© Libro N° 6096.
Sobre Las Clases Sociales. Aristóteles. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Sobre
Las Clases Sociales. Aristóteles
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SOBRE LAS CLASES SOCIALES
Aristóteles
Escrito: Siglo IV A.C.;
Fuente del texto digital:
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Distribución: Omegalfa, con cuyo permiso aparece aquí;
Transcripcion/HTML para marxists.org: Rodrigo Cisterna, 2013.
Sobre Las Clases Sociales
I
En
todas las artes y ciencias que no versan
sobre una parte, sino que son completas en relación con un género, pertenece a
una sola considerar lo que corresponde a cada
género. La gimnasia, por ejemplo, ha de considerar qué ejercicio
conviene a qué cuerpo y cual es el
mejor, así como qué ejercicio en general
es mejor para la mayoría (pues esto es también del resorte de la
gimnástica); y a
más de esto, si
alguno deseare adquirir
hábitos físicos y cierto saber
inferior al que se requiere para los ejercicios
atléticos, estará aún en la
competencia del maestro de
gimnasia y del entrenador proporcionarle esta capacidad por lo menos. Y lo mismo vemos que acontece en lo relativo a la medicina, a
la construcción de navíos, a la
confección de vestidos y en todas las demás
artes. Es evidente, por tanto, que
a la misma ciencia corresponde
considerar cuál es la mejor constitución política y qué carácter debe tener de acuerdo con nuestro ideal si ningún factor externo lo impide, como también cuál
es la que
puede adaptarse a tal
pueblo. (Para muchos, en efecto, será quizás
imposible alcanzar la mejor
constitución, de suerte que el
legislador y el verdadero político no
debe ignorar ni cuál es la mejor
en absoluto, ni la
mejor dentro de las
circunstancias) Y en tercer
lugar, deberá considerar el régimen que deriva de
un supuesto dado (esto
es, ser
capaz de examinar,
en una constitución dada, cómo pudo
surgir desde el principio, y
una vez que existe así, de qué modo
podría asegurarse su existencia
el mayor tiempo posible. Me refiero, por ejemplo al
caso en que una
ciudad no esté
regida por la constitución
mejor, y
que aun esté desprovista de
las condiciones elementales para ello, ni
siquiera por la que es
practicable dentro de
las circunstancias, sino
por una francamente inferior). Además de todo esto, aún debe
conocer la constitución que mejor
se ajusta a
todas las ciudades,
ya que la
mayoría de los
publicistas en materia
constitucional, por más que acierten en
los demás puntos, yerran en estos otros de utilidad práctica. No se ha de
considerar, en efecto, sólo la constitución mejor, sino también la que es
posible, la que más fácil y más comúnmente
puede implantarse en todas
las ciudades. Ahora, en cambio, unos
no investigan sino
la constitución de
extremada perfección y que requiere un conjunto de condiciones
complementarias, en tanto que otros proponen
alguna forma común,
haciendo a un
lado las constituciones existentes y
limitándose a alabar la espartana
o alguna otra. Mas lo que sería
menester es introducir
un orden político
tal que los
ciudadanos pudieran fácilmente acatar
y compartir dentro de las circunstancias, porque no es menor
hazaña enderezar una constitución que construirla desde el principio, así como
no lo es
menos reaprender una ciencia
que aprenderla desde el
principio. Por lo
cual, y además
de los conocimientos ya expresados, el político debe ser capaz de
subvenir a las constituciones ya existentes, según se dijo
también antes. Ahora bien, esto
será imposible si ignora cuántas formas constitucionales hay, pues
actualmente hay quienes piensan que existe
sólo una especie
de democracia y
una especie de oligarquía, lo
que no es
verdad. De aquí
que no deban
ocultársele las variedades entre
las constituciones, cuántas son y de cuántos modos pueden combinarse. A más de esto, debe
discernir con la misma prudencia las leyes mejores de las que
pueden adaptarse a cada
sistema constitucional, ya que las leyes
deben establecerse en vista de las constituciones -y es así como las establecen todos-
y no las
constituciones en vista
de las leyes.
La constitución, en efecto, es la organización de los poderes en las ciudades,
de qué manera se distribuyen, y
cuál debe ser en la ciudad el poder soberano, así como
el fin de
cada comunidad, mientras
que las leyes,
con independencia de los
principios característicos de la constitución, regulan el modo como
los gobernantes deben gobernar y
guardar el orden legal contra los transgresores. Es
pues, manifiesto que aun
para el solo propósito
de legislar, el político ha de conocer necesariamente las variedades de
cada constitución y su número, porque es imposible que las mismas leyes sean
convenientes a todas las oligarquías o democracias, si realmente
hay varias y no una sola democracia u
oligarquía.
II
En nuestra
primera investigación sobre
las formas de
gobierno hemos distinguido tres
constituciones rectas, a saber, monarquía, aristocracia y república, así
como tres desviaciones de ellas,
y que son
respectivamente: de la monarquía, la tiranía; de la aristocracia, la
oligarquía, y de la república, la
democracia. De la
aristocracia y de
la monarquía hemos
hablado ya (puesto que estudiar
lo relativo a la mejor constitución es tanto como hablar de
las formas designadas con aquellos nombres, ya
que cada una de ellas apunta
a un sistema
constituido de acuerdo
con la virtud
provista de recursos). Asimismo
hemos distinguido antes en qué difieren
entre sí la aristocracia de la
monarquía, y cuando
debe asumirse la
monarquía. No queda, por
tanto, sino discutir la
forma constitucional que ha
recibido el nombre, común
a todas, de
república, y después
las otras formas: oligarquía, democracia y tiranía. De
estas desviaciones, pues es manifiesto cuál es
la peor y
cuál es la
segunda inmediata a la
peor. En efecto,
la desviación de la forma primera y más
divina ha de ser necesariamente la peor. Ahora bien, la monarquía o lo será
sólo de nombre y no en realidad, o por necesidad ha de
fundarse en la gran superioridad del que
reina; y en consecuencia, la tiranía, siendo la peor de las desviaciones, será la que más se aleje del gobierno constitucional. En
segundo lugar viene la oligarquía
(régimen del cual se aparta mucho la
aristocracia), y como la más moderna, la
democracia. Uno de nuestros
predecesores ha mostrado ya lo
mismo, aunque sin atender al mismo principio que nosotros,
pues juzgaba que de
todos las constituciones puede
haber desviaciones buenas, como
una buena oligarquía, y así de
las demás, y que en este caso la democracia es la peor, pero la
mejor, en cambio, cuando las desviaciones son malas. Nosotros, en cambio,
sostenemos ser todas
ellas por completo
erradas, y que
no es correcto decir que hay
una forma de oligarquía
mejor que otra, sino
menos mala. Más dejemos
por ahora esta
discusión, y distingamos
cuántas variedades hay de cada constitución,
sobre la base de que hay varias formas
tanto de democracia como de oligarquía.
En segundo lugar, cuál es la forma más común y
cuál la más
deseable de la
mejor constitución; y
también, si existe alguna otra
aristocracia bien constituida;
pero no adaptable
a la mayoría de
las ciudades, cuál
pueda ser. En
seguida, cuál de
las otras formas es deseable para tal o cual pueblo
(pues podría ser que para algunos fuese la democracia más necesaria que
la oligarquía, y para otros ésta
más bien que aquélla).
Después, de qué manera
ha de proceder
quien desee establecer estas
formas de gobierno, digo cada una de las formas así de democracia como de
oligarquía. Finalmente, y una
vez que hayamos dado concisa cuenta
de todo esto
en la medida
de lo posible,
intentaremos descubrir los
factores que corrompen o
preservan las constituciones, así en común como para cada
una en particular, y
por qué causas sobre todo se produce todo ello naturalmente.
III
La causa de que
haya varias formas de gobierno es
que en toda ciudad hay cierto
número de partes.
En primer lugar
vemos que toda
ciudad está compuesta de
familias; y después, que de este conglomerado unos son necesariamente ricos,
otros pobres y otros clase media, y que los ricos están armados y
los pobres sin
armas. Y también vemos que
de la gente
del pueblo unos son
campesinos, otros comerciantes
y otros obreros. Y en la clase
superior hay también
diferencias tanto por la
riqueza como por
la magnitud de la propiedad (como por ejemplo en la cría
de caballos, que no es fácil que
la tengan sino
los ricos. De aquí
que en los
tiempos antiguos haya
habido oligarquías en
todas las ciudades
cuya fuerza estaba
en la caballería, de la cual se servían en
las guerras contra sus vecinos, como
lo hicieron los eritreos, los calcidios y los magnesios de las orillas
del Meandro, y otros muchos pueblos de Asia). Pero
además de las
diferencias por la riqueza,
están las que se fundan en el nacimiento o en la virtud, y
cualquier otra distinción similar, si
la hubiere, y que
constituye un elemento
de la ciudad, como hemos
dicho al hablar de
la aristocracia (donde
distinguimos los elementos necesarios de
que consta cada
ciudad). Como quiera, pues,
que de estos elementos
toman parte unas veces todos
ellos en el gobierno de la ciudad, y otras menos o más,
es manifiesto que necesariamente
habrá una pluralidad de formas de
gobierno diferentes específicamente
entre sí, toda vez que
las partes mismas
difieren entre sí
específicamente. La
constitución, en efecto,
es la organización
de los poderes,
y éstos se distribuyen por lo general en proporción
a la influencia de los que participan en
el poder o por alguna igualdad que les sea común, con lo que me refiero, por
ejemplo, a la que hay entre los pobres o entre los ricos, o a
alguna que sea común a ambas clases.
En consecuencia, debe haber
tantas formas de gobierno cuantas sean los ordenamientos que se hagan con arreglo a las superioridades y a las
diferencias entre las partes. Según la
opinión común, habría sólo dos formas
constitucionales, así como de los
vientos llamamos a unos vientos del norte y a otros vientos del sur, y los
demás no son sino modificaciones de
éstos. Pues así también no habría
sino dos constituciones: democracia y
oligarquía, ya que la aristocracia se considera como cierta oligarquía, y por
tanto se
clasifica como una
forma de oligarquía,
y en cuanto a la llamada
república la tienen por una
democracia... Esta es, pues, la opinión habitual y prevalente en
los que
atañe a las constituciones; pero es más
verdadera y mejor
la clasificación que
nosotros hacemos bien constituidas, y las demás desviaciones, lo serán éstas o de la forma
bien combinada o de la mejor constitución, siendo oligárquicas las más tensas y despóticas, y
democráticas las más relajadas y suaves.
No
debe suponerse...que la democracia es simplemente el régimen en que el
pueblo es soberano (pues también en
las oligarquías y
donde quiera es soberana la mayoría); ni que la oligarquía
a su vez sea el régimen en que la
soberanía esté en el menor número.
Porque si el número total de ciudadanos fuese de mil trescientos, y de éstos mil
fuesen ricos y no dieran participación en el
poder a los
trescientos pobres, por más
que éstos fuesen libres y semejantes en
lo demás a
aquellos, nadie diría que estuviese este pueblo
gobernado
democráticamente. Y de manera análoga,
si los
pobres fuesen pocos, pero más poderosos
que los ricos más
numerosos, nadie tampoco llamaría
a este régimen una oligarquía si los demás ciudadanos, no obstante ser ricos, no participasen
de los honores. Más bien, por tanto, debe decirse que la democracia existe cuando son los libres los que detentan la soberanía,
y la
oligarquía a su
vez cuando la
tienen los ricos;
pero por mera coincidencia los
primeros son muchos
y los segundos
pocos, porque los libres
son muchos y los ricos
pocos. De otro
modo, en efecto,
si las magistraturas se
distribuyen en atención a la estatura, como dicen
algunos que se hace en
Etiopía, o en proporción a la belleza, habría una oligarquía, dado que es
pequeño el número de hombres bellos y de
gran estatura. pero estas formas de
gobierno no se definen suficientemente por la sola riqueza o la libertad,
porque como quiera
que hay otros
elementos así en
la democracia como en la
oligarquía, debemos aun hacer la
precisión ulterior de que no
habrá democracia donde
los libres, siendo
pocos en número, gobiernen sobre una mayoría de
hombres no libres, como en
Apolonia del mar Jónico y en
Tera (pues en cada una
de estas ciudades estaban en los puestos
de honor las
familias más distinguidas
por su nobleza
y que primeramente habían poblado estas colonias, y
estas eran pocas entre la multitud), ni tampoco, a
su vez, habría una democracia si
dominaran los ricos sólo por
su número, como
fue antiguamente en
Colofón (donde la mayoría tenía
grandes propiedades antes de que viniera
la guerra contra los lidios), sino
que la democracia existe cuando
una mayoría de ciudadanos libres y pobres ejercen la
soberanía, y la oligarquía, a
su vez, cuando la ejerce una minoría de ricos y nobles.
Hemos dicho
antes que hay varias formas de
gobierno, y por qué causa. Mas ahora, y partiendo del principio que
previamente establecimos, digamos por qué hay más de
las mencionadas, y por qué razón. Hemos
dado por sentado que toda
ciudad tiene no
una, sino varias partes. Si nos propusiéramos hacer una clasificación de las
especies animales, empezaríamos
por definir las propiedades que necesariamente tiene todo animal (como, por ejemplo, ciertos órganos sensoriales, así como
un aparato para recibir
y digerir el alimento, como la
boca y el
estómago y órganos
locomotrices que cada animal
posee).Si no hubiese otras partes necesarias fuera de
éstas, pero entre ellas hubiera diferencias (como si, por
ejemplo, hubiera varias clases de boca,
estómago y órganos sensoriales, así como
de partes locomotrices) el número
de combinaciones de estas variedades
constituiría necesariamente una variedad
de especies animales (ya
que no es
posible para el mismo animal tener varias especies de
boca, como tampoco
de vidas). De este modo,
pues, y así
que hubiéramos clasificado
todas las combinaciones posibles, éstas arrojarán como resultados las respectivas especies animales, que serán tantas en número cuantas
son las combinaciones de las partes necesarias. Pues de
la misma manera clasificaremos
las variedades de las formas de
gobierno que hemos mencionado, porque las ciudades también están compuestas no de
una, sino de muchas partes, como hemos
dicho repetidamente. (Una es la masa
del pueblo que se ocupa de la alimentación, y que son llamados
labradores. La segunda es la de los llamados obreros , y éste es el grupo dedicado a las artes y oficios
sin los cuales es inhabitable la
ciudad,
siendo unas de
estas artes de todo punto necesarias, en tanto que otras contribuyen al lujo o al
bienestar.) La tercera es la de los comerciantes (por cuyo término entiendo la clase que se ocupa de comprar y vender, bien sea al por
mayor o al menudeo). La
cuarta es la de
los jornaleros, y la
quinta es la clase militar, cuya
existencia es no menos
indispensable que las anteriores
si la ciudad no ha de llegar a ser
esclava de los invasores; porque
seguramente es cosa
imposible que pretenda
llamarse ciudad a
una comunidad esclava por
naturaleza, ya que
la ciudad es
autosuficiente, mientras que no
lo es la que ostenta
la condición servil.
Por esto es ingenioso, pero no suficiente, el
tratamiento que de esta cuestión se hace
en la República. Dice Sócrates, en efecto, que son cuatro los elementos
absolutamente indispensable de que consta
la ciudad, y los especifica como tejedor, labrador, zapatero y
albañil; y luego
añade, dado que éstos
no se bastan así
mismos, el herrero y
los que cuidan
del ganado necesario, y además el comerciante al por mayor y al menudeo. Todos estos
elementos constituyen la plenitud de la primera ciudad por él proyectada, como si toda ciudad se constituyera en vista de las necesidades
de la vida, y no por causa del bien, y como
si necesitara tanto de
zapateros como de
labradores. En cuanto a la
clase militar, no la introduje sino
hasta que ha crecido
el país y hasta que, al entrar en
contacto con el
de los vecinos, se ve arrastrada la ciudad a
la guerra. Pero aun
entre las cuatro clases, o
sea cual fuere su número, que integren la
comunidad, necesariamente ha de
haber alguien que atribuya y
determine el derecho; y si postulamos
que el alma es parte del
viviente más principal que el
cuerpo, también habrá que
postular que estas clases como
la militar, la que desempeña la
justicia judicial, y además la clase deliberativa (función que corresponde a
la prudencia política) son
más partes de
la ciudad que
aquellas otras que sirven a las
necesidades corporales. Y no
hace el caso,
para la fuerza
del argumento, que
estas funciones estén en
clases separadas o
en las mismas
personas, pues a menudo ocurre que los mismos hombres
llevan las armas y cultivan la tierra. En
conclusión, pues, y
toda vez que
tanto éstos como
aquéllos han de tenerse
como partes de
la ciudad, es evidente
que la clase
militar por lo menos es parte de la ciudad. La séptima clase, que
llamamos de los ricos, es la que con
su fortuna sirve
a la comunidad.
La octava es
la de los funcionarios públicos que sirven en las
magistraturas, toda vez que sin magistrados es imposible que exista la ciudad. Es menester, por tanto, que
haya quienes sean capaces
de gobernar y prestar estos
servicios públicos a la ciudad, bien
sea de manera continua o por
turno. Quedan sólo las clases que hemos
definido ocasionalmente poco antes
a saber la deliberativa y la que
juzga sobre los derechos de
los litigantes. Y si estas funciones han
de existir en las ciudades, y existir con eficiencia y justicia, menester será que quienes las
desempeñen sean hombres
dotados de virtud
en materia política. En
cuanto a las demás
capacidades, en opinión de muchos pueden concurrir en
las mismas personas,
o sea que
los mismos pueden
ser guerreros, labradores y artesanos, y también miembros de los cuerpos
deliberativo y judicial; y en verdad que
todos los hombres pretenden tener virtud y creen ser capaces
de desempeñar la mayoría de las magistraturas. Pero lo que es imposible es que los mismos sean a la vez
pobres y ricos, y por esto
parecen ser éstos por excelencia
las partes de la ciudad, es decir los
ricos
y los
pobres. Y por el hecho, además,
de ser ordinario los
primeros pocos y lo
segundos muchos, se
presentan estas partes
como clases antagónicas dentro de
la ciudad, de suerte que
una y otra establecen los regímenes políticos con
vistas a su respectiva supremacía, y por
esto, en fin, se cree que
no hay sino
dos formas de gobierno,
que son democracia y oligarquía.
IV
Hemos dicho
con antelación que hay muchas formas de gobierno, y por qué causa; y
ahora podemos decir que hay varias formas de democracia y de oligarquía, lo
cual es asimismo manifiesto por lo
que hemos dicho. Hay, en efecto, varias clases así
del pueblo como
de los llamados notables. De las
clases populares una
es la de
los campesinos, otra de
los obreros y artesanos, otra
de los comerciantes
dedicados a operaciones
de compraventa, y otra la de la gente de mar, y de ésta a su vez los que hacen la guerra marítima,
los dedicados al tráfico de mercancías o pasajeros, y los pescadores...Pues
además de estas clases,
estaría aún la de los jornaleros
y la de los que, por su escasez de
recursos, no pueden disfrutar ningún ocio, así como
la de los
que no son
libres por parte de padre o madre, y
aún podría haber otra clases
semejante entre el pueblo. Entre los notables, a su vez, las diferencias se constituyen por
la riqueza, el nacimiento, la virtud, la educación y otras cualidades del mismo
orden.
La
primera forma de democracia es la que
recibe este nombre en atención sobre al principio igualitario. La
legislación de esta democracia, en efecto, hace
consistir la igualdad en que
los pobres no tengan
preeminencia sobre los ricos, ni una
u otra clase tenga la soberanía,
sino que
ambas estén en el mismo
nivel. Si, como
algunos opinan, la
libertad, se encuentra principalmente en la
democracia, y también la igualdad, esto se
realizará más cumplidamente cuando
todos participen plenamente del
gobierno por igual. Y como
el pueblo está
en mayoría, y la
decisión de la mayoría es soberana, necesariamente será
este régimen una democracia. Otra forma
de democracia es aquella en que
las magistraturas se distribuyen de acuerdo con los censos tributarios, pero éstos son reducidos, por más que sólo quien posee la necesaria propiedad puede participar en el gobierno, y no participa
quien la
ha perdido. Otra forma de
democracia es aquella en que pueden
participar del gobierno
todos los ciudadanos
cuya ascendencia sea inobjetable, pero,
en última instancia,
gobierna la ley.
Otra forma de democracia consiste en que todos
pueden participar de las magistraturas
con sólo que sean
ciudadanos, pero también gobierna la ley. Otra forma de democracia es en
todo como la anterior, excepto que es el
pueblo y no la ley el soberano;
y esto ocurre
cuando los decretos
de la asamblea
tienen supremacía sobre la ley. Esta
situación se produce por obra de
demagogos. El demagogo no surge en las
democracias regidas por la ley,
sino que
los mejores de entre los
ciudadanos están en el
poder; pero los demagogos nacen allí
donde las leyes
no son soberanas y el pueblo se convierte en un
monarca
compuesto de muchos miembros, porque los más son soberanos no
individualmente, sino en
conjunto. Lo que
está claro es qué especie
de democracia quiere significar Homero al decir que no es bueno el gobierno de muchos, se ésta
o aquella en que
son muchos los que
gobiernan a título singular.
Como quiera que sea, un pueblo de esta
especie, como si fuese un
monarca, trata de gobernar
monárquicamente al no
sujetarse a la ley
y se convierte en un déspota
siendo la consecuencia que los aduladores alcancen posiciones
honrosas. Un régimen de
esta naturaleza es a
la democracia lo que la
tiranía es a los regímenes monárquicos. Su
espíritu es el mismo, y uno
y otro régimen oprimen
despóticamente a los mejores
ciudadanos, los decretos del
pueblo son como los mandatos del tirano;
el demagogo en una parte es como
el adulador en
la otra, y
unos y otros
tienen la mayor influencia respectivamente: los aduladores con los tiranos, y los demagogos con pueblos de
esta especie. Al referir todos los
asuntos al pueblo, son ellos la
causa de que
los decretos prevalezcan
sobre las leyes.
Su posición eminente la
deben a que si el pueblo
es soberano en todo los asuntos, ellos lo son a su vez
de la opinión popular porque la multitud les obedece. Y por encima de
esto, los que tienen alguna queja contra los
magistrados alegan que quien debe
juzgar es el pueblo, y éste
acepta de buen grado al convite,
con lo
cual se disuelven
todas las magistraturas. Y aun
pudiera razonablemente censurarse esta democracia si se dijese que no es
verdaderamente una república o gobierno constitucional, porque
donde las leyes no gobiernan, no hay república. La ley debe ser en todo suprema, y
los magistrados deben únicamente decidir los
casos particulares, y esto
es lo que debemos tener por
república. Así pues, si la democracia es
una forma de gobierno constitucional, es manifiesto que una
organización de esta especie,
en que
todo se administra por decretos,
no es tampoco una
democracia en sentido propio, pues no pueden los decretos ser normas generales...
(…)
VI
Queda por hablar de
la república o gobierno
constitucional y de la tiranía. Por más que la primera no sea una desviación, como tampoco la aristocracia de que
acabamos de hablar,
las colocamos sin
embargo entre las desviaciones, porque en rigor de verdad
son deficientes con respecto a la constitución más recta, y en consecuencia se enumeran con las
desviaciones a que ellas
mismas dan lugar, según dijimos
al principio. En cuanto
a la tiranía, es
lógico mencionarla en último lugar,
porque es el
menos constitucional de todos los gobiernos, y nuestra investigación es
acerca del gobierno constitucional.
Dada,
pues, razón del orden que
nos proponemos seguir, nos corresponde ahora mostrar lo que sea la
república, cuya significación resultará
más claras una vez que
se han definido
las características de
la oligarquía y
de la democracia. La república,
en efecto, es, en
termino generales, una mezcla de
oligarquía y democracia; pero la gente acostumbra llamar repúblicas a las
que se
inclinan a la
democracia, y aristocracias, en
cambio, a las
que
propenden a
la oligarquía, en
razón de que
la cultura y
la nobleza se encuentran de
preferencia en las
clases pudientes, y
además porque los ricos parecen tener ya aquellos por cuya posesión los
delincuentes incurren en falta.
De aquí que los ricos se les llaman nobles y buenos
y distinguidos; y así como
la aristocracia tiende de suyo
a conferir la preeminencia a los mejores de entre los ciudadanos, así
también se extiende el término a las oligarquías, como
si se integrasen
principalmente de hombres
nobles y buenos. Por otra parte,
parece imposible que reciba un buen
orden legal una ciudad no
gobernada por los mejores, sino
por los malos, como asimismo que
gobiernen los mejores si no
hay un buen
orden legal. Ahora bien, éste no
consiste en tener buenas
leyes, sino en
obedecerlas; y de
aquí que la buena
legislación haya de entenderse
primero como la obediencia a las leyes
establecidas, y segundo como la
promulgación de leyes buenas
que sean acatadas (pues también es posible
obedecer a leyes que sean
malas) Y el que las leyes sean
buenas, puede ser a su vez de dos maneras: o como las mejores
entre las posibles
para este pueblo,
o como las
mejores en absoluto. La
aristocracia, con todo, parece consistir
esencialmente en la distribución de
los honores de acuerdo con
la virtud, pues la
virtud es el término definitorio
de la aristocracia, como la riqueza lo
es de la oligarquía y la libertad
de la
democracia. (El otro principio,
en cambio, de estar a
la opinión de la
mayoría, se encuentra en
todas las constituciones, ya que
tanto en la oligarquía como en la
aristocracia y en la democracia es suprema la decisión de la mayoría de
aquellos que participan en el gobierno) Y si la mayoría de las ciudades
reclaman la forma de república, es en razón de que su único
fin es la mezcla de
ricos y de pobres, de
riqueza y libertad (y en
casi todas los
ricos parecen ocupar
el lugar que debía
destinar a los de condición noble y
virtuosa). En realidad, sin embargo, hay
tres cosas que pueden reclamar la igualdad en la ciudad, a saber la
libertad, la riqueza y la virtud (pues la cuarta, la nobleza, acompaña a las
dos últimas, como quiera que la
nobleza es riqueza y virtud
hereditarias). Es claro, por tanto, que a la mezcla de estos
dos elementos: ricos y pobres, habrá que llamarla república o gobierno
constitucional, y a la de los tres, aristocracia en grado eminente, pero fuera
de la que es verdadera y primera.
Queda así, pues,
explicado que hay otras formas de gobierno aparte de la monarquía, la democracia y
la oligarquía, y cuáles
son, y en qué
difieren entre sí las
aristocracias, y las repúblicas
de la aristocracia, siendo además
conveniente a las
ciudades, y qué
persona, y de
qué origen, debe establecerse como
rey. En esos
libros, además, donde
tratamos de la monarquía, distinguimos dos formas de
tiranía, a causa de que su naturaleza
coincide en cierto modo con
la de la monarquía, por ser de acuerdo con
la ley ambos gobiernos (a
saber los monarcas absolutos que
eligen algunos bárbaros y
algunos monarcas de
esta especie que
existieron entre los antiguos griegos, y a quienes llamaban
dictadores). Y aunque había algunas
diferencias entre uno
y otro régimen,
ambos eran por
una parte monárquicos en cuanto
que el poder singular se ejercía sobre una
base legal y con el
consentimiento de los
súbditos, y tiránicos
a causa de
que el gobierno era despótico y
al arbitrio de quienes lo detentaban. Pero la tercera forma de tiranía, y
que es la que sobre todo se entiende por dicho término,
es
la que corresponde a la monarquía absoluta. Esta tiranía, pues, se da necesariamente cuando hay
un poder singular que gobiernan irresponsablemente a sus
iguales o superiores, en vista de sus propio interés y no
del de los
gobernados. Es, por tanto, un
gobierno de fuerza porque ningún
hombre libre tolera voluntariamente un poder de esta naturaleza.
(…)
IX
Veamos ahora cuál
es la mejor constitución y la vida
mejor para la mayoría de las
ciudades y el común de los hombres, no juzgando de acuerdo con un patrón de
virtud que esté
por encima del
hombre medio, o
por una educación que requiere
dotes naturales y recursos de fortuna, ni con vistas a una
constitución a la medida de nuestro deseo, sino con
arreglo a un estilo de vida
que pueda compartir
la mayoría de
los hombres, y
a una constitución de que pueda
participar la mayoría de las
ciudades. Porque de las llamadas
aristocracias, de que acabamos de
hablar, unas caen fuera de las
posibilidades de la mayoría de
las ciudades, y otras se aproximan a la llamada república,
por lo cual debe hablarse de ambas formas como
de una sola. Y en
verdad que el
juicio en todas
estas materias proviene de
los mismos principios elementales.
Porque si en la Ética
nos hemos expresado bien al decir que
la vida feliz es la que se vive
sin impedimento de acuerdo
con la verdad, y que la virtud consiste en el término medio, síguese necesariamente
que la vida media
será la mejor, esto es, de acuerdo con el término medio al
alcance de cada
individuo. Y estos mismos
conceptos se aplican necesariamente a la virtud o vicio de la ciudad
y de su constitución, porque la constitución es como la vida
de la ciudad. En todas las ciudades, pues, hay
tres partes o clases de la ciudad; los muy ricos, los muy pobres, y en
tercer lugar los intermedios
entre unos y otros. Ahora bien, y toda vez que, según se reconoce, lo moderado y lo que está
en el medio es lo mejor, es claro que
una moderada posesión de
bienes de fortuna es
la mejor de todas. Obedecer a la
razón es lo más
fácil en estas condiciones, mientras que los
que son en
exceso bellos, fuertes,
nobles o ricos, o al contrario de éstos, en exceso
pobres o débiles, o grandemente despreciados, difícilmente se dejan
guiar por la
razón, pues los primeros
tórnanse de ordinario insolentes y grandes malvados, y
los segundos malhechores y criminales de menor cuantía, y
de los delitos
uno se cometen
por insolencia y otros por maldad
Y los de la clase media además son los menos
inclinados o a rehusar los
cargos públicos o
a procurarlos con
empeño, y una
y otra cosa son nocivas
a las ciudades. Y a más de esto,
aquellos que son muy superiores en
bienes de fortuna, fuerza, riqueza,
amigos y otros bienes de este género, ni quieren obedecer ni saben cómo
(y esta condición la adquieren
desde niños y en su hogar, pues, por la molicie en que vivieron, no contrajeron siquiera hábitos de
obediencia en la escuela);
y aquellos otros, por su
parte, que están en extrema
necesidad de los bienes dichos, son demasiado sumisos y apocados. De aquí, en
consecuencia, que estos últimos no
sepan mandar, sino ser mandados con mando servil, y que los
primeros, a su vez, no sepan obedecer a ninguna autoridad, sino sólo mandar con
mando despótico. De
esta suerte
constitúyese una ciudad
de esclavos y
señores, pero no de
hombres libres, sino de una clase
de envidiosos y otra de despreciadores, lo cual es
lo más distante
de la amistad
y de la
comunidad política. La comunidad se funda en
la amistad, pues entre enemigos no se
quieren ni siquiera ir
juntos por el
mismo camino. Ciertamente
la ciudad aspira
a componerse de elementos
iguales y semejantes
tanto como sea posible. Ahora bien, la clase media, más que otra alguna tiene esta composición. por lo cual la ciudad
fundada en dicha clase será la mejor
organizada en lo que respecta a los elementos naturales que en nuestro
concepto constituyen la ciudad. Y esta
clase de ciudadanos es también la que tiene mayor estabilidad en las
ciudades, pues ni codician como
los pobres los bienes
ajenos, ni lo suyo
es codiciado por otros como
los pobres codician lo de
los ricos; y así, por no asechar a otros
ni ser a su vez objeto de asechanzas, viven una
vida exenta de peligros. Y por esto
deseaba con razón Focílides:
En
muchas cosas los de en
medio tienen lo mejor; sea la mía
una posición media en la ciudad.
Es
manifiesto, por tanto, que la comunidad política administrada por la clase
media es la mejor, y que pueden
gobernarse bien las ciudades en
las cuales la clase media
es numerosa y más fuerte, si
es posible, que las
otras dos clases juntas, o por lo
menos que cada
una de ellas. pues
así, sumándose a cualquiera de ellas, inclina la balanza e impide los excesos de los partidos contrarios. De aquí
que la mayor fortuna para una ciudad
consiste en que sus miembros tengan un
patrimonio moderado, y
suficiente, ya que donde nos
poseen en demasía
y otros nada, vendrá o la democracia extrema o la oligarquía pura, o
bien aún, como reacción contra ambos excesos, la tiranía. De la democracia
más violenta, en efecto, así como de la oligarquía, nace la tiranía,
pero con mucha
menos frecuencia de
las formas de
gobierno intermedias y de sus
afines. La causa la diremos
más tarde al tratar de las revoluciones políticas.
que el régimen
intermedio es el mejor, es
así evidente. Es el único,
en efecto, libre de facciones, ya
que donde la
clase media es numerosa, es ínfima
la probabilidad de que se produzcan facciones y disensiones entre los
ciudadano. Y por
la misma razón
las grandes ciudades son las
menos expuestas a sediciones,
pues en
ellas es numerosa la clase media,
mientras que en las pequeñas es fácil la
división de todos en sólo dos partidos sin dejar nada en medio, y casi todos son o pobres o ricos.
Y las
democracias son más
seguras y de
más larga duración
que las oligarquías a causa de la clase
media (cuyos miembros son
más numerosos y participan más de los
honores políticos en las democracias que en las oligarquías). Mas
cuando falta la
clase media y
los pobres alcanzan un número
extremado sobreviene la adversidad y
pronto se arruinan. Como hecho
significativo debe tenerse el que los mejores legisladores hayan sido ciudadanos de clase media...
De lo
anterior resulta manifiesto
por qué la
mayor parte de
las constituciones son unas
democráticas y otras oligárquicas; lo que se debe
al hecho de que
en ellas es a menudo exigua la clase media, y cualquiera de las otras dos que
predomine -sean los que tiene la propiedad, sea el pueblo,
desplaza a la clase
media y gobierna
para sí la
república, y así nace
la democracia o la oligarquía. A más
de esto, y como se producen
disensiones y luchas entre el pueblo y los
ricos, si cualquiera de estas
facciones llega a dominar a su
contraria, no establecerá un gobierno para todos, ni igual, sino que asumirá
la dominación política
como premio de
su victoria, y constituirán unos la democracia y otros la oligarquía...
En
conclusión, y debido a estas
causas, la forma constitucional intermedia no
llega a existir jamás, o raramente en pocos
lugares; porque apenas un hombre
entre los que antiguamente tuvieron la dirección política pudo ser inducido a otorgar este
ordenamiento. Ahora, en cambio,
se ha
arraigado entre los ciudadanos el
hábito de ni siquiera desear la
igualdad, sino que o bien
procuran dominar o, si son vencidos, soportan el mando.
Por
lo anterior, se ha puesto de
manifiesto cuál es la mejor
constitución y por qué causa. Y
una vez definida esta forma mejor, no
será difícil ver, entre las demás
constituciones (puesto que afirmamos haber varias democracias y varias
oligarquías) cuál hay que
poner en primer lugar, cuál en
segundo, y cuál vendría luego por
este orden, en razón de ser una mejor y
otra peor. La que esté más cerca de la mejor constitución, será siempre
y necesariamente superior, e inferior a su vez la que más se
aleje del término medio, a no ser que
hayamos de juzgar con relación a ciertas circunstancias dadas; y hablo de
circunstancias porque a menudo aun siendo
otra constitución de suyo preferible,
nada impide que
a ciertos pueblos
les convenga más
otra constitución.


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