© Libro N° 6103.
Cuentos Paralelos. Asimov, Isaac. Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título
original: © Cuentos Paralelos. Isaac Asimov
Versión Original: © Aire Frío Y Otros Cuentos. H. P. Lovecraft.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS PARALELOS
Isaac Asimov
A
Kate Medina y Jennifer Brehl, las últimas de la larga cadena de redactores que
me han guiado solícitamente (e intimidado algunas veces) a través de las
complejidades del oficio de escritor. Muy de vez en cuando escribo un libro que
no es idea mía. Éste es uno de ellos. Tengo deseos especiales de hacer saber a
todos los lectores que la idea de esta obra no es mía y, por tanto, permítanme
explicarles cómo empezó todo.
En
1964 el doctor Howard Gotlieb de la Biblioteca de la Universidad de Boston tuvo
la idea de recopilar mis escritos. Esta biblioteca estaba especializada en
autores norteamericanos del siglo veinte, título con el que yo cuadraba. Y lo
que es más, yo era (y sigo siendo) miembro de la facultad de la Universidad de
Boston, por lo que parecía muy conveniente incluirme.
Esto
lo juzgué por aquel entonces como una idea grotesca. Consideraba que mis
“escritos” eran trastos inútiles (y lo sigo creyendo en la actualidad, en lo
más recóndito de mi corazón). Cuando los papeles se acumulaban hasta el punto
de ser molestos, yo los quemaba en el fogón para barbacoas de mi casa de
Newton, Massachusetts. (No usaba ese fogón para otra cosa. )
Cuando
le expliqué esto, el doctor Gotlieb se horrorizó. Me comentó la importancia que
tienen los documentos contemporáneos de figuras literarias importantes (y al
parecer él se refería a mí cuando utilizó esa frase). También me habló del
enorme número de estudiantes de literatura que obtendrán su ansiado título
gracias al estudio meticuloso de mis primeros manuscritos, y cuán útil sería
ello para los escritores en ciernes de siglos y milenios venideros.
No
creí ni una sola palabra, pero el doctor Gotlieb era (y es) uno de los hombres
más atentos y agradables jamás creados por una deidad creativa (suponiendo que
exista una), y no tuve valor para desilusionarle. Le entregué todo el material
que logré encontrar, el que se había salvado de la quema, y posteriormente le
envié más papeles conforme iban acumulándose. Gotlieb recibió ejemplares de
todos los libros publicados por mí en todas las ediciones disponibles (club del
libro, bolsillo, extranjero, etc.). Le envié manuscritos, tanto borradores como
copias definitivas. Le envié toda mi correspondencia y cartas de admiradores.
Le envié un ejemplar intacto de todas las revistas que contenían un ensayo o un
relato firmado por mí, de tal forma que Gotlieb dispone actualmente, por
ejemplo, de una colección de veinte años de The Magazine of Fantasy and Science
Fiction, otra de diez años de American Way y todos los números de Isaac
Asimov's Science Fiction Magazine. Todo ello permanece guardado en una bóveda
especial.
El
material acumulado durante estos últimos veinte años y pico es gigantesco y
crece sin cesar. Cada quince días cargo con un montón de papeles, revistas y
libros hasta la editorial Doubleday, que muy amablemente lo envía por correo a
la “bóveda de Isaac”.
Me
esfuerzo en no pensar en ello. Algún pobre diablo del despacho del doctor
Gotlieb debe verse obligado a revisar, ordenar y clasificar todo el material, y
a archivarlo de modo racional para que sea posible encontrar con rapidez
cualquier documento solicitado. (Lo sé. A veces he necesitado algo, y ellos lo
han encontrado de inmediato. )
También
temo las consecuencias finales. Esa bóveda tiene una capacidad limitada. Algún
día explotará, y ya imagino los titulares de The Boston Globe: “Explota la
Bóveda de Asimov. Los alrededores en ruinas. Veinte muertos y centenares de
heridos”.
Y la
bóveda y la culpa serán mías.
Con
lo dicho tienen ya el primer fragmento de la historia de este libro. Continúen
leyendo.
En
los últimos cinco anos, más o menos, me he aficionado a publicar antologías de
diversas clases, y en gran cantidad. Tengo en mi haber, en este momento, más de
ochenta de tales antologías.
Como
es lógico, esta actividad atroz supera con mucho mi capacidad. Por tanto, no
les sorprenderá saber que en casi todos los casos he contado con la ayuda de
otros conspiradores. Los dos más leales y serviciales son Martin Harry
Greenberg y Charles G. Waugh. El primero vive en Wisconsin, el segundo en Maine
y yo en Manhattan, de forma que estamos muy alejados. Nos mantenemos en
contacto mediante cartas, llamadas teletónicas y visitas esporádicas. (Ellos
hacen las visitas. Yo no viajo. )
Se
trata de una conspiración antológica ideal. Charles posee una inmensa colección
de publicaciones y una memoria infalible para todo lo que lee, y se halla
profundamente enamorado de una fotocopiadora. De ahí que pueda facilitarnos
cualquier clase de relato que nos interesa. En cuanto a Martin, le apasiona
irrefrenablemente solicitar autorizaciones, ocuparse de todo el papeleo y
recibir y remitir cheques. Además, visita a los editores con el propósito de
hipnotizarlos para que se avengan a publicar más y más antologías.
Con
esto sólo me queda la tarea de leer el material que me envían tomar decisiones
respecto a dónde va cada cosa, redactar introducciones v algunas notas y
entregar los manuscritos a los diversos editores (ya que, si hace buen día, a
casi todos puedo ir a verlos andando).
Naturalmente,
Marty y Charles han acabado teniendo un interés posesivo por mí.
Y,
por tanto, comprenderán ustedes que hace un par de años, cuando Charles visitó
Boston, uno de los “monumentos” que él quiso ver fue la “bóveda del doctor
Asimov”. (Charles es la quintaesencia del anglosajón protestante y nunca me
llama por mi nombre de pila, a pesar de que yo le insto a hacerlo en repetidas
ocasiones. Marty, tan anglosajón y protestante como yo, es más liberal.)
No
sé cuánto tiempo pasó Charles en el sótano, inhalando el fortaleciente olor a
papel viejo y escrutando caducos fragmentos de escritos asimovianos, pero al
parecer topó con cierto material totalmente olvidado por mí. No estoy seguro de
que el material merezca el apelativo de “curiosidad", pero era ciertamente
curioso. Lo que interesó en especial a Charles fue que encontró versiones
antiguas de algunas obras famosas mías que, por una u otra razón, son
notablemente distintas de las publicadas con posterioridad. Charles consideró
que algún lector podría estar interesado por estas versiones antiguas. Incluso
preparó, a tal efecto, una lista de los relatos.
Mencionó
el tema la siguiente vez que habló con Marty, y éste me lo mencionó la
siguiente vez que habló conmigo. Marty incluso tenía un título para el libro:
Cuentos paralelos.
Mi
reacción fue inmediata y entusiástica.
—Marty—dije—,
estás loco.
—¿Puedo
mencionarlo a Doubleday?—preguntó él.
—Adelante—respondí,
riendo de buena gana.
Estaba
convencido de que lo echarían a patadas del despacho, acompañado por un
torrente de lenguaje ignominioso. “Se lo tiene merecido”, pensé.
Pero
o subestimé la persuasión de Marty, o no tuve en cuenta el buen carácter de
Kate Medina, por entonces responsable editorial de Doubleday, o ambas cosas a
la vez, porque la siguiente vez que surgió el tema me encontré mirando un
contrato.
Sin
dejar de pronunciar maldiciones en voz baja, escribí al bueno de Howard de la
Biblioteca de la Universidad de Boston, y lo siguiente que supe fue que tenía
montones de papeles viejos en mi escritorio, una muestra de los escritos
mencionados por Charles.
Comprenderán
pues por qué reniego de este libro. Algunos de ustedes tal vez piensen: “Bueno,
aquí está Asimov y su exagerada vanidad, pensando que alguien va a interesarse
por estas tonterías antiguas”. Pero no es así. La culpa corresponde por entero
a Howard Gotlieb, Charles Waugh, Martin Greenbergy Kate Medina.
...De
todas formas, ya que usted ha ojeado hasta aquí de pie en la librería, nada
pierde pagando y llevándose el libro a casa. Howard, Charles, Martin y Kate
piensan que el libro interesará, y no me gustaría desilusionarlos.
Envejece
comnigo
Preámbulo
Ahora
que ya tiene el libro en su casa, permítame presentarle el primer relato: mi
novela corta “Envejece conmigo”.
El
26 de mayo de 1947 el director de Startling Stories me pidió que escribiera una
obra de 40.000 palabras para la revista. Por aquel entonces yo llevaba casi
veinte años vendiendo relatos a las revistas de ciencia ficción, y ya había
escrito obras de esa longitud. Dos años antes había escrito “The Mule” para
Astounding Science Fiction, un relato de 50.000 palabras.
Startling
pedía en concreto un “relato tipo Astounding”, por lo que la tarea me pareció
sencillísima.
Sin
embargo, tardé el verano entero en escribirlo, porque también tenía que
preparar mi tesis doctoral. Acabé el 22 de septiembre de 1947. La obra terminó
siendo notablemente más larga que lo solicitado (49.0O0 palabras), pero ese
detalle no me preocupó; puesto que las revistas pagan por palabra, eso
significaba más dinero.
El
htulo de la novela lo copié del primer verso de la obra Rabí Ben Ezra de Robert
Browning, que es un himno a la vejez. Eso confería al título un significado
irónico, en vista del argumento de la novela. Yo sólo tenía entonces
veintisiete años, y aún podía considerar con despreocupación el tema de la
vejez.
Pero
para mi sorpresa (y para mi cólera) Startling, tras retener la novela tres
semanas, la rechazó. Me sentí humillado, ya que no había
Este
relato y otro titulado “El general” constituyen la novela Fundación e Imperio,
segunda parte de la llamada serie de la Fundación. (N. del T. ) sufrido un
rechazo en los últimos cinco anos. Sufrir uno por parte de una revista de
segunda categoría, después de pasar el verano entero escribiendo y tras haber
recibido la aprobación de la revista cuando (a solicitud de la misma) me habían
pedido ver fragmentos de la novela conforme iba escribiéndola, me pareció
insoportable. Tengo la costumbre de sentirme desilusionado cuando sufro
rechazos (y sufro algunos incluso en la actualidad), pero los soporto
filosóficamente. Aquélla fue la primera y la única vez que me encolericé.
Hice
el intento en Astounding, y la novela fue rechazada de nuevo. Alimenté la
esperanza de que una editorial semiprofesional, en proceso de creación para
publicar obras de ciencia ficción, quisiera quedarse con mi novela
prácticamente sin pagar un centavo, pero incluso esa esperanza se desvaneció.
Era
el peor fracaso literario de mi vida hasta entonces, y lo extraño es que yo no
tirara a la basura el condenado manuscrito. Por fortuna, aún faltaba una década
para que comprara la casa con el fogón para barbacoas en el patio, o de otro
modo habría quemado la novela. Pero yo residía en un piso sin posibilidad de
preparar barbacoas en el salón; de modo que metí el manuscrito en un cajón e
intenté olvidar el asunto.
Sin
embargo, en 1949 Doubleday estaba planeando iniciar una colección de ciencia
ficción con encuadernación de lujo, que sería la primera de una editorial no
especializada. Mi amigo Frederik Pohl, también escritor de ciencia ficción, se
enteró de ello, vino a verme y me sugirió que ofreciera “Envejece conmigo” a
Doubleday. Puse muchísimos reparos, ya que no tenía intención alguna de sufrir
nuevas humillaciones por causa del fiasco que había escrito, pero Fred fue muy
persuasivo y le respondí que lo pensaría.
El
1I de marzo de 1949 decidí que sería poco profesional por mi parte determinar
en nombre de un editor que una novela era inservible. En consecuencia, fui al
piso de Fred Pohl. (En aquellos hempos, yo era demasiado pobre para ir en taxi,
y demasiado ingenuo para pensar en una llamada telefónica a fin de comprobar si
mi amigo estaba en su casa. ) Como era de esperar, Fred se había ausentado y
fue su hijastra, una niña de ocho años que estaba sola en el piso, la que abrió
la puerta. (En aquellos tiempos los ninos de ocho años aún no estaban
firmemente adoctrinados para que jamás abrieran la puerta a desconocidos).
Deben
saber que, por lo general, trato mis manuscritos como si estuvieran tachonados
de diamantes. Siempre que es posible los llevo personalmente a la editorial y
los pongo directamente en manos responsables. Cuando la persona responsable ha
salido de viaje, me veo obligado a mandar los manuscritos por correo, pero
siempre telefoneo al cabo de un tiempo razonable para asegurarme de que han
llegado. Aquella vez, no obstante, me importaba tan poco “Envejece conmigo” que
di el manuscrito a la niña con aire indiferente, en la misma puerta y le ordené
que se lo entregara a su padre.
Y
más tarde, no sin cierto asombro por mi parte, Walter L. Bradbury, responsable
editorial de Doubleday, dio su aprobación a la novela y me dijo que, si
prolongaba el texto hasta 70.000 palabras aproximadamente, su editorial lo
publicaría. Y lo que es más, me pagó 150 dólares sólo por hacer eso,
prometiéndome otros 350 una vez estuviera completada la tarea. Posteriormente,
como es lógico, el libro podría rendir derechos de autor. Quedé aturdido ante
tanta esplendidez y la visión de un esplendor oriental en el futuro.
Tardé
seis semanas y media en corregir y prolongar el texto, y terminé el 20 de mayo
de 1949. Doubleday lo aceptó, aunque me rogó eligiera otro título Yo estaba
ansioso por anular el título anterior, que sólo podía asociar con desgracia y
turbación, y sugerí el de Un guijarro en el cielo.
Un
guijarro en el cielo fue publicado el 19 de enero de 1950. Fue el primer libro
de la serie que actualmente supera los 330, de ellos más de 100 editados por
Doubleday.
Después
de todo esto conservé una copia hecha con papel carbón del “Envejece conmigo”
original el tiempo suficiente para poder entregarla, junto con otro material, a
Howard Gotlieb de la Biblioteca de la Universidad de Boston. Como es lógico, yo
tenía un montón de manuscritos anhiguos en una caja que guardaba en el desván
de mi casa de Newton y no inspeccioné con detalle los papeles, por lo que no
supe que aquel manuscrito concreto iba incluido en el envío hasta que Charles
Waugh me comunicó que lo había visto en el sótano de la biblioteca.
Aquí
está ahora la novela, exactamente como fue concebida para Startling si se
exceDtúa la corrección ~ ores y ro,s~ desatinos secundarios.
Envejece
conmigo
Prólogo
Como
cualquier persona que lo haya intentado sabe, un relato puede narrarse de dos
formas. Puedes empezar por el principio y avanzar hacia el final, o empezar por
el final y avanzar hacia el principio. En este caso concreto, el principio es
Joseph Schwartz, sastre jubilado de Chicago, Estados Unidos, Anno Domini 1947,
en tanto que el final es Bel Arvardan, arqueólogo no jubilado de Baronn, sector
de Sirio, año 827 de la Era Galáctica.
En
realidad, existe una tercera forma de contar un cuento, y consiste en empezar
por ambos extremos y avanzar hacia el centro. Y puesto que, ioh gentil lector!
(a propósito, cuando se usaba hace siglos esta frase no haáa referenaa a la
amabilidad del lector sino a su supuesta calidad de “gentilhombre”, vale decir
noble, a fin de diferenciarlo del populacho que careáa, en opinión del autor,
del ingenio y el gusto selectivo necesarios para leer sus obras. . .).
15
Pero
como íbamos diciendo.. .
Y
puesto que, ¡oh gentil lector!, el método de los dos extremos hacia el centro
parece un poco confuso, vamos a ensayarlo y a demostrar que no es tal cosa.
El
único problema es que tendremos que seguir los dos extremos por separado, ya
que ni nuestro nombre de pila es Gertrude ni nuestro apellido Stein. Despues de
lanzar la moneda, nos decidimos por Joseph Schwartz...
l.a
PARTE: JOSEPH SCHWARTZ
I
Entre dos pasos consecutivos
Joseph
Schwartz, sastre jubilado, etc., aunque falto de lo que los mundanos de hoy
denominan “educación formal", había gastado buena parte de su naturaleza
inquisitiva en leer a la ventura. Simplemente a fuerza de indiscriminada
voracidad haWa obtenido nociones superficiales de prácticamente cualquier tema,
y gracias a su mañosa memoria había logrado retenerlo todo con claridad.
Sirva
esto para explicar por qué, en este día muy soleado y brillante de principios
del estío de 1947, Schwartz podía pasearse por las placenteras calles de las
afueras de Chicago y citar mentalmente a Browning. En concreto estaba
recordando el poema “Rabí Ben Ezra”, que conoáa de memoria tras haberlo leído
dos veces cuando era más joven y que no repetiremos por entero para no aburrir
al lector. En realidad, eran los dos primeros versos los que le atraían (a él y
a nosotros) y dichos versos eran éstos:
¡Envejece
conmigo!
Lo
mejor aún no ha venido. . .
Schwartz
sentía eso intensamente. Tras las luchas de su juventud en Europa y las
sostenidas como adulto en los Estados Unidos, el sosiego de una madurez
próspera resultaba placentero. Con casa y dinero propios, Schwartz podía
retirarse, y así lo hizo. Con una esposa que gozaba de buena salud, una hija
felizmente casada, un nieto para suavizar estos últimos años, los mejores...,
¿qué cosa podía preocuparle?
Estaba
la bomba atómica, desde luego, y las habladurías en cierto modo lascivas sobre
la tercera guerra mundial, pero Schwartz creía en la bondad de la naturaleza
humana. No opinaba que pudiera llegar otra guerra, por lo que sonrió
tolerantemente a los niños que pasaban a su lado y les deseó en silencio un
recorrido rápido y no demasiado difícil de la juientud hasta la paz de lo mejor
que iba a venir. . .
Y en
otra parte de Chicago se erigía el Instituto de Estudios
Nucleares,
donde los hombres no tenían teor~as sobre el valor esen-
cial
de la naturaleza humana, ya que aún no se había inventado un
instrumento
cuantitativo para medir dicho valor. Si pensaban en ello
alguna
vez, era simplemente para desear que alguna maniobra celeste
impidiera
al maldito ingenio de la raza humana convertir todos los
descubrimientos
inocentes e interesantes en armas mortíferas.
Sin
embargo, en caso necesario, el mismo hombre mentalmente
incapaz
de contener su curiosidad por estudios nucleares que algún
día
podrían exterminar medio mundo, ese mismo hombre arriesgada
su
vida para salvar la de su camarada.
Fue
el fulgor azul detrás del químico el primer detalle que atrajo
la
atención del doctor Smith.
Lo
atisbó al pasar junto a la puerta entreabierta. El químico, un
animado
jovenzuelo, estaba silbando mientras empalmaba dos ca-
bles.
No hubo reacaón durante unos instantes, y después un instinto
extraño
se despertó.
El
doctor Smith entró rápidamente y, con frenéticos movimientos
de
una vara que había cogido, tiró al suelo todo lo que había en la
mesa.
Se produjo el mortífero silbido de metal que se funde, y el
doctor
Smith notó que una gota de sudor resbalaba hacia la punta de
su
nariz y quedaba suspendida alli.
El
joven se tomó tiempo para recobrar el entendimiento, destro-
zado
por la precipitación del otro hombre. Miró inexpresivamente el
suelo
de cemento, donde el metal plateado se había fundido ya de-
jando
finas salpicaduras que todavía despedían intenso calor.
—¿Qué
ha pasado aquí?—preguntó casi sin aliento el doctor
Smith.
—No
ha pasado nada—gruñó el químico—. Era una muestra de
uranio
impuro. Estoy efectuando una determinación electrolítica de
cobre.
.. ¿Qué podía haber pasado?
—No
lo sé. Había ese halo azul... ¿Uranio, dice?
—Uranio
impuro, y eso no es peligroso. La pureza es uno de los
requisitos
más importantes de la fisión. Además, no se trata de pluto-
nio
y no estaba siendo bombardeado.
ù —Y—dijo pensativamente el doctor Smith—se
hallaba por de-
bajo
de la masa crítica.—Contempló la reblandecida mesa, la pin-
tura
quemada y llena de burbujas de los armarios—. Pero el uranio
funde
a mil ochocientos grados centígrados, y este lugar debe estar
saturado
de toda clase de radiaciones y emanaciones dispersas. En
cuanto
se enfne el metal, joven, lo mejor será arrancarlo y recogerb,
y
analizarlo meticulosamente.
Se
acercó a la pared opuesta y tocó pensativamente un punto
situado
a la altura de su hombro.
—¿Qué
es eso?—preguntó al químico—. ¿Siempre ha estado
aquí?
—¿El
qué, señor?
El
joven se acercó nerviosamente y contempló con los ojos muy
16 - 17
2.
Cuento~ paralelo~
abiertos
el punto indicado por el hombre de más edad. Era un agu-
jero
diminuto, como el hecho por un clavo fino arrancado de la pared
después
de clavado..., pero clavado en yeso y ladrillo, en todo el
grosor
del muro del edifiao, ya que a través de él se veía la luz del
sol.
El químico meneó la cabeza.
—Nunca
lo había visto, pero tampoco lo había buscado.
—Bien...,
salgamos de aquf. Haremos venir a los de radiaaones
para
que inspecaonen la sala, y usted y yo pasaremos una temporada
en
la enfermería.
—¿Quemaduras
por radiación, se refiere a eso?
El
químico se puso pálido.
—Lo
averiguaremos.
No
hubo indicios de quemaduras por radiación. Los análisis de
sangre
fueron normales y el estudio de las raíces del cabello no reveló
nada.
Tampoco surgieron síntomas de ningún tipo. Y en todo el
Instituto
no se encontró a nadie, ni entonces ni en la época posterior
capaz
de explicar por qué un crisol de uranio impuro, muy por debajo
de
la masa críbca y sin estar sometido a bombardeo neutrónico di-
recto
había podido ponerse al rojo vivo y fundirse repentinamente.
La
única conclusión fue que la física nuclear tenta aún grietas
extrañas
y peligrosas.
Ninguna
relación se estableció entre todo esto y el hecho de que
durante
los días siguientes, hubo artículos en los penódicos que infor-
maban
de desapariciones. No estaba implicada ninguna persona im-
portante,
ninguna de relativa importancia, ninguna de interés....
para
nadie excepto para nosotros.
Porque
una de las desapariciones quedó registrada así:
“Joseph
Schwartz. Estatura: uno sesenta y cinco. Peso: setenta y
cuatro
kilos. Parcialmente calvo y con canas. Desaparecido desde
hace
tres días. La última vez que se le vio vesba. . .”
No
hubo más informaciones sobre el tema.
Para
Joseph Schwartz el accidente ocurrió entre dos pasos conse-
cutlvos.
Había levantado el pie derecho cuando sintió un mareo mo-
mentáneo,
como si en la fracción de tiempo más minúscula posible un
torbellino
le hubiera alzado y vuelto del revés. Y cuando apoyó de
nuevo
el pie todo el aire salió de su cuerpo en un jadeo, y notó que se
derrumbaba
poco a poco y caía sobre la hierba.
Aguardó
largo tiempo con los ojos cerrados... y finalmente los
abnó.
¡Era
cierto! Se hallaba sentado sobre hierba, cuando antenor-
mente
había pisado cemento. ¡Las casas habían desaparecido! Las
casas
blancas, con sus céspedes, extendidas por los alrededores, hi-
lera
tras hilera... ¡Todas habían desaparecido!
Y él
no estaba sentado en el césped de una casa, porque la hierba
creáa
espesa, desatendida, y había árboles alrededor, muchos árbo-
les,
y muchos más en el horizonte.
En
ese momento se produjo la peor conmoción, ya que algunas
de
las hojas de aquellos árboles eran de color rojizo, y Schwartz not6
en
el hueco de su mano la reseca fragilidad de una hoja muerta. Él
era
un hombre de ciudad. .., pero conocía el otoño cuando lo veía.
¡Otoño!
Pero cuando él había levantado el pie derecho era un día
de
junio, con todo de un resplandeciente color verde.
Schwartz
habló solo.. . puesto que hasta el sonido de su voz era un
elemento
tranquilizador en un mundo, por lo demás, totalmente
extraño.
Y esa voz fue baja, tensa y jadeante.
—Para
empezar—dijo—, no estoy loco. Me siento como siempre
me
he sentido. Debe de haber otra posibilidad.
“¿Un
sueño? ¿Cómo puedo saber si es o no es un sueño?
Se
pellizcó y not6 el dolor, pero sacudió la cabeza.
—Podría
estar soñando que noto el pellizco. Eso no prueba nada.
Miró
alrededor con aire confuso. ¿Podían los sueños ser tan nt'ti-
dos,
tan detallados, tan prolongados? En cierta ocasión había leído
que
casi todos los sueños duran menos de cinco segundos, que los
provocan
molestias insignificantes para el durmiente... y que la dura-
ción
aparente de los sueños era una ilusión.
Desesperado,
echó hacia arriba el puño de su camisa y miró el
reloj
de pulsera. La segundera giraba y giraba y giraba. Si se trataba
de
un sueño, los cinco segundos iban a prolongarse terriblemente.
Apartó
los ojos del reloj y se enjugó inútilmente la fn'a humedad de
su
frente.
—¿Y
si fuera amnesia?
No
se respondió, sino que poco a poco hundió la cabeza entre las
manos.
Si entre alzar un pie y volver a apoyarlo, la mente se desliza
tres
meses o un año y tres meses o diez años y tres meses.. . Si te pasa
eso
en junio de 1947 y acaba en septiembre u octubre de Dios sabe
cuándo...
¿cómo saberlo?
Pero
era imposible. Schwartz contempló su camisa. Era la que se
había
puesto esa misma manana, o la que debería haber sido esa
mañana,
y se trataba de una camisa limpia. Reflexion6, hundió el
puño
en el bolsillo del pantalón y extrajo una manzana.
La
mordisqueó alocadamente. Era fresca y todavía conservaba
cierta
frialdad de la nevera que la había contenido haáa dos horas....
olo
que deben'an haber sido dos horas.
Después
de eso s610 le quedaba el sueño. . . tal vez. . .
Se
le ocurrió que la hora había cambiado. Estaba atardeciendo, o
como
mínimo las sombras iban alargándose. La silenciosa desolación
del
lugar empez6 a inquietarle repentinamente.
De
un salto se puso en pie. Era obvio, tendría que buscar per-
sonas,
cualquier persona. E igualmente obvio, tendría que encon-
trar
una casa, y el mejor medio para hacerlo era buscar una carre-
te~a.
Instintivamente
se volvi6 hacia el punto donde los árboles pare-
cían
menos abundantes y emprendi6 el camino.
El
suave fn'o del atardecer atravesaba lentamente su camisa y las
copas
de los árboles iban volviéndose oscuras y amenazadoras,
cuando
Schwartz top6 con aquella franja recta e indefinida de maca-
dam.
Se lanzó haaa ella y not6 la dureza bajo sus pies.
En
ambas direcciones había un vaáo total, y Schwartz volvió a
percibir
por un momento la misma frialdad. Había esperado ver co-
ches.
Habría sido faalisimo pararlos haciendo gestos y decir (lo dijo
en
voz alta, tal era su ansiedad):
—¿Es
posible que vava a Chicago?
¿Y
si no se encontraba cerca de Chicago? Bien, cualquier ciudad
importante.
Sólo tenía cuatro d61ares y setenta y cinco centavos en
los
bolsillos, pero siempre podía recurrir a la poliáa. ..
Echó
a andar por la carretera, por el centro de la misma, sin dejar
de
mirar en ambas direcciones. La puesta de sol no le causó impre-
sión
alguna, ni el hecho de que las primeras estrellas estuvieran
saliendo.
Ningún
automóvil. Nada. Y pronto estaría todo muy oscuro.
Creyó
que la sensación inicial de mareo estaba presentándose de
nuevo,
ya que el horizonte de su izquierda centelleaba. A bravés de
las
brechas de los árboles se veía un débil brillo azulado. No era del
rojo
inquieto que él imaginaba que tendría un incendio forestal, sino
un
fulgor suave que pareáa deslizarse lentamente. Y el macadam que
tenía
bajo los pies aparentaba chispear con idéntica suavidad. Se
agachó
para tocar el firme y lo notó normal. Pero había aquel cente-
lleo
debilisimo que alcanzaba las comisuras de sus párpados.
Estaba
hambriento y muy, muy asustado cuando vio aquella luz a
la
derecha.
Era
una casa. Schwartz gritó alocadamente y nadie respondió,
pero
era una casa. El aguzado instinto del miedo, el hambre y la
soledad
así se lo aseguraban, por lo que salió de la carretera y fue
campo
a través dando tumbos, cruzó zanjas, esquivó árboles, atra-
vesó
matorrales y un riachuelo y, por fin, llegó allí..., con las manos
extendidas
para tocar la estructura dura y blanca.
No era ladrillo, ni piedra, ni madera, pero
ni por un momento le
prestó
atención a ese detalle. Parecía porcelana, pero a él no le
importó
en absoluto. Schwartz se limitó a buscar la puerta, y al llegar
a
ella y no ver timbre alguno, la pateó y aulló como un loco.
Oyó movimiento en el interior, y el sonido de
una voz humana.
Gritó
otra vez.
—¡Eh, los de la casa!
Hubo un zumbido tenue y blando, y la puerta
se abrió. Por ella
salió
una mujer, con una chispa de alanma en la mirada. Era alta,
fuerte
y delgada, y tras ella se veía la enjuta silueta de un hombre de
recias
facciones ves.ido con ropa de trabajo.
Para Schwartz ambos eran tan bellos como
bella puede ser para
un
hombre la visión de unos amigos.
La mujer habló, y su voz era, aunque líquida,
autoritaria, y
Schwartz
extendió la mano hacia la puerta para sostenerse en pie. Sus
labios
se movieron, inútilmente, y de pronto los temores más sobre-
cogedores
obstruyeron de nuevo su garganta y asfixiaron su corazón. pregunta.
Porque
la mujer hablaba en un idioma que Schwartz jamás había
oído.
2 La
acomodac¿ón de un ex~rano
Loa
Maren y su impasible esposo estaban jugando a cartas ese
fresco
anochecer, mientras el arropado personaje del rinc6n que ocu-
paba
la silla eléctrica de ruedas donnitaba sobre su librofilme. Era
una
escena anormal, el breve intervalo entre el babajo y la hora de
acostarse.
Arbin
Maren pasó los dedos cuidadosamente por los rectángulos
finos
y lisos mientras meditaba la sig uente jugada. Y, lentamente,
mientras
se deadía, sonaron bruscos golpes y broncos gritos en la
puerta,
unos gritos que no acababan de convertirse en palabras.
Su
mano se alzó de pronto y se detuvo justo enama de la carta
que
iba a extraer del grupo que sostema. Los ojos de Loa reflejaban
temor,
y un instante después la mujer miró a su esposo sin pcder
contener
los temblores de su labio inferior.
—Saca
de aquí a Grew. Deprisa—dijo Arbin.
Loa
no respondió. Estaba junto a la silla de ruedas, emitió soni-
dos
tranquilizadores con su lengua.
El
personaje dormido abrió la boca y despert6 con gestos de
aturdimiento.
Irguió su reclinada cabeza y busc6 a tientas el libro-
filme
que había caído en la manta que cubría sus piernas.
—¿Qué
pasa?—preguntó, irritado.
—¡Chis!
No pasa nada—musitó vagamente Loa, y llevó la silla a
la
habitaaón contigua.
Después
cerró la puerta y apoy6 su espalda en ella. Su fino pecho
subía
y bajaba mientras sus ojos buscaban los de su marido. Los
golpes
violentos seguían sonando.
Se
mantuvieron muy juntos en el momento de abrir la puerta, casi
a la
defensiva y la hostilidad asomó en sus miradas al encararse con
el
hombre bajito y regordete que les sonreía.
—¿Podemos
ayudarle en algo?—dijo Loa.
E
inrnediatamente se echó haaa atrás al ver que el desconoado
abría
la boca y extendía una mano para no caer al suelo.
—¿Estará
enfermo?—preguntó tontamente Arbin—. Vamos,
ayúdame
a entrarlo.
Fueron
pasando las horas después del incidente, y en el silenao
de
su dormitorio Loa y Arbin fueron preparándose lentamente para
acostarse.
—Arbin—dijo
la mujer.
—¿Qué
quieres?
—¿Es
seguro?
—¿Seguro?
Al
DareCer. Arbin eludía deliberadamente el significado de la
21
—Ese
hombre... El hombre que hemos entrado en la casa.
¿Quién
es?
—¿Cómo
voy a saberlo?—fue la irritada respuesta—. ¿Podemos
negarle
cobijo? Mañana, si él no puede identificarse, infonmaremos
al
Cuerpo Regional de Seguridad y ahí acabará todo—la tranquilizó.
Pero
su esposa rompió el silencio posterior, con más urgencia en
su
fina voz.
—¿No
crees que podría ser agente de la Sociedad de Antiguos?
Está
Grew, ya sabes.
—No
es agente poliaal, Loa. Olvida eso. ¿Supones que recurri-
rían
a una artimaña tan complicada por un pobre viejo confinado a la
silla
de ruedas? ¿No podn'an presentarse a la luz del día y con autori-
zación
legal de registro? Por favor, no fantasees. Además, ¿por qué
iban
a sospechar algo? Nuestra producción esta temporada será la
cantidad
exacta que nos exigen según el cupo fijado para nuestras
tierras,
suponiendo una fuerza laboral de tres personas. . .
—Sí,
sí. Pero es que, Arbin, he estado pensando. Si él no es
poliáa,
no puede ser de la Tierra.
—¿Qué?
¿Pretendes dear que procede de los mundos exteriores?
Eso
es más ridículo todavía. ¿Por qué va a venir a este planeta
muerto
un habitante del Imperio?...
—Exacto.
Porque nadie lo buscará aquí. No habla el idioma
¿verdad?
Balbucea. ¿Eres capaz de comprenderle? ¿Una sola pala-
bra?
¿No ves que puede sernos útil? Si es un extranjero en la Tierra
no
estará inscrito en la (~ficina del Censo, y le alegrará muchísimo no
tener
que presentarse ante ellos. Podemos emplearlo en la granja, en
lugar
de mi padre, y volverán a ser tres personas, no dos, las que
deban
satisfacer el cupo de tres la próxima temporada.
Loa
miró ansiosamente el incierto semblante de su esposo, que
meditó
mucho antes de responder.
—Duerme,
Loa. Seguiremos hablando con el sentido común que
proporciona
la luz del día.
Los
cuchicheos acabaron, se apagó la luz y por fin el sueño se
adueñó
de la habitación y de la casa.
La
mañana siguiente correspondió a Grew considerar el asunto. Era
un
hombre que había sido fuerte y activo. Su espalda era amplia, sus
brazos
muy musculosos. Ningún rasgo indicaba cincuenta y cinco años.
No
obstante, sus piernas, dos masas cihndricas de materia enervada, iban
marchitándose
y consumiéndo~e poco a poco de tal forma que, según las
costumbresdelaTierra,Grewdebíaserpresentadoparasereliminadosin
dolor
y su lugar ocupado por un hombre más joven y capacitado.
Cuando
habló lo hizo mirando con pena aquellas piernas, muertas
desde
haáa dos años.
—Tus
problemas, Arbin, provienen al parecer del hecho de que
yo
estoy inscrito como trabajador, por lo que el cupo de producción
se
fija para tres. Este es el segundo ano que he sobrevivido a mi hora.
Es
suficiente.
—No
vamos a discutir eso.—Arbin estaba preocupado—. Hemos
producido
sufiaente.
—Dentro
de dos anos habrá el censo, y me iré de todos modos.
—Tendrás
otros dos anos de libros y descanso. ¿Por qué habnas
de
verte privado de eso?
—Porque
otros se ven privados. ¿Y qué me dices de Loa? ¿Du-
rará
otra temporada? ¿Crees que no la he visto cuando está tan
cansada
que no puede andar, cuando no tiene m fuerzas para llorar?
¿De
qué me sirve la vida si es a costa de la muerte de mi hija?
—Está
ese hombre—sugirió ansiosamente Arbin—. ¿Qué te pa-
rece?
—Un
desconocido—musitó Grew—. Se presenta dando golpes
en
la puerta, surgido de la nada, es imposible entender lo que dice...
¿Quién
es?
El
granjero se encogió de hombros.
—Es
apaable, y está mortalmente asustado. Balbucea sin cesar y
después
se queda acurrucado, sin moverse, perdido en alguna parte
de
su mente.
—¿Y
si está loco?. . . ¿Y si está esquivando a las autoridades como
yo
mismo?
—Eso
no parece probable.
Pero
Arbin se removió, muy nervioso.
—Lo
dices porque quieres aprovecharte de él... Bien, así pues el
problema
es cómo disponer de este desconoado para obtener noso
tros
el máximo provecho. ¿Sabes qué hada yo? Lo llevada a la au-
dad.
_ ¿A
Chica?—Arbin se sentía horrorizado—. Eso seda la ruina.
—Ni
mucho menos—dijo tranquilamente Grew—. ¿Recuerdas el
videonotiaario
de la semana pasada? El Instituto de Investigaaiones
Nucleares
posee un instrumento que al parecer consigue que la gente
aprenda
con mayor faalidad. Quieren voluntarios. Presenta a ese
hombre.
Arbin
sacudió la cabeza, desesperado.
—No
sé nada de eso... Pero, Grew, pedirán el número de regis-
tro,
y sabes que tener las cosas en desorden es una invitaaón a que
investiguen.
En ese caso averiguan'an lo tuyo.
—~e
equivocas, Arbin. El Instituto quiere voluntarios porque la
máquina
esta aún en fase experimental. Estoy seguro de que no
harán
preguntas. Si el desconocido muere, seguramente no estará
peor
que ahora... Venga, Arbin, pásame el proyector de libros y pon
la
señal en el rollo seis.
Cuando
aquella mañana Schwartz abrió los ojos fue para sentir
ese
dolor apagado, ese dolor que asfiDa el corazón y se nutre de sí
mismo,
el dolor de un mundo familiar perdido.
En
otra ocasión lo había sentido, y se produjo un destello mo-
mentáneo
que dio brillo muy vivo a una escena olvidada. Él, un
mozalbete,
en la nieve del pueblo invernizo, con el trineo esperán-
z
23
dole,
y el tren al final de ese trayecto, y después de eso, el gran
barco.
El
temor en parte nostálgico, en parte frustrante al mundo de lo
familiar,
le unió momentáneamente con aquel joven de veinte anos
que
había emigrado a los Estados Unidos. Sin saber cómo, había de-
cidido
que todo esto no podía ser un sueño. . .
Se
incorporó bruscamente en el instante que la luz situada encima
de
la puerta se encendió y se apagó y sonó la incomprensible voz de
badtono
de su anfitrión. Después se abrió la puerta y llegó el desa-
yuno:
un puré harinoso que no reconoció, aunque tenía cierto sabor
a
gachas de maíz (con una sabrosa diferencia), y leche.
—Gracias—dijo,
y asintió vigorosamente.
El
granjero dijo algo como respuesta y cogió la camisa de
Schwartz,
colgada en el respaldo de la silla. La examinó atentamente
por
todas partes, prestando atena6n especial a los botones. Acto
seguido,
tras dejarla de nuevo en la silla, abri6 la puerta corrediza de
un
armario y Schwartz, por primera vez, percibi6 visualmente el cá-
lido
aspecto lechoso de las paredes.
“Plástico”,
pensó, empleando ese término general con la irrevoca-
bilidad
usual en los profanos. Observ6 además que no había rincones
o
ángulos en la habitaa6n: todos los planos se enlazaban formando
una
suave curva.
Pero
el otro hombre estaba mostrándole objetos y haciendo ges-
tos
inconfundibles. Era obvio que Schwartz debía lavarse y vestirse.
Con
ayuda e instrucaones, obedeció... Pero no encontró nada
para
afeitarse, y sus gestos tocándose el mentón no provocaron más
reacaón
que un sonido imcomprensible acompañado por una mirada
de
clara repugnanaa por parte del otro hombre. Schwartz se rascó su
barba
cerdosa y grisácea y suspir6 de forma audible.
Y
luego lo llevaron a un vehículo pequeno, alargado y provisto de
dos
ruedas, al que le ordenaron entrar mediante gestos. El suelo
empezó
a moverse bajo ellos y la desierta carretera retrocedi6 a
ambos
lados, hasta que se alzaron ante Schwartz edificios bajos de
color
blanco chispeante. Y más allá apareció el tono azul del agua.
Schwartz
señaló ansiosamente.
—¿Chicago?
Era
el último jadeo de esperanza que le quedaba, porque eviden-
temente
nada de lo que había visto se pareáa menos a esa ciudad.
El
granjero no dio respuesta alguna...
3 El
gobernante y el gobemad o
Ennius
cump~a su cuarto año como procurador de la minúscula
provincia
de Terra. En calidad de representante directo del emperador,
su
posición soaal estaba a la par, hasta aerto punto, con la de bs
virreyes
de los inmensos sectores galácticos que extendían irregular-
mente
sus reluaentes moles ocupando aentos de parsecs cúbicos de
espaao.
Ese era, quizás, un consuelo académico para su esposa y su hija.
24
Pero
en realidad el cargo de procurador de Terra era apenas
mejor
que el exilio. Ni riquezas ni esplendor, aquí. Ninguna solemni-
dad
regia en la que brillar, y tampoeo existía el bullicio del comercio y
la
vida. En lugar de eso había palaaos desiertos en las laderas de las
montañas
continentales, únicos lugares donde la radiaetividad atmos-
férica
era lo bastante baja para permitir habitación continuada. Eso y
una
población pendenaera que odiaba al procurador y al Imperio y
cuya
enemistad inveterada, eterna, maliciosa y mortífera había que
juzgar
y sopesar.
Las
evasiones de Ennius eran raras y escasas. Debían de ser esca-
sas,
porque en Chicago, tranquila por el momento, era necesario
vestir
ropa impregnada de pbmo, siempre, incluso en la cama, y
tomar
metabolina de forma continua.
Se
hallaba platicando sobre ese mismo hecho en el antiguo Insti-
tuto
de Investigaciones Nucleares, en donde estaba visitando al único
terrestre
del planeta al que podía tratar como igual.
—La
metabolina—dijo mientras levantaba la pl1dora de color
bermellón
para examinarla—es tal vez el símbolo auténtico de todo
lo
que su planeta significa para mí, amigo mío. Su funci6n es reforzar
todos
los procesos metab61icos mientras yo permanezco inmerso en
la
nube radiactiva que me rodea y que ustedes ni siquiera peraben.
—Tragó
la píldora—. ¡Ya está! Ahora mi coraz6n latirá con más
rapidez,
mi respiración emprenderá una carrera por su cuenta, mi
hígado
hervirá y se deshará en esas síntesis químicas que, me infor-
man
los expertos médicos, constituyen la fábrica más irnportante del
organismo...
Y eso lo pago después con un cerco de dolores de
cabeza
y lasitud.
El
doctor Shekt le escuchaba con cierto aire de diversión. Nor-
malmente
se refedan a él como “Shekt el que todo lo mira de cerca”,
no
porque llevara gafas o fuera miope, sino tan s61e porque el hábito
prolongado
le había llevado a la práctica inconsciente de considerar
atentamente
todas las cosas, de sopesar ansiosamente todos los he-
chos
antes de opinar. Era alto y entrado en años, y su marchita
silueta
se encorvaba formando un interrogante.
Pero
estaba muy instruido en cultura galáctica y se hallaba relati-
vamente
a salvo del hábito de la hostilidad y la sospecha universales
que
haáan tan repugnante al terrestre típico para aquel hombre del
Imperio,
Ennius.
—Estoy
seguro de que no la necesita—dijo Shekt—. La metabo-
lina
es simplemente una de sus superstiaones, confiéselo. Si la cam-
biara
por pastillas de azúcar sin que usted lo supiera, no se sentida
peor,
ni mucho menos.
—Lo
dice en la comodidad de su ambiente... ¿Va a negar que su
metabolismo
básico es superior al mío?
—Sé
que es una superstición del Imperio, Ennius, que nosotros,
los
hombres de la Tierra, somos distintos del resto de seres humanos,
pero
la verdad no es ésa. ¿Ha venido aquí como misionero de los an-
titerrestres?
Ennius
gruñó.
—Por
la vida del emperador, sus camaradas de la Tierra son los
mejores
misioneros en ese sentido. Al vivir aquí, enjaulados en su
mortífero
planeta, emponzoñados por su propia rabia, son simple-
mente
una úlcera crónica en la galaxia.
“Hablo
en serio. ¿Qué habitantes de otro planeta tienen tanto
ritual
en sus vidas cotidianas como para adherirse a él con una furia
tan
masoquista? No pasa un día sin que yo no reciba delegaciones de
una
u otra de sus instituciones exigiéndome la pena de muerte para
pobres
diablos cuyo único delito ha sido entrar en una zona prohi-
bida,
eludir el Sesenta o simplemente comer más de lo que les co-
rresponde.
—Ah,
pero usted siempre concede la pena de muerte. Su aversión
idealista
parece reacia a oponerse.
—Las
estrellas son testigos de que me esfuerzo para denegar la
muerte.
Pero ¿qué puede hacer uno? El emperador ordena que todas
las
subdivisiones del Imperio sigan sin intromisiones en sus costurn-
bres
locales... Y eso es correcto y sensato, ya que resta apoyo popu-
lar
a los necios que de otro modo buscadan revueltas martes y jueves
alternos.
Además, si me mostrara terco cuando consejos, senados y
cámaras
insisten en la muerte, se alzada tal gritedo y habda tantos
chillidos
y denuncias del Imperio y todas sus obras que yo preferina
dormir
entre una legión de diablos durante veinte años antes que
enfrentarme
diez minutos a una Tierra en esas condiaones
Shekt
suspiró y se rascó el escaso cabello de su cabeza
~jalá
pudiera negar sus afirmaaones, procurador, pero no
puedo.
Sin embargo, no somos distintos de ustedes, los de los mun-
dos
exteriores. Simplemente somos más desafortunados. Estamos
apir-iados
aquí, en un mundo prácticamente muerto, inmerso en un
mar
de radiación que nos encarcela, rodeados por una galaxia in-
mensa
que nos rechaza. ¿Qué podemos hacer contra la sensación de
frustración
que nos corroe? ¿Deseada usted, procurador, que enviá-
ramos
al exterior nuestro exceso de población?
Ennius
se alzó de hombros.
—¿Me
preocupada eso a mí? Preocuparía a las poblaciones. A
ellas
no les interesada caer víctima de enfermedades terrestres.
—¡Enfermedades
terrestres!—Shekt frunció el ceño—. Se trata
de
un absurdo que deberda erradicarse. No somos portadores de
muerte.
¿Ha muerto usted por estar entre nosotros?
—A
decir verdad—dijo Ennius, sonriente—, hago todo cuanto
puedo
para evitar contactos indebidos.
—Eso
es porque también usted teme la propaganda creada, al fin
y al
cabo, por la estupidez de sus fanáticos.
—Vaya,
Shekt, ¿no tiene base aenfffica alguna la teoda de que
los
terrestres son radiactivos por sí mismos?
—Sí,
ciertamente lo son. ¿Cómo iban a evitarlo? Igual que usted.
Igual
que cualquier persona en cualquiera de los cien millones de
planetas
del Imperio. Nosotros somos más radiactivos, en eso estoy
de
acuerdo con usted~ pero apenas lo bastante para causar daño a
alguien.
—Pero
el hombre medio de la galaxia cree lo contrario, me temo,
y no
siente deseos de averiguarlo experimentalmente. Además...
—Además,
va usted a decir, nosotros somos distintos. No somos
seres
humanos, ya que mutamos con más rapidez a causa de la radia-
ción
atómica y por lo tanto hemo carnbiado en muchos aspectos...
Tarnpoco
está demostrado.
—Pero
la gente lo cree.
—Y
en tanto lo crea, procurador, y en tanto los terrestres seamos
tratados
como parias, descubrirá en nosotros las caractedsticas a las
que
usted objeta. Si nos presionan de modo intolerable, ¿hay que
extranarse
de que nos defendamos? Odiándonos como nos odian,
¿tienen
derecho a quejarse de que nosotros también odiemos?... No,
no,
nosotros tenemos mucho más de of endidos que de of ensores.
Ennius
se sentía mortificado por la ira que había susatado. Hasta
el
mejor de aquellos terrestres tenía el mismo punto débil, la misma
sensación
de la Tierra contra el universo entero.
—Shekt
perdone mi groseda, por favor—dijo con sumo tacto—.
Acepte
mi juventud y mi hastío como e~cusas. Tiene ante usted a un
pobre
hombre, un joven de cuarenta (y cuarenta años es la edad de
un
bebé en la administración civil profesional) que está afanándose
en
su aprendizaje en la Tierra. Podrian pasar años antes de que los
necios
del negoaiado de Provinaas E~teriores me recuerden lo bas-
tante
para promoverme a un cargo menos mortífero. De forma que
ambos
somos prisioneros de la Tierra y audadanos del gran mundo
de
la mente en donde no e~isten distinaones ni de planeta ni de
caractedsticas
ffsicas. Déme la mano, pues, y seamos amigos.
Las
arrugas del rostro de Shekt se alisaron o, más exactamente,
fueron
sustituidas por otras más indicativas de buen humor. El doctor
se
echó a reír abiertamente.
—Esas
palabras son las de un suplicante, pero el tono sigue
siendo
el del diplomático imperial de carrera. Es un mal actor, pro-
curador.
—En
ese caso desquítese conmigo siendo un buen profesor, y
hábleme
de ese sinapsificador suyo.
—Vaya,
¿ha oído hablar del instrumento? ¿Es la ffsica otra de sus
afiaiones?
—Cualquier
conoarniento es de mi incumbenaa. En serio, Shekt,
me
gustana mucho conocer los detalles.
El
físico examinó atentamente al otro y en su rostro se reflej6 la
duda.
Se levantó, y su mano nudosa se alzó hasta su labio, que pe-
llizcó
mientras meditaba.
~asi
no sé por dónde empezar.
—Bien,
por las estrellas, si está considerando por qué punto de la
teoda
matemática va a empezar, olvidelos todos. No sé nada de sus
factores
de probabilidad en neuroquímica electr6nica.
Los
ojos de Shekt chispearon.
—Sin
embargo, sabe correctamente el nombre de esa rama de las
matemáticas.
—Un
error. Ha sido el primero que me ha venido a la mente, y si
no
me hubiera pareado un galimatías, no lo habda pronunciado.
¿Qué
es su sinapsificador?
—Bien,
en esencia se trata de un dispositivo para incrementar la
capacidad
de aprender de un ser humano.
—No
me diga. ¿Y funaona?
—Ojalá
lo supiéramos. Los detalles básicos son éstos: el sistema
nervioso
del hombre y de los animales está formado por neuroprotel-
nas,
que no son más que moléculas enormes en equilibrio eléctrico
muy
precario. El menor estímulo excita a una molécula, que a su vez
excita
a la siguiente, que a su vez repite el proceso hasta que se llega
al
cerebro. El mismo cerebro es un agrupamiento inmenso de molé-
culas
similares conectadas entre sí en todas las formas posibles.
Puesto
que hay aproximadamente diez elevado a la vigésima poten-
cia,
es dear, un uno seguido de veinte ceros, de tales neuroproteínas
en
el cerebro, el número de posibles combinaciones es del orden de
diez
factorial elevado a la vigésima potencia, un número tan impre-
sionante
que si todos los electrones y protones del universo fueran
universos
ellos mismos, y todos los electrones y protones de esos
universos
volvieran a ser universos, en ese caso todos los electrones y
protones
de todos los universos así creados seguinan siendo nada
comparados
con el número del que le hablo. . . ¿Me comprende?
—Ni
una palabra, graaas a las estrellas. Aunque intentara ha-
cerlo,
ladrada como un perro por puro dolor del intelecto.
—¡Hum!
Bien, en cualquier caso, lo que denominamos impulsos
nerviosos
es simplemente el desequilibrio electrónico progresivo que
se
desplaza por los nervios hasta el cerebro y luego desde el cerebro
hasta
los nervios. ¿Entiende eso?
—Sí.
—Bien,
le felicito a usted por ser una lumbrera. Mientras ese
impulso
recorre una célula nerviosa, lo hace a velocidad rápida, ya
que
las neuroproteínas están prácticamente en contacto. Sin em-
bargo,
las células nerviosas poseen una extensión limitada, y entre
una
y la siguiente existe una pequeña separación de tejido no ner-
vioso.
En otras palabras, dos células nerviosas contiguas no están
realmente
conectadas.
—Ah—dijo
Ennius—, ¿y el impulso nervioso debe saltar la ba-
rrera?
—¡Exactamente!
La separación disminuye la fuerza del im-
pulso
y aminora la velocidad de su transmisi6n en una cantidad
igual
al cuadrado de su anchura. Y esto es válido igualmente para
su
cerebro. Imagine ahora que pudiera descubrirse algún medio
para
reducir la constante dieléctrica de esta separaci6n entre las
células.
—¿La
constante die-qué?
—La
capaadad de aislamiento de la separación. El impulso salta-
28
da
la brecha con más faalidad. La persona pensada más rápidamente
y
aprendeda más rápidamente.
—Bien,
¿funaona?
—He
ensayado el instrumento con animales.
—¿Y
con qué resultado?
—Caramba,
que casi todos mueren por desnaturalizaaón de la
proteína
cerebral..., por coagulación, en otras palabras, como prepa-
rar
un huevo duro.
Ennius
se sobresaltó.
—Hay
algo inefablemente cruel en la sangre fda de la aienaa. ¿Y
qué
me dice de los que no han muerto?
—Nada
concluyente, puesto que no son seres humanos. El peso
de
la evidencia parece favorable... Pero necesito hombres. Mire,
todo
reside en las propiedades electrónicas naturales del cerebro de
un
individuo. Todos los cerebros producen microcorrientes de un
tipo
especial. Ninguna es exactamente igual... corno las huellas dacti-
lares,
o la configuraaón de vasos sanguíneos de la retina. En todo
caso,
esas microcorrientes son más individualizadas. El tratamiento,
creo,
debe tomar en cuenta eso y, si no me equivoco, no se produará
más
desnaturalización... Pero no tengo seres humanos con los que
experimentar.
He pedido voluntarios, pero...
Extendió
las manos.
—No
voy a culparlos, hombre.—Y Ennius sonri6—. Pero ha-
blando
en serio, si el instrumento estuviera perfecaonado, ¿qué ha-
da
usted con él?
El
físico se encogió de hombros.
—No
me corresponde a mí dearlo. Dependerá del Gran Consejo.
—¿No
considerará la posibilidad de ponerlo a disposiaón del Im-
perio?
—El
Gran Consejo. Vaya a visitarlos.
Ennius
meneó la cabeza.
—Ellos
no consentinan que saliera de la Tierra una sola cosa.
ù
Querrá hablar usted con ellos?
—¿Yo?
¿Qué puedo decir yo?
—Hombre,
que si la Tierra es capaz de idear un sinapsificador
que
haga lo que usted dice, y lo pone a disposici6n de la gala~ia, tal
vez
se anulen algunas limitaciones en la emigraaón a otros planetas.
—¿Cómo?—repuso
ironicamente Shekt—. ¿Y arriesgarse a epi-
demias,
a nuestras rarezas y a nuestra antihumanidad?
—Incluso
es posible que los trasladen en masa a otro planeta
—dijo
Ennius sin alterarse—. Medítelo.
La
luz de aviso centelle6 alocadamente, y Shekt accionó el con-
mutador.
—¿Qué
pasa?
—Doctor
Shekt, tenemos un voluntario.
—¿Un
qué?
—Un
voluntario, doctor. Aquí hay alguien deseoso de ofrecerse
para
el experimento.
29
El
semblante del físico se tornó macilento.
—Iré
ahora mismo.—Dio la vuelta en su silla—. Tendrá que ex-
cusarme,
procurador.
—Por
supuesto. ¿Cuánto dura la operaaón?
—Es
cuestión de horas. ¿Desea verla?
—No
puedo imaginar algo más horroroso, mi querido Shekt.
Estaré
en la mansión del Estado hasta mañana. ¿Me informará de!
resultado?
Shekt
pareció reflejar alivio.
—Sí,
desde luego.
—Perfecto...
Y pienss en lo que he dicho.
En
cuanto se marchó Ennius, el doctor Shekt, tranquilo y caute-
loso,
tocó el comunicador y un joven técnico entró corriendo con su
bata
blanca resplandeaentemente limpia y el pelo castaño y largo
recogido
en la nuca.
—¿Hay
realmente un voluntario?—preguntó Shekt—. ¿Un vo-
luntario,
no otro hombre enviado como de costumbre?
—Sí—fue
la enfática respuesta. Acto seguido asomó un tono de
precaución—.
¿Cree que seda preferible desembarazarnos de él?
—No.
Voy a verlo.
Pero
la mente de Shekt era un fno torbellino. Hasta la fecha, el
secreto
había sido totaL El simple hecho de que se presentara un
voluntario
era inquietante... E inmediatamente después de la visita
de
Ennius. El mismo Shekt poseía los conocimientos más vagos posi-
bles
sobre las fuerzas enormes y nebulosas que iban a desatarse a lo
largo
y a lo ancho de la ajada faz de la Tierra, pero sabía lo bastante
para
sentirse a merced de ellas.
4 El
voluntar¿o en contra de su voluntad
Arbin
estaba nervioso en Chica. Se senb'a rodeado. En alguna
parte
de Chica, una de las mayores ciudades de la Tierra (deáan que
albergaba
a 50.000 seres humanos), en alguna parte de la ciudad
había
representantes del Imperio exterior. Él jamás había visto un
hombre
de la galaxia, pero en Chica su cuello se retorcía continua-
mente
por temor a verlo. Si le hubieran obligado a explicarse, no
habría
podido aclarar cómo iba a identificar a un no terrestre en caso
de
que lo viera, pero creer que eran distintos en algo era una sensa-
ción
arraigada incluso en sus mismos tuétanos.
Al
entrar en el Instituto, miró hacia atrás por enama del hombro.
Su
biciclo se hallaba aparcado en una zona al aire libre, con un cupón
de
seis horas asegurándole un sitio libre para el vehículo (¿era sospe-
chosa
la misma extravaganaa?)... Todo le aterrorizaba. El ambiente
estaba
cargado de ojos y orejas.
Si
por lo menos el hombre extranjero se acordaba de perma-
necer
oculto en el suelo del compartimiento trasero... El desco-
nocido
había asentido enérgicamente, pero ¿lo había compren-
did.~?
Y
sin saber cómo, la puerta estaba abierta ante él, y una voz había
interrumpido
sus pensamientos.
—¿Qué
desea?
El
tono era de impaciencia. Quizás esa voz le había hecho la
misma
pregunta varias veces.
Arbin
respondió con voz ronca, las palabras se atascaron en su
garganta
como si fueran polvo reseco.
—¿Es
aquí donde puede apuntarse uno para el sinapsificador?
La
recepcionista aLzó la cabeza bruscamente.
—Firme
aquí—dijo.
Arbin
se llevó las manos a la espalda.
—¿Dónde
pueden darme detalles del sinapsificador?—repitió
roncamente.
Grew
le había dicho el nombre del instrumento, pero el término
brotó
de sus labios de un modo extraño, como si fuera un galimatías.
Pero
le entendieron, ya que la mujer joven que atendía el mostra-
dor
apretó los labios y de una patada movió violentamente la palanca
de
aviso situada junto a su silla.
Arbin
estaba haciendo desesperados esfuerzos para no hacerse
notar
y obteniendo un fracaso miserable en su opinión. AqueLla chica
le
miraba fijamente. Se acordan'a de él mil años más tarde. Y dio
media
vuelta, con el alocado deseo de poner fin al maldito asunto y
marcharse...
Pero alguien había salido rápidamente de otra sala y la
recepclonista
estaba señalando a Arbin.
—Un
voluntario para el sinapsificador—estaba diciendo—. No
quiere
dar su nombre.
Arbin
se volvió para mirar al recién llegado.
—¿Es
usted el encargado?
—Le
llevaré a verlo.—Y en tono de ansiedad agregó—: ¿Desea
ofrecerse
como voluntario para el sinapsificador?
—Quiero
ver a la persona que está a cargo del instrumento—re-
puso
tercamente Arbin.
El
otro hombre frunció el ceño y se fue. Hubo una espera. Y por
fin.
. ., un dedo se movió para indicarle que entrara.
El
doctor Shekt escudrinó en vano al campesino de piel rugosa al
otro
lado de su escritorio. Su edad, pensó Shekt, debía de ser inferior
a
cuarenta años, pero aparentaba tener diez más. Sus mejillas tenían
un
tono rojizo bajo aquel color castano correoso, y había claros
vestigios
de sudor en el perfil del cuero cabelludo y en las sienes,
aunque
haáa fn'o en la sala. Estaba restregándose las manos.
—Bien,
mi querido señor—dijo Shekt, nervioso—, no compren-
do
por qué insiste en estas condiciones, pero que sea como usted
quiere.
Puede ocultar su nombre y su residencia, y todos los detalles
personales.
Explíqueme tantas cosas como considere preciso, y nada
más.
Adelante.
El
campesino agachó la cabeza, como en un gesto rudimentario
de
respeto.
—Gracias.
La cosa es así, señor. Tenemos un hombre en la
granja,
un... un pariente lejano... que nos ayuda, ¿sabe usted?...
Arbin
hablaba con dificultad, y Shekt asintió gravemente.
—Es
un trabajador muy dispuesto, y muy buen trabajador... Te-
níamos
un hijo, ¿sabe?, pero murió... y la buena de mi mujer y yo,
¿sabe?,
necesitábamos ayuda... Ella no está bien... Casi no habría-
mos
podido continuar sin él.
Pensó
que el relato debía de parecer una auténtica confusión.
Pero
el enjuto científico asintió.
—¿Es
a ese pariente suyo al que desea poner en tratamiento?
—Oh,
sí, creía haberlo dicho ya... Pero tendrá que perdonarme si
esto
me cuesta un poco. Mire, ese pobre hombre no..., no está
precisamente...
bien de la cabeza.—Prosiguió rabiosamente—. No
está
enfermo, compréndame. No está tan mal como para que tengan
que
llevárselo. Es muy lento, ése es el problema. No habla, ¿sabe?
—¿No
sabe hablar?—Shekt se asombró.
~h,
sabe hablar. Pero no le gusta hacerlo. No habla bien.
El
físico pareáa dudar.
—Y
usted quiere el sinapsificador para mejorar su mentalidad,
¿no
es eso?
Arbin
asintió muy despacio.
—Si
él supiera un poco más, señor, bueno, podría hacer parte del
trabajo
que mi mujer no puede hacer, ¿comprende?
—El
podría morir, ¿comprende usted eso?
Arbin,
desesperado, miró al físico, y sus dedos se retorcieron
furiosamente.
—Necesitaré
el consentimiento de ese hombre—dijo Shekt.
El
campesino meneó la cabeza lenta, tercamente.
—El
no le entenderá, doctor.—Y acto seguido, casi en voz baja,
añadió
en tono de apremio—: Oh, mire, señor, estoy seguro de que
usted
lo entenderá. Usted no parece un hombre que sepa cómo es
una
vida dura. Este hombre está haciéndose viejo. No es problema
del
Sesenta, comprenda, pero, ¿y si en el siguiente censo alguien
opina
que él es tonto y... se lo llevan? No queremos perderle. Pero...
—Y
los ojos de Arbin giraron de forma involuntaria hacia las pare-
des,
como si quisieran atravesarlas por simple fuerza de voluntad
para
detectar cuántas personas podían estar escuchando al otro
lado—.
Pero, ¿y si a los Antiguos no les gusta eso? Intentar salvar a
un
hombre enfermo puede ir en contra de las costumbres..., pero la
vida
es dura, señor, y ustedes pueden beneficiarse. ¿Ustedes han
solicitado
voluntarios?
—Sí,
sí..., no tiene motivo por el que preocuparse, nos ocupare-
mos
de usted. Suponga que lleva su coche a la parte trasera... Yo le
ayudaré
a entrar a su pariente.
El
brazo del doctor bajó en forma amistosa hasta el hombro de
Arbin,
que sonrió espasmódicamente. Arbin pensó que ese brazo era
una
cuerda que se aflojaba de su cuello.
Shekt
bajó los ojos hacia la silueta regordeta y calva que ocupaba
el
sofá. El paciente dormía, respiraba profunda y regularmente. Ha-
bía
hablado de forma incomprensible, no había comprendido nada.
Sin
embargo, no mostraba ninguno de los estigmas ffsicos de la debi-
lidad
mental. Sus reflejos eran correctos, tratándose de un hombre
entrado
en años.
¡Entrado
en años! ¡Hum!
Shekt
miró a Arbin, que no perdía detalle.
—¿Le
interesaría que hiciéramos un análisis óseo?
—¡No!—exclamó
Arbin. Y en voz más calmada añadió—: No me
interesa
nada que pueda servir como identificación.
—Nos
resultaría de gran ayuda conocer la edad del paciente—di-
jo
Shekt.
—Tiene
cincuenta anos—repuso lacónicamente Arbin.
El
físico se encogió de hombros. No tenía importancia. Volvió a
mirar
al durmiente. En el momento de entrar, el paaente había
estado,
o había parecido estar, abatido, sumido en sus pensamientos,
como
si no le importara nada. Al parecer, ni siquiera las pastillas
hipnóticas
habían despertado sospechas. Se las habían ofrecido, el
desconocido
había esbozado una breve y espasmódica sonrisa y había
engullido
las píldoras...
El
técnico se hallaba ya montando las últimas unidades, de as-
pecto
más bien tosco que componían el sinapsificador. Después de
apretar
un botón, el vidrio polarizado de las ventanas de h sala de
operaciones
sufrió un reordenamiento molecular y se hizo opaco. La
única
luz era la blanca que hnzaba su fno brillo sobre el paciente
suspendido
en un campo diamagnético a cinco centímetros por enci-
ma
de la mesa de operaciones a la que lo habían trasladado.
Arbin
continuaba sentado en la penumbra, sin entender nada
pero
implacablemente resuelto a impedir como fuera, mediante su
presencia,
las nocivas artimanas que él mismo sabía no podía impedir
por
carecer de conocimientos.
Los
físicos no le prestaban atención. Los electrodos fueron ajusta-
dos
al cráneo del paciente. Fue una tarea larga. En primer lugar un
estudio
de la estructura craneal a cargo del experto irlandés que
permitió
localizar fisuras sinuosas y muy apretadas. Shekt sonrió
sombríamente
en su interior. Las fisuras craneales no eran una me-
dida
cuantitativa inalterable de la edad, pero sí bastante significati-
vas.
El paciente tenía más años que los supuestos cincuenta.
Y al
cabo de unos instantes Shekt dejó de sonreír. Arrugó la
frente.
Había otro rasgo en las fisuras. Pareáan raras..., no del
todo...
Estuvo a punto de jurar que la estructura craneal era primi-
tiva,
una reversión, pero claro... El paciente era subnormal mental.
¿Por
qué no?...
—Ponga
los contactos aquí, aquí y aquí—dijo en tono de hastío
al
ayudante. Pinchazos minúsculos e inserción de los capilares de
platino—.
Aquí..., aquí...
Una
decena de conexiones, atravesando la piel hasta las fisuras, a
32
33
~. ~
U ~ pLIrdlC~lo~
través
de cuyo espesor poddan captarse los ecos debilísimos de las
microcorrientes
que aparecían célula tras célula en el cerebro.
Observaron
atentamente los amperímetros de precisión, vieron
cómo
las agujas se agitaban y brincaban conforme se efectuaban e
interrumpían
las conexiones. Los diminutos registradores trazaron
delicadamente
telarañas en el papel milimetrado, formando picos y
senos
Irregulares.
A
continuación sacaron los gráficos y los colocaron en el cristal
opalino
iluminado. Sin dejar de susurrar, los expertos se agacharon
para
contemplarlos.
Arbin
oyó fragmentos inconexos:
—...
notablemente regular..., fíjense en la altura de este pico
quinternario...,
creo que habría que analizarlo..., bastante claro a
slmple
vista...
Y
después, durante lo que parecieron largas horas, hubo el te-
dioso
ajuste del sinapsificador. Los mandos fueron situados en posi-
ción
de micrómetro de precisión, luego fijados y finalmente grabadas
sus
lecturas. Una y otra vez, los diversos electrómetros fueron com-
probados
y surgió la necesidad de efectuar nuevos ajustes.
—Todo
acabará muy pronto—dijo Shekt dirigiéndose a Arbin,
mientras
le sonreía.
La
enorme máquina fue acercada al durmiente como un monstruo
hambriento
de lentos movimientos. Los técnicos suspendieron cuatro
cables
alargados sobre las puntas de las extremidades del paciente y
pusieron
en su nuca una almohadilla negra de un material sin briilo
parecido
a caucho endurecido cuya inmovilidad aseguraron con gra-
pas
agarradas a los hombros. Por fin, igual que dos mandíbulas gigan-
tescas,
separaron los dos electrodos y los bajaron hacia aquel rostro
pálido
y rechoncho, de tal modo que apuntaban a las sienes.
Shekt
mantuvo los ojos fijos en el cronómetro; en su otra mano
sostenía
el interruptor. Su pulgar se movió. No ocurrió nada visible
incluso
para los agudizados sentidos por el miedo del atento Arbin.
Después
de lo que tal vez fueran horas pero que en realidad fueron
menos
de tres minutos el pulgar de Shekt actuó de nuevo.
Su
ayudante se inciinó rápidamente sobre Schwartz, todavía dor-
mido,
y alzó la cabeza con aire de triunfo.
—Vive.
Quedaban
todavía horas por delante, durante las cuales tomaron
datos
suficientes para llenar las estanterías de una biblioteca, en voz
baja
y casi con la excitación de unos locos. Ya era más de mediano-
che
cuando la hipodénnica cumplió su misión y los ojos del durmien-
te
se agitaron.
Shekt
dio un paso atrás, pálido y fatigado. Se enjugó la frente con
el
dorso de la mano.
—Todo
va bien.—Se volvió ansiosamente hacia Arbin—. ¿Que-
rría
dejarlo con nosotros algunos días para que hagamos más com-
probaciones?
No le causaremos ningún daño.
Pero
la mirada de alarma del otro hombre, el instantáneo brote
34
de
sospecha en las arrugas de su cara eran ya de por sí respuesta su-
ficiente.
Shekt
hizo un gesto de resignación y extendió la mano derecha.
Arbin
la estrechó muda pero fervientemente.
l
!
I
El
doctor Shekt no durmió esa noche. El sol naciente le sorpren-
dió
(o le habría sorprendido si las ventanas hubieran estado ajustadas
en
transparencia) todavía sentado en la sala de operaciones, sumido
en
reflexiones lentas y angustiosas.
La
excitación y la emoción de la operación había terminado, y de
nuevo
había lugar para los horrores y dudas del pensamiento.
¿Le
interesaba disponer de voluntarios? Había recibido órdenes
de
abstenerse de disponer de ellos.
Sus
pensamientos emprendieron una irónica carrera. A decir ver-
dad,
oficialmente él no sabía nada sobre los objetivos estratégicos de
la
Sociedad de Antiguos y del primer ministro de la Tierra. Pero
podía
deducir muchas cosas de su actitud hacia el sinapsificador.
El
instrumento había estado sometido a prueba durante dos años,
y
habían entorpecido las pruebas con la brusquedad típica de las
precauciones
oficiales, sin ningún recato... Y el secreto iba en contra
del
Imperio Galáctico.
Shekt
disponía de siete u ocho artículos que tal vez podían ser
publicados
en la Revisla de Neurofisiología de Sirio. Dichos documen-
tos
se enmohecían en su escritorio. Naturalmente, no existía el secreto
absoluto.
Esa clase de secreto se exponía a la investigación y podia
acabar
siendo intolerablemente sospechoso, tanto como una activi-
dad.
En vez de eso, se divulgaba información en un ambiente de
sencilla
franqueza..., si bien una información sutilmente distorsio-
nada.
El sinapsificador se había convertido en un dispositivo científico
vago
y nada práctico, de enorme valor como sueño pero de escaso uso.
Sin
embargo, Ennius estaba interesándose. ¿Sospechaba algo del
instrumento...,
o de algo más importante? ¿Estaba el Imperio sospe-
chando
lo que el mismo Shekt sospechaba y temía: que la Tierra
planeaba
otra de sus inútiles rebeliones?
La
Tierra se había sublevado tres veces en dos siglos. Tres veces,
bajo
la bandera de una supuesta grandeza en el pasado (los hombros
de
Shekt se estremecieron en un gesto de diversión amarga y silen-
ciosa
al pensar en esto), la Tierra se había alzado contra las guarnicio-
nes
imperiales. Tres veces habían fracasado, por supuesto, y la Tie-
rra,
de no haber sido por la clarividencia del Imperio y porque en k~s
Consejos
Galácticos imperaban los estadistas, habría sido eluminada
sangrientamente
de la lista de planetas habitados.
Pero.
.., ¿una cuarta vez? Imposible.
En
ese caso, ¿por qué esa actitud hacia el sinapsificador? ¿Y cuál
era
el motivo de otros hechos? La secta de los zelotes estaba actuan-
do
de nuevo, tocando una vez más los tambores del mítico pasado im-
perial
de la Tierra, difundiendo otra vez su odio a los habitantes del
espacio
exterior. Y el Consejo de Antiguos lo toleraba.
35
¿Estaban
locos? ¿O fantásticamente cuerdos? ¿Pensaban usar el
sinapsificador
para crear una raza de superintelectos? Era una idea
grandiosa:
un mundo de genios artificiales vengándose de los agra-
vios
de hacía mil siglos. ~-
Pero
no, eso costaría tiempo. ¿Quién iba a saberlo mejor que él?
Quizá
someter a tratamiento a ciertos hombres clave..., los que iban
a
ser importantes...
Los
pensamientos de Shekt descendieron a la Tierra. ¿Y aquel
hombre
al que acababa de operar? Ese voluntario que se había pre-
sentado
pese a la débil campaña publicitaria ideada tanto para no
despertar
sospechas como para disuadir a posibles voluntarios, de
modo
que sólo pasaran la prueba los voluntarios “de confianza” en-
viados
por el primer ministro. ..
Quizá...,
quizá debía infommar de ello al primer ministro. Tal vez
debía
haberle consultado antes de actuar. Un espasmo de miedo le
sobrecogió.
Tenía cincuenta y ocho años. El próximo censo sería su
fin,
a menos que el primer ministro ordenara lo contrario..., y Shekt
deseaba
vivir aunque fuera en aquella miserable y ardiente bola de
barro
que era la Tierra. ..
Su
mano se extendió hacia el comunicador y Shekt tecleó la com-
binación
que le pondría en contacto directo con las habitaciones
privadas
del primer ministro.
De
lava y roca
El
primer ministro era un hombre de lava y su secretario era un
hombre
de roca. Dos hombres en una cáscara, aunque las nueces
estuvieran
formadas de metáfora. El contraste quizá no era dema-
siado
anormal, como se verá...
El
primer ministro era el terrestre más importante de la Tierra,
gobernante
reconocido del planeta mediante decreto directo y defi-
nido
del emperador de toda la galaxia..., lógicamente sometido a las
órdenes
del procurador imperial. El secretario no era nadie, en reali-
dad,
tan sólo un miembro más de la Sociedad de Antiguos, designado
por
el primer ministro para encargarse de ciertos detalles y, en teoría,
destituible
a voluntad.
El
primer ministro era reconocido en la Tierra entera y conside-
rado
como el árbitro supremo en cuestiones de hábitos. Él anunciaba
quién
quedaba libre del Sesenta y él juzgaba a los infractores del
ritual,
a quienes desafiaban los programas de racionamiento y pro-
ducción,
a los invasores de territorios prohibidos, etcétera, etcétera.
El
secretario no era conocido por nadie, ni siquiera de oídas, excepto
por
la Sociedad de Antiguos y, naturalmente. por el mismo primer
mmistro.
El
primer ministro dominaba el lenguaje y pronunciaba discursos
con
frecuencia, discursos de contenido muy emotivo y con un copioso
flujo
de sentimientos. El secretario prefería las palabras cortas a las
largas,
un gruñido a una palabra y el silencio a un gruñido.
Por
todo ello podría parecer raro que, en el caso del relato, es
decir,
cuando el doctor Shekt se enfrentó a los dos, fuera el secretario
al
que dirigiera su férrea mirada.
Aproximadamente
había transcurrido un mes desde el experi-
mento
con el “voluntario” (en el pensamiento de Shekt el incidente
era
considerado así, sin excluir las comillas) y durante ese tiempo el
físico
había notado cómo iba aumentando la presión sobre su gar-
ganta.
Y el
primer ministro estaba sentado en el rico tejido de su sillón y
tocaba
suavemente con su blanda mano uno de los brazos tapizados.
El
secretario se hallaba de pie detrás de él, con los ojos velados y
totalmente
inmóvil.
—Lamentamos
más que nunca que ocurriera ese incidente, doc-
tor
Shekt—dijo el primer ministro.
El
físico sintió que perdía la respiración. Fue incapaz de esbozar
ni
tan siquiera una forzada sonrisa o una mirada de inexpresiva ecua-
nimidad.
—¿Hay
pruebas, pues, de las sospechas de vuestra sabiduría?
—preguntó
débilmente.
—Caramba,
pruebas que consideramos lo bastante importantes
como
para no poder conciliar el sueño. Hemos localizado a su hom-
bre.
. . Reside cerca de su ciudad. . . Un campesino. . . Él. . ., su esposa. . ..
ese
familiar. Según los archivos, son tres. Un hijo muerto, tal como él
mismo
declaró. El tercer hombre tiene más de cincuenta años, como
también
declaró.—Alzó la mirada hacia el secretario—. ¿No es así?
Y el
secretario bajó y subió la cabeza una sola vez.
Shekt
alzó una mano antes de hablar.
—Pero
en ese caso...
—Ah,
sí. Pero sondee un poco más. ¿Es probable que el Imperio,
en
sus planes respecto a nosotros, utilice falsedades toscamente fal-
sas?
Más bien espera que esas falsedades sean lo más parecido a la
verdad.
Hemos investigado más atentamente los archivos..., y el
campesino
cuadra con la descripción y su esposa también. Pero el
tercer
hombre, el hombre, no. El individuo de nuestros archivos es el
padre
de la mujer. Es alto, moreno, no es calvo y disponemos de su
fotografía
tridimensional, la forma de su retina y la conformación de
su
sangre. El hombre de usted, como sabe, es bajito, grueso, calvo y
su
rostro y atributos personales no constan en nuestros archivos.
—Alzó
los ojos otra vez—. ¿No es así?
El
secretario asintió una sola vez.
—Pero.
. ., ¿entonces quién es?—preguntó Shekt.
—También
usted siente curiosidad, ¿eh? Caramba, es algo digno
de
despertar la curiosidad a cualquiera, ¿no? Tenga en cuenta que
ese
hombre no consta en ninguno de nuestros archivos sobre hom-
bres
vivos.
Shekt
se removió en la silla incómodamente dura reservada para
las
personas que tenían el honor de una audiencia y aún tenían valía
suficiente
para recibir cierta consideración.
—Vaya,
su sabiduría, deduzco una explicación que no implica
nada
demasiado anormal.
—Me
gustaría escucharla.
—Podría
ser que el padre politico de este hombre, es decir, el
campesino,
muriera hace poco y que su muerte no fuera dada a
conocer.
El otro, el que pasó el experimento, un desconocido, un
pariente
lejano, un amigo o lo que sea, podía verse expuesto al
Sesenta.
Para eludir al menos el próximo censo estará ocupando el
lugar
del padre político.
El
redondeado semblante del primer ministro esbozó la sonrisa
suave
y cínica típica del hombre que estudia la virtud humana y
averigua
que equivale a cero.
—Así
pues, el campesino y su esposa arriesgaron sus vidas al
quebrantar
las costumbres.
—Ahí
podría entrar en juego el sinapsificador. Presentando vo-
luntario
a ese hombre, esperaban librarlo del Sesenta y asegurarse
inmunidad
por su delito.
El
secretario abrió la boca y emitió un sonido similar al de una
rana
croando. El primer ministro se apresuró a volver la cabeza.
—¿Qué
ocurre?
El
secretario habló, con voz fría y concisa.
—Pero
hemos localizado al padre político, vivo, paralítico, tam-
bién
intentando eludir el Sesenta.
—En
ese caso debían esperar también la exención de él—replicó
prestamente
Shekt.
—En
el mes transcurrido desde el experimento—dijo el primer
ministro
en tono dulce mientras se inclinaba hacia delante—, nada se
ha
sabido de estas personas por lo que respecta a exenciones, inmuni-
dades
o cosas parecidas.
—En
ese caso, lo único que deben querer es otro trabajador en la
granja,
y les falta valor para formular cualquier clase de solicitud.
—El
doctor Shekt experimentó una repentina desesperación—. Su
sabiduría,
creo sinceramente que estas personas son terrestres honra-
dos.
Si intentan engañar, es por salvar la vida. Les di mi palabra de
que
estarían protegidos...
—La
palabra de usted no me compromete a nada—espetó el pri-
mer
ministro—. ¿Quién le ha concedido el derecho a ofrecer protec-
ción?
¿Está luchando por la vida de esas personas, o por la de usted?
Los
ojos de Shekt descendieron involuntariamente hacia el suelo
ante
la mirada de ira del otro hombre.
—Sin
embargo—dijo—, el experimento reforzó mis conocimien-
tos
sobre el sinapsificador, y eso debería ser útil para la Tierra entera.
Es
digno de recompensa.
—También
es digno de recompensa por parte del Imperio.
Shekt
se soliviantó.
—¿Pretende
decir que he tenido algún trato con el Imperio al res-
pecto?
—Ennius
fue a verle. Se trata de un hecho probado.
—Ya
le hablé de eso ~ijo Shekt, paciente—. El invento debía
interesar
al Imperio. Ennius fue bastante franco. Me pregunt6 sin
ambages
si yo estaba dispuesto a poner el instrumento a disposición
del
gobierno central. Ya le comuniqué su oferta, libertad para la
Tierra,
trasladarnos a otro planeta.
Una
vez más el secretario croó, y Shekt se sobresaltó. Pensó que
aquel
hombre, al croar, pretendía reírse. El primer ministro frunció
un
labio.
—Sí~
el Imperio es generoso en sus promesas pero, ¿habla de
libertad
concedida libremente por el amo al esclavo? ¿Está soñando?
Les
entregamos el sinapsificador y ellos, qué cosa tan extrana, qué
cosa
tan misteriosa, olvidarán una vez más que existe una Tierra.
¿Qué
me dice de las promesas de alimentos durante la época de
hambre
que sufrimos hace cinco anos? Los embarques fueron recha-
zados
porque no tenemos créditos imperiales, y nadie habría acep-
tado
productos terrestres ya que están contaminados radiactiva-
mente.
¿Y los créditos imperiales? Cien rnil personas murieron de
hambre.
Shekt
respiraba con dificultad.
—Si
nosotros no hubiéramos sido tan tercos y hubiéramos llegado
a un
acuerdo en la cuestión de. . .—dijo en tono sofocado.
El
primer ministro dejó caer su puno sobre el escritorio que se
interponía
entre él y el ffsico y se levantó, reluciente con su capa roja.
—Silencio.
¿Pretende librar al Imperio Galáctico del sentimiento
de
culpabilidad por las vidas terrestres perdidas? Tenga cuidado,
doctor
Shekt. Ese sentimiento de culpabilidad tendrá pronta recom-
pensa,
y también recaerá la venganza sobre las cabezas de los terres-
tres
renegados que...
Quizás
el secretario tosió casi inaudiblemente, o tal vez dio un
codazo
a su superior. Fuera como fuera, se produjo una pausa y acto
seguido
un cambio de tono.
—Suponga—prosiguió
fnamente el primer ministro—que ese
Ennius
va a verle y mete su nariz de patricio de los mundos exteriores
en
el sinapsificador. Y piense que mientras él hace tal cosa, un cam-
pesino
se presenta con claras pruebas de agitación y presenta, como
sujeto
de una prueba, un hombre que no es de la Tierra... Sí, ¿por
qué
se finge boquiabierto? Un hombre que no consta en nuestros
archivos
no es de la Tierra. ¿No ve ninguna relación?
Shekt
no contestó.
—Usted
publicará un artículo—dijo el primer ministro con firme
autoridad—.
Hasta cierto punto, el sinapsificador constituye un éxito.
Ha
logrado resultados débilmente positivos con un solo hombre, re-
sultados
no decisivos con otros, ha causado la muerte a unos cuantos.
Proporcione
detalles poco importantes, tantos como quiera mientras
transmitan
convicción sin información. Recuerde, no hay que suscitar
excesivo
interés... Y si Ennius o cualquier habitante de la galaxia
vuelve
a visitarle..., no se vaya de la lengua. Recuerde que el Sesenta
le
afectará dentro de poco, y que no estamos satisfechos con usted.
39
Shekt,
pálido y encogido, bajó la cabeza y no contestó. Era el
final
de la entrevista.
Y el
primer ministro y el secretario quedaron a solas, y el segundo
tomó
asiento descuidadarnente en la silla ocupada hasta entonces por
el
doctor Shekt. El brillo y el fuego se habían apagado de momento
en
el semblante del primer ministro. Su aspecto era simplemente el
de
una persona preocupada.
—¿Crees
que ese hombre es de confianza, hermano? ¿Eh?
El
secretario se alzó de hombros y gruñó sin el respeto y la admi-
ración
que por fuerza merecía un primer ministro. Ese tratamiento,
“hermano”,
era prueba suficiente de pertenencia a la poderosa Socie-
dad
de los Antiguos.
—Una
palabra a Ermius, hermano, y podrían aniquilarnos—con-
tinuó
el primer ministro—. Este Shekt es un integracionista. Ya has
oído
sus observaciones sobre el hambre. Los cobardes que creen en
la
conciliación son peligrosos.
La
fn'a impasibilidad del semblante del secretario impidió la ex-
presión
de más dudas.
—Shekt
no sabe nada de nuestros planes—dijo—. Shekt es,
como
tú dices, un cobarde y en consecuencia puede arder por dentro,
pero
guardará silencio..., y todavía nos hace falta.—El secretario
prosiguió
en tono decidido—: Además, no constituve ni la mitad de
peligro
que esos necios de los altos cargos, los que vierten torrentes
de
palabren'a que no contienen más que gotitas de sentido común.
Los
pómulos del primer ministro se encendieron.
—¿A
qué te refieres?
—Me
refiero a tu discurso sobre sentimientos de culpabilidad y
venganza.
Nuestra arma principal es que nadie podría concebir una
victoria
de la Tierra sobre la galaxia. N.uestra debilidad, clara e in-
mensa,
es nuestra fuerza, porque ellos no nos vigilan. Dejémoslo así,
su
supuesta sabiduría. No amenaces. Y no te preocupes por el sinap-
sificador.
Incluso ese tema es secundario.
El
primer ministro tragó saliva, y el brillo de odio de sus ojos, si se
hubiera
transformado en actos, habn'a sido la ruina para el secretario.
Pero
eso era imposible y todas las personas implicadas lo sabían.
—Bien,
¿y ese espra?—preguntó el primer ministro—. Ese
agente
T, como tú lo denominas.
—Nada.
Vigilaremos y aguardaremos. Fue demasiado fácil locah-
zarlo.
No hace esfuerzo alguno para ocultarse ni para ponerse en
contacto
con Ennius.
El
primer ministro meditó unos instantes. Sus dedos, largos y muy
cuidados,
se alzaron hacia el labio inferior y lo pellizcaron.
—Pretendes
decir que esperan que atrapemos al espía.
—¡Ah!—Y
el secretario croó secamente—. Estás absorbiendo
sabiduría.
No hay duda. Y por tanto, no haremos eso. Vigilaremos...
y
aguardaremos.
—¿Cuánto
tiempo?
—Hasta
que Ennius haga la siguiente jugada..., o hasta que este-
mos
preparados, en cuyo caso nuestra jugada será la última.
Y
esbozó una extraordinaria sonrisa, ya que tenía tanto humor
como
dulzura tiene un lirnón.
Y el
secretario quedó a solas. Se dejó caer perezosamente en el
sillón
blando y magnífico ocupado anteriormente por el primer minis-
tro.
Su mirada distante se centró en el techo, sus manos quedaron
cruzadas
suavemente en su regazo y sus pensamientos erraron con
suma
agudeza.
La
naturaleza exacta de esos pensamientos no sería precisamente
correcta
en la narración ordenada de la historia, pero dichos pensa-
mientos
guardaban escasa relación con el doctor Shekt, el primer
ministro
e incluso Ennius.
En
lugar de esos personajes, apareció la imagen de un planeta,
Trantor,
desde cuya metrópoli inmensa, tan grande como un planeta,
se
gobernaba la galaxia entera. Y también la imagen de un palacio
cuyos
chapiteles y extensos arcos el secretario jamás había visto, que
ningún
otro terrestre había visto. El secretario pensó en las lineas
invisibles
de poder y gloria que iban de sol en sol formando cordeles,
cuerdas
y cables hasta llegar al palacio central y aquella abstracción,
el
emperador, que al fin y al cabo era simplemente un hombre.
Su
mente se concentró en esa idea, la idea de un poder que tan
sólo
podía conferir una divinidad en el transcurso de la vida, se
concentró
en un personaje que era simplemente humano.
¡Simplemente
humano! ¡Como él mismo!
6 La
mente que camb~o
El
momento del cambio parecía difuso en los recuerdos de Joseph
Schwartz.
Primero aquel miedo aniquilador, tan extraño y raro en su
mente
como la irnagen de la misma Chicago. El viaje a Chica y el
final
insólito y enrnarañado. Schwartz pensaba en eso con frecuencia.
En
primer lugar, aquel viaje había sido la única vez que había
abandonado
la granja durante el medio año transcurrido desde el
incidente
inicial. En segundo lugar, el recuerdo pareáa detenerse
bruscamente.
. .
En
muchas ocasiones había intentado rastrear aquel recuerdo,
paso
a paso, centímetro a centímetro, despacio, como para captar
por
mera insistencia la clave del cambio que se había producido a
partir
de entonces.
En
muchas ocasiones, en su pensamiento, el hombre delgado a
cargo
de aquel local le había ofrecido la píldora blanca y elipsoidal.
Él
la había cogido y tragado con rapidez. Una droga, desde luego.
Para
curar, para matar, para nada. A él no le importaba entonces.
Y
después...
Bien,
y después...
Ahí
concluía la claridad y empezaban a mofarse de él los retuer-
dos
irregulares y fragmentados. A partir de ese instante no recordaba
nada
aparte del campesino..., y los dolores de cabeza. No, en reali-
dad
no eran dolores de cabeza. Palpitaciones, más bien, como si una
dinamo
oculta en su cerebro se hubiera puesto en marcha y, con su
funcionamiento
desacostumbrado, provocara la vibración de todos
los
huesos de su cráneo.
Allí
estaba Grew en su silla de ruedas, junto a la cama de
Schwartz,
repitiendo palabras y señalando o haciendo gestos. Y un
día
el desconocido dejó de decir tonterías y empezó a hablar inglés.. .
O
mejor dicho él, Joseph Schwartz, había dejado de hablar inglés
para
empezar a decir tonterías..., que con el tiempo dejaron de serh.
Posteriormente,
cuando el otoño tinó todo de dorado, las cosas
volvían
a ser claras y Schwartz estaba en el campo, trabajando. Era
sorprendente
cómo había aprendido el oficio. Jamás cometía un
error.
Había máquinas complicadas que él logró manejar sin dificul-
tad
tras una simple explicación.
Schwartz
esperó la llegada del tiempo frío, y el fno nunca se
presentó.
El invierno lo pasó desbrozando terrenos, fertilizando, pre-
parando
de muchas formas la siembra primaveral.
Preguntó
a Grew, trató de explicarle qué era la nieve, pero el
inválido
se limitó a mirarle fijamente y le dijo: “Agua helada que cae
como
la lluvia, ¿eh? ¡Ah, nieve! En otros planetas, dicen... Aquí,
no”.
Schwartz
vigiló la temperatura a partir de entonces y descubrió
que
apenas variaba de un día a otro y, sin embargo, los días se
acortaban
primero y se alargaban después como podía esperarse en
un
lugar septentrional, por ejemplo, tan septentrional como Chicago.
Y
Schwartz dudó que estuviera en la Tierra.
Intentó
leer algunos de los fibrofilmes de Grew, pero desistió. Las
personas
seguían siéndolo a pesar de todo, mas las minucias de la
vida
cotidiana, cuyo conocimiento se daba por supuesto, las alusiones
históricas
y sociológicas que carecían de sentido para él..., todo esto
le
hizo desistir.
Los
acertijos se sucedieron: las lluvias uniformemente cálidas, las
bruscas
órdenes que recibía para mantenerse apartado de ciertas
zonas...
Por ejemplo, una tarde acabó sintiéndose intrigadísimo por
el
brillo del horizonte, el fulgor azul que aparecía hacia el sur.. .
Se
escabulló después de cenar y, cuando había recorrido menos
de
dos kilómetros, el zumbido casi inaudible de un vehículo de dos
ruedas
sonó tras él, junto con los furiosos gritos de Arbin. Se detuvo
y
éste lo llevó de nuevo a la casa.
Después,
mientras medía la habitación con sus pasos, Arbin le
dijo
que no se acercara a ningún brillo nocturno. Schwartz preguntó
sin
alterarse: “¿Por qué?”. Y obtuvo una respuesta vivamente mor-
daz:
“Porque está prohibido”.
Pero
esa noche fue muy importante para Schwartz, puesto que
durante
aquellos dos kilómetros escasos hacia el resplandor conoció
el
contacto mental. Jamás había sido capaz de describirlo a otra
persona.
No había visto a nadie, no había oído a nadie, no había sido
precisamente
un contacto.
No...
Había sido algo parecido a un contacto, pero no en parte
alguna
de su organismo. En su cerebro... No exactamente un con-
tacto,
más bien una presencia, algo que había allí.
Y la
rareza se repitió cada vez con más frecuencia.
Tan
sólo desde hacía un mes se había dado cuenta de que siempre
sabía
cuándo Arbin o Loa estaban en la casa, incluso cuando no tenía
motivos
lógicos para saberlo. Era muy difícil considerar anormal el
caso,
ya que parecía tan natural...
Schwartz
hizo pruebas y descubrió que él sabía con exactitud
dónde
estaban los miembros de la familia..., en cualquier momento.
Podía
distinguirlos, ya que el contacto mental difería según la per-
sona.
No comentó nada al respecto.
Al empezar la primavera percibió el contacto
durante la siembra:
el
contacto original, el que notó durante el breve paseo hacia el
resplandor.
Esa tarde fue a buscar a Arbin.
—¿Qué hacemos con esa zona de bosques, al
otro lado de South
Hills,
Arbin?—preguntó.
—Nada—fue la áspera respuesta—. Es terreno
minister~-
—¿Qué es eso? f ~
Arbin se mostró irritado. / ~, ~ b
—Pertenece al primer ministro. ~ r
—Pero no está cultivado.
—No
está previsto para cultivo.—Arbin hablaba en t~*Oescan- ~ .
dalizado—.
Fue un gran centro... en otros tiempos.
~ ~ ~f
—¿Muy
antiguo? ¿Cómo se llamaba? __ i
Las
preguntas brotaron con rapidez, como la respuración de
Schwartz.
Pero
Arbin, impaciente, restó importancia al tema.
—No
sé de qué época. Y sólo los hombres instruidos, la Sociedad
de
Antiguos, conocen los nombres de los centros antiguos. De todas
forrnas,
¿a ti qué te importa? Mira, Joseph, si quieres seguir aquí sin
problemas,
no seas tan curioso. Atiende tu faena.
—¿Vive
alguien alli?
—¡No!
Arbin
se fue.
Pero
el contacto mental extraño procedía de alli, y poseía un
rasgo
amenazador que intranquilizó a Schwartz.
Por
entonces, él se sentía más joven. No en sentido ffsico, a decir
verdad.
Tenía menos barriga y más hombros. Sus músculos eran más
duros
y elásticos y su digestión había mejorado. Todo ello como
resultado
del trabajo al aire libre; pero había algo más. Su forma de
pensar.
Los
hombres entrados en ahos tienden a olvidar cómo pensaban
en
su juventud, olvidan la rapidez del salto mental, la osadía de la
intuición
juvenil, la agilidad de su entendimiento. Se acostumbran a
las
variedades más laboriosas de la razón, pero puesto que este deta-
lle
está más que compensado por la acumulación de experiencia, bs
viejos
se consideran más inteligentes que los jóvenes.
Mas
Schwartz conservaba la experiencia y además descubrió con
gran
placer que podía entenderlo todo rápidamente. Poco a poco
pasó
de seguir las explicaciones de Arbin a preverlas, a dar un salto
más
allá. Y en consecuencia, se sentía joven de un modo mucho más
sutil
que el que podría haberle proporcionado cualquier medida de
excelencia
física.
Y
con la siembra ya terminada, Schwartz pensó que necesitaba
averiguar...
ciertas cosas. Por fin, una noche de primavera mientras
jugaba
una partida de ajedrez con Grew en la glorieta, lo hizo.
El
ajedrez, curiosamente, no había cambiado, aparte del nombre
de
las piezas. Grew le habló de variantes, tales como el ajedrez para
cuatro
jugadores en el que cada contendiente disponía de un tablero
comunicado
con los demás por las esquinas, con un quinto tablero
para
llenar el hueco central a modo de tierra común de nádie. Existía
el
ajedrez tridimensional: ocho tableros transparentes c7ólocados uno
encima
de otro, las piezas se movían en tres dimensiones en lugar de
las
dos anteriores, su número era doble y la victoria acurría al produ-
cirse
un jaque simultáneo de ambos reyes enemigos. Incluso existían
variantes
populares en las que la posición original de los trebejos se
decidía
tirando los dados, con casillas especiales que conferían venta-
jas
o desventajas a las piezas que las ocupaban, con nuevas piezas de
extrañas
particularidades, etcétera.
Pero
el ajedrez en sí, el primitivo e inalterable, era el mismo..., y
el
enfrentamiento entre Schwartz y Grew había completado las cua-
tro
primeras partidas.
Cuando
empezó a jugar, Schwartz tenía escasos conocimientos de
las
jugadas y perdió las primeras partidas. Pero la situación varió y las
partidas
fueron cada vez más distintas, en auanto Schwartz empezó a
ganar.
De modo gradual, el juego de Grew se hizo lento y precavido,
y el
inválido se habituó a dejar el tabaco de su pipa reducido a
relucientes
ascuas en los intervalos entre jugadas..., hasta que la
partida
concluía en estruendosa y lamentable derrota.
Grew
conducía las blancas y su peón estaba ya en 4R. Schwartz
tomó
asiento y suspiró mientras el crepúsculo progresaba. Conforme
él
iba entendiendo cada vez más la naturaleza de las jugadas del rival,
incluso
antes de que las ejecutara, las partidas habían ido perdiendo
interés.
Era como si Grew tuviera una ventana en el cráneo.
Utilizaban
un “tablero nocturno” que en la oscuridad emitía un
resplandor
escaqueado de tonos azules y anaranjados. Los trebejos,
figuras
ordinarias y defonmes de barro rojizo a la luz del día, sufrían
una
metamorfosis por la noche. La mitad estaban sumidos en una
blancura
cremosa que les confería el aspecto de porcelana fna y
reluciente,
y el resto despedía minúsculos resplandores chispeantes
de
color rojo.
Las
primeras jugadas fueron rápidas. El peón de rey de Schwartz
se
situó delante del peón enemigo. Grew sacó el caballo dc rey a 3A.
Schwartz
replicó llevando el CD a 3A. Después, el alfil blanco saltó a
SCD
y el PTD negro ocupó la tercera casilla para hacer retroceder a
4T a
la pieza rival. Acto seguido avanzó el otro caballo a 3A.
Las
brillantes piezas se deslizaban por el tablero con espectral
voluntad
propia ya que los dedos que las aferraban desaparecían en
la
noche.
En
ese momento, Schwartz habló bruscamente con voz tensa.
—¿Dónde
estoy?
Grew
alzó la cabeza mientras situaba el caballo de dama en 3A.
—¿Cómo?
—¿Qué
planeta es éste?—preguntó Schwartz jugando A2R.
—1.~
Tierra—fne l:~ hreve contectaci~Sn. v ~'lrew ce enrocó con
gran
ceremoñia.
Primero
se movió la alta figurilla que era el rey y luego la pesada
torre
pasó por encima de la antenor y se posó al otro lado.
Era
una respuesta totalmente insatisfactoria. Schwartz tradujo
mentalmente
“Tierra”, el término empleado por Grew. Pero ¿qué
era
“Tierra”? Cualquier planeta es “Tierra" para !os que lo habitan.
Avanzó
dos pasos el peón de caballo de dama y de nuevo el alfil de
Grew
tuvo que retirarse, en esta ocasión a 3C. A continuación ambos
jugadores,
aprovechando su turno, avanzaron una fila el peón de
dama,
los dos dando libertad de acción a su otro alfil para la batalla
que
pronto se iniciaría en el centro.
—¿En
qué año estamos?—preguntó Schwartz, con tanta calma y
naturalidad
como pudo.
Grew
hizo una pausa. Tal vez estuviera sorprendido.
—¿Qué
tienes en la cabeza hoy? ¿No quieres jugar? Estamos en
el
año 827 de la E. G. ¿Estás satisfecho con eso?
Contempló
el tablero con aire ceñudo y desplazó bruscamente su
caballo
de dama a SD,* el primer ataque. Schwartz lo eludió con
rapidez,
llevando a 4T su caballo de dama a modo de contraataque.
Y la
refriega cobró importancia. El caballo de Grew capturó el alfil,
que
brincó hacia arriba en un baño de fuego rojo para caer emitiendo
un
brusco “clic” en la caja donde permanecería, cual guerrero ente-
rrado,
hasta la próxima partida. Y el caballo conquistador cayó al
instante
ante la dama negra. En un momento de extremadas precau-
ciones,
el ataque de Grew vaciló y las blancas movieron el otro
caballo
al abrigo de lR, donde era relativamente inútil. El caballo de
dama
de Schwartz repitió el primer cambio, capturando el alfil y
cayendo
presa a su vez del peón de torre.
—¿Qué
es E . G. ?—inquirió tranquilamente Schwartz después de
otra
pausa.
—¿Cómo?—se
extrañó el malhumorado Grew—. ¿Aún sigues
* Es
obvio que Asimov olvida constatar una jugada, ya que correspondía
jugar
a Sch vartz. Por el posterior desarrollo de la partida, no hay duda de
que
las negras se han enrocado. (N. del T. )
45
sin
saber en qué año estamos? Bien, es el827 de la Era Galáctica. 827
años
desde la fundación del Imperio Galáctico, 827 años desde la
coronación
de Frankenn I... Te toca—concluyó estruendosamente.
Pero
el caballo que Schwartz sostenía estaba engullido por la
presa
de su mano. Se sentía furiosamente frustrado.
—Por
favor. . .—dijo, y dejó el caballo en 2D—. ¿Conoces alguno
de
estos nombres: Asia, América, los Estados Unidos, Rusia, Euro-
pa...?
Estaba
buscando identificación a tientas.
De
pronto, en la oscuridad, la pipa de Grew se transformó en un
fulgor
rojo y la difusa sombra del inválido se inclinó sobre el relu-
ciente
tablero como si fuera ella, de las dos, la que tuviera menos
vida.
Schwartz
lo intentó de nuevo.
—¿Sabes
dónde podn'a encontrar un mapa?
—No
hay mapas ~ruñó Grew—, a menos que desees arriesgar
el
cuello en Chica. No soy geógrafo. Jamás había oído los nombres
que
has mencionado.
Otra
vez la vaga amenaza que parecía pender siempre sobre él:
“. .
. arriesgar el cuello. ..”.
—El
sol tiene nueve planetas, ¿no es cierto?—preguntó con aire
de
duda.
—Diez—fue
la inflexible respuesta.
Schwartz
vaciló... Bien, podían haber descubierto otro planeta.
Contó
con los dedos antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Qué
me dices del sexto planeta? ¿Tiene anillos?
Grew
estaba avanzando dos casillas el peón de alfil de rey y
Schwartz
hizo lo propio al instante.
—¿Te
refieres a Saturno?—replicó Grew—. Naturalmente que
tiene
anillos.
Estaba
calculando. Podía capturar el peón de alfil o el de rey y las
consecuencias
de ambas réplicas no eran demasiado claras.
Pero
por lo que a Schwartz incumbía, seguro ya de la identidad de
la
Tierra, la partida de ajedrez ni siquiera era una menudencia. Las
preguntas
temblaban en la superficie interna de su cráneo y una de
ellas
se escapó.
—Y
tus librofilmes ¿son reales? ¿Existen otros mundos? ¿Con
gente?
Grew
levantó la vista del tablero, y sus ojos escudriñaron en vano
en
la penumbra.
—¿Hablas
en serio?
—¿Existen?
. ¡
Por la galaxia! Creo que no lo sabes realmente.
Schwartz
se sintió humillado por su ignorancia.
—Por
favor...
—Naturalmente
que existen otros mundos. ¡Millones! Todas las
estrellas
que ves tienen planetas, y todavía hay más que tú no ves.
Todos
forman parte del Imperio.
Muy
suave, en su irlterior, Schwartz captó el eco tenue de las
vivas
palabras de Grew conforme iban pasando, chispeantes, de una
mente
a otra. Notaba que los contactos mentales iban reforzándose
con
el paso de los días. Pronto, tal vez, sería capaz de escuchar
mentalmente
esas suavísimas palabras incluso cuando la persona que
las
pensaba no estuviera hablando.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que ocurrió todo eso, Grew?
—preguntó
roncamente—. ¿Cuánto tiempo desde que sólo existía un
planeta?
—¿Qué
pretendes decir?—Grew se mostró repentinamente pre-
cavido—.
¿Eres miembro de los Antiguos?
—¿De
qué? No soy miembro de nada..., pero la Tierra fue el
único
planeta hace tiempo, ¿no?... Bien, ¿no es cierto?
—Eso
dicen los Antiguos—dijo Grew con tono severo—. Pero
¿quién
lo sabe? ¿Quién lo sabe realmente? Por lo que yo sé, esos
mundos
de ahí arriba han estado ahí arriba a lo largo de toda la
historia.
—Pero,
¿cuántos años representa eso?
—Miles
de años, supongo. Cincuenta mil, cien mil... No puedo
asegurarlo.
¡Miles
de años! Schwartz notó un gorgoteo en su garganta y lo
reprimió,
aterrorizado. ¿Tanto tiempo entre dos pasos? ¿Un suspiro,
un
momento. una décima de segundo... v él había saltado miles de
años?
Pero
Grew estaba jugando ya. Capturó el peón de alfil enemigo y
Schwartz,
casi como un autómata, anoto mentahmente el hecho de
que
esa opción era la incorrecta. Las jugadas encajaban en su cerebro
sin
ningún esfuerzo consciente. Su torre de rey se lanzó hacia delante
para
tomar el peón doblado. El cabaUo blanco se situó de nuevo en
3A.
El alfil de Schwartz avanzó a 2C, quedando en libertad de ac-
ción.
Grew respondió al instante colocando su alfil en 2D.
Schwartz
hizo una pausa antes de lanzar el ataque final.
—¿La
Tierra sigue siendo la dueña?—preguntó.
—La
dueña ¿de qué?
—Del
Imp...
Pero
Grew levantó la cabeza con un rugido que hizo temblar los
trebejos.
—Escucha,
tú, ¿adónde quieres ir a parar? Los Antiguos afirman
que
lo fue hace tiempo, pero ¿lo parece?
Se
oyó un suave zumbido mientras la silla de ruedas de Grew
daba
la vuelta a la mesa. Schwartz notó unos dedos que aferraban su
brazo.
—¡Mira!
¡Mira alh!—La voz de Grew era un chirrido musita-
do—.
¿Ves el horizonte? ¿Ves cómo brilla?
—Sí.
—Eso
es la Tierra, la Tierra entera. Excepto en algunos sitios
donde
existen zonas como ésta.
—No
lo entiendo.
46 ~ 47
—La
corteza terrestre es radiactiva. El suelo resplandece, siem-
pre
lo ha hecho, siempre lo hará. No puede crecer nada. Nadie puede
vivir...
¿De verdad no sabes eso? ¿Por qué supones que tenemos el
Sesenta?
El
paralítico se calmó. Su silla dio la vuelta a la mesa en sentido
contrario.
—Te
toca jugar.
¡El
Sesenta! Otra vez aquella frase y siempre con el contacto
mental
de amenaza indefinida. Las piezas de ajedrez de Schwartz se
movieron
solas mientras él se formulaba preguntas con el corazón
encogido.
Su peón de rey capturó el de alfil del rival. Grew situó el
caballo
en 4D y la torre de Schwartz eludió el ataque en 4C. El
caballo
blanco siguió atacando desde 3A y las negras evitaron la
captura
llevando la torre a 5C. Pero el peón de torre rey de Grew
avanzó
tímidamente una casilla y la torre de Schwartz se lanzó al
ataque.
Capturó el peón de caballo blanco, dando jaque al rey. Grew
se
apresuró a tomar la pieza, mas la dama enemiga cubrió la baja al
instante
desplazándose a 4C y dando jaque. El rey blanco se escabu-
lló
en lT y Schwartz avanzó su caballo, situándolo en 4R. Grew
colocó
la dama en 2R en vigorosa tentativa de movihzar sus defensas
y
Schwartz replicó poniendo la dama dos casillas más adelante, en
6C,
de tal modo que la lucha era ya cuerpo a cuerpo. Grew no tenía
elección:
colocó la darna en 2C y las dos soberanas quedaron frente a
frente.
El caballo negro dio en lo vivo al tomar el del rival en 6A, y
cuando
el atacado alfil blanco se colocó rápidamente en 3A, el caba-
llo
volvió a SD. Grew dudó unos instantes y luego su dama se des-
plazó
por la gran diagonal para tomar el alfil contrario.
Y
Grew hizo una pausa y suspiró de alivio. Su astuto rival tenía la
torre
en peligro con un jaque en perspectiva, mientras la dama blanca
estaba
lista para hacer estragos. Y tenía ventaja de una torre por
peón.
—Tú
juegas—dijo con satisfacción.
—¿Qué.
.., qué es el Sesenta?—preguntó por fin Schwartz.
El
tono de Grew fue de viva hostilidad.
—¿Por
qué lo preguntas? ¿Adónde quieres ir a parar?
—Por
favor—fue la hurnilde respuesta—. Soy un hombre sin ma-
licia.
No sé quién soy, ni qué me ha ocurrido. Tal vez soy un caso de
amnesia.
—Muy
probable—fue la desdeñosa réplica—. ¿Estás huyendo
del
Sesenta? Di la verdad.
—¡
Pero si te aseguro que desconozco qué es el Sesenta !
La
voz transmiba convicción. Se produjo un silencio prolongado.
Schwartz
pensó que el contacto mental de Grew era ominoso,
aunque
fue incapaz, totahmente incapaz de captar palabras.
—El
Sesenta—dijo muy despacio Grew—es tu año sexagésimo.
La
Tierra cobija veinte millones de personas, nada más. Para vivir
debes
producir. Si no puedes producir, no puedes vivir. Cuando
pasas
del Sesenta, no puedes producir.
—Y
por lo tanto...—la boca de Schwartz quedó abierta.
—Te
ehminan. No hacen daño.
—¿Os
matan?
—No
es asesinato.—Y con voz tensa añadió—: Debe ser así. Los
demás
planetas no quieren acogemos y debemos arreglarnos para
hacer
sitio a los ninos. La generación de más edad debe hacer sitio a
los
jóvenes.
—Supongamos
que no informas que tienes sesenta años.
—¿Por
qué hacer tal cosa? La vida después de los sesenta no es
divertida.
. . Y hay un censo cada diez años a fin de atrapar a cualquier
persona
lo bastante necia para intentar vivir. Además, tu edad está
en
los archivos.
—No
la mía.—Las palabras se le escaparon. Schwartz fue inca-
paz
de contenerlas—. Por otra parte..., sólo tengo cincuenta, los
próximos
que curnpla.
—No
importa. Pueden comprobarlo mediante tu estructura ósea.
¿No
lo sabías? Es imposible ocultar la edad. La próxima vez me
cogerán...
Venga, tú juegas.
Schwartz
hizo caso omiso del apremio.
—¿Pretendes
decir que. . . ?
—Naturahmente.
Sólo tengo cincuenta y cinco, pero fíjate en mis
piernas.
No puedo trabajar, ¿no es cierto? En nuestra familia hay
tres
personas registradas y nuestro cupo se determina partiendo de
tres
trabajadores. Cuando sufn el ataque y quedé inválido sin reme-
dio,
estábamos obligados a dar parte, y en ese caso habrían reducido
el
cupo. Pero Arbin y Loa no quisieron hacerlo porque son tontos y
esto
ha significado mucho trabajo para los dos..., hasta que tú lle-
gaste.
Pero me cogerán el año que viene. .. Te toca.
—¿El
censo es el año que viene?
—Exacto...
Tú juegas.
—¡Espera!—exclamó
Schwartz en tono apremiante—. ¿Eliminan
a
cualquier persona después de los sesenta? ¿Sin ninguna excepción?
—No
por lo que a ti y a mí nos incumbe. El primer ministro tiene
una
vida prolongada, y los miembros de la Sociedad de Antiguos,
ciertos
científicos y personas que realizan servicios muy importantes.
No
demasiadas personas están capacitadas para superar esa edad.
Anualmente
tal vez una decena.. . ¡Tú juegas!
—¿Quién
decide las excepciones?
—El
primer ministro, por supuesto. ¿Vas a jugar?
Pero
Schwartz se levantó.
—No
importa. Es mate en cinco jugadas. Mi dama capturará tu
peón
con jaque, tendrás que poner el rey en uno caballo, te daré
jaque
con el caballo en siete rey, jugarás rey dos alfil, mi dama dará
jaque
en seis rey, tú pones el rey en dos caballo, juego dama seis
cabal;io
y como no tienes más remedio que ir a uno torre te doy mate
en
seis torre.
“Buena
partida—añadió de forma mecánica.
Grew
contempló durante un buen rato el tablero y después dio un
49
uento~
pa raie lo~
grito
y lo echó violentamente fuera de la mesa. Las relucientes piezas
rodaron
abatidamente por el suelo.
Pero
Schwartz no se enteró de nada..., de nada excepto de la
abrumadora
necesidad de huir. Porque si bien Browning había dicho:
¡Envejece
conrnigo!
I o
mejor aún no ha venido. . .
lo
había dicho en una Tierra poblada por millones y millones de
bulliciosos
habitantes y con alimentos sin límite. Lo mejor que ven-
dría
ahora sería el Sesenta... y la muerte.
Porque
Schwartz, la verdad sea dicha, tenía sesenta y dos años.
En
esos momentos, Schwartz comprendió dos cosas. La primera
era
sencilla e inevitable. Tenía que vivir, de algún modo, como fuera.
La
muerte podía presentarse de una forma tranquila y natural para
los
que durante toda su vida estaban acostumbrados a esa idea, pero
no
para él.
La
segunda cosa que Schwartz comprendió, no obstante, era más
sutil.
Lo pensó en un momento de perspicacia no derivado de mas
lógica
que las agudizadas percepciones propias del miedo. Ese detalle
era
que el extraño contacto mental del terreno ministerial (el que
poseía
una corriente oculta de hostilidad, el que había detectado en
su
frustrado paseo hacia el brillo del horizonte) estaba vigilándole.
Vigilándole
con el propósito definido de mantenerle donde estaba,
de
no permitirle huir.
No
había duda, estaba atrapado.
Atrapado
en la extrañeza del oscuro futuro y condenado ya a
muerte.
INTERMEDIO
Dejamos
a Joseph Schwartz en la difícil situación antes descrita,
temporalmente,
de acuerdo con la promesa hecha en las primeras
líneas
de este relato. La continuación puede entenderse mejor pa-
sando
velozmente a otro extremo de la narración ahora mismo y
yendo
hacia atrás hasta el punto adecuado..., o no yendo exacta-
mente
hacia atrás, tampoco eso, sino más bien describiendo un án-
gulo
de ciento veinte grados.
Todo
acabará aclarándose, se lo prometo.
Y
como se indica en el mismo principio, debemos hacer ciertas
consideraciones
sobre Bel Arvardan, arqueólogo de Baronn, sector
de
Sirio, ciudadano del Imperio Galáctico.
so
2.a
PARTE: BEL ARVARDAN
7 Un
solo mundo... o muchos
En
el año 827 E. G., ahora considerado, Arvardan contaba
treinta
y cinco años de edad, era un hombre rudamente atractivo
hasta
tal punto que podría juzgarse raro en un científico... Pero la
arqueología
es una ciencia de puertas afuera en sus aspectos operati-
vos
y Arvardan había viajado por más regiones del Imperio que nu-
merosos
viajeros profesionales de su edad.
Dado
su aspecto físico, podría parecer extraño (o no, depende del
cinismo
del observador) que aún estuviera soltero. Él mismo lo ne-
gaba,
afirrnaba que estaba casado con su trabajo, pero la verdad nos
fuerza
a declarar que pocas mujeres, o ninguna, se sentían impresio-
nadas
por la legalidad de un contrato matrimonial de ese tipo. Como
minimo,
las mujeres haáan grandes esfuerzos en convertir en bígamo
al
arqueólogo.
Pero
bien pensado, todo esto es incidental. De hecho, no tiene
nada
que ver con el relato. .., excepto en cierto sentido.
Lo
que sigue, si bien menos interesante, quizás es más pertinente.
Bel
Arvardan obtuvo el título de doctor en arqueología a la edad
francamente
insólita de veintitrés años en la Escuela de Arqueología
de
la Universidad de Arturo. Su tesis doctoral se titulaba: “Sobre la
antiguedad
de artetactos del sector de Sirio con consideraciones so-
bre
la aplicación subsiguiente a la hipótesis de la irradiación para
explicar
el ongen humano”.
Dicha
disertación señaló el principio de una carrera iconoclasta.
Desde
el primer momento Arvardan adoptó como suyas las hipótesis
propuestas
anteriormente por ciertos grupos de místicos más preocu-
pados
por la metafisica que por la arqueología, a saber, que la huma-
nidad
había tenido su origen en un solo planeta antes de irradiarse
gradualmente
a toda la galaxia. Era la teoría favorita de los escritores
de
fantasía de la época y el motivo favorito de mofa de casi cualquier
arqueólogo
respetable del Imperio.
Pero
Arvardan constituía una fuerza a ser tenida en cuenta in-
cluso
por los más respetables, Ya que antes de una década llegó a ser
una
autoridad en las reliquias de las civilizaciones preimperiales que
aún
subsistían en los remolinos y rebalsas de la galaxia.
Por
ejemplo, Arvardan había escrito una monografia sobre la
civilización
mecánica del sector de Rigel, en la que el desarrollo de la
automoción
creó una cultura distinta que persistió varios siglos, hasta
que
la misma perfección de las máquinas redujo la iniciativa humana
de
tal modo que las potentes flotas del tirano Moray se impusieron
fácilmente.
Si bien la arqueología ortodoxa atribuía la aparición de
culturas
tan atípicas a diferencias de raza todavía no eliminadas me-
diante
uniones entre miembros de los distintos pueblos, Arvardan
demostró
que la civilización automatizada fue resultado natural de las
fuerzas
económicas y sociales de aquella época y de aquella región.
Estaban
también los mundos bárbaros de Ofiuco, que la ortodo-
xia
había considerado desde antiguo como ejemplos de humanidad
primitiva
lejos aún de la fase del viaje interestelar. Todos los libros de
texto
citaban estos mundos como prueba de la teoría de la Fusión, a
saber,
que la humanidad había tenido origen independiente en nume-
rosos
planetas en los que predominaban relaciones químicas agua-
oxígeno
y poseían intensidades adecuadas de temperatura y gravita-
ción,
por efecto de la acción inevitable de las leyes biológicas, y que
conforme
fue descubriéndose el viaje interestelar las diversas razas se
conocieron
y fundieron.
Arvardan,
no obstante, descubrió restos de la civilización pnmi-
tiva
anterior a los mil años de barbarie de Ofiuco y demostró que los
datos
más antiguos sobre el planeta indicaban vestigios de comercio
interestelar
y que el hombre había emigrado a la región en una fase
ya
civilizada.
Y
finalmente el esfuerzo del arqueólogo por demostrar su teoría
favorita
lo había conducido al planeta probablemente menos impor-
tante
del Imperio: un planeta llamado Tierra. En este punto nos
unimos
a Bel Arvardan.
Encontramos
a Arvardan en el único paraje imperial de toda la
Tierra:
las desoladas elevaciones de las mesetas situadas al norte del
Himalaya.
Alli, donde ni entonces ni nunca había existido radiactivi-
dad,
resplandecía un lugar que no era de arquitectura terrestre. En
esencia
era copia de los palacios virreinales que existían en mundos
más
afortunados. La suave frondosidad de los terrenos había sido
creada
artificialmente por comodidad. Las rocas impresionantes ha-
bían
sido cubiertas con humus, regadas, inmersas en un clima artifi-
cial...
y convertidas en diez kilómetros cuadrados de prados y jar-
dines.
Según
cálculos terrestres, el coste energético era asombroso, pero
las
obras habían contado con el respaldo de los recursos francamente
increíbles
de doscientos millones de mundos, y la cifra no cesaba de
aumentar.
(Se supone que en el año 827 de la Era Galáctica una
media
de cincuenta nuevos planetas diarios obtenían la categoría
provincial,
para lo que era indispensable alcanzar una población de
500
millones de habitantes.)
En
este retazo de apariencia no terrestre vivía el procurador, que
algunas
veces, en este lujo artificial, podía olvidar que lo era y acor-
darse
únicamente de su condición de aristócrata con grandes honores
y
familia vetusta.
Su
esposa se engañaba seguramente con menos frecuencia, sobre
todo
cuando, tras trepar a una loma cubierta de hierba, veía a lo lejos
la
Unea definida y terminante que separaba los terrenos de la selva
brutal
que era la Tierra. En esos momentos las fuentes de colores
(luminiscentes
por la noche, produciendo la impresión de fuego lí-
quido
y frío), las sendas rodeadas de flores y las arboledas idílicas no
bastaban
para compensar el conocimiento de su exilio.
Tal
vez por eso, Arvardan fue recibido con más atenciones de las
estrictamente
señaladas por el protocolo. Para Ennius, por ejemplo,
Arvardan
fue una emanación del Imperio, de espaciosidad, de caren-
cia
de limites.
Arvaraan,
por su parte, descubrió muchas cosas que admirar.
—El
lugar está bien construido—dijo—, y con gusto. Es asom-
broso
cómo un toque de cultura central impregna los distritos más
distantes
de nuestro Imperio.
Ennius
sonrió.
—No
es como yo desearía. Me parece un caparazón que suena a
hueco
cuando lo toco. Después de considerar mi personal, la guarni-
ción
imperial, tanto aquí como en los centros importantes del pla-
neta,
y alguna visita esporádica como la suya, se agota todo el toque
de
cultura central del que usted habla. Aparenta ser muy escaso.
Tomaron
asiento en la columnata mientras moría la tarde, el
momento
del día en el que el sol rielaba en su descenso hacia las
muescas
de niebla purpúrea del horizonte y cuando el ambiente pare-
cía
tan cargado del aroma a plantas en crecimiento que los movimien-
tos
del aire eran simples suspiros de esfuerzo.
Naturalmente,
no era muy correcto, ni siquiera para el procura-
dor,
mostrar excesiva curiosidad por los actos de un invitado, pero
hay
que tener en cuenta la inhumanidad que representa el aislamien-
to
constante del Imperio.
—¿Piensa
quedarse algún tiempo, doctor Arvardan?—preguntó
Ennius.
—Oh,
difícilmente puedo asegurarlo. Tanto tiempo como consi-
dere
preciso..., que es una respuesta indefinida, me temo. Com-
prenda,
cuando se busca algo de naturaleza desconocida, y que no
estamos
seguros de reconocer cuando lo encontremos, o de interpre-
tarlo
después de reconocerlo, o de convencer a otros de la corrección
de
nuestras ideas, o... Pero ¿cómo me he metido en este atolladero,
procurador?
—Me
parece deducir cierta confusión—dijo Ennius, sonriente.
—Y
la hay. Mucha confusión. Tal vez una parte se aclare, en
cuanto
pueda meter las narices en el pasado prehistórico de este
planeta
.
Ennius
alzó las cejas.
—¿Por
qué este planeta? Si algún punto de la galaxia carece de
historia,
es éste.
—Puede
parecerlo, pero creo que lo entiende usted al revés. Este
mundo
es francamente extraordinario.
—En
absoluto—dijo tensamente el procurador—, es un mundo
francamente
vulgar. Más o menos una pocilga de mundo, o un agu-
jero
terrible, o un lugar inmundo, o casi cualquier palabra desprecia-
tiva
que quiera usarse. Y pese a tanto refinamiento del asco, el
planeta
ni siquiera puede destacar en villanía, simplemente sigue
siendo
un mundo campesino, ordinario, tosco.
—Pero—objetó
Arvardan, hasta cierto punto sorprendido por el
vigor
de las afirmaciones incoherentes con las que el procurador le
acosaba—,
el planeta es radiactivo.
—Bien,
¿y qué? Varios miles de planetas de la galaxia son radiac-
tivos,
y algunos mucho más que la Tierra.
En
este preciso momento, el movimiento suave y deslizante de la
vitrina
móvil, que se detuvo al alcance de la mano de los dos hom-
bres,
atrajo su atención. Ennius señaló la vitrina.
—¿Qué
prefiere?—preguntó.
—No
soy exigente.. . Un refresco de lima, si puede ser.
—Eso
puede arreglarse. La vitrina tendrá los ingredientes. ¿Con
o
sin Chensey?
—Sólo
una pizca—dijo Arvardan, y alzó y casi juntó los dedos
pulgar
e índice de una mano.
—Lo
tendrá dentro de un momento.
En
alguna parte de las entrañas de la vitrina entró en acción el
producto
mecánico quizá más universalmente popular del ingenio
humano:
un camarero no humano cuya alma electrónica no mezclaba
ingredientes
usando vasitos graduados, sino contando átomos, cuyas
proporciones
eran siempre perfectas y al que ni toda la artesanía más
inspirada
de alguien meramente humano podía igualar.
Los
vasos altos surgieron como de la nada, al menos así lo pare-
ció,
ya que estaban aguardando en las cavidades apropiadas.
Arvardan
cogió el verde y durante un instante probó la frialdad
del
vaso en su mejilla. Luego se llevó el borde a los labios y bebió.
—Perfecto—dijo.
Dej6 el vaso en el soporte del brazo de su
sillón
y añadió—: Miles de planetas radiactivos, procurador, tal como
usted
dice, pero sólo uno de ellos está habitado. Éste, procurador.
—Bien...—Ennius
chasqueó los labios por encuma del vaso y pa-
reció
perder parte de su brusquedad con la suavidad de la bebida—.
Tal
vez sea extraordinario en ese sentido. Es una distinción nada en-
vidiable.
—Su
singularidad no reside solamente en ese detalle.—Arvardan
hablaba
animadamente entre trago y trago—. Es algo más. Los biólo-
gos
han demostrado, o afirman haberlo hecho, que la vida no se
desarrollará
en planetas donde el nivel radiactivo de la atmósfera y
los
mares supere determinado punto. La radiactividad de la Tierra
supera
dicho punto por un margen considerable.
—Interesante.
No lo sabía. Yo diría que esa es la prueba definida
de
que la vida terrestre es fundamentalmente distinta de la del resto
de
la galaxia.
—Ni
mucho menos—fue la vehemente respuesta—. Ése es el
punto
de vista antiguo, totalmente refutado, procurador. Toda forrna
de
vida es en esencia idéntica, por cuanto se basa en comple~os
proteínicos
en dispersión coloidal. Lo denominamos protoplasma. Y
el
efecto de la radiactividad al que acabo de referirme se basa en la
mecánica
cuántica de la molécula de proteína. Todo ello es válido
para
usted, para mí, para los terrestres, las arañas y los gérmenes.
“Verá,
las proteínas, como seguramente no hará falta que le ex-
54
plique,
son agrupamientos muy complejos de aminoácidos y otros
compuestos
especializados, ordenados en intrincadas estructuras tri-
dimensionales
tan inestables como los rayos del sol en un día nu-
blado.
La vida es precisamente esa inestabiiidad, puesto que siempre
cambia
su posición esforzándose en conservar su identidad..., igual
que
una vara larga suspendida en la nariz de un acróbata.
"Pero
esta maravillosa proteína debe surgir antes de materia inor-
gánica,
para que así sea posible la vida. Desde el principio mismo,
por
la influencia de la energía radiante del sol y en las inmensas
soluciones
que denominamos océanos, las moléculas orgánicas au-
mentan
gradualmente su complejidad pasando de metano a formal
dehído,
azúcares y féculas en una dirección, y de urea a aminoácidos
y
proteínas en otra. Es cuestión de azar, desde luego, y el proceso en
un
planeta puede tardar millones de años y en otro cientos. Se ha
demostrado
que "millones" es, con mucho, la cifra probable.
“Bien,
los químicos especializados en fisicoquímica orgánica han
averiguado
con gran exactitud el proceso al respecto y, en particular,
la
energética del mismo, y se sabe a ciencia cierta que varias etapas
cruciales
requieren ausencia de energía radiante. Si ello le parece
raro,
procurador, sólo puedo decirle que la fotoquímica, la química
de
las reacciones provocadas por la energía radiante, es una rama
muy
desarrollada de la ciencia y existen innumerables casos de reac-
ciones
muy sencillas que siguen una dirección de las dos posibles,
según
si se producen en presencia o ausencia de cuantos de energía
luminosa.
“En
planetas normales, el sol es la única fuente de energía ra-
diante.
Al abrigo de las nubes, o por la noche, los compuestos de
carbono
y nitrógeno se combinan y recombinan, en las formas posibi-
litadas
por la ausencia de esas minúsculas fracciones de energía lanza-
das
entre ellos por el sol, como bolas entre un número infinito de
bolos
infinitesimales.
“Pero
en los mundos radiactivos, con sol o sin él, cualquier gota
de
agua, incluso en la noche más oscura, incluso a diez kilómetros de
profundidad,
cualquier gota de agua chispea y rebosa de veloces
rayos
gamma. excita los átomos de carbono, los activa, según dicen
los
químicos, y fuerza a las reacciones a proseguir sólo de ciertas
formas,
formas que jamás producen vida. Y lo crea o no, existen
pruebas
matemáticas rigurosas, y también experimentales, de todo io
anterior.
La
bebida del arqueólogo se había acabado. Arvardan dejó el
vaso
vacío en la inmóvil vitrina. El vaso desapareció al instante.
—¿Otro?—preguntó
Ennius.
—Pregúntemelo
después de cenar—dijo Arvardan—. De mo-
mento
ya tengo bastante.
Y
Ennius toqueteó con una reluciente uña el brazo de su sillón.
—Logra
que el proceso parezca realmente fascinante—dijo—,
pero
si todo es como usted afirma, ¿qué me dice de la vida en la
Tierra?
¿Cómo se originó esa vida'?
l
—Bien,
pues... Fíjese, hasta usted empieza a extrañarse. Por eso
el
tema es tan fascinante.
—A
menos—dijo Ennius mientras se alzaba de hombros—que
las
pruebas matemáticas rigurosas que usted menciona sean ligera-
mente
erróneas. Es sorprendente cuánta rigurosidad científica ha
fallado
en el pasado.
—¡Muy
cierto! Pero la matemática rigurosa ha resistido mucho
más
que fracasado..., y en el caso de la Tierra hay una explicación
muy
factible.
—Ah,
debí imaginámmelo. Tiene una hipótesis favorita.
—Exacto—convino
Arvardan—, y es sencilla. La radiactividad
que
supera el mínimo requerido hasta impedir la aparición de vida no
basta
para destruir vida ya formada. Podría modificarla, pero no la
destruirá
excepto si el nivel radiactivo es enormemente alto. Verá, las
reacciones
químicas al respecto son distintas. En el primer caso hay
que
evitar que se formen moléculas simples y, en el segundo, hay que
descomponer
moléculas complejas ya formadas. No es lo mismo, ni
mucho
menos.
—No
veo la aplicación de todo ello—dijo Ennius.
—¿No
es obvio? La vida en la Tierra se fommó antes de que el
planeta
fuera radiactivo. Mi querido procurador, se trata de la única
explicación
que no implica negar la realidad de la vida en la Tierra, ni
negar
teorías químicas en cantidad suficiente para trastornar la mitad
de
la ciencia.
Ennius
contempló horrorizado al arqueólogo.
—Pero...,
no puede hablar en serio.
—¿Por
qué no?
—Porque
¿cómo puede hacerse radiactivo un planeta? La vida de
los
elementos químicos radiactivos de la corteza del planeta es de
millones
de años. Deben de haber existido indefinidamente en el pa-
sado.
—Pero
existe algo llamado radi¿lctividad artificial, procurador,
incluso
en proporciones inmensas. Hay miles de reacciones nucleares
con
energía suficiente para crear toda clase de isótopos radiactivos. Si
suponemos
que los seres humanos pueden aplicar algún tipo de reac-
ción
nuclear en la industria, sin control adecuado, o incluso en la
guerra,
si usted es capaz de imaginar una guerra que acontece en un
solo
planeta, la mayor parte del suelo se convertiría en material
artificialmente
radiactivo. ¿Qué opina de eso?
El
sol había expirado sangrientamente en las montañas y la enjuta
cara
de Ennius aparecía rojiza a causa de los reflejos. Soplaba la
suave
brisa del atardecer y en los terrenos palaciegos el adormecido
murmullo
de las variedades de insectos cuidadosamente selecciona-
das
era más sedante que nunca.
—Todo
me parece muy artificial—dijo Ennius—. Una hipótesis
ud
hoc ideada para explicar hechos, pero muy improbable. Por ejem-
plo,
me resulta imposible imaginar el uso de reacciones nucleares en
la
guerra o permitir que escapen al control humano hasta ese punto,
de
ninguna manera. Bien, si usted hubiera hablado de radiaciones
subetéricas.
. .
—Usted
subestima las reacciones nucleares porque vive en el
presente.
Para usted, las reacciones nucleares son como..., como el
fuego.
Destructivas, pero controlables. En el caso del fuego, en la
construcción
pueden usarse materiales a prueba de incendio. Pode-
mos
emplear agua, tierra, dióxido de carbono, tetracloruro de car-
bono,
nitrógeno, etcétera. Pero ¿y si alguien, o algún ejército usara
el
fuego sin saber cómo dominarlo?... Bien, aplique eso a las reaccio-
nes
nucleares.
—¡Hum!—repuso
Ennius—, usted habla como Shekt.
—¿Quién
es Shekt?
Arvardan
alzó la mirada rápidamente.
—Un
terrestre. Biólogo. En cierta ocasión me explicó que la
Tierra
podría no haber sido siempre radiactiva.
—¡Ah!
Bien, no es anormal, ya que la teoría no es mía, cierta-
mente.
Aparece en El libro de los Antiguos, la historia tradicional o
mítica
de la Tierra prehistórica. Yo estoy refiriéndome a lo que ex-
plica
el libro, con la excepción de que traduzco su fraseología bas-
tante
elíptica por frases científicas equivalentes.
—¿El
libro de los Antiguos?—Ennius reflejaba sorpresa..., y
cierta
inquietud—. ¿Dónde lo consiguió?
—No
fue fácil, pero lo conseguí. Algunos capítulos, al menos.
¿Por
qué lo pregunta?
—Es
un libro venerado por una secta radical de terrestres y los no
afiliados
tienen prohibida su lectura. No me gustaría tener que infor-
mar
del hecho de que usted lo leyó, al menos no mientras se encuen-
tre
aquí. Hay gente de fuera de la Tierra que ha sido linchada por
mucho
menos que eso.
—Lo
dice como si el poder judicial del Imperio fuera defectuoso
aqui.
—Lo
es en casos de sacrilegio. A buen entendedor con pocas
palabras
bastan, profesor Arvardan.
De
un melodioso carillón brotó una nota vibrante que pareció
armonizar
con los susurros de los árboles. El sonido se apagó poco a
poco,
persistió como si estuviera enamorado del ambiente.
Ennius
se levantó.
—Creo
que es hora de cenar. Si tiene la bondad de acompa-
ñarme,
caballero, recibirá la poca hospitalidad que esta cáscara de
Imperio
en la Tierra puede ofrecer.
I,a
ocasión de celebrar un banquete se presentaba con poca fre-
cuencia.
Cualquier excusa, por insignificante que fuese, se aprove-
chaba.
Los platos fueron numerosos, el ambiente espléndido y las
mujeres
encantadoras. Y hay que añadir que el profesor Bel Arvar-
dan
de Baronn fue alabado hasta el punto de la embriaguez.
El
invitado sacó provecho de su audiencia repitiendo gran parte
de
lo que ya le había dicho a Ennius. Sus palabras fueron acogidas
56 1 57
con
agradecidas palpitaciones de excitación, muchos susurros y excla-
maciones,
todo ello acompañado de preguntas profundas si bien am-
pulosas
por parte de los varones, y chillidos y sobresaltos por parte de
las
damas.
Fue
un éxito completo, si se exceptúa que Ennius permaneció
sentado
durante toda la cena con una sonrisa forzada en los labios, un
gesto
de nerviosismo más claro incluso que las suaves arrugas de su
frente.
Y
más tarde, una dama esmeraldina se dirigió al invitado.
—Pero,
profesor Arvardan—dijo mientras su pecho se alzaba
como
un cojín rosado y blanco—, ¿realmente espera demostrar su
teoría
aquí?
—Es
posible—replicó alegremente el aludido—. Voy a investi~ar
las
zonas radiactivas. Si descubro reliquias y artefactos humaños
aquí,
¿qué otra deducción extraer sino la existencia de vida antes de
la
radiactividad?
Precisamente
durante esta breve alocución se apagó la excitación
~y
la cháchara, de modo que al final el arqueólogo miró alrededor
extrañado
por el fn'o y repentino silencio.
—¿Cree
que eso es prudente, caballero?—preguntó lacónica-
mente
un hombre que vestía unifonme militar.
Arvardan
alzó las cejas.
—Bien,
la radiactividad no es tan peligrosa. Iremos con extrema
protección
y haremos uso liberal de dispositivos mecánicos de largo
alcance
especiales para investigaciones arqueológicas. El riesgo sera
escaso.
Ennius
se inclinó hacia él.
—Estoy
seguro de que el coronel no se refería a la radiactividad
—le
dijo en tono significativo—. Se refería a que el primer ministro
no
permitirá ninguna violación de las zonas prohibidas, que son todas
las
radiactivas y algunas más.
Arvardan
frunció el ceño.
—Bien,
no creo que eso deba preocuparnos, procurador. Tengo
un
mandato de autorización del emperador y mi investigación es de
gran
valor para la ciencia.
Pero
el procurador meneó la cabeza.
—Un
mandato de autorización no servurá de nada. Ni el mismo
emperador
podría entrar en las zonas radiactivas sin permiso del
primer
ministro.. ., o sin declarar la guerra a los fanáticos de la Tierra.
Se
produjo un murmullo general de acuerdo.
—En
realidad—continuó Ennius—, si quiere aceptar mi muy ur-
gente
aviso, renuncie a la idea y márchese.
De
ese modo, la cena concluyó con un tono muy apagado.
8
Oscurecimiento... a la derecha
Por
las noches, el palacio del procurador seguía siendo práctica-
mente
el mismo mundo maravilloso. Las flores nocturnas (ninguna
originaria
de la Tierra) abrían sus gruesos pétalos blancos formando
festones
que extendían su delicada fragancia hasta los mismos muros
del
palacio. Con la luz de la luna polarizada, las hebras de silicato
artificial,
tramadas diestramente en la inmaculada aleación de alabas-
tro
de la estructura del palacio, despedían desteUos de suave color
violeta
sobre el fondo lechoso de los alrededores.
Ennius
contempló las estrellas. Para él eran la auténtica belleza,
puesto
que constituían el Imperio.
El
cielo terrestre era de tipo intermedio. No poseía la gloria irre-
sistible
de los cielos de los mundos centrales, donde las estrellas se
codeaban
en rivalidad tan cegadora que el negro de la noche casi se
perdía
en la coruscante explosión luminosa. Y tampoco poseía la
solitaria
grandeza de los cielos de la periferia, donde la negrura uni-
forme
quedaba interrumpida a grandes intervalos por la luz morte-
cina
de alguna estrella huérfana; con la lechosa forma lenticular de la
galaxia
extendida a través del cielo, las estrellas solitarias se perdían
en
el polvo diamantino.
En
la Tierra eran visibles dos mil estrellas. Ennius reconoció Si-
rio
alrededor de la cual giraba uno de los diez planetas más grandes
dei
Imperio. Y Arturo, naturalmente, capital del sector donde había
nacido
él. El sol de Trantor, mundo central del Imperio, estaba
perdido
en alguna parte de la Vía Láctea. Incluso observándolo con
un
telescopio, seguía fonmando parte del resplandor general.
El
procurador notó una blanda mano en su hombro y la suya se
alzó
para tomarla.
—¿Flora?—musitó
.
—¿Ordeno
que traigan el desayuno aquí, Ennius?—sonó la voz
en
parte divertida de su esposa—. ¿Sabes que está a punto de ama-
necer?
—¿De
verdad?—El procurador le sonrió carinosamente y buscó
a
tientas en la oscuridad el arete marrón suspendido cerca de la
mejilla
de Flora. Le dio un suave tirón—. ¿Y debes esperanme levan-
tada
y oscurecer los ojos más henmosos de la galaxia?
Flora
apartó la cabeza antes de replicar.
—Tú
mismo tratas de oscurecerlos con tus lisonjas—dijo dul-
cemente—,
pero ya te he visto así otras veces. ¿Qué te preocupa esta
noche,
querido?
Ennius
meneó la cabeza en la oscuridad.
—No
lo sé—respondió—. Creo que lo que finalmente me aburre
es
la acumulación de pequeños detalles. Primero fue el asunto de
Shekt
y su sinapsificador y ahora esa torpeza y estupidez total por
parte
del gobierno... Y otras cosas, otras cosas. Oh, ¿para qué,
Flora?...
Aquí no hago nada bueno.
—Indudablemente
esta hora de la mañana no es momento para
poner
a prueba tu moral.
Pero
Ennius ya estaba hablando con los dientes apretados.
—¡Estos
terrestres! ¿Por qué tan pocos hombres son una carga
tan
grande para el Imperio? Son pendencieros y tercos y, al mismo
l
tiempo,
astutamente precisos a la hora de irnportunar, como si supie-
ran
por instinto cuáles son nuestras debilidades. Flora, ¿te acuerdas
cuando
me nombraron procurador, los consejos que recibí del viejo
Faroul,
el que me precedió, sobre la dificultad del cargo?... Él estaba
en
lo cierto. Totalmente.—Hizo una pausa, se sumió en sus pensa-
mientos
y finalmente siguió hablando, de un tema que, en apariencia.
nada
tenía que ver—. Pero si hay algo claro es que el resentimiento
de
estos terrestres los ha llevado a sueños de rebelión...—Miró a
Flora—.
¿Sabes cuál es la doctrina de la Sociedad de Antiguos de la
Tierra?—le
preguntó—. Que la Tierra fue hace tiempo el único
hogar
de la humanidad, que es el centro de la raza y que algún día
volverá
a serlo.
—Sí—dijo
ella en tono tranquilizador—. Lo sé.
En
ocasiones como ésta siempre era mejor dejar que Ennius se
desfogara.
Ella también sabía eso.
—Y
en realidad existen grupos radicales—prosiguió el procura-
dor—que
afirman que este mítico Segundo Reino de la Tierra está
cerca,
que prevén la destrucción del Imperio en una catástrofe gene-
ral
que dejará a la Tierra triunfante y con toda la gloria primitiva...
—su
voz se quebró—, de un mundo retrasado, bárbaro e inmundo...
Pero
en los dos últimos años no hemos tenido noticia de esos grupos.
—Ah,
eso es bueno.
—No,
eso es malo. Es el primer pequeño detalle que menciono.
Mientras
los fanáticos puedan verter libremente sus aguas cloacales,
nadie
los tomará en serio. Ni nosotros ni la población normal de la
Tierra.
Pero si de pronto los silencian, mi opinión es que el primer
ministro
desea que sus doctrinas no atraigan la atención y que eso
sólo
podrá ocurrir cuando las doctrinas sean oficiales.
—Oh,
Ennius, ¿no es un razonamiento muy tortuoso? Además,
¿qué
pueden hacer esos desgraciados? ¿Hay que tomarlos tan en
serio?
Se trata de su única fuente de diversión, ese sueño fantástico
que
tienen ellos de dominar el mundo. ¿Por qué privarlos de ese
sueño?
—Bien,
eso no es todo. Por ejemplo, ¿qué pasa con el sinapsifi-
cador?—Ennius
miró pensativamente la débil luz que estaba con-
quistando
la pulida negrura del cielo terrestre—. Shekt me asegura
que
su propósito es aumentar la capacidad mental de los seres hu-
manos.
¿Dice la verdad? E incluso si eso fuera todo, ¿no estará
funcionando
ya el instrumento con terrestres, a fin de que doscien-
tos
millones de planetas no disfruten de las inmensas posibilidades
de
uno solo?
—¿Aumentando
la inteligencia de todos los terrestres? Si no me
equivoco
dijiste que eso no daría resultado.
—Lo
dijo Shekt, no yo... Y ahora él está interesado en rehuirme.
Las
cartas que le envío las contesta de una forma impersonal, y creo
que
con la censura de por medio. Son cartas muy extrañas. Intente
visitarle
hace un mes en Chica, pero fue imposible localizarlo... ~Muy
curioso
! Y todo esto es muy enigmático. . ., y muy preocupante.
Y
dicho esto se volvió hacia Flora y, a la débil luz de las estrellas,
buscó
a tientas sus manos.
—Escúchame,
Flora.—Su voz era apremiante—. Es absurdo se-
guir
esta discusión. Hay muchas cosas que no sabes. Muchas cosas
que
no debes saber. Pero te diré esto: habrá una rebelión en la
Tierra,
similar al levantamiento de 750, salvo que seguramente será
peor.
Por eso estoy sentado aquí, aguardando la salida del sol.
—Pero...,
si estás tan seguro... ¿Estamos preparados?
—iPreparados!—La
risa de Ennius fue más bien un ladrido—.
Yo
lo estoy. La guarnición está alertada, y bien pertrecha. Todo
cuanto
era posible hacer con el material disponible, lo he hecho.
Pero,
Flora, no me interesa que haya una rebelión. No quiero que mi
procuraduría
quede registrada en la historia como la procuraduría de
la
rebelión. No quiero ver mi nombre vinculado a muerte y cannice-
ría.
Me condecorarán por ello, pero dentro de un siglo los libros de
historia
me denominarán tirano sangriento. ¿Qué me dices del virrey
de
Santanni en el siglo sexto? ¿Podía hacer algo más que lo que hizo?
Recibió
honores entonces, pero, ¿ahora quién tiene una palabra de
elogio
para él? Preferin'a que me conocieran como el hombre que evi-
tó
una sublevación y salvó las despreciables vidas de estos locos.
Su
tono era poco esperanzado.
—¿Estás
seguro de que, a pesar de todo, no puedes hacer nada,
Ennius?
Flora
se sentó junto a él y le acarició con las uñas el borde del
mentón.
Ennius
le cogió las manos y las apretó con fuerza.
—¿Cómo?
Deliberadamente, el gobierno imperial ha emprendi-
do
el peor camino. ¿Para qué mandan aquí a ese loco, a Arvardan?
Ya
no puedo hacer nada.
—Pero,
querido, no creo que ese arqueólogo vaya a hacer algo
tan
terrible. Admito que parece un maniático pero, ¿qué daño puede
hacer?
—¿No
está claro? Quiere que le autoricen a entrar en las zonas
prohibidas.
Se lo impedirán.
—Bien.
. .
—Pero
no se lo impediré yo. Yo no puedo hacer eso. Casi todo el
mundo
tiene la estúpida teoría de que los virreyes pueden hacer
cualquier
cosa, pero sencillamente no es así. Ese hombre tiene un
mandato
de autorización del negociado de Provincias Exteriores, y
aprobado
por el emperador. Con eso quedo anulado. No puedo
hacer
nada sin apelar al Consejo Central, y eso llevaria meses... ¿Y
qué
razones iba a ofrecerles? Y si intento detener por la fuerza al
arqueólogo,
estaría cometiendo un acto de rebeldía y ya sabes b
dispuesto
que está el Consejo Central a destituir a cualquier funcio-
nario
del que piensen que está pasándose de la raya, así ha sido
siempre
desde la guerra civil de los años ochenta. ¿De qué me servi-
ría
eso, por tanto? Me sustituirían por alguien que desconociera tota~
mente
la situación y Arvardan podría seguir adelante de todos modos.
60
61
—Has
dicho que se lo impedirán.
—¡Lo
hará el primer ministro! Y en ese caso, ¿cómo voy a con-
vencerlo
de que no se trata de un plan organizado por el gobierno,
que
el Imperio no consiente sacrilegios deliberados?
~h,
imposible que él sea tan quisquilloso.
—¿Imposible?—Ennius
se echó hacia atrás y miró fijamente a su
esposa.
La noche había cobrado un color apizarrado y, en parte,
Flora
era visible—. Tienes una ingenuidad conmovedora. Natural-
mente
que él puede ser tan quisquilloso. ¿Sabes que la Tierra, por
ejemplo,
no tolera signos exteriores de dominio imperial en su pla-
neta
porque insisten en que la Tierra es, por derecho, el gobernante
de
la galaxia? En cierta ocasión la insignia del emperador se hallaba
desplegada
en Washenn, la sede de la cámara del consejo terrestre,
tal
como está presente en todas las cámaras de consejos de la galaxia,
como
símbolo de unidad imperial. ¿Sabes qué ocurrió? Te lo expli-
caré.
Los lunáticos la desgarraron y por la noche toda esa miserable
ciudad
se había alzado en armas contra nuestros soldados. Al final
tuvimos
que ceder.
—¿Quieres
decir que no volvieron a poner la insignia imperial?
—preguntó
ella con aire de incredulidad.
—Jamás
lo hicieron. Por las estrellas, no. La Tierra es el único
planeta
entre doscientos millones que no tiene insignia en su cámara
del
consejo... Y ahora Arvardan intentará entrar en las zonas prohi-
bidas.
¿Qué estarán pensando de esto en Trantor? Y peor todavía,
ese
arqueólogo está predicando la misma doctrina radical que los
fanáticos.
Ese profesor chiflado cree sinceramente que la Tierra es el
planeta
natal, el planeta natal de la raza humana. ¡Avivar el fuego de
esa
forma, imagínate! Te garantizo que él es sincero..., pero aunque
no
tuviera toda la razón, Flora, ¿qué pueden estar pensando esos
vagos
del negociado de Provincias Exteriores?
—¿Quieres
explicanme sinceramente una cosa, Ennius?
—Si
puedo...
—¿Qué
esperas en realidad? No estás simplemente preocupado,
carino,
estás al borde del pánico. ¿Esperas una explosión experimen-
tal?...
¿O algo peor?
Ennius
evitó mirar a su esposa.
—No
tengo motivos para esperar algo peor.
—Pero
los tienes.—Flora le miró ansiosamente a la luz del alba—.
No
deberías ocultanme nada. No es incorrecto, es peor, es inútil. Tú
esperas
algo peor.
—Flora,
no he hablado de esto con nadie.—Había un viso de
tortura
en sus ojos—. Ni siquiera es una corazonada... Cuatro años
en
este planeta puede ser demasiado tiempo para cualquier hombre
que
esté cuerdo. Pero yo diría que ningún planeta cuerdo pensaría en
rebelarse
contra un imperio de doscientos millones de mundos.
—Lo
han hecho anteriormente.
—Sí,
pero esta vez parecen muy confiados.—Alzó la cabeza con
viva
sorpresa, como si acabara de encontrar la clave de algo que
había
eludido su comprensión. Y repitió enérgicamente—: Eso es,
parecen
confiados. Por las estrellas, creen realmente que pueden
salirse
con la suya. Más que eso. Creen que pueden obligarnos...
Como
ya sabes, Flora, esta gente tiene sus misticismos. Deben tener-
los,
para soportar la realidad. ¿Es posible que estén tan apegados a su
fe
en un destino o alguna fuerza, en algo que sólo tiene significado
para
ellos, algo que puede proporcionarles la victoria?
“Es
imposible. Mira, aun dando por supuesto que el terrestre
ordinario
crea que algún día el destino devolverá a la Tierra su su-
puesta
supremacía sobre la galaxia, los gobernantes de la Tierra no
pueden
pensar así, imposible. Como mínimo conocen la necesidad de
disponer
del armamento bélico tan prosaico que hasta el destino
juzga
útil en sus decisiones. Es posible..., quizá..., quizá.. .
—Quizá,
¿qué, Ennius?
—Quizá
ya tengan armas.
—¿Y
eso permitirá que un planeta derrote a doscientos millones?
Estás
aterrorizado.
—Pero
ellos se muestran tan confiados...
—Oh,
¿cómo lo sabes? Se han sublevado olras veces. Quizás
entonces
tenían la misma confianza. Y es posible que ahora no estén
tan
confiados, que tu imaginación enfermiza desee atribuirles esa
cualidad...
Fíjate, el sol va a salir dentro de poco. ¿Descansamos un
rato
en silencio? Luego te sentirás mejor y podrás meditar y aclarar
las
cosas.
Durante
media hora hubo paz, al menos en esa zona de la gala-
xia.
Y el sol, después de salir, iluminó rojizamente una glorieta en
la
que dormían abrazados el representante imperial en la Tierra y su
esposa.
Ninguno
de los dos llegó a ver la salida del sol.
9
Oscurecimiento... en el cenlro
Bel
Arvardan se embarcó en el mayor avión estratosférico de la
Compañía
de Transporte Aéreo de la Tierra, que hacía el recorrido
entre
Everest y la capital terrestre, Washenn. Viajó solo, tras haber
dejado
su nave v a los miembros de la expedición enfrascados en los
preparativos
de última hora.
Lo
hizo deliberadamente, movido por la curiosidad lógica que
siente
un arqueólogo que además es extranjero por la vida ordinaria
de
los habitantes de un planeta como la Tierra.
...
Y también tenía otro motivo: ver por sí mismo a los terrestres
después
de las extrañas insinuaciones que le había hecho el procu-
rador.
Arvardan
provenía del sector de Sirio, el sector de la galaxia que
estaba
por encima de todos los demás, donde los prejuicios antite-
rrestres
estaban más arraigados. Pero él no creía haber sucumbido a
los
prejuicios. Logicamente había adquirido el hábito de imaginar a
los
terrestres como personajes caricaturescos, especiales, invariables,
e
incluso el término “terrestre” le parecía desagradable; pero en
realidad
no tenía prejuicios...
Al
menos él no lo creía así. Por ejemplo, si alguna vez un terrestre
hubiera
deseado participar en alguna de sus expediciones, o trabajar
a
sus órdenes en cualquier actividad, y si tenía experiencia y capaci-
dad
suficientes, Arvardan lo habría aceptado. De haber existido al-
gún
hueco para él, asunto arreglado. El arqueólogo meditó el asunto
y
decidió que, llegado el caso, comería con un terrestre, o se alojaría
en
casa de alguno, o los tratan'a en todos los aspectos como a cual
quier
otra persona. Sin embargo, Arvardan siempre tenía en cuenta
el
hecho de que un terrestre era un terrestre, no podía evitarlo. Era
consecuencia
lógica de una infancia inmersa en un ambiente de into-
lerancia
tan absoluta que casi era imperceptible, hasta que el obser-
vador
salía de dicho ambiente y dirigía la vista atrás.
Sin
embargo, el arqueólogo se encontraba ahora en un avión en el
que
sólo había terrestres a su alrededor, y se sentía francamente có-
modo.
Pero,
¿qué tenía Ennius contra ellos? Había hecho enormes es-
fuerzos
para evitar con razonamientos la investigación en las zonas
radiactivas.
Y había pretendido dar a entender algo, algo siniestro y
amenazador
relacionado con los terrestres, sin mostrarse claro y con-
creto.
Arvardan
contempló de nuevo las caras vulgares y normales de
sus
compañeros de viaje. Se suponía que esos hombres eran distintos.
Pero
¿podría él distinguirlos en una multitud? Arvardan no lo creía.
El
mismo avión era, a juicio del arqueólogo, un caso menor de
construcción
imperfecta. Estaba dotado de motor atómico, por su-
puesto,
pero la aplicación del principio distaba mucho de ser efi-
ciente.
En primer lugar, la unidad de potencia no se hallaba bien
protegida,
y Arvardan pensó que la presencia casual de rayos gamma
combinada
con elevada densidad neutrónica en la atmósfera podía
ser
para los terrestres un problema menos importante que para otros.
Y en
ese momento algo le atrajo su atención. Desde aquella
región
de color vinoso de la estratosfera superior, la Tierra presen-
taba
un aspecto fabuloso. Las zonas continentales inmensas y cubier-
tas
de niebla que el arqueólogo veía bajo él, oscurecidas en algunos
puntos
por grupos de nubes que reflejaban el sol, mostraban un
desolado
tono anaranjado. Por detrás, alcanzando con rapidez al
veloz
vehículo estratosférico, aparecía el suave y difuso horizonte
nocturno
en cuya oscura sombra se veía el destello de las zonas ra-
diactivas.
La
atención de Arvardan se vio desviada de la ventanilla por las
risas
de los pasajeros, centradas en un matrimonio ya maduro, los
dos
cónyuges muy robustos y todo sonrisas. El arqueólogo tocó el
brazo
de su vecino de asiento.
—¿Qué
ocurre?
El
otro hombre dejó de reír para contestar.
—Llevan
casados cuarenta años y están haciendo el gran viaje.
—¿El
gran viaje?
—Sí,
hombre, la vuelta al mundo.
El
esposo ya entrado en años, ruborizado de placer, estaba na-
rrando
sus experiencias e impresiones con abundancia de detalles,
mientras
su esposa intervenía de vez en cuando con el mejor de los
humores.
La amigable audiencia escuchaba todo cuanto decía la pa-
reja
con enonme satisfacción, por lo que Arvardan pensó que los
terrestres
eran tan cordiales y humanos como cualquier habitante de
la
galaxia. En ese momento alguien hizo una pregunta.
—¿Y
cuándo le toca el Sesenta?
—Dentro
de un mes—fue la rápida y jovial respuesta—. El dieci-
séis
de abril.
—Bueno—dijo
el que había preguntado—, espero que le vaya
bien.
—Ella
me acompañará—replicó el esposo, señalando con el pul-
gar
a su afable mujer—. No le toca hasta dentro de tres meses, pero
ella
opina que la espera es absurda, así que nos iremos juntos. ¿No es
así,
regordeta?
—Oh,
sí—dijo ella, y dejó escapar una agradable risita—. Nues-
tros
hijos se han casado y tienen su propia casa, y yo sería un estorbo
para
ellos. Además, no podría disfrutar esos meses sin mi media na-
ranja...
Por eso nos iremos juntos.
Arvardan
interrumpió el alboroto general para aclarar un punto
que
le parecía claramente sospechoso.
—¿Qué
es eso del Sesenta?—preguntó a su vecino de asiento—.
¿No
se referirá a eutanasia, verdad?
Arvardan
conocía la costumbre, aunque sólo de un modo teórico.
Sólo
en ese momento pensó que se aplicaba realmente a seres hu-
manos.
El
otro hombre obsequió al arqueólogo con una mirada prolon-
gada
y suspicaz.
—Bueno,
¿qué opina usted?—dijo.
La
pregunta era una respuesta más que suficiente. Arvardan, con
cierta
consternación, contempló la algarabía general que un tema
como
aquel podía provocar.
Al
parecer, toda la lista de pasajeros estaba enfrascada en un
cálculo
aritmético simultáneo del tiempo que les quedaba a todos,
proceso
que implicaba la conversión de factores de meses a días y que
ocasionó
varias disputas.
Un
individuo bajito, con la ropa muy ajustada y la expresión
resuelta
intervino furiosamente.
—Me
quedan exactamente doce años, tres meses y cuatro días.
Doce
años, tres meses y cuatro días. Ni un día más, ni un día menos.
El
cálculo fue aprobado por otro pasajero, con una observación
lógica:
—Si
no te mueres antes, claro.
—Tonterías—fue
la réplica inmediata—. No tengo intención de
morirme
antes. ¿Tengo el aspecto de alguien que moriría antes? Voy
5 .
Cuento~ paralelo~
a
vivir doce años, tres meses y cuatro días y aquí no hay ningun
hombre
que se atreva a negarlo.
Y en
realidad su aspecto era muy furioso.
Un
mozalbete apartó de sus labios un cigarrillo alargado muy
elegante
para decir con voz seria:
—Está
muy bien que lo puedan calcular con tanía exactitud. Hay
más
de uno que está viviendo más de lo que le toca.
—Ah,
claro—dijo otro.
Hubo
un asentimiento general y se creó un ambiente de indigna-
ción
más bien provocado.
—Y
no veo—prosiguió el joven, que mientras fumaba hacía
gestos
ceremoniosos con la intención de eliminar la ceniza—nada
objetable
en que un hombre, o una mujer, desee continuar después
de
su cumpleaños hasta el siguiente día de asamblea general, en
especial
si tienen algún asunto que resolver. Son esos sinverguenzas,
esos
parásitos que intentan llegar más allá del próximo censo, los que
se
comen el alimento de la siguiente generación...
Pareáa
tener un motivo personal de queja.
—Pero—interrumpió
suavemente Arvardan—, ¿no está regis-
trada
la edad de todos los habitantes? No es posible que puedan ir
muy
lejos después de su cumpleaños, ¿no es cierto?
Se
produjo un silencio general combinado con desprecio por el
estúpido
idealismo expresado.
—No
parece muy lógico vivir después del Sesenta, supongo—di-
jo
por fin alguien, en tono diplomático.
—No
si eres trabajador, o campesino—espetó otro enérgicamen-
te—.
Pero ¿qué pasa con los administradores, los funcionarios mu-
nicipales..
.?
Y,
por fin, el hombre casi sesentón, cuyo cuadragésimo aniversa-
rio
de boda había iniciado la conversación, aventuró su opinión, tal
vez
envalentonado por el hecho de que él, víctima actual del Sesenta,
no
tenía nada que perder.
—En
cuanto a eso—dijo—, depende de quien ustedes saben.
—Y
guinó un ojo en gesto de tímida alusión—. Conoá a un tipo que
cumplió
los sesenta un año después del censo ochocientos diez y vivió
hasta
que el censo ochocientos veinte lo descubrió. Cumplió los se-
senta
~r nueve antes de irse. ¡Sesenta y nueve !
—Pero
¿cómo pudo hacer eso?
—Tenía
algún dinero, y su hermano era un Antiguo. Nada es im-
posible
si puedes conseguir una combinación como ésa.
Y
hubo aprobación general a ese sentimiento, reforzada por el
jovencito
del cigarrillo.
—Pero
si no tienes dinero contante y sonante ya puedes mar-
charte
la manana de tu cumpleaños, o veinte Antiguos vendrán a
buscarte
a casa al día siguiente...
—Y
es muy probable que les pongan una multa a tus hijos—aña-
dio
otro.
Arvardan
escuchó todo esto con enorme asombro. Y tal vez parte
66
de
ese asombro asomara en su semblante, ya que su vecino de
asiento,
que había estado mirándole ceñudamente desde la pregunta
sobre
el Sesenta, le interpeló bruscamente.
—Tiene
una forma extraña de hablar. ¿Procede de los continen-
tes
occidentales?
Arvardan
notó que todas las miradas le apuntaban, todas con
visos
repentinos de sospecha. ¿Pensaban que él era miembro de esa
Sociedad
de Antiguos? ¿Acaso sus preguntas reflejaban el engatusa-
miento
de un agent provocateur?
—No
soy de ninguna parte de la Tierra—replicó en un arranque
de
franqueza—. Me llamo Bel Arvardan y soy de Baronn, sector de
Sirio.
Fue
igual que si hubiera arrojado una cápsula atómica explosiva
en
medio del avión.
El
horror mudo inicial de todos los semblantes se transformó
rápidamente
en cólera, amarga hostilidad que llameó ante el arqueó-
logo.
El hombre que compartía asiento con él se levantó con aire
ofendido
y ocupó otro lugar, después de que las dos personas senta-
das
alli se apretaran mucho para dejarle sitio.
Las
caras se volvieron. El arqueólogo quedó rodeado de hom-
bros,
enjaulado en espaldas. Durante un momento, Arvardan ardió
de
indignación. Que los terrestres lo trataran así, a él. Y luego se
calmó.
Era obvio que aquella intolerancia jamás había sido unilate-
ral,
que el odio engendraba odio.
Completó
el viaje en silencio y a solas.
10
Oscurecimiento... a la izquierda
Las
instalaciones del colegio de Antiguos de Washenn son simple-
mente
formales. Austeridad es la palabra clave, y hay un aire franca-
mente
grave en los apretados grupos de novicios que dan su paseo de
la
tarde entre los árboles del patio, donde nadie excepto los Antiguos
puede
entrar. De vez en cuando la figura con túnica verde de un
Antiguo
decano atraviesa el césped y recibe graciosas reverencias.
Y en
raras ocasiones puede hacer acto de presencia el mismo
primer
ministro...
Pero
no como en este momento, casi corriendo, casi sudoroso,
haciendo
caso omiso de los que respetuosamente alzan las manos,
desatento
a las miradas precavidas que le siguen, a las miradas inex-
presivas
que se cruzan, a las cejas ligeramente arqueadas. ..
Se
introdujo en la Sala Legislativa por la entrada particular y echó
a
correr rampa abajo entre el resonar de sus zancadas. La puerta a la
que
se dirigía como un rayo se abrió mediante la presión de un pie del
único
ocupante y el primer ministro entró.
El
secretario apenas alzó la mirada de su escritorio, pequeño y
sencillo,
donde estaba inclinado sobre un televisor diminuto cuyo
sonido
escuchaba con atención mientras sus ojos erraban por más o
menos
una mano de papel de comunicaciones al parecer oficiales
apiladas
ante él. El primer ministro golpeó bruscamente el escri-
torio.
—¿Qué
es esto? ¿Qué ocurre?
Los
ojos del secretario miraron breve y fríamente al prirner minis-
tro
y el televisor quedó apagado.
—Saludos,
vuestra sabiduría.
—¡No
me des saludos!—replicó con impaciencia el primer minis-
tro—.
Quiero saber qué está pasando.
—En
una palabra, nuestro hombre ha huido.
—¿Hablas
del hombre que Shekt sometió al sinapsificador, el que
parloteaba
en un idioma raro..., el de la granja cerca de Chicago?...
Es
incierto el número de detalles que el primer ministro habría
recitado
si el secretario no lo hubiera interrumpido en tono indife-
rente.
—Exacto.
—¿Por
qué no he sido informado? ¿Por qué no soy informado
nunca?
—Eran
precisas medidas inmediatas y tú estabas ocupado. Yo te
he
sustituido, con toda mi capacidad.
—Sí,
te preocupas mucho de mis ocupaciones cuando deseas ac-
tuar
sin mí. Bien, no lo toleraré. No consentiré que se actúe sin mí,
que
se me deje de lado. No pienso...
—Estamos
retrasándonos—fue la réplica en el tono de voz nor-
mal,
y la casi gritería del primer ministro cesó.
El
recién Degado carraspeó y vaciló antes de seguir hablando.
—¿Qué
datos tenemos?
—Apenas
ninguno. Al cabo de seis meses de paciente espera, sin
nada
que indicara tal cosa, ese individuo, el agente T, como lo deno-
minan
los informes, se marchó.
—¿Lo
siguieron?
—Naturalmente.
Cuatro horas por la autopista, hacia el este.
Después
se esfumó.
—¿Se
esfumó?
—Ese
es el detalle misterioso, ya que no existe explicación ló-
gica.
—¿De
qué hablas, qué es eso de que no existe explicación lógica?
¿Cómo
es posible? ¿Cómo vamos a lograr nuestros fines si en mo-
mentos
cruciales no existe explicación lógica?
—Hemos
interrogado a nuestro agente. Habla de dolor de ca-
beza,
dolor cegador, luces muy brillantes ante sus ojos, mareo. No
está
seguro de cuánto tiempo sufrió el ataque. Media hora, tal vez.
—Imposible.
Lo han sobornado.
~lo
atacaron—dijo el secretario sin perder la compostura—.
No
somos los únicos que poseemos métodos de ataque desconocidos.
El
primer ministro palideció de forma perceptible.
—¿Y
qué haremos ahora?
—Encontrar
al agente T. Es evidente que el Imperio tiene una
organización
en la Tierra de la que no sabemos nada. El agente T,
una
vez localizado, nos dará pistas para descubrirla, a menos que él
mismo
sea un pez gordo. Cosa que todavía sería mejor.
El
primer ministro volvió la cabeza y se mordió el labio mientras
su
cerebro emprendía una carrera. Su siguiente pregunta la hizo de
espaldas.
—¿Qué
hay del campesino con el que estaba viviendo el agente T?
—Nada.
Lo interrogaron y lo dejaron marchar... Una simple he-
rramienta,
de ningún valor ni para ellos ni para nosotros.
Acto
seguido, por primera vez, el secretario tomó la iniciativa.
—Tienes
una cita con el profesor Bel Arvardan dentro de cuatro
horas.
El
otro hombre agitó la mano en un gesto de irritada negligencia.
—Anúlala.
_ De
ningún modo. Será mejor que hables con él.
—¿Por
qué?—preguntó dando media vuelta—. ¿Quién es ese
como
se llame? ¿Qué desea?
—Deberías
haberlo preguntado antes. Es arqueólogo del Im-
perio.
—¿Y
qué tengo que ver yo con la arqueología, por la galaxia? ¿O
con
los arqueólogos?
—Nada.
Pero un representante del Imperio desea verte el mismo
día
que el agente T se nos escapa.
—Ah...—Y
el primer ministro, como si de pronto estuviera can-
sado,
se dejó caer en la silla de respaldo recto que había en un
rincón—.
Esto supera mi comprensión. Me he perdido.
—Cierto—murmuró
el secretario, y dejó que una tenue sonrisa
apareciera
en sus labios—. Ennius, nuestro respetable procurador,
nos
ha enviado una nota avisándonos de la llegada del arqueólogo.
—Tampoco
he recibido esa nota. Te lo aseguro, no se me informa
de
nada de lo que ocurre. Es vergonzoso...
—Bueno,
yo te informaré ahora, vuestra sabiduría. Ennius afirma
expresamente
que este Arvardan no es representante oficial ni de él
ni
del Imperio, y que desconoce por completo nuestras costumbres.
Y
espera que lo tratemos con tolerancia y comprensión, dada su
ignorancia.
. . Ah, sí, Ennius nos manda saludos fraternales.
—Parece
demasiado ansioso—dijo el primer ministro—. No creo
una
sola palabra.
—Tu
misión será juzgar eso. No sabemos quién o qué es Arvar-
dan...,
pero nuestro objetivo es averiguarlo y no perderle de vista
hasta
conseguirlo.
Cuando
el primer ministro estaba a punto de marcharse, el secre-
tario
levantó un dedo.
—¡Vuestra
sabiduría!—El aludido se volvió—. Sobre Arvardan
otra
vez—dijo el secretario—. Sería preferible que no ensayaras
estrategias
profundas. Muestra naturalidad y sé tan elocuente como
quieras,
siempre que no digas nada. Limítate a una misión de confu-
ión
y demora. .. Y sonríe. Tu actual expresión te delataría.
Bel
Arvardan llegó puntualmente y tuvo tiempo de curiosear.
Para
un hombre muy familiarizado con los triunfos arquitectónicos
de
la galaxia entera, el Colegio de los Antiguos apenas era más que
un
triste bloque de granito con refuerzos de acero, moldeado con un
estilo
arcaico. Para un hombre que además era arqueólogo, la cons-
trucción
podía constituir, con su austeridad lóbrega y casi salvaje, el
hogar
apropiado para una forma de vida lóbrega y casi salvaje. Su
mismo
carácter primitivo indicaba que los ojos estaban vueltos hacia
el
pasado lejano. . .
En
cuanto al primer ministro, su túnica era nueva y debido a ello
relucía.
Su frente no mostraba señal alguna de prisa o duda, el sudor
quizá
fuera algo desconocido para ella.
Y la
conversación fue francamente amistosa. Arvardan se afanó
en
mencionar los buenos deseos de algunos gentilhombres del Impe-
rio
al pueblo de la Tierra. El primer ministro mostró igual cuidado al
expresar
la enorme gratitud que debía sentir la Tierra entera por la
generosidad
y la sapiencia del gobierno imperial.
Arvardan
se explayó sobre la umportancia de la arqueología en la
filosofía
imperial, sobre su contribución a la gran conclusión de que
todos
los humanos de cualquier planeta de la galaxia eran herma-
nos...,
y el primer ministro convino en ello insulsamente y observó
que
la Tierra sostenía esa opinión desde hacía mucho tiempo y sólo
podía
esperar la pronta llegada del momento en que el resto de la
galaxia
convirtiera la teoría en práctica.
Arvardan
sonrió fugazmente al oír la observación.
—Precisamente
por ese motivo, vuestra sabiduría, he venido a
verles.
Las diferencias entre la Tierra y algunas vecindades de los
dominios
imperiales residen básicamente, creo yo, en la forma dis-
tinta
de pensar. Sin embargo, sería posible eliminar muchas friccio-
nes
si pudiera demostrarse que los terrestres no son distintos, en
sentido
racial, de otros ciudadanos galácticos.
—¿Y
cómo se propone hacer tal cosa, caballero?
—Bien,
no es fácil explicarlo en pocas palabras. Como quizá sepa
vuestra
sabiduria, las dos corrientes principales del pensamiento ar-
queológico
reciben la denominación común de “teoría de la Fusión”
y
“teoría de la Irradiación”.
—Estoy
familiarizado con el punto de vista de un lego en la materia.
—Perfecto.
Bien, la teoría de la Fusión implica lógicamente la
noción
de que los diversos tipos de humanidad, al evolucionar de
modo
independiente, cruzaron sus caminos en bs tiempos primitivos
y
apenas documentados del viaje espacial. Una concepción como ésa
debe
explicar forzosamente por qué actualmente los humanos son tan
parecidos.
—Sí—comentó
secamente el primer ministro—, y una concep-
ción
como ésa implica también la necesidad de que varios centenares
de
seres de tipo más o menos humano y que han sufrido distintas
evoluciones
estén tan relacionados en lo químico y en lo biológico
como
para posibilitar la fusión.
—¡Cierto!—exclamó
entusiasmado Arvardan—. Un punto terri-
blemente
débil. Sin embargo, g~an parte de los arqueólogos lo ignora
y se
adhiere firmemente a la teona de la Fusión, que implicana la
posible
existencia de subespecies humanas en porciones alsladas de la
galaxia,
que siguieron siendo distintas, que no se entrecruzaron...
—Se
refiere a la Tierra—comentó el primer ministro.
—La
Tierra es considerada un ejemplo. La teoría de la Irradia-
ción,
por otra parte. ..
—Considera
que todos somos descendientes de un solo grupo pla-
netario
de humanos.
—Exactamente.
—Mi
pueblo—dijo el primer ministro—, debido a la evldencla de
nuestra
historia, y a ciertos escritos que consideramos sagrados y que
no
pueden mostrarse a los extranjeros, sostiene la opini6n de que la
Tierra
es el hogar original de la humanidad-
—Y
eso creo yo también, y solicito su ayuda para demostrárselo a
toda
la galaxia.
—Es
usted optimista. ¿Qué hace falta para ello?
—Estoy
convencido, vuestra sabiduría, de que es posible localizar
muchos
artefactos primitivos y restos arquitectónicos en las zonas de
su
planeta que actualmente, por desgracia, están envueltas en radiac-
tividad.
La edad de los restos podría deducirse con precisión de la
decadencia
radiactiva actual y compararla
Pero
el primer ministro estaba meneando la cabeza.
—¡Por
favor! No debe hablar más de este tema.
—Pero,
¿por qué no?
Arvardan
frunció el ceño, totalmente perplejo.
—En
primer lugar—dijo el primer ministro en tono razonable—,
¿qué
espera lograr? Si demues~ra su hipótesis, incluso para satisfac-
ción
de todos los planetas, ¿qué importancia tiene que hace un mlllón
de
años todos ustedes fueran terrestres? Al fin y al cabo, hace mil
millones
de años todos éramos monos y, sin embargo, no admibmos
como
parientes a los monos actuales.
~h,
por favor, vuestra sabiduría, no somos tan irrazonables.
—No
hay nada de irracional en ello, caballero. ¿No es razonable
suponer
que los terrestres, dado su aislamiento, han cambiado tanto
de
sus parientes emigrados, en especial por influencia de la radiactivi-
dad,
como para fonmar ahora una raza distinta?
Arvardan
se mordió el labio inferior.
—Argumenta
bien en favor de sus enemigos—repuso a regaña-
dientes.
—Porque
me pregunto qué opinarán mis enemigos. De modo que
usted
no logrará nada, caballero, como no sea exacerbar el odlo
contra
nosotros al probar nuesíra pasada grandeza.
—Pero—dijo
Arvardan—queda el problema de los intereses de
la
ciencia pura, el avance del conocimiento
El
primer ministro enarcó las cejas en un gesto de pesadumbre
casi
humorístico.
{)diaría
ser un obstáculo para ello. Le hablo ahora, caballero,
como
hablaría un gentilhombre del Imperio a otro. Yo mismo le
ayudaría
gustosamente, pero mi pueblo es una raza orgullosa y obsti-
nada
que a lo largo de los siglos se ha aislado en ella misma debido a
la...,
eh..., lamentable actitud hacia ella por parte de la galaxia.
Tienen
ciertos tabúes, costumbres fijas determinadas..., que ni yo
mismo
me of recería para quebrantarlas.
—Y
las zonas radiactivas...
—Es
uno de los tabúes más importantes. Incluso suponiendo que
le
concediera permiso, y ciertamente siento el impuiso de hacerlo,
ello
sólo provocaría alborotos y disturbios, que no sólo pondrían en
peligro
las vidas de usted y los miembros de su expedición, sino que
además
atraerían sobre la Tierra, a la larga, las medidas disciplinarias
del
Imperio. No sería digno de mi cargo y traicionaría la confianza de
mi
pueblo si lo permitiera.
—Pero
yo tomaré gustosamente todas las precauciones lógicas. S¡
desea
que me acompañen observadores... Y naturalmente es obvio
decir
que yo le consultaría antes de hacer público cualquier dato ob-
tenido...
El
primer ministro se alzó de hombros.
—Me
tienta, cabaliero. Se trata de un proyecto interesante. Pero
sobrevalora
mi autoridad, aunque dejáramos al pueblo a un lado. No
sov
un gobernante absoluto. De hecho, mi poder es limitadísimo. . ., y
todos
los asuntos deben someterse a la consideración de la Sociedad
de
Antiguos antes de que sea posible una decisión definitiva.
Arvardan
sacudió la cabeza.
~ué
desgracia tan grande. El procurador me advirtió de las
dificultades...,
pero yo confiaba en que... ¿Cuándo podrá consultar
con
su legislatura, vuestra sabiduría?
—El
Presidium de la Sociedad de Antiguos se reunirá dentro de
tres
días. Alterar el orden del día está más allá de mis posibilidades,
por
lo que podrían pasar unos días más antes de que se discuta el
tema...
Digamos que una semana.
Arvardan
asintió pensativamente.
—Bien,
qué remedio... A propósito, vuestra sabiduría...
—¿Sí?
—El
procurador mencionó de pasada a un científico terrestre....
un
tal doctor Shekt. Después he tenido noticias de un sinapsificador
inventado
por él, una máquina relacionada con la neuroquímica del
cerebro.
¿Sabe dónde podría localizarlo?
El
primer ministro se había puesto visiblemente rígido y tardó
unos
instantes en responder.
—Creo
conocer al hombre del que me habla. ¿Para qué quiere
verlo?
—Bien,
he estado trabajando un poco en un proyecto para clasifi-
car
la humanidad en grupos encefaiográScos, en tipos segun las co-
rrientes
cerebrales, ya me entiende.
—El
instrumento, por lo que tengo entendido, no ha tenido éxito.
—Bien,
tal vez no, pero puede haber infonmación que me resuite
útil.
Ese Shekt..., ¿no estará en Washenn, verdad?
—Creo
que podrá encontrarlo en el Instituto de Estudios Nuclea-
res
de Chica. Naturalmente no deberá mencionar sus intenciones
respecto
a las zonas prohibidas.
—Eso
es evidente, vuestra sabiduría.—Se levantó—. Le agra-
dezco
su cortesía y su amabke actitud y deseo que el Consejo de
Antiguos
sea liberal en este caso.
Una
vez más, en cuanto se fue Arvardan, el primer ministro
mostró
su capacidad para el cambio. Permaneció largo rato en parali-
zado
estado mental.
Dos
meses...
Dos
meses era el tiempo programado antes del día. Los “proyecti-
les
espaciales” no estarían listos hasta entonces... Y las fuerzas de la
galaxia
parecían estar convergiendo: el agente T, ese arqueólogo, el
traidor
Shekt.. .
La
Tierra. . ., contra toda la galaxia.
Las
manos del primer ministro temblaban ligeramente.
11
“... Sudesagrablepersona~
Durante
el medio año transcurrido desde el día en el que el sinap-
sificador
del doctor Shekt fuera usado con Joseph Schwartz (o el
agente
T, depende del punto de vista), el ffsico había experimentado
un
cambio total. No mucho en el aspecto ffsico, aunque quizás estaba
un
poco más encorvado, una pizca más delgado. El cambio estaba en
su
forma de ser: abstraída, temerosa. Vivía en comunión interna,
apartado
incluso de sus colegas más allegados, y de ese estado sa~a
con
una desgana evidente para el observador más ciego.
Arvardan,
lógicamente, no tenía oportunidad de comparar su
estado
con el del Shekt anterior y, en consecuencia, juzgó la actitud
del
otro hombre por lo que aparentaba ser: rudeza abrupta y extraña.
En
la antesala del piso cuidadosamente oscurecido, se sintió tur-
bado,
era un intruso obviamente mal recibido. Meditó sus palabras.
—Jamás
habría soñado en imponerle mis deseos hasta el punto de
visitar
su hogar, doctor, de no haber sido porque el procurador me
advirtió
de su gran amabilidad respecto a los ciudadanos de la ga-
laxia.
Al
parecer había sido una frase poco feliz, ya que el doctor Shekt
reaccionó
bruscamente.
—Escuche,
él hace mal al imputar amabilidades especiales hacia
extranjeros
de esa clase. Ni tengo simpatías ni tengo antipatías. Soy
terrestre.
Si tiene la bondad de solicitar una cita fonmal a mi secreta-
ria,
en el Instituto...
Los
labios de Arvardan se apretaron, y el arqueólogo hizo ade-
mán
de volverse...
—Compréndalo,
doctor Arvardan. ..—Las palabras brotaron apre-
72 1 73
suradamente
y en un susurro—. Lamento parecer rudo, pero en
realidad
no puedo...
—Lo
comprendo perfectamente—dijo fn'amente el arqueólogo,
aunque
no entendía nada—. Buenos días, caballero.
El
doctor Shekt esbo~S una sonrisa.
Si
tiene la bondad de solicitar una entrevista. . .
—Estoy
muy ocupado, doctor Shekt.
Se
volvió hacia la puerta, interionmente sentía una gran irritación
con
toda la tribu de terrestres, escuchando sin quererlo algunos de los
insultos
intercambiados con tanta naturalidad en su planeta natal.
Por
ejemplo, los proverbios “La cortesía en la Tierra es como la
sequedad
en el océano” y “Un terrestre te dará cualquier cosa siem-
pre
que no cueste nada y valga aún menos”.
Su
brazo ya había imterrumpido el rayo fotoeléctrico que abría la
puerta
principal cuando Arvardan oyó rápidos y repentinos pasos
detrás
de él y un “¡Chis!” de aviso. Le metieron en la mano un trozo
de
papel y cuando se volvió vio desaparecer el centelleo rojo de una
silueta.
Se
encontraba ya en el vehúculo alquilado cuando desenvolvió el
papel
de su mano. Había palabras garabateadas:
“Pregunte
dónde está el Gran Teatro y preséntese a las ocho
de
la noche. Asegúrese de que no le siguen.”
Miró
ceñudamente el mensaje y lo releyó más de cinco veces.
Después
lo examinó de arriba abajo, como si esperara la repentina
aparición
de otro mensaje escrito en tinta invisible. En un gesto
involuntario,
miró detrás de él. La ca;~le estaba desierta. Empezó a
levantar
la mano para echar los estúpidos garabatos por la ventanilla,
vaciló
y metio el papel en el bolsillo de su chaleco.
Indudablemente,
si el arqueólogo hubiera tenido una sola cosa
que
hacer esa noche, aparte de lo que los garabatos sugenan, ese
habría
sido el final de todo..., y quizá de varios billones de personas.
Pero
en realidad Arvardan no tenía nada que hacer. . .
A
las ocho en punto se hallaba avanzando lentamen~e for-
mando
parte de una larga cola de vehículos de superficie a lo largo
de
la ruta que al parecer conducía al Gran Teatro. Sólo había pre-
guntado
una vez y el transeúnte le había mirado con recelo (tal
parecía
que ningún extranjero quedaba libre de aquella sospecha
tan
arraigada) antes de responderle “Limítese a seguir a los demás
vehículos”.
Al
parecer, todos los vehículos iban al teatro, ya que al llegar al
lugar
vio que las enormes fauces del aparcamiento subterráneo los
iban
devorando uno tras otro. Se salió de la hilera y llegó lentamente
al
otro lado del teatro, a fin de esperar no sabía qué.
Una
silueta delgada salió corriendo de la rampa para peatones y
se
pegó a la ventanilla. Arvardan miró fijamente al recién llegado,
sorprendido,
pero el otro ya había abierto la puerta y se había intro-
ducido
rápidamente en el vehículo.
—Le
agradecería una explicaci6n—dijo el arqueólogo.
{)h,
silencio.—El otro se acurrucó en el asiento—. ¿Le han se-
guido?
—¿Tenían
que seguirme?
—No
se haga el gracioso. Avance en línea recta. Gire cuando se
lo
diga... ¡Dios mío!, ¿a qué espera7
El
tono era de soprano. La capucha bajada hasta los hombros
dejó
ver un cabello castano claro. Unos ojos azules se alzaron hacia
el
científico.
—Adelante—ordenó
categóricamente la mujer.
Arvardan
obedeció y durante un cuarto de hora, aparte de alguna
orden
en apagada pero brusca voz, la desconocida no dijo nada. El
arqueólogo
le lanzó furtivas miradas y pensó con repentino deleite
que
era guapa..., pero ella no tenía ojos para otra cosa que no fuera
la
carretera.
Y no
dejaba de mirar hacia atrás.
Detuvieron
el coche, olo hizo Arvardan, siguiendo las instruccio-
nes
de la mujer: en una esquina de un barrio residencial despoblado.
Después
de una pausa precautoria, la mujer le indicó que siguiera
adelante
y se adentraron despacio en un camino de acceso que aca-
baba
en la suave rampa de un garaje particular.
La
puerta se cerró en cuanto entraron y la luz del vehículo fue la
única
fuente de iluminación.
—Ahora
escúcheme bien ~ijo ella con voz grave—. No creo
que
alguien nos haya seguido, pero si oye algún ruido, abráceme muy
fuerte
y. . ., y... ya sabe.
Arvardan
asintió seriamente.
{Ireo
que podré improvisar sin problemas. ¿Es necesario aguar-
dar
algún ruido?
La
mujer se ruborizó.
—No
bromee. Es un truco para evitar sospechas sobre nuestras
intenciones
reales. Usted deber~a entenderlo.
Arvardan,
desesperado, dejó caer las manos en su regazo y
arrugó
una comisura de su labio.
—Mi
querida señorita, le juro que no entiendo nada. No estoy
familiarizado
con las costumbres de la Tierra y si aquí se considera
norrnal
que una joven sea tan agresiva en sus atenciones amorosas,
suponiendo
que se trate de eso, espero que perdone mi ignorancia y
me
explique exactamente qué desea.
La
mujer suspiró bruscamente y sus ojos se oscurecieron de or-
gullo.
—Está
comportándose de una forma muy odiosa, y en cuanto ha-
yamos
terminado aquí pienso despedazarlo. . . Mientras tanto, deje de
disimular.
Sé que usted es agente imperial.
—¿Yo?—repuso
Arvardan con súbito vigor.
—Naturalmente.
Por eso le he traído aquí. Ellos no conocen este
lugar
y desconocen mi existencia.
—¿Quiénes
son “ellos"?
—Los
Antiguos, por supuesto. No le culpo por no confiar en mí,
pero
piénselo bien. Tiene que confiar en alguien, y yo soy la persona
idónea,
¿no? Estoy jugándome la vida para sostener esta conversa-
ción
con usted.
Arvardan
la miró con curiosidad. De pronto le parecía muy jo-
ven,
tal vez aún no había cumpfido los veintiuno, pero era más que
guapa.
Notó que estaba derivando hacia asuntos secundarios y volvió
al
tema central.
—¿Puedo
pensarlo?—dijo en voz suave—. Se trata de una deci-
sión
terriblemente importante, este asunto de confiar en la gente,
¿no
le parece?
La
joven asintió.
—Bien,
le doy quince minutos, aunque el tiempo es muy impor-
tante.
Al cabo de ese tiempo deberá haber tomado la decisión de
confiar
en mí... No diré una sola palabra.
Cruzó
las manos en su regazo y fijó la mirada al frente, más allá
del
parabrisas que sólo dejaba ver la pared lisa del garaje.
El
arqueólogo la contempl6 a su antojo. La suave hnea de la
barbiDa
contradecía el esfuerzo de firrneza a que eUa la forzaba, y su
nariz
era recta y fina. Su tez poseía el rico viso tan característico en la
Tierra.
. . y, no obstante, sus facciones carecían de los rasgos grotescos
tan
famosos en la caricaturas de terrestres hechas en Sirio.
Arvardan
notó que eDa estaba mirándole por el rabiDo del ojo. La
joven
se apresur6 a corregir su gesto y miró de nuevo al frente...
antes
de volver los ojos con tímida curiosidad.
—¿Qué
ocurre?—dijo el científico.
Ella
se volvió hacia Arvardan y se mordió el labio inferior.
—Estaba
mirándole.
—Sí,
ya lo he notado. ¿Tengo una mancha en la nariz?
—Ah-ah.—Su
cabeDo pareáa flotar y revolotear suavemente en
cuanto
movía la cabeza—. Aparte del procurador, usted es el primer
hombre
de la galaxia que conozco..., y él siempre va envuelto en
tanta
ropa de plomo que parece un saco de patatas.
—¿Soy
distinto?
—Oh,
sí... ¿No teme la radiactividad del ambiente? Viste ropa
ordinaria.
—Bien,
igual que usted..., con la excepción de que su ropa tiene
un
aspecto magnífico cuando usted la viste.
Aparecieron
hoyuelos en las mejiDas de la joven.
—Naá
aquí. Pero creía que los galáctia)s eran distintos.
—Pues
bien, no son tan distintos como supone. No creo que la
radiactividad
sea tan peligrosa: todavía no me siento enfermo. No se
me
está cayendo el pelo.—Le dio un tirón—. No tengo el estómago
encogido
y seguramente tendré hijos algún día, si lo intento en la
forma
correcta.
Pronunció
gravemente la última frase y los ojos de la joven se
entrecerraron
para mirarle. Después ella se echó a reír.
—Está
loco.
—Hum.
Le sorprendería saber cuántos arqueólogos inteligentes y
famosos
han dicho lo mismo. . ., y además en largos discursos.
—Bien,
está loco. No se parece a los terrestres.
—Ustedes
siempre dicen eso. ¿Por qué soy distinto?
—Es
cordial. Los terrestres siempre recelan.
—Eh,
alto, eso es adulación simplona. No puede engañar a un
viejo
zorro como yo. Aún no he dicho que confíe en usted.
—Ah,
lo hará—y la mujer asintió confiadamente—, porque si no
pensara
hacerlo no seguina sentado aquí.
—¿Opina
que tengo que hacer grandes esfuerzos para seguir sen-
tado
a su lado? Si es así, se equivoca, ¿sabe? Además, yo podría
tener
el muy astuto plan de sonsacarle todos sus secretos sin de-
latarme.
—¿Por
qué? No soy enemiga de usted, ni del Imperio.
—¿Pero
cómo puedo saber eso? Tal vez sea agente enemiga,
preparando
todo para atraparme con su maléfico encanto. ¿Qué me
dice
de eso?
La
joven recobró su aire altanero.
—No
soy ese tipo de mujer.
—Su
aspecto indica lo contrario. Aunque las agentes enemigas
seductoras
siempre se fingen inocentes. Esos son sus maliciosos mé-
todos.
La
altanería desapareció y la joven dejó escapar una risita.
—Usted
está loco en todos los sentidos.—Y acto seguido fue
toda
actividad—. En fin, los quince minutos han pasado. ¿Está dis-
puesto
a confiar en mí?
—Bien..
.—Arvardan enarcó las cejas, apoyó uno de sus morenos
brazos
en el mecanismo de conducción y observó pensativamente a la
mujer—.
No comprendo cómo puedo responder si ni siquiera sé
quién
es usted. ¿Cómo se Dama?
La
joven quedó boquiabierta.
—¡Oh,
no, no se lo he dicho!
—No,
es cierto. Y naturalmente eso me hace pensar que no con-
fía
en mí. La confianza ha de ser mutua.
—Pero
usted me vio en casa del doctor Shekt.
—Vi
un destello de ropas rojas, creo, pero nada más. ¿Era usted?
Ella
asintió.
—Ajá.
Soy hija del doctor Shekt. Me Damo Poh Shekt.
—Bien.
Yo soy Bel Arvardan. ¿Qué tal, Pola?—Tendió una
mano
en la que desapareció momentáneamente la de la mujer y hubo
un
serio apretón de manos—. No tendré que Damarla señorita Shekt,
¿eh?—Pola
arrugó la frente—. ¿Lo preferiría?—Arvardan hizo una
mueca—.
Creo que eso sena espantoso, ¿usted no?
—Pues
llámeme Pola. ¿Debo llamarlo Bel?
—No
respondo a otro nombre, ¿sabe?
—¿Estamos
Listos para entrar en materia?
—En
cualquier clase de materia—dijo él con fervor.
ELla
le sonrió, y con el briLlo de la sonrisa, Arvardan experirnentó
de
pronto un extraño tipo de shock eléctrico que afectaba órganos
internos
de existencia desconocida para él.
—Ahora
expliquemelo todo—dijo.
—Bien,
desconozco cuánto sabe usted. siendo agente imperial,
pero
de todas formas puedo explicarle una cosa. El destino de la
galaxia
entera está en juego. Estoy convencida.
El
primer impuLso de Arvardan fue echarse a reír. Ella hablaba
muy
en serio, y el melodrama brotaba con suma duLzura de sus la-
bios.
Y entre el impulso y el acto, el arqueólogo recordó algunos
detaLles.
Las insinuaciones vagas y amenazadoras de Ennius, el odio
y la
mortífera animosidad de los viajeros del avión cuando conocie-
ron
su origen galáctico, el primer ministro y sus recelos, el doctor
Shekt
y su rareza... Arvardan resolvió no reír, al menos durante un
rato.
—Adelante—dijo
con aire solemne—. ExpLíqueme los detalles.
—La
Tierra va a sublevarse.
La
voz de Pola se redujo a un apagado susurro.
Arvardan
no pudo resistirse a un instante de diversión.
—¡No!—exclamó,
con los ojos muy abiertos—. ,La Tierra en-
tera?
Pero
Pola mostró en su mirada una furia instantanea.
—Mire,
no sea tan chistoso. Esto es muy serio, porque podría
destruir
todo el Imperio.
—¿La
Tierra hará todo eso?—Arvardan contuvo un estaLlido de
risa
y añadió suavemente—: Pola, ¿qué tal va su galactografía?
—Tan
bien como la de cualquiera, maestro, y de todas formas,
¿qué
tiene que ver eso?
—Tiene
mucho que ver. La galaxia tiene un volumen de varios
millones
de años-luz cúbicos. Contiene dos millones de planetas habi-
tados
y una población aproximada de quinientos mil billones de per-
sonas.
¿De acuerdo?
—Supongo
que sí.
—Bien,
la Tierra es un solo planeta, con una población de veinte
miLlones
y además sin recursos. En otras palabras, hay veinticinco mil
miLlones
de ciudadanos galácticos por terrestre... ¿Qué daño puede
causar
la Tierra?
—¿Está
seguro?—Durante un momento la joven pareció sumida
en
dudas, pero se recuperó—. Pues es la verdad. Mi padre está
convencido,
y él está bien informado.
—La
Tierra se ha sublevado otras veces—le recordó Arvardan—.
Tres
veces... y no causó en especial ningún daño.
—Esta
vez es distinto.
—Querida
mía—dijo Arvardan. Casi por sí sola, su mano se
había
extendido para tocar la mejilla de la joven de un modo no
demasiado
fraternal, pero el arqueólogo desvió el curso y se tiró de la
oreja—.
Querida mía, admito que la entrevista es fascinante. Posee
elementos
de misterio, intriga y, sobre todo, una conversadora pre-
ciosa.
Pero no comprendo qué trata de decirme.
—¡Oh!—exclamó
ella—. Creo que no está saliendo tal como lo
planeé.
Pensaba que si usted era agente imperial estaría al corriente
de
casi todo y podríamos trabajar juntos..., con mi padre.
—¿Su
padre?—inquirió secamente Arvardan—. ¿Se refiere al
doctor
Shekt, tan ansioso de verme que no me dejó pasar de la puerta
de
su casa?
—No
podía—dijo seriamente Pola—. ¿No lo comprende? El
primer
ministro lo ha estado vigilando y siguiéndolo desde hace me-
ses
y mi padre no se atrevió a hablar con usted. ¿Por qué supone que
le
he hecho venir aquí? Me lo dijo mi padre, él preparó todo.
—Ah...
Bien, ¿dónde está él, pues? ¿Aquí?
—¿Han
dado las diez?
—Si.
—Entonces
debe de estar arriba..., si no b han atrapado.—Miró
alrededor
estremeciéndose involuntariamente—. Podemos entrar en
la
casa por el mismo garaje y usted vendrá conmigo. . .
Tenía
ya la mano en el botón que controlaba la puerta del coche
cuando
se quedó inmóvil. Su voz fue un susurro ronco.
—Viene
alguien... Oh, deprisa...
Las
demás palabras quedaron apagadas. Arvardan no tuvo
problema
alguno para recordar la orden inicial de la joven. Sus
brazos
la rodearon con naturalidad y de inmediato Pola estuvo
cordial
y blanda contra su cuerpo. Los labios de ella temblaron
sobre
los del arqueólogo. Durante cerca de diez segundos Arvar-
dan
forzó los ojos al máximo para ver el primer rayo de luz o
escuchar
el primer paso, pero después se sintió anegado y barrido
por
la dulzura de la situación. Pasó bastante rato antes de que
ella
se separara y ambos descansaron un instante mientras mante-
nían
unidas sus mejillas.
—Debe
de haber sido un ruido del tráfico—dijo Arvardan con
ensoñador
deleite.
—Lo
supongo—murmuró ella, y de pronto se apartó, se arregló
el
pelo v retocó el cuello de su vestido con gestos formales y pre-
cisos—.
Creo que será mejor entrar ahora en la casa. Apague las
luces
del coche. Tengo una pequeña linterna.
Arvardan
bajó del vehúculo después que Pola y en la oscuridad
ella
le pareció una sombra sutilísima con la pequeña mancha de luz
que
brotaba de la linterna.
—Será
mejor que me dé la mano—dijo Pola—. Tenemos que su-
bir
una escalera.
—Ahora
no se oye ningún ruido, ¿verdad Pola?—La voz del
arqueólogo
era un susurro detrás de la joven—. Si sirve de algo, yo
mismo
haré algún ruido.
Pola
se detuvo y dio media vuelta. Arvardan no podía verla, pero
captó
la deliciosa altanería de su voz.
—Oh,
no piense que usted puede conseguirlo todo, doctor Arvar-
dan.
Casualmente yo no oí ningún ruido antes.
Y la
joven se dispuso a seguir subiendo, pero la mano de Arvar-
dan
la retuvo con fuerza.
—Bien,
en ese caso. ..—dijo seriamente Arvardan.
Y
Pola tardó unos instantes en responder, con una voz rara, so-
focada.
—Ha
conseguido que se me caiga la linterna.
Estaba
en el suelo, en un minúsculo charco de luz. El arqueólogo
la
recogió y la mantuvo enfocada un momento sobre la ruborizada
cara
de Pola.
—Supongo
que cree haber hecho algo muy ingenioso.
—Muy
ingenioso—replicó tranquilamente Arvardan—. Y muy
agradable.
—Oh,
venga, por favor.
Pero
mientras subía la escalera, al abrigo de la oscuridad, Pola
sonreía.
12
Las posibilidades en contra que se esfumaron
Se
reunieron en una habitación interior del segundo piso de la
casa,
con las ventanas cuidadosamente polarizadas para lograr opaci-
dad
total. Pola permaneció abajo, alerta y con los ojos bien abiertos,
sentada
en un sillón desde el que podía vigilar la calle, oscura y
desierta
en esos momentos.
La
encorvada figura de Shekt tenía un aspecto distinto del que
Arvardan
había observado diez horas antes. El semblante del físico
continuaba
ojeroso, infinitamente cansado, pero los rasgos anterio-
res
de aparente incertidumbre y timidez se habían transformado en
un
gesto de feroz desafío.
—Doctor
Arvardan—dijo, y su voz era firme—, debo pedirle
excusas
por el tratamiento que le ofrecí esta mañana. Esperaba que
usted
lo entendería...
—Debo
admitir que no lo entendí, caballero, pero ahora es dis-
tinto.
Shekt
tomó asiento ante la mesa y señakó la botella de vino.
Arvardan
agitó la mano en gesto de disculpa.
—Si
no le importa, comeré un poco de fruta... ¿Qué es esto? No
creo
haber visto algo parecido.
—Es
una variedad de naranja—dijo Shekt—. Supongo que no
crece
fuera de la Tierra. La corteza se quita fácilmente.
Hizo
una demostración y el arqueólogo, después de oler con
curiosidad
la fruta, hincó los dientes en la pulpa vinosa. Lanzó una
exclamación.
—¡Caramba,
es deliciosa, doctor Shekt! ¿Nunca han intentado
exportar
estos productos?
—Los
Antiguos no gustan de comerciar con el exterior—dijo
sombríamente
el físico—. Del mismo modo que nuestros vecinos no
gustan
de comerciar. con nosotros. Es un simple aspecto de nuestras
dificultades
en la Tierra.
Y
Arvardan se sintió abrumado por un brusco espasmo de furia.
—Lo
más estúpido que he oído. Se lo aseguro, casi pierdo la
esperanza
en la inteligencia humana cuando veo lo que hay en las
mentes
de los hombres.
Shekt
se alzó de hombros. Tenía tras de sí una vida entera de
tolerancia.
Me
temo que forma parte del problema casi insoluble del anti-
terrestrismo.
—Si
es casi insoluble—replicó con energía el arqueólogo—se
debe
a que nadie parece desear soluciones. ¿Cuántos terrestres res-
ponden
a la situación odiando sin discriminación a todos los ciudada-
nos
galácticos? ¿Desean igualdad, tolerancia mutua?... No. Sólo de-
sean
tener su ocasión como mandamases.
—Es
posible—dijo tristemente Shekt—. Pero se trata de un
efecto
simplemente superficial. Denos la oportunidad y crecerá una
generación
de humanos igual que cualquier otra. Los integracionis-
tas,
con su tolerancia y su creencia en el carácter universal de la
humanidad,
más de una vez han tenido fuerza en la Tierra. Yo soy
integracionista.
Pero la organización está en manos de IQS zelotes, es
decir,
los nacionalistas radicales con sus sueños de dominio pasado y
dominio
futuro. Lo que precisa el Imperio es justamente protección
contra
ellos.
Arvardan
frunció el ceño en gesto de hastío.
—¿La
revolución de que hablaba Pola?
—Doctor
Arvardan—dijo Shekt en tono grave—, no es suma-
mente
fácil convencer a una persona de la posibilidad aparentemente
ridícula
de que la Tierra conquiste la galaxia, pero es cierto. Física-
mente
no valgo nada y tengo muchas ganas de vivir. Imagine pues la
crisis
inmensa que debe existir ahora para que me vea forzado a
correr
el riesgo de cometer un acto de traición con los ojos de la
administracón
local puestos ya sobre mi persona.
—Bien—respondió
Arvardan—, si el asunto va en serio, será
mejor
que le diga una cosa ahora mismo. No soy agente irnperial. No
tengo
relación alguna con el gobierno imperial. Soy exactamente lo
que
parezco ser: un arqueólogo al mando de una expedición cientí-
fica
relacionada únicamente con mis intereses personales. Estoy se-
guro
de que para este asunto, le sería más práctico ver al procurador.
—Eso
es precisamente lo que no puedo hacer, doctor Arvardan.
Los
Antiguos me vigilan para evitar que tal cosa se produzca.
Cuando
se presentó usted en mi casa, pensé que podía ser un inter-
mediario.
Que él sospechaba.
—Tal
vez sospecha..., no se lo puedo asegurar. Pero no soy un
intermediario.
Lo siento.
—Sin
embargo, está aquí y es ciudadano del Imperio. Puede visi-
tar
al procurador más tarde.
En
su semblante h~bía una expresión de infinita súplica.
80 1 81
6.
Cuento~ paralelo~
Arvardan
estaba nervioso. De momento no le cabía ninguna duda
de
que se encontraba hablando con un paranoico entrado en años y
excéntrico,
quizás inofensivo pero completamente chiflado. A pesar
de
todo, Arvardan seguía alh. El arqueólogo no analizó sus motivos,
aunque
un observador malicioso habría sospechado que unos mecho-
nes
de cabello castano claro y unos ojos azules, por entonces en otra
habitación,
podian ser parte de la explicación.
En
cualquier caso, Arvardan se recostó en su silla.
—Bien,
el riesgo lo corre usted. Yo le ayudaré si puedo, pero no
le
prometo nada.
—Escúcheme
con atención. Es lo único que pido. Doctor Arvar-
dan,
¿ha oído hablar de mi sinapsificador?
—El
procurador lo mencionó. Por lo demás, no sé nada.
—¿Y
qué dijo el procurador?
—Que
era un fracaso interesante, ideado para mejorar la capaci-
dad
de aprender, creo.
Shekt
mostró su enfado.
—Sí,
sin duda alguna Ennius opina que el invento es un fracaso.
Ésa
es la publicidad que se le dio, y de los resultados francamente
buenos
no se ha dicho nada... deliberadamente.
—Hum.
Una muestra bastante anormal de ética científica, doctor
Shekt.
—Lo
admito. Pero tengo cincuenta y seis años, caballero, y si
sabe
algo sobre las costumbres de la Tierra, sabrá que no me queda
mucha
vida por delante.
—Según
he leído, se hacen excepciones, entre otras personas, con
científicos
notables.
—Desde
luego. Pero eso lo dicen el primer ministro y el Consejo de
Antiguos,
y no hay posibilidad de apelar contra sus decisiones, ni si-
quiera
el emperador puede hacerlo. Se me comunicó que el precio de mi
vida
era guardar el secreto del sinapsificador y esforzarme en mejorarlo.
—El
físico extendi6 las manos en señal de desesperación—. ¿Cómo iba a
saber
entonces el resultado, el uso que le darían a la máquina?
—¿Y
qué uso es ése?
Arvardan
sacó un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en la
camisa
y of reció otro al físico, que lo rechazó.
—Aguarde
un momento, por favor... Después de que mis experi-
mentos
llegaron hasta al punto en el que consideré que el instru-
mento
podía emplearse con seres humanos sin arriesgar sus vidas,
ciertos
biólogos de la Tierra recibieron tratamiento, uno a uno. En
todos
los casos se trataba de hombres que yo sabía simpatizaban con
los
zelotes, con los extremistas, quiero decir. Todos sobrevivieron, si
bien
hubo efectos secundarios al cabo de un tiempo. Finalmente,
volvieron
a traer a uno de esos hombres. No pude salvarlo, pero
mientras
deliraba..., averigué la verdad...
Casi
era medianoche. La jornada había sido larga y habían pa-
sado
muchas cosas. Pero algo empezaba a agitarse en el interior de
Arvardan.
—Me
gustana que fuera al grano—se limitó a decir.
—Le
ruego paciencia. Debo darle una explicación lo más com-
pleta
posible para que me crea. Lógicamente usted conoce el medio
ambiente
especial de la Tierra, su radiactividad. . .
—Sí,
tengo buenos conocimientos al respecto.
—Y
el efecto de esa radiactividad en los terrestres.
—Sí.
—En
ese caso no me explayaré en el tema. Sólo preciso decir que
la
incidencia de las mutaciones en la Tierra es mayor que en el resto
de
la galaxia. De modo que la idea de nuestros enemigos, que los
íerrestres
somos distintos, posee cierta base de verdad ffsica. De
hecho,
las mutaciones son poco importantes y en su gran mayoría
carecen
de potencial de supervivencia. Si algún cambio permanente
se
ha producido entre los terrestres es únicamente en ciertos aspectos
de
los procesos químicos internos, cambio que permite mostrar ma-
yor
resistencia al medio ambiente particular, mayor resistencia a la
radiación,
curación más rápida de los tejidos dañados...
—Doctor
Shekt, estoy familiarizado con todo lo que dice.
—¿Y
no ha pensado nunca que esos procesos de mutación ocu-
rren
en otras especies vivientes de la Tierra además de la humana?
Se
produjo un breve silencio antes de que Arvardan contestara.
—Pues
no, no lo había pensado, aunque, ya que lo menciona ló-
gicamente
es algo inevitable.
—Exacto.
Está ocurriendo. Nuestros animales domésticos existen
en
variedad muy superior a la de cualquier otro mundo habitado. La
naranja
que ha comido es una variedad mutada que no se halla en
ningún
otro sitio. Por ese motivo, entre otros, la naranja es tan
inaceptable
para las exportaciones. Los extranjeros recelan de las
naranjas
del mismo modo que recelan de nosotros..., y nosotros las
protegemos
como propiedades valiosas peculiares de nuestro pla-
neta.
Y, desde luego, lo que es de aplicación a plantas y animales
tiene
igualmente validez para la vida microscópica.
Y
Arvardan sintió en ese momento la fina punzada del miedo.
—¿Se
refiere a. .. Ias bacterias?—dijo.
—Me
refiero al dominio de la vida primitiva. Protozoos, bacte-
rias,
y las proteínas autorreproductoras que algunas personas deno-
mman
virus.
—¿Qué
trata de decir?
—Creo
que usted tiene alguna noción al respecto, doctor Arvar-
dan.
De pronto parece muy interesado. Mire, entre ustedes los galác-
ticos
existe la creencia de que los terrestres son portadores de
muerte,
que relacionarse con un terrestre equivale a morir que los
terrestres
son portadores de desgracia, que poseen una especie de ojo
maléfico...
—Estoy
enterado de todo eso. Simple superstición.
—No
del todo. Esa es la parte molesta. Como todas las creencias
comunes,
a pesar de su superstición, distorsión o falsedad, ésta posee
en
el fondo algo de verdad. Verá, algunas veces un terrestre lleva en
82 1 83
su
organismo una forma mutada de parásito microscópico que no
guarda
parecido con los conocidos en otros lugares y al que los ex-
tranjeros
no son especialmente resistentes. Lo que sigue es pura
biología,
doctor Arvardan.
El
arqueólogo guardó silencio.
—Por
supuesto, también nosotros padecemos las consecuencias
de
vez en cuando—prosiguió Shekt—. Una nueva especie de germen
logra
salir de las nieblas radiactivas y una epidemia asola el planeta,
pero
los terrestres, en general, no han quedado a la zaga. Para todas
y
cada una de las variedades de ~ermenes y virus elaboramos genera-
ción
tras generación nuestras defensas y sobrevivimos. Los extranje-
ros
no tienen esa oportunidad.
—¿Pretende
decir—intervino Arvardan, con una sensación rara-
mente
vaga—que el contacto con usted ahora mismo. . . ?
Echó
hacia atrás su silla.
Shekt
sacudió la cabeza.
—Naturalmente
que no. Nosotros no creamos la enfermedad,
simplemente,
en condiciones muy desfavorables, somos portadores
de
ella. Si yo viviera en su planeta, doctor, sería un portador del
germen
tanto como usted. E incluso aquí, sólo uno de cada mil
billones
de gérmenes, o uno entre un cuatrillón es peligroso. La
probabilidad
de que usted se contagie ahora mismo es inferior a la
que
tiene un meteorito para atravesar el techo de esta casa y caer
sobre
usted... A menos que los gérmenes en cuestión sean buscados,
aislados
y concentrados deliberadamente.
De
nuevo se hizo el silencio, pero más prolongado esta vez.
—¿Han
estado haciendo eso?—preguntó Arvardan con voz apa-
gada.
—Sí.
Por razones inocentes. . . al principio. Lógicamente, nuestros
biólogos
sienten especial interés por las peculiaridades de la vida
terrestre,
y no hace mucho aislaron el virus de la fiebre común.
—¿Qué
es la fiebre común?
—Una
enfermedad endémica benigna típica de la Tierra. Es de-
cir,
siempre nos acompana. Casi todos los terrestres la padecen en su
infancia
y sus síntomas r~ son excesivamente ~aves. Fiebre mode-
rada,
erupciones transitorias e hinchazón de las articulaciones, junto
con
una molesta sensación de sed. Completa su ciclo en un período
de
cuatro a seis días y a partir de entonces quedamos inmunizados.
Yo
la tuve. Igual que Pola. Sin embargo, ocasionalmente, algún
miembro
de la guarnición imp rial se contagia y es normal que fa-
llezca
antes de doce horas. Después le entierran los terrestres, ya que
cualquier
soldado que se acercara moriría también.
“El
virus, como decía, fue aislado hace diez años. Se trata de
una
nucleoproteína, como casi todos los virus filtrables, que no
obstante
posee la notable propiedad de contener una concentración
anormalmente
elevada de carbono radiactivo y nitrógeno. Al decir
anormalmente
elevada me refiero al cincuenta por ciento. Se su-
pone
que los efectos del organismo sobre su huésped se deben más
a
sus radiaciones que a sus toxinas. Naturalmente, parece lógico
que
los terrestres, adaptados a la radiación gamma, sufran tan sólo
trastornos
ligeros. El interés inicial por el virus se basó en el mé-
todo
que le permitía concentrar los isótopos radiactivos. Como us-
ted
sabe, ningún medio químico puede separar isótopos, como tam-
poco
puede hacerlo ningún organismo conocido..., pero la direc-
ción
de la investigación cambió.
“Seré
breve, doctor Arvardan. Creo que ya inmagina el resto.
Podían
efectuarse experimentos con animales extraterrestres, pero
no
con hombres extranjeros. El número de éstos en la Tierra era
escaso,
no podía tolerarse que varios desaparecieran sin dejar rastro.
Y
tampoco podía tolerarse que los descubrieran antes de tiempo. En
consecuencia,
mandaron a un grupo de bacterióbgos al sinapsifica-
dor
para que volvieran con inteligencias muy desarrolladas. Ellos
fueron
los que idearon un nuevo enfoque matemático de la química
de
la proteína y la inmunología, que finalmente les permitió formar
una
cadena artificial de virus con el propósito de afectar tan sólo a
seres
humanos galácticos. Actualmente existen toneladas de virus
cristalizado.
Arvardan
se sentía consumido. Notó que las gotas de sudor resba-
laban
perezosamente por sus sienes y sus mejillas.
—En
ese caso está diciéndome—comentó en tono ronco—que la
Tierra
pretende dejar suelto este virus en la galaxia, que van a iniciar
una
gigantesca guerra bacteriológica...
—Una
guerra que nosotros w podemos perder y que ustedes no
pueden
ganar. Exacto. Una vez iniciada la epidemia, millones de
personas
morirán a diario y nada podrá contenerla. Los que impulsa-
dos
por el pánico huyan en naves espaciales serán portadores del
virus,
y si alguien intenta hacer estallar planetas enteros, siempre será
posible
iniciar de nuevo la epidemia en nuevos centros. No existirá
motivo
alguno para relacionar el problema con la Tierra. Cuando
nuestra
supervivencia empiece a ser sospechosa, el estrago habrá
progresado
tanto, la desesperación de los galácticos será tan honda
que
nada les importará.
—¿Y
todos morirán?
El
horror impresionante no calaba: no podía hacerlo.
—Tal
vez no. Nuestra nueva ciencia bacteriológica sirve en ambos
sentidos.
También tenemos la antitoxina y k>s medios para produ-
cirla.
Podría usarse en caso de rendición temprana.
En
la horrible negrura que siguió, la voz de Shekt sonó débil y
fatigada.
Durante esa negrura Arvardan no pensó ni por un mo-
mento
en dudar respecto a la veracidad de cuanto había escuchado,
la
horrible verdad que de un solo golpe anulaba las posibilidades en
contra
de veinticinco mil millones contra uno.
—No
es la Tierra la que está haciendo esto. Un punado de líde-
res,
depravados por la presión gigantesca que bs excluyó de la gala-
xia,
que odian a quienes los dejaron fuera, que desean como locos
devolver
el golpe cueste lo que cueste. . .
“En
cuanto empiecen, la Tierra tendrá que seguirlos. ¿Qué otra
cosa
podrá hacer? Por su tremenda sensación de culpabilidad, tendrá
que
concluir la tarea empezada. ¿Podrá tolerar que sobreviva gran
parte
de la galaxia y arriesgarse al castigo? Y de todas formas, ¿puede
evitarlo?
Seguramente algunos rincones apartados se salvarán, otros
podrían
estar inmunizados... Suficientes personas para recordar el
odio
eterno que se producirá, y para vengarse.
“Y
yo, antes que extraterrestre, soy hombre. ¿Deben morir billo-
nes
en provecho de millones? ¿Debe derrumbarse una civilización
extendida
por la galaxia en provecho del resentimiento de un pla-
neta,
por muy justificado que esté? ¿Y quedaremos en mejor situa-
ción
gracias a eso? La fuerza de la galaxia seguirá residiendo en los
mundos
dotados de los rCcursos neccsarios..., y nosotros no tenemos
reCursos.
Incluso es posible que los terrestres gobiernen en Trantor
durante
una generaCión, pero sus hijos serán trantorianos y a su vez
despreciarán
a los que permaneZcan en la Tierra.
“Y
además, ¿qué ventaja hay para la humanidad si cambia la
tiranía
de la galaxia por la tiram'a de la Tierra? No, no, debe haber
una
salida para todos los hombres, un camino hacia la justicia y la li-
bertad.
Sus
manos se alzaron hasta su cara y la cabeza de Shekt se meció
suavemente
tras los nudosos dedos.
Arvardan
lo había escuchado todo sumido en una niebla de es-
tupor.
—No
hay traición en lo que usted ha hecho, doctor Shekt—mur-
murO—.
Al contrario, veo en usted la unidad de la raza humana.
¿Cómo
podemos impedir esto? ¿Cómo?
Se
oyó ruido de pasos acelerados, una cara asustada entró de
pronto
en la habitación y la puerta quedó abierta.
—Padre.
. . Vienen hombres por el camino de acceso.
El
doctor Shekt palideció.
—Deprisa,
doctor Arvardan, por el garaje. —Estaba dándole
violentos
empujones—. Vaya a ver a Ennius. Cuéntele todo esto.
Llévese
a Pola, y no se preocupe por mí. Yo los frenaré.
Pero
un hombre ataviado con una túnica verde les aguardaba
cuando
se volvieron. Esbozaba una sonrisa apenas visible y empu-
ñaba,
como si tal cosa, un látigo neurónico, el arma que aturdía con
el
máximo dolor posible. Se oyó un estruendo de punetazos en la
puerta
principal, algo que se derrumbaba y ruido de pies moviéndose
pesadamente.
—Es
el sccretario del primer ministro—murmuró el desesperado
doctor
Shekt.
—Cierto.—El
hombre de la túnica verde avanz~. Y casi se ha
salido
con la suya. Pero sólo casi... Hum, una mujer también. Poco
discreto.
. . Y nuestro amigo imperial, el inocente arqueólogo.
—Soy
ciudadano galáctico—dijo con firmeza Arvardan—y niego
su
derecho a detenerme, olo que es igual, a entrar en esta casa sin
autoridad
legal.
—Yo—y
el secretario tocó suavemente su pecho con la mano de-
socupada—soy
todo el derecho y la autoridad de este planeta..., y
antes
de un mes, tal vez de la galaxia... Ya los hemos cogido a todos,
incluso
al agente T.
—¿El
agente T?—preguntó llanamente Arvardan.
—El
hombre que se hace llamar Joscph Schwartz. También él
está
detenido, y le está esperando.
Lo
último que vio Arvardan fue una sonrisa que se hacía más
amplia...,
y el destello del látigo. Se desplomó y perdió el conoci-
miento
después de una llamarada carmesí de dolor.
INTERMEDIO
Y de
este modo, como ya sc explicó con anterioridad, ambos
extremos
se unen en el centro. Hemos seguido primero a Joseph
Schwartz
y después a Bel Arvardan y ambos ahora acaban unidos. En
realidad
la situación que comparten no es cómoda, puesto que la
reunión
tiene lugar en condiciones más bien desesperadas para los dos.
Sin
embargo, queda la tercera parte en la que nos ocuparemos de la
reunión
y seguiremos los restantes hechos, que interesan por igual y
simultáneamente
a ambos personajes.
En
consecuencia, el diagrama de este relato podda ser el siguiente:
Tierra
1947
A. C.
.
|
Sirio, |
L~G
I
Primera
p~ 120ø ~/ gun~da parte
Joseph
Schwartz \ / Bel Arvardan
(a
través del tiempo) \<~~ (a través del espacio)
Tierra,
827
E. G.
Tercera
parte
Joseph
Schwartz y
Bel
Arvardan
Por
tanto, como ven, he hecho la narración partiendo de ambos
extremos
en dirección al centro, como prometí.
El
motivo de tratar el tema con tanto detalle, supongo, es que casi
todos
los autores tienen necesidad de explicar la estructura ffsica de sus
relatos,
algo distinto de pormenores secundarios como argumentos y
clímax.
Finalmente, he dado satisfacción a dicha necesidad. Fasci-
nante,
¿no les parece?
3a
PARTE:
JOSEPH
SCHWARTZ Y BEL ARVARDAN
13
Coalescenc¿a
De
momento, Schwartz descansaba nerviosamente en el duro
banco
de una de las salas subterráneas del edificio correccional de
Chica.
El
“Edificio”, como se lo denominaba normalmente, era el gran
símbolo
del poder local del primer ministro y su camarilla. Alzaba su
tétrica
sombra en una elevación angulosa y rocosa que oscurecía los
barracones
imperiales situados en las cercanías, del mismo modo que
su
sombra se aferraba al malhechor terrestre mucho más que la auto-
ridad
no ejercida del Imperio.
Entre
sus paredes, más de un terrestre en siglos pasados había
aguardado
el juicio previsto para los que falsificaban o no cumplian
los
cupos de producción, los que vivían más años que los legales o
silenciaban
los delitos de otras personas o los acusados de tentativa
de
subversión del gobierno local. De vez en cuando, si los prejuicios
locales
de la justicia terrestre resultaban especialmente ilógicos para
el
gobierno imperial de la época, pDr lo general sofisticado e indife-
rente,
el procurador podía anular una condena, aunque ello derivaba
en
insurrecciones o, como mínimo, alborotos violentos.
Normalmente,
si el Consejo solicitaba la pena de muerte, el pro-
curador
accedía.
Desde
luego, Joseph Schwartz no sabía nada de esto. Para él el
conocimiento
se reduáa a una pequeña habitación con las paredes
impregnadas
de una luminosidad francamente débil y un mobiliario
formado
por dos duros bancos y una mesa, más una cavidad en la
pared
que hacía las veces de lavabo y retrete al mismo tiempo. No
había
ventanas para echar una ojeada al cielo y la corriente de aire
que
llegaba a la habitación por el pozo de ventilación apenas era
perceptible.
Schwartz
se acarició el cabello que circundaba su calva y se irguió
con
aire desconsolado. Su tentativa de huida a ninguna parte (¿en
qué
lugar de la Tierra iba a estar a salvo?) había sido breve, nada fácil
y
había terminado allí.
Sin
duda alguna había sido una tentativa estúpida e inútil. . .
88
Pero
sabía tan poco sobre aquel mundo horrible... Marcharse de
noche
o a campo través le habría enmarañado en misterios, le habría
lanzado
hacia el peligro de los focos radiactivos de los que él no sabía
nada...
Y por eso, con el arrojo de la persona que no tiene elección,
había
iniciado la marcha por la autopista en pleno mediodía.
En
ningún momento olvidó la existencia de aquel contacto menial
enemigo
que durante seis meses había estado vigilándole..., y que le
siguió
en su huida. Jamás vio a persona alguna. En realidad no se
atrevía
a mirar, a volver la cabeza, a demostrar que distaba mucho de
sentirse
tranquilo. Porque al principio, cuando miró y trató de elimi-
nar
al hombre que le seguía, el contacto mental sufrió un cambio
sutil.
De la simple amenaza pasó a la precaución, de la precaución a
la
duda. . ., y Schwartz supo que su Némesis estaba armada, que si él,
Joseph,
demostraba saber que se hallaba en peligro, le abatirían en
vez
de permitirle huir...
Por
eso siguió andando, sabiendo que seguía dentro del radio de
acción
de un arma mortífera. Su espalda permaneció rígida a la es-
pera
de algún peligro desconocido. ¿Qué se siente al morir? ¿Qué se
siente
al morir?... Ese pensamiento iba dándole empujones, siguien-
do
el compás de sus pasos, daba tumbos en su cerebro, reía tonta-
mente
en su subconsciencia hasta que se hizo insoportable.
Se
dirigió hacia el borde cubierto de hierba de la autopista. Había
descendido
un declive suave y casi un kilómetro de terreno se exten-
día
en dirección ascendente hasta terminar abruptamente con su co-
lor
verde y gris recortado sobre el fondo del cielo. ¿Había una inte-
rrupción
en la campina, alli arriba? ¿Sería un rasgo nuevo y mortífero
del
contacto mental? ¿Estaban levantando un arma? ¿Estaban apun-
tándole?
Chilló
al vacío que contemplaba, agitó los brazos con furia.
—-¡Déjame
en paz, por favor! ¿Qué te he hecho yo?... ¡Vete!...
¡Vete!
Concluyó
con un quebrado aullido, con la frente acanalada por el
odio
y el miedo a la criatura que le acechaba y la mente rebosante de
hostilidad.
Sus pensamientos se lanzaron contra el contacto mental
para
tratar de eludir su pegajosidad, para librarse de su aliento. . .
Y el
contacto mental desapareció. De pronto, desapareció por
completo.
Schwartz captó momentáneamente un dolor abrumador,
no
en él, sino en el otro..., y luego nada: ningún contacto mental.
Había
desaparecido como la presa de un puño que pierde fuerza y
queda
inerte.
Schwartz
aguardó largo rato...
Nada.
.., ningún contacto mental...
Se
volvió y siF.uió andando. El contacto mental no reapareció.
De
vez en cuando pasaba algún vehículo. Ninguno se detuvo para
recogerle,
y Schwartz se alegró de ello. Durmió al aire libre aqueDa
primera
noche y la mañana siguiente llegó a las afueras de Chica.
!
l
Fue
un error.
Schwartz
se excusó por eDo de muchas formas mientras permane-
áa
sentado en la dureza del banco de la celda. Él era hombre de
ciudad.
Había estado en Chica una vez, mientras que el resto de la
Tierra
le resultaba totalmente extrano. Podna perderse en el anoni-
mato
de las multitudes. Incluso podna conseguir un empleo. . .
Pero
fue un error, a pesar de todo.
Llegó
a primeras horas de la mañana y el movimiento de la mu-
chedumbre
era escaso y esporádico, pero aun así los contactos men-
tales
por primera vez eran numerosos, detaDe que le sorprendió y
confundió.
¡Cuántos!
Algunos suaves y difusos, otros agudos e intensos:
hombres
que pasaban con minúsculas explosiones en sus mentes,
otros
con nada dentro del cráneo excepto quizás una suave reflexión
sobre
el desayuno recién completado.
Al
principio, Schwartz volvía la cabeza y daba un brinco en
cuanto
alg~uen pasaba cerca, al considerar a todos contactos persona-
les.
Pero antes de una hora aprendió a no hacerles caso.
Escuchó
palabras que jamás había oído en la granja, frases raras,
espectrales,
inconexas y fustigadas por el viento, muy distantes, muy
distantes...
Y con e;llas, emociones vivas y espeluznantes y otros
detalles
sutiles que es imposible describir, de tal modo que el mundo
era
un panorama de vida en ebuDición visible tan sólo para Schwartz.
Descubri6
que podía penetrar en los edificios mientras caminaba,
proyectar
su mente como si la tuviera cogida con una correa, algo
capaz
de escurrirse por rendijas invisibles a simple vista y extraer la
esencia
de los pensamientos más recónditos de las personas.
Se
detuvo ante un edificio enorme con fachada de piedra, ya que
alli
se encontraba un lejano contacto mental que podía significar
empleo
para él. Estaban solicitando trabajadores... Justo en ese ins-
tante,
Schwartz descubrió que estaba hambriento.
Entró
en el edificio, donde no tardó en ser ignorado por todos los
presentes.
No había tenido oportunidad de leer el lenguaje de aque-
¡Ua
nueva Tierra, sólo había aprendido a hablarlo y entenderlo, de
modo
que los letreros de orientación carecían de significado para él.
Tocó
el hombro de alg~uen.
—¿Dónde
debo solicitar empleo, por favor?
—¡En
aqueDa puerta!
El
contacto mental que le llegó rebosaba de ;irritación y recelo.
Se
metió por la puerta que le habían indicado y encontró al tipo
delgado
del mentón puntiagudo que le lanzó una andanada de pre-
guntas
y manejaba la máquina clasificadora en la que tecleaba las
respuestas.
Schwartz
tartamudeó mentiras y verdades con igual indecisión.
Pero,
por fin, el administrativo empezó con clara indiferencia.
Las
preguntas se sucedieron con rapidez.
—Edad...
¿Cincuenta y dos? Hum. Estado filsico... Casado...
Cuántos
hijos... Experiencia... ¿Ha trabajado con productos texti-
les'?...
Bien, ¿de qué clase?... ¿Termoplásticos?... ¿Elastómeros?...
¿Qué
quiere decir eso de que cree que con todos?... ¿Con quién
trabajó
la última vez?... Deletree el nombre... No es de Chicago,
¿verdad?.
.. ¿Dónde están sus documentos?... ¿Cuál es su número de
registro?...
Schwartz
estaba retrocediendo. No había previsto ese final al
principio.
Y el contacto mental del hombre que estaba ante él había
cambiado.
Reflejaba recelo hasta el punto de no ver nada más, y
también
precaución. Había una capa superficial de dulzura y compa-
ñerismo,
tan delgada y ocultando tan poco la animosidad que resul-
taba
más peligrosa que cualquier otro rasgo.
—Creo—dijo
Schwartz, muy nervioso—que no estoy capacitado
para
este trabajo.
—No,
no, vuelva.—Y el administrativo le hizo gestos para que se
acercara—.
Tenemos algo para usted. Déjeme mirar en estos archi-
vos.
Estaba
sonriendo, pero su contacto mental era más claro y más
hostil
todavia.
Había
apretado un botón de su escritorio...
Schwartz,
súbitamente dominado por el pánico, se lanzó hacia la
puerta.
—¡Cogedlo!—gritó
el empleado al instante mientras abandonaba
a
toda priiisa su escritorio.
Schwartz
atacó al contacto mental, lo golpeó violentamente con
su
pensamiento y escuchó un gemido a su espalda. Miró con rapidez
por
encima del hombro. El administrativo se encontraba sentado en
el
suelo, con el rostro contra;ido y las sienes hundidas en las palmas de
las
manos. Otro hombre se incliinó sobre él, y tras un gesto de apre-
mio,
se lanzó hacia Schwartz, que no esperó ni un momento más.
Salió
por fin a la calle, sabedor ya de que debía existir una orden
de
búsqueda y captura y que habr;ían difundido su descripción perso-
nal,
y sabiendo igualmente que el empleado, como mínimo, le había
reconocido.
Echó
a correr y dobló esquinas sin ver siquiera por dónde iba.
Atrajo
la atención, más todav;ia a esa hora, ya que las calles estaban
cada
vez más It;enas de gente... Recelo, recelo por todas partes,
recelo
porque él estaba corriendo, recelo porque su ropa estaba arru;;-
gada
y no era de su talla, recelo porque su cara parecía tener pelos,
pelos
pequeños y grises. ..
Schwartz
dejó escapar un quejido al captar ese pensamiento en
bastantes
contactos mentales. Al parecer ninguno de aquellos hom-
bres
nuevos ten;ian pelos en ila cara. Arbin no disponía de material
para
afeitado y Schwartz había tenido que improvisar el suyo con una
especie
de cortador de acero... Pero, ¿dónde se afeitar;ia ahora? Y si
no
se afeitaba, la barba le delatar;ía.
Dada
la multipliicidad de contactos mentales y la confusión cau-
sada
por su miedo y su desespero, Schwartz no podía identificar a los
1, enemigos verdaderos, aquellos que no sólo
reflejaban recelo sino
l
;
í
también
certidumbre..., y por e;llo no pudo darse cuenta de la presen-
cia
del látigo neurónico.
Sólo
sintió un dolor espantoso, que llegó como el silbido de un
latigazo
y perduró como si le hubiera ca;ido una roca encima. Durante
algunos
instantes se deslizó cuesta abajo por la pendiente de la ago-
nía,
antes de adentrarse en ;';;a negrura.
Y
ahora estaba sentado en el banco de la celda con su mente
proyectada
y percibiendo únicamente pe;ligro y muerte.
La
puerta se abrió y Schwartz se puso en pie al instante, r;igido a
causa
del miedo. Sus rodillas y caderas le produjeron una punzada de
dolor
al erguirse, y estuvo a punto de desplomarse.
Era
un hombre con uniforme verde y con un objeto metálico en
una
mano, un objeto que Schwartz sabía que era peligroso.
—Acompáñeme.
Schwartz
fue tras el desconocido sin dejar de especular. Había
detenido
al primer individuo que lo siguió en la carretera de Chica.
Casi
había dejado sin conocimiento al administrativo aquella ma-
ñana.
¿Con cuántos podria enfrentarse?... Sería preferible aguardar,
antes
del último y definitivo esfuerzo.
Le
hicieron pasar a una habitación muy espaciosa. El guardián
cerró
la puerta al marcharse y se situó al otro lado.
Schwartz
miró alrededor.
—Acérquese,
Joseph Schwartz.
Había
una tarima en el otro extremo de la habitación, como el
estrado
de los jueces en la sala del tribunal. En un alto sillón de
complejo
diseño se hallaba sentado el hombre con larga túnica verde
que
acababa de hablar.
Schwartz
se acercó muy despacio y reparó en primer lugar en los
dos
hombres y la mujer joven que ocupaban sencillas sillas de madera
con
brazos y piernas extrañamente rígidos.
—¿Reconoce
a estas personas, Joseph Schwartz?—preguntó el
hombre
de la túnica.
Schwartz
los contempló y señaló a uno de ellos.
—A
éste lo vi una vez
Había
señalado a Shekt.
—Lo
sometí a tratarniento con el sinapsificador—repuso en tono
de
hastío el físico—. Y ese fue el único contacto que tuve con él.
Usted
lo sabe. Protesto por este. . .
—¡Silencio!
¿Qué dice usted, doctor Arvardan?
—Nunca
lo había visto—fue la réplica breve y hostil.
—Eso
ya lo veremos dentro de un rato—fue la siniestra res-
puesta.
14
Caída en la desesperaaon
El
secretario contempló a las cuatro personas que tenía ante él
con
brutal sensación de satisfacción. Su propósito era ignorar a la
mujer,
pero por lo demás la cosecha había sido fabulosa. Allí estaba
el
traidor terrestre, el agente imperial y la misteriosa criatura que
habían
estado vigilando durante medio ano. Era dudoso que en un
caso
tan urgente y crucial alguien de menor peso en las filas enemigas
supiera
lo suficiente para constituir un peligro.
En
realidad quedaba Ennius, y el Imperio. Los brazos de éstos~
en
la persona de espías y traidores, estaban maniatados, pero restaba
una
mente activa en alguna parte. . ., quizá para enviar otros brazos.
El
secretario se inclinó hacia delante con las manos cruzadas y
habló
en tono rápido y suave.
—Es
preciso dejar las cosas totalmente claras. Hay guerra entre
la
Tierra y la galaxia, todavía no declarada, pero guerra a pesar de
todo.
Ustedes son nuestros prisioneros y serán tratados como co-
rresponde
dadas las circunstancias. Como es natural, la pena justa
es
la muerte...
—Sólo
en el caso de guerra legítima y declarada—le interrumpió
enérgicamente
Arvardan.
—¿Guerra
legítima?—se burló el secretario—. ¿Qué significa
guerra
legítima? La Tierra siempre ha estado en guerra con la galaxia,
con
menciones diplomáticas del hecho o sin ellas.
—No
se excite—susurró Shekt a Arvardan—. Déjelo hablar. No
estamos
en situación de discutir.
Arvardan
notó que la vida empezaba a cosquillear en las puntas
de
sus dedos. Movió el brazo con un esfuerzo gigantesco que provocó
sudor
en su frente..., pero consiguió tocar el codo de Pola. La joven
no
lo notó, de eso no hubo duda. Pero al cabo de unos instantes vio el
brazo
del arqueólogo y lo miró y le sonrió débilmente, sin más deste-
llo
en sus ojos que el provocado por la aprensión. Arvardan trató de
reflejar
ánimo en su expresión, y fracasó... Estaba hablando el se-
cretano.
—Como
iba diciendo, todas las vidas aquí presentes están conde-
nadas,
pero a pesar de todo es posible comprarlas. ¿Les interesa el
precio?
Shekt
lo miró un momento.
—¿Qué
está proponiendo?
—Esto.
Es obvio que la noticia de nuestros planes se ha filtrado.
No
es difícil entender cómo llegó al doctor Shekt, pero cómo llegó al
Imperio
es un hecho misterioso. Nos gustaría saber, por tanto, qué
sabe
exactamente el Imperio. ¿Qué opina, Arvardan?
—Soy
arqueólogo—repuso categóricamente el aludido—. No
tengo
la menor idea sobre qué sabe el Imperio..., aunque confio en
que
sepan mucho.
—Eso
supongo. Bien, tal vez cambie de opinión. Piensen, todos
ustedes.
En
el transcurso de la conversación Schwartz no cooperó de nin-
gún
modo, como tampoco alzó los ojos.
El
secretario aguardó un rato, y después intervino con cierta
brusquedad.
—En
ese caso seré yo el que fije el precio por la falta de coopera-
ción
de todos ustedes. El doctor Shekt y la joven, su hija, que por
desgracia
está involucrada terriblemente, son ciudadanos de la Tie-
rra.
Dadas las circunstancias, será muy conveniente someterlos al
sinapsificador.
¿Me entiende, doctor Shekt?
Los
ojos del físico eran balsas de horror puro.
—Sí,
veo que me entiende—dijo el secretario—. Naturalmente
es
posible que el sinapsificador dañe los tejidos cerebrales el tiempo
suficiente
para crear un imbecil sin cerebro. Se trata de un estado
sumamente
desagradable en el que alguien deberá darles de comer o
morirán
de hambre, asearles o vivir inmersos en suciedad, recluirles o
ser
siempre un estudio de horror para todas las personas que les vean.
Podn'a
ser una lección para otros en el gran día que se avecina.
El
secretario se dirigió a Arvardan, que pugnaba con furioso vigor
por
elevar sus brazos sin poderlos levantar demasiado.
—En
cuanto a usted y a su amigo Schwartz, son ciudadanos impe-
riales
y, por tanto, apropiados para un interesante experimento.
Nunca
hemos probado el virus de fiebre concenírada con ustedes
perros
galácticos. Sería interesante demostrar la corrección de nues-
tros
cálculos... Una dosis pequeña, claro, a fin de que la muerte no
sea
instantánea. La enfermedad avanzará hacia lo inevitable durante
un
período de una semana, si diluimos la inyección correctamente.
Será
muy penoso.
Hizo
una pausa y los observó con los ojos entrecerrados.
—Tal
es la alternativa a unas cuantas palabras bien elegidas ahora
mismo...
Y Arvardan, no crea que liberarse de la parálisis le servirá
de
algo. Estoy armado y tengo en la calle medio ejército que entrará
en
acción en cuanto usted abandone su asiento.
Arvardan
se recostó, con el semblante rojo como un ladrillo a
causa
del esfuerzo y la frustración.
—¿Cómo
sabemos—murmuró el doctor Shekt—que de todos
modos
no nos matará si consigue lo que quiere de nosotros?
—Tiene
mi promesa de que morirán de una forma horrible si se
niegan.
Tendrán que arriesgarse. ¿Qué dicen?
—¿No
podemos disponer de algún tiempo?
—¿Tiempo?
Naturalmente. Disponen de dos horas.
El
secretario, en la plenitud de su poder, vomitó las palabras con
el
mismo gesto con el que habn'a arrojado un hueso a un perro.
—¿Podemos
permanecer juntos?
—¿Por
qué no?—Y el secretario esbozó una sonrisa tétrica—.
Con
la vigilancia conveniente al otro lado de la puerta y otra ración
de
parálisis, creo que ninguno intentará hacer tonterías... Y—agregó
después
de pensar un momento—h chica vendrá conmigo, para ase-
gurarme
de las buenas intenciones de ustedes.
La
sala en que los dejaron era evidentemente un lugar empleado
para
asambleas de varios cientos de personas. Dado su tamaño, los
prisioneros
se sintieron perdidos y solitarios. Ya no había nada que
decir.
La garganta de Arvardan ardía secamente y el arqueólogo no
dejaba
de mover la cabeza de un lado a otro con vano desasosiego.
Los
ojos de Shekt estaban cerrados y sus labios se veían descoloridos
y
estrujados.
Schwartz
permaneció aparte. Su estado de apatía era total. No
había
hecho un solo gesto de resistencia, ni siquiera cuando apreta-
ron
a sus brazos y piernas las varillas marrones; primero había perci-
bido
un cosquilleo en sus miembros y después perdió el dominio
sobre
ellos. Los contactos mentales de los otros dos hombres reposa-
ban
con suavidad en él, y Schwartz los agitó con sumo cuidado.
—Shekt—musitó
furiosamente Arvarda;~. Shekt, vamos, hom-
—¿Qué?...
¿Qué?...
—¿Qué
hace? ¿Piensadormirse? ¡Piense,hombre, piense!
—¿Por
qué? ¿Qué tengo que pensar?
—¿Quién
es ese Joseph Schwartz?
—¿No
me cree, usted? Me lo trajeron para someterlo a trata-
miento
con el sinapsificador, y así lo hice. No sé nada más.
—Pero
en ese caso, ¿por qué? ¿Por qué pasó por el tratamiento?
—Arvardan
notó suavisimas agitaciones en su interior—. Podría ser
agente
imperial.
—¿Y
si lo es? Fíjese en él. Está tan indefenso como nosotros... Si
le
diéramos una explicación de común acuerdo, ellos tal vez aguarda-
rían
y podríamos...
Los
labios del arqueókogo se fruncieron.
—Vivir,
quiere decir. ¿Con la galaxia muerta y la civilización en
ruinas?
¿Vivir? Yo preferin'a morir.
—Estoy
pensando en Pola—murmuró Shekt.
—Yo
también—dijo Arvardan—, ¿pero qué hay que hacer? No
deje
que sus esperanzas le enganen. En ningún caso viviremos.—Y
acto
seguido, como si quisiera huir de aquella idea, huir a cualquier
parte
exclamó—: ¡Usted! ¡Como se llame! ¡Schwartz!
Ei
aludido alzó la cabeza y dejó que su mirada vagara hacia el
otro
hombre. No respondió.
—¿Quién
es usted?—preguntó Arvardan—. ¿Cómo se metió en
este
lio? ¿Qué papel ha desempeñado?
Y
con esa pregunta, la injusticia de la situación sobrecogió a
Schwartz.
La unocencia de su pasado y el infinito horror del presente
estallaron
en su interior, y por ese motivo su réplica fue furiosa.
—¿Yo?
¿Que cómo me meb en este lío? Escuche, soy un don
nadie.
Soy un hombre honrado, un sastre acostumbrado a trabajar
duro,
hasta que me jubilé, y nunca molesté a nadie. No hice daño a
nadie,
trabajé duro, me preocupé por mi familia... Y entonces, sin
ningún
motivo, sin ningún motivo... Ilegué aquí.
—¿A
Chica?—inquirió Arvardan.
—¡No,
no a Chica!—gritó Schwartz en salvaje tono de ironía—.
Llegué
a este mundo totalmente destrozado... ¡Oh, qué me importa
si
me cree o no! Mi mundo está en el pasado. Mi mundo tenía tierra,
comida
y dos mil millones de habitantes, y era el único mundo.
Arvardan
guardó silencio ante aquel ataque verbal. Miró a Shekt.
—¿Entiende
lo que dice?
—¿Se
ha fijado?—repuso Shekt, ligeramente extrañado—. Tiene
vello
en la eara.
—Cierto—dijo
Schwartz con aire desafiante—, y tengo muela del
juicio
y un apéndice vermicular... Y ojalá tuviera una cola que ense-
ñarles.
Procedo del pasado. He viajado en el tiempo... Y ahora
déjenme
en paz—concluyó casi sollozando.
Los
dos eientíficos se miraron un momento. Arvardan bajó la
voz.
—Loco,
supongo. No le culpo.
—Es
extrano... Ahora recuerdo las fisuras de su cerebro. Eran
primitivas,
muy primitivas.
Arvardan
reflejaba asombro.
—¿Pretende
decir que...? ¡Oh, vamos, es imposible!
—Siempre
lo supuse.—En ese momento la voz de Shekt era una
pálida
imitación de la normalidad, como si el surgimiento de un
problema
científico hubiera conectado su mente al surco indefinido y
objetivo
en el que los problemas personales desaparecen—. Se cal-
culó
la energía precisa para desplazar materia a lo largo del eje del
tiempo
y se llegó a un valor mayor que el infinito, por lo que el
proyecto
siempre ha sido considerado imposible. Pero otros han ha-
blado
de la posibilidad de “fallas temporales”, análogas a las geológi-
cas,
ya me entiende... Han desaparecido naves espaciales, por ejem-
plo,
prácticamente a la luz del día. Existe el famoso caso de Hor
Devallow,
hace mucho tiempo, que entró en casa un día y jamás
volvió
a salir, y tampoco estaba dentro. Y hay un planeta, que apa-
rece
en los libros de galactografía del siglo pasado, que fue visitado
por
tres expediciones. Los expedicionarios regresaron con descrip-
ciones
completas.. ., y jamás ha sido visto otra vez.
“También
hay ciertos avances de la quimica nuclear que parecen
negar
la ley de conservación de la energía. Se ha intentado explicar
eso
postulando la fuga de cierta cantidad de masa a lo largo del eje
temporal.
Los núcleos de uranio, por ejemplo, combinados con co-
bre
y bario en una proporción pequerúsima pero concreta, bajo la
influencia
de suaves radiaciones gamma crean un sistema reso-
nante.
. .
—Espere.—Arvardan
frunció el ceño vivamente—. No importa
todo
eso. No hay tiempo. Déjeme hacerle algunas preguntas... Oiga,
Schwartz.
El
aludido alzó la cabeza otra vez.
—Su
mundo. . ., ¿era el único de la galaxia?
—Schwartz
asintió.
—Pero
ustedes simplemente lo pensaban. Pretendo decir que no
conocían
el viaje espacial y, en consecuencia, no podían compro-
barlo.
—No.
—¿Y
conocian la energía atómica?
—Teníamos
una bomba atómica... Uranio... Supongo que por
eso
es radiactivo este planeta. Debió de producirse una guerra des-
pués
de que yo me fuera... con bombas atómicas.
—Todo
encaja hasta el momento—murmuró Arvardan, muy
tenso—.
De acuerdo. Tendrian un idioma, supongo.
—Muchos
idiomas.
—¿Cuál
empleaba usted?
—El
inglés.
—Bien,
diga algo en ese idioma.
Durante
seis meses o más Schwartz no había pronunciado una
sola
palabra en inglés. Pero en ese momento lo hizo con carino y muy
despacio.
—Quiero
volver a mi hogar y estar con los míos.
Arvardan
miró a Shekt.
—¿Usó
ese idioma cuando pasó por el sinapsificador?
—No
podría asegurarlo—dijo Shekt, perplejo—. Sonidos extra-
ños
entonces y sonidos extranos ahora. ¿Cómo puedo relacionarlos?
—Bien,
no tiene importancia... ¿Cómo se dice “madre” en su
idioma,
Schwartz?
El
aludido pronunció la palabra.
—Ajá.
Y ahora diga “padre"..., “hermano”..., “uno”..., me re-
fiero
a los numerales, “dos”, “tres”..., “fuego”..., “mano”...
Las
preguntas continuaron y la expresión de Arvardan, cuando se
detuvo
para tomar aliento, era de perplejidad y admiración.
—Shekt
dijo—, o este hombre es auténtico o soy víctima de la
pesadilla
más loca que se puede imaginar. Habla un idioma práctica-
mente
igual al de las inscripciones descubiertas en los estratos de
cincuenta
mil años de antiguedad de Sirio, Arturo, Alfa Centauro y
otros
veinte sectores.
—¿Está
seguro?
—¿Seguro?
Naturalmente que sí. Soy arqueólogo. Mi trabajo
consiste
en saber esas cosas. He traducido el idioma antiguo durante
años
y aquí hay un hombre que lo habla.
Durante
unos instantes Schwartz sintió que se agrietaba su arma-
dura
de retraimiento. Por primera vez creía recobrar la individuali-
dad
perdida. El misterio había concluido. Él era un hombre del
pasado...,
y aquellos hombres lo aceptaban. Ello probaba su cor-
dura,
anulaba para siempre aquella duda inquietante, y Schwartz se
alegró.
.. Y, sin embargo, se mantuvo retraído.
Era
el turno de preguntas de Shekt, y el ffsico las formuló vo-
razmente
.
—¿Ha
notado efectos nocivos a consecuencia del sinapsificador?
Schwartz
desconocía el término, pero captó el pensamiento de
Shekt.
—No
~ijo.
—Veo
que después de eso aprendió con rapidez nuestro lenguaje.
¿No
le pareció anormal?
—Siempre
he tenido buena memoria—fue la fría respuesta.
—Así
pues, no se siente distinto a como era antes del tratamiento.
7. (
uento~ paralelo~
—Exacto.
Los
ojos del doctor Shekt estaban clavados en Schwartz.
—¿Qué
estoy pensando?—le dijo rápidamente.
Y
totalmente asombrado Schwartz respondió:
—Eso
puedo saberlo...—Se interrumpió bruscamente—. ¿Cómo
lo
ha sabido?
Pero
Shekt ya no le dedicaba su atención. Había vuelto su rostro,
pálido
e indefenso, hacia Arvardan.
—Él
es capaz de captar los pensamientos, Arvardan... Cuántas
cosas
podría hacer con él. Y estar aqun .. Sin poder hacer nada.
—¿Qué.
. ., qué. . ., qué. . . ?—tartamudeó Arvardan.
—¡Schwartz
puede leer el pensamiento! Ha sido una de mis preo-
cupaciones
desde que trajeron a aquel hombre..., Arvardan, ¿re-
cuerda
el bacteriólogo del que le hablé, el que faitleció a consecuencia
de
los efectos del sinapsificador? Uno de los primeros síntomas de
deterioro
mental fue su afirmación de que podía leer el pensa-
miento...
Y podía. Lo averigué antes de que muriera. Ha sido mi
secreto.
No he hablado de ello con nadie..., pero es posible, Arvar-
dan,
es posible. Mire, al disminuir la resistencia de las neuronas
cerebrales,
el cerebro puede captar los campos magnéticos incluidos
por
las microcorrientes de los pensamientos de otras personas y re-
convertirlos
en vibraciones similares... Es el mismo principio que el
de
la grabadora ordinaria. Sería telepatía en todos los sentidos del
término.
. .
Schwartz
mantenía un silencio obstinado y hostil cuando Arvar-
dan
volvió lentamente la cabeza para mirarlo.
—¿Está
seguro, Shekt? Podríamos aprovecharnos de eso. ¿Es
cierto,
Schwartz?—La mente del arqueólogo era un torbellino calcu-
lando
umposibilidades—. Debe haber una solución. Debe haber una
solución.
Pero
Schwartz reaccionó con frialdad al tumulto del contacto
mental
que percibía con tanta claridad.
—Para
mí, es posible. Yo seré valioso para ellos.
—¡Para
ellos! —exclamó Arvardan, con enorme aversión—.
¿Qué
está diciendo?
—Estoy
diciendo que soy terrestre y usted extranjero. Esíá claro,
¿no?
Ya
lo había dicho, y Schwartz se alegró.
Arvardan
tardó tiempo en comprenderlo, y en cuanto lo hizo se
revolvió,
otra vez en vano, contra la parálisis que lo inmovilizaba.
Schwartz
captó la oscura amenaza del contacto mental, que yacía
como
una mano sobre su mente. Dio un “empujón” a esa manta con
un
talante casi salvaje y obtuvo el premio de ver el repentino respingo
de
dolor en el semblante de Arvardan.
—Yo
he hecho eso—le dijo—. ¿Quiere más?
Arvardan
se calmó.
—Pero
los terrestres también quieren acabar con usted.
Poco
a poco Schwartz había ido haciendo acopio de furia. Du-
rante
una hora había estado quieto, pensando. Durante una hora los
recuerdos
de su juv~ntud habían vuelto, recuerdos que no había
rememorado
hacía anos. La extraña amalgama de pasado y presente
provocó
finalmente su indignación. Pero habló con calma, contenién-
dose.
—Ellos
quieren matarme porque creen que soy uno de ustedes,
eso
es todo. Supongo que a ustedes los consideran culpables. Su-
pongo
que ustedes piensan que es un delito que un pueblo oprimido y
pequeño
trate de derrocar a los tiranos. ¿No tienen una galaxia para
ustedes
solos, con todas las estrellas del cielo para sus juegos? ¿Tam-
bién
les hace falta la Tierra? Los terrestres no son bien recibidos en
ninguno
de sus planetas. ¿No pueden concederles al menos los restos
de
la Tierra?
—Habla
igual que un zelote—comentó Arvardan despreciativa-
mente.
Schwartz
ardió aún más al oír el comentario.
—Oh.
sí, usted es un magnífico ejemplo de los productos que nos
manda
la galaxia. Es tolerante y su buen corazón es una maravilla, y
se
admira a sí mismo porque es capaz de tratar al doctor Shekt de
igual
a igual. Pero en el fondo, aunque no tan en el fondo para que yo
no
lo vea con claridad en su mente, se siente incómodo en su compa-
ñía.
No le gusta la forma de hablar del doctor, no le gusta su aspecto
ffsico.
En realidad no le gusta Shekt. aunque él quisiera traicionar a
la
Tierra... Y hace poco besó a una mujer terrestre y considera eso
como
una debilidad. Se averguenza de ello...
Arvardan
había luchado en vano contra el torrente de palabras y
en
ese momento se contuvo, con la cara enrojecida y la boca abierta.
Schwartz
miró a Shekt con incontenida furia.
—¿Y
usted qué pretende? El miedo a la muerte se aferra a su
mente,
apesta a miedo, su contacto mental está lleno de miedo a ia
muerte...
¿Piensa que eludirá el Sesenta traicionando a su planeta,
que
seguirá viviendo sobre los cadáveres de sus compatriotas?
Pero
Shekt le hizo frente en ese momento, con la dignidad resul-
tante
de la desesperación total.
—Si
es capaz de leer los pensamientos, investigue los míos. ¡Há-
galo!
¡Investigue a fondo! Encuentre algo deshonroso si es que
puede.
Compruebe si no es cierto que yo podría haberme salvado del
Sesenta
cooperando con los locos que dejarán en ruinas la gaiaxia.
Compruebe
si no es cierto que voy a perder la vida por oponerme a
ellos...
Y compruebe si tengo algún deseo de causar dano a la Tierra
y a
los terrestres.
Estas
palabras frenaron a Schwartz, ya que en tales asuntos era
imposible
engañarlo. La mente de Shekt estaba abierta ante él, y
para
Schwartz los pensamientos eran pruebas indisputables. Era im-
posible
que una mentira no dejara su inevitable hueila de mezcolanza
y
confusión.
Y
Shekt no menb'a.
Elii'sico
siguió hablando, con sus fatigados ojos cerrados.
—Usted
puede leer el pensamiento. ¿Ha investigado los pensa-
mientos
del primer ministro? ¿De su secretario? ¿Qué sabe de sus
planes?
—Una
sublevación—dijo de mala gana Schwartz—. Lucharán
por
sus derechos. Hay gérmenes de por medio.
—¡Gérmenes!—recalcó
con amargura Shekt—. ¿Sabe cuántas
personas
morirán?—Schwartz no contestó—. Creo que ya lo sabe.
No
crea en mí, si quiere, pero analice los pensamientos del secretario
cuando
vuelva. Tal vez sea demasiado tarde. Si usted conserva la
vida,
vivirá en una galaxia en ruinas, con una humanidad en ruinas.
Tal
vez es eso lo que desea.
—No,
no.
Todo
estaba claro. Incluso el contacto mental del secretario pare-
cía
haberse aclarado ahora, de repente. Anteriormente, Schwartz
había
creído percibir un himno de aversión a la galaxia. Los detalles
eran
vagos, no había prestado la suficiente atención. Pero ahora. ..
Estaba
hablando Arvardan.
—Muy
bien, Schwartz, míreme. Lea mis pensamientos. Nací en
Baronn,
sector de Sirio. Creá en un ambiente de antiterrestrismo,
por
fuerza he de tener umperfecciones e ideas alocadas en las raíces
de
mi subconsciencia. Pero observe la superficie y dígame si alguna
vez
desde que cumplí los trece años he sido intolerante en algún as-
pecto.
“;Schwartz,
usted no conoce nuestra historia! No sabe nada de los
miles
y decenas de miles de años de extensión del hombre por toda la
galaxia,
las guerras y la miseria que se produjeron. No sabe nada de
los
primeros siglos del Imperio, cuando aún había simple confusión y
alternaban
el despotismo y el caos. Nuestro gobierno galáctico sólo
ha
sido representativo en los últimos doscientos años. Bajo su direc-
ción,
los diversos planetas tienen autonomía cultural, se les permite
poseer
gobiernos propios, tener voz en el gobierno común.
“En
ninguna época de la historia ha estado la humanidad tan a
salvo
de la guerra y la pobreza como está ahora, en ninguna época
han
sido tan brillantes sus perspectivas de futuro... ¿Y quiere que
unos
cuantos megalomaniacos destruyan todo eso?
“Las
quejas de la Tierra son legítimas y, si la galaxia vive, se
resolverán
algún día. Pero lo que estos megalomaniacos harán ahora
no
soluciona nada, es simplemente la caída en la desesperación.
Schwartz
se sentía impresionado. Tantos mundos que morirían,
que
se emponzoñarían y desharían a causa de una enfermedad terri-
ble...
¿Era él realmente un terrestre? ¿Simplemente un terrestre? En
su
juventud había panido de Europa rumbo a los Estados Unidos.
¿No
era el mismo hombre a pesar de eso? Y si después los hombres
habían
abandonado una Tierra desgarrada y herida rumbo a los mun-
dos
espaciales, ¿acaso eran menos terrestres? “¿Acaso la galaxia no
es
mía también?”, pensó Schwartz. Todos, todos los galácticos des-
cendían
de él y de sus hermanos...
—Les
apoyo. ¿Puedo hacer algo?
1(~
—¿Hasta
qué distancia puede contactar con una mente?—pre-
guntó
ansiosamente Arvardan, con suma precipitación, como si te-
miera
que el otro pudiera cambiar de idea súbitamente.
—No
lo sé... Hay mentes afuera. Guardianes, supongo.
—¿Puede
llegar hasta Pola. .., Ia joven que estuvo aquí?
—No
sé cómo es su contacto—explicó Schwartz, casi con timi-
dez.
Detestaba
revelar sus limitaciones.
—Bien,
búsquela—rogó Arvardan—. Vea si puede encontrar
algo
que sea conocido.
Se
produjo un largo silencio durante el que los dos cienbficos
devoraron
a Schwartz con la mirada. Arvardan siguió tratando de
moverse.
El hormigueo de sus piernas podía significar el regreso de
vida.
Y,
de pronto, se oyó en la suave quietud la voz baja y tensa de
Schwartz.
—Creo
que puede ser ella... Miedo y enojo... Es una mente
femenina,
estoy seguro. Parece..., parece tener rasgos femeninos.
—Alzó
la cabeza—. No sé explicarlo.
—¿Está
viva?—preguntó angustiado Shekt—. ¿Está herida?
—No
percibo ningún dolor. Ah..., es ella. Está pensando en
usted,
doctor Shekt, y.. .—Permaneció atónito un momento antes de
mirar
a Arvardan—. Usted no es pariente de ella, ¿verdad?
Arvardan
movió la cabeza de un lado a otro.
—¿Amigo
íntimo?
Arvardan
vaciló.
—La
conocí ayer por la noche .
Schwartz
pareció prestar atención y después se alzó de hombros.
No
hizo más comentarios, pero Arvardan notó que el corazón le latía
con
fuerza al pensar en las implicaciones de aquel silencio. Avergon-
zado
de besar a Pola, ja. Si tan sólo consiguiera salir de ese embrollo.
Si
tan sólo pudieran vivir. Él, Bel Arvardan, daría una lección a aquel
cara
peluda que era Schwartz...
—¿Qué
hay del secretario, el hombre que nos ha dejado aquí?
—preguntó
.
Una
pausa muy larga, diez minutos que se prolongaron insu-
friblemente
.
—Las
mentes de ustedes me obstaculizan—dijo Schwartz—. No
me
vigilen. Piensen en otra cosa.
Lo
intentaron. Otra pausa.
—No...,
no puedo..., no puedo.
Arvardan
luchó con sus pies. Ya podía moverlos un poco, aunque
cualquier
movimiento le producía una punzada de dolor casi insopor-
table.
—¿Puede
causar mucho daño a una persona?—inquirió—. Me
refiero
a lo que hizo conrnigo hace un rato.
—Puedo
dejar sin conocimiento a un hombre.
—¿Cómo
lo hace?
—No
lo sé. Simplemente lo hago. Es..., es como si.. .—Schwartz
reflejó
una desesperación casi cómica en su esfuerzo por explicar lo
inexplicable.
—¿Puede
atacar a más de una persona al mismo tiempo?
—Nunca
lo he probado. . . Tal vez no.
Intervino
Shekt.
—¿Está
pensando en atacar al secretario cuando regrese, Arvar-
dan?
—¿Por
qué no?
—¿Cómo
saldremos? Aunque sorprendamos solo al secretario y
lo
matemos, y no creo que Schwartz sea capaz de eso, hay cientos de
hombres
esperándonos afuera.—Y con un alarido casi salvaje agre-
gó—:
¡Es inútil, se lo aseguro!
—Ya
lo tengo—intervino quedamente Schwartz.
—¿A
quién?—preguntaron los dos científicos al mismo tiempo.
—Al
secretario. Es su contacto mental, lo sé.
—No
lo pierda.
Arvardan
casi dio una vuelta completa al tratar de urgir a
Schwartz...,
y cayó de la siLria, de tal forrna que quedó tendido en el
suelo
con una pierna medio paralizada moviéndose inútilmente a fin
de
actuar como palanca para levantar su cuerpo.
—Vacíele
la cabeza. Obtenga toda la información posible.
Schwartz
se esforzó hasta que empezó a dolerle la cabeza. Hasta
ese
momento los contactos mentales Llegaban a él, no él a el;ios. No
había
podido eludirlos. Pero ahora tuvo que cerrar los puños, arañar
con
los zarcillos de su mente, a ciegas, con torpeza, igual que un nino
de
meses que extiende sus dedos, unos dedos que aún no sabe utili-
zar,
hacia un objeto que no puede tocar. Con grandes esfuerzos,
Schwartz
captó jirones.
—¡Triunfo!
Él está seguro de los resultados... Algo sobre proyec-
tiles
espaciales... Los ha activado... No, no los ha activado. .. Es otra
cosa.
. . Le complacen los proyectiles espaciales. . .
—¿Qué
son esos proyectiles espaciales?—inquirió Arvardan.
—No
lo sé—gimió Schwartz—. Hay proyectiles espaciales en sus
pensamientos...
No capto la imagen... Esperen, esperen... Naves
pequeñas..
., naves pequeñas sin tripulación... No veo nada más.
Shekt
lanzó un gruñido.
—¿No
lo comprendes, Arvardan? Son misikes guiados automáti-
camente
para transportar el virus. . . Apuntados a diversos planetas. . .
—Pero
¿dónde los guardan? —insistió Arvardan—. Busque,
hombre,
busque...
—Hay
un edificio. No..., no lo veo bien... Cinco puntas..., una
estreLla.
. ., y Sloo...
—Ya
está—intervino de nuevo Shekt—. ¡Por todas las estrellas
de
la galaxia, ya está! El templo de Senloo. Está rodeado por bolsas
radiactivas.
Nadie irá nunca alLí excepto los Antiguos. ¿Está en un
rio,
Schwartz?
—Sl...,
Si. .., Si. ..
—¿Cuándo,
Schwartz, cuándo?
—No
veo el día, pero pronto. . ., pronto. . . La mente del secretario
bulle
con esa idea. . . Será muy pronto.
También
la cabeza de Schwartz pareáa bullir a causa del es-
fuerzo.
Arvardan
se sentía agotado y febrilento cuando por fin logró
apoyarse
en manos y rodiLlas, pese a que tanto unas como otras
temblaban
y cedían bajo el peso del cuerpo.
—Schwartz,
atiéndame—le instó—. Quiero que haga una cosa.
Pero
Schwartz estaba tartamudeando.
—Se
acerca... Viene hacia aquí... Y va a ordenar que nos ma-
ten.
. . Tiene esa idea fija en lo más profundo de su mente...
Su
voz se apagó e interrumpió en el momento en el que se abría la
puerta.
Y
entonces Arvardan se sintió muy, muy desesperado.
.
,
;
l
t
l
15
¡Duelo!. . . con y sin arrnas
El
secretario habló en tono fno y burlón.
—¡Doctor
Arvardan! ¿No ser~a preferible que volviera a su asien-
to?
Arvardan
aLzó los ojos para mirarlo, consciente de la cruel indig-
nidad
de su postura, pero no había nada que responder y no respon-
dió.
Poco a poco sus doloridas extremidades fueron levantándolo del
suelo.
Aguardó donde estaba, respirando con dificultad y esperando
ansiosamente
un retraso. Si sus piernas pudieran girar un poco más,
si
pudiera lanzarse, si pudiera asustar al fn'o maniaco y obLigarb a
usar
el arma.. .
No
era el látigo neurónico el arma que pendía suavemente del
cinto
liso y reluciente que sujetaba la túnica del secretario. Era un
desintegrador
de considerable tamaño capaz de despedazar en áto-
mos
a una persona en un instante dado, una muerte rápida total-
mente
insensible para la víctima.
Fue
extraño que en ese momento los pensamientos en Pola se
aferraran
a él, extraño que él tuviera tantos deseos de vivir...
—Todos
tienen peor aspecto pese a mi ausencia... ¿Tienen algo
que
decirme?—preguntó el secretario.
Era
evidente que no e igualmente obvio que el secretario no
quedó
complacido por eLlo.
—No
importa—prosiguió—. Su información ha dejado de ser
importante.
Hemos adelantado la hora del ataque. Había pensado
que
la reserva de virus era menor... Son asombrosos los resultados de
la
presión, incluso en personas que juran que es imposible más ra-
pidez.
En
este momento intervino Schwartz con voz ronca.
—Dos
días... Menos... Veamos... El martes..., a las seis de la
mañana,
hora de Chica.
El
desintegrador estaba en la mano del secretario. Éste se acercó
con
bruscas zancadas y se situó amenazadoramente junto a la encor-
vada
figura de Schwartz.
—¿Cómo
lo ha sabido?
Schwartz
se puso tenso. En algún lugar de su cerebro unos zarci-
llos
se agruparon y buscaron su presa. En el aspecto ffisico, los múscu-
los
de las mandíbulas quedaron vigorosamente apretados y las cejas
encogidas
hacia abajo, pero todo ello carecía de importancia. En el
interior
del cerebro había algo que se proyectó y aferró con fuerza el
contacto
mental del otro hombre.
Para
Arvardan la escena fue irrelevante durante unos segundos
preciosos,
unos segundos mal empleados. El repentino silencio y la
inmovilidad
del secretario no eran significativos.
—Ya
lo tengo...—murmuró el jadeante Schwartz—. Cójanle el
arma.
. ., no podré resistir...
La
voz se apagó tras un gorjeo.
Y
Arvardan lo comprendió. Con un brusco esfuerzo se puso de
nuevo
a gatas. Acto seguido, mientras sus dientes rechinaban, se
levantó
simplemente porque no le quedaba más remedio y logró
perrnanecer
erguido aunque tambaleante.
El
secretario parecía petrificado por la mirada de Medusa. En su
frente
lisa y sin arrugas iba formándose sudor y su semblante inexpre-
sivo
no reflejaba emoción alguna... Sólo la mano derecha, la que
sostema
el desintegrador, mostraba señales de vida. Un observador
atento
habria visto que esa mano se movía a tirones infinitesimales,
habn'a
percibido la extrana presión que ejercía un dedo sobre el
botón
de disparo, una presión suave, insuficiente para causar daño
pero
progresiva, progresiva...
—Agárrelo
con fuerza—dijo Arvardan en pleno esfuerzo, con
júbilo
feroz. Se apoyó en el respaldo de la silla y trató de recobrar el
aliento—.
Tengo que acercarme a él.
Sus
pies se arrastraron. El arqueólogo se encontró sumido en una
pesadilla;
tuvo que vadear un río de miel, nadar en alquitrán, avanzar
tirando
de su cuerpo con la mano apoyada en los respaldos de una
hilera
de asientos hasta situarlo a la misma altura, extender otra vez
las
manos hacia otra hilera, despacio, muy despacio, y vuelta a em-
pezar.
Desconocía
el terrible duelo que estaba teniendo lugar ante él.
El
secretario sólo tenía uma meta: ejercer con el pulgar derecho
una
fuerza minúscula. . ., ochenta y cinco gramos exactamente, ya que
ésa
era la presión que precisaba el desintegrador para funcionar. A
tal
fin su mente únicamente tenía que dar la orden a un tendón
tembloroso
ya medio contraído.
Schwartz
sólo tenía una meta: frenar esa presión..., pero con la
rudimentaria
masa de sensaciones que le ofrecía el contacto mental
del
otro hombre no podía saber qué zona en particular estaba relacio-
nada
con aquel pulgar. Por eso estaba dirigiendo sus esfuerzos a la
producción
de un éxtasis, un éxtasis total.. .
El
contacto mental del secretario se agitó y se revolvió contra la
104 i
l
,
sujeción.
Era una mente rápida y de inteligencia temible la que desa-
fiaba
el inexperto control de Schwartz. Durante unos segundos per-
manecería
en reposo, a la espera. Luego, con un esfuerzo terrible y
desgarrador
tiraría de algún músculo. ..
Para
Schwartz fue igual que si hubiera estado haciendo un com-
bate
de lucha libre con la obligación de mantenerlo a toda costa,
aunque
su rival estuviera haciéndole rodar impulsado por el furor.
Pero
nada de esto era visible. Sólo se veían los nerviosos movi-
mientos
de la mandíbula de Schwartz al cerrarse y abrirse, los labios
temblorosos,
ensangrentados por los dientes..., y un ligero movi-
miento
ocasional del pulgar del secretario, tenso, muy tenso...
Arvardan
hizo una pausa para descansar. El dedo que tenía ex-
tendido
tocaba ligeramente el tejido de la túnica del secretario, y el
arqueólogo
no podía seguir moviéndose. Sus atormentados pulmones
no
podían bombear el oxígeno que sus piernas paralizadas precisa-
ban.
Sus ojos no podían ver a causa de las lágrimas provocadas por el
esfuerzo,
su mente no podía pensar entre la neblina del dolor.
—Sólo
unos segundos más, Schwartz—dijo jadeante—. No deje
que
se mueva, no deje que se mueva.
Schwartz
meneó la cabeza despacio, muy despacio.
—No
puedo..., no puedo...
Y en
realidad, para Schwartz el mundo entero estaba deslizán-
dose
hacia un caos nebuloso, desenfocado. Los zarcillos de su mente
estaban
cada vez más rígidos y faltos de elasticidad.
El
pulgar del secretario presionó de nuevo el botón de contacto.
Su
dedo no descansaba, la presión aumentaba en pequerlisimas canti-
dades.
Schwartz
notó la hinchazón de sus globos oculares, la serpen-
teante
expansión de las venas de su frente. Percibió la espantosa
sensación
de triunfo que iba formándose en el cerebro del otro hom-
bre.
Y en
ese momento Arvardan atacó. Su cuerpo rígido y rebelde se
dejó
caer hacia delante, con las manos extendidas y preparadas para
agarrar.
El
secretario, indefenso a causa de la presa mental que sufría,
cayó
junto con Arvardan. El desintegrador salió despedido hacia un
lado
y resonó en el duro suelo.
Schwartz
notó que la mente cautiva se liberaba con un último
esfuerzo
y cayó de espaldas, con el cerebro sumido en una enmara-
ñada
jungla de confusión.
El
secretario se debatió furiosamente bajo el aferrado peso
muerto
del cuerpo del arqueólogo. Le hundió una rodilla en la entre-
pierna
con una fuerza brutal mientras lanzaba el puño hacia el pó-
mulo
de Arvardan. Levantó a éste, golpeó. . ., y Arvardan rodó por el
suelo
sintiendo toda suerte de dolores.
El
secretario se levantó dando tumbos, jadeante y desaliñado. . ., y
quedó
inmóvil otra vez.
Frente
a él se hallaba Shekt medio reclinado. La m~,~
i~
del
físico, con el tembloroso apoyo de la izquierda, sostenila el desin-
tegrador,
y a pesar de los temblores, el arma apuntaba al secretario.
—¡Pandilla
de imbéciles!—chill~i el secretario, sofocado por la
cólera—.
¿Qué esperan conseguir? S Sb tengo que alzar la voz...
—Y
usted, como mínimo, morirá—respondió débilmente Shekt.
—No
conseguirá nada matándome—dijo con amargura el secre-
tario—,
y usted lo sabe. No salvará el Imperio por el que nos ha
traicionado...,
y ni siquiera se salvarán usted y sus amigos. Entré-
gueme
ese arma y quedará en libertad.
El
secretario extendió una mano, pero Shekt se echó a reír.
—No
estoy tan loco como para creerlo.
—Tal
vez no, pero está prácticamente paralizado.
Y el
secretario se desplazó de pronto hacia la derecha, con mucha
más
celeridad que la debilitada muñeca del físico para mover el de-
sintegrador.
Pero
en ese momento la mente del secretario, mientras éste se
disponía
a dar el salto definitivo, estaba concentrada por completo en
el
desintegrador cuyo disparo pretendía eludir. Schwartz proyectó su
mente
una vez más para dar la estocada final y el secretario resbaló y
se
desplomó igual que si le hubieran aporreado.
Con
gran esfuerzo, Arvardan había logrado ponerse en pie. Su
mejilla
estaba enrojecida e hinchada, y el arqueólogo cojeó al acer-
carse.
—¿Puede
moverse, Schwartz?
—Un
poco—fue la fatigada respuesta—.
Schwartz
se levantó lentamente de la silla.
Arvardan
se inclinó sobre el postrado Antiguo y le echó la cabeza
hacia
atrás, con poca delicadeza.
—¿Vive?
Buscó
en vano el pulso con las todavia entumecidas puntas de los
dedos
y luego colocó la palma de la mano bajo la túnica verde.
—Su
corazón late—dijo—. Tiene usted poderes peligrosos
Schwartz...
¿Qué hacemos ahora?
—La
guarnición imperial de Fort Dibburn está a menos de un
kilómetro—dijo
Shekt—. Una vez alli estaremos a salvo y podremos
informar
a Ennius.
—¡
Una vez allí ! Debe de haber cien guardianes afuera, y centena-
res
más entre este lugar y la guarnición...
—Todavía
tenemos a Schwartz.
El
rollizo terrestre alzó y sacudió la cabeza al oír su nombre.
—No
lo hago muy bien. No puedo tener inmovilizado al secreta-
rio
demasiado tiempo.
—Porque
no está acostumbrado—dijo enérgicamente Shekt—.
Escuche,
tengo ciertas nociones sobre lo que usted hace con su
mente.
Es una estación receptora para las ondas electromagnéticas
del
cerebro. Creo que usted también puede emitir. ¿Me entiende?
Schwartz
pareáa penosamente inseguro.
—Debe
entenderlo—insistió Shekt—. Tendrá que concentrarse
en
lo que usted desea que haga él. .., y antes devolveremos el desinte-
grador
al secretario.
—¿Qué?
El
grito de indignación fue claramente audible.
Shekt
alzó la voz.
—¡Él
nos sacará de aquí! No podemos salir de otra forma, ¿no es
cierto?.
.. ¿Y qué forma menos sospechosa que dejar ir armado al se-
cretario?
—Pero,
¿y si no consigo dominarlo?—inquirió Schwartz.
Estaba
flexionando los brazos, dándoles palmadas, intentando
recobrar
la sensación de normalidad.
—Es
el riesgo que correremos. Pruebe ahora, Schwartz. Muévale
el
brazo.
Su
tono era de súplica.
El
secretario gimió desde el suelo, y Schwartz captó el contacto
mental
reavivado. En silencio, casi con miedo, dejó que la mente del
otro
cobrara fuerza..., y le habló. Fue una alocución sin palabras, la
alocución
muda que una persona envía a su brazo cuando desea mo-
verlo,
tan muda que ni siquiera el interesado la oye.
Y no
fue el brazo de Schwartz el que se movió, sino el del
secretario.
El terrestre alzó la cabeza con una sonrisa feroz, pero
Shekt
y Arvardan sólo tenían ojos para el secretario: un cuerpo
rec-
ctado con la caheza elevándose, unos ojos en los que iba desa-
pareciendo
el rasgo vidrioso del desmayo y un brazo que de un
modo
extraño e incongruente se extendía a tirones formando un
ángulo
de noventa grados.
Schwartz
se centró en su tarea.
El
secretario se puso en pie con el cuerpo inclinado, práctica-
mente,
aunque sólo en apariencia, como si perdiera el equilibrio. Y
acto
seguido empezó a danzar de un modo tan curioso como involun-
tario.
El
baile carecía de ritmo, le faltaba belleza. Pero los tres que
observaban,
sobre todo Schwartz, pensaron que era un acto increi-
blemente
admirable, ya que en ese momento el cuerpo del secretario
se
hallaba bajo el dominio de una mente no unida a él materialmente.
Despacio,
con precaución, Shekt se acercó al robot que era el
secretario
y, no sin desasosiego, extendió la mano. En la palma
abierta
se hallaba el desintegrador, con la culata hacia delante.
~ue
lo coja, Schwartz—dijo Shekt.
La
mano del secretario se extendió y cogió torpemente el arma.
Ésta
se movió con rapidez un instante y fue aferrada para entrar en
acción.
Hubo un destello vivo y destructor en los ojos del secretario.
Y al
instante el brillo se apagó. Despacio, muy despacio, el desinte-
grador
ocupó su lugar en el cinto y la mano se apartó.
La
risa de Schwartz tenía un tono estridente.
~asi
se sale con la suya.
Pero
su rostro estaba pálido mientras hablaba.
—¿Y
bien? ¿Puede dominarlo?
l(K ~ 107
—Está
luchandQ como un diablo... Pero no va tan mal como an-
tes.
—Eso
se debe a que usted sabe qué está haciendo—dijo Shekt,
dándole
los ánimos que él prácticamente no tenía—. Transmita
ahora.
No intente dominar al secretario, limítese a fingir que lo está
haciendo
usted mismo.
—¿Puede
hacerle hablar?—preguntó Arvardan.
Hubo
una pausa..., y después un bronco gruñido del secretario.
Otra
pausa, otro sonido áspero.
—Eso
es todo—dijo Schwartz, jadeante.
—Bien,
no importa. Podemos pasar sin eso.
El
recuerdo de las dos horas siguientes fue irrepetible para las
dos
personas que tomaron parte en la singular odisea. El doctor
Shekt,
por ejemplo, había adquirido una rara rigidez que le permi-
tió
ahogar todos sus temores en su apoyo vano y estupefacto a iia
lucha
interna de Schwartz. Durante la aventura sólo tuvo ojos para
la
cara redondeada que poco a poco iba arrugándose y retorcién-
dose
a causa del esfuerzo. Incluso cuando se reunieron con Pola, el
físico
apenas tuvo tiempo para dedicarle una mirada fugaz, un apre-
tón
rápido en la mano.
Fue
Arvardan el que corrió hacia la joven, Arvardan el que ex-
plicó
la situación con frases extrañas, embarulladas. Pola no se en-
contraba
muy lejos, y tampoco hubo incidentes en el traslado desde
la
sala de reuniones al pequeño despacho donde estaba detenida la
hija
del físico. Los guardianes que vigilaban la puerta habían salu-
dado
bruscamente al ver al secretario, que correspondió con un gesto
torpe,
insulso. Nadie les molestó.
Pero
al salir del edificio correccional, sólo entonces, Arvardan
comprendió
la locura de la tentativa. Y no obstante, el arqueólogo
siguió
ahogando sus penas en los ojos de Pola. Fuera por la vida que
le
estaban arrebatando, por el futuro que estaban destruyéndole, por
la
imposibilidad eterna de alcanzar la dulzura que había saborea-
do...,
fuera por lo que fuese, nadie le había parecido nunca tan
arrolladoramente
deseable.
Posteriormente,
Pola sería el compendio de sus recuerdos. Pero la
Joven.
. .
La
joven no complendia nada. La actitud rara y abstraída de
Schwartz,
la inclinación propia de un muerto del andar del secretario.
Ias
cosas increíbles que Arvardan había dicho, que ella apenas había
comprendido
a medias... El soleado brillo matutino cegaba sus ojos
desacostumbrados
a la luz, por lo que el rostro vuelto hacia abajo del
arqueólogo
era una mancha ante ella. Pola le sonrió y notó la fuerza y
la
dureza del brazo sobre el que se apoyaba muy suavemente el suyo.
Ése
fue el recuerdo que perduró después: músculos lisos y firmes
ligeramente
cubiertos por tela plástica de textura lustrosa, fina y fría
bajo
la muñeca de la joven...
Schwartz
se hallaba sumido en sudorosa angustia. El curvado ca-
mino
de acceso que se alejaba de la entrada lateral por la que habían
salido
estaba francamente desierto. Schwartz sintió un enorme alivio
por
ello.
Sólo
él conocía el coste completo del fracaso. En la mente ene-
miga
que estaba controlando podía captar la sensación de humilla-
ción
insoportable, el odio descomunal, los propósitos sumamente
horribles.
Tuvo que registrar esa mente en busca de información que
le
orientara, la posición del coche oficial, la ruta más conveniente a
seguir.
. . Y al hacer tal cosa encontró también la irritante amargura de
la
venganza que se desataría si su control vacilaba tan sólo una dé-
cima
de segundo.
Las
fortalezas secretas de la mente que se veía forzado a registrar
iban
a ser posesión personal de Schwartz para siempre. Posterior-
mente
llegarían las horas grises de muchos amaneceres inocentes en
los
que él guiaría de nuevo los pasos de un loco por los peligrosos
caminos
de una ciudadela enemiga.
Schwartz
jadeó más que habló cuando llegaron al vehículo de
superficie.
No se atrevió a relajarse un poco para pronunciar frases
conexas
y dijo rápidamente unas palabras como si se atragantara.
—Imposible...,
conducir coche..., imposible... obligar secreta
rio.
. . conducir. . ., complicado. . . , no puedo. . .
Shekt
lo tranquilizó con un suave sonido. El físico no osó tocarlo,
no
osó hablarle normalmente, no osó distraer la mente de Schwartz
un
solo momento.
—Sólo
tiene que meterlo en el asiento trasero, Schwartz—mu-
sitó—.
Yo conduciré, sé hacerlo. A partir de ahora limítese a contro
lar
al secretario.
En
cuanto al papel del secretario durante estos hechos, ni siquiera
es
posible especular. Cautivo de sus prisioneros, armado pero inde-
fenso
frente a unos hombres desarmados... Investigar el asunto po-
dría
ser incluso poco conveniente.
El
vehúculo de superficie del secretario era un modelo especial.
Puesto
que era especial, era distinto. Atraía la atención. Su faro
delantero
de color verde giraba a izquierda y derecha con rítmicas
oscilaciones
conforme la luz se apagaba y encendía produciendo des-
tellos
esmeraldinos. La gente se detenía a mirar. Otros vehículos que
avanzaban
en dirección contraria se apartaron con respetuosa preci-
pitación.
Si
el coche hubiera sido menos llamativo, menos sobresaliente,
los
transeúntes habrían tenido tiempo de reparar en el pálido e inmó-
vil
Antiguo que ocupaba el asiento trasero, quizá se hubieran extra-
ñado,
quizás hubieran olido el peligro.. .
Pero
sólo repararon en el coche, y el tiempo fue pasando. . .
Un
soldado impedía el paso ante las relucientes puertas de acero
cromado
que se alzaban abruptamente con el estilo elegante e impre-
sionante
característico de todas las estructuras imperiales, en vivo
contraste
con la arquitectura plana y triste de la Tierra. La enorme
arma
reglamentaria del militar se situó horizontalmente en un gesto
de
obstrucción y el vehículo se detuvo. Arvardan asomó la cabeza.
Soy
ciudadano del Imperio, soldado. Desearía ver a su coman-
dante.
—Tendré
que ver su documentación, señor.
—Me
la han quitado. Soy Bel Arvardan de Baronn. Tengo asun-
tos
que tratar con el procurador, y mucha prisa.
El
soldado acercó una muñeca a sus labios y habló en voz baja por
el
transmisor. Hubo una pausa mientras aguardaba la respuesta..., y
luego
bajó e1 rifle y se hizo a un lado. Las puertas fueron abriéndose
poco
a poco.
16
El plazo que cumplía
Debía
de ser mediodía cuando el primer ministro, desde Was-
henn,
intentó localizar a su secretario a través del televisor y la bús-
queda
del Antiguo no dio resultado. El primer ministro reacciono
con
disgusto; los cargos menores del edificio correccional experimen-
taron
inquietud.
Hubo
preguntas después, y los guardianes de la sala de reuniones
fueron
precisos al asegurar que el secretario había salido con los
prisioneros
a las diez y media de la mañana... No, no había dejado
instrucciones...
No sabían adónde había ido. Iógicamente no tenían
derecho
a preguntar.
La
chica también se había ido. Otro grupo de guardianes mani-
festó
la misma falta de información. El ambiente general de ansiedad
fue
creciendo y formando torbellinos.
A
las dos de la tarde llegó el primer informe asegurando que el
vehículo
de superficie del secretario había sido visto por la mañana.
Nadie
había visto si el secretario iba dentro. Algunas personas creían
haberlo
visto al volante, pero sólo lo suponían, ésa era la verdad. . .
A
las dos y media se había deterrninado que el coche había en-
trado
en Fuerte Dibburn.
Poco
antes de las tres se decidió por fin llamar al comandante.
Respondió
un teniente.
Según
supieron, en ese momento era imposible facilitar infornna-
ción
sobre el tema. Sin embargo, los oficiales de Su Majestad Impe-
rial
rogaban que se mantuviera el orden. Rogaban además que la
noticia
de la ausencia de un miembro de la Sociedad de Antiguos no
fuera
difundida hasta nueva orden.
Eso
fue suficiente. Hombres involucrados en actos de alta traición
no
pueden correr riesgos, y cuando uno de los miembros principales
de
una conspiración se halla en manos del enemigo, ello sólo puede
indicar
que ha sido descubierto o que ha traicionado a los suyos. Esas
eran
las dos caras de esta moneda. Cualquiera de ellas significaba la
muerte.
La
noticia se difundió. ..
La
población de Chica empezó a moverse. Los demagogos profe-
sionales
ocuparon las esquinas de las calles. Los arsenales secretos
fueron
abiertos violentamente y muchas manos sacaron armas de
ellos.
Se formó una serpenteante columna hacia el fuerte y a las seis
de
la tarde el comandante recibió otro mensaje, en esta ocasión
mediante
envío personal.
Esta
actividad no se correspondía con los hechos que se produáan
en
el interior del fuerte. Todo había empezado de forma dramática,
cuando
el joven oficial que salió a recibir al vehículo extendió la
mano
hacia el desintegrador del secretario.
—Yo
me encargaré de eso—dijo lacónicamente.
—Deje
que lo coja, Schwartz—ordenó Shekt.
La
mano del secretario cogió el desintegrador y se extendió. El
arma
abandonó la mano..., y Schwartz suprirnió su control y dejó es-
capar
un gemido a causa de la insoportable tensión que sufna.
Arvardan
estaba preparado. Cuando el secretario reaccionó igual
que
un rollo de acero loco libre de la compresión, el arqueólogo se
echó
sobre él y dejó caer con fuerza sus puños.
El
oficial dio órdenes bruscamente. Varios soldados se acercaron
corriendo.
Cuando unas manos burdas agarraron a Arvardan por el
cuello
de la camisa y le arrastraron fuera del coche, el secretario yacía
fláccido
en el asiento. Sangre oscura brotaba débilmente de las comi-
suras
de sus labios. La mejilla de Arvardan, magullada ya antes de
llegar
al fuerte, mostraba uma herida y sangraba.
El
arqueólogo se arregló el cabello con gestos temblorosos. Des
pués
señaló al secretario con un dedo dgido.
—¡Acuso
a este hombre de conspirar para derrocar al gobierno
irnperial!—gntó
con firmeza—. Debo ver inmediatamente al coman-
dante
en jefe.
—Ya
nos ocuparemos de eso—repuso cortésmente el oficia~. Si
tienen
la bondad, síganme.. ., todos ustedes.
Y en
ese punto se detuvo la actividad, durante horas. La habita-
ción
ocupada por el grupo era particuiar y estaba bastante limpia. Por
primera
vez desde hacía doce horas tuvieron oportunidad de comer,
cosa
que hicieron con prontitud y eficiencia a pesar de la situación.
Incluso
tuvieron oportunidad de satisfacer esa otra necesidad de ia
civilización:
tomar un bano.
Sin
embargo, la habitac~6n estaba vigilada y cuando el sol descen-
día
hacia el horizonte Arvardan perdió por fin ia paciencia.
—¡Pero
si tan sólo hemos cambiado de cárcel!—exciamó.
La
rutina insípida y trivial del campamento militar iba desarro
llándose
alrededor del grupo, haciendo caso omiso de éste. Schwartz
estaba
durmiendo y la mirada del arqueólogo se dirigió a él. Shekt
meneó
la cabeza.
—Todavía
no... Duerme porque está desesperado.
—Pero
sólo quedan treinta y nueve horas.
—Lo
sé..., pero hay que esperar.
Sonó
una voz fn'a.
110
111
—¿Quién
de ustedes afirma ser ciudadano del Imperio?
Arvardan
se levantó de un brinco.
—Sígame—dijo
el soldado.
El
comandante en jefe de Fuerte Dibburn era un coronel en-
mohecido
tras anos de servicio al Imperio. En la profunda paz de las
últimas
generaciones había poca “gloria” obtenible para un oficial del
ejército
y el coronel, iguai que el resto de oficiales, no había obtenido
ninguna.
Pero durante el ascenso largo y lento desde cadete militar
había
servido en todas partes de la ga~iaxia, de modo que incluso una
guarnición
en aquel mundo neurótico que era la Tierra representaba
para
él otra tarea más y simplemente eso. El coronel sólo deseaba las
rutinas
tranquilas del servicio normai. No pedía nada más que lo
usua;i.
.., y en ese momento estaban negándoselo.
Parecía
refiejar cansancio cuando entró Arvardan. Llevaba abier-
to
el cuel;io de ~ia camisa y su túnica, con el lliameante color amarillo
de
la Nave Espacial y el Sol del Imperio, pendía descuidadamente en
el
asiento de su sil;ia. Hizo sonar los nudillos de su mano derecha con
aire
distraído mientras miraba solemnemente a Arvardan.
—Un
asunto muy confuso, todo esto—dijo—. Mucho. ¿Me per
mite
saber su nombre?
—Bel
Arvardan de Baronn, señor. Arqueólogo al mando de una
expedición
científica autorizada en la Tierra.
—Comprendo.
Me informan que carece de documentos identifi
cativos.
—Me
los arrebataron, pero el resto de la expedición se halla en
Everest.
El mismo procurador puede identmcarme.
—Perfectamente.—El
coronel cruzó los brazos y se baianceó en
la
sil;ia—. ¿Y si me of reciera su versión de los hechos?
—Tengo
noticia de una peiigrosa conspiración por parte de un
reducido
grupo de terrestres que pretenden derribar por la fuerza el
gobierno
imperial, intenciones que, de no ser dadas a conocer de
inmediato
a ias autoridades convenientes, podrian acabar con el go-
bierno
y con gran parte del Imperio.
—Me
parece una afirmación muy temeraria y exagerada. ¿Puedo
conocer
los detalles?
—Por
desgracia, considero vital explicárselos al procurador en
persona.
Por tanto, solicito que se me ponga en comunicación con él
ahora
mismo, por favor.
—Hum...
No actuemos con tanta prisa. ¿Sabe usted que el hombre
que
han traído aquí es el secretario del primer ministro de la Tierra?
—¡Desde
luego!
—Y
él es un instigador importante de esa conspiración que usted
menciona.
—Lo
es.
—Pruebas.
—No
puedo discutir las pruebas con otra persona que no sea el
procurador.
112
El
coronel arrugó la frente y contempló las uñas de sus dedos.
—¿Duda
de mi competencia en este caso?
—En
absoluto, señor. Pero sólo el procurador posee autoridad
para
tomar las medidas decisivas y precisas en este caso.
—¿A
qué medidas decisivas se refiere?
—Hay
que bombardear y destruir por completo cierto edificio de
la
Tierra antes de treinta horas, o gran parte de la población del
Imperio
perderá la vida.
—¿Qué
edificio?—preguntó en tono de hastío el coronel.
—¿Puede
ponerme en contacto con el procurador, por favor?
—espetó
Arvardan.
Hubo
una pausa de estancamiento. Finaimente, el coronel inter-
vino
con voz grave.
—¿Se
da usted cuenta de que al secuestrar a un terrestre se ha
hecho
merecedor de juicio y condena por parte de las autoridades de
la
Tierra? Normaimente, por principios, el Imperio protege a sus
ciudadanos
e insiste en la celebración de un juicio galáctico. Pero la
situación
en la Tierra es deiicada..., y a menos que usted responda
satisfactoriamente
a mis preguntas, me veré forzado a entregarles, a
usted
y a sus compañeros, a las autoridades locales.
—¡Pero
eso sería una sentencia de muerte! ¡También para usted!
Coronel,
soy ciudadano del Imperio y exijo que me reciba el pro. . .
Un
zumbador del escritorio del coronel le interrumpió. El miiitar
se
volvió hacia el aparato y apretó un botón.
—¿Sí?
—¡Señor!—La
voz se oía con claridad—. Un grupo de nativos ha
rodeado
el fuerte. Se cree que van armados.
—¿Ha
habido actos violentos?
—No,
señor.
No
había muestras de emoción en el semblante del coronel.
—Estado
de alerta para la artil;iería y la aviación. Todos los hom-
bres
en posición de combate. Que no dispare nadie si no es por mo-
tivos
defensivos. ¿Entendido?
~í,
señor. Un terrestre con bandera de paz pide audiencia.
—Mándemelo.
. . Y que venga otra vez el secretario del primer mi-
nistro.
El
coronel miró fnamente al arqueólogo.
—Confío
en que comprenda la increíble naturaleza de sus actos.
—¡Exijo
estar presente en la entrevista!—exclamó Arvardan, al
borde
de la incoherencia dada su furia—. ¡Y exijo también saber el
motivo
de que haya tenido que pudrirme durante seis horas bajo
vigiiancia
mientras usted conversaba a puerta cerrada con un traidor
nativo
!
—¿Está
formulando acusaciones, cabaliero?—inquirió el coro
nel,
y también su tono iba en aumento.
—No,
señor... Pero voy a recordarle que será responsable de sus
actos
a partir de ahora y que podria ser famoso en el futuro como el
hombre
que aniquiió a su pueblo.
113
.
Cuento~ paraleio~
—¡Siiencio!
En cua'iquier caso no soy responsable ante usted... A
partir
de ahora las cosas se harán como yo decida. ¿Ha entendido?
El
secretario entró por la puerta que mantenía abierta un sol-
dado.
En sus iabios enrojecidos e hinchados asomaba una fna son-
risa.
IncFiinó la cabeza ante el coronel y, aparentemente, no dio mues-
tra
aiguna de conocer ia presencia de Arvardan.
—Cabal;iero—dijo
el coronel al terrestre—, he comunicado al
primer
ministro los detalies de su presencia aquí y cómo se produje-
ron
los hechos. Su detención es, por supuesto, totaimente..., eh...
anormal
y tengo la intención de dejarle en libertad en cuanto pueda.
Sin
embargo, hay aqut un caballero que, como ya debe saber usted,
ha
formu;iado una acusación muy grave contra usted, una acusación
que,
dadas ;ias circunstancias, debemos investigar...
—Comprendo,
coronel—dijo tranquilamente el secretario—.
Pero
como ya le he expiicado, este hombre sólo lieva en la Tierra,
creo,
tres o cuatro días y sus conocimientos sobre nuestra política
interna
son nulos. Se trah de una base francamente frágil para hacer
cualquier
ciase de acusación.
—No
soy el único que formuia esa acusación—replicó con enojo
Arvardan.
El
secretario no miró a;i arqueólogo, ni en ese momento ni des-
pués.
Estaba hablando exclusivamente con el coronel.
—Un
cientifico loca;i está involucrado en esto, un cienbfico que
por
estar acercándose a los sesenta años normales de vida padece
de;iirios
de persecución... Y el otro es un individuo de antecedentes
desconocidos
y un historial de imbeciiidad.
Arvardan
se puso en pie de un brinco.
—Exijo
ser escuchado.. .
—Siéntese—dijo
el coronel con frialdad y hostilidad—. Se ha
negado
a discutir el asunto conmigo. La negativa sigue siendo vá-
lida...
Que traigan al hombre que lleva bandera de paz.
Se
trataba de otro miembro de la Sociedad de Antiguos. Tan sólo
el
aleteo de uno de sus párpados reveló emoción por su parte al ver al
secretario.
El coronel se levantó.
—¿Es
portavoz de los hombres que están ahi afuera?—preguntó.
—Sí,
señor.
—Supongo
entonces que esta reunión tumuituosa e ilegal se basa
en
la exigencia de recobrar a su compatriota.
—Si,
señor. Debe quedar en libertad inmediatamente.
—¡Por
supuesto! No obstante, en interés de la ley y el orden y por
el
debido respeto a los representantes de Su Majestad Imperial en
este
planeta, el asunto no puede discutirse mientras haya hombres
armados
congregados y sublevados contra nosotros. Debe ordenar a
los
suyos que se dispersen.
El
secretario intervino afablemente.
—El
coronel tiene toda la razón, hermano Cori. Por favor, calma
la
situación. Aquí estoy perfectamente seguro y no hay riesgos...
para
nadie. ¿Comprendes?... Para nadie. Doy mi palabra de Anti-
guo.
—Muy
bien, hermano. Me alegra que estés a salvo.
Lo
condujeron afuera.
—Nos
ocuparemos de que salga de aquí sin problemas en cuanto
la
situación de la ciudad recobre la normalidad—dijo brevemente el
coronel.
Arvardan
estaba en pie otra vez.
—Lo
prohíbo. Va a dejar suelto al futuro asesino de la raza
humana.
Exijo una entrevista con el procurador de acuerdo con mis
derechos
constitucionales como ciudadano galáctico.—Y en el paro-
xismo
de la frustración anadió—: ¿Va a mostrar más consideración a
un
perro terrestre que a mí?
La
voz del secretario se alzó por encima de esa última frase casi
incoherente
de ira.
—Coronel,
con gusto me quedaré aquí hasta que mi caso sea
atendido
por el procurador, si eso es lo que desea este hombre. Una
acusación
de alta traición es grave y las sospechas, por muy exagera-
das
que sean, podrían bastar para que yo dejara de ser útil a mi
pueblo.
Agradecería enormemente la oportunidad de probar ante el
procurador
que nadie como yo es tan leal al Imperio.
—Admiro
sus sentimientos, caballero—dijo muy erguido el co-
ronel—.
v no tenpo inconveniente en admitir que mi actitud, de estar
yo
en su iugar, sena muy distinta... Trataré de comunicar con el pro-
curador.
Arvardan
no dijo nada hasta que volvieron a llevarlo a la celda.
Evitó
las miradas de los otros. Durante largo tiempo permaneció
sentado
e inmóvil, con un nudillo atrapado entre sus inquietos dien-
tes.
Finalmente
intenrino Shekt.
—¿Y
bien?
Arvardan
sacudió la cabeza.
—Casi
lo he echado todo a perder.
—¿Qué
ha hecho?
—Perder
la paciencia, ofender al coronel, no conseguir nada...
No
soy diplomático, Shekt.
El
ffsico estaba de pie, con sus arrugadas manos cruzadas a la
espalda.
—¿Y
Ennius? ¿Va a venir?
—Supongo
que sí... Pero a solicitud del secretario, cosa que no
puedo
comprender.
—A
solicitud del secretario... En ese caso mucho me temo que
Schwartz
está en lo cierto.
—¿Cómo?
¿Qué ha dicho Schwartz?
El
rollizo terrestre se hallaba sentado en su catre. Se aizó de
hombros
en el momento que todas las miradas se dirigían hacia él y
extendió
las manos en un gesto de impotencia.
114 , 115
—Capté
el contacto mental del secretario cuando pasaba junto a
nuestra
puerta, hace un momento... Ya había sostenido una larga
conversación
con ese of icial que ha hablado con usted.
—Lo
sé. ¿Qué tiene eso de especial?
—No
hay preocupación o temor en su mente. Sólo odio... Y
ahora
es sobre todo odio hacia nosotros, por capturarle, por arras-
trarle
hasta aquí. Hemos herido su vanidad, ha quedado mal. Pre-
tende
desquitarse. He visto en su mente breves imágenes de los
sueños
que alimenta. De él mismo, sin ayuda, evitando que la galaxia
haga
algo para frenarle incluso cuando nosotros, con lo que sabemos,
actuamos
contra él. El secretario está dándonos oportunidades, y
luego
nos aplastará de todas maneras y triunfará sobre nosotros.
—¿Pretende
decir que van a poner en peligro sus planes, sus
sueños
imperiales, para tomarse una miserable venganza? Eso es de
locos.
—Lo
sé—dijo Schwartz en tono categórico—. El secretario está
loco
—¿Y
piensa él que triunfará?
—Exacto.
—En
ese caso le necesitamos, Schwartz. Necesitamos su cerebro.
Escúcheme.
. .
Pero
Shekt estaba meneando la cabeza.
—No,
Arvardan, eso no resultaría. Desperté a Schwartz cuando
usted
se fue y hemos discutido el asunto. Sus facultades mentales,
que
él sólo puede describir vagamente, no están bajo un control
perfecto,
de eso no hay duda. Es capaz de atontar a un hombre,
paralizarlo,
dominar los músculos voluntarios de mayor tamaño in-
cluso
en contra de la voluntad de la víctima, pero ahi termina todo.
En
el caso del secretario, Schwartz no logró hacerle hablar. Los
pequeños
músculos de las cuerdas vocales superan su capacidad.
Tampoco
fue capaz de coordinar los movimientos para que el canalla
condujera
el coche, y mientras estuvo andando tuvo dificultades para
mantenerlo
en equilibrio. En consecuencia, es obvio que no podría-
mos
controlar a Ennius, por ejemplo, hasta el punto de obligarle a
cursar
o redactar una orden. He pensado en eso, ¿sabe?...
Shekt
sacudió la cabeza mientras su voz se apagaba.
Arvardan
sintió que la angustia de la futilidad le sobrecogía.
—¿Dónde
está Pola?
—Durmiendo
en la otra habitación.
Habría
ansiado ir a despertarla... Ansiado..., oh, habría ansiado
tantas
cosas...
Arvardan
miró su reloj. Sólo quedaban treinta horas.
17
El plazo que cumplió
Arvardan
miró su reloj. Sólo quedaban seis horas.
Miró
alrededor de un modo nebuloso y sin esperar nada. Todos
estaban
allí..., incluso el procurador, por fin. Pola se hallaba junto a
él,
con sus dedos.cálidos y finos en la muñeca del arqueólogo y
aquella
expresión de miedo y agotamiento que enfurecía a Arvardan
más
que cualquier otra cosa, hasta el punto de odiar toda la galaxia.
Quizá
todos merecían la muerte, aquellos estúpidos, estúpidos,
estúpidos.
. .
Apenas
veía a Shekt y Schwartz. Los dos estaban sentados a su
izquierda.
Y allí estaba también el secretario, con los labios aún
hinchados
y una mejilla con magulladuras de color enfermizo; debía
de
dolerle horriblemente cuando hablaba... Y los labios de Arvar-
dan
una sonrisa brutal al pensar en ello y sus manos se cerraron y re-
torcieron.
. .
Delante
del grupo se hallaba Ennius, ceñudo, inseguro, ataviado
con
aquella ropa pesada, deforme, impregnada de plomo...
También
él era un estúpido... Arvardan notó que un estremeci-
miento
de odio recorría su cuerpo al pensar en aquellos gobernantes
galácticos
que sólo deseaban paz y tranquilidad. ¿Dónde estaban los
conquistadores
de hacía tres siglos? ¿Dónde?
Quedaban
seis horas...
Ennius
había recibido la llamada de la guarnición de Chica diecio-
cho
horas antes y recorrió medio planeta después de saber que se
requería
su presencia. Los motivos que le indujeron a ello eran oscu-
ros.
En esencia, había pensado él, nada importante había en el
asunto
aparte del secuestro lamentable de una de las curiosidade~
vestidas
de verde de aquel planeta supersticioso y obsesionado por
los
duendes. Eso y las acusaciones, vagas y no documentadas. Nada
que
el coronel no pudiera abordar sobre el terreno.
Y,
sin embargo, estaban sus presagios de rebelión terrestre, y
estaba
Shekt. .. Shekt implicado en el asunto...
En
ese momento estaba sentado ante ellos, meditante, consciente
por
completo de que su decisión en el caso podía precipitar la re-
vuelta,
quizá debilitar su posición en la corte, anular sus posibilidades
de
mejora... En cuanto al largo discurso de Arvardan sobre amena-
zas
en forma de virus y epidemias desenfrenadas, ¿hasta qué punto
debía
considerarlo en serio? Al fin y al cabo, si tomaba medidas
basándose
en esos datos, ¿cuán creíble parecería el asunto a sus su-
periores?
Y,
por todo ello, pospuso el problema en su mente e interrogó al
secretario.
—Seguramente
tendrá usted algo que decir al respecto. . .
—Sorprendentemente
poco—repuso el secretario con enorme
confianza—.
Tan sólo preguntar qué pruebas tiene ese hombre.
—Su
excelencia—dijo Arvardan, ofendido—, ya le he dicho que
ese
hombre lo confesó con todo detalle anteayer, cuando estuvimos
detenidos.
—Tal
vez decida usted dar crédito a esas palabras, su excelencia
—respondió
el secretario—, pero se trata simplemente de otra afir-
mación
sin fundamento. En realidad los únicos hechos que diversos
observadores
neutrales podrán confirmar son que yo fui la única
persona
hecha prisionera por la fuerza, no ellos, que fue mi vida la
que
estuvo en peligro, no la de ellos. Ahora me gustaría que mi
acusador
explicara cómo ha podido averiguar todo esto en la media
semana
que lleva en el planeta, cuando usted, procurador, en años de
servicio
no ha descubierto nada en mi contra.
—Hay
lógica en lo que dice el hermano—admitió lentamente En-
nius—.
¿Cómo ha podido enterarse?
—Antes
de la confesión del acusado fui informado de la conspira-
ción
por el doctor Shekt—dijo gravemente Arvardan.
—¿Es
cierto, doctor Shekt? ¿Y como se enteró usted?
La
mirada del procurador se desvió hacia el físico.
—El
doctor Arvardan—dijo el aludido—ha sido admirablemen-
te
minucioso y preciso en su descripción del uso que se dio al sinapsi
ficador
y al referirse a las declaraciones hechas en el lecho mortuorio
por
el bacteriólogo F. Smitko.
—Pero,
doctor Shekt, las últimas declaraciones de un hombre que
delira
no tienen excesivo peso. ¿No tiene otra prueba?
Arvardan
interrumpió la conversación dejando caer su puño so-
bre
el brazo del sillón.
—¿Es
esto un tribunal de justicia?—bramó—. ¿Hay alguien acu-
sado
de violar las normas de tráfico? No tenemos tiempo para sope-
sar
la evidencia. Se lo aseguro, tenemos hasta las seis de la mañana
cinco
horas y media para anular esta enorme amenaza... Usted cono-
ció
el doctor Shekt anteriormente. ¿Opina de él que es un mentiroso?
El
secretario intervino al instante.
—Nadie
acusa al doctor Shekt de mentir deliberadamente, su
excelencia.
Lo que ocurre es que el buen doctor está muy preocu-
pado
últimamente por la proximidad de su sexagésimo cumpleaños.
Mucho
me temo que una mezcla de edad y miedo le ha provocado li-
geras
tendencias paranoicas, bastante comunes en la Tierra. . . ¿No ha
notado
algún cambio en el doctor en los últimos meses?
Ennius
había observado un cambio, desde luego. Por las estrellas,
¿qué
iba a hacer?
Pero
la voz de Shekt fue sosegada, totalmente normal.
—Podría
decir que durante el último medio año he estado bajo la
vigilancia
continua de los Antiguos—expuso el ffsico—, que las car-
tas
que usted me envi6 fueron abiertas, que mis respuestas a usted
fueron
sometidas a la censura..., pero es obvio que tales quejas se
atribuirían
a la paranoia ya mencionada. No obstante, tengo aquí a
Joseph
Schwartz, el hombre que se sometió voluntariamente al sinap-
sificador
un día del pasado otoño, el día que usted me visitó en el
instituto.
—Lo
recuerdo.—Había un sentimiento débil de gratitud en la
mente
de Ennius por el cambio momentáneo de tema—. ¿Es ese
hombre?
—Sí—dijo
Shekt—. El tratamiento con el sinapsificador fue un
éxito
sin precedentes, ya que él poseía una memoria fotográfica,
detalle
que he averiguado no hace mucho. En cualquier caso,
Schwartz
posee en la actualidad un cerebro sensible a los pensamien-
tos
de otras personas.
Y
Ennius se inclinó hacia delante en su silla mucho más de lo que
ya
estaba.
—¿Cómo?—exclamó
con suma perplejidad—. ¿Está diciéndome
que
ese hombre lee los pensamientos?
—Puede
demostrarse, su excelencia... Pero creo que el hermano
ratificará
mi afirmación.
El
secretario lanzó una fugaz mirada de odio a Schwartz, una
mirada
abrasadora por su intensidad y tan veloz como un rayo por b
poco
que tardó en esfumarse.
—Es
muy cierto, su excelencia—dijo con un temblor práctica-
mente
imperceptible en su voz—. El hombre que ellos han traído
aquí
posee ciertas facultades hipnóticas, aunque no sé si ello se debe
o no
al sinapsificador. Podría añadir que el sometimiento de este
hombre
al sinapsificador no consta en documento alguno, detalle que
usted
admitirá es muy sospechoso.
—No
consta en ningún documento—repuso Shekt sin alterarse—
de
acuerdo con las normas establecidas por el primer ministro.
Pero
el secretario se limitó a encogerse de hombros.
—¿Qué
me dice de Schwartz?—inquirió autoritariamente En-
nius—.
¿Qué relación tienen con el caso sus facultades para leer
pensamientos,
sus talentos hipnóticos o lo que sea?
—Shekt
pretende decir que Schwartz es capaz de leer mis pensa-
mientos—intervino
el secretario.
—¿Es
cierto?... Bien, ¿y qué está pensando él?—preguntó el
procurador,
dirigiéndose a Schwartz por primera vez.
—Está
pensando que no tenemos forma alguna de convencerle
para
que defienda nuestra postura—dijo Schwartz.
—Muy
cierto—se mofó el secretario—, aunque esa deducción no
requiere
apenas esfuerzo mental.
—Y
además—prosiguió Schwartz—, está pensando que usted es
un
pobre imbécil, que teme actuar, que sólo ansía paz, que espera
granjearse
la amistad de los terrestres gracias a su talante justo e
imparcial,
y que es tanto más necio por confiar en eso.
El
secretario se ruborizó.
—Niego
esas afirmaciones.
Pero
Ennius restó importancia al asunto.
—¿Y
qué estoy pensando yo?—le preguntó a Schwartz.
—Que
aun suponiendo que yo pudiera ver con claridad el interior
de
la mente de un hombre—replicó Schwartz—, no es forzoso que
diga
la verdad sobre lo que veo.
Las
cejas del procurador se arquearon en gesto de sorpresa.
—Tiene
razón, mucha razón... ¿Confirma la veracidad de las
declaraciones
efectuadas por los doctores Arvardan y Shekt?
—Hasta
la última palabra.
—Hum...
Sin embargo, sería preciso encontrar a otro hombre
ll9
como
usted, alg uen que no estuviera involucrado en el asunto. De lo
contrario,
esta prueba no sen'a válida legalmente, incluso suponiendo
que
sus facultades telepáticas fueran aceptadas mayoritariamente.
—¡Pero
si no se trata de un problema legai!—exclamó Arvar-
dan—.
¡Se trata de la seguridad de la galaxia!
—Su
excelencia—y el secretario se puso en pie—, tengo que
hacer
una observación... Me gustaría que este hombre, Joseph
Schwartz,
saliera de la habitación.
—¿Por
qué motivo?
—Este
individuo, además de leer los pensamientos, posee ciertas
facultades
para controlar la mente. Fui capturado gracias a una pará-
lisis
provocada por este hombre. Mucho me temo que pueda intentar
algo
similar ahora mismo, contra mí o incluso contra usted, su exce-
lenaa.
Arvardan
se puso en pie, pero el secretario gritó más que él.
—¡Ningún
juicio puede ser justo si se haLiia presente un hombre
capaz
de influir por medios sutiles, mediante facultades mentales
reconocidas,
la opinión del juez!
Ennius
tomó con rapidez su decisión. Entró un ordenanza y Jo-
seph
Schwartz salió de la sala sin ofrecer resistencia, sin reflejar la
más
ligera muestra de preocupación en su inexpresivo semblante.
Arvardan
pensó que era el golpe definitivo...
En
cuanto al secretario, se levantó y permaneció inmóvil un mo-
mento:
un personaje alto y tétrico vestido de verde, impresionante
dada
su confianza. Empezó a hablar con estilo formal, muy serio.
—Su
excelencia, las opiniones y declaraciones del doctor Arvar-
dan
se basan por completo en el testimonio del doctor Shekt. A su
vez,
las opiniones del doctor Shekt se basan en los delirios de agonía
de
un hombre... Y todo esto, su excelencia, todo esto tuvo lugar
después
de que Joseph Schwartz fuera sometido a tratamiento con el
sinapsificador.
“¿Quién
es, pues, Joseph Schwartz? Hasta que él apareció en
escena,
el doctor Shekt era un hombre normal y sin problemas. Us-
ted
mismo, su excelencia, pasó una tarde con él el día que Schwartz
fue
sometido a tratamiento. ¿Era anormal entonces? ¿Le informó
entonces
de una traición que iba a cometerse contra el Imperio? ¿Le
pareció
preocupado, receloso? El doctor Shekt afirma ahora que
recibió
instrucciones del primer ministro para falsificar los resultados
de
los experimentos con el sinapsificador. ¿Le informó de eLlo enton-
ces?
¿O solamente le informa ahora, después del día de la aparición
de
Schwartz?
“Repito,
¿quién es Joseph Schwartz? No hablaba un idioma co-
nocido
cuando apareció en escena. Todo ello lo averiguamos noso-
tros
mismos posteriormente, en cuanto empezamos a sospechar de la
estabilidad
mental del doctor Shekt. Schwartz iba acompañado por
un
campesino que no tenía dato alguno sobre su identidad, que no
sabía
nada sobre sus actos. Nada se ha descubierto desde entonces.
“Sin
embargo, este hombre posee extraños poderes mentales. Es
capaz
de derribar a un hombre a cien metros de distancia simple-
mente
pensándolo. Yo mismo quedé paralizado por él. Manipuló mis
brazos
y mis piernas. Podría haber manipulado mi mente si lo hubiera
deseado.
“Creo,
sin embargo, que Schwartz manipuló los pensamientos de
Ios
aquí presentes. ELlos afirman que yo los detuve, que los amenacé
con
la muerte, que me confesé culpable de alta traición y que ambi-
cionaba
el Imperio... Pero formúleles una pregunta, su excelencia.
¿No
han estado eLlos totalmente expuestos a la influencia de Schwartz,
es
decir, a la influencia de un hombre capaz de controlar sus mentes?
“¿No
será Schwartz el traidor? De lo contrario, ¿quién es Schwartz?
El
secretario tomó asiento, con calma, casi con jovialidad.
Arvardan
se sintió igual que si su cerebro se hubiera colocado en
un
ciclotrón y estuviera girando hacia afuera y describiendo revolu-
ciones
cada vez más rápidas... ¿Qué respuesta podía darse? ¿Que
Schwartz
procedía del pasado? ¿Dónde estaban las pruebas? ¿Que él
había
identificado un lenguaje genuinamente primitivo?... Pero ¿lo
había
hecho teniendo manipuliados los pensamientos? Al fin y al
cabo,
¿cómo podía asegurar que no habrtan manipulado su cerebro?
¿Quién
era Schwartz? ¿Qué detaLle le había convencido con tanta
rapidez
y seguridad de aquel impresionante plan de conquista galác-
tica?
¿La palabra de un solo hombre? ¿Un solo beso de una mujer?
¿O
la intervención de Joseph Schwartz?
¡No
podlla pensar! ¡No podia pensar!
—Bien,
cabaLleros.—Ennius parecía impaciente—. ¿Tiene algo
que
decir, doctor Shekt? ¿Usted, doctor Arvardan?
Pero
la voz de Pola se abrió paso bruscamente entre el silencio.
—¿No
ve que todo es mentira? ¿No ve que nos está inmovilii-
zando
con su lengua de vli'jbora? Oh, todos vamos a morir y ya no me
importa...
Pero podríamos impedirlo, podnamos irnpedirlo... Pero
seguimos
sentados aquí. . ., y. . . perderemos el tiempo hablando.. .
Y la
joven prorrumpió en soLlozos incontenibles.
—De
modo que estamos sujetos a los chilliidos de una mujer
histérica.
. .—dijo el secretario—. Su excekncia, tengo una propuesta
que
hacer. Mis acusadores afirman que todo esto, ese supuesto virus
y
cualquier otra cosa que tengan en mente, está prograrnado para una
hora
concreta, las seis de la mañana, creo. Propongo permanecer
bajo
su custodia durante una semana. Si lo que eLlos dicen es cierto,
la
noticia de una epidemia en la galaxia Llegará a la Tierra al cabo de
pocas
horas. Si tal cosa ocurre, las fuerzas imperialles seguirán contro-
lando
la Tierra. ..
—Un
buen cambio, ciertamente. ¡La Tierra por una galaxia de
seres
humanos!—mascuLló el páLido Shekt.
—Valoro
mi vida, y la de los míos. Somos rehenes para probar
nuestra
inocencia.
El
secretario cruzó los brazos.
Ennius
alzó una mirada que reflejaba preocupación.
—No
encuentro culpa en este hombre.. .
I:ZO
l:ZI
Y
Arvardan no pudo soportarlo más. Con sosegada y mortr'ifera
ferocidad,
se levantó y se acercó rápidamente al procurador. Sus
intenciones
no Lliegaron a saberse nunca. Posteriormente, ni él las
recordaría.
En cualquier caso, el asunto carecía de importancia. En-
nius
tenía un látigo neurónico y lo utilizó.
Todo
se convirtió en una Liiama de dolor, empezó a dar vueltas y
se
esfumó alrededor de Arvardan.. .
Luz.
. .
Luz
difusa y sombras nebulosas que se confundrlan y retorcían, y
finaLmente
hubo claridad.
Un
rostro... Unos ojos sobre los suyos...
—¡Pola!—Todo
se hizo nítido y claro para Arvardan, en un solo
instante—.
¿Qué hora es?
Los
dedos del arqueóbgo apretaron con tanta fuerza la muñeca
de
la joven que ésta respingó de forma involuntaria.
—Más
de las siete—musitó eLla—, el plazo se cumpLió.
Arvardan
miró alrededor como un loco y se incorporó en el catre
donde
yaáa, sin preocuparse por el ardor que senbiia en las articula-
ciones.
Shekt, con su cuerpo delgado acurrucado en una silla, levantó
la
cabeza y asintió breve y tristemente.
—Todo
ha terminado, Arvardan.
—De
modo que Ennius...
—Ennius
no quiso correr riesgos—dijo Shekt—. ¿No es extraño?
—Lanzó
una carcajada rara, quebrada, bronca—. Nosotros tres, sin
ayuda
de nadie, descubrimos una conspiración inmensa contra ta
humanidad,
sin ayuda de nadie capturamos al cabeciLiia y lo entrega-
mos
a la justicia. Es como un programa televisivo, ¿no? Los superhé-
roes
invencibles se aproximan a tiempo a la victoria... Pero nadie nos
cree.
Eso no ocurre en los telefilmes, ¿verdad? ALlí todo tiene un
final
feLiz, ¿no es cierto? Curioso...
Las
palabras se convirtieron en sollozos roncos, sin lágrimas.
Arvardan
desvió la mirada, muy disgustado. Los ojos de Pola
eran
universos azules, húmedos, repletos de lágrimas. Sin saber
cómo,
el arqueólogo se perdió un momento en eDios. Eran universos,
rienos
de estreLlas. Y hacia esas estreLlas corrían velozmente unas
capsulitas
metáLicas y relucientes que devoraban años-luz al penetrar
en
el hiperespacio con saltos tan calculados como mortíferos. Pronto,
quizás
ya habría sucedido, se acercarían a los planetas, atravesarían
atmósferas,
estaLlarían formando invisibles lluvias de virus letales...
Bien,
todo había terminado.
—¿Dónde
está Schwartz?—preguntó débilmente.
Pero
Pola se Limitó a menear la cabeza.
—No
volvió a entrar en la sala.
¡Las
diez! ¡Tres horas después del plazo!
Había
ambiente de actividad en el fuerte. &ritos de los soldados,
una
atmósfera de tensión física f icilmente perceptible.
122
Ennius
se encontraba en la puerta, erguido, enjuto, ansioso...
Se
abrió la puerta. El procurador hizo una seña. Dijo algo. Para
Arvardan,
sumido en sus fútiles pensamientos, las palabras careáan
de
significado. Pero siguió a Ennius igual que un autómata...
Y
llegaron al despacho del comandante en jefe. Quizá volviía a
repetirse
la noche anterior. El secretario también se encontraba alh,
semblante
sombrío, ojos abolsados...
Ennius
no había dormido desde haáa veinticuatro horas. Se diri-
gió
al secretario.
—¿Conoce
usted el significado de lo que está pasando afuera? Un
grupo
de nativos está cercando el fuerte otra vez. No deseamos tener
que
abrir fuego contra ellos. ¿No puede frenarlos?
—Basta
con que yo lo desee, su excelencia.
—Bien,
en tal caso...
—¡Pero
no lo deseo, su excelencia!—Y el secretario sonrió y
extendió
un brazo. Su voz era de burla feroz; había estado reprimida
mucho
tiempo y brotaba gustosamente—. ¡Imbécil! Ha esperado de-
masiado.
¡Muera por eso! ¡O viva como un esclavo!
Las
alocadas frases no produjeron efectos demoledores en En-
nius.
Pero su aspecto lúgubre se intensificó.
—¿Tanto
he perdido con mis precauciones? El asunto del virus. ...
¿era
cierto?—Su voz reflejaba un asombro abstracto, casi indi-
ferente—.
Pero la Tierra, usted mismo. . ., todos son mis rehenes.
—¡Nada
de eso!—fue el grito instantáneo de victoria—. Usted y
los
suvos son mi rehenes. El virus que ahora se propaga por el uni-
verso
no ha dejado inmune a la Tierra. Satura ya en cantidad sufi-
ciente
la atmósfera de todas las guarniciones del planeta, incluyendo
Everest.
Los terrestres somos inmunes, pero ¿cómo se siente usted,
procurador?
¿Débil? ¿Tiene reseca la garganta? ¿Febrilenta la ca-
beza?
No le queda mucho tiempo, ¿sabe? Y el anbdoto sólo podrá
obtenerlo
de nosotros.
De
repente se volvió y miró ferozmente a Shekt y Arvardan.
—Bien,
¿he representado adecuadamente mi papel? ¿He triun-
fado?
Y
prorrumpió en bruscas carcajadas.
Despacio,
muy despacio, Ennius apretó el botón de su escritorio.
Despacio,
muy despacio, una puerta se abrió y Joseph Schwartz, algo
ceñudo,
tambaleándose un poco a causa del cansancio, apareció en el
umbral.
Despacio, muy despacio, el terrestre entró en el despacho.
La
risa del secretario cesó. Sus ojos contemplaron al hombre del
pasado
con repentino recelo.
—No—dijo
con los dientes apretados—. No podrá sonsacarme el
secreto
del antídoto. Los hombres que lo conocen y pueden usarlo
están
seguros, lejos de su alcance.
—Muy
seguros—convino Schwartz—. Pero no necesitamos el an-
tídoto.
No hay virus que destruir.
La
frase no acabó de quedar clara. Arvardan notó que una idea
123
asombrosa
apareáa de pronto en su mente, pero la descartó. No T
podía
arriesgarse a la desilusión.
Pero Ennius intervino de nuevo. t
—Explique los hechos, Schwartz, y hágalo con
claridad. Quiero
que
el hermano comprenda por completo la situación.
—No es complicado—dijo Schwartz—. Ayer por la
noche, mien-
tras
estábamos reunidos, comprendí que no podía hacer nada si se-
guía
sentado y escuchando. Actué precavidamente en el cerebro del
secretario,
durante largo rato. Y finalmente él solicitó que yo sahera
de
la habitación, por supuesto era lo que yo deseaba. El resto fue
fácil.
“Dejé aturdido al vigilante y me dirigí al
aeropuerto. El fuerte se
hallaba
en situación de alerta constante. Los aviones estaban abaste-
cidos
de combustible, armados y dispuestos para emprender el vuelo.
Los
pilotos aguardaban. Elegí uno al azar..., y partimos hacia Sen-
loo.
El
secretario pareáa querer decir algo. Sus mandíbulas se agita-
ban
quedamente. Pero intervino Shekt.
—Sin
embargo, usted no podía obligar a un hombre a pilotar un
avión,
Schwartz. Hacerle caminar era lo único que sabía hacer.
—Cierto,
si tenía que hacerlo contra su voluntad. Pero gracias a
los
pensamientos del doctor Arvardan yo sabía cuánto odian los de
Sirio
a los terrestres. Por lo tanto, busqué a un piloto nacido en el
sector
de Sirio. Encontré uno. Odiaba a los terrestres tanto que es
diffcil
entenderlo, incluso para mí, y me introduje en su mente. Él
deseaba
bombardear a los terrestres. Deseaba destruirlos. Sólo la
disciplina
le hacía contenerse, le impedía partir con su avión in-
mediatamente.
“Ese
tipo mental es distinto. Un poco de sugestión, un poco de
presión
y la disciplina no basta para contener. Creo que él ni siquiera
reparó
en que yo subía al avión en su compar~ia.
—¿Cómo
localizó Senloo?—musitó Shekt.
—En
mi época—dijo Schwartz—había una ciudad llamada San
Luis.
Se hallaba en la confluencia de dos grandes ríos. La encontra-
mos.
Era de noche, pero había una mancha oscura en una zona de ra-
diactividad...,
y el doctor Shekt había dicho que el templo era un
oasis
aislado de terreno normal. Lanzamos una bengala, olo hicimos
mediante
mi sugestión mental, y apareció un edificio de cinco puntas
bajo
nosotros. Concordaba con la imagen que yo había captado en
los
pensamientos del secretario. Ahora sób queda un boquete de
treinta
metros de profundidad en el lugar donde estaba el edificio.
Eso
sucedió a las tres de la madrugada. Ningún virus fue lanzado. El
universo
está libre.
Fue
un aullido bestial lo que brotó de los labios del secretario, el
chillido
sobrenatural de un demonio. El terrestre pareció a punto de
saltar...,
y de pronto se desplomó.
Un
fino espumarajo de saliva empezó a surgir muy despacio por
su
labio inferior.
124
—Ni
lo he tocado—dijo en voz baja Schwartz. Después, mientras
contemplaba
pensativamente el cuerpo postrado, añadió—: Cuando
volví,
el procurador se habna vuelto loco si no llego a convencerle de
que
aguardara a que cumpliera el plazo. Yo sabía que el secretario
sería
incapaz de no vanagloriarse. Lo sabía por sus pensamientos... Y
ahora,
ahí lo tienen.
EPILOGO
En
realidad el relato ha terminado ya y añadir un epílogo es
bastante
anticuado. De todas formas, un epílogo tiene su utilidad. Es
un
nudo, ¿saben?, que ata los cabos sueltos de la trama (un retrué-
cano,
sí), evita que se deshagan y los oculta a la vista pulcramente. Si
desea
tener una sensación de consumación, siga leyendo, porque
aquí
habrá epílogo a pesar de todo.
No
será muy largo.
De
hecho el único personaje que interviene es Joseph Schwartz.
Treinta
días han transcurrido desde que emprendiera vuelo en la
pista
de aquel aeropuerto en una noche dedicada a la destrucción de
la
galaxia, con las señales de alarma sonando alocadamente a su
espalda
v órdenes radiadas para que volviera poblando el cielo.
Había
vuelto a su hora, con el templo de Senloo destruido y
mientras
el aturdido piloto empezaba a preguntarse qué había suce-
dido
exactamente.
El
heroico acto fue dado a conocer oficialmente. Schwartz llevaba
en
el bolsillo el cordón de oro de la Orden de la Nave Espacial y el
Sol.
Sólo otras dos personas de la galaxia habían recibido dicha con-
decoración
sin haber muerto antes. Algo impresionante para un sas-
tre
retirado...
Naturalmente
nadie, aparte de los árculos oficiales más oficiales,
sabía
con exactitud qué había hecho Schwartz, pero ese detalle care-
cía
de importancia. Algún día, en los libros de historia...
En
la sosegada noche, Schwartz estaba dirigiéndose a pie hacia el
domicilio
del doctor Shekt. La ciudad se hallaba tranquila, tanto
como
el fulgor rutilante del cielo. En puntos aislados de la Tierra,
grupos
de zelotes seguían causando problemas, pero sus líderes ha-
bían
muerto o se encontraban presos, y los terrestres moderados se
bastaban
para hacer frente al resto.
Los
primeros convoyes de tierra normal ya estaban en camino.
Ennius
había repetido su propuesta de que la población de la Tierra
fuera
trasladada a otro planeta, pero eso estaba fuera de lugar. La
Tierra
no deseaba caridad. Que los terrestres tuvieran oportunidad
de
rehacer su planeta. Que pudieran reconstruir el hogar de sus
padres,
el mundo nativo de la humanidad. Que pudieran trabajar
con
sus manos, eliminar la tierra enfermiza y sustituirla por otra
saludable.
Se
trataba de uria tarea enorme, podía durar un siglo... pero, ¿y
qué?
La galaxia prestaría maquinaria, enviaría alimentos, suministra-
ría
la tierra. Para sus recursos incalculables sería una insignifican-
cia.
. ., y habn'a compensación.
Y
algún día los terrestres volven'an a ser un pueblo entre otros
muchos,
habitarían un planeta entre otros muchos y considerarían a
toda
la humanidad bajo el punto de vista de la dignidad y la igualdad.
El
corazón de Schwartz latió con fuerza al valorar la maravilla de
todo
ello, mientras el terrestre subía los escalones de la entrada prin-
cipal.
Dentro de una semana partiría en compar~ia de Arvardan hacia
los
grandes mundos centrales de la galaxia. ¿Qué otra persona de su
generación
había abandonado la Tierra?
Se
detuvo, con la mano a punto de posarse en la puerta, ya que
sonaban
palabras en su mente. Con cuánta claridad captaba ya los
pensamientos,
como si fueran campanillas.
Era
Arvardan, por supuesto, con tantas cosas en su mente que la
palabra
era incapaz de expresarlas.
“Piénsalo,
Pola, verías cosas que jamás has visto, vivirías como
nunca
has vivido...”
Y la
respuesta de Pola, con una mente tan ansiosa como la del
arqueólogo
y palabras de pura desgana.
“Si
piensas que es una gira por la galaxia lo que yo quiero...”
“Pero
estarías conmigo..., es decir, yo estaría contigo. Y si te
arrepientes,
regresaríarnos después de esa conferencia que tengo que
dar
en Trantor.”
“Tu
vieja Sociedad Arqueológica. .. Hum. . .”
“Pero
luego podríamos volver. Y me quedaré aquí contigo. Nun-
ca
te abandonaré.”
“Pero
es posible que yo prefiera viajar.”
“En
ese caso iremos a donde te apetezca.”
“Pero
si soy una pobrecilla terres...”
Hubo
una exclamación breve y apagada por parte de Arvardan,
seguida
por un gritito muy femenino. La conversación se interrum-
pió.
Pero,
lógicamente, los contactos mentales no se interrumpieron,
y
Schwartz se apartó plenamente satisfecho..., y con cierta ver-
guenza.
Podía esperar. Había tiempo de sobra para molestar a la
pareja
en cuanto las cosas se aclararan un poco más.
Schwartz
aguardó en la calle mientras centelleaban las estrellas,
una
galaxia entera de estrellas, unas visibles, otras invisibles.
Y
para él, y para la nueva Tierra, y para los millones de planetas
del
universo, Schwartz repitió en voz baja aquel poema antiguo que
sólo
él conocía entre billones de personas:
¡Envejece
conmigo!
Lo
mejoraún no ha venido...
126
Comentario
final
Supongo
que si quisiera hacer de este libro una especie de ejercicio
práctico
sobre “Cómo revisar~, lo mejor sería incluir la versión publi-
cada
de Un guijarro en el cielo inmediatamente después de ù Envejece
conmigo”.
De ese modo el lector podría estudiar con penoso detalle,
frase
por frase, qué hice yo.
Naturalmente,
eso es imposible.
En
primer lugar, hacer tal cosa duplicaría la extensión y el coste (y
el
precio) del libro, práchcamente a cambio de nada.
Al
fin y al cabo, los lectores que por su enorme interés en mis obras
han
comprado este libro tendrán seguramente un ejemplar de Un
guijarro
en el cielo escondido en alguna parte. Incluso si no han léído
la
novela o la han perdido o echado a la basura, o si han sido tan
tontos
que la han prestado (“tontos” porque gracias a las cartas que
recibo
he acabado comprendiendo que nadie que pide prestada una de
mis
obras la devuelve), siempre pueden adquirir un ejemplar en al-
guna
librería de lance o cuando se reedite.
Y,
finalmente, tal vez haya lectores que se deleiten hasta cierto
punto
con ù Envejece conmigo” y no piensen ni por un momento en
leer
Un guijarro en el cielo. En ese caso, ¿para qué molestarlos con
una
segunda dosis de un relato que, en esencia, es el mismo?
No
obstante, voy a darme el gusto de hacer algunos comentarios
sobre
el tema.
Ahora
que he vuelto a leer “Envejece conmigo” por prirnera vez
desde
que hace treinta y seis años lo revisara, el relato no me parece tan
malo.
Creo que Startling Stories ha hecho cosas peores que aceptar y
publicar
esta obra.
Un
detalle que agradezco mucho, no obstante, es que elirniné el
prólogo
estúpido, el epílogo y los intermedios. ¿Qué tenía yo en la
cabeza
y por qué los escribí? No lo recuerdo. En fin, en el intervalo de
dos
años, entre 1947 y 1949, mi sentido común mejoró un poco y
eliminé
los añadidos. Además anulé la división en tres partes y com-
biné
los relatos de Joseph Schwartz y Bel Arvardan, mezclando las
partes
de un modo que, en mi opinión, tiene una complejidad más in-
teresante.
Al
repasar ~Envejece conmigo” advertí con cierto horror senales
de
lápiz en diversas frases y párrafos. Ello sólo podía indicar que en
aquel
hempo yo planeaba acortar el relato, tal vez para que fuera más
apropiado
para su publicación en revista. Si es así, aquel proyecto
quedó
abortado, no hay duda, y me alegro. Al parecer mi intención
fue
eliminar la partida de ajedrez, que es mi fragmento favorito de la
obra.
Tenía
la vaga ¿dea de que la partida de ajedrez figuraba en Un
guijarro
en el cielo como medio de elaborar y alargar el relato. Me
complació
mucho comprobar que dicha partida ya aparecía en “Enve-
jece
conmigo”. ¿Saben una cosa? S¿empre he despreciado las descri~
ciones
ficticias de partidas de ajedrez, esas descripciones que no of re-
cen
detalles reales sino que incluyen comentarios tontos como por
ejemplo
éste: “Inició un ataque despiadado con la torre de rey”. Y al
leer
cosas como ésta mi reacción es siempre la misma: “¿Qué usó la
torre
de rey, una navaja o una pistola?”.
Tomé
la decisión de of recer una partida real, describiendo meticu-
losamente
todas las jugadas, y una persona como mínimo, mientras
léía
el libro por la noche, muy tarde, se sinhó lo bastante sorprendida y
estimulada
para salir de la cama, coger el tablero y reproducir la
parhda.
Este hombre la publicó en una revista de ajedrez con el htulo
“La
partida de Asimov” y dijo que era excelente.
Bien,
la parhda no era mía y era preferible que el lector la conside-
rara
mía. La partida real que utilicé se disputó en Moscú en 1924 entre
Werlinski
(blancas) y Loewenfisch (negras) y obtuvo el premio de
belleza
por su brillantez.
Un
detalle de “Envejece conmigo” me resulta muy turbador. Lo
escribí,
recuerdo, en 1947, sólo dos anos después de que las bombas
de
fisión nuclear cayeran sobre Hiroshima y Nagasaki. Evidente-
mente,
yo desconocía el grado exacto de riesgo que representa la gue-
rra
nuclear y la radiación (como casi cualquier otra persona).
Di a
la futura Tierra una corteza radiactiva, al menos en ciertas
zonas
y, sin embargo, tenía restos de vida y humanidad aferrados a
ella.
Obviamente mi intención era que el lector lo considerara como
resultado
de una guerra nuclear en nuestro futuro (el pasado del re-
lato).
Pero una guerra nuclear tan virulenta, que convierte grandes
extensiones
de la corteza terrestre en zonas de radiactividad continua
por
fuerza debe eliminar la vida en la Tierra.
En
“Envejece conmigo” Joseph Schwartz supone que la radiactividad
de
la corteza es producto de una guerra “con bombas atómicas”, pero por
fortuna
la suposición no es corroborada por ningún otro personaje y, por
lo
que respecta al relato, no pasa de ser una especulación.
Como
es lógico conservé la corteza radiactiva de la Tierra en Un
guijarro
en el cielo. Tenía que hacerlo pues ese detalle es de crucial
importancia
para el argumento. En mi segunda novela, The Stars
Like
Dust (1951)* las escenas iniciales se desarrollaban en la Tierra y
de
nuevo conservé la corteza radiactiva.
Con
el paso de los anos, no obstante, y conforme decrecía mi
ingenuidad
con respecto a la guerra nuclear, en especial cuando em-
pezó
a experimentarse con bombas de fisión de hidrógeno, eluoi la
noción
de una Tierra radiactiva. Pero cuando una generación más
tarde
escribí Foundation's Edge (1982) y empecé a combinar mis
diversas
novelas en una sola visión general de la historia futura, me
encontré
atascado con la corteza radiactiva de la Tierra.
Tuve
que recurrir a mi reserva de ingenio. La corteza radiactiva no
podía
ser resultado de una guerra nuclear. ¿Qué era, pues? Como
consecuencia
de mis meditaciones sobre el tema escribí Robots and
Empire
(1985), de modo que una confusión acabó siendo algo muy útil.
~ En
la arena estelar, publicada en el número 45 de esta misma colección.
El
fin de la eternidad
Preámbulo
Otra
novela mía creció a parár de una versión más pequeña y en
este
segundo caso el asunto fue más complicado. Un guijarro en el
cielo
era sólo 1,4 veces más larga que “Envejece conmigo”, pero mi
novela
El fin de la eternidad* era tres veces más larga que el relato a
partir
del cual se había desarrollado.
Sucedió
de este modo. ..
El
año era 1953, y habían transcurrido casi cuatro años desde la
publicación
de mi primer libro, Un gUijarrO en el cielo. Desde enton-
ces
había publicado ocho libros más (incluyendo un libro de texto
sobre
bioquímica), es decirl nueve en total. Mi décimo libro, Lucky
Starr
and the Pirates of the Asteroids (Doubleday, 1953), estaba a
punto
de aparecer y el undécimo, The Caves of Steel (Doubleday,
1954)**
estaba siendo publicado como serial en Galaxy, como prepa-
ración
a la publicación en libro.
En
aquellos días estaba teniendo un promedio de tres libros al año
lo
que, dado mi ritmo de escritura, no era gran cosa, pero entonces no
tenía
mucho tiempo para escribir. Medio año antes de que apareciese
Un
guijarro en el cielo, había empezado a enseñar en la facultad de
Medicina
de la Universidad de Boston y en 1951 me había convertido
en
profesor ayudante de bioquímica. Me hallaba todavía bajo la falsa
idea
de que ése era mi trabajo vital y que el escribir no era sino una
Publicada
en el número 26 de esta misma colección. (N. del T. )
~ ~
Bó vedas de acero, publicada en el número 48 de esta misma colecci6n.
(N.
del T. )
128 ~ 129
9
Cuentos paralelos
ocupación
accesorua..., pero seguia escrib¿endo igual, a raros perdi-
dos.
De
vez en cuando me era preciso visitar la biblioteca de la Univers~-
dad
de Boston en el campus principal (esos eran los días pre-Cotlieb)
y el
17 de noviembre de 1953, mientras curioseaba las estanterías, me
topé
con una hilera de volúmenes encuadernados del T,me.
Empecé
a hojear los primeros y, naturalmente, me divirtió el com-
probar
como yo era mucho más inteligente que los escri~ores de Time,
con
su estilo cuidadosamente cultivado de arrogancia sabelotodo (por
supuesto,
era porque yo tenía la ventaja de ver las cosas a posteriori).
Sin
demasiadas esperanzas, pregunté a los bibliotecarios si era posible
sacar
esos volúmenes para leerlos en casa. Descubrí entonces que los
miembros
de la facultad tenían algunos privilegios extraordinarios.
Ellos
podían llevarse esos volúmenes, aunque los estudiantes no po-
dían.
Me
llevé rápidamente el primero de los volúmenes de su colección
(que
cubría la primera mitad de 1928) y seguí avanzando a buen ritmo.
Me
costó casi un año abrirme paso a través de todos los volúmenes y
los
bibliotecarios me llamaban, espero que con afectuosa diversión,
“el
profesor de Tirne”.
Todo
ese procedimiento fue meramente cuestión de satisfacer un
impulso,
excepto por el hecho de que en uno de los primeros volúme-
nes
me llamó la atención un dibujo en un pequeño anuncio. Lo percibí
por
el rabillo del ojo y tuve la fugaz impresión de algo que se pareáa a
la
ahora familiar nube en forma de hongo de una bomba nuclear. Eso
me
sorprendió, pues el volumen de Time databa de unos quince años
antes
de Hiroshima. Le eché otra mirada. Era solamente el géiser Old
Faithful
del parque nacional de Yellowstone, y el anuncio era de lo
más
corriente.
Pero,
¿de qué sirve ser un escritor de ciencia ficción si no saca uno
ventaja
de pequeñas cosas raras como ésa? (“¿De dónde saca usted sus
locas
ideas?”, me preguntan con frecuencua. Una respuesta podría ser:
~De
números antiguos de la revista Tirne”.)
Después
de todo, ¿y si el anuncio fuese lo que yo créí que era...
realmente,
la nube en forma de hongo? ¿Podia el texto del anuncio dar
una
sutil pista en cuanto a la auténtica naturaleza del dibujo? De ser
así,
¿cómo llegó hasta ahí? ¿Y porqué?
Estaba
claro que el asunto impacaba necesariamente el vuaje en el
tiempo,
lo que era inmeduatamente interesante, pues nunca había es-
crito
un relato largo en el que el vuaje temporal estuviese implicado.
Asi
pues, el 7 de diciembre de 1953 empecé a escribir una novela corta
a la
que llamé “El fin de la eternidad”. Al final, resultó tener unas
25.000
palabras y acabé con ella el 6 de febrero de 1954. Estaba muy
contento
de ella y se la envié inmed iatamente por correo a Galaxy.
El 9
de febrero Horace Gold me llamó por teléfono. Se trataba de
un
rechazo total. Habló de revisión, pero de una revisión completa. Al
final
la cosa habría sido aprovechar el título y poner bajo él una nueva
historia.
Me negué rotundamente y eso fue todo.
Me
parece que entonces debí probar con Astounding, pero no lo
hice.
Ya no recuerdo la razón, y no tengo ninguna indicación en mi
diario
en cuanto al porqué no lo hice. (Me he dado cuenta muchas
veces
de que cuando sucede algo desagradable no hablo mucho de ello
en
mi diario. Por lo tanto, es posible que mi diario le dé a mi vida un
aspecto
más feliz y despreocupado del que debería tener, según los
hechos.
. ., aunque la verdad es que mi vida ha sido lo bastante feliz y ni
tan
siquiera sueño con quejarme.)
Puede
ser (y ahora no estoy sino haciendo suposiciones) que de
mi
conversación telefónica con Gold sacase la idea de que pasaban
demasiadas
cosas en la novela corta y de que tenía entre manos una
novela
deshidratada. Dado que Doubleday había publicado hasta el
momento
cuatro novelas mías y tenía en prensa dos más, me senúa
como
un escritor bien establecudo en la Doubleday que podía hacer
uso
de las prerrogativas que lleva consigo el puesto. Es posible, por
lo
tanto, que me pareciese razonable pedirle a Walter Bradbury que
leyese
la novelita y me dijese si créía que en ella se escondía una
verdadera
novela.
El
17 de marzo de 1954, mientras yo estaba en Nueva York, le dejé
la
novela corta a Bradbury el cual, amablemente, accedió a mi peti-
ción.
Esta vez había juzgado acertadamente. Bradbury dijo que ahi
había
una novela valiosa y el 7 de abril me llamó para decirme que
tenía
un contrato en marcha.
Firmé
el contrato el 2I de abril y me enfrenté entonces a la perspec-
tiva
de contar de nuevo la historia con una longitud triple. Me llevó
exactamente
medio año el hacerlo y acabé el 5 de diciembre de 1954.
Una
semana después sometí el resultado a Doubleday y el 4 de agosto
de
1955 recibí un ejemplar de prueba del libro.
Aquí,
pues, está la novela corta original a partir de la cual se
preparó
la verdadera novela.
Elfin
de la eternidad
La
sección de la etemidad entregada al siglo 575 está orientada
hacia
la materia. Los vórtices de energía del 300 han desaparecido; la
dinámica
de campos del 600 no ha llegado aún. En los veinte milenios
que
van de la primera a la última, la materia se usa para todo, desde
paredes
hasta sartenes. Tampoco los cambios registrados en la reali-
dad
han afectado eso. Considerada como un todo, en la eternidad la
orientación
hacia la energía ha sido siempre la excepción.
Ello
no quiere decir que Brinsley Sheridan Cooper (siglo 28),
nacido
en otro tiempo orientado hacia la materia, se encontrase
como
en su casa cuando entró en la antesala que se extendía después
de
una puerta transparente para seguir luego, indefinida, a través de
todo
el 575. Después de todo, también en la materia hay modas. Para
un
“energético”, la materia tiende a ser materia y nada más. Toda la
materia
es tosca, pesada y bárbara. Para un “matricial”, sin embargo,
existe
la madera, el metal (subdivisiones, pesado y ligero), el plás-
tico,
los silicatos, el cemento y el cuero en innumerables combinacio-
nes
y variedades.
A
Cooper, cuya noción de un mundo estaba construida alrededor
de
estructuras de aleaciones de metales ligeros, la visión de un
océano
de cristal y porcelana, mirase donde mirase (aún más impre-
sionante
porque en esos momentos no se veía a ningún ser humano),
le
había dejado con la boca abierta.
Pemmaneció
así hasta que una voz áspera, cargada de un acento
del
milenio cuarenta, dijo:
—Preséntese,
maldita sea.
Cooper
parpadeó.
—Lo
siento, señor, pero creo que no...
En
su confusión, usó su propio dialecto del siglo 28.
La
expresión algo airada de su interlocutor se suavizó al oírlo y la
nariz
aquilina que asomaba bajo unas cejas gruesas y algo canosas se
hizo
un poco menos impresionante. La puerta que había tras él y a
través
de la que había entrado, seguía haciendo girar suavemente su
pesado
cristal sobre la bisagra fommada por un campo longitudinal,
una
concesión a la energética no demasiado extraña en un tiempo
orientado
hacia la materia.
Tendió
una ancha mano para detener la puerta y dijo:
—Lo
siento, hijo. Pensé que eras un nativo de este tiempo.
—No,
señor—dijo Cooper, intentando parecer resuelto—. Soy
B.
S. Cooper, del 28. Mis credenciales.
Se
había pasado ya a la lengua del milenio sesenta que había
estado
practicando durante días.
Le
alargó la cápsula personal pero él no examinó la pelicula
puesta
al descubierto sino que la apartó a un lado y se rió.
—Mis
disculpas—dijo—. Estábamos esperando a un nativo para
que
se encargase del mostrador de recepción y saqué conclusiones
apresuradas.
Estamos teniendo problemas para encontrar a un nuevo
hombre,
y acabamos con el antiguo algo más pronto de lo que esperá-
bamos.
Ya sabe cómo son estas cosas.
Lo
dijo con una facilidad de veterano que Cooper intentó imitar
en
su gesto de asentimiento. Después de todo, los nativos eran suje-
tos
de observación y experimento aparte de los trabajos que pudiesen
desempeñar.
Tendría que acostumbrarse a eso.
El
otro siguió hablando.
—Hay
que estar siempre vigilando a los nativos. Nunca entienden
realmente
la etemidad, nunca se les mete en la cabeza que no se
puede
tratar el tiempo como si fuera una pelota de fútbol. A veces
tardan
segundos antes de registrar su entrada. Si tienen que registrar
su
salida lo hacen y luego se van a los aseos, a este lado de la cortina.
Cuando
vuelven al tiempo, se encuentran en el lado equivocado de
un
agujero de dos minutos y entonces los computadores montan un
escándalo...
¿De dónde eres?
—Veintiocho.—Luego,
ansiosamente, le preguntó—: ¿Es usted
de
alguna época cercana?
—Soy
del 413. ¿Qué te trae aquí, hijo?
El
rostro de Cooper se ensombreció. Podría haber adivinado el
tiempo
del hombre por su acento pero, ¿dónde está el Etemo que, en
su
primera misión en un nuevo sector de la etemidad, pueda resistirse
a
preguntar a gritos: “Hay alguien aquí del viejo 123”, o de su tiempo
natal,
sea cual sea? O, si es demasiado joven y tímido, o demasiado
viejo
y consciente de su dignidad como para decirlo en voz alta, al
menos
puede pensarlo. Hay algo en el compartir un conjunto común
de
tropismos y prejuicios sociales que ni todo el lavado y entrena-
miento
de la escuela de novatos pueden eliminar por completo. Y la
persona
más insoportable del mundo, si está ataviada con un traje
que
uno reconoce como el traje correcto, el que en lo más hondo del
corazón
de uno es apreciado toda la vida como el único traje co-
rrecto,
se convierte en un príncipe y un compañero al que apreciar.
Pero
413 era solamente un número para Cooper. En ese instante
no
podía recordar nada más respecto a él que el ser parte de un
milenio
marcado por la subpoblación y que exportaba árboles y semi-
llas
a varios siglos desprovistos de bosques. Así mismo, lo hacía en
vastas
cantidades, dado que los árboles y las semillas no eran tan
sensibles
con respecto a la realidad como los sueros antivirales, los
embriones
humanos o los relés de vórtice.
—Tengo
que ver a Laban Twissell—dijo Cooper, sin poder evitar
subir
un poco el tono de voz al decir eso.
Las
cejas del otro se alzaron un poco y recogió la cápsula personal
que
antes había pasado por alto, examinándola cuidadosamente.
—¿El
jefe programador Twissell?
—Eso
es.
—Bueno,
Cooper, siéntese y yo me pondré en contacto con él.
Por
cierto, mi nombre es Nero Attrell.
El
toque anterior de condescendencia había desaparecido de su
voz.
Cooper
tomó asiento y sus labios temblaron un poco ante el
deleite
reprimido que sentía. Estaba aquí a petición del jefe progra-
mador
Laban Twissell, y Twissell era un miembro del Gran Consejo
Pantemporal
y estaba considerado en toda la etemidad como el más
grande
de los ejecutores.
Y
era Twissell quien había pedido que Cooper le fuese asignado.
No
había dado razones para ello y, con todo, Cooper estaba conven
cido
de que conocía la razón. No le había hablado a nadie de su
convicción,
ni tan siquiera a Genro Manfield, su instructor y el hom-
bre
a quien, hasta el momento, más había respetado en su corta vida.
Después
de todo, desde hacía bastante tiempo había llegado a ser
obvio
para él que se le estaba preparando para una misión especial.
Había
tenido sus primeros atisbos de lo que debía ser tal misión hacía
132
133
I
l
más
de un fisioaño. (Había que aprender, casi al principio de la
educación,
la diferencia entre los años, que no existían en la etemi
dad,
y los fisioaños, que representaban meramente la medida del
envejecimiento
del cuerpo humano.)
Había
sucedido de este modo. Había cinco “novatos” en la clase
del
siglo 28, dos de la segunda década y uno de la quinta, otro de la
séptima
y otro de la novena. Él era el estudiante de la novena dé-
cada,
habiendo nacido en el 2784 y entrado en la escuela en el 2798.
Si
hubiese pemmanecido en el tiempo, llevan'a ahora siete anos perte-
neciendo
al siglo 29; pero los siglos se contaban siempre desde el
momento
en que uno abandonaba el tiempo y pasaba al entrena-
miento.
Sería del 28 hasta el día en que muriese. (Mentalmente,
cambió
la frase por un “hasta que muera,>. ¿De qué servia hablar de
“días”
en la etemidad aunque, por supuesto, todos lo hiciesen? De-
cían
“ayer” y “puede que el año próximo”, como si eso significase
algo
)
Pero
de los cinco novatos sólo él se especializó. Le hicieron pasar
a
través de las matemáticas de computación todo lo deprisa que pudo
y,
excepto por eso, todo el resto del esfuerzo fue consagrado a la
Historia
Primitiva. Se quejó una vez. Los otros, señaló, estaban reci-
biendo
cursos bien equilibrados.
El
instructor Manfield se había frotado su castaña cabellera hasta
convertirla
en U!l confuso revoltijo y había dicho:
—Son
órdenes directas del Gran Consejo Pantemporal, hijo. No
sé
el porqué.
(La
gente tenía siempre tendencia a llamarle “hijo” a Cooper,
quizás
a causa de que su cabellera y sus ojos claros junto con su rostro
de
mentón poco pronunciado le hacían parecer bastante más joven
de
lo que era.)
No
había nada que hacer salvo volver a examinar los viejos perió-
dicos
(impresos sobre papel en los días anteriores a ponerse de moda
la
peUcula), hasta que las vidas, los hechos y los nombres muertos
haáa
mucho fuesen para ambos cosas vivas.
Pero
creyó saber lo que le estaba sucediendo y la razón; y aguar-
dó,
con más o menos irnpaciencia, la llamada de Twissell. Había lle-
gado.
Antes
de partir tuvo una última conversación con Manfield y fue
incapaz
de no hacer alusión a ello. Con toda seguridad Manfield
debía
saber algo y Cooper deseaba ver corroboradas sus ideas. Lo
deseaba
enommemente.
—¿Para
qué puede querer vemme, señor?—preguntó—. Me he
estado
especializando en Historia Primitiva.
—Lo
sé. Lo sé.—Manfield le sonrió—. Me temo que durante los
años
que hemos pasado con ella ha llegado a interesamme demasiado.
Probablemente
continuaré en ese campo después de que te hayas
ido.
Cooper
sabía a qué se estaba refiriendo. Las revistas de noticias
de
los siglos primitivos, con sus crónicas de sangre incontrolable,
crimen
y pasión, dejaban un sello indeleble, el de una realidad que
no
podía ser alterada, constituyendo una lectura fascinante. Echaría
de
menos las horas que él y Manfield habían pasado juntos ocupán-
dose
de ellas.
Cooper
se acercó un poco más a lo que estaba seguro que era la
verdad.
—Pero
yo quiero trabajar sobre los siglos primitivos. Quiero ha-
cer
una investigación original sobre ellos. Trabajar sobre los 500 no
sería
exactamente lo que quiero.
En
ese momento, si Manfield sabía algo, no podría resistir la
tentación
de hacer alguna alusión. Pero o Manfield no sabía nada o
era
demasiado listo para caer en una trampa, o—y esto Cooper lo
rechazaba
con amargura—todas las especulaciones de Cooper esta-
ban
equivocadas.
—Siempre
habrá tiempo libre para que puedas dedicarlo a tu
afición,
hijo—le dijo Manfield.
Sonrió
de nuevo, pero hasta sus sonrisas pareáan esconder un
matiz
de pena. Sus estudiantes, todos los cuales le querían, no sabían
nada
de su pasado. Jamás hablaba de él, ni tan siquiera con Cooper,
que
había pasado con él la mayor parte de su tiempo. De algún modo
se
había filtrado hasta los estudiantes la información de que había
nacido
en los milenios más adelantados (“los cuandos altos”, como
decía
la frase hecha). v lo aceptaban sin demasiado interés por buscar
una
prueba de ello. Se deáa que en tiempos había sido programador,
un
matemático muy destacado, un buen candidato para el Gran Con-
sejo
Pantemporal y que lo había tirado todo por la borda para con-
vertirse
en instructor de novatos en los lejanos siglos de los cuandos
bajos.
—¿Cómo
te encuentras?—preguntó Manfield.
—Un
poco asustado. Un poco nervioso—dijo Cooper con since-
ridad—.
Ya sabes que nunca he estado en ningún cuando, excepto el
viaje
de estudios al 40, y eso fue solamente un informe de dos días
acerca
de la vida municipal bajo condiciones descentralizadas.
Lo
que no añadió fue que sólo mediante muchas súplicas consi-
guió
que se le permitiese ir, aunque se trataba de un trabajo elemen-
tal
para el resto de la clase.
Y a
la mañana siguiente, Brinsley Sheridan Cooper había cogido
una
pequeña cabina cronomóvil unipersonal y había pasado, en soli-
tario,
por los corredores de la eternidad. La cabina no cruzaba el
espacio
en el sentido usual del término y, por supuesto, no cruzaba el
tiempo
ya que la eternidad cortocircuitaba todo el tiempo desde el
siglo
28 (el primer siglo de la eternidad, un hecho que constituía el
título
de fama más grande y orgullosamente proclamado por el 28)
hasta
la insondable muerte entrópica que se hallaba hacia delante.
Pero,
¡santo Cronos!, la cabina cruzaba, sobrevolaba o bordeaba
algo.
Cooper seguía careciendo del entrenamiento necesario y era lo
bastante
joven como para preguntarse qué era ese algo.
Sus
preguntas no le ayudaron. Fuese lo que fuese, siguió sin saber
134 ! 135
de
qué se trataba, pero pasó, y luego hubo un pulcro y pequeño
cartel
en el que se podía leer 575 en el sistema de numeración local al
igual
que en estándar atemporal. (Había incluso una lengua estándar
atemporal
que, fuese por lo que fuese, raramente se usaba fuera de
los
informes oficiales. Los dialectos locales, parecía, eran más satis-
factorios
y Manfield solía explicar eso calificándolo de una expresión
inconsciente
del impulso de “volver-al-tiempo” . )
Unos
instantes más y Cooper vería a Twissell. ¡Twissell! El jefe
programador
más viejo de todos los que vivían; el hombre que había
autorizado
más cambios cuánticos en la realidad que cualquier otro
jefe
programador que hubiese vivido jamás; el hombre que era la
mayor
autoridad sobre Harvey Mallion, el primitivo del siglo 24 que
había
hecho posible la Eternidad.
Harvey
Mallon, la lliave a su propio.. .
La
voz de Attrell interrumpió sus divagaciones.
—El
jefe programador Twissell estará dispuesto a recibirle pron-
to,
hijo.
—Gracias,
señor.
A
Cooper nunca le ofendéla la palabra “hijo”. Si él y Attrell exis-
tiesen
en el tiempo, él tendrla unos cuarenta mil años más que At-
trell.
Podría ser el tatara-tatara-tatara-tatara-muchas-veces-tatara-
buelo
de AttrelL Pero esto no era el tiempo; esto era la etemidad.
Aqlú
la palabra “hijo” no significaba nada. Realmente nada, dado
que
ningún eterno podía tener un hijo. Todos los eternos debían
nacer
en el tiempo de padres pertenecientes a él. Sólo de ese modo
podía
seguirse asegurando el que los eternos retendrían la conexión
espiritual
con la humanidad que tan necesaria era para su trabajo.
Que
los eternos tuviesen hijos propios, eternos desde el nacimiento,
y
muy pronto se formarían dinasbias divorciadas de la Tierra. De ser
los
sabios directores y moldeadores de la humanidad, los eternos se
convertinian
en sus tiranos.
(Cooper
seguía siendo lo bastante joven y tenla aún el recuerdo
de
la escuela lo bastante fresco como para no sentir ninguna punzada
de
vanidad por ser idealiista. )
—¿Le
gustana echarle una mirada al Siglo mientras espera?—pre-
guntó
Attrell.
—¡Sí!
—contestó Cooper, sonriendo de pronto—. ¿Puede
arreglarse?
—No
hay problema. Tienen un observador trucado aquícuando.
Lo
usan centrándolo en el 6i~0 y luego cambian a foco de campo.
Hay
uno en el laboratorio de al lado que puedo sintonizar para
usted.
—¡Bueno,
gracias!
Nero
AttreUi lanzó una cautelosa ojeada al joven que tenía al
lado.
Llevaba veinte fisioaños siendo un eterno y no sentía ninguna
afición
a darle gusto a novatos que, en sus primeras misiones, nada-
ban
en océanos de salvar mundos.
Pero,
de algun modo, éste tenía que ser distinto. Twissell le había
mandado
a buscar. Twissell era un hombre difícil de conocer, pero
Nero
Attrell había conocido buena parte de la vida del viejo caba-
llero
como para saber cuándo estaba nervioso.
Y
Twisseri estaba nervioso.
Sólo
unos instantes antes su voz había gorjeado suavemente en el
oído
de Attrell a través del comuno.
—Sí,
he estado esperando a ese joven. Estaré liisto pronto. Me
daré
prisa. Es solamente un cambio cuántico del que debo asegurar-
me
antes.
El
nerviosismo era obvio. Se hallaba en la palabra “prisa".
Twissell
jamás se había dado prisa por los demás. Una vez había
hecho
esperar cinco horas a un comité del Gran Consejo Pantempo-
ral,
y jamás se había tomado la molestia de dar una expliicación. Pero
ahora
iba a darse prisa por un novato delgado y pálido que estaba
abrumado
por hallarse en un otrocuando tan lejano de su hogar.
Todo
ello dotaba al recién llegado, Cooper, de un extraño interés
y
Attrell se descubrió sintiendo en su interior el principio de una
amistad
hacia el muchacho.
Attrell
no tardó demasiado en sintonizar el observador. El 575
era
preciso v lógico en sus técnicas. El observador parecía sola
mente
una mesa con la superficie de cristal pero, de pronto, el
cristal
no estaba allí y en su lugar había una ciudad, con el aspecto
de
una excelente fotografía tridimensional en color. Attrell sonrió
levemente
cuando a Cooper se le escapó una leve exclamación.
Había
estado esperándola. Siempre surgFla cuando un espectador
desprevenido
notaba por primera vez que había movimiento dentro
de
la “fotograffa”.
El
novato se inclinó sobre el observador, intentando meterlo en
sus
ojos todo a la vez. Luego retrocedió un paso, frunciendo el
ceño.
—Si
desea verlo más de cerca—dijo Attrell—, le enseñaré cómo
funcionan
los controles. Son muy sencillos.
El
novato meneó la cabeza.
—Está
bien. Yo..., no es tan diferente, ¿verdad? Pensé que, de
algún
modo, sería distinto.
—¿Distinto
de cuándo?
—De.
. . del 28. De casa, ya sabe.
—¿Debena
serlo?
—Bueno,
son cincuenta mil años en el futu... eh..., cincuenta mil
años
en un cuando más alto.
Attrell
sonrió con tolerancia.
—Sabe—dijo—,
creo que no se ha inventado nunca al novato
que
no haya tenido la misma sensación la primera vez que veía el
tiempo
de su primera asignación. Sea como sea, las cosas nunca son
distintas.
l
l
I
—¿Lo
dice de veras, señor Attreri?
—Bueno,
puede que esté exagerando un poco. Mire, ¿le importa
que
le explique aligo?
—Lo
agradecena, senior Attrell.
Bueno,
pensó AttrerFi, es cortés. A menudo le habían dicho a
Attrell
(una vez incluso Twissell se lo había dicho) que era un hom-
bre
de los siglios subpoblados y que, por lo tanto, estaba destinado a
no
hallarse a gusto en companiFi'a de desconocidos. Puede que fuese
así,
pero estaba empezando a sentir simpatía por el chico.
—Muy
bien, entonces, esto es lo que quiero explicar—dijo con
amabilidad—.
Va a encontrarse con que el modelo humano de la
historia
no es una línea, es una curva sinusoidal irregular. El progreso
no
continúa en una sola curva de modo que todos los tiempos difie-
ran
del suyo. Una era dada es probable que sea tan parecida a la suya
como
que sea distinta.
—Me
han enseñado eso.
—Sí,
le han enseñado eso. Pero alguien del 28 no lo cree real-
mente
hasta que lo ve. No me entienda mal; no tengo nada contra el
28,
pero debe admitir que el 28 es solamente el primer siglo completo
de
la eternidad. ¿Correcto?
—Ciertamente.
—Y
el 28 es siempre muy consciente de los tiempos primitivos; los
siglos
antes de que empiece la eternidad.
—Sí.
De hecho, la Historia Primitiva es mi campo de especializa-
ción.
—Ahí
tiene. El último milenio de los tiempos primitivos fue una
especie
de desarrollo en Imea recta con una tecnología en progreso
continuo.
Naturalmente, se cae en el hábito de pensar que una línea
recta
como ésa continuará. No tengo que decirle a un graduado en
Historia
Primitiva que a veces la raza humana no progresa, si es que
una
palabra tal tiene algún significado; a veces retrocede.
—Es
cierto—dijo Cooper, frunciendo algo afectadamente los
labios—,
durante un milenio después del primer siglo hubo un de-
clive
tecnológico tal que los estándares del medio milenio anterior al
primer
siglo no se recuperaron realmente hasta que. . .
Attrell,
que había estado prestando atención a las maneras leve-
mente
pomposas con las que Cooper exhibía su recién adquirido
saber,
sufrió un repentino espasmo de sospecha. ¿Acaso era él quien
estaba
siendo tomado a broma?
—¿El
medio milenio anterior al primer siglo?—preguntó.
—Sí.
De veras. El primer siglo no fue el primero.
—¿Así
que lo llaman el primer siglo sin razón?
—Es
un poco complicado. Mire, es como si.. .
—Bueno,
no importa.—Attrell decidió que el muchacho hablaba
en
serio y no sentía deseo alguno de profundizar en las paradojas del
tiempo—.
Es su especialidad, así que aceptaré su palabra—dijo—.
Yo
me gradué en tramas vitales. Lo que estoy intentando dejar claro
es
lo si~uiente: la ~ente se mueve en círculos. Puede que estén muv
lejos,
en un cuando arriba o en un cuando abajo, y puede que sigan
siendo
muy parecidos a usted. O puede que estén justo en el cuando
de
al lado, y sean completamente distintos. No se deje impresionar
tampoco
por esa diferencia. Lo que a usted puede parecerle decaden-
cia
o barbarie, para otras personas puede suponer el descubrimiento
de
unos valores nuevos y mejores. ¿Está familiarizado con el 413?
Contra
su voluntad, Attrell descubrió en su fuero interno que
empezaba
a ponerse a la defensiva, casi de un modo beligerante.
Cooper
meneó la cabeza.
—No
en detalle.
—Sólo
tenemos cien millones de personas en él. Es un buen
tiempo.
De
pronto, le invadió la añoranza. Había pasado mucho tiempo
desde
que visitó el 410 y el 420. Podía oler el aire fresco con su aroma
a
pinos y ver el azul de los glaciares recortándose en el horizonte.
Casi
podía sentir el espacio despejado, las vastas extensiones abiertas
de
su mundo.
—Supongo
que su 28 está algo congestionado—dijo melancólica-
mente.
—Bastante.
Cinco mil millones.
—Igual
que este 575. Como casi todos los cuandos. En mi tiempo
había
una pequeña era glacial, ya sabe. Los bosques lo cubrieron
todo
y las ciudades se disgregaron en agrupaciones más pequeñas
donde
la vida era más fácil. Nos gustaba, ya puede suponerlo, pero
cada
vez que hay un cambio cuántico las eras subpobladas quedan un
poco
encogidas. Ése es el único nombre que les da el Gran Consejo
Pantemporal,
“las eras subpobladas,>. En las otras edades glaciares
había
ciudades subterráneas o desarrollaban la energía solar. La ma-
yor
parte mantenían alta la población.
“Pero
yo creo que la subpoblación es excelente. No la considero
subpoblación;
la considero población inteligente. La gente de casi
todos
los cuandos se queda horrorizada ante eso. Ahí tiene...
Attrell
se estaba emocionando y, por supuesto, como siempre que
se
ponía así se mordió los labios y hubo un silencio repentino que
duró
un lapso incómodo de tiempo.
—¿Cuándo
dijo el ejecutor Twissell que iba a verme?—preguntó
finalmente
Cooper.
—Con
Twissell nunca se sabe—dijo Attrell. Luego, incapaz de
resistir
el impulso, le preguntó—: ¿Supongo que está en el proyecto
Harvey
Mallon?
Attrell
se divirtió al ver cómo surgía la alarma en los ojos del
joven.
Eso confirmaba también una sospecha.
—¿Qué
proyecto Harvey Mallon?—preguntó Cooper—. No sé
nada
de eso.
—Si
no sabe nada, ya se enterará. Eso es todo lo que le interesa
ahora
a Twissell. De vez en cuando da seminarios y nos habla de
Harvey
Mallon hasta la muerte. Todo lo que hace tiene algo que ver
con
Mallon.
—¿Y por qué no, planeador asociado?—dijo una
voz amable ~ El jefe programador se volvió hacia el
novato.
quitándole
cualquier énfasis al título que acababa de mencionar. —¿Sabe usted algo sobre
Harvey Mallon? Está más cerca de su
Attrell disimuló su sorpresa. No había oído
entrar a Twissell.
tiempo. Ha estudiado a los primitivos.
—Por nada, jefe programador.
—Hay escasa documentación sobre su vida, señor.
Cooper se puso rígido. Sus pálidas mejillas
se ruborizaron y sus
Twissell sonrió.
delgados
rasgos parecieron más afilados que nunca. —¿Eso es todo
lo que puede decir, muchacho?
—¿El jefe programador Twissell?—preguntó
tartamudeando.
El cigarrillo que tenía entre los dedos se había consumido hasta el
Attrell observó la reacción de Cooper y en
una comisura de sus punto
que sólo quedaba la colilla y, en su lugar, apareció otro encen-
labios
aleteó por unos instantes la sombra de un temblor. Tenía una dido. El intercambio fue
realizado con la engañosa facilidad que
idea
bastante buena de lo que sentía Cooper. Había visto una mirada revelaba toda una vida de
práctica, pero a Attrell le pareció, como se
similar,
mitad incredulidad y mitad decepción, en los ojos de una lo parecía siempre, una
exhibición gratuita de habilidad.
docena
de novatos cuando sus ojos se encontraban por primera vez —Le ofrecería un
cigarrillo—le dijo Twissell a Cooper—, pero sé
con
el gran hombre de la etemidad.
que no fuma. Casi en ningún cuando de la eternidad está bien visto
Pero, cuando la reputación de un hombre es
colosal y su nombre
fumar. Sólo en el 72 hacen buenos cigarrillos, y los míos los importo
mágico,
es difícil encararse con la realidad ffsica de una figura encor- '
especialmente desde alli. Es una pena. La semana pasada tuve que
vada,
un rostro pequeño y regordete, una calva lisa y pronunciada, |
estar dos días en el 123 sin fumar. En el 123 no les importa el incesto.
unos
ojillos que se perdían dentro de un millar de pequeñas arrugas, |
pero se habrían desmayado como solteronas si hubiese sacado un
una
sonrisa benevolente y un cigarrillo. Por encima de todo, el ci- I
cigarrillo. A veces pienso que debería disponer un cambio cuántico y
garrillo.
~ acabar con todos los tabúes
sobre el no fumar de la eternidad entera,
Cooper tenía el aspecto de ver por primera
vez en su vida un ~ pero cada vez que intento imaginarlo me
encuentro que causa gue-
cigarrillo.
Cuando una nubecilla de humo le alcanzó, se encogió vi- ~
rras en el 58 o una sociedad esclavista en el 1000. Siempre hay algo.
siblemente.
I “¿Le gustaría ver un cambio
cuántico, muchacho?—prosiguió
—¿Es usted mi muchacho? ¿Mi jovencito? con el
mismo tono monótono de voz—. He dispuesto uno para usted.
Twissell se acercó a Cooper, alzando la vista
hacia su rostro, ~ Cogióalnovatoporelcodoylehizosalir.
Los ojos de Attrell les siguieron con gravedad. Nunca había visto
a Twissell actuar de un modo tan excéntrico ni hablar tanto.
Se encogió de hombros. No iba a descubrir nada, así que ¿para
qué romperse la cabeza? Volvió a su oficina y tomó asiento para
trazar mapas vitales del mismo modo concienzudo que había usado
durante fisioaños enteros. En tiempos había tramado las rutas vitales
alternativas (incluyendo todas las de probabilidad superior al 0,01) de
572 individuos en cuyos siglos no había ningún tipo de tratamiento
decente para el cáncer. Eso incluía desde el 27 hasta el 35, que no
había logrado desarrollar una tecnología genética manejable, y partes
de los bastante excéntricos 52 y 53, que habían reaccionado violenta-
mente a la medicina física (induyendo el uso de exploraciones psíqui-
cas y otras ayudas físicas al psicoanálisis), retrocediendo a un tipo de
psiquiatría que tenía bastantes puntos de contacto con la curación
mediante la fe.
De todos los 572 cuyas rutas vitales había tramado, exactamente
17 se habían beneficiado como resultado de ello. O, al menos, la
extensión de las vidas de los 17 no había implicado cambios cuánticos
de valor negativo, y sus muertes prematuras de cáncer habían sido
evitadas. El tratamiento era caro, pero los miembros de los gobiernos
de esos siglos seguían pidiendo más a gritos; más sueros anticáncer
enviados a través del tiempo al coste que fuese, más vidas que salvar.
Attrell sabía muy bien que los que se salvan'an serían más bien
pocos. Era la tesis favorita de TwisseU: con cada cambio cuántico en
como
si intentase ver claro a través de la neblina creada por el cigarri-
llo,
hablando con un espantoso acento dialectal del tercer milenio.
_Soy
Brinsley Sheridan Cooper, señor—dijo Cooper—, en mi-
sión
y esperando órdenes.
Habló
en lengua del milenio sesenta, con la trabajosa lentitud del
que
acaba de salir de la escuela.
—¡Oh,
formalidades!—El jefe programador agitó la mano que
sostenía
el cigarrillo y unas cenizas, ligeras como plumas, cayeron
sobre
el suelo pulimentado—. Y no se tome la molestia de hablar en
milenio
sesenta. He estudiado mucho su propia lengua. La hablo
maravillosamente
bieri... Y ahora, dígame, ¿qué tiene de malo el
interés
en Harvey Mallon, planeador asociado Attrell?
Attrell
la reconoció como lo que era, una pregunta retórica y de
todos
modos, no creía que pudiese hablar milenio tres con la fluidez
suficiente,
así que mantuvo un silencio estratégico.
—¿Acaso
no es digno de estudio?—dijo Twisselll . Es un primi-
tivo,
así que no se puede llegar personalmente hasta él en una cabina.
Y,
con todo, inventó el campo temporal en el 2354 y eso hizo posibles
las
cabinas cuatrocientos anos después. Allanó el terreno para la
eternidad
y seguimos sin saber a ciencia cierta cuándo nació o cuándo
murió.
Preguntemos a mi muchacho.
(Esta
última palabra la Fonunció como “muishasho”, con el
acento
en la tercera sílaba, y en los oídos de Attrell eso sonaba como
una
vil perversión de lo que la palabra debía ser.)
140 1 141
beneficio
de la humanidad, sería más difícil encontrar el siguiente.
Nunca
imposible; pero siempre más difícil.
Attrell
suspiró. ¿Llegaría el día en que ninguna vida pudiese ser
alterada
en todo el tiempo? ¿Cuando la historia humana siguiese
finalmente
su camino ideal?
El
Gran Consejo Pantemporal decía que no. No podía haber ideai
alguno
en un número infinito de caminos. Lo único que podía hacer-
se
era aproximarse asintóticamente a él. Acercarse, eternamente.
Llegar,
nunca.
Volvió
a inclinarse sobre la vida de Lyman Hugh Shapur del siglo
29 y
trazó otra vez la extraña bifurcación doble que aún no había
conseguido
interpretar del todo. Veamos, si. ..
Anders
Horemm, nativo del siglo 29 (muy rígido y restrictivo en
cuanto
a la energía atómica, levemente rústico, amante de la madera
natural
como material estructural, exportadores de ciertos tipos de
potables
destilados a casi todos los cuandos, e importadores de tré-
bol),
tomó la cabina hacia el siglo 2456.
Su
rostro cetrino, con las mejillas pronunciadas y los labios delga-
dos,
estaba tranquilo. No mostraba nerviosismo alguno frente a un
delicado
trabajo en el que no era posible ningún error. Jamás se le
había
ocurrido que pudiese cometer un error en un cambio cuántico.
Hasta
el momento, su confianza en sí mismo no había estado fuera de
lugar.
Horemm
había empezado su carrera en la eternidad como obser-
vador.
En tanto que los programadores permanecían en la atmósfera
rarificada
de sus trabajos matemáticos y los planeadores de vidas se
internaban
en la agotadora e interminable jungla de la posibilidad
infinita,
y los sociales tejían sus frágiles teorías concernientes a los
hombres
y las cosas, el observador salía decididamente al tiempo y
traía
de vuelta los datos, sin analizar, que los alimentaban a todos.
El
observador no obtiene gran reconocimiento por ello. La litera-
tura
de la eternidad resuena con los aplausos a la brillantez de la
computación,
las delicadezas del tramado, la inteligencia de la socia-
lización,
pero muy poco se dice del observador que recoge los hechos
y
aún menos del técnico, cuyas manos tiran de las cuerdas que cam-
bian
miles de millones de vidas.
Horemm
llevaba cinco años siendo un técnico. La mayor parte de
ese
tiempo había trabajado directamente con Twissell. Twissell le
había
dicho lo que debía hacer y por eso Twissell recibía honores.
Horemm
haáa lo que Twissell le decía y por hacerlo no era apre-
ciado.
Era como si los eternos, incapaces de evitar la culpa colectiva
que
implicaba el hecho de jugar a ser Dios con las vidas de generacio-
nes
enteras, la evitasen colocando sobre los hombros de los técnicos
el
peso de dicha culpabilidad.
En
sus observaciones de las sociedades que practicaban la pena
capital,
Horemm había notado la misma distinción social entre el
respetado
juez que ordenaba que se realizase la ejecución y el em-
pleado
del gobierno que llevaba a cabo la orden pagando el precio
del
ostracismo social.
Horemm
no sentía amargura por eso. Sentía una austera alegna
siendo
un técnico y trabajando para Twissell. No habría cambiado su
posición
por nada.
Por
encima de todo, sentía una extrema complacencia al trabajar
en
lo que Twissell llamaba “el misterio Mallon”. Era el mismo Ho-
remm
quien había penetrado ciertas eras durante misiones cuyos
resultados
no habían sido registrados en ningún libro de acceso pú-
blico.
Era él quien había seguido vidas que Twissell no le habría
confiado
a ningún planeador profesional. Era él, en persona, quien
había
localizado por primera vez a Brinsley Sheridan Cooper, y su
lenta
sangre se había inflamado al enterarse de que aquí, al fin,
estaba
la persona que Twissell había buscado. Él, personalmente,
había
ido hacia abajo en el cuando (todo lo atrás en la vida de Cooper
que
Twissell había osado llegar) para meter a Cooper primero en la
escuela
de novatos y luego en la clase adecuada de entrenamiento
especializado.
Luego, cuando había transcurrido el entrenamiento
mínimo,
era Horemm quien había enviado el mensaje en nombre de
Twissell,
ordenando a Cooper que fuese al 575.
Todc)
estaba hien. Si Horemm fuese un hombre dado a sonreír,
ahora
habría sonreído. En el hiperaislamiento de una cabina que
ascendía
por los corredores interminables de los siglos, hasta podría
haber
reído en voz alta. Pero sólo sentía la fría satisfacción de una
fisiodécada
de laborioso trabajo que se acercaba a su clímax mientras
veía
desvanecerse los siglos a través y más allá de su cabina.
La
cabina se detuvo al fin, suavemente, de modo automático, y la
realidad
se solidificó partiendo de las borrosas neblinas que la habían
rodeado.
Horemm
no hizo ni una pausa para percibir las nuevas facetas que
todo
siglo le ofrece a unos ojos nuevos, incluso en el primero y más
trivial
de los encuentros. Llevaba demasiado tiempo en su profesión
como
para perder el tiempo con observaciones que no fuesen de uti-
lidad
inmediata.
En
cualquier caso, se hallaba sólo en esa sección de la eternidad
entregada
al 2456, y no en el tiempo propiamente dicho. La barrera
que
separaba la eternidad del tiempo se oscurecía con las tinieblas del
caos
primigenio y su aterciopelada no-luz se hallaba característica-
mente
punteada con los huidizos puntos de luz que reflejaban imper-
fecciones
submicroscópicas de la materia que no podían ser erradica-
das
en tanto perdurase el principio de incertidumbre.
Horamm
ajustó con delicadeza la posición de la barrera y la cruzó
después
en el segundo exacto del tiempo indicado por el análisis
espacio-temporal
como óptimo para su propi)sito. La barrera llameó
con
una brillantez intangible mientras la masa viajaba a través de
ella.
moviéndose de la eternidad al tiemDo.
Un
millón de toneladas de materia se desintegraban cada seg,undo
para
alimentar las barreras que circundaban a la eternidad, pero la
energía
no era problema. A veinte mil millones de años ascendiendo
en
el cuando ardía la nova definitiva que fue una vez el Sol, y la
potencia
energética de un millón de soles estaba allí para ser tomada.
Eso,
al menos, era constante. Ningún cambio concebible de la
realidad,
ninguna alteración posible en los insignificantes asuntos
humanos
del tiempo podría alterar jamás la llegada de esa nova.
Horemm
se encontró en un cuarto de máquinas. Estaba vacío y lo
seguiría
estando durante dos horas y treinta y seis minutos bajo la
realidad
presente; por dos minutos más bajo la realidad venidera. Su
propia
presencia aquí, como había probado un cuidadoso cálculo, era
neutral.
En tanto que ninguna entrada en el tiempo, por casual que
fuese,
podía dejar de suponer una distorsión finita en la textura de la
realidad,
no todas las distorsiones llegaban al nivel mínimo requerido
como
para que se realizase un cambio cuántico.
Lo
que Horemm hizo luego fue, aparentemente, aún más trivial
que
el simple hecho de su presencia. Cogió un pequeño recipiente de
su
posición sobre una estantería y lo movió hasta un lugar vacío en la
estantería
que había debajo.
Habiendo
hecho esto, volvió a entrar en la eternidad de un modo
que
le pareció tan prosaico como hubiese podido serlo el cruzar una
puerta
cualquiera. Para un observador clavado en el tiempo, habría
sido
como si hubiese desaparecido.
El
pequeño recipiente permaneció allí, donde lo había puesto. No
jugaba
un papel inmediato en la historia del mundo. La mano de un
hombre
se tendió hacia él y no lo encontró. La búsqueda realizada lo
encontró
media hora después, pero, entre tanto, un campo de fuerza
se
había extinguido y un hombre había perdido los estribos. Una
decisión
que en una realidad previa habría seguido sin ser adoptada,
fue
tomada ahora a causa de la ira. Un encuentro no tuvo lugar, un
hombre
que habría muerto vivió un año más, y uno que habría vivido
un
día más murió un día más pronto.
Las
ondulaciones fueron ensanchándose.
Desde
el instante en que el recipiente había sido cambiado de
sitio
hasta todo el tiempo posterior, existió una nueva realidad. En
algunos
siglos el cambio fue muy pronunciado, con culturas enteras
sutilmente
alteradas. En algunos siglos el cambio fue muy leve. En
ningún
caso fue de cero.
Mas,
por supuesto, ningún ser humano que se hallase en el
tiempo
podía ser consciente de que algún cambio hubiese tenido
lugar.
Y, aunque millones de hombres que hubiesen vivido no llega-
sen
a hacerlo a causa del gesto de Horemm, los eternos comprendían
y,
excepto por un instinto irracional, nadie habría considerado a
Horemm
un asesino.
Excepto,
por supuesto, el propio Horemm.
Laban
Twissell había sido parte del paisaje de la eternidad tanto
tiempo
que pocas eran las personas con vida capaces de recordar una
eternidad
sin él. Era del dominio público que había estado tanto
tiempo
sumergido en los problemas de la humanidad que había olvi-
dado
el número exacto del siglo en que había nacido. Se decía tam-
bién
que a temprana edad se le había atrofiado el corazón y que una
computadora
manual, similar al modelo que llevaba siempre en el
bolsillo
del pantalón, había ocupado su lugar.
Twissell
no hacía nada por negar esos rumores. De hecho, tendía
a
creerlos él mismo. Le habría mortificado que le dijesen que una
parte
de su nerviosismo interno era visible; que su corazón computa-
dora
quizás estaba latiendo a un ritmo inapropiado, como si, después
de
todo, no fuese más que un conjunto de músculos y válvulas.
Estaba
mirando a Brinsley Sheridan Cooper. Al fin estaba mirán-
dole.
Y nadie sabía, salvo él mismo y ese tipo raro, Horemm, que
este
joven nervioso y carente de toda particularidad era..., todo.
Estaban
subiendo a la cabina. Sus costados eran perfectamente
redondos
y encajaban cómodamente en el pozo vertical. Twissell
dispuso
los controles con una mano; la otra, por supuesto, manipu-
laba
su cigarrillo. Se produjo la leve conmoción, no un giro, no un
movimiento,
que significaba que la cabina estaba moviéndose a tra-
vés
de la eternidad.
Miró
a Cooper y le sonrió.
—¿Inquieto,
jovencito?
Los
ojos de Cooper seguian el discurrir de los números giratorios.
j~ —¿A cuánto vamos, señor?
—Dos-siete-ocho-uno.
No muy lejos. Un paseo. Un pequeño pa-
seo—dijo
Twissell.
—¿El
2781?
—¿No
ha estado nunca tan lejos?
—Hasta
el día de hoy, ejecutor Twissell, nunca había estado en
un
cuando más alto que el 40.
—¿Y?
¿Está asustado?
Cooper
se removió en su asiento.
—Son
unos doscientos mil años de distancia de casa.
—Un
eterno no tiene casa. Debería aprender eso, muchacho—
dijo
Twissell con suavidad.
Los
números iban y venían, aumentando cada vez más.
—¿Hasta
dónde ha remontado en los cuandos, señor?—dijo
Cooper.
—Creo
que doscientos mil siglos, más o menos. No vale la pena
ir
m~ás lejos, excepto los ingenieros que se aprovisionan de la nova
Sol.
Para entonces, hacia el doscientos mil, la humanidad abandona
la
Tierra.
El
viejo ejecutor estudió el rostro intranquilo del otro.
—Supongo
que eso no se lo enseñaron en la escuela, ¿no?
1(1.
Cuentos paralelos
—Estaba
muy especializado en otra dirección, señor—replicó
Cooper,
sopesando sus palabras.
Pero
Twissell no les prestó atención.
—Pero
el hombre acaba por abandonar este viejo mundo—dijo.
—¿Por
qué?
—No
se sabe con exactitud. La entrada en el tiempo se detiene
algunos
siglos antes de la partida. Algunos dicen que es la evolución;
el
hombre se convierte en algo distinto al hombre. Algunos dicen que
es
la ciencia, los hombres aprenden al fin el secreto del impulso
hiperespacial
y pueden llegar a las estrellas.
~on
todo, no hay razón para que deban abandonar la Tierra.
—Algunos
piensan que se van para escapar de nosotros y nuestros
eternos
manejos de la realidad—dijo Twissell.
—¿No
podemos hacer que se queden?
—¿Por
qué deberíamos hacerlo? ¿No hay trabajo suficiente en
nuestros
doscientos mil siglos de etemidad?
—¿Qué
sucede después de que se van?
—Nada.
La eternidad continúa sin seres humanos hasta que el Sol
estalla
y luego continúa sin el Sol hasta que la entropía llega al
máximo
y todas las estrellas están muertas y luego, simplemente,
continúa.
La eternidad no tiene fin.
Los
números se detuvieron y Twissell encabezó la marcha hacia
una
antesala cubierta de espejos.
—Películas
moleculares, muy de moda aquí—dijo Twissell con
disgusto—.
Pseudolíquidos.
Condujo
a Cooper más allá de unos respetuosos eternos a los que
no
prestó ninguna atención y entró en una pequeña sala de observa-
cion.
Cooper
se quedó mirando su propio reflejo, duplicado con una
frecuencia
desconcertante.
—¿Todo
son espejos?—dijo.
—Casi
todo. Una generación a la que le encanta mirarse. Sin
embargo,
pueden ajustarse para un reflejo menor.
Con
un gesto de su mano sobre unos controles bien disimulados,
moduló
los espejos hasta un difuso tono gris pizarra en el cual él y
Cooper
apenas si eran meras sombras.
Tomó
asiento y dijo:
—Aún
hemos de esperar un poco.
Cuando
el cuerpo del jefe programador se acercó al esqueleto
desnudo
de la silla, brotó un tapizado, un suave tapizado rojo que se
amoldó
hasta encajar en la anatomía de Twissell.
Cooper
se sentó cautelosamente y el tapizado creció igualmente a
su
espalda.
La
arrugada mano de Twissell se cerró alrededor de un contacto v
la
pared más cercana se derritió hasta convertirse en cristal. Las
figuras
y los objetos se fueron definiendo.
Cooper
boqueó, sorprendido.
—¿Qué
es eso, señor?
—Un
espaciopuerto. Naves espaciales salen de aquí y se mueven
a
través del sistema solar a lo largo de líneas electrogravíticas. Total-
mente
inútil.
—Pero
es magnífico.
—Nada
es magnífico si se compra al precio de la miseria. Este es
un
siglo infeliz, y los últimos y escasos cambios cuánticos han tendido
a
hacerlo más infeliz. Ahora, finalmente, hay que hacer algo. Esos
pobres
seres van a Marte, pero no hay nada en Marte. Nunca lo
hubo.
Nunca lo habrá. En la Tierra, se vuelve hacia las drogas. El
2781
tiene el índice de adicción a las drogas más alto de toda la
eternidad.
—Deben
de estar tremendamente avanzados en su tecnología.
—Usted
es del 28. También un siglo tecnológico, así que está
impresionado.
Oiga, nino, ¿sabe cuántas veces ha tenido lugar el
viaje
espacial a lo largo de los sigbs? ¡Veintisiete! Nunca dura más de
uno
o dos milenios. La gente se cansa. Vuelven a casa. Las colonias
se
van muriendo. Entonces otros cuatro o cinco milenios, o cuarenta
o
cincuenta, y vuelven a intentarlo. Cuando llegué por primera vez a
la
eternidad, había treinta y cuatro pedodos con viaje espacial.
—¿Acaso
los computadores están eliminando mediante los cuán-
ticos
el viaje espacial de la realidad?
—En
absoluto. ¿Por qué deberíamos hacerlo? Hubo una época
en
la que sólo había catorce períodos con viaje espacial, y luego la
cifra
volvió a subir. En la eternidad nos Limitamos a mejorar la reali-
dad.
Seguimos la dirección en la que nos lleve esa mejora. Puede que
una
vez barra el viaje espacial aquí; puede que luego lo restaure ahí.
Cooper
observó el brillante metal verdoso de los hangares y el
reluciente
destello de los navíos de acero, alzándose silenciosa y
suavemente
sobre las hneas de fuerza libres-de-masa que ataban los
planetas
entre sí. Twissell observó más a Cooper que la escena que
tenía
ante él, y dejó que el humo de su cigarrillo se alzase suavemente
para
que así no le molestase.
—Aquí
se está tan lejos del cuando natal—dijo Cooper, la voz
trémula.
Y, bruscamente, añadió—: Aquí mi madre lleva muerta
más
de un cuarto de millón de años.
Twissell
miró secamente al muchacho y dijo:
—¿Su
madre existe?
Cooper
se encogió de hombros y dijo con voz apagada:
—No
lo sé. Los cambios cuánticos rara vez se acercan tanto al
inicio
de la eternidad. Puede que sí exista. Pero después de que llegué
a la
eternidad, Manfield me dijo que no lo comprobase nunca.
—Manfield
tenía toda la razón. Es usted un tonto sólo por pensar
en
esas cosas.
—Lo
siento, señor.
—Bien,
está perdonado. ¡Ahora, mire! Tres siglos en el abajo-
cuando,
Horemm está desplazando los cristales de mezolita. El mo-
mento
en fisiotiempo está encima de nosotros, ¿eh?
—¡El
espaciopuerto!—fue el agudo grito de Cooper.
147
l
,
l
El
resplandor había desaparecido; los edificios se encogían. Una
nave
espacial se oxidó. El movimiento había cesado.
—¿Es
eso lo que esperaba, señor?—preguntó Cooper.
—En
efecto. El viaje espacial decayó un siglo más pronto de lo
que
lo habría hecho. Pero no hay drogas. La gente es más feliz.
Mejoras
en otras áreas de las que usted no sabe nada.
Inconscientemente,
TwisseLI había vuelto a su propio dialecto. Se
dio
cuenta de ello y volvió a la lengua de Cooper, y su irritación ante
el
desLiz hizo más hirientes sus palabras.
—¡Idiota!
¿Derrama Lágrimas por el metal? ¿No le importa la
gente?
Le advierto que si valora la materia por encima del hombre,
no
tiene usted lugar en la eternidad.
Luego,
con un arrepentimiento instantáneo, su tono cambió de
modo
radical.
—No,
no, Cooper, le estoy dando una reprimenda por algo que
no
puede evitar. Ahora, venga conmigo. Quen'a que viese esto sólo
para
darle un poco de perspectiva, para que pudiese entender más.
Pero
ahora venga. Tenemos por delante nuestro asuntos más impor-
tantes,
el asunto más importante de toda la eternidad.
Anders
Horemm regresaba en una cabina del 2456.
La
antesala del 2456, a través de la que había pasado para ir de la
cabina
al tiempo y del tiempo a la cabina, había estado Llamativa y
obviamente
vacía. Los eternos de esa sección de la eternidad sabían
que
había un técnico trabajando y preferían no verle ni hablar con él.
Con
su frialdad habitual, Horemm entendía las razones. Ninguno
de
los eternos de esa sección eran nativos del 2456. ¡NaturaLmente!
Una
de las reglas primarias de la eternidad era que ningún hombre
podía
estar oficiaLmente asociado con su cuando natal. Si no existiese
esa
regla, las posibilidades de corrupción eran demasiado obvias
como
para discutirlas. Con todo, el paso de un técnico a través de una
barrera
le recordaría agudamente a todos los hombres que su propio
cuando
natal podía sufrir en el siguiente cambio cuántico. Y aunque
las
mentes de todos los eternos se haLlaban educadas para saber que si
eLlo
ocurría era inevitable y hasta deseable, los corazones (incluso los
de
los eternos) no estaban siempre dispuestos a dejarse educar.
A
menos, por supuesto, que se tratase del corazón de un hombre
como
él, pensó el técnico y, al pensarlo, frunció el ceño. Muchas
veces
le habían puesto como ejemplo a los novatos. La devoción al
deber
y la conciencia de una misión que trascendía toda considera-
ción
personal eran todo lo que debía entrar en la formación de un
eterno,
soLia decirse.
Horemm
había vivido en tiempos siguiendo con entusiasmo tal
regla,
en los días en que era un simple observador, abandonando
cautelosamente
la eternidad para recoger datos, en silencio, sin ha-
cerse
notar, eficientemente. Cada vez que era posible, utilizaba las
casas
~ los empleados del tiempo en la etennidad como base.
Cuando
no era conveniente hacerlo, residía en hoteles, si lo permi-
tían
los mapas espaciotemporales; y, si insistían en ello, dormía de-
bajo
de un seto.
En
cada penetración, los mapas eran siempre de lo más meticu-
loso
acerca de dónde podía ir y cuándo podía hacerlo, lo que podía
hacer
y lo que no. Nunca, con una eficiencia que ahora le había
convertido
en el técnico más apreciado por Twissell, había invadido
áreas
prohibidas de gente, espacio o tiempo. En ningún momento de
su
carrera la textura de la realidad se había tambaleado porque él
hubiese
rebasado los límites.
Lo
que acababa de hacer era un ejemplo. Sus acciones habían
sido
delimitadas en el espacio-tiempo para conseguir resultados ópti-
mos.
Era el equivalente de la incisión segura del cirujano, el diestro
giro
del ingeniero.
Era
él quien originaba la CMN (ningún etenno pensaba en la
“Causa
Mínima Necesaria” de otro modo que no fuese CMN), usan-
do
su propio método después de que el computador hubiese indicado
la
naturaleza general de la CMN requerida. Era Twissell, tres siglos
después
en el tiempo, quien observaba el MRS (Máximo Resultado
Significativo,
te enseñaban a decir en la escuela).
¡Típico!
El técnico producía la pequeña y deshonrosa causa. El
computador
observaba el considerable y honroso resultado.
No
importaba. Nada tenía importancia excepto la gran obra que
ahora
ya se hallaba muy cerca del novato, Cooper, más cerca de lo
que
nunca había llegado.
Sintió
un levísimo estremecimiento. De pronto, sin querer, había
pensado
en su primer fisioaño en el 482.
No
sabía cómo era la época ahora. Rehuía leer sobre ella. Había
evitado
las misiones en su proximidad. Pero recordaba con extrema
claridad
cómo había sido cuando terminó la escuela y recibió su
primera
misión en la eternidad.
Observador
en el 482 y los siglos vecinos.
¡Observadorl
¡Objetivo y fn'o! ¡Incapaz de ver nada distinto a
como
era en realidad
¡Observador!
El hombre cuyo trabajo no terminaba nunca, dado
que
cada cambio cuántico vaciaba de sentido en mayor o menor me-
dida
todos los datos observacionales en los siglos implicados.
Había
vuelto con su primer informe sobre el 482 y se había asegu-
rado
de continuar con su actitud fn'a y objetiva. Se aseguró de no
poner
al descubierto ni una fracción de la desaprobación que sentía
en
su fuero interno. Era una era sin ética ni principios, tal y como él
estaba
acostumbrado a concebirlos. Era hedonista, materialista, con-
siderablemente
matriarcal. Era la única era en que había florecido el
nacimiento
ectogénico y en su momento cumbre el 40 por cien de sus
mujeres
daban a luz entregando meramente un óvulo fertilizado a los
depósitos
de óvulos. El matrimonio se hacía y deshacía por mutuo
acuerdo
y era considerado como una cuestión puramente emocional.
148 1 149
La
unión destinada a engendrar ninos se hallaba, por supuesto, sepa-
rada
de las funciones meramente sociales del matrimonio y era deci-
dida
sobre principios puramente eugenésicos.
Horemm
creía que, de otros cien modos distintos, aquella socie-
dad
estaba enferma y anhelaba un cambio cuántico. Se le endurecía
la
mandíbula con una excitada anticipación al pensar en los millones
de
mujeres dedicadas a buscar el placer (la verdad es que con los
hombres
no había que contar) que se encontrarían convertidas en
auténticas
madres de corazón puro en otra realidad, con todos los
recuerdos
que ello implicase, incapaces de decir, soñar o imaginar
que
alguna vez hubiesen sido alguna otra cosa. Millones de seres
vivientes
jamás habrían vivido, en un instante, y millones de otros
seres
entrarían en la existencia convencidos, como si se tratase de
algo
incuestionable, de que poseían antepasados e infancias. Y, en su
realidad,
sería cierto.
Pero
sus informes no revelaban ninguno de sus sentimientos v
sabía
que no debían hacerlo. La desaprobación que sentía hacia lá
era
y toda su obra no salió a la luz hasta que Noys Lambent entró por
primera
vez en su sector de la eternidad como secretana del progra-
mador
Hobbe Finge.
Horemm
miraba con cierta sospecha a todos los empleados del
tiempo.
Idealmente, pensaba, en la eternidad sólo deberían estar los
e~ernos.
La presencia de individuos corrientes del tiempo hacía preci-
sas
mil precauciones. Pero, naturalmente, los programadores siem-
pre
insistían en que había mil razones para su uso.
Noys
Lambent, sin embargo, superaba las diez mil razones..., o
así
le parecía a Horemm.
Dos
días después, entró decididamente en la oficina de Hobbe
Finge,
programador asociado. (Finge estaba muerto ya; un hombre
sonnente
y regordete, algo miope, procedente de un siglo centrado
en
la energía alrededor del 600, que siempre parecía sorprendido de
hallarse
sentado en algo hecho de simple y frágil materia y que pisaba
con
cautela el suelo por miedo a que se rompiese bajo su peso. )
Horemm
en seguida dejó claro lo que pretendía.
—Programador
Finge, protesto porque se haya contratado a la se-
ñorita
Lambent.
—Ah,
Horemm.—Finge alzó la vista, sonriendo—. Siéntese. Sién-
tese.
Encuentra a la señorita Lambent incompetente, inadecuada...
—No
puedo decir si es incompetente o no—dijo secamente Ho-
remm—.
No he hecho uso de sus servicios. ni pienso hacerlo. Es su
secretaria.
Pero, ciertamente, es inadecuada.
No
era muy adecuado hablarle así a un supenor, pero Horemm,
en
su juventud, había sido un idealista en lo tocante a la eternidad y
sentía
necesario protestar costase lo que costase.
Finge
se lo quedó mirando con aspecto distante, como si su mente
de
programador sopesase abstracciones más allá del alcance de un
eterno
corriente.
—¿En
qué sentido es inadecuada, Horemm?
—Me
asombra que deba usted preguntarlo, programador. Su ves,
timenta
es absolutamente lamentable.
—Oh,
vamos.
—No
he podido evitar el notar que lleva muy poco por encima de
la
cintura.—Sus manos se movieron vagamente a la altura del pe-
cho—.
Aparte de eso, la levedad de sus maneras es repugnante.
—Horemm,
estoy seguro de que sus ropas y su actitud son parte
de
las costumbres de su tiempo. Usted, como observador, debería ser
consciente
de ello.
—En
su propio ambiente, en su propio medio cultural, no hallaría
falta
alguna en su carácter. Sin embargo, aquí, en la eternidad, una
persona
como ella está fuera de lugar.
Finge
sonrió. Efectivamente, sonrió, y si a Horemm le hubiese
quedado
algún músculo en el cuerpo que no estuviese tenso, lo ha-
bría
tensado entonces.
—La
contraté deliberadamente—dijo Finge—. Está desempe-
ñando
una función esencial. Es sólo temporal. Intente soportarla
mientras
tanto.
A
Horemm se le endureció la mandíbula. Había protestado y su
protesta
había sido rechazada. No serviría de nada preguntar cuál era
esa
“función esencial~. Un programador jamás daba explicaciones y,
ciertamente,
menos a un observador. No se podía molestar a la aris-
tocracia
mental que gobernaba la eternidad.
Se
volvió envaradamente y caminó hacia la puerta. La voz de
Finge
le detuvo.
—Observador,
¿ha tenido usted alguna vez...—dijo Finge, vaci-
lando,
pareciendo querer escoger con cuidado sus palabras—..., una
amiga?
Con
laboriosa e insultante precisión Horemm citó:
—Con
el propósito de evitar complicaciones emocionales con el
tiempo,
un eterno no puede casarse. Con ese mismo propósito, con
respecto
a la familia, un eterno no puede tener hijos.
—No
le he preguntado acerca del matrimonio olos hijos—dijo
gravemente
el programador.
Horemm
amplió su lista.
—Pueden
establecerse relaciones temporales con moradores del
tiempo
sólo después de haber entrado en contacto con la Oficina
Cartográfica
Central para un mapa espaciotemporal adecuado.
—Totalmente
cierto. ¿Se ha puesto alguna vez en contacto, ob-
servador?
—No,
programador.
—Bien,
Horemm, quizá debería hacerlo. Le daría una perspec-
tiva
más amplia de la vida. Le interesarían menos bs detalles indu-
mentarios
de una mujer.
Horemm
se fue, enmudecido por la rabia.
Después
de aquello, trabajó con más ahínco que nunca, y odió
aún
más a la era. Ignoró la ofensiva presencia de la empleada, pero
siempre
era consciente de ella. De algún modo, sin preguntarlo
nunca
directamente, se enteró de que su nombre era Noys Lambent y
que
era lo bastante rica como para ser independiente, que no tenía
que
rendirle cuentas a nadie, que en su tiempo era una aristócrata.
Entonces,
¿por qué iba a desear trabajar en la eternidad? ¿Cómo
podía
desempeñar los deberes de una secretaria?
Tenía
grandes sospechas sobre Finge. Finge hablaba con descaro
de
relaciones, llegaba incluso a recomendarlas. La etennidad siempre
había
sido consciente de la necesidad de llegar a compromisos con los
apetitos
humanos (para Horemm, la frase implicaba un estremea-
miento
de repulsión), pero las restricciones que conllevaba el escoger
amantes
hacían que el compromiso pudiese calificarse de todo ex-
cepto
de generoso.
Entre
los grupos inferiores de eternos había siempre rumores
(medio
esperanzados, medio resentidos) sobre mujeres importadas
sobre
una base más o menos penmanente por razones obvias. El
rumor
señalaba siempre a los programadores como el grupo benefi-
ciado.
Ellos y sólo ellos podían decidir qué mujeres podían ser abs-
traídas
del tiempo sin un cambio cuántico de la realidad.
Los
rumores seguían siendo rumores. En ningún caso se habían
comprobado
ni encontrado a unos culpables detenminados, y Ho-
remm
había descartado siempre esas cosas como vaporosas especula-
ciones
de mentes ociosas.
Pero
ahora sospechaba de Finge. ¿Una mujer como ésa su secre-
taria?
Conocía otras palabras para calificarla.
Un
día, se topó con la mujer en un pasillo y se echó a un lado para
dejarla
pasar y apartando la vista.
Pero
ella se quedó inmóvil, mirándole.
—Usted
es el observador Horemm ¿verdad?
Él
asintió brevemente, con frialdad.
—Me
han dicho que es todo un experto en nuestro tiempo.
—Por
favor, ¿va a dejarme pasar o pasa usted?
No
pudo evitar el mirarla y ella le sonrió moviéndose con un lento
balanceo
de caderas que hizo ascender su fna sangre, con un cosqui-
lleo,
hacia sus mejillas enrojecidas de furia.
Furia
hacia sí mismo por ruborizarse, hacia ella por hablarle y,
por
encima de todo, por alguna oscura razón, hacia Finge.
Finge
le llamó dos semanas después. Sobre su escritorio estaban
las
familiares peliculas perforadas que el Gran Consejo Pantemporal
enviaba
periódicamente. Bajo la adecuada observación por el unstru-
mento
de Horemm, se convertirían en el mapa espaciotemporal que
le
enviaría al tiempo y a otra misión.
—¿Quiere
sentarse, Horemm?—dijo Finge—. Mírelas ahora
mismo
.
Horemm
hizo lo que se le decía, se detuvo a la mitad y sacó
152
bruscamente
las películas de su observador como si estuviesen a
punto
de explotar. Las sostuvo entre los dedos índice y pulgar.
—Programador
Finge, ¿hay algún error?
—Creo
que no—dijo Finge—. ¿Por qué lo dice?
—Con
seguridad, no se espera de mí que utilice el hogar de esa
mujer,
Lambent, como base.
El
programador frunció los labios.
—Eso
es lo que tengo entendido. Normalmente, observador, es-
peraria
de usted que llevase a cabo su misión sin hacer preguntas. En
este
caso, dado que ha llegado hasta el extremo de expresar oficial-
mente
su desagrado hacia la senorita Lambent, creí mejor explicarle
algunos
de los aspectos del actual problema.
Finge
hablaba cuidadosamente, con cierta rigidez, y Horemm
permaneció
sentado e inmóvil, sin mirar a su superior. “No se lo
pongas
fácil”, pensó.
Normalmente,
el orgullo profesional habría obligado a Horemm a
rechazar
tal aclaración. No era cosa suya el replicar, el argumentar y
todo
lo demás. Pero en este asunto sentía un cierto afán de venganza
que
le sugería que una cierta desviación de la honra profesional
podría
hallarse en todo ese asunto.
Horemm
se había quejado, eso era lo que había hecho. Finge
temía
que la queja pudiese ir más lejos, que el Gran Consejo Pan-
temporal
pudiese investigar la función exacta de la aparatosa secreta-
na
de Finge. Finge estaba obligado a darle a Horemm esta nueva
misión,
ya que Horemm era su mejor hombre. Pero si Horemm
permanecía
demasiado cerca de la muchacha, quizá descubriese de-
masiadas
cosas.
Finge
temía eso, así que intentaría explicarlo todo de antemano.
Horemm,
sintiendo una austera diversión ante esa perspectiva, es-
taba
dispuesto a escuchar pero no a creer.
—Por
supuesto, los siglos son conscientes de la existencia de la
eternidad—dijo
Finge—. Saben que supervisamos el comercio inter-
temporal
y consideran que esa es nuestra función principal, lo cual es
bueno.
Tienen un leve conocimiento de que también estamos aquí
para
evitar que le ocurran catástrofes a la humanidad, lo cual es más
o
menos correcto. Le proporcionamos a las generaciones una imagen
paterna
de masas y un cierto sentimiento de seguridad, así que en
ningún
caso deseamos ocultarnos de ellos.
“Con
todo, hay ciertas cosas que no deben saber. La principal es
nuestra
función de alterar la realidad mediante cambios cuánticos. Se
estableció
hace mucho tiempo que la inseguridad que surgiría de
cualquier
tipo de conocimiento de que la realidad puede ser alterada
a
voluntad nos produciría grandes desventajas. Así pues, siempre
hemos
eliminado todo conocimiento posible de ese tipo de la realidad
y
nunca hemos tenido problemas con él.
"Sin
embargo, hay otras creencias indeseables acerca de la etemi-
dad
que brotan de vez en cuando en un siglo u otro. Nonmalmente,
las
creencias peligrosas son las que se concentran particularmente en
l
i
i
:
j.i
,li
:
1',~
~;
las
clases gobernantes de una era, las clases que tienen un contacto
mayor
con nosotros y que vehiculan el importante peso de lo que se
llama
opinión pública. Eso es siempre inquietante, pues al eliminar
esas
creencias religiosas debemos inducir cambios en la realidad que
a
menudo niegan avances duramente ganados en otros campos, los
cuales
deben entonces ser reconquistados por medios a veces compli-
cados.
Finge
hizo una pausa como si esperase que Horemm hiciese algún
comentario
o formulase alguna pregunta. Horemm no hizo ni lo uno
ni
lo otro.
Finge
prosiguió.
—Desde
el último cambio cuántico que afectó seriamente al 482,
el
Gran Consejo Pantemporal ha sido consciente de ciertos aspectos
indeseables
de la nueva realidad aquí presente. No era nada de una
naturaleza
lo suficientemente grande como para hacerse aparente
incluso
en extrapolaciones del quinto orden, que es todo lo lejos que
podemos
ir en este caso sin incrementar el error de probabilidad
hasta
un grado prohibitivo. Por esa razón, nos hemos estado concen-
trando
aquí en nuevas observaciones y por eso ha estado usted tan
ocupado,
Horemm.
“Puedo
decirle que las nuevas computaciones muestran que el
foco
de la perturbación reside en una actitud bastante carente de
precedentes
de la gente del tiempo hacia la eternidad. La he mante-
nido
bajo estrecha observación para ver si era adecuada a nuestro
propósito.
. .
¡Concluyente
observación! ¡Sí!, pensó Horemm.
De
nuevo su ira se centró más sobre Finge que sobre la mujer.
Finge
seguía hablando.
—Desde
todos los puntos de vista, resulta muy adecuada. Ahora
la
devolveremos a su tiernpo. Usando su residencia como base, usted
podrá
estudiar la vida social de su árculo, prestando la debida aten-
ción
a las precauciones señaladas en el mapa. No puedo sino recal-
carle
que está usted observando al medio cultural de un círculo pe-
queño
y espeáfico y que la señorita Lambent resulta un instrumento
ideal
para ese propósito. ¿Entiende ahora su función aquí?
Horemm
tenía una respuesta para una pregunta tan directa.
—La
entiendo, programador.
—¿Está
dispuesto a aceptar la misión?
Horemm
no pudo resistir la tentación de lanzarle un último agui-
jonazo.
—Soy
un observador y tengo un deber. Mi modo de llevarlo a
cabo
es independiente de las explicaciones.
Horemm
se fue con el pensamiento consolador de que, en tanto
que
se había expresado con el elevado idealismo que se esperaba de
un
eterno, con todo, había logrado dejar bien claro que la compli-
cada
explicación de Finge (¿cuánto tiempo le había llevado el desa-
rrollarla
por completo?) no le había conmovido en lo más mínimo.
Casi
enterrado por ese pensamiento había otro: que quizá se
estuviese
aproximando un nuevo cambio cuántico pars el 482, uno
que
quizá barriese toda la inmoralidad de esos tiempos e instalase la
decencia
en su lugar.
La
casa de Noys Lambent estaba bastante aislada pero su acceso,
desde
una de las mayores ciudades del siglo, era sencillo. Horemm
había
memorizado el mapa de la ciudad, al igual que había memori-
zado
otros. Conocía sus avenidas y edificios; sus lineas de transporte;
los
hábitos de su vida. Sabía qué partes exactas debía observar en
cada
uno de los días de su misión, cuándo podía realizar cada viaje,
cuándo
debía permanecer en la base.
Su
primera conversación con Noys Lambent en su propio tiempo
se
produjo como resultado del nerviosismo que ella sintió al descu-
brir
su ligero desplazamiento temporal.
Se
le acercó casi sin aliento.
—Estamos
en junio, observador Horemm.
—No
use mi título aquí—dijo secamente é~. Y si es así, ¿qué?
—Pero
cuando ocupé mi puesto era febrero...—Hizo una larga
pausa—.
Mi puesto en ese lugar, y hace sólo un mes de ello.
Horemm
frunció el ceño.
—¿En
qué año estamos ahora?
—Oh,
el año es el mismo.
—¿Está
segura?
—Absolutamente
.
Noys
tenía la maia costumbre de permanecer muy cerca de él
cuando
hablaban, y su ligero ceceo (un rasgo del siglo antes que de su
propia
personalidad), hacia que pareciese una niña pequeña y más
bien
indefensa. Horemm no dejó que eso le engañase. Se apartó un
poco.
—¿Suele
permanecer en esta casa durante la primavera?
—-No.
Tengo una residencia en el Mar Medio.
(Horemm
conocía la región bajo su nombre antiguo de Medite-
rráneo.
)
—Entonces,
sus amigos esperarían que estuviese ausente durante
ese
tiempo, ¿no?—dijo él.
—Ya
veo—respondió ella, pensativa—, quiere decir que parece-
ría
~aro que volviese en abril.
—Exactamente.
En la eternidad cuidamos mucho de esas cosas.
Lo
dijo con orgullo, como si él mismo fuese un jefe programador.
—Pero,
entonces—dijo ella—, ¿he perdido tres meses de mi
vida
?
—Sus
movimientos a través del tiempo nada tienen que ver con su
edad
fisiológica.
—¿Significa
eso que los he perdido o que no?
—No
los ha perdido.
—¿Por
qué está siempre tan enfadado conmigo?—le preguntó
Noys
Lambent la segunda tarde.
Llevaba
los brazos y los hombros al descubierto y sus largas pier-
nas
parecían brillar envueltas en la débil luminiscencia del foamite.
155
El
mapa espaciotemporal confinaba a Horemm en la casa durante
las
últimas horas del día, y era alli donde había comido, picoteando
sin
gran interés los platos que habían figurado en anteriores informes
suyos
sobre la dieta de la época pero que hasta ahora se había abste-
nido
de comer en persona. En contra de su voluntad, le gustaban. Y,
también
en contra de su voluntad, estaba disfrutando de la bebida
espumosa,
ligeramente verde y con sabor a menta que acompañaba
los
alimentos.
—No
estoy enfadado—dijo—. No siento nada hacia usted.
En
ese momento, le parecía que esa frase era totalmente cierta.
Estaban
solos en la casa. En esa era, con la hembra de la especie
económicamente
independiente y capaz de lograr la maternidad, si lo
deseaba,
sin necesidad de acoger físicamente al nir o en su seno, las
relaciones
entre los sexos no llevaban implícitas “reglas” dignas de tal
nombre.
No había nada de notable en que una mujer joven albergase
huéspedes
varones; si no lo hacía, era más bien digna de compasión.
Horemm
sabía todo eso perfectamente pero, con todo, se sentía
comprometido.
La
comida había terminado; ella le sirvió nuevamente uno de los
vasos
alargados que contenía la bebida ligeramente espumosa. Tenía
un
poco de calor y le faltaba levemente el aliento, y se removió en su
blando
asiento intentando hallar una postura más cómoda.
La
muchacha estaba tendida en el sofá de enfrente, apoyándose
en
el codo. La cubierta decorada del sofá se hundía bajo ella como si
desease
ávidamente abrazarla. Se había quitado los transparentes
zapatos
que llevaba y los dedos de sus pies se encogían y estiraban
como
si fuesen las suaves garras de una gata perezosa.
—Trabajar
para la eternidad fue divertido—dijo, suspirando—, y
estuve
esperando mucho tiempo para poder entrar en ella.
Le
estaba observando. En algún momento de la tarde su oscura
cabellera
se había soltado, cayendo sobre su cuello y sus hombros
desnudos,
a los que el contraste hacía resaltar dándoles un aspecto
cremoso.
Él
no respondió.
—¿Cuántos
años tiene?—preguntó ella.
Ciertamente,
no debía haberle contestado. Era una pregunta per-
sonal
y la respuesta no era asunto suyo. “Veinticinco años”, se oyó
decir.
Queda decir fisioaños, por supuesto.
—Yo
sólo tengo veintidós—dijo ella—, pero usted vivirá y vivirá
y
será joven, y yo habré desaparecido muchos años antes.
—¿De
qué está hablando?
Se
apretó la frente intentando despejarse.
—Usted
vive eternamente—dijo ella—. Es un eterno.
¿Era
una pregunta o una afirmación?
—Está
loca—dijo é~. Envejecemos y morimos como cualquier
otra
persona.
—¿Puede
contármelo?—inquirió ella.
Hablaba
en voz baja, en un tono lleno de promesas. La lengua del
156
milenio
cincuenta que él siempre había creído áspera y desagradable
ahora
le parecía eufónica. ¿O era, simplemente, que un estómago
lleno
y el aire perfumado le habían embotado el oído?
—Puede
ver todos los tiempos, visitar todos los lugares ~ijo
ella—.
Me encantaría ser una eterna. ¿Por qué no hay más mujeres
eternas?
No
se atrevía a hablar. ¿Qué podía decir? Que los miembros de la
eternidad
eran elegidos con todo cuidado, ya que debían cumplir dos
requisitos.
Primero: debían estar equipados para el trabajo; segundo:
su
retirada del tiempo no debía tener efectos deletéreos sobre la rea-
lidad.
¡La
realidad! ¡No debía mencionarla!
Cuantos
sujetos que tenían una excelente perspectiva habían de-
jado
de ser contactados a causa de que llevarlos a la eternidad signifi-
caba
el no-nacimiento de ninos, la no-muerte de hombres y mujeres,
los
no-matrimonios y no-acontecimientos, las no-circunstancias que
habrían
desviado la realidad en direcciones que el Gran Consejo
Pantemporal
no permitía.
¿Podía
decurle que las mujeres casi nunca lograban calificarse
para
la eternidad porque, por alguna razón que no entendía (puede
que
los programadores la entendiesen, pero él era meramente un
observador),
su abstracción del tiempo iba a distorsionar probable-
mente
unas diez veces más la realidad que la abstracción de un hom-
bre?
(Las
ideas se confundían en su mente hasta que le fue imposible
distinguir
una de otra. Parecían haberse perdido, recubiertas por un
confuso
zumbido que no era totalmente desagradable. Ella se había
acercado
más, sonriendo.)
Oyó
su voz, como una brisa vagabunda.
—¡Oh,
los eternos! ¡Conviértame en eterna!
Quería
decírselo, anhelaba hacerlo: la eternidad no es divertida,
señora.
¡Trabajamos! Trabajamos para tramar todos los detalles de
todos
los cuandos, desde el inicio de la eternidad hasta aquel en que
la
Tierra queda vacía, e intentamos tramar todas las infinitas posibili-
dades
de lo que podría-haber-sido y escoger un podría-haber-sido
mejor
que el existente y decidir en qué lugar del tiempo podemos
hacer
un pequeño y minúsculo cambio para desviar el es hacia el
podría-ser,
y tenemos un nuevo es y buscamos un nuevo podna-ser,
siempre,
siempre, siempre...
Meneó
la cabeza, pero el torbellino de pensamientos siguió gi-
rando.
¿La bebida?
¿La
bebida con sabor a menta?
Estaba
aún más cerca, no podía distinguir claramente su rostro.
Podía
sentir su cabello en la mejilla, la cálida y leve presión de su
aliento.
Hubiese tenido que apartarse, pero, ¡qué extraño, qué ex-
traño!,
descubrió que no quería hacerlo.
—Si
me convirtiese en eterna...—susurró ella, casi en su ddo,
aunque
las palabras sonaban muy lejos por encima del latir de su
l
I
157
l
:
corazón.
Ella tenía los labios húmedos y entreabiertos—. Si fuese
una
eterna...
É!
alargó los brazos, con torpeza, tanteando a ciegas. Ella no se
resisbó,
pareciendo derretirse en su abrazo, fundirse con é 1.
Todo
sucedió como en un sueño, como si le estuviese ocurriendo
a
otra persona.
No
era lo repulsivo que él había imaginado siempre que debía ser.
Y
luego ella se apoyó en él, los ojos brillantes, musitando, “eter-
nidad...
eternidad...”, una y otra vez.
El
mapa espaciotemporal no permiba esto. Pero, por alguna ra-
zón,
lo único que en esos momentos despertaba una fuerte emoción
en
el pecho de Horernm era el pensar en Finge. No se trataba de
culpabilidad.
Era más bien... satisfacción, incluso triunfo.
Acabó
volviendo a la eternidad, pero antes de abandonar a Noys
besó
sus manos y la abrazó con fuerza.
Estuvo
a punto de sonreír a Fmge cuando le presentó su informe.
Finge
no alzó la vista y se limitó a mirar las lineas del informe, como
si
sus ojos bien entrenados estuviesen convirtiendo palabras y frases
en
símbolos; como si en algún lugar de su mente matemática empe-
zase
a cobrar forma el entramado de las ecuaciones.
—Se
comprobará—dijo, como sin darle importancia—. ¿Y a
usted
qué le sucedió, Horemm?
—¿A
mí, programador?—murmuró Horemm, su sensación de
seguridad
se le esfumó bruscarnente.
—Sí.
Pasó una noche a solas en la casa de la dama... Lo hizo,
¿verdad?
Siguió el mapa.
—Lo
hice, señor.
—¿Bien?
¿Están todos los detalles pertinentes incluidos en su
informe?
Los
ojos de Finge se clavaban en él y la costumbre del deber
tiraba
de Horemm. Un observador debe informar acerca de todo.
Idealmente,
un observador no era más que un pseudópodo dotado de
percepción
sensorial extendido por la eternidad. Carecía de toda
individualidad
propia en el desempeño de su deber.
El
labio inferior de Horemm tembló un instante, no a causa de la
ira,
el miedo o el embarazo, sino a causa del recuerdo repentino de
aquella
inolvidable noche.
Empezó
a contar los acontecimientos que había dejado fuera de
su
informe.
Y
luego Finge levantó un dedo y dijo secamente:
—Gracias.
Es suficiente.
Horemm
volvió a su escritorio colmado de un vino espiritual. Por
supuesto,
Finge había tenido que preguntárselo y, por supuesto, no
había
podido soportar el oírb.
¡Finge
estaba celoso! Para Horemm eso resultaba obvio, y por
primera
vez en su vida supo que contaba con una meta más impor-
tante
para él que el helado cumplimiento de los deberes de la eterni-
dad.
Haría que Finge siguiese celoso y, si tenía que hacerlo, que lo
estuviese
todo el mundo, porque iba a conservar a Noys aunque
tuviese
que enfrentarse con Finge, con el Gran Consejo Pantemporal
y
con la eternidad entera.
El
primer permiso solicitado por Horemm para visitar el siglo
para
un asunto particular fue presentado dos días después. Había
pretendido
aguardar un discreto período de cinco días, pero fue in-
capaz.
Su
solicitud fue rechazada.
En
cierto modo, lo había esperado. Entró en la oficina del progra-
mador
Finge temblando a causa de todo lo que tenía que decirle.
—Ha
sido rechazada una petición mía para visitar el siglo. . .—em-
pezó
a decir.
Finge
le interrumpió de inmediato.
—Quiere
ver a la señorita Lambent.
—Sí.
Puso
en ese monosílabo todo el desafío de que era capaz.
—Se
ha producido un cambio cuántico. Pensé que se había dado
cuenta
de ello.
Horemm
se puso lívido. Lo había olvidado.
—¿Un
cambio cuántico?
—,
Para qué otra cosa cree que necesitábamos la información?
—,,Un
cambio cuántico?
—Uno
pequeño, comparativamente hablando.
—Entonces.
. .
—Pero
la señorita Lambent ya no existe. Excepto en las mentes
de
aquellos de nosotros que la conocimos en la eternidad, no existió
jamás.
La nueva realidad la ha excluido. Nunca nació.
Horemm
retrocedió tambaleándose hasta derrumbarse en una si-
lla.
—Se
lo expliqué ~ijo Finge—. Le hablé de las dificultades que
teníamos
con los tiempos en que estaban desarrollándose ideas in-
convenientes
acerca de la eternidad. El 482 era uno de ellos. Por la
información
que teníamos llegamos indirectamente a la conclusión de
que
entre las clases superiores de la era, particularmente entre las
mujeres,
estaba creciendo la idea de que los eternos eran realmente
eternos,
que vivían para siempre...
(Horemm
recordó la frase de Noys, breve y directa: “Vivís para
siempre”.
Pero él lo había negado... Sólo un tremendo esfuerzo le
impidió
gritar. )
Finge
seguía hablando.
—Peor
que eso, había surgido la superstición de que la intimidad
con
Ull eterno haría a una mujer mortal, tal y como ellas se conce-
bían,
capaz de vivir para siempre.
(Horemm
podía oír nuevamente su voz, con tal claridad: “Si fuese
una
eterna”. “Hazme eterna.” Las palabras se veían ahogadas por el
recuerdo
mucho más potente de sus besos.)
158
lS9
Finge
prosiguió:
—Eso
era difícil de creer, Horemm. Carecía de precedentes. Si
era
cierto, la creencia y las causas que daban origen a ella debían ser
eliminadas.
Pero antes de que pudiésemos actuar, necesitábamos una
comprobación
directa. Escogimos a la señorita Lambent como un
buen
ejemplo de su clase. Le escogimos a usted como el otro sujeto...
Horemm
se incorporó vacilante.
—Me
escogieron... a mí... como sujeto.
—Era
algo fuera de lo normal. La necesidad...
—¡Maldita
necesidad! ¡Está mintiendo!
Ya
no le importaba lo que pudiese decir.
Finge
abrió desmesuradamente los ojos. Sus labios gordezuelos se
estremecieron.
—Observador,
¿cómo se atreve?
—Digo
que miente—gritó Horemm—. Está celoso. Tenía sus
propios
planes para Noys, pero ella me escogió a mí. ¡A mí! Está
intentando
decirme que ella. .., que actuó como lo hizo porque quería
vivir
para siempre y yo le digo que no. No fue así, y sus mentiras no
conseguirán
estropearlo y usted no podrá ocultarla. Existe, y yo iré
ahi
fuera... y...
Las
palabras parecieron desvanecerse en los oídos de Horemm,
aunque
estaba gritando con toda la potencia de que sus pulmones
eran
capaces. La niebla roja que flotaba ante sus ojos se hizo más
oscura
y empezó a girar. Notó la presión del suelo en su mejilla
aunque,
en los primeros instantes, no fue consciente del dolor.
Luego
llegó el dolor. Sus dedos se retorcían en el suelo como
intentando
aferrarlo. La odiada voz de Finge sonaba en sus oídos,
pero
las palabras no iban dirigidas a él. Finge estaba hablando por un
comuno.
Horemm era capaz de entender eso, incluso en su actual
estado
de impotencia.
Horemm
oyó lo que dijo sin tener fuerzas suficientes para levan-
tarse
del suelo y estrangularle.
Finge
estaba diciendo:
—. .
. ni la más ligera idea de que pudiese tener tal efecto. Sí, era la
elección
lógica, casi la única. Inhibido, tímido, poco atractivo. El
hecho
de que la muchacha deliberadamente. . . Ella lo hizo. Fue inequí-
vocamente
deliberado. Su informe lo dejó muy claro. Le indico que
vea
las adiciones. . . Sí, hospitalización y rehabilitación, ciertamente. A
su
manera, es uno de nuestros mejores hombres. No querría perderle.
¡Hospitalización
y rehabilitación! Llevó meses de fisiotiempo
pero
cuando terminó cualquiera que hubiese conocido a Horemm ha-
bría
jurado que volvía a ser el mismo.
Y
podría haberlo sido, excepto por el hecho de que ahora existía
algo
que no había existido antes. ¡Noys!
¿De
qué servia decir que no existía? Existía en su mente. Y en
tanto
que él viviese existiría siempre en su mente, y no habría nin-
guna
otra mujer.
Nunca
se apartó de esa decisión.
A
duras penas, sacó del fondo de su alma la fuerza suficiente para
que
la eficiencia en su trabajo fuese aún más firme e impersonal de lo
que
había sido antes. Trepó a través de los varios niveles de la clasifi-
cación
de observador hasta la de técnico.
Atrajo
la atención nada menos que del jefe programador Twissell
y, a
petición del propio Twissell, le fue asignado como técnico pew-
nal.
En los últimos tres años él, pewnalmente, había cambiado de
lugar
objetos, había apagado luces, manipulado interruptores, se ha-
bía
apoderado de comunicaciones personales y había llevado a cabo
ciento
una cosas sin importancia, cada una de las cuales había aca-
rreado
la no-existencia de muchúsimas pewnas y objetos y la nueva
existencia
de muchísimos otros.
Pero
ya no le importaba lo que dejaba de existir en la realidad y,
de
todas las cosas que en ella aparecían, ninguna era Noys. En el
primer
año posterior a la catástrofe, de algún modo había logrado
engañarse
a sí mismo con la esperarlza de que en algún lugar del
tiempo,
a medida que se sucedían los cambios cuánticos, Noys Lam-
bent
sería nuevamente recreada. Pero un conocimiento más pro-
fundo
le decía que no y, a medida que pasaba el fisiotiempo, tuvo que
admitir
ese no. Del infinito número de realidades posibles, la oportu-
nidad
de que fuese escogida una con Noys dentro de ella era una
entre
un número infinito, o (dicho sin rodeos, de un modo horrible)
cero.
Y
entonces, cuando el peso de la futilidad podna haber hecho que
todo
se derrumbase, le llegó una nueva meta vital. De inmediato no
se
dio cuenta de cuál era. La idea fue creciendo lentamente pero,
gracias
a ella, Horemm pudo soportar la vida, el trabajo y al ejecutor
Twissell.
Aguantó todas las nimiedades triviales del jefe programa-
dor.
Toleró todas las estupideces a las que parecía autorizarle la
calidad
de genio. Por encima de todo, aguantó los humeantes cilin-
dros
de papel y hierba que se consun~ian en sus manos..., un vicio del
que
nunca había oído hablar, y menos aún experimentado, en todos
sus
años de vida. Respiró el humo pestilente, atragantándose y aho-
gándose
con él, y jamás tuvo una palabra o una mirada de queja (y,
muy
raramente, sólo un pensamiento). Todo en bien del gran pro-
yecto
de Twissell.
Hoy,
ese mismo día, mientras volvía de su misión en el 2456, ese
proyecto
iba a dar fruto.
Hoy
iba a suceder, con la llegada del joven Brinsley Sheridan
Cooper,
a quien el mismo Horemm había ido rastreando esforzada-
mente
entre los incontables quintillones de posibilidades con un ar-
dor
y una vocación que trascendían el simple deber.
Cooper
permaneció callado en el viaje de vuelta del 2781. Sentía
cierta
incomodidad ffsica. Ese espaciopuerto había estado repleto de
11.
~'uenlo~ paralelo~
gente.
Después, estaba vaáo. Eso no significaba necesariamente que
hubiesen
dejado de existir. Estaban en otro lugar, con vidas y recuer-
dos
distintos; y si algunos nunca habían existido, había otros que
acababan
de surgir a la existencia.
Todo
era para mejorar, se dijo, para mejorar.
La
cabina giró descendiendo por los cuandos, deslizándose a tra-
vés
de los siglos.
Cuando
la cabina se detuvo y estuvieron de vuelta en el 575, el
viejo
ejecutor frunció el ceño convirtiendo su frente en una sucesión
de
arrugas horizontales y preguntó:
—¿No
se encuentra bien, jovencito?
—Estoy
bien, señor—logró decir Cooper, aunque su tono resultó
muy
poco convincente.
—Venga
a mi oficina, por aquí—dijo Twissell.
Pasaron
junto a grupos que se apartaban para dejarles paso. Sus
saludos
formaban un continuo murmullo, pero Twissell no respondió
a
ninguno. Cooper, incómodo, mantuvo los ojos clavados en el suelo
y se
apresuró en pos de los talones del gran hombre.
Agradeció
el que entrasen en una habitación y una puerta se
cerrase
a sus espaldas. Límpidas porcelanas formaban un recinto
antiséptico.
Un muro de la oficina estaba atiborrado, del suelo hasta
el
techo, con las pequeñas unidades de computación que, juntas,
formaban
el mayor Computaplex operado privadamente en toda la
eternidad,
y, realmente, uno de los mayores de toda ella. El muro de
enfrente
estaba lleno de películas de consulta. Entre los dos, lo que
quedaba
de la habitación era casi un pasillo interrumpido por un
escritorio,
dos sillas, equipo de proyección y grabación y un objeto
extraño
para el que Cooper fue incapaz de imaginar uso alguno hasta
que
vio cómo Twissell arrojaba en su interior los malolientes restos
de
un cigarrillo.
El
cigarrillo se desvaneció sin un solo ruido y Twissell, con sus
habituales
maneras de prestidigitador, ya estaba sosteniendo otro
entre
los dedos.
Cooper
se preguntó cómo sería el que, algún día, su propio tra-
bajo
fuese usado como la base para un cambio cuántico- si algún día
llegaría
a decir: “¡Aquí y ahora! ¡Cambio!”. ¿Podn'a soportarlo?
Su
instructor, Manfield, les había advertido una vez:
—Ningún
hombre—dijo—, puede controlar las vidas de toda la
humanidad
y no sentir culpabilidad. Por esa razón hasta los más
grandes
programadores tienen buen cuidado de someter las más sen-
cillas
extrapolaciones analógicas a los análisis de la máquina. La má-
quina
debe cargar con toda la culpa y todas las responsabiiidades. E
mcluso
entonces...
Manfield
pareció ensimismarse y no llegó a completar la frase.
Otra
vez, en una de las sesiones informales que celebraba regular-
mente
después de comer con sus cinco muchachos, Manfield dijo:
—¿Por
qué deben ser tan radicales los cambios en la reaiidad, eh?
¿Por
qué no alteraciones ultradeiicadas que cambiasen una vida aquí,
otra
allá, y no más? ¿Por qué deben arrancarse siglos enteros de sus
cimientos?
Su
rostro plácido y triste se enrojeció y llegó a parecerse extraña-
mente
al de un hombre apasionado, cosa que no era.
—Piensen
en ello, caballeros—dijo—. Algún día recitarán fór-
mulas
para explicarlo, pero ¿será eso suficiente? Cuando diez genera-
ciones
de hombres han sido retorcidas y vueltas a modelar a instan-
cias
suyas para deshacer o volver a hacer el trabajo de media docena
de
individuos, ¿bastará con musitar piadosamente una ecuación?
"Por
lo tanto, deben entender la necesidad de todo ello. Es fácil
pensar
que cada pequeño gesto introducido en la realidad la cam-
biará,
cada paso adicional, cada mirada, cada tos, cada gesto de
asentimiento.
Esos estímulos tan diminutos deberían producir cam-
bios
igualmente minúsculos. Pero no es así.
“Caballeros,
no es así. La realidad tiene su propia estabilidad.
Empújenla
un poco y, al igual que un bote de remos en un estanque,
puede
que oscile un poco, pero no volcará. Para cambiar verdadera-
mente
la realidad hay que empujarla con la suficiente fuerza como
para
que descarrile, si me permiten utilizar estas metáforas. Al igual
que
la materia y la energía existen en forma de partículas discretas o
cuantos,
lo mismo sucede con la realidad.
“Y
los cambios cuánticos son grandes. Deben serlo. Así que,
caballeros,
jamás podrán escoger. Si van a ayudar de algún modo a la
humanidad,
deben estar preparados para interferir en miles de milh}
nes
de vidas de un golpe. La barca de re”s debe volcar, no oscilar
simplemente.
Entonces,
de pronto, y sin mirar a los estudiantes, sin aguardar a
que
le hiciesen preguntas, abandonó la habitación. Los estudiantes
comentaron
ávidamente el hecho entre ellos, pero no llegaron a nin-
guna
conclusión. Manfield era un buen profesor y eran de la opinión
de
que todos los buenos profesores tenían sus propias manías.
Manfield
volvió al cabo de media hora, sereno y un poco pálido.
La
discusión prosiguió con fría deliberación, pero se confinó estricta-
mente
a las matemáticas.
—Ah—dijo
de repente Twissel~, aquí está Horemm.
Cooper
salió de sus ensueños, se puso apresuradamente en pie y
aguardó
respetuosamente a ser presentado.
—Mi
técnico, Anders Horemm—dijo Twissel~. Este es Brins-
ley
Cooper, del 28.—Y añadió, dirigiéndose a Cooper—: El téc-
nico
Horemm arregló el cambio cuántico que acaba de presen-
ciar.
La
mano que Cooper había extendido se retiró de modo involun-
tario.
¿Este era el hombre? Sintió un escalofno al contemplar las
manos
alargadas y llenas de venas que habían llevado a cabo aquella
acción.
Con seguridad que el rostro de aquel hombre debía de ser
siempre
amargado y poco atractivo y no se trataba, sencillamente, de
que
se lo pareciese a causa de su trabajo.
l
—Venga,
muchacho, no se quede así—dijo Twissell—. No ten-
drá
usted supersticiones acerca de los cambios cuánticos, ¿verdad?
—No...
no, señor—dijo Cooper—. En absoluto. Me complace
mucho
el conocerle, señor, mucho.
Volvió
a tender su mano, esta vez ansiosamente.
El
técnico la estrechó por un instante, le miró con frialdad y dijo:
—Estoy
seguro de que le complace. No hace falta que exagere.
Cooper
sintió que acababa de recibir un desaire y pensó, con
rebeldía:
“Bueno, pues no me gusta".
Twissell
se frotó las manos, dejando que el cigarrillo le colgase de
una
comisura de la boca.
—¿Todo
listo, Horemm?
—Por
completo, ejecutor.
Twissell
estaba mirando a Cooper. Se frotaba las manos con ner-
viosismo
y tenía los ojos llenos de un deleite algo malsano, como si
estuviese
reservándose el clímax de toda una vida sólo unos instantes
mas.
—Este
joven ha estado estudiando los tiempos primitivos, Ho-
remm—le
dijo—, el extraño tiempo anterior a la eternidad. Estudió
su
inmutable realidad; el único e inalterable curso de su historia; su
locura,
sufrimiento, pobreza, enfermedades, guerra y hambre que
nadie
puede cambiar o mejorar.
Cooper
miró con sorpresa a Horemm. El labio inferior de éste
estaba
lleno de mordeduras y él temblaba.
—Ya
lo sé, ejecutor. Queda poco tiempo.
Twissell
agitó la mano con impaciencia.
—Sé
cuánto tiempo hay... Bien, jovencito, ¿tiene alguna idea
acerca
de en qué consiste todo esto?
Cooper
tenía la garganta irritada a causa del humo de los cigarri-
llos
de Twissell y notó que su corazón empezaba a acelerar el ritrno
de
sus latidos. Encontró la voz suficiente para decir, con la firmeza
preclsa:
—Creo
que sí.
En
los días en que se entretenía preveyendo una escena como
ésta,
Cooper solía imaginarse pronunciando esa frase y a Twissell
quedándose
atóríito.
Pero
no ocurrió nada de eso y Cooper sintió una cierta decepción.
Sencillamente,
a Twissell se le iluminó el rostro y dijo:
—Cuéntemelo.
Cooper,
luchando con una sensación de anticlimax, dijo:
—Me
especialicé en Historia Primitiva, como usted dice. El ins-
tructor
Manfield me separó de los demás y me dijo que actuaba si-
guiendo
órdenes. Mis estudios fueron particularmente concienzudos
respecto
al siglo 24, y en el siglo 24 vivió Harvey Mallon.
—Bien,
bien—dijo Twissell, su rostro convertido, a causa de un
mohín,
en el de un duendecillo benévolo.
Cooper
prosiguió, haciendo acopio de todo el valor que le fue
poslble.
—Era
asombroso que se supiese tan poco acerca del inventor del
viaje
temporal. En uno de mis trabajos me encontré con un artículo
suyo.
Me interesó y busqué algunos otros en mi tiempo libre. Me
pareció
que sus investigaciones sólo podían llevar a una conclusión,
aunque
usted nunca la declaró de modo explícito.
—¿Oye
eso, Horemm?—le interrumpió Twissell, deleitado.
—Lo
oigo—dijo Horemm.
—Parecía
que no había modo de evitar la conclusión de que
Harvey
Mallon no podía haber inventado de ningún modo el campo
temporal
en el siglo 24. Y nadie podría haberlo inventado. No exis-
tían
las bases matemáticas para ello. Las ecuaciones fundamentales
de
Lefebvre no existían, ni podían existir hasta las investigaciones de
Jan
Verdeer en el siglo 27.
—¿Y
si Mallon tropezó casualmente con el campo temporal sin
ser
consciente de su justificación matemática?—dijo Twissell . ¿Y
si
fue un simple descubrimiento empírico?
—Pero,
si su análisis de las especificaciones originales sobre inge-
niería
del primer campo temporal es correcto, no podía serlo. Las
ecuaciones
de Lefebvre fueron usadas de cien modos distintos. La
coincidencia
o la suerte no podían de ninguna de las maneras explicar
el
modo en que Mallon diseñó la máquina con una economía y una
racionalidad
perfectas.
—Sí.
Sí.
La
confianza de Cooper creció.
—Sólo
pudo haber un modo por el que Mallon llegase a conocer
las
ecuaciones de Lefebvre—dijo con un tono triunfante—. Se las
contó
un hombre del futuro, alguien de la eternidad... ¿Estoy en lo
cierto,
señor?
—Totalmente,
muchacho. Confiaba en que llegaría a descubrirlo
por
usted mismo sobre la base de lo que había experimentado. Si era
el
hombre adecuado, tenía que hacerlo. Era una prueba necesaria,
¿eh,
Horemm?
Horemm
miró de soslayo a Twissell y en sus ojos oscuros y medi-
tabundos
hubo un destello.
—Usted
es el ejecutor, señor. Pero, ¿qué otra razón podía haber
para
no advertirle nunca durante el entrenamiento de cuál era su
misión
final? Con seguridad que no podía haber otra razón.
—Por
supuesto que no la hay—respondió con brusquedad Twis-
sell,
irritado.
Tiró
al suelo su cigarrillo, aplastándolo con su zapato hasta
apagarlo.
Horemm
se inclinó humildemente, lo cogió con dos dedos y lo dejó
caer
en el receptáculo de las colillas. Lentamente, durante los minutos
siguientes,
se lirnpió los dedos, frotándoselos una y otra vez, sin cesar.
Cooper
se dio cuenta de ello, pero su mente no estaba interesada
en
esas cosas. Ahora que por fin se hallaba cara a cara con el final, le
invadía
una enfermiza sensación de mareo. Conocía el nombre de esa
sensación;
era el miedo.
164 1 165
—Entonces,
es cierto—dijo—; he de ser yo quien vaya al 24. . .
—Ha
sido concienzudamente entrenado en la cultura de esos
siglos—dijo
Twissell . Será capaz de aclimatarse y llevar a cabo su
tarea.
—Pero,
¿y si no lo hago?—De pronto comprendió cuál era su
insoportable
responsabilidad y eso hizo que le flaqueasen las piernas,
haciéndole
derrumbarse en una silla—. Si cometo un error, si tras-
torno
la creación del campo temporal... Haré imposibles las investi-
gaciones
de Verdeer. Invalidaré toda la base del desarrollo de la
eterni.
. .
La
voz de Twissell le unterrumpió, suave y amable.
—No
puede cometer un error, hijo. No hay más que una realidad
en
los tiempos primitivos. Ya ha estado alli. Ya ha hecho su trabajo,
y ha
triunfado. Debe tener eso presente en su mente. Va a un cuando
muy
lejano para realizar un trabajo que ya está hecho... Ahora
tengo
aquí las especificaciones de ingeniería del campo temporal...
Cooper
alzó la vista. Se quedó mirando el pequeño rollo de peli-
cula
dentro de su recipiente traslúcido.
—Pero,
¿ése es el de Mallon?—dijo, aturdido.
No
podía ser otro. Había visto el objeto en el Museo de Ciencia y
Arte
Primitivo en su propia era. El recipiente traslúcido, con su mapa
grabado
de una parte de América del Norte. ..
—El
mismo de Mallon.
—Pero
no puede ser. Es el suyo. Si se lo llevo para que lo use, y si
nos
lo deja para que lo cojamos y se lo llevemos para que lo use...
—Cooper
rió débilmente—. Es un círculo. No puede ser. ¿Quién
trazó
los planos en primer lugar? ¿Dónde empieza todo? Es imposi-
—En
el tiempo no hay paradojas, hijo—dijo Twissell . Lo irá
descubriendo
poco a poco a medida que vaya envejeciendo. Yo, un
nativo
del siglo 1025, he ordenado cambios cu~nticos que pueden
haber
matado a mi abuelo cuando era un bebé, y, pese a todo, aquí
estoy.
Todas las aparentes paradojas son el resultado de un pensa-
miento
centrado en el tiempo en vez de en la eternidad. Los tiempos
existen
todos a la vez, al igual que el espacio. Son solamente nuestras
limitaciones
humanas, incluso aquí, en la eternidad, las que nos ha-
cen
persistir en concebirlo como si sucediese en instantes consecuti-
vos.
Suponga que los planos de Mallon oscilan en el tiempo de ahora
a
entonces y luego de vuelta. ¿Y qué? Un péndulo oscila en el espa-
cio.
¿Y qué?
La
mano del ejecutor se apoyaba muy suavemente en su hombro.
Cooper
alzó la mirada y el rostro lleno de arrugas que le contemplaba
estaba
borroso. El joven pestañeó, pero siguió viéndolo borroso.
—Hora
de ir al 24, hijo—dijo Twissell.
—Estoy
listo—dijo Cooper. Y, con una débil sonrisa, añadió—:
Tengo
que estarlo. Ya he ido alli.
Cooper
aprendió mucho en dos horas.
Aprendió
algo acerca de las herramientas de la eternidad. Apren-
dió
que además de las cabinas que se movían dentro de la eternidad,
había
algo más que podía ser propulsado fuera de ella. Pareáa una
cabina,
pero llevaba unido a ella un complejo mecanismo cuyas ba-
rras
pareáan capaces de manipular la transferencia de energía a rit-
mos
que Cooper ni tan siquiera intentó imaginar.
Horemm
se inclinó sobre las entrañas del mecanismo, compro-
bando,
haciendo ajustes..., todo ello sin mover ni uno solo de los
músculos
de su cara.
Cooper
aprendió mucho sobre su misión. Twissell hablaba rápi-
damente
y no siempre de un modo coherente. Con todo, invariable-
mente,
sus palabras volvían a las películas que sostenía.
—Se
hallará en un punto protegido y aislado en el año que ha sido
calculado
como óptimo. Con usted enviaremos alimentos, agua y me-
dios
para cobijarse y defenderse. Las películas carecerán de signifi-
cado
para nadie excepto para usted. Se le darán instrucciones más
detalladas.
Cuando llegue el momento de volver. ..
—¿Cuánto
tardará, señor?—preguntó Cooper.
Twissell
vaciló.
—No
estoy seguro. Dos años. Veinte años. Dos días.—Su tono
se
hizo algo más seco—. Jovencito, le digo que no lo sé. Cuando haya
terminado;
cuando regrese a las coordenadas a las que llegó..., como
parte
de su equipo tendrá un localizador Barr de punto fijo..., enton-
ces,
se activará esta cabina.
Su
vieja y cansada voz de anciano siguió hablando y hablando.
Horemm
se enderezó, puso la diestra sobre uno de los diales de por-
celana
y esperó.
El
tono de Twissell se hizo cada vez más apremiante.
—No
podemos intentar falsificar su medio de cambio o ninguno
de
sus valores negociables. Le proveeremos de oro en forma de
pequeñas
pepitas...
Cooper,
cada vez más aturdido, pensó: “¿Por qué no me lo dije-
ron
antes? No puedo hacerlo. No lo haré...”.
Cooper
descubrió algo sobre él mismo. Descubrió que imaginar
alguna
gran hazaña, romántica y peligrosa, no tenía nada que ver con
encontrársela
en el regazo, mirándote fijamente. Descubrió que no
era
tan viejo como pensaba, y que no era tan valiente como había
creído,
y que tampoco era tan devotamente idealista.
Y
descubrió también que, pese a todo, se las arreglaría para
hacerlo.
Twissell
le estaba previniendo sobre el dar inforrnación que no
debía
dar y sobre la información que debía dar y, luego, contradicién-
dose
para afirmar que no podía hacer nada mal, ya que los tiempos
primitivos
no podían variar y que ya lo había hecho todo bien.
En
esos momentos Cooper apenas si le escuchaba. Se hallaba en
la
cabina, fijándose, con un leve interés, en la economía del espacio y
el
modo en que, pese a todo, se había logrado colocar las provisiones.
—¿Está
listo?—preguntó finalmente Twissell, inmóvil delante de
Cooper,
las piernas separadas, el cigarrillo por una vez inmóvil entre
sus
dedos manchados, el humo alzándose en lentos remolinos.
Cooper,
de pronto, pensó, muy sorprendido, que él estaba mu-
cho
más asustado.
De
un modo extraño, eso le dio valor. Recobró el ánimo y con-
testó:
—Estoy
listo.
Lo
último que vio, antes de que una extrarla y borrosa neblina gris
se
cerrase momentáneamente sobre sus ojos, fue la mano izquierda
de
Horemm bajando un interruptor hasta la posición de contacto, en
tanto
que los dedos de su mano derecha, que el técnico ni tan siquiera
miraba,
hacían girar bruscamente el dial de porcelana hasta el má-
xlmo.
El
jefe programador Twissell veía que le temblaban las manos y
eso
le molestaba. El muchacho se había ido. Todo estaba hecho. La
manipulación
había sido perfecta. Se había acabado.
Cuando
se llevó la mano a la frente, entonces, ¿por qué la tenía
pegajosa
y llena de sudor? ¿Acaso era un programador novato, lleno
de
inquietud ante su primer cambio cuántico. o era Twissell? Se
había
acabado, maldita sea, acabado.
Lo
dijo en voz alta, irritado.
—Se
acabó.
—Sí,
programador Twissell—dijo Horemm.
Twissell
se sobresaltó.
—¿Qué?
Por
lo que fuese, jamás había esperado que Horemm le contestase
excepto
ante una pregunta directa. Cuando hablaba, Twissell siempre
tenía
la sensación momentánea de que una extensión de su propio ser
un
brazo, una pierna, habían sido repentinamente dotados (como ei
asno
de Balaam en el viejo mito), con el milagroso don del habla.
Pero
Horemm no se limitaba a hablar. Estaba sonriendo.
Durante
todo el tiempo que hacía que lo conocía, Twissell jamás
había
visto sonreír a Horemm. Se quedó mirando sorprendido la
boca
abierta y los dientes súbitamente puestos al descubierto que
parecían
remedar una sonrisa sin el menor atisbo de la emoción que
podía
esperarse de ella. Percibió la malsana alegría que brillaba en los
oJos
del técnico.
Y,
con aspereza (pues se encontraba muy cansado), dijo:
—¿Qué
le sucede, Horemm?
—Se
acabó—dijo Horemm—. Todo se acabó. Me siento feliz.
—Bien.
Yo también me siento feliz. Y ahora, por favor, deje de
mirarme
así. Tómese unos días de reposo. Se los ha ganado.
—Más
de lo que usted se imagina, ejecutor—dijo Horemm, que
seguía
sonriendo.
168
Twissell
aspiró ferozmente el humo de su cigarrillo, consumién-
dolo
hasta quemarse casi la punta de los dedos antes de tirarlo. Dejó
que
el humo llegase hasta lo más hondo de sus pulmones y lo expelió
con
fuerza por los labios.
—¿Qué
es lo que ignoro, Horemm?
Se
estaba enfadando, pues no se encontraba de humor para con-
versaciones
estúpidas.
—Bueno,
el que todo ha terminado. Esto. Usted. Yo. ¡Toda la
eternidad
!
—En
el nombre del tiempo, ¿de qué está usted hablando? ¿Sabe
de
qué está hablando?
—¡Lo
sé!
Horemm
se acercó a él.
Twissell
se apresuró a retroceder. Con una repentina y aguda
incomodidad,
se acordó de algo que normalmente no tenía presente.
Aquel
hombre tenía un historial de problemas mentales. Twissell lo
sabía
cuando requirió que se le asignase a Horemm como técnico
personal
pero, naturalmente, la eficacia de Horemm y su fanática
devoción
a los ideales de la eternidad debían basarse en una neurosis
semejante.
Horemm necesitaba para sus propósitos personales una
personalidad
tan rígidamente constreñida. Y, ciertamente, en sus
años
con Twissell, Horemm se había portado siempre del modo más
satisfactorio
posible. Era bastante raro (y, se preguntó Twissell,
¿quién
no era raro?), y nadie pensaría de él que fuese una persona
encantadora,
pero seguía siendo cierto que sin su absoluta lealtad era
muy
dudoso que el proyecto hubiese podido llegar a buen fin.
Pero
ahora Twissell era incapaz de reconocer a este Horemm,
cada
vez acercándose más a él y alargando una delgada mano como
ansioso
por tocar la came de Twissell, como para asegurarse de que
Twissell
se encontraba realmente ahí, de que no se trataba de un
sueño.
Sólo
de ese modo podía explicarse Twissell la expresión de Ho-
remm.
Aquel hombre era tan feliz que a duras penas si podía creer en
que
su propia felicidad fuese real. ¿Se trataba acaso de la liberación
final
de una personalidad durante demasiado tiempo constreñida en
un
largo proyecto?
—Horemm,
ha trabajado demasiado—dijo Twissell.
Pero
Horemm se limitó a negar con la cabeza.
—Quiero
que lo entienda, ejecutor. La eternidad se ha terminado.
Se
acabó. ¿Piensa que la eternidad no puede tener fin? ¿Que es
realmente
eterna? Piénselo de nuevo. Puede que la eternidad carezca
de
final en el tiempo, pero quizá tenga uno en la realidad. Lo ve, ¿no es
cierto?
Usted es un programador. Usted es muy inteligente.
Twissell
estaba empezando a entenderlo. Todo su cuerpo se es-
tremeció.
—¡
Horemm !—gritó .
Aunque
la sonrisa de Horemm se esfumó, el feroz brillo de ale-
gría
en sus ojos siguió presente.
i
l
i
—Sí,
Horemm. Nada más que un observador y un técnico. Al-
guien
con el que Finge pudiese experimentar. Un millar de realidades
han
pasado desde que ernpezó la eternidad. ¿Puede recordar todas
las
realidades que usted ha hecho cambiar, ejecutor? Yo puedo re-
cordar
una. Cambió el 482 hace diez fisioaños. Usted firmó el análiisis
de
Finge. Aprendí mucho sobre ese cambio cuántico después, pero
me
pregunto si lo recuerda usted. Finge murió. Maldito sea, murió
demasiado
pronto. Pero usted vive. Usted debe recordar.
Twissell
interrumpió el jadeante torrente de palabras de su in-
terlocutor.
—¿Cómo
puedo. . . ?
Lo
que faltaba de la frase nunca llegó a nacer.
—¿Cómo
puede recordar?—gritó Horemm—. Hubo tantos cam-
bios
que mil millones de vidas más o menos son algo demasiado
minúsculo
para que su mente se tome la molestia de recordarlo.
¿Qué
son las generaciones del hombre para un ejecutor que puede
borrarlas
de la existencia con un simple soplido? ¡Hagan esto! ¡Ya
está!
Nada en la Tierra perdura sin cambios... ¿Quién le dio el dere-
cho?
¿Quién le dio el derecho?
El
técnico alzó los puños al aire.
Twissell
se acercó a la puerta y Horemm bajó los brazos, movién-
dose
rápidamente para impedirle la retirada.
—Tendrá
que escucharrne, ejecutor. Yo le escuché durante cinco
años
y con toda seguridad usted puede concederme cinco minutos.
¿Se
le ocurrió alguna vez que una víctima de sus manejos podría
algún
día desear cobrarse su deuda?
—¿Qué
ha hecho?—preguntó Twissell, la voz convertida en un
graznido.
—He
cambiado la realidad yo solo—dijo Horemm—. Y no sola-
mente
para los pobres seres que viven en el tiempo. La he cambiado
incluso
para nosotros. Piénselo. Debe comprenderlo. Viva con esa
idea.
Pronto, mañana, el año próximo, puede que dentro de un mi-
nuto,
la eternidad llegará a su fin.
—Es
imposible—susurró Twissel1.
—Es
posible. ¡Es cierto!—gritó Horemm—. Mandó a ese mucha-
cho
al 24 para que inspirase el invento que condujo a la eternidad.
¿Qué
sucedería si la inspiración para ese invento no llegase? ¿Existi-
ría
alguna eternidad? El muchacho preguntó de dónde procedían los
planos
del campo temporal. Usted dijo que oscilaban en el tiempo
como
un péndulo lo hacía en el espacio. ¿Y si alguien cortase la
cuerda
del péndulo, eh? ¿Qué ocurrina si alguien interfiriese con las
oscilaciones
temporales de esos preciosos planos?
—¿Qué
ha hecho?—preguntó nuevamente Twissell.
—Creo
que puede imaginarlo. En el mismo instante en que cerra-
ba
el interruptor que enviaba a Cooper atrás en el tiempo, hice girar
el
crono-control. No fue enviado al 24, sino a un tiempo anterior.
Unos
siglos antes. El año en concreto no lo sé. Ni tan siquiera el
siglo.
No miré los controles al hacerlos girar, y volví a hacerlos girar
170
antes
de soltarlos. Y eso hizo saltar el mecanismo retroalimentador
automático
de la cabina al mismo punto en el tiempo que habría
tenido
lugar si y cuando Cooper intentase retroactivarla para un viaje
de
regreso.
“Está
perdido, ejecutor; perdido para siempre en la era primitiva.
Ya
la textura de la realidad debe tensarse a cada instante que Cooper
permanece
en un siglo que no es el suyo. Más pronto o más tarde, los
cambios
que está introduciendo en él llegarán al nivel cuantico. Us-
ted
y yo sabemos acerca de los cambios cuánticos, ¿verdad, computa-
dor?
Y toda la realidad perderá sus cimientos. Sólo que éste no será
como
los cambios cuánticos que hasta ahora ha ido usted introdu-
ciendo
en ella. Esta vez todo se verá envuelto, la eternidad incluida,
porque
el cambio cuántico implicará la no-invención del campo tem-
poral.
Y entonces, al fin, estaré en paz con usted y con Finge, y yo
viviré
de nuevo en la realidad sin cambios, y volveré a encontrar a
Noys.
. .
Tendió
los brazos y luego se dejó caer al suelo riendo agónica e
interminablemente,
una ronca carcajada que siguió y siguió en tanto
que
sus hombros temblaban convulsivamente.
Twissell
se le quedó mirando durante un instante, paralizado por
el
horror. La risa de Horemm se fue quebrando hasta detenerse. Se
quedó
tendido, inmóvil.
Twissell
salió corriendo del laboratorio y su aguda voz estuvo a
punto
de quebrarse mientras gritaba:
—Que
alguien busque al instructor Manfield del 28 en el comuno.
¡Manfield,
del 28! ¡Y una ambulancia! ¡Maldita sea, muévanse!
¡Manfield!
¡Instructordel28! ¡Búsquenle!
8
Genro
Manfield se había descrito una vez como un “pacifista”
ante
nada menos que un grupo como el Comité de Personal del Gran
Consejo
Pantemporal. Había permanecido en pie ante ellos, unos
nueve
fisioaños antes, caminando con un paso nervioso y algo pare-
cido
al de un oso, sus anchos hombros encorvados, sus cabellos more-
nos
despeinados como de costumbre y su macizo rostro marcado con
tozudas
arrugas de incomodidad.
—Estamos
librando una guerra en la eternidad—había dicho,
mientras
explicaba y defendía la petición que había presentado hacía
un
mes al comité—. No estoy exactamente seguro de contra qué la
estamos
librando. Supongo que contra la realidad, o contra los puli-
dos
y maquinales conceptos que tenemos sobre lo que constituye la
miseria
humana. Creemos que nuestros fines son buenos, pero sé que
nuestros
medios son implacables.
“En
tanto que programador, he sido oficial en esa guerra; por b
que
he hecho hasta el momento, creo que me corresponde el grado
de
coronel.
(Hablaba
con lentitud y sus palabras parecían aún más lentas al
rumiar
su mente la arcaica metáfora que había utilizado, moviéndose
luego
por etapas de un modo automático y carente de esfuerzo hasta
los
inicios de una consideración de la Historia Primitiva, cuyo estudio
era
su diversión y su vía de escape.)
Volvió
en sí con un esfuerzo visible, pasándose una vez más la
mano
por el pelo.
—Por
temperamento, ese papel no es adecuado para mí. Si lo que
estamos
librando es una guerra, no puedo seguir participando en ella.
No
sirve de nada que me diga a mí mismo que se trata de una guerra
justa
y que debe ser librada. Soy un pacifista y no puedo combatir.
El
presidente del comité le preguntó qué pretendía hacer. Con
toda
seguridad debía saber que abandonar la eternidad y volver a su
tiempo
original era imposible. Otorgarle una pensión a los cuarenta
fisioaños
de edad significaría sentar un precedente peligroso. ¿De-
seaba
acaso retirar su petición y pedir un período de hospitalización y
rehabilitación?
Las
objeciones de Manfield fueron violentas. Sabía muy bien que
un
programador de su categoría no tenía que sujetarse a un programa
tal
sin, primero, su propio consentimiento o, segundo, un peligro
claro
y actual de psicosis. Lo segundo era siempre difícil de probar, y
lo
primero no iban a conseguirlo nunca.
Señaló
con un gesto su petición y dijo:
—No
estoy pidiendo el retiro completo- meramente el relevo de
la
línea del frente. Una misión en el siglo 28 me permitiría proseguir
en
paz mis investigaciones y me colocaría en un sector tranquilo
donde
los asaltos de la realidad no son ni frecuentes ni serios.
No
podía resignarse a abandonar su propia metáfora.
El
presidente del comité le interrogó acerca de si se daba cuenta
del
valor que tenía el entrenamiento de un programador y sus conoci-
mientos;
si era consciente de la pérdida que sufriría la eternidad si él
se
retiraba voluntariamente de la categon'a de programador; si había
pensado
en las dificultades que implicaba hallar a alguien que lo re-
emplazase.
—En
mi estado actual no soy de ninguna utilidad como programa-
dor—dijo
Manfield—. Con todo, estaría dispuesto a ser instructor.
Con
toda seguridad, los instructores deben ser tan valiosos para la
eternidad
como cualquier otra categoría, y uno tan competente como
yo
sería diffcil de encontrar.
Es
dudoso que el comité hubiese llegado a aprobar ni tan siquiera
dicho
compromiso de no ser porque Laban Twissell, que en esos mo-
mentos
se hallaba en el comité y que hasta entonces se había limitado
a
fumar y permanecer en silencio, no hubiese expresado repentina-
mente
su acuerdo de un modo francamente explícito.
Al
día siguiente, durante una entrevista con Twissell, Manfield.
con
~a notificación oficial de su categoría y su misión en el bolsillo,
hizo
todo lo que pudo para darle las gracias.
Twissell
le quitó importancia al asunto. Los gestos de su mano,
veloces
y semejantes a los de un pájaro, su ancha y despejada frente y
sus
ojos, inteligentes y vivaces, le eran tan familiares a Manfield
como
se lo eran ya a todos los programadores de la eternidad.
—Tengo
el germen de una idea—dijo Twissel~; una gran idea;
puede
que una idea ridícula. No le hablaré de ella. Pero me gustaría
que
hubiese alguien sólido y de confianza como usted en los lejanos
cuandos
de abajo. Y, además, que fuese un instructor. Puede que no
llegue
a nada pero, con todo...
Manfield
no intentó comprender del todo tales observaciones.
Sólo
tenía ganas de marcharse. Su cabina cronomóvil le estaba espe-
rando
y quería alejarse todo lo posible a los inicios de la eternidad.
Quizá
dentro de esa quietud le fuese posible olvidar su propio y
enorme
crimen.
Estaba
en la cabina, con Twissell estrechándole la mano por úl-
tima
vez y diciendo:
—Se
acordará, ¿verdad?, si alguna vez le necesito...
—Me
acordaré—musitó, con apenas un matiz de impaciencia—.
Siempre
le estaré agradecido, ejecutor.
Pero
lo olvidó.
No
del todo, naturalmente. A medida que transcurrían los fisioa-
ños
no olvidó que en tiempos había sido un programador. No olvidó
una
noche horrible, una petición que había cursado a la mañana
si~uiente.
Ni tan siquiera olvidó que Twissell le había ayudado.
Sin
embargo, olvidó las vagas insinuaciones de Twissell acerca de
que
el apoyo que le había prestado no estaba motivado por la simpa-
tía
sino por unas previsiones totalmente prácticas. Olvidó—o, mejor
dicho,
nunca volvió a pensar en ello—, que se había colocado en una
situación
de deuda con Twissell.
Incluso
cuando Twissell le mandó la petición de que aceptase en
su
clase a Brinsley Sheridan Cooper, pidiéndole además que el no-
vato
se especializase en Historia Primitiva, en su mente no se remo-
vió
ningún recuerdo. No se le ocurrió a Manfield que aquello era
parte
de lo que Twissell ya tenía en mente cuando le ayudó a colo-
carse
como instructor en el 28.
Manfield
era un reconocido experto en Historia Primitiva, y no
consideró
extraño que le enviasen a un estudiante para que lo entre-
nase
en dicha disciplina.
Cuando
Cooper se marchó con destino al 575 y, apenas unas doce
horas
después llegó la llamada de Twissell, se dirigió tranquilamente
al
comuno.
Llegó
incluso a protestar, considerablemente agitado, cuando Twis-
sell
le pidió por primera vez que tomase inmediatamente una cabina para
el
575. El no era un programador, explicó indignado. Preferina no...
—iPor
el gran Cronos, hombre!—había exclamado roncamente
Twissell—,
aún seguiría de programador si no hubiese sido por mí.
Ahora
le necesito.
Y
entonces Manfield se acordó.
—Estaré
ahí—dijo apagadamente.
Manfield
tardó más de quince minutos en tener una vaga idea de
lo
que iba mal. Al principio le pareció que Twissell tan sólo se es-
taba
lamentando por la pérdida de un técnico mentalmente inesta-
ble
(Manfield había oído hablar de Horemm, el llamado “príncipe
de
los técnicos”).
O
quizá tardase en comprender a causa de que no se encontraba a
gusto
en aquel ambiente. En todos los años transcurridos desde que
había
tomado la cabina cronomóvil en dirección del abajo cuando,
hacia
el 28, no había vuelto a un cuando más elevado que el periódico
viaje
de estudios al 48. Y ahora, estaba aquí, sumergido en el milenio
sesenta
de la eternidad, contemplando al hombre que resumía en su
persona
el papel vital que a él le parecía más repulsivo y aborrecible.
A
menos de cinco siglos..., cinco siglos...
Con
un esfuerzo, arrancó de su mente el pozo de recuerdos en el
que
siempre estaba dispuesto a sumergirse y trató de concentrarse en
lo
que Twissell estaba diciendo.
La
voz del viejo ejecutor se fue haciendo más fría y firme y el
auténtico
significado de lo que estaba diciendo empezó a penetrar en
su
conciencia. Los ojos de Manfield se entrecerraron y su ansiedad
por
volver al útero que se había ido construyendo en el 28 disminuyó
a
medida que escuchaba.
—Ejecutor—dijo
finalmente—, ¿estuvo de acuerdo el Gran
Consejo
Pantemporal en permitir que se mandase una cabina al ini-
cio
de. . .?
Twissell
dio una palmada, irritado.
—¿Qué
tiene eso que ver con todo el asunto? Esa cabina la
construimos
Horemm y yo para cumplir cierto propósito. Por desgra-
cia,
el propósito de Horemm no era el mío. ¿Quiere dejar de poner
esa
cara, Manfield? La teoría de penetrar en el pasado de la eterni-
dad
es de sobra conocida. Por razones obvias, se trata de materia
restringida
pero, de todos modos, logré arreglármelas... Muy bien,
no
informé al Gran Consejo Pantemporal. ¿Qué significado tiene eso
ahora?
—Entonces,
yo debería informar acerca de usted—dijo Man-
field.
—¿Y
de qué servin'a eso ahora? ¿Entiende usted lo que estoy
diciendo?
Estamos enfrentándonos con el fin de la eternidad.
Sí,
la idea estaba empezando a quedar muy clara para Manfield.
¿El
fin de la eternidad? Una idea extraña; casi agradable. ¿Acaso él,
y
todos los eternos, iban a sufrir el destino que tan fn'amente le
habían
infligido a tantos otros? De pronto, se preguntó: “¿Duele un
cambio
de la realidad? ¿Cambian los recuerdos de un modo limpio y
rápido?
¿No queda nada? ¿No quedaría en ninguna mente el fan
tasma
de una eternidad desvanecida?”.
Sonrió
levemente. Era como si, finalmente, le estuviesen ofre-
ciendo
una expiación por su crimen, y sonrió.
—No
se quede ahú sentado sonriendo, Manfield—exclamó Twis-
sell,
casi a gritos—. ¿No entiende lo que estoy diciendo?
174
—Lo
entiendo, pero...
—Pero
está atónito porque yo haya dejado de lado al Gran Con-
sejo.
¿Se trata de eso? Oiga, Manfield—dijo con violencia—, tenía
que
trabajar sin ellos. Era mi idea, totalmente mía. No podía esperar
sus
confabulaciones y sus retrasos. Aun así, tardé diez fisioaños.
Ahora
tengo sesenta y cinco. Puede que a Cooper le hagan falta diez
años,
incluso quince, para completar su misión. Quiero estar vivo
cuando
regrese. Quiero ser capaz de decir que yo hice posible a
Harvey
Mallon. Yo, y sólo yo, fui el auténtico originador de la eterni-
dad.
Quiero decirlo; quiero que los eternos lo sepan. Entonces, po-
dré
morir.
Pese
a toda su ardiente energía, la auténtica edad del cuerpo de
Twissell
no podía ser ignorada. Le temblaban las manos y sus pálidos
y
resecos labios se estremecían. Manfield, sobresaltado, pensó: “Es
viejo;
viejo”.
De
algún modo, logró sentir compasión y, sin esperar una res-
puesta
razonable, dijo:
—¿Qué
quiere de mí?
—Conoce
a Cooper y conoce los tiempos primitivos. Encuéntre-
melo.
Manfield
meneó la cabeza.
—¿Cómo
puedo hacerlo? ¿Dónde he de buscar? ¿Cómo he de
busc~r?...
Mire, ejecutor, ¿por qué no arregla el asunto mandan-
do a
alguien más de vuelta al 24? Con seguridad, debe haber co-
pias
del plano de Mallon para el campo temporal. Mientras tanto,
cuando
Cooper se dé cuenta de que está en un siglo equivocado y de
que
no puede volver, tendrá lo bastante de programador y de eterno
para
comprender los peligros de un cambio cuántico y evitar. . .
Twissell
se enfureció.
—Es
usted un tonto, un idiota. El muchacho podría causar un
cambio
cuántico involuntariamente, sin ser consciente de ello. Ade-
más,
es imposible mandar a nadie más.
—¿Por
qué?
Twissell
miró a Manfield con ojos torturados.
—Porque
Cooper no es un mensajero para Mallon. Él es Mallon.
—¡Qué!
—Brinsley
Sheridan Cooper es Harvey Mallon, el inventor del
campo
temporal y el padre de la eternidad.
—Pero
eso es imposible.
—¿Eso
piensa? Eso es lo que usted piensa. Su campo de especiali-
zación
es la Historia Primitiva, y piensa de ese modo. ¿Por qué no
llegó
a establecerse jamás la fecha de nacimiento de Mallon? ¿No
podía
ser acaso porque no hubiese nacido en el 24? ¿Por qué nadie
conoce
la fecha exacta de su muerte; por qué no existen registros?
¿No
podría suceder que, habiendo completado su obra, volviese a la
eternidad?
Y no me hable de paradojas.
Manfield
sacudió la cabeza.
—No
soy un ni~o. No hablo de paradojas. ¿Le contó eso a Cooper?
—Tenía
que contarle algo así, sí. Pero le conté lo menos que pude
hasta
el último instante. Para obtener unos resultados óptimos era
necesario
que mantuviese sus ideas sobre el asunto lo más fluidas
posible.
La historia en los tiempos primitivos está fijada; no hay más
que
una realidad, así que debía seguirla libremente. Si se lo hubiese
contado,
si hubiese llegado al 24 con todo un conjunto de ideas ya
fijadas,
quizá no fuese capaz de adaptarse con la rapidez necesaria.
“El
plan era hacer que buscase a Mallon y no le encontrase. No
tardaría
en sentir pánico y, en su desesperación, se establecería él
mismo
como Mallon, revelaría los planos del campo y cerraría el
círculo.
Debía suceder de ese modo. Casi podemos deducirlo de la
historia.
Usted conoce los registros... Mallon exhibió su máquina con
la
mayor reluctancia y publicó sus documentos solamente después de
dos
años de retrasos. Solíamos llamarlo la humildad del auténtico
genio,
pero no lo era. Era Cooper preguntándose qué debía hacer.
—Si
la realidad primitiva está fijada—dijo Manfield—, esto debe
ser
parte de ella. Puede que Mallon no sea Cooper, sino su tatara-
nieto.
Puede que Cooper transmitiese los planos. ..
—No.
No. ¡No! El plan fue mal dentro de la eternidad. Horemm
no
se hallaba en los tiempos primitivos cuando desvió los controles.
Estaba
aquí, en la eternidad, y aquí la realidad puede ser fluida.
Cooper
se halla donde no debía estar. Eso es definitivo. Y en cual-
quier
instante, en cualquier fisiotiempo, puede producirse un camhio
cuántico
y todo habrá acabado.
Manfield
le contestó con lentitud, pensativo.
—Y
de ser así, ¿no podría ser eso algo bueno, algo deseable?
—¡No
puede hablar en serio!—dijo Twissell.
—¿No?
Toda la noción de la eternidad está basada en la asunción
de
que los hombres, los hombres corrientes, pueden tener a su cargo
las
vidas y la realidad de toda la humanidad.
—No
se trata de los hombres. No hacemos sino atender a las
máquinas
de computación—dijo Twissell trabajosamente.
—¿Es
cierto eso? ¿Fue acaso una máquina de computación la que
siguió
un proyecto durante diez anos sin el permiso, el conocimiento
o la
cooperación del Gran Consejo Pantemporal? ¿Fue una máquina
de
computación la que desvió los controles de una cabina cronomóvil
sabiendo
que ello destruiría a la eternidad? Si hombres como usted y
Horemm
no son de fiar, ejecutor, ¿qué eterno es digno de confianza?
Y si
no se puede confiar en ningún eterno, ¿de qué sirve la eternidad?
—Manfield,
Manfield, no tenemos tiempo para filosofías baratas.
Hay
miles de eternos que han consagrado sus vidas a la eternidad sin
desviarse
de sus ideales. Usted, por ejemplo. Usted mismo.
Manfield
meneó la cabeza y dijo:
—Yo
no. Soy tan criminal como pueda serlo cualquiera en la eter-
nidad.
Los
ojos de Twissell se clavaron en él, fijos y brillantes.
—¿De
qué modo? ¡Dígamelo! Pero rápido.
Y
porque Manfield podía mirar cara a cara a otro eterno y sentir
que
él también compartía el lazo de parentesco de haber obrado mal,
descubrió
que al fin podía confesar su crimen.
El
cnmen, igual que el de Horemm, empezó con una mujer. No
era
una coincidencia. Era casi inevitable. El eterno que vendía las
satisfacciones
nGrmales de la vida familiar por un puñado de perfora-
ciones
hechas en un papel estaba maduro para la infección. O, al
igual
que Twissell, no tardaría en caer presa de una inseguridad
básica
y respondería con pequeñas vanidades como su incesante y
ostentosa
exhibición de cigarrillos en una sociedad que no fumaba, o
la
más amplia vanidad de buscar su renombre personal haciendo que
la
eternidad corriese toda suerte de riesgos.
Manfield
recordaba a esa mujer con pena y amor. Era inteligente
y
buena. Si hubiese sido un hombre del tiempo, habría estado orgu-
lloso
teniéndola como esposa. No todos los eternos (que debían to-
mar
a sus mujeres solamente cuando lo permitía la computación)
tenían
tanta suerte como él en ese aspecto.
Pero
sus relaciones con ella estaban empañadas por algo que él
sabía
y ella, por la misma naturaleza de las cosas, no podía saber. En
la
realidad de ese fisiotiempo ella moriría joven. Iba a morir, de
hecho,
pasado un año desde que sus relaciones hubiesen empezado.
Él
lo sabía desde el pnncipio. La primera vez en que se sintió
atraído
por ella (primero un individuo en el informe sobre el 570 de
un
observador, y luego, impulsado por la curiosidad, como resultado
de
haberla Vlsto y hablado con ella durante un viaje de observación
personal
irregular, pero perfectamente legal) había tramado su vida.
No
había dejado esa tarea para el departamento de Tramado Vi-
tal.
La había realizado él mismo porque sentía cierta timidez al res-
pecto.
Se enteró de su próxima muerte y, al principio, como recor-
daba
ahora con verguenza, eso le complació. Significaba que las
oportunidades
de un cambio cuántico producido a consecuencia de
su
relación eran obviamente muy leves. Lo comprobó, y así era.
La
visitó tan a menudo como lo permitían los mapas espaciotem-
porales.
Su compatibilidad era muy superior a todo lo que él hubiese
podido
esperar y descubrió la felicidad con ella. El Gran Consejo
Pantemporal,
habiendo supervisado sus cálculos tal y como era de-
bido,
se mostró indiferente ante aquel asunto.
Hasta
el momento, no había cometido crimen alguno.
Pero
lo que empezó como la satisfacción de una necesidad emo-
cional
se convirtió en algo más. Su muerte inminente dejó de ser algo
oportuno
y se convirtió en una catástrofe. Por tres veces distintas
llegó
y pasó un punto del fisiotiempo en el que alguna sencilla acción
por
parte de él habría alterado la realidad personal de ella. Pero él
sabía
que un cambio motivado de un modo tan personal era imposi-
ble
que fuese autorizado. La muerte de ella se convirtió en su respon-
sabilidad
personal y aprendió cuál era el significado de la culpabi-
lidad.
Eso
tampoco era un crimen, aunque se trataba de una debilidad
peligrosa.
(~'uento~
paral~lo~
)
(Así
dijo Twissell, dejando consumir su cigarrillo, ligeramente
apartado
de su preocupación ante el peligro inminente y abrumador
que
le rodeaba. Manfield meneó la cabeza y dijo: “No puedo enten-
derlo”
. )
No
hizo nada cuando ella quedó embarazada. Su trama vital,
modificada
para incluir su relación con Manfield, indicaba que el
embarazo
era una consecuencia altamente probable. Generalmente
se
evitaba tal eventualidad, pero a veces las mujeres del tiempo que-
daban
embarazadas de un eterno. No era algo inaudito. Pero dado
que
ningún eterno podía tener hijos, los embarazos eran llevados a
un
fin eficiente e indoloro. Había muchos métodos.
Manfield
no hizo nada. Ella era feliz con su embarazo y él quería
que
siguiese siéndolo. Sabía que morina antes de que éste llegase a su
fin,
así que se limitó a observarla con los ojos velados por la pena y
cuando
ella le deáa, triunfante, que podía sentir cómo se agitaba la
vida
en su interior, él sonreía con dolor.
Esto
seguía sin ser un crimen premeditado por parte de Manfield,
pero
era un acto de ignorancia; y la ignorancia puede ser casi un cri-
men.
Porque
ella dio a luz prematuramente. Era algo que Manfield no
había
previsto. Era un aspecto de la vida acerca del que tenía escasa
experiencia,
y no se le había ocurrido la posibilidad de un nacimiento
prematuro.
Y,
con todo, ¿cómo era posible que la trama vital que él había
hecho
no lo indicase? Volvió a trabajar en ella y descubrió al niño
vivo...,
en una solución alternativa a una bifurcación de baja proba-
bilidad
que había pasado por alto. A un profesional no se le hubiese
pasado
por alto.
¿Qué
podía hacer Manfield ahora?
No
podía matar al nino. A la madre le quedaban dos semanas de
vida.
Que las viviese, pensó. Dos semanas de felicidad no es pedir
algo
excesivo.
La
madre murió... como estaba previsto, del modo previsto.
Manfield
(durante el tiempo permitido por el mapa espaciotemporal)
permaneció
sentado en su habitación, lleno de dolor, con una pena
tanto
más aguda porque la había estado esperando, sabiendo lo que
sucedería,
desde haáa casi un año. Sostenía en sus brazos al niño, el
hijo
de él y ella.
(—¿Dejó
que viviese?—inquirió Twissell, la voz llena de horror.
—No
puede entenderlo—dijo Manfield.
—Pero
era un crimen.)
Era
un crimen, pero no el crimen.
Dejó
que viviese. Lo dejó al cuidado de una organización ade-
cuada
y volvió cuando pudo (dentro de una estricta secuencia tempo-
ral,
acorde incluso con el fisiotiempo) para hacer los pagos necesarios
y
ver cómo creáa el muchacho.
Pasaron
dos años. Haáa comprobaciones periódicas, asegurán-
dose
de que la trama vital del muchacho no inducía de ningún modo
178
cambios
cuánticos. Era una buena trama vital y Manfield se alegraba
de
ello. El niño aprendió a caminar y a balbucear algunas palabras.
No
le enseñaron a llamarle “papá” a Manfield. Fuesen cuales fuesen
las
especulaciones que la gente del tiempo de aquella institución para
el
cuidado de ninos pudiesen hacer en lo concerniente al hombretón
que
pagaba de modo tan regular, siguieron siendo eso, especulacio-
nes
y nada más.
Luego,
cuando hubieron pasado los dos años, las necesidades de
un
cambio cuántico que incluía colateralmente al 570 fueron someti-
das
al Gran Consejo Pantemporal y Manfield, promovido reciente-
mente
al rango de programador asociado, fue puesto a cargo de éste.
El
orgullo que sintió en aquel unstante estaba teñido de aprensión.
(—Tenía
que estarlo—dijo Twissell . Los ninos son los rehenes
del
tiempo.
Manfield
sacudió la cabeza disgustado ante el aforismo.)
Trabajó
en el cambio cuántico e hizo un trabajo impecable. Pero
su
aprensión fue en aumento. Sucumbió a una tentación que, en su
corazón,
había sabido que nunca sería capaz de resistir. Mantuvo
retenida
su solución mientras tramaba un nuevo curso vital para su
hijo.
Ese
era un segundo crimen, tan grande como el primero, pero
seguía
sin ser el crimen.
Durante
veinticuatro horas, sin comer ni dormir, permaneaió sen-
tado
en su ofiana, luchando con la trama vital ya completada, ha-
ciéndola
pedazos una y otra vez en un intento desesperado de hallar
un
error.
No
había ningún error.
Al
día siguiente, reteniendo aún su solución para el cambio cuán-
tico,
elaboró un mapa espaaotemporal y entró en el tiempo en un
punto
situado más de treinta años arriba en el cuando desde el naci-
miento
de su hijo.
Ese
era un tercer crimen, mayor que los dos primeros, pero seguía
sin
ser el crimen.
Su
hijo tenía treinta y cuatro años de edad; era tan viejo ahora
como
el mismo Manfield. No conocía a su padre, no recordaba a un
hombretón
que le visitaba en su infancia.
Era
ingeniero aeronáutico. El 570 era experto en media docena
de
modos de viaje aéreo, y el hijo de Manfield era feliz y había
triunfado
como miembro de su sociedad. Estaba casado con una
joven
que le amaba con ardor, pero Manfield sabía que no iban a
tener
hijos.
(—Al
menos eso era algo—dijo Twissell, y puso la colilla de su
cigarrillo
en una unidad de eliminaaión.
—Le
dije que había trazado su curso vital en busca de cambios
cuánticos.
No soy tan descuidado.)
Manfield
pasó todo el día con su hijo. Se presentó como una
relación
de negocios y le habló con formalidad, sonriendo cortés-
mente,
despidiéndose con frialdad. Pero en secreto le vigilaba y ab-
sorbía
cada uno de sus actos, llenándose con ellos, viviendo con feroz
intensidad
ese único día de una realidad que mañana (en fisiotiempo)
no
habría existido nunca.
Volvió
a la eternidad y pasó una última y horrible noche luchando
fútilmente
con lo que debía ser. A la mañana siguiente entregó sus
computaciones
y preparó una petición al Gran Consejo Pantemporal
en
la que pedía un cambio de categoría.
—Y
usted me ayudó, ejecutor—concluyó Manfield.
—Supongo
que su hijo no vivió en la nueva realidad—dijo Twis-
sell.
{)h
sí que vivió—dijo Manfield lentamente—. Existió... como
un
parapiéjico desde los cuatro años de edad. Cuarenta y dos años en
cama,
bajo circunstancias que me impidieron incluso el lograr que se
aplicasen
en su caso las técnicas regenerativas de nervios del 900.
“Yo
le hice eso a mi hijo. Fueron mi mente y las máquinas de
computación
las que computaron para él esa nueva vida, y fue mi
palabra
la que ordenó el cambio. Cometí varios crímenes, pero ése
fue
el crimen que acabó conmigo como programador.
I
Twissell
se culpó a sí mismo de su pánico inicial a medida que éste
fue
desapareciendo. Había actuado con bastante rapidez al hacer que
buscasen
a Manfield, pero luego se había dejado trastornar, primero
por
la lentitud de Manfield en comprender y luego por la reluctancia
neurótica
de aquel hombre a la hora de ayudar.
Sólo
cuando Twissell, en la negativa a colaborar de Manfield,
reconoció
el torbellino de un dolor y una culpabilidad escondidas, fue
nuevamente
capaz de recobrar la iniciativa. Lo consiguió dejando
hablar
a Manfield. Sintió que el suelo iba volviendo a endurecerse
bajo
sus pies, y recobró el equilibrio.
No
intentó hacer que Manfield se apresurase. Dejó que pasasen
los
minutos. Cuando Manfield acabó, Twissell estaba empezando a
encontrarle
de nuevo sabor a sus cigarrillos.
No
se apresuró a hablar. Al contrario, dejó que pasasen dos
minutos
en tanto que la catarsis de la confesión purgaba a Manfield
de
su carga de culpabilidad.
En
tanto que ejecutor, Twissell tenía un cierto conocimiento,
naturalmente,
de la ingeniería psíquica. Intelectual, ya que no emo-
cionalmente,
podía ir siguiendo el funcionamiento de la mente de
Manfield.
Lo que le había ocurrido era el equivalente a reventar un
absceso.
Algún día, pensó Twissell, la ingeniería psíquica tendría que
ser
elevada al rango de una clasificación separada de especialidad
dentro
de la eternidad.
Por
fin habló sin alzar la voz.
—Si
la eternidad llega a su fin, el equivalente de su tragedia le
sucederá
a un número incontable de hombres y mujeres. Usted pue-
de
evitarlo.
Aguardó
unos instantes y luego siguió hablando.
—Usted
conoce la Historia Primitiva. Sabe cómo era. Era una
realidad
que fluía ciegamente siguiendo la línea de probabilidad má-
xima.
En los siglos de fisiotiempo en que ha existido la eternidad,
hemos
elevado nuestra realidad a un nivel de bienestar que está
mucho
más allá de todo lo conocido en los tiempos primitivos, pero
también
a un nivel que, de no ser por nuestra interferencia, sería
ciertamente
de una probabilidad muy escasa.
Twissell
observó atentamente a Manfield, que seguía callado, y
continuó:
—Con
la eternidad desaparecida, un millón de años de historia
humana
revertirán de nuevo a una realidad inmutable de ignorancia,
matanzas
y miseria. Su propia experiencia debería darle una mayor
capacidad
para comprender el significado de eso y la necesidad de
evitarlo,
mucho más de todo lo que yo pueda decirle.
Manfield
alzó la cabeza.
—Pero,
¿qué puedo hacer?
Era
un acto de rendición y Twissell lo sabía. Actuó de inmediato
para
evitar que su interlocutor pudiese reconsiderar su postura y se
acercó
rápidamente a los controles de la cabina a través de la cual
Cooper
había desaparecido más allá del inicio de la eternidad.
—Venga
aquí, Manfield.
En
total, Twissell había perdido una hora pero con esa hora había
ganado
una oportunidad. No se permitió pensar lo pequeña que era
esa
oportunidad.
Estaba
muy nervioso. Al menos, estaba haciendo algo.
—Esto
es el crono-control—dijo—, el reóstato que controla la
longitud
temporal del impulso de la cabina. Si hubiese añadido un
seguro
para evitar que sus coordenadas pudiesen variar una vez dis-
puestas...,
pero, por supuesto, detalles así se los dejaba siempre a
Horemm
.
Sonrió
amargamente.
—Horemm
estaba en esa posición—prosiguió—. Hizo girar el
control
en el mismo instante en que cerraba el conmutador. Eso es lo
que
me dijo. Y si puedo seguir el curso de sus emociones en esos
instantes,
movió una sola vez la mano en el crono-control para ha-
cerlo
girar una sola vez, con un impulso espasmódico de odio e ira.
Y al
decir esto Twissell, su propio rostro pareció reflejar esas
emociones
y su mano, aferrando el dial de porcelana, lo hizo girar
salvajemente
.
—¿Cuál
es la lectura?—preguntó, casi sin aliento.
Manfield
se inclinó sobre el dial.
—En
algún lugar cercano al 20. Veamos, diecinueve.. .
—No
sirve de nada leerlo de tan cerca—dijo Twissell—. No
puede
ser más que una aproximación.—Se llevó el cigarrillo a los
labios,
atisbando a través del humo. Y añadió—: ¿Qué sabe del 20,
Manfield?
El
instructor se encogió de hombros.
181
I
I
I
—Lo
ha estudiado, por supuesto—dijo Twissell.
~h,
sí.
—Muy
bien. Pongámonos en el lugar de Cooper. Es un mucha-
cho
brillante; inteligente e imaginativo, ¿no cree usted?
—Un
Joven muy capaz.
—Y
un eterno. Eso es lo importante.—Twissell agitó el dedo—.
Eso
es lo importante. Está acostumbrado a la idea de comunicar a
través
del tiempo. No es probable que se rinda a la idea de haber
quedado
abandonado a la deriva en él. Sabrá que le vamos a buscar.
—Sí,
pero, ejecutor, ¿qué puede hacer al respecto?
El
astuto y anciano rostro de Twissell, convertido en un amasijo
de
arrugas, miró a Manfield sin verle en realidad.
—¿Hay
alguna fuente particular que usted usase al estudiar los
20?
¿Algún documento, archivos, películas, objetos, obras de refe-
rencia?
Me refiero a fuentes primarias, que datasen de ese mismo
hempo.
—Naturalmente.
—¿Y
él las estudió con usted?
—Sí.
—Entonces,
¿no es natural imaginar que él puede tratar de inser-
tar
en uno de esos objetos, un objeto que él sabría que usted tenía la
costumbre
de ver y estudiar, alguna referencia a su propia persona?
—Eso
es una conjetura que se sostiene de un finísimo hilo.
{2uizá—accedió
rápidamente TwisseD—. Pero, ¿qué otra cosa
puede
hacer? Si no hace nada estamos acabados, se terminó, todo ha
terminado.
La única oportunidad que tenemos es el que haya hecho
algo
y que podamos llegar a entender lo que ha pensado hacer. Por
eso
le necesito. En primer lugar, usted le conoce mejor. Durante
cinco
años le ha tenido de modo continuo bajo su cuidado. Segundo.
es
la persona con quien intentará automáticamente ponerse en con-
tacto.
Si conoce y quiere a alguien en la eternidad, es a usted. Ter-
cero,
usted y sólo usted sabrá dónde mirar; usted y sólo usted será
capaz
de reconocer su mensaje.
—Pero
no sé dónde mirar—dijo Manfield, sacudiendo ansiosa-
mente
la cabeza.
—Pregúnteselo
a sí mismo: ¿había alguna fuente que usted con-
sultase
con mayor frecuencia que otras respecto al 20? ¿Existe alguna
forma
peculiar de registro que Cooper asociase automáticamente con
el
20? Piense, hombre. Es nuestra única oportunidad.
Y
aguardó, apretando fuertemente los labios.
—Estaban
las revistas de noticias—dijo Manfield—. Eran un
fenómeno
anterior al segundo milenio. Una en particular era muy
útil.
Su primer número se remonta a 1923... Por supuesto, quizás ha
sido
enviado aún más pronto.
—Y
quizá no. Tenemos que empezar por alguna parte, Manfield.
—Prosiguió
hasta bien avanzado el 22.
—Muy
bien. ¿Supone usted que hay algún modo en el que podría
usar
esa revista para transmitir un mensaje? Recuerde, él sabrá que
182
usted
va a leerlo; que estará familiarizado con él, que sabrá cómo
interpretarlo.
—No
lo sé.—Manfield volvió a menear la cabeza—. Le gustaba
utilizar
un estilo artificioso. La revista tendía a ser bastante selectiva.
Sería
difícil, incluso imposible, confiar en que fuese a impritnir algo
que
usted hubiese planeado que imprimiesen. Digamos que incluso si
Cooper
se las hubiese arreglado para colocarse en su personal, lo cual
es
muy improbable, no podna estar seguro de que sus escritos logra-
sen
rebasar a los distintos editores. No se me ocurre nada, ejecutor.
—¡En
el nombre de Cronos, piense!—dijo TwisseD—. Concén-
trese
en esa revista. Está en el 20, es usted Cooper con su educación y
sus
antecedentes. Manfield, usted enseñó al muchacho. Y ha sido un
programador
con entrenamiento en psicoingeniería. ¿Qué han'a él?
¿Cómo
se las arreglaría para colocar algo en la revista, algo con el
texto
exacto que desea?
Manfield
abrió un poco más los ojos.
—¡Un
anuncio!
—¿Qué?
—Un
anuncio. Un aviso pagado que estarían obligados a impri-
mir
exactamente tal y como él pidiese.
—Ah,
sí. Tienen algo parecido en el 182.
—Me
imagino que lo tienen en muchas eras, pero el 20 Degó al
máxirno
en ese terreno. De hecho—dijo Manfield, animándose re-
pentinamente
con el tema—, el 20 es en muchos aspectos la cumbre
de
los tiempos primitivos. El medio cultural. ..
—Ahora
no, Manfield. Vuelva al anuncio. ¿De qué clase sen'a?
—No
tengo ni la menor idea, ejecutor.
Twissell
contempló el extremo encendido de su cigarrillo como si
buscase
en él la inspiración.
—No
puede decir nada de un modo directo. No puede decir:
Cooper,
del 28, llamando a la eternidad. ..
—Podría
decirlo.
—Si
lo hiciese sería un estúpido, y no creo que lo sea. Con eso
estaría
pidiendo un cambio cuántico.
—Más
probablemente estan'a pidiendo que lo detuviesen y b
pusiesen
bajo observación por enfermedad mental. En los tiempos
primitivos,
cualquier implicación hecha seriamente sobre el viaje
temporal
era una pura locura.
—Muy
bien. De un modo indirecto, así tendrá que ser. Debe
parecerles
perfectamente normal a los hombres del tiempo. Perfecta-
mente
normal. Y, con todo, debe ser obvio para nosotros. Muy
obvio.
Obvio al primer vistazo, porque tendremos que encontrarlo
entre
incontables artículos individualizados. Manfield, ¿cuál supone
que
debe ser su tamaño? ¿Son caros esos anuncios?
—Yo
dina que son más bien moderados.
—Y,
hablando de un modo ideal, para evitar el tipo erróneo de
atención—dijo
Twissell , debería ser más bien pequeño. Imagine,
Manfield.
¿Qué tamaño?
¡
I
Manfield
extendió las manos.
—¿Media
columna?
—Muy
bien. Ahora tenemos ya una primera aproximación. Bus-
car
un anuncio de media columna que, prácticamente al primer vis-
tazo,
evidencie que el hombre que lo hizo insertar viene de otro
tiempo
y que, con todo, sea un anuncio tan norrnal que ningún hom-
bre
de ese tiempo vea nada raro en él.
—¿Y
si no lo encuentro?—preguntó el instructor.
—Entonces
pensaremos en otra altemativa para que la investi-
gue.
Y si eso fracasa, intentaremos otra cosa, y luego otra, mientras
que
sigamos con vida y siga existiendo la eternidad.
Twissell
se acordaba ahora de su pánico sólo como un mal sueño
indigno
de ser recordado. Ahora estaba haciendo algo; estaba ac-
tuando.
Su aguda mente estaba totalmente ocupada con la emoción
de
la cacería y ni en lo más mínimo con las consecuencias del fracaso.
Twissell
contempló con curiosidad los libros de la biblioteca de
Manfield.
De vez en cuando, porque no podía soportar el permane-
cer
sin hacer nada, sacaba uno de su lugar, hojeando sus páginas
quebradizas
y pronunciando en silencio las arcaicas palabras. Su co-
nocimiento
del dialecto del tercer milenio, aunque no era todo lo
amplio
que le hubiese gustado que creyesen los demás, era el sufi-
ciente
como para permitirle entender alguna frase y, a veces, incluso
párrafos
enteros.
—Este
es el inglés del que siempre andan hablando los linguistas,
¿no?—preguntó,
golpeando una página con la punta del dedo.
—Inglés—murmuró
Manfield.
Twissell
jamás había estado en un cuando tan alejado hacia
abajo.
Aquí toda la eternidad parecía como enmohecida, como si no
se
tratase realmente de la eternidad sino de una era primitiva algo
más
avanzada de lo habitual.
Quizá
fuese la biblioteca lo que le producía esa sensación. Twissell
estaba
familiarizado con varias eras dotadas de libros. Había otras
eras,
como las de la grabación molecular. Su propio siglo, natural-
mente
y como otros muchos, se trataba de una era en la que se usaban
las
películas. Sin embargo, libros como ésos, al mismo tiempo que eran
placenteramente
exóticos, no estaban en absoluto pasados de moda.
Pero
cuando estaban alineados en tales cantidades...
Incluso
en las secciones de la eternidad entregadas a las eras de
libros,
los que se hallaban en las bibliotecas de la etemidad eran
convertidos
a películas o modelos moleculares, aunque sólo fuese en
consideración
al ahorro de espacio.
Twissell
buscó con la mirada a Manfield. Los anchos hombros del
instructor
seguían encorvados sobre el iluminado escritorio. Todo lo
que
se veía de su cabeza era su cabellera castaña en el más absoluto
desorden.
“Cultiva
el arcaísmo—pensó Twissell—. Prefiere los libros. Se
oculta
en un universo de realidad fijada. Esa es su seguridad.”
Pero
se encontraba demasiado inquieto como para concentrarse
demasiado
tiempo en una idea, fuese la quc fuese. Sacó otro libro del
estante,
abriéndolo al azar. Y si, sencillamente, volviese una página y
allí...,
allí...
Se
ruborizó interiormente y dejó el libro.
Manfield
pasaba las páginas con regularidad, moviendo sólo una
mano,
el resto del cuerpo congelado en una postura de rígida aten-
clon.
Con
lo que parecían eones de intervalo, Manfield se levantaba,
gruñendo,
en busca de un nuevo volumen. En esas ocasiones hada
una
pausa para tomar un café, un bocadillo o atender a otras nece-
sidades.
—Es
inútil que usted se quede—dijo Manfield cansadamente.
—¿Le
molesto?
—Por
supuesto que no.
—Entonces,
me quedaré.
Twissell,
sintiendo fno y soledad, reanudó su delicado, esporá-
dico
e inútil asalto a las estanterías de libros, con las chispas de su
cigarrillo,
que ardía furiosamente, quemándole las puntas de los de-
dos
sin que él les prestase atención.
Y
pasó un fisiodía.
—Hay
tanto—dijo Twissell con impotencia—. Tiene que haber
un
modo más rápido.
—Diga
cuál—respondió Manfield—. No puedo pasar por alto ni
una
sola pagma.
—¿Cuántos
ha examinado?
—Nueve
volúmenes. Cuatro años y medio.
—Habrá
aterrizado al borde del desierto del sudoeste de América
del
Norte—dijo Twissell . Eso fue algo deliberado ya que está
escasamente
poblado, incluso en el 20, creo.
Manfield
asintió de modo ausente y pasó otra página.
—Pretendíamos
que pasase algún tiempo sin ser molestado, para
que
pudiese ajustarse. Tenía una buena provisión de agua y alimen-
tos.
Tendría que andar con cautela. Pasarían días antes de que en-
trase
en contacto con un área realmente poblada y corriese un riesgo
considerable
de cambio cuántico. Puede que tengamos semanas de
tiempo.—No
estaba demasiado seguro de lo que creía en realidad,
pero
lo dijo de nuevo . Puede que tengamos semanas de tiempo.
Metódicamente,
Manfield pasó otra página, y luego otra.
—Al
final—dijo—, las hojas empiezan a volverse borrosas y eso
quiere
decir que es hora de dormir.
El
segundo fisiodía pasó.
Y a
las 10.22 del tercer fisiodía, Manfield dijo, en voz baja y
asombrada:
—Esto
es.
TwiccPII
nn (~r~mnrPn ~ lo que había dicho.
—¿Qué?—preguntó.
Manfield
alzó la vista, el rostro demudado por el asombro.
—Sabe,
yo no lo creía en realidad. Por Cronos que no lo creí
nunca
realmente, ni siquiera cuando estábamos trabajando con todas
esas
tonterías sobre las revistas y los anuncios.
Ahora
Twissell lo había entendido.
—Ha
encontrado el anuncio.
Se
precipitó sobre el volumen que Manfield tenía en las manos,
aferrándolo
con dedos temblorosos.
Pero
Manfield no lo soltó. Depositó el volumen sobre la mesa con
un
golpe seco y señaló un pequeño anuncio en la esquina superior de
la
izquierda.
Era
bastante sencillo. Deáa:
ALGO
QUE
TODOS
RECOMIENDAN
OBJETIVAMENTE
EN EL
MERCADO
OFICIAL
Debajo,
en letras más pequeñas, decía: “Inversiones NewsLetter,
Apartado
de Correos 14, Denver, Colorado”.
—¿Mercado?—preguntó
Twissell, confundido.
—La
bolsa, el mercado de valores—dijo Manfield con impacien-
cia—.
Un sistema mediante el cual el capital privado era invertido
en
negocios. Eso no es lo importante. ¿No ve el dibujo al lado del
anuncio?
—Por
supuesto que lo veo—dijo Twissell, frunciendo el ceño.
¿A
quién iba a resultarle familiar el dibujo de una nube en forma
de
hongo, si no se lo era a un programador? Tres cuartas partes de los
cambios
cuánticos en la eternidad fueron motivados por el deseo de
eliminar
el desarrollo de las bombas de fisión y fusión sin mutilar por
completo
la ciencia nuclear.
—Es
una bomba A—dijo el programador—. ¿Eso es todo? No
tiene
nada que ver con el tema del anuncio, pero seguramente no fue
esa
incongruencia lo que le llamó la atención.—Sentía una amarga
decepción—.
No es más que un reclamo...
—¿Reclamo?
Por el gran Cronos, ejecutor, mire la fecha del
número
de la revista.
Señaló
la cabecera de la página. Decía 28 de marzo de 1932. La
página
era la 30.
—¡Mil
novecientos treinta y dos!—dijo Manfield—. Y la primera
explosión
de una bomba A tuvo lugar en julio de 1945.
—¿Está
seguro?
—Conozco
esta era. ¡Estoy absolutamente seguro! Hasta julio de
1945
ningún ser humano vio jamás la nube en forma de hongo de una
explosión
nuclear. Nadie hubiese podido reproducirla de un modo
tan
preciso, excepto...
—No
es más que un dibujo—dijo Twissell, intentando conservar
la
serenidad—. Podría parecerse a la nube en forma de hongo por
pura
casualidad.
—¿Podría?
¿Quiere usted mirar otra vez el texto?—Los dedos de
Manfield
fueron golpeando las líneas una detrás de otra—. Algo-que-
Todos-recomiendan-Objetivamente-en-el-Mercado-Oficial.
Las ini-
ciales
en mayúsculas forman la palabra ATOMO. ¿Coincidencia? Ni
por
casualidad. i No ve cómo cumple sus propias condiciones? Es
algo
que atrajo al instante mi atención. Habría atraído la de cualquier
programador,
pero en particular la mía, porque yo vería con una sola
mirada
que era un anuncio imposible que nadie hubiese puesto alli
salvo
Cooper. Y al mismo tiempo carecería de todo significado ex-
cepto
el visual, no habría tenido ningún sentido para cualquier hom-
bre
de ese tiempo. Es Cooper, ejecutor Twissell. Nos está llamando,
y
voy a buscarle. Tenemos la fecha. Tenemos la dirección del correo.
Y
estoy suficientemente familiarizado con ese período como para
actuar
con seguridad en él.
Twissell
se encontraba muy débil. Se apoyó con agradecimiento
en
el brazo de Manfield cuando éste lo extendió de pronto hacia él.
—Tenga
cuidado, programador.
—Está
bien—dijo Twissell—. Vamos.
Los
acontecimientos del día siguiente se salieron de lo normal en
varios
aspectos. Nadie salvo Twissell (y un Twissell actuando con la
más
absoluta arbitrariedad) hubiese podido saltarse de tal modo los
“canales”,
introduciendo enormes hileras de cálculos a toda prisa en
las
máquinas de computación, ignorando de tal modo las horroriza-
das
quejas de los operadores que veían trastornado su trabajo.
Nadie
salvo Twissell podría haberlo hecho, y nadie salvo Twissell
habría
podido tener lista su cabina, con nuevas coordenadas, en un
plazo
de veinticuatro horas.
Para
colmo de todo, Twissell ignoró por completo la costumbre
establecida
en la eternidad de mantenerse siempre a nivel con el fi-
siotiempo.
Se
lo dijo, jadeante, a un Manfield ya ataviado con el traje ade-
cuado
a la era que iba a visitar.
—No
he tenido en consideración el lapso de fisiotiempo. He des-
conectado
el radiocrón.
—Muy
bien—dijo con calma Manfield.
Se
ajustó los incómodos pantalones de su atuendo del siglo 225,
que
había decidido se aproximaban lo suficiente a la versión del siglo
20;1O
bastante, al menos, como para hacer innecesario confeccionar
un
nuevo traje, lo cual hubiese precisado demasiado tiempo.
—No
me importa si necesita un día, un mes o diez años para
encontrarle—prosiguió
Twissell . No me importa el tiempo que él
haya
estado ahí. Volverá al mismo instante en que se marchó, una
186 l 187
vez
que active el campo temporal en ese extremo. No puedo esperar
a
que pase el fisiotiempo. ¿Lo entiende?
Manfield
asintió. Significaba que si la cacería le ocupaba el impro-
bable
espacio de tiempo de diez años, volvería a la eternidad con diez
años
de envejecimiento respecto a los demás eternos. Psicológica-
mente,
sería desagradable. Pero asintió.
Se
abrochó un último botón y dijo:
—Estoy
listo.
Y
así, ocurrió que cuando Twissell, su corazón latiendo enloque-
cido
y sus sudorosas manos casi incapaces de hacer lo que era necesa-
rio,
consiguió finalmente mover la palanca, la cabina nunca llegó a
moverse.
O,
al menos, se fue y regresó al mismo instante, con lo que no
hubo
ninguna pausa aparente en su existencia.
De
hecho, el único cambio que tuvo lugar fue que en la cabina, al
lado
de un repentinamente agotado Manfield, estaba un enflaque-
cido
pero no mucho más viejo Brinsley Sheridan Cooper.
Y
entonces Twissell hizo algo totalmente fuera de lo normal.
Algo
que estaba por completo fuera de su carácter. Ante los ojos
asombrados
de los otros dos, de pronto e inesperadamente, se echó a
llorar
de puro alivio.
Cooper
permaneció algo más de un fisiodía en la eternidad. Du-
rante
todas esas horas siguió estando un poco excitado, sin ser él
mismo,
parecía que sin acostumbrarse todavía al hecho de que, final-
mente,
había vuelto a la eternidad.
—Si
supiesen cómo me sentí cuando conseguí un periódico por
primera
vez—no dejaba de repetir—. Quería saber el día exacto, ya
entienden.
¡Sólo que resultó ser el año 1931! Pensé que me estaba
volviendo
loco.
—Pero,
¿qué le hizo pensar en el anuncio, muchacho?—pregun-
tó
Twissell—. Fue genial.
—Tardó
meses en ocurnrseme. Si supiesen lo que intenté al prin-
cipio...
Intenté esculpir piedras, sólo que no sabía cómo hacerlo sin
un
tubo perforador McIlvain. Luego intenté imaginar un modo de
introducirme
en los archivos. Durante dos meses traté de conseguir
un
trabajo en una de las imprentas del gobierno, pero había algo
llamado
Servicio Civil y yo carecía de certificado de nacimiento.
Además,
estaba en medio de una depresión económica. Mis provisio-
nes
de oro en metálico se estaban agotando.
—Si
hubiese aterrizado dos años más tarde—dijo secamente
Manfield—,
su oro no le habría servido de nada. Hubo un período en
que
la posesión de oro fue ilegal—prosiguió, explicándoselo a Twis-
sell.
—De
cualquier modo—dijo Cooper—, finalmente pensé en la
revista
con la que pasamos tanto tiempo, instructor Manfield. Al
principio
pensé poner en ella algo en dialecto del milenio sesenta
para
el ejecutor Twissell, ya sabe. Pero no habrían aceptado un
anuncio
que no pudiesen entender, así que volví a intentarlo simple-
mente
en inglés primitivo. Sabía que el instructor Manfield lo enten-
dería.
Y entonces, el mismo día en que apareció, el telegrama del
instructor
Manfield estaba en la oficina de correos. ¡Uf!
—Mañana
tendrá que volver a abandonar la eternidad—dijo
Twissell—.
Lo entiende, ¿verdad, jovencito? Sigue habiendo un tra-
bajo
que hacer.
—Está
bien—dijo Cooper, exultante—. Después de todo lo que
he
pasado, eso no es nada. Cuando descubrí que no había ningún
campo
temporal que reactivar para el regreso, supe que había ocu-
rrido
un accidente. Me sentí tan perdido. En el 24, al menos, sé que
volveré.
Por el gran Cronos, me siento tan seguro de mí mismo ahora
que
si no encuentro de inmediato a Harvey Mallon, tengo medio
pensado
asumir sencillamente su nombre y darle yo mismo a la Tierra
el
campo temporal. Lo haré, a poco que pueda.
Y,
por encima de su cabeza, los ojos de Twissell se encontraron
con
los de Manfield.
Estaban
sentados juntos, los dos. De nuevo solos.
—Ouizá,
después de todo, debía ocurrir así—dijo Twissell, me-
dio
preguntándoselo a sí mismo.
—¿Cómo
es eso?—dijo Manfield.
—Ya
oyó lo que dijo sobre tomar el lugar de Mallon. Y sabe que
lo
hará. Pero, ¿habría estado dispuesto a hacerlo, habría tenido la
habilidad
para hacerlo si, primero, no hubiese ido al 20? ¿Se habría
completado
el ciclo?
“Va
a borrar su error—pensó malhumorado Manfield—. Va a
convencerse
él mismo de que no fue un error de ningún modo; que
todo
fue sólo otro golpe de genio de Twissell.”
—¿Cómo
vamos a poder saberlo?—dijo en voz alta.
—Lo
noto. Hasta un programador puede tener intuiciones de vez
en
cuando, supongo. Estoy convencido de que Cooper perteneáa al
20
al igual que al 24. La realidad primitiva es inmutable.
—No
pensaba así hace una semana. Dijo que el cambio había te-
nido
lugar dentro de la eternidad, no en la era primitiva.
Twissell
dejó de lado eso con un gesto irritado de sus manos.
Manfield
insistió.
—Y,
de todos modos, ¿cómo podemos saberlo? Suponga que
Cooper
ha cambiado la realidad. Habríamos cambiado, y nuestros
recuerdos
también.
Twissell
resopló.
—Le
digo que nada ha cambiado.
—Pero,
¿por qué no? Hubo el primer intento de Cooper de poner
un
anuncio en milenio sesenta. ¿Acaso eso no habría tensado la
textura
de la realidad? Luego el anuncio que sí puso. ¿Cuántas otras
personas
pueden haberse tropezado con él entre el 20 y el 24 y
188 1 189
preguntarse
qué estaba haciendo una nube en forma de hongo en una
revista
de 1932? Suponga que se hicieron preguntas acerca de las
letras
iniciales que deletreaba la palabra primitiva para átomo. Coo-
per
estuvo allí casi seis meses. Yo estuve alh casi dos días. En ese
tiempo.
..
—El
hecho es—dijo Twissell agudamente—, que no ha tenido
lugar
cambio alguno. ¿Por qué insiste en lo contrario?
Los
hombros de Manfield se abatieron. No podía engañarse a sí
mismo.
Si el ego de Twissell estaba encadenado al hecho de que no se
había
producido cambio alguno, al suyo le preocupaba de un modo
igualmente
íntimo e insistente el que se hubiese producido.
—Tenía
la esperanza.. .—dijo, y se detuvo.
—¿Y
bien?
{~reí
que pudo haber algún pequeño cambio. Un microcambio,
por
decirlo así, cuyas ondulaciones fuesen expandiéndose a lo largo
de
todo el flujo del tiempo.
—Los
cambios cuánticos son grandes—dijo Twissell.
—Los
cambios cuánticos normales, sí. Pero, ¿quién conoce la
matemática
de la realidad en los siglos primitivos? Sin la presencia de
la
eternidad, el caso es distinto. ¿Por qué no puede existir la posibili-
dad
de microcambios?
—¿Adónde
quiere ir a parar?—preguntó Twissell.
—¿Por
qué no podría existir una nueva realidad en la que mi hijo
esté
sano, o una en la que no existe? Cualquier cosa, menos la actual.
—No
hay modo alguno de que pueda comprobarse eso—se apre-
suró
a decir Twissell—. No debe seguir jugando con el tiempo. Ni yo
tampoco.
Ni yo tarnpoco. Hemos terminado, los dos.
Y
por un instante a sus ojos volvió el horror al pensar nuevamente
en
cómo se había encontrado contemplando el abisrno y, en él, el fin
de
toda la eternidad.
—Nunca
intentaré verlo—susurró Manfield—. No tengo el valor
para
hacerlo.
Preocupado,
se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió, al-
zando
luego la vista sorprendido ante el agudo grito de Twissell.
—Líbrese
de esa basura venenosa, por el gran Cronos—dijo
Twissell—.
No puedo soportarla.
Manfield
se apresuró a apagar el cigarrillo y, mentalmente, frun-
ció
el ceño sorprendido. Había ido muy lejos, reaknente, al encender
un
cigarrillo en compañía del más conocido y fanático enemigo del
tabaco
de toda la eternidad.
Twissell
arrugó la nariz ante el acre vápor que aún flotaba en el
aire
y dijo:
—Acostúmbrese
a esa idea, Manfield—dijo—. No ha habido
cambio
alguno en la eternidad. Ninguno en absoluto. Acepte mi
palabra
de ello.
Y
contempló lleno de repulsión los restos del cigarrillo.
Comentario
final
Me
he limitado a presentar la novela corta porque, al igual que
antes,
es poco práctico intentar presentar igualmente la novela. Si les
interesa
una comparacuón directa y no tienen un ejemplar de la novela,
esta
editorial la ha publicado en esta misma colección. Mientras tanto,
diré
algunas cosas de mi cosecha.
En
el caso de “Envejece conmigo”, había tenido que añadir com-
parativamente
poco para convertirla en Un guijarro en el cielo. Esto
significaba
que podía usar el argumento tal y como estaba y, sencilla-
mente,
rearreglarlo y entrar con más detalle en algunas cosas.
No
era así en el caso de El fin de la eternidad (novela corta),
donde
tenía que triplicar la longitud. AUí tuve que tomarme muchas
más
libertades revisando el argumento.
Por
supuesto, hice algunos pequeños cambios. Para empezar,
cambié
el nombre de mi personaje Anders Horemm al de Andrew
Harlan.
¿Por qué? No estoy seguro.
Algunas
personas, después de leer la novela, me han sugerido que
usé
el nombre de Harlan como una referencia a Harlan Ellison. Es
posible,
pues había conocido a Harlan Ellison en septiembre de 1953
y,
naturalmente, me produjo una honda impresión, como se la pro-
duce
a todo el mundo.
No
me habría sorprendido, pues, si en la novela corta original
hubiese
bautizado al personaje como Andrew Harlan, ya que la em-
pecé
dos meses después del encuentro. Sin embargo, no lo hice; le
llamé
Anders Horemm. Entonces, ¿por qué tuve que hacer el cambio
en
la novela?
Esto
es lo que a mí me parece razonable. Horemm había sido un
personaje
más bien menor en la novela corta, pero en la novela le
convertí
en el héroe, y Horemm me resulta un nombre particularmente
feo.
Era adecuado para un desagradable personaje menor, pero no
para
el héroe. Cuando hago cambios de nombre, tiendo a hacerlos
todo
lo pequeños que puedo (no sé la razón), así que cambié Anders
por
Andrew y Horemm por Harlan.
También
Manfield, un personaje importante en la novela corta,
desapareció
en la novela o, más bien, su papel fue combinado con el
de
Twissell. En cuanto a Noys, su papel fue considerablemente au-
mentado
y la historia de amor se hizo mucho más central en el desarro-
llo
de la historia de lo que había s¿do en la novela corta.
Cuando
léí las dos versiones para la preparac¿ón de este l¿bro, lo que
realmente
me asombró es que, sencillamente, no dilui la novela corta.
Después
de todo, si la novela corta era en realidad una novela deshidra-
tada,
pod r¿a habemle limitado a añadirle agua, por dec¿rlo así. . ., alargar
las
d escri pciones, extend er más el d iálogo y atenerme al argumento.
No
lo hice. Con la alabanza de Bradbury aún en los óídos, y
hallándome
repentinamente con 50.000 palabras más para jugar con
ellas,
añadí incidentes y complicaciones e hice la novela tan densa
como
lo había sido la novela corta.
190 1 191
En
particular, estaba el asunto del final. Al releer la novela corta
para
este libro me asombró lo débil que era el final que yo había
creado.
Al menos, me parecía débil ahora en comparación a lo que
había
hecho como final de la novela. Después de todo, había llamado
al
relato “El fin de la eternidad” y, con todo, no había tenido el coraje
(o
puede que el corazón) de acabarfinalmente con la etern¿dad en la
novela
corta.
En
la novela me decidí a realizar un trabajo mejor, puede que a
causa
de que (siendo ahora una novela) quer¿a conectarla de algún
modo
con anteriores libros míos que trataban de la ascensión y caída
del
Imperio Galáct¿co. (Tengo la debilidad de pretender que mis nove-
las
de ciencia ficción sean consistentes entre sí, y eso influye mi escri-
tura
hasta el día de hoy.)
En
cualquier caso, el f nal de la novela es mucho más complejo y
dramático
que el de la novela corta. En la novela intenté (como suelo
hacer
en mis novelas) revelar varias sorpresas, una después de la otra,
hasta
que tengo la impresión de que el lector cree haber llegado al
final.
. ., y entonces enseñar otra sorpresa que he mantenido en reserva.
Es
muy divertido hacerlo, pero no esfácil.
En
el caso de El fin de la eterr~idad como novela, la densidad no
trabajó
del todo a favor suyo. Le enseñé la novela a Horace Cold,
por
si se daba el caso de que le pareciera que había mejorado el
relato
y, por lo tanto, estuviese dispuesto a publicarlo como serial
antes
de su edición. (Una serialización así, en esos días, significaba
para
el autor, siempre pobre, unos 1.500 dólares adicionales.) Gold,
sin
embargo, rechazó la novela tan rápida y decididamente como
había
rechazado la novela corta. Tampoco CampbeU la aceptó para
Astounding.
Doubleday intentó of recerla para su serialización a al-
gunas
de las revistas no especializadas y no logró nada en absoluto
(lo
que no es sorprendente en 1955, cuando la ciencia ficción era
virtualmente
una aberración fuera de las pocas revistas especializa-
das
consagradas a ella).
El
resultado fue que “El f n de la eternidad” jamás vio ningún tipo
de
publicación en revista. Un guijarro en el cielo apareció también en
forma
de libro sin ninguna publicación en revista, pero después de su
aparición
como libro apareció dos veces deforma ligeramente conden-
sada.
Apareció en el primer número de Two Complete Science-Ad-
venture
Books y en Galaxy Science-Fiction Novels. “El fin de la
eternidad”
no experimentó jamás tal “segunda serialización”.
Y
algunos de los críticos tampoco fueron particularmente ama-
bles
con ella. Sus objeciones soUan apoyarse en su densidad. Demon
Knight
se refirió a la naturaleza confusa de los capítulos iniciales,
por
ejemplo, de un modo bastante cáustico.
Incluso
Anthony Boucher, entonces editor de Fantasy and Science
Fiction,
que era un hombre de rara amabilidad y un buen amigo mío,
pensó
que era demasiado complicada.
Recuerdo
que los dos nos hallábamos en la Convención Mundial
de
Ciencia Ficción en Cleveland, en 1955 (en la cual fui el invitado de
honor
y el maestro de ceremonias). Nos estaba entrevistando alguien
que
me preguntó cuál era mi libro de cienciaficción más reciente.
—Una
novela htulada The End of Eternity—contesté yo.
Me
metió el micrófono debajo de la nariz y dijo:
—¿Puede
darnos una idea del argumento en unas cuantasfrases?
Tartamudeé
y empecé a enredarme, y Tony Boucher lanzó una ri-
sita
v dijo:
—Con
ese libro, ni siquiera tú puedes hacerlo, Isaac.
—Sí
que puedo, Tony—dije—. Sencillamente, me cogió de sor-
presa.
Vuelva a hacerme la pregunta, señor.
Así
lo hizo el entrevistador y yo le solté de un tirón varias frases
muy
claras esbozando el argumento.
Sus
ventas fueron comparables a las de mis otras novelas de los
años
cincuenta. Ha aparecido en formato de bolsillo varias veces y ha
sido
traducida a catorce idiomas que yo sepa (incluyendo el ruso y el
hebreo),
así que no la considero unfracaso.
Con
todo, considero que ha sido menos apreciada de lo que debe-
ría
haberlo sido, y tengo la impresión de que le hacen sombra injusta-
mente
mis novelas de la Fundación y de los Robots. Algún día, puede
que
cuando ya esté muerto, quizá consiga el aprecio que se merece.
An~es
de que aband~ne el mundo de m naveles, qulero mencla-
nar
brevemente el caso de otra novela corta, aún más corta que la
versión
en novela corta de “El fin de la eternidad”, la cuul ~;pandí
hasta
ser una novela un poco más larga que la versión novela de El fin
de
la eternidad.
En
una convención de cienciaficción local, el 15 de enero de 1971,
alguien
encima del escenario, buscando bajo presión un ejemplo de un
oscuro
isótopo, se refirió al “plutonio-186”. Me divirtió porque no
existe
nada que se llame plutonio-186, y no puede existir.
Decidí,
por lo tanto, escribir un relato corto sobre el tema del
plutonio-186
y someterlo para su inclusión en una antología de origi-
nales
que iba a ser editada por la persona que hizo tal observación, y
publicada
por Doubleday.
Desgraciadamente,
la historia me superó y, a las 20.000 palabras,
probó
que era una novela corta. Temía que ahora fuese demasiado
larga
para la antología y, por lo tanto, consulté con Lawrence P.
Ashmead
sobre ese punto. Era mi editor en Doubleday en esos mo-
mentos
y él era también quien iba a manejar la antología. Larry leyó
mi
historia y dijo que no la quería en la antología; quería que sacase de
eUa
una novela.
Así
lo hice, pero no toqué en absoluto la novela corta..., ni una
palabra.
La conservé como al inicio, y añadí dos novelas cortas más
que
continuaban la historia. Todas juntas, las tres formaban una no-
vela
de 90.000 palabras, The Gods Themselves (Doubleday, 1972).
En
ese caso no hay “cuento paralelo”, pues la novela corta a partir
de
la cual creció está exactamente ahí, en el libro, como la primera de
sus
tres partes.
13.
Cuentos paralelos
Creencia
(Primera
versión)
Prólogo
¿Qué
decir de aquellos relatos míos que empezaron como relatos o
novelas
cortas, y que fueron publicados como tales en las revistas
pero
sólo después de revisiones tan amplias que mi historia original
podría
ser calificada como un “Asimov alternativo”?
No
hay muchos casos, pero echemos un vistazo y veamos.
Durante
mis primeros años como escritor d e ciencia ficNón, escnbí
nueve
re.atos que nunca vendí a nadie y que quedaron tan desampara-
dos
que apenas nadie se atrevió a susurrar una palabra hablando de
revisuón.
Fueron relatos simplemente malogrados. Tales relatos son,
por
orden cronológico:
Cosmic
Corkscrew (1938)
This
Irrational Planet (1938)
Paths
of Destiny (1938)
Knossos
in Its Glory (1938)
The
Decline and Fall (1939)
Life
Before Birth (1939)
The
Brothers (1939)
Oak
(1940)
Masks
(1941)
Podría
tener la tentación de incluir esos relatos como “alternativos”
a mi
obra publicada, y como curiosidades históricas o errores de
cálculo
de un escritor joven, ante los que mis lectores podrían réír
194
indulgentemente.
Afortunadamente, me resulta fácil resistirme a esa
tentación.
Los manuscritos ya no existen.
“Masks”
fue el relato vigésimo noveno que escribí, de modo que si
nueve
de los relatos escritos hasta entoncesfueronfracasos totales, los
otros
veinte, que logré vender, configuran un índice de fracasos del
treinta
por ciento, incluso en mis años mozos. En algunas ocasiones,
sólo
después de considerables esfuerzos lograba vender aquellos pri-
meros
relatos, pero la mayoría de ellosfueron publicados (para bien o
para
mal) tal y como los había escrito, de modo que en tales casos no
existe
texto . al~erna~ivo”.
Hubo,
sin embargo, una excepción. En marzo de 1939 escribí un
relato
htulado “Pilgrimage”. A Campbell no le gus~ó, pero se mostró
dispuesto
a perrnitirme una revisión para eliminar aquello que él desa-
probaba.
Finalmente, lo revisé tres veces, entregando a Campbell cada
una
de las nuevas versiones... que él rechazó cada vez. El cuarto
rechazofueel
último.
Seguí
revisando el relato, con una determinación valedera de
mejor
causa, y el relato se publicófinalmente en la primavera de 1942
en
Planet Stories, después de un total de siete (I) revisiones. Planet
Stories
lo publicó bajo el terrible título de “Black Friar of the
Flame”,
y para entonces yo ya lo odiaba. Decidí entonces que nunca
más
volvería a revisar un relato más de una vez..., y nunca lo hice.
Sin
embargo, no existe ninguna de las primeras versiones de “Pilgri-
mage”,
así que no puedo incluirlas aquí.. ., que es lo mejor que pue-
de haber pasado.
“Masks”, el noveno y último relato que no
pude vender, fue
escrito a principios de febrero de 1941.
Aquel mismo mes escribí
otros dos relatos que fueron publicados en
revistas menores. Des-
pués, en marzo de 1941 escribí “Nightfall”,
que fue mi trigésimo
segundo relato.
No me explico cómo pude escribir
“Nightfall~ después de haber
escrito treinta Y un relatos de una calidad
tan variable que iba desde lo
bueno hasta ló más horrible. Desde luego,
yo no sitúo “Nightfall” en
un lugar tan elevado como parecen hacerlo
la mayoría de lectores de
ciencia ficción, pero no cabe la menor duda
de que fue considerado
casi inmediatamente como un ~ clásico”.
Incluso ha sido votado cierto
número de veces como el mejor relato o
novela corta de cienciaficción
escrito jamás. (Yo desapruebo enérgicamente
tal estimación. Creo que
yo mismo he escrito una serie de relatos
mejores que “Nightfall”. Y
t hasta es muy posible que otros escritores
también.)
En cualquier caso, después de “Nightfall”
ya no volví a escribir
ninguna otra historia de ciencia ficción
que no pudiera vender, habi-
tualmente al primer intento. Armado con una
creciente confianza en
mí mismo, fui adoptando una actitud cada
vez menos sumisa ante la
revisión drástica. Siempre se me podía
convencer para que hiciera
cambios triviales que implicaban la
introducción o eliminación de
frases, e incluso de párrafos enteros, pero
raramente me mostraba
dispuesto a algo más que eso.
l
;
!
Claro
que “raramente” no es “nunca”, y siempre hubo excepcio-
nes.
En las excepciones que se produjeron se hallaban implicados ha-
bitualmente
o bien Horace Gold o John CampbeU. Ambos eran exce-
lentes
escritores de cienciaficción por derecho propio, así como perso-
nas
insufribles que nunca quedaban satisfechas con ningún relato que
no
estuviera exaaamente tal y como ellos mismos lo habrían escrito.
La
única diferencia entre ambos era que CampbeU se mostraba genial
y
agrad able, mientras que Gold era arisco y a veces abrasivo.
Habitualmente,
mis roces con Gold eran traumáticos. En 1950,
cuando
estaba escribiendo The Stars, Like Dust, ~ mi segunda novela,
insistió
en que introdujera una pequena trama hablando de la Consti-
tución
de los Estados Unidos. Me opuse tenazmente, argumentando
que
sería inapropiado introducir algo relacionado con una pequena
parte
del planeta en una novela de ámbito galáctico. Gold siguió insis-
tiendo,
y yo terminé por insertarlo en forma de párrafos dispersos que
podrían
ser eliminados fácilmente sin danar para nada la novela.
Cuando
le entregué el manuscrito a Bradbury, le pedí disculpas por
aquellos
párrafos repugnantes y le dije que estaba dispuesto a eliminar-
los.
Pero cuando Bradbury leyó la novela quiso mantenerlos donde
estaban.
No pueden imaginarse lo fn~strado que me sentí..., pero el
caso
es que esos párrafos han seguido en su lugar desde entonces, y, en
consecuencia,
The Stars, Like Dust sigue siendo mi novela menos
favorita.
Más
adelante, cuando Gold serializó The Stars, Like Dust, en los
números
de Galaxy correspondientes a enero, febrero y marzo de
1951,
aún empeoró las cosas al titularla Tyrann. En mi opinión, tenía
el
peor de los gustos en cuanto a títulos se refiere.
En
junio de 1952 le vendí a Gold ~ The Martian Way”. * * Me pidió
numerosas
revisiones, y yo ladré. Finalmente, redujo sus exigencias a
una
sola: en la historua sólo había personajes masculinos, y me pidió
que
introdujera a una mujer, cualquier mujer.
Yo
no comprendía por qué, puesto que el argumento no exigía la
presencia
de ningún personaje femenino, y yo no me senáa a gusto con
ellas.
(Quiero decir como personajes de un relato; en la vida real me
siento
muy a gusto con ellas, no se preocupen.) Pero me mostré de
acuerdo
porque no deseaba parecer irrazonable. Por lo tanto, revisé
una
sección o dos del relato e introduje como personajefemenino a la
reganona
esposa de uno de los hombres.
Eso
no era lo que Gold deseaba, y yo lo sabía muy bien, claro.
Pero
yo había cumplido. Había introducido a un personajefemenino.
Gold
se vio obligado a aceptar el relato tal y como lo había revisado.
Fue
publicado en noviembre de 1952 en el n mero de Galaxy, y mi
nombre
apareció mal impreso en la portada. No creo que ésa fuera la
forma
que tuvo Gold de vengarse de mí, pero les aseguro que en
aquellos
momentos ese pensamiento cruzó por mi cabeza.
il
En la arena estelar, número 45 de esta colección.
* ~
A lo marciano, número 61 de esta colección.
No
tengo la versión original de “The Martian Way”. Eran tiempos
antenores
a la aparición de Godieb y la “bóveda de Isaac”, y me
atrevería
a asegurar que el original fue quemado en la barbacoa. Pero
no
importa; la diferencia existente entre la primera versión y la que
finalmente
se publicó no era lo bastante importante como para justifi-
car
la inclusión de la primera en este volumen.
Otro
incidente peculiar ocurrió con mi relato “Hostess”, que le
vendí
a Gold en diciembre de 1950. Al parecer, Theodore Sturgeon le
había
vendido anteriormente un relato cuyo tema central era igual que
el
mío, aunque ambos eran por lo demás totalmente diferentes. Gold
insistió
en que introdujera algunos cambios menores en la partefinal,
para
disminuir así el parecido totalmente coincidente. Lo hice así no
sin
protestar vehementemente, porque los cambios debilitarían nota-
blemente
mi relato, pero no pude convencer a Gold en esta cuestión.
“Hostess”
se publicó en el número de Galaxy de mayo de 1951,
pero
cuando lo incluí en mi recopilación Nightfall and Other Stories
(Doubleday,
1969), me aseguré de que apareciera en mi versión origi-
nal.
Así pues, el original terminó por ser publicado, de modo que no
hay
motivo para incluirlo aquí.
Y, a
propósito, mi heróína en “Hostess” se llamaba originalmente
Vera
Smollett. Gold se negó resueltamente a aceptar dicho nombre
porque
la redactora jefe de la revista (un puesto puramente nominal
por
lo que sé) se llamaba en aquella época Vera Cerutti. Me sentí
intrigado
en cuanto a qué diferencua representaba eso, puesto que mi
Vera
era un personaje totalmente simpático, pero supongo que Gold
tuvo
sus razones, de modo que cambié el nombre de Vera por el de
Rose.
(Algo similar sólo me ocurrió en otra ocasión, cuando a uno de
los
dos personajes de un relato de misterio, le puse, sin yo saberlo, el
mismo
nombre que el de la esposa ya fallecida del editor, quien me
pidió
que cambiara el nombre. Me apresuré a complacerle.)
En
una ocasión, y sólo en una, se resolvió totalmente a favor de
Gold
aquella relación difícil que existió entre ambos.
En
el otoño de 1957 escribí un relato titulado “The Ugly Little
Boy”.
Se lo envié a Larry Shaw, de Infinity Science Fiction, quien me
había
pedido un relato. Lo aceptó inmediatamente, pero la revista ya
estaba
en las últimas (sin que yo lo supiera), y el 5 de febrero de 1958
admitió
que no tenía dinero para pagarme y me devolvió el relato.
Aquellofue
para mí un acontecimiento desconcertante, pues tenía la
intención
de convertir “The Ugly Little Boy” en el relatofinal de una
nueva
antología que iba a titularse Nine Tomorrows. ~ Le había presen-
tado
el relato a Bradbury, y él se mostró dubitativo. Tuve que conven-
cerle
para que lo aceptara tal y como estaba. . ., y fue aquélla la primera
vez
que utilicé con él mi elocuencua para tal propósito. Ahora, si no
encontraba
rápidamente una revista que publicara el relato, Bradbury
podría
reconsiderar su propósito de incluirlo en la antología.
Lo
envié a Astounding y Campbell me lo devolvió el 11 de marzo,
Nuevefuturos,
número 96 de esta colección.
lg7
con
bastante firmeza. Ni siquiera me pidió que lo revisara. D~ modo
que,
de mala gana, intenté colocárselo a Horace Gold, preparándome
para
el duro rechazo habitual.
Pero
no lo rechazó. El 20 de marzo hablamos por teléfono y me
dijo
que lo aceptaría si estaba dispuesto a hacer algunas revisiones. Se
mostró
pesaroso por ello, porque por aquel entonces ya sabía que una
petición
de revisión encontraría la más dura resistencia por mi parte, y
porque
quizá tendría que esperar largo tiempo antes de que volviera a
intentarlo.
Me bosquejó tres cuestiones que deseaba introducir y me
dijo
que se daría por satisfecho siyo lo adaptaba para cumplir con una
deellas...,
sólounadelastres.
Pero
mientras él hablaba me di cuenta de que no había planteado
bien
el relato. No era extrano que Bradbury se hubiera mostrado
reacio
y Campbell totalmente negativo. La crítica de C~old me permitió
verlo
con claridad.
—No
te preocupes, Horace ~e dije por teléfono—. Volveré a
escnbir
todo el condenado relaro.
Y lo
hice. Entre el 24 de marzo y el I de abril de 1958 escribí una
versión
completamente nueva de la historia, y tanto Gold como Brad-
bury
la aceptaron de buena gana. Apareció publicada en Galaxy de
septiembre
de 1958, bajo el anodino tttulo de “Lastborn”. Sin em-
bargo,
quedó incluida en Nine Tomorrows (Doubleday, 1959), con su
título
original y más sensible de “ The Ugly Little Boy~s.
I~o
tengo la versión original de “ The Ugly Little Boy”, y lo lamento
amargamente.
Si la tuviera, la habría incluido aquí, júnto con la ver-
sión
publicada, y ustedes podrían haber visto con sus propios ojos
cómo
un escritor experimentado puede perder el tren y necesitar algun
correchvo
exterior. Pero, ¡qué le vamos a hacer.t... Una vez terminada
la
segunda versión, infinitamente supenor, y sin un Howard Cotlieb
para
decirme que debía guardarlo todo, probablemente convertí la
primera
versión en confetti.
No
obstante, puedo presentarles un relato, que no tiene nada que
ver
con Gold, sino con Campbell. En diciembre de 1952, CampbeU
me
sugirió que escribiera un relato sobre un hombre que descubnó
que
podía levitar, pero que no encontraba a nadie que le tomara en
serio.
Quería titularlo ..Upsy-Daisy”. En aquellos tiempos, CampbeU
se
senha cada vez más interesado por las zonas marginales de la cien-
cia,
y nunca perdía una oportunidad para conseguir que los autores
escribieran
historias sobre telepatta, telequinesis, clarividencia y otras
“aptitudes
marginales”.
Sin
embargo, llevé cuidado para que no fuera una historia margi-
nal.
Antes bien, intenté abordar el tema de la levitación desde el es-
tricto
punto de vista de la fisica, aun dándome cuenta de que ello podía
significar
un rechazo por parte de CampbeU. Pero no sucedió asi.
CampbeU
opuso alguna óojeción al final y rne convenció para que ia
retocara
un poco.
En
consecuencia, volví a escribir el tercio final del relato, que él
198
aceptó
y publicó en el número de Astounding de octubre de 1953.
Debido
a esta revisión, nunca me send totalmente contento con
“Creencia”.
No obstante, permití que la versión publicada apareciera
en
diversas antologías, incluyéndola en dos de las mías: Through a
Glass,
Clearly (New English Library, 1967) y The Winds of Change
and
Other Stories~ (Doubleday, 1983).
Yo
sigo conservando, no obstante, la vergión original que ahora,
por
primera vez, verá la luz en el presente volumen.
Creencia
—¿Has
soñado alguna vez que estabas volando?—preguntó el
doctor
Roger Toomey a su esposa.
Jane
Toomey alzó la vista.
—¡Por
supuesto!
Sus
rápidos dedos no dejaron de manipular ágilmente el hilo del
que
estaba surgiendo un intrincado e inútil tapetito para la mesa. El
aparato
de televisión emitía un apagado murrnullo, y las imágenes de
la
pantalla apenas atraían la atención.
—Todo
el mundo sueña con volar en un momento u otro—dijo
Roger—.
Es algo universal. Yo lo he hecho muchas veces. Eso es lo
que
me preocupa.
—Lamento
decírtelo, pero no sé adónde quieres ir a parar, que-
rido—dijo
Jane.
Fue
contando puntadas en voz baja.
—Cuando
piensas un poco en ello—prosiguió é~, hace que te
maravilles.
No es realmente en volar en lo que sueñas. No tienes alas;
yo
al menos no las he tenido nunca. No hay ningún esfueno impl;-
cado
en ello. Simplemente estás flotando. Eso es. Flotando.
{~uando
vuelo—dijo Jane—, no recuerdo ninguno de los deta-
lles.
Excepto en una ocasión en que aterricé en el tejado del ayunta-
miento
y no llevaba nada de ropa. De todos modos, en el sueño nadie
parece
prestarte atención cuando sueñas que estás desnuda. ¿Nunca
te
has dado cuenta de eso? Te mueres de verguenza, pero la gente
simplemente
pasa por tu lado sin mirarte.
Tiró
del hilo, y el ovillo cayó de la cesta y rodó por el suelo. No le
prestó
atención.
Roger
agitó lentamente la cabeza. Su rostro estaba pálido y ab-
sorto
en la duda. Parecía todo él ángulos, con sus altos pómulos, su
larga
y afilada nariz y las entradas en la frente, que se iban haciendo
más
pronunciadas con los años. Tenía treinta y cinco.
—¿No
te has parado nunca a pensar en lo que te hace soñar que
estás
flotando?—preguntó.
~
~os vientos del cambio, publicado por esta editorial en su colección
“Gran
Super Ficción”.
—No,
nunca.
Jane
Toomey era rubia y menuda. Su belleza era del tipo frágil,
de
esas que no se imponen a uno sino que lo van ganando inconscien-
temente.
Poseía los brillantes ojos azules y las sonrosadas mejillas de
una
muñeca de porcelana. Tenía treinta años.
—Muchos
sueños son sólo la interpretación que la mente realiza
de
un estímulo imperfectamente comprendido—dijo Roger—. Los
estímulos
se ven forzados a un contexto razonable en una fracción de
segundo.
—¿De
qué estás hablando, querido?
—Mira,
en una ocasión soñé que me hallaba en un hotel, asis-
tiendo
a una convención de fisica. Estaba con viejos amigos. Todo
parecía
absolutamente normal. De pronto, hubo una confusión de
gritos,
y sin ninguna razón me vi presa del pánico. Eché a correr
hacia
la puerta, pero no quiso abrirse. Uno a uno, mis amigos desa-
parecieron.
No tuvieron problemas para abandonar la habitación,
pero
yo no pude ver cómo lo habían conseguido. Les grité, y me
ignoraron.
“En
mi interior empezó a crecer la seguridad de que el hotel era
pasto
de las llamas. No olía a humo. Simplemente, sabía que había
un
incendio. Eché a correr hacia la ventana, y pude ver una escalera
de
incendios en el exterior del edificio. Corn a todas las ventanas
pero
ninguna conducía a la escalera de incendios. Ahora me hallaba
completamente
solo en la habitación. Me asomé a la ventana, lla-
mando
desesperadamente. Nadie me oyó.
“Entonces
llegaron los coches de bomberos, pequeñas manchas
rojas
atravesando las calles. Recuerdo eso claramente. Las sirenas
de
alarma resonaban fuertemente para despejar el tráfico. Podía
oírlas,
cada vez más fuertes, hasta que el sonido llegó a hender mi
cabeza.
Me desperté y, por supuesto, el despertador estaba so-
nando
.
“Ahora
bien, no pude haber soñado un sueño tan largo destinado
a
llegar al momento en que empezara a sonar la alarma del desperta-
dor,
a fin de que ésta encajara perfectamente en la trama del sueño.
Es
mucho más razonable suponer que el sueño se inició en el mo-
mento
en que la alarma empezó a sonar, y comprimió toda su sensa-
ción
de duración en una fracción de segundo. Se trataba simplemente
de
un dispositivo de justificación de mi cerebro para explicar aquel
repentino
sonido que penetraba en el silencio.
Jane
estaba frunciendo el ceño. Dejó a un lado su labor.
—;Roger!
Te has comportado de un modo extraño desde que has
vuelto
de la universidad. No has cenado nada, y ahora esta ridícula
conversación.
Nunca te he visto tan morboso. Lo que necesitas es
una
dosis de bicarbonato.
—Necesito
algo más que eso dijo él en voz baja—. Veamos,
¿cómo
empieza un sueño de estar flotando?
—Si
no te importa, cambiemos de tema.
Se
levantó, y con dedos firmes subió el volumen del televisor. Un
joven
caballero de mejillas hundidas y una sentimental voz de tenor
le
manifestó, melodiosamente, su eterno amor.
Roger
volvió a bajar la voz del aparato y se quedó de pie con la
espalda
cubriendo la pantalla.
—¡Levitación!—exclamó—.
Eso es. Existe alguna forma en que
los
seres humanos pueden conseguir flotar. Tienen la capacidad para
ello.
Simplemente, se trata de que no saben cómo usar esa capaci-
dad...,
excepto cuando están durmiendo. Entonces, a veces se elevan
sólo
un poquito, una décima de milímetro quizá. No lo suficiente
para
que alguien se dé cuenta de ello aunque esté observando, pero sí
para
desencadenar la sensación adecuada, que desencadena un sueño
en
el que uno está 9Otando.
—Roger,
estás delirando. Me gustaría que lo dejaras. De veras.
Él
siguió adelante con su idea.
—A
veces volvemos a bajar lentamente, y la sensación desapa-
rece.
Otras veces, el control de 9Otación termina bruscamente, y
caemos,
Jane, ¿nunca has soñado que estabas cayendo?
—Sí,
por sup...
—Te
hallas colgando en la fachada de un edificio, o sentado en el
borde
de una silla, y de repente te estás cayendo. Es la horrible
sensación
de la caída la que te despierta de golpe, jadeante, el cora-
zón
palpitando locamente. Has caído de verdad. No hay otra explica-
ción.
La
expresión de Jane, que había pasado lentamente del descon-
cierto
a la preocupación, se disolvió de pronto en una tímida sonrisa.
—Roger,
maldito diablo. ¡Me has engañado! ¡Eres un canalla!
—¿Qué?
—Oh,
no. No sigas con eso. Sé exactamente lo que has estado
haciendo.
Has estado imaginando el argumento para una historia y
estás
probándolo conmigo. Debería conocerte lo suficiente como
para
no escucharte.
Roger
pareció sorprendido, incluso un poco confuso. Avanzó
hasta
el sillón de ella y se la quedó mirando.
—No,
Jane.
—No
veo por qué no. Has estado hablando acerca de escribir
relatos
desde que te conozco. Si realmente tienes un argumento, lo
mejor
que puedes hacer es escribirlo. No sirve de nada utilizarlo
únicamente
para asustarme.
Sus
dedos empezaron a moverse de nuevo a medida que recupe-
raba
el ánimo.
—Jane,
esto no es ninguna historia.
—Pero
¿qué otra cosa. . . ?
—Cuando
me desperté esta mañana, ¡caí al colchón!
Ella
se lo quedó mirando, sin parpadear.
—Soñé
que estaba volando—prosiguió él—. Fue un sueño claro
v
preciso. Recuerdo cada uno de sus minutos. Me hallaba tendido de
espaldas
cuando me desperté. Me senb'a cómodo, y completamente
feliz.
Sólo me pregunté por qué el techo pareaia tan extraño. Bostecé
200 1 201
y me
desperecé, y toqué el techo. Durante un minuto, simplemente
me
quedé mirando a mi brazo alzado, que se apoyaba con fuerza
contra
el techo.
“Entonces
me di la vuelta. No moví un músculo, Jane. Simple-
mente
me di la vuelta, todo de una pieza, porque deseaba hacerlo.
Alli
estaba, a metro y medio sobre la cama. Tú estabas en la cama,
durmiendo.
Me asusté. No sabía cómo bajar, pero en el instante
mismo
en que pensé en bajar, caí. Caí lentamente. Todo el proceso
estaba
bajo un perfecto control.
“Me
quedé inmóvil en la cama durante quince minutos antes de
atreverme
a moverme. Luego me levanté, me lavé, me vestí, y me fui
al
trabajo.
Jane
forzó una sonrisa.
—Querido,
hubiera sido mejor que escribieras todo eso. Pero no
te
preocupes. Simplemente has estado trabajando demasiado.
—¡Por
favor! No seas trivial.
—La
gente trabaja demasiado, aunque tú digas que es trivial. Lo
que
ocurrió fue que soñaste quince minutos más de lo que creíste que
habías
soñado.
—No
era un sueño.
—Por
supuesto que lo era. Soy incapaz de contar las veces que he
soñado
que me despertaba, me vesba y preparaba el desayuno; luego
me
despertaba realmente, y descubría que tenía que hacerlo todo de
nuevo.
Incluso he soñado que estaba soñando, si entiendes lo que
quiero
decir. Puede ser terriblemente confuso.
—Mira,
Jane. He acudido a ti con un problema debido a que tú
eres
la única a la que siento que puedo acudir. Por favor, tómame en
serio.
Los
azules ojos de Jane se abrieron mucho.
—¡Querido!
Te estoy tomando tan en serio como me es posible.
Tú
eres el profesor de ffsica, no yo. Eres tú quien sabe de gravitación,
no
yo. ¿Me tomarías tú en serio si yo te dijera que me había encon-
trado
9Otando de pronto?
—No.
Y eso es lo peor de todo. No quiero creer en ello, pero lo
he
vivido. No era un sueño, Jane. Intenté decirme a mí mismo que sí
lo
era. No tienes ni idea de cómo me he hablado a mí mismo de ello.
Cuando
iba hacia la universidad, estaba seguro de que era un sueño.
¿No
has notado algo extraño en mí en el desayuno?
—Sí,
ahora que pienso en ello, sí lo he notado.
—Bien,
no era nada demasiado extraño, olo hubieras mencio-
nado.
De todos modos, di perfectamente mi clase de las nueve. A las
once,
había olvidado todo el incidente. Entonces, justo antes de la
comida,
necesité un libro. Necesitaba..., bien, el btulo del libro no
importa;
simplemente lo necesitaba. Estaba en un estante de arriba, I
pero
podía alcanzarlo. Jane...
Se
detuvo.
—Bien,
prosigue, Roger.
—Mira,
¿has intentado alguna vez alcanzar una cosa que está a
sólo
un palmo de distancia? Te inclinas y automáticamente das un
paso
hacia ella mientras la coges. Es algo por completo involuntano.
Se
trata simplemente de la coordinación re9eja de tu cuerpo.
—De
acuerdo. ¿Y?
—Me
tendí hacia el libro, y automáticamente di un paso hacia
arriba.
¡En el aire, Jane! ¡En el mismo aire!
—Voy
a llamar a Jim Sarle, Roger.
—No
estoy enfermo, maldita sea.
—Creo
que debería hablar contigo. Es un amigo. No será una
visita
médica. Simplemente hablará contigo.
El
rostro de Roger enrojeció con repentina irritación.
—¿Y
qué bien puede hacerme eso?
—Ya
veremos. Ahora siéntate, Roger. Por favor.
Se
dirigió al teléfono.
Él
la detuvo sujetándola por la muñeca.
—No
me crees.
~h,
Roger.
—No
me crees.
—Sí
te creo. Claro que te creo. Simplemente quiero...
—Sí.
Simplemente quieres que Jim Sarle hable conmigo. Así es
como
me crees. Te estoy diciendo la verdad, pero tú quieres que
hable
con un psiquiatra. Mira, no tienes que creer en mi palabra.
Puedo
probarlo. Te probaré que puedo 9Otar.
—Te
creo.
—No
seas tonta. Sé cuándo me están engañando. ¡Quédate quie-
ta!
Ahora obsérvame.
Retrocedió
hasta el centro de la habitación y, sin ningún prelimi-
nar,
se alzó del suelo. Quedó suspendido, con las puntas de sus
zapatos
a quince centímetros de la alfombra.
Los
ojos y la boca de Jane se convirtieron en tres redondas “O”.
—Baja,
Roger—musitó—. Por todos los cielos, baja.
Él
descendió de nuevo, y sus pies tocaron el suelo sin el menor
ruido.
—¿Lo
has visto?
~h,
Dios mío. Dios mío.
Se
lo quedó mirando, entre asustada y trastornada.
En
el aparato de televisión, una mujer pechugona cantaba con
voz
apagada que volar muy alto con algún tipo en el cielo era su idea
de
nada en absoluto.
Roger
Toomey miró a la oscuridad del dormitorio.
—Jane—susurró.
—¿Qué?
—¿No
duermes?
—No.
—Yo
tampoco puedo dormir. Estoy sujetando constantemente la
cabecera
de la cama para asegurarme de que no. . . Ya sabes.
Su
mano avanzó inquieta y acarició el rostro de ella. Jane se echo
2~2 1 203
hacia
atrás, apartando bruscamente la cabeza, como si la mano de él
estuviera
cargada de electricidad.
—Lo
siento—dijo al cabo de un momento . Estoy un poco ner-
viosa.
—No
te preocupes. De todos modos, voy a levantarme.
—¿Qué
vas a hacer? Tienes que dormir.
—Bueno,
no puedo, así que no tiene sentido que te mantenga
despierta
a ti también.
~uizá
no ocurra nada. No tiene que ocurrir todas las noches.
No
había ocurrido antes de la noche pasada.
—¿Cómo
lo sé? Quizá simplemente nunca subí tanto. Quiza
nunca
me desperté y me encontré en esa situación. De todos modos,
ahora
es distinto.
Se
sentó en la cama, las piernas dobladas, los brazos abrazando
sus
rodillas, la cabeza apoyada en ellos. Echó la sábana a un lado y
frotó
su mejilla contra la suave franela del pijama.
—Ahora
todo será inevitablemente distinto. Mi mente está llena
de
ello. Cuando me duerma, cuando no me mantenga consciente-
mente
anclado abajo..., sé que ascenderé.
—No
veo por qué. Eso debe representar un cierto esfuerzo.
—Ése
es el detalle. No representa ningún esfuerzo.
—Pero
estás luchando contra la gravedad, ¿no?
—Lo
sé, pero pese a todo no representa ningún esfuerzo. Mira,
Jane,
si al menos pudiera comprenderlo, no importaría tanto.
Bajó
las piernas de la cama y se puso en pie.
—No
quiero hablar de ello.
—Yo
tampoco—murmuró su esposa.
Se
echó a llorar, luchando contra los sollozos y convirtiéndolos en
estrangulados
gemidos, que sonaban mucl~o peor.
—Lo
siento, Jane ~iijo Roger—. Te estoy excitando demasiado.
—No,
no es eso. Pero no me toques. Simplemente..., simple-
mente
déjame sola.
Roger
dio unos pasos inseguros, apartándose de la cama.
—¿Adónde
vas?—preguntó ella.
—Al
sofá del estudio. ¿Puedes ayudarme?
—¿Cómo?
—Quiero
que me ates.
—¿Atarte?
—Con
un par de cuerdas. No muy apretadas, de modo que pueda
darme
la vuelta si quiero. ¿Te importa?
Los
pies desnudos de Jane estaban buscando ya sus zapatillas en
el
suelo, al lado de su cama.
—De
acuerdo—dijo con un suspiro.
Roger
Toomey se sentó en el pequeño cubículo que pasaba por
ser
su despacho y miró al montón de papeles de examen que tenía
delante.
En aquellos momentos no sabía cómo iba a hacer para ca-
lificarlos.
Había
dado cinco clases sobre electricidad y magnetismo desde la
primera
vez que había flotado. Las había dado como había podido,
aunque
no demasiado bien. Los estudiantes le hacían preguntas ridí-
culas,
de modo que probablemente no estaba siendo tan claro como
acostumbraba
a ser.
Hoy
se había ahorrado una clase poniendo un examen sorpresa.
No
se había molestado en preparar uno; había echado mano de las
copias
de uno preparado algunos años antes.
Ahora
tenía los papeles con las respuestas, y tenía que calificar-
los.
¿Por qué? ¿Importaba realmente lo que decían? ¿Importaba
realmente
algo? ¿Era tan importante saber las leyes de la física?
¿Cuáles
eran en realidad esas leyes? ¿Acaso existía alguna?
¿O
todo era tan sólo una masa de confusión de la cual jamás
podría
extraerse nada coherente? ¿Era el universo, con toda su ar-
moniosa
apariencia, el mero caos original, aguardando todavía a que
el
Espíritu asomara su rostro de las profundidades?
El
insomnio tampoco ayudaba. Incluso atado en el sofá, dormía
tan
sólo a intervalos, y siempre con pesadillas.
Alguien
llamó a la puerta.
—¿Quién
es?—gritó furiosamente Roger.
Una
pausa, y luego la insegura respuesta.
—Soy
la señorita Harroway, doctor Toomey. Le traigo las cartas
que
me dictó.
—Está
bien, entre, entre. No se quede ahí.
La
secretaria del departamento abrió la puerta el mínimo indis-
pensable,
y deslizó su delgado y poco atractivo cuerpo al interior del
despacho.
Llevaba un montón de papeles en la mano. A cada uno de
ellos
iba unida una copia en papel amarillo, y un sobre con membrete
y la
dirección ya puesta.
Roger
estaba ansioso por librarse de ella. Ése fue su error. Se
tendió
hacia delante para coger las cartas mientras ella se aproxi-
maba,
y notó que abandonaba la silla.
Avanzó
casi medio metro hacia delante, todavía en posición sen-
tada,
antes de conseguir impulsarse violentamente hacia atrás, per-
diendo
el equilibrio y dando un voltereta en el proceso. Era dema-
siado
tarde.
Era
absolutamente demasiado tarde. La señorita Harroway dejó
caer
las cartas de su temblorosa mano. Gritó y se dio la vuelta,
golpeando
la puerta con el hombro, rebotando en el pasillo, y
echando
a correr con un fuerte repiqueteo de sus altos tacones.
Roger
se puso en pie, frotándose una dolorida cadera.
—Maldita
sea—exclamó furioso.
Pero
no podía evitar el ver la escena desde el punto de vista de
ella.
Imaginó cómo debía de haberse desarrollado todo a sus ojos: un
hombre
ya adulto, flotando suavemente fuera de su silla y deslizán-
dose
hacia ella en posición sentada.
Recogió
las cartas y cerró la puerta de su despacho. Ya era tarde;
los
pasillos debían de estar vacíos; además, ella probablemente se
expresaría
de forma incoherente. Sin embargo... Aguardó ansioso la
llegada
de gente.
No
ocurrió nada. Quizá la mujer estuviera tendida en algún sitio
desvanecida.
Roger sintió la necesidad de ir a ver lo que le había
ocurrido
y ayudarla si era necesario, pero le dijo a su conciencia que
se
fuera al diablo. Hasta que descubriera exactamente qué era lo que
no
funcionaba en él, cuál era el origen de aquella loca pesadilla, no
debía
hacer nada por revelarla.
Es
decir, nada más de lo que ya había hecho.
Hojeó
las cartas; una para cada uno de los físicos teóricos selec-
cionados
entre los más importantes del país. Su propio talento era
insuficiente
para resolver aquel asunto.
Se
preguntó si la señorita Halloway habría captado el contenido
de
las cartas. Esperaba que no. Lo había arropado deliberadamente
en
lenguaje técnico; más, quizá, de lo necesario. En parte para ser
discreto,
y en parte para impresionar a los destinatarios con el hecho
de
que él, Toomey, era un legítimo y capacitado científico.
Una
a una, metió las cartas en los sobres adecuados. Los mejores
cerebros
del país, pensó. ¿Podrían ayudarle?
No
lo sabía.
La
biblioteca estaba tranquila. Roger Toomey cerró el Journal of
Theoret¿cal
Physics, lo colocó a un lado, y se quedó mlrando sombn'a-
mente
su contraportada. ¡El Journal of Theoretical Physics! ¿Qué
contribución
había hecho ninguno de aquellos hombres a la erudita
parcela
de absurdo conocimiento? Aquel pensamiento le desgarró.
Hasta
hacía muy poco tiempo habían sido para él las mayores lum-
breras
del mundo.
Y
sin embargo seguía haciendo todo lo posible por vivir según sus
códigos
y su filosofía. Con la ayuda cada vez más renuente de Jane,
había
efectuado mediciones. Había intentado pesar el fenómeno en
la
balanza, extraer sus correlaciones, evaluar sus cantidades. Había
intentado,
en pocas palabras, vencerlo de la única forma que sabía,
convirtiéndolo
simplemente en otra expresión de las eternas líneas de
comportamiento
que todo el universo debía seguir.
(Que
debía seguir. Así lo decían las mentes más preclaras.)
Sólo
que no había nada que medir. No había absolutamente nin-
guna
sensación de esfuerzo en su levitación. En un espacio cerrado
—no
se había atrevido a hacer comprobaciones al aire libre, por
supuesto—,
podía alcanzar el techo tan fácilmente como alzarse un
par
de centímetros, excepto que requería más tiempo. Tenía la sensa-
ción
de que con tiempo suficiente podría seguir alzándose de forma
indefinida;
ir hasta la Luna, si era necesario.
Podía
llevar pesos mientras levitaba. El proceso se hacía más
lento,
pero no se apreciaba el menor incremento en el esfuerzo.
El
día anterior había acudido a Jane sin advertirla, con un cronó-
metro
en la mano.
—¿Cuánto
pesas?—le preguntó.
—Cuarenta
y cuatro—respondió ella.
Le
miró, desconcertada.
Él
la sujetó por la cintura con un brazo. Jane intentó soltarse,
pero
él no le prestó atención. Juntos, empezaron a ascender a paso
de
tortuga. Ella se aferró a él, blanca y rígida por el terror.
—Veintidós
minutos, trece segundos—dijo él cuando su cabeza
tocó
el techo.
Cuando
estuvieron de nuevo abajo, Jane se soltó de un tirón y
salió
apresuradamente de la sala.
Algunos
días antes Roger había pasado por delante de una bás-
cula
pública. descuidadamente instalada en una esquina junto a un
drugstore.
La calle estaba vacía, de modo que subió a la báscula y
echó
una moneda. Aunque ya sospechaba algo así, se sorprendió al
descubrir
que pesaba doce kilos.
Empezó
a llevar montones de monedas en los bolsillos y a pesarse
en
todas las condiciones. Era más pesado los días de viento fuerte,
como
si necesitara más peso para umpedir ser arrastrado.
El
ajuste era automático. Fuera lo que fuese lo que lo haáa
levitar,
mantenía un equilibrio entre comodidad y seguridad. Sin
embargo,
podía reforzar el control consciente sobre su levitación del
mismo
modo que podía hacerlo sobre su respiración. Podía subir a
una
báscula y obligar a la aguja a subir hasta casi su peso nonmal, y
por
supuesto a bajar hasta la nada.
Dos
días antes se había comprado una bascula y había intentado
medir
a qué velocidad podía cambiar de peso. No sirvió de nada. La
velocidad,
fuera cual fuese, era superior a la capacidad de reacción
de
la aguja. Todo lo que hizo fue acumular datos sobre módulos de
comprensibilidad
y momentos de inercia.
Bien...,
¿y a qué le conducía todo aquello?
Se
puso en pie y salió cansadamente de la biblioteca, con los
hombros
caídos. Fue sujetándose a mesas y sillas mientras caminaba
hacia
un lado de la habitación, y alli mantuvo la mano apoyada
contra
la pared. Tenía la sensación de que debía hacerlo así. El
contacto
con la materia le mantenía constantemente informado de su
posición
con relación al suelo. Si su mano perdía el contacto con una
mesa
o se deslizaba hacia arriba por la pared..., cuidado entonces.
El
pasillo contenía el escaso número habitual de estudiantes. Los
ignoró.
En aquellos últimos días, habían ido aprendiendo gradual-
mente
a dejar de saludarle. Roger imaginó que algunos de ellos
pensaban
que era un tipo raro, y probablemente muchos empezaban
a
sentir antipatía hacia él.
Pasó
junto al ascensor. Ya nunca lo tomaba; especialmente para
bajar.
Cuando el ascensor iniciaba su movimiento hacia abajo, le
resultaba
imposible no flotar en el aire, aunque sólo fuera por unos
momentos.
No importaba que se preparara para combatir el mo-
mento;
flotaba, y la gente podía volverse y mirarle.
Avanzó
una mano hacia la barandilla en el arranque de la escalera
y,
justo antes de que su mano la tocara, uno de sus pies tropezó con
2~i
207
el
otro. Fue el tropezón más desmañado que se pueda imaginar. Tres
semanas
antes, Roger hubiera rodado escalera abajo.
Esta
vez, su sistema autónomo se hizo cargo de las cosas, e incli-
nándose
hacia delante, los brazos abiertos, los dedos de las manos
extendidos,
las piernas semidobladas, flotó hacia abajo como un pla-
neador.
Parecía estar suspendido por hilos.
Estaba
demasiado desconcertado para contenerse, demasiado pa-
ralizado
por el horror como para hacer algo. A medio metro de la
ventana
del piso de abajo, se detuvo automáticamente y flotó.
Había
dos estudiantes en el piso adonde fue a parar, ambos apre-
tados
contra la pared, otros tres en el arranque de la escalera, dos en
el
piso de más abajo, y uno en el descansillo junto a él, tan cerca que
casi
podían tocarse.
Todo
estaba muy silencioso. Todos le estaban mirando.
Roger
se enderezó en el aire, descendió hasta el suelo, y echó a
correr
escalera abajo, empujando bruscamente a un estudiante fuera
de
su camino.
Las
conversaciones se transforrnaron en una única exclamación a
sus
espaldas.
—¿El
doctor Morton desea venme?
Roger
se volvió en su sillón, sujetándose firrnemente a uno de sus
brazos.
La
nueva secretana del departamento asintió.
—Sí,
doctor Toomey.
Se
marchó rápidamente. En el poco tiempo que llevaba alli desde
que
la señorita Harroway presentara su dimisión, se había enterado
de
que el doctor Toomey tenía algo “raro”. Los estudiantes le evita-
ban.
En su clase de hoy, los asientos de atrás habían estado llenos de
murmullos
de estudiantes. Los asientos de delante habían permane-
cido
desocupados.
Roger
miró al pequeño espejo de pared cerca de la puerta. Se
ajustó
la chaqueta y se sacudió un hilo, pero esa operación hizo poco
por
mejorar su apariencia. Su tez era cada vez más amarillenta.
Había
perdido al menos cuatro kilos desde que todo aquello empe-
zara,
aunque por supuesto no tenía forma de saber exactamente
cuánto
había perdido. Su aspecto general era enfermizo, como si su
digestión
estuviera perpetuamente en contra de él y venciera todos
los
combates.
No
sentía ninguna aprensión acerca de aque'la entrevista con el
jefe
del departamento. Había alcanzado un pronunciado cinismo
referente
a los incidentes de levitación. Aparentemente, los testigos
no
hablaban. La señorita Harroway no lo había hecho. No había
ninguna
señal de que los estudiantes que le habían visto en la escalera
lo
hubi'eran hecho tampoco.
Con
un último toque al nudo de su corbata, abandonó el des-
pacho.
El
despacho del doctor Philip Morton no estaba muy lejos al
208
I
fondo
del pasillo, lo cual era un hecho que Roger tenía que agrade-
cer.
Cultivaba cada vez más la costumbre de andar con una sistemá-
tica
lentitud. Alzaba un pie y lo adelantaba, observando. Luego
alzaba
el otro pie y lo adelantaba, observando también. Avanzaba
decididamente
encorvado, mirándose los pies.
El
doctor Morton frunció el ceño cuando Roger entró. Tenía
unos
ojos pequeños, y exhibía un hirsuto bigote mal recortado y un
traje
desaliñado. Poseía una moderada reputación en el mundo cien-
tífico,
y una decidida inclinación a dejar las tareas de enseñanza en
manos
de los miembros de su departamento.
—Mire,
Toomey—dijo—, he recibido una carta de lo más ex-
traña
de Linus Deering. Usted le escribió el...—Consultó un papel
sobre
su escntorio—. El veintidós del mes pasado. ¿Es ésta su firma?
Roger
miró y asintió. Ansiosamente, intentó leer del revés la
carta
de Deering. Aquello era inesperado. De las cartas que había
enviado
el día del incidente con la señorita Harroway, hasta aquel
momento
sólo cuatro habían sido contestadas.
Tres
de ellas habían consistido en frías respuestas de un sólo
párrafo,
que decían más o menos: “Acuso recibo de su carta del
veintidós.
No creo que pueda ayudarle en el asunto que me plantea”.
Una
cuarta, la de Ballantine, del Northwestern Tech, había sugerido
torpemente
un instituto de investigaciones psíquicas. Roger no pudo
decidir
si estaba intentando ayudarle o si le insultaba.
L)eering,
de l'nnceton, hacía el número cinco. Había puesto gran-
des
esperanzas en Deering.
El
doctor Morton carraspeó fuertemente y se ajustó las gafas.
—Quiero
leerle lo que dice. Siéntese, Toomey, siéntese. Dice:
“Querido
Phil...”.
El
doctor Morton alzó brevemente la vista, con una sonrisa fatua.
—Linus
y yo nos conocimos en las reuniones de la Federación el
año
pasado—explicó—. Tomamos unas cuantas copas juntos. Es un
tipo
encantador.
Se
ajustó de nuevo las gafas, y volvió a la carta:
~Querido
Phil: ¿Hay un tal doctor Roger Toomey en tu departa-
mento?
Recibí una carta suya realmente extraña el otro día. Te ase-
guro
que no sé qué hacer con ella. Al principio pensé olvidarla, como
una
más de esas cartas de chiflados que recibimos todos. Luego pensé
que
puesto que la carta llevaba el membrete de tu departamento, tú
deberías
saber algo sobre ello. Claro que es posible que alguien esté
utilizando
a tu personal como parte de un embaucamiento. Te adjunto
la
carta del doctor Toomey para que la examines. Espero poder visitar
algún
día vuestra parte del país.. .” Bien, el resto es personal.
El
doctor Morton dobló la carta, se quitó las gafas, las colocó en
un
estuche de piel, y se metió éste en el bolsillo superior de su
chaqueta.
Entrelazó los dedos y se inclinó hacia delante.
—Bien
—dijo, creo que no hay necesidad de que le lea su
propia
carta. ¿Se trata de alguna broma? ¿Un engaño?
1~
cuentos paralelo~
—Doctor
Morton—dijo Roger lentamente—, estaba hablando
en
serio. No veo nada malo en mi carta. La envié a unos cuantos
físicos.
Habla por sí misma. He hecho observaciones de un caso de
levitación,
y deseaba información acerca de posibles expiicaciones
teóricas
a un tal fenómeno.
—¡Levitación!
¿De veras?
—Es
un caso auténtico, doctor Morton.
—¿Lo
observó usted personalmente?
—Por
supuesto.
—¿Nada
de hilos ocultos? ¿Nada de espejos? Mire, Toomey,
usted
no es un experto en estos fraudes.
—Fue
una serie absolutamente científica de observaciones. No
hay
ninguna posibilidad de fraude.
—Hubiera
debido consultarme, Toomey, antes de enviar esas
cartas.
—Quizá
hubiera debido hacerlo, doctor Morton, pero franca-
mente,
pensé que podría mostrarse usted... reacio.
—Bien,
gracias. Hubiera debido esperar algo así. Y con el mem-
brete
del departamento. Me siento realmente sorprendido, Toomey.
Mire,
su vida es suya. Si desea usted creer en la levitación, adelante,
pero
hágalo estrictamente en su tiempo libre. En bien del departa-
mento
y de la universidad, debería resultarle obvio que este tipo de
cosas
no pueden interferir con sus asuntos docentes.
“De
hecho, observo que ha perdido usted algo de peso reciente-
mente,
¿no es así, Toomey? Sí, no tiene en absoluto buen aspecto. Si
yo
fuera usted, ina a ver a un médico. Un especialista de los nervios,
quiza.
—¿No
cree que sería mejor un psiquiatra?—dijo Roger amar-
gamente.
—Bien,
eso es enteramente asunto suyo. En cualquier caso, un
poco
de descanso...
El
teléfono había sonado, y la secretaria había atendido la lla-
mada.
Ahora le hizo una seña al doctor Morton, y éste tomó su ex-
tensión.
—¿Sí...?—dijo—.
Ah, doctor Smithers, sí... Hummm... Sí...
¿Relativo
a quién?... Bueno, de hecho, está aquí conmigo precisa-
mente
ahora... Sí... Sí, inmediatamente.
Colgó
el teléfono, y miró pensativo a Roger.
—El
decano desea vemos a los dos.
—¿Acerca
de qué, señor?
—No
lo ha dicho.—Se levantó y se dirigió hacia la puerta—.
¿Viene,
Toomey?
—Sí,
señor.
Roger
se puso en pie despacio, anclándose cuidadosamente con la
puntera
de sus zapatos en la parte inferior del escritorio del doctor
Morton
mientras lo hacía.
El
decano Smithers era un hombre delgado con un largo rostro
ascético.
Su dentadura postiza encajaba tan mal en su boca que haáa
que
al pronunciar las sibilantes sonaran como un medio silbido.
—Cierre
la puerta, señorita Bryce—dijo—, y no me pase ninguna
llamada
telefónica hasta que la avise. Siéntense, caballeros.
Se
los quedó mirando ominosamente, y anadió:
—Creo
que será mejor que vaya directamente al asunto. No sé
exactamente
lo que está haciendo el doctor Toomey, pero debe pa-
rarlo.
El
doctor Morton se volvió hacia Roger, sorprendido.
—¿Qué
ha estado usted haciendo?
Roger
se alzó desalentadamente de hombros.
—Nada
que yo pueda evitar.
Después
de todo, había subestimado las habladurías de los es-
tudiantes.
—Oh,
vamos, vamos.—El decano mostró impaciencia—. Estoy
seguro
de que no conozco lo suficiente de la historia como para
juzgar,
pero parece que es usted el centro de todas las habladurías;
habladurías
que son completamente impropias del espíritu y la digni-
dad
de esta institución.
—No
sé nada de todo eso—dijo el doctor Morton.
El
decano frunció el ceño.
—Entonces
parece usted más bien sordo. Me resulta sorpren-
dente
la forma en que el cuerpo docente puede permanecer en la
completa
ignorancia de asuntos que saturan por entero el cuerpo
estudiantil.
Nunca antes me había dado cuenta de ello. Yo mismo lo
oí
por accidente; por un accidente muy afortunado, de hecho, puesto
que
conseguí interceptar a un periodista que llegó esta mañana bus-
cando
a alguien Uamado “el doctor Toomey, el profesor volante”.
—¿Qué?—gritó
el doctor Morton.
Roger
escuchó con desaliento.
—Eso
es lo que dijo el periodista. Cito sus propias palabras.
Parece
que uno de nuestros estudiantes llamó a su periódico. Eché al
periodista
e hice venir al estudiante a mi despacho. Según él, el
doctor
Toomey voló..., y utilizo la palabra “voló” porque así fue
como
insistió el estudiante en llamarlo..., bajando todo un tramo de
escalones
y volviendo a subirlos luego. Afimmó que hubo docenas de
testigos.
—Solamente
los bajé—murmuró Roger.
El
decano Smithers estaba ahora recorriendo arriba y abajo la
alfombra
de su despacho. Parecía ser presa de una elocuencia febril.
—Ahora
escuche, Toomey. No tengo nada contra las representa-
ciones
de aficionados. Desde mi llegada a este puesto he luchado
denodadamente
contra la pomposidad y la falsa dignidad. He ani-
mado
el hermanamiento entre los distintos cuerpos de la facultad, y
jamás
he puesto objeción a una confraternización razonable con los
estudiantes.
Así que no puedo objetar nada si desea uste~
un
show a sus estudiantes, en su propia casa.
(~)
“Seguramente
se dará usted cuenta de lo que puede ocurrirle a la
universidad
si la prensa irresponsable la toma con nosotros. ¿Debe-
mos
dejar que el delirio hacia un profesor volante sustituya al delirio
hacia
los platillos volantes? Si los periodistas entran en contacto con
usted,
doctor Toomey, espero que niegue categóricamente todos los
hechos
que se le imputan.
—Comprendo,
decano Smithers.
—Confío
en que logremos salirnos de este incidente sin daño
apreciable.
Debo pedirle, con toda la firmeza que me confiere mi
cargo,
que nunca repita su..., esto..., hazaña. Si vuelve a ocurrir, me
veré
obligado a solicitar su dimisión. ¿Ha comprendido bien, doctor
Toomey?
—Sí—dijo
Roger.
—En
ese caso, buenos días, caballeros.
El
doctor Morton condujo a Roger de vuelta a su despacho. Esta
vez,
despidió a su secretaria y cerró cuidadosamente la puerta tras él.
—Por
todos los cielos, Toomey—murmuró—, ¿tiene esta locura
alguna
conexión con su carta acerca de la levitación?
Los
nervios de Roger estaban a punto de estallar.
—¿No
resulta obvio? En esas cartas me refería a mí mismo.
—¿Puede
usted volar? ¿Quiero decir, levitar?
—Puede
utilizar la palabra que más le guste.
—Nunca
he oído de tal... Maldita sea, Toomey, ¿le vio alguna vez
levitar
la señorita Harroway?
—En
una ocasión. Fue un accid. . .
—Por
supuesto. Ahora todo resulta obvio. Estaba tan histé-
rica
que era difícil entender lo que decía. Contó que usted saltó
hacia
ella. Sonaba como si estuviera acusándole de..., de...—El
doctor
Morton parecía azarado—. Bueno, yo no la creí. Era una
buena
secretaria, entiéndalo, pero obviamente no una de esas
destinadas
a atraer la atención de un hombre. Me sentí realmente
aliviado
cuando se fue. Pensé que la próxima vez se presentaría
con
un revólver, o acusándome a mí... Usted..., usted levitó,
¿no?
—Si.
—¿Cómo
lo hace?
Roger
agitó la cabeza.
—Ese
es mi problema. No lo sé.
El
doctor Morton se permitió una sonrisa.
—¿Seguro
que no repele la ley de la gravedad?
—Sí,
creo que es eso. Debe de haber algo relacionado con la
antigravedad
mezclado en el fenómeno, no sé cómo.
La
indignación del doctor Morton ante el hecho de que una
broma
como aquella fuera tomada en serio era evidente.
—Mire,
Toomey, eso no es algo que pueda tomarse a risa.
—Tomarse
a risa. Santo cielo, doctor Morton, ¿tengo el aspecto
de
estarme riendo?
—Bueno...,
necesita usted un descanso. Sin discusión. Un poco
de
descanso, y esa tontería suya pasará. Estoy seguro de ello.
—No
es ninguna tontería.—Roger agitó un momento la cabeza,
luego
dijo, con tono tranquilo—: Le diré una cosa, doctor Morton,
¿le
gustaria colaborar conmigo en esto? En cierto sentido, es algo
que
puede abrir nuevos horizontes en las ciencias ffsicas. No sé como
funciona;
simplemente no puedo concebir ninguna solución. Los dos,
juntos.
. .
La
expresión de horror del doctor Morton era a aquellas alturas
inconfundible.
—Sé
que suena extraño—insistió Roger—. Pero se lo demos-
traré.
Es algo completamente auténtico. Querría que no lo fuese.
—Oh,
vamos. —El doctor Morton saltó de su silla—. No se
canse.
Necesita usted urgentemente un descanso. No creo que deba
aguardar
hasta junio. Váyase a casa ahora mismo. Veré que se le siga
abonando
su sueldo, y yo mismo me encargaré de sus clases. Solía
hacerlo
antes, ya sabe.
—Doctor
Morton, esto es importante.
—Lo
sé, lo sé.—El doctor Morton le dio una palmada en el
hombro—.
De todos modos, muchacho, tiene usted muy mal aspec-
to.
Hablando francamente, tiene usted un aspecto infernal. Necesita
un
largo descanso.
—Puedo
levitar.—La voz de Roger estaba subiendo nuevamente
de
volumen—. Usted intenta librarse de mí porque no me cree.
¿Piensa
que estoy mintiendo? ¿Cuáles podrían ser mis motivos?
—Se
está excitando innecesariamente, muchacho. Déjeme llamar
por
teléfono. Haré que alguien le lleve a casa.
—Le
digo que puedo levitar—gritó Roger.
El
doctor Morton se puso rojo.
—Mire,
Toomey, no sigamos discutiendo eso. No me importaría
aunque
se echase a volar por los aires en este mismo momento.
—¿Quiere
decir que ver no significa creer, en lo que a usted
respecta?
—¿En
la levitación? Por supuesto que no.—El jefe del departa-
mento
estaba casi vociferando—. Si le viera a usted volar, iría a ver a
un
optometrista o a un psiquiatra. Antes creeré que estoy loco que el
que
las leyes de la física...
Se
interrumpió, y carraspeó fuertemente.
—Bien,
como ya he dicho, no discutamos sobre eso. Voy a llamar
por
teléfono.
—No
es necesario, señor. No es necesario—dijo Roger—. De
acuerdo.
Me tomaré un descanso. Adiós.
Salió
rápidamente, caminando con más brío que nunca lo había
hecho
en los últimos días. El doctor Morton, de pie, las manos apoya-
das
planas sobre su escritorio, se quedó contemplando con alivio la
espalda
de Toomey mientras se alejaba.
212 1, 213
James
Sarle, el médico, se hallaba en la sala de estar cuando
Roger
llegó a casa. En el momento en que éste cruzó la puerta, el
médico
estaba encendiendo su pipa con una mano de recios nudillos
rodeando
la cazoleta. Sacudió el fósforo para apagarlo, y su rubi-
cundo
rostro se frunció en una sonrisa.
—Hola,
Roger. ¿Dimitiendo de la raza humana? No he sabido
nada
de ti desde hace más de un mes.
Sus
negras cejas se juntaron sobre el puente de la nariz, dándole
una
apariencia más bien condescendiente, que de alguna forma le
ayudaba
a establecer una atmósfera adecuada con sus pacientes.
Roger
se volvió hacia Jane, que permanecía hundida en un sillón.
Como
de costumbre últimamente, su rostro mostraba una expresión
de
lánguido agotamiento.
—¿Por
qué lo has traído aquí?—le dijo Roger.
—¡Alto!
Alto, hombre—dijo Sarle—. Nadie me ha traído. Esta
mañana
encontré a Jane en el centro, y me invité. Soy más grande y
fuerte
que ella; no pudo impedirlo.
{)s
encontrasteis por mera coincidencia, supongo. ¿Das hora
también
para tus coincidencias?
Sarle
se echó a reír.
—Digámoslo
de esta otra fomma: ella me habló un poco de lo que
ha
estado pasando aquí.
—Siento
que no estés de acuerdo, Roger—dijo Jane débilmen-
te—,
pero ha sido la primera oportunidad que he tenido de hablar
con
alguien que pueda comprender.
—¿Qué
te hace pensar que él puede comprender? Dime, Jim, I
¿crees
su historia?
—No
es una cosa fácil de creer—dijo Sarle—. Lo admito. Pero lo
estoy
intentando.
—Está
bien, supón que vuelo. Supón que me pongo a levitar
ahora
mismo. ¿Qué harías?
—Supongo
que desmayarme. Quizás exclamara: “¡Santo Dios!”.
Quizá
me echara a reír a carcajadas. ¿Por qué no lo probamos, y
vemos
lo que pasa?
Roger
se lo quedó mirando fijamente.
—¿De
veras deseas verlo?
—¿Por
qué no iba a desearlo?
—Aquellos
que lo han visto hasta ahora se han puesto a gritar,
han
echado a correr o se han quedado helados de horror. ¿Podrás
soportarlo,
Jirn?
—Yo
creo que sí.
—De
acuerdo.
Roger
se deslizó medio metro hacia arriba, y ejecutó diez veces
un
lento entrechat. Se quedó en el aire, las puntas de los pies apun-
tando
hacia abajo, las piernas juntas, los brazos graciosamente exten-
didos
en una amarga parodia de saludo.
—Mejor
que Nijinski, ¿eh, Jim?—preguntó.
Sarle
no hizo ninguna de las cosas que había sugerido que podía
214
hacer.
Excepto agarrar su pipa como si estuviera a punto de caérsele,
no
hizo absolutamente nada.
Jane
había cerrado los ojos. Las lágrimas asomaban quietamente
por
entre sus párpados. .
—Baja,
Roger—dijo Sarle.
Roger
bajó. Tomó asiento y dijo:
—Escribí
a una serie de físicos, hombres de gran reputación. Les
expliqué
la situación de una forma impersonal. Dije que pensaba que
todo
esto debería ser investigado. La mayor parte de ellos me ignora-
ron.
Uno escribió al viejo Morton para preguntarle si yo era un
farsante
o estaba loco.
~h,
Roger—murmuró Jane.
—¿Tú
crees que se trata de algo malo? El decano me llamó hoy a
su
despacho. Me dijo que tenía que dejar de hacer esos juegos de
salón.
Parece que me caí por la escalera y automáticamente levité
hasta
abajo. Morton dice que no creerá que puedo volar ni siquiera
aunque
me vea en plena acción. En este caso ver no significa creer,
dice,
y en consecuencia me ordena que me tome un descanso. No
pienso
volver alli.
—Roger—dijo
Jane, abriendo mucho los ojos—. ¿Estás ha-
blando
en serio?
—No
puedo volver. Me dan asco, todos ellos. ¡Científicos!
—Pero
~ qué vas a hacer?
—No
lo sé.—Roger hundió la cabeza entre las manos. Con voz
ahogada,
dijo—: Dímelo tú, Jim. Tú eres el psiquiatra. ¿Por qué no
me
creen?
—Quizá
se trate de un asunto de autoprotección, Roger—dijo
Sarle
lentamente—. A la gente no le gustan las cosas que no puede
comprender.
Incluso hace algunos siglos, cuando muchas personas
creían
en la existencia de habilidades extranaturales, como volar s~
bre
palos de escoba, por ejemplo, casi siempre se suponía que esos
poderes
eran originados por las fuerzas del mal.
“La
gente aún sigue creyendo eso. Puede que no haya muchos
que
crean todavía literalmente en el diablo, pero la creencia generali
zada
de que todo lo extraño es malo subsiste. Lucharán contra la idea
de
creer en la levitación..., o se asustarán mortalmente si se ven
obligados
a tsagar el hecho. Ésa es la verdad, así que enfréntate a
ella.
Roger
meneó la cabeza.
—Tú
estás hablando de gente, y yo hablo de científicos.
—Los
científicos también son gente.
—Ya
sabes lo que quiero decir. Tengo aquí un fenómeno. No es
brujería.
No he hecho ningún trato con el diablo. Jim, tiene que
existir
una explicación natural. No sabemos todo lo que hay que
saber
sobre gravitación. Realmente, apenas sabemos nada. ¿No crees
que
es concebible que exista algún método biológico de anular la
gravedad?
Quizá yo sea una mutación de algún tipo. Quizá posea
un...,
bueno, llamémosle un músculo..., que puede anular la grave-
dad.
Al menos puede anular el efecto de la gravedad en mí mismo.
Bien,
investiguemos eso. ¿Por qué quedarnos sentados con las manos
cruzadas?
Si conseguimos dominar la antigravedad, imagina lo que
eso
representará para la raza humana.
—Espera
un momento, Roger—dijo Sarle—. Piensa un poco en
el
asunto. ¿Por qué te sientes tan infeliz al respecto? Según Jane,
estabas
casi loco de miedo el primer día que te ocurrió, antes de que
tuvieras
ninguna forma de saber que la ciencia iba a ignorarte y que
tus
superiores iban a mostrarse tan poco cooperativos.
—Eso
es cierto—murmuró Jane.
—¿Por
qué te ocurrió eso?—continuó Sarle—. Lo que tenías
entre
las manos era un nuevo, grande y maravilloso poder; una re-
pentina
liberación del horrible empuje de la gravedad.
—Oh,
no digas tonterías—murmuró Roger—. Fue... horrible.
No
podía comprenderlo. Y sigo sin poder.
—Exacto,
muchacho. Era algo que no podías comprender y, en
consecuencia,
algo horrible. Eres un físico. Sabes qué es lo que hace
funcionar
al universo. O si no lo sabes, sabes que hay otros que sí lo
saben.
Aunque nadie comprenda un determinado punto, sabes que
algún
día alguien lo comprenderá. La palabra clave es comprender.
Forma
parte de tu vida. Ahora te encuentras frente a frente con un
fenómeno
que consideras que viola una de las leyes básicas del uni-
verso.
Los científicos dicen: dos masas se atraen mutuamente según
una
regla matemática preestablecida. Es una propiedad inalienable
de
la materia y del espacio. No hay excepciones. Y ahora tú eres una
excepción.
—Y
cómo—acotó Roger sombríamente.
—¿No
lo entiendes, Roger?—prosiguió Sarle—. Por primera vez
en
la historia, la humanidad posee realmente lo que considera leyes
inquebrantables.
Repito, inquebrantables. En las culturas primitivas,
un
hechicero podía utilizar un encantamiento para producir lluvia. Si
no
funcionaba, eso no trastornaba la validez de la magia. Simple-
mente
significaba que el chamán había olvidado alguna parte del
encantamiento,
o había roto un tabú, o había of endido a un dios. En
las
modernas culturas teocráticas los mandamientos de la deidad son
inquebrantables.
Sin embargo, si un hombre quebranta los manda-
mientos
y pese a ello prospera, eso no significa que esa religión en
particular
no sea válida. Los caminos de la providencia son admitidos
como
misteriosos, y todo el mundo sabe que en algún lugar le aguar-
da
al culpable un invisible castigo.
“Hoy,
sin embargo, existen Icyes que realmente no pueden ser
quebrantadas,
y una de ellas es la ley de la gravedad. Funciona
incluso
cuando el hombre que la invoca ha olvidado murmurar lo de
esto
más eso más eso otro igual a aquello de más allá al cuadrado.
Roger
consiguió esbozar una torcida sonrisa.
—Estás
completamente equivocado, Jirn. Las leyes inquebranta-
bles
han sido quebrantadas constantemente, una y otra vez. La ra-
diactividad
era algo imposible cuando fue descubierta. La energía
surgió
de la nada; cantidades increíbles de ella. Era algo tan ridículo
como
la levitación.
—La
radiactividad era un fenómeno objetivo que podía ser trans-
mitido
y reproducido. El uranio velaba la película fotográfica para
todo
el mundo. Un tubo de Crookes podía ser construido por cual-
quiera
y producía un flujo de electrones de idénticas características
para
todo el mundo. Tú...
—Yo
he intentado transmitir.. .
—Lo
sé. Pero ¿puedes decirme, por ejemplo, cómo puedo yo le-
vitar?
—Por
supuesto que no.
—Eso
limita a los demás únicamente a la observación, sin repro-
ducción
experimental. Y sitúa tu levitación en el mismo plano que 1a
evolución
estelar, algo acerca de lo cual cabe teorizar, pero con lo
que
nunca se podrá experimentar.
—Sin
embargo, hay científicos dispuestos a dedicar sus vidas a la
astrofísica
.
—Los
científicos son gente. No pueden alcanzar las estrellas, así
que
se aproximan lo más que pueden. Pero sí pueden alcanzarte a ti,
y
ser incapaces de tocar tu levitación es algo que los pondrá furiosos.
—Jim,
ni siquiera lo ha intentado. Hablas como si yo hubiera
sido
estudiado, pero lo cierto es que ni siquiera han tomado en
consideración
el problema.
—No
tienen por qué hacerlo. Tu levitación forma parte de un tipo
de
fenómenos que nunca son tomados en consideración. La telepa-
tía,
la clarividencia, la presciencia, y un millar de otros poderes extra-
naturales,
nunca han sido investigados con seriedad, ni siquiera
cuando
han sido descritos con todas las apariencias de credibilidad.
Los
experimentos de Rhine sobre la percepción extrasensorial han
irritado
a un número mayor de cienúficos que los que puedan ha-
berse
sentido intrigados. Así que entiéndelo, no necesitan estudiarte
para
saber que no desean estudiarte. Lo saben por anticipado.
—¿Y
eso te parece divertido, Jim? Cienbficos negándose a inves-
tigar
hechos; dándole la espalda a la verdad. Y tú te limitas a que-
darte
ahí sentado, sonriente y haciendo alegres afirmaciones.
—No,
Roger, sé que todo esto es serio. Y no pretendo justificar a
la
humanidad, de veras. Estoy ofreciéndote mis pensamientos, una
opinión.
¿Acaso no te das cuenta? Lo que intento en realidad es ver
las
cosas tal como son. Eso es lo que tendrías que hacer tú. Olvida tus
ideales,
tus teorías acerca de cómo debería actuar la gente. Considera
lo
que estás haciendo. 1 Y trata de aceptarlo como una condición de
la
vida con la que tienes que vivir. Aunque no vaya a ser fácil.
—¿Cómo
crees que puedo vivir con ello?
James
Sarle vació la pipa y se la guardó.
—¿Quieres
saber mi opinión?
*
Fmnece ~ revi~r ~ n~rtir rle ~tP mmto, El final revisado, a partir de
——r
~ - r—-~- — —— r—-
216 1 217
—Te
escucho.
—En
tu estado de ánimo actual, no puedes seguir trabajando
como
científico. Tienes que vivir de tal modo que tu levitación pueda
ser
aceptada por los demás como una especie de hecho establecido.
¿No
lo crees así?
—Eso
sería un alivio.
—En
tal caso te sugiero algo. Conozco a un hombre llamado
William
Magoun. Creo que puedo convencerle para que te ayude. Es
una
especie de productor teatral. Es propietario del “Black Mask”,
una
especie de club nocturno. O ésa es, al menos, la descripción más
cercana
a la realidad.
—¿Qué
demonios me estás sugiriendo?
—¿No
te parece evidente? ¿Por qué no actuar en un escenano?
¿Por
qué no considerarte un mago?
Sarle
cogló el abrigo y se mcorporó.
Roger
exclamó:
—¡Un
mago!
—Traje
conmigo la tarjeta de Magoun, por si acaso. Tómala,
¿quieres?
Y, Roger, tienes un aspecto terrible. ¿Cuándo fue la última
vez
que pasaste una buena noche de sueño?
Roger
murmuró algo vago.
—¿Quieres
que te recete píldoras para dormir?
Roger
se levantó.
—No,
no las necesito. Aún me quedan algunas que me dio un
miembro
de la Escuela de Medicina.. . ¡Mago!
—Es
un modo de vida respetable—dijo Sarle dirigiéndose hacia
la
puerta.
Jane
estrechó la mano de Sarle y le dijo suavemente:
—Gracias,
Jim. Gracias por haber hablado con él.
—No
te preocupes, Jane—dijo Sarle apretándole los dedos.
—¿Jim?—llamó
Roger.
—¿Sí?
—¿Cómo
es que mi levitación no te ha inquietado?
—Yo
no soy un científico ffsico, Roger—contestó Sarle son-
riendo—.
Me temo que en mi profesión no tenemos reglas. O, al
menos,
cada pequeña escuela de psiquiatría tiene sus propias reglas,
que
son a su vez excluyentes con respecto a las demás, lo que viene a
ser
lo mismo. De modo que, ¿qué significa una ley quebrantada? Es
lo
mismo...
—¿Y
bien?
—No
creo que asista a ninguna de tus actuaciones en el “Black
Mask”,
si es que Magoun decide aceptarte. No te importará, ¿ver-
dad?
—No—contestó
Roger sombríamente—, no me importará.
Sarle
se marchó y Roger y Jane se quedaron solos.
—¿Qué
piensas de todo esto, Jane?—preguntó Roger.
—No
lo sé—contestó ella sin abandonar su apatía.
—¡Convertirme
en un mago!
—¿Y
qué importa eso?—dijo ella saliendo bruscamente de la ha-
bitación.
Roger
la siguió con la mirada y después contempló lentamente la
tarjeta
que Sarle le había entregado.
218 1 219
—¡Ahora!
—¿Tal
y como va vestido, con esas ropas?
—Desde
luego.
—Bueno,
eso me intriga. Tiene usted que ser un aficionado. Los
magos
que yo conozco serían incapaces de cortar una baraja en traje
de
calle. Se sentirían desnudos. ¿Comprende lo que quiero decir?
—No
he imaginado ningún traje especial que ponerme—dijo
Roger.
—¿No?
Bueno, quizá debería haber empezado por ahí. La gente
empieza
a cansarse de todo lo que se inventan los magos. Puede que
haya
algo de original en ver a un tipo vestido con un sumple traje
haciendo
sus triquiñuelas. Sería una especie de novedad, ¿com-
prende?
Está bien, vayamos al escenario y yo me sentaré entre las
mesas
de la sala. ¿Dónde están sus artilugios de apoyo?
—Yo
mismo me ocuparé de ellos—murmuró Roger.
Salieron
a la sala vacía del club nocturno, en semipenumbras a
causa
de las pesadas cortinas que cubrían las ventanas. Magoun
apretó
un interruptor que arrojó luz sobre el escenario.
—Adelante—dijo,
retrocediendo hacia la zona donde estaban
situadas
las mesas—. No tiene que preocuparse por los preámbulos o
la
jerga publicitaria. Demuéstreme simplemente cómo flota usted,
¿comprende?
Hágalo como si acabaran de sonar los tambores anun-
ciándole.
En
uno de los extremos de la sala, un camarero se apoyó, intere-
sado,
sobre la escoba que había estado manejando.
Roger
miró a su alrededor, sintiéndose confundido. Experi-
mentó
una horrible pero momentánea sensación de incapacidad.
Ahora
que, por primera vez, deseaba flotar, parecía haberse olvi-
dado
de cómo hacerlo. Allí estaba Magoun, haciéndole gestos de
asentimiento
con la cabeza, rodeando con los labios el grueso puro
que
estaba encendiendo. Allí estaba también aquel camarero, ob-
servándole
atentamente. Y allí estaba también aquel enorme vaáo
desde
el que, alguna noche, cientos de ojos podrían estar mirán-
dole.
Y
pensó para sí mismo: “Arriba, muchacho”
Y se
elevó.
Flotó
hacia el techo, permaneciendo a media altura. Escuchó el
grito
ronco de Magoun y vio al camarero salir precipitadamente por
la
puerta más cercana.
Roger
describió una vuelta de campana en el aire y después des-
cendió
sobre el escenario.
Magoun
ya estaba junto a él en cuanto tocó el suelo.
—Sensacional,
Toomey, terrorífico. Es una ilusión maravillosa.
¿Cómo
diablos lo hace?
—Bueno.
.. Es un secreto profesional ya sabe...
~h,
claro, claro. Le ruego me disculpe. Deben'a habérmelo
imaginado
antes de preguntárselo, pero lo que usted ha hecho me ha
impresionado
de veras, ¿sabe? Escuche, queda usted contratado.
Con
lo que acabo de ver, no necesita usted hacer nada más. Los va a
dejar
a todos impresionados.
—¿Cuánto?—preguntó
Roger.
—Bueno...—Magoun
dirigió un ojo hacia el techo—. Cincuenta
semanales.
—Ciento
cincuenta—dijo Roger.
—¿Qué?
¿Por una actuación nueva?
—Usted
nunca ha visto nada parecido, ¿verdad?
—Está
bien—admitió Magoun—, dejaré que se salga con la suya,
teniendo
en cuenta que viene recomendado por el doctor. Dos repre-
sentaciones
cada noche, excepto el domingo. Y el compromiso es
sólo
por una semana, hasta que veamos cómo marcha todo con los
clientes.
Veamos..., puede usted empezar el lunes, y yo me encar-
garé
de hacer algo de publicidad por adelantado. Le presentaré como
el
Gran Flotino. ¿Qué le parece?
—Me
parece bien—dijo Roger.
James
Sarle entró, se desabrochó el abrigo y dijo en voz baja:
—Tienes
mejor aspecto, Jane. ¿Cómo está Roger?
La
voz de Roger sonó antes de que Jane pudiera responder.
—Estoy
aquí, Jim. No vale la pena que susurres.
—¿Estaba
susurrando?—preguntó Sarle alegremente. Se sacó la
pipa
del bolsillo del abrigo antes de entregárselo a Jane—. ¿Qué hay
de
nuevo?
Roger
permaneció en el sillón donde se hallaba sentado.
—Hoy
mismo acabo de enviar mi dimisión a la facultad.
—¿De
veras?—Sarle se dirigió hacia el sofá y se sentó frente al
otro—.
He llamado a Magoun. Me ha dicho que eres un éxito fulmi-
nante
.
—Sí—dijo
Roger sombríamente—. Sólo he actuado unas pocas
veces,
pero al parecer voy camino del estrellato.
—El
dice que vales lo que te paga.
—Muy
amable por su parte. Me paga más de lo que ganaba en la
facultad.
—En
serio, ¿cómo te sale?
Roger
se agitó, inquieto.
—¿No
puedes suponértelo? Floto en el aire delante de un puñado
de
idiotas, les oigo gritar, desciendo, me inclino delante de ellos y
cobro
mi paga. Hoy he pasado por encima de una mesa donde se
habían
reunido varios de fiesta y he permanecido alli suspendido un
rato.
Una de las mujeres empezó a gritar: “Oh, veo los hilos, los
veo”.
El hombre que la acompañaba se subió a la mesa e hizo oscilar
un
periódico por el espacio, sobre mi cabeza. Otro tipo saltó para
cogerme
por las piernas. Yo me limité a elevarme un poco... Conde-
nados
estúpidos.
—Eso
demuestra que están interesados... Aquí, Jane, siéntate.
Jane
sonric, y se sentó. Había traído bebidas. Roger aceptó la
suya
malhumoradamente y se la bebió de un trago.
—Han
acudido muchos de los estudiantes de la facultad—dijo—.
Al
parecer, si piensan que sólo se trata de una actuación, disfrutan
con
ello, ¿no resulta cómico?
—No—dijo
Sarle—, en realidad no lo es. Puede que todo esto
sea
algo bueno. Una vez que hayas establecido tu reputación como
mago,
es posible que logres regresar a la vida académica.
—¿Y
flotar de vez en cuando por ahi, eh? Elevarme hacia el techo
durante
una reunión en la facultad, o mientras leo una disertación.
—Quizá
no. Una vez que te hayas olvidado de esta carga de la
levitación,
puede que te importune menos, e incluso es posible que la
controles
mejor.
—¿Lo
crees de veras?—preguntó Roger mirándole inquisitiva-
mente.
—Lo
considero como una fuerte posibilidad.
—Si
creyera que existe una posibihdad de que eso sea así...
Bueno,
si pudiera estar seguro de que no me elevo en el aire en los
momentos
más inconvenientes, me sentiría muy aliviado. Yo mismo
podría
abordar entonces el problema, sin ayuda de nadie.
—Eh,
eh—dijo Sarle animosamente.
—Sólo
si me dejaran solo.
—¿Y
por qué no iban a dejarte solo?
—Sí.
Hay que mantener esto durante un año o así, actuar en otras
ciudades
cuando ya se hayan hartado del “Black Mask”. Y después
enfrentarme
con el verdadero problema. Incluso para entonces ya
habré
podido ahorrar un poco de dinero y, ¿quién sabe?—Se echó a
reír
ligeramente y añadió—: Hasta puede que llegue a gustarme el
mundo
del espectáculo.
Jugueteó
con el vaso vacío del cóctel y permaneció sentado alh,
sumido
en sus pensamientos.
Sarle
se volvió hacia Jane y le sonrió. Manteniendo la mano iz-
quierda
cerca de su propio cuerpo, Sarle unió los dedos gordo y
anular
formando un círculo y dejando extendidos los demás. Jane no
le
vio. Estaba mirando fijamente a Roger, con una expresión tensa y
nada
feliz.
—Roger—dijo
ella.
—¿Qué?
—Por
favor. Estás haciéndolo otra vez.
Roger,
asombrado, miró hacia abajo. Su cuerpo estaba a unos
quince
cenbmetros por encima del mullido asiento del sillón.
—Lo
siento—dijo, descendiendo—. En cuanto me distraigo
vuelve
a suceder.
—Lo
sé—dijo Jane sombríamente—. Lo sé.
Roger
recibió el primer sobre de su paga en el despacho de Ma-
goun,
quien trató de mostrarse cordial y logró no parecer incómodo.
—Ha
sido una buena semana, señor Toomey—le dijo—, y le he
incluido
un pequeño extra en el sobre. Encontrará doscientos cuando
lo
abra.
—Gracias—dijo
Roger.
—No
se preocupe.—Magoun le palmeó la espalda—. Puede utili-
zarme
como referencia, y le proporcionaré el nombre de un agente
de
confianza si es que desea uno.
Roger
le miró, sorprendido.
—¿Qué
significa eso? ¿Que ya he terminado aquí?
Magoun
sacó un puro de la caja y se lo quedó mirando.
—El
compromiso fue sólo por una semana, como usted recor-
dará.
—Maldita
sea, usted dijo una semana en el sentido de ver cómo
me
las arreglaba con el público.
—Sí,
sí, en efecto. El espectáculo es bueno, pero no tiene la garra
suficiente,
¿ comprende lo que quiero decir? Usted flota, pero eso es
todo.
Usted no baila, no ofrece un espectáculo de variedades. Ni
siquiera
tiene un ayudante. Alguien que realce la actuación. Si los
hombres
se cansan de la magia, les gusta contemplar bonitas piernas,
¿comprende?
—Pero
usted está ganando dinero. El cajero me dijo que ésta ha
sido
la mejor semana que había conocido.
Magoun
dejó el puro, sin haberlo encendido.
—Mire,
señor Toomey, ¿quiere saber la verdad? Pues voy a deár-
sela.
No soy de esa clase de tipos farsantes delante de los demás,
(
comprende? Mire, he estado observando su actuación. No soy nin-
gún
tonto. Tengo mi experiencia. He visto actuar a más magos de los
que
usted podría contar. Conozco todos sus trucos. Sólo que usted no
los
utiliza. No hay trampa ni cartón en lo que hace usted. No les
induce
a apartar la vista de usted para sustituir rápidamente un artilu-
gio
por otro. No se sostiene de hilos colgados del techo. Y tampoco
utiliza
espejos.
“Al
principio pensé que sería hipnotismo, aunque nunca he visto
utilizar
el hipnotismo delante de toda una multitud de gente. En
cualquier
caso, me senté entre el púbhco y cerré los ojos en cuanto
apareció
usted. Y esperé hasta que empezaron a sonar los gritos de
asombro
y entonces los abrí. Y ahí estaba usted, con la cabeza a tres
metros
por encima del escenario. No podha ser hipnotismo. Había
cerrado
los ojos.
—Déjeme
a ver si le entiendo—dijo Roger—. ¿Quiere decir que
me
despide porque cree que lo que hago es cierto, que puedo real-
mente
volar?
—No
me gusta decirle esto, ¿comprende?—dijo Magoun exten-
diendo
las manos abiertas—. No voy a admitir si creo o no en bruje-
rías.
Sólo me gustaría despedirme de usted de una forma amable, sin
resentimientos.
—Espere.
Suponga que puedo flotar de verdad. ¿Qué supone eso
para
usted?
—Bueno
si es así, los chentes pueden tener la idea de que todo es
demasiado
cierto. Y eso no les gustaría. Ya sabe cómo es la gente.
Son
supersticiosos, ¿comprende? Muchos de ellos no tienen una edu-
222 1 223
cación
muy buena. Y en cuanto menos se lo espere habría alguien
gritando:
“Es el diablo”, o alguna otra locura por el estilo. Mire,
usted
no conoce el negocio del espectáculo como yo; no tiene usted
ni
la más ligera idea de cómo pueden suceder las cosas. No puedo
arriesganme
a que se produzca un tumulto, señor Toomey. Debo
pensar
en mi reputación.
—Pero
se equivoca, señor Magoun. Al público le gusta que le en-
ganen.
—Quizá.
Pero únicamente mientras sepan que sólo se trata de un
engaño.
Un tipo logra quitarse unas esposas, muy bien. Todo el
mundo
sabe que se las ha arreglado para ocultar una llave en la palma
de
la mano, aunque no hayan podido verla. ¿Hace desaparecer a un
ayudante?
Todos saben que hay un espejo en alguna parte del esce-
nario,
o un botón falso o algo por el estilo. ¿Alguien capaz de leer los
pensamientos
de los demás? Todos saben que entre el público hay un
compmche.
“Pero
usted, señor Toomey, usted es demasiado bueno. Yo he
visto
a una mujer flotar por encima de un diván durante aproximada-
mente
diez segundos. Está sostenida desde arriba, claro. No puede
moverse,
no puede cambiar de posición. Pero usted flota por cual-
quier
parte. Se pone cabeza abajo en el aire. Se desliza por encima de
las
mesas. No hay fonma alguna de que haya trampa. Lo que usted
hace
es verdadero. Y así es como lo piensa el público... Mire, señor
Toomey,
dígame cómo lo hace y podremos llegar a un acuerdo. ¿Qué
le
parece?
Roger
guardó silencio.
—En
tal caso no podemos hacer nada—dijo Magoun.
—A
usted no le preocupan los tumultos—dijo Roger—. Ningún
productor
en su sano juicio despreciaría una actuación como la mía,
capaz
de hacerle ganar dinero, simplemente porque la considera de-
masiado
buena. Lo que sucede es que usted me tiene miedo. Me
teme
personalmente.
—No
se trata de miedo—replicó Magoun—. Pero el asunto no
me
gusta. Me hace sentir incómodo, ¿comprende?
—¿Por
qué?
—Porque
no es correcto, señor Toomey. Es algo en contra de las
leyes
de la naturaleza. No puede ser correcto.. . Mire, señor Toomey
¿ha
oído hablar alguna vez de la ley de la gravedad?
Roger
se incorporó.
—Adiós.
Magoun
extendió la mano hacia él.
—¿Sin
resquemores?
Roger
se marchó sin contestar.
No
tomó el metro, sino que regresó a casa caminando. Estaba he-
cho
un lío. Nadie afrontaría la verdad. Nadie sería capaz de contemplar
los
hechos cara a cara. Hasta un mago debía demostrar que lo que haáa
no
era más que un engaño. Se prefería la ilusión, el charlatanismo.
En
cuanto a la verdad, había que ocultarla.
Las
dos horas de caminata a primeras horas de la madrugada no le
aportaron
solución alguna. Subió el tramo de escalera hasta su apar-
tamento,
en el segundo piso, sintiéndose en un estado de agota-
miento.
Cerró la puerta suavemente tras él. El pestillo no se cerró del
todo,
pero él no se dio cuenta.
Se
desnudó sin encender las luces para no despertar a Jane. Esta
le
había preparado la cama en el diván, extendiendo las sábanas
sobre
él.
De
pronto, todo le pareció insoportable. Tenía que deárselo a
Jane.
Tenía que despertarla y de,árselo ahora mismo. Tenía que
deárselo,
maldita sea, o se derrumbaría.
Se
dirigió lentamente hacia el dorrnitorio y extendió la mano
hacia
la almohada donde debería estar su rubia cabeza. Pero no la
encontró
.
—Jane—la
llamó suavemente.
Y
pensó confundido: “Debe de estar en el cuarto de baño”.
Tanteó
para encender la lámpara de la mesita de noche y parpa-
deó
en una habitación vaáa. La volvió a llamar..., y entonces vio la
hoja
de papel sujeta a la almohada con un alfiler. La arrancó de un
manotazo.
Empezaba
diciendo: “Roger”. Ninguna palabra de ternura; sim-
plernente
“Roger”. Los trazos de la escritura eran apresurados, des-
baratados,
casi incoherentes.
Roger:
no puedo soportarlo y tengo que marchanme. Sé que
no
es culpa tuya, pero no puedo evitarlo. No quise marchanme
mientras
las cosas iban tan mal. Habría sido muy mezquino por mi
parte.
Pero ahora has iniciado una nueva carrera y lograrás salir
adelante
sin mí. Por favor, no trates de encontranme, y no te
preocupes
por mí. Sólo me llevo mis cosas personales y la mitad
del
dinero que teníamos en la cuenta común. Adiós. Jane.
Roger
leyó la nota y su contenido fue impregnando lentamente su
mente
aturdida. Dejó caer la nota, y pensó: “Mi nueva carrera”. Y
después,
en voz alta, medio histérica, gritó:
—¡Mi
nueva carrera!
Medio
mareado, se dingió hacia la cómoda. De su parte superior
tomó
la caja donde guardaba sus pequeñas minucias personales: suje-
tadores
de corbata, gemelos, una vieja pluma, la llave del club Phi
Beta
Kappa que ya no utilizaba. De la caja sacó el frasco de somní-
fero
que había ido acumulando a causa de las recetas no utihzadas
que
le había entregado su amigo de la Escuela de Medicina. En su
mente
siempre había albergado un cierto presentimiento de que po-
dría
necesitarlas.
Recogió
del suelo la nota de Jane y garabateó unas pocas palabras
en
la otra cara del papel, utilizando su pluma. Se preparó un vaso de
agua,
lo dejó sobre la mesita de noche, se sentó en el borde de la
224
225
ellto~
parillelo~
cama
y vertió media docena de pastillas para dormir en la palma de su
mano.
Después, vació en ella todo el tubo. Lenta, pensativamente.
se
las fue tragando con agua, tomando dos cada vez.
Se
tumW sobre la cama y se cubrió con la sábana. Cerró los ojos.
La
confusión de su mente fue apagándose y la paz descendió
lentamente
sobre él. La levitación ya no importaba. Nada importaba.
Excepto
el sueño. Sólo el sueño.
Y su
última, lenta y ensonadora sensación fue que estaba flo-
tando.
Estaba
alli tumbado, enfriándose.
La
aparición del rigor mortis, cuando no se produce de un modo
uniforme,
proporciona una pseudovida fantasmagórica a un brazo o a
una
pierna, haciendo que se tuerzan.
Fuera
lo que fuese que controlase la levitación en el cuerpo de
Roger,
los primeros espasmos de ia muerte lo atiesaron y lo acti-
varon.
Hacia
el mediodía, una vecina observó las dos botellas de leche
junto
a la puerta del apartamento de los Toomey. Llena de buenas
intenciones,
i iamó a la puerta.
—Señora
Toomey, señora Toomey.
La
puerta, cuyo pestillo no se había cerrado del todo, giró hacia el
interior
bajo la presión de sus nudillos.
La
mujer entró en el apartamento y se vio rodeada de un silencio
opresivo.
—¿Señora
Toomey?. . . ¿Ocurre algo?
Medio
asustada, avanzó de puntillas por el salón vacío y echó un
vistazo
al interior del donmitorio.
Todo
su ser se conmocionó y lanzó un grito salvaje. El cuerpo
rígido
de Roger estaba evidentemente muerto, y la mujer no esperó
más,
ni se detuvo a mirar más atentamente si había alguna otra cosa
que
llamara la atención.
Los
dos agentes de policía vestidos de paisano miraron el aparta-
mento
imparcialmente y dirigieron al cadáver un breve vistazo de
hastío.
El
policía Dooley recogió la nota que estaba sobre la mesita de
noche.
—Es
de su mujer—dijo, sosteniéndola cautelosamente por uno
de
los bordes.
El
poliáa Herlihan la leyó por encima del hombro de su com-
panero.
—¿Qué
otra cosa podía esperarse? ¡Pobre fiambre!
—Llamaré
al doctor Curley—dijo Dooley—. Sin duda alguna, se
trata
de suicidio.
Herlihan
recogió cuidadosamente el frasco vacío con las puntas
de
dos dedos.
—Supongo
que se trata de pastillas para dormir, ¿no?—dijo,
volviendo
a dejar el frasco.
—Seguro.
Dooley
salió al salón.
Herlihan
contempló especulativamente lo que quedaba de Roger
Toomey.
Y entonces miró más atentamente.
—Eso
es extraño—munmuró.
Apartó
de un tirón la sábana que colgaba extrañamente y casi se
cayó
de espaldas.
—¡Santo
Dios!—exclamó.
Quince
cenúmetros de espacio separaban el cadáver del colchón.
Herlihan
pasó la mano por debajo del cuerpo, pero alli no había
nada
capaz de sostenerlo. Unicamente espacio. Volvió a extender la
mano,
temblorosa, mirándola fijamente.
Salvajemente,
colocó las manos sobre el pecho y el abdomen del
muerto
y apretó hacia abajo.
Algo
chasqueó. Se escuchó un crac limpio y nítido, minúsculo,
pero
perfectamente audible, y el cuerpo descendió... como el de un
peso
muerto. Y el colchón crujió para demostrarlo.
El
chasquido había procedido del interior del cuerpo, como si se
hubiera
extendido un músculo un poco más de lo debido.
Herlihan
retrocedió.
La
voz de Dooley, que hablaba por teléfono, guardó silencio, y el
policía
entró en el donmitorio.
—El
doctor Curley vendrá dentro de media hora—dijo—. Y....
eh,
Mike, este tipo ha escrito algo en la otra cara de la nota de su
esposa.
Escucha: “A un hombre se le puede guiar hacia }os hechos,
pero
no se le puede hacer creer”. ¿Qué te parece?
Herlihan
seguía mirando fijamente el cadáver.
Dooley
frunció el ceño.
—¿Ocurre
algo?
Herlihan
sacudió la cabeza con una expresión atontada.
—¡Nada!
¡Nada en absoluto!
Creencia
(Versión
publicada)
En
es~e caso, y puesto que el relato fue escrito y publicado como
novela
corta, hay espacio suficiente para incluir las dos versiones. Sin
embargo,
no hay necesidad de publicarlas completas, puesto que las
dos
primeras terceras partes son idénticas.
La
diferencia surge, pasado ya la mitad del relato, en plena conver-
sación
entre Roger Toomey, el hombre capaz de levitar, y James Sarle,
el
psiquiatra. En mi versión original, Sarle recomienda que Toomey
considere
la idea de convertirse en mago como una forma de recuperar
el
control sobre su vida.
Inicié
mi revisión a partir del asterisco introducido en ese párrafo,
cambiando
por completo lo que seguía. Aquí, pues, empe~ando a partir
de
dicho asterisco, se incluye el final de la versión que fue publicada.
En
el momento en que una persona es orientada a enfrentarse a los
hechos
antes que a las ilusiones, los problemas tienden a desaparecer.
Al
final, caen en su auténtica perspectiva y se vuelven resolubles.
Roger
se agitó inquieto.
—¡Chácharas
psiquiátricas! Eso es como poner los dedos en las
sienes
de un hombre y decir: “¡Ten fe y estarás curado!”. Si el pobre
tipo
no resulta curado, es simplemente porque no ha sabido acumular
la
suficiente fe. El hechicero nunca pierde.
{2uizá
tengas razón, pero déjame ver, ¿cuál es tu problema?
—Nada
de catecismo, por favor. Sabes muy bien cuál es mi pro-
blema.
228
—Levitas.
¿Es eso?
—Digamos
que sí. La situación es ésa, en una primera aproxi-
mación.
—No
eres serio, Roger, pero probablemente tengas razón. Eso es
tan
sólo una primera aproximación. Después de todo, eres tú quien
se
está enfrentando al problema. Jane me ha dicho que has estado
experimentando.
—¡Experimentando!
Buen Dios, Jim, no estoy experumentando.
Estoy
dando palos de ciego. Para experimentar necesito cerebros de
primera
clase y un buen equipo. Necesito un equipo de investigación,
y no
lo tengo.
—Entonces,
¿cuál es tu problema? Segunda aproximación.
—Ya
entiendo lo que pretendes—dijo Roger—. Mi problema es
conseguir
un equipo investigador. ¡Pero lo he intentado! Lo he inten-
tado
hasta que me he cansado de intentarlo.
—¿Cómo
lo has intentado?
—He
enviado cartas. He pedido... Oh, ya basta, Jim. No me
apetece
pasar por esa rutina del “tiéndete en el diván”. Sabes muy
bien
lo que he estado haciendo.
—Sé
lo que le has dicho a la gente: “Tengo un problema, ayú-
denme”.
¿Has intentado alguna otra cosa?
—Mira,
Jim, estoy tratando con cienbficos adultos.
—Lo
sé. Así que razonas que una petición directa es suficiente.
De
nue~o noi hallamos con las teorías ante los hechos. Te he expli-
cado
ya las dificultades inherentes a tu petición. Cuando agitas el
pulgar
en una carretera estás haciendo una petición directa, pero de
todos
modos la mayor parte de los coches pasan de largo. El asunto
es
que la petición directa ha fracasado. Así que, ¿cuál es tu pro-
blema?
¡Tercera aproximación!
—¿Encontrar
otro enfoque al asunto que no falle? ¿Es eso lo que
quieres
decirme?
—Eres
tú quien lo ha dicho, ¿no?
—Es
algo que ya sé sin necesidad de que tú me lo digas.
—¿De
veras? Estás dispuesto a abandonar la universidad, dejar
tu
trabajo, renunciar a la ciencia. ¿Cuál es tu consistencia, Roger?
¿Abandonar
un problema cuando tus primeros esfuerzos fallan?
ùRendirte
cuando una teoría se muestra inadecuada en un primer
momento?
La misma filosofía de la ciencia experimental que se aplica
a
los objetos inanimados puede aplicarse también a la gente.
—De
acuerdo. ¿Qué sugieres que intente? ¿Soborno? ¿Amena-
zas?
¿Lágrimas?
James
Sarle se puso en pie.
—¿De
veras deseas una sugerencia?
—Sí,
adelante.
—Haz
lo que te dijo el doctor Morton. Tómate unas vacaciones, y
al
diablo con la levitación. Es un problema para el futuro. Duerme en
la
cama, y flota o no flotes; ¿cuál es la diferencia? Ignora la levita-
ción,
ríete de ella, o incluso disfruta con ella. Haz lo que quieras
menos
preocuparte por ella, porque no es problema tuyo. Ahí está el
quid
de la cuestión. No es tu problema inmediato. Dedica tu tiempo a
considerar
cómo hacer que los cienhficos estudien algo que no de-
sean
estudiar. Ése es el problema inmediato, y precisamente a ese
problema
es al que no le has dedicado nada de tu tiempo hasta ahora.
Sarle
se dirigió al armario del vestíbulo y tomó su abrigo. Roger lo
acompañó.
Transcurrieron unos minutos de silencio.
Luego,
Roger dijo sin alzar la vista:
~uizá
tengas razón, Jim.
—Quizá
la tenga. Inténtalo, y luego llámame. Adiós, Roger.
Roger
Toomey abrió los ojos y parpadeó al brillante sol matutino
que
entraba en el dormitorio. Llamó:
—¡Jane!
¿Dónde estás?
—En
la cocina—respondio la voz de Jane—. ¿Dónde creías?
—Ven,
¿quieres?
Jane
acudió.
—El
tocino no se fne solo, ya lo sabes—protestó.
—Escucha,
¿he flotado esta noche?
—No
lo sé. Dormía.
—Eres
una gran ayuda.—Se levantó de la cama y metió los pies
en
las zapatillas—. Sea como fuere, creo que no lo he hecho.
—¿Crees
haber olvidado cómo hacerlo?
Había
una repentina esperanza en su voz.
—No
lo he olvidado. ¡Mira!—Se deslizó hacia el comedor sobre
un
cojín de aire—. Sólo que tengo la sensación de que no he flotado.
Creo
que llevo ya tres noches así.
—Bien,
eso es estupendo—dijo Jane. Había vuelto a la cocina—.
Eso
es lo que ha conseguido un mes de descanso. Si hubiera llamado
a
Jim desde un principio...
—Oh1
por favor, no volvamos con eso. Un mes de descanso,
tonterías.
Se trata simplemente de que el domingo pasado decidí lo
que
tenía que hacer. Desde entonces estoy relajado. Eso es todo.
—¿Qué
es lo que vas a hacer?
—Cada
primavera, el Northwestern Tech da una serie de semina-
rios
sobre temas de física. Asistiré a ellos.
—Ouieres
decir que vas a ir a Seattle.
—Por
supuesto.
—¿De
qué temas van a tratar?
—¿Y
eso qué irnporta? Simplemente deseo ver a Linus Deering.
—Pero
ése es uno de los que te llamaron loco ¿no?
—Lo
hizo.—Roger atacó sus huevos revueitos—. Pero también
es
el mejor en su campo.
Alargó
un brazo hacia la sal, y se alzó unos centímetros de la silla
al
hacerlo. No hizo ningún caso.
—Creo
que quizá pueda convencerle—dijo.
230
Los
seminarios de primavera del Northwestem Tech se habían
convertido
en una institución conocida a nivel nacional desde que
Linus
Deering pasara a formar parte de la facultad. Era el presidente,
v
proporcionaba a todos los actos su tono distintivo. Él presentaba a
los
oradores, conducía los coloquios, hacía los resúmenes de las se-
siones
de la mañana y de la tarde, y era el alma de la jovialidad en la
cena
de clausura al final de la semana de trabajo.
Roger
Toomey sabía todo eso por informes de terceros. Ahora
podía
observar directamente la forma de actuar del profesor Deering.
Éste
era un hombre de algo menos que mediana estatura, tez oscura,
y
una lujuriante y característica mata de ondulado cabello castaño.
Cuando
no se hallaba ocupada en activa conversación, su boca
grande
y de labios finos exhibía perpetuamente el asomo de una
traviesa
sonrisa. Hablaba rápidamente y con fluidez, sin apoyarse en
notas,
y siempre parecía efectuar sus comentarios desde un nivel de
superioridad
que era aceptado de modo automático por sus oyentes.
Al
menos, así habían sido las cosas en la primera mañana del
seminario.
Fue tan sólo durante la sesión de la tarde cuando sus
oyentes
empezaron a observar cierta vacilación en sus comentarios.
Más
aún, había cierta intranquilidad en él mientras se sentaba en el
estrado
durante la entrega de las notas previstas a los asistentes.
Ocasionalmente,
miraba de forrna fortuita hacia la parte de atrás del
auditorio.
Roger
Toomey, sentado en la última fila, observaba tensamente
todo
aquello. Su temporal deslizamiento hacia la normalidad, que
había
empezado cuando pensó por primera vez que había una forma
de
salirse de todo aquello, estaba cediendo.
En
el Pullman hasta Seattle, no había dormido. Había tenido
visiones
de sí mismo flotando hacia arriba al ritmo del traqueteo de
las
ruedas, o deslizándose suavemente más allá de las cortinas y por el
pasillo,
o siendo despertado de modo embarazoso por los gritos y
protestas
de un revisor. De modo que había asegurado las cortinas
con
imperdibles, pero no había logrado nada con ello; no había
conseguido
ninguna sensación de seguridad; no había dormido ex-
cepto
unas cuantas cabezadas.
Durante
el día se había adormecido varias veces en su asiento,
mientras
las montañas pasaban rápidamente al otro lado de la venta-
nilla,
y había llegado a Seattle por la tarde con tortícolis, dolor en las
articulaciones,
y una sensación general de desesperanza.
' Había tomado su decisión de acudir al
seminario demasiado tarde
como
para conseguir una habitación individual en los dormitorios del
instituto.
Compartir una habitación era, por supuesto, algo total-
mente
inviable. Se registró en un hotel del centro de la ciudad, cerró
la
puerta con llave, cerró y aseguró todas las ventanas, colocó su
cama
contra la pared y la cómoda contra la parte de lia cama que
quedaba
abierta, y luego durmió.
No
recordó haber soñado, y cuando despertó por la mañana se-
guía
tendido entre las sábanas. Se sintió aliviado.
Cuando
llegó, temprano, al Auditorio de Física del campus del
instituto,
encontró, como esperaba, un amplio salón y poca gente.
Las
sesiones del seminario se celebraban tradicionalmente una vez
iniciadas
las vacaciones de Pascua, y los estudiantes no solían asistir a
ellas.
Unos cincuenta físicos se sentaban en un auditorio diseñado
para
albergar a cuatrocientos, apirados a los dos lados del pasillo
central
junto al podio.
Roger
se sentó en la última fila, donde no podía ser visto por
ningún
transeúnte ocasional que mirara por las altas y estrechas ven-
tanas
centrales de las puertas del auditorio, y donde los demás asis-
tentes
deberían girar la cabeza en un ángulo de casi ciento ochenta
grados
para mirarle.
Excepto,
por supuesto, el conferenciante en ila plataforma..., y el
profesor
Deering.
Roger
no prestó mucha atención al desarrollo de las sesiones. Se
concentró
enteramente en aprovechar los momentos en que Deering
se
hallaba solo en la plataforma; cuando solamente Deering podía
verle.
A
medida que Deering iba mostrándose obviamente más ner-
vioso,
Roger iba siendo más atrevido. Durante el resumen final de la
tarde,
efectuó su mejor demostración.
El
profesor Deering se detuvo bruscamente en mitad de una frase
pobremente
construida y absolutamente carente de significado. Su
audiencia,
que llevaba cierto tiempo agitándose en sus asientos, se
inmovilizó
también, y lo miró interrogativamente.
Deering
alzó la mano y dijo, casi jadeando:
—¡Usted!
¡Eh, usted!
Roger
Toomey permaneáa sentado con una expresión de com-
pleto
relajamiento... en el centro mismo del pasillo. La única silla
que
tenía debajo estaba compuesta por setenta centímetros de vacío
aire.
Sus piernas estaban tendidas hacia delante, apoyadas en el res-
paldo
de otro asiento, también de aire.
Cuando
Deering señaló, Roger se deslizó rápidamente hacia un
lado.
En el momento en que cincuenta cabezas se volvieron hacia él,
estaba
sentado tranquilamente en una prosaica silla de madera.
Roger
miró a uno y otro lado, luego clavó los ojos en Deering,
que
seguía señalándole con el dedo, y se levantó.
—¿Me
habla usted a mí, profesor Deering?—preguntó, con ape-
nas
un ligero temblor en la voz, el cual testimoniaba la salvaje batalla
que
se desarrollaba en su interior a fin de mantener su tono frío y
sorprendido.
—¿Qué
es lo que está haciendo?—preguntó Deering, sintiendo
que
estallaba toda su tensión de la mañana.
Algunos
de los oyentes se estaban poniendo en pie para ver me-
jor.
Una conmoción inesperada es algo que aprecian tanto un con-
junto
de físicos investigadores como una multitud en un juego de
béisbol.
—No
estoy haciendo nada—contestó Roger—. No le comprendo.
—¡Váyase
de aquí! ¡Abandone esta sala!
Deenng
estaba fuera de sí a causa de sus emociones entremezcla-
das,
o de otro modo quizá no hubiera dicho aquello. En cualquier
caso,
Roger suspiró y aprovechó agradecido la oportunidad.
Con
voz fuerte y clara, esforzándose para ser oído por encima del
clamor
que iba ascendiendo, dijo:
—Soy
el profesor Roger Toomey, de la universidad de Carson.
Soy
miembro de la Asociación Norteamericana de Física. Envié mi
solicitud
para asistir a estas sesiones, la solicitud fue aceptada, y he
pagado
mi cuota de inscripción. Tengo derecho a estar sentado aquí,
y
aquí seguiré sentado.
Deering
sólo consiguió decir ciegamente.
—¡
Váyase !
—No
pienso hacerlo—dijo Roger. Estaba temblando con una
auténtica
rabia artificialmente autoimpuesta—. ¿Por qué razón debo
marcharme?
¿Qué es lo que he hecho?
Deering
se pasó una temblorosa mano por el pelo. Fue absoluta-
mente
incapaz de responder.
Roger
aprovechó su ventaja.
—Si
intenta usted expulsarme de estas sesiones sin una causa
justificada,
puede estar seguro de que presentaré una demanda al
instituto.
Precipitadamente,
Deering dijo:
—Doy
por clausurada la sesión del primer día del Seminario de
Primavera
sobre los Recientes Avances de las Ciencias Físicas. Nues-
tra
próxima sesión tendrá lugar en esta sala mañana a las nueve de la. . .
Roger
abandonó apresuradamente la sala mientras el hombre aún
seguía
hablando.
Aquella
noche hubo una llamada en la puerta de la habitación de
Roger
en el hotel. Le sorprendió, inmovilizándole en su silla.
—¿Quién
es?—preguntó.
La
respuesta le llegó en voz baja y ansiosa.
—¿Puedo
verle?
Era
la voz de Deering. El hotel de Roger, así como el número de
su
habitación, estaban por supuesto registrados en la secretaría del
seminario.
Aunque sin esperarlo demasiado, Roger había confiado
en
que los acontecimientos de aquel día tendnan una inmediata con-
secuencla
.
Abrió
la puerta y dijo, ngidamente:
—B
uenas noches, profesor Deering.
Deering
entró en la habitación y miró a su alrededor. Llevaba un
ligero
gabán, que no hizo ningún ademán de quitarse. Mantenía el
sombrero
sujeto en la mano, y Roger no hizo ningún gesto para que
lo
dejara en alguna parte.
—Profesor
Roger Toomey, de la universidad de Carson, ¿no es
así?—dijo
Deering con cierto énfasis, como si el nombre tuviera
significado
para él.
—Sí.
Siéntese, profesor.
232 1 233
Deering
siguió de pie.
—Bien,
¿de qué se trata?—empezó—. ¿Qué es lo que persigue
usted?
—No
le comprendo.
—Estoy
seguro de que sí. No ha preparado usted toda esta ridl-
cula
bufonada para nada. ¿Está intentando ridiculizarme, o espera
mi
colaboración para algún ridículo fraude? Quiero que sepa que no
va a
conseguir nada. Y no intente utilizar la fuerza aprovechando mi
estancia
aquí. Tengo amigos que saben exactamente dónde estoy en
este
momento. Le aconsejo que diga la verdad y luego abandone in-
mediatamente
la ciudad.
—¡Profesor
Deering! Esta es mi habitación. Si ha venido aquí
para
intimidarme, le pido que se marche ahora mismo. Si no lo hace,
llamaré
para que lo echen.
—¿Pretende
usted continuar esta..., esta persecución?
—Nunca
le he perseguido, en ningún momento. Ni siquiera le
conozco,
señor.
—¿No
es usted el Roger Toomey que me escribió una carta rela-
tiva
a un caso de levitación que deseaba que yo investigara?
Roger
se quedó mirando al hombre.
—¿De
qué carta habla?
—Entonces
¿lo niega?
—Por
supuesto que lo niego. ¿De qué está usted hablando?
¿Tiene
acaso esa carta?
El
profesor Deering apretó fuertemente los labios.
—Eso
no irnporta. ¿Niega usted que permanecía suspendido por
hilos
en medio del pasillo en la sesión de esta tarde?
—¿Suspendido
por hibs? No le comprendo en absoluto.
—¡Estaba
usted levitando!
—¿Tendría
la bondad de marcharse de aquí, profesor Deering?
Creo
que no se encuentra usted bien.
El
físico alzó la voz.
—¿Niega
que estaba levitando?
—Creo
que está usted loco. ¿Intenta decir que hice arreglos mági-
cos
en su auditorio? Nunca había estado en él antes de hoy, y cuando
llegué
usted ya estaba presente. ¿Encontró hilos o alguna otra cosa
parecida
después de que me fuera?
—No
sé cómo lo hizo, ni me importa. Pero ¿niega acaso que
estaba
levitando?
—Por
supuesto que lo niego.
—Yo
lo vi. ¿Por qué miente ahora?
—¿Me
vio usted levitar? Profesor Deering, ¿quiere decirme cómo
es
posible eso? Supongo que su conocimiento de las fuerzas gravita-
torias
es lo bastante amplio como para decirle que la auténtica levita-
ción
es un concepto que carece de sentido excepto en el espacio
exterior.
¿Pretende gastarme una broma?
—Cielos—dijo
Deering con voz estridente—, ¿por qué no reco-
noce
usted la verdad?
—Pero
si lo estoy haciendo... ¿Supone acaso que adelantando
una
mano y haciendo un pase místico..., así..., puedo salir volando
ru~r
los aires?
Y
eso fue precisamente lo que hizo, su cabeza rozando el techo.
La
cabeza de Deering saltó hacia atrás, mirando hacia arriba.
—¡Ah!
Eso..., eso...
Roger
regresó al suelo, sonriendo.
—No
puede usted estar hablando en serio—dijo.
—Lo
ha hecho de nuevo. Sí, lo ha hecho.
—¿He
hecho el qué, señor?
—Levitar.
Simplemente, ha levitado. No puede usted negarlo.
Los
ojos de Roger se pusieron serios.
—Creo
que está usted enfemmo, señor.
—Sé
lo que he visto.
~uizá
necesite usted un descanso. Ya sabe, el exceso de tra-
bajo.
—Eso
no ha sido una alucinación.
—¿Quiere
que le prepare algo de beber?
Roger
se dirigió hacia su maleta, mientras Deering le seguía los
pasos
con ojos desorbitados. Los tacones de sus zapatos flotaban en
el
aire a cinco cenh'metros del suelo.
Deering
se dejó caer en el sillón que Roger había dejado.
—Sí,
por favor—dijo débilmente.
Roger
le trajo la botella de whisky, observó al otro beber, luego
siguió
apretando:
—¿Cómo
se siente ahora?
{)iga—dijo
Deering—, ¿ha descubierto usted alguna forma de
neutralizar
la gravedad?
Roger
se lo quedó mirando.
—Piense
un poco, profesor. Si yo tuviera el secreto de la antigra-
vedad,
no lo utilizaría para gastarle bromas a usted. En estos momen-
tos
estaría en Washington. Me habría convertido en un secreto mili-
tar.
Sería... ¡Bien, no estaría aquí! Seguro que todo eso le resulta
obvio.
Deering
saltó en pie.
—¿Tiene
usted intención de asistir a las sesiones que faltan?
—Por
supuesto.
Deering
asintió, se encasquetó con un manotazo el sombrero so-
bre
la cabeza, y salió a toda prisa.
Durante
los siguientes tres días, el profesor Deering no presidió
las
sesiones del seminario. No fue dada la menor razón de su ausen-
cia.
Roger Toomey, atrapado entre la esperanza y la aprensión, se
sentó
junto a los demás asistentes e intentó no hacerse notar. No
tuvo
éxito por completo. El ataque público de Deering había hecho
que
la gente reparara en él, mientras que su propia y vehemente
defensa
le había proporcionado una especie de popularidad de Da-
vid
contra Goliat.
Roger
regresó a su habitación del hotel el jueves por la noche
después
de una cena no demasiado satisfactoria, y permaneció de pie
en
el umbral, con una pierna dentro de la habitación. El profesor
Deering
le estaba mirando fijamente desde el interior. Y otro hom-
bre,
con un sombrero de fieltro gris echado hacia atrás sobre su
cabeza,
estaba sentado en la cama de Roger.
Fue
el desconocido quien habló.
—Entre,
Toomey.
Roger
entró.
—¿Qué
ocurre?
El
desconocido abrió su billetero y presentó un portadocumentos
de
celofán a Roger.
—Soy
Cannon, del FBI—dijo.
—Tiene
usted influencia con el gobierno, profesor Deering, lo
reconozco—dijo
Roger.
—Un
poco—admitió Deering.
—Bien,
¿estoy arrestado?—preguntó Roger—. ¿Cuál es mi cri-
men?
—Tómeselo
con calma—dijo Cannon—. Hemos estado recopi-
lando
algunos datos acerca de usted, Toomey. ¿Es ésta su firma?
Mostró
una carta, desde la distancia suficiente para que Roger
pudiera
verla, pero no tomarla. Era la carta que Roger le había
escrito
a Deering y que éste había enviado a Morton.
—Sí
~ijo Roger.
—¿Y
esta otra?
El
agente federal tenía todo un fajo de cartas.
Roger
se dio cuenta de que Cannon debía de haber recogido
todas
las cartas que él había enviado, menos aquellas que habían sido
rotas
por sus destinatarios.
—Todas
son mías—dijo débilmente.
Deering
resopló.
—El
profesor Deering nos ha dicho que puede usted flotar—dijo
Cannon.
—¿Flotar?
¿Qué demonios quiere decir con eso?
—Flotar
en el aire—dijo Cannon estólidamente.
—¿Cree
usted en todas las locuras de ese tipo que le cuentan?
—No
estoy aquí para creer o no creer, doctor Toomey—dijo
Cannon—.
Soy un agente del gobierno de los Estados Unidos, y
tengo
una misión que cumplir. Si yo fuera usted, cooperaría.
—¿Cómo
puedo cooperar en algo así? Si yo acudiera a usted
diciéndole
que el profesor Deering podía flotar en el aire, me tendría
usted
tendido en el sillón de un psiquiatra en un abrir y cerrar de
ojos.
—El
profesor Deering ha sido examinado por un psiquiatra a
petición
propia—dijo Cannon—. De todos modos, el gobierno tiene
la
costumbre de escuchar muy seriamente al profesor desde hace un
cierto
número de años. Además, puedo decirle que disponemos tam-
bién
de pruebas adicionales.
—~Como
cuáles?
—Un
grupo de estudiantes de su universidad lo vieron a usted
flotar.
Y también una mujer que había sido la secretaria del jefe de su
departamento.
Tenemos testimonios de todos ellos.
—¿Qué
clase de testimonios? ¿Testimonios que puedan ustedes
presentar
como pruebas fehacientes y mostrar a mi representante en
el
Congreso?
—Doctor
Toomey—interrumpió ansiosamente el profesor Dee-
ring—,
¿qué gana usted negando el hecho de que puede levitar? Su
propio
decano admite que ha hecho usted algo parecido. Me dijo que
le
informara oficialmente de que su contrato con la universidad será
cancelado
al final del año académico. El hombre no haría eso por
nada.
—Eso
no importa—dijo Roger.
—Pero
¿por qué no admite que yo le vi levitar?
—¿Y
por qué debería hacerlo?
—Me
gustaría indicarle, doctor Toomey—dijo Cannon—, que si
posee
usted un artilugio que contrarresta la gravedad, sería de gran
importancia
para nuestro gobierno.
—¿De
veras? Supongo que habrán investigado ustedes mis ante-
cedentes
en busca de alguna posible deslealtad.
—La
investigación se halla en curso—confirmó el agente.
—Muy
bien—dijo Roger—. Planteemos un caso hipotético. Su-
pongamos
que admito que puedo levitar. Supongamos que no sé
cómo
lo consigo. Supongamos que no tengo nada que entregarle al
gobierno,
excepto mi cuerpo y un problema insoluble.
—¿Cómo
puede saber que es insoluble?—dijo Deering ansio-
samente.
—En
una ocasión le pedí que estudiara ese fenómeno—observó
Roger
suavemente—. Usted se negó.
~Ivide
eso. Mire.—Deering hablaba rápidamente, con ur-
gencia—.
Usted no tiene ninguna posición en este momento. Yo
puedo
ofrecerle una en mi departamento como profesor adjunto de
ffsica.
Sus deberes como profesor serán únicamente nominales. Dedi-
cará
todo su tiempo a la levitación. ¿Qué le parece?
—Suena
atractivo—dijo Roger.
—Creo
que puedo decirle que dispondrá de fondos ilimitados por
parte
del gobierno.
—¿Y
qué es lo que tengo que bacer? ¿Simplemente admitir que
puedo
levitar?
—Sé
que puede hacerlo. Yo lo vi. Deseo que se lo muestre ahora
al
señor Cannon.
Las
piernas de Roger se alzaron, y tensó el cuerpo hasta adoptar
una
posición horizontal al nivel de la cabeza de Cannon. Se volvió
hacia
un lado, y pareció descansar en el aire sobre su codo derecho.
El
sombrero de Cannon cayó desmayadamente sobre la cama.
—Flota—jadeó
el agente.
Deering
se mostraba casi incoherente por la excitación.
236
—¿Lo
ve?
—Por
supuesto que lo veo.
—Entonces
informe de ello. Póngalo tal cual en su informe, ¿me
ha
entendido? Haga un informe completo del hecho. Así no volverán
a
decir que hay algo que no va bien en mi cabeza. Nunca dudé ni por
un
segundo de lo que había visto.
Pero
no se habría mostrado tan feliz si esto último hubiera sido
completamente
cierto.
—Ni
siquiera sé el clima que hay en Seattle—se quejó Jane—, y
hay
un millón de cosas que tengo que hacer.
—¿Necesitas
ayuda?—preguntó Jim Sarle desde su confortable
posición
en las profundidades del sillón.
—No
hay nada que K puedas hacer. Oh, Dios mío.
Y
salió volando de la habitación, pero al contrario que su esposo,
lo
hizo sólo en sentido figurado.
Roger
Toomey entró.
—Jane,
¿todavía no tenemos las cajas para los libros? Ah, hola,
Jim.
¿Cuándo has llegado? ¿Y dónde está Jane?
—Llegué
hace un mirluto, y lane está en la otra habitación. Tuve
que
abrirme camino entre policias. Muchacho, estás auténticamente
rodeado.
—Hummm—dijo
Roger, ausente—. Les hablé de ti.
~é
que lo hiciste. Me han hecho jurar que mantendré el secreto.
Les
dije que, en cualquier caso, era un asunto de secreto profesional.
¿Por
qué no dejas que los de las mudanzas se encarguen de todo? Es
el
gobierno quien paga, ¿no?
—Los
de las mudanzas no lo har,'an bien ~ijo Jane, entrando de
nuevo
apresuradamente y dejándose caer en el sof~. Necesito un
cigarrillo.
—Haz
una pausa, Roger—dijo Sarle—, y cuéntame lo que pasó.
Roger
sonrió tímidamente.
—Tal
como dijiste, Jim, aparté de mi mente el problema equivo-
cado
y me centré en el auténtico problema. Tenía la impresión de que
me
encontraría siempre enfrentado a dos alternativaf,. O estaba loco,
o
comet.'a un fraude. Deering lo dijo claramente en su carta a Mor-
ton.
El decano supuso que estaba cometiendo un fraude, y Morton
supuso
que estaba loco.
“Pero
suponiendo que pudiera demostrarles a todos que real-
mente
pod.'a levitar... Bien, Morton me dijo lo que ocurrina en ese
caso.
O bien yo.estana cometiendo un fraude, o el testigo estaría
loco.
Morton dijo que si me veía volar, preferiría creer que estaba
loco
antes que aceptar la evidencia. Por supuesto, tan sólo estaba
siendo
retórico. Ningún hombre creerá jamás en su propia locura
mientras
exista la más m~.'nima evidencia de lo contrario. Yo contaba
con
eso.
“De
modo que cambié de táctica. Acud~. al seminario de Deering.
No
le dije a él que podia flotar; se lo demostré, y luego negué que lo
hubiera
hecho. La alternativa era clara. O yo estaba mintiendo, o él,
no
yo, fíjate bien, él, estaba loco. Resultaba obvio que antes creería
en
la levitación que dudar de su propia cordura, una vez se halló
sometido
realmente a la prueba. Todas sus acciones posteriores, sus
intimidaciones,
su viaje a Washington, su oferta de un trabajo, fue-
ron
dirigidas únicamente a reivindicar su propia cordura, no a ayu-
darme.
—En
otras palabras—dijo Sarle—, convertiste tu levitación en su
problema
y no en el tuyo.
—¿Tenías
algo así en mente cuando tuvimos nuestra charla, Jim?
—preguntó
Roger.
Sarle
meneó la cabeza.
—Tenía
vagas nociones al respecto, pero un hombre debe resol-
ver
sus propios problemas si quiere solucionarlos efectivamente.
¿Crees
que ahora resolverán el principio de la levitación?
—No
lo sé, Jim. Sigo sin poder comunicar los aspectos subjetivos
del
fenómeno. Pero eso no importa. Los investigaremos, y eso es lo
que
cuenta. {~olpeó su puño derecho contra la palma de su mano
izquierda—.
En lo que a mí respecta, lo importante es que he conse-
guido
que me ayuden.
—¿De
veras?—preguntó suavemente Sarle—. Yo diría más bien
que
lo importante es que les has permitido obligarte a que tú les
a,vudes
a ellos, lo cual es muy distinto.
Comentario
final
Me
gustaría dejar a la opinión de los lectores el decidir qué versión
les
gusta más..., pero si me prometen no dejarse influir por ellos, he
aquí
algunos de mis propios pensamien~os sobre la cuestión.
Durante
estos últimos treinta anos, he pensado en estos dosfinales
como
“mi final”, y “el final de Carnpbell”, y, a mi modo bastante
subjetivo,
siempre he preferido ù~mi final~; es decir, el que escribí
primero,
en la versión no publicada. Sin embargo, una vez dicho eso,
debo
añadir que ahora, por primera vez en treinta anos, he leído las
dos
versiones del relato, una inmeduatamente después de la otra, y he
Uegado
a la conclusión de que ambas son mis finales y que están bien
escritas.
. ., aunque siga gustándome más la primera que escribí.
Aunque
parezca extraño, el segundo final, el que fue publicado y
considerado
por mí como “el final de Campbell”, es el que me parece
más
típicamente mío. En un relato tras otro he hecho que mi héroe
ganara
gracias a su inteligencua superior, a su racionalidad superior, a
su
cerebro superior. En resumen, Roger Toomey hace exactamente lo
que
un héroe típico de Asimov haría. ¿Por qué, entonces, me siento
insatisfecho?
Porque
Roger Toomey no es un héroe típico de Asimov.
El
relato, tal y como lo concebí después de que CampbeU expresara
23X
239
su
deseo de que escribiera un relato sobre una persona que podía
levitar
pero que no podía conseguir que nadie la creyera, requería un
héroe
no asimoviano. Mi tesis (no directamente expresada en muchas
palabras,
pero implícita una y otra vez) era la siguiente: “Para creer en
la
existencia, sólo la verdad es suficiente”.
Mi
punto de vista sobre la vida, habitualmente alegre, es que no
acepto
esa tesis. Sigo escribiendo libros sobre ciencia e historia—y
también
sobre ciencia ficción—, en los que trato de explicar el mundo
de
una forma natural y racionalista, con la confiada certidumbre de
que
eso es suficiente para conseguir que la gente abandone sus tontas
supersticiones.
Y,
sin embargo, ocasionalmente también tengo mis momentos os-
curos
y cínicos, cuando soy consciente de la exis~encia de millones de
personas—incluso
personas educadas y presumiblemente inteligen-
tes—que
aceptan un amplio espectro de sinsentidos que van desde la
astrología
hasta el creacionismo, enfrentándose así a todas las pruebas
reunidas
paciente y dolorosamente por los seres humanos racionales a
través
del curso de la historia de la civilización. . . Y entonces me siento
como
Roger Toomey.
La
lev¿tación es algo ideal para demostrar este cínico punto de
vista,
puesto que se trata de algo considerado por toda persona racio-
nal,
consciente del moderno pensamiento científico, como imposible y
opuesto
a la ley natural. Ni siquiera las personas sin educación v
supersticiosas
creenan que la levitación es posible, a no ser mediante la
intervención
divina (o demoniaca).
Quienes
se enfrentan al hecho de la levitación deben buscar, por lo
tanto,
una explicación que implique algún tipo de brujería, o bien
refugiarse
en el terror ante lo que debe parecerles algo que implica la
presencia
de lo divino o de lo demoniaco.
Si
usted acude a mí, por ejemplo, y me demuestra que puede
levitar,
y si yo no consigo encontrar los hilos que lo sujetan, probable-
mente
terminaría por no creer en lo que ven mis ojos. Lo siento.
Así
que, cuando Roger Toomey no puede encontrar a nadie que le
crea,
cuando no halla creencua (y ése es el ntulo del relato), su vida
debe
seguir necesariamente un curso continuo de hundimiento para
demostrar
así, con la mayorfuerza posible, la tesis central del relato.
En
la segunda versión, sin embargo, “el final de CampbeU", hago
que
Toomey se enfrente racionalmente y paso a paso con la situación,
de
modo que, aun cuando no es un héroe asimoviano típico, se con-
viertefinalmente
en uno.
De
todos modos, creo que no debería haber aceptado hacerlo.
Ultimo
comentario
Los
diversos relatos en los que he introducido cambios ante la
insistencia
de las editoriales y que he descrito aquí abarcan desde
1939
(“Pilgrimage") hasta 1958 (“The Ugly Little Boy”).
Desde
1958—hace ya más de un cuarto de siglo—, no han vuelto
a
producirse tales incidentes. O bien lo que escribo es rechazado ~y
les
aseguro que eso sucede muy raramente), o bien es aceptado e
impreso
sustancialmente tal y como lo he escrito, introduciéndose
únicamente
la clase de correcciones de rutina que son el resultado de
las
desgracias del trabajo tipográfico editonal.
Esto
no es necesariamente algo bueno, al menos por lo que res-
pecta
a algunos críticos. He leído recensiones de mis novelas recien-
tes,
por ejemplo, de las que parece desprenderse que sufro una ~alta
de
control editorial. La impresión que tratan de comumcar es que me
he
convertido en una especie de superestrella arrogante en el mundo
de
la ciencia ficción, y que los editores se encuentran acorralados
ante
mí, temiendo un fruncimiento de ceño por mi parte; que yo
consigo
imponer toda clase de embustes autoindulgentes, mientras
que
esos mismos editores se encogen de hombros (cuando yo les
miro)
y se quejan de su incapacidad para controlarme.
Desearía
que quienes escriben tales recensiones consultaran con
mis
editores con respecto a esta cuestión (en mi ausencia, si con ello
se
sienten mejor), pues estoy totalmente convencido de que les ase-
gurarán
que no es así.
Lo
que sucede es que me voy haciendo viejo, que soy un experi-
mentado
escritor en ciencia ficción que ha aprendido su oficio en la
dura
escuela de editores tan poderosos e idiosincráticos como John
W.
Campbell, Jr., y Horace L. Gold, de modo que en la actualidad
ya
no hay tanta necesidad de obligarme a revisar un relato.
Puede
que llegue un día en el que la edad avanzada y el deterioro mental (si es que
vivo lo suficiente), me priven del filo aguzado de mi
poder;
y, en tal caso, me atrevería a decir que mis editores votarán
para
encontrar al encargado de decirme que ya no tengo ese poder.
Sé
que su aversión a decírmelo no procederá de su temor a mí,
sino
(espero) de su renuencia a hacerme sentir mal, pues he enta-
blado
amistad con todos los editores que he tenido, y mis relaciones
con
ellos—con todos ellos, desde John Campbell, hace ya cuarenta y
siete
años, a Sam Vaughan, justo ahora—se han caracterizado por la
amistad
y el trato cordial, y las discusiones sobre revisiones tan sólo
han
agitado muy ligeramente la superficie de nuestra amistad, y eso
sólo
temporalmente.
Introducción
...........................................
1.
Envejece conmigo (versión original de la novela Un guijarro
en
el cielo) .......................................
2.
El fin de la eternidad (versión original de la novela del mis-
mo
título) .......................................
3.
Creencia (primera versión) . .
4.
Creencia (versión publicada)
Ultimo
comentario ....
Isaac
Asimov (1920) es uno de los escritores de ciencia ficción más famo-
sos
que viven en la actualidad. Nacido en Rusia, su familia paso a vivir en
Estados
Unidos en 1923. Durante una primera etapa de su carrera combinó la
actividad
académica en bioquímica con la publicación de numerosos relatos
de
ciencia ficción en revistas populares, para pasar con dedicación plena a la
escritura
en 1958. Su obra alterna la ciencia ficción, ocasionales incursiones
en
el relato de misterio y una ingente cantidad de obras de divulgación, que lo
han
convertido asimismo en uno de los ensayistas mas populares del mu'ndo.
Recientemente
ha desarrollado también una enorme actividad en el campo
de
las antologías, en muchos casos en colaboración con Charles W. Waugh y
Martin
H. Greenberg.
En
la actualidad lleva publicados más de 300 libros. Su obra dentro de la
ciencia
ficción comprende los títulos siguientes:
NOVELAS:
1950—Pebble
ln Ihe Sky (Un guijarro en el cielo, Ed. Martínez Roca, en pre-
paración)
1951—The
Stars L¿ke Dust (En la arena este/ar, Ed. Martínez Roca. Super
Ficción
núm. 45, Barcelona 1979)
1952—The
Currents of Space (Las corrientes del espacio, Ed. Martínez Ro-
ca,
Super Ficción núm. 54, Barcelona 1980)
1955—The
End of Etern~ty (El Jin de la eternidad, Ed. Martínez Roca, Su-
per
Ficción núm. 26, Barcelona 1977)
1966—Fantastic
Voyage (Viaje A/ucinante, Ed. Plaza y Janés, Gran Reno,
Barcelona
1986)
1972—The
Gods Themselves (Los propios dioses, Ed. Bruguera, Libro
Amigo,
Barcelona 1974)
SERIE
DE LOS ROBOTS:
1954—The
Caves of Stee/ (Bóvedas de acero, Ed. Martínez Roca, Super Fic-
ción
núm. 48, Barcebna 1979)
1957—The
Naked Sun (El sol desnudo, Ed. Martínez Roca, Super Ficción
núm.
51, Barcelona 1980)
1983—The
Robots of Dawn (Los robots del amanecer, Ed. Bruguera, Cin-
co
Estrellas, Barcelona 1984)
1985—Robots
and Empire (Robots e Impeno, Ed. Plaza y lanés, Éxitos,
Barcelona
1986)
SERIE
DE LOS ROBOTS:
SERIE
DE LAS FUNDACIONES:
1951—Foundation
(Fundaaón, Ed. Plaza y Janés, Gran Reno, Barcelona
1986)
1952—Foundation
and Empire (Fundación e Imperio, Ed. Plaza y lanés,
Gran
Reno, Barcelona 1986)
1953—Second
Foundation (Segunda Fundación, Ed. Plaza y lanés, Gran
Reno,
Barcelona 1986)
1982—Foundation's
Edge (Los límites de la Fundación, Ed. Plaza y lanés,
Gran
Reno, Barcelona 1986)
1986—Foundation
and Earth
SERIE
LUCKY STARR (juvenil):
1952—Luckv
Starr: Space Ranger, como Paul French (Lucky Starr, el ran-
ger dél espacio, Ed. Bruguera, Barcelona
1977)
1953—Luckv
Starr and ~he Pirates of the Asteroids (Lucky Starr y los piratas I
rlr;n
de los asteroides, Ed. Bruguera, Barcelona
1977)
1954—Lucky
Starr and the Oceans of Venus (Lucky Starr y los océano~ de
Venus, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)
1956—Lucky
Starr and the Big Sun of Mercury (Lucky Starr v el gran sol de
Mercúrio, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)
1957—Lucky
Síarr and the Moons of Jupiter (Lucky Starr y Ias lunas de Jú-
piter, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)
1958—Lucky
Starr and the Rings ol Saturn (Lucky Starr y los anillos de Sa-
lurno, Ed. Bruguera, Barcelona 1977)
RECOPII,ACIONES:
1950—1,
robot (Yo, rokot, Ed. Edhasa, Nebulae núm. l, Barcelona 1975)
1955—The
Martian Way and Other Stones (A lo marciano, Ed. Martínez
Roca, Super Ficción núm. 61, Barcelona
lY81)
lY57—Earth
is Room Enough (Con la Tierra nos basta, Ed. Martínez Roca,
Super Ficción núm. 65, Barcelona 1981)
1959—Nine
Tomorrows (Nueve futuros, Ed. Martínez Roca, Super Ficción
núm. 96, Barcelona 1985)
1964—The
Rest of the Robots (Los robots, Ed. Picazo, Barcelona 1979)
1969—Nightfa//
and other Stories (Los ojos hacen algo más que ~er, La má-
quina que ganó la guerra y Cuarta
generación, Ed. Caralt, Ciencia
Ficción núms. 7, 9 y 11 Barcelona 1~77~
1972—The
Early Asimov (Seiección 1, 2 y 3, Ed. Bruguera, Libro Amigo.
Barcelona 1975)
1975—Buy
Jupiter (Compre Júpiter, Ed. Plaza y Janés, Gran Reno, Barce-
lona 1976)
1976—The
Bicentenial Man (El hombre del Bicentenario, Ed. Martínez Ro-
ca, Super Ficción núm. 35, Barcelona 1978)
1982—The
Complete Robot (Los robots, Ed. Martínez Roca, Gran Super
Ficción, Barcelona 1984)
1983—The
Winds of Change and Other Stories (Los vientos del cambio, Ed.
Martínez Roca, Gran Super Ficción,
Barcelona 1984)
1985—The
Alternate Asimovs (Cuentos paralelos, Ed. Martínez Roca, Su-
per Ficción núm. 101, Barcelona 1987)
ANTOLOGIAS
TRADUCIDAS AL CASTELLANO:
1974—Before
the Colden Age (La Edad de Oro de la ciencia ficción, Ed.
Martínez Roca, Super Ficción núms. 7 y 12,
Barcelona 1976)
1981—The
Best Science Fiction of the 19th Century (Lo mejor cle la ciencia
ficción del siglo XIX, Ed. Martínez Roca,
Super Ficción núms. 78 y
79, Barcelona 1983)
1983—Caught
in the Organ Draft (Trasplante obligatorio, Ed. Martínez Ro-
ca, Super Ficción núm. 97, Barcelona 1986),
con Waugh y Martin
1983—Hallucination
Orbit (Orbita de alucinación, Ed. Martínez Roca, Su-
per Ficción núm. 98, Barcelona 1986), a)n
Waugh y Martin
SERIE
LOS PREMIOS HUGO:
1962—The
Hugo Winners 1. 1955-1961 (Los premios Hugo 1955-1961, Ed.
Martínez Roca, Gran Super Ficción,
Barcelona 1986)
1 97
1—The Hugo Winners 2.1963-1969 (Ed. Martínez Roca, en preparación)
1977—The
Hugo Winners 3. 1970-1975 (Ed. Martínez Roca, en prepara-
ción)
1985—The
Hugo Winners 4. 1976-1979 (Ed. Marúnez Roca, en prepara-
1986—The
Hugo Winners 5. 1980-1982 (Ed. Martínez Roca, en prepara-
ción)
PREMIOS:
19ó6—Hugo
especial por la Serie de las Fundaciones
1973—Hugo,
Nebula y Locus por Los propios dioses
1977—Hugo,
N'ebula y Locus por “El hombre del Bicentenario”
1983—Hugo
v Locus por Los límites de la Fundación
246
247
~_
=/
N.ø
102
IAN
WATSON
El
jardín de las delicias
En
busca de una colonia fundada por una expedición anterior, una astronave
tripulada por tres hombres y tres mujeres queda inmovilizada en un planeta
misterioso. El paisaje lujuriante que les rodea, con sus frutos y aves gigantes
y su población de ociosos desnudos, es exactamente el del tríptico de Jerónimo
Bosch El Jardín de las Delicias... La pintura fue convertida en paisaje por un
~Dios~, y todo forma parte de un plan. Pero, ¿qué es ese Dios? ¿Y cuál es el
plan? Mientras recorren esa pintura fabulosa, los protagonistas ven claro que
ese mundo, lo mismo que la pintura de Bosch, consta de tres partes. Para llegar
anteDios en el Paraíso, tendrán que pasar primero por un verdadero Infierno.
Pero el resultado de su investigación es todavía más sorprendente de lo que
imaginan...
Una
novela apasionante que desarrolla con maestría las ideas más provocativas que
ha visto el género en los últimos años.
lan
Watson es en la actualidad el autor británico de ciencia ficción de más
brillantez y coherencia en su país. Se dio a conocer a mediados de los setenta
con Empotrados (n.ø 22 de esta colección), novela que le valió el Premio Apolo.
Desde
entonces sus novelas no han dejado de alcanzar nuevas cotas de excelencia. El
pasado año obtuvo el Premio Europeo de Ciencia Ficción por el conjunto de su
obra.
G~
:
Las
Obras Maestras de la Ciencia Fccion
Lo
último de Asimov. 21 relatos de lo mejor y más actual del autor de ciencia
ficción
más famoso de todos los tiempos.
Por
primera vez, reunidos en un solo volumen, todos los relatos de robots escri-
tos
por Isaac Asimov, desde su célebre "Yo, robot" hasta su más reciente
pro-
~ucción
.
Autor
ganador del Premio Hugo
Obra
galardonada
con
el "Brit¿sh SFAward "
John
Brunner es el autor británico de ciencia ficción de mayor resonancia
mundial.
Ganador de los premios HUGO, APOLO y BRITANICO, su novela "Orbi-
ta
inestable" fonna, junto a "Todos sobre Zanzfl~ar" y "El
rebaño ciego", lo que el
autor
llama la "trilogía del desastre", basada en nuestro futuro más
inmediato.
GRAN
SUPER FICCION
ASlMOV
1
955-1 961
El
prsmio Hugo es el más importante que se otorga a los escritores de ciencia
ficción. Presenta- dos por Asimov, en este volumen se reúnen los autores
premiados entre los años 1955 y 1961 con los relatos que les consagraron:
Waiter
M. Miller, Eric Frank Russel, Murray Leinster, Avram Davidson, Clifford D.
Simak, Robert Bloch, Daniel Keyes, Poul Anderson...
Primer
volumen de una serie básica para los amantes del genero.
Volúmenes
en preparación, igualrnente presentados por ISAAC ASIMOV:
LOS
PREMIOS HUGO 11:1963-1969
LOS
PREMIOS HUGO íll: 1970-1975
LOS
PREMIOS HUGO IV: 1976-1979
LOS
PREMIOS HUGO V: 1980-1982
COLECCION ~ , 13.
PHILIP K. DICK
CLIFFORD D. SIMAK Los hijos de nuestros hijos
2.
PHILIP K. DICK La penúltima verdad
3.
GILLES D'ARGYRE El cetro del azar
.
4.
BRADBURY, ASIMOV, Lo mejor de
~<Fantasy & Science
LEIBER Fiction~,
5.
JEAN P. ANDREVON Retorno a la tierra
6.
PEDLER Y DAVIS El roecerebros
7.
ISAAC ASIMOV
8.
FRITZ LEIBER
La
edad de oro de la ciencia
ficción
(I)
Los
cerebros plateados
9.
JACK WILLIAMSON La legión del espacio
10.
FRED Y GEOFFREY HOYLE Infierno
11
GILLES D'ARGYRE
12.
ISAAC ASIMOV
Los
asesinos del tiempo
La
edad de oro de la ciencia
ficción
(Il)
33
BRIAN ALDISS
34
J. TRIGO
35.
ISAAC ASIMOV
I
14.
SAMUEL R. DELANY La balada de Beta-2
i
15.
LARRY NIVEN Mundo anillo
16
THEA VON HARBOU Metrópolis
17.
JAMES BLISH Un caso de conciencia
18.
GORDON R. DICKSON Al estilo extraterrestre
15.
.
,...
MICHAEL
ASHLEY
Los
mejores relatos de ciencia ficción.
La
era de Campbell
.
STANLEY G. WEINBAUM Lo mejor de Weinbaum
I
21.
ROBERT A. HEINLEIN Hija de Marte
I
i, 22. IAN WATSON Empotrados
,
23.
LEIGH BRACKETT La espada de Rhiannon
24.
ROGER ZELAZNY Tú, el inmortal
25.
FRITZ LEIBER Un fantasma recorre
Texas
26.
ISAAC ASIMOV El fin de la
eternidad
27.
ROBERT A. HEINLEIN La desagradable
profesión de Jonathan Hoag
28.
FRANK HERBERT El cerebroverde
29-
JOHN BOYD Mercader de inteligencia
30.
ROBERT A. HEINLEIN Las cien vidas de Lazarus Long
31.
WILSON TUCKER Los amos del tiempo
32.
T. N. SCORTIA
y G.
ZEBROWSKI
,
El
hombre-máquina
Los
oscuros años luz
Desierto
de niebla y cenizas
El
hombre del bicentenario


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