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© Libro N° 6096. Sobre Las Clases Sociales. Aristóteles. Emancipación. Junio 8 de 2019.

Título original: © Sobre Las Clases Sociales. Aristóteles

 

Versión Original: © Sobre Las Clases Sociales. Aristóteles

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/tematica/cienpol/aristoteles/clasessociales.htm

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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SOBRE LAS CLASES SOCIALES

Aristóteles

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito: Siglo IV A.C.;

Fuente del texto digital: http://www.eumed.net/cursecon/textos/aristoteles_clases-sociales.htm;

Distribución: Omegalfa, con cuyo permiso aparece aquí;

Transcripcion/HTML para marxists.org: Rodrigo Cisterna, 2013.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre Las Clases Sociales

 

 

 

 

I

 

En todas las artes y ciencias  que no versan sobre una parte, sino que son completas en relación con un género, pertenece a una sola considerar lo que corresponde a cada  género. La gimnasia, por ejemplo, ha de considerar qué ejercicio conviene a qué cuerpo y cual  es el mejor, así como  qué ejercicio en general es mejor para la mayoría (pues esto es también del resorte de la gimnástica);  y  a  más  de  esto, si  alguno deseare adquirir  hábitos  físicos y cierto saber inferior  al  que  se  requiere para los  ejercicios  atléticos, estará aún  en  la  competencia  del  maestro de  gimnasia y  del  entrenador proporcionarle esta  capacidad por lo menos. Y lo mismo vemos  que acontece en lo relativo a la medicina, a la construcción  de navíos, a la confección de vestidos y en todas las demás  artes. Es evidente, por tanto, que  a la misma ciencia  corresponde considerar cuál es la mejor constitución política y qué carácter debe  tener de acuerdo con nuestro ideal  si ningún factor externo lo impide, como  también cuál  es  la  que  puede  adaptarse  a  tal pueblo. (Para muchos, en efecto, será quizás  imposible alcanzar la mejor  constitución, de suerte que  el legislador y el verdadero político  no debe  ignorar ni cuál  es la mejor  en  absoluto, ni  la  mejor  dentro de  las  circunstancias) Y en  tercer lugar, deberá considerar el  régimen que  deriva de  un  supuesto dado  (esto

 

es,  ser  capaz  de  examinar,  en  una  constitución dada, cómo   pudo   surgir desde  el principio, y una  vez que  existe así, de qué  modo  podría asegurarse su  existencia el  mayor tiempo posible. Me  refiero, por ejemplo  al  caso  en que  una  ciudad   no  esté  regida por la  constitución mejor,  y  que  aun  esté desprovista  de  las  condiciones elementales  para ello, ni  siquiera por la que es   practicable  dentro  de   las   circunstancias,  sino   por  una   francamente inferior). Además  de todo esto, aún  debe  conocer la constitución que  mejor se  ajusta  a  todas  las  ciudades,  ya  que  la  mayoría  de  los  publicistas  en materia constitucional, por más  que acierten en los demás  puntos, yerran en estos  otros de utilidad práctica. No se ha de considerar, en efecto, sólo la constitución mejor, sino también la que es posible, la que más fácil y más comúnmente  puede  implantarse en  todas  las  ciudades. Ahora, en  cambio, unos   no  investigan  sino   la  constitución  de  extremada  perfección y  que requiere un conjunto de condiciones complementarias, en tanto que otros proponen  alguna  forma  común,  haciendo  a   un   lado   las   constituciones existentes  y  limitándose a  alabar la  espartana  o  alguna otra.  Mas  lo  que sería  menester   es   introducir  un   orden  político   tal  que   los   ciudadanos pudieran fácilmente acatar  y compartir dentro de las circunstancias, porque no  es  menor hazaña   enderezar una  constitución que  construirla desde  el principio, así  como  no  lo  es  menos  reaprender una  ciencia  que  aprenderla desde    el   principio.   Por  lo   cual,   y   además    de   los   conocimientos   ya expresados, el político debe ser capaz de subvenir a las constituciones ya existentes, según  se dijo  también antes. Ahora bien, esto  será imposible si ignora cuántas formas constitucionales hay, pues actualmente hay quienes piensan  que   existe  sólo   una   especie   de   democracia  y   una   especie   de oligarquía,  lo  que   no  es  verdad.  De  aquí   que   no  deban   ocultársele  las variedades entre las constituciones, cuántas son y de cuántos modos  pueden combinarse. A más  de esto, debe  discernir con la misma prudencia las leyes mejores  de las que  pueden  adaptarse  a cada  sistema constitucional, ya que las leyes  deben  establecerse en vista  de las constituciones -y es así como  las establecen  todos-  y   no   las   constituciones   en   vista    de   las   leyes.    La constitución, en efecto, es la organización de los poderes en las ciudades, de qué  manera se distribuyen, y cuál  debe  ser en la ciudad  el poder soberano, así   como    el   fin   de   cada    comunidad,   mientras   que    las   leyes,    con independencia de los  principios característicos de la constitución, regulan el modo  como  los gobernantes deben  gobernar y guardar el orden legal  contra los  transgresores.  Es  pues,   manifiesto que  aun  para el  solo  propósito  de legislar, el político ha de conocer necesariamente las variedades de cada constitución y su número, porque es imposible que las mismas leyes sean convenientes  a todas  las oligarquías o democracias, si realmente hay  varias y no una sola democracia u oligarquía.

 

II

 

En  nuestra  primera  investigación  sobre  las   formas  de   gobierno  hemos distinguido tres constituciones rectas, a saber, monarquía, aristocracia y república, así como  tres desviaciones de  ellas,  y  que  son  respectivamente: de la monarquía, la tiranía; de la aristocracia, la oligarquía, y de la república, la  democracia.  De  la  aristocracia  y  de  la  monarquía  hemos   hablado  ya (puesto que estudiar lo relativo a la mejor constitución es tanto como  hablar de  las  formas designadas con  aquellos nombres,  ya  que  cada  una  de  ellas apunta   a  un   sistema  constituido  de   acuerdo  con   la   virtud  provista  de recursos). Asimismo hemos  distinguido antes en qué difieren entre sí la aristocracia  de  la  monarquía,  y  cuando   debe  asumirse  la  monarquía.  No queda, por tanto,  sino  discutir la  forma constitucional  que  ha  recibido  el nombre,   común  a   todas,  de   república,  y   después    las   otras  formas: oligarquía, democracia y  tiranía. De  estas  desviaciones, pues  es manifiesto cuál  es  la  peor  y  cuál  es  la  segunda inmediata  a  la  peor.  En  efecto,  la desviación de  la  forma primera y  más  divina ha  de  ser necesariamente  la peor. Ahora bien, la monarquía o lo será sólo de nombre y no en realidad, o por necesidad ha  de  fundarse en  la  gran superioridad del  que  reina;  y  en consecuencia, la tiranía, siendo  la peor de las desviaciones, será la que  más se aleje del gobierno constitucional. En segundo lugar viene  la oligarquía (régimen del cual  se aparta mucho la aristocracia), y como  la más  moderna, la  democracia. Uno  de  nuestros  predecesores ha  mostrado ya  lo  mismo, aunque sin  atender al  mismo principio que  nosotros,  pues  juzgaba  que  de todos  las constituciones  puede  haber desviaciones buenas, como  una  buena oligarquía, y así de las demás, y que  en este  caso la democracia es la peor, pero la mejor,  en cambio, cuando  las desviaciones son  malas. Nosotros,  en cambio,  sostenemos  ser  todas  ellas   por  completo  erradas,  y  que  no  es correcto decir que  hay  una  forma de oligarquía mejor  que  otra, sino  menos mala.  Más   dejemos   por  ahora  esta   discusión,  y   distingamos  cuántas variedades hay  de cada constitución, sobre la base de que hay  varias formas tanto de democracia como  de oligarquía. En segundo lugar, cuál  es la forma más  común y  cuál  la  más  deseable  de  la  mejor  constitución;  y  también, si existe  alguna  otra  aristocracia  bien   constituida;  pero  no  adaptable  a  la mayoría  de  las  ciudades,  cuál   pueda   ser.  En  seguida,  cuál  de  las  otras formas es deseable  para tal o cual  pueblo  (pues podría ser que para algunos fuese la democracia más  necesaria que  la oligarquía, y para otros ésta  más bien  que  aquélla).  Después, de  qué  manera  ha  de  proceder  quien   desee establecer estas formas de gobierno, digo cada una de las formas así de democracia como  de  oligarquía. Finalmente,  y  una  vez  que  hayamos dado concisa   cuenta   de  todo  esto   en   la  medida  de  lo  posible,  intentaremos descubrir los  factores que  corrompen o preservan las  constituciones,  así en común como  para cada  una  en  particular, y  por qué  causas  sobre todo se produce todo ello naturalmente.

 

III

 

La causa  de que  haya  varias formas de gobierno es que  en toda ciudad  hay cierto  número  de  partes.  En  primer  lugar  vemos   que   toda  ciudad   está compuesta de familias; y después, que de este conglomerado unos son necesariamente ricos, otros pobres y otros clase media, y que los ricos están armados  y  los  pobres  sin  armas. Y  también vemos   que  de  la  gente  del pueblo   unos  son  campesinos, otros comerciantes  y  otros obreros. Y en  la clase  superior  hay   también  diferencias tanto  por  la  riqueza  como   por  la magnitud de la propiedad (como por ejemplo  en la cría  de caballos, que  no es  fácil que  la  tengan  sino  los  ricos. De  aquí  que  en  los  tiempos antiguos haya   habido   oligarquías  en  todas  las  ciudades  cuya   fuerza  estaba   en  la caballería, de la cual  se servían en  las  guerras contra sus  vecinos, como  lo hicieron los eritreos, los calcidios y los magnesios de las orillas del Meandro, y  otros  muchos pueblos de  Asia). Pero  además   de  las  diferencias por  la riqueza, están  las que  se fundan en el nacimiento o en la virtud, y cualquier otra distinción similar, si  la  hubiere, y  que  constituye  un  elemento  de  la ciudad, como  hemos  dicho  al  hablar de  la  aristocracia (donde distinguimos los  elementos  necesarios de  que  consta  cada  ciudad). Como  quiera, pues, que  de estos  elementos  toman parte unas  veces  todos  ellos  en  el gobierno de la ciudad, y otras menos  o más,  es manifiesto que  necesariamente habrá una  pluralidad de  formas de  gobierno diferentes específicamente  entre sí, toda  vez   que   las   partes   mismas  difieren  entre    específicamente.   La constitución,  en   efecto,  es  la   organización  de   los   poderes,  y   éstos   se distribuyen por lo general en proporción a la influencia de los que  participan en el poder o por alguna igualdad que les sea común, con lo que me refiero, por ejemplo, a la que  hay  entre los pobres o entre los ricos, o a alguna que sea  común a ambas  clases.  En consecuencia, debe  haber tantas formas de gobierno cuantas sean los ordenamientos que se hagan  con arreglo a las superioridades y a las diferencias entre las partes. Según  la opinión común, habría sólo  dos formas constitucionales, así como  de los vientos llamamos a unos vientos del norte y a otros vientos del sur, y los demás  no son sino modificaciones de éstos.  Pues así también no habría sino  dos constituciones: democracia y oligarquía, ya que la aristocracia se considera como cierta oligarquía,  y  por tanto  se  clasifica  como   una   forma  de  oligarquía,  y  en cuanto a la llamada república la tienen por una  democracia... Esta es, pues, la opinión habitual y prevalente en los  que  atañe  a las  constituciones; pero es  más   verdadera  y   mejor   la   clasificación  que   nosotros   hacemos  bien constituidas, y las demás  desviaciones, lo serán éstas o de la forma bien combinada o de la mejor constitución, siendo  oligárquicas las más tensas y despóticas, y democráticas las más relajadas y suaves.

 

No debe suponerse...que la democracia es simplemente el régimen en que el pueblo   es  soberano (pues también  en  las  oligarquías  y  donde   quiera  es soberana la mayoría); ni que la oligarquía a su vez sea el régimen en que  la soberanía esté  en el menor número. Porque si el número total de ciudadanos fuese de mil  trescientos, y de éstos  mil  fuesen ricos y no dieran participación en  el  poder  a  los  trescientos  pobres, por  más  que  éstos   fuesen libres y semejantes  en  lo  demás  a  aquellos, nadie  diría que  estuviese este  pueblo

 

gobernado democráticamente. Y de  manera análoga, si  los  pobres fuesen pocos,   pero más  poderosos  que  los  ricos más  numerosos, nadie  tampoco llamaría a este  régimen una  oligarquía si los demás  ciudadanos, no obstante ser ricos, no  participasen  de los honores. Más bien, por tanto, debe  decirse que la democracia existe cuando  son los libres los que detentan la soberanía, y   la   oligarquía  a   su   vez   cuando    la   tienen  los   ricos;  pero  por  mera coincidencia  los  primeros  son  muchos  y  los  segundos  pocos,   porque  los libres  son   muchos  y  los   ricos  pocos.   De  otro  modo,  en   efecto,  si  las magistraturas se distribuyen en  atención  a la estatura, como  dicen  algunos que  se hace  en  Etiopía,  o en  proporción a la belleza, habría una  oligarquía, dado  que  es pequeño el número de hombres bellos  y de gran estatura. pero estas  formas de gobierno no se definen suficientemente por la sola riqueza o la   libertad,   porque  como    quiera  que   hay   otros  elementos   así   en   la democracia como  en  la  oligarquía,  debemos aun  hacer la  precisión ulterior de  que  no  habrá  democracia  donde   los  libres,  siendo   pocos  en  número, gobiernen sobre una  mayoría de  hombres no  libres, como  en  Apolonia del mar Jónico  y  en  Tera (pues en  cada  una  de  estas  ciudades estaban en  los puestos  de   honor  las   familias  más   distinguidas  por  su   nobleza   y   que primeramente habían   poblado estas  colonias, y  estas  eran pocas  entre la multitud), ni  tampoco, a  su  vez, habría una  democracia si  dominaran los ricos  sólo  por  su  número,  como   fue  antiguamente  en  Colofón (donde  la mayoría tenía grandes propiedades antes de que  viniera la guerra contra los lidios), sino  que  la  democracia existe  cuando   una  mayoría de  ciudadanos libres y  pobres ejercen  la  soberanía, y  la  oligarquía, a  su  vez, cuando   la ejerce una minoría de ricos y nobles.

 

Hemos  dicho  antes que hay  varias formas de gobierno, y por qué causa. Mas ahora, y partiendo del  principio que  previamente establecimos, digamos por qué hay  más  de las mencionadas, y por qué razón. Hemos  dado  por sentado que  toda  ciudad   tiene  no  una,  sino  varias partes.  Si  nos  propusiéramos hacer una  clasificación de  las  especies  animales, empezaríamos por definir las  propiedades que  necesariamente  tiene todo animal (como, por ejemplo, ciertos  órganos sensoriales, así  como  un  aparato  para recibir  y  digerir el alimento, como   la  boca  y  el  estómago  y  órganos  locomotrices  que  cada animal  posee).Si no  hubiese otras partes  necesarias fuera  de  éstas,   pero entre ellas  hubiera diferencias (como si, por ejemplo,  hubiera varias clases de boca, estómago y órganos sensoriales, así como  de partes  locomotrices) el número de combinaciones de estas  variedades constituiría necesariamente una  variedad de  especies   animales (ya  que  no  es  posible   para el  mismo animal tener  varias especies   de  boca,  como   tampoco  de  vidas). De  este modo,  pues,   y  así  que   hubiéramos  clasificado  todas   las   combinaciones posibles, éstas  arrojarán como  resultados las respectivas especies  animales, que serán tantas en número cuantas son las combinaciones de las partes necesarias. Pues  de  la  misma manera clasificaremos las  variedades de  las formas de  gobierno que  hemos   mencionado, porque las  ciudades también están   compuestas no  de  una, sino  de  muchas partes, como  hemos   dicho repetidamente. (Una es la masa  del pueblo  que se ocupa  de la alimentación, y que son llamados labradores. La segunda es la de los llamados obreros , y éste  es el grupo dedicado a las artes y oficios sin los cuales  es inhabitable la

 

ciudad, siendo  unas  de  estas  artes de  todo punto necesarias, en  tanto que otras contribuyen al lujo o al bienestar.) La tercera es la de los comerciantes (por cuyo  término entiendo la clase que se ocupa  de comprar y vender, bien sea  al  por mayor o  al  menudeo). La  cuarta es  la  de  los  jornaleros,  y  la quinta es la clase militar, cuya  existencia es no menos  indispensable que  las anteriores si la ciudad  no ha de llegar a ser esclava  de los invasores; porque seguramente   es   cosa   imposible  que   pretenda   llamarse  ciudad    a   una comunidad  esclava   por  naturaleza,  ya   que   la   ciudad   es  autosuficiente, mientras  que   no   lo  es  la  que   ostenta  la  condición  servil.   Por  esto   es ingenioso, pero no suficiente, el tratamiento que de esta  cuestión se hace en la República. Dice Sócrates, en efecto, que son cuatro los elementos absolutamente  indispensable de que  consta  la ciudad, y los especifica como tejedor,  labrador, zapatero  y  albañil;  y  luego  añade, dado  que  éstos  no  se bastan  así  mismos,  el  herrero y  los  que  cuidan   del  ganado   necesario, y además  el comerciante  al por mayor y al menudeo. Todos  estos  elementos constituyen la plenitud de la primera ciudad  por él proyectada, como  si toda ciudad  se constituyera en vista de las necesidades de la vida, y no por causa del  bien, y  como  si  necesitara  tanto de  zapateros  como  de  labradores. En cuanto  a la clase  militar, no la introduje  sino  hasta  que  ha crecido  el país y hasta  que, al  entrar en  contacto  con  el  de  los  vecinos, se ve  arrastrada la ciudad   a  la  guerra.  Pero aun  entre las  cuatro clases,  o  sea  cual  fuere su número, que  integren la  comunidad, necesariamente  ha  de  haber alguien que  atribuya y determine el derecho;  y si postulamos que  el alma  es parte del  viviente más  principal que  el  cuerpo, también habrá que  postular que estas  clases  como  la militar, la que  desempeña la justicia judicial, y además la  clase  deliberativa (función que  corresponde a  la  prudencia política) son más  partes  de  la  ciudad   que  aquellas otras que  sirven a  las  necesidades corporales.  Y  no  hace  el  caso,  para  la  fuerza  del  argumento,  que  estas funciones  estén   en  clases  separadas  o  en  las  mismas  personas,  pues   a menudo ocurre que los mismos hombres llevan las armas y cultivan la tierra. En  conclusión,  pues,   y  toda  vez  que  tanto  éstos  como   aquéllos  han   de tenerse  como  partes  de  la  ciudad, es  evidente  que  la  clase  militar  por lo menos  es parte de la ciudad. La séptima clase, que llamamos de los ricos, es la   que   con   su   fortuna  sirve  a  la   comunidad.  La  octava  es  la   de   los funcionarios públicos que sirven en las magistraturas, toda vez que sin magistrados es imposible que  exista la ciudad. Es menester, por tanto, que haya  quienes sean  capaces  de gobernar y prestar estos  servicios públicos a la ciudad, bien  sea de manera continua  o por turno. Quedan  sólo  las clases que  hemos  definido ocasionalmente  poco  antes  a saber la  deliberativa y  la que  juzga  sobre los  derechos de  los  litigantes. Y si estas  funciones han  de existir en las ciudades, y existir con  eficiencia y justicia,  menester será que quienes  las   desempeñen  sean   hombres  dotados   de   virtud  en   materia política. En cuanto  a las  demás  capacidades, en opinión de muchos pueden concurrir  en   las   mismas  personas,  o  sea   que   los   mismos  pueden   ser guerreros, labradores y artesanos, y también miembros de los cuerpos deliberativo y judicial;  y en  verdad que  todos  los  hombres pretenden  tener virtud y creen  ser capaces  de desempeñar la mayoría de las magistraturas. Pero lo que  es imposible es que  los mismos sean  a la vez  pobres y ricos, y por esto  parecen ser éstos  por excelencia las partes de la ciudad, es decir los

 

ricos y  los  pobres. Y por el  hecho, además, de  ser ordinario  los  primeros pocos   y   lo   segundos  muchos,  se   presentan   estas   partes   como   clases antagónicas  dentro de  la  ciudad, de  suerte que  una  y  otra establecen los regímenes políticos con vistas  a su respectiva supremacía, y por esto, en fin, se  cree  que  no  hay  sino  dos  formas de  gobierno,  que  son  democracia y oligarquía.

 

 

 

 

IV

 

Hemos  dicho  con antelación que  hay  muchas formas de gobierno, y por qué causa; y ahora podemos decir que hay varias formas de democracia y de oligarquía, lo cual  es asimismo manifiesto por lo que  hemos  dicho. Hay, en efecto, varias clases  así  del  pueblo  como  de  los  llamados notables.  De  las clases   populares  una   es  la   de   los   campesinos, otra  de   los   obreros y artesanos,  otra  de  los  comerciantes  dedicados  a  operaciones  de compraventa, y otra la de la gente de mar, y de ésta  a su vez los que hacen la guerra marítima, los dedicados al tráfico de mercancías o pasajeros, y los pescadores...Pues además  de estas  clases,  estaría aún  la de los jornaleros y la de los que, por su escasez  de recursos, no  pueden  disfrutar ningún ocio, así  como  la  de  los  que  no  son  libres por parte de  padre o  madre, y  aún podría haber otra clases  semejante entre el pueblo. Entre los notables,  a su vez, las diferencias se constituyen por la riqueza, el nacimiento, la virtud, la educación y otras cualidades del mismo orden.

 

La primera forma de  democracia es la  que  recibe este  nombre en  atención sobre al  principio igualitario.  La  legislación de  esta  democracia, en  efecto, hace  consistir la  igualdad en  que  los  pobres no  tengan  preeminencia sobre los ricos, ni una  u otra clase  tenga la soberanía, sino  que  ambas  estén  en el mismo  nivel.  Si,  como   algunos  opinan,  la  libertad,  se  encuentra principalmente en  la  democracia, y  también la  igualdad, esto  se  realizará más  cumplidamente  cuando   todos  participen plenamente  del  gobierno por igual. Y como  el  pueblo   está  en  mayoría, y  la  decisión de  la  mayoría es soberana, necesariamente será este  régimen una democracia. Otra forma de democracia es  aquella en  que  las  magistraturas se  distribuyen de  acuerdo con los censos  tributarios, pero éstos  son reducidos, por más  que sólo quien posee  la necesaria propiedad puede  participar en el gobierno, y no participa quien  la  ha  perdido. Otra  forma de  democracia es  aquella en  que  pueden participar   del    gobierno   todos    los    ciudadanos   cuya    ascendencia   sea inobjetable,   pero,  en   última  instancia,  gobierna  la   ley.  Otra   forma  de democracia consiste en que todos pueden  participar de las magistraturas con sólo  que  sean  ciudadanos, pero también gobierna la ley. Otra forma de democracia es en todo como  la anterior, excepto que es el pueblo  y no la ley el  soberano;   y  esto   ocurre  cuando   los  decretos   de  la  asamblea  tienen supremacía sobre la ley. Esta  situación  se produce por obra de demagogos. El demagogo no  surge en  las  democracias regidas por la  ley, sino  que  los mejores  de  entre los  ciudadanos están   en  el  poder;  pero los  demagogos nacen  allí  donde  las  leyes  no  son  soberanas y el pueblo  se convierte en  un

 

monarca compuesto de muchos miembros, porque los más son soberanos no individualmente,  sino  en  conjunto.  Lo  que  está  claro  es  qué  especie   de democracia quiere significar Homero al decir que no es bueno  el gobierno de muchos, se  ésta  o  aquella en  que  son  muchos los  que  gobiernan a  título singular. Como  quiera que  sea, un pueblo  de esta  especie, como  si fuese un monarca, trata de  gobernar monárquicamente  al  no  sujetarse  a la  ley  y  se convierte en un déspota siendo  la consecuencia que  los aduladores alcancen posiciones honrosas.  Un  régimen de  esta  naturaleza  es  a la  democracia lo que  la  tiranía es  a los  regímenes monárquicos.  Su  espíritu es  el  mismo, y uno  y  otro régimen oprimen despóticamente  a los  mejores  ciudadanos, los decretos del  pueblo  son como  los mandatos del  tirano;  el demagogo en una parte  es  como   el  adulador  en  la  otra,  y  unos   y  otros  tienen  la  mayor influencia respectivamente:  los aduladores con  los tiranos, y los demagogos con pueblos de esta  especie. Al referir todos los asuntos al pueblo, son ellos la  causa   de  que   los   decretos   prevalezcan  sobre  las   leyes.   Su  posición eminente la deben  a que  si el pueblo  es soberano en todo los asuntos, ellos lo son  a su vez  de la opinión popular porque la multitud les obedece. Y por encima de esto, los  que  tienen alguna queja  contra los  magistrados alegan que  quien  debe  juzgar es el pueblo, y éste  acepta de buen  grado al convite, con  lo  cual  se  disuelven  todas  las  magistraturas. Y  aun  pudiera razonablemente censurarse esta democracia si se dijese que no es verdaderamente  una  república o gobierno constitucional, porque donde  las leyes  no gobiernan, no hay  república. La ley debe ser en todo suprema, y los magistrados deben  únicamente  decidir los  casos  particulares, y  esto  es  lo que debemos tener por república. Así pues,  si la democracia es una forma de gobierno constitucional, es manifiesto que  una  organización de esta  especie, en  que  todo se administra por decretos,  no  es tampoco  una  democracia en sentido propio, pues no pueden  los decretos ser normas generales...

 

(…)

 

VI

 

Queda  por hablar de  la  república o gobierno constitucional  y  de  la  tiranía. Por más  que la primera no sea una  desviación, como  tampoco la aristocracia de   que    acabamos   de   hablar,   las   colocamos   sin   embargo  entre   las desviaciones, porque en rigor de verdad son deficientes con respecto a la constitución más  recta, y en consecuencia se enumeran con las desviaciones a  que  ellas  mismas dan  lugar, según  dijimos  al  principio. En  cuanto  a  la tiranía,  es   lógico    mencionarla   en   último   lugar,   porque  es   el   menos constitucional de todos los gobiernos, y nuestra investigación es acerca del gobierno constitucional.

 

Dada, pues,  razón del  orden que  nos  proponemos seguir, nos  corresponde ahora mostrar lo que sea la república, cuya  significación resultará más claras una  vez  que  se  han  definido  las  características  de  la  oligarquía  y  de  la democracia. La república, en  efecto, es,  en  termino generales, una  mezcla de oligarquía y democracia; pero la gente acostumbra llamar repúblicas a las que   se  inclinan  a  la  democracia,  y  aristocracias,  en  cambio,  a  las  que

 

propenden  a  la  oligarquía,  en  razón  de  que   la  cultura  y  la  nobleza   se encuentran  de  preferencia  en  las  clases  pudientes,  y  además   porque  los ricos parecen tener ya  aquellos por cuya  posesión los  delincuentes  incurren en falta. De aquí  que  los ricos se les llaman nobles  y buenos  y distinguidos; y  así  como  la  aristocracia tiende de  suyo  a  conferir la  preeminencia a  los mejores de entre los ciudadanos, así también se extiende el término a las oligarquías,  como   si  se  integrasen   principalmente  de  hombres  nobles   y buenos. Por otra parte, parece imposible que reciba un buen  orden legal  una ciudad  no  gobernada por los  mejores,  sino  por los  malos, como  asimismo que  gobiernen los  mejores  si no  hay  un  buen  orden legal. Ahora bien, éste no  consiste  en  tener buenas  leyes,   sino  en  obedecerlas;  y  de  aquí  que  la buena  legislación haya  de entenderse primero como  la obediencia a las leyes establecidas, y  segundo como  la  promulgación de  leyes  buenas   que  sean acatadas  (pues también es  posible  obedecer a leyes  que  sean  malas) Y el que  las leyes  sean  buenas, puede  ser a su vez  de dos maneras: o como  las mejores   entre  las   posibles  para  este   pueblo,  o   como   las   mejores   en absoluto. La aristocracia, con  todo, parece consistir esencialmente en la distribución de  los  honores de  acuerdo con  la  virtud, pues  la  virtud es  el término definitorio de la aristocracia, como  la riqueza lo es de la oligarquía y la  libertad de  la  democracia.  (El otro principio, en  cambio, de  estar a  la opinión  de  la  mayoría, se  encuentra  en  todas  las  constituciones,  ya  que tanto en la oligarquía como  en la aristocracia y en la democracia es suprema la decisión de  la mayoría de  aquellos que  participan en  el gobierno) Y si la mayoría de las ciudades reclaman la forma de república, es en razón de que su  único  fin es la  mezcla  de  ricos y  de  pobres, de  riqueza y  libertad (y en casi  todas  los  ricos  parecen  ocupar  el  lugar que  debía  destinar a  los  de condición noble  y  virtuosa). En  realidad, sin  embargo, hay  tres cosas  que pueden  reclamar la igualdad en la ciudad, a saber la libertad, la riqueza y la virtud (pues la cuarta, la nobleza, acompaña a las dos últimas, como  quiera que la nobleza  es riqueza y virtud hereditarias). Es claro, por tanto, que a la mezcla  de estos  dos elementos: ricos y pobres, habrá que llamarla república o gobierno constitucional, y a la de los tres, aristocracia en grado eminente, pero fuera de la que es verdadera y primera.

 

Queda  así, pues,  explicado que  hay  otras formas de  gobierno aparte de  la monarquía, la  democracia y  la  oligarquía, y  cuáles  son, y  en  qué  difieren entre sí las  aristocracias, y las  repúblicas de la aristocracia, siendo  además conveniente   a   las   ciudades,  y   qué   persona,  y   de   qué   origen,  debe establecerse  como   rey.  En  esos   libros,  además,  donde   tratamos  de   la monarquía, distinguimos dos formas de tiranía, a causa  de que su naturaleza coincide en  cierto modo  con  la  de  la monarquía, por ser de  acuerdo con  la ley  ambos   gobiernos (a  saber los  monarcas absolutos  que  eligen   algunos bárbaros  y  algunos  monarcas  de  esta   especie   que   existieron  entre  los antiguos griegos, y a quienes llamaban dictadores). Y aunque había  algunas diferencias  entre   uno    y   otro   régimen,   ambos    eran   por   una    parte monárquicos en cuanto que el poder singular se ejercía sobre una  base legal y  con  el  consentimiento  de  los  súbditos,  y  tiránicos  a  causa   de  que   el gobierno era despótico y al arbitrio de quienes lo detentaban. Pero la tercera forma de tiranía, y que  es la que  sobre todo se entiende por dicho  término,

 

es la que corresponde a la monarquía absoluta. Esta tiranía, pues,  se da necesariamente cuando  hay  un  poder singular que  gobiernan irresponsablemente a sus iguales  o superiores, en vista  de sus propio interés y  no  del  de  los  gobernados. Es,  por tanto,  un  gobierno de  fuerza porque ningún hombre libre tolera voluntariamente un poder de esta  naturaleza.

 

(…)

 

IX

 

Veamos  ahora cuál  es la mejor  constitución  y la vida  mejor  para la mayoría de las ciudades y el común de los hombres, no juzgando de acuerdo con un patrón  de   virtud  que   esté   por  encima  del   hombre  medio,  o  por  una educación que requiere dotes naturales y recursos de fortuna, ni con vistas  a una  constitución a la medida de nuestro deseo, sino  con  arreglo a un  estilo de   vida    que   pueda    compartir  la   mayoría  de   los   hombres,  y   a   una constitución de que  pueda  participar la mayoría de las  ciudades. Porque de las  llamadas aristocracias, de que  acabamos de hablar, unas  caen  fuera de las  posibilidades de  la  mayoría de  las  ciudades, y  otras se aproximan a la llamada república, por lo cual  debe  hablarse de ambas  formas como  de una sola.  Y  en  verdad  que  el  juicio  en  todas  estas   materias  proviene de  los mismos principios elementales.  Porque si en  la  Ética  nos  hemos  expresado bien  al decir que  la vida  feliz es la que  se vive  sin  impedimento de acuerdo con  la verdad, y que  la virtud consiste en  el término medio, síguese necesariamente que  la vida  media  será la mejor,  esto  es, de acuerdo con el término medio   al  alcance  de  cada  individuo. Y estos  mismos conceptos  se aplican necesariamente  a la virtud o vicio  de la ciudad  y de su constitución, porque la constitución es como  la vida  de la ciudad. En todas  las  ciudades, pues,  hay  tres partes o clases de la ciudad; los muy  ricos, los muy  pobres, y en  tercer lugar los  intermedios entre unos  y  otros. Ahora bien, y  toda vez que, según  se reconoce, lo moderado y lo que  está  en el medio  es lo mejor, es  claro que  una  moderada  posesión de  bienes  de  fortuna es  la  mejor  de todas. Obedecer a  la  razón es  lo  más  fácil en  estas  condiciones, mientras que  los  que  son  en  exceso  bellos, fuertes, nobles  o ricos, o al  contrario de éstos,  en exceso  pobres o débiles, o grandemente despreciados, difícilmente se  dejan   guiar  por  la   razón,  pues   los   primeros  tórnanse   de   ordinario insolentes y grandes malvados, y los segundos malhechores y criminales de menor cuantía,  y  de  los  delitos  uno  se  cometen  por insolencia y  otros por maldad Y los de la clase media  además  son los menos  inclinados o a rehusar los  cargos  públicos  o  a  procurarlos  con  empeño,  y  una  y  otra cosa  son nocivas  a las ciudades. Y a más  de esto, aquellos que son muy  superiores en bienes  de fortuna, fuerza, riqueza, amigos y otros bienes  de este  género, ni quieren obedecer ni saben  cómo  (y esta  condición la adquieren desde  niños y en su hogar, pues,  por la molicie en que  vivieron, no contrajeron  siquiera hábitos  de  obediencia en  la  escuela);  y  aquellos otros,  por su  parte, que están  en extrema necesidad de los bienes  dichos, son  demasiado sumisos y apocados. De  aquí, en  consecuencia, que  estos  últimos no  sepan  mandar, sino  ser mandados con mando servil, y que los primeros, a su vez, no sepan obedecer a ninguna autoridad, sino  sólo  mandar con  mando despótico.  De

 

esta   suerte  constitúyese  una   ciudad   de  esclavos   y  señores,  pero  no  de hombres libres, sino  de una  clase  de envidiosos y otra de despreciadores, lo cual   es  lo  más   distante  de  la  amistad  y  de  la  comunidad  política.  La comunidad se  funda en  la  amistad, pues  entre enemigos no  se  quieren ni siquiera ir  juntos  por  el  mismo  camino.  Ciertamente  la  ciudad   aspira  a componerse  de  elementos  iguales   y  semejantes  tanto como   sea  posible. Ahora bien, la clase media, más  que otra alguna tiene esta  composición. por lo cual  la ciudad  fundada en dicha  clase  será la mejor  organizada en lo que respecta a los elementos naturales que en nuestro concepto constituyen la ciudad. Y esta  clase de ciudadanos es también la que tiene mayor estabilidad en  las  ciudades, pues  ni  codician como  los  pobres los  bienes  ajenos,  ni  lo suyo  es codiciado por otros como  los  pobres codician lo de los  ricos; y así, por no asechar a otros ni ser a su vez objeto de asechanzas, viven una  vida exenta de peligros. Y por esto  deseaba  con razón Focílides:

 

En muchas cosas  los  de en  medio  tienen lo mejor;  sea la mía  una  posición media  en la ciudad.

 

Es manifiesto, por tanto, que la comunidad política administrada por la clase media  es la mejor, y que  pueden  gobernarse bien  las ciudades en las cuales la  clase  media  es numerosa y  más  fuerte, si  es  posible, que  las  otras dos clases  juntas, o por lo menos  que  cada  una  de ellas.  pues  así, sumándose a cualquiera de ellas, inclina la balanza  e impide los excesos  de los partidos contrarios. De  aquí  que  la  mayor fortuna para una  ciudad  consiste en  que sus  miembros tengan  un  patrimonio moderado, y  suficiente, ya  que  donde nos  poseen  en  demasía  y otros nada, vendrá o la democracia extrema o la oligarquía pura, o bien  aún, como  reacción contra ambos  excesos, la tiranía. De la democracia más  violenta, en efecto, así como  de la oligarquía, nace  la tiranía,  pero  con   mucha  menos   frecuencia  de   las   formas  de   gobierno intermedias y de sus  afines. La causa  la diremos más  tarde al tratar de las revoluciones  políticas.   que   el   régimen  intermedio  es   el   mejor,   es   así evidente. Es el  único, en  efecto, libre de  facciones, ya  que  donde  la  clase media  es numerosa, es ínfima la probabilidad de que se produzcan facciones y   disensiones entre  los   ciudadano.  Y  por  la   misma  razón  las   grandes ciudades son  las  menos  expuestas a sediciones, pues  en  ellas  es numerosa la clase media, mientras que  en las pequeñas es fácil la división de todos en sólo dos partidos sin dejar nada  en medio, y casi todos son o pobres o ricos. Y  las   democracias  son   más   seguras  y   de   más   larga  duración  que   las oligarquías a causa  de la clase  media  (cuyos miembros son más  numerosos y participan más de los honores políticos en las democracias que en las oligarquías).  Mas  cuando   falta  la  clase  media   y  los  pobres alcanzan un número extremado  sobreviene la  adversidad y  pronto se  arruinan. Como hecho significativo debe tenerse el que los mejores legisladores hayan  sido ciudadanos de clase media...

 

De   lo    anterior   resulta   manifiesto   por   qué    la    mayor   parte   de    las constituciones son unas  democráticas y otras oligárquicas; lo que  se debe  al hecho  de  que  en  ellas  es a menudo exigua la clase  media, y cualquiera de las otras dos que predomine -sean los que tiene la propiedad, sea el pueblo,

 

desplaza   a  la  clase  media   y  gobierna  para    la  república, y  así  nace  la democracia o la oligarquía. A más  de esto, y como  se producen disensiones y luchas  entre el pueblo  y los  ricos, si cualquiera de estas  facciones llega  a dominar a su contraria, no establecerá un gobierno para todos, ni igual, sino que    asumirá   la   dominación   política   como    premio   de   su   victoria,  y constituirán unos  la democracia y otros la oligarquía...

 

En conclusión, y  debido  a estas  causas,  la  forma constitucional  intermedia no  llega  a existir jamás,  o raramente en  pocos  lugares; porque apenas  un hombre entre los que antiguamente tuvieron la dirección política pudo  ser inducido a  otorgar este  ordenamiento. Ahora, en  cambio, se  ha  arraigado entre los  ciudadanos el hábito de ni  siquiera desear la igualdad, sino  que  o bien  procuran dominar o, si son vencidos, soportan el mando.

 

Por lo  anterior, se ha  puesto de  manifiesto cuál  es la  mejor  constitución  y por qué causa. Y una vez definida esta  forma mejor, no será difícil ver, entre las demás  constituciones (puesto que afirmamos haber varias democracias y varias oligarquías) cuál  hay  que  poner en  primer lugar, cuál  en  segundo, y cuál vendría luego  por este  orden, en razón de ser una mejor y otra peor. La que esté  más  cerca de la mejor constitución, será siempre y necesariamente superior, e inferior a su vez la que  más  se aleje del término medio, a no ser que  hayamos de juzgar  con  relación a ciertas  circunstancias dadas; y hablo de circunstancias porque a menudo aun siendo  otra constitución de suyo preferible,  nada   impide  que   a   ciertos   pueblos  les   convenga  más   otra constitución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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