© Libro N° 6092.
Apología De Sócrates. Platón. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Apología De Sócrates. Platón
Versión Original: © Apología De Sócrates. Platón
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Miranda
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APOLOGÍA DE SÓCRATES
Platón
Platón
Apología de Sócrates
Obras
completas de Platón, tomo 1, Medina y Navarro, Madrid 1871, págs. 41-86
(argumento, por Azcárate: 43-47, Apología: 49-86).
La
apología puede dividirse en tres partes, cada una de las que tiene su objeto.
En
la primera parte, la que precede a la deliberación de los jueces sobre la
inocencia o la culpabilidad del acusado, Sócrates responde en general a todos
los adversarios que le han ocasionado su manera de vivir lejos de los negocios
públicos y sus conversaciones de todos los días en las plazas, en las
encrucijadas y en los paseos de Atenas. Sócrates, se decía, es un hombre
peligroso, que intenta penetrar los misterios del cielo y de la tierra, que
tiene la magia de hacer buena la peor causa, y que enseña públicamente el
secreto. Sócrates responde que jamás se ha mezclado en las cosas divinas; que
su enseñanza no era como la de los sofistas que exigían un salario, si bien
sobre este último punto no había acusación. En fin, en apoyo de esta enseñanza
popular, esforzándose en hacer ver a los unos su falsa ciencia, y a los otros
su ignorancia, invoca una misión sagrada recibida del dios de Delfos. ¿Era este
el camino de congraciarse, teniendo en frente los resentimientos profundos que
hacía mucho tiempo había excitado su punzante ironía? No; toda esta
justificación, que elude los cargos más bien que los rechaza, sólo podía servir
para aumentar la desconfianza de los jueces, prevenidos ya en su contra.
Así
es que su verdadero valor y su interés aparecen por entero en la consecuencia
moral, que Sócrates procura deducir con tanta profundidad como ironía. Dice que
[44] ha conversado sucesivamente con los poetas, con los políticos, con los
artistas y con los oradores; es decir, con los hombres que pasan por los más
hábiles y los más sabios de todos; y como ha visto en los unos y en los otros,
en medio de su exagerada pretensión a una sabiduría y a una habilidad
universales, igual incapacidad para justificarlos hasta en el dominio limitado
de su respectivo arte, declara que a sus ojos la sabiduría humana es bien poca
cosa, o más bien, que no es nada si no se inspira en la única verdadera
sabiduría, que reside en Dios, y que sólo se revela al hombre por las luces de
la razón.
Fuente:
http://www.filosofia.org/cla/pla/azf01043.htm
Yo
no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis
acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan
persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han
dicho una sola palabra que sea verdad.
Pero
de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os
han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.
Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este
momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a
menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que
pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque,
repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de
mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias
brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino
en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que
digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería
propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese
preparado un discurso.
Por
esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en
mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he
servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las
casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os
sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida
que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.
Por
lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un
extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi
país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis
aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda
la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda
la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.
Es
justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las
primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra
mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los
cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus
cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho
más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la
infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un
cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las
entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.
Los
que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque
prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se
consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por
otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están
metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que
ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes
cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les
contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a
mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que
por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que,
persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda
yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme,
os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y
me defienda sin que ningún adversario aparezca.
Considerad,
atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os
he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan
ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo
pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han
producido en vosotros más profunda impresión.
Pues
bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan
corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros
profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y
mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán
difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los
dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.
Remontémonos,
pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan
desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el
tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en
forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos.
«Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa
en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los
demás sus doctrinas.»
He
aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que
se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras
extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo,
porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno
entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión),
sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales
ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.
Los
que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a
que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de
cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores
que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si
alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía
salario, es también otra falsedad.
No
es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen
Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes
tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los
jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían
estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.
Y no
sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de
agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros,
que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de
Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los
ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias,
si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al
cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan
buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas
cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen
picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro
has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre
los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en
esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió
Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno,
Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a
Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo
a los demás.
Por
lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por
afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno
de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde
nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado
a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse
tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio
temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha
desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos
de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de
que no os diré más que la verdad. [54]
La
reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta
sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría
puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso
que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho
más que humana.
Nada
tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los
que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis,
atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada
diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de
confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os
dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en
la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado
con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán
ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el
atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que
voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le
respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está
presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero
todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos
falsos rumores, que han corrido contra mí.
Cuando
supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué
sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe
semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al
declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no
puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último,
después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa
de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la
ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para
rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me
hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de
quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad
de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el
mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo
era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna
manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este
hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
Luego
que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que
este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es
bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo
aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues,
que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no
sabia.
Desde
allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me
encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé;
fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome
violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar,
preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido
del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban
de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de
mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que
pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos
aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor
disposición para serlo.
Es
preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos
trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.
Después
de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen
tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos
se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que
ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y
les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera
de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay
remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes,
inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas.
Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino
ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los
profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de
lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me
convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si
bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos,
por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.
En
fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada
entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas
cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto
eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre
ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no
hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy
instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito
a su habilidad.
Me
pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser
tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia,
o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al
oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses,
han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han
producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de
sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre
las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo
Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo,
haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor
decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha
valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el
más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría
no es nada.»
Convencido
de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis
indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros,
para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado
tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que
ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al
servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza
a causa de este culto que rindo a Dios.
Por
otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen
a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a
todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay
que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen
saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.
Todos
aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos,
y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que
corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no
tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos
triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que
pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses,
que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la
verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que
saben, cuando no saben nada. Intrigantes, activos y numerosos, hablando de mí
con plan combinado y con una elocuencia capaz de seducir, ha largo tiempo que
os soplan al oído todas estas calumnias que han forjado contra mí, y hoy han
destacado con este objeto a Melito, Anito y Licon. Melito representa los
poetas, Anito los políticos y artistas y Licon los oradores. Esta es la razón
porque, como os dije al principio, tendría por un gran milagro, si en tan poco
espacio pudiese destruir una calumnia, que ha tenido tanto tiempo para echar
raíces y fortificarse en vuestro espíritu.
He
aquí, atenienses, la verdad pura; no os oculto ni disfrazo nada, aun cuando no
ignoro que cuanto digo no hace más que envenenar la llaga; y esto prueba que
digo la verdad, y que tal es el origen de estas calumnias. Cuantas veces
queráis tomar el trabajo de profundizarlas, sea ahora o sea más adelante, os
convenceréis plenamente de que es este el origen. Aquí tenéis una apología [59]
que considero suficiente contra mis primeras acusaciones.
Pasemos
ahora a los últimos, y tratemos de responder a Melito, a este hombre de bien,
tan llevado, si hemos de creerle, por el amor a la patria. Repitamos esta
última acusación, como hemos enunciado la primera. Hela aquí, poco más o menos:
Sócrates es culpable, porque corrompe a los jóvenes, porque no cree en los
dioses del Estado, y porque en lugar de éstos pone divinidades nuevas bajo el
nombre de demonios.
He
aquí la acusación. La examinaremos punto por punto. Dice que soy culpable
porque corrompo la juventud; y yo, atenienses, digo que el culpable es Melito,
en cuanto, burlándose de las cosas serias, tiene la particular complacencia de
arrastrar a otros ante el tribunal, queriendo figurar que se desvela mucho por
cosas por las que jamás ha hecho ni el más pequeño sacrificio y voy a
probároslo.
Ven
acá, Melito, dime: ¿ha habido nada que te haya preocupado más que el hacer los
jóvenes lo más virtuosos posible?
Melito
Nada,
indudablemente.
Sócrates
Pues
bien; di a los jueces cuál será el hombre que mejorará la condición de los
jóvenes. Porque no puede dudarse que tú lo sabes, puesto que tanto te preocupa
esta idea. En efecto, puesto que has encontrado al que los corrompe, y hasta le
has denunciado ante los jueces, es preciso que digas quién los hará mejores.
Habla; veamos quién es.
Lo
ves ahora, Melito; tú callas; estás perplejo, y no sabes qué responder. ¿Y no
te parece esto vergonzoso? ¿No es una prueba cierta de que jamás ha sido objeto
de tu cuidado la educación de la juventud? Pero, repito, [60] excelente Melito,
¿quién es el que puede hacer mejores a los jóvenes?
Melito
Las
leyes.
Sócrates
Melito,
no es eso lo que pregunto. Yo te pregunto quién es el hombre; porque es claro
que la primer cosa que este hombre debe saber son las leyes.
Melito
Son,
Sócrates, los jueces aquí reunidos.
Sócrates
¡Cómo,
Melito! ¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?
Melito
Sí,
ciertamente.
Sócrates
¿Pero
son todos estos jueces, o hay entre ellos unos que pueden y otros que no
pueden?
Melito
Todos
pueden.
Sócrates
Perfectamente,
¡por Juno!, nos has dado un buen número de buenos preceptores. Pero pasemos
adelante. Estos oyentes que nos escuchan, ¿pueden también hacer los jóvenes
mejores, o no pueden?
Melito
Pueden.
Sócrates
¿Y
los senadores?
Melito
Los
senadores lo mismo.
Sócrates
Pero,
mi querido Melito, todos los que vienen a las asambleas del pueblo, ¿corrompen
igualmente a los jóvenes o son capaces de hacerlos mejores? [61]
Melito
Todos
son capaces.
Sócrates
Se
sigue de aquí, que todos los atenienses pueden hacer los jóvenes mejores, menos
yo; sólo yo los corrompo; ¿no es esto lo que dices?
Melito
Lo
mismo.
Sócrates
Verdaderamente,
¡buena desgracia es la mía! Pero continúa respondiéndome. ¿Te parece que
sucederá lo mismo con los caballos? ¿Pueden todos los hombres hacerlos mejores,
y que sólo uno tenga el secreto de echarlos a perder? ¿O es todo lo contrario
lo que sucede? ¿Es uno solo o hay un cierto número de picadores que puedan
hacerlos mejores? ¿Y el resto de los hombres, si se sirven de ellos, no los
echan a perder? ¿No sucede esto mismo con todos los animales? Sí, sin duda; ya
convengáis en ello Anito y tú o no convengáis. Porque sería una gran fortuna y
gran ventaja para la juventud, que sólo hubiese un hombre capaz de corromperla,
y que todos los demás la pusiesen en buen camino. Pero tú has probado
suficientemente, Melito, que la educación de la juventud no es cosa que te haya
quitado el sueño, y tus discursos acreditan claramente, que jamás te has
ocupado de lo mismo que motiva tu acusación contra mí.
Por
otra parte te suplico, ¡por Júpiter!, Melito, me respondas a esto. —Cuál es
mejor, ¿habitar con hombres de bien o habitar con pícaros? Respóndeme, amigo
mío; porque mi pregunta no puede ofrecer dificultad. ¿No es cierto que los
pícaros causan siempre mal a los que los tratan, y que los hombres de bien
producen a los mismos un efecto contrario?
Melito
Sin
duda. [62]
Sócrates
Hay
alguno que prefiera recibir daño de aquellos con quienes trata a recibir
utilidad. Respóndeme, porque la ley manda que me respondas. ¿Hay alguno que
quiera más recibir mal que bien?
Melito
No,
no hay nadie.
Sócrates
Pero
veamos; cuando me acusas de corromper la juventud y de hacerla más mala,
¿sostienes que lo hago con conocimiento o sin quererlo?
Melito
Con
conocimiento.
Sócrates
Tú
eres joven y yo anciano. ¿Es posible que tu sabiduría supere tanto a la mía,
que sabiendo tú que el roce con los malos causa mal, y el roce con los buenos
causa bien, me supongas tan ignorante, que no sepa que si convierto en malos
los que me rodean, me expongo a recibir mal, y que a pesar de esto insista y
persista, queriéndolo y sabiéndolo? En este punto, Melito, yo no te creo ni
pienso que haya en el mundo quien pueda creerte. Una de dos, o yo no corrompo a
los jóvenes, o si los corrompo lo hago sin saberlo y a pesar mío, y de
cualquiera manera que sea eres un calumniador. Si corrompo a la juventud a
pesar mío, la ley no permite citar a nadie ante el tribunal por faltas
involuntarias, sino que lo que quiere es, que se llama aparte a los que las
cometen, que se los reprenda, y que se los instruya; porque es bien seguro, que
estando instruido cesaría de hacer lo que hago a pesar mío. Pero tú, con
intención. lejos de verme e instruirme, me arrastras ante este tribunal, donde
la ley quiere que se cite a los que merecen castigos, pero no a los que sólo
tienen necesidad de prevenciones. Así, atenienses, he aquí una prueba evidente,
como os decía antes, de que Melito [63] jamás ha tenido cuidado de estas cosas,
jamás ha pensado en ellas.
Sin
embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu
denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y
enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras
divinidades? ¿No es esto lo que dices?
Melito
Sí,
es lo mismo.
Sócrates
Melito,
en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera
un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si
me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay
dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos
dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de
que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan
ninguno?
Melito
Te
acuso de no reconocer ningún Dios.
Sócrates
¡Oh
maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás
hombres que el sol y la luna son dioses?
Melito
No,
¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y
la luna una tierra.
Sócrates
¿Pero
tú acusas a Anaxagoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los
crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de
Anaxagoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo
demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían
ir a oír todos [64] los días a la Orquesta, por un dracma a lo más? ¡Magnífica
ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese
doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime
en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?
Melito
Sí,
¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.
Sócrates
Dices,
Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi
entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado
esta acusación sino para insultarme, con toda la audacia de un imberbe, porque
justamente sólo ha venido aquí para tentarme y proponerme un enigma, diciéndose
a sí mismo: —Veamos, si Sócrates, este hombre que pasa por tan sabio, reconoce
que burlo y que digo cosas que se contradicen, o si consigo engañar, no sólo a
él, sino a todos los presentes. Efectivamente se contradice en su acusación,
porque es como si dijera: —Sócrates es culpable en cuanto no reconoce dioses y
en cuanto los reconoce. —¿Y no es esto burlarse? Así lo juzgo yo. Seguidme,
pues, atenienses, os lo suplico, y como os dije al principio, no os irritéis
contra mí, si os hablo a mi manera ordinaria.
Respóndeme,
Melito. ¿Hay alguno en el mundo que crea que hay cosas humanas y que no hay
hombres? Jueces, mandad que responda, y que no haga tanto ruido. ¿Hay quien
crea que hay reglas para enseñar a los caballos, y que no hay caballos? ¿Que
hay tocadores de flauta, y que no hay aires de flauta? No hay nadie, excelente
Melito. Yo responderé por ti si no quieres responder. Pero dime: ¿hay alguno
que crea en cosas propias de los demonios, y que, sin embargo, crea que no hay
demonios? [65]
Melito
No,
sin duda.
Sócrates
¡Qué
trabajo ha costado arrancarte esta confesión! Al cabo respondes, pero es
preciso que los jueces te fuercen a ello. ¿Dices que reconozco y enseño cosas
propias de los demonios? Ya sean viejas o nuevas, siempre es cierto por tu voto
propio, que yo creo en cosas tocantes a los demonios, y así lo has jurado en tu
acusación. Si creo en cosas demoníacas, necesariamente creo en los demonios;
¿no es así? Sí, sin duda; porque tomo tu silencio por un consentimiento. ¿Y
estos demonios no estamos convencidos de que son dioses o hijos de dioses? ¿Es
así, sí o no?
Melito
Sí.
Sócrates
Por
consiguiente, puesto que yo creo en los demonios, según tu misma confesión, y
que los demonios son dioses, he aquí la prueba de lo que yo decía, de que tú
nos proponías enigmas para divertirte a mis expensas, diciendo que no creo en
los dioses, y que, sin embargo, creo en los dioses, puesto que creo en los
demonios. Y si los demonios son hijos de los dioses, hijos bastardos, si se
quiere, puesto que se dice que han sido habidos de ninfas o de otros seres
mortales, ¿quién es el hombre que pueda creer que hay hijos de dioses, y que no
hay dioses? Esto es tan absurdo como creer que hay mulos nacidos de caballos y
asnos, y que no hay caballos ni asnos. Así, Melito, no puede menos de que hayas
intentado esta acusación contra mí, por sólo probarme, y a falta de pretexto
legítimo, por arrastrarme ante el tribunal; porque a nadie que tenga sentido
común puedes persuadir jamás de que el hombre que cree que hay cosas
concernientes a los dioses y a los demonios, pueda creer, [66] sin embargo, que
no hay ni demonios, ni dioses, ni héroes; esto es absolutamente imposible. Pero
no tengo necesidad de extenderme más en mi defensa, atenienses, y lo que acabo
de decir basta para hacer ver que no soy culpable, y que la acusación de Melito
carece de fundamento.
Estad
persuadidos, atenienses, de lo que os dije en un principio; de que me he
atraído muchos odios, que esta es la verdad, y que lo que me perderá, si
sucumbo, no será ni Melito ni Anito, será este odio, esta envidia del pueblo
que hace víctimas a tantos hombres de bien, y que harán perecer en lo sucesivo
a muchos más; porque no hay que esperar que se satisfagan con el sacrificio
sólo de mi persona.
Quizá
me dirá alguno: ¿No tienes remordimiento, Sócrates, en haberte consagrado a un
estudio que te pone en este momento en peligro de muerte? A este hombre le daré
una respuesta muy decisiva, y le diré que se engaña mucho al creer que un
hombre de valor tome en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único
que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o
injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado. De otra manera se
seguiría que los semidioses que murieron en el sitio de Troya debieron ser los
más insensatos, y particularmente el hijo de Fhetis, que, para evitar su
deshonra, despreció el peligro hasta el punto, que impaciente por matar a
Héctor y requerido por la Diosa su madre, que le dijo, si mal no me acuerdo:
Hijo mío, si vengas la muerte de Patroclo, tu amigo, matando a Héctor, tu
morirás porque
Tu
muerte debe seguir a la de Héctor;
él,
después de esta amenaza, despreciando el peligro y la muerte y temiendo más
vivir como un cobarde, sin vengar a sus amigos, [67]
¡Que
yo muera al instante!{3}
gritó,
con tal que castigue al asesino de Patroclo, y que no quede yo deshonrado.
Sentado
en mis buques, peso inútil sobre la tierra.{4}
¿Os
parece que se inquietaba Fhetis del peligro de la muerte? Es una verdad
constante, atenienses, que todo hombre que ha escogido un puesto que ha creído
honroso, o que ha sido colocado en él por sus superiores, debe mantenerse
firme, y no debe temer ni la muerte, ni lo que haya de más terrible,
anteponiendo a todo el honor.
Me
conduciría de una manera singular y extraña, atenienses, si después de haber
guardado fielmente todos los puestos a que me han destinado nuestros generales
en Potidea, en Anfipolis y en Delio{5} y de haber expuesto mi vida tantas
veces, ahora que el Dios me ha ordenado, porque así lo creo, pasar mis días en
el estudio de la filosofía, estudiándome a mí mismo y estudiando a los demás,
abandonase este puesto por miedo a la muerte o a cualquier otro peligro.
Verdaderamente esta sería una deserción criminal, y me haría acreedor a que se
me citara ante este tribunal como un impío, que no cree en los dioses, que
desobedece al oráculo, que teme la muerte y que se cree sabio, y que no lo es.
Porque temer la muerte, atenienses, no es otra cosa que creerse sabio sin
serlo, y creer conocer lo que no se sabe. En efecto, nadie conoce la muerte, ni
sabe si es el mayor de los bienes para el hombre. Sin embargo, se la teme, como
si se [68] supiese con certeza que es el mayor de todos los males. ¡Ah! ¿No es
una ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce?
Respecto
a mí, atenienses, quizá soy en esto muy diferente de todos los demás hombres, y
si en algo parezco más sabio que ellos, es porque no sabiendo lo que nos espera
más allá de la muerte, digo y sostengo que no lo sé. Lo que sé de cierto es que
cometer injusticias y desobedecer al que es mejor y está por cima de nosotros,
sea Dios, sea hombre, es lo más criminal y lo más vergonzoso. Por lo mismo yo
no temeré ni huiré nunca de males que no conozco y que son quizá verdaderos
bienes; pero temeré y huiré siempre de males que sé con certeza que son
verdaderos males.
Si,
a pesar de las instancias de Anito, quien ha manifestado, que o no haberme
traído ante el tribunal, o que una vez llamado no podéis vosotros dispensaros
de hacerme morir, porque, dice, que si me escapase de la muerte, vuestros
hijos, que son ya afectos a la doctrina de Sócrates, serian irremisiblemente
corrompidos, me dijeseis: Sócrates, en nada estimamos la acusación de Anito, y
te declaramos absuelto; pero es a condición de que cesarás de filosofar y de
hacer tus indagaciones acostumbradas; y si reincides, y llega a descubrirse, tú
morirás; si me dieseis libertad bajo estas condiciones, os respondería sin
dudar: Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a
vosotros, y mientras yo viva no cesaré de filosofar, dándoos siempre consejos,
volviendo a mi vida ordinaria, y diciendo a cada uno de vosotros cuando os
encuentre: buen hombre, ¿cómo siendo ateniense y ciudadano de la más grande
ciudad del mundo por su sabiduría y por su valor, cómo no te avergüenzas de no
haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, de
despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no [69] trabajar
para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Y si alguno me niega que se
halla en este estado, y sostiene que tiene cuidado de su alma, no se lo negaré
al pronto, pero le interrogaré, le examinaré, le refutaré; y si encuentro que
no es virtuoso, pero que aparenta serlo, le echaré en cara que prefiere cosas
tan abyectas y tan perecibles a las que son de un precio inestimable.
He
aquí de qué manera hablaré a los jóvenes y a los viejos, a los ciudadanos y a
los extranjeros, pero principalmente a los ciudadanos; porque vosotros me
tocáis más de cerca, porque es preciso que sepáis que esto es lo que el Dios me
ordena, y estoy persuadido de que el mayor bien, que ha disfrutado esta ciudad,
es este servicio continuo que yo rindo al Dios. Toda mi ocupación es trabajar
para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de
las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su
perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las
riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es
de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
Si
diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean
una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os
impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo
hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque
hubiera de morir mil veces... Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la
gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que
no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá
os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad
persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de
declarar, el mal [70] no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden
causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me
harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de
mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus
amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los
males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer
morir un inocente.
En
este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo
que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a
vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que
os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano
que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula)
como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y
que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy
yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos
los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses,
difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si
queréis creerme, me salvareis la vida.
Pero
quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la
pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que
pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el
Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a
mí.
Que
ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil
inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el
hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por
consagrarme a los vuestros, [71] dirigiéndome a cada uno de vosotros en
particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin
cesar a que practiquéis la virtud.
Si
yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que
decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado
con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para
probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en
prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi
pobreza.
Quizá
parecerá absurdo que me haya entrometido a dar a cada uno en particular
lecciones, y que jamás me haya atrevido a presentarme en vuestras asambleas,
para dar mis consejos a la patria. Quien me lo ha impedido, atenienses, ha sido
este demonio familiar, esta voz divina de que tantas veces os he hablado, y que
ha servido a Melito para formar donosamente un capítulo de acusación. Este
demonio se ha pegado a mí desde mi infancia; es una voz que no se hace escuchar
sino cuando quiere separarme de lo que he resuelto hacer, porque jamás me
excita a emprender nada. Ella es la que se me ha opuesto siempre, cuando he
querido mezclarme en los negocios de la república; y ha tenido razón, porque ha
largo tiempo, creedme atenienses, que yo no existiría, si me hubiera mezclado
en los negocios públicos, y no hubiera podido hacer las cosas que he hecho en
beneficio vuestro y el mío. No os enfadéis, os suplico, si no os oculto nada;
todo hombre que quiera oponerse franca y generosamente a todo un pueblo, sea el
vuestro o cualquiera otro, y que se empeñe en evitar que se cometan iniquidades
en la república, no lo hará jamás impunemente. Es preciso de toda necesidad,
que el que quiere combatir por la justicia, por poco que quiera vivir, sea sólo
simple particular y no hombre público. Voy a daros pruebas magníficas [72] de
esta verdad, no con palabras, sino con otro recurso que estimáis más, con
hechos.
Oíd
lo que a mí mismo me ha sucedido, para que así conozcáis cuán incapaz soy de
someterme a nadie yendo contra lo que es justo por temor a la muerte, y como no
cediendo nunca, es imposible que deje yo de ser víctima de la injusticia. Os
referiré cosas poco agradables, mucho más en boca de un hombre, que tiene que
hacer su apología, pero que son muy verdaderas.
Ya
sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan
sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno
en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un
contesto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los
ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas{6}; injusticia que
reconocéis y de la que os arrepentisteis despees. entonces fui el único senador
que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes.
Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban
para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más
correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan
insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
Esto
acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se
estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros
cuatro y a mí a Tolos{7}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León
el salaminiano, para hacerle morir, [73] porque daban estas ordenes a muchas
personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus
iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la
muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado
consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos
treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para
que me manchara con tan impía iniquidad.
Cuando
salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y
yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi
desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de
aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de
mi veracidad.
¿Creéis
que hubiera yo vivido tantos años si me hubiera mezclado en los negocios de la
república, y como hombre de bien hubiera combatido toda clase de intereses
bastardos, para dedicarme exclusivamente a defender la justicia? Esperanza
vana, atenienses; ni yo ni ningún otro hubiera podido hacerlo. Pero la única
cosa que me he propuesto toda mi vida en público y en particular es no ceder
ante nadie, sea quien fuere, contra la justicia, ni ante esos mismos tiranos
que mis calumniadores quieren convertir en mis discípulos.
Jamás
he tenido por oficio el enseñar, y si ha habido algunos jóvenes o ancianos que
han tenido deseo de verme a la obra y oír mis conversaciones, no les he negado
esta satisfacción, porque como no es mercenario mi oficio, no rehúso el hablar,
aun cuando con nada se me retribuye y estoy dispuesto siempre a espontanearme
con ricos y pobres, dándoles toda anchura para que me pregunten, y, si lo
prefieren, para que me respondan a las cuestiones que yo suscite. [74]
Y si
entre ellos hay algunos que se han hecho hombres de bien o pícaros, no hay que
alabarme ni reprenderme por ello, porque no soy yo la causa, puesto que jamás
he prometido enseñarles nada, y de hecho nada les he enseñado; y si alguno se
alaba de haber recibido lecciones privadas u oído de mí cosas distintas de las
que digo públicamente a todo el mundo, estad persuadidos de que no dice la
verdad.
Ya
sabéis, atenienses, por qué la mayor parte de las gentes gustan escucharme y
conversar detenidamente conmigo; os he dicho la verdad pura, y es porque tienen
singular placer en combatir con gentes que se tienen por sabias y que no lo
son; combates que no son desagradables para los que los dirigen. Como os dije
antes, es el Dios mismo el que me ha dado esta orden por medio de oráculos, por
sueños y por todos los demás medios de que la Divinidad puede valerse para
hacer saber a los hombres su voluntad.
Si
lo que digo no fuese cierto, os sería fácil convencerme de ello; porque si yo
corrompía los jóvenes, y de hecho estuviesen ya corrompidos, sería preciso que
los más avanzados en edad, y que saben en conciencia que les he dado
perniciosos consejos en su juventud, se levantasen contra mí y me hiciesen
castigar; y si no querían hacerlo, sería un deber en sus parientes, como sus
padres, sus hermanos, sus tíos, venir a pedir venganza contra el corruptor de
sus hijos, de sus sobrinos, de sus hermanos. Veo muchos que están presentes,
como Criton, que es de mi pueblo y de mi edad, padre de Critobulo, que aquí se
halla; Lisanias de Sfettios, padre de Esquines, también presente; Antifon,
también del pueblo de Cefisa y padre de Epigenes; y muchos otros, cuyos hermanos
han estado en relación conmigo, como Nicostrates, hijo de Zotidas y hermano de
Teodoto, que ha muerto y que por lo tanto no tiene necesidad del socorro [75]
de su hermano. Veo también a Parales, hijo de Demodoco y hermano de Teages;
Adimanto, hijo de Ariston con su hermano Platón, que tenéis delante; Eartodoro,
hermano de Apolodoro{8} y muchos más, entre los cuales está obligado Melito a
tomar por lo menos uno o dos para testigos de su causa.
Si
no ha pensado en ello, aún es tiempo; yo le permito hacerlo; que diga, pues, si
puede; pero no puede, atenienses. Veréis que todos estos están dispuestos a
defenderme, a mí que he corrompido y perdido enteramente a sus hijos y
hermanos, si hemos de creer a Melito y a Anito. No quiero hacer valer la
protección de los que he corrompido, porque podrían tener sus razones para
defenderme; pero sus padres, que no he seducido y que tienen ya cierta edad,
¿qué otra razón pueden tener para protegerme más que mi derecho y mi inocencia?
¿No saben que Melito es un hombre engañoso, y que yo no digo más que la verdad?
He aquí, atenienses, las razones de que puedo valerme para mi defensa; las
demás que paso en silencio son de la misma naturaleza.
Pero
quizá habrá alguno entre vosotros, que acordándose de haber estado en el puesto
en que yo me hallo, se irritará contra mí, porque peligros mucho menores los ha
conjurado, suplicando a sus jueces con lágrimas, y, para excitar más la
compasión, haciendo venir aquí sus hijos, sus parientes y sus amigos, mientras
que yo no he querido recurrir a semejante aparato, a pesar de las señales que
se advierten de que corro el mayor de todos los peligros. Quizá presentándose a
su espíritu esta diferencia, les agriará contra mí, y dando en tal situación su
voto, le darán con indignación. [76] Si hay alguno que abrigue estos
sentimientos, lo que no creo, y sólo lo digo en hipótesis, la excusa más
racional de que puedo valerme con él es decirle: amigo mío, tengo también
parientes, porque para servirme de la expresión de Homero,
Yo
no he salido de una encina o de una roca{9}
sino
que he nacido como los demás hombres. De suerte, atenienses, que tengo
parientes y tengo tres hijos, de los cuales el mayor está en la adolescencia y
los otros dos en la infancia, y sin embargo, no les haré comparecer aquí para
comprometeros a que me absolváis.
¿Por
qué no lo haré? No es por una terquedad altanera, ni por desprecio hacia
vosotros; y dejo a un lado si miro la muerte con intrepidez o con debilidad,
porque esta es otra cuestión; sino que es por vuestro honor y por el de toda la
ciudad. No me parece regular ni honesto que vaya yo a emplear esta clase de
medios a la edad que tengo y con toda mi reputación verdadera o falsa; basta
que la opinión generalmente recibida sea que Sócrates tiene alguna ventaja
sobre la mayor parte de los hombres. Si los que entre vosotros pasan por ser
superiores a los demás por su sabiduría, su valor o por cualquiera otra virtud
se rebajasen de esta manera, me avergüenzo decirlo, como muchos que he visto,
que habiendo pasado por grandes personajes, hacían, sin embargo, cosas de una
bajeza sorprendente cuando se los juzgaba, como si estuviesen persuadidos de
que sería para ellos un gran mal si les hacían morir, y de que se harían
inmortales si los absolvían; repito que obrando así, harían la mayor afrenta a
esta ciudad, porque darían lugar a que los extranjeros creyeran, que los más
virtuosos, de entre los atenienses, preferidos para obtener los más altos
honores y dignidades [77] por elección de los demás, en nada se diferenciaban
de miserables mujeres; y esto no debéis hacerlo, atenienses, vosotros que
habéis alcanzado tanta nombradía; y si quisiéramos hacerlo, estáis obligados a
impedirlo y declarar que condenareis más pronto a aquel que recurra a estas
escenas trágicas para mover a compasión, poniendo en ridículo vuestra ciudad,
que a aquel que espere tranquilamente la sentencia que pronunciéis.
Pero
sin hablar de la opinión, atenienses, no me parece justo suplicar al juez ni
hacerse absolver a fuerza de súplicas. Es preciso persuadirle y convencerle,
porque el juez no está sentado en su silla para complacer violando la ley, sino
para hacer justicia obedeciéndola. Así es como lo ha ofrecido por juramento, y
no está en su poder hacer gracia a quien le agrade, porque está en la
obligación de hacer justicia. No es conveniente que os acostumbremos al
perjurio, ni vosotros debéis dejaros acostumbrar; porque los unos y los otros
seremos igualmente culpables para con los dioses.
No
esperéis de mí, atenienses, que yo recurra para con vosotros a cosas que no
tengo por buenas, ni justas, ni piadosas, y menos que lo haga en una ocasión en
que me veo acusado de impiedad por Melito; porque si os ablandase con mis
súplicas y os forzase a violar vuestro juramento, sería evidente que os
enseñaría a no creer en los dioses, y, queriendo justificarme, probaría contra
mí mismo, que no creo en ellos. Pero es una fortuna atenienses, que esté yo en
esta creencia. Estoy más persuadido de la existencia de Dios que ninguno de mis
acusadores; y es tan grande la persuasión, que me entrego a vosotros y al Dios
de Delfos, a fin de que me juzguéis como creáis mejor para vosotros y para mí.
[78]
(Terminada
la defensa de Sócrates, los jueces, que eran 556, procedieron a la votación y
resultaron 281 votos en contra y 275 en favor; y Sócrates, condenado por una
mayoría de seis votos, tomó la palabra y dijo:)
No
creáis, atenienses, que me haya conmovido el fallo que acabáis de pronunciar
contra mí, y esto por muchas razones; la principal, porque ya estaba preparado
para recibir este golpe. Mucho más sorprendido estoy con el número de votantes
en pro y en contra, y no esperaba verme condenado por tan escaso número de
votos. Advierto que sólo por tres votos no he sido absuelto. Ahora veo que me
he librado de las manos de Melito; y no sólo librado, sino que os consta a
todos que si Anito y Licon no se hubieran levantado para acusarme, Melito
hubiera pagado 6.000 dracmas{10} por no haber obtenido la quinta parte de
votos.
Melito
me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena{11} me juzgaré digno?
Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál
es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas
buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás
buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los
empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en
ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser
conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de
medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna
profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en [79] provecho vuestro y
en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en
particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las
cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros
más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la
existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y
así de lo demás.
Dicho
esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis
verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un
hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro
bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en
exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el
Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el
premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos{12}; porque
éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la
apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de
este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una
recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el
Pritaneo.
Al
hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y
arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada
de eso.
El
motivo que tengo es, atenienses, que abrigo la convicción de no haber hecho
jamás el menor daño a nadie queriéndolo y sabiéndolo. No puedo hoy persuadiros
de ello, porque el tiempo que me queda es muy corto. Si [80] tuvieseis una ley
que ordenase que un juicio de muerte durara muchos días, como se practica en
otras partes, y no uno solo, estoy persuadido que os convencería. ¿Pero qué
medio hay para destruir tantas calumnias en un tan corto espacio de tiempo?
Estando convencidísimo de que no he hecho daño a nadie, ¿cómo he de hacérmelo a
mí mismo, confesando que merezco ser castigado, e imponiéndome a mí mismo una
pena? ¡Qué! ¿Por no sufrir el suplicio a que me condena Melito, suplicio que
verdaderamente no sé si es un bien o un mal, iré yo a escoger alguna de esas
penas, que sé con certeza que es un mal, y me condenaré yo mismo a ella? ¿Será
quizá una prisión perpetua? ¿Y qué significa vivir siempre yo esclavo de los
Once?{13} ¿Será una multa y prisión hasta que la haya pagado? Esto equivale a
lo anterior, porque no tengo con qué pagarla. ¿Me condenaré a destierro? Quizá
confirmaríais mi sentencia. Pero era necesario que me obcecara bien el amor a
la vida, atenienses, si no viera que si vosotros, que sois mis conciudadanos,
no habéis podido sufrir mis conversaciones ni mis máximas, y de tal manera os
han irritado que no habéis parado hasta deshaceros de mí, con mucha más razón
los de otros países no podrían sufrirme. ¡Preciosa vida para Sócrates, si a sus
años, arrojado de Atenas, se viera errante de ciudad en ciudad como un
vagabundo y como un proscrito! Sé bien, que, a do quiera que vaya, los jóvenes
me escucharán, como me escuchan en Atenas; pero si los rechazo harán que sus
padres me destierren; y si no los rechazo, sus padres y parientes me arrojarán
por causa de ellos.
Pero
me dirá quizá alguno: —¡Qué!, Sócrates, ¿si marchas desterrado no podrás
mantenerte en reposo y guardar silencio? Ya veo que este punto es de los más
[81] difíciles para hacerlo comprender a alguno de vosotros, porque si os digo
que callar en el destierro sería desobedecer a Dios, y que por esta razón me es
imposible guardar silencio, no me creeríais y miraríais esto como una ironía; y
si por otra parte os dijese que el mayor bien del hombre es hablar de la virtud
todos los días de su vida y conversar sobre todas las demás cosas que han sido
objeto de mis discursos, ya sea examinándome a mí mismo, ya examinando a los
demás, porque una vida sin examen no es vida, aún me creeríais menos. Así es la
verdad, atenienses, por más que se os resista creerla. En fin, no estoy
acostumbrado a juzgarme acreedor a ninguna pena. Verdaderamente si fuese rico,
me condenaría a una multa tal, que pudiera pagarla, porque esto no me causaría
ningún perjuicio; pero no puedo, porque nada tengo, a menos que no queráis que
la multa sea proporcionada a mi indigencia, y en este concepto podría
extenderme hasta una mina de plata, y a esto es a lo que yo me condeno. Pero
Platón, que está presente, Criton, Critobulo y Apolodoro; quieren que me
extienda hasta treinta minas, de que ellos responden. Me condeno pues a treinta
minas, y he aquí mis fiadores, que ciertamente son de mucho abono.
(Habiéndose
Sócrates condenado a sí mismo a la multa por obedecer a la ley, los jueces
deliberaron y le condenaron a muerte, y entonces Sócrates tomó la palabra y
dijo:)
En
verdad, atenienses, por demasiada impaciencia y precipitación vais a cargar con
un baldón y dar lugar a vuestros envidiosos enemigos a que acusen a la
república de haber hecho morir a Sócrates, a este hombre sabio, porque para
agravar vuestra vergonzosa situación, ellos me llamarán sabio aunque no lo sea.
En lugar de que si [82] hubieseis tenido un tanto de paciencia, mi muerte venía
de suyo, y hubieseis conseguido vuestro objeto, porque ya veis que en la edad
que tengo estoy bien cerca de la muerte. No digo esto por todos los jueces,
sino tan sólo por los que me han condenado a muerte, y a ellos es a quienes me
dirijo. ¿Creéis que yo hubiera sido condenado, si no hubiera reparado en los
medios para defenderme? ¿Creéis que me hubieran faltado palabras insinuantes y
persuasivas? No son las palabras, atenienses, las que me han faltado; es la
impudencia de no haberos dicho cosas que hubierais gustado mucho de oír.
Hubiera sido para vosotros una gran satisfacción haberme visto lamentar,
suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que estáis viendo
todos los días en los acusados. Pero en medio del peligro, no he creído que
debía rebajarme a un hecho tan cobarde y tan vergonzoso, y después de vuestra
sentencia no me arrepiento de no haber cometido esta indignidad, porque quiero
más morir después de haberme defendido como me he defendido, que vivir por
haberme arrastrado ante vosotros. Ni en los tribunales de justicia, ni en medio
de la guerra, debe el hombre honrado salvar su vida por tales medios. Sucede
muchas veces en los combates, que se puede salvar la vida muy fácilmente,
arrojando las armas y pidiendo cuartel al enemigo, y lo mismo sucede en todos
los demás peligros; hay mil expedientes para evitar la muerte; cuando está uno
en posición de poder decirlo todo o hacerlo todo. ¡Ah! Atenienses, no es lo
difícil evitar la muerte; lo es mucho más evitar la deshonra, que marcha más
ligera que la muerte. Esta es la razón, porque, viejo y pesado como estoy, me
he dejado llevar por la más pesada de las dos, la muerte; mientras que la más
ligera, el crimen, esta adherida a mis acusadores, que tienen vigor y ligereza.
Yo voy a sufrir la muerte, a la que me habéis condenado, pero ellos sufrirán la
iniquidad y la infamia a que la [83] verdad les condena. Con respecto a mí, me
atengo a mi castigo, y ellos se atendrán al suyo. En efecto, quizá las cosas
han debido pasar así, y en mi opinión no han podido pasar de mejor modo.
¡Oh
vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os
sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en
que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros
que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será,
¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo
habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida,
pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
Se
levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han
estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero
después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto
que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta
matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os
engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible.
La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres,
sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego
a sus propios remordimientos.
Con
respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses,
conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén
ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir. Concededme, os
suplico, un momento de atención, porque nada impide que conversemos juntos,
puesto que da tiempo: Quiero deciros, como amigos, una cosa que acaba de
sucederme, y explicaros lo que significa. Sí, jueces míos, (y llamándoos así no
me engaño en el nombre) me [84] ha sucedido hoy una cosa muy maravillosa. La
voz divina de mi demonio familiar que me hacía advertencias tantas veces, y que
en las menores ocasiones no dejaba jamás de separarme de todo lo malo que iba a
emprender, hoy, que me sucede lo que veis, y lo que la mayor parte de los
hombres tienen por el mayor de todos los males, esta voz no me ha dicho nada,
ni esta mañana cuando salí de casa, ni cuando he venido al tribunal, ni cuando
he comenzado a hablares. Sin embargo, me ha sucedido muchas veces, que me ha
interrumpido en medio de mis discursos, y hoy a nada se ha opuesto, haya dicho
o hecho yo lo que quisiera. ¿Qué puede significar esto? Voy a decíroslo. Es que
hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin
duda, si creemos que la muerte es un mal. Una prueba evidente de ello es que si
yo no hubiese de realizar hoy algún bien, el Dios no hubiera dejado de
advertírmelo como acostumbra.
Profundicemos
un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de
que la muerte es un bien.
Es
preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una
privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un
lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que
no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte?
Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna
inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos
los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a
decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices
que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no
el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si
la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un [86] bien; porque
entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.
Pero
si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo
está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede
imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este
mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que
hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás
semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más
dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo,
Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces.
¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con
Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han
sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con
las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí
los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir
los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son. ¿Hay
alguno, jueces míos, que no diese todo lo que tiene en el mundo por examinar al
que condujo un numeroso ejército contra Troya o Ulises o Sisifo y tantos otros,
hombres y mujeres, cuya conversación y examen serían una felicidad
inexplicable? Estos no harían morir a nadie por este examen, porque además de
que son más dichosos que nosotros en todas las cosas, gozan de la inmortalidad,
si hemos de creer lo que se dice.
Esta
es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de
la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de
bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen
siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este
momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor
partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de
esta vida. He aquí por qué la voz divina nada me ha dicho este día. No tengo
ningún resentimiento contra mis acusadores, ni contra los que me han condenado,
aun cuando no haya sido su intención hacerme un bien, sino por el contrario
hacerme un mal, lo que sería un motivo para quejarme de ellos. Pero sólo una
gracia tengo que pedirles. Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los
hostiguéis, los atormentéis, como yo os he atormentado a vosotros, si veis que
prefieren las riquezas a la virtud, y que se creen algo cuando no son nada; no
dejéis de sacarlos a la vergüenza, si no se aplican a lo que deben aplicarse, y
creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros. Si me
concedéis esta gracia, lo mismo yo que mis hijos no podremos menos de alabar
vuestra justicia. Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para
morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte?
Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.
———
{1}
Los últimos acusadores de Sócrates fueron Anito, que murió después lapidado en
el Ponto, Licon, que sostuvo la acusación, y Melito. Véase a Eutifron.
{2}
Se llamaban así los poetas que hacían himnos en honor de Baco.
{3}
Homero, Iliada, lib. 18, v. 96-98.
{4}
Homero, Iliada, lib. 18, v. 104.
{5}
Sócrates se distinguió por su valor en los dos primeros sitios, y en la batalla
de Delio salvó la vida a Xenofonte, su discípulo, y a Alcibíades.
{6}
Este combate fue dado por Cellicratidas, general de los lacedemonios, contra
los diez generales atenienses. Estos últimos consiguieron la victoria.
{7}
Tolos era la sala de despacho de los Pritaneos o senadores.
{8}
Cuando Sócrates fue condenado, Apolodoro exclamó: ¡Sócrates, lo que me aflige
más es verte morir inocente! Sócrates, pasándole la mano suavemente por la
cabeza, le dijo con la risa en los labios: ¡Amigo mío!, ¿querrías más verme
morir culpable?
{9}
Odisea, lib. 19, v. 163.
{10}
Era preciso que el acusador obtuviese la mitad más una quinta parte de votos.
{11}
La ley permitía al acusado condenarse a una de estas tres penas; prisión
perpetua, multa, destierro. Sócrates no cayó en este lazo.
{12}
Los ciudadanos de grandes servicios eran mantenidos en el Pritaneo con los
cincuenta senadores en ejercicio.
{13}
Eran los magistrados encargados de la vigilancia de las prisiones.
{Obras
completas de Platón, por Patricio de Azcárate,
tomo
primero, Madrid 1871, páginas 49-86.}


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