© Libro N° 6104.
Arrasando El Far West, Gestando El Imperialismo. De Las Guerras Seminolas A Wounded Knee.
Andreassi Cieri, Alejandro. Emancipación. Junio 15 de 2019.
Título
original: © Arrasando El Far West, Gestando El Imperialismo. De Las
Guerras Seminolas A Wounded Knee. Alejandro Andreassi Cieri 2006
Versión Original: © Arrasando El Far West, Gestando El Imperialismo.
De Las Guerras Seminolas A Wounded Knee. Alejandro Andreassi Cieri 2006
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ARRASANDO EL FAR WEST, GESTANDO EL IMPERIALISMO.
De Las Guerras Seminolas A Wounded Knee.
Alejandro Andreassi Cieri
2006
"We
hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they
are endowed by their Creator with certain unalie- nable Rights, that among
these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness. --That to secure these
rights, Governments are institu- ted among Men, deriving their just powers from
the consent of the governed, --That whenever any Form of Government becomes
destructive of these ends, it is the Right of the People to alter or to abolish
it, and to institute new Government, laying its foundation on such principles
and organizing its powers in such form, as to them shall seem most likely to
effect their Safety and Happiness".
Declaration of Independence (1776)
La
cinematografía norteamericana, cimentó su fama y popular i- dad en la
representación de la "conquista del Lejano Oeste", construyendo una
épica que a su vez alimentó la propia leyenda cinematográfica, configurando
su perfil de
arte del siglo
XX, sobre la base de la imagen mil veces repetida del avance hacia el
Pacífico como una empresa individual, donde se relataba el es* Alejandro
Andreassi Cieri, es profesor titular del Departamento de Historia Moderna y
Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona fuerzo de unos colonos
que arriesgando su vida para instalarse como pacíficos agricultores en el
interior de Norteamérica, de- bían arrostrar numerosas penalidades y peligros,
hasta que al fi- nal de su largo peregrinaje conseguían alcanzar la ansiada meta
de asegurar las bases materiales de su condiciones de ciudadanos libres e
independientes: granjeros propietarios de una pequeña pero productiva tierra.
Sin
embargo, esa imagen no se ajusta a la realidad de los hechos. La conquista del
Oeste fue principalmente obra del gobierno fe- deral, que prácticamente se
configuró como tal con ella confir- mando su autoridad sobre los estados que
constituían la Unión, y los territorios ganados con esa expansión fueron
organizados como verdaderas áreas "coloniales".
La
imagen cinematográfica en cambio sirvió para, sin ocultar la violencia de la
conquista del Oeste, equiparar la fuerza de los bandos contendientes,
equilibrar la lucha entre colonos despro- vistos de otro apoyo que su propio
arrojo e indígenas dispue stos a impedir que esos "pacíficos"
candidatos a la agricultura se insta- lasen en sus tierras. No sólo la imagen
fue absolutamente favora - ble a los c olonos blancos, al menos hasta la
cinematografía de la década de 1960-70, sino que los indios además de crueles y
rap a- ces fueron presentados como egoístas que no eran capaces de aceptar la
convivencia con otros pueblos.
Sin
embargo los primeros contactos conflictivos con la población aborigen no se
produjeron en los terr itorios del Lejano Oeste. Antes que la Homestead Act
promoviera la instalación de miles de colonos en las grandes praderas de los
Estados constituidos después de la Guerra de Secesión, fue la economía
esclavista de las plantaciones de algodón la que se acercó e invadió por el sur
las tierras al oeste del Mississippi. La frontera con el "King Cot-
ton" no fue una simple convención divisoria de los territorios ocupados
por propietarios plantadores y agricultores estadoun i- denses, por una parte,
y por los pueblos creek, choctaw y chika- sawk, por otra; sino la zona dinámica
en la que se produjeron las suficientes interacciones y conflictos con esas
naciones indias para sembrar las condiciones de su posterior expulsión y exter-
minio.
La
creciente demanda de la in dustria textil europea a partir de finales del siglo
XVIII, reforzada por la invención de la desmot a- dora de Eli Withney, impulsó
el desarrollo del cultivo de a l- godón, que buscó nuevas tierras para
expandirse. Esas tierras eran las situadas en la cuenca del Mississippi, y el
avance de la agricultura comercial modificó los hábitos y comportamientos
económicos de los pueblos indígenas. Junto con el cultivo de algodón realizado
por medio de trabajo esclavo, se produjo me- diante la concurrencia de
empresarios comerciales la penetración de bienes y el desarrollo de hábitos de
consumo que favorecieron el
crecimiento de una
economía progresivamente monetizada, que entraba en conflicto con las
prácticas comunitarias de los indígenas. Se instalaron establecimientos
comerciales (factories) promovidos por el gobierno norteamericano, con el fin
de incor- porar la actividad económica indígena al marco del capitalismo
agrario de base principalmente esclavista del sur norteamericano.
Pero
la monetización de los intercambios favoreció el endeud a- miento de las
comunidades indígenas, las que para lograr su r e- dención debieron ceder
derechos sobre las tierras que ocupaban al gobierno de los EE.UU., resultado
que interesaba tanto a éste como a los plantadores, al mismo tiempo que
garantizaba los beneficios
realizados por compañías
comerciales acreedoras, como la
John Forbes Company que comerciaba desde 1783 con esos pueblos. Por ejemplo,
mediante el tratado firmado con el pueblo Choctaw en 1805 los enviados del
presidente Jefferson consiguieron que estos cedieran las fértiles tierras que
se exten- dían entre los ríos Alabama y Mississippi y fijaron el monto del pago
de las tierras cedidas por los Choctaw en 50.000 dólares, que era exactamente
la cantidad adeudada por estos a la John Forbes Company. Como aseguraba en 1803
el Secretario de Gue- rra de Thomas Jefferson, Henry Dearborn, al general James
Wilkinson que lo único que podría inducir a los Chocktaws a ceder al menos una
parte de su territorio era la posibilidad de obtener di - nero para satisfacer
la deuda contraída con Panton & Co.
Además,
como resultado de las interacciones entre plantadores, factorías y naciones
indias en la frontera algodonera, se transfor- maba progresivamente en el
ámbito en donde se estaban yuxt a- poniendo y relacionando diferentes culturas
con organizaciones sociales e intenciones económicas, una de ellas basada en el
tra- bajo esclavo. El contacto de estos con los pueblos indígenas ac- tuó como
catalizador y favorecedor de lo que más temían los propietarios esclavistas, la
fuga de sus esclavos, o lo que era aún peor, la posibilidad de que estos se
unieran a los agraviados indí- genas y se rebelaran contra sus amos.
La
defensa del sistema esclavista y la expansión principal por el eje suroeste
había provocado la expulsión de los pueblos Chicka- saw, Choctaw, Cher okee,
Creek, y Seminola hacia el oeste de los ríos Mississippi y Missouri, en el área
correspondiente al actual Estado de Oklahoma, en virtud de la Ley de Traslado
Forzoso (Removal Act) aprobada por el Congreso el 28 de mayo de 1830, por
iniciativa del presidente Andrew Jackson, deseoso de abrir los territorios del
este del Mississippi a la expansión de la eco- nomía de plantación algodonera.
La denominación de trail of tears ("camino de lágrimas") al camino
que se les obligó a reco- rrer denota la dureza con que se realizó esta
deportación de los indígenas de las llamadas Cinco Naciones Civilizadas, que
em- pujados sin ningún tipo de cuidados ni aprovisionamientos sufi- cientes,
aunque los diversos estados implicados se habían com- prometido en un principio
a organizarlos, produjo la enfermedad y muerte de miles de ellos antes que
llegaran al territorio que el gobierno de los Estados Unidos les había
reservado.
Esta
fue la situación desencadenante de la Guerra contra los se- minolas en Florida,
entre 1835 y 1842. Los seminolas, refracta- rios al traslado a los territorios
al oeste de Mississippi, se habían refugiado en las profundidades de los
bosques y marjales de Florida, territorios normalmente casi inaccesibles para
los foráneos. Junto a ellos vivían los llamados "Indios Negros",
esclavos fugi - tivos que se habían refugiado en esas regiones y que habían
esta- blecido una excelente convivencia con los seminolas, protegién- dose
mutuamente de los intentos de incursión de las tropas nor- teamericanas. Los
documentos de la época reflejan el temor de los propietarios de esclavos, antes
del comienzo de la guerra, ya que la proximidad de sus plantaciones con el territorio
indio po- día favorecer la consumación de la amenaza más inquietante para la
élite esclavista: la insurrección de los esclavos:
"Si
no se envía una fuerza militar suficiente toda la fron- tera puede verse
devastada por la acción combinada de indios, negros indios y negros de las
plantaciones [...] algunos de los más respetables plantadores temen que exista
una comunicación secreta entre los indios refrac- tarios, los negros indios y
algunos negros de las planta- ciones".
Éste
pueda ser un factor que explique la duración de esta guerra. Además de la
habilidad de seminolas y cimarrones negros para entablar una verdadera guerra
de guerrillas contra el ejército es- tadounidense, el temor a una insurrección
de esclavos hacía que gran parte de las milicias tuvieran que mantenerse
próximas a las plantaciones, reduciendo su capacidad ofensiva. También fraca-
saron las tentativas de los oficiales norteamericanos, como el general Jesup,
de separar a seminolas de sus aliados negros, pro- metiéndoles a los primeros
que no serían procesados y se les permitiría abandonar Florida con sus
pertenencias si entregaban a los esclavos fugitivos, o si se les enviaba a una
reserva en lo más profundo de Florida para mantenerlos lejos de las plantaciones
y evitar que volvieran a brindar refugio a los que escapaban de ellas. Pero
esta no era la primera vez que se planteaba esta situ a- ción. James Monroe, en
1818 dirigiéndose al Congreso, sentaba el argumento principal para desencadenar
la que sería conocida como primera Guerra seminola con los siguientes términos:
"Aventureros
de todos los países, fugitivos de la justicia, y esclavos evadidos han hallado
asilo ahí [refiriéndose a los poblados seminolas]. Varias tribus indígenas, con
numerosos guerreros, célebres por su ferocidad, y cuyos asentamientos se extienden
hasta nuestros límites, habi- tan esas provincias. Estas diferentes hordas,
conectadas entre sí, desconociendo, por una parte la autoridad de España, y
protegidos, por otra, por una línea imaginaria que separa Florida de los
Estados Unidos, han violado nuestras leyes prohibiendo la introducción de
esclavos, defraudando nuestros ingresos, y cometiendo todo tipo de ultrajes en
nuestros pacíficos ciudadanos, a los que la proximidad a nosotros les permite
perpetrar".
La
intención real del gobierno norteamericano era la de controlar un territorio
que estaba cayéndosele de las manos a España, en- zarzada en ese momento en una
rebelión generalizada de sus co- lonias americanas. Justamente Monroe
fundamentaba el derecho de injerencia en Florida en la incapacidad española de
mantener el orden en ese territorio. Pero además era evidente que les pre-
ocupaba la presencia desestabilizadora del sistema esclavista de los enclaves
de cimarrones y resistentes como los seminolas y los seminolas negros, a los
que había que deportar o suprimir a cua l- quier precio. La imagen de unos
pacíficos ciudadanos estadouni- denses atacados por unas hordas sanguinarias de
salvajes dirigi- das por agentes extranjeros no se condice con lo que hemos ob-
servado, y menos cuando esos "pacíficos" ciudadanos eran plan-
tadores propietarios de esclavos que estaban reclamando que se reprimiera el
persistente deseo de libertad de sus "instrumentos locales", y estos
esclavos fueran devueltos. James Monroe enun- cia más adelante, en la misma
sesión, lo que podría considerarse como el principio general de la política
expansionista de exterm i- nio y/o exclusión practicada secularmente por los
gobiernos nor- teamericanos:
"La
experiencia ha demostrado claramente, que las co- munidades salvajes
independientes no pueden existir den- tro de los límites de un pueblo
civilizado. El progreso del último ha acabado, casi invariablemente, con la
extinción del primero, especialmente de las tribus pertenecientes a nuestra
porción de este hemisferio [...] para civilizarlas, e incluso para impedir su
extinción, parece indispensable que su independencia como comunidades debiera
cesar, y que el control de los Estados Unidos sobre ellas debería ser completo
e indiscutible".
Monroe
consideraba que la alternativa a la extinción era la sumi- sión, lo que si no
significaba la eliminación física, sí seg uramente la pérdida de sus derechos
políticos, de su soberanía como pu e- blos y su identidad desaparecería en la
asimilación a la cultura dominante, que implicaba el aprendizaje de la cultura
de la com- petencia individualista en sustitución de la comunidad de bienes e
intereses que había caracterizado a los pueblos aborígenes.
La
resistencia había comenzado durante la dominación británica pero se había
acelerado durante la misma Revolución americana. En el primer caso eran los
españoles quienes ayudaban a creeks, seminolas y esclavos fugitivos a
instalarse en la frontera de Flo - rida con las colonias para desestabilizar al
poder británico me- diante las incursiones y las fugas de esclavos. La misma
secuen- cia se observaría entre 1776 y 1783, y especialmente con el co- mienzo
en 1812 de la guerra entre EE.UU. y Gran Bretaña, que duraría hasta 1815. Como
informaban en esa época los coman- dantes militares norteamericanos destacados
en el este de Florida -todavía española- las aldeas cimarronas albergaban
cientos de esclavos fugitivos procedentes de Carolina del Norte y del Sur y de
Georgia, provocando la general irritación de los plantadores del Sur.
Ciudadanos de Georgia organizados como milicia y apo- yados por el ejército y
la marina norteamericanas invadieron Flo- rida en 1812. la finalidad era doble,
por una parte apoderarse de un territorio codiciado por plantadores y el
gobierno, bajo el control de una potencia muy debilitada como era España, y por
otro acabar con las poblaciones cimarronas que eran hasta ese mo- mento seguro
refugio para los esclavos, y que desestabilizaban la producción esclavista.
Los
británicos, con el fin de obtener el apoyo de los indígenas, habían prohibido
la expansión de las colonias más allá de los Montes Apalaches, mediante la
Proclamación de 1763, y la me- dida fue lo suficientemente efectiva para que en
la guerra por la independencia los colonos tuvieran que enfrentarse no sólo a
los "casacas rojas", sino también a las naciones indias, casi todas
aliadas a Gran Bretaña. Por lo tanto, una vez conseguida la inde- pendencia, el
gobierno federal de las antiguas Trece Colonias intentó controlar los
territorios situados allende aquellas monta- ñas, comenzando
con las misiones
exploratorias, el reconoc i- miento previo del territorio a
dominar, como lo atestiguan las expediciones de Meriwether Lewis y William Clark
a cuenta del presidente Jefferson, entre 1803 y 1806, que les llevaron por el
Territorio del Noroeste junto a la frontera del actual Canadá, mientras Zebulon
Pike exploraba la extensión de Luisiana. Pero adquirió contornos evidentes
cuando Andrew Jackson decidió, en
1830,
la expulsión de los pueblos seminolas, creeks, choktaws, cherokees y chickasaws
de las regiones del sudoeste, que eran propicias al cultivo de algodón. Este
motivo de política econó- mica y también los de seguridad nacional -estos
pueblos habían actuado como aliados de España y Gran Bretaña- fueron los pre-
textos esgrimidos por Jackson para decretar su traslado forzoso al oeste.
Existe
una clara relación entre la expansión al Oeste y los inte- reses esclavistas.
Pero también, según James Horton, profesor en la George
Washington University, el
Oeste era el
territorio "abierto" para crear una comunidad exclusivamente
blanca, lo
que
explicaría paradójicamente la vertiente racista de la lucha por impedir la
expansión del esclavismo a los nuevos territorios.
La
invasión de los territorios indígenas respondió no sólo a las necesidades de
expansión de la economía estadounidense sino también a la de evitar el
"contacto" con las regiones esclavistas, donde las tribus actuaban
como refugios muchas veces seguros para los esclavos fugitivos. En consecuencia
la lucha contra los pueblos indígenas, para conquistar los territorios que
ocupaban y someterlos, era imprescindible para mantener el sistema de opre-
sión racial que el establishment norteamericano ejerció sobre los diversos
grupos sociales a los que decidió explotar o exterminar, lo que constituye el
punto de vinculación de ambos procesos, en la medida en que la existencia
independiente de esas naciones indias no sólo ocupaba un territorio codiciado
por los EE.UU., sino porque además constituían un factor desestabilizador del
sistema esclavista al favorecer la formación de grupos cimarro- nes. Esa
opresión racial buscaba intencionalmente establecer líneas de clivaje racial
entre los indígenas que se oponían a la expansión anglo-americana y los
oprimidos por el sistema escla- vista, para evitar la conformación potencial de
un bloque resis- tente, tal como se había producido en Florida con los
seminolas y cimarrones africanos, y evitar una insurrección generalizada.
Una
situación similar se había producido en períodos anteriores, cuando los blancos
pobres enviados a las colonias británicas en régimen de servidumbre (indentured
servants) se habían contra
las
autoridades coloniales, unidos a los esclavos africanos en va -
rias
ocasiones durante los siglos XVII y XVIII, organizando co- munidades cimarronas
como la de Roanoke, en las que convivían indios, esclavos africanos fugitivos,
y blancos que habían some- tidos a servidumbre en Virginia, los que eran
considerados una amenaza por su sola existencia para las autoridades coloni
ales, y fuente potencial de insurrecciones. Una de las más sonadas había sido
la liderada por Nathaniel Bacon en 1676-77, después de cu- ya derrota y para
evitar nuevas alianzas y rebeliones, se produjo la primera gran segregación,
cuando los grandes plantadores de Virginia comenzaron a sustituir a los
servants europeos por esclavos africanos. Los fundamentos de esa opresión
racial queda reflejada en las consideraciones de la Suprema Corte de Justicia
en su sentencia en relación con la causa de Dred Scott, un esclavo negro que
recurrió a los tribunales para reclamar su libertad, pro- ceso judicial que se
extendió entre 1846 y 1857:
"La
cuestión es simple: ¿puede un negro, cuyos antepa- sados fueron importados a
este país, y vendidos como es- clavos, transformarse en un miembro de la
comunidad
política
a la que ha dado vida la Constitución de los Es-
tados
Unidos, y como tal ser titular de todos los der e- chos, privilegios e
inmunidades garantizadas por ese ins- trumento a los ciudadanos? Uno de cuyos
derechos es el privilegio de litigar en una corte de los Estados Unidos en los
casos especificados por la Constitución.
Se
observará, que la declaración aplica a esa clase de personas cuyos ancestros
eran negros de raza africana, importados a este país, vendidos y poseídos como
escla- vos. El único tema en cuestión ante esta corte, por lo tan- to es, si
los descendientes de tales esclavos, cuando sean emancipados, o quienes han
nacido de padres emancipa- dos antes de su nacimiento, son ciudadanos de un
Estado, en el sentido en el cual la palabra ciudadano es utilizada en la
Constitución de los Estados Unidos. Y siendo esta la única cuestión en disputa
en los alegatos, la corte debe ser considerada discutiendo sólo sobre una
opinión de esta clase, eso es, de esas personas quienes son descen- dientes de
africanos importados a este país y vendidos como esclavos.
La
situación de esta población es del todo diferente a la de la raza india. Es
verdad que esta última no formaba parte de las comunidades coloniales, y nunca
se vinculó con ellas en conexiones sociales o en el gobierno. Pero aunque ellos
son incivilizados, eran sin embargo un pue- blo libre e independiente,
asociados en naciones o tribus, y gobernados por sus propias leyes. Muchas de
esas co- munidades políticas estaban situadas en territorios cuyo derecho de
dominio reclamaba la raza blanca. Pero se reconocía que dicho reclamo estaba
sujeto al derecho de los indios de ocuparlos tanto como ellos lo consideran
necesario, y ni los ingleses ni el gobierno colonial recla- maron ni ejercieron
ningún dominio sobre la tribu o na- ción que lo ocupaba, ni reclamaron el
derecho de pos e- sión del territorio, hasta que la tribu o nación consintie-
ron en cederlo. Esos Gobiernos indios fueron considera- dos y tratados como
Gobiernos extranjeros, tanto como si un océano hubiera separado a los hombres
rojos de los blancos; y su libertad ha sido constantemente recono - cida, desde
la época de la primera emigración a las co- lonias inglesas hasta el presente,
por los diferentes Go- biernos que se han sucedido. Los tratados han sido nego-
ciados con ellos, y su alianza procurada en la guerra; y las personas que
componen esas comunidades políticas indígenas han sido
tratadas siempre como extranjeros que no viven bajo nuestro
Gobierno. Es verdad que el curso de los sucesos ha traído a las tribus indias
dentro de los límites de los Estados Unidos bajo el dominio de la raza blanca;
y se ha considerado necesario, en beneficio tanto de ellos como nuestro,
considerarlos como en es- tado de pupilaje, y en legislar en cierta medida para
ellos y el territorio que ocupan. Pero pueden ser naturaliza- dos, sin duda,
como sujetos de cualquier otro gobierno extranjero, por la autoridad del
Congreso, y transfor- marse en ciudadanos de un Estado, y de los Estados Uni-
dos; y si un individuo abandonara su nación o tribu, y re- sidiera entre la
población blanca, sería titular de todos los derechos y privilegios que
corresponderían a un emi- grante de cualquier otro pueblo extranjero [...]
" ninguno de estos fue utilizado en referencia a la raza africana im-
portada o nacida en este país; porque el Congreso no tiene potestad para
naturalizarlos, y por lo tanto no nece- sita utilizar términos particulares
para excluirlos. Han sido utilizadas meramente para culminar la línea de divi-
sión que la Constitución ha marcado entre la raza ciuda- dana que forma y
sostiene al gobierno y la raza africana, a la cual mantienen subyugada y
esclavizada y gober - nada según su propio placer".
Las
líneas de exclusión pasaban en el caso de la población de ascendencia africana
por la raza, y en la población indígena por la condición de ciudadanía. Dos
líneas de exclusión que los jueces justifican históricamente. En el caso de la
población negra por la práctica de la esclavitud, que performativamente
"determinaba" su condición inferior, con una argumentación parecida a
la que se practicaría en sociedades rac istas posteriores, en donde la opre-
sión no es reconocida como una acto de fuerza y de injusticia sino como la
comprobación del derecho a excluir, dominar o ex- terminar, si es necesario a
los definidos como "inferiores". Para los esclavistas la superioridad
blanca y la inferioridad africana era un principio que no necesitaba argumentación,
ya que era confirmado por el propio devenir histórico: si habían sido escla-
vizados por los europeos y sus descendientes americanos, era porque eran por
"naturaleza" sometibles a esclavitud. Por lo tan- to, continuaban los
defensores del sistema esclavista, no era posi- ble revertir una subhumanidad
que estaba determinada por la Naturaleza. En el caso de los indígenas, en
cambio, la exclusión se debía a que eran "enemigos" de la Unión, no
sólo porque no eran civilizados sino porque habían actuado como aliados de los
británicos en la Guerra de la Independencia.
"El
Congreso puede, como dijimos, haber autorizado la naturalización de los indios,
porque son ajemos y foras- teros. Pero en su entonces estado de salvajismo,
nadie habría pensado en admitirlos como ciudadanos de una comunidad civilizada.
Aún más, las atrocidades por ellos recientemente cometidas, cuando eran aliados
de Gran
Bretaña
en la Guerra revolucionaria, estaban sin em- bargo frescas en la memoria del
pueblo de los Estados Unidos, quien continúa todavía alerta contra la reanuda-
ción de las hostilidades indias. Nadie es capaz de supo- ner que algún indio
fuera o fuese capaz de disfrutar de los privilegios de un ciudadano americano,
y la palabra blanco nunca fue utilizada en referencia a ellos".
Sin
embargo, también los indígenas fueron reducidos a la escla- vitud, trasladados
a las plantaciones del sur, tal como se registra en relatos y testimonios de la
década de 1830. En 1838 un pueblo de chocktaws que habitaban el Wabash Valley
en Indiana, fueron trasladados a Alabama donde un plantador los empleó como es-
clavos, tal como recoge el testimonio las entrevistas realizadas entre 1936 y
1938 por el Federal Writer’s Project. Más tarde fue- ron vendidos al
propietario de una acería, en Kentucky, donde llegaron a formarse como
trabajadores cualificados.
Es
por todo ello que el problema del esclavismo y de la agresión a las comunidades
indígenas por la Unión están tan íntimamente relacionadas, que ello obliga a
hacer una breve referencia a la Guerra de Secesión, sopesando cuales fueron sus
efectos en la articulación de ambos fenómenos. Las aportaciones más recientes
de la historiografía sobre la guerra civil norteamericana autorizan
convincentemente a suponer que si la Confederación no hubiese atacado el Fort
Sumter el 12 de abril de 1861, la Unión no habría abolido la esclavitud, al me
nos en el futuro inmediato. Todo el enfrentamiento entre norte y sur, entre
estados libres y esclavistas se debía más a una cuestión de equilibrio político
en el seno de la Unión, que al rechazo ético o económico a la esclavitud.
Aparte de los movimientos militantemente abolicionistas, que no eran minúsculos
-se calcula que la Sociedad Antiesclavista Americana contaba en 1838 con más de
100.000 afiliados- y que revelan que la cuestión tenía un amplio ámbito de
debate, el mundo político norteamericano otorgaba prioridad a la estabilidad y
permanencia de la Unión y no a la eliminación de la lacra del esclavismo, aun-
que
su vigencia cuestionara el alcance de la Declaración de Ind e- pendencia de
1776, redactada por Thomas Jefferson. Pero a su vez de ese equilibrio político
dependía la supervivencia del régi - men esclavista. En una nación como los
EE.UU., en plena expan- sión territorial mediante la "estatalización"
o la trasformación en territorios federales -hasta que pudieran transformarse
en estados de la Unión- de los espacios que se iban conquistando y anexan- do,
la carrera hacia el Oeste era también una pugna por mantener el equilibrio
entre estados esclavistas y estados libres de esclav i- tud, no sólo porque la
propia dinámica del sistema de plantación y de la actividad agrícola sureña
exigía la incorporación y puesta en explotación de nuevas tierras, sino porque
el equilibrio de fuerzas políticas necesario en el Congreso para impedir
cualquier reforma constitucional que permitiera al gobierno federal abolir la
esclavitud en cada uno de los estados donde estaba permitida, dependía de que
la representación de los nuevos Estados que se incorporaban a la Unión también
mantuvieran el equili brio entre esclavistas y libres, al tiempo que se evitaba
la separación de la Unión de un número creciente de estados; mientras el
compromi- so de Missouri de 1820 continuara en vigencia, la situación pro-
longándose en el tiempo haría más difícil la aboli ción de la escla- vitud
desde el Congreso federal, en la medida que la expansión de los EE.UU. hacia el
oeste había agregado nuevos estados es- clavistas. Por otra parte, las propuestas
abolicionistas tampoco encontraban un eco importante en los propios medios
económ i- cos del norte en la medida en que la producción agrícola del sur, y
especialmente el algodón, constituía la principal exportación norteamericana y
por lo tanto una fundamental fuente de obten- ción de divisas extranjeras, que
por los mecanismos arancelarios e impositivos repercutían en beneficio del
conjunto de la eco- nomía estadounidense. La producción de algodón por medio de
trabajo esclavo era un producto de la demanda del mercado inter- nacional y no
un vestigio superviviente de formas económicas precapitalistas. Por el
contrario la economía de plantación se ha- bía desarrollado a la par de la
expansión del capitalismo desde
finales
del siglo XVII y de forma más acelerad a con la Revolu- ción industrial. No
existían, por lo tanto razones de incompatibi- lidad económica, como tantas
veces se ha repetido, ni tampoco se trataba del contraste entre una sociedad
norteña poco estratificada y con alta movilidad social y una sociedad sureña
aristocrática, sino por el contrario y con la excepción de la existencia de
escla- vos, ambas sociedades compartían rasgos comunes, como una rígida
jerarquía social, una escasa movilidad vertical y una gran desigualdad entre
las diferentes clases sociales, para arriesgar la unidad de los EE.UU.
Incluso
existía un evidente racismo en el Norte, a tal punto que los afro-americanos en
Nueva York debían demostrar un patri- monio mínimo no exigido a los blancos
para poder votar. Pero a final de la década de 1850, con la fundación del
Partido Republ i- cano en sustitución del los Whigs, con la contribución
considera- ble del movimiento antiesclavista, y la elección de Abraham Lin-
coln como presidente por este partido, sin el concurso de los compromisarios
sudistas marcó el punto más bajo del poder pol í- tico de estos en la Unión y
les indujo a pensar que se había roto definitivamente el equilibrio que les
permitía el mantenimiento de la que denominaban su "peculiaridad", la
reducción de seres humanos a la categoría de bienes. Las condiciones para el
en- frentamiento civil estaban servidas.
Pero
acabada la guerra civil y con ella el sistema esclavista, se abriría una
segunda gran expansión hacia el Oeste en cumpl i- miento del pregonado Destino
Manifiesto de los EE.UU. Ahora serían las praderas que se encontraban entre el
Mississippi y las Montañas Rocosas el nuevo objetivo de su expansión. La de-
manda incesante de la producción de cereales por los mercados del Este de los
EE.UU. y de Europa estimulaba la expansión de las áreas a roturar, era ese
proceso el que subyacía en el avance hacia el Far West. Para cumplir con este
objetivo la administra- ción en Washington disponía de un recurso fundamental
que, a pesar de hallarse inmersa la sociedad norteamericana en un sis-
tema
que pretendía el más puro liberalismo económico, fue utili- zado para promover
la ocupación de tierras. Ese recurso era la titularidad federal de los
territorios todavía no ocupados por la sociedad norteamericana. Los criterios
de adjudicación de esas tierras no fueron unívocos, una parte importante se
dedicó a esti- mular el tendido de las líneas ferroviarias; pero en gran
propor- ción fueron distribuidas en forma de propiedades no mayores de
160
acres (64,8 Ha), que tenía como objetivo, según numerosos
autores,
la constitución de una sólida y próspera clase de granje- ros que fueran el
fundamento de una yeomanry democracy, una democracia de pequeños propietarios
autosuficientes. Ese fue el objetivo de la Homestead Act de 1862, promulgada en
plena gue- rra de Secesión, con la cual posiblemente el gobierno Lincoln
pretendía señalar la orientación del inmediato futuro norteameri - cano, una
vez acabadas las hostilidades, de modo tal que la ex- pansión hacia el Oeste
fuera también una indicación a quien qui- siera entenderlo, por lo tanto a
quienes le apoyaban como a quie- nes combatía, que el triunfo de la unión no
sería una revancha contra el Sur, ni se permitiría la reanudación de los viejos
pro- blemas entre ambas coordenadas político-cardinales; el viejo en-
frentamiento entre Norte y Sur sería sustituido por una marcha conjunta hacia
el Oeste ampliando la frontera en cumplimiento del Destino Manifiesto. Además
si atendemos a las actitudes xenófobas e intenciones segregacionistas pre
sentes en el Norte, manifestadas en plena guerra civil, sugieren que la
intención del gobierno Lincoln, en caso de obtener la victoria sobre la Confe-
deración, era la de promover una colonización exclusivamente blanca de los
nuevos territorios que const ituían el Far West.
El
problema era que ese avance debía hacerse nuevamente expul- sando o recluyendo
en áreas más lejanas y pequeñas a los pueblos indígenas ya desplazados y a los
que todavía no habían sufrido la deportación como eran los pueblos de la
pradera: sioux, cheyen- nes, lakotas, arapahos, etc. Ya antes de la guerra se
había produ- cido el desalojo y en muchos casos exterminio de indígenas en
Texas,
antes de integrarse definitivamente a la Unión. Lo mismo sucedió en California
como consecuencia de la "fiebre del oro" desatada en 1848. En Oregón, el Estado de Washington y en UTA,
donde se instalaron los mormones liderados por Brigham Young, los colonos ni
siquiera esperaron a que el gobierno hubie- se adquirido los derechos de
propiedad a los indios, para ocupar sus tierras. Sin embargo la ocupación de
estos y otros territorios dependió siempre de la orientación directa o
indirecta del gobier- no federal, ya que en los territorios que fueron
incorporándose a la Unión previamente habían sido controlados por aquel,
excepto los casos de Califor nia y Texas.
La
colonización era también el medio por el cual al poblar de forma estable el
territorio se aseguraban los Estados Unidos su control definitivo y más tarde
la incorporación como estado. Por
lo
tanto no se trataba en general de la ocupación a nárquica del
Far
West, mediante iniciativas privadas de grupos de colonos sino una política de
población que de alguna forma, al pretender desplazar a las poblaciones
autóctonas, reunía todas las carac- terísticas de una acción colonial. El
gobierno federal había inten- tado crear inicialmente en las zonas de las
praderas del Medio Oeste un cierto compromiso entre pueblos indígenas y
colonos, reuniendo a los primeros en territorios delimitados o asegurando pasos
controlados por el ejército a través de territorio indio, que unían el este con
el Oeste del país. Por esos pasos, mediante tra- tados con las diversas tribus,
pretendían que los colonos pudieran atravesar las praderas en su marcha hacia
los territorios más allá de las Rocosas sin riesgos de enfre ntamientos, mientras
el Estado garantizaba la reparación de cualquier destrozo que causaran los
blancos en territorio indio.
También
había pretendido convencer a los indios que aceptaran su instalación en
territorios más reducidos, recurriendo para ello a otorgarles el control de
áreas que tenían no sólo un gran valor económico sino también cultural para las
tribus, como el Tratado de Fort Laramie de 1868, por el que se concedía a los
sioux a
perpetuidad las
Black Hills, consi deradas
por ellos montañas sagradas. El tratado fue el
resultado de la guerra mantenida por los sioux oglala, dirigidos por Red Cloud
y Crazy Horse entre
1865
y 1868, resistiendo el despliegue colonizador en Wyoming.
Pero
a pesar del tratado, en éste y otros casos se generaron nue- vos conflictos
provocados por la naturaleza dinámica y agresiva de la economía norteamericana
que impulsaba permanentemente a la apropiación insaciable de nuevos territorios
para incorporar- los a las necesidades del capitalismo vernáculo, y en el que
la iniciativa privada obligaba a la intervención del Estado a favor de sus
conciudadanos desbaratando esos acuerdos, reiniciando hos- ti lidades que
conducirían a una nueva expulsión o exterminio de las poblaciones indígenas. En
el caso de las Black Hills se trató del descubrimiento de oro. El ejército
norteamericano, en lugar de impedir la entrada de los buscadores de oro, como
le obligaba el tratado, envió en 1874 al general George Armstrong Custer con
una columna militar para acompañarles. En el curso de la expedición atacó
repetidas veces a cazadores indios en ese terri- torio, hasta que fue rodeado
por los sioux y cheyennes en el río Little Big Horn y aniquilado. El ejército
envió inmediatamente una expedición que expulsó a los indios de los territorios
que se les había garantizado por el tratado, huyendo los supervivientes con su
jefe Sitting Bull al Canadá. Sin embargo no iban a acabar aquí los conflictos y
padecimientos indígenas, ya que los jefes sioux Crazy Horse (Tashunca-uitco) y
Sitting Bull (Tatanka- Iyotanka) fueron asesinados al retornar de su exilio en
Canadá. El primero murió en 1877 con una bayoneta clavada por un soldado en un
puesto militar, cuando fue arrestado por el ejército al haber abandonado la
reserva, ya que las autoridades gubernativas tem- ían que encabezara una
rebelión. Sitting Bull fue asesinado el 15 de diciembre de 1890, poco antes de
que se iniciaran las ceremo- nias de la "Danza fantasma" que los sioux
supervivientes se dis- ponían a representar. Era un rito palingenésico en el
que se pro- metía la expulsión de los blancos y la recuperación por los indios
de
su modo de vida tradicional. Este final del jefe indio ejempl i- fica bastante
el destino reservado a su pueblo. Los que sobrevi - vieron al exterminio fueron
obligados no sólo a vivir en reservas insuficientes para que pudieran vivir
dignamente sino que se les some tió a una política de asimilación cultural que
les obligaba a abandonar sus costumbres ancestrales. El episodio en el que Si
t- ting Bull perdió la vida, en el otoño de 1890, fue la consecuencia de la
prohibición por el delegado gubernamental, el agente indio encargado de la
administración de la reserva, de que los sioux pudieran reunirse para celebrar
su rito, en tanto y en cuanto las autoridades gubernativas eran conscientes de
la autoridad moral que aún poseía el viejo jefe. Se enviaron unos cincuenta
policías, pertenecientes al pueblo lakota para detenerlo, quienes dispararon
sobre él asesinándolo. Evidentemente la consigna era evitar cual- quier
práctica o ceremonia que favoreciera un reagrupamiento indígena y la
reorganización de la resi stencia y el rechazo a la marginación representada
por la reclusión en la reserva y a la aculturación que pretendía el gobierno
norteamericano, así como a la reanudación de la lucha para recuperar los
territorios perdi- dos, que habían sido garantizados en los sucesivos tratados.
En
1866 el Congreso aprobó una Ley de Derechos Civiles que garantizaba la igualdad
ante la ley a todas las personas nacidas en los Estados Unidos, pero que, sin
embargo, excluía a los indíge-
nas
de su jurisdicción. Una de las formas que se propusieron para
liquidar
el sistema social tradicional indígena fue el de introducir la propiedad
privada entre ellos distribuyendo parcelas a título individual, mediante la ley
Dawes de 1887. Previamente, a partir de 1883 la Oficina de Asuntos Indios
decidía la aplicación de otras medidas que iban desde la prohibición de sus
prácticas rel i- giosas, la utilización de sus lenguas y el uso obligatorio del
inglés hasta la supresión de la poligamia -relativamente tolerada a los
mormones-, o la imposición a los hombres del corte de cabello. En 1893 el
último reducto indio, la reserva de Oklahoma, donde habían sido relegados los
miembros supervivientes del Trail of
Tears
de la década de 1830, y que era considerado por todos los pueblos indígenas
como algo peor que una cárcel, fue liquidado como tal al suprimir los gobiernos
tribales el sistema de tenencia comunal
de tierras y al introducir la división y la propiedad pr i- vada individual de
la misma.
En
1890, el mismo año en que se había producido la masacre de Wounded Knee, la
Oficina del Censo de los Estados Unidos anunció oficialmente el "cierre de
la frontera". La primera fase de
la
expansión norteamericana había culminado con la unión de las
costas
de los dos océanos, y parte del proclamado Destino Man i- fiesto se había
cumplido. Pero el resultado no había sido sólo el dominio y opresión de una
población, que a pesar de los padec i- mientos conservaba las estructuras
básicas de su organización social y su sistema cultural, como había sucedido o
sucedería en otros continentes. En los casos africanos y asiáticos, todavía ca-
bía la expectativa de que cuando se produjeran coyunturas favo- rables para el
surgimiento de la resistencia, esta pudiera dar paso a la liberación, tal como
se produciría en los procesos de desco- lonización de la segunda posguerra, ya
en el siglo XX. En cambio la expansión y consolidación de los EE.UU. como
imperio cont i- nental se había constituido mediante el exterminio físico y por
supuesto cultural de sociedades preexistentes a la llegada de los europeos a
tierras americanas, con lo cual esa posibilidad de re- cuperación de pueblos y
culturas ancestrales quedaba definitiva- mente clausurado y sin posibilidad de
reparación de los agravios sufridos; mientras que el resto de la humanidad
debía asumir la amputación sufrida por la pérdida irreparable de unos pueblos y
unas gentes que eran "salvajemente" más civilizados, más huma- nos,
que los que construyeron los EE.UU.
La
brutalidad con que esa "conquista del Oeste" había sido reali- zada
llegó a impresionar a los propios medios norteamericanos, como atestigua esta
reseña de un libro publicado en 1863, en la que su autor, llega a justificar el
ejercicio de la violencia por par-
te
de los indígenas en la defensa de sus derechos, al citar el si- guiente
testimonio del sufrimiento del pueblo sioux:
"En
un encuentro del gobernador Ramsey con los indios en el cual se discutía el
monto de la ayuda que el go- bierno les debía, uno de ellos, llamado Red Iron,
respon-
diendo
a una amenaza oficial, replicó lo siguiente «La
nieve
cubre la tierra, y hemos esperado largo tiempo nuestro dinero [la anualidad
prometida por el gobierno de los EE.UU.]. Somos pobres; vosotros opulentos.
Vues- tros fuegos calientan; vuestros
tepees les guardan del frío. Nosotros no
tenemos nada que comer. Hemos estado esperando mucho tiempo nuestro dinero. La
estación de caza ha pasado. Una gran parte de nuestro pueblo está enfermo por
el hambre. Podemos morir porque ustedes no nos entregan el dinero. Podemos
morir, y si eso suce- de, dejaremos nuestros huesos sobre la tierra, así
nuestro Gran padre podrá ver a sus niños Dakota muertos. So- mos muy pobres.
Hemos vendido nuestras tierras de caza y las tumbas de nuestros padres. Hemos
vendido nuestras propias tumbas. No nos queda ningún sitio donde morir, y
ustedes no nos pagarán el dinero por nuestras tierras». Parece difícil una
mayor elocuencia. Durante quince lar- gos años los Indios han sufrido, y sólo
se han quejado. Al final los cazadores famélicos acaban reuniéndose; ¿pue- de
alguien sorprenderse de que se alcen y masacren a una raza que les ha robado,
estafado, arruinado e insul- tado? ¿No es sorprendente que las sangrientas
escenas de 1862 no se hayan producido diez años antes? Nada decimos de los
blancos violando a las mujeres indias - ya que esta era una práctica tan
frecuente antes de la guerra como para producir comentarios toda vez que se
estaba pendiente del resultado de la guerra- tampoco decimos nada de los
blancos civilizados, oficiales del ejército de Sibley, que se rebajaron a imitar
a sus feroces enemigos
ofreciendo
un premio por cada cabellera india, ya que nuestro autor complacientemente nos
informa que los primeros pobladores de Nueva Inglaterra hicieron lo
mismo".
En
su conformación definitiva, los EE.UU. llevaron hasta sus últimas consecuencias
el principio de res nullius: la noción de que la tierra inculta daba derecho de
posesión y usufructo a aquel que decidiera cultivarla y hacerla productiva,
aunque estuviera habitada. En realidad, la falta de productividad, desde la
perspe c- tiva de la economía de mercado, clasificaba a ese territorio como
"desierto", lo que permitía señalar por una parte el
"salvajismo", por lo tanto la baja calidad humana de quienes en él vivían
como cazadores recolectores, y por otro el carácter de "áreas
vacías", lamentablemente utilizada en los ámbitos académicos hasta la
actualidad, que permitía su ocupación y usufructo exclusivo por la nueva nación
norteamericana, excluyendo a sus antiguos po- bladores.
El
principio fue enunciado en 1728 por Emeric de Vattel, en su Le Droit de gens ou
principe de la loi naturelle (El derecho de gentes o principio de la ley
natural), pero ya había sido utilizado por Hugo Grotius para justificar las
pretensiones del impe ria- lismo mercantil holandés en el siglo XVII.
"El
cultivo de la tierra no solo merece la atención de un gobierno por su gran
utilidad, sino que además es una obligación que la naturaleza le impone al
hombre. Por
ende,
cada nación está obligada, por ley natural, a cult i-
var
la tierra que le ha tocado en suerte... Pueblos tales como los antiguos
alemanes y ciertos tártaros modernos que, aunque moran en países fértiles,
desdeñan el cultivo de la tierra y prefieren vivir del saqueo, fracasan en el
cumplimiento del deber
que tienen consigo
mismos, hacen daño a sus vecinos y merecen que se les extermine como
salvajes bestias depredadoras... De ese modo, aun- que la conquista de los
imperios civilizados de Perú y
México
fue una notoria usurpación, el establecimiento de varias colonias en el
continente de la América del Norte - si se hiciera dentro de límites justos-
podría ser entera- mente legal. La gente de esas vastas extensiones de tierra
más bien vagaba por ellas, en lugar de habitarlas". ■
Biblioteca
OMEGALFA
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