© Libro N° 6080.
Lingotes De Oro. Christie, Agatha.
Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © Lingotes De Oro. Agatha Christie
Versión Original: © Lingotes De Oro. Agatha Christie
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://190.186.233.212/filebiblioteca/Ciencia%20Ficcion%20-%20Fantasia%20-%20Terror%20-%20Policiales/Agatha%20Christie%20-%20Lingotes%20De%20Oro.htm
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSWOln5VrKQvZ_F-GEpU9JFDElVYla2RQKINEteDj8RwjO-a0-JQg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Agatha Christie
Estos
relatos son contados por los miembros del Club de los Martes que se reúnen cada
semana. En la cual cada uno de los
miembros y por turno expone un problema o algún misterio que cada uno conozca
personalmente y del que, desde luego sepa la solución.
Para
así el resto del grupo poder dar con la solución del problema o misterio.
El
grupo esta formado por seis personas:
Miss
Marple, Mujer ya mayor pero especialista en resolver cualquier tipo de
misterio.
Raymond
West: Sobrino de Miss Marple y escritor.
Sir
Henry Clithering:Hombre de mundo y comisionado de Scotland Yard.
Doctor
Pender: Anciano clérigo de parroquia
Mr.
Petherick:Notable abogado
Joyce
Lempriére:Joven artista
No
se si la historia que voy a contarles es aceptable —dijo Raymond West—, porque
no puedo brindarles la solución. No obstante, los hechos fueron tan
interesantes y tan curiosos que me gustaría proponerla como problema y, tal vez
entre todos, podamos llegar a alguna conclusión lógica.
»Ocurrió
hace dos años, cuando fui a pasar la Pascua de Pentecostés a Cornualles con un
hombre llamado John Newman.
—¿Cornualles?
—preguntó Joyce Lemprire con viveza.
—Sí.
¿Por qué?
—Por
nada, sólo que es curioso. Mi historia también ocurrió en cierto lugar de
Cornualles, en un pueblecito pesquero llamado Rathole. No irá usted a decirme
que el suyo es el mismo.
—No,
el mío se llama Polperran y está situado en la costa oeste de Cornualles, un
lugar agreste y rocoso. A Newman me lo habían presentado pocas semanas antes y
me pareció un compañero interesante. Era un hombre de aguda inteligencia y
posición acomodada, poseído de una romántica imaginación. Como resultado de su
última afición, había alquilado Pol House. Era una autoridad en la época
isabelina y me describió con lenguaje vivo y gráfico la ruta de la Armada
Invencible. Lo hizo con tal entusiasmo, que uno hubiera dicho que fue testigo
presencial de la escena. ¿Existe algo de cierto en la reencarnación? Quisiera
saberlo. Me lo he preguntado tantas veces...
—Eres
tan romántico, querido Raymond -dijo miss Marpie mirándole con benevolencia.
—Romántico
es lo último que soy —respondió su sobrino ligeramente molesto—. Pero ese
individuo, Newman, me interesaba por esa razón, como una reliquia curiosa del
pasado. Parece ser que cierto barco perteneciente a la Armada y que contenía un
enorme tesoro en oro procedente de la parte oriental del mar Caribe, había
naufragado en la costa de Cornualles, en las famosas y temibles Rocas de la
Serpiente. Newman me contó que a lo largo de los años se habían hecho intentos
de rescatar el barco y recuperar el tesoro. Creo que estas historias son muy
corrientes, aunque el número de barcos con tesoros mitológicos es mucho mayor
que el de los verdaderos. Formaron una compañía, pero quebraron, y Newman pudo
comprar los derechos de aquella cosa, o como quieran llamarle, por cuatro
cuartos. Se mostraba entusiasmado. Según él, sólo era cuestión de utilizar la
maquinaria más moderna. El oro estaba allí, no le cabía la menor duda de que
podría ser recuperado.
»Mientras
le escuchaba, se me ocurrió pensar en la frecuencia con que ocurren cosas como
ésta. Un hombre rico como Newman logra el éxito casi sin esfuerzo y, no
obstante, es probable que el valor de su hallazgo en dinero no signifique nada
para él. Debo confesar que me contagié de su entusiasmo. Veía galeones surcando
las aguas de la costa, desafiando la tormenta, y abatidos y destrozados contra
las negras rocas. La palabra «galeón» me resultaba romántica. La frase el «oro
español» emociona a los escolares, y también a los hombres hechos y derechos.
Además, yo estaba trabajando por aquel entonces en una novela, algunas de cuyas
escenas transcurrían en el siglo XVI, y vi la oportunidad de poder darle un
valioso colorido local gracias a Newman.
»Salí
de la estación de Paddington el viernes por la mañana, ilusionado ante la
perspectiva de mi viaje. El compartimiento del tren estaba vacío, con la sola
excepción de un hombre sentado ante mí en el rincón opuesto. Era alto, con
aspecto de militar, y no pude evitar la sensación de que lo había visto antes
en alguna otra parte. Me estuve devanando los sesos en vano durante algún
tiempo y al fin di con ello. Mi compañero de viaje no era otro que el inspector
Badgworth, a quien yo conociera cuando escribí una serie de artículos sobre el
caso de la misteriosa desaparición de Everson.
»Me
di a conocer y no tardamos en charlar amigablemente. Cuando le dije que me
dirigía a Polperran comentó que era una coincidencia singular ya que él también
iba a aquel lugar. No quise parecer indiscreto y me guardé de preguntarle qué
era lo que le llevaba allí. En vez de eso, le hablé de mi propio interés por el
lugar, mencionando el naufragio del galeón español. Para mi sorpresa, el
inspector parecía saberlo todo al respecto.
»—Seguro
que es el Juan Fernández —me dijo—. Su amigo no será el primero que ha
dilapidado todo su dinero tratando de sacar el oro a flote. Es un capricho
romántico.
»—Y
probablemente toda la historia es un mito —repliqué yo—. Nunca habrá naufragado
un barco en este lugar.
»—Oh,
el hundimiento del barco sí es cosa cierta
—me
dijo el inspector—, así como el de muchos otros. Le sorprendería a usted
conocer el número de naufragios que hubo en esa parte de la costa. A decir
verdad, ése es el motivo que me lleva allí ahora. Ahí es donde hace seis meses
se hundió el Otranto.
»—Recuerdo
haberlo leído —contesté—. Creo que no hubo desgracias personales.
»—No
—contestó el inspector—, pero se perdió otra cosa. No es del dominio público,
pero llevaba a bordo lingotes de oro.
»—¿Sí?
—pregunté muy interesado.
»—Naturalmente
utilizamos buzos para los trabajos de salvamento, pero el oro había
desaparecido, Mr. West.
»—¡Desaparecido!
—exclamé mirándole asombrado-. ¿Cómo es posible?
»—Ese
es el problema —replicó el inspector—. Las rocas abrieron un boquete en la
cámara acorazada y los buzos pudieron penetrar fácilmente en ella por ese
camino, pero la encontraron vacía. La cuestión es, ¿fue robado el oro antes o
después del naufragio? ¿Estuvo alguna vez siquiera en la cámara acorazada?
»—Un
caso muy curioso -comenté.
»—Lo
es, considerando lo que representan los lingotes de oro. No es como un collar
de brillantes, que puede llevarse en el bolsillo. Bueno, parece del todo
imposible. Debieron de hacer alguna triquiñuela antes de que partiera el barco.
Pero, de no ser así, el oro ha tenido que desaparecer en los últimos seis
meses, y yo voy a investigar el asunto.
»Encontré
a Newman esperándome en la estación. Se disculpó por no traer su automóvil, que
se encontraba en Truro a causa de ciertas reparaciones necesarias. En su lugar
había traído una camioneta de la finca.
»Tomé
asiento a su lado y avanzamos con prudencia por las estrechas callejuelas del
pueblecito pesquero, subimos por una pendiente muy pronunciada, yo diría que de
un veinte por ciento, recorrimos una corta distancia por un camino zigzagueante
y finalmente enfilamos los pilares de granito de la entrada de Pol House.
»Era
un lugar encantador, situado sobre los acantilados, con una estupenda vista
sobre el mar. Algunas partes tenían unos trescientos o cuatrocientos años de
antigüedad, pero se le había añadido un ala moderna. Detrás de ella se
extendían unos siete u ocho acres de terreno de cultivo.
»—Bienvenido
a Pol House —dijo Newman—. Y a la enseña del Galeón Dorado —y señaló hacia la
puerta principal, de donde pendía una reproducción perfecta de un galeón
español con todas sus velas desplegadas.
»Mi
primera noche allí fue deliciosa e instructiva. Mi anfitrión me mostró viejos
manuscritos que hacían referencia al Juan Fernández. Desplegó cartas de
navegación ante mí, indicándome posiciones marcadas con líneas de puntos, y me
enseñó planos de aparatos de inmersión, los cuales, debo confesar, me
satisficieron por completo.
»Le
hablé del encuentro con el inspector Badgworth, cosa que le interesó
sobremanera.
»—Hay
gentes muy extrañas por esta costa -dijo en tono pensativo-. Llevan en la
sangre el contrabando y la destrucción. Cuando un barco se hunde en sus costas
no pueden evitar considerarlo un pillaje legal para sus bolsillos. Hay aquí un
individuo al que me gustaría que conociera. Es un tipo interesante.
»El
día siguiente amaneció claro y radiante. Fuimos a Polperran y allí me fue
presentado el buzo de Newman, un hombre llamado Higgins. Era un indiv-duo de
rostro curtido, extremadamente taciturno y cuyas intervenciones en la
conversación se reducían a monosílabos. Después de discutir entre ellos sobre
asuntos técnicos, nos dirigimos a Las Tres Ancoras. Una jarra de cerveza
contribuyó un poco a desatar la lengua de aquel individuo.
»—Ha
venido un detective de Londres —gruñó—. Dicen que ese barco que se hundió en
noviembre pasado llevaba a bordo gran cantidad de oro. Bueno, no fue el primero
en zozobrar y tampoco será el último.
»—Cierto,
cierto —intervino el posadero de Las Tres Áncoras—. Has dicho una gran verdad,
Bill Higgins.
»—Vaya
silo es, Mr. Kelvin —replicó Higgins.
»Miré
con cierta curiosidad al posadero. Era un hombre muy peculiar, moreno, de
rostro bronceado y anchas espaldas. Sus ojos parecían inyectados en sangre y
tenían un modo muy extraño de evitar la mirada de los demás. Sospeché que aquél
era el hombre de que me hablara Newman, al que calificó de sujeto interesante.
»—No
queremos extranjeros entrometidos en estas costas -dijo con tono siniestro.
»—¿Se
refiere a la policía? —preguntó Newman con una sonrisa.
»—A
la policía y a otros —replicó Kelvin significativamente—. Y no lo olvide usted,
señor.
»—¿Sabe
usted, Newman, que me ha sonado como una amenaza? —le dije cuando subíamos la
colina para dirigirnos a casa.
»Mi
amigo se echó a reír.
«—Tonterías,
yo no le hago ningún daño a la gente de aquí.
»Yo
moví la cabeza pensativo. En Kelvin había algo siniestro y salvaje, y comprendí
que su mente podía discurrir por sendas extrañas e insospechadas.
»Creo
que mi inquietud comenzó a partir de aquel momento. La primera noche había
dormido bastante bien, pero la siguiente mi sueño fue intranquilo y
entrecortado. El domingo amaneció gris y triste, con el cielo encapotado y la
amenaza de los truenos estremeciendo el aire. Me fue difícil disimular mi
estado de ánimo y Newman observó el cambio operado en mí.
»—¿Qué
le ocurre West? Esta mañana está hecho un manojo de nervios.
»—No
lo sé —dije—, pero tengo un horrible presentimiento.
»—Es
el tiempo.
»—Sí,
es posible.
»No
dije más. Por la tarde salimos en la lancha motora de Newman, pero se puso a
llover con tal fuerza que tuvimos que regresar a la playa y ponernos
inmediatamente ropa seca.
»Aquella
noche creció mi ansiedad. En el exterior la tormenta aullaba y rugía. A eso de
las diez la tempestad se calmó y Newman miró por la ventana.
»—Está
aclarando —anunció—. No me extrañaría que dentro de media hora hiciera una
noche magnífica. Si es así, saldré a dar un paseo.
»Yo
bostecé.
»—Tengo
mucho sueño —dije—. Anoche no dormí mucho y me parece que me acostaré temprano.
»Así
lo hice. La noche anterior había dormido muy poco y, en cambio, aquella tuve un
sueño profundo. No obstante, mi sopor no me proporcionó descanso. Seguía
oprimiéndome el terrible presentimiento de un cercano peligro: soñé cosas
horribles, espantosos abismos y enormes precipicios entre los cuales me hallaba
vagando, sabiendo que el menor tropiezo de uno de mis pies hubiera significado
la muerte. Cuando desperté, mi reloj señalaba las ocho. Me dolía mucho la
cabeza y seguía bajo la opresión de mis pesadillas.
»Tan
fuerte era ésta que, cuando me acerqué a mirar por la ventana, retrocedí con un
nuevo sentimiento de terror, pues lo primero que vi, o creí ver, fue la figura
de un hombre cavando una tumba.
»Tardé
un par de minutos en rehacerme y entonces comprendí que el sepulturero no era
otro que el jardinero de Newman y que
«la tumba» estaba destinada a tres nuevos rosales que estaban sobre el
césped esperando a ser plantados.
»El
jardinero alzó la cabeza y al yerme se llevó la mano al sombrero.
»—Buenos
días señor, hermosa mañana.
»—Supongo
que lo es, sí —repliqué dubitativo sin poder sacudir por completo mi pesimismo.
»Sin
embargo, como había dicho el jardinero, la mañana era espléndida. El sol
brillaba en un cielo azul pálido que prometía un tiempo magnífico para todo el
día. Bajé a desayunar silbando una tonadilla. Newman no tenía ninguna doncella
en la casa, solo un par de hermanas de mediana edad, que vivían en una granja
cercana, acudían diariamente para atender a sus sencillas necesidades. Una de
ellas estaba colocando la cafetera sobre la mesa cuando yo entré en la
habitación.
»—Buenos
días, Elizabeth —dije—. ¿No ha bajado todavía Mr. Newman?
»—Debe
de haber salido muy temprano, señor —me contestó—, pues no estaba en la casa
cuando llegamos.
»Al
instante sentí renacer mi inquietud. Las dos mañanas anteriores Newman había
bajado a desayunar un poco tarde y en ningún momento supuse que fuese
madrugador. Impulsado por mis presentimientos, subí a su habitación. La
encontré vacía y, además, sin señales de que hubiera dormido en su cama. Tras
un breve examen de su dormitorio, descubrí otras dos cosas. Si Newman salió a
pasear debió de hacerlo en pijama, puesto que éste había desaparecido.
»Entonces
tuve el convencimiento de que mis temores eran justificados. Newman había
salido, como dijo que haría, a dar un paseo nocturno y, por alguna razón
desconocida, no había regresado. ¿Por qué? ¿Habría tenido un accidente? ¿Se
habría caído por el acantilado? Debíamos averiguarlo en seguida.
»En
pocas horas ya había reclutado a un gran número de ayudantes y juntos lo
buscamos en todas direcciones, por los acantilados y en las rocas de abajo,
pero no había rastro de Newman.
»Al
fin, desesperado, fui a buscar al inspector Badgworth. Su rostro adquirió una
expresión grave.
»—Tengo
la impresión de que ha sido víctima de una mala jugada —dijo—. Hay gente muy
poco escrupulosa por esta zona. ¿Ha visto usted a Kelvin, el posadero de Las
Tres Ancoras?
»Le
contesté afirmativamente.
»—¿Sabía
usted que estuvo cuatro años en la cárcel por asalto y agresión?
»—No
me sorprende —repliqué.
»—La
opinión general de los habitantes de este pueblo parece ser que su amigo se
entromete demasiado en cosas que no le conciernen. Espero que no haya sufrido
ningún daño.
»Continuamos
la búsqueda con redoblado ánimo y hasta última hora de la tarde no vimos
recompensa-dos nuestros esfuerzos. Descubrimos a Newman en su propia finca,
dentro de una profunda zanja, con los pies y las manos fuertemente atados con
cuerdas y un pañuelo en la boca, a modo de mordaza, para evitar que gritase.
»Estaba
terriblemente exhausto y dolorido, pero después de unas fricciones en las
muñecas y en los tobillos y un buen trago de whisky, pudo referirnos lo que le
había ocurrido.
«Cuando
aclaró el tiempo, salió a dar un paseo, a eso de las once. Llegó hasta cierto
lugar de los acantilados conocidos vulgarmente como la Ensenada de los
Contrabandistas debido al gran número de cuevas que hay allí. Allí observó que
unos hombres sacaban algo de un pequeño bote y bajó para ver de qué se trataba.
Fuera lo que fuera, parecía ser algo muy pesado y lo trasladaban a una de las
cuevas más lejanas.
»Sin
imaginar que se tratase en realidad de algo ilegal, Newman lo encontró extraño.
Se acercó un poco más sin ser visto, mas de pronto se oyó un grito de alarma e
inmediatamente dos fornidos marineros cayeron sobre él y le dejaron
inconsciente. Cuando volvió en sí, se encontró tendido en un vehículo que iba a
toda velocidad y que subía, dando tumbos y saltando sobre los baches, por lo
que pudo deducir, por el camino que conduce de la costa al pueblo. Ante su
sorpresa el camión penetró por la entrada de su propia casa. Allí, tras
sostener una conversación en voz baja, los hombres lo sacaron para arrojarlo a
la zanja en el lugar en que su profundidad haría más improbable que fuera
hallado por algún tiempo. Después, el camión se puso en marcha y le pareció que
salía por la otra entrada, situada una milla más cerca del pueblo. No pudo
darnos descripción alguna de los asaltantes, excepto que desde luego eran
hombres de mar y, por su acento, cornualleses.
»El
inspector Badgworth pareció muy interesado por el relato.
»—Apuesto
a que es ahí donde ha sido escondido el oro —exclamó—. De un modo u otro debió
ser salvado del naufragio y almacenado en alguna cueva solitaria, en alguna
otra parte. Hemos registrado todas las cuevas de la Ensenada de los
Contrabandistas y, como que ahora nos dedicamos a buscarlo más hacia el
interior, lo han trasladado de noche a una cueva que ya ha sido registrada y
que, por consiguiente, no es probable que volvamos a mirar. Por desgracia han
tenido por lo menos dieciocho horas para llevárselo de nuevo. Si capturaron a
Mr. Newman ayer noche, dudo que encontremos nada allí a estas horas.
»El
inspector se apresuró a efectuar un registro en la cueva y encontró pruebas
definitivas de que el oro había sido almacenado allí como supuso, pero los
lingotes habían sido trasladados una vez más y no existía la menor pista de
cuál era el nuevo escondrijo.
»No
obstante, sí había una pista y el propio inspector me la señaló al día
siguiente.
»—Este
camino lo utilizan muy poco los automóviles —dijo- y en uno o dos lugares se
ven claramente huellas de neumáticos. A uno de ellos le falta una pieza
triangular y deja una huella inconfundible. Eso demuestra que entraron por esta
entrada y aquí hay una clara huella que indica que salieron por la otra, de
modo que no cabe duda de que se trata del vehículo que andamos buscando. Ahora
bien, ¿por qué salieron por la entrada más lejana? A mí me parece clarísimo que
el camión vino del pueblo. No hay muchas personas que tengan uno: dos o tres a
lo sumo. Kelvin, el posadero de Las Tres Áncoras, tiene uno.
»—¿Cuál
era la profesión origimal de Kelvin? —preguntó Newman.
»—Es
curioso que me pregunte usted eso, Mr. New-man. En su juventud Kelvin fue buzo
profesional.
»Newman
y yo nos miramos significativamente. Las piezas del rompecabezas parecían
empezar a encajar.
»—¿No
reconoció a Kelvin en uno de los hombres de la playa? —preguntó el inspector.
»Newman
negó con la cabeza.
»—Temo
no poder ayudarle en eso -dijo pesaroso-. La verdad es que no tuve tiempo de
ver nada.
»El
inspector, muy amablemente, me permitió acompañarlo a Las Tres Ancoras. El
garaje se hallaba en una calle lateral. Sus grandes puertas estaban cerradas,
pero al subir por la callejuela lateral encontrarnos una pequeña puerta que
daba acceso al interior del mismo y que estaba abierta. Un breve examen de los
neumáticos fue suficiente para el inspector.
»—Lo
hemos pillado, diantre —exclamó—. Aquí está la marca, tan clara como el día, en
la rueda posterior izquierda. Ahora, Mr. Kelvin, veremos de qué le sirve su
inteligencia para salir de ésta.
Raymond
West hizo un alto en su relato.
—Bueno
-dijo la joven Joyce—. Hasta ahora no veo dónde está el problema, a menos que
nunca encontrasen el oro.
—Nunca
lo encontraron, desde luego —repitió Raymond—, y tampoco pudieron acusar a
Kelvin. Supongo que era demasiado listo para ellos, pero no veo cómo se las
arregló. Fue detenido por la prueba del neumático, pero surgió una dificultad
extraordinaria. Al otro lado de las grandes puertas del garaje había una casita
que en verano alquilaba una artista.
—¿Oh,
esas artistas! -exclamó Joyce riendo.
—Como
tú dices: ¡Oh, esas artistas! Ésta en particular había estado enferma algunas
semanas y por este motivo tenía dos enfermeras que la atendían. La que estaba
de guardia aquella noche acercó su butaca a la ventana, que tenía la persiana
levantada, y declaró que el camión no pudo haber salido del garaje de enfrente
sin que ella lo viera y juró que nadie salió de allí aquella noche.
—No
creo que esto deba considerarse un problema —comentó Joyce—. Es casi seguro que
la enfermera se quedó dormida, siempre se duermen.
—Es
lo que siempre ocurre -dijo Mr. Petherick juiciosamente—. Pero me parece que
aceptamos los hechos sin examinarlos lo suficiente. Antes de aceptar el
testimonio de la enfermera debiéramos investigar de cerca su buena fe. Una
coartada que surge con tal sospechosa prontitud despierta dudas en la mente de
cualquiera.
—También
tenemos la declaración de la artista -dijo Raymond—. Dijo que se encontraba muy
mal y pasó despierta la mayor parte de la noche, de modo que hubiera oído sin
duda alguna el camión, puesto que era un ruido inusitado y la noche había
quedado muy apacible después de la tormenta.
—¡Hum...!
—dijo el clérigo—. Eso desde luego es un factor adicional. ¿Tenía alguna
coartada el propio Kelvin?
—Declaró
que estuvo en su casa durmiendo desde las diez en adelante, pero no pudo
presentar ningún testigo que apoyara su declaración.
—La
enfermera debió quedarse dormida lo mismo que su paciente —dijo la joven—. La
gente enferma siempre se imagina que no ha pegado ojo en toda la noche.
Raymond
West lanzó una mirada interogativa al doctor Pender.
—Me
da lástima ese Kelvin. Me parece que es víct-ma de aquello de «Por un perro que
maté...». Kelvin había estado en la cárcel. Aparte de la huella del neumático,
que es desde luego algo demasiado evidente para ser mera coincidencia, no
parece haber mucho en contra suya, excepto sus desgraciados antecedentes.
—¿Y
usted, sir Henry?
El
aludido movió la cabeza.
—Da
la casualidad —replicó sonriendo- que conozco este caso, de modo que
evidentemente no debo hablar.
—Bien,
adelante, tía Jane. ¿No tienes nada que decir?
—Espera
un momento, querido —respondió miss Marple—. Me temo que he contado mal. Dos
puntos del revés, tres del derecho, saltar uno, dos del revés... sí, está bien.
¿Qué me decías, querido?
—¿Cuál
es tu opinión?
—No
te gustaría, querido. He observado que a los jóvenes nunca les gusta. Es mejor
no decir nada.
—Tonterías,
tía Jane. Adelante.
—Pues
bien, querido Raymond -dijo miss Marple dejando la labor para mirar a su
sobrino- creo que deberías tener más cuidado al escoger a tus amistades. Eres
tan crédulo, querido, y te dejas engañar tan fácilmente. Supongo que eso se
debe a que eres escritor y tienes mucha imaginación. ¡Toda esa historia del
galeón español! Si fueras mayor y tuvieses mi experiencia de la vida te habrías
puesto en guardia en seguida. ¡Además, un hombre al que conocías sólo desde
hacía unas semanas!
Sir
Henry lanzó un torrente de carcajadas al tiempo que golpeaba su rodilla.
—Esta
vez te han pillado, Raymond —dijo—. Miss Marpie, es usted maravillosa. Tu amigo
Newman, muchacho, tenía otro nombre, es decir, varios más. En estos momentos no
está en Cornualles, sino en Devonshire. En Dartmoor, para ser exacto y en
calidad de convicto en la prisión de Princetown. No pudimos cogerlo por el
asunto del oro robado, pero sí por robar la cámara acorazada de uno de los
bancos de Londres. Cuando revisamos sus antecedentes supimos que buena parte
del oro robado fue enterrado en el jardín de Pol House. Fue una idea bastante
buena. Por toda la costa de Cornualles se cuentan historias de barcos hundidos
llenos de oro. Serviría para justificar el buzo y para justificar el oro. Pero
se necesitaba una víctima propiciatoria y Kelvin era la ideal. Newman
representó su pequeña comedia muy bien y nuestro amigo Raymond, una celebridad
como escritor, hizo de testigo impecable.
—Pero
¿y la huella del neumático? —objetó Joyce.
—Oh,
yo lo vi en seguida, querida, y no sé nada de automóviles —dijo miss Marpie—.
Ya sabes que la gente cambia las ruedas, a menudo lo he visto hacer y, claro,
pudieron coger la rueda de la camioneta de Kelvin y sacarla por la puerta
pequeña del garaje y salir con ella al callejón. Allí la colocarían en la
camioneta de Mr. Newman y bajarían hasta la playa, cargarían el oro y volverían
a entrar por la otra entrada al pueblo. Luego volvieron a colocar la rueda en
la camioneta de Mr. Kelvin, me imagino, mientras alguien maniataba a Mr. Newton
y lo arrojaba a la zanja. Estuvo muy incómodo y probablemente tardaron en
encontrarlo más de lo que habían calculado. Imagino que el individuo que se
llamaba a sí mismo jardinero debía ocuparse de eso.
—¿Por
qué dices que se llamaba a sí mismo jardinero, tía Jane? —preguntó Raymond con
extrañeza.
—Pues
porque no podía ser un jardinero auténtico —dijo miss Marple—. Los jardineros
no trabajan durante el lunes de la Pascua de Pentecostés, todo el mundo lo
sabe.
Sonrió
sin apartar los ojos de su labor.
—En
realidad fue ese pequeño detalle lo que me puso sobre la verdadera pista -dijo.
Luego
miró a Raymond.
—Cuando
tengas tu propia casa, querido, y un jardinero que cuide de tu jardín,
conocerás estos pequeños detalles.


Publicar un comentario