© Libro N° 6091.
Entre Los Poetas Míos… Castillo, Otto René. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Entre Los Poetas Míos…Otto René Castillo
Versión Original: © Entre Los Poetas Míos…Otto René Castillo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ENTRE LOS POETAS MÍOS
Otto René Castillo
CON
el título genérico “Entre los poetas míos” venimos publicando, en el mundo
virtual, una colección de cuadernos monográficos con los que deseamos con-
tribuir a la divulgación de una poesía crítica que, con diversas denominaciones
(“poesía social”, “poesía compro- metida”, “poesía de la conciencia”…) se
caracteriza por centrar su temática en los seres humanos, bien sea para
ensalzar sus valores genéricos, o bien para denunciar los atropellos,
injusticias y abusos cometidos por quienes detentan el Poder en cualquiera de
sus formas.
Poesía
ésta que no se evade de la realidad, sino que incide en ella con intención
transformadora. Se entiende por ello que tal producción y sus autores hayan
sido frecuentemente acallados, desprestigiados, censurados e incluso
perseguidos por dichos poderes dominantes.
Se trata, en fin, de una poesía no neutral,
teñida por el com- promiso ético de sus autores.
Los
textos aquí incorporados proceden de muy diversas fuentes. Unos de nuestra
biblioteca personal, otros de Internet.
La edición digitalizada de estos cuadernos
poéticos carece de toda finalidad económica. No obstante, si alguien se
considera perjudicado en sus legítimos derechos de propiedad intelectual,
rogamos nos lo haga saber para que retiremos los textos cues- tionados.
Entre los poetas míos…
Otto René Castillo
(1936-1967)
Poeta guatemalteco nacido en Quezaltenango el 25 de
abril de 1936. A los diecioscho
años, debido a su oposición al golpe de
Estado que derrocó el gobierno de Jacobo
Arbenz, hubo de
exiliarse hacia El Salvador.
En
1953 fue nombrado presidente de la Asociación de Estudiantes de Postprimaria.
Un
año más
tarde tuvo que
exiliarse a El Salvador por
su oposición al golpe de
estado contra Jacobo
ARbenz perpetrado por tropas mer-
cenarias apoyadas por la CIA. Allí continuó su activismo revoluciona- rio,
mientras iba sobreviendo trabajando en variados oficios
En
El Salvador colaboró con la organización
de intelectuales progresistas. Fue íntimo
amigo de Roque Dalton.
En
1958 regresó a Guatemala para ingresar
en la Universidad de San Carlos donde comienza a estudiar Derecho y Ciencias Sociales. Ob- tiene una
beca para estudiar en la desaparecida República
Democrá- tica de Alemania, residiendo durante tres años en Leipzig.
En
1964 regresó a Guatemala, compartiendo la actividades culturales
con
la lucha armada.
En
1965 fue detenido y enviado nuevamente al exilio. Nombrado representante de
Guatemala en el Comité Organizador del Festival Mundial de
la Juventud en Argelia,
recorre dibversos países durante
algunos meses.
En
1966 regresa clandestinamente a su país
para incorporarse a la
organización guerrillera, donde ocupa la responsabilidad de propa- ganda y
educación.
En
marzo de 1967 fue herido en un combate y detenido nuevamente por las
tropas mercenarias de
Méndez Montenegro junto
con su compañera Nora Páiz. Tras
ser torturado y mutilado brutalmente,
finalmente fue quemado vivo entre el 19 al 23 del mes
de marzo de ese
mismo año 1966.
Sólo contaba 31 años de edad,
antes de que su poesía arribase a la más alta depuración
estilística.
Premios: Torneo
Estudiantil Centroamericano de
poesía (1955 y 1956).
Premio Autónomo
(1956), patrocinado por la AEU.
En
1957 Premio internacional de Poesía en Budapest, otorgado por la Federación
Mundial de Juventudes Democráticas.
En
1958 ganó el
premio Filadelfio Salazar,
de la Universidad de San Carlos
de Guatemala.
Sus
poemas abordan tanto la temática amorosa como la político- ideológica.
Roque Dalton escribió de él:
"quedará como un espléndido testimonio de pasión,
confeccionado en el lenguaje necesario para conmover a los hombres de este
tiempo en que él, como los precursores y los adelantados de siempre, pasó
como
una ráfaga de fuerza y de autenticidad".
´
Arte
poética
Hermosa
encuentra la vida quien la
construye hermosa. Por eso amo en ti
lo que
tú amas en mí:
La lucha
por la construcción hermosa de nuestro
planeta.
(De:
Vámonos patria a caminar)
Compañero
Espartaco
I
Hace
dos mil años,
un
hombre se levantó contra los ricos.
Buscó a sus partidarios
entre la gente
sencilla y buena.
Se
rodeó de esclavos y gladiadores:
campesinos, pescadores, albañiles. Lo siguieron
los
hambrientos de su tiempo,
los
más pobres de todos. Y como se levantó
contra la clase
de los ricos,
en
nombre
de
la clase de los pobres, fustigando a los
poderosos
con
la violencia de su sangre en pie, y hablando ásperamente de lo noble y
altamente hermoso de la vida
en
libertad
fue
sacrificado junto a los suyos,
por
la clase de los ricos, sin misericordia
alguna,
él,
que era todo coraje y dignidad!
II
Y
desde entonces sabemos
que existen las clases y que las mismas luchan entre sí,
sin
cuartel ni descanso. Y que aquel hombre
fue
glorificado
en
las manos de las masas, porque cayó luchando
por
las multitudes
de
su tiempo, contra los viles de su
tiempo,
y
por el amor, la bondad
y la
humanidad
de
todos los tiempos!
Y
porque habló y luchó por todos nosotros
yo,
marxista
del
siglo veinte,
le glorifico y le amo. Y digo:
aprended
de
aquel hombre, que amó tanto a su clase,
hasta morir por ella,
la
tarde de una amarga
romana,
primavera
azul, tranquila, pupilar,
pero amarga y amarga.
III
Y
aún cuando la clase
de
los pobres tiene, a veces,
tan
sólo confusa idea
de
aquel hombre nombrado el Espartaco,
no
lo ha olvidado jamás, ni lo olvidará
jamás de los jamases.
Y es
que aquel rebelde
fue
un abanderado de su clase y cayó por
ella,
con
el nombre
del
alba abriendo las alas
en
sus labios.
IV
Y en
estos últimos siglos,
ha
alcanzado su clase,
la
de los pobres,
tan
importantes victorias, que si el
compañero Espartaco
estuviera
a nuestro lado, sería tan dulce
su alegría
como perfume de naranjo en fruto.
Estaría
luminosamente feliz, por los triunfos de
su clase,
que recorre
hoy el mundo, con paso universal
de
multitudes
victoriosas!
la
de los pobres,
(De:
Vámonos, Patria a caminar)
El
gran inconforme
I
Nunca
preguntéis a un hombre
si
sufre,
porque
siempre se está sufriendo en alguna forma
y en
algún camino.
Hoy,
por
ejemplo, sufro tu dolor, patria mía,
hasta lo más alto
de
mi alma. Y no puedo escapar, llagado como estoy
de
tu tragedia.
Debo
vivirte,
porque
no he nacido para darte
el
contrapecho de mi vida,
sino
lo más noble
y
provechoso que tengo:
la
vida de mi vida,
la
dignidad y su ternura.
II
Si
alguien
sufre
tanto contigo, ese pobre hombre tengo
que ser yo,
yo
que sufro tus limosneros, tus
prostitutas,
tus
hambrientos,
tus
asperas colonias populares, donde tienen
sus nidos
los
buitres del hambre y del frío. Pero yo
no te sufro
sólo
con los ojos abiertos,
sino
con toda la herida,
tanto
del alma como del cuerpo,
porque
soy, antes que
nada,
el
gran inconforme que anda
debajo
de la piel
de
todos, esperando su hora, porque nadie
como los pueblos saben,
que no se puede
renunciar
jamás a la lucha,
porque
tampoco,
se
puede renunciar nunca a la victoria.
(De:
Vámonos, Patria, a caminar)
El
hambre
Tú
no la ves venir.
Ella
está siempre contigo. En el lejano fondo
de ti, obrero de mi país,
agazapada
como un recuerdo. Ella parla en gris con
la mañana, por el rostro de tus hijos,
de
tu pobre y tu callada mujer, y de tu
gesto más amargo,
que no terminó
nunca
de
apartarse de ti.
Ella
se despierta
todas las madrugadas, cuando la noche
es
todavía joven para ti.
Y
cuando para ti y los tuyos llega la noche,
el
día no ha terminado
todavía
para ella,
que se sigue
alimentando de las pocas fuerzas
que te ha dejado el patrón.
Ella
sólo puede pronunciar una palabra
en
todos los idiomas:
comer.
Y
cuando no tienes con qué, entonces
ella, rabiosa que es,
te
muerde hasta que ya no te quedan
ni
siquiera fuerzas para poder
llorar. Y tú, como nadie, sufres,
porque
también los tuyos
alzan sus tristísimos ojos
y se
quedan viendo el horizonte todo el tiempo
como si el alba
de
los peores días
aún estuviera por llegar. Ella tiene un patrón, obrero de mi país,
el
mismo que tienes
tú.
Y
sólo cuando te liberes de verdad se habrá
acabado ella para ti.
La
tendrás domesticada, en tus manos.
Y no
tendrás campanas suficientes para repicar en grande tu alegría. Entonces los tuyos
ya no verán
la
distancia, obrero de mi país,
como si el alba
de los peores días aún estuviera
por venir.
(De:
Vámonos, patria, a caminar)
Estratega
a contrapecho del hombre
Coronel,
tú
que tienes
las
armas y el poder, puedes mandar
a
bombardear
nuestras
montañas, que su tranquilo pecho
de
esperanza y pájaro
jamás huirá
despavorida
hacia el viento.
Coronel,
Tú
que tienes
las
armas y el poder, puedes mandar
a
matar
a
quien te dé la gana;
a
encarcelar
a
quien se atreva
al
coraje de la frente en alto,
gallarda
y luminosa
como son las frentes de los dignos.
Coronel,
tú
que tienes
las
armas y el poder, puedes
enviar a cerrar
un instituto;
a
herir el dulce futuro
de
la patria con la tarascada gris y
salvaje
de
tus malditas balas
y a
uniformar el orgullo civil
del
quetzal postprimario.
Pero
todo será en vano, coronel,
porque
tú no puedes,
con
tu impotencia milenaria, mandar a bombardear,
a
matar y encarcelar, a uniformar
la
inconformidad
de
un pueble entero. Esa es la lucha, coronel,
y en
esa lucha tú llevas
la
peor parte, porque tú, coronel, piensas
del
hombre para atrás y el pueblo piensa
del
hombre hacia adelante.
He
ahí, pues, coronel, estratega
a
contrapecho
del
hombre, por qué tienes de antemano
perdida
la batalla
en
contra de nosotros.
(De:
Vámonos patria a caminar)
Frente al balance, mañana
Y
cuando se haga
el
entusiasta recuento de nuestro tiempo
por
los que todavía
no
han nacido,
pero que se
anuncian con un rostro
más
bondadoso, saldremos gananciosos los que
más hemos sufrido de él.
Y es
que adelantarse uno a su tiempo
es
sufrir mucho de él.
Pero
es bello amar al mundo con los ojos
de
los que no han nacido
todavía.
Y
espléndido
saberse
ya un victorioso cuando todo en torno a uno
es
aún tan frío y tan oscuro.
(De:
Vámonos, Patria, a caminar.)
Holocausto
del amor
Yo,
que pregoné el amor,
la
ternura entre los hombres, debo gritar,
odiar, señalar
al
cobarde con un dedo
más
quemante que el fuego.
Qué
terrible mi tiempo! Cuando quisiera leer
el
color de las orquídeas;
comprender
el idioma azul de nuestros lagos;
y
galopar un cerezo sonoro, tengo que estallar
como un disparo oscuro y escapar, en la noche,
de
los sueños más dulces.
Yo,
que amo 24 horas al día, que
tengo el corazón
más
grande
que el tiempo, no puedo amar ciegamente,
desatando mi alma sus corceles de besos.
Qué
terrible mi tiempo! Cuando quisiera inclinar mi frente al fondo
del
regazo que amo;
localizar
mi rostro
en
un recodo de tus ojos; ayudar a que vuelen tus labios hacia el fuego
y
enseñarte una a una
las
virtudes del agua; presentarte a mi amigo,
el
otoño,
cuando
fuma su pipa de hojas amarillas,
recostado
como viejo marinero
a la
orilla del sueño;
cuando
quisiera venir y decirte: mirad la espuma amor mío, mirad qué
ancho el cielo,
y
tenderme contigo
junto
a la raíz madura del trigo, yo, tengo
que decirte adiós. Desde
mi sangre que enviuda. Desde mis manos
que lloran. Desde mi alma
que se quiebra en tu dolor, que
llueve
desde
muy adentro de tus ojos.
(De:
Vámonos, Patria, a caminar)
Holocausto
optimista
¡Qué
terrible mi tiempo!
Y
sin embargo, fue mi tiempo. No lo impuse yo, tan sólo
me
tocó hundir mis pasos
en
su vientre
y
caminar con el fango hasta el alma,
llenarme
la cara de lodo, entubiarme la pupila
con
el agua sucia
y
marchar
hacia la orilla
futura dejando una huella
horripilante
que hederá
para todos
los tiempos.
Y
sin embargo, fue mi tiempo. Pustolento. Perruno. Horrendo. Creado por el lobo,
en verdad. Sufrido por el hombre,
a verdad. Destruido con odio y muerte
en
nombre del amor y la vida.
¡Qué
terrible mi tiempo!
Y
sin embargo, fue mi tiempo. Hombres del
futuro, cuando penséis en nuestro tiempo,
no
penséis en los hombres, pensad en las bestias
que fuimos
mordiéndonos
a
dentelladas homicidas los pedazos de alma
que tuvimos,
pero pensad también que en este combate entre animales
se
murieron las bestias
para todos
los siglos y nació el hombre,
lo
único bueno de mi tiempo.
Y
que en medio de todo, algunos vimos,
llenos de telarañas
y de
polvo genésico, cómo el hombre
fue
venciendo a la bestia.
Y
cómo el futuro se acercaba
con
una estrella
en
los cabellos, cuando moría
la
bestia
bajo
el peso
del
hombre.
(De:
Vámonos, Patria, a caminar)
Informe
de una injusticia
Tal
vez no lo imagines, pero aquí,
delante
de mis ojos, una anciana,
Damiana
Murcia, v. de García, de 77 años de ceniza,
debajo
de la lluvia,
junto
a sus muebles rotos, sucios, viejos, recibe
sobre la curva
de su espalda toda la injusticia
maldita
del
sistema de lo mío y lo tuyo.
Por
ser pobre,
los
juzgados de los ricos ordenaron desahucio. Quizá ya no conozcas más esta palabra.
Así
de noble
es
el mundo donde vives. Poco a poco
van
perdiendo ahí su crueldad
las
amargas palabras. Y cada día,
como el amanecer,
surgen
nuevos vocablos, todos llenos de amor
y de
ternura para el hombre.
Desahucio.
¿Cómo
aclararte?
Sabes, aquí,
cuando
no puedes pagar el alquiler, las
autoridades de los ricos
vienen
y te lanzan
con
todas tus cosas a la calles.
Y te
quedas sin techo
para la altura
de tus sueños. Eso significa la palabra desahucio: soledad
abierta
al cielo, al ojo juzgor y miserable.
Este
es el mundo libre, dicen.
¡Qué
bien que
tú ya no conozcas
estas horrendas libertades!
Damiana
Murcia, v. de García, es muy pequeña,
sabes,
y ha
de tener tantísimo frío.
¡Qué
grande ha de ser su soledad!
No
te imaginas
lo
que duelen estas injusticias. Normales son entre
nosotros. Lo anormal es la ternura
y el
odio que
se tiene a la pobreza. Por eso
hoy más que siempre
amo
tu mundo.
Lo
entiendo, lo glorifico
atronado
de cósmicos orgullos.
Y me
pregunto:
¿Por
qué, entre nosotros, sufren tanto los ancianos,
si
todos se harán viejos
algún día?
Pero
lo peor de todo es la costumbre.
El
hombre pierde su humanidad
y ya
no tiene importancia para él lo enorme del dolor ajeno,
y
come, y ríe,
y se
olvida de todo.
Yo
no quiero para ninguno estas cosas. Yo no quiero
para nadie en el mundo estas cosas.
Y
digo yo,
por
qué el dolor debe llevar
claramente
establecida su aureola.
Ahora
compárame en el tiempo. Y dile a tus
amigos
que la risa mía
se
me ha vuelto una mueca grotesca
en
medio de la cara.
Y
que digo
amen a su mundo. Y lo construyan
bello.
Y
que me alegro mucho de que ya no conozcan injusticias
tan
hondas y abundantes.
(De:
Vámonos, Patria, a caminar.)
Intelectuales
apolíticos
I
Un
día,
los
intelectuales apolíticos
de
mi país
serán interrogados por el hombre sencillo
de
nuestro pueblo.
Se
les preguntará sobre lo que hicieron cuando
la
patria se apagaba
lentamente,
como una
hoguera dulce, pequeña y sola.
No
serán interrogados sobre sus trajes,
ni
sobre sus largas siestas
después
de la merienda,
tampoco
sobre sus estériles combates con la
nada,
ni
sobre su ontológica
manera
de
llegar a las monedas. No se les
interrogará sobre la mitología griega, ni sobre
el asco
que sintieron de sí,
cuando
alguien, en su fondo,
se
disponía a morir cobardemente.
Nada
se les preguntará sobre sus
justificaciones absurdas,
crecidas
a la sombra
de
una mentira rotunda.
II
Ese
día vendrán
los
hombres sencillos. Los que nunca cupieron en los libros y versos
de
los intelectuales apolíticos, pero
que llegaban todos los días a dejarles la leche y el pan,
los
huevos y las tortillas, los que les
cosían la ropa,
los
que le manejaban los carros, les
cuidaban sus perros y jardines, y
trabajaban para ellos,
y
preguntarán,
«¿Qué
hicisteis cuando los pobres sufrían, y
se quemaba en ellos,
gravemente,
la ternura y la vida?»
III
Intelectuales
apolíticos de mi dulce país,
no
podréis responder nada.
Os
devorará un buitre de silencio las
entrañas.
Os
roerá el alma vuestra propia miseria. Y
callaréis,
avergonzados
de vosotros.
De:
Vámonos, Patria, a caminar)
La
libertad, dices
La
libertad, me dices,
es
lo más bello que existe
en
nuestro joven planeta.
Sin
ella
no
se puede vivir; es como el oxígeno del
alma.
Si
tú la tienes,
ya
no la puedes perder,
porque
te morirías
de
tan inmenso dolor.
Ella
no se conquista. Se lleva sencillamente,
como la tarde,
en
el fondo del corazón.
Pero
yo que vivo y sufro mi país como ninguno,
no
estoy de acuerdo
contigo.
Los
hombres de aquí
no
han sido libres jamás.
A
muchos ya ni les importa si la cadena es
gruesa
y
más gruesa cada día.
No
les conmueve saber que la patria
como una
triste y dulce
golondrina,
agoniza
lentamente, rodeada por el frío
y la
miserable indiferencia
de
sus hijos.
Ni
tú conoces, además,
la
torpe dictadura
que sufrimos
en mi país. Ni has perdido
jamás tu libertad.
Y tu
risa,
es
la más alegre de todas la risas que
conozco.
Tu
patria
es
ya un suceso
de
simples madrugadas, que canta en alba
para ti y los tuyos.
Pero
algún día nosotros
también
seremos libres. Entonces,
tendremos
que defender todos los días nuestra libertad,
haciendo
roncos sacrificios de ternura y bondad.
En
nosotros está la libertad, como, en la noche
la
aurora,
y de
nuestra atronadora voluntad está marcada ya
la
digital
de
su rostro.
También a la libertad hay que
acostumbrarse para amarla,
y se
la debe cuidar
cada segundo,
porque
durante mucho tiempo
se
la busca
para matarle a golpes su suave y claro corazón de multitudes.
Pero
ante todo, cuando no se la tiene, cuando
no se conocen los gestos peculiares
de
su rostro,
entonces
se debe luchar por encontrarla,
por
liberarla
de
la más honda tiniebla. Así la libertad
es
el logro estupendo de los que nunca
han
sido libres de verdad.
Y
una vez alcanzada, su acción
debe repetirse
durante
toda la vida.
(De:
Otto René Castillo: Su vida y obra)
La
tumba de Dios
Suceden
cosas tan extrañas
en
mi pequieño país,
que si de verdad hubiera cristianos creerían,
sin
duda,
en
la muerte auténtica de Dios.
Un
hombre, por ejemplo, es empujado por lo gigante de su hambre y roba,
porque
tiene
que robar.
Se
le condena luego
a
veinte años
de
cárcel.
Pensad un momento lo que cuesta saciarse el hambre:
¡Veinte años encerrado
en 4
x 4 metros!
Pero
los
accionistas principales
de
los bancos
que perpetran negocios
y
cosechan apolausos andan tranquilamente por las calles.
Pensad
otro
momento:
¿De
dónde
sale tanta riqueza?
¿La
han hecho ellos,
quizá,
con
el sudor de su frente y los callos
de
sus manos?
Responded
vosotros la pregunta.
El
comerciante de la ciudad principal
que a las ocho
llega a misa y a las once busca el bar, exhibe,
después
de un devoto:
¡Salud!,
su
boleto para entrar
al cielo si le toca morir
en
sobresalto. Señala terco
la
firma del santo papa y agrega
reciamente: “¡Me costó
quinientas
tuisas!”
Yo
sólo digo: ellos tienen todavía
la
mitad del mundo
para viajar
y emputecerse.
Pero
el hambriento principal
de
mi ciudad
se
quedará si la bomba le sorprende
en
su trabajo.
Algo
es cierto de todo. Jamás pasarán
por
el ojo de la aguja
los
camellos, pero los ricos
han
comprado ya, sin negarlo,
el
reino de sus cielos.
En
verdad, pienso, si hubiera cristianos en mi pequeño país, donde suceden
cosas tan horrendas, creerían
en
la muerte cierta de su dios,
sin
duda alguna.
¡Falsos
cristianos,
la
tumba de cualquier dios
está
en vosotros!
(De:
Vámonos, Patria, a caminar.)
Libertad
Tenemos
por ti
tantos golpes acumulados en la piel,
que ya ni de pie cabemos en la muerte.
En
mi país,
la
libertad no es sólo
un
delicado viento del alma, sino también
un coraje de piel.
En
cada milímetro
de
su llanura infinita está tu nombre
escrito: libertad.
En
las manos torturadas. En los ojos,
abiertos
al asombro del luto.
En
la frente,
cuando
ella aletea dignidad. En el pecho,
donde
un aguante varón nos crece en grande.
En
la espalda y los pies
que sufren
tanto. En los testículos, orgullecidos de sí.
Ahí
tu nombre,
tu
suave y tierno nombre,
cantando
en esperanza y coraje.
Hemos sufrido en tantas partes
los
golpes del verdugo
y
escrito en tan poca piel tantas
veces su nombre, que ya no podemos morir, porque la libertad
no
tiene muerte.
Nos
pueden
seguir golpeando,
que conste,
si pueden.
Tú
siempre serás la victoriosa, libertad.
Y
cuando nosotros disparemos
el
último cartucho, tú serás la primera
que cante
en la garganta
de
mis compatriotas, libertad.
Porque
nada hay
más bello sobre la anchura
de
la tierra,
que un pueblo libre, gallardo pie,
sobre un sistema que concluye.
La
libertad, entonces, vigila y sueña
cuando
nosotros entramos a la noche o Ilegamos al día,
suavemente
enamorados
de
su nombre tan bello:
libertad.
Fuente: Poesía Guatemalteca
Los
fusilados
Los
llevaron lejos de la ciudad y no volvieron a llorar sus ojos sobre las grises
calles de mi país; ni volvió más la brisa
a disolver su frente contra los carceleros
ni
el luto dobló más su cintura en las
pupilas claras del sol;
ni
el andamio biológico del puño se trepó
de sombra.
Las
calles, las casas, los sueños los vieron
pasar hacia la muerte con la ternura flotando
alegre sobre sus sienes de
floresta,
pero de cada
rostro nacían pájaros que
buscaban el regazo de la aurora llenándola de un no sé qué de amor caído
desde lo alto de una lágrima...
De
pie marchaban, silvestres y humanos.
Amarrados, como el cabello de las
mujeres populares, salían al encuentro
de la muerte con una canción universal
en la garganta poblada de milpales soberbios. ¡Otra vez
la
muerte amenazando, subiendo otra vez
las
gotas del martirio hasta
el aliento...!
Custodiándolos,
los verdugos reían.
Y
bebían la silenciosa integridad de sus jilgueros con el mismo rostro de raíces castigadas,
con
la misma estatura corta de la brisa,
con
el mismo color de río sin afluentes pero
con diferente emoción y pensamiento sobre
el puño oloroso de los jardines...
Salieron
de la ciudad a las doce
de
la noche. Atrás, las luces decían
adiós con sus pupilas espigadas. Atrás,
la ciudad, sin alas, se quedaba
con
los enamorados, su lecho y su sonrisa...
No volvieron más hacia las cárceles
porque
hundieron sus raíces biológicas en el
mismísimo corazón del pueblo.
“¡Han
matado! ¡Han matado muchos obreros
esta mañana!
lo
dice el pueblo llorando por boca de sus paredes—.
“Fuera
de la ciudad capital esbirros del gobierno han matado prisioneros políticos y
apolíticos:
albañiles
de una primavera que comienza.” “¡Han matado! ¡Han matado
hombres
que solían
amar la salida del sol,
besar la semilla de la brisa, acunar la caída del crepúsculo, besar la frente
de los hijos, morir por la vida
de una rosa,
pelear
con la hoz por el pueblo, levantar el martillo
por la vida,
amar al pobre
sobre todas las cosas
y
pelear por su futuro con los dientes.”
Los
llevaron lejos de la ciudad
y
dejaron sus sienes floreciendo orgullosos maizales, eternizados estarán
ahora debajo de la tierra
soportando
con sus hombros inmensos todo el futuro
del mundo...
(De:
Otto René Castillo: Su vida y obra)
Mañana
triunfante
Estoy
seguro.
Mañana,
otros poetas buscarán el amor y las
palabras dormidas en la lluvia.
Puede ser que
vengan
con
las cuencas vacías a llenarse de mar y
paisaje.
Hoy,
la amargura y la miseria rondan mis
bolsillos
abiertos
en la noche
a
las estrellas.
Mañana,
para mi júbilo repicando en las paredes,
la
novia tendrá a su más bella campana hecha de mar y arena de lluvia y panorama.
Mañana me amarán los ríos
por
haber pegado propaganda en la noche de la patria:
ellos se encargarán de recordar mi nombre.
Y
con su rostro de sonrisa
la
más humilde campesina escribirá la poesía de amor que no salió
de mi garganta.
El
rostro de un niño alimentando escribirá
lo que detuvo
un
grito de combate en mis arterias.
Las
palomas volando entre la espuma serán
lágrimas de amor que no temblaron en mis
párpados.
Mañana,
cuando no intervengan en Corea para
rodear de sombras la sonrisa
y no
quieran detener la roja estrella
que llevan
los quetzales en el pecho, entonces los poetas
firmarán su canto
con rosales.
(De:
Otto René Castillo: Su vida y obra)
Nunca
estoy solo
De
veras, nunca estoy
solo. Tan solo estoy triste
cuando
tus ojos huyen
del
sitio
en
que debimos encontrarnos
por
la tarde. Ahora
se
pudre la espera
debajo
del tiempo, del tiempo que se ríe de mí, gran amador, desprovisto de amada
en
búsqueda siempre
(De:
Vámonos, Patria, a caminar)
Permanece
conmigo
Quédate
conmigo esta tarde
para siempre, amor mío. Luego podrás
marcharte.
Hacia donde te empujen las olas
de
la vida;
hacia donde quieran volar las alondras fluviales
de
tu dulce cabello.
Pero
antes,
quédate
en el fondo de mis ojos,
en
la pupila del alma!
Fuente: Cuadernos de Guatemala, nº.3: Homenaje a Otto
René Castillo
Respuesta
Si
me preguntaras
qué es lo que
más quiero sobre la anchura de la
tierra, yo te contestaría:
a
tí, amor mío, y a la gente sencilla de mi pueblo.
Dulce eres,
como la tierra. como ella
frutal y hermosa. Pero a tí te quiero.
No
por bella que eres.
Ni
por lo fluvial de tus ojos, cuando ven
que voy y vengo, buscando, como un
ciego, el color que se me ha perdido en
la memoria.
Ni
por lo salvaje de tu cuerpo indomable.
Ni
por la rosa de fuego, que se entrega cuando la levanto del fondo de la
sangre con las manos jardineras de mis
besos.
A tí
te quiero, porque eres la mía. La
compañera que la vida me dió, para
ir luchando por el mundo.
Amo
a la gente sencilla de mi pueblo, porque
son sangre que necesito, cuando sufro y
me desangro;
hombres
que me necesitan cuando sufren.
Porque nosotros somos
los más fuertes,
pero también los más debiles. Somos la lágrima.
La
sonrisa. Lo dolorosamente humano. La unidad de lo mejor y de lo más deplorable.
Lo que canta sobre la tierra
y lo que llora sobre
ella.
De
ellos recibí esta voz, este corazón inquieto que me apoya y me fortalece
y me lleva consigo. Por eso los amo
como son
y
también como serán. Porque ellos
son buenos y serán mejores.
Y
juntos nos jugamos
el
destino, con nuestras
manos que
todo lo construyen. Así amo yo la vida
y
amo a la humanidad, amor mío,
cuando
te amo y amo
a
los hombres sencillos
de
mi bello y horrendo país.
(De:
Otto René Castillo: Su vida y obra)
Retorno
al dolor de todos
He
vuelto
después
de cinco años. Y sola estaba
la calle para mí.
Este
viejo viento
que conozco desde niño,
caracoleó
un poco en mis cabellos y se quedó ahí
de pie, y alegre
tal
vez por mi regreso.
De
los amigos,
ninguno
estaba para verse. Casi todos siguen lo mismo, me dijeron vagamente,
pero su piel
se
ha vuelto grave ya. Casi todos también laborando en la sombra, dejando
con
su vejez
una
dura y amarga constancia de su lucha.
Algunos,
sin embargo,
se
han cansado ya y le dieron
las
espaldas al pueblo y a su frente. Para poder
comer y dormir
mejor
se
despojaron de sí,
se
convirtieron tristemente en el gusano que
odiaban y ahora reptan,
hondo,
en
la inmundicia,
donde
se hartan junto a las bestias.
A
pesar de todo,
han
sido muy pocos los traidores, los que un día
temblarán
ante la furia múltiple
del
pueblo
y
pedirán perdón y serán dura, cierta,
justamente
castigados, porque ellos siempre supieron
lo
que estaban haciendo.
He
vuelto
después
de cinco años. Y nadie
pudo acudir
a saludarme. Ni aun aquellos
para quienes he vivido
luchando,
gritando: “¡Vosotros sois grandes, poderosos, y unidos podéis hacer
más llevadera la vida. Sublevaos!”.
Ni
aún ellos me recuerdan. Mis compatriotas
siguen
y siguen sufriendo
diariamente.
Tal vez ahora
un
poco más que siempre.
He
vuelto, digo. Y estoy aquí,
para seguir
luchando.
Y
aunque, a veces,
me
ardan otras lunas
muy lejanas y muy
bellas en la piel,
me
quedaré con todos,
a
sufrir con todos,
a
luchar con todos,
a
envejecer con todos.
A su
regreso,
dirán después los hombres,
no
hubo nadie, no hubo nada, a no ser la calle sola
y
este viejo viento
que conoció de niño, hace ya tanta estrella y tanta, tanta lluvia.
(De:
Otto René Castillo: Su vida y obra)
Revolución
Los
que no ven nos dicen ciegos,
pero tú nos has enseñado a ver el color
del
tiempo que viene. Los que no oyen
nos
dicen sordos,
pero tú nos has enseñado a escuchar en todas partes el ágil sonido
de
la ternura humana.
Los
cobardes nos dicen cobardes, pero contigo
nos enfrentamos
a
las sombras
y
les cambiamos el rostro.
Los
criminales nos dicen criminales,
pero contigo revivimos la esperanza, le marcamos el alto
al crimen,
a la
prostitución,
al
hambre.
Y le
ponemos ojos, Voz,
oídos,
alma,
al
corazón del hombre.
Los
racistas nos dicen antihumanos, pero contigo
le damos al odio
su
tumba mundial
en
la ciudad de los abrazos. Nos dicen
tantas cosas.
Y
los que las pronuncian
olvidan,
estúpidos
que son,
que sus nietos
amarán mañana jubilosamente
la
palabra estrellada
de
tu nombre: revolución
(De:
Otto René Castillo: Su vida y obra)
Tu
hombre se despide, amor mío
Me
voy
pero no te preocupes si antes del otoño
no
he vuelto todavía.
Es
lejos mi país y sufre tanto,
que uno es incapaz
de
ser feliz,
lejos de sus torres.
Aquí
lo tengo todo. Nada me falta,
ni
siquiera mi soledad.
De
todos los guatemaltecos pobres, yo soy
quizá
una excepción ahora.
Y
como mi vida entera
luché contra
toda excepción, porque quiero siempre
que la misma
sea la regla,
tengo que
irme, así de común, barato de egoísmos.
Me
voy,
pero no te preocupes
si
tardo un poco en el regreso. Un día en
otoño me verás llegar.
De
lejos, con polvo aún en
los cabellos.
Y
muchos golpes recibidos, mucha hambre. Por ese simple día,
amor mío,
habré luchado muchos años.
Por
ese simple día, amor mío, habré esperado muchos días. En lo alto de mis ojos
verás que
aún persigo
una estrella lejana
y
que no he podido volver sobre mis pasos,
porque
la luz del alba me sigue seduciendo.
Amor
mío,
tu
hombre se va de nuevo
a
los combates por la dicha.
De:
Vámonos patria a caminar)
Vámonos,
patria, a caminar
Vámonos patria
a caminar, yo te acompaño. Yo bajaré
los abismos que me digas.
Yo
beberé tus cálices amargos.
Yo
me quedaré ciego para que
tengas ojos. Yo me quedaré sin
voz para que tú cantes. Yo he de morir para que tú
no mueras,
para que
emerja tu rostro flameando al
horizonte
de
cada flor que nazca
de mis huesos. Tiene que ser así,
indiscutiblemente.
Ya
me cansé de llevar tus lágrimas conmigo.
Ahora
quiero caminar contigo, relampagueante. Acompañarte en tu jornada, porque soy
un hombre del pueblo, nacido en octubre
para la faz del mundo. Ay,
patria,
a
los coroneles que orinan tus muros tenemos que arrancarlos de raíces, colgarlos de un
árbol de rocío agudo, violento de cóleras de pueblo.
Por
ello pido que
caminemos juntos. Siempre
con
los campesinos agrarios y los obreros
sindicales,
con
el que tenga un corazón para quererte.
Vámonos patria
a caminar, yo te acompaño.
(De;
Vámonos, Patria, a caminar)
Viudo del mundo
Compañeros
míos
yo
cumplo mi papel luchando
con
lo mejor que tengo.
Qué
lástima que tuviera vida
tan pequeña,
para tragedia tan grande
y
para tanto trabajo.
No
me apena dejaros.
Con
vosotros queda mi esperanza.
Sabéis,
me
hubiera gustado llegar hasta el final
de
todos estos ajetreos
con
vosotros,
en
medio de júbilo tan alto. Lo imagino
y no
quisiera marcharme. Pero lo sé, oscuramente me lo dice la sangre
con
su tímida voz, que muy
pronto
quedaré
viudo de mundo.
(De;
Vámonos, Patria, a caminar)
Bibliografía
• Vámonos patria, a caminar, yo te acompaño
• Arte Poética: Otto René Castillo: Poemas
• Homenaje a Otto
René Castillo
• Otto
René, biografía y antología
• Otto
René Castillo: Poemas selectos
• Otto
René Castillo: Biografía y Selección poética
• Rebelión: Otto
René: las lanzas y las letras
• A media voz: Poemas de Otto René Castillo
• Otto
René Castillo en Wikipedia
Í n
d i c e
3 Semblanza
5 Arte poética
6 Compañero Espartaco
9 El gran
inconforme
11 El hambre
13 Estrategia a contrapecho del hombre
15 Frente al balance, mañana
16 Holocausto del amor
18 Holocausto optimista
20 Informe de una injusticia
23 Intelectuales apolíticos
25 La libertad, dices
28 La tumba
de Dios
31 Libertad
34 Los fusilados
36 Mañana
triunfante
38 Nunca estoy solo
39 Permanece conmigo
40 Respuesta
42 Retorno
al dolor de todos
45 Revolución
47 Tu hombre
se despide, amor mío
49 Vámonos, patria, a caminar
50 Viudo del mundo
51 Bibliografía
Colección
de Poesía Crítica
“Entre
los poetas míos…”
1 Ángela
Figuera Aymerich
2 León Felipe
3 Pablo
Neruda
4 Bertolt Brecht
5 Gloria Fuertes
6 Blas de Otero
7 Mario Benedetti
8 Erich Fried
9 Gabriel
Celaya
10 Adrienne
Rich
11 Miguel
Hernández
12 Roque
Dalton
13 Allen Ginsberg
14 Antonio Orihuela
15 Isabel
Pérez Montalbán
16 Jorge Riechmann
17 Ernesto Cardenal
18 Eduardo
Galeano
19 Marcos Ana
20 Nazim Hikmet
21 Rafael
Alberti
22 Nicolás Guillén
23 Jesús
López Pacheco
24 Hans Magnus
Enzensberg
25 Denise
Levertov
26 Salustiano Martín
27 César Vallejo
28 Óscar Alfaro
29 Abdellatif
Laâbi
30 Elena Cabrejas
31 Enrique
Falcón
32 Raúl González
Tuñón
33 Heberto
Padilla
34 Wole Soyinka
35 Fadwa
Tuqan
36 Juan Gelman
37 Manuel
Scorza
38 David Eloy Rodríguez
39 Lawrence Ferlinghetti
40 Francisca
Aguirre
41 Fayad
Jamís
42 Luis Cernuda
43 Elvio Romero
44 Agostinho
Neto
45 Dunya
Mikhail
46 David González
47 Jesús
Munárriz
48 Álvaro Yunque
49 Elías Letelier
50 María Ángeles Maeso
51 Pedro Mir
52 Jorge
Debravo
53 Roberto Sosa
54 Mahmud
Darwish
55 Gioconda
Belli
56 Yevgueni Yevtushenko
57 Otto René Castillo
58 Kenneth
Rexroth
59 Vladimir
Maiakovski
60 María Beneyto
Continuará
Cuaderno nº. 57 de Poesía Social Entre los poetas míos… Otto
René Castillo Biblioteca Virtual
OMEGALFA
Novbre., 2013
Ω


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