© Libro N° 6084.
Antes De Ser Mia. Hernández, Adriana
W. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Antes De Ser Mia. Adriana W. Hernández
Versión Original: © Antes De Ser Mia. Adriana W. Hernández
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ANTES DE SER MIA
Adriana W. Hernández
Todos los derechos reservados
1501303123759copyright©
Dedicado
a:
Ti,
por siempre ser tú.
A mi
hermosa Lauren, sé que estás por nacer y que te voy a amar incondicionalmente.
CAPITULO
1
“The
brightness of days” sonaba en un piano cualquiera esa tarde de frío en NY. La
nieve había empezado a caer sigilosa, pintando poco a poco las calles.
Ambra
se puso de pie y aprestó a tomar un taxi para dirigirse a la última prueba de
vestido de dama de honor, debía asistir a la boda de una de sus mejores amigas:
Wendy. Ésta ya se había casado por lo civil y ahora, después de dos hijos, ella
y su esposo querían que los niños vivieran en viviendo bajo un matrimonio
estable y cristiano. Cosa a la que Ambra le restaba importancia. Para ella,
vivir juntos era más que suficiente.
Si
el novio actual no decidiera formar una familia, ella estaba dispuesta a
alquilar un vientre o hacerse un procedimiento de fertilidad para quedar
embarazada, porque eso si quería, embarazarse. Ya estaba cansada de tener
parejas inestables que al final de cuentas terminaba más sol que la luna.
Ella
había calculado todo esto fríamentecomo plan b si las cosas terminaban mal. Y
no quería ser pesimista pero después de dos años más de noviazgo en su vida,
las esperanzas de matrimonio seguían siendo nulas. Sin contar con cada una de
las relaciones anteriores en las que desperdició el tiempo.
El
taxista se dirigió hacia el city hall bride store, donde le esperaría una
desesperada Wendy y casi una docena de mujeres gritando por todos lados. A esto
le sumamos los niños, los sobrinos y toda la trulla que acompañaba a su amiga.
Respiró
profundo. Esa clase de cosas le provocaban un poco de stress, eso y que su
amiga le estuviera llamando cada dos minutos para recordarle el ensayo y la
prueba de vestido. Por eso odiaba las bodas, tanto hacer para cinco minutos de
ceremonia y todos para su casa. Le parecía absurdo. Si lograba algún día
casarse con el novio actual, sería ir a firmar los papeles y punto. Era una
mujer práctica, sin muchos aspavientos.
Llegaron
al edificio Sky III, después de pagarle al hombre, aseguró el bolso negro con
dibujos infantiles y tomó el ascensor que por cierto, tardó más de lo habitual
en subir al piso trece.
Cuando
las puertas se abrieron se detuvo en seco. Era justo lo que había imaginado que
pasaría allí dentro, solo que peor.
—Dame
el bolso, Margaret te llevará a probarte el vestido —dijo Wendy una vez que
Ambra se apareció en la puerta de la tienda. Parecía que Wendy había alquilado
todo el local para sus damas y su boda, pues había toda una multitud en aquella
tienda.
—Estoy
muy bien, gracias por preguntar. —dijo Ambra con ironía cuando Wendy ni
siquiera le saludó.
Ambra
tomó el vestido que le extendió la dependienta, a ésta le colgaba una cinta
métrica de color amarillo en el cuello la cual sobresalía un poco comparado con
el color negro de su uniforme. Esta mujer parecía un robot programado, ya las
respuestas a las preguntas estaban contestadas antes que las clientas las
formularan.
—¿Dónde
queda..
—El
vestidor está justo frente a usted, se lo mide y al salir le tomamos las
medidas exactas por si le sobra, que al parecer ha bajado usted de peso…
—Si
no fuese por esa última frase reconfortadora, Ambra la habría mandado a freír
espárragos. ¿Cómo es eso de no dejarla expresarse libremente?
—Si,
he bajado bastante. —Enfatizó. Y quiso hacerlo porque se ensalzaba en su propio
ego. Rebajar tantas libras sin una bariátrica, sin cavitaciones, reductores…
El
vestido color beige de finos tirantes, con corte de sirena le quedaba más
grande que una sábana. No sabía si llorar porque tendría que volver a hacerse
otra prueba, o si reír por los resultados obtenidos.
Ambra
se vio por última vez al espejo antes de que la mujer de negro y pelo rubio mal
peinado le tocase la puerta.
—Si,
ya va! —contestó rodando los ojos. Total, la mujer estaba detrás de la puerta.
Ella solo quería unos minutos más para recordar la primera vez que se probó el
vestido y le quedaba demasiado ajustado. Ahora se sentía muy bien por el
sobrante de tela.
Los
ojos de Ambra se abrieron en espera de una respuesta. Los ojos verdes de la
vendedora se enfrentaron en un duelo de miradas con los marrones de Ambra. Una
ligera mueca de desasosiego recorrió el rostro de la joven mientras la mujer
tomaba un clip y lo ajustaba por todo el vestido.
—Tendremos
que encoger bastante por aquí… y por aquí.. y…
—¡Madre
mía! Amiga, ahora que te veo sin todos esos abrigos luces fenomenal. No quiero
pensar lo que dirá Carl. —Wendy se llevó ambas manos a la boca. Estaba
sorprendida.
Sonrisas
—Bueno,
eso era lo que él quería. Me lo decía descaradamente “cariño, debes ir al
gimnasio”.
—Sabes
que es un bueno para nada, si me lo dice a mi estaría muerto y encima, pasaría
el resto de su vida follando prostitutas porque me encargaría de darle mala
fama. Diría que es impotente.—Wendy se rió de su propia gracia y a Ambra le
causó un ligero pensamiento.
La
vendedora se había retirado minutos después con la medida en las manos y ambas
descansaban en unas largas sillas giratorias con base de espejo que bordeaban
un semi círculo donde los contadores hacían las facturas. Mientras que el resto
de la gente corría de un lado hacia otro midiéndose los trajes y vestidos. De
vez en cuando alguien consultaba con Wendy algo sobre las prendas y ella
asentía o rechazaba el cambio. Esa boda para ella se había convertido en lo más
importante. Soñó muchos años con verse de blanco ante un altar, pero jamás
pensó que la familia vendría primero y la boda después.
—Me
he superado a mí misma. Fíjate en estos pantalones Wendy, no me subían de las
rodillas y ahora me bailan. Estoy feliz! —Ambra se había puesto de pie y se
observaba frente al espejo de la recepción. Llevaba unos blue jeans con unas
botas grises oscuras y una blusa de cuello tortuga color blanco. Sus caderas se
resaltaban bastante bien.
—Todo
esfuerzo tiene una recompensa querida y de verdad lo lograste. Ahora solo queda
que mantengas el ritmo. Tampoco es que eras obesa, sólo que redujiste tallas.
Aunque, quiero que esto lo hagas por ti no por ningún hombre. —Hizo hincapié en
esa parte.
—Claro,
ni deseos de comer carbohidratos me dan. Siento que ingerir comida sana me
ayuda a la salud. Cuando mi nutrióloga me dio la dieta pensé que moría. — se
observó una vez más en el espejo mientras se recogía su cabello pelirrojo en
una cola.
—Esa
es la actitud. Antes muertas que sencillas y si eso implica que hagas lo que
hice…
—No,
eso no va conmigo. Nada de bisturí querida.
—Que
no fue bisturí , fueron unos masajes reductores. Ya te lo dije, esta figura que
ves aquí descubrió después de dos niños, los trucos de belleza que toda mujer
necesita. —sonrió ampliamente mientras se daba una vuelta frente al espejo, al
lado de su amiga que si bien había rebajado unas
20
libras, siempre tendría una contextura más fuerte que ella, que por naturaleza
era un poco delgada. Su abdomen se puso algo flácido después de dos partos pero
eso lo corrigió bastante bien con mucho dinero invertido.
—Sí,
gracias a Joshua Valladares. Suerte la tuya que te conseguiste un marido tan
proveedor.
—Proveedor
y atento… mi pobre puchis, por eso lo amo.
—Ay!
No te me pongas fresa Wendy, después que eres “madre de familia” te crees
rosita fresita. —Hizo risa burlona.
Wendy
pellizcó a su amiga en un brazo, haciendo que ésta lanzara un
chillido
involuntario, despertando el asombro en las tres cajeras que muy concentradas
facturaban unas compras. Ambas se pusieron muy serias y se giraron
disimuladamente dando pequeños pasos hacia donde estaba el resto del grupo.
—Lo
que debes hacer es presionar a Carl para que se casen. Ya está bueno de
amoríos. —Wendy frunció el ceño con preocupación.
—A
decir verdad las cosas no andan bien entre nosotros. —se giró y caminó hacia la
ventana blanca con pequeños cuadros de cristal. La temperatura había empezado a
descender y el parque del frente ya se notaba blanquecino.
—¿Qué
es lo que ocurre? Tenía entendido que todo iba viento en
popa.
Wendy
tomó una taza de té de las que le ofrecía una joven india que
brindaba.
Ambra le hizo una señal sutil para que en vez de té le brindara un poco de
chocolate.
—Eso
es lo que yo creía hasta que últimamente siento que algo anda mal con nosotros.
Hemos hablado, dice que me ama pero llega tarde al departamento, alegando mucho
trabajo. Ya sabes, con eso de ser realtor y de ganar comisiones por ventas, se
le ha metido en la cabeza que debe trabajar horas extras.
—No
le veo nada de malo…
—Mami…
pipí. —dijo el pequeño Anderson, el más pequeño hijo de Wendy mientras irrumpía
la conversación. Acto seguido llegó Joshua Junior. Ambos en el mismo plan. Uno
de 5 y el otro de 3.
—No
te preocupes, ve a tus labores y yo me trataré de comunicar con el señor Carl a
ver si iremos juntos a la cena de hoy.
—Ni
lo pienses, ¡no puedes faltar a la cena de hoy aunque Carl no aparezca!.
—amenazó Wendy mientras abría sus ojos azules de par en par. Wendy era una
mujer delgada que aunque había ganado peso en sus embarazos, se mantenía en la
línea. Llevaba el cabello muy rizo y su tez era
india
oscuro. Cosa que amaba Joshua, un moreno alto, fino, elegante.
Ambra
bajó el rostro y se concentró en su móvil. Trató de buscar un mensaje por
whatsapp o de texto de su novio pero no vio nada. Se puso de pie y recorrió un
poco el amplio salón que estaba muy bien iluminado y radiante. Todo en blanco y
negro con luces doradas. Las bases de los muebles, el mostrador y demás
accesorios, estaba basado en espejos.
Había
varias tarimas para que las novias se pararan frente a sus familiares o
acompañantes a lucir el vestido adecuado.
Los
camerinos estaban por doquier, y aunque eran bastantes siempre se notaba una
pequeña fila de novias y damas esperando medirse ropa.
Los
colores de la boda de Wendy eran beige con lila. Color que detestaba Ambra
pero, Wendy era como una hermana y si ella quería esos colores, estaba bien
segura que no lo cambiaría por nada.
Al
cabo de cinco minutos, Wendy se encontraba con Anderson rogando ser cargado,
las damas con sus ropas puestas y todos listos para el ensayo general.
—El
autobús estará esperándonos afuera. Por favor chicas es preciso de que
lleguemos a tiempo al salón de ensayos.
Ambra
revisó de nuevo el móvil mientras Wendy daba órdenes como solía hacer. Pero
esta vez no le importaba, era la protagonista de su cuento de hadas y a ella le
valía madre si gritaba con su voz gruesa , o se arrastraba en el suelo cubierta
de chocolate.
Ambra
no encontró señal de su novio, tampoco pretendía llamarle. Él estaba de viaje
en un “open house” tratando de vender un condominio en Patterson, por lo que se
suponía que debió llegar dos horas antes y que además, debió llamar. Pero
bueno, después de aquella profunda conversación en la que ambos expresaron sus
puntos de vista, ella quedó en no atosigarle con sus llamadas e interrogatorios
que tanto le molestaban.
Se
contuvo, respiró profundo y entonces metió el aparato en el bolso mientras
depositaba la taza en la bandeja.
Joshua
Junior le agarró el dedo meñique y esto le alegró el día. Ella adoraba esos
niños y ellos por igual. La consideraban una tía, mucho más que las de sangre,
pues esas vivían en otros estados. No le daban el calor necesario como Ambra lo
hacía.
Abordaron
de a grupos los dos ascensores disponibles y de vez en cuando Ambra creía
escuchar el móvil sonar. Pero no, todo se resumía al ruido de todas las mujeres
parloteando. Eran conocidas de Ambra algunas, mientras otras ni idea de quienes
eran. Wendy seleccionó para su cortejo tanto amigas de ella como familiares de
su esposo.
Todavía
el pequeño continuaba aferrado a Ambra y ella totalmente enternecida. Se dijo
que debía tener sus hijos pronto, a los 32 años no tenía un rumbo fijo, todo
estaba en “veremos”. Una relación no estable con un vendedor inmobiliario que
ganaba lo suficiente, ella también, pero ¿qué había de los planes que todas las
parejas solían hacer? Sudó un poco a pesar del frío que sentía por fuera.
Pensar en esos temas le daba un poco de ansiedad. La verdad es que debía buscar
una solución en esa relación o hacer un cambio drástico de actividad, de novio
y hasta de vida.
Abordaron
el bus reservado para el cortejo en el cual también iba Wendy. Los niños se los
llevó su padre en otro vehículo privado.
Al
cabo de unos quince minutos, llegaron al lugar. Entraron al salón donde la
planeadora de bodas les esperaba. Quedaba en la primera planta. Las paredes
eran de mármol, todo en beige. Todavía Ambra no imaginaba cómo decorarían tal
salón y lo transformarían en una boda de lujo como pretendía su amiga.
La
planeadora de bodas era muy parecida a la vendedora pero de más estatura, la
mujer les sonrió y saludó a la novia como si de verdad se alegraba de verla. Lo
que pensó Ambra para sus adentros era que lo que le alegraba se resumía a un
jugoso cheque con varios ceros, por eso la planeadora estaba felíz y eso a
Ambra le causó una carcajada interna que obviamente nadie se daría cuenta, y
eso era lo bueno de tener tantos diálogos internos como ella. Por eso era buena
escritora, porque podía
imaginar
cosas, lástima que solo se había dedicado a traducir, pero no se arrepentía
para nada, sabía que era el trabajo perfecto. No sólo por lo bien remunerado,
sino porque en el futuro, podría tener tiempo para dedicarlo a una familia,
familia que nunca tuvo.
Ambra
era traductora de la compañía francesa de libros “petit”. Una editora
principalmente de libros de cocina a nivel mundial que ganó mucha fama cuando
dos chefs de renombre usaron sus servicios para publicar sus recetarios. Ella
fungía como traductora al francés y al español porque eso estudió, idiomas. Era
licenciada y especialista en ambas lenguas, por eso tuvo la oportunidad de
conocer parte de Latinoamérica porque se enamoró del clima de Republica
Dominicana, del chile de México, las cachapas Venezolanas y las pampas
Argentinas. Pero lo que más le gustaba era poder comunicarse en la lengua
castellana sin necesitar traductores absurdos.
Había
aprendido el arte de la cocina a través de los libros y cocinaba muy bien. Uno
de sus sueños era montar un restaurante variado, con platillos de distintos
lugares.
—…Y
ella es mi casi hermana, mi mejor amiga Ambra Whilhemia.
—dijo
Wendy cuando presentó la planeadora con Ambra.
Ambra
también le sonrió a la mujer cuando estuvo estrechando su mano y se dio cuenta
que ella no podría hacer ese tipo de trabajos, porque era muy buena como
escritora, contando la historia.
—Un
placer. —respondió un poco animada.
Wendy
le hizo una seña con la mirada y Ambra giró sobre sus talones encontrándose con
Carl. Un respiro de alivio inundó sus pulmones.
Allí
estaba él, un hombre igual de blanco, atlético y delgado. Sus ojos notaban
considerables ojeras, sus cejas eran muy pobladas, ojos verdes, pelo negro
abundante. Cada vez que sonreía se notaban unos dientes algo amarillentos por
el cigarrillo, pero su sonrisa era jovial y atrayente.
—Hola
cariño. —dijo después de darle un beso y abrazarla. Ambra recuperó las fuerzas
perdidas y las dudas se alejaron de allí.
Carl
hablaba un poco ronco y raspado.
Extendió
un saludo caluroso hacia Wendy y otro cordial a la planificadora.
Las
palabras sobraron, el miedo de Ambra era que el novio no pudiese ir a la cena y
que se quedara como toda una solterona sentada en una de las mesas de la boda.
—¡Qué
gusto que estés aquí Carl! —enfatizó Wendy en forma de regaño disfrazado.
CAPITULO
2
—Señor,
hoy es el día en que le traen su pedido, la de NY. —sonrió el hombre chaparro
de unos 5 pies, con barba descuidada, dentadura un poco podrida y sonrisa
macabra.
—Espero
que valga la pena Juan. La última resultó ser una hija de puta. —El hombre
seguía de espaldas a Juan y con el frente al gran ventanal que daba al edificio
azul de cristal.
—Si,
recuerdo muy bien jefe. Al principio estuvo de acuerdo y luego, se echó para
atrás la maldita. —se pasó un palillo por los dientes. Su acento mexicano era
ineludible aun en inglés.
—Ve,
recógela al aeropuerto cuanto antes. Asegúrate que tenga todo lo necesario. Que
no le falte nada. —respiró profundo.
Luis
se giró en el asiento para darle la cara a su empleado y mano derecha en
cuestiones de negocios.
—¡Juan!
Que vaya mejor un chofer por ella al aeropuerto y que tengan todo preparado en
la hacienda.
Luis
estaba muy seguro de que el plan estaba bien organizado y que no podía fallar.
Trabajó mucho en la planeación de la operación. A estas alturas en su
organización, nada debía fallar.
—Usted
es un rudo en la cama señor Reeves. —dijo la mujer susurrando al oído mientras
que el hombre permanecía extasiado en sillón de piel negra de la biblioteca. No
acostumbraba a llevar conquistas a esa parte de la casa, pero a ese punto de
“me importa un coño” era literal. Todo por encima de su hermano con quien
compartía departamento.
—Y
tú eres una cabrona, como me gusta..
Su
voz ronca se mezcló con el olor a etílico en su aliento mientras la
mujer
sonreía ampliamente dejando ver su dentadura de anuncios de pasta dental que
resaltaba por el rojo oscuro de su pintalabios. Después de esta frase que
parecía encenderla, ella lamió sus labios dejándolo sediento. Acto después,
llevó una de sus finas piernas con medias negras y tacones del mismo color
encima de los brazos del sillón mientras él sorbía un poco de su whisky a las
rocas con malicia.
La
mujer se colocó una mano a la cintura en tono de coquetería y él osó
acariciarle el tobillo. Ella lo haló por la corbata de rayas rosadas con
azules. Se giró dándole la espalda a su presa. Abrió ambas piernas y lentamente
con movimientos circulares se depositó en su centro, allí donde percibía las
palpitaciones del hombre.
Esto
la hizo gemir y apretarse los labios en tono de deseo. Acto seguido, él puso el
vaso sobre una mesa de madera mientras lentamente comenzaba a recorrer sus
pezones. Cuando lo hizo, ambos gimieron por los movimientos que se iban
intensificando por encima de la ropa. Ella solo llevaba unas tangas negras y
sus senos estaban sueltos debajo de una franela blanca, que notaba
perfectamente el duro de sus rosado pezones.
Los
movimientos de sus caderas pasaron de circulares a un ritmo que iba delate
hacia atrás, en la misma dirección que el miembro masculino. Su erección seguía
apuntando haciéndose cada vez más duro mientras continuaba las caricias, esta
vez en las nalgas redondas aunque no abundantes de la mujer.
Solamente
sabía que la había conocido esa noche en un bar mientras compartía con unos
amigos. Sin embargo, el toque seductor de un Reeves marcaba el terreno donde
estuviera. Las mujeres se le estrellaban a los pies asi fuese que anduviera en
calipsos. Su personalidad tan fuerte no dejaba dudas de que era un hombre en
todo el sentido de la palabra. Ronald Reeves no necesitaba decir más que una
palabra o hacer un chasquido de dedos. Todo se le daba fortuito, todo venia a
él excepto la felicidad.
La
mujer se detuvo en seco para quitarle la correa a Ronald sin premura mientras
le miraba desear que ella sacara el tigre que estaba a punto de salir. Gruñía
mientras la tomaba por el cabello lentamente.
La
mujer tenía un rostro de niña inocente, a pesar de sus 36 años, se
conservaba
muy bien. Reeves no lo sabia ni le interesaba, solo quería cogérsela en ese
instante y fue lo que hizo. Cuando la mujer sacó a su amigo interno, él cambió
de roles y tomó el control de la situación. La sostuvo del cabello y la dobló
por la cintura haciendo que ésta se agarrara del escritorio. Le llevó el hilo
de las tangas hacia la derecha y le abrió muy bien sus partes íntimas muy
delicadamente pero con fuerza.
Fue
deslizando la punta del miembro por sus labios vaginales haciendo que ella se
tocara los senos complementando el placer del momento.
Sacó
uno de sus condones, se lo colocó rápidamente mientras le latía con fuerzas el
miembro. Ya llevaba varias semanas sin hacer nada, de duelo, pero ya no podía
más.
Sin
más preámbulos introdujo su pene lentamente y luego iba intensificando los
movimientos. La mujer gritaba con cada embestida, y eso le encantaba a él,
tener el mando, el poder y el control de la situación. Necesitaba saber que la
fémina que se follaba sintiera tanto placer que tuviera que regar la voz a sus
amigas.
El
pelo de aquella mujer era sostenido por las manos de Reeves mientras sus
cuerpos sudaban. Los gemidos de la mujer fueron aumentando a medida que el
hombre descargaba la fuerza masculina en ella. Ella le pedia más y él se lo
daba y fue pidiendo tanto que la hizo tener dos orgasmos continuos. Un segundo
después, él se descargó completamente sintiendo el temblor en cada uno de sus
músculos.
Mordió
la espalda de la mujer y luego retiró su pene.
—¿Ronald?
—escuchó una voz proveniente de la puerta de la biblioteca. No se inmutó, sabía
que era Chris, su hermano.
—¿Qué
quieres? —preguntó mientras terminaba de subirse los pantalones y se aseguraba
que la mujer estuviera cubierta, aunque no le importaba compartir con su
hermano, total, antes compartían hasta eso, las mujeres.
—Quiero
hablarte. —Chris sospechó lo que ocurría pero se encontró
muy
extraño de que su hermano estuviese teniendo sexo en la biblioteca, lugar que
aprovechaban para entretenerse un poco con un buen libro o tener privacidad.
La
puerta se abrió y Ronald encontró a su hermano con las manos en los bolsillos
recostado de la pared. Era un tipo menos alto que él pero igual de guapo. Pelo
castaño oscuro y barba al descuido, sus ojos eran muy azules.
Chris
echó un ojo al lugar y encontró que obviamente había una fémina y que el sitio
olía a puro sexo.
—Veo
que estas ocupado, hablamos arriba. —terminó diciendo sin que su hermano dijera
una sola palabra. Ronald se limitó a asentir mientras veía su figura
desaparecer por las escaleras. Ya sabía que venía una reprimenda.
—Uno
de mis choferes te llevará a donde digas preciosa.
Se
despidió de la mujer con toda la labia posible de que la llamaría, que la
buscaría. Era de las cosas que caracterizaba al don juan: Promesas incumplidas.
Al
cabo de cinco minutos, con la camisa echa un desastre y con un nuevo vaso de
cristal de whisky en manos, subió a la habitación de su hermano. El lugar era
un pent house moderno con todo lo que dos hombres solteros con mucho dinero
necesitaban. Nada más que pedir que varias sirvientas, mensajeros, área de
gimnasio, área de cine, biblioteca y varias habitaciones. En especial las del
primer nivel,diseñadas además de usarse para las visitas, pues se tiraban las
mujeres que querían.
—¿Qué
hay cabrón? —fue el saludo que le dio Ronald a su hermano que al parecer estaba
muy cansado de su faena y había caído con todo y ropa en la amplia y cómoda
cama de edredones grises. Todo estaba pintado en gris con beige y plateado. Uno
que otro toque de azul, en especial los souvenirs y medallas de surf que había
ganado. Era un campeón nacional de este deporte. Al igual que Ronald que se
destacó en el futbol americano. Todo hasta que su padre le mandó a estudiar en
una academia militar. Supuestamente para darle disciplina. Allí se volvió un
tipo duro e
impredecible,
eso y todo lo que tuvo que pasar, de lo que no quería hablar.
—Que
raro que te tiraste tu polvo en la biblioteca.
—Ya
sabes, donde le dan ganas a uno. La puta estaba muy buena. — Chris sonrió.
—¿Dónde
la conociste?
—En
la despedida de soltero de Jack. Recuerda que se casa el cabrón. —Se recostó de
la pared que daba acceso al amplio armario de su hermano.
—SI…
oye hoy llamó tío Sam. —El rostro de Ronald cambió de color. Se puso amarillo.
Ronald tenía una tez muy blanca como papel, su pelo era abundante y castaño
claro, casi rubio. Sus ojos verdes olivos a veces con la rabia se tornaban un
poco amarillentos, justo como en aquel momento.
—¿Para
eso me llamas para hablarme de Sam?
—Ya
supéralo Ronald!Mil veces te he dicho que él no tuvo nada que ver con lo que
pasó a nuestro padre. Tú mismo lo viviste conmigo.—Chris se levantó de la cama
molesto mientras su hermano seguía bebiendo, lleno de rabia.
—Él
fue el último en verle con vida. No sé, si hubiese aguantado más tiempo
sosteniendo su mano para que no cayera en el precipicio.. —se apretó el cráneo
con fuerzas.
—Entonces
a ti te dolió la muerte de nuestro padre más que a mí.
Bravo
señor Reeves. Me sorprende usted. —dijo con ironía.
Ronald
había desarrollado un sentimiento de culpa contra su tío Sam Reeves. Quien tuvo
un accidente automovilístico con su hermano Edgar en St Louis, el cual salió
disparado por la puerta del conductor y al que Sam por más que quiso no pudo
seguir sosteniendo su mano. Él mismo se dejó caer cuando perdió las fuerzas
suficientes.
Ante
sus ojos, el único hermano que tuvo perdió la vida. Y su
sobrino
desde entonces lo culpa sin dejarse convencer de lo contrario.
—Me
importa un coño tus sentimientos contra mi tío. Mañana debemos estar en la
reunión de accionistas de la empresa. —acotó.
—Allí
estaré.—dijo retirándose.
Los
Reeves eran dueños de una franquicia de motocicletas a nivel de Europa. Tenían
una sucursal inmensa en Florida. Chris se encargaba de la parte financiera y
administrativa y su hermano de lo legal. Ronald era abogado, se hizo de esta
carrera después de dejar la vida en el FBI. Labor que amaba hasta que vio morir
sus mejores amigos en manos criminales y tuvo que investigar el caso. Era
agente de investigación e inteligencia, la mano derecha del fiscal del
distrito. Uno de los más condecorados por ser un hombre arriesgado, pero ahora,
sólo era un empresario y mujeriego. A sus 34 años no le interesaba otra cosa
que no fuera follar, nadar, echar carreras y ganar dinero.
Se
daba los mejores lujos, los exuberantes destinos pero en el fondo estaba
podrido, muerto. La pérdida de su madre quien era el pilar de su hogar, luego
de su padre quien fue su columna vertebral, su bastón y por ultimo dos de sus
amigos en manos de delincuentes, traficantes.. Los muy malditos desaparecieron
sin dejar huellas y eso frustró a Ronald. De haber sido por él, todavía
estuviese investigando el asunto pero el departamento detuvo el proceso ya que
se comprobó que no estaban en el país.
Ronald
era un hombre muy sensible, aunque rudo. Había desistido la idea de formar su
familia porque a decir verdad se sentía cómodo viviendo la vida loca. Al único
que le interesaba complacer era a su padre y había muerto cinco años atrás. No
había ni existía una mujer que le hiciera sentir el amor. Esa palabra fuera de
su familia no la concebía. Sólo amaba a sus padres, su hermano y el tío Sam,
quien nunca pudo engendrar, ellos eran como sus hijos.
Hablar
del tema despertaba tensión en ambos. Chris que minutos antes había llegado de
buen humor, ahora se desahogaba metido en la tina en agua caliente y Ronald,
como siempre, bebiendo whisky. Para él era más fácil acudir a cosas como esas
que enfrentar la realidad. Chris aceptó lo que pasó aunque le dolía, aunque
tampoco sintiera la felicidad completa. Al
menos
sí sentía la necesidad de engendrar, de tener una familia propia y de hacer
algo más que acostarse con una mujer diario.
Ambos
habían limpiado las asistentes, las clientes, las mujeres que se les acercaran
ellos ya se las habían cogido, pero Chris no estaba en esos planes.
CAPITULO
3
—
Estás divina en ese vestido.—dijo Carl cuando tuvo a Ambra a su lado. Estaba
deslumbrado con el gran trabajo que hizo para él bajando de peso. No era que
estuviera obesa, solo que después de haber pasado momentos difíciles engordó un
poco.
Ella
sonrió con ternura. De verdad amaba a Carl. Consideraba que podría ser un
esposo, sin embargo sentía que algo estaba mal.
Ambra
tenía unos 5’ 8 pies de estatura, era una mujer alta de tez blanca y cabello
pelirrojo. Naturalmente lo tenía color miel, pero le encantaba este color
cobrizo, era parte de los cambios que implementó. Ese día llevaba un Jumpsuit
negro y un collar de perlas, acompañado de una cola al descuido y un maquillaje
ahumado. En las manos tenía una pulsera también de perlas con un corazón
colgando de material plateado.
La
cena de ensayo se realizó al estilo Wendy, con todos los detalles posibles.
Todos comieron, bailaron y disfrutaron. Parecía la boda misma con tantos
bocadillos, variedades de vino, tipos de carne, pescados…
Al
término de la noche, Ambra había llegado al límite cuando Carl en vez de irse a
casa con ella y dormir juntos, se inventó una excusa para salir alegando
trabajo a las diez de la noche.
—Te
lo digo Wendy, me conoces. Sabes que nunca le he aguantado nada a ningún hombre
y yo por Carl he hecho lo indecible. Creo que hoy se acabó. —dijo con voz
temblorosa. Tragó en seco. Para ella era inconcebible dejarlo. Si bien es
cierto que en el pasado ella tuvo buena autoestima, no menos cierto era que
después de la búsqueda de sus verdaderos padres y el fracaso de la misma, ella
cayó en una depresión que la hizo engordar, ser dependiente emocionalmente de
Carl le tenía muy mal.
—Te
apoyo en lo que decidas, hazlo como lo sabes hacer, con inteligencia. —susurró
Wendy por la otra línea. Ambra asumió que su esposo estaba cerca y que deseaba
mantener la privacidad de su conversación.
—Gracias.
Ahora me voy a dormir a ver si aclaro mis ideas. — mintió. No podría dormir
pensando que terminaría a relación con Carl. De solo pensarlo se le anidaban en
vez de mariposas, murciélagos volando su estómago.
—Buenas
noches cariño. —se despidió Wendy.
Carl
regresó al departamento con un olor a calle, a humo, a perfume y a cigarros.
Eran las cuatro de la mañana cuando Ambra sintió el peso de su cuerpo meterse
en la cama de manera sigilosa.
¿Acaso
pensaría que ella no se iba a dar cuenta? Había llegado al punto en que había
evitado a toda costa.
Trató
de reconciliar el poco de sueño, pero le fue imposible. Por su mente pasaba la
cuenta de los pocos meses que realmente fue feliz con él. Después del primer
año, el Carl responsable, hogareño y lleno de atenciones que conoció, se fue
volviendo pedante, irresponsable, mentiroso y hasta holgazán para cosas que
tenía que ver con ambos. En cambio, para fiestear y buscar excusas, era todo un
lince.
Ambra
no pudo detener los pensamientos agolpándose en su mente como si fuese una copa
a punto de rebosar. No pasó ni cinco minutos antes de que Carl empezara a
roncar. Ella se sentó a orillas de la cama presionándose la bata de algodón
contra el pecho para resguardarse del frio. La bata era una que había comprado
para lucirle el nuevo peso a su novio, pero esto no sucedió porque él tenía
algo que hacer.
Se
puso de pie sintiendo el congelamiento del piso de madera. Esa noche la
temperatura había bajado lo suficiente como para que ella se helara por
completo, pero nada como la decepción hecha hombre a un lado de su cama.
Lo
observó por unos segundos con un poco de luz que se colaba por la ventana y le
daba en el rostro, aquel que ya no estaba dispuesta a ver dormido junto a ella.
Ambra
evitó una lágrima, pero era muy tarde. Lo que no quería se estaba haciendo
realidad.
Se
puso de pie y se acercó a la ventana. Todo estaba helado, asi como lo estaba su
corazón. Sollozó en silencio y tras un último suspiro supo que el momento había
llegado.
Desfilar
como dama de honor se sentía muy bien si la que estuviese desfilando, fuera una
buena representante de la soltería. Pero Ambra no lo era, no se sentía
representante de nada ni de nadie.
Lo
que deseaba hacer era salir corriendo del cortejo nupcial y de la iglesia, pero
respiró profundo, pensó muy bien en su mejor amiga, la que le había apoyado y
cuidado. A ella no podría hacerle algo similar. Debía quedarse allí sonriendo
con un bouquete de dos tonos en las manos y cuidando no tropezar en la
alfombra. A veces solía ser torpe con los tacones.
La
iglesia era muy amplia, pero sólo se ocuparon dos filas de bancos. Wendy quería
una boda por todo lo alto, pero lo deseaba hacer con la gente que realmente le
importaba y esos eran los que ocupaban esos asientos.
Continuaron
el desfile hasta la llegada de los novios. Su amiga desprendía un aura
iluminada, su esposo la observaba con admiración. Ambra sintió una leve punzada
al corazón. Ella nunca viviría algo así como lo que vivía Wendy. La felicidad
no se hizo para ella, asi que lo que le restaba era adoptar un estilo de vida
muy distinto al que llevaba. Ya había tomado la decisión y no tenía retorno.
Después le comunicaría a Wendy sobre el viaje que ya tenía planeado.
Respiró
profundo mientras el sacerdote pronunciaba las palabras consagradas, deseaba
tanto regresar a su departamento, recoger y tomar su vuelo…
Diez
minutos después ya los novios salían de la iglesia entre bombos y platillos
para dirigirse al salón de recepción que quedaba a media esquina. Estarían en
una habitación mientras el maestro de ceremonias, que era un amigo del novio,
anunciaba su llegada cuando ya los invitados estuviesen en el lugar.
Ambra
recordó lo que había pasado esa mañana cuando se despertó. Por eso estaba
desesperada por partir de la boda porque los recuerdos recientes le estrujaban
el corazón. Ya no soportaba la angustia de haber terminado con Carl:
Al
levantarse ese día, le esperó sentada en el sofá de la sala con las ojeras muy
visibles y el alma arrugada.
—Tenemos
que hablar. —dijo ella con voz ronca mientras Carl se rascaba las bolas con un
dejo de interés. Había amanecido estropeado de la noche interior.
Carl
la miró extrañado por la forma en que ella se lo dijo.
—¿Sobre
qué? Te dije que debía hacer unos negocios. —Esta vez se rascó el cuero
cabelludo mientras se recostaba de la pared.
—Carl,
quiero que te vayas del departamento lo antes posible. Dividiremos las cosas de
ambos. Es mejor que ya no estemos juntos.
—Al
decirlo no sintió dolor, ni pena. Más bien un alivio interior. Jamás pensó que
decirle adiós a una relación de 4 años no le causara un ataque de histeria.
Carl
frunció el ceño mientras se acercaba lentamente hacia ella.
—Cariño,
si fue por lo de anoche…
—Fue
por lo de anoche, lo del dia antes, la semana antes, el mes anterior, los dos
meses antes… fue por todo Carl. Entiendo que nuestra relación no es lo que me
hace feliz no es lo que busco. Mírame, cada día quiero agradarte y he llegado
al punto en que me perdí a mi misma. —Carl miró al piso mientras ponía las
manos en forma de aza en la cintura. Se había empezado a enrojecer. Sus orejas
estaban muy calientes.
—Ok,
hablemos sobre esto por favor. Yo no quiero dejarte que me dejes Ambra. Sabes
que te quiero, que deseo estar contigo…
—¿Estar
conmigo en qué sentido Carl? Dejándome sola, no asumiendo tus
responsabilidades.. Es más, he llegado al punto en que todo lo sacrifico por
ti.
Ambra
se puso de pie y se colocó ambas manos en los bolsillos traseros de su jean
color pink. Llevaba además una franela blanca. Empezó a caminar impaciente
hacia la ventana. Siempre miraba allí como si fuese a encontrar las palabras o
la respuesta.
—¿Qué
es lo que quieres hacer? —preguntó al fin perdiendo la batalla. —Yo no quiero
que nos separemos Ambra, eres la mujer que quiero.
Ambra
se notó fría como un block de hielo. Las palabras de él le valían madre. Ya no
soportaría un día más así.
El
silencio fue la respuesta que dio antes de tomar su jacket negro que descansaba
sobre el sofá y se retirara del departamento con los ojos llenos de lágrimas.
Lo había dejado allí, en posición de incertidumbre mientras a ella se le
desgarraba el corazón, se le terminaba de partir.
Al
cerrar la puerta, sabía que tal vez jamás lo volvería a ver. Esperaba que él no
estuviese ahí cuando regresara, sino sería ella la que entregaría el
departamento a la constructora y rentaría otro muy lejos de allí.
Se
había sorprendido una vez más recordando esas palabras decisivas minutos antes.
Bajó el ascensor mojando sus mejillas con lágrimas que no paraban de caer. No
hubo forma de que las detuviera
Al
llegar al parqueo 1 del edificio, se dirigió hasta su Volkswagen jetta del
2006, gris.
Desactivó
la alarma y tuvo que secarse los ojos antes de que pudiera ver bien el botón de
su control. Tuvo que dejar que saliera el llanto y minutos después, se
encontraba mirando el retrovisor para poder salir del lugar.
Ambra
no pudo evitar encender su reproductor mp3, el cual tenía conectado al auto. El
primer solo de piano que escuchó fue “Long long ago”. Le relajaba escuchar
melodías, piezas musicales. No sabía de donde le venía esto pero tampoco se
preocupó por saberlo.
Tomó
la Hemingway sin rumbo fijo. Ya tenía programado ir por el vestido en la tienda
de novias, pero quería hacerlo cuando Wendy no estuviera por esos lares. La
verdad era que la boda sería al día siguiente y de repente ya no tenía deseos
de asistir.
Tan
solo deseaba volar, irse lejos de todo eso por un tiempo y hacer un viaje.
Debía buscar la manera de hacerlo a algún lugar donde en vez de llorar y
preocuparse si la amaban o no, ella estuviese dando algo de sí. Y como su
trabajo lo podía hacer desde cualquier parte del mundo con una portátil, todo
sería pan comido.
Hubo
una intersección donde tuvo que pensar si seguía fuera de la ciudad o se
detenía a un lado de la carretera a esperar que se le terminara el oxígeno o
recuperar las ideas.
Se
miró al espejo y vio un alma muerta, un ser sin mucho que dar. Su rostro lucía
más pálido que de costumbre y sus labios estaban deshidratados.
Posó
ambas manos en el guía y sin bajar la calefacción, giró a
la
derecha. Se detuvo en un café. Pensó que era buena idea tomar un chocolate
caliente y además ingerir algo salado.
Después
de estacionar, no le corrió a la fría lluvia que caía. Al contrario, deseaba
que además de lo helada que llevaba el alma, hundirse en el agua hasta dejar de
existir.
Se
estaba deprimiendo y lo sabía. No solo por lo de Carl, era
todo.
En
ese instante sonó el teléfono:
—¿Señorita
Ambra Holmes?
Una
voz ronca y muy seria le habló.
—Le
habla el detective Rivers.
Ella
abrió los ojos sorprendida. No recibía una llamada suya hacía semanas.
—¿Tiene
algo?
—Sí,
posiblemente buenas noticias.
Ambra
se detuvo en seco y dejó el menú sobre la mesa mientras la camarera se
apresuraba a acercarse para tomar la orden.
— Hay un pariente suyo en Oklahoma. Al parecer
es un hermano de uno de sus padres.
Ambra
apretó los dientes. Hasta ese instante no encontraba motivos para luchar, pero
ahora todo recobraba el color. El hecho de saber algo sobre su niñez que no
tuviese nada que ver con casas de internados y adopción, con padres
maltratadores, con hermanos descabellados…
—¿Pero
puedo saber ya la dirección? Puedo dirigirme hacia
allá.
La
camarera continuaba impaciente y Ambra le señaló una taza
de
chocolate del menú así como unos hot cakes.
—No,
es importante contactarlo y verificar los detalles antes de que se haga algo al
respecto.
—Bueno
detective, estaré fuera de la ciudad pero podrá contactarme a este mismo
número. De verdad me urge esta información, tener alguna esperanza…
—Le
entiendo y hacemos todo lo posible porque tenga usted un desenlace feliz.
Ambra
sonrió al fin al terminar de colgar la llamada. El hecho de que hubiese la
mínima esperanza de conocer a sus verdaderos padres y más que preguntarles el
por qué la abandonaron, quería sentir un abrazo materno, un verdadero abrazo de
su propia sangre, sus genes… saber si tenía hermanos y si podría algún dia
sentarse en navidades a compartir como una verdadera familia, tal como lo soñó.
CAPITULO
4
Ronald
se sentó en la cama constatando de que era tarde y tenía reunión en las
empresas. Le dio algo de pereza pararse de la cama.
Se
acarició el pene con su acostumbrada erección y no le quedó más remedio que
masturbarse mirando un video porno en una página de internet. Al terminar
corrió en dos zancadas hacia el baño y tomó una ducha.
Mientras,
puso su emisora chill out para relajarse mientras se vestía de traje azul
marino, camisa beige y corbata de rayas negras con toques rosados.
Era
un hombre muy elegante, su quijada marcada y sus pómulos pronunciados le daban
un toque de seriedad extra. Era un hombre frío y un poco calculador.
Difícilmente sonreía a menos que estuviera con gente de extremada confianza
bajo los efectos del alcohol.
Su
habitación llevaba los mismos toques de colores que su hermano, con la
diferencia de que en vez de azul, las puertas y los adornos eran negros.
Habían
contratado una diseñadora de interiores que tomó en cuenta absolutamente todo.
Antes
de salir, dejó la cama hecha. Era un hombre organizado con sus pertenencias.
Tenía un sentido del orden muy bien definido, aprendido en academia militar y
además con su padre Edgar, que les enseñó todos los modales y comportamientos,
excepto a ser mujeriegos.
El
teléfono sonaba incesantemente. Ya Chris estaba sentado en las oficinas junto
con los abogados para llevar a cabo unas nuevas negociaciones con un proveedor
de Tokio. Pero Ronald no quería
escuchar
la retahíla de su hermano en tono reclamador por la tardanza de media hora que
llevaba.
Al
cabo de veinte minutos, se encontraba atravesando la puerta giratoria del
edificio Reeves & CO. El cual poseía unas ocho plantas donde no sólo se
trataban las distribuciones de las motocicletas, sino asuntos legales y
servicios inmobiliarios.
Todo
estaba hecho en cristal con estructuras metálicas en los alrededores. Unas
oficinas modernas con aspectos elegantes, desde el counter de la recepción
hasta los despachos de los hermanos Reeves y el del tio Sam, que se encargaba
de la parte en Francia.
Ronald
se quitó los lentes de sol cuando pulsó el botón del ascensor. Cuando éste
llegaba, todo el personal pegaba un brinco. El portero le ofrecía cargarle el
portafolio, las recepcionistas le sonreían nerviosas parando bien el pecho y
organizando su cabello. Tenían la esperanza que el don juan les tirara el ojo y
que se las llevara a la cama, para presumir que se acostaban con el dueño, con
el jefe. Pero a Ronald no le llamaba la atención absolutamente nada de eso. Él
era muy selectivo a pesar de lo mujeriego. Optaba por mujeres de alto rango,
que estuvieran a su altura, a su nivel.
Mucha
gente caminaba de un lado a otro, parecía un aeropuerto ese día en las
empresas. Habían lanzado una oferta de unos edificios para venta y la gente
acudió al llamado. Cosa que hizo sonreír a Reeves.
—Hasta
que por fin llega el señor Reeves a sus responsabilidades! —Se escuchó una voz
madura y firme. Sam no se andaba con rodeos a la hora de corregir a sus
sobrinos, que al final sentía que los había engendrado. Le importaba un coño el
rencor absurdo de Ronald.
—Buen
día señores. —dijo Ronald sinceramente cuando se sentó en uno de los extremos
de la mesa redonda. Trató de ignorar a Sam lo más que pudo mientras Chris lo
observaba con escrutinio. Él ya
no
quería seguir esos caminos, deseaba ser padre de familia, ser productivo, vivir
una vida saludable… ya no deseaba seguirle los pasos a su hermano.
La
mesa de conferencias estaba rodeada de orientales, abogados y los accionistas
de la empresa. Todos con laptops y equipos electrónicos. La tecnología era
parte intrínseca de las empresas y de todo lo que rodeara a ese apellido.
Sam
duró un largo rato antes de concentrarse en la reunión. Ronald le tenía
preocupado con esa actitud errónea. Debía buscar la forma de que se sienta útil
sin tener que usar el poder.
Al
cabo de una hora, ya los ejecutivos ponían sus firmas al contrato establecido.
Las motocicletas llegarían a Miami en un par de semanas, lo que abriría un
nuevo mercado de clientes a la empresa. Todos estaban felices, de hecho,
brindaron con champan al término de la reunión.
Sam,
quien era un hombre de 57 años, notaba mucho más joven por el tipo de ropa que
solía usar. No importaba si estuviera delante del papa, Sam vestía de saco y
jean o tal vez una camisa menos formal y los jeans.
Aunque
su barba tenía varios pelos con canas, esto le hacía ver mucho más interesante
y pulcro.
Ronald
se despidió lo más rápido que pudo. No deseaba estar cerca de su tío. Ya si
ocurría alguna novedad, su hermano se haría cargo de informarle.
Ronald
se colocó los lentes de sol y aprestó a salir del lugar con la sonrisa interna.
La verdad es que la negociación le ponía muy de humor, justo el que necesitaba,
pero algo en su interior se quebraba cada vez que la felicidad tocaba a su
puerta, era algo fugaz, momentáneo.
Al
entrar al porche negro del 2011, sintió cómo en su interior se quebraba algo.
El pecho se le arrugó y ya no pudo contener una lágrima. Si, el duro y fuerte
de Ronald Reeves también tenía sentimientos, aunque solo él los viera por el
espejo retrovisor de vez en cuando.
Le
dio rabia consigo mismo después que dejó caer esa lágrima. No quería ser débil,
no cuando ya había superado un poco lo sucedido.
Su
celular sonó varia veces con el timbre clásico de un teléfono viejo mientras
acababa de guayar los neumáticos contra el pavimento para darle velocidad al
auto. Allí intentó desahogar la rabia.
Ronald
no deseaba contestar el móvil, no fuera a ser que su tío le diera por llamarle
para reclamarle algo o en su defecto, Chris.
Decidió
mejor continuar la producción del día, incluyendo un poco de acción. Así que
hizo una cita con Paula, gerente inmobiliaria de una de las divisiones del
nuevo proyecto que vendía los departamentos de los Reeves. Los Reeves los
ponían en manos de ellos para que llevaran las labores diarias del
mantenimiento, piezas faltantes, decoración de interiores…
Ronald
evadió el trafico mientras se acercaba a la 40th Street de Miami beach. Una
zona que desde 1950 tuvo un auge grande a nivel de hoteles lujosos. Lo mismo
que en ese momento cuando Ronald hizo abrir su techo descapotable para sentir
la brisa fría de invierno. Aunque todavía era más fresco que el frío que
acostumbraba en otras ciudades.
Al
llegar a la 45th Street, giró a la derecha y vio el edificio donde estaba el
restaurant bon nuit, donde almorzaría con Paula.
Se
acomodó la corbata antes de entregarle las llaves al joven del parqueo. Le
saludó con un gesto duro y poco amable mientras empujaba una pastilla de goma
de mascar por su lengua.
—Bienvenido señor. ¿Tiene reservación? —preguntó la
pelinegra
de baja estatura, con sonrisa radiante.
—Si,
Ronald Reeves. Mesa para dos. —dijo con seguridad sin mirarle a los ojos.
Estaba concentrado en un email que estaba recibiendo.
—Lo
siento señor, no veo su nombre anotado en las reservaciones. Deberá esperar
unos minutos hasta que una de las mesas estén disponibles.
Ronald
no podía creer lo que escuchaba. Él, un hombre al que todos le abrían las
puertas de sus establecimientos para que tuvieran el honor de contar con su
presencia, ahora estaba allí como uno más del montón haciendo filas para
almorzar… respiró profundo y sin decir una palabra, tomó su móvil de última
generación y llamó a Antoniette, su asistente.
—¿Dónde
diablos hiciste mi reservación? —preguntó sin más. La mujer al otro lado se
quedó estupefacta. Le temía a su jefe. No había nada bueno en él excepto su
físico que se veía afectado por la horrible personalidad.
—Su
reservación es en el restaurante Bon nuit señor justo a esta hora, a la 13:00.
—Quiero
que me envíes el correo por favor, estoy en una maldita puerta haciendo filas
como si fuese un mendigo. Mi tiempo es limitado Antoniette y lo sabes. —susurró
para no gritar.
La
joven hostess de la puerta, todavía se aferraba a la lista de reservaciones
rogando que el error no fuera de ellos, pues con el carácter de ese señor,
terminaría gritándoles a todos.
El
correo llegó y una vez le enseñó la captura de pantalla a la hostess, tuvieron
que ir por el gerente del lugar para que constatara. Sin embargo todo se aclaró
dos minutos después cuando llegó Paula. Y cuando llegaba, todos se enteraban de
su presencia.
La
mujer de casi 6 pies de estatura, con el cabello rubio hasta las caderas,
caderas que estaban muy bien definidas y moldeadas por cirujanos. Llevaba un
vestido blanco en forma de chacabana hasta por encima de las rodillas. Sus
labios pintados de rojo combinados con sus uñas le daba un toque de
sensualidad.
Paula
tenía los ojos color miel y su sonrisa parecía de revistas. Su personalidad era
avasallante y coqueta. Todo lo que se proponía, lo conseguía, así fuera a
Ronald Reeves a sus pies.
—Hola
Reeves.. —dijo cuando tuvo su brazo delicado enredado entre el brazo de Ronald,
quien aguardaba molesto en un rincón de la recepción del restaurant.
—Hola
Paula! —su rostro se relajó un poco. —Mírate, como siempre bella y exquisita.
—sonrió.
—Gracias
Reeves. Tú como siempre tan caballero. —guiñó un
ojo.
—Disculpa
que no entremos, estos ineptos botaron mi reservación, pero si quieres nos
vamos a otro restaurant.
—No
la botaron querido. Yo misma la mandé a cambiar con mi nombre. —Paula volvió a
repetir el gesto con los ojos mientras le tomaba de la mano y lo arrastraba
hasta dentro del lugar dejándolo muy confundido. Esta mujer hace muchas cosas
pero, esto fue tan extraño…
Con
la cabeza entre las piernas tuvo que pedir disculpas al personal del
restaurant. Ronald no acostumbraba a esas cosas pero, dadas las circunstancias,
era lo mínimo que debía hacer.
Una
vez tomaron asiento, Ronald pidió una copa de vino para poder disipar el mal
momento.
—¿Estás
molesto conmigo? —preguntó ella sin mucho afán.
—Eso
que hiciste fue muy infantil Paula. Fíjate, ya todos me observaban como si
fuese un demente.
Paula
se echó a reír a carcajadas. Su risa era malévola como sus pensamientos.
—Querido,
relájate. Eres muy rígido para ser tan joven y tener tanto dinero. —Esa palabra
le excitaba, la ponía ardiente. Desde que conoció a Ronald, había concentrado
sus fuerzas y ser suya por noches enteras. No quería compromisos, pero sí su
dinero y sus lujos. Se propuso tenerlo comiendo de sus manos porque no volvería
a pasar un día de vicisitudes.
CAPITULO
5
Wendy
llamó muchas veces para saber cómo se sentía su amiga. Se había ido después de
la ceremonia y nunca llegó a la recepción. Le dejó un mensaje de que tenía
jaquecas, cosa que Wendy no creyó. Ambra nunca se perdería un momento como ese.
“No
voy a contestarte Wendy, es mejor que me vaya para no tener remordimientos.”
Ambra
constató que no le faltara nada para el viaje. Quería irse a un lugar lejos de
allí, donde pudiese relajar su mente.
Por
última vez verificó que todo en el departamento estuviese cerrado, que las dos
plantas que adornaban la cocina tuvieran suficiente agua y que la maleta con
sus cosas quedara solo con lo necesario.
Ambra
se veía mejor que nunca, al parecer el peso físico que perdió más la ruptura
con Carl le restó otra carga menos sobre sus hombros. Llevaba puesto unas botas
negras de tacones altos, unos pantalones grises engomados marcando muy bien la
figura que siempre tuvo y que ahora se definía mejor. Una blusa azul oscuro de
seda con mangas largas, una boina y su abrigo de lana sintética color blanco
con bordes dorados.
Tomó
un taxi y se dirigió al JFK para tomar su vuelo. Estaba emocionada y a la vez
un poco asustada. Nunca antes había emprendido aventuras. Siempre todo era tan
planificado, tan meticulosamente organizado que no le daba espacio a la
improvisación. Pero esto ocurría con la vieja Ambra. Después de Carl, todo
había cambiado para ella.
Pagó
el taxi un poco temblorosa. Cada vez la temperatura era más fría. Se metió el
móvil ignorando distintas llamadas. La única que atendería era la del
investigador de su caso. Todo por lo pronto.
El
aeropuerto estaba abarrotado ese día, algunos vuelos les había
costado
salir por lo que no dudó que el suyo se tardaría. Caminó por los pasillos de
las aerolíneas hasta que encontró la suya. La fila de registro no era tan larga
con relación a otros destinos y se alegró, se alegró porque detestaba hacer
cola.
Ambra
hizo una reservación para unas posadas de retiro en la cual estaría unos quince
días. Esto era lo que necesitaba para estar en paz y fuera del bullicio mental
que tenía.
Leyó
el ticket de abordaje ya sellado, decía: México. Sonrió de alivio, elevó la
cabeza y se preparó para una de muchas aventuras en su vida. Por fin se atrevía
a lanzarse sin un pié de amigo, sin ser dependiente de nadie más que en sí
misma.
—¿Vacaciones
o placer? —preguntó una voz desconocida cuando Ambra trataba de meter el
equipaje en la parte de arriba del asiento. Era un bolso con cosas básicas
como: Móvil, maquillajes especiales para rostro seco, pastillas para la
jaqueca, perfume..
Ambra
sonrió y no respondió. Estaba concentrada en hacer que ese bolso se metiera
allí a como diera lugar. La gente se estorbaba un poco por tenerla a ella y a
ese hombre con voz ronca en pleno pasillo, era un corredor angosto.
El
hombre no se dio por vencido y ésta vez acudió a otra forma de llamar la
atención.
—¿Puedo
ayudarte? —su voz sonó dulce y fue entonces cuando ella se pudo ver en aquellos
ojos miel. El hombre tenía una sonrisa de fumador, pero con un atractivo que
llamaba la atención. El cabello rubio al descuido a dos tonos, un gorro de frio
color gris, un poco más bajo que ella y vestido de jeans y camiseta por debajo
de los dos jackets que tenía puesto.
—Por
favor… soy torpe para estas cosas. —dijo retirándose y dándole paso al perfecto
extraño.
En
un segundo, ya estaba sonriendo de alivio. Algo tan sencillo le causó un poco
de stress.
ella.
—Gracias,
de verdad. Te agradezco.
—No
es nada para una mujer tan bella como tú.
¿Por
qué lloraba si desde que salió ya le tiraban piropos?
—Bueno,
viajo por placer —soltó sin más.
El
hombre miró su número de asiento. Le tocaba justo al lado de
—¡Que
coincidencia! —dijo él en voz alta invitándole a ocupar el
asiento
que le correspondía, al lado de la ventanilla.
—Si..
¿y tú andas por negocio o placer?
—Negocios.
Aunque cada vez que voy hacia México siento placer. Los negocios son una forma
de placer. —Le guiñó el ojo mientras se acomodaba. Ella sonrió.
—¿Desean
algo de tomar? —preguntó la rubia azafata con piel muy rosada y sonrisa marcada
por los hoyuelos. —Si, un whisky por favor. — pidió él. —¿Y usted señorita? —Yo
pues… vino.
—Buena
elección. —acotó el hombre sin que le pidieran opinión. Esto hizo que Ambra se
sonrojara de nuevo. Fingió buscar algo en su bolso de mano y no sabía qué era.
Quería esquivar su mirada un poco. El hombre le intimidaba. Era una presencia
agradable y a la vez le traía un poco de desconcierto. Debe ser porque se
sentía un poco atada todavía a Carl, pero no quiso pensar en nada de esto.
Quería disfrutar el viaje, la gente, el pueblo, la playa… hacer cuanto le diera
la gana sin dar explicaciones.
—Aquí
tienen. —La azafata les trajo sus bebidas.
—Gracias.
—dijeron al mismo tiempo mientras se dedicaban una sonrisa.
—Pues,
brindemos por los nuevos conocidos que nos brinda el destino. —El hombre
levantó la copa y esperó a que Ambra hiciera lo mismo. Tímidamente la elevó y
chocaron los cristales. Era tiempo de
sonreír,
era tiempo de renacer.
—Salud.
—dijo segura de sí misma mientras acto seguido tomaba un largo sorbo.
El
vino la hizo sentir desinhibida y esto le agradó. Ya estaba bueno de tanta
cobardía. Era bella, muy bella y preparada para esconderse tras las sombras.
—Joel
es mi nombre. Perdón, no me había presentado.
—Ambra,
perdón igual. —volvió a sorber del vino como si en él encontrase las respuestas
a sus preguntas.
—Joel,
un gusto. —esa frase la hizo colocarse el cabello tras las orejas. Se estaba
quemando con el alcohol y las sensaciones que este hombre le transmitía. No era
un tipo de portadas de novelas pero tenía mucho encanto, un sex appeal muy
particular. Además del olor a hombre, a un perfume que no supo descifrar a
pesar que una de sus aficiones eran los perfumes.
—Por
favor, el gusto es mío. Mírate, eres una mujer demasiado hermosa y disculpa
pero también eres sexy. Imagino que debe de esperarte un gran hombre… lo
siento, no debo de meterme en tus cosas.
—Descuida.
Gracias, pero en realidad no me espera nadie, tal vez una ama de llaves que me
dirá dónde queda la lavandería y donde están mis llaves…
—La
vida es irónica ¿sabes? Si la vida me regalara el privilegio de tener una mujer
como tú a mi lado… me sentiría muy afortunado.
El
olor a alcohol le inundo las fosas a Ambra y otras cosas. Se sintió un poco
húmeda y se ruborizó. Estaba sentada al lado de un hombre que no hacía más que
destacar sus cualidades que el mismo Carl le hacía sentir que no tenía.
De
repente Ambra sintió más calor aun y quiso destaparse ese abrigo absurdo. Al
hacerlo, sus pezones quedaron expuestos y bien marcados haciendo que Joel se
centrara en ellos sin pudor alguno. A ella tampoco le
dio
vergüenza. Se había terminado toda la copa de dos sorbos y en ese instante la
ebriedad no acostumbrada empezó a hacer efecto.
—Tú
también te ves muy bien Joel. —se echó a reír.
—Gracias,
sobre todo porque te causo risa además. —dijo Joel percatándose de la
situación.
—Bueno,
no es que seas un payaso, es que no acostumbro a destacar las propiedades
masculinas así por así. —sonrió de nuevo a punto de echarse a reír.
—Pues
¡que viva el vino!
Pidieron
otra copa y entonces la conversación se tornó interesante, tanto que Joel besó
esos labios que pedían a gritos un beso suyo.
—No
solo se ven bien sino que saben a cielo. —dijo él después de despegarse de
ella. Ambra había quedado sin aliento en busca de más. No sabía lo que le
estaba ocurriendo pero, estaba muy excitada. Sumándole el extra de que se
encontraba en un Avión con un desconocido y lo único que quería era sentir un
hombre en su piel recordándole que ella era bella y que no tenía que matarse de
hambre para que nadie se fijase.
—Me
lo voy a creer… Joel. —de nuevo bebió vino y él provechó para introducir su
lengua dentro de su boca para probar un poco de aquel merlot. A ella se le
escapó un ligero suspiro mientras Joel le mordía el labio inferior.
Ambra
se quedó quieta sin poner resistencia cuando sintió su mano recorrer su rostro
con delicadeza. Luego bajaron por sus brazos erizando cada centímetro de su
piel. El avión no iba tan cargado de gente, por lo que al lado de ellos no
había espectadores de la escena.
Ambra
quiso ir al baño para retocarse. Fuera lo que fuera, le gustaba verse lo mejor
posible y más en una situación tan única como esa.
—Disculpa,
debo ir al baño.
—Adelante.
Estaré aquí en espera de que regreses. —sonrió y a la vez se mordió el labio
mostrando su ardiente deseo hacia ella.
CAPITULO
6
—Me
sorprendiste con eso de cambiar la reservación, es todo. —dijo Ronald todavía
asimilando la situación. Odiaba cuando todo se le salía de control.
—Olvida
eso y disfrutemos el momento. No es hora de pelear ¿o sí?
—preguntó
Paula mientras rozaba con la punta de sus tacones beige, las piernas de él.
El
hombre elevó la copa y le invitó en silencio a hacer las paces. Le convenía
relajarse un poco con ella que siempre estaba dispuesta a complacerlo, no solo
en los negocios, sino en la cama. La mujer tenía lo suyo, aunque solo fuera
siliconas y botox. Disimulaba muy bien sus 48 años aunque eso significara
evitar sonreír mucho para que no se le hicieran arrugas.
—De
acuerdo, eso me encanta en ti ese gatito domado por mis
garras.
—No
me provoques Paula, sabes que puedo cogerte en este mismo
restaurant
y hacerte gritar hasta que me ruegues que te suelte. —dijo susurrando.
Paula
sonrió de costado.
—Pues
el reto está hecho…
En
dos minutos, Ronald tenía a la mujer encima del lavamanos con las piernas
abiertas alrededor de su cintura, siendo golpeada por su pene como lo sabía
hacer y ella, aferrada a su cuello dejándose embestir sin piedad. Parecía una
serpiente despiadada a punto de morder a su presa para inyectarle veneno.
El
sonido natural de sus cuerpos mientras se enredaban en la calentura del
momento, retumbaba en el pequeño baño, que apenas tenía dos inodoros.
No
les importó que varias veces fueran a tocar la puerta, ellos arreciaron los
movimientos mientras la mujer tuvo dos orgasmos, él se sentía a punto de
explotar como si fuese un mar desembocando en la orilla.
—Oh
Paula! —dijo al correrse fuera de ella descargando su furia masculina.
Salieron
del baño como si nada hubiese pasado, terminaron el almuerzo de “negocios” y
quedaron de verse pronto.
Ronald
la despidió hasta su mercedes blanco del 2007. Ella le dedicó una última mirada
seductora mientras se metía al auto.
Fuera
de allí, todo volvía a la normalidad. Ahora debía irse a casa a tomar una ducha
y empezar una reunión en la tarde.
El
móvil empezaba a sonar de nuevo y esta vez decidió contestar.
—Hola
muchacho. —esa voz conocida le traía alegría. Era el comisario Smith. Su
antiguo jefe, que como un padre en toda su carrera y lo seguía siendo. Ronald
le guardaba mucho respeto, en especial porque era amigo de su padre.
—No
lo puedo creer viejo, mucho sin saber de ti. —Ronald desactivó la alarma una
vez le entregaron las llaves, pagó una considerable suma de dinero y se metió
al auto sin ponerlo en marcha mientras hablaba.
—Tenemos
que hablar sobre algo…
—Sabes
que para ti lo que sea.
Smith
le explicó con detalle lo que quería. Ronald haría lo que fuese necesario si se
trataba de ese tema…
—No
pensaba regresar pero, hay motivos suficientes como para hacerlo. —Su voz sonó
más áspera esta vez, como si envolviera rabia dentro de ella.
Ronald
terminó la conversación y como si estuviera impulsado por
un
resorte, salió disparado del parqueo a plena luz del día. Para ser lunes no
parecía tan complicado el tránsito en la zona playera.
El
móvil sonó de nuevo y esta vez lo llevaba conectado al manos libres del auto.
—Hola
hermano, cuéntame!
—Me
has dado un par de dolores de cabeza desde ayer ¿sabías? —se escuchó la voz de
Chris por la otra línea.
—Empiezas
con tus reclamos… —Ronald interrumpió.
—Para
nada, por hoy no quiero complicarme. Es para que bajes a South, hoy seremos
jueces de la competencia anual de surf. Fue algo improvisado pero… ya sabes que
amamos esta mierda.
—Cuenta
conmigo, voy a casa a vestirme y de ahí regreso de vuelta.
—sonó
emocionado el hombre. Era una de las cosas que les apasionaba además del dinero
y las mujeres.
—Hecho.
Te espero allá como en dos horas.
Ronald
se dirigió hacia Bal harbour, lugar ubicado a 20 minutos de south beach donde
estaba ubicado el pent-house. Por eso les encantaba la zona, aparte de que
vivía gente de dinero como ellos, podían apreciar una vista privilegiada hacia
el mar. De fondo se escuchaba un poco de rock metal. Le encantaba el rock de
todas formas, en especial las bandas clásicas. En esa ocasión en específico,
sonaba una de stratovarius así como aceleraba por la autopista, se emocionaba
con los acordes de la canción que iniciaba con violines y un coro que iba
tomando el ritmo a medida que se agregaban más instrumentos como el piano, la
batería y finalmente la guitara eléctrica. Para él representaba igual que una
cogida con una mujer.
DESTINY:
“…Under
the burning sun. Is this the way to carry on? So take a look of yourself and
tell me what do you see, a wolf in clothes of the lamb?
Unchain
your soul from hate, all you need is faith.
I
control my life, I’ m the one.
You
control your life but don’ t forget your destiny.” “Debajo del sol. Esta es la
manera de llevar las cosas? Así que
mírate
a ti mismo y dime qué es lo que vez, un lobo con ropas de cordero?
Libera
tu alma del odio, todo lo que necesitas es Fe.
Yo
controlo mi vida, soy el único.
Tu
controlas tu vida, pero no olvides tu destino.”
Ronald
se quitó la corbata en una intersección mientras iba entonando las letras que
perfectamente le iban sin que lo notase. Simplemente le encantaba la banda de
power metal y la letra, sus acordes, sus arreglos. Era fenomenal para él.
Se
tomó justo 18 minutos en llegar al apartamento. La señora Stacy le recibió muy
amable. Era su ama de llaves, su asistente en casa y su todo. A ella era la
única mujer que respetaba hasta el momento, pues ella estuvo con ellos desde
hacía casi diez años cuando decidieron irse a Miami. Ella les apoyó y les
reprendió muchas veces y cuando la muerte de su padre, fue su hombro sincero
para llorar.
La
señora Stacy tenía unos 56 años. Se veía muy joven a pesar de la vida de
sufrimientos que tuvo cuando su esposo se fue a la guerra y nunca más supo de
él. Por muchos años intentó buscarle, pero luego entendió que tal vez había
muerto o ya no quería saber de ellos.
Se
resignó con el paso del tiempo y trató de reconstruir su vida. Con los lujos
que les brindaban los Reeves, echó a sus dos hijos adelante y les dio su
carrera, pero en su corazón se escondía mucha tristeza.
Había
pasado por situaciones difíciles donde perdió prácticamente todo y tuvo que
empezar de cero. Como madre soltera no tenía muchas oportunidades y sin
estudios. La ayuda del gobierno no resultaba tan grande hasta que por
casualidad una amiga que trabajaba al lado de los Reeves la recomendó y de ahí
en adelante, la señora se ganó el cariño de sus
muchachos.
Ella
les hablaba como si fuera su madre. Con dulzura, serenidad..
Era
una mujer de piel fina, blanca, de ojos café oscuros, pelo castaño, espalda
ancha y alta estatura.
—¿Cómo
estás vieja? —dijo Ronald al saludarla con un abrazo.
—Vieja
tus pelotas. —se echó a reír mientras le seguía los pasos para mostrarle un
batido que le había preparado. Le encantaba los batidos de fruta, en esencial
que contuvieran: Fresa, banano, sandía y una manzana. Solo ella le sabía
preparar el dichoso jugo.
—Me
vas a engordar nana. —sonrió como un niño cuando terminó se beberse todo el
vaso gigante. De vez en cuando él en especial pensaba que Stacy era un ángel
que su madre había dejado para que no se terminara de volver loco. De hecho,
aunque ellos le pagaban mucho dinero, ella ya solo daba órdenes a las demás
empleadas domésticas no solo de la vivienda, sino de todo el edificio y las
oficinas que tenían. A ella la trasladaba un chofer para los distintos lugares
cada vez que hacía alguna inspección.
Los
Reeves confiaban únicamente en esa señora.
—Ustedes
están muy flacos, solo comiendo proteínas. En mis tiempos, los hombres hacían
otras cosas. —dijo la mujer llevando el vaso al fregadero.
—Estamos
en otros tiempos nana. Tú tranquila que estamos bien. ¿Y Chris, ha venido?
—Si,
se acaba de ir a la competencia. Sin van hacia allá por favor chicos, cuídense
de no golpearse con una de esas tablas.
Ronald
sonrió de ternura. Acto seguido, besó su frente.
—Gracias
por preocuparte. Vales oro.
Subió
las escaleras dando saltos. Estaba de buen humor, cosa muy extraña. Entró a la
habitación, encendió su home theater mientras se
desvestía
y colocó un poco de música electrónica para ponerse las pilas.
Se
puso unos jeans desgastados azules, una franelilla verde pegada al cuerpo
resaltando las horas en el gimnasio y escogió entre los diez lentes de sol en
el exhibidor del closet. Había que ver ese guarda ropas, todo organizado con
las prendas tan caras y masculinas que solo le faltaba una vendedora para que
pareciese una tienda.
Todo
era de lujo, hasta los sandals negros que se colocó.
Salió
disparado y apenas se despidió con un gesto de manos de Stacy. Bajó el ascensor
privado hasta el parqueo donde en vez del porche, escogió el Bugatti Veyron,
uno de sus bebés mimados que acababa de adquirir. Un auto negro con media
franja roja debajo. Él volaba bajito en esa máquina donde sentía el poder.
Al
llegar de nuevo a south beach, muchos de los presentes se recogieron la quijada
ante la presencia de tan increíble auto del año. Las féminas por supuesto, en
vez de recogerse la quijada, se justaron los bañadores ante tal figura, digna
representación de un hombre de verdad que hasta en ropa deportiva, lucía cada
vez mejor.
Ronald
estaba acostumbrado a ser el punto de atracción. Bueno, él y Chris que, era un
chico digno de una revista.
Al
identificar a su hermano sobre la tarima junto a los demás jueces, aprestó
hacia allá con una sonrisa de despreocupación mientras observaba la cantidad de
cuerpos calientes bronceados. Sin embargo, como era tan selectivo, tampoco se
acostaría con cualquiera de esas que vendían el alma con tal de acostarse con
él.
—Bienvenido
Reeves. —dijo Salvatore, el presidente de la asociación de surfistas. Quien los
había invitado. Era un hombre sumamente alto pero ya había perdido la figura,
pues sobresalía una panza que en tiempos anteriores no existía. Llevaba el pelo
recogido en una cola, su piel era tostada, su voz grave, velludo hasta en la
nariz..
—Gracias
por invitarnos hermano. —saludó con un abrazo cordial mientras se colocaba al
lado de Chris.
—Buenos
recuerdos me llegan a la mente. —dijo Chris mientras tomaba una soda de cola.
Llevaba unos shorts grises con mocasines azules y un t shirt blanco. Sus
piernas eran muy fuertes y definidas asi como el cuerpo atlético. La diferencia
entre él y su hermano radicaba en que Chris parecía más un hombre de portada,
atlético. Ronald era más definido como un hombre con un sex appeal envidiable,
de musculatura fuerte y apariencia muy masculina.
—Si..
¿Recuerdas cuando veníamos con papá a practicar? —Los dos contemplaron en
silencio las olas mientras recordaban los episodios de su padre, con
temperamento siempre fuerte, pero con la paciencia deun padre amoroso que
quería lo mejor para sus hijos.
—Papá
era increíble hermano.
Con
ese comentario guardaron silencio, como si estuviesen honrando la memoria de su
padre.
CAPITULO
7
Ambra
se encontraba en el baño mientras se observaba en el espejo. No se reconocía de
nada, ella no era tan atrevida como para tener sexo con un desconocido en un
avión.
Se
quiso decepcionar de sí misma pero no, ella no había cometido un crimen
dejándose besar por un chico. Además, era una mujer soltera y podía hacer lo
que le diera la gana con su cuerpo. No se amargaría la existencia con cosas
diminutas.
Salió
del pequeño lugar y caminó por el pasillo de vuelta a su asiento. Llevaba el
pecho erguido y una sonrisa de satisfacción.
—Ya
volviste. —Joel le sonrió con picardía. Ella tomó asiento y le restó
importancia al gesto, al menos fingió hacerlo.
—Escucha,
esto no debe pasar más de aquí..
—Descuida,
ha sido atrevido de mi parte. Tú te notas una mujer muy seria, muy tradicional
y yo no he debido aprovecharme de esto.
Sonaba
tan convincente y tierno que a Ambra le dio un pequeño frio en el estómago. Se
remojó los labios un poco y desvió la mirada hacia las nubes que tapaban el
sol. ¡Al fin sol! — pensó.
—Gracias
Joel, eres todo un caballero.
—Pero
al menos haremos las cosas bien. ¿Qué tal si hoy mismo te invito a cenar en un
restaurante allá en la ciudad?
—Acepto,
no tengo nada en mi agenda. —era una cita en su primer día de soltería en un
avión camino a México. ¿Qué más podía pedir?
La
azafata anunció que el vuelvo había terminado y que el avión se preparaba para
aterrizar. Ambos se abrocharon sus cinturones y con una sonrisa recibieron las
vibraciones del contacto de las ruedas con la pista de
aterrizaje.
—Te
ayudo de nuevo. —dijo Joel cuando intentaba sacar el bolso del porta equipajes.
Ambra se sonrojó. Definitivamente este hombre era todo un caballero.
Bajaron
del avión y Ambra pudo sentir el sol radiante el medio día, respirar una brisa
fresca, y escuchar el español en vivo y directo. Estaba feliz de poder
comunicarse y entender la lengua.
Este
es mi número, por favor si no me llamas entenderé que no quieres salir conmigo.
—dijo el hombre al despedirse en la terminal 6 del aeropuerto del DF.
Ambra
se despidió con un beso en las mejillas y con su mejor sonrisa. Joel parecía
saberse todo de memoria. Ella no, era una perfecta extraña, aunque le alivió
que de la posada le iban a recoger.
Caminó
por entre la gente aferrada a su pequeña maleta y sus bolsos hasta que vio un
hombre de mediana edad, bigote grande, piel india y sonrisa radiante, sostener
un cartel que decía su nombre.
—¿Es
Ambra Holmes? —dijo en inglés no muy fluido.
—Sí,
esa soy yo. —contestó ella en un casi perfecto español. El hombre se
sorprendió.
—¡Oh!
Habla usted español. Híjole! —se levantó un poco el sombrero en señal de
reverencia y caballerosidad mientras con la otra mano alcanzó la maleta. Ambra
sintió conformidad y camaradería mientras caminaba detrás del hombre.
Llegaron
hasta un auto blanco, muy moderno para ser un taxi común y corriente. Para el
precio que ofrecían en la posada, el auto era un lujo.
Ambra
prefirió llevar la ventana abierta para sentir un poco el calor de esa ciudad
tan llena de cultura y colorido. Aunque por ser día de trabajo, después de Salí
de la autopista del aeropuerto, todo se iba tornando en congestión del
tránsito.
—¿Está
muy lejos la posada?
—No
señorita, como a media hora de distancia. ¡Le va a gustar, ya verá! —sonrió el
hombre resaltando su acento típico.
—Estoy
segura que sí. ¿Cuál es su nombre? —preguntó ella por cordialidad.
—José
Leónidas para servirle señorita.
—José,
tengo un poco de hambre. ¿Puedes llevarme a un café para comprar algo antes de
llegar?
—Por
supuesto
Se
detuvieron en un lugar llamado Venustiano, y Ambra inmediatamente vio un puesto
de comida no muy lujoso, pero a ella le encantaban esas cosas. Mientras más de
pueblo y sencillas, mejor. Como no había que traducirle nada, ella pudo ver el
menú completo.
Chilaquiles
Quesadillas
Frijoles borrachos
Tacos
Eso..
los tacos le abrió el apetito mucho más, cuando observó a una mujer preparar la
carne en un sartén gigante con muchos pimientos, chiles, condimentos… el humo
despertaba el sentido del gusto y..
—Quiero
un taco por favor con mucho chile. Y un jugo de piña.
—Mira
José ¿y esta americana tan domesticada mijo? —dijo en broma provocando risa en
Ambra.
De
fondo sonaba una ranchera mientras en el lugar se iba acumulado la gente como
moscas a la comida. Era la hora de almorzar y el lugar era un punto atractivo.
Además tenía su fama.
Ambra
se quitó la chaqueta, hacía calor allí. Se recogió el cabello en una cola y se
sentó en una mesa con mantel de cuadros rojos a esperar su taco. José le hizo
saber que no tenía hambre asi que prefirió esperar en el auto leyendo el
periódico y hablando por teléfono.
Ambra
se preparó para degustar el platillo. Estaba muy caliente y picante. Justo como
le gustaba.
Tomó
un sorbo de jugo e inmediatamente saboreó el taco en el paladar.
Terminó
de comer, agradeció a los dueños del lugar y les dejó una considerable propina.
Salió sonriente y abordó el auto.
—¿Deliciosos
verdad? —Preguntó José cuando tuvo en marcha
el
auto.
—Si,
me gustó mucho. —dijo Ambra dejándose caer en el asiento.
Era
extraño, pero comenzó a sentir un poco de sueño. Debió ser el cansancio del
viaje y de no haber dormido los días anteriores con todo el problema de Carl.
Tal vez si lograba mantenerse despierta todo el recorrido, podría entretener la
vista y seguir contemplando el paisaje, pero no. Se estaba quedando dormida sin
remedio en ese asiento trasero de un auto en México.
CAPITULO
8
—La
generación no es como solían ser ustedes. Antes había más fuerza de
competencia. —comentó Salvatore decepcionado de dos concursantes que habían
tirado la toalla. Se rindieron antes de iniciar.
—Estoy
de acuerdo contigo. Mira Jorsh, ese chico apenas tiene 19, posee las
habilidades para el surf… no entiendo. —dijo Chris cruzado de bazos mientras
observaba el próximo grupo de tres ordenar sus tablas para la competencia. El
sol estaba candente para la época, y aunque la competencia era extraordinaria,
las olas ayudaban mucho para también ser fuera de tiempo.
Las
competencias solían ser en verano.
—Ronald
¿Qué opinas? —preguntó Chris. A su hermano se le notaba preocupado.
—Pues
lo mismo. Ya el surf no es lo que solía ser. Recuerdo ver a Chris que aunque
compitiera con los de Europa que eran los mejores, se quedaba hasta al final.
Nada de miedos amigo.
—¿Una
cerveza? —ofreció una de las chicas con un trikini verde, producto de uno de
los patrocinadores de cerveza.
—Por
supuesto, tres por favor. —Ronald la observó de arriba abajo.
Buen
material. Pensó.
—¿Linda
no? —señaló Chris cuando ésta se había retirado.
—Linda
y sexy. Lista para una tunda de sexo y se acabó.
—Eres
un demonio hermano. Ya es hora que te organices.
—Ja
ja! El hermanito menor dando siempre sermones al mayor. —
escupió
con ironía.
—No
lo tomes asi Ron, es solo que siento que ha llegado la hora de que asentemos la
cabeza y…
—Olvídate
de esa mierda. No estoy para esas estupideces. ¡Cásate tú! Mira este mar de
mujeres por doquier. Hay morenas, rubias, chiquitas, altas…. Un menú variado.
—destapó la cerveza y bebió dos tragos. Salvatore no escuchó la conversación
porque estaba dando unos anuncios por el micrófono.
—Si
supieras que ando en búsqueda de mi alma gemela. No sé si existe pero, nuestros
padres fueron felices y creo en eso. Soy de los que creo en el amor.
Ronald
se echó a reír con tono de burla.
—En
serio, suerte con eso. Yo no pienso casarme con nadie, soy feliz así como estoy
sin compromisos.
—Suerte
te digo yo hermano. Mira que el tiempo se va y no vuelve.
Mira
a la Paula, te saca lo que puede…
—Esa
mujer es lo más parecido a una compañera, solo que los dos estamos bien así.
Chris
se colocó los binoculares obviando lo que decía su hermano. Se concentró en la
competencia y por fin vio un ganador, un líder, un muchacho como lo fue él.
El
teléfono de Chris sonó justo cuando se terminaba el evento.
—Aquí
en south. —Le contestó a alguien que Ronald ignoraba. — Si, perfecto. Nos vemos
allá entonces.
Al
caer la tarde, Ronald se regresó a la casa. Ya le habían llamado para un
compartir con sus ex compañeros de universidad. Su agenda vivía apretada de
eventos. Chris también iba camino a la casa en su auto. Un
Bentley
Continental GT del año 2011 color negro. Era más clásico que su hermano pero
igual de exquisito.
Chris
también estaba invitado a la fiesta. Aunque no se graduó con su hermano, todos
sus compañeros eran igual de amigos con él.
Llegaron
prácticamente al mismo tiempo al parqueo. Subieron juntos entre bromas y
anécdotas del evento. Recibieron un pago por su presencia, pago que lo usaron
para donarlo a una fundación de niños abandonados a las que pertenecían.
Cuando
no ganaban lo suficiente, cuando se trataba se cosas con las que ellos se
comerían una hamburguesa, mejor preferían donarlos a las instituciones. Otro
punto positivo que les había quedado de sus padres.
—Ese
chico debe trabajar más con las piernas, tal vez s de mejor el año próximo.
—comentó Ronald sobre el joven ganador.
Chris
abrió la puerta y se encontró con tremenda sorpresa. Su hermano le había
preparado una fiesta de cumpleaños en la casa junto a amigos en común… en fin,
todo el balcón con vista al mar estaba repleto de la gente cercana a Chris.
—¡No
puede ser! —Chris abrazó a su hermano. Le agradó mucho eso, porque llegó a
pensar que se le había olvidado. Pero a Ronald no se le olvidaba nada, y ese
era uno de sus principales problemas y virtudes a la vez.
—Debí
haberte avisado para que te maquillaras pero… —Se encogió de hombros mientras
Chris fingía darle un par d puñetazos.
Los
globos empezaron a volar dándole vida al sobrio lugar. La gente cantaba la
típica canción de cumpleaños y una pecosa mujer sostenía un bizcocho de
chocolate y caramelo, justo el sabor que él adoraba.
La
sonrisa de Chris se le detuvo después que vio a esa mujer. Era Zuellen, su ex
novia.
Había
pasado dos años desde que ella se fue del país porque supuestamente debía
seguir sus sueños que eran vivir en España con sus
abuelos
y estudiar.
—¿Zuellen?
—Chris miró a Ronald y éste levantó los hombros. La mujer de unos 29 años,
delgada, pelo castaño casi rojo, llevaba un vestido de flores mangas cortas por
las rodillas, unos tacos muy altos, una sonrisa de perdóname y continuaba con
la torta y la vela encendida.
—Si,
soy esa misma. —Ella estaba muy segura de que él continuaba enamorado como
antes, que le aceptaría a la primera y que se comería la torta.
Después
de soplar, la saludó con un beso en la mejilla para no hacer un desplante ante
los demás invitados. Inventó que debía ir a vestirse y subió corriendo por las
escaleras, casi llevándose a Stacy a su paso.
Entró
a su habitación y lentamente se dejó caer en la cama.
Recordó
el momento en que esa mujer hirió sus sentimientos y empacó sus cosas,
llevándose su corazón con ella. Por eso se volvió mujeriego, bebedor como su
hermano.
Alguien
tocó la puerta.
—¿Quién
es?
—Soy
yo. —dijo Ronald mientras abría la puerta.
—Ella
me llamó ayer, le dije que te estaba organizando una fiesta. — Ronald se puso
las manos en los bolsillos. Sabía que a su hermano le había afectado la
presencia de Zuellen y por eso subió a verificar la situación.
—No
te preocupes Ron. Es que ella busca la manera de aparecer en mi vida así como
así.
—Pero
la puedes tratar indiferente si tanto te afecta. Ahora báñate y baja que te
esperamos. Es tu fiesta y no quiero que te la pases mal.
El
encuentro con los compañeros sería más tarde. Pero ya Chris había elegido el
atuendo para esa noche: Unos jeans negros con camisa del mismo color y chaqueta
blanca.
Al
ducharse, se dejó el cabello húmedo hacia atrás resaltando esos ojos azules y
ese pelo sedoso, que ya estaba un poco más largo de lo normal.
Chris
fue portada de revistas para autos y lo seguían llamando. Su rostro era sexy y
a la vez angelical, asi como su personalidad. Era un hombre de buenos
sentimientos, por eso había sufrido la separación de la mujer que estaba bajo
en el primer piso esperándolo para venir con las excusas. Lo que él temía era
caer rendido porque todavía la quería. Se temía a si mismo, a sus sentimientos.
Una
vez se colocó la pulsera de oro macizo en la mano izquierda y el anillo de la
universidad, bajó las escaleras sigilosamente. Estaba nervioso.
Allí
la vio, de espaldas con ese cuerpo que siempre le gustó. No tenía algo en
específico que le resaltara, pero a él le gustaba.
—¡Bajó
el cumpleañero! —dijo en voz alta uno de sus compañeros de surf. Su amigo de
siempre: Robert. Un hombre de mediana estatura pero conservaba una buena figura
física al igual que Chris. Se mantenía realizando deportes. Ya se había casado
y tenía dos niñas.
—Hola
Rob. Mucho sin verte perra. —hicieron un saludo típico en
ellos.
—Sabes
que para fechas especiales siempre aparezco. Hoy dejé las
niñas
con mi esposa. Oye ¿qué hace la gata aquí?
—Shhh.
Habla bajito que nos va a escuchar. —Chris se llevó a su amigo a una esquina
para que Zuellen no le escuchara.
—Hermano
tenga cuidado con esa mujer, mire que es una víbora…
—La
acabo de ver no sabía que había llegado de su viaje interminable. La verdad es
que no sé qué haré con ella.. —Chris volteó y la miró con preocupación.
—¿Qué
harás con ella? Mandarla de vuelta a España a bailar flamenco. Eres un tipazo,
ella no te merece.
Los
camareros servían coctel y bebidas. Stacy supervisaba los bocadillos. Todo era
fruto del mar, como le encantaba a Chris. Su hermano era más carnívoro y amante
de la gastronomía italiana. Pero ambos disfrutaban el buen comer en general.
—No
sé, el Problema es que aunque por una parte la odio por la manera en que me
dejó, otra parte de mi quiere estar con ella.
—Si
serás marica… —Robert se bebió de un trago el whisky que tenía en manos.
—Disculpa
Rob. ¿Te lo puedo robar un momento? —Zuellen se apareció de repente sin darle
chance a prepararse. Chris estaba un poco enfurecido, no sabía qué decir o cómo
reaccionar.
Ambos
se retiraron del grupo hacia la sala de estar, que se podía cerrar en privado.
Chris, que tenía un poco de whisky en las manos, se tomó un poco para soportar
el stress del momento.
—¿Qué
te trae por mi casa?
Ella
se sorprendió con la pregunta y enarcó las cejas.
—Vine
ayer y lo primero que hice fue llamar a tu hermano, no sabía si querías hablar
conmigo. —Se estrujó las manos en señal de nervios.
—¿Y
qué te hace pensar que ahora quiero hacerlo?
Otro
tortazo recibió la mujer en la cara. Jamás imaginó a un Chris tan a la
defensiva, tan fuerte. Estaba acostumbrada a un hombre amable, caballeroso,
tierno…
—Bueno…
yo tomé el riesgo de venir por tu cumpleaños. Mira, sé que me fui así sin más
pero quería saber qué se sentía hacer lo que siempre soñaste y ahora…
—¿Eres
feliz ahora que lo sabes? Silencio.
—No
lo sé. Sigo teniendo el mismo vacío. Ha de ser porque nunca tuve una familia
estable, ya sabes, las desapariciones de mi padre y las depresiones de mi
madre.
—¿Y
qué había con nosotros ah? Éramos una pareja estable. Tres años juntos era
suficiente, pero no, preferiste ir a realizar un sueño que tampoco se te dio.
—¡Vaya!
Sí que te preparaste para este momento. Alguien tocó la puerta.
—Soy
yo Ron.
—Adelante.
—Disculpen
si interrumpo pero ya debo irme a la fiesta. ¿Vienes o te quedas?
—¿Y
los invitados? —preguntó obviando a Zuellen.
—Se
van también, recuerda que excepto Zuellen, todos estuvimos en la misma uni.
—Tienes
razón. Espérame.
—¿Vienes
Zuellen? —preguntó Ronald ya que su hermanola ignoró. Ella asintió tímidamente
y Chris se mordió la lengua. Una vez más su hermano lo ponía en aprietos con
ella.
Salieron
todos de la casa y Zuellen iba como si nada estuviera pasando detrás de los
hermanos, como en los viejos tiempos, solo que ahora Chris denotaba un mal
humor que ni él mismo se aguantaba.
Cada
quien salió en su auto, excepto Zuellen que había llegado en
taxi.
—¿Vienes
conmigo? —preguntó Chris al fin.
Ella
asintió y en el fondo saltaba de alegría. Poco a poco lograría
reconquistar
su corazón y resarcir lo que había hecho.
CAPITULO
9
Despertó
sintiéndose un poco mareada. Se removió casi sin fuerzas en la cama y apenas
había podido abrir un ojo, la claridad le cegaba por completo.
Le
dolía un poco la cabeza y tenía sed. ¿Qué mierda le había pasado? Intentó
pararse de la cama pero le fue imposible, las piernas le temblaban un poco.
—¡Por
fin despierta seño! Lleva rato dormida.
Al
escuchar la voz, pudo enfocar a una india mujer de unos casi 60 años que le
extendía un vaso de agua. La tomó sin pensarlo dos veces hasta que pudo
satisfacer su necesidad.
—¿Qué
me pasó? ¿Quién eres? —preguntó con voz estropajosa.
—Soy
la que la cuida a usted seño. Soy María.
—¿María?
¿Dónde nos conocimos?
—Aquí
seño, en su casa. Usted misma me contrató. —ese acento de india era
inconfundible.
Se
sentó en la cama y notó que no era una cama cualquiera, era una cama triple,
con sabanas de seda blanca a su alrededor. De hecho, todo era blanco. Los
ventanales tenían cortinas blancas que se mecían con la brisa. El piso era de
madera, los estantes, el tocador..
Definitivamente
no era su casa, ni sus cosas.
—Mire
María, nunca la había visto. No quiero ser ruda pero esta no es mi casa, yo no
la contraté y estas no son mis cosas.
Se
puso de pie y se amarró el lazo de la bata a la cintura. Caminó un poco por la
habitación y escuchó a unos niños en el patio. Se asomó a la ventana y vio a un
niño y una niña jugar con una pelota. Además observó un
hombre
alto de bigotes con una pistola a un lado de la cintura caminar de un lado a
otro.
Decidió
salir de esa habitación y averiguar lo que ocurría.
—Seño,
seño… —gritaba la india mientras caminaba tras ella.
El
corazón lo llevaba toda carrera mientras se desplazaba por el pasillo hasta
unas tremendas escaleras rusticas. Las paredes estaban pintadas de un amarillo
oscuro y muchos cuadros típicos la adornaban. Pero lo que más le sorprendió fue
verla a ella junto a un hombre al que no conocía y a una niña de unos tres años
en una foto enmarcada en un cuadro gigante en el medio de la sala.
Se
agarró de una columna para no desmayarse.
—¿Qué
está pasando aquí? ¿Esto es una broma de mal gusto?
¿Quiénes
son esta gente?
En
ese instante la puerta trasera se abrió y el hombre de pistola entró a la casa.
—Señora
¿Le pasa algo?
—¿Quién
es usted?
El
hombre se sonrió irónico.
—Señora,
soy su guardaespaldas.
—¿Mi
qué? —soltó casi en un grito.
Hubo un silencio entre los tres mientras la puerta delantera empezaba a abrirse.
—Por
fin llegó el patrón. —se relajó el hombre.
Por
la puerta entró el mismo hombre de la foto. Un hombre de alta estatura, unos
6’3 para ser exactos. Con aspecto de empresario, rostro afeitado, piel
trigueña, ojos pequeños, de unos 40 años y de presencia fuerte.
—Hola
reina mía. —sonrió al verla.
—¿Quién
eres tú? ¿Por qué estoy aquí? —dijo ya con las lágrimas a flor de piel.
Los
trabajadores se quedaron estupefactos cuando escucharon esto.
Pensaron
que la mujer se había vuelto loca.
—Déjenme
a solas con mi mujer por favor.
Los
dos se retiraron mientras ella continuaba con los ojos clavados al hombre.
Tenía tanta confusión que pensaba que iba a desmayarse.
—Tu
nombre es Lucy, Lucy Carrillo. Mi esposa. Yo soy Luis Carrillo. Tenemos una
hija, esa que está en cada rincón de esta casa. Tu casa por cierto. —Su voz
sonaba convincente y melodiosa.
—Pero
no te conozco. En mi vida había visto tu rostro. —Ella se echó a llorar. No
podía creer lo que le estaba ocurriendo.
—Tomas
unas pastillas para la ansiedad corazón. Debe ser que tomas más de tu dosis.
Pero no te preocupes, todo va a estar bien. —El hombre le besó en la frente y
ella sintió escalofríos.
Volvió
a mirar por la ventana y vio aquella niña con el cabello rojo como ella.
Supuestamente su nombre era Lucy, tenía un hogar y vivía en México. Algo no le
encajaba ¿por qué no recordaba su pasado?
—Te
sentirás mejor cuando te duches, le des de comer a la niña.. — volvió a
besarla, esta vez en los labios, pero ella rehuyó cuando sintió su aliento.
—Por
favor, si eres mi esposo deja que me recupere. No me siento yo, no me siento
bien. Esto no está bien Luis. No sé quien soy...
—Shhh,
todo saldrá bien Lucy. Mi querida Lucy, tan bella y tierna. El hombre olió su
cabello, lo aspiró con fuerzas y la dejó allí parada,
frente
al retrato que no quería ver.
Fue
subiendo las escaleras con una mano en el pecho. Quería llorar, gritar y
explotar. ¿Qué había pasado con su vida?
—Seño.
—escuchó la voz de la mujer cuando iba subiendo la escalera. Al girar se
encuentra con la india sosteniendo a la niña en sus brazos.
—¿Dígame,
María?
—La
niña tiene hambre. Su hija Lauren.
—¿Lauren?
Lauren, asi le puse ¿no?
—Si
seño, supongo pues.
—Mami..
—La niña hizo un gesto con las manos para que la cargara. Ella sintió la
necesidad de hacerlo aunque por dentro no recordaba si había dado a luz.
—Tráigame
lo que ella acostumbra a comer y llévelo arriba por favor. Estaré en mi
recamara.
Sostuvo
a la niña y ésta se aferró a su cuello con mucha fuerza. Con tanta que ella
estuvo a punto de romper en llantos, pero Lauren no tenía la culpa de nada. Era
una pequeña inocente.
Al
entrar de nuevo a la habitación, se sentó en la cama todavía con la niña en
brazos. Estaba temblando de miedo, le estaba temiendo a la realidad.
—Aquí
tiene mi seño. Es el desayuno de Lauren.
La
mujer le entregó un cereal de trigo con frutas picadas por encima.
—¿Te
gusta? —preguntó Lucy a la pequeña. Ella asintió sin dejar de mirar la cuchara.
Se notaba que estaba hambrienta.
La
india continuaba observándola con curiosidad, como estudiando sus movimientos y
acciones.
—¿Y
ahora qué es lo que se supone que hago diariamente?
—Pues
usted es ama de casa. Le gusta ir al mercado a comprar frutas, en especial las
piñas, naranjas y limones.
Esto
le trajo algo a la mente a Lucy, algo que no podía descifrar. Pensó que si tal
vez empezaba a hacer lo cotidiano, recuperaría la memoria.
—Así
que voy al mercado…
—Sí,
y se encarga de la casa. Nos dice lo que debemos hacer y lleva a la niña a sus
actividades. Eso eso que hace mi seño.
María
le fue diciendo las cosas a las que supuestamente acostumbraba. Una vez
alimentó a su “hija” se dirigió al baño para darse una ducha. Lloró en silencio
porque estaba muy confundida.
—Salió
casi de inmediato y se apresuró a buscar alguna ropa para ponerse. El closet
era inmenso, parecía una boutique de pueblo. Encontró unos jeans azules y los
combinó con una camisa de cuadros azul con blanco. La amarró a la altura de la
cintura y se apresuró a salir de allí.
Era
las 8:30 de la mañana. No sabía hacia dónde iba pero debía buscar respuestas.
Asi que maría le dijo que ella tenía una camioneta negra afuera y que ella
misma la conducía todos los días.
Dejó
a Lauren toda llorosa y no le importó. Ella no conocía esa niña ni a esa gente.
Tampoco sentía que fuera de ese lugar, su fisonomía no correspondía, tampoco su
acento. Todo era muy extraño para ella.
—Vamos,
vamos..
Encendió
el GPS del vehículo y puso: Mercado.
Le
olía a mar, a arena. Debía haber alguna playa por ahí.
La
voz del aparato le fue indicando hacia dónde debía dirigirse. Sin embargo, se
perdió y se encontró con el mar. Justo lo que necesitaba. No sabía por qué pero
ese lugar le daba paz.
Salió
de la camioneta y corrió. Corrió descalza por la arena con los
brazos
abiertos, como si pudiera volar. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, no sabía
hacia dónde ir o qué hacer o a quién recurrir.
—¡Dios,
ayúdame por favor! —cayó de rodillas en la arena haciendo que la marea tocase
sus pantalones. No le importó porque era poco lo que quedaba de ella. Un
cascaron de mujer, sin memoria, sin recuerdos.
La
playa estaba desolada, a lo lejos se podía contemplar un barco a muchos
kilómetros de distancia. Lucy lloraba amargamente.
Observó
el mar por un rato, sollozando. Se puso de pie y comenzó a caminar hacia dentro
del agua. Estaba fría, así como su alma y su vida. Si no sabía quién era ¿para
qué seguir viviendo?
Siguió
caminando sin detenerse. El agua le fue dando por el cuello, su cuerpo temblaba
casi convulsivamente. Quería que su corazón se detuviese ahí mismo. Un paro
cardiaco era lo que necesitaba para que su vida terminara..
Se
hundió aguantando la respiración y cerró los ojos. Lo normal era que intentara
respirar, pero no quería, solo dejarse ir. Sus latidos aminoraban, le quedaba
conciencia como para defenderse, nadar y salir de allí, pero no lo hizo.
De
repente, sintió algo que la elevó por el aire, que la sustrajo del agua y la
arrastró hasta la arena. No podía hablar, se estaba ahogando. Unos labios
trataron de sacarle el agua tragada, le hablaba, le daba respiración lentamente
hasta que se fue recuperando.
Todavía
tenía los ojos cerrados. Tal vez estaba soñando, pero si así era la muerte,
quería morir en paz.
CAPITULO
10
—Señorita!
Señorita!
Esa
voz masculina la escuchaba a muchos metros de distancia. Podía sentir unos
golpes en su pecho hasta que un impulso la hizo toser y que el agua restante
saliera de sus pulmones.
—¿Estás
bien? —preguntó el hombre en inglés. Ella le contestó. Al menos lo supo, no era
mexicana.
—Debió
dejarme morir señor.
Al
girarse, casi se desmaya cuando vio esos ojos verdes y esa mirada penetrante.
Definitivamente estaba muerta y un ángel fue a rescatarla. Todavía estaba
acostada en la arena y él sostenía su cuerpo con una mano.
—¿Por
qué una mujer bella querría matarse?
—No
quiero vivir.
Sus
ojos se llenaron de lágrimas y empezó el llanto. El hombre la miró con esa
mirada dura que solo él tenía. No sabía cómo mostrar ternura y compasión, pero
al ver ese llanto no hizo más que llevarla a su pecho y abrazarla.
—Ya
estas a salvo. —susurraba él y esta vez si sintió ternura de ver a esa mujer
asi, tan bella, tan desprotegida y queriendo acabar con su vida. Por primera
vez pudo sentir algo en su pecho, algo más que deseo ardiente.
—Es
que… no estoy bien ¿sabes?
—Shh,
tranquila. Ven, vamos a sentarnos debajo de la palmera.
La
ayudó a ponerse de pie y caminaron medio metro hasta la sombra de la palmera.
—Mi
nombre es Ronald. Ronald Reeves.
—Al
menos tu nombre va con tu rostro. —sonrió de ironía.
—No
entiendo…
—Dicen
que mi nombre es Lucy, que tengo una familia que no recuerdo tener. Desperté
esta mañana sintiéndome ser otra persona, pero la casa está llena de recuerdos
que no poseo.
Ronald
se quedó estupefacto y pensativo a la vez.
—Debes
pensar que estoy loca. Y no te culpo porque, creo que si lo
estoy.
—Bueno,
tal vez sufriste algún trauma o un accidente. Debes
investigar
en tus álbumes, o algún papel algo que te ayude a recuperar. Si deseas puedo
ayudarte. Bueno, no me quedaré mucho en el país pero puedo ayudarte.
Si
ese no era un ángel bajado del cielo, ella no tenía ni puta idea de qué era.
—
¿Cómo me rescataste?
—Pasaba
de casualidad y me paré a contemplar el mar. Vi algo, tu pelo rojo es
inconfundible en el agua, supuse que no era una medusa, sino una persona.
Los
dos se echaron a reír.
—Te
hice reír que es lo importante.
Ronald
la ayudó a ponerse de pie. Le propuso caminar un poco por la playa, cosa que
agradeció, en especial porque si se hubiese levantado a su lado, tal vez no
quisiera acabar con su vida. Ese hombre definitivamente era la prueba
fehaciente de que Dios hace milagros, que lo envió en el momento preciso.
—¿Qué
es lo último que recuerdas?
—Recuerdo
cuando me desperté esta mañana. Es lo único que puedo
recordar.
—su rostro entristeció y Ronald lo notó. Era muy extraño en él estas
sensaciones. Pero la veía tan fagil, tan necesitada, tan bella con ese cabello
húmedo, su ropa y completamente perdida que, lo mínimo que podía hacer por ella
era ayudarla.
—Mira,
no te preocupes… te aseguro que lo que tenga que hacer lo haré para que salgas
de esto. —le dijo tan cerca que ella pudo sentir su corazón latir detrás de esa
camisa a medio abotonar blanca. Que también estaba húmeda.
—Ven
conmigo vamos a mi auto, allí tengo una toalla para que te
seques.
Los
dos caminaron lentamente hacia un jeep marca wrangler de
playa.
Él alcanzó una toalla azul y se la colocó alrededor. Ella no levantó el rostro,
sólo sentía tristeza.
—Debo
ir al mercado, compras cosas y fingir sobre mi vida. Es algo que aunque no
recuerdo, sé en mi interior que no lo hago.
—Ya
verás que hallaremos una solución. De pronto recuperarás tu memoria y hasta te
olvidas de este momento desagradable. Te das cuenta que amas a tu familia y
listo.
—Es
que, no entiendes. Ese hombre no puede ser mi esposo. Seguro estaba loca si me
casé con él pero, no sería el hombre con quien formaría una familia ni aquí ni
en Pekín ni en Tokio.
Ronald
pensó en algo que no le dijo, pero iba a investigar. La ayudaría aunque tuviera
que quedarse un mes más en México.
—Haremos
algo. Voy a ir delante, sígueme y te llevo al mercado. Todos los días me vas a
encontrar allí y así puedo ayudarte si me vas dando información.
—¿Por
qué harías algo así por una desconocida?
—Porque
me sale ayudarte, porque esa carita prefiero verla sonreír, porque también he
perdido mucho y no quiero que otros pierdan cosas valiosas como la vida sin
necesidad.
Ella
le creyó cada palabra. Era imposible no creerle a ese ángel lindo y sexy,
además de tierno. Hasta el mismo Ronald estaba sorprendido con su actitud.
Hacía dos semanas que había llegado a México a investigar a los hijos de puta
que mataron a dos de sus compañeros y amigos. El gobierno trabajaba en conjunto
con el FBI de USA en esa misión en específico.
Por
eso tenían un agente mexicano que era el compañero que le asignaron a Ronald.
El
dia en que su ex jefe le llamó era para ver si aceptaba la misión, por eso se
notaba preocupado los últimos días. Por eso su hermano le veía pensando lejos,
porque ya estaba retirado de la institución pero igual sus compañeros merecían
un descanso en paz y eso significaba atrapar la banda.
Los
dos continuaron hacia el mercado de Acapulco, allí estaban. Lucy se dio cuenta
por el letrero. Era un mercado muy grande en el cual vendían desde comestibles
hasta ropa.
—He
aquí el mercado. —dijo Ronald mostrando con ambas manos la variedad de colores
en las frutas que tenían al frente.
—Gracias.
—sonrió ella quien todavía sostenía la toalla para mantenerse caliente. La
brisa más la humedad, le daba frio.
Ella
empezó por tomar una bolsa de papel y comprar limones, bananos, papaya y
naranjas. No estaba segura de lo que hacía pero al menos por Lauren tendría que
hacer un esfuerzo.
Ronald
caminó un poco en busca de algo y la sorprendió con el gesto que hizo de
repente.
—Una
flor para otra flor.
—¡Un
girasol! —sonrió ampliamente cuando sostuvo la flor amarilla.
—Bueno,
no soy experto en flores pero es lo que me inspiras.
A
ella nunca le habían regalado ni siquiera una flor silvestre de carretera y él
nunca antes había tenido este detalle con ninguna mujer.
—Gracias
por tan hermosos detalle. —La olió y eso a Ronald le causó una sensación
desconocida. No sabía por qué pero esa mujer había abierto todo un universo
delante de él. Podía ver los colores de la vida asomarse. Era una especie de
sensaciones mezcladas, algo que lo hacía sentir extraño pero a la vez, le
gustaba.
—Quiero
que me prometas que vas a venir mañana con más información sobre tu esposo. Me
dijiste que se llamaba Luis Carrillo. Quiero que mañana me traigas un cabello
suyo, un vaso donde haya tomado algo.. no sé.
—¿Eres
agente policial? —se sorprendió ella.
—Bueno,
digamos que tengo conexiones. Amigos que pueden ayudar con esto. Tráeme esas
informaciones a la misma hora de hoy.
Ella
asintió mientras sostenía la flor y la bolsa. Cuando hizo el intento de pagar,
ya Ronald tenía un billete extendiéndoselo a la vendedora, que con un diente
menos y una sonrisa de “me hicieron el dia” irradiaba el mercado.
Se
despidieron con un abrazo mientras ella se regresaba a la camioneta. Giró como
pudo, ya que la calle no era tan amplia y se regresó con más esperanzas aún.
Diez
minutos después ya estaba de regreso. El sol la había secado mucho más así que
no tenía que dar tantas explicaciones.
Metió
el girasol dentro de la bolsa y estacionó en el parqueo. La casa parecía una
tremenda mansión de novelas al estilo rustico. Era tan grande, que en el patio
de adelante se podían celebrar dos bodas y atrás, dos eventos más.
—Patrona,
déjeme y le ayudo con la bolsa. —se acercó José con sobrada amabilidad.
—No
te preocupes que yo puedo, no pesa nada.
Al
abrir la puerta, ya Luis le esperaba mejor vestido, perfumado y
con
la niña en brazos. Desde que la vio entrar por la puerta hizo la señal correcta
para que su madre la cargara.
—¡Mira
nada más! , ha llegado mami. —La sonrisa de Luis era siempre irónica,
intimidante y maliciosa. Hasta cuando hablaba con Lauren.
María
le ayudó por fin con la bolsa mientras ella, sin quitarle la vista a Luis, tomó
la niña en sus brazos y la mecía.
—Hola
reina, te estamos esperando para dar un paseíto por la ciudad. Le vamos a hacer
un cumpleaños a Laurenita. ¿Verdad que si mi reina? ¿se me siente bien?
—¿Un
cumpleaños?
—Cum-pe-años
—pronunció la pequeña repitiendo lo que decían los adultos.
—Sí,
recuerda que mañana ella cumples sus tres añitos y papi le va a costear una
hermosa fiesta. Como ella se merece.
Lucy
lo observó con rabia, no por la fiesta sino porque no podía recordar algo tan
importante como la fiesta de su hermosa hija, por Lauren se parecía mucho a
ella. Su pelo rojizo, sus ojos miel, sus pecas…
—Si,
está bien. Debo subir y cambiarme de ropa y secarme el cabello.
—Vaya
mi reina que le estaremos esperando.
Lucy
subió las escaleras y sintió un frio recorrerle la espalda. Era un frio de
desconcierto y temor. ¿Quién era ese hombre y por qué se casó con él?
CAPITULO
11
TRES
SEMANAS ANTES…
—Está
fenomenal la fiesta. Debemos juntarnos más a menudo, como en los viejos
tiempos. —dijo Ronald mientras charlaba con Robert, Chris y un grupo de amigos.
La fiesta se estaba llevando a cabo en un pequeño hotel del dowtown de Miami.
No muy lejos del puerto. Ellos eran unas 50 personas y la estaban pasando muy
bien.
El
hotel tenía un salón de eventos con mesas de madera, ventanales para que
entrara el aire puro, abanicos de techo, luces tenues y las paredes pintadas de
rojo vino.
—Claro,
esa es la idea hermano. Además, actualizarnos sobre la vida de cada uno.
—intervino Lee, un japonés que se había pasado desde la adolescencia en USA y
hablaba perfectamente el inglés, aunque con un acento particular. —Ahora eres
un súper empresario, eso me gusta.
—No
seas tan modesto Lee, y tú ¿qué me dices? Eres administrador del banco de
Miami. Te ganas el dineral del año. —Lee sonrió mientras fumaba. Era un tipo
delgado, alto y casi encorvado.
—¿Y
tú Robert? Tienes tu propio taller automotriz. Nada más y nada menos que en
south hermano, donde mis bebés se atienden.. No me jodan, todos estamos bien.
La promoción ha dado resultado. Deberíamos pedirle una patente a la universidad
para que le enseñemos a las generaciones a cómo hacer negocios.
Todos
se echaron a reír. Todos menos Chris que tenía una conversación pendiente.
Debía resolver eso cuanto antes y no darle más largas a Zuellen, que se sentó
con una copa de vino en soledad, a esperar que Chris finalizara su charla. Él
no quiso cambiar nada en su noche para no amargarse. No porque ella haya
llegado, tendría que cambiar su vida, al contrario, ella debía adaptarse a su
horario.
—Me
van a disculpar señores. Debo resolver algo y es mejor cuanto
antes.
—miró a Zuellen de reojo.
—Sí,
vete con gatita a resolverle un problemita. —bromeó Robert imitando la
situación. Todos se echaron a reír de nuevo. Chris negó mientras se despedía.
Le
dijo a la mujer que debían salir de allí y hablar. Ella lo siguió entusiasmada,
abordaron el Bentley y se dirigieron a toda velocidad por la autopista.
Iban
en silencio. Ninguno de los dos dijo ni una palabra.
—¿Por
qué vas tan de prisa? —preguntó ella un poco asustada. No conocía esa faceta en
Chris. Él era moderado con todo, y mucho más con la velocidad.
—Pensé
que mientras más rápido hablemos, mejor. —dijo en tono
seco.
—Pero
puedes bajar la velocidad para eso.
—Creo
que no…
Aceleró
aún más haciendo que la mujer se aferrara al cinturón y
rezara
en voz baja. Chris estaba molesto, cada vez que recordaba lo que le hizo se le
subía un fuego desde el estómago hasta la garganta.
En
quince minutos llegaron al pent-house. Ya Stacy no estaba, así que le pidió que
fueran a su habitación.
—¿Por
qué has cambiado tanto en estos años?
Chris
echó una carcajada irónica. Se sirvió hielo en un vaso de cristal y luego
whisky. Se quitó la chaqueta y se sentó a orillas de la cama.
—¿Querías
encontrarme de la misma manera en que me dejaste? Sin crecer, sin otros
objetivos, metas… ¿Qué quieres tú Zuellen?
Ante
estas palabras, ella no pudo articular. Solo se quedó de brazos cruzados
observándole. Buscando respuestas.
La
joven mujer usó otra estrategia. Buscó lo que a él le encantaba que era todo su
ser. Ella estaba consciente de esto.
Tímidamente
se fue acercando a la cama y le susurró: “Te quiero a ti”
Le
quitó el vaso de la mano, lo puso en la alfombra beige. Acarició su sedoso
pelo, lo miró fijamente. Sus miradas ardían, uno de rabia y la otra de
conquista, de excitación.
Zuellen
lo recostó lentamente en la cama mientras ella se subía a horcajadas encima.
Subió su vestido y se sentó en su centro sin quitarse una prenda. Lo sintió
salirse de la ropa interior y latir martillándole el clítoris. Ella cerró los
ojos y ligeramente se movió. Él todavía la observaba sin pestañar, pero su
corazón latia con fuerza asi como su pene.
De
manera rápida, la tomó por la cintura, le dio la vuelta y la puso debajo. Le
arrancó los pantis color rosa transparente y ante un grito de asombro también
abrió sus piernas con fuerza. La atrajo hacia su boca y succionó su clítoris
provocándole una ola de placer y otro grito no planificado.
Le
metió la lengua hasta sacar todo su jugo, ella temblaba moviéndose
incontrolablemente mientras él continuaba con movimientos más intensos. Le
apretó las nalgas, las envolvió en sus manos y metió sus dedos mientras
continuaba lamiendo magistralmente su clítoris.
La
joven tuvo muchas contracciones antes de que le diera el movimiento que le
llevaría a la gloria.
La
puso boca abajo, le bajó el zipper del vestido en la parte de atrás. Todo con
fuerzas, sin romanticismo. La tomó por el cabello y la besó sin darle
oportunidad a respirar. Su lengua recorría su interior y ella gritaba de placer
ante cada movimiento. Así era que le gustaba ser tratada, con fuerza, salvaje y
sin pasión.
Estaba
tan sorprendida como excitada. Su cuerpo ardía debajo del
suyo.
Chris
se fue quitando la ropa mientras la mordía, la besaba, la lamía. Rompió su
sostén provocando otro grito de sorpresa y placer. Sus senos quedaron expuestos
y no hubo oportunidad. También se los llevó a la boca, los juntó y los lamió
sin piedad.
Sacó
su pene, se lo iba tocando mientras hacía todo esto. Ella pedía más y más. Él
pasó lentamente el pene por el clítoris provocando unos ligeros espasmos.
La
golpeó con la punta, le daba y le daba haciendo que la mujer moviera las
caderas en busca de más.
La
volteó con una sola mano y trajo sus caderas hacia atrás en posición de
perrito. Introdujo sus manos para ver si estaba lubricada y fue introduciendo
su pene hasta que lo tuvo completo en el calor de sus paredes.
La
tomó por las nalgas y la embistió. No fue lento, fue profundo y luego rápido,
rápido , rápido. Golpeó una de sus nalgas y la amasó como si fuese harina. Ella
gritaba, gemía y le miraba desde su posición. El hombre estaba rojo, sudado y
enfurecido.
La
tomó por el cabello y la atrajo para lamerle el cuello mientras se
intensificaban las embestidas. Sus sexos sonaban fuertes ante el choque
continuo e imparable. Pero los gritos de Zuellen le fueron haciendo empujar
fuerte ante la sensación de que se quemaba dentro de ella.
Los
últimos movimientos provocaron otro orgasmo en Zuellen y la corrida intensa de
Chris. Tan fuerte que cayó de rodillas en la alfombra.
Si
eso era lo que ella buscaba, pues lo obtuvo. Así se sostenía una conversación
con ella, ese era el nuevo Chris en versión mejorada.
Al
otro día la llevó a su casa diciéndole lo que sentía.
—Lo
siento Zuellen. Ya no siento lo mismo por ti.
Asi
de duro fue. Se pareció a Ronald, tan frio y calculador.
Ella
dijo que fue utilizada pero él no se defendió. No le importó sus ruegos y
gritos. Ya no le interesaba su inestabilidad. Quería a alguien especial, a una
mujer de verdad.
—No
te lo puedo creer hermano. Te la cogiste y luego la dejaste.. Te confieso que
me impresionas hermanito.
Ronald
estaba sentado en la oficina de su hermano escuchando anonadado toda la
historia de lo ocurrido. Chris no se sentía victorioso pero si estaba preparado
para seguir su vida sin nada que lo atara.
—Digamos
que lo disfrutamos los dos. Fue su despedida.
La
asistente de Ronald le llamó en ese instante. Tenía una línea de
Smith.
—Por
favor mándala a la oficina de Chris.
—Buen
día viejo. ¿Cómo estás? —preguntó con toda confianza.
—Bien,
hijo. Ya sabes, casi de retiro. —se escuchó un suspiro de
agotamiento.
—Aquí
está Chris. Bueno, estoy en su oficina.
—Chris!
Me tienes abandonado hijo. ¿Cómo va todo?
—Smith,
viejo. Si, lo reconozco soy un bastardo. —sonrió.
—Pues
ya voy para abajo, ustedes que siguen subiendo aprovechen el tiempo, no lo
desperdicien en cosas sin sentido. Llévense de mí que saben que los quiero como
un padre.
Ellos
dos estaban conscientes de ese cariño sincero. Al menos Ronald se llevaba más
de los consejos de Smith que de su propio tío.
—Ronald.
La semana que viene empieza el operativo. Ya México firmó la autorización para
que vayas allá como agente. Ellos te darán carta
blanca
y nos proporcionarán el permiso para actuar.
Chris
no podía creer lo que escuchaba. Después que Ronald se retiró, no había querido
escuchar sobre el FBI. Sufrió mucho esas pérdidas y la impotencia de saber que
los asesinos salieron de Estados Unidos, le dejó devastado.
—Estoy
listo. Solo mándame el vuelo y las directrices.
—Listo.
Te lo envío todo.
—No
puedo creer que regresas al FBI. Chris se puso de pie para poder asimilar la
noticia. Tampoco estaba de acuerdo.
—No
regreso pero, quiero que mis amigos tengan un descanso en paz. Ellos lo habrían
hecho por mí.
Ambos
se quedaron en silencio. Chris no estaba dispuesto a que algo saliera mal y
también perdiera a su hermano.
—Solo
prométeme que te vas a cuidar. No quiero perderte, no soportaría otra
desgracia.
—Chris,
hermano. No me va a pasar nada. Mira que estamos con toda la tecnología y los
organismos necesarios para poder agarrar a esos desgraciados. Claro, no te
niego que en todo se corre un riesgo pero, haré lo posible para que no salgas
de mí. —Se puso de pie y abrazó a su hermano. Ambos bien vestidos como siempre,
tan profesionales y masculinos, reconocían que eran débiles el uno por el otro.
—Ya,
ya.. no te vayas a poner muy marica. —se echaron a reír.
CAPITULO
12
Ese
hombre roncaba demasiado. Lucy no podía conciliar el sueño, no solo por los
ronquidos de Luis, sino por no poder recordar cómo rayos había llegado allí.
Horas
antes se había sentido sucia y con ganas de vomitar después que Luis la tocara
completamente, deslizara sus ásperas manos por entre sus piernas y estimulara
su clítoris. Ella no estaba conforme con aquellas caricias pero él insistía en
introducirle los dedos y besar sus senos firmes y redondos.
Esa
mujer era carne fresca, piel tersa, blanca como papel y cuerpo bien moldeado.
Por eso le atraía tanto, eso y el negársele. Eso le ponía ardiente, le daba más
ganas de tener sexo. Además, era su esposa ella debía querer si o si.
De
tantas negativas y fuerzas, Lucy se quedó quieta a que él la montara como si
fuese una yegua, una potra por domar. Cerró los ojos e imaginó a Ronald, su
boca sobre la suya, su lengua explorándola, su aroma.
Imaginó
la creciente barba sobre su cuello deslizándose de arriba hacia abajo mientras
sus manos recorrían sus caderas. Pero la realidad no era esa, la realidad era
que Luis había introducido su pene un poco brusco y ella se sintió asqueada.
Apretó los puños y los ojos. Dejó fluir su imaginación y continuó pensando que
era aquel ángel que la había salvado de haber muerto entre las olas del mar. Él
era lo más parecido a lo que ella le hubiese gustado en un hombre, y por eso su
cuerpo cedió ante el momento desastroso y lo convirtió en algo de placer en
manos equivocadas.
Gimió
por lo bajo sin querer mostrar mucho, pero las embestidas del hombre fueron
creciendo a medida que ella cooperaba. Ella se apretó aún más pero no pudo
contener el orgasmo que tuvo en nombre del perfecto desconocido y salvador de
vidas.
—Así
me gusta mi reina. —susurraba el hombre después de su
orgasmo
e inmediatamente él se dejó ir también ante el placer que ella le hizo sentir
con sus espasmos mientras su miembro se movía.
Esa
sensación de sudor y se vellos mojados en el pecho la puso peor.
Minutos
después Luis estaba roncando y Lucy se encontraba en el baño llorando
amargamente, lavándose cada poro de su piel y abrazándose bajo la ducha.
Ni
en un millón de años le pudo haber gustado Luis. Era un hombre petulante,
intimidante y machista.
Se
puso de pie y caminó por la recámara un poco. Se asomó al ventanal donde pudo
ver una luz encendida en el patio y muchos árboles rodeando la zona. Se sintió
sola y triste de nuevo, pero algo le decía que ese hombre le iba a ayudar.
Al
día siguiente, se preparaba para la fiesta de Lauren. Luis le había encargado
todo a ella que era la ama de casa, claro. Él como todo un macho se encontraba
con varios de sus amigos hablando de “negocios” en la terraza mientras jugaban
ajedrez.
—Voy
al mercado y me llevo a la niña. Vengo más tarde. —dijo con voz seca y con
carácter algo agresivo.
—Ven
acá mi reina y dame un beso. —Le pidió Luis con su sonrisa de siempre, altanera
y prepotente.
—No
creo que sea lo ideal, tenemos público. —dijo Lucy refiriéndose a sus aigos.
El
hombre se quedó en espera del beso, de hecho, como vio que ella no obedeció, se
puso de pie para ir a su encuentro mientras ella sostenía la mano de Lauren.
Nadie en absoluto le decía que no a él. Mucho menos tenía su propia esposa que
negarse a un beso.
Lucy
llevaba un vestido blanco largo hasta los pies, con forma
straple
arriba. Llevaba una flor amarilla en el pelo. Olía muy bien, pues su marido le
tenía todas las marcas de perfumes posibles en su armario.
Luis
sin decir palabras siguió acercándose a su esposa y los amigos observaban con
lascivia.
Luis
no le dio un beso cualquiera. Él la besuqueó por un rato para que aprendiera a
que las cosas se hacían en el momento que él las quería.
—La
niña y tus amigos están presentes. Debo irme. —terminó por lanzarle una mirada
de muerte y le dio la espalda.
—Por
eso estoy con ella mis queridos amigos, porque es una potra.
—dijo
con orgullo mientras la mujer caminaba hasta el parqueo con la niña cargada.
Una
vez entraron a la camioneta, Lucy se limpió toda. No quería recordar la escena
de la noche anterior ni la de ese momento.
La
niña muy inocente, estaba vestida con un trajecito en jean azul, varias flores
verdes con naranja y un peinado de dos colas. Ella la observaba y sentía
ternura, paz, tranquilidad y un sentido de protección.
En
su cuerpo no había marcas de embarazo, tampoco de operaciones. Estaba cada vez
más confundida pero todo iba a cambiar según su nuevo amigo, Ronald Reeves.
Se
dirigió al lugar donde había quedado con Ronald. Al llegar bajó de la camioneta
con la pequeña y empezó a caminar un poco pero no lo veía. Observó la hora en
su reloj azul plástico y constató que ya habían pasado cinco minutos.
Si
él no regresaba, estaría muerta. Si su ángel no se parecía, posiblemente nunca
encontraría la verdad.
Comenzó
a sentir los latidos del corazón en la boca. Se estaba llenando de ansiedad y
Lauren comenzaba a llorar porque quería ponerle las manos a todo lo que veía.
—Ya
mi niña por favor.
Le
compró una manzana que terminó rodando por el piso. Se molestó por no poder
controlar la situación ni a Ronald ni a Lauren…
—¡Qué
bella estás hoy!
Esa
voz que escuchó la hizo sentir mucho alivio. Hasta Lauren había dejado de
llorar. Se giró y lo vio ahí tan masculino vestido de camisa negra, jeans
azules y unos tenis.
Su
mirada era penetrante como una espada. Era hipnotizante perderse en esos ojos,
era como tirarse de espaldas sabiendo que un ángel como él te rescataría.
—Gracias.
—dijo sin pestañar y con algo de temblor en los labios.
Lauren
estaba pellizcando el pantalón de Ronald, por primera vez se sentaba al nivel
de un niño para responderle con la misma inocencia. Pero es que esa niña le
enterneció porque era hermosa como la madre, porque su candidez le robaba el
corazón..
—Ven
aquí. ¿Cómo te llamas? —ella respondió en su idioma típico y él le siguió la
corriente. En cuestión de segundos, ya la niña y Ronald se habían compenetrado
tanto, que Lucy se había quedado fuera. Pero a ella no le importaba en
absoluto, lo que le llamaba la atención era ver el rostro resplandeciente de
ese hombre cuando tuvo a la pequeña en sus brazos.
—¿Tienes
hijos? —preguntó curiosa.
—No,
nunca he tenido uno. ¿Trajiste lo que te pedí? —cortó el tema lo antes posible.
—Sí.
Este es un poco de su cabello. Se lo arranque de raíz anoche. Y esta es la
fotografía.
Con
una mano sostenía a Lauren y con la otra una bolsa transparente pequeña con las
pruebas. Él investigaría la procedencia de esa mujer y por qué razón ella no
recordaba nada. El caso le interesaba mucho como hombre por rescatar a esa
mujer y como investigador porque podría aprovecha sus habilidades en el tema.
Además, echaría un ojo sobre Luis. Ese sujeto por lo
que
describía Lucy, se traía algo en manos
—No
te preocupes. Investigaré esto lo más rápido posible.
Ambos
sostuvieron miradas hasta que un desaprensivo en una bicicleta golpeó a Lucy
haciéndole caer al suelo.
—¿Estás
bien?
Ella
asintió mientras se limpiaba el polvo del vestido. En lo que pestañó, ya Ronald
había alcanzado el chico y lo llevaba colgando de la franelilla.
—Pídele
disculpas a la señora.
El
muchacho que no pasaba de 14 añs, así lo hizo. Le pidió disculpas por hacerle
caer al suelo, pero ella ni siquiera escuchó una palabra, estaba delirando o
recordando algo. De pronto le dolió la cabeza.
—Recordé
haber estado en New York. Sé que era Ny y yo estaba sentada en el Central Park.
—dijo ella con los ojos cerrados mientras Ronald le ayudaba a ponerse de pie.
—¿Estás
segura? Bueno, por supuesto que no eres de aquí, habría que ver cómo te viniste
y quienes son tu familia, como se dio el matrimonio.. Todo esto lo voy a
investigar.
Lauren
se pegó de Ronald de nuevo y más porque le compró una
paleta.
—Gracias
por lo que estás haciendo. No sé cómo puedo pagarte.
Cuando
descubra quien soy tal vez no me guste mucho pero, al menos puedo estar segura
de que puedo actuar con lo que tengo.
Ronald
la observó con ternura. Ella era el tipo de mujer que aunque le provocaba
pasiones internas, no se atrevería a tocarla ni con el pétalo de una flor para
usarla. Eso le daba miedo porque no lo había sentido con nadie, y ella era una
extraña todavía. Apenas hacía 24 horas desde que la había visto por primera
vez.
Se
quedó perdido en sus ojos, en su cuerpo, en su sonrisa.
—Debo
irme. Hoy es el cumpleaños de la señorita aquí presente.
—¿De
veras? Eso es una pista muy interesante. La fecha de nacimiento y su adn.
Ronald
le tomó una muestra de saliva y una a Lucy.
—Con
esto tengo una buena parte de lo que necesito. Esto tomará 48 hrs pero, no voy
a descansar. Con la foto se buscará el registro y con las huellas si Luis tiene
algún tipo de ficha criminal.
—Eres
un agente de investigación y me lo negaste ayer. —dijo atemorizada. Temía por
lo que fuera a encontrar en su pasado.
Ronald
no recordaba que no se lo había contado.
—Tienes
razón, pero tengo mis razones. Debo guardar mi identidad preciosa. Ya luego tal
vez podamos ser amigos y sabrás mucho de mí.
Lucy
se despidió y Lauren hizo lo mismo después de encariñarse con el hombre. Las
dos quedaron hechizadas por el galán.
—Smith,
te acabo de enviar unos documentos. No sé pero sospecho que algo hay extraño
con ese hombre.
—Si,
ya me explicaste que la mujer luce como americana. Puede ser un secuestro
Ronald. Me suena a algo similar.
—No
creo, ella lo recordaría todo.
—Eso
es lo que debemos investigar. ¿Qué tienen de lo nuestro?
—Viejo,
el caso se complica. Dimos con uno de los secuaces y prefiere ser torturado que
traicionar al clan.
—Esos
mal nacidos..
—Mi
compañero está de cabezas en la oficina de investigación mientras yo ando
siguiendo las pistas.
—Bueno,
me mantienes informado.
Ronald
se dirigió al DF a la oficina del distrito porque habían arrestado a uno de los
infelices que mató a sus amigos.
El
tipo estaba esposado, con la sonrisa de oreja a oreja. Nada lo inmutaba. Ronald
lo observaba detrás del cristal con detenimiento mientras el oficial a cargo
del interrogatorio tomaba asiento.
—Mira
muchachote, no estamos aquí para perder el tiempo. Dinos quien es el cabecilla
de todo este tráfico humano, de las muertes y la droga.
El
joven de unos 21 años, de descendencia mexicana se quedó inmutable.
—Puedes
colaborar a cambio de un acuerdo con la policía. Pero si no hablas ahora, tal
vez te pudras en la cárcel. —el oficial era un hombre que aparentaba rudo, sin
embargo su tono de voz sonaba muy apacible.
—Váyase
a la mierda puto. —vociferó el joven haciendo que Ronald saliera de casillas e
irrumpiera en la sala. Entró dando un portazo y fue directo hacia el muchacho,
lo tomó por el t-shirt sucio y desgastado color azul y lo elevó en el aire.
—Ahora
vas a hablar conmigo hijo de puta.
Los
ojos de Ronald se tornaron a rojos por la rabia. Para él era un caso personal.
Los
oficiales intentaron detenerlo pero luego pensaron que esto haría bien al caso.
Ronald no tenía un buen español pero podía comunicarse con claridad
—¿Para
que soy bueno gringuito de mierda? ¿Vienes a mi país a exigirme puto?—desafió
una vez más el joven.
—Me
vas a cantar todo lo que sabes ahora porque tengo a tu madre y
a tu
abuela tras esa pared esperando a ver si tienes las pelotas de responder con
honestidad. —mintió. — Esta no fue la vida que quiso Ramón, tu padre.
¿Sabías
que había muerto dejándote el rancho en el que vivías y que perdiste por
hipotecarlo? Si, ya venció la hipoteca y sacaron a tu familia de patitas para
la calle. ¿Sabías que tu madre tiene que buscar la comida para tus cinco
hermanos mientras tú te metes tu porquería con estos millonarios que no les
importas una mierda? Ahora dime por última vez ¿cómo se llama el cabecilla?
El
muchacho miró al suelo. Había tomado muchas malas decisiones en su corta vida,
pero cuando él mencionó a la familia que dejó por las calles, el tema de su
padre… le dio ganas de llorar como un niño.
Ronald
había investigado la procedencia del susodicho y lo usó en su contra para
ponerlo contra la pared y la espada.
—Reynaldo
Castro. Él es el la cabecilla. —dijo dos veces en voz baja. —él me va a matar
por decir su maldito nombre.
Cuando
lo dijo, nadie se lo podía creer. Rápidamente empezaron a investigar archivos
de las personas que tenían el mismo nombre.
—Te
vamos a proteger muchacho. —terminó Ronald de decir.
Ningún
oficial había podido sacarle una palabra al joven. Allí lo tuvieron dos días
hasta que llegó Ronald a ejercer ese magnífico trabajo.
La
última operación que ejerció la banda de traficantes humanos habían sido unas
adolescentes universitarias a las cuales usaron como prostitución. Las
engañaban para que creyeran que iba a trabajar en algo honesto como modelos y
terminaban firmando un pacto con el mismo diablo.
Reynaldo
Castro era el nombre principal, pero tras él se escondían muchas manos, voces y
desgraciados peores. Estos hacían el trabajo sucio mientras el señor de seguro
bebía champan en una tina llena de mujeres que le masajeaban el miembro.
Asi
se lo imaginaba Reeves. Ni más ni menos.
—Buen
trabajo Reeves. —su compañero Fernando le dio unas palmadas en la espalda. Todo
el departamento estaba satisfecho por la valiosa información.
A
oídos de Smith había llegado esa hazaña y rápidamente había mandado al
departamento de inteligencia a evaluar la situación.
CAPITULO
13
Había
caído la tarde y el patio trasero de la mansión de Luis estaba lleno de niños,
máquinas de algodón, palomitas, un pastel de tres pisos decorado de minie ,
juegos inflables, globos, piscina..
Lucy
se encontraba de pie observando el panorama con cara de signo de interrogación
y a la vez de admiración. Porque eso era lo que sentía, muchas preguntas sin
respuestas y mucha sorpresa, una detrás de la otra.
El
dia anterior se levantó sin reconocerse, con un marido, una hija, una mansión.
Además de tener el closet que cualquier mujer querría lleno de perfumes caros,
prendas, vestidos, zapatos , carteras..
El
corazón se le arrugó por un instante y no sabía si lo que estaba sintiendo era
pena o rabia. Quería gritarle a los invitados que no le importaba para nada
quienes eran pero que ella no pertenecía a esa vida, a esa gente, a esa
cultura.
Se
cruzó de brazos y se recostó un poco de la pared. Llevaba un vestido de
tirantes color negro, la parte de abajo tenía pequeños vuelos y un ligero
diseño para darle realce y contextura. Llevaba unos zapatos altos color blanco
lisos, accesorios en perla fina y el pelo recogido en una trenza que le caía a
un lado del hombro.
Ni
siquiera todo el dinero del mundo podía comprar su felicidad. Pues una de las
cosas a las que mas le temía era saber que esa era su familia de verdad, que
Luis podía ser su marido y que sí era igual que él
Sintió
un ligero mareo, una sensación de desmayo. Tuvo que sostenerse y sentarse en
una mecedora. Cerró los ojos y de nuevo tuvo un recuerdo. Esta vez se vio en un
orfanato, un lugar donde habían muchos niños jugando en un patio amplio. Ella
llevaba una muñeca de trapo en las manos, unos zapatitos de charol negros, un
vestido rosado pálido y dos colas.
Se
vio triste, justo como se sentía en ese instante. No podía creer que
toda
su vida había sido una persona infeliz. Despertó del letargo con una lagrima
recorriéndole las mejillas y con la imagen de un payaso regalándole una flor.
Era un girasol. Sonrió porque recordó a Ronald.
—Gracias.
—dijo limpiándose con cuidado el rostro.
—¿Por
qué llora? —preguntó el payaso con una amplia sonrisa.
—Por
nada. —respondió tratando de disimular su tristeza.
—Las
personas lindas no deben llorar.
El
maquillaje de aquel payaso alegraba la vida de los inocentes, pero no de ella.
Nada la hacía sonreír.
—Trataré
de no llorar. Te lo prometo.
El
payaso le hizo chocar las manos en señal de trato mientras caminaba con si
fuese un pato. A ella esto le dio un poco de gracia y se echó a reír.
—Te
agarré! —dijo con voz chillona.
—No
estoy para reírme, además no te conozco, se supone que debes hace bromas con
los nenes.
—Si
que me conoces muy bien… adivina adivinador.
—últimamente
mi memoria me falla.
—Te
daré una pista… espero que conserves la flor de ayer y la de
hoy.
Lucy
se paró de repente con la mano en la boca. No podía creer que
esa
voz chillona y ese maquillaje estuviesen disfrazando a Ronald/
—¿Qué?
No lo puedo creer.
—Shhh.
Vine encubierto. —susurró él.
—Estás
muy loco. —sonrió.
—Para
hacer este trabajo hay que estar muy, muy loco.
—¿Lucy
querida? —escuchó la voz de Luis acercándose.
—Aquí
estoy.
—Ronald
se quedó quieto haciendo morisquetas.
—¿Qué
hace este payaso aquí contigo?
—Le
estaba mostrando dónde queda el baño de las visitas. —fingió amabilidad.
Lucy
intentó no temblar ante la impresión del momento. Estaba anonadada por lo que
ese hombre estaba haciendo por ella. Ir depayaso a la fiesta era demasiado.
Luis
se quedó complacido por la respuesta.
—Pues
que vaya rápido, se le paga para que entretenga a los niños, no a mi mujer.
El
payaso se dio la vuelta y siguió derecho hasta el pasillo por donde
supuestamente estaba el baño, mientras Luis se llevaba a su mujer hasta el área
de la fiesta.
—Ven
mi reina. Mire que vamos a tomarnos fotos con Lauren como toda una familia
feliz.
Esto
le torció el estómago a Lucy. “Una familia feliz”.
Lauren
estaba feliz junto a tantos niños de su edad jugando en la cama gigante de
pelotas de colores mientras era supervisada por María.
La
sesión de fotos empezó minutos después y ella tuvo que mostrar su mejor sonrisa
mientras buscaba a Ronald con la mirada. No veía la hora en que le trajera
buenas noticias.
Ronald
le hizo una señal a lo lejos y ella disimuladamente aprovechó que Luis se
emborrachaba con sus secuaces para sigilosamente seguir al payaso.
Se
encontraban tan lejos del área de invitados que nadie se daba cuenta de su
presencia detrás de esos centenarios árboles. Además, ya estaba oscureciendo y
era más fácil.
—Estoy
en riesgo por haberme escapado asi que por favor dime si me tienes alguna
noticia.
—Quiero
que no llores por favor. Todo saldrá bien. —dijo él mirándole a los ojos que
apenas se podían distinguir entre la oscuridad. Pero su perfume, su aroma
resaltaba por entre la de las flores. Esa mujer le tenía deslumbrado.
Si
Chris supiera lo que hizo por una mujer, no se lo iba a creer.
Estaba
irreconocible, desbocado, entregado.
—Para
ti es fácil decirlo porque no estás en mi posición. No creo que encuentres
nada, no creo que vaya a recuperar mi memoria y no creo que vayas a seguir
perdiendo el tiempo ayudándome. —estuvo a punto de llorar.
—Por
favor Lucy, mírame. ¿Crees que si no quisiera ayudarte estaría en estas fachas
expuesto a que me maten? —la tomó por el rostro y acaricio sus mejillas.
—No
lo sé. No sé quién soy, de donde vengo y hacia dónde voy. — se encogió de
hombros.
—Pero
para eso estoy. Por favor, no quiero verte llorar Lucy. Eres tan bella así
cuando sonríes que yo pagaría un boleto de cine por verte en pantalla gigante.
A
Lucy se le achicó el corazón al escuchar esas palabras.
—Gracias
desconocido. Gracias por ayudar a esta huérfana.
—¿Huérfana?
—inquirió con curiosidad.
—Recordé
que soy huérfana, que estuve una época de mi vida en un internado. Lo que le
suma más desaliento a mi caso. No tengo nadie a quien recurrir ni en quien
buscar respuestas. Luis se niega a dármelas.
—Confía
en mí por favor bella mujer. Créele a este payaso.
Lucy
lo miró anonadada. ¿Quién era él? ¿El hombre con quien vivió en otra vida? ¿El
alma que andaba perdida?
Ronald
no soportó verla allí tan confundida y bella. Tan desprotegida de todos que,
sintió una necesidad más allá de su dureza, de sus miedos, de su rabia contra
la vida. Sintió que debía besarla, que debía arriesgarse por algo y por
alguien.
La
tomó suavemente por la nuca y hundió su lengua dentro de su boca con ternura.
Ternura que sólo la conocía por el diccionario.
Eran
los labios más dulces que jamás haya probado él. Tocó muchas mujeres
adineradas, de todas las edades, apariencias, gustos y colores. Las había usado
y se las había cogido. Pero como esos labios y esa ternura nunca. Solo ella, la
desconocida que salvó de suicidarse, tal vez una loca, una cualquiera o una
desquiciada con doble personalidad. No le importaba.
Despegó
sus labios con ansias de seguir, pero ella se echó a correr hacia la fiesta sin
dejar que el hombre dijera una palabra más. Se reprendió por actuar como una
chiquilla pero temía por la reacción de Luis. No conocía ese hombre y no sabía
de qué era capaz si los veía allí.
Para
ella también fue una sensación increíble. No podía decir que era el mejor
hombre que recordaba porque no tenía memoria, pero era lo más cercano a lo que
ella sentía que habría querido a su lado como marido en esos instantes. Tal vez
la pesadilla fuese llevadera.
Estuvo
a punto de caerse con esos tacos en aquella yerba, pero prefirió quitárselos y
correr descalza.
Cuando
estuvo a punto de encontrarse con los invitados, de nuevo se los colocó
mientras perdía el aire. Estaba sofocada. Por suerte Luis no notó
su
ausencia.
—Lauren
tiene sueño mi seño. —Le indicó María mientras sostenía a la niña llorando.
—No
te preocupes cariño. Vamos a cenar y a dormir. —dijo después de besarla en la
frente.
Al
pasar por el lado de Luis, éste aprovechó por lanzarle una mirada de deseo
cuando vio el contoneo de sus caderas.
Lucy
prefirió ignorarlo para no recordar que de seguro tendría que volver a
acostarse con él. No lo podía ni imaginar, le daba ansiedad pensarlo. Tal vez
era cierto aquello de la ansiedad y que debía seguir tomando esas pastillas
para mantenerse en calma ante toda esa locura.
Al
llegar a la habitación, ya Lauren se había quedado dormida. Sin embargo ella le
despertó para que tomara su biberón de jugo de frutas y se fuera a dormir
tranquila.
Era
algo impresionante cómo en poco tiempo ella se había adaptado tan fácilmente a
ser madre. Tal vez eso era lo único que recordaba o quizás le salía natural.
CAPITULO
14
Luis
se acostó tan ebrio que no le dio tiempo de tener sexo esa noche. Lucy
agradeció a Dios por permitir aquello.
Ella
se despertó temprano e hizo su rutina de cambiarse para encontrarse con su
ángel en el mercado. Dejó a Luis en su despacho en una reunión. Su trabajo era
la exportación de ganado vacuno para otros países. Además, tenía su propia
producción y empaques de huevos y chiles. Era un hombre que según sus amigotes,
sabía hacer oro con todo lo que le caía en las manos.
Ella
se puso un jumsuit azul desmangado y unas zapatillas bajitas. Llevaba un french
en las uñas, el cabello recogido en una cola y una cartera cruzada de tiro
largo.
Se
miró al espejo y vio una hermosa mujer llena de tristeza. Sin embargo, había
amanecido positiva con respecto a su situación. Quería ver a Ronald para que le
dijera qué había pasado con su vida si había investigado algo… respiró profundo
y se dispuso a salir. Antes de bajar, escuchó unas voces que susurraban y
provenían del despacho que quedaba en el primer nivel después de la sala. Se
fue acercando y aguzó el oído.
—Se
lo digo yo mi patroncito, esa mujer tarde o temprano sabrá la verdad. —José se
movía de un lado a otro por la oficina de Luis mientras se agarraba el arma
como si la fuese a perder. Llevaba el ceño fruncido.
—Tengo
todo bajo control José. Además, recuerda que todo lo que hay dentro de esta
casa es mío, comprado a puro sudor.
—Tiene
razón mi patroncito. Pero mire que se ha metido en camisa de once balas.
—No
te preocupes por eso. Lo que debe preocuparte son los hijos de puta que nos
siguen los talones. Mira que ya tienen a uno de los nuestros.
—Ya
me informaron patrón. Si quiere le lleno la boca de moscas al muchachito ese.
—Por
ahora no nos conviene hacer nada. Recuerda: Paciencia y tolerancia.
Lucy
sintió deseos de vomitar. Esa conversación le preocupó. ¿Qué era lo que ella no
debía enterarse?
Decidió
hacer ruido para que dejaran de hablar del tema. Ya se acercaba la hora de
verse con Reeves y no debía faltar. Además, quería explicarle lo de la noche
anterior.
Bajó
las escaleras y le avisó a Luis que se iba. Fingió su mejor sonrisa.
Entró
a la camioneta soportando las ganas de llorar y cuando estuvo con el vehículo
en marcha, arrancó en un mar de llantos. Pero antes de bajar en el mercado,
decidió retocarse el maquillaje y fingir un mejor estado de ánimos.
Allí
estaba él. Esta vez tenía unos pantalones de deporte grises con un t shirt
blanco y unos tenis. Llevaba una gorra y unos lentes de sol.
Ronald
se cuidaba lo mejor que podía para guardar su identidad.
Quería
lucir como un extranjero cualquiera por las calles.
—Cada
día que te veo, estas más hermosa.
Lucy
se sonrojó ante aquel piropo e intentó desviar la mirada.
—Con
respecto a lo de anoche…
—No
digas nada. No hay nada qué explicar, yo me aproveché de ti y n es valido.
—No
es eso… bueno si, no.. es que no sé quien soy y si estoy casada por amor con
ese hombre pues debo guardarme asi sea un animal.
—¿y
si no estás casada con él? —irrumpió con rabia.
—¿De
qué me hablas? ¿Ya sabes algo?
—Vamos
a sentarnos en ese café, debo decirte algo.
Su
voz sonó como si fuese a darle el veredicto de un examen de sangre y fuera a
anunciarle una enfermedad terminal.
—Todavía
no sale registro alguno de Luis, estamos investigándolo pero, tengo una noticia
peor.
—Por
favor me tienes hecha un mar de nervios.
—Lauren
no es hija ni tuya ni de él.
Lucy
se puso de pie y se colocó una mano en el corazón. No sabe por qué si recién
conocía a esa niña le estaba afectando tanto estas cosas.
—¿Qué?
Pero, pero si se parece a mí…
—Lucy,
esto es más grande lo que me sospecho. Debes quedarte ahí hasta que te avise en
esa casa. Quiero que me mantengas al tanto, te daré mi tarjeta para que si
ocurre algo pueda ir a darte soporte.
—¿Pero
de quien es Lauren? ¿Quién es su madre?
—No
tengo la información pero por ahora debes protegerla. Yo estaré monitoreándolas
hasta que me den los resultados de todo.
Lucy
seguía paralizada mientras Ronald hablaba.
Ella
salió del lugar. De nuevo salía corriendo pero él fue tras ella.
—Lucy,
Lucy por favor espera. Lucy, mírame debes estar fuerte en esto para que podamos
llegar al fondo de esta situación.
El
teléfono de Ronald sonó en ese momento.
—Dime
que me tienes noticias Smith.
—Si.
La tal Lucy se llama Ambra Holmes. Es de NYC, su mejor
amiga
la reportó desaparecida hace dos semanas y su adn coincide con una situación
que luego te explico. Ella es…
Smith
le explicó parte de la vida de Ambra mientras escuchaba, no podía creer lo que
estaba ocurriendo. Ambra se quedó en espera de lo que este hombre le diría.
Al
colgar, Ronald tragó en seco. Ya era un hecho, Ambra había sido secuestrada.
¿Con qué motivo?
—Por
favor Ronald, te ruego que me digas qué diablos sucede aquí. Entre lágrimas le
preguntó.
—Tu
nombre real es Ambra Holmes. Eres escritora, traductora. Vives y eres de NYC.
Tu mejor amiga te reportó desaparecida y nadie había sabido nada de ti. No
tienes familia conocida y al parecer llevas una vida profesional de éxitos…
Ambra
se desmayó en sus brazos ante el impacto y él en medio de la gente se la llevó
cargada hasta el jeep donde se aseguró de darle un poco de agua y llevarla a
tomar aire fresco.
Pobre
mujer, tan hermosa y había sufrido tanto. Era víctima de un secuestro por parte
de Luis. Secuestro que todavía no sabia cómo había sucedido. Necesitaba las
pruebas concretas para culpar a ese hijo de puta, pues de seguro tenia papeles
falsificados de una supuesta boda y con su firma.
Ella
regresaba a la realidad tras un beso tibio que recibió en una mejilla. Ahora
más que nunca Ronald tenía el deseo de protegerla.
—Por
favor Ambra, despierta.
—Dime
que todo esto es un sueño, que no es verdad lo que me dices. Que no estoy aquí,
que voy a despertar en mi pequeño departamento con dos matitas y que no he
conocido a Lauren.
—¿Ya
recuerdas?
—Lo
último que recuerdo es que iba en un taxi hasta una posada que alquilé por unos
días y que me dio mucho sueño pero, de ahí me desperté en la mansión.
—Pobrecilla.
Mírame, te juro que te llevaré de regreso a casa y que allí estarás bien.
—No,
no soy feliz ni aquí, ni allí.. lo más cercano a la felicidad lo conocí cuando
Lauren me abrazó y sentí sus … sus manitas alrededor de mi cuello.. te.. juro
—sollozaba. —que tengo un sentimiento especial por esa pequeña porque se parece
a mí porque, no está con sus padres, porque el desgraciado de Luis la arrancó
tal vez de su vida.
Ronald
se le partió el alma al verla asi. De continuar con esa mujer, terminaría
amándola sin remedio alguno y perdiendo su identidad.
—Voy
a mandar a arrestar a ese hombre pero quiero pedirte que te quedes un par de
horas hasta que llegue la orden. Si sospecha que estas en algo podría salir
todo mal.
—¿Qué
pasará con Lauren? No quiero perderla.
—Lo
siento Ambra pero, la niña debe ir con el servicio de protección a menores y de
seguro encontraran a sus padres.
—No..
es que no quiero. — se echó a llorar. —¿Por qué tienen que quitarme lo único
bonito que he sacado de todo esto?
—No
hagas más difícil las cosas por favor. Mírate, acaba de recuperar tu identidad,
tus cosas. Solo hace dos días que la conoces. De seguro podrás venir a
visitarla.
Ambra
se pegó al pecho de Ronald y empezó a llorar amargamente. Ni siquiera le
importaba ella, sino la niña. Su vida ya no valía mucho en ningún país.
Ronald
la abrazó mientras la brisa del mar inundaba sus cuerpos.
Ella
se aferró a él como si la vida se le estuviese escapando.
Una
vez más Ronald la besó y esta vez ella se dejó acaparar toda la
boca.
Su aliento se fundió con el suyo y el llanto fue apaciguando.
Él
acarició sus brazos y sintió la piel erizada y fría. Se deslizó por sus caderas
mientras todavía estaban sentados uno al lado del otro. Ella colocó ambas manos
sobre su cuello mientras él curaba sus heridas con muchos besos sobre su piel.
La besaba tiernamente. Sabía a sal, a sal de marina, a brisa de Acapulco, a
caracoles y palmeras verdes.
Su
piel escondía dolor y él era el remedio para sus males desde que se conocieron.
Ronald
tocó sus pezones por fuera haciendo que se pusieran duros al tacto. Subió la
parte descapotable del jeep mientras la acariciaba tiernamente por el vientre,
sintiendo cómo ella se estremecía ante sus toques. No sabían lo que estaban
haciendo, solo se dejaban llevar por esa sensación extraña y distinta para
ambos.
Él
la elevó un poco haciendo que estuviese dispuesta y asi bajarle el zipper del
costado.
Quitó
un lado del jumpsuit dejando al descubierto un seno, luego el
otro.
Los
lamió con delicadeza como si estuviera tocando unas arpas
celestiales.
Ella lo miró con una lágrima corriendo por sus mejillas. Era dolor y ternura lo
que sentía en ese instante. Eran sensaciones únicas y nuevas para ella.
Elevó
una rodilla y la llevó al otro lado para colocarse encima de él mientras
suavemente sacaba su miembro más que erecto. Sin dejar de mirarle a los ojos,
fue rozando su sexo con el de ella hasta que sintió que estaba muy lista para
recibirle.
Tocó
sus nalgas y sintió la curva perfecta en sus manos. Ella gimió ante los toques
que le hacía y dudó por un segundo entregarse en esas circunstancias pero, no
razonaba. Sentía una necesidad inmensa de estar con ese hombre aunque luego se
arrepintiera por hacerlo.
Lentamente
logró introducirse el miembro varonil latente entre sus
piernas
y con un ligero dolor placentero, se dejó llevar por sus caricias, sus besos,
sus toques.. ella no había experimentado esto ni siquiera con Carl ni con
ningún hombre anterior. A este lo deseaba sin conocerle bien, lo anhelaba, sus
cuerpos se conocían se trataban como si estuviesen fundidos.
Despacio
él ayudaba a que sus caderas giraran en círculos alrededor de la base de su
pene mientras lubricaba sus jugos naturales y sus senos bailaban a ritmo de sus
sexos.
Ella
cerró los ojos y aferró sus manos al asiento para tener equilibrio y sacar el
apoyo para poder moverse mejor.
Continuó
sin miedo a nada mientras el hombre apretaba sus caderas. No tenían otro sonido
más que el del mar rompiendo en su espalda mientras el sonido del mar interno
de Ambra arropaba los oídos de Ronald.
Estaba
tan calientita, tan distinta a las demás, tan ella, tan única..
Suspiró
apretando el aire, conteniendo el volcán que le estaba empezando a quemar por
dentro. Ronald estaba muy excitado escuchando sus gemidos leves y sintiendo su
cuerpo, su belleza, su sencillez que por poco se corre, pero ella lo hizo casi
silenciosamente aunque sus paredes explotaron en espasmos.
Unos
segundos mas tarde, Ronald hizo lo mismo aferrándose a sus senos por un buen
rato.
CAPITULO
15
Los
dos sabían que ese encuentro no fue fortuito, lo podían sentir en las venas.
Por eso Ambra se echó a llorar, ella que solía ser dura de sentimientos o al
menos eso aparentaba, desde que su vida cambió en México, todo lo que le
ocurría le daba por llorar.
En
ese momento de clímax lloró de la impotencia por no saber qué hacer por Lauren
y qué haría cuando le viera la cara a Luis. Además, estaba Ronald. Se iría a su
vida que ella no conocía y seguiría su rumbo. Todo era confuso.
Ronald
la besó prometiéndole que la sacaría de esa casa ese mismo día, pero los planes
de Luis se adelantaron.
Cuando
llegó a la mansión ya él tenia maletas listas.
—Nos
vamos de viaje. —dio una orden y ella debía seguirlo.
—No
voy a ningún lado sin saber qué es lo que ocurre. —lo enfrentó a sabiendas de
que sus vidas estaban en peligro.
—Te
vienes a donde yo diga y punto.
—Pues
ni Lauren ni yo vamos contigo.
El
hombre se giró, la tomó por los brazos y le habló pegado a la
nariz.
—Buscas
tus cosas que nos vamos ahora. Ya María tiene a la niña. Ella subió corriendo,
buscó el teléfono y con las manos temblorosas
marcó
el número de Ronald pero antes de que lo contestara, Luis entró a la habitación
y le preguntó que a quien llamaba. Ella no supo contestar y trató de inventar
alguna excusa.
—Quería
llamar a la madre de un amiguito de la fiesta de Lauren para despedirme.
—No
debes llamar a nadie. —le quitó el teléfono a la fuerza.
—Tienes
que decirme que es lo que pasa Luis. Esto no debe ser así.
—Pues
así es como es. No me hagas más preguntas. —respondió furioso mientras apretaba
los puños.
Ambra
fue por Lauren y tomó un celular que había de una de las mesitas de noche. Luis
tenía varios números para sus artimañas y negocios sucios.
De
nuevo marcó el teléfono cuando estuvo camino a la camioneta.
—Corre
hacia la casa, Luis nos lleva de viajes y no quiero que pase algo grave.
Colgó
la llamada despertando la alerta en Ronald. Éste aviso a las unidades e inicio
un operativo. Estaba preocupado porque había descubierto más cosas de Luis.
Ambra y la niña estaban en peligro.
Luis
arrancó con las dos a toda velocidad mientras los empleados iban en otro
vehículo completamente armados.
—La
niña va aquí dentro y está asustada. Por favor Luis ten piedad.
—gritaba
Ambra mientras intentaba calmar a Lauren en el asiento trasero.
Luis
no hizo caso y siguió su camino hasta que en una intersección camino al
aeropuerto le interceptó dos patrullas de policía.
—Me
lleva el diablo.
—Buenos
días señor. Su licencia por favor. El hombre mostró los papeles, estaban al
dia.
—Conducía
en exceso de velocidad. Baje del auto por favor.
Luis
sacó un arma y le apuntó en la cabeza al oficial mientras el otro
le
apuntaba a Luis que seguía dentro del auto con Ambra y Lauren.
—Por
favor Luis suelta el arma, por favor.
Ambra
gritaba, también la niña y él no desistió. José que iba adelante, al ver la
situación frenó y se bajó con un rifle apuntándole al otro policía. Les
obligaron a despojarse de sus armas y los amarraron a un árbol.
Luis
pudo matarlos pero sería muy evidente y les haría perder tiempo. Ambra temblaba
del miedo e intentaba calmar a Lauren pero nada resultaba. Ni siquiera la
policía pudo con él.
Buscaba
a Ronald pero no veía señales suyas.
Luis
aceleró de nuevo hasta llegar al aeropuerto. Les hizo bajar y acompañarle hasta
dentro. Le dijo a José que cuidara a Ambra mientras él se vestía con otra ropa
en el baño, pero sus planes quedaron quebrados cuando el mismo Ronald le
interceptó camino al mismo mientras vario policías rodeaban el lugar. La gente
empezó a gritar desesperados, Luis intentó escapar pero Ronald le metió una
llave y le contralló contra la pared. Le arrastró hasta donde estaba José
apuntando a Ambra.
—Suéltala
hijo de perra. —dijo Ronald. Todos apuntaban a José pero este no cedía. Veía a
su jefe atrapado.
—¡Mátala!
—vocifero el hombre cuando se vio derrotado.
La
niña lloraba desesperadamente aferrada a su cuello y ella estaba inmóvil de
espaldas a José.
—No
temas Ambra. Estoy aquí.
—¿Ambra?
Asi que ya sabes el nombre de esta perra. —dijo Luis entre carcajadas.
Ronald
no dijo nada, sólo estudiaba los movimientos de José.
—Te
voy a dar tres segundos para que bajes el arma antes de que te vuele los sesos.
—todo el aeropuerto estaba paralizado. Las mujeres gritaban, los seguridad
despejaban el área y los oficiales cubrían a Ronald.
—Ja
ja ja. Maldito gringo. Te crees rambo o héroe de novela. Esta perra se va a
morir si no nos dejas ir.
—Se
te acabó el tiempo.
Ronald
le disparó en las manos haciendo que él mismo soltara el arma y Ambra cayera al
suelo con la niña. Por fortuna, ilesas.
Una
ambulancia recogió a Ambra y a Lauren. A las dos se le aplicó sedantes. Lauren
debía dormir después de lo vivido.
—No
te preocupes, voy a resolver todo esto y regreso por ti. Muy posiblemente te
hagan algunas preguntas pero no será necesario porque encontramos quien era el
desgraciado de Luis. Su nombre es Reynaldo Castro, jefe de varios carteles y de
tráfico de mujeres para prostituirlas.
Reynaldo
te dio una pastilla con una sustancia que actúa en el cerebro inhibiendo la
memoria a corto plazo. La misma borra los eventos recientes y asi puede
prostituir a las mujeres haciéndoles creer que son prostitutas. En tu caso,
cuando te vio, supo que te quería para fingir que tenía una familia, que era un
padre y esposo abnegado y que vivían una vida feliz mientras tapaba sus
negocios.
Lauren
es la hija de una de las mujeres que él dañó y que terminó muerta de exceso de
drogas.
Ambra
no podía creer lo que escuchaba mientras estaba recostada en una camilla de un
hospital.
—Por
eso y con más razón te eligió como su madre ya que increíblemente se parecen.
Pobre niña…
La
posada nunca existió, tampoco el taxista. Todos trabajaban para Reynaldo. Las
fotos, la casa , todo se preparó mientras estabas drogada.
Hasta
tus tallas de ropa te la eligieron. De hecho, todo esto empezó cuando elegiste
la posada. Todo aquel que la alquila es investigado por ellos, si es una mujer
soltera y en tu caso lamentablemente sin familia, pues es un blanco tan fácil…
Encontramos
tu celular, tu maleta y tus cosas.
Ambra
se echó a llorar de la angustia. Le parecía una película de terror. Un filme de
misterios sin resolver en el cual ella era la protagonista.
—Hoy
mismo nos vamos a NY para que regreses a casa. Bueno, quisiera que fueras
conmigo a Miami y allí que puedas quedarte cerca de mí.
Esas
palabras le dieron un alivio, una calma en medio de toda la tormenta.
—Si
no te importa quiero regresar a casa y reportarme a mi trabajo que aunque es
freelance, debo hacer actos de presencia y ver a Wendy…
—Entiendo,
ya Wendy sabe que estás bien. Hablé con ella mientras dormías y se puso a
llorar. Pensaba que habías muerto. Aunque no le conté todo el proceso, le
aseguré que te llevaría sana y salva allá. Pero luego, quiero que vayas a Miami
conmigo.
Toda
esta conversación ocurría mientras Ronald sostenía sus manos con encanto y
devoción. ¿Quién era ese hombre tan lindo y angelical?
—Entendido
comandante. —dijo ella en broma mientras por otro lado el corazón se le partía
en dos.
CAPITULO
16
—Arreglaré
todo para que puedas visitar a Lauren cuando quieras, y que además puedas ser
su madrina y comprarle todo lo que gustes.
Ambra
se echó a llorar sabiendo que la despedida era irremediable.
Según
las leyes, debía ser así.
Un
par de horas más tarde, ya Ambra se encontraba metida en un jet del gobierno de
los Estados Unidos junto a Ronald y a Smith quien había ido hacia México para
cerrar oficialmente el caso.
Ronald
no dejaba de mirar ese rostro triangular con esa mirada tan triste pero
hermosa. Ella tenía algo que no le había visto a todas las mujeres anteriores.
No era presumida, al contrario, denotaba sencillez pero a la vez era hermosa
porque sí, porque no se propuso serlo.
Los
dos se miraron mientras iban sentados uno al lado del otro.
—Gracias
por todo Ronald. Me has salvado la vida.
Al
decir esto, su rostro enrojeció y se mostró frágil. Ella solía ser una mujer
dura, rebelde, pero en los últimos meses su autoestima la había llevado a
convertirse en una persona insegura, pues llegar a los 32 sin saber sobre su
pasado la había llevado a vivir depresiones que nadie entendía.
—Gracias
a ti por llevarme a conocer los colores tenues de la vida.
Ella
no entendió esto, porque no conocía a Ronald. No sabía que este hombre era frío
como el hielo. Que cuando la conoció fue la primera vez que se percataba de que
los colores grises no eran los mejores, que existían cosas hermosas en la vida
aparte de los lujos.
Ronald
la besó sabiendo que aún estaba frágil por la cruda despedida con Lauren. A él
también le partió el corazón cuando la niña le llamaba
mamá
sin siquiera sospechar lo que ocurría.
Fue
el segundo mejor beso que jamás había recibido de una mujer.
El
primero fue en la playa en México, con ella misma.
—¿Te sientes mejor? —preguntó cuando estuvo a escasos centímetros de distancia de ella.
—Sí.
Mejor porque estás aquí sosteniendo mi mano. Desconocido
lindo.
De
nuevo se besaron.
El
trayecto hacia NYC fue relativamente largo. Por suerte en el
avión,
estaba muy equipado para que se sintieran bien. El gobierno estaba al tanto de
la situación que sufrió una ciudadana y estaba dispuesto a hacer lo que fuese
necesario ara que ella se sintiera feliz.
—Así
me gusta verte muchacho. —comentó Smith cuando había despertado de su sueño
profundo en uno de los asientos de atrás. Ambra se había quedado dormida y los
caballeros conversaban cosas concernientes al caso en general. Para ellos, fue
toda una hazaña y un milagro que todos estuvieran con vida y que Luis se viera
atrapado sin poder usar nada en su contra para dañar el plan. Además Ambra
actuó con inteligencia en el momento adecuado que llamó a Ronald, de lo
contrario no quería imaginar lo que hubiese ocurrido.
—Solo
nos estamos conociendo viejo, ya sabes no quiero casarme ni comprometerme con
nadie.
—Eso
lo veremos chiquillo. Esa joven se le nota que es de buenos sentimientos. Debes
aprovecharla. No siempre se encuentra de estas.
Ronald
se rió con ironía. En su mente no cabría la idea de formalizar compromisos. Y
si bien es cierto que Ambra le llevaba a conocer un mundo desconocido, tampoco
creía que ese gran amor que decían se fuese a fomentar en su corazón.
Ronald
sintió miedo de solo pensar en la idea. Su miedo al compromiso le afectaba
sobremanera y no había forma posible para
cambiarlo.
Al
aterrizar, Smith se despidió de ambos. Debía tomar un vuelo comercial hacia
Miami para poder rendir un informe en lo que llegaba Ronald. Allí se expondría
el resultado final de cómo se solucionó todo.
Ambra
se sintió extraña al abordar un auto negro con varias escoltas detrás. Les
esperaban dentro de la rampa de aterrizaje. El presidente quería que ella
recibiera los mejores tratos después de un trauma de esa naturaleza.
—Esto
me hace sentir como si estuviéramos en una película. —dijo ella al momento en
que Reeves le abrazó en la parte trasera de la limusina.
—Esta
es tu película hermosa. Tú fuiste la heroína de una historia que llegó a su
fin. Esa gente hizo mucho daño, pero de no ser por tu valentía..
—Y
la tuya. —interrumpió Ambra.
—Bueno,
la valentía de nosotros y de todo un equipo. No se sabe cuántas víctimas
hubiese cobrado el desgraciado.
Ya
Wendy le esperaba con ansias en su casa. Ambra no quiso hacer otra cosa que no
fuera dirigirse a la vivienda de su amiga que en realidad fungía más como una
hermana. Ambas se conocieron trabajando en una tienda de cosméticos. Sus
rostros limpios y tersos eran buscados para ser modelo de cutis en una de las
tiendas más caras y chic de la ciudad. Donde celebridades compraban sus
maquillajes personalizados de acuerdo al tipo de piel.
Wendy
por su piel trigueña y pelo ondulado y Ambra por la cara triangular, definida y
la piel que contrastaba con sus ojos. En ese tiempo, Ambra llevaba el pelo
color castaño y se veía como toda una muñeca de portada.
Después
de que cada una terminara sus estudios, Ambra se dedicó a
la
traducción simultánea donde ganaba buen dinero y Wendy a la estética.
Ambas
vivieron juntas durante diez años hasta que Wendy conoció a su esposo y tuvo
suerte porque era un buen hombre de buenos sentimientos, de buena familia y
además de buen estilo económico. Para él no existía regalo mayor que poder
casarse con esa mujer. Él provenía de descendencia latina. Una mezcla caribeña
con americana. Y ella pura americana.
Wendy
no había tenido una niñez feliz pero ella había decidido serlo. Ser feliz sin
importar los errores que cometieron sus padres al botarla de la casa a los 17,
porque no había dinero para mantenerlos a todos y debían dar de comer a cinco
hermanos más pequeños.
Por
suerte, las dos se encontraron en su peor momento y pudieron sobrevivir.
Ambra
recordó todo esto mientras el vehículo se deslizaba por las calles de la ciudad
y Ronald le tenía abrazada, de forma segura donde nadie le haría daño.
Ambra soltó un suspiro de alivio cuando sintió esta
sensación.
Bendito
Dios por hacer que se encontraran en el camino de la oscuridad.
CAPITULO
17
Hemos
llegado.—dijo Ambra al percatarse de que se habían detenido en el edificio
donde vivía Wendy.
El
chofer se bajó para ayudarles a abrir la puerta. Primero salió Ronald, quien
aunque tenía el rostro cansado, denotaba alegría. Una alegría que no había
sentido nunca. Era como un niño con su juguete favorito.
—Deme
su mano señorita. —Ronald recibió sus delicados dedos entrelazándolos con los
suyos al momento de ayudarle a salir del vehículo.
Ambra
sonrió aliviada. Los ojos desprendían un brillo especial. Hacía mucho frío, ya
había entado diciembre y las calles eran puro
hielo.
Rápidamente
entraron a la recepción del edificio Hudson VI donde
la
recepcionista avisó a los señores Valladares de la presencia de sus invitados.
Tras confirmar, ésta abrió el ascensor y marcó el piso 5.
Entraron
y cuando las puertas se cerraron, Ronald la trajo hacia él con un ligero
empujón desde su espalda baja hasta que la tuvo frente a frente. La observó por
varios segundos y terminó por darle un cálido beso.
Tras
el timbre de llegada del ascensor, ambos sabían que debían actuar con
normalidad.
Ambra
sintió una presión en el pecho después que sus labios se despegaron de los
suyos. Todavía sonreían complices de la situación que solo ellos entendían y
sabían.
—¡Oh
por Dios Ambra! —dijo Wendy antes que ellos tocaran el timbre. Toda la familia
le esperaba ansiosa.
Ambra
se apresuró a abrazarla y seguido los dos pequeños hicieron lo mismo. Joshua la
acogió entre sus brazos y agradeció a Dios que estuviera viva. Ellos eran la
única familia que ella conocía hasta el momento
y
por eso tenía que hacer acto de presencia ante cualquier cosa.
Ronald
se cruzó de brazos y disfrutó la escena. Hasta el momento nadie se había
percatado de la presencia suya hasta que Ambra se pudo despegar de los abrazos
y beso.
—Él
es Ronald Reeves. Es mi salvador, diría que mi héroe. —al decir esto, Ambra
sintió un enrojecimiento crecer por todo su rostro.
—Solo
hice mi trabajo. Un gusto señores. —Ronald les saludó cordialmente.
—Que
maleducados somos oficial. Por favor, pase por aquí. — indicó Wendy mientras
Joshua cargaba a ambos niños.
El
departamento no llevaba cortinas. En ese hogar preferían tener una vista a la
ciudad de manera clara, por lo menos en la sala de estar donde estaba el
televisor. Así que la claridad escasa que había a las cuatro de la tarde, era
algo muy tenue. Por eso el calentador hacía el ambiente muy acogedor, eso y el
árbol gigante de navidad, los juguetes de los niños y el olor a comida de casa.
—Un
lugar muy acogedor.. —Ronald lo pensó y lo dijo de corazón. Todo esto le
acordaba lo que solía ser su familia cuando él y Chris eran pequeños.
—Gracias,
queríamos que se viera y se sintiera así. —acotó Wendy mientras Ronald
curioseaba todos los LPS de colección que tenían en un estante de madera
rustica. A Joshua le encantaba coleccionar cosas, tenía coleccionado lo que
pocas personas podían decir que tenían.
—¿Te
gusta coleccionar también? —preguntó Joshua mientras dejaba a los niños jugando
con Ambra.
—No,
ojalá yo tener esa paciencia y dedicación para esas cosas. Joshua le fue
mostrando los discos desde el 1970 hasta el 2011.
Tenía
toda la fiebre de los 80, el funk, rock, r&b y soul de los principales
exponentes.
Pero también había una sección de cintas de video juegos, de clásicos de
películas… en fin un dinero almacenado entre tantas cosas. Todo
lo
que ocupaba espacio en el amplio y lujoso apartamento, era de mucho valor.
Joshua
fue ex jugador de la NBA y luego se dedicó a la inmobiliaria. Compraba y vendía
propiedades. Lo cual Wendy aprovechaba cada vez que quería estrenar un
apartamento y se mudaban.
—Solo
debes buscar lo que te apasiona y comprar cosas que vayan alusivas a eso.
—El
almuerzo está listo. —dijo Wendy cuando terminó de organizar la mesa junto a la
señora que ayudaba con los deberes.
La
mesa que por cierto era bastante grande, estaba llena con todo un menú casero
de pavo horneado, ensalada de papas, berenjenas a la parmesana, arroz con pasas
y manzanas..
—¡Wao!
—Se ve todo tan rico. Te diré que Wendy es una chef de primera, deja a que
pruebes todo esto. —dijo Ambra cuando estuvo sentada al lado de Reeves quien
continuaba deslumbrado por todo lo que veía.
—Si
es por cómo se ve…
—No
me pongas en aprietos con el oficial. Si me ha quedado mal no tendré donde
meter la cabeza.
Todos
sonrieron.
—Por
favor, me puedes decir solamente Ronald. Ya no soy oficial desde hoy.
El
tema era un poco delicado, por esto nadie se atrevió a tocarlo mientras
almorzaban. Ronald sabía que más adelante tendrían que contar toda la historia
cuando Ambra se encontrara en un mejor estado emocional.
—Brindo
por la vida, por las amistades, el amor y la hermandad. — Wendy levantó la copa
de vino y les siguieron todos, incluyendo a Anderson quien tenía un vaso
plástico de jugo en las manos. Además Joshua Junior también brindó con su vaso
también de plástico y e enseñaba a su hermanito cómo debía ser la cosa.
Ronald
disfrutó ese almuerzo como nunca. Ni siquiera los almuerzos en los lugares más
caros a los que había asistido se comparaban con ese calor familiar que
desprendía esa gente. La vibra positiva entre ellos y Ambra. Y ella.. tan llena
de vida, hermosa, educada, sexy… de repente se preguntaba si alguna vez había
conocido a alguien que le despertase tantas sensaciones juntas. Por eso temía,
tenía mucho miedo y le atormentaba la cabeza esta situación.
—Por
favor, ¿me permiten un momento? —pidió Reeves cuando iban a tomar un chocolate
caliente en la sala. Recordó que debía llamar a su hermano.
—Ya
Smith me había llamado, por suerte. Se te olvidaba que tienes familia Ronald.
—Ya
extrañaba tus peleas hermanito. Pero ¿sabes qué? Estoy de muy buen humor.
—¿Ah
si? Apuesto a que te encontraste a una de tus ex en Acapulco y te la trajiste
para follarla por una noche.
Ronald
se echó a reir.
—Eso
es agua pasada cabrón. Es mejor la cosa.
—Ok
pues lo que puedo deducir es que te sacaste un par de millones de dólares
porque en esta vida no hay nada ni nadie que te haga feliz.
—Pues
te equivocas. —dijo mientras entraba al baño de visitas el cual era bastante
grande. —Es una mujer que me tiene embrujado.
—¿Embrujado?
No me jodas. No lo puedo creer, que digas que te tiene embrujado debe ser
porque en vez de dos, tiene tres tetas. Si, si. Eso tiene que ser.
—Demonios!
No seas tan incrédulo. Es máa, ya te la llevaré.
—¿Y
dónde estas con el encanto fmenino?
—En
Nueva York.
—Ja!
Ya veo que la cosa va en serio. Tu en esta época en NY debe ser que andas con
la mona lisa papá.
Después
de esa llamada, Ronald continuaba en el baño mientras se miraba en el espejo.
Tenía el rostro más relajado que de costumbre y una sonrisa de pendejo que no
se la despintaba nadie.
—Estás
perdiendo tu forma amigo, ten cuidado hacia dónde vas con todo esto. —se dijo a
si mismo.
CAPITULO
18
La
historia parecía de telenovelas cuando los protagonistas la contaban. Wendy se
echó a llorar después de escucharla y pensó en las posibilidades de lo que pudo
haberle pasado a su amiga si Reeves no hubiese aparecido por ahí, si el destino
no les hubiese dado por juntar a ese par y luchar contra esos desalmados.
Era
ya las 8 de la noche cuando Ambra y Ronald habían decidido retirarse. Ronald
pidió al chofer que regresara por ellos y salieron juntos de allí, despertando
la duda entre Joshua y Wendy sobre si Ronald sería algo más que el oficial del
caso o se gustaban, que era obvio.
Ambra
no tuvo tiempo de chismear cosas de mujeres con Wendy asi que ésta estaba muy
segura de que le contaría algunas cosas con lujos de detalles cuando se
volvieran a ver.
—Te
prometí que te llevaría a casa y es lo que voy a hacer.
—Si
señor oficial, debe llevar a esta menor de edad a la vivienda, lo único que no
encontrará a los padres ya que no tiene.
Ronald
sonrió con ternura y a la vez le dio un poco de tristeza la situación. Al menos
él había tenido a su padre hasta la adultez y a su madre en la adolescencia,
pero ella no tuvo ni una cosa ni la otra. ¿Qué madre deja a sus hijos a la
suerte? Pensó mientras le daba pequeños besos en la frente. Ambos estaban muy
cansados no solo por el largo viaje, sino por toda la situacio que debieron
pasar.
—Mi
apartamento debe estar polvoriento. Lo mejor es que me quede en un hotel hasta
mañana. ¿Me llevarías a recoger algo de ropa? —La ropa que recuperaron de ella
estaba hecha un desastre y ella no la quiso. Lo único que recuperó fue su
celular.
—No
hay problemas, estoy aquí para ti.
Al
llegar al edificio, Ambra decidió que subiría por si misma. No
quería
que Ronald se fuera a encontrar con alguna sorpresa como que Carl había
regresado. Era mejor prevenir.
Recogió
una bata para dormir, sus pantuflas, sus trucos de belleza, se retocó un poco y
bajó de nuevo. Ronald bajó para ayudarle a subir y ella no daba crédito a lo
que estaba viviendo después de la tormenta.
Era
un hombre dulce, lindo, sexy, oficial para defenderla. ¿Qué tenía este hombre
que la enloquecía? Apenas habían sido pocos los días desde su primer encuentro
y ya había enloquecido teniendo sexo frente al mar. Era algo de locos lo que
estaba viviendo Ambra.
Llegaron
a un pequeño hotel de la zona Upper side, no muy lejos de su apartamento. No
les importaba el lujo ni la decoración. Estaban muertos de cansancio y
necesitaban dormir y olvidarse de lo ocurrido.
Ronald
pidió una habitación. Ambra se asustó un poco. No quería que él pensara que
ella era una aventura, de estas mujeres como las que estaba él acostumbrado.
—Una
habitacion… —dijo Ambra cuando estuvo frente a la uerta en espera de que Reeves
abriera.
—No
te preocupes, yo dormiré en el sofá. Solo es una noche.
Él
mismo no podía creer lo que estaba diciendo. El hombre con el que cualquier
mujer estaba dispuesta a vender un pedazo de su cuerpo, le decía a Ambra que
dormiría en el sofá, que no la tocaría, que ella podía dormir sin miedo a nada…
Era
un lugar acogedor con una cama que en, alfombrado y dos butacas. Lo cual quería
decir que ambos tendrían que dormir en el mismo lugar.
—Te
equivocas Oficial. Hay una sola cama, como veras… pero tampoco quiero que
duermas incómodo. Te puedes quedar allí.
Lo
dijo tímidamente y esto confirmó una vez mas que ella no era una cualquiera. Se
guardaba respeto ante todo.
Después
de una ducha, Ambra se colocó unos pantaloncitos de dormir con pequeños dibujos
y una franelilla blanca. El pelo lo llevaba suelto y se puso un poco de splash
lavanda.
Ronald,
por su lado se colocó una toalla por encima y se dispuso a dormir. El corazón
se le estaba por salir a Ambra cuando logró meterse bajo las sabanas y sintió
el peso del cuerpo masculino caer en la cama.
Ronald
apagó la lámpara del lado suyo mientras Ambra preferia no hacerlo. Ya habían
tenido sexo pero ahora las cosas estaban cambiando. Lo que estaba sintiendo por
este hombre le desbocaba todo el cuerpo, quería entregarse completamente a sus
brazos y saber que era la realidad, que no se trataba de un sueño.
—Buenas
noches. —dijo Ronald después de darle un beso tibio en los labios. Por encima
de la toalla blanca se podía observar su erección pero Ambra se negaba a verlo,
quería cerrar los ojos y permanecer asi sin temores.
—Buenas
noches.
Los
dos cayeron rendidos ante tal cansancio. Por fin sus cuerpos reposaban en
tranquilidad después de tanta tensión vivida en mexico. Ambra se quedó de lado
con la lámpara encendida y Ronald en el suyo. Ganas no le faltaron de colocarse
encima de ella y moverse en su centro provocándole placer, pero no podía pensar
en esas cosas. Debía respetarla.
De
madrugada, el frío era insoportable y sus cuerpos se fueron buscando lentamente
debajo de las sabanas. Ella completamente dormida se giró hacia él buscando
calor, y Ronald en ese instante no pudo contenerse más. La vio medio recostada
en su regazo, con una mano en su pecho y la otra a punto de salir de la cama.
Sus pezones se veían tan duros que le dio deseos de lamerlos un poco.
—¡Oh,
Ambra! —susurró cuando estuvo tocándose todo su miembro en busca de apaciguar
las ganas que le traía a esa mujer.
Se
frotaba lentamente mientras sentía su aroma de mujer, haciendo que sus gemidos
fueran un poco intensos. La situación prohibida, el deseo, la cercanía,, todo
esto habría paso a sensaciones infinitas en su cuerpo.
Ella
sintió la vibración mientras dormía y pudo guiar su mano hacia su miembro.
Estaba medio consciente de la situación pero no podía abrir los ojos, el
cansancio la estaba venciendo.
Cuando
Ronald sintió esas manos delicadas ayudándole a llenarse de placer, gimió de
manera incontrolable haciendo que una mano se posara ante uno de sus pezones
que estaban ávidos de caricias.
Ambra
despertó ante la fuerza de sus movimientos y ante las caricias que le hicieron
mojar las paredes de su sexo.
Sin
pensarlo, Ronald introdujo una mano entre sus piernas sintiendo toda la humedad
y haciendo que ella explotara en gritos de placer.
—Sigue..
sigue. —suplicaba en tono bajo mientras ella hacía lo mismo con sus manos.
Ronald
abrió sus piernas hasta que estuviese bien preparada para recibirle. La besó
sin piedad, buscó su boca y la devoró con deseo y pasión. Se sintió un animal
enjaulado que ha sido por fin liberado de su yugo, los pensamientos de deseo le
quemaban al igual que el caliente que emanaba esa mujer por todo u cuerpo, en
especial por dentro de su sexo, no tenía comparación.
Ambra
susurró su nombre, asi como lo había imaginado cuando quería deshacerse de los
besos de Luis.
Ronald
introdujo lentamente su pene hasta que la levantó en posición misionero y le
hizo el amor allí en esa cama de motel con toda la pasión que desbordaban sus
cuerpos. Mientras ella enroscaba sus piernas alrededor de su cintura, él le
susurraba lo bien que se sentía hacerlo con ella, cosa que despertaba un deseo
incontrolable en Ambra.
Ya
se había corrido dos veces antes de que lo hiciera Ronald quien se encontró que
ella tenía el sexo más placentero que jamas haya
experimentado,
que su piel olia única, su pelo..
Se
dejó caer dentro de ella, sin remordimientos ni temores. Por alguna razón que
no sabia expresar, él estaba conforme consigo mismo.
Se
recostaron abrazados y se dispusieron a dormir hasta las 9 de la mañana cuando
Ronald recibió la llamada de Smith. Debía irse cuanto antes hacia Miami porque
sería condecorado, cosa que Smith no le dijo para que no faltara.
—
Quiero que vengas conmigo mi preciosa. Quiero que veas cómo es mi vida y lo que
me ha cambiado tu presencia. Me haces bien y te quiero tener alla.
Verlo
asi enredado entre las sabanas, con el pelo al descuido y esa sonrisa que
iluminaba su vida le hizo pensar lo irónica que podía ser la vida. Ella que se
fue a encontrarse a si misma, terminó por encontrar a alguien que le cambió
hasta la forma de sonreír.
—No
lo sé debo ponerme al día con el trabajo, y pues tengo una investigación
pendiente sobre mis padres. Estoy segura de que la persona que contraté tiene
algo de información nueva.
—Ambra,
vente conmigo y te prometo mi amor que voy a buscar a tus padres asi sea por
mar o tierra. Ni siquiera sabes dónde naciste porque me imagino que fuiste
rodando en los orfanatos.
—Estuvo
que yo recuerde, en tres y la última vez me escapé de la casa. Mis hermanos
eran agresivos y yo era la pequeña, así que me golpeaban. Mis padres adoptivos
nunca les importó. Estaban tan ocupados con sus vidas de infidelidades que …
Los
ojos de Ambra se tornaron a rojos. Estaba tan suscebtible que le resultaba
difícil hablar del tema.
Ronald
la besó de a poco y le ofreció soporte. Luego, se repetía la escena pero más
ferviente. Esta vez se entregaban con furia y pasión, con gemidos, gruñidos y
mordidas.
Terminaron
sudados, temblando y con el rostro feliz.
—Señor
oficial ha abusado de una menor de edad.
—Confieso
que yo mismo quiero que me pongan preso, pero preso de sus labios señorita.
Quiero que se vaya conmigo a la ciudad del sol. Allí puedes seguir trabajando y
yo te ayudare a encontrar tus padres o alguien de tu familia. Pero dame la
oportunidad de tenerse así todos los días como mía completamente.
Ambra
no lo podía creer. Un hombre asi como él nunca pensó que lo tendría de esa
manera. Carl la había hecho sentir que ella no valía mucho, que no valía
siquiera sus sacrificios y por esto su autoestima bajó mucho más de lo que
estaba acostumbrada. Peo ahora, la vida le regalaba una nueva oportunidad. Iría
a recoger su auto al aeropuerto, entregaría el departamento y se iría hacia
Miami con su amor, el oficial que le salvó la vida. ¿Qué podría pedir a cambio?
Ronald
se despidió con muchos besos. Ambra tomaría un vuelo en una semana para poder
dejar todo listo y notificar a la empresa su cambio de domicilio.
También
deseaba irse a México para ver a Lauren y comprarle muchas cosas. Esa niña no
se le salía de la cabeza.
—Prométeme
que pensaras en mi todos los días hasta que me veas de nuevo.
—Si,
te pensaré todos los días. Mira, toma esta cadena. Es un recuerdo que tengo
desde mi niñez. Si te la doy es porque iré hacia allá.
Ronald
se despidió risueño mientras Ambra se alejaba de la terminal. Estaba ansioso
por presentársela a su hermano y a su tio. Tal vez la vida le daba una nueva
oportunidad de dejar la frialdad a un lado, de sonreír, de vivir. Los rencores
no le dejaban nada bueno, ya lo había descubierto.
Pronto
la vería y comenzaba la cuenta regresiva…
SOBRE
LA AUTORA:
Adriana
W. Hernández es dominicana. Sus letras surgieron por casualidad, sin saber que
éstas le llevarían a recorrer el mundo por medio de la plataforma digital.
seller
seller.
“Más
allá de todo” Romance y suspenso. Superación. 2014. Best
“Entre
mi corazón y tu alma” Suspenso, romance, policial.2014 Best “Lo que dejamos
atrás” Suspenso, romance, policial. Best seller.
“Un
encuentro con mi jefe” Saga Marañas 2 Erótica-romance
“Los
pedidos de mi jefe” SAGA Marañas 1. Erótica- romance. 2013 “Libérame de mi
prisión” fantasía/ romántica. 2013.
“Por
amor a la virginidad” Romance-erótica. Contacto:
Adria6@gmail.com
Twitter:adriahernandezg http://watuseioflife.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Adrianawhernandeznovelas


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