clasificación separada de especialidad

dentro de la eternidad.

 

Por fin habló sin alzar la voz.

 

—Si la eternidad llega a su fin, el equivalente de su tragedia le

sucederá a un número incontable de hombres y mujeres. Usted pue-

de evitarlo.

 

Aguardó unos instantes y luego siguió hablando.

 

—Usted conoce la Historia Primitiva. Sabe cómo era. Era una

realidad que fluía ciegamente siguiendo la línea de probabilidad má-

xima. En los siglos de fisiotiempo en que ha existido la eternidad,

hemos elevado nuestra realidad a un nivel de bienestar que está

mucho más allá de todo lo conocido en los tiempos primitivos, pero

también a un nivel que, de no ser por nuestra interferencia, sería

ciertamente de una probabilidad muy escasa.

 

Twissell observó atentamente a Manfield, que seguía callado, y

continuó:

 

—Con la eternidad desaparecida, un millón de años de historia

humana revertirán de nuevo a una realidad inmutable de ignorancia,

matanzas y miseria. Su propia experiencia debería darle una mayor

capacidad para comprender el significado de eso y la necesidad de

evitarlo, mucho más de todo lo que yo pueda decirle.

 

Manfield alzó la cabeza.

 

—Pero, ¿qué puedo hacer?

 

Era un acto de rendición y Twissell lo sabía. Actuó de inmediato

para evitar que su interlocutor pudiese reconsiderar su postura y se

acercó rápidamente a los controles de la cabina a través de la cual

Cooper había desaparecido más allá del inicio de la eternidad.

 

—Venga aquí, Manfield.

 

En total, Twissell había perdido una hora pero con esa hora había

ganado una oportunidad. No se permitió pensar lo pequeña que era

esa oportunidad.

 

Estaba muy nervioso. Al menos, estaba haciendo algo.

 

—Esto es el crono-control—dijo—, el reóstato que controla la

longitud temporal del impulso de la cabina. Si hubiese añadido un

seguro para evitar que sus coordenadas pudiesen variar una vez dis-

puestas..., pero, por supuesto, detalles así se los dejaba siempre a

Horemm .

 

Sonrió amargamente.

 

—Horemm estaba en esa posición—prosiguió—. Hizo girar el

control en el mismo instante en que cerraba el conmutador. Eso es lo

que me dijo. Y si puedo seguir el curso de sus emociones en esos

instantes, movió una sola vez la mano en el crono-control para ha-

cerlo girar una sola vez, con un impulso espasmódico de odio e ira.

 

Y al decir esto Twissell, su propio rostro pareció reflejar esas

emociones y su mano, aferrando el dial de porcelana, lo hizo girar

salvajemente .

 

—¿Cuál es la lectura?—preguntó, casi sin aliento.

 

Manfield se inclinó sobre el dial.

 

—En algún lugar cercano al 20. Veamos, diecinueve.. .

 

—No sirve de nada leerlo de tan cerca—dijo Twissell—. No

puede ser más que una aproximación.—Se llevó el cigarrillo a los

labios, atisbando a través del humo. Y añadió—: ¿Qué sabe del 20,

Manfield?

 

El instructor se encogió de hombros.

 

181

 

I

 

I

 

I

—Lo ha estudiado, por supuesto—dijo Twissell.

 

~h, sí.

 

—Muy bien. Pongámonos en el lugar de Cooper. Es un mucha-

cho brillante; inteligente e imaginativo, ¿no cree usted?

 

—Un Joven muy capaz.

 

—Y un eterno. Eso es lo importante.—Twissell agitó el dedo—.

Eso es lo importante. Está acostumbrado a la idea de comunicar a

través del tiempo. No es probable que se rinda a la idea de haber

quedado abandonado a la deriva en él. Sabrá que le vamos a buscar.

 

—Sí, pero, ejecutor, ¿qué puede hacer al respecto?

 

El astuto y anciano rostro de Twissell, convertido en un amasijo

de arrugas, miró a Manfield sin verle en realidad.

 

—¿Hay alguna fuente particular que usted usase al estudiar los

20? ¿Algún documento, archivos, películas, objetos, obras de refe-

rencia? Me refiero a fuentes primarias, que datasen de ese mismo

hempo.

 

—Naturalmente.

 

—¿Y él las estudió con usted?

 

—Sí.

 

—Entonces, ¿no es natural imaginar que él puede tratar de inser-

tar en uno de esos objetos, un objeto que él sabría que usted tenía la

costumbre de ver y estudiar, alguna referencia a su propia persona?

 

—Eso es una conjetura que se sostiene de un finísimo hilo.

 

{2uizá—accedió rápidamente TwisseD—. Pero, ¿qué otra cosa

puede hacer? Si no hace nada estamos acabados, se terminó, todo ha

terminado. La única oportunidad que tenemos es el que haya hecho

algo y que podamos llegar a entender lo que ha pensado hacer. Por

eso le necesito. En primer lugar, usted le conoce mejor. Durante

cinco años le ha tenido de modo continuo bajo su cuidado. Segundo.

es la persona con quien intentará automáticamente ponerse en con-

tacto. Si conoce y quiere a alguien en la eternidad, es a usted. Ter-

cero, usted y sólo usted sabrá dónde mirar; usted y sólo usted será

capaz de reconocer su mensaje.

 

—Pero no sé dónde mirar—dijo Manfield, sacudiendo ansiosa-

mente la cabeza.

 

—Pregúnteselo a sí mismo: ¿había alguna fuente que usted con-

sultase con mayor frecuencia que otras respecto al 20? ¿Existe alguna

forma peculiar de registro que Cooper asociase automáticamente con

el 20? Piense, hombre. Es nuestra única oportunidad.

 

Y aguardó, apretando fuertemente los labios.

 

—Estaban las revistas de noticias—dijo Manfield—. Eran un

fenómeno anterior al segundo milenio. Una en particular era muy

útil. Su primer número se remonta a 1923... Por supuesto, quizás ha

sido enviado aún más pronto.

 

—Y quizá no. Tenemos que empezar por alguna parte, Manfield.

 

—Prosiguió hasta bien avanzado el 22.

 

—Muy bien. ¿Supone usted que hay algún modo en el que podría

usar esa revista para transmitir un mensaje? Recuerde, él sabrá que

 

182

 

usted va a leerlo; que estará familiarizado con él, que sabrá cómo

interpretarlo.

 

—No lo sé.—Manfield volvió a menear la cabeza—. Le gustaba

utilizar un estilo artificioso. La revista tendía a ser bastante selectiva.

Sería difícil, incluso imposible, confiar en que fuese a impritnir algo

que usted hubiese planeado que imprimiesen. Digamos que incluso si

Cooper se las hubiese arreglado para colocarse en su personal, lo cual

es muy improbable, no podna estar seguro de que sus escritos logra-

sen rebasar a los distintos editores. No se me ocurre nada, ejecutor.

 

—¡En el nombre de Cronos, piense!—dijo TwisseD—. Concén-

trese en esa revista. Está en el 20, es usted Cooper con su educación y

sus antecedentes. Manfield, usted enseñó al muchacho. Y ha sido un

programador con entrenamiento en psicoingeniería. ¿Qué han'a él?

¿Cómo se las arreglaría para colocar algo en la revista, algo con el

texto exacto que desea?

 

Manfield abrió un poco más los ojos.

 

—¡Un anuncio!

 

—¿Qué?

 

—Un anuncio. Un aviso pagado que estarían obligados a impri-

mir exactamente tal y como él pidiese.

 

—Ah, sí. Tienen algo parecido en el 182.

 

—Me imagino que lo tienen en muchas eras, pero el 20 Degó al

máxirno en ese terreno. De hecho—dijo Manfield, animándose re-

pentinamente con el tema—, el 20 es en muchos aspectos la cumbre

de los tiempos primitivos. El medio cultural. ..

 

—Ahora no, Manfield. Vuelva al anuncio. ¿De qué clase sen'a?

 

—No tengo ni la menor idea, ejecutor.

 

Twissell contempló el extremo encendido de su cigarrillo como si

buscase en él la inspiración.

 

—No puede decir nada de un modo directo. No puede decir:

Cooper, del 28, llamando a la eternidad. ..

 

—Podría decirlo.

 

—Si lo hiciese sería un estúpido, y no creo que lo sea. Con eso

estaría pidiendo un cambio cuántico.

 

—Más probablemente estan'a pidiendo que lo detuviesen y b

pusiesen bajo observación por enfermedad mental. En los tiempos

primitivos, cualquier implicación hecha seriamente sobre el viaje

temporal era una pura locura.

 

—Muy bien. De un modo indirecto, así tendrá que ser. Debe

parecerles perfectamente normal a los hombres del tiempo. Perfecta-

mente normal. Y, con todo, debe ser obvio para nosotros. Muy

obvio. Obvio al primer vistazo, porque tendremos que encontrarlo

entre incontables artículos individualizados. Manfield, ¿cuál supone

que debe ser su tamaño? ¿Son caros esos anuncios?

 

—Yo dina que son más bien moderados.

 

—Y, hablando de un modo ideal, para evitar el tipo erróneo de

atención—dijo Twissell , debería ser más bien pequeño. Imagine,

Manfield. ¿Qué tamaño?

 

¡

 

I

Manfield extendió las manos.

 

—¿Media columna?

 

—Muy bien. Ahora tenemos ya una primera aproximación. Bus-

car un anuncio de media columna que, prácticamente al primer vis-

tazo, evidencie que el hombre que lo hizo insertar viene de otro

tiempo y que, con todo, sea un anuncio tan norrnal que ningún hom-

bre de ese tiempo vea nada raro en él.

 

—¿Y si no lo encuentro?—preguntó el instructor.

 

—Entonces pensaremos en otra altemativa para que la investi-

gue. Y si eso fracasa, intentaremos otra cosa, y luego otra, mientras

que sigamos con vida y siga existiendo la eternidad.

 

Twissell se acordaba ahora de su pánico sólo como un mal sueño

indigno de ser recordado. Ahora estaba haciendo algo; estaba ac-

tuando. Su aguda mente estaba totalmente ocupada con la emoción

de la cacería y ni en lo más mínimo con las consecuencias del fracaso.

 

Twissell contempló con curiosidad los libros de la biblioteca de

Manfield. De vez en cuando, porque no podía soportar el permane-

cer sin hacer nada, sacaba uno de su lugar, hojeando sus páginas

quebradizas y pronunciando en silencio las arcaicas palabras. Su co-

nocimiento del dialecto del tercer milenio, aunque no era todo lo

amplio que le hubiese gustado que creyesen los demás, era el sufi-

ciente como para permitirle entender alguna frase y, a veces, incluso

párrafos enteros.

 

—Este es el inglés del que siempre andan hablando los linguistas,

¿no?—preguntó, golpeando una página con la punta del dedo.

 

—Inglés—murmuró Manfield.

 

Twissell jamás había estado en un cuando tan alejado hacia

abajo. Aquí toda la eternidad parecía como enmohecida, como si no

se tratase realmente de la eternidad sino de una era primitiva algo

más avanzada de lo habitual.

 

Quizá fuese la biblioteca lo que le producía esa sensación. Twissell

estaba familiarizado con varias eras dotadas de libros. Había otras

eras, como las de la grabación molecular. Su propio siglo, natural-

mente y como otros muchos, se trataba de una era en la que se usaban

las películas. Sin embargo, libros como ésos, al mismo tiempo que eran

placenteramente exóticos, no estaban en absoluto pasados de moda.

 

Pero cuando estaban alineados en tales cantidades...

 

Incluso en las secciones de la eternidad entregadas a las eras de

libros, los que se hallaban en las bibliotecas de la etemidad eran

convertidos a películas o modelos moleculares, aunque sólo fuese en

consideración al ahorro de espacio.

 

Twissell buscó con la mirada a Manfield. Los anchos hombros del

instructor seguían encorvados sobre el iluminado escritorio. Todo lo

que se veía de su cabeza era su cabellera castaña en el más absoluto

desorden.

 

“Cultiva el arcaísmo—pensó Twissell—. Prefiere los libros. Se

oculta en un universo de realidad fijada. Esa es su seguridad.”

 

Pero se encontraba demasiado inquieto como para concentrarse

demasiado tiempo en una idea, fuese la quc fuese. Sacó otro libro del

estante, abriéndolo al azar. Y si, sencillamente, volviese una página y

allí..., allí...

 

Se ruborizó interiormente y dejó el libro.

 

Manfield pasaba las páginas con regularidad, moviendo sólo una

mano, el resto del cuerpo congelado en una postura de rígida aten-

clon.

 

Con lo que parecían eones de intervalo, Manfield se levantaba,

gruñendo, en busca de un nuevo volumen. En esas ocasiones hada

una pausa para tomar un café, un bocadillo o atender a otras nece-

sidades.

 

—Es inútil que usted se quede—dijo Manfield cansadamente.

 

—¿Le molesto?

 

—Por supuesto que no.

 

—Entonces, me quedaré.

 

Twissell, sintiendo fno y soledad, reanudó su delicado, esporá-

dico e inútil asalto a las estanterías de libros, con las chispas de su

cigarrillo, que ardía furiosamente, quemándole las puntas de los de-

dos sin que él les prestase atención.

 

Y pasó un fisiodía.

 

—Hay tanto—dijo Twissell con impotencia—. Tiene que haber

un modo más rápido.

 

—Diga cuál—respondió Manfield—. No puedo pasar por alto ni

una sola pagma.

 

—¿Cuántos ha examinado?

 

—Nueve volúmenes. Cuatro años y medio.

 

—Habrá aterrizado al borde del desierto del sudoeste de América

del Norte—dijo Twissell . Eso fue algo deliberado ya que está

escasamente poblado, incluso en el 20, creo.

 

Manfield asintió de modo ausente y pasó otra página.

 

—Pretendíamos que pasase algún tiempo sin ser molestado, para

que pudiese ajustarse. Tenía una buena provisión de agua y alimen-

tos. Tendría que andar con cautela. Pasarían días antes de que en-

trase en contacto con un área realmente poblada y corriese un riesgo

considerable de cambio cuántico. Puede que tengamos semanas de

tiempo.—No estaba demasiado seguro de lo que creía en realidad,

pero lo dijo de nuevo . Puede que tengamos semanas de tiempo.

 

Metódicamente, Manfield pasó otra página, y luego otra.

 

—Al final—dijo—, las hojas empiezan a volverse borrosas y eso

quiere decir que es hora de dormir.

 

El segundo fisiodía pasó.

 

Y a las 10.22 del tercer fisiodía, Manfield dijo, en voz baja y

asombrada:

 

—Esto es.

 

TwiccPII nn (~r~mnrPn ~ lo que había dicho.

—¿Qué?—preguntó.

 

Manfield alzó la vista, el rostro demudado por el asombro.

 

—Sabe, yo no lo creía en realidad. Por Cronos que no lo creí

nunca realmente, ni siquiera cuando estábamos trabajando con todas

esas tonterías sobre las revistas y los anuncios.

 

Ahora Twissell lo había entendido.

 

—Ha encontrado el anuncio.

 

Se precipitó sobre el volumen que Manfield tenía en las manos,

aferrándolo con dedos temblorosos.

 

Pero Manfield no lo soltó. Depositó el volumen sobre la mesa con

un golpe seco y señaló un pequeño anuncio en la esquina superior de

la izquierda.

 

Era bastante sencillo. Deáa:

 

ALGO QUE

TODOS RECOMIENDAN

OBJETIVAMENTE EN EL

MERCADO

OFICIAL

 

Debajo, en letras más pequeñas, decía: “Inversiones NewsLetter,

Apartado de Correos 14, Denver, Colorado”.

 

—¿Mercado?—preguntó Twissell, confundido.

 

—La bolsa, el mercado de valores—dijo Manfield con impacien-

cia—. Un sistema mediante el cual el capital privado era invertido

en negocios. Eso no es lo importante. ¿No ve el dibujo al lado del

anuncio?

 

—Por supuesto que lo veo—dijo Twissell, frunciendo el ceño.

 

¿A quién iba a resultarle familiar el dibujo de una nube en forma

de hongo, si no se lo era a un programador? Tres cuartas partes de los

cambios cuánticos en la eternidad fueron motivados por el deseo de

eliminar el desarrollo de las bombas de fisión y fusión sin mutilar por

completo la ciencia nuclear.

 

—Es una bomba A—dijo el programador—. ¿Eso es todo? No

tiene nada que ver con el tema del anuncio, pero seguramente no fue

esa incongruencia lo que le llamó la atención.—Sentía una amarga

decepción—. No es más que un reclamo...

 

—¿Reclamo? Por el gran Cronos, ejecutor, mire la fecha del

número de la revista.

 

Señaló la cabecera de la página. Decía 28 de marzo de 1932. La

página era la 30.

 

—¡Mil novecientos treinta y dos!—dijo Manfield—. Y la primera

explosión de una bomba A tuvo lugar en julio de 1945.

 

—¿Está seguro?

 

—Conozco esta era. ¡Estoy absolutamente seguro! Hasta julio de

1945 ningún ser humano vio jamás la nube en forma de hongo de una

explosión nuclear. Nadie hubiese podido reproducirla de un modo

tan preciso, excepto...

 

—No es más que un dibujo—dijo Twissell, intentando conservar

la serenidad—. Podría parecerse a la nube en forma de hongo por

pura casualidad.

 

—¿Podría? ¿Quiere usted mirar otra vez el texto?—Los dedos de

Manfield fueron golpeando las líneas una detrás de otra—. Algo-que-

Todos-recomiendan-Objetivamente-en-el-Mercado-Oficial. Las ini-

ciales en mayúsculas forman la palabra ATOMO. ¿Coincidencia? Ni

por casualidad. i No ve cómo cumple sus propias condiciones? Es

algo que atrajo al instante mi atención. Habría atraído la de cualquier

programador, pero en particular la mía, porque yo vería con una sola

mirada que era un anuncio imposible que nadie hubiese puesto alli

salvo Cooper. Y al mismo tiempo carecería de todo significado ex-

cepto el visual, no habría tenido ningún sentido para cualquier hom-

bre de ese tiempo. Es Cooper, ejecutor Twissell. Nos está llamando,

y voy a buscarle. Tenemos la fecha. Tenemos la dirección del correo.

Y estoy suficientemente familiarizado con ese período como para

actuar con seguridad en él.

 

Twissell se encontraba muy débil. Se apoyó con agradecimiento

en el brazo de Manfield cuando éste lo extendió de pronto hacia él.

 

—Tenga cuidado, programador.

 

—Está bien—dijo Twissell—. Vamos.

 

Los acontecimientos del día siguiente se salieron de lo normal en

varios aspectos. Nadie salvo Twissell (y un Twissell actuando con la

más absoluta arbitrariedad) hubiese podido saltarse de tal modo los

“canales”, introduciendo enormes hileras de cálculos a toda prisa en

las máquinas de computación, ignorando de tal modo las horroriza-

das quejas de los operadores que veían trastornado su trabajo.

 

Nadie salvo Twissell podría haberlo hecho, y nadie salvo Twissell

habría podido tener lista su cabina, con nuevas coordenadas, en un

plazo de veinticuatro horas.

 

Para colmo de todo, Twissell ignoró por completo la costumbre

establecida en la eternidad de mantenerse siempre a nivel con el fi-

siotiempo.

 

Se lo dijo, jadeante, a un Manfield ya ataviado con el traje ade-

cuado a la era que iba a visitar.

 

—No he tenido en consideración el lapso de fisiotiempo. He des-

conectado el radiocrón.

 

—Muy bien—dijo con calma Manfield.

 

Se ajustó los incómodos pantalones de su atuendo del siglo 225,

que había decidido se aproximaban lo suficiente a la versión del siglo

20;1O bastante, al menos, como para hacer innecesario confeccionar

un nuevo traje, lo cual hubiese precisado demasiado tiempo.

 

—No me importa si necesita un día, un mes o diez años para

encontrarle—prosiguió Twissell . No me importa el tiempo que él

haya estado ahí. Volverá al mismo instante en que se marchó, una

 

186                                      l                                      187

vez que active el campo temporal en ese extremo. No puedo esperar

a que pase el fisiotiempo. ¿Lo entiende?

 

Manfield asintió. Significaba que si la cacería le ocupaba el impro-

bable espacio de tiempo de diez años, volvería a la eternidad con diez

años de envejecimiento respecto a los demás eternos. Psicológica-

mente, sería desagradable. Pero asintió.

 

Se abrochó un último botón y dijo:

 

—Estoy listo.

 

Y así, ocurrió que cuando Twissell, su corazón latiendo enloque-

cido y sus sudorosas manos casi incapaces de hacer lo que era necesa-

rio, consiguió finalmente mover la palanca, la cabina nunca llegó a

moverse.

 

O, al menos, se fue y regresó al mismo instante, con lo que no

hubo ninguna pausa aparente en su existencia.

 

De hecho, el único cambio que tuvo lugar fue que en la cabina, al

lado de un repentinamente agotado Manfield, estaba un enflaque-

cido pero no mucho más viejo Brinsley Sheridan Cooper.

 

Y entonces Twissell hizo algo totalmente fuera de lo normal.

Algo que estaba por completo fuera de su carácter. Ante los ojos

asombrados de los otros dos, de pronto e inesperadamente, se echó a

llorar de puro alivio.

 

Cooper permaneció algo más de un fisiodía en la eternidad. Du-

rante todas esas horas siguió estando un poco excitado, sin ser él

mismo, parecía que sin acostumbrarse todavía al hecho de que, final-

mente, había vuelto a la eternidad.

 

—Si supiesen cómo me sentí cuando conseguí un periódico por

primera vez—no dejaba de repetir—. Quería saber el día exacto, ya

entienden. ¡Sólo que resultó ser el año 1931! Pensé que me estaba

volviendo loco.

 

—Pero, ¿qué le hizo pensar en el anuncio, muchacho?—pregun-

tó Twissell—. Fue genial.

 

—Tardó meses en ocurnrseme. Si supiesen lo que intenté al prin-

cipio... Intenté esculpir piedras, sólo que no sabía cómo hacerlo sin

un tubo perforador McIlvain. Luego intenté imaginar un modo de

introducirme en los archivos. Durante dos meses traté de conseguir

un trabajo en una de las imprentas del gobierno, pero había algo

llamado Servicio Civil y yo carecía de certificado de nacimiento.

Además, estaba en medio de una depresión económica. Mis provisio-

nes de oro en metálico se estaban agotando.

 

—Si hubiese aterrizado dos años más tarde—dijo secamente

Manfield—, su oro no le habría servido de nada. Hubo un período en

que la posesión de oro fue ilegal—prosiguió, explicándoselo a Twis-

sell.

 

—De cualquier modo—dijo Cooper—, finalmente pensé en la

revista con la que pasamos tanto tiempo, instructor Manfield. Al

principio pensé poner en ella algo en dialecto del milenio sesenta

para el ejecutor Twissell, ya sabe. Pero no habrían aceptado un

anuncio que no pudiesen entender, así que volví a intentarlo simple-

mente en inglés primitivo. Sabía que el instructor Manfield lo enten-

dería. Y entonces, el mismo día en que apareció, el telegrama del

instructor Manfield estaba en la oficina de correos. ¡Uf!

 

—Mañana tendrá que volver a abandonar la eternidad—dijo

Twissell—. Lo entiende, ¿verdad, jovencito? Sigue habiendo un tra-

bajo que hacer.

 

—Está bien—dijo Cooper, exultante—. Después de todo lo que

he pasado, eso no es nada. Cuando descubrí que no había ningún

campo temporal que reactivar para el regreso, supe que había ocu-

rrido un accidente. Me sentí tan perdido. En el 24, al menos, sé que

volveré. Por el gran Cronos, me siento tan seguro de mí mismo ahora

que si no encuentro de inmediato a Harvey Mallon, tengo medio

pensado asumir sencillamente su nombre y darle yo mismo a la Tierra

el campo temporal. Lo haré, a poco que pueda.

 

Y, por encima de su cabeza, los ojos de Twissell se encontraron

con los de Manfield.

 

Estaban sentados juntos, los dos. De nuevo solos.

 

—Ouizá, después de todo, debía ocurrir así—dijo Twissell, me-

dio preguntándoselo a sí mismo.

 

—¿Cómo es eso?—dijo Manfield.

 

—Ya oyó lo que dijo sobre tomar el lugar de Mallon. Y sabe que

lo hará. Pero, ¿habría estado dispuesto a hacerlo, habría tenido la

habilidad para hacerlo si, primero, no hubiese ido al 20? ¿Se habría

completado el ciclo?

 

“Va a borrar su error—pensó malhumorado Manfield—. Va a

convencerse él mismo de que no fue un error de ningún modo; que

todo fue sólo otro golpe de genio de Twissell.”

 

—¿Cómo vamos a poder saberlo?—dijo en voz alta.

 

—Lo noto. Hasta un programador puede tener intuiciones de vez

en cuando, supongo. Estoy convencido de que Cooper perteneáa al

20 al igual que al 24. La realidad primitiva es inmutable.

 

—No pensaba así hace una semana. Dijo que el cambio había te-

nido lugar dentro de la eternidad, no en la era primitiva.

 

Twissell dejó de lado eso con un gesto irritado de sus manos.

 

Manfield insistió.

 

—Y, de todos modos, ¿cómo podemos saberlo? Suponga que

Cooper ha cambiado la realidad. Habríamos cambiado, y nuestros

recuerdos también.

 

Twissell resopló.

 

—Le digo que nada ha cambiado.

 

—Pero, ¿por qué no? Hubo el primer intento de Cooper de poner

un anuncio en milenio sesenta. ¿Acaso eso no habría tensado la

textura de la realidad? Luego el anuncio que sí puso. ¿Cuántas otras

personas pueden haberse tropezado con él entre el 20 y el 24 y

 

188                                     1                                       189

preguntarse qué estaba haciendo una nube en forma de hongo en una

revista de 1932? Suponga que se hicieron preguntas acerca de las

letras iniciales que deletreaba la palabra primitiva para átomo. Coo-

per estuvo allí casi seis meses. Yo estuve alh casi dos días. En ese

tiempo. ..

 

—El hecho es—dijo Twissell agudamente—, que no ha tenido

lugar cambio alguno. ¿Por qué insiste en lo contrario?

 

Los hombros de Manfield se abatieron. No podía engañarse a sí

mismo. Si el ego de Twissell estaba encadenado al hecho de que no se

había producido cambio alguno, al suyo le preocupaba de un modo

igualmente íntimo e insistente el que se hubiese producido.

 

—Tenía la esperanza.. .—dijo, y se detuvo.

 

—¿Y bien?

 

{~reí que pudo haber algún pequeño cambio. Un microcambio,

por decirlo así, cuyas ondulaciones fuesen expandiéndose a lo largo

de todo el flujo del tiempo.

 

—Los cambios cuánticos son grandes—dijo Twissell.

 

—Los cambios cuánticos normales, sí. Pero, ¿quién conoce la

matemática de la realidad en los siglos primitivos? Sin la presencia de

la eternidad, el caso es distinto. ¿Por qué no puede existir la posibili-

dad de microcambios?

 

—¿Adónde quiere ir a parar?—preguntó Twissell.

 

—¿Por qué no podría existir una nueva realidad en la que mi hijo

esté sano, o una en la que no existe? Cualquier cosa, menos la actual.

 

—No hay modo alguno de que pueda comprobarse eso—se apre-

suró a decir Twissell—. No debe seguir jugando con el tiempo. Ni yo

tampoco. Ni yo tarnpoco. Hemos terminado, los dos.

 

Y por un instante a sus ojos volvió el horror al pensar nuevamente

en cómo se había encontrado contemplando el abisrno y, en él, el fin

de toda la eternidad.

 

—Nunca intentaré verlo—susurró Manfield—. No tengo el valor

para hacerlo.

 

Preocupado, se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió, al-

zando luego la vista sorprendido ante el agudo grito de Twissell.

 

—Líbrese de esa basura venenosa, por el gran Cronos—dijo

Twissell—. No puedo soportarla.

 

Manfield se apresuró a apagar el cigarrillo y, mentalmente, frun-

ció el ceño sorprendido. Había ido muy lejos, reaknente, al encender

un cigarrillo en compañía del más conocido y fanático enemigo del

tabaco de toda la eternidad.

 

Twissell arrugó la nariz ante el acre vápor que aún flotaba en el

aire y dijo:

 

—Acostúmbrese a esa idea, Manfield—dijo—. No ha habido

cambio alguno en la eternidad. Ninguno en absoluto. Acepte mi

palabra de ello.

 

Y contempló lleno de repulsión los restos del cigarrillo.

 

Comentario final

 

Me he limitado a presentar la novela corta porque, al igual que

antes, es poco práctico intentar presentar igualmente la novela. Si les

interesa una comparacuón directa y no tienen un ejemplar de la novela,

esta editorial la ha publicado en esta misma colección. Mientras tanto,

diré algunas cosas de mi cosecha.

 

En el caso de “Envejece conmigo”, había tenido que añadir com-

parativamente poco para convertirla en Un guijarro en el cielo. Esto

significaba que podía usar el argumento tal y como estaba y, sencilla-

mente, rearreglarlo y entrar con más detalle en algunas cosas.

 

No era así en el caso de El fin de la eternidad (novela corta),

donde tenía que triplicar la longitud. AUí tuve que tomarme muchas

más libertades revisando el argumento.

 

Por supuesto, hice algunos pequeños cambios. Para empezar,

cambié el nombre de mi personaje Anders Horemm al de Andrew

Harlan. ¿Por qué? No estoy seguro.

 

Algunas personas, después de leer la novela, me han sugerido que

usé el nombre de Harlan como una referencia a Harlan Ellison. Es

posible, pues había conocido a Harlan Ellison en septiembre de 1953

y, naturalmente, me produjo una honda impresión, como se la pro-

duce a todo el mundo.

 

No me habría sorprendido, pues, si en la novela corta original

hubiese bautizado al personaje como Andrew Harlan, ya que la em-

pecé dos meses después del encuentro. Sin embargo, no lo hice; le

llamé Anders Horemm. Entonces, ¿por qué tuve que hacer el cambio

en la novela?

 

Esto es lo que a mí me parece razonable. Horemm había sido un

personaje más bien menor en la novela corta, pero en la novela le

convertí en el héroe, y Horemm me resulta un nombre particularmente

feo. Era adecuado para un desagradable personaje menor, pero no

para el héroe. Cuando hago cambios de nombre, tiendo a hacerlos

todo lo pequeños que puedo (no sé la razón), así que cambié Anders

por Andrew y Horemm por Harlan.

 

También Manfield, un personaje importante en la novela corta,

desapareció en la novela o, más bien, su papel fue combinado con el

de Twissell. En cuanto a Noys, su papel fue considerablemente au-

mentado y la historia de amor se hizo mucho más central en el desarro-

llo de la historia de lo que había s¿do en la novela corta.

 

Cuando léí las dos versiones para la preparac¿ón de este l¿bro, lo que

realmente me asombró es que, sencillamente, no dilui la novela corta.

Después de todo, si la novela corta era en realidad una novela deshidra-

tada, pod r¿a habemle limitado a añadirle agua, por dec¿rlo así. . ., alargar

las d escri pciones, extend er más el d iálogo y atenerme al argumento.

 

No lo hice. Con la alabanza de Bradbury aún en los óídos, y

hallándome repentinamente con 50.000 palabras más para jugar con

ellas, añadí incidentes y complicaciones e hice la novela tan densa

como lo había sido la novela corta.

 

190                                     1                                      191

En particular, estaba el asunto del final. Al releer la novela corta

para este libro me asombró lo débil que era el final que yo había

creado. Al menos, me parecía débil ahora en comparación a lo que

había hecho como final de la novela. Después de todo, había llamado

al relato “El fin de la eternidad” y, con todo, no había tenido el coraje

(o puede que el corazón) de acabarfinalmente con la etern¿dad en la

novela corta.

 

En la novela me decidí a realizar un trabajo mejor, puede que a

causa de que (siendo ahora una novela) quer¿a conectarla de algún

modo con anteriores libros míos que trataban de la ascensión y caída

del Imperio Galáct¿co. (Tengo la debilidad de pretender que mis nove-

las de ciencia ficción sean consistentes entre sí, y eso influye mi escri-

tura hasta el día de hoy.)

 

En cualquier caso, el f nal de la novela es mucho más complejo y

dramático que el de la novela corta. En la novela intenté (como suelo

hacer en mis novelas) revelar varias sorpresas, una después de la otra,

hasta que tengo la impresión de que el lector cree haber llegado al

final. . ., y entonces enseñar otra sorpresa que he mantenido en reserva.

Es muy divertido hacerlo, pero no esfácil.

 

En el caso de El fin de la eterr~idad como novela, la densidad no

trabajó del todo a favor suyo. Le enseñé la novela a Horace Cold,

por si se daba el caso de que le pareciera que había mejorado el

relato y, por lo tanto, estuviese dispuesto a publicarlo como serial

antes de su edición. (Una serialización así, en esos días, significaba

para el autor, siempre pobre, unos 1.500 dólares adicionales.) Gold,

sin embargo, rechazó la novela tan rápida y decididamente como

había rechazado la novela corta. Tampoco CampbeU la aceptó para

Astounding. Doubleday intentó of recerla para su serialización a al-

gunas de las revistas no especializadas y no logró nada en absoluto

(lo que no es sorprendente en 1955, cuando la ciencia ficción era

virtualmente una aberración fuera de las pocas revistas especializa-

das consagradas a ella).

 

El resultado fue que “El f n de la eternidad” jamás vio ningún tipo

de publicación en revista. Un guijarro en el cielo apareció también en

forma de libro sin ninguna publicación en revista, pero después de su

aparición como libro apareció dos veces deforma ligeramente conden-

sada. Apareció en el primer número de Two Complete Science-Ad-

venture Books y en Galaxy Science-Fiction Novels. “El fin de la

eternidad” no experimentó jamás tal “segunda serialización”.

 

Y algunos de los críticos tampoco fueron particularmente ama-

bles con ella. Sus objeciones soUan apoyarse en su densidad. Demon

Knight se refirió a la naturaleza confusa de los capítulos iniciales,

por ejemplo, de un modo bastante cáustico.

 

Incluso Anthony Boucher, entonces editor de Fantasy and Science

Fiction, que era un hombre de rara amabilidad y un buen amigo mío,

pensó que era demasiado complicada.

 

Recuerdo que los dos nos hallábamos en la Convención Mundial

de Ciencia Ficción en Cleveland, en 1955 (en la cual fui el invitado de

honor y el maestro de ceremonias). Nos estaba entrevistando alguien

que me preguntó cuál era mi libro de cienciaficción más reciente.

 

—Una novela htulada The End of Eternity—contesté yo.

 

Me metió el micrófono debajo de la nariz y dijo:

 

—¿Puede darnos una idea del argumento en unas cuantasfrases?

 

Tartamudeé y empecé a enredarme, y Tony Boucher lanzó una ri-

sita v dijo:

 

—Con ese libro, ni siquiera tú puedes hacerlo, Isaac.

 

—Sí que puedo, Tony—dije—. Sencillamente, me cogió de sor-

presa. Vuelva a hacerme la pregunta, señor.

 

Así lo hizo el entrevistador y yo le solté de un tirón varias frases

muy claras esbozando el argumento.

 

Sus ventas fueron comparables a las de mis otras novelas de los

años cincuenta. Ha aparecido en formato de bolsillo varias veces y ha

sido traducida a catorce idiomas que yo sepa (incluyendo el ruso y el

hebreo), así que no la considero unfracaso.

 

Con todo, considero que ha sido menos apreciada de lo que debe-

ría haberlo sido, y tengo la impresión de que le hacen sombra injusta-

mente mis novelas de la Fundación y de los Robots. Algún día, puede

que cuando ya esté muerto, quizá consiga el aprecio que se merece.

 

An~es de que aband~ne el mundo de m naveles, qulero mencla-

nar brevemente el caso de otra novela corta, aún más corta que la

versión en novela corta de “El fin de la eternidad”, la cuul ~;pandí

hasta ser una novela un poco más larga que la versión novela de El fin

de la eternidad.

 

En una convención de cienciaficción local, el 15 de enero de 1971,

alguien encima del escenario, buscando bajo presión un ejemplo de un

oscuro isótopo, se refirió al “plutonio-186”. Me divirtió porque no

existe nada que se llame plutonio-186, y no puede existir.

 

Decidí, por lo tanto, escribir un relato corto sobre el tema del

plutonio-186 y someterlo para su inclusión en una antología de origi-

nales que iba a ser editada por la persona que hizo tal observación, y

publicada por Doubleday.

 

Desgraciadamente, la historia me superó y, a las 20.000 palabras,

probó que era una novela corta. Temía que ahora fuese demasiado

larga para la antología y, por lo tanto, consulté con Lawrence P.

Ashmead sobre ese punto. Era mi editor en Doubleday en esos mo-

mentos y él era también quien iba a manejar la antología. Larry leyó

mi historia y dijo que no la quería en la antología; quería que sacase de

eUa una novela.

 

Así lo hice, pero no toqué en absoluto la novela corta..., ni una

palabra. La conservé como al inicio, y añadí dos novelas cortas más

que continuaban la historia. Todas juntas, las tres formaban una no-

vela de 90.000 palabras, The Gods Themselves (Doubleday, 1972).

 

En ese caso no hay “cuento paralelo”, pues la novela corta a partir

de la cual creció está exactamente ahí, en el libro, como la primera de

sus tres partes.

 

13. Cuentos paralelos

Creencia

(Primera versión)

 

Prólogo

 

¿Qué decir de aquellos relatos míos que empezaron como relatos o

novelas cortas, y que fueron publicados como tales en las revistas

pero sólo después de revisiones tan amplias que mi historia original

podría ser calificada como un “Asimov alternativo”?

 

No hay muchos casos, pero echemos un vistazo y veamos.

 

Durante mis primeros años como escritor d e ciencia ficNón, escnbí

nueve re.atos que nunca vendí a nadie y que quedaron tan desampara-

dos que apenas nadie se atrevió a susurrar una palabra hablando de

revisuón. Fueron relatos simplemente malogrados. Tales relatos son,

por orden cronológico:

 

Cosmic Corkscrew (1938)

This Irrational Planet (1938)

Paths of Destiny (1938)

Knossos in Its Glory (1938)

The Decline and Fall (1939)

Life Before Birth (1939)

The Brothers (1939)

Oak (1940)

Masks (1941)

 

Podría tener la tentación de incluir esos relatos como “alternativos”

a mi obra publicada, y como curiosidades históricas o errores de

cálculo de un escritor joven, ante los que mis lectores podrían réír

 

194

 

indulgentemente. Afortunadamente, me resulta fácil resistirme a esa

tentación. Los manuscritos ya no existen.

 

“Masks” fue el relato vigésimo noveno que escribí, de modo que si

nueve de los relatos escritos hasta entoncesfueronfracasos totales, los

otros veinte, que logré vender, configuran un índice de fracasos del

treinta por ciento, incluso en mis años mozos. En algunas ocasiones,

sólo después de considerables esfuerzos lograba vender aquellos pri-

meros relatos, pero la mayoría de ellosfueron publicados (para bien o

para mal) tal y como los había escrito, de modo que en tales casos no

existe texto . al~erna~ivo”.

 

Hubo, sin embargo, una excepción. En marzo de 1939 escribí un

relato htulado “Pilgrimage”. A Campbell no le gus~ó, pero se mostró

dispuesto a perrnitirme una revisión para eliminar aquello que él desa-

probaba. Finalmente, lo revisé tres veces, entregando a Campbell cada

una de las nuevas versiones... que él rechazó cada vez. El cuarto

rechazofueel último.

 

Seguí revisando el relato, con una determinación valedera de

mejor causa, y el relato se publicófinalmente en la primavera de 1942

en Planet Stories, después de un total de siete (I) revisiones. Planet

Stories lo publicó bajo el terrible título de “Black Friar of the

Flame”, y para entonces yo ya lo odiaba. Decidí entonces que nunca

más volvería a revisar un relato más de una vez..., y nunca lo hice.

Sin embargo, no existe ninguna de las primeras versiones de “Pilgri-

mage”, así que no puedo incluirlas aquí.. ., que es lo mejor que pue-

    de haber pasado.

      “Masks”, el noveno y último relato que no pude vender, fue

    escrito a principios de febrero de 1941. Aquel mismo mes escribí

    otros dos relatos que fueron publicados en revistas menores. Des-

    pués, en marzo de 1941 escribí “Nightfall”, que fue mi trigésimo

    segundo relato.

      No me explico cómo pude escribir “Nightfall~ después de haber

    escrito treinta Y un relatos de una calidad tan variable que iba desde lo

    bueno hasta ló más horrible. Desde luego, yo no sitúo “Nightfall” en

    un lugar tan elevado como parecen hacerlo la mayoría de lectores de

    ciencia ficción, pero no cabe la menor duda de que fue considerado

    casi inmediatamente como un ~ clásico”. Incluso ha sido votado cierto

    número de veces como el mejor relato o novela corta de cienciaficción

    escrito jamás. (Yo desapruebo enérgicamente tal estimación. Creo que

    yo mismo he escrito una serie de relatos mejores que “Nightfall”. Y

t   hasta es muy posible que otros escritores también.)

      En cualquier caso, después de “Nightfall” ya no volví a escribir

    ninguna otra historia de ciencia ficción que no pudiera vender, habi-

    tualmente al primer intento. Armado con una creciente confianza en

    mí mismo, fui adoptando una actitud cada vez menos sumisa ante la

    revisión drástica. Siempre se me podía convencer para que hiciera

    cambios triviales que implicaban la introducción o eliminación de

    frases, e incluso de párrafos enteros, pero raramente me mostraba

    dispuesto a algo más que eso.

 

l

;

!

Claro que “raramente” no es “nunca”, y siempre hubo excepcio-

nes. En las excepciones que se produjeron se hallaban implicados ha-

bitualmente o bien Horace Gold o John CampbeU. Ambos eran exce-

lentes escritores de cienciaficción por derecho propio, así como perso-

nas insufribles que nunca quedaban satisfechas con ningún relato que

no estuviera exaaamente tal y como ellos mismos lo habrían escrito.

La única diferencia entre ambos era que CampbeU se mostraba genial

y agrad able, mientras que Gold era arisco y a veces abrasivo.

 

Habitualmente, mis roces con Gold eran traumáticos. En 1950,

cuando estaba escribiendo The Stars, Like Dust, ~ mi segunda novela,

insistió en que introdujera una pequena trama hablando de la Consti-

tución de los Estados Unidos. Me opuse tenazmente, argumentando

que sería inapropiado introducir algo relacionado con una pequena

parte del planeta en una novela de ámbito galáctico. Gold siguió insis-

tiendo, y yo terminé por insertarlo en forma de párrafos dispersos que

podrían ser eliminados fácilmente sin danar para nada la novela.

Cuando le entregué el manuscrito a Bradbury, le pedí disculpas por

aquellos párrafos repugnantes y le dije que estaba dispuesto a eliminar-

los. Pero cuando Bradbury leyó la novela quiso mantenerlos donde

estaban. No pueden imaginarse lo fn~strado que me sentí..., pero el

caso es que esos párrafos han seguido en su lugar desde entonces, y, en

consecuencia, The Stars, Like Dust sigue siendo mi novela menos

favorita.

 

Más adelante, cuando Gold serializó The Stars, Like Dust, en los

números de Galaxy correspondientes a enero, febrero y marzo de

1951, aún empeoró las cosas al titularla Tyrann. En mi opinión, tenía

el peor de los gustos en cuanto a títulos se refiere.

 

En junio de 1952 le vendí a Gold ~ The Martian Way”. * * Me pidió

numerosas revisiones, y yo ladré. Finalmente, redujo sus exigencias a

una sola: en la historua sólo había personajes masculinos, y me pidió

que introdujera a una mujer, cualquier mujer.

 

Yo no comprendía por qué, puesto que el argumento no exigía la

presencia de ningún personaje femenino, y yo no me senáa a gusto con

ellas. (Quiero decir como personajes de un relato; en la vida real me

siento muy a gusto con ellas, no se preocupen.) Pero me mostré de

acuerdo porque no deseaba parecer irrazonable. Por lo tanto, revisé

una sección o dos del relato e introduje como personajefemenino a la

reganona esposa de uno de los hombres.

 

Eso no era lo que Gold deseaba, y yo lo sabía muy bien, claro.

Pero yo había cumplido. Había introducido a un personajefemenino.

Gold se vio obligado a aceptar el relato tal y como lo había revisado.

Fue publicado en noviembre de 1952 en el n mero de Galaxy, y mi

nombre apareció mal impreso en la portada. No creo que ésa fuera la

forma que tuvo Gold de vengarse de mí, pero les aseguro que en

aquellos momentos ese pensamiento cruzó por mi cabeza.

 

il En la arena estelar, número 45 de esta colección.

 

* ~ A lo marciano, número 61 de esta colección.

 

No tengo la versión original de “The Martian Way”. Eran tiempos

antenores a la aparición de Godieb y la “bóveda de Isaac”, y me

atrevería a asegurar que el original fue quemado en la barbacoa. Pero

no importa; la diferencia existente entre la primera versión y la que

finalmente se publicó no era lo bastante importante como para justifi-

car la inclusión de la primera en este volumen.

 

Otro incidente peculiar ocurrió con mi relato “Hostess”, que le

vendí a Gold en diciembre de 1950. Al parecer, Theodore Sturgeon le

había vendido anteriormente un relato cuyo tema central era igual que

el mío, aunque ambos eran por lo demás totalmente diferentes. Gold

insistió en que introdujera algunos cambios menores en la partefinal,

para disminuir así el parecido totalmente coincidente. Lo hice así no

sin protestar vehementemente, porque los cambios debilitarían nota-

blemente mi relato, pero no pude convencer a Gold en esta cuestión.

 

“Hostess” se publicó en el número de Galaxy de mayo de 1951,

pero cuando lo incluí en mi recopilación Nightfall and Other Stories

(Doubleday, 1969), me aseguré de que apareciera en mi versión origi-

nal. Así pues, el original terminó por ser publicado, de modo que no

hay motivo para incluirlo aquí.

 

Y, a propósito, mi heróína en “Hostess” se llamaba originalmente

Vera Smollett. Gold se negó resueltamente a aceptar dicho nombre

porque la redactora jefe de la revista (un puesto puramente nominal

por lo que sé) se llamaba en aquella época Vera Cerutti. Me sentí

intrigado en cuanto a qué diferencua representaba eso, puesto que mi

Vera era un personaje totalmente simpático, pero supongo que Gold

tuvo sus razones, de modo que cambié el nombre de Vera por el de

Rose. (Algo similar sólo me ocurrió en otra ocasión, cuando a uno de

los dos personajes de un relato de misterio, le puse, sin yo saberlo, el

mismo nombre que el de la esposa ya fallecida del editor, quien me

pidió que cambiara el nombre. Me apresuré a complacerle.)

 

En una ocasión, y sólo en una, se resolvió totalmente a favor de

Gold aquella relación difícil que existió entre ambos.

 

En el otoño de 1957 escribí un relato titulado “The Ugly Little

Boy”. Se lo envié a Larry Shaw, de Infinity Science Fiction, quien me

había pedido un relato. Lo aceptó inmediatamente, pero la revista ya

estaba en las últimas (sin que yo lo supiera), y el 5 de febrero de 1958

admitió que no tenía dinero para pagarme y me devolvió el relato.

 

Aquellofue para mí un acontecimiento desconcertante, pues tenía la

intención de convertir “The Ugly Little Boy” en el relatofinal de una

nueva antología que iba a titularse Nine Tomorrows. ~ Le había presen-

tado el relato a Bradbury, y él se mostró dubitativo. Tuve que conven-

cerle para que lo aceptara tal y como estaba. . ., y fue aquélla la primera

vez que utilicé con él mi elocuencua para tal propósito. Ahora, si no

encontraba rápidamente una revista que publicara el relato, Bradbury

podría reconsiderar su propósito de incluirlo en la antología.

 

Lo envié a Astounding y Campbell me lo devolvió el 11 de marzo,

 

Nuevefuturos, número 96 de esta colección.

 

lg7

con bastante firmeza. Ni siquiera me pidió que lo revisara. D~ modo

que, de mala gana, intenté colocárselo a Horace Gold, preparándome

para el duro rechazo habitual.

 

Pero no lo rechazó. El 20 de marzo hablamos por teléfono y me

dijo que lo aceptaría si estaba dispuesto a hacer algunas revisiones. Se

mostró pesaroso por ello, porque por aquel entonces ya sabía que una

petición de revisión encontraría la más dura resistencia por mi parte, y

porque quizá tendría que esperar largo tiempo antes de que volviera a

intentarlo. Me bosquejó tres cuestiones que deseaba introducir y me

dijo que se daría por satisfecho siyo lo adaptaba para cumplir con una

deellas..., sólounadelastres.

 

Pero mientras él hablaba me di cuenta de que no había planteado

bien el relato. No era extrano que Bradbury se hubiera mostrado

reacio y Campbell totalmente negativo. La crítica de C~old me permitió

verlo con claridad.

 

—No te preocupes, Horace ~e dije por teléfono—. Volveré a

escnbir todo el condenado relaro.

 

Y lo hice. Entre el 24 de marzo y el I de abril de 1958 escribí una

versión completamente nueva de la historia, y tanto Gold como Brad-

bury la aceptaron de buena gana. Apareció publicada en Galaxy de

septiembre de 1958, bajo el anodino tttulo de “Lastborn”. Sin em-

bargo, quedó incluida en Nine Tomorrows (Doubleday, 1959), con su

título original y más sensible de “ The Ugly Little Boy~s.

 

I~o tengo la versión original de “ The Ugly Little Boy”, y lo lamento

amargamente. Si la tuviera, la habría incluido aquí, júnto con la ver-

sión publicada, y ustedes podrían haber visto con sus propios ojos

cómo un escritor experimentado puede perder el tren y necesitar algun

correchvo exterior. Pero, ¡qué le vamos a hacer.t... Una vez terminada

la segunda versión, infinitamente supenor, y sin un Howard Cotlieb

para decirme que debía guardarlo todo, probablemente convertí la

primera versión en confetti.

 

No obstante, puedo presentarles un relato, que no tiene nada que

ver con Gold, sino con Campbell. En diciembre de 1952, CampbeU

me sugirió que escribiera un relato sobre un hombre que descubnó

que podía levitar, pero que no encontraba a nadie que le tomara en

serio. Quería titularlo ..Upsy-Daisy”. En aquellos tiempos, CampbeU

se senha cada vez más interesado por las zonas marginales de la cien-

cia, y nunca perdía una oportunidad para conseguir que los autores

escribieran historias sobre telepatta, telequinesis, clarividencia y otras

“aptitudes marginales”.

 

Sin embargo, llevé cuidado para que no fuera una historia margi-

nal. Antes bien, intenté abordar el tema de la levitación desde el es-

tricto punto de vista de la fisica, aun dándome cuenta de que ello podía

significar un rechazo por parte de CampbeU. Pero no sucedió asi.

CampbeU opuso alguna óojeción al final y rne convenció para que ia

retocara un poco.

 

En consecuencia, volví a escribir el tercio final del relato, que él

 

198

 

aceptó y publicó en el número de Astounding de octubre de 1953.

Debido a esta revisión, nunca me send totalmente contento con

“Creencia”. No obstante, permití que la versión publicada apareciera

en diversas antologías, incluyéndola en dos de las mías: Through a

Glass, Clearly (New English Library, 1967) y The Winds of Change

and Other Stories~ (Doubleday, 1983).

 

Yo sigo conservando, no obstante, la vergión original que ahora,

por primera vez, verá la luz en el presente volumen.

 

Creencia

 

—¿Has soñado alguna vez que estabas volando?—preguntó el

doctor Roger Toomey a su esposa.

 

Jane Toomey alzó la vista.

 

—¡Por supuesto!

 

Sus rápidos dedos no dejaron de manipular ágilmente el hilo del

que estaba surgiendo un intrincado e inútil tapetito para la mesa. El

aparato de televisión emitía un apagado murrnullo, y las imágenes de

la pantalla apenas atraían la atención.

 

—Todo el mundo sueña con volar en un momento u otro—dijo

Roger—. Es algo universal. Yo lo he hecho muchas veces. Eso es lo

que me preocupa.

 

—Lamento decírtelo, pero no sé adónde quieres ir a parar, que-

rido—dijo Jane.

 

Fue contando puntadas en voz baja.

 

—Cuando piensas un poco en ello—prosiguió é~, hace que te

maravilles. No es realmente en volar en lo que sueñas. No tienes alas;

yo al menos no las he tenido nunca. No hay ningún esfueno impl;-

cado en ello. Simplemente estás flotando. Eso es. Flotando.

 

{~uando vuelo—dijo Jane—, no recuerdo ninguno de los deta-

lles. Excepto en una ocasión en que aterricé en el tejado del ayunta-

miento y no llevaba nada de ropa. De todos modos, en el sueño nadie

parece prestarte atención cuando sueñas que estás desnuda. ¿Nunca

te has dado cuenta de eso? Te mueres de verguenza, pero la gente

simplemente pasa por tu lado sin mirarte.

 

Tiró del hilo, y el ovillo cayó de la cesta y rodó por el suelo. No le

prestó atención.

 

Roger agitó lentamente la cabeza. Su rostro estaba pálido y ab-

sorto en la duda. Parecía todo él ángulos, con sus altos pómulos, su

larga y afilada nariz y las entradas en la frente, que se iban haciendo

más pronunciadas con los años. Tenía treinta y cinco.

 

—¿No te has parado nunca a pensar en lo que te hace soñar que

estás flotando?—preguntó.

 

~ ~os vientos del cambio, publicado por esta editorial en su colección

“Gran Super Ficción”.

—No, nunca.

 

Jane Toomey era rubia y menuda. Su belleza era del tipo frágil,

de esas que no se imponen a uno sino que lo van ganando inconscien-

temente. Poseía los brillantes ojos azules y las sonrosadas mejillas de

una muñeca de porcelana. Tenía treinta años.

 

—Muchos sueños son sólo la interpretación que la mente realiza

de un estímulo imperfectamente comprendido—dijo Roger—. Los

estímulos se ven forzados a un contexto razonable en una fracción de

segundo.

 

—¿De qué estás hablando, querido?

 

—Mira, en una ocasión soñé que me hallaba en un hotel, asis-

tiendo a una convención de fisica. Estaba con viejos amigos. Todo

parecía absolutamente normal. De pronto, hubo una confusión de

gritos, y sin ninguna razón me vi presa del pánico. Eché a correr

hacia la puerta, pero no quiso abrirse. Uno a uno, mis amigos desa-

parecieron. No tuvieron problemas para abandonar la habitación,

pero yo no pude ver cómo lo habían conseguido. Les grité, y me

ignoraron.

 

“En mi interior empezó a crecer la seguridad de que el hotel era

pasto de las llamas. No olía a humo. Simplemente, sabía que había

un incendio. Eché a correr hacia la ventana, y pude ver una escalera

de incendios en el exterior del edificio. Corn a todas las ventanas

pero ninguna conducía a la escalera de incendios. Ahora me hallaba

completamente solo en la habitación. Me asomé a la ventana, lla-

mando desesperadamente. Nadie me oyó.

 

“Entonces llegaron los coches de bomberos, pequeñas manchas

rojas atravesando las calles. Recuerdo eso claramente. Las sirenas

de alarma resonaban fuertemente para despejar el tráfico. Podía

oírlas, cada vez más fuertes, hasta que el sonido llegó a hender mi

cabeza. Me desperté y, por supuesto, el despertador estaba so-

nando .

 

“Ahora bien, no pude haber soñado un sueño tan largo destinado

a llegar al momento en que empezara a sonar la alarma del desperta-

dor, a fin de que ésta encajara perfectamente en la trama del sueño.

Es mucho más razonable suponer que el sueño se inició en el mo-

mento en que la alarma empezó a sonar, y comprimió toda su sensa-

ción de duración en una fracción de segundo. Se trataba simplemente

de un dispositivo de justificación de mi cerebro para explicar aquel

repentino sonido que penetraba en el silencio.

 

Jane estaba frunciendo el ceño. Dejó a un lado su labor.

 

—;Roger! Te has comportado de un modo extraño desde que has

vuelto de la universidad. No has cenado nada, y ahora esta ridícula

conversación. Nunca te he visto tan morboso. Lo que necesitas es

una dosis de bicarbonato.

 

—Necesito algo más que eso dijo él en voz baja—. Veamos,

¿cómo empieza un sueño de estar flotando?

 

—Si no te importa, cambiemos de tema.

 

Se levantó, y con dedos firmes subió el volumen del televisor. Un

joven caballero de mejillas hundidas y una sentimental voz de tenor

le manifestó, melodiosamente, su eterno amor.

 

Roger volvió a bajar la voz del aparato y se quedó de pie con la

espalda cubriendo la pantalla.

 

—¡Levitación!—exclamó—. Eso es. Existe alguna forma en que

los seres humanos pueden conseguir flotar. Tienen la capacidad para

ello. Simplemente, se trata de que no saben cómo usar esa capaci-

dad..., excepto cuando están durmiendo. Entonces, a veces se elevan

sólo un poquito, una décima de milímetro quizá. No lo suficiente

para que alguien se dé cuenta de ello aunque esté observando, pero sí

para desencadenar la sensación adecuada, que desencadena un sueño

en el que uno está 9Otando.

 

—Roger, estás delirando. Me gustaría que lo dejaras. De veras.

 

Él siguió adelante con su idea.

 

—A veces volvemos a bajar lentamente, y la sensación desapa-

rece. Otras veces, el control de 9Otación termina bruscamente, y

caemos, Jane, ¿nunca has soñado que estabas cayendo?

 

—Sí, por sup...

 

—Te hallas colgando en la fachada de un edificio, o sentado en el

borde de una silla, y de repente te estás cayendo. Es la horrible

sensación de la caída la que te despierta de golpe, jadeante, el cora-

zón palpitando locamente. Has caído de verdad. No hay otra explica-

ción.

 

La expresión de Jane, que había pasado lentamente del descon-

cierto a la preocupación, se disolvió de pronto en una tímida sonrisa.

 

—Roger, maldito diablo. ¡Me has engañado! ¡Eres un canalla!

 

—¿Qué?

 

—Oh, no. No sigas con eso. Sé exactamente lo que has estado

haciendo. Has estado imaginando el argumento para una historia y

estás probándolo conmigo. Debería conocerte lo suficiente como

para no escucharte.

 

Roger pareció sorprendido, incluso un poco confuso. Avanzó

hasta el sillón de ella y se la quedó mirando.

 

—No, Jane.

 

—No veo por qué no. Has estado hablando acerca de escribir

relatos desde que te conozco. Si realmente tienes un argumento, lo

mejor que puedes hacer es escribirlo. No sirve de nada utilizarlo

únicamente para asustarme.

 

Sus dedos empezaron a moverse de nuevo a medida que recupe-

raba el ánimo.

 

—Jane, esto no es ninguna historia.

 

—Pero ¿qué otra cosa. . . ?

 

—Cuando me desperté esta mañana, ¡caí al colchón!

 

Ella se lo quedó mirando, sin parpadear.

 

—Soñé que estaba volando—prosiguió él—. Fue un sueño claro

v preciso. Recuerdo cada uno de sus minutos. Me hallaba tendido de

espaldas cuando me desperté. Me senb'a cómodo, y completamente

feliz. Sólo me pregunté por qué el techo pareaia tan extraño. Bostecé

 

200                                     1                                       201

y me desperecé, y toqué el techo. Durante un minuto, simplemente

me quedé mirando a mi brazo alzado, que se apoyaba con fuerza

contra el techo.

 

“Entonces me di la vuelta. No moví un músculo, Jane. Simple-

mente me di la vuelta, todo de una pieza, porque deseaba hacerlo.

Alli estaba, a metro y medio sobre la cama. Tú estabas en la cama,

durmiendo. Me asusté. No sabía cómo bajar, pero en el instante

mismo en que pensé en bajar, caí. Caí lentamente. Todo el proceso

estaba bajo un perfecto control.

 

“Me quedé inmóvil en la cama durante quince minutos antes de

atreverme a moverme. Luego me levanté, me lavé, me vestí, y me fui

al trabajo.

 

Jane forzó una sonrisa.

 

—Querido, hubiera sido mejor que escribieras todo eso. Pero no

te preocupes. Simplemente has estado trabajando demasiado.

 

—¡Por favor! No seas trivial.

 

—La gente trabaja demasiado, aunque tú digas que es trivial. Lo

que ocurrió fue que soñaste quince minutos más de lo que creíste que

habías soñado.

 

—No era un sueño.

 

—Por supuesto que lo era. Soy incapaz de contar las veces que he

soñado que me despertaba, me vesba y preparaba el desayuno; luego

me despertaba realmente, y descubría que tenía que hacerlo todo de

nuevo. Incluso he soñado que estaba soñando, si entiendes lo que

quiero decir. Puede ser terriblemente confuso.

 

—Mira, Jane. He acudido a ti con un problema debido a que tú

eres la única a la que siento que puedo acudir. Por favor, tómame en

serio.

 

Los azules ojos de Jane se abrieron mucho.

 

—¡Querido! Te estoy tomando tan en serio como me es posible.

Tú eres el profesor de ffsica, no yo. Eres tú quien sabe de gravitación,

no yo. ¿Me tomarías tú en serio si yo te dijera que me había encon-

trado 9Otando de pronto?

 

—No. Y eso es lo peor de todo. No quiero creer en ello, pero lo

he vivido. No era un sueño, Jane. Intenté decirme a mí mismo que sí

lo era. No tienes ni idea de cómo me he hablado a mí mismo de ello.

Cuando iba hacia la universidad, estaba seguro de que era un sueño.

¿No has notado algo extraño en mí en el desayuno?

 

—Sí, ahora que pienso en ello, sí lo he notado.

 

—Bien, no era nada demasiado extraño, olo hubieras mencio-

nado. De todos modos, di perfectamente mi clase de las nueve. A las

once, había olvidado todo el incidente. Entonces, justo antes de la

comida, necesité un libro. Necesitaba..., bien, el btulo del libro no

importa; simplemente lo necesitaba. Estaba en un estante de arriba,  I

pero podía alcanzarlo. Jane...

 

Se detuvo.

 

—Bien, prosigue, Roger.

 

—Mira, ¿has intentado alguna vez alcanzar una cosa que está a

 

sólo un palmo de distancia? Te inclinas y automáticamente das un

paso hacia ella mientras la coges. Es algo por completo involuntano.

Se trata simplemente de la coordinación re9eja de tu cuerpo.

 

—De acuerdo. ¿Y?

 

—Me tendí hacia el libro, y automáticamente di un paso hacia

arriba. ¡En el aire, Jane! ¡En el mismo aire!

 

—Voy a llamar a Jim Sarle, Roger.

 

—No estoy enfermo, maldita sea.

 

—Creo que debería hablar contigo. Es un amigo. No será una

visita médica. Simplemente hablará contigo.

 

El rostro de Roger enrojeció con repentina irritación.

 

—¿Y qué bien puede hacerme eso?

 

—Ya veremos. Ahora siéntate, Roger. Por favor.

 

Se dirigió al teléfono.

 

Él la detuvo sujetándola por la muñeca.

 

—No me crees.

 

~h, Roger.

 

—No me crees.

—Sí te creo. Claro que te creo. Simplemente quiero...

 

—Sí. Simplemente quieres que Jim Sarle hable conmigo. Así es

como me crees. Te estoy diciendo la verdad, pero tú quieres que

hable con un psiquiatra. Mira, no tienes que creer en mi palabra.

Puedo probarlo. Te probaré que puedo 9Otar.

 

—Te creo.

 

—No seas tonta. Sé cuándo me están engañando. ¡Quédate quie-

ta! Ahora obsérvame.

 

Retrocedió hasta el centro de la habitación y, sin ningún prelimi-

nar, se alzó del suelo. Quedó suspendido, con las puntas de sus

zapatos a quince centímetros de la alfombra.

 

Los ojos y la boca de Jane se convirtieron en tres redondas “O”.

 

—Baja, Roger—musitó—. Por todos los cielos, baja.

 

Él descendió de nuevo, y sus pies tocaron el suelo sin el menor

ruido.

 

—¿Lo has visto?

 

~h, Dios mío. Dios mío.

 

Se lo quedó mirando, entre asustada y trastornada.

 

En el aparato de televisión, una mujer pechugona cantaba con

voz apagada que volar muy alto con algún tipo en el cielo era su idea

de nada en absoluto.

 

Roger Toomey miró a la oscuridad del dormitorio.

 

—Jane—susurró.

 

—¿Qué?

 

—¿No duermes?

 

—No.

 

—Yo tampoco puedo dormir. Estoy sujetando constantemente la

cabecera de la cama para asegurarme de que no. . . Ya sabes.

Su mano avanzó inquieta y acarició el rostro de ella. Jane se echo

 

2~2                                      1                                      203

hacia atrás, apartando bruscamente la cabeza, como si la mano de él

estuviera cargada de electricidad.

 

—Lo siento—dijo al cabo de un momento . Estoy un poco ner-

viosa.

 

—No te preocupes. De todos modos, voy a levantarme.

 

—¿Qué vas a hacer? Tienes que dormir.

 

—Bueno, no puedo, así que no tiene sentido que te mantenga

despierta a ti también.

 

~uizá no ocurra nada. No tiene que ocurrir todas las noches.

No había ocurrido antes de la noche pasada.

 

—¿Cómo lo sé? Quizá simplemente nunca subí tanto. Quiza

nunca me desperté y me encontré en esa situación. De todos modos,

ahora es distinto.

 

Se sentó en la cama, las piernas dobladas, los brazos abrazando

sus rodillas, la cabeza apoyada en ellos. Echó la sábana a un lado y

frotó su mejilla contra la suave franela del pijama.

 

—Ahora todo será inevitablemente distinto. Mi mente está llena

de ello. Cuando me duerma, cuando no me mantenga consciente-

mente anclado abajo..., sé que ascenderé.

 

—No veo por qué. Eso debe representar un cierto esfuerzo.

 

—Ése es el detalle. No representa ningún esfuerzo.

 

—Pero estás luchando contra la gravedad, ¿no?

 

—Lo sé, pero pese a todo no representa ningún esfuerzo. Mira,

Jane, si al menos pudiera comprenderlo, no importaría tanto.

 

Bajó las piernas de la cama y se puso en pie.

 

—No quiero hablar de ello.

 

—Yo tampoco—murmuró su esposa.

 

Se echó a llorar, luchando contra los sollozos y convirtiéndolos en

estrangulados gemidos, que sonaban mucl~o peor.

 

—Lo siento, Jane ~iijo Roger—. Te estoy excitando demasiado.

 

—No, no es eso. Pero no me toques. Simplemente..., simple-

mente déjame sola.

 

Roger dio unos pasos inseguros, apartándose de la cama.

 

—¿Adónde vas?—preguntó ella.

 

—Al sofá del estudio. ¿Puedes ayudarme?

 

—¿Cómo?

 

—Quiero que me ates.

 

—¿Atarte?

 

—Con un par de cuerdas. No muy apretadas, de modo que pueda

darme la vuelta si quiero. ¿Te importa?

 

Los pies desnudos de Jane estaban buscando ya sus zapatillas en

el suelo, al lado de su cama.

 

—De acuerdo—dijo con un suspiro.

 

Roger Toomey se sentó en el pequeño cubículo que pasaba por

ser su despacho y miró al montón de papeles de examen que tenía

delante. En aquellos momentos no sabía cómo iba a hacer para ca-

lificarlos.

 

Había dado cinco clases sobre electricidad y magnetismo desde la

primera vez que había flotado. Las había dado como había podido,

aunque no demasiado bien. Los estudiantes le hacían preguntas ridí-

culas, de modo que probablemente no estaba siendo tan claro como

acostumbraba a ser.

 

Hoy se había ahorrado una clase poniendo un examen sorpresa.

No se había molestado en preparar uno; había echado mano de las

copias de uno preparado algunos años antes.

 

Ahora tenía los papeles con las respuestas, y tenía que calificar-

los. ¿Por qué? ¿Importaba realmente lo que decían? ¿Importaba

realmente algo? ¿Era tan importante saber las leyes de la física?

¿Cuáles eran en realidad esas leyes? ¿Acaso existía alguna?

 

¿O todo era tan sólo una masa de confusión de la cual jamás

podría extraerse nada coherente? ¿Era el universo, con toda su ar-

moniosa apariencia, el mero caos original, aguardando todavía a que

el Espíritu asomara su rostro de las profundidades?

 

El insomnio tampoco ayudaba. Incluso atado en el sofá, dormía

tan sólo a intervalos, y siempre con pesadillas.

 

Alguien llamó a la puerta.

 

—¿Quién es?—gritó furiosamente Roger.

 

Una pausa, y luego la insegura respuesta.

 

—Soy la señorita Harroway, doctor Toomey. Le traigo las cartas

que me dictó.

 

—Está bien, entre, entre. No se quede ahí.

 

La secretaria del departamento abrió la puerta el mínimo indis-

pensable, y deslizó su delgado y poco atractivo cuerpo al interior del

despacho. Llevaba un montón de papeles en la mano. A cada uno de

ellos iba unida una copia en papel amarillo, y un sobre con membrete

y la dirección ya puesta.

 

Roger estaba ansioso por librarse de ella. Ése fue su error. Se

tendió hacia delante para coger las cartas mientras ella se aproxi-

maba, y notó que abandonaba la silla.

 

Avanzó casi medio metro hacia delante, todavía en posición sen-

tada, antes de conseguir impulsarse violentamente hacia atrás, per-

diendo el equilibrio y dando un voltereta en el proceso. Era dema-

siado tarde.

 

Era absolutamente demasiado tarde. La señorita Harroway dejó

caer las cartas de su temblorosa mano. Gritó y se dio la vuelta,

golpeando la puerta con el hombro, rebotando en el pasillo, y

echando a correr con un fuerte repiqueteo de sus altos tacones.

 

Roger se puso en pie, frotándose una dolorida cadera.

 

—Maldita sea—exclamó furioso.

 

Pero no podía evitar el ver la escena desde el punto de vista de

ella. Imaginó cómo debía de haberse desarrollado todo a sus ojos: un

hombre ya adulto, flotando suavemente fuera de su silla y deslizán-

dose hacia ella en posición sentada.

 

Recogió las cartas y cerró la puerta de su despacho. Ya era tarde;

los pasillos debían de estar vacíos; además, ella probablemente se

expresaría de forma incoherente. Sin embargo... Aguardó ansioso la

llegada de gente.

 

No ocurrió nada. Quizá la mujer estuviera tendida en algún sitio

desvanecida. Roger sintió la necesidad de ir a ver lo que le había

ocurrido y ayudarla si era necesario, pero le dijo a su conciencia que

se fuera al diablo. Hasta que descubriera exactamente qué era lo que

no funcionaba en él, cuál era el origen de aquella loca pesadilla, no

debía hacer nada por revelarla.

 

Es decir, nada más de lo que ya había hecho.

 

Hojeó las cartas; una para cada uno de los físicos teóricos selec-

cionados entre los más importantes del país. Su propio talento era

insuficiente para resolver aquel asunto.

 

Se preguntó si la señorita Halloway habría captado el contenido

de las cartas. Esperaba que no. Lo había arropado deliberadamente

en lenguaje técnico; más, quizá, de lo necesario. En parte para ser

discreto, y en parte para impresionar a los destinatarios con el hecho

de que él, Toomey, era un legítimo y capacitado científico.

 

Una a una, metió las cartas en los sobres adecuados. Los mejores

cerebros del país, pensó. ¿Podrían ayudarle?

 

No lo sabía.

 

La biblioteca estaba tranquila. Roger Toomey cerró el Journal of

Theoret¿cal Physics, lo colocó a un lado, y se quedó mlrando sombn'a-

mente su contraportada. ¡El Journal of Theoretical Physics! ¿Qué

contribución había hecho ninguno de aquellos hombres a la erudita

parcela de absurdo conocimiento? Aquel pensamiento le desgarró.

Hasta hacía muy poco tiempo habían sido para él las mayores lum-

breras del mundo.

 

Y sin embargo seguía haciendo todo lo posible por vivir según sus

códigos y su filosofía. Con la ayuda cada vez más renuente de Jane,

había efectuado mediciones. Había intentado pesar el fenómeno en

la balanza, extraer sus correlaciones, evaluar sus cantidades. Había

intentado, en pocas palabras, vencerlo de la única forma que sabía,

convirtiéndolo simplemente en otra expresión de las eternas líneas de

comportamiento que todo el universo debía seguir.

 

(Que debía seguir. Así lo decían las mentes más preclaras.)

 

Sólo que no había nada que medir. No había absolutamente nin-

guna sensación de esfuerzo en su levitación. En un espacio cerrado

—no se había atrevido a hacer comprobaciones al aire libre, por

supuesto—, podía alcanzar el techo tan fácilmente como alzarse un

par de centímetros, excepto que requería más tiempo. Tenía la sensa-

ción de que con tiempo suficiente podría seguir alzándose de forma

indefinida; ir hasta la Luna, si era necesario.

 

Podía llevar pesos mientras levitaba. El proceso se hacía más

lento, pero no se apreciaba el menor incremento en el esfuerzo.

 

El día anterior había acudido a Jane sin advertirla, con un cronó-

metro en la mano.

 

—¿Cuánto pesas?—le preguntó.

 

—Cuarenta y cuatro—respondió ella.

 

Le miró, desconcertada.

 

Él la sujetó por la cintura con un brazo. Jane intentó soltarse,

pero él no le prestó atención. Juntos, empezaron a ascender a paso

de tortuga. Ella se aferró a él, blanca y rígida por el terror.

 

—Veintidós minutos, trece segundos—dijo él cuando su cabeza

tocó el techo.

 

Cuando estuvieron de nuevo abajo, Jane se soltó de un tirón y

salió apresuradamente de la sala.

 

Algunos días antes Roger había pasado por delante de una bás-

cula pública. descuidadamente instalada en una esquina junto a un

drugstore. La calle estaba vacía, de modo que subió a la báscula y

echó una moneda. Aunque ya sospechaba algo así, se sorprendió al

descubrir que pesaba doce kilos.

 

Empezó a llevar montones de monedas en los bolsillos y a pesarse

en todas las condiciones. Era más pesado los días de viento fuerte,

como si necesitara más peso para umpedir ser arrastrado.

 

El ajuste era automático. Fuera lo que fuese lo que lo haáa

levitar, mantenía un equilibrio entre comodidad y seguridad. Sin

embargo, podía reforzar el control consciente sobre su levitación del

mismo modo que podía hacerlo sobre su respiración. Podía subir a

una báscula y obligar a la aguja a subir hasta casi su peso nonmal, y

por supuesto a bajar hasta la nada.

 

Dos días antes se había comprado una bascula y había intentado

medir a qué velocidad podía cambiar de peso. No sirvió de nada. La

velocidad, fuera cual fuese, era superior a la capacidad de reacción

de la aguja. Todo lo que hizo fue acumular datos sobre módulos de

comprensibilidad y momentos de inercia.

 

Bien..., ¿y a qué le conducía todo aquello?

 

Se puso en pie y salió cansadamente de la biblioteca, con los

hombros caídos. Fue sujetándose a mesas y sillas mientras caminaba

hacia un lado de la habitación, y alli mantuvo la mano apoyada

contra la pared. Tenía la sensación de que debía hacerlo así. El

contacto con la materia le mantenía constantemente informado de su

posición con relación al suelo. Si su mano perdía el contacto con una

mesa o se deslizaba hacia arriba por la pared..., cuidado entonces.

 

El pasillo contenía el escaso número habitual de estudiantes. Los

ignoró. En aquellos últimos días, habían ido aprendiendo gradual-

mente a dejar de saludarle. Roger imaginó que algunos de ellos

pensaban que era un tipo raro, y probablemente muchos empezaban

a sentir antipatía hacia él.

 

Pasó junto al ascensor. Ya nunca lo tomaba; especialmente para

bajar. Cuando el ascensor iniciaba su movimiento hacia abajo, le

resultaba imposible no flotar en el aire, aunque sólo fuera por unos

momentos. No importaba que se preparara para combatir el mo-

mento; flotaba, y la gente podía volverse y mirarle.

 

Avanzó una mano hacia la barandilla en el arranque de la escalera

y, justo antes de que su mano la tocara, uno de sus pies tropezó con

 

2~i                                                                          207

el otro. Fue el tropezón más desmañado que se pueda imaginar. Tres

semanas antes, Roger hubiera rodado escalera abajo.

 

Esta vez, su sistema autónomo se hizo cargo de las cosas, e incli-

nándose hacia delante, los brazos abiertos, los dedos de las manos

extendidos, las piernas semidobladas, flotó hacia abajo como un pla-

neador. Parecía estar suspendido por hilos.

 

Estaba demasiado desconcertado para contenerse, demasiado pa-

ralizado por el horror como para hacer algo. A medio metro de la

ventana del piso de abajo, se detuvo automáticamente y flotó.

 

Había dos estudiantes en el piso adonde fue a parar, ambos apre-

tados contra la pared, otros tres en el arranque de la escalera, dos en

el piso de más abajo, y uno en el descansillo junto a él, tan cerca que

casi podían tocarse.

 

Todo estaba muy silencioso. Todos le estaban mirando.

 

Roger se enderezó en el aire, descendió hasta el suelo, y echó a

correr escalera abajo, empujando bruscamente a un estudiante fuera

de su camino.

 

Las conversaciones se transforrnaron en una única exclamación a

sus espaldas.

 

—¿El doctor Morton desea venme?

 

Roger se volvió en su sillón, sujetándose firrnemente a uno de sus

brazos.

 

La nueva secretana del departamento asintió.

 

—Sí, doctor Toomey.

 

Se marchó rápidamente. En el poco tiempo que llevaba alli desde

que la señorita Harroway presentara su dimisión, se había enterado

de que el doctor Toomey tenía algo “raro”. Los estudiantes le evita-

ban. En su clase de hoy, los asientos de atrás habían estado llenos de

murmullos de estudiantes. Los asientos de delante habían permane-

cido desocupados.

 

Roger miró al pequeño espejo de pared cerca de la puerta. Se

ajustó la chaqueta y se sacudió un hilo, pero esa operación hizo poco

por mejorar su apariencia. Su tez era cada vez más amarillenta.

Había perdido al menos cuatro kilos desde que todo aquello empe-

zara, aunque por supuesto no tenía forma de saber exactamente

cuánto había perdido. Su aspecto general era enfermizo, como si su

digestión estuviera perpetuamente en contra de él y venciera todos

los combates.

 

No sentía ninguna aprensión acerca de aque'la entrevista con el

jefe del departamento. Había alcanzado un pronunciado cinismo

referente a los incidentes de levitación. Aparentemente, los testigos

no hablaban. La señorita Harroway no lo había hecho. No había

ninguna señal de que los estudiantes que le habían visto en la escalera

lo hubi'eran hecho tampoco.

 

Con un último toque al nudo de su corbata, abandonó el des-

pacho.

 

El despacho del doctor Philip Morton no estaba muy lejos al

 

208

 

I

 

fondo del pasillo, lo cual era un hecho que Roger tenía que agrade-

cer. Cultivaba cada vez más la costumbre de andar con una sistemá-

tica lentitud. Alzaba un pie y lo adelantaba, observando. Luego

alzaba el otro pie y lo adelantaba, observando también. Avanzaba

decididamente encorvado, mirándose los pies.

 

El doctor Morton frunció el ceño cuando Roger entró. Tenía

unos ojos pequeños, y exhibía un hirsuto bigote mal recortado y un

traje desaliñado. Poseía una moderada reputación en el mundo cien-

tífico, y una decidida inclinación a dejar las tareas de enseñanza en

manos de los miembros de su departamento.

 

—Mire, Toomey—dijo—, he recibido una carta de lo más ex-

traña de Linus Deering. Usted le escribió el...—Consultó un papel

sobre su escntorio—. El veintidós del mes pasado. ¿Es ésta su firma?

 

Roger miró y asintió. Ansiosamente, intentó leer del revés la

carta de Deering. Aquello era inesperado. De las cartas que había

enviado el día del incidente con la señorita Harroway, hasta aquel

momento sólo cuatro habían sido contestadas.

 

Tres de ellas habían consistido en frías respuestas de un sólo

párrafo, que decían más o menos: “Acuso recibo de su carta del

veintidós. No creo que pueda ayudarle en el asunto que me plantea”.

Una cuarta, la de Ballantine, del Northwestern Tech, había sugerido

torpemente un instituto de investigaciones psíquicas. Roger no pudo

decidir si estaba intentando ayudarle o si le insultaba.

 

L)eering, de l'nnceton, hacía el número cinco. Había puesto gran-

des esperanzas en Deering.

 

El doctor Morton carraspeó fuertemente y se ajustó las gafas.

 

—Quiero leerle lo que dice. Siéntese, Toomey, siéntese. Dice:

“Querido Phil...”.

 

El doctor Morton alzó brevemente la vista, con una sonrisa fatua.

 

—Linus y yo nos conocimos en las reuniones de la Federación el

año pasado—explicó—. Tomamos unas cuantas copas juntos. Es un

tipo encantador.

 

Se ajustó de nuevo las gafas, y volvió a la carta:

 

~Querido Phil: ¿Hay un tal doctor Roger Toomey en tu departa-

mento? Recibí una carta suya realmente extraña el otro día. Te ase-

guro que no sé qué hacer con ella. Al principio pensé olvidarla, como

una más de esas cartas de chiflados que recibimos todos. Luego pensé

que puesto que la carta llevaba el membrete de tu departamento, tú

deberías saber algo sobre ello. Claro que es posible que alguien esté

utilizando a tu personal como parte de un embaucamiento. Te adjunto

la carta del doctor Toomey para que la examines. Espero poder visitar

algún día vuestra parte del país.. .” Bien, el resto es personal.

 

El doctor Morton dobló la carta, se quitó las gafas, las colocó en

un estuche de piel, y se metió éste en el bolsillo superior de su

chaqueta. Entrelazó los dedos y se inclinó hacia delante.

 

—Bien —dijo, creo que no hay necesidad de que le lea su

propia carta. ¿Se trata de alguna broma? ¿Un engaño?

 

1~ cuentos paralelo~

—Doctor Morton—dijo Roger lentamente—, estaba hablando

en serio. No veo nada malo en mi carta. La envié a unos cuantos

físicos. Habla por sí misma. He hecho observaciones de un caso de

levitación, y deseaba información acerca de posibles expiicaciones

teóricas a un tal fenómeno.

 

—¡Levitación! ¿De veras?

 

—Es un caso auténtico, doctor Morton.

 

—¿Lo observó usted personalmente?

 

—Por supuesto.

 

—¿Nada de hilos ocultos? ¿Nada de espejos? Mire, Toomey,

usted no es un experto en estos fraudes.

 

—Fue una serie absolutamente científica de observaciones. No

hay ninguna posibilidad de fraude.

 

—Hubiera debido consultarme, Toomey, antes de enviar esas

cartas.

 

—Quizá hubiera debido hacerlo, doctor Morton, pero franca-

mente, pensé que podría mostrarse usted... reacio.

 

—Bien, gracias. Hubiera debido esperar algo así. Y con el mem-

brete del departamento. Me siento realmente sorprendido, Toomey.

Mire, su vida es suya. Si desea usted creer en la levitación, adelante,

pero hágalo estrictamente en su tiempo libre. En bien del departa-

mento y de la universidad, debería resultarle obvio que este tipo de

cosas no pueden interferir con sus asuntos docentes.

 

“De hecho, observo que ha perdido usted algo de peso reciente-

mente, ¿no es así, Toomey? Sí, no tiene en absoluto buen aspecto. Si

yo fuera usted, ina a ver a un médico. Un especialista de los nervios,

quiza.

 

—¿No cree que sería mejor un psiquiatra?—dijo Roger amar-

gamente.

 

—Bien, eso es enteramente asunto suyo. En cualquier caso, un

poco de descanso...

 

El teléfono había sonado, y la secretaria había atendido la lla-

mada. Ahora le hizo una seña al doctor Morton, y éste tomó su ex-

tensión.

 

—¿Sí...?—dijo—. Ah, doctor Smithers, sí... Hummm... Sí...

¿Relativo a quién?... Bueno, de hecho, está aquí conmigo precisa-

mente ahora... Sí... Sí, inmediatamente.

 

Colgó el teléfono, y miró pensativo a Roger.

 

—El decano desea vemos a los dos.

 

—¿Acerca de qué, señor?

 

—No lo ha dicho.—Se levantó y se dirigió hacia la puerta—.

¿Viene, Toomey?

 

—Sí, señor.

 

Roger se puso en pie despacio, anclándose cuidadosamente con la

puntera de sus zapatos en la parte inferior del escritorio del doctor

Morton mientras lo hacía.

 

El decano Smithers era un hombre delgado con un largo rostro

ascético. Su dentadura postiza encajaba tan mal en su boca que haáa

que al pronunciar las sibilantes sonaran como un medio silbido.

 

—Cierre la puerta, señorita Bryce—dijo—, y no me pase ninguna

llamada telefónica hasta que la avise. Siéntense, caballeros.

 

Se los quedó mirando ominosamente, y anadió:

 

—Creo que será mejor que vaya directamente al asunto. No sé

exactamente lo que está haciendo el doctor Toomey, pero debe pa-

rarlo.

 

El doctor Morton se volvió hacia Roger, sorprendido.

 

—¿Qué ha estado usted haciendo?

 

Roger se alzó desalentadamente de hombros.

 

—Nada que yo pueda evitar.

 

Después de todo, había subestimado las habladurías de los es-

tudiantes.

 

—Oh, vamos, vamos.—El decano mostró impaciencia—. Estoy

seguro de que no conozco lo suficiente de la historia como para

juzgar, pero parece que es usted el centro de todas las habladurías;

habladurías que son completamente impropias del espíritu y la digni-

dad de esta institución.

 

—No sé nada de todo eso—dijo el doctor Morton.

 

El decano frunció el ceño.

 

—Entonces parece usted más bien sordo. Me resulta sorpren-

dente la forma en que el cuerpo docente puede permanecer en la

completa ignorancia de asuntos que saturan por entero el cuerpo

estudiantil. Nunca antes me había dado cuenta de ello. Yo mismo lo

oí por accidente; por un accidente muy afortunado, de hecho, puesto

que conseguí interceptar a un periodista que llegó esta mañana bus-

cando a alguien Uamado “el doctor Toomey, el profesor volante”.

 

—¿Qué?—gritó el doctor Morton.

 

Roger escuchó con desaliento.

 

—Eso es lo que dijo el periodista. Cito sus propias palabras.

Parece que uno de nuestros estudiantes llamó a su periódico. Eché al

periodista e hice venir al estudiante a mi despacho. Según él, el

doctor Toomey voló..., y utilizo la palabra “voló” porque así fue

como insistió el estudiante en llamarlo..., bajando todo un tramo de

escalones y volviendo a subirlos luego. Afimmó que hubo docenas de

testigos.

 

—Solamente los bajé—murmuró Roger.

 

El decano Smithers estaba ahora recorriendo arriba y abajo la

alfombra de su despacho. Parecía ser presa de una elocuencia febril.

 

—Ahora escuche, Toomey. No tengo nada contra las representa-

ciones de aficionados. Desde mi llegada a este puesto he luchado

denodadamente contra la pomposidad y la falsa dignidad. He ani-

mado el hermanamiento entre los distintos cuerpos de la facultad, y

jamás he puesto objeción a una confraternización razonable con los

estudiantes. Así que no puedo objetar nada si desea uste~

un show a sus estudiantes, en su propia casa.

(~)

“Seguramente se dará usted cuenta de lo que puede ocurrirle a la

universidad si la prensa irresponsable la toma con nosotros. ¿Debe-

mos dejar que el delirio hacia un profesor volante sustituya al delirio

hacia los platillos volantes? Si los periodistas entran en contacto con

usted, doctor Toomey, espero que niegue categóricamente todos los

hechos que se le imputan.

 

—Comprendo, decano Smithers.

 

—Confío en que logremos salirnos de este incidente sin daño

apreciable. Debo pedirle, con toda la firmeza que me confiere mi

cargo, que nunca repita su..., esto..., hazaña. Si vuelve a ocurrir, me

veré obligado a solicitar su dimisión. ¿Ha comprendido bien, doctor

Toomey?

 

—Sí—dijo Roger.

 

—En ese caso, buenos días, caballeros.

 

El doctor Morton condujo a Roger de vuelta a su despacho. Esta

vez, despidió a su secretaria y cerró cuidadosamente la puerta tras él.

 

—Por todos los cielos, Toomey—murmuró—, ¿tiene esta locura

alguna conexión con su carta acerca de la levitación?

 

Los nervios de Roger estaban a punto de estallar.

 

—¿No resulta obvio? En esas cartas me refería a mí mismo.

 

—¿Puede usted volar? ¿Quiero decir, levitar?

 

—Puede utilizar la palabra que más le guste.

 

—Nunca he oído de tal... Maldita sea, Toomey, ¿le vio alguna vez

levitar la señorita Harroway?

 

—En una ocasión. Fue un accid. . .

 

—Por supuesto. Ahora todo resulta obvio. Estaba tan histé-

rica que era difícil entender lo que decía. Contó que usted saltó

hacia ella. Sonaba como si estuviera acusándole de..., de...—El

doctor Morton parecía azarado—. Bueno, yo no la creí. Era una

buena secretaria, entiéndalo, pero obviamente no una de esas

destinadas a atraer la atención de un hombre. Me sentí realmente

aliviado cuando se fue. Pensé que la próxima vez se presentaría

con un revólver, o acusándome a mí... Usted..., usted levitó,

¿no?

 

—Si.

 

—¿Cómo lo hace?

 

Roger agitó la cabeza.

 

—Ese es mi problema. No lo sé.

 

El doctor Morton se permitió una sonrisa.

 

—¿Seguro que no repele la ley de la gravedad?

 

—Sí, creo que es eso. Debe de haber algo relacionado con la

antigravedad mezclado en el fenómeno, no sé cómo.

 

La indignación del doctor Morton ante el hecho de que una

broma como aquella fuera tomada en serio era evidente.

 

—Mire, Toomey, eso no es algo que pueda tomarse a risa.

 

—Tomarse a risa. Santo cielo, doctor Morton, ¿tengo el aspecto

de estarme riendo?

 

—Bueno..., necesita usted un descanso. Sin discusión. Un poco

de descanso, y esa tontería suya pasará. Estoy seguro de ello.

 

—No es ninguna tontería.—Roger agitó un momento la cabeza,

luego dijo, con tono tranquilo—: Le diré una cosa, doctor Morton,

¿le gustaria colaborar conmigo en esto? En cierto sentido, es algo

que puede abrir nuevos horizontes en las ciencias ffsicas. No sé como

funciona; simplemente no puedo concebir ninguna solución. Los dos,

juntos. . .

 

La expresión de horror del doctor Morton era a aquellas alturas

inconfundible.

 

—Sé que suena extraño—insistió Roger—. Pero se lo demos-

traré. Es algo completamente auténtico. Querría que no lo fuese.

 

—Oh, vamos. —El doctor Morton saltó de su silla—. No se

canse. Necesita usted urgentemente un descanso. No creo que deba

aguardar hasta junio. Váyase a casa ahora mismo. Veré que se le siga

abonando su sueldo, y yo mismo me encargaré de sus clases. Solía

hacerlo antes, ya sabe.

 

—Doctor Morton, esto es importante.

 

—Lo sé, lo sé.—El doctor Morton le dio una palmada en el

hombro—. De todos modos, muchacho, tiene usted muy mal aspec-

to. Hablando francamente, tiene usted un aspecto infernal. Necesita

un largo descanso.

 

—Puedo levitar.—La voz de Roger estaba subiendo nuevamente

de volumen—. Usted intenta librarse de mí porque no me cree.

¿Piensa que estoy mintiendo? ¿Cuáles podrían ser mis motivos?

 

—Se está excitando innecesariamente, muchacho. Déjeme llamar

por teléfono. Haré que alguien le lleve a casa.

 

—Le digo que puedo levitar—gritó Roger.

 

El doctor Morton se puso rojo.

 

—Mire, Toomey, no sigamos discutiendo eso. No me importaría

aunque se echase a volar por los aires en este mismo momento.

 

—¿Quiere decir que ver no significa creer, en lo que a usted

respecta?

 

—¿En la levitación? Por supuesto que no.—El jefe del departa-

mento estaba casi vociferando—. Si le viera a usted volar, iría a ver a

un optometrista o a un psiquiatra. Antes creeré que estoy loco que el

que las leyes de la física...

 

Se interrumpió, y carraspeó fuertemente.

 

—Bien, como ya he dicho, no discutamos sobre eso. Voy a llamar

por teléfono.

 

—No es necesario, señor. No es necesario—dijo Roger—. De

acuerdo. Me tomaré un descanso. Adiós.

 

Salió rápidamente, caminando con más brío que nunca lo había

hecho en los últimos días. El doctor Morton, de pie, las manos apoya-

das planas sobre su escritorio, se quedó contemplando con alivio la

espalda de Toomey mientras se alejaba.

 

212                                     1,                                     213

James Sarle, el médico, se hallaba en la sala de estar cuando

Roger llegó a casa. En el momento en que éste cruzó la puerta, el

médico estaba encendiendo su pipa con una mano de recios nudillos

rodeando la cazoleta. Sacudió el fósforo para apagarlo, y su rubi-

cundo rostro se frunció en una sonrisa.

 

—Hola, Roger. ¿Dimitiendo de la raza humana? No he sabido

nada de ti desde hace más de un mes.

 

Sus negras cejas se juntaron sobre el puente de la nariz, dándole

una apariencia más bien condescendiente, que de alguna forma le

ayudaba a establecer una atmósfera adecuada con sus pacientes.

 

Roger se volvió hacia Jane, que permanecía hundida en un sillón.

Como de costumbre últimamente, su rostro mostraba una expresión

de lánguido agotamiento.

 

—¿Por qué lo has traído aquí?—le dijo Roger.

 

—¡Alto! Alto, hombre—dijo Sarle—. Nadie me ha traído. Esta

mañana encontré a Jane en el centro, y me invité. Soy más grande y

fuerte que ella; no pudo impedirlo.

 

{)s encontrasteis por mera coincidencia, supongo. ¿Das hora

también para tus coincidencias?

 

Sarle se echó a reír.

 

—Digámoslo de esta otra fomma: ella me habló un poco de lo que

ha estado pasando aquí.

 

—Siento que no estés de acuerdo, Roger—dijo Jane débilmen-

te—, pero ha sido la primera oportunidad que he tenido de hablar

con alguien que pueda comprender.

—¿Qué te hace pensar que él puede comprender? Dime, Jim,  I

¿crees su historia?

 

—No es una cosa fácil de creer—dijo Sarle—. Lo admito. Pero lo

estoy intentando.

 

—Está bien, supón que vuelo. Supón que me pongo a levitar

ahora mismo. ¿Qué harías?

 

—Supongo que desmayarme. Quizás exclamara: “¡Santo Dios!”.

Quizá me echara a reír a carcajadas. ¿Por qué no lo probamos, y

vemos lo que pasa?

 

Roger se lo quedó mirando fijamente.

 

—¿De veras deseas verlo?

 

—¿Por qué no iba a desearlo?

 

—Aquellos que lo han visto hasta ahora se han puesto a gritar,

han echado a correr o se han quedado helados de horror. ¿Podrás

soportarlo, Jirn?

 

—Yo creo que sí.

 

—De acuerdo.

 

Roger se deslizó medio metro hacia arriba, y ejecutó diez veces

un lento entrechat. Se quedó en el aire, las puntas de los pies apun-

tando hacia abajo, las piernas juntas, los brazos graciosamente exten-

didos en una amarga parodia de saludo.

 

—Mejor que Nijinski, ¿eh, Jim?—preguntó.

 

Sarle no hizo ninguna de las cosas que había sugerido que podía

 

214

 

hacer. Excepto agarrar su pipa como si estuviera a punto de caérsele,

no hizo absolutamente nada.

 

Jane había cerrado los ojos. Las lágrimas asomaban quietamente

por entre sus párpados. .

 

—Baja, Roger—dijo Sarle.

 

Roger bajó. Tomó asiento y dijo:

 

—Escribí a una serie de físicos, hombres de gran reputación. Les

expliqué la situación de una forma impersonal. Dije que pensaba que

todo esto debería ser investigado. La mayor parte de ellos me ignora-

ron. Uno escribió al viejo Morton para preguntarle si yo era un

farsante o estaba loco.

 

~h, Roger—murmuró Jane.

 

—¿Tú crees que se trata de algo malo? El decano me llamó hoy a

su despacho. Me dijo que tenía que dejar de hacer esos juegos de

salón. Parece que me caí por la escalera y automáticamente levité

hasta abajo. Morton dice que no creerá que puedo volar ni siquiera

aunque me vea en plena acción. En este caso ver no significa creer,

dice, y en consecuencia me ordena que me tome un descanso. No

pienso volver alli.

 

—Roger—dijo Jane, abriendo mucho los ojos—. ¿Estás ha-

blando en serio?

 

—No puedo volver. Me dan asco, todos ellos. ¡Científicos!

 

—Pero ~ qué vas a hacer?

 

—No lo sé.—Roger hundió la cabeza entre las manos. Con voz

ahogada, dijo—: Dímelo tú, Jim. Tú eres el psiquiatra. ¿Por qué no

me creen?

 

—Quizá se trate de un asunto de autoprotección, Roger—dijo

Sarle lentamente—. A la gente no le gustan las cosas que no puede

comprender. Incluso hace algunos siglos, cuando muchas personas

creían en la existencia de habilidades extranaturales, como volar s~

bre palos de escoba, por ejemplo, casi siempre se suponía que esos

poderes eran originados por las fuerzas del mal.

 

“La gente aún sigue creyendo eso. Puede que no haya muchos

que crean todavía literalmente en el diablo, pero la creencia generali

zada de que todo lo extraño es malo subsiste. Lucharán contra la idea

de creer en la levitación..., o se asustarán mortalmente si se ven

obligados a tsagar el hecho. Ésa es la verdad, así que enfréntate a

ella.

 

Roger meneó la cabeza.

 

—Tú estás hablando de gente, y yo hablo de científicos.

 

—Los científicos también son gente.

 

—Ya sabes lo que quiero decir. Tengo aquí un fenómeno. No es

brujería. No he hecho ningún trato con el diablo. Jim, tiene que

existir una explicación natural. No sabemos todo lo que hay que

saber sobre gravitación. Realmente, apenas sabemos nada. ¿No crees

que es concebible que exista algún método biológico de anular la

gravedad? Quizá yo sea una mutación de algún tipo. Quizá posea

un..., bueno, llamémosle un músculo..., que puede anular la grave-

dad. Al menos puede anular el efecto de la gravedad en mí mismo.

Bien, investiguemos eso. ¿Por qué quedarnos sentados con las manos

cruzadas? Si conseguimos dominar la antigravedad, imagina lo que

eso representará para la raza humana.

 

—Espera un momento, Roger—dijo Sarle—. Piensa un poco en

el asunto. ¿Por qué te sientes tan infeliz al respecto? Según Jane,

estabas casi loco de miedo el primer día que te ocurrió, antes de que

tuvieras ninguna forma de saber que la ciencia iba a ignorarte y que

tus superiores iban a mostrarse tan poco cooperativos.

 

—Eso es cierto—murmuró Jane.

 

—¿Por qué te ocurrió eso?—continuó Sarle—. Lo que tenías

entre las manos era un nuevo, grande y maravilloso poder; una re-

pentina liberación del horrible empuje de la gravedad.

 

—Oh, no digas tonterías—murmuró Roger—. Fue... horrible.

No podía comprenderlo. Y sigo sin poder.

 

—Exacto, muchacho. Era algo que no podías comprender y, en

consecuencia, algo horrible. Eres un físico. Sabes qué es lo que hace

funcionar al universo. O si no lo sabes, sabes que hay otros que sí lo

saben. Aunque nadie comprenda un determinado punto, sabes que

algún día alguien lo comprenderá. La palabra clave es comprender.

Forma parte de tu vida. Ahora te encuentras frente a frente con un

fenómeno que consideras que viola una de las leyes básicas del uni-

verso. Los científicos dicen: dos masas se atraen mutuamente según

una regla matemática preestablecida. Es una propiedad inalienable

de la materia y del espacio. No hay excepciones. Y ahora tú eres una

excepción.

 

—Y cómo—acotó Roger sombríamente.

 

—¿No lo entiendes, Roger?—prosiguió Sarle—. Por primera vez

en la historia, la humanidad posee realmente lo que considera leyes

inquebrantables. Repito, inquebrantables. En las culturas primitivas,

un hechicero podía utilizar un encantamiento para producir lluvia. Si

no funcionaba, eso no trastornaba la validez de la magia. Simple-

mente significaba que el chamán había olvidado alguna parte del

encantamiento, o había roto un tabú, o había of endido a un dios. En

las modernas culturas teocráticas los mandamientos de la deidad son

inquebrantables. Sin embargo, si un hombre quebranta los manda-

mientos y pese a ello prospera, eso no significa que esa religión en

particular no sea válida. Los caminos de la providencia son admitidos

como misteriosos, y todo el mundo sabe que en algún lugar le aguar-

da al culpable un invisible castigo.

 

“Hoy, sin embargo, existen Icyes que realmente no pueden ser

quebrantadas, y una de ellas es la ley de la gravedad. Funciona

incluso cuando el hombre que la invoca ha olvidado murmurar lo de

esto más eso más eso otro igual a aquello de más allá al cuadrado.

 

Roger consiguió esbozar una torcida sonrisa.

 

—Estás completamente equivocado, Jirn. Las leyes inquebranta-

bles han sido quebrantadas constantemente, una y otra vez. La ra-

diactividad era algo imposible cuando fue descubierta. La energía

surgió de la nada; cantidades increíbles de ella. Era algo tan ridículo

como la levitación.

 

—La radiactividad era un fenómeno objetivo que podía ser trans-

mitido y reproducido. El uranio velaba la película fotográfica para

todo el mundo. Un tubo de Crookes podía ser construido por cual-

quiera y producía un flujo de electrones de idénticas características

para todo el mundo. Tú...

 

—Yo he intentado transmitir.. .

 

—Lo sé. Pero ¿puedes decirme, por ejemplo, cómo puedo yo le-

vitar?

 

—Por supuesto que no.

 

—Eso limita a los demás únicamente a la observación, sin repro-

ducción experimental. Y sitúa tu levitación en el mismo plano que 1a

evolución estelar, algo acerca de lo cual cabe teorizar, pero con lo

que nunca se podrá experimentar.

 

—Sin embargo, hay científicos dispuestos a dedicar sus vidas a la

astrofísica .

 

—Los científicos son gente. No pueden alcanzar las estrellas, así

que se aproximan lo más que pueden. Pero sí pueden alcanzarte a ti,

y ser incapaces de tocar tu levitación es algo que los pondrá furiosos.

 

—Jim, ni siquiera lo ha intentado. Hablas como si yo hubiera

sido estudiado, pero lo cierto es que ni siquiera han tomado en

consideración el problema.

 

—No tienen por qué hacerlo. Tu levitación forma parte de un tipo

de fenómenos que nunca son tomados en consideración. La telepa-

tía, la clarividencia, la presciencia, y un millar de otros poderes extra-

naturales, nunca han sido investigados con seriedad, ni siquiera

cuando han sido descritos con todas las apariencias de credibilidad.

Los experimentos de Rhine sobre la percepción extrasensorial han

irritado a un número mayor de cienúficos que los que puedan ha-

berse sentido intrigados. Así que entiéndelo, no necesitan estudiarte

para saber que no desean estudiarte. Lo saben por anticipado.

 

—¿Y eso te parece divertido, Jim? Cienbficos negándose a inves-

tigar hechos; dándole la espalda a la verdad. Y tú te limitas a que-

darte ahí sentado, sonriente y haciendo alegres afirmaciones.

 

—No, Roger, sé que todo esto es serio. Y no pretendo justificar a

la humanidad, de veras. Estoy ofreciéndote mis pensamientos, una

opinión. ¿Acaso no te das cuenta? Lo que intento en realidad es ver

las cosas tal como son. Eso es lo que tendrías que hacer tú. Olvida tus

ideales, tus teorías acerca de cómo debería actuar la gente. Considera

lo que estás haciendo. 1 Y trata de aceptarlo como una condición de

la vida con la que tienes que vivir. Aunque no vaya a ser fácil.

 

—¿Cómo crees que puedo vivir con ello?

 

James Sarle vació la pipa y se la guardó.

 

—¿Quieres saber mi opinión?

 

* Fmnece ~ revi~r ~ n~rtir rle ~tP mmto, El final revisado, a partir de

——r ~  - r—-~- — —— r—-

 

216                                     1                                      217

—Te escucho.

 

—En tu estado de ánimo actual, no puedes seguir trabajando

como científico. Tienes que vivir de tal modo que tu levitación pueda

ser aceptada por los demás como una especie de hecho establecido.

¿No lo crees así?

 

—Eso sería un alivio.

 

—En tal caso te sugiero algo. Conozco a un hombre llamado

William Magoun. Creo que puedo convencerle para que te ayude. Es

una especie de productor teatral. Es propietario del “Black Mask”,

una especie de club nocturno. O ésa es, al menos, la descripción más

cercana a la realidad.

 

—¿Qué demonios me estás sugiriendo?

 

—¿No te parece evidente? ¿Por qué no actuar en un escenano?

¿Por qué no considerarte un mago?

 

Sarle cogló el abrigo y se mcorporó.

 

Roger exclamó:

 

—¡Un mago!

 

—Traje conmigo la tarjeta de Magoun, por si acaso. Tómala,

¿quieres? Y, Roger, tienes un aspecto terrible. ¿Cuándo fue la última

vez que pasaste una buena noche de sueño?

 

Roger murmuró algo vago.

 

—¿Quieres que te recete píldoras para dormir?

 

Roger se levantó.

 

—No, no las necesito. Aún me quedan algunas que me dio un

miembro de la Escuela de Medicina.. . ¡Mago!

 

—Es un modo de vida respetable—dijo Sarle dirigiéndose hacia

la puerta.

 

Jane estrechó la mano de Sarle y le dijo suavemente:

 

—Gracias, Jim. Gracias por haber hablado con él.

 

—No te preocupes, Jane—dijo Sarle apretándole los dedos.

 

—¿Jim?—llamó Roger.

 

—¿Sí?

 

—¿Cómo es que mi levitación no te ha inquietado?

 

—Yo no soy un científico ffsico, Roger—contestó Sarle son-

riendo—. Me temo que en mi profesión no tenemos reglas. O, al

menos, cada pequeña escuela de psiquiatría tiene sus propias reglas,

que son a su vez excluyentes con respecto a las demás, lo que viene a

ser lo mismo. De modo que, ¿qué significa una ley quebrantada? Es

lo mismo...

 

—¿Y bien?

 

—No creo que asista a ninguna de tus actuaciones en el “Black

Mask”, si es que Magoun decide aceptarte. No te importará, ¿ver-

dad?

 

—No—contestó Roger sombríamente—, no me importará.

 

Sarle se marchó y Roger y Jane se quedaron solos.

 

—¿Qué piensas de todo esto, Jane?—preguntó Roger.

 

—No lo sé—contestó ella sin abandonar su apatía.

 

—¡Convertirme en un mago!

 

—¿Y qué importa eso?—dijo ella saliendo bruscamente de la ha-

bitación.

 

Roger la siguió con la mirada y después contempló lentamente la

tarjeta que Sarle le había entregado.

 

218                                     1                                      219

—¡Ahora!

 

—¿Tal y como va vestido, con esas ropas?

 

—Desde luego.

 

—Bueno, eso me intriga. Tiene usted que ser un aficionado. Los

magos que yo conozco serían incapaces de cortar una baraja en traje

de calle. Se sentirían desnudos. ¿Comprende lo que quiero decir?

 

—No he imaginado ningún traje especial que ponerme—dijo

Roger.

 

—¿No? Bueno, quizá debería haber empezado por ahí. La gente

empieza a cansarse de todo lo que se inventan los magos. Puede que

haya algo de original en ver a un tipo vestido con un sumple traje

haciendo sus triquiñuelas. Sería una especie de novedad, ¿com-

prende? Está bien, vayamos al escenario y yo me sentaré entre las

mesas de la sala. ¿Dónde están sus artilugios de apoyo?

 

—Yo mismo me ocuparé de ellos—murmuró Roger.

 

Salieron a la sala vacía del club nocturno, en semipenumbras a

causa de las pesadas cortinas que cubrían las ventanas. Magoun

apretó un interruptor que arrojó luz sobre el escenario.

 

—Adelante—dijo, retrocediendo hacia la zona donde estaban

situadas las mesas—. No tiene que preocuparse por los preámbulos o

la jerga publicitaria. Demuéstreme simplemente cómo flota usted,

¿comprende? Hágalo como si acabaran de sonar los tambores anun-

ciándole.

 

En uno de los extremos de la sala, un camarero se apoyó, intere-

sado, sobre la escoba que había estado manejando.

 

Roger miró a su alrededor, sintiéndose confundido. Experi-

mentó una horrible pero momentánea sensación de incapacidad.

Ahora que, por primera vez, deseaba flotar, parecía haberse olvi-

dado de cómo hacerlo. Allí estaba Magoun, haciéndole gestos de

asentimiento con la cabeza, rodeando con los labios el grueso puro

que estaba encendiendo. Allí estaba también aquel camarero, ob-

servándole atentamente. Y allí estaba también aquel enorme vaáo

desde el que, alguna noche, cientos de ojos podrían estar mirán-

dole.

 

Y pensó para sí mismo: “Arriba, muchacho”

 

Y se elevó.

 

Flotó hacia el techo, permaneciendo a media altura. Escuchó el

grito ronco de Magoun y vio al camarero salir precipitadamente por

la puerta más cercana.

 

Roger describió una vuelta de campana en el aire y después des-

cendió sobre el escenario.

 

Magoun ya estaba junto a él en cuanto tocó el suelo.

 

—Sensacional, Toomey, terrorífico. Es una ilusión maravillosa.

¿Cómo diablos lo hace?

 

—Bueno. .. Es un secreto profesional ya sabe...

 

~h, claro, claro. Le ruego me disculpe. Deben'a habérmelo

imaginado antes de preguntárselo, pero lo que usted ha hecho me ha

impresionado de veras, ¿sabe? Escuche, queda usted contratado.

Con lo que acabo de ver, no necesita usted hacer nada más. Los va a

dejar a todos impresionados.

 

—¿Cuánto?—preguntó Roger.

 

—Bueno...—Magoun dirigió un ojo hacia el techo—. Cincuenta

semanales.

 

—Ciento cincuenta—dijo Roger.

 

—¿Qué? ¿Por una actuación nueva?

 

—Usted nunca ha visto nada parecido, ¿verdad?

 

—Está bien—admitió Magoun—, dejaré que se salga con la suya,

teniendo en cuenta que viene recomendado por el doctor. Dos repre-

sentaciones cada noche, excepto el domingo. Y el compromiso es

sólo por una semana, hasta que veamos cómo marcha todo con los

clientes. Veamos..., puede usted empezar el lunes, y yo me encar-

garé de hacer algo de publicidad por adelantado. Le presentaré como

el Gran Flotino. ¿Qué le parece?

 

—Me parece bien—dijo Roger.

 

James Sarle entró, se desabrochó el abrigo y dijo en voz baja:

 

—Tienes mejor aspecto, Jane. ¿Cómo está Roger?

 

La voz de Roger sonó antes de que Jane pudiera responder.

 

—Estoy aquí, Jim. No vale la pena que susurres.

 

—¿Estaba susurrando?—preguntó Sarle alegremente. Se sacó la

pipa del bolsillo del abrigo antes de entregárselo a Jane—. ¿Qué hay

de nuevo?

 

Roger permaneció en el sillón donde se hallaba sentado.

 

—Hoy mismo acabo de enviar mi dimisión a la facultad.

 

—¿De veras?—Sarle se dirigió hacia el sofá y se sentó frente al

otro—. He llamado a Magoun. Me ha dicho que eres un éxito fulmi-

nante .

 

—Sí—dijo Roger sombríamente—. Sólo he actuado unas pocas

veces, pero al parecer voy camino del estrellato.

 

—El dice que vales lo que te paga.

 

—Muy amable por su parte. Me paga más de lo que ganaba en la

facultad.

 

—En serio, ¿cómo te sale?

 

Roger se agitó, inquieto.

 

—¿No puedes suponértelo? Floto en el aire delante de un puñado

de idiotas, les oigo gritar, desciendo, me inclino delante de ellos y

cobro mi paga. Hoy he pasado por encima de una mesa donde se

habían reunido varios de fiesta y he permanecido alli suspendido un

rato. Una de las mujeres empezó a gritar: “Oh, veo los hilos, los

veo”. El hombre que la acompañaba se subió a la mesa e hizo oscilar

un periódico por el espacio, sobre mi cabeza. Otro tipo saltó para

cogerme por las piernas. Yo me limité a elevarme un poco... Conde-

nados estúpidos.

 

—Eso demuestra que están interesados... Aquí, Jane, siéntate.

 

Jane sonric, y se sentó. Había traído bebidas. Roger aceptó la

suya malhumoradamente y se la bebió de un trago.

—Han acudido muchos de los estudiantes de la facultad—dijo—.

Al parecer, si piensan que sólo se trata de una actuación, disfrutan

con ello, ¿no resulta cómico?

 

—No—dijo Sarle—, en realidad no lo es. Puede que todo esto

sea algo bueno. Una vez que hayas establecido tu reputación como

mago, es posible que logres regresar a la vida académica.

 

—¿Y flotar de vez en cuando por ahi, eh? Elevarme hacia el techo

durante una reunión en la facultad, o mientras leo una disertación.

 

—Quizá no. Una vez que te hayas olvidado de esta carga de la

levitación, puede que te importune menos, e incluso es posible que la

controles mejor.

 

—¿Lo crees de veras?—preguntó Roger mirándole inquisitiva-

mente.

 

—Lo considero como una fuerte posibilidad.

 

—Si creyera que existe una posibihdad de que eso sea así...

Bueno, si pudiera estar seguro de que no me elevo en el aire en los

momentos más inconvenientes, me sentiría muy aliviado. Yo mismo

podría abordar entonces el problema, sin ayuda de nadie.

 

—Eh, eh—dijo Sarle animosamente.

 

—Sólo si me dejaran solo.

 

—¿Y por qué no iban a dejarte solo?

 

—Sí. Hay que mantener esto durante un año o así, actuar en otras

ciudades cuando ya se hayan hartado del “Black Mask”. Y después

enfrentarme con el verdadero problema. Incluso para entonces ya

habré podido ahorrar un poco de dinero y, ¿quién sabe?—Se echó a

reír ligeramente y añadió—: Hasta puede que llegue a gustarme el

mundo del espectáculo.

 

Jugueteó con el vaso vacío del cóctel y permaneció sentado alh,

sumido en sus pensamientos.

 

Sarle se volvió hacia Jane y le sonrió. Manteniendo la mano iz-

quierda cerca de su propio cuerpo, Sarle unió los dedos gordo y

anular formando un círculo y dejando extendidos los demás. Jane no

le vio. Estaba mirando fijamente a Roger, con una expresión tensa y

nada feliz.

 

—Roger—dijo ella.

 

—¿Qué?

 

—Por favor. Estás haciéndolo otra vez.

 

Roger, asombrado, miró hacia abajo. Su cuerpo estaba a unos

quince cenbmetros por encima del mullido asiento del sillón.

 

—Lo siento—dijo, descendiendo—. En cuanto me distraigo

vuelve a suceder.

 

—Lo sé—dijo Jane sombríamente—. Lo sé.

 

Roger recibió el primer sobre de su paga en el despacho de Ma-

goun, quien trató de mostrarse cordial y logró no parecer incómodo.

 

—Ha sido una buena semana, señor Toomey—le dijo—, y le he

incluido un pequeño extra en el sobre. Encontrará doscientos cuando

lo abra.

 

—Gracias—dijo Roger.

 

—No se preocupe.—Magoun le palmeó la espalda—. Puede utili-

zarme como referencia, y le proporcionaré el nombre de un agente

de confianza si es que desea uno.

 

Roger le miró, sorprendido.

 

—¿Qué significa eso? ¿Que ya he terminado aquí?

 

Magoun sacó un puro de la caja y se lo quedó mirando.

 

—El compromiso fue sólo por una semana, como usted recor-

dará.

 

—Maldita sea, usted dijo una semana en el sentido de ver cómo

me las arreglaba con el público.

 

—Sí, sí, en efecto. El espectáculo es bueno, pero no tiene la garra

suficiente, ¿ comprende lo que quiero decir? Usted flota, pero eso es

todo. Usted no baila, no ofrece un espectáculo de variedades. Ni

siquiera tiene un ayudante. Alguien que realce la actuación. Si los

hombres se cansan de la magia, les gusta contemplar bonitas piernas,

¿comprende?

 

—Pero usted está ganando dinero. El cajero me dijo que ésta ha

sido la mejor semana que había conocido.

 

Magoun dejó el puro, sin haberlo encendido.

 

—Mire, señor Toomey, ¿quiere saber la verdad? Pues voy a deár-

sela. No soy de esa clase de tipos farsantes delante de los demás,

( comprende? Mire, he estado observando su actuación. No soy nin-

gún tonto. Tengo mi experiencia. He visto actuar a más magos de los

que usted podría contar. Conozco todos sus trucos. Sólo que usted no

los utiliza. No hay trampa ni cartón en lo que hace usted. No les

induce a apartar la vista de usted para sustituir rápidamente un artilu-

gio por otro. No se sostiene de hilos colgados del techo. Y tampoco

utiliza espejos.

 

“Al principio pensé que sería hipnotismo, aunque nunca he visto

utilizar el hipnotismo delante de toda una multitud de gente. En

cualquier caso, me senté entre el púbhco y cerré los ojos en cuanto

apareció usted. Y esperé hasta que empezaron a sonar los gritos de

asombro y entonces los abrí. Y ahí estaba usted, con la cabeza a tres

metros por encima del escenario. No podha ser hipnotismo. Había

cerrado los ojos.

 

—Déjeme a ver si le entiendo—dijo Roger—. ¿Quiere decir que

me despide porque cree que lo que hago es cierto, que puedo real-

mente volar?

 

—No me gusta decirle esto, ¿comprende?—dijo Magoun exten-

diendo las manos abiertas—. No voy a admitir si creo o no en bruje-

rías. Sólo me gustaría despedirme de usted de una forma amable, sin

resentimientos.

 

—Espere. Suponga que puedo flotar de verdad. ¿Qué supone eso

para usted?

 

—Bueno si es así, los chentes pueden tener la idea de que todo es

demasiado cierto. Y eso no les gustaría. Ya sabe cómo es la gente.

Son supersticiosos, ¿comprende? Muchos de ellos no tienen una edu-

 

222                                      1                                      223

cación muy buena. Y en cuanto menos se lo espere habría alguien

gritando: “Es el diablo”, o alguna otra locura por el estilo. Mire,

usted no conoce el negocio del espectáculo como yo; no tiene usted

ni la más ligera idea de cómo pueden suceder las cosas. No puedo

arriesganme a que se produzca un tumulto, señor Toomey. Debo

pensar en mi reputación.

 

—Pero se equivoca, señor Magoun. Al público le gusta que le en-

ganen.

 

—Quizá. Pero únicamente mientras sepan que sólo se trata de un

engaño. Un tipo logra quitarse unas esposas, muy bien. Todo el

mundo sabe que se las ha arreglado para ocultar una llave en la palma

de la mano, aunque no hayan podido verla. ¿Hace desaparecer a un

ayudante? Todos saben que hay un espejo en alguna parte del esce-

nario, o un botón falso o algo por el estilo. ¿Alguien capaz de leer los

pensamientos de los demás? Todos saben que entre el público hay un

compmche.

 

“Pero usted, señor Toomey, usted es demasiado bueno. Yo he

visto a una mujer flotar por encima de un diván durante aproximada-

mente diez segundos. Está sostenida desde arriba, claro. No puede

moverse, no puede cambiar de posición. Pero usted flota por cual-

quier parte. Se pone cabeza abajo en el aire. Se desliza por encima de

las mesas. No hay fonma alguna de que haya trampa. Lo que usted

hace es verdadero. Y así es como lo piensa el público... Mire, señor

Toomey, dígame cómo lo hace y podremos llegar a un acuerdo. ¿Qué

le parece?

 

Roger guardó silencio.

 

—En tal caso no podemos hacer nada—dijo Magoun.

 

—A usted no le preocupan los tumultos—dijo Roger—. Ningún

productor en su sano juicio despreciaría una actuación como la mía,

capaz de hacerle ganar dinero, simplemente porque la considera de-

masiado buena. Lo que sucede es que usted me tiene miedo. Me

teme personalmente.

 

—No se trata de miedo—replicó Magoun—. Pero el asunto no

me gusta. Me hace sentir incómodo, ¿comprende?

 

—¿Por qué?

 

—Porque no es correcto, señor Toomey. Es algo en contra de las

leyes de la naturaleza. No puede ser correcto.. . Mire, señor Toomey

¿ha oído hablar alguna vez de la ley de la gravedad?

 

Roger se incorporó.

 

—Adiós.

 

Magoun extendió la mano hacia él.

 

—¿Sin resquemores?

 

Roger se marchó sin contestar.

 

No tomó el metro, sino que regresó a casa caminando. Estaba he-

cho un lío. Nadie afrontaría la verdad. Nadie sería capaz de contemplar

los hechos cara a cara. Hasta un mago debía demostrar que lo que haáa

no era más que un engaño. Se prefería la ilusión, el charlatanismo.

 

En cuanto a la verdad, había que ocultarla.

 

Las dos horas de caminata a primeras horas de la madrugada no le

aportaron solución alguna. Subió el tramo de escalera hasta su apar-

tamento, en el segundo piso, sintiéndose en un estado de agota-

miento. Cerró la puerta suavemente tras él. El pestillo no se cerró del

todo, pero él no se dio cuenta.

 

Se desnudó sin encender las luces para no despertar a Jane. Esta

le había preparado la cama en el diván, extendiendo las sábanas

sobre él.

 

De pronto, todo le pareció insoportable. Tenía que deárselo a

Jane. Tenía que despertarla y de,árselo ahora mismo. Tenía que

deárselo, maldita sea, o se derrumbaría.

 

Se dirigió lentamente hacia el dorrnitorio y extendió la mano

hacia la almohada donde debería estar su rubia cabeza. Pero no la

encontró .

 

—Jane—la llamó suavemente.

 

Y pensó confundido: “Debe de estar en el cuarto de baño”.

 

Tanteó para encender la lámpara de la mesita de noche y parpa-

deó en una habitación vaáa. La volvió a llamar..., y entonces vio la

hoja de papel sujeta a la almohada con un alfiler. La arrancó de un

manotazo.

 

Empezaba diciendo: “Roger”. Ninguna palabra de ternura; sim-

plernente “Roger”. Los trazos de la escritura eran apresurados, des-

baratados, casi incoherentes.

 

Roger: no puedo soportarlo y tengo que marchanme. Sé que

 

no es culpa tuya, pero no puedo evitarlo. No quise marchanme

 

mientras las cosas iban tan mal. Habría sido muy mezquino por mi

 

parte. Pero ahora has iniciado una nueva carrera y lograrás salir

 

adelante sin mí. Por favor, no trates de encontranme, y no te

 

preocupes por mí. Sólo me llevo mis cosas personales y la mitad

 

del dinero que teníamos en la cuenta común. Adiós. Jane.

 

Roger leyó la nota y su contenido fue impregnando lentamente su

mente aturdida. Dejó caer la nota, y pensó: “Mi nueva carrera”. Y

después, en voz alta, medio histérica, gritó:

 

—¡Mi nueva carrera!

 

Medio mareado, se dingió hacia la cómoda. De su parte superior

tomó la caja donde guardaba sus pequeñas minucias personales: suje-

tadores de corbata, gemelos, una vieja pluma, la llave del club Phi

Beta Kappa que ya no utilizaba. De la caja sacó el frasco de somní-

fero que había ido acumulando a causa de las recetas no utihzadas

que le había entregado su amigo de la Escuela de Medicina. En su

mente siempre había albergado un cierto presentimiento de que po-

dría necesitarlas.

 

Recogió del suelo la nota de Jane y garabateó unas pocas palabras

en la otra cara del papel, utilizando su pluma. Se preparó un vaso de

agua, lo dejó sobre la mesita de noche, se sentó en el borde de la

 

224                                                                            225

 

ellto~ parillelo~

cama y vertió media docena de pastillas para dormir en la palma de su

mano. Después, vació en ella todo el tubo. Lenta, pensativamente.

se las fue tragando con agua, tomando dos cada vez.

 

Se tumW sobre la cama y se cubrió con la sábana. Cerró los ojos.

 

La confusión de su mente fue apagándose y la paz descendió

lentamente sobre él. La levitación ya no importaba. Nada importaba.

Excepto el sueño. Sólo el sueño.

 

Y su última, lenta y ensonadora sensación fue que estaba flo-

tando.

 

Estaba alli tumbado, enfriándose.

 

La aparición del rigor mortis, cuando no se produce de un modo

uniforme, proporciona una pseudovida fantasmagórica a un brazo o a

una pierna, haciendo que se tuerzan.

 

Fuera lo que fuese que controlase la levitación en el cuerpo de

Roger, los primeros espasmos de ia muerte lo atiesaron y lo acti-

varon.

 

Hacia el mediodía, una vecina observó las dos botellas de leche

junto a la puerta del apartamento de los Toomey. Llena de buenas

intenciones, i iamó a la puerta.

 

—Señora Toomey, señora Toomey.

 

La puerta, cuyo pestillo no se había cerrado del todo, giró hacia el

interior bajo la presión de sus nudillos.

 

La mujer entró en el apartamento y se vio rodeada de un silencio

opresivo.

 

—¿Señora Toomey?. . . ¿Ocurre algo?

 

Medio asustada, avanzó de puntillas por el salón vacío y echó un

vistazo al interior del donmitorio.

 

Todo su ser se conmocionó y lanzó un grito salvaje. El cuerpo

rígido de Roger estaba evidentemente muerto, y la mujer no esperó

más, ni se detuvo a mirar más atentamente si había alguna otra cosa

que llamara la atención.

 

Los dos agentes de policía vestidos de paisano miraron el aparta-

mento imparcialmente y dirigieron al cadáver un breve vistazo de

hastío.

 

El policía Dooley recogió la nota que estaba sobre la mesita de

noche.

 

—Es de su mujer—dijo, sosteniéndola cautelosamente por uno

de los bordes.

 

El poliáa Herlihan la leyó por encima del hombro de su com-

panero.

 

—¿Qué otra cosa podía esperarse? ¡Pobre fiambre!

 

—Llamaré al doctor Curley—dijo Dooley—. Sin duda alguna, se

trata de suicidio.

 

Herlihan recogió cuidadosamente el frasco vacío con las puntas

de dos dedos.

 

—Supongo que se trata de pastillas para dormir, ¿no?—dijo,

volviendo a dejar el frasco.

 

—Seguro.

 

Dooley salió al salón.

 

Herlihan contempló especulativamente lo que quedaba de Roger

Toomey. Y entonces miró más atentamente.

 

—Eso es extraño—munmuró.

 

Apartó de un tirón la sábana que colgaba extrañamente y casi se

cayó de espaldas.

 

—¡Santo Dios!—exclamó.

 

Quince cenúmetros de espacio separaban el cadáver del colchón.

 

Herlihan pasó la mano por debajo del cuerpo, pero alli no había

nada capaz de sostenerlo. Unicamente espacio. Volvió a extender la

mano, temblorosa, mirándola fijamente.

 

Salvajemente, colocó las manos sobre el pecho y el abdomen del

muerto y apretó hacia abajo.

 

Algo chasqueó. Se escuchó un crac limpio y nítido, minúsculo,

pero perfectamente audible, y el cuerpo descendió... como el de un

peso muerto. Y el colchón crujió para demostrarlo.

 

El chasquido había procedido del interior del cuerpo, como si se

hubiera extendido un músculo un poco más de lo debido.

 

Herlihan retrocedió.

 

La voz de Dooley, que hablaba por teléfono, guardó silencio, y el

policía entró en el donmitorio.

 

—El doctor Curley vendrá dentro de media hora—dijo—. Y....

eh, Mike, este tipo ha escrito algo en la otra cara de la nota de su

esposa. Escucha: “A un hombre se le puede guiar hacia }os hechos,

pero no se le puede hacer creer”. ¿Qué te parece?

 

Herlihan seguía mirando fijamente el cadáver.

 

Dooley frunció el ceño.

 

—¿Ocurre algo?

 

Herlihan sacudió la cabeza con una expresión atontada.

 

—¡Nada! ¡Nada en absoluto!

Creencia

(Versión publicada)

 

En es~e caso, y puesto que el relato fue escrito y publicado como

novela corta, hay espacio suficiente para incluir las dos versiones. Sin

embargo, no hay necesidad de publicarlas completas, puesto que las

dos primeras terceras partes son idénticas.

 

La diferencia surge, pasado ya la mitad del relato, en plena conver-

sación entre Roger Toomey, el hombre capaz de levitar, y James Sarle,

el psiquiatra. En mi versión original, Sarle recomienda que Toomey

considere la idea de convertirse en mago como una forma de recuperar

el control sobre su vida.

 

Inicié mi revisión a partir del asterisco introducido en ese párrafo,

cambiando por completo lo que seguía. Aquí, pues, empe~ando a partir

de dicho asterisco, se incluye el final de la versión que fue publicada.

 

En el momento en que una persona es orientada a enfrentarse a los

hechos antes que a las ilusiones, los problemas tienden a desaparecer.

Al final, caen en su auténtica perspectiva y se vuelven resolubles.

 

Roger se agitó inquieto.

 

—¡Chácharas psiquiátricas! Eso es como poner los dedos en las

sienes de un hombre y decir: “¡Ten fe y estarás curado!”. Si el pobre

tipo no resulta curado, es simplemente porque no ha sabido acumular

la suficiente fe. El hechicero nunca pierde.

 

{2uizá tengas razón, pero déjame ver, ¿cuál es tu problema?

 

—Nada de catecismo, por favor. Sabes muy bien cuál es mi pro-

blema.

 

228

 

—Levitas. ¿Es eso?

 

—Digamos que sí. La situación es ésa, en una primera aproxi-

mación.

 

—No eres serio, Roger, pero probablemente tengas razón. Eso es

tan sólo una primera aproximación. Después de todo, eres tú quien

se está enfrentando al problema. Jane me ha dicho que has estado

experimentando.

 

—¡Experimentando! Buen Dios, Jim, no estoy experumentando.

Estoy dando palos de ciego. Para experimentar necesito cerebros de

primera clase y un buen equipo. Necesito un equipo de investigación,

y no lo tengo.

 

—Entonces, ¿cuál es tu problema? Segunda aproximación.

 

—Ya entiendo lo que pretendes—dijo Roger—. Mi problema es

conseguir un equipo investigador. ¡Pero lo he intentado! Lo he inten-

tado hasta que me he cansado de intentarlo.

 

—¿Cómo lo has intentado?

 

—He enviado cartas. He pedido... Oh, ya basta, Jim. No me

apetece pasar por esa rutina del “tiéndete en el diván”. Sabes muy

bien lo que he estado haciendo.

 

—Sé lo que le has dicho a la gente: “Tengo un problema, ayú-

denme”. ¿Has intentado alguna otra cosa?

 

—Mira, Jim, estoy tratando con cienbficos adultos.

 

—Lo sé. Así que razonas que una petición directa es suficiente.

De nue~o noi hallamos con las teorías ante los hechos. Te he expli-

cado ya las dificultades inherentes a tu petición. Cuando agitas el

pulgar en una carretera estás haciendo una petición directa, pero de

todos modos la mayor parte de los coches pasan de largo. El asunto

es que la petición directa ha fracasado. Así que, ¿cuál es tu pro-

blema? ¡Tercera aproximación!

 

—¿Encontrar otro enfoque al asunto que no falle? ¿Es eso lo que

quieres decirme?

 

—Eres tú quien lo ha dicho, ¿no?

 

—Es algo que ya sé sin necesidad de que tú me lo digas.

 

—¿De veras? Estás dispuesto a abandonar la universidad, dejar

tu trabajo, renunciar a la ciencia. ¿Cuál es tu consistencia, Roger?

¿Abandonar un problema cuando tus primeros esfuerzos fallan?

 

ùRendirte cuando una teoría se muestra inadecuada en un primer

momento? La misma filosofía de la ciencia experimental que se aplica

a los objetos inanimados puede aplicarse también a la gente.

 

—De acuerdo. ¿Qué sugieres que intente? ¿Soborno? ¿Amena-

zas? ¿Lágrimas?

 

James Sarle se puso en pie.

 

—¿De veras deseas una sugerencia?

 

—Sí, adelante.

 

—Haz lo que te dijo el doctor Morton. Tómate unas vacaciones, y

al diablo con la levitación. Es un problema para el futuro. Duerme en

la cama, y flota o no flotes; ¿cuál es la diferencia? Ignora la levita-

ción, ríete de ella, o incluso disfruta con ella. Haz lo que quieras

menos preocuparte por ella, porque no es problema tuyo. Ahí está el

quid de la cuestión. No es tu problema inmediato. Dedica tu tiempo a

considerar cómo hacer que los cienhficos estudien algo que no de-

sean estudiar. Ése es el problema inmediato, y precisamente a ese

problema es al que no le has dedicado nada de tu tiempo hasta ahora.

 

Sarle se dirigió al armario del vestíbulo y tomó su abrigo. Roger lo

acompañó. Transcurrieron unos minutos de silencio.

 

Luego, Roger dijo sin alzar la vista:

 

~uizá tengas razón, Jim.

 

—Quizá la tenga. Inténtalo, y luego llámame. Adiós, Roger.

 

Roger Toomey abrió los ojos y parpadeó al brillante sol matutino

que entraba en el dormitorio. Llamó:

 

—¡Jane! ¿Dónde estás?

 

—En la cocina—respondio la voz de Jane—. ¿Dónde creías?

 

—Ven, ¿quieres?

 

Jane acudió.

 

—El tocino no se fne solo, ya lo sabes—protestó.

 

—Escucha, ¿he flotado esta noche?

 

—No lo sé. Dormía.

 

—Eres una gran ayuda.—Se levantó de la cama y metió los pies

en las zapatillas—. Sea como fuere, creo que no lo he hecho.

 

—¿Crees haber olvidado cómo hacerlo?

 

Había una repentina esperanza en su voz.

 

—No lo he olvidado. ¡Mira!—Se deslizó hacia el comedor sobre

un cojín de aire—. Sólo que tengo la sensación de que no he flotado.

Creo que llevo ya tres noches así.

 

—Bien, eso es estupendo—dijo Jane. Había vuelto a la cocina—.

Eso es lo que ha conseguido un mes de descanso. Si hubiera llamado

a Jim desde un principio...

 

—Oh1 por favor, no volvamos con eso. Un mes de descanso,

tonterías. Se trata simplemente de que el domingo pasado decidí lo

que tenía que hacer. Desde entonces estoy relajado. Eso es todo.

 

—¿Qué es lo que vas a hacer?

 

—Cada primavera, el Northwestern Tech da una serie de semina-

rios sobre temas de física. Asistiré a ellos.

 

—Ouieres decir que vas a ir a Seattle.

 

—Por supuesto.

 

—¿De qué temas van a tratar?

 

—¿Y eso qué irnporta? Simplemente deseo ver a Linus Deering.

 

—Pero ése es uno de los que te llamaron loco ¿no?

 

—Lo hizo.—Roger atacó sus huevos revueitos—. Pero también

es el mejor en su campo.

 

Alargó un brazo hacia la sal, y se alzó unos centímetros de la silla

al hacerlo. No hizo ningún caso.

 

—Creo que quizá pueda convencerle—dijo.

 

230

 

Los seminarios de primavera del Northwestem Tech se habían

convertido en una institución conocida a nivel nacional desde que

Linus Deering pasara a formar parte de la facultad. Era el presidente,

v proporcionaba a todos los actos su tono distintivo. Él presentaba a

los oradores, conducía los coloquios, hacía los resúmenes de las se-

siones de la mañana y de la tarde, y era el alma de la jovialidad en la

cena de clausura al final de la semana de trabajo.

 

Roger Toomey sabía todo eso por informes de terceros. Ahora

podía observar directamente la forma de actuar del profesor Deering.

Éste era un hombre de algo menos que mediana estatura, tez oscura,

y una lujuriante y característica mata de ondulado cabello castaño.

Cuando no se hallaba ocupada en activa conversación, su boca

grande y de labios finos exhibía perpetuamente el asomo de una

traviesa sonrisa. Hablaba rápidamente y con fluidez, sin apoyarse en

notas, y siempre parecía efectuar sus comentarios desde un nivel de

superioridad que era aceptado de modo automático por sus oyentes.

 

Al menos, así habían sido las cosas en la primera mañana del

seminario. Fue tan sólo durante la sesión de la tarde cuando sus

oyentes empezaron a observar cierta vacilación en sus comentarios.

Más aún, había cierta intranquilidad en él mientras se sentaba en el

estrado durante la entrega de las notas previstas a los asistentes.

Ocasionalmente, miraba de forrna fortuita hacia la parte de atrás del

auditorio.

 

Roger Toomey, sentado en la última fila, observaba tensamente

todo aquello. Su temporal deslizamiento hacia la normalidad, que

había empezado cuando pensó por primera vez que había una forma

de salirse de todo aquello, estaba cediendo.

 

En el Pullman hasta Seattle, no había dormido. Había tenido

visiones de sí mismo flotando hacia arriba al ritmo del traqueteo de

las ruedas, o deslizándose suavemente más allá de las cortinas y por el

pasillo, o siendo despertado de modo embarazoso por los gritos y

protestas de un revisor. De modo que había asegurado las cortinas

con imperdibles, pero no había logrado nada con ello; no había

conseguido ninguna sensación de seguridad; no había dormido ex-

cepto unas cuantas cabezadas.

 

Durante el día se había adormecido varias veces en su asiento,

mientras las montañas pasaban rápidamente al otro lado de la venta-

nilla, y había llegado a Seattle por la tarde con tortícolis, dolor en las

articulaciones, y una sensación general de desesperanza.

'     Había tomado su decisión de acudir al seminario demasiado tarde

como para conseguir una habitación individual en los dormitorios del

instituto. Compartir una habitación era, por supuesto, algo total-

mente inviable. Se registró en un hotel del centro de la ciudad, cerró

la puerta con llave, cerró y aseguró todas las ventanas, colocó su

cama contra la pared y la cómoda contra la parte de lia cama que

quedaba abierta, y luego durmió.

 

No recordó haber soñado, y cuando despertó por la mañana se-

guía tendido entre las sábanas. Se sintió aliviado.

Cuando llegó, temprano, al Auditorio de Física del campus del

instituto, encontró, como esperaba, un amplio salón y poca gente.

Las sesiones del seminario se celebraban tradicionalmente una vez

iniciadas las vacaciones de Pascua, y los estudiantes no solían asistir a

ellas. Unos cincuenta físicos se sentaban en un auditorio diseñado

para albergar a cuatrocientos, apirados a los dos lados del pasillo

central junto al podio.

 

Roger se sentó en la última fila, donde no podía ser visto por

ningún transeúnte ocasional que mirara por las altas y estrechas ven-

tanas centrales de las puertas del auditorio, y donde los demás asis-

tentes deberían girar la cabeza en un ángulo de casi ciento ochenta

grados para mirarle.

 

Excepto, por supuesto, el conferenciante en ila plataforma..., y el

profesor Deering.

 

Roger no prestó mucha atención al desarrollo de las sesiones. Se

concentró enteramente en aprovechar los momentos en que Deering

se hallaba solo en la plataforma; cuando solamente Deering podía

verle.

 

A medida que Deering iba mostrándose obviamente más ner-

vioso, Roger iba siendo más atrevido. Durante el resumen final de la

tarde, efectuó su mejor demostración.

 

El profesor Deering se detuvo bruscamente en mitad de una frase

pobremente construida y absolutamente carente de significado. Su

audiencia, que llevaba cierto tiempo agitándose en sus asientos, se

inmovilizó también, y lo miró interrogativamente.

 

Deering alzó la mano y dijo, casi jadeando:

 

—¡Usted! ¡Eh, usted!

 

Roger Toomey permaneáa sentado con una expresión de com-

pleto relajamiento... en el centro mismo del pasillo. La única silla

que tenía debajo estaba compuesta por setenta centímetros de vacío

aire. Sus piernas estaban tendidas hacia delante, apoyadas en el res-

paldo de otro asiento, también de aire.

 

Cuando Deering señaló, Roger se deslizó rápidamente hacia un

lado. En el momento en que cincuenta cabezas se volvieron hacia él,

estaba sentado tranquilamente en una prosaica silla de madera.

 

Roger miró a uno y otro lado, luego clavó los ojos en Deering,

que seguía señalándole con el dedo, y se levantó.

 

—¿Me habla usted a mí, profesor Deering?—preguntó, con ape-

nas un ligero temblor en la voz, el cual testimoniaba la salvaje batalla

que se desarrollaba en su interior a fin de mantener su tono frío y

sorprendido.

 

—¿Qué es lo que está haciendo?—preguntó Deering, sintiendo

que estallaba toda su tensión de la mañana.

 

Algunos de los oyentes se estaban poniendo en pie para ver me-

jor. Una conmoción inesperada es algo que aprecian tanto un con-

junto de físicos investigadores como una multitud en un juego de

béisbol.

 

—No estoy haciendo nada—contestó Roger—. No le comprendo.

 

—¡Váyase de aquí! ¡Abandone esta sala!

 

Deenng estaba fuera de sí a causa de sus emociones entremezcla-

das, o de otro modo quizá no hubiera dicho aquello. En cualquier

caso, Roger suspiró y aprovechó agradecido la oportunidad.

 

Con voz fuerte y clara, esforzándose para ser oído por encima del

clamor que iba ascendiendo, dijo:

 

—Soy el profesor Roger Toomey, de la universidad de Carson.

Soy miembro de la Asociación Norteamericana de Física. Envié mi

solicitud para asistir a estas sesiones, la solicitud fue aceptada, y he

pagado mi cuota de inscripción. Tengo derecho a estar sentado aquí,

y aquí seguiré sentado.

 

Deering sólo consiguió decir ciegamente.

 

—¡ Váyase !

 

—No pienso hacerlo—dijo Roger. Estaba temblando con una

auténtica rabia artificialmente autoimpuesta—. ¿Por qué razón debo

marcharme? ¿Qué es lo que he hecho?

 

Deering se pasó una temblorosa mano por el pelo. Fue absoluta-

mente incapaz de responder.

 

Roger aprovechó su ventaja.

 

—Si intenta usted expulsarme de estas sesiones sin una causa

justificada, puede estar seguro de que presentaré una demanda al

instituto.

 

Precipitadamente, Deering dijo:

 

—Doy por clausurada la sesión del primer día del Seminario de

Primavera sobre los Recientes Avances de las Ciencias Físicas. Nues-

tra próxima sesión tendrá lugar en esta sala mañana a las nueve de la. . .

 

Roger abandonó apresuradamente la sala mientras el hombre aún

seguía hablando.

 

Aquella noche hubo una llamada en la puerta de la habitación de

Roger en el hotel. Le sorprendió, inmovilizándole en su silla.

 

—¿Quién es?—preguntó.

 

La respuesta le llegó en voz baja y ansiosa.

 

—¿Puedo verle?

 

Era la voz de Deering. El hotel de Roger, así como el número de

su habitación, estaban por supuesto registrados en la secretaría del

seminario. Aunque sin esperarlo demasiado, Roger había confiado

en que los acontecimientos de aquel día tendnan una inmediata con-

secuencla .

 

Abrió la puerta y dijo, ngidamente:

 

—B uenas noches, profesor Deering.

 

Deering entró en la habitación y miró a su alrededor. Llevaba un

ligero gabán, que no hizo ningún ademán de quitarse. Mantenía el

sombrero sujeto en la mano, y Roger no hizo ningún gesto para que

lo dejara en alguna parte.

 

—Profesor Roger Toomey, de la universidad de Carson, ¿no es

así?—dijo Deering con cierto énfasis, como si el nombre tuviera

significado para él.

 

—Sí. Siéntese, profesor.

 

232                                      1                                      233

Deering siguió de pie.

 

—Bien, ¿de qué se trata?—empezó—. ¿Qué es lo que persigue

usted?

 

—No le comprendo.

 

—Estoy seguro de que sí. No ha preparado usted toda esta ridl-

cula bufonada para nada. ¿Está intentando ridiculizarme, o espera

mi colaboración para algún ridículo fraude? Quiero que sepa que no

va a conseguir nada. Y no intente utilizar la fuerza aprovechando mi

estancia aquí. Tengo amigos que saben exactamente dónde estoy en

este momento. Le aconsejo que diga la verdad y luego abandone in-

mediatamente la ciudad.

 

—¡Profesor Deering! Esta es mi habitación. Si ha venido aquí

para intimidarme, le pido que se marche ahora mismo. Si no lo hace,

llamaré para que lo echen.

 

—¿Pretende usted continuar esta..., esta persecución?

 

—Nunca le he perseguido, en ningún momento. Ni siquiera le

conozco, señor.

 

—¿No es usted el Roger Toomey que me escribió una carta rela-

tiva a un caso de levitación que deseaba que yo investigara?

 

Roger se quedó mirando al hombre.

 

—¿De qué carta habla?

 

—Entonces ¿lo niega?

 

—Por supuesto que lo niego. ¿De qué está usted hablando?

¿Tiene acaso esa carta?

 

El profesor Deering apretó fuertemente los labios.

 

—Eso no irnporta. ¿Niega usted que permanecía suspendido por

hilos en medio del pasillo en la sesión de esta tarde?

 

—¿Suspendido por hibs? No le comprendo en absoluto.

 

—¡Estaba usted levitando!

 

—¿Tendría la bondad de marcharse de aquí, profesor Deering?

Creo que no se encuentra usted bien.

 

El físico alzó la voz.

 

—¿Niega que estaba levitando?

 

—Creo que está usted loco. ¿Intenta decir que hice arreglos mági-

cos en su auditorio? Nunca había estado en él antes de hoy, y cuando

llegué usted ya estaba presente. ¿Encontró hilos o alguna otra cosa

parecida después de que me fuera?

 

—No sé cómo lo hizo, ni me importa. Pero ¿niega acaso que

estaba levitando?

 

—Por supuesto que lo niego.

 

—Yo lo vi. ¿Por qué miente ahora?

 

—¿Me vio usted levitar? Profesor Deering, ¿quiere decirme cómo

es posible eso? Supongo que su conocimiento de las fuerzas gravita-

torias es lo bastante amplio como para decirle que la auténtica levita-

ción es un concepto que carece de sentido excepto en el espacio

exterior. ¿Pretende gastarme una broma?

 

—Cielos—dijo Deering con voz estridente—, ¿por qué no reco-

noce usted la verdad?

 

—Pero si lo estoy haciendo... ¿Supone acaso que adelantando

una mano y haciendo un pase místico..., así..., puedo salir volando

ru~r los aires?

 

Y eso fue precisamente lo que hizo, su cabeza rozando el techo.

 

La cabeza de Deering saltó hacia atrás, mirando hacia arriba.

—¡Ah! Eso..., eso...

 

Roger regresó al suelo, sonriendo.

 

—No puede usted estar hablando en serio—dijo.

 

—Lo ha hecho de nuevo. Sí, lo ha hecho.

 

—¿He hecho el qué, señor?

 

—Levitar. Simplemente, ha levitado. No puede usted negarlo.

 

Los ojos de Roger se pusieron serios.

 

—Creo que está usted enfemmo, señor.

 

—Sé lo que he visto.

 

~uizá necesite usted un descanso. Ya sabe, el exceso de tra-

bajo.

 

—Eso no ha sido una alucinación.

 

—¿Quiere que le prepare algo de beber?

 

Roger se dirigió hacia su maleta, mientras Deering le seguía los

pasos con ojos desorbitados. Los tacones de sus zapatos flotaban en

el aire a cinco cenh'metros del suelo.

 

Deering se dejó caer en el sillón que Roger había dejado.

 

—Sí, por favor—dijo débilmente.

 

Roger le trajo la botella de whisky, observó al otro beber, luego

siguió apretando:

 

—¿Cómo se siente ahora?

 

{)iga—dijo Deering—, ¿ha descubierto usted alguna forma de

neutralizar la gravedad?

 

Roger se lo quedó mirando.

 

—Piense un poco, profesor. Si yo tuviera el secreto de la antigra-

vedad, no lo utilizaría para gastarle bromas a usted. En estos momen-

tos estaría en Washington. Me habría convertido en un secreto mili-

tar. Sería... ¡Bien, no estaría aquí! Seguro que todo eso le resulta

obvio.

 

Deering saltó en pie.

 

—¿Tiene usted intención de asistir a las sesiones que faltan?

 

—Por supuesto.

 

Deering asintió, se encasquetó con un manotazo el sombrero so-

bre la cabeza, y salió a toda prisa.

 

Durante los siguientes tres días, el profesor Deering no presidió

las sesiones del seminario. No fue dada la menor razón de su ausen-

cia. Roger Toomey, atrapado entre la esperanza y la aprensión, se

sentó junto a los demás asistentes e intentó no hacerse notar. No

tuvo éxito por completo. El ataque público de Deering había hecho

que la gente reparara en él, mientras que su propia y vehemente

defensa le había proporcionado una especie de popularidad de Da-

vid contra Goliat.

Roger regresó a su habitación del hotel el jueves por la noche

después de una cena no demasiado satisfactoria, y permaneció de pie

en el umbral, con una pierna dentro de la habitación. El profesor

Deering le estaba mirando fijamente desde el interior. Y otro hom-

bre, con un sombrero de fieltro gris echado hacia atrás sobre su

cabeza, estaba sentado en la cama de Roger.

 

Fue el desconocido quien habló.

 

—Entre, Toomey.

 

Roger entró.

 

—¿Qué ocurre?

 

El desconocido abrió su billetero y presentó un portadocumentos

de celofán a Roger.

 

—Soy Cannon, del FBI—dijo.

 

—Tiene usted influencia con el gobierno, profesor Deering, lo

reconozco—dijo Roger.

 

—Un poco—admitió Deering.

 

—Bien, ¿estoy arrestado?—preguntó Roger—. ¿Cuál es mi cri-

men?

 

—Tómeselo con calma—dijo Cannon—. Hemos estado recopi-

lando algunos datos acerca de usted, Toomey. ¿Es ésta su firma?

 

Mostró una carta, desde la distancia suficiente para que Roger

pudiera verla, pero no tomarla. Era la carta que Roger le había

escrito a Deering y que éste había enviado a Morton.

 

—Sí ~ijo Roger.

 

—¿Y esta otra?

 

El agente federal tenía todo un fajo de cartas.

 

Roger se dio cuenta de que Cannon debía de haber recogido

todas las cartas que él había enviado, menos aquellas que habían sido

rotas por sus destinatarios.

 

—Todas son mías—dijo débilmente.

 

Deering resopló.

 

—El profesor Deering nos ha dicho que puede usted flotar—dijo

Cannon.

 

—¿Flotar? ¿Qué demonios quiere decir con eso?

 

—Flotar en el aire—dijo Cannon estólidamente.

 

—¿Cree usted en todas las locuras de ese tipo que le cuentan?

 

—No estoy aquí para creer o no creer, doctor Toomey—dijo

Cannon—. Soy un agente del gobierno de los Estados Unidos, y

tengo una misión que cumplir. Si yo fuera usted, cooperaría.

 

—¿Cómo puedo cooperar en algo así? Si yo acudiera a usted

diciéndole que el profesor Deering podía flotar en el aire, me tendría

usted tendido en el sillón de un psiquiatra en un abrir y cerrar de

ojos.

 

—El profesor Deering ha sido examinado por un psiquiatra a

petición propia—dijo Cannon—. De todos modos, el gobierno tiene

la costumbre de escuchar muy seriamente al profesor desde hace un

cierto número de años. Además, puedo decirle que disponemos tam-

bién de pruebas adicionales.

 

—~Como cuáles?

 

—Un grupo de estudiantes de su universidad lo vieron a usted

flotar. Y también una mujer que había sido la secretaria del jefe de su

departamento. Tenemos testimonios de todos ellos.

 

—¿Qué clase de testimonios? ¿Testimonios que puedan ustedes

presentar como pruebas fehacientes y mostrar a mi representante en

el Congreso?

 

—Doctor Toomey—interrumpió ansiosamente el profesor Dee-

ring—, ¿qué gana usted negando el hecho de que puede levitar? Su

propio decano admite que ha hecho usted algo parecido. Me dijo que

le informara oficialmente de que su contrato con la universidad será

cancelado al final del año académico. El hombre no haría eso por

nada.

 

—Eso no importa—dijo Roger.

 

—Pero ¿por qué no admite que yo le vi levitar?

 

—¿Y por qué debería hacerlo?

 

—Me gustaría indicarle, doctor Toomey—dijo Cannon—, que si

posee usted un artilugio que contrarresta la gravedad, sería de gran

importancia para nuestro gobierno.

 

—¿De veras? Supongo que habrán investigado ustedes mis ante-

cedentes en busca de alguna posible deslealtad.

 

—La investigación se halla en curso—confirmó el agente.

 

—Muy bien—dijo Roger—. Planteemos un caso hipotético. Su-

pongamos que admito que puedo levitar. Supongamos que no sé

cómo lo consigo. Supongamos que no tengo nada que entregarle al

gobierno, excepto mi cuerpo y un problema insoluble.

 

—¿Cómo puede saber que es insoluble?—dijo Deering ansio-

samente.

 

—En una ocasión le pedí que estudiara ese fenómeno—observó

Roger suavemente—. Usted se negó.

 

~Ivide eso. Mire.—Deering hablaba rápidamente, con ur-

gencia—. Usted no tiene ninguna posición en este momento. Yo

puedo ofrecerle una en mi departamento como profesor adjunto de

ffsica. Sus deberes como profesor serán únicamente nominales. Dedi-

cará todo su tiempo a la levitación. ¿Qué le parece?

 

—Suena atractivo—dijo Roger.

 

—Creo que puedo decirle que dispondrá de fondos ilimitados por

parte del gobierno.

 

—¿Y qué es lo que tengo que bacer? ¿Simplemente admitir que

puedo levitar?

 

—Sé que puede hacerlo. Yo lo vi. Deseo que se lo muestre ahora

al señor Cannon.

 

Las piernas de Roger se alzaron, y tensó el cuerpo hasta adoptar

una posición horizontal al nivel de la cabeza de Cannon. Se volvió

hacia un lado, y pareció descansar en el aire sobre su codo derecho.

 

El sombrero de Cannon cayó desmayadamente sobre la cama.

 

—Flota—jadeó el agente.

 

Deering se mostraba casi incoherente por la excitación.

 

236

—¿Lo ve?

 

—Por supuesto que lo veo.

 

—Entonces informe de ello. Póngalo tal cual en su informe, ¿me

ha entendido? Haga un informe completo del hecho. Así no volverán

a decir que hay algo que no va bien en mi cabeza. Nunca dudé ni por

un segundo de lo que había visto.

 

Pero no se habría mostrado tan feliz si esto último hubiera sido

completamente cierto.

 

—Ni siquiera sé el clima que hay en Seattle—se quejó Jane—, y

hay un millón de cosas que tengo que hacer.

 

—¿Necesitas ayuda?—preguntó Jim Sarle desde su confortable

posición en las profundidades del sillón.

 

—No hay nada que K puedas hacer. Oh, Dios mío.

 

Y salió volando de la habitación, pero al contrario que su esposo,

lo hizo sólo en sentido figurado.

 

Roger Toomey entró.

 

—Jane, ¿todavía no tenemos las cajas para los libros? Ah, hola,

Jim. ¿Cuándo has llegado? ¿Y dónde está Jane?

 

—Llegué hace un mirluto, y lane está en la otra habitación. Tuve

que abrirme camino entre policias. Muchacho, estás auténticamente

rodeado.

 

—Hummm—dijo Roger, ausente—. Les hablé de ti.

 

~é que lo hiciste. Me han hecho jurar que mantendré el secreto.

Les dije que, en cualquier caso, era un asunto de secreto profesional.

¿Por qué no dejas que los de las mudanzas se encarguen de todo? Es

el gobierno quien paga, ¿no?

 

—Los de las mudanzas no lo har,'an bien ~ijo Jane, entrando de

nuevo apresuradamente y dejándose caer en el sof~. Necesito un

cigarrillo.

 

—Haz una pausa, Roger—dijo Sarle—, y cuéntame lo que pasó.

 

Roger sonrió tímidamente.

 

—Tal como dijiste, Jim, aparté de mi mente el problema equivo-

cado y me centré en el auténtico problema. Tenía la impresión de que

me encontraría siempre enfrentado a dos alternativaf,. O estaba loco,

o comet.'a un fraude. Deering lo dijo claramente en su carta a Mor-

ton. El decano supuso que estaba cometiendo un fraude, y Morton

supuso que estaba loco.

 

“Pero suponiendo que pudiera demostrarles a todos que real-

mente pod.'a levitar... Bien, Morton me dijo lo que ocurrina en ese

caso. O bien yo.estana cometiendo un fraude, o el testigo estaría

loco. Morton dijo que si me veía volar, preferiría creer que estaba

loco antes que aceptar la evidencia. Por supuesto, tan sólo estaba

siendo retórico. Ningún hombre creerá jamás en su propia locura

mientras exista la más m~.'nima evidencia de lo contrario. Yo contaba

con eso.

 

“De modo que cambié de táctica. Acud~. al seminario de Deering.

No le dije a él que podia flotar; se lo demostré, y luego negué que lo

hubiera hecho. La alternativa era clara. O yo estaba mintiendo, o él,

no yo, fíjate bien, él, estaba loco. Resultaba obvio que antes creería

en la levitación que dudar de su propia cordura, una vez se halló

sometido realmente a la prueba. Todas sus acciones posteriores, sus

intimidaciones, su viaje a Washington, su oferta de un trabajo, fue-

ron dirigidas únicamente a reivindicar su propia cordura, no a ayu-

darme.

 

—En otras palabras—dijo Sarle—, convertiste tu levitación en su

problema y no en el tuyo.

 

—¿Tenías algo así en mente cuando tuvimos nuestra charla, Jim?

—preguntó Roger.

 

Sarle meneó la cabeza.

 

—Tenía vagas nociones al respecto, pero un hombre debe resol-

ver sus propios problemas si quiere solucionarlos efectivamente.

¿Crees que ahora resolverán el principio de la levitación?

 

—No lo sé, Jim. Sigo sin poder comunicar los aspectos subjetivos

del fenómeno. Pero eso no importa. Los investigaremos, y eso es lo

que cuenta. {~olpeó su puño derecho contra la palma de su mano

izquierda—. En lo que a mí respecta, lo importante es que he conse-

guido que me ayuden.

 

—¿De veras?—preguntó suavemente Sarle—. Yo diría más bien

que lo importante es que les has permitido obligarte a que tú les

a,vudes a ellos, lo cual es muy distinto.

 

Comentario final

 

Me gustaría dejar a la opinión de los lectores el decidir qué versión

les gusta más..., pero si me prometen no dejarse influir por ellos, he

aquí algunos de mis propios pensamien~os sobre la cuestión.

 

Durante estos últimos treinta anos, he pensado en estos dosfinales

como “mi final”, y “el final de Carnpbell”, y, a mi modo bastante

subjetivo, siempre he preferido ù~mi final~; es decir, el que escribí

primero, en la versión no publicada. Sin embargo, una vez dicho eso,

debo añadir que ahora, por primera vez en treinta anos, he leído las

dos versiones del relato, una inmeduatamente después de la otra, y he

Uegado a la conclusión de que ambas son mis finales y que están bien

escritas. . ., aunque siga gustándome más la primera que escribí.

 

Aunque parezca extraño, el segundo final, el que fue publicado y

considerado por mí como “el final de Campbell”, es el que me parece

más típicamente mío. En un relato tras otro he hecho que mi héroe

ganara gracias a su inteligencua superior, a su racionalidad superior, a

su cerebro superior. En resumen, Roger Toomey hace exactamente lo

que un héroe típico de Asimov haría. ¿Por qué, entonces, me siento

insatisfecho?

 

Porque Roger Toomey no es un héroe típico de Asimov.

 

El relato, tal y como lo concebí después de que CampbeU expresara

 

23X                                                                             239

su deseo de que escribiera un relato sobre una persona que podía

levitar pero que no podía conseguir que nadie la creyera, requería un

héroe no asimoviano. Mi tesis (no directamente expresada en muchas

palabras, pero implícita una y otra vez) era la siguiente: “Para creer en

la existencia, sólo la verdad es suficiente”.

 

Mi punto de vista sobre la vida, habitualmente alegre, es que no

acepto esa tesis. Sigo escribiendo libros sobre ciencia e historia—y

también sobre ciencia ficción—, en los que trato de explicar el mundo

de una forma natural y racionalista, con la confiada certidumbre de

que eso es suficiente para conseguir que la gente abandone sus tontas

supersticiones.

 

Y, sin embargo, ocasionalmente también tengo mis momentos os-

curos y cínicos, cuando soy consciente de la exis~encia de millones de

personas—incluso personas educadas y presumiblemente inteligen-

tes—que aceptan un amplio espectro de sinsentidos que van desde la

astrología hasta el creacionismo, enfrentándose así a todas las pruebas

reunidas paciente y dolorosamente por los seres humanos racionales a

través del curso de la historia de la civilización. . . Y entonces me siento

como Roger Toomey.

 

La lev¿tación es algo ideal para demostrar este cínico punto de

vista, puesto que se trata de algo considerado por toda persona racio-

nal, consciente del moderno pensamiento científico, como imposible y

opuesto a la ley natural. Ni siquiera las personas sin educación v

supersticiosas creenan que la levitación es posible, a no ser mediante la

intervención divina (o demoniaca).

 

Quienes se enfrentan al hecho de la levitación deben buscar, por lo

tanto, una explicación que implique algún tipo de brujería, o bien

refugiarse en el terror ante lo que debe parecerles algo que implica la

presencia de lo divino o de lo demoniaco.

 

Si usted acude a mí, por ejemplo, y me demuestra que puede

levitar, y si yo no consigo encontrar los hilos que lo sujetan, probable-

mente terminaría por no creer en lo que ven mis ojos. Lo siento.

 

Así que, cuando Roger Toomey no puede encontrar a nadie que le

crea, cuando no halla creencua (y ése es el ntulo del relato), su vida

debe seguir necesariamente un curso continuo de hundimiento para

demostrar así, con la mayorfuerza posible, la tesis central del relato.

 

En la segunda versión, sin embargo, “el final de CampbeU", hago

que Toomey se enfrente racionalmente y paso a paso con la situación,

de modo que, aun cuando no es un héroe asimoviano típico, se con-

viertefinalmente en uno.

 

De todos modos, creo que no debería haber aceptado hacerlo.

 

Ultimo comentario

 

Los diversos relatos en los que he introducido cambios ante la

insistencia de las editoriales y que he descrito aquí abarcan desde

1939 (“Pilgrimage") hasta 1958 (“The Ugly Little Boy”).

 

Desde 1958—hace ya más de un cuarto de siglo—, no han vuelto

a producirse tales incidentes. O bien lo que escribo es rechazado ~y

les aseguro que eso sucede muy raramente), o bien es aceptado e

impreso sustancialmente tal y como lo he escrito, introduciéndose

únicamente la clase de correcciones de rutina que son el resultado de

las desgracias del trabajo tipográfico editonal.

 

Esto no es necesariamente algo bueno, al menos por lo que res-

pecta a algunos críticos. He leído recensiones de mis novelas recien-

tes, por ejemplo, de las que parece desprenderse que sufro una ~alta

de control editorial. La impresión que tratan de comumcar es que me

he convertido en una especie de superestrella arrogante en el mundo

de la ciencia ficción, y que los editores se encuentran acorralados

ante mí, temiendo un fruncimiento de ceño por mi parte; que yo

consigo imponer toda clase de embustes autoindulgentes, mientras

que esos mismos editores se encogen de hombros (cuando yo les

miro) y se quejan de su incapacidad para controlarme.

 

Desearía que quienes escriben tales recensiones consultaran con

mis editores con respecto a esta cuestión (en mi ausencia, si con ello

se sienten mejor), pues estoy totalmente convencido de que les ase-

gurarán que no es así.

 

Lo que sucede es que me voy haciendo viejo, que soy un experi-

mentado escritor en ciencia ficción que ha aprendido su oficio en la

dura escuela de editores tan poderosos e idiosincráticos como John

W. Campbell, Jr., y Horace L. Gold, de modo que en la actualidad

ya no hay tanta necesidad de obligarme a revisar un relato.

 

Puede que llegue un día en el que la edad avanzada y el deterioro mental (si es que vivo lo suficiente), me priven del filo aguzado de mi

poder; y, en tal caso, me atrevería a decir que mis editores votarán

para encontrar al encargado de decirme que ya no tengo ese poder.

 

Sé que su aversión a decírmelo no procederá de su temor a mí,

sino (espero) de su renuencia a hacerme sentir mal, pues he enta-

blado amistad con todos los editores que he tenido, y mis relaciones

con ellos—con todos ellos, desde John Campbell, hace ya cuarenta y

siete años, a Sam Vaughan, justo ahora—se han caracterizado por la

amistad y el trato cordial, y las discusiones sobre revisiones tan sólo

han agitado muy ligeramente la superficie de nuestra amistad, y eso

sólo temporalmente.

 

Introducción ...........................................

 

1. Envejece conmigo (versión original de la novela Un guijarro

en el cielo) .......................................

 

2. El fin de la eternidad (versión original de la novela del mis-

mo título) .......................................

 

3. Creencia (primera versión) . .

 

4. Creencia (versión publicada)

 

Ultimo comentario ....

Isaac Asimov (1920) es uno de los escritores de ciencia ficción más famo-

sos que viven en la actualidad. Nacido en Rusia, su familia paso a vivir en

Estados Unidos en 1923. Durante una primera etapa de su carrera combinó la

actividad académica en bioquímica con la publicación de numerosos relatos

de ciencia ficción en revistas populares, para pasar con dedicación plena a la

escritura en 1958. Su obra alterna la ciencia ficción, ocasionales incursiones

en el relato de misterio y una ingente cantidad de obras de divulgación, que lo

han convertido asimismo en uno de los ensayistas mas populares del mu'ndo.

Recientemente ha desarrollado también una enorme actividad en el campo

de las antologías, en muchos casos en colaboración con Charles W. Waugh y

Martin H. Greenberg.

 

En la actualidad lleva publicados más de 300 libros. Su obra dentro de la

 

ciencia ficción comprende los títulos siguientes:

 

NOVELAS:

 

1950—Pebble ln Ihe Sky (Un guijarro en el cielo, Ed. Martínez Roca, en pre-

paración)

 

1951—The Stars L¿ke Dust (En la arena este/ar, Ed. Martínez Roca. Super

Ficción núm. 45, Barcelona 1979)

 

1952—The Currents of Space (Las corrientes del espacio, Ed. Martínez Ro-

ca, Super Ficción núm. 54, Barcelona 1980)

 

1955—The End of Etern~ty (El Jin de la eternidad, Ed. Martínez Roca, Su-

per Ficción núm. 26, Barcelona 1977)

 

1966—Fantastic Voyage (Viaje A/ucinante, Ed. Plaza y Janés, Gran Reno,

Barcelona 1986)

 

1972—The Gods Themselves (Los propios dioses, Ed. Bruguera, Libro

Amigo, Barcelona 1974)

 

SERIE DE LOS ROBOTS:

 

1954—The Caves of Stee/ (Bóvedas de acero, Ed. Martínez Roca, Super Fic-

ción núm. 48, Barcebna 1979)

 

1957—The Naked Sun (El sol desnudo, Ed. Martínez Roca, Super Ficción

núm. 51, Barcelona 1980)

 

1983—The Robots of Dawn (Los robots del amanecer, Ed. Bruguera, Cin-

co Estrellas, Barcelona 1984)

 

1985—Robots and Empire (Robots e Impeno, Ed. Plaza y lanés, Éxitos,

Barcelona 1986)

 

SERIE DE LOS ROBOTS:

 

SERIE DE LAS FUNDACIONES:

 

1951—Foundation (Fundaaón, Ed. Plaza y Janés, Gran Reno, Barcelona

1986)

 

1952—Foundation and Empire (Fundación e Imperio, Ed. Plaza y lanés,

Gran Reno, Barcelona 1986)

 

1953—Second Foundation (Segunda Fundación, Ed. Plaza y lanés, Gran

Reno, Barcelona 1986)

 

1982—Foundation's Edge (Los límites de la Fundación, Ed. Plaza y lanés,

Gran Reno, Barcelona 1986)

 

1986—Foundation and Earth

SERIE LUCKY STARR (juvenil):

1952—Luckv Starr: Space Ranger, como Paul French (Lucky Starr, el ran-

    ger dél espacio, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)

1953—Luckv Starr and ~he Pirates of the Asteroids (Lucky Starr y los piratas  I       rlr;n

    de los asteroides, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)

1954—Lucky Starr and the Oceans of Venus (Lucky Starr y los océano~ de

    Venus, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)

1956—Lucky Starr and the Big Sun of Mercury (Lucky Starr v el gran sol de

    Mercúrio, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)

1957—Lucky Síarr and the Moons of Jupiter (Lucky Starr y Ias lunas de Jú-

    piter, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)

1958—Lucky Starr and the Rings ol Saturn (Lucky Starr y los anillos de Sa-

    lurno, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)

 

RECOPII,ACIONES:

1950—1, robot (Yo, rokot, Ed. Edhasa, Nebulae núm. l, Barcelona 1975)

1955—The Martian Way and Other Stones (A lo marciano, Ed. Martínez

    Roca, Super Ficción núm. 61, Barcelona lY81)

lY57—Earth is Room Enough (Con la Tierra nos basta, Ed. Martínez Roca,

    Super Ficción núm. 65, Barcelona 1981)

1959—Nine Tomorrows (Nueve futuros, Ed. Martínez Roca, Super Ficción

    núm. 96, Barcelona 1985)

1964—The Rest of the Robots (Los robots, Ed. Picazo, Barcelona 1979)

1969—Nightfa// and other Stories (Los ojos hacen algo más que ~er, La má-

    quina que ganó la guerra y Cuarta generación, Ed. Caralt, Ciencia

    Ficción núms. 7, 9 y 11 Barcelona 1~77~

1972—The Early Asimov (Seiección 1, 2 y 3, Ed. Bruguera, Libro Amigo.

    Barcelona 1975)

1975—Buy Jupiter (Compre Júpiter, Ed. Plaza y Janés, Gran Reno, Barce-

    lona 1976)

1976—The Bicentenial Man (El hombre del Bicentenario, Ed. Martínez Ro-

    ca, Super Ficción núm. 35, Barcelona 1978)

1982—The Complete Robot (Los robots, Ed. Martínez Roca, Gran Super

    Ficción, Barcelona 1984)

1983—The Winds of Change and Other Stories (Los vientos del cambio, Ed.

    Martínez Roca, Gran Super Ficción, Barcelona 1984)

1985—The Alternate Asimovs (Cuentos paralelos, Ed. Martínez Roca, Su-

    per Ficción núm. 101, Barcelona 1987)

 

ANTOLOGIAS TRADUCIDAS AL CASTELLANO:

1974—Before the Colden Age (La Edad de Oro de la ciencia ficción, Ed.

    Martínez Roca, Super Ficción núms. 7 y 12, Barcelona 1976)

1981—The Best Science Fiction of the 19th Century (Lo mejor cle la ciencia

    ficción del siglo XIX, Ed. Martínez Roca, Super Ficción núms. 78 y

    79, Barcelona 1983)

1983—Caught in the Organ Draft (Trasplante obligatorio, Ed. Martínez Ro-

    ca, Super Ficción núm. 97, Barcelona 1986), con Waugh y Martin

1983—Hallucination Orbit (Orbita de alucinación, Ed. Martínez Roca, Su-

    per Ficción núm. 98, Barcelona 1986), a)n Waugh y Martin

 

SERIE LOS PREMIOS HUGO:

1962—The Hugo Winners 1. 1955-1961 (Los premios Hugo 1955-1961, Ed.

    Martínez Roca, Gran Super Ficción, Barcelona 1986)

1 97 1—The Hugo Winners 2.1963-1969 (Ed. Martínez Roca, en preparación)

 

1977—The Hugo Winners 3. 1970-1975 (Ed. Martínez Roca, en prepara-

ción)

1985—The Hugo Winners 4. 1976-1979 (Ed. Marúnez Roca, en prepara-

 

1986—The Hugo Winners 5. 1980-1982 (Ed. Martínez Roca, en prepara-

ción)

 

PREMIOS:

19ó6—Hugo especial por la Serie de las Fundaciones

1973—Hugo, Nebula y Locus por Los propios dioses

1977—Hugo, N'ebula y Locus por “El hombre del Bicentenario”

1983—Hugo v Locus por Los límites de la Fundación

 

246                                                                                                                                                      247

~_ =/

 

N.ø 102

IAN WATSON

El jardín de las delicias

 

En busca de una colonia fundada por una expedición anterior, una astronave tripulada por tres hombres y tres mujeres queda inmovilizada en un planeta misterioso. El paisaje lujuriante que les rodea, con sus frutos y aves gigantes y su población de ociosos desnudos, es exactamente el del tríptico de Jerónimo Bosch El Jardín de las Delicias... La pintura fue convertida en paisaje por un ~Dios~, y todo forma parte de un plan. Pero, ¿qué es ese Dios? ¿Y cuál es el plan? Mientras recorren esa pintura fabulosa, los protagonistas ven claro que ese mundo, lo mismo que la pintura de Bosch, consta de tres partes. Para llegar anteDios en el Paraíso, tendrán que pasar primero por un verdadero Infierno. Pero el resultado de su investigación es todavía más sorprendente de lo que imaginan...

Una novela apasionante que desarrolla con maestría las ideas más provocativas que ha visto el género en los últimos años.

 

lan Watson es en la actualidad el autor británico de ciencia ficción de más brillantez y coherencia en su país. Se dio a conocer a mediados de los setenta con Empotrados (n.ø 22 de esta colección), novela que le valió el Premio Apolo.

Desde entonces sus novelas no han dejado de alcanzar nuevas cotas de excelencia. El pasado año obtuvo el Premio Europeo de Ciencia Ficción por el conjunto de su obra.

G~

 

:

 

Las Obras Maestras de la Ciencia Fccion

 

Lo último de Asimov. 21 relatos de lo mejor y más actual del autor de ciencia

ficción más famoso de todos los tiempos.

 

Por primera vez, reunidos en un solo volumen, todos los relatos de robots escri-

tos por Isaac Asimov, desde su célebre "Yo, robot" hasta su más reciente pro-

~ucción .

 

Autor ganador del Premio Hugo

 

Obra galardonada

con el "Brit¿sh SFAward "

 

John Brunner es el autor británico de ciencia ficción de mayor resonancia

mundial. Ganador de los premios HUGO, APOLO y BRITANICO, su novela "Orbi-

ta inestable" fonna, junto a "Todos sobre Zanzfl~ar" y "El rebaño ciego", lo que el

autor llama la "trilogía del desastre", basada en nuestro futuro más inmediato.

 

GRAN SUPER FICCION

ASlMOV

 

1 955-1 961

 

El prsmio Hugo es el más importante que se otorga a los escritores de ciencia ficción. Presenta- dos por Asimov, en este volumen se reúnen los autores premiados entre los años 1955 y 1961 con los relatos que les consagraron:

 

Waiter M. Miller, Eric Frank Russel, Murray Leinster, Avram Davidson, Clifford D. Simak, Robert Bloch, Daniel Keyes, Poul Anderson...

 

Primer volumen de una serie básica para los amantes del genero.

 

Volúmenes en preparación, igualrnente presentados por ISAAC ASIMOV:

 

LOS PREMIOS HUGO 11:1963-1969

 

LOS PREMIOS HUGO íll: 1970-1975

 

LOS PREMIOS HUGO IV: 1976-1979

 

LOS PREMIOS HUGO V: 1980-1982

COLECCION                  ~  ,  13. PHILIP K. DICK

 

 CLIFFORD D. SIMAK    Los hijos de nuestros hijos

2. PHILIP K. DICK     La penúltima verdad

3. GILLES D'ARGYRE    El cetro del azar

 

.

 

4. BRADBURY, ASIMOV,  Lo mejor de ~<Fantasy & Science

   LEIBER              Fiction~,

 

5. JEAN P. ANDREVON   Retorno a la tierra

 

6. PEDLER Y DAVIS     El roecerebros

 

7. ISAAC ASIMOV

 

8. FRITZ LEIBER

 

La edad de oro de la ciencia

ficción (I)

 

Los cerebros plateados

 

9. JACK WILLIAMSON     La legión del espacio

 

10. FRED Y GEOFFREY HOYLE Infierno

 

11 GILLES D'ARGYRE

 

12. ISAAC ASIMOV

 

Los asesinos del tiempo

 

La edad de oro de la ciencia

ficción (Il)

 

33 BRIAN ALDISS

34 J. TRIGO

 

35. ISAAC ASIMOV

 

I

 

14. SAMUEL R. DELANY  La balada de Beta-2

i

15. LARRY NIVEN       Mundo anillo

 

16 THEA VON HARBOU    Metrópolis

 

17. JAMES BLISH       Un caso de conciencia

 

18. GORDON R. DICKSON Al estilo extraterrestre

 

15.

 

.

 

,...

 

MICHAEL ASHLEY

 

Los mejores relatos de ciencia ficción.

La era de Campbell

 

. STANLEY G. WEINBAUM Lo mejor de Weinbaum

 

I

 

21. ROBERT A. HEINLEIN  Hija de Marte

 

I

 

i,  22. IAN WATSON          Empotrados

 

,

23. LEIGH BRACKETT      La espada de Rhiannon

24. ROGER ZELAZNY       Tú, el inmortal

25. FRITZ LEIBER        Un fantasma recorre Texas

26. ISAAC ASIMOV        El fin de la eternidad

27. ROBERT A. HEINLEIN  La desagradable profesión de Jonathan Hoag

28. FRANK HERBERT       El cerebroverde

29- JOHN BOYD Mercader de inteligencia

30. ROBERT A. HEINLEIN Las cien vidas de Lazarus Long

31. WILSON TUCKER  Los amos del tiempo

32. T. N. SCORTIA

y G. ZEBROWSKI

 

,

 

El hombre-máquina

Los oscuros años luz

Desierto de niebla y cenizas

El hombre del bicentenario

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