© Libro N° 6082. Amante En Dublín. Green, Abby. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título original: © The Brazilian’s Blackmail Bargain
Versión Original: © Amante En Dublín. Abby Green
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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AMANTE EN DUBLÍN
Abby Green
Argumento:
El
empresario Caleb Cameron creía haber descubierto los planes de Maggie Holland
de arruinarlo seduciéndolo para que apartara su mente de sus millonarios
negocios.
La
realidad era que Maggie estaba siendo manipulada por su cruel padrastro. Ella
se había enamorado de Caleb… pero él le había dicho que no quería volver a
verla.
Ahora
que su padrastro había muerto, dejando arruinadas a Maggie y a su madre, Caleb
era el único propietario de todos sus bienes. Como paso final de su venganza,
iba a hacerle una proposición a Maggie que no podría rechazar: si no quería
perder su hermosa casa familiar… ¡tendría que ser su amante mientras él
estuviera en Dublín!
Prólogo
Londres,
noviembre
Maggie
Holland se quedó de pie justo al otro lado de la puerta giratoria. La oscuridad
de la tarde de noviembre resaltaba el brillo de la luces del lujoso hotel
londinense. Tenía el corazón en un puño, le temblaban las piernas y las manos,
sudorosas, lo mismo que la espalda. Le dolía la cabeza justo en los puntos
donde las horquillas sujetaban la masa de rizos. Con una mano visiblemente
temblorosa, empujó la puerta pero no fue capaz de entrar dentro de su giro. El
frío viento le gol-peó las piernas desnudas pero no pudo sacarla del estupor en
que se encontraba.
Una
pareja salió de un taxi justo detrás de ella y en un frenesí de porteros,
equipajes y alemán en medio de la helada brisa, supo que tenía que entrar al
recibidor que estaba justo detrás del cristal o apartarse y dejar pasar.
La
realidad la sacó de su estupor. Respiró y se movió lo justo para poder entrar
en la puerta giratoria y llegar hasta el interior.
Lo
vio en cuanto estuvo dentro. Estaba de pie mirando en otra dirección, hablando
con alguien, así que no pudo apreciar su llegada, lo que ella agradeció. Una
oportunidad, aunque ínfima, de controlar sus nervios. Y una ocasión para
observarlo un momento.
Estaba
de pie con las manos en los bolsillos, haciendo que la tela de sus pantalones
sastre se ciñera a su parte trasera mostrando un físico más propio de un atleta
que de un magnate multimillonario. Un magnate que tenía la terrible reputación
de ser uno de los más poderosos e innovadores en Europa.
Caleb
Cameron había empezado a existir para ella sólo dos semanas antes cuando lo
había conocido en casa de su padrastro. Había sido uno de los escogidos
magnates que se habían reunido con el marido de su madre en las últimas dos
semanas. Y al haber estado ella allí para echar una mano a su madre atendiendo
a los invitados, los sueños de Maggie se habían llenado rápidamente con aquel
hombre tan dinámico. Todavía no podía creer que estuviera interesado en ella,
aunque la prueba era que tenían una cita. Una cita en la que había un fin
oculto.
Maggie
tragó con dificultad. No podía escapar a lo que tenía que hacer. Lo sabía con
terrible fatalidad. Pero... ¿podría él descubrirlo en un segundo? Casi tuvo la
esperanza de que sí. Era un hombre muy inteligente. Quería darse la vuelta y
salir por la puerta, pero no podía. Si lo hacía las consecuencias afectarían a
su ser más querido. No tenía elección.
–Maggie.
Abrió
los ojos de par en par. ¿Cómo no lo había oído acercarse? Trató de calmarse
enderezando la espalda.
–Caleb,
siento haberte hecho esperar.
La
miró de arriba abajo, dejándola sin respiración.
–Unos
pocos minutos son una sorpresa agradable. He esperado más otras veces. De
alguna manera Maggie supo que mentía. Ninguna mujer hubiera hecho esperar a ese hombre. Sus penetrantes
ojos azules la mantenían atrapada. No podía apartar la vista y esa conocida
sensación como de no tener esqueleto no se le pasaba. Ése era el efecto que
tenía sobre ella desde que lo había visto por primera vez. Cuando todavía no
tenía ni idea del papel que tendría que interpretar en el maquiavélico plan de
su padrastro. Cuando no había visto en Caleb otra cosa que
un
hombre, no alguien a quien traicionar, arruinar... robar su riqueza. Y...
seducir.
Al
mirarlo sentía nublarse su mente. Incluso durante un segundo se engañó a sí
misma pensando que todo lo que había alrededor no existía. A lo mejor aquello
sólo era la sencilla cita que él le había pedido, sin ningún otro interés. Eso
la hacía respirar con una peligrosa excitación. Después de esa noche no
volvería a verlo y eso la hacía sentirse vacía.
Un
destello helado brilló en los ojos de Caleb durante un segundo, pero
rápidamente lo reemplazó la dulzura.
–¿Vamos?
La mesa está ya preparada...
A
Maggie se le cayó el corazón a los pies. Ése era el punto de no retorno.
–Bien.
Atravesó
el recibidor delante de él en dirección a una puerta del fondo. Se sentía como
si caminara hacia la guillotina. Entonces notó en el bolsillo la pesada llave
de la habitación. La llave de la habitación que había reservado su padrastro.
Sintió una náusea. El escenario donde tendría que seducirlo. Incluso tendría a
uno de sus hombres vigilando todo el proceso... para asegurarse de que ninguno
de los dos se marchaba demasiado pronto. Antes de que el daño estuviera hecho.
¿Cómo podría hacer algo así?
En
la puerta del comedor sintió los dedos de Caleb en el brazo. Se volvió al ser
consciente del escaso retal de encaje que llevaba puesto. No quería llegar al
inevitable momento de quitarse el abrigo. Sintió pánico. No podía hacerlo... no
podía mirar. No pudo soportar la reacción de Caleb cuando vio el vestido.
Llevaba
una combinación. Eso era todo. Había visto bailarinas con más ropa. No le
quedaba bien con su pálida piel. Llevaba el abundante pelo rojo recogido
haciendo que se muriera de ganas de soltárselo. Sentía una ardiente corriente
recorrer sus venas y se dio cuenta de que, incluso con el vestido más barato,
ella tenía el poder de encender un poderoso deseo en su interior. Se burló de
sí mismo. Por un instante, antes de haber descubierto quién era ella o qué
estaba ocurriendo, había pensado... Trató de evitar que sus pensamientos
siguieran en esa dirección. Pero su mente no lo obedeció.
Cuando
la conoció, ella había tocado algo profundamente oculto y desconocido que tenía
en su interior. Lo había sacado de su cínica inercia habitual. Lo había mirado
con una timidez tan dulce... y después había sonreído. Esa sonrisa había hecho
patente la corriente de atracción sexual que discurría entre los dos y algo
más
intangible... pero tan inocentemente femenino, que le había sorprendido. Estaba
acostumbrado a que las mujeres le sonrieran, pero con un descaro tan calculado
que le enfriaba la sangre.
Apretó
los labios mientras la seguía a través del comedor, consciente de las miradas
de admiración que suscitaba el seductor balanceo de sus caderas. Y su mirada,
como la de los demás, estaba atrapada por el pedazo de encaje y seda casi
indecente. Al verla esa noche, con unas intenciones tan evidentes, se preguntó
de nuevo cómo podía haber pensado alguna vez que no era exactamente igual que
las demás mujeres.
Estaba
seguro, con una confianza arrogante, de que ella lo deseaba. Ella había sentido
el mismo impacto a primera vista, lo sabía.
No
era nada más que una actriz mediocre, pero eso todavía... y odiaba admitirlo,
le volvía más loco, le hacía bajar la guardia. Nunca antes había tenido
pérdidas de concentración dirigiendo sus empresas desde Londres hasta Tokio.
Conocía de ellas hasta el mínimo detalle, su control era legendario e inspiraba
miedo entre sus competidores. Una capacidad de control que no permitiría que ni
ella ni su familia debilitara, incluso en ese momento, cuando ellos creían que
lo habían conseguido. Los imbéciles.
Se
centró en los hechos. Ella estaba allí para llevárselo a la cama, para
seducirlo y distraerlo. Era la dulce trampa. Uno de los trucos más viejos del
mundo. Si no estaba equivocado, había visto la inconfundible forma de una llave
en el bolsillo de su abrigo. ¿Sería la llave de una habitación de ese hotel?
Sintió el amargo sabor del desagrado.
Pero
los dos podían jugar al mismo juego: él también estaba allí para seducirla. Un
pequeño lujo que se iba a permitir. Botín de guerra. Porque aquello era una
guerra. Desde que había sentido como un puñetazo en el estómago la primera vez
que la había visto y había descubierto lo evidente de su juego, lo
descaradamente que se la habían puesto en el punto de mira... había decidido
probar lo que le ofrecían.
Llegaron
a la mesa. Maggie la rodeó y se colocó frente a él con una mirada de casi...
ansiedad en su rostro. Era buena, pensó él. Nunca había visto ese nivel de
astucia. Se reafirmó en su fría claridad mental ignorando la presión de su bajo
vientre.
Pronto
averiguaría ella cómo habían fallado sus maquinaciones. Después se vengaría de
su familia. Y entonces se libraría de ese deseo que lo consumía. Cuando acabara
la noche ella nunca lo olvidaría ni querría volver a recorrer ese camino.
Capítulo
1
Dublín,
seis meses después...
–Sólo
tenemos que reunirnos con el señor Murphy y todo habrá terminado.
En
la parte trasera del coche, mientras salían del cementerio, Maggie tomó la mano
de su madre, preocupada por su palidez.
Su
madre respiró hondo.
–Cariño,
no creo que pueda soportarlo... en realidad no...
Maggie
le apretó la mano mientras los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y la
boca le temblaba. Se volvió a mirar a su hija.
–No
estoy triste... ¿es eso terrible? Es una liberación que haya muerto. Cuando
pienso en lo que te he hecho pasar estos años, cómo he podido...
–Shh.
Mamá. No pienses en ello ahora. Se acabó. Nunca volverá a hacernos daño a ninguna de las dos. Somos libres.
Le
dolía el corazón al ver la desolación en los ojos de su madre, las arrugas en
el rostro, el pelo sin vida. Una vez había sido una mujer hermosa, vibrante. La
razón por la que Tom Holland la había querido para él después de la prematura
muerte de su padre. Había estado patológicamente celoso de su sobrino.
En
aquellos días, en Irlanda, una viuda joven sin otra cosa que su casa y una hija
pequeña era alguien vulnerable y cuando Tom le había prometido ocuparse de ella
si se casaba con él, había pensado que estaba haciendo lo mejor para ella y su
hija. Había sido sólo después de la boda cuando su crueldad se había hecho
patente y, en una sociedad conservadora donde el divorcio no estaba permitido,
su madre había quedado atrapada. Hasta ese momento.
–Mira,
no tienes por qué asistir a la lectura del testamento; es sólo una formalidad
rutinaria. El señor Murphy nos conoce lo bastante bien como para no insistir en
que estés. Además Tom te lo ha dejado todo. Es lo menos que podía hacer –Maggie
no era capaz de ocultar su amargura.
–¿De
verdad lo crees así, cariño? Sí sólo pudiera descansar un poco...
–Claro,
todo va a ir bien –dijo Maggie tratando de poner algo de entusiasmo en su voz
cuando se sentía totalmente vacía.
Poco
tiempo después el coche salía de la calle principal de una pequeña localidad
cercana a Dublín y atravesaba la puerta de una gran casa de campo. Maggie
respiró profundamente. La primera visión de la casa a través de los árboles era
una forma que nunca fallaba de reconfortar su espíritu. Era la casa de su
familia, la de su padre y su madre. Era lo único en lo que su padrastro no
había puesto las manos. Un recuerdo de días más felices, de recuerdos que sabía
habían ayudado a su madre a superar los peores momentos. Allí se habían mudado
su madre y ella seis meses antes después de... Todavía no era capaz de pensar
en
aquella
noche. El dolor era todavía demasiado agudo. A pesar de sus intentos por
ignorarla, la horrible humillación seguía viva.
Por
suerte su madre le había hecho caso y habían dejado Londres casi de inmediato.
Para cuando Tom se había dado cuenta de que su plan no había funcionado, había
estado demasiado ocupado con sus negocios como para salir tras ellas. Y por fin había muerto.
Acompañó
a su madre hasta su habitación y se marchaba ya cuando ésta la llamó.
–¿Qué
pasa, mamá? –Maggie deshizo el camino y se sentó. Su madre tenía de pronto una
mirada brillante y seria.
–Prométeme
que nunca hablarás de lo que nos ha pasado... de lo que nos hizo Tom... No
podría soportar la vergüenza.
Estaba
acostumbrada a los frecuentes ruegos de su madre.
–Claro
que no... Sabes que nunca lo he hecho, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Su madre
la agarró de la mano con una fuerza sorprendente.
–Prométemelo,
Margaret.
–Te
lo prometo –le dio un beso en la frente y se marchó.
Era
una promesa que no sería difícil cumplir. Maggie bajó las escaleras y oyó el
sonido de un coche. El abogado. Se quitó el abrigo, se alisó el pelo y abrió la
puerta con una sonrisa cuando sonó el timbre. Siempre le había gustado ese
hombre menudo de ojos vivos. A diferencia del resto del personal que pululaba
alrededor de Tom Holland, su abogado había sido también el abogado del padre de
Maggie. Sonrió al anciano desde la puerta.
–Espero
que excuse a mi madre, no se encuentra muy bien.
–Nada
serio, espero –dijo volviéndose hacia Maggie.
–No
–dijo rápidamente sabiendo que la preocupación era auténtica–. Sólo está cansada, agotada después de los
últimos días, pero si necesita que baje...
–En
realidad es mejor que no escuche lo que tengo que decir –de pronto evitó la
mirada de Maggie. Se le veía incómodo.
Un
escalofrío de temor hizo que Maggie se quedara sin respiración un segundo.
Era
demasiado bueno para
ser
cierto que Tom Holland hubiera muerto. Lo sabía.
–¿Qué
quiere decir?
–Sentémonos.
Me temo que traigo malas noticias.
Fue
hasta una silla mientras el abogado se sentaba cerca de una mesa y dejaba
encima su maletín. No sacó ningún papel. Maggie intentó mantener la calma a
pesar de la sombría cara del anciano.
–¿Qué...
qué sucede?
Finalmente
él la miró con las palmas de las manos vueltas hacia arriba.
–Me
temo que a tu madre y a ti no os ha dejado nada.
El
corazón de Maggie empezó a recuperar el ritmo normal. No era tan malo. Su madre
y ella nunca habían recibido mucho de Tom y ella se había mantenido sola desde
que había salido de la universidad. Tenía unos ingresos modestos
procedentes
de sus cuadros.
–Bueno,
no es el fin del mundo, Pero... ¿adónde ha ido todo?
Estaban
hablando de unos cuanto millones de libras después de todo. El señor Murphy
suspiró, odiaba ser quien daba las malas noticias.
–Parece
que uno de sus adversarios finalmente consiguió hundirlo por
completo. Un magnate de Reino Unido al que tu padrastro intentó
controlar hace tiempo ha ido comprando sus reservas, haciéndose con sus
empresas, y el día que Tom tuvo el infarto el último de sus negocios se
derrumbó... una curiosa coincidencia.
Eso
explicaba su ausencia, por qué no las había seguido a casa, exigido que su
madre volviera a Londres, castigado. A pesar de las malas noticias, Maggie no
pudo evitar sentir un puntito de satisfacción. Le hubiera gustado haber visto
la reacción de Tom cuando se dio cuenta.
–Bueno,
ya no hay nada que podamos hacer. Al menos tenemos la casa.
Las
palabras quedaron flotando en el espacio que había entre ambos mientras el
señor Murphy apartaba la mirada culpable y se llevaba la mano al cuello como si
le faltara el aire.
–Señor
Murphy, tenemos la casa, ¿verdad? Es de mi madre.
El
abogado negó con la cabeza lentamente como si no pudiera articular palabra,
pero ante la mirada desesperada de Maggie, se aclaró la voz y rompió el
silencio.
–Querida...
hace casi un año en Londres, tu padrastro persuadió a tu madre de que pusiera
la casa a su nombre como garantía. A lo mejor ella no sabía lo que estaba
haciendo... Me temo que estaba unida al resto de los activos. Ahora pertenece
a...
En
ese momento, el sonido de un coche interrumpió sus palabras. Maggie no podía
moverse, estaba conmocionada. No podía entender que su madre hubiera hecho algo
así, aquella casa era sagrada. La rabia y la incredulidad crecían dentro de
ella mientras digería la información.
El
señor Murphy miraba por la ventana.
–Es
él, el jefe de la corporación. Vino a verme personalmente e insistió en venir
hoy a veros a tu madre y a ti. Lo siento, pero no pude disuadirlo.
Cuando
sonó el timbre y Maggie ni se movió, el señor Murphy fue hacia la puerta.
Estaba entumecida, apenas consciente del sonido de la puerta al abrirse, de los
pasos que se acercaban, el profundo timbre de voz de alguien preguntando por
algo que había dicho el abogado. Maggie levantó la vista y de pronto el tiempo
se detuvo. Se puso de pie despacio, como si se moviera a través de melaza y sus
miembros fueran blandos y no la obedecieran.
Caleb
Cameron. Más grande que nunca. Su enorme figura llenaba el hueco de la puerta.
Movió la cabeza ligeramente y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.
Sus
ojos capturaron a los de Maggie y ella no pudo apartar la vista. Se movieron
fríos sobre ella, desnudándola. El hombre que había vuelto su mundo del
revés seis meses antes había vuelto...
Aparentemente para volver a darle la vuelta a todo.
Maggie
intentó con todas sus fuerzas dominar la atracción que sentía en cada célula de
su cuerpo como respuesta a su dominante aura.
Incapaz
de dejar de mirarlo, víctima de una fascinación morbosa, no se dio cuenta de
que el abogado había entrado en la sala precediendo a Caleb y que hacía gestos
en dirección a ella.
–Ésta
es Margaret Holland. Maggie, éste es Caleb Cameron, la persona que ha absorbido
todas las empresas de tu padrastro...
Antes
de que pudiera terminar la frase dijo:
–Conozco
al señor Cameron, nos conocimos en Londres.
Se
sentó en la silla que había detrás de ella porque le temblaban tanto las
piernas que pensó que no podría sostenerse en pie y vio cómo Caleb entraba en
la sala y se sentaba en la silla que había al lado del señor Murphy.
A
pesar del aspecto refinado de su cuerpo vestido con un traje exquisito, seguía
rezumando esa salvaje masculinidad que tan bien recordaba ella. La había
desconcertado la primera vez que lo había visto y estaba teniendo el mismo
efecto en ese momento, sólo que esa vez la experiencia de la explosiva noche
que habían pasado juntos le hacía sentirse tres mil veces peor. Y aunque habían
pasado meses, podía sentir una oleada de calor subirle desde el pecho mientras
incontables imágenes llenaban su cabeza.
Caleb
ejercitó su acerado autocontrol mientras la miraba de forma desapasionada. Pero
a pesar de sus esfuerzos no podía obviar la embriagadora sensación que había
sentido al verla de nuevo en carne y hueso. El rostro de ella había palidecido
dramáticamente al verlo, los ojos verdes con forma de almendra se habían
agrandado en medio del pequeño óvalo de la cara enmarcada por el abundante pelo
severamente recogido. La blusa negra y la falda del mismo color no ocultaban
las curvas que tan bien recordaba... curvas que se habían retorcido por él...
Aunque parecía más delgada. Frágil. Y una especie de instinto de protección lo
pilló desprevenido.
El
vívido recuerdo de la primera vez que la había visto lo golpeó: su pelo cayendo
por la espalda como una masa roja y vibrante, como en algunas pinturas
medievales. Las pecas permanecían impasibles en medio de la pálida piel
mientras la sometía a una exhaustiva inspección. Notó con satisfacción que las
mejillas se teñían de un intenso color. Si no la hubiera conocido mejor seis
meses antes, se hubiera imaginado que andaba con el corazón en la mano a la
vista de las reacciones que mostraba su traslúcida piel. Podría haber sucumbido
a tan peligrosa fantasía. Pero eso no sucedería. No porque había sabido desde
el principio lo que ella era exactamente.
Maggie
Holland era una zorra mercenaria que había tratado, junto con su padrastro, de
hacer que se volviera loco. Nunca más.
Podía
ver el esfuerzo de su garganta mientras trataba de hablar.
–Te...
te has quedado con todo –su voz era apenas audible.
Era
tan transparente... pensó Caleb. Le producía tanto placer saber que le había
quitado la alfombra de riqueza de debajo de sus confiados pies...
–Sí,
señorita Holland.
El
insulto implícito en la utilización de su apellido era evidente y una de las
razones por las que ella se echó atrás.
–De
momento soy el propietario de todos los intereses de su padrastro, incluyendo
esta casa. Naturalmente he rechazado hacerme cargo de los negocios más dudosos.
Hacienda, aquí y en Reino Unido, los está investigando actualmente y puede que
reciba alguna abultada reclamación de impuestos. Tienen una sorprendentemente
mala opinión de las cuentas del exterior que no se declaran.
Maggie
se puso en pie forzada a actuar por la amenaza implícita. Por primera vez desde
que se habían vuelto a ver, apartó la mirada de él y la dirigió al señor
Murphy.
–¿Es
eso verdad? ¿Puede ser posible?
El
anciano se limitó a asentir tristemente. Volvió a mirar a Caleb sintiendo que
un pánico salvaje crecía dentro de ella. Estaba completamente tranquilo, como
si todo aquello no fuera con él.
–Pero...
pero ¿cómo es posible? Quiero decir, ¿cómo podemos no haberlo sabido? –intentó sobreponerse a todo lo que
la golpeaba en la cabeza.
Aunque
no habían visto a Tom desde hacía meses... ¿cómo no se habían dado cuenta de
los grandes apuros en los que estaba? Y ¿cómo era posible que incluso desde la
tumba fuera a conseguir arruinarlas... como si no hubiera hecho bastante daño
ya?
«Porque
trató de hundir a este hombre delante de ti, con tu ayuda...», se dijo Maggie.
Consiguió
acallar esa voz con dificultad.
–Señor
Murphy... –imploró, incapaz de decir otra cosa. Sus ojos lo decían todo.
El
abogado la agarró del brazo y la obligó a sentarse en un sofá. Estaba contenta
de tener su protección a la hora de enfrentarse a Caleb.
–Lo
siento, Maggie, pero es verdad. Tu madre es una deudora potencial de Hacienda
si descubren que Tom ocultaba fondos en cuentas en el exterior, como sospechan.
Puedo defender el caso para ti si llega a suceder, pero... –se encogió de
hombros.
Se
estaba poniendo cada vez peor. Maggie se llevó una mano a la frente. Caleb
permanecía en pie. Maggie lo miró por debajo de las oscuras pestañas.
–Murphy,
le dejo el resto a usted. Señorita Holland, no tengo nada más que decir. Espero
que su madre y usted estén fuera de esta casa en dos semanas. Espero que sea
tiempo suficiente para acomodarse en otro sitio –sonrió con crueldad–. Podría
haber ejercido mi derecho de quedarme hoy mismo con la casa, pero esperaré a
que se hayan ido para mudarme.
–Mudarse...
–repitió Maggie sin entonación.
–Sí.
Voy a hacer algunos negocios en Dublín un par de meses y necesito un refugio
lejos de la ciudad. Este sitio me servirá –miró alrededor–. Después de haberlo
redecorado, claro.
Maggie
volvió a ponerse de pie, cada centímetro de su cuerpo se sacudía de ira por la
intrusión en su santuario privado.
–¿Cómo
se atreve a presentarse aquí y hablar de ese modo el mismo día del funeral? ¿Es
que no tiene decencia?
–¿Decencia?
–soltó una carcajada. Los dos habían olvidado la presencia del otro hombre.
Maggie levantó la cabeza para mirarlo, podía sentir el pulso en el cuello.
Caleb recorrió con la mirada el rostro de ella y curvó los labios con gesto de
disgusto por lo que veía–. Hay que tener valor para hablar de decencia... ¿o
quiere que le explique a su amigo el papel que desempeñó en su propio
hundimiento?
Así
que ésa era su venganza. Había acabado con su padrastro con una precisión
despiadada y en ese momento le tocaba a ella. Lo miró horrorizada por su
capacidad de vengarse hasta el último grado. Para él sólo era una cómplice de
Tom Holland y se merecía todo lo que estaba sufriendo.
Sin
volver a mirarla, salió a grandes zancadas de la sala. Oyó cómo se cerraba la
puerta, arrancar el coche, la gravilla crujir debajo de las ruedas mientras se
marchaba a toda prisa llevándose su vida con él. Después de que se hubo
marchado, el señor Murphy se puso en pie también. Maggie lo miró
pálida, todavía sorprendida.
–Como
puedes ver, tu padrastro intentó morder más de lo que podía a Cameron. Nunca ha
sido conocido por aguantar las locuras alegremente y cuando tu padrastro hizo
un segundo intento de derribar el imperio de Cameron, despertó al tigre.
–El
segundo intento...
–Bueno,
en realidad era el tercero o el cuarto... Tu padrastro tenía a Cameron entre
ceja y ceja. Ya sé que tu madre y tú no estabais al corriente de la mayor parte
de los tratos de Tom. Después de que intentó hacerse con el control de Cameron
Corporation con métodos legales y falló, cayó un poco más bajo... y recurrió a
otras tácticas, pero tampoco pudo.
Maggie
se sintió mareada. Recordaba demasiado bien su indeseado papel en una de esas tácticas. Había sido ella la
empleada para distraer su atención en un momento crucial. Por suerte parecía
que el señor Murphy no sabía nada de aquello, había ocurrido en Londres, no en
Dublín.
El
abogado continuó.
–Cameron
fue sistemáticamente contra cada uno de los intereses de Tom y con mucha
habilidad para ponerlo de rodillas, lo que no es habitual. Cameron no es
conocido por perseguir a sus enemigos de forma arbitraria y sin piedad...
normalmente es feliz con debilitar sus defensas y dejarlos sin fuerza –sacudió
la cabeza–. Realmente Tom debía de haberle pinchado...
Maggie
se ruborizó de culpabilidad.
–Bueno,
ha acabado con nosotras también, parece.
–Sí
–suspiró pesadamente–. Lo he revisado y realmente lo tiene todo bien atado.
Sobre lo de Hacienda... tengo la esperanza de poder demostrar que tu madre no
tenía nada que ver con los asuntos de su marido, a pesar de que se la nombre en
el testamento.
Maggie
lo miró preocupada.
–Pero
no tenemos nada, ni dinero... ¿Cómo vamos a poder...? Le dio unas palmadas en
la mano y dijo:
–No
te preocupes ahora por eso. Sé lo duro que va a ser para tu madre. No permitiré
que ese hombre haga su vida peor de lo que ya ha sido.
–Gracias
–dijo ella con los ojos llenos de lágrimas.
Se
fue después de una pocas palabras de ánimo más. Maggie cerró la puerta y
apoyada en ella pensó: «¿Cómo demonios voy a decirle todo esto a mi madre?».
Sabía que la noticia la destrozaría. Para Maggie... la peor de sus pesadillas
acababa de suceder: encontrarse de nuevo con Caleb Cameron. Volvió al salón y,
por primera vez en su vida, con una mano temblorosa, se sirvió una copa de
brandy y se la bebió de un trago.
Mientras
Caleb hacía un alto en medio del tráfico, golpeó el volante con tanta fuerza
que los conductores de otros coches lo miraron. Cuando el semáforo se puso
verde arrancó rápidamente. ¿En qué había estado pensando? Siempre había sabido
que arruinaría a Tom Holland después de que había repetido sus intentos de
absorción. El último de ellos había estado cerca. Demasiado cerca. En el que
ella había estado implicada. Pero la absorción no era lo que ocupaba su mente.
Había
dicho a Maggie que no quería volverla a ver seis meses antes y ya, sin que
hubiesen pasado horas desde que había llegado al país, había ido a verla...
como
último paso de su venganza. Podía haberlo dejado en manos del abogado.
¿Por
qué había ido personalmente? ¿Para confirmar que no tenía ningún efecto sobre
él? Pues había fallado completamente.
Para
su completo disgusto, su cuerpo le había dicho que seguía teniendo el mismo
efecto embriagador en él. Al momento de verla. Y ya que la había hecho pagar,
¿por qué no se sentía satisfecho? ¿Por qué su imagen seguía ardiendo en su
retina? ¿Cómo iba a sobrevivir dos meses en Dublín sabiendo que ella
estaba cerca?
Recordó
aquella noche, cuando ella había hecho todo lo que él había sospechado. Incluso
tener una habitación reservada en el hotel. Lo había llevado allí y lo había
seducido. Exactamente como él había sabido que ocurriría.
«Pero
no se acostó contigo...», le dijo una vocecita con tono de sorna.
Nunca
se había alejado de una mujer a la que deseara y todavía seguía alejado de ella
desde esa noche. No sabía por qué se había alejado cuando sabía que podría
haberla tenido... sin esfuerzo. Que se sentía atraído por él había sido
innegable, pero cuando lo había rechazado en el último momento... de alguna
manera él no había podido... Apartó aquellos recuerdos tan desagradables. Todo
lo que
importaba
en ese momento era el deseo insatisfecho que había vuelto a tomar posesión de
él. Tenía que buscarse una amante. Y pronto. Había estado sin una mujer
demasiado tiempo y eso era lo que necesitaba para poner su atención en otra
cosa y borrar a Maggie Holland de sus pensamientos de una vez por todas.
Capítulo
2
ESA
noche, Maggie preparó una cena ligera y despertó a su madre. Cuando estuvieron
sentadas en la cocina, finalmente planteó el tema que tanto temía.
–¿Cómo
ha ido con Michael? Maggie se armó de valor.
–No
muy bien. Me temo que hay malas noticias.
La
madre de Maggie apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
–¿Qué
pasa?
Maggie
podría haberse echado a llorar sólo con ver la habitual mirada de estoicismo en
los ojos de su madre, pero tragó y dijo:
–Mamá...
alguien se ha quedado con todos los negocios de Tom... Parece que lo hemos
perdido todo. Estamos en bancarrota. Ha sido... –intentó apartar de su mente la
poderosa imagen de Caleb– alguien a quien él trató de absorber primero.
–Siempre
he sabido que mucha gente tenía quejas de él... Tenía que suceder que
alguien.... Bueno, y ¿qué significa? –preguntó su madre.
–Bien...
–Maggie intentaba desesperadamente no decir «la casa también»–.
Significa
que no tenemos nada. Nada de nada.
Su
madre tuvo la misma reacción que Maggie había tenido antes.
–Bueno,
no es lo peor, ¿verdad? ¿Cuándo hemos tenido algo? –sonrió a su hija y miró a
su alrededor–. Al menos nos queda la casa... Sinceramente, querida, no sé qué
haría si no tuviéramos esto; es todo lo que nos dejó tu padre y ahora podré
vivir aquí en paz –agarró la mano de su hija por encima de la mesa–. No te
preocupes tanto, encanto, todo va a salir bien. Conseguiré un trabajo... tú
tienes tus cuadros. Estamos bien.
Todavía
no se había dado cuenta, pensó Maggie con horror. Su madre no recordaba haber
firmado que la casa fuera garantía de los negocios de Tom y que la había
perdido con todo lo demás.
–Mamá...
creo que no eres consciente. Hemos perdido todo... –su madre la miró pálida–.
El señor Murphy ha dicho que tú firmaste un papel sobre la casa antes de irnos
de Londres...
–Sí,
cariño, pero era sólo... dijo que sólo era... que sólo... –dejó de hablar–. Oh,
Dios mío, ¿qué he hecho?
Maggie
le apretó la mano.
–Todo
se ha perdido. Estaba incluido entre sus activos.
Su
madre se quedó quieta unos segundos y después tiró de la mano despacio y agarró
el asa de la taza. Maggie la miraba preocupada por la falta de reacción.
Cuando
su madre volvió a mirarla, Maggie se sintió realmente asustada, sus ojos estaban muertos.
–Mamá...
–Margaret,
no puedo... no me hagas pensar en esto... No puedo soportarlo.
Maggie
miró indefensa cómo salía encorvada de la cocina y supo que estaba haciendo
todo lo posible para sobrevivir. Esa noche escuchó sollozos sordos a través de
la pared y se dio cuenta de que su orgullosa madre odiaría que fuese testigo de
su dolor. ¿Qué iba a hacer? Tenía que haber alguna salida... alguna solución.
A la
mañana siguiente, mientras la débil luz del amanecer entraba a través de las
cortinas, Maggie estaba en la cama con los ojos abiertos tras una noche de
insomnio. Una noche en que los demonios lo habían invadido todo. Demonios que
tenían un rostro hermoso y conocido. Sabía con una certeza fatal lo que tenía
que hacer. Cuál era la única opción.
Cuando
entró en la cocina un momento después cualquier duda en su cabeza al respecto
de su plan había desaparecido. Su madre estaba allí sentada apática. Maggie se
sentó a su lado.
–Mamá,
mírame –esperó hasta que su madre volvió la cabeza–. Voy un
momento a la ciudad... tengo algo que hacer, pero estaré de vuelta al
final de la mañana.
No
quiso decirle mucho más para no darle esperanzas, pero Maggie se juró que haría
cualquier cosa para volver a poner la casa a nombre de su madre. Preparó un
desayuno ligero y obligó a su madre a comer.
Fue
con el baqueteado Mini hasta la oficina de Michael Murphy para averiguar dónde
estaba la oficina de Caleb. Murphy no preguntó nada mientras le facilitaba la
dirección.
–No
va a ser fácil verlo, todo el mundo en Dublín está mendigando una audiencia...
–Lo
sé, pero acamparé en la puerta si es necesario –replicó Maggie con una sonrisa
forzada.
Le
pilló la hora punta y el viaje hasta la oficina le llevó más de hora y media.
Finalmente
llegó al centro y aparcó cerca del edificio del distrito financiero donde Caleb
tenía las oficinas de su empresa. Iba vestida con su único traje. Quería tener
un aspecto de mujer de negocios. Un traje de chaqueta azul marino y una blusa
de seda color crema. Medias transparentes, zapatos de tacón y el pelo recogido
en un severo moño.
Aunque
era un templado día de primavera, sentía escalofríos. En la recepción la
enviaron a la última planta, que Caleb había ocupado por completo para él solo.
Sintió que se le encogía el estómago mientras subía en el ascensor; la idea de
verlo cara a cara de nuevo le daba más miedo del que había pensado.
Cualquier
ilusión que tuviera de conseguir verlo se desvaneció al llegar al último piso. Una secretaria, como un mastín,
guardaba la entrada principal y miró a Maggie de arriba abajo cuando pidió ver
a Caleb.
–¿Tiene
cita?
–Bueno...
no exactamente, pero cuando sepa quién soy a lo mejor tiene un par de
minutos... No lo entretendré mucho.
–Se
lo haré saber, pero tiene reuniones todo el día. Puede que tenga que esperar.
–Está
bien –esperaría hasta medianoche si era necesario.
Hizo
una llamada rápida con el móvil a una amiga de su madre para que se acercara a
verla y se asegurara de que estaba bien. Una vez hecho eso, se acomodó para la
espera.
Unas
ocho horas después, Maggie había recorrido toda la gama de las emociones:
irritación, aburrimiento, rabia, despecho, incredulidad y finalmente cansancio.
El traje estaba arrugado, se había quitado los zapatos y el pelo estaba
revuelto. Todo el día habían estado entrando y saliendo hombres de traje. Había
visto cómo entregaban un almuerzo y cómo se llevaban las sobras haciendo sonar
su estómago. La primera secretaria se había marchado y había sido reemplazada
por otra con un genio similar.
La
puerta de Caleb volvió a abrirse y Maggie se resignó a ver más trajes sin
rostro salir y pensó que la resistencia de aquel hombre era increíble. Ni
siquiera se dio cuenta al principio que quien salía era Caleb. Cuando su lento
cerebro finalmente se dio cuenta, se puso de pie de un salto. Caleb caminaba
hacia el ascensor sin mirar ni a derecha ni a izquierda, ni siquiera la había
visto porque estaba semioculta tras una planta.
–Caleb... –maldijo
su impulso de
llamarlo por su
nombre– señor Cameron...
¡espere!
Acababa
de apretar el botón del ascensor y se dio la vuelta despacio. Juntó las cejas
al verla. Maggie se obligó a detenerse al darse cuenta de que no llevaba
zapatos. Levantó la barbilla.
–Señor
Cameron, llevo todo el día esperando para verlo. Sé que está ocupado, pero
apreciaría que me dedicara sólo unos minutos de su tiempo.
–Ivy
me dijo temprano que estaba aquí, pero sabía que estaba ocupado todo el día.
–Insistí
en esperar... Esperaba que tuviera un hueco en algún momento...
–Bueno,
como puede ver, no lo he tenido. Y ahora, si me disculpa... Llame mañana y a lo
mejor queda algún momento libre.
No
podía irse. Maggie se quedó de pie, boquiabierta. Había esperado durante horas
sin comer ni beber para verlo. Lo que vio en su rostro le dijo que a él le daba
exactamente igual. Caleb se dio la vuelta.
Miró
su ancha espalda mientras las puertas del as-censor se abrían silenciosas.
Tenía que detenerlo. Corrió y puso las manos en las puertas para evitar que se
cerraran, mirándolo a la cara.
–Por
favor, señor Cameron. Le ruego que escuche lo que tengo que decirle. Son cinco
minutos. Llevo esperando desde las diez y media de la mañana. Ya sé que es
culpa mía, pero tengo que hablarle.
Él
permaneció de pie apoyado en la pared del ascensor mirándola de arriba abajo.
–Muy
bien, cinco minutos.
–Gracias
–dijo Maggie dejando escapar un suspiro de alivio.
Caleb
salió del ascensor y con un gesto de las manos dio instrucciones a la
secretaria para que se marchara. Sin mirar si Maggie lo seguía, entró en su
despacho. Ella buscó los zapatos, se los puso y lo siguió rápidamente por si
cambiaba de opinión.
Cuando
entró él se estaba sirviendo un líquido oscuro y sentándose a su mesa con el
vaso en la mano. Maggie permaneció en pie nerviosa. Sólo había una lámpara
encendida y las sombras hacían que Caleb pareciera más oscuro de lo que
normalmente era, lo que, recordó ella, se debía a su madre brasileña. Su padre
era la quintaesencia del inglés y la mezcla –una parte apasionada y otra
sofisticada– había demostrado ser una combinación embriagadora. Como Maggie
recordaba demasiado bien.
–¿Y
bien? –preguntó él con suavidad. Maggie respiró hondo.
–Es
sobre nuestra casa.
–Quiere
decir mi casa.
Ella
asintió ligeramente sintiendo un ataque de rabia por su arrogancia.
–Esa
casa perteneció a mi padre... mi padre biológico –precisó–. Siempre ha sido de
mi madre, era lo único que no era de Tom.
–¿Y...?
–preguntó en tono aburrido recordando vagamente a una mujer nerviosa que
algunas veces había visto en sus reuniones en casa de los Holland.
Maggie
se acercó más, hasta una silla que había enfrente de él, y apoyó las manos en
el respaldo.
–Tom
le hizo poner la casa a su nombre. Siempre había estado a nombre de ella. No sé
cómo lo hizo, siempre juraba que ella jamás... –Maggie se detuvo. No necesitaba
darle los detalles más escabrosos–. Quedándose con la casa a la única persona
que hace daño es a mi madre y ella no tiene nada que ver con lo que pasó... Ya
ha sufrido bastante...
–¿Como
esposa de un multimillonario? –se mofó–. Debes de estar de broma si esperas que
me crea algo así. Sólo quieres salvar algo y has inventado una historia
lacrimógena...
–¡No!
–dijo Maggie con fiereza–. Por favor. Tienes que creerme.
–¿Creerte?
–se puso en pie y rodeó la mesa en dirección a ella. Ella permaneció inmóvil–.
No hay un ápice de verdad en ti... Dime, ¿a cuántos hombres más has provocado
para Tom Holland en los últimos meses... diez? ¿Veinte? ¿O les has entregado a
ellos el delicioso cuerpo que me negaste a mí?
La
crudeza de sus palabras hizo que entrara en acción. Lo miró con los ojos verdes
abiertos de par en par y sin pensar en lo que hacía se acercó más a él y
levantó un mano temblorosa, pero antes de que ésta pudiera impactar en su
objetivo,
Caleb la agarró de la muñeca. Le horrorizaba la violencia y allí estaba,
dispuesta a pegarle.
–Ahora,
ahora... Guarda las uñas, gatita. No creo que realmente quieras hacer algo así,
¿verdad?
Maggie
sentía su pulso desbocado. Lo miró a los ojos, era lo que más recordaba de él.
Un azul penetrante. Cerró los ojos para evitar los recuerdos.
–Puedes
terminar la actuación –le soltó la mano como si estuviera infectada y ella dio
un paso atrás.
Se
frotó la muñeca que él le había agarrado sabiendo que tendría un hematoma por
la mañana. Se obligó a mirarlo de nuevo.
–La
cuestión es que si te quedas con la casa, matarás a mi madre. Es todo lo que
posee y con lo único que cuenta para recordar a mi padre. Nunca recibió nada de
Tom Holland excepto... –recordó el ruego de su madre de que no revelara nunca
la realidad de su matrimonio.
–¿Excepto
qué?
Ese
hombre nunca lo entendería. Ignoró su pre-gunta.
–Ya
sé que mis palabras no significan nada para ti, pero por favor, escúchame.
Nunca ha tenido nada que ver con ninguno de sus negocios y desde luego con sus
intentos de hundirte... –Caleb entornó los ojos y Maggie atisbó un punto débil
en la coraza–. Puedes preguntar
a cualquiera que
lo conociera –dijo
rápidamente–. Pregunta al señor Murphy, él lo sabe. Esto no es por mí,
es por ella. Te estoy pidiendo que vuelvas a poner la casa a su nombre... por
ella.
Se
limitó a mirarla con esos ojos tan duros, y después dijo con calma:
–Se
supone que todo el tiempo tu madre ha sido una idiota sin enterarse mientras tú
estabas aliada con tu padrastro cumpliendo con tu rutina de seducir a hombres
inocentes... y ahora ¿qué? ¿Tienes un ataque de conciencia y quieres arreglar
su situación? No me lo creo.
Maggie
no podía desmontar la opinión que tenía de ella.
–Sí,
puedes decir las cosas de ese modo. Estoy intentando enmendar mis errores,
empezando por mi madre –sintió que las lágrimas la quemaban dentro de los ojos.
La
verdad sobre lo que las dos habían sufrido a manos de ese hombre quemaba como
un hierro candente y era algo que alguien como Caleb, especialmente Caleb,
nunca creería.
–Si
fuera a hacer lo que me pides, ¿cómo podría saber que tus razones son
altruistas, ¿y qué ganaré yo?
–Haré cualquier
cosa que quieras...
¡cualquier cosa! Limpiar
suelos... –dijo viendo que había
una oportunidad, aunque muy débil–. Cualquier cosa. Sólo, por favor, devuélvele
la casa a mi madre, no se merece este castigo.
Caleb
se apoyó despreocupado en la mesa, y cruzó los brazos haciendo que se tensara
el tejido de la camisa. Maggie no se podía creer que en medio de todo aquello
se sintiera tan atraída por él.
Ya
había decidido que iba a buscarse una amante, pero ¿para qué hacer tanto
esfuerzo sólo para tener a alguien en su cama cuando lo que realmente quería
estaba...
a su alcance? Si había algo que sabía con certeza mientras ella estaba delante,
temblando de modo casi imperceptible, era que la deseaba. Perdidamente. Más de
lo que nunca había deseado a otra mujer. Y siempre conseguía lo que quería...
–¿Venderías
tu alma al diablo?
–Sí
–respondió sencillamente sin dudarlo–, si tengo que hacerlo.
–¿Te
venderías a mí? –preguntó con suavidad.
Se
tomó unos segundos para decir algo. No estaba segura de haberlo oído bien.
–Lo
siento... ¿qué...?
–Me
has oído perfectamente.
–Venderme
como... como una especie de...
–Amante.
Tú... –la miró de arriba abajo deteniéndose en los pechos que subían y bajaban
con evidente incomodidad–. Tu cuerpo a cambio de la casa.
Maggie
dio un paso atrás palideciendo por lo directo de sus palabras, de su propuesta,
pero Caleb se levantó y dio un paso hacia ella por cada uno que ella daba hacia
atrás. Como si hubiera esperado que sólo con apelar a su piedad... Los hombres
como él lo cobraban todo.
–No
puedo hacer algo así... ¿Cómo... cómo puedes siquiera sugerirlo?
–Porque,
como ves, puedo. Créeme. No quiero desearte... pero te deseo. Y tú me lo
debes... desde que me sedujiste en esa habitación de hotel hace seis meses y
después hiciste el papel de doncella de hielo. Dime, ¿te excité? ¿Era parte del
plan?
¿Te
sentiste poderosa al sentir que podías llevar a un hombre hasta el límite?
–¡Para!
No estaba... no... –negó automáticamente para que dejara de hablar.
Se
sentía humillada al recordar cómo había perdido el control, cómo había
respondido a él. Fue eso, junto al sentimiento de culpa, lo que hizo que se
quedara paralizada. Todo lo demás se le había olvidado. Incluso su madre.
Incluso el trato.
–Me
engañaste, Maggie. ¿Puedes negar que quedaste conmigo esa noche con la
seducción y la traición en la cabeza? –preguntó haciendo que ella volviera a
concentrarse en la conversación.
–No...
–respondió sin fuerza.
Porque
eso era exactamente lo que había hecho. Aunque en contra de su voluntad. Pero
si él lo supiera... Nunca podría saber cuánto había deseado ella que fuera de
verdad. Él la había aniquilado y había despertado todas las emociones que ella
había enterrado en Londres pensando que no volvería a verlo. Intentó llevar las
cosas a otro campo desesperadamente.
–Pero
si me odias... ¿cómo puedo gustarte?
–No
creo que seas tan infantil como para imaginar que el amor o incluso la amistad
tengan que existir para practicar el sexo. Te deseo... tú deseas la casa. Es
una ecuación muy sencilla.
–¿Pero
cómo? Quiero decir, ¿cuánto tiempo?
–Hasta
que deje Dublín.
Se
echó para atrás de nuevo, la casa, su madre, todo olvidado. Lo único que podía
ver era el amenazante trato delante de ella. La desapasionada forma en que
él
estaba hablando de llegar hasta un lugar muy dentro de ella, y Maggie sabía que
él tenía el poder de destrozarla si le permitía hacer algo así. Intentó invocar
las pocas fuerzas que le quedaban.
–Pero
eso son dos meses... No puedo... No me acostaré contigo. No podría... – buscó
febrilmente algo que hiciera que cambiara de opinión–. No te deseo, no me
gustas.
–Mentirosa.
Antes
de que pudiera emitir un sonido de protesta, con la velocidad de la luz los
brazos de Caleb la rodearon y la llevaron contra su pecho. Inclinó la cabeza
tan deprisa que Maggie ni siquiera tuvo tiempo de girar la suya. Los labios de
él cubrieron los suyos. Maggie podía saborear la sangre en la parte interior de
la suave piel de la boca. A pesar de la evidente crueldad de su beso, Maggie
podía sentir una intensa excitación que explotaba dentro de su vientre; cada
célula de su cuerpo deseaba estar más cerca de él.
Entonces,
con un sutil y experto cambio de ritmo, los labios de él suavizaron la presión,
la mano de detrás de la cabeza se volvió una caricia. Sus dedos se enterraron
en el desordenado pelo, Maggie sintió que sus cabellos caían por la espalda. En
sus puños, apretados contra el pecho de Caleb, podía sentir los latidos de su
corazón, la cálida piel debajo de la camisa, y deseaban abrirse, sentir. Se
sacudió con la intención de evitar que sucediera.
Después
de la larga espera y no haber comido nada en todo el día, se sentía débil. La
potente sexualidad de Caleb acabó con poco esfuerzo con cualquier resistencia.
Maggie cerró los ojos, pronto estaría arrastrada por las sensaciones, incapaz
de pensar en nada que no fuera la boca de él en la suya. Cuando su lengua
intentó entrar, ella abrió la boca con un suspiro y esa sensación hizo que se
iniciara un incendio entre sus piernas.
Estar
de nuevo entre sus brazos, con esos intensos y sensuales recuerdos que nunca
había conseguido apagar... no tenía ninguna oportunidad. Él apartó su boca y
Maggie dejó escapar un gemido que la traicionó hasta que sintió los labios de
él en el cuello. La mano que tenía en la espalda bajó hasta las nalgas y la
apretó contra él para que pudiera notar lo evidente de su deseo.
Ese
deseo la llevó hacia atrás en el tiempo y fue tan efectivo como una ducha fría.
Recurrió a toda sus fuerzas para soltarse. Si él no hubiera mantenido las manos
en sus hombros, habría caído desmayada. Tenía los labios hinchados y húmedos.
La
mirada en el rostro de él era de triunfo, había burla en sus ojos ante lo que
interpretaba como un débil intento de detenerlo.
–Como
he dicho... eres una mentirosa –la agarró de la barbilla y le levantó la
cabeza–. La miel de la dulce trampa todavía es sorprendentemente dulce –Maggie
se alejó y trató de disimular el temblor de sus piernas–. Deberías alegrarte de
que aún te desee, si no no tendrías nada con que negociar.
Sus
palabras obligaron a Maggie a volver a la razón por la que estaba allí.
¿Cómo
podía haberlo olvidado? Se concentró en ello... cualquier cosa era buena para
sacar a su mente de aquella horrible debilidad.
–¿Me
estás diciendo que le devolverás la casa a mi madre?
–Si
me das lo que quiero –dijo él inclinando la cabeza.
–Yo.
–Sí.
Maggie
de pronto pensó en algo y se agarró a ello.
–Pero...
¿no tienes novia?
–¿Qué?
–preguntó cortante.
Se
ruborizó porque en sus palabras se había notado que había leído lo que de él se
hablaba en la prensa... donde era comúnmente conocido que nunca salía con
hermosas acompañantes.
–Los
periódicos... –dijo con un hilo de voz y las mejillas encendidas.
–¡Novia!
–rió a carcajadas–. Qué pintoresco. No creo haber tenido novia desde que tenía
seis años y vivía en Río de Janeiro con mi madre. No tengo novias, y no, no hay
nadie de momento, nadie por quien debas preocuparte, dado que tienes la moral
de una gata callejera.
«Muy
obvio», pensó Maggie algo histérica, sin ni siquiera pensar en las insultantes
palabras. Y además él tenía razón, ¿cómo podía ser tan infantil? Ese hombre se
movía en los círculos donde las mujeres más hermosas y socialmente aceptadas
estaban disponibles. Los hombres como él tenían amantes hasta que se aburrían
o
hasta que necesitaban casarse. Y entonces lo harían con la persona adecuada
para esa función. –¿Cómo funciona esto? –preguntó Maggie
extrañamente calmada.
–Si
quieres que devuelva la casa a tu madre tendrás que estar aquí mañana a las dos
de la tarde con tu equipaje.
–¿Esperas
que me venga a vivir contigo?
–Sí.
Necesito acompañante, compañía... y una amante dispuesta.
Maggie
seguía de pie, con el pelo revuelto y la ropa desarreglada. Aún le temblaban
las piernas ligeramente.
¿Cómo
le estaba haciendo eso? ¿Cómo le había dejado? Para ella, Caleb había sido tan
culpable como su padrastro seis meses antes. Ambos la habían utilizado en su
juego de dominación. Y todavía no podía evitar ese irracional deseo que anulaba
toda lógica en su cabeza. Eso la debilitaba frente a él. Se odiaba por ello.
–¿Qué
más?
–Firmarás
un contrato que asegure que no obtienes ningún beneficio del acuerdo. La casa
estará sólo a nombre de tu madre, ni siquiera podrás heredarla. Otra condición
será que no podrá venderla... sólo por si lo estás planeando.
Se
sintió mareada.
–Dios...
lo que dicen de ti es cierto. Lo vas a atar todo de manera que no pueda
utilizar esto nunca en mi beneficio. No tienes corazón.
Un
destello de algo cruzó por el rostro de Caleb un segundo. Si Maggie hubiera
estado menos predispuesta en ese momento casi podría haber dicho que era dolor,
pero ese hombre no era capaz de tener un sentimiento semejante. Su rostro de
nuevo era como una máscara... habría sido su imaginación.
Caleb
ignoró sus palabras.
–Todo
esto sucederá cuando tú me hayas dado lo que quiero.
–Cuando
me haya acostado contigo.
–Durante
dos meses o tanto como yo te desee.
–¿Qué
pasa si es sólo una noche? –preguntó desafiante.
Se
acercó más a ella y se detuvo justo a su lado. Su aroma la envolvía. Se quedó
helada.
–Oh,
eso no ocurrirá, Maggie. Te lo puedo asegurar.
Maggie
giró la cabeza un momento para librarse de su mirada de láser. Intentaba pensar
deprisa. Su casa valía millones... No tenía esperanzas de llegar a tener esa
cantidad de dinero, además tampoco era por el dinero. Esa casa era donde su
madre podría pasar sus últimos días. Por fin en paz. Maggie había protegido a
su madre desde siempre. Algunas veces con más éxito que otras. Incluso desde la
primera vez que había tratado sin éxito de interponerse entre los puños de Tom
y su madre. Sólo tenía seis años y todavía recordaba el pánico.
Pero
Tom había muerto. Ésa era la última oportunidad que tenía su madre de ser feliz
y ella se aseguraría de que llegara a cumplirse, aunque lo que tuviera que
hacer no fuera correcto. Tenía que hacerlo. Se dio la vuelta y encaró a Caleb
decidida a no permitir que se diera cuenta de cómo se sentía por dentro.
Levantó la
barbilla.
–¿Y
si no estoy aquí mañana?
Al
mirarla a la cara, Caleb sintió una extraña sacudida en el interior de su
pecho. Por un segundo no estuvo seguro de querer hacer algo así... y no le
gustó cómo se sentía. Acalló sus sentimientos. Estaba jugando con él,
seguramente intentando averiguar cómo podía salir de allí llevándose lo que
quería. Miró el reloj de platino que rodeaba una de sus muñecas y dijo:
–Tendrás
una semana y seis días desde este momento para abandonar la casa antes de que
me mude yo.
Vio
a Caleb empezar a alejarse como si el apasionado beso que acababa de compartir
no hubiera significado nada. No estaba temblando como ella. Era frío y casi...
aburrido. Como si hiciera cosas así todos los días. Se dio la vuelta, se
abrochó el botón del cuello y se apretó la corbata.
–Depende
de ti, Maggie. Ven mañana o despídete de la casa. Después salió por la puerta.
Capítulo
3
AL
DÍA siguiente a la una y media, Maggie estaba sentada en su coche fuera de la
oficina de Caleb, sintiendo calor y frío y sudores todo al mismo tiempo. Su
cabeza iba de un lado para otro. Al volver a casa la noche anterior, casi se
había convencido de que podría persuadir a su madre de que podían empezar de
nuevo en cualquier otro sitio, olvidarse de la casa... cualquier cosa para no
tener que convertirse en una... pertenencia de Caleb.
Pero
cuando había llegado se había encontrado al médico. Había sentido pánico, se
había olvidado de Caleb. El médico había estado serio. Las cosas no iban bien.
Le había dicho que estaba preocupado por la salud de su madre a largo plazo...
su salud mental en particular. Que no había visto una depresión tan seria en
bastante tiempo. Por desgracia, Maggie sabía qué era exactamente lo que iba
mal.
La
pérdida de la casa era la gota que había colmado el vaso. Nunca podría negarse
a hacer algo por su madre. No cuando ella era en parte responsable de la
situación aunque hubiera sido obligada. Sabía que con ese pensamiento no estaba
siendo honrada consigo misma, pero la verdad era... que ella era responsable.
Tom la había llevado a ser su cómplice. Y aunque débilmente, se seguía
sintiendo culpable.
Había
llegado a un punto sin retorno esa mañana cuando le había dicho a su madre que
sorprendentemente Caleb había sido lo bastante piadoso como para no quitarle la
casa, pero con la condición de que ella empezara a trabajar para él
inmediatamente. Le había explicado que habían acordado que él pondría la casa a
su nombre una vez que se hubiera trasladado a la ciudad y empezado a trabajar
para él. Su madre se había quedado demasiado sorprendida como para preguntar
nada.
Y
ahí estaba. A punto de embarcarse en los dos meses más largos y traicioneros de
su vida. Pero al final, si también compraba su libertad... podría soportarlo. Y
sabía cómo. Caleb pensaba que era una mercenaria... y eso era lo que iba a ser.
No saldría nunca de la muralla que iba a levantar a su alrededor. Nunca vería
la parte de ella que era tan vulnerable. La parte que seis meses antes... Por
un momento... había pensado que Caleb podría estar realmente interesado en
ella. Apretó los labios. Sí, lo había estado, pero no de la forma que su
estúpido corazón había creído, esperado. Miró el reloj. La dos en punto.
Respiró hondo y abrió la puerta del coche.
Tendió
la mano al pomo de la puerta del despacho de Caleb, donde había sido enviada
por la incapaz de sonreír Ivy, y dio un brinco cuando la puerta se abrió de
repente. Caleb estaba al otro lado, con la camisa desabotonada, mostrando un
rizado vello justo debajo del cuello. Las mangas recogidas dejaban ver unos
musculosos
antebrazos y su pelo tenía el aspecto de habérselo peinado apresuradamente con
los dedos.
–Llegas
tarde –dijo sin preámbulos.
Maggie
hizo un esfuerzo titánico por parecer fría y miró su reloj.
–Dos
minutos tarde, señor Cameron.
–Entiendo
que aceptas mi oferta.
–Si
tú mantienes tu parte del trato.
–Por
supuesto –la recorrió con una mirada caliente y se detuvo en el rostro. Las
pecas descendían en dirección al escote–. No vuelvas a llegar tarde.
–Haré
todo lo posible.
Se
miraron uno a otro cada uno desde su lado de la puerta. Caleb apretó la
mandíbula. Maggie sintió cómo se le formaba una gota de sudor en una ceja. Fue
a secársela pero él la agarró del brazo y la metió en su despacho. Una vez
dentro la soltó y ella se fue a una esquina. Caleb apoyó una cadera en el borde
de la mesa.
Por
un momento Maggie se sintió aturdida por la vista que la noche anterior no
había podido apreciar. Había en todos los lados de la sala ventanas que
proporcionaban una impresionante vista de la bulliciosa ciudad con las montañas
al fondo. Le hubiera encantado dedicarse a disfrutar de la vista, pero mantuvo
el gesto y lo miró resolutiva.
–Creo
que es mejor que me llames Caleb... no me gustan las formalidades en el
dormitorio.
–Todavía
no estamos en el dormitorio –afirmó cortante.
Él
se incorporó e inmediatamente se volvió peligroso. Maggie intentó no recular.
¿Cómo
iba a convencerlo de que era una persona de mundo si daba un salto cada vez que
se acercaba? Caminó indolente en dirección a ella y se detuvo a pocos
centímetros. Estaba tan cerca que podía ver motas negras en el azul de sus
ojos.
–Oh,
lo estaremos... bastante pronto. Ahora, pronuncia mi nombre. Quiero escucharlo.
Se
encogió de hombros y abrió la boca para decir su nombre, pero... no pudo. Por
alguna razón, incluso a pesar de que lo había llamado por su nombre el día
anterior, no podía concebir pronunciarlo en voz alta. Era como... una especie
de palabra cariñosa. Sacudió la cabeza, había confusión en sus ojos y una
oleada de rubor invadía sus mejillas. Él se acercó más, colocó una mano en la
parte de atrás del cuello de ella y la acarició
justo
por debajo de la línea del cabello.
–Maggie...
La
parálisis la atenazaba.
–No...
puedo.
–Maggie.
Dilo.
Se
sentía como drogada. Él se acercaba más... iba a besarla. Con extrema debilidad
ella levantó las manos y las interpuso entre los dos.
–Caleb
–le salió ronco, como lo hubiera dicho una amante.
Al
decirlo se dio cuenta de por qué había sido tan difícil. Había cruzado la
línea. Ya era suya. ¿Cómo un momento tan inocuo podía parecer tan lleno de
significado?
Él
se detuvo y se enderezó lentamente.
–¿Ves
como no ha sido tan difícil?
Llevaba
en su despacho menos de cinco minutos y ya la había convertido en una náufraga
rabiosa. Tenía que rehacerse. Desempeñar el papel que se había propuesto. La
única forma posible de protegerse. Se apartó de él repentinamente y buscó con
su mente algo en lo que pensar que no fuera él. Se agarró a lo primero que se
le ocurrió y forzó una sonrisa brillante.
–¡Ropa!
–¿Qué
pasa con la ropa? –Caleb parecía muy atento, con los brazos cruzados.
No
podía entender cómo podía haber pasado del rubor por pronunciar su nombre a la
ropa. Una cosa sí tenía clara: no podía confiar en ella ni una pizca. Estaba
tramando algo y seguro que tenía una vertiente económica.
Maggie
se enrolló un mechón de pelo alrededor de un dedo, algo que hacía normalmente
de modo inconsciente pero que en esa ocasión intentaba ser un gesto de
coquetería.
–Bueno,
supongo que querrás que tenga el mejor aspecto posible... y me he dejado toda
esa clase de ropa en Londres... así que, a menos que te guste este aspecto
informal... –hizo un gesto desdeñoso señalando la ropa que llevaba puesta.
Maggie
odiaba todo aquello. Iba en contra de su forma de ser pedir cosas pero quería
que él pensara de ella lo peor.
«Como
todas», pensó él. Ninguna diferencia. Pero entonces eso significaba que había
esperado que fuera diferente, ¿verdad? Y no la quería si la había mantenido
algún otro hombre. Sólo pensarlo hacía que se le cerraran los puños. Era suya.
La vestiría para su propio placer... el de nadie más.
–Sólo
dime dónde y abriré una cuenta... puedes ir esta tarde. Mañana me voy a
Montecarlo un par de días... así que tú puedes venir también. Supongo que tu
pasaporte está en orden.
Maggie
se quedó pálida, su pizca de confianza acababa de desaparecer y asintió muda.
¿Montecarlo? Realmente ya sí que estaba en otro mundo...
Caleb
había vuelto a su mesa y había tomado el teléfono mientras la miraba
expectante, impaciente. Maggie trató de recordar su pregunta y mencionó el
nombre compuesto de una conocida y lujosa tienda cercana. Un sitio al que ella
normalmente no iba.
Una
breve conversación y estaba resuelto. Se levantó, se acercó a Maggie y le
acarició la cara con los dedos.
–Mantente
alejada de los vestidos de fulana barata, si puedes. No quiero pasar otra vez
por lo de aquella cena cuando tuve que soportar que todos los hombres que había
en la sala te desnudaran con la mirada.
Maggie
se ruborizó de humillación al recordar el vestido que su padrastro la había
obligado a llevar.
Apartó
la imagen de su cabeza y apretó la mandíbula bajo la caricia de Caleb.
–Lo
haré lo mejor posible, pero todavía tengo el vestido, así que puede que te
sorprenda.
Caleb
le dedicó una mirada heladora.
–Hazlo
y te desnudaré y te vestiré yo mismo. No juegues conmigo, perderías. No sabía que lo que estaba haciendo ella era
provocarlo. Ya no tenía el vestido,
había
acabado en la basura esa misma noche. Lo hubiera quemado si hubiera podido.
Finalmente
la soltó. Fue con las piernas flojas hasta la puerta, pero justo cuando estaba
a punto de salir la llamó por su nombre. Ella se dio la vuelta, reacia.
–No
necesito el coche hasta tarde, mi chófer puede llevarte de compras y luego
dejarte en mi apartamento. ¿Dónde está tu equipaje?
–Está...
en mi coche. Tengo que llevarlo, así que iré en mi coche a tu apartamento.
Él
se encogió de hombros y le dio la dirección, Maggie se la aprendió de memoria.
Sabía dónde era: un lujoso edificio cerca, en el centro. Después se marchó.
Al
final de la tarde, Maggie entró en la única zona de aparcamiento que había en
el edificio de apartamentos. El maletero de su diminuto coche iba lleno de
bolsas. A pesar de que había tenido el malvado deseo de comprar ropa de diseño
y de precio desorbitado... al final no había podido. Se había limitado a
adquirir lo que pensaba que necesitaría y requerirían las diferentes ocasiones.
Sabía bastante del mundo de Caleb porque Tom la había obligado a asistir a
varios actos sociales en Londres.
El
conserje ya había sido informado de que llegaría y le dio una llave antes de
decirle que él le subiría las bolsas. Mientras subía en el ascensor, Maggie era
incapaz de controlar sus pensamientos. La catastrófica reaparición de Caleb en
su vida había sido un amargo catalizador que había reavivado sus peores
recuerdos.
Había
crecido viendo a Tom Holland hacer lo peor con todo el mundo que tenía
alrededor: negocios sucios, chanchullos, arruinando la vida de la gente. Había
llegado a odiar ese mundo y todo lo que él representaba. En cierto modo ésa era
una de las razones por las que había elegido estudiar arte, aparte de porque
tenía un don, heredado de su padre, que hacía retorcerse de rabia a Tom.
Siempre
había evitado a su padrastro y a sus amigotes como a una plaga... hasta esas
dos semanas de hacía seis meses. Había sido sólo por su madre, de otro modo
nunca hubiera hecho de anfitriona ayudando a Holland durante dos semanas de
intensas reuniones en su propia casa. Caleb Cameron había sido el invitado de
honor, invitado con la excusa de compartir información con alguna de las mentes
más preclaras del mundo financiero. En realidad Tom había planeado todo aquello
para tener a Cameron cerca, lo bastante cerca como para hundirlo.
Maggie
había ido derecha a la boca del lobo cuando había conocido a Caleb y había
terminado enamorándose perdidamente. A diferencia de los socios habituales de
Tom, Caleb le había llamado la atención inmediatamente. Física e
intelectualmente. Incluso, pensaba, moralmente. Pero se había equivocado. Había
resultado ser igual que Tom, la misma bestia pero con diferente ropaje. Aunque
eso no había acabado con la intensa atracción que sentía por él.
Desafortunadamente,
Tom se había dado cuenta del volcán que había entrado en erupción entre ambos
y, con una astucia diabólica, había manipulado las cosas para asegurarse de que
estuvieran juntos en cuanto había una oportunidad, todo pensado para culminar
en aquella noche.
La
puerta del ascensor se abrió de pronto poniendo fin a sus intensos recuerdos.
Tenía que pensar en el futuro, se dijo sacudiendo la cabeza, sobrevivir a las
siguientes ocho semanas y después poner toda la tierra posible de por medio
entre Caleb y ella. Entró al apartamento con precaución, recorriendo las
habitaciones con cuidado, como si mordieran. Nada que no fuera lo mejor, por
supuesto, para el más venerable visitante de la ciudad.
Maggie
había leído de todo sobre ese edificio cuyos apartamentos los había diseñado un
arquitecto mundialmente famoso. Se levantaba en una colina enfrente de la
antigua catedral y había provocado controversia porque desentonaba con el
entorno. A ella le encantaba. Lo viejo y lo nuevo unidos en un mismo paisaje.
Dejó
una habitación para el final. Aguantó la respiración y abrió la puerta. Lo
mismo que su despacho, la habitación de Caleb tenía en todas las paredes
ventanas del suelo al techo que proporcionaban una visión impresionante de toda
la ciudad. No había ningún efecto personal a la vista; unas pocas cosas
colocadas de modo ordenado en un vestidor y objetos de aseo en el cuarto de
baño, pero parecía que no hacía mucho tiempo que vivía allí.
El
tiempo justo para buscarse una amante... pensó.
Trató
de evitar mirar al foco de atención, pero no pudo. Una enorme cama dominaba la
habitación. Cubierta con lujosas sábanas oscuras, parecía crujiente y tentadora
aunque daba miedo, mucho miedo. De pronto se formó una imagen de Caleb y ella
entrelazados, con las sábanas apartadas y el cuerpo de él cubriendo el de
ella...
¿Cómo
sería? Piel contra piel... Caleb encima de ella presionando con su excitado
cuerpo...
El
ruido de una puerta le hizo dar un salto. Se dio la vuelta. Era el conserje. El
alivio que sintió casi la hizo tambalearse.
–Ésta
es la última de las bolsas.
–Muchísimas
gracias, no debería... –acompañó al hombre hasta la salida y cuando cerró se
apoyó en la puerta, sacudió la cabeza, exploró la casa con más detalle y colgó
su ropa en el armario.
A la
nueve de la noche los nervios de Maggie habían llegado a un punto de tensión
que ni siquiera ella sabía que tenía. Cada vez que sonaba algo, contenía la
respiración, y sólo se relajaba una vez comprobaba que no era nada. Había
llamado
a su
madre para ver cómo estaba y había sido todo lo imprecisa que había podido
sobre su situación. Una amiga de su madre iba a verla a diario y la llamaría si
algo iba mal. Sonó el teléfono y lo atendió con precaución.
–Maggie...
–sintió un latido entre las piernas sólo con escuchar su voz. Las cerró con
fuerza.
–Caleb,
tenía la esperanza de que no estuvieras en el hospital –le pareció escuchar una
risita al otro lado.
–Quería
haber llamado antes, pero estaba esperando una llamada de Los Ángeles y con la
diferencia de hora... No llegaré antes de medianoche, será mejor que te
acuestes.
Recordó
lo tarde que había salido de la oficina el día anterior y extrañamente no pudo
evitar sentirse preocupada. Estaba desconcertada porque hubiera tenido la
cortesía de llamar.
–Comeré
algo, entonces –dijo eso y se quedó en silencio. Lo último que quería era
parecer preocupada o que lo había estado esperando.
–No
me digas que habías preparado una cena romántica.
–Ni
lo sueñes –dijo dulcemente cruzando los dedos para que creyera la mentira–
,
sólo he aprendido a hervir agua –en realidad había preparado un guiso sencillo,
pero no se lo iba a decir.
–Supongo
que estás instalada.
–Sí.
–Bien.
Trataré de no despertarte cuando llegue... aunque a lo mejor podrías esperar
levantada...
Maggie
fingió un bostezo.
–Me
encantaría, pero no creo que aguante despierta. Buenas noches.
Estaba
a punto de colgar el teléfono cuando oyó su nombre. No lo colgó. La voz de él
era grave y letal:
–Si
no estás en mi cama cuando llegue, Maggie, lo estarás por la mañana.
Colgó
el teléfono. Maggie pensó en lo inútil que había sido su intento de ocupar una
de las habitaciones de invitados. Sabía que haría exactamente lo que había
dicho. La llevaría en brazos hasta su cama.
Sabiendo
que no tenía elección, sacó un cómodo camisón y cerró la puerta de la
habitación. Fue al vestidor donde había colocado toda la ropa nueva. Había
guardado la ropa interior y los saltos de cama en un cajón. No había querido
comprarlos, pero la dependienta que la había atendido se había mostrado tan
entusiasmada, que no había tendido corazón para negarle la comisión. Lo mismo
había pasado con un par de vestidos que había elegido la chica. Vestidos en los
que Maggie nunca habría pensado... pero, se había dicho, eran vestidos
adecuados para la amante de Caleb, así que se los había llevado también.
Y,
si era sincera, una parte de ella había pensado: «Al diablo con todo, puede
pagar diez veces más». Rechazaba totalmente pensar que en realidad los había
comprado porque quería gustarle... Tenía que recordar que estaba representando
un
papel. Lo que él esperaba era una amante, vestida de modo adecuado, en su cama.
Esa idea hizo que se estremeciera mientras se preparaba.
Más
tarde, mientras estaba tumbada en el mismísimo borde de la enorme cama, Maggie
reflexionaba sobre la conversación telefónica y lo... fácil que había
resultado, demasiado fácil, incluso con un puntito de calidez. Y eso era
peligroso. Porque le recordaba los embriagadores días cuando lo había conocido
en Londres, cuando había visto su otro lado. Se dio la vuelta y apoyó la cabeza
en la mano. Si decidía ser encantador, estaba perdida. La tensión de los días
anteriores y la anterior noche de insomnio acabaron por hacer que se durmiera
profundamente.
Caleb
se despertó temprano. Era consciente del calor de otro cuerpo a su lado. Se dio
la vuelta y se encontró a Maggie acurrucada a su lado. El vibrante pelo rojo
extendido como un abanico. Había apreciado su borrosa figura en el otro extremo
de la cama la noche anterior, pero estaba demasiado cansado como para
investigar más.
En
ese momento, sin embargo, podía estudiarla a placer. Parecía más joven,
inocente... vulnerable. Su gesto se endureció al apartar esos pensamientos y
seguir con el examen visual. Las sábanas bajadas dejaban ver un salto de cama
color crema, el delicado encaje disimulaba escasamente los montes de sus
pechos, que subían y bajaban cuando respiraba. Caleb sintió cómo su cuerpo
respondía. Se movió y Maggie también, como si estuvieran unidos por un hilo
invisible. Se quedó quieto.
En
reposo sus labios parecían como enfurruñados. Deseó besarla con suavidad.
Quería
despertarla y verla con ojos de sueño, que sonriera y se entregara a él.
Pero
no lo hizo. Porque sabía que si la despertaba con un beso primero lo miraría
con sorpresa y después con censura... y, no sabía por qué, no era eso lo que
quería. Cuando le hiciera el amor quería que tuviera los ojos abiertos,
conscientes de cada momento y llenos de pasión...
En
un segundo se había movido y acercado más a él. Le apoyó la mano en el pecho
haciendo que su palidez resaltara contra la piel oscura de él. Caleb apretó la
mandíbula para no caer en la tentación y con mucho cuidado se fue a dar una
ducha. Una fría. En la cama, Maggie se estiró pero no se despertó.
Capítulo
4
CUANDO
Maggie se despertó, le llevó un minuto saber dónde estaba. Se sentía
completamente despejada, como si hubiera disfrutado del sueño más reparador de
su vida. Se estiró debajo de las sábanas, sonrió y después se quedó quieta. La
sensación de la suave tela en la piel le resultó extraña. Recordó exactamente
dónde estaba.
Se
sentó y se dio cuenta de que estaba en el lado contrario de la cama de donde se
había acostado por la noche y que había la huella de otra cabeza muy cerca de
la suya, lo que demostraba que Caleb había dormido con ella aunque en ese
momento ya no estuviera. Por dónde estaba, podría haberse subido encima de
él... o a lo mejor la había empujado. No, se habría despertado. ¿Cómo podía
haber dormido tan profundamente con él en la cama a su lado? La mayor parte de
las veces tenía un sueño ligero y la primera noche que dormía en esa cama,
compartiéndola con la persona más perturbadora que había conocido nunca, dormía
como un bebé por primera vez en años.
La
puerta se abrió y apareció un limpio, afeitado e impecablemente vestido Cale.
Maggie se subió la sábana hasta la barbilla increíblemente aliviada de verlo
completamente vestido.
–Buenos
días –dijo él dejando una taza de café en la mesilla. Lo miró recelosa.
–¿Sabías
que eres como una serpiente cuando duermes? Estabas encima de mí cuando me he
despertado. Has debido de creer que una cama gigante sería lo bastante grande
para...
Después
de lo que ella misma había estado pensando, aquello era demasiado. No iba a
permitirle que la provocara y omitió una réplica a la defensiva, pero tenía que
decir algo.
–Bueno,
a lo mejor esto ha sido un error después de todo, si duermo ocupando toda tu
cama sin haberme desprendido de la ropa...
Caleb
se sentó en la cama al lado de ella y Maggie casi se quedó sin respiración. Dos
poderosos brazos se colocaron a ambos lados de ella. La sábana cayó y dejó ver
la parte superior de su cuerpo, apenas oculta por el encaje y el satén. Los
ojos de él recorrieron desde la cara hacia abajo hasta detenerse en los pechos.
Bajo su mirada, Maggie pudo sentir cómo sus pezones se endurecían y se
volvían pequeñas puntas que levantaban la tela de modo evidente como
rogando que los acariciaran. Como sin importancia, Caleb levantó una de las
manos y pasó los nudillos por uno de los sensibles picos, haciendo que ella
gimiera ahogada antes de que la agarrara
de la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos.
–¿Error...?
No lo creo, mi amor.
Maggie
se estremecía mientras sentía cómo la parte inferior de su cuerpo ardía de
necesidad. Caleb acababa de demostrar con poco más de una mirada que, si
hubiera querido, podría haberla poseído la noche anterior. Lo sabía y ella
también.
De
pronto, se puso de pie y con una expresión incomprensible dijo:
–Volveré
a buscarte a las once para irnos a Montecarlo, así que estate preparada. Y se
fue. Maggie cerró los ojos. Sería capaz de hacerlo, pensó. Tenía que hacerlo,
pero
qué difícil iba a ser.
A la
hora señalada, Maggie esperaba con una bolsa preparada para marcharse. Había
llamado a su madre para decirle que, como asistente de Caleb, tenía que ir con
él a un corto viaje. Al haber guardado toda su ropa antigua y haberse puesto la
nueva, se sentía un poco más como la actriz que estaba intentando ser. Una
sencilla falda de lino, camisola de seda y chaqueta a juego. El pelo recogido.
Sonó el teléfono. Era Caleb para decirle que estaba abajo en el coche.
Ya
fuera, Maggie se quedó un momento de pie en las escaleras. Caleb la miraba
desde el asiento trasero del coche. Al verla llegar, fresca y brillante y
dulcemente sexy, sintió ganas de saltar para tocarla y comprobar si era real.
Maggie
dejó la bolsa y se metió en el coche para volver a salir un segundo después.
–¿Qué
pasa? –dijo lacónico Caleb desde el interior del coche.
–Sólo
quiero asegurarme de que mi coche está cerrado –fue corriendo hasta su coche,
que estaba al lado, y revisó las puertas.
Cuando
volvió, Caleb estaba de pie al lado del coche.
–¿Esa
cosa es tu coche?
–Sí
–replicó a la defensiva.
–Es
un peligro para la salud.
Maggie
hizo un esfuerzo para reprimir su primer impulso. Se había comprado ese coche
con sus primeros ahorros ganados ocupándose del jardín. Había aprendido a
conducir con él y lo cuidaba con mimo.
Supuso
que Caleb esperaba que condujera algo más ostentoso, así que eligió las
palabras con cuidado para parecer despreocupada.
–Oh...
sólo lo tomo prestado cuando estoy en casa. Lo suele utilizar el jardinero.
Se
metió en el coche y esperó que el tema se olvidara. El chófer se dio la vuelta
para mirar a Maggie y presentarse como John. Le sorprendió su acento inglés.
–Un
gran coche, ¿verdad? Mi primer coche también fue un Mini. Sé lo unido que se
puede uno sentir a él –dijo, y le hizo un guiño, el primer gesto de auténtica
calidez humana en dos días.
Maggie
le respondió con una sonrisa y después miró en dirección a Caleb, al otro lado del coche. La estaba
mirando con una extraña expresión en el rostro. Ella volvió la cara rápidamente
y miró por la ventanilla. Pudo ver por el rabillo del ojo cómo se ponía a mirar
unos papeles. Sin sus ojos sobre ella, Maggie respiró despacio y pensó por
primera vez en el lugar al que se dirigían.
Un
sitio cálido... y lleno de glamour... y exótico... y extranjero. Donde
sucedería lo inevitable. En unas horas, volverían a Dublín convertidos en
amantes. ¿Sería capaz de hacer el amor con él dejando sus sentimientos aparte?
Tendría que serlo.
Maggie
levantó el rostro hacia el sol. Qué felicidad... si no reparaba en el hecho de
que estaba allí más o menos bajo coacción, de lo que sólo ella era culpable, y
en que tenía el estómago hecho un nudo constantemente desde que Caleb había
vuelto a aparecer en su vida sólo tres días antes.
Abrió
los ojos y se los protegió del sol. Estaba sentada en la terraza de la
habitación del hotel, un balcón que daba a una idílica placita. Se levantó y se
apoyó en la pared. El sol brillaba en la distancia. ¿Cuántas mujeres más
habrían tenido ese trato? Llevadas de un lado a otro, a hoteles lujosos,
lugares fantásticos... exclusivamente para el placer de él. La idea dolía como
un cuchillo en el corazón. Se separó enfadada de la pared.
Dio
un pequeño grito cuando vio a Caleb en la ventana francesa que separaba la
habitación de la terraza. Tenía los ojos sombríos.
–¿Cuánto
tiempo llevas ahí...? ¿Qué ha pasado con tu reunión? –se sentía absurdamente
expuesta, como si él pudiera saber lo que había estado pensando.
Caleb
se acercó.
–Tienes
que tener cuidado... te achicharrarás al sol –Caleb se dio cuenta de que tenía
más pecas en la cara y los hombros, lo que la hacía parecer ridículamente
joven.
Maggie
se puso rígida al sentir los dedos de Caleb en los hombros.
–No te
preocupes –dijo sin
respiración disimulando la
tensión de su
cuerpo–, experiencias previas me han hecho no salir al exterior sin un
factor treinta. Abandoné la idea de broncearme hace años.
–Aun
así... deberías tener cuidado.
–Si
no tienes cuidado tú, voy a pensar que te preocupa mi bienestar –bromeó ella.
–Qué
va. Me has salido muy cara. Y no quiero que esta noche me digas que tienes que
reponerte de una insolación.
A
Maggie se le secó la boca. A pesar de su tono insultante no podía apartar de la
mente las imágenes que le sugería la expresión «esta noche». Pensó en algo que
decir, pero él se adelantó:
–Mi
primera reunión ha durado menos de lo que pensaba. No he comido todavía, ¿y tú?
–Maggie negó con la cabeza–. Tengo mesa en un pequeño restaurante que hay justo
a la vuelta de la esquina, vamos a comer algo ligero. Tengo otra reunión en una
hora.
–De
acuerdo... –Maggie agarró su bolso y lo siguió fuera de la habitación.
Un
pequeño paseo desde el hotel y llegaron a una callecita adoquinada. Caleb
señaló un restaurante lleno de plantas y cestas de flores. Dentro se estaba
fresco. El camarero los llevó hasta una mesa apartada, al lado de una ventana
abierta.
Era
romántico hasta decir basta. Embriagador teniendo a Caleb al otro lado de la
pequeña mesa, sin-tiendo sus piernas rozar las de ella.
Miraron
el menú y cuando volvió el camarero, le pidieron la comida. Caleb pidió agua con gas. Cuando el camarero dejó
la botella y se fue, Caleb alzó su copa.
–A
falta de vino... ¿podemos brindar por una tregua, Maggie?
Maggie
sintió un temblor en el vientre. No podía esquivar sus ojos, el azul la
hipnotizaba. Levantó su copa también. Caleb hacía eso sólo para ponerse las
cosas más fáciles. Nadie querría una amante reacia.
–Por
la tregua...
Caleb
sonrió, ella bebió un sorbo y sintió que el temblor de su vientre se
multiplicaba por mil. Cuando le sonreía de ese modo... no podía pensar bien.
Peligro.
«Se
está comportando de ese modo encantador sólo para conseguir de ti lo que
quiere...», le decía una vocecita en su interior. Maggie la ignoró. Sabía
exactamente lo que estaba haciendo.
–No
olvidemos por qué estamos aquí...
–Infórmame,
Maggie, por favor –dijo con brillo en los ojos.
–La
casa, por supuesto.
–Ah,
sí, la casa. Estaba intentando, veo que sin esperanza, darnos la oportunidad de
olvidarnos de la fea realidad. No hace falta que me recuerdes que te estás
vendiendo por una casa que vale millones. Y que yo soy el idiota que piensa que
lo vales –las últimas palabras las dijo con rabia y ella pudo apreciar un
temblor en la sien. Era evidente que se arrepentía de haberlas pronunciado.
Maggie
se ruborizó. Bueno, se lo había buscado. Bebió un poco de agua. Caleb se
inclinó hacia delante.
–Pero
Maggie, no hay ninguna razón por la que no podamos llegar a un común acuerdo.
Tenía
que ser cuidadosa, estaba dejando que las emociones la hicieran vulnerable.
–Sí,
tienes razón. Brindemos por esa tregua otra vez –levantó su copa.
Con
ojos calculadores, Caleb le dio con la suya. Ella sonrió ocultando el dolor.
Con un aplomo que no sabía que tenía, Maggie se las arregló para mantener una
conversación ligera.
Caleb
pareció olvidarse de su pequeño arrebato mientras conversaban sobre asuntos sin
trascendencia, pero ella seguía dándole vueltas y pensando en todo lo que
tenían en común. Una vez le había encantado hablar con él. Sin saber cómo la
conversación fue pasando a temas más personales.
–¿Vas
mucho a Río? –ya se habían llevado los platos y Maggie tenía la taza del café
en la mano.
A
pesar de que no habían bebido vino, sentía una especie de suavidad en los
huesos que la relajaba. Y se sorprendió de lo poco que le costaba relajarse.
Caleb
miró al infinito un momento y algo brilló en su cara.
–No
mucho. A pesar de que mi madre sigue allí, pero está muy ocupada con su nuevo
marido...
–Ya
lo has mencionado antes, ¿verdad? ¿Es...?
–De mi
misma edad –dijo con
una carcajada–. Sí.
Y tiene montones
de dinero para mantenerla al
ritmo de vida que ella está acostumbrada.
Maggie
trataba desesperadamente de mantener las cosas en un tono ligero.
–Bueno,
tienes que admitir que es un cambio completo. Habitualmente es al revés, un
viejo con una mujer no mayor que su hija.
Hubo
un segundo de tensión y después Caleb sonrió.
–Tienes
razón. A ti seguramente ella te gustaría. Es muy directa, no tiene pelos en la
lengua.
De
pronto le dio vergüenza la posibilidad de conocer a su madre, pero sabía que él
no lo había dicho en ese sentido. En todo caso, sería un insulto encubierto
más.
–¿Está...
está tu padre todavía en Inglaterra? Asintió en silencio mientras bebía un
sorbo de café.
–Sí.
Vive en Brighton, así que me acerco a verlo siempre que puedo –había tensión en
su voz cuando hablaba de su padre.
Maggie
supuso que habría tenido una relación difícil con su madre y recordó que le había contado que sus padres habían
luchado por quedarse con él cuando tenía tres o cuatro años. Había dado tumbos
entre Brasil y el Reino Unido durante años.
–Pero
tú vives en Londres, ¿no? O vivías... –no fue capaz de decir las palabras
«hace
seis meses».
Él
asintió.
–Tengo
un apartamento allí y otro en Río, Nueva York, París... pero nunca estoy en un
sitio el tiempo suficiente como para llamarlo mi casa. Un sitio al que
volver...
–No
me lo puedo imaginar. Todo el tiempo que vivimos en Londres, Irlanda siguió
siendo nuestro hogar. Un sitio al que volver...
«Un
refugio contra el terror», pensó. Dublín siempre le había resultado demasiado
aburrido a Tom, nunca se quedaba mucho y ella nunca había sido más feliz que
durante sus años de colegio, cuando había permitido a su madre quedarse... lo
que había sucedido porque él se iba de vacaciones con alguna de sus muchas
amantes.
–¿Es
allí donde vives ahora? Volvió a la realidad para asentir.
–Me
gustaría. Llevamos en casa seis meses...
–¿Seis
meses? –dijo cortante. Maggie se ruborizó de culpabilidad y se preguntó si
habría bajado demasiado la guardia. Eligió sus palabras con mucho cuidado:
–Mi
madre quería volver a casa, así que me fui con ella para ayudarla a instalarse.
–Así
que dejaste Londres hace seis meses... –dijo entornando los ojos. Maggie
asintió.
Caleb
la estudió. Había algo ahí dentro, estaba seguro, pero no podía saber qué. Tom
debía de haberla mandado lejos por miedo a que Caleb fuera tras ella.
Protección. Pensarlo le hizo volver a sentir esa rabia de nuevo. Por su
traición, por su propia debilidad. Hizo un esfuerzo por contenerse, acababan de
firmar una tregua.
–¿Estás
muy unida a tu madre?
Maggie
se sintió aliviada al ver que se apartaba el foco de Londres. Asintió
enfáticamente. Caleb se quedó sin respiración: Maggie estaba radiante. El sol
le había dado un cálido brillo a su pálida piel. El escote dejaba atisbar el
valle que formaban sus pechos. Un mechón de pelo rojo había caído por encima de
su hombro y se apoyaba al lado de un pecho. Se estaba volviendo loco: sentía
celos,
¡del
pelo! Se movió en la silla. «Esta noche», se juró, sintiendo el latido del
deseo en su sangre...
Un
momento después, volviendo al hotel, Caleb tomó despreocupadamente la mano de
Maggie con la suya. Se volvió a mirarla. Ella también lo miró. El sol detrás de él la deslumbraba.
Iba
a besarla y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. La atracción mutua
era innegable, siempre lo había sido.
La
atrajo hacia él rodeándola con un brazo mientras que con la otra mano le
sujetaba la cabeza. Sus bocas se rozaron. Ardiendo de deseo, Maggie finalmente
se rindió y, por primera vez desde que se habían vuelto a encontrar, le
devolvió el beso porque, a pesar de todo, ella también lo deseaba. No podía
evitarlo. Lo necesitaba tanto como respirar. Simplemente no podía evitarlo.
Al
notar su tácita aceptación, Caleb estrechó el abrazo. Su lengua entró en su
boca y exploró su dulzura. Maggie deslizó las manos por sus brazos hacia arriba
sintiendo los músculos bajo la piel.
Cuando
finalmente Caleb levantó la cabeza, le dio otro rápido beso como si se
resistiera a separarse de ella. Maggie se sentía mareada. Lo único que la
mantenía en pie era el brazo alrededor de su cuerpo. Se odiaba por ello, ya la
tenía exactamente donde quería. Y no podía hacer otra cosa que... obedecer.
–No
tendré mucho tiempo después, así que haré que me lleven el esmoquin y nos
reuniremos en el bar del hotel antes de la recepción –la soltó y la empujó con
suavidad en dirección al hotel.
Antes
de sentirse completamente humillada, se dio la vuelta y echó a andar sin mirar
atrás.
Capítulo
5
DESCARTÓ
el coche y decidió volver andando a la reunión. La mente de Caleb funcionaba a
toda velocidad. Ese beso... y Maggie llenaban tanto sus sentidos que el trabajo
había quedado a un lado. Aceleró el paso como si así pudiera poner algo de
distancia con sus incómodos pensamientos. Había tenido otras amantes,
montones... ¿qué problema había esa vez? Maggie era una más. Entonces, recordó
que, andando por una calle de Londres unas semanas antes, al ver a una
pelirroja bajita de espaldas, el pulso se le había disparado hasta que había
descubierto que ni siquiera se parecía a Maggie, pero la fuerza del deseo que
había sentido lo había alterado más de lo que quería reconocer.
¿Habría
sido eso lo que lo había espoleado a verla de nuevo? ¿A vengarse porque odiaba la atracción que
ejercía sobre él?
Se
regañaba interiormente por dar rienda suelta a tales ideas. Aplicando la pura
lógica, se decía que la deseaba y que ella le había ofrecido en bandeja la
llave para convertirla en su amante, eso era todo. Era una más en la lista
aunque hubiera sido ella la que se había acercado a él. Obligada o no, no tenía
que olvidar que ella había sido utilizada como cebo para hundirlo. No podía
permitirse olvidar eso. Nunca confiaría en ella.
Pero
en ese momento, después de sólo unas horas en compañía de Maggie, una mujer que
no pretendía gustarle, estaba deseando que pasara la tarde de una vez.
¿Por
qué perdía el control de ese modo? Era puro y simple deseo. Aunque fuera el
deseo más poderoso que había experimentado jamás, pero no había otra cosa. De
momento...
Odiaba
pensar lo fácilmente que podría acabar bailando al son que ella tocara...
Mientras
esperaba el ascensor, los pensamientos de Maggie atravesaron la pared de
espejos. Se sentía algo irreconocible. Siempre se había negado a hacer caso de
las recomendaciones de Tom para que se «arreglara», normalmente no había mucho
caso de eso.
«Y
ahora... ¿de pronto sientes la urgencia?», le decía en el oído una vocecita
sarcástica. De todos modos se alegraba de haber hecho el esfuerzo, se decía
desafiante, apretando de nuevo el botón con fuerza, mientras sentía mariposas
en el estómago al oír la campana que anunciaba que el ascensor había llegado.
Caleb
disfrutaba de un whisky mientras la esperaba en el bar. Estaba impresionante y
era el centro de las miradas de todas las mujeres. Él lo sabía, pero la única
mirada que le importaba en ese momento era la de unos ojos verdes.
Se
había reforzado para volverla a ver. Todas las defensas levantadas. Ella le
había hecho perder la concentración durante toda la tarde. Había estado a punto
de aceptar una fusión que le hubiera costado millones. Eso nunca le había
sucedido antes. Y, después de la llamada que había hecho a su asistente en
Dublín, sabía que
ella
quería mucho más que recuperar la casa para su supuestamente inocente madre.
Ella lo quería todo.
Un
repentino sonido de conversaciones sordas hizo que levantara la vista. El pelo
de la nuca se le erizó cuando miró a través de su vaso y vio a Maggie de pie en
la puerta. Sintió que el pecho se le quedaba sin aire. Estaba... impresionante.
Pudo
ver cómo buscaba con los ojos y se dio cuenta de que no podía verlo bien desde
donde estaba ella. Llevaba un vestido color aceituna oscuro con solapas que se
encontraban formando una «V» por encima de una línea debajo de los pechos,
haciendo que la palidez y voluptuosidad de lo que se apreciaba sugiriera lo que
no se veía. El pelo lo llevaba recogido a un lado y caía por encima del otro
hombro en una ola bermeja. Destacaba por encima de cualquier otra mujer de las
que había allí como una brillante perla en medio del oscuro coral.
Apretó
el vaso con fuerza cuando ella se ruborizó al verlo. Fue hacia él y casi sintió
ganas de huir. Como si estuviera a punto de chocar con algo que definitivamente
era un peligro.
Y
entonces ella se detuvo delante de él. Lo miró con lo ojos con forma de
almendra acentuados por el rímel y un fresco aroma. Sintió cómo todas sus
defensas se derrumbaban. Se puso de pie.
–Si
estás lista, nos vamos.
Maggie
lo miró en busca de alguna clave para saber qué estaba pensando. Ni siquiera
había dicho si pen-saba que iba bien. La tomó de la mano, posesivo, y la llevó
hacia la entrada del hotel donde un elegante coche se detuvo.
Caleb
la ayudó a entrar en la parte trasera. Lo miraba subrepticiamente y se daba
cuenta de que con el esmoquin era incluso más guapo, con el pelo peinado hacia
atrás, lo que permitía apreciar la fuerza de su frente y la línea de la nariz.
Pero
no parecía contento. Después de dudar un momento, Maggie no pudo evitar
preguntar:
–¿Va...
va todo bien? –él se limitó a mirarla–. Es que pareces un poco preocupado...
¿es por el trabajo?
–¿Qué
es esto? –se mofó–, ¿la alegre, preocupada y considerada Maggie tratando de
hacerme sentir falsamente seguro?
–¿De
qué hablas?
Caleb
sabía que se estaba comportando de un modo irracional y de que estaba
reaccionando a algo de lo que ella ni siquiera era consciente, pero no podía
parar. Quería empujarla y ponerla a una distancia que lo hiciera sentirse
seguro.
–Debías
de saber que estaba a punto de poner a Holland de rodillas. No confío en ti. Sé
que estás intentando algo más que salvar la casa.
Maggie
se acobardó al ver el gesto de su rostro y el temor llenó su pecho porque no
tenía ni idea de algo así y tuvo miedo de echarse a llorar de frustración.
Estaba horrorizada de verdad. ¿De dónde salía todo aquello? Como si le leyera
el pensamiento, él respondió. Se inclinó sobre ella, le tomó la mano y se la
llevó al pecho. Su aroma la envolvía y Maggie cerró los ojos en un inútil
intento de librarse de la sensual amenaza.
–Piensas
que eres lista, ¿verdad? Gastas esa cantidad de dinero en ropa... después te
aseguras de que vea el coche viejo, como si tú normalmente no condujeras algo
mucho más caro.
Lo
miró con los ojos abiertos de par en par.
–¿Qué?
–preguntó. «¿Habrá perdido la cabeza?», pensó.
–Todo
bien pensado, sin duda, para hacerme creer que a lo mejor te había juzgado
demasiado duramente...
–Es
una locura... –sus palabras la habían herido en lo más hondo. Era evidente que
la había investigado. Pensó en el dinero que se había gastado a su costa y en
lo difícil que le había resultado hacerlo con la cabeza alta. ¿A qué demonios
estaba acostumbrado? Sacudió la cabeza–. A lo mejor soy distinta de tus
otras...
–¿Distinta?
No creo, Maggie. Siempre era evidente lo que querían. Eran sinceras.
Tú
engañas.
Sus
palabras le estaban haciendo mucho daño.
–Y
puede que tú seas demasiado cínico.
–Puedes
decirlo así –dijo sonriendo sin soltarle la mano–. Mi madre me enseñó que todas
las mujeres aprecian el botín que suponer ser el juguete de un hombre rico y
todavía no he encontrado ninguna que me haya demostrado lo contrario... A lo
mejor ha sido tu madre la que se ha quedado con la herencia de Tom, pensando
que entre las dos podríais manipularme volviéndote a usar como señuelo. ¿Por
eso no pudo reunirse conmigo el otro día en la casa...? Estabas preparando el
terreno para la lástima cuando conseguiste que Murphy me dijera que estaba muy
debilitada por todo...
Al
escuchar lo que decía de su madre, Maggie cerró los puños y se quedó pálida.
–No
vuelvas a hablar de mi madre de ese modo. Esto es algo entre tú y yo. Es todo
lo que necesitas saber. Mantenla fuera de esto.
Caleb
se creyó su apasionada respuesta. Parecía sinceramente enfadada. Siguió
agarrándola, tratando de interpretar la expresión que había en su rostro, pero
rápidamente desapareció y su gesto volvió a ser inescrutable.
Maggie
no podía desdecirse de las palabras y sabía que había hablado de más. Pero no
podía soportar que rebajara a su madre. Sabía que no podía decir nada, hacer
que él la escuchara. No podía defenderse de ninguna manera... sería exponerse
al ridículo y traicionar a su madre.
Así
que fingió una sonrisa y se sacudió el pelo con la esperanza de que no hubiera
reparado en sus palabras. Tenía que tener más cuidado.
–Y
sobre la ropa, he comprado sólo lo que necesito por ahora... y te equivocas con
lo del botín... después de todo soy tu juguete los próximos dos meses, ¿no? A
menos, por supuesto, que dejes que me vaya. Si soy tan desagradable para ti...
De
pronto, Caleb silenció sus palabras con la boca. Y, por mucho que la dignidad
le exigía a Maggie apartarse de él y gritar reclamando su inocencia, se
descubrió a sí misma acurrucándose en el pecho de Caleb, sintiendo cómo sus
suaves curvas se apoyaban en los músculos duros como rocas. Se sentía
embriagada, y de pronto el coche se detuvo. No lo hubiera notado si Caleb no se
hubiera
incorporado. Los ojos le brillaban fieros en la penumbra mientras esperaban a
que les abrieran la puerta.
–No
lo olvides, eso es todo lo que eres, Maggie. Mi juguete.
En
el salón hacía un calor sofocante a pesar de que estaban todas las ventanas
abiertas. A Maggie le ardían las mejillas y le dolían los pies debido a los
tacones. Se movía apoyándose primero en un pie y luego en otro. Caleb, a su
lado, la miró cortante.
–¿Qué
te pasa?
–Nada
–dijo sin mirarlo. Apenas habían hablado desde que habían llegado.
Él
parecía no haberlo notado. Durante lo que a ella le habían parecido horas había
soportado toda clase de conversaciones sobre temas superficiales y había sido
relegada a un segundo plano mientras Caleb entretenía a una interminable
sucesión de aduladores. También había tenido que soportar toda clase de miradas
no muy amigables por parte de las mujeres que había en el salón. En un momento
concreto había habido una oleada de gente y Maggie se había encontrado separada
de Caleb y rodeada de tres o cuatro mujeres. Iban todas vestidas de alta
costura. La habían mirado de arriba abajo como si fuera un espécimen expuesto
en una urna. No podía creer lo groseras que habían sido y trató de no parecer
tan intimidada como estaba. Una de ella dijo:
–Vous
êtes ici avec monsieur Cameron?
Sin
siquiera pensarlo, Maggie evocó el francés del colegio, tratando de ser amable,
preguntándose quiénes serían y qué querrían saber.
–Oui...
–Ah,
bon. Mais juste pour ce soir, n’est ce pas?
Maggie
trató de averiguar lo que decía la mujer... ¿Estaba sugiriendo que estaba allí
con Caleb sólo esa noche, como una especie de... prostituta? Un rubor
mortificante invadió su rostro. Se estaban riendo de ella con sus caras
excesivamente maquilladas, sus pelos llenos de laca y sus empalagosos perfumes
que la estaban mareando.
–Lo
siento... discúlpenme –trató de encontrar la salida, pero no pudo. Se estaba
empezando a desesperar cada vez más.
Caleb
giró la cabeza. ¿Dónde estaba? Estaba a su lado dos minutos antes. Se había
puesto a conversar con un inversor francés y no había conseguido librarse de
él. Se sentía algo culpable por no haber estado más pendiente de Maggie, pero
todavía tenía la desagradable sensación de ser un imbécil al desearla... Tenía
que tener cuidado cerca de ella.
Entonces
la vio. Estaba rodeada por las «venerables» de Montecarlo, las conocía bien.
Apretó los labios. Habían intentado emparejarlo varias veces con algunas de sus
demasiado jóvenes, engreídas y petulantes hijas. Y de pronto se dio cuenta de
que Maggie parecía aterrorizada. Sin pararse a pensarlo, fue hasta ella a
grandes zancadas, pasó entre las mujeres y la tomó del brazo.
Ella
lo miró con alivio y algo más, que hizo que se le encogiera el pecho. Pero
después se le pasó, como si nunca hubiera ocurrido. Sonrió a las mujeres para
excusarse y se llevó a Maggie.
–¿Estás
bien? –preguntó mirándola a los ojos.
–No
gracias a ti. Esas mujeres son... increíbles –sacudió la cabeza–. Deberías
haberme advertido que hacía falta traer chaleco antibalas.
Caleb
no pudo evitar sonreír. Tenía sus dudas de que aquellas mujeres hubieran
hundido a Maggie, simplemente la habían pillado con la guardia baja. Podía
imaginar perfectamente lo que le habrían dicho y se preguntó qué habría hecho
para manejarlas.
Decidió
no averiguarlo. Pensaba en cuánto tiempo más tendría que ser amable antes de
poder salir de allí y llevarse a Maggie con él. A la cama.
–Ah,
Cameron, está aquí...
«No
mucho más», pensó. Tiró de Maggie hasta ponerla a su lado, dibujó una sonrisa
mientras otro colega lo volvía a matar de aburrimiento.
Maggie
dedicó una mirada reacia al objeto de fascinación de todo el mundo, sintiendo
todavía la ira dentro de ella. Tenía que admitir que era el más guapo. Le
sacaba una cabeza a todo el mundo y tenía un físico... de nuevo sintió dentro
de ella los nervios de la anticipación. Finalmente, después de lo que le habían
parecido las peores horas, se inclinó sobre ella, le acercó la boca a la oreja
provocando una ola de conmoción y le dijo:
–Vámonos
de aquí.
Ella
asintió en silencio. Había llegado la hora, ni un retraso más, esa noche él
reclamaría el pago... poseería su cuerpo y, se temía, también su alma. Y no
podría decir nada.
De
pronto se sintió absolutamente vulnerable y sola. Mientras lo seguía a través
del gentío, parándose cada dos segundos para despedirse, pensaba un poco
histérica en lo que diría si tuviera oportunidad: cómo seis meses antes, el día
de su cita, Tom, su querido padrastro, la había informado de sus planes de
hundir a Caleb. Y cómo si ella no cooperaba con sus planes y mantenía a Caleb
ocupado, golpearía a su madre de una forma tan sistemática que, en palabras de
Tom,
«acabaría
en el hospital».
Le
contaría cómo se había devanado el cerebro buscando una escapatoria... pero
sabía que no importaba lo que hiciera; aunque hubiera llamado a la policía, se
lo hubiera hecho pagar a su madre de alguna manera. Lo había hecho durante
años. Una vez, cuando era joven e ingenua, Maggie había acudido a la policía.
Tom no la había castigado... No, había sido su madre quien había sufrido, a
pesar de que, para proteger a Tom, había dicho que había sido un atracador
quien le había pegado. Una conducta típica de las víctimas del maltrato. Tom
era muy astuto, casi nunca se notaban las señales.
Podría
decirle que, antes del bombazo de Tom, estaba ridículamente excitada por salir
con él, y se había comprado un vestido nuevo. Pero entonces había sido
cuando
Tom la había obligado a ir a aquella tienda, había comprado esa especie de
vestido y le había explicado cuál era su papel en el macabro juego.
Podría
contarle lo culpable que se había sentido y que por eso no se había acostado
con él. Había estado a punto de contarle todo, confiarse a alguien a ver si por
una vez su madre estaba protegida.
Maggie
ya no estaba en Montecarlo, estaba de vuelta en aquella habitación de hotel.
Los recuerdos eran tan vívidos que se sentía mareada y era incapaz de librarse
de ellos. Estaba en aquella cama, envuelta en las sábanas, temblando, medio
desnuda mientras delante de ella Caleb se ponía la ropa.
–Maggie,
eres idiota. ¿Te crees que no sé exactamente lo que habías planeado? – había
dicho con una carcajada mientras se ponía la camisa. Maggie se había quedado
helada, incapaz de decir nada para defenderse–. Escuché a tu padrastro. Sus
palabras exactas fueron: «Mi hijastra hará cualquier cosa y le gusta Cameron.
Está con nosotros». Así que ya ves, Maggie. Sabía desde hace días que estabais
preparando este plan... ¿Y el vestido? He visto algunos más clásicos en mujeres
que hacen sus negocios en la calle.
–Pero...
yo no sabía... yo... –había dicho ella con la voz seca, casi en un chirrido.
–Ahórratelo,
Maggie. Lo sabes bien. Incluso tengo las pruebas.
Se
sacó de uno de los bolsillos un sobre y le lanzó el contenido. Fotos, montones
de ellas: de Tom y ella en Oxford Street, entrando en la tienda, saliendo con
la bolsa. Entrando en el coche. Vistos así parecían los mayores cómplices del
mundo...
Levantó
la vista y lo miró con ojos heridos.
–Pero...
¿cuándo?, ¿cómo?
Ya
estaba casi vestido y no la miraba.
–Te
he seguido hoy sólo para comprobarlo por mí mismo.
–Pero...
tú has sabido... tú sabías todo, desde...
–Sí,
Maggie. Lo he sabido desde casi el día que nos conocimos. Así que todas esas
miradas tentadoras e inocentes no han servido para nada.
–Pero
¿cómo podías, quiero decir, por qué... lo has hecho? –no sabía por qué seguía
hablando.
Él
se acercó a la cama y Maggie tuvo que levantar la vista. La cara de Caleb era
de hielo.
–Porque
te deseaba. Me gustabas. Y sabía que podría tenerte. Estabas ofreciéndote en
bandeja... –se acercó más apoyando las manos a los dos lados de ella–. Los dos
sabemos que todavía podría tenerte, ahora... –la recorrió con la vista– pero no
me voy ni a molestar porque, créeme, no quiero volver a verte jamás –y salió de
la habitación sin mirarla.
Maggie
se había quedado sentada en la habitación un largo rato.
En
Montecarlo, salían de la sala y Maggie ni siquiera era consciente. Estaba
encerrada en sus terribles recuerdos. Caleb miró la mano de ella dentro de la
suya, estaba helada. Después miró su rostro. Estaba tan pálida que se quedó
impresionado. Cuando la llamó, no respondió. Algo iba muy mal. La tomó en
brazos
y la sacó del edificio. En el coche la mantuvo junto a él. Sabía que fuera lo
que fuera lo que le pasaba, no lo estaba fingiendo. Nadie podía fingir aquello.
De
vuelta al hotel, volvió a llevarla en brazos, todo el camino, del coche a la
habitación. Una vez dentro, la sentó y sirvió brandy en una copa. Hizo que se
lo bebiera. Pudo apreciar en ella el efecto del alcohol: se le encendieron los
ojos y tosió. Y entonces empezó a temblar de forma incontrolable. La abrazó
hasta que el temblor pasó. Cuando hubo pasado, la soltó. Ella lo miró como si
fuera la primera vez que lo veía.
–¿Qué...
qué ha pasado?
Apreció
preocupación en los ojos de él y se preguntó por qué sería con la esperanza de
que estuviera realmente preocupado por ella.
Caleb
le quitó el pelo de la cara con un gesto tierno que la confundió aún más.
–Creo
que te has desmayado... sin desmayarte. Lo he visto alguna vez. Es como un
estado de conmoción.
Maggie
podía recordar salir del salón pero nada más. Sacudió la cabeza.
–No
sé por qué... Lo siento...
–No te
preocupes –dijo bruscamente–.
¿Por qué no
te preparas para
irte a la cama? Deberías dormir.
Asintió
en silencio y se fue al cuarto de baño. Se sentía agotada, como si hubiese
corrido una maratón.
Caleb
salió al balcón y se quedó de pie apoyado en la misma pared que lo había hecho
Maggie. Sacudió la cabeza. ¿Cómo podía sentir ella semejante pena por ese
hombre tan odioso? Tenía que ser por eso. Habían sido familia, al fin y al
cabo. Su cínica mente se puso en marcha. A lo mejor era la conmoción retrasada
por haber descubierto que los millones de Tom no iban a ser suyos. Esa idea
hizo que algo se le enfriara en el pecho. Se volvió hacia la habitación a
mirar. Maggie estaba en la cama, hecha un ovillo, dormida.
Capítulo
6
CUANDO
se despertó a la mañana siguiente, Maggie sintió que le palpitaba la cabeza.
Estaba sola en la cama. Una nota en la almohada, al lado de su cabeza, atrajo
su atención.
Me
voy a una reunión, pero volveré a buscarte para comer en la terraza a las doce
y media.
Caleb
Miró
el reloj. Eran las diez. Se dejó caer en la almohada y algunos fragmentos de la
noche anterior le volvieron a la cabeza. Poco a poco empezó a recordar lo que
había provocado en ella una reacción tan extraña. Recordó la gente, el calor de
la sala y cómo después sus pensamientos había empezado a dar vueltas a los
acontecimientos de meses antes.
Tenía
que admitir que podía haber sido una especie de conmoción retrasada. Había
estado soportando la carga tanto tiempo... ni siquiera su madre sabía lo que
había sucedido en Londres, hasta qué extremo había estado implicada Maggie.
Tampoco
sabía los planes de huida que Maggie había hecho para las dos en caso de que
Tom fuera a por ellas. Lo aliviada que se había quedado cuando había conseguido
convencer a su madre de volver a casa. Porque estaba segura de que Tom pronto
descubriría que Caleb lo sabía todo y que estaba preparado para repeler la
absorción. Y sabía que le echaría la culpa a ella... le preocupaba que le
pegara... pero era evidente que lo que había sucedido entonces era que Caleb
había lanzado sus propias represalias y eso había mantenido ocupado a Tom. De un modo retorcido, se daba cuenta en ese
momento de que había sido él quien las había salvado de Tom.
La
causa tenía que haber sido ver de nuevo a Caleb, las intensas emociones...
Salió a la terraza al sol de la mañana. Nunca se había visto a sí misma como
una reina del drama.
Recordó
lo amable que había sido Caleb, cómo la había llevado en brazos. Una ola de
calor invadió sus miembros, todavía podía recordar la sensación de seguridad.
El deseo de que pudiera ser algo real... Tenía mucho miedo de caer en el mismo
peligroso sueño de antes. El sueño de que Caleb la amaba. Decidió apartar
aquellos pensamientos y meterse en la ducha. Él no lo amaba... no. Ni siquiera
le gustaba.
Si
se lo repetía como un mantra, a lo mejor acababa por creérselo.
A
las doce y media Maggie se sentía de vuelta a la normalidad. Habían traído una
mesa con comida que hacía la boca agua: pescado, ensalada, pan tostado y una
botella
de champán metida en hielo. Oyó la puerta de la habitación y se puso de pie en
la terraza para esperar a Caleb. Cuando apareció, el corazón se comportó como
siempre lo hacía cuando él estaba delante.
–¿Cómo
estás? –preguntó él con frialdad.
–Bien.
Mucho mejor. Sobre lo de anoche, lo siento mucho. No me había sucedido antes...
–Está
bien –dijo levantando una mano.
–De
acuerdo –Maggie lo dejó, era evidente que no quería hablar del tema.
A lo
mejor estaba enfadado porque no se habían acostado. A lo mejor pensaba que era
parte de un elaborado plan para evitarlo. Se acercó a él y lo agarró del
brazo–. No pensarás que yo... Bueno, que lo hice a propósito... –se detuvo, la
cara carmesí...
–No,
claro que no –y era cierto. Nunca se le hubiera ocurrido y en ese momento le
sorprendió darse cuenta.
–Bien.
–Vamos
a comer.
–De
acuerdo.
Se
sentaron a la mesa con el único sonido de fondo de algunos coches en la plaza,
alguien que llamaba a alguien. Era increíblemente íntimo.
Caleb
se ocupó de abrir el champán y echarle un poco a Maggie antes de servirse él.
Ella dio las gracias con un murmullo y trató de parecer fría, como si aquello
fuera algo normal para ella.
–¿Qué
tenemos en el programa para más tarde? ¿Otra cena?
–Sí,
me temo que sí, pero no tienes que venir si crees que no estás preparada.
Su
consideración le afectó, a pesar del muro de hielo que estaba intentando
levantar alrededor de su corazón. Negó con la cabeza.
–No,
estoy bien. Normalmente no soy de las que se desmayan. De hecho no me había
ocurrido nunca –se sentía culpable, pero tenía que parecer despreocupada, como
si él no tuviera su mundo en las manos. Le dedicó una sonrisa extraña–. Espero
no tener que enfrentarme a más mujeres, escuchar a todo el mundo hablar de la
familia real como si fueran íntimos y tratar de descifrar vuestra jerga
financiera...
Un
repentino golpe de empatía casi dejó a Caleb sin respiración.
–Lo
siento. Ya sé lo aburridos que pueden ser. Y sobre lo de las mujeres... ya has
visto lo peor anoche. No me ven a mí, ven signos de dólar, un anillo y un
posible marido para sus hijas.
Estaba
desconcertada por sus excusas. Por una vez no la metía a ella dentro de esa
categoría. Pero se equivocaba con las señoras: veían en él mucho más que eso.
Era el más atractivo por su juventud, su virilidad y su cartera. No pudo evitar
preguntar:
–¿No
quieres casarte algún día?
Aguantó
la respiración mientras esperaba la respuesta. Caleb apretó la mandíbula.
–¿Con lo
que he visto?
–dijo con una
voz increíblemente áspera–.
Si me caso, será simplemente un acuerdo de
negocios... y por los hijos.
No
pudo evitar que un escalofrío la recorriera entera al escuchar esas palabras.
En cierto sentido, por la breve experiencia que tenía en aquellos círculos, no
podía reprochárselo. También había una cierta melancolía en sus palabras que
hizo que Maggie deseara preguntar más, saber más de él, saber más de su vida,
sus padres... pero no fue capaz.
En
un esfuerzo por evitar hablar de temas personales empezó a charlar de cualquier
cosa. Caleb se recostó en la silla para estudiarla. Estaba vestida
informalmente, con una blusa sin mangas y unos pantalones de lino. Algo le
fastidiaba sobre eso, pero antes de que pudiera averiguar qué, estaba
distraído. El rostro de Maggie estaba animado mientras contaba una historia,
pero lo que realmente le cautivaba eran sus movimientos, el modo en que abría
los ojos para enfatizar las cosas. Habían compartido la cama dos noches y
todavía no había pasado nada. Era la primera vez en su vida y sabía que no
podría soportar esperar mucho más. Se había levantado varias veces la noche
anterior e incluso se había dado una ducha fría.
–...
y así fue, de verdad –Maggie se detuvo, se había dado cuenta de que no la había
estado escuchando. ¿Era tan aburrida?
Caleb
se incorporó.
–Lo
siento, estaba en la luna.
–Está
bien –forzó una sonrisa.
De
pronto se sintió mal. La había ofendido al no escucharla. Y estaba perplejo por
su reacción. ¿Lo estaría engatusando? ¿Haciéndole pagar su falta de atención?
Sacudió la cabeza. La forma que tenía de hacerse la inocente estaba tan
arraigada que ya le salía sola.
–¿Qué
pasa? –dijo ella con una mirada de preocupación.
–Nada –dijo brusco.
Se puso de pie y al hacerlo la
silla chirrió provocando en Maggie una mueca de disgusto–. Deberías
tomártelo con calma esta tarde.
Ella
también podía ser fría.
–Estoy
bien, Caleb, de verdad. No volverá a suceder. Voy a hacer algo de turismo –se
encogió de hombros–. Puede que no vuelva jamás aquí...
Caleb
entornó los ojos. Realmente no había dicho eso con ninguna segunda intención,
¿verdad? Se le secó la boca.
–Estoy
seguro de que podrás convencer a alguien de que te traiga...
Maggie
se contuvo de contestar por las obvias implicaciones de que se refería a otro
amante... si a él se lo podía llamar así. En momentos como ése, cuando era
cínico y odioso, era muy fácil olvidar las ideas sin sentido sobre estar
enamorada.
–Seguro
que tienes razón –dijo sonriendo alegremente.
–Te
veré esta tarde. Saldremos a las siete.
Asintió
y lo miró mientras él se alejaba. Se dejó caer en la silla en cuanto se hubo
ido al ser de pronto consciente de cuánta tensión había soportado.
Maggie
estaba decidida a que Caleb no afectara a su equilibrio. Estaba haciendo un
recorrido turístico en autobús. Pero, por mucho que lo intentaba, no podía
evitar la fantasía que envolvía su cerebro como una tenue niebla. Que si se
hubieran conocido en circunstancias diferentes, a lo mejor él podría haber
sentido algo por ella, algo más que el poderoso deseo que era evidente que
sentía.
Se
subió las gafas de sol y sonrió. Ése era el problema. Las posibilidades de ser
otra cosa distinta de su amante eran casi nulas. La prueba la tenía en la noche
anterior, cuando él había dicho que ellas siempre sabían dónde estaban. Pero si
ése fuera el caso, no sería suficiente. Para ella no.
Vio
algo en la calle y se bajó en la siguiente parada. Sin saber por qué acabó
entrando a un esteticista. No era porque quisiera hacer el esfuerzo. No iba a
concederle eso a su fantasía. Era sólo orgullo de mujer.
Esa
noche, otra brillante ceremonia. Era como una fotocopia de la noche anterior.
La misma gente, las mismas conversaciones. Y aun así... lo que pasaba entre
ellos era diferente. Maggie estaba al lado de Caleb con un posesivo brazo
alrededor de la cintura. La incluía en las conversaciones dejando muy claro que
estaba con él. Su mujer. Podía recordar cómo la había mirado antes cuando había
salido del vestidor en la habitación. Todavía se estremecía al recordarlo.
El
esteticista la había depilado, pulido. Se regañaba diciéndose que eso sólo
acabaría produciendo más sufrimiento. Lo sabía, pero no podía evitar el
diabólico y pícaro deseo que le había hecho elegir el vestido que llevaba. Era
uno de los que había elegido la dependienta, algo que Maggie nunca se hubiera
atrevido a llevar. Pero que suponía sería adecuado.
Llevaba
el pelo recogido en la cima de la cabeza y el vestido negro era engañosamente
sencillo. Un escote alto hasta el cuello no revelaba mucho, pero entonces,
detrás, desaparecía, mostrando toda la espalda. Siempre había sido demasiado
consciente de sus pecas, pero en ese momento, al lado de Caleb, con su brazo
alrededor de la cintura, se sentía... cerca de considerarse hermosa por primera
vez en su vida.
Sin
que ella se diera cuenta, la gente se había ido dispersando y Caleb la llevó a
la terraza. El aire templado los envolvía con su aromática brisa y Maggie
respiró hondo. Había un rincón apartado de la vista y Caleb la tomó de la mano.
–¿Qué...
qué hacemos aquí?
Bajo
el tejado de flores y hojas, se volvió a mirarla y dijo:
–Algo
que he estado deseando hacer toda la noche –acercó la boca a la oreja
provocando en ella un delicioso estremecimiento–. Tu espalda me está volviendo
loco.
La
apretó contra él y Maggie gimió al sentir la dureza de su excitación contra el
vientre. Sintió que se humedecía de anticipación. Estaba sin aire, esperando
que la
besara,
la abrazara. Sin embargo su boca seguía en el cuello, rozándolo apenas con los
labios. Maggie le pasó las manos por el cuello, intensificando aún más el
abrazo. Sin pensar, sólo sintiendo.
Entonces,
las manos de él recorrieron la espalda desnuda y un temblor la recorrió entera.
Y en ese momento sus bocas se encontraron y supo que estaba perdida. Dibujó el
contorno de sus labios antes de que la lengua entrara y compusiera con la de
ella una embriagadora danza.
Las
manos de él recorrieron la cintura, la espalda, toda la suave piel. Una mano
empezó a bajar y bajar hasta que acabó encima de la tela del vestido que cubría
las nalgas. Ella se echó hacia atrás, con los ojos abiertos, respirando
entrecortadamente. Mientras la miraba, sus manos pasaron por debajo del tejido
hasta encontrar la curva de las nalgas envuelta por las medias de seda. Las
manos de ella se clavaron en sus hombros.
Los
ojos le brillaban en medio de la enrojecida cara mientras él se inclinaba y
volvía a besarla con pasión y fuerza y las manos sobrepasaban la seda y
acariciaban, exploraban las voluptuosas curvas. Una mano siguió más abajo con
dedos que buscaban, más abajo, todo el camino hasta...
Maggie
gimió en los labios de él cuando los dedos encontraron la húmeda prueba de su
deseo y siguieron de acá para allá buscando las parte más sensible. Cuando
debería haberse separado de él, se agarró más fuerte sintiendo la más exquisita
de las torturas. No podía hacer nada, no podía moverse. Caleb era implacable,
despiadado. Y entonces llegó allí... a esa parte... Un espasmo la recorrió en
respuesta y aún seguía atrapada. Incapaz de escapar a un placer que casi era
demasiado. Demasiado intenso.
Mientras
la besaba con fiereza en el cuello y ella dejaba caer la cabeza, una mano la
apretaba contra él y la otra estaba llevándola rápidamente a una espiral de
endiabladas y abrumadoras sensaciones de una clase que nunca había
experimentado. Podía sentir el sutil ritmo de su duro cuerpo. Había separado
las piernas para dejarle acceso y los movimientos de ambos se hacían cada vez
más urgentes. Maggie no sabía qué buscaba, era algo que se encontraba justo
fuera del alcance y entonces... de pronto algo tomó el control de ella de un
modo tan devastador... que dejó de respirar un minuto.
Unos
segundos después, como si se la hubieran llevado a otro sitio, lentamente
volvió y sintió su cuerpo entero palpitar por las secuelas de lo que había
parecido un terremoto de sus sentidos. Mientras la realidad se iba colando en
su confusa mente y Caleb aflojaba lentamente su abrazo, supo con sorprendente
claridad que había tenido su primer orgasmo. Miró a Caleb sabiendo que debía de
tener una expresión de sorpresa en el rostro, pero ni siquiera intentó
disimularla. Había perdido la virginidad con un novio de la universidad, pero
éste nunca había conseguido hacerle sentir algo más que un moderado malestar.
Eso... eso, sin embargo estaba a otro nivel. Oyó el sonido de voces, un
tintineo de risas procedentes de la sala de baile a sólo unos metros.
Se
había soltado de sus brazos. Con poco más que la fuerza de un beso le había
permitido el acceso total sin casi protestar. Sin pensarlo, sólo había
reaccionado. Tenía que alejarse.
–Perdona...
tengo que ir al cuarto de baño.
Caleb
la dejó ir y ella se marchó con la esperanza de no parecer tan hecha polvo como
le había dejado lo que acababa de suceder.
La
miró irse y se sentó en el asiento que había detrás de él. Su propio ritmo
cardíaco estaba empezando a normalizarse y el dolor de su insatisfacción era
realmente agudo.
Sacudió
la cabeza sonriendo. Sólo había planeado besarla. No había pensado en la súbita
necesidad de vapulearla hasta dejarla sin sentido. ¿Qué le pasaba? La última
vez que había acariciado a una mujer de forma tan exhaustiva en un lugar
público había sido de adolescente. Y había sido a una chica, no a una mujer. Se
maldijo a sí mismo; no debería sorprenderse si ella tenía la marca de un
mordisco en el cuello, pero había sido tan receptiva... Ese toque de fingida
inocencia hacía que perdiera el control rápidamente cada vez que estaba cerca
de ella. ¡Con sólo apoyar las manos en su espalda! Podía sentir todavía el
temblor que la había sacudido, la presión de sus pechos, que habían prendido
fuego a su vientre... su bajo vientre. Y todo eso le había embriagado hasta
hacerle perder la razón. Había sido igual que aquella noche de Londres que
recordaba tan bien... y ella se había detenido justo cuando... justo cuando él
todavía era capaz de parar. ¿Estaba volviendo a hacerle lo mismo? Dejándole
atisbar el paraíso sólo para ponerlo de rodillas...
No
podía volver a hacerlo. De ninguna manera. Él no se detendría. Sabía que la
respuesta de ella no era fingida y Maggie no sería capaz de parar esa vez. Se
puso de pie con energía, pero permaneció todavía un momento oculto en las
sombras antes de ir a buscar a Maggie. Era hora de reclamar su premio.
De
vuelta en la habitación del hotel, Maggie escuchó el sonido de la puerta que se
cerraba tras Caleb. Estaba nerviosa, al límite. No estaba preparada. Necesitaba
tiempo para procesar lo que había pasado, tenía que ser capaz de controlar sus
emociones cuando se entregara a él. Todavía estaba aturdida, conmocionada por
la intensidad con que había respondido a sus caricias en la terraza. Él la
había visto en cuanto había vuelto a aparecer en el salón. Se había quedado
quieta, intentando no salir corriendo en dirección contraria a la que él se
acercaba. Sin decir ni una palabra, se había detenido delante de ella, la había
tomado de la mano y llevado fuera. Ni una palabra. A nadie. Y ya estaban en el
hotel. La enorme cama justo ahí, delante de ella.
Maggie
se volvió en dirección a él sin saber todavía qué iba a decir, pero antes de
que pudiera hablar, Caleb fue al cuarto de baño mientras se quitaba la
chaqueta.
–Voy
a darme una ducha...
–Muy
bien –el pánico atenazaba su voz–. Yo haré lo mismo después.
Caleb
se dio la vuelta y levantando una ceja dijo:
–A
menos que quieras compartir...
–No
–cortó tajante–. Esperaré. Él se encogió de hombros.
Maggie
salió al balcón y lo recorrió de arriba abajo con los brazos cruzados. No podía
pensar con coherencia. Todo iba demasiado deprisa. Todavía estaba hecha pedazos
después de aquel ataque de manoseo. ¿Cómo iba a poder soportarlo cuando
Caleb... la poseyera por completo? Su vientre se derretía en un líquido
ardiente sólo de pensarlo. Se sentó en una silla. No era el tipo de mujer
mundana a la que él estaba acostumbrado. Era simplemente la sencilla Maggie
Holland. La niña pelirroja y con pecas que se hacía daño con facilidad y
todavía tenía señales de cuando se caía de los árboles de pequeña. Y otras
cicatrices que él nunca debería conocer. Necesitaba tiempo, espacio, para
retrasar lo inevitable sólo un poco más.
Se
abrió la puerta del cuarto de baño. Maggie se puso de pie de un salto. ¿Ya
había terminado? Caleb salió con una toalla de tamaño ridículo alrededor de la
cintura. El pelo mojado se le pegaba a la frente. Maggie no podía apartar la
vista del ancho y musculoso pecho. Sus ojos saltaron por encima de la toalla y
siguieron a las fuertes y bien torneadas piernas. Tragó. Caleb le hizo un gesto
en dirección a la puerta:
–El
baño es todo para ti... No tardes mucho, Maggie.
Una
vez dentro, se apoyó en la puerta. El vaho la envolvía... el calor de su
cuerpo, el aroma todavía presente en el aire. Todo aquello volvió a sembrar el
deseo en su cuerpo. Tenía que hacer algo. No podía firmar su rendición esa
noche. Al día siguiente, a lo mejor... pero no en ese momento, no después de la
explosiva experiencia.
Se
quitó los zapatos y fue hasta el espejo a mirar su reflejo. Dos brillantes
manchas de color realzaban sus mejillas; tenía los ojos demasiado abiertos y
brillantes. Se metió en la bañera en un intento desesperado de conseguir algo
más de tiempo para pensar.
Finalmente,
después de esperar tanto como pudo, Maggie abrió la puerta con cuidado. Caleb
estaba tumbado en la cama con los ojos cerrados. Salió despacio.
¿Estaría
dormido? Caleb abrió de pronto los ojos. No había habido suerte. Se apoyó en un
brazo y frunció el ceño al darse cuenta de que ella no se había cambiado de
ropa. Después un brillo de agradecimiento se dibujó en su rostro.
–Bien.
Estaba fantaseando con la idea de quitártelo. Ven aquí.
Caleb
había pensado que ella se lo había dejado puesto a propósito...
¿Cómo
podía no darse cuenta de que estaba aterrorizada? Maggie dio un paso adelante y
se detuvo. Caleb volvió a fruncir el ceño. Parecía demasiado serio.
–Maggie...
–dijo en tono de aviso.
–Caleb,
espera –levantó una mano como para infundirse valor–. No voy a acostarme
contigo hasta que hayas firmado el contrato.
Se
levantó de la cama de un salto y Maggie corrió al cuarto de baño, cerró la
puerta y echó el cerrojo. Pensaba que el corazón le iba a estallar. Vio cómo se
movía el pomo de la puerta y se alejó de ella.
–Maggie...
Abre o tiraré la puerta abajo.
La
desesperación debilitaba la voz de Maggie.
–Dijiste
que firmarías un contrato garantizando que la casa volvería a ser de mi madre.
Quiero que lo firmes antes de que... pase algo entre nosotros.
–Ya
ha pasado, corazón.
Se
ruborizó al otro lado de la puerta. Bueno, al menos ya no estaba tratando de
tirarla abajo, aunque tenía el tono de quererla estrangular.
–Maggie,
sal de ahí...
–De
ninguna manera –pudo oír un resoplido–. No, a menos que me prometas que no me
tocarás.
Hubo
un silencio muy largo. Tan largo que Maggie tuvo miedo de que se hubiera ido sin decir nada y se fuera a
pasar toda la noche encerrada en el cuarto de baño. Entonces oyó un «bien» muy
bajito.
Quitó
el cerrojo y abrió la puerta. Se sintió aliviada cuando vio a Caleb en el otro
extremo de la habitación con los pantalones puestos y los brazos cruzados.
Sintió un escalofrío pero decidió salir.
–¿Quieres
explicarme de qué va todo esto?
–Quiero
firmar ese contrato. Una vez que esté segura de que vas a mantener tu palabra,
entonces podrás... tener... hacerme tuya –pronunciar esas palabras hizo que un
torbellino caliente le recorriera el cuerpo.
Caleb
se acercó un poco. Ella reculó ligeramente.
–Si
no recuerdo mal, no aseguré nada semejante. El acuerdo era que tú te mudarías a
vivir conmigo, te convertirías en mi amante y entonces... yo pondría la casa a
nombre de tu madre.
Maldición,
tenía razón. Maggie bajó los hombros. Por un momento, Caleb sintió algo como...
preocupación. Parecía increíblemente indefensa.
Lo
único que evitaba que hiciera lo que quería, acercase, zarandearla y después
besarla, era que le asustaba la intensidad con que deseaba hacerlo. Y tenía que
controlarse, a pesar de que lo ocurrido en la terraza todavía lo tenía
atenazado.
Recordó
algo y la miró convencido de que tendría una marca ligeramente encarnada en el
cuello. Decidió no dejar que ella viera lo cerca que lo ponía de perder el
control. Él, Caleb Cameron, uno de los magnates más ricos del mundo, había
mordido apasionadamente en el cuello a una mujer. Así que permaneció de pie.
Necesitaba algo de tiempo, espacio para asegurarse de que no perdería el
control la siguiente ocasión.
Maggie
levantó la cabeza y lo miró.
–Mira.
Me tienes. No voy a negarte lo que quieres...
–Tú
también me quieres a mí, Maggie...
«Más
que a nada en el mundo», pensó ella.
Los
ojos de Maggie llamearon un segundo diciéndole que estaba de acuerdo, aunque lo
que dijo fue:
–Mi
dignidad ya la he arrojado a la alcantarilla. Todo lo que te pido es que cuando
volvamos firmemos el contrato y entonces... entonces...
«No
habrás más excusas para evitar lo inevitable...».
–De
acuerdo.
Maggie
pensó que no lo había oído bien.
–¿De
acuerdo?
–Sí.
Bien –pasó a su lado sin ninguna expresión en el rostro y empezó a vestirse.
–¿Qué...
qué haces?
–Bueno,
Maggie, como no quieres que compartamos la cama todavía... Voy a salir. Será
mejor que estés dormida cuando vuelva.
Y se
fue. Había conseguido lo que quería, entonces ¿por qué no estaba contenta?
¿Por
qué quería correr tras él y decirle: «¡para!, lo siento, por favor vuelve y
llévame a la cama»? ¿Qué había hecho? Era incapaz de pensar con claridad cuando
él estaba cerca, pero en cuanto se iba sí podía. Lo había llevado demasiado
lejos y se había marchado, había vuelto a la recepción. Era el único sitio. O a
lo mejor habría ido a cualquier bar lleno de humo en busca de un alma gemela.
Se
sentó en una silla. Caleb podría elegir a cualquiera de las bellezas que habían
estado intentando atraer su atención las dos últimas noches. Se había marchado
para elegir a una. Le estaba haciendo saber que no podía retenerlo, pero
incluso sabiéndolo, ardía por él, deseaba dolorosamente que culminara la
experiencia que había comenzado antes. Se cambió de ropa y se metió en la cama
con la esperanza de que el sueño acabara con aquella tortura.
A la
mañana siguiente Maggie se despertó y se sintió a salvo, segura, arropada y
cálida. Se movió y se quedó helada al darse cuenta de dónde estaba. Estaba
completamente envuelta por el abrazo de Caleb. Sus cuerpos se rozaban desde la
cabeza a los pies. El pecho de él en su espalda, las largas piernas envolviendo
sin esfuerzo las suyas. Y estaba completamente desnudo.
Maggie
tragó con dificultad. Trató de moverse pero los brazos eran como bandas de
acero y cuando hizo un movimiento un poco mayor, se tensaron.
–¿Vas a
algún sitio? –dijo
en su oído
una voz ronca
por el sueño
–se quedó completamente quieta–.
Demasiado tarde para eso. Sé que estás despierta.
Y
también lo estaba su cuerpo, traicionándola con una ansiosa respuesta a su
proximidad.
La
mano de Caleb, que estaba en sus pechos, empezó a descender perezosamente por
el vientre deslizándose sobre el satén del salto de cama, y después volvió. La
respiración de Maggie se aceleró mientras la mano se entretenía en las redondas
montañas y el encaje la rozaba de modo insoportable. Cerró los ojos con todas
sus fuerzas y gimió cuando agarró uno de sus pezones entre el pulgar y el
índice con suavidad, apretando un poco más al tiempo que una
sacudida
de excitación se abría paso por su vientre hasta el espacio que había entre sus
piernas.
Y
entonces, mientras la mano de Caleb se entretenía estimulando una de sus zonas
erógenas, Maggie se dio cuenta de cuánto se le había subido el salto de cama.
Caleb estaba deslizando un musculoso muslo entre sus piernas, abriéndolas,
venciendo su resistencia, y entonces pudo comprobar la descarada dureza de su
erección allí, rozándola, sólo a un suspiro de estar dentro, donde ella deseaba
que la llenara. Acercó las nalgas a él.
–Caleb...
¿Qué... qué es eso? –su respiración la estaba volviendo loca. Quería...
quería...
–¿Qué
quieres? ¿Esto?
Se
movió un poco hacia arriba y ella pudo sentir un empujón en su zona más húmeda.
Contrajo los músculos y se estremeció con la anticipación. Aquello iba
demasiado deprisa, pero todo lo que podía hacer era darse la vuelta y
ofrecérsele por completo.
–Sí...
oh, sí –se mordió los labios en un intento de no rogar más.
Y
entonces, en un instante rápido y brutal, Caleb se puso en pie y salió de la
cama. Ahí estaba, de pie y con una toalla en la cintura que escasamente
conseguía disimular el tamaño de su erección. En su rostro se apreciaba el
esfuerzo que había tenido que hacer para detenerse.
–¿Qué
problema hay? –preguntó ella sin respiración.
–Ninguno,
Maggie, que la firma de un contrato no resuelva.
Se
inclinó y apoyó las manos en la cama por encima de ella. La miró a la
ruborizada cara, las dilatadas pupilas, el cuerpo todavía excitado.
–Cuando
lleguemos juntos al orgasmo, Maggie, será así. Podré verte la cara mientras te
entregas a mí.
Maggie
hundió la cara en la almohada, más humillada incluso que la noche de Londres.
Al menos aquella vez no había saboreado la felicidad que él podía darle. No
había ido tan lejos como para que ella no pudiera parar, aunque él había
llegado a un estado similar. Sin embargo, esa vez había sido él quien había
dejado en evidencia la falta de control de ella.
Estaba
envolviéndola en un lazo de seda del que sabía que nunca podría liberarse.
Incluso después de que él terminara con ella. El dolor la hizo atacar.
–¿No
tuviste bastante con la otra cama que calentaste anoche? La sola idea de él con
otra mujer la hacía retorcerse de rabia. La miró con frialdad.
–Yo,
a diferencia de ti, tengo principios. No me comparto. ¿No es una suerte
para ti,
Maggie? –soltó una
breve carcajada–. Soy
todo tuyo. Por
ahora. Y no volveré a esperar o, créeme, revocaré el
acuerdo y me buscaré otra amante – Maggie sintió que la recorría una oleada de
regocijo... no se había acostado con otra. De pronto estaba absurdamente feliz.
Caleb la miró incrédulo y se dio la vuelta–. Salimos para Dublín en una hora.
Capítulo
7
JOHN,
el chófer de Caleb, estaba esperando con el coche en el aeropuerto privado.
Maggie estaba contenta de que hubiera alguien con quien hablar mientras Caleb
estaba fuera del coche hablando por teléfono. En el curso de la conversación
Maggie descubrió que John había perdido a toda su familia en un accidente de
tráfico hacía diez años. Trabajaba para otra persona de la empresa, pero cuando
Caleb se había enterado de la noticia, lo había convertido en su chófer y desde
entonces lo llevaba a todas partes.
–A
decir verdad, cariño, no sé que hubiera hecho. Me tuvo yendo de un lado a otro
cuando... –se detuvo y se le humedecieron los ojos. Maggie le apoyó una mano en
el hombro–. Lo siento, cariño, todavía es... –se rehizo y miró fuera del
coche–. Es un buen hombre. Se ocupará de ti. Leal, diría. Mucho mejor que
algunos de los que han tratado de...
Caleb
entró en el coche en ese momento y John hizo un guiño a Maggie antes de darse
la vuelta para llevarlos a la ciudad. Desde luego Caleb tenía un admirador en
John. No podía reprocharle cómo se había comportado con ese hombre, pero no
quería saber cosas buenas de él, quería odiarlo, confirmar que era un cínico.
La
voz de Caleb interrumpió sus pensamientos.
–John,
déjame en la oficina, tengo una reunión esta tarde, y después deja a Maggie en
casa –cuando llegaron a la oficina, y aún en el coche siguió–. Estaré de vuelta
a las siete y llevaré el contrato, así que ¿por qué no pones agua a hervir y lo
celebramos?
Maggie
se ruborizó sabiendo que John estaría escuchando la conversación.
–Muy
bien.
Cuando
se hubo marchado, se recostó en el asiento y respiró cómoda por primera vez en
todo el día. Al menos tenía unas pocas horas para recuperar el control. Cuando
la dejó en el edificio de apartamentos, Maggie miró cómo se alejaba John en el
coche.
Fue
a ver a su madre para asegurarse de que estaba bien. La vio tan feliz y
relajada que Maggie se sintió aliviada de verdad por primera vez. Era casi otra
mujer, estaba diferente. Parecía más joven. Ésa tenía que ser su motivación.
Estaba haciendo lo que debía. Lo sabía.
De
vuelta al apartamento decidió que no podía seguir mintiendo sobre sus
conocimientos culinarios y preparó un arroz con champiñones silvestres. Cocinar
siempre la relajaba y le iba a hacer falta. Renunció a ponerse unos cómodos
vaqueros viejos y una camisa sencilla y pensó que sería mejor vestirse como él
esperaba. Así que ahí estaba, sintiéndose ridícula en la cocina con una blusa
de seda y unos pantalones de tweed. El pelo, a pesar de que había tratado de
recogerlo en un moño, ya estaba otra vez libre a la altura de la nuca.
Cuando
Caleb llegó, sus pasos amortiguados por la alfombra, vio a Maggie removiendo
algo en una cazuela, inclinada para olerlo con el ceño ligeramente fruncido.
Después se irguió y empezó a trocear unas cebollas para hacer una ensalada. La
destreza con que lo hacía le demostró que no era una novata. Decidió ignorar el
extraño dolor que sintió en el pecho mientras la miraba.
–El
agua hervida huele sorprendentemente bien –dijo lentamente.
Maggie
dio un brinco y se volvió, pero recuperó la compostura rápidamente.
Caleb
notó la tensión en su gesto y se arrepintió de lo que había hecho.
–Sí...
bueno, no quería darte la satisfacción de pensar que tenías una cocinera
interna además de una amante, pero ya ves... Cocino bastante bien.
–Mejor,
porque tengo hambre. Me doy una ducha y vuelvo.
Maggie
se encogió de hombros como si no le importara, pero desde que la había
sorprendido, tenía el pulso desbocado.
En
cuanto desapareció Caleb, metió las muñecas debajo del grifo de agua fría para
tranquilizarse. Se humedeció las ardientes mejillas. Imágenes de fantasías
eróticas empezaban a tomar posesión de cada rincón de su cabeza. Era una
hormona andante. Colocó los cubiertos y sacó una botella de vino porque sabía
que él así lo esperaba, pero se juró beber muy poco para mantener totalmente el
control.
Y
entonces apareció él. Se había vestido como le hubiera gustado a ella: unos
vaqueros viejos y una camiseta que ceñía el musculoso pecho. El pelo mojado
alrededor del cuello.
–¿Qué
hago?
Maggie
cerró los ojos para reprimir las lujuriosas imágenes que acudían a su cabeza.
–Puedes
traer la ensalada, lo demás está ya en la mesa. Se acababa de quedar sin
apetito.
Caleb
trajo la ensalada y se sentaron. Él sirvió vino a los dos y alzó su copa:
–Por
esta noche.
Maggie
se quedó pálida y respiró hondo. Se limitó a asentir en respuesta. Y bebió un
buen trago de vino. Demasiado para sus buenas intenciones.
Caleb
probó la comida y en su rostro apareció una mirada de incredulidad.
–Maggie,
esto está realmente bueno. ¿Cuándo aprendiste a hacerlo? ¿Sabes lo difícil que
es conseguir que quede bien?
Maggie
se ruborizó de placer y no pudo reprimir una sonrisa.
–¿De
verdad?
–De
verdad. He comido en muchos de los mejores restaurantes de Italia y nunca me
han hecho un rissoto tan bueno como éste.
–Trabajé
como ayudante de un cocinero cuando estudiaba en la universidad.
–¿Trabajabas
mientras estudiabas? –casi había cerrado los ojos incrédulo. Maggie pensó deprisa. Tom tenía millones, el
dinero no hubiera sido problema,
pero
Maggie siempre lo había rechazado, pensaba que era dinero ensangrentado a
pesar
de los ruegos de su madre para que aceptara la ayuda de Tom. Se encogió de
hombros y dijo:
–Creo
que quería demostrarle a Tom que podía valerme por mí misma, pero me aburrí
pronto... –las siguientes palabras la mataban si pensaba en la horrible
habitación de alquiler llena de cucarachas en la que había vivido–. Pero, por
supuesto, no duré mucho. ¿Por qué elegir el camino difícil?
–Es
verdad, ¿por qué?
Maggie
pensó que tenía que mantenerse alejada de los temas personales. Tenía demasiada
inclinación a hablar deprisa y abiertamente. Como había pasado en la comida de
Montecarlo. Cuando Caleb sirvió el último vino en su copa se preguntó cómo
habrían hecho para beberse toda la botella. Sentía esa melosa blandura en su
cuerpo y quiso levantarse para ponerse alerta.
–Voy
a hacer café –fue a levantarse y Caleb la retuvo con una mano.
–No,
tú has hecho la cena, yo haré el café. Siéntate en el sofá y te lo llevaré.
Esa
cortesía le hacía sentirse incómoda. Lo miró mientras quitaba la mesa y después
escuchó cómo trasteaba en la cocina. Hizo como le había dicho y se sentó en el
sofá. En ese momento lo vio encima de la mesa. El contrato. Eso la espabiló más
rápido que ningún café. Lo agarró con cuidado y echó un vistazo. Ahí estaban,
negro sobre blanco, las terribles palabras:
Margaret
Holland... se convertirá en la amante de Caleb Cameron durante sólo dos
meses... desde la fecha de hoy... y la casa sita en... volverá a estar a nombre
de Fidelma Holland... pero sólo cuado la susodicha relación haya...
Sintió
náuseas. Teniéndolo delante, no podía realmente creer que hubiera tenido el
valor de ponerlo por escrito... ¿con el asesoramiento de un abogado? ¿Con
testigos? Ahí estaban los espacios para sus firmas. Tan impersonal y tan seco
como se había quedado su boca. A pesar de que había sido ella la que había
rogado por la casa y había provocado esa situación... aquello era demasiado.
Caleb
volvió y Maggie volvió a dejar el contrato en su sitio.
–Así
que ya lo has visto –dijo él con un tono grave e implacable.
–Sí.
Lo que, sin duda, esperabas cuando me has dicho que me sentara aquí.
–En
realidad no es así. Había olvidado que lo había dejado ahí, pero ¿cuál es el
problema? ¿No era lo que querías?
Maggie
dejó el café en la mesa y se levantó del sofá intentando desesperadamente no
echarse a llorar.
–¡No!
No es lo que quería. Nunca he querido nada de esto. Y menos que mi vida privada
acabara conocida al detalle por extraños.
Caleb
también se levantó y se acercó a la ventana a mirar la espectacular vista de la
ciudad. Se dio la vuelta para mirarla.
–Lo
siento, Maggie, pero esto es resultado directo de tus actos. Hace seis meses
jugaste con fuego y ahora te estás quemando –la agarró de los dos brazos.
–Me
deseas, Maggie, tanto como yo a ti. ¿Puedes negarlo?
Triste,
embriagada por su proximidad, no podía moverse. Súbitamente la atrajo hacia él.
Bajó las manos por sus brazos y le sujetó las dos manos a la espalda con sólo
una suya.
–Te
gusto, ¿verdad? –con la otra mano le apartó un mechón de pelo de la cara.
El
cuerpo de Maggie ardía de vida cada vez que la tocaba, pero tenía que
resistirse, era su única defensa. Después de haber leído el contrato había
sentido que le quedaba un hilo de dignidad y se había agarrado a él.
–Sí...
–las palabras se retorcían en su interior–. Puede que me gustes en el exterior,
pero tienes que saber que en el interior te odio con todas mis fuerzas.
Vio
en él una mirada tan salvaje y tan breve que pensó que se la había imaginado.
–Eso
está bien porque no es tu corazón lo que quiero. Sólo tu cuerpo. Es hora de
terminar lo que empezaste aquella noche, Maggie.
La
crueldad de sus palabras la quemaba. Sintió que la garganta se le cerraba
cuando se inclinó sobre ella y la besó posesivamente. Y mientras su cuerpo se
alegraba del contacto, su cabeza desmentía sus palabras repitiéndole a cada
momento lo que quería ignorar, lo que no quería afrontar. Lo que no podía
afrontar. Caleb finalmente suavizó el beso y le soltó las manos y ella dudó
durante un segundo antes de sucumbir a la sensualidad por lo inevitable de la
situación. No tenía elección. Estaba en
una carrera a punto de llegar al final. Una carrera que ella había iniciado.
Una carrera que Tom había puesto en marcha seis meses antes. Por mucho que
quisiera golpear a Caleb por hacer que se sintiera así, sus traidoras manos
subieron por el pecho, arriba... hasta entrelazarse detrás del cuello
enterrando los dedos en el sedoso cabello. Sabiendo que todo estaba perdido, se
entregó a lo que de momento tenía. Y lo que tenía era a él... besándola,
haciéndole el amor. Se acercó más, tanto como era posible, respondiendo a sus
besos. Aquello era todo lo que tenía. Su desprecio y su pasión, así que lo
aceptaría. Caleb se echó para atrás, podía sentir cómo Maggie temblaba de forma
violenta entre sus brazos.
–Eh...
baja el ritmo –dijo como para reconfortarla.
Un
destello de algo muy bien guardado dentro de ella le llegó en una mirada, le
recordó a un animal acorralado que luchaba para defenderse. Pero eso era una
locura...
–Lo
siento, sólo... yo...
La
hizo callar apoyándole un dedo en los labios. Si no la hubiera conocido hubiera
dicho que estaba abrumada. Sin experiencia... pero abandonó esa idea. Tenía que
estar fingiendo.
La
respiración acelerada de Maggie empujaba sus pechos contra el cuerpo de Caleb.
Le pasó un dedo por la acalorada mejilla, recorrió la delicada línea de la
mandíbula, el borde del cuello hasta llegar al primer botón de la blusa. Lo
desabrochó, después el siguiente, el siguiente... Podía sentir cómo la
respiración cada vez se le entrecortaba más pero, al menos, la desesperación
parecía haber desaparecido. Ese enigmático destello de sus ojos había sido
reemplazado por algo más reconocible. Deseo.
La
blusa abierta dejaba ver un sencillo sujetador casi transparente. Podía ver las
rosadas areolas de los pezones alrededor de las erguidas puntas. Recorrió la
línea de los pechos con una mano manteniéndose alejado del punto más sensible,
pasando del valle a la montaña y finalmente, despacio, llegando a unos pezones
que se habían puesto aún más duros.
Maggie
sintió que se le doblaban las piernas. Caleb la sujetó y la llevó hasta el
sofá. Ella se tumbó y lo miró mientras se quitaba la camiseta dejando a la
vista el perfecto torso.
Puso
las manos encima de las de ellas a ambos lados de su cuerpo y la besó en la
boca. Después bajó los labios por el cuello, el valle y finalmente los deseosos
pezones. Maggie se retorcía de placer mientras la boca cambiaba al otro pezón.
No podía pensar, ni hablar. Todo lo que podía hacer era sentir placer mientras
Caleb la chupaba y agarraba uno de los pezones con los dientes.
Con
un suave movimiento, Caleb la incorporó y le quitó la blusa, le desabrochó el
sujetador y se lo quitó. Volvió a tumbarla y la miró.
–¡Qué
hermoso!
Recorrió
la curva de la cintura, el suave vientre, y los dedos se detuvieron en el botón
del pantalón. Se inclinó sobre ella y Maggie sintió cómo su pecho le rozaba los
senos de un modo delicioso. La besó en la boca y ella le pasó los brazos por el
cuello mientras sus lenguas se enlazaban en una danza que la dejaba sin
respiración. La mano de los pantalones desabrochó el botón. Deseaba que se los
quitara y levantó las caderas para ayudarlo a que se los bajara.
Caleb
se detuvo y bajó la vista. Vio las bragas lisas, las delgadas y bien formadas
piernas. Deslizó una mano por el borde de la seda en busca de la evidencia del
deseo de ella. Oyó, sintió cómo Maggie dejaba de respirar.
Era
tan hermosa sólo con las bragas puestas, el cuerpo entero salpicado de pecas,
que sintió que le gustaba más desesperadamente que nunca. Los vaqueros retenían
su excitación.
La
tomó en brazos y la llevó al dormitorio. Se sentía tan vulnerable desnuda entre
sus brazos... Maggie había pensado que llegado ese momento se sentiría
paralizada por los nervios... pero había una fiebre en su sangre que hacía que
sólo pensara en Caleb... y ella. Se sentía bien. Como si no importara nada de
antes, lo que importaba era ese momento.
Una
vez en el dormitorio, la puso de pie. Maggie tenía una mirada insondable. Se
inclinó sobre ella y le soltó el pelo. Una cortina de ondas cayó por los
hombros hasta la espalda. Sin dejar de mirarla, se quitó los vaqueros.
Estaba
desnudo. La caliente mirada de Maggie lo recorrió de arriba abajo. Era
magnífico. Aunque sólo había estado antes con un hombre, sintió algo en lo más
profundo y... supo lo que tenía que hacer. Era algo que no podía siquiera
figurarse, una especie de conocimiento innato. Algo entre ella y ese hombre.
Algo que hacía que cada célula de su cuerpo deseara tenerlo dentro, que la
llenara.
Levantó
la vista un momento y lo que vio en los ojos de Caleb disparó su pulso. Con una
sensación de aventura sensual, envalentonada por la mirada que había
visto
en sus ojos y ante lo evidente de la excitación de Caleb, preguntándose cómo
tenía valor para hacer algo así, cerró su pequeña mano sobre la longitud de su
sexo. Podía sentirlo latir, moverse ligeramente mientras deslizaba la suave
mano a lo largo de su dureza. La mano parecía pálida y diminuta alrededor de
él, apenas capaz de rodearlo. Sintió una espiral de deseo crecer dentro de
ella.
Miró
a Caleb a la cara y vio que tenía los ojos como hendiduras mientras intentaba
mantener la respiración a un ritmo pausado. Pensar en lo que le estaba haciendo
hacía a Maggie sentirse feliz.
Caleb
había ido más allá de la razón o la coherencia. La embriagadora mezcla de
inocencia y obvio conocimiento de ella eran demasiado. Sentía la necesidad de
estar dentro de ella, de llenarla... a esa mujer, a ninguna otra. No quería, no
podía pensar en los demás hombres a los que ella les habría hecho lo mismo
antes. Se propuso poseerla de un modo tan completo que ella nunca deseara a
otro hombre. Le sujeto la mano y con una voz gutural dijo:
–Maggie...
para o esto se acabará demasiado pronto.
La
llevó a la cama y la tumbó. Lo miró mientras se echaba sobre ella y se apoyaba
en los fuertes brazos. Se movió para dejarle que se pusiera a su lado.
Las
manos de Caleb recorrieron su cuerpo hasta que llegaron a las bragas y despacio
pero de forma segura empezaron a bajarlas. Se las quitó y las tiró al suelo. Ya
estaba completamente desnuda y sintió cómo Caleb le separaba las piernas con su
cuerpo. Sintió un aliento ahí, en el centro de su feminidad. No podía mirar y
se cubrió el rostro con un brazo. Las manos de él se deslizaron debajo de sus
nalgas levantándolas ligeramente y entonces pudo sentir la lengua que exploraba
dejando un húmedo camino, primero en el interior de uno de los muslos y después
en el otro, antes de que le separara las piernas un poco más de modo que la
boca... la lengua pudiera buscar y encontrar ese diminuto y duro rincón de su
cuerpo que nunca antes ningún hombre había acariciado de modo tan íntimo.
Cuando
su lengua lo encontró, lo rodeó, lo chupó... Maggie pesó que se desmayaba... y
entonces la lengua bajó... y entró en ella. Arqueó la espalda. Una mano se
agarraba a las sábanas. Respiraba de modo tan agitado que creía que se iba
morir. ¿Cómo podía hacerle sentir así... tan lasciva y...? No podía
controlarse, la espiral iba creciendo, la lengua era más dura, entraba cada vez
más hasta que llegó a un punto sin retorno y su cuerpo entero se sacudió en
espasmos fruto del orgasmo. Seguía teniendo el brazo sobre la cara, las
lágrimas llenaban sus ojos debido a intensidad de la emoción. Sintió que Caleb
subía por su cuerpo y se apartó el brazo de la cara. Se secó las lágrimas antes
de que pudiera verlas.
Caleb
la besó tan profundamente que descubrió en su boca el sabor de sí mismo. Estaba
borracho por su aroma, su sabor, la sensación de que no podía esperar más.
Después de ponerse protección, intentó que la urgencia por entrar en ella no
hiciera que se vertiera inmediatamente. Ella lo miraba y lo que vio en sus ojos
le hizo sentir una profunda ternura, pero el deseo era tan poderoso que no se
detuvo a pensar en ello.
–No
cierres los ojos, Maggie.
Ella
negó con la cabeza. No podría aunque quisiera. Sintió cómo él empujaba entre
sus hinchados pliegues y levantó las caderas para ayudarlo. Caleb pasó una mano
por debajo de su cintura y la levantó un poco para poder empujar con más
fuerza. Maggie tenía los ojos abiertos de par en par. Toda la longitud de su
erección abrazada por su cuerpo.
De
forma instintiva, Maggie le rodeó la cintura con las piernas, le puso las manos
en los hombros mientras él seguía llenándola. Mientras lo miraba a los ojos y a
base de rítmicas embestidas, Caleb la llevó hasta otro universo donde olvidó
tiempo y espacio, su nombre, todo. Esperó hasta que el cuerpo de ella se
convulsionó alrededor del suyo y entonces, con gotas de sudor en las cejas,
dejó paso a su propia capitulación.
Mientas
envolvía con su cuerpo a Maggie, Caleb sintió por primera vez en su vida que
había llegado a casa.
«Vaya
un pensamiento ridículo...». Pero, lo más importante... ella era suya.
Maggie
tomo la taza de té que acababa de hacer y se acercó hasta el enorme salón.
Apenas veía lo que miraba, pensando que se sentía... curiosamente tranquila...
y vacía. Le dolía todo el cuerpo, los músculos protestaban si se movía muy
deprisa y cuando un rato antes se había mirado en el espejo se había quedado
impresionada por las marcas que tenía. Se sintió avergonzada al recordar que
había arañado a Caleb y se preguntó si también le habría dejado marcas.
Bebió
un sorbo de té y sintió cómo el líquido calentaba su interior curiosamente
frío. A lo mejor ése era su mecanismo de defensa. Todo lo que quería reconocer
era que él la había llevado hasta el límite de las sensaciones y que los dos
habían encendido una pasión que le asustaba por su intensidad. Y eso había
provocado en ella un deseo que sabía que no se apagaría hasta que volviera a
ver a Caleb.
Sonó
el teléfono taladrando el silencio y dio un brinco. Sintió una especie de
escalofrío al anticipar que la voz de él sería la que escucharía al otro lado.
Los recuerdos de la noche anterior inundaron su cabeza. Menos mal que él no
podía verla.
–¿Hola?
–Hay
un mensajero de camino para...
–De
acuerdo, bien.
–Hasta
luego entonces.
–Bien.
Colgó.
Sabía de qué estaba hablando exactamente. La conversación no podría haber sido
más estéril. Caleb estaba hablando del contrato. Con la emoción de la noche
anterior, cuando se había sumergido en ese torbellino de deseo y placer, se
había olvidado de todo. Sólo al despertarse por la mañana en una cama vacía
ycon el contrato a su lado... Sonrió con una mueca. Él había firmado y dejado
una breve anotación:
Fírmalo
y enviaré un mensajero. Considéralo hecho.
Así
que estaba hecho. Su madre había recuperado la casa... y en siete semanas y
unos días, ella sería libre de marcharse. Curiosamente no se sentía tan feliz
como había pensado. Se apartó de la ventana y del teléfono y fue a por la taza.
Buscó un bolígrafo, firmó el contrato y lo metió en un sobre que Caleb había
dejado. Después esperó al mensajero abajo. Cuando llegó, casi se lo tiró, mucho
más turbada de lo que pensaba que estaría.
Capítulo
8
LOS
SIGUIENTES días empezaron a llegar paquetes. Cajas de terciopelo con joyas
impresionantes. Normalmente con una nota, nada entrañable, algo corto como:
Para esta noche o Esto iría bien con algo negro. Maggie dejó de mostrarse
impresionada y de dar las gracias porque a Caleb no parecía gustarle. Le decía
que esperaba que lo llevara... como si fuera un traje de diseño. Y con cada
regalo ella se sentía peor. Cada vez más humillada.
Por
mucho que lo intentaba, le resultaba difícil ponerse todas aquellas joyas y
pasear a su lado como si fuera un lirio dorado. Se sentía incómoda... mal. Iba
en contra de todos sus principios. Si se las hubiera regalado con un placer
auténtico, entonces hubiera sido diferente. Pero esa fantasía pertenecía a un
mundo que no existía.
Tenía
que ser consciente, ya que estaban compartiendo la cama... que ése era su modus
operandi habitual. No había ninguna diferencia y sería una imbécil si pensaba
que la había. Al quinto día, después de la cuarta noche en su cama, cuando
recibió un brazalete de diamantes, finalmente salió del apartamento con
sensación de pánico. Caminó durante horas y casualmente se metió en un viejo
cine con idea de apartar los pensamientos que la estaban devorando.
–¿Dónde
demonios has estado?
Maggie
trató de no acobardarse por la ira que vio en el rostro de Caleb, pero pudo
sentir cómo un viejo conocido pánico crecía dentro de ella.
«Caleb
no es Tom...», pensó. Cerró la puerta después de entrar.
–He
ido al cine, no puedes tenerme encerrada aquí todo el día...
–¿De
verdad no puedo? –dijo según avanzaba en dirección a ella.
Maggie
se quedó pálida, lo que le hizo detener sus pasos. Los ojos de ella eran
enormes. Caleb se obligó a tranquilizarse. Ella había vuelto, estaba allí.
¿Había pensado que realmente se escaparía una vez firmado el contrato? Pero él
había... por un momento...
Se
pasó una mano por el pelo.
–Maggie,
mira... Por supuesto que no puedo encerrarte aquí. He vuelto y no estabas... No
sabía, supuse, pensé... –sacudió la cabeza–. No importa. Sólo llámame la
próxima vez.
Maggie
no podía creerlo. Realmente parecía... casi agitado. ¿Había pensado realmente
que había huido? No tenía ninguna duda de que si intentaba algo así él no
habría respetado el acuerdo, con contrato o no.
–La
verdad es que no tengo tu número de móvil –dijo en tono frío.
–Bueno,
vamos a solucionarlo ahora mismo –agarró el bolso de ella y sacó su móvil. Ella
lo miraba desconcertaba mientras él tecleaba los números y se lo devolvía.
–¿No
quieres el mío? –preguntó ella.
–Sí.
Le
tendió el móvil y ella metió su número y se lo devolvió. Sentía una contracción
en la comisura de los labios. ¿Estaría histérica? De pronto algo empezó a
surgir dentro de ella sin que pudiera controlarlo. Caleb la agarró de la cara y
frunció el ceño.
–¿Qué...?
Ella
no podía parar de reírse a carcajadas y gemía intentando controlar la risa.
–Lo
siento... es... sólo... un poco...
–¿Ridículo?
–también él sintió la contracción en la comisura de los labios. Miraba cómo
ella trataba de controlarse respirando hondo y secándose las lágrimas. Le
acarició una mejilla con un dedo y dijo casi sorprendido–: Eres incluso más
guapa cuado te ríes... Deberías hacerlo con más frecuencia.
Sintió
un escalofrío en el vientre cuando él la tocó.
–Bueno,
tampoco he tenido muchas razones últimamente.
«O
nunca...».
Algo
oscuro cruzó por el rostro de Caleb y pudo ver cómo se cerraba totalmente de
nuevo. «No», quería decir. «Quédate conmigo». Él apartó el dedo. Ella se sintió
desolada. Había recuperado el control.
–He
hecho pollo... ¿qué te parece? –dijo él.
–¿Cocinas?
–preguntó con tono estúpido.
–Aparentemente
bastante bien.
Maggie
se encogió de hombros tratando de no parecer impresionada y sintiéndose
aliviada de cenar en casa. Cenaban fuera todas las noches cada vez en un
restaurante más lujoso que el anterior y estaba cansada.
–Eso
habrá que verlo –dijo ella rápidamente
intentando que no se le
notara el alivio.
–Oh –dijo
dándose la vuelta
en dirección a
la cocina–. No
todos hemos aprendido con
cocineros, algunos hemos tenido que aprender por el camino difícil.
Lo
siguió a la cocina.
–¿Dónde
aprendiste entonces?
Por
lo que parecía sabía lo que hacía. Movía la ensalada con facilidad. Era como si
fuera el típico hombre que hace todo bien.
–Mi
madre no sabía cocinar, ni mi padre, así que en la época de las vacas flacas,
cuando mi padre se arruinó y mi madre lo dejó para buscar otro más rico, tenía
que cocinar para que no muriéramos de hambre.
–¡Pero
eras sólo un niño!
Caleb
se encogió de hombros sin darle importancia.
–Una
vez que mi madre volvió a casarse en Brasil, tenía ama de llaves, pero seguía
cocinando para mi padre en Inglaterra. Me gustaba, incluso fui el único chico
que se apuntó a clases de economía doméstica en el instituto.
–Guau,
¡eso es muy valiente! Recuerdo cómo solíamos reírnos de los chicos en mi
instituto.
Maggie
pensó en las palabras de Caleb y entonces recordó algo que Michael Murphy había
dicho el día del funeral.
–Has
dicho que tu padre se arruinó... por... ¿por eso no te enfrentas a tus enemigos
con total crueldad? –la miró con los ojos entornados. Ella se ruborizó...
¿qué
estaba haciendo? Estaban llevándose bien. Levantó una ceja–. Lo que quiero
decir es... el señor Murphy dijo algo sobre que no eras conocido por tener tan
poca... piedad –terminó.
Dejó
lo que estaba haciendo, apoyó las dos manos en la encimera y dijo:
–Y
aun así no tuve piedad contigo y tu familia... –ella asintió con tristeza
deseando no haber abierto la boca–. Sólo lucho hasta el final cuando se me
provoca más allá de lo razonable... y tú y tu padrastro lo hicisteis, Maggie.
Puedes ahorrarte el psicoanálisis.
–Me
voy a dar una ducha rápida –dijo ella dándose la vuelta en dirección a la
puerta.
Caleb
se quedó un largo rato mirando el vacío hueco de la puerta. Por un momento,
habían compartido una sinceridad que raramente lograba con nadie. Y luego, con
sólo ese comentario... había puesto el dedo en la llaga sobre algo que era
fundamental en su modo de vida y de hacer negocios, algo que nunca nadie había
descubierto. Ni lo periódicos, ni las revistas, ni los reporteros... y habían
hecho todo lo posible por explicar el fenómeno Cameron. La forma en que había
hecho su fortuna desde la nada, primero en Río y Londres y después en todo el
mundo. Todo a la edad de treinta y seis
años.
La
verdad era que la forma en que llevaba sus negocios estaba inextricablemente
unida con su experiencia de la vida. Haber visto a su padre totalmente
arruinado, abandonado por su esposa porque no tenía dinero, le había dejado
heridas. De alguna manera se había jurado que eso nunca le pasaría a él. Apartó
los oscuros recuerdos. Maggie estaba tratando de pulsar sus botones... y no iba
a permitírselo.
–¿Qué
puedo hacer? –dijo Maggie con la barbilla levantada desde el hueco de la
puerta, dispuesta a no dejar que Caleb se diera cuenta de lo que le había
afectado su cerrazón.
Caleb
seguía serio. Le echó una mirada a Maggie fijándose en el pelo mojado que le
caía más abajo de los hombros. Llevaba un suave suéter de cachemira que se
ceñía a sus curvas. No pudo evitar notar una sombra de algo, ¿dolor?, que
brillaba en el intenso verde de sus ojos. Distraído por eso y por cómo le hacía
sentir, dijo de forma imprecisa:
–Pon
la mesa, los cubiertos, los vasos...
–Sí,
señor –murmuró empezó a abrir cajones. No dejaría que viera lo dolida que
estaba, pero ese dolor seguía ahí, a flor de piel. ¿Qué esperaba? Sacudió la
cabeza y se puso a buscar los platos.
De
pronto notó que la agarraban de la cintura y que le daban la vuelta. Estaba
apoyada en el pecho de Caleb tan deprisa que casi se quedó sin respiración. Él
le acariciaba la cara con las dos manos. Inmediatamente su cuerpo empezó a
responder... Lo miró indefensa.
–Maggie...
sólo... no trates de entenderme. No me hace falta. Todo lo que necesito es a
ti... –la miró a la boca– esto.
Inclinó
la cabeza y unió sus labios a los de ella, la besó y mordisqueó el labio antes
de deslizar la lengua dentro de su boca. Ella lo abrazó por la cintura y empezó
a acariciarlo inconscientemente por encima de la camisa. Suponía que eso era
una especie de disculpa, pero también le estaba diciendo que no necesitaba nada
de ella, ni sus opiniones, ni sus ideas, ni su preocupación... ni, por
supuesto, su corazón. Y mientras la besaba, ella podía olvidar todo eso... pero
cuando se detuviera sabía que el dolor volvería a estar ahí. Así que, en un
esfuerzo para evitarlo, le devolvió el beso, con la esperanza de que no parase
nunca.
Caleb
se separó. Vio a Maggie con los ojos todavía cerrados y los labios hinchados.
Gimió y ella abrió los ojos. Miró a su boca.
–No
pares –había algo desesperado en la voz de ella.
Se
puso de puntillas y bajó la cabeza de Caleb. No llegaba, era mucho más pequeña
que él.
–Por
favor... no pares –imploró, con un deseo tan fuerte que él no pudo resistirse y
la levantó en brazos para sentarla en la encimera de la cocina.
Se
metió entre las piernas de ella y agarró de nuevo su rostro para volverla a
besar largamente. Podía sentir las manos de ella en su pecho, después los dedos
que se movían para desabrochar los botones de la camisa y se deslizaban dentro
para acariciar su piel y hacer surgir un intenso deseo dentro de él.
Le
quitó el suéter y vio los pechos desnudos, turgentes y rosados por la
excitación. Tomó uno y le pasó el pulgar por la punta del pezón. Ella dejó caer
la cabeza hacia atrás y entonces él se agachó y se metió el pezón en la boca.
Maggie gemía, el pelo mojado pegado a la espalda. Levantó la cabeza para
intentar quitarle del todo la camisa, pero le temblaban tanto las manos...
Caleb se las apartó.
–Déjame
a mí...
Y se
abrió la camisa mientras Maggie sentía el dolor del deseo crecer entre sus
piernas. Se deslizó por la encimera mientras Caleb acababa de quitarse la
camisa. Se acercó a ella y empezó a acariciarle la espalda, la besó en el
cuello, los hombros... Estaba fuera de control. Lo deseaba, ya. No se había
dado cuenta de que debía de haberlo dicho en voz alta hasta que oyó:
–¿De
verdad? ¿Me deseas aquí, ahora?
Maggie
no podía creer que siguieran en la cocina, que hubiera sido tan audaz, que le
hubiera rogado que la besara, la poseyera, pero era demasiado tarde. Y sabía
que estaba bloqueando algo... alguna clase de dolor.
«Cobarde»,
pensó.
Asintió
nerviosa y contenta de ver que, a pesar de su frialdad y sus palabras tan
racionales, él también respiraba acelerado y tenía las pupilas dilatadas. Caleb
llevó las manos hasta los vaqueros y Maggie lo ayudó a quitárselos levantando
las caderas.
Sus
ojos siguieron las manos de él mientras se desabrochaba el cinturón. Respiró
hondo con el vientre tenso por el deseo, se deslizó por la encimera y
desabrochó ella misma el botón del pantalón mientras lo besaba en el pecho y
mordía suavemente uno de sus pezones.
Las
manos de él le sujetaron la cabeza y Caleb dijo en un susurro:
–Maggie,
Maggie, ¿qué me haces?
La
tomó en brazos y la llevó al dormitorio. La dejó en la cama y se quitó los
pantalones y calzoncillos. Después le quitó a ella las bragas. Ella, de modo
instintivo, arqueó la espalda mientras él le separaba los muslos con sus
piernas. Caleb se apartó un segundo para ponerse la protección y después se
inclinó sobre ella y la penetró de forma tan completa y profunda que ella
gritó. La espiral del éxtasis finalmente acabó con toda la coherencia de sus
pensamientos. Justo como ella había deseado, esperado.
–¿Mas
vino?
Maggie
negó con la cabeza y puso una mano en-cima del vaso. Todavía le costaba mirar a
los ojos a Caleb. Una hora antes la cena estaba lista, podrían habérsela comido
ya.
«Y
todo porque... todo porque...».
Maggie
quería que se la tragara la tierra. Le había rogado que la besara, que no
parara. Prácticamente le había arrancado la ropa. Había iniciado un
acercamiento sexual que había abrasado a los dos. Se había quedado medio
desnuda en la cocina. Sentía una terrible mortificación interior.
La
había poseído fuerte y rápido y de una forma tan total que todavía estaba
aturdida. Y sabía que todo había estado motivado por su deseo de evitar
afrontar la indiferencia que él tenía por sus sentimientos, sentimientos que no
estaba preparado para conocer. Aquello era un camino directo a la
autodestrucción.
–¿Maggie?
–reacia, se obligó a mirarlo–. ¿Quieres decirme cuál es la causa de esa
expresión de sufrimiento en tu rostro? ¿O tendré que asumir que es por mi forma
de cocinar?
Apartó
la vista y luego volvió a mirarlo. Por supuesto, él estaría acostumbrado a que
sus amantes tomasen la iniciativa, por eso no debía de parecerle extraordinario
lo que acababa de pasar. Forzó una sonrisa
y
una mirada blanda.
–Nada.
Y el pollo estaba... delicioso.
Había
sido sublime, perfecto. Y hubiera estado mucho mejor si se lo hubieran comido
justo cuando se acababa de preparar. Ese pensamiento le hizo sentirse humillada
de nuevo.
–¿Adulación? –bromeó
levantando una ceja–.
Tratando de despistarme,
¿Maggie?
No
podía ser así de transparente, ¿verdad? Podía sentir una ola de carmín ascender
a su rostro.
–Cuando
te ruborizas eres como un libro abierto.
Un
súbito dolor la atenazó. Por suerte él pensaba que la tenía tan calada, pero
cada vez que se ruborizaba interpretaba exactamente lo contrario de lo que en
realidad estaba sintiendo. Aun así, el dolor cortaba como un cuchillo. Se
levantó para llevarse los platos. Cuando volvió, Caleb la agarró de la muñeca y
la sentó en su regazo.
–¿Qué?
–¿por qué había sonado como ahogada? ¿Por qué su cuerpo volvía a la vida tan
fácilmente? Traidor.
–Tengo
una sorpresa para ti... ¿No has visto nada fuera cuando has llegado? – Maggie
negó con la cabeza. ¿Adónde conducía aquello?–. Quería habértelo enseñado
antes, pero como has llegado tan tarde y luego nos hemos distraído...
Sintió
que Maggie se ponía tensa. Era un manojo de contradicciones. Le hacía el amor
con una intensidad y una pasión que él nunca había conocido y luego se pasaba
una hora evitando su mirada. Estaba acostumbrado a librarse de los abrazos
empalagosos después de hacer el amor y con Maggie... ella era todo lo
contrario, no podía esperar para alejarse de él. Y por primera vez, él en
realidad se sentía un poco... ofendido, pero ella no era nada más que una
mercenaria sin corazón... quería decir «fulana», pero no era capaz. No podía
pronunciar la palabra, ni siquiera en su cabeza. Haciendo un esfuerzo para
evitar pensar en ello, se puso de pie súbitamente y se llevó a Maggie con él.
Ella lo miraba sin parpadear y podía sentir una especie de calor bajo su
mirada.
–Vamos
abajo, te lo enseñaré.
La
tomó de la mano y la sacó del apartamento. Bajaron en el ascensor, salieron por
la puerta y entraron en la oscuridad de la noche. Estaban en la calle.
–Bueno
–dijo él un poco impaciente después de unos minutos de silencio. Maggie miró a
todas partes cada vez más desconcertada.
–Caleb,
no sé qué quieres que... –se detuvo y de pronto apretó más fuerte la mano de
él–. Mi coche... mi coche no está.... Estaba justo ahí... –se soltó y se acercó
a la carretera–. ¿Dónde...? Quiero decir... había aparcado justo aquí. Sé que
lo hice – podía sentir cómo el pánico empezaba a crecer y se volvió a mirarlo–.
A lo mejor se lo ha llevado la grúa. He pagado el aparcamiento antes... No creo
que nadie quisiera robarlo...
–Maggie,
para –Caleb se acercó a ella y le giró la cabeza en dirección a los coches
aparcados en la calle. La abrazó y señaló a un reluciente Mini Cooper nuevo
colocado exactamente en el mismo sitio que había estado su coche.
–No...
el mío era más viejo, ¿no te acuerdas?
–Me
lo llevé con una grúa, Maggie. Tenía que ocurrir, créeme. Éste es tu nuevo
coche –dijo balanceando una llave delante de sus ojos.
–Pero...
yo... ¿Dónde...? ¿Qué has hecho con el mío?
–Seguramente
ahora será ya del tamaño de una lata de conserva.
Mientras
Maggie seguía quieta dentro de sus brazos, de espaldas a él, no podía evitar
que le temblara el labio. Inexplicablemente se sentía como si Caleb le hubiera
sacado el alma, se la hubiera escurrido y secado y se la hubiera vuelto a poner
en su sitio. Sabía que era sólo un coche, pero era suyo, lo primero que había
comprado. Un símbolo de su independencia de Tom. Con él había enseñado a su
madre a conducir. Y sin un adiós, Caleb se había deshecho de él.
Se
mordió furiosamente el labio para dejar de temblar. No había forma de que él
supiera cómo le dolía todo aquello, seguro que estaría pensando que volvía a
interpretar. Todavía seguía balanceando la llave. Se la quitó de la mano...
todavía no había dicho nada, no confiaba en sí misma. La soltó y ella echó a
andar. Era tan estúpido, lo sabía, estar así de contrariada. Y estaba enfadada.
Parpadeó, ignoró el dolor de su corazón y se dio la vuelta con una sonrisa
inmensa en el rostro.
–Es
precioso. Lo siento, estaba tan sorprendida... Nunca... Quiero decir que ha
pasado tanto tiempo desde que alguien no me hacía un regalo tan generoso...
La
rabia y el dolor guiaban su forma de actuar. Se acercó y le dio un beso.
–...Supongo
que será mío después de que acaben los dos meses... Después de todo, necesito
un coche... –le pasó un dedo por la frente– y las joyas...
Lo
miró coqueta desde debajo de las pestañas y pudo ver la reacción que había
esperado en él: apretó la mandíbula, le brillaron duros los ojos. Ella estaba
actuando como él esperaba y eso le hacía sentirse mareada, pero también,
curiosamente, protegida.
–Por
supuesto –por mucho que detestara su conducta, sentía alivio cuando Maggie se
portaba así.
¿Había
pensado en algún momento que ella fuera otra cosa distinta? ¡Menuda estupidez!
«Sólo
estás accediendo a los deseos de su corazón mercenario. Al fin y al cabo era lo
que ella quería...», razonaba furioso. Su coche, si es que era de ella, que
tenía serias dudas, no era más que un estorbo y... sobre las joyas... quería
adornar su luminosa piel con rubíes y esmeraldas. Era sólo para su propio
placer. La tomó de la mano y la llevó adentro. Maggie se fue con la imagen del
reluciente coche que hubiera cambiado por el suyo de siempre.
Se
dio un paseo en el coche al día siguiente para visitar a su madre. Cuando su
madre salió de la casa unas horas después dijo en tono suspicaz:
–Es
un patrón muy generoso... regalarte un coche como éste... Maggie trató de
evitar el escrutinio de su madre.
–Sí,
bueno, el otro estaba hecho un asco y siempre me estabas diciendo que me
deshiciera de él.
–Lo
sé, pero también sabía lo mucho que lo querías.
–Bueno, sí...
–dijo Maggie ligera–.
Ahora, como asistente
de Caleb, tengo
que tener una cierta imagen...
Su
madre de nuevo tenía esa familiar expresión de preocupación en su rostro.
–Maggie...
¿estás segura de que todo va bien? Recuerdo que Caleb y tú tuvisteis aquel...
–Mamá
eso fue una cena... una vez. Y no estoy a su altura... no te preocupes –
interrumpió.
Se
acercó y la besó. Hubiera deseado dejarse llevar y apoyarse en su madre... pero
años de hacer de soporte habían enraizado demasiado profundamente su sentido de
la responsabilidad.
–¿Y
qué pasa con tus pinturas? Maggie se echó para atrás.
–Eso
va a tener que esperar unas pocas semanas.
No
parecía muy convencida pero dejó a Maggie sentarse en el coche antes de decir:
–He
invitado a comer a Caleb la semana que viene para darle las gracias por ser tan
amable... Estoy tan avergonzada de que Tom tratara de hundirlo...
Maggie
levantó la vista echa una furia. ¿Caleb allí? ¿En su casa? ¿Con su madre
diciendo lo maravilloso que era?
–Está
muy ocupado, no creo que tenga tiempo –se quedó helada–. Un momento,
¿has
dicho «invitado»?
–Sí,
querida. Le pedí a Michael Murphy que lo llamara y extendí la invitación.
Dijo
que sí inmediatamente. Tú también vendrás, claro.
Las
palabras de su madre le seguían sonando en la cabeza cuando volvió al
apartamento. Un desastre. Su madre estaba a punto de echar todo a perder con
cuatro palabras. Además sabía que si trataba de disuadir a Caleb de que fuera
sospecharía algo e inmediatamente estaría más decidido a ir. Sin duda se
estaría preguntando por qué demonios querría verlo la viuda de Tom. Maggie
tendría que vigilar a su madre como un halcón y asegurarse de que no decía nada
comprometedor. Le palpitaba la cabeza.
El
teléfono estaba sonando cuando entró, pero paró antes de que pudiera atenderlo.
Sabía que era Caleb, podía sentir su impaciencia mientras el móvil empezaba a
vibrar.
–¿Dónde
estabas?
–Salí...
fui a conducir. ¿Está bien?
Caleb
resopló. Tenía que confirmarlo y dijo:
–Creo
que mi madre te ha invitado a comer...
«Por
favor, di que no, ríete, di que no podrás...».
–Sí,
haré todo lo posible para ir... Estoy incluso intrigado. Te llamaba para
decirte que llegaré sobre las ocho.
Maggie
se sintió mareada en cuanto colgó el teléfono.
Esa
noche y los siguientes días parecieron establecer una tregua inestable.
Inestable porque Maggie tenía que morderse la lengua constantemente. En
especial cuando Caleb estaba relajado y era cálido con ella. Lo que, odiaba
admitirlo, era lo más frecuente. Durante el día había comprado algunos
instrumentos artísticos, exploraba la terraza exterior del apartamento, incluso
trató de pintar algo. Por la noche, Caleb y ella entraban en otro reino, un
reino donde no se pronunciaban palabras, no se necesitaban mientras él la
llevaba de cima en cima de placer.
Según
se acercaba el día de la comida, Maggie tenía la esperanza de que a Caleb se le
olvidara, pero sus deseos se vieron frustrados cuando salió de la ducha el
domingo por la mañana.
–¿A
qué hora es la comida?
«Se
ha acordado».
Maggie
se sentó en la cama y se cubrió con la sábana sintiéndose todavía absurdamente
tímida delante de Caleb.
–A
la una.
A la
salida de la ciudad, le pidió que parara en un puesto para comprar unos
periódicos. La miró con expresión de extrañeza.
–¿Qué?
–Nada...
–dijo él levantando las cejas, inocente.
–Sé
leer, ¿sabes? Y me gusta mantenerme al corriente de las cosas. Lo siento si tus
habituales... –la palabra se le clavó en la cabeza.
–¿Novias?
–propuso él con un mohín en los labios.
–Amantes...
tenían menos nivel intelectual. Levantó una mano y contó con los dedos.
–La
verdad es que la última era una abogada de derechos humanos; la anterior era
gestora de un fondo de riesgo; la anterior a ésa era...
–De
acuerdo, ya lo he entendido. Así que yo soy tu amante tonta...
Había
aparcado el coche y se había inclinado de repente, pensando en lo estériles y
aburridas que habían resultado esas mujeres.
–¿Tonta?
No es ésa la palabra que yo utilizaría para describirte, Maggie –y estaba
súbitamente sorprendido de saber lo que realmente significaba eso.
En
los últimos días había tenido con ella conversaciones más estimulantes que en
los últimos tiempos con mucha gente. Y era terriblemente consciente de cuánto
le importaba entrar por la puerta todos los días... y cuánto lo negaba.
Cuando
la miraba, como en ese momento: con esa expresión acalorada en los ojos, Maggie
quería lanzarse a ese profundo azul. Buscó a tientas la manilla de la puerta
incapaz de dejar de mirarlo hasta que finalmente la encontró y salió volando a
la tienda... y luego volvió.
–Lo
siento, se me ha olvidado preguntar. ¿Quieres algo?
Caleb
negó con la cabeza y la miró alejarse. Ese algo le estaba fastidiando otra vez.
Y tenía que reconocer que una parte de él no quería investigar qué le pasaba.
Para
cuando llegaron a la casa, había conseguido aclarar su cabeza. En ese momento
Maggie se volvió hacia él y a toda velocidad le dijo:
–Mi
madre piensa que trabajo para ti como asistente, así que, por favor, no la
desengañes. Y, Caleb...
Lo
miró de frente haciendo que se sintiera incómodo por la expresión de su cara.
La
inequívoca luz de la protección en sus ojos... La había visto ya en Montecarlo.
–Si
haces o dices algo que le moleste... se acabó el trato... No sé cómo lo
aguantaré, pero me iré y la casa será tuya.
–¿Cómo
demonios voy a molestar a tu madre, Maggie?
–No
tiene nada que ver con nada, Caleb. Nada. Sólo recuerda que a quien castigas es
a mí, no a ella.
Y
salió del coche. Caleb se quedó sentado un segundo. ¿Castigarla? Mientras la
miraba caminar en dirección a la casa, los suaves pliegues de la falda
alrededor de la cintura, de las piernas, sintió el habitual golpe de deseo que
no había mermado ni una pizca. La idea de que ella se sentía castigada no era
muy agradable. Y no sabía por qué. Porque eso era lo que había pretendido hacer
todo el tiempo,
¿verdad?
Salió
del coche y se reunió con Maggie en la puerta justo cuando se abría. Casi no
reconoció a la mujer que estaba delante de él. Era diferente de cómo la
recordaba: una mujer gris y triste. Ésta era vibrante. Se veían trazas de lo
bella que debía de haber sido. Una belleza distinta a la de Maggie. Maggie la
abrazó y se la presentó aunque se habían conocido en Londres.
Entraron
y ya con bebidas en las manos, la madre de Maggie se sentó nerviosa en el borde
de una silla.
–Señor
Cameron...
Él
sonrió educado y dijo:
–Caleb,
por favor. Ella sonrió.
–Muy
bien, Caleb. Sólo quería decir que muchas gracias por ser tan generoso. No sé
cómo vamos a poder devolverle esto. No tiene idea de lo que esta casa significa
para nosotras... –tomó la mano de Maggie entre las suyas–. Después de que mi
querido Brendan murió, era todo lo que tenía para recordarlo...
–Señora
Holland, no tengo ninguna intención de hacerla sufrir. Una vez que Maggie me
explicó la situación, no podía quedarme con su casa también....
–Pero..
sé que esta casa es valiosa, señor Cameron.
Caleb
podía ver cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Entonces supo que Maggie le
había dicho la verdad. Aquella mujer no tenía nada que ver con los planes de
Tom.
–Señora
Holland, estoy disponiendo de Maggie totalmente mientras estoy en Dublín.
Cuando me marche, estaré más que satisfecho de dejarle la casa a usted. Créame,
es bastante.
Miró
a Maggie. Estaba ardiendo y se le notaban las pulsaciones en el cuello.
Finalmente
se las arregló para decir un ahogado:
–Mamá...
¿no habría que echar un vistazo a la comida?
Capítulo
9
PARA
cuando llegaron a los postres, Maggie estaba relativamente relajada. Caleb
había sido la amabilidad en persona, su madre había estado impresionada y ella
había permanecido en silencio. Acababa de hacer café y lo llevaba al comedor en
una bandeja.
–¿Cómo
demonios te las has arreglado para convencerla de que se deshiciera de ese
coche? Créeme, lo he intentado durante años. Lo trataba como si fuera una
mascota. La única razón por la que no se lo llevó a Londres fue porque estaba
segura de que no sobreviviría al viaje...
Maggie
se quedó de pie, petrificada por el contenido de la charla de su madre y luego
intervino a toda prisa, dejando la bandeja en la mesa, repartiendo las tazas y
tratando de no regar todo con café debido al temblor de sus manos.
–Mamá....
estoy segura de que al señor Cameron no le interesan las historias sobre mi
cacharro. Me ha hecho un favor. Se me había quedado viejo hace mucho tiempo.
–Pero
Maggie, hace sólo unas semanas me dijiste...
–¿Más
postre, mamá? ¿Más café?
–No nos
lo hemos tomado
todavía, Maggie –dijo
Caleb en tono seco mientras con una mirada calculadora
evaluaba el desconcierto de Maggie.
Maggie
se las arregló para distraer a su madre con cualquier cosa y esperó que Caleb
no lo hubiera notado. Un ratito después, se puso en pie.
–Señor...
quiero decir, Caleb –la madre se rió casi como una niña. El efecto de un par de
vasos de vino: estaba prácticamente flirteando con ese hombre–, le enseñaré la
casa.
–Mamá,
creo que deberíamos irnos.
–Tonterías,
Maggie, no tenemos prisa y me encantaría ver la casa.
Extendió
galante un brazo a la señora Holland, quien dedicó a Maggie una mirada de
triunfo.
–¿Ves?
Ahora, ¿por qué no empiezas a fregar mientras enseño a Caleb la casa?
Desaparecieron
durante lo que le parecieron siglos. La mente de Maggie trabajaba a todo gas
cuando de pronto pensó en su habitación, que no había cambiado de decoración
desde que era adolescente.
Entonces
Caleb apareció en su línea de visión en el jardín. Solo. Se quedó de pie con
las manos en los bolsillos admirando la vista. Estaba espectacular con un
suéter negro y unos pantalones oscuros. Maggie suspiró y dio un brinco cuando
apareció su madre.
–Bueno,
cariño. Vaya hombre.
Se
unió a Maggie en la pila y se puso a ayudarla a secar los platos. Caleb
desapareció de la vista y Maggie sintió miedo de pronto. Su madre le pasó un
brazo
por los hombros y Maggie se apoyó en ella buscando refugio por un momento.
–Estamos
bien, cariño. Gracias a ese hombre, vamos a estar bien.
Maggie
asintió y apoyó la cabeza en el hombro de su madre para que no pudiera ver las lágrimas que inundaban sus
ojos. Su madre estaría bien y eso era lo que importaba, pero ella... ella no
estaría nada bien. Y era gracias a ese hombre.
Caleb
volvió a la casa, sus pasos amortiguados por la alfombra, y se paró en seco
cuando vio, a través de la puerta abierta de la cocina, a Maggie apoyada en el
hombro de su madre. Había algo en la escena tan primario y privado, que no pudo
interrumpir. Se alejó y esperó unos minutos antes de volver tosiendo para
advertir de su presencia. Maggie se volvió y lo miró con una sonrisa brillante.
–Sería
mejor que nos fuéramos.
–Bien,
querida. Ya he entretenido demasiado a los jóvenes.
Se
despidieron y por fin se marcharon. Ya en la calle, Maggie se volvió hacia
Caleb y dijo:
–El
día que viniste a la casa dijiste que la querías usar como refugio... ¿De
verdad te hubieras mudado aquí?
–Nunca
tuve la intención de usarla. Lo normal es que la hubiera vendido... Supongo que
le hubiera puesto un precio fuera de vuestro alcance –se encogió de hombros–.
¿Qué puedo decir, Maggie? Sacas lo peor de mí.
Después
de eso Maggie permaneció con los labios apretados y distante hasta que él interrumpió sus pensamientos.
–Maggie...
creo todo lo que me dijiste de tu madre.
–Bien
–se sentía agotada.
–¿Qué
ocurre?
–Nada
–dijo respirando hondo y mirándolo–, sólo que estoy un poco cansada...
«Y
vacía y con el corazón dolorido...».
–Esta
noche hay una recepción a la que tenemos que ir, pero si...
–No
–dijo rápidamente–. Estoy bien, iremos.
El
resto del viaje fue en silencio. Maggie se durmió y Caleb se enredó en
incontables pensamientos desasosegantes. Algo no... encajaba. Cuando habían
dado una vuelta alrededor de la casa, la madre de Maggie sólo le había hablado
de su primer marido, como si hubiera sido él quien acababa de morir... y no Tom
Holland. ¿Sería alguna forma de autoprotección? Pero no parecía así: él había
mencionado a Tom sólo una vez y ella se había puesto pálida y cambiado de
conversación. Además parecía demasiado feliz para haber enviudado tan
recientemente... y haberse quedado sin una herencia de millones.
Se
sentía en un nuevo territorio, un lugar donde nunca había querido estar. Los
límites se estaban moviendo. Miró a Maggie dormida y le apartó un mechón de
pelo de la cara. Se apoyó ligeramente en su mano y dibujó una sonrisa diminuta.
Algo no encajaba... en absoluto. Pero ¿realmente quería averiguar qué era?
Cuando
volvieron al apartamento esa noche después de la recepción, Maggie se quitó los
zapatos de una patada nada más atravesar la puerta. Le dolían los pies y tenía
los nervios de punta. Caleb se había pasado toda la noche mirándola,
escrutándola. Fue a la cocina y puso agua a calentar. Sintió que Caleb se
acercaba y se apoyaba en el marco de la puerta. Ya no pudo soportarlo más y se
dio la vuelta.
–¿Qué...
qué pasa? Te has pasado toda la noche mirándome –la miró de arriba abajo
pausada y explícitamente y ella sintió una oleada de rubor–. No me gusta.
–Sí,
Maggie, te gusta.
Fue
hacia ella. Ella no podía ir a ningún sitio. Estaba apoyada en la encimera y de
pronto recordó la noche que casi lo había violado en la cocina. Se puso aún más
colorada.
–Madre
mía, qué rubor. ¿Qué estará pasando por tu cabeza?
Levantó
una mano y la acarició en la mejilla. La miró a la boca durante unos segundos
eternos y Maggie sintió que se quedaba sin respiración. El corazón le latía
como un tambor.
«¡Hazlo
ya... bésame!», pensó.
Pero
él parecía estar librando una batalla interior, y la miró a los ojos.
–¿Vas
a contarme qué era todo eso de lo que hablábamos antes?
–¿Antes?
–estaba desconcertada de verdad, además le costaba concentrarse cuando lo tenía
tan cerca.
–Tu
coche, Maggie. Todo lo que ha dicho tu madre...
Se
puso muy tensa. Caleb podía notar cómo se distanciaba de él aunque no se
hubiera movido. De nuevo esos sentimientos arrinconados.
–¿Qué
quieres decir? No había nada...
–Por
favor. Ahórrame...
Apoyó
los brazos a los dos lados del cuerpo de ella. Rozaron los lados de sus pechos.
Cerró los ojos un segundo. Era tan injusto que le preguntara de ese modo cuando
se sentía tan... débil.
Caleb
podía ver su lucha interior.
–No
era nada, Caleb. Cree que tengo una especie de vinculación adolescente con el
coche, pero la superé hace años. Créeme, lo odiaba, tenía prisa por deshacerme
de él –se encogió de hombros ligeramente–. Cuando vi el nuevo... simplemente no
podía... Eso es todo.
No
había ganado millones por no saber interpretar a la gente y sabía que Maggie en ese momento estaba mintiendo, pero
¿por qué? Y ¿qué significaba que fuera así? Cerró de un portazo su mente: no
quería ir ahí.
Dejó
que su mirada bajara por ella. Estaba muy sexy esa noche. Tenía el pelo
recogido en un moño bajo. El vestido de cuello alto resaltaba cada curva de su
cuerpo. Le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia él. Se dijo que daba
igual,
¿por
qué preocuparse por preguntar? Todo lo que quería de ella lo tenía entre sus
brazos. Estaba caliente y deseosa y tan dispuesta...
–Bien,
Maggie, digas lo que digas... –y se inclinó sobre ella y la besó hasta que notó
que se le aflojaban las piernas.
Entonces,
la tomó en brazos y la llevó al dormitorio. Le desabrochó todos los botones del
vestido mientras la besaba en cada espacio de piel que aparecía. Cuando se
colocó sobre ella, Maggie tuvo un último pensamiento coherente para agradecer
que no hubiera seguido con el tema. Después se perdió en él. De nuevo.
Caleb
se despertó temprano. Un amanecer neblinoso iluminaba la habitación. Maggie
estaba acurrucada a su lado con una pierna encima de él muy cerca de una parte
de su cuerpo que estaba ya respondiendo a su proximidad. Le hubiera gustado
abrazarla, respirar su aroma, acariciar ese muslo que tenía tan cerca, guiar
sus manos hasta el sitio donde pudiera comprobar lo que provocaba en él. Se
estaba excitando todavía más. No quería que se fuera nunca.
«¿Qué?».
Se
puso tenso. Ya completamente despierto. Sin pensarlo, despacio, se las arregló
para salir de debajo de ella sin despertarla. Maggie se movió ligeramente y
después se dio la vuelta. En la espalda desnuda, Calebvio señales de arañazos.
¿Él había hecho eso? Entonces algo atrajo su atención en la parte trasera de
uno de sus muslos, una cicatriz de un color rosado intenso. Parecía como si
hubiera sido algo muy feo en algún momento, pero supuso que sería hacía años.
Sintió deseos de tocarla.
Ese
pensamiento lo animó a la acción.
«¡Basta!».
Estaba
contemplando a su amante mientras dormía. Su amante... eso era todo, tenía que
recordarlo.
Capítulo
10
SEÑOR
Cameron, ¿de nuevo se va usted pronto? Caleb levantó la vista mientras se ponía
la chaqueta y vio a Ivy en la puerta de su despacho.
–Sí.
Supongo que como director general de Cameron Corporation tengo esa prerrogativa
–algo en su voz hizo que sonara cortante y a la defensiva y se arrepintió al
ver el rubor en las mejillas de la madura mujer.
–Bueno...
por supuesto, señor Cameron, yo no quería decir ni por un segundo...
–Ivy,
lo siento. Soy yo. Estoy cansado, eso es todo.
–Por
supuesto. La negociación con Nueva York está acabando con la paciencia de todo
el mundo...
Sí,
así era. Y Caleb lo que quería era irse a casa, atravesar aquella puerta y ver
a Maggie. Se detuvo un momento: «casa» y «Maggie». ¿Desde cuándo era su casa un
apartamento de diseño y desde cuándo anhelaba ver a Maggie?
«Desde
que ella ha convertido el apartamento en un hogar... desde que sus cosas de
aseo están colocadas al lado de las tuyas... desde que el olor a comida te da
la bienvenida cada noche cuando llegas a casa... desde que te encanta sentarte
a ver una película...».
Interrumpió
sus pensamientos haciendo un gran esfuerzo. –¿Tiene ya todo lo que necesita para el viaje de mañana?
–Sí
–respondió a Ivy con alivio.
No
le había dicho nada a Maggie del viaje a Nueva York que tenía a la mañana
siguiente. ¿Por qué le hacía eso sentirse tan culpable? Nunca había sentido
antes la necesidad de dar explicaciones a nadie. Justo en ese momento un joven
colega se paró en su puerta.
–Señor
Cameron, unos cuantos vamos a ir a tomar algo ahí mismo... si quiere unirse a
nosotros.
Caleb
agarró su maletín.
–Iré
encantado.
Mucho
más tarde, cuando entró en el apartamento, todo estaba en silencio. Se había
quedado en el bar todo lo que había podido, pero se había aburrido pronto de la
conversación de los jóvenes, los hombres tratando de impresionarlo y las
mujeres pasando cerca de él sugerentes.
Dejó
las cosas, colgó el abrigo y fue hacia la habitación imaginando encontrar allí
a Maggie acurrucada y calentita. Se imaginaba metiéndose en la cama al lado
de ella. Entró y vio que la
cama estaba vacía. Sintió una opresión
en el pecho.
¿Dónde
estaba? Deshizo el camino recorrido y miró en todas las habitaciones. Empezó a
experimentar una sensación de pánico. A lo mejor se había vuelto a ir al
cine...
De pronto deseó haber estado allí para haber ido juntos. A lo mejor estaba por
ahí, en un bar, buscando compañía...
Casi
a punto de llamarla por teléfono, vio una luz en la terraza. La usaban cada vez
más desde que el tiempo había empezado a mejorar. La idea de algo tan doméstico
antes le hubiera desagradado, pero con Maggie era diferente. Nunca había
llevado a vivir a su casa a sus anteriores amantes. Maggie era la primera mujer
con la que había pasado tanto tiempo, lo que era una ironía.
Abrió
las puertas sin hacer ningún ruido. La fresca brisa nocturna lo envolvió, lo
mismo que el sonido del tráfico de la calle. Ahí estaba Maggie, acurrucada en
una tumbona con un cómodo chándal viejo y envuelta en un chal. Una taza de algo
estaba a su lado. Parecía dormida.
Y de
pronto Caleb supo qué le había estado preocupando desde el principio. Maggie no
se había puesto ni una sola vez ningún vestido como aquél de la noche de
Londres. ¿Por qué se habría vestido como una fulana aquella noche? Había más
preguntas. ¿Por qué nunca quería salir por la noche a bailar? Algo que él
aborrecía pero con lo que hubiera transigido. ¿Por qué no lo llamaba diez veces
al día para estar segura de que la seguía deseando? ¿Por qué cada vez que le
ofrecía la posibilidad de ir a restaurantes de lujo, solía arrugar la nariz? ¿Y
por qué estaba tan contenta de quedarse en casa... leyendo o viendo la tele?
No
tenía sentido, pero mientras se planteaba esas preguntas sintió la fuerza del
deseo, que se despertaba dentro de él. Dio unos pasos y la besó ligeramente en
los labios. Ella abrió los ojos verdes y misteriosos en la oscuridad de la
noche.
–Caleb...
–Maggie...
–¿Dónde
estabas?
–Tuve
que salir... –¿por qué se sentía tan mal al decir eso?
Maggie
le pasó los brazos por el cuello y le dejó que la levantara hasta su pecho. La
llevó a la habitación, y Maggie permitió que la desnudara. Había vuelto tan
tarde... ¿dónde habría estado? Nunca lo decía y ella nunca se lo preguntaba,
porque él no tenía que darle explicaciones. Ella le pertenecía, pero no
significaba nada para él.
–Tengo
que irme a Nueva York unos días.
Maggie
lo miró por encima de la taza de café. Se sentía descuidada en bata al lado de
él con un traje inmaculado.
–¿Te
vas... solo?
–Sí –dijo
lacónico. Necesitaba separarse
de ella, de
allí... por demasiadas razones.
De
pronto Maggie sintió que se le quitaba un peso de encima; un respiro de unos días sin el sabor agridulce de verlo, de
dormir con él todas las noches, sería como un oasis en medio del desierto. Le
brillaron los ojos de alivio y no pudo evitar que él lo notara.
–No
hace falta que te alegres tanto, Maggie.
–Ya
te estoy echando de menos –dijo rápidamente recomponiendo su expresión.
–A
lo mejor podrías venir conmigo... –se burló, pero sabía que no podría. Esa
negociación era importante y ella hubiera sido demasiada distracción, pero
nunca se lo diría–. Relájate, Maggie, no es posible.
Caleb
terminó su taza, la dejó en la pila y se puso el abrigo. A pesar de la
sensación de alivio que había experimentado cuando le había dicho que se iba,
en ese momento Maggie sintió que la envolvía la soledad.
–Caleb.
Se
detuvo en la puerta y cuando ella se acercó él bajó la cabeza. La besó con
desesperación. Soltó la maleta y la abrazó y la levantó del suelo. Ella le
devolvió el beso ansiosa, como si ya se hubieran separado unos días. Tembloroso
la dejó en el suelo y se apartó de ella.
–¿Es
eso un «no te olvidaré»?
–Será
mejor que te vayas –respondió ella.
Salió
y se cerró la puerta. Maggie se apoyó en ella para contener el temblor que
sacudía todo su cuerpo. No lloraría. No podía llorar. Se sentó en el sofá y se
envolvió en sus brazos.
«Sólo
unas pocas semanas más, eso es todo...».
Se
quedó pensando en la noche anterior... No había llamado para decir que llegaría
tarde. No le había di-cho que se iba de viaje...
Se
levantó con resolución y se prometió disfrutar de los días de libertad que
tenía por delante. A pesar de que ya lo estaba echando de menos.
Los
siguientes días, Maggie pintó con frenesí para tratar de no pensar en Caleb.
Llamaba todas las noches pero las conversaciones eran breves y bruscas, como si
estuviera comprobando que ella seguía allí.
El
tiempo se extendía delante de ella aburrido, vacío. Su sensación inicial de
alivio hacía tiempo que había desaparecido. El lunes lo echaba de menos con tal
intensidad que sentía dolor en el pecho. Pasó el martes. Maggie empezó a pensar
histérica que era el final. Cualquier día recibiría una llamada de Ivy para
decirle que el señor Cameron había enviado todas sus cosas de vuelta a
Inglaterra y le pedía que por favor dejara el apartamento a mediodía.
El
teléfono sonó tarde la noche del miércoles. Casi se le cayó de las manos.
–Soy
yo.
–Hola
–¿por qué parecía tan tímida?
–Vuelvo
mañana –parecía muy cansado.
–Muy
bien. Nos vemos entonces.
Colgó.
Ni una palabra más. Nada de «te echo de menos o me muero de ganas de verte»,
pero incluso así, Maggie no pudo evitar sentirse feliz. Volvía. Todavía no iba
a dejarla.
A la
mañana siguiente llamaron a la puerta. No podía ser Caleb tan pronto. Se le
disparó el pulso pero pronto se le frenó al ver en la puerta a John, el chófer.
Tenía un aspecto horrible. Se preocupó al verlo así y casi se olvidó de Caleb.
–John...
¿qué pasa?
–Siento
preocuparte, Maggie. Es mi corazón... iba de camino al aeropuerto pero tuve que
parar... Es una maldita angina, creo, pero necesito un médico... No creo que
pueda recoger al señor Cameron...
Maggie
lo llevó adentro y se hizo cargo. Recogería ella a Caleb.
–Vamos
derechos la hospital. Llevaré tu coche; puedes enseñarme a manejarlo de camino
y yo recogeré a Caleb.
–Pero...
–No
hay peros, John, podrías tener un accidente... Has hecho bien viniendo aquí.
Bajaron
hasta donde estaba el coche. A la edad de veintisiete años, Maggie jamás había
conducido nada más grande que un Mini y le llevó algo de tiempo acostumbrarse a
un coche tan enorme. Con una sonrisa para ocultar sus nervios y las manos
sudorosas, se lanzó al tráfico de la hora punta. Un rato después, tras
asegurarse de que John quedaba estable en una cama del hospital, se marchó.
Tenía el tiempo justo para llegar al aeropuerto. El coche le daba más miedo sin
John a su lado.
Milagrosamente
encontró un sitio para aparcar lo bastante grande y no se dio ningún golpe. Se
quedó unos minutos en el coche respirando hondo. John le había dicho dónde
tenía que esperar a Caleb en la zona VIP del aeropuerto. Salió del coche y
esperó cada vez más nerviosa. ¿Se mostraría sorprendido? ¿Le gustaría?
¿Le
disgustaría?
Estaba
cansado. No se había sentido así de cansado en toda su vida. Le escocían los
ojos mientras esperaba su equipaje. Sólo podía pensar en Maggie. Se maldijo por
no haberla llevado con él. La había tenido presente en sus sueños y en sus
pensamientos a cada momento. Había pensado que la separación mitigaría su deseo
y lo único que había hecho había sido aumentar. Una noche había tenido que
soportar una cena en la que le habían presentado una mujer detrás de otra,
todas a su disposición. Eran impresionantes, lo mejor de Nueva York: modelos,
actrices... Y no le habían sugerido nada. Todo lo que quería era... Maggie. Y
le dolía admitirlo.
Por
fin apareció su equipaje y salió al exterior buscando a John en el lugar
habitual. Y entonces la vio a ella. La alegría que sintió casi le hizo perder
el equilibrio. Se sintió incluso mareado. ¿Sería una aparición? La veía de
perfil: el pelo rojo contra el verde del jersey echado por encima de un vestido
corto que dejaba ver sus piernas desnudas y unas chanclas.
Entonces
ella se dio la vuelta y lo miró. Levantó una mano ligeramente y luego la bajó.
Se llenó de valor y alzó la barbilla para recibirlo. Caleb llegó a su lado con
expresión severa.
–¿Dónde
está John?
No
hizo caso del dolor que le provocó que preguntara primero por John y respondió:
–Está
en el hospital...
–¿Qué?
Le
apoyó una mano en el brazo y dijo:
–Está
bien. Es sólo una angina. Lo dejé allí y vine a recogerte. Estaba tan
preocupado... –apartó la mano del brazo. Caleb se frotó los ojos y Maggie se
dio cuenta de lo cansado que estaba–. De verdad que está bien. Sólo tiene que
quedarse en observación veinticuatro horas.
–De
acuerdo –la miró y le pasó una mano por la mejilla–. ¿Y tú? –ella tragó con
dificultad y se encogió de hombros. Casi no podía hablar–. Gracias por ocuparte
de John.
Maggie
volvió a encogerse de hombros.
–Está
bien. Ha sido difícil convencerlo de que no viniera a buscarte. El coche está
aquí al lado.
–¿Has
traído su coche?
–Sí,
Caleb –el tono seco ocultaba lo difícil que le había resultado llevarlo hasta
allí. Cuando llegaron al coche no pudo resistirse a decir–: Iba a traer el
Mini, pero pensé que tu ego no lo soportaría...
Caleb
le sonrió de forma extraña y sintió un gran placer por su irreverencia, era
algo difícil de encontrar.
–Ja,
ja.
Caleb
fue de modo automático al lado del conductor mientras se frotaba los ojos.
Parecía agotado. Pidió las llaves con un gesto. Ella negó con la cabeza.
–No
vas a conducir, estás medio dormido.
–Maggie...
–De
ninguna manera –fue tan firme que Caleb se sorprendió.
Maggie
se sentó en el asiento del conductor. Caleb no tenía elección. La verdad era
que estaba demasiado cansado para discutir. Se sentó en el asiento del
acompañante. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Su último pensamiento fue
que nunca lo había ido a buscar una mujer al aeropuerto... y le había gustado.
Tampoco recordaba la última vez que había ido en un coche conducido por una
mujer. De todas las mujeres, Maggie había sido la que había hecho las dos
cosas; después la oscuridad lo envolvió.
Esa
noche, después de la cena, Maggie se estaba preparando en el baño para irse a
la cama. Se soltó el pelo y en el espejo vio un brillo especial en sus ojos.
Era por él. Porque había vuelto. Se ruborizó. El salto de cama de seda
resultaba casi doloroso encima de su recalentada piel.
Aquello
era peligroso. Lo sabía. Como ir en un coche a ciento cincuenta por hora en
dirección a un muro y con los frenos estropeados.
Apagó
la luz con decisión y fue hacia el dormitorio. El corazón se le dio la vuelta
al ver la escena que tenía delante: Caleb dormido en la cama tapado sólo hasta
la cintura. Era dolorosamente guapo.
«Duerme...».
Como
en un sueño, cruzó la habitación y se sentóa su lado en el borde de la cama. Él
no se movió. Con una mano le apartó el pelo de la cara y después lo besó en los
labios muy suavemente. Sin abrir los ojos la agarró de la muñeca y le devolvió
el beso. Abrió unos ojos de sueño y Maggie supo que estaba atrapada. Tiró de
ella hasta tumbarla encima de él. La miró primero a la cara y después a la
voluptuosa «V» del escote.
–Caleb...
no deberíamos... estás muy cansado...
–Para
esto nunca....
Y
con un grácil movimiento la hizo rodar de modo que ella acabó de espaldas en la
cama con él encima. La acarició en la cara mientras la besaba provocando en
ella un ataque de sensualidad que acabó con todas sus resistencias. Maggie era
tan incapaz de parar como él de detenerse. La mano fue bajando hasta los pechos
cubiertos de seda, acariciando los anhelantes pezones. Maggie gemía deseosa
mientras con sus manos buscaba y encontraba el pecho, se movía, seguía
explorando, más abajo, por debajo de la sábana, donde se topó con la ardiente
evidencia de la excitación de Caleb.
Le
levantó la combinación para verla desnuda.
–Dios,
Maggie... te he echado de menos... ¡Eres como fiebre en mi sangre!
Maggie
respondió con un grito mientras se quitaba del todo la combinación y se besaban
apasionadamente. Con una torpeza desacostumbrada, Caleb buscó y desenrolló un
preservativo. Y entonces, por fin, se encontró en casa... al entrar en su carne
de satén mientras ella salía a su encuentro. El cansancio y la fatiga
desaparecieron.
Ese
control que siempre valoraba tanto estaba fallando. Su ardiente erección al
encontrarse con su calor hacía que respirara con dificultad. Abrió los ojos y
miró hacia abajo para sumergirse en aquel profundo verde. Tan profundo como el
océano. Estaba roja por la excitación y podía sentir cómo su cuerpo empezaba a
tensarse alrededor de él. Trató de aguantar... de recuperar algo de control,
pero no podía. El cuerpo de ella se tensaba y arqueaba mientras lo abrazaba.
Podía sentir los duros pezones clavarse en su pecho, lo que aumentaba la
salvaje oleada que lo empujaba hacia el éxtasis. Después se sintió arrastrado
por el orgasmo de ella y durante un momento se quedó como suspendido... antes
de precipitarse en el abismo. Justo después de hacerlo, de estallar, tuvo el
más poderoso deseo de experimentar aquello piel contra piel. Sin protección.
Nunca antes había echado de menos el contacto directo... hasta ese momento, con
ella, que sentía que la barrera era... un error.
Mientras
el placer carnal lo recorría y se sentía explotar, deseó con una fiereza
primitiva derramarse dentro de ella... Segundos después, cuando el mundo volvió
a su sitio, cuando la constatación... de lo que acababa de pasársele por la
cabeza lo golpeó, el cuerpo entero se le tensó encima de ella. ¿Estaba loco,
quería dejarla embarazada? La terrible idea hizo que se librara bruscamente del
cuerpo de ella y pudo escucharla gemir. Sus cuerpos estaban todavía
dolorosamente sensibles,
incluso
el suyo se quejó cuando se separó... todas sus células queriendo permanecer
allí, mezcladas con las de ella. Todavía estaba excitado pero tenía que
escapar... de ella... de sí mismo. ¿Se estaría volviendo loco debido al
cansancio? Tenía que ser eso. Sintiéndose de pronto malhumorado por sus
estúpidas divagaciones, se levantó de la cama y, sin mirar a Maggie, se fue al
cuarto de baño y se metió en la ducha.
Las
lágrimas llenaban los ojos de Maggie, pero no las dejaría correr. Ya sabía cómo
era posible hacer el amor y tener ganas de llorar con el corazón roto al mismo
tiempo. Porque ya no podía negarlo más tiempo, ya no podía negar que había
entregado su corazón a Caleb, para siempre. Cada latido era para él. Y eso al
final la mataría.
Capítulo
11
BUENOS
días.
–Buenos
días... –Maggie estaba algo dormida.
La
noche anterior volvió a toda velocidad, la desolación que había sentido cuando
él había huido de la cama después de hacer el amor. Se despertó y levantó las
barreras.
Caleb
estaba apoyado en un brazo mirándola. Interpretó todo lo que había visto en el
rostro de ella como nubes que atraviesan un cielo despejado, algo oscuro que
había pasado entre los dos. Era la primera vez que se despertaba y él estaba en
la cama mirándola. Incluso los fines de semana, invariablemente, iba a la
oficina, aunque fueran unas pocas horas, o se iba a correr, o simplemente... se
levantaba.
Aquello
hizo que se le acelerara el pulso a pesar de todos sus esfuerzos por mantenerse
fría.
–¿No
tienes que ir a trabajar?
–¿Te
estás tratando de librar de mi? –dijo arqueando una ceja.
Ella
negó con la cabeza mientras su mirada saltaba al pecho desnudo. Sintió cómo el
calor empezaba a invadir sus venas, el pulso daba saltos. Caleb estaba
sonriendo. Ella frunció el ceño. Maldito fuera, él y su arrogancia.
–Lo
que pasa es que estoy disfrutando mucho viendo cómo te despiertas.
La
besó y salió de la cama. Lo vio alejarse y entrar en el cuarto de baño y
suspiró tirando de las sábanas hacia arriba. Nunca se cansaría de mirar ese
cuerpo. Cuando salió del baño, se hizo la dormida. Sintió cómo se acercaba y
deseó que se fuera. Si hacían el amor a la luz del día, no podría disimular sus
sentimientos.
–Maggie,
sé que estás despierta. Volveré a las siete. Esta noche salimos.
Cuando
sintió, más que oyó, que se había marchado, abrió los ojos. Había vuelto a la
normalidad. A la rutina. Y ese apartamento se estaba convirtiendo en una
prisión.
«Sólo
dos semanas más...».
Las
palabras resonaron en su cabeza y se sentó en la cama, sorprendida. Sólo dos
semanas y entonces... la libertad. No podía creerlo. ¡Cómo había pasado el
tiempo! ¿Conseguiría sacarse a Caleb de la cabeza? Volvió a tumbarse. No era
capaz de imaginar cómo sería.
Esa
tarde, acababa de ducharse y estaba vestida sólo con un albornoz cuando Caleb
entró en la habitación. Tenía bolsas debajo de los ojos y deseó correr a
acariciarlo, decirle que no hacía falta que salieran. Pero no pudo porque no
era ella quien organizaba su propia vida.
La
mirada de Caleb la recorrió de arriba abajo hambrienta. Ella permaneció de pie
delante de él. La había echado de menos todo el día. Su cuerpo la anhelaba de
un
modo que lo estaba poniendo muy nervioso. No podía pensar en eso. Llegaban
tarde.
–Tenemos
que salir en un cuarto de hora...
–Estaré lista
–dijo estricta, sorprendida
por la ausencia
de saludo y
la voz brusca.
Caleb
se presentó en el recibidor un momento después colocándose los puños del
esmoquin. Maggie permanecía de espaldas mirando por la ventana.
Se
había arreglado el pelo de forma que caía por su espalda en forma de cuerda
enrollada. El vestido gris oscuro era de alguna clase de punto que marcaba
todas sus curvas. Era una tortura mirarla. Echó algo de menos... ¿Por qué no se
ponía las joyas que le había regalado?
Tenía
que hacer que se las pusiera. Nunca las llevaba... seguro que era otra faceta
de su actuación, sin duda, pero una vocecita interior le decía: «Otra
anomalía...». Normalmente las mujeres le pedían más y más, así que ignoró la
voz.
Caminó
hacia ella indolente haciendo que Maggie se quedara sin respiración. Lo había
visto con esmoquin muchas veces, pero esa noche estaba más impresionante que
nunca. Se detuvo ante ella con una gran caja de terciopelo. A Maggie se le cayó
el corazón a los pies. La tomó dubitativa y la abrió con un suspiro que no pudo
reprimir. En su interior había unos pendientes antiguos a juego con una
gargantilla de diamantes verdes montados en platino. Sintió que en su interior
se cerraba algo. Levantó la vista, distante.
–¿Más
baratijas para tu amante?
Estaba
acostumbrada. Estaba aburrida. Sorprendentemente, por mucho que eso doliera a
Caleb, también le reconfortaba.
Sacó
la gargantilla y se la colocó en el cuello. La joya colgaba justo encima del
valle de sus pechos. Después sacó los pendientes y se los tendió.
–Sí...
Con
dedos temblorosos se los puso. Maggie podía sentir cómo se balanceaban y le
daban en el cuello, en el pelo. Él dio un paso atrás. La miró con ojos
calculadores.
–Preciosa.
Se
sintió como una yegua. Estaba allí para su placer y si quería cubrirla de
joyas, tendría que ponérselas.
Cada
vez que se moviera las sentiría balancearse contra su piel. Eso le recordaría
que, más pronto que tarde, saldría de su vida y dejaría paso a otra amante, a
la que él le diría exactamente las mismas palabras. Le colocaría joyas encima
del mismo modo desapasionado... o a lo mejor no. A lo mejor una conseguía
romper ese frío exterior y encontraba su corazón.
–Vámonos.
Lo
siguió en silencio.
La
recepción era similar a todas las demás. Todo el mundo intentando estar cerca
del exitoso Caleb Cameron, como si fuera una especie de rey Midas. Maggie
soportaba
las mismas miradas hostiles de las sociedad dublinesa, que se preguntaba quién
era ésa que había aparecido de pronto en escena.
Raramente
se había relacionado en Dublín con su madre o con Tom. Pero era una ciudad
relativamente pequeña y ya había percibido las miradas de los antiguos colegas de Tom, lo que le hacía
sentir escalofríos de repulsión. Sobre todo por uno de ellos, que había sido
incluso más desagradable que su padrastro. No quería que la viera, pero era
difícil con todo el mundo atento a Caleb y ella agarrada de su brazo. Aguantó
la cena, la curiosidad de la gente cuando descubría que era dublinesa, aunque
eran lo bastante educados para no preguntar cómo se las había arreglado para
entrar en la vida de Caleb.
Sintió
cómo Caleb deslizaba un brazo por el respaldo de su silla y la acariciaba en el
cuello con la mano. Empezó a respirar agitada. Sintió que su cuerpo respondía y
se cruzó de brazos para ocultar la evidencia. Él se volvió a mirarla y todo a
su alrededor se volvió borroso a causa de la corriente que se estableció entre
ambos. Agarró una de las manos de ella y se la llevó a la boca, besando un
delicado punto de la muñeca. Maggie dejó de respirar. Sus ojos llamearon. ¿Por
qué había hecho eso? Caleb le soltó la mano y se volvió hacia la persona que
tenía al otro lado. Maggie estaba confusa y muy preocupada por las emociones
que sentía anidar en su pecho.
–¿Y
de dónde dijo que era, querida?
Maggie
se enfrascó agradecida en una conversación con la señora que tenía a su
derecha.
Después
de la cena, los invitados fueron libres de moverse y bailar en el impresionante
salón. Maggie se excusó y fue a buscar los aseos. De vuelta, una voz le dio el
alto. Sintió un tacto desagradable en uno de los hombros.
–Bueno,
bueno, la pequeña Maggie Holland. Pensaba que eras tú, pero... madre mía, te
has hecho una mujer de lo más impresionante.
En
contra de su voluntad se volvió para encarar al hombre que había detrás de la
untuosa voz.
–Patrick
Deveney.
Un
tipo rechoncho de ojos saltones que la miró de arriba abajo con un descaro tal
que Maggie se quedó paralizada. Había sido uno de los íntimos de su padrastro y
durante años había estado husmeando alrededor de ella, aunque siempre había
conseguido escapar de él.
Se
acercó más a ella aprovechando que pasó alguien. Intentó desesperada que no se
le notara el miedo que tenía de llamar la atención. Volvió la cabeza pata
buscar a Caleb. No lo encontró.
–¿Buscando
a tu... cita?
–Sí...
me alegro de verlo de nuevo, señor Deveney, pero en realidad debería...
De
pronto la agarró del brazo con demasiada fuerza. Ella gimió mientras él la
llevaba a una esquina.
–¿Quién
te crees que eres...? –la miró de arriba abajo lascivo–. No he tenido
oportunidad de darte el pésame, Maggie, querida. Debes de estar destrozada por
la
pérdida
de Tom... Ni siquiera tuvimos oportunidad de llorarlo, tu madre se lo llevó tan deprisa para enterrarlo que no
pudimos presentarle nuestros respetos. Eso no está bien, ¿verdad? Pero ahora te
los puedo ofrecer a ti personalmente.
Lo
miró disgustada, incapaz de huir. La mano del brazo le cortaba la circulación,
le hacía daño.
–Suélteme
–consiguió decir a pesar del pánico, sabiendo que le saldría un hematoma.
–Sabes
que Tom hubiera ido a por ti si Cameron no se hubiera vengado tan deprisa.
Tenía claro que te habías ido de la lengua. Tú y la estúpida de su mujer.
Vosotras le provocasteis el infarto, nos liasteis a todos.
Se
sintió transportada en el tiempo. Permaneció inmóvil sabiendo que si intentaba
escapar él le haría más daño. Pasado y presente se mezclaban. Nunca le había
preocupado su dolor, sino el de su madre, entonces, ¿por qué le importaba en
ese momento? La niebla se aclaró y Maggie se rehízo: ése no era Tom. Había
muerto. Podía manejarlo. No iba a hacerle daño. Con un rápido movimiento, se
soltó y le dio un codazo en medio del pecho. Él se quedó jadeando y con la cara
roja, pero aún demasiado cerca.
–Me
estaba preguntando dónde estarías.
Caleb.
Sintió una enorme oleada de alivio, pero cuando se dio la vuelta se le cayó el
alma a los pies. Tenía el ceño fruncido, mirando la cara ruborizada y la
excesiva proximidad de Deveney, y había llegado a una conclusión equivocada.
Tratando
desesperadamente de salvar la cara, Deveney se escabulló diciendo desagradable:
–A
ver si hace algo con ella, Cameron, siempre ha sido una gata salvaje.
Caleb
hizo una mueca y agarró a Maggie del mismo sitio que la había tenido sujeta
Deveney. Tuvo que reprimir un gemido.
–¿Quién
es y por qué me conoce?
Antes
de que pudiera contestar y con más dolor del que podía soportar, Caleb la
estaba sacando del edificio. John se materializó con el coche en segundos. Se
metieron dentro. Maggie todavía temblaba, no podía creer que Caleb hubiera
malinterpretado la situación.
–Era
un amigo de Tom... y todo el mundo te conoce –se frotó el brazo distraída.
Caleb
hacía esfuerzos para mantener la boca cerrada; no quería decir nada en el
coche.
Ya
en el apartamento, la puerta se cerró tras él y Maggie se dio la vuelta
lentamente para mirarlo con gesto de recelo. ¿Una mirada de culpabilidad?,
pensó Caleb. Estaba deseando que así fuera. ¿Qué podía ella haber visto en
semejante pervertido? Se apoyó en la pared con las manos en los bolsillos.
–Bueno...
¿vas a decirme qué pasaba? ¿Buscando ya mi sustituto... quedando con alguien
que conoces y que ya sabe cómo funcionas?
–Estás
enfermo, no tengo por qué escuchar todo esto...
Iba
a salir de la sala, pero él la agarró del brazo, de nuevo en el mismo sitio. Ya
sí que no pudo disimular el dolor.
–¿Qué
pasa? –preguntó él cortante al ver la palidez en el rostro de ella.
–Nada
–murmuró, pero no pudo disimular las lágrimas.
–Maggie
¿qué demonios pasa?
–Nada, Caleb
–dijo como un
latigazo–. Si fueras
capaz de ver
lo que tienes delante de tus narices, entonces no
necesitarías una explicación –se soltó y se fue al dormitorio.
Él
la siguió.
–¿Qué
pasa? ¿Estás enfadada porque he adivinado la verdad? ¿Cómo puedes...? Ese
hombre es odioso... Dime, ¿lo has besado? –los celos le nublaban la visión, las
ideas–. Claro que lo has hecho, me miró como si fuera un tipo de ésos que busca
bronca...
Lo
único que hizo que dejara de hablar fue la terrible quietud que invadió los
miembros de Maggie. Sus ojos eran enormes estanques de insondable dolor, su
boca estaba abierta de horror. Se dio cuenta de que había ido demasiado lejos y
se acercó a ella. Maggie se echó para atrás de una sacudida y se cayó a la
cama. En un segundo Caleb estaba ahí, inclinándose sobre ella, levantándola. De
nuevo el dolor en el brazo, Maggie se sintió mareada.
–¿Qué
pasa...? –preguntó Caleb con urgencia.
–El
brazo... me haces daño en el brazo...
Lo
soltó inmediatamente y la sentó en la cama.
–Maggie,
¿te he hecho daño? Déjame ver... Ella negó con la cabeza.
–Tú
no... él...
Caleb
maldijo y con mucho cuidado, le bajó el hombro del vestido y murmuró de nuevo
un juramento cuando vio las marcas de unos dedos en la piel.
–¿Por
qué no me lo ha dicho...?
–La
verdad es que no me has dado muchas oportunidades.
No,
no lo había hecho. ¿Cómo podía haber juzgado tan mal la situación? Nunca habría
pensado en una mujer vapuleada por un indeseable. Y esa mujer era Maggie.
Sintió deseos de salir a buscar a Deveney y darle una paliza.
–¿Qué
ha pasado, Maggie? Ella evitó la pregunta.
–Tengo
que ponerme árnica o irá a peor.
–Te
la traeré –dijo levantándose de un salto.
Fue
a buscarla y volvió. Con una ternura infinita se la extendió por la piel. De
nuevo las lágrimas empezaron a llenarle los ojos, no pudo contenerlas. De
pronto estaba demasiado cansada de ser el objeto de la cínica desconfianza de
Caleb. Cansada de tener que mantener siempre una fachada. Además no estaba
segura de ser capaz de continuar con aquella charada.
Pero
entonces... cuando él tomó su rostro con las manos y lo volvió hacia él, y la
acarició en la mandíbula mientras le secaba las lágrimas con los pulgares y
susurraba un «perdón», sintió que se derretía por dentro. Sí, podía decirle la
verdad. Podía contarle exactamente lo que había pasado. Si lo hacía no tendría
que
enfrentarse
a su censura nunca más. Pero eso sería... su fin. Sólo podría despreciarla si
supiera que ella se había enamorado.
Y en
ese momento, cuando estaba siendo tan tierno, tan cariñoso, besándola con esa
dulzura, el cansancio se esfumó y todo lo que deseó fue agarrarse a él... un
poco más.
Esa
noche no hicieron el amor. Caleb sólo la abrazó con cuidado y la mantuvo entre
sus brazos. Cuando actuaba así hacía incluso más difícil mantener la distancia.
Al día siguiente, volvería a levantar la muralla, pero en ese momento... se
dejaría llevar por su sueño... y lo hizo.
Una
semana después Maggie estaba pintando en la terraza. Era un precioso día de
verano. Pensaba en aquella noche de una semana antes. Desde entonces había
pillado a Caleb un par de veces mirándola con algo... algo luminoso que no
podía definir, pero en cuanto lo miraba, él echaba las persianas. Pero algo
había cambiado definitivamente entre ellos. Había una especie de tranquilidad.
Una especie de veneración cuando hacían el amor.... aunque a lo mejor sólo era
su ridícula imaginación.
Apretó
furiosa el pincel contra el lienzo como si así pudiera librarse de sus
pensamientos. Cuando oyó sonar el teléfono fue a atenderlo aliviada, contenta
por la distracción. Cuando lo colgó tenía el ceño fruncido. Caleb quería verla
en su despacho. Sintió un escalofrío en la espalda. Se cambió de ropa y se
recogió el pelo en una coleta.
Cuando
llegó al último piso del edificio de oficinas, la seca Ivy se había convertido
en la sonriente Ivy.
–Maggie,
¿no? Por favor pase, el señor Cameron la está esperando.
Entró.
Caleb estaba de pie mirando por la ventana. Se dio la vuelta y Maggie quedó
impactada por lo serio que estaba. La puerta se cerró y Caleb la miró.
–¿Qué pasa?
–dijo ella con
una risa nerviosa–.
Caleb, me estás
asustando... – pensó en algo–.
¿Es John? ¿De nuevo el corazón?
–No...
no es John. Está bien y te agradece que te ocuparas de él. Estaba más asustado
de lo que decía. Lo he mandado a su casa de Londres a recuperarse.
Ella
se encogió de hombros, un poco avergonzada.
–No
fue nada.
Caleb
rodeó la mesa y se acercó a ella.
–Tienes
pintura en las mejillas.
Ella
se ruborizó y se echó una mano a la cara para limpiarse.
–Nunca
me miro al espejo.
No
era capaz de interpretar la expresión de la cara de Caleb.
–Maggie,
he terminado mi trabajo aquí, mañana vuelvo a Londres.
«Oh,
Dios mío, era eso... se marcha».
Se
volvió todo borroso. Había una silla detrás de ella y se sentó intentando que
no pareciera que se había caído encima, lo que en realidad había pasado. Trató
de
contener
la emoción. Eso era exactamente lo que ella quería. Alzó la vista y se encontró
con los ojos de Caleb. Estaban sombríos. ¿La estaba mirando con lástima? No era
posible.
–¡Oh!
Así que era eso. Me estás dejando ir... Caleb apretó los labios.
–Bueno,
técnicamente, podría insistir en que vinieras a Londres conmigo; falta una
semana para que finalice el contrato.
Maggie
se puso en pie a causa del impacto sintiendo cómo la bilis le subía a la
garganta. Caleb notó en ella la misma palidez que cuando vio el contrato.
–Por
lo que yo recuerdo, el contrato establecía dos meses o la duración de estancia
en Dublín... así que técnicamente, si tu estancia se acaba mañana, entonces te
sales de las condiciones del contrato.
La
miró fijamente un momento. No podía engañarla.
–En
realidad tengo que confesarte algo. Ese contrato era falso... –Maggie se quedó
boquiabierta–. Cuando me lo recordaste en Montecarlo lo escribí en mi
ordenador. Era sólo para garantizarte que iba a mantener mi palabra.
Y lo
había hecho. Su madre ya había firmado los papeles.
–Así
que... ¿nadie más lo ha leído?
Caleb
negó con la cabeza. No estaba segura de cómo tomárselo, cómo reaccionar.
–Bueno...
gracias –se colocó detrás de la silla–, pero entonces... si no hay contrato...
no hay nada que me impida marcharme...
–Supongo
que no –dijo lentamente.
–Mañana
te marchas...
–Sí.
La
miró. Se estaba mordiendo el labio. Quería abrazarla, deslizar su lengua entre
esos suaves labios... pero, por alguna razón, no podía. La estaba dejando
marchar,
¿por
qué se sentía como si le estuvieran arrancando el corazón del pecho? ¿Por qué
parecía como si aquélla fuera la única mujer del mundo a la que había deseado?
–Ya
está... –dijo ella encogiéndose de hombros.
–Maggie
–buscó sus ojos–, podrías venir a Londres conmigo.... Esto no tiene por qué
terminar aquí. Ahora que tu madre tiene la casa... podríamos seguir... podrías
vivir conmigo...
Maggie
se echó para atrás sacudiendo la cabeza.
–Nunca
–dijo con un hilo de voz–. Nunca. Nunca confiarás en mí, Caleb. Nunca me
respetarás. Y no calentaré tu cama hasta que ocupe mi lugar la siguiente. He
pagado mi deuda.
Caleb
se puso rígido para que ella no notara el efecto de sus palabras. Se encogió de
hombros como si no le importara nada.
–Como
tú quieras, Maggie.
Algo
brilló en los ojos de ella, una especie de desesperación.
–Lo
que quiero es irme hoy. Me voy ahora mismo a recoger mis cosas. Cuando vuelvas,
me habré ido. No puedo quedarme otra noche –hizo una pausa–. Por favor, no me hagas...
¿Quería
alejarse de él tan desesperadamente? Sintió como si un bloque de granito le
cayera en el pecho.
–Si
quieres haberte ido cuando vuelva, yo también lo prefiero.
Maggie
fue hacia la puerta. Le temblaban las piernas. Se dio la vuelta por última vez
y lo miró.
–No
quiero volverte a ver jamás –dijo y salió por la puerta.
El
corazón de Caleb parecía un tambor cuando entró en el apartamento. Había visto
el Mini Cooper aparcado fuera... ella no se había ido... ¿Significaba eso que
había querido quedarse como su amante? Pero en cuanto atravesó la puerta supo
que no estaba, el sitio parecía plano, sin energía. Vio las llaves del coche en
la mesa junto una nota.
No
puedo aceptar el coche... ni nada más. Te deseo lo mejor, Caleb. Maggie
El
papel se le cayó al suelo. Seguro que cuando entrara el dormitorio se
encontraría toda la ropa en bolsas y todas las joyas estarían en sus cajas. No
se había quedado con nada. ¿Por qué?
Se
sintió mareado. Si se hubiera llevado algo, como esperaba, se hubiera sentido
justificado. Se sentó pesadamente en la cama. Desde el principio lo había
sorprendido actuando de un modo distinto a como esperaba. Salió a la terraza.
Por primera vez en su vida se sentía perdido, sin saber qué hacer... impotente.
Quería a Maggie. Tan desesperadamente que no podía soportarlo. Estaba tan
enamorado, desde Londres, que nunca podría salir de ahí.
Y
ella no quería volver a verlo jamás.
Entró
en el apartamento cerrando la terraza de un portazo.
Al
día siguiente, en el avión que lo llevaba a Londres, tenía una cara tan
sombría, tan dura, que nadie se atrevió a hablar con él.
Capítulo
12
Y
LAS mercancías almacenadas se dispararon y no supieron cómo manejar las
consecuencias.... Caleb desconectó de la conversación. Su mente no se centraba
y el peso en el pecho amenazaba con hacerlo colapsar. Todo lo que veía, en todo
lo que pensaba era en Maggie. Las mujeres de Londres le parecían vacías, sin
sentido. Se quedaba frío cuando lo miraban.
A
veces sentía pánico al pensar que nunca llegaría a saber qué se ocultaba detrás
de aquellos profundos ojos verdes, que nunca los volvería a ver, que nunca más
se despertaría a su lado... Pero seguía preguntándose cómo podía sentir algo
así por alguien que había hecho... lo que ella, por alguien que era evidente no
sentía lo mismo que él.
–Holland...
–¿Qué?
–preguntó cortante, y su atención se centró en un hombre que lo miraba
expectante.
–Holland.
No quiero hablar mal de un muerto, pero era una de las piezas más desagradables
del engranaje; la única lástima es que no viva para verte controlar todo.
Hubiera sido un gran golpe.
Caleb
sonrió tenso. Nunca había deseado que Holland acabase así, no importaba la
clase de hombre que fuera, pero antes de que pudiera cortar a su socio, éste
continuó.
–Ahora
que está muerto y no puede mantener las bocas cerradas, la verdad ha salido a
la luz. ¿Has oído...? –Spencer, de verdad que no tengo ningún interés...
Pero
no hizo caso, se le cayó parte de lo que estaba tomando debido a su estado de
embriaguez.
–Aparentemente
el tipo tenía amantes en cada ciudad y era un canalla violento...
–Caleb
había empezado a marcharse, pero se detuvo–. Tuvo aterrorizada a su pobre mujer
durante años. Alguna vez llamó a la policía, pero, claro, todo se silenció...
soltaba dinero para mantener las bocas cerradas. ¿No tenía también una hija?
Creo que se dice que ella era la que llamaba a la poli... no la conozco, pero
creo que es una sirenita...
Caleb
puso el otro hombre contra la pared haciendo que se le cayera la bebida.
–¿Qué
has dicho...?
–Cameron,
¿qué demonios te pasa? –rugió.
Caleb
lo soltó y salió a grandes zancadas de la habitación, entre la gente que lo
miraba en silencio, sorprendida.
Caleb
se había dado cuenta de que había cometido el mayor error de su vida y no podía
controlar la oleada de pánico que se estaba levantando dentro de él.
«No
es posible. Me lo debería haber contado... ¿Por qué no me dijo nada?».
Se
quedó de pie en las escaleras. Los dos últimos meses pasaron por su mente como
una mala película de terror. Todas las claves habían estado ahí, tan
evidentes... y él las había ignorado. ¿Cómo había podido ser tan imbécil, tan
ciego? Las palabras de Maggie volvieron a su cabeza: «No quiero volver a verte
jamás».
Se
le formaron unas arrugas de dolor que convirtieron su rostro en un máscara de
angustia mientras buscaba en el bolsillo las llaves del coche y despegaba como
si lo persiguiera la muerte.
Maggie
permanecía de pie al borde del mar mirando cómo la espuma iba y venía dejando la marca de las huellas de sus
pies. Sintió ganas de sumergirse en el agua para no tener que sentir ni pensar
nunca más. Volvió en sí y salió de la zona de alcance de las olas.
Miró
a su alrededor. Una enorme playa con hectáreas de arena rodeada de verdes
acantilados. No había nadie, las tormentas de verano habían ahuyentado a la
gente. Vio una figura en la distancia, cerca de la pequeña casa de campo que
había alquilado para pasar unos días. La bendita paz se acabaría pronto.
Miró
al mar y respiró hondo. Era libre. Realmente libre por primera vez en su vida.
Entonces, ¿por qué se sentía como si siguiera en prisión? Porque era su corazón
lo que estaba preso, no ella. Y tendría que aprender a vivir con ello. Con el
tiempo el dolor se mitigaría...
Se
dio la vuelta y caminó por donde había venido, las manos en los bolsillos. La
figura de la distancia seguía allí. Caminó un poco más y se dio cuenta de que
la figura era un hombre. Un hombre alto. Con el pelo oscuro. En camiseta y
vaqueros. Su corazón empezó a latir acelerado. ¿Era el Diablo que mandaba a
alguien parecido para ponerla a prueba? Se acercó más y más... Más detalles:
pelo oscuro, una frente despejada, an-chos hombros. Estaba mirando al mar y
entonces se dio la vuelta. Maggie se detuvo. Se le subió la sangre a la cabeza,
le latían los oídos. No podía ser.
Pero
era. Caleb a sólo unos metros. Iba hacia ella. Eso la puso en marcha: se
dirigió en diagonal a la casita evitando el camino por el que venía él. Pudo
ver por el rabillo del ojo que Caleb también cambiaba su recorrido. No podía
pensar. No podía sentir.
–Maggie.
Ignoró
su llamada. Aceleró el paso.
–Maggie
–estaba mucho más cerca.
Ella
empezó a correr, pero entonces la agarró y le dio la vuelta. Levantó la vista.
Las
piedras y caracolas que había estado recogiendo se le cayeron a la arena.
–Maggie,
por favor, no huyas de mí, tenemos que hablar. Ella se echó a reír.
–¿Hablar?
Caleb, te dije que no quería volver a verte jamás y menos ahora –se soltó y
siguió andando.
–Maggie,
por favor –estaba justo detrás de ella–. Una vez viniste y me rogaste que te
escuchara cinco minutos. Eso es lo que te estoy pidiendo yo ahora. Por favor.
Ella
se detuvo y tuvo que cerrar los ojos para apartar los recuerdos. Aquello la
mataría.
–Cinco
minutos.
Entró
en la casa por la puerta de atrás sin preocuparse de mantenerla abierta para
él.
En
la pequeña cocina se dio la vuelta para colocarse de cara a él y se cruzó de
brazos. A Caleb le pareció que estaba más guapa que nunca. También más
distante.
–Bueno,
el reloj corre.
–Maggie...
lo siento....
–Sentirlo.
¿Por qué demonios tienes que disculparte, Caleb? Tengo lo que quería y tú
tienes lo que querías... –dijo mirándolo horrorizada.
–No
te tuve, Maggie, realmente no. Y todavía me gustas.
Ella
frunció el ceño sintiéndose de pronto ligeramente desorientada, queriendo saber
pero no queriendo preguntar.
–Caleb...
–Lo
sé, lo sé... el tiempo. Dios, es difícil.
Maggie
sentía el corazón latir desbocado y apretó los brazos como para contenerlo.
–Creía
que sabía lo que había pasado... aquella noche hace ocho meses. Alguien dijo
algo en Londres y de pronto todo encajó...
Maggie
sintió miedo.
–¿Fuiste
a ver a mi madre para averiguar dónde estaba? –él asintió–. ¿Le has dicho algo
a ella...? –el pecho le subía y bajaba por la agitación–. ¿Lo has hecho...?
Caleb
levantó una mano y dio un paso hacia ella. Maggie se apartó.
–¡No!
Maggie, no. Podía haberle preguntado pero no me hacía falta. Ya lo sé.
Sólo
quería escuchártelo decir a ti.
–¿Sabes
qué? El tiempo corre...
–Hace
ocho meses me sedujiste en contra de tu voluntad, ¿verdad?
La
habitación giró durante un segundo y Maggie pensó que se iba a caer al suelo.
–No
seas ridículo –dijo vagamente.
Pero
Caleb se había fijado en su reacción y eso provocó un estallido de júbilo en su
pecho, aunque quizá ella nunca había sentido nada por él, sólo deseo.
–Tu
padrastro vio la atracción que había entre los dos y decidió aprovecharla,
¿verdad?
–ella negó con la cabeza sin fuerza–. Te obligó a flirtear conmigo... a mostrar
interés... a venir al hotel vestida como una...
–¡Para!
–su mente discurría a toda velocidad; él todavía no se había dado cuenta de
todo, su corazón estaba a salvo. Dejó caer los brazos–. ¿Cómo... cómo sabes
todo eso?
–Sólo
por algo que dijo alguien. No me hizo falta escuchar nada más... lo supe
inmediatamente. No puedo creer que no me diera cuenta antes... estaba ciego.
Intentó
pensar qué decirle para que se quedara contento y siguiera su camino.
–Me
amenazó con algo... demasiado grande para enfrentarme a ello yo sola.
–¿Tu
madre?
–¿Cómo...?
–dijo sin aire.
–Tenéis
un vínculo más fuerte que nada que haya visto. Y tú reaccionas como una madre
osa con sus cachorros cada vez que se la menciona... además, ella es demasiado
feliz para ser una viuda reciente a la que no han dejado nada –suavizó la voz–.
Maggie, he oído que... era violento... ¿Alguna vez...?
–A
mí nunca. A menos que me interpusiera –dijo amargamente–. Siempre a mi madre, y
yo nunca pude protegerla. Nada podía. Ni siquiera la policía. Era demasiado
poderoso.
–Esa
cicatriz... en el muslo... Maggie se quedó blanca.
–Un
día que me interpuse... cuando él... cuando traté de... me apartó de su camino
y me tiró encima de la tabla de planchar, así que la plancha... –la furia lo
atravesaba, abrió la boca pero Maggie ya había tenido bastante, levantó una
mano y siguió–. Por favor, Caleb, ahora ya lo sabes. Gracias por devolvernos la
casa y pagar las deudas con Hacienda... Me lo dijo mi madre. No tenías por qué
hacerlo...
–Por
supuesto que sí. Fue por mi culpa que tu madre acabara en esa situación, era lo
menos que podía hacer.
–Lo
siento, te engañé hace ocho meses, pero ya se acabó. Por favor, vete.
Por
un instante se empezó a dar la vuelta como si se fuera a ir. Maggie aguantó la
respiración, un gran vacío ocupaba su cuerpo, pero entonces él volvió. Ella
estaba clavada en el sitio.
–No,
Maggie, no me iré. Porque quiero saber por qué una vez muerto Holland no te defendiste.
–¿Me
hubieras creído?
–A
lo mejor al principio no –concedió él–, pero no te hubiera costado mucho
convencerme. No soy tan ogro y nunca me hubiera quedado con la casa si lo
hubiera sabido.
–Lo
sé... –dijo ella con tranquilidad.
–Entonces...
¿por qué?
La
verdad era que no se le había ocurrido. Lo principal era su autoprotección,
pero ¿no había elegido el camino más destructivo?
–Porque
pensé que no me creerías... –sonó demasiado débil incluso para ella.
–Así
que me permitiste utilizarte, tomarte como amante, dejarme que te hiciera el
amor casi todas las noches... hacer que te comportaras de modo totalmente
contrario a como eras en realidad...
–Pero
sí era... –respiró sin darse cuenta de que se estaba delatando de forma
espectacular.
Caleb
se sintió triunfador. Levantó una ceja.
–Entonces,
¿por qué te dejaste todo en mi casa? La ropa, las joyas, el coche...
–Porque
no eran míos.
–Exacto
–la miró–. Cualquier otra mujer se hubiera llevado todo y más, créeme. Sintió
que la estaba acorralando, su voz sonó más desagradable:
–Mira,
Caleb, ¿qué quieres? No puedo decirte nada más...
–Apuesto
a que has hecho todo lo posible para mantener la frente alta... ¿La
universidad? Te la pagaste tú y nunca aceptaste un penique de Holland, ¿verdad?
Seguramente vivías en una pocilga llena de ratones por no aceptar su dinero.
¿Amantes?
Sé que no eras virgen, pero tampoco estabas lejos de serlo, Maggie.
Era
implacable, inamovible. Maggie sabía que sólo habría una cosa que haría que se
fuera, pero sería algo que la mataría. Aunque si así se libraba de él... No
tenía elección. Antes de que averiguara la completa verdad, si al menos podía
salvaguardar eso... Cuadró los hombros.
–En
realidad eran cucarachas, y si quieres la verdad –sacudió la cabeza–, aquí la
tienes. La verdad es que tuve un amante antes de conocerte, en la universidad.
Y no sabía lo que Tom planeaba hasta... hasta... –no podía hacerlo.
La
tranquilidad invadió a Caleb. Se acercó más y Maggie pudo notar el calor de su
cuerpo. Tenía que irse... ya. Tenía que ser fuerte.
–Ese
día.
–¿El
día de la cita? –preguntó cortante. Demasiado cortante. Maggie se dio la vuelta
y se envolvió en sus propios brazos.
–Sí,
maldita sea, ¡Sí! –se volvió de nuevo–. ¡Allí! ¿Ya estás contento? No lo supe
hasta ese día, si no está completamente claro, te lo deletreo. Estaba
encaprichada contigo, muy encaprichada. Creía que tú a lo mejor sentías algo
semejante por mí y como una estúpida pensé que querrías quedar conmigo,
conocerme.
–Maggie...
–No
te atrevas a sentir pena por mí. No me hace falta tu pena. Era un capricho, eso
es todo. Deseo. Tom me siguió a Oxford Street y me hizo comprarme ese vestido
–sintió un escalofrío de repulsión– y me dijo lo que le haría a mi madre si no
colaboraba. No tenía elección –miró al infinito–, pero entonces... justo
cuando...
–No
pudiste seguir.
Sintió
un estremecimiento cuando lo miró y vio que él la miraba no con lástima sino
con algo más que le disparó los latidos del corazón. Se acercó más, demasiado,
y sólo en ese momento se dio cuenta de que una lágrima le corría por la
mejilla. Ni siquiera se habíadado cuenta de que estaba llorando. Él tendió una
mano y ella se apartó de un salto.
–Te
has ocupado de ella durante mucho tiempo. Vi-niste a Dublín para escapar,
¿verdad?
¿Por
qué tenía que preguntarlo tan dulcemente, como si de verdad le importara? Ella
asintió despacio. Caleb volvió a tender la mano para secarle las lágrimas pero
esa vez ella no pudo apartarse. Sentirlo fue demasiado, se le escapó un
sollozo. Caleb redujo la distancia y la abrazó durante un largo rato, hasta que
dejó de sollozar. Trató de soltarse pero él no le dejó.
–Caleb...
suéltame, ya estoy bien.
–No
puedo soltarte.
–¿Qué?
–preguntó ella levantando la vista.
–No
puedo soltarte... Me despertaré y comprobaré que todo ha sido un sueño y
entonces no volveré a verte jamás.
–Pero...
ya puedes irte. No quieres volverme a ver.
–No,
tú no quieres volverme a ver. Maggie sacudió la cabeza, no podía ser.
–Caleb,
deja de confundirme. Suéltame –trató de separarse con algo de desesperación. No
pudo.
–Sólo
dime una cosa, Maggie... ¿De verdad fui sólo un capricho?
Sintió
que él dejaba de respirar. No podía mentir. Sentía que los últimos restos de
sus defensas se desmoronaban. Negó con la cabeza despacio.
–Entonces
–dijo con esperanza–, si no fue sólo un capricho... ¿fue algo más?
Se
sentía como sin huesos. Todo lo que existía eran aquellos ojos hipnotizadores.
Volvió a asentir apenas consciente de lo que estaba diciendo, sólo consciente
de que quería que Caleb la tuviera entre sus brazos. Para siempre.
–¿Durante
los últimos dos meses... y ahora... sigue eso ahí?
Maggie
salió del trance y volvió a sentir que le corrían las lágrimas.
–Por
favor, Caleb... no me tomes el pelo... no me hagas decirlo. Tomó la cara de
ella entre las manos.
–No
tienes que hacerlo... lo haré yo. Maggie Holland, te amo. Te amo tanto que si
tú no me dices que también me amas, voy a echar a andar en dirección al
Atlántico y no volveré nunca porque mi vida no valdrá la pena.
Sería
cierto. ¿Podía confiar? Tenía que confiar.
–Sería
una lástima porque yo también te amo... Te he amado desde la primera vez que te
vi.
–Oh, Maggie
–bajó la cabeza
y la besó
en los labios–.
Cuando te vi
aquella primera vez... lo sentí tan fuerte... y cuando por casualidad oí
que Holland te había utilizado... pensé que tú también eras cómplice. Era más
fácil verte así que afrontar mis auténticos sentimientos. Lo siento tanto...
Cuando trataste de parar y decirme...
Maggie
le cubrió la boca con un dedo.
–Era
una situación complicada y nos acabábamos de conocer, no tenías ni idea de cómo
era...
Le
pasó los brazos por detrás del cuello y lo besó urgiéndolo a que la besara más
profundamente, con más fuerza. Se separaron y le tocó la cara.
–¿Estás
aquí? ¿Eres real?
–Espero
que sí porque estoy a punto de arrodillarme y declararme.
–Caleb
–lo miró con la boca abierta. La tomó de la mano.
–Margaret
Holland, ¿quieres ser mi esposa? Para que pueda pasar mi vida amándote,
cuidándote, protegiéndote...
–Pero...
pero si nunca estás en el mismo sitio... tu trabajo...
–Maggie,
estoy tan cansado... Estoy harto de vivir bajo la sombra del desastroso
matrimonio de mis padres. Estoy cansado de trabajar tanto. Es hora de delegar,
quiero asentarme, tener hijos... contigo. Donde estés, quiero estar... en esta
casa si puedo comprarla... viviremos aquí, en cualquier sitio, sólo quiero
estar contigo. Nunca pensé que esto pudiera pasarme, pero... –se encogió de
hombros– tú eres mi hogar... y deseo tanto volver al hogar...
–Oh,
Caleb, tú también eres mi hogar. Te quiero tanto que duele.
Se
miraron intensamente y volvieron a besarse. Después Caleb se separó de ella y
dijo:
–Tengo
algo para ti.
Maggie
era incapaz de hablar. La tomó de la mano y la sacó al exterior y allí,
aparcado delante de la casa, estaba su maltrecho Mini. Exactamente como había
estado siempre.
Maggie
se tapó la boca con una mano. Con los ojos abiertos de par en par, miró a
Caleb.
–Pero...
cómo... quiero decir... era una lata de conservas... Él sonrió.
–Estuvo
a segundos de serlo. Empecé a buscarlo el día que tu madre sembró la duda.
Aunque decías que no te importaba, de algún modo supe que...
–Pero
eso fue... hace semanas. Caleb se encogió de hombros.
–Estaba
tratando de ganar la batalla perdida de mantenerte dentro de la cajita en que
te había metido, cada vez más sospechaba que las cosas no eran como parecían,
pero era más fácil desconfiar de ti que asumir mis propios sentimientos...
–¿Has
venido con eso hasta aquí? Por lo menos habrás tardado cinco horas... ese coche
no pasa de sesenta...
–No
lo sabía y he tardado más de ocho –dijo encogiéndose de hombros. La llevó a la
parte trasera del coche.
–Éste
era el plan B en caso de que no quisieras escucharme.
Detrás
del coche había un montón de latas atadas al parachoques y un cartel donde se
podía leer:
Te
quiero, Maggie. Por favor, cásate conmigo.
–Créeme –dijo
con sequedad–, es lo único
que convenció a
tu madre para decirme dónde estabas.
Maggie
deslizó un brazo alrededor de la cintura de él y dijo:
–Sí,
sí, sí...
Después
le dedicó una mirada coqueta y él se relajó de modo visible. Estaba exultante.
A lo mejor, por fin, podía sentirse segura... y feliz.
Caleb
se inclinó sobre ella y le murmuró al oído:
–Tenemos
mucho de qué hablar, ponernos al día... pero primero ¿por qué no vemos lo de
encargar esos niños?
Con
un grácil movimiento la tomó en brazos y atravesó con ella el umbral de la
diminuta casita levantada al borde de una preciosa playa. Y entraron juntos en
una nueva vida.
Fin


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