© Libro N° 6081.
Danza de seducción. Green, Abby. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Bride in a Gilded Cage
Versión Original: © Danza de seducción. Abby Green
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DANZA DE SEDUCCIÓN
Abby Green
DANZA DE SEDUCCIÓN, N.º 2082 - junio 2011
Título original: Bride in a Gilded Cage
Argumento:
El
tango era un baile argentino de posesión y pasión… y el magnate Rafael Romero
quería que su matrimonio de conveniencia con Isobel se ajustara a los cánones
de ese baile. Primero, iba a casarse con ella; después, la llevaría a la cama
matrimonial para hacerla suya.
Isobel
no tenía elección, debía casarse con Rafael. Sin embargo, su intención era
seguir siendo libre como un pájaro…
Capítulo
1
DON
Rafael Romero miró a la chica que tenía delante. Sabía que no se diferenciaría
del resto de las jóvenes de su clase social en Buenos Aires, todas ellas ricas
y mimadas. Era algo más pálida, quizá debido a que su padre era inglés; su
madre, María Fuentes de la Roja, pertenecía a la aristocracia argentina.
Ese
día, Isobel Miller cumplía dieciocho años y, por fin, había ido a conocerla.
Ésa era la mujer... la chica con la que estaba prometido desde que él cumplió
los dieciocho años.
–¡No
puede obligarme a casarme con usted!
Isobel
nunca se había sentido tan amenazada e intimidada. Tenía las manos cerradas en
dos puños y se sentía rara e incómoda con ese ceñido vestido de satén que su
madre le había obligado a ponerse esa noche para su fiesta de cumpleaños.
El
hombre la miró fríamente y, con voz profunda, dijo:
–Me
gustaría poder creer que su resistencia es sincera, pero lo dudo mucho; sobre
todo, teniendo en cuenta que no tiene ni voz ni voto en este asunto. Cuando su
abuelo vendió la estancia de su familia a la mía, decidió su destino –la boca
de él se cerró en una fina línea–. Los dos consiguieron lo que querían. Su
abuelo obtuvo el dinero de la venta más la promesa de que la estancia volvería
a manos de su familia a través de un contrato matrimonial.
Isobel
seguía sin comprender.
–¿Quiere
decir que su padre se dejó engañar? Pero eso es...
–No,
en absoluto –le interrumpió él–. A mi padre no le engañó nadie. Para empezar,
mi padre tenía asuntos que zanjar con su abuelo, y era la única persona con
ganas y dinero suficiente para comprar una propiedad tan enorme. Pero se
aseguró de obtener lo que quería a cambio: un matrimonio dinástico entre su
hijo, yo, y alguien con el linaje apropiado, usted. Aunque la fortuna de su
familia deja mucho que desear en estos momentos, sigue siendo considerada uno
de los pilares de la sociedad de Buenos Aires. Diez años atrás, cuando se cerró
el trato, su abuelo sólo recibió el pago de la mitad del valor de la estancia.
Mi padre, aprovechándose de ser abogado, se aseguró de que su familia recibiera
la otra mitad el día de nuestra boda, el día en que usted cumpliera los
veintiún años.
Isobel
se tambaleó. A los dieciséis años, se enteró de que algún día llegaría ese día,
pero lo había ignorado, pensando que de esa manera no se cumpliría su destino.
La idea de un matrimonio de conveniencia con uno de los herederos de una de las
fortunas de la industria de Buenos Aires le había parecido impensable; además,
hacer el bachillerato en un colegio de Inglaterra y vivir con la familia de su
padre había hecho que le fuera más fácil ignorar la realidad.
Pero
la realidad estaba delante de ella en ese momento, burlándose de ella y de la
absurda esperanza de que no se manifestara. El pánico le cerró ligeramente la
garganta.
–Yo
no tengo la culpa de que mi padre se viera obligado a vender la estancia y a
hacer ese trato.
Le
resultaba difícil asimilar lo que estaba ocurriendo. No había sido fácil para
ella volver a Buenos Aires con la idea de decirles a sus padres que quería ir a
Europa a estudiar danza. Siempre había encontrado sofocante la sociedad de
Buenos Aires; sobre todo, después de pasar un tiempo con sus familiares
ingleses,
de
temperamento más práctico y relajado. Nunca les había contado lo de su
matrimonio, ya que les habría parecido casi medieval.
Los
años de relativa libertad en Inglaterra le habían conferido un punto de vista
objetivo respecto a su privilegiada posición social en Argentina, y se había
dado cuenta de que jamás podría convertirse en la mimada esposa de un
millonario, que era en lo que muchas de sus amigas argentinas se habían
convertido a pesar de haber ido a estudiar a los mejores colegios del mundo.
Isobel
se echó atrás al oír la breve carcajada de don Rafael Romero, y el corazón le
dio un vuelvo al ver el resplandor de sus blancos dientes.
–¿En
serio es tan inocente, Isobel? Nuestra privilegiada posición en la sociedad se
basa en uniones de conveniencia, en matrimonios de conveniencia. Reconozco que
éste en concreto parece algo más arbitrario que la mayoría, pero en el fondo es
igual que el resto –esbozó una sonrisa extraordinariamente cínica–. Si
creyéramos en matrimonios por amor, las capas sociales superiores se vendrían
abajo en nada de tiempo.
Con
un esmoquin ligeramente arrugado, la camisa blanca abierta y la pajarita
deshecha, el soltero más codiciado de Buenos Aires estaba haciendo honor a su
arrogante y cruel nombre. Rafael Romero era realmente un magnífico espécimen de
virilidad.
El
miedo a un matrimonio de conveniencia se apoderó de ella, pero la ira la hizo
contestar:
–No
soy inocente. Lo que ocurre es que los matrimonios de este tipo me parecen más
propios de la Edad Media que de la actualidad.
Isobel
había acompañado a sus padres al vestíbulo para saludar al recién llegado. La
puerta de la casa había quedado abierta momentáneamente, por lo que había
podido ver la portezuela posterior del coche de él también abierta, y le había
dado tiempo a vislumbrar una larga pierna calzando un zapato de tacón... antes
de que el chófer la cerrara.
Aunque
había visto en fotos a Rafael Romero, aquélla era la primera vez que lo veía en
persona, y nada la había preparado para el impacto que ese hombre causaba.
Tenía la piel color oliva, el pelo negro como el azabache y los ojos parecían
dos pozos de oscuros pecados. Sus facciones eran duras, casi crueles, sólo
suavizadas por unos sensuales labios.
Por
lo que había leído sobre él en Internet, sabía que era un magnate en el mundo
de los negocios y un mujeriego, acostumbrado a imponerse sobre los demás sin
miramientos. Y ella tenía que hacerle frente, hacerle ver que no se rendiría
ante él.
Apenas
un momento antes había despedido a sus padres, diciéndoles bruscamente:
–Déjennos.
He venido aquí esta noche para hablar con su hija a solas. Ahora, Isobel alzó
la barbilla y dijo:
–¿Por
qué ha venido aquí esta noche? Yo no le he invitado. Él hizo una mueca con la
boca, mofándose de ella.
–Debía
saber que tarde o temprano nos veríamos. ¿Por qué cree que sus padres
insistieron en hacerla volver de Inglaterra?
El
pánico volvió a apoderarse de ella. El hecho de que su madre no le
hubiera
advertido de que él iba a ir la dejó helada.
–No
vamos a casarnos –declaró Isobel con desesperación.
–En
este momento, no –él se encogió de hombros–. Pero dentro de tres años, nos
casaremos.
La
idea de un futuro en Europa cada vez parecía más lejos de su alcance.
–Pero
yo no quiero casarme con usted. Ni siquiera le conozco –le miró fijamente,
empalideciendo–. No quiero este tipo de vida para mí. Y no me importa que me
crea o no. Lo que más me gustaría es marcharme ahora y no volverle a ver en la
vida, ni tampoco esta casa ni Buenos Aires.
El
pánico había dado paso al horror que le producía la idea de pasarse la vida
sometida a la voluntad de ese frío hombre.
–¿Cómo
puede darle tan poca importancia? ¿Cómo se le ocurre venir a conocer a su
futura esposa cuando, evidentemente, está en compañía de una mujer? ¿Sabe ella
que está aquí hablando de su matrimonio?
Él
sonrió con dureza.
–A
la mujer que me espera en el coche no le importa lo que esté hablando con
usted, siempre y cuando acabe en mi cama y debajo de mí. El matrimonio
significa tan poco para ella como para mí. Ya se ha divorciado dos veces.
–Es
usted despreciable –sin embargo, sus propias palabras traicionaron el hormigueo
que sintió en el estómago.
–Soy
realista. Esa mujer y yo somos dos adultos a los que nos gusta disfrutar sin
las mentiras que acompañan a la mayoría de los amantes –entonces, la miró de
arriba abajo con insolencia–. Cuando se haga mayor, puede que lo comprenda. Es
evidente que aún cree en los cuentos de hadas.
Más
enfadada que nunca, Isobel contestó:
–Es
una pena que no se casara con la mujer por la que estuvo a punto de cancelar
esta unión. De haberlo hecho, no estaríamos manteniendo esta discusión. ¿Le
dejó porque no pudo soportar su cinismo?
Isobel
notó la furia contenida en él tras la provocación. Ella se había referido al
hecho de que ese hombre, ocho años atrás, había ignorado el contrato entre sus
familias y se había prometido a otra mujer. Ella, por su parte, aún no había
estado enterada de las repercusiones que eso iba a tener en su vida.
Pero
aquel compromiso matrimonial se rompió y el contrato entre sus familias siguió
siendo válido. Y a continuación, cuando ella cumplió los dieciséis años, sus
padres le explicaron la situación.
Fue
entonces cuando se dio cuenta de que ella debía de ser la razón de la ruptura
del compromiso matrimonial de Rafael con Ana Pérez. A partir de ese momento, la
fama de Rafael como extraordinario hombre de negocios había ido acompañada por
la fama que tenía de mujeriego.
–No
–contestó Rafael fríamente–. No es ninguna pena que no me casara con esa mujer,
sino una suerte. Cuando usted y yo nos casemos, será un negocio más, que es
justamente lo que todo matrimonio debería ser.
–Pero
usted no quiere casarse conmigo –dijo Isobel–. ¿Es que no puede darnos el
dinero que queda de pagar por la estancia y dar por zanjado el asunto?
–No
es tan sencillo.
Rafael
la miró fijamente, acercándose a ella. Isobel tenía el cabello castaño y era
más pálida de lo que le había parecido a simple vista, pero fueron sus ojos lo
que más le llamó la atención. Eran enormes y marrones, oscuros y
aterciopelados,
con largas pestañas que proyectaban sombras en las ruborizadas mejillas.
Al
instante, se dio cuenta de que Isobel, una vez pasara la adolescencia, se
convertiría en una bella mujer adulta. Momentánea y sorprendentemente, sintió
que la sangre se le subía a la entrepierna.
¿Por
qué la estaba mirando de esa manera? Isobel volvió a hablar, con algo de
desesperación en la voz.
–¿Por
qué no es tan sencillo?
Isobel
no era consciente de la expresión suplicante en su rostro ni se dio cuenta de
la forma como Rafael contraía los músculos de la mandíbula. Él se la acercó un
paso más y ella se sintió amenazada. A cierta distancia, Rafael Romero
intimidaba; pero así, tan de cerca, era sobrecogedor. Y, de repente, ella
encontró dificultad para respirar.
Rafael
paseó los ojos por el cuerpo de Isobel, haciéndola enrojecer profundamente.
–No
es como la imaginaba –dijo él casi con humor.
–Me
temo que usted es justo como lo imaginaba –contestó Isobel al tiempo que daba
un paso atrás, sintiéndose cada vez más amenazada.
–Lo
tomaré como un cumplido –respondió Rafael–. Es usted bastante rebelde, ¿no?
–Si
por rebelde se refiere a que tengo criterio propio y lo uso, sí, soy una
rebelde. Y si cree que voy a resignarme y a acceder a un matrimonio de
conveniencia con usted, lamento comunicarle que se equivoca. No tengo intención
de resignarme y someterme a un purgatorio durante el resto de mi vida, que es
lo que ocurriría si me convirtiera en la esposa de un playboy multimillonario.
Isobel
sintió un intenso calor bajo la penetrante mirada de Rafael. Demasiado
penetrante. Era como si Rafael viera algo de lo que ella nunca había sido
consciente hasta el momento, que ya era una mujer. Inmediatamente, sintió algo
líquido e ilícito en el bajo vientre, incluso más abajo. Hizo lo imposible por
no moverse. Quería mirar a otro lado, pero esos oscuros e hipnóticos ojos se lo
impidieron.
La
futilidad de las circunstancias le golpeó con fuerza. El enigmático silencio de
Rafael hizo que la tensión aumentara.
–No
me va a decir que a usted le parece bien casarse conmigo, ¿verdad? Los labios
de Rafael endurecieron, igual que su mirada.
–Esta
noche, he venido aquí con el propósito de conocer a mi futura esposa y esperaba
encontrarme con una niña mimada, pero no ha sido así. Créame, no mucha gente
consigue sorprenderme.
–No
quiero sorprenderle.
–Lo
lamento, pero así ha sido –declaró Rafael–. Reconozco que no me atraía la idea
de casarme con usted, pero estoy empezando a cambiar de idea. A lo que hay que
añadir que me inclino por un matrimonio de conveniencia. Y aunque no tengo
ningún deseo de acostarme con poco más que una niña, estoy seguro de que cuando
madure un poco más se convertirá en una mujer con la que podré convivir.
–¡Yo
no soy una niña! –exclamó ella furiosa. Rafael arqueó una ceja.
–¿No?
Perdone, querida, pero todavía no es una mujer. Y, desde luego, no tiene la
madurez suficiente para acostarse conmigo.
Encolerizada
y ofendida, Isobel le espetó:
–Su
cama está demasiado concurrida para mi gusto. No creo que deseara compartirla
con todas las oportunistas de Buenos Aires empeñadas en ascender en la escala
social.
Rafael
se quedó atónito; después, lívido.
–¡Cómo
se atreve a...! –le agarró un brazo y tiró de ella hacia sí, pegándosela al
pecho.
Isobel
no podía respirar. Con los ojos muy abiertos, vio descender la cabeza de Rafael
y acercarse esos labios increíblemente sensuales. Un jadeo escapó de sus labios
antes de que calor y oscuridad la envolvieran. Rafael sabía a whisky y a
peligro, una mezcla intoxicante y adulta.
Los
chicos que la habían besado en Inglaterra no la habían preparado para semejante
asalto a los sentidos. Permaneció inmóvil durante unos momentos en los que sólo
fue consciente del duro torso de Rafael contra sus pechos y de la dureza de su
beso.
Sintió
las manos de él acariciándole la espalda. Sintió sus dedos cuando le deshizo el
moño y el cabello le cayó por los hombros. El mundo entero se transformó en la
deliciosa locura de ese hombre, sus brazos y su boca sobre la suya. Una boca
ardiente y exigente. Una lengua que la hizo juntar las piernas con fuerza en un
vano intento de detener las pulsaciones en la entrepierna.
Rafael
se apartó de ella.
Isobel,
casi sin respiración, abrió los ojos. Tenía calor y estaba sudorosa y
desorientada. Se sentía como si Rafael la hubiera marcado.
Rafael,
tras asegurarse de que no iba a perder el equilibrio, retrocedió.
Sintiéndose
profundamente humillada, Isobel no consiguió mirarle a los ojos. El rostro le
ardía y se sentó en una silla que había al lado de ella. No podía fingir que el
beso no la había afectado, no podía negar la evidencia.
–Como
ya he dicho, eres demasiado joven, Isobel. Pero dentro de tres años, cuando nos
casemos, lo estarás –declaró Rafael en un tono que dejaba vislumbrar cierta
sorpresa–. Nuestra unión es inevitable, y estoy convencido de que será un buen
matrimonio.
Rafael
parecía estar hablando consigo mismo, como si ella no se encontrara presente.
Ofendida, hizo acopio de valor y contestó:
–No
voy a casarme contigo.
Los
ojos de él aprisionaron los suyos.
–No
tienes alternativa. Como he dicho antes, no tengo intención de correr el riesgo
de perder la estancia. Deberías alegrarte de disponer de tiempo para hacerte a
la idea. Cuando nos casemos, Isobel, te haré mi esposa en pleno sentido de la
palabra.
La
histeria se apoderó de ella. Nunca se convertiría en la esposa de Rafael,
nunca. La idea de vivir en Buenos Aires casada con Rafael era para ella como
una condena a cadena perpetua.
Isobel
sacudió la cabeza.
–No,
ni hablar. Me voy a marchar. Me voy a ir lejos. No me casaré contigo.
Prefiero
la muerte.
Una
cínica expresión cruzó el semblante de Rafael.
–No
dramatices, Isobel. Cuando nos casemos, simplemente estaremos haciendo lo que
miles de personas han hecho antes que nosotros en nombre de la conveniencia y
las herencias. Con el tiempo, madurarás y te transformarás en una mujer a la
que pueda convertir en mi esposa y llevarla a la cama...
Isobel
se sintió profundamente dolida. Aún no comprendía del todo el efecto del beso
de Rafael, pero sí que él había demostrado que, sexualmente, la dominaba con
facilidad. Pero la amenaza que suponían las palabras de Rafael la hicieron
reaccionar instintivamente.
–No
voy a dejar que un contrato me asuste. Yo no tengo la culpa de que mi abuelo se
viera obligado a venderle la estancia a tu familia. No estoy dispuesta a
casarme con alguien a quien desprecio.
Rafael
sonrió levemente.
–El
desprecio es una emoción muy fuerte para una persona tan joven. Escapa si eso
es lo que quieres, pero puedes estar segura de que yo sabré dónde y qué estás
haciendo en todo momento. Eres de Buenos Aires, Isobel, tu vida está aquí. En
el mundo real, por tus propios medios, jamás sobrevivirías. Y no te aconsejaría
que te casaras en secreto con otro, tanto para evitar tu destino o por amor. De
hacer eso, puedes estar segura de que tu familia no cobraría un céntimo de lo
que aún le queda por cobrar, que es una considerable cantidad de dinero, del
que tu familia depende para sobrevivir en esta sociedad; sobre todo, si su
situación económica continúa deteriorándose, como parecer ser el caso.
–Te
odio –dijo Isobel con voz temblorosa–. Espero no volver a verte en mi
vida.
Rafael,
acercándose a ella, le acarició la mejilla con un dedo.
–Lo
harás, Isobel, cuenta con ello. Vamos a ser felices juntos, ya lo verás.
Capítulo
2
Casi
tres años después...
Rafael
contempló la fotografía que tenía delante de él, encima del escritorio. Era una
foto de Isobel en París del brazo de un apuesto joven en una calle concurrida.
Aunque sabía que el joven era la pareja de baile de Isobel, y homosexual, no
pudo contener la cólera. Era como si Isobel se estuviera burlando de él.
Desgraciadamente,
había subestimado el poder de la belleza de Isobel, que había dejado de ser
adolescente para convertirse en una mujer sumamente hermosa. Se había cortado
el pelo, lo llevaba muy corto; y aunque a él el pelo corto no solía gustarle,
reconocía que a Isabel le sentaba muy bien ya que realzaba su delicada
estructura ósea, sus enormes ojos y las delicadas líneas de la mandíbula y la
garganta, lo que le confería un aspecto increíblemente seductor e inocente.
Algo
rayando en dolor le hizo reconocer que, casi con seguridad, Isobel ya no era la
tímida virgen que había conocido a los dieciocho años. Sería imposible. Pero no
sabía por qué le consternaba de esa manera, ya que jamás había deseado
acostarse con una virgen y había querido que Isobel se convirtiera en una mujer
antes de ello.
Rafael
apretó los labios, seguro de que su deseo se había convertido en realidad.
Isobel
había abandonado Buenos Aires a las pocas semanas de su encuentro y se había
ido a París; allí, se había puesto a trabajar de profesora de tango. Según los
informes que recibía periódicamente sobre ella, Isobel llevaba una vida
sencilla y se ganaba la vida trabajando, como todo el mundo, por lo que su
respeto por ella había ido aumentando con el tiempo.
Rafael
sabía que Isobel no había recibido dinero de sus padres ya que éstos no podían
permitírselo. Su situación económica había ido de mal en peor debido a malas
decisiones, tanto respecto a los negocios como a las inversiones. Hacía unas
semanas que habían ido a visitarle, y él les había asegurado que seguía con la
idea de casarse con Isobel y, por lo tanto, no tenían de qué preocuparse. Los
padres de Isobel se habían marchado con evidente alivio.
Rafael
se giró en su sillón y, por la ventana, contempló la vista de la Plaza de Mayo.
Sintió un hormigueo en el estómago. Había llegado el momento de hacer que su
prometida volviera a casa y de casarse.
Tal
y como su abogado le había dicho, y como él sabía muy bien, su negocio estaba
empezando a atravesar un mal momento. Los clientes y los colegas empezaban a
cuestionar su sentido de la responsabilidad debido a su soltería. Con mucha
frecuencia, era el único soltero en los eventos sociales. Jamás lo habría
creído posible, pero ahora pensaba que el matrimonio tenía muchas ventajas;
entre ellas, la idea de compartir la vida y la cama con una hermosa mujer.
Se
trataba de una decisión desde el punto de los negocios, nada más. Un matrimonio
de conveniencia, como muchos otros en aquella ciudad.
–Muy
bien, Lucille, sigue volviendo a juntar los pies. Marc, sujétala bien, con más
firmeza, no estás dándole a Lucille el apoyo suficiente...
Isobel
observó a la pareja antes de pasear la mirada por los otros bailarines de su
clase, examinando su evolución.
Desgraciadamente,
no podían hacerla olvidar el humillante hecho de que, desde que se marchara de
Buenos Aires a las pocas semanas de aquel terrible cumpleaños tres años atrás,
no había conseguido que pasara un solo día sin pensar en don Rafael Romero.
Había
hecho lo posible por olvidar las palabras de él. Y el beso. A pesar de vivir en
una de las ciudades más cosmopolitas del mundo y de salir constantemente con
pretendientes, ninguno de ellos la había hecho sentir nada parecido a lo que
sintió aquella noche con Rafael.
Era
como si Rafael la hubiera hechizado aquella noche, y le odiaba por ello.
Isobel
sacudió la cabeza, asqueada de sí misma. ¿Por qué no había sido capaz de borrar
la memoria de ese beso en tres años? Estaba asqueada de sí mis ma porque jamás
en la vida había querido sentirse atraída por un hombre así: arrogante, rico y
convencido de que merecía todo lo que tenía.
Aunque
sabía que no le conocía, sí conocía el mundo del que Rafael venía porque era el
mismo mundo del que ella venía. Y, debido a eso, estaba convencida de que
Rafael era igual que todos los multimillonarios: amoral y ambicioso, y amasar
dinero y mantener las apariencias como únicos objetivos en la vida. Rafael lo
había demostrado aquella noche, tres años atrás, con su arrogancia, al ir a
verla como si hubiera ido a ver una yegua para ver si la compraba o no.
Últimamente,
estaba nerviosa y tenía motivos para estarlo. Faltaban sólo dos semanas para su
vigésimo primer cumpleaños.
La
canción que sonaba por los altavoces llegó a su fin e Isobel salió de su
ensimismamiento. Juntó las manos y se quedó mirando a sus alumnos, una vez más
lamentándose de la ausencia de su compañero, José, por estar enfermo.
–Ya
casi hemos terminado, pero antes de que os vayáis voy a enseñaros cómo dar los
diferentes pasos seguidos, en una secuencia. Necesito un voluntario...
Isobel
paseó la mirada por el grupo y gruñó para sí. Ninguno de los alumnos estaba
preparado para hacer una demostración. Sin embargo, justo cuando estaba a punto
de elegir al mejor del grupo, notó que todos habían clavado los ojos a espaldas
de ella, donde estaba la puerta.
Isobel
se volvió...
Rafael
contuvo la violenta reacción de su cuerpo cuando Isobel se volvió de cara a él.
Nunca había sentido nada parecido.
Isobel
llevaba leotardos y maillot, y la gracia de su cuerpo de bailarina era
evidente. Tal y como había notado en las fotos, el pelo corto realzaba los
delicados rasgos de su rostro, confiriéndole luminosidad a su belleza. Los ojos
eran tal y como los recordaba: dos enormes pozos de terciopelo marrón oscuro, y
las pestañas eran largas y negras. Isobel era exquisita.
La
sangre le hirvió en las venas y, mientras la contemplaba, vio que el rostro de
ella empalidecía visiblemente.
Isobel
sintió la necesidad de agarrarse a algo. Don Rafael Romero estaba ahí, en el
umbral de la puerta del pequeño estudio, haciéndose con todo el espacio.
Durante un horrible segundo, se preguntó si no estaría imaginándole, si no se
trataba de una alucinación.
–Creo
que puedo ayudarte... si necesitas un compañero de baile.
Isobel
se sintió paralizada. No podía moverse, no podía hablar. Era vagamente
consciente de las curiosas miradas de sus alumnos.
–¿Para
demostrar la secuencia de los pasos? –añadió Rafael, como si pensara que ella
tenía problemas para comprenderle. Como si considerara perfectamente normal
aparecer en su lugar de trabajo desde el otro lado del océano.
Isobel
le vio quitarse la oscura chaqueta y quedarse con pantalones oscuros y camisa
blanca. El femenino interés que notó a sus espaldas fue suficiente para hacerla
reaccionar.
–No,
no es necesario, gracias. Me acompañará... –miró a su alrededor, pero era una
clase de principiantes. Clavó la mirada en Marc, pero éste enrojeció con una
súplica en los ojos.
Por
desgracia, Isobel se dio cuenta de que no podía ponerle en evidencia.
Miró
a Rafael, que permanecía de pie y de brazos cruzados.
–¿Sabes
bailar el tango? –le preguntó Isabel, pensando que la situación era
surrealista.
Rafael
sonrió con arrogancia.
–Por
supuesto que sé bailar el tango, soy argentino.
Consciente
de que estaba en presencia de sus alumnos, y sólo por eso, Isobel, fingiendo
indiferencia, encogió los hombros y se volvió para poner música. Con manos
temblorosas, eligió una canción y los primeros acordes de Carlos di Sarli
sonaron en el estudio. Entonces, disimulando su perplejidad, se volvió hacia
Rafael, a quien encontró delante de ella con una ceja arqueada.
–¿Qué
pasos quieres enseñar? –le preguntó él.
–Ochos
y sacadas.
Rafael
asintió y, al momento, ella se encontró rodeada por sus brazos. Cerró los ojos
en un momento de desesperación al experimentar un efecto explosivo dentro de su
cuerpo.
Rafael
se movió con habilidad, girando y haciéndola dar vueltas siguiendo los
movimientos y los pasos que ella había querido enseñar a sus alumnos.
Isobel
reconoció que Rafael bailaba como un profesional. Su habilidad y respeto por el
baile la hicieron reconocer ese hecho y seguirle. Automáticamente, le permitió
que la sujetara y acarreara con parte de su peso. Los pasos se tornaron más
complejos. Por primera vez en la vida, a pesar de haber tenido muchos
compañeros de baile, bailar el tango le resultó algo sexual.
Tardó
en darse cuenta de que la música había acabado y que ya no bailaban. Con un
movimiento brusco, se zafó de los brazos de Rafael y se separó de él. Sentía
calor en el rostro. Sus alumnos la miraban con extrañeza y ella no quiso
preguntarse a qué se debería.
La
clase acabó y los alumnos se marcharon, dejándola a solas con ese hombre a
escasos metros de ella.
¿Había
llegado el momento? ¿Había ido Rafael allí para llevarla de vuelta a Argentina?
Por desgracia, pronto lo averiguaría.
Isobel
volvió al estudio después de cambiarse en el diminuto cuarto de baño. El
corazón le dio un vuelco al descubrir que Rafael seguía allí, que no había sido
producto de una alucinación. Se sintió excesivamente consciente de sí mismo
debido al gastado vestido veraniego que llevaba puesto. Hacía mucho calor ese
día y se había puesto el vestido más fresco que tenía. Al lado de un Rafael
inmaculadamente trajeado, se sentía como una pordiosera.
El
pulso se le aceleró cuando Rafael, que había estado mirando por la ventana, se
volvió de cara a ella. Tenía las manos en los bolsillos y la observó con
expresión misteriosa.
Rafael
indicó con un gesto dos cajas envueltas en papel de regalo entre las
pertenencias de ella.
–¿Saben
tus alumnos que tu cumpleaños es dentro de dos semanas? Isobel se lo quedó
mirando, presa del pánico. Sí, había ido a por ella.
–Hace
ya casi tres años que nos vimos, Isobel, ¿lo recuerdas?
–No
son regalos de cumpleaños –respondió ella tras un escalofrío, decidiendo
ignorar el comentario de Rafael–. Algunos alumnos hacen un pequeño regalo a
final de curso, ya que cierro el estudio en agosto. Aquí, todo el mundo se va
de vacaciones en agosto.
Rafael
se la quedó mirando con intensidad. Con intención de poner cierta distancia
entre los dos, ella se dio media vuelta, de espaldas a Rafael, y empezó a
recoger. Metió el iPod y los altavoces en una pequeña mochila.
Cuando
acabó de guardarlo todo, se dio media vuelta y respiró hondo para darse ánimos
a sí misma.
–¿A
qué has venido, Rafael?
Los
ojos negros de Rafael se le clavaron.
–Sabes
perfectamente a qué he venido.
–No
estoy preparada para... Pero Rafael la interrumpió:
–No
vamos ha hablar de esto aquí y ahora. Enviaré un coche para que te recoja en tu
casa a las siete de la tarde y te lleve a mi hotel.
Isobel
casi se desmayó al pensar que Rafael esperaba que ella le obedeciera sin más.
Su voz adquirió casi un tono histérico al contestar:
–¿Cómo
sabes que no tengo otros planes? ¿Que no he quedado con ningún amigo? Si crees
que puedes venir aquí y hacer que deje mi vida...
Rafael
se le acercó y ella hizo un esfuerzo para no retroceder.
–Sabías
que llegaría este día, y no puedes quejarte de que no te haya dejado disfrutar
de tu independencia. He reservado una mesa para esta noche, para los dos, y vas
a cenar conmigo.
Mientras
trataba de asimilar la implacable arrogancia de él, Rafael se las había
arreglado para quitarle la mochila del hombro y, con una mano en el codo, la
estaba haciendo salir del estudio. Le había quitado las llaves y estaba
cerrando con llave, como si estuviera acostumbrado a ello.
Una
vez en la calle, el calor no la ayudó a salir de su inercia. Rafael, con calma,
le devolvió las llaves y la bolsa y le indicó un coche junto a la acera.
–No
te ofrezco llevarte en coche a tu casa porque sé que vives a una manzana de
aquí, pero mi coche estará en la puerta de tu casa a las siete en
punto.
Rafael
alzó una mano y le acarició la mejilla con un dedo.
–Y
no hagas ninguna tontería, Isobel. Iría a por ti personalmente.
Y
tras esas palabras, Isobel le vio meterse en el coche y desaparecer en el
tráfico de la ciudad.
Rafael
esperaba a Isobel sentado en el vestíbulo del hotel Plaza Athénée. Era uno de
los mejores hoteles de París, pero él apenas notó el lujo que le rodeaba ni los
caros aromas de las mujeres que pasaban por su lado lanzando miradas llenas de
interés en su dirección.
Hacía
mucho tiempo que no sentía tanta excitación.
Por
fin, vio su coche deteniéndose delante de la puerta del hotel y lanzó un
gruñido para sí al verse presa de una profunda tensión en la entrepierna. Con
crueldad, controló la reacción de su cuerpo. Pero en el momento en que vio
salir a Isobel del coche, tanto esfuerzo resultó no servirle de nada.
No
apartó los ojos de ella mientras se acercaba a la puerta. A pesar de llevar un
sencillo vestido negro, parecía una reina. Bajó la mirada y la clavó en las
sandalias de tacón plateadas, y su deseo aumentó. Tras un ataque hormonal de
proporciones incontrolables, fue a recibirla.
–Ven,
vamos al bar. Tomaremos un aperitivo antes de cenar –dijo Rafael tras
saludarla.
Isobel
no tuvo más remedio que seguirle. La mano de él, en su codo, era como una marca
de hierro candente, y el calor le subía por el brazo. Ningún otro hombre había
provocado una reacción tan física y visceral en ella. Sintió un gran alivio
cuando se sentaron a la mesa y Rafael la soltó. La decoración era una
sofisticada mezcla de moderno y antiguo, la iluminación era suave y el tono de
las conversaciones también. Un pianista procuraba música de fondo al ambiente.
Llevaba
tres años temiendo ese momento; sin embargo, no era temor la tensión que se le
había agarrado al estómago.
Un
camarero se acercó a su mesa y Rafael la miró.
–Tomaré...
agua mineral. Gracias.
Rafael,
sin apartar los ojos de ella, dijo al camarero:
–Un
whisky sin hielo. Gracias.
El
camarero se retiró y Rafael estiró las largas piernas por debajo de la mesa.
Isobel, por el contrario, juntó las piernas y las colocó debajo de su silla,
tan lejos de él como le fue posible.
Rafael
sonrió.
–Isobel,
tengo que admitir que me has sorprendido y has demostrado que estaba
equivocado.
–No
he hecho nada con intención de demostrarte nada –respondió ella tensamente.
La
sonrisa de Rafael se agrandó.
–Me
lanzaste un desafío al marcharte de Buenos Aires.
–También
te dije que no quería volver a verte nunca.
–Sabías
que eso era imposible.
Isobel
se sintió empalidecer. No tenía escape.
–Te
he tenido vigilada y, créeme, habría venido a por ti mucho antes de haberlo
considerado necesario –continuó Rafael–. Pero, según parece, tu amigo más
cercano es homosexual, por lo que no me he preocupado demasiado.
Isobel,
encolerizada, enrojeció.
–¿Que
me has tenido vigilada? Rafael se encogió de hombros.
–No
constantemente. Digamos que me han dado cuenta de tus movimientos durante estos
tres años. Al fin y al cabo, eres mi prometida.
Completamente
furiosa, Isobel aprovechó la oportunidad de poder sentirse indignada, de tener
algo concreto que achacarle.
–Me
has tenido vigilada y eso es inaceptable. Isobel se puso en pie, pero él
también lo hizo.
–Siéntate,
Isobel. No voy a permitir que utilices como excusa para marcharte algo tan
tonto, cuando los dos sabemos que lo que te pasa es que te pongo nerviosa.
Isobel
apretó los dientes. Al parecer, era como un libro abierto para ese hombre. Pero
decidió mentir:
–No
me pones nerviosa. Y no voy a quedarme si no me pides disculpas por haber hecho
que me vigilaran.
La
tensión era casi palpable. A Rafael le brillaban los ojos y ella recordó
aquella noche tres años atrás, cuando la besó... Le temblaron las piernas.
Rafael
hizo un esfuerzo por no apartar la mesa de una patada, agarrar a Isobel,
estrecharla con los brazos y estrujarle la boca con la suya.
Con
facilidad, ya que no le costaba nada, Rafael dijo:
–Te
pido disculpas. Y ahora, siéntate –al ver que no se movía, añadió–: por
favor.
Por
fin, Isobel se sentó. El camarero apareció en ese momento con las
bebidas.
Ella agarró el vaso de agua para beber un buen trago. Pero justo antes de
llevárselo a los labios, vio a Rafael alzar su vaso a modo de brindis.
–A
tu salud –dijo él.
Ella
farfulló algo incoherente y, con los ojos clavados en los de Rafael, bebió.
–Bueno,
cuéntame qué tal la vida en París –dijo Rafael en tono neutral.
Isobel
le miró y él notó que se estaba mordiendo el labio inferior. Deseó alargar el
brazo, agarrarle la barbilla y acariciarle el labio. Isobel bajó la mirada y
volvió a subir los ojos antes de preguntar con voz ahogada:
–¿Quieres
hablar de mi vida aquí, en París?
Rafael
se echó hacia delante y la miró con intensidad.
–Sí,
eso es exactamente lo que quiero.
Isobel
miró con disimulo a Rafael. Su cuerpo había ido acumulando más tensión desde
que habían ido al comedor. Un camarero les había retirado los platos vacíos. No
sabía qué habían cenado, aunque sin duda había sido algo delicioso.
Rafael
alzó la botella de vino blanco y, con un gesto, le preguntó si quería más.
Ella, rápidamente, sacudió la cabeza. Había bebido unos sorbos solamente.
Rafael
volvió a llenarse la copa y la miró.
–¿No
bebes?
–Esta
noche no me apetece.
A
Isobel le costaba creer no poder escapar de esa situación. Pero, de repente,
recordó que Rafael también había renunciado al amor por ese contrato
matrimonial.
–Rafael,
tú no quieres casarte conmigo. Ninguno de los dos queremos este matrimonio. ¿Es
que no hay forma de cumplir con el contrato sin necesidad de que nos casemos?
Rafael
también se inclinó hacia delante, dejó la copa en la mesa y, con expresión dura
y voz gélida, dijo:
–No,
Isobel, no hay alternativa. Y te equivocas, yo sí quiero este matrimonio.
Cuanto antes te hagas a la idea de que vamos a casarnos, mejor. Si intentáramos
romper el acuerdo, los problemas legales que eso plantearía y el tiempo que
llevaría solucionarlos colocarían a tus padres en una situación económica
imposible de sostener. Y, como ya te he dicho con anterioridad, no estoy
dispuesto a perder una de mis más valiosas propiedades.
Capítulo
3
RAFAEL
continuó, sin ser consciente del impacto que causaron sus palabras en Isobel:
–Estuve a punto de perder un negocio de lo más lucrativo sólo porque mi cliente
no acababa de fiarse de mí –Rafael hizo una mueca–. Era un padre de familia y
consideraba que mi soltería era una indicación de falta de seriedad en los
negocios. Tuve que asegurarle que estaba prometido para que volviera a confiar
en mí.
Isobel
se recostó en el respaldo del asiento. Que Rafael se lo hubiera dicho a una
persona significaba que, a esas alturas, todo Buenos Aires lo sabía.
–Así
que, como ves, Isobel, ya está todo en marcha. Los medios de comunicación ya
están hablando de mi próxima boda.
Isobel
abrió la boca para hablar, pero Rafael alzó una mano.
–Deja
que termine.
Isobel
volvió a cerrar la boca. No era capaz de mucho más.
–El
día de nuestra boda, tus padres recibirán el resto del dinero que se les debe
por la venta de la estancia.
Isobel
bajó los ojos y los clavó en su taza de café, a pesar de no haberse dado cuenta
de que se la llevaran. Su vida entera se centró en ese momento, tuvo una visión
de todo lo que le había ocurrido hasta entonces: su estricta educación, las
discusiones constantes de sus padres, el descanso que le supuso estudiar en
Inglaterra y el apoyo de sus familiares ingleses.
Y
todos sus sueños se venían abajo. No podía escapar al destino. Miró a Rafael y
logró decir con voz ronca:
–Sigo
opinando lo mismo: eres el último hombre en el mundo con quien querría casarme.
Rafael
no pareció inmutarse.
–¿Cuál
es el problema, Isobel? Has demostrado lo que querías demostrar, y de forma
admirable. Nadie va a negar que abandonaste Buenos Aires para independizarte, y
te has ganado mi respeto por ello. Es evidente que no eres una cazafortunas ni
una niña mimada.
–¡Vaya,
gracias por el cumplido! –la carcajada de Isobel rayó en la histeria. Rafael la
ignoró.
–A
pesar de lo cual, tienes que cumplir con tu deber, y eso significa volver a
Buenos Aires conmigo. No esperabas escapar a tu destino, ¿verdad? ¿Qué planes
tenías? ¿Vivir en la pobreza durante el resto de la vida dando clases de tango?
¿Casarte
con un humilde bailarín, crear una familia y tener hijos?
El
tono desdeñoso empleado por Rafael la hizo salir de su estupor.
–Sí,
eso es exactamente lo que tenía pensado hacer. Acompañado de una pequeña casa
de campo con un jardín, un rosal al lado de la puerta y el derecho a ser libre
y a hacer lo que me plazca. Que haya nacido en una sociedad determinada no
significa que no pueda salir de ella.
Rafael
sonrió cínicamente y dijo con cierta amargura:
–Ojalá
fuera verdad. Pero tú y yo, Isobel, estamos condicionados por nuestra sociedad,
nuestras obligaciones, nuestra educación y nuestras familias. Naciste en una
propiedad que vale millones, ni siquiera tú puedes ignorar esa responsabilidad
sin hacer daño a las personas más cercanas a ti.
Antes
de que Isobel pudiera reaccionar, Rafael se sacó algo del bolsillo
interior
de la chaqueta. Era una caja de terciopelo. Le miró con aprensión cuando él se
la dio. De repente, le dio miedo tocar la caja.
Apenas
pudiendo contener la irritación por la falta de interés de ella, Rafael abrió
la tapa de la caja y ante la vista apareció una deslumbrante pulsera de
brillantes.
–Es
sólo un pequeño regalo de cumpleaños, Isobel... una demostración de lo que
puedes esperar de mí como esposa.
Isobel
se quedó paralizada. Entonces, dejó la servilleta encima de la mesa.
–Creía
que habíamos dejado claro que no soy una cazafortunas.
–Eso
no significa que no puedas aceptar un regalo y disfrutarlo. Acéptalo, Isobel.
Isobel
sabía que tendrían que atarla para que aceptara la pulsera. Temblando, se puso
en pie. Rafael fue a detenerla, pero ella se lo impidió con un gesto altanero.
–Supongo
que todavía dispongo de la libertad suficiente para ir al baño,
¿no?
Rafael
inclinó la cabeza y la observó mientras ella se alejaba. Cerró la tapa
de
la caja y la dejó sobre la mesa. No había esperado que Isobel encolerizara al
ver la deslumbrante pulsera de brillantes, por muy digna que fuera. Tampoco
había esperado que se le resistiera. Había creído, erróneamente, que se
resignaría. ¿Acaso Isobel había creído que podría librarse de volver a
Argentina, con él, y aceptar su destino? ¿Estaba loca?
Se
miró el reloj. Isobel llevaba ausente diez minutos. Miró hacia la puerta. Nada.
Fue entonces cuando, con furia, se dio cuenta de que Isobel le había dejado
plantado.
Con
frialdad, Rafael pagó la cuenta. Tenía un proyecto de futuro e Isobel formaba
parte de ese proyecto, tanto si le gustaba como si no.
«Tú
y yo, Isobel, estamos condicionados por nuestra sociedad, nuestras
obligaciones, nuestra educación y nuestras familias...».
Esas
palabras resonaron en la cabeza de Isobel junto con la imagen de la pulsera de
brillantes. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía creer que su vida
como mujer independiente se viera amenazada de esa forma.
En
ese momento, añadiendo aún más confusión a su estado, Isobel recordó a su
abuela justo antes de su muerte, cuando le dijo que algún día heredaría la
estancia. Pero, por supuesto, eso fue antes de que se la vendieran al padre de
Rafael. Tenía seis años cuando su abuela murió.
Apenas
recordaba la estancia, hacía mucho que no la veía, pero recordaba que siempre
le había parecido un lugar encantado. Era el sitio donde sus abuelos se habían
conocido y, por aquel entonces, oyó cosas muy románticas en relación a ese
lugar.
A
pesar de haberse tratado de un matrimonio de conveniencia en principio, sus
abuelos habían estado verdaderamente enamorados. La muerte de su abuela había
afectado a su abuelo enormemente y era lo que le había llevado a darse al juego
y a la bebida, cosa que a su vez le había conducido a endeudarse y a verse en
la necesidad de vender la estancia... y a ella a esa situación.
El
metro se detuvo en la estación de su casa. Se sentía algo culpable por
haber
dejado plantado a Rafael, pero sabía que lo único que había hecho era ofender
su ego.
Mientras
subía las escaleras de la salida del metro, sintió un extraño y, a la vez,
familiar cosquilleo. Por lo tanto, no le sorprendió del todo ver a Rafael a la
salida, esperándola, apoyado contra un muro. Ella desvió la mirada, ignoró el
vuelco que le dio el corazón y comenzó a caminar con paso decisivo hacia su
casa, a un par de manzanas de ahí.
Rafael
la siguió sin problemas.
–No
sabía que te hubieran educado tan mal, Isobel. A la gente no se la deja así,
como lo has hecho tú, durante una cena.
Isobel
enrojeció, sin poder evitar sentir vergüenza de sí misma.
–No
soy una maleducada, a excepción de con algunas personas. Sobre todo, personas
con las que una conversación resulta ser una farsa.
–No
hay muchas mujeres que opinen que hablar conmigo de matrimonio es una farsa,
Isobel. Debo reconocer que eres especial.
Llegaron
a la puerta de su casa y ella rezó para que la mano no le temblara al abrirla
con la llave. Ese hombre la perturbaba cada vez más, amenazándola a unos
niveles que no estaba dispuesta a reconocer.
–¿No
vas a invitarme a entrar y a ofrecerme un café? –preguntó Rafael después de que
ella hubiera abierto la puerta.
Isobel
se volvió y alzó la mirada, y sintió un cierto alivio al ver que el rostro de
él estaba parcialmente en sombras.
–No,
no voy a hacerlo.
Isobel
hizo ademán de cerrarle la puerta en las narices, pero él fue demasiado rápido
y se lo impidió. Esta vez, al hablar, la voz de Rafael tenía tono de amenaza.
–Lo
siento por ti, pero voy a entrar. No hemos acabado nuestra conversación.
Con
desánimo, Isobel se dio cuenta de que Rafael no iba a ceder de ningún modo. Ni
en ese momento ni nunca. Estaba luchando una batalla perdida. En silencio, se
echó hacia un lado para cederle el paso.
A
Isobel le produjo cierta satisfacción ver a Rafael incómodo en aquel pequeño y
atestado apartamento. Sin duda, estaba acostumbrado a otro tipo de viviendas.
Lo único que separaba el cuarto de estar y cocina del dormitorio era una sábana
a modo de cortina.
A
pesar de ello, la carismática presencia de Rafael la hizo desear que se
marchara de allí lo antes posible; entretanto, se mantuvo ocupada preparando
café. Rafael se sentó en la única silla decente que tenía.
Isobel
le dio una taza humeante.
–Es
instantáneo. Espero que no te importe.
–No,
en absoluto –respondió Rafael aceptando la taza.
Isobel
se apartó, se apoyó en el mostrador de la cocina y cruzó los brazos a la altura
del pecho. Rafael bebió antes de dejar la taza encima de la mesa.
Inclinándose
hacia delante, Rafael la miró con un brillo cínico en los ojos.
–¿Debo
suponer que, si hubiera fingido no estar obligado a casarme contigo por un
contrato, que si te hubiera declarado mi amor, me habrías aceptado,
Isobel?
Sintió
esas palabras como una bofetada. El pánico se apoderó de ella.
¿Había
adivinado Rafael su punto débil?
–No,
claro que no –respondió ella–. Tú serías incapaz de eso, eres demasiado frío.
Rafael
se puso en pie e Isobel, instintivamente, trató de alejarse, pero tenía el
mostrador de la cocina contra la espalda. Rafael era amenazante y peligroso.
Rafael
arqueó las cejas y se le acercó.
–¿Frío,
Isobel? No, nada de eso. No tengo intención de que nuestra unión sea fría, sino
todo lo contrario. De hecho, en este momento tengo la impresión de que podría
ser muy, muy ardiente.
Isobel
se lo quedó mirando sin pronunciar palabra mientras él avanzaba. Era muy alto y
moreno, más de lo que le había parecido cuando le conoció. El recuerdo de aquel
beso la hizo estremecer. Si Rafael sospechara... Extendió el brazo para
impedirle el avance, temerosa de que él descubriera lo vulnerable que se
sentía.
–No
me refería a eso. Quería decir que...
Rafael
estaba tan cerca que ella tuvo que alzar la cabeza para mirarle. Un paso más y
su mano le tocaría el pecho. Entonces Rafael dio ese paso y a ella le pareció
que iba a estallar.
–Vamos
a ver hasta qué punto puede ser frío nuestro matrimonio, ¿te parece?
Sin
darle tiempo a escapar, Isobel se encontró con una mano en el duro pecho de él
y las manos de Rafael acariciándole la nuca. El tiempo pareció detenerse
mientras el rostro de Rafael descendía despacio, muy despacio, hasta cubrirle
la boca con la suya y quemársela.
Con
la otra mano, se agarró al mostrador de la cocina, lo único que podía hacer
para evitar caerse. La boca de Rafael se movió hábilmente contra la suya,
excitándola, saboreándola. Pronto, el beso cobró dureza, se tornó dominante.
Igual que aquella noche tres años atrás.
Isobel
no tenía defensas contra semejante invasión. Instintivamente, separó los labios
y de la garganta de Rafael escapó un gruñido al tiempo que bajaba las manos
para agarrarle el cuerpo y pegárselo al suyo.
Cuando
la boca de Rafael entró en contacto con la suya, Isobel se horrorizó al oírse
gemir a sí misma, pero no había podido evitarlo. El cuerpo entero parecía
arderle, arqueaba la espalda buscando más proximidad aún con él, la entrepierna
le palpitaba de deseo.
Rafael,
de repente, le puso la mano entre los muslos y ella sintió una explosión de
líquido deseo. Él le acarició la cintura, los pechos, los pezones... Movió las
caderas y ella sintió su erección.
Isobel
apartó la boca de la de Rafael para mirarle a los ojos, y vio su expresión
burlona.
Entonces,
Rafael se apartó de ella, después de demostrarle que podía manejarla, pensó
Isobel con horror.
Con
piernas temblorosas, Isobel se dirigió al otro extremo de la estancia. El
cuerpo le picaba y le quemaba. Se volvió de cara a Rafael, sintiéndose
completamente vulnerable.
–Como
he dicho, no hay peligro de que nuestra unión sea fría. Te has
convertido
en una hermosa mujer, Isobel...
–¿La
clase de mujer con la que puedes acostarte? –le espetó ella–. ¿No es eso lo que
me dijiste aquella noche? Tienes suerte, ¿verdad?
–Sí,
mucha –respondió Rafael–. Será una buena base para un sólido y feliz
matrimonio.
Los
ojos de él se pasearon por su cuerpo, acelerándole los latidos del corazón.
–Y
si te preocupa que pueda no serte fiel, te aseguro que no tienes nada que temer
–dijo Rafael.
De
repente, la cólera volvió a invadirla.
–Repito,
no quiero casarme contigo, así que no será necesario que te veas obligado a ser
fiel.
La
expresión de Rafael se tornó seria en ese momento.
–Y
yo repito que nuestro matrimonio es inevitable, que no tenemos otra
alternativa. Vamos a casarnos. Es la única forma de que tus padres reciban el
dinero estipulado. Y no olvides que el día de nuestra boda te convertirás en
copropietaria de una propiedad sumamente lucrativa, una de las mayores de
Argentina.
–Maldito
seas, Rafael. Crees que lo sabes todo. Va en contra de todos mis principios
casarme sin amor sólo por cumplir con lo estipulado en un contrato. Tiene que
haber otra opción.
Rafael
esbozó una dura sonrisa.
–No
soy un tirano, Isobel. No voy a encerrarte en una torre de marfil. Ella
continuó luchando.
–Prefiero
que me encierren en una torre a casarme con un cínico playboy de Buenos Aires
que no tiene mejor cosa que hacer que exigir que nos casemos sólo por hacer
honor a un antiguo acuerdo –Isobel se dio cuenta de que respiraba con
dificultad–. Quiero que te vayas.
Una
expresión de incredulidad cruzó la tez de Rafael.
–No
tienes ni idea, ¿verdad?
–¿De
qué es de lo que no tengo ni idea? Rafael la observó con detenimiento.
–De
lo mal que le va a tu padre. Últimamente hizo unas inversiones muy arriesgadas
y le ha salido mal. Está al borde de la quiebra total.
–Vamos,
por favor –dijo Isobel con desagrado–. Si es otra de tus estratagemas para
hacerme sentir más vulnerable...
–No
lo es. Su padre tiene serios problemas, Isobel. Corre el riesgo de perderlo
todo.
Instintivamente,
Isobel se agarró al respaldo de la silla que tenía más cerca, necesitaba
apoyarse en algo. Se dio cuenta de que Rafael no podía estar mintiendo respecto
a algo tan serio como eso. No necesitaba hacerlo. Trató de disimular el impacto
que había causado en ella la noticia y recordó que su padre llevaba semanas sin
ponerse en contacto con ella, en contra de lo que era normal en él.
–¿Cómo
sabes todo esto?
El
rostro de él ensombreció.
–Pareces
haber olvidado lo pequeño que es nuestro mundo en Buenos Aires. Todavía no es
del conocimiento público lo mala que es la situación de tu padre,
pero
estoy en contacto con algunos de sus acreedores y sé que su situación no es
buena. Yo diría que, como mucho, lo sabrá todo el mundo en el plazo de un mes.
–Mi
madre no debe enterarse. De saberlo...
–Tu
madre lo sabe perfectamente. Por eso es por lo que vino a verme hace unas
semanas. El futuro de tus padres depende de nuestro matrimonio, por eso se
quedó sumamente aliviada cuando le dije que tenía intención de casarme contigo,
que no me había echado atrás.
Isobel
le miró. Estaba perpleja. El último resquicio de esperanza se desvaneció.
–Cuando
nos casemos, como esposa mía, serás copropietaria de la estancia. Tus padres
recibirán una considerable cantidad dinero y tu familia saldrá de apuros. Hay
algo más que debes saber: el contrato dice que yo sólo tengo que pagar la mitad
de lo que valía la estancia cuando se firmó el trato, pero he accedido a darles
a tus padres la mitad de lo que vale en estos momentos. No es necesario que te
explique que la diferencia es de muchos millones. Sin embargo, estoy dispuesto
a hacerlo porque no tengo ningún deseo de que la familia de mi futura esposa
tenga problemas económicos en el futuro.
Entonces,
Rafael acabó de clavar el puñal.
–¿Vas
a dar la espalda a tu familia cuando más te necesita? ¿Vas a negarles a tus
hijos el hogar ancestral de tu abuela?
Isobel
odió a Rafael por cargarla con semejante responsabilidad. Entonces, se dio
cuenta de que estaba temblando.
–Sal
de mi casa. Ya has dicho lo que tenías que decirme, ahora sal de mi
casa.
–Isobel,
no tienes elección.
–Claro
que la tengo –dijo ella a la desesperada–. Siempre hay una salida. Sal
de
mi casa, no quiero volver a repetírtelo.
Isobel
se acercó a la puerta y la abrió de par en par. Con alivio vio que Rafael se
acercaba. Pero Rafael se detuvo delante de la puerta y ella trató de ignorar el
cosquilleo y el calor súbito que sintió en la piel.
–Vendré
a por ti mañana hacia el mediodía, Isobel. Es hora de que cumplas con tu deber.
Tu destino se escribió hace mucho tiempo y está ligado al mío irrevocablemente.
–Márchate
–dijo ella en tono casi de súplica.
–No
tienes mucho equipaje.
Aún
triste al darse cuenta de lo fácil que había sido dejar atrás tres años de su
vida, Isobel trató de ignorar en la medida de lo posible al dominante varón
sentado al lado de ella en el suntuoso asiento del vehículo que les estaba
transportando al aeropuerto.
Apretó
los dientes y tuvo una visión de la expresión de incredulidad de Rafael al
verla aparecer tras abrir la puerta de su apartamento con sólo una pequeña
maleta con ruedas.
–No
todos necesitamos posesiones, dinero y tierras para sentirnos realizados.
–Tu
actitud es digna de halago –le había respondido él con una suave risa–.
¿Tienes
miedo de que te corrompa con mi estilo de vida materialista?
Isobel
había cerrado la boca y así seguía mientras salían del centro de París y se
metían en la anónima autopista. Se sentía tensa y sudorosa, y el corazón le
daba un vuelco al más leve movimiento de Rafael. No soportaba estar pendiente
de él como estaba, y se dijo así misma que era porque no le soportaba, no
porque él le atrajera.
Rafael
se puso a hablar por teléfono con alguien en español. Ella no logró enterarse
de lo que pasaba, sólo sabía que estaban hablando de acciones e inversiones.
Rafael
cortó la comunicación en el momento en que llegaron al aeropuerto.
–Vamos
directamente al avión. Los de aduanas te pedirán el pasaporte ahí.
Al
momento, les dieron paso libre e Isobel se vio inmediatamente entrando en un
avión privado como salido de una revista. La alfombra parecía hecha de nubes.
Nunca en la vida se había visto rodeada de tanto lujo.
–¿No
te parece excesivo todo esto? –comentó ella.
–Comparto
este avión con un grupo de hombres de negocios, uno de los cuales es mi medio
hermano, mayor que yo. A veces, los horarios de los vuelos regulares no me
vienen bien, y menos ahora que tengo una reunión tras otra a mi regreso a
Buenos Aires. Ha sido una suerte que mi hermano estuviera en París en este
momento.
El
alivio que sintió al enterarse de que Rafael iba a estar ocupado casi la hizo
caer sentada en el asiento que tenía a sus espaldas. Trató de disimularlo, pero
no lo consiguió.
–No
es necesario que demuestres tu alegría de esa manera, Isobel. Además,
necesitarás tiempo para estar con tu familia y preparar la boda.
Esta
vez, Isobel se dejó caer en el asiento.
–¿Vamos
a casarnos el día de mi cumpleaños?
Rafael
se sentó en el asiento al otro lado del pasillo. Entonces, sacó unos papeles de
una cartera y un portátil.
–Sí.
Tal y como está estipulado en el acuerdo.
Isobel
apartó la mirada y se abrochó el cinturón de seguridad con manos temblorosas.
–No
puedo creer que me obligues a hacer esto.
Con
la rapidez del rayo, Rafael se puso en pie y se inclinó sobre ella, colocando
las manos en ambos brazos de su asiento.
–No
te estoy obligando a nada, Isobel. Una serie de circunstancias, que escapan a
nuestro control, nos han unido –los labios de Rafael eran una amarga línea–.
Este matrimonio se labró en piedra hace muchos años y se va a llevar acabo,
tanto si te gusta como si no. Nada de cuentos de hadas, Isobel.
–De
poder elegir, jamás me casaría con alguien como tú. Los ojos de Rafael la
miraron de arriba abajo.
–Sí,
no es la primera vez que lo dices. Si continúas así, va a parecerme sospechosa
tanta insistencia.
Rafael
la miró intensamente durante unos segundos más y luego volvió a ocupar su
asiento.
Demasiado
turbada para pensar en ello, Isobel agarró su libro y fingió sumergirse en él
mientras despegaban. No obstante, era consciente de cada movimiento de Rafael.
Capítulo
4
LA
MAÑANA de agosto en que llegaron a Buenos Aires era fresca. Sintió a Rafael a
sus espaldas, instándola a bajar la escalerilla del avión. Tenía que moverse.
Respiró profundamente y empezó descender. Cuando pisó suelo argentino por
primera vez en tres años, sintió algo intangible dentro de su ser y pensó en
sus abuelos. Desgraciadamente, unas lágrimas asomaron a sus ojos.
Parpadeando
para contenerlas y sintiéndose traicionada por sus sentimientos, se dijo a sí
misma que se debía al cansancio... a cualquier cosa menos al hecho de que había
echado de menos Buenos Aires. Entonces, Rafael la agarró del brazo y la condujo
a un coche que les estaba aguardando.
Una
vez acoplados en el asiento posterior del coche, Isobel le lanzó una rápida
mirada y le molestó verle como si acabara de despertar de un profundo y
relajante sueño, como así había sido. Al comienzo del vuelo, Rafael había
trabajado un rato; después, habían comido algo y luego él se había dormido.
Ella, por el contrario, no había hecho más que mirarle de vez en cuando y
reprocharle en silencio tener tanta facilidad para dormir.
–¿Y
ahora, qué? –preguntó ella.
–Ahora
voy a dejarte en tu casa –respondió Rafael volviéndose para mirarla–. Esta
noche tus padres me han invitado a cenar e iré con el anillo de compromiso. Era
de mi abuela.
–Anillo
de compromiso... –repitió Isobel débilmente, imaginando un enorme y ostentoso
rubí rodea do de brillantes.
Rafael
frunció el ceño, incapaz de imaginar el creciente horror de Isobel respecto a
la rapidez con que estaban desarrollándose los acontecimientos. Rafael le
agarró una mano y se la examinó, acariciándole los dedos, provocando en ella un
calor que le subió por el brazo.
–Tienes
los dedos finos. Es posible que haya que achicarlo, pero no creo que lleve
mucho tiempo...
Isobel
tiró de su mano, liberándola, y contuvo las ganas de gritarle al conductor que
diera media vuelta y que volviera a llevarla al avión. Estaban casi en los
alrededores de Buenos Aires y entonces ella experimentó la misma emoción que al
salir del avión.
No
tardaron mucho en tomar un camino que le resultaba sumamente familiar, el
camino de su casa, y los portones se abrieron suavemente. Al adentrarse en el
sendero, ella vio a sus padres que habían salido y estaban esperándoles delante
de la puerta de la casa, con los sirvientes a ambos lados, todos uniformados,
como si no fuera muy temprano de mañana.
Le
sobrecogió una profunda sensación de resignación y, a pesar suyo, reconoció que
estaba haciendo lo que tenía que hacer. Perderlo todo debía de haber destruido
a sus padres. Aunque no se llevaran excesivamente bien, eran sus padres y les
quería. Eso la hizo sentirse más vulnerable mientras Rafael salía del coche y
lo rodeaba para abrirle la puerta.
Los
diez minutos siguientes fueron confusos para ella, sólo era consciente del
brazo de Rafael alrededor de su cintura, de la expresión agradecida de su padre
y de las sinceras lágrimas de felicidad de su madre de que su hija pródiga
hubiera regresado.
Entonces,
Rafael se marchó e Isobel se sintió perdida unos instantes, era
como
si su ancla se hubiera desvanecido, lo que era una locura.
Las
dos siguientes semanas fueron todo actividad. Delante de la ventana de su
cuarto, Isobel captó un reflejo en el cristal que llamó su atención; y, al
bajar la vista, clavó los ojos en el anillo de compromiso.
Aquella
primera noche tras su regreso Rafael había ido a cenar y, tal y como le había
prometido, le había entregado el anillo. Con sorpresa, ella descubrió que no
tenía nada que ver con como lo había imaginado. Era un anillo pequeño y
delicado, un brillante rosa tirando a morado rodeado de brillantes blancos,
todo ello siguiendo un diseño art déco.
Y de
nuevo, con sorpresa, vio que el anillo se ajustaba al tamaño de su dedo a la
perfección.
Desde
entonces había visto a Rafael sólo en un par de ocasiones, siempre con más
gente alrededor. Y durante los últimos días, no le había visto, Rafael estaba
en Estados Unidos en un viaje de negocios.
Los
periódicos escribían artículos sobre su inminente matrimonio, y ella los leyó
con enfermiza fascinación. Sin embargo, se le heló la sangre cuando leyó sobre
un asunto en el que él estaba envuelto en ese momento: Rafael había ido a
Estados Unidos a salvar a una empresa cuyos empleados eran, fundamentalmente,
inmigrantes ilegales argentinos. Habían ido a Estados Unidos como trabajadores
profesionales que no habían podido encontrar trabajo debido a la crisis
económica.
Los
periódicos especulaban sobre si Rafael estaba ayudando a deportar a esos
inmigrantes y ayudando a la empresa a contratar a trabajadores estadounidenses.
Aunque Isobel no aprobaba que la gente trabajara ilegalmente, le enfermaba que
Rafael pudiera estar ayudando a que enviaran de vuelta a esa gente al lugar del
que habían salido con tantas dificultades.
Rafael
llamaba todos los días y, como le ocurría siempre, Isobel se estremeció al oír
su voz. ¿Cómo podía afectarle de esa manera un hombre tan amoral y tan cruel?
–Estoy
deseando que nos casemos, Isobel.
–Puede
que, dentro de seis meses, me supliques que te conceda el divorcio, y eso no va
a ser bueno para tus negocios.
–Jamás
nos divorciaremos –contestó Rafael con voz dura–. Nuestro matrimonio no será un
fracaso.
Con
el exquisitamente sencillo vestido de novia de su abuela, Isobel, del brazo de
su padre, se detuvo delante de las puertas de la iglesia. Contrario a lo que
había imaginado, no estaba nerviosa. Una extraña tranquilidad se había
apoderado de ella. Entonces, su padre comenzó a moverse y ella no tuvo más
remedio que imitarle.
Como
si hubiera sido en un abrir y cerrar de ojos, su padre la dejó junto a Rafael,
que le tomó la mano para guiarla a su lado. Rafael le alzó el velo y la miró a
los ojos con un inconfundible brillo de triunfo y algo muy ardiente. En ese
instante, Isobel recordó la noche de su primer encuentro con él, lo que había
sentido al mirarle a los ojos.
Rafael
le alzó la mano y se la besó, y el cerebro se le derritió en una vorágine de
calor, sensaciones y confusión. Porque en ese preciso momento, lo último que
quería hacer era escapar.
La
ceremonia pareció transcurrir en un instante. Sabía que debía haber dicho lo
que se esperaba que dijera, pero no lo recordaba. Sólo era consciente de un
frío anillo de oro y...
–Puede
besar a la novia.
Isobel
alzó los ojos. Rafael se le aproximó y le puso una mano en la nuca. Bajó la
cabeza y ella cerró los párpados. El corazón dejó de latirle. Cuando los labios
de Rafael le cubrieron los suyos, no pudo evitar un violento temblor. Como si
hubiera sentido su reacción, Rafael le puso la otra mano en la cintura,
atrayéndola hacia sí.
Isobel
supuso que la intención inicial de Rafael había sido darle un casto beso
apropiado para la ocasión; pero tan pronto como entraron en contacto, algo más
poderoso que ellos escapó a su control.
Rafael
la besó con pasión y ella, para vergüenza suya, sintió lo mismo. Abrió la boca,
invitándole a invadirla, buscándole la lengua con la suya.
Un
discreto carraspeo del sacerdote les obligó a separarse.
Al
salir de la iglesia, todo pensamiento racional la abandonó. Los medios de
comunicación les esperaban a la salida, los flashes de las cámaras casi la
cegaron. Y una animada multitud al otro lado de la calle aplaudió.
Instintivamente, ella se aferró al brazo de Rafael.
Rafael
bajó la mirada e hizo una mueca antes de decirle:
–Debería
haber supuesto que ocurriría esto. Sonríe y finge felicidad. Han venido para
verte a ti.
Después
de unos minutos, Rafael y ella bajaron la escalinata de la enorme catedral y se
metieron en el coche que les aguardaba.
Después
de arrancar, Isobel vio al resto de los invitados salir de la catedral. Se dio
cuenta de que estaba temblando. Rafael también lo notó y le tomó la mano. Con
aprensión, ella vio que dejaba de temblar. Tenía un cuerpo traicionero.
El
banquete de boda será en mi casa. En Recoleta, cerca de la de tus padres.
–Ni
siquiera conozco tu casa –dijo ella volviendo a temblar–. ¿Estaba tu madre en
la ceremonia? Ni siquiera la conozco, ni siquiera sé si me odia.
Como
si Rafael se hubiera dado cuenta de la nota de histeria en su voz, dijo en tono
tranquilizador:
–Sí,
estaba en la iglesia y no te odia. Mi casa no es muy diferente de la tuya. Y mi
medio hermano no ha podido venir a la ceremonia, pero espera poder llegar al
banquete –le estrechó la mano como si viera algo en su rostro que ella no podía
ver–. Me ha parecido mejor adelantarnos para que así puedas calmarte si lo
necesitas.
En
ese momento, Isobel sintió la falta de una amiga íntima, alguien en quien poder
confiar, alguien con quien poder hablar. Pero nunca había tenido amigas
próximas. Siempre se había sentido distinta. Y ahí estaba con Rafael, y era él
quien se había dado cuenta de lo que podía necesitar.
Isobel
no dijo nada y retiró la mano de la de él. Al poco tiempo, llegaron al
elegante
barrio de Recoleta.
Cuando
las puertas de la verja de la propiedad se abrieron, Isobel trató de disimular
su reacción. Aquella casa a la que se aproximaban no se parecía en nada a la de
sus padres. Era tan palaciega que la de sus padres, en comparación, parecía la
de los guardeses.
El
coche se detuvo en una explanada de grava rodeada por árboles en flor. A un
lado, una hilera de coches antiguos, y ella no pudo evitar que despertaran su
interés. Siempre le habían gustado los coches antiguos.
Subió
los escalones de la entrada de la casa de la mano de Rafael; allí, los
empleados, con uniformes blanco y negro, les esperaban. Todos se mezclaron en
un amasijo de nombres y rostros mientras Rafael se los presentaba. Tan pronto
aquel contacto inicial concluyó, los empleados de la casa se dispersaron y sólo
el ama de llaves permaneció a su lado. Se llamaba Juanita y no parecía muy
simpática.
Rafael
se volvió a su esposa.
–Ven,
voy a enseñarte tu habitación, ahí podrás descansar un rato. Los invitados van
a ir directamente a la parte posterior de la propiedad, a la carpa donde va a
tener lugar el banquete.
Esta
vez, Isobel ignoró la mano que Rafael le ofrecía y se limitó a seguirle
escaleras arriba. Con sorpresa, vio que de las paredes no colgaban cuadros de
ilustres antepasados, sino obras de arte moderno, que supuso serían
reproducciones.
Pero
no pudo evitar preguntar:
–¿Es
ésta la casa de tus padres?
Rafael
se la quedó esperando arriba de las escaleras, con las manos metidas en los
bolsillos. Estaba tan guapo que a ella no le quedó más remedio que agarrarse a
la barandilla.
–No
–contestó Rafael–. La casa de mis padres está en Barrio Norte, no lejos de
aquí. Compré ésta hace unos diez años.
–Ah...
Al
llegar al rellano, Isabel le siguió por un amplio corredor alfombrado. Al
fondo, Rafael le señaló dos puertas, la una frente a la otra.
Abrió
la puerta de la izquierda que daba a unos aposentos con varias habitaciones.
–Hay
dos suites idénticas, cada una con un dormitorio, un cuarto de baño y un
vestidor.
Isobel
supuso que la suite en la que se encontraba era la de él debido a los oscuros
colores y adornos varoniles. Le siguió a la otra puerta, al otro lado de un
cuarto de estar con un equipo audiovisual último modelo.
Aquella
otra puerta daba a otro cuarto de estar, igual que el primero, aunque decorado
en tonos más claros.
Rafael
se volvió de cara a ella.
–Comprendo
que todo ha ido demasiado rápido, Isobel, y entiendo que necesites estar sola y
sin que nadie te moleste al principio de nuestra vida como matrimonio. Aunque
espero que te acuestes conmigo, no te exigiré que compartas mis habitaciones
hasta que no estés preparada.
Isobel
sintió fuego en las venas, pero Rafael ya se había dirigido hacia el dormitorio
de ella y no tuvo más remedio que seguirle.
Al
entrar, le vio delante de la puerta de un vestidor y, al fijarse, vio que
estaba repleto de vestidos y zapatos. Su vieja maleta de ruedas se hallaba en
un rincón, como si nadie hubiera considerado que merecía la pena deshacerla.
Isobel
se quedó boquiabierta. Se acercó.
–Considéralo
tu ajuar –dijo Rafael sin darle importancia, mientras ella contemplaba con
horror aquel montón de ropa de diseño.
De
nuevo, se apoderó de ella la sensación de haber sido comprada. Y enfureció.
–¿Cómo
te atreves?
–¿Como
me atrevo a qué, Isobel? ¿A comprarle ropa a mi esposa? –Rafael apretó la
mandíbula.
Isobel
estaba temblando.
–¿Cómo
te atreves a comprarme un montón de ropa que va a ir a parar a la basura? No me
pongo ropa de diseño. ¿Cómo te atreves a suponer que voy a acostarme contigo?
¿Cómo te atreves a concederme tiempo hasta que esté preparada? Voy a decirte
una cosa: jamás estaré preparada. Y en cuanto a...
Dejó
de hablar en el momento en que la boca de Rafael le aplastó la suya al tiempo
que la abrazaba. Ella puso las palmas de las manos en el pecho de Rafael con
intención de empujarle al principio. Luchó contra la inevitable reacción de su
cuerpo, a pesar de que quería rendirse. Pero no podía, había demasiado en
juego.
Se
puso tensa y cerró la boca. Rafael continuó seduciéndola y excitándola, y tras
unos segundos de tortura, el deseo debilitó su resolución. El cuerpo volvía a
traicionarla.
La
boca de Rafael se posó en su garganta, en su nuca... Ella echó la cabeza hacia
atrás. Unas grandes manos le moldearon el cuerpo, acariciándole las curvas. De
repente, el vestido de novia le apretaba por todas partes. Sin saber cómo lo
había conseguido Rafael, sintió una cosa suave en la parte posterior de las
piernas y, de repente, fue como si el mundo se volviera del revés. Cayó encima
de la cama, mortificada al ver a Rafael, aún inmaculadamente vestido, de pie y
mirándola de arriba abajo. Con poca elegancia, se sentó en la cama.
Rafael
lanzó una mirada en dirección al vestidor.
–Lo
de la ropa no está abierto a discusión. Te pondrás esa ropa aunque tenga que
ponértela yo mismo. No voy a permitir que me dejes en ridículo llevando esa
ropa de rastrillo que llevabas en París.
Isobel
se dio cuenta de que el velo se le había caí do por alguna parte y volvió a
sentirse humillada, aún incapaz de ponerse en pie debido a que temía que las
piernas le fallaran.
Abrió
la boca, pero Rafael le impidió pronunciar palabra.
–Podría
hacer que vaciaran estas habitaciones hoy mismo e insistir en que te instalaras
en mis aposentos, pero voy a darte tiempo para que te hagas a la idea de que
tienes una nueva vida.
Entonces,
Rafael se acercó y le puso una mano en el cuello, una mano que le quemó la
piel.
–Y
sí, Isobel, vas a acostarte conmigo, en el momento en que yo quiera y como yo
quiera. Acabas de demostrarme que me deseas tanto como yo a ti. Sin embargo,
creo que tu falta de experiencia hará que contenerte te resulte a ti más
difícil que a mí...
Furiosa,
Isobel le apartó la mano de un manotazo. Con alivio, vio que Rafael
daba
un paso atrás.
–No
creas que lo sabes todo, Rafael. El hecho de que no tuviera novio en París no
significa que no haya tenido amantes.
En
ese momento, la idea de que Rafael sospechara que aún era virgen la
horrorizaba. ¿Podía llegar a creer que le había estado esperando? ¿Lo había
hecho inconscientemente?
Con
fingido desdén y mirándole de abajo arriba, Isobel añadió:
–Quizá
no tenga tu indiscriminada experiencia, pero la cantidad no significa calidad.
Rafael
lanzó una peligrosa carcajada. Por primera vez en los últimos minutos, Isobel
volvió a respirar.
–Te
dejaré para que te recompongas un poco, necesitas maquillaje para rebajar el
rubor de tus mejillas. La gente va a creer que hemos empezado con antelación la
noche de bodas.
Con
calma, Rafael se acercó a la puerta. Allí, se volvió.
–El
fotógrafo estará listo pronto. En cuanto bajes, nos haremos las fotos y
acabaremos con eso. Te espero abajo.
Rafael
salió del cuarto y cerró la puerta tras sí.
Isobel
se dirigió a su nuevo cuarto de baño. Rafael había estado en lo cierto, tenía
las mejillas encarnadas, los ojos demasiado brillantes y los labios hinchados
por el beso. Lanzó un gruñido de asco y luego se echó agua fría en el rostro. A
continuación, fue a por su neceser y se retocó el maquillaje.
Lo
peor era que sabía que, de no ser porque Rafael había parado, habrían consumado
su matrimonio, virgen o no virgen.
Delante
de la ventana de su estudio, Rafael contempló la explanada de césped y los
caminos que la cruzaban y por los que ya caminaban algunos invitados en
dirección a la carpa hermosamente decorada que se había levantado para la
celebración del banquete. Podía oír los acordes de la música mientras los
camareros recibían a los invitados con copas de champán. La boda se había
celebrado a primeras horas de la tarde, así que el sol empezaba a ponerse en el
horizonte, tiñendo el cielo de rosa.
Cuando
oscureciera un poco más, se encenderían las linternas colgadas de las ramas de
los árboles.
Era
una boda perfecta, tal y como él había imaginado que sería. Y en ese momento se
dio cuenta de una cosa: a pesar de no haber tenido opción, sabía que Isobel era
la mujer perfecta para él. Lo sentía en los huesos. Llevaba tres años
sintiéndolo.
En
la habitación, había sido incapaz de contenerse y la había estrechado en sus
brazos. Y había visto la forma como Isobel había presentado resistencia para
luego derretirse en sus brazos y besarle apasionadamente, como ninguna mujer
sin experiencia podía besar. Y eso le había hecho recuperar el sentido.
Isobel
sabía lo que se hacía. Pero él estaba acostumbrado a mujeres manipuladoras,
había estado con la más profesional: su antigua prometida.
Prácticamente,
Isobel había admitido no ser virgen; por lo tanto, esa supuesta timidez y la
facilidad que parecía tener para ruborizarse eran puro teatro, una artimaña
para hacerle perder el control y para tratar de dominarle.
¿Tenía
acaso trazado un plan para obligarle a buscar los brazos de otra mujer con el
fin de verse con la excusa perfecta para pedir el divorcio?
Su
boca endureció. No le permitiría salirse con la suya. Sería él quien triunfara
cuando Isobel estuviera debajo de su cuerpo, jadeante y suplicándole que la
poseyera.
Se
oyeron unos golpes en la puerta y, al volverse, se encontró con una Isobel de
aspecto más pálido y ligeramente rebelde en el umbral de la puerta.
–Juanita
me ha pedido que te dijera que el fotógrafo está fuera, esperando.
Dice
que se está yendo la luz...
Controlando
la súbita oleada de deseo, Rafael se dirigió hacia su esposa pensando que, una
vez que la hubiera domado, podrían disfrutar de una muy agradable vida juntos.
Capítulo
5
UNAS
horas más tarde, Isobel estaba agotada. Le dolía la cara de tanto sonreír y la
mano de estrecharla. Rafael había estado con ella en todo momento. Después de
la sesión de fotos con sus padres y su suegra, que había estado simpática con
ella, Rafael, sus padres y ella se habían reunido en el estudio de su marido
con los abogados de las partes interesadas.
Había
sido entonces cuando la sordidez de su matrimonio la había golpeado. Con
dureza.
Rafael
había entregado a sus padres un cheque con una cifra astronómica estampada en
él, y habían firmado un contrato que establecía que el trato estaba zanjado,
que se habían cumplido todos los términos y condiciones.
A
ella le había repugnado la falta de vergüenza y la avaricia que habían mostrado
sus padres. Sólo les importaba el dinero, no el hecho de que su hijo se hubiera
visto obligada a casarse sin amor. Se sentía completamente sola.
Y
distante.
Aún
no había asimilado el hecho de ser la copropietaria de la vasta propiedad de su
abuela. Ni tampoco que sus padres no iban a volver a pasar problemas
económicos. Ni que ahora estaba casada con un hombre por el que muchas mujeres
la habían mirado con rencor y celos durante la fiesta. Ella quería gritarles la
verdad, que su matrimonio era un fraude y que podían hacer con él lo que
quisieran. Sin embargo, lo cierto era que todas esas mujeres suponían que su
matrimonio era un matrimonio de conveniencia. La unión de dos grandes familias.
¿El
amor? A nadie le importaba eso.
En
ese momento, se le erizaron los pelillos de la nuca. Era una respuesta
extrasensorial a la proximidad de Rafael, que la había dejado sola unos
minutos. Le vio abriéndose paso entre la multitud acompañado de otro hombre
alto y moreno. Cuando estuvieron más cerca, fue cuando notó el parecido. Los
dos quitaban la respiración de guapos.
–Isobel,
quiero presentarte a Rico Christofides, mi hermano mayor.
Su
sorpresa fue inmensa. No tenía idea de que el famoso industrial griego fuera el
medio hermano de Rafael. Los dos se parecían en muchas cosas; sobre todo, en la
altura y la constitución física, pero Rafael tenía los ojos oscuros, mientras
que los de Rico eran grises. Y directos. Había algo insoportablemente duro en
los rasgos de su rostro, algo que la sorprendió; algo que, en comparación,
hacía parecer a Rafael incluso débil. Y no quería pensar que Rafael era débil.
El hombre sobre el que había leído mucho en los periódicos no tenía nada de
débil.
Le
ofreció la mano.
–Encantada
de conocerte.
–Lo
mismo digo –él le estrechó la mano y ella sólo sintió el frío e impersonal
gesto.
El
hermano de Rafael no le producía el mismo efecto cataclísmico. Casi sintió
desilusión, ya que había esperado que no sólo fuera Rafael quien la
desequilibrara.
–Unos
asuntos de negocios en Europa me han detenido, por eso no me ha dado tiempo a
llegar a la ceremonia –dijo Rico a modo de disculpa.
Rafael
se había acercado a ella, pegándose a su cuerpo. Automáticamente, ella se había
puesto tensa.
–Me
alegro de que hayas conseguido llegar al banquete. Rico lanzó una burlona
mirada a Rafael.
–Permitidme
que os felicite y os desee suerte, pero no esperéis que os invite pronto a mi
boda. A mí no se me pesca tan fácilmente.
Isobel
contuvo la ira tras la evidencia de la insufrible arrogancia de los miembros de
esa familia. Le dio un codazo a Rafael cuando éste fue a estrecharla contra sí
y luego sonrió dulcemente a Rico.
–Créeme,
después de hoy, yo tampoco quiero saber nada de bodas.
Rico
echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada. Después, sacudiendo la
cabeza, le dijo a Rafael:
–Creo
que has encontrado a tu igual, hermanito.
Su
madre apareció entonces para saludar a su hijo mayor y casi pudo palparse la
tensión entre los tres. Supuso que Rafael y Rico se llevaban bien y se
respetaban, aunque también parecía haber cierta fricción. No pudo evitar
preguntarse cuál sería la historia de esa familia, quién era el padre de Rico y
cuál era el motivo de que Rico no se hubiera hecho cargo del negocio de Romero.
Después
de unos minutos de conversación, la madre de Rafael se disculpó, alegando
cansancio, y se marchó. Muchos de los invitados ya se habían ido y Rico se
alejó para hablar con una deslumbrante mujer.
Rafael
le siguió la mirada y le dijo:
–De
ser tú, no le seguiría. Mi hermano tiene fama de mujeriego.
Isobel
lanzó un delicado gruñido y miró a Rafael, tratando de que su dinamismo no le
afectara. Pero ya se había quedado casi sin respiración.
–No
creo que tenga más fama que tú.
Rafael
se colocó frente a ella, le agarró una mano y se la llevó a los labios.
–Pero
ahora soy un hombre nuevo, un hombre felizmente casado que sólo tiene ojos para
su mujer.
Sabía
que no era verdad, pero no pudo evitar desear que sí lo fuera. Estaba tan
disgustada consigo misma por su reacción que apartó la mano bruscamente.
–Estoy
muy cansada. Creo que me voy a la cama. Rafael la miró fijamente.
–Y
yo.
El
pánico se apoderó de ella.
–Sola.
La
expresión de Rafael se endureció, sus ojos se hicieron negros. En ese momento,
Isobel se dio cuenta de que se había equivocado al pensar que Rafael era más
débil que su hermano. Podían ser gemelos.
–Eres
mi esposa, Isobel, y vamos a acostarnos juntos. Nuestro matrimonio va a ser un
matrimonio de verdad, tanto en la cama como fuera de ella. Y ahora...
¿vas
a despedirte de nuestros invitados y a salir de aquí con dignidad o prefieres
que te cargue sobre mis hombros y te lleve como un saco de patatas? La segunda
opción tiene un toque romántico y dará que hablar. En fin, tú decides.
Isobel
alzó la barbilla y miró a Rafael con una frialdad que no tenía nada que ver con
sus nervios.
–No
eres Tarzán, no tienes que llevarme a cuestas a ninguna parte.
–Es
una pena. Esperaba que me dieras una excusa para hacerlo.
En
cuestión de minutos, la había paseado por toda la carpa para despedirse de los
invitados que quedaban, incluido Rico, que ahora tenía a la hermosa mujer
aferrada
a él y mirándole como si le hubiera tocado la lotería. El brillo de avaricia de
sus ojos era inconfundible.
En
ese momento, Isobel se dio cuenta de cómo un hombre como Rafael podía hacerse
tan cínico. Y entonces, agarrándola de la mano con fuerza, Rafael la guió por
el jardín y la llevó a la casa.
Un
profundo pánico se apoderó de ella mientras se acercaban a las puertas del
dormitorio.
Rafael
abrió la puerta de sus aposentos. Después, se volvió hacia ella y la tomó en
sus brazos.
–¿Qué
haces?
Como
si no sintiera su peso, Rafael contestó:
–Cruzar
el umbral de la puerta contigo en los brazos.
Y
eso fue lo que hizo antes de dejarla en pie al otro lado de la puerta.
La
cama de Rafael era enorme y amenazante, a pocos metros de la puerta, que Rafael
cerró de un puntapié.
Isobel
retrocedió y se quedó mirando a Rafael mientras se desabrochaba la camisa y
enseñaba un bronceado pecho salpicado de un vello negro rizado. Alzó una mano y
dijo con voz ahogada por el miedo:
–Espera,
para...
Rafael
se quedó quieto, con las manos en un botón. Una intensa irritación se mezclaba
con su deseo. Lo único que podía ver era a Isobel, delante de él, pálida y con
los hombros desnudos, y la delicada curva del inicio de sus pechos que mostraba
el escote del vestido de novia. Algo llamó su atención y, al bajar la mirada,
vio que Isobel se estaba frotando las manos nerviosamente.
Respiró
hondo, sintiendo que la satisfacción de su deseo iba a retrasarse.
Sospechó
que su esposa estaba jugando con él.
–¿Qué
pasa, Isobel?
Vio
que la acostumbrada actitud envalentonada de ella había desaparecido. De
repente, Isobel le pareció muy joven. A pesar del maquillaje, le notó las
ojeras. Sintió un nudo en el estómago, pero lo ignoró. Isobel estaba haciendo
teatro, eso era todo. Estaba viendo si podía dominarle. Pero no iba a
permitirle que le notara lo mucho que la deseaba.
Isobel
se mordió el labio, le miró y apartó la mirada. Más preocupado que irritado
ahora, dijo:
–Isobel...
–Yo...
lo digo en serio, quiero dormir sola. Todo ha sido tan rápido... casi ni te he
visto desde que volvimos a Argentina. Hace apenas dos semanas yo estaba
viviendo en París. Y ahora... es demasiado.
Isobel
se obligó a mirarle. No podía hacer eso, no podía permitirle a Rafael que la
llevara a la cama de esa manera. Y por muchas razones; entre ellas, la forma
como respondía a Rafael, lo confusa que él la hacía sentirse, y la necesidad
que sentía de poder controlarse para soportarlo. No, en ese momento, no podía.
Le aterraba que Rafael la tocara y le quitara el sentido. Lo había hecho en la
iglesia con un beso. Y al volver a besarla en la habitación la había hecho
querer rendirse completamente.
Rafael
se limitó a mirarla con expresión ilegible. Por fin, soltó el aire que había
estado conteniendo y se pasó una mano por el cabello. La tensión era espesa.
–No
tengo la costumbre de forzar a las mujeres, Isobel, y no tengo intención de
hacerlo por primera vez con mi esposa. Si eso es lo que quieres, acuéstate en
tu cama.
Isabel
le miró asustada, no se fiaba de él. Rafael se metió las manos en los bolsillos
y se le movió un músculo de la mandíbula.
Sintiendo
que estaba perdiendo los estribos, Isobel retrocedió hasta la puerta que daba a
sus aposentos.
–Gracias.
Pero
cuando llegó a ella, se dio cuenta de que antes del banquete, al salir de ahí,
la había cerrado con llave. Ruborizándose, no le quedó más remedio que pasar
junto a Rafael para entrar por la puerta principal.
Mientras
caminaba, oyó la voz burlona de él:
–No
es necesario que cierres con llave, Isobel. Pronto me recibirás con los brazos
abiertos.
Isobel
tenía la mano en el pomo de la puerta y el corazón le golpeaba el pecho cuando
oyó a Rafael pronunciar su nombre. Con la espalda muy derecha, se puso tensa,
más aún al sentir la presencia de él a su espalda. El pánico la hizo
tambalearse. ¿Había cambiado de idea Rafael?
Comenzó
a darse la vuelta, para rogarle si era necesario, pero las palabras no salieron
de sus labios al sentir las manos de Rafael en la parte de arriba de la espalda
del vestido. No podía moverse.
–Me
parece que no vas a poder quitarte el vestido tú sola, deja que te ayude...
Sin
poder hablar y ardiendo, sintió las manos de Rafael en la cremallera,
bajándosela hasta rozarle la sensible zona justo encima de las nalgas. Aún
tenía una mano en el pomo de la puerta, con la otra se sujetó la parte
delantera del cuerpo del vestido. Logró emitir un sonido ahogado y abrió la
puerta.
Al
salir, oyó una suave y carcajada. Cerró la puerta de su habitación y se apoyó
en ella, sintiendo una extraña desazón en el bajo vientre. Era una desazón en
la que no quería pensar y que ignoró con decisión mientras se desnudaba y se
acostaba.
Se
despertó bruscamente, el sonido de una bandeja al lado de la cama. Se incorporó
hasta sentarse sin saber dónde estaba. Pronto lo recordó todo, al ver la amarga
expresión de Juanita, el ama de llaves, mientras descorría las cortinas y
dejaba entrar el sol en la habitación.
–Buenos
días –dijo Isobel débilmente.
Juanita
la ignoró y, al llegar a la puerta, se volvió.
–Su
marido está en el comedor. Esperándola.
Sin
más, Juanita se marchó. En la bandeja había llevado un vaso de zumo de naranja.
Decidió no ignorar a Rafael, no quería discutir con él.
Después
de una ducha rápida, se puso sus propios pantalones vaqueros y una gastada
camiseta. Bajó al comedor llevando la bandeja. Encontró el comedor al ver a
Juanita salir por una pesada puerta de madera de roble. El ama de llaves apenas
reconoció su presencia, sólo le agarró la bandeja y, con un gesto con la
cabeza, le indicó la puerta.
Isobel
entró y vio la impresionante espalda de Rafael. Se sentó a la derecha
de
él e ignoró el cosquilleo del estómago. De haber poseído más control, quizá
ahora fueran marido y mujer de verdad.
Rafael
estaba leyendo un periódico y bebiendo café. Isobel evitó sus ojos y se colocó
la servilleta en el regazo.
–Buenos
días –dijo ella mientras agarraba un cruasán . Creo que no le caigo bien a tu
ama de llaves.
–Tonterías.
En el fondo, es muy romántica y no creo que se haya hecho ilusiones respecto a
nuestro matrimonio.
Evidentemente,
Rafael se estaba refiriendo a haber dormido en camas separadas la noche
anterior. Entonces, volvió a centrar su atención en el periódico, dejándola a
solas con sus contradicciones. Ella mordió el cruasán y lo masticó sin
saborearlo.
Después
de un par de minutos de silencio, Rafael dejó el periódico y clavó esos oscuros
ojos en ella, haciéndola ruborizar.
–Sabía
que debería haberle pedido a Juanita que tirara tu ropa.
Isobel
abrió la boca para protestar, pero no logró decir nada. Rafael continuó:
–Nos
vamos de luna de miel dentro de dos horas. Le diré a Juanita que haga tu
equipaje. Ya te lo he dicho, Isobel, no quiero que me dejes en ridículo ni que
nuestro matrimonio sea el hazmerreír de todo el mundo.
–¿Luna
de miel? –preguntó ella con temor, conjurando imágenes de playas desiertas y
enormes casas de campo... y ellos dos solos.
–No
te preocupes, no soy lo suficientemente masoquista para que acabemos los dos
solos en una isla desierta. Me ha parecido que te gustaría ver la estancia
Paraíso y a mí no me vendría mal echarle un ojo para ver cómo van las cosas.
Hace un par de meses que no me paso por ahí.
¿Qué
podía decir ella? Le encantaría ver la estancia.
–Sí,
por supuesto. Me parece bien, me gustaría ir.
Pensó
en sus abuelos y le invadió la nostalgia, lo que la hizo clavar los ojos en el
plato. Rafael la había sorprendido. No se le había ocurrido que él pudiera
haberla estado esperando. Sus propios padres siempre se habían mostrado
distantes el uno con el otro, casi nunca hacían cosas juntos, a excepción de
cenas formales y asistir como pareja a acontecimientos sociales.
Después
de unos minutos, Rafael se disculpó y fue arreglar sus cosas antes de
marcharse, dejándola ahí. Ella, moviéndose automáticamente, se levantó de la
mesa y empezó a recogerla. Pero Juanita entró y la detuvo.
–No
es preciso que se moleste con eso –dijo Juanita.
–De
acuerdo –contestó Isobel con firmeza–. Pero tampoco es preciso que me haga el
equipaje, Juanita. Puedo hacerlo yo misma.
La
mujer asintió y se puso a recoger.
Isobel
subió a su habitación, se quedó mirando su ropa, pero recordó la amenaza de
Rafael de vestirla él mismo. Tembló y, con desgana, metió su ropa en el
armario. Con sorpresa, se dio cuenta de que la mayoría de la ropa nueva se
ajustaba bastante a su gusto.
Mientras
se preguntaba si Rafael habría ayudado a elegir esa ropa, se puso unos
pantalones cómodos y una camiseta clásica de color blanco. Como estaban en
Buenos Aires, en mitad del invierno, hacía fresco, aunque no podía compararse
con Europa.
Al
bajar con su bolsa, un hombre mayor y sonriente se la llevó a un lujoso Range
Rover. Ella salió fuera y respiró profundamente, y entonces vio algo que el día
anterior había llamado su interés: los coches antiguos a un lado de la
explanada.
Se
acercó y el pulso se le aceleró al fijarse en uno en particular. Lo rodeó y lo
tocó con reverencia.
–Es
un Bugatti de mil novecientos cincuenta y uno.
Isobel
dio un sobresalto. ¿Cómo había hecho eso Rafael? ¿Cómo se le había acercado sin
que ella lo notara? Le miró y notó que iba vestido con unos vaqueros y una
camiseta. El corazón le golpeó el pecho y, esta vez, no tenía nada que ver con
el coche. Desvió la mirada.
–Lo
sé. Sólo hay ocho coches así en el mundo –y cada uno de ellos valía una
auténtica fortuna.
Rafael
arqueó las cejas.
–Me
dejas impresionado. ¿Te gustan los coches antiguos? Isobel asintió.
–Lo
heredé de mi abuelo, a él le volvían loco. Le gustaba éste en particular, me lo
enseñaba siempre que aparecía en alguna revista –Isobel sonrió–. A los doce
años, le prometí que algún día, cuando fuera mayor, ganaría el dinero
suficiente para comprarme uno.
–Parece
que tu abuelo era un hombre interesante.
–Lo
era.
–Bueno,
será mejor que nos pongamos en marcha ya. Son cuatro horas de viaje y quiero
llegar antes de que anochezca.
Mientras
Rafael sorteaba el tráfico de la ciudad de Buenos Aires, a Isobel le sorprendió
la pregunta que él, de repente, le hizo:
–¿Dónde
aprendiste a bailar el tango?
Ella
le lanzó una fugaz mirada, pero Rafael miraba hacia delante. Por fin, contestó:
–Mis
abuelos me querían mucho. Mi abuela empezó a enseñarme a bailar el tango cuando
yo era muy pequeña y, después de morir, era mi abuelo quien solía bailar
conmigo –entonces, le miró con curiosidad–. En París me comentaste que tu
abuela os llevó a tu hermano y a ti a las milongas, ¿no?
Rafael
la miró de soslayo y sonrió, y la sonrisa la hizo contener la respiración.
–Sí,
le encantaban... a pesar de que, cuando ella era joven, el tango no se
consideraba apropiado para la gente de su clase. Solía llevarnos y hacer que
sus amigos nos enseñaran a bailar.
Isobel
asintió.
–A
mis abuelos les pasó lo mismo, pero solían bailar cuando estaban solos.
¿Así
que es así como aprendiste el estilo milonguero viejo, igual que mi abuelo?
Rafael
asintió.
Isobel
se recostó en el respaldo del asiento. Estaba bajando la guardia, a pesar de
que, en parte, no podía creer que le fuera tan fácil hablar así con Rafael.
–Solía
observarles cuando bailaban. Me parecía lo más maravilloso del mundo –sonrió
débilmente–. Me sentía una mirona, era como espiar algo
increíblemente
íntimo.
Un
cínico humor tiñó la voz de Rafael cuando dijo:
–Donde
tú veías vallas pintadas de blanco, rosas al lado de la puerta y verdadero
amor, yo veía un modo de impresionar a las chicas guapas. Eres realmente
romántica, ¿verdad, Isobel?
Isobel
le lanzó una rápida mirada y se cruzó de brazos. Luego, volvió el rostro y
cerró los ojos...
Se
despertó cuando él la movió suavemente y pronunció su nombre con una seductora
y ronca voz.
–Isobel,
despierta. Ya hemos llegado.
Isobel
se incorporó en el asiento. Se sentía vulnerable por haberse quedado dormida al
lado de él. Se pasó una mano por el cabello, sintiéndose desorientada.
–¿He
estado dormida durante todo el camino?
Rafael
asintió mientras la contemplaba con intensidad.
–Más
o menos. Te has dormido cuando salíamos de Buenos Aires.
–Lo
siento. Tú también debes de estar cansado. Rafael arqueó las cejas con
expresión incrédula.
–¿Te
preocupas por mí, Isobel?
Por
suerte, unas personas se aproximaron al coche y Rafael se volvió hacia ellos.
Un hombre sonriente le abrió la puerta y ella salió, devolviéndole la sonrisa.
Fue
entonces cuando se dio cuenta de dónde estaban y de que estaba respirando aire
puro. Rafael pidió que les llevaran las maletas a la casa.
Rafael
se colocó a su lado y miró en la dirección en la que ella había clavado los
ojos.
–Estamos
al pie de las Sierras Chicas. Te acuerdas, ¿verdad? Isobel sacudió la cabeza.
–Casi
no me acuerdo. Sólo vine aquí un par de veces de pequeña. Creo que a mi madre
le parecía que esto estaba demasiado lejos de Buenos Aires. Luego, mi abuela
murió, cuando yo tenía seis años, y no volví nunca –miró a Rafael–. Debió de
ser entonces cuando mi abuelo vendió la propiedad.
Rafael
asintió.
–Fue
un par de años después de eso.
Evitando
mirar a Rafael, Isobel giró sobre sus talones y contempló la sencilla belleza y
elegancia de la estancia, con sus muros color crema y el tejado de teja. Era
una casa de una sola planta de estilo colonial, unas columnas le conferían
cierto aire de grandeza.
–Es
de mil ochocientos treinta y tantos, pero se le han añadido extensiones a lo
largo de los años –Rafael señaló una que parecía bastante distinta al resto,
pero que curiosamente encajaba bien–. Esa parte es de estilo neoclásico
italiano, quizá de finales del siglo XIX.
–Es
preciosa –murmuró ella con voz ronca–. Se me había olvidado lo bonita que es.
El
terreno que rodeaba la casa era verde y frondoso. Isobel pudo ver lo que
parecía un lago rodeado de árboles, hacia la parte posterior de la estancia. De
repente, una oleada de tristeza la invadió al pensar en los años que habían
perdido aquello. No le extrañaba que su abuelo hubiera querido recuperar la
propiedad, perderla debía haberle llevado al borde de la desesperación.
–Y
ahora esto es tan tuyo como mío.
Isobel
guardó silencio. La realidad la sobrecogió. Por suerte, Rafael no pareció
esperar una respuesta y comenzó a caminar hacia la casa. Ella le siguió.
–Ven,
te enseñaré la casa.
Una
hora más tarde, cuando Rafael la llevó al impresionante salón, la cabeza aún le
daba vueltas. Dos suites individuales, un comedor digno de reyes... y una
cocina que muchos hoteles de cinco estrellas envidiarían. Un salón formal y uno
más informal con televisor, equipo de sonido y estanterías llenas de libros.
Sin
ser consciente del conflicto interno de ella, Rafael salió fuera otra vez. Ella
le siguió hasta el coche y subió a él cuando Rafael le sostuvo la puerta.
Fueron por un camino de tierra oculto entre la maleza y salieron a una
explanada donde esperaba un helicóptero.
Isobel
temía no poder asimilar nada más, pero Rafael ya le había abierto la portezuela
del coche y esperaba a que saliera mientras las hélices del helicóptero se
ponían en marcha.
–Me
ha parecido la mejor manera de que te hagas una idea de lo que es esta
propiedad. Tenemos tiempo antes de que se haga de noche.
Al
poco, estaba en el helicóptero, elevándose. Era la primera vez que ella iba en
helicóptero y se aferró a los brazos del asiento. Se comunicaba con Rafael vía
cascos y micrófono, y mientras sobrevolaban la propiedad de cincuenta mil
hectáreas, él le señaló la zona para jugar al polo y los establos, la región
donde estaba el ganado y la zona dedicada al cultivo agrícola. Aquello no
parecía tener fin.
Isobel
sintió náuseas.
–¿Te
pasa algo? –le preguntó Rafael.
Isobel
sacudió la cabeza. Rafael hizo una señal al piloto y éste giró el helicóptero y
comenzó el camino de regreso. Tan pronto como aterrizaron, Isobel salió del
aparato dando traspiés.
Rafael
la sujetó y la levantó en sus brazos.
–¿Qué
te ocurre?
Isobel
tenía miedo de hablar por si vomitaba al hacerlo. Respiró hondo varias veces,
sintiéndose mareada y sudorosa.
–Es...
es demasiado.
La
diferencia entre la sencilla vida que había llevado en París y aquélla le
resultaba difícil de asimilar.
Cuando
Isobel salió de su habitación al cabo de un rato, sentía un nudo en el
estómago. Por suerte, una mujer la había conducido a su propia habitación, por
lo que parecía que no se esperaba de ella que estuviera en la misma que Rafael.
No obstante, no logró sentirse mejor.
La
mujer volvió a aparecer y, con timidez, la condujo a una terraza en la parte
posterior de la casa. Llevaba unos pantalones de estilo suelto y una blusa del
mismo estilo. Se sentía tapada y segura, no era consciente de la forma
provocativa como aquella ropa le caía por el cuerpo.
Se
estremeció al ver a Rafael con las manos en los bolsillos y la mirada en el
hermoso lago al fondo de la zona de césped. De repente, se dio cuenta de que,
en aquel hermoso lugar, ella no era más que un trofeo que iba a reunirse con su
poderoso y rico marido para tomar unas copas antes de la cena y vestida para
agradarle
a él.
La
escena le recordaba tantas otras que había presenciado durante la adolescencia
que casi sintió náuseas, porque sabía que todo era una fachada.
Rafael
se volvió y las vio.
–¿Una
copa? Isobel asintió.
–Agua
mineral con gas, gracias –¿qué tenía ese hombre que le impresionaba tanto?
Aceptó
el vaso con cuidado de no rozarle, bebió un sorbo y se colocó en un lugar desde
el que ella también podía ver el lago. La náusea pareció volver. Le dio frío.
Ahora veía lo fácil que le había resultado todo a Rafael. Él había decidido que
quería una esposa apropiada y el acuerdo había dictado que tenía que ser ella.
Rafael estaba contento porque había logrado la respetabilidad y estabilidad que
necesitaba. Pero ella... no tenía nada, ninguna de las cosas que le habían
ilusionado.
Notó
que Rafael la estaba mirando; entonces, él dijo con voz tensa:
–No
sería tan terrible sonreír, Isobel. Al fin y al cabo, eres la feliz esposa.
–¿De
qué serviría? –preguntó ella con voz quebrada, y se volvió para mirarle–. Es
decir, ¿qué sentido tiene? Aquí nadie nos ve. En Buenos Aires era necesario,
pero... ¿aquí?
Se
estaba poniendo muy nerviosa y los ojos de Rafael brillaron peligrosamente.
–Me
importa a mí, Isobel. Me importa nuestro matrimonio. Creo que puede funcionar,
que podemos acoplarnos el uno al otro, pero no lo conseguiremos si tú te
empeñas en comportarte como si estuvieras en un funeral. Ahora, ésta es tu
vida. Tienes que hacerte a la idea.
Rafael
miró a la mujer que estaba a su lado y el deseo le invadió, endureciéndole el
cuerpo. Isobel parecía un elfo, toda ella miembros estilizados y luces y
sombras. Estaba muy tensa. Le sorprendía lo fácil que le resultaba interpretar
hasta el mínimo gesto de ella cuando ninguna otra mujer había provocado esa
habilidad en él. Ni siquiera Ana, la única mujer de la que creía haber estado
enamorado. Sus labios formaron una dura línea al pensar en cómo le había
humillado su antigua prometida.
–Yo
nunca he pedido nada de esto –dijo Isobel con voz débil. Rafael apretó la
mandíbula.
–Yo
tampoco, ¿o es que no te habías dado cuenta?
Isobel
volvió a sentir una náusea. Claro que Rafael no se habría casado con ella de
haber tenido elección, por bien que le hubieran salido a él las cosas. De
repente, no sintió consuelo al pensar en la posibilidad de que a Rafael le
gustara tan poco como a ella encontrarse en esa situación.
Isobel,
con manos temblorosas, dejó el vaso de agua.
–Podrías
divorciarte de mí, Rafael. No quieres estar casado conmigo. No me amas.
Rafael
le agarró la muñeca y tiró de ella hacia sí.
–Naturalmente
que no te amo. Esto no tiene nada que ver con el amor. Y te equivocas, me
alegro de que seas mi esposa. Ya te lo he dicho en alguna otra ocasión, no
vamos a divorciarnos. Así que, si has trazado algún plan para librarte de mí,
olvídalo. ¿Acaso crees que, si juegas conmigo, si me excitas y luego, en el
último
momento, me rechazas, voy a ir a buscar refugio en los brazos de otra mujer y
así darte oportunidad y excusa para pedir el divorcio?
Isobel
sintió una gran confusión, y no comprendió tampoco el dolor que le produjo
pensar en Rafael en los brazos de otra mujer.
–¿Qué
dices?
Los
labios de Rafael eran una firme línea.
–Digo
que veo en tus ojos que me deseas. Pero alegas que necesitas tiempo... como si
no supieras lo que haces. No tienes poder sobre mí, Isobel, no vas a dominarme.
Ninguna mujer lo tiene. La única razón por la que he cedido es porque he
querido. Los dos sabemos que la pasión te consumirá en el momento en que te
toque.
Isobel
se apartó de él, dándose cuenta de que estaban muy cerca. Pero Rafael no la
soltó y ella guardó silencio, no podía hablar, estaba como hechizada.
¿A
qué se había referido Rafael? Jamás se le ocurriría jugar con un hombre. De
nuevo, los ojos de Rafael la mantuvieron cautiva.
–Ha
llegado el momento de que te olvides de los sueños románticos, Isobel. Yo soy
el único hombre con el que vas a casarte, así que emplea tu energía conmigo.
¿Es que se te ha olvidado que sin nuestro matrimonio tus padres se enfrentarían
a la ruina y al ostracismo social?
Esas
palabras se le clavaron como un puñal. Entonces, por fin, se zafó de él y le
lanzó una colérica mirada.
–Jamás
me poseerás de verdad, Rafael. Me enfermas. Siempre has tenido lo que has
querido, todo el mundo te lo ha dado. Odio lo que representas... ¡Te odio!
Crees que con sólo chasquear los dedos lograrás lo que deseas. Pues bien, jamás
me enamoraré de alguien como tú. En cuanto a jugar contigo e intentar
dominarte...
Un
brutal beso la silenció. Los brazos de Rafael la rodearon y la estrecharon con
fuerza, dejándola sin la posibilidad de movimiento alguno. Despacio, empezó a
reaccionar al contacto con él. Trató de permanecer tensa, de no responder, pero
le resultó imposible. Sobre todo, cuando la boca de Rafael se suavizó,
seduciéndola...
De
repente, él era lo único que quería en ese momento. Su mundo se redujo a
Rafael.
Rafael
le estaba acariciando el pelo, el cuerpo... deslizó una mano por debajo de la
blusa y le tocó la piel desnuda justo encima de la cinturilla de los
pantalones. Los pezones se le erizaron, se le hincharon, suplicantes... Respiró
trabajosamente junto a la boca de él.
Por
fin, una mano de Rafael le cubrió un pecho y después, casi con brusquedad, se
lo sacó de la copa del sujetador para pellizcar el pezón. Ella separó la boca
de la de él para tomar aire y, entonces, rodeó el cuello de Rafael con los
brazos, sin saber lo que hacía.
Sólo
sabía que la sangre le hervía y que él era la única persona que podía calmarla.
Rafael
bajó un brazo, le agarró una pierna y se la subió para colocarla alrededor de
su cuerpo, para que ella pudiera sentir el pulsante calor de su erección. Tenía
la otra mano en el pecho de ella, acariciándolo, excitándolo...
Fue
entonces cuando la realidad golpeó a Isobel. Se dio cuenta de lo mucho que le
deseaba y de lo fácil que a Rafael le había resultado seducirla.
Todo
lo que Rafael le había dicho era verdad. Ella era débil. No tenía control sobre
él. Inmediatamente, comenzó a luchar, más cuando vio la expresión triunfal de
Rafael.
Rafael
le soltó la pierna y, con vergüenza, ella vio que apenas podía sostenerse.
Rafael
volvió a agarrar su copa y vació el vaso de un trago.
–Creo
que te lo he demostrado, Isobel. La única razón por la que ahora mismo no
estamos tumbados juntos es porque yo no lo he querido así. No controlas la
situación. Y la próxima vez que te pongas a jugar conmigo, no voy a detenerme.
Isobel
abrió la boca para protestar, pero en ese momento oyeron una tos discreta. Al
volverse, vieron a un hombre uniformado que les dijo:
–Señor
y señora Romero, la cena está servida en el comedor.
Capítulo
6
ESTÁS
equivocada.
Isobel
levantó los ojos del plato. Aún estaba asqueada, pero era consigo misma por ser
tan sumamente débil.
Rafael
no la estaba mirando. Sostenía una copa de vino y tenía los ojos fijos en sus
rojas profundidades.
–Aunque
no puedo negar que tuve una vida privilegiada, fue bastante parecida a la
tuya...
Isobel
parpadeó. Se lo merecía. Ella también venía de buena familia.
–Rafael,
yo... Ignorándola, él continuó:
–Mi
padre, sin embargo, jugaba en la bolsa y un par de veces lo perdió casi todo,
aunque lo recuperó en veinticuatro horas. En una de esas ocasiones fue por
hacerle caso a tu abuelo. Y como mi padre era rencoroso, decidió vengarse; de
ahí el trato respecto a la estancia. Creo que trastornó algo a mi madre. Pero
así fue como mi hermano y yo aprendimos lo efímera que es la riqueza y lo fácil
que es perder todo lo que tienes.
A
Isobel le sorprendió oír aquello.
–¿Qué
fue del padre de Rico?
Rafael
bebió un sorbo de vino y la miró. Él tenía los ojos muy oscuros y duros, y
parecieron penetrarla. Pero sin emoción.
–El
padre de mi hermano era un magnate griego. Sedujo a nuestra madre y, cuando
ella se quedó embarazada, él desapareció, volvió a Europa, y no quiso casarse
con ella. Para salvar su reputación, se amañó el matrimonio de mi padre con mi
madre. La familia de mi padre necesitaba estatus social y la de mi madre
necesitaba casar a mi madre para que no tuviera un hijo soltera.
Rafael
tensó la mandíbula antes de proseguir:
–Sin
embargo, cuando Rico nació, se vio claramente que no podía ser hijo de mi
padre, no se parecía en nada a él. Mi padre no pudo soportarlo y le dio por
pegar a mi hermano. Y luego, cuando yo nací, también le dio por pegarme; creo
que creía que yo también podía ser ilegítimo. Cuando Rico cumplió los dieciséis
años, le pegó con una correa; pero le pegó con tal fuerza que hizo que Rico se
volviera contra él. Rico le dijo que, si volvía a ponerle la mano encima, le
mataría. Rico se marchó ese mismo día de casa, se fue a Europa a buscar a su
padre.
Isobel
lanzó un gemido.
–Pero
tú debías de tener...
–Doce
años. Mi padre no volvió a tocarme después de ese día. Isobel sintió
remordimiento.
–Rafael,
siento haber dicho lo que he dicho. No tenía motivo para suponer...
–Te
estoy contando esto porque estamos casados y debes saber estas cosas, pero no
quiero volver a hablar de ellas nunca más.
Isobel
se mordió el labio y, apresuradamente, dijo:
–¿No
te parece imposible que seas feliz casándote por conveniencia después de lo que
pasó con tus padres?
Rafael
censuró sus palabras con la mirada, pero ella no se amedrentó. Era su esposa y
tenía derecho a saber.
–Me
conformo con un matrimonio de conveniencia precisamente porque
hace
mucho tiempo me di cuenta de que no debía buscar amor en el matrimonio. La
única clase de matrimonio que quiero es ésta. Los dos sabemos cuál es nuestro
sitio, los sentimientos no van a perturbar nuestro entendimiento. Nuestra unión
se basará en el respeto mutuo.
Los
ojos de él la mantuvieron cautiva.
–Y
en el deseo –añadió Rafael.
Isobel
se dio cuenta de por dónde iba Rafael. La próxima vez que la acariciara no iba
a parar, por mucho que ella negara lo que su cuerpo clamaba a gritos.
Al
día siguiente por la tarde, Rafael esperaba a Isobel en el cuarto de estar para
que bajara a cenar. Bebió un sorbo de whisky y le deleitó la aterciopelada
suavidad del líquido bajándole por la garganta.
La
noche anterior le había dejado un amargo sabor de boca, que ese día no había
conseguido eliminar. No había logrado quitarse a Isobel de la cabeza y mucho
menos la vulnerabilidad que había visto en su mirada mientras le había hablado
de su familia. Hizo una mueca. ¿A quién quería engañar? Era él quien no tenía
control. En el momento en que la tenía cerca, se volvía un animal, y le
frustraba enormemente que ella le rechazara.
No
lograba comprender por qué le había contado algo que, hasta ese momento, sólo
lo habían sabido su padre, su hermano y él. Ni tampoco había esperado la
comprensión que había visto en los ojos de Isobel. Tanto que le había hecho
decirle que jamás volverían a hablar de ello.
La
noche anterior le había echado a Isobel en cara ser una romántica.
¿Cómo
era posible que Isobel quisiera algo que no existía? ¿Amor? Eso era ridículo,
el amor no existía.
De
su padre había aprendido una cosa: no esperar nunca amor ni apoyo. Sin embargo,
estúpidamente había bajado la guardia y se había mostrado vulnerable con Ana
Pérez, creyendo sus mentiras y en su supuesto amor. Pero Ana sólo había sentido
amor por su dinero y su estatus social. Y él jamás volvería a dejarse engañar.
Ahora estaba protegido, le protegía ese matrimonio.
Oyó
un ruido a sus espaldas y trató de relajarse. Se dio la vuelta. Isobel estaba
en el umbral de la puerta y, en el momento de verla, la sangre le hirvió en las
venas.
Pero
se limitó a sonreír educadamente y vio las mejillas de ella enrojecer.
Con
un gesto, le indicó que entrara.
–¿Algo
de beber?
Isobel
se adentró en la estancia y le entraron sudores, literalmente. De forma
instintiva, se había puesto una falda de seda que no le sentaba especialmente
bien, se había abrochado la blusa hasta el cuello y ahora se sentía ridícula.
¡Como si la ropa pudiera protegerla de ese hombre!
Isobel
asintió.
–Agua,
gracias.
Antes
de darle el vaso de agua, Rafael le agarró la mano y ella dio un respingo. Le
miró con aprensión. Los ojos de él estaban muy oscuros.
–Hagamos
las paces. Intentemos llevarnos bien. Démonos una oportunidad.
Yo
te estoy dejando tranquila...
Los
ojos de Rafael se posaron en su cuerpo y, mortificada, sintió hincharse sus
pechos, erguirse sus pezones...
–Pero
te lo advierto, si vuelves a presentarte delante de mí vestida así, lo primero
que haré es desnudarte y volverte a vestir. Este tipo de ropa hace que me den
ganas de descubrir los secretos de tu delicioso cuerpo aún más si cabe.
Isobel
sintió un calor insoportable y temió sucumbir. Liberó la mano con un esfuerzo y
asintió con gesto brusco.
–Está
bien. Haremos las paces –levantó la barbilla–. Y no sé por qué no te gusta esta
ropa, no tiene nada de malo. Era parte del... ajuar.
Rafael
lanzó un gruñido.
–En
ese caso, haré que despidan a la que lo eligió. Isobel, te lo advierto, no te
excedas. Estoy dispuesto a darte tiempo, pero mi paciencia no es infinita –por
fin, Rafael le dio el vaso con agua y alzó el suyo–. Por nosotros, por un largo
y fructífero matrimonio.
Con
desgana, Isobel alzó su vaso, lo chocó con el de él y bebió sin ahogarse.
A la
mañana siguiente, durante el desayuno, Isobel estaba cansada después de una
noche casi en vela. Rafael, sin embargo, estaba más fresco que una rosa.
–He
pensado que quizá quieras acompañarme hoy, tengo que echar un vistazo por la
propiedad. Podríamos ir a caballo.
Isobel
empalideció al pensar en la enormidad de la propiedad y, al dejar la taza de
café, casi se le cayó. Entonces, lanzó una rápida mirada a Rafael.
–No
sé si estoy...
Pero
él la interrumpió:
–Tendrás
que hacerte a la idea alguna vez. Siento haberte exigido demasiado el primer
día durante el viaje en helicóptero, me di cuenta de que tuvo que ser excesivo
para ti. Pero quizá, a caballo, sea más fácil. Poco a poco.
Por
una parte, Isobel quería conocer la estancia, pero... ¿un día entero en
compañía de Rafael? Ya había logrado evitarle la mayor parte del día anterior.
Pero ahora... no se le ocurrió ninguna excusa.
–Está
bien. De acuerdo, podría estar bien.
Un
par de horas más tarde, sobre el lomo de un enorme caballo, con un ancho
sombrero de gaucho cubriéndole la cabeza y siguiendo a Rafael, ese
«podría
estar bien» se había quedado muy corto.
Isobel
no podía contener una sensación parecida a la felicidad, algo que le hinchaba
el pecho. Y orgullo de saber que todo lo que podía verse había pertenecido a su
abuela y ahora volvía a ser propiedad suya.
De
repente, la vida en París se le antojó muy lejana.
Pertenecía
a ese lugar. Llevaba esa tierra en las venas. Lo supo con desconcertante
intensidad. Y, hasta ese momento, nunca había sentido algo así.
Estaba
en medio de la pampa y las Sierras Chicas se elevaban en la distancia. Se le
hizo un nudo en la garganta.
Justo
en ese momento, Rafael detuvo a su caballo y volvió la cabeza. Unos gastados
pantalones vaqueros le ceñían las piernas. Ella tiró de las riendas. Había
estado evitando mirar a Rafael, era demasiado sensual encima de una silla de
montar.
Rafael
sonrió.
–¿Quieres
galopar un rato?
Isobel
se limitó a asentir, incapaz de hablar, e imitó a Rafael, que primero llevó al
caballo al trote para instarle a que fuera más y más de prisa, hasta hacerle
galopar. Ella no se quedó atrás y acabó cortando el viento como una bala. Era
excitante. Hacía años que no montaba así a caballo. Incluso adelantó a Rafael
y, sin poder evitarlo, echó a reír. Pero, por supuesto, Rafael no le permitió
llevarle la delantera durante mucho tiempo y, sin esfuerzo, le dio alcance.
Después,
agarró las riendas del caballo de ella y, poco a poco, hizo que ambos animales
aminoraran la velocidad hasta ir al paso.
Cuando
Isobel recuperó la respiración, vio unas construcciones. Rafael le explicó que
eran los terrenos dedicados al entrenamiento de caballos para el polo. Un
jinete se acercó a saludarles y Rafael se lo presentó. Era Miguel Cortez, el
jefe de los entrenadores.
Aquella
tarde, cuando el sol empezó a ocultarse por el horizonte, a Isobel le daba
vueltas la cabeza, pero no se encontraba mal, como el primer día. Estaba
saturada de información. Se había enterado de que allí se celebraban dos
acontecimientos internacionales de polo al año. También había visto los planos
que Rafael le había enseñado del proyecto de expansión de aquellos terrenos.
Esa
propiedad no sólo tenía los terrenos de polo, también tenía ganado y tierras de
cultivo.
Sacudió
la cabeza tratando de asimilar todo con los ojos perdidos en la lejanía. Sintió
a Rafael acercándose hasta detenerse a su lado, y su cuerpo respondió. Evitó
mirarle; en ese ambiente, sin la sofisticación de la ciudad, era demasiado
atractivo. En ese momento, no encajaba en absoluto con la imagen de él que ella
se había hecho en la cabeza: un cruel y frío hombre de negocios sin escrúpulos
que se había casado como si eso fuera un negocio más. ¿Acaso no le había dicho
que estaba contento de haberse casado con ella? ¿Cómo iba ella a luchar contra
eso?
Se
sentía increíblemente confusa. Rafael se le antojaba como un camaleón. La pura
felicidad que había sentido aquella tarde la hacía más vulnerable,
era
como si se hubiera traicionado a sí misma.
–Gracias
por haberme enseñado todo esto –le dijo con voz ronca.
–Como
ya te he dicho en más de una ocasión, la mitad es tuyo, Isobel. He pedido que
traigan el helicóptero para volver a la casa. Mañana te enseñaré el resto de la
propiedad, y mañana por la noche vamos a hacer una barbacoa para que conozcas a
todos.
Isobel
asintió.
A la
tarde siguiente, de vuelta en la casa, Isobel hizo una mueca cuando salió de la
bañera del cuarto de baño de su suite. Le dolía todo el cuerpo después de dos
días de montar a caballo, pero estaba tranquila y satisfecha. Prefería no
pensar demasiado en Rafael y en la paciencia que había mostrado con ella al
enseñarle todo y explicarle cómo funcionaba.
Se
miró al espejo. Se había vestido con unos vaqueros y una blusa de seda. Con el
fin de no provocar la ira de Rafael, había dejado unos botones superiores
sin
abrochar. Aún tenía el cabello húmedo, pero se le secaría en cuestión de
minutos.
Salió
de la habitación y se topó con un muro de músculos. Sintió los brazos de Rafael
sujetándola. Levantó los ojos y no pudo moverse. Contuvo la respiración.
–Venía
a buscarte.
–Sé
dónde es la barbacoa, Rafael.
«Por
favor, apártate de mí, suéltame», suplicó en silencio. Rafael se echó hacia
atrás, pero ella no se sintió más segura.
–Todos
los empleados van a asistir a la barbacoa. ¿Crees que podríamos parecer unidos
aunque sólo sea por esta noche?
Isobel
se encogió de hombros, tenía mucho calor.
–Por
supuesto. Quiero decir que... que lo estamos. Rafael sacudió la cabeza y se
cruzó de brazos.
–No,
no lo estamos. Cada vez que me acerco a ti te sobresaltas, y es mucho peor
cuando te toco. Se supone que estamos de luna de miel, levantándonos cada
mañana con las sábanas retorcidas, las piernas y los brazos entrelazados y
nuestra pasión saciada.
Isobel
alzó una mano como si así pudiera detener el flujo de imágenes eróticas que
acudieron a su mente.
–Está
bien, como quieras. Fingiremos. Rafael sonrió.
–Bien
–entonces, le tomó la mano y ella hizo un esfuerzo por no dar un salto–. No
creo que sea tan difícil.
Al
día siguiente, Isobel estaba junto al Range Rover esperando a Rafael para
volver a Buenos Aires. Cerró los ojos casi con desesperación. La situación
escapaba a su control. La noche anterior no había logrado pegar ojo, el cuerpo
entero le picaba después de pasar la tarde entera pegada a Rafael, o agarrados
de la mano o con el brazo de Rafael alrededor de la cintura, abrazándola,
aplastándole los senos contra su pecho.
Se
encontraba en un estado permanente de excitación sexual.
En
ese momento, aquel hombre insufrible estaba caminando hacia el coche y ella
tuvo que recurrir a todo tipo de mecanismos de defensa con el fin de ser capaz
de mirarle a los ojos. Pero cuando Rafael se metió en el coche, sacó el
teléfono móvil y dijo:
–Perdona,
tengo que hacer una llamada.
Isobel
no prestó demasiada atención a la conversación, aunque se dio cuenta de que
Rafael hablaba con su secretaria en Buenos Aires. Se trataba de un negocio en
Estados Unidos y eso la hizo recordar la crueldad de él en los negocios. Se le
había olvidado.
Cuando
Rafael terminó de hablar, cortó la comunicación y dijo:
–Perdona.
Isobel
sacudió la cabeza.
–No
te preocupes. Llevas fuera una semana, supongo que tienes muchas cosas
pendientes.
Sintió
a Rafael lanzarle una mirada de soslayo y vio que él se fijaba en la
caja
de madera de palo de rosa que tenía encima de las piernas.
–¿Qué
es eso?
Isobel
agarró la caja con fuerza, como si quisiera protegerla.
–El
ama de llaves me ha dicho que era de mi abuela. Hay algo dentro de la caja,
pero no tenemos la llave. Por eso voy a llevarla a Buenos Aires, para abrirla
allí –dijo ella en tono claramente defensivo.
–Isobel,
no te preocupes, sé que es tuya, que era de tu abuela. Puedes hacer lo que
quieras con ella.
Al
instante, Isobel se sintió infantil. Ese hombre parecía sacarle lo peor de sí
misma, lo más primitivo.
–Gracias.
Una
de mis ayudantes se pasará por aquí hoy por la mañana con algunas tarjetas de
crédito e información bancaria.
Rafael
estaba acabándose el café, preparándose para ir a trabajar. Se encontraban
desayunando en el comedor informal de la casa, y a ella Buenos Aires le pareció
demasiado ajetreado, duro y ruidoso. Añoraba la tranquilidad de la estancia
Paraíso.
Rafael
distaba mucho de ser el hombre tranquilo con el que había pasado una semana.
Iba con un inmaculado traje de chaqueta, camisa y corbata. Estaba recién
afeitado y llevaba el pelo peinado hacia atrás. Una vez más el duro hombre de
negocios.
–De
todos modos, yo ya tengo una cuenta bancaria –observó Isobel. Rafael sacudió la
cabeza.
–He
abierto otras cuentas para ti. Una de ellas es para los beneficios de la
estancia.
–Pero...
¿cómo voy a quedarme con los beneficios de la estancia? ¿No tienen que ser
reinvertidos y servir también para pagar los sueldos?
Rafael
sonrió con gesto paternalista.
–Estoy
hablando de los beneficios después de cubrir los gastos de mantenimiento y de
pagar los sueldos.
A
Isobel le estallaba la cabeza. Desde luego, Rafael no había bromeado al decir
que la estancia era un buen negocio.
–Ah
–entonces, le miró–. Dime, ¿qué es lo que se supone que tengo que hacer ahora?
Rafael
vació la taza de café y se levantó.
–Ya
te lo he dicho, Isobel, no soy un carcelero. Haz lo que quieras. Vete de
compras, ve a ver a alguna amiga, monta una tienda de segunda mano con fines
benéficos... decide tú –Rafael se puso en pie–. ¿Por qué no dedicas unos días a
pensar en qué hacer con tu dinero? Ve a comprar todo lo que quieras, supongo
que a todas las mujeres les gusta eso.
Isobel,
irritada, se puso en pie también.
–Tengo
una habitación mucho más grande que todo mi apartamento en París y llena de
ropa. Tengo montones de joyas. ¿Qué demonios voy a querer comprarme? Jamás en
la vida he ido de compras a la Avenida Alvear y no voy a hacerlo ahora.
Y
entonces, como si los demonios se hubieran apoderado de ella, se vio
incapaz
de parar:
–Estoy
acostumbrada a ir a tomar algo a los cafés con mis amigos para hablar de
asuntos cotidianos que preocupan a todo el mundo. Estoy acostumbrada a
comprarme la comida, no a que la envíen a la casa y una doncella la recoja.
Estoy acostumbrada a cocinar, no a que me presenten un plato digno de un
restaurante con alguna estrella Michelin.
Por
fin, se detuvo para respirar.
Rafael
alzó las manos en gesto de rendición, y dijo con inequívoca irritación:
–Pues
vete a buscar a alguien como tú y pasa los días tomando café con esa persona
mientras habláis de cómo arreglar el mundo; o, si lo prefieres, vete a hacer la
compra. O haz una tarta. Me da igual, Isobel, no me importa. Ahora, ésta es tu
vida, así que será mejor que empieces a acostumbrarte.
Rafael
se dio media vuelta y caminó unos pasos; entonces, se volvió y, con un brillo
peligroso en los ojos, añadió:
–Pero
estate lista para ir a la ópera esta tarde a las siete. Va a ser nuestra
primera salida en público como matrimonio.
Isobel,
aún furiosa, estaba esperando a Rafael en el salón principal cuando le oyó
bajando las escaleras.
Rafael
se acercó a la puerta ajustándose los gemelos de la camisa. Estaba guapísimo
con el esmoquin.
Rafael
le hizo un gesto para que se le acercara. Ella se tragó la rabia, se levantó
del sofá en el que estaba sentada y caminó con la espalda rígida.
Él
la miró a los ojos cuando se plantó delante de él.
–Hermosísima.
Estás perfecta, Isobel.
–Eso
espero. Porque me he pasado el día tratando de elegir el vestido perfecto para
ser la esposa perfecta, Rafael. Al fin y al cabo, tú has sacrificado tu
hedonista vida de playboy por mí, ¿no?
Rafael
sintió una punzada de dolor. No iba a permitir que su propia esposa le hiciera
daño. Hacía mucho tiempo que no le importaba la opinión de nadie y tampoco iba
a importarle la de ella. Jamás volvería a darle ningún tipo de explicaciones a
esa mujer.
Apretó
la mandíbula y, tras agarrar la barbilla de ella, dijo:
–Exactamente.
¿Y sabes qué haría todo más perfecto aún? Tú en mi cama, que te está esperando.
Creo que ya has dispuesto del tiempo suficiente, creo que la frustración sexual
no te sienta bien.
Capítulo
7
EN
EL INTERMEDIO de la función, Isobel fue al servicio, tanto por escapar de
Rafael como para retocarse el inexistente maquillaje. Estaba ocurriendo otra
vez. Con la disculpa de encontrarse en público, Rafael la estaba tocando en
todo momento y ella temía perder los nervios.
Sintió
un gran alivio al ver que el aseo estaba vacío, y se echó un poco de agua fría
en la cara. Oyó entrar a alguien y medio levantó la cabeza, pero se quedó
inmóvil al ver a una extraordinariamente hermosa mujer mirándola fijamente.
Entonces, vio que la mujer echaba el cerrojo a la puerta para que nadie pudiera
entrar.
Isobel
no sintió miedo, sólo curiosidad. Se incorporó y se secó el rostro y las manos
con una toalla.
–¿Qué
se siente estando casado con el hombre más codiciado de toda Argentina?
Se
estremeció cuando los ojos oscuros de esa mujer se clavaron en los suyos.
–Perdone,
pero... ¿nos conocemos?
La
desconocida se le acercó hasta colocarse delante del espejo; entonces, se miró
a sí misma con deleite.
Isobel
retrocedió, pero no le quedó más remedio que admitir que esa mujer era
deslumbrante. Tenía un cabello negro como el azabache, rasgos felinos y un
cuerpo extraordinario debajo del vestido de lamé dorado.
–Soy
la ex novia de Rafael –la mujer se volvió y le ofreció la mano–.
Encantada
de conocerla.
A
Isobel se le secó la garganta mientras se preguntaba cómo no la había
reconocido. ¿Y cómo había permitido Rafael que una mujer tan seductora como ésa
se le escapara? Era lo opuesto a ella.
Isobel
ignoró la mano que le ofrecía y se dirigió a la puerta. Se oyó el primer
timbrazo, llamando al público a volver a sus asientos. Lanzó un suspiro de
alivio.
–Debo
volver. Rafael debe de estar preguntándose dónde me he metido.
La
otra mujer cruzó los brazos y empequeñeció los ojos, ahora sí parecían los de
un felino.
–Así
que le has pescado, ¿eh? Sabes, el acuerdo de matrimonio contigo era una de las
cosas que yo usaba para mostrarle lo atado que estaba –la boca de la mujer se
transformó en una amarga línea–. Pero yo era bastante avariciosa y, cuando
Rafael lo perdió todo, no quise arriesgarme. ¿Cómo iba yo a saber que lo
recuperaría?
Isobel
no comprendía...
–¿Que
lo perdió todo?
¿Qué
estaba diciendo esa mujer?
La
ex novia de Rafael lanzó una seca carcajada y la miró de arriba abajo.
–Mírate
al espejo. Ni siquiera vas maquillada. Rafael nunca se habría fijado en ti de
no ser porque se trata de un matrimonio de conveniencia. Sólo ha sentido pasión
por una mujer, por mí. ¿Por qué crees que estuvo dispuesto a escapar y a
casarse conmigo en secreto?
Sonó
el segundo timbrazo y, sintiéndose sobrecogida, Isobel agarró el cerrojo de la
puerta y lo descorrió, haciendo un esfuerzo por no caer al suelo
desmayada.
Se
llevó una sorpresa al ver a Rafael al otro lado de la puerta. Él la agarró del
brazo.
–Estaba
buscándote. ¿Te pasa algo? Tienes mala cara.
Justo
entonces la otra mujer se acercó a la puerta y salió. E Isobel observó la
reacción de Rafael con enfermiza fascinación. Los ojos de él empequeñecieron y
su rostro enrojeció. Estaba claro que no era inmune a aquella mujer.
A
Isobel le entraron náuseas.
–Ana
–dijo él.
–Rafael,
querido –murmuró Ana–. Quería saludar a tu esposa. Al fin y al cabo, teníamos
algunas cosas en común.
Rafael
agarró con más fuerza el brazo de Isobel.
–De
hecho, Ana, tenéis tan poco en común que parece casi mentira. Y tras esas
palabras, Rafael se la llevó.
Cuando
por fin recuperó el habla, Isobel dijo:
–Rafael,
mi brazo. Me estás haciendo daño.
Por
fin, Rafael se detuvo y ella tiró de su brazo hasta liberarlo.
–¿Qué
te pasa, Rafael?
Rafael
parecía confuso y ella, sin saber por qué, sintió un profundo dolor.
–Nada
–respondió Rafael pasándose una mano por el cabello–. Hacía mucho tiempo que no
la veía, eso es todo. Venga, vamos y nos perderemos la segunda parte.
Aquella
noche, Isobel estaba tumbada en la cama pero sin poder dormir. El estómago le
daba vueltas y no podía evitar repetir una y otra vez las palabras de Rafael a
su ex novia: «De hecho, Ana, tenéis tan poco en común que parece casi mentira».
Después
del intercambio de palabras aquella tarde antes de ir a la ópera, había
esperado que Rafael insistiera en acostarse con ella aquella noche. Pero
después del encuentro con Ana Pérez, Rafael se había mostra do
desacostumbradamente callado y sombrío. Al volver a casa, se había limitado a
darle las buenas noches.
Y
ella sabía por qué. Porque al verla al lado de Ana Pérez se había dado cuenta
de todo lo que no tenía en su matrimonio.
Pasión
y amor.
Por
mucho que lo negara, Rafael debía de desear ambas cosas.
No
le resultaba difícil conjurar las imágenes de los dos en las revistas. Isobel
se dio media vuelta y trató de ignorar el dolor que sentía.
A la
mañana siguiente, Isobel tenía ojeras cuando se sentó a desayunar. Se había
retrasado intencionadamente con el fin de evitar a Rafael, pero él estaba ahí,
sentado, terminándose el café.
Rafael
levantó la mirada y dijo:
–Tienes
un aspecto terrible.
–Gracias
–murmuró ella al tiempo que se sentaba. Rafael se aclaró la garganta.
–Siento
que fueras víctima de los malos modales de Ana anoche. Isobel fingió no darle
importancia mientras se servía una taza de café.
–No
te preocupes, no tiene importancia. Ya se me había olvidado.
–Sí,
bueno, no volverá a ocurrir, te lo aseguro. Isobel le lanzó una rápida mirada.
–De
verdad, da igual. Sé que estabais prometidos, así que habría sido extraño que
ella no dijera nada en absoluto.
Rafael
se quedó muy quieto.
–¿Qué
es lo que dijo exactamente?
Isobel
cambió de postura en el asiento y se maldijo a sí misma en silencio.
–Isobel,
no voy a marcharme hasta que no me cuentes lo que te dijo, y no me vayas a
decir que hablasteis del tiempo. La conozco muy bien.
Isobel
sintió como si le clavaran un puñal. El interés que Rafael mostraba por lo que
había dicho Ana demostraba que aún sentía algo por ella.
–Muy
bien –le espetó Isobel–. Esa mujer quería que yo supiera que, de no haber sido
porque lo perdiste todo, ahora estarías casado con ella.
Rafael
lanzó un gruñido de desagrado y la curiosidad de ella volvió a despertar.
–¿Qué
quiso decir con eso de que lo perdiste todo? –preguntó Isobel. El rostro de
Rafael ensombreció, sus rasgos se tornaron más duros.
–A
lo que mi querida ex se estaba refiriendo era a las desastrosas repercusiones
de nuestro noviazgo. Mi padre murió justo después de que anunciáramos que
estábamos prometidos, y su empresa estaba atravesando momentos muy difíciles.
Corrieron los rumores de que Ana y yo íbamos a marcharnos para casarnos en
secreto y, por tanto, yo iba a romper el contrato entre tu familia y la mía.
Como consecuencia, los inversores y los banqueros me dieron de lado, creyendo
que yo no sería capaz de superar la crisis.
–¿Que
ibais a casaros en secreto? –repitió Isobel con voz débil, recordando que Ana
lo había mencionado la noche anterior.
Los
ojos de Rafael eran dos pozos negros sin fondo.
–A
Ana le parecía muy romántico. Utilizó el hecho de que existiera nuestro
contrato matrimonial, de que yo estuviera prometido con una adolescente. Pensó
que escapar era la única forma de conseguir que nos casáramos; pero justo antes
de hacerlo, mi negocio se vino abajo, de la noche a la mañana.
Isobel
sacudió la cabeza mientras trataba de asimilar la información e ignorar el
hecho de que Rafael había estado a punto de escapar para casarse por amor.
–¿Y
tu hermano? ¿No estaba él...?
–Mi
hermano tenía sus propios problemas en Grecia. Era asunto mío resolver los
problemas aquí. Y lo hice, y evité que perdiéramos la casa y la estancia –hizo
una amarga mueca–. Sin embargo, Ana no confió en mí. Ana salió corriendo y a
los pocos meses se casó con un industrial suizo que podía darle la vida a la
que estaba acostumbrada.
En
lo único que Isobel podía pensar era en el vacío que sentía en el estómago.
–No
tenía ni idea...
–¿Cómo
ibas a saberlo? –Rafael encogió los hombros–. En fin, comencé a ganar dinero
otra vez y casi de inmediato, pronto se olvidó el problema y volví a
ser
aceptado en nuestros círculos.
Rafael
se puso en pie, haciendo ruido al correr la silla, y ella se sobresaltó.
–¿Aún
te asusto, Isobel? –dijo él con voz insoportablemente dura.
Ella
alzó la cabeza y Rafael se agachó para ponerle un dedo en la barbilla. Durante
un instante aterrador, tuvo miedo de que Rafael fuera a besarla en un momento
en el que se sentía tan vulnerable.
Pero
entonces, Rafael dijo:
–Me
aburre hablar del pasado y de mis ex novias. Ahora estoy casado contigo,
Isobel, y me he cansado de esperar. Esta noche te tendré en mi cama. Pero antes
tendremos que hacer de anfitriones, va a venir uno de mis asociados. Estate
lista a eso de las ocho.
–Tengo
entendido que eres una bailarina profesional, ¿no?
Isobel
se volvió a Rita, la esposa del hombre con quien Rafael estaba tratando de
negocios, y sonrió débilmente.
–Bueno...
profesional, no. Aunque era profesora de tango cuando vivía en
París.
La
otra mujer, de mediana edad, suspiró con expresividad.
–Mi
marido y yo fuimos a ver un espectáculo de tango anoche. Fue el
espectáculo
más erótico que he visto en mi vida. Me encantaría saber bailar así.
Isobel
se sonrojó al recordar el tango que bailó en París con Rafael y bebió otro
sorbo de vino. Sabía que no debía beber, pero necesitaba hacer algo para no
pensar en que estaba participando con su marido en los negocios de éste y que
Rafael esperaba que aquella noche...
–Cuidado
con el vino, Isobel. No quiero tener que llevarte en brazos esta noche.
Rafael
le habló en voz baja, sólo para sus oídos y con una sonrisa, pero con una
expresión de advertencia en la mirada. Sólo por llevarle la contraria, ella
agarró la copa otra vez y bebió un buen sorbo.
–Isobel
y yo estaríamos encantados de bailar un tango para ti, si es que se da la
oportunidad –le dijo Rafael a Rita–. Cuando vengáis por más tiempo, quizá ella
pudiera darte algunas clases.
–Oh...
no, no –contestó la otra mujer–. No podría esperar... Isobel se apiadó de ella
y, efusivamente, dijo:
–No
seas tonta. Me encantaría enseñarte los pasos básicos. En serio, no es ningún
problema. Tengo tanto tiempo libre últimamente que casi no sé que hacer conmigo
misma.
–Bueno,
sería estupendo. Muchas gracias –contestó Rita mirando a Rafael y luego a
Isobel.
Isobel
volvió a llevarse la copa de vino a la boca, encantada con las miradas de
censura que le lanzaba Rafael. ¿Quién se creía que era? Ella era plenamente
consciente de que el vino se le estaba subiendo a la cabeza, a pesar de haber
cenado.
Bob,
el marido de Rita, que estaba sentado frente a ella, empezó a hablarle, pero a
Isobel le resultó difícil seguir la conversación. En cierto modo, creía estar
bloqueándose porque no quería oír hablar de lo frío que era Rafael en los
negocios. No tardó mucho en comenzar a sentirse algo mareada y se dio cuenta
de
que había ido demasiado lejos. Ni siquiera sabía lo que ella misma decía.
De
repente, sintió la necesidad de respirar aire fresco y fue a levantarse. Un
mareo se lo impidió. Inmediatamente, Rafael la rodeó con los brazos. Ella le
oyó murmurar excusas y, después, la sacó del restaurante.
En
el asiento posterior del coche, de camino a la casa, el alcohol le protegió de
la oleada de ira que provenía de Rafael. Comenzó a reír.
La
mirada de desprecio que Rafael le lanzó la hizo reír aún más.
Rafael
la sacó del coche y fue cuando se dio cuenta de que habían llegado a casa.
Rafael la levantó en sus brazos y, al instante, las carcajadas dieron paso al
hipo. La cabeza le daba vueltas, pero se le aclaró.
El
cuerpo de Rafael era duro y su expresión seria. Le puso las manos alrededor del
cuello y acarició el suave cabello de la nuca. Instintivamente, comenzó a
acariciarle la cabeza sin poder apartar los ojos de la boca de Rafael.
Todo
pensamiento coherente la abandonó. Sólo sabía que estaba en los brazos de
Rafael y que sus preocupaciones e inhibiciones se estaban desvaneciendo. Ahora
no comprendía por qué había insistido en resistirse a él.
La
puerta de la casa se abrió y entraron. Sintió la contracción de los músculos
del pecho de Rafael. Alzó una mano y le tocó la boca con un dedo.
–Tienes
una boca preciosa, ¿lo sabías?
Hasta
cierto punto, era consciente de que no estaba pronunciando las palabras con
claridad.
Rafael
apartó la cabeza y ella le puso la mano en la garganta. Intentó deshacerle el
lazo de la pajarita para desabrocharle la camisa. Muy concentrada en esa tarea,
casi no se dio cuenta de que Rafael estaba subiendo las escaleras.
Como
el lazo le resultó imposible, se dio por vencida con un suspiro y comenzó a
desabrocharle los botones de la camisa. Sonrió feliz cuando le tocó la piel
desnuda. El corazón de Rafael latía con fuerza y sintió un intenso calor en
todo el cuerpo. Oleadas de fuego la invadieron, intensificándose.
Tambaleándose,
apenas se dio cuenta de que Rafael la había dejado con los pies en el suelo ni
le oyó lanzar un juramento. Alzó la vista y le pareció que el rostro de Rafael
estaba muy lejos. Quería que la besara, pero ni siquiera era consciente de
habérselo dicho, hasta que él dijo:
–Isobel,
no voy a acostarme contigo, estás borracha. Cuando te haga el amor, estarás
perfectamente sobria y consciente de todo.
Ella
se tambaleó y, de repente, perdió el sentido de la realidad. Sólo sabía que
estaba tumbada y que los brazos de Rafael la rodeaban.
Pero
entonces la abandonaron.
–¡No!
–gritó ella tirando de él–. Bésame, Rafael.
Isobel
cerró los ojos y juntó los labios para que él se los besara, y entonces le oyó
decir:
–Me
vas a matar, te lo juro.
Isobel
abrió los ojos y vio a Rafael por partida doble.
–Muérete
si quieres, pero bésame.
Sin
embargo, Rafael se marchó y, de repente, la habitación empezó a dar vueltas.
A la
mañana siguiente, cuando se despertó, le dolía todo; especialmente, la
cabeza
y el estómago. Lanzó un gemido y se llevó una mano a la frente.
Poco
a poco, recordó los acontecimientos de la noche anterior: la cena, Rita y Bob,
el vino... Rafael subiendo con ella a cuestas las escaleras... ella rogándole
que la besara... y la vomitona. No se acordaba con claridad, pero tenía la
impresión de que alguien le había estado sujetando la cabeza mientras vomitaba
y que luego le dio una toalla mojada antes de hacerla lavarse los dientes.
Rafael.
Lanzó
un gruñido y escondió el rostro en la almohada. ¿Cómo iba a poder pedirle que
esperara y que siguiera teniendo paciencia después de lo de la noche anterior?
Se
sentó en la cama con cuidado y fue cuando notó que llevaba puestos el sujetador
y las bragas. Apartó la ropa de la cama y fue a ponerse en pie; y justo en ese
momento, la puerta se abrió y Rafael apareció, alto, glorioso y serio. Y ella
se volvió a tapar inmediatamente.
–¿Te
importaría dejar que me vistiera antes de entrar? –dijo ella. Rafael arqueó las
cejas con gesto incrédulo.
–Créeme,
querida, no tienes derecho a ofenderte después de haber intentado desnudarme
anoche. No sé cómo logré salir de aquí con mi dignidad intacta.
Isobel
enrojeció.
–Estaba
algo contenta...
Rafael
se acercó. Ella alzó los ojos y le dolió la cabeza.
–¿Algo
contenta? Estabas borracha, y eso que sólo habías tomado dos copas de vino.
Nunca había visto nada igual.
–Ya
te he dicho que el alcohol no me sienta bien.
–Pero
decidiste ignorarme cuando te dije que tuvieras cuidado. Puedes emborracharte
todo lo que quieras en casa, pero no en público. Casi tuve que sacarte a
rastras del restaurante, delante de un importante colega mío y de su esposa.
A
Isobel le dieron náuseas.
–Y
aunque te agradezco el intento de seducción, como te dije anoche, cuando te
haga el amor estarás completamente sobria y consciente en todo momento –Rafael
comenzó a retroceder, pero se detuvo–. Hoy volveré tarde del trabajo, pero
mañana estamos invitados a un torneo de polo. Espero que te hayas recuperado
para entonces.
Isobel
asintió fríamente, pero mortificada. Rafael sacudió la cabeza y, tras una
última mirada, salió de la habitación. Tan pronto como se quedó sola, se dejó
caer otra vez en la cama y se quedó mirando al techo.
Una
idea terrible le asaltó: ¿acaso lo ocurrido la noche anterior no había sido un
intento subconsciente por su parte de impedir que Rafael se acostara con ella
para así no hacer comparaciones entre Ana Pérez y su esposa?
Isobel
se sentó en la cama. Una novata como ella no podía compararse con una mujer
seductora como Ana. Una vez que Rafael se acostara con ella se daría cuenta de
la equivocación que había cometido. Un hombre tan viril como Rafael no querría
estar atado a una esposa con la que no quería acostarse; sobre todo, después de
haberse reencontrado con el amor de su vida.
Descorazonada,
Isobel se levantó y se dio una ducha. Pensar que Rafael descubriera su falta de
experiencia en la cama la hizo sentirse vacía por dentro.
La
noche anterior había vislumbrado la clase de vida que Rafael llevaba
como
hombre de negocios, e Isobel, de repente, decidió tomar el control de la
situación. Quería demostrar que, ocurriera lo que ocurriese, no iba a ser como
su marido en lo que a los negocios se refería. Se encontraba en la situación en
la que se encontraba e iba a aprovechar lo que pudiera. ¿Qué le había dicho
Rafael el otro día? ¿No le había dicho que podía hacer lo que quisiera?
Una
idea comenzó a forjarse en su mente y, por primera vez en mucho tiempo, sintió
entusiasmo. Con decisión, se secó y se vistió.
Aquella
tarde, casada y feliz, Isobel esperó a Rafael en el cuarto de estar para cenar
juntos. Delante tenía folletos de inmobiliarias.
Oyó
unas pisadas y, al alzar la vista, vio a Rafael en el umbral de la puerta.
Un
escalofrío le recorrió el cuerpo. Rafael parecía furioso.
Rafael
entró en la estancia como una tromba y tiró un periódico encima de la mesa,
delante de ella.
–¿Quieres
explicarme qué has estado haciendo?
Isobel
se quedó boquiabierta. No tenía idea de qué era lo que Rafael estaba diciendo.
Bajó la mirada y la clavó en el periódico de la tarde, y vio en la primera
página una foto de ella estrechando la mano de un hombre delante de un
decrépito edificio en La Boca, unos de los barrios más viejos de Buenos Aires.
Debían de haber sacado la foto aquella mañana.
Y el
titular decía: ¿Sabe Romero lo que hace su esposa cuando se vuelve de espaldas?
Isobel
alzó la vista y vio la cólera de Rafael, con las manos en las caderas.
Echando
humo. Y se levantó, porque se sentía intimidada.
–Puedo
explicártelo, Rafael.
–Sí,
hazlo, por favor. Estoy desando saber qué te traías entre manos. Y no me digas
que eres drogadicta.
Ahora,
quien encolerizó fue ella. Cerró las manos en dos puños a ambos lados de su
cuerpo.
–¿No
me has dicho que hiciera lo que quisiera, Rafael, que no era una prisionera y
que podía hacer lo que se me antojara con mi fortuna?
Un
músculo de la mandíbula de él se contrajo.
–Sí,
pero no escapando del equipo de seguridad y paseándote por zonas muy poco
recomendables.
Isobel
jadeó.
–¿Desde
cuándo me vigila un equipo de seguridad? Rafael hizo un gesto de impaciencia
con la mano.
–Naturalmente
que te vigilan. Eres presa fácil, Isobel, y hoy realmente lo has demostrado.
Isobel
se quedó lívida.
–Si
me hubieras informado que, prácticamente, soy una prisionera, quizá me hubiera
molestado en informar a mis carceleros de lo que me proponía hacer. Por si lo
has olvidado, intenté llamarte esta mañana para decirte lo que estaba haciendo,
pero tú te negaste a ponerte al teléfono.
A
Rafael se le pasó algo el enfado. Ella le había llamado varias veces, pero una
reunión tras otra le había impedido hablar con ella. Cuando por fin había
dispuesto de tiempo, se había encontrado con un mensaje de Isobel diciéndole
que
no tenía importancia. Y algo le había impedido llamarla...
–Está
bien, lo siento. Pero es que me llamaste cuando estaba muy ocupado.
Isobel
recuperó el color de las mejillas, pero estaba muy disgustada.
–Sí,
supongo que estabas muy ocupado tramando con tu colega americano cómo vais a
deshaceros del desagradable problema que plantean cientos de inmigrantes
ilegales instalados en el complejo que estáis tratando de comprar.
Rafael
se quedó muy quieto, amenazadoramente quieto.
–Ya
veo que has leído los periódicos –dijo él con voz gélida–. No obstante, tu
información no es de última hora.
Isobel
se sonrojó y se maldijo a sí misma por lo que había dicho.
–Como
quieras, Rafael. Sé cuáles son tus prioridades. Los negocios son lo primero;
segundo, una espo sa de adorno –se interrumpió para tomar aire y calmarse. Se
mordió el labio y miró el periódico; después, clavó los ojos en Rafael–. Quiero
emprender un negocio.
–¿De
qué estás hablando? Isobel tomó aire.
–Quiero
abrir una academia de baile. De tango. Sé que hay millones de academias de
tango en Buenos Aires, pero yo quiero enseñar a niños al mismo tiempo que a
adultos. Quiero ofrecer todo tipo de clases de baile y que no sean para gente
adinerada.
Isobel
volvió a entusiasmarse.
–Y
también he pensado en el baile como terapia para niños con problemas o
disminuidos. Un amigo mío de París ha estado haciendo terapia de baile con
niños y los resultados han sido extraordinarios... –Isobel guardó silencio y
miró a Rafael con temor.
Rafael
no dijo nada.
Ella
señaló con la mano los folletos que había encima de la mesa.
–Eso
era lo que estaba haciendo hoy, buscar un local para alquilar o para comprar. Y
siempre me ha gustado La Boca y me parece un buen sitio para empezar.
Rafael
se la quedó mirando un momento. Seguía enfadado porque ella hubiera pensado tan
mal de él basándose en lo que había leído en los periódicos respecto a los
emigrantes. Y se maldijo a sí mismo por importarle lo que Isobel pudiera pensar
sobre él.
–No
voy a permitir que me pongas en evidencia, Isobel, no puedes ir por ahí y
hablar con cualquiera. Tanto si te gusta como si no, perteneces a cierta clase
social y será mejor que recuerdes tus responsabilidades. Tienes que cultivar tu
imagen dentro de nuestro círculo social, todo el mundo está pendiente de ti...
y de mí. En estos momentos estoy en medio de unas delicadas negociaciones y no
puedo permitirme que hagas una tontería y me pongas en ridículo.
Rafael
se oyó a sí mismo y casi no podía creer que esas palabras hubieran salido de
sus labios. Había hablado como un esnob, pero no podía evitarlo. El deseo de
controlar a Isobel era sobrecogedor. El comportamiento de ella ese día había
provocado demasiadas emociones conflictivas en él y estaba confuso. Y, además,
no podía pensar con la cabeza cuando Isobel estaba delante de él, así...
Furiosa,
Isobel barrió los folletos de la mesa. Se acercó a una papelera en un rincón
del cuarto de estar y los tiró ahí. Después, se volvió y dijo secamente:
–Me
alegro de que las cosas hayan quedado claras. Ahora sé exactamente
que
vivo en una jaula. De ahora en adelante, me vestiré como es debido para cada
ocasión y trataré de no pensar por mí misma. Y ahora, si me lo permites, voy a
acostarme. Se me ha quitado el hambre.
Isobel
salió de la habitación y Rafael se sentó en el sofá, apoyando los brazos en las
rodillas. Por primera vez en su vida, tenía que admitir que se encontraba
perdido. La foto del periódico llamó su atención. En ella, Isobel sonreía
cálidamente a un hombre. Isobel jamás le había sonreído así a él.
Pensó
en lo que Isobel había leído sobre él y en que basaba su opinión en la
información errónea de un solo periódico. Por supuesto, reconocía que no había
hecho nada por hacer que el periódico se retractase ni por clarificar la
situación a Isobel, pero intentó convencerse a sí mismo de que era porque no le
importaba; porque, si le importaba, significaba que no había aprendido a
protegerse en la vida. Significaba que era tan débil y vulnerable como lo había
sido años atrás, cuando Ana Pérez casi le destrozó.
Una
cosa tenía que admitir: cuando se había creí do enamorado de Ana, nunca le
había importado demasiado la opinión que ella pudiera tener de él.
Con
gesto cansado, tiró el periódico a la papelera y fue a buscar a Juanita para
decirle que llevara algo de cena a Isobel a su habitación.
Capítulo
8
EL
DÍA siguiente era sábado e iban al torneo de polo; después, tenían que asistir
a una cena con fines benéficos, acompañados de Bob y Rita. Isobel aún se sentía
dolida y disgustada con Rafael ya que éste parecía dispuesto a controlar su
vida. Su plan le había proporcionado una salida y una ilusión y él se lo había
aplastado.
Decidida
a que Rafael no supiera el daño que le había hecho, se puso su armadura. Se
vistió con un traje pantalón de diseño color blanco, zapatos de tacón alto y
gafas de sol. Le estaba esperando en la puerta de la casa y no se volvió cuando
le oyó aproximarse.
Rafael
pasó por su lado y le abrió la puerta del coche. Después, lo rodeó para
sentarse al volante. Estaba muy guapo con un traje gris oscuros, camisa blanca
y corbata.
El
corazón se le encogió al notar que Rafael parecía cansado, y se disgustó
consigo misma porque eso pudiera preocuparle. ¿Qué demonios le pasaba?
¿Estaba
loca? Lo de la noche anterior le daba motivos más que suficientes para odiar a
Rafael.
Realizaron
el trayecto en silencio y, tan pronto como llegaron, Rafael la llevó a la zona
VIP, donde les recibieron unos camareros con bandejas con copas de champán.
Un
poco más tarde, Isobel se puso a charlar con Rita. El partido de polo se estaba
desarrollando, pero Rafael se hallaba inmerso en una conversación con Bob, lo
que indicó que el polo sólo proporcionaba un telón de fondo para los negocios.
Entretanto, Rita no dejaba de hablar de salir de compras en Buenos Aires y de
que era mucho mejor que en Texas, de donde ellos eran.
Cuando
Rita se disculpó para ir al cuarto de baño, Isobel lanzó un suspiro de alivio
mientras se preguntaba cuándo acabaría aquella tortura.
Justo
en ese momento, Rafael le deslizó el brazo por la cintura y la atrajo hacia sí.
Isobel
levantó la mirada y un intenso calor le recorrió todo el cuerpo al verle
sonreír perezosamente.
No
podía creerlo. Después del comportamiento de Rafael la noche anterior, seguía
excitándose cada vez que él se le acercaba. ¿Qué podía hacer para inmunizarse?
Rafael
la estrechó contra sí, con más fuerza, pero sintió la resistencia de ella. No
la deseaba así. Lo que le había dicho la noche anterior había estado muy mal.
Y, por muy vulnerable que ella le hiciera sentirse ahora, tenía que hacer lo
que fuera necesario para revivir a la Isobel que él conocía, a la esposa que
sabía que quería.
Isobel
estaba apretando los dientes para no reaccionar de la forma que su cuerpo
quería: pegándose al de Rafael, amoldándose a él. La mano de Rafael estaba
describiendo movimientos circulares en su cintura y ella hizo lo posible por
disimular el efecto que estaban teniendo.
Entonces,
Rafael le dijo a Bob:
–¿Has
visto la foto de mi mujer en el periódico de ayer?
Isobel
se puso rígida. Notó cómo enrojecía Bob y le oyó murmurar algo
incoherente.
Y entonces fue cuando se dio cuenta de que Rafael había estado en lo cierto la
noche anterior: las miradas y los murmullos que había notado al llegar se
habían debido, en buena parte, a la foto del periódico.
Un
profundo temor se apoderó de ella al pensar que Rafael se había propuesto
dejarla en ridículo delante de ese hombre, que le iba a contar los planes de su
esposa, y a ridiculizarlos, con el fin de preservar su propia reputación.
Debería
haber sospechado que un hombre como Rafael jamás habría apoyado un plan como el
suyo.
–Por
favor, Rafael... –dijo ella en tono de súplica mientras trataba de separarse de
Rafael.
Las
lágrimas amenazaban con aflorar a sus ojos cuando, de repente, Rafael
dijo:
–Me
enorgullece decir que Isobel ha decidido abrir una academia de baile en
La
Boca. Siempre ha sido una zona de dudosa reputación, por eso creo que se ha
mostrado muy generosa, y también inteligente, al decidir abrir la academia
allí.
Isobel
no daba crédito a lo que había oído. Durante unos instantes, se preguntó si
había oído bien y miró a su marido con expresión interrogante. Bob, que hacía
muy poco se había ruborizado, ahora dijo jovialmente:
–¡Menudo
par de sentimentales! Rafael, será mejor que cuides tu reputación. Si no fueras
tan astuto en los negocios, correrías un serio peligro. Y más ahora, que tu
mujer parece cortada por el mismo patrón.
Isobel
clavó los ojos en Rafael. Notó la tensión de su cuerpo y la sombra que cruzó la
expresión de su rostro, a pesar del esfuerzo que hizo por sonreír.
–No
es el momento ni el lugar para eso, Bob. Ya hablaremos de ello luego. Bob se
dirigió a ella:
–¿Has
encontrado una propiedad que te guste?
Rita
regresó en ese momento y se metió en la conversación. Pronto, mostró su
entusiasmo por la idea.
Rafael
intervino:
–Los
planes de Isobel abarcan más que una simple academia de baile – Rafael la miró
con indulgencia, como lo haría cualquier marido que mimara a su mujer–. ¿Por
qué no les cuentas lo que quieres hacer?
Anonadada
y muriéndose de ganas de saber lo que Bob había estado a punto de decir antes
de que Rafael se lo impidiera, se encontró incapaz de apartar los ojos de su
marido, aún preguntándose qué pasaba. No obstante y con cierta vacilación,
empezó a hablar de sus planes, medio esperando que Rafael se echara a reír en
cualquier momento. Pero Rafael no lo hizo, no se rió ni la ridiculizó. Y el
entusiasmo de ella aumentó hasta casi olvidar la conversación de la noche
anterior.
Más
tarde, cuando volvían a su casa en el coche, Isobel se dio cuenta de que el día
había pasado como en un abrir y cerrar de ojos y que lo había disfrutado.
Se
volvió a Rafael.
–¿Vas
a contarme qué es lo que pasa? Él apretó la mandíbula.
–Te
debo una disculpa. Anoche me excedí. Creo que tu idea es buena y debería
haberlo reconocido. Me parece muy bien invertir en una zona como La
Boca.
Isobel
notó que Rafael apretaba el volante con fuerza.
–Cuando
me enteré de que los de seguridad te habían perdido y luego vi la
foto...
En fin, me puse furioso.
–Intenté
decírtelo –observó Isobel. Rafael hizo una mueca.
–Lo
sé. Créeme, he aprendido la lección. De ahora en adelante, esté haciendo lo que
esté haciendo, siempre me pondré al teléfono cuando llames.
Isobel
retrepó en el asiento y sintió un hormigueo en el estómago.
–Gracias
por apoyarme hoy.
Rafael
le lanzó una rápida mirada de soslayo.
–El lunes me tomaré algunas horas libres para acompañarte a ver
propiedades.
Sin
saber por qué la idea le pareció tan amenazante, Isobel contestó:
–No,
no es necesario. Tú estás demasiado ocupado para eso. Rafael sonrió
irónicamente.
–¿Cuánto
te pidió el hombre de la foto por el edificio que te enseñó? Isobel nombró una
cifra y Rafael, tras un respingo, sacudió la cabeza.
–Te
vio venir. Debía de saber quién eres, por eso te dio un precio tres veces lo
que debía valer. No, la próxima vez voy a ir contigo. Déjale tratar conmigo.
Estaban
saliendo por la puerta del cuarto de estar cuando Isobel ya no pudo seguir
conteniéndose.
–¿A
qué se estaba refiriendo Bob cuando te llamó sentimental?
Rafael
se volvió despacio. Los músculos de su rostro se tensaron y su expresión se
cerró.
–Se
estaba refiriendo a un titular de un periódico.
–¿De
qué periódico? –Isobel insistió, impaciente con la evidente desgana de Rafael
de dar explicaciones.
Rafael
apretó los dientes.
–El
mismo en el que has salido tú.
Isobel
esperó, pero Rafael no pareció dispuesto a continuar y ella, tras un suspiro,
volvió al cuarto de estar y, con alivio, vio que el periódico seguía en la
papelera. Lo sacó y ojeó las páginas hasta que vio un titular y el artículo. Y
leyó:
Rafael
Romero, en el fondo un sentimental, está en tratos para comprar una planta de
productos electrónicos con el fin de traer de vuelta a cientos de inmigrantes
ilegales y darles empleo...
Se
le encogió el corazón mientras continuaba leyendo rápidamente. Según el
artículo, Bob Caruthers era el socio de Rafael en las negociaciones en Estados
Unidos. La intención era abrir una planta en Argentina con los mismos
trabajadores que habían ido a Estados Unidos en busca de trabajo. Al que
quisiera quedarse en USA, se le iba a ofrecer ayuda legal gratis con el fin de
obtener un visado. Rafael se había responsabilizado personalmente de cada uno
de los inmigrantes.
A
Isobel se le cayó el periódico de las manos. Se sentía mareada; en esta
ocasión,
por diferentes motivos. Estaba avergonzada de sí misma. No creía poder volver a
mirar a los ojos a Rafael. Le había juzgado mal desde el principio.
Rafael
parecía tan desafiante como ella avergonzada, y se dio cuenta de que no le
gustaba encontrarse en esa posición.
–Lo
siento, Rafael. Perdona. No tenía derecho a juzgarte basándome en un artículo
que leí sobre ti.
Él
hizo una mueca.
–No
puedo culparte del todo. Teníamos que mantenerlo en secreto el mayor tiempo
posible para proteger a los inmigrantes. Estoy participando con el gobierno en
un programa que intenta crear puestos de trabajo con el fin de evitar que
emigre la fuerza de trabajo cualificada. Bob Caruthers trabaja en esto desde
Estados Unidos y es mi enlace para tratar los asuntos referentes a la
construcción de la empresa aquí. Hasta el momento, las negociaciones han sido
muy delicadas, y Bob aún no ha dado firmado el contrato que selle el trato. No
está obligado a dar el visto bueno al traslado de la empresa aquí, a Argentina.
Isobel
se lo quedó mirando con incredulidad.
A
Rafael se le contrajo el pecho por la forma como Isobel le estaba mirando. Los
ojos de ella le penetraban, contenían una emoción indescriptible. Empezó a
sentir algo y sólo se le ocurrió una forma de evitarlo...
Tras
tres largas zancadas, cruzó la habitación y colocó las manos en el rostro de
ella. El deseo le sobrecogió. Los ojos de Isobel se veían enormes e
intensamente oscuros. Ella abrió la boca y la pasión le corrió por las venas.
–Ya
estoy harto, Isobel. Esta noche te vas a acostar conmigo.
Un
rato después, vestida para la función con fines benéficos de aquella tarde,
Isobel había recuperado la compostura. En el asiento posterior del coche, era
consciente de las miradas soslayadas de Rafael y las sentía como ardientes
caricias en la piel desnuda.
Llevaba
un vestido de cóctel hasta la rodilla, estaba sentada con las piernas juntas,
ligeramente ladea das, y tan lejos de Rafael como le era posible. Aún trataba
de asimilar lo que había descubierto respecto al trabajo de Rafael y seguía
avergonzada de lo equivocada que había estado. Y por ello se sentía expuesta y
vulnerable, demasiado vulnerable para acostarse con Rafael esa noche.
Tras
el corto trayecto, el coche se detuvo a las puertas de uno de los hoteles más
lujosos de Buenos Aires. Dentro, en el salón de fiestas, cientos de mesas
rodeaban una pista de baile, ocupada a su vez por mesas mostrador con los
objetos que iban a subastarse.
Después
de la cena y de la subasta, en la que Rafael se había dejado una pequeña
fortuna, los emplea dos comenzaron a despejar la pista de baile.
Isobel
no pudo evitar sentir una vez más su profundo desagrado por la superficialidad
de aquella función social.
Rafael
se inclinó hacia ella.
–¿Qué
te pasa? Por la cara que tienes parece que estuvieras comiendo limones.
Isobel
apretó los dientes.
–Me
resulta difícil estar aquí sentada viendo a la élite social tirar el dinero
cuando
la obra benéfica a la que va destinado sólo se quedará con un pequeño
porcentaje.
–Vuelves
a juzgar sin suficientes datos –le dijo Rafael con voz profunda. Isobel se
avergonzó de lo que Rafael acababa de recordarle.
–Es
sólo un juego, igual que todo lo demás. La gente que está aquí se cuenta entre
la más poderosa del país. Hasta cierto punto, tienes razón en lo que has dicho.
Pero no estás teniendo en cuenta otros factores. Te voy a poner un ejemplo. Yo
he donado mucho dinero a una obra benéfica que patrocina la marquesa Consuelo
Valderosa; por eso, ella, a su vez, se verá obligada a dar su apoyo, y su
ilustre nombre, a una obra benéfica que patrocino yo y que cuenta con muchos
menos medios económicos. Lo importante es saber jugar bien las cartas que uno
tiene, Isobel.
Isobel
se lo quedó mirando en silencio. La mirada de Rafael era oscura e hipnótica.
Sintió un profundo calor por dentro.
Rita
eligió ese momento para, desde el lado opuesto de la mesa, inclinarse hacia
delante y decirles con voz animada:
–Están
tocando un tango, Scent of a Woman. Nos encantaría veros bailar. Isobel miró a
Rita y comenzó a disculparse:
–Lo
siento, pero no sé si...
Rafael
le tomó la mano y la miró con ojos brillantes.
–Por
supuesto que sí, bailaremos un tango dedicado a vosotros. ¿Verdad, cariño?
Isobel,
a regañadientes, se dejó llevar a la pista de baile, donde unas parejas
intentaban sin éxito seguir los pasos de la famosa escena de la película.
–La
falda de mi vestido es demasiado estrecha –protestó ella–. No voy a poder
bailar bien.
Rafael
miró hacia abajo y se agachó. Isobel oyó como si algo se desgarrase. Rafael se
puso en marcha de nuevo y ella sintió una leve brisa. Al mirar hacia abajo, vio
que Rafael, sin ningún esfuerzo, le había arrancado parte de la falda del
vestido, dejándolo a media pierna.
La
condujo hasta el centro de la pista de baile y ella, alzando el rostro, le
miró.
–¿Qué
demonios crees que...?
Pero
las palabras se le ahogaron en la garganta en el momento en que
Rafael
la rodeó con los brazos, estrechándola contra sí. La abrazaba con fuerza cuando
comenzó a moverse.
Los
pies de ella le siguieron natural e instintivamente, pero ese tango no se
parecía en nada al tango que bailaron juntos en París. Éste era todo
sensualidad y debía de ser diametralmente opuesto al que bailaban sus abuelos.
Isobel
sintió que el vestido seguía desgarrándosele mientras bailaban. Cerró los ojos
al ver que las demás parejas se apartaban para dejarles la pista y verles
bailar.
Isobel
sintió una pierna de Rafael entre las suyas, obligándola a levantar una pierna
en un paso conocido como bolero. El corazón parecía querer salírsele del pecho.
Entonces, Rafael la movió de tal manera que la obligó a inclinarse aún más
sobre él.
Cuando
Rafael la hizo enganchar una pierna con la de él, sintió la tensión de los
poderosos músculos de su muslo. Abrió los ojos para suplicarle con la mirada
que
parara aquella tortura de los sentidos. Los negros ojos de Rafael le secaron la
garganta. En el rostro llevaba escritas sus intenciones: aquella noche iba a
poseerla.
Durante
un instante, Isobel creyó que iba a besarla y la piel se le cubrió de una fina
capa de sudor. Pero Rafael rompió el contacto con los ojos y continuó bailando.
Isobel
se sentía extremadamente expuesta, vulnerable. Ese tango se había convertido en
una muestra del dominio sensual de Rafael sobre ella y, con cada movimiento,
con cada paso de baile, le pareció que Rafael era más y más consciente de lo
mucho que le deseaba.
Por
fin, sonaron los últimos acordes de la melancólica música. Isobel respiraba
trabajosamente y se sentía mareada. Estaba en la típica pose suplicante de
tango: echada hacia atrás y mirando al rostro de Rafael.
Los
presentes comenzaron a aplaudir, pero fue la mirada triunfal de Rafael lo que
la provocó. Actuó siguiendo el instinto. Liberó su mano de la de Rafael y le
dio una bofetada.
Se
hizo un profundo silencio. Los aplausos cesaron.
De
repente, antes de darse cuenta de lo que ocurría, Rafael volvió a agarrarla,
tiró de ella hacia sí y le aplastó la boca con la suya. Con dureza y ardor,
penetrándola con la lengua. Y ella le recibió y le respondió, con enfado,
agresivamente, mordisqueando. En ese momento, le odiaba por todo lo que la
hacía sentir.
Arqueó
el cuerpo para acoplarse al de él, como si quisiera fundirse con él. Era como
si hubiera cruzado una línea de demarcación y ya no pudiera volver atrás,
sobrecogida por la pasión y el deseo. Entonces, Rafael se separó de ella,
aunque aún tomándole la mano.
Atónita
y vulnerable, Isobel le siguió con paso tembloroso fuera de la pista de baile.
Con alivio, vio que otra gente se había puesto a bailar.
Isobel
apenas se dio cuenta de que Rafael daba unas breves órdenes a una persona;
después, se encontró cruzando el vestíbulo del hotel para salir a la calle,
donde el coche les estaba esperando.
Sentada
en el asiento posterior y aún aturdida, Isobel declaró con enfado:
–No
voy a pedirte disculpas. Podría haber sido un baile normal, pero tú... lo
convertiste en algo sumamente indecente.
Isobel
le lanzó una rápida mirada y le vio pasarse una mano por el cabello.
–Lo
único indecente ha sido la intensidad de la frustración sexual. Ni yo he sido
capaz de bailar decentemente ni tú de rodearme el cuerpo con el tuyo.
Isobel
se ruborizó al recordar lo que había sentido con la pierna de Rafael entre las
suyas. Sí, un tango era la expresión vertical de un acto horizontal. Era un
baile excitante.
–Tengo
que recordarte que has sido tú quien me ha arrancado el vestido como un
troglodita.
En
ese momento, el coche se detuvo delante de la puerta de la casa. Rafael no
contestó y salió. Antes de que ella pudiera hacer lo mismo, Rafael le abrió la
portezuela.
Isobel
lanzó un grito cuando Rafael, con un movimiento rápido, la sacó del coche y se
la cargó al hombro.
Isobel
cerró la boca, consciente de que era inútil decir nada. Además, sentir
los
músculos del hombro de Rafael bajo el cuerpo la había dejado sin habla.
Arriba,
dentro del dormitorio de Rafael, éste cerró la puerta de un puntapié. De
repente, Isobel se vio de nuevo de pie y respirando trabajosamente.
Sentía
excitación y temor. Sabía que estaba perdida, su deseo era demasiado intenso
para resistirse. No le quedaban defensas.
Sin
embargo, sin pensar, saltó:
–No
te acerques a mí. Eres un troglodita.
La
tensión emanaba de él. Los músculos de la mandíbula se le movieron.
Sus
ojos eran dos pozos negros.
Isobel
quiso que Rafael cruzara la distancia que los separaba, que la tomara en sus
brazos y que silenciara los ecos de su corazón.
Pero
entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la tensión se disipó. Rafael se acercó
de nuevo a la puerta y, en voz baja y tensa, dijo:
–Maldita
seas, Isobel.
Entonces,
Rafael abrió la puerta y se marchó.
Capítulo
9
EN
EL MOMENTO en que Rafael se marchó, Isobel se vino abajo, como si se hubiera
quedado sin fuerzas de repente. Se sentó en la cama de Rafael. ¿Qué había
pasado? Rafael se había ido, demostrando de nuevo que tenía mucho más control
que ella. El deseo hacía que el cuerpo le doliera.
De
repente, vio todo claro. Sólo podía hacer una cosa, sólo quería estar en un
lugar, sólo con una persona.
Tenía
que dejar su marca en ese hombre, no iba a seguir negándolo. Y no disponía de
tiempo para pensar en las consecuencias.
Rafael
contemplaba las brasas del fuego que Juanita debía de haber encendido por la
tarde. Se llevó la copa a los labios con mano temblorosa.
Volvió
a preguntarse por qué se había marchado de la habitación y por qué no la había
poseído. Tuvo que reconocer que era porque la deseaba tanto que ni siquiera
podía pensar con la cabeza. Al llegar a la habitación, se había dado cuenta de
que jamás había deseado tanto a una mujer, ni siquiera a Ana, de quien había
creído estar enamorado. Y al pensar en las consecuencias...
La
puerta hizo un ruido y se puso tenso.
Isobel
empujó la hoja de la puerta y, al abrirla, vio a Rafael de pie delante de la
chimenea. Le vio levantar el brazo y beber. Luego, él dijo con aspereza.
–Vete,
Isobel. No estoy de humor para tus juegos.
Isobel
dio un respingo, sentía dolor en el corazón. Se adentró en la estancia y cerró
la puerta tras sí. El pulso le latía con fuerza mientras contemplaba el fuerte
cuerpo de Rafael cubierto con el esmoquin negro. Sin embargo, advirtió cierta
vulnerabilidad en él, quizá por su postura.
Rafael
siguió sin volverse, pero parecía tener ojos en la nuca.
–Te
he dicho que...
–Te
he oído –le interrumpió ella–, pero no voy a marcharme.
Rafael
echó la cabeza atrás, vaciando el vaso de lo que fuera que había contenido;
después, lo dejó en el dintel de la chimenea. Y entonces, muy despacio, se dio
media vuelta.
Lo
único que Isobel vio fueron esos ojos oscuros al otro lado del cuarto de estar
penetrándola, traspasándola. Quemándola. Rafael había deshecho el lado de la
pajarita y ésta colgaba de su cuello. También se había desabrochado los dos
botones superiores de la camisa.
Isobel
casi no podía respirar. Rafael se cruzó de brazos.
–¿Has
venido a seguir insultándome, Isobel? ¿Quieres continuar jugando conmigo?
Isobel
avanzó unos pasos y se detuvo a un par de metros de Rafael. La piel le ardía y
le picaba.
–Yo...
–¿Tú,
qué? –dijo Rafael en tono burlón.
Instintivamente,
Isobel extendió un brazo y agarró el de Rafael.
–Lo
siento. Rafael, jamás he tenido la intención de jugar contigo. He luchado
contra
ti, contra mí misma... pero ya no puedo seguir haciéndolo –alzó el rostro y le
miró fijamente a los ojos–. Yo... te deseo, Rafael.
Una
dura sonrisa burlona asomó a los labios de él, partiéndole el corazón a Isobel.
–¿Que
me deseas? Ella asintió.
–Creo
que necesitas explicarte mejor, Isobel. Para evitar malentendidos, ¿te parece?
No me gusta que me llamen troglodita ni que no me dejen más opción que
comportarme como un cavernícola. ¿Te resulta más fácil acostarte con un
sentimental que con el cruel magnate que creías que era?
Isobel
volvió a dar un respingo y bajó los ojos al suelo, sabía que se merecía esas
palabras. Rafael había demostrado ser un hombre íntegro.
–Quiero
que me hagas el amor, Rafael –Isobel tragó saliva–. Yo... lo que pasa es que
antes no estaba preparada. No podía...
Rafael
se sacó una mano del bolsillo y, con un ademán, interrumpió lo que iba a decir:
–Ya
está bien de explicaciones, Isobel, son innecesarias. Has venido a decirme que
estás lista para acostarte conmigo, ¿no es eso?
Isobel,
aunque sintiéndose agredida, asintió.
Rafael,
con gesto de no darle importancia, se quitó la chaqueta y la tiró encima del
brazo de un sillón antes de acercarse y sentarse.
Isobel,
muy quieta, le observó.
Entonces,
después de apoyar los codos en los brazos del sillón y con una expresión
imposible de interpretar, Rafael la miró y dijo con voz gutural:
–Quítate
la ropa.
Isobel
se lo quedó mirando con horror.
–¿Quieres
que me desnude... aquí? Rafael inclinó la cabeza.
–¿Tan
difícil te resulta de entender, Isobel?
–¿Quieres
hacer el amor aquí? –preguntó ella, sin darse cuenta de la vulnerabilidad que
se advertía en su voz.
–Isobel,
o te quitas la ropa o te la quito yo aunque sea a tirones.
Además
de nervios y humillación, Isobel también sintió excitación y deseo.
Pensó
en esto último, se aferró a esa sensación como si fuera su ancla.
Rafael
se recostó en el respaldo del sillón como un rey de la antigüedad en su trono
contemplando a su concubina.
Isobel
se llevó una mano a un costado para bajarse la cremallera del vestido. Comenzó
a bajarla y los dedos le erizaron la piel...
De
repente, no pudo soportar la fría mirada e Rafael y se volvió. Durante unos
segundos, las lágrimas afloraron a sus ojos. Jamás habría imaginado nunca que
la primera vez iba a ser así, pero ese hombre le había cambiado la vida.
La
cremallera del vestido produjo un ruido increí blemente alto en el silencio de
la estancia. Isobel respiró hondo y dejó que el cuerpo del vestido le cayera a
la cintura, mostrando su espalda desnuda a Rafael.
Después
de volver a respirar profundamente, con lágrimas en los ojos, Isobel se bajó el
vestido hasta dejarlo caer a sus pies. Cerró los ojos un momento. Se sentía
completamente desnuda con sólo unas diminutas bragas. Cruzando los brazos sobre
los pechos, se dio media vuelta.
Rafael
parecía una estatua de piedra. No se le movía un solo músculo. Lo único que se
le movían eran los ojos, de abajo arriba...
La
piel le picó en todo el cuerpo.
–Baja
los brazos. Quiero verte.
Mordiéndose
los labios, Isobel dejó caer los brazos y cerró las manos en dos puños.
Conscientemente, hizo un esfuerzo por no pensar que Rafael debía de estar
comparándola con su despampanante ex novia.
De
repente, se dio cuenta de que no podía seguir con aquello. No podía continuar
delante de él como si fuera una esclava en un mercado esperando a que la
compraran.
–Yo...
no puedo, Rafael, no puedo. Lo siento.
Isobel
se volvió y bajó la cabeza. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas.
Entonces
sintió movimiento a sus espaldas. Rafael la agarró del brazo y la obligó a
volverse. Sintió un dedo en la barbilla obligándola a levantar la cabeza y oyó
la voz de Rafael insoportablemente áspera:
–Isobel,
te lo juro, esta vez has ido demasiado lejos...
Entonces
se interrumpió, y ella se dio cuenta de que debía de haberle visto las
lágrimas.
–Abre
los ojos –dijo él. Isobel sacudió la cabeza.
–Nunca
he hecho esto, Rafael. Siento no ser más sofisticada, pero... No sé cómo
seducirte.
Rafael
se quedó muy quieto.
–¿Qué
es exactamente lo que quieres decir?
–Nunca
me he acostado con un hombre.
Rafael
frunció el ceño y luego murmuró algo ininteligible.
–Lo
sospechaba. Pero cuando me dijiste que habías tenido amantes... Isobel volvió a
negar con la cabeza.
–Estaba
enfadada. No quería que supieras que soy virgen. Rafael le puso una mano en la
nunca y la atrajo hacia sí.
–¿No
quieres hacer el amor?
Isobel,
una vez más, sacudió la cabeza.
–Sí
quiero, pero no si tú sigues mostrándote tan frío.
Los
ojos de Rafael la quemaron. De repente, estaba muy serio.
–Perdóname,
Isobel. Yo también estaba enfadado. No sabes lo mucho que te deseo... No se me
ocurrió... Creo que lo mejor será ir a un sitio más cómodo teniendo en cuenta
que es tu primera vez.
–De
acuerdo –contestó ella, consciente de que no había marcha atrás.
Rafael
la cubrió con la chaqueta del esmoquin y la levantó en sus brazos. En cuestión
de segundos, estaban de nuevo en la habitación de él y con la puerta firmemente
cerrada.
Con
ella aún en los brazos, Rafael se la quedó mirando durante un prolongado
instante. A ella casi le dolía respirar.
Y
entonces, como si no soportara la idea de soltarla, Rafael bajó el rostro y le
rozó los labios con los suyos mientras sus brazos la estrechaban con más
fuerza. Ella le rodeó el cuello con los brazos y se sumió en el beso, las
llamas de la pasión haciéndose cada vez más ardientes.
Isobel
cambió de postura en los brazos de él. Rafael continuó besándola con
pasión
antes de alzar la cabeza para volver a inclinarla con el fin de besarle los
senos. Ella se agitó de excitación.
Despacio,
Rafael la dejó de pie. Ella continuó aferrada a su cuello, su cuerpo entero era
una masa de sensaciones y energía frustrada, y esperó con impaciencia a que
Rafael se quitara la pajarita y se desabrochara la camisa al tiempo que daba un
paso hacia delante. Isobel, a su vez, retrocedió un paso mientras se quitaba la
chaqueta del esmoquin. Continuaron así hasta que ella se tropezó con la cama.
Isobel
cayó sentada encima del colchón. Rafael se despojó de la camisa y ella abrió
desmesuradamente los ojos al verle el torso desnudo salpicado de vello rizado
negro. Los músculos del vientre de Rafael estaban perfectamente delineados y
una línea de vello descendía por ellos hasta desparecer bajo la cinturilla del
pantalón.
Isobel
tragó saliva, alzó la mirada y clavó los ojos en los de él. Oyó la cremallera
de los pantalones y éstos cayeron al suelo. Entonces, Rafael la tumbó en la
cama y se inclinó sobre ella.
Rafael
le acarició un pezón, haciéndola morderse los labios para evitar gemir de
placer.
–¿Sabes
cuánto tiempo llevo soñando con esto? –le preguntó él con voz ronca.
Isobel
sacudió la cabeza.
–Demasiado.
Rafael
le cubrió la boca con la suya y ella se sintió perdida, se ahogó en un mar de
placer que jamás había imaginado que pudiera existir... y olvidó todos sus
temores y preocupaciones.
Sobre
todo, cuando Rafael comenzó a recorrerle el cuerpo con la boca y a chuparle un
pezón.
Isobel
casi lloró de frustración. Arqueó la espalda a modo de súplica y sintió el
fuerte y poderoso cuerpo de Rafael entre sus piernas, y sintió espasmos en el
centro de su ser.
Rafael
se apartó ligeramente para mirarla. Tenía los ojos sumamente brillantes cuando,
despacio, le quitó las bragas, tirándolas al suelo.
Ahora,
Isobel estaba completamente desnuda, pero una rápida mirada confirmó que Rafael
aún llevaba puestos los calzoncillos. Demasiado excitada y confusa para decir
nada, se limitó a observarle mientras él parecía retroceder mientras le
acariciaba los costados a la altura de las caderas, los muslos...
–Rafael,
¿qué estás...?
Se
interrumpió cuando Rafael le separó las piernas y luego, después de bajar la
cabeza, le besó el vientre y más abajo. Y entonces fue cuando sintió el aliento
de él en la entrepierna...
–Relájate,
querida, ya verás como te gusta. Te lo prometo.
Y
entonces, su mundo dejó de girar, cuando sintió la boca y la lengua de Rafael
en ese húmedo y secreto rincón de su cuerpo. Agarró con fuerza la sábana y
arqueó la espalda.
–Raf...
ael...
Rafael
se mostró brutal, intenso, provocando respuestas de las que ella jamás se
habría creído capaz. Con la boca, la hizo alejarse del mundo que conocía hasta
ese momento. Trató de aferrarse a la realidad, pero, al final, se le escapó.
Se
puso tensa. Y después... un exquisito placer, algo que pulsaba dentro de ella.
El mundo giraba, ella estaba mareada. Se dio medio cuenta de que Rafael se
estaba quitando los calzoncillos y, al instante, sus brazos volvieron a
rodearla.
–¿Estás
bien? –le preguntó, mirándola fijamente.
Isobel
asintió. Entonces sintió la dura erección de Rafael en el muslo e,
instintivamente, bajó la mano para tocarle.
Se
sintió exaltada al rodear con los dedos aquel órgano duro. Le oyó tomar aire y
entonces Rafael le cubrió la mano con la suya y se la apartó suavemente.
–Ya
tendremos tiempo para eso, querida. Pero ahora... no puedo esperar.
Instintivamente,
cuando Rafael se colocó, Isobel se abrió de piernas. Le sintió empujar mientras
sentía una curiosa desazón en el cuerpo, como si quisiera saciar algo que
estaba creciendo dentro de ella. Se movió inquieta. Y entonces Rafael se
deslizó en ella, despacio y con cuidado.
Isobel
se arqueó hacia él, pero Rafael retrocedió y gruñó:
–No.
Esto te va a doler un poco. Deja que yo marque el ritmo –la besó en los labios,
aún conteniéndose.
–Rafael
–gimió ella, suplicándole–. Por favor, Rafael. Estoy bien.
Con
un rápido movimiento, Rafael la penetró completamente. Isobel jadeó al sentirle
inmerso en su cuerpo. Con un leve gesto de caderas, le indicó que estaba bien.
El
ritmo de los empellones de Rafael se aceleró e Isobel le rodeó la cintura con
las piernas, exigiendo más y más, gimiendo de placer.
Ninguno
de los dos podía respirar y lo que ella había sentido antes no era nada
comparado con las sensaciones de ese momento. El placer era casi doloroso.
Rafael continuó moviéndose y, por fin, ella se vio arrastrada por un oleaje
orgásmico que la hizo contraer los músculos internos alrededor de Rafael al
tiempo que él también se ponía rígido durante un prolongado momento... y
entonces sintió un cálido líquido dentro de su cuerpo.
Al
cabo de un rato, tumbados el uno al lado del otro y abrazados, se cubrieron con
las sábanas. Isobel, que tenía la cabeza sobre el hombro de Rafael, la alzó y
preguntó con timidez:
–¿Es
siempre... así?
Rafael
rebosaba orgullo viril, más aún ahora que sabía que era el primer amante de
Isobel. Volvió la cabeza para mirarla y la besó en la frente.
–Si
te refieres a nosotros dos, sí lo será.
Poco
a poco, extenuados y saciados, se quedaron dormidos.
Isobel
se despertó de un sobresalto. Se encontró en una cama desconocida y con una
extraña sensación en su dolorido cuerpo... y otro cuerpo muy cálido junto al
suyo. Al instante, lo recordó todo y un intenso calor le subió por el cuerpo.
Lanzó
un quedo gruñido. Por suerte, Rafael ya no la tenía abrazada. Le miró de reojo
y el corazón le dio un vuelco al verle tan arrogantemente satisfecho y
relajado, con sus largas y fuertes extremidades en postura de abandono. La
sábana apenas podía enmascarar la evidencia de su impresionante miembro.
Se
ruborizó al recordar cómo le había tocado y lo que había sentido al tenerle
dentro de su cuerpo. De repente, se vio presa de un ataque de pánico y saltó de
la cama. Se quedó muy quieta, segura de que le había despertado. Pero
Rafael
seguía durmiendo, aunque había cambiado de postura en la cama.
Isobel
no podía creerlo. Se había propuesto hacer que ese hombre se divorciara de ella
y la noche anterior lo había olvidado por completo. Se tocó los labios, los
tenía hinchados. Dio un respingo al recordar cómo se había abrazado a Rafael.
Sin
molestarse siquiera en buscar la ropa interior, salió de la habitación de
Rafael y fue a la suya, segura de que a él no le gustaría despertarse con su
esposa pegada a él como una lapa.
Sólo
debía de haber dormido unos diez minutos cuando se despertó sobresaltada y vio
a Rafael junto a su cama, completamente desnudo. Un intenso calor le subió por
el cuerpo y agarró con fuerza la sábana.
–¿Qué
pasa?
–¿Qué
demonios crees tú que pasa?
Isobel
sintió un calor líquido en la entrepierna.
–Estoy
durmiendo.
–¿Qué
haces aquí? Anoche, si no recuerdo mal, estabas en mi cama, como debe ser.
Isobel
estaba resentida por lo fácil que a Rafael le resultaba dominarla.
–Quería
estar en mi cama. Quería estar sola. Rafael se agachó y le arrebató la sábana.
–¿Cómo
te atreves...?
Ignorándola,
Rafael la levantó en sus brazos sin aparente esfuerzo. Ella forcejeó furiosa,
el cuerpo se le derretía y le ardía simultáneamente. Se había puesto un pijama
de seda y, a través del fino tejido, podía sentir la caliente piel de Rafael.
Rafael
la llevó a su habitación y la dejó caer en la cama. Se tumbó al lado de ella
e... Isobel dejó de forcejear.
El
largo, esbelto, desnudo y excitado cuerpo de Rafael estaba pegado al suyo otra
vez, y una vez más se sometió a las caricias de ese hombre. Y tembló.
–¿Estás
dolorida?
Isobel
sacudió la cabeza. No, no estaba dolorida.
–Estupendo.
Porque esta vez vamos a tardar un poco más... Y no quiero volver a oír eso de
que necesitas tiempo para estar sola, ¿de acuerdo?
Capítulo
10
UNAS
horas más tarde Isobel se despertó, estaba sola en la cama.
Se
dio la vuelta, escondió el rostro en la almohada y lanzó un gemido. Sus temores
se veían confirmados, su relación íntima con Rafael había despertado en ella
sentimientos. La confusión la hacía querer reír y llorar al mismo tiempo. Pero
se negaba a contemplar la posibilidad de que esas emociones fueran profundas.
Volvió
a darse la vuelta y se quedó mirando el techo. Lo que sentía tenía que deberse
al hecho de que había perdido la virginidad, era algo biológico.
La
puerta del dormitorio se abrió. Era Juanita con una bandeja en la que había
zumo de naranja. Dejó la bandeja al lado de ella, que se ruborizó, pero Juanita
se limitó a sonreír.
Isobel
parpadeó y se quedó observando a Juanita mientras ésta descorría las cortinas.
¿Qué le pasaba? ¿Le había sonreído?
–El
señor Romero se ha marchado a la oficina. Me ha pedido que le diga que yo voy a
trasladar sus cosas a esta habitación.
–Pero...
–Isobel fue a protestar, pero calló al ver la mirada de Juanita–. Está
bien.
No
tenía fuerzas para seguir luchando. Además, lo único en lo que podía
pensar
era en la noche de ese día y en todas las noches después de ésa... con Rafael.
El
fin de semana llegó a su fin y Rafael la llenaba: cuerpo, mente y alma. Sólo se
habían acostado juntos dos noches, pero ya le resultaba imposible recordar los
tiempos en los que los posesivos brazos de Rafael no la habían protegido
durante el sueño.
Por
lo tanto, cuando el lunes durante el desayuno Rafael le dijo que seguía con la
intención de acompañarla a ver al agente inmobiliario, ella protestó.
–En
serio, no es necesario. Sé que estás muy ocupado... Rafael se limitó a mirarla.
–Voy
a ir contigo, tanto si te gusta como si no. Así que prepárate que nos vamos.
Al
ver la implacable expresión de Rafael, ella dejó de discutir.
El
efecto que la presencia de Rafael tuvo en La Boca fue casi cómico. El agente
inmobiliario bajó tanto el precio que ella casi se sintió culpable.
En
poco tiempo, se encontraron en una enorme sala vacía de altos techos y ventanas
inmensas. Era perfecta para lo que ella quería.
Rafael
bajó el rostro y le rozó la comisura de los labios con un beso.
–Si
te gusta este sitio, lo arreglaré todo para que sea tuyo inmediatamente.
A
Isobel le estaba costando conservar el equilibrio. Le asustaba la facilidad con
que Rafael estaba transformando su mundo.
Pero
asintió.
–Sí,
me parece bien.
Salieron
del edificio de la mano. Isobel tenía miedo de lo que sentía por Rafael, ahora
que no tenía motivos para odiarle.
Al
día siguiente, mientras ayudaba a Juanita a trasladar sus cosas al cuarto de
Rafael, vio al ama de llaves con una caja en los brazos.
–¿Qué
quiere hacer con esto?
Isobel
reconoció la caja de madera de palo de rosa que se había llevado de la
estancia. Le explicó a Juanita que no tenía la llave y que quería abrirla, y
Juanita la condujo al garaje, a un lado de la casa, donde un hombre que Rafael
empleaba para arreglar cosas que se estropeaban estaba trabajando.
Isobel
le saludó con cierta timidez, consciente de que no había hecho ningún esfuerzo
por conocer a los empleados.
En
unos minutos y sin dañar la caja, Carlos la abrió. Después de darle las
gracias, ella regresó a la casa y se adentró en su suite, ahora ya vacía. Se
sentó con las piernas cruzadas encima de la cama y abrió la tapa de la caja.
Encontró
montones de cartas atadas con lazos. Abrió una de ellas y se dio cuenta de que
eran cartas de amor. Eran cartas de amor que se habían escrito sus abuelos,
desde la adolescencia a la boda.
En
el interior de la tapa, había grabada una inscripción: Juntos toda la vida, mi
amor. Y a sus ojos asomaron unas lágrimas.
Después
de leer las cartas, cerró la caja y juró llevarla al sitio donde debía estar:
el mausoleo en el que estaban enterrados sus abuelos. Se encontraba muy
sensible después de haber leído alto tan íntimo y privado, y no pudo contener
el llanto. Con enfado, se secó las lágrimas mientras trataba de convencerse a
sí misma de que lloraba por el pasado... pero no era así, no debía seguir
engañándose.
Lloraba
porque no conocía un amor como el de sus abuelos, un amor correspondido.
Se
tumbó en la cama, decidida a enfrentarse a la verdad. Sí, estaba enamorada de
Rafael.
Rafael
entró en la habitación en penumbra y vio a Isobel tumbada en el desnudo colchón
del ahora vacío cuarto. Sintió una súbita cólera al suponer que Isobel iba a
insistir en permanecer en ese dormitorio, a pesar de haberse acostado con él.
Pero
entonces se contuvo y lanzó una maldición al notar que ella había estado
llorando, en las suaves mejillas se veía el surco seco de las lágrimas. Al
instante, se le hizo un nudo en el estómago.
Fue
entonces cuando reconoció la caja. Con cuidado de no despertar a Isobel, agarró
la caja, la abrió, sacó una carta y la leyó. Mientras leía, su expresión
ensombreció.
Con
sigilo, guardó la carta, cerró la caja y la dejó donde la había encontrado. Se
enderezó en el momento en que Isobel abría los ojos.
–¿Qué
hora es? –preguntó ella con voz ronca–. Me he quedado dormida.
–Son
las siete.
Isobel
se incorporó en la cama. Tenía el cabello revuelto y estaba irresistible. Y él
tuvo que hacer un ímprobo esfuerzo para no hacerle el amor. Sin embargo, en ese
momento, era un lujo que no podía permitirse.
–Creía
que ibas a volver más tarde del trabajo.
–Sí,
yo también lo creía, pero he venido porque necesito tu ayuda.
Se
sentía insoportablemente vulnerable y sensible tras la lectura de las cartas de
amor de sus abuelos, a lo que había que añadir el efecto que en ella tenía
estar sentada al lado del hombre que le había hecho el amor con una intensidad
extrema. Por lo tanto, se refugió en lo que la hacía sentirse más segura:
apartar a Rafael de sí. No obstante, era consciente de lo inútil de esos
esfuerzos porque Rafael ya había derrumbado sus defensas.
Rafael
le había explicado que Bob Caruthers estaba algo nervioso después de presenciar
su exhibición pública la otra noche y de que se hubieran marchado sin
despedirse siquiera. A lo que había que añadir la noche que Rafael,
prácticamente, la había llevado a cuestas a la casa de lo borracha que estaba.
–No
es sólo culpa mía, Rafael. No soy yo quien inició un tango apropiado para las
calles de La Boca.
Los
labios de Rafael eran una dura línea.
–Te
dije que una de las razones por las que quería casarme era para que cesaran las
habladurías. Hasta el momento, no lo estamos haciendo muy bien.
–Quizá
se deba al hecho de que este matrimonio no fue de mutuo acuerdo.
Los
dos nos vimos obligados a ello.
–Dejémoslo
estar, Isobel. Esta noche, hagamos como si estuviéramos unidos, ¿de acuerdo?
Realizaron
el trayecto al restaurante en silencio. Isobel se dejó llevar de la mano al
interior del restaurante, donde se reunieron con Bob y Rita.
La
velada entera se redujo a una demostración de los buenos modales propios de las
clases altas. Eso fue todo.
De
vuelta en la casa, Isobel se volvió a ese hombre que, de repente, le parecía un
extraño y, al mismo tiempo, alguien a quien conocía de toda la vida. Fue a
hablar, pero Rafael le selló los labios con un dedo. Entonces, comenzó a
acariciarle el cabello y a besarla hasta quitarle el sentido.
Por
fin, se apartó de ella y la miró intensamente.
–Gracias
por tu ayuda esta noche. Cuando estabas recogiendo el abrigo, Bob Caruthers me
ha dicho que va a firmar el contrato para montar el negocio aquí. Lo hemos
conseguido.
Un
inmenso alivio la invadió.
–No
sabes cuánto me alegro –respondió ella con voz ronca–. No me gustaría sentirme
responsable de estropear algo tan importante.
Rafael
la estrechó contra su cuerpo y ella sintió su erección. Una llama líquida le
corrió por las venas y la hizo temblar.
–¿Lo
ves? Formamos un buen equipo.
–Es
posible –fue todo lo que ella pudo decir.
–De
posible, nada. Es así –contestó Rafael.
Y al
instante, la levantó en los brazos y la llevó al piso de arriba.
Un
mes más tarde, Isobel se estaba arreglando para recibir a los invitados que
iban a cenar a su casa aquella noche. Casi no daba crédito a lo mucho que había
cambiado de opinión respecto a Rafael. Su marido era un filántropo, y el motivo
de que no se le reconociera era su profunda humildad, Rafael no quería
que
nadie se enterase de sus obras benéficas.
Isobel
salió del dormitorio para bajar y reunirse con su marido. No puedo evitar
sentir un nudo en la garganta. A pesar de que su vida sexual era sumamente
intensa e increíblemente satisfactoria, Rafael no se abría emocionalmente a
ella. Era evidente que su marido jamás sentiría amor por ella.
Sólo
por las noches la frialdad y la distancia se esfumaban. La pasión era intensa,
pero seguida de dolor. Ella se acurrucaba junto al cuerpo de Rafael y no podía
dejar de pensar que a su marido le habían destrozado el corazón en el pasado y
no tenía intención de arriesgarse a que volviera a ocurrirle.
Isobel
casi se desmayó al ver a Rafael, tan guapo con el traje negro y la camisa
blanca. Hizo lo que pudo por ignorar la violencia de su pulso.
Sin
embargo, se le encogió el corazón al verle tan frío y serio. Pero antes de
poder hacer ningún comentario, aparecieron los primeros invitados, y no le
quedó más remedio que asumir su papel como anfitriona.
Cuando
el último de los invitados salió por la puerta, Isobel la cerró con gesto de
cansancio y dio las buenas noches a Juanita.
Se
llevó una sorpresa al ver a Rafael aparecer en el vestíbulo con las llaves del
coche colgando de un dedo.
–Me
gustaría llevarte a un sitio, ¿quieres venir conmigo? –preguntó Rafael
mirándola con intensidad.
Isobel
frunció el ceño.
–¿Ahora?
Rafael asintió.
–De
acuerdo –respondió ella.
Sin
mediar palabra, Rafael la ayudó a subir al Range Rover.
La
llevó a un lugar entre La Boca y San Telmo. Rafael paró el coche en frente de
un edificio en ruinas, salió, rodeó el vehículo y le ofreció la mano.
Cruzaron
la calle y ella preguntó:
–¿Adónde
vamos?
Rafael indicó una puerta,
parcialmente oscurecida por unas pesadas cortinas de terciopelo.
–Ahí.
Al
entrar, Isobel sintió el calor de muchos cuerpos que se acercaron a recibirles;
después, oyó los acordes de un tango. Era una milonga.
Acabaron
en un salón de decoración recargada y brillantemente iluminado.
Ahí,
muchas parejas, ensimismadas, ocupaban una pista de baile.
Rafael
la condujo a un asiento en un apartado rincón, a un extremo de la pista de
baile, y pidió bebida. Después, dijo:
–Aquí
es donde aprendí a bailar el tango. Aquí era donde mi abuela nos
traía.
Isobel
se lo quedó mirando.
–¿A
tu hermano y a ti?
Rafael
asintió mientras seguía a los bailarines con la mirada.
–Mi
abuela sabía lo que pasaba... lo de las palizas. Creo que nos traía para
protegernos...
entre otras cosas.
A
Isobel se le encogió el corazón al recordar la infancia de Rafael. Le cubrió
una mano con la suya. Entonces, Rafael la miró a los ojos con una intensidad
que casi la mareó. Durante unos segundos, casi imaginó...
No,
no era posible. Y volvió el rostro hacia la pista de baile. Tenía que dejar de
esperar lo imposible.
Apartó
la mano de la de Rafael. Había cientos de salas de baile como ésa en Buenos
Aires, ocupadas por parejas anónimas que bailaban hasta bien entrada la
madrugada. Se respetaba un cierto código de conducta: si un hombre quería
bailar con una mujer, le hacía una seña desde el otro lado de la sala, ella
aceptaba o no, según. Ese lugar no era para los principiantes, sino para los
oriundos de aquella ciudad, para los amantes del tango que iban ahí a perderse
en aquella música melancólica, en su gran belleza y en su sensualidad.
Por
eso, cuando Rafael se puso en pie y le ofreció la mano, Isobel la aceptó. Se
levantó y acudió a los brazos de él, pero bajó la cabeza para que no viera en
sus ojos lo que sentía su corazón.
Comenzaron
a bailar. Una canción dio paso a otra. Isobel perdió la cuenta de los tangos
que bailaron, sólo sabía que podía seguir así durante el resto de su vida, con
la cabeza bajo la mandíbula de Rafael, los ojos cerrados y sus cuerpos juntos.
Tocaron
Volver, de Carlos Gardel. Era la canción que tantas veces había visto bailar a
sus abuelos y, con cada paso, con cada palabra de la canción, temió deshacerse.
Era
un tango apasionado y erótico, pero también trataba de la profundidad del dolor
humano, de pérdida y sufrimiento. La letra de la canción le partió el corazón.
Se quedó muy quieta y se separó de Rafael mientras las lágrimas le resbalaban
por las mejillas.
Rafael
frunció el ceño y le ofreció la mano, pero ella se echó atrás y salió de la
pista de baile.
–No
–dijo Isobel sacudiendo la cabeza–. No, Rafael. Lo siento, no puedo continuar.
No puedo.
Se
marchó corriendo de la sala de baile y salió a la calle. Comenzó a caminar sin
rumbo, sin saber adónde iba. Oyó unos pasos a sus espaldas. Una mano le agarró
el brazo, obligándola a volverse.
Rafael
se la quedó mirando.
–¿Qué
te pasa?
Isobel
se secó las lágrimas con una mano.
–Lo
que he dicho, Rafael. No puedo seguir contigo, lo siento. Sé que para ti es
suficiente un matrimonio de conveniencia, que lo necesitas para tu negocio,
pero para mí no lo es.
–Nunca
fue mi intención hacerte desgraciada. Pero lo eres, ¿verdad?
Isobel
asintió. Después, alzó el rostro y miró a Rafael a través de las lágrimas.
Estaba guapísimo y sintió un gran vacío en el estómago. Tiró de su brazo y
Rafael la soltó.
–Quiero
el divorcio, Rafael. Si te resulta un problema que seamos copropietarios de la
estancia, firmaré lo que quieras, te cederé mi parte. Me conformo con haberla
vuelto a ver. Pero no puedo seguir casada contigo, me moriría de pena. Si
hubiera amor... pero yo no puedo soportarlo sin amor.
–Sin
amor... –repitió Rafael con voz débil. Por fin, Isobel dejó de llorar.
–En
una ocasión dijiste que yo era una romántica. Pues bien, lo admito, lo soy.
Para mí es importante querer a la persona con quien se vive y que esa
persona
te quiera. No puedo soportar la idea de que tengamos hijos y no nos queramos,
como pasó con mis padres...
Rafael
estaba inmóvil, parecía una estatua.
–¿No
me amas? –preguntó él mirándola fijamente. El instinto de supervivencia
respondió por ella.
–Tú
siempre has dicho que este matrimonio no tenía nada que ver con el amor. ¿Por
qué iba yo a enamorarme de ti?
–Exacto,
¿por qué?
Isobel
no podía soportar más aquella conversación.
–Por
favor... ¿podríamos volver a casa? Por favor. Rafael, con el rostro
ensombrecido, asintió.
Realizaron
el trayecto en silencio. Una vez en la casa, sin mirarle siquiera, Isobel dijo:
–Dormiré
en una de las habitaciones de invitados.
–No
es necesario que lo hagas, lo haré yo –contestó él.
Isobel
se encogió de hombros, aunque se sentía morir por dentro. No tenía idea de lo
que iba a hacer de ahí en adelante, sólo sabía que no podía continuar así,
junto a él pero sin sentir su amor.
Capítulo
11
A LA
MAÑANA siguiente, cuando Juanita entró en el comedor, Isobel trató de esconder
las enormes ojeras bajo los ojos. Pero Juanita estaba distraída y sólo dijo:
–El
señor Romero me ha pedido que le diga que le llamará más tarde, cuando acabe la
reunión que tiene en Nueva York.
Isobel
parpadeó. Se le había olvidado por completo que Rafael iba dos días de viaje de
negocios a Nueva York. Se retrepó en el asiento ahora que sabía que Rafael no
iba a bajar a desayunar y ella no iba a transformarse en un manojo de nervios.
Isobel
aprovechó el día para ir a la academia de baile. Habló con decoradores y con
albañiles, y entrevistó a posibles profesores de baile para que trabajaran con
ella.
Por
la tarde, cuando Rafael la llamó al móvil, Isobel notó que estaba distraído. Lo
único que le dijo fue:
–Hablaremos
cuando vuelva a casa, ¿de acuerdo? Isobel, conteniendo las lágrimas, respondió:
–De
acuerdo.
Tres
días más tarde, Isobel casi se ahogó con el vaso de agua que estaba bebiendo
cuando Rafael entró en el despacho que tenía en casa; con el cabello revuelto y
barba incipiente, estaba irresistible.
Rafael
le había llamado la noche anterior para decirle que iba a retrasarse, y ella
había creído que llegaría más tarde.
Rafael
se la quedó mirando con gran intensidad.
–Estaba
viendo una cosa en Internet –explicó ella sentada delante del escritorio.
Rafael
inclinó la cabeza.
–Voy
a darme una ducha. Después, me gustaría que habláramos, ¿de acuerdo?
Isobel
asintió, segura de que Rafael quería hablar con ella de los detalles del
divorcio. ¿Acaso quería que fueran ya al abogado?
Cuando
Rafael bajó después de la ducha y le vio con unos pantalones negros y una
camisa blanca, el pelo mojado de la ducha y recién afeitado, creyó que el
corazón iba a salírsele del pecho.
Se
levantó del escritorio y fue a reunirse con él; entonces, le siguió hasta el
coche. Los nervios la hicieron guardar silencio. Por su parte, Rafael parecía
igualmente reservado y, mientras conducía por la ciudad, la expresión de su
rostro era intensa y seria.
Se
sorprendió al ver que Rafael la había llevado a una pequeña pista de aterrizaje
donde les estaba esperando una avioneta. Pero no dijo nada, se dejó llevar al
interior del aeroplano. Allí, Rafael le presentó al piloto y pronto, sin saber
adónde iban, se encontró sentada y abrochándose el cinturón de seguridad.
Isobel
se dio cuenta de que se había dormido durante el vuelo cuando sintió una mano
en el hombro.
–Isobel,
despierta. Estamos a punto de aterrizar.
Rafael.
Al
instante, abrió los ojos.
Miró
por la ventanilla y reconoció el lugar.
–¡La
estancia! –volvió la cabeza y miró a Rafael, era como si le estuvieran
arrancando el corazón–. ¿Por qué hemos venido aquí?
Rafael
estaba muy serio.
–Pronto
lo sabrás.
Isobel
se cruzó de brazos y, girando de nuevo la cabeza, miró por la ventanilla hasta
que la avioneta tocó tierra.
Un
Jeep les estaba esperando. Rafael se sentó al volante y ella a su lado. Pronto,
ella se dio cuenta de que no se encontraban lejos de la casa, podía verla en la
distancia. Pero en el punto en el que el camino se bifurcaba, en vez de girar a
la izquierda para ir a la casa, Rafael tomó el camino de la derecha.
Isobel
estaba hecha un manojo de nervios.
–¿Adónde
vamos?
–Ya
no falta mucho.
Rafael
continuó conduciendo por una carretera de tierra entre matorrales. Por fin,
salieron a un claro, y ella se dio cuenta de que estaba cerca del lago en los
terrenos detrás de la casa.
Rafael
paró el coche. El silencio que siguió fue ensordecedor. Rafael salió, rodeó el
vehículo, abrió la puerta de ella y le dio la mano para ayudarla a bajar.
Entonces, la miró durante un intenso momento y después echó a andar, con ella
de la mano, por el claro.
Isobel
vio unas luces en la distancia y, al acercarse, comprobó que era una marquesina
cubierta de hiedra y flores. El corazón se le contrajo y se llevó una mano al
pecho. Debía tratarse de la marquesina que sus abuelos mencionaban en las
cartas de amor. Ahí era donde se habían conocido.
Y
ella se había prometido a sí misma volver para conocerlo, pero se le había
olvidado... hasta ese momento.
Al
acercarse más, vio que las luces que brillaban eran cientos de linternas chinas
de diferentes tamaños. Se volvió y miró a Rafael, y se soltó de su mano. Por
primera vez desde que le conocía, Rafael parecía nervioso.
–Rafael...
¿por qué hemos venido aquí? Por fin, Rafael habló:
–Vi
lo que había en la caja de tu abuela y... espero que no te moleste, pero yo
también leí las cartas –la sonrisa no le llegó a los ojos–. Las leí porque
parecieron conmoverte.
–Sí,
así es –corroboró ella con voz débil.
–No
sabía qué hacer... cómo hacer esto –dijo Rafael con voz ronca–. Pensé que quizá
una carta... pero luego me di cuenta de que no podía competir con las cartas de
tus abuelos. Además, no me pareció bien. No es propio de mí.
A
Isobel le pareció como si Rafael le estuviera hablando en otro idioma.
–Rafael...
Rafael
le selló los labios con un dedo.
–Déjame
hablar, ¿te parece? Necesito hablar. Isobel asintió.
Rafael
apartó la mano, pero antes le acarició la mandíbula con las yemas de los dedos.
–La
otra noche quería hablar contigo, por eso te lleve a aquella sala de baile.
Pensé que allí me resultaría más fácil. Cuando bailamos nos comunicamos muy
bien, pasamos a otro nivel... Pero antes de que yo pudiera decirte nada, fuiste
tú quien habló, dejando muy claro cómo te sentías –Rafael la miró fijamente–.
Necesitas amor en nuestro matrimonio.
Isobel
asintió. Apenas podía respirar, se sentía hechizada por la mirada de Rafael.
–Hay
amor en nuestro matrimonio, Isobel –declaró Rafael de repente, en voz muy baja,
tocándose el pecho.
Y
ella notó que le temblaba la mano.
–Hay
amor... aquí –continuó Rafael–. Eso era lo que quería decirte la otra noche,
pero tú estabas tan disgustada... Y luego no me atreví a declararte mis
sentimientos ya que me pareció que tú sólo querías alejarte de mí.
Isobel
no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.
–¿Pero...
cómo? ¿Cuándo?
Rafael
se pasó una mano por el cabello.
–Creo
que todo empezó cuando te conocí, pero te juzgué mal. Luego, en París, empecé a
enfrentarme a la realidad. La verdad es que nadie me había afectado tanto en la
vida. Ni siquiera pude acostarme con otra mujer durante los seis meses previos
a ir a por ti a París. Luego, la noche que vi a Ana a tu lado, fue como ver un
pedrusco al lado de un brillante. Fue entonces cuando me di cuenta de que me
había metido en un verdadero lío, a pesar de no reconocer aún lo que me pasaba.
No podía admitirlo porque lo que sentí por Ana no admitía comparación con lo
que sentía por ti.
Rafael
sacudió la cabeza y continuó:
–He
estado enamorándome de ti y, al mismo tiempo, tratando de convencerme a mí
mismo de que no era así. Tuve que admitirlo cuando me di cuenta de que te
estaba haciendo infeliz, y eso me partió el alma. Sé que no quieres seguir
casada conmigo, pero tenía que intentarlo... ver si hay alguna posibilidad de
que permanezcamos juntos...
A
punto de estallar, Isobel hizo un ímprobo esfuerzo por mantener la calma.
–¿Qué
significo para ti, Rafael?
–Todo.
Lo significas todo. Sin ti, nada tiene sentido.
Rafael
se sacó algo del bolsillo trasero del pantalón. Era el contrato prematrimonial.
Lo rompió en varios pedazos y lo tiró al suelo.
–Eso
no significa nada sin ti; porque si te marchas y me dejas, no quiero nada que
me recuerde a ti. La estancia es tuya, siempre ha sido tuya.
Rafael
se interrumpió y sonrió amargamente antes de proseguir:
–Mi
relación con Ana me volvió muy cínico. Me negué a sentir nada por nadie. Pero
ahora me doy cuenta de que no estaba realmente enamorado, porque ahora sé lo
que es el amor. El amor es lo que está aquí, delante de mí, rompiéndome el
alma.
Isobel
respiró hondo y entonces agarró la mano de Rafael. Le miró a los ojos y una
inmensa sensación de paz se apoderó de ella. Después, se llevó la mano de
Rafael al corazón.
–Mi
corazón es tuyo, Rafael. Pero me faltó valentía para decírtelo. Te dije que
necesitaba amor, pero lo que necesitaba era tu amor, porque yo ya te amaba
–Isobel
tuvo que contener las lágrimas–. Luché mucho tiempo contra ello porque
estaba
convencida de que tú jamás me amarías. Era por eso por lo que no quería
acostarme contigo al principio, sabía que era mi última defensa, mi última
barrera. Hasta cierto punto, supe que me estaba enamorando de ti desde el
principio.
Con
incredulidad, Rafael alzó la otra mano y tiró de ella hacia sí.
–¿En
serio me quieres?
–Sí
–respondió Isobel–. Sí, te quiero.
Con
manos temblorosas, Rafael le acarició la cabeza con sumo cariño y ella no pudo
seguir conteniendo las lágrimas. Rafael bajó el rostro y se besaron como nunca
antes se habían besado.
Por
fin, sus rostros se separaron y él le secó las lágrimas.
–No
quiero volver a verte llorar –dijo él a regañadientes.
Isobel
sonrió. Quería que Rafael la besara y la besara durante el resto de la
vida.
Pero
justo en ese momento, se oyó un ruido cercano. Los dos se volvieron y
vieron
al ama de llaves, que con un gesto de disculpa, volvió a colocar una de las
linternas de la marquesina que se había caído.
Isobel
vio que había otras dos personas con ella, pero no logró ver quiénes eran.
Entonces, alzó los ojos hacia Rafael con expresión interrogante.
–¿Qué
pasa?
Rafael
sonrió, se le notaba aún algo nervioso.
–Para
esto es para lo que te he traído aquí.
Rafael
se puso de rodillas delante de ella, tomó sus manos y dijo:
–Quiero
que sepas que, si me hubiera visto libre para elegir una esposa, te habría
elegido a ti, te habría pedido de rodillas que te casaras conmigo y lo habría
mos hecho en este lugar. Porque te amo. Así que... Isobel Miller, quieres
casarte conmigo esta noche. Me harías el hombre más feliz del mundo.
Isobel
miró a su marido y lloró, sonrió, asintió y, por fin, logró responder con voz
ahogada:
–Sí,
me gustaría casarme contigo.
Rafael
se puso en pie y la llevó hasta la marquesina, donde esperaban el ama de
llaves, Miguel Cortez, el encargado de cuidar de los caballos, y un sacerdote.
Ahí,
delante de dos testigos, volvieron a casarse. Y luego, de vuelta en la
estancia, lo celebraron hasta altas horas de la madrugada.
Cuatro
años después, en la academia de baile de Isobel Romero en La Boca
–¡Mira,
ahí está papá!
Rafael
se disculpó ante Isobel enunciando la palabra «perdona» con los labios por
interrumpir la clase de baile cuando su hija de tres años, al verle, rompió la
fila en la que se encontraba, corrió hacia él y se arrojó a sus brazos.
Rafael
levantó a Beatriz y le dio un sonoro beso. La niña se echó a reír. Él cerró la
puerta de cristal para que Isobel pudiera seguir con su clase sin ser
molestada.
Beatriz
le puso las manos en el rostro, el suyo brillaba de felicidad, igual
que
sus ojos castaños.
–Papá,
hace poco he tocado a mamá y he sentido las patadas del niño, muy fuertes. Va a
venir pronto.
Rafael
arqueó las cejas.
–¿Sí?
¿Y por qué crees que va a ser un niño?
–Qué
tonto eres, papá. Porque ya tenemos una niña, yo.
Rafael
sonrió, no tenía argumentos contra esa lógica. Abrazó a su hija mientras, por
el cristal, miraba con un inmenso amor a su muy embarazada esposa. Ella le
devolvió la mirada.
Un
mes más tarde, nació Luis. Beatriz no se había equivocado.


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