© Libro N° 6083.
Apartamento 16. Nevill, Adam.
Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Adam Nevill. Apartamento 16
Versión Original: © Apartamento 16. Adam Nevill.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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APARTAMENTO 16
Adam Nevill
Algunas
puertas deberían permanecer cerradas... En Barrington House, un elegante bloque
de pisos londinense, hay un apartamento vacío. Nadie entra, nadie sale. Y ha
permanecido así durante cincuenta años. Hasta que una noche el vigilante oye
unos ruidos después de medianoche y decide ir a investigar. Lo que experimenta
allí basta para cambiar su vida para siempre. La joven Apryl llega a Barrington
House procedente de Estados Unidos. Ha heredado un apartamento de su misteriosa
tía abuela Lillian, fallecida en extrañas circunstancias. Se rumorea que
Lillian estaba loca. Pero su diario insinúa que estuvo implicada en un suceso
terrible e inexplicable varias décadas atrás. Decidida a averiguar algo sobre
esta excéntrica mujer, Apryl comenzará a desentrañar la historia oculta de
Barrington House. No tardará demasiado en descubrir que un mal que transforma a
la gente aún habita el edificio. Y que la puerta del apartamento 16 es el
acceso a algo mucho más terrorífico...
CONTENIDO
Prólogo
Capítulo
1
Capítulo
2
Capítulo
3
Capítulo
4
Capítulo
5
Capítulo
6
Capítulo
7
Capítulo
8
Capítulo
9
Capítulo
10
Capítulo
11
Capítulo
12
Capítulo
13
Capítulo
14
Capítulo
15
Capítulo
16
Capítulo
17
Capítulo
18
Capítulo
19
Capítulo
20
Capítulo
21
Capítulo
22
Capítulo
23
Capítulo
24
Capítulo
25
Capítulo
26
Capítulo
27
Capítulo
28
Capítulo
29
Capítulo
30
Capítulo
31
Capítulo
32
Capítulo
33
Capítulo
34
Capítulo
35
Capítulo
36
Capítulo
37
Capítulo
38
Capítulo
39
Capítulo
40
Capítulo
41
Capítulo
42
Capítulo
43
Epílogo
Agradecimientos
Para
Ramsey Campbell, Peter Crowther y John Jarrold
Me
gustaría que mis obras transmitieran la sensación de que un ser humano ha
pasado entre ellas, como un caracol, dejando un rastro de presencia humana y el
recuerdo de sucesos pasados al igual que aquél deja su reguero de baba.
Francis
Bacon, 1909-1992
Al
oír el ruido, Seth se detuvo y se quedó mirando la puerta del apartamento
dieciséis, como si pudiera ver a través de la teca revestida de una pátina
dorada. Los ruidos habían comenzado justo después de bajar la escalera desde el
noveno piso y cruzar el rellano. Al igual que las tres últimas noches, durante
la ronda que realizaba a las dos de la madrugada.
Salió
de sus ensoñaciones repentinamente y dio un rápido paso atrás desde la puerta.
La sombra de su cuerpo larguirucho, reflejada sobre la pared opuesta, alargó
los brazos como si quisiera sujetarse a un puntal. La imagen hizo que se
sobresaltara.
—Joder.
Nunca
le había gustado aquella parte de Barrington House, pero no era capaz de
explicar la razón con claridad. Puede que fuese demasiado oscura. Puede que las
luces no estuviesen bien colocadas. El jefe de porteros decía que no les pasaba
nada, pero muchas veces proyectaban formas en las escaleras por las que subía
Seth y éste tenía la impresión de que unos miembros puntiagudos estaban a punto
de aparecer al otro lado del recodo de la escalera. A veces incluso llegaba a
convencerse de que había oído un roce de tela y el sonido de unos pies que se
aproximaban con paso decidido. Sólo que nunca aparecía nadie, y nunca había
nadie allí arriba al
doblar
la esquina.
Pero
los ruidos del apartamento dieciséis eran más alarmantes que cualquier sombra.
Porque
durante las primeras horas del amanecer, en una zona exclusiva y apartada de
Londres como aquélla, hay pocas cosas que puedan competir con el silencio de la
noche. Alrededor de Barrington House, el laberinto de calles que se extiende
más allá de Knightsbridge Road tiende a permanecer en calma. De vez en cuando,
en el exterior, pasa un coche alrededor de Lowndes Square. O, en el interior,
el portero de noche se da cuenta de que las luces eléctricas de las zonas
comunes zumban como insectos con las negras cabezas pegadas al inhóspito
cristal. Pero en las horas que discurren entre la una y las cinco de la mañana,
los residentes duermen. En el interior no se oye otra cosa que los sonidos
ambientales.
Y el
número dieciséis estaba desocupado. El jefe de porteros le había dicho en una
ocasión que llevaba así más de cincuenta años. Pero por cuarta noche
consecutiva, algo en el piso había llamado la atención de Seth. Un ruido sordo
detrás de la puerta, contra la puerta. Algo a lo que, hasta entonces, no había
prestado atención, considerándolo uno de tantos ruidos en un edificio viejo. Un
edificio que llevaba más de cien años en pie. Algo movido por las corrientes de
aire. Una cosa así. Sólo que aquella noche era insistente. Más fuerte que
nunca. Parecía... decidido. Como si hubiera crecido. Parecía dirigido a él y
preparado para que coincidiera con su paso, normalmente despreocupado, hacia el
siguiente
rellano,
en esas horas en las que baja la temperatura del cuerpo y muere la mayoría de
la gente. Unas horas en las que a él, el portero de noche, le pagaban por hacer
la ronda por nueve pisos y por los antiquísimos rellanos de cada uno de ellos.
La cosa nunca había llegado al punto de convertirse en una repentina erupción
de ruido como aquélla.
Un
traqueteo de madera sobre el suelo de mármol, como si en el vestíbulo del piso
alguien hubiera empujado a un lado una silla o una mesita. Como si se hubiera
caído, quizá, e incluso roto. Algo que no tendría que haberse oído a ninguna
hora en un edificio tan respetable como Barrington House.
Nervioso,
siguió mirando la puerta, como si estuviera esperando que se abriera en
cualquier momento. Su mirada estaba clavada en el número 16 de bronce, tan
bruñido que casi parecía hecho de oro blanco. No se atrevía ni a parpadear, por
si al cerrar los ojos aparecía de repente la fuente de aquella conmoción. Una
imagen que quizá no pudiese soportar. Se preguntó si sus piernas tendrían la
fuerza necesaria para bajar ocho tramos de escalera a toda velocidad. Quizá
perseguido por algo.
Acalló
aquel pensamiento. Un pequeño atisbo de vergüenza caldeó el frío dejado a su
paso por aquel terror repentino. Era un hombre de treinta y un años, no un
niño. De metro ochenta y vigilante profesional. Y no es que pensara que tendría
que hacer otra cosa que servir como presencia tranquilizadora cuando aceptó el
empleo. Pero aquello tenía que investigarlo.
Hizo
un esfuerzo por acallar el martilleo del corazón en sus oídos, se acercó a la
puerta y colocó la oreja izquierda a escasos centímetros de la boca del buzón
para escuchar. Silencio.
Sus
dedos se movieron hacia la boca del buzón. Si se arrodillaba y empujaba la
pestaña de cobre hacia dentro, se colaría la suficiente luz del pasillo para
iluminar parte del vestíbulo al otro lado de la puerta.
Pero
¿y si algo le devolvía la mirada desde allí? Su mano se detuvo y luego se
apartó.
Nadie
tenía permiso para entrar en el dieciséis, una norma que le había dejado claro
el jefe de porteros cuando comenzó a trabajar en el turno de noche, seis meses
antes. Este tipo de instrucciones no eran inusuales en los edificios de
apartamentos de Knightsbridge. Una persona corriente que hubiera ganado un
premio de cuantía media en la lotería habría tenido dificultades para
permitirse un apartamento en Barrington House. Aquellos pisos de tres
dormitorios nunca se vendían por menos de un millón de libras, al que había que
añadir otras once mil anuales en concepto de comunidad. Muchos de los
residentes llenaban los apartamentos de antigüedades. Otros eran tan celosos de
su privacidad como criminales de guerra, y poseían trituradoras de papel cuyos
residuos debían llevarse luego los porteros en bolsas de basura. La misma
prohibición de acceso se hacía extensiva a otros cinco apartamentos vacíos en
el edificio. Pero durante sus rondas, Seth no había oído ruidos en ninguno de
ellos.
Puede
que hubieran dado permiso a alguien para
alojarse
en el apartamento y uno de los porteros de día se hubiera olvidado de hacerlo
constar en el libro de inquilinos. No era muy probable, puesto que los dos,
Piotr y Jorge, lo habían mirado con incredulidad la primera vez que mencionó el
asunto, durante el cambio de turno de la mañana. Lo que sólo dejaba una
explicación plausible teniendo en cuenta la hora que era: un intruso se había
colado desde el exterior.
Pero
un intruso habría tenido que ayudarse desde el exterior del edificio con una
escalera. Seth había hecho la ronda por la entrada hacía menos de diez minutos
y no había visto ninguna escalera. Siempre podía ir a despertar a Stephen, el
jefe de porteros, y pedirle que le abriera la puerta. Pero la idea de
molestarlo a aquellas horas no lo atraía en absoluto. La mujer de su jefe era
inválida. Sus cuidados le ocupaban casi todo el tiempo libre de que disponía, y
eso lo dejaba exhausto al cabo del día.
Se
apoyó sobre una rodilla, abrió la boca del buzón y escudriñó la oscuridad. Una
corriente de aire frío chocó contra su rostro, acompañada por una fragancia que
le resultaba familiar: un olor a alcanfor que le recordaba el gigantesco
armario de su abuela, que para él había sido como una cabaña secreta de niño, y
un aroma no muy distinto al de las salas de lectura de las bibliotecas
universitarias o los museos construidos en la época victoriana. Un vestigio de
viejos residentes y antigüedad que sugería ausencia de inquilinos y no su
presencia.
La
tenue luz que se coló entre su cabeza y sus hombros iluminó una pequeña sección
del vestíbulo del
piso.
Pudo vislumbrar el contorno impreciso de una mesita para el teléfono junto a
una pared, una puerta apenas visible a mano derecha y unos pocos metros de
suelo con baldosas de mármol blanco y negro. El resto del espacio estaba sumido
en sombras o en la oscuridad total.
Entornó
los ojos para protegerse del molesto aire que soplaba contra su cara y trató de
ver más. No lo consiguió. Pero lo que oyó hizo que se le pusieran los pelos de
punta.
En
la penumbra que trataba de penetrar con los ojos se oía algo que parecía
sugerir que estaban arrastrando una cosa muy pesada al otro extremo del
pasillo, un bulto grande envuelto en unas sábanas o tendido sobre una alfombra
de gran tamaño, algo que se alejaba a pequeños y agotadores tirones de la
estrecha franja de luz que había aparecido junto a la puerta principal. A
medida que se adentraban cada vez más en los confines del apartamento, los
sonidos fueron apagándose hasta cesar al fin.
Seth
se preguntó si debía alzar la voz y lanzar una advertencia a la oscuridad, pero
fue incapaz de reunir las fuerzas necesarias para abrir la boca. En aquel
momento lo embargaba con total claridad la sensación de que lo estaban
observando desde allí dentro. Y esa repentina sensación de vulnerabilidad
provocó en él el deseo de cerrar la boca del buzón, incorporarse y marcharse de
allí.
Titubeó.
No era fácil pensar con claridad. Estaba cansado. Agotado hasta la médula,
torpe y confuso, incluso un poco paranoico. Tenía treinta y un años, pero el
trabajo en los turnos de noche lo hacía sentir como si fueran ochenta y uno.
Indicios evidentes de falta de sueño,
comunes
a todos los trabajadores nocturnos. Pero en toda su vida, jamás había tenido
alucinaciones. Así que tenía que haber alguien dentro del apartamento
dieciséis.
—Dios...
Se
abrió una puerta. Dentro. En la zona oscura que no alcanzaba a ver. A mitad del
pasillo, más o menos. La puerta hizo un clic y, con un chirrido, completó su
trayectoria hasta chocar contra la pared.
Seth
no se movió ni parpadeó. Se limitó a quedarse mirando y a esperar la llegada de
algo desde la oscuridad.
Pero
no hubo otra cosa que expectación, y silencio.
Aunque
no una ausencia total de sonido, no durante mucho tiempo. Al cabo de un momento
comenzó a oír algo. Algo tenue pero cada vez más próximo, como si estuviera
acercándose a su rostro.
Ese
algo creció en el interior silencioso y oscuro del piso. Una especie de rumor
parecido al que se producía al acercarse al oído caracolas de gran tamaño. Algo
que sugería la presencia de vientos lejanos. Tuvo la sensación de que al otro
lado de la puerta se abrían grandes distancias. Hacia abajo. Donde no podía ver
absolutamente nada.
La
corriente de aire se hizo más densa junto a su cara. Como si arrastrara algo
consigo. Dentro de sí. La insinuación de una voz. Una voz que sonaba como si
estuviera moviéndose en círculos a kilómetros de allí. No, había más de una,
eran varias voces. Pero los gritos eran tan lejanos que no se podía entender lo
que decían.
Apartó
el rostro de la puerta mientras su mente
trataba
de dar con una explicación. ¿Habría una ventana abierta en alguna parte? ¿Podía
haber una radio encendida, o una televisión con el volumen muy bajo? Imposible,
el apartamento estaba vacío.
El
viento se acercaba rápidamente y las voces sonaban cada vez con más fuerza.
Estaban adquiriendo un extraño predominio en el movimiento del aire. Y aunque
no terminaban de definirse, su tono era cada vez más claro y estaba empezando a
provocarle una gran intranquilidad en primer lugar, y luego espanto.
Eran
los gritos de gente aterrorizada. Alguien estaba chillando. ¿Una mujer? No, no
podía ser. Ahora que estaba más cerca sonaba como un animal, como un babuino
que había visto una vez en e! zoológico y que rugía enseñando unas encías
negras y unos colmillos largos y amarillentos detrás de unos labios de color
escarlata.
Entonces
el grito fue reemplazado por un coro de gemidos que, a pesar de su desdicha y
desesperación, parecían competir en el frío viento. Una voz histérica,
avasalladora en su pánico, bajó en picado sobre las demás y las dominó,
obligándolas a retirarse como si las arrastrara una rápida marea, hasta que
Seth casi pudo oír lo que decía la recién llegada.
Soltó
la boca del buzón y entonces se hizo un inmediato y profundo silencio.
Mientras
se ponía en pie y retrocedía unos pasos trató de recomponer sus pensamientos.
Desorientado por el martilleo de su pulso, se limpió la humedad de la frente
con la manga del jersey, y se dio cuenta de que tenía la boca
tan
seca como si hubiera estado respirando polvo.
Un
deseo desesperado de abandonar el edificio lo invadió. De volver a su casa y
tumbarse en la cama. De poner fin a las sensaciones extrañas y la violenta
sucesión de impresiones que acompañaban a la falta de sueño. Porque eso era
todo, seguro.
Bajó
corriendo de dos en dos las escaleras del ala oeste hasta la recepción. Pasó
rápidamente junto a la mesa del conserje y salió del edificio por la puerta
principal. Una vez fuera, se detuvo sobre la acera, levantó la mirada y contó
los balcones de piedra blanca hasta llegar al piso octavo.
Todas
las ventanas estaban cerradas. No abiertas, ni siquiera entreabiertas, sino
cerradas a cal y canto en el interior de los marcos blancos, a lo que se unía
además, en el caso del apartamento dieciséis, la protección adicional de unas
gruesas cortinas, echadas día y noche para mantener a raya a Londres y al
mundo.
Pero
se le puso la piel de gallina por debajo del cabello, porque aún podía oír,
sobre él o quizá dentro de su cabeza, casi inaudibles, el viento lejano y el
clamor de unas voces irreconocibles, como si las hubiera arrastrado hasta allí
abajo consigo.
Apryl
fue directamente al edificio desde el aeropuerto. No fue difícil de encontrar:
desde Heathrow, la línea azul marino de Picadilly llevaba a la estación de
Knightsbridge. El impulso de la turba humana que la rodeaba la transportó por
las escaleras hasta que finalmente salió a la acera con su mochila. Había
pasado tanto tiempo en el metro que la penetrante luz la hizo entrecerrar los
párpados. Pero si el mapa estaba en lo cierto, aquello era
Knightsbridge
Road. Se sumó al avance de la multitud.
Zarandeada
desde atrás y luego empujada a un lado por un fuerte codazo, en un primer
momento no consiguió moverse al compás de la extraña ciudad. Se sentía
irrelevante y muy pequeña. Cosa que la hacía sentirse humillada y furiosa a un
tiempo.
Atravesó
lentamente la estrecha acera y se refugió en el portal de una tienda. Con las
articulaciones de las rodillas entumecidas y el cuerpo frío y mojado por debajo
de la chaqueta de cuero y la camisa a cuadros que llevaba, se tomó unos
segundos de descanso mientras observaba cómo se dividía, competía y rompía
delante de ella el tráfico humano, con Hyde Park como telón de fondo; un
paisaje pictórico que se disolvía en la neblina de la lejanía.
No
era fácil concentrarse en uno de los edificios, rostros o escaparates que la
rodeaban, porque Londres
estaba
en constante movimiento alrededor de cada elemento estático. Miles de personas
marchaban calle arriba y calle abajo y la atravesaban cada vez que los
autobuses azules, las furgonetas blancas, los camiones de reparto y los coches
frenaban aunque sólo fuera un instante. Quería mirarlo todo al mismo tiempo,
conocerlo, y comprender el lugar que cada cosa ocupaba, pero la tremenda
energía que desprendía la calle comenzaba a aturdir la capacidad de
procesamiento de su cerebro y le hacía entornar la mirada como si su mente ya
se hubiera rendido y no pensase en otra cosa que en echarse a dormir.
Consultó
el mapa de su guía y volvió a repasar la corta y sencilla ruta hasta Barrington
House por centésima vez desde que partiera de Nueva York, ocho horas antes. Lo
único que tenía que hacer era bajar por Sloane Street y luego doblar hacia la
izquierda para entrar en Lowndes Square. Un taxi no la habría dejado mucho más
cerca que el metro. El edificio de su tía abuela estaba en algún lugar cerca de
la plaza. Se trataba sólo, pues, de seguir los números hasta la puerta
correcta. Una buena noticia, que la inundó de alivio. La frustración de tener
que buscar los carteles y deducir en qué sentido estaba avanzando en calles
como aquélla habría sido paralizante.
Pero
tendría que descansar dentro de poco. La idea de visitar Londres y ver qué era
lo que su tía abuela Lillian les había dejado a su madre y a ella llevaba más
de una semana sin dejarla dormir, y en el vuelo no había podido más que echarse
una pequeñísima siesta. Sin embargo,
¿cómo
podía aspirar una mente a descansar en un lugar como aquél?
El
corto paseo entre la estación y Lowndes Square confirmó sus sospechas de que su
tía no había sido una indigente. En el mapa, el hecho de que el vecindario
estuviera tan cerca de Buckingham Palace, de Belgravia con todas sus embajadas,
y de Harrods, los grandes almacenes de los que había oído hablar en casa,
inducía a pensar que el lugar en el que su tía abuela había pasado los últimos
sesenta años de su vida no era ninguna barriada infecta. Pero ni siquiera esta
constatación la había preparado para su primer encuentro con Knightsbridge: los
edificios altos y blancos, de ventanas alargadas y barandillas negras; la
plétora de flamantes coches de lujo aparcados junto a la acera; las delgadas y
rubias chicas inglesas de marcado acento, tacones altos y bolsos de mano de
diseño, comparados con los cuales su mochila parecía un inmundo harapo. Entre
su chaqueta de motero, sus pantalones remangados, sus Converse y aquella
cabellera negra peinada a lo Bettie Page, sentía que la tensión de la
incomodidad le hacía inclinar la cabeza hacia adelante con la vergüenza y la
timidez de quien no se encuentra en su sitio.
Al
menos no había demasiada gente en Lowndes
Square
para verla en aquel estado: un par de mujeres árabes que se bajaban de un
Mercedes plateado y una chica rusa, alta y rubia, que hablaba con tono de furia
a un teléfono que llevaba pegado al oído. Tras la batalla campal de
Knightsbridge Road, la elegancia de la plaza resultaba
tranquilizadora.
Los edificios de apartamentos y los hoteles formaban un rectángulo grácil e
ininterrumpido alrededor del largo parque ovalado que ocupaba su centro, donde
podían verse unos árboles achaparrados y parterres de flores vacíos por detrás
de las barandillas. La armonía natural de las señoriales construcciones
infundía paz al ambiente y amortiguaba los ruidos por todas partes.
«Increíble.»
¿Su madre y ella poseían ahora un apartamento en aquel lugar? Al menos hasta
que lograran venderlo por una fortuna. Un pensamiento que le provocó un
momentáneo acceso de irritación. Quería vivir en aquel lugar. Su tía abuela lo
había hecho durante más de sesenta años y Apryl podía entender por qué. Era un
lugar clásico, impecable, que exudaba con toda naturalidad un aire de dilatada
historia. Podía imaginarse los rostros educados e indiferentes de mayordomos
detrás de cada una de las puertas. En aquel lugar debía de vivir gente de la
aristocracia. Y diplomáticos. Y multimillonarios. Personas que no se parecían
en nada a su madre y a ella.
—Joder,
mamá, no te lo vas a creer —dijo en voz alta. Sólo había visto una foto de la
tía abuela Lillian, cuando era una niña. Vestida con un curioso traje blanco
idéntico al de su hermana mayor, la abuela de Apryl, Marylin. En aquella
fotografía, Lillian cogía a su hermana mayor de la mano. Estaban juntas, con
sendas sonrisas forzadas, en el patio de su casa de Nueva Jersey. Pero Lillian
y Marylin estaban más unidas en aquel momento de lo que lo estarían jamás.
Lillian se trasladó a la ciudad durante la guerra para trabajar como secretaria
para el
ejército
de EE.UU. Allí conoció a un inglés, un piloto, con el que contrajo matrimonio.
Nunca volvió a casa.
Lillian
y la abuela Marylin debían de haberse escrito, porque Lillian se enteró del
nacimiento de Apryl. Cuando era pequeña, solía enviarle tarjetas de
felicitación el día de su cumpleaños. Con bonitos billetes ingleses dentro.
Papeles realmente coloridos, con retratos de reyes, duques, batallas y Dios
sabe qué más. Y unas marcas al agua que, cuando sostenías los billetes delante
de una luz, te hacían creer que eran mágicos. Ella siempre los conservaba en
lugar de cambiarlos por dólares, que comparados con ellos parecían dinero de
juguete. Siempre le hacían sentir deseos de visitar Inglaterra. Y allí estaba
al fin, por primera vez.
Pero
Lillian había dejado de escribirles mucho tiempo atrás. Incluso las
felicitaciones de Navidad dejaron de llegar antes de que Apryl cumpliera los
diez años. Su madre estaba demasiado ocupada criándola sin ayuda como para
averiguar la razón. Y cuando la abuela Marylin murió, su madre escribió a
Lillian a la dirección de Barrington House, pero no recibió respuesta. Así que
asumieron que había muerto también, allí en Inglaterra, donde había llevado una
vida de la que no sabían nada, y que la tenue conexión con esa parte de la
familia se había cortado para siempre.
Hasta
dos meses antes, cuando un bufete
especializado en testamentarías les escribió para informarles de que, tras el
«triste fallecimiento de Lillian Archer» sus últimas parientes con vida habían
recibido una
herencia.
Su madre y ella aún estaban aturdidas. Una muerte, acontecida ocho semanas
antes, que las había convertido en herederas de un apartamento en Londres. En
Knightsbridge, nada menos. Justo donde ella se encontraba en aquel momento, a
la entrada de Barrington House: el gran edificio blanco que se
levantaba solemnemente al pie de la plaza. Esbelto, con sus muchos pisos
dignificados por la solidez de la piedra blanca y atemperado en su clasicismo
por los finos ornamentos art- déco que rodeaban los marcos de las ventanas. Un
lugar tan bien proporcionado y tan orgulloso que Apryl no podía por menos que
sentirse intimidada frente a la enorme entrada, con sus puertas de cristal
enmarcadas en bronce, sus cestas de flores y sus columnas ornamentales a ambos
lados de la escalinata de mármol.
—Imposible.
Más
allá de su reflejo sobre el cristal prístino de la puerta principal podía ver
un pasillo largo y alfombrado con una gran mesa de recepción al otro extremo. Y
detrás de ésta le pareció entrever a dos hombres de cabello pulcramente
recortado, con sendos chalecos plateados.
—Oh,
mierda.
Se
rió para sí. Embargada por una sensación de ridículo, como si su vulgar
existencia se hubiera transformado de repente en una fantasía cinematográfica,
comprobó la dirección en los documentos que le había dado el abogado: una
carta, con un contrato y una escritura que debía presentar para que le
entregaran las llaves. Las
llaves
de aquello.
No
cabía duda. Aquél era el lugar. Su lugar.
La
figura volvía a estar allí, observando a Seth desde el otro lado de la calle.
Esta vez se encontraba en el bordillo, entre dos coches aparcados, y no
agazapada en la entrada de una tienda ni observándolo desde una bocacalle, como
en las tres ocasiones anteriores.
Muy
cerca ahora, sin ocultarse, la pequeña criatura parecía más segura de sí misma.
Sin acusar la presencia de la lluvia que la golpeaba de costado, se limitaba a
mirar fijamente. A mirarlo a él.
Seth
creía que era un niño, pero no podía estar seguro. A pesar de que ya no tenía
la cabeza inclinada, en el interior de la capucha de la sucia trenca no se
podía ver ninguna cara. Sólo era un niño, entonces, que andaba perdiendo el
tiempo por ahí en lugar de ir al colegio, donde tendría que haber estado a
aquella hora cualquier niño cuyos padres se preocuparan por él. Y justo
enfrente de la calle en la que se encontraba el pub Green Man, donde Seth vivía
en una habitación de alquiler.
Así
que era posible que el niño sólo estuviera esperando a que su padre o su madre
salieran del bar. Pero la atención de la figura estaba centrada en él, como si
hubiera estado esperándolo. Y había estado en aquel mismo tramo de Essex Road
las tres últimas tardes, cuando él salía para dirigirse al trabajo.
Era
un niño realmente insólito: embutido de la cabeza
a
los pies en la trenca de apagado color caqui. ¿O era gris? No era fácil
distinguir el color de la tela contra aquel fondo oscuro, ni tampoco el mojado
forro de piel de color plata bajo el rojizo cartel manchado del restaurante de
pollo frito para llevar. Era uno de esos viejos chaquetones con capucha
forrada. Ni siquiera sabía que todavía los fabricaran.
Los
pantalones también eran de tela oscura. No los vaqueros holgados ni los de
chándal que llevan casi todos los críos ahora, sino unos pantalones de verdad.
Con un aire escolar. Demasiado largos, como los que se heredan de los hermanos
mayores en las familias pobres. Y complementados por unos zapatos negros de
suela gruesa. Hacía mucho tiempo que no veía nada parecido, desde que iba a la
escuela primaria, y eso había sido a comienzos de los setenta.
Por
lo general, cuando paseaba por Londres hacía lo que podía por ignorar a la
gente de las calles, y se cuidaba especialmente de evitar las miradas de
cualquier joven que anduviera por el mismo trecho que él. Muchos de ellos
habían estado bebiendo y Seth sabía lo que podía provocar una mirada. En
aquella zona campaban a sus anchas. Habían adquirido demasiado pronto los
privilegios de la condición adulta, y llevaban tanto tiempo jugando a su
versión de la madurez que habían logrado erradicar de su interior todo rastro
de juventud genuina. Pero aquél era distinto. Apartado de los demás por su
vulnerabilidad, su aislamiento. Le recordaba su propia juventud y se sentía
atraído hacia él por un sentimiento de piedad. Todos los
recuerdos
de su infancia eran dolorosos y estaban presididos por un terror a los matones
que aún podía saborear como si fuera ozono, y por una rápida punzada de
desolación que aún perduraba veinte años después del divorcio de sus padres.
Pero
lo que más sorprendía a Seth era la curiosa e inesperada sensación que lo
embargaba siempre justo antes de ver a aquel extraño y vigilante niño. La mera
presencia de aquella figura proyectaba una fuerza tal que al verla había
reaccionado con un leve respingo y una confusión momentánea, como si de repente
una voz se hubiera dirigido a él o una mano lo hubiera agarrado inesperadamente
en medio de una multitud. No era una sensación totalmente insólita, pero sí lo
suficiente como para sobresaltarlo. Para despertarlo. Pero antes de que la
sensación pudiera terminar de formarse en su mente, el momento pasaba. Y el
niño desaparecía con él. Nunca se quedaba mucho. Lo justo para que supiera que
lo estaba vigilando.
Pero
no aquella tarde. La figura encapuchada seguía en el bordillo.
Seth
entornó la mirada y volvió la cabeza hacia la figura, convencido de que su
atención obligaría a que apartase la cabeza encapuchada por incomodidad. No
funcionó. No se movió ni un milímetro. La figura del abrigo mantuvo la calma y
continuó observándolo desde el interior del óvalo oscuro formado por el sucio
nylon forrado de piel. Llevaba tanto tiempo en la misma posición que parecía
que fuese un elemento decorativo de la calle, una escultura
ajena
al paso de la gente que caminaba a su lado. Y nadie salvo él parecía fijarse en
ella.
Al
cabo de unos instantes, la situación comenzó a tornarse casi íntima. Parecía
inevitable hablar. Mientras Seth trataba de pensar en algo que pudiera gritarle
al chaval desde el otro lado de la calle, la puerta del pub se abrió detrás de
él.
Una
serie de ruidos turbadores le llegaron desde el interior del local. Alguien
gritó «¡coño!», una silla chirrió violentamente sobre el suelo de madera, unas
bolas de billar entrechocaron, hubo un aparatoso estallido de carcajadas y una
amortiguada canción de amor se alzó desde la gramola, como para calmar los
demás sonidos. Seth se volvió hacia la puerta brillante y anaranjada. Pero
nadie entró ni salió, y los sonidos sólo duraron lo que tardó la puerta en
volver a cerrarse por sí sola. Todo se fue apagando hasta que las cálidas y
ruidosas entrañas del pub quedaron de nuevo totalmente aisladas del exterior.
Cuando
volvió de nuevo la mirada hacia la calle, la figura había desaparecido. Bajó a
la calzada y la recorrió de arriba abajo con la mirada. No había ni rastro del
chico de la trenca.
El
Green Man era el último edificio Victoriano que quedaba en la esquina de un
barrio en cierto estado de abandono. La basura de las calles empobrecía el
carácter que le conferían la construcción en ladrillo y los contrafuertes.
Los mugrientos ventanales de las calles, que habían sobrevivido a los
bombardeos alemanes y, al
parecer,
llevaban décadas sin limpiarse, apenas dejaban ver nada del establecimiento,
aparte de una serie de carteles pegados en su cara interior. Había un anuncio
de Guinness, que Seth recordaba de los tiempos de su adolescencia. Ahora, la
Guinness de la jarra había perdido color hasta quedar teñida de un verde lima,
como un regaliz chupado. Otros anuncios de futuras atracciones, como Quiz Night
y Sky Football: Big Screen TV, sólo conservaban el brillo y los colores allí
donde la lluvia había teñido las ventanas.
Llevaba
viviendo el tiempo suficiente en aquel lugar como para saber algo sobre los
clientes y la realidad del Green Man. Algunos de ellos eran antiguos dueños de
puestos ya retirados, pero que aún hacían negocios en el establecimiento, y
hablaban con un acento del East End tan marcado que uno sentía la tentación de
considerarlo impostado. Había víctimas de convenios laborales tan míseros como
el suyo, que se bebían sus modestos salarios desde la apertura hasta el cierre
o se dedicaban a jugar a las tragaperras. Los huecos entre ellos en la
oscuridad los ocupaba un surtido de personajes variopintos, posicionados como
centinelas de guardia. Esta última subcultura no era comparable a ninguna otra,
al menos que Seth conociera. Representaban nuevas modalidades de la disfunción
provocadas por tragedias personales, enfermedades mentales y abuso del alcohol.
¿Cuánto
tardaría él en sucumbir del todo? Algunos días no estaba seguro de no haberlo
hecho ya.
Rendido
por haberse despertado entrada la mañana
tras
apenas unas horas de sueño, se sacudió de encima los efectos residuales de la
mirada fija del niño y se aproximó a la puerta (leí pub. Le tocaba pagar el
alquiler: setenta libras a la semana. Pasó sobre unos excrementos de perro y
entró en el bar.
Su
visión empezó a dar saltos, como si marchara sobre los hombros de alguien que
fuera al trote. Le pareció que sólo obtenía impresiones fugaces del lugar: una
estampa de ojos amarillos, costados espumosos de vasos de una pinta, paquetes
de cigarrillos Lambert y Butler, el rostro de un zorro malvado detrás de un
vaso, una hilera de botellas de champán detrás de unas telarañas auténticas, un
techo de nicotina, una mesa de billar, un perrillo de pelo erizado junto a una
bolsa abierta de cortezas de cerdo, una camiseta del Arsenal y una mujer que
había sido bonita, con unos ojos aún atractivos pero, sobre todo, arteros.
Varias cabezas se volvieron hacia él y luego apartaron la mirada.
Seth
saludó con un gesto a Quin, que era quien trabajaba aquel día en el bar. La
cabeza de Quin tenía aspecto de haber recibido un hachazo alguna vez. La
herida, que discurría desde el cráneo blanco y pelado hasta una frente rosada,
aún tenía el brillo del tejido cicatrizado. Quin le devolvió el gesto sin
sonreír. Se apoyó en la barra para coger el dinero de Seth.
—Hay
un chaval... —empezó.
Quin
entornó la mirada y sus gafas ascendieron por el puente de su nariz.
—¿Eh?
La
música estaba muy alta y alguien con unas mejillas que parecían trozos de carne
enlatada estaba gritando al otro lado de la barra cuadrada.
—Hay
un chaval ahí fuera. Vigilando el lugar. ¿Lo has visto?
—¿Eh?
—Un
chaval. Ahí parado, junto a la calle. Está mirando fijamente el pub. Sólo
quería saber si lo habías visto.
Quin
le lanzó una mirada que parecía decir que sus palabras confirmaban algo que
llevaba tiempo sospechando. «Se le ha ido un poco la pinza a éste. Ahí arriba,
siempre solo. Sin novia. Sin amigos.» Se encogió de hombros y se volvió para
guardar el alquiler de Seth en el cajón.
Seth
se sentía ridículo. Se dispuso a marcharse por donde había venido, pero alguien
se interpuso en su camino.
—Oye,
hijo. —Era Archie. Archie de Dundee, aunque llevaba más de veinte años sin ir a
Dundee a ver a su mujer y sus hijos. Se encargaba de las labores de limpieza y
mantenimiento de las habitaciones que había encima del pub. Aunque la ironía
del asunto no se le escapaba a Seth, que sabía que Archie era el principal
responsable del estado de suciedad y abandono del lugar.
Menudo
y descarnado como un anciano, Archie, más que caminar, parecía flotar sobre el
suelo. Pero aún poseía una increíble mata de cabello grisáceo, recortada con la
forma de casco sajón. Su rostro, arrugado y cubierto por un fino rastrojo de
barba, le confería un aire de abuelo
compasivo.
Además, a Archie siempre lo llamaba «hijo», aunque sólo porque era incapaz de
recordar su nombre.
—¿Tienes
tabaco por ahí? —le preguntó. Seth asintió.
—Claro.
—Le dio un arrugado paquete de Old Holborn, con un último manojo de tabaco en
el fondo.
Archie
sonrió.
—Pero
qué majo eres, hijo. —Le quedaba un solo diente, un incisivo en la mandíbula
inferior, del que Seth nunca era capaz de apartar la mirada. Al igual que de la
cinta adhesiva con la que mantenía los gruesos cristales de las gafas dentro de
la montura de plástico—. Estoy sin blanca. No cobro hasta el martes —añadió
mientras miraba su botín con una sonrisa.
—Oye,
Archie, ¿has visto el chaval que anda merodeando por el exterior del bar? Lleva
un abrigo con capucha.
Ahora
que ya tenía su tabaco, Archie había perdido interés en la conversación.
Además, estaba borracho y tenía que concentrarse para liar el pitillo. Seth
salió al porche, introdujo la llave en la cerradura y subió la oscura escalera
que llevaba a las habitaciones sobre el local.
En
el primer tramo de la escalera, los rodapiés estaban pintados de color rojo
sangre. Sobre las paredes, un papel blanco decorado con racimos de uva se había
descolorido y despegado a lo largo de las junturas. En algunos sitios lo habían
arrancado a grandes tiras y se podía ver el yeso de la pared.
En
el oscuro descansillo del primer piso, Seth se orientó gracias a la luz que
salía de la cocina comunitaria. Podía oler los posavasos de tela en la
lavadora. Alguien había frito beicon hacía poco sobre el antiguo hornillo de
gas y la grasa se había enfriado. El olor se mezclaba con el de la basura
orgánica, lo que significaba que Archie no había bajado las bolsas aún. Había
ratones allí, pero ratas todavía no.
Frente
a la cocina se encontraba el baño. La mitad superior de la puerta era de
cristal esmerilado, pero no lo bastante opaco como para ofrecer privacidad.
Seth encendió la luz y se asomó para comprobar si habían arreglado la ducha que
había junto al retrete. No era así.
—Coño
—maldijo, antes de preguntarse cuándo dejaría de comprobar los progresos de las
reparaciones. Treinta y un años, con dos diplomaturas de arte a su nombre, y se
veía reducido a lavarse el cuerpo entero en una pila.
Subió
el segundo tramo de escalera para dirigirse a su cuarto. El pasamanos era del
mismo color siniestro que los rodapiés del resto del edificio, pero el dibujo y
el color de la alfombra había cambiado tres veces para cuando llegó al segundo
piso. Allí vivía con otros dos tipos con los que nunca había hablado. En aquel
lugar, la falta de luz natural y eléctrica sumía a Seth en el olvido.
—¡Mierda!
—Se golpeó contra algo afilado con una rodilla. Sacudió un brazo en el aire
mientras movía la otra mano por una pared hasta dar con un interruptor cuya
montura de plástico agrietada revelaba que alguien lo
había
golpeado en una ocasión con excesiva fuerza. Todas las luces tenían
temporizadores. El gran botón circular activaba la desnuda bombilla que colgaba
del techo.
El
pasillo que unía las tres habitaciones, cada una de ellas con su puerta roja,
parecía aún más sombrío y abarrotado a causa de los muebles apilados contra las
paredes. Aquello era una auténtica ratonera por la que él tenía que pasar a
diario. Apretó el paso para llegar a su cuarto antes de que se apagaran las
luces, y tuvo que pasar sobre los restos rotos de un sofá abandonado. Al llegar
a la puerta de su cuarto, el pasillo volvía a estar a oscuras. Pulsó el
interruptor más próximo para disfrutar de otros cinco segundos de luz mientras
buscaba la llave. Al cruzar el umbral de su habitación, regresó la oscuridad y
lo engulló todo tras él.
En
su primer día en el Green Man, doce meses antes, fue Archie quien le enseñó el
cuarto. No se quedó allí demasiado tiempo, porque él había sido el encargado de
preparar el lugar para el nuevo inquilino. Ninguno de los dos marcos de las
ventanas tenían visillos, y sólo la de la izquierda tenía unas cortinas de
tela, del mismo color que los patrones para vestidos que aparecen en los
ejemplares de Wooman’s Weekly que sobreviven décadas en las salas de espera de
las consultas. La ventana de guillotina de la derecha estaba desencajada en un
lado del marco.
—Joder
—dijo Seth, horrorizado e incrédulo.
Pero
Archie se limitó a parpadear.
En
el lado de la habitación opuesto a las ventanas, la colcha de la cama de
matrimonio exhibía con distinción unas rayas tipo Auschwitz y unas manchas
dignas de una violación en grupo. A modo de mobiliario, dos armarios roperos
destartalados y un pequeño armarito junto a la cama. Cubierto todavía de cercos
de jarras y maquillaje, añadía al lugar un toque femenino
ligeramente tranquilizador.
Junto
a la mesita de noche había un solitario radiador, pintado de amarillo y
recubierto de manchas oscuras. Sangre seca. Nunca había sido capaz de librarse
de las manchas, y en una ocasión le preguntó a Archie quién había sido su
predecesor. A lo que éste había respondido enarcando las cejas y diciendo:
—Lassy.
Una chica encantadora. Tenía problemas con su novio. Estaban siempre dale que
te pego toda la noche. —Disfrutaba realmente de su condición de narrador de
historias—. Antes de ella hubo un tío realmente raro. Tan callado como tú. Pero
cuando vino la policía, se lo encontró con su ahijada y con una amiga de ella.
La
habitación entera olía como una de esas alfombras que llevan años guardadas en
el garaje. Pero al menos estaba seca.
Después
de eso no hizo demasiados cambios. Sólo llevó sus cosas y recogió algunos
cristales rotos de la alfombra. El ruinoso estado de la habitación convertía en
una pérdida de tiempo cualquier intento de mejorar las
cosas.
Y ahora, los montones de revistas y periódicos dominicales que guardaba hacían
que pareciera abarrotada y vacía al
mismo tiempo. La desesperación lo había llevado hasta allí. La desesperación lo
mantenía allí.
Durante
su primera noche en el lugar recordaba haber sentido una combinación de lástima
de sí mismo, abandono y un terror que habría llegado a ser asfixiante de haber
dejado que fuera a más. Pero no podía permitirse otra cosa tras mudarse a
Londres sin otro patrimonio que veinte cuadros que nadie quería. Como la
habitación tenía grandes ventanales orientados al sur, se dijo que sería un
gran estudio. A la antigua.
Cerró
la puerta del dormitorio y echó la llave. Los otros inquilinos se emborrachaban
con frecuencia y luego se dedicaban a merodear por el pasillo. Nunca podía
relajarse del todo hasta que la puerta estaba bien cerrada. Dejó la bolsa en la
cama y encendió la tetera. Luego volvió a apagarla y abrió la nevera, al
acordarse de que todavía le quedaba una de las latas de cerveza del paquete de
cuatro que había comprado el día anterior.
Se
sentó en el borde de la cama y miró de reojo las cajas de cartón aún apiladas
en una esquina de la habitación. Todo su material de pintura seguía allí,
acumulando polvo en un rincón. Los cuadros estaban en bolsas de plástico,
guardados dentro del armario. No había hecho ni un mal esbozo en seis meses, y
comenzaba a preguntarse si el deseo creador lo había abandonado finalmente o
algún día podría volver a
dedicarse
a ello.
Sin
molestarse en sacar un vaso, bebió directamente de la lata. Pensó en prepararse
un sándwich, pero ahora que se había sentado estaba demasiado cansado para
volver a moverse. Sin quitarse el abrigo, se tendió directamente sobre la
colcha y siguió tomándose la bebida fría a sorbitos. Había llegado la hora de
cambiar. Al día siguiente tenía que empezar. Tomar una decisión sobre su
futuro.
Consultó
su reloj: las cuatro en punto. Tenía que irse a trabajar a las cinco y media.
Pensó que después de una siestecita se sentiría mejor, así que dejó la lata en
el suelo, se acurrucó de lado y cerró los doloridos ojos. Y soñó con un sitio
en el que no lo habían encerrado desde los once años.
La
puerta de la estancia estaba hecha de barrotes de hierro cubiertos
completamente de pintura negra. En lugar de ventanas había dos arcos, uno a
cada lado. También éstos estaban cerrados con barrotes verticales. La cámara no
tenía más entradas.
La
pared trasera, las dos de los lados y el techo que completaban la sala
rectangular eran de piedra blanca sin pintar. Las baldosas de mármol que
pisaban los pies de Seth eran frías y duras. Allí dentro siempre tenía que
estar saltando de un pie a otro. Se sentía como si las plantas de los pies se
le hubieran puesto azules y se fueran a quedar así.
La
cámara, con sus apenas cinco metros cuadrados, no tenía decoración alguna. Ni
tampoco mobiliario. No
había
donde sentarse. El frío hacía que le doliera la espalda, pero el suelo estaba
demasiado helado como para apoyar en él las nalgas desnudas.
Del
suelo colgaba una luz suspendida de una cadena de bronce. La bombilla estaba
alojada en el interior de un farolillo de cristal cuadrado, como una de esas
lámparas antiguas que llevaban los carruajes de caballos en el exterior.
Despedía una brillante luz amarilla todo el día y toda la noche. Siempre
intentaba calentarse las manos en la pantalla, pero cada vez que alargaba los
brazos y tocaba el cristal, estaba frío.
Al
otro lado de la puerta cerrada se podía ver un bosque de hoja caduca: húmedo,
denso y agreste. El follaje era de un verde muy oscuro y el cielo sobre las
copas de los árboles más altos parecía bajo y gris. Tres amplios peldaños
bajaban desde la cámara a la larga franja de césped que rodeaba la fachada de
la estructura antes de llegar a los árboles. Un viento frío se colaba entre los
barrotes de hierro.
Su
mundo había quedado reducido a unos pocos colores.
Estaba
dentro de aquel lugar porque había permitido que lo llevaran hasta allí y lo
encerraran. Aquello era lo único que sabía. Aparte de eso, albergaba vagos
recuerdos sobre visitas de su familia, tiempo atrás. Sus padres habían venido
juntos a verlo. Su padre parecía decepcionado con él. Su madre, preocupada,
aunque intentaba que no se le notara. En otra ocasión vino su hermana con su
marido. Se quedaron al fondo de la
escalinata
y su cuñado hizo chistes estúpidos para que se sintiera mejor. Seth mantuvo una
expresión sonriente en el rostro hasta que empezó a dolerle. Su hermana habló
poco. Parecía tenerle miedo, como si ya no lo reconociera.
Les
dijo a todos que estaba bien, pero no era capaz de contarle a nadie lo que
sentía en realidad sobre su cautiverio en la extraña cámara de piedra; era
incapaz de explicárselo a sí mismo. Cuando desaparecieron, se le hizo un nudo
en la garganta.
Confuso,
traicionado por su memoria, ignoraba cuánto tiempo llevaba dentro de la cámara
de piedra y por qué razón concreta lo habían encerrado allí. Lo que sí sabía
era que permanecería allí eternamente, siempre helado, siempre hambriento,
incapaz de sentarse, saltando de un pie a otro, atormentado.
Lo
mismo podría haberse encontrado en un
trasatlántico de pasajeros de lujo, un Titanic o un Lusitania. Por dentro,
Barrington House era como un plato diseñado para una película ambientada en
alta mar durante el periodo de entreguerras fotografiada en cobre y en sepia.
Un
poco aturdida aún, siguió al alto jefe de porteros, Stephen, a través de la
recepción y el ala este. A lo largo de pasillos con papel de seda en las
paredes, teñidos de marrones dorados por las luces de lámparas de cristal
tramado, en medio del peculiar olor de la tradición. No era exactamente un
ambiente eclesial, pero casi: madera y metales bruñidos, flores frescas y la
fragancia de cosas preciosas y preservadas pero insuficientemente ventiladas,
como un museo viejo y privado que nunca se hubiera abierto al público.
Stephen
iba hablando mientras caminaba delante de
ella.
—Hay
cuarenta apartamentos entre los dos bloques,
con
el jardín en medio, que proporciona luz a la parte trasera de los pisos. Al
principio es un poco confuso, pero si piensa en una enorme forma de L, con las
calles en la parte exterior, en seguida comenzará a orientarse. Hay veinte
plazas de aparcamiento bajo el edificio, pero me temo que ninguna de ellas
corresponde al piso de su tía.
—No
pasa nada, tampoco tengo coche. Y la novedad del metro aún no ha perdido su
interés.
El
jefe de porteros sonrió.
—Pues
lo hará, señora, lo hará.
—Apryl.
Llámame Apryl. Así parece que tenga ciento noventa años.
—Pues
podría ser que llegase a esa edad. Su tía murió con ochenta y cuatro años.
—Tía
abuela. Era la hermana de mi abuela.
—Una
edad muy estimable, aun así. —Hizo una pausa y volvió la cabeza—. Aunque siento
mucho su pérdida... Apryl.
—Gracias.
Pero no llegué a conocerla. Aun así es triste, sí. Era la última de esa rama de
mi familia. No sabíamos que siguiera con vida. Ni que este lugar fuera tan...
vaya, como es. O sea, es espectacular. No somos ricos. No podríamos permitirnos
ni la comunidad. Es casi lo que gano yo en un año. Así que no me quedaré mucho
tiempo.
A
ojo de buen cubero, cuando finalmente lograran vender el piso, ni su madre ni
ella tendrían que trabajar durante mucho tiempo, si es que tenían que volver a
hacerlo. Serían ricas. La mera palabra
parecía incongruente, aplicada a ellas. Pero no había nadie más que pudiera
reclamar la herencia. Lillian había muerto sin hijos, y la madre de Apryl, al
igual que ésta, era hija única. Punto final. Y si ella, con sus veintiocho
años, no hacía algo por remediarlo, la familia Beckford se extinguiría a su
muerte. La última solterona.
—Es
todo como un cuento de hadas. Mamá se va a morir cuando le hable de este sitio.
O sea, con porteros y todo lo demás. Podría llegar a acostumbrarme a esto.
Stephen
esbozó una sonrisa diplomática pero distante. Parecía cansado, pero también
preocupado por algo, y no precisamente por los tatuajes que asomaban por debajo
de las mangas de la camisa de la chica. Reflejados en el espejo del ascensor
parecían las páginas abiertas de un cómic.
—¿Así
que no llegó a conocer a su tía Lillian? — preguntó con voz cautelosa, como si
estuviera sopesando algo embarazoso que tendría que contarle en algún momento.
—No.
Mi madre la recuerda, más o menos, aunque no demasiado. Y Lillian tampoco tenía
mucho trato con la abuela Marylin. Se separaron durante la guerra. Cosa que,
como hija única, nunca he entendido. Me habría encantado tener una hermana.
Creíamos que Lillian había muerto hace años. Mi abuela falleció hace quince. Y
mi madre estaba demasiado ocupada criándome como para preocuparse por buscarla.
Yo era bastante complicada. — Parloteaba en exceso y era consciente de ello,
pero estaba demasiado emocionada como para que le importara.
Stephen
se mordió el labio inferior y luego suspiró.
—Su
tía abuela no estaba demasiado bien, Apryl, me temo. Era una mujer encantadora.
Muy amable. Y no sólo lo digo yo. Aquí todo el mundo le tenía mucho cariño.
Pero era ya mayor y su salud mental venía deteriorándose hacía
tiempo.
Al menos los diez años que llevo trabajando aquí, y mi antecesor también decía
lo mismo. Hace años que empezamos a servirle las comidas en casa, y una
enfermera la visitaba todas las semanas. La dirección hacía efectivos sus
cheques y pagaba las facturas en su nombre.
—No
tenía ni idea. Suena como si fuéramos unas brujas.
—No
pretendía insinuar nada. En esta parte de la ciudad es muy habitual. Algunas
personas cortan los vínculos con sus familias. Se aíslan. El dinero puede
provocar esas cosas. Pero el estado de Lillian iba de mal en peor. Sobre todo
los últimos años, antes de su fallecimiento. La verdad es que no tendría que
haber estado aquí. Pero ésta era su casa y todos, tanto los porteros como las
chicas de la limpieza, poníamos nuestro grano de arena para que pudiera
quedarse.
—Es
muy amable por su parte.
—Oh,
no es nada. Sólo hacíamos lo básico, como ir a comprarle lo que necesitaba. Pero siempre nos preocupaba
que pudiera sufrir una caída o... —Hizo una pausa para aclararse la
garganta—... perderse.
—¿No
tenía amigos?
—No
que yo sepa. Ni una sola visita desde que estoy aquí. Verá... —Hizo una pausa y
apretó los labios—. Era bastante excéntrica. No se me ocurre un modo más
diplomático de expresarlo y no quisiera faltarle al respeto.
—Parecía
bastante incómodo al decirlo. Incluso bajó la voz. Pero lo que quería decir era
que estaba loca.
Pero
Apryl quería saberlo todo sobre la tía abuela que les había legado a su madre y
a ella un auténtico tesoro inmobiliario en Londres. Cuando se vendiera, se
encargaría de recompensar a quienes se habían preocupado por hacerle un poco
más fáciles sus últimos años a la anciana señora. Su madre no se opondría.
Seguro que también se sentía culpable. Como ella en aquel momento. Aunque no
tenían por qué. No había sido una negligencia consciente por su parte: Lillian
sólo era una pariente lejana que vivía al otro lado del planeta.
—¿Se
acuerda de su marido? ¿Reginald? — preguntó Apryl—, Creo que fue piloto durante
la guerra.
Stephen
apartó la mirada y sus ojos azul claro revolotearon alrededor de la cabeza de
la muchacha, como si estuvieran inspeccionando las luces del ascensor, que eran
tenues y proyectaban una sombra oscura y desagradable sobre los paneles de
caoba y los apliques de bronce.
—Mmm,
no. Falleció antes de que yo empezara a trabajar aquí. Pero me atrevería a
aventurar que su muerte afectó mucho a la pobre mujer.
—¿Por
qué lo dice?
Pero
en ese momento el ascensor se detuvo con un silbido seguido por un chasquido.
Las puertas se abrieron y Stephen se apresuró a salir al pasillo.
Lo
siguió al rellano. El suelo estaba cubierto por una alfombra verde oscuro y la
decoración de las paredes era del mismo tono discreto que los pasillos de la
zona comunitaria del piso de abajo. Había un radiador frente al
ascensor,
dentro de un armazón ornamental que parecía una tumba victoriana. Sobre él
brillaba un espejo amplio de marco dorado y a cada lado del hueco subían y
bajaban sendas escaleras. En las paredes colgaban grabados elegantemente
enmarcados. A cada lado del rellano había una puerta de madera con el número en
bronce.
—Bueno,
aquí estamos. Número treinta y nueve. Justo en la cima. Por desgracia, la
calefacción no funciona muy bien aquí, así que coloqué unos radiadores
portátiles en el dormitorio de Lillian y en la cocina, las únicas habitaciones
que utilizaba, que yo recuerde. Los necesitaré en algún momento.
—Claro.
—Apryl observó la parte trasera de la pulcra cabeza plateada de Stephen
mientras éste, con un tintineo del llavero que colgaba de su bolsillo, buscaba
la llave correcta. Bajo el brillante chaleco gris se adivinaba la fuerza de sus
hombros. Exudaba el aire de un antiguo militar, el tipo de autoridad que,
imaginaba ella, complacía a los residentes. Su tía abuela debía de haberse
sentido segura con él cerca.
—Me
temo que está un poco desordenado. La señora no quería una doncella y no dejaba
que nadie tocara nada. Dudo que tirara nada en sesenta años. En cualquier caso,
aquí están las llaves. Tenemos otro juego en la caja fuerte, abajo. Es lo
normal para casos de emergencia. Ahora tengo que dejarla. Vienen los de las
antenas a ver las parabólicas del tejado. Pero si necesita algo, sólo tiene que
llamar a recepción. Piotr está en el mostrador hasta las seis y media y luego
empieza su turno Seth, el portero
de
noche. Yo estoy aquí la mayor parte del día, todos los días. Puede llamar a
recepción desde el teléfono de la cocina. Sólo tiene que descolgar el aparato y
se conecta directamente.
La
miró a los ojos. Probablemente fuera consciente de que no quería quedarse sola
en el apartamento.
—Me
temo que tiene trabajo por delante, Apryl. Dudo que hayan limpiado en años. Y
es el único piso que aún conserva el baño original. Si quiere venderlo, tiene
mucho que hacer. Quizá se imponga una renovación completa, si espera conseguir
el precio que vale.
La
dejó junto a la puerta abierta y bajó las escaleras al trote.
Las
persianas debían de estar echadas, porque a pesar de que Stephen había
encendido la luz de la entrada, poco se veía aparte de un vestíbulo sucio y
abarrotado, salido de una época diferente.
La
mera idea de entrar la hacía sentir vulnerable y culpable a la vez, como si
fuese una intrusa. Y los residuos del tiempo no parecían dispuestos a
permanecer dentro de aquellas paredes. Incluso desde el descansillo, el lugar
olía a vejez. Auténtica vejez. Como el dormitorio de su abuela en Jersey, que
tampoco había sufrido alteración alguna desde los años cuarenta. Pero este olor
era mil veces más intenso. Como si las ventanas no se hubieran abierto nunca y
todo lo que había allí dentro fuese antiguo, descolorido y polvoriento. Un pasado reacio a desaparecer. Como el resto
del lugar, para ser sincera, ahora que se había disipado la emoción provocada
por la
primera
impresión. Escaleras sombrías y pasillos en penumbra. Era como retroceder en el
tiempo. Puede que a los inquilinos les gustara así. Un ambiente tradicional o
algo por el estilo.
Introdujo
la cabeza en el piso y sintió el absurdo impulso de decir en voz alta el nombre
de su tía. Porque, curiosamente, el lugar no parecía vacío.
El
jefe de porteros no estaba exagerando. Lillian había estado recluida en su
propia casa. El vestíbulo estaba a reventar de periódicos viejos y revistas
antiguas amontonados y metidos en bolsas de plástico llenas hasta los topes.
Apryl examinó la más cercana al perchero. Estaba atiborrada de correo
publicitario, coloridas intrusiones del mundo moderno que no tenían nada que
hacer allí, pero por alguna razón se habían conservado, cautivas.
Bajo
las suelas de sus botas la alfombra crujía. Con las débiles luces del vestíbulo
encendidas, y a pesar de las incontables polillas muertas que contenían las
pantallas de cristal, pudo ver en aquel momento que la alfombra estaba
desgastada hasta la trama. Lo que en su día fuese un complejo patrón de rojos y
verdes, se había convertido en un color parecido al de la paja comprimida,
sobre todo en el centro, desgastado por los pies de su tía abuela.
El
mobiliario del vestíbulo era de indiscutible antigüedad. Patas de madera
brillante y oscura asomaban en medio de montones de periódicos amarillentos.
Los cojines bordados de las sillas estaban parcialmente
ocultos
bajo listines telefónicos descoloridos. Por todas partes se vislumbraban la
madera tallada, las incrustaciones de madreperla y el cristal esmerilado con
intrincados ornamentos en medio de las bolsas de basura, como humillados por el
entorno. Apryl no tenía grandes conocimientos de historia, pero incluso ella
sabía que habían dejado de hacer armarios, relojes y sillas como aquéllos en
los años cuarenta. Y de no haber sido por los montones de basura y las paredes
manchadas, puede que el apartamento hubiese parecido elegante. O puede que no.
El
papel de las paredes había sido en su día sedoso y de color beige, con unas
rayas plateadas que lo recorrían en vertical, pero ahora estaba casi todo
amarillento y cubierto de manchas marrones en los sitios donde la humedad se
había secado, cerca de los paneles de madera sucios y por encima de los
rodapiés. Bajo las yemas de sus dedos, las paredes parecían cubiertas de alguna
clase de vello, como el pelaje desgastado de un animal disecado.
En
la cocina había un suelo de linóleo amarillo agrietado y un perímetro de
antiguos electrodomésticos esmaltados. De las paredes colgaban unos armaritos
de madera oscura pintados en su día de una tonalidad amarilla que ahora,
descolorida, recordaba al marfil. Los quemadores de gas de la cocina estaban
cubiertos de polvo y la pila, seca como un sarmiento. Sólo la superficie de la
encimera mostraba algún indicio de uso. Había rayas dejadas por un cuchillo
sobre la tabla de cortar y migas en
la
cesta del pan. De la mesa de la cocina asomaba el respaldo de una solitaria
silla provista de un cojín a cuadros.
Las
escasas evidencias de las actividades domésticas de su tía abuela le provocaron
un repentino acceso de tristeza que la recorrió de arriba abajo. Pero fue la
imagen de la tetera de plata sobre la bandeja decorada con aves de las islas
Británicas, junto a un paquete abierto de galletitas de limón en la mesa, lo
que hizo que se le formara un nudo en la garganta. Pensó que se iba a echar a
llorar.
Había
una solitaria taza de porcelana junto a la tetera, un colador, un azucarero y
una cajita para el té. El borde dorado de la taza, posiblemente la última de un
juego, estaba desportillado. Quizá fuese un regalo de bodas de cuando Reginald
y ella se casaron. Apryl tocó el asa, pero no fue capaz de levantar el frágil
recipiente. Era la taza de Lillian, la taza en la que tomaba el té. Allí sola,
en su cocina, en aquella mesita junto al cubo de plástico de tapa oscilante,
rodeada por las reliquias de casi cien años de vida en el mundo, Apryl sorbió
por la nariz para reprimir las lágrimas. Podía entender por qué los ricos se
encerraban en complejos para jubilados en Florida, donde paseaban en carritos
de golf ataviados con polos. Pero ¿qué sentido tenía el dinero si uno acababa
viviendo de aquel modo?
Se
secó los ojos.
—Podrías
haber venido a vivir con nosotras.
En
los armarios de las paredes encontró una variopinta colección de vajilla: tres
juegos de platos de
porcelana,
todos ellos incompletos y combinados ahora en una incongruente mezcolanza de
dibujos. Había también algunas cazuelas y sartenes viejas. Dudaba que las
hubieran utilizado desde hacía años, salvo una que tenía un cerco de leche
reseca por dentro. Y aparte de tres latas de sopa y unos paquetes de galletitas
dulces, no había nada de comer. En la nevera encontró una botella de plástico
con leche cortada. Su tía abuela había conseguido llegar hasta los ochenta y
cuatro con una alimentación a base de té, galletitas y sopa.
Stephen
le había dicho que no habían tocado nada desde la muerte de Lillian. ¿Y cómo
había sido, por cierto?
¿Había
sucedido allí?
Se
quitó la mochila de la espalda y la dejó apoyada en la mesa de la cocina. No
lograba sacudirse de encima la sensación de que era una intrusa en la casa de
una desconocida. Ya comenzaba a contemplar con temor la idea de dormir allí.
¿Habría sábanas limpias? ¿Había muerto su tía en la cama? De repente la invadió
el deseo de llamar a Stephen y no dejarlo marchar hasta haberse enterado de
todo.
Logró
calmarse con un ejercicio de voluntad. Estaba cansada, emocionada y con los
nervios a flor de piel. No se esperaba nada de aquello. Sólo tenía que recordar
que se trataba de una gran oportunidad. Algo totalmente extraordinario,
distinto a cualquier otra cosa que le hubiera pasado nunca.
Pero
cuando abrió la puerta del salón, su determinación volvió a desmoronarse. No
logró avanzar
más
de dos pasos. ¿Por qué no le había hablado Stephen de las flores? Todas
aquellas flores muertas... El empinado montón de tallos marrones y pétalos
marchitos que se levantaba desde la alfombra hasta el alféizar del gran
ventanal que daba a Lowndes Square. Le recordaban a los ramos de flores de las
tumbas que, abandonados, se marchitaban y se iban desmoronando hasta perder
todo el color. Al ver tantas flores consumidas y tantas hojas muertas bajo
aquella luz delicada y parda, sintió que un punzante escalofrío ascendía por su
columna vertebral y luego avanzaba siseando por la base de su cráneo. Harían
falta años para conseguir algo así. Un montículo como aquél, construido flor a
flor. Todas rosas, a juzgar por el color de los pocos pétalos de la parte superior,
que conservaban aún una tonalidad tan oscura como el vino. Tras ellas, las
cortinas grises con adornos dorados trenzados estaban corridas.
Encendió
la luz de la habitación para poder investigar mejor las flores y ver los
cuadros de las paredes, pero la estancia seguía tan en penumbra que pensó que
sería mejor abrir las persianas. Pero al inclinarse por encima de las flores y
tratar de separar las cortinas se dio cuenta de que estaban cosidas. Retrocedió
lentamente un paso desde las ventanas y se quedó mirando los pulcros nudos de
hilo rojo que unían los bordes de las cortinas de manera permanente.
—Pero
¿qué coño...?
Sola
y loca, la tía abuela Lillian había cosido sus cortinas, antes de levantar ante
ellas ofrendas florales que
cubrían
la mitad de la sala. Se volvió para mirar a su alrededor. La habitación no
tenía muebles y el suelo seguía cubierto de polvo, pero en las esquinas donde
se encontraban las paredes no había telarañas, así que todavía se podían ver
las fotografías. Todas las paredes estaban cubiertas, desde la altura de su
cintura hasta el techo, de fotografías en blanco y negro dentro de marcos
antiguos. Y todas ellas mostraban a una misma pareja. Hasta la última.
Apuesto,
con el fino bigote a lo Douglas Fairbanks júnior y el cabello peinado con
fijador a ambos lados de una raya, vio a su tío abuelo Reginald por primera vez
en su vida.
Sus
ojos eran oscuros e inteligentes. Y risueños. Bastó con mirarlo para que la
hiciera sonreír. Siempre aparecía vestido con traje y corbata, o con unos
pantalones holgados de color plateado y una camisa blanca abierta a la altura
del cuello. En una de las fotos estaba sentado en una silla de mimbre y tenía
tumbado a los pies un pequeño terrier. Su fuerte mano izquierda solía sostener
una pipa. El marido de Lillian: un hombre junto al que siempre posaba
orgullosa, pegada a él, agarrada a su codo o con una mano sobre su hombro. Como
si no quisiera dejarlo ir. Como si lo amara tanto que sin él se volvería loca.
Y
Lillian había sido una mujer muy hermosa. Como una estrella del cine de los
años cuarenta, de grandes ojos castaños y una marcada estructura ósea que era
poco frecuente en aquellos tiempos. Siempre elegante, llevara
una
blusa, un traje de cóctel hasta las rodillas o un vestido de noche que se
ensortijaba alrededor de los tacones blancos de sus flamantes zapatos. Pero lo
que más afectó a Apryl fue el modo en que se miraban. Algo así no se podía
fingir. De repente, el triste, pardo y enmohecido espacio por el que Lillian
había vagado, soñado y merodeado como alma en pena durante sesenta años cobró
mayor sentido. Allí habían vivido dos personas que nunca tendrían que haberse
separado. Y el lugar seguía de luto, porque la viuda tenía el corazón roto.
Quizá loca con una pena que nunca desaparecía. ¿Todavía había gente a la que se
le partía el corazón de ese modo?
Sabía
que Reginald había muerto a finales de los cuarenta. Tras servir en la RAF y
sobrevivir a peligros que ella ni siquiera alcanzaba a comprender, aquel feliz
y apuesto caballero, con una preciosa y joven esposa, había muerto de repente.
No conocía los detalles, pero su abuela le había contado a su madre que fue
después de la guerra. Eso era lo único que sabían. Un esbozo de historia
transmitido oralmente de una anciana solitaria a otra, y luego a ella. Pero los
vestigios de la vida de Lillian colgaban de las paredes a su alrededor, por
todas partes, y en las bolsas abarrotadas del vestíbulo y en cualquier otra
cosa que Apryl pudiera encontrar en los tres dormitorios y en el salón. ¿Y no
había dicho algo Stephen sobre una caja fuerte situada en el sótano?
Su
plan original era organizar una venta rápida del piso y disponer de las
posesiones de Lillian en dos semanas o menos. Pero ya no quería hacerlo. Quería
quedarse
allí y descubrir las vidas de su tía abuela y de su marido. Quería examinar,
considerar, recolectar y preservar. Aquello no era basura. Significaba algo
para Lillian. Lo había significado todo.
Tenía
que haber cartas. Puede que un diario. Tendría que cribar y descartar como una
arqueóloga al tiempo que trataba con agentes inmobiliarios y se hacía cargo del
papeleo. Trabajar de prisa y, con suerte, puede que visitar un poco Londres.
Pero Lillian tenía preferencia. Y si eso significaba gastarse el resto de sus
ahorros y dejar el trabajo que tenía en casa, pues que así fuera. Descubriría
todo lo que se pudiera descubrir sobre su tía abuela.
Cuando
Seth, ya de uniforme y con una taza de té en la mano, llegó desde el cuarto del
personal, suponía que Piotr ya habría bajado al garaje donde aparcaba la
tartana oxidada que era su coche. Pero Piotr sólo se había puesto el anorak
rojo sobre la sudada camisa de poliéster y lo estaba esperando. Muy sonriente,
levantó el libro de incidencias.
—¡Ah,
Seth vuelve a ver los fantasmas! Todos nos reímos mucho cuando leemos el libro.
A lo mejor se bebe el whisky de noche y ve cosas, ¿eh? —Puso los ojos en blanco
y levantó un brazo para simular que bebía de un vaso.
—No
he dicho que viese nada. Sólo he informado de una incidencia. Un ruido. Había
alguien dentro del dieciséis. Lo oí.
Pero
Piotr no le prestaba atención.
—Deberías
abrillantar el bronce por las noches. Se lo digo a Stephen, pero no me hace
caso. Así tendrías trabajo y no verías fantasmas.
La
puerta se cerró delante del anorak y el rostro sonriente.
No
volvería a informar, oyera lo que oyese. Joder. Había hecho su trabajo. Si se
producía un robo, ya les había advertido.
Se
dejó caer sobre la silla y volvió a acordarse del
sueño
que había tenido aquella tarde. Le había provocado una mezcla de nostalgia e
intranquilidad. De niño solía visitar aquella cámara en sus pesadillas.
Mientras lo arrastraban allí dentro en contra de su voluntad trataba de gritar,
pero se mantenía extrañamente mudo. Todo había comenzado más o menos en la
época en que se marchó su padre. La extraña cámara se presentaba en sus sueños
una y otra vez. Se trataba de un mausoleo real que había visto una vez con su
niñera, mientras paseaban por una zona medio abandonada del cementerio en el
que estaba enterrado su abuelo. Todas las flores estaban secas y los nombres de
las personas se habían borrado de las lápidas de piedra. Aquello lo
aterrorizaba. No podía aceptar que su papá y su mamá morirían algún día y acabarían
enterrados en alguna de aquellas cárceles de piedra o en el mausoleo. Y que lo
mismo le pasaría a él. Su niñera sonrió y dijo:
—No
hasta dentro de mucho tiempo, Seth.
Pero
el mausoleo de frío mármol, con su tenue luz, la puerta cerrada a cal y canto y
las ventanas de barrotes, lo atormentaba. Imaginaba que lo metían allí. Que
estaba muerto. Que se encontraba en el lado equivocado de la puerta y lloraba
llamando a su papá y a su mamá, quienes no podían verlo. Que los veía marchar
entre las lápidas. Los veía con claridad mientras ponían en marcha el Austin
blanco y se alejaban dejándolo en la puerta, sollozante e histérico.
Negó
con la cabeza. Ni siquiera ahora le gustaba recordarlo. De niño, el miedo a
aquella cámara le oprimía
el
pecho de tal modo que no podía ni respirar.
Tenía
que llamar a su madre. A su padre. A su hermana. El sueño había provocado que
le entraran ganas de hacerlo. No recordaba la última vez que había hablado con
ellos. Se le había pasado.
Suspiró
y se volvió hacia el sujetapapeles con las tareas de la noche para obligarse a
pensar en otra cosa. Solo veinte de los cuarenta apartamentos estaban ocupados.
Igual que durante los cuatro turnos de la pasada semana.
La
mayoría de los áticos eran casas de gente asquerosamente rica que venían a
pasar unos días de vacaciones o apartamentos de empresa para ejecutivos que
trabajaban en la City. Aunque en algunos de ellos se alojaban inquilinos
problemáticos, raramente había problemas durante la noche. Sin embargo, había
una novedad en el piso treinta y nueve del ala este. Alguien se había mudado.
La viejecita, Lillian, había fallecido. En un taxi o algo así, un par de meses
atrás. Stephen se lo había dicho al día siguiente, pero él nunca había llegado
a ver a la anciana durante su turno. Nunca salía de noche. La nueva inquilina
se llamaba Apryl Beckford. Se preguntó qué aspecto tendría.
Tras
terminarse el té, salió al jardín ornamental que ocupaba la intersección entre
las dos alas. Lió y luego se fumó un delgado pitillo mientras escuchaba el
ruido de la fuente. El recuerdo del sueño se fue apagando y comenzó a sentir
algo parecido al alivio por estar de vuelta en el trabajo. No había mucho que
hacer, aparte de las rondas
ocasionales
y algún que otro inquilino que llegaba a casa de noche. Era menos
desmoralizante que la vida en el Green Man, aparte de más confortable. Una vez,
antes de que comenzara a trabajar allí, el edificio había aparecido en la
revista Helio! a cuenta de un futbolista que vivía en él. Un trabajo ideal para
un artista, a la antigua usanza, había pensado al comenzar. Pero había dejado
de dibujar en cuanto apoyó el trasero sobre la silla de cuero de recepción.
Ahora sospechaba que se había escondido allí para olvidar y que lo olvidaran,
para escapar de la vida convencional del modo más cómodo posible. Y la idea ya
no lo perturbaba.
Después
de arrojar la colilla a la fuente, volvió a la silla y comenzó a bostezar. Otra
noche sin descanso. Unos jóvenes árabes en coches deportivos daban vueltas
alrededor de Lowndes Square. Consultó su reloj. Faltaban diez horas para la
mañana, entonces podría salir de allí y sumirse en un sueño profundo. O en un
coma sin sueños, si tenía suerte.
Mientras
hojeaba la programación de televisión del Evening Standard, de pronto lo
sobresaltó el timbrazo del teléfono. En el panel de bronce se había encendido
una luz roja junto al indicador del apartamento cuarenta.
—¿Qué
coño quieres? —susurró para sí. Era el señor Glock, el playboy suizo de mediana
edad que además era uno de los hombres más maleducados que hubiera conocido
jamás. Levantó el auricular para acallar la ensordecedora vibración del panel.
—Seth,
dígame.
—Necesito
un taxi para Heathrow. Ahora mismo —y colgó.
Ningún
otro inquilino había hecho tanto por apuntalar su idea de que los ricos eran
una gente desagradable. Al comenzar a trabajar en el edificio, los inquilinos y
su absurda riqueza lo intimidaban, como si su mera presencia bastara para
proyectar un foco sobre su corbata manchada, las rozaduras de sus zapatos y los
enormes agujeros de su curriculum. Lo hacían sentir ridículamente apocado en su
presencia. Pero al cabo de medio año sacando a la calle su apestosa basura y
presenciando incontables demostraciones de ostentación delante de su mesa,
combinadas con sus afectados acentos y sus vulgares mobiliarios, aquella
intimidación había quedado reducida a un resentimiento soterrado y no demasiado
intenso. No sentía demasiado respeto por ellos. Y menos aún por Glock. Trabajar
allí le había permitido comprender que el dinero favorecía a gente de la peor
calaña.
Cogió
el ascensor hasta el cuarto piso, donde lo estaría esperando el equipaje de
Glock. De camino se limpió la cara con una toalla de papel. La textura del
papel le arañó la piel caliente y delicada de la frente y de las mejillas. En
ese momento se acordó de un asiático que le había estornudado encima en el
cine, y se preguntó si aquel extranjero le habría contagiado alguna enfermedad
tropical. Mientras se frotaba el cuello comenzó a sentir un hormigueo en la
zona. Entonces se acordó del aire helado que había inhalado por el buzón del
apartamento dieciséis e hizo una mueca. Todavía le parecía sentir el sabor a
polvo.
Después
de ocuparse de Glock y de su equipaje, se lió otro cigarrillo y observó al taxi
mientras abandonaba el bordillo y salía de la plaza. Se dijo que era la última
vez que levantaba el trasero del asiento durante su turno. Se sentía fatal, El
hormigueo de la garganta se había convertido en una picazón. Bajo la chaqueta,
tenía la camisa pegada a la espalda.
Pero
su periodo de descanso detrás de la mesa de recepción duró poco. La siguiente
en reclamar su atención fue la señora Shafer, la anciana esposa de un agente de
bolsa norteamericano casi inválido. Vivían
en el apartamento doce.
Plantada
junto a la entrada principal del edificio, comenzó a tocar el timbre. El
penetrante e incesante zumbido que sonaba detrás del escritorio transmitía toda
la fuerza de su fastidio. Estaba aún más grotesca de lo habitual, con el
cabello amontonado en un aparatoso peinado en estratos del que escapaban algunos mechones alrededor de su
flácido rostro. El puto Halloween con un pañuelo. Se estremeció de asco.
¿Cómo
podía abandonarse de tal modo una mujer? Sobre todo una mujer con tanta pasta.
La
dejó pasar pulsando el interruptor que había debajo de la mesa. Mientras la
mujer hacía su entrada en recepción caminando lenta y pesadamente con aquellas
piernas rollizas, un gesto de ceñuda severidad arrugó su frente.
—¿Qué
sentido tiene...? —Hubo una larga pausa—.
¡Esto
es un problema! —Señaló la puerta. Seth se encogió. Aunque ya estaba
acostumbrado a su histeria y su temperamento impredecible, siempre conseguía
aterrorizarlo. Estaba loca. Sólo el jefe de porteros, con su comportamiento
elegante y su voz suave, parecía capaz de manejar sus arranques.
La
mujer comenzó a dar cortos y temblorosos pasos hacia la mesa.
—¡No
se moleste! —le chilló. Agitó en el aire uno de sus bazos y Seth pensó que
parecía un dinosaurio, con el voluminoso cuerpo inclinado hacia adelante y unos
brazos cortos, fetales y acabados en garras estirados hacia él. La señora
Shafer esperaba que los porteros corrieran a la puerta y la mantuvieran abierta
para ella como si fuera un miembro de la realeza. Después debían escoltarla
desde el ascensor a la puerta principal de su apartamento. El precedente lo
había sentado Piotr, con su inagotable sed de propinas, pero Seth se negaba a
participar de aquella indignidad. Le hacía acordarse con amargura de su
desaprovechada educación. Cuatro años en la Escuela de Bellas Artes, seguidos
por un master, para acabar teniendo que complacer a una gorila rica y desquiciada
que se dedicaba a aterrorizar a su minúsculo e impedido esposo ante los ojos
del personal.
El
señor Shafer raras veces abandonaba el apartamento. En las contadas ocasiones
en que lo hacía, siempre lo acompañaba la histérica de su esposa. Parecía una
marioneta, con miembros de madera reseca suspendidos ligeramente por encima del
suelo, como si le
hubieran
cortado la mayoría de las cuerdas. Su esposa arrastraba al anciano alrededor de
sus enormes faldas y no hacía otra cosa que regañarlo constantemente mientras
él invertía toda su concentración y energía en dar un lento paso detrás de
otro. Los dos Shafer apestaban a sudor.
Seth
se levantó de su silla y dijo un «buenas noches» tan bajo que apenas se oyó él
mismo.
La
mujer volvió a agitar los brazos con exasperación mientras su rostro se ponía
colorado.
—¡Que
venga Stephen! ¡¡Llama a Stephen ahora mismo!!
Sólo
dejó de gritar cuando las puertas del ascensor se abrieron tras ella. Por un
momento el sonido pareció abochornarla, y luego
entró caminando lenta y pesadamente. Su último murmullo se transformó en
un agudo chillido que Seth fue incapaz de descifrar. No tenía la menor
intención de molestar a Stephen. Para cuando la señora llegase a su
apartamento, el altercado habría caído en el olvido.
Pero
aquella noche no iba a poder descansar. Todos los capullos del edificio
parecían haberse conjurado para obligarlo a trabajar. A las nueve en punto, la
señora Pzalis telefoneó desde el apartamento veintidós para quejarse de la
calidad de la recepción de la televisión. Lo mismo que la señora Benedetti, del
apartamento cinco. Lo consignó todo en el libro de incidencias, pero comprobó
que los antenistas habían estado dos veces en el tejado desde su último turno.
A las diez y media, la señora Singh, del diecinueve, llamó para quejarse de que
olía a humo en el
ala
oeste, y antes de que tuviera tiempo de ir a investigarlo, la señora Roth, del
dieciocho, telefoneó para decir lo mismo. Las alarmas de incendios y los
detectores de humo estaban en silencio, pero tenía que ir a comprobarlo de
todos modos.
Si
las señoras Singh y Roth podían olerlo dentro de sus apartamentos es que el
olor llegaba del dieciséis, más o menos. Una zona del edificio que tenía
previsto evitar en cada una de las tres rondas que estaba obligado a realizar
durante su turno.
—Coño.
—Cogió el ascensor hasta el noveno piso. Nada más salir al rellano, pudo olerlo
él también:
carne
quemada, tela calcinada y algo parecido a azufre. Pero no había humo, las
puertas estaban frías y los cubos de basura, vacíos. Era un olor antiguo, pero
también un miasma profundamente desagradable, como lo que queda en un lugar
donde se ha producido un accidente con fuego. Y era más intenso cerca de la
puerta del diecinueve. La casa de la vieja señora Roth.
Al
mirar a su alrededor recordó por qué nunca le habían gustado los pisos
superiores del edificio. Ninguno de ellos, para ser sincero. Incluso en las
tardes más luminosas de verano, cuando las últimas luces del sol reforzaban la
iluminación eléctrica en las zonas comunes, el lugar resultaba lúgubre. La
vieja madera marrón, el bronce apagado y la gruesa alfombra verde parecían
absorber toda la luz, sobre todo en la escalera. Le recordaba a esas zonas de
las casas viejas en las que reina la sombra. Pero a pesar de la ausencia de
tráfico
humano
en la escalera y en los pasillos, el lugar poseía una activa energía. Una
especie de hormigueo y revuelo en el aire, como si la presencia de una
actividad anterior, atrapada allí, fuese incapaz de escapar.
Bajó
al octavo piso sumido en un aturdimiento febril y sin aliento. Decidió cruzar
rápidamente el pasillo y no detenerse, al margen de lo que oliera o de los
golpes y ruidos que pudiera oír en el interior del apartamento dieciséis. Pero
no pudo hacerlo.
Al
llegar al descansillo, bajando los escalones de dos en dos, estuvo a punto de
chocar con una figura. Una figura encorvada y vestida de blanco. Se encontraba
a pocos pasos de distancia del apartamento dieciséis.
—Jesús
—gimoteó casi sin resuello mientras sentía que se le ponían todos los pelos de
punta.
La
figura se volvió hacia él. Durante un segundo no logró reconocer el rostro
arrugado y la ondulada mata de fino y plateado cabello. Pero entonces vio de
quién se trataba. El asombro fue reemplazado por una inmediata sensación de
alivio. Era la señora Roth. Pero en camisón y claramente angustiada.
—Ha
vuelto —dijo al borde de las lágrimas. Sus brazos finos como agujas y sus manos
artríticas temblaban. A través del material fino y sedoso del camisón, Seth
pudo entrever cómo sobresalían los puntiagudos huesos de los hombros y la
pelvis. Unas rodillas ridículamente flacas y huesudas, surcadas de venas,
asomaban por debajo del dobladillo del camisón. Los pies, similares a dos
garras, estaban descalzos—. Ha
vuelto
a por mí.
Tenía
noventa y dos años. Seth no pudo sino preguntarse cómo habría logrado bajar un
tramo de escalera con aquellas piernas. La señora Roth estaba casi confinada en
su cama, de la que sólo salía para almorzar dos veces por semana, con la ayuda
de dos bastones y de su doncella filipina, Imee.
Se
quedó inmóvil, mirándola. Trató de tragar saliva, pero le dolía demasiado la
garganta.
La
mujer señaló la puerta del apartamento dieciséis con una mano contrahecha.
—Abra
la puerta. Quiero verlo por mí misma. Seth negó con la cabeza.
—No
puedo, señora Roth. Venga, la llevaré a la cama.
Furiosa,
ella sacudió en el aire la extremidad de hueso y piel fina que llamaba mano.
—¡No
quiero volver a la cama!
No
estaba sonámbula. Y, a pesar de su edad, nunca había parecido propensa a la
menor confusión. De hecho, se mostraba indefectiblemente desagradable y
maleducada en todo momento. Aunque raras veces molestaba a Seth de noche, sus
maltratos al personal del turno de día habían llegado a ser legendarios. Hasta
el jefe de porteros le tenía miedo.
—Por
favor, señora. No debería estar aquí.
Comprendió
que había cometido un error nada más decirlo. La furia tiñó el rostro de la
mujer de color morado. Se volvió hacia él. Le apuntó a la cara con un dedo tan
retorcido
que sólo el nudillo de la segunda articulación estaba dirigido hacia sus ojos.
—¡Cómo
te atreves! —El halo normalmente
impecable de bucles transparentes de su cabeza, recogido en un peinado
abombado, se deshizo. Algunos rizos cayeron alrededor de sus orejas. A través
de lo que había quedado en su sitio se podían ver la piel pálida del cuero
cabelludo y las manchas propias de la vejez. Tenía un cuello muy flaco y la
carne colgaba de sus clavículas como tiras de cuero.
Le
recordó a un pájaro. Un pájaro de pico grande al que aún le quedaban algunas
plumas sobre el pellejo lívido.
—¡Te
digo que ha vuelto! ¡Lo he oído! He oído cómo se reía.
Normalmente,
un hombre en su posición habría respondido a los desvaríos de una anciana de
noventa y dos años en camisón con una carcajada abochornada o una risa
nerviosa, pero había algo en su rostro decidido y en sus ojos desquiciados y
legañosos que hizo sentir intranquilo a Seth. Sobre todo porque aún recordaba
lo que había oído al otro lado de aquella puerta.
Hizo
una temeridad. Se acercó a la señora Roth y asintió con un gesto de
complicidad.
—Lo
sé. Ya hace algún tiempo que oigo ruidos ahí dentro. Pero ¿qué es?
—¿Qué?
Habla. No seas ridículo. ¿Qué dices? Seth señaló la puerta con un gesto de la
cabeza.
—Ahí
dentro. De noche. Los he avisado. Sobre los
ruidos.
Los golpes. En el vestíbulo. Muebles que se caen. Cosas. Cosas de ésas.
El
rostro puntiagudo de la señora Roth cobró una tonalidad de enfermiza palidez.
El leve temblor de sus enclenques miembros de mono se transformó en un
estremecimiento. Seth creyó que se iba a desmayar y se acercó para cogerla del
codo. Ella se agarró a él y dejó caer la cabeza.
—No
—susurró. Y luego de nuevo—: No. —Pero esta vez para sí. Levantó los ojos y lo
miró como un niño que acabara de tener una pesadilla—. Llévame a casa. Quiero a
Imee. Busca a Imee. ¿Dónde está Imee? Quiero a Imee.
Tenso
e incómodo en presencia de la indignidad de la anciana, Seth la acompañó
lentamente hacia la puerta del ascensor y lo llamó desde la planta baja
pulsando el botón de la placa de bronce bruñido. Mientras esperaba, reparó en
que volvía a tener la camisa empapada de sudor.
Los
chirriantes cables parecieron tardar una eternidad en llevar el pesado pero
elegante vehículo desde abajo. Y mientras tanto, a pesar de su incomodidad,
Seth trató de tranquilizar a la señora Roth hablándole de Imee y de su cama,
hasta que ella agitó una mano delante de su cara y dijo:
—Cállate,
cállate ya.
Una
vez que abrió las puertas y la condujo al interior del ascensor, la anciana
cerró los ojos con fuerza. Parecía más decrépita y encorvada que nunca, como si
la estuvieran obligando a recordar algo especialmente doloroso. Algo que era
incapaz de soportar. Que
destrozaba
el poco espíritu que aún quedaba dentro de aquel cuerpo viejo y frágil.
En
el noveno piso, la puerta del apartamento seguía abierta, y Seth llamó al
timbre para despertar a Imee, que acudió corriendo desde su cuartito al final
del largo pasillo. Con las manos aferradas al camisón azul delante del cuerpo,
como si quisiera proteger su intimidad de los ojos del portero, le arrebató a
la señora Roth y, con una mirada de hostilidad y malhumor, cerró la puerta sin
dejar que terminara de susurrar sus explicaciones. La señora Roth había
empezado a lloriquear en el mismo momento en que viera a Imee.
—Zorra
—murmuró Seth ante la puerta cerrada. Bajó en el ascensor hasta el cuarto del
personal, en el sótano, donde se preguntó, con cierta incomodidad, a quién se
habría estado refiriendo la señora Roth junto a la puerta del apartamento
dieciséis.
—Mamá,
nunca tiraba nada. Nada. Lo digo en serio. Tendrías que ver su ropa. Hay como
cien trajes y vestidos y abrigos y cosas en el dormitorio. Hasta de... cómo te
diría yo, de los años cuarenta o así. Sigue todo allí. Como un museo de la moda
o algo parecido. Hemos heredado un museo, joder. La colección Lillian. Y
algunos de los vestidos son preciosos.
Apryl
paseaba de un lado a otro del dormitorio de su tía abuela con el móvil pegado a
la oreja.
Pero
sabía que su madre nunca podría comprender lo que había descubierto en el
cuarto de la anciana. Al menos hasta que no lo viera con sus propios ojos. Cosa
que nunca podría hacer por culpa de su miedo patológico a volar. Y no se sentía
capaz de describir adecuadamente sus descubrimientos o de transmitirle a su
madre la atmósfera del apartamento: la raída grandeza, la ubicua sensación de
pérdida, las caóticas defensas que había erigido una anciana contra el mundo
exterior, la perturbada vida interior aún evidente en las habitaciones
desocupadas, con altares y rituales y hábitos mantenidos durante mucho tiempo
pero ya convertidos en meros misterios.
Dos
de las habitaciones, los dormitorios pequeños que había al final del abarrotado
pasillo, a la derecha, estaban a rebosar de basura. En cada una de ellas había
encontrado
una cama individual con un viejo edredón cubierto por una capa de polvo.
Alrededor de la cama se agolpaban cajas y maletas viejas con toda clase de
curiosidades. Aún no sabía lo que iban a hacer con todo aquello. Para realizar
un inventario exhaustivo necesitaría semanas, e incluso meses.
Al
menos el dormitorio de Lillian permanecía despejado alrededor del gigantesco
armario y la enorme cómoda. También había una cama amplia y un precioso
secreter con los cajones cerrados cuyas llaves no logró encontrar y que debían,
sospechaba, de contener la documentación de la anciana. Sobre la cómoda había
más frascos de perfume de los que hubiera visto en toda su vida. Las compañías
de cosméticos ya no fabricaban recipientes así, ni tampoco los envases de
porcelana de las cremas y el maquillaje, cuyos contenidos, en su mayor parte,
se habían agrietado como la tierra reseca de planetas lejanos.
—Mamá,
me gustaría llevarme los trajes. Creo que son de mi talla. Es increíble, ¿no?
Me he probado dos abrigos de piel y tres sombreros y es como si estuvieran
hechos a mi medida.
—Cariño,
¿dónde vas a guardarlos? ¿En tu minúsculo apartamento? Aquí no tengo sitio, ya
lo sabes. Y piensa en el coste, cielo. No tenemos dinero para eso, y encima
ahora hablas de dejar el trabajo. Estoy preocupada.
—Pues
no lo estés. Dentro de poco nos va a salir la pasta por las orejas.
—Me
parece que no, si sigues así. Tienes que ser
realista,
cariño. El apartamento podría tardar un tiempo en venderse.
—Puedo
pagar el transporte con mis ahorros. Pero tendré que mandarte las cosas de
Lillian que quiero conservar, para que las guardes en el sótano.
—Cariño,
te va a salir por una fortuna. No puedes traerlo aquí. Tendrás que venderlo
todo en Inglaterra.,
—No.
Tendré cuidado. Puedo alojarme aquí hasta que se venda y encargarme de todo.
Tendremos que sacar el mobiliario. No sé nada sobre antigüedades, así que habrá
que contratar a un experto para que haga una tasación. Pero las cosas
personales, las personales de verdad, quiero quedármelas. Mamá, son preciosas.
Y hablo sólo de la ropa, las fotos y algunas cosillas más.
—Oh,
cariño, no sé. Sólo ibas a quedarte dos semanas para vaciar el lugar y venderlo
y ahora mira las cosas que estás diciendo...
—Mamá,
mamá, es nuestra historia. No podemos tirarla a la basura de cualquier manera.
Tendrías que ver las fotos de Lillian y Reginald, son enternecedoras. Eran tan
elegantes... como dos estrellas de cine. No te lo vas a creer cuando lo veas.
La gente que está en esas paredes forma parte de nuestra familia. Una mujer con
ese gusto, esa clase y ese estilo... Se ha convertido en mi ídolo. Ya sabes
cómo me gusta lo retro.
Pero
su madre parecía cansada. No tendría que haberla sobresaltado de aquel modo.
Sumada a la tensión de que su única hija estuviera al otro lado del océano, la
intrusión de cualquier cosa novedosa o extraña en su
inmaculado
bungalow de Nueva Jersey le provocaría una grave ansiedad. Tendría que
habérselo contado poquito a poco, pero era incapaz de contener la emoción.
Hacía
tiempo que los años cuarenta y cincuenta eran su inspiración estilística allí
en Nueva York, donde se ganaba la vida vendiendo ropa alternativa y vintage en
St. Mark's Place. Había tenido que trabajar por salarios de miseria durante los
últimos cinco años, que habían pasado volando sin dejarle gran cosa en términos
de curriculum, apartamento o nivel de vida. Pero aquel tesoro que había
encontrado podía alcanzar miles de dólares en eBay. Y no es que pensara
venderlo. Cuando volviera a casa tenía la intención de lucirlo en la mayoría de
los locales retro del centro y del Village. Aquella era su herencia. Su abuela
había llevado realmente aquella ropa en su época.
La
factura de los trajes era exquisita. Había encontrado seis inmaculados vestidos
de noche de seda y tafetán, dos docenas de trajes de cachemira y lana y dos
veces este número de modelos ceñidos de color negro y crema, doblados y
guardados en maletas, que su tía abuela debía de haber llevado en los sesenta
junto con, quizá, un collar de perlas. Y al ver las joyas para el vestuario no
había logrado reprimir un chillido: tres cajas llenas a rebosar de preciosos
broches, collares y pendientes revueltos.
La
ropa interior de estilo retro había dejado de fabricarse a comienzos de los
setenta, y algunos de los corsés y las fajas de su tía abuela debían de
remontarse a los años cuarenta. Llevaba mucho tiempo fantaseando con
encontrar
cosas parecidas en tiendas de ropa usada y mercadillos caseros, y nunca había
dejado de probar suerte en saldos de fábricas que cerraban o en puestos de
caridad, por si encontraba accesorios antiguos para su propio guardarropa o
para vender en la tienda. El dormitorio de su tía abuela contenía ropa
suficiente como para montar un negocio empezando de cero o llenar una sala de
subastas entera. Había al menos treinta paquetes de medias de seda sin abrir en
el primer cajón de la cómoda, con nombres tales como Mink o Cocktail Kitty.
Algunas de las medias más antiguas seguían guardadas entre hojas de papel de
seda dentro de cajas de cartón, cuyas tapas lucían con regio orgullo los
nombres y el logotipo grabados del fabricante.
Lillian
no se había desprendido de una sola pieza de su vestuario. Parecía que, a
medida que pasaban las décadas y cambiaban las modas, lo había ido conservando y almacenando todo
hasta que, en algún momento de la década de los sesenta, dejó de comprar ropa.
No había una sola prenda contemporánea. Así que debía de haberse vestido con
aquel estilo clásico hasta el mismo día de su muerte. Si era así, resultaba una
asombrosa coincidencia. Apryl rara vez llevaba algo que no pareciera hecho en
los años cincuenta.
Sólo
la colección de zapatos la decepcionó. Aparte de un par de zapatos bajos de
terciopelo con tacón cubano y un par de sandalias plateadas, el resto estaba
desgastado por el uso. La madera de los tacones estaba a la vista y los
empeines de cuero, rotos o recorridos por
profundas
grietas. Eran insalvables. Parecía como si su tía abuela hubiese sido muy
aficionada a los paseos, pero no tanto a reemplazar su calzado.
—Mamá,
mira, no te preocupes. Estoy bien. Todo va a salir bien. Lo único que pasa es
que estoy muy cansada. Llevo en pie desde las cinco y media. Todo esto es
emocionante y triste a la vez, y no sé qué más. Aún no he acabado de asumir que
la tía abuela Lillian vivía aquí. Knightsbridge es como Park Avenue. Entre el
dinero que tenía en el banco y la venta de este apartamento vamos a ser ricas,
mamá. ¿Me oyes? Ricas.
—Bueno,
eso no lo sabes, cariño. Dijiste que había que hacerle algunas reformas.
—Mamá,
esto es una propiedad de lujo. Estas cosas se las rifa la gente. Incluso en el
estado en el que está. Es un ático, mamá. —El timbre de la puerta trinó como un
pequeño badajo que hubiera enloquecido dentro de una campanita de hierro—.
Mamá, hay alguien en la puerta. Tengo que irme. Además, casi no me queda
batería en el móvil.
—¿El
móvil? ¿Es que me estás llamando desde el móvil? Te va a salir por una fortuna.
—Te
quiero, mamá. Tengo que irme. Volveré a llamarte dentro de poco, cuando sepa
algo más. —Lanzó un beso por el auricular y luego corrió desde la cocina a la
puerta principal para abrir al jefe de porteros.
—Supongo
que lo que realmente quiero es saber cómo era. Sobre todo al final. Quiero
decir, ha dejado todo
esto...
aquí dentro... —«Desembrollar» era la palabra que buscaba. Lillian no le había
dado la opción de sacar las cosas sin más y vender el piso. Era como si la
fallecida estuviera obligándola a involucrarse en su desquiciada existencia.
Sentada
en la cocina en compañía del jefe de porteros, Apryl suspiró.
—Le
prometo que no lo entretendré mucho tiempo... Yo misma estoy rendida. Me
encuentro tan cansada que estoy empezando a tener alucinaciones. Así que quizá
no sea el mejor momento para empezar a hacer preguntas, pero... hay algunas
cosas que me tienen desconcertada.
—No
logró disimular la emoción de su voz. Tosió y tomó un sorbo de té negro.
Normalmente bebía café, pero Lillian no tenía otra cosa.
Stephen
ya no estaba de servicio y se había quitado la corbata, pero a pesar de que
eran más de las diez, aún llevaba la camisa de algodón blanca y los pantalones
grises de su uniforme, lo que sugería que en su vida no había gran cosa aparte
de sus deberes en aquel edificio. Mientras que Apryl se había sentado en la
mesa de la cocina, la única habitación del piso en condiciones de recibir a un
invitado, él estaba apoyado en la encimera, con una taza de té que ella le
había preparado en la mano.
Asintió.
—Supongo
que son muchas cosas a la vez. Pensaba que sería más fácil para usted, dado que
no llegó a conocer a Lillian. Pero claro, imagino que no haberla conocido es
igual de complicado, sólo que de otra
manera.
Quiere conocerla antes de desprenderse de este lugar.
—Se
podría decir que es eso. Y además, estoy viendo cosas aquí que me recuerdan a
mí misma. Si es que eso tiene algún sentido.
Stephen
sonrió, un gesto que parecía el preludio a una confesión.
—Lo
tiene. Ya había reparado en el parecido. En sus ojos. Pero es irónico. A menudo
los inquilinos acaban estando más próximos a nosotros los porteros que a sus
propias familias.
—E
imagino que nadie piensa nunca en ustedes.
—Oh,
no pasa nada. Nos pagan por hacer un trabajo. Pero cuando trabajas mucho tiempo
en las casas de la gente, aunque no quieras acabas convirtiéndote en parte de
su vida. Como una especie de familia.
—Lillian
le caía bien, ¿verdad?
—Sí.
Y también a los porteros de día. No creo que el personal del turno de noche la
viera nunca. Ni una sola vez.
—¿Y
eso por qué?
Se
encogió de hombros.
—Siempre
procuraba estar en casa mucho antes del anochecer. —Se dio cuenta de que Apryl
estaba confundida e hizo un esfuerzo por explicarse—: Es lo que sucede cuando
pasas aquí un turno de doce horas. No es que cotillees, pero por mucho que
intentes no hacerlo, acabas fijándote en toda clase de detalles. Y nos pagan
para ser observadores. —La estaba preparando para algo. Apryl se había dado
cuenta de que era un hombre de
modales
impecables y muy profesional, que no quería decir nada fuera de lugar ni
parecer indiscreto. Puede que fuese la política del personal. Pero estaba
cansada y quería que fuese franco con ella. Si Lillian no recibía visitas ni
amigos, entonces la gente con la que tenía que hablar eran los empleados de
Barrington House. Parecía que, al final, lo único que tenía eran los porteros.
Y la mera idea de una vida reconstruida únicamente por ellos la hacía sentir
decaída de nuevo.
Le
ofreció a Stephen una sonrisa cansada.
—Por
favor, Stephen, puede ser franco. Necesito saber algunas cosas para poder pasar
página. La curiosidad me está matando.
El
portero asintió. Se miró los pies. Se pasó la lengua por las encías.
—Como
ya dije antes, era una mujer excéntrica.
—Pero
¿en qué sentido, concretamente? O sea,
¿hablaba
sola en voz alta y...?
—Sí.
Lo hacía, sí. Pasaba la mitad del tiempo en su propio mundo. En su cabeza. Y
nunca parecía demasiado feliz cuando estaba allí.
Apryl
sintió que se quedaba boquiabierta.
—Pero
también había momentos en que se mostraba completamente lúcida. Y entonces era
la elegancia personificada. Su tía era una mujer de una educación exquisita.
Una mujer de una pieza. Aunque nunca pasábamos más que un rato del día con
ella, cuando salía. Todos los días a las once, como un reloj. Pero...
—Continúe.
Stephen
esbozó una sonrisa incómoda.
—En
estos tiempos no es habitual ver a una mujer con sombrero. Con un velo. Pero
Lillian nunca salía sin él. Ni sin sus guantes. Y siempre vestía de negro. Como
si estuviera de luto. Era toda una celebridad en el barrio. Todo el mundo la
conocía. Y cuidaba de ella. Los vecinos, los tenderos y los taxistas la traían
a casa cuando la encontraban por ahí, confusa.
—¿Qué
quiere decir con «confusa»? Stephen se encogió de hombros.
—Su
tía salía a dar su paseo todos los días, hiciera sol o estuviera lloviendo.
Pero entonces se ponía nerviosa y había que llevarla a casa. La mayoría de las
veces se animaba al volver a ver el edificio. Al final, si podía prescindir de
ellos, yo solía pedirle a alguno de los porteros que la siguiera cuando salía.
O lo hacía yo mismo. Nunca se alejaba demasiado, pero nunca tomaba la misma
ruta dos veces. Siempre acababa en sitios distintos.
—Qué
horror.
El
portero volvió a encogerse de hombros con expresión de impotencia.
—¿Qué
podíamos hacer? No somos niñeras.
—Me
pregunto lo que le pasaría por la cabeza en esos momentos.
—Antes
de marcharse siempre me decía: «Bueno, adiós, Stephen. Si no volvemos a vernos,
cuide usted de mi amor.» Y siempre llevaba las mismas cosas: una maletita y un
paraguas negro, como si se fuese de viaje.
Pero
todos los días regresaba al cabo de un par de horas. Lo que más nos preocupaba
era que se perdiese. Algunos taxistas paraban al verla y le decían: «Sube, Lil,
te llevo a casa.» Y si estaba lista, se montaba y les respondía: «Hoy no voy a
ir más lejos. Hoy no. Pero mañana volveré a intentarlo.» Siempre lo mismo,
todas las veces. Todos me lo contaban. Y la traían a casa. En cierto modo,
siempre he creído que es tranquilizador saber que todavía existe un cierto
sentido de comunidad, al menos entre los trabajadores del barrio. Todos
conocían a su tía Lillian.
—¿Y
las flores? Debía de haber miles en el dormitorio.
Stephen
se encogió de hombros.
—Nunca
me dijo para qué eran ni por qué las recogía. Pero desde que la conocí, siempre
volvía a casa con ellas. Siempre rosas. En dos ocasiones la sorprendieron
cortándolas en los jardines delanteros de Chesterfield House, en Mayfair. Por
suerte, conozco al jefe de porteros del edificio, así que no hubo problemas.
Pero podía ser algo incómodo. A veces las sacaba de los cubos de la basura, o
se iba sin pagar de las floristerías.
—¿Y
cómo murió? En el certificado de defunción decía que de un ataque al corazón.
Stephen
se secó la boca. Parecía tener dificultades para mirarla a los ojos. Lo intentó
dos veces y no lo consiguió.
—Por
favor, Stephen, dígamelo.
—Murió
en el asiento trasero de un taxi, Apryl. Le dio un ataque de pánico cuando
estaba en la calle. En uno de
sus
paseos. El taxista la vio. Parecía
realmente angustiada. Había llegado hasta Marble Arch. Más lejos que nunca, que
yo sepa, y es una distancia bastante considerable para una mujer de su edad.
Pero aquel día estaba distinta. Verá, por lo general, cuando alguien la
encontraba, hablaba sola o golpeaba el aire con el paraguas o el bastón. No era
algo insólito. Todos la habíamos visto hacerlo. Como si estuviera muy metida en
una discusión con alguien que no se encontraba allí. Y normalmente, la
agitación se producía justo antes de que diera media vuelta y regresase a casa.
O, como le he dicho, de que alguien la recogiera y la trajese hasta aquí. Pero
la mañana en que murió, según el taxista parecía enferma. Realmente agotada.
Estaba apoyada en la barandilla del parque. Muy pálida y casi a punto de
desplomarse. Algo la había enfurecido hasta el punto de agotar todas sus
fuerzas. Así que paró y la ayudó a subir al coche. Pero no llegó a salir del
trance, como otras veces. Parecía... aturdida. Como si ya no supiera dónde se
encontraba ni adónde iba. El taxista paró y telefoneó a recepción para pedirnos
que llamáramos una ambulancia. Pero murió de camino aquí. Desde mi punto de
vista, fue un fallo general de su organismo. Eso pensé. Y lo más raro es...
Bueno, salió del trance justo antes de morir. Al mismo tiempo que el taxi
entraba en la plaza. El taxista dice que la vio en el espejo. Angustiada.
Realmente angustiada, al final. Bueno, o asustada, se podría decir. De algo.
Como si hubiera alguien sentado a su lado.
Apryl
miró los restos de su té. Al cabo de un largo e
incómodo
silencio dijo:
—¿No
habría estado mejor en una residencia?
—Sí,
posiblemente. Pero tenía una enfermera, y cuando venía, Lillian estaba
perfectamente. Era un poco excéntrica, pero estaba lúcida y era más que capaz
de cuidar de sí misma. Se trataba de una mujer muy fuerte para su edad. Sólo
cuando salía... cuando dejaba el edificio... se... en fin, se ponía así.
Podía
haber sufrido cualquier cosa: Alzheimer, demencia... Si su madre y ella lo
hubieran sabido.
—Pobre
tía Lillian —dijo.
Pero
Stephen no le estaba prestando atención.
Parecía
sumido en sus propios pensamientos.
—Pero
lo más extraño aquel día —dijo de repente— estaba en su bolso. —Frunció el ceño
mientras se miraba los pies, intrigado—. Llevaba un billete de avión. A Nueva
York. Junto con un pasaporte que había caducado hacía cincuenta años. Parece
ser que estaba realmente decidida a abandonarnos de una vez por todas.
Después
de que se marchara Stephen, Apryl comió un poco de pasta con pesto que había
comprado en una tiendecita de Motcomb Street y luego se dio un baño. No había
ducha. Ni tan siquiera un accesorio similar que se pudiera acoplar al viejo
grifo de acero. Así que se sentó en el banquillo acolchado que había junto a la
bañera y observó cómo caía la gruesa cascada de agua, con un ruido hueco, sobre
el desgastado esmalte. Su presencia desencadenó una serie de sonidos de succión
y circulación detrás de las descoloridas paredes del baño.
Mientras
esperaba a que se llenara la bañera, fue a sacar la poca ropa que había traído
consigo y dejó la maleta sobre la cómoda del dormitorio de Lillian.
De
repente se dio cuenta de que estaba buscando algo que hacer. Tratando de
distraer su mente para no pensar en la idea de dormir sola en el apartamento ni
en las cosas que su tía abuela se dedicaba a hacer por las noches. Los dos
dormitorios del fondo llevaban demasiado tiempo en desuso y se usaban sólo
como trasteros, así que era poco probable que entrara en ellos si no era para
sacar algo. El salón nunca se utilizaba para otra cosa que para almacenar
flores frescas encima de las flores muertas del altar de la ventana. Aquella
habitación era sagrada para su tía. Y el mobiliario estaba cubierto con sábanas
para protegerlo del polvo. En el apartamento no había televisión. Ni tan
siquiera una radio que funcionara. Había encontrado una vieja radio averiada en
una caja de bakelita, envuelta en periódicos y guardada en el fondo de una caja
de jarras de peltre. Pero aparte de eso y de unos pocos libros en el
dormitorio, ninguno de ellos reciente, no alcanzaba a imaginar cómo ocupaba su
tía abuela las largas noches que pasaba allí encerrada, sin ninguna compañía.
No era de extrañar que hablase sola. Apryl llevaba allí únicamente un día y
estaba lista para empezar a hacerlo.
Después
del baño, durante el cual se le cerraron los párpados y se abandonó a un sueño
ligero que duró lo que tardó el agua en enfriarse, se dirigió al dormitorio y
cerró la puerta. Bajo el viejo edredón acolchado la cama parecía
limpia,
pero fue incapaz de meterse entre las sábanas. En lo alto del armario encontró
unas mantas y se preparó un nidito provisional con ellas encima de la colcha.
Al
apagar la luz, la profunda oscuridad de la habitación la sobresaltó un poco. Se
quedó parada un momento antes de tumbarse, pero se obligó a calmar su
intranquilidad. Estaba demasiado cansada para eso. Con bragas limpias y una
camiseta de Social Distortion, se hizo un ovillo mirando en dirección a la
puerta, como hacía siempre que dormía en algún sitio desconocido.
Allí
tumbada oía el ocasional ruido de los coches que pasaban bajo la ventana de su
cuarto, en Lowndes Square. Proyectó sus cada vez más adormilados pensamientos
hacia fuera, hacia Londres, en lugar de dejar que dieran vueltas y comenzaran a
explorar el apartamento, las extrañas y abarrotadas habitaciones en las que se
había hecho la oscuridad y el silencio.
Pegó
aún más las rodillas al estómago, juntó las manos y las enterró entre los
cálidos muslos, como siempre había hecho desde la infancia. Y al instante se
dio cuenta de que estaba sumiéndose en un pesado sueño, un sueño que duraría
horas, la noche entera. Su mente descendió y se alejó de allí. Hasta que por
fin quedó en calma. Al contrario que la habitación, más allá de sus cerrados
párpados.
Desechó
el susurro y el ruido sutil de unos pies sobre el suelo, que se movían
rápidamente de la puerta al pie de la cama. Sólo era su compañero de piso,
Tony. Que, como siempre, caminaba de puntillas para recoger vete a saber
qué
cosa abandonada antes por él mismo en el cuarto. Demasiado cansada como para
abrir los ojos, en una parte muy lejana y cada vez más pequeña de su
consciencia sabía que no tardaría en marcharse. En esfumarse.
¿Qué
quería ahora, plantado al pie de la cama e inclinado sobre ella? Sintió que la
alargada presencia se extendía sobre sus pies y hundía una rodilla al borde de
la colcha.
Despertó
bruscamente, aterrada, con la frente empapada de un sudor frío. Completamente
desorientada, contemplaba con los ojos una oscuridad total. Se incorporó.
—¿Qué
quieres? —preguntó, pero no obtuvo respuesta, y durante algunos segundos fue
incapaz de comprender dónde se encontraba o cómo había llegado hasta allí.
Hasta
que la memoria le proporcionó unos pocos detalles: Tony no estaba allí, ni
tampoco ningún otro compañero de piso. Se encontraba en Londres. En el nuevo
apartamento. El de Lillian. Entonces, ¿quién...?
Con
una mano, tanteó alrededor de la mesita de noche en busca de la lámpara. La
encontró. Buscó a ciegas el interruptor. Un gimoteo escapaba de sus labios.
Pegó las rodillas al pecho. Sentía el cuerpo dolorosamente vulnerable y
expuesto a la figura que se encontraba tan próxima en la oscuridad. Sus dedos
encontraron al fin el viejo y tosco interruptor y lo pulsaron. La pesada base
de la lámpara se balanceó sobre la mesa. Entonces, de
repente,
la pálida luz inundó la habitación marrón.
No
había nadie. Estaba sola en el cuarto.
Hasta
el último centímetro de su cuerpo se relajó de alivio. Respiraba a bocanadas,
como si acabara de subir corriendo una escalera. Habían sido las cortinas,
mecidas suavemente por una corriente de aire, o los viejos tablones del suelo,
que corregían su posición. Como sucede en los edificios viejos que no conoces
bien.
Se
tapó la cara con las manos. La tensión la abandonó bruscamente y se sintió como
una estúpida.
Pero
la experiencia de una alienación tan acusada y el terror de la intrusión la
habían alterado tanto que intentó dormir incorporada y con la luz de la mesilla
de noche encendida. La dejó así toda la noche. Algo que no había hecho desde la
primera y única vez que viese El exorcista.
Algún
tiempo después de medianoche, los inquilinos dejaron de molestar a Seth, y el
olor a azufre y humo de los pisos superiores del bloque oeste se dispersó
durante su tercera investigación, mientras buscaba su origen entre los cubos de
la basura. Pero la somnolencia que le impedía concentrarse en el Evening
Standard aumentó cuando volvió a estar detrás de su mesa. La cabeza le caía
sobre el pecho cada pocos minutos. Cosa que no era habitual. Por lo general no
le entraba el sueño hasta las dos de la madrugada, como muy temprano. Debía de
ser el virus que su cuerpo estaba ocupado cultivando para convertirlo en algo
más que unas décimas de fiebre y un leve dolor en el fondo de la garganta.
Decidió
echar una cabezadita de pocos minutos. Así despertaría más fresco y podría
mantener los ojos abiertos al menos durante unas horas.
Se
quedó profundamente dormido.
El
sueño se prolongó lo que le parecieron unos pocos minutos, antes de que un
movimiento cercano y una sombra delante de sus párpados cerrados lo
despertasen.
Seth
se incorporó, alerta.
La
recepción estaba desierta.
Con
un escalofrío, volvió a retreparse en su asiento. Y volvió a adormecerse.
Pero
despertó al cabo de un momento, convencido
esta
vez de que había un rostro pegado al cristal de la puerta principal, frente a
su mesa. Pero al abrir los ojos de par en par e inclinarse hacia adelante en la
silla, al tiempo que se aclaraba ruidosamente la garganta, lo único que pudo
ver en la oscuridad fue su propio rostro devolviéndole la mirada: un rostro
solemne y fino de ojos oscuros.
Alterado,
bajó al sótano, donde se fumó dos cigarrillos y se bebió una taza de café. Pero
a pesar de sus esfuerzos por mantenerse despierto, a los pocos momentos de
haber regresado a su silla tras la mesa de recepción, volvía a cabecear. Se
hundió en las acogedoras profundidades del sueño.
Hasta
que volvió a oír el susurro de una tela justo al lado de su oído. Y una voz.
Alguien que decía:
—Seth.
—Y al cabo de un instante, de nuevo—: Seth.
Se
incorporó bruscamente en la silla, como impulsado por un resorte, con el
corazón acelerado, y miró a su alrededor. Enderezó la espalda y comenzó a
balbucir una disculpa, como si estuviera seguro de que iba a encontrar un
inquilino en pijama inclinado sobre la mesa. Pero no había nadie. Se lo había
imaginado. ¿Cómo era posible? La boca estaba pegada a su oreja. Estaba seguro
de haber sentido hasta el frío aliento de su dueño.
El
brillo de las blancas luces eléctricas de la recepción hacía que le dolieran
los ojos.
Todavía
intranquilo, volvió a la silla y encendió la televisión. Se frotó la cara con
las dos manos y sacudió el cuerpo entero. Pero era como si no tuviera
alternativa y no pudiese controlar el empeño de su mente en quedarse
dormida.
O en volver al sueño.
Tras
la esquina del bosque apareció una pequeña figura. Ataviada con una chaqueta
gris con capucha, observó a Seth, que, encerrado en la cámara de piedra,
aferraba con las manos los fríos barrotes de la puerta que le impedía salir.
Mientras cambiaba de pie dando un salto, Seth tragó saliva y se dijo que ojalá
la figura no desapareciera ni pasara de largo.
Al
tratar de sonreír descubrió que no tenía control sobre los músculos faciales.
Debía de parecer que estaba a punto de echarse a llorar. Dejó de intentarlo y
saludó con la mano. Azorado al ver que la figura encapuchada ni siquiera se
movía, dejó que la mano cayera a un lado y volvió a preguntarse si debía
acurrucarse en un rincón y no volver a molestar a nadie. Por eso estaba allí.
La
figura se apartó de los árboles. Lentamente, anduvo por la crecida hierba,
esquivando los sitios donde se acumulaban las ortigas oscuras y húmedas, hasta
llegar al borde de los escalones de piedra. Las macetas que había sobre ellos
contenían unos tallos resecos de color marrón. La figura levantó la mirada
hacia él. Seth no pudo distinguir ningún rostro en el interior de la capucha.
—¿Cómo
te llamas? —preguntó el muchacho. —Seth.
—¿Por
qué estás ahí?
Seth
se miró los pies. Hizo una pausa para tragar saliva, levantó la mirada y se
encogió de hombros,
—No
lo sé.
—Yo
sí. Te entró miedo y te volviste loco. Como yo.
Vas
a estar siglos ahí metido. Y luego en un sitio mucho peor.
En
el interior de su prisión de piedra, Seth sintió que algo frío revoloteaba en
su estómago. Se le puso la piel de gallina y sus ojos se movieron de un lado a
otro sin control. Le costaba respirar.
—Da
un miedo que te cagas, ¿eh? —dijo el muchacho.
Unas
lágrimas ardientes resbalaron por el rostro de Seth y agarró los barrotes con
tal fuerza que sus manos perdieron toda sensibilidad. Pero no dejó de hacerlo,
a pesar de que sabía que le saldrían sabañones.
—Es
demasiado tarde —dijo con una vocecilla que se quebró al final de la frase.
—De
eso nada —respondió el niño de la capucha con voz desafiante—. Yo puedo sacarte
de ahí.
—Pero
nos meteremos en líos —respondió Seth, y se detestó por haber dicho aquello.
—¿Y
qué coño importa eso? Además, nadie piensa en ti. Ya no. Se han olvidado.
Seth
trató de responder que no, pero sabía que el niño encapuchado estaba diciendo
la verdad.
—¿Quieres
salir? —preguntó el niño mientras metía la mano en uno de sus hondos bolsillos.
Seth
sorbió por la nariz para contener las lágrimas y asintió.
El
muchacho sacó una gran llave de hierro del bolsillo de su chaqueta. Pero Seth
no la miró. No podía apartar los ojos de la mano del niño. Era morada y
amarilla y bastaba
con
mirarla para ponerse enfermo. La piel se había fundido y luego se había
endurecido de nuevo. Algunos de los dedos estaban pegados entre sí.
Los
dedos torcidos se cerraron sobre el mango grande en forma de mariposa de la
llave y la hicieron girar en el interior de la cerradura. El mecanismo emitió
un chirrido antes de que el portal se abriera de par en par.
Demasiado
aterrado para sacar los pies desnudos del suelo de mármol de la cámara, Seth
permaneció allí dentro un momento, temblando. El muchacho retrocedió hasta el
pie de la escalera y lo miró desde allí. Volvió a meter las manos en los
bolsillos de su chaquetón y reasumió su postura de costumbre: relajada pero
expectante.
El
cielo sobre el bosque se ensombreció. O se aproximaba la noche o las nubes
estaban acercándose a las copas de los árboles.
El
muchacho encapuchado empezó a volver la cabeza en derredor y a observar los
árboles. De una manera instintiva, Seth supo que tenía que darse prisa y tomar
una decisión. ¿Se quedaba o se iba? Era como si se hubiera abierto una puerta
mucho más grande en el mundo más allá de la celda y si no se daba prisa pudiera
volver a cerrarse y dejarlo allí atrapado. Y si permanecían mucho tiempo en el
mismo lugar podrían llamar la atención. Tenía la sensación de que en cualquier
momento, alguien podría verlos desde los árboles.
Atravesó
la puerta y salió a la hierba caminando con unas piernas que no estaban
acostumbradas al ejercicio.
Se
imaginaba sus miembros como unas verduras alargadas, reblandecidas tras pasar
demasiado tiempo en el fondo de la nevera.
De
pie sobre la hierba, lo asombró la sensación de su tacto sobre unos pies
acostumbrados a la piedra, y del roce de la brisa sobre la piel desnuda, y de
la emoción que lo embargaba al ver una senda que se adentraba en el denso
follaje caduco del bosque.
El
muchacho encapuchado echó a andar hacia los árboles. Inquieto, Seth fue tras
él.
Desde
el linde del bosque, se volvió una última vez para contemplar la cámara y su
lucecilla amarilla. Algo más adelante en la vereda, el muchacho instó a Seth a
seguirlo por el procedimiento de esperar y mirarlo sin hacer nada hasta que
estuvieron juntos entre los árboles.
—¿Adónde
vamos? —preguntó al muchacho encapuchado.
—Lejos
de aquí.
Seth
tragó saliva y sintió el sabor del pánico.
—Si
vuelves allí, no podremos sacarte otra vez. Te quedarás ahí. Siempre pasa. Hay
muchísima gente atrapada. Los veo todo el rato. No saben cómo escapar.
—¿Qué
quieres decir?
—Sólo
una parte de ti está todavía viva, Seth. El resto está aquí, siempre. Y cuando
mueras volverás a este lugar. Durante mucho tiempo. —La cabeza encapuchada
asintió en dirección a la jaula de mármol—. Es lo que pasa. Entonces se hará la
oscuridad, donde no se puede ver nada. Ni recordar gran cosa. Es como si
estuvieras en el
mar,
de noche. Hace frío y te estás ahogando y nadie acude a ayudarte.
Con
nerviosismo, Seth comenzó a dar pasitos adelante y atrás.
—Soy
tu amigo, Seth —dijo el niño con voz más vehemente, más madura—. Tienes suerte
de que hayamos venido. Puedes confiar en nosotros.
—Lo
sé. Lo sé. Gracias. En serio, gracias. —Se sentía mejor. Agradecido, pero
también azorado. Tenía muchísimas cosas que preguntar, pero no quería fastidiar
a su nuevo amigo, que lo había dejado salir de allí—.
¿Quiénes...?
O sea, ¿has dicho «nosotros» y «ellos»?
Como
si no lo hubiera oído, el muchacho encapuchado reanudó su marcha
alejándose de la cámara. Las ramas y los matorrales mojados le arañaban el
nylon del chaquetón. Seth lo siguió, caminando cada vez más deprisa, hasta que
se alejaron tanto de la cámara que se preguntó si podría volver a encontrarla.
Estaba empapado por el rocío y las ortigas se le clavaban en las espinillas.
—No
tengas miedo, Seth. Al principio es un poco raro. Todo te parecerá extraño.
Pero al cabo de un tiempo te acostumbras. Yo tenía sólo diez años cuando me
quedé atrapado. En una tubería de hormigón, cerca de un parque infantil.
—¿En
serio, una tubería?
—Entonces
acabaron conmigo con fuegos artificiales. Mis amigos. —Se detuvo. Sacó las
manos de los bolsillos y Seth vislumbró por un momento una articulación
deformada
y una carne de color morado, antes de que las largas mangas bajaran y cubrieran
las extremidades hasta las yemas de los dedos—. Ahora que has salido de ese
sitio vas a ver las cosas como realmente son, Seth. Cuando la gente como tú y
como yo sale de los sitios donde nos meten, lo vemos todo. Y entonces hacemos
lo que tendríamos que haber hecho desde el principio.
—¿En
serio?
—Sí.
Y tú vas a pintar lo que veas. Ellos te enseñarán cómo. Vas a ser genial,
amigo. El mejor. Me lo han dicho. Y luego tú también harás cosas por nosotros.
—¡Claro!
—dijo Seth, repentinamente emocionado, aunque sin saber muy bien lo que iba a
tener que hacer.
—Al
principio te dará mucho miedo. Pero no querrás regresar. Yo no quise hacerlo,
una vez que salí de aquella tubería.
Seth
asintió, disfrutando de la nueva sensación de liberación que experimentaba
fuera de la cámara. Sí, sentía que había una verdadera diferencia, una libertad
real que no lograba definir del todo. Era una presencia informe y nueva, pero
lo hacía temblar de placer. Era algo que había deseado la mayor parte de su
vida y luego había olvidado. No recordaba la última vez que se había sentido
tan entusiasmado por algo.
Al
poco, el bosque comenzó a ralear a su alrededor. El aire se tornó más frío y el
color del cielo se aclaró hasta transformarse en un gris acuoso.
—Éste
es mi sitio —dijo el chico encapuchado—. Quería enseñarte dónde me quedé
atrapado. La mayoría
de
la gente va a un lugar al morir, como te he dicho. Y no puede salir. Hasta que
ese sitio se vuelve todo oscuro. Y no te gustaría esa oscuridad, colega. Ni
hablar. Yo la he visto. Es el fin de todo. Pero vamos a enseñarte a moverte
alrededor de los demás aquí abajo, colega. Están jodidos. Pero tú no tienes por
qué estarlo.
Salieron
del bosque y se encontraron en una amplia franja de tierra desolada. Unas
hierbas solitarias y tenaces crecían en medio del lodo que se le pegaba a Seth
a los pies y lo hacía resbalar. En la distancia, a la izquierda, podía ver un
grupo de casetas con el tejado de plástico y ventanas de polietileno rotas.
Entre las casetas había parcelas invadidas por la maleza. Justo delante de
ellos se veía un parque infantil.
Caminaron
hacia allí. Cada pocos metros pasaban junto a excrementos secos de perro y
fragmentos de botellas rotas. El chico encapuchado comenzó a saltar y a
canturrear para sus adentros. Parecía contento por la forma en que estaban
saliendo las cosas.
En
el parque había un tobogán y cuatro columpios de cadenas metálicas y asientos
de plástico suspendidos de una estructura de metal, así como un carrusel de
planchas de metal oxidadas con el techo de madera sólidamente anclado a una
base de hormigón. La pintura de color brillante del armatoste estaba
desconchada y se podía ver el metal marrón que asomaba por debajo, barnizado
posteriormente por la grasa de numerosas manitas. Había un enorme foso de arena
lleno de cristales rotos y carcasas de petardo. Un trozo de una muñeca de
plástico
languidecía
en un charco de lluvia. Tenía la cabeza agrietada. Se veía un agujero de color
oscuro entre su cabello rubio y rizado. La herida parecía real. Y también le
faltaba un ojo. La violencia de la imagen lo hizo estremecer. Junto a la muñeca
había unas cuantas páginas de una revista pornográfica. Al mirarlas, Seth vio
una mujer con las piernas abiertas y un dedo entre los grandes y morados
labios.
—Menudo
vertedero, ¿eh? —dijo el niño.
Seth
asintió y lo siguió lejos del parque hasta llegar a dos enormes bloques de
viviendas, que se alzaban hacia las nubes hasta tal altura que tuvo que
entornar la mirada al levantar los ojos. No se veían luces encendidas y
parecían abandonados. Las paredes estaban cubiertas de pintadas hasta la altura
de un niño, y el viento arrastraba restos de basura por las calles que los
separaban.
Seth
contempló las cosas que había alrededor de sus pies: paquetes de galletitas
saladas, latas de refresco y otras con las etiquetas borradas, un neumático,
una pieza de un motor de coche, un televisor roto y un par de leotardos
empapados por la lluvia y secados luego tantas veces que tardó un rato en
descifrar qué era aquella cosa quebradiza de largos tentáculos. Los restos de
un dibujo infantil hecho con ceras de colores —rosa, amarillo y azul
—
manchaban el pavimento. La lluvia no había conseguido borrarlos del todo. Y
parecía que acababa de llover. El hormigón estaba húmedo y había algunos
charcos en las calles. Seth supuso que el lugar estaría siempre mojado. Se
estremeció y se rodeó los costados con los brazos.
Debía
de ser horrible hasta en verano. Cuanto más se acercaban a los edificios, más
intenso era el olor a orina y a lejía.
Mientras
caminaban entre los gigantescos bloques de apartamentos, se levantó un viento
que hizo que Seth se encogiera de frío. Alzó la mirada y le dio la impresión de
que los edificios estaban inclinados sobre él, listos para desplomarse. Tuvo
que apoyar una mano en un muro de guijarros para no caerse.
A
continuación llegaron a un pequeño y salobre arroyo que atravesaba el llano y
monótono paisaje de hierba tenaz, salpicado de excrementos y cristales.
El
lodo de las orillas y el lecho del arroyo eran de un brillante color anaranjado
y olían como los espacios bajo los fregaderos de las cocinas, donde se guardan
botellas de plástico. Bajo los pies de Seth, un letárgico reguero de agua se
movía entre una lata de pintura oxidada y un cochecito roto de los que usan las
niñas para pasear a sus muñecos. Los jirones de un lienzo morado colgaban de la
estructura de plástico blanco. Más avanzado el arroyo, Seth vio una gran
tubería de desagüe de color gris. En el interior de la boca, el hormigón estaba
teñido de naranja. Miró al muchacho encapuchado, que asintió sin decir nada.
Menudo lugar para morir.
Cruzaron
el arroyo. Hasta donde alcanzaba la vista, el paisaje nunca cambiaba: parcelas
abandonadas, parques vacíos, desechos y bloques de apartamentos levantados
sobre una planicie yerma. Hasta el fin del mundo.
—También hay baños —dijo el muchacho
encapuchado
sin volver la cabeza hacia Seth—, No te los he enseñado. Y en algunos de los
pisos he encontrado gente.
—¿También
están atrapados? El muchacho asintió.
Seth
se estremeció.
—¿No
puedes ayudarlos a salir?
El
muchacho se encogió de hombros y luego dijo:
—No.
Están acabados. Encontré a un niño mongólico con una bolsa de plástico en la
cabeza que no podía salir. No entendía nada de lo que le decía. Y también había
una vieja que respiraba los vapores que salían de una caldera. Estaba tendida
sobre el linóleo, como enferma. Y también un hombre que no me gustó. Estaba
sentado en una silla, junto a una estufa de gas, y me pidió que le mirara la
colita.
—¿Podemos
continuar? Tengo frío —dijo Seth.
—Sí.
Sólo quería enseñarte dónde vivía.
—Gracias.
—La
mayoría de la gente sólo puede ver estos sitios en sueños que olvidan al llegar
la mañana. Y cuando se mueren ya es demasiado tarde. Regresan y esperan a que
los alcance la oscuridad.
Volvieron
por donde habían venido, en dirección al bosque.
—¿Quién
te sacó de aquí? —fue la última pregunta de Seth antes de que abandonaran aquel
páramo.
—Un
hombre —respondió el muchacho—. Es artista. Como tú. Y algunas personas que
conoces le hicieron cosas malas.
—¿Quiénes?
—Nos
va a ayudar. Es tu colega. Lo conocerás, Seth. Dentro de poco. Pero antes
tienes muchas cosas que hacer por nosotros.
Seth
despertó con un sobresalto y tardó un momento en comprender dónde se
encontraba. Al mirar a su alrededor vio cosas que conocía: la mesa semicircular
a la que se sentaba, con el teléfono del edificio y el panel de metal con las
alarmas de intrusos y de incendios conectadas a todos los apartamentos, el
transistor, las paredes amarillas de la espaciosa zona de recepción, las
plantas de pega, el ordenado montón de ejemplares de Tatlers y London Magazines
sobre la mesilla de mimbre y los monitores de seguridad en la mesa, ante él,
con sus pantallas amarillas y verdes. Sobresaltado, tuvo el convencimiento de
que alguien iba a gritarle, o al menos estaría frente a la mesa, reprochándole
con la cabeza el que se hubiera quedado dormido durante su turno.
Pero
no había nadie. Ambos ascensores estaban en su sitio, tras las puertas
metálicas. Las salidas de incendios al pie de cada escalera estaban cerradas.
La puerta principal tenía la llave echada. Nadie había entrado en la recepción
y nadie lo había visto allí dormido.
Echó
un vistazo al reloj y comprobó que eran casi las cuatro en punto. Llevaba tres
horas durmiendo. El dolor que sentía en la espalda era el mejor testimonio del
tiempo que había pasado en aquella posición incómoda. Exhaló una bocanada de
aire con lentitud y se arregló la corbata.
Al
volver la cabeza oyó un crujido en el interior de su cuello, antes de que los
músculos se calentaran y recobraran la flexibilidad. Luego estiró las piernas.
Se le habían agarrotado las rodillas de tenerlas suspendidas sobre el borde de
la silla mientras permanecía reclinado.
Nunca
se había dormido tan profundamente en el trabajo. Pasarse varias horas así era
algo insólito, que no le había sucedido antes. Recordaba lo suficiente sobre su
sueño como para saber que había vuelto a ver aquel lugar. La cámara de piedra,
el mausoleo al borde del bosque... Pero esta vez había algunas diferencias. El
niño de la capucha y las quemaduras no habían aparecido en el primer sueño.
Era
el mismo niño que había visto junto al pub, observándolo. Su subconsciente
había insertado la figura en el sueño. Volvía a recordar con sorprendente
claridad lo que era ser un niño. Lo había recobrado en el sueño. Y había estado
llorando de frustración mientras dormía. Notó la leve tirantez de los salados
regueros dejados por las lágrimas en sus mejillas al bostezar. Casi sintió
deseos de volver a dormirse para revivir la embriagadora sensación de la huida,
el consuelo de un nuevo compañero, la expectante anticipación de la aventura.
Pero
entonces comenzó a tiritar, y cuando trató de tragar saliva, fue casi incapaz
de hacerlo. Le ardía el rostro de fiebre. Sentía deseos de tenderse en el suelo
y dejarse morir. Un persistente sentido del deber lo obligó a mirar los
monitores. En la hilera de pantallas en blanco y negro no se veía a nadie en la
calle, ni en las veredas que
discurrían
tras el jardín ornamental, ni en el garaje del sótano.
Y
entonces se detuvo y miró a la izquierda. Olisqueó el aire. Se levantó.
Apresuradamente se olió la manga de la chaqueta y luego las manos. Apestaban a
azufre, puede que a pólvora, y al denso y grasiento humo que expelen las
cocinas de gas. Su cuerpo entero exudaba aquel tufo, así como la mesa y la zona
de recepción hasta las puertas de los ascensores.
No
había espejos en el dormitorio, hasta donde podía ver Apryl con la escasa luz
de la mañana que se colaba entre las cortinas abiertas, así que fue al baño y
revisó los alféizares de las ventanas detrás de las persianas y el pequeño
botiquín, que contenía unas vendas y un frasco de desinfectante pero no un
espejo. Husmeó en los dos dormitorios del final durante cinco minutos más. Pero
no encontró un solo espejo por ninguna parte.
Volvió
al dormitorio principal y registró las cajas de cosméticos en busca de un
espejito de mano. Nada. Pero se fijó en un espacio vacío, en la parte de atrás
de la cómoda, entre dos bastidores verticales de madera, que a buen seguro
había albergado en su día un espejo ovalado. Intrigada, regresó al baño, donde
encontró cuatro agujerillos en la pared, sobre la pila. Agujeros de taladro,
con los tacos de color marrón aún en su interior. Agujeros para tordillos que
en su día debieron de sujetar un armarito. Un armarito que, casi con toda
seguridad, debía
de
tener puertas con espejos.
En
la pared que había detrás de la bañera vio dos agujeros más. Eran más grandes,
para tornillos más largos, capaces de sujetar un espejo de mayor tamaño. Que
también habían quitado. Y sin embargo no habían cambiado la decoración de la
habitación ni la habían pintado de nuevo, así que no habían descolgado el
armarito
y el espejo para modernizar el lugar o animarlo con una capa de pintura o unos
azulejos más alegres. Las paredes, amarillentas y cubiertas por unas manchas de
humedad seca parecidas a nubarrones, llevaban así mucho tiempo.
De
regreso al cuarto examinó con mayor detenimiento las paredes del pasillo que
llevaba a los dormitorios. El día anterior no había podido hacer otra cosa que
someterlas a una inspección pasajera, porque le inspiraban inquietud. La culpa
era de las manchas y del papel levantado aquí y allá. ¿Tanto tiempo había
pasado incapacitada Lillian? Le costaba aceptarlo, teniendo en cuenta que su
abuela Marylin había sido una mujer ordenada y pulcra hasta la neurosis, y la
elegancia y perfección con la que aparecía Lillian acicalada en todas las
fotografías.
Pero
el misterio de la ausencia de espejos volvió a hacerse presente de manera
incómoda cuando reparó en la absoluta falta de elementos decorativos en todas
las paredes del apartamento. No había un solo cuadro u ornamento en el pasillo.
Ni en la cocina o en los tres dormitorios. No se había fijado en ello el día
antes. Pero ahora, cuanto más inspeccionaba el papel viejo del abarrotado
pasillo y de los desordenados dormitorios, más evidencias encontraba de la
presencia de los tornillos y accesorios de acero que en su día debían de haber
sujetado cuadros, espejos y adornos. Cosas que su tía abuela, en algún momento,
había decidido quitar del apartamento. Y estaba segura de que, al registrar las
cajas, los cajones y los dos dormitorios que hacían las
veces
de trasteros, no había encontrado una sola acuarela, una marina, un trofeo de
caza, un óleo, o cualquier otra de las cosas, fueran las que fuesen, con las
que Lillian y Reginald habían decorado en su momento las paredes de su hogar.
Las
habían hecho desaparecer en su totalidad. No sólo de las paredes, sino del
propio apartamento. Stephen le había dicho que Lillian era una de esas personas
que lo guardaban todo, que no había tirado nada en todo el tiempo que él había
pasado como jefe de porteros. Así que sólo quedaba el trastero del sótano como
posible depósito de los cuadros y espejos. Apryl frunció el ceño y pasó un dedo
por la pequeña llave de hierro negro que acompañaba en el llavero a las de la
entrada.
_Y
la señora Lillian no tiraba nada —dijo Piotr. Sudaba copiosamente. Su traje
parecía irle tan ajustado que debía de resultarle incómodo, y tenía el rostro
rosado y cubierto de humedad. Le recordaba a una salchicha de perrito caliente,
con la carne rojiza a punto de estallar bajo la membrana de la piel. Y nunca
dejaba de parlotear con una jovialidad forzada y carente de todo sentido del
humor o ingenio. Su educada sonrisa comenzaba a fastidiarla mientras la
bombardeaba con irritantes preguntas, la mayoría de ellas sobre dinero, sin
esperar a recibir respuesta—. Y puede que la señora Lillian guarde el oro aquí,
¿no? Puede que una de las cajas esté llena del dinero, ¿no? Así no tendrá que
comprar billetes de lotería,
¿eh?
Bajaron
al sótano. A lo que el personal llamaba las
«jaulas».
Bajo aquel mundo de millonarios, con sus alfombras oscuras y sus puertas de
teca, de cortinas gruesas y suelos de mármol, entraron en unas catacumbas que
coexistían por debajo del lujo y el silencio del mundo al que servían.
Allí
abajo las paredes eran de cemento pintado, y el tosco suelo tenía manchas de
aceite y marcas de pisadas. Del techo colgaban alambres y cables eléctricos
recubiertos de goma. Chicas de la limpieza de origen africano, cuya piel negra
como el carbón parecía morada bajo aquellas luces, se movían con lentitud por
allí, con cubos y botellas de detergente. En las puertas de acero se advertía
del peligro de alto voltaje. Una enorme y humeante caldera emitía un zumbido y
una trepidación que se transmitía por el hormigón hasta las finas suelas de las
Converse de Apryl. Y luego estaban las jaulas. Un laberinto de cubículos de
malla metálica de color negro, repletos de bicicletas, cajas y objetos
voluminosos cubiertos con sábanas. Una por cada apartamento. Confiaba en que
Piotr la dejara sola después de abrirle la suya.
—Ah,
ésta es.
Más
cajas y sábanas largas tendidas sobre cajas de embalaje. Había el espacio justo
para meterse en la jaula con la puerta metálica abierta.
—Gracias,
Piotr. Ya me encargo yo.
—Pero
puede que necesite la ayuda para coger las cajas, ¿no?
—No
hace falta. En serio. Si necesito que me eche una mano, me pasaré por
recepción. Gracias de todos
modos.
—Tuvo que repetirlo tres veces mientras él permanecía allí, demasiado cerca,
sudoroso y sonriente, observando con un pestañeo de los ojillos el contenido de
la jaula que ella tenía detrás. Cuando por fin, limpiándose el sudor de la
frente, se decidió a marcharse, Apryl se preguntó adónde habría ido la emoción
del descubrimiento. Con sólo mirar todo aquello ya se sentía agotada. Era como
mudarse, sólo que cien veces peor. Porque a pesar de que, desde el punto de
vista legal, aquellas cosas le pertenecían, realmente no las sentía como suyas.
Y eran muchísimas, y no sabía qué hacer con ellas ni si tenían algún valor. Una
parte de sí misma le sugirió que lo tirara todo a la basura y saliera a conocer
la ciudad.
Empezando
por un extremo, comenzó a levantar las sábanas, y al poco rato se encontraba
entre montones de cortinas viejas y sábanas de lino polvorientas, esquís y
raquetas de tenis anticuados, aparejos de pesca, mantas de tartán, una cesta de
picnic de mimbre, dos viejos juegos de té, unos trofeos de plata deslustrada y
seis pares de botas de agua. Debajo y detrás de todo esto encontró los espejos
que faltaban. Ocho de ellos, de formas y tamaños variados, envueltos en papel
marrón, pulcramente atados con hilo y cuidadosamente guardados. Y dentro de
unas cajas de madera lisa, con unas bisagras tan antiguas y corroídas que se
deshacían como el polvo, encontró los cuadros que en su día habían decorado las
paredes de Lillian y Reginald. Marinas y dibujos a lápiz de estatuas griegas,
litografías y placas de
escuadrones
de la RAF. Y luego estaba el cuadro más grande. Al que se encontraba al fondo
del todo no llegó hasta el final, a principios de la tarde, cuando le ardían
las tripas de hambre y una botella de litro de Evian, vacía, rodaba a sus pies.
Su incomodidad cayó instantáneamente en el olvido en el mismo momento en que
sacó la pintura y se encontró cara a cara con una imagen de la tía abuela
Lillian y el tío abuelo Reginald, retratados en la cúspide de su elegancia por
una mano muy hábil. Era la primera vez que los veía juntos en color. Durante
unos segundos, los contempló sin parpadear.
Era
un retrato a tamaño natural. El rostro hermoso y señorial de Lillian miraba con
orgullo, como si no le impresionara la sórdida ubicación a la que se veía
confinada su imagen eterna. El cabello, de un rubio casi transparente, estaba
recogido detrás de una resplandeciente tiara y la frente era suave como la
porcelana. Una nariz perfecta, los finos arcos de unas cejas recortadas y unos
labios carnosos completaban una estampa de belleza sobrecogedora. Unos guantes
de satén blanco y reluciente cubrían sus manos hasta los codos, una gargantilla
rodeaba el cuello principesco, y un vestido largo de color blanco ceñía sus
maravillosas formas. Pero eran los ojos árticos lo que más impresionó a Apryl.
Hacía daño mirarlos, pero era imposible no hacerlo. Unos ojos rebosantes de
curiosidad e inteligencia. Y de pasión, también. Pero, por encima de todo, unos
ojos vulnerables. Profundamente vulnerables.
Atribuyó
una inminente melancolía a las dos figuras, sabiendo que aquellas cualidades,
en el caso de Lillian, germinarían en una lenta locura tras la muerte de su
amado esposo. Era como si el pintor hubiera recibido el encargo justo a tiempo
de captar el último reflejo de su belleza e inteligencia extraordinarias antes
de que se transformaran en algo completamente diferente, hasta que al fin, un
día, acabara por sufrir una muerte aterradora y confusa en el asiento trasero
de un taxi.
Y
costaba creer que hubiera existido un hombre más distinguido y apuesto que el
caballero de uniforme que había al lado de aquella belleza. La hermosura rayana
en lo femenino de los ojos y de las largas y oscuras cejas quedaba compensada
por la masculinidad de las líneas de las mandíbulas y los pronunciados pómulos.
La leve protuberancia de una nariz que se le había roto en algún momento era
una imperfección que, en lugar de detraerle un gramo de apostura, le prestaba
el mismo carácter que una cicatriz cobrada en duelo. Unas hebras plateadas
moteaban las sienes, pero el resto del cabello era tan negro como el petróleo
recién extraído.
Estaban
cogidos de la mano. Con los dedos entrelazados. Un inesperado gesto de
intimidad al que se vieron atraídos los ojos de Apryl. Un detalle levemente
incongruente en una postura tan formal,
pero no inapropiado. Un signo de devoción que no habían podido contener ni
siquiera en el momento en que eran inmortalizados.
Se
le hizo un nudo en la garganta. Les susurró
«perdón»
a ambos. Perdón por registrar sus efectos personales. Por pensar en vender
todas las cosas que habían reunido juntos y en las que en su día habían puesto
todo su cariño. Se sentía como una intrusa, una ladrona, una pihuela de manos
polvorientas y mejillas manchadas allí donde se había retirado el cabello que
escapaba por debajo del pañuelo rojo.
Su
casa y sus muebles, la mayor parte de sus objetos de valor y de sus
menudencias, extraídos de una época y un mundo distinto, tendrían que ser
vendidos al mejor postor. Pero no aquel cuadro, ni el elegante espejo vestidor,
ni el vestuario de su tía, que le serviría como inspiración. Todo esto volvería
a Estados Unidos, para que la rama pobre de la familia pudiese contemplar con
asombro los vestigios de aquella gente antaño orgullosa y bella que llevaba la
misma sangre que ellos en las venas.
Había
anochecido temprano, cerca de las cuatro de la tarde, y se había formado un
denso océano de negrura en el que, en aquel momento, repiqueteaba la lluvia
contra las ventanas del apartamento. En el interior, los radiadores y las
tuberías estaban demasiado calientes como para tocarlos y exiliaban el frío a
los rincones y los espacios situados bajo las ventanas del dormitorio de
Lillian. Apryl se había calentado los huesos con otro baño y un almuerzo
caliente a base de comida libanesa, pero la idea de probarse la ropa de Lillian
le provocaba una emoción temblorosa, como una niña que hubiera recibido permiso
para usar el maquillaje de su madre. Era su momento.
Cansada
tras un día entero en el sótano recogiendo, evaluando y cribando otro
cargamento de recuerdos, había decidido llenar la tarde con la elegancia del
pasado. Y en aquel lugar solemne era como un brillante pequeño fantasma,
dispuesto a prepararse para veladas y días de un pasado lejano.
Para
cuando el reloj dio las diez se había probado vestidos negros, trajes sin
mangas y resplandecientes trajes de noche, cubiertos por abrigos de piel y
complementados con sombreros de etéreo velo que conferían a sus ojos más aire
de misterio que ninguna sombra de ojos. Era asombroso lo bien que le quedaban.
Se ajustaban a la perfección, pero no de manera incómoda, sobre sus esbeltas
caderas y su pequeño y atlético busto.
Cubrió
la cama de tweed, lana, cachemira, seda, satén y perchas de madera. Se recogió
el cabello en el peinado clásico más sencillo que pudo conseguir con las
horquillas de uno de los tarros de porcelana de Lillian. Luego se dio crema, se
cepilló y se maquilló el bonito rostro y la nariz respingona con sus propios
cosméticos, y al fin, incapaz de resistirse, se aplicó un toque del perfume de
Lillian con el tapón de cristal sobre el cuello y cada una de las pálidas
muñecas.
Con
los zapatos de tacón cubano o las flamantes sandalias plateadas, dependiendo
del traje —un vestido ajustado con chaqueta corta, un traje de noche hasta los
tobillos con un diáfano chal—, caminó, posó, dio la vuelta y se sentó con aire
afectado frente al espejo ovalado que
había
rescatado del trastero, en el que el deslustrado dormitorio de la anciana
formaba un telón de fondo de color pardo alrededor del reflejo de su silueta.
Sobre
la curva tersa de su muslo, las medias de nylon de su tía abuela resplandecían
vivamente a la luz. Finas como telarañas, pero lisas y suaves como un espejo,
dotaban a sus piernas de una tersura que las imitaciones que compraba en casa
nunca podrían aspirar a alcanzar. Con las uñas tan rojas como gotas de sangre,
los pómulos maquillados y ojos de muñeca con unas pestañas falsas que había
encontrado en un cajón junto con largos guantes de ópera, dio una vuelta y
bailó un swing de tres pasos. Se sentía transformada y tenía la sensación de
que, de repente, su tía abuela estaba viva a su alrededor y dentro de ella.
Transportada
por aquel vestuario de ensueño, el tiempo comenzó a pasar volando, sin que
volviera a pensar en el traslado de cajas, las llamadas a los anticuarios y las
complicaciones de tratar con las inmobiliarias que la esperaban en los días
siguientes. Vació su mente de todo, salvo la atmósfera y las imágenes del
pasado que tan repentinamente
llenaban su imaginación e
iluminaban su espíritu.
Desde
el cuadro, que Stephen había colgado sobre la abarrotada cómoda, su tía abuela
y el marido de ésta la observaban en silencio.
Todas
estas emociones... Hasta que se vio obligada a pararse en seco, a hacer una
pausa y mirar con los ojos abiertos de par en par, como una chica sacada de una
película
muda. En el espejo, su rostro se contrajo de repente de asombro al ver que algo
se movía detrás de su imagen.
Un
movimiento rápido, algo que avanzaba aceleradamente hacia su reflejo. Carente
de todo rasgo, aparte de su delgadez y de la insinuación de algo rojizo allí
donde cabía esperar que estuviera la cara.
La
fugaz visión de aquella forma en el espejo hizo que se volviera y se encogiera
como un gato que esperase un golpe.
Y al
echar un segundo vistazo al espejo, no vio otra cosa a la luz austera del
cuarto que los armarios a ambos lados de la cama deshecha. Y a ella misma,
petrificada y sola.
Su
cuerpo inhaló bruscamente todo el aire que le faltaba y sintió que recobraba el
equilibrio. Mientras enderezaba la espalda, le dio la impresión de que unos
cristales de hielo se formaban y luego se fundían sobre su piel cálida. Tragó
saliva con la garganta tensa.
No
había sido nada. La luz tenue de las lámparas, con sus pantallas sucias, la
había hecho creer que veía algo en el espejo, cuando en realidad no había nada.
A pesar de lo cual, cruzó la habitación de puntillas, salió precipitadamente y
corrió hasta la puerta principal, donde se detuvo con la respiración
entrecortada.
En
aquel lugar durante mucho tiempo silencioso, de sombras y estrechez, ¿había
estado escondiéndose algo durante todo ese tiempo, agazapado sobre unos flacos
miembros,
con algo rojo pegado alrededor de un rostro que sólo podía haber salido de una
pesadilla?
Otros
tres pasajeros del autobús se habían fijado en que estaba hablando solo.
Fingían que la presencia de un sujeto que murmuraba para sí no los molestaba.
Avergonzado al comprender que su voz interior se había tornado audible, Seth
dejó de cuchichear y se dedicó a mirar las calles por la ventana del autobús
para mantener su mente distraída de sus vagabundeos interiores.
¿Qué
le estaba sucediendo? Era difícil de decir. Le costaba recordar cómo había sido
antes. Las preocupaciones normales de la gente habían comenzado a parecerle
extrañas. Ajenas. Se preguntó si sería un proceso de iluminación o de demencia.
Le
ardía toda la parte delantera de la cara y tenía la piel muy sensible.
Cualquier movimiento le provocaba un doloroso roce de la cabeza del hueso
contra la articulación. Sentía cada músculo como si estuviera sumergido en un
ácido amarillo que respondiera con furia al mínimo esfuerzo. Una palpitante
jaqueca lo obligaba a entornar los ojos o a cerrarlos del todo cuando se
encontraba cerca de alguna luz intensa. Y cuanto más se alejaba de su cuarto,
peor se sentía.
En
las calles se veían los mendigos sentados, con las piernas metidas bajo mantas
blancas sobre el pavimento frío. Pero al menos ellos parecían capaces de
alcanzar la salvación, o de tener una segunda oportunidad, mientras
que
a él lo habían condenado a un mal incurable, una desintegración tanto física
como mental. Así es como se sentía. Una larga e intrincada sucesión de
decepciones, hábitos, decisiones desafortunadas y periodos de introspección lo
habían llevado a eso.
Ya
no podía poner coto a sus pensamientos. Corrían, cambiaban de dirección y
reaparecían inesperadamente, como el fuego entre la maleza. Y era como si
hubiera sobrevivido sólo un último vestigio de su antiguo yo para asistir con
impotencia a la transformación.
Furioso
consigo mismo, trató de comprender por qué había salido del Creen Man. La
fiebre sólo le había permitido disfrutar de unas pocas horas de intermitente
descanso entre sus turnos en Barrington House. Y cada vez que despertaba de
día, se encontraba con que su cuerpo sudoroso y enfermo había transformado la
cama en una fría ciénaga, mientras la luz del sol que se filtraba por las finas
cortinas del cuarto lo hacía gimotear y luego sollozar con una almohada sobre
la cabeza. Si se quitaba las sábanas con los pies para buscar alivio frente al
calor, no tardaba mucho en helarse y tener que cubrir de nuevo su cuerpo
agarrotado con el tejido húmedo. Finalmente, a las tres de la tarde se había
despertado para tomar un vaso de agua y varios analgésicos. Puede que en ese
momento un falso sentido del deber, una triste parodia de una ética del
trabajo, lo hubiera obligado a vestirse y marcharse a Barrington House.
Pero
era algo más que eso. Casi se sentía obligado a regresar. Como si hubiera
dejado inconcluso algún
importante
asunto relacionado con sus extraños sueños y la señora Roth. O puede que su
juicio estuviera tan deteriorado que no pudiera responder por sus propias
acciones. Era posible.
Tras
bajarse del autobús, atravesó Hyde Park Córner y entró en Lowndes Square. El
sudor le cubría la frente y había vuelto a empaparle la espalda de la camisa y
el jersey. Su cuerpo perdía tanto líquido por los poros que hasta el forro de
su abrigo estaba empapado cuando comenzó a subir penosamente las escaleras
traseras del edificio. Cada paso era un martillazo en la cabeza y un aguijonazo
en la parte inferior de la espalda. La respiración entrecortada le provocaba un
intenso dolor en los pulmones, a pesar de lo cual fumaba hasta sentir náuseas.
—Ahh
—dijo, y se cubrió con las manos las orejas ardientes al ver que aparecía
Piotr.
—Hoy
ha pasado la cosa que no te vas a creer. Va a haber problemas muy gordos. El
Jorge estaba fuera conduciendo cuando tendría que haber estado aquí. No puedo
hacerme el responsable del edificio tanto tiempo si se va...
Seth
se introdujo en la escalera y escapó en dirección al cuarto del personal,
cubriéndose la cabeza y el frágil e hinchado cargamento que contenía.
Meningitis. Tal vez sus tejidos cerebrales estuvieran inflamados y presionaran
contra las paredes interiores del cráneo. La voz de Piotr lo persiguió
escaleras abajo:
—Y
cobra por eso. Cuando en nuestro contrato dice
que
no podemos ganar el dinero fuera del edificio. No es justo. ¿Por qué él
puede...?
Iba
a morirse en la silla, tras la mesa semicircular, aquella noche. Tal vez los
sueños fueran el preludio de un coma. Sí, había llevado su mente al borde de la
extinción. Se había deshecho lentamente a sí mismo hasta comprender que la
existencia no tenía sentido, así que la naturaleza había decidido intervenir
para librar a la raza humana de una carga. Se rió por lo bajo y luego sorbió
por la nariz.
En
el cuarto del personal se quitó los pantalones y los calcetines y se lavó con
agua fría de la pila. Cogió unas toallas de papel y se secó en las axilas,
alrededor del cuello y en las posaderas. Pero al terminar de ponerse el
uniforme —pantalones de poliéster gris, una camisa blanca de tejido sintético,
un jersey, corbata y una chaqueta azul marino— volvía a tener el cuerpo
empapado de sudor.
Apagó
las luces y se tumbó en el pequeño sofá que había junto a la fuente de agua. Se
tomó una bebida caliente de paracetamol con sabor a limón mientras esperaba a
que comenzara su turno.
Durante
las siguientes horas, su enfermedad no lo dejó hacer otra cosa que existir
dentro de ella. Se columpió adelante y atrás en la silla con la cara caliente
enterrada entre las manos. Las fuertes luces de la recepción le quemaban los
ojos y los ruidosos radiadores amenazaban con desecarle el cuerpo entero. Con
el abrigo puesto, se dormía y se despertaba a cada
momento.
Pero
justo después de la medianoche cobró consciencia de una presencia en las zonas
comunitarias del edificio. Parecía haber alguien allí, como encerrado con él
para pasar la noche entera, alguien que se movía entre piso y piso, que corría
sin objetivo concreto escalera arriba y escalera abajo y hacía cortos e
irrelevantes trayectos en los ascensores. Como lo que habría hecho un niño
aburrido e inquieto tras conseguir colarse en un edificio privado.
Media
hora más tarde, hizo un esfuerzo y se levantó de la silla para ir a investigar
el más reciente de los ruidos cercanos a su mesa: un rápido susurro de tela y
el golpeteo de unos pies rápidos y diminutos. La mayor parte de lo que había
oído cuando estaba medio dormido parecía demasiado lejano como para resultar
preocupante. Pero los últimos sonidos habían pasado corriendo por delante de la
recepción, a poca distancia de su mesa, al menos hasta que un chirrido y un
portazo procedente de la salida de incendios que daba a la escalera del ala
oeste acabaron con el revuelo.
Al
seguir el ruido por la escalera, oyó el tenue sonido de unos pies que ascendían
corriendo un piso y luego se detenían. Subió a investigar.
Los
apartamentos de los dos primeros pisos del ala oeste estaban vacíos. Uno de
ellos estaba a la venta y los inquilinos del otro se encontraban fuera del
país, así que no había ninguna razón que explicara la presencia de gente allí.
Pero parecía que la había.
Tampoco
era del todo imposible: podía ser el viento que se movía por los circuitos de
ventilación; alguna doncella o niñera de los pisos superiores —había al menos
dos, que él supiera— que bajaba a fumarse un cigarrillo o a llamar por
teléfono; o incluso un inquilino, que al bajar se hubiera dado cuenta de que se
había dejado la cartera y que volvía a su apartamento a buscarla.
Sobre
él, al pie del siguiente tramo de escalera, parpadeaba una de las luces del
techo. Pero todo lo demás estaba como siempre a esas horas de la noche.
¿O
no? Captó un olor. De nuevo. Tenue, pero innegablemente presente, y más intenso
cuanto más investigaba. Al doblar el recodo husmeó el aire y advirtió un rastro
de azufre en el pasillo. Era como si alguien hubiese encendido una cerilla
hacía poco. Y también un leve olor a humo, como el que impregna la ropa de
alguien que acaba de estar junto a una fogata. Y algo más: olor a comida. Sí,
una especie de fragancia a carne a la parrilla, como la que emite la grasa
animal en el horno. Lo mismo que había olido junto al apartamento dieciséis la
pasada noche.
—Pero
qué coño...
En
cada una de las puertas por las que pasó en su ascenso acercó la nariz al buzón
para averiguar si había alguien dentro de los apartamentos preparando carne.
Pero el olor era más intenso en el centro de los descansillos y prácticamente
desaparecía cerca de las puertas. Era como si alguien estuviera dejando un
rastro al pasar por el edificio.
Sobre
él, la escalera había quedado en silencio, y como no le quedaban fuerzas para
seguir subiendo, volvió a la planta baja y se sentó detrás de su mesa. Incapaz
de mantener los párpados abiertos a causa de la dolorosa presión que sentía
detrás de los ojos, los cerró. Y se sumió en un profundo sueño.
Una
ojeada al reloj reveló que acababa de pasar la una y media cuando
volvieron a empezar las perturbaciones.
Esta vez eran más insistentes. Desde detrás de su mesa oyó que el ascensor del
bloque oeste emitía un chasquido, un chirrido y luego se ponía en
funcionamiento. Y ascendió por el oscuro hueco en dirección a los pisos
superiores.
Alguien
lo había llamado desde arriba. Seth echó un vistazo al panel de metal que había
bajo el borde de la mesa. Una luz roja parpadeó detrás de cada dígito hasta
detenerse en el octavo piso del ala oeste. El piso diecisiete estaba vacío
desde hacía cuatro meses, cuando el señor y la señora Howard-Broderick se
mudaron a su apartamento de Nueva York. El dieciséis, bien lo sabía él, llevaba
desocupado casi medio siglo.
Desde
la silla observó el panel iluminado. Vio bajar el ascensor. Piso a piso, desde
el octavo hasta la planta baja. Justo donde estaba esperando.
Con
un silbido hidráulico, el ascensor frenó y luego se detuvo acompañado por un
chasquido. La puerta permaneció cerrada.
Con
precaución, Seth se levantó de detrás de su
mesa
y atravesó la recepción. Miró por la ventanilla de la puerta del ascensor. Y no
vio nada más que el espejo de la pared opuesta. Temiendo que las puertas
interiores pudiesen abrirse de repente mientras él espiaba por el cuadradito de
cristal, retrocedió un paso y pulsó el botón de apertura.
Estaba
vacío. No había otra cosa que su propio y pálido rostro, observándolo desde el
espejo del interior. Husmeó el aire y arrugó el gesto. Volvió a captar el olor
a humo y grasa quemada en el interior del ascensor, más intenso aún que antes
en la escalera.
Cerró
la puerta exterior y luego los ojos. El breve esfuerzo lo había agotado. Estaba
demasiado cansado como para preocuparse por un olor desagradable y un ascensor
averiado. El virus había regresado con renovadas fuerzas y aquellos mínimos
movimientos lo hacían sentir como si estuviera a punto de morir. A duras penas
lograba mantenerse en pie, y tuvo que agarrarse a la barandilla de la escalera mientras bajaba casi arrastrándose
hasta el cuarto del personal para tomar un poco de agua helada de la fuente.
Pero
el alivio aún estaba lejos. Tras volver a su mesa y desplomarse sobre la silla
de cuero, fue como si las perturbaciones nocturnas sólo acabasen de empezar.
A
las dos de la madrugada, por segunda vez aquella noche, el ascensor del ala
oeste se detuvo con un chirrido metálico en la planta baja. Pero esta vez no
estaba vacío.
Mareado
y parpadeante, Seth se incorporó y se
apoyó
en la mesa con los codos. Con los ojos entreabiertos para sortear una migraña
que recorría su cabeza a oleadas, vio que algo salía del ascensor reptando
sobre un número de patas que fue incapaz de contar. Sólo cuando la cosa llegó
arrastrándose a poca distancia de su mesa, reconoció que el rostro marchito de
la criatura era el de la señora Shafer.
Envuelta
en un enorme kimono de seda, la mole de su cuerpo cruzó la alfombra con
sorprendente celeridad. La cabeza, similar a un saco, descansaba sobre la
espalda y unos hombros que parecían enanos en comparación. El cabello,
torpemente prendido con alfileres bajo un tapiz de pañuelos, estaba mojado.
Varios zarcillos relucientes habían escapado sobre la frente y las sienes,
donde se habían soltado algunos de los alfileres.
—¿Cuántas
veces tenemos que quejarnos para que se hagan las cosas como es debido? —Su voz
parecía al borde de la histeria—. Han estado en el tejado no sé ni cuántas
veces y todavía no recibimos la imagen. ¿Es que esos hombres no saben hacer su
trabajo?
Ya
se había quejado por lo mismo otras veces. Su abdomen había dejado sobre la
alfombra un reguero de humedad parecido al rastro de un caracol. Apestaba como
la carne estropeada metida en una bolsa de plástico.
—Mi
marido —le dijo a Seth, que se había cubierto la boca con una mano para
soportar el olor— es un hombre muy importante. Necesita ver las noticias
financieras. No se pasa todo el día sentado sin hacer nada. —Una de sus
pequeñas patas delanteras se sacudió en el aire para
añadir
énfasis a su comentario. Había una minúscula mano humana al final del miembro—.
¡Quiero ver a Stephen ahora mismo! —Seth se apartó del borde de la mesa.
La
mujer volvió la bolsa que tenía por cabeza sobre un cuello grasiento y luego
chilló:
—¿Y
tú quién eres?
Se
refería al muchacho encapuchado, que, plantado junto a la puerta principal de
la zona de recepción, observaba a Seth.
—Te
lo dije, ¿no? Que verías las cosas como realmente son —dijo a Seth, haciendo
caso omiso de la señora Shafer, quien atravesó corriendo la recepción, llamando
a gritos al jefe de porteros, hasta que su cuerpo bulboso volvió a meterse al
fin en el ascensor. Cuando Seth se volvió de nuevo hacia la puerta principal,
el chico encapuchado había desaparecido. El vestíbulo estaba vacío y en
silencio, aparte del zumbido de los apliques de las paredes. Y el olor a carne
quemada.
Seth
se levantó de la mesa. Revisó la alfombra en busca de las manchas dejadas por
la señora Shafer. No estaban. Pensó que iba a echarse a llorar. Al volver a
sentarse, le dio la repentina impresión de que la mesa y los monitores de
seguridad eran, de algún modo, más grandes y amenazantes, y se cernían sobre él
hasta arrinconarlo en una esquina. La puerta principal retrocedió en la
lejanía, como si la estuviera observando a través del lado equivocado de un
telescopio.
Cerró
los ojos con fuerza y se cubrió la cabeza con el abrigo hasta sentir su aliento
húmedo contra la cara. Se
quitó
los zapatos, se sentó en el suelo detrás de la mesa y acurrucó el cuerpo debajo
del abrigo.
—Necesitamos
ayuda —dijo la voz de un anciano—. Venga conmigo, por favor. —Era el señor
Shafer el que había despertado a Seth. Pero parecía distinto a las otras veces
que lo había visto. Desnudo, caminaba cojeando junto a la mesa sobre unos pies
alargados y huesudos. Las uñas de sus pies estaban amarillentas y agrietadas.
Tenía los miembros encogidos y las costillas presionaban la fina y azulada piel
del torso. Con la nariz aguileña y las mejillas sin afeitar, su cabeza grisácea
parecía demasiado grande para que pudiera sustentarla aquel cuello fino y
alargado. Debajo de la hueca pelvis, Seth miró un momento la protuberancia de
los genitales y el contraído saco de los testículos y luego apartó la mirada.
Su grado de escualidez era tan extremado que parecía imposible que pudiera
seguir con vida.
—¿Podría
subir, por favor? —dijo el señor Shafer con un tono educado que, por lo
general, servía como antídoto a los chillidos de su esposa.
Impulsado
por su instinto, Seth se incorporó y rodeó la mesa hasta encontrarse sobre el
encogido y minúsculo anciano. Como un niño, el señor Shafer agarró el codo de
Seth con sus largos dedos. No había ninguna fuerza en su contacto.
Con
tanta lentitud que era como si el señor Shafer estuviera andando por la cuerda
floja, Seth lo llevó hasta el ascensor. Tenía la mirada clavada en la enorme
joroba
que
deformaba la espalda y los hombros del anciano inquilino. Bajo la piel estirada
había crecido una vasta urdimbre de tendones y venas negras hasta transformarse
en un montículo. A Seth le producía repugnancia, pero también sentía deseos de
tocarla para ver si era dura.
—¿Qué
sucede? —preguntó, y al instante se sintió idiota por decir tal cosa, cuando el
señor había bajado al vestíbulo desnudo y su esposa era un arácnido grotesco.
Pero el señor Shafer se limitó a murmurar algo sobre que era «el momento
apropiado» a modo de respuesta.
En
cuanto entraron en el apartamento que los Shafer tenían en el sexto piso, Seth
tuvo que taparse la boca con la manga de la chaqueta. Pero no le sirvió de
mucho para contener la peste. Las bolsas de basura se apilaban por docenas
contra las paredes del largo pasillo que cruzaba de un lado a otro el
apartamento rectangular. Cada una de ellas tenía pegada una etiqueta que decía:
«DESECHOS CLÍNICOS.»
Todas
las puertas de las habitaciones que daban al pasillo estaban abiertas. Una
parda lobreguez llenaba cada una de ellas, como si el olor fuese visible. En su
interior había más bolsas de basura junto a montones de periódicos y revistas,
platos con comida reseca ya incrustada y ropa arrugada. Era como si jamás
hubieran tirado nada durante su larga y miserable ocupación de aquellas
habitaciones. Bajo sus pies, la alfombra estaba húmeda y cubierta de manchas
blancas.
No
había ni rastro de la enfermera.
—¿Dónde
está su esposa? —preguntó Seth con un
tenso
susurro.
El
señor Shafer levantó el hueso de gallina que era su antebrazo y señaló hacia
adelante, en dirección al salón que había al final del pasillo.
—¿Y
su enfermera? —añadió el otro, desesperado por mantener el control de la voz—.
Ustedes tienen una enfermera.
—No
era buena —respondió el señor Shafer fon un parpadeo de sus ojos lechosos—. Con
su ayuda será suficiente.
—¿De
qué se trata? ¿Otra vez la televisión?
El
señor Shafer lo interrumpió con un gesto de su mano grisácea.
—Todo
irá bien. —Su voz adoptó un timbre que Seth encontró desagradable. Había algo
lisonjero en su tono y un brillo taimado en la sonrisa. Y por si fuera poco,
cuando se acercaban, comenzó a proferir un sonido similar a un suspiro que
parecía algo sexual y aceleró su cojeo, de manera que su cabeza comenzó a
bambolearse ostensiblemente junto al hombro de Seth. Alrededor de su codo, los
dedos huesudos se cerraron con mayor fuerza.
Al
llegar a la entrada del salón, Seth creyó que iba a ponerse enfermo. La señora
Shafer se encontraba en la esquina más alejada de la habitación. Estaba de
rodillas, con la cabeza baja y las enormes espaldas orientadas hacia ellos.
Ataviada aún con el vestido manchado de antes, volvió el rostro en su dirección
y luego levantó sus anchas nalgas. El leve movimiento pareció levantar una
bocanada de putrefacción que cruzó la habitación hasta
debajo
de la nariz de Seth.
El
señor Shafer soltó el brazo de Seth y comenzó a avanzar a trompicones y con
indicios de excitación por el salón. Con aquellos movimientos torpes, parecía
el esqueleto de un niño muerto que diese sus primeros e impíos pasos alrededor
de una cripta. Un niño con una pierna más corta que la otra.
La
señora Shafer observaba detenidamente a Seth. Sus minúsculos ojos rojos
despedían un feroz brillo de desaprobación, pero también estaban expectantes.
—¿Puede
usted ayudar a este buen hombre con su medicación?
El
señor Shafer anduvo sobre sus patas de ave hasta una caja de cartulina con
inscripciones en chino a un lado y un gran sello oficial que demostraba que
había pasado por la aduana. De su interior, unos dedos finos como agujas
extrajeron un tubo de goma y una jeringuilla grande y antigua con gruesos
agujeros para introducir los dedos en el inyector. Los dejó caer sobre el suelo
sucio y luego registró una segunda caja. Unos paquetes de poliestireno cayeron
entre sus pies nudosos. Levantó un tarro, pero el peso del objeto,
aparentemente excesivo para él, estuvo a punto de hacerlo caer de bruces.
—¡Ayúdelo!
—bramó la señora Shafer.
Seth
salió del trance provocado por el horror y corrió a ayudar al señor Shafer. Le
quitó el tarro de las manos. Estaba cubierto de polvo y lleno de un fluido
amarillento. Preservada en aquel suero y apoyada contra uno de los lados del
tarro, Seth pudo ver una forma blanda del color
de
un hígado. En ese momento, la cosa se movió y abrió un ojillo negro, y a Seth
se le cayó el tarro de las manos.
—¡Tenga
cuidado! —gritó la señora Shafer. Su marido cayó de rodillas y trató de
alcanzar el contenedor de cristal con unos dedos como garras. Tenía un
torniquete de goma alrededor de uno de los consumidos muslos.
—¡El
tratamiento es más caro de lo que puede imaginar y no nos queda demasiado! ¿Es
usted idiota?
¿No
es capaz de hacer nada bien? —bramó la señora Shafer con voz temblorosa de
histeria—. Nosotros costeamos su salario. No me parece demasiado pedir.
El
señor Shafer se sentó en el suelo con el tarro entre las piernas.
Apresuradamente, su cabeza comenzó a bambolearse en una especie de ataque
mientras que su rostro, o bien había esbozado una sonrisa tiesa y forzada o
bien estaba al borde de las lágrimas.
Dentro
del tarro, la criatura comenzó a moverse en una serie de contracciones que
parecían unos torpes intentos por defenderse. Pero la actividad del interior
del humeante tarro sólo sirvió para excitar aún más al señor Shafer, que pinchó
la lata con renovado vigor. El hilo de baba que colgaba de su barbilla se
columpiaba como un péndulo a causa de sus esfuerzos. Cuando al fin logró
perforar la tapa con sus débiles ataques, algo siseó en el interior del tarro.
Puede que fuese el ruido que hacía el aire al escapar, pero Seth pensó que
sonaba más bien como un pequeño grito.
—Es
usted un caso perdido —dijo la señora Shafer a Seth con exasperación en la voz.
Cuando
el señor Shafer sacó finalmente la jeringuilla del tarro, Seth retrocedió un
paso y se cubrió la boca con la mano. Un fluido amarillo escapó de la tapa de
metal y resbaló por el borde del tarro. Seth quiso creer que lo que oyó
entonces fue una repentina exhalación de excitación proveniente del anciano,
péro sabía que era un jadeo de dolor de la criatura del interior del tarro.
Fuera
lo que fuese el fluido que absorbió entonces la jeringuilla, el señor Shafer no
perdió un instante en inyectárselo en la ingle. Seth apartó la mirada.
—¿Está
bien, cariño? —preguntó la señora Shafer a su marido—. ¿Funciona? —Y luego
añadió, dirigiéndose a Seth—: Hemos pedido machos. Normalmente nos engañan y
mandan hembras. Pero éstos son machos, sin duda.
—Creo
que está mejor —murmuró el señor Shafer, pero al instante pareció volverse
inseguro y confuso.
No
era la respuesta que esperaba la señora Shafer. Su rostro enrojeció y su
corpachón comenzó a temblar bajo el kimono.
—Te
dije que no tendríamos que haber cambiado de marca. —Luego volvió su rostro
ultrajado hacia Seth, como si buscara apoyo en su argumentación—. No me
escucha. Gastamos una fortuna en esta basura. Viene desde China, nada menos.
¡Rumania está más cerca, y al menos lo que mandaban desde allí producía
resultados!
El
señor Shafer parecía alicaído y más cansado que nunca.
—No
me gustaba la última compañía. Te lo dije. Eran
unos
estafadores.
—¡Todo
el mundo es un estafador! —chilló ella—, ¿Y ahora qué pasa conmigo? Sabes desde
hace meses que me toca a mí.
El
señor Shafer levantó el cráneo y sonrió a Seth.
—Que
se encargue él.
Esto
pareció aplacar a su esposa.
—Bueno,
no se quede ahí —le dijo a Seth.
—¿Qué?
—preguntó éste.
El
señor Shafer negó con la cabeza.
—Otro
idiota. No es usted un hombre muy listo,
¿verdad?
—Podríamos
comprar un mono para que se sentara detrás de esa mesa —añadió su esposa. Los
dos se echaron a reír y disfrutaron de lo que parecía ser su primer momento de
complicidad en mucho tiempo.
El
señor Shafer se levantó y le puso a Seth una moneda en la mano.
—Tenga.
Puede que esto lo ayude. —Seth abrió la mano. Había una moneda de diez peniques
en la palma.
—Vale
—dijo la señora Shafer—, Ése es el precio.
¿Que
cómo lo sé? Se trata de un servicio que ya hemos pagado. No tiene ningún
derecho a esperar una propina.
Seth
trató de apartarse del señor Shafer.
—¿Qué
hace? —El señor Shafer, de repente, estaba tan atareado con la hebilla del
cinturón de Seth como una anciana haciendo calceta—. No, por favor. No quiero.
—No
es mucho pedir. ¿Cree que a Stephen le va a gustar enterarse de esto? —lo
amenazó la señora Shafer
desde
el rincón.
Seth
apartó de un manotazo los insistentes dedos del señor Shafer de su entrepierna.
Absorto en lo que la señora Shafer hizo a continuación, retrocedió un paso.
—Oh,
no. —En la esquina, ella había levantado el abdomen y retiraba lentamente el
kimono de su trasero en una parodia de seducción. Y allí, durante el breve
momento en que Seth fue capaz de soportar aquella imagen, surgió una ranura
húmeda de labios grisáceos e interior rosado, abierta en medio de sus hirsutas
posaderas.
—¿Y
bien? —chilló ella en ese momento.
—¡Ten
cuidado, Seth! —exclamó una voz desde atrás.
El
muchacho encapuchado se encontraba en la puerta del salón.
—¿Quién
es ése? —gritó la señora Shafer mientras se bajaba la enorme falda y, a Dios
gracias, ocultaba al fin aquel ojo carnoso.
—¿Qué
significa esto? —preguntó a Seth el señor Shafer. Había entornado los ojos y su
boca se había dilatado hasta transformarse en una sutura perversa.
—Pero
¿qué puedo hacer? —preguntó Seth al muchacho con la mandíbula temblorosa.
—Tienes
que cargártelos. Se lo merecen.
—¡Llama
a Stephen! —chilló a su marido la señora Shafer.
—Eso
pretendo —respondió éste antes de dirigirse con paso bamboleante a un teléfono
que había sobre un montón de catálogos médicos.
—¿Cómo?
—preguntó Seth al muchacho encapuchado. Nunca se había sentido tan débil e
inútil—. No puedo.
—Tienes
que hacerlo. Hace tiempo que se lo merecen. Y ellos lo saben.
Seth
apretó los dientes y sintió que el reconfortante brillo de la rabia reemplazaba
su pánico y su miedo. A los pocos instantes, un enorme poder ardiente corría
por todos sus miembros. La señora Shafer se dio cuenta.
—Date
prisa, cariño —dijo a su marido—. Creo que se ha vuelto loco.
El
anciano gimió al levantar el peso del auricular. Observó el teclado con los
ojos entornados y uno de sus dedos flotó sobre los botones. Seth se le acercó y
agarró el teléfono. El viejo no lo soltó.
—¿Cómo
se atreve? —dijo. Y luego añadió—: Suéltelo si no quiere lamentarlo. —Seth lo
apartó de un empujón.
Al
instante, el viejo se desplomó sobre la sucia alfombra y comenzó a gemir. El
teléfono cayó detrás de él, sobre la petrificada deformidad de hueso y piel, y
se estrelló contra su cráneo.
—¿Qué
ha hecho? —gritó la señora Shafer, y a continuación se puso a chillar. El ruido
era espantoso y ensordecedor.
Seth
miró al muchacho encapuchado. Quien asintió.
Agarró
el pie de bronce de una lámpara que sobresalía en medio del caos de una docena
de cajas de cartón. De un tirón, la levantó del suelo y la arrancó de la
pared.
El cable de la electricidad se partió y siguió enchufado. Seth se acercó a
grandes pasos al rincón de la habitación donde la señora Shafer temblaba. Ésta
dejó de chillar.
—¿Ha
perdido la cabeza? —le preguntó.
—Eso
espero. —Golpeó el rostro vuelto hacia él con la pesada base de la lámpara.
—Oh
—gimió ella, aturdida, después del ruido seco del impacto de la antigualla de
nogal y metal contra sus pequeños rasgos. Luego se incorporó y trató de
recobrar la dignidad. Se apartó de la frente un mechón de cabello ensangrentado
y frotó los labios entre sí como después de aplicarse carmín.
Seth
volvió a golpear, esta vez con más fuerza. Como si empuñara un pico, aplicó la
potencia de todos los músculos y tendones de su espalda y de sus brazos al
segundo golpe.
—Eso
es —lo jaleó desde atrás el muchacho encapuchado. Sus palabras ocultaron en
parte el crujido del cráneo.
Seth
se echó a reír para no caer de rodillas y ponerse a llorar. La señora Shafer
dejó de hablar, pero sus labios seguían moviéndose. Volvió a golpear su cara
una vez tras otra con la lámpara, con la esperanza de que su corpachón dejara
de temblar debajo del kimono. No parecía dispuesto a hacerlo, así que le hundió
la base de la lámpara en el abdomen. Después del segundo golpe contra el
vientre distendido, oyó que algo se desgarraba bajo el kimono y el cuerpo
entero de la mujer pareció
ablandarse
y relajarse al fin.
—Mi
mujer. Mi mujer. Mi mujer —gritaba el señor Shafer con una débil vocecilla
desde el suelo, donde yacía presa de su propia invalidez.
—No
le tengas lástima —aconsejó a Seth el
muchacho encapuchado—. Al final todos lo lamentan mucho, pero se lo han ganado
a pulso.
Seth
asintió con convencimiento y cruzó la alfombra para acabar con el señor Shafer.
Sus pies pisaron algo mojado. Era un fluido que salía por debajo del kimono de
la señora Shafer.
—No
es tan difícil después de la primera vez — declaró Seth con asombro al muchacho
encapuchado—. Simplemente pierdes los estribos y todo se vuelve rojo.
—Eso
es.
—Pero
lo que más me sorprende es que no son nada.
Al
final, no significan nada.
El
muchacho encapuchado asintió con excitación.
Seth
descargó la lámpara en mitad del abdomen del señor Shafer. Fue como si el pie
de un gigante hubiera pisado unas ramitas secas en el suelo de un bosque.
—Hay
otra cosa que tienes que ver esta noche, Seth. Me han dicho que te la enseñe
—dijo el muchacho encapuchado.
—No,
por favor. Aquí no. —Se encontraba junto a la puerta del apartamento dieciséis.
La madera de teca brillaba como el oro, y desde debajo de la gruesa puerta una
luz rojiza se propagaba sobre la alfombra verde del
vestíbulo.
En el interior del piso sintió una voluntad por emprender un viaje que llenó su
cuerpo de terror. Y con ella llegó también el sonido lejano de algo que había
oído antes pero era incapaz de ubicar. Unas voces. Voces que se arremolinaban.
Que hablaban al revés, como un disco girando hacia atrás. Tenues como el llanto
de unos niños en una casa lejana captado una tarde de invierno en el preciso
instante en que el sol se pierde detrás de unas nubes negras. Desamparadas. Y
que, rápidamente, se transformaban en un coro mucho más potente. Dentro del
apartamento, pero también en todas partes. Sobre él.
Con
el cuerpo rígido de miedo, trató de alejarse, pero la puerta fue tras él.
—Tienes
que hacerlo —dijo el muchacho encapuchado—. Quiere mostrarte a todos los demás,
ahí abajo, de donde no pueden escapar. Están todos esperando. Ha abierto sólo
para ti, colega.
Seth
trató de resistirse. Se retorció y agitó los brazos para hacer frente a una
repentina densificación del aire que presionaba contra su espalda y amenazaba
con derribarlo. Sabía de manera instintiva que si cruzaba el umbral de aquel
lugar sucedería algo terrible. Se vería obligado a enfrentarse a algo que
podría pararle el corazón en un instante.
Y
entonces, de repente, se encontraron en un vestíbulo rojo, al otro lado de una
puerta que no había visto abrirse. Codo con codo. El muchacho que olía a carne
abrasada, pólvora quemada y cartulina carbonizada y él. Un olor que le llenaba
las fosas nasales y se le pegaba al fondo de la
garganta.
Un olor que hacía que le costase respirar, mientras el sonido arremolinado de
la multitud se iba acercando, dando vueltas como un carrusel lleno de terror.
Venía del rojizo pasillo, más adelante, como si la habitación que había detrás
de una de aquellas pesadas puertas contuviera un remolino de violencia en el
que toda aquella gente estuviera atrapada y se viese arrastrada hacia atrás,
dando vueltas y vueltas, hasta que estuvieran demasiado mareados como para
hacer otra cosa que chillar.
Podía
sentir que caería una gran distancia si abría la puerta equivocada. Hasta el
fondo de aquel sonido y a gran velocidad.
El
muchacho estaba tras él.
—Adelante,
Seth.
La
presencia encapuchada empujó a Seth hacia adelante. Tenía las piernas dormidas
y sentía pinchazos en los pies. Levantó la mandíbula mientras hacía esfuerzos
por respirar. Pero avanzó por aquel pasillo, sobre las baldosas de mármol
blancas y negras. Bajo la vieja lámpara de cristal que despedía aquella luz
sucia que no llegaba al techo y que sólo a duras penas alcanzaba a iluminar las
rojizas paredes. Rojo de sangre de toro alrededor de los grandes cuadros de
marco dorado. Marcos gruesos y brillantes que actuaban como los marcos de unas
ventanas detrás de las cuales la existencia se había detenido mientras se movía
el vacío.
El
vacío absorbía su mirada. Lo extraía de su cuerpo sin dejar tras él más que el
resto de su cara. Lo atraía
hacia
la lisa oscuridad de los cuadros. Retratos de una ausencia que le hacía sentir
frío, calor y vértigo al mismo tiempo, como si pudiera caerse en su interior.
Pero
si pasaba el tiempo suficiente contemplando la oscuridad que contenían todos
aquellos marcos, se podían ver cosas. Apenas visibles, como peces pálidos que
emergieran de aguas inmóviles, oscuras y olvidadas.
Empezó
a pensar que aquí y allá podía ver cosas que se movían velozmente: un destello
de hueso gris. El borrón de un rostro que se volvía sobre el cuello. Dientes
amarillos que parloteaban sin sentido y luego desaparecían. ¿O se trataba de
una mala pasada que le jugaba la penumbra al distorsionar cualquier percepción
real de la forma?
Pero
al pasar junto al más grande de los marcos rectangulares, tuvo la certeza de
que veía el enladrillado húmedo de un pozo que descendía desde el marco. Y
dentro del pozo, la pálida silueta de algo se revolvía y se alejaba correteando
hacia atrás.
Poco
a poco, a medida que pasaba junto a otros de los fondos oscuros de los marcos,
nuevas formas fueron surgiendo y cobrando contornos definidos. Y los cuadros
comenzaron a parecer habitaciones lejanas sin iluminar. Dentro de ellas
vislumbró cosas encorvadas y retorcidas. Los rostros estaban cubiertos o
vueltos en dirección contraria a la luz. Otros marcos transmitían impresiones
de presencias carnosas, cuyas pieles moteadas eran como la ropa vieja, carente
de la rigidez que aportan los músculos y los huesos, pero que a pesar de ello
se movían. Se movían contra los finos alfileres que mantenían clavada su
despellejada
opacidad a paredes manchadas de óxido o podredumbre.
Y
entonces, también él comenzó a avanzar. Empujado hacia adelante en contra de su
voluntad, pasó rápidamente junto a los ocupantes de las numerosas y lóbregas
habitaciones que contenían los marcos junto a los que avanzaba. Desesperado por
mirar hacia adelante, o a sus pies, a cualquier cosa que no fuesen las
terribles paredes y lo que colgaba de ellas, luchó contra su cuello para
obligarlo a detener los bruscos latigazos con los que se movía su cabeza de
lado a lado. Pero seguía vislumbrando retazos de cosas en el borde de su campo
de visión. O delante, en otros marcos, pues sus ojos se negaban tenazmente a
obedecer su voluntad. Apretó las mandíbulas para no comenzar a gritar ante
aquellas cosas roídas hasta los huesos. Aquellas cosas desgarradas. Aquellos
fragmentos de carne rasgada como si fuera tela. A veces, una cara humana,
blanquecina y borrosa, sorprendida en el acto de gritar, colgaba suspendida en
el aire. Hasta que a ambos lados del pasillo se fue acumulando una terrible
inercia. Como si se hubiera producido una llamada para convocar a los
protagonistas de todos los cuadros a una audiencia.
Unos
rostros iluminados, transformados por rasgos animales, comenzaron a brotar al
poco desde la oscuridad. Los miembros se entrelazaban cada vez con más
frecuencia. Todo ello nublado por la escasa luz, como si una revelación total
pudiese ser demasiado terrible, incluso en un sueño. Pero las mujeres aún
trataban de
mostrarle
sus dentaduras sucias. Y los hombres, revueltos en auténticos harapos,
revelaban un rapto de dolor tan intenso que hacía que sus rostros aullantes se
tiñeran de azul y se desintegraran por los bordes.
Y
entonces se encontró en el interior de otra habitación, en medio del pasillo,
donde el ruido era más intenso. Tuvo que taparse los ojos y agazaparse para
volverse más menudo, y comenzó a tiritar a causa del aire frío que soplaba
alrededor de su cuerpo. Un aire cargado con centenares de voces que narraban,
todas ellas, historias frenéticas.
—«Contra
la pared. Contra la pared. Aplástalo contra la pared.»
—«No
puedo. No lo haré. Ha dicho que volvería. Espera aquí. Sé que hace frío, pero
espera aquí, cariño.»
—«Písala.
Rómpela.»
Seth
espió entre los dedos, aterrorizado pero obligado a mirar a quiénes hablaban,
gritaban y chillaban a su alrededor.
Los
rostros blanqueados gimoteaban pero mantenían los ojos cerrados. Se alzaban y
se esfumaban en las oscuras paredes.
—«Lo
he vomitado. He vomitado mi corazón.»
¿Aquello
era un mono? ¿La criatura que tenía el pelo alrededor de la boca?
—«Creo
que viene. Que está bajando aquí. Esto será un infierno.»
¿Podía
tener los dientes así una anciana?
—«Discúlpeme.
Por favor. Discúlpeme. Creo que me
he
caído.»
Vio
tres criaturas semejantes a niños, de grandes cabezas y cuerpos de muñeca,
colgadas delante de unos ladrillos mojados en una alcantarilla.
—«¿Están
todos dormidos? Lo siento, pero ¿están todos dormidos? Tengo que ver al doctor.
Pero la puerta está cerrada. Siento despertarlos, pero han apagado todas las
luces.»
Las
paredes eran de pintura. Los techos eran de pintura. Todavía estaba húmeda.
Rojiza pero oscura, como la sangre o el óxido humedecido.
Se
volvió hacia un pico negro que decía: «Sangre. Está en la sangre.» Pero
entonces la figura se esfumó y vio cómo se perdían en las líquidas sombras unas
patas traseras.
—«Oh,
Jesús.»
No
había vértices donde terminaban las paredes y comenzaba el techo. Lo que había
sido una sala era ahora un mero espacio.
A su
izquierda, a la altura de su cabeza, cuatro mujeres daban vueltas andando a
cuatro patas. Todas sus articulaciones estaban en los lugares equivocados. Les
brotaban dientes y matojos de pelo de la carne grisácea y rosada de sus
cuerpos.
—«¿Hola?
¿Hay alguien ahí? ¿Quiénes sois?
Ayudadme,
por favor.»
Entre
una procesión de criaturas azuladas y huesudas que se arrastraban por la
oscuridad en círculos, girando en el extremo de la sala, arriba, cerca de donde
tendría que
haber
estado el techo, caminando en pos de las piernas paralizadas y los cuerpos
inútiles de los demás, y más allá del traqueteo de los dientes que chasqueaban
como cascos de caballos de madera, había una profunda negrura. Que se movía.
Que rebullía.
Seth
chilló y una figura terriblemente delgada se abalanzó sobre él corriendo a
cuatro patas, con los mechones de su cabello desordenados en el viento gélido,
pero entonces, de repente, retrocedió, o tiraron de ella hacia atrás, para que
otra cosa, dentro de un saco de tela, avanzase penosamente apoyándose en los
codos, con los párpados cosidos, siseando y desesperada por alcanzarlo, pero
incapaz, en su ceguera, de encontrarlo.
—«¿Estoy
despierto? Por favor, ¿podéis decirme si estoy despierto?»
Todo
allí dentro estaba suspendido en un éter helado. Una eternidad de aceite
viviente en la que muchas cosas se hundían y volvían a salir a la superficie
antes de que se las tragaran de nuevo. La habitación se había transformado en
un terrible caldo de líquido y gas en el que esas cosas, atrapadas, apenas eran
conscientes las unas de las otras. Algunas agitaban los brazos a ciegas y
chocaban con otras a las que luego atacaban o a las que increpaban, locas de
miedo. Otras flotaban en silencio o se quedaban paralizadas un momento contra
la oscuridad antes de volver a difuminarse de nuevo en el vacío. El atronar del
viento era el rugido de decenas de miles de voces. El vértigo amenazó con hacer
vomitar a Seth al darse cuenta de que no era más que un minúsculo punto
en
medio de un hervidero que se extendía hasta el infinito.
Se
tapó los ojos. Se incorporó y comenzó a caminar bamboleándose de acá para allá.
A tantear en busca de la puerta por la que había entrado. No la había. Tuvo que
asomarse de nuevo entre sus dedos, pero la oscuridad era tan profunda que no
podía verse ni los pies. Y había cosas que lo rozaban en el aire en movimiento.
Algo parecido a una lengua le lamió las manos. Un rostro seco e hirsuto se pegó
a su estómago. ¿Estaba diciendo algo o tratando de morderlo? Unos finos dedos
le tocaron la cara y luego la empujaron. Las yemas estaban frías, pero parecían
impacientes en su examen, como si se hubieran sorprendido de encontrarlo allí
en la oscuridad. Una mano lo agarró del muslo y apretó. Una mujer chilló. Un
pellejo cubierto de cicatrices le rozó el dorso de la mano. Un horroroso jadeo
sexual estalló detrás de él y sintió el movimiento febril de algo húmedo y en
carne viva que se dirigía hacia él en la oscuridad.
Seth
avanzó bamboleándose hacia el lugar en el que antes estaban las paredes. No
había dado más que unos pasos cuando la temperatura se desplomó de repente. Se
le heló el cuerpo. Tiritando con una violencia que dificultaba la respiración,
y a pesar de que tenía los ojos cerrados, notó que se encontraba junto al borde
de un edificio. El suelo de la habitación había desaparecido sin dejar nada más
que una pequeña plataforma en medio de una noche insondable. Una oscuridad
superpoblada de sufrimiento, confusión y locura. Que estaba trepando a la
plataforma con él, como si la habitación fuese una solitaria
almadía
en medio de un mar negro y gélido.
Se
desplomó y se aferró al suelo, mientras los deformes y fragmentados
protagonistas de lo que había tomado equivocadamente por los cuadros del
pasillo se amontonaban sobre él.
Fue
el timbre del teléfono lo que lo arrancó del sueño en medio de un grito. Fue un
sonido estrangulado que de repente se desintegró, convertido en un sollozo angustiado, un sonido que nunca
hasta entonces había escapado de él. Y a medida que la brillante y amarilla luz
de la recepción le iba quemando en los ojos abiertos de par en par y se volvía
consciente de la solidez de la silla de cuero contra su espalda, sus sollozos
se fueron transformando en un jadeo.
Tenía
lágrimas secas sobre la cara. Carraspeó para eliminar la mucosidad de la
garganta. Sus manos aferraron los brazos de la silla hasta quedarse blancas,
como si siguieran sometidas a una orden destinada a impedirle caer desde gran
altura.
Miró
a su alrededor, cada vez más repuesto del terror por la repentina intromisión
de la consciencia. El familiar mundo de los monitores de seguridad, los
sujetapapeles y los ruidosos teléfonos de los apartamentos se reconstruyó a su
alrededor y expulsó de su mente los vestigios de una oscuridad sofocante. La
pesadilla se fue desvaneciendo, junto, gracias a Dios, a la sensación que lo
había asaltado al despertar de que lo que acababa de presenciar era real.
Estaba
enfermo. Realmente enfermo. Tenía que estarlo.
Alguien
lo llamaba por teléfono. Por Dios, ¿cuánto tiempo llevaba sonando? ¿Qué hora
era? Se volvió en el asiento y levantó el auricular del panel.
Se
aclaró la garganta y habló rápida e instintivamente:
—Aquí
Seth.
La
línea estaba estropeada. Pero se oía una voz en medio de los chirridos y la
estática. «Aquí dentro» creyó oír que decía. ¿O era «aquí abajo»? Era una voz
de hombre, pero no la reconocía. Miró el panel. La luz roja que parpadeaba era
la del piso dieciséis.
Asaltado
de repente por los recuerdos del sueño, Seth soltó el teléfono.
El
espejo estaba orientado hacia la pared. Durante toda la noche no había
reflejado otra cosa que la noble imagen de su tía abuela y su marido en un
viejo y polvoriento óleo, en lugar de a ella, aterrada y tensa en la cama.
Le
había dado la vuelta porque la asustaba. Pero no era más que un espejo alargado
en una habitación oscura de un viejo apartamento en una ciudad extraña, en la
que una chica cansada y excitable se había dejado abrumar por todas las cosas
que había visto, pensado y fantaseado.
No era más que una mente con demasiadas preocupaciones que había imaginado una
presencia en el espejo. Sólo eso.
La
tenue luz de la mañana flotaba alrededor de los marcos de las ventanas y emitía
una fina neblina grisácea a través de las cortinas. No había echado las
persianas la noche antes para no sentirse atrapada, como si las ventanas sobre
Lowndes Square le ofrecieran la posibilidad de una fuga rápida. Además, todas
las lámparas estaban encendidas, lo mismo que las luces del techo.
Confundida
por el modo en que su mente había inventado horrores para atormentarla, salió a
rastras de la cama y contempló el cielo, oscuro aún y recubierto de vetas de
color mandarina. Era como si la noche estuviera
dispuesta
a reclamar de nuevo la tierra a las nueve de la mañana.
Cansada
y tensa, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche, abrió las cortinas
para que entrara más luz. Al reordenar el fino y transparente tejido, algo cayó
al suelo y rebotó entre sus pies. Un platillo azul y blanco quedó boca abajo
sobre la alfombra y, cerca de él, una llave de hierro con sendas alas de
mariposa en la empuñadura. Del tamaño de las cerraduras de los cajones de un
secreter. Se acercó rápidamente al sólido y oscuro mueble que había frente al
pie de la cama.
La
llave abrió el primero de los cajones con un leve chasquido que, más que oírlo,
sintió en los dedos.
Estaba
lleno de billetes. De tren y de avión, e incluso algunos de crucero. Estaban
organizados por años y luego sujetos con gomas de color rojo en el primero de
los cajones. Pero ni uno solo de ellos estaba sellado, perforado o cortados por
la línea de puntos. Eran billetes de viajes planeados pero nunca ejecutados. Y
la mayoría de ellos tenían como destino Estados Unidos. Desde al menos 1949,
Lillian había estado pensando en volver a casa.
Apryl
pensó en lo que le había contado Stephen sobre sus despedidas al salir del
edificio para dar sus paseos matutinos. El día que murió llevaba consigo una
pequeña maleta, con un pasaporte caducado, un billete de avión y todo lo
necesario para un viaje transoceánico. Pero ¿por qué había roto todo contacto
con su hermana y su familia
cuando
era tan importante para ella volver a Estados Unidos? No tenía sentido.
Había
oído hablar de las obsesiones rituales y las precisas pero irracionales rutinas
que las acompañaban, y aquello era una prueba más del proceso de deterioro
sufrido por la mente de su tía abuela. Un proceso iniciado cuatro décadas
antes. Con un sombrero anticuado y un velo, abandonaba el edificio rumbo a
América, pero sólo una hora después regresaba confusa y desorientada, y luego,
ya descansada, repetía el proceso de nuevo al día siguiente. De no haberse
tratado de su tía abuela y benefactora, tal vez la idea la hubiera hecho
sonreír, pero en su lugar lo que hacía era preguntarse cómo era posible que, en
aquella época, hubieran dejado pasar tanto tiempo así a una mujer adinerada.
En
el segundo cajón había copias de los certificados de nacimiento de Lillian y
Reginald, algunos sellos antiguos sin franquear, las medallas de Reginald, su
anillo de boda y unos mechones de pelo en un saquillo de plástico. Debajo de
todo esto había un grueso fajo de documentos privados que parecían títulos de
propiedad, seguros y facturas, pulcramente guardados en sobres de lino. Su tía,
aparte de estar como una regadera, había sido una mujer muy meticulosa. Apryl
supuso que tendría que revisar toda la documentación más adelante.
El
último de los cajones, salvo que hubiera una caja fuerte o una cámara en algún
banco, representaba los últimos elementos que le faltaban por descubrir de la
vida de su tía abuela Lillian. El olor que salía de él invadió sus
fosas
nasales con la intensa pero no desagradable fragancia de las virutas de lápiz,
el polvo y la tinta seca. Se arremolinó como una nubecilla delante de su cara y
luego, rápidamente, volvió a hundirse en el cajón de madera oscura que, vio en
aquel momento, estaba lleno de libros. Libros de portada lisa, de una época en
que la encuadernación y la producción de
los libros eran oficios artesanos. Cada volumen tenía tapas de cuero o de algún
tipo de tejido. Polvorientos y descuidados, pero de calidad. Cualidades que
igualmente podían aplicarse a la vida de su pariente.
Al
abrir el libro de tapas rojas que encabezaba el montón, se encontró con páginas
cubiertas de letra manuscrita, pero sin fechas. Mientras iba pasando las
páginas, no tardó en darse cuenta de que su tía abuela había utilizado una
distinta para cada anotación, escrita con mano temblorosa.
La
letra era difícil de descifrar. ¿Eso era una «b»? Y lo que en un primer momento
había tomado por una «s» era en realidad una «f». Y se inclinaba tanto hacia la
derecha que los trazos más largos corrían el riesgo de tenderse en horizontal y
aplastar las vocales contra las líneas azules de la cuadrícula. Llegó hasta la
última de las anotaciones. Decía algo sobre «volver a intentarlo por la mañana»
y
«coger
la carretera de Bayswater, que llevo años sin ver».
Volvió
a la primera página y, con el dedo pegado a cada palabra, moviendo los labios
como una niña que aprende a leer, comenzó a avanzar lentamente por la
narración, de la que tenía que abandonar frases y párrafos
enteros
cuando la maraña de letras y anotaciones la derrotaba. Pero en ocasiones
sobresalía una palabra solitaria, o una frase entera, como por ejemplo: «más
lejos que antes de aquí. Hace años». Y «hay grietas por las que pasar sin que
él te pueda seguir. Ni estar esperando.» Al menos eso era lo que le parecía
leer, pero no podía estar segura y los pequeños músculos de sus ojos comenzaban
a cansarse. La luz del dormitorio era demasiado escasa para la tarea.
Dejó
a un lado el primero de los diarios y sacó otros cinco. La escritura era
similar a la del primero, pero al menos uno tenía los meses escritos sobre las
anotaciones, aunque con frecuencia entre interrogaciones —¿junio?—, como si
Lillian no fuera muy consciente de la fecha en la que escribía.
Había
un total de veinte diarios, y Apryl los colocó sobre el secreter en el mismo
orden en que los había sacado del cajón, suponiendo que Lillian los había
guardado por orden cronológico, con los más antiguos al fondo.
Tenía
razón. La letra era mucho más clara en el último que salió del cajón. Era
legible casi en su totalidad y resultaba muy agradable a la vista. Y no había
errores, como si su contenido hubiera sido objeto de una cuidadosa composición.
Tras
decidir que dejaría para más tarde las llamadas telefónicas que tenía que
hacer, volvió a la cama y se hundió entre los mohosos almohadones de pluma de
ganso. Y, a partir del primer diario, comenzó a leer
páginas
escogidas al azar.
Highgate
y Heath se han perdido del todo para mí. Lo he aceptado. Fui para recordar los
paseos que con frecuencia dábamos por allí. Pero tendrán que pervivir tan sólo
en mi memoria. Y hace al menos seis meses que no voy a St. Paul. No puedo
acercarme a la ciudad. Es demasiado difícil. Después del episodio en el metro,
me he prometido no volver a meterme bajo tierra. Puede que el desaliento y la
ansiedad sean intensos en la superficie, pero en los subterráneos, por aquellos
túneles estrechos, lo son por partida doble. Hasta mis tardes en la biblioteca
y en el Museo Británico en Bloomsbury están en peligro.
¿También
eso?, no dejo de preguntarme con desesperación. ¿Cuándo terminará al fin este
tormento y qué me quedará para entonces? La opresión en el pecho y el parpadeo
de la visión se han sucedido dos veces en la sala de lectura, así como el lento
nacimiento de una horrible jaqueca. Pedí que me trajeran un poco de agua. La
segunda vez, un hombre con un terrible aliento trató de aprovecharse de mí.
El
doctor Hardy insiste en que estoy bien de salud. Pero ¿cómo es posible? El
doctor Shelley asegura que soy agorafóbica e insiste en hurgar en mis recuerdos
de juventud. Pronto habré agotado los conocimientos de Harley Street. Y no me
atrevo a hablarles de los espejos. El resto tendrá que ir también abajo.
La
mayoría de las anotaciones del diario eran de similar tenor. Catálogos de
fatigas y extrañas sensaciones corporales en distintas ubicaciones de Londres
que Apryl no era capaz de imaginar o situar en un mapa. Pero parecía que su tía
abuela sufría graves ataques de ansiedad cada vez que se alejaba demasiado de
Barrington House.
Cada
vez más, las anotaciones se transformaban en listas de direcciones que, asumía,
había tratado de utilizar su tía para abandonar Londres, o incluso escapar de
ella. Abundaban las estaciones de tren: King's Cross, Liverpool Street,
Paddington, Charing Cross, Victoria... Lillian había tratado de alcanzarlas
todas, pero en cada intento había sucumbido a un ataque de nervios combinado
con desagradables y paralizantes síntomas físicos. Algo a lo que comenzó a
referirse como «la enfermedad».
O
puede que estuviera tratando de poner a prueba una especie de frontera que
creía impuesta sobre su libertad de movimientos A veces le daba la impresión de
que aquellas excursiones obsesivas eran algo así como misiones de
reconocimiento.
Algunas
de las anotaciones hacían referencia a personas que nunca eran descritas en
detalle, porque su marido muerto, que era el destinatario de los diarios, ya
las conocía bien.
Al
este no puedo pasar de Holborn. Al oeste, la frontera termina más cerca aún.
Hoy he tenido que llamar a Marjory desde la calle para cancelar el almuerzo. En
esa
dirección no puedo llegar más allá del cuartel del Duque de York. El puente es
imposible, porque, teniendo en cuenta lo poco que puedo alejarme últimamente,
es como si Holland Park estuviera en China.
Cada
cancelación ahonda la preocupación de las chicas. Lo intuyo en sus voces y sé
que están nerviosas conmigo, aunque como son tan buenas, intentan disimularlo
las pocas veces que vienen a cenar a Mayfair. Si sigo cancelando citas y
rechazando invitaciones, temo quedarme sin amigas. Y menos mal que no tengo que
cruzar el río. Ya he fracasado dos veces en el puente de Westminster después de
haber partido con la cabeza muy alta. Pero me abrumaron un intenso mareo y una
sensación de agotamiento que me provocaron un desvanecimiento y tuvieron que
ayudarme a llegar hasta un banco, como si fuese una ciega.
Ahora
mismo es difícil de concebir, mientras me siento aquí y te escribo, con la
mente clara y el porte orgulloso a los que creía haberme hecho acreedora en
esta vida. Pero junto al embarcadero que lleva a Grosvenor Road no puedo hacer
otra cosa que arrastrarme como una gata miserable aquejada de alguna lesión
interna y contemplar desde lejos Wandsworth como si fuese una especie de
paraíso. Un lugar que nunca deseé visitar mientras aún vivías, cariño. Pero de
buen grado iría descalza y sin un penique en el bolsillo entre las grúas y el
cemento si eso significara
librarse
de él y de la enfermedad que me ha contagiado. Y que aqueja también a las
demás. No pueden engañarme. Beatrice lleva más de un año sin llegar más allá de
Claridges. Y cuando le conté que me había puesto mala en Pimlico dejó de
devolverme las llamadas, como si yo estuviera infectada y pudiese contagiarla.
Es una criatura cobarde y una señora terrible. No podemos conservar la
servidumbre. Y ella le impone su cautiverio agente que no tiene ninguna culpa.
La idea de que él sea el responsable de esta terrible situación ni se le pasa
por la imaginación. Y los Shafer, aunque son amables conmigo, han comenzado a
quejarse de problemas en las caderas, como si ya estuvieran viejos e impedidos.
Tienen sus estúpidas cabezas enterradas en la tierra, querido mío. Creen que
mientras algunos viejos amigos los visiten en casa no necesitan salir del
edificio. Y aún no me han querido contar lo que les pasó el día que trataron de
huir de Londres por King's Cross.
Débil,
con las tripas vacías y un fuerte ardor de estómago, Seth despertó en su
cuarto. Había logrado mantenerse con vida en un entorno relativamente salubre
hasta que pasó lo peor de la fiebre, orinando en una cacerola grande y bebiendo
agua turbia y templada de una botella vieja.
Al
otro lado de las finas cortinas podía ver el brillo de las luces eléctricas del
edificio de apartamentos que había tras el Green Man. Era tarde y ya estaba
oscureciendo. El despertador de viaje marcaba las cuatro. En la vida que
llevaba ahora parecía inevitable esquivar la luz del día. Se preguntaba si
cuando finalmente volviera a ver el sol le devolvería las fuerzas o lo mataría.
En
el segundo piso del Green Man todo estaba en silencio. Los demás inquilinos
debían de estar trabajando, de paseo o en el bar. Pronto volverían y
comenzarían a freír beicon y huevos en la cocina. Era lo único que comían los
demás: cosas fritas de desayuno. La idea hizo que se le deshinchara el
estómago.
Embozado
en el edredón, salió de la cama y se dirigió a la cocina. Encendió la tetera y
abrió la nevera para sacar la botella de plástico de la leche. La luz de color
vainilla del interior le hizo cerrar los ojos. Sólo quedaba un poco de leche y
la olió. Debía de haberse agriado en algún momento durante la mañana, mientras
él estaba
combatiendo
la fiebre. Sin leche no podía tomar cereales y no tenía pan. Examinó los
estantes y encontró un trozo de queso duro, unos frascos de especias con tapas
de colores, tres cubitos de caldo, salsas de soja y Worcester, una cabeza de
ajos seca y medio paquete de champiñones arrugados. Nada que constituyera una
comida, ni en combinación ni por separado. Sobre la mesa plegable del centro de
la sala, dos manzanas de pequeño tamaño se habían puesto blandas y mohosas.
Sería algo así como hincarle el diente al relleno de un cojín.
Era
inevitable: tendría que salir.
Se
sentía sin fuerzas. Se sentó en el borde de la cama y encendió un pitillo. Al
cabo de tres caladas estaba mareado.
¿Debía
lavarse en la bañera de abajo antes de salir al supermercado? Decidió no
hacerlo. El lugar estaba sucio. Era para gente sucia.
El
agua de la tetera estaba hirviendo. La echó sobre una bolsita de té y se puso
cuatro cucharadas de azúcar. Con esto podría llegar hasta Sainsbury. Se tomó el
té con la mirada clavada en el suelo. Mientras disfrutaba del calor de la taza
enterrada entre sus manos, pensó en las alucinaciones de los últimos días y
noches, pero con una sorprendente falta de preocupación. La espantosa
naturaleza de los sueños, sus macabros temas y sus aterradoras situaciones
sustentaban, noche tras noche, la reaparición del muchacho encapuchado. En
conjunto era suficiente para que se cuestionara su salud mental. Pero desde su
punto de vista, había algo al mismo tiempo
natural
y necesario en todo ello. Hasta la ejecución de los Shafer en aquel largo y
tortuoso sueño. En cambio, sobre lo que siguió a su nocturno periplo por su
desordenado piso, se negaba a pensar. Hasta el más vago recuerdo de las
borrosas apariciones del apartamento dieciséis bastaba para ponerle los pelos
de punta.
Pero
por primera vez desde hacía más de un año estaba intrigado por sí mismo. Sus
pesadillas nunca le habían parecido tan reales, pero aquello no lo preocupaba.
Puede que su miseria y su letargo hubieran llegado a un punto en el que ya no
lo atormentaba estarse extraviando del camino por el que transitaban los demás.
La rutina mataba la motivación. El aislamiento lo convertía en paranoico. La
pobreza ahondaba sus miserias. Todo esto lo sabía. Se suponía que las penurias
eran buenas para el arte, pero ¿qué clase de arte y a qué precio?
Un
mes antes, un doctor nada interesante había tratado de recetarle Prozac de
nuevo.
—Deje
de trabajar de noche. Obviamente, no le sienta bien —le dijo, aburrido, con el
bolígrafo sobre el talonario de recetas. «Pero no es tan sencillo», había
tratado de decirle Seth. «La gente me vuelve loco. Me agota. El aislamiento es
mi única defensa. Tengo que estar despierto cuando ellos duermen y dormido
cuando ellos están despiertos.»
—A
la mierda. —Se levantó y apagó el cigarrillo en el plato que usaba como
cenicero. Había ya otras veinte colillas en él, tiesas y retorcidas como los
dedos de títeres viejos. Una nube de fina ceniza gris se levantó del cenicero
al
dejarlo sobre la mesa. ¿Qué aspecto tendrían sus pulmones? Eso sí que valdría
la pena pintarlo: la representación de la decadencia de un hombre. Su mente,
sus emociones y sus valores recreados mediante los colores y las formas de su
cuerpo disecado. Quizá debería probar a hacer un esbozo luego.
Se
sentó y se lió otro cigarrillo.
Aunque
estaba arrugada, húmeda y le iba un poco corta de brazos y piernas, Seth
llevaba la misma ropa que dos días antes. El frío se colaba a través de ella.
En
las calles era complicado ver nada con claridad. Era como si estuviera mirando
aquella minúscula arruga del mundo a través del parabrisas mojado de un coche
con las escobillas averiadas. La oscuridad se tragaba las farolas amarillas. El
agua emborronaba toda nitidez. Pero sí que vio algo de pie en el bordillo, bajo
el estridente anuncio y los canalones goteantes del Green, Man: un muchacho con
un abrigo con capucha al otro lado de la calle, que esperaba con aire solemne
entre dos coches aparcados.
Se
sobresaltó al ver al crío que lo había guiado por sus propios sueños. Pero en
cuanto la súbita impresión de la sorpresa se disipó, atribuyó una insolencia
malhumorada a la pequeña figura e imaginó un rostro de comadreja bajo la
capucha oscura, que sonreía con malicia ante el asombro y la alarma dibujados
en el rostro de su víctima.
Con
la cabeza inclinada para protegerse de la lluvia,
Seth
hundió las manos en los bolsillos de su abrigo y se alejó del pub y de la
figura vigilante.
Una
ráfaga de fuerte viento le azotó la desprotegida cabeza. Unas hojas de
periódico, cargadas de pesada humedad, se le enredaron entre las piernas. Al
sacudirlas para librarse de aquella maraña, perdió el equilibrio y se dio de
bruces contra el cristal del escaparate del corredor de apuestas. El cristal
soportó su peso. Se enderezó, masculló algo entre dientes y trató de apretar el
paso bajo la ventolera y el aguijoneo de la llovizna. Hasta los autobuses y los
coches parecían estornudar y tener que esforzarse para hacer frente a la
energía que bajaba por la calle como la subida de la marea. Levantó la cabeza
como aceptar la lluvia y los arremolinados vapores y lanzó un insulto a la cara
del universo.
En
el exterior del puesto de periódicos se leía el último titular del Standard:
«La policía abandona la búsqueda de Mandy.»
El
enfado se convirtió en vergüenza. El chico de la capucha estaba solo bajo la
lluvia, el frío y la oscuridad. En un gesto impulsivo, se volvió hacia él y
levantó un brazo. Pero en el aire, su mano vaciló, inútil e insegura. ¿Hoy en
día se agitaba la mano o se saludaba con el pulgar? ¿O sólo existía un tipo de
saludo de rap lo bastante moderno como para garantizar la respuesta de un
joven? Introdujo de nuevo la mano en el bolsillo y esperó a que terminara de
pasar un autobús ante el bordillo donde había visto por última vez al muchacho
encapuchado. Cuando se despejó la calle, el chaval ya no estaba.
Seth
se limpió el agua de la nariz, se dio la vuelta y siguió su camino hacia
Sainsbury. Sólo tenía nueve peniques de cobre en el bolsillo, así que tendría
que ir a alguna parte donde se pudiera pagar con tarjeta de crédito.
—Puto
crío —se dijo, y pasó entre dos mujeres con paraguas para llegar al paso de
peatones que había frente a la tienda del taxidermista.
Pero
algo malo pasaba en el supermercado.
Aunque
la mayoría de los estantes contenían una amplia variedad de productos, no veía
nada comestible.
Como
de costumbre, docenas de personas se empujaban y daban codazos unas a otras
mientras llenaban sus cestas metálicas. Pero Seth se preguntó cómo podían
pensar en preparar y luego consumir las cosas que estaban cogiendo de los
estantes. La joven que tenía más cerca lo miró con asco. ¿Qué le pasaba en la
piel? Cubierta de marcas rosas, blancas y grises, parecía la superficie de una
de esas latas de carne que vienen con tapa de apertura fácil. Y al ver sus pies
rojizos retrocedió un paso. A pesar de que era diciembre, llevaba sandalias.
Sus pies parecían dos trozos de carne de vaca medio descongelada, y las uñas de
los dedos, gruesas y amarillentas como las de un cocodrilo, sobresalían por
encima de las suelas de goma. Su ropa olía a humedad.
Seth
se apartó de los tomates demasiado maduros que ella estaba tocando con el dedo.
No podría coger nada en aquella parte de la sección de productos frescos
sabiendo que el rostro hecho de cerdo salado de la chica
había
estado cerca. Ella se volvió en su dirección y lo apartó de un codazo para
poder inspeccionar unas cebollas duras y resecas. Sus turbios globos oculares
lo penetraron con la mirada. Su teléfono móvil comenzó a sonar. Sus garras lo
extrajeron de su bolsito de mano mientras ella echaba la cabeza atrás,
encantada de disponer de la oportunidad de chillar en público.
Seth
se alejó. Pero ninguno de los demás productos estaba fresco. Un manojo de
chalotas que sostuvo ante su rostro se desmoronó entre sus dedos. Al ver que
costaban una libra y setenta y cinco peniques, las estrujó y las arrojó entre
las amarillentas coles chinas.
Sentía
un hambre desesperada, pero ¿qué podía encontrar para comer allí? Apartó la
cara y metió un poco de apio y una lechuga redonda en su cesta.
—Abono,
estoy comprando abono —dijo con una gran sonrisa.
Se
volvió en busca de fruta. Los plátanos estaban marrones y las peras cubiertas
de pelusa. Tampoco quedaban naranjas y todo lo demás estaba demasiado blando,
roto, cubierto por una capa blanca de pesticida, marchito, viejo o podrido.
A su
alrededor, gente de rostro gris y mejillas cubiertas de cicatrices de
espinillas caminaban arrastrando los pies y extendían las zarpas hacia las
cestas de plástico y los estantes para coger champiñones gomosos, porciones de
pescado pasado, grasienta carne picada y carísimos pimientos importados en
tarros
sellados
llenos con un turbio fluido de embalsamamiento.
Probó
en otro pasillo, pero se vio incapaz de apartar la mirada de la mujer obesa que
estaba cogiendo bloques de manteca envueltos en papel de cera. Estaba
quedándose calva y apestaba a sudor. A través del abrigo y el jersey de lana
rosa que llevaba pudo sentir la textura de su espalda: carnosa pero
resbaladiza, y posiblemente infestada de hongos.
Sacudió
con disgusto la cabeza mientras se tapaba la nariz y la boca con la parte
interior del antebrazo. Al expeler el gas generado por el hambre en la boca de
su estómago, comenzó a sentir mareos y tuvo que apoyarse en un arcón
refrigerador lleno de papel congelado que se vendía como patatas. Con las manos
apoyadas en las rodillas, respiró hondo para tratar de reponerse.
Pero
en cada pasillo que entraba se veía cercado, empujado, objeto de sonrisas
maliciosas. Los rostros de los niños eran como máscaras de Halloween, calabazas
esculpidas de sonrisas viperinas. Chocaban contra sus piernas y engullían sin
control chucherías que apestaban a productos químicos. Ancianos desaliñados en
zapatillas caminaban arrastrando los pies alrededor de las judías enlatadas.
Junto
al mostrador de la panadería lo asaltó una terrible peste a pis humano: salada,
acre, penetrante.
—Oh,
por el amor de Dios... —dijo, antes de apelar, abrumado de incredulidad, a la
pareja con sucias chaquetas vaqueras y pantalones acampanados que seleccionaban
minúsculas y retorcidas barras hechas de
harina
orgánica—. ¿Huelen eso? Es pis. —Miraron a Seth con sus pálidos rostros de pez
y luego intercambiaron una mirada entre sí. ¿Cuándo sería la última vez que
habían dormido? Los cercos oscuros que rodeaban sus ojos habían comenzado a
parecer cardenales. Sin decir nada, le dieron la espalda como si estuviera
delirando.
Seth
dejó la cesta sobre el suelo de baldosas y se estremeció con una furia que le
hizo sentir mareos. Apretó los puños y se quedó mirando una fila de pasteles de
cumpleaños. El glaseado de colores estaba cubierto de huellas dactilares.
Alguien le había dado un mordisco a un pastel de chocolate blando antes de
devolverlo a la estantería.
El
olor a pis era aún peor junto a la zona del naan y el pan de pita. Vio a una
mujer con traje de ejecutiva y el cabello cano recogido en una trenza. Había
cogido el pastel de chocolate mordido y lo estaba metiendo en su cesta. Sus
zapatos de cuero estaban deformados por culpa de unos pies demasiado largos y
unas articulaciones de los dedos propias de un hombre. Seth sintió deseos de
marcharse.
Algunos
vestigios de la fiebre seguían vivos en su cuerpo. Por eso el mundo tenía ese
aspecto. Cada poco tiempo, comenzaba a tiritar y tenía que meter las manos en
los bolsillos del abrigo. Las luces del techo, de un blanco amargo y cegador,
parecían clavársele en el fondo de los ojos y lo obligaban a entornar la
mirada.
Alguien
le empotró un carrito en los tobillos. La madre de tres niños que lo empujaba
lo fulminó con la mirada
mientras
le enseñaba una sucia dentadura de caballo. Su aliento apestaba a yogur pasado.
—¡Que
te jodan! —exclamó Seth con voz rota. Con los niños pegados a las piernas, la
mujer se alejó dando traspiés, no sin mirar repetidamente hacia atrás en su
huida. Incluso a tres metros de distancia seguía viendo su bigote.
Las
latas de atún que había cogido tenían algo pegajoso en los dentados bordes que
olía a rancio. A contaminado. Volvió a dejarlas en su sitio. Sabía que, dentro
de las latas de sardinas, las tripas plateadas de madres muertas estaban llenas
de minúsculas huevas de color marrón. Eructó y se limpió una capa de lechoso
sudor de la frente.
En
un pasillo adyacente, para su total incredulidad, un grupo de personas con
abrigos apestosos estaban comprando bolsas de arroz en cuyo interior podían
verse con toda claridad excrementos todavía húmedos de roedores al otro lado
del poliestireno de los envoltorios.
No
había en su cesta más que apio blando y lechuga marrón. Añadió unas cuantas
botellas de agua mineral. El mango metálico se le clavaba en los delicados
dedos. Tiró la lechuga y el apio. Tendría que encontrar cosas selladas dentro
de envases de metal que nadie hubiera manipulado o tocado, olido o sobre las
que nadie hubiera respirado. Pero no pescado. Quería materia comestible e
incorruptible, sobre todo si era una pasta insípida procesada por los dedos
metálicos de robots que formaban largas hileras en fábricas limpias de polvo.
No
quería
nada que hubiese entrado en contacto con la gente.
¡Sopa!
Pues claro. Con una sonrisa, entró en el pasillo central y levantó la cabeza en
busca de los carteles que indicaban la posición de los artículos. Al tercer
recorrido del pasillo le dolía el cuello y todavía no había encontrado ni
rastro de la sopa.
Alguien
lo tocó en el codo.
—Señor.
Seth
se volvió y se encontró con un hombre de color, con camisa blanca y corbata
azul. Tenía los ojos saltones e inyectados en sangre. Sobre el bolsillo de la
camisa, una placa de plástico revelaba su identidad: Fabris.
—Oh,
sopa —dijo Seth, apresurado, atormentado, desesperado por comunicarse—. Sopa.
¡Sopa! No encuentro la sopa. —Su parloteo lento estaba intercalado de
interrupciones para tragar saliva. En el interior de su cráneo, un denso tejido
de fibras blancas parecía impedirle hilvanar las palabras en la debida
secuencia. Sentía la lengua hinchada y torpe. No había hablado mucho en los
últimos días. Era como si hubiera olvidado cómo articular sonidos con la boca.
Se aclaró la garganta con tal violencia que el guardia de seguridad retrocedió
un paso y extendió las manos, con las palmas blancuzcas por delante—. No, no
—insistió Seth—. Sopa. Es la sopa. No consigo encontrar la dichosa sopa. —¡Al
fin! Había recuperado la voz—, ¿Dónde coño está?
—Sígame,
señor —dijo Fabris. Seth sonrió y asintió.
—Tiene
que ser en lata —le explicó—. Tengo agua.
Pero
necesito sopa en lata. No pienso tocar nada más. La gente... Bueno, ya sabe,
usted trabaja aquí. No soporto nada que hayan tocado otros. En Londres no se
lavan demasiado. Y su ropa igual. Apesta. Alguien se ha meado en el pan,
Fabris.
Llevó
a Seth hasta el final del pasillo y luego de regreso hasta la sección de frutas
y verduras. Otros dos hombres de color con corbatas y pantalones azules se
reunieron con Fabris. Entre los cuatro podrían encontrar la sopa.
—Pues
qué lugar más absurdo para poner la sopa. Junto a los putos periódicos
—comentó Seth—, Normalmente, la comida
enlatada está por ahí. Qué raro.
—Hizo
un ademán en el aire.
Fabris
intentó quitarle con delicadeza la cesta de las manos.
—No,
no pasa nada —rehusó Seth, conmovido por el gesto—. Yo la llevo. Y no hace
falta que me llame «señor».
Fabris
insistió y cogió la cesta.
Junto
con los otros dos hombres, que en aquel momento estaban sonriendo y haciendo
esfuerzos para no echarse a reír —a causa, seguramente, de su observación sobre
la ridiculez de poner la sopa junto a los periódicos— formó un estrecho
semicírculo detrás de su espalda y lo condujo con mano firme más allá de los
periódicos y el puesto de cigarrillos. Sólo cuando Seth sintió en la cara el
frío que entraba por la puerta principal desde la calle a oscuras comprendió lo
que estaba sucediendo. No iban a buscar la sopa. Fabris y sus compañeros
estaban
echándolo
del establecimiento.
Al
revolverse para mirar a los tres hombres junto a la entrada, reparó de repente
en que un grupo muy grande de gente estaba observándolo. Tres de las cajeras
habían dejado por un momento de pasar los artículos por el pequeño ojo rojo
para presenciar su expulsión del edificio.
—¿Qué?
¿Por qué?
Entonces
vio a la madre de los grandes dientes amarillos y el bigote, de pie junto al
encargado con traje y corbata, al lado de las gallinas congeladas de color
naranja que olían a antiséptico. Debía de haberse quejado de él.
El
sentido de la injusticia rebulló en su interior.
—¿Cómo?
¿Me vais a echar por culpa de esa zorra gorda y barbuda? —Fabris y sus aliados
se lo quedaron mirando con expresión impasible—. Me ha embestido con el
carrito. Es indignante. ¡Por no hablar del estado de la comida en este sitio!
Tienen suerte de tener clientes, joder.
Fabris
se adelantó un paso.
—Voy
a pedirle que se marche ahora mismo, señor.
—¡Que
te den! —gritó Seth, y su voz transmitía una nota de triunfo que no había
pretendido comunicarle. Se revolvió con un dramático aleteo del abrigo para
salir del supermercado y se abrió paso a empujones entre la multitud del
exterior para alejarse de las ardientes luces rojas.
Para
cuando llegó a la calle principal estaba riéndose a carcajadas bajo la lluvia.
Una risa descontrolada desde el fondo del estómago que le hacía temer que
pudiera
asfixiarse.
Durante unos instantes se sintió totalmente libre e ingrávido.
Temblando
todavía a causa de la confrontación, se dirigió al cajero más cercano. Sacó un
billete de diez libras. Un mendigo sentado dentro de una caja de cartón le
pidió unas monedas.
La
lluvia caía con fuerza y necesitaba sopa. Con dinero podía ir a la tienda de
veinticuatro horas. Casi todo lo que tenían allí era enlatado. Caro, sí, pero
¿qué alternativa tenía? Y estaba a punto de desvanecerse. A partir de entonces
tendría que limitar su patrocinio a los tenderos del barrio.
Bajo
el frío y la lluvia le costaba creer que el episodio de Sainsbury hubiese
tenido lugar. Nunca le había sucedido nada similar. Era una persona educada, de
buena familia. Pero la culpa era de la ciudad. Le hacía cosas terribles a la
gente: les volvía el pelo grasiento y la piel gris y cubierta de manchas. Todo
el mundo a su alrededor tenía aquella misma palidez, inducida por el aire
viciado, los humos, las partículas en suspensión, el agua estancada y lechosa
de las tuberías victorianas, la comida podrida a precio de oro, el estrés, el
aislamiento y el dolor. Allí no funcionaba nada: luces, teléfonos, cables,
carreteras, trenes... No podía confiar en nada. Y aquella oscuridad, la eterna
noche de hollín y aire negro... Tenía el pecho rígido. Le costaba respirar.
¿Dónde estaban todos los perros, los gatos y los niños sonrosados en sus
carritos?
El
tendero del establecimiento de veinticuatro horas
nunca
dormía. Era un hombre de Bangladesh, de piel negra como el carbón y ojos medio
cerrados, que manejaba la caja registradora sin mirar las teclas.
—Grasias,
siñor. —Allí era demasiado peligroso rechazar a nadie. Había fragmentos de
botellas vacías junto a la puerta del Green Man y en la parada del autobús.
—¿Tiene
sopa? —preguntó Seth.
—Sí,
siñor. —Señaló el fondo de la tienda. Seth pasó como pudo por el estrecho
espacio que dejaba el viejo irlandés que farfullaba y maldecía junto a las
botellas de dos litros de sidra. Apestaba. Aquel día todo apestaba.
¿Es
que la gente no tenía tiempo de lavarse?
Además
de seis latas de sopa, compró unas galletas duras y crujientes que una máquina
de gran tamaño debía de haber comprimido hasta darles textura de madera. Añadió
lejía y una botella de agua a su compra. El conjunto agotó el billete de diez
libras.
Con
el rostro oculto en la redondeada oscuridad de su capucha, pero ligeramente
alzado e inclinado a un lado en un gesto de impaciencia, el muchacho esperaba a
Seth mientras éste regresaba a casa caminando a paso vivo sobre el pavimento
mojado y reflectante como un espejo. Esta vez las cosas eran diferentes. El
contacto era inevitable. El muchacho había cruzado a su lado de la calle. Seth
sonrió para sí. Puede que al hablar con la versión real de aquella creación de
su enloquecido subconsciente lograra expulsar al espectro de sus sueños. Dejó
de correr y se detuvo junto al muro del pub. El
muchacho
esperaba en el pavimento, cerca del bordillo. La lluvia había teñido de negro
su abrigo caqui.
Seth
levantó la vista hacia el cielo, un impenetrable borrón de tinta negra en el
que el agua plateada destellaba frente a la luz de sodio de las farolas. Se
pasó una mano por la cara. El abrigo parecía pesado y empapado, pero por debajo
tenía el cuerpo caldeado. Con los músculos sueltos y la piel caliente, había
ido más allá del punto del cansancio, el hambre y la fatiga. Bajó la mirada
hacia el muchacho, que lo esperaba y observaba en silencio.
—Te
he visto por aquí antes. ¿Tienes algún problema?
Hubo
una larga y silenciosa pausa, seguida por un gesto de negación con la cabeza.
En la mitad inferior de la capucha, a Seth le pareció vislumbrar algo de color
rojo, pero no estaba seguro.
—¿Te
has perdido? ¿Eres un vagabundo o algo así? Otra sacudida de la cabeza.
—Entonces...
¿qué? ¿Por qué estás aquí? Es decir, puedes estar aquí, si quieres. No lo
prohíbe ninguna ley.
El
niño no dijo nada.
—Pero
está lloviendo. —Volvió a mirar al cielo.
—No
me molestes —replicó el muchacho, encogiéndose de hombros. La voz era lo
bastante fuerte como para que Seth se diera cuenta de que no estaba asustado.
Sonrió,
pero su sonrisa no pareció penetrar en la capucha, que parecía un espacio
silencioso y vacío.
—Y
hace frío —murmuró.
El
muchacho volvió a encogerse de hombros. Era uno de esos críos que se quedan
despiertos hasta tarde, llaman a los adultos por su nombre de pila, nunca van a
casa, llaman a los timbres cuando la gente se sienta a comer y miran con ojos
inexpresivos a todo el que les grita. Percibía algo duro e insensible dentro de
aquella capucha, pero no cruel, no malvado, no criminal. Sólo perdido y capaz
de hacer frente a su situación sin preguntas y sin compadecerse de sí mismo.
—¿Tus
padres están en el pub? —preguntó Seth, y al instante se sintió estúpido por
haberlo hecho y, al mismo tiempo, preocupado por cómo sonaba la pregunta. Era
la clase de cosas que, suponía, decían hombres de cabello cano desde el cálido
interior de sus coches, inclinados sobre el asiento del copiloto, para invitar
a los hijos de otros a entrar en el vehículo. No quería que el niño pensara que
era un pervertido.
El
chico negó de nuevo con la cabeza y desvió la mirada hacia la calle. Había una
cierta desesperación en su forma de hacerlo.
—Deberías
irte a casa. Hará más calor. A ver la tele.
—¿Qué
podía decirle al muchacho para conectar con él?
—.
¿Por qué te quedas por aquí? Esto es un vertedero.
Tampoco
esta vez recibió respuesta. Pensó en ofrecerle algo de dinero para chucherías o
cigarrillos, pero se dio cuenta de que no llevaba nada encima. Con un suspiro,
se dio la vuelta para marcharse.
—He
visto sitios peores.
—Al
menos métete bajo el porche. Te vas a empapar.
—No
me molestes.
—A
tu madre no le va a gustar si coges una neumonía.
—No
tengo.
—¿No
tienes madre? Pues a tu padre, entonces.
¿Sería
un truco ensayado para inspirar lástima?
—Será
mejor que te vayas a casa. No hace noche para andar por ahí.
Pasaron
dos chicas sin abrigos. Llevaban el cabello rubio peinado hacia atrás, y Seth
se preguntó si la lluvia sería capaz de penetrar en su suave pelo. Ese tipo de
peinado siempre parecía mojado. Llevaban zapatillas deportivas sin calcetines,
leotardos negros ajustados y sudaderas amplias de cuyos pliegues delanteros
colgaba el logotipo de Reebok. Una pasó un cigarrillo a la otra. La más alta
llevaba una botella de Bacardi Breezer entre los dedos abarrotados de anillos.
Las dos miraron a Seth y se rieron por lo bajo. Sus pecosos rostros, mojados,
prominentes e indisciplinados, tenían algo perruno.
—¿Qué
haces tú entonces por ahí? —preguntó la que llevaba demasiada sombra de ojos
imitando su voz.
—¿Qué?
—Debería
seguir sus propios consejos, señor —dijo la de la botella.
—No
estaba hablando contigo. Las chicas se detuvieron.
—¿Y
con quién, entonces?
—No,
Shell —dijo su amiga, pero incapaz de contener la risa al mismo tiempo.
—Con
este chico. —Hizo un ademán hacia el
muchacho
encapuchado.
Las
chicas se volvieron, miraron en la dirección en que señalaba y se rieron con
carcajadas duras y sin alegría.
—Idos
a la mierda —musitó Seth. En aquella calle no te podías parar mucho tiempo sin
que alguien te molestara. Tenías que seguir andando.
—A
la mierda tú —respondió la más alta de ellas. Su aliento olía a piña. Siguieron
caminando, riéndose y mascando chicle.
—No
te preocupes por ellas —dijo Seth al chico.
—No
me molestan. Ya no.
Seth
se volvió hacia el pub, cada vez menos interesado en el niño de la noche.
—Bueno,
será mejor que me vaya.
—No
pueden hacerme nada.
—¿Eh?
—Las
chicas. No pueden hacerme nada. Ni los chicos.
—Me
alegro de saberlo. —Se alejó.
El
muchacho lo siguió hasta la entrada del Green Man. Seth soltó un gemido al
comprender el terrible error que había cometido al hablar con aquel personaje.
Tendría que haberlo ignorado, como todos los demás. Ahora corría el riesgo de
encontrarse con él cada vez que saliera del edificio. El muchacho se acercó
hasta situarse en la entrada junto a Seth, con la capucha inclinada en
dirección al excremento de perro que había junto a sus zapatos de tacón grueso.
—Lo
siento. No puedes entrar. Vete a casa.
—No
tengo.
—¿Cómo?
—Voy
adónde quiero. —Sacó una mano de un bolsillo. Tenía los dedos quemados y
deformados.
Se
los mostró a Seth.
—¿Nos...?
—Tuvo que aclararse la garganta—. ¿Nos conocemos?
El
muchacho de la capucha asintió.
—¿De
dónde? —Seth abandonó la entrada y volvió a la lluvia. Era mejor quedarse en el
frío y bajo el viento que con la peste a azufre y carne quemada que flotaba en
los estrechos confines de la entrada.
—Te
he visto unas cuantas veces. —Había una cierta arrogancia en la voz y en el
ángulo de inclinación de su cabeza. Tuvo la sensación de que el muchacho estaba
sonriendo dentro de la negrura. Los pelos se le erizaron por todo el cuerpo.
—Te
dije que las cosas iban a cambiar, ¿no? —le recordó el muchacho.
Seth
hizo un gesto de incredulidad con la cabeza y cerró los ojos. Luego los abrió.
El muchacho seguía allí, mirándolo en la calle mojada.
—Te
he visto en la tienda, antes de que te echaran a patadas.
Seth
no podía hablar ni tragar saliva. Retrocedió unos pasos. El muchacho lo siguió.
—Eso
es sólo el comienzo. Luego empeora, Seth.
—Sabes
mi nombre... —Seth salió de su aturdimiento
—,
¿Es una broma? Tiene que ser una broma, joder. —Su voz era un susurro.
—Es
lo que querías. Aprovéchalo —lo instó el muchacho.
Seth
se interpuso en el camino de un anciano con un paraguas. De algún modo logró
encontrar las fuerzas para hablar.
—Perdone
—se disculpó.
El
anciano se sobresaltó. Su rostro fofo se estremeció.
—¿Ve
a este niño? —Seth señaló al muchacho encapuchado, quien volvió la mirada hacia
el anciano caballero—. Puede verlo, ¿verdad?
El
anciano inclinó la cabeza y rodeó a Seth, pero se detuvo una vez avanzados unos
pasos para mirarlo con una mezcla de aburrimiento y curiosidad.
—¡Éste!
—gritó Seth mientras señalaba el pecho del chico. El hombre se volvió y se
alejó rápidamente.
El
niño se rió entre dientes desde el interior de la capucha.
Seth
se obligó a sonreír educadamente a una mujer caribeña que pasaba a su lado
cargada con un montón de bolsas de la compra.
—Discúlpeme,
señora.
—¿Sí?
—dijo ella, con el rostro al borde de una sonrisa, pero reprimida al final por
una suspicacia instintiva.
—Este
chico se ha perdido.
—¿Eh?
—Este
chico. Se ha perdido. Quiero ayudarlo.
—¿Se
ha perdido usted? —preguntó ella—, ¿Adónde quiere ir?
—No.
Yo estoy bien. Vivo aquí. Pero este niño... Éste.
La
mujer miró en la dirección en la que señalaba y luego entornó los ojos y
observó a Seth, intrigada al principio y cautelosa después. Al cabo de un
instante de silencio dijo:
—Déjeme.
Tengo que irme a casa. No tengo nada. — Y se alejó caminando con un balanceo de
pato.
Seth
miró al niño y tragó saliva.
—No
—susurró, y echó a correr hacia la puerta del pub. Soltó la bolsa de la compra
para meter la llave en la cerradura. Recogió la bolsa de latas y lejía, entró
en el edificio y cerró dando un portazo.
A
veces creo que tengo marcas y me rasco la piel hasta dejármela en carne viva.
¿Cómo, si no, puede seguirme? No consigo ahuyentar la idea de que puede leerme
la mente y conoce mis intenciones con antelación. ¿Abandona el edificio cuando
lo hago yo, tras permanecer sentado junto a mi puerta como un perro cruel,
esperándome pacientemente? ¿O ha estado aquí dentro conmigo desde la última vez
que lo vimos? Empiezo a hablar como tú, amor mío.
Apryl,
sentada en la cama con el segundo diario, hojeaba otra serie de viajes fallidos
y fantasías paranoides. Más historias absurdas sobre el terror que sufrían
Lillian y sus amigos del edificio. Y sobre su torturador, cuyo nombre no había
pronunciado siquiera.
Cuando
habló con su madre, una hora antes de medianoche, no mencionó ni la locura de
Lillian ni la inquietud que le inspiraba el apartamento. Y para gran alegría de
su madre, insinuó que tal vez pudiese regresar a Nueva York en la fecha
prevista en un principio. Después de colgar volvió a acurrucarse bajo el
edredón con una taza de manzanilla con miel, tras prometerse que sólo leería el
comienzo del tercer diario antes de dormir un poco. Había quedado con el
anticuario a las diez de la mañana y con un agente de subastas a mediodía, de
modo
que había puesto el despertador a las ocho y media. Pero dos horas más tarde,
tras zambullirse en el tercer volumen, comprendió que lo último que podría
hacer
sería
conciliar el sueño en aquel dormitorio.
Querido
mío, estas dos últimas semanas he intentado escapar de aquí por los parques.
Pero las cosas también han cambiado allí. Por si la enfermedad y la confusión
no fuesen suficientes, creo que ahora ha apostado centinelas para mantenernos
aquí.
El
lunes salí a las cinco, con las primeras luces, preguntándome si eso supondría
alguna diferencia con respecto a mis probabilidades de escapar. Pero comencé a
sentir náuseas a medio camino de Constitution Hill. Decidida y enfadada por
haber llegado sólo hasta allí antes de que me aquejara de repente La
enfermedad, decidí dirigirme hacia el norte a través de Green Park sin perder
de vista Picadilly. Fue entonces cuando vi a una mujer que no tendría que haber
estado en el parque. Ni a esas horas del día ni a ninguna otra, para serte
sincera.
Verla
me provocó un terror tan grande que no me atreví a salir de nuevo del piso
hasta el domingo por la mañana, y les encargué todas las compras a los
porteros.
Incluso
después de todo lo que he soportado, aún estoy en condiciones de sorprenderme
hasta la médula por el alcance de su influencia. Todavía me cuestiono lo
que
vi, y de hora en hora paso de la negación a la aceptación, pero he de admitir
que estas nuevas visiones representan un cambio en la estrategia que emplea
para mantenernos aquí dentro.
En
mi nerviosismo, estaba dispuesta a tomar a la mujer de Green Park por una
especie de actriz. Puede que estuvieran filmando una película en las cercanías.
O puede que fuese una de esas extrañas jóvenes que, según he leído en los
periódicos, se entretienen disfrazándose. Pero a juzgar por su apariencia yo la
habría tomado por una mujer victoriana y no por un miembro de uno de esos
grupos de londinenses modernos que se ven en la actualidad.
Llevaba
un vestido negro cuya cola arrastraba por el suelo y un sombrerito en la cabeza
que ocultaba su rostro de mi vista. ¿Me habré imaginado las cintas de detallado
encaje alrededor del sombrero, como los de una mujer de luto? Fueron los
detalles los que me convencieron de que aquella figura silenciosa e inmóvil era
real. Pero era tan alta y tan excesivamente flaca bajo aquel vestido que la
ceñía hasta la garganta que por un momento imaginé que estaba viendo a una
persona en unos zancos, haciendo bromas a las personas que pasaban por allí a
esas horas. Empujaba un carrito de color negro delante de sí. Un armatoste
grande y pasado de moda con pequeñas ruedas, como un carromato.
Me
di la vuelta y fingí ignorarla. Pero al disponerme
a
reanudar la marcha, pareció salir rápidamente de la niebla que se estaba
levantando en la base de los árboles y se aproximó por el camino que yo debía
atravesar para llegar hasta Picadilly. Por mucho que aminorara o acelerara el
paso, era imposible que no nos encontráramos en alguna de las intersecciones
que había delante.
Me
desvié hacia la derecha, pero ella mantuvo el mismo paso que yo, así que atajé
directamente hacia arriba tratando de evitar una colisión que, de manera
instintiva, adivinaba desagradable para mí. A esas alturas andaba a
trompicones. Me sentía tan mal que casi no podía mantener el equilibrio. Tenía
el pelo suelto delante de la cara y me encontraba en un estado atroz, cariño,
pero aun así lo intenté. Realmente lo intenté.
Cuando
llegué al camino, ella estaba allí. Esperándome, apenas a unos pasos de
distancia. Casi a mi lado. Totalmente en silencio, pero decidida a darme la
bienvenida. Sólo la miré un instante, pero no alcancé a vislumbrar evidencia
alguna de sus facciones debajo de aquel sombrero. Estaba inclinado hacia abajo,
pero aun así, pensé, ¿dónde estaba su rostro? Aunque lo que sí reveló aquel
solitario vistazo fueron sus manos, aferradas al manillar del carrito. Y no
podría haber dado un paso más tras reparar en su estado.
Eran
de hueso. Marrones y moteadas, no flaneas como uno espera que sean los huesos.
Y en aquel
momento
alargó los brazos y tendió aquellas manos por encima del carrito. Al
desabrochar el velo negro de la capota e introducir sus manos allí, los finos
dedos emitieron un traqueteo, como si bailaran en ellos incontables anillos de
madera. Pensé que aquel sonido era aún más espantoso que su imagen. Y lo que
sacó del carrito me hizo gritar. Recuerdo haber oído mi voz como si
perteneciera a otra persona. Simplemente, no parecía la mía.
Debí
de perder el conocimiento, porque al despertar, el sol me calentaba el rostro y
tanto la mujer como su espantoso carrito habían desaparecido. Un vagabundo se
inclinó sobre mí para interesarse por mi estado, pero me asusté y regresé como
pude a casa, deshecha en lágrimas.
Una
semana después de aquel día, volví a intentarlo. Mi objetivo era coger primero
el tren de Brighton en la estación Victoria y luego cruzar el río por el puente
Albert, adónde había sido incapaz de llegar unos años antes. Pero había más de
ellos. Esperándome.
Cerca
de la estación Victoria me encontré con una criatura encorvada que llevaba un
sombrero plano. Bajo su pico castañeteaban unos dientes amarillos. Y en Cheyne
Walk, tres días después, casi se me para el corazón al encontrarme con la
repentina aparición de tres niñas despojadas de todo cabello y con las cabezas
más extrañas y deformes que se puedan imaginar, todas
alargadas
y finas. Llevaban vendajes quirúrgicos atados al cuello e interpretaron un
extraño bailecillo sobre unas piernas finas como palitos, allí mismo, ante mis
ojos. Bajo los vendajes, creo que sus cuerpos estaban cosidos. Pero lo peor era
su forma de moverse...
Traté
de rodearlas corriendo para llegar al puente Albert, pero entonces vi algo
atrapado en un árbol. Era como una cometa, pero de carne. Un rostro, de hecho.
Con pequeñas marcas de viruela sobre la piel y sin ojos. Simplemente suspendido
allí, solo con su propio pesar, suplicándome.
Fue
como si estuviera atrapada en un sueño y fuese incapaz de despertar. Dudo que
vuelva a tratar de ir hacia el sur. Allí abajo es peor que en ninguna otra
parte.
Estoy
perdiendo la cordura, por supuesto. Lo sé. Como tú al final, querido mío. Pero
ambos sabemos dónde vimos antes tales cosas. El las trajo aquí, al edificio, a
nuestras casas. No nos libramos de ellas. Ni siquiera después del incendio.
Apryl
cerró el libro. Habían dado las dos y no soportaba seguir leyendo. Lillian era
una esquizofrénica. Pero ¿cómo había podido pasar tanto tiempo sin que la
diagnosticaran cuando veía a tantos médicos? Puede que fuese Alzheimer. ¿No te
hacía ver cosas también?
¿Sabían
de su existencia en aquella época?
No
había un solo coche en la plaza. Echaba en falta el susurro rápido de sus
neumáticos sobre el asfalto mojado. Era su única compañía mientras yacía allí
sola, con las
luces
encendidas. Unas luces tan tenues que a duras penas alcanzaban a iluminar la
habitación. Ya ni siquiera sabía cómo se sentía con respecto al extenso
guardarropa, y se preguntaba si debía ir a comprobar las llaves de las puertas
y asegurarse de que estaban bien cerradas.
Miró
el techo. La pintura estaba agrietada alrededor de la moldura de la lámpara.
Tres veces creyó quedarse dormida, pero las tres se obligó a permanecer
despierta. Estaba desesperadamente cansada, pero no quería dejarse llevar por
el sueño, porque cuando estás durmiendo no puedes montar guardia. Sin embargo,
la siguiente ocasión en que se le cerraron los ojos, no volvieron a abrirse
para sacarla del sueño.
Hasta
que, en el apagado y lejano mundo de más allá de su sueño, oyó que una puerta
se abría y se cerraba. Una puerta dentro del apartamento. Seguida por el ruido
de unos pies que se movían rápidamente sobre los tablones del pasillo.
Un
instante después estaba despierta, incorporada en la cama con el corazón en un
puño y el cuerpo agarrotado de miedo. Sus ojos, al volar hacia la puerta,
pasaron sobre el espejo que aún miraba la pared y el retrato de Lillian y
Reginald. Pero no logró mantener la mirada mucho tiempo en la puerta, porque se
vio obligada a devolverla a la pintura. Ahora había tres figuras en el cuadro,
en lugar de las dos de antes. Y la que se encontraba en el centro, entre su tía
y su tío, era de una delgadez aterradora.
A
medianoche, Seth seguía caminando de un lado a otro de su cuarto. De la zona
fría junto a las ventanas al calor del radiador y viceversa. Un cigarrillo tras
otro pasaron entre sus dedos y sus labios hasta que se sintió enfermo y con un
fuerte dolor en el pecho.
—Jesús...
Estaba
teniendo alucinaciones. Había perdido la cabeza.
Se
sentó en el borde de la cama y clavó la mirada en el suelo sin ver nada. El
corazón le latía demasiado deprisa. El sudor se enfrió en sus axilas y empezó a
despedir un olor desagradable. Se levantó y reanudó sus paseos hasta que no
pudo seguir soportándolo, y abrió la ventana de par en par para inhalar a
grandes bocanadas el aire oscuro y húmedo del exterior. Esto lo tranquilizó lo
bastante como para darse cuenta de que necesitaba escapar de manera inmediata
de los confines de su cuarto, huir de su habitación, agotar con el movimiento
de los pies y de las piernas al enjambre de abejas enfurecidas que le
revoloteaban dentro del pecho y de la cabeza.
Pero
no llegó más allá del cuarto de baño, un piso más abajo, donde necesitó de toda
la concentración que le quedaba para permanecer en pie el tiempo suficiente
para terminar de orinar. Pero cuando las últimas gotas
desaparecieron
en la masa de papel higiénico que atascaba la taza del váter, una serie de
pensamientos inquietantes sobre el mundo exterior y lo que podía estar
esperándolo en la esquina de la calle lo obligó a volver a subir a su cuarto.
Una densa humareda cubría el techo amarillo.
Entre
rápidos susurros, para que los vecinos no pudieran oírlo, se conminó a sí mismo
a calmarse. Repitió frases sencillas como un mantra, como si el acto de hablar
cumpliera la función de la gravedad: impedir que su cuerpo ascendiera hasta el
techo, donde se retorcería entre el humo que había exhalado y desgarraría el
caos de sus tripas con largas y sucias uñas.
Trató
de distraerse. Tenía que hacer algo para canalizar la electricidad que
circulaba por debajo de su piel hacia una salida antes de que su estómago, y
luego el resto de su cuerpo, se consumieran. Recordaba la fotografía de una
pierna de mujer delante de un montón de cenizas, junto a una estufa de gas. La
había visto de niño en un libro de misterio. Si alguien podía llegar a
incinerarse espontáneamente por la pura fuerza de la emoción o el pensamiento,
era él en aquel momento.
Se
rió por lo bajo.
No
tenía sentido resistirse al deseo que llevaba tanto tiempo estancado en él.
Porque hacía poco había vuelto a despertar. Y en aquel momento estaba
hirviendo. Sin distraerse pensando adónde podía conducirlo aquello, a quién
podía complacer y lo que podía significar, hundió las manos en las cajas de
cartulina llenas de papel, pintura y
lápices
y una nubecilla de polvo se levantó en el aire.
Con
gruesas barras de carboncillo y un cuaderno de esbozos de grandes dimensiones,
cayó en un frenesí inmediato de creación, sin más pausas que las justas para
sacudir la mano y devolver algo de sensibilidad a sus dedos y su muñeca
agarrotados. De pie junto a la mesa o sentado en cuclillas en el suelo,
arrastraba sus papeles y lápices de acá para allá en busca de la mejor luz o se
movía para aplacar los dolores que brotaban de su cuerpo blando y desentrenado,
pero sin dejar de trabajar un instante.
Violenta,
apresurada, inconscientemente, derramó imágenes sobre el papel en una cascada
incesante, como si una tremenda y turbulenta presión interior hubiese
encontrado un minúsculo poro por el que salir. El agujerito se convirtió en una
esclusa.
Arrancaba
hoja tras hoja de su cuaderno y luego abandonaba los fragmentos de esbozos a su
alrededor, sobre la dura alfombra, para empezar otros nuevos, en un intento de
conferir alguna forma, alguna impresión, a los rostros, imágenes y cosas
espantosas que se habían manifestado para él o habían desarrollado sus
peculiares narrativas en sus sueños. Cuando se le terminó de agarrotar la mano,
apretó los dientes y, a pesar del dolor, trató de retratar la muchedumbre de su
mente, aterrado por la posibilidad de que se esfumara antes de que los trazos
de su lápiz hubieran conseguido capturarla, siquiera en parte.
Aquel
congestionado chorro de imágenes, sonidos y
olores
que lo atravesaba se le antojaba inmediata y chocantemente vital. Estaba
convencido de que nunca había imaginado algo tan significativo, algo que
poseyera tanta claridad o tanta fuerza. Era original. Dios, estaba siendo
original.
Cada
vez que hacía una pausa para cambiar de posición y veía por un momento los
esbozos abandonados a su paso sobre la sucia alfombra marrón, lo asaltaba al
instante una sensación de perplejidad por lo absurdo, lo inhumano de lo que
había creado. Sólo se detuvo cuando el pequeño despertador de viaje marcó las
8.00. Debilitado aún por la enfermedad y la falta de sueño, dejó caer el lápiz
casi sin darse cuenta y se tendió sobre la cama.
Con
un sonido de goteo, la calefacción central se activó. En el piso de arriba
comenzó a sonar una radio. Pero momentos después de apagar la lámpara de la
mesita de noche, Seth se había dormido con la ropa puesta.
—No
deberíamos estar aquí.
—Quería
enseñarte una cosa.
Los
susurros de Seth sonaban tensos y apresurados en el aire húmedo.
—Pero
éste es el cuarto de alguien. Es privado.
Se
encontraba junto al muchacho encapuchado en el único espacio desocupado de la
desordenada habitación del ático.
—Podemos
ir adónde queramos.
El
techo se curvaba bajo la bóveda del tejado. Estaba oscuro, pero el ventanal en
arco que había sobre la cama dejaba entrar una luz tamizada cuya tonalidad era
una mezcla de amarillo gaseoso y gris. Se filtraba a través de las manchas del
cristal, y a pesar de que parecía ir a morir a pocos pasos de allí, donde
terminaba de asfixiarla una neblina de aire estancado y las sombras de las
paredes inclinadas, aún permitía a Seth ver las siluetas de los muebles y los
restos que abarrotaban el suelo de la sala. Una erupción de esporas negras
brotaba detrás del yeso pintado y la alfombra bajo sus pies era tan quebradiza
como el pan reseco. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, empezó a
ver más. Mucho más.
Había
botellas de leche más o menos vacías tiradas entre periódicos abandonados,
prendas olvidadas, una mezcolanza de cubiertos y utensilios de cocina, platos
manchados y cacerolas de acero con grasa y polvo, que emitían un terrible hedor
a descomposición. Seth cerró los ojos y se tapó la boca y la nariz con una mano
en un vano intento por sofocar el sabor que tenía en la boca.
—Pensé
que debías verlo.
Miró
el terrible desorden de las sábanas desparejadas y las toscas mantas de la
cama. No había bajera sobre el colchón. Unas rayas rojas y moradas, como las de
un palito de caramelo, asomaban entre la maraña de tela manchada sobre la que
dormía Archie. De un cubrecama naranja sobresalía una cabeza verrugosa y sin
dientes. Parecía tan enorme que era imposible, demasiado grande para los
marchitos restos del cuerpo.
Bajo
la cabeza, Seth pudo ver algo que parecían unos finos y desnudos miembros. Pero
la luz debía de estar jugándole malas pasadas, porque le parecía que estaban
cubiertos por un largo vello blanco.
El
muchacho encapuchado dio un paso; hacia la cama.
—Mira.
—No.
Demasiado
tarde. El muchacho agarró una manta y una sábana que tenía la textura de una
toalla y la levantó sobre el cuerpo dormido de Archie.
Unos
huesos amarillos con forma de pezuñas, salieron a la luz. Era la conclusión
natural de los malogrados tobillos de Archie. Unas rodillas grandes, cuya
superficie parecía hecha de cáscaras de nuez blanqueadas, asomaban entre la
alfombra de vello blanco
—o
pelaje— que cubría el resto de las demacradas piernas y la esquelética ingle.
Pero lo peor de todo fue la terrible peste a ganado —paja húmeda, ollares
cubiertos de lodo, orina rancia— que eructó el espacio que había debajo de las
sábanas y propinó a Seth una bofetada caliente y seca en plena cara. Mientras
tosía para aclararse la garganta, dio un paso atrás y tiró una botella de
leche, que derramó una sopa grumosa sobre la alfombra.
Archie
se removió. En su sueño, sus manos hipertrofiadas de uñas amarillentas arañaron
el aire tratando de encontrar las mantas perdidas. Los tatuajes caseros que
asomaban bajo el vello de sus finos
antebrazos
parecían cardenales. Cambió de posición, como si su mente dormida confiara aún
en recuperar la calidez volviéndose en otra dirección.
Tras
vislumbrar un instante la columna vertebral, cubierta por una piel intensamente
rosada y el mismo vello blanco de antes, Seth se dio la vuelta sobre unas
piernas temblorosas y trató de respirar entre los dedos. Vivía en aquel lugar,
bajo cabras viejas que se meaban en la paja sobre la que dormían.
—Quiero
irme. Podría despertarse —dijo con voz débil.
—Estamos
en el sueño de este viejo cabrón, colega. Cuando muera, es aquí adónde vendrá.
Y se quedará mucho, mucho tiempo.
—Estoy
enfermo.
—Pues
hay más.
—Más
no, por favor.
—Sólo
un poquito. Acércate. Por aquí.
Entre
dos de los hinchados nudillos de cabra de Archie ascendía una fina columna de
humo azulado desde un cigarrillo liado a mano. Alrededor del brazo, la colcha
estaba moteada de agujeros negros y marcas de quemaduras.
—Dios,
nos va a matar a todos —dijo Seth.
—Y
tus cuadros se convertirán en ceniza. —Al tiempo que decía esto, Seth captó un
olor a madera y a carne quemada que coincidió con un breve instante en que la
voz del chico se volvía más profunda.
—¿Qué
quieres decir?
En
la oscura habitación, el muchacho levantó la cabeza. Tras la impenetrable
negrura de la capucha, Seth intuyó una sonrisa.
—Se
te da bien dibujar, Seth. Pero a esta gente le da igual. A nadie le importa. No
significa nada para ellos. Les encantaría quemar tus cuadros. Como hicieron con
los suyos. Pero debes pintar lo que ves. Eso es lo que me dijo nuestro amigo.
Serás el mejor.
Seth
se puso colorado. Eran las primeras palabras de alabanza que oía desde hacía
años.
—De
verdad. Se ha fijado en ti. Él te ayudará.
—No
lo entiendo. ¿Quién?
—Me
pidió que te lo dijera —continuó el muchacho encapuchado con la misma lentitud
que si lo hubiera estado practicando—. Te ha estado observando. Y también a lo
que llevas dentro, todo agarrotado y retorcido. Me dijo que te enseñara cosas.
Así pintarás el mundo como es. De todos modos, tú lo sabes. Sabes cómo son las
cosas. —Señaló la cama donde yacía Archie, retorcido entre las sábanas—.
Siempre lo has sabido. Sólo que tenías miedo de pintarlo. Has estado demasiado
tiempo encerrado en un sitio, detrás de unos barrotes. Ya te lo dije antes.
Ahora sabes cómo son realmente las cosas. Tienes suerte de que te lo hayamos
enseñado. Ahora puedes ser el mejor. Como lo era nuestro amigo antes de que
esos capullos lo jodieran todo. Así que no creo que sea mucho pedir que nos
hagas... digamos, algún favorcillo.
—¿Qué?
¿Qué es lo que tengo que hacer?
El
muchacho encapuchado caminó con paso seguro
sobre
un periódico amarillento y desapareció detrás de la puerta. Seth lo siguió.
Tras él, Archie dio una patada con una de sus pezuñas.
Seth
se encontraba en el lugar que reconocía como su propio cuarto. Aquellas paredes
que había pasado horas contemplando, pero que, con la mente ocupada en otras
cosas, sólo había visto a medias. Pero ahora advertía que la pintura era más
fresca y de un amarillo menos acuoso. Más densa y espesa, como helado de
vainilla. Y había una sombra sobre una bombilla que contenía todos los colores
de una lata de macedonia de frutas.
Las
ventanas eran las mismas de siempre, no obstante, y seguían igual de
mugrientas. Al igual que el frigorífico, pero las manchas rojizas de la puerta
eran nuevas: sopa o grosella negra. Las cortinas, que también eran las mismas,
parecían más tiesas y brillantes y la alfombra más blanda. Al mirar los
armarios vio que las puertas ya no estaban rotas. Parecía la habitación de
otro, o la que había sido antes.
De
repente, todas las cosas que había pasado y hecho allí le parecieron triviales.
Y las preocupaciones de su trabajo, más irrelevantes que nunca.
—Todo
está en el mismo sitio —dijo el muchacho encapucha— do—. Hasta las cosas viejas
que se quedan atrapadas. Nada se va. Si te quedas el tiempo suficiente, acabas
oyendo las voces antiguas y viendo algunas de las caras. Pero aquí dentro
siempre encuentro lo mismo.
Seth
bajó la mirada hacia él, hacia la parte trasera de la capucha y el forro de
piel mojados por la lluvia.
—Mira
la cama —dijo el muchacho con voz calmada y plenamente segura, consciente y
satisfecho de sí mismo, para ilustrar su argumento.
Seth
se volvió y se sobresaltó, como si la solitaria figura femenina hubiera saltado
del lugar en el que estaba sentada, apoyada en el cabecero de vinilo cuyo
revestimiento de plástico estaba teñido de una sucia tonalidad crema por el
roce de un millar de manos grasientas.
Un
cabello lacio y castaño caía sobre los hombros de su jersey de lana rosa. Con
la barbilla puntiaguda apoyada sobre unas rodillas cubiertas de costras, las
manos aferradas a unos calcetines blancos a la altura de los huesudos tobillos
y las sandalias gastadas sobre la manta marrón y amarilla, la niña miraba el
suelo, con un rictus de siniestra impaciencia en el pálido rostro. No podía
tener más de diez años, pero sus ojos eran negros. Seth observó los flacos
muslos, moteados de manchas de color mora hasta las bragas de algodón, y
rápidamente apartó la mirada. Había algo indecente en su postura, aunque no de
manera intencionada. Era como si fuese inmune a la mirada de los desconocidos.
Las lágrimas y los mocos se habían secado sobre su rostro. Tenía hinchados los
párpados de tanto llorar. Su falda plisada estaba rodeada de envoltorios de
chocolate. Sobre la mesilla de noche había una cámara de aspecto antiguo, hecha
de metal y pintada de negro. Y un ovillo de un bramante verde que
Seth
recordaba haber visto en las rosas del jardín de sus padres en los veranos más
calurosos de su infancia. Un hilo basto y fibroso que sabía amargo, como la
creosota. Y que no podías romper por muy fuerte que tiraras. Sólo conseguías
lastimarte los dedos.
—Venía
aquí para verse con un hombre.
Seth
trató de sonreír para superar el miedo que lo abrumaba. Tragó saliva, pero no
pudo moverse ni decir nada durante largo rato.
—La
policía se lo llevó.
Seth
recordaba la historia de Archie. Uno de sus párpados tembló.
—Los
jóvenes y los viejos no se van fácilmente. Están por todas partes. Y aunque
hubiera crecido, cosa que no llegó a hacer, habría vuelto aquí un día.
—Basta.
—La voz de Seth comenzó a quebrarse—. Sácala. A ti te sacaron de aquella
tubería y tú me sacaste de aquella cámara, así que sácala de ahí.
—No
podemos sacarlos a todos, Seth. Son demasiados, colega. Los tendríamos como
colgados de nosotros. ¿Qué puede hacer por nosotros? No entiende nada. Es mejor
dejarla ahí. Lo único que sabe es que es tarde y está esperando que su padrino
venga del pub.
—¿Cuánto
tiempo lleva ahí?
—No
sé —dijo el muchacho con desinterés—. Mucho. Nadie lleva sandalias ya. Si
estuvo esperando unas horas a que viniese, entonces siempre serán unas horas.
Durante siglos. Hasta que llegue la oscuridad.
—¿Y
dónde está él ahora?
—Ya
te lo he dicho. En el pub.
—¿Puede
vernos?
—A
veces. Pero no sirve de nada. Mira.
El
muchacho encapuchado fue a sentarse en la cama, junto a los pies de ella, y
comenzó a botar como si quisiera probar los muelles del colchón.
—¿Estás
bien?
—Sí
—dijo la niña sin apartar los ojos de la puerta.
—¿Quieres
irte?
—No.
Mi papi va a venir dentro de poco. Me ha dicho que lo espere.
El
muchacho encapuchado se volvió hacia Seth.
—Siempre
es igual. Está atrapada.
—Pero...
¿cómo puede estar siempre ahí?
—Estando.
—¿Al
mismo tiempo que yo?
El
muchacho encapuchado asintió con entusiasmo.
—Siempre.
Y desde ahora tú también podrás verla. Y muchas más cosas que han quedado
atrapadas. Cada vez más y más.
Era
la habitación más grande de la casa de huéspedes que había sobre el pub. Las
ventanas daban a la calle principal. Pero cuando Seth se encontró dentro de
ella, vio que faltaba el revoltijo de cajas de pizza, latas de cerveza y ropa
sin lavar de su propietario. A veces, cuando iba al baño por la mañana, solía
entrever un momento el interior del cuarto al tiempo que Quin salía de allí
embutido en su bata.
Limpia
de polvo y basura, la cama estaba hecha, con una sábana blanca y una manta de
tartán. Las puertas del armario estaban cerradas y los muebles en ángulo recto
con respecto a la cama. No había ropa ni zapatos a la vista, aparte de un
solitario abrigo negro que colgaba de la parte interior de la puerta, y los
únicos efectos personales estaban ordenados sobre un papel blanco en la mesita
de noche: un reloj, un anillo de boda, una pluma de plata y unas monedas
ordenadas en pulcros montoncitos. Se podría haber descrito como un cuarto
espartano pero bien ordenado.
Todos
estos detalles tendrían que haber estado en el fondo, en la periferia de su
campo de visión, pero los ojos de Seth se esforzaban por no mirar la flaca
figura del viejo que colgaba por el cuello de la lámpara del techo.
Todavía
se bamboleaba por el pequeño impulso transmitido al saltar desde la silla y
después de que su peso hubiera caído a plomo con un chasquido; los miembros del
hombre se habían estirado dentro del traje negro y sus manos, arregladas con
manicura, habían quedado relajadas. Desde la pernera izquierda de su pantalón,
un reguero de líquido resbalaba a lo largo del zapato negro hasta la puntera
lustrada, y desde allí caía unos centímetros hasta la alfombra.
Seth
no lo miró a la cara, pero sabía que sus ojos estaban abiertos y brillantes.
La
diferencia entre las ofertas no era demasiado grande, una cuestión de apenas
doscientas libras. Pero el anticuario, con sus tupidas y cobrizas cejas, no
podía recoger el mobiliario hasta dos semanas más tarde. Y la casa de subastas,
que ofrecía el mejor precio, quería el retrato de sus tíos para completar el
juego de cuatro pinturas que se habían conservado en el trastero y que, al
parecer, eran obra de un excelente artista que había expuesto en una ocasión en
la Royal Academy.
Ninguno
de los dos quería la cama. Parecía inevitable tener que desarmar la gruesa y
pesada estructura y tirarla. El lecho nupcial de Lillian y Reginald iba a
convertirse en leña. Un menosprecio más por parte de aquel mundo que habían
abandonado.
Muy
desasosegada aún por la agitación de la pasada noche, Apryl no estaba de ánimos
para regateos, así que aceptó la decepcionante suma de cinco mil libras que le
ofrecía el anticuario por todo. El hombre ni siquiera esbozó una leve sonrisa
al oírlo.
Tras
haberse convencido la pasada noche de la presencia de una tercera figura en el
cuadro, Apryl se sentía tentada a desprenderse también del retrato. Pero
después de tomar el desayuno y unas cuantas tazas de café cargado, la visión
comenzó a parecerle una mera trampa de su imaginación. ¿Qué había visto en
realidad?
Algo
alto, delgado y pálido, erguido como una flecha y con una sonrisa pintada en
medio de un borrón rojizo. Como la cosa huidiza que había vislumbrado tras su
imagen en el espejo la noche que se había probado la ropa de Lillian, la
insinuación del movimiento veloz de unos miembros quebradizos por el suelo,
acercándose a ella. Debía de haber visto o leído algo que le había metido
aquellas apariciones en la cabeza, porque no eran cosas que ella fuese capaz de
inventarse así como así.
El
lugar la estaba afectando. Y los diarios de Lillian no contribuían demasiado a
mejorar las cosas, a pesar de lo cual, era incapaz de dejarlos. Tras concluir
sus reuniones con los tasadores y contratar por teléfono los servicios de una
empresa de limpieza, casi sin darse cuenta se encontró en la mesa de la cocina
con el cuarto de ellos abierto. Pero sólo después de haber procedido a una
breve inspección de un Londres A-Z de tapas negras y sencillas que al principio
tomó por otro de los diarios de su tía. Estaba en el mismo cajón que éstos, y
los mapas de brillantes colores del centro de Londres que contenía, estaban
cubiertos por todas partes de anotaciones con bolígrafos de distintos colores.
En
los márgenes, unas notas de letra apretada manuscritas por Lillian detallaban
los nombres de las calles, y unas líneas de tinta serpenteaban en todas
direcciones a partir de Knightsbridge; representaciones de los distintos
proyectos de fuga de su pariente.
Ninguna
línea llegaba a alejarse más de un kilómetro y medio del edificio.
Por
eso casi todos los zapatos de Lillian estaban desgastados. Sus obsesivas
caminatas a lo largo de un periodo de tiempo tan dilatado eran sencillamente
asombrosas, lo mismo que la magnitud de sus ilusiones paranoides. Volvió a
preguntarse si el amor que había profesado Lillian a su esposo habría sido tan
grande que no le permitiera abandonar el lugar en el que habían convivido. Al
mencionarle la teoría a Stephen, cuando llamó para preguntar si necesitaría alquilar otro contenedor, éste respondió con
incomodidad y luego se disculpó, como si fuera a expresarle de nuevo sus
condolencias. Estaba claro que la excentricidad de su tía abuela lo
abochornaba.
En
la mesa de la cocina, armada con una jarra de café recién hecho, continuó
leyendo el cuarto diario. Las anotaciones que contenía eran más cortas e
inconexas que las de los tres anteriores, así como más inquietantes por el
cambio de estilo.
Los
veo por todas partes. Sus delgadas siluetas cuelgan de todas las ventanas. No
formadas del todo o medio ocultas por las sombras. A veces se limitan a pegarse
a las paredes de las entradas de los apartamentos, o a agazaparse farfullando
en los silenciosos y sucios rincones de callejones o en los espacios en estado
de abandono que hay detrás de los edificios. Habitan los espacios muertos. Es
en los lugares a los que nunca llega el sol donde existen. Pero
lo
peor de todo son sus caras. Los veo siempre que levanto la mirada en Mayfair.
Horriblemente blancos y flacos, escudriñan las calles desde las ventanas más
antiguas. Sus bocas se mueven, pero no puedo oír lo que dicen. Si tuvieran
labios intentaría leerlos.
En
Shepherd Market, un lugar que incluso hoy en día se resiste al aburguesamiento,
se agolpan para disputarse el espacio detrás de puertas atrancadas con
tablones. A éstos alcanzo a oírlos a veces, susurrando detrás de los maderos.
Me hablan desde donde se ocultan. «¿Va a volver?», no dejaba de preguntarme una
mujer de la que, por un agujero de la madera, veía los huesos de las costillas
y la columna vertebral.
«No
consigo encontrarlos», me susurraba sin descanso otra vieja criatura. Nunca
supe si era un hombre o una mujer, pues se ocultaba a cuatro patas detrás de
unos cubos de basura. Sus ojos lechosos no parecen verme. No sirve de nada
hablarles. No son conscientes de nada que no sea su propio sufrimiento, aunque
a mí parecen percibirme por momentos.
Oh,
querido mío, vivo a medias en este mundo y a medias en el otro. Como tú al
final. Ahora te entiendo y te pido que me perdones por haber dudado alguna vez
de ti. Nunca presté demasiada atención a las cosas que colgaban de sus paredes,
como tú y los demás. Nunca le oí hablar, como tú. Y fuiste tú quien se enfrentó
a él. Puede que porque mi papel fue tan exiguo, el contagio
haya
tardado más en propagarse. Pero es posible que tuviera razón, al fin y al cabo,
como tú sospechabas al final, y que todo lo que dijo fuese verdad.
Pero
¿cómo salieron de allí abajo con él? ¿Cómo se metieron en las cosas que
colgaban de nuestras paredes y en todos los espejos? ¿Cómo pueden aparecer ante
mis ojos así, a la luz del día? ¿Debo vivir sola y en silencio entre paredes
desnudas hasta el fin de mis días, sin arriesgarme a dejar abierto ningún canal
por el que puedan entrar? ¿Tan abarrotado está el infierno que están saliendo
de allí?
Había
páginas enteras así. Listas de las extrañas y enfermizas visiones con las que
su pobre y enferma tía se encontraba en calles que en el pasado debieron de ser
un paraíso de citas sociales, almuerzos en compañía, cenas de gala, salidas de
compras y clubes nocturnos. ¿Y quién era la persona a la que constantemente se
refería?: «Y todo el rato estaba llamándolos. Todas las voces y las sombras y
las cosas que no están bien en este edificio, en la escalera y en nuestras
habitaciones, acudían a él cuando las llamaba...»
Apryl
comenzó a dejar marcapáginas con papelitos y a anotar todas las referencias al
edificio. Sospechaba que había ocurrido algún suceso en el que se habían visto
envueltos Lillian y Reginald, un suceso al que su tía culpaba de la muerte de
su marido, a pesar de que no había por ninguna parte detalles concretos sobre
el
fallecimiento.
Si aún quedaba en Barrington House algún residente de la misma época, tendría
que preguntarle cómo había muerto su tío abuelo. Además, Lillian escribía como
si la hubieran condenado por algún terrible acto cometido por su esposo.
Cuando
los quemaste, creíste que lo habías destruido todo con ellos. ¿Cómo podría
sobrevivir al fuego? Sin embargo, están aquí de nuevo, a pesar de lo que
hiciste por nosotros. Por todos nosotros.
Los
demás ya no me hablan. Me echan la culpa porque era tu esposa. Lo veo en los
ojos de Beatrice. Ni siquiera me abre la puerta. El administrador me ha escrito
una nota de advertencia, al igual que el abogado de ella, en la que me amenaza
con emprender acciones legales si no dejo de acosarla. ¿Acosarla? Les dije que
la unión hace la fuerza. Y en esto estamos todos unidos. Pero no ha servido de
nada.
Los
Shafer tampoco quieren verme. A veces Tom llama y me habla entre susurros
cuando Myriam está en otra habitación, pero en cuanto ella reaparece, cuelga.
Sigue controlándolo como siempre ha hecho.
Son
todos unos cobardes. Me digo a mí misma que estoy mejor sin ellos. Y no pueden
echarme porque no puedo marcharme. La ironía hace que me ría, pero sin ninguna
alegría. Nos quedaremos aquí mientras él juega con nosotros y nos atormenta por
lo que hicimos, o hasta que pongamos fin a nuestras propias vidas. Pero eso no
puedo
hacerlo, querido mío. Porque no sé si se trata de un truco cruel o es tu voz la
que a veces oigo detrás de las paredes.
Tras
cerrar el libro a última hora de la tarde, en un intento por apartar su mente
del insano relato de su tía abuela, Apryl se fue a comprar algunas golosinas a
la zona de alimentación de Harrods y luego husmeó un poco en las tiendas de
ropa de Sloane Street y King's Road. Pero los nombres de las calles y algunos
de los hitos de la ciudad sólo servían para recordarle algunas de las rutas por
las que Lillian había caminado hasta los ochenta años, llevando un sombrero, un
velo y unos zapatos desgastados.
La
lluvia la llevó de vuelta a Barrington House a la hora de cerrar las tiendas, a
las ocho. Hacía frío y el piso le inspiraba una sensación inquietante, pero al
menos la mayoría de los trastos habían desaparecido y el pasillo estaba
despejado. Y calculaba que, con otro esfuerzo monumental el viernes, podía
sacar de los otros dos dormitorios todo lo que no estaba marcado para su venta.
Pero
el aumento del espacio del apartamento no trajo consigo un aumento de su
luminosidad o comodidad. Incluso después de que, con la ayuda de Stephen,
reemplazara todas las bombillas de las lámparas y del techo por otras nuevas de
cien vatios, una neblina mohosa y marrón seguía llenando el aire. Y la luz
adicional sólo servía para conferir una luminosidad enfermiza a la pintura
del
techo, los revestimientos de madera de las paredes y los rodapiés, que
transmitían la misma sensación descolorida que la cerámica antigua de las
vitrinas de los museos.
Tenía
miedo de que no apareciera ningún comprador. Salvo que lo vaciara por completo,
le sacara las tripas y lo renovara de la cabeza a los pies, cualquier futuro
inquilino se vería atrapado para siempre en el interior de una vieja
fotografía. Era un sitio deprimente, impregnado de olor a polvo, antiguas
humedades y mobiliario desgastado, un sitio que, de algún modo, parecía el más
apropiado reflejo del solitario, desesperante y susurrante cautiverio sufrido
por su tía abuela hasta el día de su muerte.
Era
plenamente consciente de la ironía: se encontraba en uno de los más antiguos y
exclusivos edificios de apartamentos de la zona más elegante de Londres, una de
las ciudades más caras del mundo, y se veía reducida a utilizar un baño
antiguo, a habitar en un espacio tétrico entre paredes manchadas y con la
pintura levantada, rodeada por medio siglo de desechos y por los abandonados
detritos de la vida de una vieja pariente.
A
las nueve en punto estaba en la cama, con otro de los diarios abiertos sobre el
regazo y una copa de vino en la mesita de noche. Y, una vez más, no tardó en
sumergirse entre las alucinaciones que correteaban alrededor de su tía abuela.
Se
movía como un mono a mi alrededor...
...
«Estarán aquí pronto —dijo—. Chist, creo que ya
los
oigo.» Y entonces pegó la boca de la criaturilla a su teta arrugada y
flácida...
...
Sobre unas piernas finísimas, se me acercó chasqueando...
...Envuelta
en un vestido blanco manchado, sin pelo en la cabeza amarillenta, levantó hacia
el cielo los largos brazos al verme. Estoy segura de que me vio en la calle. El
edificio era muy antiguo y en una de las ventanas habían clavado una sábana al
marco...
...Alguien
me ha traído a casa. No recuerdo el viaje. Luego llamaron a un médico. Pero no
era el mío. En su lugar vino un hombre cuyas manos no me gustaban...
En
medio de todo esto encontró un nombre masculino que se repetía dos veces:
...he
buscado su nombre en otros sitios. La librería de Curzon Street, donde vivía
Nancy antes, ha pedido todo lo que hay sobre el periodo concreto. Pero no
aparece. Como dijiste una vez: «Ninguna galería respetable o decente exhibiría
sus abominaciones en sus paredes.» Siempre dijiste que estaba loco. Y debía de
estarlo para dejarse hechizar por tales cosas. Pero no hay publicaciones ni
listas de obras de Hessen en diarios o catálogos. Los medios que lo trajeron
aquí debían de ser privados, pues. He preguntado a nuestros últimos amigos, y
de los que saben algo de pintura, sólo dos
habían
oído hablar de él. Pero no pudieron contarme nada que no supiera ya y aún menos
en relación con sus obras. Sólo que fue a la cárcel con Mosley durante la
guerra por traición.
Ya
no puedo llegar a la Biblioteca Británica ni a ninguna de sus sedes locales.
Puede que Hessen fuera un nombre falso. ¿Acaso no adopta el Diablo muchos
disfraces? ¿Crearía todo aquello sólo para horrorizarnos? Puede que nunca
tuviera otro propósito. No tengo ningún recurso que pueda emplear para
derrotarlo, o al menos para eludir su influencia y escapar de aquí. Lo he
intentado todo. El clérigo que viene a ver a la agonizante señora Foregate, la
del número siete, cree que estoy loca cada vez que lo abordo.
Y
sin embargo todos seguimos aquí, desmoronándonos. Si se me llevaran por la
fuerza, creo que me pondría histérica. Moriría de un ataque. Así que,
¿por
qué me aferró a esta lastimosa existencia, querido? Lo que me impide seguirte
es que el temor a lo que pueda venir después es mayor que el deseo de alcanzar
la paz de la liberación. ¿Cómo puedo saber que una parte de mí, despojada de
los últimos vestigios de libre albedrío, no permanecerá aquí para siempre?
Impotente, como esas cosas del exterior. Condenada a vagar por la oscuridad en
busca de personas, lugares y cosas que ya han olvidado.
Apryl
anotó el nombre «Hessen» en su diario junto a los de los residentes mencionados
por su tía. Quería que, al volver a casa, un psiquiatra leyera también algunos
de aquellos diarios. Para que le explicara qué le sucedía a su tía abuela y le
asegurara que no era hereditario. Se habría sentido inclinada a desechar como
una mera ilusión la idea de que un pintor había atormentado a Lillian de no ser
por las repetidas menciones que hacía el texto del papel de Reginald en una
disputa.
Tú
fuiste el primero en ponerte firme. En pasar a La acción. Aún te veo con la
misma veneración que cuando estábamos juntos y mucho más próximos que ahora.
Porque a diario me digo que puedes oírme. Eso es lo único que me hace seguir
adelante.
Habías
sido un héroe en la guerra y quisiste serlo también aquí, para todos nosotros.
Te negaste a marcharte, como los demás. A escapar de las sombras que ascendían
por las escaleras y se deslizaban por las paredes y entraban en nuestros
aposentos e invadían nuestros sueños. No ibas a permitir que te echara de tu
hogar un horrible y miserable huno como Hessen. Lo mismo que los judíos que
habían perdido a toda su familia en la guerra. Pero yo nunca te había oído
hablar así. Me asustaste. Ahora comprendo que también tú estabas asustado.
Cuando te recuerdo diciendo
«Tendríamos
que haber acabado con esto la noche que tuvo el accidente», y pienso que lo
ayudamos y le
permitimos
sobrevivir para que pudiera volver luego con una oscuridad aún mayor, me invade
la desesperación.
Trataste
de hacer lo que había que hacer por todos nosotros. Pero lo que había quedado
silenciado comenzó a hablar de nuevo y luego se mostró. Y aún lo hace, querido
mío. Aún lo hace. Sólo espero que tú ya no puedas verlo. La idea de que estés
entre ellos sería el fin para mí.
Lamento
con todo mi corazón que no nos marcháramos cuando tuvimos la ocasión. ¿Por qué
tiene que ser tan cruel el destino? Volviste a mi lado después de muchas
misiones en las que tantos otros se perdieron sólo para que al final
presenciara cómo te arrebataban de mí. De mis mismas manos. Y delante de mis
ojos.
Con
las luces apagadas como de costumbre y tanto el espejo como el cuadro, ya no
sólo puesto del revés, sino en el pasillo, junto a la puerta del dormitorio,
Apryl se hundió entre cuatro mullidos almohadones, aunque medio incorporada,
como si no quisiera ni esperara conciliar el sueño.
Allá,
en el noveno piso, el viento agitaba a veces las ventanas. Fuera del
apartamento se oían los débiles chirridos y chasquidos del ascensor. De vez en
cuando se cerraba la puerta de un apartamento y el ruido ascendía por la
escalera en penumbra hasta llegar al piso de su tía abuela. La idea de que
hubiera más gente en el edificio le infundía tranquilidad.
Concentró
sus adormilados pensamientos en las actividades del día siguiente: envolver las
fotografías en papel de plástico de embalaje, meter las rosas muertas en cubos
de basura, quizá llamar al taxista que llevó a Lillian a casa la última vez...
Quizá. Agentes inmobiliarios. Quizá.
¿Estaba
dormida? Era como si estuviese dormida, pero de algún modo seguía consciente de
la habitación que la rodeaba. Como si estuviera a punto de dormirse, pero aún
no del todo. No era algo que le sucediera con frecuencia, pero conocía la
sensación de yacer sola en el apartamento, pero consciente de lo que sucedía en
el dormitorio.
Entonces,
¿quién era el que se inclinaba sobre la cama?
Otros
inquilinos debieron de oír sus gritos. Durante un rato, mientras permanecía
erguida entre las almohadas, antes de salir a rastras de la cama —y antes de
que se le quedara atrapado un pie entre las sábanas y lograra liberarlo de una
patada, con la sensación de que una mano pretendía llevarla a rastras hasta un
lugar aterrador—, oyó unas voces. En la lejanía. Aparte de sus sollozos y
jadeos, oyó voces. Como los sonidos arrastrados por una repentina ráfaga de
viento desde un lejano patio de colegio.
El
viento: estaba al otro lado de las ventanas y los muros, pero también en todas
partes. En el techo. Un techo que se había vuelto negro e infinito alrededor de
algo que parecía un rostro que se iba desdibujando. Había algo rojo y tenso
allí. Un rostro que se retiraba a la oscuridad,
donde
la luz de la lámpara tendría que haber revelado grietas y pintura amarilla, no
aquellas profundidades sin color ni aquella amarga frialdad. Una frialdad que
atravesaba la piel y se le metía dentro de los huesos.
Pero
¿dónde estaba el rostro ahora? ¿Y las voces, y el viento?
Mientras
Apryl, de pie junto a la puerta del dormitorio, dirigía la mirada hacia la cama
de la que había huido, con todo el cuerpo tembloroso, cubierta sólo por la ropa
interior, comprobó que el aspecto de la habitación volvía a ser el mismo que
antes de que se quedara dormida. Las luces estaban encendidas, las paredes
estaban vacías y no había nadie más con ella.
Sediento
y aturdido, Seth se incorporó en la cama caliente y alargó la mano hacia la
mesita de noche, en busca del tabaco y el papel de liar. Desorientado tras otro
dilatado y entumecido letargo, trató de recordar los momentos anteriores a
quedarse dormido. Parecía haber pasado mucho tiempo, y sin embargo en el
exterior seguía reinando la oscuridad.
Encendió
el cigarrillo con una mano mientras los dedos de la otra reptaban por la
mesilla de noche en busca del despertador de viaje. Al volver la cabeza hacia
él, maldijo y cerró los ojos con fuerza. La luz de la pequeña lámpara de la
mesita, encendida durante todo el tiempo que había dormido, le provocó un
fuerte dolor de cabeza.
Poco
a poco, con la mirada apartada de la abrasadora bombilla, se acercó el reloj a
los parpadeantes ojos. Las seis y media... aunque no sabía si de la tarde o de
la mañana. Ni, con exactitud, de qué día. Hasta le costaba recordar la fecha
del último día que había pasado despierto.
El
suelo y los muebles estaban cubiertos de dibujos en desorden. Los músculos
doloridos de su brazo y su mano derechos, todavía rígidos a causa de los
calambres, atestiguaban su frenesí creador. Había dormido un día entero. Puede
que dos. Había pasado durmiendo las horas de acuosa luz diurna y despertado en
la oscuridad.
Se
preguntó si debía volver al trabajo aquella noche, si habrían comenzado los
nuevos turnos. Nadie lo había llamado. Debía de tener el día libre.
El
viento sacudía las ventanas en los marcos desconchados. La lluvia golpeteaba
los mugrientos cristales.
Salió
tosiendo de la cama. Con el penetrante sabor del alquitrán del cigarrillo en la
boca, examinó su trabajo a la luz de la lámpara. Del radiador a la chimenea
cegada, bajo la cama y entre las patas de la mesa de comedor, yacían esparcidos
sus dibujos o los fragmentos de sus esbozos.
Con
el cigarrillo colgado del labio inferior y el abrigo roto echado sobre los
hombros, evaluó su trabajo. Parecía lo que el alcaide de una prisión podría
haber encontrado en las celdas de los dementes.
Las
imágenes eran impactantes. De un salvajismo bestial. Absurdas. Repulsivas.
Grotescas. Pero no carentes de valor.
Tras
engullir rápidamente el agua de una botella de plástico, reparó con cierta
satisfacción en la vida que contenían aquellos dibujos. Su vitalidad. Una
curiosa animación en los retorcidos miembros de las lúgubres figuras. Y en los
ojos, una cruel inteligencia, un insidioso placer por la miseria ajena; una
gozosa búsqueda de la maldad; una abrasadora y cegadora envidia: los ojos del
mundo. No se parecía a ninguna otra cosa que hubiese dibujado jamás, pero
parecía un atisbo de aquella incoherente fuerza interior que siempre había
tenido miedo
de
sacar a la luz con carboncillo, pintura o arcilla. Los únicos elementos dignos
de sus patéticos esfuerzos anteriores eran los que se parecían vagamente a lo
que tenía ahora ante los ojos, las sombras y los colores incongruentes que sus
profesores de la escuela de arte habían visto y que los habían desconcertado.
Algo de lo que se avergonzaba. Algo que rechazaba. Una veta de expresionismo
que había sido demasiado cobarde para explotar. Pero ya no. Era la única parte
de su talento que tenía algún valor. Sólo necesitaba que la cultivara.
Tras
encender la luz principal, se agachó y contempló el rostro de un niño nonato
pegado al cristal, de rasgos borrosos tras la penumbra del baño químico pero de
ojos claramente asiáticos. Junto al esbozo del feto encontró un retrato de la
cabeza de la señora Shafer, envuelta desordenadamente en pañuelos, tomada desde
tres ángulos distintos, con los ojos pequeños como aceitunas y negros de furia.
Y luego otro de su cabeza sobre una mole arácnida, de caparazón suave y pulido
como el ónice, medio cubierto por un kimono y alzado en repulsiva provocación
hacia la silueta de su encorvado marido-palo, quien se acercaba a pasitos
cortos hacia su hembra.
También
había un dibujo de la máscara que representaba el rostro sin vida del señor
Shafer, con sus facciones grises y arrugadas de papel maché, y otro de su
cuerpo de títere, suspendido sobre los hilos de telaraña excretados por el
abdomen de su esposa. En el último de los dibujos de los ancianos residentes se
veía un racimo de huevos, opacos como perlas cubiertas por una película
reluciente,
metidos en una caja llena de tierra junto al radiador para mantenerlos
calientes.
Seth
sonrió. Una sensación extraña en su boca.
Pero
la mayoría de los dibujos, realizados con desesperación al abrirse por un
momento fugaz una puerta en su mente, eran estudios de una única y familiar
figura.
Había
retratado obsesivamente al solitario niño de rostro invisible, con su capucha y
la trenca que lo protegía de las miradas de los demás.
—Jesús.
—De repente miró a su alrededor, el montón de latas de sopa que había sobre la
nevera, los armarios rotos, las horribles y finísimas cortinas que se hinchaban
con las corrientes de aire, la alfombra reseca y el confeti de papeles que la
cubría. Se maravilló al darse cuenta de hasta donde había dejado que llegaran
las cosas. Era el resultado de trabajar por las noches. Tenía que serlo. La
locura de la falta de sueño. Y de la lucha por salir adelante en Londres. De la
soledad, de la desesperación, de las dificultades para hacer frente a las
menudencias de la existencia. O puede que estuviera predestinado. Como si, en
secreto, siempre hubiera necesitado estar allí. Acorralado y forzado a salir de
sí mismo, a quitar capa tras capa, a poner en duda y reconsiderar todo cuanto
le habían enseñado hasta verse arrastrado a las profundidades de su ser,
donde vivían las cosas oscuras. Lo habían guiado para que descubriera un lugar
en el que se habían acumulado tres décadas de experiencia, filtradas, luego
sumergidas y por fin recreadas como una vil verdad subyacente. Su verdad. La
verdad.
Conque
allí estaba su visión artística. Pero ¿la quería?
Con
el rostro entre las manos, Seth contempló el techo a través de la jaula de sus
dedos.
Aquello
que estaba a punto de rechazar podía ser un regalo extraordinario. Un gran
regalo acompañado por un precio muy elevado. Enfrentarse al mundo a ese
nivel... era una idea seductora. Si poseía la integridad necesaria, no debía
preocuparse por lo que pensaran los demás. Si estaba decidido a cultivar su
visión del mundo, no podía haber espacio para la vanidad o la dignidad. Ni
ataduras. Tendría que entregarse por completo a aquel mundo sumergido hasta que
lo consumiera o hasta llegar al final. No podía pensar en el éxito o en el
fracaso. No podía ponerse plazos. Sólo podía haber dedicación a lo que veía y
experimentaba.
¿Se
atrevería?
Bajó
la mirada. Otro vistazo rápido a sus dibujos lo llenó de repulsión, pero
también de una emoción peculiar que lo hizo sentir incómodo. La visión lo
destruiría, comprendió en aquel instante.
Se
sentó en la cama, colocó la cabeza entre las rodillas y consumió rápidamente un
cigarrillo hasta el filtro. Pensó en las pesadillas, las visiones alucinatorias
de aquel muchacho. Dios, si hasta les hablaba a las creaciones de su propia
imaginación enfermiza. Y también estaban su rabia incontrolable, su letargo, su
incapacidad de hacer las cosas, de asearse, de alimentarse, de comunicarse con
los demás.
Tenía
la ocasión de abandonar aquel lugar de locura en aquel mismo momento. Puede que
los restos de su antiguo yo estuvieran enviándole una última advertencia en un
momento de lucidez. O puede que fuese un fastidioso y bastardo sentido de la
cautela que intentaba, como siempre, intervenir para que no pudiera alcanzar
todo su potencial como artista. No conseguía decidir qué hacer y no tenía nadie
con quien hablar de ello. Lo único que sabía con certeza es que estaba aterrado
y ya no podía confiar en sí mismo ni en cómo podía reaccionar en una situación
determinada.
Algo
le estaba pasando factura a Stephen. Tenía unas marcadas ojeras y el rostro
demacrado, y los movimientos de la cabeza y de las manos eran lentos, como si
todo cuanto lo rodeaba allí, detrás de la mesa de recepción, fuese frágil y
requiriese de gestos delicados. Apryl había empezado a fijarse en ello en su
último encuentro. Y en su agitación, como si la presencia de ella lo pusiera
nervioso. Una reacción que no recordaba haber causado nunca en otras personas.
Pero
también era cierto que su esposa, Janet, estaba enferma. Y Piotr, en uno de sus
intentos por darle conversación, le había mencionado que la pareja había
perdido a su único hijo en un espantoso accidente. Y por si no fuera suficiente
con esto, el pobre hombre se levantaba todos los días a las seis para
supervisar el cambio del turno de noche al turno de día, antes de ponerse a
trabajar él hasta las seis de la tarde. Un turno de doce horas haciendo las
veces de diplomático y de criado de los inquilinos. El mismo se lo había dado a
entender a su silenciosa y discreta manera. Y aunque tenía la impresión de que
le gustaba ayudarla, sin que hubiera nada inapropiado o romántico en aquel
interés, sino más bien algo paternal, comenzaba a sospechar que su presencia en
Barrington House estaba provocándole una especie de pesar al hombre. No tanto
una molestia como el recuerdo
de
algo complicado, e incluso desagradable. Puede que algo en su carácter
americano molestara a un impenitente británico como él.
—Buenos
días, Apryl. ¿Van avanzando las cosas?
—Oh,
ya sabe, dos pasos adelante, tres atrás. No, es una broma. Va todo como la
seda. En serio.
—Bueno,
se ha aplicado usted a la tarea, es innegable. He visto el contenedor.
—Un
día más, creo, y habré terminado.
—El
nuevo contenedor vendrá el viernes.
—Gracias.
Gracias por todo. Me ha sido usted de muchísima ayuda. No sé lo que habría
hecho sin su amabilidad.
Stephen
desechó la alabanza con un ademán y esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Pero
no sabía si atreverme a preguntarle una cosa más. Sobre Lillian.
El
portero frunció el ceño y volvió los ojos hacia el libro de recepción.
—Claro.
—Verá,
ella llevaba un diario. O varios, para ser más exacta.
Stephen
entornó la mirada y marcó la línea que estaba leyendo con un dedo.
—¿Sí?
—Son...
bueno, bastante raros. Me están dando miedo, si quiere que le sea sincera. —Su
voz empezó a vacilar—. Confirman en buena medida las cosas que me contó usted.
Estaba realmente paranoica. Creo que
estaba
enferma. Realmente enferma y durante mucho tiempo.
Stephen
asintió con aire comprensivo, pero no lograba disimular su incomodidad cuando
las conversaciones versaban sobre cosas más comprometidas que el tiempo.
—Pero
a menudo menciona a otros inquilinos. No hay fechas en los diarios, pero
calculo que voy por los setenta, más o menos. Por pequeños detalles. Y me
preguntaba si queda algún inquilino de aquella época que la conociera.
Stephen
apretó los labios y bajó la mirada hacia la mesa.
—Déjeme
pensar...
—¿Se
acuerda de alguien llamada Beatrice? Stephen asintió.
—Betty,
sí. Betty Roth. Ha estado aquí desde antes de la guerra. Una viuda. Pero no
estoy muy seguro de que conociese a su tía. Nunca las vi hablar.
—No
me diga. Es increíble. ¿Beatrice aún está aquí? Lillian y ella eran amigas. De
cuando sus maridos aún estaban vivos. Me encantaría hablar con ella.
Al
oírlo, Stephen arrugó el semblante.
—Una
petición poco frecuente.
—¿Por
qué?
—Tiene
un carácter bastante difícil.
—Viniendo
de usted, eso quiere decir que es una completa zorra.
—Yo
no he dicho tal cosa. —Con una sonrisa, Stephen levantó las dos manos con las
palmas hacia fuera
—.
Puede intentarlo, pero no creo que acceda a verla. Y si lo hace, puede que
salga usted llorando o demasiado enfadada hasta para respirar.
—¿Tan
mala es?
—Peor.
Su propia hija es la mujer más dulce del mundo, y cada vez que viene a
visitarla se marcha deshecha en lágrimas. Sus parientes le tienen terror. Lo
mismo que la mayoría de Knightsbridge, y ya no la dejan entrar en Harrods ni en
Harvey Nicks. Y no es que salga mucho a estas alturas. Además, es la principal
razón de que se vayan tantos porteros.
—Pero
si...
—Lo
sé. Sólo es una anciana. Pero ¡ay del que cometa el error de subestimarla! Y
creo que ya he dicho suficiente.
—Gracias
por la advertencia, pero tengo que intentarlo. Puede que sepa cómo murió mi tío
abuelo. Y Lillian menciona a una pareja, los Shafer. Más o menos venía a decir
que no los sacarían de aquí ni con dinamita.
—Bueno,
eso sí que es verdad. Aún viven aquí y nunca los he visto ir más allá de las
tiendas de Motcomb Street. Y eso antes de que a la señora Shafer le pusieran la
prótesis de cadera. Son muy viejos y él tiene una enfermera. Ya casi no puede
andar. Tiene más de noventa, ¿sabe?
Pero
Apryl ya no lo escuchaba y seguía dando vueltas al comentario de Stephen acerca
de que no pasaban de la tienda de la esquina. A pesar de los años que habían
transcurrido desde que los escribiera, los diarios de su tía parecían de
repente transmitir algo que no era una simple
fantasía
paranoide.
—¿Y
podría...?
—¿Llamarlos?
Claro. Betty bajará a las once en punto a tomar el almuerzo. Se lo preguntaré
entonces. Siempre come en Claridges.
—¿Está
muy lejos?
—No.
Al otro lado de Hyde Park Córner.
Apryl
asintió, incapaz de disimular su incomodidad.
—Estaría
muy bien. Dígale que la sobrina nieta de Lillian ha preguntado por ella. Ya
sabe, interés por la historia familiar y todo eso. Y que le estaría muy
agradecida por cualquier cosa en la que pueda ayudarme. Aunque sólo sean unos
minutos de su tiempo.
Stephen
lo anotó en el cuadernillo de la mesa.
—La
llamaré a su piso. O se lo diré en persona si la veo pasar.
—Estupendo.
—Pero
no le prometo nada. Son gente más bien reservada.
—Lo
entiendo. También mencionaba a otra persona. Un pintor que vivía aquí. Se
llamaba Hessen. Debía de ser su apellido.
Los
dedos de Stephen se detuvieron sobre el cuaderno en el que estaba escribiendo
algo, pero no levantó la mirada hacia ella.
—¿Ha
oído hablar de él? —preguntó Apryl con un nudo de emoción en el estómago.
Stephen
entornó los ojos, miró hacia un lado y luego negó con la cabeza.
—¿Un
pintor? No. No. En mi época no. Y en este edificio no tenemos placas azules
—dijo, antes de explicarle que éstas conmemoraban los nacimientos de la gente
famosa en Londres.
—Ajá.
Hace bastante tiempo de eso. Además, creo que no era demasiado conocido. No era
famoso.
El
teléfono del escritorio comenzó a sonar. La mano de Stephen voló al auricular.
—Tendrá
que disculparme mientras respondo.
Apryl
asintió al tiempo que trataba de impedir que la decepción aflorara a su cara.
—Claro.
Será mejor que me vaya. Nos vemos luego. Y gracias.
Se
internó en el paisaje verde y húmedo de Hyde Park en busca de una calle llamada
Queensway. Estaba en Bayswater, en la parte norte del gran parque, más allá del
Serpentine, pasado el laberinto de veredas y árboles.
Avanzó
en diagonal, a través del césped mojado que le empapaba la tela de las
Converse, y luego dejó atrás un sinfín de jardines más allá del colosal Albert
Memorial y continuó en paralelo al palacio de Kensington, donde había vivido la
princesa Diana. Respirar aquel aire frío era vivificante. Y ver gente normal
haciendo cosas normales: niñeras con cochecitos y niños con abrigos acolchados;
corredores que pasaban, con la respiración entrecortada, impulsados por sus
piernas rosas y humeantes, o con paso más vivo, erguidos y con los hombros
huesudos. No era sólo su imaginación. Cuanto más se alejaba de Barrington
House, más liviana se sentía. Como si se
hubiera
quitado de encima la tétrica sensación de cautiverio en las abarrotadas y
marrones habitaciones del apartamento.
Al
ver de pasada los hoteles blancos y las plazas con florecientes jardines,
rodeada por un flujo constante de turistas, pensó que Bayswater sería un lugar
mejor para vivir que Barrington House. La idea de pasar una noche más sola en
el apartamento le provocaba un nerviosismo enfermizo.
Le
tenía miedo. Miedo a las paredes manchadas, las alfombras podridas y el
silencio tenso de expectación que se levantaba al llegar la noche. La
prolongada incubación de una mujer enloquecida y solitaria había alterado el
lugar. En su proceso de desplome hacia la demencia dentro de la amarga prisión de su hogar, donde demasiados
recuerdos cambiaban de forma y revoleteaban como espectros en las horas
incontables, era como si Lillian hubiese impregnado el lugar de una humedad
psíquica que iba filtrando lentamente sus terrores y su paranoia en la mente de
Apryl.
No
podía explicar cómo había sucedido exactamente ni de dónde salía su extraña
sensibilidad a tales cosas. Pero ahora se sentía acalorada y estúpida por lo
absurdo que resultaba aquello. Que un lugar, un simple espacio físico, pudiese
afectarla de tal modo. Pero podía. La pasada noche había vuelto a tener pruebas
de que así era. Se preguntó cómo iba a explicarle a su madre que se mudaba a un
hotel. Más mentiras piadosas. La mera idea de darle la noticia hacía que se
sintiera cansada. Más
tarde,
ya se encargaría de ello más tarde. Porque Bayswater tenía una especie de
encanto mediterráneo del que quería disfrutar —hasta el cielo se había abierto
y mostraba su cara azul— y parecía concebido exclusivamente para los visitantes
extranjeros. Estaba lleno de tiendas de maletas, franquicias de comida rápida y
chorradas horteras para turistas, pero le gustaban los altos edificios blancos
y las fruterías chipriotas. Compró aceitunas y kummus para matar el hambre en
la frutería ateniense de Moscow Road, donde los ancianos detrás del mostrador
llevaban monos azules y envolvían las compras en papel blanco.
Tras
pagar una hora de tiempo en el cibercafé ruso de Queensway y acomodarse junto a
un cappuccino, sólo encontró en Google tres páginas con información relevante
sobre un pintor llamado Hessen. Y sólo había un artista con ese nombre: un
hombre que había trabajado en el oeste de Londres durante los años treinta.
Poca gente lo conocía, pero esos pocos parecían entusiasmados. Era él. Tenía
que serlo. El nombre de la pesadilla de su tía abuela era Félix. Félix Hessen.
Un
tipo llamado Miles Butler había escrito un libro sobre él unos años antes, así
que la mayoría de los enlaces llevaban a críticas sobre la obra. Lo había
publicado Tate Britain, así que apuntó los detalles: «Miles Butler, Atisbos del
Vórtice: los dibujos de Félix Hessen.» También existía una organización llamada
Amigos de Félix Hessen. Tenía su sede en Camden y una página web un
tanto
estrambótica. Toda hecha de gráficos rojos y negros diseñados por un
aficionado. Leyó la pomposa introducción
sobre «El legítimo lugar de Hessen entre los grandes pintores surrealistas»,
sobre su «contribución al futurismo» y sobre su condición de «precursor de
Francis Bacon», nombre que sí le resultaba familiar.
Pinchó
en el enlace a la biografía, que tenía varias páginas, pero en un primer
vistazo rápido no pudo encontrar mención alguna a Barrington House. Era un
inmigrante suizo-austriaco que no había alcanzado notoriedad alguna como
artista. Para ser un «gran pintor» no había expuesto en una sola galería de
arte, ni antes ni después de muerto. Los pocos dibujos suyos que no se habían
perdido se conservaban en Estados Unidos, en un archivo de New Haven.
La
página de la biografía aseguraba que su padre, un marchante de éxito, había
enviado al joven Félix a la Facultad de Medicina de la Universidad de Zúrich.
Por alguna razón, sus adinerados progenitores emigraron entonces a Inglaterra y
Félix terminó estudiando bellas artes en Slade, donde destacó como dibujante.
En la introducción se afirmaba que su apoyo a algo llamado la Unión Británica
de Fascistas y a un hombre llamado Oswald Mosley, antes de la segunda guerra
mundial, había sido la causa de que una conspiración izquierdista en el mundo
del arte lo hubiera relegado al olvido. Incluso llegó a estar encarcelado en la
prisión de Brixton durante toda la guerra por «atentados contra la salud
pública o la seguridad del reino». Y se especulaba con que, a lo largo
de
los años treinta, tuvo contactos con jerifaltes nazis, y puede que incluso con
el propio Hitler, para tratar de interesarlos en su obra. No lo consiguió, así
que tuvo que contentarse con ejercer como enlace para los fascistas británicos,
a los que tampoco gustaba demasiado.
No
era de extrañar que Reginald lo detestase.
Tras
su excarcelación, se recluyó en la casa que tenía su familia en el oeste de
Londres. Y sólo sobrevivían sus dibujos de los años treinta junto con una copia
de una revista sobre arte que había fundado llamada Vórtice. Sólo llegó a
publicar cuatro números y contaba con menos de dieciséis suscriptores cuando
Hessen decidió abandonar lo que era «un medio filosófico para ideas imposibles
de comunicar por medio del lenguaje».
Apryl
era capaz de reconocer a un perdedor cuando lo veía.
Luego,
a finales de los cuarenta, Hessen
desapareció, aunque la página web no precisaba la fecha. El abogado de la
familia lo dio por desaparecido años antes de que las autoridades lo declararan
oficialmente muerto. Una lejana rama de la familia en Alemania vendió la casa.
Nunca contrajo matrimonio, nunca tuvo hijos y sobrevivió a sus padres, que
habían muerto antes de la guerra y de la fugaz notoriedad de su descendiente.
Apenas
se mencionaba su nombre en los archivos anteriores a la guerra, aunque alguien
llamado Wyndham Lewis creyó durante breve
tiempo que poseía unas
«aptitudes
muy prometedoras», mientras que Augustus John recomendó su obra a la Royal
Academy, institución
por
la que el propio Hessen no sentía el menor interés. Y en las memorias de la
época sólo se hacían las más insignificantes menciones a su nombre. Una de las
hermanas Mitford, Nancy, lo describió como «vil y dotado de una belleza que no
merecía». Hasta lo expulsaron de la sociedad ocultista de Crowley, la Mysteria
Mystica Maxima, al poco de «poner en duda el camino de su iluminación».
Supuestamente, había tratado de sobornar y luego chantajear a Crowley para que
le revelara los conocimientos necesarios para realizar rituales de invocación
que excedían con mucho su condición de simple iniciado. En los círculos
ocultistas de la época se rumoreaba que Crowley, en efecto, ofrecía tanto el
conocimiento como los conductos necesarios a cambio de una retribución sustancial,
para poder costearse sus adicciones a la morfina y la prostitución. Era un
material sumamente peligroso que el propio Crowley, la «Gran Bestia», había
utilizado con cierto éxito en un dilatado ritual de invocación llevado a cabo
en Boleskin, Escocia, en las orillas del lago Ness, tras un considerable
periodo de ayuno. Un poeta llamado John Gawsworth recordaba que habían
expulsado a Hessen de la sala de lectura de la Biblioteca Británica por
realizar rituales entre las mesas que habían hecho que se atenuaran las luces
de todo el edificio.
Pero
poco después de la guerra desapareció. Se esfumó. Posiblemente se suicidó.
Por
ninguna parte se decía que hubiera sido un horrible inquilino en Barrington
House.
La
organización Amigos de Félix Hessen rechazaba el libro de Miles Butler, al que
consideraba parte de la campaña de los artistas liberales contra el depositario
de su admiración.
La
página web también publicaba más de treinta ensayos sobre sus óleos
desaparecidos, de los que se afirmaba que sólo eran preparativos para la «gran
visión del Vórtice» de Hessen. Según la página, la pérdida de las pinturas
formaba parte de otra conspiración. Las instancias académicas del arte las
habían eliminado u ocultado hasta hoy a causa de los vínculos del pintor con el
fascismo.
Los
Amigos se reunían cada quince días para escuchar a oradores invitados y para
tomar parte en las
«sesiones
del paisaje oculto de Londres», dondequiera que se celebrasen. La noche del
viernes siguiente había una reunión en Camden cuyo tema era «Hessen y el
ocultismo nazi», con un orador invitado desde Austria llamado Otto Herndl. Se
incluía el teléfono de un tipo llamado Harold para informarse sobre los
detalles. Apryl repasó rápidamente los temas de las próximas reuniones de los
Amigos: «Félix Hessen y el culto a la disección»;
«El
banquete de los condenados: los mundos invisibles de Félix Hessen y Eliot
Coldwell»; «Los títeres grotescos en la pintura de entreguerras»; «Lo salvaje:
una visión sobre lo bestial»; «El surrealismo y el modernismo de Ezra Pound:
atisbos del Vórtice».
Sonaba
como un auténtico galimatías, y al poco, Apryl se dio cuenta de que tenía los
ojos vidriosos ante tanta
palabreja
y tantas referencias oscuras. Pero anotó el número de Harold. A fin de cuentas,
era un doctor en metafísica. No sabía lo que eso quería decir, pero parecía una
autoridad sobre Hessen y suyos eran la mayoría de los ensayos, así como un
libro que el grupo se disponía a publicar.
Pero
al pinchar en el enlace a la galería de los dibujos supervivientes de Félix
Hessen, se le pusieron de punta todos los pelos de la nuca. Cuando terminaron
de descargarse, imagen a imagen, se mareó y tuvo que enfocar de nuevo la mirada. Si necesitaba una representación
visual de las fantasías persecutorias de su tía abuela, de las cosas horrorosas
que, según Lillian, se congregaban y la perseguían de regreso a Barrington
House, Hessen las había retratado allí, en carboncillo, aguada y tinta. Y lo
había hecho en los años treinta, antes de que Lillian escribiera sus diarios.
Se
quedó en Bayswater el resto de la mañana, tomando café y azucaradas pastas de
cereales. Durante horas se contentó con mirar por las ventanas enturbiadas por
la lluvia de un café libanés. Y con tratar de encontrarle sentido a una
información con la que primero se había tropezado en los diarios de Lillian y
ahora había encontrado en un minoritario sitio de Internet. Ojalá nunca hubiera
abierto aquellos diarios. Pero no lograba dejar de preguntarse por qué sus tíos
abuelos habían estado tan obsesionados con aquel sujeto, que no poseía un solo
rasgo edificante y que creaba las más espantosas
criaturas
combinando animales muertos, cadáveres humanos y una especie de títeres que
parecían una mezcla de los dos temas anteriores. No le habían gustado nada al
verlos, y ahora algunos de sus rasgos habían tomado posesión de su memoria. La
imagen de algo que parecía un mono oscuro con dientes de caballo afloraba una
vez tras otra a sus pensamientos y la hacía estremecer. Le bastaba con mirar al
dibujo para que le pareciera oírla gritar. Pero al apartar la imagen de su
mente sólo conseguía que apareciera otra en su lugar, como esa cosa, algo
parecido a una mujer, una mujer muy anciana con más hueso que carne, que
levantaba la mirada desde la ventana de un sótano.
Sentada
en la mesita del café, tomó una decisión: leería el libro de Miles Butler sobre
Félix Hessen, el hombre al que Lillian responsabilizaba de su desdichada vida.
Iría a la reunión de Amigos de Félix Hessen el viernes. Y hablaría con todas
las personas de Barrington House que hubieran conocido a Lillian cuando era más
joven. Lo haría por ella. Si no lo hacía, a nadie le importaría un comino. Al
menos de ese modo podría pasar el viernes en el mercado de Camden antes de la
conferencia, donde tendría la oportunidad de hablar con los expertos para
formarse una idea más clara sobre aquel artista, el hombre que dibujaba
aquellas cosas terribles.
Al
llegar el anochecer había otra cosa que sabía con certeza: no pasaría otra
noche en Barrington House.
En
la habitación de un hotel de Leinster Square,
mientras
hincaba el tenedor en la comida que había pedido a un restaurante vietnamita de
Queensway y tomaba un trago de Chardonnay, Apryl abrió el libro de Miles Butler
por la introducción.
Era
una edición de bolsillo, de apenas ciento veinte páginas, ocupadas en su mayor
parte por los dibujos de Hessen. No quedaban más de una docena de copias en la
sede de la Tate Britain en Pimlico, todas ellas rebajadas de precio.
—Nunca
tuvo mucho éxito —le dijo el vendedor en la librería del museo—. No es del
gusto de la mayoría de la gente. —Estaban a punto de «saldarlas», significara
esto lo que significara.
—Mi
tía abuela lo conocía —le explicó al vendedor con un extraño sentimiento de
orgullo. Pero esto no pareció impresionarlo en absoluto.
Desde
el museo volvió a Barrington House para recoger algo de ropa y artículos de
higiene para pasar la noche. De camino a la salida se detuvo en la mesa del
vestíbulo para hablar con Stephen antes de que terminara su turno.
El
portero no le preguntó por su decisión de pernoctar en un hotel. Sospechaba que
lo sorprendía que no lo hubiera hecho antes, teniendo en cuenta el estado del
piso. O puede que estuviera aliviado de que dejara de molestarlo. Pero le dijo
que tanto la señora Roth como los Shafer se habían negado a verla.
—Pero
¿por qué? Ellos la conocían. Stephen se había encogido de hombros.
—Les
dije con toda amabilidad que la encantadora sobrina de Lillian estaba de visita
y quería saber algo más sobre su tía abuela, a la que no había llegado a
conocer. Pero me dijeron que no. Con cierta rudeza, pensé. Así que intenté
convencerlos. Y Betty se enfureció.
Hizo
un gesto de negación con la cabeza. Parecía más cansado que nunca.
¿Qué
le pasaba a esa gente? ¿Es que a los ancianos no les encantaba hablar de sus
recuerdos? Al parecer, a aquellos no. Decepcionada, cogió un taxi a Bayswater y
se registró en el hotel. Después de una ducha bien caliente — la mejor que
pudiera recordar—, se tumbó en la suave cama con el libro de Miles Butler. Y al
instante se alegró de su decisión de no haberlo estudiado en Barrington House.
Parecía más prudente hacerlo allí. En otro mundo, limpio, brillante, cómodo y
moderno. La antítesis de la casa de la que Lillian nunca pudo escapar.
Atisbos
del Vórtice estaba mucho mejor escrito y con mucho menos histerismo que el
texto de la página web de Amigos. Pero el autor no incluía muchos más detalles
biográficos de los que ya había encontrado en Internet. La mayor parte del
texto estaba dedicado a un análisis de la imaginería y el simbolismo de los
dibujos supervivientes. Le costaba entenderlo, así que se lo saltó para no
sentirse estúpida. Pero las ilustraciones que había visto en la pantalla del
ordenador estaban en este caso representadas en papel satinado de calidad, lo
que las hacía aún más perturbadoras. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para
impedir que sus ojos se desplazaran del
texto
a la implacable insinuación de salvajes, desorientadas, aterradas y perdidas
figuras de los esbozos. Entre éstos, los más terribles eran los de color. Al
poco tiempo se acostumbró al gesto de cubrir las ilustraciones con una
servilleta al pasar una página para poder centrarse en el texto. Las imágenes
le recordaban pasajes enteros de los diarios de su tía abuela. Y las semejanzas
eran tan perturbadoras que comenzó a lanzar miradas alrededor de la cama y por
toda la pequeña y bien iluminada habitación, como si esperara de repente
encontrarse con alguien allí de pie, observándola.
Apartó
aquel pensamiento de su cabeza y pasó rápidamente por el capítulo dedicado a la
incipiente instrucción médica de Hessen y el alboroto organizado por uno de sus
tutores en Slade, que lo acusó de preferir el dibujo de cadáveres al de modelos
vivos y de «carecer de interés por la belleza». La única mención a Barrington
House era muy breve: se lo citaba únicamente como el lugar en el que había
vivido recluido después de la guerra.
Su
cautiverio durante el conflicto, sugería el autor, había quebrantado a Hessen y
había acabado con su carrera artística. «Hessen era un hombre privilegiado y
sumamente sensible, que no pudo soportar el estigma de ser un traidor ni las
duras condiciones de la prisión.» Sólo se le podía estudiar a través de su
arte, de sus dibujos. Y únicamente realizando un estudio de ellos desde el
punto de vista del psicoanálisis: «Su vida era una vida interior, y el único
esbozo veraz de quién era en realidad, de lo que había tratado de alcanzar, se
encuentra en su arte.»
No
era lo que ella deseaba leer. Y puede que el autor no estuviera en lo cierto,
de todos modos. Puede que hubiese algo más. Tenía la corazonada de que un
capítulo entero de la vida del artista permanecía aún por escribir: los años de
Knightsbridge, una historia insinuada en los diarios de Lillian que habrían
podido respaldar sus vecinos supervivientes si hubieran querido hablar con
ella. Puede que también ellos, Betty y los Shafer, hubieran visto los cuadros,
o al menos Lillian y Reginald les hubieran hablado sobre ellos. Quizá fuese un
tiro a ciegas, pero creía que debía hablar de todo aquello con el autor, el tal
Miles. En el reverso del libro se indicaba que trabajaba como conservador en la
Tate Britain, de modo que, si aún seguía allí, no sería difícil de localizar.
Continuó
buceando por las interpretaciones realizadas por Miles de las obras de Hessen
hasta tropezarse con algo concreto relacionado con el autor. Lo poco que se
decía sobre el pintor lo retrataba como un hombre irascible, desagradable,
rencorosamente vindicativo y, en última instancia, ajeno a los sentimientos de
los demás. Se hacían repetidas referencias a su mal genio, al que se culpaba de
enajenarle los pocos vestigios de amistad que había tenido antes de la guerra.
Ya
era un misántropo antes de su encarcelación en Brixton, al amparo de la Ley
18b, que permitía meter en prisión a alguien sin cargos ni juicio. El autor
sugería que una enfermedad bipolar podía haberse cebado en él antes de su
arresto, y lo describía como «un hombre exhausto, apático, paranoico,
posiblemente aquejado por indicios de
esquizofrenia
e hipermanía».
Un
conocido suyo, un escultor llamado Boston Mayes, aseguraba que nadie había
visto dormir a Hessen y que su rostro era cadavérico. Hablaba solo delante de
otros y a menudo olvidaba que estuvieran allí. Tendía a distraerse, era
taciturno y olvidadizo. «Una mente al borde del colapso.»
Existían
indicios de que, en los años veinte, se había embarcado en estudios poco
juiciosos sobre la hechicería enoquiana y la magia negra. Pero aparte de sus
esporádicos escritos sobre esoterismo, filosofía y política, publicados en
Vórtice a comienzos de los treinta en defensa del fascismo (lo que contribuyó a
afianzar su reputación), Miles Butler admitía que no tenía mucho material con
el que trabajar, aparte de los dibujos. De modo que eran éstos los que estaba
tratando de descifrar.
La
obra de Hessen era una investigación personal y profunda sobre una visión
interior, algo que había pasado su vida entera desarrollando. Se preparó con
investigaciones psíquicas mientras era estudiante, y luego con disciplinas
políticas extremistas, hasta que comprendió que las respuestas que buscaba no
existían en ninguna otra ideología o compendio de creencias. La filosofía y el
fervor fascista eran, en opinión de Hessen, meros vehículos que daban vueltas
alrededor del Vórtice, métodos para llegar hasta él o síntomas de su presencia.
Preparativos. Y sólo a través de su arte, con referencias a rituales
ocultistas, llegó
alguna
vez a acercarse al cumplimiento de su visión.
El
Vórtice era una región que, en las creencias de Hessen, existía en la otra
vida, el auténtico destino final de la consciencia humana: una terrible y
turbulenta eternidad sin luz que gradualmente iba reduciendo el alma a una
serie de fragmentos, una pesadilla perpetua cuyos habitantes no poseían ningún
control sobre su inevitable desaparición. La personalidad y los recuerdos se
convertían en meros residuos y la percepción final sólo era capaz de captar
terror, dolor, angustia, cautiverio, desorientación y aislamiento. A efectos
prácticos: el infierno. Las actividades paranormales representaban meramente el
último destello de estas almas perdidas, que luchaban por volver a sus vidas
desde el borde del Vórtice, donde las paredes que lo separaban del mundo eran
más finas y permeables.
Otro
capítulo detallaba la obsesión de Hessen con la muerte. Creía que la única
posibilidad de interpretar la existencia comenzaba con un estudio de su fin:
...cuando
la consciencia se enfrentaba a su final y al inesperado y devorador diálogo con
la extinción.
La
mejor evidencia de lo que sigue a esta vida se vislumbra en la máscara de los
muertos, una expresión facial lívida, sobre todo si los ojos siguen abiertos.
Nos ofrecen una vaga aproximación de lo que llamamos el alma y del lugar en el
que se ha perdido. En esos ojos
fue
donde atisbé por vez primera el Vórtice.
Y
aquello en lo que nos hemos convertido en esta vida, en las mayores
profundidades de nosotros mismos, determina nuestra posición en el siguiente
nivel.
Por
lo que el autor podía deducir de este hatajo de disparates pseudopsicológicos,
Hessen estaba convencido de la existencia de una especie de dualidad, como
Freud y Jung, pero de una naturaleza más mística y siniestra.
A
partir de sus estudios sobre fenómenos psíquicos en los años veinte, y de gente
que poseía el talento de hablar lenguas desconocidas para ellas, llegó a la
conclusión de que, en esencia, todos los cuerpos estaban ocupados por dos almas
que llevaban una existencia simultánea. La que se mostraba a los ojos del
mundo, conocida como la personalidad, era, en el mejor de los casos, una
construcción defectuosa. Una aproximación de lo que creábamos, por necesidad,
para nuestra supervivencia. Pero cuando la abandonábamos, en el momento de la
muerte, o en medio de la locura o de cualquier otro estado, o con mayor
frecuencia durante el sueño, se podía ver por un momento el otro yo.
Hessen
pasó su vida tratando de encontrarla por cualquier medio que tuviera a su
disposición: la eliminación del yo consciente mediante rituales
ocultistas,
el hipnotismo o la escritura y la pintura automáticas. Creía que, comunicándose
con ella, conociéndola y, en última instancia, controlándola en vida, podía
obtener no sólo información sobre la otra vida, la vida dentro del Vórtice,
sino un trasunto de consciencia, de vida después de la muerte, una animación
que serviría como puente entre el plano mortal y la otra vida, esa terrible
región muy próxima a aquél pero oculta a simple vista y ante los demás sentidos
primarios.
Su
arte, difícil de describir por medios lógicos o racionales, pretendía ser una
mirada pura y repentina de lo «otro», de lo que sólo se percibía en sueños, o
en momentos de euforia o desintegración mental. De lo que realmente existía
dentro del Vórtice, lo que Hessen llamaba «su población». Era algo que sólo se
podía entender e interpretar mediante lo «otro», en este caso, su arte.
La
desesperación, los sentimientos de alienación, los estados alterados de
consciencia, la psique desnudada y paralizada por la depresión: todos éstos
eran aspectos del incansable e infinito Vórtice y representaban una
aproximación a su implacable asedio alrededor de nuestras cortas y banales
vidas.
Apryl
tomó un sorbo de vino y cambió de posición para aliviar el calambre que tenía
en el codo antes de releer los capítulos anteriores sobre los dibujos
supervivientes, los primeros estudios de Hessen sobre
animales
muertos y deformidades humanas. Cuando todavía era un adolescente, en Slade,
había retratado con toda fidelidad, usando tinta, lápiz y pluma, las cabezas de
terneros muertos, las sonrisas blanqueadas de corderos degollados y los
horrores de las enfermedades congénitas.
No
sobrevive ningún desnudo clásico de este periodo, a pesar de que en Slade eran
obligatorios. Sólo se han encontrado sus fastidiosas representaciones de
animales muertos y deformidades humanas.
Trillizos
mortinatos, las cabezas de víctimas de enfermedades y los cráneos bulbosos
preservados por el Real Colegio de Cirujanos eran sus motivos predilectos. En
todo el espanto de las mutaciones infligidas por la naturaleza a los niños,
trató de destilar y recrear el impacto total de imágenes específicas, capaces
de inspirar horror y repulsión en sus espectadores. La repentina sorpresa
incómoda, la incapacidad de apartar la mirada, la percepción asombrada y sin
atenuantes de la malformación: éstas eran las reacciones que deseaba provocar.
«Es
mucho más plena que la belleza», había escrito Hessen en su fallida revista. En
la descomposición, la deformidad y la fealdad había encontrado muchos más
indicios de lo que existía dentro del Vórtice.
Al
insuflar una vida peculiar a sus obsesivos retratos de cadáveres y miembros,
creó un animismo. Como si,
después
de la vida, después del fin del yo, existiera una nueva animación a través de
un sentido— recuerdo de los restos físicos, un avance de aquello en lo que se
convertiría uno después de la muerte, o más bien de aquello en lo que quedaría
uno atrapado dentro del Vórtice.
Y en
el capítulo sobre sus recreaciones de híbridos animales y humanos que siguió a
esta fase —«las grotescas figuras preñadas de desesperación y dolorosas
contorsiones que le proporcionaron a Hessen una pequeña fama a título
postumo»—, Apryl descubrió más de lo que le habría gustado sobre esta caída en
el primitivismo.
Aunque
controlada, su expresión no es aún libre del todo, o ajena del todo, a lo que
aprendió en Slade bajo el influjo de los maestros italianos. Figura inclinada
que se agarra la cara, Mujer desdentada que bebe de un platillo y el resto de
sus primeros retratos figurativos reflejan su radical animadversión hacia las
ideas tradicionales de estética y belleza en el arte occidental, pero al mismo
tiempo sólo comienzan a insinuar su propia voz, el sello distintivo que se
haría tan asombrosamente aparente justo antes del fin de su trabajo. Aquí,
hacia el final de lo que se ha conservado de su obra, sus dibujos palpitan y
rebosan una percepción de la esencial fealdad de la humanidad tal
como
él la veía y del aislamiento y la angustia concomitantes a la existencia. En
los sujetos apenas se reconoce la gente que había visto en las calles, los
cafés, los pubs y las tiendas. Algunas de las figuras parecen más caninas que
humanas. Otras tienen extremidades que recuerdan a las de las cabras y los
chacales que había dibujado en el zoológico de Regent's Park, aunque con cabeza
de simio. Estaban trazadas con la seguridad de quien ha observado la vida y no
se limita sólo a mostrar lo que ha creado su imaginación. El propio Hessen
afirmó que era algo que él se había acostumbrado conscientemente a ver en
quienes lo rodeaban.
A
medida que leía, Apryl se sentía cada vez más incómoda con la mente que el biógrafo estaba desvelándole. Una mente
que había impuesto su atroz visión a Lillian y Reginald.
Cuando
comenzó a utilizar aguada, tinta, ceras y acuarelas, «la influencia del
surrealismo y lo abstracto sobre Hessen se hizo evidente».
Miles
Butler pasaba luego a describir los fondos de los dibujos con un detalle
que Apryl encontró profundamente
desagradable. Sólo había empezado a fijarse en ellos la segunda o tercera vez
que miró los dibujos.
Paisajes
neblinosos a medio formar que sé perdían flotando en dirección a algo que
parecía ser una nada
en
movimiento, un infinito, al borde de cada imagen. Alrededor de las finas
siluetas de las ventanas, o de figuras encorvadas en esquinas o agujeros, una
vez tras otra trataba de transmitir una sensación de vastedad. Nunca estática,
sino viva, palpitante, turbulenta, fría y vacua. Hay una ausencia de forma o
solidez que rodea y se traga los claustrofóbicos estudios de estas figuras
atrapadas en habitaciones mugrientas o que realizan solas tareas aparentemente
repetitivas. La mayoría de ellas andan a cuatro patas y semejan monos o
títeres, cuyos rostros golpean incesantemente las paredes en un fútil intento
de escapar.
Así
que estaba chiflado. Pero el último capítulo sobre su obra era más relevante de
lo que a ella le habría gustado. Aunque no más fácil de leer. Con el ceño
fruncido de concentración, sin acordarse del vaso de vino hasta que se calentó
y cobró un sabor amargo, leyó con atención las frases (a menudo más de una vez)
para tratar de relacionar aquella información con la influencia que Hessen
poseía sobre Lillian:
¿Por
qué un hombre que había pasado tanto tiempo en pos de su visión, perfeccionando
su trazo para capturarla, dejaría de repente de crear? No tiene sentido si
pensamos que nunca consideró sus dibujos otra cosa que notas preparatorias,
estudios preliminares antes de abordar la obra más importante:
una
recreación al óleo del Vórtice.
Puede
que la prisión hubiese puesto fin a estas aterradoras ambiciones, o que él
mismo destruyera su propia obra. Esto es lo único que podía ofrecer el autor
para explicar el hecho de que no se hubiera encontrado una sola pintura de
Hessen.
Sus
intenciones estaban muy claras en el número superviviente de Vórtice, así como
su frustración por la cantidad de preparativos necesarios para lograr su
visión. Pero es evidente que en algún momento pintó. Tuvo que hacerlo. Hessen
era demasiado resuelto, demasiado perseverante como para dejarse apartar de un
trabajo que había convertido todo lo demás en secundario. ¿Realmente podemos
creer que un ego tan monstruoso, con una visión tan apabullante, no fuera nunca
más allá de dibujos a lápiz y aguadas? Lo más probable es que sus obras
posteriores fueran destruidas por el propio artista.
No
podía haberlas destruido, porque Lillian y Reginald las habían visto. El autor
se preguntaba también lo que había hecho Hessen, totalmente solo, los cuatro
años transcurridos entre su salida de prisión y su desaparición. Esto recordaba
a los dos misterios debatidos sin cesar tanto por sus admiradores como por sus
críticos:
Existe
poca información sobre este periodo de su
vida.
Ya antes de la guerra era, en gran medida, un enigma. Y las pocas visitas y
modelos a los que Hessen franqueó la entrada a su estudio de Chelsea en los
años treinta cuentan historias contradictorias. El pintor Edgar Rowel, que
había alquilado un estudio cerca del suyo, afirmaba haber visto cuadros que lo
«afectaron
profundamente en las habitaciones de Hessen».
Frente
a esto, ni uno solo de sus conocidos de la época de Slade decía haber visto una
sola prueba de que jamás pintara un lienzo. Pero de nuevo frente a esto, una
modelo llamada Julia Swan hablaba de habitaciones cerradas, hojas cubiertas de
polvo, materiales de pintura y olor a óleos y disolvente en su pequeño estudio
de Chelsea, de toda la parafernalia, en fin, de un pintor que trabaja en su
propio alojamiento.
También
existe otra mención al estudio de Hessen en Chelsea en las memorias del pintor
francés Henri Huiban, quien había asumido que Hessen era un escultor atendiendo
a los estruendosos ruidos que hacía a todas horas. Y el poeta alcohólico Peter
Bryant, que durante breve tiempo entabló amistad con Hessen en la Biblioteca
Británica, propagó rumores sobre pinturas al óleo realizadas por él. Habló de
«cuadros gigantescos vislumbrados en las habitaciones a oscuras de Félix». Pero
en la taberna Fitzroy, Bryant también acostumbraba a declarar que era la reencarnación de un rey celta, así que
su testimonio
debe
tomarse, cuando menos, con cautela.
Brian
Howarth, un conocido de Hessen de la Unión Británica de Fascistas, que se
presentó una vez en su estudio para recoger unos documentos, también habló de
grandes lienzos apoyados de cara a la pared.
Para
frustración de Apryl, el libro planteaba más preguntas de las que respondía,
pero al menos el autor lo admitía.
¿Y
adónde fue el artista? ¿Cómo podía esfumarse sin dejar rastro un hombre de su
riqueza y su posición?
Pero
sí que existían rastros. Rastros que, a medida que pasaba el tiempo, se
desvanecían rápidamente. El problema había sido simplemente, comprendió Apryl,
que nadie había buscado en el lugar apropiado.
Tenía
la visión temblorosa, incapaz de concentrarse en nada. En vez de ello, sus ojos
revoloteaban de acá para allá, prendiéndose en fragmentos de cosas de las
calles. Jadeante y torpe, tropezaba repetidamente en los adoquines de las
calles o se tambaleaba como un borracho, como si no estuviera acostumbrado a
caminar erguido. Al tratar de apartarse desesperadamente de los demás peatones,
a veces perdía el equilibrio y se veía arrastrado hacia ellos. Estaba furioso y
sentía deseos de gritar.
No
tendría que estar en Londres. Pero se había condenado con alguna idea estúpida
y romántica sobre el arte. Se había extraviado allí, varado entre los
aterradores chillidos de los monos.
Era
algo que se podía sentir tanto como ver, aquella alteración en el entorno, en
la misma atmósfera. Allí donde la gente se congregaba en las calles, bajo
aquella llovizna fría, iluminada sólo por las farolas y los anuncios
fluorescentes, junto a pequeños supermercados y tiendas de licores,
restaurantes de comida rápida y pubs deprimentes, sentía una total aversión.
Una especie de contaminación invisible le impregnaba de nerviosismo las
entrañas. Algo parecido a una presencia, quizá eléctrica, llenaba su cabeza con
un zumbido estático, una indescifrable transmisión de ecos procedentes de otro
lugar
pero presentes de pronto allí, como si estuviera viajando por debajo o entre lo
que todos los demás experimentaran.
Pero
era difícil explicar cómo se había alterado el mundo. Sólo podría hacerse con
un vocabulario visual.
¿Poseía
la lucidez necesaria? Seguramente sus dibujos no fuesen otra cosa que grafitti
y basura. Y ésa sería la peor de todas las frustraciones: encontrarse al fin
con un atisbo de la verdadera naturaleza de las cosas —una verdad emborronada
por los medios, la educación, los interminables sistemas y códigos sociales, el
totalitarismo benigno que distorsionaba la existencia— y ser incapaz de
comunicarlo.
Al
llegar por fin a la estación de metro, se apoyó en una pared de azulejos para
liar un cigarrillo. Fue incapaz de articular palabra cuando un mendigo le pidió
fuego. Había olvidado cómo se hacía. Sus labios se movían, pero la terna de las
cuerdas vocales, la lengua y la mandíbula se negaban a coordinarse. Tragó
saliva y sólo pudo emitir un sonido ronco.
Se
preguntó por qué estaba allí. Qué lo había inducido a abandonar de nuevo su
habitación. Su propósito original era un enigma para él.
La
luz azulada de los cajeros automáticos y la iluminación roja y amarilla de la
estación de metro de Angel le inspiraron un vago deseo de emprender un viaje.
Gravitó por un instante hacia las luces, pero al poco se vio expulsado por las
multitudes que vomitaban los túneles.
Dejó
atrás la estación, pero entonces lo detuvo una
infranqueable
encrucijada de tráfico veloz, fuertes vientos y codos que se afanaban por
abrirse paso. Todo ello vibraba a través de sus huesos. Una multitud esperaba a
que el semáforo cambiara. Pero no había cantidad de perfume capaz de disimular
el tufo avinagrado de las mujeres. ¿De verdad le habían parecido alguna vez
atractivas aquellas criaturas? Había algo físicamente erróneo en todas ellas:
sin labios, de ojos saltones, con los dientes prominentes y los huesos
deformes. Con las orejas demasiado rojas y la piel decolorada por debajo del
maquillaje, los párpados pintados de rosa y el pelo calcificado. Seth se
estremeció. Pero los hombres no eran mejores, con sus bamboleantes andares
simiescos, sus húmedos hocicos perrunos y sus duros ojos de tiburón. Animales
peligrosos y amenazantes, con una fuerza bruta que aumentaba su potencial
explosivo con cada trago que engullían. Bestias asesinas que apestaban a paja
llena de excrementos y a levadura de cerveza.
No
logró cruzar la calle. Tras sólo un momento de vacilación, otra riada de
coches, bicicletas y autobuses, cuyos faros desdibujaban aún más las siluetas
de los edificios, pasó como una exhalación y lo dejó de nuevo inmovilizado en
el pavimento.
Era
como si lo hubieran abandonado en una ciudad extranjera, sin un mapa, incapaz
de entender una sola palabra de las que oía. Un abrumador deseo de librarse de
Londres lo hacía temblar de frustración. Cualquier cosa, incluso estar sin un
céntimo en otra ciudad, sería preferible a la mera existencia, desorientado y
zarandeado, en aquel
lugar
sin sentimientos.
Con
la cabeza gacha, derrotado, se alejó del tráfico. No podía volver por Essex
Road. Había demasiada gente allí. Se escabulliría por las callejuelas
adyacentes. Pero mientras trataba de recordar una ruta de vuelta a casa, vio un
bar que parecía vacío bajo un feo edificio de oficinas. Tal vez allí pudiese
refugiarse, en un rincón tranquilo junto a un radiador, y beber whisky.
Ya
era casi como si pudiera sentir el ardiente y revitalizante licor en las
mejillas y la garganta. Se acercó a la puerta del bar y se detuvo.
Sonaba
música dentro, y una o dos voces fuertes que trataban de hacerse oír por encima
del ruido. La idea de entrar lo hacía sentir nervioso, como si ya no fuese algo
fácil de conseguir. Y aunque pudiera llegar hasta la barra, se preguntaba si
sería capaz de hablar. Después de susurrar su propio nombre junto a la solapa
de su abrigo, abrió la puerta.
Fue
como entrar en un escenario bien iluminado. La repentina inmersión en un
espacio lleno de luz brillante y sonido lo hizo sentir mareado y asustado. Se
le hizo un nudo en la garganta. Delicadamente, sin levantar los ojos, se
concentró en poner un pie delante del otro por si se tropezaba con algo entre
las mesas y las sillas. Al llegar a la barra levantó la mirada, triste e
inseguro, y esperó a que lo atendieran.
Sólo
había un puñado de personas en el descuidado local, y todas ellas se apiñaban
alrededor de una enorme televisión para ver un partido de fútbol. Se alegró de
que
estuvieran
distraídas. Así nadie se fijaría en él.
Tenía
un aspecto espantoso, comprendió en el momento en que vio su deplorable reflejo
en el espejo que había bajo las luces. Pálido, con la ropa arrugada y manchada,
encorvado. Se estremeció de vergüenza. Pero ya hacía mucho tiempo, casi un año,
que su aspecto le traía sin cuidado. Eran evidentes los resultados del descuido
crónico de su apariencia, su dieta y su forma de vida. Su boca tenía un rictus
miserable y arrugado. Los ojos se le habían encogido hasta tornarse sendos
puntitos minúsculos y duros, enterrados en la piel ojerosa de las cavidades
oculares, tan fina como el papel carbón. Y también su tez tenía una lividez
antinatural, interrumpida sólo por las redecillas de capilares rotos que
cruzaban sus pómulos. Aparentaba sesenta años en lugar de treinta y uno. Era el
rictus de un muerto. Vio insensibilidad, desesperación, repulsión, la pérdida
de toda esperanza y de toda compasión. Su rostro era la única obra de arte que
había creado en el último año: una detallada y lívida representación de la ciudad.
En
una mesa, alejado de los demás clientes, su avidez de escapar fue creciendo con
cada trago de whisky que tomaba. Bebía a toda velocidad. El vaso nunca estaba
lejos de su mano y de su boca. El alcohol le aceleró los pensamientos y se dio
cuenta de que no había una sola razón para quedarse en Londres. Había sido un
descenso acelerado y dantesco desde el primer día. Una borrosa sucesión de
meses insípidos se había convertido en un año. Un largo, deprimente y grisáceo
borrón en su
existencia.
Un año del que había salido apenas civilizado, casi inhumano, como los demás.
Pero
siempre le había parecido imposible salir de la ciudad. Y era improbable que
pudiese cambiar su vida, o ralentizar la inercia de su declive, con la cantidad
de cosas que habían conspirado contra él. Con los turnos de noche nunca podría
encontrar el tiempo que necesitaba para organizarse. No era posible pensar
claramente con tantas ideas, tantos recuerdos, tantas escenas en su imaginación. El remolino que
había dentro de su cráneo siempre lo había mantenido clavado a la silla o
tumbado en el borde de la cama, fumando. Y puede que se resistiera a la única
alternativa real —un regreso avergonzado al hogar materno— porque tenía la
certeza de que eso lo destruiría. Pero poco quedaba ya por destruir. Al menos
allí podría recuperarse, dejar de trabajar por las noches y recuperar el sueño
perdido. Que era mucho. Podría cambiar el patrón debilitador, redescubrir su
voluntad, recuperar algo de entusiasmo. Sí, vio todo esto al quinto whisky.
Volver a casa no era una idea tan mala. No seguiría engañándose un segundo más:
salir de allí representaba, en aquel momento, su única esperanza de
supervivencia.
Llamaría
a su madre al día siguiente y luego, por la tarde, entregaría su renuncia en
Barrington House. Luego se marcharía. Así de fácil parecía en el taburete de
aquel bar. La sonrisa en su cara parecía extraña. Como congelada. Esa zona de
su rostro se había movido muy poco últimamente. Sospechaba que los diminutos
músculos
de la cara se le habían atrofiado.
Apagó
un cigarrillo en el cenicero y se guardó rápidamente el tabaco y el encendedor
en el bolsillo lateral del abrigo.
Al
salir, la mera idea de volver a su cuarto le provocó una repentina conmoción.
Le preocupaba recaer en el letargo de costumbre al volver al Green Man. Que la
urgencia por escapar desapareciese al día siguiente, al despertar de un largo y
vacío sueño.
Tenía
que actuar de inmediato, esa misma noche. Empezar a hacer las maletas. O lo que
fuese. Ya empezaba a sentir que se cerraba la pequeña abertura por la que había
pensado escapar. La lluvia, los desperdicios que arrastraba el viento, los
adoquines mojados, la interminable avenida... eran cuerdas decididas a
atraparlo con unos nudos contra los que sus torpes dedos no podían hacer otra
cosa que arañar inútilmente.
Agachó
la cabeza y se puso en camino. Embozado en su abrigo, elaboró una lista mental
de las tareas que debía llevar a cabo. Al menos tenía algo de dinero en el
banco. Su salario era de miseria, pero hacía mucho que no gastaba en nada que
no fuese comida. Había suficiente en su cuenta para salir de allí, volver a
casa y aguantar durante algunos meses.
Tal
vez, pensaría más tarde, si le hubieran dejado volver a su habitación del Green
Man sin demora aquella noche, todo habría salido bien. Habría seguido con sus
planes y se habría salvado. Y también a los demás.
Pero
al pasar junto a las bolsas repletas de ropa manchada y juguetes rotos que
había junto a la entrada de una organización caritativa, su futuro quedó
decidido.
De
repente, todo el movimiento y toda la luz de su mente fueron aniquilados.
Durante
un momento no estuvo seguro de nada: dónde estaba arriba, dónde abajo, en qué
dirección miraba o dónde estaban sus brazos y sus piernas. Su cuerpo entero
quedó ingrávido hasta que su hombro chocó con el escaparate de la organización
de caridad.
En
el interior, varios peluches abandonados, una diminuta tetera de porcelana y un
libro sobre gatos se estremecieron en sus estantes. Lo habían empujado contra
el escaparate. Cuando el frío cristal lo golpeó en la cara, el mundo y sus
dimensiones se reajustaron a su alrededor.
Inclinado,
con la cabeza agachada y apenas capaz de mantener el equilibrio sobre unas
piernas inestables, fue entonces cuando vio los zapatos sobre el mojado
pavimento. Tres pares de zapatillas blancas a su alrededor.
De
repente volvió a encontrarse erguido, retrocediendo, con los brazos abiertos de
par en par y la barbilla levantada. Por dentro
era todo blanco y tembloroso,
pero sentía distinto el costado izquierdo de la cabeza: era un gigantesco
entumecimiento.
El
frío quedó olvidado y el ciclón de listas mentales se esfumó al instante. Sus
ojos volaron en todas direcciones tratando de evaluar la situación y a todos
los implicados.
—Capullo
—dijo una voz aguda desde muy cerca.
—Vamos.
Vamos, joder —ladró un rostro moreno desde debajo de la visera de una gorra de
béisbol.
Sus
ojos estaban llenos de crueldad y de una extraña expectación, como si
estuvieran impacientes por la predecible respuesta.
Los
dos eran adolescentes ya mayores. Y Seth ya había visto antes al joven
pelirrojo, bebiendo con arrogancia de una botella de sidra Diamond White que
luego hizo añicos junto al local de apuestas. Al tercero no podía verlo, pero
sentía su presencia tras él, demasiado cerca.
Hubo
un momento de silencio, como si todo quedara en suspenso, y de repente el mundo
se convirtió en un roce de mangas de nylon mientras una descarga de puñetazos
caía sobre él.
El
primer golpe lo alcanzó en el pómulo, pero no le hizo daño. Recibió el segundo
en la frente y el tercero en un lado del cuello. Su cabeza se sacudía de un
lado a otro, pero los puñetazos no hacían ruido alguno, y al principio tampoco
daño. Era como si lo empujaran varias manos mientras trataba de moverse en
línea recta. Por alguna razón, trataba de alejarse caminando, como si no
estuviera sucediendo nada. Y esto puso a sus atacantes realmente furiosos.
Más
golpes, más puñetazos y patadas que le arrebataron todas las fuerzas de los
brazos y las piernas. No sentía las manos ni los pies. Dijo: «Largaos, joder»
con voz débil, sin pensar. El cuerpo se le llenó de aire caliente
y
comenzó a sentirse ligero. Era como si no pesara nada.
Pero
dentro de la cabeza algo arremetía contra su cráneo como un animal atrapado en
una cueva. Esto hizo que se sintiera enfermo, y tan asustado que habría dado
cualquier cosa por convertirse en uno de los ositos de peluche abandonados de
la tienda de beneficencia en lugar de lo que era: un montón de carne que sólo
servía para recibir las patadas, los puñetazos y las atenciones de zapatillas
blancas y nudillos rojos.
No
podía hablar. Sus ojos volaban en todas direcciones sin fijarse en nada. Unos
dedos de hierro lo zarandearon de acá para allá y luego los golpes volvieron a
empezar. El chico pelirrojo con la chaqueta de Tommy Hilfiger propinaba
puñetazos a Seth con tal velocidad que era como si temiese que su víctima
desapareciera en el momento en que sus nudillos pecosos dejaran de estar en
contacto con su cara.
Seth,
retorcido y agachado, recibía la mayor parte de los golpes en los hombros, en
la nuca, en uno de los codos y en las costillas. Pero estaban empezando a
dolerle.
Saltó
hacia un espacio que se había abierto entre los brazos que lo agredían tratando
de escapar, pero una mano lo agarró por el cuello del abrigo y lo obligó a
mantenerse erguido, para que su cara permaneciera expuesta a la tormenta de
golpes.
Emitió
un sonido como el llanto de un niño. Trató de pensar qué podía haber hecho para
que lo golpearan con tanta saña. Nada podía explicar la urgencia de sus puños y
sus pies. Era como si no tuvieran tiempo para destruir
como
es debido a otro ser humano. La gravedad los frenaba y eso los ponía furiosos.
Un
puño negro como el carbón alcanzó a Seth en los dientes y sintió que la cabeza
se le llenaba de hielo agrietado. Algo hecho de lino se desgarró dentro de su
boca. La misma mano volvió a caer, a caer y a caer. El mundo sucio y convulso
se desintegró en brillantes motas blancas que caían hacia abajo.
«Voy
a morir. No van a parar hasta que esté muerto.» Seth sintió frío. Los ojos se
le llenaron de agua. Algo crujía y tintineaba dentro de su nariz. Un grueso
grumo de saliva y sangre escapó de entre sus labios y un nuevo golpe lo aplastó
sobre su mejilla.
Pensó
en tratar de escapar de nuevo de los puños, pero la idea no se transformó en
acción. Cada vez le costaba más pensar en algo.
—¡Cabrón!
¡Cabrón! ¡Cabrón! ¡Cabrón!
Las
respiraciones de sus agresores se transformaron en gruñidos. Estaban tratando
de golpearlo y patearlo tan de prisa que comenzaban a cansarse y cada vez eran
más lentos. En su mundo, oscuro y cabeza abajo, resplandecían unos destellos.
Cuando
Seth se desplomó dejaron de gritar
«¡cabrón!».
Pero desde el pavimento implacable oyó que uno de ellos exhalaba un resoplido
de excitación.
Uno
de ellos le dio una primera patada en el pie. Los otros dos iniciaron una
especie de contienda o baile hecho de puntapiés que dejó cubierta de golpes la
cara, los hombros, la espalda, los muslos y la barriga de Seth. La
barriga
era lo que más buscaban.
Seth
trató de ponerse de rodillas. El niño aterrorizado que había en su mente estaba
chillando.
¿Es
que nunca iba a terminar? Las patadas seguían y seguían. Tenía las dos piernas
inutilizadas desde el muslo hacia abajo y uno de los brazos ya no le obedecía.
El dolor de las costillas le impedía moverse. ¿Le habrían perforado los huesos
rotos los delicados órganos internos? Podía verlo todo dentro de su mente
histérica.
«Así
que se acabó —dijo una vocecilla dentro de la esfera blanca en medio de la
oscuridad donde se había refugiado su yo—. Pronto todo será de color negro. Así
es como termina.» Y entonces, muy cerca, más allá de la hinchada y caliente
oscuridad de los párpados cerrados a cal y canto y de las manos que le tapaban
la cara, oyó que, con un chirrido y un estremecimiento, un autobús se detenía.
Y luego unos pies bajaron a la acera.
Venían
sus salvadores a llevarse a aquellas hienas de allí, a llamar a la policía y
luego a una ambulancia, a ponerle una chaqueta bajo la cabeza para que
estuviera un poco más cómodo sobre el suelo. Una cálida esperanza expandió la
diminuta esfera de consciencia que había dentro de su cabeza. Estuvo a punto de
gritar de alivio. Pero entonces oyó que el autobús arrancaba y los golpes
volvieron a comenzar.
De
tanto dar patadas con las blandas zapatillas debían de dolerles los pies. Es
mucho mejor dejar que caiga la parte acolchada sobre el cuerpo. Así que la
emprendieron a pisotones. Le doblaron los brazos y las
piernas.
Le aplastaron una oreja contra la cabeza, que comenzó a arderle y quedó
amoratada. Le arrancaron el pelo de raíz con el arañazo de unas zapatillas de
suela de goma hechas para mantener la adherencia en todo tipo de climas.
Alguien
pasó, se detuvo y luego dijo:
—Calma,
calma, calma —con una voz perezosa pero jovial. Los pisotones cesaron. Las
últimas patadas fueron las más dolorosas. La penúltima le subió las tripas
hasta la garganta y estuvo a punto de hacer que se le salieran los ojos de las
órbitas.
Cuando,
agotados y cojeando a fuerza de patear un cuerpo con tanta saña, terminaron con
él, se alejaron de allí tambaleándose, cansados, eufóricos y realizados.
Era
demasiado difícil para su mente registrar todas las partes del cuerpo que tenía
dañadas, así que lo inundó por completo de un fluido cálido. Y, aunque parezca
imposible, pudo levantarse sin problemas de huesos rotos. Se miró el cuerpo. No
estaba tan mal, pensó. Sucio y mojado por los golpes que le habían dado sobre
el pavimento, pero al menos no había sangre ni huesos a la vista. Sólo veía las
huellas de los pisotones, las marcas cruzadas de las suelas de sus agresores.
Casi se sentía decepcionado de no haber sacado nada por sus esfuerzos, nada que
mostrarle al jurado. Pero cuando trató de echar a andar, la idea no pasó de sus
caderas. Y todo el lacerante infierno del dolor de su cuerpo se le metió hasta
el tuétano de los huesos.
Cayó
al suelo.
Y
luego arrastró su cuerpo, como una muñeca rota, hasta el portal de una tienda.
Demasiado
aterrado para moverse, no fuera a empeorar más aún el blando calor de su dolor,
perdió la noción del tiempo que estuvo allí tendido, en el portal de la tienda
de beneficencia. Sentía ganas de vomitar y llorar al mismo tiempo. Estaba
esperando a la ambulancia, a la policía. Alguien tenía que haberlas llamado.
Había mucha gente en aquel autobús. Docenas de pies habían pasado a su lado
desde que cayó al suelo, desde que aquellos pies mugrientos terminaran con sus
patadas y pisotones.
Creyó
poder aliviar el dolor con un leve balanceo, pero luego la cosa empeoró. No
podía sentarse ni tenderse sin que la agonía se levantara como una ola
gigantesca. La piel de su cara estaba ardiendo, sensible y tensa a causa de los
enormes chichones que le habían salido en la cabeza, unos chichones duros como
el hueso. Para respirar tenía que hacer breves inspiraciones, porque sentía
como si las costillas fuesen viejos pasamanos de madera que se hubieran hecho
añicos y tuviese astillas por todas partes. Tenía la mano izquierda entumecida
y la rodilla derecha se le había hinchado como una verdura deforme hecha de
carne fibrosa y salada. No podía doblar aquella pierna, y hasta el peso de los
vaqueros y el zapato de ese pie le causaban un dolor atroz. Tal vez no pudiese
volver a doblarla. Tenía la parte derecha del cuello en carne viva y pegajosa.
La
gente continuaba pasando a su lado bajo la lluvia. Al llegar junto a él
apretaban el paso. Dos veces pidió
ayuda.
Dos chicas lo miraron, pero palidecieron al ver el estado de su cara. ¿Podían
ver la gran grieta negra de su cara? Estaba allí, podía sentirla. Su cerebro
entero, tierno y de un color entre rosado y grisáceo, presionaba contra ella,
tratando de salir al aire tras décadas enjaulado en su acuosa prisión. Los pies
que lo habían golpeado trataban de liberar ese torturado órgano. Quería llegar
a un hospital y que le inyectaran una dosis de morfina.
En
un momento determinado, la respiración se le aceleró y se desvaneció, pero
luego despertó mareado y embargado por una sensación de náuseas bajo el abrigo.
Cuando pasó el asfixiante terror, se levantó apoyándose en la pierna sana.
Usando la mano entumecida y apoyando el peso en la rodilla que no estaba
lastimada, se apoyó contra la puerta de cristal. Había casi un kilómetro de
camino hasta el Green Man. Podía llevarle toda la noche, y tenía la seguridad
de que podía caer en coma en cualquier momento. Pediría ayuda desde su cuarto
si era capaz de llegar allí.
Cerró
un momento los ojos para recuperarse del agotamiento de estar en pie, pero
volvió a abrirlos rápidamente, sobresaltado por el sonido de unos pies que se
acercaban desde la izquierda. Una forma voluminosa se le aproximó tambaleándose
y alargó una mano. Seth se encogió y retrocedió de un salto al mismo tiempo
chocando contra la puerta de la organización de beneficencia.
—Aquí
el amigo es demasiado bueno para beber con gente como tú y como yo. Pero te voy
a decir una cosa. Y
te
la voy a decir gratis... —La cara del vagabundo era un amasijo de tejido
cicatrizado y capilares reventados. Cada ojo miraba en una dirección distinta.
Su olor era asfixiante: alcohol, podredumbre escrotal, insondables capas de
sudor debajo de lana de segunda mano... Le metió a Seth una lata negra debajo
de la nariz. Éste apartó la cara a un lado y respiró por la comisura de los
labios.
El
mendigo estaba demasiado cerca, inclinado sobre él, escupiéndole en la cara
mientras hablaba de «aquí el amigo». ¿Quién era «aquí el amigo»? Seth estaba
confuso. El mugriento brazo del vagabundo lo rodeó por el cuello. Lo cubría una
manga con un dibujo de rombos grises y rojos, manchada de marrón y deshilachada
a la altura de la muñeca. La aspereza de aquella horrible lana en el cuello lo
hizo chillar.
—Me
han atacado. Me han atacado, joder. No me toque. No me coja del cuello.
Pero
el mendigo no lo escuchaba. Sólo quería hablar sobre «aquí el amigo» y rociar
la cara ensangrentada de Seth con su aliento a podredumbre.
Arrastrando
la pierna inútil tras de sí y con la cabeza inclinada para concentrarse, Seth
se apartó del vagabundo de un salto y comenzó el viaje más duro y agotador de
toda su vida, un viaje en el que cada grieta del pavimento y cada pequeña
inclinación de la calle se dejaba sentir sobre todos sus lastimados nervios y
hacía que su piel se cubriese repetidamente con una capa de sudor frío. El
vagabundo, que había confundido a Seth con uno de los suyos, siguió parloteando
sobre «aquí el amigo».
Era
como si nada de lo sucedido se debiera al azar. Como si no hubiera nada casual
o accidental en lo que le había sucedido aquella noche. Como si fuera obra
deliberada de alguien de la ciudad, o de la propia ciudad. Fuera lo que fuese,
aquella maligna inteligencia lo quería humillado y reducido a la impotencia por
atreverse a darle la espalda. Había estado observándolo. Sabía que tenía pocas
defensas y lo había reclamado para sí.
Se
echó a llorar. El mendigo volvió a rodearle el cuello con el brazo y estuvo a
punto de tirarlo al suelo. Creyó que iba a desvanecerse por el dolor. Parecía
que no había castigo suficiente, por intenso que fuese. No bastaba con que
hubieran estado a punto de matarlo a patadas y pisotones; además tenía que
terminar cubierto de mierda. Asaltado por un loco cuyo sudor apestaba a vómito.
La noche y sus tormentos debían prolongarse eternamente porque había osado
desafiar la voluntad de la ciudad. Había planeado rechazarla, darle la espalda
al papel miserable que le había reservado.
—Voy
a romper cada puta piedra en dos —le susurró al miserable individuo del jersey
podrido—. La voy a poner de rodillas, lo juro por Dios todopoderoso. Y luego la
reduciré a escombros.
El
vagabundo se echó a reír y volvió a ofrecerle la lata negra.
Seth
había entablado contacto. Había dado el salto. Sus ojos eran iguales. Ahora
hablaban el mismo idioma y compartían los mismos secretos sobre la ciudad.
«Esto
es lo que pasa cuando llamas al 999 y pides que venga la policía.» Primero
habían tardado mucho en contestar. Luego había respondido un mensaje que decía
que todas las operadoras estaban ocupadas. Seth sintió que se le hinchaba el
pecho con un atracón de frustración. El mensaje estaba tan claro como siempre:
no dejes que te pase nada o que te salga algo mal porque no hay ayuda, sólo la
promesa, la ilusión de que llegue. Pero no podía pasar también con la policía,
¿verdad?
Colgó.
Lo hizo con tanta fuerza que el teléfono cayó por el costado de la librería y
rebotó contra el suelo.
Atontado,
retorcido de dolor, se columpió adelante y atrás, sujetándose las costillas y
la mano hinchada. Lloró con amargura hasta que comenzó a dolerle y tuvo que
dejarlo. El llanto utiliza los músculos del estómago, los pulmones, la
garganta, la cara e incluso la columna vertebral. No se dio cuenta de ello
hasta que todos estos órganos comenzaron a protestar. Sus atacantes le habían
negado hasta la posibilidad del llanto. Tenía que aceptarlo como era, soportar
el dolor, no quejarse, no concederles su victoria.
Tenía
varios dientes medio sueltos y sanguinolentos en la boca machacada. Se formaban
burbujas de sangre sobre sus labios. Comenzó a crear fantasías. Fantasías
rojas, húmedas, en las que la comadreja pelirroja moría lentamente ante la
mirada impasible de Seth. Sería la última cosa que vería, la última cosa que
tendría derecho a ver. Y una carnicería para el negro, el que lo había agarrado
del abrigo para que los puños pudieran partirle
los
dientes. Las mismas oportunidades para todos aquellos chulos.
Primero
probó a tenderse en la cama, pero las almohadas, la manta y las sábanas le
rozaban la piel como si se la hubiera cubierto con unas cuerdas. Luego se hizo
un ovillo junto al radiador, pero el suelo no fue más misericordioso. Las
sillas no le ofrecían alivio y estar de pie era una agonía. Se tragaba el
paracetamol a puñados, pero las pastillas eran como diminutos bomberos que
dirigían impotentes sus finos chorros de agua contra las feroces paredes de
fuego que convertían tanto lo sólido como lo líquido en un gas de dolor.
Lo
único que lo consolaba eran las visiones de la futura confrontación, cuando los
hubiera cazado. Debía negarse a permitir que el tiempo y el inevitable proceso
de curación ablandaran su determinación homicida. No podía permitir que su
mente se protegiera borrando sus caras. Sus caras de perro. Sus ojos
amarillentos de animal.
Sus
manos se arrastraron por la seca alfombra en busca de papel y un lápiz. Uno de
sus ojos estaba llenándose de humo y gelatina. Le resultaba difícil ver las
líneas, la definición. La luz era demasiado escasa y el cuaderno de dibujo era
un lienzo inapropiado para su deseo de capturar aquellos rostros que no dejaban
de aparecer en sus pensamientos, los rostros universales de la ignorancia y la
crueldad.
No
se contentaría con menos que una representación magna de los parásitos que
corrompían la carne de la humanidad: la antítesis de la razón, el talento y el
progreso.
Una
obra así requeriría de trazos largos, audaces y primitivos. Una total ausencia
de sutileza. Puños azules. Tommy Hilfiger. Carne cruda. Gucci. Encías negras.
Stone Island. Ojos amarillos. Rockport.
Quería
rugir como un león sobre un suelo de cemento. Y bramar como un oso polar de
pelo amarillo y desgastado hasta la piel rosada a fuerza de rozarse contra los
azulejos de las paredes de su jaula en el zoológico. Calcinar el techo hasta
ennegrecerlo con su odio. Liberar su furia. El perdón se valora en exceso. La
compasión ha muerto.
Abrió
las latas de pintura y se acercó a las paredes con las manos húmedas.
Miles
Butler sonrió.
—Lo
que no consigo entender es por qué le interesa Hessen. —Apryl atisbaba cierto
brillo travieso en sus ojos inteligentes. Desde que se encontraran para cenar
en Covent Garden no había parado de reírse. Era uno de esos raros individuos
que te ganan mostrándose modestos hasta el extremo y que nunca parecen tomarse
a sí mismos demasiado en serio a pesar de su brillantez. Uno de esos jugadores
que emplean tácticas diferentes, pero que no por eso dejan de ser jugadores.
Tenía
un rostro curtido, pero aún apuesto y distinguido. Hasta las arrugas que
rodeaban sus ojos resultaban atractivas. Y Apryl se había enamorado del
clasicismo de su corte de pelo, al estilo de los oficiales de la segunda guerra
mundial: ya entrecano, pero brillante, pulcro y cortado en capas por los lados.
También su ropa tenía aire clásico. Pantalones de cintura alta, sujetos con
unos tirantes en los que ella reparó cuando se quitó la chaqueta y la dejó
colgada del respaldo de la silla. Lo único que habría añadido a sus zapatos de
charol, su camisa blanca con gemelos y su corbata de seda retro era un sombrero
trilby. Se complementaban de un modo que no había anticipado: se había puesto
uno de los exquisitos vestidos de lana de su abuela, con unas medias de nylon
con costuras llamadas Cocktail Hour y unos zapatos de
tacón
cubano con la punta ligeramente inclinada a la altura de los dedos.
—¿Qué
tiene de raro que me interese el arte? ¿Es que tengo cara de tonta?
Miles
se rió y negó con la cabeza.
—No.
Pero... vaya, no se parece usted a ningún otro de los entusiastas de Hessen que
he conocido. Para empezar, es demasiado atractiva. Y demasiado elegante como
para perder el tiempo con El tríptico de las marionetas. Por no hablar sobre
Estudios sobre la cojera.
—¿Tendría
que estar entonces en Harvey Nicks, probándome unos Jimmy Choo? ¿O persiguiendo
a míster Big por la oficina?
—Desde
luego. ¿Por qué perder buena parte de sus vacaciones estudiando a un oscuro
artista europeo? Y tampoco demasiado importante, ya que estamos. — Puede que
estuviera flirteando, pero no lo decía de modo despectivo hacia ella. Apryl se
daba cuenta de que lo intrigaban sinceramente sus razones para haberlo llamado
e interrogarlo sobre Hessen—. Es usted una muchacha misteriosa. Un auténtico
enigma.
Apryl
se echó a reír y tomó un trago de vino para disimular la calidez del rubor que
ascendía por todo su cuerpo. ¿Por qué no se le había ocurrido hasta entonces
quedar con hombres maduros?
—Bueno,
es posible que exista una conexión familiar.
—Sí,
ya lo mencionó por teléfono. Soy todo oídos. — Tomó un buen bocado de sus
linguine vongole.
—Mi
tía abuela Lillian vivió en el mismo edificio que él.
Barrington
House. Y ha muerto hace poco.
—Lo
lamento.
—No
pasa nada. Nunca llegué a conocerla. Pero le dejó el piso a mi madre. Y como le
da pánico volar, he venido a encargarme de todo.
—A
cambio de la mitad del botín.
—Que
ya me he ganado de sobra. Debería ver el lugar. —Pensó en hacer un chiste sobre
el tema, pero la frivolidad parecía fuera de lugar con aquel asunto.
Simplemente, el apartamento era algo con lo que no era capaz de bromear—.
Escribe sobre él en sus diarios.
—Me
tiene usted en vilo.
Apryl
asintió con la cabeza y paladeó el interés de su acompañante.
—Nunca
salió de allí. Pero la cuestión es que Lillian, mi tía abuela, no se encontraba
bien, ¿sabe? Estaba realmente perturbada y, no sé, echaba a Hessen la culpa de
ello, por lo que pensé que debía averiguar más cosas sobre él. Así que encontré
una página web y leí su libro. Y...
—Y
está usted horrorizada.
—No
exactamente. Sus dibujos me resultan realmente aterradores, pero... Todo este
misterio sobre él y su relación con mi tía abuela es un poco alucinante. Nunca
pensé que me vería metida en algo así, pero tengo que averiguar lo que les pasó
a Lillian y Reginald en ese edificio. Lo que les hizo ese hombre. Porque les
hizo algo. Y cuanto más averiguo sobre su arte y la gente que lo conocía, más
me convenzo de que fue algo malo. Algo terrible, en realidad. Puede que mi tía
abuela estuviese
loca,
pero aquello no era un invento suyo. Estoy convencida. Pero ¿qué le estaba
haciendo y cómo se lo hizo?
No
hizo mención alguna a sus experiencias con fenómenos inexplicables dentro del
apartamento. La habría tomado por loca.
Miles
asintió y le llenó la copa.
—¿Sabía
usted que todo el que estaba cerca de él, por poco que fuese, sufría desórdenes
de personalidad? Todos murieron jóvenes o acabaron en instituciones mentales.
Atraía a los perturbados, los traumatizados y los excéntricos. Gente inadaptada
y extraña en todos los casos. Incapaz de desenvolverse en el mundo en el que
habían nacido. Individuos que veían cosas, cosas diferentes, y no
necesariamente lo que veía todo el mundo, orbitaban a su alrededor. Pero creo
que lo que usted sugiere es que fue él quien le hizo eso a su tía abuela. Lo
cual es una perspectiva novelesca, que puede que fuese su influjo lo que
explique el comportamiento de los demás. Es una idea que nunca se me había
ocurrido.
Llenó
la copa de Apryl hasta la mitad. Miles giró la botella para evitar que goteara.
Estaba tratando de emborracharla para eliminar los últimos vestigios de su
nerviosa formalidad. Decidió que no le molestaba. Estaba bien soltarse un poco.
Londres era un sitio desconcertante, pero justo cuando la ciudad había
conseguido que se sintiera realmente deprimida, de repente le mostraba también
su cara romántica. Hacía una eternidad que no se vestía con esmero y se
arreglaba para una cita. Y aquella
noche,
lo que la seducía era la sensación de las infinitas oportunidades que contenía
la ciudad. ¿Cómo se podía llegar a conocer realmente un lugar como aquél? Miles
rellenó su propia copa.
Apryl
tomó un sorbito de vino y entornó los ojos sobre el borde de la copa.
—Sabe
usted mucho sobre él. Pero ¿merece su respeto un hombre que estaba tan pirado?
Ahora soy yo la que tiene curiosidad por saber qué le interesa de él.
Miles
sonrió.
—Me
gustan los incomprendidos del mundo del arte. Y él era un personaje
interesante. Fascinante, de hecho. Se sentía obligado a llevar hasta su
culminación una visión artística totalmente alejada de los valores y los gustos
de su tiempo. Eso me impresiona. Debió de hacerle falta mucho valor para llegar
hasta donde llegó.
—¿Para
dibujar cadáveres? ¿Y animales despellejados? ¿Y esas asquerosas marionetas? Es
una visión del mundo muy triste, ¿no le parece?
—Sí.
Pero el mundo ha cambiado muchísimo desde el final del siglo XIX. Piense en lo
que supusieron Freud y Darwin para las creencias religiosas. Por no hablar de
los horrores de la primera guerra mundial. Matanzas mecanizadas.
Industrialización. El auge del marxismo. Los inicios del fascismo. La
preparación de la gran lucha ideológica. Estos movimientos se manifestaron de
muchas formas. Formas fraccionadas, discordantes, caóticas. Y él ocupó un lugar
en todo aquello, sólo que el reconocimiento únicamente podía llegarle a título
postumo. Creo que él lo
sabía
desde el principio. Pero no le interesaba la admiración ajena. Nunca cultivó
amistades ni influencias. Lo hizo por sí solo. Y para sí mismo. ¿No le parece
increíble? ¿Sobre todo en estos tiempos? ¿Dedicar la vida a una visión personal
sin pensar en la recompensa?
Apryl
sonrió.
—Lo
siento, estaba haciendo de abogada del diablo.
Es
una mala costumbre que tengo.
Miles
le guiñó un ojo.
—En
efecto. La vida podría haber sido muy fácil para Hessen. Un hombre adinerado,
educado en Slade, apuesto, erudito, culto, con talento... Ahora que lo pienso,
me parezco un poco a él. —Lo dijo con expresión muy seria hasta que ella rompió
a reír.
Le
ofreció la cesta del pan.
—Tenía
acceso a las mayores mentes y los mayores talentos de su época. Por no hablar
de la lista de bellezas apetecibles que sin duda revolotearían a su alrededor.
Pero optó por decisiones que debían, con toda certeza, hacer su vida más
difícil. Increíblemente difícil. Buscó la muerte y la dibujó constantemente. El
momento de la muerte en los hospitales y el momento posterior a la muerte en
los depósitos y las salas de operaciones. Estaba obsesionado con las rarezas
médicas. La deformidad. La desfiguración. Pasó sus mejores años tratando de
entender la muerte y la idea del cautiverio. La incapacidad y la inmovilidad
social. Revolcándose en ellas. Dedicaba los fines de semana a sobornar a
enterradores en los cementerios y el resto de los días a
dibujar
ovejas desolladas y restos de animales en los mataderos del East End. O a
retratar los miembros deformados y los rostros de pobres infelices que sufrían
todas las formas imaginables de la enfermedad y la incapacidad.
—Una
vida de lo más alegre, vamos.
—Exacto.
¿Y sus veladas cuando era joven? Nada de fiestas. En su lugar, se dedicaba a
investigar a todos los místicos, videntes y expertos en magia negra que había
en la ciudad o a asistir a sesiones de espiritismo. No hay ninguna prueba de
que se relajara alguna vez. O se enamorara. Que sepamos, nunca hizo una sola
cosa que no estuviera directamente relacionada con su visión. No conozco ningún
otro artista tan obcecado en un tema. Pasó una década entera tratando de
perfeccionar el dominio de la línea y la perspectiva, para luego lanzarse de
cabeza a la distorsión, asegurando que era la única visión verdadera. Una
recreación del Vórtice. El epítome de la maravilla, el terror y el asombro. Un
lugar de fuera de este mundo al que sólo se podía acceder a través de la
locura, el sueño, el subconsciente profundo y la propia muerte.
—¿Realmente
cree que era tan bueno?
—Es
difícil de decir. ¿Por lo que conocemos? ¿Lo que sobrevivió? ¿Esos últimos y
terribles dibujos sobre lo humano y lo animal aprisionados en paisajes sin
forma? Verá usted, yo creo que lo más interesante de Hessen era lo que estaba
tratando de conseguir. Sus dibujos eran meros estudios. Esbozos iniciales para
cuadros que nadie ha encontrado nunca. Y encima, que apoyara públicamente
el
fascismo con esa revista suya, Vórtice... ¿Cómo quiere que no me sienta
fascinado por un tipo así?
Apryl
sonrió.
—Estoy
segura. ¿Cómo dice que se llamaba?
—No
me haga volver a eso. —Levantó una ceja y la miró de un modo que Apryl sintió
que una parte de ella se deshacía.
—He
buscado en Amazon y sólo he encontrado su libro. —No mencionó las docenas de
malas críticas publicadas por miembros de Amigos de Félix Hessen.
—En
este país no se nos da bien cuidar de nuestro patrimonio cultural. Si quiere
encontrar algo de interés sobre la pintura o la poesía británicas del siglo XX,
el lugar para hacerlo es Estados Unidos. Es irónico, lo sé, pero no queda nada
de él aquí. Aunque tampoco creo que hubiera mucho al principio. La contribución
de Hessen a la modernidad es difícil de valorar. Ése es el problema. Los mitos
que lo rodean son mucho más grandes que las evidencias reales sobre su
habilidad o su influencia. No queda nada, aparte de los dibujos. Si hubiera
pintado algo, sería distinto. Pero no basta con bocetos a lápiz y a carbón.
Algunos de ellos son extraordinarios y apuntan a una visión formidable. Pero
dudo que llegase a cristalizar alguna vez. Aparte de algunos conocidos suyos,
nadie llegó nunca a ver un solo cuadro. Y no queda más remedio que proyectar
ciertas dudas sobre la fiabilidad de sus testimonios. Porque cada uno vio algo
distinto.
Tomó
un largo trago de su copa mientras ella admiraba el rubor que afloraba a sus
facciones cuando se
emocionaba
al hablar. Y qué voz. Por nada del mundo quería interrumpirla. Le habría dado
igual que estuviera leyendo el reverso de una caja de detergente. Podría
haberse pasado toda la noche escuchándola.
—Estaba
adelantado a su tiempo. En potencia, creó un nuevo lenguaje visual, impregnado
de antiestética, filosofía y política radical. Más allá del vorticismo, el
futurismo, el cubismo y el surrealismo, anduvo solo, siguiendo su propio
discurso creativo desde una edad muy temprana. Incluso se lo podría definir
como un filósofo ocultista. Mal comprendido en su tiempo y prácticamente
ignorado desde entonces. El azote del conservadurismo de la clase media
británica y la bohemia acomodaticia. Un pintor que veía en el arte la adoración
de algo sobrenatural y el medio para alcanzarlo. Lo realmente sorprendente es
que nadie escribiera sobre él antes que yo.
Aquella
mención a lo sobrenatural la hizo sentir incómoda de repente. De hecho, estuvo
a punto de agriarle el buen humor.
—¿Cree...?
—¿Qué?
—¿Que
tenía poderes, o algo así?
—¿Poderes?
—Sé
que parece una locura, pero mi tía abuela le tenía muchísimo miedo.
—Bueno,
estaba muy versado en rituales ocultistas. Probablemente bajo la tutela de
Crowley, la Gran Bestia 666, aprendió los rituales de invocación más avanzados.
¿Quién sabe
lo que podría
hacer creer a gente
impresionable?
—Pero
¿y si no fueran todo fantasías?
—Me
está usted tomando el pelo. —Miles se echó a reír mientras partía un panecillo
con los dedos.
—Supongo...
—Era una pregunta estúpida y lamentaba haberla hecho. A su alrededor, la gente
estaba dedicada a comer y a charlar bajo las luces brillantes de un restaurante
moderno. Fuera, los taxis pasaban y los espectadores hacían cola para entrar en
la ópera. Era un mundo de teléfonos móviles y tarjetas de crédito. No había
fantasmas. Puede que estuviera empezando a perder un poco el norte al llenarse
la cabeza con las locuras de Hessen y Lillian.
—Y
el misticismo no es tampoco un punto a su favor, al menos desde el punto de
vista de los críticos —continuó Miles—. De hecho, cuando estaba investigando
para el libro, todos los historiadores de arte y conservadores de museo que lo
conocían me dijeron lo mismo; lo tenían por un sujeto absurdo, un personajillo
insignificante en comparación con sus contemporáneos.
—Supongo
que uno puede acabar por creerse cualquier cosa si la piensa durante el tiempo
suficiente — respondió ella con lentitud.
Miles
no la oyó. Estaba ocupado observando con mirada concentrada la superficie densa
y carmesí de su copa de vino. Apryl tomó un sorbo de la suya.
—¿De
veras cree que pintó algo?
—Estoy
totalmente convencido de que lo hizo. Pero sospecho que lo destruyó al ver que
no estaba a la altura
de
sus ambiciones. Que eran considerables. Era muy duro consigo mismo. Se puso
metas inalcanzables. O eso o la prisión acabaron con él.
—He
pensado en ello. Ya sabe... si pintó cuadros y si alguien llegó a verlos. Como
mi tía abuela y mi tío abuelo.
—¿Cree
que hay en algún sitio una serie de cajas polvorientas llenas con sus obras?
Hay gente que ha sugerido que creó cuadros más radicales que cualquier otro
modernista o que cualquier otro artista posterior. Eso estaría muy bien. Pero
¿dónde?
—Se
está burlando de mí...
—No,
nada de eso. Sólo es un reflejo de mi decepción por no encontrar nada. Y sabe
usted que he buscado con diligencia. Hablé con la testamentaría, con parientes
lejanos y con los hijos de cualquiera que lo hubiera mencionado alguna vez. Por
no hablar de la familia del coleccionista que compró los dibujos antes de que
lo encerraran. Hessen se desprendió de ellos. Desde su punto de vista, ya
habían servido a su propósito. Pero no encontré una sola pista fiable que me
permita asegurar que alguna vez terminó un solo cuadro.
—Pero
¿y lo que pasó después de la guerra?
¿Averiguó
algo sobre lo que hizo entonces?
—Apenas
cruzaba la puerta de su apartamento. Se recluyó. Nunca tuvo más que un puñado
de conocidos, la mayoría de los cuales murió antes de los cuarenta. Y no hay
rastro de correspondencia alguna tras su salida de la prisión de Brixton. Así
que, aunque hubiese pintado algo,
¿quién
iba a verlo? En su momento me pregunté si podría
haber
regalado algún cuadro pintado por él antes de desaparecer, puede que a un
coleccionista privado. Pero salvo que ese coleccionista o sus herederos salgan
algún día a la luz, nunca lo sabremos. Es trágico. Creo que estaba a punto de
crear algo extraordinario, pero por alguna razón nunca lo empezó o lo destruyó.
Esta última hipótesis me parece más plausible. A pesar de su determinación y su
valor, era un sujeto inestable.
—Sigo
sintiendo curiosidad.
—Como
yo en su momento.
—Me
gustaría mostrarle los diarios de mi abuela. Sólo para ver qué le parecen.
Seguro que sabe interpretarlos mucho mejor que yo.
Miles
sonrió.
—Me
encantaría, Apryl. Lo siento, seguro que la he aburrido soberanamente.
—En
absoluto. Aunque, por lo que a Hessen se refiere, estoy llegando al punto de
saturación. No era él quien me interesaba, sino mi tía Lillian. Pensé que podía
descubrir algo sobre ella investigándolo a él. Voy a ir a una reunión de Amigos
de Félix Hessen. Y hay un par de personas en el edificio con las que me
gustaría hablar, pero luego se acabó. Para siempre. No quisiera terminar como
Lillian.
Miles
la miró con el ceño fruncido y luego enarcó una ceja.
—Bueno,
entiendo lo que dice, pero...
—¿Qué?
—Pues
que me inspira usted ciertas sospechas.
Aparte
de su encanto físico y de las puertas que seguro que éste le franquea, sospecho
que en realidad es usted una solitaria, como Hessen, y que, en secreto, la
atrae su mística.
Ella
se ruborizó. De repente, la idea de que estuviera flirteando le inspiró un poco
de miedo, pero también de excitación.
—Puede
que sea una solitaria, pero Félix Hessen no me gusta en absoluto. Y no soy una
chica con intereses místicos. Cualquiera que esté relacionado con él está loco.
—¿Incluido
yo?
—Sobre
todo usted.
Los
dos se echaron a reír exactamente al mismo tiempo.
—Me
pregunto lo que le pasaría —caviló Apryl—. Se supone que desapareció, pero los
diarios de Lillian hablan de él como si nunca se hubiera marchado. Es muy
extraño.
—Bueno,
a todo el mundo le gusta un buen misterio. Y esfumarse sin dejar rastro puede
ser un legado muy trivial, pero al menos es un legado, y podría servir para
amplificar una reputación limitada hasta transformarla en algo que no era en un
primer momento. Sería algo especialmente irresistible para gente de
inclinaciones místicas..., sobre todo si la desaparición se aplicase también a
sus supuestas obras maestras.
—Seguro
que en Amigos de Félix Hessen no opinan como usted.
—Nunca
he esperado gran cosa de ellos. Para ser unos aficionados, poseen un encomiable
entusiasmo, pero
no
es una organización académica. Su ocultismo es del tipo superficial. Es la
relación de Hessen con lo ritual lo que los obsesiona. Aunque se jactan de su
rigurosa erudición, si no recuerdo mal. En sus publicaciones y demás. Es un
grupillo singular, sin duda. Se encontrará usted con algunos bichos raros si
decide ir a la conferencia. Se lo digo por experiencia. Antes recibíamos
peticiones suyas para consultar los archivos de la Tate. Las enviaban a todos
los museos y galerías. Buscaban el depósito secreto de las ilustraciones
prohibidas de Hessen. Cosas que, según ellos, se habían ocultado por sus
simpatías pronazis o algún disparate similar. Pero, a pesar de todo, siento
debilidad por los aficionados con entusiasmo. —Se echó a reír—, Y quién sabe,
puede que al viejo Félix le alegrase saber que había servido como inspiración
para un culto que, convencido de su importancia, acosa cada cierto tiempo a los
principales museos. Y después de todo, existe la posibilidad de que sea la
gente como Amigos de Félix Hessen la que tiene razón. Puede que la vía
ocultista y la interpretación de los sueños representen el único modo de llegar
a entenderlo.
—No
lo cree así, ¿verdad?
—No.
La verdad es que no. Pero dejé de buscar. Y no sólo porque no encontrara
absolutamente nada. —Se recostó en su asiento, dejó la servilleta sobre la mesa
y suspiró—. La verdad es que ya no me interesa demasiado. Perdí un poco el
apetito.
—¿Por
qué?
Miles
se encogió de hombros.
—Se
me metió dentro. Apryl se echó a reír.
—No,
lo digo en serio. Si pasas demasiado tiempo cavilando sobre su obra, comienzas
a sentirte del mismo modo. Hasta me produjo pesadillas. Es muy extraño. Sentía
que él se me estaba acercando, mientras que yo, en cambio, no podía hacer lo
mismo. No sé qué significaba aquello, pero no me gustó. Y me he sentido mejor
desde que terminé el libro. Para serle sincero, no me molestará cuando se
agote. No me gusta que me lo recuerden. La época en que lo escribí... fue
complicada para mí, desde un punto de vista personal. Tenía otras cosas en la
cabeza, pero sus obras tampoco me ayudaron demasiado. Me convertí en una
especie de nihilista. Porque eso es lo que era Hessen. No era capaz de ver otra
cosa que el final de la vida. La miseria. La soledad esencial de la muerte. Y
sus predicciones sobre lo que venía después eran igualmente siniestras. Y yo no
soy masoquista, Apryl.
Apryl
pensó en lo que le acababa de decir. Tenía sentido. Después de pasar algún
tiempo mirando los dibujos de Hessen y leyendo sobre él, también había sentido
la necesidad de reintegrarse a la vida normal. Ir a ver una película, comer en
un restaurante, caminar entre la gente. La visión de Hessen era opresiva.
Asfixiante. Demente. Conseguía metérsete dentro y te inspiraba una mórbida
introspección.
—Es
una pena que no viva en Londres —dijo Miles después de tomar un último trago de
vino. La botella
estaba
vacía.
—¿Por
qué? —preguntó ella con voz suave mientras bajaba deliberadamente los párpados.
Hacía mucho que no tenía la ocasión de mostrarse provocativa. Era agradable.
—Porque
me encantaría volver a verla. Podríamos unirnos a Amigos de Félix Hessen. Ir
juntos a sus reuniones. Sería muy romántico.
Apryl
soltó una risilla. No le importaría quedarse más tiempo en Londres si eso
implicaba salir con Miles. Al menos había conocido a alguien cuerdo y sociable,
además de atractivo a la manera británica. Y alguien que podía ayudarla a
entender al maníaco que tanto impacto había tenido sobre aquella rama lejana de
su familia. No podía evitar sentirse seducida por su discreta confianza, su
británico sentido del humor, la profundidad de su voz y la sonrisa traviesa de
sus ojos. Todas estas cualidades estaban enfocadas sobre ella en aquel momento.
Le inspiraban deseo. Nunca le habían faltado pretendientes y los hombres no
solían rechazarla, pero algunos dejaban más huella que otros. ¿Le gustaría
también a él?
—¿Qué
sucede? —preguntó Miles—, Tiene una mirada muy extraña.
—Me
estaba preguntando si te gusto.
Miles
tragó saliva y usó la servilleta para secarse la frente.
—Será
mejor que pidamos unos cafés bien cargados.
—¿Existe
una señora Butler?
—Ya
no. No sabía con certeza si quería ser padre. No
sabía
con certeza si quería ser muchas cosas que ella quería que fuese.
—¿Novia?
—Nada
serio.
—Cabrón
mentiroso... Miles levantó la mano.
—Estamos
empezando. Es la verdad. Pero si se enterara de que estamos manteniendo esta
conversación, se pondría furiosa. Y se sentiría dolida. Y yo me sentiría como
un gusano. Cosa que no me gusta. Ya tengo suficientes líos en la cabeza.
—Pero
estoy segura de que podrías superarlo.
—Contigo
como incentivo, estoy seguro de que podría superar muchas cosas. —Durante un
breve instante, mientras hablaba, la sonrisa se borró de su rostro y Apryl
detectó una pequeña expresión de anhelo. Esto la dejó sin aliento. Y también
sintió el impacto entre las piernas.
De
modo que sí le gustaba. Y puede que más de lo que ella sospechaba. Pero ¿por
qué tenía que ser todo tan complicado? Así eran las cosas cuando te acercabas a
los treinta y seguías siendo soltera. Sobre todo porque, invariablemente, los
hombres maduros y carismáticos como Miles estaban casados. Había leído sobre
mujeres que tenían líos con hombres así. Siempre estaban casados con alguien a
quien subestimaban, pero por quien volvían a descubrir un vínculo
inquebrantable llegado el momento de tomar una decisión. Terreno pantanoso,
pues.
—Qué
bonito —dijo, con un leve exceso de amargura para su gusto.
—Es
la verdad. Eres encantadora, Apryl. ¿Por qué no iba a estar interesado? Eres
una joven preciosa. Y brillante. Y un poco loca, de un modo encantador.
Irresistible, de hecho. —Su expresión sonriente había regresado.
Ahora
que había recobrado la compostura, Apryl detectaba en él cierta reticencia a
correr riesgos con sus emociones. Otra cosa que tenían en común. Si no volvían
a verse, pensarían el uno en el otro.
—Puede
que sea el vino, o que soy una zorra, pero he estado a punto de preguntarte si
querías ver el apartamento de mi tía abuela.
—Un
lugar poco inspirador para la pasión.
—En
eso no te equivocas. Salvo que fuese algo realmente retorcido, como el
sadomasoquismo.
—Ponte
el abrigo. Lo has conseguido.
Apryl
se rió por lo bajo, aunque, sin poder evitarlo, sintió un acceso de recatada
decepción.
—A
tu novia no le va a gustar que te saque por ahí tan tarde.
—Alto.
Te estás portando muy mal. —Pero hasta sus reprimendas tenían cierto
atractivo—. Pero en serio, me encantaría ver Barrington House por dentro. Me
pregunto si habrá cambiado mucho desde que Hessen vivió allí.
—No
lo creo. Es totalmente retro. Y al apartamento de Lillian no le han dado una
mano de pintura desde los años cuarenta.
—Y
el diario... también me gustaría verlo...
—¿Sus
diarios? Claro, te los prestaré. Los que aún
son
legibles. Los últimos son un verdadero galimatías. Pero debes tener cuidado con
ellos; quiero llevármelos a casa. Cuando vendamos el piso, no quedará gran cosa
de Lillian. Sólo algunas fotos y los diarios.
—¿Cuántos
son?
—Hay
un buen montón. Veinte.
—¿En
serio?
—Y
todos tratan sobre tu adorado Félix.
La
miró con enorme intensidad, con un rostro casi severo.
—Fuera
de bromas, ¿de verdad tratan sobre Hessen?
Apryl
asintió.
—Si
me hubieras prestado atención antes, ya te habrías dado cuenta de que es así.
Pero tienes que leerlos por ti mismo. Yo no sería capaz ni de empezar a
describirte cómo son. Dan miedo. Y son la principal razón de que me haya mudado
a un hotel.
—Pues
no estabas exagerando —dijo Miles mientras miraba el pasillo—. Esto es
increíble.
—¿A
que sí? Pues tendrías que haberlo visto antes. Lo he vaciado de la mayoría de
la basura. Lillian casi nunca tiraba nada. Había listines telefónicos de los
años cincuenta.
—Puede
que algunas de esas cosas tuvieran su valor.
—No
soy idiota, Miles. Vendí todo lo que lo tenía a unos marchantes.
—Ya.
—Y,
por suerte para mí, mi tía abuela también conservaba la ropa. Esto era de ella.
—Dio una vuelta sobre sí misma para mostrarle el vestido, al que creía que no
había prestado la suficiente atención.
—Ya
me parecía que tenía un aire de autenticidad — dijo él mientras estudiaba las
finas costuras en la parte trasera de sus piernas.
—Y
también el olor, por desgracia. Tendré que disimularlo con perfume hasta que
pueda llevarlos a que los limpien en seco.
—Parece
hecho para ti.
—Gracias.
—Lo
digo en serio, realmente te va.
Ella
adoptó una pose de Betty Boop y lanzó un beso. Los ojos de Miles se
ensombrecieron. De deseo, si ella no estaba equivocada. Se volvió y continuó
hacia el interior del piso.
—¿Tu
tía abuela tenía problemas? —preguntó, como para limpiar la atmósfera del
erótico azoramiento que parecía haberla impregnado.
—No
se encontraba demasiado bien. Pero se sentía... perseguida. Por su pasado,
creo. Me da la impresión de que nunca superó la muerte de su marido. No tenía
amigos. Lo único que hacía era desvariar aquí sola, planeando escapar de la
ciudad. Pensaba que Hessen la había encerrado aquí. —Sintió el deseo de
mencionar las insinuaciones de Lillian sobre la «quema» de algo, posiblemente
el trabajo de Hessen, y los tormentos que, en su imaginación, el artista había
desatado sobre Reginald y
sobre
ella, pero fue incapaz de hacerlo. Quería gustarle a Miles, no que pensara que
era una chiflada obsesionada con los malos espíritus, los fantasmas y otros
disparates sobrenaturales de ese tipo. Le dejaría leer los diarios para que se
formara su propia opinión.
En
el salón, rebuscó en la caja llena de fotografías que había descolgado de la
pared.
—Qué
triste, ¿no? —dijo él en voz baja mientras contemplaba un retrato de Lillian y
Reginald en un soleado jardín de alguna parte. Apryl sabía exactamente qué
quería decir. Acabar así: como una caja llena de fotografías en manos de unas
personas que no llegaron a conocerte nunca.
El
lugar ya estaba empezando a agriarle el humor. Aquella noche con Miles era lo
mejor que le había sucedido desde su llegada.
—Vamos,
te enseñaré las habitaciones y luego puedes acompañarme a buscar un taxi.
Quiero salir de aquí. Ya he pasado demasiado tiempo en este sitio. Ahora quiero
divertirme un poco antes de volver a Estados Unidos.
Miles
observó las paredes manchadas que lo rodeaban.
—No
es buen lugar para una jovencita, en efecto. Es demasiado lúgubre, pero también
conmovedor, en cierto modo.
—Pues
deberías probar a pasar una noche aquí.
—¿Es
una invitación?
—Por
mí no hay inconveniente, si quieres intentarlo.
Pero
yo no pienso dormir aquí de nuevo hasta que se venda. Ya te he dicho que me da
escalofríos.
—Pero
tu tía abuela vivía aquí. Llevas su ropa y parece que te gusta su mundo.
—Lo
sé. Y es verdad. Pero es el sitio. El edificio entero, para serte sincera. Hay
algo que no me gusta en él.
Miles
frunció el ceño por encima de su sonrisa.
—En
serio, ¿por qué dices eso? Sólo es viejo. Pensé que te gustaba lo viejo.
Ella
negó con la cabeza.
—No,
no se trata de la antigüedad del sitio ni tampoco de que hace siglos que no
limpian el piso. No es eso. Es el sitio en sí; el edificio. Sé que parece una
locura, pero lo cambió todo para Lillian. Y creo que tuvo mucha parte de culpa
en lo que le sucedió a Reginald, fuera lo que fuese. Hay algo raro en este
sitio. Algo malo. Si pasas el tiempo suficiente aquí, comenzarás a sentirlo.
Miles
la miró con el ceño fruncido.
—Crees
que estoy diciendo tonterías. Pero lee algunos de los diarios y puede que
comprendas lo que quiero decir. Este lugar está hecho de locura y pesadillas.
Es un edificio enfermo, Miles. Muy enfermo. Como Hessen.
En
el dormitorio, mientras ella buscaba los diarios en el armario, Miles dijo:
—¿Por
qué está al revés el espejo? ¿Y esto es un cuadro? ¿Puedo verlo?
—Oh,
sí. Son mis tíos abuelos. Lo encontré en el sótano. Subí el espejo para poder
probarme su ropa,
pero...
—¿Qué?
Es una belleza.
—Lo
es. Pero no sé... me da un poco de miedo.
Miles
amagó con reírse, pero se detuvo de inmediato al ver su cara.
—Lo
siento. No me estoy burlando de ti. Realmente el lugar da escalofríos. Habría
que cambiarle las luces.
—No
conseguirías nada. Es como si las paredes y el suelo se tragaran la luz. —No
hacía frío en el cuarto, pero sintió un escalofrío al decir esto.
Miles
la rodeó con el brazo y la miró a los ojos.
—Quieres
salir de aquí. —Ella asintió—. Gracias por esto. —Levantó uno de los diarios
que le había dado—. Me cuesta creer que esté a punto de leer algo sobre Hessen
escrito por alguien que lo conoció después de la guerra. Es todo un hallazgo.
—Estaba
obsesionada con él. Pero te advierto que son muy inquietantes. No los leas
antes de meterte en la cama.
—Te
lo prometo. Y quizá pueda ayudarte a descubrir lo que estaba pasando aquí.
Apryl
asintió.
—Eso
estaría bien. —En un acto impulsivo, se puso de puntillas y le dio un beso. Al
apartarse, él parecía sorprendido. Se disponía a disculparse, pero entonces
Miles se inclinó sobre ella y la atrajo para darle un beso más largo y más
profundo.
A
las tres de la mañana, Seth entró en el apartamento dieciséis. Y se quedó allí
de pie durante veinte minutos.
En
el momento mismo en que encendió las luces, los fragmentos de una pesadilla
reciente emergieron de su memoria: las baldosas negras y blancas, las largas y
rojizas paredes del pasillo, las antiguas puertas, los grandes cuadros
rectangulares, colocados en perfecta simetría e iluminados por la sucia luz que
pugnaba por escapar del cristal descolorido de las pantallas. Sí, había estado
allí antes. Era como una prolongada sensación de déjà vu que desafiaba todas
las leyes de la realidad que siempre había dado por sentadas.
Pero
un detalle significativo era distinto. En el sueño, las pinturas no estaban
tapadas. Allí sí, bajo largas sábanas de tela envejecida. Seth cerró la puerta
tras de sí. Con una mueca de dolor, su mano lastimada dejó caer el llavero de
acero en el bolsillo de sus pantalones.
Algo
lo había convocado a aquel lugar. Algo que se movía en su interior cuando
pasaba junto a la puerta principal. Algo que lo había llamado por el teléfono
del edificio y había implantado visiones en su sueño. Algo que lo había seguido
hasta su casa.
Sus
problemas se habían multiplicado justo después de las primeras incidencias en
el piso. Lo que había achacado a la depresión, la falta de sueño y el
aislamiento
se
podía atribuir en realidad a aquel lugar. Podía sentirlo. Parecía imposible,
pero estaba confirmado. Allí mismo y en aquel momento.
Y
era inevitable que fuese allí. Lo habían convocado.
Se
estremeció. Ver aquello era traumático. Pero el vuelo en círculo de sus
frenéticos pensamientos cesó. Por primera vez en mucho tiempo su mente estaba
libre de todo, salvo de un terror que creció hasta transformarse en reverente
sobrecogimiento. Una sensación tan intensa que casi no lo dejaba ni respirar.
Avanzó
por el pasillo caminando lentamente, sobre pies inseguros, incapaz de seguir
posponiendo el encuentro con un lugar que llevaba medio siglo vacío.
Todas
las puertas del pasillo estaban cerradas, y la idea de abrir la puerta central
de la izquierda, la que llevaba a un lugar en el que la definición de las
paredes, el suelo y el techo quedaba desdibujada por una glacial infinitud de
oscuridad, donde las cosas que equivocadamente había tomado por pinturas se
movían, bastó para que se encogiera. Lo sintió, al principio a su alrededor y
luego sobre él. La sensación había salido del sueño con él y seguía adherida a
él.
Se
detuvo junto al primer cuadro del pasillo y, haciendo un acopio de voluntad, se
obligó a levantar la polvorienta muselina que cubría el marco. Tenía el tamaño
de una ventana grande. Con dedos temblorosos, desató el nudo de la tela de la
esquina inferior del pesado marco. Trató de levantarla lentamente. Pero al
tirar de ella por abajo, la sábana, muy ceñida al marco, cayó deslizándose
pesadamente
y aterrizó sobre el suelo con un rumor sordo. Como un golpe en el estómago, el
impacto de la cosa retratada en el cuadro lo alcanzó al instante. La primera
sensación de asombro se transformó rápidamente en náuseas y desorientación,
como si aquella criatura deforme, vestida con traje y corbata, estuviera transmitiendo directamente su
tormento a su propio
cuerpo.
Seth
retrocedió tambaleándose, incapaz de apartar los ojos de la pintura o de
parpadear siquiera. ¿Qué era aquello, aquella criatura desgarrada, con el
rostro borrado por un brochazo de dolor blancuzco? Al instante sintió un
vínculo con la violenta defunción de la figura, su pérdida del yo, su
desintegración.
No
era una representación de algo humano o animal, pero insinuaba ambas cosas.
Había en ella elementos que se podían discernir: la boca abierta y aullante;
los dientes cubiertos por una película de sangre; una lengua hipertrofiada que
asomaba entre los labios; la insinuación de una garganta retorcida en la
asfixia; un ojo, o algo parecido a un ojo, sólo que colocado en el lugar
equivocado de la borrosa cara, abierto de par en par y tan repleto a su vez de
terror y tormento que Seth fue incapaz de aguantarle la mirada. Sintió el deseo
de volver a ocultar aquel ojo inyectado en sangre, aquella pupila escarlata,
inundada y a punto de reventar. Parecía totalmente real, a pesar de la
distorsión y del borrón del inexistente rostro.
Quienquiera
que hubiese sido la figura, en su día había sido destruido. Aún quedaban
vestigios de su traje y
de
su corbata en una horripilante parodia de normalidad, pero los miembros habían
desaparecido. Unos muñones de bordes irregulares se confundían con el aura ocre
que parecía santificar su mutilación.
Eran
los estertores de la muerte. Pero suspendidos en aquel terrible espacio negro
para toda la eternidad. No la vida, sino una especie de animación. Un
movimiento posterior a la muerte repetido hasta el infinito. Comprendió el
mensaje al instante.
Le
dio la espalda a aquella carne húmeda encerrada en tela, pero embargado por una
especie de euforia, una admiración sobrecogida ante la mano que había logrado
captar la cúspide misma del terror y la aniquilación. Pensó en sus propios
esbozos, desperdigados alrededor de la manchada alfombra de su habitación en el
Green Man. Se acordó de la figura encapuchada de su sueño, que vagabundeaba por
un paisaje de hierba cubierta de excrementos de perro y hormigón manchado de
orines, que farfullaba con demente lógica infantil sobre gente que quedaba
atrapada en cosas, en lugares, después de la muerte. Atrapada durante mucho
tiempo. Hasta que llegaba la oscuridad. ¿Era aquélla la oscuridad de la que
hablaba?
El
siguiente cuadro, de casi un metro ochenta de altura por, al menos, un metro
treinta de anchura, cayó sobre su mente excitada del mismo modo que un cubo de
agua que te arrojan sobre la cabeza hace mil pedazos la comprensión y genera
desorientación. Dejó paralizado todo lo que tenía dentro, excepto la
electricidad del terror.
Y
aquél era precisamente su objetivo: convertirse en algo que sólo los locos
pudieran contemplar y soportar.
Y
después de recobrar el aliento, el equilibrio y una temblorosa noción del
espacio y del yo, se fijó en el fondo en el que estaba suspendida la figura.
Aquella exhibición de violencia y fragmentación no era nada sin las
profundidades que tenía detrás. La figura, con un hocico de babuino y sin ojos,
pero horriblemente retorcida en su bata de flores, ensangrentada y todavía
húmeda, flotaba sobre una oscuridad total. Una ausencia completa que aun así
conseguía transmitir el frío del espacio profundo y las inaprensibles
dimensiones de la eternidad. Era el más maravilloso ejemplo del uso del empaste
que hubiese visto nunca, pensó estúpidamente mientras lo embargaba el deseo de
echarse a reír como un histérico frente a aquella pringosa blasfemia. Un fondo
que empujaba a su protagonista hacia fuera, como si éste estuviera a punto de
caer a sus pies, donde aullaría y sacudiría las garras en una agonía tan larga
como para convertir un siglo en un mero suspiro.
Sí,
al instante comprendió que estaba captando retazos de criaturas que habían
subido a la superficie desde una interminable y congelada oscuridad. Una
eternidad en la que se depositaban cosas terribles, pero que afluía hacia un
punto de luz cada vez que aparecía una abertura. Tal como había sucedido allí.
Un lugar en el que no podía vivir nadie. En el que no debía haber nadie. Pero
al que había accedido alguien para retratar aquellas cosas.
Caminando
como un borracho de cuadro en cuadro, fue arrancando las telas que los cubrían.
Ante sus ojos aparecieron imágenes que lo dejaron tan mudo que fue incapaz
hasta de proferir un grito. Incapaz de hacer otra cosa que exhalar algún que
otro gimoteo de bebé frente a criaturas que brincaban sobre sus huesos de
animal, o ciegas a causa de sus párpados cosidos, que escupían como gatos
agonizantes con las encías negras y colmillos como agujas, que agitaban las
piernas como los ahorcados en los cortometrajes de noticias antiguos, en blanco
y negro, con los miembros agarrotados enroscándose sobre sí mismos y las
cabezas transformadas en rugidos, desollados como corderos, o rosados como
crías de roedor muertas.
Y se
supo capaz de recrear toda aquella distorsión y deformidad que estaba
contemplando. En aquel pasillo rojizo colgaban representaciones del potencial
que tenía dentro, como los brillantes cadáveres de la sala frigorífica de una
carnicería. Grasa amarilla, huesos puntiagudos, rojo brillante: la carne y el
sebo del horror humano.
También
había vislumbrado los primeros signos de aquella rabia bestial, aquella
aniquilación de la razón y la decencia, en los lugares más prosaicos. En el
autobús. En las laberínticas calles de Londres. Al caminar por los iluminados
pasillos de un supermercado. Aquella terrible contaminación hecha de fealdad,
crueldad y autodestrucción, de narcisismo compulsivo, codicia y odio, de
brillante y llamativa locura, había empezado a brotar y a coagularse a su
alrededor en la ciudad. La veía en otros
ahora
que los había despojado de la inescrutable fachada de la piel. Había aprendido
a ver más allá, más abajo, en el lugar donde moraba el Diablo. El infierno era
un espacio viviente dentro de todas las membranas de la carne que se disfrazaba
temporalmente de humana.
Cayó
de rodillas. Las lágrimas le ardían en los ojos, un piadoso y salino respiro
frente a lo que estaba clavado a las paredes ante él, aullante y distorsionado.
El
genio.
Lloró
frente al genio. Lloró de gratitud por lo que se le había mostrado. Una clase
magistral para guiar sus patéticos bosquejos y garabatos. Tenía que empezar de
nuevo. En cuanto volviese a casa. Cubrir las hemorragias de pintura con vendas
sucias antes de hacer nuevas cicatrices en las paredes y los techos de su
cuarto. Y luego regresar allí, noche tras noche, para atracarse de aquel terror
y aprender a recrear lo que caminaba a su alrededor por aquella ciudad. Su
mugrienta habitación se convertiría en el templo de un nuevo renacimiento.
Trabajaría hasta caer rendido. Atraparía aquel impacto, aquella disolución de
la identidad y la sacudida mareante que se producía al encontrarse frente a
ellos.
Reptó
sobre manos y rodillas hasta la puerta más cercana. La abrió. Vio iluminadas, a
la vaga luz rojiza del pasillo, paredes repletas con nuevas maravillas
cubiertas. Quería estar enfermo, eyacular y orinarse encima al mismo tiempo.
Era demasiado. Tenía que tomar aquella medicina inmunda con cuidado, en dosis
pautadas, o perdería hasta el último vestigio de la cordura que necesitaba para
plasmar
al óleo su propia visión.
Al
asomarse por la puerta de la siguiente habitación, la que lo había aterrorizado
en sueños, vio largos y hermosos espejos en todas las paredes, entre cuadros
cubiertos. Y supo que las visiones que había debajo de las sábanas le pararían
el corazón o lo paralizarían con un ataque si cometía el error de contemplarlas
durante demasiado tiempo. Así que se incorporó lo mejor que pudo y miró en
derredor, desesperado por encontrar una salida de aquel lugar, donde los
cuadros le gritaban con todas sus fuerzas. Era un estrépito. Una cacofonía.
Todos ellos querían que los mirara y que se perdiera en su interior. Pero antes
de que pudiera salir de la habitación de los espejos, vio moverse algo por el
rabillo del ojo.
Tres
veces, demasiado de prisa para desplazarse sobre unas piernas, apareció en la
superficie de uno de los espejos, como salido del interior del reflejo del que
había en la pared opuesta. Y luego, al volverse él para mirarlo, se esfumó.
Demasiado veloz para seguirlo con los ojos. Desapareció en el interior del
reflejo o lejos de los fragmentos de su mente exhausta, capaz de imaginar tales
cosas.
No
había nadie en la habitación. Nadie alto y flaco. Con el rostro tapado. Con
vendas tensas y teñidas de rojo. Debía de haberse visto a sí mismo. Fundido con
las paredes rojizas. Las paredes de muerte que lo rodeaban.
Huyó
del apartamento. Se secó los ojos y se despegó la camisa húmeda de la espalda.
Cerró la puerta y echó la llave. Se dirigió hacia la escalera. Pero se detuvo
antes de
bajarla,
incapaz de moverse, al oír que las puertas interiores del apartamento
dieciséis, una a una, se cerraban.
En
el exterior, el amanecer comenzaba a disipar la sólida oscuridad de la ciudad,
a diluir y vivificar el aire denso y frío de la noche, pero hasta el más leve
atisbo de la luz del día le provocaba una agonía detrás de los ojos. Con las
piernas agotadas por el cansancio, se arrastró escalera arriba del Green Man.
Por
lo general, después de su turno, volvía al cuarto y se desplomaba sobre la cama
deshecha. Se cubría con las sábanas húmedas y caía exhausto. Pero aquel día no.
Tenía trabajo que hacer.
A
pesar del dolor de los moratones y las magulladuras de la paliza, estaba
devorado por la inspiración. Hacía años que no se sentía así, totalmente
poseído por las ideas y las imágenes. Y ahora sentía el impulso irreprimible de
plasmarlas antes de que se evaporaran de su mente.
Tras
salir del apartamento dieciséis, se había sentado a la mesa del portero y había
llenado de inmediato dos cuadernos con esbozos. Sólo tenía que dejar que sus
manos amoratadas deslizasen los lápices hasta gastarlos. Una especie de impulso
creativo automático se había apoderado de él y había comenzado a llenar página
tras página con sugerencias y fragmentos de lo que había visto allí arriba.
Y
ahora tenía trabajo que hacer en sus propias
paredes.
No había tiempo que perder. El deseo de crear podía abandonarlo de nuevo.
Durante años, incluso, si no consagraba todo su ser a la tarea de inmediato. Su
voluntad y la destreza, poca o mucha, que conservaran sus lastimados músculos,
tendones y nervios tenían que dejar allí su marca. Sobre las paredes.
La
que había sobre la cama y encima del radiador desteñido estaba cubierta de
impresiones aceleradas e inacabadas de las abominaciones que había visto en
Londres. Pero no podía abandonar la línea. La perfección de la línea. El
artista del apartamento dieciséis la había mantenido intacta por debajo del
caos del color y de la violencia de sus trazos. Seth lo había notado.
Así
que tenía que cubrir los tristes esbozos de sus propias y exiguas paredes con
algo negro, suave y moteado, para sugerir las máximas distancias imaginables.
Luego podría comenzar desde cero y volver al improvisado lienzo una vez tras
otra hasta estar convencido de que había logrado recrear algo que captaba el
espíritu de las obras maestras del apartamento dieciséis. Tenía que emular el
pasmo, la incapacidad y la completa entrega que había experimentado frente a
ellas. Debía adquirir el estilo. Pero sus temas serían suyos por completo.
Necesitaba
espacio. La mesa, las sillas y el armario habían estorbado sus movimientos
desde la primera noche tras la paliza, mientras se movía cojeando por allí,
tratando de plasmar con sus trazos la impresión de aquellos rostros de
comadreja sobre el papel desgastado.
La
cama tendría que quedarse. En las próximas semanas tendría que echar una
cabezadita de vez en cuando. Unas pocas horas aquí y allá. No más. No quería
perder tiempo cuando su cuerpo entero trepidaba como cargado de electricidad,
cuando las ideas y las imágenes que no podía permitir que murieran o se
desvanecieran de su cabeza parecían escapársele por los dedos de las manos y de
los pies.
Y
pensar que una vez se había sentido avergonzado de aquellos pensamientos,
aquellas impresiones grotescas del
mundo, y que había considerado su sensibilidad una maldición, un lastre para
toda posibilidad de llegar a alcanzar la felicidad. No era ninguna maldición.
Estaba bendecido. Como el creador de aquellos cuadros. Había recibido una
epifanía cuya única alternativa era la rutina y una comodidad inane. Estaba
imbuido de una divina perspicacia cuando los ojos de los demás estaban
barnizados de ilusión y sufrían de un abúlico reconocimiento de la mera
superficie de las cosas. Era una oportunidad única de inyectar algo de sentido
a su existencia. De alcanzar un propósito. De recrear aquello que estaba
empezando a ver en su ciudad, fuera lo que fuese. Cosas que había aprendido a
ver o le había enseñado a ver Dios sabe quién.
No
quería pensar cómo ni por qué se había realizado aquella imposible conexión. No
podía permitirse el lujo de cuestionar su fuente, su intención o su
significado. Simplemente estaba allí y lo había traído de vuelta de entre los
muertos. Aquellas noches lo había despertado. Lo
había
obligado a levantarse de un bofetón y le había enseñado que no importaba nada
más que la visión, la exploración de aquello que se estaba abriendo ante sus
ojos y dentro de sus sueños. El arte. Existiría sólo para crear, por muy
grandes que tuviesen que ser sus sacrificios o sus pérdidas.
La
mera idea de regresar al lugar rojizo, de desvelar aquellas recreaciones de
horror y magia, le ponía los pelos de punta. Pero también le inspiraba una
dicha que hacía estremecer su alma.
Al
otro lado de la línea, una voz respondió al instante:
—¿Sí?
—Eh...
hola. ¿Está Harold?
—Soy
yo. —Era una voz bien modulada y madura, pero Apryl se sintió desarmada al
instante por el tono de desafío que contenían esas dos simples palabras.
—Mmmm,
llamaba por la reunión del viernes.
—Amigos
de Félix Hessen, sí. ¿Es usted un Amigo?
—Lo
dijo rápidamente, con una autoridad y pomposidad que a Apryl le resultaron
ridículas.
—Eh...
No estoy muy segura, pero me gustaría averiguarlo. —Se rió, pero la voz del
otro lado del teléfono guardó silencio—. Perdone, el caso es que me gustaría
asistir a la reunión.
El
silencio continuó.
—Disculpe,
¿sigue usted ahí?
Tras
unos segundos de silencio más, la voz respondió:
—Sí.
—Decía...
la página web, me refiero, decía que había que llamar para pedir los detalles.
Silencio.
La
determinación de Apryl comenzó a flaquear. Y no sólo por aquel implacable
silencio. También se debía a lo que sabía de Hessen. ¿Quién querría ser amigo
de algo
así?
—¿Es
mal momento para llamar? Discúlpeme si es
muy
tarde. —Sintió el impulso de colgar.
—No.
No. No es tarde —respondió la voz.
—Entonces,
¿puedo asistir?
—¿Conoce
su obra?
—Sí,
acabo de leer el libro de Miles Butler...
—¡Bah!
Hay fuentes mucho mejores. Mi propia obra está publicada en Internet y dentro
de poco saldrá en papel. Es definitiva.
—Habrá
que leerla.
—La
vendemos en todas las reuniones. Pero como se celebran en espacios privados y
hablamos sin tapujos, aparte de la inmerecida controversia que rodea a algunos
de los eruditos a los que invitamos, examinamos minuciosamente todas las
solicitudes de asistencia.
¿Quién
es usted?
—Mmm. Nadie, en realidad. Sólo estoy de vacaciones. He visto la página web y
he comprado el libro.
Un
nuevo silencio. Aunque parecía cargado de desaprobación. El tipo estaba
empezando a asustarla.
—Y...
mi tía abuela lo conocía —añadió en voz baja, con una mueca de incomodidad.
—¿Cómo dice? —preguntó rápidamente su
interlocutor, casi sin darle tiempo a terminar la frase.
—Que
mi tía abuela lo conocía. Vivían en el mismo edificio.
—¿En
qué dirección?
—Barrington
House, en Knightsbridge.
—Sí,
sé dónde está —replicó con voz severa—. ¿Y por qué diablos no lo ha dicho
antes?
—No...
no lo sé.
—¿Aún
vive su tía abuela?
—No.
Falleció hace poco. Pero lo menciona en sus diarios. De ahí mi interés.
—¿Diarios?
—El volumen de su voz ascendió de repente—. Tiene usted que traerlos. Debo...
—hizo una pausa, como para calmarse— verlos. Ahora mismo, si es posible. ¿Dónde
está?
Embargada
por un repentino sentido de cautela, mintió:
—No
los tengo en mi poder. Están en casa. En Estados Unidos.
—Allí
no nos sirven de nada. Sus compatriotas ya tienen sus dibujos a buen recaudo.
Debemos ver los diarios.
—Puedo
hacer una copia, o algo por el estilo, cuando regrese.
—¿Tiene
una pluma? —preguntó con impaciencia. Apryl le dijo que sí—. Pues apunte esto.
—Le dio una dirección de Camden y se la hizo repetir a ella—. Bien, le sugiero
que venga con antelación para que pueda explicarle un poco las cosas y hacerle
algunas preguntas sobre su abuela. Va a ser usted prácticamente nuestra
invitada de honor.
—Oh,
no hace falta, de verdad. Lo cierto es que no sé casi nada sobre él...
—Tonterías,
es usted pariente de alguien que conoció
en
persona al gran hombre. Alguien que estuvo en presencia del genio. Será un
placer tenerla entre nosotros. Debe venir. Podemos ayudarla con los gastos.
—No,
no hace falta, gracias. Estaré allí a las siete en punto.
A
continuación, Harold insistió en apuntar la dirección de su hotel, que ella,
incapaz de pensar en una excusa en tan poco tiempo, tuvo que darle a
regañadientes. Luego colgó y se recostó en la cama, mientras sentía cómo se le
secaba el sudor en la frente. Su deseo de acudir a la reunión se había
desvanecido. Comenzaba a sospechar que todo lo relacionado con Hessen era
extraño y desagradable. Y se reprendió por haber mencionado los diarios de
Lillian. ¿Por qué lo había hecho? ¿Para impresionarlo? Tenía la sensación de
que su indiscreción le pasaría factura más adelante.
Sonó
el teléfono de la mesilla de noche. Con nerviosismo, levantó el auricular. Era
Harold.
—Disculpe,
le he dado al botón de devolver la llamada sin querer —dijo—. Nos vemos mañana.
—Y colgó mientras ella seguía pensando en algo que decir.
Y
volvió a subir una vez tras otra al lugar de color sangre donde se almacenaban
en secreto tantas obras maestras. Y se alimentó de su oscuridad. Bebió del
sentido de la eternidad que colgaba de aquellas paredes y se atracó con el
horror de las cosas que salían de la nada en movimiento, de la que ascendían
retorciéndose.
Durante
las últimas tres visitas, Seth había
concentrado sus esfuerzos en los cuadros de los dos dormitorios del final.
Espacios diseñados para dormir, pero convertidos ahora en una galería por
alguna presencia desconocida. Quizá la que pasaba fugazmente por los espejos. Y
había entrado en aquellas habitaciones para aprender. Para contemplar como un
niño el estanque olvidado de un jardín invadido por la maleza cuya superficie
negra observaba, maravillado por las formas esbeltas y blancas que se movían
entre los hierbajos y unas aguas tan frías que habría bastado con sumergir en
ellas un solo dedo para quedarse sin aliento. Y puede que también sin el dedo.
Una
vez cumplidos sus quehaceres y después de mentir a la señora Roth en respuesta
a sus repetidas quejas con respecto a los ruidos del piso vacío que había
debajo de ella —los golpes, los portazos, las cosas pesadas que alguien
arrastraba en la oscuridad aislada del número dieciséis—, sólo entonces,
eliminados todos
los
impedimentos, cogió discretamente la llave de la caja fuerte de la oficina del
jefe de porteros y entró en la galería. Había subido con pasos cautelosos por
la escalera en algún momento entre las tres y las cuatro de la mañana, mientras
el mundo dormía, con el busca en el cinturón por si algún inquilino llamaba al
teléfono de la portería o llegaba del aeropuerto de madrugada y llamaba al
timbre de la puerta. Excitado por el allanamiento, asustado por lo que podía
encontrarse, pero deseando zambullirse en ello,
cerró
la puerta tras de sí antes de encender las luces.
En
su segunda visita, que parecía datar de mucho tiempo antes, como una pesadilla
lejana pero aún memorable, había algo allí con él. Algo que no podía ver. Una
presencia, indistinta pero poderosa, que no lo amenazaba físicamente. Pero era
peligrosa en un sentido más amplio, porque, según las leyes de la naturaleza,
no tendría que haber estado allí. Se manifestaba bajo aquella luz roja como una
sensación de movimiento y sonido. Oculta a la vista. Detrás de la puerta
cerrada de la habitación de los espejos, a veces oía algún crujido causado por
unas pisadas rápidas de un lado a otro, que luego se detenían bruscamente en el
umbral cuando él pasaba a su lado.
Había
dejado la habitación del centro, la de los espejos, para el final. Su instinto
le había dicho que era lo mejor. En su primera visita había vislumbrado un
atisbo de movimiento y no estaba listo para volver a verlo. Aquella habitación
merecía ser contemplada al final. Y puede que cuando se atreviese a adentrarse
al fin en ella, no
estuviera
de más alguna clase de presentación.
Aún
sentía que se le encogía el estómago con sólo pensar en comunicarse con algo
completamente ajeno a su entendimiento, completamente ajeno a todas sus
experiencias, salvo las más recientes. O puede que sólo fuese el viejo Seth,
que trataba de volver a la superficie. El vacilante, el titubeante cobarde, el
indeciso y despreciable gusano que, incapaz de seguir su vocación, se había
rendido a la menor crítica. Sólo ahora comenzaba a comprender que las opiniones
de los demás no importaban. Que no podían ni comenzar a entender los lugares
que debía visitar y las visiones que debía recrear. No podía haber medias
tintas ni compromisos. Ya no. Nunca más.
Es
lo que le había sugerido el muchacho encapuchado. Le
había dicho que lo estaban ayudando y guiando para que viese las cosas como
eran. Lo sabía y estaba alarmado por lo cómodo que se sentía con la constante e
insistente manipulación que lo rodeaba, que se había colado dentro de él y lo
había llevado hasta allí para estudiar la obra de un maestro.
Pero
¿habrían organizado ellos la paliza? ¿Lo habrían arrojado a los chacales de
aquel terrible escarmiento sobre el frío y húmedo pavimento de Londres porque
se había atrevido a pensar en escapar cuando estaba en aquel bar? La figura
encapuchada tenía algo parecido a la inocencia brutal de sus atacantes, el
mismo desprecio por todo lo que no fuese ella misma. La idea de que aquellas
crueles caras de comadreja bajo las gorras de béisbol
fuesen
los emisarios del muchacho encapuchado lo hacía sentir como si de repente
hubiera emergido de las profundidades y la orilla estuviese demasiado lejos
como para alcanzarla. O puede que, trató de convencerse a sí mismo, sólo fuesen
otra prueba más de lo que debía recrear en pintura. De lo que inundaba la
ciudad, similar a las criaturas que chillaban y se retorcían en las paredes del
apartamento dieciséis. El destino final de todos nosotros. Pero si la paliza
era una advertencia, entonces su voluntad no podía volver a vacilar. La
voluntad debía triunfar.
Su
cuerpo estaba tardando mucho en recuperarse. Y había partes de él que seguían
doloridas. Cojeaba al caminar y sufría unos dolores penetrantes en la mano
izquierda. La córnea de su ojo derecho estaba infectada y ensangrentada y aún
no podía inspirar profundamente.
Hablaba
solo mientras descubría los retratos de las dos habitaciones del fondo por
cuarta vez y mantenía los ojos cerrados al apartar la sábana de cada uno de
ellos, antes de sentarse sobre los tablones del suelo con el cuaderno de dibujo
y los lápices aferrados en sus dedos blancos. Murmuraba en voz alta para
mantener la mente despierta y la consciencia de sí mismo, porque era muy fácil
perder el sentido del yo delante de aquellas cosas andrajosas que se
desintegraban sobre las paredes rojas. Era el único modo de no llorar. De
impedir que el frío pánico lo invadiera y lo obligara a escapar arañándose la
piel de la cara hasta arrancársela con sus largas uñas.
Tenía
que ser fuerte. Valiente. Si era un artista de verdad debía aprender a soportar
aquellas imágenes y
visiones
y aprender a representar aquellas verdades en su propio estudio, en el Green
Man. Lo sabía. Alguien se lo había estado diciendo desde el principio. Sólo
tenía que prestar atención. Ahora estaban dentro de él y habían abierto las
válvulas de su mente.
Más
tarde, mientras volvía a colgar la llave del apartamento dieciséis en el gancho
de la caja fuerte, oyó el sonido de un carraspeo tras él. Cerró rápidamente la
puerta de la caja y se volvió.
Stephen
se encontraba en la puerta de la oficina.
—Hola,
Seth.
Seth
hizo un rápido saludo con la cabeza y tragó saliva. Sus pensamientos
revolotearon ansiosamente a su alrededor, pero su mente estaba demasiado
agotada por lo que había estado tratando de asimilar. Su rostro estaba pálido,
tembloroso y reflejaba culpabilidad, lo sabía. No se le ocurría nada que decir,
una excusa, una razón que justificara su presencia en la oficina del jefe de
porteros para devolver la llave de un apartamento privado al que no tenía
derecho a entrar sin permiso.
—¿Algún
problema arriba? —preguntó Stephen con una ceja enarcada.
—La
señora Roth, nada más —balbució mientras trataba de elaborar el resto de la
mentira pero fracasaba bajo la penetrante mirada de su jefe.
—¿Sí?
—No...
no quería despertarte. La verdad es que no era nada. Pero no deja de llamar. Ya
la conoces.
—En
eso tienes razón. ¿Puedo ayudar en algo?
«Dios,
no.»
—No.
Sólo había que tranquilizarla. Nada más. — Stephen lo miraba fijamente, y trató
de cambiar de tema—. Hoy vienes tarde. —Consultó su reloj—. Pronto, quiero
decir.
—Janet
está pasando unos días malos. No recuerdo la última vez que pude dormir a
pierna suelta. Y tú tienes aspecto de saber de qué hablo. —Sonrió, pero el
gesto no era del todo agradable, tenía algo de malicioso. La sensación de culpa
de Seth se hizo aún más profunda y, sin poder evitarlo, tragó saliva, lo que
empeoró aún más las cosas.
Stephen
entró en la oficina y se sentó en la esquina de su mesa.
—¿Por
qué no te vas a casa, Seth? Yo me encargo.
—Miró
su reloj—. De todos modos sólo te faltan dos horas.
Seth
frunció el ceño. Stephen tendría que estar interrogándolo, presionándolo,
mirándolo con suspicacia.
—No
sé... ¿Estás seguro? Stephen sonrió.
—Claro.
Vete. Me da la impresión de que has tenido una mala noche. Yo sé lo duro que
puede ser. Antes de que llegaras tuve que cubrir tu turno durante un mes
entero. Nunca se quedaban mucho tiempo, Seth. Tus predecesores, me refiero. No
lo soportaban. Condenados estudiantes de arte... No tienen pasta de vigilantes
nocturnos. Es un puesto difícil de cubrir. Hace falta alguien muy particular
para hacerlo bien.
Seth contuvo el aliento mientras trataba de
comprender
adónde quería ir a parar Stephen, si es que quería ir a parar a alguna parte.
No comprendía de qué iba todo aquello.
—Siempre
me he preguntado por qué pusisteis el anuncio en Art and Artists.
—Fue
idea de uno de los inquilinos más antiguos.
Sentía
un interés personal por los artistas.
—¿En
serio? ¿Quién?
Stephen
hizo un ademán vago en el aire.
—Ya
no está. Y tampoco importa. Yo cumplo órdenes, Seth. Igual que tú, me atrevería
a añadir. Estoy muy satisfecho por lo bien que has encajado en Barrington
House. Eres una persona en la que se puede confiar. Me quita un gran peso de
encima saber que hay alguien por aquí que hace lo que hay que hacer. Que tira
del carro, por decirlo así.
—Eh...
Gracias.
La
sonrisa de Stephen se ensanchó.
—Te
voy a decir una cosa, Seth. Podría estar pensando en buscarme un sustituto en
un futuro no demasiado lejano. Alguien que pueda hacerse cargo. Asumir la
responsabilidad del edificio y sus necesidades. Esa persona tendría alojamiento
a un alquiler cero y un sueldo más elevado. Sólo tendría que hablarlo con la
dirección. ¿Te interesaría algo así? ¿Un ascenso? Es una gran oportunidad y a
mí me gustaría dejar este sitio en buenas manos.
Seth
se rascó la barba incipiente que rodeaba su boca mientras miraba en cualquier
dirección salvo en la de
Stephen.
Pensaba que lo iban a despedir y, en cambio, le estaban ofreciendo el puesto
del jefe de porteros.
—No
sé qué decir. Bueno, gracias.
—Piénsatelo.
Tiene sus cosas. Sus exigencias. Pero los inquilinos más problemáticos ya
tienen muchos años. No estarán mucho tiempo por aquí, ¿sabes? Es algo a tener
en cuenta.
—Supongo
que sí.
—Y
la vida será mucho más sencilla sin ellos, eso está claro. —Stephen se rió
entre dientes—. Nadie echará de menos a la vieja Betty Roth, eso seguro, ¿eh?
No puede vivir eternamente. Yo diría que no le queda mucho. Lo mismo que a los
Shafer. —Negó con la cabeza con una sonrisa en los labios, y entonces, de
repente, lo miró con expresión impasible—. Pero ni una palabra a los demás de
lo que te he dicho. Tú sabes guardar un secreto, Seth, estoy convencido de
ello. Eres de fiar.
Seth
asintió.
—Gracias.
Stephen
miró la caja fuerte y luego volvió a mirar a Seth. Se tocó la nariz con el dedo
índice y entornó los ojos.
—Hasta
entonces, sigue así.
—Bienvenida,
amiga. Bienvenida. —El cuerpo de la mujer ocupaba todo el umbral. El rostro
exageradamente maquillado era todo él una enorme sonrisa. Apryl trató de
impedir que el asombro se reflejara en sus facciones.
Apenas
había logrado recuperarse tras subir al piso veintiocho en un ascensor en
estado lamentable que apestaba a orina y cosas peores y recorrer un laberinto
mal iluminado de pasillos de cemento amarillento hasta la puerta del piso que
Harold había descrito con precisión en sus instrucciones.
—Soy
Harriet, la anfitriona de nuestros pequeños encuentros y la secretaria de esta
ilustre sociedad nuestra.
—Echó
hacia atrás su en absoluto pequeña cabeza y emitió un chillido, como si lo que
había dicho fuese tan gracioso que la carcajada no hubiera tenido tiempo de
escapar de sus labios y se hubiera transformado en una especie de aullido—.
Pero puedes llamarme Figura de una mujer en crisis. Muchos de los socios lo
hacen. —Y soltó de nuevo su aullante risotada.
Apryl
estaba haciendo auténticos esfuerzos para no quedarse mirando la curiosa figura
y la horrible indumentaria de la mujer. Un traje de terciopelo rojo cuyo
extremo se arrastraba por el suelo embutía unos miembros de elefanta y un
grueso torso. Los enormes senos engalanados con collares de cuentas de madera
amenazaban
con desbordar su prisión de tela. Una gruesa capa de maquillaje torpemente
aplicado cubría su rostro hinchado, desde el que unos ojillos acuosos miraban
con una intensidad que Apryl era incapaz de soportar, así que su mirada se
desvió hacia la cabeza de la mujer, de generosas dimensiones. Su cráneo estaba
envuelto en un turbante compuesto de pañuelos verdes y turquesas, sujeto con
cierto descuido por delante mediante un broche de plata. Como unas telarañas
grasientas, unos largos mechones de pelo grisáceo escapaban de debajo del
tocado. Nada más verla, Apryl pensó que estaba chiflada.
—Y
tú eres Apryl. Nuestra segunda invitada especial de la noche. —Las rollizas
manos de la mujer asieron los brazos de Apryl para atraerla a la calurosa y
perfumada atmósfera del apartamento. Al apartarse dejó ver un salón desordenado
y atiborrado de gente.
Por
toda la sala ardían barritas de incienso en cuencos de madera. Los cuencos
estaban colocados sobre montones inclinados de libros y en armaritos repletos
de barajas de tarot, ungüentos, joyas indias, cristales, cofrecillos
ornamentales y pequeñas tallas.
—Pasa,
pasa. ¿Un poco de vino? —le preguntó la mujer—, Harold Rackam-Atterton está por
aquí. Creo que has hablado con él. Estamos muy emocionados por tu visita.
Realmente emocionados. —Sus ojillos grisáceos se abrieron de par en par con un
renovado torrente de excitación.
Incapaz
de contenerse, Apryl bajó la mirada hacia el lugar en el que las manos
enjoyadas de la mujer la
sujetaban
por los brazos. Las uñas eran largas pero irregulares y amarilleaban cerca de
las puntas. Como si de repente fuesen conscientes de su mirada, las manos
desaparecieron.
—Gracias.
Un poco de vino estaría muy bien —dijo Apryl con cierto nerviosismo, mientras
la acompañaba en dirección a tres hombres de cabello largo, escaso y entrecano.
Sus ropas olían a humedad y a sudor viejo.
Junto
a una mesita, la enorme mujerona llenó una copa de Merlot barato.
—Voy
a decirle a Harold que estás aquí. —En algún lugar de aquella voz aguda y llena
de entusiasmo, Apryl percibió una vibración de histeria.
Junto
a la entrada de la cocina, un tocadiscos manchado de pintura y montado sobre un
banquillo de madera reproducía una curiosa fusión de jazz discordante, canto
gregoriano y atronadora música industrial. A su lado cuchicheaban dos jóvenes
con la cabeza rapada y expresión concentrada. Los dos llevaban abrigos
militares de lana y botas hasta las rodillas, como una nueva y extraña
subcultura urbana que ella desconocía y que dudaba mucho que llegara a
arraigar.
Pero
para tratarse de un apartamento en una zona urbana, el lugar era
sorprendentemente grande. Debía de tratarse de un piso familiar. Apryl vio
incluso una escalera que subía a una planta superior. Entre los muebles viejos
y desvencijados, las librerías de color oscuro, las ánforas con plantas secas y
las antiguas fotografías que cubrían todas las paredes, localizó algunos
elementos de la
decoración
original. Muy británicos, muy de los setenta. En algunos sitios asomaba una
pintura amarilla acuosa entre las baratijas y los variopintos marcos de madera.
Estaba cubierta por las esporas negruzcas de los hongos. Su olor a humedad y
descomposición se podía percibir por encima del incienso.
Había
al menos quince personas apelotonadas en aquel salón, del que apenas quedaba
ningún espacio despejado. Todos los invitados parecían haber hecho algún
esfuerzo para vestirse, en su totalidad o en parte, con trajes de época. Dos de
los hombres que había detrás del sofá llevaban sombreros de copa, y Apryl
vislumbró relojes de bolsillo en sus chalecos. Otros habían optado por fulares
en el cuello para la velada. Pero a despecho de sus veleidades de elegancia
pasada de moda, cundía una sensación de desaliño entre todos los presentes. Sus
americanas estaban manchadas. Las perneras de los pantalones eran demasiado
cortas. Las cinturas estaban demasiado subidas. Los vestidos estaban
irremediablemente arrugados. Todo el mundo estaba pasado de peso o insalubremente
flaco. Y, oh, Dios, los dientes. Manchados de gris o de amarillo por la falta
de limpieza, torcidos, protuberantes o encabalgados en bocas hundidas o
desprovistas de labios. Dientes británicos. Apryl se preguntó cómo se las
habrían arreglado para terminar todos con bocas tan horrorosas. No tenía la
costumbre de encasillar a la gente a causa de su aspecto, pero lo cierto es que
nunca había visto un grupo de gente de fealdad tan extraordinaria reunido en
una
misma habitación.
Puede
que su ropa acusase abandono y su aspecto pareciese descuidado debido a su
excentricidad, porque no se podía negar que eran excéntricos, pero ella
sospechaba que la razón era otra: exhibían una oposición voluntaria a cualquier
cosa que pudiera resultar estéticamente
grata. Se habían expandido o marchitado sin preocuparse lo más mínimo por los
gustos del mundo que los rodeaba. Era como si hubieran cultivado
deliberadamente lo grotesco. En conjunto podrían haber sido la encarnación viva
de un dibujo de Félix Hessen en tinta y aguada.
Tres
de las cinco mujeres presentes estaban sentadas juntas en un sofá. Todas ellas,
de mediana edad, llevaban velos sobre unos rostros maquillados al estilo
operístico. Sus cuerpos flacos estaban cubiertos por unos vestidos largos y
funerarios que recordaban a los años de la primera guerra mundial. Los guantes
de encaje les ocultaban los brazos, pero estaban recortados a la altura de la
primera falange de cada dedo, y mostraban unas uñas demasiado largas y sin
pintar. La cuarta mujer, una anciana, llevaba un sombrero verde cuya ala
vencida ocultaba la mayor parte de una cabeza pequeña. Se sentaba como si fuera
una niña de pocos años, hundida en un sofá hecho para adultos, con la cabeza
erguida en una absurda pose aristocrática. En cuanto los ojos de Apryl se
encontraron con los suyos, un repentino y surrealista repique de carcajada
escapó de sus finos labios, sin ninguna razón que Apryl fuese capaz de
determinar.
Después,
la mujer volvió a levantar la barbilla y readoptó una sombría e imperiosa
expresión en silencio.
Harriet
regresó abriéndose paso entre chaquetas arrugadas y cabezas despeinadas y
haciendo que se apartara un bosque de piernas flacas. Tras ella venía
bamboleándose un hombre rollizo y ya entrado en años que, supuso Apryl, debía
de ser Harold. Las gruesas gafas de montura marrón multiplicaban por cuatro el
tamaño de sus ojos, instalados en una cabeza grande, rosada y totalmente
desprovista de pelo, aparte de un círculo blanco y ralo que caía sobre los
hombros de una chaqueta de esmoquin manchada.
—Ahhh
—suspiró Harold mientras, al abrir su pequeña boca, mostraba unas encías
escasamente pobladas. El aliento que brotó de su interior hizo que Apryl se
sintiera mareada y enferma. Su cavidad bucal estaba recubierta de manchas
plateadas y zonas invadidas por las bacterias. Los pocos dientes que aún
conservaba eran del color que adquieren los cacahuetes al mojarse—. Un linaje
que ha rozado a la mayor mente de la historia del arte honra con su presencia
una de nuestras humildes reuniones. Es usted
tan extraordinaria como los documentos que llevan la firma del genio,
querida mía. Pero debe usted orientar su incipiente erudición hacia senderos
más fiables. Luego quisiera mostrarle una pequeña obra creada por mí. Quince
años le he dedicado. Lo que yo definiría como una exploración crítica de la
visión artística de Hessen en estilo onírico-narrativo, con el fin de sugerir
la semblanza de sus desaparecidos cuadros.
—La
sociedad va a publicarla —dijo Harriet con tal entusiasmo que su cuerpo entero
se estremeció—. La ilustración de la portada es obra de uno de nuestros
miembros. Puede reservar una copia hoy mismo. En cartoné de lujo, por sólo
noventa libras. Firmada.
Apryl
no sabía qué decir, así que asintió y mantuvo la sonrisa hasta que empezó a
dolerle la cara. Pero no tenía que responder nada, puesto que Harold estaba
impaciente por comenzar con las presentaciones. Tampoco tuvo que pensar en nada
que decirles a los personajes que le estrecharon la mano en su recorrido por la
sala, puesto que cada uno de ellos parecía pensar que era prerrogativa suya
monopolizar la conversación. Se le ocurrió que quizá no debían de abundar en
sus vidas las oportunidades de conversar.
—Sí,
la señorita americana —dijo un anciano de rostro flaco y una mata desordenada
de pelo blanco en lo alto de un cráneo de forma cónica—. Harold la ha
mencionado. ¿Ha estado usted en la Biblioteca Británica? Tiene excelentes
grabados de las Contorsiones. ¿Ha visto usted Figura de una mujer que se aferra
el rostro? ¿Y Parto: figura de una mujer muerta? También conservan buenos
grabados de estas obras.
Apryl
respondió que no los había visto.
—Lo
que tiene que hacer es ir al Black Dog y al Guardsmen's Rest a tomar una copa
—afirmó otro hombre con un grave ceceo—. Hessen solía hacerlo. Con Bryant, el
poeta. Lógicamente, los nombres han cambiado, pero las
techumbres
de los locales siguen siendo las de entonces.
—Parpadeó
rápidamente varias veces.
—Yo
puedo llevarla —intervino un sujeto corpulento vestido con una levita. Estaba
borracho y le miraba las piernas.
—Cálmate,
Roger, cálmate —lo reconvino Harold, no sin un atisbo de irritación, antes de
llevarse a Apryl adónde estaban sentadas las cuatro mujeres. Colocó sus
rollizos dedos sobre los hombros de Apryl y le susurró al oído con tono de
conspirador—: Puede que Alice le parezca un poco extraña al principio. Pero
convendrá conmigo, estoy convencido, en que eso no puede considerarse un
defecto. Tiene más de noventa años. Y es alguien que merece la pena conocer.
Nosotros la veneramos. Verá usted, es la única del grupo que llegó a conocer a
Hessen.
Apryl
se sobresaltó y, por un instante, el azoramiento la abandonó por completo.
—¿En
persona?
Harold
sonrió con satisfacción. Sus grandes y acuosos ojos nadaban tras las lentes de
aumento de sus gafas.
—Así
es, a finales de los años treinta. Cuando el gran hombre estaba saliendo de la
fase de su Escenas de ultratumba, por lo que sabemos. Pero su memoria... en
fin... ya no es lo que era.
Apryl
recordaba haber leído en el libro de Miles que los últimos años de la década de
los treinta habían sido muy complicados para Hessen. Había visitado Alemania en
1937 con la esperanza de que el Tercer Reich lo
recibiera
como un héroe, debido a la admiración por los ideales fascistas que había
expresado en Vórtice. Pero para entonces Hitler ya se había cansado de las
místicas y los cultos oscuros que habían formado parte de la inspiración
temprana del nacionalsocialismo. No es sólo que funcionarios nazis de bajo
nivel rechazaran los dibujos y la concepción teórica de Hessen debido a su
creciente uso de la abstracción y el surrealismo, sino que también denegaron su
solicitud de ingresar en las Waffen SS. En un gesto característico de un hombre
más acostumbrado a hacer enemigos que amigos, Hessen había juzgado mal el valor
de su visión.
Volvió
a casa inflamado de rabia e inconsolable por lo que consideraba una traición, y
por si no fuera suficiente, poco después de que Gran Bretaña declarara la
guerra fue encarcelado por sus simpatías políticas y estuvo entre rejas hasta
1945.
—Y
creemos que también estuvo en contacto con él al salir de prisión, aunque
durante poco tiempo. —Harold sonrió y le guiñó un ojo, gesto que demostraba a
las claras que era consciente de la importancia de este último comentario.
Hessen
carecía del pedigrí y de los contactos de Mosley, o del prestigio de Ezra
Pound, así que no pudo librarse del estigma con el que tuvo que cargar después
de la guerra. Miles Butler suponía que ésta era la razón por la que se había
ocultado en Knightsbridge. E incluso Mosley se había distanciado de él por
entonces, tachándolo de «decadente y mentalmente inestable». Sólo
un
ocultista y explorador, Eliot Coldwell, había defendido su obra en los años
cincuenta, debido a su conexión con un
«mundo
oculto». Y hasta finales de los sesenta no comenzó la parte de su obra que
había sobrevivido a atraer una mínima atención por parte de la crítica. En la
actualidad, los únicos que mantenían su nombre vivo eran los amigos de Félix
Hessen, su pintoresca página web y las publicaciones de tirada limitada que
realizaban de vez en cuando. Apryl lo encontraba miserable y deprimente. Todo
ello: el legado de Hessen, su entusiasmo y su arte. De no ser por su relación
con su tía abuela no habría perdido un solo momento de su tiempo con él, y, de
hecho, en aquel momento lamentaba haber acudido a aquella ridicula reunión.
Menudo lugar para una noche de viernes en Londres.
Se
sentó en el brazo del sillón en el que se había hundido el pequeño cuerpo de
Alice. Harold permaneció cerca. Tres dedos seguían en contacto con su hombro,
como si estuviera preparado para llevársela apresuradamente de allí.
Saludó
a las tres mujeres de los velos con una sonrisa. Los rostros de color tiza de
las tres le devolvieron unas miradas poco amistosas desde detrás de los encajes
negros. Murmuraron un saludo mientras
esperaban con impaciencia a oír su conversación con Alice.
—Hola,
Alice, me llamo Apryl —dijo mientras se inclinaba en dirección a la figura
encorvada para intentar ver por debajo del ala del sombrero verde—. He oído que
fue
usted amiga de Félix Hessen.
Un
rostro viejo y repujado de ojos legañosos se alzó hacia ella. Sonrió. Una mano
similar a una garra se posó en su rodilla, por debajo del dobladillo de la
falda.
—Sí,
querida. Hace mucho tiempo. —Las secas yemas de sus dedos se movían
describiendo lentos círculos sobre el tejido de sus medias.
—Seguro
que siempre le están preguntando por él. Mi tía abuela también lo conoció.
La
feble mano abandonó su rodilla y dibujó un ademán en el aire.
—Ya
os lo he contado antes. Todo cambió después del accidente, no volvió a ser lo
mismo. Naturalmente, antes estaban las marionetas y todo lo demás. Nos las
mostró en el, en el...
—El
estudio de Mews. En Chelsea —intervino Harold.
—¿Dónde
estás, querido? Harold se inclinó hacia ella.
—Aquí,
Alice. A tu lado.
—¿Quién
es la señorita de las piernas bonitas, cariño? Tiene unas piernas muy bonitas,
¿verdad?
Harold
se rió por lo bajo.
—Eso
pienso yo también. —Los dedos se cerraron con más fuerza alrededor del hombro
de Apryl. Ésta trató de tragar saliva, pero no encontró las fuerzas para
hacerlo
—.
Se llama Apryl. Es una amiga nuestra, Alice. Una amiga. Háblale de Félix.
Alice
suspiró.
—Tenía
un rostro tan hermoso... Qué manera de
perderlo.
Todos pensábamos que era muy apuesto. Y pintaba los títeres más bonitos del
mundo. No para niños, querida, no. Títeres dentro de cajas. Atrapados dentro de
cosas, ya sabes. Pero sus rostros eran imposibles de olvidar. Yo aún puedo
verlos.
—A
veces no es fácil seguirla, sobre todo en lo que concierne a las fechas
—susurró Harold. Apryl sintió el calor de su mefítico aliento sobre la parte
izquierda de la cara—. Pero dice cosas extraordinarias. No tengo ninguna duda
de que conoció a Hessen. Posó para él como modelo. Una de las pocas que
utilizó.
Apryl
tosió y se estremeció por dentro al sentir cómo se esparcía sobre su rostro el
aliento de Harold. Trató de apartarse, pero sólo pudo llegar hasta el ala del
sombrero de Alice.
—Y
el baile —dijo Alice de repente mientras se le abrían los ojos de par en par—.
Oh, el baile y los cantos... Ya sabes. Unos bailes maravillosos. En su piso.
Bajo los cuadros, ¿sabes? Oh, cómo nos lo pasábamos. —Se inclinó hacia el oído
de Apryl—. Pero todo acabó cuando se lo llevaron. Fueron muy crueles con él.
Algo terrible, querida.
Con
el rostro contraído en una mueca a causa del aliento de Harold, que estaba
literalmente exhalándole sobre la cara, Apryl se acercó más a Alice.
—¿Su
piso? ¿Dónde bailaban? ¿En Barrington House? ¿Fue entonces cuando vio los
títeres?
Pero
Alice estaba absorta en sus propios pensamientos.
—No,
no, no. Todo basura, decía él. Todo basura. No son las figuras lo que importa,
es el fondo. Lo que hay detrás y no se puede ver. Era un hombre muy
inteligente. Y tenía razón, claro. Trataba de ayudarnos a ver a los demás. Yo
solía desvestirme para él, querida. Pero los hombres inteligentes suelen tener
mal genio. Y al final estaban todos en su contra, querida. Les mostró muchas
cosas, pero nunca lo apreciaron. Le tenían miedo. Pero había que fiarse de
Félix. Era un artista, y con los artistas hay que ser flexible. Todos ellos
habían visto los cuadros. Eran distintos a cualquier cosa que hubiera visto el
mundo. Y las paredes, querida. Todo forma parte de ello, ¿sabes? Verás, está
todo unido. El fondo.
Entre
las continuadas exhalaciones de Harold detrás de su cuello, los comentarios
inconexos de Alice, el efecto del Merlot que se había bebido demasiado de prisa
a causa de su nerviosismo y el aire caliente y saturado de olor a incienso y
falta de limpieza, Apryl comenzaba a sentirse mareada. Tenía que incorporarse.
—Harold,
por favor, me gustaría levantarme. Por favor.
¿Puedo?
Gracias, Alice —dijo, embargada por una creciente necesidad de alejarse de
Harold y la confusa anciana, cuyos recuerdos eran prácticamente inútiles.
El
rostro redondeado de Harriet apareció detrás de Harold.
—La
conferencia está a punto de comenzar. Deprisa.
Apryl
se situó detrás de los presentes en el salón, no lejos de la puerta principal,
mientras Harold presentaba a una criatura encogida dentro de un desaliñado
traje
marrón:
el doctor Otto Herndl, de Heidelberg. El doctor era autor de una pequeña
antología de ensayos llamada Pensamientos sobre la derecha, así como editor de
una modesta publicación ocultista cuyo nombre se le escapó a Apryl por culpa de
un acceso de tos de un anciano que tenía justo delante.
Otto
Herndl comenzó diciendo algo sobre las primeras influencias filosóficas
recibidas por el adolescente precoz que había sido Félix Hessen.
—En
especial del profesor Zollner, que postuló la existencia de una cuarta
dimensión y utilizó los fenómenos paranormales de su época para demostrarlo.
Mientras
trataba de traducir a un inglés inteligible para ella los pensamientos del
conferenciante, Apryl se vio distraída por su aspecto estrafalario: la
cremallera rota de los pantalones; el maletín cochambroso que había dejado
apoyado contra un zapato lleno de rozaduras; el cabello cano, afeitado a los
lados de la cabeza, tupido en la parte alta y peinado con una bien marcada
raya. Lograba transmitir la sensación de que no se sostenía bien sobre los pies
y estaba a punto de caerse en cualquier momento sin llegar a hacerlo. Sus
nerviosos ojos castaños se movían frenéticamente detrás de unas gruesas gafas
redondas, y sus manos flotaban delante de él como si tuviera unos hilos atados
a las muñecas que alguien controlara lánguidamente desde arriba. Parecía llevar
días sin afeitarse.
Cuando comenzó a divagar sobre «los sinto
folúmenes
del Génesis de Max Ferdinand Sebaldt von Werth, un trratado sobre el errotismo,
las facanales romanas, la sexología y la lífido, fasado en la suprremacía de la
raza blanca», Apryl perdió finalmente el hilo de su argumentación y sus
pensamientos comenzaron a vagar de un lado a otro, dentro y fuera de la
conferencia, hasta que finalmente fueron a posarse sobre una comparación entre
las ideas del viejo sobre Hessen y lo que decía el libro de Miles.
Había
leído que al joven Hessen lo habían obsesionado el wotanismo, los cultos
paganos y las sectas milenarias de la Austria y la Alemania del XIX, ideas
místico-racistas que habían influido en el nacionalismo germánico de
entreguerras. Al parecer, Hessen las había abordado con la misma pasión con que
los chavales siguen la música rock o el rap. Pero Miles no sabía qué relación
podía haber entre esto y los estudios de cadáveres realizados por Hessen, sus
dibujos grotescos y primitivistas de híbridos entre animales y humanos y el
aterrador tríptico de títeres realizado en los años treinta. Seguramente, este
interés derivaba de sus estudios de medicina.
Herndl,
en cambio, insistía en que los dibujos de Hessen representaban una «reacción
burguesa a la industrialización de Europa». Demostraban, aseguraba, que
predecía tanto la bovina pasividad del hombre urbano como la pérdida de control
y voluntad que «femos a nuestrro alrrededorr en estos tiempos».
Esto
se contradecía con lo que había escrito Miles. Según él, Hessen había terminado
por mofarse de su interés juvenil por remotos y estrambóticos movimientos
populares y había reconocido que no eran más que los intentos de una juventud
inadaptada por alejarse de la cultura predominante. Lo mismo que sus devaneos
con el orientalismo, el hipnotismo y el fascismo. Todo ello formaba parte de su
desapego y su alienación con respecto al statu quo, una fuerza terrible que
veía como la antítesis de su creatividad original. Y, tal como señalaba Miles,
la obra de Hessen no mostraba ningún reflejo del neoclasicismo nazi o el
folclorismo del arte ario. No había el menor atisbo de idealismo o mitología en
su arte. Bebía profundamente de una imaginación complicada pero brillante. O de
lo que quiera que viese en las sombras, o al mirar desde las ventanas sucias de
sótanos abandonados.
Miles
Butler creía que el desengaño de Hessen con los nazis y su ocultismo
nacionalista, tras su paso por Berlín, era colosal. Había seguido hasta su
desembocadura la senda de aquella subcultura y la realidad, vista desde cerca,
le había resultado detestable. De hecho, nunca comprendió el antisemitismo, y
en Vórtice había defendido el misticismo hebreo.
Su
fracaso en Alemania y su posterior cautiverio anunciaron su definitiva retirada
de la sociedad, sus ideas y sus propósitos. Pero a pesar de las penurias de la
prisión, Miles sospechaba que todo aquello con lo que había experimentado hasta
1938 no era más que un conjunto de preparativos para el Vórtice. Éste era la
fuente,
no sólo de su inspiración, sino también de sus pesadillas, de su melancolía y
también de su desesperación: «la sociedad de la tragedia», lo había llamado
Hessen en el número 4 de Vórtice, titulado «Un mundo detrás de éste».
Pero
el hecho de que pudiera contradecir de aquel modo a Otto Herndl, comprendió
Apryl con espanto, significaba que recordaba demasiadas cosas sobre el hombre
que había lanzado aquel hechizo sobre su tía abuela. El pintor estaba
transformándose rápidamente en una compulsión insana. Hasta podía recordar con
toda claridad lo que había escrito Hessen sobre el Vórtice, porque le había
recordado incómodamente a las palabras de la propia Lillian.
Quiero
sumergir mi cara en él. Una y otra vez. Y pintar lo que veo allí. Pero a veces
se me aparece: llega a través de las paredes o aparece dentro de una boca que
se ríe, detrás de una mirada vacía, o se concentra en un lugar miserable. O me
estoy acercando demasiado a él o se está arrastrando hacia mí. A veces puedo
sentir su aliento en mi cuello. Y mi sueño está repleto de él. Aunque mi mente
consciente lo destierra, como si poseyera una resistencia innata frente a este
tipo de cosas. Pero siempre está ahí. Esperando. Cuando vuelvo la cabeza o paso
rápidamente junto a un espejo, distraído, lo veo. O cuando me adormezco, entra
reptando en la habitación como un extraño y siniestro animal en busca de
alimento.
Transcurrida
una hora y quince minutos de la conferencia, Apryl se sentó en el suelo
mugriento, detrás
del
sofá. Mientras Herndl vociferaba los nombres de los rituales de invocación que
Hessen le había comprado a Crowley y había realizado «con total éxito», la
cabeza empezó a darle vueltas. Vencida por el calor, la excitación nerviosa y
el aire enrarecido y contaminado del local, al oír un puñado de aplausos y
reparar en el cese del confuso monólogo del conferenciante en su tosco inglés,
se puso en pie decidida a marcharse. Pero Harold apareció a su lado antes de
que pudiera encontrar el abrigo.
—¿Se
marcha tan pronto? No, no se lo permito. Aún no hemos mantenido nuestra pequeña
conversación sobre su tía abuela. Y si se va ahora se perderá la mejor parte:
las interpretaciones. O, como nos gusta llamarlas a nosotros, el «estudio de
soñadores en una habitación». Verá usted, los Amigos comparten su conexión con
la visión de Hessen mediante la exposición de los sueños experimentados bajo la
influencia de su obra. Tratamos de encontrar las pinturas desaparecidas por
medio del trance. La gente recurre a toda clase de medios para intentar
acercarse al Vórtice.
—¿En
serio? Es asombroso. —Apryl apenas tenía fuerzas para hablar—, Pero debo
marcharme. He quedado para cenar.
Pero
Harold no la escuchaba.
—Ya
verá por qué es tan importante.
En
la parte delantera de la habitación, en cuanto Harold pidió orden, se levantó
un bosque de brazos para dar comienzo el acto. Apagaron la música. El parloteo
cesó. Un hombre de aspecto desaliñado, con un gabán,
una
cara pálida sin apenas barbilla y unos ojos saltones, fue el primero en tomar
la palabra.
—He
vuelto al mismo lugar una segunda vez. Estaba iluminado, pero no con luz
natural.
Hubo
un murmullo que demostraba que los presentes sabían de qué hablaba. ¿O era una
simple expresión de incomodidad?
—Y
en los gases, los de color amarillo, volví a ver el rostro cubierto de tela.
Una figura alta caminó hacia mí un instante, con la cara tapada por algo rojo.
Entonces se detuvo y, de repente, me pareció que estaba a cierta distancia de
mí. Repitió el mismo movimiento varias veces. En ese momento desperté y creí
que me estaba dando un ataque al corazón.
Antes
de que pudiera continuar, Harold señaló a uno de los jóvenes de botas altas y
abrigo militar.
—Yo
pasé dos días y dos noches en el salón, ayunando y sin otra estimulación visual
que no fuese el Tríptico de los títeres IV. Al quedarme dormido, vislumbré unas
figuras alrededor de una fogata. Estaban hechas de palitos. Algunas de ellas
cayeron al fuego.
Reinaba
una gran impaciencia en la sala. No es que desdeñaran los sueños,
alucinaciones, visiones (o lo que fuesen) de los demás, pero saltaba a la vista
que cada uno de ellos creía que los suyos eran más importantes.
—...vi
unos rostros llenos de odio. Negros y rojos de rabia. —... parecían payasos
vestidos con pijamas sucios.
—...
dos mujeres y un hombre vestidos al estilo eduardiano. Pero no tenían carne en
los huesos. No podía
despertar
ni alejarme de las dos mujeres, que habían comenzado a deshacer la redecilla de
sus sombreros.
—...a
cuatro patas, en la esquina de un sótano. Las paredes eran de ladrillo y
estaban mojadas.
Apryl
estaba sedienta y se tomó una segunda copa de vino. Fue un error. No había
comido nada y se le subió en seguida a la cabeza. Todos los presentes vomitaban
inconexos fragmentos de pesadillas que los habían sacado a golpes del sueño
para devolverlos a la pavorosa alienación de sus vidas. ¿Qué sentido tenía?
¿Qué sentido tenían ellos? El aire estancado y denso, el calor sofocante y los
enloquecidos y surrealistas desvaríos de los invitados la empujaron de nuevo
hacia la puerta.
—...unos
colmillos como los de un mono. Ojos totalmente rojos. Pero sin piernas. Se
arrastraba sobre el serrín.
—...la
ciudad entera había quedado ennegrecida por el fuego. La ceniza y el polvo se
amontonaban. Pero hacía un frío atroz y no había ni rastro de vida... —El
caballero, cuyo gorro de lana ocultaba a medias un rostro morado, se vio
interrumpido de repente por Alice.
—¡Y
están todos alrededor de mi cama! —gimió—.
¡Salen
de las paredes! Y no sirve de nada hablarles. No están ahí para eso.
—¡Protesto!
—exclamó la figura del gorro de lana—.
¿Es
necesario que me interrumpa siempre?
Otras
voces expresaron su conformidad con esta opinión entre murmullos. Harold pidió
calma.
—Vamos,
vamos, tengan la bondad... Hay tiempo de
sobra
para... Pero Alice no estaba dispuesta a dejarse callar. —Están dando vueltas y
vueltas a nuestro alrededor, con ruidos que van hacia atrás. En los rincones de
las habitaciones. Los vi una vez antes de la guerra y nunca se marchan.
Irritada,
la audiencia empezó a parlotear.
Harold
se inclinó en dirección a Alice con una sonrisa tensa en los labios mientras
sus ojos revoloteaban sobre la gente en busca de disidentes.
—Alice,
querida, acordamos que hablarías la última. Los demás también deben tener
ocasión de expresarse.
El
hombre que se había quedado mirando las piernas de Apryl y se había ofrecido a
acompañarla a los pubs de Hessen se abrió camino hasta ella. Su rollizo rostro
brillaba por el sudor y mostraba una sonrisa de lascivia.
—No
debería molestarse más con esta gente —dijo
—.
Debería venir a vernos a nosotros. Los eruditos de Félix Hessen. No somos tan
soñadores. Esto es un circo.
—Sus
dedazos escarbaron en el interior de una mochila de cuero que colgaba de su
hombro. Sacó un panfleto y se lo ofreció—. Vamos a escindirnos discretamente de
ellos. Esta gente no va a ninguna parte. Harriet carece por completo de
carácter y Harold deposita demasiada fe en Alice. Que está como una regadera.
—Soltó una carcajada desagradable.
Al
otro lado de la habitación, Alice se había puesto a cantar Roll outthe barrel
con voz infantil. Otros le estaban gritando. En medio de aquel caos, Apryl se
fijó en la pequeña figura de Otto Herndl. Su sonrisa era muy amplia,
pero
sus ojos mostraban una gran confusión. Parecía aún más tambaleante que antes,
como si alguien le hubiera cortado finalmente los hilos.
—No
lo tengo muy claro, la verdad —replicó Apryl al líder del grupo cismático. Se
puso el abrigo.
—¿Podemos
volver a vernos? —preguntó él.
—No...
No voy a quedarme mucho más tiempo en Londres. Tengo muchas cosas que hacer.
—Pero en medio del caos reinante, no pudo asegurar que la hubiera oído. Se
volvió y se abrió camino a empujones hasta la puerta.
Al
salir, el aire frío del exterior hizo que se encogiera. La oscuridad parecía
antinaturalmente intensa junto a los edificios de apartamentos, y en la calle
principal el tráfico era incesante y veloz en exceso. Se encaminó a la zona
iluminada, al centro de Camden Town. Quería llegar a un sitio normal, con gente
normal, y comenzó a alejarse de los edificios sin iluminar y las cafeterías
mugrientas, los restaurantes de comida rápida vacíos y los pubs viejos y
sórdidos.
La
reunión la había deprimido. Después de haber leído partes de su siniestra
página web, esperaba que Amigos fuese un grupo excéntrico, pero aquella fiesta
de disfraces, con sus políticas internas, sus escisiones y sus ridículas
afirmaciones de conexiones onírico— místicas le parecía digna de adolescentes.
Era todo una fantasía. Una congregación de inadaptados que se sentían
vinculados a
un
artista al que imaginaban como una representación de su propia alienación.
Socavaban la reputación de Hessen al mismo tiempo que se atribuían el papel de
guardianes de su legado.
Se
anudó mejor el pañuelo y se levantó el cuello del abrigo, pero era como si un
residuo de la surrealista marginalidad de aquella reunión continuara adherido a
ella. Y atrajera cosas.
Un
mendigo con una manta blanca y sucia sobre los hombros atravesó cruzando la
calle en dirección a ella. Esquivó por poco dos coches, que hicieron sonar el
claxon al pasar. La violencia de los repentinos y penetrantes sonidos la
sobresaltó. Contuvo la respiración y luego sintió que se le helaba la piel de
miedo al ver que el hombre se acercaba. Su rostro flaco y ceniciento estaba
salpicado de bultos de color morado. Una mujer escuálida con una gorra de
béisbol blanca lo esperaba al otro lado de la calle, con una lata de cerveza en
la mano.
—¿Tiene
cincuenta peniques para una taza de té?
Para
el frío, digo.
Lo
más pequeño que llevaba era un billete de diez libras. Negó con la cabeza sin
mirar al mendigo y apretó el paso. El mendigo no la siguió, pero oyó que
exhalaba un largo suspiro de decepción y frustración antes de decir:
—Oh,
menuda mierda...
No
se refería a ella, sino a la fría e implacable miseria de su vida. A las calles
sucias, a los fríos y grisáceos edificios de viviendas de protección oficial, a
las barandillas de hierro dobladas y a la hierba negra y
agonizante,
iluminada sólo en parte por la tenue luz anaranjada de las farolas, que se
disolvía en las densas y absorbentes sombras proyectadas alrededor del borde de
cualquier cosa sólida.
Allí
la gente no necesitaba soñar con aquellas cosas terribles. Vivía entre ellas.
Seth
entró en su habitación del Green Man. En la oscuridad, en medio de la vaharada
de aguarrás, encogió los hombros para quitarse el abrigo y dejarlo caer sobre
las sábanas con las que había cubierto el suelo. Estaba casi alucinando por
falta de sueño. Se sentía como si pudiese tenderse sobre las manchadas y
polvorientas sábanas y perder el sentido. Se había exigido demasiado.
Necesitaba dormir un día entero antes de su próximo turno. La tensión de haber
pasado otras dos horas en el apartamento dieciséis le hacía aferrarse el cráneo
con las dos manos, como si de este modo pudiera acallar el carrusel de miseria
que aullaba en el interior de su mente. Pensó en los cirujanos cubiertos de
sangre que pasaban horas amputando miembros después de las batallas. Estiró el
brazo hacia atrás en busca de la lámpara y pulsó el interruptor. Luego se apoyó
en la puerta.
Se
quedó mirando la pared sobre el radiador y la sección que había encima de la
chimenea. Su trabajo del día anterior, las cosas que había pintado antes de
marcharse a Barrington House. Lo que vio lo dejó inmovilizado y sin aliento.
Habían estado esperando a que volviera a casa.
Supo
al instante que aquél era el tipo de cosas que los criminales dementes producen
en prisión, donde muy bien podía terminar él sus días. Se parecían a ese tipo
de
pesadillas
de las que te despiertas con un jadeo y te hacen pasar todo el día nervioso.
Dientes
de animales llenaban bocas hipertrofiadas. Pupilas rojas de dolor y rabia lo
miraban directamente a él, su creador. ¿Y qué eran aquellas cosas que caminaban
sobre las patas traseras, parecidas a simios con caras de perro? Hocicos de
hiena y risas de chacal, ojos de cerdo y miembros hechos de huesos de ganado:
aquélla era la obra de su mente descalabrada.
Su
genio. Sus intentos de imitar las obras del apartamento dieciséis. De
distorsionar lo individual dividiéndolo en fragmentos. De hacer pedazos la
sensación de estar completo en un universo ordenado. Pero lo único que había
conseguido era mortificarse y despedazarse a sí mismo. En un frío e irrecusable
momento de claridad se preguntó si acaso, en lugar de destellos de una verdad
oculta, aquellas imágenes no serían sino reflejos de cómo se veía a sí misma
una mente profundamente perturbada.
Experimentó
el repentino y ardiente deseo de mutilarse con un cuchillo antes de golpear la
pared con la cara hasta destrozársela.
Cayó
de rodillas, con los ojos, los dientes y los puños apretados con todas sus
fuerzas, y trató de tragarse la histeria que pugnaba por ascender por su
garganta.
—Dios
mío. Dios mío. Dios mío. ¿Qué es lo que soy?
—murmuró
antes de echarse a llorar. Nunca había derramado tantas lágrimas. Su alma
estaba enferma y se licuaba a través de sus ojos.
La
lobreguez y los desechos que llenaban sus rojizos pensamientos desaparecieron
por un instante, enjuagados por la abrasadora sal de su pena, y por un momento
pudo pensar como lo había hecho mucho tiempo antes. Volver a reconocerse a sí
mismo. Algo parecido al libre albedrío, un último jirón de su antiguo yo que
parecía haberse librado de la porquería. Un lugar minúsculo y brillante de su
interior que crecía al compás de la tenue luz que plateaba las finas cortinas.
Pero
entonces, al volverse, vio a la niñita de la cara llena de lágrimas sentada
junto a las almohadas, observando la puerta. Siempre observando la puerta.
Se
acercó a las cortinas con la respiración
entrecortada por los sollozos. Una pequeña parte de él aún se aferraba a la
negación de que tales cosas pudieran existir, y a la creencia de que el
agotamiento estaba insertando partes de su enfermiza mente subconsciente en lo
que veían sus ojos. Abriría las cortinas y la ventana, aspiraría hondo y
entonces, al volverse, el rostro empapado de lágrimas ya no estaría mirando la
puerta.
Pero
al abrir las cortinas, sus ojos se vieron atraídos al instante hacia el
abandonado patio del Green Man. Bajo el lugar en el que se levantaba el
edificio de apartamentos contiguo, una pequeña congregación de sus antiguos
inquilinos parecía mirarlo con sus cuencas oculares vacías. Detrás de los
enrejados y en el interior del pequeño foso de hormigón que había más allá de
los pisos del sótano, vio fragmentos de cosas blancuzcas y el movimiento vago
de unos miembros que se alzaban para arañar las barras
de
metal frío. El ángulo de sus cabezas y el movimiento de sus bocas finas como el
papel le hizo pensar que habían reparado de repente en una cortina que se movía
y pretendían ahora recabar la ayuda de quienquiera que estuviera observando su
miseria desde allí arriba.
Soltó
las cortinas y volvió tambaleándose a la cama, con los ojos cerrados con
fuerza. Apagó la luz. Luego se hizo un ovillo al pie de la colcha y comenzó a
sollozar.
—Mi
papi va a venir en seguida. Me ha dicho que lo espere —dijo la niña.
Detrás
del voluminoso escritorio, Piotr se levantó pesadamente y se secó la frente.
—Hola,
señorita Apryl. ¿En qué puedo ayudarla hoy?
¿Necesita
el paraguas, quizá?
Estaba
lloviendo de nuevo y le había caído encima un chaparrón al ir de Knightsbridge
a Bayswater. Y se había terminado de poner de mal humor al ver a Piotr
sonriéndole detrás de la mesa. Buscaba a Stephen.
—Lo
siento, estoy empapando la alfombra.
Lentamente
comenzó a recuperarse del frío del viento y la fuerza de la lluvia en el calor
del vestíbulo, que le provocó un leve mareo.
A su
alrededor resplandecían los picaportes de bronce de las puertas. El cristal de
las puertas y los marcos de los cuadros también brillaban. Y la mera idea de
pisar las gruesas y limpias alfombras con las botas manchadas de barro la hacía
sentir cohibida. Aquella parte del edificio estaba inmaculada, sin una mota de
polvo y perfectamente iluminada, pero ni aun así era capaz de disimular la
fragancia de antigüedad que lo impregnaba todo. La zona de recepción no era más
que una fachada. Detrás de aquella pequeña cápsula de luz brillante y calidez
podía sentir el brillo sepia de su escalera y sus carcomidos apartamentos,
esperando allí arriba para aterrorizarla. Con qué rapidez había cambiado su
impresión
del lugar. Su estancia en el hotel y los pocos días que se había tomado para
explorar la ciudad le habían dado perspectiva, le habían permitido ponerse de
nuevo en contacto consigo misma, pero ahora le bastaba con arrimarse
mínimamente a Barrington House para recordar el temor y la confusión de las
noches pasadas allí.
No
obstante, dentro de no mucho tiempo, se libraría de aquel lugar. La empresa de
limpieza haría acto de presencia aquella misma semana, seguida por los de la
inmobiliaria. Y después de eso no tendría que volver allí. Nunca.
—Menuda
tormenta me ha pillado —dijo con una carcajada mientras se ahuecaba el pelo con
las manos. La lluvia se lo había alisado—. Nunca sé qué pensar del tiempo en
esta ciudad. El cielo estaba despejado al salir de Bayswater.
Seguía
sonriendo, pero la afabilidad del orondo portero no terminaba de
tranquilizarla. Siempre le daba la impresión de que estuviera intentando algo.
Rodeó la mesa y, demasiado cerca de ella, alargó un brazo y la tomó por el
hombro.
—Por
favor. Siéntese. Debe usted descansar, ¿no?
—Como
de costumbre, llevaba la camisa demasiado apretada, como si el cuello expulsara
la cabeza hacia el exterior y luego lo estrangulara.
Apryl
dio un paso hacia un lado y colocó una mano sobre la mesa para recuperar su
espacio personal.
—Estoy
bien, sólo un poco mojada. —Dejó el bolso sobre la mesa, se dio unas palmadas
en el abrigo de piel
para
expulsar el agua y se quitó los guantes negros. No podía evitar a Piotr. Lo
necesitaba.
Él
seguía con su constante e irritante parloteo.
—Es
agradable estar en el calor y la comodidad,
¿verdad?
Y a mí me encanta dejar que las chicas bonitas se refugien aquí, ¿sí? —Terminó
con una atronadora y nerviosa carcajada.
A
Apryl comenzaba a costarle seguir sonriendo. Pero lo que pretendía hacer era
una suerte de intrusión. Se había presentado en medio de la lluvia para
interrogar al personal y, si era posible, a una antigua inquilina, sobre el
apartamento dieciséis. Sabía por Stephen que los exclusivos edificios de
apartamentos del oeste de Londres eran muchas veces refugios donde los ricos y
famosos contaban con disfrutar de los niveles más estrictos de privacidad y
seguridad. Los porteros tenían prohibido dar cualquier información sobre los
residentes o sobre el edificio. Stephen le había contado que el secuestro era
un peligro constante para los hijos de la gente adinerada.
—Bueno,
¿qué puedo hacer por usted, señorita Apryl? Hoy estoy muy contento. Es día de
paga, ¿sabe? Así que será una alegría hacer lo que sea.
—Bueno,
tengo una petición un poco insólita.
Piotr
se llevó una mano al pecho y se dio una palmada.
—Al
fin es el día. El día en que la bella mujer entra en Barrington House y dice
que tiene una petición para mí,
¿no?
«No
te pases, gordo.»
—No
sé si lo sabe, pero este edificio tiene cierta historia. Verá, aquí vivía un
pintor. Un hombre llamado Félix Hessen. —Sin revelar que había vivido en el
apartamento dieciséis, Apryl escudriñó el rostro del portero en busca de algún
indicio de reconocimiento, pero éste permaneció vacío y levemente distraído,
como si sólo estuviera pensando en algo que decirle a continuación. Antes de
que tuviera tiempo de interrumpirla, le contó que estaba investigando el pasado
de su tía abuela y que deseaba hablar con una antigua inquilina, alguien que se
había mudado al edificio poco después de la segunda guerra mundial.
—Ahh.
—El portero levantó un dedo en el aire—. Creo que hay tres personas que vivían
aquí después de la guerra, ¿no? La señora Roth y los Shafer. Muy, muy viejos
ya, ¿no? Pero sus enfermeras le han contado a Piotr que viven aquí desde
hace... oh, mucho tiempo.
—Es
asombroso. Mi tía abuela decía que era amiga de la señora Roth y del señor y la
señora Shafer. ¿Cómo se deletrean los nombres?
Piotr
volvió detrás del escritorio y abrió un libro de tapas de cuero que había sobre
él.
Uno
de sus gruesos dedos se desplazó por la lista de nombres y números de
teléfono anotada en las apergaminadas
páginas del libro.
Apryl
se inclinó rápidamente sobre el mostrador. Con ojos frenéticos, recorrió arriba
y abajo la lista de nombres en busca de los apartamentos y sus números de
teléfono. Miró el lugar en el que se había detenido el índice de Piotr:
«Sra.
Roth», seguido por tres números de teléfono. Uno de ellos seguía a la palabra
«Ija», otro a «Henfermera» y el tercero a «Fijo». Este último era el número
0207 y se lo grabó rápidamente en la memoria al tiempo que buscaba su teléfono
móvil.
Mientras
Piotr hablaba rápidamente sobre quedar para «tomar un café, ¿no? Para hablar de
la historia y de la tía Lillian, ¿verdad?» ella sonrió y asintió sin prestarle
demasiada atención, tratando de no dejarse distraer por el sonido de su voz
mientras apuntaba el número de la señora Roth en el listín telefónico de su
móvil. Al ver que Piotr la observaba, se lo llevó rápidamente al oído como si
fuese a escuchar un mensaje.
—Lo
siento, esto es importante. Un mensaje de voz.
—Puso
los ojos en blanco como si estuviera irritada. Tras una pausa verosímil, cerró
la tapa del teléfono y negó con la cabeza—. No es lo que pensaba. —Dicho lo
cual, miró a Piotr a los ojos y sonrió.
El
portero inició una diatriba sobre el móvil, al tiempo que los ojos de Apryl
volvían a recorrer el libro en busca de los Shafer. Allí estaban: número doce,
con un teléfono al lado, que memorizó antes de introducirlo subrepticiamente en
su teléfono sujetándolo por debajo del borde del mostrador.
—No
es buen momento para hablar con la señora Roth y los Shafer. —Piotr sonrió y
abrió los brazos. Luego cerró los ojos—. Pero les diré que ha preguntado por la
tía Lillian, ¿sí? No les gusta que los molesten por la mañana. Quizá si
quedáramos y me contara la interesante historia
sobre
la tía Lillian, podría decirles: «Eh, conozco a una señorita realmente preciosa
que «viene a nuestra bonita casa y es la pariente de Lillian.» Entonces puede
que dijeran que sí, ¿no?
—No
—dijo ella, incapaz de disimular su tono cortante. Pero a continuación lo
suavizó un poco para añadir—: No tengo tiempo. Estoy muy ocupada entre arreglar
lo del piso y quedar con... amigos por la noche. Ya hablaré con esas personas
en otro momento.
Puede
que molestara a los Shafer y a la señora Roth al llamarlos. Ya se habían negado
una vez a hablar con ella. Era un riesgo. Pero tenía que correrlo si quería
confirmar lo que decían los diarios de Lillian. Es lo que le había dicho Miles
en el bar de Notting Hill la noche antes. Tras leer algunos de los diarios de
Lillian, de repente parecía muy interesado en que encontrase a cualquiera que
hubiera podido ver los cuadros de Hessen en Barrington House antes de la
desaparición del pintor. Para un historiador del arte, aquella información
tenía un valor incalculable.
Piotr
la acompañó hasta la puerta que comunicaba con el vestíbulo del ala este. Tan
de cerca, sentía la desagradable calidez de su aliento en la cara y el cuello,
y su parloteo en un inglés deficiente era implacable, insistente. Prácticamente
tuvo que arrojarse al interior del lúgubre ascensor para escapar de la bulbosa
figura, que seguía sonriendo al otro lado del cristal de la puerta mientras
ésta se cerraba. Piotr imitó el gesto de llevarse un teléfono al oído mientras
le enseñaba todos sus
pequeños
y cuadrados dientes.
Se
volvió y fingió no haberlo visto. Pero al tiempo que lo hacía vislumbró algo
con el rabillo del ojo. Sólo por un instante, en el espejo del ascensor. Algo
que se movía rápidamente detrás de ella. Alto, descarnado y blancuzco, se
esfumó rápidamente de su campo de visión.
Conteniendo
la respiración, se revolvió por todo el resplandeciente pero vacío ascensor. No
había nada allí salvo ella.
—Dios
—dijo mientras exhalaba al fin. Luego observó el panel, mientras el ascensor
continuaba con lo que parecía un deliberadamente lento ascenso. «Seis, siete...
vamos... ocho... nueve.» ¿Y por qué no se abrían ahora las puertas? Nunca
habían tardado tanto, ¿verdad?
Con
un susurro, las puertas al fin se abrieron y Apryl salió precipitadamente del
ascensor, miró hacia atrás y vio en el espejo su rostro aterrado y pálido. Un
rostro con una expresión que antes sólo había visto en los espejos de
Barrington House.
—¿Quién
es? ¿Qué quiere? —El tono de voz era tan desagradable como el estallido de una
vajilla de porcelana sobre un suelo de baldosas.
Apryl
se aclaró la garganta, pero ni ella misma habría reconocido como propia la
vocecilla que salió de sus labios.
—Soy...
Eh, me llamo...
—¿Quiere
hablar de una vez? ¡No la oigo! —El tono de la señora Roth ascendió por encima
del mero fastidio. Al oír aquella voz anciana, cortante, demasiado quebradiza
para
transmitir calidez, Apryl sintió el deseo instantáneo de colgar.
—Señora
Roth. —Levantó la voz, pero fue incapaz de eliminar el temblor de sus
palabras—. Espero que no le importe que la haya llamado, pero...
—Pues
claro que me importa. ¿Quién es usted? — Por detrás de su voz se oía la música
de un programa de televisión.
—Me
llamo Apryl Beckford y soy...
—¿Qué
dice? —gritó la anciana, antes de añadir «no sé quién es» a alguien que debía
de estar con ella en la habitación—. ¡No! No lo toques. ¡Déjalo! ¡Déjalo! —le
gritó a su acompañante.
—La
televisión. Quizá debería bajar el volumen de la televisión —le sugirió Apryl.
—No
sea ridicula. La estoy viendo ahora mismo. No le pasa nada. Me la ha arreglado
Stephen. No me interesa comprar nada. —El auricular golpeó el teléfono con el
estrépito de una piedra lanzada contra un parabrisas.
Apryl
se sobresaltó y permaneció unos segundos oyendo el pitido de la línea,
demasiado aturdida para reaccionar.
Tres
horas después, sentada en la cama del cuarto de Lillian, volvió a intentarlo.
Esta vez no se oía el ruido de ninguna televisión de fondo. Pero la voz de la
mujer inducía a pensar que acababa de despertarse.
—¿Sí?
—Oh,
espero no haberla despertado.
—Pues
lo ha hecho. —Las palabras se desplegaron
como
criaturas sombrías y malvadas, y en sus
pensamientos Apryl vio que unos ojos crueles se entornaban—. No duermo por las
noches. No me encuentro bien. ¿Cómo podría dormir?
—Lamento
mucho oír eso, señora Roth. Espero que se recupere pronto.
—¿Qué
quiere? —preguntó la anciana con un tono parecido a un ladrido.
—Verá...
—Su mente se quedó en blanco—. Bueno, la llamo porque...
—¿Qué
dice? No tiene el menor sentido.
«Pues
cierra la boca, zorra malvada, y déjame que me explique.»
—Me
interesa mucho Barrington House, señora Roth.
Su
historia. Verá...
—¿Y
qué tiene eso que ver conmigo? No quiero comprar nada.
Apryl
se imaginó que volvería a colgarle violentamente y se preparó.
—No
vendo nada. Soy la sobrina nieta de Lillian Archer, señora Roth. Sólo estoy
investigando sobre su vida. No llegué a conocerla. Y tengo entendido que lleva
usted mucho tiempo viviendo aquí. Me encantaría tener la ocasión de hablar con
usted, porque estoy convencida de que tiene cosas interesantísimas que contar.
En especial sobre aquel artista...
—¿Un
artista? ¿Qué quiere decir con «artista»?
—Mmm.
Un hombre llamado Félix Hessen. Vivía en...
—Ya
sé dónde vivía. ¿Qué es lo que intenta?
¿Aterrorizarme?
No me encuentro bien. Soy una mujer mayor. Y es muy cruel de su parte llamar
para recordarme a ese hombre. ¿Cómo se atreve?
—Lo
siento. No pretendía alterarla, señora. Sólo he venido desde Estados Unidos
para hacerme cargo de las cosas de mi tía abuela...
—¡No
me interesan en absoluto los Estados Unidos!
Apryl
cerró los ojos e hizo un gesto de desesperación con la cabeza. Pero ¿qué le
pasaba a aquella gente? Aparte de Miles, todas las conexiones con Félix Hessen,
por más tenues que fuesen, conducían a gente inestable, inadaptada o senil.
Estaba empezando a agotarla. Era imposible comunicarse con ellos. No la
escuchaban. Sólo estaba allí como audiencia para sus locuras. Aspiró
profundamente.
—No
pretendo hablarle de Estados Unidos.
Escúcheme, por favor. No intento venderle nada. Ni tampoco quiero asustarla.
—La irritación transmitió mayor fuerza a sus palabras.
—No
hace falta que me grite, querida. No resulta muy agradable.
Apryl
se mordió el labio inferior.
—Sólo
quiero hablar con alguien que conociese a mi tía abuela y a Félix Hessen. Ella
escribió muchas cosas sobre él. Sólo se trata de eso, una mera conversación.
Y
entonces sucedió algo que llenó a Apryl de remordimientos por haberle levantado
la voz a aquella confusa y anciana señora a la que había despertado en mitad de
la siesta. La voz de la señora Roth comenzó a
temblar
hasta coagularse en un sollozo.
—Era
un hombre horrible. Y no puedo dormir por su culpa. Ha empezado de nuevo.
—Señora
Roth, se lo ruego, no llore. Siento haberla molestado. Sólo quiero hablar con
alguien que hubiera vivido aquí y conociera a Lillian.
La
mudable voz se desintegró en unas cuantas palabras débiles, intercaladas con
sollozos.
—Aún
lo oigo. Lo he contado abajo.
Apryl
trató de comprender lo que le estaba diciendo.
—Señora
Roth, siento mucho haberla alterado. Parece estar muy triste. Mi tía también lo
estaba. Por culpa de ese hombre.
—Igual
que yo, querida. Y tú también lo estarías en mi lugar. Me crees, ¿verdad?
—Sí,
la creo. Por supuesto que la creo. Y pienso que le vendría bien hablar con
alguien. Creo que necesita una nueva amiga, señora Roth.
En
algún lugar del apartamento, el metrónomo de un reloj lanzó un eco acerado que
se propagó como una mala noticia por las habitaciones vacías. Pero ella no
podía ver el reloj ni parecía capaz de acercarse a aquel lejano sonido. Y aún
le costaba creer que existieran pisos como aquél en Barrington House: con la
pintura levantada y marchitos por el abandono desde el suelo al techo,
habitación tras habitación.
Precedida
por la pequeña enfermera filipina de rápidos y cortos pasos, Imee, Apryl avanzó
como aturdida
por
el largo vestíbulo del apartamento de la señora Roth. El ruido de sus botas
resonaba con fuerza sobre la desgastada alfombra. Puede que hubiera sido azul
en su día, pero ahora estaba deshilachada y descolorida.
A un
lado del perchero y de la mesita del teléfono había una pequeña y vieja cocina,
ocupada en su mayor parte por unos fogones esmaltados y una nevera antigua.
Parecía llevar años sin usarse.
Apryl
se asomó un momento al salón. Con ojos rápidos vislumbró detalles de un
elegante desorden. Un carrito de plata para las bebidas descansaba ociosamente
cargado con decantadores de cristal, un cubo para el hielo, unas pinzas y
botellas de licor medio vacías. El pesado y viejo mobiliario se había retirado
como con tristeza a los rincones. Unas gruesas cortinas, con un hilo trenzado
de color dorado, ensombrecían la atmósfera de la estancia. Y todo ello bajo un
soberbio candelabro que colgaba como un gigantesco cristal de hielo sobre una
mesa de caoba.
La
escasa luz delineaba aquellos objetos antaño elegantes pero ahora recubiertos
por una película de polvo. Parecían congelados en desamparada desesperación por
la ausencia de quienquiera que hubiera poblado en su día aquel espacio. La
imagen le inspiró un acceso de melancolía. En el estruendoso maremagnum del
exterior, del tráfico furioso y los peatones desconocidos, de los feos y
trágicos edificios de protección oficial, de la basura arrastrada por el
viento, de los mendigos y de la intensa energía que te agotaba y
estimulaba
al mismo tiempo, ¿cómo podía pervivir aún semejante quietud? Desaliñado por el
abandono, pero impertérrito y ominoso en su silencio, era otra reliquia callada
de una época de damas elegantes en vestido de noche y caballeros de esmoquin.
Y no
había nada en ninguna de las paredes. Ni cuadros ni espejos. Ni una simple
acuarela. Nada de nada. Junto al baño, una puerta abierta revelaba un
dormitorio más pequeño con una cama deshecha. La habitación de la enfermera
junto a los aposentos de la reina. Frente a los que llegaron en ese momento. La
enfermera se detuvo delante de la puerta cerrada y bajó sus solemnes ojos,
demasiado cansada para molestarse siquiera en esbozar una sonrisa. Detrás de la
antigua puerta resonaba el altísimo volumen de un televisor. Imee
llamó
a la puerta con tal fuerza que Apryl dio un respingo.
Al
oír que respondía una voz, teñida de ferocidad por la vejez, desde el otro lado
de la puerta, entró en el dormitorio principal.
Apryl
sospechaba que la arrugada y encogida figura se había colocado y preparado
deliberadamente para su llegada. Menuda como una niña, con los brazos cubiertos
de manchas y finos como palitos apoyados sobre las mantas, y unas manos tan
grandes que parecían absurdas por debajo de las huesudas muñecas, la señora
Roth estaba incorporada a medias sobre la cama. Llevaba un camisón de seda azul
con costuras de encaje, un atuendo que no conseguía otra cosa que aumentar el
horror que
inspiraba
el cuerpo anciano que envolvía. El peinado, arreglado con esmero pero
grotescamente pasado de moda, tenía el inconfundible brillo que dejan los
cuidados recientes. Era tan alto y tan inmaculadamente cónico como la mitra de
un obispo, pero transparente. El pico desprovisto de labios que era la boca,
por encima de una barbilla cubierta con profusión de arrugas, protuberante como
el hocico de un perrillo, estaba pintado de rosa brillante. Unos ojillos
rebosantes de desconfianza observaron la entrada de Apryl.
—Siéntate
ahí —ordenó la voz mientras los ojos de mirada dura se volvían un instante
hacia las dos sillas que había junto a la cama, al otro lado del televisor.
Con
una débil sonrisa, Apryl se descolgó el bolso del hombro e hizo ademán de
sentarse en la silla más cercana.
—Hola,
señora Roth. Es muy amable al recibirme.
Quería...
—¡Ahí
no! —exclamó la figura—. En la otra.
—Perdone.
Como estaba diciendo...
—Olvídate
de eso. Quítate el abrigo, querida ¿Qué clase de mujer lleva el abrigo dentro
de casa?
Al
otro lado de la enorme cama en cuyo centro se acurrucaba la minúscula figura
rodeada de grandes almohadones blancos, había dos pequeños tocadores repletos
de fotografías. Los rostros en blanco y negro de todas ellas miraban en
dirección a los pies de la cama, donde Apryl estaba sentada, incómoda sobre un
sillón orejero que le impedía la visión en todas direcciones y la
obligaba a concentrarse en la criaturilla de los almohadones.
Realmente
se podía decir que le habían concedido audiencia. Pero ¿qué clase de audiencia? El comportamiento de la señora Roth no
fomentaba ningún tipo de comunicación razonable, pero ése era precisamente su objetivo. La astuta
anciana mantenía un control total tanto de la conversación como de sus
visitantes al perturbarlos y empequeñecerlos por medio de sus desaires. ¿Y
quién iba a protestar? ¿Un invitado o un miembro impotente del personal del
edificio que precisamente cobraba su sueldo de ella, como los porteros de la
planta baja? Hasta el locuaz y sencillo Piotr se estremecía a la mínima mención
del nombre de la señora Roth. Y el rostro de la pobre Imee reflejaba el mismo
miedo e idéntica aversión. La enfermera no entró en la habitación, mantenida
fuera posiblemente por alguna antigua norma. En vez de ello, aguardaba junto a
la puerta. Pero, tal como Miles había recordado a Apryl, la señora Roth formaba
parte del reducido y menguante grupo de gente aún viva que podía atestiguar la
existencia de los míticos cuadros de Félix Hessen. También estaba allí en su
nombre. Y, lo que era más importante para ella, había conocido a Lillian. Los
últimos vestigios tangibles de
cuya
vida estaban evaporándose.
Al
menos la señora Roth parecía más lúcida que la Alice de Amigos de Félix Hessen,
y bajo aquel caparazón de hostilidad, la anciana ocultaba un corazón
vulnerable.
—No
quiero hablar sobre él —dijo la señora Roth
como
si pudiera leerle la mente.
—¿Cómo?
—preguntó Apryl.
—Ya
sabes a quién me refiero. No intentes jugar conmigo. No soy una estúpida. Y si
lo crees así, es que eres boba.
«Entonces,
¿por qué accedes a verme?» No podía arriesgarse a provocar una discusión. La
señora Roth era de armas tomar, así que sería mejor que esperase a que cambiara
de humor. Y sabía por experiencia que la gente maleducada y grosera no suele
ser insensible al halago. La misma inseguridad que generaba su fachada
amenazante podía convertirse en su talón de Aquiles.
Apryl
esbozó su sonrisa más dulce e inocente.
—Jamás
se me ocurriría sugerir semejante cosa, señora Roth. Una estúpida no viviría en
un piso tan majestuoso. Nunca había visto un sitio como éste.
—No
seas ridicula. Es horrible. —Pero en cuanto su intento de ganarse a la anciana
resultó repelido, el humor de ésta pareció tornarse un poco más conciliador—.
Deberías haberlo visto cuando mi marido todavía vivía. Menudas fiestas
celebrábamos, querida. Venía gente encantadora. La clase de gente que tú nunca
llegarás a conocer. Nunca has visto caballeros como aquéllos. Y qué decir de la
belleza de las señoras. Las chicas de ahora no les llegáis ni a la suela de los
zapatos. Mírate, querida, deberías hacer algo con ese pelo. Es espantoso.
Apryl
trató de mantener la sonrisa.
—Sí,
tiene razón. Quizá podría usted recomendarme a alguien. Nada más entrar me he
fijado en el precioso color
de
su pelo. Es esplendoroso. —Apryl contempló la esmerada cúpula que formaban los
mechones y sonrió con toda la sinceridad que pudo.
La
señora Roth se ruborizó.
—¿Quieres
una taza de té?
—Me
encantaría.
La
anciana cogió una campanilla de bronce que había sobre la cama y comenzó a
sacudirla violentamente.
—Oh,
¿dónde se ha metido? —exclamó en el mismo instante en que empezó a sonar el
instrumento.
Segundos
más tarde se abrió la puerta y entró Imee sin hacer ruido, con los ojos
clavados en sus zapatillas blancas.
—Queremos
té, Imee. ¡Té! Mi invitada ha estado bajo la lluvia y te has vuelto a olvidar
de preparar el té.
—Lo
siento, señora Roth —se disculpó la mujer.
—¿Cuántas
veces tengo que decírtelo? Y tarta. Trae las tartas. Quiero la amarilla y la
rosa.
La
señora Roth la siguió con mirada furiosa hasta que hubo abandonado la
habitación, y luego dijo:
—Mira
aquí. Aquí, querida. Éstos son los nietos de mi hija. Son preciosos. Ayer llevé
a Clara a Claridge a almorzar. Y cuando el camarero le preguntó lo que quería,
ella le dijo: «Fish and chips.» Es un amor. Nunca has visto una niña más
encantadora. Mira esto. Aquí, te digo. — Irritada porque Apryl no se había
movido lo bastante de prisa en respuesta a la más reciente de sus impulsivas
exigencias, comenzó a señalar en la dirección del tocador que tenía a la
derecha.
Cuando
volvió Imee con el té y las tartas en un pequeño carrito de plata, Apryl bajó
la mirada. Encogida en su asiento e impotente para actuar, presenció cómo la
señora Roth humillaba a la enfermera hasta el punto de llamarla «condenada
estúpida» por no colocar las cosas del té del modo que le habían dicho «un
centenar de veces».
—Soy
enfermera, señora Roth, no camarera — respondió Imee antes de marcharse
apresuradamente del cuarto al borde de las lágrimas.
—¿Tarta,
querida? Toma un poco. Me encanta la rosa. Me la trae mi hija.
Era
de tan mala calidad y estaba tan seca que Apryl tuvo que hacer auténticos
esfuerzos para tragar un bocado.
—Te
pareces a Lillian —dijo la señora Roth mientras se limpiaba las migas de la
comisura de la boca con un nudillo hinchado.
—¿Ah,
sí?
La
anciana asintió.
—Cuando
era muy joven. Era una mujer muy hermosa.
Qué
pena que se volviese loca.
Y
entonces, de manera totalmente inesperada, la señora Roth pidió a Apryl que
encendiera la televisión para ver un concurso, durante el cual le prohibió
hablar. Luego, al llegar la primera pausa publicitaria, se había quedado
dormida con el televisor encendido a todo volumen.
Apryl
permaneció allí sentada unos minutos, observando la figura dormida, que de vez
en cuando emitía
algún
silbido por la nariz. A continuación probó a repetir
«Señora
Roth, señora Roth» tres veces, pero en vano. Era imposible despertar a la
mujer. Parecía profundamente dormida. Pero cuando al fin, impelida por la
necesidad, se levantó para ir al baño, la señora Roth abrió los ojos.
Los
lechosos orbes flotaron a la deriva en las cuencas oculares hasta centrarse en
Apryl.
—¿Adónde
vas? Siéntate ahora mismo.
—Iba
al baño.
—Oh.
—Se
había quedado usted dormida.
—¿Cómo?
—Que
se había quedado dormida. Puede que haya venido en mal momento.
—¿Qué?
¡Bobadas! No he hecho tal cosa. No te inventes tonterías.
—No.
Bueno, en ese caso me habré equivocado.
Sólo
será un momento.
La
señora Roth levantó la campanilla y comenzó a agitarla furiosamente de nuevo.
Apryl e Imee se cruzaron en la puerta, donde intercambiaron miradas cansadas,
nerviosas, pero, en última instancia, cómplices. Unas miradas familiares para
quienes acostumbran a soportar los abusos de gente mezquina con poder.
Al
volver del baño, trató de escoger un modo diplomático de desviar de nuevo la
conversación hacia Félix Hessen, pero la señora Roth se le adelantó. Parecía
que al fin estaba lista para hablar sin que la incitaran. Era como si hasta
entonces hubiera estado poniendo a prueba
si
su invitada era digna de recibir aquella información. Jugando un juego en el
que no le daría lo que quería hasta haberla atormentado primero. Y, por suerte,
quitó el sonido a la televisión.
—Así
que quieres que te hable de Félix. Para eso has venido. A mí no me engañas,
querida. Pero no te servirá de nada. No lo entenderás. Nadie lo entiende.
—Inténtelo.
Por favor.
—Volvió
loca a Lillian. Eso ya lo sabes, ¿verdad? Apryl asintió.
—Sí,
lo sé. Pero quiero saber cómo.
La
señora Roth se miró las manos en silencio. Cuando Apryl comenzaba a preguntarse
si volvería a hablar alguna vez, dijo:
—No
me gusta pensar en él. Nunca he querido recordarlo. —Su voz sonaba fatigada.
Hasta el último vestigio de su carácter frágil, complicado e intratable había
desaparecido de su voz. Pero no fue capaz de mirar a Apryl a los ojos al
continuar—: Cuando por fin desapareció,
todos rezamos para que se hubiera acabado. Pero fue una ingenuidad. Los hombres
como él no se rigen por las mismas normas que el resto de nosotros. Lillian lo
sabía. Te habría dicho lo mismo. Nadie nos habría creído. Pero sabíamos la
verdad.
Apryl
se inclinó hacia ella.
—Cuando
llegó aquí... No recuerdo cuándo fue eso... pero después de la guerra. En fin,
cuando Arthur y yo llegamos desde Escocia ya estaba aquí. —Hizo una pausa y
pasó una mano nudosa por la colcha—. Era el hombre
más
apuesto que jamás había visto. Todos lo
pensábamos. Pero no sonreía nunca. Jamás. Y nunca hablaba con nadie. Nos
parecía raro. Éste nunca había sido un edificio de gente retraída. Más bien al
contrario. No era como ahora. Antes era un lugar maravilloso, en el que tus
vecinos eran tus amigos. Nos divertíamos mucho juntos. Y sólo había gente
decente, cariño, no como ahora. Ahora está lleno de basura; gente sin modales.
Deberías oír los ruidos que hacen. Ya ni siquiera sabes quién es tu vecino de
al lado. La gente viene y va constantemente. Es intolerable.
Comenzó
a sorber por la nariz. Del interior de la manga de su camisón sacó una
servilleta y la usó para secarse los ojos. Una alargada y pesada lágrima, que
en su rostro parecía incongruente, rodó por la mejilla de la anciana y fue a
estrellarse contra su muñeca.
En
un gesto instintivo, Apryl se le acercó y se sentó al borde de su cama. Al
instante, la señora Roth le ofreció la mano libre. Estaba retorcida por la
artritis y muy fría. Apryl le calentó los dedos entre las palmas de las suyas.
Este simple gesto hizo que la señora Roth se echase a llorar aún con más
fuerza, del mismo modo que la pena de un niño se intensifica en la seguridad
que le ofrecen los brazos de uno de sus padres.
—A
menudo te lo podías encontrar en la escalera. Nunca utilizaba los ascensores.
Siempre estaba allí parado, mirando los cuadros. Los descolgaba de las paredes
y los estudiaba. Pero se volvía hacia ti si lo molestabas. Yo detestaba que
hiciera eso. Nadie quería
mirarlo
a los ojos, querida. Era un lunático. Un completo loco. Nadie en su sano juicio
tiene unos ojos así. Ninguno de los inquilinos estaba cómodo con su presencia
aquí. Muchos de nosotros éramos judíos y sabíamos que había sido seguidor de
Hitler... ¿Cómo se llamaba aquella gente?
—Fascistas.
—No
me interrumpas, querida. No hay cosa que más rabia me dé que una mujer sin
modales.
—Perdone.
—Pero
fue así durante años. Nunca mantuve una sola conversación con él. Ni una. Nadie
hablaba con él. Tampoco les gustaba a los porteros. Le tenían miedo. Todos se
lo teníamos, querida. Vivía en el piso de abajo. Justo debajo. —Señaló el
suelo—. Y siempre estaba haciendo ruidos de noche. Moviendo las cosas de sitio.
Despertándonos con aquellos golpes y con los gritos. Se le oía hablar en voz
alta. Como si hubiera otra habitación en nuestra casa. Y se oían otras voces,
pegadas al techo, debajo de nuestros pies. Pero nunca vimos a nadie entrar o
salir. No sabíamos cómo conseguía que llegaran hasta allí. Preguntamos a los
porteros y juraron que nadie había llamado al caballero del número dieciséis.
Pero tenía compañía.
Y no
era la radio. Las radios no suenan así, cariño.
»A
veces parecía que su piso estaba lleno de gente. Como si estuviera celebrando
una fiesta, aunque no demasiado agradable. Los demás vecinos decían lo mismo.
Toda la gente del ala oeste lo oía.
Y la
cosa fue empeorando. Antes del accidente la gente empezó a mudarse por su
culpa.
»Y
entonces, una noche... una noche que nunca olvidaré, oímos un escándalo
espantoso. Gritos. Unos gritos realmente horribles debajo de nosotros. Como si
alguien estuviera experimentando una verdadera agonía. Como si lo estuvieran
torturando. Estábamos conmocionados. No podíamos movernos. Arthur y yo lo oímos
todo sentados en la cama. Hasta que cesaron los gritos.
»Y
entonces Arthur bajó. Llamó a tu tío Reggie y a Tom Shafer, que fueron con él.
Todos iban en pijama. Reggie fue porque había estado tratando de conseguir que
expulsaran a Hessen de allí. También llamaron al jefe de los porteros y a la
policía. Y al abrir la puerta, se lo encontraron en el salón...
Se
cubrió la cara todo lo que pudo con el pañuelo y sollozó. Cuando volvió a
hablar, tenía la voz quebrada.
—Bajé
con Lillian para ayudar. Había tenido un terrible accidente... Había perdido
toda la cara. Hasta el hueso.
»Se
lo llevaron. Pensamos que moriría. Era imposible sobrevivir a tales heridas. Y
nadie sabía qué le había pasado. Debió... debió de hacérselo él mismo.
»Pero
volvió, meses después, con la cara
completamente vendada. Y con una enfermera a la que despidió pocos días más
tarde. Algunos de nosotros incluso le
mandamos flores y tarjetas al pobre desgraciado. Sabíamos que estaba
allí, pero no abría la puerta. Al igual que antes, sólo quería que lo dejasen
en
paz.
Así que lo hicimos. Al menos hasta que todo volvió a empezar. Solo que esta vez
fue peor que antes.
»Era
un hombre malvado, ya te lo he dicho antes. Y ahora vuelvo a tenerlas, las
pesadillas. Los sueños mataron a Reginald y a Arthur, querida. Ya nadie me
cree, pero por aquel entonces lo sabíamos. Él los mató a los dos.
Apryl
no pudo seguir en silencio un momento más.
—¿Cómo,
señora Roth? Yo creía que sólo era un pintor.
—No,
no, no. —Negó vehementemente con la cabeza. Tenía los ojos inflamados en los
bordes—. Ya te lo he dicho, había algo extraño en él, algo malvado. Nunca he
conocido a nadie que pudiera llegar a ser tan malo, cariño. No tendría que
haber venido aquí. No recuerdo por qué lo hizo. Pero arruinó el edificio. Lo
destruyó.
—¿Cómo,
señora Roth? Mi tía abuela escribió las mismas cosas. ¿Qué fue lo que hizo?
—Las
sombras han vuelto a las escaleras. No pudimos librarnos de ellas entonces y
ahora han vuelto. Cambiaron las luces, pero no sirvió de nada. La gente dejó de
venir aquí. Los que ya estaban se marcharon. Pero algunos de nosotros nos
negamos a permitir que destruyera nuestro hogar. Había sido un lugar
maravilloso hasta su llegada.
—¿Vio
usted... sus cuadros? La señora Roth asintió.
—Eran
horribles. No te puedes hacer una idea. No sabía lo que era la belleza. Nos
hizo soñar con ellos.
Pensamos
que el coronel estaba perdiendo la chaveta. Antes vivía aquí. Y la señora
Melbourne. Ellos fueron los primeros en verlos. De noche, querida.
»La
gente tomaba pastillas e iba al médico. A médicos de verdad. No como los que
tenéis ahora, querida. Ahora no saben nada. Son unos auténticos idiotas. Pero
ni siquiera los médicos de entonces podían hacer nada por quienes tenían las
pesadillas. Reginald fue el siguiente. Y Lilly. Y luego yo. Era una jovencita.
—Se echó de nuevo a llorar mientras le estrechaba las manos a Apryl.
—¿Qué
eran? No lo entiendo. ¿Qué eran los sueños?
—No
puedo explicarlo. No sabría cómo. Pero nos hizo ver cosas. Crees que estoy
loca, ¿verdad?
—No,
no lo creo.
—Sí,
lo crees. Crees que soy una vieja loca. Pero no es así.
—No.
No. —Apryl le acarició la espalda, a lo que la señora Roth respondió con un
nuevo ataque de sollozos.
Comenzó
a hablar con voz afligida mientras sorbía por la nariz.
—Las
voces salían de su apartamento a las escaleras y desde allí entraban en
nuestros cuartos. Arthur y yo nos sentábamos juntos y las oíamos. No había
nadie allí, pero siempre las oíamos a nuestro alrededor. Desde cualquier sitio
cercano a su piso podías oír las cosas que se había traído consigo. Salían de
allí. —Volvió a señalar el suelo con una mano retorcida.
»Oh, era horrible. —Comenzó a hablar
atropelladamente,
entre sollozo y sollozo. Apryl inclinó la cabeza hacia ella, pues cada vez le
costaba más entender lo que estaba diciendo—. La señora Melbourne saltó desde
el tejado. La vi allí, en q1 jardín. Chocó contra el muro. Y no fue la última
que lo hizo. —Esta última frase la pronunció en voz baja y con un remordimiento
genuino que hizo que le temblara la voz, pero no pudo o no quiso mirar a Apryl
mientras lo hacía.
—Oh,
señora Roth, lo siento mucho. Eran sus amigos.
Debió
de ser terrible.
—No
puedes ni imaginarlo. Fue culpa suya. Lo hizo él.
—¿Con
sus cuadros?
La
señora Roth aspiró hondo y se tragó un hipido.
Asintió
una vez.
—Decidieron
hacerle frente. Reginald, Tom y Arthur. Fueron a verlo, querida. Estaban
furiosos. No te puedes hacer una idea de cuanto. Todos estábamos muy enfadados
con él. Así que los hombres se presentaron en su apartamento porque no nos
cogía el teléfono ni respondía a las cartas de la dirección. Cogieron las
llaves de la oficina del portero y entraron en el apartamento.
»Y...
tenía un aspecto horrible. Dijeron que llevaba la cabeza totalmente envuelta en
algo. Y una máscara sobre el rostro. Era roja. De tela. Y al otro lado de ella
se adivinaba la horrible forma de su cara, querida. La llevaba totalmente
pegada a la carne. No supieron qué decir. Pero Reginald trató de mantener la
calma. Le preguntó qué creía que estaba haciendo con nuestra casa.
»Se
rió de ellos. Se rió, sin más. Ellos fueron
razonables.
Eran buenas personas. Pero él se echó a reír. Llevaba el rostro tapado por
aquella... aquella cosa roja. Sólo podían verle los ojos.
»Y
entonces volvieron a verlos. En las paredes. Lo que había estado haciendo todo
ese tiempo allí dentro. Eran aún peores que antes. Todas las terribles cosas de
nuestros sueños. Los cuadros...
—¿Cómo
eran? Dígamelo, por favor. Se lo ruego.
—Y
entonces Reginald perdió los estribos. Cogieron...
—¿Sí?
La
señora Roth se incorporó en el lecho y soltó la mano de Apryl. Sus
sollozos e hipidos cesaron
repentinamente y su rostro volvió a transformarse en una fachada sombría e
imperturbable.
—Estoy
cansada.
—Pero...
estaba usted hablándome... de los cuadros.
—No
quiero hablar sobre eso. No es importante.
—Pero
estaba usted muy alterada. Me gustaría entenderlo.
—No
es asunto tuyo. Quiero que venga Imee. ¡Imee!
¿Dónde
está mi campanilla? Es mi hora de comer. No deberías venir de visita a la hora
de comer. Es una grosería. —Comenzó a agitar la campanilla junto a la oreja de
Apryl. De manera deliberada, habría jurado ésta.
Volvió
a la silla para recoger sus cosas. Entonces se dio la vuelta para decir algo
mientras Imee entraba por la puerta, pero descubrió que estaba demasiado
afectada por la historia de la señora Roth como para mover los labios. Y además
era evidente que la mujer estaba
aterrorizada
y había contado más de lo que había pretendido.
Apryl
se alejó rápidamente de la cama, sin volverse hasta haber ganado la seguridad
de la puerta. Imee estaba junto a la cama, encorvada por la intensidad de las
reprimendas proferidas a gritos desde los almohadones.
«Un
cojín sobre esa vieja cara no le iría mal». La presencia de aquel pensamiento,
que no parecía propio de ella, dejó acongojada a Apryl.
Salió
por sí sola. «¿Qué clase de mujer sale por sí sola, querida?» El alivio por
librarse de la espeluznante anciana la empujaba por el viejo pasillo, y la
emoción por las revelaciones que podría contarle a Miles prestó mayor agilidad
a sus botas de tacón alto. Hasta que abrió la puerta principal y salió al
descansillo.
Tan
repentino que la dejó sin aliento, algo blanquecino se movió a su izquierda.
Encogida de terror, inhaló tan de prisa que se le escapó un pequeño chillido.
Luego miró más allá de la mano que había levantado para espantar aquella cosa.
En la periferia de su visión alcanzó a vislumbrar una forma con alas que se
abalanzaba velozmente hacia ella, con una mancha rojiza encima de lo que sólo
podían ser unos hombros huesudos.
Y
mientras miraba entre sus dedos enguantados el espejo grande e impoluto que
había en la pared opuesta al ascensor, algo blanco se levantó fugazmente en el
interior del marco dorado. Al reparar en ello se volvió con rapidez para ver el
origen del reflejo de lo que había a su derecha.
Aterrada
por haberse apartado del reflejo y no del
verdadero
atacante, retrocedió dos pasos tambaleantes y se preparó para recibir el
impacto.
Pero
no había nadie en el descansillo con ella. Recorrió con la mirada la escalera y
las puertas del ascensor en busca de lo que se había lanzado sobre ella, pero
nada se movía allí, excepción hecha del acelerado ascenso y descenso de su
propio pecho al tratar de recobrar el aliento.
—¿Qué
estás haciendo?
La
penetrante voz le llegó desde atrás. Seth no tuvo siquiera que volverse para
identificar a la persona que lo había sorprendido abriendo la puerta del
apartamento dieciséis. Era una voz que había oído a través del teléfono del
edificio la mayoría de las noches de los últimos seis meses. Pero cuando se
volvió hacia la señora Roth y la vio vestida con una bata azul claro y unas
zapatillas rojas, su infantil vulnerabilidad había desaparecido, junto con la
fragilidad y confusión que exhibiera en su último encuentro, junto a aquella
misma puerta. Esta vez su peinado era perfecto: el bulbo de fina plata que le
cubría el cráneo moteado no había rozado siquiera la almohada. Había pasado
toda la noche incorporada esperando a que comenzaran los ruidos.
Presa
del pánico por haber sido sorprendido — podían despedirlo por entrar en aquel
apartamento, aparte de que le echarían la culpa de los ruidos que provenían de
allí—, Seth trató de decir algo. Pero no lo consiguió, enmudecido por su propio
miedo. Con toda seguridad, la señora Roth hablaría con Stephen a primera hora
de la mañana, si no antes. No estaba simplemente enfadada. Se había enfurecido
al verlo frente a aquella puerta con las llaves en la mano. Tenía el rostro
teñido de rojo, el labio inferior tembloroso por la emoción y los ojillos
entornados
por
la furia. Levantó el brazo con el codo doblado en un gesto de autoridad y la
manga acolchada de su bata resbaló por un antebrazo demacrado, cubierto de
venas azules y continentes enteros de decoloraciones hepáticas.
—Te
he hecho una pregunta. ¿Qué estás haciendo?
—Fue
alzando la voz mientras hablaba hasta acabar gritando. Iban a oírla. Seth
habría querido hacerla callar, pero era incapaz de actuar, de intentar
calmarla. La anciana era demasiado lista. Demasiado consciente de las
debilidades de los demás, de la mísera condición de Seth y de la ventaja que le
concedía el hecho de ser una inquilina. Y tenía demasiadas ganas de acusar y
atormentar.
Seth
tragó saliva.
—He
oído un ruido. Pensé que había entrado alguien.
—Embustero.
Eres un embustero. Eres tú. ¡Tú! El que hace los ruidos ahí dentro. Lo has
hecho para asustarme, porque sabes que vivo arriba. Es una crueldad aterrorizar
a una anciana. Quiero ver a Stephen ahora mismo. Llama a Stephen. ¡Vamos!
Seth
se sentía enfermo. No era capaz de librarse del acongojante nudo de terror que
se le había formado detrás del esternón. Era como volver a ser un niño pequeño.
Aquella mujer siempre conseguía abochornarlo.
«Zorra.»
Su
mera imagen le inspiraba una rabia tan intensa que se imaginó que estrellaba
aquel cuerpo hecho de palitos secos contra una pared. Aquella cabeza estúpidamente grande, el cabello ralo,
el rostro puntiagudo
y
cruel sobre aquel cuerpo de títere hecho de palitos viejos y carne flácida.
¿Por qué no se moría de una vez? Su propia familia la despreciaba. No era capaz
de mantener una enfermera más de un mes. Las hacía llorar a diario. Nadie podía
trabajar para ella. Ni soportarla. Hasta había vuelto loco al taciturno Stephen
con sus imposibles exigencias.
Sintió
que se ponía blanco de repulsión de la cabeza a los pies. Una antipatía que lo
aterrorizó: el tipo de sentimiento que le provocaba asombro experimentar una
vez desaparecido. Algo que, en los últimos tiempos, sentía con regularidad pero
a lo que todavía no había podido acostumbrarse. Nunca había sido capaz de odiar
con tal intensidad, ni tampoco de crear a partir de aquel sentimiento con la
consistencia de ahora. ¿Acaso no entendía aquella mujer que no tenía
alternativa, que algo mucho más fuerte que él mismo lo convocaba allí arriba
para que se impregnara de su genio?
Cuando
al fin recobró el habla, logró reprimir la rabia mientras discurría rápidamente
una táctica que le permitiera escapar de la situación.
—Soy
el responsable de la seguridad y el bienestar de los inquilinos de este
edificio durante la noche. Y estoy harto de los ruidos que salen de ahí dentro.
—Señaló la puerta con un dedo—. Y no puedo hacer nada por una estúpida norma
sobre las llaves. Y usted me llama todas las noches para quejarse de los ruidos
del apartamento vacío que hay debajo del suyo. Esto ya hace demasiado tiempo
que dura, señora Roth. Así que esta noche he
decidido
entrar. Llame a Stephen si quiere. La verdad es que me da igual. Porque estoy
harto.
Al
principio pareció sorprendida por el hecho de que alguien se hubiera atrevido a
utilizar un tono tan desafiante con ella. Pero poco a poco su rostro fue
perdiendo la dureza del enfado, reemplazada por una expresión suspicaz mientras
lo observaba en silencio y pensaba en lo que acababa de decirle. Tras meditarlo
unos pocos segundos, volvió a levantar la mano agarrotada y lo señaló con sus
nudillos hinchados y sus dedos abultados por la artritis.
—No
me mientas. Has estado entrando ahí. De noche. Y moviendo las cosas. Haciendo
ruido.
Seth
hizo lo posible por adoptar una pose de impotente frustración. No le costó
mucho; estaba muy acostumbrado. Negó con la cabeza y alzó la mirada como si
quisiera recabar la ayuda de un poder superior. Tenía que ser convincente, a
pesar de que la voz de la anciana había perdido casi toda la agresividad.
—Señora
Roth, crea lo que le parezca. Sólo estoy haciendo mi trabajo. ¿Preferiría que
me quedara abajo sentado e ignorara un posible allanamiento? Pues como quiera.
—Volvió a echar la llave y se encaminó a la escalera.
—¿Adónde
vas? —preguntó ella agitando de nuevo los retorcidos dedos en el aire.
—Me
voy abajo, señora Roth. ¿No es lo que quería?
—No
seas idiota. Abre. Quiero verlo con mis propios ojos. Adelante, abre. Vamos.
Seth
trató de contener una sonrisa. Ahora podía decirle a Stephen que ella lo había
obligado a abrir el apartamento a causa de los ruidos y que sólo había entrado
en él para que se callara de una vez. Tendría que haberlo llamado primero, pero
no quería despertarlo, sabiendo lo complicadas que eran las cosas para él con
el estado de Janet. Quizá Stephen y él pudieran arreglar las cosas entre los
dos. ¿Acaso no tenían una especie de acuerdo? ¿Y qué sentido tenía organizar
más revuelo, de todos modos?
Pero
¿qué pensaría la señora Roth de los cuadros? Imaginó que palidecería de asombro
momentos antes de que le diera un ataque. En su fantasía vio un diminuto y
oscuro vaso sanguíneo dentro de aquel cerebro cansado cuya pared se agrietaba y
abría el paso a una fuga letal.
Pero
lo arruinaría todo si sobrevivía a la ordalía de la contemplación y acudía a
Stephen con sus ignorantes quejas. Hasta era posible que lo despidieran. Ya no
sería nunca jefe de porteros. Y en el mejor de los casos, cambiarían las
cerraduras y pondrían una alarma en aquella puerta. Quedaría sellada para él.
Ya no podría entrar nunca más.
¿Por
qué aquella noche? ¿Por qué tenía que haberse levantado la anciana precisamente
aquella noche? Estaba desesperado por ver la última habitación. Aterrado, pero
alerta al potencial de su influencia sobre su propia obra, allá en las paredes
del Green Man. Húmeda aún en las paredes. Totalmente vivida. Algo que pondría
de rodillas al mundillo del arte de Londres. Oh, sí, tenía sus dudas.
Estaba
enfermo de miedo por lo que estaba haciendo, por el ser en el que se estaba
convirtiendo, por lo que estaba viendo dentro de su propia casa... Pero los
artistas deben ser valientes, y lo que estaba brotando de sus manos era
demasiado espectacular como para negarlo.
—¡Condenado
idiota! El piso es mío, es de mi propiedad. Abre de una vez. Te digo que abras.
Haz lo que te ordeno.
Seth
comenzó a ponerse nervioso de nuevo. A sentir el pánico en el fondo de la
garganta. Sacó las llaves del bolsillo, y rebuscó entre ellas con manos
temblorosas.
¿Cómo
era posible aquello? ¿Cómo podía ser la señora Roth la propietaria del lugar y
de las espeluznantes maravillas que contenía?
Y
entonces habló otra voz. Desde la escalera, detrás de la señora Roth. Una voz
que también conocía muy bien, cuyas palabras brotaban de las frías y ventosas
sombras de pisos de protección oficial vacíos, de las calles emborronadas por
la lluvia de Hackney y de los lóbregos horrores de las habitaciones del Green
Man. Su encapuchado compañero había regresado.
—Adelante,
Seth. Abre la puerta a la anciana señora. Hay alguien ahí dentro que quiere
verla. Un viejo amigo, podríamos decir. Se encargará de ella. Le dará su
merecido.
En
la embocadura de la escalera, medio oculta por la pared, Seth atisbo la capucha
bajada de la trenca de nylon. El rostro se perdía en la oscuridad y las manos
quemadas permanecían enterradas en los grandes
bolsillos.
«Le
dará su merecido.»
¿Qué
querría decir? Seth se sentía mal.
—¡Dámelas!
¡Quita de en medio! —La señora Roth cruzó el descansillo, demasiado rápida
sobre aquellos pies suyos como zarpas. Con el rostro inflamado de furia por la
indecisión de Seth, una de sus manos artríticas trató de arrebatarle el
llavero.
Pero
Seth lo levantó para colocarlo fuera de su alcance. La miró desde arriba y dijo
con voz controlada:
—Por
favor, ¿quiere dejarme hacer mi trabajo?
No
sirvió de nada. La mujer no le dejaba alternativa. Introdujo la llave de la
puerta principal en la cerradura. Ya no era responsable de lo que pasase.
—Vamos,
vamos. ¿Por qué te quedas ahí como un pasmarote?
Seth
abrió la cerradura y empujó la puerta hacia dentro. Se quedó donde estaba,
contemplando la oscuridad que tenía delante. Un soplo de aire frío le rozó el
rostro y le provocó un escalofrío en el cuello.
Sintió
que la mano de la anciana apresaba su codo. A pesar de su comportamiento y de
su manera de tratarlo, esperaba que la escoltara allí dentro. Y que la
protegiera.
La
miró. Se notaba que estaba muy nerviosa. Y atemorizada por el lugar. ¿Qué sabía
sobre él? Porque algo sabía. Llevaba en el edificio desde la segunda guerra
mundial y debía de haber conocido al anterior inquilino del piso. Habían sido
vecinos. Y ahora el apartamento era suyo.
Penetró
con ella en la oscuridad y se detuvo junto a la puerta para buscar las luces.
El fulgor carmesí se encendió en el pasillo.
—¿Es
que no funcionan? Esto está muy oscuro. ¿Has traído una vela?
Así
que no veía demasiado bien. No era de extrañar; tenía casi cien años. Seth se
volvió rápidamente. El muchacho encapuchado los observaba desde el descansillo.
—Deja
la puerta abierta. Esto no me gusta —musitó la señora Roth—, ¿Ves algo? —Su voz
había perdido la fuerza. Ahora no era más que una anciana asustada que le
estrujaba el codo en busca de protección. ¿Cómo podía haberle tenido miedo
alguna vez?
Y
sí, Seth podía ver algo: los cuadros cubiertos por las sucias sábanas de color
marfil colgados de las paredes rojas e iluminados por la luz tenue y rojiza que
filtraba un cristal grabado. Tal como él los había dejado. Pero la señora Roth
no parecía verlos, lo que resultaba extraño. Seguía quejándose de la oscuridad.
Pegada a él, con la cabeza a la altura de sus costillas. Un momentáneo acceso
de empatía prendió en su pecho antes de que lo apartara, consciente de que aquello no era una demostración de amistad
mutua, o ni siquiera respeto. Ella lo despreciaba. Simplemente, en aquel
momento lo necesitaba. Por la mañana informaría de lo ocurrido a Stephen.
Estropearía las cosas entre los tesoros de aquel lugar sagrado y él.
—¿Puedes
ver algo? —preguntó la anciana con voz
temblorosa
e implorante. A continuación, alzando la voz, dijo—: ¿Quién anda ahí? —En la
oscuridad, su tono imperioso volvía a hacer acto de presencia, pero en aquel
pasillo parecía perder su poder.
—Señora
Roth, ¿quién vivía aquí?
—Un
hombre terrible —dijo ella. La fuerza estaba desapareciendo de nuevo de su voz.
Parecía confusa y aterrada. La miseria y el miedo se combinaban para hacer que
le temblaran los labios, para obligarla a inclinar la cabeza, como si se viera
forzada a recordar algo que le provocaba un intenso dolor. Parecía más
encorvada que nunca—. No queremos que regrese.
La
llevó hasta la mitad del pasillo, consciente de su respiración, que parecía
trabajosa, como si estuviera realizando una actividad agotadora, en lugar de
caminar lentamente con sus zapatillas entre aquellas paredes rojas. Unas
paredes que no alcanzaba a ver. La oyó gimotear.
—Aquí
vivía un artista, ¿verdad, señora Roth?
La
señora Roth contempló las puertas cerradas sin decir nada.
—Alguien
que no le gustaba. A quien, probablemente, no entendía. Así que dígame, señora
Roth, ¿quién era aquel hombre, aquel hombre terrible? ¿Y qué le hizo usted?
—No
quiero pensar en él. No me preguntes más. No quiero hablar sobre él. No quiero
recordarlo. Aquí no. Compré este sitio para librarme de él. —Y a continuación,
casi con un susurro, añadió—: Después de que desapareciera.
—¿Qué
hizo, señora Roth?
—¡Cállate!
—chilló ella de pronto, y luego señaló la habitación del espejo—. Ahí dentro.
¿Lo oyes? Lo oigo ahí dentro. Se está riendo. No puede ser. Nos libramos de él.
La
repentina fuerza de su miedo hizo que Seth se sobresaltara. Estaba temblando.
Blanca de espanto, la viva imagen de la fragilidad, en aquel momento
prácticamente tenía que sujetarla para que no se desplomara: un títere de papel
maché con huesos de bambú.
—No
puede volver. No puede ser él. Alguien nos está gastando una broma pesada. Nos
libramos de él. No estábamos dispuestos a permitir que se quedara aquí. Abre
esa puerta. Ábrela y enciende las luces. Quiero verlo. No me lo creo.
Sin
saber qué hacer, pero muy consciente del poder que había dentro de aquella
habitación, Seth titubeó. Bastaba con encontrarse cerca de la puerta para que
lo invadiera la tensión de una incómoda expectación. Y la señora Roth estaba
lívida de terror. La sentía temblar a su lado. ¿Qué estaría oyendo? Decía que
oía reír a alguien. Pero Seth no oía ninguna risa... Sólo el viento. Sí, el
rumor de un viento lejano. La sensación de que algo tremendo, frío y lejano se
aproximaba, como si un mar de negrura estuviera acercándose a ellos impelido
por una marea imposible. Una marea que discurría por encima de ellos y, de
algún modo, también por debajo.
—No.
Es peligroso. Tenemos que irnos —le susurró a la anciana con desesperación.
—¡Abre!
Abre la puerta. Quiero verlo. Esto no está bien. No está bien. No puede
regresar. —Estaba sucumbiendo a la histeria. La impecable cúpula de su pelo
plateado estaba desmoronándose. Los patéticos restos de sangre que aún
sobrevivían dentro de sus venas parecían haber abandonado la superficie de su
piel. Tenía aspecto de estar a punto de desplomarse. Su carne había cobrado una
tonalidad grisácea y Seth podía ver la práctica totalidad del blanco de sus
ojos.
Pero
no podía quedarse allí parado y dejarla gritar. Podría despertar a alguien. En
aquel mismo momento, otro inquilino podía estar aporreando la puerta de Stephen
o llamando a recepción. O, aún peor, a la policía. Estaba volviendo a perder el
control. El control de aquella estúpida zorra aterrorizada. La rabia reemplazó
su intranquilidad y su miedo. La rabia podía hacer eso: tenía su utilidad.
—Está
bien, está bien —dijo con una mueca y los dientes apretados. Alargó el brazo y
agarró el picaporte de frío bronce. Pero al llegar el momento de girarlo, algo
se lo arrancó de la mano. La puerta se abrió desde dentro con una fuerza que
los hizo gritar a ambos.
Seth
estaba sentado detrás de su mesa. Inmóvil. Con la mirada fija en la puerta
principal y el azul y negro del alba detrás del cristal. Un escalofrío recorría
su piel, nacido en algún punto de su interior pero propagado después por todo
su cuerpo. En el techo, las luces emitían un sonido tintineante provocado por
el calor que generaban. En el exterior, un coche potente aceleró y se alejó.
Quería
mantener la mente despejada, pero no era capaz siquiera de seguir la acción en
la pantalla de televisión que había debajo del mostrador. Se le antojaba sólo
un mosaico absurdo de destellos, colores y voces lejanas. Las imágenes de su
cabeza eran mucho más interesantes. Y en lugar de dejarse acallar o detener,
saltaban frente a sus ojos para recrear los acontecimientos que habían sucedido
tan rápidamente en el piso de arriba. Recordaba haber retrocedido
instintivamente de un salto para apartarse del espacio rectangular, oscuro y
vacío, que había detrás de aquella puerta. Al menos eso era lo que le había
parecido a él. Una habitación que se negó a materializarse cuando la voluntad
ávida que
contenía
le arrebató la puerta de las manos.
Y
entonces vio caer a la señora Roth. Lentamente, de costado, hacia los
baldosines de mármol del suelo. Cayó en silencio. Sin siquiera pedir ayuda. Sin
extender los brazos para amortiguar el golpe. Simplemente golpeó los duros
baldosines con un chasquido. Y se quedó inmóvil, con el rostro orientado hacia
la puerta. Parecía aturdida. Sus labios se movían, pero no emitían sonido
alguno.
Seth
se había asomado a la habitación. Parte de la luz tenue y rojiza del pasillo
entraba por la puerta, y gracias a ella pudo ver el destello de un espejo
lejano y la forma insinuada de unos rectángulos alargados y cubiertos de
sombras sobre la pared opuesta. Como si la materia sólida y tangible se hubiera
recompuesto de repente dentro de aquel espacio que hasta entonces le había
parecido oscuro y vacío. Y durante el más fugaz de los
momentos,
tuvo la seguridad de que algo corría de un lado a otro de la puerta. De derecha
a izquierda. Encorvado. Algo borroso, que se movía con un susurro justo por
debajo del sonido del viento que se aproximaba.
—Deprisa,
Seth. Deprisa. Tenemos un trato, colega. Ya te lo dije. Así que espabila.
Métela ahí, métela. No queda mucho tiempo —dijo el muchacho encapuchado desde
detrás de él.
La
señora Roth también había visto algo. Sus ojos se abrieron en un rostro tan
ceniciento que parecía una máscara funeraria hecha de yeso. Parecían a punto de
reventar alrededor de las córneas y estaban clavados, sin parpadear, en el vano
de la puerta. Un largo reguero de baba colgaba de la comisura de sus labios más
próxima al suelo. Comenzó a emitir unos gemidos bajos, como un animal. Un
animal aterrado y herido que tratara de respirar a pesar de tener los pulmones
dañados y gruñir al mismo tiempo a su atacante.
Seth
sintió asco. Repulsión por aquella demostración de impotencia. Sintió deseos de
apartarse de la figura rota del suelo.
La
mujer no lo había escuchado. Ni una sola palabra. Se lo tenía merecido. La
estúpida zorra no tendría que haber entrado allí. Había intentado decírselo.
—Seth.
Seth —insistió el muchacho con voz cargada de urgencia—. Hazlo. Hazlo. Métela.
Líbrate de ella. Tienes que darte prisa. No permanece mucho tiempo abierto. Y
está malherida. Te vas a meter en un lío. Te van a echar la culpa. Hazlo.
Hazlo, vamos.
Y
esto lo impulsó a arrodillarse junto a la anciana. A estirar los brazos hacia
sus hombros estrechos y puntiagudos. Actuó movido por la certeza instintiva de
que una vez que la hubiera metido en el cuarto el problema quedaría resuelto.
De una vez para siempre. Así que lo hizo.
La
mujer gimió mientras intentaba moverla, pero no apartó los ojos del umbral.
Parecía esquelética bajo el camisón. La bata aleteaba y se abría. No era fácil
agarrarla bien.
—Deprisa,
Seth. Deprisa, vamos. Métela ahí y cierra la puerta. Tienes que hacerlo ahora
mismo. Líbrate de esa zorra.
Desesperado
por poner fin a aquella confusión, a aquel miedo, a aquella terrible suspensión
de la razón y la decencia, introdujo las manos por debajo de las cálidas axilas
de la anciana, la levantó por delante de él y la volvió hacia la puerta.
Flácida, inmóvil y, en aquel momento, extrañamente silenciosa, la mujer colgaba
de sus brazos con los ojos muy abiertos, lista para ser entregada a la
habitación.
«Cuando
una persona mayor ha sufrido una caída, no debes moverla nunca.» Recordaba el
cursillo de primeros auxilios que le habían dado en el cuarto del personal.
«Puede
sufrir un shock.» Probablemente se hubiera roto la cadera. Pero Seth ya estaba
más allá de aquello. Más allá de todo.
—Eso
es. Métela. Mete ahí a esa zorra —repitió el muchacho encapuchado, jadeante de
pura excitación,
antes
de proferir una carcajada impaciente y despojada de toda alegría—, Pero no
mires, Seth. Tú no mires.
Seth
obedeció. Consciente de que aquello pondría un rápido fin al inconveniente en
el que se había transformado la anciana, echó a andar. Sin vacilar, sin mirar
hacia la izquierda, ni hacia la derecha, ni hacia arriba, hasta llegar al
centro de la habitación. Y entonces la dejó en el suelo.
Allí
dentro era como caminar a través de un sueño. Su propio cuerpo era ingrávido.
El aire era extrañamente denso a su alrededor, y estaba tan helado que le
dejaba los pulmones sin aliento.
Nada
tenía sentido, pero tampoco era necesario, puesto que Seth obedeció a pie
juntillas las leyes de aquel espacio e hizo lo que se le pedía. Hizo lo
necesario en una sala en la que el techo —estaba seguro de ello sin siquiera
tener que levantar la mirada— se había esfumado y se había transformado en un
terrible remolino de aire y voces a medio formar. Desde algún lugar situado a
kilómetros de distancia de él, se precipitaba violentamente sobre su cabeza una
fría e insondable turbulencia que giraba hacia atrás a velocidad aterradora y
se encontraba cada vez más cerca. Descendía en espiral. Había oído aquel ruido
antes y esperado que fuese una radio lejana. Pero ahora sabía con certeza que
no era tal cosa. Era el infinito que había visto retratado en los óleos que
colgaban de aquellas paredes rojas. Y poseía una fuerza y una energía que lo
hacían sentir más insignificante que ninguna otra maravilla de la naturaleza
que hubiera contemplado hasta entonces.
Lo
más de prisa que pudo, se volvió y corrió hacia la puerta y el pasillo.
Atravesó el umbral con las piernas temblorosas, consciente de que sólo volvía a
estar en el pasillo porque le habían permitido salir de aquella habitación. Y a
continuación cerró la puerta tras de sí sin perder un instante. Mantuvo los
ojos en el suelo, de modo que no alcanzó a ver con claridad lo que cruzaba
repentina y rápidamente la habitación y cubría a la señora Roth.
El
grito de la anciana fue breve. Grave, al principio. Ascendió, se tornó un trino
agudo y luego cesó de repente. A esto lo siguió un fuerte chasquido y luego una
serie de crujidos secos que le recordaron a un manojo de apios frescos partidos
por unas manos fuertes. O a un puñado de ramitas secas tronchado antes de
meterlo en una pequeña chimenea.
Y
entonces el sonido del viento, aquel inexplicable movimiento en círculos, los
chisporroteos que acompañaban el movimiento de descenso y, en su interior, el
atisbo de unas figuras arrastradas cuyas voces restallaban en el aire, ganó de
repente en fuerza y volumen hasta llegar a un punto en que todos los inquilinos
de Barrington House, Seth estaba seguro, lo oyeron mientras se incorporaban en
sus camas como impulsados por un resorte. Un clímax de tal violencia que
esperó, encogido, a que llegara el sonido de las ventanas que reventaban.
Pero
no lo hizo. Y justo antes de que el ruido se interrumpiera de repente, oyó lo
que parecía un montón de pezuñas que arañaban un suelo de madera en su
precipitación por llegar al lugar en el que había dejado a la
señora
Roth.
El
silencio que siguió fue casi más difícil de soportar que los ruidos
precedentes, que lo habían dejado paralizado. Porque no era un silencio calmo.
Más bien estaba cargado de expectación. Y al ver que se prolongaba, Seth
comenzó a preguntarse si lo que quiera que tuviese que suceder al otro lado de
la puerta habría concluido por fin.
El
muchacho encapuchado había entrado en el pasillo desde el lugar en el que había
dirigido las operaciones. Se colocó junto a Seth, quien arrugó el rostro al
percibir un repentino tufo a pólvora quemada y cartón chamuscado.
—Has
hecho bien, Seth. —El chico se echó a reír, y la capucha de la trenca tembló a
causa de una actividad en su interior que Seth se alegró de no ver—. Esa zorra
se lo tenía merecido, colega. Zorra. Vieja zorra. Va a estar muy contento con
nosotros, colega. Hacía siglos que quería a esa vieja zorra. Ahora entra ahí y
límpialo todo. Aún no has terminado.
Tenía
que volver a entrar allí. Y limpiar. Un terrible estremecimiento recorrió su
cuerpo y tuvo que morderse el labio para detener los violentos sollozos que
pretendían agitarlo de la cabeza a los pies.
—Vamos,
Seth. Tienes que darte prisa si no quieres que te cojan, colega.
Seth
se pegó a la puerta de la sala de los espejos y escuchó con atención. Aguzó el
oído al máximo para captar, al otro lado de la pesada madera, cualquier indicio
de ocupación o actividad. De haber oído algo habría
escapado
corriendo y no habría parado hasta abandonar el edificio. Pero no oyó nada.
Sólo la gradual remisión de su asombro y su miedo le permitieron volver a
pensar en la señora Roth. Una anciana tendida sobre el suelo de un piso en el
que nunca tendría que haber puesto el pie. Una mujer malherida, o algo peor.
Abrió la puerta.
Y la
vio en el suelo, con la espalda encorvada, más o menos en la misma posición en
que la había dejado, mirando al espejo. Un espejo en el que se podía ver su
rostro retorcido en una máscara de terror tan profundo que estuvo a punto de
oír de nuevo sus gritos. Y por encima del reflejo del bulto inmóvil formado por
el camisón y los miembros esqueléticos de la señora Roth, vio algo que se movía
bruscamente.
Muy
dentro del espejo, en el interior del túnel rectangular y plateado creado por
su posición frente a otro espejo idéntico en la pared opuesta, algo se movía a
rápidos saltos, como las imágenes de una película escupidas por un proyector.
Pero lo que creyó ver, fuera lo que fuese, se había desvanecido antes de que
hubiera tenido tiempo de dar dos pasos en el interior de la habitación. Incluso
después de todo lo que había soportado, oído y visto en aquel lugar, la noción
de algo alargado y pálido, con una mancha rojiza en lugar de cara, que se
perdía en el interior de las distancias reflejadas por el espejo, lo puso
enfermo de terror. Y le pareció ver que arrastraba por el tobillo un bulto azul
pálido, lejos de aquella habitación y hacia las profundidades de lo que quiera
que hubiese allí abajo.
Entonces
se volvió y miró un instante a su alrededor, a los ocho cuadros descubiertos.
Uno a cada lado de cada uno de los espejos que ocupaban el centro de las
paredes. Y en su interior todo pareció dejar de moverse, como sepultado por la
fuerza desnuda de las imágenes.
Cada
retrato mostraba el mismo rostro, pero en diferentes estados de desintegración,
en medio de una terrible corriente de aire ascendente, tan violenta que debía
de haber abrasado la carne en los huesos con la misma eficacia de un soplete de
acetileno. Era como si la terrible degradación de la cabeza sobre el cuerpo
sedente se hubiera producido de repente. Los ocho retratos mostraban en una
secuencia cómo la cabeza era separada en trozos, desgarrada y, al fin,
succionada hacia arriba mientras el cuerpo seguía encadenado a la silla.
Reconoció algunos fragmentos de cara en la cabeza seccionada. Era la señora
Roth.
Seth
cerró los ojos y se estremeció. Se frotó la cara con las manos.
«No
mires arriba.»
Se
arrodilló junto al cuerpo frío de la señora Roth. Lo palpó y le susurró unas
palabras, pero no obtuvo ninguna respuesta de la forma tiesa embutida en la
bata azul. Aún tenía los ojos abiertos, pero optó por no mirarlos, ni en el
reflejo ni en la cara real, retorcida por el terror en el rictus de un aullido
que a duras penas había tenido tiempo de escapar de aquella boca sin labios.
Sin
perder más tiempo, levantó aquel montón de huesos de cabeza flácida y, cargado
con él, cruzó el piso,
pasó
por la puerta, subió un tramo de escalera, atravesó la entrada abierta del
apartamento dieciocho y recorrió el pasillo hasta el dormitorio principal. Allí
colocó el cuerpo a los pies de la cama, como si hubiera caído pesadamente, con
la cabeza por delante, después de perder el equilibrio. El ruido que hizo no
despertó ni siquiera a la pequeña Imee. Puede que la pobre desgraciada sólo
respondiera ya al sonido de una campanilla.
A
continuación retrocedió un paso y estudió el resultado de su trabajo.
Satisfecho con la posición de la marchita y quebrada criatura, uno de cuyos
pies se había enredado entre las sábanas, volvió sobre sus pasos y salió
rápidamente del apartamento. Cerró la puerta principal detrás de él y bajó de
nuevo al apartamento dieciséis para borrar su rastro y tapar las pinturas de la
sala de los espejos, sin atreverse a abrir los ojos a tan poca distancia del
espanto aullante de aquella cara. La pintura todavía estaba fresca.
—Lo
asesinaron, Miles. Lo asesinaron.
Miles
se detuvo en mitad del proceso de quitarse la americana.
—¿A
quién? ¿De qué estás hablando?
Apryl
estaba sin aliento y lo que decía no tenía sentid o— y lo sabía—, pero fue
incapaz de contenerse en cuanto Miles entró en su habitación del hotel.
—Mi
tío abuelo Reginald, el marido de la señora Roth y Tom Shafer. Los hombres que
vivían allí, en Barrington House, lo mataron. Fueron a verlo para quejarse. De
los sueños. Las sombras. Creían que los había embrujado. Como mi tía abuela c t
sus diarios. Todo cambió después de su llegada. Y luego tuvo una especie de
accidente. Y después de eso todo fue a peor. ¿No te das cuenta de que todo
encaja?
—No,
la verdad. ¿De qué demonios estás hablando?
—Los
inquilinos lo mataron. Vieron los cuadros en el apartamento. Debieron de
destruirlos, quemarlos. Y lo mataron. Pero no desapareció: lo mataron.
—Cielo.
Vamos, cielo, siéntate aquí. Por favor, cálmate. No lo entiendo. No tiene
sentido. Estás hablando como una chiflada.
Pero
Apryl seguía paseando de un lado a otro de la habitación.
—No
pretendía decírmelo, pero quería hacerlo. Parte
de
ella quería confesar. Es muy vieja, Miles, pero no está senil. Oh, no. Es tan
avispada como una comadreja. Sabe exactamente lo que dice en todo momento. Dios
mío, es una obsesa del control. Pero no puede controlar su conciencia. Por eso
se comporta como una zorra miserable. Le remuerde la conciencia y quiere
confesarle la verdad a alguien. A quien sea. La sorprendí en un momento de
vulnerabilidad. Cuando se acaba de despertar es vulnerable. Se le nubla el
juicio, ya sabes cómo son esas cosas, y no quiere más que sacárselo de dentro.
»Está
tan mimada que sigue siendo como una niña — continuó—. Pero no le queda mucho
tiempo, y lo sabe. Y lleva todo eso por dentro. Hizo algo terrible, hace mucho
tiempo. Y Lillian también. Todos ellos, y luego lo ocultaron. Y ahora su mente
comienza a fallar y está convencida de que Félix Hessen ha regresado al
edificio. Para vengarse o algo así. No lo sé. Asegura que ha vuelto a oírlo en
su piso. Moviéndose debajo de ella. Como antes. Vive justo encima del
apartamento de Hessen. Y la escalera vuelve a estar llena de sombras. Como
antes. Las mismas sombras que trajo consigo hace años. Vuelve a oír las voces y
está viendo cosas y todo eso. Como Lillian. Es contagioso. Aquello es
aterrador. Oh, Dios... me pareció ver algo otra vez. Pero es como... Está en su
conciencia. Suena a película de terror, pero lo explica todo. Lo que le pasó a
Hessen y a sus cuadros.
—¿Has
perdido la cabeza?
—Escucha.
Escúchame. —Apryl se sentó a su lado y
le
agarró el antebrazo con las dos manos.
—Pero...
—Tú
escúchame, por favor. Hazme un favor, Miles, simplemente escúchame.
Cuando
Apryl concluyó un relato menos frenético de su encuentro con la señora Roth y
lo que éste le había permitido deducir, Miles se recostó en la cama y se apoyó
sobre los codos. La miró con rostro inescrutable.
—¿Ves?
—dijo ella con los ojos y las manos aún temblorosos por la emoción.
—Jesús,
qué historia tan terrible.
—Sí.
Son los años que faltan en la historia de Félix Hessen y la prueba de que pintó
cuadros.
—Es
posible. Y recalco lo de «posible».
—¡Oh,
Miles!
—Espera
un segundo, cielo. Y no corras tanto. Me gustaría hablar con esa señora Roth
antes de formarme una opinión.
—No
accederá a verte. Estoy segura de ello. Ni a mí tampoco. Lo sé.
Miles
enarcó las cejas.
—Pero
¿qué piensas tú sobre todo esto? Lo de las sombras. Y el sonido de las voces en
el apartamento. Si quieres saber mi opinión, da bastante miedo. Es exactamente
lo mismo que escribió Lillian.
Apryl
sonrió. Estaba tan alterada que le entraron ganas de gritar.
—¡No
es verdad! ¿Has leído todos los diarios? Dime
que
sí.
Un
gesto ceñudo arrugó la frente de Miles.
—Sí.
He terminado el último esta tarde, en el trabajo. De hecho, algunos de ellos
los he leído dos veces. Pero cariño, lo más probable es que la señora Roth esté
loca. Como esa tal Alice a la que conociste en los Amigos que decía haber sido
amiga suya. Y como tu tía.
—Lillian
no se parecía en nada a Alice. —Entonces hizo una pausa y se llevó las manos a
las mejillas—. Oh, Dios. Alice. Alice dijo lo mismo. Sobre un accidente. Dijo
que Hessen tuvo un accidente. Debía de conocerlo. Ambas debieron de conocerlo
después de la guerra. Creo que se mutiló a sí mismo.
—Oh,
vamos, chiquilla...
—¿Por
qué no? Tú eres el experto, ¿no? ¿Acaso Van Gogh no se cortó una oreja? Hessen
estaba allí solo, atormentado por su propia visión. Trabajando furiosamente.
Con la mente en proceso de desintegración. Una mente que, para empezar, nunca
había sido como las de los demás. Tú mismo lo dijiste. Todo encaja. Hablaba
solo. Gritaba. Realizaba rituales que hacían que lo echaran de todas partes.
Dios, debió de perder la chaveta allí solo y... se mutiló la cara. Su propio y
bello rostro.
—Apryl.
No nos dejemos llevar, por favor. Vamos a tranquilizarnos un poco. No tienes
pruebas. Sólo un par de ancianas medio locas que te han contado una historia. O
sea, acabas de contarme que los inquilinos de Barrington House eran los
protagonistas de una novela de Agatha Christie. La señora Roth en el salón con
el candelabro.
—Si
te vas a reír de mí, Miles, prefiero que te vayas.
—Oye...
—Lo
digo en serio. He seguido las pistas que me dejó mi tía abuela. Y me han
llevado a esto. A ese hombre lo asesinaron en su propia casa. ¿Quién sabe por
qué?
¿Quién
sabe lo que les hizo en realidad? Esa mujer me contó que había muchos judíos en
el edificio y que sabían que era un fascista. La señora Roth también es judía.
Roth,
¿entiendes?
Hay motivos de sobra.
—Bueno,
sí, ése podría ser uno, y bastante frágil, debo añadir. Oswald y Diana Mosley
tuvieron amigos judíos antes y después de la guerra. Y no les dieron la
espalda. La gente importante se comporta de otra manera. Son mucho más
comprensivos con los faux pas de los demás, querida. Pero... —Apryl se volvió
hacia él con una expresión que sugería una completa ausencia de paciencia con
sus dudas— si de verdad crees que lo asesinaron, deberías acudir a la policía.
Apryl
asintió.
—Pero
tengo que saber más. Averiguar más.
—¿Cómo?
—Debo
volver y hablar con los Shafer. Conseguir que me lo confirmen. Aún siguen
vivos. Los pararé en plena calle si es necesario. Aún no sé cómo murió
Reginald. No tuve la oportunidad de preguntarlo. Pero sé, estoy segura, que
tiene relación con esto. —Se volvió y miró a Miles—. Quiero la historia entera.
Por Lillian.
Confundido
por las preocupaciones, por la falta de sueño y por haber visto cosas contra
las que no tenía defensa, Seth no reconoció los ojos aterrados que le devolvían
la mirada desde el espejo mugriento que había sobre la repisa de la chimenea.
Apartó la mirada. En el interior de su mente, una multitud se debatía con
espanto.
Tenía
que hacer esfuerzos para respirar. El corazón le latía demasiado de prisa y
exudaba un sudor frío por todos los poros. No podía permanecer sentado sin
moverse, así que, en vez de ello, paseaba por la habitación de un lado a otro.
Creía que podía estar enfermo.
¿Qué
había hecho?
Tiritando,
lió y encendió otro cigarrillo junto al radiador. El sexto en otros tantos
minutos. Se lo fumó hasta la mitad y luego lo apagó en un cenicero ya rebosante
con un centenar de colillas sobre un denso lecho de ceniza. La imagen hizo que
se sintiera peor.
No
podía recordar la última vez que había comido. Llevaba días viviendo a base de
tazas de té y cigarrillos. Demasiado tabaco, cafeína y aire cargado. Tampoco
recordaba la última vez que había abierto una ventana.
La
luz acuosa y grisácea del sol del atardecer, que pronto desaparecería en el
crepúsculo, teñía de blanco el tejido anaranjado de las cortinas allí donde más
desgastadas estaban.
Aquella
penumbra grumosa revelaba manchas de colores entre rojos y negros en las dos
paredes. Al verlo se le retorcieron las tripas. ¿Cómo había llegado a eso, a
caer tan bajo? ¿Había perdido la cabeza? ¿O era otro yo nuevo el que se
dedicaba a pintar aquellos fragmentos de caras y cabezas en las paredes antes
de matar ancianas?
Por
Dios, ¿de verdad lo había hecho?
No
estaba seguro de lo que había hecho. En sus recuerdos, los sucesos de la pasada
noche tenían un aire convulso e insustancial. Si lograba detener sus
pensamientos, aunque sólo fuese un momento, tal vez pudiera recordar lo que
había hecho y lo que había visto en el piso, sobre las paredes. Comprobar si
era posible. Pero sus manos aún parecían soportar el peso del cuerpo huesudo de
la anciana. Y no podía borrar de su mente la imagen de la señora Roth tendida
en el suelo, con el terror reflejado en el rostro y los ojos aún abiertos. Ni
la de la veloz sombra que había cruzado corriendo el cuarto de los espejos y se
había colocado sobre ella. El cuarto al que la había llevado como un sacerdote
que transportara un sacrificio al corazón del templo. Y también recordaba el
cuerpo de la anciana en el suelo de su propio dormitorio, donde lo había
dejado, al pie de la cama, inmóvil y roto. Donde lo encontrarían aquel mismo
día. Su enfermera ya estaría allí. En cualquier momento llamaría alguien, puede
que Stephen, puede que la policía.
En
el espejo... ¿Qué había visto en aquel espejo? Algo que se movía penosamente,
como un pájaro flaco y blanco con un ala rota, con algo rojo cubriendo una cara
que
no era como debería ser. Y que se la llevaba a rastras, hacia el interior del
reflejo.
No
podía confiar en sus recuerdos. Ni siquiera era capaz de distinguir lo que era
real de lo que era una pesadilla. No. No era posible. Llevaba semanas teniendo
alucinaciones. Primero los sueños y luego el muchacho que se le aparecía en las
visiones. Su mente enferma lo había inventado todo. Es lo que sucede cuando
pasas demasiado tiempo solo. Sin dormir lo suficiente, sin comer como es
debido, la consciencia, deprimida y ansiosa, se vuelve en su propia contra. Se
había extraviado hacía tiempo y ahora no podía volver al camino. Era demasiado
tarde para ello.
Volvió
a sentarse y cerró los ojos. Apretó los dientes y trató de contener la
repentina reaparición en su cabeza del anguloso rostro sin vida de la señora
Roth y de las mórbidas imágenes de aquella otra cabeza, enmarcada sobre las
paredes de la sala de los espejos. La que se estaba desmoronando, descarnada
hasta el hueso... en pintura aún húmeda.
Tenía
que irse de Londres. Abandonar aquella habitación mísera y mugrienta. Alejarse
del apartamento dieciséis y de lo que lo había obligado a hacer aquello. Romper
el bloqueo de miseria, agresión e indiferencia que rodeaba permanentemente la
ciudad.
Acababa
de completar un ciclo de turnos y ahora tenía unos cuantos días libres. Si le
preguntaban, podía decir que sólo había ido a visitar a su madre. Así, su
marcha de la ciudad no parecería una admisión de culpabilidad si
llegaban
a encontrarlo sospechoso de la muerte de la señora Roth.
Aferrado
a esta lógica, se puso en pie. Tambaleante sobre unas piernas cansadas, con la
visión casi pixelada por la falta de sueño, hurgó entre el montón de ropa que
había en un rincón hasta encontrar una mochila. Metió dentro algo de ropa
sucia, y luego recogió el abrigo, las llaves y la cartera antes de salir del
cuarto y echar la llave. Un cuarto que era un monumento al engaño, la demencia
y la futilidad. Un lugar en el que no volvería a poner el pie.
El
tráfico nunca cesaba en New North Road. Esperó en la acera, parpadeando por
culpa de una luz que, aunque tenue, aún le lastimaba los ojos. Un viento frío
le azotaba la cara desde tres direcciones diferentes. El aire polvoriento y
empapado de vapores se arremolinaba a su alrededor.
Al
cabo de un rato el semáforo cambió. Siguió su camino por Essex Road en
dirección a Islington. Su destino era la estación de Angel. Y luego King's
Cross y adiós para siempre. Tiritaba y sudaba al mismo tiempo. Temía que
reapareciera la fiebre. No se sentía bien. Mientras trataba de sortear a los
peatones rezagados, le daba la sensación de estar paralizado en el sitio o
caminando hacia atrás.
Las
nubes estaban muy bajas. Desoladoras y grises, parecían encontrarse a pocos
metros de los pisos superiores de los edificios más altos. Manchado de
porquería, el cielo estaba impregnado de un sedimento marrón hasta los feos
ladrillos rojos y el hormigón
mugriento
de los edificios, de modo que era imposible ver nada más allá de unas cuantas
decenas de metros.
Y la
gente que lo rodeaba parecían los últimos vestigios de una raza enferma. Se
arrastraban con paso vacilante bajo el peso grotesco de sus cuerpos obesos.
Entre resoplidos de irritación, competían a codazos y empellones para avanzar
por las calles abarrotadas. Trató de no quedarse mirando los rostros que lo
rodeaban.
¿Qué
les había hecho la ciudad? Hacían que se sintiera enfermo.
Allí
todo el mundo estaba afectado de un modo u otro. Lo único que pasaba es que
algunos, como él, habían caído más bajo que los demás. Y no convenía regodearse
demasiado en los que se encontraban en peor estado que uno, por si eso
aceleraba tu propio descenso hasta sus mohosos y olvidados rincones: los
apartamentos viejos, las habitaciones húmedas y los edificios laberínticos de
hormigón donde no crecían los árboles y donde el aire estaba permanentemente
impregnado de la voz beligerante del tráfico acelerado y furibundo.
Tenía
que alejarse de allí. Oh, Dios, si pudiera simplemente desaparecer de aquel
lugar disfuncional... Una ciudad que regeneraba su contaminación atemporal
gracias a la miseria de sus habitantes. De ahí extraía su sustento. Asfixiando
las esperanzas y perturbando las mentes. Instigando las crisis y los fracasos.
Con la consternación de la pobreza y la tiranía de la muerte. Con la eterna
frustración de la falta de tiempo; la asfixia de la locura y el cautiverio de
la neurosis; el ciclo perpetuo de la
desesperación
y de la euforia; la rabia homicida hacia el intruso que se sienta demasiado
cerca; las miradas muertas de las ventanas de los autobuses; la absorción muda
y la silenciosa humillación de los subterráneos; la delincuencia y la bebida;
un millar de lenguas distintas que cloqueaban con egoísta insistencia. La
ciudad de los condenados. Fea, frenética. Y toda ella por debajo del sol
blanco, bajo un cielo eternamente teñido de blanco. Donde los condenados,
engullidos, olvidan quiénes son. La aborrecía.
Su
espanto lo espoleó a continuar. Lo hizo caminar más de prisa a pesar de que
estaba sin aliento e incómodamente sudoroso bajo la ropa. En los ventanales sin
brillo de las tiendas y los cafés vislumbró atisbos de sí mismo: desaliñado y
encorvado como un mendigo con su bolsa vieja. Y al ver su rostro se dio cuenta
de que parecía enfermizamente blanco. Blanqueado por el miedo, afilado por la
ansiedad, estirado por la miseria, mientras que los ojos estaban llenos de la
confusión de un hombre atormentado por la ausencia de sueño.
—Jesús
—susurró entre otros murmullos en los que repetía las etapas de su viaje, una
vez tras otra—: La Northern City hasta King's Cross. Luego un billete hasta
Birmingham. Cojo el primer tren...
Junto
al escaparate de cristal de un banco paró un momento a descansar antes del
asalto final a la estación de metro de Angel. Estaba cerca del cruce y le
parecía que había algo extraño en el aire. Era como si una mano sobre el pecho
estuviera conteniéndolo mientras le
insensibilizaban
las piernas con agujas y alfileres. En aquel lugar, un chorro de visiones
inundó su cabeza. Aparecían y desaparecían, más rápidas que latidos. Estaban
por todas partes, las condenadas.
Los
dos mendigos que ocupaban un banco le dijeron que se fuese a tomar por culo.
Ellos utilizaban la bebida para contener sus propias visiones.
Aquél
era un lugar que sólo los locos podían ver. Pero su presencia y su influencia
sobre ellos eran tan intensas que no podían hacer otra cosa que quedarse
mirándolo, o vagabundear y murmurar como profetas olvidados y reyes
destronados.
—Hijo
de puta —insultó al pavimento con el que había tropezado—. Montón de mierda
asqueroso del diablo — maldijo antes de escupir a los coches que pasaban
velozmente—. Apestas a bilis y a mierda de mierda de mierda... —dijo a la
estación de metro al encontrarse con que estaba cerrada a causa de unas obras.
Pidió
a Dios las fuerzas para destruir la ciudad con un martillo.
Tendría
que continuar a pie. Recorrer a trompicones Pentonville Road hasta la estación
de King's Cross. La rabia lo impulsaba. Apretó los dientes con determinación.
No se dejaría doblegar. Ni por aquel pavimento irregular, ni por los semáforos
que nunca cambiaban, ni por las repentinas obras que lo obligaban a dar largos
rodeos ni por los rostros amarillentos que levantaban la mirada hacia él,
implorantes, con aquellas bocas apergaminadas y horribles que se movían en las
ventanas oscuras de los
bajos
de los bloques de pisos. Algo parecido a un cangrejo, con las patas igualmente
finas, se escabulló detrás de un polvoriento seto de alheña. Cerró los ojos
para no verlo.
Tardó
lo que se le antojaron horas, con paradas frecuentes para limpiarse el sudor de
los ojos y cambiar de posición la mochila, que amenazaba con provocarle una
lesión de columna. Su visión comenzaba a disolverse en destellos blancos por
los bordes. Los sonidos se ralentizaban y dilataban.
En
King's Cross, la mayor parte de la calle estaba perforada alrededor de la
entrada a la estación y rodeada por cintas de plástico de color naranja. Nadie
trabajaba en los estratos de alquitrán, tierra y tuberías de arcilla. Las
señales estaban por el suelo. La gente pasaba por encima de ellas. El sonido de
sus zapatos al pisar la hojalata abollada restallaba dentro de su cráneo como
la metralla. La bóveda de su cráneo era ahora un gran moratón que empujaba la
oscuridad contra sus ojos.
Había
dos coches de policía aparcados junto a la entrada principal de la estación,
pero no pudo ver a los agentes. Seis perros enfurecidos, sujetos con correa,
peleaban delante de la puerta, a la que impedían acceder. Uno de los dueños
tenía una barba que le llegaba hasta la cintura. Era de color gris y estaba
enredada y llena de nudos. El otro era un macarra flacucho con mejillas
cubiertas de acné y unas mallas de rayas que trataba de vender el Big Issue.
Los dos tiraban de las correas de sus perros mientras se lanzaban insultos a
gritos. La gente que
iba
a trabajar pasaba junto a aquel escándalo comiendo sándwiches de Prêt À Manger
y hablando por sus teléfonos móviles. Dentro de la estación alguien estaba
gritando: «¡Quitadme vuestras apestosas manos de encima! ¡Quitádmelas, monos
apestosos!» En aquel momento, tres agentes salieron de la estación llevando a
rastras a una mujer de color. No llevaba zapatos. Los tres agentes habían
perdido la gorra.
La
mujer parecía trastornada, una vagabunda que había perdido la cabeza de tanto
fumar crack. Una de sus manos aún aferraba un mendrugo mordisqueado de
baguette. Dos pequeñas mujeres orientales aparecieron tras ellos. Llevaban los
uniformes blancos y rojos de un negocio de catering. Sus expresiones eran
idénticas: silenciosa indiferencia.
Seth
pensó que, de haber tenido un arma, aquél habría sido el momento de liarse a
tiros. De limpiar su camino de perros y degenerados. Pero el rojizo destello de
la ira sólo lo hizo sentir más débil. A punto de desmayarse.
Una
vez dentro de King's Cross y cuando al fin logró enfocar la mirada sobre el
tablero de salidas, se dio cuenta de que estaba en el lugar equivocado. No
circulaban trenes entre King's Cross y Birmingham New Street. Tendría que haber
ido a Euston. Al puto Euston.
Con
las manos en las rodillas y la cabeza inclinada, trató de contener tanto la
rabia dirigida contra sí mismo como el delirio que le provocaba la falta de
sueño. Hacía
mucho
que no abandonaba Londres un solo día. Un año desde su última visita a
Birmingham. Había olvidado cómo se salía. Pero saldría. Caminaría todo el día
si era necesario, hasta desplomarse, para encontrar el modo de escapar de aquel
infierno.
Volvió
a Euston Road y encaminó sus lentos pasos hacia el oeste. La estación de Euston
no estaba lejos. Eso decían los carteles. Sobre su cabeza, el cielo estaba
tiñéndose de blanco. O más bien empezaba a mostrar un brillo trémulo e intenso
a través de la gaseosa manta de color gris. Le ardía la cara y su visión
flotaba a su alrededor. Las calles, los edificios, las farolas, los coches, los
arbolillos, los carteles del tráfico y los peatones daban vueltas, borrosos, a
su alrededor. Si llegaba a sentarse perdería el sentido.
Pero
al entrar en la estación se sintió aún peor. El efecto fue inmediato. Lo
embargó el pánico. Entre la luz blanca y cegadora, el murmullo de las voces,
los empujones de las mochilas y el chirrido de las ruedecillas de las maletas,
sintió un abrumador deseo de salir corriendo de allí.
Una
voz con eco que no era capaz de entender del todo estaba anunciando retrasos y
cancelaciones. No encontraba Birmingham en el tablero de salidas. Aturdido,
entornó la mirada para tratar de contener el zarandeo vertical de su visión,
pero al cabo de pocos segundos el dolor le impidió seguir mirando hacia arriba.
Fue
en busca de ayuda, que allí escaseaba. O no existía, en realidad. Decidió que
preguntaría en la taquilla,
pero
al ver las enormes colas enroscadas como serpientes, pensó que sería mejor
dirigirse al baño. Pero de camino allí, en medio de la multitud que ocupaba el
vestíbulo principal, se detuvo de repente. Frente al borrón rojizo y amarillo
de la entrada de un Burger King se encontraba la figura de un muchacho
encapuchado. Sus manos estaban profundamente enterradas en los bolsillos de
nylon de la trenca y el rostro perdido en la oscuridad, pero volvió la mirada
en dirección a Seth.
Un
hombre detrás de Seth estuvo a punto de tirarlo al suelo, y luego, en lugar de
disculparse, se volvió violentamente para lanzarle una mirada de hostilidad.
Seth volvió a mirar al lugar donde había visto a la figura encapuchada, pero ya
no estaba allí.
Con
la respiración entrecortada, se dijo que estaba teniendo alucinaciones. Pero
entonces entrevió por un instante unos pantalones escolares y unos zapatos de
suela gruesa y llenos de rozaduras delante de una tiendecilla que vendía gafas
de sol y relojes.
Imposible:
el niño no podía moverse tan deprisa. Habría otros allí. Debía de ser uno de
ellos. Estaba paranoico. Paranoico y enfermo. Se abrió paso en medio de un
grupo de turistas franceses en dirección a la taquilla. Pero puede que el
muchacho estuviera allí para impedir que se marchara. No había encontrado otra
cosa que obstáculos en su camino desde que abandonara el Green Man. Era como si
la ciudad entera conspirara para
mantenerlo
cautivo dentro de ciertos confines.
Una
vez en la cola, mantuvo la mirada gacha y los ojos
cerrados
para no ver a nadie con capucha observándolo. Para enfocar la vista y contener
el pánico, comenzó a inhalar profundas bocanadas del caliente aire. Pero el
miedo que rebullía en el fondo de su garganta amenazaba con brotar como un
aullido agudo. Lo invadió el deseo de arrancarse la ropa y echar a correr como
un loco entre la multitud.
Creía
instintivamente que si se desplazaba hacia el este, de regreso al Green Man,
comenzaría a sentirse mejor. Algo estaba diciéndole que no se le permitiría
abandonar la ciudad. Algo con lo que había decidido asociarse voluntariamente
la noche que abrió la puerta del apartamento dieciséis.
Finalmente
llegó a la ventanilla, detrás de la cual había sentado un hombre rollizo con un
chaleco rojo. Seth reencontró su voz y pidió un billete para Birmingham.
El
hombre puso cara de exasperación.
—¿Es
que no ha oído los anuncios? ¿No ha visto los carteles? Hoy no salen trenes
para Birmingham.
—¿Qué?
—No
hay servicios desde Euston.
—¿Y
cómo puedo llegar a Birmingham?
—Desde
Marylebone. En Chiltern Railways. O desde la terminal de autobuses de la
estación Victoria.
Pero
la mera mención de aquellos lugares remotos, tan lejanos en la abarrotada y
asfixiante ciudad, logró apagar la última llama de su determinación. Sintió
deseos de aporrear la pared hasta dejar la mano reducida a una masa de pulpa y
fragmentos de hueso bajo la piel morada.
—¿Puede
dejar pasar al próximo viajero? —preguntó el hombre del chaleco rojo.
Seth
se alejó lentamente del mostrador. Sabía que ni el metro ni los autobuses lo
llevarían adónde quería y no tenía fuerzas para seguir caminando. Había perdido
toda la energía, aparte de la reserva con la que alimentaba su pánico. Aunque
lograra llegar a otra estación, la enfermedad volvería a paralizarlo
inmediatamente.
Tenía
que dormir. Tenderse y conciliar el sueño. Quizá pudiera intentarlo más tarde,
después de haber dormido un poco. En aquel momento no se le ocurría otra cosa,
y se negó incluso a responder a la presencia del muchacho encapuchado, que lo
esperaba junto a la taquilla y comenzó a caminar a su lado al salir de la
estación.
Al
día siguiente trató de alejarse en dirección sur, pero no logró llegar más allá
del Strand, donde vomitó en el baño de un pub.
El
norte era un laberinto infranqueable. Lo
desorientaban muros de ladrillos, tejados negros y puntiagudos, vallas
metálicas, el aire amargo y las criaturas blancuzcas que lo llamaban desde los
solares y se movían más veloces que las ratas allí abajo, entre los cimientos a
la vista. Su intento de fuga lo devolvió de nuevo al centro, donde se encontró
por la tarde, en algún lugar entre Camden y Euston, agotado por el hambre y el
esfuerzo.
Al
tercer día, en el este, estuvo a punto de asfixiarse en una hilera de edificios
grisáceos, cuyos jardines delanteros estaban llenos de basura. Se estremeció y
se
echó
a llorar, observado por niños paquistaníes vestidos con ropa extraña. Y
entonces se encaminó hacia su casa, la única dirección donde encontraba alivio
de las náuseas, los escalofríos, la asfixia y las constantes llamadas de las
criaturas de hueso desde las ventanas, con sus rostros amarillentos y las
fauces abiertas de par en par.
La
tarde siguiente volvió al trabajo.
Junto
al apartamento de los Shafer, los olores de Barrington House se amortiguaban,
enmascarados por algún otro aroma: barniz para la madera, limpiador de
alfombras, productos para el bronce y polvo. Y algo más: un leve aroma a
azufre. O a algo recién quemado, como la pólvora.
Las
escaleras de subida y bajada que había a ambos lados del ascensor estaban
iluminadas con lámparas eléctricas, pero aun así la atmósfera era lúgubre, como
una fotografía sacada con poca luz. Esto provocó cierta intranquilidad a Apryl,
pero curiosamente, también un acceso de apatía. Le daba la sensación de que si
no seguía moviéndose, concentrada en tareas específicas, podía tenderse o
sentarse simplemente en silencio, sola, para esperar en aquel lugar. Pero
¿esperar a qué?
Cuando
estaba a punto de llamar a la puerta de los Shafer sintió que se le encogía el
estómago. Eran gente anciana y difícil que no quería que se la molestase. Al
menos eso le habían dicho Stephen y Piotr. Su negativa a verse con ella estaba
relacionada con su conexión con Hessen y lo que le habían hecho encabezados por
su tío abuelo Reggie. La señora Roth se lo había revelado únicamente en
condiciones de gran estrés emocional. Puede que pensase que su propio fin
estaba próximo. La idea hizo que Apryl se sintiera profundamente incómoda,
puesto
que debía de haber sido una de las últimas personas en ver a Betty Roth con
vida. Stephen se lo había contado aquella misma mañana, al llegar.
Pero
la anciana inquilina le había contado lo bastante, y la propia Lillian había
insinuado algo sobre la sucesión de horribles acontecimientos que había tenido
lugar medio siglo antes. Pero por miedo a interrumpir la incompleta y fortuita
narración de la señora Roth, no se había atrevido a preguntarle por la muerte
de Reginald. Ni siquiera Lillian había sido capaz de dar aquellos detalles,
pues la verdad última de lo ocurrido era demasiado desagradable tanto para su
tía abuela como para la señora Roth. Así que no le quedaban más que
insinuaciones sobre invocaciones de poderes antinaturales por parte de Hessen,
sonidos aterradores, pinturas espantosas y una plaga de pesadillas con las que
ni siquiera una confrontación directa con el responsable había logrado acabar.
Cosas que ella había vislumbrado y que tenía pavor a encontrarse de nuevo en
aquellos pasillos sombríos y aquellas
habitaciones miserables, donde las sombras no eran como debían ser y donde
todos los espejos insinuaban una presencia. Miró a su alrededor, intranquila
por un momento al posar la mirada sobre el espejo del descansillo.
Allí
había habido un conflicto y había terminado mal para Hessen. De eso estaba
segura. Un asesinato que habían mantenido en secreto durante todos aquellos
años. Un secreto que los había separado y los había empujado al aislamiento y
la locura. Ella conseguiría que le contaran la
historia.
Averiguaría cómo había muerto Reginald y cómo habían asesinado a Hessen, y lo
haría esa misma tarde.
Levantó
la mano.
Su
dedo índice entró en contacto con el frío bronce del timbre de la puerta.
Pulsó
el botón suavemente, muy suavemente. No hizo ningún sonido. Lo pulsó con mayor
firmeza y lo mantuvo apretado un instante en el interior del aplique decorativo
de bronce.
«¿Qué
hicisteis aquí?»
Tras
un instante de pausa, el interruptor comenzó a vibrar bajo la yema de su dedo.
Al mismo tiempo, detrás de la gruesa hoja de madera de la puerta principal, oyó
un tenue timbre.
Más
allá del cristal grisáceo de la ventana de la escalera, el débil sol debió de
ocultarse aún más detrás de los perennes nubarrones, porque sintió que el aire
se enfriaba y oscurecía a su alrededor.
Retrocedió
un paso y esperó. Y esperó. No acudió nadie. Se inclinó hacia adelante y volvió
a llamar. Y luego otra vez.
Entonces
oyó unos pasos que descendían rápidos desde el piso superior por la escalera
comunitaria y sintió el impulso culpable de echar a correr como una niña. La
espera estaba minando su confianza, su determinación. Una sombra se proyectó en
la pared y Apryl se volvió para recibir a la figura que se movía con tanta
rapidez. Debía de ser un niño para hacer gala de aquella velocidad y agilidad.
Pero ¿podía un niño proyectar una sombra como
aquélla?
Al
cabo de un momento, llegaron desde su derecha unas voces procedentes del
interior del apartamento. Se congregaron alrededor del sonido del timbre. Una
voz de mujer, aguda y nerviosa. Apryl fue incapaz de distinguir lo que decía.
Se acercó más. En ese momento, una voz de anciano, lo bastante próxima como
para estar al otro lado de la puerta, cobró vida:
—Bueno,
es lo que voy a averiguar. —Denotaba fastidio y respondía a los lejanos gritos
de la mujer procedentes del fondo del pasillo.
Apryl
volvió a mirar la escalera. La sombra se hizo más grande, pero también más
fina, y se disipó cerca del techo. El sonido de los pasos en la escalera se
desvaneció. No apareció nada en el recodo.
—¿Hola?
—dijo con vocecilla débil—. ¿Quién anda
ahí?
—¿Quién
es? —Para ser la de un anciano, la voz al
otro
lado de la puerta principal de los Shafer era sorprendentemente fuerte, con un
acento americano aún discernible, aunque atemperado por décadas pasadas en
Londres. La pregunta se dirigía a ella, así que supuso que estaba observando
por la mirilla de la puerta. Podía oír el áspero roce de su respiración,
entrecortada por el esfuerzo de moverse.
Apartó
la mirada de la escalera, impaciente de pronto por hallarse dentro del
apartamento con la anciana pareja.
—Hola,
me llamo Apryl. Sólo quería...
—¿Quién?
No la oigo.
Apryl
suspiró con exasperación.
—¡Apryl
Beckford, señor! ¿Podría pasar, por favor?
—No
la oigo. —Y entonces volvió a gritarle a la mujer del interior—: He dicho que
no los oigo, ¿cómo quieres que lo sepa? ¡Quieres callarte! He dicho que yo me
encargo. No hace falta que te molestes. No te levantes. Te he dicho que no te
necesito.
—Sólo
quería... —comenzó a decir Apryl. Pero no tenía sentido. El anciano no estaba
prestándole atención, y no habría podido oírla ni aun en caso de estar
haciéndolo.
Unos
dedos anquilosados arañaron el picaporte y lo manipularon con torpeza, como si
fuese la primera vez que realizaban aquella operación. La respiración de Tom
Shafer se volvió más fuerte y atropellada, como si estuviese levantando algo
pesado.
Cuando
se abrió una rendija entre la puerta y el marco, Apryl se encontró con un
hombre tan menudo que tuvo que bajar la mirada para ver su cara, proyectada
hacia adelante sobre un cuello esquelético. Una piel profusamente arrugada y
llena de bolsas, cubierta por una barba rala, fina y de un intenso color
blanco, colgaba alrededor de una boca húmeda de la que habían desaparecido los
labios. Un reguero de saliva
transparente brillaba en una de las comisuras de la boca. Unas gruesas gafas
magnificaban sus ojos acuosos. Eran tan oscuros que hasta el blanco, húmedo y
descolorido, parecía negro. Una gorra de béisbol de tela transpirable de color
azul coronaba con cierto abandono la cabeza de la pequeña figura.
—¿Sí?
—Su voz, como las de los fumadores, parecía brotar de algún lugar situado
detrás de su esternón y era líquida e incongruentemente profunda, al tiempo que
seca como el hueso.
—Hola,
señor. No nos conocemos. —Habló en voz alta, pero no tanto como para que el
sonido llegara hasta la mujer del interior del apartamento, que supuso sería la
señora Shafer—. Soy la sobrina nieta de Lillian, del apartamento treinta y
nueve, y es muy importante que hable con ustedes, señor. Sólo unos minutos, por
favor. — La puerta estaba abierta en parte, pero de manera instintiva supo que
podía cerrarse con gran rapidez. Lanzó una última y nerviosa mirada hacia la
escalera, embargada por la sensación de que lo que fuera que hubiera proyectado
aquella sombra y se moviese a tal velocidad estaba en aquel mismo instante
esperando al otro lado de la esquina, escuchando.
Tom
Shafer parpadeó varias veces y la miró en silencio. Su expresión se convulsionó
hasta transformarse en una suspicacia ansiosa que, supuso ella, era una
característica casi permanente de su personalidad. Lentamente, a pasitos
cortos, giró sobre sus talones y dirigió la mirada hacia el otro lado del
pasillo, como si quisiera asegurarse de que su esposa no era visible. Luego se
volvió hacia ella.
—Te
pareces a tu tía. Pero no puedo hablar contigo. Lo siento. Ya se lo dijimos a
Stephen. Tendría que habértelo aclarado. —Hizo ademán de cerrar la puerta.
Apryl,
para su propia sorpresa, avanzó un paso.
—Se
lo ruego, señor. Tengo que saber lo que les pasó a mis tíos abuelos. Eran sus
amigos. Sus vecinos.
El
anciano suspiró ruidosamente.
—Eso
sucedió hace mucho tiempo. No recordamos nada.
—Sé
lo de Félix Hessen.
Al
oír aquel nombre, el viejo levantó la mirada y sus ojos acuosos, sobresaltados,
cobraron de repente toda la animación de que hasta entonces habían carecido.
—Sólo
necesito saber si lo que escribió mi tía abuela era cierto. Eso es todo. Para
cerrar su historia. Se lo ruego, señor, sólo lo sabremos mi madre y yo. No se
lo contaremos a nadie.
Tom
Shafer entornó la mirada. Sus gruesas gafas subieron por su naricilla.
—Jovencita,
tu tía abuela estaba como una cabra. Y tú comienzas a recordarme a ella.
También solía subir aquí con la misma actitud. No queremos que nos vuelvan a
molestar con aquello.
«¿Aquello?»
¿Qué quería decir? Su impertinente comentario sobre Lillian la había molestado.
—Tenía
problemas, ya lo sé, pero usted sabe por qué. Me lo contó la señora Roth. Me
contó lo que sucedió. Antes de morir.
La
puerta volvió a abrirse, esta vez un poco más.
—Betty
no diría una palabra. Era muchas cosas, pero no una chismosa. —A pesar de su
cuerpo esquelético y la pequeña cabeza embutida en aquella gorra ridículamente
grande, volvió a sorprenderla la potencia de su profunda
voz.
De repente la hizo sentir tonta y culpable, como una niña sorprendida en una
travesura y reprendida por los adultos.
Se
aclaró la garganta.
—La
señora Roth no me lo contó todo. Pero estaba aterrorizada antes de morir y
necesitaba alguien en quien confiar. Sentía que estaba en peligro, que algo de
su pasado había vuelto para atormentarla. Me habló de los cuadros, señor. Y del
accidente de Hessen, de lo que hacía aquí. Y de cómo cambió las cosas para
todos ustedes. Mi tía abuela también escribió sobre ello en sus diarios. Entre
las dos me contaron muchas cosas. Incluido lo que sucedió después de que Hessen
regresara y volviera a arruinarles la vida a todos.
Tom
Shafer no pronunció palabra durante un rato, pero el espacio que los separaba
estaba lleno con la tensión de su ronca respiración. De repente pareció tan
enfermo y terriblemente débil como si fuese
a desplomarse para no volver a levantarse.
—Sólo
le quitaré unos minutos de su tiempo. Eso es todo. Tengo que saberlo.
—No
puedo. Lo siento, mi esposa...
Aquel
hombre frágil y anciano le hizo pensar de pronto en Lillian. Sola, atemorizada
y abandonada, nunca se había rendido en su lucha por escapar de los fantasmas
de sus recuerdos, convertidos en los terrores de cada uno de sus días. Nunca
había desesperado. Al contrario que la señora Roth y los Shafer, atrapados allí
hasta la muerte, con sus enfermeras, sus mezquindades y su impotencia.
Se
enjugó una lágrima que resbalaba por su mejilla.
Sin
levantar la mirada, como si estuviera demasiado avergonzado como para mirarla a
los ojos, Tom Shafer abrió la puerta y salió lentamente al pasillo en penumbra.
Tras unos pasos inseguros, se detuvo y giró la cabeza hacia un lado. *
—¿Va
a pasar o no?
Apryl
se tocó ligeramente la nariz y entró tras él. Pero ahora que había conseguido
acceder no estaba tan segura de querer oír lo que tenía que decirle aquel
hombre.
—No
levante la voz —susurró éste—. Si molesta a mi mujer tendrá que marcharse.
Asintió,
pero al mismo tiempo se preguntó si lo habría dicho por afán de proteger a su
mujer o por miedo a su reacción.
Lo
siguió por las desnudas y manchadas paredes del pasillo hasta un espacioso
salón. Parecía que la pareja sólo usaba un pequeño rincón de la habitación, el
que tenía la televisión y dos sillones desgastados, uno junto al otro al lado
de una mesita con ruedas y cubierta de botellitas de Evian, pañuelos de papel,
caramelos, unas uvas negras a medio comer y varias cajas de medicamentos. El
resto de la sala estaba vacío, a excepción de un viejo aparador y una mesa de
comedor repleta de cajas de cartón, toallas desgastadas y sábanas arrugadas.
Era otro de aquellos miserables y mal iluminados rinconcillos de Barrington
House. Con todo su dinero, vivían como mendigos en el rincón de un ático. Las
alfombras del suelo estaban llenas de migas y papelitos. No había cuadros en
las paredes. Ni
espejos.
Sólo los contornos de antiguos marcos,
rectángulos y cuadrados oscuros rodeados de papel blanqueado.
Había
un ejemplar abierto del Financial Times sobre uno de los asientos.
—Siéntese.
No puedo ofrecerle nada de beber. Tardaría una hora en ir a la cocina y volver.
Y no disponemos de tanto tiempo.
—No
se disculpe, por favor. Siento molestarlos, de verdad. Sé que he venido sin que
me invitaran. No le pido más que unas pocas palabras. Una explicación. Es
que...
—Tragó
saliva para deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta— he
descubierto muchas cosas desde que llegué aquí. Cosas que ahora preferiría no
saber. Pero no puedo volver a casa sin conocer el resto de la historia de mi
tía abuela Lillian.
Tras
desplomarse en su asiento y dedicar varios segundos a recobrar el aliento, Tom
Shafer levantó la mirada hacia ella. Su rostro anciano estaba en calma, la
mirada firme, resignada, sin tiempo que perder en afectaciones pese a la
sordidez del escenario.
—Realmente
se parece usted mucho a Lillian —dijo, y al fin sonrió—. Era una mujer muy
hermosa.
Apryl
sintió que le recorría el rostro una calidez generada por sus palabras. No por
el hecho de que la encontrara atractiva, sino porque confirmaban los lazos
entre Lillian y ella.
—Gracias.
Sí que lo era, ¿verdad? He visto sus fotos con Reginald.
Tom
Shafer siguió sonriendo.
—A
veces es doloroso mirarlas. Eran realmente especiales. —Desvió la mirada hacia
ningún punto en concreto. Sólo hacia la descuidada habitación en la que pasaba
todos sus días—. Pero las cosas cambian. Hay que disfrutar de lo que se tiene
en cada momento. No buscarse problemas. —Parecía una advertencia. Volvió a
mirarla—, He oído que va a vender la casa de Lilly. Bueno, mi recomendación es
que lo haga cuanto antes y se marche de aquí. No pierda aquí más tiempo del
necesario.
—¿Por
qué dice eso?
—Pensaba
que lo sabía.
Apryl
esquivó su mirada y dirigió los ojos hacia sus propias manos, entrelazadas
sobre su regazo.
—Sé
algunas cosas. Pero no todo. Y no puedo unir todas las piezas.
—¿Y
cree que yo sí?
—Usted
estuvo allí cuando todo ocurrió. El anciano negó con la cabeza.
—Pero
¿quién puede decir qué pasó? Yo no estoy muy seguro de poder. Betty no podía,
desde luego. Ni Lilly. Y los otros ya no están entre nosotros. No fue algo
normal en el curso de la experiencia vital de una persona. No era algo para lo
que estuviéramos preparados o a lo que pudiéramos responder. No debió haber
sucedido nunca. Simplemente nos vimos atrapados porque fuimos demasiado
orgullosos o demasiado estúpidos como para escapar cuando tuvimos ocasión.
—Pero
¿atrapados en qué?
El
anciano exhaló un largo suspiro.
—Supongo
que ya importa un rábano quién llegue a saberlo. No puedo creer que Betty le
contara nada. Es imposible. Pero ¿quién iba a creer a unos viejos locos como
nosotros? Y no tengo ni la menor idea de lo que escribió Lilly. Ya no era ella
misma, desde hacía mucho tiempo. Es algo que me supera, pero sí, sucedió algo,
claro que sí. Y por Dios que lo hemos pagado con creces. Todos nosotros.
Apryl
volvió a mirarse el regazo, invadida de nuevo por una frustración y una
desesperación que comenzaban a resultarle familiares.
—Pero
puede contarme cómo murió Reginald. Lillian fue incapaz de ponerlo por escrito.
Tom
Shafer levantó la mirada hacia ella.
—¿Alguna
vez ha oído la expresión de que dos personas pueden quererse demasiado? Bueno,
pues ése era el caso de Lilly y Reggie. Pensamos que no sobreviviría a la
muerte de Reggie y supongo que, en cierto modo, acertamos.
—Pero
¿cómo sucedió?
La
mirada del anciano se endureció.
—Se
suicidó. Saltó desde la ventana del salón de su apartamento. —Habló sin hacer
una pausa, sin parpadear ni vacilar.
—Donde
estaban las rosas —dijo Apryl como hablando consigo misma—. Donde ella las
colocaba. Lo hacía en recuerdo a él. —Miró a Tom Shafer a los ojos—. A causa de
Hessen. Que los atormentó y los volvió locos.
Pero
¿cómo lo hizo?
Tom
Shafer negó con la cabeza.
—No
lo sé.
—Tiene
que saberlo. Mi tío abuelo era un héroe de guerra que había combatido en
Europa. Tengo sus medallas. Sobrevivió y regresó aquí con el amor de su vida.
¿Y después se mata por una disputa con un vecino? Y al hacerlo le parte el
corazón a su esposa de tal modo que la vuelve loca. No puedo aceptar que nadie
conozca la razón por la que lo hizo. En su día fueron muy amigos.
Tom
Shafer volvió a negar con la cabeza.
—Ahora
entenderá por qué no hablamos de eso y nunca lo hemos hecho. Por su tía, que
nunca lo olvidó. Puede que tuviera más razones que el resto de nosotros.
Pero... ¿cómo podría explicárselo? Tendría que haber estado allí. Reggie no fue
el único que se quitó la vida. La señora Melbourne también lo hizo. Fue la
primera. Saltó desde lo alto del tejado y cayó sobre la verja. Tuvieron que
desclavarla de los barrotes. Y luego Arthur, el marido de Betty.
—No.
El
anciano asintió.
—Bueno,
lo taparon con algún cuento sobre un ataque al corazón, pero lo cierto es que
tomó una sobredosis.
—¿Por
qué no se marchó ninguno de ustedes? ¿Por qué no pueden marcharse? Lillian
murió intentándolo. No lo entiendo.
La
voz de Tom Shafer subió de tono, furiosa.
—¿Cree
que no lo hemos intentado, joder? ¡Pero no
podemos!
Simplemente es así. No podemos alejarnos más allá de una manzana en ninguna
dirección y no sabemos por qué.
—Los
cuadros. Los cuadros de Hessen. Tiene que ver con los cuadros. Mi tía abuela
decía que todo estaba relacionado.
El
cuerpecillo de Tom Shafer pareció hundirse aún más en su voluminoso asiento.
En
aquel momento parecía un montón de hueso y pellejo en el interior de una camisa
de cuadros y unos pantalones de chándal. Sus manos nudosas temblaban sobre los
brazos del sillón. Cerró los ojos y todo su cuerpo se estremeció. Apryl sintió
el impulso de acercarse a él, como había hecho con Betty Roth, y abrazarlo.
Coger a aquel hombre cansado y roto y consolarlo como no había podido hacer con
Lillian.
—No
quiero acordarme de ellos si no es absolutamente necesario —murmuró el anciano.
—Lillian
soñaba con el contenido de aquellos cuadros. Y luego comenzó a verlo a su
alrededor.
—Como
todos los demás. Por alguna razón, todo aquello salió de los malditos cuadros.
—Por
eso Reginald se quitó la vida. Y los demás. Tom Shafer asintió.
—Puede
que ellos fuesen los más afortunados, los que tuvieron las agallas de quitarse
de en medio. Pero nosotros también lo sufrimos, ¿sabe? Nunca tuvimos hijos por
culpa de eso. Mi mujer los perdió todas las veces.
—Lo
siento.
El
silencio se hizo más denso alrededor de ellos en aquel rinconcillo de ninguna
parte. Tom Shafer lo rompió hablando como para sí mismo:
—Mi
mujer aún cree que puede protegernos aquí. Es lo que piensa. No puedo dejar que
se altere. Aquí dentro no. Así que tendrá que irse.
—Los
quemaron.
Tom
Shafer no dijo una sola palabra. Ni siquiera asintió.
—Y
mataron a Hessen. Juntos. Sé que lo hicieron. Arthur Roth, Reggie y usted. No
quiero causar problemas con esto. Sólo necesito saber por qué Lillian no pudo
volver a casa con nosotras. Es lo que quería. Lo decía en sus diarios. Pero
aquí sucedió algo que empujó a su marido al suicidio. La misma cosa que la
mantuvo en esta casa hasta el día de su muerte. Quiero saber cómo pudo hacer
eso Félix Hessen después de muerto. ¿Puede usted decírmelo?
Tom
Shafer movió la cabeza con desesperación.
—No
tiene usted la menor idea de lo que era ese hombre. No sé qué le contó Betty,
pero él trajo a esas criaturas aquí. No sé qué eran ni cómo lo hizo. Nunca lo
he sabido. Ni ninguno de nosotros. Lilly tenía algunas ideas absurdas, pero no
nos las tragábamos. Fuera lo que fuese, era más fuerte que nosotros. Juntos o
por separado. No tardamos mucho en descubrirlo. Y eso le costó la vida a Reggie
y a otras buenas personas. Incluidas su tía y ahora Betty. Estoy convencido de
ello. Esa mujer tenía un corazón muy fuerte. No creo que le fallase. Sólo
quedamos
mi
mujer y yo. —Dejó de hablar y tragó saliva. Su frente estaba cubierta por una
capa de brillante transpiración y comenzaba a parecer gris bajo la tenue luz,
como si estuviera gravemente enfermo.
—¿Se
encuentra bien, señor Shafer? —Alargó el brazo hacia él.
—No
me creo una sola palabra de lo que dicen abajo
—respondió
él con un susurro—. Ahí pasa algo raro. Márchese de aquí, señorita. Como
tendríamos que haber hecho nosotros.
Entonces
negó lentamente con la cabeza y suspiró, como alguien que aceptara una
mala noticia a regañadientes. Fue el
sonido más abrumadoramente fatigado que jamás hubiera oído salir de la boca de
una persona.
—El
edificio entero temblaba. Todo procedía de su apartamento. Comenzó al año de
haberse mudado aquí, más o menos. Nunca salía del edificio. Ni una sola vez,
estoy seguro. Te lo encontrabas en una escalera, o abajo, donde vivía el
personal, haciendo extraños gestos en el aire, como si estuviera dibujando.
Toqueteando los cuadros de las paredes. Hablaba solo, y no en inglés o en
ningún otro idioma que yo haya oído nunca. Los porteros lo sorprendían así
constantemente. Lo tenían vigilado. Nunca les gustó.
»Y
de noche hacía cosas en su apartamento que podían ensombrecer las luces al otro
lado del edificio. El aire del apartamento de Betty se llenaba con algo que no
podías ver pero sabías que estaba allí. Y si escuchabas
con
mucha atención podías oír voces. No como usted y yo aquí hablando, sino voces a
centenares, peleando allí abajo con él.
»La
primera vez que las oímos fue en casa de Betty. Estábamos cenando y lo oímos proveniente del apartamento de abajo. El de Hessen. Y una
vez que lo oías ya nunca dejabas de hacerlo.
»Lo
que tenía en el apartamento, fuera lo que fuese, salió de allí y se metió por
todas partes. Invadió el edificio. Se coló detrás de las paredes, dentro de los
espejos y los cuadros. Empezamos a ver en ellos cosas que no estaban antes.
Aunque fueses el único ser humano en una habitación, de repente sabías que no
estabas solo al mirarte al espejo. A veces era una de esas cosas; otras, más de
una. Pero las veías moviéndose. Y luego se metieron en nuestros sueños.
Entraron en nuestras cabezas mientras dormíamos.
»No
sé cómo lo hizo. Yo he ganado cien millones en Wall Street. Se me da bien lo
que puedo ver y explicar. Pero esto no. Contra esto no teníamos defensa. Ni él
tampoco.
—¿Por
qué dice eso?
—Perdió
la puta cara allí abajo. Perdió la cara entera y hasta su condenada cordura con
lo que sea que hiciera allí abajo. Algo que no pudo controlar una vez iniciado.
Apryl
tragó saliva.
—¿Qué
le pasó en la cara?
Tom
Shafer mantuvo la mirada gacha. Lo pensó un momento y luego continuó.
—Arthur
llamó a Reggie y Reggie me llamó a mí. Betty y Arthur habían oído unos gritos.
Gritos de Hessen. Así que bajamos con el jefe de los porteros y entramos. Y nos
lo encontramos en el salón, solo, con todas las alfombras amontonadas contra
las paredes. Pero se veía lo mal que tenía la cara. Como si se le hubiera
congelado, dijo Reggie. Estaba negra, como quemada, y había perdido casi toda
la carne hasta el hueso y los ojos. Pero no había fuego. Ni productos químicos.
Ni sangre. Y desde luego no había estado en el Polo Norte, aunque a todos nos
hubiera encantado que fuese así. No teníamos la menor idea de qué podía haberle
causado esas heridas.
»Se
lo llevaron en ambulancia. Y pensamos que ahí se terminaba todo. Pero
sobrevivió, y cuando regresó todo comenzó de nuevo. Todos aquellos ruidos dando
vueltas como una lavadora allí abajo, en su casa. —Interrumpió el hilo de sus
pensamientos y la miró—. ¿Cómo murió Betty?
—Mientras
dormía, según Stephen. El señor Shafer negó con la cabeza.
—Eso
es mentira, joder.
—Betty
me dijo que había vuelto. ¿Cree que realmente es posible? —preguntó Apryl al
instante, temiendo que dejara de hablar, como había hecho Betty Roth.
—¿Que
ha vuelto? Lo cierto es que nunca se marchó. Nos ha mantenido aquí encerrados,
esperando a que pasara algo para volver a empezar con todo. Aún está aquí. Debo
de estar tan loco como Lillian por decir una cosa así. Ha estado esperando a
que llegara su momento.
Hasta
ahora no podía hacer mucho más que darnos un susto de muerte cuando nos
acercábamos a un cuadro o a un espejo. O ponernos enfermos como perros si tratábamos de salir del
barrio. Pero las cosas han vuelto a cambiar. Ahora es distinto. Como si alguien
lo estuviera ayudando.
Apryl
tuvo que hacer esfuerzos para controlar su voz.
—Y
Reginald... Todos mataron a Hessen.
Tom
Shafer volvió a negar con la cabeza. Su voz apenas era audible.
—No
matamos a nadie. Reggie simplemente lo dejó allí dentro con eso. No hicimos
nada por detenerlo. Y ese loco cabrón no volvió a salir.
—¿Con
qué lo dejó?
—No
lo sé. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero sonaba igual que lo que había en los
cuadros que tenía en las paredes, o lo que había en aquella habitación, que
debía de tener el tamaño de un campo de fútbol.
—No
lo entiendo...
Tom
Shafer tragó saliva ruidosamente.
—La
segunda vez que bajamos allí, cogimos las llaves de la caja del portero
nosotros mismos. Reggie también cogió una pistola. Entramos y Hessen nos estaba
esperando en el salón. Tan flaco que parecía que apenas pudiera mantenerse en
pie. No llevaba más que un pijama y una máscara sobre la cara. Hecha de algo
rojo que le rodeaba la cabeza como una capucha y se remetía por debajo del
cuello. Pero aun así se podía ver lo que había debajo. La cara destrozada de
aquel idiota.
»Reggie
le exigió que nos contara lo que estaba haciendo. Lo que tenía en aquella
habitación montando aquel escándalo. Hessen se limitó a reírse de nosotros.
Como si no fuéramos nada. Como si no significáramos nada. Así es como te hacía
sentir.
»Y
Reggie perdió los estribos. Lo cogió por el cuello y comenzó a darle su
merecido. Lo arrojó sobre una silla, que se partió bajo su peso. Tratamos de
sujetar a su tío, procurando no mirar los cuadros de las paredes. Pero Reggie
era un hombre muy fuerte. Se nos quitó de encima, agarró a Hessen del brazo y
lo arrastró por el suelo del salón. Lo arrastró hasta aquella habitación y
abrió la puerta.
Dejó
de hablar y comenzó a temblar. Alargó el brazo hacia una botella de agua, que
Apryl abrió rápidamente para él.
—Bueno,
Hessen comenzó a resistirse de verdad en ese momento. Y se comportó como la vez
que perdió la cara. Chillaba como un lunático. Pero Reggie lo arrojó dentro de
la habitación. Al frío que salía de allí. Y a aquellos ruidos. Todas esas voces
que hablaban a la vez y gritaban pidiendo ayuda. Una habitación en la que no se
veía gran cosa, aparte del puto suelo lleno de marcas. Alguna mierda vudú o
algo por el estilo justo detrás de la puerta. Pero al entrar te dabas cuenta de
que era un lugar que se extendía hasta el infinito. Y Reggie lanzó a Hessen
allí dentro. Como si fuera un muñeco. Lo levantó y lo arrojó por la puerta,
simplemente.
»Y
entre todos mantuvimos aquella puerta cerrada.
»Lo
oímos gritar un buen rato. Gritar, aporrearla y suplicarnos que la abriéramos.
Y luego sólo golpes más débiles, como si se hubiera quedado sin fuerzas. Hasta
que esto cesó también. Hasta que todo cesó.
»Fue
como si se desvaneciera junto con las otras voces, el viento y el frío. No me
pregunte qué fue. Ninguno de los allí presentes tenía la menor idea. Pero al
día siguiente todos nos sentíamos veinte años más viejos.
Apryl
tragó saliva.
—¿Hessen
estaba muerto? —preguntó con un mero susurro.
Tom
Shafer se encogió de hombros.
—Cuando
abrimos la puerta, la habitación estaba vacía. No había ni un alma allí dentro.
Sólo los cuatro espejos y las velas, que aún seguían encendidas en medio de las
marcas del suelo. Juro ante Dios todopoderoso que es lo único que vimos. Pero
él no estaba. Se había esfumado. Tampoco había salido por la ventana. Estaban
todas cerradas, y, de todos modos, nadie habría podido sobrevivir a una caída
desde el octavo piso.
—Y
los cuadros... Los...
—Hasta
el último de ellos. Los descolgamos de las paredes del pasillo y de todos los
dormitorios. Los redujimos a cenizas. Los arrancamos de los marcos y quemamos
toda la basura que había creado y todas las extrañas marcas que había debajo.
Los metimos en el horno que había antes en el edificio para quemar el carbón.
Desde
el pasillo al que daba la puerta de la sala, una
voz
chillona interrumpió de repente sus confidencias.
—¿Ha
entrado alguien? ¡Os oigo hablar a través de la pared! Me está volviendo loca.
—La voz sucumbió a las lágrimas y la histeria.
Tom
Shafer salió bruscamente del trance miserable en el que había caído mientras
relataba la historia. Su rostro se contrajo por el pánico. El picaporte de la
puerta giró. Luchó por ponerse en pie. Apryl se levantó rápidamente y se volvió
hacia la puerta mientras su propia incomodidad se transformaba en miedo. En
aquel lugar parecía un sentimiento contagioso. La puerta se abrió.
La
enorme mole de un cuerpo llenó el espacio que separaba la sala del pasillo. La
luna que la señora Shafer tenía por cara era terriblemente vieja, pero la piel
tenía un curioso brillo, como si llevara una fina membrana de plástico sobre
las facciones. Debía de ser algún tipo de crema facial. Los rizos de su cabello
negro se amontonaban bajo un pañuelo
azul torpemente sujeto por medio de alfileres. Estaba aplanado en uno de los
lados, donde debía de haber estado apoyada sobre una almohada. Sus ojillos negros
miraban con ferocidad.
Se
agarró con las manos a las jambas de la puerta, como para soportar la
consternación y el asombro de encontrarse a aquella desconocida en su casa. De
inmediato sus labios comenzaron a temblar, aunque no era fácil de decir si era
de rabia o de pena.
—¿Qué
está pasando aquí?
Tom
Shafer levantó dos finos brazos que oscilaron delante de su cuerpecito de
muñeca.
—Ahora
no empieces a ponerte nerviosa.
—No...
No... No... —Se quedó mirando a su marido con asombro, como si la mayor
traición de todos los años que habían pasado juntos hubiera quedado por fin al
descubierto—, ¡Que se vaya! ¡Te lo digo en serio, quiero que se vaya de aquí!
¡No doy crédito a mis ojos! ¿En qué estabas pensando? ¡Maldito seas por meter
basura en mi casa!
Estaba
loca. Apryl lo comprendió al instante.
—Lo
siento, señora. No pretendía perturbar su descanso...
Sin
siquiera mirarla. Sin apartar los ojos un momento de su marido, como si la
visión de Apryl le resultase intolerable, la señora Shafer comenzó a hablar con
una voz más profunda y controlada que, de algún modo, resultaba todavía peor
que sus chillidos.
—No
la queremos aquí. No es usted bienvenida. Se lo dije a Stephen, y aun así nos
ha impuesto su presencia. Se ha aprovechado de un pobre anciano.
—Vamos,
querida. Lo único que ha...
—¡No
estoy hablando contigo! —chilló bruscamente a la figurilla con gorra de béisbol
mientras el rubor afluía a sus facciones hasta teñirlas de un profundo tono
carmesí
—.
¡Puedes tener por seguro que no voy a tener ganas de hablar contigo durante
mucho tiempo!
—No
es su culpa. No pretendía molestarlos.
—¡Váyase
ahora mismo! No pienso permitir estas... estas... estas cosas en mi casa. ¡Cómo
se atreve! ¡Cómo se atreve! Voy a llamar a Stephen.
—¡Tú
no vas a llamar a nadie, joder! —gritó repentinamente Tom Shafer a su esposa.
Apryl
escapó hacia la puerta.
—Discúlpeme,
me marcho —le dijo a la señora Shafer, que seguía obstinadamente sin mirarla.
—Lo
siento —se disculpó Tom Shafer con Apryl en el pasillo mientras renqueaba a su
espalda—. No es ella misma. Hoy no. Se le está haciendo muy duro.
—¿Puedo
llamarlo?
—¡No,
no puede llamar! ¡Ni volver a subir! —gritó la señora Shafer. Los seguía, se
detenía, luego los seguía un poco más y se tapaba la boca con la mano. Mientras
su pequeño marido caminaba delante de ella, Apryl casi esperó ver cómo la
señora Shafer alargaba los brazos, lo agarraba y lo arrastraba hasta su enorme
vientre, que presionaba contra la parte delantera manchada de su bata de
flores.
Al
llegar a la puerta, Tom Shafer tendió una mano y tocó a Apryl en el codo. Ella
se volvió y lo miró a los ojos aterrorizados.
—¡No
puedo creer que esto continúe! —Al parecer, la señora Shafer había recobrado la
voz—. ¡Me pregunto cuánto hace que sucede! —Y entonces se echó a llorar detrás
de ellos, mientras su enorme corpachón se cernía, protectora y la vez
alarmantemente, sobre su diminuto esposo.
—Por
el amor de Dios —susurró para sí Tom Shafer. Se volvió hacia ella y gritó—:
¡¿Quieres cerrar tu estúpida boca de una vez?!
Al
oírlo, Apryl se estremeció y sintió el deseo de salir de aquel lugar terrible
sin demora, pero los dedos nudosos del anciano se clavaron en su brazo.
Respiraba con tanta dificultad que pensó que podía expirar en cualquier
momento. Sus labios se movían. Apryl se inclinó hacia su boca húmeda.
—No
se fíe de ellos —susurró—. De ninguno de los de abajo. Lo ayudan. —Y diciendo
esto le soltó el brazo y se volvió hacia su sollozante esposa.
—Un
ataque al corazón. Grave. —Stephen le transmitió rápidamente las noticias sobre
la señora Roth. El jefe de porteros había estado esperando a que llegara para
el turno de noche. Piotr estaba a su lado, radiante. La enfermera, Imee, había
encontrado a la señora Roth a las seis, a la hora que, como de costumbre, le
llevaba el desayuno.
Pero,
con un asombro que le costó mucho disimular, Seth descubrió que no lo
interrogaban sobre lo sucedido aquella noche. Ni siquiera le preguntaron si la
anciana había llamado a la portería. Nada. Al menos no volvería a molestarlos,
ésta parecía ser la reacción generalizada: alivio. Stephen estaba incluso
silbando, cosa que Seth sólo recordaba haberle visto hacer cuando recibía
alguna propina generosa. Le dio una palmadita en el hombro, algo que nunca
había hecho hasta entonces, y luego atravesó la salida de incendios en
dirección a la escalera que llevaba a su apartamento.
La
muerte repentina y en plena noche de una anciana de noventa y dos años como
consecuencia de un ataque al corazón, mientras estaba sola en su cuarto, no era
algo que pudiera levantar demasiadas sospechas ni justificara una investigación
forense. ¿Acaso no era eso lo mismo que había estado diciéndose a sí mismo,
repitiéndolo como una especie de mantra, mientras se arrastraba
hacia
los cuatro puntos cardinales de Londres durante los últimos días? Aquella noche
se confirmaba, con un alivio que lo dejó tembloroso, que iba a salirse con la
suya.
Un
respiro de corta duración. Su miedo a la policía se tornó rápidamente un terror
a lo que ocupaba el apartamento dieciséis, a lo que era capaz de hacer y lo que
podía pedirle a continuación. Porque no había manera de decirle que no. Lo
había transformado. Igual que cuando estaba pintando. Podía llegar a olvidarse
de quién era. Se convertía en su herramienta, en su asesino. Ahora lo entendía.
El muchacho encapuchado, el asqueroso cabrón de la trenca, se lo había dicho.
Lo convertirían en un gran artista, lo liberarían de la muerte en vida si hacía
cosas por ellos. Como cometer un asesinato. Un puto asesinato.
Después
de que Piotr se marchara a su casa, Seth esperó varias horas bajo el zumbido de
las luces de la recepción. Y no fue una espera fácil. Lo que quedaba de su
conciencia le hizo compañía mientras la gravedad iba aumentando su presión
sobre el edificio. Con expectación. Una expectación palpable. Estuviera dormido
o despierto, allí sucedían cosas. En términos que no eran los elegidos por él.
En
determinadas ocasiones se le exigiría que pasara a la acción. Que fuese
cómplice de una voluntad vengativa que parecía haber vuelto a la vida. Y,
carente de todo control sobre sus espantosas consecuencias, no podía hacer otra
cosa que preguntarse por sus orígenes. Pero tenía que morir gente. Gente
anciana. Viejas zorras que
habían
hecho daño a la criatura que en su día fuese un hombre en el apartamento
dieciséis.
Imposible.
Sencillamente ridículo. Pero estaba sucediendo en aquel preciso instante.
Aguardó
en la silla de cuero, o paseando de un lado a otro del vestíbulo.
A
las once se había fumado doce gramos y medio de tabaco de liar Drum Yellow.
Demasiado nervioso para bostezar, se dedicó a mirar los monitores de seguridad,
cuya imagen teñida de verde no cambiaba nunca.
No
dibujó nada. Su deseo de recrear el mundo en rojo, ocre y negro sobre las
paredes estaba ausente. Ahora era consciente de que aquella lucidez exigía un
precio terrible. Su nuevo talento sólo había salido a la luz en virtud de su
colaboración con algo que vivía en aquel edificio. Una presencia que no le
permitiría abandonar la ciudad.
«Dios.»
¿Por
qué había esperado hasta que ya no tuvo control sobre nada? Ni sus sueños, ni
sus acciones, ni ahora sus movimientos, le pertenecían ya. Y aquella noche lo
habían obligado a volver allí. Lo habían convocado, y los efectos sobre su
estado de salud demostraban que no le habían dado alternativa alguna en el
asunto. Los calambres en el estómago, las náuseas y los ataques de
desorientación habían desaparecido, por completo.
¿Habían
existido alguna vez? Sí, y temía que reaparecieran. Haría lo que fuese para no
volver a sentir aquello. Se tapó la cara con las manos y cerró los ojos.
Cerró
los ojos ante la imposibilidad de todo aquello. Y de lo que había hecho.
Las
horas pasaron ante él como peatones indiferentes. Las seis y media se
convirtieron en la medianoche. Pero ¿dónde estaba su perro guardián? ¿El
encapuchado, capaz de entrar en sus sueños a voluntad y llevarlo como un pastor
por las calles de Londres y los apartamentos de Barrington House para que
hiciese su voluntad? Puede que el muchacho estuviera allí en aquel momento,
espiándolo. Capaz de leer sus pensamientos y consciente de todas sus
intenciones.
O
puede que Seth fuese un esquizofrénico con alucinaciones. Nadie más podía ver
la figura del niño. Y la señora Roth no había podido ver nada en el piso
oscuro, que a sus ojos aparecía como un lugar iluminado de color rojo. Y veía
la ciudad de un modo al que los demás eran ciegos. Puede que fuese así para la
gente que mataba porque se lo ordenaban las voces de su cabeza u obedecía
órdenes recibidas de visiones de los muertos o de mensajes emitidos por la
televisión y la radio. Así que era posible que hubiera llegado la hora. La hora
de rendirse. De entregarse a las autoridades. ¿Cómo podía hacerlo? Tendrían que
venir ellos. Si era él quien intentaba acudir se pondría enfermo. Se
desmoronaría antes siquiera de llegar al médico o al alguacil que lo detendría.
¿Y
cómo podría explicarles lo sucedido?
Un
terrible estremecimiento le recorrió el cuerpo. Se le hizo un nudo en el fondo
de la garganta y se arañó las mejillas mientras intentaba no echarse a llorar.
—Dios.
Dios. Dios mío —balbució. No había barreras entre el sueño y la vigilia. Ni
divisiones entre lo real y lo que no lo era. Todo era lo mismo. Todo unido.
Desde él y hacia él.
—Vamos,
Seth. Tienen algo que enseñarte. —La voz del muchacho encapuchado lo despertó a
las dos de la mañana. Sus fosas nasales se llenaron con el olor del azufre de
los fuegos artificiales, las frías calles del invierno, la ropa barata y la
carne quemada que se pegaba a ella.
El
abrigo del muchacho emitió un susurro cuando se dio la vuelta y se alejó de la
mesa de recepción. ¿Cuánto tiempo llevaba allí observándolo? La criatura se
acercó a las puertas del ascensor y allí esperó a Seth, con las manos metidas
en los bolsillos de la trenca.
—No
te entretengas, Seth. Coge las llaves.
—Vamos,
Seth. Mira. Ahora está ahí dentro. En el sitio al que pertenece. Allí abajo,
con todos los demás.
Seth
era incapaz de contener el temblor de sus brazos, o el de las manos que
trataban de taparle los ojos, o el de las piernas que parecían a punto de ceder
y dejarlo caer de rodillas.
Allí
arriba, colgada en la pared al fondo de la habitación, se encontraba la señora
Roth. Retratada en brillantes óleos. Al reconocerla sintió un impacto que
detuvo el tictac de las manecillas de su reloj, el pulso y la circulación de la
sangre en sus venas, el revoloteo y la repetición de los pensamientos. No era
en modo alguno un
retrato
literal de la antigua inquilina del apartamento dieciocho. Más bien se trataba
de una impresión de ella. Una impresión que incorporaba insinuaciones sobre la
angustia que había experimentado al final. Angustia por su inminente muerte y
por la repentina comprensión del destino que la esperaba después, porque su
consciencia no acabaría.
La
piel de la cara estaba retorcida alrededor del cráneo. Arrugada, como si unas
manos invisibles tiraran de ella. Le habían cambiado de sitio los ojos acuosos.
Ahora estaban en otras zonas de la cabeza, pero no cabía duda de que eran los
de ella. Brillantes de sorpresa y abiertos de par en par por alguna otra cosa.
Los finos huesos de las manos, despojados de toda la carne, arañaban el aire
buscando algún asidero donde no lo había en el negro y ascendiente torrente. En
el que parecía a un tiempo arrastrada y suspendida. Una quebradiza
configuración de ramitas llevada contra su voluntad. Llevada con todo lo demás.
Sin demora.
—No
—murmuró Seth.
Allí
estaba de nuevo, entre las paredes rojas, para ver un cuadro que no estaba allí
la última vez que se había arrodillado delante de alguna de aquellas
contorsiones en sus marcos dorados. Éste era nuevo. Y peor que todas las
imágenes combinadas de la señora Roth que había visto la noche de su muerte.
Porque éste revelaba dónde se encontraba ahora. Dónde la había dejado. Y su
sensación de incapacitación era, si cabe, más potente que nunca, al perderse
frente a aquellos huesos cubiertos por los jirones
de
un camisón y arrastrados por la oscuridad.
—Hay
más, Seth —dijo el muchacho, de pie junto a la entrada de la habitación de los
espejos—. Tienes que verlo todo, Seth.
Seth
le dio la espalda al cuadro. Se obligó a recordar dónde estaban sus miembros
para poder moverse, dirigido por el muchacho, hacia la sala de los espejos.
Sentía ganas de gritar, pero no consideró ni por un solo instante la
posibilidad de resistirse a la voluntad del muchacho. Un morboso deseo de ver
más, hasta encontrarse de nuevo con sus propios límites, de soportar la tensión
psíquica de aquellas creaciones, lo empujaba hacia aquella sala.
Donde
se había organizado una nueva exposición sólo para él. La fragmentación de la
serie de las caras había desaparecido. En su lugar se encontró con cinco
lienzos en blanco que transmitían una sensación de imposible profundidad que
ningún medio bidimensional tendría que haber podido recrear, precedidos por un
tríptico que comenzaba junto a la puerta que acababa de atravesar.
Los
tres nuevos cuadros estaban ya enmarcados, pero brillaban húmedos, como si los
acabaran de terminar. Se captaba el olor de los óleos desde donde estaba
arrodillado. Era una serie de pinturas en las que, allí inmóvil, sin parpadear,
presenció algo parecido a una narración. Los dos primeros estaban separados del
tercero por un espejo situado justo enfrente de otro en la pared opuesta, lo
que generaba un pasillo infinito y
plateado
que se alejaba hasta un punto muy pequeño y lejano.
En
el primero de ellos, en medio de las manchas de pintura del fondo, surgía algo
que se reconocía como una escalera de Barrington House. Se dio cuenta de ello
al instante. No en vano había pasado por allí centenares de veces durante sus
rondas. Sólo que en el cuadro las paredes estaban teñidas de algo que parecía
sangre seca. El fulgor de unos orbes anaranjados iluminaba los lugares más
oscuros usando una técnica cuya maestría no pudo sino admirar, a pesar de la
presencia de las tres figuras del primer plano. Criaturas monstruosas que lo
hicieron retroceder.
Tres
hombres en esmoquin, con la cabeza rasurada y unos labios gruesos e hinchados
que se abrían en un gesto de vacua imbecilidad, subían por las escaleras
impulsados por unas piernas que no estaban del todo formadas o unidas a los
trazos grises de la parte inferior del marco. Y era como si las tres figuras
nacieran de una misma fuente y estuvieran en posesión de un solo brazo. Había
una mano hipertrofiada y en carne viva al final del brazo, una mano que
aferraba un objeto metálico diseñado para golpear como un martillo o para
disparar.
Que
era precisamente lo que parecía estar haciendo con la hilera de túnicas
ensangrentadas y miembros desnudos que ocupaban el marco siguiente. Podría
haber sido una cuarta figura, que las otras tres, imbéciles y grotescas, con
los rostros animados ahora por un atroz regocijo, estaban destruyendo. No se
adivinaba rostro
alguno
entre el lino húmedo que rodeaba a la víctima, sólo dos finas piernas que
sobresalían de los pliegues de la ejecución que se estaba llevando a cabo.
En
el tercer y último retrato sólo permanecía a la vista la cuarta figura, la
víctima. Se encontraba dentro de una especie de membrana transparente, cuyas
paredes translúcidas emitían una leve tonalidad azulada. Pero la víctima
parecía ahora un trozo de carne húmeda sobre los huesos, y estaba tendida sobre
una especie de plataforma manchada de sangre y vísceras. Algo parecido a una
cabeza sin cara colgaba de un costado, aplastada y contrahecha, con su único
ojo cerrado. Una sombra alargada se alejaba reptando de ella como un reguero de
sangre que cubría toda la parte inferior de la pintura. Y junto al tosco plinto
en el que yacía había un trapo rojizo que lo mismo podía ser una máscara que
una especie de capucha lacia, con parte de una cara aún pegada a la parte
delantera.
Entonces
algo se movió. Rápidamente y retrocediendo, en el espejo que tenía delante.
Una
figura, con el borroso rostro rojizo, como antes, pero encorvada, se desvaneció
en el mismo instante en que posó los ojos sobre ella. Sin dejar más que un
reflejo de Seth, sentado y confundido, en el plateado pasillo de los espejos.
—Otros
recibirán su merecido más tarde por lo que le hicieron a nuestro amigo, Seth. Y
tienes que ayudarnos con ellos —dijo el muchacho encapuchado, con la cara
invisible en el interior del forro de piel deshilachada que
rodeaba
la capucha.
—No
—replicó Seth, incapaz de controlar el temblor que se había reiniciado al
dirigirse de nuevo a rastras hacia la puerta—. Se acabó. Ya no más. No quiero
seguir haciéndolo.
El
muchacho cruzó la habitación rápidamente y bloqueó la puerta. Seth arrugó el
rostro al sentir que se le llenaba la boca con el hedor a carne carbonizada y
tela quemada.
—Trae
a los Shafer aquí abajo. Despiértalos y tráelos aquí, de prisa —exigió el
niño—. Nos lo debes. Tenemos un trato.
En
ese momento, detrás y por encima de é], a un tiempo oyó un ruido que le
arrebató toda la sangre de la cara. Un viento lejano que se movía en dirección
contraria a las agujas del reloj, más allá del techo de la habitación de los
espejos, acompañado por algo que sugería que dentro de aquella turbulencia
muchas voces gritaban en la ceguera y la irracionalidad del terror.
—Y
date prisa. No puede permanecer mucho tiempo abierto. Se escapan demasiadas
cosas. Y queremos aquí dentro a esos cabrones de los Shafer antes de que se
cierre.
—¿Un
incendio? ¿Qué quieres decir? —El rostro cerúleo de la señora Shafer lo miraba
desde la puerta abierta. Entonces se volvió en el manchado pasillo de su
apartamento en dirección al lejano dormitorio, donde su marido seguía en la
cama, y exclamó—: No sé qué está diciendo, cariño... Algo sobre un incendio.
—¿Quién
es? —preguntó el señor Shafer con su acento sureño.
—Es...
—La señora Shafer titubeó, incapaz de recordar su nombre—. ¡El portero!
—Espera
un momento. Deja que coja... las gafas. — El anciano parecía preocupado y sin
aliento. Debía de estar tratando de salir de la cama.
El
labio inferior de la asustada señora Shafer temblaba y sus ojos estaban húmedos
por la falta de sueño.
—¿Estás
seguro? —le preguntó a Seth. En su tono comenzaban a manifestarse los
preámbulos de la histeria.
Seth
asintió.
—Me
temo que sí, señora. Tenemos que evacuar el edificio. Ahora mismo. —Tenía que
sacarlos de su piso y meterlos en el dieciséis rápidamente, antes de que
alguien oyera o viese lo que estaba haciendo. El piso que tenían encima estaba
habitado, y si la señora Shafer subía más el tono de voz, no le sorprendería
oír cómo se abría la puerta.
—Pero...
tengo que vestirme. Mire como voy.
Iba
en camisón: una prenda voluminosa de color rojo bajo una deshilachada bata de
cuadros que parecía hecha para un hombre. Lo que quiera que llevase sobre la
cabeza —una peluca bajo un pañuelo, o quizá pelo real teñido de negro— había
comenzado a escaparse alrededor de las orejas. Eran multimillonarios —Stephen
había mencionado en una ocasión una fortuna de más de cien millones— y vestían
como mendigos. Le daban asco.
—No
hay tiempo, señora —dijo alzando la voz con
tono
perentorio—. Vaya a buscar a su marido. Ahora mismo.
Al
instante, la mujer volvió a entrar en el piso arrastrando los pies, y Seth
lamentó no haber mostrado la misma firmeza antes, durante todas las noches que
lo había atormentado con sus tonterías. Pero ya no seguiría mucho más tiempo
haciéndolo, no si llegaba a caminar entre aquellos espejos. Al acordarse de
ellos, de lo que había vislumbrado en sus profundidades plateadas y
blanquecinas, y de lo que daba vueltas por encima de todo ello, lo asaltó tal
debilidad que tuvo que apoyarse en la jamba de la puerta para secarse el sudor
de la frente. Tenía la piel helada. Se sentía enfermo.
La
señora Shafer reapareció pasillo abajo, en la puerta del dormitorio, con su
marido del brazo. El señor Shafer, con un bastón negro en la otra mano, levantó
una mirada parpadeante.
—¿Dónde
está? ¿Quién es, cariño?
—¡Ahí
lo tienes! —replicó ella con tono de reproche—. Delante mismo de tus ojos. ¿Hay
un incendio que nos obliga a salir y tú te pones a hacerme preguntas como ésa?
Por el amor de Dios...
Como
de costumbre, el señor Shafer guardó silencio, sabiendo que no tenía sentido
discutir. Simplemente suspiró a cada paso que daba, con el rostro tenso por el
esfuerzo.
—Iremos
en ascensor —dijo Seth haciendo un esfuerzo para mostrar una voz firme. La
enormidad de lo que estaba haciendo lo dejaba sin aliento: sacar a unos
ancianos
de madrugada con una historia inventada sobre un incendio para conducirlos a
una atroz ejecución en aquel lugar.
Mantuvo
abierta la puerta del ascensor y observó cómo entraban a pequeños pasos. Luego
se introdujo allí con ellos, ignorando los murmullos de incomodidad de la
señora Shafer.
Detuvo
el ascensor en el octavo piso, pero no parecieron darse cuenta de que habían
subido y no bajado.
—Aquí
estamos —dijo—. Eso es —añadió mientras ayudaba a la señora Shafer a salir al
rellano sujetándola del brazo.
A
continuación los llevó hacia la puerta
del apartamento dieciséis, que había dejado cerrada pero sin echar la llave.
—Tenemos
que evacuar el edificio a través de este apartamento. Por abajo está bloqueado
—dijo, y rezó para que no cuestionaran unas instrucciones que eran a todas
luces ridículas: No había escaleras de incendios exteriores y estaban en el
piso octavo, entre los apartamentos dieciséis y dieciocho. No era el lugar más
idóneo para una evacuación.
—Bueno,
será mejor hacer lo que dice este joven — dijo la señora Shafer a su marido,
inclinándose para gritarle a la cara.
—Bueno,
sí, pero ¿dónde está el jefe de bomberos?
—le
preguntó él—. Este hombre no está cualificado. Quiero hablar con el jefe de
bomberos. A ver, ¿tú hueles a
humo?
A mí me ha parecido oler algo antes —le dijo a su mujer, pero aun así se dejó
llevar.
Sólo
al llegar al umbral del apartamento, antes de entrar en el pasillo rojo, se
detuvo el señor Shafer.
—Suelta,
querida. Suelta. He dicho que me sueltes. Aquí pasa algo. ¿Dónde estamos? Ahí
dice dieciséis. Ahí mismo, en la puerta. Es el apartamento, querida. Nos está
llevando a ese apartamento.
Pronunció
el «ese» con un énfasis inconfundible. Seth sintió que se le tensaban los
músculos del cuello.
Confundida,
la señora Shafer dejó de tirar del esquelético pero determinado brazo de su
marido y miró a su alrededor hasta ver el número de la puerta.
—¿Cómo?
No lo entiendo. ¿Ahí dentro? No podemos entrar ahí. —Estaba empezando a alzar
de nuevo la voz.
—¿Qué
significa esto? —exigió el señor Shafer, cada vez con más fuerza y autoridad en
la voz. Una voz muy seria, la que debía de haber utilizado con gran eficacia
mientras estaba amasando todos sus millones.
—Miren.
Hay un... Estoy tratando de ayudar —dijo Seth tratando en vano de hacerse oír.
El
señor Shafer se dio la vuelta y comenzó a rodear el corpachón de su esposa.
Tenía la cabeza gacha en un gesto de determinación por escapar.
—Llama
a Stephen ahora mismo. Quiero hablar con la persona responsable. Esto es
ridículo.
Seth
trató de recobrar el control de su voz.
—Tienen
que hacerlo. Es necesario. Entren ahí.
—No
pienso entrar en ninguna parte hasta que no
haya
visto al jefe de bomberos. Quítate de en medio. —El anciano tocó a Seth en el
estómago con la punta de su bastón.
No
tendría que haberlo hecho. Humillarlo con su bastón. No tendría que haberlo
tocado. Seth se quedó sin respiración. Sintió que todo se volvía negro de
repente. Y que la rabia crecía hasta un punto en que ni la razón podía
atemperarla.
La
señora Shafer seguía mirando alternativamente la placa de bronce con el número
de la puerta, el pasillo a oscuras del apartamento y a su marido, con la boca
abierta y los ojos temblorosos de temor, cuando Seth le quitó el bastón de la
mano de una patada.
El
bastón chocó contra la pared. La señora Shafer gritó.
Seth
agarró al viejo banquero por el cuello del pijama, luego por la parte trasera,
cerca de las posaderas, levantó la figura en volandas y cruzó rápidamente el
umbral de la puerta. Los pies del señor Shafer no llegaron a tocar el suelo un
solo momento.
—Fuera
de mi camino —dijo a la señora Shafer con los dientes apretados. Y ella, para
su sorpresa, se hizo a un lado. Se hizo a un lado y lo dejó pasar, sin más,
como si estuviera llevando a un niño malcriado al coche de la familia en un
viaje que el chaval hubiera estropeado con sus protestas.
El
señor Shafer no hizo el menor ruido. No dijo una sola palabra. Nada. Agarrado
por las manos de Seth, se dejó simplemente llevar pasillo abajo. Sólo al llegar
junto a
la
puerta entreabierta de la habitación de los espejos, donde el sonido del viento
que soplaba dentro los abrazó y un aire antinaturalmente frío les azotó la
cara, rompió su silencio.
—Oh,
buen Dios —dijo—. No. Ahí no. Seth abrió la puerta de una patada.
Puede
que las luces estuvieran apagadas, pero estaba claro que la habitación no
estaba vacía. Estaba viva y cargada de electricidad por el viento, y poblada
por algo en el suelo que no pudo ver pero que oyó como un susurro de movimiento
expectante por las esquinas. Apenas audible en medio de todo lo demás.
Como
si sólo estuviera metiendo un madero en un horno, arrojó al señor Shafer dentro
de la habitación. De cabeza hacia la oscuridad. El anciano no hizo el menor
ruido al chocar contra el suelo, como si hubiera algo allí para cogerlo en la
oscuridad. Pero Seth no tenía tiempo para pensar en lo que estaba haciendo y en
lo que había sido de su víctima —mejor no pensar en eso—. Tenía que volver con
la señora, quien se encontraba muda junto a la entrada del apartamento y lo
miraba fijamente.
La
agarró y la llevó hacia el interior.
—Eso
es. Eso es. Venga. Vamos allá —se decía a sí mismo para acallar la parte de su
mente que le estaba gritando que se detuviera.
Ella
tampoco se resistió. Sólo sollozaba. Aturdida por lo sucedido, incluso entró
por sí misma en la habitación detrás de su marido, sin que tuviera más que
darle un pequeño empujón. El ruido en el interior era atronador. En
la
oscuridad sonaba como si se hubiese abierto el techo para dejar entrar un
millar de voces que gritaban al unísono, pero independientes unas de otras.
Como si, en lugar de verse, estuvieran apelotonadas en una terrible y oscura
confusión.
Seth
cerró la puerta a todo aquello. Luego cayó de rodillas y agarró el picaporte
con unas manos tan blancas como el hueso y lo mantuvo así para que nada pudiera
escapar de su interior. Y trató de hacer oídos sordos a los nuevos sonidos que
cobraban forma definida en medio de aquel viento y a la espesura de gritos que
impregnaba la habitación.
Al
oír un fuerte impacto contra la puerta, como si alguien hubiera perdido el
equilibrio y hubiese chocado con fuerza contra el otro lado, sintió el impulso
desesperado de quitar las manos del picaporte de bronce y taparse los oídos,
pero supo que no podía dejar que se abriera la puerta. Su instinto de
conservación se vio apuntalado por un sonido en medio de las voces arrastradas
en círculo por el viento, un gruñido de fondo, como si un perro hubiera
agarrado algo entre los dientes cerca de la puerta. Y cuando alguien trató de
girar el picaporte desde el otro lado, Seth tuvo la certeza de oír el roce de
unas zarpas sobre el suelo de madera.
El
viento y las voces habían desaparecido, las luces rojas estaban encendidas,
todos los cuadros estaban tapados con sábanas polvorientas y el señor Shafer
estaba muerto. Seth podía verlo con toda claridad: los ojos
en
blanco, la boca totalmente abierta, las manos agarrotadas como sendas zarpas y
las piernas abiertas. Nadie adopta una postura así cuando aún respira.
Pero
su esposa se movía. Estaba encorvada frente al espejo de la pared opuesta a la
puerta. De rodillas. Tambaleándose levemente de lado a lado mientras miraba el
interior del espejo en busca de algo que había perdido allí. También sus labios
se movían, pero no brotaba sonido alguno de su boca.
Seth
la encerró en el apartamento dieciséis por si ellos volvían a buscarla y luego
devolvió el congelado montón de palillos que era el cuerpo de su marido a su
piso por la escalera. Dejó la cosa que había sido el señor Shafer dentro de la
cama y la tapó con la sábana hasta la barbilla, con cuidado de no mirarle la
cara en ningún momento. Y luego volvió a buscar a la señora Shafer, o lo que
quiera que quedase de ella.
Seguía
arrodillada, pero ahora se movía silenciosamente adelante y atrás. Su mente
debía de haberse apagado como un petardo con la mecha mojada. Y no ofreció
ninguna resistencia mientras la obligaba a ponerse de pie y la sacaba
lentamente del apartamento para llevarla al ascensor.
—Está
acabada, Seth —dijo el muchacho encapuchado, que había reaparecido cuando éste
salía con la señora Shafer del apartamento—. No dirá nada. La cabeza le ha
estallado por dentro. Al que más quería él era al marido. No te olvides del
bastón. Llévalo arriba con su señora. No va a necesitarlo en el sitio al que
va. Lo has
hecho
muy bien, colega. Nuestro amigo va a estar muy satisfecho.
—No
quiero hacer nada más. Se acabó. Díselo.
—Ni
hablar. Tú no eres el que da las órdenes aquí. Nosotros las damos. Ah, y creo
que te has ganado una pequeña recompensa por haber hecho un buen trabajo.
Dentro de poco vas a tener una buena sorpresa. Algo distinto a todas esas
viejas.
Seth
miró con el ceño fruncido a la criatura apestosa, con su deshilachada capucha,
que lo seguía mientras llevaba a la señora Shafer a su apartamento. Decidió
dejarla de rodillas junto a la cama. Los Shafer sólo recibían la visita
ocasional de una enfermera, pero siempre bajaban a primera hora de la mañana
para ir a hacer la compra a la tienda de Motcomb Street. Piotr no tardaría en
notar su ausencia. Pronto subiría a buscarlos.
—Apryl,
por favor. Tómatelo con calma. Por tu propio bien. Estás comenzando a
preocuparme. De verdad te lo digo. —Miles se inclinó sobre su mesa con los
dedos entrelazados y trató de mirar a los ojos desbocados y excitados de Apryl
para calmarlos, porque se movían de un lado a otro y parpadeaban con la misma
rapidez con que las ideas afluían a su cabeza.
—Estoy
comenzando a preocuparme a mí misma. Dios. —Se levantó de la silla al otro lado
de la mesa de Miles. Incapaz de estarse quieta, cruzó la oficina hasta la
puerta. Se detuvo y se llevó las dos manos a las mejillas—. Tengo que hacer
algo, Miles. Tengo que hacerlo. No puedo darle la espalda a esto. Está muriendo
gente. Lillian trató de ayudarlos, pero no la escucharon.
—¿Te
haces una idea, la menor idea siquiera, de lo absurdo que es todo esto? Estás
sugiriendo que Hessen sigue en el edificio en un... en un... no sé, estado
antinatural, y que está asesinando a quienes lo mataron en los años cuarenta,
uno por uno. Es una locura, Apryl.
Esta,
profundamente ensimismada, no hizo otra cosa que encogerse de hombros. Se quitó
las manos de las mejillas y se dio sendas palmadas a la altura de las caderas
sobre la falda ceñida que llevaba.
—Tengo
que ir allí de noche. Es cuando pasan las cosas. Cuando la gente está en
peligro. Alguien lo está
ayudando.
Es lo que me dijo el señor Shafer antes de morir. De que lo asesinaran. Ahora
estoy segura de ello. Primero la señora Roth y ahora él. Y yo soy la
responsable.
—Se
volvió hacia Miles con los ojos húmedos por las lágrimas—. ¿No te das cuenta?
Los obligué a hablar conmigo y ahora están muertos.
Miles
hundió la cabeza entre las manos y deslizó lentamente sus largos dedos por la
cara.
—No
puedo creer que estén saliendo todas esas tonterías de tu preciosa boca.
¿Sabes?, un amigo gay que tengo afirma que todas las mujeres están locas de una
manera latente y que su demencia va
saliendo gradualmente a la superficie. Ahora mismo, eres un testimonio de la
veracidad de su teoría.
Apryl
se sentó y sorbió por la nariz antes de limpiarse los ojos con un pañuelo de
papel.
—No
voy a llorar... —Pero antes de que terminara de pronunciar la última palabra,
un gran sollozo estalló en su garganta y comenzó a hacerlo con gruesas
lágrimas—. La puta sombra de ojos se me va a correr por todas partes — dijo
mientras volvía a sorber por la nariz.
Miles
rodeó la mesa para acercarse a ella.
—Vale.
Vale. Tómatelo con calma. Te estás presionando mucho a ti misma. Vende el
dichoso apartamento y olvídate de todo esto. Eso es lo que deberías hacer.
Ella
rehuyó su abrazo y negó con la cabeza.
—No
puedo. No hago más que pensar en Lillian. Todos esos años, Miles. Sola.
Mientras esa terrible...
criatura
la aterrorizaba. Noche tras noche. La pobre anciana... Había perdido al amor de
su vida, y luego sufrió tanto tiempo sin él... Y... sé cómo es. Hessen, me
refiero... Lo he visto.
—¿Cómo?
—Está
claro que no puedo contarte este tipo de cosas.
—Oye,
eso no es justo.
—Tú
no eres justo. Pero lo he visto. Estaba en el espejo que subí del sótano. Y en
el cuadro de Lillian y Reggie. Y en otros sitios. Siempre que estoy en el
edificio me está vigilando. Tratando de asustarme, creo. Porque me estoy
acercando a él. Me sigue, como hizo con los demás, que simplemente se
encerraron para esperar a que llegara el final. Menos Lillian. Esa valiente
mujer trató de escapar cada día de los últimos cincuenta años. Cada día, Miles.
Después de que él hubiera matado a su marido. De que lo obligara a saltar por
aquella condenada ventana.
—Con
el rabillo del ojo pudo ver la mirada de incredulidad y preocupación que
afloraba al rostro de Miles—. Tú no lo has visto, Miles. Y tienes suerte de que
sea así. —Lo dijo con tal fuerza que se sorprendió a sí misma y Miles
retrocedió.
«Incluso
antes de haber conocido a Betty Roth y a Tom Shafer ya había visto a Hessen. En
espejos y cuadros. No me lo dijo ningún inquilino. Lo vi con mis propios ojos.
Porque cuando llegué se había vuelto activo de nuevo. Alguien lo está ayudando.
Es lo que me dijo Tom Shafer. Que estaba tan cuerdo como tú y como yo. Me dijo
que
alguien en ese edificio está ayudando a Hessen a matar, Miles. A matar a esos
pobres y aterrorizados ancianos. Hessen había podido mantener a Lillian y a los
demás cautivos allí y los había aterrorizado con los moradores del Vórtice, o
con lo que sea que llevó al edificio, pero no pudo matarlos a todos. Al menos
hasta ahora. Porque ahora hay alguien allí, puede que algún miembro del
personal, que está cumpliendo sus órdenes. O quizá todos ellos. Esta mañana,
cuando Stephen me contó lo de los Shafer, le pregunté por la coincidencia de
que tres inquilinos ancianos hubieran muerto de ese modo. Tres personas que
conocían a Hessen. Traté de explicarle que Betty Roth y Tom Shafer habían
insinuado que Hessen seguía en el edificio. Y se puso realmente nervioso. Como
si ocultara algo, ¿sabes? Desde entonces me ha estado esquivando. Y hay otro
tío al que aún no conozco. Que sólo trabaja en el turno de noche. O vete a
saber. Puede que el responsable sea uno de los inquilinos. O todos ellos a la
vez.
—Pues
entonces acude a la policía.
—No
seas ridículo, joder.
—Así
es exactamente como sonaría tu historia. Porque es ridícula, coño. No puedes ir
por ahí acusando a la gente de asesinato.
Apryl
se volvió hacia él con el rostro enfurecido y tenso. Miles levantó una mano con
la palma hacia ella, como para pedirle que no dijera nada.
—Espera
un momento. Déjame terminar. La señora Roth y el tal Shafer tenían más de
noventa años. Más de
noventa,
Apryl. Eso es un hecho. La gente de esa edad puede perder la chaveta en
cualquier momento. Ése es otro hecho. Tu tía abuela llevaba mucho tiempo
enferma y superaba los ochenta. No hay indicios de nada sospechoso en ninguna de
las muertes. Otro hecho más. Infartos, ataques; siempre causas naturales. No
tengo la menor duda de que conocieran a Hessen. Ni de que su comportamiento
antisocial y sus cuadros, que ellos destruyeron, me gustaría añadir, los afectaron profundamente. Nunca se
olvidaron de él ni de su trabajo. Y estoy empezando a creer que podría ser
cierto que lo asesinaron y luego quemaron las pruebas. Pero a medida que
envejecían, sus mentes... bueno, sus memorias, perdieron fuerza. Y ahora es
posible que el trauma de aquel crimen y su influencia sobre ellos se hayan
fusionado para crear esta... historia de fantasmas.
Apryl
se sentó en silencio y miró al suelo.
—¿Y
por qué no se marcharon nunca de Barrington House? ¿Puedes explicar eso?
Miles
se encogió de hombros.
—No
lo sé, la verdad. Los ricos tienen tendencia a recluirse juntos, como si
vivieran en castillos. Mira todas esas comunidades aisladas que están
apareciendo. La unión hace la fuerza.
—Eso
son gilipolleces. Ninguno de ellos se ha alejado más de una manzana en
cincuenta años. Cincuenta años, Miles.
Durante
un momento, Miles se miró el regazo en silencio, con los ojos entornados y los
labios apretados. Al
fin
dijo:
—Vale,
vale. Vamos a abordarlo desde una
perspectiva distinta. Desde tu punto de vista actual. Y ahora sólo hablo
hipotéticamente. Esto no quiere decir que le dé el menor crédito a tu relato...
Apryl
sacudió una mano en el aire con frustración.
—Vale,
vale. Dímelo sin más.
—Bueno,
digamos, por el placer de argumentar, que Hessen sí que invocó algo en
Barrington House. Algo demoníaco. Por medio de uno de los rituales que le
enseñó Crowley. Y que ese Vórtice existe en algún lugar de ese edificio. Si
realmente es así, ¿qué coño crees que vas a poder hacer al respecto?
No
tenía ni idea. Ni la menor idea. Pero iba a volver a Barrington House. Para
intentarlo. Para hostigar a Stephen, al resto del personal o a cualquiera del
que sospechase que pudiera estar involucrado. E iba a conseguir pruebas... de
algún modo. Hasta se colaría en el apartamento dieciséis, si era necesario,
para averiguar qué diablos estaba sucediendo allí. Tenía que haber algo en el
lugar que permitiera sobrevivir a la presencia de Hessen. Algo que su tía
abuela y sus amigos hubieran pasado por alto en su momento. Betty había estado
oyendo a Hessen allí de noche hasta el mismo momento de su muerte. Y le contó
que había empeorado últimamente. Los ruidos, las voces. Todo procedía de allí
dentro, del apartamento. Donde todo había empezado muchos años antes.
Algo
sucedía en el interior de aquel lugar. Algo muy
malo
que ella había sido incapaz de aceptar, por mucho que lo hubiese intentado.
Hasta las muertes de Betty y Tom. Cuya proximidad en el tiempo no era ninguna
coincidencia. Y que habían ocurrido poco después de la de Lillian. Estaba
muriendo todo el que sabía algo sobre Félix Hessen. Todo el que había
participado en su desaparición y en la de sus obras. Y puede que hubiera otros,
atrapados aún dentro de aquel maldito edificio. Prisioneros. Gente en grave
peligro. Cautiva, acechada y atormentada, como Lillian y su círculo desde aquel
día aciago hasta que llegó el momento de cobrarse venganza, si es que se
trataba de eso. Algo que había vuelto del más allá para saldar cuentas. Y ella
no podía dejarlos en tal situación. Ese cabronazo loco había matado a su tía
abuela y a su tío abuelo, que eran carne de su carne y sangre de su sangre. Y
puede que incluso ahora, después de muertos, siguieran atrapados dentro del
edificio, como Hessen. ¿No lo había sugerido así la propia Lillian? No podía
dejarla allí, en el limbo, eternamente. Dentro de aquellos lugares terribles
con las cosas espantosas que pintaba aquel hombre.
Pero
al salir de la oficina de Miles en la Tate, mientras soplaba el viento y se
hacía la oscuridad sobre todos los edificios, tiñendo la piedra de un gris más
oscuro, de repente se vio embargada por un frío terror ante la idea de volver a
poner el pie en Barrington House. «¿Y si —se preguntó mientras se apoyaba con
una mano en una parada de autobús—, y si me quedo yo también atrapada allí
dentro?»
Y la
noche siguiente Seth esperó la llamada, incapaz de dejar de temblar un momento
en la cálida zona de recepción. Aguardando el instante en que la solemne figura
encapuchada apareciera frente a su mesa para anunciarle a quién le tocaba. A
quién iba a escoltar, no sólo a la muerte, sino a algo infinitamente peor.
Pero
¿sería el chico el primero en presentarse? ¿O lo haría la policía para hablar
con el portero que estaba de guardia al haber muerto dos de los inquilinos más
antiguos del edificio con apenas una semana de margen?
No
habían pasado ni dos horas desde que Stephen lo dejara solo. El jefe de
porteros lo había estado esperando para contarle que había más «noticias horribles, horribles». El
señor Shafer había muerto durante la noche y su esposa había caído en una
especie de locura.
—A
mí me parece un ataque. La pobre debió de perder la cabeza al comprender que su
marido había muerto. Estaban muy unidos, ya sabes. Tenían sus cosas. Todos lo
sabíamos. Pero eran inseparables.
Esta
vez había estado a punto de llamarlo al Green Man para preguntar cómo era que
no había visto a la señora Shafer durante su ronda de la noche. La señora
Benedetti, del apartamento cinco, había descubierto a la señora Shafer en el
descansillo del primer piso a la mañana siguiente, justo antes de las seis, con
aspecto de
haber
pasado toda la noche tratando de llegar a la planta baja. Cuando la encontró
aún llevaba el camisón y estaba a cuatro patas, paralizada por el terror,
mientras trataba de alejarse del espejo de aquel descansillo, como si estuviera
viendo algo situado encima de ella. Pero luego Stephen había decidido, al
comprobar el estado de la señora Shafer, que su marido debía de haber muerto
después de la última ronda de Seth, a las dos, y que su mujer habría quedado
demasiado afectada como para llamar y pedir ayuda.
—Está
aterrorizada. Completamente ida —contó la señora Benedetti en el mostrador de
la entrada antes de que Piotr subiera a investigar. Llamaron a una ambulancia,
y Stephen, al subir al apartamento de los Shafer, se encontró la puerta
abierta. En el dormitorio principal se encontraba el señor Shafer, en el mismo
sitio donde lo dejara Seth.
—Su
cara, Seth... Ha debido de tener un final horrible.
Puede
que eso fuera lo que la afectara tanto.
—Probablemente
—había murmurado Seth, con el cuerpo tan tenso que pensaba que su mente iba a
partirse como una goma reseca y estirada en exceso.
—Ya
sabes lo que dicen, Seth. Las muertes llegan de tres en tres. Me pregunto quién
será el siguiente —había dicho Stephen como para quitar un poco de hierro a una
conversación que había dejado a Seth tan incómodo que casi no recordaba cómo
respirar—, ¿O fue Lillian la primera? Porque en ese caso, Shafer sería el
número tres.
¿Quién
sabe? Pero bueno, no nos desanimemos, ¿eh? —
añadió
con una sonrisa que no parecía casar bien con su habitual solemnidad.
¿Se
había salido con la suya? Era demasiado pronto para decirlo. Pero lo cogerían
dentro de poco. Seguro. Porque tenía la sensación de que su trabajo allí estaba
inacabado. Y sabía que otra muerte durante su turno lo colocaría en el punto de
mira de todas las sospechas. Nada indicaba que la presencia del piso de arriba
lo hubiera liberado de sus obligaciones, de su implicación en todo aquello, de
su participación en su venganza, porque eso es lo que era: una venganza
asesina, y no había forma de rechazar su llamada cuando llegaba. Se preguntó
quién quedaría. Quién más habría ofendido al imperecedero genio del apartamento
dieciséis. Sólo tenía que sentarse allí y esperar instrucciones.
Pero
¿qué sería de él cuando hubiera terminado sus horribles deberes? Se lo preguntó
con un retortijón de las tripas, seguido por un ataque de ansiedad tan intenso
que hizo que el corazón le palpitara con la fuerza de un martillo y la cabeza
comenzase a darle vueltas.
A
pesar de la aterrada expectación con que aguardaba a la presencia maléfica que
tanto exigía de él, sus manos reanudaron de manera automática el trabajo con el
carboncillo y el papel. Como si tuvieran que contar una historia y debieran
registrar la continua progresión de aquella pesadilla para la que no había
despertar; los trazos, los roces y los susurros sobre el papel de dibujo no
tardaron en hacerse audibles en la recepción.
Ajeno
al paso de las primeras horas de la noche y
sólo
consciente a medias de un dolor en la vejiga que precisaba alivio, Seth se
replegó a su propio interior, donde el mundo había recuperado la normalidad.
Por una vez no lo perturbaron los repartidores de Claridge para traer la cena
del señor Roth, ni las llamadas de Glock para pedir un taxi o la molesta
presencia de la señora Shafer. Se le permitió llenar las horas y las páginas
con lo que sólo él y la presencia del apartamento dieciséis podían ver en el
mundo.
No
fue el muchacho encapuchado quien finalmente interrumpió el frenesí de su
trabajo justo después de que el reloj del equipo de seguridad diera las nueve
en punto. Fue la aparición de una atractiva joven frente al mostrador de
recepción de Barrington House.
Era
muy bonita. Casi preciosa. Inmutable. Al contrario que las criaturas de tez
grisácea y erizada de bultos disimulados por el maquillaje que veía en sus idas
y venidas desde el edificio o en sus poco frecuentes visitas a Hackney para
comprar comida. Era una chica esbelta y pulcra y caminaba con elegancia. Como
algo salido de una pantalla en blanco y negro: una visión del pasado.
No
había hablado con ella hasta entonces, pero la había visto en las grabaciones
de las cámaras de seguridad, entrando y saliendo por la puerta trasera del
bloque este. Una norteamericana. Nieta, o algo por el estilo, de aquella vieja
loca, Lillian, la que había palmado en un taxi. La chica a la que deseaba Piotr
y cuya sola mención le hacía poner los ojos en blanco. Y ahora Seth
entendía
por qué.
Estaba
muy elegante, con su chaqueta de cuero, aquella falda ceñida, los tacones altos
y el cabello peinado como una estrella de cine de los años cuarenta, con
aquellos ojos grandes y oscuros que se levantaban hacia la cámara cuando
entraba por la puerta trasera, sola o en compañía de aquel tío de la media
sonrisa, como si supiera algo sobre ti que prefiriera guardarse para no hacerte
avergonzar.
Pero
aquella noche había entrado en la recepción por la puerta principal del ala
oeste y lo había hecho para hablar con él. Al instante, sus ojos acudieron
volando al brillo del cuero de sus botas nuevas y a la gasa translúcida del
nylon oscuro que ceñía sus bien dibujadas rodillas. Luego su mirada ascendió a
lo largo de sus firmes curvas hasta la pálida garganta y la bonita nariz
respingona. Olía muy bien.
El
deseo le caldeó el cuerpo. Una sensación tan inesperada que su repentina
reaparición lo hizo sentir mareado. Antes, las chicas de compañía de Glock lo
hacían sentir del mismo modo, cuando el director convocaba su belleza pintada y
perfumada para que complacieran a su cuerpo voluminoso. Se le había olvidado
que el cuerpo de una mujer pudiera ser fuente de placer.
Se
levantó, tanto para recibirla, como le habían enseñado a hacer con todos los
residentes, como para prolongar la admiración de su figura antes de que se
ocultara detrás del mostrador.
Bajo
su sonrisa, la mujer parecía nerviosa.
—Hola
—dijo con una boca preciosa perfilada de carmín y una dentadura perfectamente blanca. Al momento, Seth sintió
que su visión de sí mismo empeoraba hasta transformarlo en un ser descuidado y
falto de aliño. Su uniforme era un montón de arrugas. Llevaba la camisa sucia y
podía sentir el cuello pringoso de la prenda pegado contra la piel. No
recordaba cuándo se había bañado o afeitado por última vez. O se había
preocupado por tales cosas.
—Buenas
noches, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?
Hacía
mucho que nadie la llamaba «señorita» en aquel lugar. La sonrisa de Apryl
perdió parte de la tensión.
A
pesar de su mirada intensa y la expresión de atribulada sorpresa de su pálida
cara, aquel portero era más joven y parecía menos seguro de sí mismo que los
demás. No lo había visto antes, pero se daba cuenta de que lo ponía nervioso.
No paraba de carraspear y era incapaz de sostenerle la mirada mucho tiempo.
Había visto aquella mirada muchas veces, en los rostros de los hombres a los
que intimidaba.
—Siento
molestarlo a estas horas. Ya no me alojo aquí, pero he estado viniendo estos
días para enseñarle el piso a la gente de una inmobiliaria. Y al salir, esta
mañana, he visto una ambulancia en la entrada. Sólo quería saber si se trataba
de algo serio. Lo sucedido con la señora Roth me dejó un poco afectada. —Habría
continuado con la comedia, pero el repentino acceso de tensión que apareció en
la cara del portero hizo que se detuviera—.
¿Ha
sido algo grave?
El
portero se aclaró la garganta.
—Sí.
Ha muerto una persona.
«Una
persona más», sintió deseos de decir Apryl.
—Lo
siento. ¿Quién...? ¿Fue algo inesperado? El joven carraspeó otra vez.
—Un
hombre muy viejo. El señor Shafer. Hacía tiempo
que
no se encontraba muy bien.
—Oh,
Dios mío. ¿La ambulancia vino por él? Quiero decir, ¿cómo...? ¿Cuándo ha
sucedido? Oh, Dios, hace nada estuve con él...
—¿Quiere
sentarse un momento, señorita? —Le señaló una de las sillas de mimbre que había
frente a las ventanas del jardín—. ¿Quiere que le traiga algo?
—No,
gracias. Sólo estoy... un poco afectada. Después de lo que le pasó... a la
señora Roth. Pero ¿y su esposa, la señora Shafer? ¿Está bien?
—La
verdad es que no. Se lo ha tomado muy mal.
Han
tenido que llevarla al hospital.
Apryl
negó con la cabeza en un gesto de pesar.
—Cuánto
lo siento. Oh, soy una egoísta. Debe de ser peor para usted. Sé que llegan a
estar muy unidos con los inquilinos. Stephen me dijo que se convierten ustedes
en parte de su familia. Y perder a dos de ellos en tan poco tiempo... Lo
siento.
Al
decir esto, la expresión en los inquietos ojos del portero cambió de nuevo y le
pareció detectar un rastro de incomodidad, o de culpa, incluso, mientras volvía
a esquivar su mirada. Además era dolorosamente tímido y puede que llevara una
vida frustrante. Tan joven y tener que trabajar en el turno de noche de un
edificio así... Tenía que ser duro.
Lentamente,
cruzó las piernas sin apresurarse a tirar del borde de la falda, que se había
subido un poco de más por su esbelto muslo.
—¿Por
qué no se sienta, por favor? Cuénteme qué
pasó.
Puede que lo ayude hablar sobre ello. Pero no me he presentado como es debido:
Soy Apryl, la sobrina nieta de Lillian, Lillian Archer... fallecida también
hace poco.
El
joven se aclaró de nuevo la garganta. Sus ojos pasaron un instante de su cara a
sus piernas, volvieron a su cara y al fin bajaron al suelo.
—Seth.
—Se sentó frente a ella. Sobre el borde de la silla. Y reacomodó sus brazos y
sus piernas varias veces.
—Creo
que lo del señor Shafer fue muy rápido. Un ataque al corazón, según dicen. Yo
no estaba cuando lo encontraron. Trabajo en el turno de noche. Pero me lo han
contado esta mañana al llegar. Verá usted, señorita...
—Apryl,
por favor, puedes llamarme Apryl.
—Apryl.
Aquí muchos de los inquilinos son muy mayores. Es una pérdida terrible, claro,
pero sucede con bastante frecuencia. O sea, no es algo inusual.
Apryl
asintió.
—Eso
me han dicho. Pero ¿no es raro que tres personas mueran en tan poco tiempo? Se
conocían desde hace mucho. ¿Lo sabías?
Seth
levantó los ojos rápidamente, pero no dijo nada. Apryl asintió.
—Mi
tía abuela había escrito sobre ello. Y la señora Roth también me contó algo. Y
el señor Shafer. Justo antes de morir. Todos ellos creían que corrían peligro
aquí.
Seth
se había puesto muy pálido y una de sus manos comenzó a temblar.
—¿Conocías...?
—Hizo una pausa y se aclaró la garganta—. ¿Conocías bien a la señora Roth?
—Me
estaba ayudando con una investigación sobre mi tía abuela y sobre este
edificio. Ambas vivieron aquí mucho tiempo. —Hizo una pausa al ver lo alerta
que se había puesto el portero.
—¿Investigación?
—preguntó él al instante, y luego tragó saliva y se inclinó hacia adelante,
como si tuviese miedo de perderse algo de lo que podía contarle la chica.
—Sí.
Al parecer, poca gente sabe que vivía un artista en Barrington House.
—Mmmm
—dijo él, con una expresión de agobio y nerviosismo tan marcada que resultaba
incómodo mirarlo.
—Después
de la segunda guerra mundial. Todos lo conocían. Los Roth, mi tía abuela, los
Shafer, ya sabes.
¿Estabas
al corriente? —Observó detenidamente el rostro de Seth para que no se le
escapara ningún detalle significativo.
—No
—balbució él. Con esfuerzo, recobró la compostura y el control de la voz—.
¿Cómo se llamaba? Ese hombre, el pintor, me refiero. Yo he estudiado bellas
artes.
Qué
raro que asumiera que el artista era hombre y pintor. Sus gestos y los
inquietos ojos lo traicionaban. Sabía algo. Pasaba la noche entera allí. Podía
oír, ver y encontrarse con toda clase de cosas. Se estremeció al pensar en lo
que podía acechar en aquellos pasillos durante la noche. En lo que podía salir
de aquel lugar vacío pero aún activo. Un lugar que la señora Roth había
comprado para mantenerlo en silencio. Como si hubiera adquirido la escena de un
crimen. Stephen le contó que lo
había
mantenido vacío durante cincuenta años desde entonces. Piotr y Jorge se habían
limitado a parpadear con incomprensión cuando los interrogó con respecto a
Betty Roth y los Shafer. Pero Stephen se había puesto tenso. Y en aquel
momento, Seth estaba temblando.
—Félix
Hessen. —Estudió su rostro con detenimiento.
Seth
clavó la mirada en algún punto indeterminado y entornó los ojos, como si
tratara de recordar el nombre.
—Me
resulta familiar. Pero no es un pintor conocido.
—Sólo
sobrevivieron sus dibujos. Y cayó en desgracia por razones políticas. Era un
fascista. Estaba metido en toda clase de cosas extrañas. Como el ocultismo.
Dibujaba cadáveres y cosas así. Era realmente extraño. Luego se vino a vivir
aquí y desapareció. Se esfumó del edificio. ¿No lo sabías?
Seth
se levantó rápidamente. Parecía a punto de vomitar. Se frotó la boca con la
mano y cerró los ojos antes de cruzar la sala en dirección a su mesa. Cogió un
bolígrafo y papel.
—Félix
Hessen, dices. —Su voz era un susurro—.
Suena
a alemán.
—Austro-suizo.
—Es
increíble —dijo para sí mientras anotaba el nombre en un cuaderno.
Tenía
la dentadura terriblemente manchada de marrón. No tenía la menor idea de lo que
había pasado aquel joven, pero su aspecto de abandono, melancolía y tensión
sugería que llevaba una pesada carga, como una depresión. Sí, puede que fuese un poco bipolar.
Reconocía
las señales por haberlas visto en su propia madre y en su compañero de piso,
Tony, allá en Estados Unidos.
—¿Y
por qué aquí? —preguntó, incapaz de resistirse.
Seth
había vuelto a quedarse ensimismado y miraba por el pasillo como si ella ya no
se encontrara allí.
—Disculpa,
¿cómo dices?
—¿Por
qué trabajas aquí?
El
portero se ruborizó de repente.
—Soy...
Verás... lo cierto es que yo también soy pintor.
Apryl
permaneció aturdida varios segundos.
—¿Y
por qué pasa un pintor aquí toda la noche? Yo pensaba que necesitabais luz
natural y esas cosas para trabajar.
Seth
adoptó una expresión de azoramiento. Era otra pregunta que parecía causarle
incomodidad.
—Bueno,
aquí sólo dibujo. Nada importante, en realidad. Sólo bocetos de vez en cuando.
Ideas. Pensé que sería el trabajo ideal. Ya sabes, paz y tranquilidad. La
soledad de la noche. Por eso pedían un artista... Pensaban que encajaría con el
puesto.
—¿Pedían?
—El
edificio. La dirección. El anuncio que vi decía que era el trabajo perfecto
para un estudiante de bellas artes. Pero luego... luego resultó que no era
exactamente así. Aunque... —De nuevo parecía distraído, ansioso e incómodo.
Detrás
de la mesa, sobre la silla de cuero, Apryl vio un
cuaderno
grande y blanco y una caja de lápices. Se levantó y se dirigió hacia allí.
—¿Es
tu trabajo? —Debía de haberlo distraído al entrar. Había estado dibujando,
aunque aún no podía ver el qué. Desde donde estaba no se captaba con claridad.
Se inclinó hacia adelante, entornó los ojos y ladeó la cabeza para ver mejor.
Al
detectar su interés por sus bocetos, Seth recogió el cuaderno y ocultó los
dibujos contra su pecho, y Apryl se quedó sólo con el recuerdo de lo que
acababa de vislumbrar. IJ)e lo que, por un momento, la había dejado aturdida.
Seth
respiraba entrecortadamente y había empezado a sudar. Podía ver cómo le
brillaba la frente.
—Por
favor, déjame que lo vea. Me gustaría verlo. ¿Lo has hecho tú? —No podía
contenerse. Era incapaz de disimular su interés, su desesperación incluso, por
ver aquel cuaderno.
Estiró
un brazo hacia él.
—Vamos,
venga. Déjame que lo vea.
Seth
bajó el cuaderno del pecho, donde lo había estado aferrando.
—Lo
siento, pero... Bueno, mi trabajo no es muy agradable... Es decir, no está
terminado... todavía. Será un placer mostrártelo cuando haya acabado.
Y
entonces miró hacia la izquierda y tragó saliva, como si de repente hubiera
visto algo muy desagradable, amenazante incluso. Ella siguió la dirección de su
mirada, pero no vio más que una planta de interior cuyas grandes y
cerúleas
hojas caían sobre una moqueta inmaculada.
—Adelante,
Seth, enséñaselos a esta chica tan mona.
Tus
dibujos son buenos. Ya te lo he dicho, ¿no?
El
terrible hedor a cenizas húmedas, productos químicos quemados y tejido
derretido había precedido la aparición del muchacho durante una fracción de
segundo. Pero la advertencia no mitigó en modo alguno el efecto de su llegada.
Seth se quedó mirando a la criatura encapuchada con mayor aversión que nunca.
En los últimos tiempos, sus apariciones eran presagios de una muerte inminente.
Negó con la cabeza.
—No
deberías ser tímido, colega. Adelante,
enséñaselo a esa fulana. Le encantará. Te dije que él te iba a traer un
regalito. Esta tía ha estado metiendo las narices por todas partes, colega. Así
que vamos, adelante, dale un pequeño susto a la señorita. —El muchacho se echó
a reír y la capucha tembló de un modo que Seth encontró repulsivo—. La zorra de
su tía era igual. Y encontró más de lo que esperaba.
Seth
tragó saliva de nuevo, se aclaró la garganta y volvió a negar con la cabeza,
más consciente que nunca de que Apryl lo estaba mirando fijamente.
—Adelante,
Seth. —La voz del chico se volvió dura, inflexible, y cargada de maldad—. Haz
lo que se te dice de una puta vez, colega.
Apryl
endulzó la expresión, esbozó una leve sonrisa y lo miró a los ojos.
—Seth.
Lo que acabo de ver era... bueno. Déjame que lo vea, por favor.
Seth
apartó la mirada de la planta con la que acababa de mantener una especie de
comunicación inaudible y miró lo que había dibujado. Hizo una mueca, vaciló un
instante y luego le pasó el cuaderno a Apryl. En cuanto las uñas pintadas de la
chica tocaron el cuaderno, se metió las manos en los bolsillos y se miró los
zapatos, como un niño tímido y apocado.
Apryl
se apartó un paso de la mesa y se quedó mirando el borrón de sombras, líneas,
manchas y trazos, elementos que, en conjunto, formaban la parodia encorvada, carente de rostro y aun
así atormentada de un anciano, o algo parecido, compuesto de ramitas y dotado
de una forma vagamente más humana que animal, atrapado en el interior de una
especie de cubo o rectángulo transparente. Rápidamente pasó la página.
Seth
dijo algo a modo de objeción, pero ella no lo oyó con claridad, pues estaba
totalmente absorta observando una imagen similar a un pájaro, prisionera entre
las manos de algo imposiblemente delgado. Y en la siguiente página que pasó, y
la otra y la otra, sin darse cuenta de cómo se le había acelerado el corazón y
sin que le importara tampoco, ajena a la velocidad a la que subía y bajaba su
pecho, como en estado de shock, mientras observaba aquellas aterradoras
insinuaciones de tormento, impotencia y desespero, mientras contemplaba el
sufrimiento de los ojos y la flacidez de las bocas de las criaturas dibujadas
por el portero; y se dio cuenta de que
invadían
su cabeza y la dejaban incapaz de pensar o sentir nada que no fuese lo que
ellas exigían. Al llegar al último de los bocetos se obligó a levantar la
mirada y recobrar la compostura. La similitud de los dos estilos era innegable.
Podrían haber sido falsificaciones de la obra de Hessen.
—No
entiendo por qué dices que no conocías a Hessen.
Seth
pareció dolido por el tono de acusación de su
voz.
—Son
idénticos a los bocetos de Hessen. Tienes que
haber
visto su trabajo.
Los
ojos de Seth volaron a derecha e izquierda, como si estuviera buscando algún
sitio donde esconderse. Había mentido. Puede que la señora Roth u otro de los
inquilinos le hubieran hablado sobre Hessen y luego, tras investigar sobre él,
hubiera comenzado a imitar su estilo de manera tan convincente como si... como
si el propio Hessen hubiera dibujado aquellos bocetos o, quizá, guiado su mano.
—Seth,
lo siento, pero estoy un poco confundida. Estos dibujos podría haberlos hecho
Félix Hessen. No soy una experta en arte, pero se parecen mucho a los suyos. He
pasado mucho tiempo observando sus dibujos. Los que sobrevivieron.
—No...
no conocía el nombre. Puede que viese algo alguna vez...
Estaba
aterrado. Realmente asustado de lo que estaba diciendo. Si no iba con cuidado
corría el peligro de perderlo.
—Quiero
que entiendas por qué lo digo, Seth. Descubro un artista que trabaja en este
edificio como guardia de seguridad y cuyas creaciones parecen dibujos
originales de Hessen. Pero tú aseguras que no sabes nada de él. No sé qué
decir. O sea, ¿cómo es posible que no sepas nada?
Seth
hizo el amago de responder. Luego se detuvo.
Volvió
a intentarlo, pero al final no lo hizo.
—¿Qué
sucede? Dímelo. Ibas a decir algo. El portero negó de nuevo la cabeza.
—Sí
que he visto algo. —La miró un momento de soslayo y luego apartó los ojos—.
Pero no sabía que hubiera sido Hessen quien lo pintó. Es decir, no siempre me
preocupo por esas cosas. Cuando veo algo que me gusta, quiero decir.
Estaba
mintiendo otra vez. Decía lo primero que se le ocurría para justificarse, pero
no era capaz de mirarla a los ojos.
—¿Dónde,
Seth? ¿Dónde lo viste? ¿Fue aquí?
Al
oír esto, el portero levantó bruscamente las cejas. Tragó saliva pero fue
incapaz de decir nada y abrió los ojos exageradamente. Fue la respuesta que
ella necesitaba.
Sus
pensamientos comenzaron a desbocarse. Parte de la obra de Hessen había
sobrevivido dentro de Barrington House. Tom Shafer le había dicho que lo habían
destruido todo: Arthur Roth, su tío abuelo Reginald y él mismo habían quitado
«esa basura» de las paredes y la habían quemado en un horno del sótano. Y puede
que
también
el cuerpo del artista. Pero no todo había sido reducido a cenizas.
La
historia relatada por Shafer sobre la desaparición de Hessen la había
aterrorizado, pero su sentido común seguía clamando que no podía ser cierta,
como si Hessen fuese una especie de ilusionista de rostro desfigurado capaz de
desaparecer dentro de una habitación cerrada llena de espejos y símbolos
rituales. Se había repetido a sí misma durante todo el día que aquello era un
disparate. Que la loca de su esposa había enterrado la verdad en algún lugar
dentro de él hacía mucho tiempo. Lo mismo que la señora Roth, que también había
tratado de confesar algo demasiado absurdo y terrible como para decirlo en voz
alta. Algo como un asesinato, un asesinato del que todos ellos eran cómplices.
Pero
en cuanto volvió a estar en el interior de Barrington House lo creyó de nuevo.
Supo de manera instintiva que nadie —ni Lillian, ni Betty Roth, ni Tom Shafer—
le había mentido. Stephen le había ocultado algo. Y ahora lo hacía Seth. Se
daba cuenta de ello. Los dos estaban mintiéndole, ocultando algo. Apenas podía
respirar.
Sólo
unos chalados como los Amigos de Félix Hessen podían creer algo así. Pero allí
estaba Seth, a su lado, en Barrington House, el nervioso y balbuceante Seth,
justo debajo del lugar en el que habían sucedido todas las cosas que se negaban
ahora a ser olvidadas.
—Sus
pinturas siguen aquí, ¿no es cierto?
Las
manos de Seth temblaban y uno de sus pies
golpeteaba
nerviosamente el suelo.
Apryl
trató de calmarlo con una sonrisa. Parecía fuera de sí. Aunque su aspecto era
vulnerable y nada amenazante, se preguntó si sería peligroso. Y tal vez fuese
lo bastante inestable como para confesar lo que sabía.
—Quiero
ver más. Más de tu trabajo. Como esto. Me gusta. Y también las obras que lo
inspiraron. Lo que has visto aquí dentro. No se lo diré a nadie. Será nuestro
secreto. Y luego yo te contaré algo. Mira, tengo información sobre Félix
Hessen. Sobre... lo que dejó atrás. Un legado, aquí, en Barrington House, que
nadie más conoce.
Seth
no dijo nada. Era como si algo se lo impidiera.
No
podía hacer otra cosa que seguir tragando saliva.
Apryl
dejó el cuaderno sobre la mesa.
—Tenemos
que hablar, Seth. Pero no aquí... —Miró a su alrededor con nerviosismo—.
Mañana. ¿Es posible?
—No
sé...
Ella
alargó el brazo y le tocó la mano.
—No
quiero ponerte en un compromiso, Seth. Podemos ir a cenar. Y hablaremos, nada
más. Esto parece cosa del destino. Habernos conocido así. Cuando vine aquí no
me esperaba esto. Pero es evidente que se trata de una conexión.
Seth
se pasó la lengua por los labios. Quería hablar, pero no conseguía encontrar la
voz.
—Deja
que te dé mi número —dijo ella. Cogió el cuaderno de notas de la mesa y
escribió su móvil sobre la primera hoja.
Sentado
a solas en la mesa de la ventana del bar del cine (que, como siempre, estaba
vacío a primera hora de la tarde, después de la salida de los espectadores de
la sesión de mediodía y antes de la llegada de los trabajadores en busca de
anestesia mental), Seth se removió en la silla mientras estudiaba nerviosamente
Upper Street en busca de Apryl.
Después
de darse un largo baño, el primero en semanas, y de ponerse la ropa más limpia
que pudo encontrar, había dedicado un momento a contemplar las paredes de su
habitación. Y concluyó con satisfacción que Apryl quedaría asombrada. Sobre
todo cuando le dijera que aquello formaba parte de un proyecto mucho más
ambicioso.
Luego
despejó el suelo para que la chica pudiera moverse y observar su obra desde
distintos ángulos. Tres de las paredes ya estaban cubiertas. Y ni la granulosa
luz del día ni la luz eléctrica de la solitaria bombilla del techo podían
aliviar la oscuridad que contenían, ni impedir que se propagara reptando sobre
el suelo y el techo mugriento. Hasta las esquinas y los ángulos rectos en los
que se unían las paredes se perdían en las sombras si uno no hacía un esfuerzo
por ver las junturas.
Pero
en medio del lustre de la lisa ausencia de luz brotaban las figuras. Salidas de
una profundidad que
dejaría
estupefacto al público. ¿Cómo lo había creado?, le preguntaría ella. ¿Cómo era
posible sugerir tal sensación de infinito o transmitir la impresión de terrible
frío que se apoderaba de ti al mirarlas? No tenía ni la menor idea.
Había
utilizado la escalerilla de mano de la cocina para aumentar la altura de la
pieza y así incrementar la sensación de que los personajes estaban suspendidos
de la nada. Aunque tampoco estaba seguro de cómo había conseguido el efecto de
movimiento de sus figuras. Porque había movimiento en toda la obra. La
interminable y fría oscuridad en la que sus tormentos se repetían hasta el
infinito parecía ahora rebosante de extrañas corrientes.
A
veces, cuando su trabajo lo cogía desprevenido, se sentía tentado de pensar que
ya no eran paredes, sino una enorme apertura a otro lugar, un lugar tan vasto y
profundo que no había manera de encontrar el otro extremo. Y las imágenes de
las figuras, dibujadas desde distintos ángulos, que ascendían a la superficie
como atraídas por la luz de su cuarto, todavía lograban sobresaltarlo cada vez
que entraba. Aunque sólo hubiera ido al baño y volviera al cabo de pocos
minutos, sin poder evitarlo se quedaba absorto, presa de mudo asombro, al
contemplar lo que había hecho, lo que había plasmado allí arriba.
Era
imposible familiarizarse con ellas, con todas aquellas cosas que se rodeaban
con sus propios brazos, o que estaban allí cautivas en contra de su voluntad,
cuyos trazos captaban tensión y resistencia en las extremidades sólo sugeridas,
o en la perfecta sutileza de un ojo abierto de terror, o en el temblor de un
labio justo después de un
chillido
de desesperación.
Todas
tapadas, rehechas y luego perfeccionadas hasta alcanzar el ángulo y la postura
perfectos para cada una de ellas. Hasta que los dientes castañeteaban
estúpidamente y las bocas se abrían para proferir gritos que creías poder oír,
y los ojos aparecían enrojecidos transmitiendo un dolor que sacaba chispas a
tus terminaciones nerviosas.
Apryl
le había hecho redoblar sus esfuerzos aquella mañana. Sus manos habían sido más
cuidadosas al trazar, cortar y rehacer las oscuras manchas rojas y negras de
las que las retorcidas figuras nacían húmedas y aullantes. Era como si de
pronto tuviese algo que demostrar, como si estuviera preparando una exposición
para una audiencia predispuesta. Si sus dibujos la habían afectado, quedaría
sobrecogida al ver su fresco.
No
estaba en peligro. No podía estarlo. El muchacho encapuchado y su amigo del
apartamento dieciséis no podían tener nada contra ella. Sólo había estado cinco
minutos en el edificio. Y no había por qué profundizar en el tema de la señora
Roth y los Shafer. Era imposible que los hubiera conocido demasiado. E incluso
en el caso de que así fuese, seguro que habría aplaudido su desaparición.
Tenían cuentas pendientes. Y a cambio de su ayuda ahora lo estaban
recompensando. Ellos podían conseguir cualquier cosa. Como que una chica
preciosa entrara en tu vida cuando tu mente estaba hecha pedazos. Alguien que
podía volver a colocar todos los trozos en su sitio y convertirte de nuevo en
una persona completa. Así lo había
insinuado
aquel monstruo encapuchado. Le había dicho que le traerían un regalito, algo
muy bueno.
¿Era
posible algo así? ¿Que le estuvieran haciendo una ofrenda por todo lo que él
había entregado al lugar de los espejos? Apryl había despertado algo vital en
Seth que llevaba mucho tiempo moribundo. Y a pesar de su apariencia descuidada
y miserable, había visto algo interesante detrás de ello. Había intuido en él
algo que la había interesado. Incluso había hablado del destino después de ver
sus dibujos. De una conexión. Y ahora quería ver más muestras de su trabajo. Y
comer y tomar algo con él; pasar tiempo en su compañía. Incluso era posible que
aquella mujer extraordinaria estuviera dispuesta a acompañarlo a casa para ver
sus paredes. Las paredes serían la prueba. Su arte le mostraría a la chica lo
que tenía dentro, y ella le contaría más cosas sobre su maestro y por qué había
vuelto a las vidas de quienes lo habían castigado tanto tiempo atrás. ¿No era
eso lo que había insinuado?
Puede
que las muertes hubieran terminado ya y su obra pudiera seguir floreciendo.
Puede que incluso en la seguridad de un puesto de jefe de porteros con Apryl
como compañera. Ellos podían conseguir cualquier cosa. Hacerte caer de rodillas
en tembloroso espanto o arrojarte a una nada gélida como un madero a la deriva,
o mostrarte maravillas que te dejaban sobrecogido y boquiabierto.
Iba
a ser así. Lo estaban recompensando, se repitió una vez tras otra hasta llegar
a creerlo, al menos durante breves espacios de tiempo. Tenía que salir bien,
tenía que
ser
así, porque no tenía ningún control sobre ello.
No
podía ponerse nervioso cuando ella llegara. Tenía que mantener la compostura.
Mostrarse interesante.
Allí
estaba. Avanzando a pasos lentos mientras comprobaba los nombres de los
edificios en busca del lugar en el que le había pedido que se vieran. Un
placentero estremecimiento lo recorrió de la cabeza a los pies. Era preciosa. Y
estaba allí por él, un artista. Dios, era un artista. Por fin lo era.
Cuando
entró en el bar, un poco tímida, se levantó para recibirla. Su dulce y
embriagador perfume lo aturdió: el potencial de misterio de un perfume sólo se
percibía en su totalidad al brotar del pálido cuello de una mujer hermosa. El
tentador sonido de sus tacones altos sobre el suelo de madera hizo que el
barman volviera la cabeza.
Se
había vestido para Seth. Para complacerlo. Con un sencillo pero elegante traje
negro por debajo de un largo abrigo hecho de lana fina que parecía muy caro. El
vestido estaba abierto a la altura del escote para mostrar parcialmente la
pesada y blanca suavidad de los senos. Un maquillaje completo pero
cuidadosamente aplicado cubría sus exquisitas facciones. Su cabello,
destellando en tonalidades que iban del negro al azul, estaba recogido con
esmero en la parte alta de la cabeza. Y lo que se podía ver de sus piernas
resplandecía en unas medias casi invisibles antes de desembocar en unos zapatos
negros de tacón alto.
—Hola,
Seth. Me alegro de volver a verte —dijo, antes de inclinarse hacia adelante
para depositar un beso en
cada
una de sus mejillas. Él se permitió disfrutar brevemente del aroma de su lápiz
de labios y de su piel al tenerla cerca. Todas las frases que había estado
ensayando se borraron de su mente. Pero sus ojos la lisonjearon. Sacudió la
cabeza, atinó a esbozar una sonrisa y dijo:
—Uau.
Cosa
que hizo reír a Apryl que sintió que sus esfuerzos habían dado sus frutos.
Puede que se hubiera excedido un poco al vestirse, pero había ido preparada
para convertir la tarde con Seth en una velada con Seth. Era posible que
tardara mucho en ganarse su confianza. Bebería con moderación. Aquella noche el
protagonista era él. Harían lo que quisiera. Y no estaba acostumbrada a que sus
intentos de impresionar a un hombre resultaran fallidos.
Sentía
aún nervios en la boca del estómago, pero esperaba calmarlos con la primera
copa de vino, que Seth fue a pedir a la barra del bar. Le había costado
recuperar la calma después de conocerlo. Había tratado de distraerse con los
agentes de la inmobiliaria, yendo de compras durante el día y después con
Miles, que volvió a hacer un esfuerzo por aceptar su torrente de teorías
conspirativas sobre la desaparición de Félix Hessen en el salón de su propia
casa seguida por la incineración de sus obras. En cuanto a su afirmación de que
la influencia del pintor aún seguía vigente sobre Barrington House y sus
intenciones de interrogar a Seth, las recibió palideciendo de preocupación por
ella y terriblemente decepcionado por el hecho de que pudiera dar crédito a tales
cosas.
Pero
Seth había estado, estaba totalmente convencida, en presencia de la obra de
Félix Hessen en
Barrington
House. Tom Shafer debía de estar equivocado: algunos de los cuadros habían
sobrevivido y aún permanecían en algún lugar de aquel edificio. Puede que en el
propio apartamento dieciséis. Seth los había descubierto y ella pretendía
averiguar cómo. Era absurdo: Miles se equivocaba y los Amigos de Félix Hessen
estaban en lo cierto.
Era
imposible no ver la presencia de los temas y el estilo característicos de
Hessen en los dibujos de Seth, que además contenían una anticipación de lo que
Hessen podía haber llegado a conseguir como pintor. Seth era un artista muy
dotado. Un hombre capaz de emular lo que debía de haber visto en las obras de
Hessen: pinturas al óleo que llevaban un paso más allá el horror de sus dibujos
supervivientes. Miles lo creería cuando viese el trabajo de Seth y pudiera
confirmar por sí mismo el parecido.
Y si
procedía con cuidado, tal vez pudiera incluso mostrarle a Miles lo
inimaginable: un original. Algo que el extraño y solitario portero habría
descubierto en el viejo edificio. O que le habría mostrado la presencia de
Hessen. Algo que, en cualquier caso, había guiado su mano como artista y,
quizá, como cómplice del asesinato de los inquilinos más viejos. Le costaba
relacionar a aquella figura desgarbada e introvertida con la violencia. Pero
alguien estaba ayudando a lo que quedaba de Hessen en aquel edificio. Alguien
estaba coaligado con el indistinto pero palpable mal que llevaba cincuenta años
embrujando el edificio. Y en aquel momento, dado que Stephen estaba
esquivándola, Seth era el primero en la
lista de
sospechosos.
Estaba implicado de alguna manera. Se había traicionado la pasada noche. Cómo y
por qué, ella no podía saberlo, y necesitaba algo más que cotilleos y
suposiciones. En ese sentido, Miles tenía razón.
Seth
volvió desde la barra con una copa grande de vino blanco. Tuvo que contenerse
para no agobiarlo con preguntas, y se recordó una vez más que debía proceder
con cuidado para conseguir la
información que necesitaba. Como había hecho con Betty Roth y los
Shafer. Aquello requería tacto. Ninguno de ellos tenía nada que ganar
contándole aquellas cosas, y sí, en cambio, mucho que perder. Al menos eso
parecía. Así que dejó que fuera él quien iniciase la conversación.
—Bueno,
pues háblame sobre Félix Hessen —dijo Seth entre nerviosos sorbitos a su pinta
de cerveza.
—La
verdad es que no soy una experta y, por lo que he podido ver de tu trabajo, yo
diría que tienes mucho más que contar. Al menos sobre su estilo.
Seth
se miró las manos sobre la mesa, que en aquel momento peleaban con un papel de
fumar. Apryl se dio cuenta de que había vuelto a ponerlo nervioso, así que
cambió de táctica.
—Puedes
leer este libro. Conozco al autor, Miles. Es la única obra impresa que existe
sobre la obra de Hessen.
—Sacó
el libro del bolso y se lo pasó empujándolo sobre la mesa—. Sé que a Miles
también le impresionarían tus dibujos. Trabaja en la Tate.
Seth
se ruborizó y asintió con rapidez. Cogió el libro y lo sostuvo sobre su regazo.
—Dices
cosas muy amables. Últimamente no oigo muchas palabras de aliento. —Se rió con
cierto nerviosismo—, Pero las cosas están cambiando. Estoy trabajando en un
proyecto muy ambicioso. En mi casa. En mi cuarto. Aunque más bien es un
estudio. —Sus ojos cobraron de repente una viveza que la sobresaltó—. Tal vez
se lo podría enseñar a ese Miles antes de pasarlo al lienzo.
Lentamente,
Apryl cruzó las piernas y las sacó de debajo de la mesa para que él pudiera
verlas. Y le preguntó cosas sobre él, sobre su historia, sobre el lugar en el
que había estudiado y sobre su familia, lo que provocó una serie de respuestas
tímidas y evasivas. No parecía interesado en nada que no fuese su trabajo más
reciente, del que hablaba con mucho entusiasmo aunque sin revelar gran cosa. O
puede, sospechaba ella, que simplemente no fuera capaz de explicar lo que
estaba creando.
Cuando
Apryl volvió a la mesa con la tercera ronda (de las cuales la segunda había
sido una Coca-Cola), Seth pareció volverse más locuaz.
—Ya
he renunciado a analizar todo lo que brota de aquí dentro, Apryl. Eso no me
lleva a ninguna parte. Pero me siento como si estuviera en contacto con algo
que está en lo más profundo de mi interior. Y tiene alguna relación con lo que
hay ahí fuera. Y puede que con lo que después de todo esto. Ya sabes, de la
vida. Pero sólo es relevante en imágenes. No existen palabras para definirlo.
No se puede explicar.
Ella
había estudiado cuidadosamente sus ojos inquietos, su constante hábito de fumar
y su nerviosismo, pero sospechaba que no estaba tratando de cultivar un aire de
misticismo mostrándose evasivo con respecto a su trabajo. Era otra cosa. Tenía
el presentimiento de que Seth sentía una profunda inquietud, si no temor, por
lo que estaba haciendo, pero que era incapaz de dejar de hacerlo.
Hablaba
con profusión sobre Londres y sobre sus habitantes, pero tampoco tenía nada
bueno que decir sobre ninguno de ellos.
—Es
un lugar terrible, Apryl. Aquí es todo muy difícil. Se está cayendo a pedazos.
Transforma a la gente. A todo el que se queda aquí. Posee una energía
perniciosa, disfuncional. He estado tratando de trabajar en ello desde que
llegué. —Dio unos golpecitos al libro de Miles sobre Hessen—. Creo que a él le
pasaba lo mismo.
A
veces costaba seguir el hilo y el sentido de sus palabras. Su cabeza era una
tormenta de ideas y pensamientos que pugnaban por encontrar salida al mismo
tiempo. Era como si estuviera tratando de encontrarle el sentido a su propio y
maniático temperamento exponiéndolo ante ella. A Apryl le resultaba agotador, y
cuando vio que terminaba su tercera pinta sugirió que fuesen a comer algo,
temiendo que de lo contrario se emborracharía de manera irreparable y ya no
podría contarle lo que quería saber.
Durante
la cena encontraría el momento de preguntar por Barrington House y el
apartamento dieciséis. Seth
estaba
empezando a mostrarse locuaz y parecía desesperado por impresionarla. Se
acercaba el momento de presionarlo hasta conseguir que le hablara de lo que
había visto, lo que sabía y lo que había hecho.
Todo
indicaba que hacía mucho que no estaba en compañía de una mujer. Lo sorprendió
observándola con una intensidad que le resultaba incómoda. Ya no era sólo
cuestión de seducirlo hasta ganarse su confianza, sino también de calibrar las
consecuencias. Pero en el pequeño restaurante indio al que lo llevó, Seth
cambió de humor de repente. Fue como si algo llamara su atención desde una
ventana. Volvió la cabeza para seguir su mirada, pero no vio nada fuera de lo
normal al otro lado, aparte la variada mezcolanza que llenaba las calles de una
ciudad que parecía incapaz de permanecer inmóvil un instante.
—¿Qué
pasa? ¿Alguien que conoces? —preguntó.
Allí
estaba, en plena calle, justo enfrente del lugar en el que se habían sentado.
La
silueta surgía de las sombras polvorientas y la luz anaranjada que emitía el
interior de un bar. Las manos en los bolsillos, la boca ovalada de la capucha
orientada hacia él, vigilante. Por un instante desapareció detrás de un autobús
de la línea diecinueve que pasaba lentamente, pero después reapareció.
«Barrington
House», oyó decir a Apryl, como si fuese una especie de invitación para que la
figura encapuchada apareciera e invadiera su privacidad.
Y
entonces se volvió también ella hacia allí. Hacia la oscuridad que brotaba
rápidamente y absorbía todos los detalles, fundía el ladrillo con el hormigón y
los coches con el asfalto, que se tragaba las piernas de los caminantes y
disolvía los colores en la vaguedad del crepúsculo londinense. Pero por muy
penetrantes que fuesen sus bonitos ojos, ya sabía que no podrían ver a aquel
centinela. Vigilante y expectante, la figura estaba allí sólo para él.
—¿Qué
pasa? ¿Alguien que conoces?
Seth
negó con la cabeza, con el rostro aún más pálido que de costumbre.
—No.
Aunque pensaba que sí. —Devolvió su atención a Apryl, pero no consiguió
concentrarse en lo que le
estaba
diciendo mientras sus ojos volvían una vez tras otra
a lo
que quiera que hubiese en la calle y que lo había distraído de pronto—. Háblame
de Félix Hessen —dijo, repentinamente serio, ajeno a la llegada de dos platos a
la mesa, uno crepitante y el otro humeante—. Por favor.
Sin
prestar atención a la comida, escuchó con atención mientras ella concluía una
breve relación de la vida de Hessen contándole que su visión había permanecido inconclusa porque
ninguno de sus óleos había sobrevivido. Pero no le contó la historia completa.
De hecho, tuvo que contenerse varias veces. Había ciertos detalles que decidió
omitir. Especialmente de la historia oficiosa que había ido elaborando. No le
habló de lo que la señora Roth, Tom Shafer o Lillian le habían dicho sobre los
cambios en el edificio, ni de los sueños que todos ellos habían tenido después
de la llegada de Hessen: las cosas que veían en los espejos, los cuadros y las
escaleras y que oían detrás de las puertas. Optó por no mencionar nada de
aquello y por retratar a Hessen como un excéntrico incomprendido y misántropo,
creyendo que aquello apelaría a la imagen que Seth tenía de sí mismo.
Él
comenzó entonces a hacerle preguntas muy directas. A sondearla sobre los
estudios de Hessen con relación a lo oculto, sobre las teorías referentes a su
desaparición, sobre lo que se sabía de sus ideas, de su obsesión con la muerte,
sobre los títulos de los diarios y los libros que aparecían en su peculiar
vida, sobre la razón por la que había estudiado anatomía y lo que ella creía
que estaba tratando de conseguir. Y al tratar de satisfacer su
insaciable
necesidad de información, en un momento dado ella mencionó el Vórtice.
El
rostro de Seth se puso tenso. Apryl no habría podido decir si de asombro o de
temor.
Sus
ojos se abrieron violentamente y su voz comenzó a temblar mientras la
presionaba, una y otra vez, tratando de obtener más detalles sobre el Vórtice,
aclaraciones sobre el deseo de Hessen de escudriñar en su interior.
¿Tenía
otros libros? ¿Podía leer los diarios de su tía? Era importante, le dijo, e
incluso alargó una mano por encima de la mesa y la agarró con fuerza por la
muñeca.
—Tengo
que saberlo, Apryl —dijo mientras desviaba la mirada en dirección a la calle.
Su labio inferior se movió como si estuviera murmurando algo para sus
adentros—. Por favor, es muy importante para mí. Para mi trabajo.
¿Puedes
ayudarme?
—¿Por
qué, Seth? ¿Por qué es tan importante? — preguntó ella tratando de calmarlo con
una sonrisa.
—No
puedo decírtelo. Aún no. Pero quizá lo haga dentro de poco.
—Realmente
quiero ayudarte, Seth. Haré lo que esté en mi mano. Me intriga mucho tu
trabajo. Y a Miles también le intrigará. Creo que querrá ayudarte cuando vea el
talento que tienes. Y se le da mejor que a mí hablar de Hessen. Yo no soy una
experta.
—Lo
haces muy bien. —Bajó la mirada hacia el plato y removió un poco de arroz
basmati con el tenedor. Cerró los ojos durante unos segundos y luego se excusó
y fue al baño. Donde permaneció diez minutos.
Al
volver le temblaba una de las manos. Ella fingió no darse cuenta, pero le
preguntó por qué no comía. A lo que él respondió con una risilla nerviosa
diciendo que prefería fumar. Luego dirigió la vista de nuevo a aquel lugar en
la calle que tanto lo fascinaba.
Lo
estaba perdiendo. Parecía hundido en su miseria. Sus tics se habían vuelto
maniáticos y respiraba con inhalaciones rápidas, como si estuviera sufriendo un
ataque de ansiedad. Tenía la sospecha de que, en cualquier momento, iba a darle
una excusa y marcharse.
Alargó
una mano hacia él y tomó una de las suyas.
—Algo
te está pasando, Seth. No te preocupes. Se nota que has estado sometido a una
gran presión. ¿Te sentirías mejor si fuésemos a tu casa? Quizá podrías
enseñarme tu trabajo. Aquí estás incómodo.
—Lo
siento —dijo él—. Lo... lo que pasa es que... — Pero fue incapaz de terminar la
frase.
—Déjame
que pida la cuenta e iremos a un sitio más tranquilo.
Ya
en la calle, Seth caminaba demasiado de prisa para que Apryl pudiera seguirlo
con los tacones y tuvo que pedirle que parara un poco.
—Lo
siento. Lo siento mucho, Apryl —repitió tres veces.
—No
pasa nada. En serio —respondió ella. Estaba helando. Un viento frío y
polvoriento soplaba desde detrás de ellos.
—A
veces... lo que pasa es que... me pongo... Es difícil de describir.
—Pues
no lo intentes. Simplemente, vamos a tu casa.
—Es
muy amable de tu parte. En serio. Me siento avergonzado.
—No
seas tonto. ¿Quieres que lleve algo? ¿Un poco de vino, quizá?
—Ya
tengo, creo. En la nevera. En mi cuarto no hay gran cosa; sólo una cama y una
nevera. Es un estudio para trabajar, más que nada. Aunque puede que te
sorprenda un poco. Me refiero a que está muy desordenado.
—No
hace falta que te disculpes, Seth. Tendrías que ver mi apartamento.
—¿Ah,
sí? —Pero volvía a estar distraído y asustadizo, y de vez en cuando miraba los
umbrales oscuros de tiendas situadas al otro lado de la calle o se volvía hacia
callejones angostos.
De
Upper Street a Hackney, donde él vivía, la atmósfera cambió. No sólo lo sintió,
sino que también lo vio. Había menos gente en las calles y las tiendas tenían
cierto aire de abandono. Pasaron por delante de varias casas de apuestas, pubs
de aspecto poco sugerente y un puñado de restaurantes de comida rápida con
carteles escritos a mano en las ventanas. Las grandes jaulas rectangulares de
los edificios de protección social, rodeados por vallas metálicas, se
levantaban ominosas por encima de pequeñas zonas de abarrotadas construcciones
victorianas.
—Espero
no estar siendo demasiado descarada. No quiero parecer una intrusa.
—No.
En absoluto —dijo él, distraído, antes de volver
la
cabeza—. Tengo muchas ganas de saber lo que piensas. No querría enseñárselo a
nadie más que a ti, Apryl. Creo que lo vas a entender. En serio.
—¿Por
qué?
—Por
todo lo que dijiste sobre la visión de Hessen.
Creo
que hemos estado persiguiendo lo mismo.
Mientras
subía por la oscura y angosta escalera, no pasaba un instante sin que lamentase
haber insistido en ver sus cuadros. Pero no por miedo a él, que le parecía un
sujeto inofensivo; vehemente, emotivo y sensible, pero no agresivo. Sin
embargo, había una faceta de su carácter que sólo ahora estaba empezando a
entender. Podía soportar su tendencia a abstraerse en sí mismo, sus rápidos
cambios de humor, las incesantes digresiones que brotaban de sus precipitados y
excitables monólogos, pero aquella mirada atormentada y rayana en algo muy
próximo al verdadero terror la inquietaba ahora mucho más que en el
restaurante. Porque allí estaba más presente, como si la estuviera llevando
hacia algo a lo que también ella debería tener pánico.
Pero
cuando pensaba en que vivía sobre aquel pub de tres al cuarto, en un laberinto
de paredes con la pintura levantada, alfombras apestosas y pasillos tenebrosos,
congas ventanas mugrientas sobre patios atiborrados de basura y garajes
abandonados, sentía incluso lástima por Seth y su triste vida. Trabajaba de
noche en Barrington House, bajo la luz cegadora y blanca de aquella recepción,
y luego se iba a dormir a una de aquellas habitaciones durante el día, sólo
para despertar avanzada la tarde en aquel vecindario deprimente, habitado por
gente peligrosa y marginada, y todo ello al tiempo que trataba de
completar
una visión abstracta y tortuosa. Algo así bastaría para volver loco a
cualquiera. Tuvo que poner coto a su innata tendencia a la empatía, que estaba
interfiriendo en su propósito: había ido allí para descubrir hasta qué punto
estaba implicado con aquella cosa terrible, aquella fuerza homicida que moraba
en Barrington House.
Subió
tras él por un edificio que apestaba a sudor masculino, a comida frita y a ropa
húmeda secada en los radiadores, a través de un número excesivo de escaleras,
recodos y pasillos que se desvanecían en la oscuridad o desembocaban delante de
puertas de color rojizo.
Cuando
finalmente Seth salió de la escalera y la llevó por un descansillo abarrotado
de armarios viejos y luego por un pasillo estrecho hasta su puerta, estaba
exhausta. Entonces, mientras él abría la puerta, se miró con irritación las
piernas para buscar el lugar en el que se había arañado con algún objeto de
madera en la oscuridad. El fino material de sus medias se había desgarrado y le
caía hasta el tacón del zapato en tres sitios distintos.
—Está
terriblemente desordenado. Espero que lo entiendas, sólo es un espacio de
trabajo. Normalmente no vivo así.
—Claro.
Déjame entrar. No me gusta estar aquí fuera
—dijo
con una voz levemente teñida de fastidio mientras volvía la mirada un momento
hacia el oscuro y estrecho pasillo por el que habían pasado. Habría que
clausurar aquel lugar. ¿Cómo podía alguien vivir allí?
«Normalmente
no vivo así.»
¿Quién
podría hacerlo sin perder la cabeza?
Había
pintado las putas paredes.
Había
cubierto tres cuartas partes de la habitación con un mural que la mayoría de
los psiquiatras atribuirían a una mente enferma.
Las
figuras suspendidas de aquella oscuridad sin fin anularon todos sus otros
sentidos, aparte de la vista. Era infantil en su simplicidad. Un primitivismo
estridente y desnudo que rehuía la literalidad en el retrato para sumergir al
espectador en la conmoción de la distorsión y el pánico psíquico.
Tuvo
que sentarse en la cama, desde donde siguió observando las paredes con la boca
abierta. Mirando aquellas cosas retorcidas que sonreían o chillaban colgando
del infinito y la oscuridad absoluta.
—Es
sólo un lugar para plasmar ideas. Estudios de figuras. Los esbozos preliminares
están detrás de ti. La mayoría de ellas las hice de noche. Y tengo muchas más
del mismo estilo en los cuadernos. Sólo estoy tratando de encontrar los colores
en las paredes. Y también una combinación de texturas para el fondo que... que
sobrecoja realmente.
Pues
lo había conseguido. Si Hessen había llegado a pintar algo, seguro que se
parecía a aquello. Apartó los ojos de las paredes y miró el suelo, cubierto de
sábanas saturadas de pintura y manchas de grasa. En un rincón del cuarto se
veía ropa amontonada. Aparte del viejo y amarillento frigorífico y la cama
manchada de sudor no había nada. Ni una sola cosa que le permitiera apartar los
ojos
de las paredes y de las cosas que gritaban en ellas, desfiguradas,
crucificadas, flageladas y clavadas en el sitio.
Aquellos
seres atormentados y torturados no
pretendían iniciar un diálogo ni sugerir algo parecido a una narrativa. Sólo
existían para inspirar asombro en quien los mirara. La golpearon con un puño de
espanto, pero también con una fría descarga de reconocimiento. Como si la
experiencia más desapacible y dolorosa del espectador —los momentos
paralizantes de duda y desesperación, la asfixia de la aversión hacia uno mismo
y el odio, las cadenas del pesar y la cuerda floja del miedo— estuviera
personificada en aquellas figuras. Eran los mismos y mórbidos destellos de
seres medio formados y sumidos en la agonía, aquejados por la violencia de la
desintegración, que Hessen había empezado a dibujar a partir de 1938. Pero Seth
había llevado sus ideas un paso más allá, usando los estudios de Hessen como
trampolín, para poder plasmar todo lo que aquéllos prometían en lienzos de
mayor tamaño y en la riqueza de los óleos.
—Tú
has visto sus cuadros, Seth. En alguna parte. Estoy convencida de ello. Dímelo,
Seth, por favor. Por eso trabajas en ese edificio. Lo sabías.
Seth
negó con la cabeza y se apartó un paso de la ventana, desde donde había estado
presenciando cómo Apryl quedaba paralizada frente a las paredes.
—No.
No había oído hablar de él en toda mi vida. Yo estudié a Brueghel, al Bosco, a
Dix y a Grosz. Todos ellos me parecían interesantes. Puede que fuese eso lo que
me
preparara
para esto, para continuar con su trabajo. Y Londres es el medio perfecto para
hacerlo. La frontera es más fina aquí. Nada se marcha.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó ella. Lo entendía a medias, pero su mente no quería
procesar la verdad.
—Me
sucedió algo. En mis sueños, mientras trabajaba aquí. Algunos fragmentos de los
sueños seguían en mi cabeza al despertar. El mundo cambió desde entonces. Pensé
que me había vuelto loco. Comencé a ver cosas, Apryl. Después de oír los ruidos
en el apartamento dieciséis. Como si estuviera tratando de llamar mi atención.
Así que entré. Y vi los cuadros. Y entendí lo que había estado viendo. Lo que
me había mostrado un maestro en mis sueños.
Dejó
de hablar. La expresión de Apryl lo silenció. Al oírlo mencionar los cuadros
del apartamento dieciséis, Apryl sintió que se le erizaba la piel por debajo
del cabello.
—¿Cuadros?
¿Los cuadros de Hessen siguen allí dentro? —Se levantó—, Dímelo, Seth. Dime la
verdad.
¿Hay
cuadros dentro del piso?
Seth
apartó la mirada, hizo una mueca, como si alguien acabara de entrar en la
habitación, y al fin dijo:
—Lárgate,
joder.
—¿Cómo?
—Perdona.
No es a ti.
—¿Seth?
Él
sacudió la cabeza. Sus labios se movieron, como si estuviera a punto de
hablarle a la puerta, y luego desvió la mirada, se cubrió las pálidas y
temblorosas facciones
con
las manos y suspiró.
—No
es... no es seguro.
—¿Seguro?
No entiendo. ¿Qué quieres decir?
Seth
se dejó caer en la cama sin apartar las manos de la cara.
—No
puedo decírtelo. No me creerías. No debería haber entrado allí. No está
permitido. No puedes contárselo a nadie. Sólo quería asegurarme de que nadie
había irrumpido en el apartamento. Por los ruidos. Y la llamada de teléfono.
Pero entonces los vi. Los cuadros. Dios mío, esos cuadros...
Al
terminar la frase volvió a mirar la puerta roja de su habitación, como si
alguien la hubiera aporreado de pronto o hubiera llamado a voces desde el otro
lado.
—Vigila
lo que dices cuando hables conmigo, capullo. Y le vas a enseñar los cuadros,
Seth. Lo dice nuestro amigo. Quiere conocer a esta putita. Darle su merecido
por cotilla. Como a su tía, la vieja bruja. Hay muchas cosas que cotillear en
los sitios adecuados, ¿no te parece? Lo sabes mejor que yo, tío. Así que
llévala allí arriba. Ya sabes dónde.
»Es
la última, Seth. Ya casi has terminado. Y recibirás tu recompensa. El arreglará
las cosas. Verás qué bien sales de ésta. Vas a venirte a vivir con nosotros.
Sólo tienes que pintar unos cuadros y hacer algunas cosas y vendrás a vivir con
nosotros. Siempre estaremos juntos. Así que haz lo que te decimos, joder, y
lleva a esta zorra allí arriba.
—¿Qué
cuadros? ¿Los de Hessen?
Seth
exhaló un fuerte suspiro. Luego tragó saliva. Apartó los ojos de la puerta y la
miró. Con pena, pensó ella.
—Tienes
que entenderlo. Nada me había, dado nunca tantas ideas. Ningún otro artista me
había hablado de ese modo. Me lo ha enseñado todo de nuevo. Me ha enseñado a
encontrar una voz propia, Apryl. Pero...
De
repente, Apryl se sintió mareada. Desorientada por las cosas absurdas que él
estaba diciendo y la repentina certidumbre de que los cuadros de Hessen
existían de verdad. Era como estar leyendo de nuevo los diarios de Lillian. Y
que la confirmación hubiera llegado así..., de la mano de aquel joven nervioso
y obsesivo, con unas ojeras tan profundas por la falta de sueño que comenzaba a
aparentar que sufría de una enfermedad terminal.
—Necesito
beber algo. —Dio un trago al vino blanco, barato y ácido, que Seth tenía en la
nevera. Al menos estaba frío. Luego volvió a sentarse en la cama para
recomponerse—. Seth, quiero saber qué hay dentro del apartamento dieciséis.
Con
una mueca en el rostro, él se sirvió un poco de vino en una taza de café sucia
y luego encendió otro cigarrillo.
—Quiero
saber qué les sucedió, Seth. A mi abuela y a los demás. Sabes que él los mató,
Seth. Que aún sigue en el edificio. Lo sabes, ¿no?
El
cuerpo del hombre pareció deshincharse mientras se sentaba al borde de la cama.
Metió la cabeza entre las rodillas y, al arquear la huesuda columna, todas las
articulaciones se hicieron visibles por debajo de la fina camisa. Ella cruzó
las piernas tan de prisa que las medias sisearon.
—¿Lo
ayudaste?
Seth
levantó la cabeza.
—Me
engañaron.
—¿Cómo?
¿Cómo lo hizo?
La
miró con el rostro pálido y ojos salvajes y desbocados.
—Yo
sólo dejé que volviera. No sabía... —Tragó saliva y miró hacia la puerta, con
los ojos cubiertos de lágrimas
—. Y
luego fue demasiado tarde.
Apryl
le puso una mano en el antebrazo. Él la miró y se echó a llorar.
—De
todos modos, nadie nos creería —dijo Apryl, tanto para sí misma como para él—.
Sobre lo que sabemos. Lo que sólo nosotros sabemos. —Entonces sus ojos se
endurecieron de repente con una fuerza tal que lo aterrorizó—. Pero hay que
devolverlo a su lugar, Seth. Y hay que cerrar lo que ha usado para entrar, sea
lo que sea. Mató a alguien de mi familia. Y tú lo ayudaste. Así que ahora vas a
ayudarme o habrá problemas. Más de los que podrás soportar. Y Miles lo sabe. Mi
amigo. Lo sabe todo, así que será mejor que no me pase nada cuando suba al
apartamento dieciséis y acabe con esa mierda.
¿Entendido?
Fuera
de la habitación, alguien tropezó en la oscuridad y maldijo con un marcado
acento irlandés. Los dos se quedaron mirando fijamente un momento. Apryl se
llevó una mano al pecho.
Seth
tragó saliva.
—No
es eso. Puedo meterte allí fácilmente. Muy fácilmente. No es eso.
—Entonces
¿qué?
Él
miró a la puerta y susurró, como si le diera terror que alguien pudiese oírlo.
—Es
peligroso.
Apryl
sintió que se le helaba la piel y luego se le ponía tensa alrededor de los
músculos.
—¿Cómo?
—El
apartamento. Cambia las cosas. Es peligroso verlo. Y no creo... que todo el
mundo pueda ver los cuadros. —Lo dijo con tal convicción que ella se
estremeció, como si de repente hubiera entrado una corriente helada por debajo
de uno de los descascarillados marcos de madera de las ventanas.
Seth
señaló la pared.
—Esto
no es nada comparado con su obra. Es un simple facsímil. Pero sus cuadros
son... Hay algo antinatural en ellos. Algo imposible. Cambian. Están vivos.
—Y
entonces tuvo que apartar la vista, como si fuese incapaz de soportar la visión
del miedo de Apryl—. Hessen sigue allí dentro. En el apartamento. Y no está
solo.
Y al
fin había llegado la hora en que podía bajar el último tramo de escalera hasta
su apartamento en el sótano. Con la mente, la espalda y las piernas cansadas,
como si todo su ser estuviera amoratado de fatiga, Stephen se dirigió hacia
allí. De vuelta con su esposa. Normalmente iba a verla media hora durante la
pausa de la comida y luego otra vez a las seis y media, cuando llegaba el
portero de noche.
Stephen
era la única compañía que le quedaba a Janet. La única voz real que oía nunca,
aunque ya no fuese demasiado locuaz. A los inquilinos les gustaba ser ellos
quienes hablaran, y les complacía Stephen porque escuchaba y nunca invadía su
espacio ni su tiempo con su propia personalidad. Era una táctica que tenía sus
ventajas. Cuanto menos dijeras, más fácil era tu vida.
En
la única parte del sótano que estaba enmoquetada se hallaba la puerta del
apartamento que le correspondía como jefe de porteros. A su alrededor se oían
los chirridos, estremecimientos y sacudidas de la sala de motores, ruidos que
se alzaban por encima del distante bombeo de las calderas. Allí abajo, si te
concentrabas, podías oír aquel tráfago en todo momento. Cuando aceptó el
trabajo y se mudaron allí, Janet y él pensaron que no serían capaces de
soportar el constante ruido. Pero si algo había aprendido como jefe de porteros
de Barrington House es que uno se
acostumbra
en seguida a toda clase de cosas y acepta lo que no se puede cambiar.
Mientras
introducía la llave en la cerradura, se preguntó si Janet sería consciente en
todo momento del funcionamiento de las máquinas del edificio o del paso de los
vehículos por la calle, un nivel por encima de su sótano. Ya nunca salía del
piso salvo que él la llevara a alguna parte. Cosa que Stephen no hacía si
significaba alejarse más de kilómetro y medio en cualquier dirección.
Una
vez dentro del piso, en el pequeño pasillo que estaba demasiado lleno de cosas
como para que una persona pudiera incluso inclinarse, se quitó los zapatos. El
calor y el olor de las pacientes exhalaciones de Janet lo alcanzaron al
instante. El piso no era lo bastante grande para una persona y mucho menos para
dos. Pero Janet no se movía demasiado, así que se las arreglaban lo mejor que
podían.
Estiró
un brazo y tanteó en busca del interruptor de la luz donde el pasillo se abría
al salón. Las viejas cortinas y la moqueta barata hacían que el piso pareciera
naranja, un color que, de algún modo, contribuía también a reducir sus
dimensiones. No le gustaba pasar demasiado tiempo allí dentro, y por las tardes
hacía lo posible para irse a dormir temprano. Para terminar con la miseria de
cada día.
No
había bajado a la hora de la comida a encenderle la televisión a Janet. Aquel
día no. Había tenido mucho que hacer arriba. Así que Janet se había pasado toda
la mañana y las primeras horas de la tarde allí sentada, en la oscuridad.
Silenciosa
e inmóvil, permanecía en su silla, exactamente en la misma posición en que la
había dejado aquella mañana, con su bata rosa y la manta de cuadros sobre el
regazo y las piernas.
Olía
a pis.
Y
debía de estar sedienta. El vaso con la pajita, en la mesita que tenía junto al
brazo, estaba vacío.
Pero
no a caca. Sí, lo había hecho aquella mañana antes de que él subiera a
trabajar.
Le
habría gustado abrir una ventana para airear la minúscula habitación. Estando
tan cerca de la caldera, el calor resultaba insoportable. Pero la ventana
estaba justo detrás de la silla de Janet y no quería que cogiera frío.
En
la cocina, que siempre le recordaba a la caravana que antes alquilaban en
Devon, abrió la nevera. Las superficies eran de fórmica y todo estaba
construido en miniatura, como si lo hubieran hecho para una casita de muñecas.
Qué manera de vivir.
Abrió
la nevera, que emitió un silbido. Quedaban tres platos precocinados. Tomaría el
estofado Lancashire. Aquella noche, después de haberse pasado todo el día
oliendo las axilas de Piotr, no le apetecía el curry. Después de terminar, y
una vez que los macarrones con queso se hubieran enfriado, podría dárselos a
Janet. Ella no podía decirle si estaban demasiado calientes. Tenía que fijarse
en sus ojos para saberlo.
Mientras
el microondas ronroneaba y daba vueltas con la luz encendida, fue al salón y
puso en marcha el televisor con el mando a distancia. Al instante bajó el
sonido.
Se deshizo el nudo de la corbata, de color plata, con movimientos
parsimoniosos. Luego se desabrochó las mangas de la camisa y se las subió hasta
los antebrazos. Janet lo observaba.
Del
pequeño armario que había sobre el horno sacó el whisky de malta que el señor
Alfrezi le había regalado las últimas Navidades. Era la última botella, pero
los inquilinos eran muy generosos en Navidad. Si cuidabas de ellos, ellos
cuidaban de ti, le decía siempre al personal. Y le diría lo mismo a Seth cuando
le traspasara el apartamento. Le transmitiría sus sencillas instrucciones y
consejos... como llevaba diez años deseando hacer. El momento ya casi había
llegado.
Tomó
dos grandes tragos directamente de la botella y se encogió al sentir cómo se
abría paso el ardiente licor por su garganta. Sí, iban a ser unas buenas
Navidades.
Las
pasadas se había llevado tres de los grandes en propinas, además de cuatro
botellas de champán, dos de tinto de primera y ocho de whisky. Y este año sería
aún mejor. Su mujer estaba muy enferma, todos lo sabían. Y había respondido a
las muertes de la señora Roth y de Tom Shafer con «notable sensibilidad», según
el señor Glock. La hija de Betty Roth incluso le había cogido las dos manos y
le había dicho algo muy parecido con lágrimas en los ojos. Al parecer, su madre
le tenía mucho cariño. Cosa que él no había notado nunca.
Se
acercó al sofá que había junto a la silla de Janet y, con un fuerte suspiro, se
dejó caer pesadamente sobre él. Luego colocó los pies encima del pequeño
escabel
acolchado.
Se quitó las gafas y se frotó los ojos.
Janet
miraba el suelo delante de su silla sin expresión alguna en la cara.
Últimamente no parecía reaccionar a casi nada. Salvo a una cosa: pero aquello
nunca fallaba.
Dio
otro trago a la botella y exhaló un suspiro de satisfacción.
—¿Sabes,
cariño? Me alegro mucho de no haber visto nunca lo que viste ahí arriba. Dentro
del piso. Seth va a subir allí esta noche para hacerle el trabajo sucio al
crío. Y se va a llevar consigo a esa preciosidad. La que heredó la casa de la
vieja Lil. Ya sabes, la nieta. Y luego podré largarme, querida. Muy lejos.
Adiós muy buenas.
Janet
seguía mirando el suelo. Estaba empezando a enfadarse con ella. Para ser
sinceros, como compañía nunca había valido gran cosa. Pero ¿qué sabía él cuando
se casaron? Por aquel entonces no se tenían tantas oportunidades y
posibilidades como los jóvenes de hoy en día. Al verlo con perspectiva, estaba
seguro de que habría hecho las cosas de otro modo. Pero aún tenía tiempo.
Tiempo de largarse de allí y disfrutar un poco. En lugar de vivir en aquella
desmoralizante lata de sardinas al servicio de cretinos ricos como Glock y
Betty Roth.
Hizo
un gesto de cabeza en dirección a su mujer y alzó las cejas para subrayar su
argumento.
—Y
los dos sabemos demasiado bien lo que puede pasar si decides colarte allí
arriba, ¿verdad, cariño? Ya te lo dije entonces y te lo repito ahora: lo que
está muerto es mejor que siga muerto. Si lo traes de vuelta sólo puedes causar
problemas. Pero no podías hacerme caso,
¿verdad?
En
la cocina sonó el timbre del microondas. Stephen se levantó de su asiento y fue
hacia allí. Mientras quitaba la humeante tapa del estofado, siguió hablando
distraídamente sin volver la cabeza.
—Tenías
que subir allí arriba como la vieja Lil a revolverlo todo en busca del crío. Si
no lo hubieras hecho, nada de esto habría ocurrido. Así que creo que se puede
decir que es todo culpa tuya. En serio. Si no hubieras traído al cabezota de
nuestro hijo de dondequiera que estuviese metido haciendo de las suyas, la
vieja Roth y los Shafer seguirían tocándole las pelotas a todo el mundo en
Barrington House. Y nosotros no nos habríamos quedado aquí encerrados hasta
ahora, hasta su muerte. ¿Lo sabías? ¿No? Pues ahora ya lo sabes, cariño.
Dio
la espalda a la encimera con la comida en una bandeja.
—Cuesta
creer que ese mamón tan cruel fuese carne de nuestra carne. —Negó con la
cabeza—. Dios, aún no puedo creer que consiguiera que Seth se cargara a los
viejos Shafer y a Betty. Aunque no sé de qué me sorprendo. Durante todos
aquellos años, mientras yo servía a mi país en Irlanda, tú dejaste que ese
cabroncete anduviera por ahí suelto hasta que se convirtió en un pequeño
salvaje. ¿Eh? Le encantaba crear problemas, vaya que sí. Hasta que acabó por
quemarse. Dios todopoderoso. Pero es mucho más peligroso muerto.
Echó
la mezcolanza de verduras y dados de humeante ternera en un plato de pyrex y
cogió un tenedor
de
un lado de la bandeja.
Sopló
sobre la comida, se llevó rápidamente el tenedor a la boca y siguió hablando
mientras masticaba.
—Hay
que reconocer que Seth ha hecho lo que tenía que hacer. Lo mismo que yo. Aunque
me enorgullezco de decir que he sido más concienzudo que él. Siempre se deja
las puertas abiertas. Nunca piensa las cosas a fondo. Es demasiado nervioso
para el trabajo. Pero yo limpio a fondo lo que él se olvida de limpiar. Arreglo
las cosas. Como siempre he hecho en este puto sitio. Me aseguro de que los
símbolos sigan detrás de los cuadros, en los sitios justos, tal como me enseñó
nuestro hijo, por mucho que se empeñe la dirección en cambiar la decoración.
Menudo trabajo me dieron en la escalera del bloque oeste cuando trajeron los
nuevos grabados. Tuve que trabajar de prisa en el exterior de los pisos que al
chaval le interesaban para que las cosas siguieran donde estaban y mantener a
la gente aquí hasta su muerte. Cosa de la que Seth se está ocupando con una
eficiencia de la que, honradamente, no lo creía capaz cuando lo contraté. Así
que me gusta pensar que nuestro crío, y los amigos que se ha traído consigo,
están satisfechos con mi trabajo. Aunque el pequeño cabroncete es tímido,
cariño, muy tímido. Lo habrá sacado de su madre.
Se
recostó en el asiento y chasqueó los labios. Se pasó la lengua sobre las
encías.
—Pero
supongo que le han estado enseñando cosas a Seth, como hicieron contigo la
noche que pasaste allí arriba. —Señaló con el tenedor para dar mayor énfasis a
sus
palabras—. En el caso de Seth, como es pintor, era exactamente lo que tenía que
ver. Ya sabes, para inspirarse. Los pintores necesitan esas cosas. Eso es lo
que me dijo el crío la última vez que lo vi. Y Seth tiene más estómago para
ellas que yo. Le gustan. No como a los demás. Ni tampoco a ti. Mírate ahora,
¿eh? Es lo que pasa cuando uno anda fisgando donde no debe. Me pregunto lo que
le tienen preparado a esa chica, Apryl, ¿eh, cariño? Nunca le he preguntado al
crío lo que le ha pedido a Seth que haga, pero algo me dice que no es lo que
ella se espera.
Se
terminó el estofado en silencio, concentrado. Tenía hambre y persiguió cada
guisante hasta el último rincón del plato.
—Mmm.
Voy a servirte los macarrones con queso, querida. Antes te gustaban, pero para
mí que huelen y saben a mierda.
De
regreso a la cocina, metió el cartón del estofado en el cubo de basura y luego
dejó el plato en la palangana azul, dentro del fregadero.
Una
vez que la comida de Janet estuvo lista, se arrodilló en el suelo junto a su
silla, cogió un poco de un lado del plato, donde estaba menos caliente, y sopló
en el tenedor para asegurarse.
—Toma,
ya verás qué bien.
Sin
mirarlo a los ojos, Janet dejó que le metiera el tenedor en la boca, masticó
unos segundos y luego tragó.
—Pero
esa chica... —continuó él—. Es un poco perturbador. Por eso necesito un trago.
Y pienso
acabarme
la botella esta noche, ¿me oyes? Así que te agradezco por anticipado que hoy no
montes mucha bulla.
Janet
miró a su marido con los ojos más abiertos.
—Es
muy guapa, Janet. Ya te lo había dicho antes. Una chica preciosa y muy bien
educada. A pesar de todos esos tatuajes, es tan amable como Lillian. Me
recuerda a la vieja Lil. La verdad es que sí. —Negó con la cabeza y luego le
metió el tenedor en la boca tres veces en rápida sucesión. Le dolían las
rodillas y quería terminar cuanto antes.
—Ya
fue lo bastante malo ver las caras de Betty y del viejo Tom Shafer, pero no me
apetece saber lo que le hacen a una criatura joven y bonita como Apryl. Lo de
la chica es un desgraciado accidente, lo reconozco. Simplemente ha tenido la
mala suerte de estar en el lugar erróneo en el momento equivocado. Y de meter
la nariz donde no debía. Como tú. Una desgracia. Una puta desgracia, cariño. Y
como tú, aquella primera vez, dudo que vuelva a ser la misma después de haber
estado allí arriba con ellos. Tan cerca, ya sabes. Tendrá suerte si no le da un
ataque también. Espero que sea el corazón lo que le falle. De verdad. Para que
no acabe como tú.
Dejó
el tenedor sobre la bandeja.
—Ya
es suficiente. No quiero que empieces a engordar otra vez. No puedes hacer
ejercicio y esta mierda está llena de grasa. —Con un gruñido, se puso en pie
apoyándose en el brazo de la silla de Janet—, Voy a por una servilleta, tienes
toda la barbilla manchada.
Cuando
volvió con la bayeta que utilizaba para limpiar
la
superficie de la cocina, Janet estaba llorando. Le limpió la barbilla.
—Mira,
si te vas a poner así otra vez te meto en el dormitorio y cierro la puta
puerta. He tenido un día muy duro. Intentemos pasar las próximas semanas sin
jodernos el uno al otro. Entonces se acabará todo. Confío en que la hija de la
señora Roth venda los dos pisos. Y sabes tan bien como yo que las cosas no
tardan mucho en venderse por aquí. Así que después de eso, se acabó. No creo
que pueda arriesgarme más que un mes, como mucho. Porque cuando alguien se mude
al dieciséis, ¿qué? ¿Eh? Podría quedarme aquí, atrapado de nuevo gracias a ti.
Ya estamos corriendo muchos riesgos. Dos muertes, la señora Shafer chiflada
perdida y ahora lo de la muchacha. Así que le pasaré el puesto al bueno de Seth
lo antes posible y luego adiós muy buenas, cariño. Me lo prometieron. Me
dejarán salir. Llevo una puta década sin poder pasar de Bond Street.
Sorbió
entre dientes un momento y levantó la mirada hacia el techo.
—Puede
que todo salga bien. Si lo piensas un poco, hasta puede que me haga quedar
bien. Lo he pensado a fondo, cariño. No como vosotros, putos blandengues.
Verás: la tensión de los recientes sucesos, todos estos años soportando la
invalidez de mi esposa y luego el quedarme viudo... ¿Quién podría culparme por
dejar el puesto? ¿Por hacer las maletas y marcharme en busca del sol? Creo que
saldrá bien.
Janet
comenzó a emitir una especie de gemido. Un
fuerte
lamento que procedía del fondo de su pecho. Sus ojos volaron de un lado a otro,
como si estuviera buscando una salida.
Stephen
no le prestó atención. Habría hablado solo de no haber estado ella allí para
escucharlo. Para organizarlo todo dentro de su cabeza. Hablar solo ayudaba.
Allí lo hacía mucha gente.
—No
tienen nada contra mí. He cumplido con mi parte y ahora puedo irme. El chaval
me enseñará cómo eliminar lo que sea que me tiene aquí atrapado, lo que no me
deja alejarme más de un kilómetro y medio. Ya me conozco al dedillo toda la
puta zona. Ahora le toca a Seth. Querían un pintor y les he dado un pintor.
Aunque yo diría que con él han hecho un trato distinto. Yo me negué a matar a
esos viejos cabrones. Aunque Dios sabe que lo he pensado muchas veces, sólo por
poder salir de aquí. Pero entonces apareció Seth. En el momento justo. Joder,
qué frío hace.
»Así
que te daré otros quince días y luego te llevaré allí arriba por última vez.
Bastará con una última visita. No dirás que no te aviso con antelación. Es lo
justo. Pero aún no sé la fecha exacta. Habrá que esperar un tiempo para ver
cómo salen las cosas, así que sé paciente. Y luego, el crío y tú podréis pasar
juntos todo el tiempo que queráis.
Janet
trató de echarse hacia adelante en la silla. El esfuerzo fue tan grande que los
ojos estuvieron a punto de salírsele de las órbitas, y Stephen, sin mirarla, le
puso una mano sobre el pecho y la empujó hacia atrás. Con un jadeo, su mujer
volvió a quedar inmóvil.
—Después
de eso, cualquiera sabe lo que puede
pasar.
Es sólo una teoría, ojo, porque allí arriba las normas son distintas, pero creo
que Seth nunca podrá alejarse mucho de este sitio. Cadena perpetua para el
viejo Seth. Se quedará en este piso hasta que las ranas críen pelo. Y tú
también, cariño. Puede que tu cuerpo sí se marche cuando todo haya terminado,
cuando hayan acabado contigo allí arriba. Pero tú no. Tú irás donde están
nuestro hijo, la vieja Roth y Shafer. Quizá allí podréis reanudar la amistad,
en ese otro sitio, con el resto de ellos. No quiero estar por aquí cuando eso
suceda. Ya ha sido suficientemente malo pasar tanto tiempo juntos. No quiero
seguir viéndote en los espejos o en los cuadros de las escaleras. No sería
bueno para mis nervios. Seguro que tú especialmente lo agradeces.
Tomó
asiento junto a ella y dio otro trago a la botella.
Janet
comenzó a proferir un sollozo constante y rítmico.
—Vamos,
no hace falta ponerse así. Esto no tenía nada que ver con nosotros hasta que
tuviste que meter las narices.
Se
levantó y se acercó a la silla. Janet se encogió. Quitó los frenos de goma
grisácea de las ruedas, la apartó de la pared y la empujó en dirección a la
puerta del dormitorio.
—No
entiendo por qué hacéis las cosas las mujeres. En serio, no lo entiendo.
Siempre metiendo las narices donde no se os ha perdido nada. Y luego, cuando
todo se va a la mierda, venga a llorar y a protestar.
Introdujo
la silla en el diminuto dormitorio y la dejó en el rincón, junto a la cama.
—Ahora
quiero pasar un rato solo. Llevo todo el día de pie. Te cambiaré por la mañana.
Ahora mismo no soy capaz de hacerlo.
Cerró
la puerta y dejó a su esposa en la oscuridad. Al sentarse de nuevo en el sofá
pensó, aunque era una mera suposición, que los inquilinos serían muy generosos
en Navidad, cuando anunciara que se retiraba como jefe de porteros de
Barrington House.
Cuando
llegó Apryl, a la una de la mañana, Barrington House estaba envuelto en una
oscuridad húmeda. Las luces de la mayoría de los apartamentos estaban apagadas.
Sólo en las zonas comunitarias las bombillas descoloridas iluminaban las
lúgubres escaleras y los deprimentes descansillos. Pero no había nada
reconfortante en aquella luz, nada cálido, ni nada en el tenue fulgor del
interior que pudiera inspirar el deseo de buscar refugio allí, aunque fuera
estuviese lloviendo.
Al
final de la zona de recepción Seth observó a Apryl mirar a través de las
puertas principales el lugar en el que él se sentaba cuando se ponía el sol.
Alrededor de su silueta, la noche era un borrón de profundidad y reflejos, como
una combinación de mundos interiores y exteriores. Dos lugares distintos unidos
en aquella fina capa de cristal.
Llevaba
un abrigo largo y oscuro y tenía el cabello recogido con un pañuelo. Casi podía
percibir su olor. Aquel dulce, maravilloso olor. Incluso al otro lado de la
puerta, antes de que ella abriera usando la contraseña, pudo sentir su llegada.
Detrás
de la esbelta figura de Apryl oyó el ruido del motor de un coche y luego vio
pasar un taxi negro. ¿Había venido en taxi? Le había dicho que no lo hiciera.
No quería que nadie la viera entrar en el edificio aquella noche. Ni
que
le dijera a nadie adónde iba. Tenían un trato. ¿Quién podía saber cómo iban a
salir las cosas allí arriba? Le bastó con pensarlo para ponerse enfermo de
miedo.
Miró
al techo. Parte de lo que fuera que hubiese allí dentro debía de haber escapado
de la sala de los espejos en una época en que tanto los inquilinos como
Barrington House eran más jóvenes, antes de que al edificio lo envejeciera lo
que había entrado en él, lo que ahora moraba entre sus antiguos ladrillos.
Había
llegado a pensar que todo empezó con el comienzo de la vida y que el edificio
no era más que el ojo de la cerradura por el que se habían colado algunas
corrientes de aire. Pero sólo podía suponer por qué invisibles caminos se había
propagado luego su influencia. Hessen la utilizaba para encontrar aliados y
destruir a sus enemigos. De entre aquellos que estaban cerca de él y de aquel
terrible colectivo que utilizaba la locura y la pesadilla para dejarse ver en
los lugares a los que sólo podían llevarlo hombres como Hessen. Para no
devolverlos luego. Hessen había esperado cincuenta años a que alguien terminara
su obra. Era más grande que Seth y éste no podía desafiar su voluntad. Su tutor
había esperado demasiado tiempo aquella oportunidad. Incluso había inmovilizado
a la señora Roth y a los Shafer para mantenerlos cerca todo ese tiempo mientras
esperaba.
Sin
olvidar nunca. Sin perdonar. Tan puro en su propósito como debe ser un artista.
Salió
de detrás de la mesa y se acercó a recibir a Apryl.
—Has
venido en taxi. Te dije que no lo hicieras. Te dije que fueses discreta.
—No
lo he hecho. El taxi me ha llevado sólo hasta Sloane Street y desde ahí he
venido andando. Como tú querías. —Alargó la mano y le tocó el brazo—. No pasa
nada. Puedes confiar en mí, Seth. Quiero que confíes en mí.
Al
mirar sus preciosos ojos y luego demorarse un instante en los labios rojos,
pintados de un escarlata brillante que contrastaba de manera cautivadora con el
blanco de la piel de su rostro, sintió que era capaz de creerla. Siempre
pasaban taxis por allí, buscando clientes en las zonas más opulentas de la
ciudad. Eso era todo. Pero, Dios, sí que estaba nervioso.
—¿Tienes
las llaves? —preguntó ella.
Seth
las sacó del bolsillo. Las hizo tintinear en el llavero de plata delante de la
cara de la chica.
—Recuerda.
Si alguien te ve, si te encuentras con el jefe de porteros, no menciones el
número dieciséis. No estará por aquí, pero te lo digo por si acaso. ¿Vale?
—Claro.
Vale. —Estaba nerviosa pero había emoción en sus ojos. Eso le gustaba. Sintió
el deseo estúpido de darle un beso antes de que subiera. Pero al pensar adónde
se dirigía tuvo que tragar saliva para tratar de desalojar el pánico de su
garganta.
—Deja
que coja el busca. Luego subiremos por la escalera. El ascensor hace demasiado
ruido y a veces se para. No quiero correr ningún riesgo.
—Seth,
lo que estás haciendo... tiene que terminar. Lo
sabes.
Y lo vamos a hacer juntos. Lo entiendes, ¿verdad? Lo que trajiste aquí se puede
devolver a su lugar. De algún modo tenemos que poder.
Su
forma de mirarlo le provocó una reacción en el estómago, en el centro mismo de
su ser. Sintió un grato estremecimiento. Y un pequeño mareo. Era un tipo de
mujer a la que se podría quedar mirando sin más. Toda la vida.
Pero
no se enteraba de nada.
Lo
siguió escalera arriba, detrás de sus estrechos hombros ceñidos por la chaqueta
azul y las piernas finas y largas en los arrugados pantalones de franela. Él
caminaba con rapidez, y cada vez que se volvía para subir el siguiente tramo de
escalera se fijaba en lo pálida que tenía la cara. Y en la rapidez con que
movía los labios mientras murmuraba para sí.
Con
la respiración más acelerada de lo que le habría gustado, o de lo que habría
creído justificado, subió por escaleras aparentemente interminables cubiertas
de gruesas alfombras verdes. Dos veces estuvo a punto de perder el equilibrio
sobre los tacones altos que llevaba, mientras lo seguía tratando de controlar
su miedo. La idea de entrar en aquel apartamento le hacía sentir unas náuseas
provocadas por el tipo equivocado de excitación. No había tomado parte en el
fin de Hessen ni en la destrucción de su obra, pero no podía sino preguntarse
qué haría su presencia para defenderse contra una amenaza o una intrusión.
Al
menos Miles se encontraba fuera del edificio, esperando su señal. Le había dado
la contraseña de la puerta principal e indicaciones para encontrar el piso una
vez dentro. Si se sentía amenazada, lo llamaría al instante. Había hecho lo
posible por impedir que ella acudiera allí esa noche, pero aquella solución de
compromiso era lo
máximo
que había conseguido.
Y
entonces Seth se detuvo. Se volvió hacia ella rápidamente. Su rostro era un
manojo de nervios y tenía las manos entrelazadas con fuerza.
—Hemos
llegado —susurró con voz débil a causa de la subida o de la idea de colarse en
el apartamento.
Apryl
miró tras él la puerta con el número 16 en bronce clavado sobre la teca. Allí
era donde Hessen había vivido y trabajado. Donde había tratado de aislarse de
toda vigilancia y toda interferencia dentro de la ciudad de la que extraía su
inspiración. El lugar en el que había sufrido y donde había estado a punto de
modificar la dirección del arte moderno. Pero era también el lugar en el que
había conseguido entablar un contacto de
naturaleza extraordinaria con un mundo invisible. Y donde su propio rostro había
quedado mutilado antes de morir a manos de la familia de Apryl, que luego la
había llevado a ella hasta allí con su extraña y divagante confesión en una
serie de diarios manuscritos. Y ahora era un lugar que había que sellar por
medio de algo más que una puerta cerrada. Lo que aún permitía entrar a Hessen
tenía que ser retirado y destruido de manera más concienzuda que en 1949. Cómo
iba a hacerlo exactamente, Apryl no lo sabía, pero registrar el apartamento, se
dijo interiormente, era el comienzo.
—¿Lista?
—susurró Seth. Asintió.
—Déjame
entrar a mí primero. Tú espera aquí hasta que te llame.
—Claro
—creyó que decía, pero su voz era tan débil que probablemente se perdiera entre
el aire cálido y se esfumara alrededor de sus rodillas.
Con
todo cuidado, Seth abrió la cerradura.
En
el mismo momento en que la puerta principal se cerró tras Seth, Apryl abrió el
teléfono móvil y susurró:
—Soy
yo. Sí, sí, estoy bien. Estoy en la puerta del apartamento. Él ha entrado. Voy
a dejar el teléfono abierto y lo llevaré en la mano para que puedas oírlo
todo... Sí, lo haré... tranquilo.
Seth
levantó el pestillo y cerró la puerta detrás de él.
Las
luces del vestíbulo estaban encendidas. El pasillo se alejaba de él como un
embudo rojo de apariencia carnosa, con coágulos de sangre en el suelo, en los
espacios entre las lámparas. Y estaba en completo silencio. Todos los cuadros
estaban cubiertos de muselina como la última vez que entrara allí acompañado.
Apartó el recuerdo de su mente y cruzó el pasillo teñido de color sangre hasta
la sala de los espejos, con una vaga sensación de movimiento en el aire que lo
rodeaba, como si una energía inquieta invadiera aquellas salas, dando vueltas y
vueltas, incluso cuando él no se encontraba allí.
Las
cosas parecían tranquilas aquella noche en la sala de los espejos. Al otro lado
de la puerta no se oía ningún grito arrastrado desde el techo por una corriente
de aire lejana. Nada daba golpes, ni reptaba o arrastraba otras cosas hacia la
oscuridad. Nada. Sólo el aire inmóvil y frío en el que el mayor artista
conocido por el hombre se ocultaba detrás de sus cuadros.
Se
detuvo un instante. Contuvo las vueltas que daba su cabeza. Hizo acopio de
fuerzas para enfrentarse a lo que pudiera ver, para soportar lo que pudieran
compartir con él aquella noche y para no pensar en lo que sería de Apryl, la
dulce Apryl. Allí dentro, en aquel cuarto. Era «la última». Eso había dicho el
chico. Luego tendría que
aprender
a vivir con ello. Y si el tal Miles lo denunciaba,
¿qué?
¿Qué
podrían probar él o cualquier otro? Diría que ella lo había obligado a
mostrarle el apartamento porque estaba obsesionada con una conspiración
relacionada con un pintor muerto. Sólo tenía que conservar la sangre fría y
mantener la puerta cerrada hasta que ellos hubieran tomado lo que querían. Pero
¿luego seguiría viva, como la vieja señora Shafer? Tenía que ser así. ¿Qué iba
a hacer con una muerta? ¿Dónde estaba el muchacho? Tenía que hablar con el
muchacho antes de meter a Apryl allí.
Tragó
saliva, abrió la puerta y se asomó a la fría y oscura habitación. No había nada
salvo los suelos de madera desnuda, los marcos tapados y los espejos vacíos. Su
cuerpo se estremeció de alivio. Puede, sólo puede, que no fuese a ocurrir nada
aquella noche. Nunca se podía estar seguro, pensó, cuando se trataba con tales
criaturas.
Tanteó
en la pared interior hasta encontrar el interruptor de la luz y, al pulsarlo,
una luz débil y rojiza inundó el espacio. Algún conservador invisible había
vuelto a cubrir los cuadros, pero había dejado destapados los cuatro grandes
espejos, frente a frente por parejas, de manera que sus plateados pasillos se
reflejaban unos en otros y formaban sendos túneles que se alejaban hasta los
últimos confines de la luz y de la visión. Paso a paso, caminó hasta el centro
de la habitación, observando los espejos por si veía algún movimiento. En busca
del que quería conocer a Apryl.
Pero
sólo se vio a sí mismo.
Entonces
apretó los dientes al pensar en lo que vería aquella noche entre los bordes de
los marcos dorados, chillando, retorciéndose y desplegando los miembros. Estaba
todo preparado. ¿Los destaparía? ¿Expulsarían a las criaturas para que todo
volviera a empezar una vez más?
Era
hora de ir a buscar a su invitada.
Pero
al volverse hacia la puerta, un movimiento repentino y veloz atrajo sus ojos
hacia el espejo de la derecha, sobre la chimenea vacía. Y cuando miró en
aquella dirección, lo único que vio en el espejo fue un reflejo de su propio
semblante pálido.
No
había sido nada. Sólo su imaginación.
Entonces,
en la periferia de su campo de visión, a la izquierda, volvió a detectar un
movimiento rápido pero lejano dentro de otro espejo. Se volvió rápidamente
hacia él. Y no vio nada, salvo el reflejo de sus ojos negros devolviéndole la
mirada.
Le
sorprendió que los cuatro espejos estuvieran conectados en un lado de cada
reflejo. Como si los cuatro, al mirarse, ofrecieran un medio de paso a lo que
quiera que contuviesen. Antes de ser utilizados como salida por todo lo que
fuese arrastrado hasta su interior.
Anticipándose
a un movimiento circular, se volvió al instante hacia el siguiente espejo, en
el extremo de la sala rectangular. Y allí vio que un rostro pálido cruzaba por
el fondo de la superficie plateada, a medio camino del túnel de los reflejos,
pero esta vez más cerca de la superficie
del
espejo. Esta vez fue una mancha roja, un momentáneo florecimiento de color
escarlata cerca de la base del espejo, como si una cara coloreada sobre un
cuerpo encorvado estuviera mirando hacia dentro, hacia la habitación donde se
encontraba él solo en aquel momento.
Tenía
demasiado miedo como para volverse y ver lo que se había acercado a la
superficie en el siguiente espejo, el que tenía detrás. Una inesperada estática
le había erizado los pelos de la nuca.
Movió
los ojos hacia abajo y hacia la derecha, pero fue incapaz de volverse del todo.
En su lugar, se quedó mirando el suelo de madera a sus pies. Y escuchó.
Las
luces emitían un pequeño zumbido. No había otro sonido. O puede que sí. En la
lejanía. Quizá fuese el tráfico lejano del mundo del exterior, más allá de las
cortinas, las ventanas y las paredes. O el rumor de una tormenta que, al
aproximarse a Barrington House, arrastrara sus inicios sobre los tejados y los
desfiladeros de piedra de las calles y los callejones.
No.
No era un movimiento hacia adelante, sino hacia abajo, y desde una distancia
enorme que, sin embargo, menguaba a cada segundo que pasaba.
Un
momento de mareante pánico invadió cada molécula de su ser, y entonces, de
repente, logró escapar de las garras de la parálisis que lo aturdía y correr
hacia la puerta. Pero el muchacho encapuchado se encontraba frente a él, en el
umbral. Con las manos en los bolsillos y el rostro escondido en el interior en
sombras de la capucha.
—Vienen
a por esa guarra, Seth —dijo—. Quieren
enseñarle
el otro lado. La vieja zorra de su tía se les escapó, pero no se van a quedar
sin ésta, colega. De eso puedes estar seguro.
La
enormidad de lo que estaba sugiriendo aquel delincuente lo dejó sin aliento.
Negó con la cabeza. Su sonrisa nerviosa lo hacía sentir idiota.
—No.
No lo haré.
Dio
otro paso hacia el muchacho.
La
capucha se movió de un lado a otro.
—De
eso nada. La vas a traer aquí a toda leche. No permanece abierto mucho tiempo.
Ya te lo dije. Tienes que darte prisa. Mete aquí a esa guarra y cierra la puta
puerta. Ya sabes cómo se hace, colega. Se te da bien. No empieces a ablandarte
ahora. Sólo te está utilizando, tío. Piensa que eres un capullo chiflado. Está
tratando de jodernos el negocio. Así que tiene que desaparecer. Lo de esta
noche va a ser especial, Seth. Va a pasar al otro lado. Allí abajo, con nuestro
amigo.
—Pero
¿qué hago con el cuerpo? A ella no puedo dejarla en una cama y largarme sin
más. Hay un tío que sabe que está aquí.
El
muchacho cerró la puerta de la sala de los espejos dejándolos a los dos allí
dentro. Levantó la mirada.
—No
habrá ningún cuerpo, colega. Ya te lo he dicho. No va a quedar ni rastro de esa
guarra cuando el jefe termine con ella. La tía va a pasar al otro lado, como
él, hace muchos años. No va a quedar absolutamente nada, joder.
—Pero...
—¡Ya
viene! Va a empezar, tío. —La voz rezumaba tanta dicha infantil que parecía
cargada de tensión. Los pequeños brazos salieron de los bolsillos y una fila de
dedos, fundidos todos en una única masa, apareció por un momento a la luz.
Sobre
ellos las luces parpadearon. Luego, de repente, se ensombrecieron. Fue como si
una nube pasara por delante del sol. El cuarto se cubrió de sombras. Y entonces
llegó una voz desde el exterior de la habitación, pero demasiado lejana como
para formar parte de aquel lugar. Una voz que lo llamaba por su nombre:
—¿Seth?
¿Seth? Me estás asustando de verdad.
¿Dónde
estás? Era Apryl.
—¡Apryl,
no! —gritó—. No entres. ¡Quieta!
—¡Cierra
la bocaza! —chilló el crío, y a continuación alzó los pequeños brazos como si
pretendiera entablar una pelea con él.
En
ese momento, la temperatura descendió bruscamente hasta que Seth se
sintió como si tuviera los huesos llenos de finos carámbanos. Lo que quedaba de
la habitación, las paredes, el suelo y el rodapié, el muchacho encapuchado y la
misma sustancia de lo sólido y lo visible, se fundió en la oscuridad tan de
prisa que dejó de ver hasta el suelo de madera bajo sus pies.
El
instinto le suplicaba que huyera. Que corriera en dirección a la puerta y
abandonara el edificio seguido por Apryl. Pero sabía que no tenía alternativa.
Había sentido tal impotencia desde su llegada a la ciudad que la voluntad ya
no
era un recurso que pudiera emplear. ¿Lo había sido alguna vez?
Y de
todos modos, el encuentro era inevitable. La presencia que se había colado en
sus sueños y lo había vigilado desde lejos, la que le había permitido abrir los
ojos al mundo, acabaría por presentarse más tarde o más temprano. Siempre lo
había sospechado.
Dio
dos pasos titubeantes hacia donde su memoria le decía que se encontraba la
puerta, con todos los músculos del cuerpo temblorosos por el frío glacial y la
repentina aparición de los gritos que descendían desde lo alto, dando vueltas,
impotentes, arrastrados de un lado a otro por frías turbulencias.
A su
espalda, algo exhaló un suspiro. Llenó la fría sala con un chirrido que parecía
salido de unos pulmones más grandes que los que habría podido albergar un
cuerpo humano. El sonido se prolongó formando una dilatada espiración y se
dispersó como un gas lleno de escarcha por todos los rincones del cuarto. Se
arrastró por el suelo para tragarse los últimos vestigios visibles a los ojos
de Seth.
Su
compañero encapuchado no estaba por ninguna parte. No había ni rastro de él. Ni
de calor o evidencia alguna de que el mundo existiera o hubiera existido alguna
vez.
Y
entonces llegaron todos los demás. Desde arriba, en una multitud de gritos y
alaridos distantes. Precipitándose tan rápidamente hacia él que sintió deseos
de desplomarse de terror para no poder verlos.
Dio
varios pasos temblorosos sobre unas piernas que apenas alcanzaba a sentir y
tuvo la certeza de que se le pararía el corazón y la sangre se le helaría y
luego estallaría en mil pedazos si algo llegaba a tocarlo allí dentro, en la
oscuridad.
Tras
él, muy cerca ya, en competición con el torbellino que caía sobre él y que no
se atrevía a mirar por miedo a ver cómo descendía, oyó el ruido de unos pasos
sobre un suelo duro.
El
tono del suspiro continuado que inundaba el lugar a bocanadas se alzó con una
nota de expectación. O de excitación. Bajo aquel manto de temor fue incapaz de
discernirlo. No podía pensar con claridad. Ya no sabía casi nada: ni en qué
dirección estaba mirando, ni si sus pies seguían tocando el suelo, ni si su
cuerpo estaba cayendo, cayendo y cayendo hacia el lugar en el que tendría que
haber estado el suelo. Ni por qué en un lugar en el que no había norte ni sur,
cielo ni tierra, seguía llegando tan lejos con la mirada. Puede que sólo
distinguiese unos centímetros más allá de su nariz, pero podía vislumbrar algo
rojizo que se movía cuando él parpadeaba y trataba de enfocar la mirada. Y que
sólo se hacía nítido durante una fracción de segundo, momento en el que creía
entrever lo que parecía ser una tela teñida de rojo sobre una cabeza de pequeño
tamaño, con unas facciones marcadas que presionaban contra el ajustado tejido
escarlata. Y cómo brotaba el suspiro de lo que podría haber sido una boca
abierta.
Se
tapó los ojos al sentir que el frío le quemaba la
carne
de la cara.
Seth
llevaba dentro cinco minutos. Y ella había permanecido allí, nerviosa, junto a
la puerta del apartamento dieciséis,
dando vueltas a un mechero en el interior de uno de los bolsillos de su abrigo
mientras trataba de oír algo en el interior del piso.
En
una ocasión le pareció oír que se acercaba a la puerta a paso vivo, como si
estuviera corriendo hacia ella. Pero ésta no se abrió. Y los pasos sonaban
diminutos, como los de un niño.
Cuando
alzó la voz y lo llamó «¿Seth? ¿Seth?», los pasos se detuvieron y su recuerdo
sobre ellos se volvió vago de repente, lo que la llevó a pensar que procedían
de otra parte del edificio, de otro piso, de otro apartamento. Puede que fuese
así.
Y
entonces le pareció oír que se cerraba una puerta en el interior del
apartamento. Lejos, detrás de la mampostería y la madera. Claro que también
aquel ruido podía haberse originado en otra parte del edificio. Era difícil de
decir.
Pero
no podía quedarse fuera mucho más tiempo.
¿Qué
estaba haciendo allí, de todos modos? Se preguntó si Miles tendría razón. Si
aquello sería una trampa, una emboscada. No podía seguir así mucho más tiempo.
Sacó las manos de los bolsillos.
—Hola.
Soy yo.
—Apryl.
¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué
está pasando?
—Ni
idea.
—¿Has
entrado?
—No,
sigo esperando fuera. Lleva una eternidad ahí dentro. No sé qué está haciendo.
Me ha dicho que esperara aquí. ¿Lo espero toda la noche?
—Esto
no me gusta. Voy a subir.
—No.
No lo hagas. Lo estropearás todo. Se lo he prometido.
—Podría
ser una trampa.
—No.
Ya te lo he dicho... Creo que es inofensivo. —Lo dijo para tranquilizar a
Miles, pero no estaba segura de seguir creyéndolo ella misma.
—¡Crees
que es inofensivo! Por Dios, Apryl.
—No
sé por qué está tardando tanto. Así que voy a entrar. No ha cerrado con llave.
Sólo quería decirte que voy a dejar la línea abierta. Por si acaso.
—Apryl,
no entres. No quiero que lo hagas. Es un error. Estás cometiendo un
allanamiento de morada. No me gusta cómo se está poniendo todo esto.
—No
me pasará nada. Confía en mí. Tú limítate a escuchar. Por si acaso. No me
quedaré mucho rato. Sólo quiero ver qué hay ahí dentro. Nos veremos en unos
minutos.
—Me
estoy hartando de esto. Es una locura. ¿No te sientes ridícula?
Apryl
empujó la puerta principal.
Los
goznes chirriaron al abrirse hacia dentro la pesada puerta. Al otro lado había
un pasillo a oscuras. La luz del descansillo le permitía vislumbrar a duras
penas el extremo de un lúgubre ático en estado de abandono.
—Seth
—susurró en dirección a la penumbra—. Seth.
Seth.
Dio
un paso hacia el interior y buscó el interruptor de la luz. Y se encontró con
un antiquísimo trasto de cerámica que se parecía a la mantequera de su abuela,
sólo que del revés. Lo accionó, y sonó un chasquido hueco que no recibió
respuesta de los elaborados apliques de las paredes.
Guiada
tan sólo por la luz procedente del descansillo, siguió adentrándose en el
desierto corredor, acompañada por los crujidos del parqué bajo sus pies.
—Seth
—dijo de nuevo, esta vez en un tono más alto
—,
Seth. ¿Dónde estás?
Al
pasar junto a otros dos interruptores, los accionó también sin ningún éxito. No
funcionaban.
Se
estaba quedando sin luz. La oscuridad del apartamento se tragaba el brillo
amarillento del descansillo antes de que pudiera propagarse desde la entrada. Y
entonces, de repente, todo se volvió negro a su alrededor.
Volvió
la cabeza hacia atrás y vio que la puerta principal se había cerrado
silenciosamente hasta la mitad, como empujada por su propio peso en dirección
al marco. Retrocedió, temiendo que sus
tacones hicieran demasiado ruido sobre el suelo de madera, abrió la puerta
y la
bloqueó con su espejito de mano. Luego volvió a encaminarse al pasillo.
Esta
vez se fijó mejor en las puertas por las que estaba pasando. Suponía que las
más pequeñas, pintadas de blanco, pertenecían a armarios. Las otras debían de
dar a habitaciones, como en el piso de Lillian.
—Seth
—dijo. Una nota de autoridad, mezclada con irritación, tornó penetrante la
palabra en medio del silencio.
Apryl
sacó el mechero, lo encendió y lo levantó para tratar de ver mejor.
Un
papel decididamente feo cubría las paredes. El paso del tiempo lo había teñido
de marrón y tenía una textura granulosa bajo los dedos de Apryl. Las paredes
estaban desiertas, como en el resto de los apartamentos que había visto. No
había ni rastro de los cuadros que Seth había prometido mostrarle, ni tampoco
de él, por cierto.
—¿Seth?
¿Seth? Me estás asustando. ¿Dónde estás?
Tras
avanzar unos pasos más, se quedó prácticamente sin otra luz que un tenue
vestigio de la que entraba por el pasillo y el pálido parpadeo de su mechero.
La brillante pero escasa llama de éste se dispersaba en la fría y densa
atmósfera sin llegar a penetrar en las sombras más allá de un pequeño radio.
Pero alcanzó a revelar una puerta cerrada a mano izquierda del pasillo. En el
piso de su tía abuela correspondía al salón. Y en su interior le pareció oír
una voz lejana.
—¿Seth?
¿Eres tú?
Como
desde muy lejos, la voz de él respondió:
—¡Apryl,
no! No entres. ¡Quieta!
Una
corriente escapó por la ranura que quedaba entre la puerta y el suelo y sopló
fría sobre sus manos. La llama del mechero parpadeó un momento, teñida de azul,
y luego empequeñeció sobre la rosca del mechero antes de apagarse. Aunque
pareciera imposible, era como si la voz de Seth hubiera llegado hasta ella
desde muy lejos. Permaneció inmóvil, con todo el cuerpo tenso, sintiendo un
hormigueo en la base de la columna vertebral. Escuchó.
Alguien
estaba hablando de nuevo dentro de aquella habitación. Sí, se oía una voz. No,
varias voces. ¿Sería un televisor? ¿Una radio? Se acercó a la puerta y pegó la
oreja a la madera. El sonido parecía lejano, como si estuviera andando junto al
estadio de los Yankees en hora de partido. Debía provenir de más allá del
edificio.
A su
mente afloró de repente todo lo que la señora Roth y el señor Shafer le habían
contado sobre los ruidos que oían dentro de aquel apartamento. Se llevó el
móvil al oído y se apartó de la puerta.
—¿Miles?
—Sí,
aquí estoy. ¿Qué pasa?
—No
sé. Aquí dentro no hay luz. No veo gran cosa. Pero oigo algo. Aunque no sé si
viene de fuera. ¿Tú oyes algo desde ahí abajo?
—¿Cómo
qué?
—Como
una multitud.
—¿Qué
quieres decir?
—¿Hace
viento fuera?
—¿Qué?
—Viento.
Que si hace viento fuera.
—No.
Hace un frío de mil demonios y hay mucha humedad, pero no sopla nada de viento.
¿De qué estás hablando?
—Estoy
oyendo algo. —Desde luego que lo oía. O estaba aumentando de intensidad o su
oído mejoraba por momentos. Era como una tormenta. O algo realmente ruidoso y
lejano pero que no captaba con toda nitidez. Desde debajo de la puerta, el aire
frío aumentó su fuerza e hizo que se apartara otro paso.
—¿Apryl?
¿Apryl? —oyó que decía la vocecilla de Miles desde el teléfono.
—¿Seth?
¿Qué estás haciendo? —preguntó ante la puerta al tiempo que volvía a levantar
el mechero delante de su cara. Intentó encenderlo, pero la corriente de aire lo
hacía imposible.
—Aquí
abajo —dijo una voz desde el interior de la habitación, al otro lado de la
puerta. ¿Era Seth?
—¿Cómo?
—Rápida, desesperadamente, sus dedos hicieron girar la ruedecilla de metal del
mechero. Levantó el teléfono—. Me parece que oigo a alguien dentro de la
habitación.
—Apryl,
me estás preocupando. ¿Qué demonios está pasando ahí?
Apryl
levantó el mechero. Éste soltó una chispa y se apagó. Entonces, al siguiente
intento, se encendió. Dio un paso titubeante hasta el umbral mismo del cuarto,
con la llama delante de la cara. Aturdida por los furiosos latidos
de
su propio corazón, entornó los párpados por encima del mechero y decidió echar
un vistazo al interior de la habitación para averiguar qué estaba haciendo
Seth. Tenía que ser él. Con alguien más. ¿O estaría hablando solo? Acercó la
mano al picaporte.
Y la
puerta se abrió sola.
Alguien
la había abierto desde el otro lado. Apryl aspiró profundamente. La llamita del
mechero se apagó al instante, engullida por la oscuridad y el frío que salieron
de pronto de aquel cuarto con un rugido atronador, como si una presión tremenda
se abriera paso desde un espacio confinado pero volátil. Sí, todo estaba vivo
allí dentro. El aire estaba vivo y tan saturado de gritos que retrocedió ante
su embestida.
La
escasa luz procedente del descansillo se apagó y todo cuanto había en su campo
de visión —el mugriento papel de las paredes, la forma imprecisa del techo, la
moldura— se esfumó. Todo desapareció. Eclipsado por algo tan denso y negro que
no dejó otra cosa que una sensación térmica.
Mientras
Seth salía huyendo de allí, de aquella eternidad, el pelo de Apryl se pegó a su
cráneo y sus párpados se entrecerraron bajo la repentina acometida de un viento
ártico. Y con él salió una ráfaga de aullidos de tal miseria y frenesí que
Apryl no pudo hacer otra cosa que sumarles su propio y prolongado grito. Pero
al menos el suyo procedía de una boca viviente.
Seth
se desplomó en el pasillo, al otro lado de la puerta, jadeando y sollozando.
Entonces levantó la mirada y vio al muchacho encapuchado unos pasos a la
izquierda. La capucha giraba con violencia para lanzar miradas alternativamente
a Seth y a la traumatizada figura de Apryl. Ella estaba apoyada en la pared,
unos pasos a su derecha, y una de sus botas, girada en un ángulo insólito, ya
no sustentaba su peso. Al otro lado del pasillo, la puerta principal seguía
abierta.
—¡Seth!
¡Seth! —La voz del delincuente brotó en un chillido del interior de la
temblorosa capucha—. Mete a esa maldita guarra ahí dentro. Métela a hostias. Si
no lo haces lo lamentarás. Se te llevará a ti en lugar de a ella. O ella o tú.
¡Haz lo que te digo, coño!
Una
aturdida Apryl miraba fijamente a Seth, incapaz de pronunciar palabra.
—Quiere
verte —dijo éste con una voz que a él mismo le pareció patética y miserable—.
Ahí dentro.
Apryl
negó con la cabeza y se volvió para echar a correr.
—¡Seth!
—chilló el muchacho, y fue tras ella—. Métela. Ahí dentro puedo ayudarte con
esa zorra. Tú sólo tienes que meterla y nosotros haremos lo demás. ¡Vamos!
Al
ponerse en pie e iniciar la persecución, Seth se dio cuenta de que estaba
llorando.
—Apryl.
Apryl. —La agarró por el cuello del abrigo y dio un tirón hacia atrás. El
cuerpo de la chica volvió hacia él con los pies en el aire antes de caer con
fuerza sobre los tablones del suelo. Levantó el rostro contorsionado para
echarse a llorar. Se había hecho daño al golpearse el coxis contra el suelo. Al
instante, Seth sintió deseos de disculparse.
—Eso
es. Eso es. Ya la tienes —chilló el muchacho entre las punteras de las botas de
Apryl, que lanzaban patadas y trataban de encontrar un punto de apoyo en los
baldosines de mármol.
—Seth.
No —suplicó ella entre los gemidos y sollozos que exhalaba a causa del dolor
que le impedía defenderse y la mantenía paralizada.
Seth
la arrastró por el suelo caminando hacia atrás con largas zancadas, agarrándola
por el cuello del abrigo. Ella trató de frenar su inexorable avance hacia la
puerta, que se estremecía con la fuerza de la tormenta desatada en su interior,
casi como impaciente y excitada, dando palmadas sobre la dura y suave
superficie del suelo. El cuello del abrigo subió por encima de su cabeza en su
intento por sacarse la chaqueta. Seth dio una vuelta a la tela del cuello en su
puño y empujó los dos hombros de la chica hacia dentro para que sus brazos no
pudieran moverse con tanta facilidad. Oía su propia respiración jadeando
violentamente.
—Lo
siento. Lo siento —repetía con voz sollozante.
El
muchacho encapuchado sacudía sus cortos brazos en el aire mientras los seguía
por el pasillo.
—Dentro.
Dentro. Dentro. Dentro. —Su voz se había transformado en un chillido.
—Oh,
Dios, no. Por favor, Seth —sollozaba ella mientras, con el bonito rostro
manchado de rojo y de sombra de ojos, volvía la cabeza a un lado para mirar la
puerta hacia la que la estaban arrastrando. El terrible aire glacial, acumulado
alrededor del umbral, le ofreció un anticipo del vacío negro e infinito que
esperaba para reclamarla.
Seth
alargó rápidamente un brazo hacia atrás y cogió el picaporte de la puerta. Los
movimientos de Apryl se hicieron frenéticos al sentir que la mano que la
agarraba por el cuello del abrigo se relajaba un poco, y casi logró ponerse en
pie. Pero él le dio una patada en una pierna y la hizo caer de costado,
sollozando, con la chaqueta enredada alrededor de la cara y el cuello. En la
práctica se había convertido en un efectivo cabestrillo que podía utilizar para
meterla allí dentro a tirones.
El
muchacho encapuchado saltaba y jadeaba con impaciencia junto a la pelea, como
una comadreja que acabara de ver una madriguera con un ratón dentro. Sus pies
comenzaron a golpetear el suelo y un extraño y agudo relincho salió del
interior de la capucha oscura mientras se preparaba para seguirla a la
oscuridad y terminar el trabajo.
La
puerta se abrió de par en par y una colosal corriente de turbulencias heladas
cayó sobre ellos, como una ola sobre la cubierta de un barco a la deriva. Justo
al otro lado de la puerta se había congregado un número
tremendo
de voces, emitidas por bocas que Seth no quería ver. Gritaban desde arriba y
aullaban desde abajo. Chillaban desde los lados y se precipitaban hacia la
puerta, como si en aquel inesperado puntito de luz se hubiera presentado la
ocasión de volver a vivir.
Empleando
todas sus fuerzas, Seth se adentró un paso en la oscuridad y el viento. Y
luego, con un segundo paso, arrastró consigo a la histérica chica.
—¡Apryl!
¡Apryl! ¡Joder! —Miles se apartó el teléfono de la oreja y echó a correr hacia
la entrada de Barrington House. Subió la escalera de tres en tres hasta la
plataforma de mármol pulido que había frente a las amplias puertas de cristal.
La inercia hizo que patinara de costado sobre sus zapatos de suela de cuero.
Era incapaz de respirar por la sorpresa y el miedo que le había provocado aquel
grito: el terror en la voz de Apryl, perdida dentro de una ventolera que hizo
que la señal, con un chirrido, se interrumpiera intermitentemente y al fin se
cortara. Alargó la mano hacia el teclado y pulsó los botones de acero
inoxidable. Uno. Nueve. Cuatro. Nueve.
En
el interior del pesado marco de bronce que mantenía unidas las dos puertas de
cristal, el mecanismo de la cerradura emitió un fuerte chasquido al abrirse.
Pasó corriendo al interior y luego continuó por el largo y enmoquetado pasillo.
Sólo al acercarse al amplio círculo del mostrador de recepción y el silencioso
invernadero, con sus sillas, sus mesitas de café, sus revistas y sus jarrones
de flores secas logró respirar de nuevo. Aspiró una enorme bocanada de aire
cálido con unos pulmones que no estaban acostumbrados al ejercicio vigoroso.
«Por
la salida de incendios», se dijo. Aquella salida de incendios. Hasta la
escalera y el ascensor. Podía oír la voz vivaz de ella, hablándole de apartamentos y
ascensores
con frases que parecían extraídas de un diálogo de película, dando vueltas en
un torbellino de pensamientos que era incapaz de detener.
Se
lanzó escalera arriba. Entonces se detuvo. Y permaneció un momento impotente,
con los miembros temblorosos, mientras su razón trataba de contener lo
suficiente el incendio de su pánico para poder decirle que el apartamento se
encontraba ocho pisos más arriba y él estaba casi rendido tras haber atravesado
corriendo la zona de recepción. Ahí estaba el ascensor, podía cogerlo. Se
encontraba en la planta baja. Sí, allí lo veía, con el espejo detrás, los
paneles de madera y todo iluminado por una luz amarillenta.
Al
entrar le temblaban las manos. Su dedo índice pulsó el botón equivocado, el del
quinto piso. Luego pulsó el nueve. El cinco permaneció iluminado. También el
nueve.
—¡Joder!
—Gritó para sí, antes de controlarse y pulsar el ocho, el piso que tenía los
números 16 y 17 esparcidos junto al botón.
¿Qué
estaría haciendo ese cabrón de Seth?
¿Atacarla?
¿O algo peor?
¿Cuánto
podía tardar aquella cosa? Le pareció que transcurría algo así como un minuto
entero mientras el ascensor, entre chasquidos y chirridos de maquinaria,
comenzaba a ascender hacia Apryl.
¿Qué
iba a hacer? Sólo ahora que había dejado de correr y de aporrear los botones y
se veía obligado a permanecer inmóvil y aguardar tenía tiempo de pensar lo
que
se esperaba de él. Se preguntó si podría incluso pelear, llegado el caso.
Simplemente, no estaba seguro. Su última pelea había sido en el colegio,
décadas atrás.
—Oh,
Dios —dijo al pensar en lo absurdos que estaban resultando los acontecimientos
de aquella noche.
¿En
qué estaba pensando Apryl? Cuando el condenado ascensor se detuvo en el quinto
piso, su nerviosismo se transformó en rabia dirigida contra ella. Sus ridículas
historias, sus alocadas especulaciones sobre asesinatos y luego aquello,
colarse en una casa de noche en compañía de un guardia de seguridad chiflado
como una especie de detective aficionada. Se maldijo a sí mismo por haberse
dejado involucrar en aquello. Nunca se había parado a considerar la posibilidad
de que tal vez estuviera tan loca como su tía.
Finalmente,
el ascensor llegó al octavo piso. Pero ahora que se encontraba tan cerca ya no
quería salir. Desde la ventanilla de observación enrejada de la puerta del
ascensor, comprobó el descansillo. No había nadie, pero la puerta principal de
uno de los apartamentos estaba abierta. Debía de ser el dieciséis.
—Joder.
—Con el máximo cuidado posible, abrió la puerta exterior y miró hacia los lados
para asegurarse de que nadie lo esperaba allí agazapado—. Apryl —susurró en un
tono muy bajo—. Apryl. —Y esperó, con la mitad del cuerpo fuera del ascensor, a
que llegara una respuesta.
No
llegó.
Salió
del ascensor, se acercó al apartamento dieciséis y, al asomarse, sólo vio un
pasillo sin iluminar,
descuidado
y vacío.
Desde
el umbral volvió a llamarla otras dos veces. Entornó lo ojos y trató de ver lo
que había al final del pasillo, pero estaba demasiado oscuro. Tendría que
entrar.
Así
que lo hizo, lentamente, incapaz de dar crédito a lo que le estaba sucediendo:
entrar sin que lo invitaran en un apartamento privado de un edificio privado.
Pero no había dado ni dos pasos dentro del apartamento cuando se agazapó, con
el cuerpo tenso, y exclamó en voz alta:
—¡Jesús!
Podía
oírlo. La multitud. La tormenta. Las voces. Todas las cosas de las que ella le
había estado hablando. Daban vueltas y vueltas al otro lado de la puerta
central de la parte izquierda del pasillo. Por la que el tío abuelo de Apryl
había arrojado a Hessen.
Dudaba
que tuviera las fuerzas necesarias para tocar siquiera el picaporte. Pero
entonces la oyó. En la lejanía, allí dentro. Llorando. En medio de aquellos
rugidos y aquel griterío excitado, como si una tribu de simios se hubiera
reunido en las ramas de los árboles por encima de un leopardo, la oyó. Con
pequeños y quebrados sollozos. Gimiendo y suplicando clemencia, como si la
estuvieran asesinando.
—¡Dios!
—Se abalanzó sobre la puerta.
Y
cayó en la nada. En la más pura ausencia.
Un
lugar en el que sólo se percibían un frío glacial y el clamor de miles de voces
que gritaban. Pero cayó sobre un suelo sólido que no podía ver, con las manos
pegadas
a
las orejas. Y al retorcer el cuerpo en busca de la chica, sintió que sus pies y
la parte baja de sus piernas colgaban por encima de un borde, cuyas
profundidades eructaban un viento aún más frío y más violento, como si hubiera
topado con un gigantesco acantilado y no tuviera otro sitio adónde ir salvo
arriba, en dirección a la eternidad.
Arrastrándose,
logró apartarse del abismo junto al que había caído, pero en ese momento una
colección de cosas parecidas a dedos, tan finas como lápices y tan duras como
huesos, lo asió por el tobillo como si fuese un inesperado asidero aparecido de
repente en una penosa escalada desde el olvido.
Se
puso trabajosamente de rodillas, con los brazos extendidos para que el viento
no lo arrastrara al precipicio que podía sentir cómo se abría a su alrededor en
medio de aquel caos negro como la pez. Tenía la camisa hinchada como un globo y
su corbata se agitaba de lado a lado como la cola de un perro.
—¡Apryl!
La
vio, agitando los brazos de un lado a otro, tratando de arañar con los dedos a
dos figuras encorvadas que había sobre ella. Una de sus botas lanzó una patada
y giró violentamente las caderas en un gesto desesperado. En las puntas de sus
tacones se veían los reflejos de la escasa luz que lograba colarse a través de
la puerta abierta por la que había caído.
Apoyado
sobre las manos y las rodillas reptó hacia allí. Y vio un niño. Aunque le
pareciera imposible, un niño con un abrigo con capucha sacudía los brazos
tratando de
alcanzar
la cara de Apryl, que se debatía de un lado a otro para esquivar los golpes.
Luego la emprendió a patadas con ella para que se moviera. Para empujarla hacia
adelante... Miles pensó en el abismo sobre el que sus propias piernas acababan
de estar suspendidas. La otra figura, capaz a duras penas de permanecer en pie
en medio del tifón, intentaba inmovilizarla agarrándola por los brazos.
Se
puso en pie y dio dos pasos, como un borracho, en dirección a ellos. Tuvo que
rodearse el tórax con los brazos en un intento desesperado por soportar los
terribles y violentos escalofríos que amenazaban con arrojar su cuerpo helado
al abismo. Pero entonces se detuvo en seco al ver lo que entraba y salía del
vacío sin luz que rodeaba a las figuras que forcejeaban.
Había
rostros sin cara y carne sin piel sobre huesos que se retorcían de manera atroz
en aquella luz mínima, y patas traseras que lanzaban coces a las demás
criaturas ciegas y de zarpas ávidas. Y frente a este tapiz en movimiento de
desfiguración y criaturas óseas de miembros convulsos, cuyas mandíbulas
parecían estar dislocadas de sus cráneos, un rostro rojizo de brazos largos y
marrones que nacían de unos hombros
imposiblemente pequeños parecía precipitarse sobre el trío enzarzado en la
pelea. Pero entonces, con una brusca sacudida, volvía hacia atrás, como si
tirara de él algún invisible arnés, alejándolo de la luz, antes de repetir el
movimiento. Pero cada vez que regresaba estaba un poco más cerca de Apryl y de
las siluetas sacudidas por el
viento
que nunca volverían si llegaban a caer allí dentro.
El
muchacho encapuchado levantó la mirada hacia Miles en el último momento, cuando
el pie de éste lo alcanzó en mitad del torso. Empujado por el viento, salió
despedido hacia atrás como una cometa en una corriente y fue tragado al
instante por los miembros móviles y tendinosos, demasiado flacos para servir de
gran cosa aparte de arañar en la oscuridad. Pero Miles había sentido la solidez
de la criatura contra la suela de su zapato, la misma solidez de un niño de
verdad. Y el saliente del que todos ellos colgaban lo había prácticamente
succionado.
Con
los sentidos cada vez más embotados y aquejado por una dificultad creciente
para respirar, Miles comprendió que el hombre de la camisa blanca, con el
rostro y los ojos cubiertos por una película de escarcha, era Seth. Y el
demente portero de noche, con las fuerzas que aún le quedaban en aquella
terrible tormenta, estaba tratando por todos los medios de arrojar a Apryl al
abismo, tirando de ella por un brazo que había logrado sujetar a la altura del
codo.
El
cuerpo de Apryl giró sobre sí mismo hasta quedar boca abajo, y tanto su cabeza
como los hombros desaparecieron tras el borde, en medio de un racimo de
criaturas temblorosas y blancas de miembros ávidos. El ser de la cabeza rojiza
volvía a estar casi encima de ellos.
Miles
saltó impulsándose con el pie que tenía más adelantado y embistió a Seth en
pleno pecho con el hombro.
Y
entonces cayó, con la mitad del cuerpo sobre la
plataforma
invisible, la única cosa que los sustentaba en medio de aquel remolino, y la
otra mitad fuera. Miles oyó el agudo grito que profirió Seth. Y con el rabillo
del ojo tuvo la certeza de ver cómo la esquelética y rojiza criatura abrazaba
la forma frenética de Seth con un movimiento espantoso que le recordó al que
hace un cangrejo para llevarse la comida a las fauces con las pinzas.
Y
entonces su cabeza se hundió por un instante en algo que primero le pareció un
montón de helechos y ramitas puntiagudas y luego una masa de carne fría. Pero
entonces empujó con todas sus fuerzas hacia atrás y se apartó del borde del
saliente.
Y
vio el cuerpo de Apryl de cintura para abajo. El resto de ella se había
perdido, como si la hubieran seccionado por la mitad, y colgaba del borde de la
plataforma. Las garras de las criaturas que arañaban desde un lugar que,
afortunadamente, sólo estaba iluminado parcialmente, estaban arrastrándola
hacia el vacío. De rodillas, lanzó un largo grito y la agarró por los tobillos.
Asió uno y luego otro con los dedos entumecidos y tiró hacia atrás, hacia la
superficie sólida que seguía sin poder ver. Donde Apryl se balanceó de lado a
lado, con las manos en la cara, ciega y contusionada por el terrible frío.
Con
sus últimas fuerzas, gritando hasta que sus cuerdas vocales amenazaron con
romperse, mantuvo agarrados los dos tobillos por las botas. Tendido de
espaldas, tiró de ellos como si estuviera remando en una balsa para sacarla de
allí. Hacia la puerta abierta y la luz.
Apryl
se movió. En el suelo, a su lado, donde estaba hecha un ovillo contra la pared,
frente a la puerta que se había cerrado violentamente cuando salieron
arrastrándose, helados y balbucientes. Al otro lado, en lo que desde fuera
aparentaba ser una habitación, los últimos murmullos del viento y los terribles
gritos de los condenados finalmente quedaron en silencio.
Entonces
Apryl volvió a moverse y emitió un gemido. Miles se arrastró hasta ella, que
yacía encogida dentro de su abrigo en la penumbra.
—Apryl.
Apryl. Apryl —musitó, dirigiéndose a ambos en realidad, para introducir algo
real y familiar en aquel lugar siniestro—. Soy yo. Estoy aquí, cariño. —Alargó
una mano hacia donde creía que debía de estar su brazo, pero ella retrocedió
rápidamente hacia la pared ocultando todos los miembros bajo el abrigo, sin
dejar de ocultar la cara mientras seguía profiriendo aquellos pequeños
sollozos.
—Me
duele —dijo en medio del llanto.
—Apryl,
soy yo, Miles. No pasa nada, cariño. Estoy aquí.
Pero
ella, en lugar de responder, permaneció inmóvil junto a la pared, tiritando
bajo el abrigo.
Miles
miró a su alrededor en la oscuridad para asegurarse de que todas las puertas
estaban cerradas. En algún lugar de su interior prendió y luego se propagó una
chispa roja de rabia. Se puso de rodillas.
—La
policía está de camino —dijo, respondido por el eco de su voz en el
apartamento—. ¿Los oyes?
Apryl
comenzó a llorar con voz débil y a columpiarse
adelante
y atrás, como si le doliera mucho. Al
acostumbrarse a la oscuridad, Miles vio que se agarraba el cuerpo con fuerza y
que tenía la cabeza gacha. Estaba realmente mal. Tenía que sacarla de allí de
inmediato.
Dejó
que la levantara sin oponer resistencia. Se puso en pie como si estuviese
acostumbrada a que la llevaran de un lado a otro. Pero Miles no le separó los
brazos del torso y ella mantuvo el cuerpo inclinado y la cabeza orientada hacia
el suelo hasta que estuvieron fuera del apartamento, bajo la luz amarilla de
delante de las puertas del ascensor, donde, con toda la suavidad que le fue
posible, dijo:
—Enséñamelo,
Apryl. Enséñame dónde te duele. — Sólo entonces le mostró ella las heridas.
Vio
la carne ennegrecida de sus muñecas y por todas las manos, como si se las
hubiera lastimado al tratar de quitarse algo. Sus preciosas manos blancas
estaban negras con algo que emitía un brillo apagado, como el cuero endurecido
o el tejido congelado. Y le faltaban algunos dedos.
Sus
finos brazos temblaron cuando por fin levantó la cara y le mostró su hermoso
rostro, pálido y cubierto de lágrimas en algunas zonas, y con el pelo arrancado
a un lado de la cabeza.
La
apretó contra su pecho y tragó saliva. Cerró los párpados con fuerza para
expulsar de su mente la última visión de la criatura que los había seguido
justo hasta el umbral de la puerta. Algo que se movía a cuatro patas y había
tratado de agarrar a Apryl en la misma entrada.
Hasta
que ella le había dado una patada. Le había clavado los tacones con todas las
fuerzas que le quedaban a su mente y a su cuerpo. Lo había pisoteado como si
fuese un montón de leña. Y Miles se dio cuenta de que lo que había visto
esfumarse allí, mientras lo absorbía el borboteo de aquel vacío, era todo lo
que quedaba de Félix Hessen. Había estado lo bastante cerca del pintor como
para verlo una vez más, y quizá durante todas las noches hasta el fin de sus
días, cuando tendió hacia la muchacha unos brazos tan largos y tan finos que no
podían ser más que hueso.
Stephen
paseaba por el abarrotado salón. Las perneras de sus pantalones rozaban los
dedos inertes de los pies de Janet, que sobresalían por debajo de la manta de
cuadros que le cubría el regazo.
—Y
ahora no hay ni rastro de Seth. Supongo que se lo habrán llevado consigo.
Increíble, ¿no? Que puedan pasar cosas como ésa... He comprobado todas las
cintas esta mañana antes de borrarlas, y lo he hecho a fondo. No salió del
edificio. Se le ve yendo de la recepción al ascensor en la cámara tres, con esa
chica, Apryl, y luego nada. Piénsalo, querida. No ha bajado desde entonces.
»Pero
tampoco está en el dieciséis. Lo he revisado de arriba abajo. Está vacío. Lo
que entró por allí ha vuelto a desaparecer. Se llevó lo que quería y se ha
esfumado sin dejar ni rastro. La policía busca a Seth. Pero les va a costar
mucho encontrarlo. —Se echó a reír, pero no había ninguna alegría en el sonido
que brotó de su interior.
Se
sentó en el sofá, cuyo desgastado tejido había quedado brillante tras diez años
de roce con sus nalgas.
—La
chica se marchó en una ambulancia. Tenías que haber visto cómo estaba. —Tomó un
trago de la botella de whisky que empuñaba su enorme mano e hizo una mueca al
sentir el ardor del licor en la garganta, antes de señalar con ella a su
silenciosa e inmóvil esposa, que se limitaba a observarlo con ojos inquietos—.
Parece que las cosas no
han
salido como estaba planeado, querida. Lo supe en el momento en que su novio, o
quienquiera que sea ese tío, me despertó en plena noche. No, cariño, yo diría
que un par de cosas no salieron como estaba previsto anoche.
En
ese momento se disponía a preguntarle a su silenciosa esposa si podía oler
aquello... aquel tufo terrible a algo quemado y podrido a la vez. Pero se
detuvo al ver la pequeña figura que aparecía justo al otro lado del radio de la
luz de la lámpara, en el minúsculo vestíbulo que había junto a la puerta
principal.
Se
quedó allí, sin amenazar con entrar del todo en el salón, cosa por la que los
dos se sintieron agradecidos. Por el hedor que precedió a su aparición, su
cabeza debía de estar echando humo todavía, pensó el jefe de porteros.
Stephen
se levantó y tragó saliva. Janet comenzó a proferir un sonido frenético que
parecía nacer detrás de su esternón. Empezó a columpiarse adelante y atrás en
la silla de ruedas aparcada junto a la ventana, usando los pocos músculos de su
abdomen que aún funcionaban después de los tres ataques consecutivos que habían
paralizado el noventa por ciento de su sistema nervioso la noche que se
introdujo en el apartamento dieciséis y se encontró con su hijo muerto por
primera vez.
—Dios.
—Stephen se apartó un paso de la sonriente aparición—. Dios mío.
—Ya
te gustaría —dijo la cabeza ennegrecida.
Ya
no había capucha alrededor de su cabeza. Parecía que se la hubieran arrancado.
Al igual que una manga junto con el brazo que contenía. A la altura de la
articulación
brillaba
algo oscuro. El resto de la trenca estaba ennegrecido y cubierto de manchas
alargadas y desagradables, como si unas manos húmedas hubieran pasado las
palmas a lo largo de la tela al tratar de agarrarse a ella. Pero lo peor, lo
que hizo que Stephen gimiera en voz alta y dejara caer la botella de whisky,
fue la cabeza de la que salía la voz.
El
blanco de los ojos y de los relucientes dientecillos de su sonrisa dolorida
acentuaban aún más la alquitranada ruina de la carne por el contraste.
—Traigo
noticias.
—No
las queremos. Ya no. No queremos nada de ti.
—Stephen
tragó saliva y trató por todos los medios de apartar los ojos de la masa
tambaleante que había en el umbral—. Se acabó. Se ha terminado, ¿me oyes? He
hecho lo que me pedisteis.
—De
eso nada. Las cosas han cambiado.
—Para
mí no. Teníamos un trato.
—Pues
se ha ido a la mierda. Salvo que puedas traer otra vez a esa guarra aquí y
meterla en ese cuarto con las criaturas, no vas a ir a ninguna parte. Pero no
creo que quiera volver a ver ese sitio, ¿verdad?
Stephen
negó con la cabeza lentamente mientras el impacto de las palabras de su hijo
muerto iba haciendo efecto.
—No
te pasará nada. Nadie sabe que estás en el ajo. Pero alguien tiene que mantener
los símbolos de las paredes. Y debajo de los tablones. Si no eres tú, ¿quién
nos va a hacer ese favor?
—No.
Ya no. Tenéis a Seth. Teníamos un trato. El cráneo ennegrecido y carbonizado
sonrió.
—Será
mejor olvidarse de Seth. Sólo nos quedas tú.
Stephen
cayó de rodillas con las manos unidas en una súplica.
—Dile
a él... Dile a esa cosa... que se acabó.
—Ve
y díselo tú mismo. En la oscuridad. Donde yo acabo de estar. —El muchacho miró
el lugar que antes ocupaba su brazo y luego, mientras recorría con la mirada el
manchado abrigo, soltó una risilla—. No vas a ir a ninguna parte, papi. Te vas
a quedar aquí a cuidar de mamá. Como una familia feliz.
—Dios.
Dios, joder, coño —maldijo Archie mirando las paredes—. Es que no me
acostumbro.
A su
espalda, Quin no dijo nada. Se limitó a parpadear un par de veces como si
estuviera mirando al sol.
—¿Tú
qué crees que es? —preguntó Archie con las manos en las caderas, al pie de la
deshecha cama de la habitación abandonada.
Quin
no pudo o no quiso responder. Hacía cuatro semanas que no se pagaba el alquiler
de la habitación y que nadie recordaba haber visto a Seth entrar o salir del
edificio o usar la cocina. Que es precisamente lo que le había dicho a la
policía cuando vino a buscarlo.
Tendría
que haberse tomado más interés en Seth, pero no le gustaba espiar. Todo el que
acababa viviendo en el Green Man tenía sus razones. Razones personales. Quienes
pasaban por allí no solían hacerlo por decisión propia. Y Seth siempre se había
portado como un buen inquilino. Pagaba a tiempo y no molestaba a nadie. Así que
no le había importado que se retrasara un poco con el alquiler. Pero cuatro
semanas ya era demasiado, y tampoco quería que la pasma anduviera metiendo las
narices por el pub.
No
había nadie en la habitación un mes antes, cuando les abrió la puerta, ni lo
hubo en ningún otro momento
desde
entonces, cuando probó a llamar o asomó un momento por la puerta. No era la
primera vez que pasaba: la gente vivía allí, a veces durante años, y luego se
esfumaban sin dejar ni rastro. El trastero estaba lleno de cosas dejadas por
inquilinos anteriores. En el Green Man no se llevaba un archivo ni se hacían
preguntas. Ése era precisamente su atractivo. Mientras pagaras tus setenta
libras a la semana y no molestaras a nadie, era como si no tuvieras casero.
Pero
ahora que lo pensaba, ¿no había dicho Seth que era pintor? Una vez, hacía mucho
tiempo. Quizá sí. No se acordaba. Allí había estado pintando algo, desde luego.
En las paredes. Incluso en el techo.
—¿Qué
hago con esto? —preguntó Archie mientras señalaba la ropa amontonada de la
esquina, las pinturas resecas, los pinceles tiesos, los dibujos esparcidos
sobre las sábanas polvorientas, el cenicero lleno a rebosar de colillas y la
mochila que había detrás de la nevera—,
¿Quin?
—¿Qué?
—Que
qué hago con esto, digo.
Quin
apartó los ojos de las tonalidades rojizas de la parte alta de la chimenea. Era
como estar contemplando una autopsia.
—Meterlo
en el trastero. Por si vuelve a buscarlo.
Archie
asintió y luego miró la pared opuesta a la puerta.
—Ese
desgraciado estaba chalado. No creo que volvamos a verlo.
Quin
miró el perfil de la cara de Archie, esperando que se explicara mejor o que al
menos, al volverse, intercambiaran una mirada de entendimiento mutuo. Pero
entonces se dio cuenta de que en realidad no sabía lo que quería. No sabía lo
que había en aquellas paredes ni lo que aparecía en su cabeza al mirarlas. Las
imágenes lo hacían sentir incómodo y un poco enfermo al mismo tiempo, como si
de pronto estuviera muerto de preocupación. Y sin embargo, tampoco sabía muy
bien qué era lo que estaba viendo.
Archie
movió la cabeza con incredulidad.
—¿Qué
es eso, una cara o algo así? O un perro.
Parece
que tiene dientes.
Hablaba
para aliviar un poco la sensación que lo había embargado al encender las luces
y abrir las finas cortinas. Tendrían que haberse enfadado por lo que les había
hecho a las paredes. O haberse reído por lo absurdo que era. O incluso
admirarse por la habilidad que había demostrado al retratar aquello de un modo
que afectaba tanto al espectador. Era algo que dejaba sin aliento, no se podía
negar. Pero Quin no podía sentir gran cosa en ese momento, aparte de una
profunda incomodidad para la que no tenía palabras y un deseo de cerrar los
ojos con fuerza. No quería ver más.
—Deja
las sábanas donde están y pinta las paredes hoy mismo. Vas a tener que poner
dos capas de pintura blanca.
—Tendré
que usar un rodillo.
—Me
da igual lo que tengas que usar, pero líbrate de
esto.
Quiero el lugar disponible el viernes. Al primo de Kenny lo ha dejado la
parienta y está buscando un sitio. Que se venga.
Archie
asintió sin apartar la mirada de las paredes.
Quin
salió del cuarto.
—Dios
—dijo Archie por lo bajo, y negó con la cabeza una última vez antes de quitarse
las gafas. Pintaría el cuarto sin ellas. Al menos así no tendría que mirar muy
de cerca aquellas cosas que trepaban por las paredes y reptaban por el techo.
Pero incluso una vez que las hubiera tapado, se preguntó si llegaría a
olvidarlas algún día.
Las
siguientes obras me sirvieron como inspiración para el diseño interior de
Apartamento 16 y de la vida de Félix Hessen: Wyndham Lewis de Richard
Humphries; The Bone beneath the Pnlp: Drawings by Wyndham Lewis editado por
Jacky Klein; Francis Bacon and the Loss of Self Ernst van Alphen; Francis
Bacon: Taking Reality by Surprise de Christophe Domino; Interviews with Francis
Bacon de David Sylvester; Grosz de Ivo Kranzfelder; Diana Mosley de Anne de
Courcy; The Occult Roots of Nazism, de Nicholas Goodrick— Clarke.
Quisiera
enviar un agradecimiento especial a Julie Crisp por su fe, por su cuidadosa
lectura del manuscrito y por sus notas, y a mi agente John Jarrold por
conseguirme la oportunidad de subir un peldaño. También quisiera expresar mi
gratitud y afecto hacia Ramsey Campbell y Peter Crowther, de PS Publishing, por
franquearme las puertas del mundo editorial.
En
cuanto a mis lectores, Anne Parry, James Marriott y Clive Nevill, una vez más
he contraído una deuda al explotar vuestro precioso tiempo y vuestras dotes
como críticos. Gracias.
Y
por último, un agradecimiento muy especial para los majestuosos y antiguos
edificios de apartamentos de Knightsbridge, Mavfair y Marylebone, gracias a los
cuales
financié
mis «cursos de escritura a la vieja usanza» entre 2000 y 2004. Creí que nunca
escaparía de allí.
Este
archivo fue creado con BookDesigner
bookdesigner@the-ebook.org
28 de octubre de 2011


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