© Libro N° 6079.
El Caballero De La «Maison Rouge». Dumas, Alejandro. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © El Caballero De La «Maison Rouge». Alejandro Dumas
Versión Original: © El Caballero De La «Maison Rouge». Alejandro
Dumas
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL CABALLERO DE LA «MAISON ROUGE»
Alejandro Dumas
I
LOS
VOLUNTARIOS EL DESCONOCIDO
Era
la noche del 10 de marzo de 1793.
En
Notre Dame acababan de sonar las diez, y cada hora, descolgándose como un
pájaro nocturno lanzado desde un nido de bronce, había volado triste, monótona
y vibrante.
Sobre
París había descendido una noche fría y brumosa.
El
mismo París no era en absoluto el que conocemos, deslumbrante en la noche por
mil luces que se reflejan en su fango dorado; era una ciudad avergonzada,
tímida y atareada, cuyos escasos habitantes corrían para atravesar de una calle
a otra.
Era,
en fin, el París del 10 de marzo de 1793.
Tras
algunas palabras sobre la extrema situación que había ocasionado este cambio en
el aspecto de la capital, pasaremos a los acontecimientos cuyo relato es el
objeto de esta historia.
A
causa de la muerte de Luis XVI, Francia había roto con toda Europa. A los tres
enemigos con los que había combatido al principio, Prusia, el Imperio y d
Piamonte, se habían unido Inglaterra, Holanda y España. Sólo Suecia y
Dinamarca, atentas al desmembramiento de Polonia realizado por Catalina II,
conservaban su neutralidad.
La
situación era alarmante. Francia, temida como potencia física, pero poco
estimada como
potencia
moral tras las masacres de septiembre del 21 de enero, estaba literalmente
bloqueada por toda Europa, como una simple ciudad. Inglaterra se hallaba en las
costas,
España
en los Pirineos, el Piamonte y Austria en los Alpes, Holanda y Prusia en el
norte de los Países Bajos, y en un solo punto, entre el Rin y el Escalda,
doscientos cincuenta mil soldados avanzaban contra la República.
Los
generales franceses eran rechazados en todas partes, y Valence y Dampierre se
habían dejado arrebatar parte de su material durante la retirada. Más de diez
mil desertores habían abandonado el ejército, dispersándose por el país. La
única esperanza de la Convención era Dumouriez, al que había enviado un correo
tras otro ordenándole abandonar las orillas del Biesboch, donde preparaba un
desembarco en Holanda, y regresar para tomar el mando del ejército del Mosa.
En
el corazón de Francia, es decir, en París, repercutía cada golpe que la
invasión, la revuelta o la traición le asestaba en los puntos más distantes.
Cada victoria era una conmoción de alegría, cada derrota una sacudida de
terror.
La
víspera, 9 de marzo, había tenido lugar en la Convención una de las sesiones
más borrascosas: todos los oficiales habían recibido la orden de incorporarse a
sus regimientos a la misma hora; y Danton, subiendo a la tribuna, había
exclamado: «¿Decís que faltan soldados? Ofrezcamos a París una ocasión de
salvar a Francia, pidámosle treinta mil hombres, enviémoslos a Dumouriez, y no
sólo Francia estará salvada, sino Bélgica asegurada y Holanda conquistada. »
La
proposición había sido acogida con gritos de entusiasmo. En todas las secciones
se habían establecido oficinas de alistamiento. Los espectáculos se habían
cerrado para impedir cualquier distracción y la bandera negra había sido izada
en la alcaldía en señal de alarma.
Antes
de medianoche se habían inscrito treinta y cinco mil hombres; pero al
inscribirse, igual que en las jornadas de septiembre, los voluntarios habían
pedido que, antes de su partida, se castigara a los traidores.
Los
traidores eran los contrarrevolucionarios, los conspiradores que amenazaban
desde dentro a la Revolución amenazada desde fuera. Pero la palabra tomaba toda
la amplitud que querían darle los partidos extremistas. Los traidores eran los
más débiles. Y los montañeses1 decidieron que los traidores serían los
girondinos.
Al
día siguiente —10 de marzo— todos los diputados montañeses asistían a la
sesión. El alcalde se presenta con el acuerdo del ayuntamiento confirmando las
medidas de los comisarios de la Convención y repite el deseo, manifestado
1 Miembros del partido de la Montaña, llamado así
por ocupar los escaños más elevados del Juego de Pelota. (Nota del traductor.)
unánimemente
la víspera, de un tribunal extraordinario encargado de juzgar a los traidores.
Enseguida
se exige a gritos un acuerdo del comité. Este se reúne y, diez minutos después,
Robert Lindet anuncia que se nombrará un tribunal compuesto por nueve jueces y
dividido en dos secciones, encargado de perseguir a quienes traten de confundir
al pueblo. Los girondinos comprenden que esto significa su arresto. Se levantan
en masa.
—¡Antes
morir que consentir el establecimiento de esta inquisición veneciana! —gritan.
En respuesta, los montañeses piden que se vote a mano alzada.
Se
vota y, contra todo pronóstico, la mayoría declara: 1.º que habrá jurados; 2.º
que el número de estos jurados será igual al de departamentos; 3.º que serán
nombrados por la Convención.
En
cuanto se admitieron estas tres proposiciones, se escuchó un enorme griterío.
La Convención estaba habituada a las visitas del populacho. Preguntó de qué se
trataba y se le contestó que una comisión de voluntarios deseaba presentarse
ante ella. Enseguida se abrieron las puertas y seiscientos hombres medio
borrachos, armados de sables,
pistoletes
y picas, desfilaron entre aplausos, pidiendo a gritos la muerte para los
traidores.
Collot
d'Herbois les prometió salvar la libertad pese a las intrigas; y acompañó sus
palabras con una mirada a los girondinos que hizo comprender a éstos que
todavía estaban en peligro.
Terminada
la sesión, los montañeses se dirigieron a los otros clubs y propusieron poner
fuera de la ley a los traidores y degollarlos esa noche.
Louvet
vivía en la calle Saint-Honoré, cerca del club de los Jacobinos; su mujer entró
en el club, atraída por las voces y escuchó la proposición. Subió a toda prisa
para prevenir a su marido que, tras armarse, corrió de puerta en puerta para
advertir a sus amigos, a los que encontró reunidos en casa de Pétion,
deliberando sobre un decreto que querían presentar al día siguiente. Les cuenta
lo que ocurre, incitándoles a tomar, por su parte, alguna medida enérgica.
Pétion,
calmoso e impasible como de costumbre, se dirige a la ventana, mira al cielo y
extiende su brazo que retira chorreando.
—Llueve
—dice—, esta noche no ocurrirá nada.
Por
esta ventana entreabierta penetraron las últimas vibraciones del reloj que
tocaba las diez.
He
ahí lo que ocurría en París durante esta noche del diez de marzo, haciendo que,
en este silencio amenazante, las casas permanecieran mudas y sombrías, como
sepulcros poblados sólo por muertos.
Los
únicos habitantes de la ciudad que se aventuraban por las calles eran las
patrullas de guardias nacionales, las cuadrillas de ciudadanos de las
secciones, armadas al azar y los policías, como si el instinto advirtiera que
se tramaba algo desconocido y terrible.
Esa
noche, una mujer envuelta en un manto color lila, la cabeza oculta por el
capuchón del manto, se deslizaba arrimada a las casas de la calle Saint-Honoré,
escondiéndose en algún portal cada vez que aparecía una patrulla, permaneciendo
inmóvil como una estatua, reteniendo el aliento hasta que pasaba la patrulla,
para continuar su rápida e inquieta carrera.
Había
recorrido impunemente una parte de la calle Saint-Honoré cuando, en la esquina
de la calle Grenelle, se tropezó con una cuadrilla de voluntarios cuyo
patriotismo se encontraba exacerbado a causa de los numerosos brindis que
habían hecho por sus futuras victorias. La pobre mujer lanzó un grito y trató
de huir por la calle del Gallo.
—¡Eh!
¿Dónde vas? —gritó el jefe de los voluntarios. La fugitiva no respondió y
continuó corriendo.
—¡Apunten!
—dijo el jefe—. Es un hombre disfrazado, un aristócrata que se escapa. El ruido
de dos o tres fusiles maltratados por manos demasiado vacilantes para ser
seguras, anunció a la pobre mujer el movimiento fatal que se ejecutaba.
—¡No,
no! —gritó, deteniéndose y volviendo sobre sus pasos—. No, ciudadano; te
equivocas; no soy un hombre.
—Entonces,
avanza y responde categóricamente —dijo el jefe—. ¿Dónde vas, encantadora dama
nocturna?
—Pero,
ciudadano, no voy a ninguna parte... Vuelvo.
—¡Ah!
¿Vuelves?
—Sí.
—Es
un poco tarde para volver una mujer honrada, ciudadana.
—Vengo
de casa de una parienta que está enferma.
—Pobre
gatita —dijo el jefe, haciendo un gesto con la mano que hizo retroceder a la
asustada mujer—. ¿Dónde tenemos el salvoconducto?
—¿El
salvoconducto? ¿Qué es eso, ciudadano? ¿Qué quieres decir? ¿,Qué es lo que me
pides?.
—¿No
has leído el decreto del ayuntamiento?
La
mujer no sabía nada sobre la disposición del ayuntamiento que prohibía circular
después de las diez de la noche a toda persona que careciera de salvoconducto.
El jefe de los voluntarios la sometió a un breve interrogatorio y sus sospechas
aumentaron con las confusas respuestas de la mujer. Entonces decidió conducirla
al puesto más próximo, el del Palacio-Igualdad.
Se
encontraban cerca de la barrera de los Sargentos cuando un joven alto, envuelto
en una capa, volvió repentinamente la esquina de la calle
Croix-des-Petits-Champs, justo en el momento en que la prisionera suplicaba que
la dejaran libre. El jefe de los voluntarios, sin escucharla, la arrastraba por
un brazo y la joven lanzó un grito mezcla de miedo y dolor.
El
joven vio el forcejeo, oyó el grito y, saltando de un lado a otro de la calle,
se plantó ante la cuadrilla y preguntó al que parecía el jefe quién era la
mujer y qué querían de ella.
—¿Y
tú, quién eres para interrogarnos? —dijo el jefe.
El
joven abrió su capa y brillaron unas charreteras en un uniforme militar,
identificándose como oficial de la guardia cívica.
—¿Qué
dice? —preguntó uno de la cuadrilla con el acento arrastrado e irónico de la
gente del pueblo.
—Dice
que si las charreteras no bastan para que se respete a un oficial, el sable
hará que se respeten las charreteras —replicó el joven al tiempo que retrocedía
un paso y, desplegando los pliegues de su capa, hacia brillar un largo y sólido
sable de infantería a la luz de un farol. Después, con un movimiento rápido que
revelaba cierta costumbre en el manejo de las armas, apresando al jefe de los
voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole en la garganta la punta del
sable, dijo—: Ahora charlaremos como dos buenos amigos. Y te prevengo que al
menor movimiento que hagáis tú o tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable.
Entretanto,
dos hombres de la cuadrilla continuaban reteniendo a la mujer.
—Me
has preguntado quién soy —continuó el joven—, y no tienes derecho a hacerlo
porque no mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a decir: me llamo
Maurice Lindey y he mandado una batería de cañones el diez de agosto. Soy
teniente de la Guardia Nacional y secretario de la sección de Hermanos y
Amigos. ¿Té basta con eso?
—¡Ah!
Ciudadano teniente —respondió el jefe, amenazado por la hoja cuya punta
presionaba cada vez más en su garganta—. Si eres realmente lo que dices, es
decir, un buen patriota…
—Vaya;
ya sabía que nos entenderíamos enseguida —dijo el oficial—. Ahora respóndeme:
¿por qué gritaba esta mujer y qué le hacíais?
—La
conducíamos al cuerpo de guardia porque carece de salvoconducto, y el último
decreto del ayuntamiento ordena arrestar a cualquiera que deambule sin
salvoconducto. La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer comprendió
esto, porque dejó caer la cabeza sobre el pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a
Maurice, con el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente, el sable
desenvainado, permanecía indeciso entre sus sentimientos de hombre que le
ordenaban defender a la mujer y sus deberes de ciudadano que le aconsejaban
entregarla. De pronto brilló en una esquina el resplandor de varios cañones de
fusil y se escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al grupo, hizo
alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién vive?»
Maurice
reconoció la voz de su amigo Lorin y le pidió que se acercara. El cabo avanzó
al frente de la patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué hacía en la
calle a esas horas.
—Ya
lo ves, salgo de la sección de Hermanos y Amigos.
—Sí,
para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es así?
Maurice
le dijo que se equivocaba y le explicó la causa de hallarse allí. Después,
Lorin escuchó las explicaciones de los voluntarios sobre la resolución del
ayuntamiento y dijo:
—Bien
hecho. Pero hay otra resolución que anula ésa; hela aquí: Por el Pindo y el
Parnaso,
Ha
decretado el Amor,
Que
la Belleza, la Juventud y la Gracia Podrán, a cualquier hora del día, Circular
sin billete.
—¡Eh!
¿Qué dices de este acuerdo, ciudadano? Me parece que es galante.
—Sí.
Pero no me parece decisivo. En primer lugar, no figura en el Moniteur; más aún,
no estamos ni en el Pindo ni en el Parnaso; además, no es de día; y por último,
la ciudadana tal vez no es joven, ni bella, ni graciosa.
—Yo
opino todo lo contrario —dijo Lorin—. Veamos, ciudadana, demuestra que tengo
razón, baja
tu
toca y que todos puedan juzgar si reúnes las condiciones del decreto.
Pero
la mujer se estrechó contra Maurice, suplicándole que la protegiera de su amigo
como lo había hecho con sus enemigos y, al escuchar las sospechas del jefe de
los voluntarios sobre su condición de espía aristócrata, bribona o ramera, se
descubrió un momento el rostro para que Maurice pudiera verlo. El joven quedó
deslumbrado; jamás había visto nada parecido, y pidió a Lorin, en voz baja, que
reclamara a la prisionera para conducirla a su puesto. El joven cabo comprendió
su intención y ordenó a la mujer que le siguiera, pero el jefe de los
voluntarios se opuso, alegando que la prisionera le pertenecía.
—Ciudadanos
—dijo Lorin—, nos vamos a enfadar.
—¡Enfadaos
o no, voto a tal! Eso no nos importa. Somos auténticos soldados de la República
que vamos a verter nuestra sangre en la frontera mientras vosotros patrulláis
por las calles.
—Tened
cuidado de no derramarla en el camino, ciudadanos, y eso podría ocurriros si no
os conducís con más educación.
—La
educación es una virtud aristocrática y nosotros somos descamisados —replicaron
los voluntarios.
Lorin
les aconsejó que no hablaran así ante la dama y dedicó a ésta unos versos en
los que se comparaba a Inglaterra con un nido de cisnes en medio de un inmenso
estanque. Al oírle, el jefe de los voluntarios le acusó de ser un agente de
Pitt, de estar pagado por Inglaterra. Lorin le impuso silencio en tono
amenazador y Maurice, en vista del cariz que tomaban los acontecimientos
preguntó a la mujer si la causa abrazada por quienes la defendían merecía la
sangre que iba a correr. La desconocida le respondió que prefería que la matara
él, allí mismo, y arrojara su cadáver al Sena, antes que sufrir las desgracias
que su arresto acarrearía a ella ya otras personas.
Entonces
Maurice ordenó a Lorin que atacara a los voluntarios si proferían la menor
palabra; éstos intentaron defenderse, uno de ellos disparó su pistola y la bala
atravesó el sombrero de Maurice. Lorin ordenó a sus hombres atacar a la
bayoneta. En las tinieblas hubo un momento de lucha y de confusión durante el
cual se escucharon una o dos detonaciones, imprecaciones, gritos, blasfemias;
pero no acudió nadie, porque se había
extendido
el rumor de que iba a haber una masacre y se pensaba que ésta ya había
empezado. Los voluntarios, menos numerosos y peor armados, quedaron fuera de
combate en un instante. Dos estaban heridos gravemente, otros cuatro estaban
arrimados a la pared, cada uno de ellos con una bayoneta en el pecho.
—Bien
—dijo Lorin—. Espero que ahora seáis mansos como corderos. En cuanto a ti,
ciudadano Maurice, te encargo de conducir a esta mujer al puesto de la
alcaldía. ¿Te das cuenta que respondes de ella?
Maurice
asintió y pidió a su amigo la contraseña; éste le dijo que esperase mientras se
desembarazaba de los voluntarios, los cuales le acusaron de girondino.
Entonces, Lorin se identificó ante ellos como miembro del club de los
Termópilas y les aseguró que la mujer sería conducida al puesto. Unos y otros
terminaron abrazándose y decidieron ir a beber unos tragos juntos; prometieron
a los heridos enviarles unas camillas y, mientras los guardias nacionales y los
voluntarios se dirigían al Palacio-Igualdad, Lorin se aproximó a su amigo, que
permanecía junto a la desconocida en la esquina de la calle del Gallo.
—Maurice
—dijo—, te he prometido un consejo y aquí lo tienes: ven con nosotros en lugar
de comprometerte protegiendo a la ciudadana que, aunque parece seductora, no
deja de ser sospechosa.
La
mujer le rogó que no la juzgara por las apariencias y que dejara a Maurice
concluir su buena acción acompañándola hasta su casa.
—Maurice
—dijo Lorin—, piensa lo que vas a hacer; te comprometes peligrosamente.
—Lo
sé muy bien —respondió el joven—; pero, ¿qué quieres? Si la abandono, las
patrullas la arrestarán a cada paso.
—¡Oh!
Sí, sí, mientras que con usted estoy salvada.
—¿Lo
oyes? ¡Salvada! —dijo Lorin—. Luego, ¿corre un gran peligro?
—Veamos,
querido Lorin —dijo Maurice—; seamos justos. O es una buena patriota o es una
aristócrata. Si es una aristócrata hemos hecho mal protegiéndola; si es una
buena patriota, debemos custodiarla.
—Perdona,
querido amigo; yo no me llevo bien con Aristóteles, pero tu lógica es estúpida.
Es como quien dice:
Iris
me ha robado la razón y me pide la sabiduría.
—Veamos,
Lorin —dijo Maurice—, deja en paz a Dorat, a Parny, a Gentil-Bernard, te lo
suplico. Hablemos seriamente, ¿quieres o no darme la contraseña?
Lorin
dudaba entre el deber y la amistad. Antes de comunicar a Maurice la contraseña,
«Galia
y Lutecia», le hizo jurar por la patria, representada por la escarapela que
llevaba en su propio sombrero, que no haría mal uso de su conocimiento.
—Ciudadana
—dijo Maurice—, ahora estoy a sus órdenes. Gracias, Lorin.
—Buena
suerte —dijo éste, volviéndose a poner el sombrero. Y, fiel a sus gustos
anacreónticos, se alejó murmurando:
Por
fin, querida Leonor,
Has
conocido este pecado tan seductor Al que temías aunque deseabas.
Y al
disfrutarlo, aún lo temías.
Ahora,
dime, ¿qué tiene de espantoso? II
LA
CALLE DES FOSSES-SAINT-VICTOR
COSTUMBRES
DEL TIEMPO
QUIEN
ERA EL CIUDADANO MAURICE
LINDEY
Maurice,
al encontrarse solo con la joven, permaneció turbado un instante; el temor a
ser engañado, el atractivo de aquella maravillosa belleza, un vago
remordimiento que arañaba su limpia conciencia de republicano exaltado, le
detuvieron un momento cuando se disponía a dar su brazo a la joven.
—¿Adónde
va usted, ciudadana? —dijo.
—Muy
lejos, señor: junto al Jardín des Plantes.
Maurice
preguntó a la joven qué hacía a esas horas por las calles de París; ella le
explicó que había estado desde el mediodía en una casa de Roule, ignorante de
lo que sucedía en la ciudad. Maurice le dijo que quizás ella era una
aristócrata que se reía de él, republicano traidor a su causa, por servirle de
guía. Pero ella protestó vivamente y le aseguró amar a la República tanto como
él.
—En
ese caso, ciudadana, no tiene nada que ocultar, ¿de dónde venís?
—¡Oh,
señor, por favor! —dijo la desconocida.
Había
tal expresión de pudor en este señor y tan dulce, que Maurice creyó estar
seguro del sentimiento que encerraba: ella volvía de una cita amorosa. Y sin
saber por qué, notó cómo este pensamiento le atenazaba el corazón. Desde ese
momento guardó silencio.
Entretanto,
los dos paseantes habían llegado a la calle Verrerie, tras haberse cruzado con
tres o cuatro patrullas que, gracias a la contraseña, les habían dejado
circular libremente. Pero el oficial de una nueva patrulla pareció poner
algunas dificultades y Maurice tuvo que añadir a la contraseña su nombre y
domicilio. El oficial preguntó quién era la mujer y Maurice dijo:
—Es...
la hermana de mi mujer.
El
oficial les dejó pasar y la desconocida preguntó a Maurice si estaba casado. Él
dijo que no.
—En
ese caso, hubiera sido más rápido decir que yo era su esposa.
—Señora,
la palabra esposa es un título sagrado que no se puede dar ligeramente, y yo no
tengo el honor de conocerla a usted.
Esta
vez fue la joven quien sintió oprimírsele el corazón. Atravesaban el puente
Marie. La desconocida avanzaba más deprisa a medida que se acercaba al final
del trayecto.
Atravesaron
el puente de la Tournelle y Maurice anunció a la joven que ya se encontraban en
su barrio.
—Sí,
pero ahora es cuando tengo mayor necesidad de su ayuda.
Maurice
le reprochó el hecho de excitar su curiosidad sin decirle quién era. La
desconocida le aseguró que le estaría reconocida por haberla salvado del
peligro mayor que había corrido nunca, pero que le era imposible revelarle su
nombre.
—Sin
embargo, se lo hubiera dicho al primer agente que la hubiera conducido al
puesto.
—No,
jamás —exclamó la desconocida.
Maurice
le advirtió que, en ese caso, la habrían conducido a prisión lo que, en ese
momento significaba el cadalso. Pero ella aseguró que prefería el cadalso a la
traición, porque decir su nombre era equivalente a traicionar.
—¡Con
razón le decía que me hacía representar un papel muy desairado como
republicano!
—Representa
el papel de un hombre generoso. Encuentra a una pobre mujer a la que se insulta
y no la desprecia aunque sea del pueblo, y como pude ser insultada de nuevo,
para salvarla de la ruina, la acompaña hasta su miserable barrio; eso es todo.
—Eso
es razonable en cuanto a las apariencias y yo lo hubiera podido creer si no la
hubiera visto, si no me hubiera hablado; pero su belleza y su lenguaje son de
una mujer distinguida; ahora bien, es precisamente esta distinción, en
contradicción con su ropa y su miserable barrio, lo que me prueba que su salida
a esta hora oculta algún misterio. Se calla... no hablemos de ello. ¿Estamos
aún lejos de su casa, señora?
En
ese momento llegaban a la calle des Fossés-Saint-Victor.
—¿Ve
ese pequeño edificio negro? —dijo la desconocida, señalando con la mano a una
casa situada al otro lado del Jardín des Plantes—. Cuando estemos allí, usted
se separará de mí.
Maurice
le dijo que él estaba allí para obedecerla y ella le preguntó si estaba
enojado. El joven contestó que no y añadió que, por otra parte, eso carecía de
importancia para ella.
—Me
importa mucho, porque todavía tengo que pedirle un favor.
—¿Cuál?
—Un
adiós afectuoso y franco... un adiós de amigo.
—¡Un
adiós de amigo! Usted me hace un gran honor, señora. Un amigo tan singular que
ignora el nombre de su amiga, la cual le oculta su domicilio por temor, sin
duda, a tener la desgracia de volverlo a ver.
La
joven bajó la cabeza y no respondió.
—Por
último, señora, si he sorprendido algún secreto, no me odie, lo habré hecho sin
querer.
La
desconocida anunció que ya habían llegado a su destino. Estaban frente a la
vieja calle Saint-Jacques y a Maurice le parecía imposible que viviera allí. Se
despidieron y Maurice hizo un frío saludo, retrocediendo dos pasos. Ella le
pidió su mano y el joven se aproximó tendiéndosela. Entonces notó que la mujer
le deslizaba un anillo en el dedo. Ante las protestas del joven ella le aseguró
que sólo pretendía recompensar el secreto que se veía obligada a guardar con
él. Pero Maurice, exaltado, le dijo que la única compensación que necesitaba
era volverla a ver, aunque sólo fuera una vez, una hora, un minuto, un segundo.
—Jamás
—respondió la desconocida como un doloroso eco.
Una
vez más, Maurice le reprochó que se burlara de él. La mujer suspiró y le pidió
que jurara mantener los ojos cerrados durante un minuto, en ese caso ella le
daría una prueba de reconocimiento. Así lo hizo Maurice, pero antes pidió:
—Déjeme
verla una vez más, una sola vez, se lo suplico.
La
joven se quitó la capucha con una sonrisa no exenta de coquetería; a la luz de
la luna él pudo ver sus largos cabellos descolgándose en bucles de ébano, el
perfecto arco de sus cejas, que parecían dibujadas con tinta china, dos ojos
rasgados, como almendras, aterciopelados y lánguidos, una nariz de la forma más
exquisita, unos labios frescos y brillantes como el coral.
—¡Oh!
Es usted muy hermosa, ¡muy hermosa! —exclamó Maurice.
La
joven le pidió que cerrara los ojos. Maurice obedeció y notó un calor perfumado
que parecía aproximarse a su rostro. Una boca rozó la suya, dejando entre sus
labios el anillo que había rechazado.
Fue
una sensación rápida como de pensamiento y ardiente como una llama. Maurice
hizo un movimiento, extendiendo los brazos ante sí.
—¡Su
juramento! —gritó una voz lejana.
Maurice
apoyó sus manos crispadas sobre sus ojos y no contó ni pensó: permaneció mudo,
inmóvil, vacilante. Poco después escuchó el ruido de una puerta que se cerraba,
abrió
los ojos y miró a su alrededor como quien despierta de un sueño; y por tanto
hubiera tenido de no mantener entre sus labios apretados el anillo que hacía
una incontestable realidad esta increíble aventura.
Cuando
volvió en sí y miró a su alrededor, sólo vio callejuelas sombrías que se abrían
a derecha e izquierda. Trató de recobrarse, pero su espíritu estaba turbado, la
noche era sombría; la luna, que había salido un instante para iluminar el
atractivo rostro de la desconocida, se había vuelto a ocultar entre las nubes.
El joven, tras un momento de cruel incertidumbre, tomó el camino de su casa. Al
llegar a la calle Sainte-Avoie le sorprendió la gran cantidad de patrullas que
circulaban por el barrio del Temple.
Preguntó
a un sargento qué sucedía y éste le explicó que una patrulla, disfrazada con el
uniforme de los cazadores de la guardia nacional y conociendo la contraseña,
cosa que nadie podía explicarse, se había introducido en el Temple con
intención de liberar a la Capeto y toda su nidada. Felizmente, el que hacía de
cabo había llamado señor al oficial de guardia, descubriéndose a sí mismo como
aristócrata. No había sido posible arrestarlos: la patrulla había escapado
hasta la calle, dispersándose. El jefe, un tipo delgado, había huido por una
puerta trasera que daba a las Madelonnettes.
En
cualquier otra circunstancia, Maurice hubiera permanecido toda la noche junto a
los patriotas que velaban por la salud de la República; pero, desde hacía una
hora, el amor a la patria no era lo único que ocupaba su pensamiento. Continuó
su camino, despreocupado de la noticia que acababa de conocer. Por otra parte,
estas pretendidas tentativas de liberación se habían hecho tan frecuentes y los
patriotas sabían que, en algunas circunstancias se utilizaban como medio
político, que la noticia no le había inspirado gran inquietud.
Al
llegar a su casa se acostó, durmiéndose rápidamente pese a la preocupación de
su espíritu. Al día siguiente encontró una carta en su mesilla de noche; estaba
escrita con una letra fina, elegante y desconocida; miró el sello, cuya divisa
era una sola palabra inglesa: Nothing (Nada). Abrió la carta y leyó:
¡Gracias!
¡Agradecimiento eterno a cambio de eterno olvido!
Maurice
llamó a su criado; éste se llamaba Juan, pero en 1792 había cambiado su nombre
por el de Scevola.
—Scevola,
¿sabes quién ha traído esta carta?
—No;
a mí me la ha entregado el portero.
—Dile
que suba.
El
portero se llamaba Arístides y subió porque le llamaba Maurice, muy apreciado
por todos los criados con los que tenía relación, pero declaró que, si se
hubiera tratado de otro inquilino, le hubiera dicho que bajara.
A
las preguntas de Maurice, el portero contestó que la carta la había llevado un
hombre a las ocho de la mañana. El joven pidió a Arístides que aceptara diez
francos y le rogó que siguiera disimuladamente al hombre si volvía a
presentarse.
Para
satisfacción de Arístides, un poco humillado por la proposición de seguir a un
semejante, el hombre no apareció.
Maurice
se quedó solo; arrugó la carta y se quitó el anillo del dedo, dejándolo todo
sobre la mesilla de noche. Trató de volver a dormir, pero al cabo de una hora
volvió de su acuerdo, besó el anillo y releyó la carta. En ese momento se abrió
la puerta; Maurice se puso el anillo y ocultó la carta bajo la almohada.
Entró
un hombre joven vestido de patriota, pero de patriota superelegante. Su casaca
era de paño fino, el calzón de casimir y las medias de seda fina. En cuanto a
su gorro frigio, hubiera hecho palidecer, por su forma elegante y su bello
color púrpura, al del mismo París.
Además,
llevaba a la cintura un par de pistolas de la exreal fábrica de Versalles, y un
sable recto y corto, parecido al de los alumnos del Campo de Marte.
—¡Ah!
—dijo el recién llegado—. Tú duermes, bruto, mientras la patria está en
peligro.
¡Qué
asco!
—No
duermo, Lorin —dijo Maurice riendo—; sueño.
—¿Con
Eucharis?
—¿Quién
es esa Eucharis?
—La
mujer de la calle Saint-Honoré, la mujer de la patrulla, la desconocida por
quien hemos arriesgado nuestras cabezas anoche.
Lorin
le hizo varias preguntas sobre la mujer, pero Maurice le respondió que se le
había escapado en el puente Marie.
—Hablemos
de política —dijo Lorin—. He venido para eso; ¿sabes la noticia?
—Sé
que la viuda Capeto ha querido evadirse.
—¡Bah!
Eso no es nada. El famoso caballero de Maison-Rouge está en París.
—¿De
verdad? ¿Cuándo ha entrado?
—Anoche.
Disfrazado de cazador de la guardia nacional. Una mujer que se supone es
aristócrata, disfrazada de mujer del pueblo le ha llevado las ropas a la puerta
de la ciudad; un instante después han entrado del brazo. Sólo después que
habían pasado, el centinela ha entrado en sospechas: había visto salir a la
mujer con un paquete y la vio entrar del brazo de un militar; esto era
sospechoso. Ha dado la alarma y se ha corrido tras ellos, pero han desaparecido
en un edificio de la calle Saint-Honoré cuya puerta se abrió como por arte de
magia. El edificio tenía otra puerta en los Champs-Elysées; el caballero de
Maison-Rouge y su cómplice se han desvanecido. Se demolerá el edificio y se
guillotinará al propietario, pero esto no impedirá al caballero volver a intentar
lo que le ha fallado en dos ocasiones, hace cuatro meses por primera vez y ayer
por segunda.
—Entonces,
¿crees en el amor del caballero por la reina?
—No
—contestó Lorin—. En eso digo como todo el mundo. Por otra parte, ella ha
enamorado a tantos que no tendría nada de asombroso que también le hubiera
seducido a él.
—Entonces,
dices que el caballero de Maison-Rouge...
—Digo
que en este momento está acorralado y que si escapa a los sabuesos de la
República será un zorro muy fino.
—¿Y
qué hace el ayuntamiento entretanto?
—Va
a proclamar un decreto para que cada casa, como un fichero público, exhiba en
la fachada los nombres de sus inquilinos.
—¡Excelente
idea! —exclamó Maurice, pensando que éste sería un buen medio de encontrar a la
desconocida.
—¿No
es cierto? Yo ya he apostado a que esta medida nos proporcionará un mínimo de
quinientos aristócratas. A propósito, esta mañana hemos recibido en el club una
delegación de voluntarios encabezados por nuestros adversarios de anoche.
Lorin
explicó a su amigo que los voluntarios portaban guirnaldas de flores y coronas
de laurel y deseaban confraternizar con los miembros del club de las
Termópilas. Se improvisó un altar de la patria y los voluntarios pretendían
coronar a Maurice, héroe de la fiesta, pero como no estaba, se le invocó por
tres veces y se coronó el busto de Washington.
Cuando
Lorin terminó su relato, se escucharon en la calle rumores y tambores lejanos
al principio, luego, más próximos cada vez.
—¿Qué
es eso? —preguntó Maurice.
—Es
la proclamación del decreto del ayuntamiento —dijo Lorin.
—Me
voy a la sección —dijo Maurice, saltando de la cama y llamando a su criado para
que le ayudara a vestirse.
—Y
yo me voy a acostar —dijo Lorin—; esta noche sólo he podido dormir dos horas
gracias a tus furiosos voluntarios. No me despiertes si no se combate
violentamente.
—Entonces,
¿para qué te has puesto tan elegante?
—Porque,
para venir a tu casa, debo pasar por la calle Béthisy, y allí, en el tercero,
hay una ventana que se abre siempre que paso.
—¿Y
no temes que se te tome por un petimetre?
—Todo
lo contrario, se me conoce como un descamisado sincero. Sin embargo, es
necesario hacer algún sacrificio por el sexo débil.
Los
dos amigos se estrecharon la mano cordialmente. Lorin salió de la casa y
Maurice se apresuró a vestirse para acudir a la sección de la calle
Lepelletier.
Maurice
pertenecía a una familia medio aristocrática. Sus antepasados se habían
distinguido, desde hacía doscientos años, por la eterna oposición parlamentaria
que ha ennoblecido los nombres de Molé y Maupeou. Su padre se había pasado toda
su vida clamando contra el despotismo; cuando, el 14 de julio de 1789, la
Bastilla cayó en manos del pueblo, murió de sorpresa y espanto al ver al
despotismo reemplazado por la libertad militante, dejando a su único hijo
independiente por su fortuna y republicano de sentimientos.
La
Revolución había encontrado a Maurice en la plenitud de vigor y madurez viril
que precisa el atleta dispuesto a entrar en liza, con una educación
republicana, fortalecida por la asiduidad a los clubs y la lectura de todos los
panfletos de la época. En el aspecto moral, Maurice observaba un profundo y
razonado desprecio por la jerarquía, ponderación filosófica de los elementos
que componen el cuerpo, negación absoluta de toda nobleza que no fuera
personal, apreciación imparcial del pasado, ardor por las ideas nuevas,
simpatía por el pueblo, mezclada al más aristocrático de los temperamentos.
En
cuanto al físico, Maurice Lindey medía cinco pies y ocho pulgadas, tenía
veinticinco o veintiséis años, musculoso como un Hércules, con esa extraña
belleza que caracteriza a los francos como una raza particular, es decir, una
frente pura, ojos azules, cabello castaño y ondulado, mejillas rosa y dientes
de marfil.
Aunque
no era rico, tenía independencia económica; poseía un apellido respetado, y,
sobre todo, popular; conocido por su educación liberal y sus principios, más
liberales todavía, se había situado a la cabeza de un partido formado por todos
los jóvenes burgueses patriotas.
Maurice
había asistido a la toma de la Bastilla, había estado en la expedición de
Versalles, había combatido como un león el diez de agosto, y en esta memorable
jornada había matado tanto patriotas como suizos, pues le eran tan insufribles
el asesino con casaca como el enemigo de la República con uniforme rojo.
Fue
él quien, para exhortar a los defensores del castillo a rendirse e impedir que
corriera la sangre, se había arrojado sobre la boca de un cañón con el que iba
a hacer fuego un artillero parisiense. Fue él quien entró primero en el Louvre
por una ventana, pese a la descarga de los fusiles de cincuenta suizos y otros
tantos gentileshombres emboscados. Cuando percibió las señales de capitulación,
su terrible sable ya había atravesado más de diez uniformes; entonces, viendo a
sus amigos masacrar a placer a los prisioneros que suplicaban piedad, se lanzó
furiosamente sobre sus compañeros, lo que le valió una reputación digna de los
mejores días de Roma y Grecia.
Declarada
la guerra, Maurice se enroló y partió hacia la frontera como teniente, junto
con los mil quinientos voluntarios que la ciudad enviaba contra los invasores,
y que cada día debían ser seguidos por otros mil quinientos.
En
Jemmapes, la primera batalla a la que asistía, recibió un tiro, y la bala, tras
atravesar los músculos de acero de su hombro, se aplastó contra el hueso. Se le
envió a París para que se curara y durante un mes se retorció en el lecho del
dolor, devorado por la fiebre; pero enero le encontró en pie y mandando, si no
de nombre, al menos de hecho, el club de las Termópilas, es decir, cien jóvenes
de la burguesía parisiense, armados para oponerse a toda tentativa en favor del
tirano Capeto. Aún más: serio y circunspecto, Maurice asistió a la ejecución
del rey; permaneció mudo cuando cayó la cabeza de este hijo de san Luis,
limitándose a levantar su sable mientras sus amigos gritaban: «Viva la
libertad», sin fijarse que, excepcionalmente, esta vez su voz no se mezclaba
con las suyas.
Tal
era el hombre que el once de marzo, hacia las diez de la mañana, llegaba a la
sección de la que era secretario; allí se le esperaba con impaciencia y
emoción, ya que había que votar en la Convención una resolución para reprimir
los complots de los girondinos.
En
la sección sólo se hablaba del caballero de Maison-Rouge y su intentona en el
Temple. Maurice se mantuvo silencioso, redactó la proclama, terminó su tarea en
tres horas y se dirigió a la calle Saint-Honoré. París le pareció completamente
distinto a la noche anterior, y volvió a recorrer el camino que hiciera con la
desconocida. Atravesó los puentes y llegó a la calle Víctor, como se la llamaba
entonces.
«¡Pobre
mujer! —murmuró Maurice—. No ha reflexionado que la noche sólo dura doce horas
y su secreto probablemente no dure más. A la luz del sol encontraré la puerta
por donde se deslizó, y quién sabe si no la apercibiré a ella misma en alguna
ventana. » Penetró en la antigua calle Saint-Jacques y se situó en el mismo
lugar en que había estado la víspera. Cerró los ojos un instante, creyendo que
el beso de la víspera le quemaría de nuevo los labios. Pero sólo sintió el
recuerdo, aunque éste también quemaba.
Maurice
abrió los ojos y vio las calles fangosas y mal pavimentadas, guarnecidas de
vallas, cortadas por puentecillos mal colocados sobre un arroyo. Era la miseria
en todo su horror. Acá y allá un jardín cercado por vallas y empalizadas de
varas, alguno por muros; pieles secándose y expandiendo ese olor de curtiduría
que subleva al corazón. Maurice buscó durante dos horas y no encontró nada,
aunque volvió diez veces sobre sus pasos para orientarse. Todas sus tentativas
fueron inútiles, todas sus indagaciones infructuosas. Las huellas de la joven
parecía que hubieran sido borradas por la niebla y la lluvia.
«Yo
he soñado —se dijo Maurice—. Esta cloaca no puede haber servido de refugio, ni
por un momento, a mi hermosa hada de esta noche.»
Había
en este bravo republicano una poesía mucho más real que en su amigo de los
cuartetos anacreónticos, pues se concentró en esta idea para no empañar la
aureola que iluminaba la cabeza de su desconocida.
«¡Adiós!
—dijo—, bella misteriosa. Me has tratado como a un necio o a un niño. En
efecto, ¿hubiera venido aquí conmigo, si viviera aquí? ¡No!, se ha limitado a
pasar por aquí como un cisne por un pantano infecto, y su huella es tan
invisible como la del pájaro en el aire.»
III
EL
TEMPLE
El
mismo día, a la misma hora en que el decepcionado Maurice volvía a cruzar el
puente de la Tournelle, varios municipales, acompañados por Santerre comandante
de la
guardia
nacional parisiense, hacían una severa visita a la torre del Temple,
transformada prisión el 13 de agosto de 1792.
Esta
visita se realizaba en particular al aposento del tercer piso, compuesto por
una antesala y tres habitaciones. Una de éstas estaba ocupada por dos mujeres,
una muchachita y un niño de nueve años, todos vestidos de luto.
La
mayor de las mujeres podía tener treinta y siete o treinta y ocho años. Estaba
sentada y leía. La segunda trabajaba en una obra de tapicería y tenía
veintiocho o veintinueve años. La jovencita tenía catorce y se mantenía junto
al niño que, enfermo y acostado, cerraba los ojos como si durmiera, aunque era
evidente que se lo impedía el ruido que hacían los municipales.
Unos
revolvían las camas, otros desplegaban las piezas de lencería, otros, que ya
habían terminado sus pesquisas, miraban con una fijeza insolente a las
desgraciadas prisioneras que, obstinadamente, mantenían los ojos bajos,
Uno
de los municipales se aproximó a la que leía, le arrebató brutalmente el libro
y lo arrojó en
medio
de la habitación. La prisionera cogió otro volumen de la mesa y continuó la
lectura.
El
montañés hizo un gesto furioso para arrancarle el segundo volumen como había
hecho con el primero, pero la muchachita se abalanzó, rodeó con sus brazos la
cabeza de la lectora y murmuró llorando:
—¡Ah,
pobre madre mía!
Entonces
la prisionera acercó la boca a la oreja de la jovencita, como para besarla y
dijo:
—Marie,
hay una nota escondida en la boca de la estufa; sácala.
El
municipal las separó y la jovencita le preguntó si la Convención había
prohibido a los hijos abrazar a las madres.
—No;
pero ha decretado que se castigará a los traidores, a los aristócratas y a los
de arriba. Por eso estamos aquí, para interrogar. Veamos, María Antonieta,
responde.
La
interpelada no se dignó mirar a su interrogador y guardó un obstinado silencio.
Ante la insistencia de Santerre, la prisionera tomó de la mesa un tercer
volumen.
Santerre
dio media vuelta. El brutal poder de este hombre que mandaba sobre 80.000
hombres, que sólo había necesitado un gesto para acallar la voz del moribundo
Luis XVI, se estrellaba contra la dignidad de una pobre prisionera, cuya cabeza
podía hacer caer, pero a la que no podía doblegar.
—Y
usted, Elisabeth —dijo a la otra mujer—. Responda.
—No
sé qué me pregunta, por tanto no puedo responderle.
—¡Voto
a tal!, ciudadana Capeto —dijo Santerre impacientándose—. Está claro lo que
digo: ayer hubo una tentativa para liberarla y usted tiene que conocer a los
culpables.
—No
tenemos ninguna comunicación, señor; por tanto no podemos saber lo que se hace
por o contra nosotros.
—Está
bien, veremos lo que dice tu sobrino.
Santerre
se aproximó al lecho del delfín. María Antonieta se levantó y le advirtió que
el niño estaba enfermo, pero siguió sin contestar a las preguntas del
municipal. Entonces éste despertó al niño y los hombres rodearon el lecho y la
reina hizo una seña a su hija, que aprovechó el momento para deslizarse a la
habitación contigua, abrir una de las bocas de la estufa, sacar la nota,
quemarla, volver a la habitación y tranquilizar a su madre con una mirada.
Entretanto,
Santerre interrogaba al delfín que aseguraba no haber oído nada en toda la
noche por estar durmiendo.
—Estos
lobeznos están de acuerdo con la loba —exclamó Santerre.
La
Reina sonrió.
—La
austriaca se ríe de nosotros. Bien, pues ejecutemos en todo su rigor el decreto
del ayuntamiento. Levántate, Capeto.
—¿Qué
va a hacer? —exclamó la reina—, ¿No ve que mi hijo está enfermo, que tiene
fiebre? ¿Quiere hacerle morir?
Santerre
dijo que el delfín era el objetivo de todos los conspiradores y ordenó que se
llamara a Tison, el encargado de los trabajos domésticos de la prisión. Este
era un hombre de unos cuarenta años, de piel oscura, rostro rudo y salvaje, y
cabellos negros y crespos que le descendían hasta las cejas.
Tison
contestó a las preguntas de Santerre y dijo que la ropa de las prisioneras la
lavaba su hija y que él la examinaba con cuidado; prueba de ello era que el día
anterior había encontrado un pañuelo con dos nudos que había entregado al
Consejo.
La
reina se estremeció al oír mencionar los dos nudos hechos en un pañuelo, sus
pupilas se dilataron y cambió una mirada con su hermana.
—Tison
—dijo Santerre—, tu hija es una ciudadana cuyo patriotismo nadie pone en duda;
pero a partir de hoy no volverá a entrar en el Temple.
—Entonces,
¿sólo podré ver a mi hija cuando yo salga?
—Tú
no saldrás.
—¡Que
no saldré! Entonces presento mi dimisión.
—Ciudadano,
obedece las órdenes del ayuntamiento y calla o lo pasarás mal. Quédate aquí y
observa lo que sucede. Te prevengo que se te vigila. Y ahora, haz subir a tu
mujer.
Tison
obedeció sin replicar. Cuando llegó la mujer, el municipal le ordenó registrar
a las prisioneras mientras ellos aguardaban en la habitación de al lado. Los
hombres salieron y cuatro de ellos se quedaron junto a la puerta por si la
reina se resistía.
—Querida
señora Tison —dijo la reina—, crea...
Pero
la mujer cortó sus palabras diciéndole que ella era la causa de todos los males
del pueblo.
El
registro comenzó por la reina a la que se encontró un pañuelo con tres nudos
que parecía una respuesta a aquél del que había hablado Tison, un lápiz, un
escapulario y lacre.
—¡Ah!
—dijo la señora Tison—, ya lo sabía yo; ya les había dicho a los municipales
que escribía, ¡la austriaca! El otro día encontré una gota de lacre en la
arandela del candelabro.
—¡Oh!,
señora —dijo la reina—, enseñe sólo el escapulario.
—¡Ah,
sí, piedad para ti! ¿Es que se tiene piedad conmigo?... Se me quita a mi hija.
Las otras dos mujeres no tenían encima nada sospechoso. La señora Tison llamó a
los municipales y les entregó los objetos encontrados a la reina, que pasaron
de mano en mano y motivaron infinitas conjeturas; sobre todo el pañuelo con los
tres nudos, que desató la imaginación de los perseguidores de la familia real.
—Ahora
te leeremos el decreto de la Convención que ordena separarte de tu hijo. La
Convención está demasiado preocupada con un niño cuyo cuidado le ha confiado la
nación, para dejarlo en compañía de una madre tan depravada como tú.
Los
ojos de la reina lanzaron chispas.
—Pero,
¡formulad una acusación al menos, tigres!
Entonces,
uno de los municipales lanzó contra la reina una acusación infame, como la de
Suetonio contra Agripina.
—¡Oh!
—exclamó la reina—. Apelo al corazón de todas las madres.
—Vamos,
vamos; eso está muy bien, pero llevamos aquí dos horas y no podemos perder toda
la jornada; Capeto, levántate y síguenos.
—¡Jamás!
—exclamó la reina, lanzándose entre los municipales y el joven Luis,
aprestándose a proteger el lecho como una tigresa su cubil—; jamás dejaré que
se me arrebate a mi hijo.
La
hermana de la reina suplicó piedad a los hombres y Santerre les exigió que
hablaran, que dijeran los nombres y el proyecto de sus cómplices, así como el
significado de los nudos hechos en el pañuelo; sólo en ese caso se les dejaría
al niño.
Una
mirada de Elisabeth pareció suplicar a la reina que hiciera el terrible
sacrificio; pero ella, enjugándose una lágrima, dijo:
—Adiós,
hijo mío. No olvidéis nunca a vuestro padre, que está en el cielo, ya vuestra
madre, que
muy
pronto se reunirá con él. —Le dio un último beso, e irguiéndose, fría e
inflexible, continuó:— Yo no sé nada, señores; hagan lo que quieran.
Cuando
se llevaron al niño, cuyas lágrimas corrían y le tendía los brazos, la reina
cayó anonadada en una silla, pero no lanzó un solo grito.
Al
cerrarse la puerta tras los municipales, las tres mujeres guardaron un silencio
desesperado, roto solamente por algunos sollozos. La reina fue la primera en
romperlo para preguntar a su hija por la nota, y al saber que ésta la había
quemado sin leerla, dijo:
—Pero,
al menos, habréis visto la letra.
—Sí,
madre; un momento.
La
reina se levantó, miró a la puerta para saber si eran observadas, cogió una
horquilla, se aproximó a la pared, sacó de una grieta un papelito doblado y se
lo enseñó a su hija, preguntándole si la letra era la misma.
—Sí,
madre —exclamó la princesa—; ¡la reconozco!
—¡Alabado
sea Dios! —exclamó la reina con fervor, cayendo de rodillas—. Si ha podido
escribir esta mañana es que está a salvo. Gracias, Dios mío; un amigo tan
noble, bien merece tus milagros.
La
princesa preguntó a su madre de quién hablaba, para poder encomendarle a Dios
en sus oraciones.
—Sí,
hija mía, tenéis razón; no olvidéis jamás este nombre, porque es el de un
gentilhombre lleno
de
honor y bravura; no se sacrifica por ambición, porque sólo ha aparecido en los
días de desgracia. Nunca ha visto a la reina de Francia, o mejor dicho, la
reina de Francia nunca le ha visto a él; sin embargo, se juega la vida por
defenderla. Quizá sea recompensado con el premio que se otorga hoya cualquier
virtud, con una muerte horrible... Pero..., si muere..., allá arriba le daré
las gracias... Se llama...
La
reina miró con inquietud a su alrededor y bajó la voz:
—Es
el caballero de Maison-Rouge... ¡Rogad por él! IV
JURAMENTO
DE JUGADOR GENEVIÈVE
LA
CENA
La
tentativa de liberación había excitado la cólera de unos y el interés de otros.
Por otra parte, este acontecimiento lo corroboraba la multitud de emigrados
que, desde hacía tres semanas, habían vuelto a entrar en Francia por diferentes
puntos de la frontera. Era evidente que todas las personas que arriesgaban así
su cabeza no lo hacían sin un objetivo, y éste, según todas las probabilidades,
era la liberación de la familia real.
A
propuesta de Osselin, se había promulgado un decreto condenando a muerte a todo
emigrado convicto de haber regresado a Francia, así como a todo ciudadano que
le hubiera dado ayuda o, asilo. Esta ley inauguraba el terror. Sólo faltaba la
ley sobre los sospechosos.
El
caballero de Maison-Rouge era un enemigo demasiado activo y audaz para que su
vuelta a París y su aparición en el Temple no acarreasen las más drásticas
medidas. Se realizaron registros más severos que nunca en multitud de casas
sospechosas, pero el único resultado que dieron fue el descubrimiento de
algunas emigradas que se dejaron prender y de algunos viejos que no se
molestaron en disputar a los verdugos los pocos días que les quedaban de vida.
Las
secciones estuvieron muy ocupadas y el secretario de la de Lepelletier tuvo
poco tiempo para pensar en la desconocida. Al principio había intentado
olvidar, pero, como decía su amigo Lorin:
Soñando
que es necesario olvidar, Se recuerda.
Maurice
no había dicho nada a su amigo, y había guardado en su corazón los detalles de
la aventura ignorados por éste; sin embargo, Lorin, que conocía su naturaleza
alegre y expansiva, al verle meditabundo y solitario, sospechaba que Cupido
andaba por medio. Entretanto, el caballero no había sido capturado y ya no se
hablaba de él. La reina lloraba junto a su hija y su hermana. El joven delfín,
en manos del zapatero Simon, comenzaba el martirio que en dos años le llevaría
junto a sus padres. Transcurría un momento de calma. El volcán montañés
reposaba antes de devorar a los girondinos.
Maurice
sentía el peso de esta calma como se siente la pesadez de la atmósfera en
tiempo de tormenta. La holganza le entregaba al ardor de un sentimiento que, si
no era el amor, se le parecía mucho y decidió, pese al juramento que había
hecho, ensayar una última tentativa.
Había
madurado mucho una idea: ir a la sección del Jardín des Plantes y pedir
informes al secretario. Pero le contuvo el temor de que su bella desconocida
estuviera mezclada en alguna intriga política y una indiscreción suya pudiera
hacer rodar su cabeza por el cadalso.
Entonces
decidió intentar la aventura solo y sin ningún informe.
Su
plan era muy simple: las listas colocadas en cada puerta le proporcionarían los
primeros indicios, y los interrogatorios a los porteros terminarían de aclarar
el misterio. Aunque desconocía el nombre de la joven, pensaba que estaría en
consonancia con su aspecto y pensaba deducirlo por analogía.
Se
puso una casaca de paño oscuro y basto, se caló el gorro rojo de los grandes
días y partió para su exploración sin advertir a nadie. Llevaba en la mano un
garrote nudoso, y en el bolsillo su credencial de secretario de la sección
Lepelletier.
Recorrió
la calle Saint-Victor y la Vieille-Saint-Jacques, leyendo todos los nombres
escritos en el entrepaño de cada puerta. Se encontraba en la centésima casa,
sin la menor pista de su desconocida, cuando un zapatero, viendo la impaciencia
pintada en su rostro, abrió su puerta, salió y mirándole por encima de las
gafas le preguntó si quería algún informe sobre los inquilinos de la casa,
estaba dispuesto a contestarle y conocía a todo el mundo en el barrio. Maurice
le dijo que buscaba a un amigo curtidor llamado René.
—En
ese caso —dijo un burgués que acababa de detenerse allí y que miraba a Maurice
con cierta
sencillez,
no exenta de desconfianza—, lo mejor es dirigirse al patrón.
El
zapatero corroboró las palabras del burgués, que se llamaba Dixmer y era
director de una curtiduría con más de cincuenta obreros y, por tanto, podría
informar a Maurice;
éste
se volvió al burgués, que era un hombre alto, de rostro plácido y llevaba un
traje de una riqueza que denunciaba al industrial opulento.
El
burgués le dijo que era necesario saber el apellido del amigo que buscaba, y
Maurice aseguró que no lo sabía.
—¡Cómo!
—dijo el burgués, con upa sonrisa en la que se transparentaba más ironía de la
que quería dejar traslucir—. En ese caso es probable que no le encuentres.
Y el
burgués, saludando graciosamente a Maurice, avanzó algunos pasos y entró en una
casa de la antigua calle Saint-Jacques. El zapatero insistió en el mismo
argumento que el burgués y volvió a su cuchitril.
Sólo
quedaban algunos minutos de claridad diurna y Maurice los aprovechó para
meterse por el primer callejón y enseguida por otro; allí examinó cada puerta,
exploró cada rincón, miró por encima de cada valla, se alzó sobre cada muro,
echó una ojeada al interior de cada reja, por el agujero de cada cerradura,
llamó en algunos almacenes desiertos sin obtener respuesta, empleando más de
dos horas en esta búsqueda inútil.
Sonaron
las nueve. Era noche cerrada: no se oía ningún ruido. De pronto, al volver una
calle estrecha, vio brillar una luz y se internó por la sombría calleja, sin
advertir la repentina desaparición tras una pared, de una cabeza que no le
perdía de vista desde hacía un cuarto de hora.
Unos
segundos después, tres hombres salían por una puertecita practicada en la pared
y se encaminaban tras los pasos de Maurice, mientras otro hombre cerraba
cuidadosamente la puerta.
Maurice
había llegado a un patio, al otro lado del cual brillaba la luz. Llamó a la
puerta de una casa pobre y solitaria y la luz se apagó al primer golpe. Maurice
insistió, pero nadie respondió a su llamada. Comprendió que perdía el tiempo,
atravesó el patio y volvió a la calleja. Al mismo tiempo, la puerta giró
suavemente sobre sus goznes, salieron por ella tres hombres y se escuchó un
silbido. Maurice se volvió y vio tres hombres muy cerca de él. En las
tinieblas, al resplandor de esa especie de luz que existe para los ojos
acostumbrados a la oscuridad desde hace rato, relucían tres hojas de reflejos
leonados.
Maurice
comprendió que estaba rodeado; quiso hacer molinete con su bastón, pero la
callejuela era tan estrecha que éste chocó contra los dos muros. En el mismo
instante le aturdió un violento golpe en la cabeza. Los siete hombres cayeron
sobre Maurice y, pese a una resistencia desesperada, le derribaron, le ataron
las manos y le vendaron los ojos. Maurice no lanzó ni un grito para pedir
ayuda. Pensó que si le vendaban los ojos no era para matarle enseguida. Oyó una
voz que le preguntaba quién era, qué buscaba y quién le enviaba. Al contestar
Maurice que no le enviaba nadie, dijo el que le interrogaba:
—En
cualquier caso mientes, vengas por tu voluntad o enviado por alguien: eres un
espía.
Al
oírse insultar, Maurice llamó cobardes, repetidas veces y en tono violento a
los que le interrogaban.
—No
se te insulta —dijo una voz más dulce, aunque también más imperiosa que las que
habían hablado hasta entonces—. En los tiempos que vivimos, se puede ser espía
sin ser deshonesto: sólo que se arriesga la vida.
—Sea
bien venido quien ha hablado así; yo le responderé lealmente.
—¿Qué
ha venido a hacer a este barrio?
—A
buscar a una mujer.
La
misma voz le dijo que mentía y le amenazó con matarle. Maurice hizo un violento
esfuerzo para librarse de las ligaduras, pero un frío doloroso y agudo le
desgarró el pecho, obligándole a hacer un movimiento de retroceso.
—¡Ah!,
lo notas —dijo uno de los hombres—. Pues todavía hay ocho pulgadas parecidas a
la que acabas de conocer.
—¿Quién
eres? —preguntó la voz dulce e imperiosa.
—Maurice
Lindey.
—¡Qué!
¿Maurice Lindey, el revolucionario, el patriota?, ¿el secretario de la sección
Lepelletier?
—Sí;
Maurice Lindey, el secretario de la sección Lepelletier, el patriota, el
revolucionario, el jacobino; Maurice Lindey, cuyo día más apreciado será aquél
en que muera por la libertad.
Un
silencio de muerte acogió esta respuesta.
Maurice
presentó su pecho esperando que la hoja, cuya punta había sentido antes, se
hundiera por completo en su corazón. Tras algunos segundos, una voz le preguntó
si era cierto lo que decía.
—Registrad
en mi bolsillo y encontraréis mi credencial.
Al
instante se sintió transportado por brazos vigorosos. Notó que cruzaba dos
puertas, la última tan estrecha que apenas pudieron pasar con él los hombres
que le llevaban. A su alrededor continuaban los murmullos y cuchicheos. Maurice
se creía perdido. Advirtió que subían unos escalones; un aire más tibio rozó su
rostro y le sentaron en una silla.
Oyó
cerrarse con llave una puerta y escuchó unos pasos que se alejaban. Prestó oído
y creyó entender que la voz imperiosa decía:
—Deliberemos.
Transcurrió
un cuarto de hora que le pareció un siglo. Comprendió que le habían dejado solo
y trató de romper sus ligaduras: sus músculos de acero se tensaron y la cuerda
se le hundió en la carne, pero no se rompió. Lo más terrible era tener las
manos atadas a la espalda y no poder arrancarse la venda. Si pudiera ver, tal
vez podría huir.
Sus
pies pisaban algo mullido y silencioso, arena quizás, y un olor acre y
penetrante llegaba a su olfato denunciando la presencia de sustancias
vegetales. Pensó que estaba en un invernadero o algo parecido. Dio algunos
pasos, tropezó con una pared, se volvió para tantear con las manos y tocó unos
útiles de labranza. Lanzó una exclamación de alegría. Con grandes esfuerzos
exploró todos los instrumentos en busca de uno cortante. Encontró un azadón.
Dada
la forma en que estaba atado tuvo que luchar mucho para dar la vuelta al
azadón, de manera que el hierro quedara para arriba y, sujetándolo con los
riñones contra la pared, segar la cuerda que le ataba las muñecas. El hierro
del azadón cortaba lentamente. El sudor le corría por la frente. Escuchó como
un ruido de pasos que se aproximaban, hizo un esfuerzo y la cuerda, medio
segada, se rompió.
Lanzó
un grito de alegría al tiempo que se arrancaba la venda de los ojos. Al menos,
estaba seguro de morir defendiéndose.
No
se había equivocado mucho: el lugar donde se encontraba no era un invernadero,
sino una especie de pabellón donde se guardaban algunas plantas carnosas, de
las que no pueden pasar el invierno a la intemperie. Frente a él había una
ventana: se acercó a ella, pero tenía rejas y un hombre, armado de una
carabina, hacía guardia ante ella.
Al
otro lado del jardín, a treinta pasos de distancia aproximadamente, se alzaba
un quiosquillo que formaba pareja con el que ocupaba Maurice; tenía la celosía
bajada, pero a través de ella brillaba una luz. Se aproximó a la puerta y
escuchó los pasos de otro centinela.
Al
fondo del corredor se oían voces confusas, de las que sólo pudo distinguir
claramente las palabras: espía, puñal, muerte.
Maurice
redobló su atención. Se abrió una puerta y pudo oír más claramente: una voz
opinaba que era un espía y los denunciaría en cuanto se viera libre y, aunque
no supiera
quiénes
eran, conocía la dirección y volvería con más gente para prenderles. Por fin se
pusieron de acuerdo y decidieron matarle. Al oírlo, a Maurice se le heló el
sudor que le corría por la frente. Una de las voces advirtió:
—Va
a chillar. ¿Al menos han alejado a la señora Dixmer?
Maurice
empezó a comprender dónde se hallaba: estaba en casa del maestro curtidor que
le había hablado en la antigua calle Saint-Jacques; pero no comprendía qué
interés podía tener este hombre en su muerte.
Saltó
hacia el azadón y, con él en la mano, se situó junto a la puerta de forma que
ésta le cubriera al abrirse.
Una
voz aconsejó matarle de un tiro y Maurice sintió un escalofrío correrle de pies
a cabeza.
—Nada
de explosiones —dijo otra voz—. Eso podría delatarnos. ¡Ah! Dixmer, ¿y su
esposa?
—Acabo
de verla por la celosía; no sospecha nada, lee.
—Dixmer,
usted puede ayudarnos a decidir: ¿qué le parece mejor: un tiro o una puñalada?
—Un
tiro, ¡vamos!
—¡Vamos!
—repitieron cinco o seis voces al mismo tiempo.
Los
pasos se aproximaron y se detuvieron ante la puerta, la llave rechinó en la
cerradura y la puerta se abrió lentamente. Maurice se dijo que si se entretenía
golpeando le matarían; lo mejor era precipitarse sobre los asesinos y
sorprenderlos, para tratar de alcanzar el jardín y la calle.
Al
abrirse la puerta, lanzó un grito salvaje, que tenia más de amenaza que de
terror, derribó a los dos primeros hombres, apartó a los otros y en un segundo
franqueó diez toesas2 gracias a sus piernas de acero; al fondo del corredor vio
abierta una puerta que daba al jardín: se lanzó por ella, saltó diez escalones
y, orientándose lo mejor que pudo, corrió hacia la puerta, que estaba cerrada
con llave y dos cerrojos.
2 Antigua medida de longitud francesa,
equivalente a 1,949 metros. (Nota del traductor.)
Maurice
descorrió los cerrojos e intentó abrir la cerradura. Entretanto, sus
perseguidores habían llegado a la escalinata y le vieron.
—¡Ahí
está! —gritaron—; tire, Dixmer, tire, mátelo. Maurice lanzó un rugido; estaba
encerrado en el jardín; miró a las paredes y calculó que tendrían diez pies de
altura. Los asesinos se lanzaron en su persecución, pero les llevaba treinta
pasos de ventaja. Miró a su alrededor y percibió el quiosco, la celosía y la
luz. Dio un salto de diez pies, cogió la celosía y la arrancó; pasó a través de
la ventana, rompiéndola, y cayó en una habitación iluminada donde una mujer
leía junto al fuego.
La
mujer se levantó espantada, pidiendo socorro.
—Apártate,
Geneviève —gritó Dixmer—; apártate, que le mato.
Maurice
vio a diez pasos el cañón de una carabina apuntándole. Pero la mujer, apenas
vio a Maurice, lanzó un grito y, en vez de apartarse como le ordenaba su
marido, se interpuso en la trayectoria del disparo. Maurice se fijó en ella y
también lanzó un grito: era la tan buscada desconocida, que le ordenó silencio
y, volviéndose hacia los asesinos, que se acercaban a la ventana con diferentes
armas en la mano, dijo:
—No
le mataréis.
Dixmer
dijo que era un espía, pero la mujer le pidió que se aproximara y le dijo algo
al oído, luego se volvió a Maurice y le tendió la mano sonriendo, mientras
Dixmer posaba en tierra la culata de su carabina y sus rasgos tomaban una
singular expresión de mansedumbre y frialdad. Luego, hizo una señal a sus
compañeros para que le siguieran, se alejó con ellos algunos pasos y, tras
hablarles, se alejaron todos.
—Esconda
esa sortija —murmuró Geneviève—, aquí la conocen todos.
Maurice
se quitó la sortija y la escondió en su chaleco. Un momento después se abrió la
puerta del pabellón y entró Dixmer.
—Ciudadano
—dijo a Maurice—, le pido perdón por no haber sabido lo mucho que le debo. Mi
esposa, aunque recordaba el favor que le hizo usted el diez de marzo, había
olvidado su nombre. De haber sabido quién era usted, no hubiéramos puesto en
duda su honor ni sus intenciones.
Maurice
preguntó por qué querían matarle y Dixmer explicó que en su fábrica de curtidos
empleaba ácidos adquiridos de contrabando. Al verle indagando, habían temido
una delación y decidieron matarle. Dixmer y su socio, el señor Morand, estaban
ganando una fortuna gracias al presente estado de cosas. La municipalidad no
tenía tiempo para verificar minuciosamente las cuentas y los materiales de
contrabando les producían un beneficio del doscientos por cien.
—¡Diablo!
—exclamó Maurice—. Me parece un beneficio muy honesto y comprendo su temor a
que una denuncia mía terminara con él.
Dixmer
le pidió su palabra de no decir nada del asunto y le rogó que le explicara lo
que hacía por allí, advirtiéndole que era perfectamente libre para callar, si
así lo deseaba.
Maurice
dijo que buscaba a una mujer que vivía en ese barrio, pero de la que ignoraba
el nombre, la situación y el domicilio.
—Sólo
sé que estoy locamente enamorado — dijo—, que es baja... Geneviève era alta.
—Que
es rubia y con aire desenvuelto...
Geneviève
era morena y con grandes ojos soñadores.
—En
fin, una obrera...; y para agradarle me he puesto esta ropa popular.
Dixmer
dijo que todo estaba claro y Geneviève se sintió enrojecer y dio media vuelta.
—Pobre
ciudadano Lindey —dijo Dixmer, riendo—; qué mal rato le hemos hecho pasar, y
usted es el último a quien hubiera querido hacer daño; ¡un patriota tan
excelente, un hermano!... pero, la verdad: creía que algún malintencionado
usurpaba su nombre.
—No
hablemos de eso —dijo Maurice—, indíqueme el camino para salir de aquí y
olvidemos...
Pero
Dixmer se opuso a sus intenciones: esa noche daban una cena, él y su socio, a
los valientes que habían querido asesinar a Maurice y deseaba que él mismo
comprobara que no eran tan canallas como parecían. Maurice no se decidía a
aceptar la proposición.
Geneviève
le miró tímidamente y dijo:
—Se
lo ofrecemos de todo corazón.
—Acepto,
ciudadana —respondió Maurice, inclinándose.
Dixmer
dijo que iba a comunicárselo a sus compañeros y salió, dejando solos a Maurice
y Geneviève.
—¡Ah,
señor! —dijo la joven, con un acento al que inútilmente trataba de dar un tono
de reproche— ; usted ha faltado a su palabra, ha sido indiscreto.
—¡Cómo,
señora! —exclamó Maurice—. ¿La he comprometido? En ese caso, perdóneme, me
marcho, y jamás...
—¡Dios!
—exclamó ella, levantándose—. ¡Está herido en el pecho! ¡Su camisa está llena
de sangre!
—¡Oh!,
no se inquiete, señora; uno de los contrabandistas me ha pinchado con su puñal.
Geneviève palideció, y tomándole la mano:
—Perdóneme
—murmuró— el mal que se le ha hecho; usted me ha salvado la vida y yo he podido
ser la causa de su muerte.
—¿No
es bastante recompensa haberla vuelto a encontrar? Porque, ¿no habrá creído que
buscara a otra que no fuera usted?
—Venga
conmigo —le interrumpió Geneviève—, le daré ropa limpia... Es preciso que
nuestros invitados no le vean en ese estado: sería hacerles un reproche
terrible.
Maurice
protestó por las molestias que le causaba, pero ella aseguró que era una
obligación que cumplía con gran placer. Condujo a Maurice a un gabinete de una
elegancia y distinción que él no esperaba encontrar en casa de un maestro
curtidor, aunque éste pareciera millonario. Ella abrió los armarios, dijo a
Maurice que cogiera lo que quisiera, como si estuviera en su casa, y se retiró.
Cuando
Maurice salió, encontró a Dixmer, que le condujo al comedor, situado en la
parte del edificio a donde se le había conducido al principio; la cena estaba
dispuesta, pero la habitación aún estaba vacía.
Maurice
vio entrar a los seis invitados. Eran hombres de aspecto agradable, jóvenes la
mayor parte, y vestidos a la moda; dos o tres, incluso llevaban casaca y gorro
rojo.
Dixmer
se los presentó a Maurice y a continuación invitó a todos a sentarse a la mesa.
—Y...
el señor Morand —dijo tímidamente Geneviève—, ¿no le esperamos?
—¡Ah!,
es cierto. El ciudadano Morand, del que ya le he hablado, es mi socio. Podría
decirse de él que es el encargado de la parte moral de la casa; se encarga de
la caja, las facturas y todo el papeleo. Es quien tiene mayor trabajo de todos
nosotros, por eso se retrasa algunas veces. Voy a avisarle.
En
ese momento se abrió la puerta y entró el ciudadano Morand.
Era
un hombre pequeño, moreno, con las cejas espesas y anteojos verdes. A las
primeras palabras que pronunció Maurice reconoció su voz como la imperiosa y
dulce que se había manifestado partidaria de los métodos suaves durante la
discusión de la que él había sido el objeto. Vestía un traje oscuro con grandes
botones, una chaqueta de seda blanca, y su pechera, bastante fina, estuvo
atormentada durante la cena por una mano cuya blancura y delicadeza admiraron a
Maurice. Tomaron asiento. La cena resultaba poco común: Dixmer tenía apetito de
industrial y hacía los honores a su mesa; los obreros, o quienes pasaban por
tales, eran dignos compañeros suyos en este menester; el ciudadano Morand
hablaba poco, comía menos aún, no bebía casi, y reía raramente; Maurice, quizás
a causa de los recuerdos que le traía su voz, experimentó enseguida una viva
simpatía por él.
Dixmer
se creyó en la obligación de explicar a sus invitados la razón por la que un
extraño se encontraba entre ellos y, aunque no se dio muy buena maña en la
introducción del joven, su discurso satisfizo a todos. Maurice le miraba con
asombro y no se explicaba que aquel hombre pudiera ser el mismo que poco antes
le perseguía amenazante con una carabina en la mano. Mientras hacía estas
observaciones, sentía en el fondo de su corazón una alegría y un dolor tan
profundos que no podía explicarse su estado de ánimo. Se encontraba, al fin,
cerca de la bella desconocida que tanto había buscado.
Geneviève
era tal como la había entrevisto: la realidad no había destruido el ensueño de
una noche tormentosa. Maurice se preguntaba cómo esta joven elegante, de ojos
tristes y espíritu elevado podía sentirse satisfecha con Dixmer, un buen
burgués, rico además, pero del que la separaba una gran distancia. Sólo hallaba
una respuesta: por el amor, y se confirmaba en la opinión que había tenido de
la joven la noche en que la encontró, cuando pensó que regresaba de una cita
amorosa.
La
idea de que Geneviève amaba a un hombre torturaba el corazón de Maurice. En
otros momentos, al escuchar su voz pura, dulce y armoniosa, al interrogar su
mirada, tan limpia que parecía no temer que pudiera leerse en ella hasta el
fondo de su alma, Maurice pensaba que era imposible que semejante criatura
pudiera engañar, y
experimentaba
una alegría amarga al considerar que aquel hermoso cuerpo pertenecía al buen
burgués de sonrisa honesta y bromas vulgares.
Se
hablaba de política y uno de los invitados pidió noticias sobre los prisioneros
del Temple.
A su
pesar, Maurice tembló al oír el timbre de esta voz. Había reconocido al hombre
que le había clavado su cuchillo y había votado por su muerte. Sin embargo,
este hombre despertó enseguida el buen humor de Maurice al expresar las ideas
más patrióticas y los principios más revolucionarios. El hombre se asombraba de
que se confiara la custodia de los prisioneros del Temple a un consejo
permanente, fácil de corromper, y a los municipales, cuya fidelidad había sido
tentada más de una vez.
—Sí
—dijo el ciudadano Morand—, pero es preciso destacar que, hasta el presente, la
conducta de los municipales ha justificado la confianza que la nación ha
depositado en ellos, y la historia dirá que sólo el ciudadano Robespierre
merece el nombre de incorruptible.
El
hombre que había hablado antes, al cual había presentado Dixmer como jefe de su
taller, replicó que si algo no había sucedido todavía era absurdo pensar que no
pudiera ocurrir nunca y como todas las secciones se turnaban para hacer
servicio en el Temple, era posible que en una compañía existiera un grupo de
ocho o diez hombres osados que una noche degollaran a los centinelas y
libertaran a los prisioneros.
Maurice
dijo que ése no era un buen plan, ya lo habían intentado tres o cuatro semanas
antes y no había dado resultado.
Morand
objetó que el fracaso se debía a que uno de los aristócratas que formaban la
patrulla había llamado señor a alguien.
—Y
además porque se conocía la llegada a París del caballero de Maison-Rouge —dijo
Maurice.
Morand
se mostró muy interesado en conocer los detalles del asunto y Maurice se
ofreció a contar
todo
lo que sabía del caso, mientras Geneviève y el resto de los invitados prestaban
la mayor atención.
—Por
lo que parece —dijo Maurice—, el caballero de Maison-Rouge venía de la Vendée;
había atravesado toda Francia con la suerte que le es habitual. Llegó de día a
la barrera del Roule y esperó hasta las nueve de la noche; a esa hora, una
mujer disfrazada atravesó la barrera y le entregó un uniforme de cazador de la
guardia nacional; diez minutos después entraban juntos; el centinela entró en
sospechas y dio la alarma.
Entonces,
los dos culpables entraron en un edificio y salieron de él por una puerta que
daba a los Champs-Elysées. Parece que una patrulla afecta a los tiranos
esperaba al caballero en la esquina de la calle Bardu-Bec. El resto ya lo
conocen.
—¿Se
sabe qué ha ocurrido con la mujer? — preguntó Morand.
—No.
Ha desaparecido y se ignora por completo quién pueda ser.
Dixmer
y su socio parecieron respirar más libremente. Geneviève había escuchado todo
el relato pálida, inmóvil y muda.
Morand,
con su frialdad de costumbre, preguntó cómo se sabía que el caballero de
Maison-Rouge formaba parte de la patrulla y Maurice explicó que le había
reconocido un municipal, amigo suyo, que ese día estaba de servicio en el
Temple; el caballero era un hombre de unos veinticinco años, pequeño, rubio, de
rostro agradable, con ojos magníficos y dientes soberbios. Su amigo era un
tibio y no le había denunciado por temor a equivocarse. Pero él, Maurice, no
hubiera actuado de la misma manera: prefería equivocarse que dejar escapar a un
hombre tan peligroso como el caballero de Maison- Rouge.
—¿Y
qué hubiera hecho usted? —preguntó Geneviève.
—Hubiera
ordenado cerrar todas las puertas del Temple, y cogiendo al caballero por el
cuello le arrestaría por traidor a la nación. Se le habría procesado, junto con
sus cómplices, y a estas horas ya habría sido guillotinado. Eso es todo.
Geneviève
tembló y lanzó a su vecino una mirada de espanto. Pero Morand no pareció
advertir la mirada y vaciando flemáticamente su vaso:
—El
ciudadano Lindey tiene razón —dijo—; sólo había que hacer eso.
Desgraciadamente, no se ha hecho.
—¿Se
sabe qué ha ocurrido con el caballero de Maison-Rouge? —preguntó Geneviève.
Dixmer y Morand opinaron que habría abandonado París con toda seguridad, y
quizá la misma Francia; pero Maurice sostuvo que continuaba en París y dio un
argumento que, pensaba, sería fácilmente comprendido por Geneviève: el
caballero estaba enamorado de María Antonieta.
Estallaron
dos o tres risas de incredulidad, tímidas y forzadas. Dixmer miró a Maurice
como si quisiera leer en el fondo de su alma. Geneviève notó que las lágrimas
le humedecían los ojos y un escalofrío le recorría el cuerpo. El ciudadano
Morand derramó el vino de su vaso, y su palidez habría sobresaltado a Maurice
si el joven no hubiera tenido su atención concentrada en Geneviève.
—Se
ha emocionado, ciudadana —murmuró Maurice.
—A
las mujeres siempre nos emociona un afecto, por opuesto que sea a nuestros
principios.
—Ciudadano
Lindey —dijo el jefe de taller—, permíteme decirte que me pareces demasiado
indulgente con este caballero...
—Señor
—dijo Maurice, utilizando con intención la palabra que estaba en desuso—, me
gustan las naturalezas fieras y valientes, lo que no me impide combatirlas
cuando las encuentro en las filas de mis enemigos. No desespero de encontrar
algún día al caballero de Maison-Rouge.
—¿Y…?
—digo Geneviève.
—Si
le encuentro... pelearé con él.
La
cena había terminado. Geneviève se puso en pie. En ese momento sonaron las
campanadas del reloj.
—¡Medianoche!
—exclamó Maurice—. ¡Ya es medianoche!
—Esa
es una exclamación que me agrada —dijo Dixmer—, pues prueba que usted no está
enfadado y me hace confiar en que volveremos a vernos. La casa que le abre sus
puertas es la de un buen patriota y espero que muy pronto advierta usted,
ciudadano, que es también la de un amigo.
Maurice
saludó y dijo a Geneviève:
—¿También
la ciudadana me permite volver?
—Hago
algo más que permitirlo: se lo suplico —dijo vivamente Geneviève—. Adiós,
ciudadano.
Maurice
se despidió de todos los invitados y partió confuso por los acontecimientos tan
diferentes que le habían sucedido esa noche.
—¡Qué
desgraciado encuentro! —dijo la joven deshecha en lágrimas, a solas con su
marido, que la había acompañado a sus habitaciones.
—¡Bah!
El ciudadano Maurice Lindey, patriota reconocido, secretario de una sección,
puro, adorado, popular, es por el contrario una preciosa adquisición para un
pobre curtidor que tiene en su casa mercancía de contrabando —respondió Dixmer
sonriendo.
—¿De
manera que usted cree, amigo mío...? — preguntó tímidamente Geneviève.
—Creo
que es una patente de patriotismo, una marca de absolución puesta sobre nuestra
casa; y creo que a partir de esta noche, el mismo caballero de Maison-Rouge
estaría seguro en nuestra casa.
Y
Dixmer, besando a su mujer en la frente con un afecto más paternal que
conyugal, la dejó en el pabelloncito que ocupaba ella sola y volvió a la otra
parte del edificio, la que ocupaba él junto con el resto de los invitados que
se habían sentado a su mesa.
V
EL
ZAPATERO SIMON LA NOTA
Habían
llegado los primeros días de mayo; un día puro dilataba los pechos cansados de
respirar las brumas heladas del invierno, y los rayos de un sol tibio y
vivificante descendían sobre la negra muralla del Temple.
En
el portillo interior que separaba la torre de los jardines, los soldados de
guardia reían y fumaban.
Pese
al hermoso día y al ofrecimiento que se hizo a las prisioneras para que bajaran
al jardín a pasear, las tres mujeres rehusaron: tras la ejecución de su marido,
la reina se mantenía obstinadamente en su habitación para evitar el paso ante
la puerta del apartamento que había ocupado el rey en el segundo piso. Cuando,
por casualidad, tomaba el aire después de este fatal 21 de enero, lo hacia en
lo alto de la torre, cuyas troneras se habían cerrado con celosías.
Hacia
las cinco, un hombre descendió y se acercó al sargento que mandaba la guardia.
—¡Ah!,
¡eres tú, tío Tison! —dijo.
—Sí,
soy yo. Tu amigo el municipal Maurice Lindey, que está arriba, te envía este
permiso concedido a mi hija por el consejo del Temple para que pueda visitar a
su madre.
—¿Y
tú sales cuándo va a venir tu hija, padre desnaturalizado?
Tison
explicó que salía contra su voluntad; desde hacia dos meses esperaba el momento
de ver y abrazar a su hija, pero, precisamente ahora, tenía que acudir al
ayuntamiento para hacer su informe. Recomendó al sargento, que no era otro que
Lorin, que dejara pasar a su hija y salió murmurando:
—¡Ah,
mi mujercita va a ser feliz!
Al
ver alejarse a Tison y oír las palabras que pronunciaba, uno de los guardias
nacionales dijo a Lorin:
—¿Sabes,
sargento, que estas cosas le hacen estremecerse a uno?
—¿Qué
cosas, ciudadano Devaux? —preguntó Lorin.
—¡Cómo
que qué cosas! Ver a este hombre de rostro duro, este hombre de corazón de
bronce, este inexorable guardián de la reina, alejarse con lágrimas en los
ojos, mitad de alegría, mitad de dolor, pensando que su mujer va a ver a su
hija y que él no la verá.
Esto
entristece.
—Sin
duda; he ahí por qué no reflexiona este hombre que se va, como tú dices, con
lágrimas en los ojos.
—¿Y
qué es lo que reflexionaría?
—Que
desde hace tres meses, esta mujer que él brutaliza sin piedad no ve a su hijo.
El no piensa en la desgracia de ella, sino en la suya propia. Claro que esta
mujer era reina, y no se está obligado a tener los mismos miramientos con una
reina que con la mujer de un jornalero.
El
sargento había hablado en un tono que hacía difícil interpretar el sentido de
sus palabras.
—No
importa, todo esto es muy triste —dijo Devaux.
—Triste,
pero necesario —dijo Lorin.
—Lo
mejor, como tú has dicho, es no reflexionar.
De
pronto se escuchó un gran ruido a la izquierda del cuerpo de guardia; se
trataba de juramentos, amenazas y llantos. Los dos hombres prestaron atención y
les pareció distinguir la voz de un niño.
—¿Quieres
cantar? —dijo una voz ronca y avinada. Y la voz cantó como para dar ejemplo:
Madame
Veto había prometido Hacer degollar a todo París...
—No
—dijo el niño—, no cantaré.
—¡Ah,
bribonzuelo! —dijo la voz ronca.
Y un
ruido de correa silbante hendió el aire.
—¡Voto
a bríos! —dijo Lorin—. Es el infame Simon que pega al pequeño Capeto.
De
pronto se abrió una puerta y el niño dio algunos pasos por el patio acosado por
el látigo de su guardián. Pero algo pesado voló tras él, resonó en el suelo y
le alcanzó en la pierna. El niño dio un grito, luego un traspiés y cayó de
rodillas.
—Devuélveme
la horma, pequeño monstruo, si no... El niño se levantó y rehusó con la cabeza.
—¡Ah!,
¿sí? —gritó la voz—. Espera, espera, que vas a ver.
Y el
zapatero Simon salió de su cuchitril como una bestia salvaje del cubil. Lorin
le salió al paso para preguntarle por qué perseguía al niño.
—Porque
ese bribonzuelo no quiere cantar como un buen patriota ni trabajar como un buen
ciudadano.
Entonces
arguyó Lorin que la nación no le había confiado al Capeto para que le enseñara
a cantar; y como Simon le preguntara por qué se mezclaba en sus asuntos, le
respondió que era indigno de un hombre de corazón golpear a un niño, y que éste
no había participado en los crímenes de su padre y, por tanto, no era culpable
de nada. El zapatero replicó que se le había entregado al niño para hacer con
él lo que quisiera, y que cantaría Madame Veto porque así lo deseaba él.
—Miserable,
la señora Veto es su madre; ¿querrías que se forzara a tu hijo a cantar que su
padre es un canalla?
El
zapatero, indignado llamó aristócrata a Lorin, amenazándole con hacerle
arrestar; después llamó al niño para que entrara y continuara haciendo su
zapato. Lorin dijo al zapatero que el niño no recogía la horma ni haría
zapatos, y al ver su sable, le retó a sacarlo.
En
ese momento, dos mujeres entraron en el patio; una de ellas llevaba un papel en
la mano y se dirigió al centinela.
—¡Sargento!
—gritó el centinela—. Es la hija de Tison que pide ver a su madre.
—Déjala
pasar —dijo Lorin, que no quería volverse por temor a que Simon aprovechara
esta distracción para pegar al niño.
El
centinela las dejó pasar, pero apenas habían subido cuatro escalones cuando se
encontraron con Maurice Lindey que bajaba al patio. Era casi de noche, de
manera que no se podían distinguir los trazos de sus rostros. Maurice las
detuvo.
—¿Quiénes
sois y qué queréis? —preguntó.
Sophie
Tison se dio a conocer y explicó que había traído a su amiga para no estar ella
sola entre tantos soldados. Pero Maurice le dijo que su amiga no podía subir.
—Como
guste, ciudadano —dijo Sophie Tison estrechando la mano de su amiga que,
apoyada contra la pared, parecía sobrecogida de sorpresa y espanto.
Maurice
dio aviso a los guardias situados en cada piso para que dejaran pasar a la hija
de Tison y retuvieran a la mujer que la acompañaba. Después, dijo a las mujeres
que subieran y él descendió al patio.
—¿Qué
ocurre aquí? —preguntó a los guardias nacionales—, ¿qué significa todo este
ruido? Se oyen gritos de niño desde la antecámara de las prisioneras.
Simon
pensó que le llegaban refuerzos y, amenazando con el puño a Lorin, dijo:
—Es
ese aristócrata traidor que me impide zurrar al Capeto.
—¡Sí,
voto a bríos! Lo impido, y si me llamas otra vez aristócrata o traidor, te
atravieso con mi sable.
—¡Una
amenaza! —exclamó Simon—. ¡Guardia!, ¡guardia!
—Yo
soy la guardia —dijo Lorin—. Así que no me llames, porque si voy te extermino.
Simon recurrió a Maurice; pero éste dio la razón a Lorin y dijo al zapatero que
golpeando al niño estaba deshonrando a la nación. Lorin explicó a Maurice la
causa de que le golpeara y el joven exclamó:
—¡Miserable!
—¿Tú
también? Entonces, estoy rodeado de traidores.
—¡Ah,
bribón! —dijo Maurice a Simon, cogiéndole por el cuello y arrancándole el
látigo de las manos—. Intenta probar que soy un traidor. —E hizo caer rudamente
la correa sobre la espalda del zapatero.
El
niño, que miraba estoicamente la escena, dio las gracias. Lorin le dijo que
volviera a la torre y pidiera ayuda si Simon le volvía a golpear. En aquel
momento salían del torreón Sophie Tison y su compañera; al verlas, Simon
amenazó a Maurice con denunciarle por haberlas dejado entrar cuando sólo una
tenía permiso. Maurice se acercó a ellas y preguntó a Sophie si había visto a
su madre, y la muchacha, al tiempo que contestaba afirmativamente, se situó
entre el municipal y su compañera.
A
Maurice le hubiera gustado ver a la amiga de la joven o, al menos, oír su voz;
pero ella se mantenía envuelta en la capa y parecía decidida a no pronunciar
palabra. Incluso le pareció que temblaba. Este temor le infundió sospechas.
Subió precipitadamente y al llegar a la primera habitación vio a través de la
vidriera cómo la reina ocultaba algo que él supuso una nota. Llamó a su colega.
—Ciudadano
Agrícola —dijo—, entra donde María Antonieta y no la pierdas de vista. Luego
ordenó llamar a la señora Tison y le preguntó dónde se había entrevistado con
su hija.
—Aquí
mismo, en esta antecámara —dijo la mujer.
—¿Y
tu hija no ha solicitado ver a la austríaca?
—No.
—¿No
ha entrado donde ella?
—No.
—Y
mientras charlabais, ¿no ha salido nadie de la habitación de las prisioneras?
Haz memoria.
—¡Ah,
sí! Creo recordar que ha salido la joven.
—¿Ha
hablado con tu hija?
—No.
—¿Tu
hija, no le ha entregado nada?
—No.
—Y
ella, ¿no ha recogido nada del suelo?
—Sí;
su pañuelo.
—¡Ah,
desgraciada! —exclamó Maurice.
Entonces
el joven agitó la campana de alarma y subieron los otros municipales,
acompañados por un destacamento de guardia. Se cerraron las puertas y se
interceptaron las salidas de todas las habitaciones. Después, Maurice entró en
la habitación de la reina y ésta le preguntó qué quería.
—Deseo
que me entregue la nota que escondía.
—Usted
se equivoca, señor; no escondía nada.
—¡Mientes,
austríaca!. —exclamó Agrícola.
—Usted
escondía la nota que ha traído la hija de Tison y que su hija ha recogido junto
con su pañuelo.
Las
tres mujeres se miraron espantadas. La reina protestó por el trato que se les
daba y Maurice le dijo que ellos no eran jueces ni verdugos, sino vigilantes;
por tanto tenían una misión que no podían violar más que cometiendo una
traición.
—Señores
—dijo la reina—, puesto que son vigilantes, busquen, y prívennos del sueño esta
noche, como siempre.
Maurice
le explicó que no osaría poner la mano en una mujer: daría parte al
ayuntamiento y esperaría órdenes. Pero ellas no podrían acostarse, dormirían en
sillones mientras se las vigilaba.
La
señora Tison asomó la cabeza y Maurice le puso al corriente de lo que ocurría,
advirtiéndole que su hija no volvería a entrar allí.
La
mujer, exasperada, amenazó a la reina.
—No
amenaces a nadie —le dijo Maurice—; obtén por la dulzura lo que pedimos; tú
eres mujer, y la ciudadana Antonieta, que también es madre, tendrá sin duda
piedad de una madre. Mañana tu hija será arrestada; luego, si se descubre algo,
y sabes que si se quiere se descubre siempre, estará perdida, ella y su
compañera.
La
señora Tison, que había escuchado a Maurice con un terror creciente, volvió su
mirada, casi extraviada, a la reina.
—¿Lo
oyes, María Antonieta?.. ¡Mi hija!... Tú habrás perdido a mi hija.
La
reina parecía espantada, no por la amenaza que brillaba en los ojos de su
carcelera, sino por la desesperación que se leía en ellos.
—Venga,
señora Tison —dijo—; tengo que hablarle.
Agrícola
quiso oponerse, pero Maurice le dijo que las dejara hacer.
—Vamos
al otro lado de la vidriera y pongámonos de espaldas. Estoy seguro de que la
persona con la que tengamos esta condescendencia, no nos hará arrepentirnos de
ello. La reina oyó estas palabras dichas para que las escuchara y miró al joven
con agradecimiento.
Maurice
volvió la cabeza con indiferencia y pasó al otro lado de la vidriera seguido
por Agrícola.
Mientras
Maurice hablaba con Agrícola, al otro lado de la vidriera se desarrollaba la
escena que había previsto el joven. La mujer de Tison se había aproximado a la
reina.
—Señora
—le dijo ésta—, su desesperación me rompe el corazón; yo no quiero privarla de
su hija; pero piense que, haciendo lo que exigen estos hombres, su hija estará
perdida igualmente.
—¡Haz
lo que dicen! —exclamó la señora Tison.
—Sepa
primero de qué se trata; su hija ha traído a una amiga.
—Sí,
una obrera como ella; no ha querido venir sola a causa de los soldados.
—Esta
amiga ha entregado a su hija una nota; su hija la ha dejado caer. Marie, que
pasaba, la ha recogido. Es un papel insignificante; sin embargo, le podrían
encontrar sentido gentes malintencionadas. ¿Quiere que sacrifique a un amigo
sin que esto le devuelva a su hija?
—¡Haz
lo que te han dicho! —gritó la mujer.
—Pero,
si este papel compromete a su hija, ¡comprende!
—Mi
hija es una buena patriota, como yo. Gracias a Dios, los Tison son conocidos.
Haz lo que te han dicho.
—¡Dios
mío! ¡Cómo podría convencerla!
—¡Mi
hija! ¡Quiero que se me devuelva a mi hija! Entrega el papel, Antonieta,
entrégalo.
—Aquí
está, señora.
Y la
reina tendió a la desgraciada criatura un papel que ella elevó alegremente por
encima de su cabeza, gritando:
—Venid,
venid, ciudadanos municipales. Tengo el papel; tomadlo y devolvedme a mi hija.
—Sacrificáis
a nuestros amigos —dijo a la reina su hermana.
—No,
sólo sacrifico a nosotras mismas. El papel no compromete a nadie.
Maurice
y su colega acudieron a los gritos de la señora Tison; ésta les entregó el
papel; lo abrieron y leyeron:
A
oriente vela un amigo aún.
Maurice
se estremeció en cuanto posó los ojos en el papel. La letra no le parecía
desconocida.
—¡Oh,
Dios mío! —exclamó—. ¿Será la de Geneviève? Pero no, es imposible; estoy loco.
Sin duda se parece, pero ¿qué podría tener de común Geneviève con la reina?
La
reina le pidió que hiciera una obra de caridad y quemara el papel.
—Tú
bromeas, austríaca —dijo Agrícola.
Diez
minutos después la nota estaba depositada en el despacho de los miembros del
ayuntamiento; se abrió en el acto y se comentó al máximo.
—«A
oriente vela un amigo» —dijo una voz—. ¿Qué diablos puede significar esto?
—¡Pardiez!
—respondió un geógrafo—. En Lorient, está claro: Lorient3 es un pueblecillo de
Bretaña, situado entre Vannes y Quimper. ¡Voto a bríos! debería quemarse el
pueblo si es cierto que cobija a aristócratas que todavía velan por la
austríaca.
Otro
opinó que el peligro era grande por ser el pueblo puerto de mar, y un tercero
solicitó que se enviara una comisión a Lorient.
Maurice,
enterado de la deliberación, opinaba que el oriente de la nota no estaba en
Bretaña.
Al
día siguiente, la reina solicitó permiso para subir a la torre y tomar el aire.
La acompañaban su hermana y su hija. Maurice subió tras ellas y se situó en una
especie de garita que había en lo alto de la escalera. Al principio, la reina
paseó indiferentemente; luego, se detuvo y miró atentamente hacia una casa en
cuyas ventanas estaban algunas personas, una de ellas con un pañuelo blanco.
Maurice
sacó un anteojo de su bolsillo y, mientras lo graduaba, la reina hizo un gesto
como invitando a los curiosos a apartarse de la ventana. Pero Maurice ya había
distinguido una cabeza masculina de cabellos rubios, cuyo saludo había sido
3 Juego de palabras intraducible hecho con las
frases à l’orient (a oriente) y à Lorient (en Lorient)
respetuoso
hasta la humildad. Detrás de este joven, porque no aparentaba más de veintiséis
años, se hallaba una joven medio tapada por él. Maurice la enfocó con su
anteojo; pero la mujer, que también tenía un catalejo, se apartó rápidamente y
atrajo hacia sí al hombre.
Maurice
esperó un momento por ver si reaparecían los curiosos. Como la ventana
permanecía vacía, encomendó la vigilancia a su colega Agrícola, descendió
precipitadamente la escalera y fue a apostarse en la esquina de la calle
Porte-Foin, desde donde podía observar si los curiosos salían de la casa. Su
espera fue en vano. No apareció nadie.
Entonces,
no pudiendo resistir la sospecha que atormentaba su corazón, Maurice emprendió
camino hacia la antigua calle Saint-Jacques.
Cuando
llegó halló a Geneviève vestida con una bata blanca, sentada bajo un emparrado
de jazmines. La joven dio la bienvenida a Maurice y le invitó a tomar una taza
de chocolate.
Al
llegar Dixmer, expresó la mayor alegría por encontrar a Maurice a una hora tan
inesperada. Le invitó a recorrer los talleres en su compañía y le puso en
antecedentes de que Morand acababa de descubrir el secreto para fabricar un
tafilete rojo inalterable.
Maurice
siguió a Dixmer a través de los talleres hasta una especie de oficina
particular donde vio trabajando al ciudadano Morand; llevaba éste unos anteojos
azules y parecía muy ocupado en cambiar al púrpura el blanco sucio de una piel
de cordero; tenía las manos y los brazos manchados de rojo y saludó a Maurice
con la cabeza.
—Bien,
ciudadano —preguntó Dixmer—, ¿qué me dice?
—Sólo
con este procedimiento ganaremos cien mil libras al año. Pero hace ocho días
que no duermo y los ácidos me han quemado la vista.
Maurice
dejó a Dixmer con Morand y volvió junto a Geneviève. Por el camino se
reprochaba haber sospechado de aquellas personas intachables, y culpaba de su
error al servicio en el Temple que, según él, podía embrutecer hasta a un
héroe.
Geneviève
esperaba a Maurice con su dulce sonrisa para hacerle olvidar por completo las
sospechas que había concebido. Ella fue como siempre: dulce, amigable,
encantadora.
Las
horas que pasaba Maurice junto a Geneviève eran las únicas en que realmente
vivía. Sin embargo, hacia mediodía, tuvo que abandonarla y regresar al Temple.
Al
final de la calle Sainte-Avoye, encontró a Lorin que volvía de su guardia;
caminaba en formación, pero se separó de ella para acercarse a su amigo, cuyo
rostro expresaba una suave felicidad.
—¡Ah!
—dijo Lorin, estrechándole la mano—: En vano ocultas tu languidez,
Yo
sé lo que deseas.
No
dices nada, pero suspiras. Tienes el amor en los ojos, Tienes el amor en el
corazón.
Maurice
echó mano a su bolsillo para buscar la llave. Era el medio que había adoptado
para cortar el verbo poético de su amigo. Pero éste vio el movimiento y se
alejó riendo.
—A
propósito —dijo Lorin, después de avanzar algunos pasos—; tú estarás aún tres
días en el Temple; te encomiendo al pequeño Capeto.
VI
AMOR
EL
TREINTA Y UNO DE MAYO
Al
cabo de algún tiempo, Maurice era feliz y desgraciado a la vez. Así ocurre
siempre al comienzo de las grandes pasiones. De día trabajaba en la sección
Lepelletier y por la tarde acudía de visita a la antigua calle Saint-Jacques.
No se le ocultaba que ver todas las tardes a Geneviève era beber a grandes
tragos un amor sin esperanza.
Geneviève
era una de esas mujeres tímidas ante las cuales las palabras de amor parecen
blasfemias y sacrílegos los deseos materiales. A Maurice se le aparecía como un
enigma viviente cuyo sentido no podía adivinar.
Una
tarde que, como de costumbre, se había quedado solo con ella, se atrevió a
preguntarle cómo ella, tan joven y distinguida, estaba casada con un hombre que
la doblaba la edad y cuya educación y nacimiento parecían tan vulgares; ella
tan poética y su marido atento sólo a pesar, estirar y teñir las pieles de su
fábrica.
—En
fin —dijo Maurice—, ¿cómo se explican en casa de un curtidor ese harpa, ese
piano y esas pinturas al pastel que hace usted?
Geneviève
le dio las gracias por su delicadeza al no haberse informado sobre ella.
Maurice le dijo que sólo se fiaba de su propio corazón, y como ella se mostrara
dispuesta a aclarar sus dudas, el joven le preguntó su nombre de soltera.
—Geneviève
du Treilly. Mi familia se arruinó después de la guerra de América, en la que
combatieron mi padre y mi hermano mayor.
—¿Gentileshombres,
los dos?
—No,
no; mi familia era rica, pero no pertenecía a la nobleza. En América, mi padre
se hizo amigo del señor Morand, cuyo hombre de negocios era el señor Dixmer.
Viéndonos
arruinados y sabiendo que el señor Dixmer tenía una pequeña fortuna, el señor
Morand se lo presentó a mi padre que, a su vez, me lo presentó a mí. Yo vi que
podía hacer un matrimonio ventajoso, comprendí que ése era el deseo de mi
familia, nunca había estado enamorada, y acepté. Soy la esposa de Dixmer desde
hace tres años; y debo decir que en este tiempo, mi marido ha sido tan bueno
conmigo, tan excelente, que pese a la diferencia de edad y de gustos que usted
observa, jamás he padecido un instante de pesadumbre.
—Pero,
¿cuándo usted se casó con Dixmer, él no estaba al frente de esta fábrica?
—No;
vivíamos en Blois. Después del 10 de agosto, el señor Dixmer compró esta casa y
los talleres anejos; para que yo no estuviera mezclada con los obreros y
ahorrarme a la vista cosas que hubieran podido herir mis costumbres, me cedió
este pabellón donde vivo sola, según mis gustos y deseos, y feliz cuando un
amigo como usted viene a distraer o compartir mis ensueños.
Y
Geneviève tendió a Maurice una mano que éste besó ardorosamente. La joven
enrojeció ligeramente y Maurice dijo:
—No
me ha contado cómo Morand se convirtió en socio de Dixmer.
—¡Oh!
es muy simple. El señor Dixmer tenía algún dinero, pero no el suficiente para
montar él solo una fábrica de la importancia de ésta. El hijo del señor Morand
ha puesto la mitad del capital y, como tiene conocimientos de química, se ha
entregado a la explotación con la actividad que usted ha observado, gracias a
la cual, el comercio del señor Dixmer ha tomado gran extensión.
—¿El
señor Morand es uno de sus buenos amigos, no?
—El
señor Morand es una naturaleza noble, uno de los corazones más magnánimos que
hay bajo el cielo.
Maurice
le preguntó si Morand era joven, y ella le contestó que tenía treinta y cinco
años y ambos se conocían desde la infancia.
Maurice
se mordió los labios, siempre había sospechado que Morand amaba a Geneviève.
—¡Ah!
Eso explica su familiaridad con usted.
—Mantenida
en los límites que usted ha visto siempre. Me parece que esta familiaridad, que
apenas es la de un amigo, no necesita explicación.
—Perdón.
Usted sabe que todos los afectos sinceros engendran celos; y mi amistad estaba
celosa de la que usted parece profesar al señor Morand.
Callaron
los dos y ese día no se volvió a hablar de Morand. Cuando Maurice se marchó, lo
hizo más enamorado que nunca, porque estaba celoso.
Aunque
el joven estaba ciego, reconoció que en el relato de Geneviève había muchas
lagunas, vacilaciones y reticencias a las que no había prestado atención de
momento, pero que le volvían al espíritu y le atormentaban. Contra ellas, nada
podían la libertad en que le dejaba Dixmer para charlar con Geneviève, ni la
soledad en que los dos se encontraban cada tarde. Había más: Maurice,
convertido en comensal de la casa, no sólo permanecía junto a Geneviève, sino
que la escoltaba en las correrías que ella debía hacer por el barrio de vez en
cuando.
En
medio de esta familiaridad, le asombraba una cosa: cuanto más buscaba entablar
conocimiento con Morand, más parecía querer alejarse de él este hombre extraño.
Esto apenaba amargamente a Geneviève, porque Maurice no dudaba que Morand había
adivinado en él un rival, y eran los celos los que le apartaban.
Un
día dijo Maurice a Geneviève que Morand le aborrecía. La joven le aseguró que
estaba equivocado, que era la timidez de un comerciante metido a químico lo que
impedía a Morand dar el primer paso para acercarse a él.
—¿Y
quién le pide que dé el primer paso? Yo ya he dado cincuenta y jamás ha
respondido.
Al
día siguiente, él llegó a casa de la joven a las dos de la tarde y la encontró
vestida para salir. Ella le pidió que la acompañara a Auteuil, irían en coche
hasta la barrera y luego continuarían paseando.
Los
dos jóvenes partieron. Más allá de Passy saltaron a la carretera y continuaron
su paseo a pie. Al llegar a Auteuil, Geneviève se detuvo y le pidió que la
esperara junto al parque mientras ella iba a casa de una amiga. Se despidieron
y Maurice se dirigió al lugar acordado para la cita, paseando arriba y abajo, y
abatiendo con su bastón todas las hierbas, flores o cardos que encontraba en su
camino.
A
Maurice le preocupaba saber si Geneviève le amaba o no: su comportamiento con
él era el de una hermana o amiga, pero no lo consideraba suficiente. Ella se
había convertido en el pensamiento constante de sus días, en el sueño sin cesar
renovado de sus noches.
Sin
embargo, esto no era suficiente, necesitaba que ella le amara.
Geneviève
estuvo ausente una hora que a él le pareció un siglo; luego la vio venir y
sonreírle. Maurice, por el contrario, se acercó a ella con el entrecejo
fruncido.
Geneviève
tomo su brazo sonriendo.
—Heme
aquí —dijo—; amigo mío, perdóneme por haberle hecho esperar.
Maurice
respondió con un movimiento de cabeza y los dos tomaron por una avenida
seductora, blanda, umbría, frondosa, que dando un rodeo, les conduciría a la
carretera. Maurice estaba mudo, Geneviève pensativa.
—¿Qué
le hace estar triste? —preguntó Maurice.
—¿No
está usted también más triste que de costumbre?
Maurice
dijo que tenía razones para estar triste: era desgraciado, sufría.
—Y
en este momento, ¿sufre usted?
—Mucho.
—Entonces,
volvamos.
—¡Ah!
es cierto; olvidaba que el señor Morand debe regresar de Rambouillet a la caída
de la tarde, y que la tarde se acaba.
Geneviève
le miró con una expresión de reproche.
—¡Oh!
¿Aún?
—La
culpa es suya por haber hecho el otro día un elogio tan pomposo del señor
Morand.
—¿Desde
cuándo no se puede decir lo que se piensa de un hombre estimable delante de las
personas a las que se aprecia?
—Es
una estima muy viva la que le hace apresurar el paso, como ahora, por temor a
retrasarse algunos minutos.
—Hoy
es usted soberanamente injusto. Maurice, ¿no he pasado con usted una parte del
día?
—Tiene
usted razón: soy demasiado exigente. Vamos a ver al señor Morand, vamos.
—Sí,
vamos a ver al señor Morand; al menos, él es un amigo que nunca me ha hecho
sufrir.
—Esos
son los amigos valiosos —dijo Maurice, ahogado por los celos—; me gustaría
conocer a alguien parecido.
Habían
llegado a la carretera; el horizonte enrojecía; el sol comenzaba a desaparecer
y sus últimos rayos brillaban en las molduras de la cúpula de los Inválidos.
Geneviève soltó el brazo de Maurice y le preguntó por qué la hacía sufrir.
—Porque
soy menos hábil que otras personas que conozco, porque no sé hacerme amar. Si
él es constantemente bueno, es que no sufre.
—Por
favor, no hable más —dijo la joven.
Maurice
prometió obedecerla y se pasó una mano por la frente sudorosa. Geneviève se dio
cuenta de que él sufría realmente y le aseguró que no quería perder un amigo
tan precioso como él.
—¡Oh!
No lo lamentaría mucho tiempo — exclamó Maurice.
—Se
equivoca; lo lamentaría mucho tiempo, siempre —respondió ella.
—¡Geneviève!
¡Geneviève! tenga piedad de mí.
Geneviève
se estremeció. Era la primera vez que Maurice pronunciaba su nombre con una
entonación tan honda.
Maurice
dijo entonces que hablaría: iba a decirle todo lo que callaba desde hacía
tiempo, ya que ella lo había adivinado. Pero la mujer le suplicó que guardara
silencio en nombre de su amistad. Maurice replicó que no quería una amistad
como la que ella tenía con Morand, él necesitaba más que los otros.
—Basta,
señor Lindey; ahí está nuestro coche; ¿quiere llevarme junto a mi marido?
Subieron al coche: Geneviève se sentó al fondo y Maurice se situó delante.
Atravesaron todo París sin que ninguno pronunciara una sola palabra. Durante el
trayecto, Geneviève mantuvo su pañuelo arrimado a los ojos.
Cuando
entraron en la fábrica, Dixmer estaba ocupado en su gabinete de trabajo. Morand
acabada de llegar de Rambouillet y se disponía a cambiarse de ropa. Geneviève
tendió la mano a Maurice y, entrando en su habitación, le dijo:
—Adiós,
Maurice; usted lo ha querido.
Maurice
no respondió nada; se dirigió a la chimenea, donde colgaba una miniatura que
representaba a Geneviève: la besó ardientemente, la estrechó contra su corazón,
volvió a ponerla en su sito y salió.
Maurice
había vuelto a su casa sin saber cómo; había atravesado París sin ver ni oír
nada. Se desnudó sin la ayuda de su criado y no respondió a la cocinera, que le
presentaba la cena. Luego, cogiendo de la mesa las cartas del día, las leyó una
tras otra sin comprender una sola palabra. A las diez se acostó maquinalmente,
como había hecho todo tras separarse de Geneviève, y se durmió enseguida.
Le
despertó el ruido que hacía su criado al abrir la puerta; venía, como de
costumbre, a abrir las ventanas del dormitorio, que daban al jardín, y a traer
flores.
Maurice,
medio dormido, apoyó en una mano su aturdida cabeza y trató de recordar lo que
había sucedido la víspera.
La
voz del criado le sacó de su ensueño:
—Ciudadano
—dijo señalando las cartas—, ¿ya ha elegido las que va a guardar o puedo quemar
todas? Aquí están las de hoy.
Maurice
cogió las cartas del día y le dijo que quemara las demás. Entre los papeles
creyó distinguir vagamente un perfume conocido. Buscó entre las cartas y vio un
sello y una escritura que le hicieron estremecerse. Hizo señal a su criado para
que se marchara y dio vueltas y más vueltas a la carta; tenía el presentimiento
de que encerraba una desgracia No obstante, reunió todo su valor, la abrió y
leyó:
Ciudadano
Maurice,
Es
necesario que rompamos los lazos que, por su parte, parecen sobrepasar los
límites de la amistad. Usted es un hombre de honor, ciudadano, y ahora que ha
transcurrido una noche desde lo que sucedió ayer entre nosotros, debe
comprender que su presencia en esta casa se ha hecho imposible. Cuento con
usted para encontrar la excusa que desee dar a mi marido. Si hoy mismo viera
llegar una carta suya para el señor Dixmer, me convencería de que debo llorar a
un amigo desgraciadamente enajenado, pero que todas las conveniencias sociales
me impiden volver a ver.
Adiós
para siempre. Geneviève.
P.S.
—El portador espera la respuesta.
Maurice
llamó al criado y le preguntó si todavía esperaba el portador de la carta. El
criado contestó afirmativamente y Maurice saltó de la cama, se puso unos
pantalones, se sentó ante su pupitre, tomó la primera hoja de papel que halló
(un papel impreso con el nombre de la sección), y escribió:
Ciudadano
Dixmer,
Yo
te apreciaba, te aprecio todavía, pero no puedo volver a verte.
Corren
ciertos rumores sobre su tibieza política. No quiero acusarle ni defenderte.
Reciba mis disculpas y esté seguro de que sus secretos permanecerán encerrados
en mi corazón.
Maurice
no releyó la carta; tomó sus guantes y su sombrero, y se dirigió a la sección,
esperando recuperar su estoicismo con los asuntos públicos; pero éstos eran
terribles: se preparaba el 31 de mayo. El Terror, que se precipitaba desde la
Montaña parecido a un torrente, intentaba arrancar el dique que trataban de
oponerle los girondinos, los audaces moderados que habían osado pedir venganza
por las matanzas de septiembre y luchar un instante por salvar la vida del rey.
Mientras
Maurice trabajaba con ardor, el mensajero llegaba a la antigua calle Saint-
Jacques, llenando la casa de estupefacción y espanto. Dixmer leyó la carta sin
comprender nada y se la entregó a Morand.
En
la situación en que se encontraban Dixmer, Morand y sus compañeros,
perfectamente desconocida para Maurice, la carta caía como un rayo. Los hombres
discutían sobre la honestidad de Maurice y la posibilidad de que hubiera
descubierto sus secretos, manifestando algunos su arrepentimiento por no
haberle matado en el primer encuentro.
—Escuchen
—dijo Morand—: nuestro batallón estará de guardia en el Temple el 2 de junio;
es decir, dentro de ocho días. Dixmer, usted es el capitán, y yo teniente; si
nuestro batallón o nuestra compañía reciben contraorden, como la ha recibido el
otro día el batallón de la Butte-des-Moulins, al que Santerre reemplazó por el
de Gravilliers, es que todo está descubierto, y lío nos quedará otra solución
que huir de París o morir combatiendo. Pero si todo sigue su curso...
—Estamos
perdidos igualmente —dijo Dixmer—. ¿No se basaba todo en la colaboración de ese
municipal? ¿No era él quien, sin saberlo, debía abrirnos paso hasta la reina?
—Es
cierto —dijo Morand, abatido.
—Ya
ve que necesitamos volver a relacionarnos con ese joven a cualquier precio.
Interrogaré a Geneviève, ella ha sido la última en verle y quizá sepa algo.
—Dixmer
—dijo Morand—, veo con pena cómo mezcla a Geneviève en todos nuestros complots;
no es que tema una indiscreción por su parte, pero jugamos una partida
terrible, y tengo miedo y piedad de mezclar en nuestro juego la cabeza de una
mujer.
—La
cabeza de una mujer vale lo mismo que la de un hombre allí donde la astucia, el
candor o la belleza pueden hacer tanto, o incluso más que la fuerza, el poder y
el valor. Geneviève comparte nuestras convicciones y compartirá nuestra suerte.
Morand
replicó que hiciera como gustase; él ya había dicho lo que debía y consideraba
a Geneviève digna de cualquier empresa. Los dos hombres se estrecharon la mano,
y Dixmer se dirigió a las habitaciones de su esposa. Esta se hallaba sentada
ante una mesa, con los ojos fijos en un bordado y la cabeza baja.
—He
recibido una carta de nuestro amigo Maurice de la que no comprendo nada —dijo
Dixmer—. Tome, léala y dígame lo que piensa.
Geneviève
tomó la carta con una mano cuyo temblor no podía ocultar.
—Pienso
que el señor Lindey es un hombre honrado —dijo.
—¿Cree
que él ignora quiénes son las personas que ha visto en Auteuil?
—Estoy
segura.
—Entonces,
¿por qué esta brusca determinación?, ¿le ha parecido que ayer estaba más frío o
emocionado que de costumbre? Piense bien lo que me responde, porque su
respuesta va a tener gran influencia en nuestros proyectos.
—Creo
que era el mismo de siempre. Escuche: ayer estaba desagradable; el señor Lindey
es un poco tirano con sus amistades... y a veces hemos estado enojados semanas
enteras.
—Entonces,
¿esta carta no será un pretexto para no volver a la casa?
—Amigo
mío, ¿cómo quiere que yo lo sepa?
—Dígamelo
Geneviève; porque esto no se lo preguntaría a ninguna mujer que no fuera usted.
—Sí,
es un pretexto.
Dixmer
advirtió a su esposa que quizá Maurice sabía más de sus secretos de lo que
ellos sospechaban y le pidió que escribiera al joven pidiéndole una
explicación. La mujer se negó a hacerlo.
—Querida
Geneviève; cuando están en juego intereses tan poderosos como los nuestros,
¿cómo
puede retroceder por una mezquinas consideraciones de amor propio?
—Ya
le he dicho mi opinión sobre Maurice: es honrado y caballeroso; pero es
caprichoso, y no quiero padecer otra servidumbre que la de mi marido.
Esta
declaración fue hecha con tal calma y firmeza que Dixmer comprendió que sería
inútil insistir; no añadió una sola palabra; miró a Geneviève como si no la
viera, se pasó una mano por la frente húmeda de sudor, y salió. Morand le
esperaba con inquietud, y Dixmer le contó lo que había ocurrido palabra por
palabra. Morand se mostró partidario de olvidar el asunto y renunciar a todo
antes que herir el amor propio de Geneviève, pero Dixmer replicó que ninguno de
ellos se pertenecía, ni podía dejar que sus sentimientos siguieran los impulsos
del corazón.
Morand
se estremeció y guardó silencio pensativo y doloroso. Dieron así algunos paseos
por el jardín antes de que Dixmer dejara a su amigo y se vistiera para salir.
Una hora después, Maurice era interrumpido por su criado:
—Ciudadano
Lindey, le espera alguien que dice tener que comunicarle algo importante.
Maurice se quedó asombrado al encontrar en su casa a Dixmer; éste fue a su
encuentro y le tendió la mano sonriendo.
—¿Qué
mosca le ha picado para escribirme eso? La verdad, me ha herido sensiblemente.
¿Yo, tibio y falso patriota? Vamos, usted no es capaz de repetir esas
acusaciones en mi presencia. Confiese que busca un falso motivo para
enemistarse conmigo.
Maurice
admitió que no tenía nada que reprocharle; sin embargo, tenía buenas razones
para actuar como lo hacía y su decisión era irrevocable. Dixmer trató de
aparentar una sonrisa y dijo:
—Bien,
pero esas razones no son en absoluto las que me ha dicho por escrito. Maurice
reflexionó un instante.
—Escuche
—dijo—; vivimos una época en que la duda manifestada en una carta puede y debe
atormentarle; lo comprendo, y no sería digno de un hombre de honor dejarle con
semejante inquietud. Las razones que le he dado sólo eran un pretexto, pero el
verdadero motivo no se lo puedo decir, aunque si usted lo supiera, lo
aprobaría, estoy seguro.
Dixmer
insistió en saberlo todo, y Maurice dijo:
—Bien,
se trata de lo siguiente: usted tiene una mujer joven y bonita, y su pudor no
ha podido hacer que mis visitas no sean mal interpretadas. Usted comprende que
yo no tengo la fatuidad de creer que mi presencia pueda ser peligrosa para su
tranquilidad
o la
de su esposa, pero puede ser una fuente de calumnias, y usted sabe que cuanto
más absurdas son éstas, más fácilmente se les da crédito. De lejos no seremos
menos amigos, porque no tendremos nada que reprocharnos; mientras quede cerca,
por el contrario... las cosas hubieran podido acabar por envenenarse.
—Pero,
¿por qué no me ha escrito esto?
—Para
evitar lo que sucede ahora entre nosotros.
—¿Se
ha enfadado usted porque le aprecie lo suficiente para venir a pedirle una
explicación?
—Todo
lo contrario. Le juro que me alegro de haberle visto otra vez antes de dejar de
verle para siempre.
—¡No
vernos más! Nosotros nos apreciamos. Morand me lo decía esta mañana: «Haga lo
que pueda para hacer volver a Maurice.» Ahora volvamos al objeto de mi visita.
Hablemos
francamente: ¿por qué hace caso de vanas habladurías de vecino ocioso?, ¿no
tiene usted su propia conciencia? y Geneviève, ¿no cuenta con su honestidad?
—Soy
más joven que usted y puede ser que vea las cosas con una mirada más suspicaz.
Por esto le digo que no debe existir la menor habladuría sobre una mujer como
Geneviève. Permítame que persista en mi resolución.
—Ya
que estamos en plan de confesiones, confesemos otra cosa: que no es la
política, ni el rumor de sus asiduidades a mi casa lo que le obliga a dejarnos,
sino el secreto que ha conocido, el asunto del contrabando que usted supo la
misma tarde en que nos conocimos. Jamás me ha perdonado ese fraude, y me
acusaba de mal republicano por servirme de productos ingleses en mi curtiduría.
—Querido
Dixmer; le juro que, cuando acudía a su casa, me había olvidado por completo de
que estaba en casa de un contrabandista.
—Entonces,
¿no tiene otro motivo que el que me ha dicho para abandonar la casa?
—Se
lo juro por mi honor.
—Bien
—dijo Dixmer levantándose y estrechando la mano del joven—; espero que
reflexione y se arrepienta de esta decisión que nos causa tanta pena a todos.
Maurice
no respondió nada, y Dixmer salió desesperado por no haber podido conservar las
relaciones con este hombre que las circunstancias hacían no sólo útil, sino
indispensable.
Maurice
permaneció inexorable en su decisión, pero cayó en una melancolía profunda.
Lorin intentó distraerle de sus penas, pero no consiguió devolverle su antigua
actividad de republicano exaltado.
Entretanto,
los acontecimientos se precipitaban: girondinos y jacobinos, tras diez meses de
enfrentamiento en los que se habían dirigido pequeños ataques, se aprestaban a
una lucha que se anunciaba mortal para uno de los dos.
Tras
el l0 de agosto, las naciones que formaban la coalición habían atacado a
Francia; Longwy y Verdún cayeron en poder del enemigo. Entonces Danton llevó a
cabo las sangrientas jornadas de septiembre, mostrando al enemigo a toda
Francia como cómplice de un inmenso asesinato, dispuesta a luchar por su
existencia comprometida con toda la fuerza de la desesperación.
Salvada
Francia, la energía ya no fue necesaria, y el partido moderado recuperó fuerza,
y recriminó a los jacobinos estas jornadas terribles. Se pronunciaron las
palabras homicida y asesino; incluso se añadió al vocabulario de la nación una
palabra nueva: septembrizador.
Con
el proceso de Luis XVI se presentó una nueva ocasión de reemprender el terror.
La coalición tomó nuevas energías, Dumouriez acusó a los jacobinos de
desorganización y se declaró partidario de los girondinos, la Vendée se
levantó. Los jacobinos acusaron a los girondinos de traición y quisieron
terminar con ellos el l0 de marzo, pero su precipitación salvó a sus enemigos.
Sin
embargo, después del 10 de marzo, todo presagiaba ruina para los girondinos:
rehabilitado Marat, reconciliados Robespierre y Danton, y nombrado Hanriot, el
septembrizador, comandante general de la guardia nacional, todo auguraba la
jornada terrible que debía arrasar el último dique que la Revolución oponía al
Terror.
En
cualquier otra circunstancia, Maurice hubiera tomado parte en estos
acontecimientos. Pero, ni las exhortaciones de Lorin, ni las terribles
preocupaciones de la calle habían podido desalojar de su espíritu la única idea
que le obsesionaba, y cuando llegó el 31 de mayo estaba acostado en su cama,
devorado por esa fiebre que mata a los más fuertes y que, sin embargo, es
suficiente una mirada para disiparla, una palabra para curarla.
Durante
la jornada del 31 de mayo, mientras la alarma resonaba desde el alba, el
batallón del arrabal Saint-Victor entraba en el Temple. Tras ellos llegaron los
municipales de servicio, y cuatro piezas de cañón se añadieron a la batería de
la fortaleza.
Al
mismo tiempo que los cañones llegó Santerre, pasó revista al batallón y a los
municipales, y observó que faltaba uno de éstos.
—¿Por
qué sólo hay tres municipales? — preguntó—. ¿Quién es el mal ciudadano que
falta?
—El
que falta no es un tibio —contestó Agrícola—, sino el secretario de la sección
Lepelletier, el ciudadano Lindey.
—Bien,
bien; conozco el patriotismo del ciudadano Maurice Lindey; lo que no impedirá
que se le inscriba en la lista de ausentes si no llega antes de diez minutos.
A
pocos pasos del general, un capitán de cazadores y un soldado comentaban la
ausencia de Maurice. El capitán dijo a media voz:
—Si
no viniera, le colocaré a usted de centinela en la escalera, y cuando ella suba
a la torre podrá decirle unas palabras.
En
ese momento entró un municipal, que se dirigió a Santerre:
—Ciudadano
general: el ciudadano Maurice Lindey está enfermo y te ruego que me admitas en
su puesto; aquí está el certificado médico; mi turno de guardia era dentro de
ocho días y lo he cambiado con él.
El
capitán y el cazador se habían mirado con una alegre sorpresa.
—Dentro
de ocho días —se dijeron.
—Capitán
Dixmer —gritó Santerre—, tome posición con su compañía en el jardín. Resonó el
tambor, y la compañía, conducida por el curtidor, se alejó en la dirección
prescrita.
En
el jardín, a unos veinticinco metros del muro, por la parte de éste que daba a
la calle Porte-Foin, se levantaba una especie de caseta donde podían proveerse
de comida y bebida los guardias nacionales; estaba regida por la señora
Plumeau, excelente patriota, viuda de un arrabalero caído el l0 de agosto.
La
cabañita se componía de una sola habitación de doce pies cuadrados, bajo la que
se extendía la cueva donde la viuda Plumeau guardaba sus víveres.
El
capitán y el cazador entraron en la taberna y la señora Plumeau ofreció al
primero, vino de Saumur, pero éste, tras observar que no había en la cantina
queso de Brie, aseguró que, para él, el famoso vino no valía nada si no iba
acompañado de dicho comestible.
—Y
date cuenta —le dijo—que la consumición valía la pena, pensaba invitar a toda
la compañía.
La
mujer pidió cinco minutos para ir a buscarlo.
—Sí,
ve —dijo el capitán—, y entretanto descenderemos a la cueva para elegir el vino
nosotros mismos.
La
viuda Plumeau salió corriendo mientras el capitán y el cazador, provistos de
una vela, levantaban la trampa y bajaban a la cueva.
—Bien
—dijo Morand, tras efectuar un ligero examen—; la cueva avanza en dirección de
la calle Porte-Foin. Tiene de nueve a diez pies de profundidad y nada de
albañilería. El suelo es de tipo gredoso, y está formado por tierras traídas
hasta aquí desde otro lugar. Todos estos jardines han cambiado muchas veces,
por lo que no hay el menor vestigio de rocas.
—¡Rápido!
—exclamó Dixmer—; ya oigo los zuecos de nuestra cantinera; coja dos botellas de
vino y subamos.
Aparecieron
ambos por el orificio de la trampa en el momento en que entraba la señora
Plumeau, llevando el queso de Brie pedido con tanta insistencia. Tras ella
llegaron varios cazadores, seducidos por la buena apariencia del susodicho
queso.
Dixmer
hizo los honores: ofreció veinte botellas de vino a su compañía, mientras el
ciudadano Morand contaba historias de la antigua Roma.
Sonaron
las once. A las once y media se cambiaba la guardia.
—¿No
se pasea la austríaca normalmente de doce a una? —preguntó Dixmer a Tison, que
pasaba ante la cabaña en ese momento.
—De
doce a una exactamente —contestó. Y se puso a cantar—: La señora sube a su
torre… Mire usted, mire usted qué pena.
Esta
nueva bufonada fue acogida con risas por parte de todos los guardias
nacionales. Dixmer llamó a los hombres de su compañía que debían hacer guardia
de once y media a una y media, e hizo tomar las armas a Morand para colocarle,
tal como estaba convenido, en el último piso de la torre, en la misma garita
donde se había escondido Maurice el día en que había interceptado las señales
hechas a la reina desde una ventana de la calle Porte-Foin.
De
pronto, un ruido sordo se escuchó en la lejanía como un huracán de gritos y
rugidos. El ruido se hacía cada vez más amenazante, se oía rodar la artillería,
y un montón de gente gritando pasó cerca del Temple.
—¡Vivan
las secciones! —gritaban—. ¡Viva Hanriot! ¡Abajo los brissotinos! ¡Abajo los
rolandistas4! ¡Abajo la señora Veto!
4 Partidarios de Jacques Fierre Brissot y madame
Roland, dos de los más influyentes girondinos. (Nota del traductor.)
—Bueno,
bueno —dijo Tison, frotándose las manos—; voy a abrir a la señora Veto para que
goce sin trabas del amor que le tiene su pueblo.
Y se
aproximó a la puerta del torreón.
—¡Eh!
¡Tison! —gritó una voz estentórea.
—¿Mi
general? —respondió éste, deteniéndose en seco.
—Hoy
no hay salida —dijo Santerre—. Las prisioneras no abandonarán su habitación.
Dixmer y Morand cambiaron una lúgubre mirada y se fueron a pasear entre la
cantina y el muro que daba a la calle de Porte-Foin, donde Morand empezó a
medir la distancia con pasos.
—¿Cuánto?
—preguntó Dixmer.
—De
sesenta a setenta y un pies —respondió Morand.
—¿Cuántos
días se necesitarán?
—Siete
por lo menos.
—Maurice
está de guardia dentro de ocho días. Es absolutamente necesario que dentro de
ocho días nos hayamos reconciliado con él.
Sonó
la media. Morand tomó su fusil suspirando y, conducido por el cabo, fue a
relevar al centinela que se paseaba por la torre.
VII
SACRIFICIO
LA
DIOSA RAZON EL HIJO PRODIGO LOS ZAPADORES
La
misma mañana en que sucedía lo que acabamos de contar, Geneviève se preguntaba
por qué, desde hacía tres semanas, los días eran tan tristes y transcurrían tan
lentamente. Contemplaba unos claveles que Maurice le había enseñado a cultivar
y que ahora estaban marchitos. La joven inclinó dulcemente la cabeza, besó uno
de los capullos marchitos y rompió a llorar.
Su
marido entró justo en el momento en que ella se secaba los ojos. Pero Dixmer
estaba tan preocupado por sus propios pensamientos que no adivinó la crisis de
su esposa, ni puso atención en el delator enrojecimiento de sus párpados.
Geneviève, al verle, se levantó rápidamente y se situó de espaldas a la
ventana, en la semipenumbra.
—¿Y
bien? —dijo ella.
—Nada
nuevo; imposible aproximarse a ella; imposible pasarle nada, incluso verla.
—¡Qué!
¿Con todo ese alboroto que ha habido en París?
—Precisamente
ese alboroto ha redoblado la desconfianza de los vigilantes; se ha temido que
se aprovechara la agitación general para hacer alguna tentativa en el Temple; y
en el momento en que Su Majestad iba a subir a la terraza, Santerre ha dado la
orden de no dejar salir a la reina. El caballero estaba desesperado al ver cómo
se nos escapaba esta ocasión.
—Pero,
¿no estaba en el Temple ningún municipal conocido?
—Debía
estar uno: el ciudadano Maurice Lindey; pero no ha ido porque se encontraba
enfermo. Aunque si hubiera estado quizá sería lo mismo. Como estamos
enemistados, puede que hubiera evitado hablarme.
—Creo
que usted exagera la gravedad de la situación; el señor Lindey puede tener el
capricho de no volver por aquí, pero en absoluto es nuestro enemigo.
—Geneviève,
lo que esperábamos de Maurice no era demasiado para una amistad real y
profunda. Esta amistad se ha roto y ya no hay esperanza por nuestra parte.
—Entonces,
¿por qué no intenta otra gestión con él?
—No.
Ya he hecho todo lo que se podía hacer. Una nueva gestión despertaría sus
sospechas. Además, creo que hay una herida en el fondo de su corazón. Usted
está convencida, como yo, de que en nuestra ruptura con el ciudadano Lindey hay
algo más que un capricho; quizá sea el orgullo. Mi gestión lo hubiera
compensado todo si el agravio proviniera de mí; pero, ¿y si proviniera de
usted?
—¿De
mí? ¿y cómo quiere que yo haya agraviado a Maurice?
—¿Quién
sabe, con semejante carácter? ¿No ha sido usted la primera en acusarle de
capricho? Me mantengo en mi antigua idea: usted ha hecho mal no escribiendo a
Maurice.
—¡Yo!
¿Usted piensa eso?
—No
sólo lo pienso, sino que lo he pensado mucho durante las tres semanas que dura
la ruptura.
—¡Dixmer,
no exija eso de mí! —exclamó Geneviève.
—Usted
sabe que nunca le exijo nada; sólo suplico. Le suplico que escriba una carta al
ciudadano Maurice. —Geneviève intentó protestar, pero Dixmer la interrumpió.—
Escuche: o existen graves motivos de enojo entre Maurice y usted, o su enfado
proviene de alguna cosa infantil. Si es así, sería una locura eternizarlo; si
el motivo es serio, dada nuestra situación, no deben contar nuestra dignidad y
amor propio. Haga un esfuerzo; escriba al ciudadano Maurice Lindey y él
volverá.
Geneviève
reflexionó un instante.
—Pero,
¿no se podría encontrar un medio menos comprometedor de hacer volver la buena
inteligencia entre usted y Maurice?
—¿Comprometedor?
Me parece el medio más natural.
—No
para mí.
—Es
usted obstinada, Geneviève.
—¡Dios
mío! ¿Es posible que no comprenda las causas de mi resistencia y me obligue a
hablar?
Geneviève
inclinó la cabeza sobre el pecho y dejó caer los brazos a lo largo de los
costados con gesto de abatimiento. Dixmer tomó su mano y estalló en una risa
que parecía forzada.
—Ya
veo de qué se trata —dijo—. Tiene razón. He estado ciego. Usted, con todo su
espíritu y distinción, se ha dejado prender en una banalidad, ha tenido miedo
de que Maurice se enamorara de usted. He adivinado, ¿no? Tranquilícese. Conozco
a Maurice; es un feroz republicano sin otro amor que el de la patria.
—¿Está
seguro de lo que dice?
—Sin
duda. Si Maurice la amara, en vez de enfadarse conmigo, hubiera multiplicado
las atenciones con quien tenía interés de engañar. Si la amara no hubiera
renunciado tan fácilmente al título de amigo de la casa, con cuya ayuda suelen
encubrirse este tipo de traiciones.
—No
bromee con estas cosas, por favor.
—No
bromeo; le digo que Maurice no le ama. Eso es todo.
—Y
yo le digo que se equivoca.
—En
ese caso, quien ha tenido la fuerza de alejarse antes que traicionar la
confianza de su huésped, es un hombre honrado. ¿Escribirá a Maurice, verdad?
Geneviève
dejó caer su cabeza entre las manos. Dixmer la miró un instante y se esforzó en
sonreír.
—Vamos;
querida —dijo—; nada de amor propio; si Maurice quiere hacerle otra
declaración, ríase de la segunda como ha hecho con la primera. Yo la conozco,
Geneviève. Usted es un corazón digno y noble. Estoy seguro de usted. Geneviève,
he hecho mal en hacerle pasar por todas estas angustias. Debería haber empezado
por decirle que estamos en una época de grandes sacrificios. Yo he sacrificado
a la reina mi brazo, mi cabeza y mi felicidad; otros le dieron su vida. Yo haré
más que dar mi vida: arriesgaré mi honor, aunque no corre ningún riesgo si está
guardado por una mujer como mi Geneviève.
Geneviève
se puso en pie, tomó una pluma y le pidió que dictara la carta; pero Dixmer
replicó que eso sería engañar a Maurice, la carta debía escribirla ella misma.
Luego, besó la frente de su esposa, le dio las gracias y salió. Entonces,
Geneviève escribió temblando:
Ciudadano
Maurice,
Usted
sabe cuánto le aprecia mi marido. Tres semanas de separación, que nos han
parecido un siglo, ¿se lo han hecho olvidar? le esperamos; su vuelta será una
fiesta. Geneviève.
Maurice
estaba seriamente enfermo. Lorin había acudido regularmente a verle, haciendo
todo lo posible por distraerle. Pero hay enfermos que no se quieren curar.
El 1
de junio Lorin llegó hacia la una.
—¿Qué
hay de particular? —preguntó Maurice—. Estás espléndido.
En
efecto, Lorin llevaba el traje de rigor: gorro rojo, casaca y cinturón tricolor
adornado con dos pistolas.
—En
lo general, está a punto de llevarse a cabo la derrota de la gironda, en este
momento se calientan las balas de cañón en la plaza del Carrousel. En lo
particular, hay una gran solemnidad a la que te invito para pasado mañana.
—Pero,
¿qué hay para hoy?
—Hoy
tenemos la repetición de la gran solemnidad. Ya sabes que hemos suprimido a
Dios, reemplazándole por el Ser Supremo. Pero, como parece que es un moderado,
y todo sale mal desde que está en lo alto, nuestros legisladores han decretado
su caída. Ahora vamos a adorar un poco a la diosa Razón.
—¿Y
tú te entrometes en todas esas mascaradas?
—Amigo
mío, si conocieras como yo a la diosa Razón, serías uno de sus más fervientes
admiradores. Escucha, quiero que la conozcas; te la presentaré.
—Déjame
tranquilo con tus locuras. Estoy triste, tú lo sabes.
—Razón
de más, ¡voto a bríos! Ella te alegrará, es una buena chica... ¡Eh! pero si tú
conoces a la austera diosa que los parisienses van a coronar de laureles y
pasear en un carro de papel dorado. Es...
adivina...
—¿Cómo
quieres que adivine?
—Es
Artemisa. Una morenaza a la que conocí el año pasado... en el baile de la
Opera. Ella es quien tiene más posibilidades; yo la he presentado al concurso y
todos los Termópilas me han prometido sus votos. Dentro de tres días será la
elección. Hoy celebraremos una comida preparatoria y derramaremos el champaña;
pasado mañana, quizá derramaremos la sangre. Pero, que se derrame lo que se
quiera, ¡Artemisa será diosa o que el diablo me lleve! Ven, le pondremos la
túnica.
—Gracias,
siempre he sentido repugnancia por ese tipo de cosas.
—¿Por
vestir a las diosas? Bien, veamos si esto puede distraerte: yo le pondré la
túnica y tú se la quitarás.
Maurice
replicó que estaba enfermo y sin alegría, y se quedaba en la cama. Lorin se
rascó la oreja y dijo:
—Ya
veo de que se trata: esperas a la diosa Razón.
Maurice
aseguró que los amigos espirituales resultaban muy molestos, y se disponía a
maldecir cuando entró su criado con una carta. El joven tendió la mano
descuidadamente, pero apenas la hubo tocado, se estremeció, devoró con la
mirada la letra y el sello, rompió éste y leyó con toda su alma las pocas
líneas de Geneviève.
Releyó
la carta varias veces y después se quedó mirando a Lorin como atontado.
—¡Diablo!
—exclamó Lorin—. Parece que encierra buenas noticias.
Maurice
releyó la carta una vez más, lanzó un profundo suspiro y, olvidando de pronto
su enfermedad, saltó de la cama.
—¡Mi
ropa! —gritó al estupefacto criado—. ¡Oh! querido Lorin, lo aguardaba a diario
pero, la verdad, no lo esperaba. Un calzón blanco, una camisa con chorreras;
¡que se me peine y afeite inmediatamente!
El
criado se apresuró a ejecutar las órdenes de Maurice.
—¡Volverla
a ver! —exclamó Maurice—. En verdad no he sabido hasta ahora lo que era la
felicidad.
Lorin
insistió en que su amigo necesitaba más que nunca visitar a la diosa Razón y
Maurice le regaló para ella un ramo de azahar, al tiempo de confesar su
enamoramiento y la seguridad que tenia de ser correspondido, demostrada por el
hecho de que le llamara de nuevo a su lado. Lorin recitó unos versos adecuados
al caso, a los que su amigo, por primera vez, correspondió con aplausos y
bravos antes de descender las escaleras de cuatro en cuatro y lanzarse en
dirección de la antigua calle de Saint- Jacques.
Lorin
aseguró al criado que Maurice estaba peor de lo que creía, y descendió la
escalera con paso
tranquilo.
Apenas llegó el joven a la calle Saint-Honoré, con su azahar en flor en la
mano, una turba de jóvenes le siguieron respetuosamente, tomándole por uno de
los virtuosos a los que Saint-Just había propuesto ofrecer un traje blanco y un
ramo de azahar. Como el cortejo crecía sin cesar, porque resultaba raro un
hombre virtuoso, cuando el ramo de flores le fue ofrecido a Artemisa se habían
congregado varios miles de jóvenes; y este homenaje levantó dolor de cabeza a
muchas otras razones que estaban presentes.
Esa
misma tarde se extendió por París la famosa canción:
¡Viva
la diosa Razón! Llama pura, dulce luz.
Maurice
no hubiera sido más rápido si hubiera tenido alas.
Las
calles estaban llenas de gente, pero Maurice sólo reparaba en ella porque
entorpecían su carrera; se decía en los grupos que la Convención estaba
asediada, que se ofendía a la soberanía del pueblo en sus representantes; y
todo esto tenía alguna posibilidad de ser verdad, porque se oía tocar a
arrebato y tronar el cañón de alarma.
Maurice
corría ajeno a todo, imaginando que Geneviève le esperaría en la ventanita del
jardín para recibirle con su mejor sonrisa. Pero se equivocaba: Geneviève se
había prometido no mostrarle más que una educación fría, débil dique que ella
oponía al torrente que amenazaba inundar su corazón. Se había retirado a la
habitación del primer piso y no descendería hasta que se la llamara. Pero
también se equivocaba.
El
único que no se equivocaba era Dixmer, que esperaba a Maurice detrás de una
reja y sonreía irónicamente.
Maurice
empujó la puertecilla del jardín y resonó la campanilla de ésta. Geneviève
tembló al reconocer por el tintineo quién había entrado, y dejó caer la cortina
que había entreabierto.
Dixmer
corrió hasta el joven y le estrechó entre sus brazos con gritos de alegría.
Entonces bajó Geneviève; se había dado unos golpes en las mejillas para
colorearlas, pero apenas había descendido los veinte escalones cuando el carmín
forzado había desaparecido.
Maurice
vio aparecer a Geneviève en la penumbra de la puerta; avanzó hacia ella para
besarle la mano. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que había cambiado la
joven que, por su parte, observó con temor la delgadez de Maurice, así como el
brillo febril de su mirada.
Dixmer
cortó rápidamente los exámenes prolongados y las recriminaciones recíprocas.
Hizo servir la comida, porque eran casi las dos.
Al
pasar al comedor, Maurice observó que su cubierto estaba dispuesto. Entonces
llegó Morand y el joven estuvo con él tan afectuoso como pudo.
Geneviève
había recobrado su serenidad; encontrándose feliz, se hizo dueña de sí misma;
es decir, calma y fría, aunque afectuosa.
La
conversación recayó sobre la diosa Razón; la caída de los girondinos y el nuevo
culto eran los dos acontecimientos del día. Dixmer pretendió que no le hubiera
disgustado ver recaer este honor en Geneviève. Maurice esbozó una sonrisa. Pero
Geneviève era de la opinión de su marido y el joven miró a los dos, asombrado
de que el patriotismo pudiera enajenar a un espíritu tan equilibrado como el de
Dixmer y a una naturaleza tan poética como la de Geneviève.
Morand
desarrolló una teoría de la mujer política, remontándose desde Theroigne de
Mericourt, la heroína del 10 de agosto, a la señora Roland, el alma de la
gironda. Luego, lanzó algunas pullas contra las calceteras5. Estas palabras
hicieron sonreír a Maurice.
Eran
bromas crueles contra estas patriotas, conocidas más tarde con el horroroso
nombre de lameguillotinas.
—Ciudadano
Morand —dijo Dixmer—; respetemos el patriotismo aunque sea trasnochado.
—Yo
pienso —dijo Maurice— que las mujeres, si no son demasiado aristócratas, son
siempre bastante patriotas.
Se
refiere a las mujeres que acudían a contemplar las ejecuciones y esperaban al
pie del cadalso haciendo calceta. (Nota del traductor.)
Morand
opinó que encontraba despreciable a la mujer que adopta las costumbres de los
hombres, y cobarde al hombre que insulta a una mujer, aunque sea su peor
enemiga.
Con
ello llevaba a Maurice a un terreno delicado; éste asintió con un signo
afirmativo. Entonces intervino Dixmer:
—Un
momento, ciudadano Morand; espero que exceptúe a las mujeres enemigas de la
nación.
Siguió
un silencio que rompió Maurice:
—No
exceptuemos a nadie; las mujeres que han sido enemigas de la nación, me parece
que están bastante castigadas.
—¿Se
refiere a las prisioneras del Temple?, ¿a la austríaca, a su hermana y a la
hija del Capeto? — preguntó Dixmer.
—Justamente
—dijo Maurice—; hablo de ellas.
—¿Es
cierto lo que se dice? —preguntó Morand—, ¿que a veces las prisioneras son
maltratadas por los mismos que deberían protegerlas?
—Hay
hombres que no merecen tal nombre — dijo Maurice—. Hay cobardes que no han
combatido, y que necesitan torturar a los vencidos para persuadirse de que son
los vencedores.
—Usted
no es de ésos —exclamó Geneviève—. Estoy segura.
—Señora
—respondió Maurice—, yo he hecho guardia junto al cadalso en que ha perecido el
difunto rey. Tenía el sable en la mano y estaba allí para matar a cualquiera
que hubiera pretendido salvarle. Sin embargo, cuando llegó cerca de mí dije a
mis hombres:
»"Ciudadanos,
os prevengo que atravesaré con mi sable al primero que insulte al rey."
»Desafío
a cualquiera que diga que un sólo grito ha partido de mi compañía. Soy yo
también quien ha escrito el primero de los diez mil panfletos que se pegaron en
París cuando el rey volvió de Varennes:
»Quien
aclame al rey será apaleado; quien le insulte será colgado.
—Bien
—continuó Maurice sin observar el terrible efecto que sus palabras producían en
la asamblea—, en esa ocasión he probado que soy un buen patriota, que detesto
al rey y a sus partidarios. Ahora bien, pese a la certidumbre que tengo sobre
la culpabilidad de la austriaca en las desgracias que padece Francia, declaro
que nadie, aunque sea el mismo Santerre, insultará a la exreina en mi
presencia.
—Ciudadano
—dijo Dixmer—, ¿sabe que hay que estar muy seguro para decir semejantes cosas
ante nosotros?
Maurice
contestó que diría lo mismo en cualquier parte; él no temía a las mujeres y
respetaría siempre a los débiles.
Morand
quiso cerciorarse de que Maurice no perseguía a los niños.
—¿Yo?
Pregunte al infame Simon por el peso del brazo del municipal ante el que ha
tenido la audacia de pegar al pequeño Capeto.
—Entonces,
¿es usted el municipal de quien tanto se ha hablado, y que tan noblemente ha
defendido al niño?
—¿Se
ha hablado? —preguntó Maurice con una ingenuidad casi sublime.
—He
ahí un corazón noble —dijo Morand, levantándose de la mesa y retirándose al
taller como si le reclamara un trabajo urgente.
—Sí,
ciudadano —respondió Dixmer—; se ha hablado; y debe decirse que todas las
personas de corazón y valor le han alabado sin conocerle.
—Dejémosle
en el anonimato —dijo Geneviève—; la gloria que nosotros le daríamos sería
demasiado peligrosa.
En
el momento de levantarse de la mesa, avisaron a Dixmer que su notario le
esperaba; se excusó con Maurice y salió.
Se
trataba de la compra de una casita en la calle de la Corderie, frente al jardín
del Temple. Era más la compra de un emplazamiento que de una casa lo que hacía
Dixmer, porque el edificio estaba ruinoso. La negociación con el propietario no
había sido larga; esa misma mañana le había visitado el notario y se habían
puesto de acuerdo en 19500 libras. El propietario debía desocupar el edificio
ese mismo día, y los obreros acudirían allí al día siguiente.
Firmado
el contrato, Dixmer y Morand fueron con el notario a la calle de la Corderie
para ver su nueva adquisición. Era una casa de tres pisos rematada por una
buhardilla. El bajo había estado alquilado a un negociante de vinos y poseía
magníficos sótanos. El propietario ensalzó los sótanos, pero Dixmer y Morand no
parecieron interesarse por ellos, aunque condescendieron a bajar a lo que el
propietario llamaba sus subterráneos. Los sótanos eran soberbios, y uno de
ellos se extendía bajo la calle de la Corderie.
Dixmer
y Morand hablaron de hacer cegar los sótanos que, excelentes para un negociante
de vinos, resultaban inútiles para un buen burgués que pensaba ocupar toda la
casa.
Tras
las bodegas visitaron los pisos. Desde el tercero se dominaba completamente el
jardín del Temple. Los dos hombres reconocieron a la viuda Plumeau; pero, sin
duda, su deseo de ser reconocidos no era grande, pues se mantuvieron ocultos
tras el propietario.
El
comprador quiso ver las buhardillas. El propietario no llevaba la llave encima,
pero bajó rápidamente a buscarla.
—No
me había equivocado —dijo Morand—, esta casa sirve de maravilla para nuestro
propósito; en cuanto a la bodega, es una ayuda de la Providencia, pues nos
ahorrará dos días de trabajo. Aunque se desvía un poco a la izquierda de la
cantina, podremos desembocar con seguridad en el lugar deseado.
Dixmer
era partidario de hacer desde el tercer piso una señal convenida; aunque la
reina no podría verla por estar la torre situada a mayor altura, Dixmer opinaba
que quizá la observaran Toulan o Mauny. De manera que hizo unos nudos en el
bajo de una cortina y la hizo pasar a través de la ventana, como si la hubiera
empujado el viento.
Luego
salieron del piso y lo cerraron con llave, para evitar que el propietario
advirtiera la cortina colgante y la devolviera a su posición.
Las
buhardillas no alcanzaban la altura de la torre; esto era a la vez una
dificultad y una ventaja: una dificultad porque desde ellas no se podía
comunicar con la reina; una ventaja porque esta imposibilidad descartaba toda
sospecha.
Luego,
bajaron junto al notario, que esperaba en el salón para firmar el contrato.
—Ya
sabes, ciudadano, que la cláusula principal es que la casa me será entregada
esta misma tarde — dijo Dixmer—, a fin de que mañana los obreros puedan empezar
con ella.
El
propietario aseguró que a las ocho estaría libre la casa. Entonces Dixmer
preguntó por la salida a la calle Porte-Foin. El propietario la había hecho
cerrar porque daba demasiado trabajo a su criado, pero podía volver a abrirse
con un trabajo de dos horas. Dixmer y Morand salieron de la casa, y a las nueve
de la noche volvían a ella de nuevo, seguidos por cinco o seis hombres a los
que nadie prestó atención.
Entraron
los dos, cerraron las contraventanas con el mayor cuidado, y encendieron unas
bujías que Morand había llevado consigo. Poco después entraron los cinco o seis
hombres uno tras otro: eran los invitados habituales del curtidor.
Cerraron
las puertas y descendieron al sótano. Después, taparon todas las aberturas por
donde podía lanzarse al interior una mirada curiosa.
A
continuación, Morand colocó un tonel vado, y empezó a trazar líneas geométricas
en un papel. Mientras dibujaba, sus compañeros salían de la casa dirigidos por
Dixmer, seguían la calle Corderie y en la esquina de la calle Beauce se
detenían junto a un coche cubierto.
En
el coche había un hombre que entregó a cada uno una herramienta de zapador. Los
hombres ocultaron las herramientas bajo sus abrigos, volvieron a la casita y el
coche desapareció.
Morand
había terminado su trabajo; se dirigió a una esquina de la cueva y dijo:
—Caven
ahí.
Y
los zapadores se pusieron a la obra inmediatamente.
La
situación de las prisioneras del Temple se hacía cada vez más grave. Por un
instante, las tres mujeres habían conservado una ligera esperanza; los
municipales Toulan y Lepître habían sentido compasión por las augustas
prisioneras y les habían demostrado cierto interés, aunque al principio las
pobres mujeres habían desconfiado.
La
primera vez que llegó el turno de Toulan y Lepître, la reina les pidió, si era
cierto que se interesaban por su suerte, que le contaran los detalles de la
muerte del rey.
Lepître
había asistido a la ejecución y obedeció la orden de la reina.
La
reina pidió los periódicos que relataban la ejecución, y Lepître prometió
llevárselos en la próxima guardia, que tendría lugar tres semanas después.
En
tiempos del rey había en el Temple cuatro municipales, pero muerto el monarca
sólo había tres: uno que vigilaba durante el día, y dos por la noche. Toulan y
Lepître idearon un ardid para estar siempre juntos en la guardia nocturna.
Normalmente
se sorteaban los turnos metiendo en un sombrero tres papeletas, dos con la
palabra noche y una con la palabra día. Cada vez que Lepître y Toulan estaban
de guardia, escribían la palabra día en los tres boletos y presentaban el
sombrero al municipal que querían dejar solo. Luego, destruían las otras dos
papeletas, murmurando contra el azar, que les daba siempre el turno de noche.
Cuando
la reina estuvo segura de sus dos vigilantes, les puso en contacto con el
caballero de Maison-Rouge. Entonces se preparó una evasión. La reina y su
hermana debían huir disfrazadas de oficiales municipales. En cuanto a los
niños, se había observado que el hombre encargado de encender los quinqués del
Temple llevaba siempre con él a dos niños de la misma edad que los príncipes, y
se dispuso que Turgy se pondría el uniforme de farolero y se llevaría consigo a
la princesa y el delfín.
Turgy
era un antiguo camarero del rey, llevado al Temple con una parte del servicio
de las Tullerías, por deseo del rey, que quería su comedor bien organizado. El
primer mes, este servicio costó a la nación treinta o cuarenta mil francos.
Como
es comprensible, no podía durar semejante prodigalidad. El ayuntamiento puso
coto y se despidió a cocineros y marmitones; sólo fue conservado un sirviente:
Turgy, el cual, como podía salir y, por tanto, llevar notas y traer respuestas,
era el intermediario natural entre las prisioneras y sus partidarios.
Las
notas solían ir enrolladas en el tapón de las garrafas de leche de almendra que
le llevaban a la reina. Estaban escritas con limón, y las letras permanecían
invisibles hasta que se aproximaban al fuego.
Todo
estaba preparado para la evasión cuando un día, Tison encendió su pipa con el
tapón de una garrafa. A medida que el papel ardía, vio aparecer los caracteres.
Apagó la nota y, medio quemada, la llevó al consejo del Temple, donde sólo
pudieron leer algunas palabras sin sentido, pues la mayor parte del papel
estaba reducido a cenizas.
Sin
embargo se pudo reconocer la letra de la reina, y Tison contó algunos favores
que había creído observar por parte de Lepître y Toulan hacia las prisioneras.
Los dos hombres fueron denunciados a la municipalidad y no pudieron volver a
entrar en el Temple.
Quedaba
Turgy; pero la desconfianza se elevó al más alto grado, y jamás se le dejaba
solo con las princesas. Toda comunicación con el exterior se había hecho
imposible. Un día, la hermana de la reina entregó a Turgy un cuchillito para
que lo limpiara. Turgy dudaba y al limpiarlo quitó el mango; éste contenía una
nota: un alfabeto de señales.
Turgy
devolvió el cuchillo, pero un municipal que estaba allí se lo arrancó de las
manos y le quitó el mango. Afortunadamente la nota ya no estaba allí y el
municipal devolvió el cuchillo.
Fue
entonces cuando el infatigable caballero de Maison-Rouge había pensado una
segunda evasión, que iba a llevarse a cabo por medio de la casa que acababa de
comprar Dixmer.
Ese
día, la reina había escuchado con espanto los gritos que se lanzaban en la
calle contra los girondinos. La cena se sirvió a las siete, y los municipales
examinaron cada plato, cada servilleta, incluso el pan y las nueces; luego,
indicaron a las prisioneras que podían sentarse a la mesa. La reina iba a
rehusar, alegando que no tenía hambre, cuando su hija se le acercó y le dijo en
voz muy baja.
—Sentaos
a la mesa, señora; creo que Turgy os ha hecho una seña.
La
reina se estremeció y miró a Turgy, que estaba frente a ella y se tocaba el ojo
con la mano derecha.
La
reina ocupó su sitio en la mesa y no perdió de vista al sirviente, cuyos gestos
eran tan naturales que no podían inspirar ninguna desconfianza a los
municipales.
Terminada
la cena se recogió el servicio con las mismas precauciones que se había
colocado: las más pequeñas migas de pan fueron recogidas y examinadas.
Se
retiró Turgy y a continuación lo hicieron los municipales, pero se quedó la
señora Tison.
Esta
mujer se había vuelto feroz desde que se la había separado de su hija, cuya
suerte ignoraba por completo. Tantas veces como la reina abrazaba a la princesa
le entraban accesos de rabia que parecían locura; de manera que la reina, cuyo
corazón comprendía estos dolores de madre, se detenía a menudo en el momento en
que iba a procurarse este consuelo de apretar a su hija contra su pecho, el
único que le quedaba.
Tison
llegó a buscar a su esposa, pero ella dijo que no se retiraría hasta que no
estuviera acostada la viuda Capeto.
La
hermana de la reina pasó a la habitación de al lado, mientras María Antonieta y
su hija se desnudaban y se acostaban; entonces, la señora Tison tomó la bujía y
salió.
Los
municipales ya estaban acostados en sus catres del corredor.
Por
un instante todo fue calma y silencio en la habitación; luego, una puerta giró
dulcemente sobre sus goznes y una sombra se aproximó a la cabecera de la reina:
era su hermana.
—¿Habéis
comprendido las señales? — preguntó.
—Sí
—contestó la reina—, y no puedo terminar de creérmelas.
—Repitamos
los signos.
—Al
principio se ha tocado el ojo para indicarnos que había una novedad; luego, se
ha pasado la servilleta del brazo izquierdo al derecho, lo que quiere decir que
se ocupa de nuestra liberación; después se ha llevado la mano a la frente, en
señal de que la ayuda que nos anuncia viene del interior y no del extranjero.
Más tarde, cuando le he dicho que no se olvidara de la leche de almendras para
mañana, ha hecho dos nudos en su pañuelo; así que se trata del caballero de
Maison-Rouge. ¡Noble corazón!
La
reina pidió a su hija que rezara por el caballero y durante cinco minutos se
escuchó la plegaria de la princesa en el silencio de la habitación.
Este
era justo el momento en que, bajo la indicación de Morand, se daban los
primeros golpes de piqueta en la casita de la calle Corderie.
VIII
NUBES
LA
PETICION
Pasada
la embriaguez de las primeras miradas, Maurice había encontrado muy por debajo
de sus previsiones la recepción que le había hecho Geneviève.
Él
contaba con la soledad para recuperar su afecto, pero Geneviève tenía su plan
dispuesto y contaba con no proporcionarle ocasión para una conversación a
solas. Ese día había acudido a visitarla una parienta y Geneviève la retuvo a
su lado, pidiendo luego a Maurice que la acompañara hasta su casa, en la calle
Fossés-Saint-Victor.
Maurice
se marchó enfurruñado, pero Geneviève le sonrió y él lo tomó por una promesa.
Sin
embargo se equivocaba. Al día siguiente, 2 de junio, día que vio la caída de
los girondinos, Maurice se despidió de Lorin, que pretendía llevarle a la
Convención, y dejó todo para ir a ver a su amiga, a la que encontró en su
saloncito, acompañada por una doncella que marcaba pañuelos junto a una
ventana. Maurice se impacientó al
comprobar
que Geneviève no despedía a la oficiosa joven, y se marchó una hora antes que
de costumbre.
Al
día siguiente, Geneviève llevó a cabo el mismo manejo. Maurice había preparado
su plan: diez minutos después de llegar, viendo que tras haber marcado una
docena de pañuelos, la doncella se disponía a hacerlo con seis docenas de
servilletas, Maurice sacó su reloj, se levantó, saludó a Geneviève y partió sin
decir palabra ni volverse una sola vez. La joven quedó consternada por el
efecto de su diplomacia.
En
ese momento entró Dixmer, al que extrañó la repentina marcha de Maurice; ordenó
a la doncella que les dejara solos y preguntó a su esposa si ya había hecho las
paces con Maurice. La joven explicó que, por el contrario, sus relaciones
estaban más frías que nunca, y opinó que quizá todo se debía a Muguet, la
doncella, a la que Maurice parecía haber cogido ojeriza.
—¿De
veras? —dijo Dixmer—. Entonces habrá que despedir a la chica. No me privaré de
un amigo como Maurice por una doncella.
—Creo
que él no exigiría que se la eche de casa —dijo Geneviève—. Le bastaría con que
se marchara de mi habitación.
Al
oírlo, Dixmer llenó de reproches a su esposa por la falta de colaboración que
demostraba en el momento en que necesitaban a Maurice más confiado que nunca.
—Pero,
¿no hay otro medio? —preguntó Geneviève—. Para todos nosotros sería mejor que
Maurice se mantuviera alejado.
—Sí;
para todos nosotros puede ser; pero, para la que está por encima de todos
nosotros, para aquélla a quien hemos jurado sacrificarle nuestra fortuna,
nuestra vida, nuestro honor inclusive, hace falta que vuelva ese hombre; ¿sabe
usted que se sospecha de Turgy y que se habla de poner otro sirviente a las
princesas?
—Está
bien —dijo Geneviève—; despediré a Muguet.
Dixmer
se impacientó y le dijo que hiciera lo que creyera su deber. Al día siguiente
él no comería con ellos, porque sustituiría a Morand en el puesto de ingeniero,
pero éste tenía que pedir a Maurice algo importante.
—Es
la última esperanza de este hombre tan bueno y sacrificado —añadió—; de este
protector suyo y mío por el que debemos dar nuestra vida. No sé cómo ha
ocurrido, pero usted no ha sabido hacer que Maurice apreciara a este hombre,
cuando eso era lo más importante. De manera que ahora, en la pésima disposición
de espíritu en que le ha puesto, quizá Maurice rehusará lo que él le pida y que
debemos obtener a cualquier precio. ¿Quiere usted que le diga a dónde llevarán
a Morand todas estas delicadezas y sentimentalismos suyos?
—¡Oh!
No hablemos de esto.
—Bien;
sea fuerte y reflexione —replicó Dixmer besando la frente de su esposa y
saliendo de la habitación.
—¡Oh,
Dios mío! —murmuró Geneviève con angustia—. ¡Qué de presiones para que acepte
este amor hacia el que vuela mi alma entera!
Al
día siguiente era decadi6. En la familia Dixmer, como en todas las familias
burguesas de la época, existía la costumbre de hacer el domingo una comida más
larga y ceremoniosa que los otros días. Ese día, aunque no se empezaba a comer
hasta las dos, Maurice llegaba a las doce.
Sin
embargo, a la una de la tarde, todavía no había llegado Maurice. Dado como se
había ido el día anterior, Geneviève desesperaba de verle. Llegó casi el
momento de sentarse a la mesa.
A
las dos menos dos minutos, Geneviève escuchó los cascos del caballo de Maurice
y se dijo:
—¡Oh!
Aquí está. Su orgullo no ha podido con su amor. ¡Me ama!, ¡me ama!
Maurice
saltó del caballo y entregó las bridas al jardinero. Geneviève vio con
inquietud que éste no se llevaba al animal a la cuadra, y al entrar Maurice, le
preguntó:
—Comerá
con nosotros, ¿verdad?
—Al
contrario, ciudadana —dijo Maurice con tono frío—. Venía a pedirle permiso para
ausentarme. Los asuntos de mi sección me reclaman. Temía que me estuvieran
esperando y se me tildara de maleducado. He ahí por qué he venido.
Ella
insistió en que se quedara y le explicó que su marido no comía con ellos ese
día y le había pedido que le retuviera.
6 Nombre del décimo día de la década republicana
francesa.
—¡Ah!
Comprendo su insistencia; es una orden de su marido. ¡Y yo que no lo había
sospechado! Jamás me corregiré de mis fatuidades. Pero si Dixmer no está aquí,
razón de más para que yo no me quede. Su ausencia será una contrariedad para
usted; porque desde mi vuelta, usted parece tener a gala evitarme. Yo he vuelto
sólo por usted; y desde que he vuelto, siempre encuentro a otros distintos que
usted.
—Vamos,
ya se ha enfadado; y sin embargo, yo hago cuanto puedo.
—No;
podría hacerlo mejor aún: recibirme como antes o despedirme de una vez.
—Veamos
Maurice —dijo Geneviève tiernamente—; comprenda mi situación, adivine mis
angustias y no sea tirano conmigo.
La
joven se aproximó a él y le miró con tristeza. Maurice calló.
—Pero,
¿qué es lo que quiere usted? —dijo ella.
—Quiero
amarla, porque no puedo vivir sin este amor.
—Maurice,
¡por piedad!
—Entonces,
déjeme morir.
—¿Morir?
—Sí,
morir u olvidar.
—¿Usted
podría olvidar? —exclamó Geneviève, con lágrimas en los ojos.
—¡Oh!
No, no —murmuró Maurice, cayendo de rodillas—; morir quizás, olvidar jamás.
—Y
sin embargo, sería lo mejor —dijo Geneviève—; porque este amor es criminal.
—¿Le
ha dicho usted esto al señor Morand?
—El
señor Morand no es un loco como usted; y nunca he tenido necesidad de indicarle
el comportamiento que debe observar en casa de un amigo.
Maurice
continuó manifestándose celoso de Morand, y Geneviève le aseguró que el socio
de su marido nunca le había dirigido una palabra de amor, porque amaba a una
mujer que eclipsaba a todas las demás.
—Entonces,
si usted no me ama... ¿podría jurarme al menos que no ama a otro? — preguntó
Maurice.
—Se
lo juro de todo corazón.
Maurice
tomó las manos de Geneviève y las cubrió de besos ardientes.
Prometió
a la joven ser confiado y generoso, e intentar no exigir de ella nada más. Se
oyeron pasos en el patio, y los dos jóvenes se estrecharon la mano
furtivamente.
Llegó
Morand para anunciarles que les estaban esperando para sentarse a la mesa.
Pasaron al comedor, donde estaban preparados tres cubiertos en una mesa
estrecha. Se sentaron y Maurice buscó con los suyos el pie de Geneviève; al
primer contacto, la vio enrojecer, pero el piececito permaneció tranquilo,
inmóvil entre los suyos.
Morand
parecía haber recuperado su espíritu brillante, y dijo mil locuras con la más
imperturbable seriedad. Habló luego de sus múltiples viajes por el mundo a
causa de su negocio de pieles: conocía Egipto como Herodoto, Africa como
Levaillant, y la Opera y los salones como un petimetre. Maurice estaba
asombrado de sus conocimientos, y Morand le aseguró que no hacía sino
prepararse para la vida de placer que pensaba llevar cuando fuera rico.
—Usted
habla como un viejo, ¿qué edad tiene? Morand se estremeció ante una pregunta
tan natural.
—Treinta
y ocho años.
Luego,
al señalar Maurice que había viajado mucho, Morand confesó que había pasado una
parte de su juventud en el extranjero, lo había visto todo menos dos cosas: la
primera era Dios, y la segunda un rey.
—Debería
haber visto usted al último —dijo Maurice—; hubiera sido conveniente.
—Resultado:
que no me hago la menor idea de una frente coronada; debe ser muy triste,
¿no?
—Muy
triste, en efecto; se lo digo yo que veo una casi una vez al mes.
—¿Una
frente coronada? —preguntó Geneviève.
—Al
menos ha llevado el pesado y doloroso fardo de la corona.
—¡Ah!
Sí, la reina —dijo Morand—. Tiene razón; debe de ser un lúgubre espectáculo.
—¿Es
tan hermosa y altiva como se dice? — preguntó Geneviève.
—¿No
la ha visto usted nunca? —preguntó a su vez Maurice.
—¿Yo?
Nunca.
—En
verdad, es extraño.
—¿Por
qué es extraño? Hemos vivido en provincias hasta el noventa y uno; después, en
la calle Saint-Jacques, que se parece mucho a la provincia, si no es porque
jamás tiene sol, ni aire, ni flores. Usted conoce mi vida, ciudadano Maurice:
siempre ha sido igual;
¿cómo
quiere que haya visto a la reina? Nunca se me ha presentado la ocasión.
—Y
creo que no la aprovechará cuando, desgraciadamente, se le presente —dijo
Maurice.
—¿Qué
quiere decir? —preguntó Geneviève.
—El
ciudadano Maurice hace alusión a algo que no es un secreto —replicó Morand—: la
posible condena de Mana Antonieta y la muerte en el mismo cadalso que su
marido.
—Confieso
que, sin embargo, me hubiera gustado ver a esta pobre mujer —dijo Geneviève.
—Veamos
—dijo Maurice—. ¿Lo desea usted de verdad? Si es así, sólo tiene que decir una
palabra.
—¿Usted
podría conseguir que yo viera a la reina? —exclamó Geneviève.
—Nada
más simple. Se desconfía de algunos municipales; pero yo he dado suficientes
pruebas de mi devoción a la causa para no estar entre ellos. Por otra parte,
las entradas al Temple dependen de los municipales y los jefes de puesto
conjuntamente. El Jefe de puesto es mi amigo Lorin. Bien, venga a buscarme al
Temple el día que yo esté de guardia, es decir, el jueves próximo.
Geneviève
se negó a aceptar, alegando que no quería exponer a Maurice a algún conflicto
desagradable, y que si le sucedía algo por un capricho suyo, no podría
perdonárselo jamas. Morand era de la misma opinión que Geneviève.
—Se
diría que está usted celoso, Morand, y que no habiendo visto nunca un rey o una
reina, no quiere que los otros lo vean. No discutamos más, forme parte del
grupo —y como Morand, pese a todo, se negara, añadió—: Ahora no es la ciudadana
Dixmer quien desea ir al Temple; soy yo quien le pide, lo mismo que a usted,
que venga a distraer a un pobre prisionero. Porque una vez cerrada la puerta,
soy tan prisionero como lo sería un rey —apretó con sus pies el pie de
Geneviève, y dijo—: Venga, se lo suplico.
Geneviève
pidió a Morand que la acompañara, pero éste puso como disculpa su trabajo, y la
joven dijo que tampoco iría ella, ya que no contaba con la compañía de su
marido.
—En
ese caso —dijo Morand—; si cree indispensable mi presencia...
Maurice
le pidió que fuera galante y sacrificara medio día a la esposa de su amigo.
Morand aceptó, y el joven les pidió que fueran discretos, pues cualquier
accidente podría llevarlos a la guillotina.
Geneviève
advirtió a Morand para que no se distrajera y recordara que la fecha acordada
era el jueves siguiente, no fuera a comenzar el miércoles algún experimento
químico que pudiera mantenerle ocupado durante veinticuatro horas. Morand
aseguró que lo tendría presente.
Geneviève
se levantó de la mesa y Maurice la imitó. Morand iba a hacer lo mismo cuando se
presentó un obrero con una ampollita de líquido que atrajo su atención.
—Apresurémonos
—dijo Maurice, arrastrando a Geneviève.
—¡Oh!
Esté tranquilo —replicó ella—; tiene al menos para una hora.
Y la
joven le abandonó su mano, que él estrechó dulcemente entre las suyas.
Al
pasar por el jardín, la joven le mostró los claveles marchitos, culpándole de
su abandono.
—Sin
embargo —replicó Maurice—, exigen muy poco: solamente algo de agua, y mi marcha
le dejó mucho tiempo para regarlos.
—¡Ah!
—dijo Geneviève—. Si las flores se regaran con lágrimas, estos pobres claveles,
como usted los llama, no estarían muertos.
Maurice
la rodeó con sus brazos, la aproximó vivamente contra él, y antes de que ella
tuviera tiempo de defenderse, acercó sus labios al ojo medio sonriente, medio
lánguido, que miraba la desolada maceta de claveles.
Geneviève
tenía tantas cosas que reprocharse que fue indulgente.
Dixmer
regresó tarde, y encontró en el jardín a Morand, Geneviève y Maurice hablando
de botánica.
IX
LA
FLORISTA
EL
CLAVEL ROJO SIMON EL CENSOR
Por
fin llegó el jueves en que Maurice estaba de guardia.
Corría
el mes de junio. El cielo era azul oscuro, y sobre este velo de índigo
destacaba el blanco de las casas nuevas.
Maurice
debía entrar en el Temple a las nueve; sus dos colegas eran Mercevault y
Agrícola. A las ocho estaba en la antigua calle Saint-Jacques vestido de
municipal. Geneviève y Morand ya estaban preparados; este último tenía aspecto
fatigado, y dijo que había estado trabajando toda la noche para acabar una
tarea urgente. Dixmer no estaba: había salido tan pronto como llegó su amigo
Morand.
—¿Ha
decidido usted cómo veremos a la reina? —preguntó Geneviève.
—Escuche
—contestó Maurice—. Tengo trazado el plan: llego con ustedes al Temple, les
recomiendo a mi amigo Lorin, que manda la guardia, voy a ocupar mi puesto, y
cuando llegue el momento favorable les voy a buscar. Verán a las prisioneras
durante su comida a través de la vidriera de los municipales.
—¡Perfecto!
—dijo Morand.
Maurice
le vio aproximarse al armario del comedor y apurar un vaso de vino. Esto le
sorprendió. Morand era muy sobrio, y no bebía más que agua manchada de vino.
Geneviève
observó la mirada de Maurice y se apresuró a decir:
—Se
mata con su trabajo, este desdichado Morand. Es capaz de no haber tomado nada
desde ayer por la mañana.
—Entonces,
¿no ha comido aquí? —preguntó Maurice.
—No;
hace experimentos en la ciudad.
Morand
añadió al vaso de vino una rebanada de pan que engulló precipitadamente.
—Y
ahora —dijo— estoy dispuesto, ciudadano Maurice; partiremos cuando usted
quiera.
Maurice
ofreció su brazo a Geneviève diciendo:
—Partamos.
Cruzaron
la ciudad camino del Temple. A medida que avanzaban, el paso de Maurice se
hacía más ligero, mientras el de sus acompañantes se retrasaba.
En
la esquina de la calle Vieilles-Audriettes una florista les cerró el paso,
presentándoles su cesto cargado de flores. Maurice le compró un ramo de
claveles rojos que regaló a Geneviève.
Siguieron
su camino, y a las nueve llegaron al Temple, justo en el momento en que
Santerre llamaba a los municipales.
—Heme
aquí —dijo Maurice, dejando a Geneviève al cuidado de Morand. Santerre le dio
la bienvenida y le preguntó quién era Geneviève y qué hacía allí.
—Es
la esposa de Dixmer, ¿no has oído hablar de este bravo patriota?
—Sí,
sí; un curtidor, capitán de cazadores de la legión Victor.
—El
mismo.
Santerre
alabó la belleza de la joven y preguntó quién era la especie de mamarracho que
la tenía del brazo.
—Es
el ciudadano Morand, socio de su marido y cazador de la compañía Dixmer.
Santerre se aproximó a Geneviève, le dio los buenos días y le preguntó qué
hacía allí.
—La
ciudadana no ha visto nunca a la viuda Capeto y quisiera verla —dijo Maurice.
—Sí,
antes que... —dijo Santerre; e hizo un gesto atroz.
—Exacto
—respondió Maurice fríamente.
—Bien
—dijo Santerre—. Trata de que no se la vea entrar en la fortaleza; sería un mal
ejemplo; por lo demás, tengo confianza en ti.
Santerre
estrechó la mano de Maurice, hizo con la cabeza una señal amistosa y protectora
a Geneviève y se alejó de ellos.
Maurice
tomó el brazo de Geneviève y, seguidos por Morand, se dirigieron hacia la
puerta, donde Lorin mandaba las maniobras de su batallón. Cuando las compañías
estuvieron en sus puestos, Lorin se acercó a su amigo, se hicieron las
presentaciones, y Maurice explicó la presencia en el Temple de Geneviève y
Morand.
—Sí,
sí, comprendo —dijo Lorin—; quieres que el ciudadano y la ciudadana puedan
entrar en la fortaleza: eso es fácil, voy a situar a los centinelas y les diré
que te dejen pasar con tu compañía.
Diez
minutos más tarde, Geneviève y Morand entraban detrás de los tres municipales y
se situaban detrás de la vidriera.
La
reina acababa de levantarse. Estaba enferma desde hacía dos o tres días y se
quedaba en la cama más tiempo del habitual. Sabiendo por su hermana que lucía
un sol espléndido, había hecho un esfuerzo y, para que su hija pudiera tomar el
aire, había solicitado permiso para pasearse por la terraza, lo que se le había
concedido sin dificultad.
Tenía
otra razón para decidirse: en una ocasión había visto al delfín desde la
terraza y quería subir por si le veía de nuevo.
Por
último, había aún otro motivo: su hermana le había dicho que en el pasillo
habían encontrado una señal que significaba que algún amigo se acercaba.
Cumplidas
las exigencias del servicio, Maurice era una especie de amo de la fortaleza del
Temple, cuya guardia diurna le había correspondido.
—Bien,
ciudadano municipal—le dijo la señora Tison—, ¿usted se trae compañía para ver
a nuestros pichones? Yo soy la única condenada a no ver a mi pobre Sophie.
—Son
unos amigos míos que nunca han visto a la viuda Capeto.
—Estarán
de maravilla tras la vidriera.
—Seguro
—dijo Morand.
—Sólo
que debemos tener el aire de los curiosos crueles que, desde el otro lado de
una reja, gozan con los sufrimientos de un prisionero —dijo Geneviève.
—¿Y
por qué no lleva a sus amigos al camino de la torre? —dijo la señora Tison—. La
Capeto se pasea hoy por allí con su hermana y su hija.
Geneviève
cambió una mirada con Morand.
—Amigo
mío —dijo la joven—, la ciudadana tiene razón. Si usted quisiera colocarme en
un sitio por donde pase María Antonieta, me repugnaría menos que verla desde
aquí. Me parece que esta manera de observar a las personas es humillante para
ellas y para nosotros.
—¡Pardiez,
ciudadana! —exclamó uno de los colegas de Maurice, que estaba en la antecámara
desayunando pan con salchichas—. Si usted fuera la prisionera y la viuda Capeto
tuviera curiosidad de verla, no pondría tantos cuidados para darse ese gusto,
la bribona.
Geneviève
se volvió a Morand para comprobar el efecto que le hacían estas injurias. En
efecto, Morand se estremeció y sus puños se crisparon.
—¿Cómo
se llama ese municipal? —preguntó la joven a Maurice.
—Es
el ciudadano Mercevault, un cantero.
Mercevault
le oyó y lanzó una mirada de reojo sobre Maurice.
—Vamos,
vamos —dijo la señora Tison—; termina tu salchicha y tu media botella, que
quiero recoger la mesa.
—¿No
es culpa de la austriaca si las acabo a estas horas? —refunfuñó el municipal—.
Si ella hubiera podido hacerme matar el diez de agosto, lo hubiera hecho sin
vacilar; el día en que ella estire la pata, yo estaré en primera fila, firme en
mi puesto.
Morand
palideció como un muerto.
Geneviève
pidió al joven que les llevara rápidamente al lugar prometido, y él les condujo
a un pasillo del piso alto, donde les instaló de manera que las prisioneras
tuvieran que pasar ante ellos cuando subieran.
Como
el paseo estaba señalado para las diez y sólo faltaban unos minutos para esa
hora, Maurice no dejó solos a sus amigos, y para evitar cualquier sospecha,
retuvo a su lado al ciudadano Agrícola, al que se había encontrado por el
camino.
Sonaron
las diez.
—¡Abrid!
—gritó abajo la voz de Santerre.
Enseguida
la guardia tomó sus armas y los centinelas aprestaron las suyas; se cerraron
las rejas y el patio resonó con un ruido de hierros, piedras y pasos que
impresionó vivamente a Morand y Geneviève, porque Maurice vio palidecer a
ambos.
—¡Cuántas
precauciones para guardar a tres mujeres! —murmuró Geneviève.
—Sí
—dijo Morand—; si los que intentan liberarlas estuvieran aquí y vieran esto,
desistirían de su empeño.
—Así
lo espero —respondió Maurice. E inclinándose sobre la barandilla de la
escalera, dijo—: ¡Atención! Ya están aquí las prisioneras.
Geneviève
pidió a Maurice que le indicara cuál de las tres mujeres era la reina; así lo
hizo el municipal, y la joven avanzó un paso, mientras Morand retrocedía hasta
quedar apoyado contra la pared.
La
hermana y la hija de María Antonieta pasaron de largo, tras lanzar a los
extraños una mirada de asombro; la primera pensó que serían los amigos
anunciados por las señales,
y
dejó caer su pañuelo para advertir a la reina. Esta llegó ante Geneviève y se
detuvo para admirar sus flores; rápida como el pensamiento, Geneviève tendió su
mano hacia ella para ofrecerle el ramo. Entonces,
María
Antonieta levantó la cabeza, y un imperceptible rubor apareció en su frente
descolorida.
Maurice,
por la costumbre pasiva de la
obediencia
al reglamento, extendió la mano para sujetar el brazo de Geneviève. La reina
permaneció dudosa, y mirando a Maurice, le reconoció como el joven municipal
que acostumbraba a hablarla con firmeza, pero con respeto.
—¿Está
prohibido, señor? —preguntó.
—No,
no, señora —dijo Maurice—. Geneviève, puede ofrecerle su ramo.
—¡Oh!
Gracias, gracias, señor —exclamó la reina.
Y
saludando a Geneviève, María Antonieta escogió un clavel del ramo.
—Coja
el ramo entero, señora —dijo Geneviève tímidamente.
—No
—dijo la reina—. Este ramo puede ser de una persona a la que usted ame y no
quiero privada de él.
Geneviève
se ruborizó, lo que hizo sonreír a la reina.
—Vamos,
ciudadana Capeto —dijo Agrícola—; continúe su camino. Cuando se marchó la
reina, Morand murmuró:
—No
me ha visto.
—Pero
usted la ha visto bien, ¿no es cierto, Morand?, ¿verdad Geneviève?
Geneviève
reconoció que la había visto muy bien y aseguró que le había parecido muy
hermosa. Sin embargo, Morand no daba su opinión.
—Dígame
—preguntó Maurice a Geneviève en voz baja y riendo—, ¿no será de la reina de
quien está enamorado Morand?
Geneviève
se estremeció; pero, reponiéndose, dijo rápidamente y riendo también que tenía
todo el aspecto de ello.
—Morand,
no me dice usted que le ha parecido —Insistió Maurice.
—La
he encontrado muy pálida —respondió.
Maurice
tomó el brazo de la joven y la condujo hacia el patio. En la oscuridad de la
escalera le pareció que Geneviève le besaba la mano.
—¿Qué
quiere decir esto? —preguntó.
—Quiere
decir que nunca olvidaré que ha arriesgado su cabeza por un capricho mío.
—Eso
es una exageración. Además, usted sabe que no es su agradecimiento lo que
deseo.
Geneviève
le apretó dulcemente el brazo. Morand les seguía titubeante. Llegaron al patio;
Lorin reconoció a los dos visitantes y les dejó salir del Temple.
Maurice
regresó a su puesto rebosante de alegría y encontró a la señora Tison llorando.
El joven le preguntó qué le ocurría.
—Que
estoy furiosa —respondió la carcelera—. Todo es injusticia para los pobres;
usted es rico y burgués, y se le permite traer visitas que regalan ramos de
flores a la austriaca; a mí, que vivo perpetuamente en el palomar, se me
prohibe ver a mi hija. Maurice le tomó la mano y le deslizó en ella un
asignado7 de diez libras.
—Tome
y tenga valor —le dijo—, la austriaca no durará eternamente.
7 Nombre del papel moneda de la Revolución
Francesa.. (Nota del traductor.)
En
el momento en que la mujer tomaba el billete y le daba las gracias, llegó
Simon, que escuchó las palabras de la mujer y observó como se guardaba el
asignado en un bolsillo.
En
el patio, Simon se había encontrado con Lorin; al verle había palidecido y,
sacando un lapicero del bolsillo de su casaca, había aparentado escribir una
nota en una hoja de papel casi tan sucia como sus manos.
—¿Sabes
escribir desde que eres preceptor del Capeto? Mirad, ciudadanos; palabra de
honor que está apuntando; es Simon el censor.
Los
guardias nacionales estallaron en risas, y Simon amenazó a Lorin con
denunciarle por haber permitido la entrada en la fortaleza a dos extraños.
Luego, al ver salir a Morand y Geneviève se lanzó escaleras arriba y llegó a
tiempo para ver como Maurice entregaba el asignado a la señora Tison.
—Ciudadana,
¿quieres hacerte guillotinar? — preguntó Simon.
—¿Yo?
¿Porqué?
—¡Cómo!
Recibes dinero de los municipales por dejar entrar a los aristócratas a las
habitaciones de la austriaca.
—¿Yo?
Cállate. Estás loco.
—Eso
constará en el proceso verbal.
—Vamos;
eran amigos del municipal Maurice, uno de los mejores patriotas que existen.
—De
los conspiradores, diría yo; el ayuntamiento será informado y juzgará.
—¿Es
que me vas a denunciar, espía?
—Exactamente;
a menos que te denuncies tú misma.
—Pero,
si no ha ocurrido nada.
Simon
acosó a preguntas a la mujer, y ésta le puso al corriente de que los visitantes
habían hablado dos palabras con la reina, la cual había cogido un clavel del
ramo que llevaba la ciudadana Dixmer. En ese momento, Simon recogió del suelo
un clavel pisoteado. Maurice, que escuchaba todo algo apartado, intervino con
voz amenazadora y dijo a Simon que él mismo le había dado el clavel a la reina,
indicándole a continuación que no tenía nada que hacer en la fortaleza y que su
puesto de verdugo estaba abajo.
—¡Ah!
Me amenazas y me llamas verdugo — exclamó Simon, deshaciendo la flor entre sus
dedos—. Ya veremos si está permitido a los aristócratas... ¡Eh!, ¿qué es esto?
Y
ante la mirada del estupefacto Maurice, Simon extrajo del cáliz de la flor un
papelito enrollado con cuidado exquisito.
—Ahora
veremos de qué se trata —dijo aproximándose al tragaluz—. Tu amigo Lorin dice
que no sé leer; ahora vas a ver.
La
nota estaba escrita con letra tan pequeña que Simon tuvo que detenerse para
buscar las gafas; mientras lo hacía, dejó la nota en el alféizar del tragaluz;
en ese momento, Agrícola abrió la puerta, se estableció una corriente de aire,
y la nota voló como si fuera una pluma. Simon, preocupado en la búsqueda de sus
gafas, no se dio cuenta, y cuando las encontró y se las puso en la nariz, buscó
el papel inútilmente. Acusó a Maurice de la desaparición y se fue escaleras
abajo.
Diez
minutos después, entraban en la fortaleza tres miembros del ayuntamiento. La
reina estaba todavía en la terraza y se había dado orden de dejarla en la más
perfecta ignorancia de lo que ocurría. Los miembros del ayuntamiento se
hicieron conducir ante ella, y lo primero que vieron fue el clavel rojo, que
aún tenía en la mano. Lo miraron sorprendidos y le pidieron que se lo
entregara.
La
reina, que no esperaba esta interrupción, se estremeció y se mantuvo indecisa;
pero Maurice le rogó que entregara el clavel y ella obedeció. El presidente de
la diputación lo cogió y, seguido de sus colegas, pasó a una sala vecina para
hacer la investigación y disponer el proceso verbal.
Se
abrió la flor y se comprobó que estaba vacía. Maurice respiró aliviado; pero
uno de los diputados observó que al clavel le faltaba el corazón, sin duda
porque había ocultado una nota.
—Estoy
dispuesto a dar todas las explicaciones necesarias —dijo Maurice—; pero, ante
todo, pido que se me arreste. Respondo con mi vida de los amigos que he tenido
la imprudencia de traer conmigo.
El
presidente le respondió que tomaban nota de su proposición, pero que él era un
buen patriota y no tenía que responder por nadie.
En
ese momento se oyó un gran revuelo en los patios. Era Simon, que después de
haber buscado inútilmente la nota, había contado a Santerre la tentativa de
liberación de la reina, adornada con todos los detalles que su imaginación
aportaba al asunto. Santerre había ordenado investigar en el Temple y había
cambiado la guardia, con gran enojo de Lorin, que protestaba por la ofensa que
se hacía a su batallón.
Santerre
ordenó a Maurice que se pusiera a disposición del ayuntamiento para ser
interrogado.
Durante
todo el día se buscó en el patio, el jardín y los alrededores el papelito que
causaba tanto revuelo y que, no podía ponerse en duda, encerraba un complot.
Se
interrogó a la reina tras separarla de su hermana y su hija; pero no respondió
otra cosa sino que se había encontrado en la escalera con una joven que llevaba
un ramo de flores y se había contentado con coger un clavel de los que le había
ofrecido; sin embargo, lo había cogido con consentimiento del municipal. Cuando
le llegó su turno a Maurice, confirmó la declaración de la reina, y añadió que
era imposible la existencia de un complot, ya que él mismo había propuesto a la
ciudadana Dixmer la visita a la reina, y las flores se las había comprado a una
florista en la esquina de la calle
Vieilles-Audriettes,
eligiendo el ramo entre diez o doce por parecerle el mejor.
—Pero,
durante el camino se ha podido meter en él la nota —objetó el presidente.
—Imposible,
ciudadano. No he dejado un minuto a la señora Dixmer, y para poner una nota en
cada flor, según pretende el ciudadano Simon, se necesitaría medio día.
—¿Y
no se pueden haber colocado entre esas flores dos notas preparadas de antemano?
—La
prisionera ha cogido una al azar delante de mí, tras haber rehusado todo el
ramo.
—Entonces,
según tu opinión, ¿no ha existido complot?
—Sí
lo ha habido, y yo soy el primero en afirmarlo; sólo que ese complot no procede
de mis amigos. Sin embargo, como es preciso no exponer a la nación a ningún
recelo, ofrezco una satisfacción y me constituyo en prisionero.
—Nada
de eso —respondió Santerre—, ¿es que se trata de gente probada, como tú? Si tú
te constituyes prisionero para responder de tus amigos, yo me constituyo
prisionero para responder de ti. La cosa es simple: no hay denuncia en regla,
¿no? Nadie sabrá lo que ha ocurrido. Redoblemos la vigilancia, tú, sobre todo,
y llegaremos a conocer el fondo del asunto con evidente claridad.
—Gracias,
comandante —dijo Maurice—. Pero yo le responderé lo mismo que usted haría en mi
lugar: no debemos permanecer aquí, es preciso encontrar a la florista.
—La
florista está lejos; pero, estáte tranquilo: se la buscará. Tú vigila a tus
amigos, yo vigilaré en lo correspondiente a la prisión.
No
se había contado con Simon, pero éste tenía sus planes; llegó al final de la
sesión para pedir noticias y se enteró de la decisión del ayuntamiento; al
saber que sólo faltaba una denuncia en regla para dar curso al asunto, pidió
cinco minutos.
—¿De
qué se trata? —preguntó el presidente.
—Se
trata de la valerosa ciudadana Tison, que denuncia los manejos sórdidos del
partidario de los aristócratas Maurice, y las ramificaciones de otro falso
patriota llamado Lorin —dijo el zapatero.
—¡Ten
cuidado, Simon! Tu celo por la nación te enajena —dijo el presidente—; Maurice
Lindey y Hyacinte Lorin son patriotas probados.
—Eso
se verá en el tribunal.
—Piénsalo
bien, Simon; será un proceso escandaloso para todos los buenos patriotas.
—Escandaloso
o no, ¿a mí qué me importa?, ¿acaso temo yo al escándalo? Al menos, se sabrá
toda la verdad sobre los traidores.
—Entonces,
¿persistes en denunciar en nombre de la señora Tison?
Simon
se mantuvo firme y el presidente aseguró que se detendría a Maurice, que había
vuelto al Temple, donde le esperaba una nota que decía:
Habiéndose
interrumpido nuestra guardia violentamente, creo que no podré verte hasta
mañana: ven a desayunar conmigo, así me pondrás al corriente de las tramas y
conspiraciones descubiertas por maese Simon.
Se
pretende que Simon declara
Que
todo el mal procede de un clavel; Por mi parte a la rosa
Sobre
esta fechoría interrogaré.
Mañana
te contaré lo que haya contestado Artemisa. Tu amigo, Lorin.
Nada
nuevo —respondió Maurice—; duerme en paz esta noche y desayuna mañana sin mí;
vistos los incidentes de la jornada, probablemente no saldré antes de mediodía.
Quisiera
ser el céfiro para poder enviar un beso a la rosa de quien hablas. Te permito
silbar mi prosa como yo silbo tus versos.
Tu
amigo, Maurice.
P.S.
Creo, por otra parte, que la conspiración sólo era una falsa alarma.
Lorin
había salido del Temple a las once y se había dirigido a casa de Artemisa. La
mujer se mostró encantada de verle y salieron a pasear por los muelles. Habían
recorrido el muelle del carbón hablando de política; Lorin contaba su expulsión
del Temple y buscaba las causas que la podían haber provocado cuando, al llegar
a la altura de la calle Barres, vieron a una florista que, como ellos, subía
por la orilla derecha del Sena. Artemisa pidió a Lorin que le comprara un ramo
de flores y aceleraron para alcanzar a la florista, que caminaba deprisa.
Al
llegar al puente Marie, la joven se detuvo, se inclinó sobre el pretil y vació
su cesto en el río. Las flores sueltas y los ramos revolotearon un momento en
el aire, flotaron en la superficie del agua y fueron arrastrados por la
corriente. Artemisa miraba asombrada a la florista, que se volvió hacia ella, y
se puso un dedo en los labios como para pedir silencio y desapareció.
Lorin
preguntó a Artemisa si la conocía y ella vaciló un momento.
—No.
Al principio había creído pero, seguramente me he equivocado.
—Sin
embargo, ella le ha hecho una señal — insistió Lorin.
—¿Por
qué será florista ahora? —se preguntó Artemisa.
—Luego,
¿confiesa que la conoce?
—Sí,
es una florista a quien compro a veces.
—En
cualquier caso, tiene una manera muy singular de despachar su mercancía.
Y
los dos, tras lanzar una última mirada a las flores, siguieron su camino. El
incidente no tuvo confirmación por el momento. Sin embargo, como era raro y
presentaba cierto carácter misterioso, se grabó en la imaginación poética de
Lorin.
La
denuncia de la señora Tison contra Maurice y Lorin levantó un gran alboroto en
el club de los jacobinos, y el ayuntamiento avisó a Maurice que su libertad
estaba
amenazada
por la indignación pública. El aviso era una invitación que se hacía al joven
municipal para esconderse si era culpable; pero Maurice, con la conciencia
tranquila, permaneció en el Temple, y cuando fueron a arrestarle, le
encontraron en su puesto.
Firme
en su decisión de no acusar a ninguno de sus amigos, de los que estaba seguro,
pero dispuesto a no sacrificarse ridículamente guardando silencio, Maurice
denunció a la florista.
Lorin
volvió a su casa a las cinco de la tarde y se enteró de la detención de Maurice
y la denuncia que había hecho.
Inmediatamente
le vino a la memoria la florista del puente Marie tirando sus flores al Sena.
Estaba seguro de que esta extraña florista, medio conocida de Artemisa, era la
explicación del misterio.
Salió
de su habitación, descendió los cuatro pisos como si tuviera alas en los pies y
corrió a casa de la diosa Razón, a la que encontró bordando su traje de
divinidad. Lorin le contó lo que ocurría y le preguntó quién era la florista,
pero la joven contestó que no podía decírselo.
—Diosa,
a usted nada le es imposible.
—Estoy
comprometida por mi honor a guardar silencio.
Lorin
insistió, explicándole que su cabeza y la de Maurice estaban en juego; pero la
joven se mantenía firme en su decisión. En ese momento, el asistente de Lorin
se precipitó en la habitación gritando:
—¡Ciudadano,
sálvate, sálvate! La policía se ha presentado en tu casa; mientras echaban
abajo la puerta, yo he pasado a la casa vecina por el tejado y he corrido hasta
aquí para avisarte.
Artemisa
lanzó un grito terrible, y Lorin aprovechó su confusión para que le confesara
el nombre de la falsa florista, que se llamaba Héloïse Tison y vivía en el
número 24 de la calle Nonandières.
Al
oír el nombre, Lorin lanzó un grito y salió a toda prisa. Todavía no había
alcanzado el final de la calle cuando llegó una carta a casa de Artemisa. La
misiva contenía estas líneas:
Querida
amiga, ni una palabra sobre mí; la revelación de mi nombre me perdería
indefectiblemente... Espera a mañana para nombrarme, porque esta tarde
abandonaré París.
Tu
Héloïse.
—¡Oh,
Dios mío! —exclamó la futura diosa—. Si hubiera podido adivinar esto habría
esperado hasta mañana.
Y se
abalanzó a la ventana para llamar a Lorin si aún era tiempo, pero él ya había
desaparecido.
X
LA
MADRE Y LA HIJA LA NOTA
BLACK
La
noticia de este acontecimiento se había extendido por París en muy pocas horas.
En esta época había muchas indiscreciones, fáciles de comprender en un gobierno
cuya política se hacía y deshacía en la calle.
El
rumor, terrible y amenazante, llegó a la antigua calle Saint-Jacques, y dos
horas después de ocurrir, ya se conocía allí la detención de Maurice.
Gracias
a la actividad de Simon, los detalles de la detención habían salido rápidamente
del Temple; sólo que, como cada uno le añadía algo por su cuenta, la verdad
llegó un poco alterada a casa del curtidor. Se hablaba de una flor envenenada
que se había hecho llegar a la reina, y con cuya ayuda la austriaca debía
dormir a los guardianes para salir del Temple; en otra versión, a estos rumores
se habían añadido ciertas sospechas sobre la fidelidad del batallón despedido
la víspera por Santerre; de manera que había muchas víctimas señaladas al odio
del pueblo.
Pero
en la antigua calle Saint-Jacques no se equivocaban sobre la naturaleza del
acontecimiento, y Morand por un lado, y Dixmer por otro, salieron rápidamente,
dejando a Geneviève presa de la más violenta desesperación.
En
efecto, si le ocurría algún daño a Maurice, sería Geneviève la causa de su
desgracia. Era ella quien había llevado de la mano al joven hasta el calabozo
donde estaba encerrado y del que no saldría, según toda probabilidad, más que
para ir al cadalso.
Pero,
en todo caso, Maurice no pagaría con su cabeza su sacrificio al capricho de
Geneviève. Si era condenado, ella misma iría al tribunal y lo confesaría todo.
Asumiría toda responsabilidad y salvaría a Maurice a costa de su vida.
Geneviève,
en vez de temblar ante el pensamiento de morir por Maurice, encontraba en él
una amarga felicidad. Amaba al joven más de lo conveniente en una mujer que no
se pertenece.
Morand
y Dixmer se habían separado al salir de la casa. Dixmer se encaminó a la calle
Corderie y Morand corrió hacia la calle Nonandières. Al llegar al puente Marie,
Morand vio una turba de curiosos y se detuvo; las piernas le fallaban y tuvo
que apoyarse en el pretil del puente. Al cabo de algunos segundos logró
recuperarse, se mezcló con los grupos, preguntó qué sucedía y supo que diez
minutos antes se habían llevado del 24 de la calle Nonandières a una joven que,
sin duda, era culpable del crimen de que se le acusaba, porque estaba
preparando el equipaje.
Morand
se informó del club donde iban a interrogar a la pobre chica y se dirigió hacia
allí.
El
club rebosaba de gente. Sin embargo, a fuerza de codazos, Morand consiguió
deslizarse hasta una tribuna, y lo primero que vio, fue la alta talla de
Maurice, de pie en el banquillo de los acusados, y aplastando con su mirada a
Simon, que estaba perorando.
—Sí,
ciudadanos —gritaba Simon—; sí; la ciudadana Tison acusa al ciudadano Lindey y
al ciudadano Lorin. El ciudadano Lindey habla de una florista sobre la que
quiere hacer recaer el crimen; pero yo les prevengo por anticipado que no se
encontrará nunca a esa florista; esto es un complot urdido por una sociedad de
aristócratas que se pasan la pelota unos a otros, como cobardes que son.
Ustedes han comprobado que el ciudadano Lorin había levantado el campo cuando
se han presentado en su casa. Bien, pues lo mismo que a la florista, no se le
volverá a encontrar.
—¡Mientes,
Simon! —dijo una voz furiosa—. Se le encontrará, porque está aquí. Y Lorin hizo
irrupción en la sala.
—Déjenme
paso —gritó empujando a los espectadores—. Paso. Y fue a colocarse junto a
Maurice.
Esta
entrada de Lorin, hecha tan naturalmente, pero con toda la franqueza y el vigor
inherentes al joven, produjo gran efecto en las tribunas, que se pusieron a
aplaudir y a gritar bravo. Maurice se contentó con sonreír y tender la mano al
amigo.
Simon
se dio cuenta de la mala impresión que pesaba sobre él y resolvió dar su último
golpe.
—Ciudadanos
—gritó—, pido que sea oída la generosa ciudadana Tison; pido que hable, que
acuse.
—Ciudadanos
—dijo Lorin—, pido que sea oída primero la joven florista que acaba de ser
arrestada.
Simon
insistió en su demanda de que fuera oída primero la ciudadana Tison, y las
tribunas apoyaron su petición con gritos. El presidente llamó a la mujer para
que compareciera, pero antes de que empezara a hablar, extrañado por la calma
de Maurice, dijo:
—Un
momento. Ciudadano municipal, ¿no tienes nada que decir?
—No,
ciudadano presidente; sino que antes de llamar cobarde y traidor a un hombre
como yo, Simon debería estar mejor informado —y dirigiéndose al zapatero
añadió—: Simon, serás castigado cruelmente tan pronto como veas lo que va a
ocurrir.
Lorin
había puesto a Maurice al corriente de la personalidad de la florista, y los
dos amigos insistieron de nuevo para que se la convocara antes de que depusiera
la ciudadana Tison. Simon y el público de las tribunas dedujeron que los
jóvenes temían la declaración de la carcelera y pidieron a gritos que hablara
ésta. En ese momento, entraron dos guardias conduciendo a la florista, y Simon,
al que el presidente había ordenado callar, gritó:
—Pido
ante todo la declaración de la ciudadana Tison. Tú le habías ordenado declarar,
presidente, y ya ves que no declara.
La
mujer fue llamada y realizó una denuncia terrible. Según ella, la florista era
culpable, cierto; pero Maurice y Lorin eran sus cómplices. Esta denuncia
produjo un efecto visible en el público.
Pese
a todo, Simon triunfaba.
Entonces
se llamó a la florista y se la situó frente a frente de la señora Tison, cuyo
testimonio acababa de hacer capital el crimen de que se la acusaba. La joven
levantó su velo.
—¡Héloïse!
—exclamó la señora Tison—; hija mía..., ¿tú aquí?
—Sí,
madre —respondió dulcemente la joven.
—¿Y
por qué estás entre guardias?
—Porque
se me ha acusado, madre.
—¿Tú
acusada? —exclamó la madre con angustia—, ¿por quién?
—Por
usted, madre.
Un
silencio horrible, de muerte, cayó de golpe sobre las masas ruidosas.
—Su
hija —murmuraron—, ¡desgraciada!
Maurice
y Lorin miraban a acusadora y acusada con un profundo sentimiento de
conmiseración y dolor. Simon, deseando ver el final de esta escena, en la cual
esperaba que quedaran comprometidos Maurice y Lorin, trató de eludir las
miradas de la señora Tison.
El
presidente tomó la filiación de Héloïse y le preguntó si era ella quien había
vendido un ramo de claveles a Maurice esa misma mañana. La muchacha asintió,
mientras su madre la miraba con los ojos dilatados de espanto.
—¿Sabías
que cada uno de esos claveles contenía una nota dirigida a la viuda Capeto?
—le
preguntó el presidente.
—Sí
lo sabía.
Un
movimiento de horror y admiración recorrió la sala.
—¿Por
qué ofreciste los claveles al ciudadano Maurice?
—Porque
vi su escarapela municipal y me imaginé que se dirigía al Temple.
—¿Quiénes
son tus cómplices?
—No
los tengo.
—¿Sabía
el ciudadano Maurice que las flores contenían notas?
—El
ciudadano Maurice es municipal; él podía ver a la reina; si tuviera que decirle
algo no necesitaba escribirlo, podía hablar con ella.
En
ese momento, Lorin amenazó a Simon y todas las miradas se volvieron hacia el
zapatero con un sentimiento de indignación. El presidente continuó:
—Puesto
que tú has entregado el ramo y sabías que cada flor contenía una nota, debes
saber también lo que estaba escrito en el papel.
La
joven reconoció saberlo, pero aseguró que ya había dicho todo lo que podía y
quería decir.
Terminó
el interrogatorio; el presidente dijo a Maurice y a Lorin que se había
demostrado su inocencia y, por lo tanto, quedaban libres, y ordenó a los
guardias que condujeran a Héloïse a la prisión de la sección.
La
señora Tison pareció despertar, lanzó un grito espantoso y quiso abalanzarse
sobre su hija para abrazarla, pero los guardias se lo impidieron. La joven dijo
a su madre que la perdonaba, y ésta, lanzando un rugido salvaje, cayó como
muerta. Luego, tras permanecer algún tiempo en absoluta inmovilidad, miró a su
alrededor, y viéndose sola se lanzó hacia la puerta y echó a correr en
dirección al Temple. Pero un hombre le cerró el paso en la calle
Michel-le-Comte, y ocultando su rostro en la capa le dijo:
—¿Estás
contenta? Has matado a tu hija.
—No
es posible. ¿A dónde la han llevado?
—A
la Conserjería8; desde allí la llevarán al Tribunal Revolucionario, y ya sabes
lo que les ocurre a quienes van allí.
—Apártese
y déjeme pasar —dijo la señora Tison—. Iré a la Conserjería y, si no me dejan
pasar, me acostaré en la puerta, viviré allí, dormiré allí. Y permaneceré así
hasta que salga mi hija y pueda verla, al menos una vez.
8 Nombre de la antigua cárcel de París. (Nota del
traductor).
El
hombre le preguntó si estaba dispuesta a hacer todo lo que se le ordenara a
cambio de la promesa de salvar a su hija, y ella aseguró que estaba decidida a
todo. Él expuso sus condiciones: debería pedir perdón a la reina por los
ultrajes que le había hecho, dejar de perseguirla y ayudarla a huir si se
presentaba la ocasión.
—Tú
haz lo que puedas por la reina y yo haré lo que pueda por tu hija —le dijo. La
mujer contestó que a ella no le importaba la reina, comenzó a desvariar, para
terminar cantando un estribillo revolucionario. El hombre parecía asustado de
este
principio
de locura y dio un paso atrás; pero ella le retuvo por la capa y le hizo
prometer que salvaría a su hija.
—¿La
salvarás? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando
la lleven desde la Conserjería al cadalso.
—¿Por
qué esperar?, ¿por qué no esta noche? ¿ahora mismo?
—Porque
no puedo.
—¡Ah!,
tú no puedes; pero yo sí. Yo puedo perseguir a la prisionera, como tú le
llamas; puedo vigilar a la reina, como tú dices, aristócrata; puedo entrar a
cualquier hora del día
o de
la noche en la prisión. En cuanto a que se salve: ya veremos. Una cabeza por
otra,
¿vale?
La señora Veto ha sido reina y Héloïse Tison sólo es una hija; pero en la
guillotina todos somos iguales.
—Sea
—dijo el hombre—. Sálvala y yo la salvaré.
—Jura.
—Lo
juro.
La
señora Tison se puso a llorar con tales gritos que se abrieron varias ventanas.
Entonces avanzó hacia el hombre otro individuo que pareció despegarse de la
pared.
—No
hay nada que hacer con esta mujer — dijo—. Está loca.
—No;
es una madre.
Los
hombres se alejaron y la señora Tison quiso seguirlos, pero en la primera
esquina los perdió de vista.
Sonaron
las diez. En el Temple, a la luz de una lámpara humeante, la reina releía una
nota escrita en un papel diminuto. La nota decía:
Mañana,
martes, pedid bajar al jardín, lo que os concederán sin dificultad, dado que
existe una orden para que se os conceda este favor siempre que lo pidáis.
Después de dar tres o cuatro vueltas, fingid estar fatigada, aproximaos a la
cantina y pedid a la Plumeau permiso para sentaros en el local. Allí, al cabo
de un instante, simulad encontraros peor y desvaneceros. Entonces se cerrarán
las puertas para que se os pueda socorrer y os quedaréis allí con vuestra
hermana y vuestra hija. Enseguida se abrirá la trampa de la cueva. Precipitaos
con ambas por esta abertura y estaréis salvadas las tres.
—¡Dios
mío! —dijo la princesa—. ¿Nos abandonará nuestro infeliz destino?
—¿No
será una trampa esta nota?
—No
—dijo la reina—. Estos caracteres siempre me han revelado la presencia de un
amigo misterioso, pero valiente y fiel.
—¿Es
el caballero? —preguntó la princesa.
—El
mismo.
—Releamos
la nota con el fin de que, si una de nosotras olvida algo, se acuerde la otra
—dijo
la reina.
Las
tres mujeres se aplicaron a la lectura; estaban terminando cuando oyeron
abrirse la puerta. La reina ocultó la nota entre sus cabellos. Quien había
entrado era un municipal, que acudía extrañado por permanecer las mujeres
levantadas hasta tan tarde. Un instante después, se apagaba la lámpara y las
tres mujeres se acostaron.
Al
día siguiente, la reina se levantó a las nueve, releyó una vez más la nota y la
redujo a pedazos casi impalpables antes de reunirse con su hermana y su hija.
Un instante después llamaba a los municipales.
—¿Qué
quieres, ciudadana? —preguntó uno de ellos, apareciendo en la puerta.
—Señor
—dijo María Antonieta—, salgo de la habitación de mi hija, que está muy
enferma. Tiene las piernas hinchadas y doloridas porque hace muy poco
ejercicio. Usted sabe que soy yo quien la ha condenado a esta inactividad;
teníamos autorización para pasear por el jardín; pero, como temíamos pasar ante
la habitación que ocupó mi marido, he preferido pasear por la terraza.
»Sin
embargo, este paseo es insuficiente para mi pobre hija. Por eso le pido que
reclame en mi nombre al general Santerre el permiso que me fue concedido.
El
hombre dijo que le parecía justo y que se lo comunicaría a Santerre. La reina
pidió su desayuno, y la princesa permaneció acostada para dar mayor
verosimilitud a su enfermedad.
A
las once llegó Santerre y el municipal le comunicó la petición de la reina.
Santerre dijo que no había ningún inconveniente, y advirtió al batallón de
guardia:
—La
viuda Capeto va a bajar para pasear por el jardín. El permiso se lo ha
concedido la nación; pero tened cuidado para que no salte el muro, porque si
sucede eso, os hago cortar la cabeza a todos —las palabras de Santerre fueron
acogidas con una carcajada general—. Y ahora que estáis prevenidos, me voy al
ayuntamiento.
Uno
de los municipales subió a comunicar a María Antonieta que el general había
accedido a su demanda. Ella le dio las gracias y volviéndose a Black, su perro,
que saltaba a su alrededor, le dijo:
—Vamos,
Black, vamos a pasearnos.
La
reina preguntó a qué hora podrían bajar al jardín, y el municipal le respondió
que podían descender a la hora que desearan, aunque era preferible que lo
hicieran a mediodía. La reina accedió a la sugerencia; el municipal salió, y
las tres mujeres se miraron. La princesa se arrojó en los brazos de su madre.
—Roguemos
a Dios —dijo la hermana de María Antonieta—; pero en voz baja, para que nadie
sospeche que rezamos.
Las
mujeres rezaron y luego permanecieron en silencio.
Sonaron
las doce. En el momento en que repercutía el último golpe en la campana de
bronce: llegó de la escalera un ruido de armas.
—Son
los centinelas que se relevan —dijo la reina—. Ahora vendrán a buscarnos. La
reina vio palidecer a su hermana y a su hija.
—Valor
—dijo, palideciendo ella también.
—Son
las doce —dijo una voz, abajo—. Que bajen las prisioneras.
—Aquí
estamos, señores —respondió la reina, lanzando una última mirada a las negras
paredes y a los muebles sencillos que habían acompañado su cautiverio.
Se
abrió el primer pasillo: el corredor estaba sombrío, y en esta oscuridad, las
tres cautivas podían disimular su emoción. Delante corría el pequeño Black, que
al pasar ante la habitación que había ocupado el rey, se detuvo y empezó a
gemir. La reina pasó de prisa, sin fuerzas para llamar a su perro y buscando
una pared para apoyarse.
Después
de algunos pasos, le fallaron las piernas y tuvo que detenerse. Su hermana y su
hija se acercaron a ella y las tres mujeres permanecieron inmóviles. Poco
después se les unió Black.
—¿Bajan
o no? —preguntó la voz.
—Vamos
—dijo la reina.
Y
acabó de bajar. Cuando las prisioneras llegaron al final de la escalera, el
tambor convocó a la guardia, se hizo el silencio y se abrió lentamente la
puerta.
Una
mujer estaba sentada en el suelo: era la ciudadana Tison, a quien la reina no
había visto desde hacía veinticuatro horas, ausencia que le había asombrado.
La
mirada ávida de la reina buscó la cantina donde, sin duda, la esperaban sus
amigos; pero al ruido de sus pasos, la ciudadana Tison separó sus manos, y la
reina vio un rostro pálido y crispado bajo sus cabellos canosos.
El
cambio era tan grande que la reina se detuvo atónita.
Entonces,
con la lentitud de una persona a la que le falta la razón, la mujer fue a
arrodillarse ante la puerta, cerrando el paso a María Antonieta.
—¿Qué
quiere usted, buena mujer? —preguntó la reina.
—El
ha dicho que es necesario que usted me perdone.
—¿Quién?
—El
hombre de la capa.
—Vamos
—dijo el municipal—, deje pasar a la viuda Capeto; tiene permiso para pasear
por el jardín.
—Ya
lo sé —dijo la vieja—; por eso he venido a esperarla aquí; puesto que no se me
ha dejado subir y tengo que pedirle perdón, era necesario que la esperase.
—¿Por
qué no se te ha dejado subir? —preguntó la reina. La señora Tison se puso a
reír.
—Porque
pretenden que estoy loca.
La
reina la miró, y vio en los ojos enajenados de la desgraciada relucir un
reflejo extraño, esa luz vaga que indica la ausencia de pensamiento.
—¡Oh,
Dios mío! —dijo—, ¡pobre mujer!, ¿qué le ha ocurrido?
—¿No
lo sabe usted? Pero si usted lo sabe muy bien, porque la han condenado por
usted.
—¿A
quién?
—A
Héloïse.
—¿Su
hija? ¿Condenada? ¿Por qué?
—Porque
ha vendido el ramo... el ramo de claveles... Pero ella no es florista;
entonces,
¿cómo
ha podido vender el ramo?
La
reina tembló. Un lazo invisible relacionaba esta escena con la situación
presente; comprendió que no había que perder tiempo en un diálogo inútil.
—Buena
mujer —dijo—; le pido que me deje pasar; más tarde me contará todo eso.
—No,
ahora; es preciso que usted me perdone; es necesario que yo la ayude a huir
para que él salve a mi hija.
La
reina se puso pálida como una muerta. Se volvió al municipal y dijo:
—Señor,
tenga la bondad de apartar a esta mujer; ya ve que está loca.
—Vamos,
madre —dijo el municipal—. Deje libre el campo. Pero la ciudadana Tison se
aferró a la pared.
—No
—replicó—; es necesario que me perdone para que él salve a mi hija.
—Pero,
¿quién?
—El
hombre de la capa.
La
hermana de la reina pidió a ésta que dijera a la mujer algunas palabras de
consuelo.
—Con
mucho gusto —dijo la reina—. Creo que será lo más breve —y volviéndose a la
mujer le preguntó—: Buena mujer, ¿qué desea? Diga.
—Quiero
que me perdone todo lo que le he hecho sufrir por las injurias que le he dicho,
por las denuncias que he hecho, y que, cuando usted vea al hombre de la capa,
le ordene que salve a mi hija, puesto que él hace todo lo que usted quiere.
—No
sé lo que significa eso del hombre de la capa; pero, si para tranquilizar su
conciencia sólo necesita mi perdón por las ofensas que cree haberme hecho, la
perdono sinceramente, con todo mi corazón.
La
señora Tison exclamó con inmensa alegría:
—¡Él
salvará a mi hija, puesto que usted me ha perdonado! ¡Su mano, señora, su mano!
La reina, asombrada y sin comprender nada, tendió su mano, que la señora Tison
cogió con ardor, apoyando sus labios en ella.
En
ese momento se oyó en la calle una voz ronca que anunciaba el arresto, juicio y
condena a muerte de Héloïse Tison por conspiradora.
Apenas
llegaron estas palabras al oído de la mujer, su figura se descompuso, se
levantó sobre una rodilla y extendió los brazos para impedir el paso a la
reina.
—¿Condenada?
—exclamó—. Entonces, ¿no la ha salvado?, ¿es demasiado tarde?
La
reina le expresó su sentimiento por la noticia que acababa de oír,
compadeciéndose de ella de todo corazón, y le pidió que la dejara pasar, pero
la mujer se opuso con todas sus fuerzas. Entonces, la reina pidió ayuda a los
guardias nacionales, que se habían agrupado a su alrededor:
—¡Señores,
en nombre del cielo! Si no quieren librarme de esta loca, déjenme volver a
subir. No puedo soportar los reproches de esta mujer: aunque son injustos, me
hieren. Y la reina dejó escapar un doloroso sollozo.
—Sí,
llora, hipócrita —gritó la loca—. Tu ramo le cuesta caro... Además, ella
debería haberlo sospechado; así mueren los que te sirven. Acarreas la
desgracia, austriaca: se ha matado a tus amigos, a tu marido, a tus defensores;
por último, a mi hija.
¿Cuándo
te matarán para que nadie más muera por ti?
—¡Por
piedad, señora! —exclamó la reina—. Vea mi dolor, vea mis lágrimas.
Y
María Antonieta trató de escapar, no con la esperanza de huir, sino
maquinalmente, por huir de esta obsesión.
—No
pasarás —gritó la vieja—; quieres huir, señora Veto... lo sé muy bien; el
hombre de la capa me lo ha dicho; quieres unirte a los prusianos, pero no lo
harás —continuó
aferrándose
a su ropa—. Yo te lo impediré. ¡A la horca con la señora Veto! ¡A las armas,
ciudadanos! Marchemos, que una sangre impura...
Y
con los brazos retorcidos, los grises cabellos en desorden, el rostro color de
púrpura y los ojos inyectados en sangre, la desgraciada cayó al suelo,
desgarrando el bajo de la ropa a la que se aferraba.
La
reina, fuera de sí, iba a huir hacia un lado del jardín, cuando un grito
terrible, acompañado de ladridos y un rumor extraño, vino a sacar de su estupor
a los guardias nacionales, que atraídos por esta escena rodeaban a María
Antonieta.
—¡A
las armas!, ¡a las armas!, ¡traición! — gritaba Simon.
Cerca
de este hombre que guardaba el dintel de la cabaña sable en mano, el pequeño
Black ladraba con furor.
—¡A
las armas todo el mundo! —gritó Simon— . Nos han traicionado; encerrad a la
austriaca. ¡A las armas!, ¡a las armas!
Un
oficial acudió junto a Simon, y éste habló con él, mostrándole con ojos
inflamados el interior de la cabaña. El oficial gritó:
—¡A
las armas!
—¡Black!
¡Black! —llamó la reina adelantando algunos pasos.
Los
guardias nacionales tomaron las armas y se precipitaron hacia la cabaña,
mientras los municipales se apoderaban de la reina, de su hermana y de su hija,
y las obligaban a pasar el portillo, que se cerró tras ellas.
—Ahí,
ahí, bajo la trampa —gritó Simon—. He visto moverse la trampa, estoy seguro.
Además, el perro de la austriaca ha ladrado contra los conspiradores, que
quizás están en la cueva. Mirad, aún ladra.
En
efecto, Black, animado por los gritos de Simon, redobló sus ladridos.
El
oficial cogió la anilla de la trampa, y dos granaderos de los más vigorosos,
viendo que no podía levantarla fueron a ayudarle, pero sin éxito.
Simon
pidió a gritos que disparasen a través de la trampa, pero el oficial le hizo
callar y ordenó a sus hombres que fueran a buscar unas hachas, al mismo tiempo
que encargaba a un pelotón estar atento para disparar al interior de la cueva
en cuanto se abriera la trampa.
Un
chirrido de los tablones y un sobresalto súbito, anunciaron a los guardias que
acababa de producirse un movimiento en el interior. Enseguida se escuchó un
ruido subterráneo parecido al que produce una barrera de hierro al cerrarse.
Llegaron
los zapadores y las hachas comenzaron a separar las planchas de madera. Veinte
cañones de fusil apuntaron a la abertura que crecía segundo a segundo. Pero,
por la abertura no se vio a nadie. El oficial encendió una antorcha y la lanzó
a la cueva, que estaba vacía. Entonces se levantó la trampa, que cedió sin
ofrecer la menor resistencia. El oficial se lanzó por la escalera y gritó:
—Seguidme.
La
pared de la cueva estaba hundida; numerosos pasos habían apisonado el suelo
húmedo, y un pasadizo de tres pies de ancho y cinco de alto se abría en
dirección a la calle Corderie.
El
oficial se aventuró por el agujero, decidido a perseguir a los aristócratas
hasta las entrañas de la tierra; pero apenas avanzó tres o cuatro pasos, se vio
frenado por una reja de hierro.
—¡Alto!
—dijo a los que empujaban por detrás—. No se puede ir más lejos: hay un
impedimento físico.
Los
municipales, tras encerrar a las prisioneras, acudieron a la cueva para
enterarse de lo que sucedía. El oficial les explicó que los aristócratas
pretendían llevarse a la reina durante el paseo y que ella, probablemente,
estaba en connivencia con ellos.
—¡Peste!
—gritó un municipal—. Que se avise al ciudadano Santerre y se prevenga al
ayuntamiento.
—Soldados
—dijo el oficial—, quedaos en la cueva y matad a quien se presente. El oficial,
tras dar la orden, subió para hacer su informe.
—¡Qué!
—gritaba Simon frotándose las manos—. ¿Dirán ahora que estoy loco? Bravo,
Black, eres un buen patriota, has salvado a la República. Ven, ven aquí.
Y el
bandido, cuando se acercó el perro, le dio una patada que le envió a veinte
pasos.
—Black
—dijo—, tú harás que le corten el cuello a tu dueña. Ven aquí, Black, ven. Pero
el perro, en lugar de obedecer, tomó el camino de la fortaleza lanzando
aullidos. XI
EL
PETIMETRE
EL
CABALLERO DE MAISON-ROUGE
LA
PATRULLA
Habían
transcurrido unas dos horas desde los acontecimientos que acabamos de contar.
Lorin había ido a casa de Maurice, pero éste había salido y el joven entretuvo
la espera hablando con Agesilas, que lustraba las botas de su patrón.
Por
fin, tras una espera de casi dos horas, llegó Maurice y Lorin le contó que
Artemisa estaba desesperada por haberle dicho el nombre de la florista.
—Hubiera
hecho mejor dejando que las cosas siguieran su curso —dijo Maurice.
—Sí,
y en este momento tú estarías en su puesto. Valiente razonamiento. ¡Y yo que
venía a pedirte un consejo! Te creía más fuerte.
—No
importa; de todas maneras, puedes pedírmelo.
Lorin
dijo a su amigo que le gustaría intentar algo para tratar de salvar a Héloïse
Tison, aunque sólo fuera realizar una gestión ante el Tribunal Revolucionario.
—Demasiado
tarde —dijo Maurice—. Está condenada.
—La
verdad, es espantoso ver perecer así a esta joven.
—Más
espantoso es que mi salvación haya acarreado su muerte. El único consuelo que
tenemos, es saber que conspiraba.
—¿Es
que, poco o mucho, no conspira todo el mundo en estos tiempos que corren? Ha
hecho como todo el mundo ¡Pobre mujer!
—No
la llores demasiado, amigo mío, y sobre todo, no la llores muy alto —dijo
Maurice—; porque nosotros cargamos con una parte de su culpa. Créeme, no hemos
quedado completamente limpios de la acusación de complicidad que se nos ha
hecho. Hoy, en la sección, he sido llamado girondino por el capitán de los
cazadores de Saint- Leu, y he tenido que demostrarle su equivocación con el
sable en la mano
—¿Por
eso vuelves tan tarde?
—Justamente.
—Pero,
¿por qué no me has avisado?
—Porque
en estos asuntos, tú eres incapaz de dominarte; para no hacer ruido, era
necesario que todo terminara enseguida. Cada uno hemos elegido a quienes
estaban más a mano.
—¿Y
este canalla te había llamado girondino, a ti, Maurice, a un puro?
—Eso
te prueba que con otra aventura por el estilo seremos impopulares; y tú sabes,
Lorin, que en los días que vivimos el sinónimo de impopular es sospechoso.
—Lo
sé muy bien —dijo Lorin—; y esa palabra hace temblar a los más valientes; no
importa... me repugna dejar ir a la guillotina a la pobre Héloïse sin
pedirle
perdón.
—En
fin, ¿qué quieres?
—Quisiera
que tú, que no tienes nada que reprocharte respecto a ella, te quedaras aquí.
Mi caso es distinto; puesto que no puedo hacer otra cosa, esperaré su paso,
¿comprendes?,
y con tal que me tienda la mano...
—Entonces
te acompañaré —dijo Maurice.
—Imposible,
amigo mío; reflexiona: tú eres municipal, secretario de sección, se te ha
puesto en entredicho; mientras que yo sólo he sido tu defensor; se te creería
culpable; quédate aquí; yo no arriesgo nada e iré allí.
—Ve
entonces; pero sé prudente.
Lorin
sonrió, estrechó la mano de Maurice y salió. Este abrió su ventana para enviar
a su amigo un triste adiós; luego, se dejó caer en un sofá y se quedó
adormilado. Le despertó la entrada de su criado que le puso al corriente del
intento de evasión de la reina llevado a cabo por el caballero de Maison-Rouge,
como se decía en la calle. Las explicaciones de Agesilas eran muy confusas, se
mezclaban en ellas lo verdadero y lo falso, lo posible y lo absurdo. Sin
embargo, Maurice pudo llegar a una conclusión: todo partía del clavel que se
había dado a la reina ante él mismo, comprado por él a la desgraciada florista.
Este clavel contenía el plan de una conspiración que acababa de estallar.
En
ese momento se aproximó un ruido de tambores, y Maurice oyó gritar en la calle:
—¡Gran
conspiración en el Temple descubierta por el ciudadano Simon! ¡Gran
conspiración en favor de la viuda Capeto descubierta en el Temple!
Maurice
pensó en Lorin, que en medio de esta exaltación popular, iba a intentar tender
la mano a la muchacha, exponiéndose a ser despedazado.
Cogió
su sombrero, se abrochó el cinturón del sable, y en dos saltos se puso en la
calle, dirigiéndose a la Conserjería: donde pensó que estaría su amigo.
Al
final del muelle Mégisserie vio un grupo del que surgían picas y bayonetas; le
pareció distinguir en el centro un uniforme de guardia nacional, y echó a
correr hacia allí.
El
guardia nacional capturado por la cohorte de marselleses era: Lorin que,
pálido, con los labios apretados, la mirada amenazadora y la mano en el puño
del sable, calculaba los golpes que se disponía a dar. A dos pasos suyos reía
ferozmente Simon y le señalaba diciendo:
—Mirad;
ese que veis ahí es uno a quien ayer he hecho arrojar del Temple por
aristócrata; es uno de los que favorecen la correspondencia de claveles. Es el
cómplice de la hija de Tison, que va a pasar ahora. ¿Le veis? Se pasea
tranquilamente por el muelle mientras su cómplice va a la guillotina; y quizás
ella era más que su cómplice, quizás era su amante, y él ha venido para decirle
adiós o intentar salvarla.
Lorin
desenfundó su sable al tiempo que la gente se separaba para dejar pasar a un
hombre que apartaba a los espectadores con la cabeza gacha.
—Enhorabuena,
Simon —dijo Maurice—. Sin duda lamentabas que yo no estuviera junto a mi amigo
para hacer tu papel de acusador por todo lo alto. Denuncia, Simon, denuncia;
aquí me tienes.
—A
fe mía que llegas a propósito —dijo Simon—. Ese es el guapo Maurice Lindey, que
ha sido acusado al tiempo que la joven Tison y se ha salvado porque es rico.
—¡A
la horca! ¡A la horca! —gritaron los marselleses.
—Intentadlo
—dijo Maurice.
Dio
un paso adelante y pinchó en mitad de la frente, como para probar, a uno de los
más ardientes degolladores, al que la sangre cegó enseguida.
—¡A
muerte! —gritó éste.
Los
marselleses bajaron las picas, levantaron las hachas y montaron los fusiles; la
gente se apartó asustada, y los dos amigos quedaron solos y expuestos a todos
los golpes como una doble diana.
Se
miraron con una última sonrisa, porque esperaban ser devorados por el
torbellino que les amenazaba, cuando se abrió de golpe la puerta de la casa
donde estaban apoyados y un enjambre de jóvenes, de los llamados petimetres,
armados de sables y con pistolas a la cintura, cayó sobre los marselleses,
organizándose una pelea terrible.
—¡Hurra!
—gritaron los dos amigos animados por la ayuda, sin reflexionar que al combatir
en las filas de los recién llegados, daban la razón a las acusaciones de Simon.
Ellos no pensaban en su salvación, pero otro pensaba por ellos. Un jovencito de
veinticinco o veintiséis años, de ojos azules, que manejaba con destreza y
ardor infinitos un sable de gastador, se situó junto a ellos y les dijo
señalando la puerta que había dejado abierta:
—Huyan
por esa puerta; lo que nosotros hacemos aquí no les atañe y les compromete
inútilmente —y al ver que los dos amigos dudaban, gritó—: ¡Atrás! No queremos
patriotas con nosotros; municipal Lindey, nosotros somos aristócratas.
Ante
esta audacia de acusarse de algo que equivalía a la sentencia de muerte, la
gente lanzó un grito. Pero el joven rublo y tres o cuatro de sus amigos
empujaron a Maurice y a Lorin hacia la puerta, cerrándola tras ellos; luego,
volvieron a mezclarse en la pelea, que había aumentado por la proximidad de la
carreta.
Maurice
y Lorin, salvados tan milagrosamente, se miraron asombrados. Todo parecía
preparado de antemano; entraron a un patio, y al fondo de él encontraron una
puertecilla disimulada que daba a la calle Saint-Germain-l'Auxerrois.
En
ese momento desembocó del puente Change un destacamento de guardias, que
desalojó rápidamente el muelle aunque en la calle transversal se escuchó
durante un instante una lucha encarnizada.
Los
guardias precedían a la carreta que conducía a la guillotina a la pobre
Héloïse.
—¡Al
galope! —gritó una voz—. ¡Al galope!
La
carreta partió al galope, y Lorin distinguió a la desgraciada muchacha, de pie,
con la sonrisa en los labios y los ojos fieros. Pero no pudo intercambiar con
ella ni un gesto, y la joven pasó sin verle, entre un torbellino de gente que
gritaba:
—¡Muerte
a la aristócrata! ¡Muerte!
El
ruido fue decreciendo al alejarse hacia las Tullerías. Al mismo tiempo, volvió
a abrirse la puertecilla por donde habían salido Maurice y Lorin, apareciendo
tres o cuatro petimetres sangrantes y con la ropa desgarrada. Probablemente era
todo lo que quedaba de la pequeña tropa. El joven rubio salió el último.
—¡Esta
causa está maldita! —dijo.
Y
arrojando su sable mellado y sangrante se lanzó hacia la calle Lavandières.
Maurice
se apresuró a ir a la sección para querellarse contra Simon, sin escuchar la
opinión de Lorin, que era partidario de buscar la ayuda de algunos termópilas y
matar al zapatero a la salida del Temple.
A la
mañana siguiente, Maurice acudió a la sección y formuló su querella. Sin
embargo, para su asombro, el presidente se hizo el sordo, diciendo que no podía
tomar partido entre dos buenos ciudadanos amantes de la patria.
—Bien
—dijo Maurice—; ahora sé lo que se debe hacer para merecer la reputación de
buen ciudadano: reunir al pueblo para asesinar a un hombre que te molesta. A.
partir de hoy, haré
patriotismo
como usted lo entiende, y lo experimentaré con Simon.
—Ciudadano
Maurice —respondió el
presidente—;
quizá Simon ha hecho menos daño que tú en este asunto: ha descubierto una
conspiración allí donde tú no has visto nada, cuando ésa era tu obligación.
Además, tienes convivencias, no sabemos si por azar o intencionadamente, con
los enemigos de la nación, exactamente con el ciudadano Maison-Rouge; se te ha
visto hablarle, estrecharle la mano.
—¿Dónde?
¿Cuándo?. Ciudadano presidente — dijo Maurice llevado por la convicción de su
inocencia—, mientes.
—Tu
celo por la patria te lleva un poco lejos, ciudadano Maurice —dijo el
presidente—, y te arrepentirás de lo que acabas de decir cuando te dé pruebas
de que sólo he dicho la verdad. Aquí hay tres informes diferentes que te
acusan.
—Vamos,
¿es que usted piensa que soy tan ingenuo como para creer en su caballero de
Maison-Rouge? No es más que un fantasma de conspirador con el que siempre
tienen una conspiración preparada para meter en ella a sus enemigos.
—Lee
las denuncias.
—No
leeré nada. Niego que nunca haya visto o hablado al caballero de Maison-Rouge.
Quien no crea en mi palabra de honor que me lo diga, yo sabré responderle.
Terminada
la sesión, el presidente se aproximó a Maurice y le dijo:
—Ven,
Maurice, tengo que hablarte.
El
presidente condujo a Maurice hasta un gabinete y le dijo:
—He
conocido y estimado a tu padre, por eso te estimo a ti. Créeme, corres un gran
peligro dejándote llevar por la falta de fe. Desde que se pierde la fe, se
pierde la fidelidad. Tú no crees en los enemigos de la nación: de ahí procede
el que pases a su lado sin verlos, y que te convierta en instrumento de sus
complots sin sospecharlo. Maurice se excusó diciendo que él era un patriota,
pero no un fanático.
—Tú
no crees en los conspiradores —dijo el presidente—; bien, dime, ¿crees en el
clavel rojo por el que se ha guillotinado ayer a la hija de Tison? — Maurice se
estremeció.—¿Crees en el subterráneo abierto en el jardín del Temple, que
comunica la cueva de la ciudadana Plumeau con cierta casa de la calle Corderie?
—No
—dijo Maurice.
—Entonces,
haz como el apóstol Tomás, ve a verlo.
—No
estoy de guardia en el Temple y no se me dejará entrar.
—Ahora
puede entrar al Temple todo el mundo. Lee este informe.
—¡Cómo!
—exclamó Maurice leyendo el informe—. ¿Se traslada a la reina a la Conserjería?
—¿Crees
que el comité de salud pública se ha basado en un sueño para adoptar una medida
tan grave?
Después,
el presidente tendió otro papel a Maurice: el recibo de Richard, el carcelero
de la Conserjería, y le explicó que el traslado se había efectuado a las dos de
la mañana.
Maurice
se quedó pensativo. Y el presidente le dio a leer una nota del ministro de
policía.
Maurice
leyó:
Puesto
que tenemos la certeza de que está en París el en otro tiempo caballero de
Maison-Rouge, ya que ha sido visto en diferentes lugares, y ha dejado huellas
de su paso en varios complots, felizmente frustrados, invito a todos los jefes
de sección a redoblar la vigilancia.
Las
señas del caballero de Maison-Rouge son: cinco pies y tres pulgadas, cabello
rubio, ojos azules, nariz recta, barba castaña, mentón redondo, voz dulce,
manos femeninas.
Treinta
y cinco o treinta y seis años.
Ante
las señas, una luz extraña atravesó el espíritu de Maurice; pensó en el joven
que mandaba la tropa de petimetres que les había salvado la víspera a Lorin y a
él, y que cargó tan resueltamente contra los marselleses con su sable de
zapador.
—No
juegues así con tu popularidad, Maurice —dijo el presidente—. Hoy la
popularidad es la vida; la impopularidad, tenlo en cuenta, es la sospecha de
traición… Maurice no tenía nada que responder a esto. Dio las gracias a su
viejo amigo y salió de la sección, dirigiéndose a la antigua calle
Saint-Jacques.
Cuando
llegó a casa del curtidor, Dixmer y Morand sujetaban a Geneviève, víctima de un
violento ataque de nervios; de manera que, en vez de dejarle entrar libremente,
como de costumbre, un criado le cortó el paso, y le dejó esperando en el jardín
mientras iba a anunciarle. A Maurice le pareció que ocurría algo extraño en la
casa: los curtidores no trabajaban y atravesaban el jardín con aire inquieto.
Dixmer
acudió apresuradamente a buscarle y le invitó s entrar en la casa.
—¿Qué
ocurre? —preguntó el joven.
—Geneviève
sufre; peor aún, delira.
—Ya
sabe usted, querido amigo, que en las enfermedades de las mujeres nadie sabe
nada, sobre todo el marido.
Geneviève
estaba echada en una especie de tumbona. Cerca de ella estaba Morand, que le
hacía respirar sales.
—¡Héloïse!
¡Héloïse! —murmuró la joven a través de sus labios blancos y sus dientes
apretados.
—¡Héloïse!
—repitió Maurice con asombro.
Dixmer
se apresuró a explicar que Geneviève había salido el día anterior en el momento
de pasar la carreta que llevaba a la guillotina a una joven llamada Héloïse;
desde entonces había sufrido varios ataques de nervios y no hacía otra cosa que
repetir ese nombre.
—Lo
que más le ha afectado es haber reconocido en la muchacha a la florista que le
vendió los claveles que usted sabe.
—¡Maurice!
—murmuraba Geneviève—. ¡Van a matar a Maurice! ¡A él, caballero, a él! Un
silencio profundo siguió a estas palabras.
—Maison-Rouge
—murmuró Geneviève—, Maison-Rouge.
Maurice
sintió como un rayo de sospecha, pero sólo era un rayo. Por otra parte, estaba
demasiado emocionado con el sufrimiento de Geneviève para comentar estas pocas
palabras.
—¿Han
llamado a un médico? —preguntó.
—¡Oh!
Esto no es nada —replicó Dixmer—; un poco de delirio, eso es todo. Y cerró los
brazos de Geneviève tan violentamente que ella abrió los ojos.
—¡Ah!
Están todos aquí —dijo la joven—. Y Maurice también. Me siento feliz de verle,
amigo mío; si usted supiera cómo he... —la joven se corrigió—. ¡Cómo hemos
sufrido estos días!
—Sí
—dijo Maurice—; aquí estamos todos. Tranquilícese y, sobre todo, acostúmbrese a
no pronunciar un nombre que, en este momento, no está en olor de santidad, el
del caballero de Maison-Rouge.
Y
Maurice explicó que el caballero de Maison-Rouge haría bien escondiéndose, pues
le buscaba el ayuntamiento, sus sabuesos tenían el olfato muy fino; además, sus
empresas ya no podían favorecer a la reina puesto que la había trasladado a la
Conserjería.
Al
decir esto Maurice, Dixmer, Morand y Geneviève lanzaron un grito que el joven
tomó por una exclamación de sorpresa.
—Así
que, ¡adiós los planes del caballero de la reina! —continuó Maurice—. La
Conserjería es más segura que el Temple.
Morand
y Dixmer cambiaron entre sí una mirada que no advirtió el joven, y Geneviève
palideció profundamente.
—Geneviève
—dijo Dixmer—, debes acostarte; estas sufriendo.
Maurice
comprendió que se le despedía; besó la mano de Geneviève y salió junto con
Morand, que le acompañó hasta la calle, donde se separó de él para decir algo a
un criado que sujetaba un caballo ensillado.
Maurice
estaba preocupado; tomó por la calle Fossés-Saint-Victor y llegó hasta los
muelles. Necesitaba reflexionar y se apoyó en el pretil del puente. Estaba
mirando correr el agua cuando escuchó el paso regular de una patrulla que se
acercaba; se volvió y vio una compañía de la guardia nacional, en medio de la
que le pareció distinguir a Lorin. Corrió hacia su amigo que, como de
costumbre, le recibió con unos versos, y le preguntó qué hacía por allí.
—Soy
jefe de expedición, amigo mío; se trata de restablecer a su primitiva base
nuestra quebrantada reputación —ordenó descansar a su compañía y dijo a
Maurice—: Hoy, en la sección, me he enterado de grandes noticias. La primera es
que tú y yo comenzamos a ser sospechosos. La segunda, que toda la conspiración
del clavel estaba organizada por el caballero de Maison-Rouge.
Maurice
le dijo que ya sabía las dos noticias.
—Entonces,
pasemos a la tercera; seguro que ésa no la sabes: esta noche vamos a detener al
caballero de Maison-Rouge.
Maurice
se extrañó de que su amigo se encargara de tal misión.
—Yo
no me he encargado; me han encargado; sin embargo, debo decir que yo lo hubiera
solicitado. Necesitamos un golpe resonante para rehabilitarnos, ya que nuestra
rehabilitación no es sólo la seguridad de nuestra existencia, sino también el
derecho a meter seis pulgadas de acero en el vientre de Simon a la primera
oportunidad.
—Pero,
¿cómo has sabido que el caballero de Maison-Rouge era la cabeza de la
conspiración del subterráneo?
—Aún
no es seguro, pero se supone.
—¡Ah!,
¿procedéis por intuición?
—No;
por certeza.
—¿Cómo
explicas todo eso? Veamos, porque en fin...
—Escucha
bien. Apenas he oído anunciar que se había descubierto la conspiración, he
querido verificarlo por mí mismo. Se hablaba de un subterráneo. He ido a verlo
y lo he recorrido desde la cueva de la ciudadana Plumeau hasta una casa de la
calle Corderie, la casa número doce o catorce, no me acuerdo bien. Te aseguro
que era un pasadizo muy bien hecho; además, estaba cortado por tres rejas de
hierro, que si los conjurados hubieran tenido éxito, les habrían dado tiempo,
sacrificando a tres o cuatro de los suyos, a llevar a la viuda Capeto a un
lugar seguro. Felizmente no ha sido así, y ese repulsivo Simon lo ha
descubierto todo.
—Creo
que, antes de nada, se debería haber arrestado a los habitantes de esa casa de
la calle Corderie —dijo Maurice.
—Eso
es lo que se hubiera hecho de no haber encontrado la casa completamente vacía
de inquilinos.
—Pero,
esa casa pertenecerá a alguien.
—Sí,
a un propietario reciente; pero nadie le conocía. Se sabe que la casa ha
cambiado de dueño hace dos o tres semanas, eso es todo. Los vecinos habían oído
ruido, pero
como
la casa es vieja, creyeron que se efectuaban reparaciones. En cuanto al otro
propietario, había abandonado París. Mientras tanto, llegaba yo; llamé aparte a
Santerre y le dije que se debería localizar al notario que había legalizado la
venta; así se podría ver en el acta el nombre del comprador. Santerre me
felicitó y me ha designado para detener al individuo en cuestión.
—¿Y
este hombre es el caballero de Maison-Rouge?
—No,
su cómplice solamente; es decir, probablemente.
—Entonces,
¿cómo dices que vas a detener al caballero de Maison-Rouge?
—Vamos
a detenerle juntos.
—Antes
de nada, ¿conoces al caballero de Maison-Rouge?
—Perfectamente.
—¿Tienes
sus señas personales?
—Me
las ha dado Santerre hoy mismo. Es el jovencito rubio que nos ha liberado esta
mañana, ya sabes, el que mandaba la tropa de petimetres que sacudían tan
fuerte. Se le ha seguido y se ha perdido su pista en los alrededores del
domicilio de nuestro propietario de la calle Corderie; de manera que se supone
que viven juntos.
—Me
parece que, si detienes esta noche a quien nos ha salvado esta mañana, pecas de
falta de agradecimiento.
—¡Vamos!
¿Crees que nos ha salvado por salvarnos? Ellos estaban allí para liberar a la
pobre Héloïse Tison cuando pasara. Nuestros asesinos les molestaban y han caído
sobre ellos. Hemos sido salvados de carambola. Como todo está en la intención,
y la suya no era salvarnos, no tengo que reprocharme la más pequeña ingratitud.
Además, lo principal es la necesidad, y nosotros necesitamos rehabilitamos por
un golpe resonante. Yo he respondido por ti ante Santerre; él sabe que tú
mandas la expedición.
—¿Cómo
ha ocurrido?
—Me
ha preguntado si estaba seguro de arrestar a los culpables; y le he dicho que
sí, si participabas tú. A sus objeciones sobre tu tibieza de un tiempo a esta
parte, le he contestado que no eras más tibio que yo, y que respondía de ti
como de mí mismo.
Luego,
he pasado por tu casa y no te he encontrado; entonces, he tomado esta
dirección; en primer lugar porque era la mía, y también porque es la que tú
sigues habitualmente. En fin, te he encontrado y aquí estás: ¡adelante,
marchen!
Cantando,
la victoria Nos abre la barrera.
—Querido
Lorin; estoy desesperado y no siento el menor placer en esta expedición; di que
no me has encontrado,
—¡Imposible!
Te han visto todos nuestros hombres.
—Bien.
Di que me has encontrado y no he querido unirme a vosotros.
—Imposible
también. Porque esta vez no serías un tibio, sino un sospechoso. Y tú sabes lo
que se hace con los sospechosos: se les lleva a la plaza de la Revolución y se
les invita a saludar a la estatua de la Libertad; sólo que en vez de saludar
con el sombrero lo hacen con la cabeza.
—Lorin,
lo que haya de ser será. Sin duda te parecerá extraño lo que voy a decir: estoy
harto de la vida...
Lorin
estalló en risas.
—¡Bueno!
—dijo—. Estamos de pelotera con nuestra amada y esto nos produce ideas
melancólicas. ¡Vamos, bello Amadís!, volvámonos hombres y de ahí pasaremos a
ciudadanos; yo, en cambio, no soy mejor patriota que cuando estoy peleado con
Artemisa.
Maurice
se despidió de su amigo, que quiso retenerle y le pidió que reflexionara, pero
el joven se mantuvo inflexible en su postura. Entonces le dijo Lorin:
—No
te he repetido todo lo que me dijo Santerre cuando le he pedido que fueras el
jefe de la expedición. Me ha dicho que tuviera cuidado contigo, porque venías
muy a menudo a este barrio, el de Maison-Rouge.
—¡Cómo!
—exclamó Maurice—. ¿Se esconde por aquí?
—Se
supone, ya que por aquí vive su supuesto cómplice, el comprador de la casa de
la calle Corderie.
—¿En
qué calle? —preguntó Maurice.
—En
la antigua calle Saint-Jacques.
—¡Ah!
¡Dios mío! —murmuró Maurice—. ¿Cuál es su profesión?
—Maestro
curtidor.
—¿Y
su nombre?
—Dixmer.
—Tienes
razón, Lorin —dijo Maurice.
—Y
tú actúas sensatamente. ¿Estás armado?
—Llevo
mi sable, como siempre.
—Entonces,
coge dos pistolas.
—¿Y
tú?
—Tengo
mi carabina.
Lorin
dio las órdenes y la patrulla se puso en marcha, precedida por un hombre
vestido de gris, el cual la dirigía: un policía. De vez en cuando, una sombra
se despegaba de una esquina o un portal y se acercaba al hombre vestido de gris
para decirle algo: eran vigilantes.
Llegaron
a la callejuela. El hombre de gris estaba bien informado y no dudó un instante
en meterse por ella.
—Aquí
es —dijo.
—¿Aquí
es qué? —preguntó Lorin.
—Aquí
es donde encontraremos a los dos jefes.
Maurice
se apoyó en el muro, le pareció que iba a caerse de espaldas.
—Hay
tres entradas —dijo el hombre de gris—: la entrada principal, ésta, y una que
da a un pabellón. Yo entraré por la principal con seis u ocho hombres; guardad
ésta con cuatro o cinco, y poned tres hombres de confianza en la salida del
pabellón.
—Yo
saltaré el muro y vigilaré desde el jardín —dijo Maurice.
—¡Estupendo!
—dijo Lorin—. Porque así nos abrirás la puerta desde el interior.
—Encantado
—dijo Maurice—. Pero no vayáis a desguarnecer el pasaje y venir sin que yo os
llame. Todo lo que ocurra dentro lo veré desde el jardín.
—Entonces,
¿conoces la casa? —preguntó Lorin.
—Hace
tiempo quise comprarla.
Lorin
emboscó a sus hombres, mientras el agente de policía se alejaba con ocho o diez
guardias nacionales para forzar la puerta principal.
Al
cabo de un instante el ruido de sus pasos se había apagado, sin haber
despertado la menor atención en aquel desierto.
Los
hombres de Maurice estaban en su puesto y se escondían lo mejor posible. Se
hubiera jurado que todo estaba tranquilo y no pasaba nada extraordinario en la
antigua calle Saint-Jacques.
Maurice
comenzó a escalar el muro.
—Espera
—dijo Lorin.
—¿Qué?
—La
contraseña.
—Es
cierto.
—Clavel
y subterráneo. Detén a todos los que no digan estas dos palabras. Deja pasar a
todos los que las digan. Esa es la consigna.
—Gracias
—dijo Maurice.
Y
saltó al jardín desde lo alto del muro. XII
CLAVEL
Y SUBTERRANEO INVESTIGACION LA FIDELIDAD JURADA MAÑANA LA CONSERJERIA
El
primer golpe había sido terrible, y Maurice había necesitado un gran dominio
sobre sí mismo para ocultar a Lorin el trastorno que se había producido en su
persona; pero una vez solo en el jardín, sus ideas se desenvolvieron más
ordenadamente.
«Así
que esta casa visitada a menudo con el placer más puro, no era sino una
madriguera de sangrientas intrigas; la buena acogida a su ardiente amistad,
hipocresía; el amor de Geneviève, miedo.
Maurice
se deslizó por el jardín, de macizo en macizo, hasta quedar oculto a los rayos
de la luna por la sombra del invernadero. En el pabellón de Geneviève, la luz
no permanecía quieta, sino que iba de una habitación a otra. Maurice distinguió
a la joven a través de una cortina medio levantada: Geneviève amontonaba a toda
prisa sus objetos en una maleta, y el joven vio con asombro brillar unas armas
en sus manos. Maurice buscó una altura desde donde pudiera ver mejor la
habitación. Un gran fuego que brillaba en la chimenea atrajo su atención: eran
papeles que Geneviève quemaba.
En
ese momento se abrió una puerta y entró un joven. Maurice pensó que era Dixmer.
La joven corrió junto al recién llegado, cogió sus manos y los dos se
mantuvieron frente a frente, como si sintieran una viva emoción. Entonces,
Maurice cayó en la cuenta de que no se trataba de Dixmer.
Se
aproximó a la ventana; su pie tropezó con una escalera, la arrimó a la pared y
se subió a ella, mirando por la rendija de la cortina: el desconocido era un
joven de unos veintisiete años, de ojos azules, con aspecto elegante; sujetaba
las manos de la joven y le hablaba, secándole las lágrimas que velaban su
atractiva mirada.
Maurice
hizo un ligero ruido y el joven volvió la cabeza hacia la ventana. Maurice tuvo
que detener un grito de sorpresa: acababa de reconocer a su misterioso salvador
de la plaza Châtelet. En ese momento, Geneviève se separó del desconocido y se
dirigió a la chimenea para asegurarse que todos los papeles estaban consumidos.
Maurice
no pudo contenerse más tiempo: empujó violentamente la ventana mal cerrada y
saltó a la habitación. Al mismo tiempo, dos pistolas se apoyaron contra su
pecho.
Geneviève
se volvió hacia él y se quedó muda al reconocerle.
—Señor
—dijo con frialdad el joven republicano—, ¿es usted el caballero de Maison-
Rouge? Si es así, es usted un hombre valiente y, por tanto, tranquilo, y voy a
decirle dos palabras: usted me puede matar, pero yo no moriré sin dar un grito
y los mil hombres que cercan la casa la reducirán a cenizas. Así que baje sus
pistolas y escuche lo que voy a decir a la señora.
Geneviève,
más pálida que una estatua, cogió d brazo de Maurice, pero el joven la rechazó.
—Ya
veo que ha dicho usted la verdad y no ama al señor Morand —dijo Maurice con un
profundo desprecio. Ella quiso interrumpirle, pero él continuó—: No tengo nada
que escuchar, señora. Usted me ha engañado, ha dicho que no amaba a Morand,
pero no me ha dicho que amaba a otro.
—Señor
—dijo el caballero—, ¿de qué Morand habla usted?
—De
Morand el químico.
—Morand
el químico está ante usted. Morand el químico y el caballero de Maison- Rouge
son el mismo.
Y
alargando la mano hacia una mesa cercana se puso la peluca negra que durante
tanto tiempo le había hecho irreconocible a los ojos del joven republicano.
—¡Ah!
Ya veo —dijo Maurice—. Usted no ama a Morand, porque éste no existe, pero el
subterfugio no es menos despreciable.
El
caballero hizo un gesto de amenaza.
—Señor
—dijo Maurice—, ¿quiere dejarme hablar un instante con la señora? No será muy
largo, se lo aseguro, —Geneviève hizo un gesto a Maison-Rouge invitándole a
tener paciencia.—¡Usted me ha hecho el hazmerreír de mis amigos. Se ha servido
de mí para sus complots y me ha utilizado como un instrumento. Esa es una
acción infame por la que será castigada. Este hombre me matará ante usted, pero
antes de cinco minutos también él yacerá a sus pies, o si vive, será para
llevar su cabeza al cadalso.
—¡Morir
él! —exclamó Geneviève—. ¡Llevar su cabeza al cadalso! Pero ¿usted no sabe que
es protector mío y de mi familia, que daría mi vida por la suya, que si él
muere, moriré yo, y que si usted es mi amor, él es mi religión?
—Quizás
usted va a seguir diciendo que me ama —dijo Maurice—. La verdad es que las
mujeres son muy débiles y cobardes —y volviéndose al joven realista—. Vamos,
señor, debe matarme o morir.
—¿Porqué?
—Porque
si usted no me mata, yo le detengo. Maurice extendió la mano para cogerle del
cuello.
—No
defenderé mi vida —dijo el caballero de Maison-Rouge, arrojando sus armas en un
sillón—. Tenga. Mi vida no vale por los remordimientos que sufriría si le
matara, a usted a quien ama Geneviève.
—¡Usted
siempre es bueno, magnánimo, leal y generoso, Armando! —exclamó Geneviève.
Maurice
miraba a los dos con un asombro casi estúpido. El caballero dijo que iba a ir
un momento a su habitación para esconder un retrato. Luego, cambió de idea y,
expresando su confianza en Maurice, sacó de su pecho una miniatura de la reina
y se la enseñó al joven republicano, al tiempo que le decía:
—Espero
sus órdenes, señor; si quiere arrestarme, no tiene más que llamar a esta puerta
cuando lo juzgue oportuno. Para mí, la vida no vale si no la sostiene la
esperanza de salvar a la reina.
Apenas
salió de la habitación, Geneviève se precipitó a los pies del joven, diciendo:
—Maurice,
perdone por todo el mal que le he hecho, por todos mis engaños; perdón en
nombre de mis sufrimientos y lágrimas, porque, se lo juro, he llorado y sufrido
mucho. Mi marido se ha ido esta mañana y quizá no le vuelva a ver; no sé adónde
ha ido. Ahora sólo me queda un amigo, o mejor, un hermano; y usted quiere
matarle. Perdón, Maurice, perdón.
Maurice
le dijo que el caballero de Maison-Rouge se había jugado la vida y había
perdido; Geneviève contestó que todo no estaba perdido, él podía salvar al
caballero.
—A
expensas de mi palabra y de mi honor. Comprendo, Geneviève.
—Cierre
los ojos, Maurice, eso es todo lo que le pido; y le prometo que mi
reconocimiento llegará tan lejos como puede ir el agradecimiento de una mujer.
—Yo
cerraría los ojos inútilmente, señora; la casa está rodeada y nadie puede salir
sin la contraseña.
—Querido
Maurice, dígamela, la necesito.
—¡Geneviève!
—exclamó Maurice—. ¿Con qué derecho me dice: Maurice, en nombre del amor que te
profeso, no tengas palabra, ni honor, traiciona a tu causa, reniega de tus
opiniones? ¿Qué me ofrece usted a cambio de todo eso?
—Maurice,
sálvele primero, y luego pídame la vida.
Maurice
preguntó a Geneviève si amaba al caballero de Maison-Rouge.
—Le
amo como una hermana, pero no de otra manera, se lo juro.
—Geneviève,
¿me ama usted?
—Maurice,
le amo, tan cierto como que Dios me escucha.
—Si
hago lo que me pide, ¿abandonará parientes, amigos y patria para huir con el
traidor?
—Todo
lo que quieras, te lo juro, ordena, yo obedezco.
Maurice
obligó a Geneviève a jurar que sería suya; después se dirigió a la habitación
de al lado y dijo al caballero
—Señor,
vístase de curtidor Morand. Le devuelvo su palabra, está libre —y volviéndose a
Geneviève añadió—: Señora, la consigna es Clavel y subterráneo.
Y
como si tuviera horror de permanecer en la habitación donde había pronunciado
estas dos palabras que le convertían en traidor, abrió la ventana y saltó al
jardín.
Apenas
llegó Maurice a la esquina del invernadero. Se abrió la puerta y entró el
hombre de gris, seguido por Lorin y cinco o seis granaderos.
—¿Y
bien? —preguntó Lorin.
—Ya
lo veis —contestó Maurice—. Sigo en mi puesto.
El
policía dijo a Maurice que tenía la certeza de que el caballero de Maison-Rouge
había entrado en la casa hacía una hora y no había salido.
—¿Conoce
su habitación? —preguntó Lorin.
El
policía dijo que estaba separada de la ocupada por la ciudadana Dixmer por un
corredor, aunque quizá no hiciera falta la separación, porque el caballero de
Maison- Rouge era un bribón y al ciudadano Dixmer podría parecerle un gran
honor.
Maurice
notó que la sangre se le subía a la cabeza y dijo:
—¿Qué
decidimos?
—Decidimos
que vamos a detenerle en su habitación —dijo el policía—, y quizás en su propia
cama puesto que no sospecha nada.
Luego,
el policía puso a Lorin y a Maurice al corriente sobre la situación de la
habitación que ocupaba el caballero y les preguntó cuántos hombres necesitaban
para prenderle.
—¿Cuántos
hombres? —dijo Lorin—. Espero que Maurice y yo nos bastaremos; ¿no crees,
Maurice?
—Sí
—balbució éste—; seguro que nos bastaremos.
—Escuche
—dijo el hombre de la policía—, nada de fanfarronerías. ¿Le podrán detener?
—¡Pardiez!
¡Que si le podremos detener! ¡Ya lo creo! ¿No es cierto, Maurice, que
necesitamos detenerle?
Lorin
hizo hincapié en esta palabra. Un principio de sospecha comenzaba a planear
sobre ellos y no se podía dejar que tomara gran consistencia. Lorin comprendía
que nadie se atrevería a dudar del patriotismo de dos hombres que conseguían
detener al caballero de Maison-Rouge.
El
policía era partidario de que entraran el mayor número posible de hombres, ya
que el caballero siempre tenía sus armas dispuestas.
—¡Pardiez!
—dijo un granadero—. Entremos todos y no demos la preferencia a nadie; si se
rinde, le conservaremos para la guillotina; si se resiste, le acuchillaremos.
—¡Bien
dicho! —exclamó Lorin—. ¡Adelante! ¿Pasamos por la puerta o por la ventana?
—Por
la puerta —dijo el policía—. Quizá dé la casualidad de que tenga puesta la
llave; mientras que si entramos por la ventana, habrá que romper algunos
cristales, con el consiguiente ruido.
—Vamos
por la puerta —dijo Lorin—. El caso es entrar, poco importa por dónde. Vayamos
sable en mano, Maurice.
Maurice
desenfundó el sable maquinalmente y la pequeña tropa avanzó hacia el pabellón.
La llave se encontraba en la puerta, y Lorin la hizo girar con suavidad; la
puerta se abrió. El policía dijo que, si sus informes eran exactos, se
encontraban en la habitación de la ciudadana Dixmer. Lorin propuso encender
unas velas.
—Encendamos
antorchas —dijo el policía—; no se apagan como las velas.
Y
cogió de manos de un granadero dos antorchas que encendió en la chimenea y
entregó a Maurice y Lorin. Avanzaron por el corredor y abrieron la puerta del
fondo, encontrándose frente a la puerta del apartamento del caballero. Lorin
observó que la puerta estaba cerrada con llave. El policía ordenó a los
granaderos que derribaran la puerta.
Cuatro
hombres levantaron las culatas de sus fusiles, y a una señal del policía,
golpearon al unísono: la puerta voló en pedazos.
—¡Ríndete
o eres hombre muerto! —exclamó Lorin, penetrando en la habitación. Nadie
respondió; las cortinas de la cama estaban cerradas.
Maurice
se precipitó al lecho y abrió las cortinas. La cama estaba vacía.
—¡Pardiez!
—dijo Lorin—. Nadie.
—Se
habrá escapado —balbució Maurice.
—¡Imposible,
ciudadanos, imposible! — exclamó el policía—. Os digo que se le ha visto entrar
hace una hora y nadie le ha visto salir, y que todas las salidas están
vigiladas Lorin buscó por todas partes.
—Nadie,
ya lo ve usted, nadie.
—Nadie
—repitió Maurice con una emoción fácil de comprender.
—Quizás
esté en la habitación de la ciudadana Dixmer —dijo el policía.
—Respeten
la habitación de una mujer —dijo Maurice.
—Por
supuesto que se la respetará; y a la ciudadana Dixmer también —dijo Lorin—;
pero se la visitará.
Dejaron
a dos hombres guardando la habitación y volvieron a aquélla donde habían
encendido las antorchas. Maurice se aproximó a la puerta que daba al dormitorio
de Geneviève; era la primera vez que iba a entrar allí. Su corazón latía con
violencia. La llave estaba en la puerta, y Maurice tendió la mano hacia ella,
pero vaciló.
—Bien
—dijo Lorin—. Abre.
—¿Y
si la ciudadana Dixmer está acostada? — preguntó Maurice.
—Miraremos
en su cama, bajo su cama, en su chimenea y en sus armarios —dijo Lorin—; y si
sólo está ella, le desearemos buenas noches.
—No
—dijo el policía—; la detendremos; la ciudadana Geneviève Dixmer era una
aristócrata reconocida como cómplice de la joven Tison y del caballero de
Maison- Rouge.
—Abra
entonces —dijo Maurice, dejando la llave—. Yo no detengo a mujeres.
El
policía miró a Maurice de través y los granaderos murmuraron entre sí. Lorin
dijo que él era de la opinión de Maurice y dio un paso atrás.
El
policía cogió la llave, la hizo girar violentamente, la puerta cedió y los
soldados se precipitaron en la habitación.
Dos
velas ardían sobre una mesita, pero en la habitación de Geneviève tampoco había
nadie.
—¡Vacía!
—exclamó el policía.
—¡Vacía!
—repitió Maurice palideciendo— Entonces, ¿dónde está?
—Busquemos
—dijo el policía.
Y
seguido de los milicianos se puso a registrar la casa desde las bodegas hasta
los talleres. Apenas volvieron la espalda, Maurice se lanzó a la habitación,
llamando a Geneviève con una voz llena de ansiedad. Pero la joven no le
contestó. Entonces, Maurice también empezó a registrar la casa con una especie
de frenesí.
De
pronto, escuchó un gran alboroto; una patrulla de hombres armados se presentó
en la puerta, cambió la contraseña con el centinela, invadió el jardín y se
esparció por la casa. A la cabeza del refuerzo iba Santerre, que preguntó a
Lorin dónde estaba el conspirador.
—Si
su destacamento ha guardado bien las salidas, debe haberle arrestado —contestó
Lorin—; porque no estaba en la casa cuándo hemos entrado.
—¿Qué
dice? —exclamó furioso el general—. ¿Le han dejado escapar?
—No
le hemos podido dejar escapar, puesto que nunca hemos tenido.
—Entonces
no comprendo nada de lo que ha dicho vuestro enviado.
—¿Que
nosotros le hemos enviado a alguien?
—Sin
duda. Un hombre vestido de oscuro, con cabello negros y gafas verdes, que ha
venido a avisarnos de vuestra parte que estabais a punto de atrapar a
Maison-Rouge, pero que se defendía como un león; ante lo cual, he acudido aquí.
El hombre llevaba del brazo a una mujer joven y guapa.
—Eran
el caballero de Maison-Rouge y la ciudadana Dixmer —dijo Maurice.
—Pero,
¿cómo diablos les ha dejado pasar? — dijo Lorin
—¡Pardiez!
—dijo Santerre—. Les he dejado pasar porque tenían la contraseña.
—Entonces,
hay un traidor entre nosotros — exclamó Lorin.
—No,
no, ciudadano Lorin —dijo Santerre—. Se os conoce y se sabe que no hay
traidores entre vosotros.
Lorin
miró a su alrededor como si buscara al traidor cuya presencia acababa de
proclamar. Su mirada encontró la frente sombría y los ojos vacilantes de
Maurice.
—¡Oh!
—murmuró—. ¿Qué quiere decir eso?
—Ese
hombre no puede estar muy lejos —dijo Santerre—. Registremos los alrededores;
quizás haya caído en manos de una patrulla más hábil que
nosotros
y que no se haya dejado sorprender.
—Sí,
sí, busquemos —dijo Lorin.
Y
tomando a Maurice por un brazo le sacó del jardín con el pretexto de registrar.
—Sí,
registremos —dijeron los soldados—, pero antes de registrar...
Y
uno de ellos arrojó su antorcha en un cobertizo repleto de gavillas y de
plantas secas. Maurice no opuso ninguna resistencia y siguió a su amigo como un
niño; los dos fueron hasta el puente sin hablar; allí se detuvieron. Maurice se
volvió: el cielo del barrio estaba rojo y numerosas chispas pasaban por encima
de las casas. Maurice se estremeció y señaló hacia la calle Saint-Jacques.
—¡Fuego!
—dijo—. ¡Fuego!
Maurice
temía que Geneviève hubiera vuelto y confirmó a su amigo que la joven y la
señora Dixmer eran la misma persona.
—Lorin
—dijo—, es necesario que la encuentre, tengo que vengarme.
—¡Oh!
¡Oh! —dijo Lorin.
Amor,
tirano de dioses y mortales No es sólo incienso lo que necesitan tus altares.
—Me
ayudarás a encontrarla, ¿verdad, Lorin?
—¡Pardiez!
Eso no será difícil. Tú debes saber cuáles son sus amigos más íntimos; ella no
habrá abandonado París todos ellos tienen el prurito de quedarse aquí; se habrá
refugiado en casa de algún amigo, y mañana recibirás una nota concebida en
estos términos:
Si
Marte quiere volver a ver a Citérea, Que se ponga a la noche su fajín azulado.
»Y
que pregunte al portero del número tal, de tal calle, por la señora
Tres-Estrellas.» Maurice levantó los hombros; él sabía que Geneviève no tenía
en donde refugiarse.
—No
la encontraremos —murmuró.
—Permíteme
decirte una cosa, Maurice —dijo Lorin—; y es que quizá no sería una gran
desgracia que no la encontráramos.
—Si
no la encontramos, me moriré.
Lorin
invitó a su amigo a sentarse en un banco y hablar un momento.
—Escucha
—le dijo—; voy a decirte una cosa: ya sabes que hay un decreto del comité de
salud pública declarando traidor a todo aquel que tenga relaciones con los
enemigos de la patria. Pues bien, me parece que tú eres un mal traidor; a menos
que veas como idolatrando a la patria a quienes dan alojamiento, comida y lecho
al señor caballero de Maison-Rouge, el cual no es un exaltado republicano ni
está acusado de haber participado en las jornadas de septiembre. Esto hace que
me parezcas bastante amigo del enemigo de la patria.
Vamos,
no te subleves, y confiesa que no has sido muy fiel.
Maurice
se contentó protestando con un gesto. Lorin hizo como que no lo veía y
continuó:
—Si
viviéramos en una temperatura de invernadero, te diría: querido Maurice, eso es
elegante, está muy bien; seamos un poco aristócratas de vez en cuando; pero nos
cocemos a treinta y cinco o cuarenta grados de calor; de manera que, cuando
sólo se es tibio, debido a este calor, se parece frío; y cuando se es frío, se
resulta sospechoso; tú lo sabes, Maurice; y cuando se es sospechoso, tú tienes
la suficiente inteligencia para no ignorar lo que se es enseguida, o mejor aún,
lo que ya no se es nunca.
—Entonces,
que se me mate y termine esto — exclamó Maurice—. Estoy harto de la vida.
—No
ha transcurrido tiempo suficiente, desde hace un cuarto de hora, para que te
deje hacer tu voluntad —dijo Lorin—. Además, hoy es preciso morir como
republicano, y tú morirías como aristócrata.
—Vas
demasiado lejos, amigo mío—dijo Maurice.
—Iré
más lejos aún; y te prevengo que si te haces aristócrata...
—¿Me
denunciarás?
—No;
te encerraré en una cueva y diré que los aristócratas, sabiendo lo que les
reservabas, te han secuestrado, martirizado y hecho pasar hambre; de manera
que, cuando se te encuentre, serás coronado de flores.
—Lorin,
me parece que tienes razón, pero estoy atado, me deslizo por la pendiente.
Abandóname, Lorin, será lo mejor.
—¡Jamás!
—Entonces,
déjame amar, estar loco, ser un criminal quizá; porque, creo que la mataré, si
vuelvo a verla.
—O
caerás a sus pies. ¡Ah! Maurice, enamorado de una aristócrata. Jamás lo hubiera
creído.
—¡Basta,
Lorin, te lo suplico!
—Maurice,
yo te curaré o que el diablo me lleve. No quiero que ganes en la lotería de
santa guillotina, como dice el carnicero de la calle Lombards. Ten cuidado,
Maurice,
vas
a exasperarme. Vas a hacer de mí un bebedor de sangre; necesito prender fuego a
la isla de San Luis: ¡Una antorcha, una tea!
Lorin
trató de convencer a su amigo para que fuera razonable, y le dijo que estaba
dispuesto a cualquier sacrificio para salvarle.
—Gracias,
Lorin; pero el mejor medio de consolarme es saturarme de mi dolor. Adiós; vete
a ver a Artemisa. Yo vuelvo a mi casa.
Maurice
dio algunos pasos hacia el puente. Su amigo le preguntó si pensaba quedarse
cerca de la antigua calle Saint-Jacques por ver el sitio donde vivía Geneviève.
—No;
quiero ver si ha vuelto adonde sabe que la espero. ¡Oh, Geneviève, no te
hubiera creído capaz de semejante traición!
—Maurice,
un tirano que conocía bien al bello sexo, pues murió por amarle demasiado,
decía:
La
mujer cambia a menudo,
Muy
loco está quien se fía de ella.
Maurice
lanzó un suspiro, y los dos amigos tomaron el camino de la antigua calle Saint-
Jacques. A medida que se acercaban escucharon un gran alboroto, vieron aumentar
la claridad y oyeron cantos patrióticos.
Parecía
que todo París se hubiera concentrado en el teatro de los acontecimientos. A
medida que se aproximaba, Maurice aceleraba el paso. Lorin le seguía Con
dificultad, pero no quería dejar solo a su amigo en semejante momento.
Todo
estaba casi acabado: desde el cobertizo, el fuego había pasado a los talleres,
y la casa comenzaba a arder.
Maurice
pensó que ella podía haber vuelto y estar, enmedio de las llamas, esperándole,
llamándole. Y se lanzó, con la cabeza gacha, a través de la puerta que
entreveía en la humareda. Lorin le siguió.
El
techo ardía y el fuego comenzaba aprender en la escalera. Maurice, anhelante,
recorrió todo el primer piso llamando a Geneviève, pero nadie le respondió.
Maurice
recorrió toda la casa, habitación por habitación, bajando incluso hasta a las
bodegas; pero no encontró a nadie.
—¡Pardiez!
—dijo Lorin—. Ya ves que nadie permanecería aquí a excepción de las
salamandras, y no es ese animal fabuloso lo que tu buscas. Vamos, preguntaremos
fuera, quizá la haya visto alguien.
Entonces
comenzaron las investigaciones; recorrieron los alrededores, deteniendo a las
mujeres que pasaban, pero sin resultado. Era la una de la mañana y Maurice,
pese a su vigor atlético, estaba deshecho por la fatiga: por fin renunció a su
búsqueda, y Lorin detuvo un coche de alquiler.
—Hemos
hecho todo lo humanamente posible para encontrar a tu Geneviève —dijo Lorin—.
Estamos derrengados; subámonos al coche y vayámonos cada uno a su casa.
Llegaron hasta la casa de Maurice sin cambiar palabra. En el momento en que
Maurice bajaba del coche, oyó cerrarse una ventana de su apartamento. El joven
llamó a la puerta, y cuando ésta se abrió dijo Lorin:
—Buenas
noches; mañana espérame para salir.
Maurice
se despidió de su amigo, entró en la casa y se enteró por su criado de que una
mujer le estaba esperando; pensó que se trataría de alguna vieja amiga y dijo
que se iría a dormir a casa de Lorin.
—Imposible;
ella estaba en la ventana y le ha visto llegar.
—¡Y
qué importa que sepa que estoy aquí! Sube y dile que se ha equivocado.
—Ciudadano,
hace mal; la señora estaba muy triste, y esto la va a desesperar.
—Pero
bueno, ¿quién es esa mujer?
—Ciudadano,
no he visto su cara; está envuelta en una capa y llora; eso es todo lo que sé.
—Llora
—repitió Maurice—. Entonces hay alguien en el mundo que me ama lo suficiente
para inquietarse por mi ausencia hasta ese punto.
Subió
lentamente hasta la habitación y vio al fondo del salón una forma palpitante
que se ocultaba el rostro. Hizo una seña a su criado para que saliera, y éste
obedeció cerrando la puerta.
Maurice
se acercó a la joven, que levantó la cabeza.
—¡Geneviève!
—exclamó—. ¿Estoy loco?
—No,
amigo mío, está usted en su sano juicio —respondió la joven—. Le he prometido
ser suya si salvaba al caballero de Maison-Rouge. Usted le ha salvado y aquí
estoy. Le esperaba.
Maurice
confundió el sentido de estas palabras y retrocedió un paso, mirando
tristemente a la joven.
—Entonces,
¿usted no me ama?
Las
lágrimas velaron la mirada de Geneviève. Ella volvió la cabeza y, apoyándose en
el sofá, estalló en sollozos.
—Está
claro que usted no sólo no me ama, sino que me odia por desesperarla así.
Geneviève se enderezó y le tomó la mano, tachándole de egoísta.
—¿Egoísta?
¿Qué quiere usted decir?
—¿Es
que no comprende usted mi sufrimiento? Mi marido huido, mi hermano proscrito,
mi casa en llamas, todo ello en una noche; y luego, ¡esa horrible escena entre
usted y el caballero!
Maurice
la escuchaba con embeleso, porque era imposible no admitir que tal cúmulo de
emociones hubieran conducido a Geneviève al estado de dolor en que se
encontraba. El joven le preguntó si no le abandonaría; y ella se estremeció y
le dijo que no tenía otro sitio adonde ir, confesándole que en su desesperación
había estado apunto de arrojarse al río. El joven le recordó sus palabras y le
preguntó si no le amaba. Ella le dijo que sí, y él se dejó caer a sus pies.
—Geneviève
—murmuró—, no llore más; consuélese de todas sus desgracias y dígame que no ha
sido la violencia de mis amenazas lo que la ha traído aquí. Dígame que hubiera
venido de todas maneras al encontrarse sola, y acepte la promesa que le hago de
eximirla del juramento que la he forzado a hacer.
Geneviève
miró al joven con reconocimiento y agradeció al cielo que él se mostrara
generoso.
—Escuche,
Geneviève —dijo Maurice—; no llore; déme su mano. ¿Quiere estar en casa de un
hermano que bese con respeto el bajo de su vestido, y se aleje de su lado sin
volver la cabeza? Diga una palabra, haga un gesto, y estará libre y segura como
una virgen en una iglesia. Por el contrario, ¿prefiere recordar que la he amado
tanto como para traicionar a los míos; prefiere soñar en el futuro de felicidad
que nos espera?
Entonces,
en lugar de rechazarme, sonríame, déjame apoyar tu mano en mi corazón,
reclinase en el que aspira a usted con toda su alma; Geneviève, amor mío, vida
mía, no deshaga su juramento.
El
corazón de la joven se henchía con estas dulces palabras: la languidez del
amor, la fatiga de sus sufrimientos pasados, consumían sus fuerzas. Maurice
comprendió que ella ya no tenía valor para resistir y la tomó en sus brazos.
Entonces ella dejó caer la cabeza sobre su hombro. El joven notó que ella
lloraba y le aseguró que jamás le impondría su amor.
Él
abrió el anillo viviente de sus brazos, separó su frente de la de Geneviève y
se volvió lentamente.
Pero
enseguida ella enlazó sus brazos temblorosos al cuello de Maurice, le estrechó
con violencia y juntó su mejilla helada y húmeda de lágrimas a la mejilla
ardiente del joven.
—No
me abandone, Maurice —murmuró—, porque sólo le tengo a usted en el mundo. Un
hermoso sol penetraba a través de las persianas verdes y doraba las hojas de
tres grandes
rosales
plantados en unas cajas de madera que había en la ventana de Maurice. Estas
flores perfumaban un comedorcito, con una mesa servida, a la que acababan de
sentarse Maurice y Geneviève. La puerta estaba cerrada, porque la mesa contenía
todo lo que necesitaban los comensales.
Geneviève
dejó caer en el plato una fruta dorada que sujetaba entre sus dedos, y
soñadora, sonriendo con los labios mientras sus grandes ojos languidecían de
melancolía, permaneció silenciosa. Luego, sus ojos buscaron los de Maurice, que
estaban fijos en ella. Geneviève pasó su brazo por el hombro del joven y apoyó
en él su cabeza con confianza y abandono.
Maurice
sólo tenía que inclinar ligeramente la cabeza para apoyar sus labios en los
labios entreabiertos de su amante.
Él
inclinó la cabeza; Geneviève palideció y sus ojos se cerraron. Permanecieron
así hasta que les sobresaltó el sonido agudo de la campanilla. Se separaron y
entró el criado para anunciar que había llegado Lorin. Maurice dijo que iba a
despedirle, y Geneviève le retuvo.
—¿Despedir
a su amigo, Maurice? ¿A un amigo que le ha consolado, ayudado y sostenido? Que
entre, Maurice.
—¿Cómo,
usted permite?… —dijo Maurice.
—Yo
lo quiero —dijo Geneviève.
Geneviève
tendió su frente al joven; Maurice abrió la puerta, y entró Lorin, que al ver a
Geneviève manifestó sorpresa, para expresar enseguida un respetuoso saludo.
—Lorin,
ven y mira a la señora —dijo Maurice—. Estás destronado. Hubiera dado mi vida
por ti, por ella he dado mi honor.
—Señora
—dijo Lorin—, trataré de querer a Maurice más que usted para que él no deje de
quererme.
Geneviève
y Maurice pidieron a Lorin que se sentara.
—Entonces,
¿ya no quieres morir?
Geneviève
preguntó de qué se trataba, y Lorin la puso al corriente sobre las ansias
suicidas experimentadas por Maurice el día anterior. Luego, incitados por
Lorin, los tres jóvenes empezaron a comer y Lorin anunció que próximamente
entraría de guardia en la Conserjería.
—¡En
la Conserjería! —exclamó Geneviève—, ¿cerca de la reina?
—Cerca
de la reina... creo que sí, señora.
Geneviève
palideció; Maurice frunció el entrecejo e hizo una seña a Lorin.
La
Conserjería es un conjunto de edificios pegados unos a otros, tristes, grises,
agujereados por ventanitas enrejadas que se extienden a lo largo del muelle
Lunettes. El cuerpo principal está formado por el antiguo palacio de San Luis,
al que se llamaba tradicionalmente el Palacio. Es un caserón grande y sombrío
donde se reúnen todos los útiles y atributos de la venganza humana: aquí, las
salas donde se encierra a los acusados; más lejos, aquellas en que se les
juzga; abajo, los calabozos donde se les encierra cuando están condenados; en
la puerta, una placita donde se les marca a fuego; a ciento cincuenta pasos,
otra plaza más grande, la Grève, donde se les ejecuta.
Esta
prisión tiene calabozos que humedece el agua del Sena con su negro limo; tiene
salidas misteriosas que conducen al río a las víctimas que se tiene interés en
hacer desaparecer.
En
1793, la Conserjería, proveedora infatigable del cadalso, rebosaba prisioneros
a los que se condenaba en una hora. En esta época, la antigua prisión de San
Luis era realmente la hostería de la muerte; y bajo las bóvedas de las puertas
se balanceaba por la noche una linterna roja, siniestra insignia de este lugar
de dolor.
El
mismo día en que había ardido la casa de Dixmer, un rodar sordo había
estremecido los adoquines del muelle y los vidrios de la prisión, cesando ante
la puerta ojival, en la que golpearon unos guardias con el puño de sus sables;
la puerta se abrió, el coche entró en el patio; y cuando los goznes volvieron a
girar y se cerraron los cerrojos, bajó del coche una mujer. Pasó el primer
portillo, en el segundo se golpeó en la cabeza contra una barra de hierro. Uno
de los guardias le preguntó:
—Ciudadana,
¿se ha hecho daño?
—Ya
no me hace daño nada —respondió ella tranquilamente.
Y
pasó sin proferir ninguna queja, aunque se veía encima de su ceja la huella
casi sangrante que le había dejado el golpe contra el hierro.
Enseguida
se percibió el sillón del portero Richard que, convencido de su importancia, no
se movió de su sitio pese a los ruidos que anunciaban la llegada de un nuevo
huésped, limitándose a mirar a la prisionera, abrir un enorme libro de registro
y buscar una pluma en un tinterito de madera negra. El jefe de la escolta le
dijo que hiciera el asiento rápidamente, porque tenía prisa, y Richard
contestó:
—No
llevará mucho tiempo, porque, gracias a Dios, tengo la mano acostumbrada. ¿Tus
nombres y apellidos, ciudadana?
Y se
dispuso a escribir, al pie de la página casi llena, el registro de la recién
llegada; mientras su mujer, detrás del sofá, miraba con asombro casi respetuoso
a la mujer de aspecto triste, noble y altivo que su marido interrogaba.
—María
Antonieta Juana Josefa de Lorena — respondió la prisionera—archiduquesa de
Austria, reina de Francia.
—¿Reina
de Francia? —preguntó el portero asombrado
—Reina
de Francia —repitió la prisionera en el mismo tono.
—También
llamada viuda Capeto —dijo el jefe de la escolta.
—¿Con
cuál de estos nombres debo inscribirla? —preguntó el portero.
—Con
el que quieras, con tal de que lo hagas rápido —dijo el jefe de la escolta.
El
portero volvió a sentarse en el sillón y escribió en su registro los nombres,
apellidos, y títulos que se había dado la prisionera. La señora Richard
continuaba detrás del sillón de su marido; pero un sentimiento de religiosa
conmiseración le había hecho juntar las manos.
—¿Edad?
—continuó el portero.
—Treinta
y siete años y nueve meses — respondió la reina.
Richard
se puso a escribir, anotó las señas personales y concluyó con las notas y
fórmulas particulares.
—Ya
está —dijo.
—¿Adónde
se lleva a la prisionera? —preguntó el jefe de la escolta.
Richard
miró a su mujer y dijo que no estaban prevenidos, y por lo tanto no lo sabían.
—Hay
la habitación del consejo —dijo la señora Richard.
—¡Hum!
Es muy grande —murmuró el portero.
—¡Tanto
mejor! Si es grande, se podrán colocar en ella los vigilantes más fácilmente.
—Entonces,
la habitación del consejo —dijo Richard—; pero, de momento, está inhabitable,
porque no tiene cama.
—Es
cierto —dijo la mujer—; no había pensado en ello.
—¡Bah!
—dijo uno de los guardias—. Se le puede poner una cama mañana.
—Además,
la ciudadana puede pasar esta noche en nuestra habitación —dijo la señora
Richard—¿no es verdad, marido?
—¿Y
nosotros? —preguntó el portero.
—No
nos acostaremos; una noche se pasa de cualquier forma.
—Bien
—dijo Richard—. Llevad a la ciudadana a mi habitación.
El
jefe de la escolta dijo que, mientras se instalaba a la prisionera le preparase
el recibo. La señora Richard cogió una vela y se puso en marcha, seguida por la
silenciosa María Antonieta y dos carceleros a los que había hecho una seña la
mujer. Le mostraron a la reina un lecho en el que la señora Richard se apresuró
a poner sábanas limpias.
Después,
los carceleros cerraron la puerta con llave, y María Antonieta quedó sola. Al
día siguiente la reina fue conducida a la habitación del consejo, cuyos únicos
muebles eran una cama y una silla, y pidió que le llevaran sus libros y su
costura. Los guardias, Duchesne y Gilbert, se instalaron en la celda vecina;
habían sido designados
por
su probado patriotismo y no se les relevaría de su puesto hasta el juicio de la
reina. Al saberlo María Antonieta, hasta cuyos oídos llegaba con claridad la
conversación de los dos hombres, pensó que a sus amigos les sería más fácil
corromper a sus vigilantes si eran siempre los mismos.
Uno
de sus guardianes tenía la costumbre de fumar, y María Antonieta pasó la
primera noche despierta, desvelada por los mareos que le producía el tabaco
quemado. En su vigilia escuchó un quejido lúgubre y prolongado que, al
principio, confundió con una voz humana, pero que enseguida identificó como el
grito doloroso y perseverante de un perro que aullaba en el muelle; pensó en su
pobre Black y creyó reconocer su voz.
En
efecto, el animal había corrido tras ella y había seguido al coche en que se la
conducía hasta las rejas de la Conserjería.
Al
amanecer del día siguiente, la reina estaba levantada y vestida. Sentada cerca
de la enrejada ventana leía en apariencia, pero su pensamiento estaba muy lejos
del libro. Se había situado de manera que los guardias pudieran ver su cabeza
bañada por la luz de la mañana.
El
guardia Gilbert entreabrió la puerta y la miró en silencio; ella percibió un
leve chirrido, pero no se volvió. Gilbert llamó a su compañero para que mirara
a la prisionera.
—Mira
qué pálida está —dijo—; sus ojos enrojecidos delatan su sufrimiento; se diría
que ha llorado.
—Sabes
muy bien que la viuda Capeto no llora jamás —dijo Duchesne—. Es demasiado
orgullosa para eso.
—Entonces,
es que está enferma —dijo Gilbert.
—Dime,
ciudadana Capeto —dijo alzando la voz—, ¿estás enferma?
La
reina alzó lentamente los ojos, y su mirada se fijó clara e interrogadora en
los dos hombres.
—¿Se
dirigen a mí, señores? —preguntó con voz llena de dulzura, porque había creído
percibir un matiz de interés en el acento del que le había dirigido la palabra.
—Sí,
ciudadana; es a ti —respondió Gilbert—; te preguntamos si estás enferma.
—¿Por
qué?
—Porque
tienes los ojos enrojecidos y estás muy pálida.
María
Antonieta explicó que su mal aspecto se debía a que no había podido dormir en
toda la noche a causa del olor producido por el tabaco que fumaba Gilbert.
—¡Ah,
es eso! —exclamó Gilbert, turbado a causa de la dulzura con que la reina le
había hablado—. ¿Y por qué no lo has dicho?
—Porque
no he creído tener el derecho de alterar sus costumbres, señor.
—Bien;
no volverás a ser incomodada, al menos por mí —dijo Gilbert arrojando su pipa,
que fue a romperse contra el suelo—; porque no fumaré más.
Los
dos hombres salieron de la habitación y Gilbert dijo:
—Es
posible que se le corte la cabeza; eso es asunto de la nación; pero, ¿por qué
hacer sufrir a esta mujer? Nosotros somos soldados, y no verdugos como Simon.
—Eso
que has hecho es un poco aristocrático, compañero —dijo Duchesne sacudiendo la
cabeza.
—¿A
qué llamas tú aristocrático? Vamos, explícamelo.
—Llamo
aristocrático a todo lo que veja a la nación y causa placer a sus enemigos.
—Así,
que según tú, ¿yo vejo a la nación porque no sigo ahumando a la viuda Capeto?
¡Vamos!
Tengo muy presente mi juramento a la patria: «No dejar evadirse a la
prisionera, no dejar que nadie se acerque a ella, evitar cualquier
correspondencia que quisiera mantener, y morir en mi puesto.» Eso es todo lo
que he prometido y lo cumpliré. ¡Viva la nación!
—Yo
no te vigilo, al contrario; pero sentiría que te comprometieses.
—¡Schiis!
Viene alguien.
La
reina no había perdido una palabra de esta conversación, pese a que se había
mantenido en voz baja. El ruido que había atraído la atención de los dos
guardianes era el de varias personas que se aproximaban a la puerta. Esta se
abrió y entraron dos municipales, seguidos por el portero y varios carceleros.
Preguntaron por la prisionera, Gilbert abrió la puerta y se la mostró.
—Ha
llegado la inspección del ayuntamiento, ciudadana Capeto.
—Está
bien, está bien —dijeron los municipales, apartando a Gilbert y Duchesne y
entrando donde estaba la reina—; no hacen falta tantos miramientos.
La
reina no levantó la cabeza, y se hubiera podido creer, a causa de su
impasibilidad, que no había visto ni oído lo que acababa de ocurrir, y que se
creía sola.
Los
delegados del ayuntamiento observaron minuciosamente todos los detalles de la
habitación, inspeccionaron el revestimiento de la habitación, la cama, los
barrotes de la ventana que daba al patio de mujeres y, tras recomendar a los
guardias la más estricta vigilancia, salieron sin haber dirigido la palabra a
María Antonieta, y sin que ella hubiera parecido apercibirse de su presencia.
XIII
LA
ANTESALA DEL PALACIO DE JUSTICIA
EL
CIUDADANO THEODORE EL CIUDADANO GRACCHUS
Hacia
el final de esa misma jornada, un hombre vestido con una casaca gris, con la
cabeza cubierta por espesos cabellos negros, y sobre ellos uno de esos espesos
gorros de pelo con que se distinguían los patriotas exagerados, se paseaba por
la sala tan filosóficamente llamada de los Pasos Perdidos9, y parecía muy
interesado en las idas y venidas de la gente.
Nuestro
feroz paseante era de pequeña talla, y enarbolaba en su mano negra y sucia uno
de esos garrotes a los que se llamaba constitución. Su aspecto terrible causaba
gran inquietud a algunos grupos de leguleyos que disertaban sobre los asuntos
públicos, y examinaban de reojo su gran barba negra, sus ojos verdosos
incrustados en las cejas espesas como brochas, y se estremecían cada vez que en
su paseo, el terrible patriota se aproximaba a ellos.
Este
terror se debía sobre todo a que, cada vez que habían intentado aproximarse a
él o le habían mirado demasiado atentamente, el hombre había hecho resonar
sobre las baldosas su pesado garrote,
9 Nombre que recibe en Francia la antesala del
Palacio de Justicia. paseando obstinadamente de un lado a otro de la sala.
Poco
después llegó otro patriota semejante en todo al primero y que, lo mismo que
él, comenzó a pasear por la sala de un lado a otro. Los dos hombres paseaban en
sentido contrario, cruzándose en el centro de la sala. Al encontrarse frente a
frente por segunda vez, el primer patriota exclamó:
—¡Pardiez!
¡Si es el ciudadano Simon!
—El
mismo. Ahora bien, ¿qué quieres del ciudadano Simon y, ante todo, quién eres
tú?
—¡Es
que quieres aparentar no reconocerme!
—En
absoluto; y tengo una excelente razón para ello: que no te he visto nunca.
—¡Vamos!
¿Es que no vas a reconocer a quien tuvo el honor de llevar la cabeza de la
Lamballe?
—¿Tú?
—¿Te
asombras? Ciudadano, te creía más experto en amigos… fieles. Me das pena.
—Lo
que has hecho ha estado muy bien —dijo Simon—; pero yo no te conocía.
—Es
más ventajoso guardar al Capeto pequeño, se está más a la vista; porque yo te
conozco y te aprecio.
Simon
le dio las gracias y le preguntó cómo se llamaba, para poder hablar de él en el
club.
—Me
llamo Théodore.
—¿Y
después?
—Eso
es todo; ¿es que eso no te basta?
—Por
supuesto... ¿A quién esperas, ciudadano Théodore?
Théodore
contestó que esperaba a un amigo ante el que iba a denunciar una nidada de
aristócratas. Simon le preguntó cómo se llamaban, pero el otro replicó que sólo
se lo diría a su amigo.
—Haces
mal, porque aquí llega el amigo a quien espero, el cual me parece que conoce
bastante bien el procedimiento para arreglar rápidamente tu asunto, ¿no?
—¡Fouquier-Tinville!
—exclamó el primer patriota.
—Nada
menos que él, querido amigo.
—Eso
es estupendo.
—Sí:
es estupendo... Buenos días, ciudadano Fouquier.
—Buenos
días, Simon —dijo Fouquier—, ¿qué hay de nuevo?
—Muchas
cosas. Para empezar, una denuncia del ciudadano Théodore, aquí presente, que es
quien ha llevado la cabeza de la Lamballe.
—¿Tú
has llevado la cabeza de la Lamballe? — preguntó Fouquier con una pronunciada
expresión de duda.
—Yo;
por la calle Saint-Antoine.
—Pues
yo conozco a uno que presume de haber sido él.
—Y
yo conozco a diez —replicó Théodore—; pero como ellos piden algo y yo no pido
nada, espero tener preferencia
—Tienes
razón, y si tú no fuiste, deberías haber sido Ahora, haz el favor de dejarme,
que Simon tiene algo que decirme.
Théodore
se disponía a alejarse, pero Simon le retuvo y pidió a Fouquier que escuchara
la denuncia que tenía que hacer el hombre, explicándole que se trataba de una
nidada de aristócratas.
—Habla
enhorabuena; ¿de qué se trata?
—Casi
nada: el ciudadano Maison-Rouge y algunos amigos.
Fouquier
pensaba que Maison-Rouge no estaba en París y dijo a Théodore que se
equivocaba; pero el hombre alegó que él mismo le había visto en la calle
Grande- Truanderie. Fouquier dijo que le perseguían cien hombres y no se
atrevería a mostrarse públicamente.
—Era
él —dijo el patriota—; alto, moreno, fuerte como tres y barbudo como un oso.
—Otro
disparate —dijo—. Maison-Rouge es pequeño, delgado y no tiene un pelo en la
barba.
A
continuación, agradeció a Théodore su buena intención y preguntó a Simon qué
había de nuevo. Simon contestó que el niño se encontraba bien y se doblegaba a
su entera voluntad.
—¿Crees
que podrá testimoniar en el proceso de Antonieta?
—No
lo crea, estoy seguro.
Théodore,
que se había alejado algunos pasos, estaba apoyado en un pilar y trataba de
escuchar la conversación de los dos hombres.
—Reflexiona
bien —dijo Fouquier—, no vayas a hacer que la comisión quede en ridículo.
¿Estás seguro que hablará el Capeto?
—Dirá
todo lo que yo quiera.
—Es
muy importante lo que aseguras, Simon. Esta confesión del niño será mortal para
la madre.
—Cuento
con ello, ¡pardiez!
—Nunca
se habrá visto nada parecido desde las confidencias que Nerón hacía a Narciso
—murmuró
Fouquier con voz opaca—. Una vez más, reflexiona, Simon.
—Se
diría que me tomas por un bruto, ciudadano; siempre me repites lo mismo.
Veamos, escucha esta comparación: ¿cuándo meto un cuero en agua, se vuelve
flexible?
—Pues...
no sé —contestó Fouquier.
—Se
vuelve flexible. Bien; pues el pequeño Capeto se vuelve en mis manos tan
flexible como el cuero más empapado. Tengo mis procedimientos para ello.
—Está
bien —balbució Fouquier—. ¿Eso es todo lo que tenías que decirme?
—Todo...
Se me olvidaba: aquí tienes una denuncia. Fouquier leyó el trozo de papel que
le entregó Simon y dijo:
—Todavía
con tu ciudadano Lorin: debes odiar mucho a este hombre.
—Siempre
le encuentro enfrentado a la ley. Ayer por la tarde a dicho «adiós, señora» a
una mujer que le saludaba desde una ventana. Mañana espero poder decirte algo
sobre otro sospechoso: Maurice, el que era municipal en el Temple cuando el
asunto del clavel rojo.
Fouquier
dijo a Simon que fuera más preciso, le tendió la mano y le dio la espalda con
una prisa que decía muy poco en favor del zapatero.
—¿Qué
quieres que precise? Se ha guillotinado a quienes habían hecho menos.
—Paciencia
—respondió Fouquier con tranquilidad—; no se puede hacer todo a la vez. Cuando
se alejó Fouquier, Simon buscó con la mirada al ciudadano Théodore para
consolarse con él, pero no le vio en la sala. Apenas se marchó Simon, volvió a
aparecer Théodore, acompañado por un escribano.
—¿A
qué hora se cierran las rejas? —preguntó Théodore.
—A
las cinco.
—¿Y
qué se hace aquí después?
—Nada,
la sala está vacía hasta el día siguiente.
—¿La
palanca y las pistolas están en la caseta?
—Sí,
bajo la alfombra.
—Vuelve
a casa... A propósito, enséñame la sala de ese tribunal cuya ventana no está
enrejada y da a un patio cerca de la plaza Dauphine.
—A
la derecha entre los pilares, bajo el farol.
—Bien.
Vete y ten dispuestos los caballos en el sitio indicado.
—¡Buena
suerte, señor, buena suerte! ¡Cuente conmigo!
—Ahora
es el momento... nadie mira... abre tu caseta.
—Ya
está, señor; rogaré por usted.
—No
es por mí por quien hay que rogar. Adiós.
Y el
ciudadano Théodore se deslizó hábilmente en la caseta. El digno escribano
retiró la llave de la cerradura, se colocó sus papeles bajo el brazo y abandonó
la sala.
La
noche había envuelto en su velo grisáceo la inmensa sala. Los únicos ruidos que
se oían eran el roer y el galopar de las ratas. A veces podía escucharse el
ruido lejano de un coche o vagos crujidos de llaves, que parecían surgir del
subsuelo.
En
medio del silencio casi solemne se oyó un débil chirrido: la puerta de una
caseta de escribano giró sobre sus goznes y una sombra se deslizó en la sala.
El
patriota que se hacía llamar Théodore rozó las baldosas con pasos muy leves.
Llevaba en la mano derecha una pesada palanca de hierro, y con la izquierda se
colocaba en la cintura una pistola de dos tiros.
Avanzó
unos pasos, contando las baldosas; por último se detuvo y reflexionó:
«Algunos
dirán que es un proyecto temerario; pero, para mí, no se trata tan sólo de
salvar a la reina, ante todo es a la mujer, a quien quiero salvar.
«Levantar
la losa no es nada: en tres minutos estoy en su habitación, y en otros cinco
habré levantado la piedra que cierra el hogar de la chimenea. Probablemente
acudan sus dos guardianes. Bien; dos hombres suponen dos tiros o dos golpes con
la palanca.
El
ciudadano Théodore apoyó resueltamente su palanca entre dos losas. En ese
momento, una luz se deslizó sobre las baldosas y un ruido repetido por el eco
de la bóveda, hizo volver la cabeza al conspirador, que volvió a la caseta de
un salto.
Escuchó
unas voces lejanas. Miró por una abertura de la caseta y vio a un hombre con
uniforme militar, provisto de un enorme sable que golpeaba en las baldosas;
después un hombre que llevaba una regla en la mano y rollos de papel bajo el
brazo; un tercero, con una gruesa pelliza de lana y un gorro forrado; y por
último, otro con zuecos y casaca.
—Una
ronda —murmuró Théodore—. ¡Bendito sea Dios! Diez minutos más tarde y estaba
perdido.
Reconoció
a Santerre y a Richard; el hombre de los zuecos y la casaca seguramente sería
un carcelero; pero no pudo reconocer al hombre de la regla y los rollos de
papel, ni deducir qué hacían allí a tales horas.
Théodore
se arregló el gorro y la peluca, que se le habían descolocado en su
precipitación por volver a la caseta, y prestó atención. Escuchó la voz de
Santerre, que decía:
—Ya
estamos en la antesala. Ahora eres tú quien debe guiarnos, ciudadano
arquitecto, y trata de que tu revelación no sea una pamema. ¿Tú qué opinas,
ciudadano Richard?
—Yo
nunca he dicho que no hubiera un subterráneo en la Conserjería; pero ahí está
Gracchus, que es carcelero desde hace diez años y conoce la Conserjería como la
palma de su mano; y sin embargo, ignora la existencia del subterráneo de que
habla el ciudadano Giraud.
Théodore
tembló de pies a cabeza al escuchar esas palabras.
El
arquitecto extendió su rollo de papel, se puso las gafas y se arrodilló ante un
plano que examinó a la temblona claridad del farol que sostenía Gracchus.
—Me
temo que el ciudadano Giraud lo ha soñado —dijo Santerre.
—Vas
a ver, ciudadano general —dijo el arquitecto.—; vas a ver si soy un soñador;
espera, espera.
Después
hizo sus cálculos y dijo:
—Ya
tengo el sitio; y si me equivoco en un pie, puedes decir que soy un ignorante.
El arquitecto pronunció estas palabras con tal seguridad que heló de espanto al
ciudadano Théodore.
El
arquitecto señaló en el plano una losa movible a trece pies del muro desde la
que arrancaba una escalera, al final de ésta se abría un subterráneo que iba
hasta la oficina del tribunal, pasando bajo el calabozo de la reina.
—¿Y
dices que, una vez en el subterráneo, si se avanza cincuenta pasos de tres
pies, se encuentra uno bajo las oficinas del tribunal? —preguntó Santerre.
—No
sólo bajo las oficinas, sino que diré en qué parte de éstas: bajo la estufa.
—Es
curioso —dijo Gracchus—. En efecto, cada vez que dejo caer un madero en ese
sitio, la piedra resuena.
—Si
encontramos lo que dices, reconoceré que la geometría es algo importante.
—Pues
reconócelo, ciudadano Santerre, porque te voy a mostrar la escalera —dijo el
arquitecto.
El
ciudadano Théodore se hundió nerviosamente las uñas en la carne.
El
arquitecto tomó su regla, contó las toesas, y cuando estuvo seguro de sus
cálculos, golpeó en una baldosa.
—Aquí
es, ciudadano general; estoy seguro. Levantemos esta baldosa, baje al
subterráneo conmigo, y le probaré que dos hombres, que uno solo inclusive,
podría liberar a María Antonieta una noche sin que nadie lo sospechara.
Un
murmullo de temor y admiración recorrió el grupo y fue a morir en el oído del
ciudadano Théodore, que parecía convertido en estatua.
El
arquitecto dijo que si se colocaba una reja en el pasillo subterráneo, en un
punto anterior al calabozo de la reina, no se corría peligro.
—Has
tenido una idea sublime, ciudadano Giraud —dijo Santerre.
—Ahora,
levanta la baldosa —dijo el arquitecto al ciudadano Gracchus que, junto al
farol, traía una palanca.
El
ciudadano Gracchus puso manos a la obra, y al cabo de un instante la baldosa
estaba fuera de su sitio, quedando a la vista la escalera que se perdía en las
profundidades.
—¡Otra
nueva tentativa abortada! —murmuró el ciudadano Théodore—. El cielo no quiere
que ella escape, y su causa es una causa maldita.
Durante
un instante el grupo permaneció inmóvil junto al orificio del subterráneo,
mientras el carcelero trataba de iluminarlo con su farol.
—¿Y
bien? —dijo el triunfante arquitecto.
—Solamente
nos falta saber a dónde conduce — respondió Santerre.
—Sí
—repitió Richard—; falta saber eso.
—Pues
bien, desciende, ciudadano Richard, y verás si no he dicho la verdad.
—Se
puede hacer algo mejor que entrar por aquí —dijo el portero—. Vamos a volver a
la Conserjería; allí levantarás la losa de la estufa, y veremos.
—¡Muy
bien! —dijo Santerre—. Vamos.
—Cuidado
—dijo el arquitecto—. La baldosa permanecerá levantada aquí y puede sugerirle
la idea a alguien.
—¿Quién
diablos quieres que venga aquí a estas horas? —dijo Santerre.
—Además
—replicó Richard—, esta sala está desierta, y con dejar aquí a Gracchus será
suficiente. Quédate aquí, ciudadano Gracchus, y vendremos a reunirnos contigo
por el otro lado del subterráneo.
Gracchus
aceptó; Santerre le preguntó si estaba armado y él dijo que tenía el sable,
tras de lo cual salieron los tres hombres, encaminándose hacia la Conserjería.
El
carcelero posó su farol en el suelo, se sentó con las piernas colgando en las
profundidades del subterráneo y se puso a soñar. De pronto, cuando estaba en lo
más profundo de su ensueño, notó el peso de una mano que caía sobre su hombro.
Se volvió, vio una figura desconocida y quiso gritar; pero en el mismo instante
una pistola se apoyó en su frente.
—Ni
una palabra o eres muerto —dijo el recién llegado.
—¿Qué
quiere usted, señor? —balbució el carcelero.
—Quiero
que me dejes entrar ahí —respondió Théodore.
Y
luego, al ver una luz de inteligencia en la mirada de su interlocutor, le
preguntó si rehusaría hacerse rico. El carcelero respondió que nadie se lo
había propuesto nunca.
—Comenzaré
yo —dijo Théodore—. Cincuenta mil libras en oro valen hoy una fortuna. Pues
bien, te ofrezco cincuenta mil libras.
—¿Por
dejarle entrar ahí?
—Sí,
pero a condición de que vengas conmigo y me ayudes en lo que voy a hacer.
—¿Y
qué hará usted? Dentro de cinco minutos ese subterráneo estará repleto de
soldados que le arrestarán.
Théodore
le preguntó si podrían entrar al día siguiente, y el carcelero contestó que sí,
aunque para entonces estaría instalada una reja en mitad del subterráneo.
—Entonces,
hay que encontrar otra cosa —dijo Théodore.
—Sí,
hay que encontrar otra cosa —dijo el carcelero—. Busquemos.
El
ciudadano Gracchus había utilizado el plural para expresarse, lo que
significaba que ya existía una alianza entre él y Théodore. Este le hizo
algunas preguntas, hasta enterarse de que su ocupación en la Conserjería
consistía en abrir y cerrar puertas, y que en sus horas libres hacía la corte a
la dueña de la taberna Puits-de-Noé, que le había prometido casarse con él
cuando tuviera mil doscientos francos.
—¿Dónde
está la taberna Puits-de-Noé?
—Cerca
de la calle Vieille-Draperie.
—Muy
bien.
—¡Schiist!,
señor. ¿Oye usted?
—Sí...
pasos.
—Vuelven.
Ya ve que no hubiéramos tenido tiempo.
—Eres
un buen muchacho, ciudadano, y me parece que estás predestinado a hacerte rico.
—¡Dios
le oiga!
—¿Crees
en Dios?
—A
veces. Hoy, por ejemplo...
—Cree
en El—dijo el ciudadano Théodore poniendo diez luises en la mano del carcelero.
—¡Diablo!
—dijo éste, mirando el oro a la luz de su farol—. ¿Entonces es en serio?
—Ve
mañana al Puits-de-Noé y te diré lo que quiero de ti, ¿Cómo te llamas?
—Gracchus.
—Pues
bien, ciudadano Gracchus, de aquí a mañana hazte expulsar por el portero
Richard.
—¿Expulsar?
¿Y mi plaza?
—¿Es
que piensas seguir de carcelero, teniendo cincuenta mil francos?
—No;
pero siendo carcelero y pobre, estoy seguro de no ser guillotinado; mientras
que siendo libre y rico...
—Ocultarás
tu dinero y harás la corte a una calcetera, en vez de hacérsela a la dueña del
Puits-de-Noé.
—Bien;
está dicho.
—Mañana
en la taberna. A las seis de la tarde.
—Eche
a volar rápido, que ya están ahí... Digo volar porque supongo que ha descendido
a través de las bóvedas.
—Hasta
mañana —repitió Théodore huyendo.
El
ruido de pasos y voces se acercaba, y en el subterráneo oscuro se veía
acercarse la claridad de las luces. Théodore corrió hasta la puerta que le
había mostrado el escribano, hizo saltar la cerradura con su palanca, abrió la
ventana y se dejó caer a la calle.
Pero
antes de abandonar la sala pudo oír al ciudadano Gracchus preguntar a Richard,
y responderle éste:
—El
ciudadano arquitecto tenía razón: el subterráneo pasa bajo la habitación de la
viuda Capeto; era peligroso.
—Ya
lo creo —dijo Gracchus, que tenía conciencia de decir una gran verdad. Santerre
reapareció en el agujero.
—¿Y
sus obreros, ciudadano? —preguntó a Giraud.
—Antes
de que amanezca estarán aquí, y durante la sesión se pondría la reja —
respondió una voz que parecía salir de las profundidades de la tierra.
—Y
tú habrás salvado a la patria —dijo Santerre, medio guasón, medio serio.
—No
sabes lo acertado que estás, ciudadano general —murmuró Gracchus. XIV
EL
NIÑO REAL
Había
comenzado a instruirse el proceso de la reina. No faltaban medios para hacer
caer esta cabeza; no obstante, Fouquier-Tinville había decidido aprovechar los
nueve medios de acusación que Simon había prometido poner a su disposición.
Al
día siguiente del encuentro de Simon y Fouquier en la antesala del tribunal, el
general Hanriot, seguido de varios guardias nacionales, entraba al torreón del
Temple donde languidecía el niño real. Al lado del general iba un escribano
cargado con sus útiles de trabajo, y detrás de ellos el acusador público.
Simon, sonriendo con aire falso, subió delante para indicar el camino a la
comisión.
Llegaron
a una habitación espaciosa y desnuda, al fondo de la cual, sentado en su lecho
y perfectamente inmóvil, estaba el joven Luis.
El
niño no levantó la cabeza cuando los comisionados se acercaron y se instalaron
a su alrededor.
Algunos
de los asistentes, que miraban al pequeño con cierto interés o curiosidad,
observaron su palidez, su singular gordura, que no era otra cosa que hinchazón,
y la endeblez de sus piernas, cuyas articulaciones empezaban a ponerse
tumefactas.
—Este
niño está muy enfermo —dijo el sargento, con una seguridad que hizo volverse a
Fouquier-Tinville, sentado ya y dispuesto al interrogatorio.
—¡Ah,
eres tú, ciudadano Lorin! —dijo Simon, llamando así la atención de Fouquier
sobre el amigo de Maurice.
Fouquier
preguntó a Lorin si era médico, y el joven contestó que no, aunque sabía algo
de medicina y encontraba hinchados los ojos y las mejillas del niño, las manos
pálidas y delgadas, las rodillas entumecidas, y aseguró que su pulso sería de
ochenta y cinco a noventa pulsaciones por minuto.
—¿Y
a qué puede atribuir la ciencia el estado del prisionero? —preguntó Fouquier.
—Ciudadano
—contestó, Lorin—, no conozco lo suficiente el régimen del pequeño como para
contestarte... Sin embargo...
Simon
prestó atención y rió para sí al ver a su enemigo tan cerca de comprometerse.
—Sin
embargo —continuó Lorin—, creo que no hace bastante ejercicio.
—También
lo creo yo —dijo Simon—; pero este miserable no quiere andar.
El
niño permaneció insensible al apóstrofe del zapatero. Fouquier se levantó y se
acercó a Lorin, al que habló en voz baja. Nadie oyó las palabras del acusador
público, pero era evidente que preguntaba algo.
—¿Tú
crees, ciudadano? Eso es muy grave para una madre...
—En
todo caso, vamos a saberlo —dijo Fouquier—; Simon pretende habérselo oído a él
mismo, y se ha comprometido a hacérselo declarar.
—Eso
sería horrible —dijo Lorin—; pero es posible: la austriaca no está exenta de
pecado; a fin de cuentas eso no me atañe... Se ha hecho de ella una Mesalina;
pero no contentarse con ello y querer hacerla una Agripina me parece un poco
fuerte, lo confieso.
—Eso
es lo que ha informado Simon —dijo Fouquier impasible.
—No
dudo de que Simon lo haya dicho... hay hombres a los que no asusta ninguna
acusación, ni siquiera las imposibles... Pero, ¿no te parece que pedir tales
detalles a un niño sobre lo que las leyes naturales le ordenan respetar, es
casi insultar a la Humanidad entera en la persona de ese niño?
El
acusador no pestañeó; sacó una nota de su bolsillo y se la mostró a Lorin.
—La
Convención me ordena informar —dijo—; el resto no me atañe. Además, no
procedemos únicamente con la denuncia de Simon, la acusación es pública.
Y
Fouquier sacó del bolsillo otro papel: era un número de la hoja llamada El
padre Duchesne, que como se sabe redactaba Hebert.
Lorin
dijo que, pese a todo, dudaba de la veracidad de tal acusación. Fouquier dio
por terminado el diálogo y se dispuso a comenzar el interrogatorio.
—Capeto
—dijo—, ¿sabes en qué se ha convertido tu madre?
El
pequeño Luis pasó de una palidez marmórea a un rojo brillante.
—¿Me
has oído, Capeto? —repitió el acusador. El niño continuó guardando silencio.
—Oye
muy bien —dijo Simon—; pero hace como los monos: no quiere responder por temor
a que se le tome por un hombre y se le haga trabajar.
—Responde,
Capeto —dijo Hanriot—; te interroga la comisión de la Convención y debes una
total obediencia a las leyes.
El
niño palideció, pero no respondió.
—¡Quieres
responder, lobezno! —dijo Simon, mostrándole el puño.
—Cállate,
Simon —dijo Fouquier—; no tienes la palabra.
—¿Te
quería tu madre, Capeto? —preguntó Fouquier. Silencio.
—Se
dice que no —continuó el acusador.
Algo
parecido a una pálida sonrisa pasó por los labios del niño.
—Pero
yo le digo que él me ha dicho que ella le quería demasiado —gritó Simon.
—Ya
ves, Simon —dijo Lorin—; es desagradable que el pequeño, tan charlatán a solas
contigo, se quede mudo ante la gente.
—¡Si
estuviéramos solos! —dijo Simon.
—Capeto
—dijo Fouquier—, ¿has hecho alguna confidencia a Simon sobre tu madre?
—¡Responde
sí o no! —exclamó Simon.
Simon
amenazó al niño con su correa, pero Lorin le sujetó el brazo antes de que
pudiera golpearle.
—Veamos
—dijo Fouquier—; no hay nada de malo en que una madre quiera a su hijo; dinos
cómo te quería tu madre, Capeto. Esto puede serle útil.
—Me
quería como una madre ama a su hijo, señor —dijo—; no hay dos maneras de amar
las madres a sus hijos ni los hijos a su madre.
—Pues
yo sostengo, pequeña serpiente, que tú me has dicho que tu madre...
—Lo
habrás soñado —interrumpió Lorin tranquilamente—; debes tener pesadillas muy a
menudo, Simon.
—Lorin,
Lorin —gruñó Simon.
—Sí,
Lorin. No hay modo de golpearle: es él quien golpea a los otros cuando son
ruines; no hay manera de denunciarle, porque lo que acaba de hacer al sujetar
tu brazo, lo ha hecho ante el general Hanriot y el ciudadano Fouquier, que no
son tibios y lo aprueban. No hay manera de hacerle guillotinar como a Héloïse
Tison; es molesto, incluso indignante, pero es así mi buen Simon.
—Espera,
espera —dijo Simon con su ironía de hiena.
—Sí,
querido amigo —dijo Lorin—; pero espero, con la ayuda del Ser Supremo y de mi
sable haberte destripado previamente; apártate, Simon que no me dejas ver.
—Ahora
que ha empezado a hablar, continuará, sin duda —dijo Hanriot—. Sigue, ciudadano
Fouquier.
—¿Quieres
responder ahora? —preguntó Fouquier. El niño volvió a su mutismo.
—¡Lo
ves, ciudadano, lo ves! —dijo Simon.
—Es
extraña la obstinación de este niño —dijo Hanriot.
—Está
mal enseñado —dijo Lorin.
—¿Por
quién? —preguntó Hanriot.
—Por
su patrón.
—¿Me
acusas? —exclamó Simon—, ¿me denuncias?. ¡Ah! es curioso...
—Probemos
con dulzura —dijo Fouquier; y volviéndose al niño, que parecía completamente
insensible—. Veamos hijo mío, responde a la comisión nacional; no agraves su
situación rehusando aclaraciones útiles; has hablado al ciudadano Simon de las
caricias que te hacía tu madre, de cómo te acariciaba, de la manera de
quererte.
Luis
paseó por la asamblea una mirada que se volvió venenosa al detenerse en Simon,
pero no respondió.
—¿Se
siente desgraciado? —preguntó el acusador— ¿se encuentra mal alojado, mal
alimentado, mal tratado? ¿quiere más libertad, otra comida, otra prisión, otro
guardián?,
¿quiere
un caballo para pasearse?, ¿quiere que se le autorice la compañía de niños de
su edad?
Luis
volvió a caer en el profundo silencio del que no había salido más que para
defender a su madre.
La
comisión estaba suspensa por el asombro; tanta firmeza y tanta inteligencia
eran increíbles en un niño.
—¡Estos
reyes, qué gente! —dijo Hanriot en voz alta— son como los tigres: son
maliciosos desde pequeños.
—¿Cómo
redactar el proceso verbal? — preguntó, embarazado, el escribano.
—No
hay más que encargarle a Simon —dijo Lorin—; no hay nada que escribir, esto
hará sus delicias.
Simón
mostró el puño a su implacable enemigo. Lorin se echó a reír.
—No
reirás así el día en que estires la pata — dijo Simon, loco de furor.
—No
sé si te precederé o te seguiré en la ceremonia con que me amenazas —dijo
Lorin—; pero si sé que son muchos los que reirán cuando te llegue la vez.
¡Dioses!... he dicho dioses, en plural... ¡dioses! Estarás feo ese día, Simon,
estarás horroroso.
Y
Lorin se retiró tras la comisión con una carcajada. La comisión no tenia nada
que hacer y salió.
En
cuanto al niño, una vez libre de sus interrogadores, se puso a canturrear un
estribillo melancólico que era la canción favorita de su padre.
XV
EL
RAMO DE VIOLETAS
La
paz no podía durar mucho tiempo en el nido de felicidad que cobijaba a
Geneviève y Maurice. La joven salía de un sobresalto para caer en otro; no
temblaba por Maison- Rouge, sino por Maurice.
La
joven conocía lo suficiente a su marido para saber que, desde el momento en que
había desaparecido, es que estaba a salvo; segura de su salvación, temblaba por
sí misma; y aunque no se atrevía a confesar sus penas, éstas aparecían
manifiestas en sus ojos enrojecidos y sus labios descoloridos.
Un
día, Maurice entró suavemente, sin que Geneviève se diera cuenta; él se detuvo
en el dintel y miró con profunda tristeza a la pensativa joven. Luego, avanzó
un paso hacia ella y dijo:
—A
usted ya no le gusta Francia, confiésemelo. Huye hasta del aire que se respira
y se aproxima a la ventana con repugnancia.
Geneviève
confesó que le había adivinado el pensamiento.
—Sin
embargo, es un hermoso país repleto de actividad, que hace más dulces las horas
del hogar.
Geneviève
sacudió la cabeza y dijo que era un país ingrato, y para confirmar sus palabras
dijo:
—Usted
que ha hecho tanto por su libertad, ¿no es hoy medio sospechoso?
Maurice
alegó que ella, sin embargo, residía tranquila bajo el techo republicano pese a
ser una amiga jurada de la libertad.
—Sí,
pero esto no durará mucho, porque lo que es injusto no puede durar. Quiero
decir que una aristócrata como yo, que sueña disimuladamente la ruina de su
partido y sus ideas, que conspira hasta en su casa la vuelta del antiguo
régimen, que le condena a la muerte y a la vergüenza, no permanecerá aquí como
el genio maléfico de la casa, ni le conduciré al cadalso. Así que, un día que
usted haya salido, iré a denunciarme a mí misma sin decir de dónde llego. No he
querido que mi hermano fuera capturado como un rebelde y no quiero que mi
amante sea capturado y ejecutado como un traidor.
—¿Usted
hará eso, Geneviève? —exclamó Maurice.
—Tan
cierto como que hay un Dios en el cielo. Por otra parte, el temor es lo de
menos, lo importante son los remordimientos.
Maurice
le dijo que, por ella, estaba dispuesto a abandonar Francia. Geneviève juntó
las manos y miró a su amante con una expresión de admiración entusiasta.
—¿No
me engaña? —balbució.
—¿Cuándo
la he engañado?, ¿el día en que me he deshonrado por conseguirla? Geneviève
aproximó sus labios a los de Maurice y permaneció abrazada al cuello de su
amante.
—Tienes
razón, Maurice —dijo—; era yo quien se engañaba. Lo que siento no son
remordimientos; quizás es una degradación de mi alma; pero al menos tú lo
comprenderás, porque te amo demasiado para tener otro sentimiento que no sea el
temor
a
perderte. Vámonos muy lejos, amigo mío; vámonos adonde nadie pueda
encontrarnos. Pero, ¿cómo huir?
—Escucha:
el dos de septiembre quise hacer una buena acción. Deseaba salvar a un pobre
sacerdote que había estudiado conmigo, y le pedí a Danton un pasaporte para el
sacerdote y su hermana. Danton me los envió; pero el infeliz sacerdote, en vez
de venir a mi casa se encerró en los Carmelitas y allí murió. El pasaporte lo
he conservado.
Dentro
de una hora partiremos hacia Abbeville, a casa de un viejo servidor de mi
familia en quien podemos confiar.
—No
es preciso que se sepa que nos vamos.
—No
lo sabrá nadie. Yo voy a pedir su cabriolé a Lorin, mientras tú preparas todo
para la marcha. Necesitamos poco equipaje, y lo que nos falte lo compraremos en
Inglaterra.
—Pero,
¿y si se nos detiene en el camino?
—¿No
tenemos nuestro pasaporte? Iremos a casa de Hubert, el servidor de mi familia,
que es miembro de la municipalidad de Abbeville; él nos acompañará hasta
Boulogne, donde fletaremos un bote. Podría pasarme por el comité y hacer que me
dieran una misión para Abbeville. Pero no, nada de supercherías, ¿verdad
Geneviève? Ganemos nuestra felicidad arriesgando nuestra vida.
—Sí,
sí, amigo mío, lo lograremos. ¡Qué perfumado estás esta mañana!
—Es
cierto. Al pasar ante el Palacio-Igualdad había comprado para ti un ramo de
violetas. Pero al llegar aquí y verte tan triste, sólo he pensado en
preguntarte las causas de esa tristeza.
Geneviève
le pidió el ramo y aspiró su aroma con ansiedad. Pero, de pronto, las lágrimas
humedecieron sus ojos. Maurice le preguntó qué le ocurría, y la joven murmuró:
—¡Pobre
Héloïse!
Maurice
le aconsejó que no pensara en los muertos y se dispuso a salir hacia el
domicilio de Lorin, dio un paso hacia la puerta y se detuvo al oír que
Geneviève le llamaba. Se volvió y vio a la joven con los brazos tendidos hacia
él.
—Hasta
luego, amor mío —dijo—; sé valiente; dentro de media hora estaré de vuelta.
Geneviève se quedó sola y empezó a disponer los objetos indispensables para el
viaje. Ya había hecho su elección, y lo tenía todo repartido sobre los muebles,
a la espera de los cofres donde lo guardaría, cuando escuchó el chirrido de la
llave en la cerradura. Pensó que se trataría del criado de Maurice y continuó
con su tarea. Las puertas del salón estaban abiertas y escuchó ruido en la
antesala.
—Scévola
—llamó.
—Aquí
estoy—dijo una voz.
Al
oírlo, Geneviève se volvió y lanzó un grito terrible:
—¡Mi
marido!
—El
mismo —dijo con calma Dixmer.
Geneviève
estaba subida en una silla, tratando de coger algo de un armario; sintió que la
cabeza le giraba y se dejó caer. Dixmer la cogió en sus brazos y la sentó en un
canapé.
—¿Qué
tiene usted, querida? —preguntó Dixmer—. ¿Tan desagradable efecto le produce mi
presencia?
La
pobre mujer comprendía todas las amenazas que ocultaba Dixmer bajo la calma que
aparentaba.
—Sí,
mi querida niña, soy yo —continuó el curtidor—; quizá me creía muy lejos de
París, pero me he quedado aquí. Al día siguiente de abandonar la casa, he
vuelto y me he encontrado un montón de cenizas. He preguntado por usted, pero
nadie la había visto. Entonces, me he puesto a buscarla, y confieso que ha sido
doloroso encontrarla. Nunca hubiera creído que viviera aquí, aunque lo
sospechaba. ¿Cómo se porta Maurice?
Supongo
que una realista como usted habrá sufrido mucho estando forzada a vivir bajo el
mismo techo que un republicano tan fanático. Me consuela verla tan bien
alojada. En cambio yo, tras el incendio de nuestra casa he errado a la
aventura, alojándome en los sitios más miserables. No es que me faltara el
dinero; a Dios gracias, llevo encima treinta mil francos de oro; pero he tenido
que disfrazarme de carbonero, de pescador y de trapero. Hoy soy un patriota. Un
proscrito no circula por París tan fácilmente como una mujer joven y guapa; y
yo no tengo la suerte de conocer a un republicano ardiente que me pueda
esconder de todas las miradas.
—Señor,
tenga piedad de mí —exclamó Geneviève—; ya ve que me muero.
—De
inquietud; ya lo comprendo; ha estado muy inquieta por mí; pero consuélese,
aquí me tiene; he vuelto y no nos abandonaremos nunca.
—¡Me
va a matar! —exclamó Geneviève.
—¡Matar
a una mujer inocente! Señora, ¿qué dice usted? El disgusto que le ha causado mi
ausencia le ha hecho perder su espíritu.
—Señor,
le suplico que me mate antes que torturarme con tan crueles ironías. Yo no soy
inocente; soy criminal y merezco la muerte. Máteme, señor, máteme.
—¿Confiesa
que merece la muerte?
—Pégueme,
señor; no gritaré; y en vez de maldecir, bendeciré la mano que me pega.
—No,
señora; no quiero pegarla. Sin embargo, usted morirá, es probable. Sólo que su
muerte, en vez de ser ignominiosa, como usted podría temer, será tan gloriosa
como las muertes más hermosas. Agradézcamelo, señora: la castigaré
inmortalizándola.
—Señor,
¿qué va a hacer?
—Usted
proseguirá con el mismo objetivo que antes. Para nosotros dos morirá culpable;
para los demás será una mártir.
—¡Oh,
Dios mío! Me vuelve loca hablándome así, ¿adónde me lleva?
—Probablemente,
a la muerte.
—Entonces,
déjeme rezar una oración.
—Me
parece justo —dijo Dixmer retirándose a la habitación de al lado—; la espero.
Dixmer salió del salón. Geneviève se arrodilló y se puso a rezar. Luego, cortó
un bucle de sus largos cabellos, lo ató al ramo de violetas y lo colocó bajo el
retrato de Maurice.
—¿Está
dispuesta, señora? —preguntó Dixmer.
—Sí
—murmuró Geneviève.
—Tómese
el tiempo que necesite —dijo Dixmer—; yo no tengo prisa. Además, probablemente
Maurice no tarde en volver y estaré encantado de agradecerle la hospitalidad
que le ha brindado.
Geneviève
tembló de terror ante la idea de que pudieran encontrarse su amante y su
marido. Se levantó como impulsada por un resorte y dijo:
—Ya
he terminado, señor; estoy dispuesta.
Dixmer
pasó primero, seguido por la temblorosa Geneviève, que iba con los ojos
cerrados y la cabeza vuelta hacia atrás; subieron a un coche de punto que
esperaba a la puerta.
Como
había dicho Geneviève, aquello había terminado. XVI
LA
TABERNA PUITS-DE-NOE
EL
ESCRIBANO DEL MINISTERIO DE LA GUERRA
LAS
DOS NOTAS
LOS
PREPARATIVOS DE DIXMER
Al
día siguiente de su aventura en la Conserjería, Théodore se encontraba en la
taberna de Puits-de-Noé, al fondo de una sala negra y ahumada por el tabaco y
las velas, aparentando devorar un plato de pescado. La sala estaba casi
desierta y la mayor parte de las mesas vacías. Los tres últimos clientes
desaparecieron uno tras otro y, hacia las ocho menos cuarto, el patriota se
encontró solo.
De
vez en cuando lanzaba hacia la puerta miradas de ansiosa impaciencia. Al fin
sonó la campanilla de la puerta; ésta se abrió y entró un hombre vestido, poco
más o menos como el patriota; de su cintura colgaban un enorme manojo de llaves
y un sable de infantería.
—¡Mi
sopa!, ¡mi cuartillo! —gritó el hombre entrando en la sala.
Luego,
con un suspiro de cansancio fue a instalarse en la mesa vecina a la que ocupaba
nuestro patriota.
La
dueña de la taberna se levantó para servir al recién llegado. Los dos hombres
se daban la espalda y no cambiaron una sola palabra hasta que no desapareció la
mujer.
Cuando
se cerró la puerta, el
patriota
dijo a su compañero sin volver la cabeza:
—Buenas
tardes.
—Buenas
tardes, señor —contestó el otro.
El
patriota le preguntó cómo estaban las cosas, y su compañero contestó que había
discutido con Richard a causa del servicio.
—Le
he dicho —explicó—que la falta de aire me producía desvanecimientos, y el
servicio de la Conserjería en la actualidad, con cuatrocientos prisioneros, me
mataba, La tía Richard me ha compadecido, pero él me ha puesto en la calle.
Entonces, la tía Richard, que es una buena mujer, le ha reprochado su falta de
corazón con un padre de familia, y él ha dicho que la primera condición de un
carcelero era permanecer en la prisión a la que estaba destinado, que la
República no bromeaba y le cortaba el cuello a quienes sufrían desvanecimientos
en el ejercicio de sus funciones. En fin, señor; me he puesto a gemir, diciendo
que me sentía muy mal, he solicitado ir a la enfermería y he asegurado que mis
hijos se morirían de hambre si se me suprimía la paga. El ha dicho que cuando
se es carcelero no se tienen hijos. Felizmente la tía Richard ha hecho una
escena a su marido, reprochándole su mal corazón, y él ha terminado por
decirme:
«Bien,
ciudadano Gracchus, ponte de acuerdo con algún amigo que quiera reemplazarte,
preséntamelo y te prometo aceptarle. Le he dicho que buscaría y he salido.
El
patriota le dijo que ya había encontrado y le felicitó por su inteligencia, y
el carcelero le advirtió que ambos se jugaban el cuello.
—No
te inquietes por el mío —dijo Théodore.
—No
es el suyo el que me causa más inquietud, señor.
—¿Es
el tuyo?
—Señor,
el cuello es algo muy precioso.
—No
el tuyo.
—¡Cómo!,
¿el mío no?
—En
este momento, al menos.
—¿Qué
quiere decir?
—Quiero
decir que tu cuello no vale un ardite; porque si yo fuera un agente del comité
de salud pública, serías guillotinado mañana.
El
carcelero se volvió con un movimiento brusco; estaba pálido como un muerto.
—No
te vuelvas ni palidezcas —dijo el patriota—; termina tu sopa: no soy un agente
provocador. Hazme entrar en la Conserjería, instálame en tu plaza, dame las
llaves y mañana te entregaré cincuenta mil libras de oro.
—¿Es
cierto?
—Tienes
una buena fianza: mi cabeza. El carcelero meditó algunos segundos.
—Vamos
—dijo el patriota—, no hagas reflexiones torpes; si me denuncias, la República
no te dará una perra; si me sirves, te daré las cincuenta mil libras.
—Ya
comprendo que mi beneficio está en hacer lo que usted me pida, pero temo las
consecuencias...
—¡Las
consecuencias!... ¿Qué temes? Yo no seré quien te denuncie, al contrario.
—Sin
duda.
—Al
día siguiente de ocupar yo tu puesto en la Conserjería, tú vienes a darte una
vuelta por allí; te entrego los cincuenta mil francos, y con el dinero te doy
un salvoconducto para salir de Francia. ¿Cuándo me presentarás al tío Richard?
—Si
quiere usted, esta misma noche. Diré que es mi primo Mardoche, pantalonero de
oficio.
—De
pantalonero a curtidor no hay mucha diferencia.
—¿Es
usted curtidor?
—Podría
serlo. ¿A qué hora me presentarás?
—Si
quiere usted, dentro de media hora.
—El
patriota dijo que estaba de acuerdo y quedaron citados para las nueve delante
de la Conserjería; Théodore pagó su cuenta y salió a la calle, pero no se alejó
mucho de la taberna, y se quedó espiando al carcelero a través de los cristales
ahumados por si entraba en contacto con algún agente de la policía republicana.
El
patriota se reunió con él en el muelle de la Conserjería y entraron juntos en
la prisión. Esa misma noche quedó cerrado el trato, y el tío Richard aceptó al
carcelero Mardoche como sustituto del ciudadano Gracchus.
Dos
horas antes y en otra parte de la prisión, sucedía algo que, aunque sin interés
aparente, no carecía de importancia para los principales personajes de esta
historia. El escribano de la Conserjería se disponía a cerrar sus libros de
registro, cuando se presentó en su oficina un hombre acompañado por la
ciudadana Richard.
—Ciudadano
escribano —dijo la mujer—, éste es su colega del ministerio de la Guerra, que
viene para realizar algunos asientos militares por orden del ciudadano
ministro.
El
escribano dijo a su colega que llegaba un poco tarde, pues él se disponía a
marcharse; pero el recién llegado alegó que en el ministerio estaban tan
ocupados que sólo podían salir a ratos perdidos. Tras escuchar estos
argumentos, el otro dijo que se diera prisa en hacer lo que fuera, porque era
la hora de cenar y él tenía hambre. A continuación le pidió el permiso.
—Aquí
está —dijo el escribano del ministerio de la Guerra, mostrando una cartera que
su colega examinó con escrupulosa atención.
El
escribano del ministerio de la Guerra esperaba pacientemente.
—Todo
está correcto —dijo el escribano de la Conserjería—. Puede empezar cuando
quiera. ¿Tiene que hacer muchos asientos?
—Cien.
—¿Entonces
tiene para varios días?
—Desde
luego, querido colega; en cierto modo es como si me fuera a establecer en su
oficina; pero, puesto que usted tiene hambre, podemos cenar juntos y esto se lo
explicaré por el camino. Así podrá conocer a mi mujer, que es una buena
cocinera; y también me conocerá a mí, que soy una buena persona.
—Esa
impresión me da; sin embargo, querido colega...
—Acepte
sin escrúpulos las ostras que compraré al pasar por la plaza Châtelet, un pollo
de nuestro asador, y dos o tres platitos que la señora Durand hace a la
perfección.
—Me
tienta usted —dijo el escribano, deslumbrado por el menú.
—Entonces,
¿acepta?
—Acepto.
—En
ese caso, dejemos el trabajo para mañana; ¿vamos?
—Al
instante; permítame primero que vaya un momento para prevenir a los guardias
que vigilan a la austriaca.
—¿Por
qué los previene?
—Para
que sepan que he salido y no queda nadie en la oficina; así, cualquier ruido
les será sospechoso.
—¡Ah,
muy bien! ¡Excelente precaución!
El
escribano de la Conserjería llamó en un portillo, y uno de los guardias abrió
diciendo:
—¿Quién
es?
—Yo,
el escribano; me voy, ¿sabe? Buenas tardes, ciudadano Gilbert.
—Buenas
tardes, ciudadano escribano. Y el portillo volvió a cerrarse.
El
escribano del ministerio de la Guerra había observado toda la escena con la
mayor atención, y mientras estuvo abierta la puerta de la prisión de la reina,
su mirada caló rápidamente hasta el fondo del primer compartimento: vio al
guardia Duchesne sentado a una mesa y se aseguró de que la reina sólo tenía dos
guardianes.
Al
salir de la Conserjería, los dos escribanos se cruzaron con otros dos hombres
que entraban: el ciudadano Gracchus y su supuesto primo.
Los
dos nuevos amigos se encaminaron por el puente Change.
En
la esquina de la plaza Châtelet, el escribano de ministerio de la Guerra, según
el programa anunciado, compró un canasto con doce docenas de ostras.
El
domicilio del escribano del ministerio de la Guerra era muy sencillo: el
ciudadano Durand ocupaba tres habitaciones pequeñas en una casa sin portero de
la plaza Grève El escribano del Palacio encontró muy de su agrado a la señora
escribana del ministerio de la Guerra.
Era
una mujer atractiva, a la que daba un poderoso interés una profunda expresión
de tristeza.
Los
dos escribanos cenaron con buen apetito; sólo la señora Durand se abstuvo de
comer.
Las
preguntas iban y venían. El escribano del ministerio de la Guerra preguntaba a
su colega, con notable curiosidad, por las costumbres del Palacio, los días de
juicio y los medios de vigilancia. El escribano del Palacio, encantado de ser
escuchado con tanta atención, respondía con complacencia y describía las
costumbres de los carceleros, las de Fouquier-Tinville, y las del ciudadano
Sansón, el principal actor de la tragedia que se desarrollaba a diario en la
plaza de la Revolución. Luego, pidió detalles a su colega sobre el ministerio;
pero éste dijo que él no era nadie importante: era secretario del escribano
titular de la plaza, y estaba sobrecargado de trabajo, pero sin recibir
honores, que siempre recaían en otros.
Durand
preguntó a su colega si podría llevar cada tarde a su esposa para que le
ayudara en su trabajo de la Conserjería, y el escribano del Palacio dijo que no
veía ningún inconveniente en ello.
Sonaron
las once; el escribano se levantó y se despidió de sus nuevos amigos,
expresándoles el placer que había tenido al conocerles y cenar con ellos. El
ciudadano Durand acompañó a su colega hasta el descansillo. Al volver a la casa
dijo:
—Geneviève,
acuéstese.
La
joven se levantó sin responder, tomó una lámpara y pasó a la habitación de al
lado. Durand, o mejor dicho Dixmer, la vio salir, se quedó un instante
pensativo y con la frente sombría; y luego se dirigió a su habitación, que
estaba al otro lado.
A
partir de entonces, el escribano del ministerio de la Guerra acudió todas las
noches a trabajar con asiduidad en la oficina de su colega del Palacio, ayudado
por la señora Durand.
Durand
examinaba todo sin, en apariencia, prestar atención a nada. Había observado que
cada noche, a las nueve, Richard o su mujer depositaban en la puerta un cesto
de provisiones. En el momento en que el escribano anunciaba al guardia que se
iba, Gilbert o Duchesne, uno de los dos, recogía el cesto y se lo llevaba a
María Antonieta. Un cuarto de hora después de haber entrado el cesto lleno, uno
de los guardias sacaba a la puerta el del día anterior, ya vacío.
La
noche del cuarto día, tras la sesión habitual, cuando el escribano del Palacio
se hubo retirado y Durand se quedó solo con su mujer, dejó caer la pluma, se
puso en pie, miró a su alrededor y avanzó hacia el portillo con pasos
cautelosos, levantó la servilleta que cubría el cesto, y hundió en el pan
tierno un estuche de plata. Luego, pálido y temblando por la emoción, volvió a
su puesto.
—¿Es
para esta noche? —le preguntó Geneviève.
—No,
es para mañana —respondió Dixmer.
Luego,
cerró los libros de registro y avisó al guardia que se marchaba. En el pasillo
tropezó con un carcelero que usaba gorro de piel. El temor asaltó a Dixmer al
pensar que el hombre podría pararle y quizá reconocerle; se hundió el sombrero
hasta los ojos mientras Geneviève se tapaba con el mantón. Pero se equivocaba;
el carcelero, pese a haber sido él el empujado pidió perdón.
Dixmer
se estremeció al oír esta voz dulce y educada. Pero el carcelero debía llevar
prisa, porque se deslizó por el corredor, abrió la puerta del tío Richard y
desapareció. Dixmer continuó su camino.
—Es
extraño —dijo a Geneviève cuando estuvieron en la calle.
—Sí,
muy extraño —murmuró Geneviève.
Entretanto,
el guardia Gilbert había recogido el cesto de provisiones destinado a la reina,
y antes de entregárselo a María Antonieta, levantó la servilleta y comprobó que
la disposición de los objetos en el cesto era la habitual.
La
reina cogió el pan para partirlo; pero apenas había apretado cuando sintió en
sus dedos el frío contacto de la plata. Comprendiendo que el pan encerraba algo
extraordinario, miró a su alrededor y observó que el guardia se había retirado;
todavía permaneció inmóvil hasta asegurarse de que Gilbert se había reunido con
su compañero; entonces extrajo el estuche del pan, abrió éste y encontró una
nota que decía:
Señora,
estad preparada mañana a la hora de recibir esta nota, porque mañana a esta
hora entrará una mujer en el calabozo de Vuestra Majestad. Esta mujer tomará
vuestras ropas y os dará las suyas; después, saldréis de la Conserjería del
brazo de uno de vuestros más fieles servidores.
No
os inquietéis por el ruido que oigáis en la habitación de al lado; no os
detengáis al oír gritos o gemidos; ocuparos tan sólo de poneros rápidamente la
ropa y el mantón de la mujer que debe ocupar el puesto de Vuestra Majestad.
La
reina releyó la nota.
«No
os detengáis al oír gritos o gemidos — murmuró—Esto quiere decir que herirán a
mis guardianes; ¡pobre gente!, con la compasión que me han demostrado; ¡nunca!
¡nunca!
».
Desplegó
la segunda mitad de la nota, que estaba en blanco, y como no tenía lápiz ni
pluma, tomó el alfiler de su pañoleta y pinchó en el papel, componiendo las
siguientes palabras:
No
puedo ni debo aceptar el sacrificio de la vida de nadie a cambio de la mía.
M.
A.
Luego,
volvió a colocar el papel en el estuche y colocó éste en el pan.
Apenas
acabada esta operación sonaron las diez y la reina, con el trozo de pan en la
mano, contó tristemente las horas. De pronto, escuchó en una de las ventanas un
ruido estridente, parecido al que produciría un diamante rayando sobre el
vidrio. Este ruido fue seguido por un golpe en el cristal, golpe repetido
varias veces y que trataba de encubrir una intencionada tos masculina. Luego,
apareció por la esquina del vidrio un rollito de papel que se deslizó
lentamente y cayó junto a la pared. Después, se escuchó el ruido de un manojo
de llaves que golpeaban unas con otras, y unos pasos que se alejaban.
La
reina cogió el papel y un objeto duro y delgado se deslizó de él como de una
funda, cayendo sobre el ladrillo, donde resonó rnetálicamente: era una lima
finísima.
Señora
—decía la nota—, mañana a las nueve y media un hombre vendrá a charlar con los
guardianes que os vigilan. Mientras tanto, Vuestra Majestad serrará el tercer
barrote de su ventana, contando de izquierda a derecha... Cortad de través; un
cuarto de hora debe bastar a Vuestra Majestad; luego, preparaos a pasar por la
ventana... Quien os anuncia esto es uno de vuestros más devotos y fieles
súbditos, que ha consagrado su vida al servicio de Vuestra Majestad, y será
feliz de sacrificarla por ella.
La
reina pensó si no sería una trampa, pero reconocía la misma letra de las notas
del Temple, la del caballero de Maison-Rouge, y pensó que quizá podría
escaparse. Cayó de rodillas y se refugió en la oración.
María
Antonieta apenas durmió esa noche y, al día siguiente, dedicó a la oración gran
parte de la jornada. Sus guardianes la veían rezar tan a menudo que no se
inquietaron por este acrecentamiento de la devoción. De vez en cuando, la
prisionera sacaba la lima de su seno y comparaba su debilidad con la fortaleza
de los barrotes. Estos, felizmente, sólo estaban sujetos al muro por la parte
de abajo.
La
reina sabía que sus amigos estaban dispuestos a matar a los hombres que la
vigilaban, los únicos que le habían mostrado compasión de un tiempo a esta
parte. Reflexionaba sobre ello y el derecho que tenía a dejar que una mujer se
sacrificara en su puesto.
«Ana
de Austria no hubiera dudado, anteponiendo a todo el principio de la salvación
de las personas reales —se decía—, Además, ¿no entrañará mi muerte la de ese
pobre niño al que algunos aún consideran rey de Francia?»
La
reina se debatía en un mar de confusiones y esperó la noche entre estas dudas y
temores crecientes.
Había
observado a sus guardianes repetidas veces: nunca habían tenido un aspecto tan
tranquilo.
Cuando
las tinieblas cubrieron el calabozo, cuando resonó el paso de las rondas,
cuando el ruido de las armas y los aullidos de los perros despertaron el eco de
las sombrías bóvedas, cuando toda la prisión se reveló espantosa y sin
esperanza, María Antonieta, rendida por la debilidad inherente a la naturaleza
femenina, se levantó asustada y decidida a huir.
Mientras
tanto, Gilbert y Duchesne charlaban tranquilamente y se preparaban la cena. Al
mismo tiempo, Dixmer y Geneviève entraban en la Conserjería y, como de
costumbre, se instalaban en las oficinas. Al cabo de una hora, y siempre como
de costumbre, el escribano del Palacio terminaba su tarea y los dejaba solos.
En
cuanto la puerta se cerró tras su colega, Dixmer se precipitó hacia el cesto
vacío depositado en la puerta. Cogió el trozo de pan, lo partió y encontró el
estuche. Leyó las palabras escritas por la reina y palideció. Y como Geneviève
le observaba, deshizo el papel en mil pedazos y los arrojó por la boca de la
estufa.
—Venga,
señora —dijo—; debo hablarle en voz baja.
Geneviève,
inmóvil y fría como el mármol, hizo un gesto de resignación y se aproximó.
—Señora,
ha llegado el momento —dijo Dixmer—; escúcheme. Usted prefiere una muerte útil
a su causa, una muerte que sirva para que la bendiga todo un partido y la llore
todo un pueblo, mejor que una muerte ignominiosa y vengativa, ¿verdad?
—Sí,
señor.
—Yo
hubiera podido matarla en el acto al encontrarla en casa de su amante, pero un
hombre como yo, que ha consagrado su vida a una obra honorable y santa, debe
saber sacar partido a sus propias desgracias consagrándolas a esta causa; eso
es lo que he hecho, o mejor aún, lo que voy a hacer. Me he negado el placer de
la justicia. He respetado también a su amante —algo como una sonrisa fugitiva
pero terrible pasó por los labios de Geneviève—. Pero, en cuanto a su amante,
usted que me conoce, debe comprender que sólo he esperado una oportunidad
mejor.
—Señor,
estoy dispuesta —dijo Geneviève—, ¿para qué tanto preámbulo? Máteme. Tiene
usted razón.
—Prosigo
—dijo Dixmer—. He prevenido a la reina; ella espera; sin embargo, según toda
probabilidad, pondrá algunas objeciones; usted deberá obligarla.
—Bien,
señor; déme las órdenes y yo las cumpliré.
—Enseguida
voy a llamar a la puerta — continuó Dixmer—; Gilbert va a abrir; con este
puñal, le mataré.
Geneviève
tembló y Dixmer hizo un gesto con la mano para pedirle atención.
—En
el momento en que yo llame —dijo—, usted se abalanzará a la segunda habitación,
en la que está la reina. No hay puerta, usted lo sabe, solamente una mampara;
usted cambiará sus ropas con ella mientras yo mato al segundo soldado.
Entonces, tomo a la reina del brazo y paso el portillo con ella.
—Muy
bien —dijo Geneviève fríamente.
—¿Comprende?
—continuó Dixmer—. Cada noche la ven a usted con ese mantón de tafetán negro
que oculta su rostro. Póngale el mantón a Su Majestad y colóqueselo como usted
tiene costumbre de llevarlo. Ya sólo me falta perdonarle y darle las gracias,
señora.
Geneviève
sacudió la cabeza con una fría sonrisa.
—No
necesito su perdón ni su agradecimiento; lo que hago borrará un crimen y yo
sólo he cometido una debilidad, y aun ésta, casi me ha forzado usted a
cometerla. Yo me alejaba de él y usted me arrojó en sus brazos; de manera que
usted es el instigador, el juez y el vengador. Soy yo quien tiene que
perdonarle mi muerte, soy yo quien tiene que agradecerle el que me quite la
vida, porque la vida me es insoportable separada del hombre que amo.
—Se
pasará la hora —dijo Dixmer—; cada segundo tiene su utilidad. Vamos, señora,
¿está
usted preparada?
—Ya
sé lo he dicho, señor —respondió Geneviève con la calma de los mártires—. Estoy
esperando.
Dixmer
recogió todos sus papeles, fue a ver si las puertas estaban bien cerradas para
que nadie pudiera entrar en la oficina; luego quiso repetir sus instrucciones a
su mujer.
—Es
inútil, señor —dijo Geneviève—; sé perfectamente lo que tengo que hacer.
—Entonces,
adiós.
Y
Dixmer le tendió la mano, como si en ese momento supremo debiera borrarse todo
recriminación ante la grandeza de la situación y lo sublime del sacrificio.
Geneviève,
temblando, tocó la mano de su marido con la punta de los dedos.
—Póngase
cerca de mí, señora —dijo Dixmer— , y tan pronto como yo llame a Gilbert, pase.
—Estoy
preparada.
Entonces
Dixmer cogió su largo puñal en la mano derecha y, con limpieza, llamó a la
puerta.
XVII
LOS
PREPARATIVOS DEL CABALLERO DE MAISON-ROUGE
Mientras
transcurría la escena relatada en el capítulo precedente, en el patio de
mujeres de la Conserjería se realizaban otros preparativos.
Apareció
allí, de pronto, un hombre seguido de dos perros, y golpeó con un manojo de
llaves en los cinco barrotes que cerraban la ventana de la reina.
La
reina se estremeció, pero reconociendo en el ruido una señal, abrió la ventana
con suavidad y empezó a limar con mano más experimentada de lo que hubiera
podido esperar, pues más de una vez, en el taller de cerrajería donde se
entretenía su real esposo, había manejado instrumentos parecidos a aquél en el
que ahora residían todas sus esperanzas de salvación.
En
cuanto el hombre del manojo de llaves oyó abrirse la ventana de la reina, fue a
golpear en la de los guardias. Gilbert se acercó a mirar y el carcelero dijo
que esa noche la vigilancia era más necesaria que nunca, pidiéndole que abriera
la ventana para contárselo todo.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Gilbert, tras abrir la ventana.
—Que
la sesión de la Convención ha sido movida —dijo Mardoche—, ¿no la habéis
leído?. El ciudadano Hebert ha descubierto que los conspiradores, a los que se
creía muertos, están vivos.
—Ya
—dijo Gilbert—: Delessart y Thierry; he oído hablar de ello; están en
Inglaterra, los miserables.
—¿Y
el caballero de Maison-Rouge? —dijo Mardoche, levantando la voz para que
pudiera oírle la reina—. Ese está en Francia; no la ha abandonado. Y aunque se
va a intentar detenerle, no es fácil, por lo que parece.
En
ese momento, como la lima de la reina chirriaba muy fuerte, Mardoche, temiendo
que pudieran oírlo, pisó a uno de sus perros, que lanzó un aullido de dolor.
Duchesne le pidió que continuara con lo que estaba contando, y Mardoche dijo:
—Decía
que el ciudadano Hebert ha pedido que se vuelva a llevar a la austriaca al
Temple, porque asegura que se la ha sacado de allí para sustraerla a la
inspección del ayuntamiento de París. El ciudadano Santerre ha replicado que
las causas eran las tentativas de liberación llevadas a cabo por ese condenado
Maison-Rouge; pero Hebert ha dicho que no había peligro desde el momento en que
se estaba prevenido, y que el Temple se podría guardar a María Antonieta con la
mitad de precauciones que aquí.
—A
mí, me gustaría que la volvieran a llevar al Temple —dijo Gilbert.
—Lo
comprendo, te aburre vigilarla.
—No;
me entristece.
Maison-Rouge
tosió con fuerza; la lima producía más ruido cuanto más profundamente mordía el
barrote de hierro.
—¿Y
qué se ha decidido? —preguntó Duchesne, cuando se le pasó al carcelero el
ataque de tos.
—Se
ha decidido que seguirá aquí, pero que su proceso comenzará inmediatamente.
—¡Pobre
mujer! —dijo Gilbert.
Duchesne
se inclinó para escuchar en el compartimento de al lado. El carcelero vio el
movimiento, y dijo levantando la voz:
—De
manera que, ¿comprendes, ciudadano Duchesne?, las tentativas de los
conspiradores más desesperadas al saber que tienen menos tiempo para
realizarlas. Se van a duplicar los guardias de las prisiones, visto que puede
darse una irrupción por la fuerza en la Conserjería; los conspiradores matarán
a todos.
—¡Bah!
¿Cómo van a entrar tus conspiradores?
—Disfrazados
de patriotas. Simularán un nuevo dos de septiembre, ¡los bribones! Y luego, una
vez abiertas las puertas, ¡listo!
Se
produjo un momento de silencio ocasionado por el estupor de los guardias. El
carcelero escuchó con alegría y terror el chirrido de la lima. Sonaron las
nueve. En ese instante llamaron a la puerta desde las oficinas; pero los dos
guardias, preocupados, no respondieron a la llamada y aseguraron al carcelero
que vigilarían, pues estaban dispuestos a morir en su puesto. Maison-Rouge
calculó que la reina ya habría terminado con el barrote, mientras escuchaba a
Gilbert, que le recomendaba que vigilara él también, porque los conspiradores
no le iban a perdonar si ocurría lo que había dicho.
—Ya
lo creo —dijo el carcelero—; paso las noches haciendo rondas y estoy muy
fatigado. Vosotros, al menos, os alternáis y podéis dormir una noche de cada
dos. En ese momento llamaron a la puerta por segunda vez. Mardoche se
estremeció;
cualquier
acontecimiento, por mínimo que fuera, podía impedir que su proyecto tuviera
éxito.
—¿Qué
es eso? —preguntó
—Nada
—dijo Gilbert—; es el escribano del ministerio de la Guerra, que se va y me
previene.
Pero
el escribano se obstinaba en llamar.
—¡Bueno!,
¡bueno! —gritó Gilbert sin abandonar la ventana—. Buenas tardes… Adiós.
—Me
parece que te habla —dijo Duchesne—. Respóndele…
—Ven
—se oyó la voz del escribano—. Quisiera hablar contigo un momento.
Esta
voz, aunque impregnada de una profunda emoción, que le quitaba su acento
habitual, hizo prestar atención al carcelero, que creyó reconocerla como la de
Dixmer.
—Ya
me lo dirás mañana —dijo Gilbert.
—No;
es necesario que te lo diga esta noche.
Duchesne
dijo a su compañero que abriera y éste se dirigió a la puerta. El carcelero
aprovechó el descuido de los dos guardias para acercarse a la ventana de la
reina y preguntarle si había terminado de serrar el barrote, pero sólo lo había
cortado hasta la mitad. Le dijo que se apresurase y retornó a la ventana de los
guardias. En ese momento un grito terrible resonó en la prisión, luego se oyó
una imprecación y el sonido de un sable al ser desenfundado.
—¡Malvado!
¡Bandido! —gritó Gilbert.
Se
oyó ruido de lucha en el corredor. Al mismo tiempo se abrió la puerta y el
carcelero vio dos sombras que se sujetaban y una mujer que, pasando junto a
Duchesne, se abalanzó al compartimento de la reina. Duchesne, sin inquietarse
por la mujer, corrió a ayudar a su camarada. El carcelero fue hasta la otra
ventana y vio a la mujer de rodillas ante la reina, rogándole que cambiara sus
ropas con ella. Se acercó al máximo para ver mejor a la mujer y lanzó un grito
doloroso.
—¡Geneviève!
La
reina había dejado caer la lima y parecía anonadada. El carcelero cogió el
barrote con ambas manos y tiró de él con todas sus fuerzas; pero el acero no
había calado bastante y el barrote resistió.
Entretanto,
Dixmer había empujado a Gilbert al calabozo, donde trataba de entrar él
también. Sin embargo, sólo consiguió introducir el brazo. Los dos guardias
empujaban con todas sus fuerzas y pedían ayuda; Dixmer notaba que estaban a
punto de romperle el brazo; apoyó el hombro en la puerta, dio una violenta
sacudida y consiguió sacarlo. La puerta se cerró de golpe. Los guardias
corrieron los cerrojos y echaron la llave mientras unos pasos se alejaban por
el corredor; luego, oyeron el ruido que hacia el falso carcelero tratando de
limar el barrote. Gilbert se precipitó a la prisión de la reina y Duchesne
acudió a la ventana con la carabina en la mano; entonces, vio a un hombre
enganchado a los barrotes y sacudiéndolos con rabia: le apuntó. El joven vio el
cañón de la carabina bajar hacia él y le ofreció su pecho desafiante al tiempo
que pedía la muerte.
—¡Caballero
—gritó la reina—, viva, se lo suplico!
A la
voz de María Antonieta, Maison-Rouge cayó de rodillas y la bala pasó por encima
de su cabeza.
Geneviève
creyó muerto a su amigo y cayó sin conocimiento.
Cuando
se disipó el humo no había nadie en el patio. Treinta soldados registraron toda
la prisión, pero no se encontró a nadie.
El
escribano había pasado tranquilo y sonriente ante el sillón del tío Richard. En
cuanto al carcelero, había salido gritando:
—¡Alarma!,
¡alarma!
El
centinela había pretendido atacarle con la bayoneta, pero sus perros le habían
saltado al cuello.
Sólo
se encontró a Geneviève, que fue detenida, interrogada y encarcelada. XVIII
LAS
PESQUISAS
Maurice
había ido a buscar un cabriolé a casa de Lorin; cuando volvió con él, dejó las
bridas en manos de un limpiabotas y subió los escalones de su casa con el
corazón rebosante de alegría.
Se
detuvo en el descansillo; la puerta estaba entreabierta; la costumbre era que
estuviese siempre cerrada, y esta circunstancia asombró al joven. Entró en la
casa, cruzó la antesala, el comedor, el salón, el dormitorio. No vio a nadie.
Llamó y nadie le respondió.
Pensó
que quizá Geneviève habría salido para comprar algo que necesitara. Le pareció
una gran imprudencia. Pero, aunque comenzaba a dominarle la inquietud, todavía
no sospechó nada.
Esperó
paseándose; de vez en cuando se asomaba a la ventana. Enseguida creyó oír unos
pasos en la escalera; escuchó: no eran los de Geneviève; se acercó al
descansillo, asomándose a la barandilla y reconoció a su criado. Le llamó y le
preguntó por Geneviève. El hombre no la había visto.
—Entonces,
vuelve abajo y pregunta al portero y a los vecinos.
Maurice
esperó en la escalera cinco o seis minutos; luego, viendo que no volvía
Scévola, se dirigió a la ventana: vio a su criado entrar en dos o tres tiendas
y volver a salir. Impaciente, le llamó y le hizo señas para que subiera.
—El
portero es el único que la ha visto salir — dijo Scévola cuando estuvo de nuevo
arriba.
—¿Sola?
Es imposible que Geneviève haya salido sola.
—No
iba sola, ciudadano; la acompañaba un hombre.
—¡Cómo!,
¿un hombre? Ve a buscar al portero; tengo que saber quién es ese hombre.
Scévola dio dos pasos hacia la puerta; luego se volvió y dijo:
—Escuche;
puede que sea el hombre que ha corrido detrás de mí para pedirme la llave del
apartamento de parte de usted.
—¿Le
has dado la llave del apartamento a un desconocido? —exclamó Maurice, cogiendo
a su criado por el cuello con ambas manos.
—No
era un desconocido, ciudadano; sino un amigo suyo; ese hombre que vino un
día...
—¿Qué
día?
—Aquel
en que usted estaba tan triste; usted se fue con él y volvió muy alegre...
Maurice le miró con aire asustado; un estremecimiento recorrió sus miembros, y
tras un largo silencio, preguntó:
—¿Dixmer?.
—Sí;
creo que es ése, ciudadano —dijo el criado.
Maurice
se tambaleó y cayó de espaldas en un sillón. Sus ojos se nublaron. Luego posó
su vista en el ramo de violetas dejado por Geneviève. Se precipitó a cogerlo,
lo besó; y luego, al observar el sitio donde había estado colocado, dijo:
—No
cabe duda; estas violetas... son su último adiós.
Entonces
se volvió y observó que la maleta estaba a medio hacer. A partir de ese momento
se lo explicó todo, imaginándose la escena que se había desarrollado entre
aquellas cuatro paredes. Hasta ese momento había estado abatido. Se levantó,
cerró la ventana, cogió sus pistolas, examinó el fulminante y comprobó que se
hallaba en buen estado, y se metió las armas en el bolsillo. Luego, se guardó
en la bolsa dos cartuchos de luises y, tomando su sable, llamó a su criado y le
dijo:
—Scévola,
creo que me aprecias; nos has servido a mi padre y a mí desde hace quince años.
Escucha, si esta señora que vivía aquí... Si vuelve, recíbela, cierra la puerta
tras ella, coge esa carabina, apóstate en la escalera y no deje entrar a nadie.
Si pretenden forzar la puerta, impídelo; pega, mata, y no temas nada; yo cargo
con toda la responsabilidad.
El
acento del joven y su vehemente confianza, electrizaron a Scévola.
—No
sólo mataré —dijo—, sino que me dejaré matar por la ciudadana Geneviève.
—Gracias;
ahora, escucha: este apartamento me es odioso y no quiero volver a él si no la
encuentro.
Si
ella logra escapar y vuelve, coloca en tu ventana el jarrón japonés con las
margaritas que tanto le gustaban; eso durante el día; por la noche, pon un
farol. Cada vez que pase por la calle, miraré; y hasta que no vea el jarrón o
el farol, continuaré mis pesquisas.
Scévola
le recomendó prudencia. Maurice no respondió, salió de la habitación y bajó las
escaleras como si tuviera alas. Se dirigió a casa de Lorin y le contó lo
sucedido, manifestándole sus sospechas de que Dixmer hubiera matado a
Geneviève.
—No,
querido amigo —dijo Lorin—; no la ha matado; no se asesina a una mujer como
Geneviève después de tantos días de reflexión. No; de matarla, lo hubiera hecho
en el momento de encontrarla, dejando el cuerpo en tu casa como señal de
venganza. No; él se la ha llevado consigo, feliz de haber recuperado su tesoro.
—Tú
no le conoces. Ese hombre tenía algo funesto en la mirada.
—Te
equivocas. Siempre me ha dado la impresión de un hombre valiente. La ha cogido
para sacrificarla. Se hará detener con ella y los matarán juntos. Ahí está el
peligro.
—¡La
encontraré!, ¡la encontraré o moriré! — exclamó Maurice.
—En
cuanto a eso, estáte seguro. Pero cálmate. Cuando no se reflexiona, se busca
mal; y cuando se está tan agitado como tú, se reflexiona mal.
Maurice
dijo a su amigo que el asunto sólo le concernía a él, y por lo tanto, sólo él
debía arriesgar la vida para salvar a Geneviève.
—¿Quieres
morir?
—Lo
afrontaré todo: iré a ver al presidente del comité de vigilancia, hablaré a
Hebert, a Danton, a Robespierre; lo confesaré todo con tal de que me la
devuelvan.
—Está
bien —dijo Lorin.
Y
sin añadir una palabra se levantó, se ajustó el cinturón, se caló el sombrero
del uniforme y se guardó en los bolsillos dos pistolas cargadas. Maurice, al
ver su decisión, aceptó su compañía y le preguntó por dónde empezarían la
búsqueda. Lorin era partidario de empezar por la antigua calle Saint-Jacques,
para continuar por los alrededores del Temple, ya que se rumoreaba un nuevo
traslado de María Antonieta a la fortaleza. Los dos amigos suponían que Dixmer
y Maison-Rouge estaban juntos en París, y que el caballero estaría preparando
algún plan para intentar liberar a la reina.
Los
dos amigos se pusieron a buscar, pero todo fue en vano. Cien veces pasaron por
la plaza Grève, cien veces pasaron junto a la casita donde vivía Geneviève,
vigilada sin tregua por Dixmer, como los antiguos sacerdotes vigilaban a la
víctima destinada al sacrificio.
Geneviève,
por su parte, viéndose destinada a morir, aceptó el sacrificio y quiso hacerlo
sin ruido; además, la publicidad que Maurice no hubiera dudado en dar a su
venganza, le producía más temor por la causa de la reina que por Dixmer.
La
joven guardó un silencio tan profundo como si la muerte ya hubiera sellado su
boca. Entretanto, sin decir nada a Lorin, Maurice había ido a suplicar a los
miembros del comité de salud pública; y Lorin, sin decírselo a Maurice, también
había dado los mismos pasos.
Así,
el mismo día, Fouquier-Tinville había trazado una cruz roja al lado de sus
nombres, y la palabra sospechoso los reunió en un sangrante abrazo.
XIX
EL
JUICIO
El
14 de octubre de 1793, una multitud curiosa ocupaba desde la mañana las
tribunas de la sala donde transcurrían, las sesiones revolucionarias.
Los
pasillos del Palacio desbordaban de espectadores ávidos e impacientes. Los
mejor situados contaban a sus vecinos lo que veían y oían, y éstos se lo
transmitían a otros. Cerca de la puerta del tribunal, un grupo de hombres
amontonados se disputaban unas líneas10 de ancho o de alto, suficientes para
ver un rincón de la sala y los rostros de los jueces o el de la acusada. Pero
la estrecha entrada del pasillo a la sala estaba ocupada, casi por completo,
por los anchos hombros y los brazos en jarras de un hombre. Este hombre
inamovible era joven y guapo, y a cada empujón de la multitud sacudía su espesa
cabellera, bajo la que brillaba una mirada sombría y resuelta. Cien veces había
intentado atropellarle la masa compacta, ya que su alta estatura impedía ver
nada, pero una roca no hubiera sido más inamovible que él.
Entretanto,
al otro extremo de esta marea humana, otro hombre se había abierto paso con una
perseverancia feroz; nada le había detenido en su
10 Antigua medida francesa de longitud,
equivalente a unos 2,25 milímetros. infatigable progresión: ni los golpes, ni
las imprecaciones, ni los lamentos.
Al
fin llegó detrás del vigoroso joven que obstruía la entrada de la sala. Y en
medio de la expectación general ensayó su método, que consistía en clavar los
codos en los espectadores y deslizarse entre sus cuerpos, ya que era de pequeña
talla. Apenas su codo rozó el costado del joven situado ante él, éste se volvió
y levantó un puño que
amenazaba
aplastar al temerario. Los dos antagonistas se encontraron cara a cara y
gritaron al unísono. Acababan de reconocerse.
—Ciudadano
Maurice —dijo el joven pequeño y frágil, con acento de inexpresable dolor—;
déjeme pasar; déjeme ver, ¡Se lo suplico!, y después me matará.
Maurice,
pues era él, se sintió invadido de ternura y admiración por este eterno devoto,
por esta indestructible voluntad.
—¡Usted!
—murmuró—. ¡Usted aquí, imprudente!
—Sí;
yo aquí. Pero estoy extenuado... ¡Oh! ¡Dios mío!, ¡ella habla!, ¡déjeme verla!,
¡déjeme
oírla!
Maurice
se apartó y el joven pasó ante él. Toda esta escena y los murmullos que
ocasionó despertaron la curiosidad de los jueces. La acusada también miró hacia
ese lado y reconoció al caballero. Algo como un temblor agitó a la reina.
El
interrogatorio, dirigido por el presidente Harmand, realizado por
Fourquier-Tinville, y discutido por Chaveau-Lagarde, defensor de la reina, duró
tanto como permitieron las fuerzas de los jueces y la acusada.
Al
día había sucedido la noche y la sala se iluminó con algunas velas y lámparas
humeantes. La reina estaba sola, respondiendo algunas breves y desdeñosas
palabras a las preguntas del presidente. Su frente no había perdido su
arrogancia, y llevaba la ropa de rayas negras que no había querido quitarse
tras la muerte del rey.
Los
jueces se levantaron y terminó la sesión. La reina preguntó a su abogado si se
había mostrado muy desdeñosa: y como si respondiera a su pregunta, se oyó la
voz de una mujer que gritó:
—Mirad
qué orgullosa es. Tu orgullo te ha perdido, María Antonieta. La reina
enrojeció. El caballero se volvió hacia la mujer y dijo:
—Es
que era reina.
Maurice
le cogió del puño y le dijo en voz baja que tuviera el valor de no perderse. El
caballero preguntó al joven si condenarían a María Antonieta, y Maurice
contestó que estaba seguro.
—¡A
una mujer! —exclamó Maison-Rouge con un sollozo.
—No;
a una reina. Usted mismo lo acaba de decir. El caballero preguntó a Maurice qué
hacía allí.
—Para
saber lo que ha sido de una infeliz mujer.
—¿La
que su marido ha empujado al calabozo de la reina?, ¿la que ha sido detenida
delante de mí?
—¿Geneviève?
—Sí;
Geneviève.
—¿Así
que Geneviève está presa, sacrificada por su marido, asesinada por Dixmer?...
Ahora lo comprendo todo. Dígame lo que ha ocurrido, dónde está... Esta mujer...
es mi vida, ¿sabe?
—Yo
estaba allí cuando la detuvieron. Yo también trataba de liberar a la reina.
Pero nuestros dos planes, que no hemos podido comunicarnos, se han anulado el
uno al otro.
—¿Y
usted no ha salvado a Geneviève, a su hermana?
—¿Acaso
podía? Nos separaba una reja de hierro. Si usted hubiera estado allí, uniendo
nuestras fuerzas, hubiera cedido el barrote y habríamos salvado a las dos.
Maurice
preguntó a Maison-Rouge qué había sucedido con Dixmer; pero el caballero dijo
que no lo sabía, que cada uno se había salvado por su cuenta. El caballero
todavía conservaba una ligera esperanza de salvar a la reina y le pidió ayuda a
Maurice para llevarla acabo.
En
ese momento se abrió la puerta de las deliberaciones y entró el tribunal. La
noticia se extendió por los corredores y la multitud volvió a la sala. Volvió a
entrar la reina, que se mantenía erguida, altiva, con los ojos fijos y los
labios apretados.
Se
le leyó la sentencia que la condenaba a muerte. Ella la escuchó sin palidecer,
sin pestañear, sin que un sólo músculo de su rostro indicara la menor emoción.
Luego se volvió hacia el caballero y le dirigió una larga y elocuente mirada, y
apoyándose en el brazo del oficial que mandaba las fuerzas, salió del tribunal
digna y tranquila.
Maurice
suspiró aliviado porque todo había terminado sin que la reina comprometiera a
Geneviève con sus declaraciones y el caballero le confesó que él ya no tenía
fuerza para seguir en su empeño. Se estrecharon la mano y se alejaron por
caminos distintos.
La
reina fue llevada de nuevo a la Conserjería; cuando entraba sonaron las cuatro
en el gran reloj.
Al
desembocar del Pont-Neuf, Maurice fue detenido por Lorin, que le esperaba para
comunicarle que dos horas antes la policía había ido a su casa para detenerle.
Pese a todo, Maurice pretendía ir allí, pero Lorin le convenció y le condujo a
su propio domicilio.
XX
SACERDOTE
Y VERDUGO LA CARRETA EL CADALSO
LA
VISITA DOMICILIARIA
Al
llegar a su calabozo, al salir del tribunal, la reina había pedido unas
tijeras, había cortado sus largos y hermosos cabellos, los había envuelto en un
papel y había escrito en éste: Para repartir entre mi hijo y mi hija. Luego se
dejó caer en una silla, y deshecha por la fatiga (el interrogatorio había
durado dieciocho horas) se durmió.
A
las siete, se despertó sobresaltada al oír un ruido, y vio a un hombre que le
era completamente desconocido y que dijo llamarse Sansón. Al oír el nombre, la
reina se estremeció ligeramente y se puso en pie, diciéndole que llegaba muy
temprano. El hombre contestó que tenía orden de hacerlo ya que debía cortarle
el cabello. La reina señaló los suyos, sobre la mesa, y le dijo que le había
ahorrado ese trabajo, pidiéndole que se los entregara a sus hijos.
—Señora
—dijo Sansón—, eso no me compete.
—Sin
embargo, yo había creído...
—Mi
obligación es despojar a las... personas... de sus ropas, sus joyas, siempre
que me las den voluntariamente; por otra parte, todo esto va a la Sâlpetriere11
y a los pobres de los hospitales; una
11 Hospicio de París. (Nota del Traductor)
orden
del comité de salud pública ha regulado las cosas así.
La
reina volvió a pedirle que entregara sus cabellos a sus hijos. Sansón no
contestó, y Gilbert dijo que lo intentaría él.
—Venía
para cortarle el cabello —dijo Sansón—; pero, puesto que ya está hecho, puedo
dejarla sola un instante si lo desea.
—Se
lo ruego, señor —dijo la reina—; porque tengo necesidad de recogerme y rezar.
Sansón salió; la reina se arrodilló en una silla baja que le servía de
reclinatorio y se puso a rezar.
Entretanto,
en el presbiterio de la iglesia de Saint-Landry, el cura de la parroquia se
disponía a desayunar cuando llamaron violentamente a la puerta.
El
abate Girard había prestado juramento a la Constitución, aceptando la
fraternidad del régimen republicano y no tenía nada que temer. Así que ordenó a
su ama de llaves que fuera a abrir. La mujer acudió a la puerta, descorrió el
cerrojo y se encontró con un joven muy pálido y agitado, que preguntaba por el
sacerdote.
—No
se le puede ver, ciudadano; está leyendo su breviario.
—En
ese caso esperaré —replicó el joven.
La
mujer le dijo que esperaría en vano, porque el sacerdote tenía que ir a la
Conserjería, de donde le habían llamado.
—¡Entonces,
es verdad! —murmuró el joven poniéndose lívido.
—Eso
es precisamente lo que me trae a casa del ciudadano Girard —dijo el joven en
voz alta, al tiempo que, pese a la oposición de la mujer, penetraba en la casa
hasta la habitación del abate. Este, al verle, lanzó una exclamación de
sorpresa.
—Perdón,
señor cura —dijo el joven—; tengo que hablar a solas con usted de algo muy
grave.
—Déjenos,
Jacinthe —dijo el cura.
—Señor
cura —dijo el desconocido, cuando se hubo retirado la mujer—. Antes de nada voy
a decirle quién soy: soy un proscrito, un condenado a muerte que vive gracias a
la audacia; soy el caballero de Maison-Rouge —el abate se sobresaltó de
espanto—. No temáis nada —continuó el caballero—; nadie me ha visto entrar
aquí; y los que me hubieran visto, no me reconocerían: he cambiado mucho en los
dos últimos meses.
El
sacerdote le preguntó qué quería.
—Sé
que va usted a la Conserjería para atender a una persona condenada a muerte —
respondió el joven—; esta persona es la reina. Le suplico que me deje entrar
con usted hasta llegar a Su Majestad.
—¡Usted
está loco! —exclamó el abate—. ¡Usted me pierde y se pierde a sí mismo!
—No
tema nada. Ya sé que está condenada, y no es para intentar salvarla para lo que
quiero verla; es... Pero escúcheme, padre. Usted no me escucha. Créame padre,
estoy completamente cuerdo. La reina está perdida, lo sé; pero si pudiera
postrarme a sus plantas, esto me salvaría la vida; si no consigo verla, me
mato, y como usted será la causa de mi desesperación, usted habrá matado a la
vez el cuerpo y el alma.
—Hijo
mío —dijo el sacerdote—, usted me pide el sacrificio de mi vida, piénselo.
—No
me rechace, padre —replicó el caballero—; escuche: usted necesita un acólito;
lléveme con usted.
El
sacerdote trató de recuperar su firmeza, que empezaba a flaquear.
—No
—dijo—; eso sería faltar a mis deberes. He jurado la Constitución. La mujer
condenada es una reina culpable. Yo aceptaría morir si mi muerte fuera útil a
mi prójimo; pero no quiero faltar a mi deber.
El
caballero juró por el Evangelio que no iba a la Conserjería para tratar de
evitar que la reina muriese, sino porque sabía que sería un consuelo para ella
verle en su postrer momento.
—¿No
trama ningún complot para tratar de liberarla?
—Ninguno.
Soy cristiano, padre; si hay en mi corazón una sombra de mentira, si espero que
ella viva, si maquina algo, que Dios me castigue con la condenación eterna.
El
sacerdote dijo que no podía prometerle nada.
—Escuche
—dijo el caballero—; le he hablado como un hijo sumiso; no ha salido de mi boca
ninguna amenaza; sin embargo, la fiebre me quema la sangre, y estoy armado —el
joven sacó un puñal de su pecho y el cura se separó rápidamente—. No tema; le
he suplicado, y suplico todavía: déjeme que la vea un momento; y tenga, para su
garantía.
El
joven sacó de su bolsillo una nota que presentó al abate Girard; éste la
desplegó y leyó:
Yo,
René, caballero de Maison-Rouge, declaro por Dios y por mi honor que he
obligado, bajo amenaza de muerte, al digno cura de Saint-Landry a llevarme a la
Conserjería pese a sus negativas y escrúpulos. Y como prueba de fe, lo firmo
Maison-Rouge.
—Está
bien —dijo el sacerdote—; pero júreme que no cometerá ninguna imprudencia.
Usted me esperará abajo, y cuando ella pase por las oficinas, entonces, podrá
verla...
El
caballero besó la mano del anciano y murmuró:
—Al
menos morirá como una reina, y la mano del verdugo no la tocará.
Tan
pronto como obtuvo el permiso del cura de Saint-Landry, el caballero entró en
el cuarto de baño del abate y se afeitó la barba de varios días. Luego salió
tranquilo, como si olvidara que podía ser reconocido en la Conserjería.
Dos
funcionarios fueron a buscar al abate, y el caballero, vistiendo un traje
negro, lo mismo que el sacerdote, se unió a la comitiva y penetró en el
Palacio.
En
las oficinas encontraron más de cincuenta personas que se disponían a ver pasar
a la reina. El caballero tropezó con un hombre que llevaba en la mano unas
tijeras y un trozo de tela.
—¿Qué
quieres tú, ciudadano? —preguntó Sansón.
El
caballero trató de reprimir el estremecimiento que recorría sus venas.
—¿Yo?
—dijo—. Ya lo ves, ciudadano Sansón, acompaño al cura de Saint-Landry.
—¡Ah!,
bien —replicó el verdugo.
El
caballero pasó al compartimento donde estaban los dos guardias; pero desde
donde estaba no podía ver a la reina. Entretanto, ésta hablaba con el
sacerdote.
—Señor
—decía la reina con su voz altanera—, puesto que usted ha jurado a la
República, en cuyo nombre se me va a matar, yo no puedo tener confianza en
usted. Ya no adoramos al mismo Dios.
—Señora
—respondió Girard, emocionado por esta desdeñosa profesión de fe—, una
cristiana que va a morir debe morir sin odio en el corazón, y no debe rechazar
a Dios, sea cual sea la forma en que se presente.
Maison-Rouge
dio un paso hacia la mampara, pero los dos guardias hicieron un movimiento; él
dijo que era el acólito, y Duchesne dijo:
—Puesto
que rechaza al cura, no necesita acólito.
—Quizás
acepte —dijo el caballero alzando la voz—. Es imposible que no acepte. Pero
María Antonieta estaba demasiado agitada para reconocer la voz del caballero,
se obstinó en rechazar al sacerdote y pidió a éste repetidas veces que
abandonara su calabozo. El cura salió, cruzándose con el ayudante del verdugo,
que llegaba con unas
cuerdas
en la mano. Los dos guardias hicieron retroceder al caballero hasta la puerta,
sin que pudiera hacer un movimiento para realizar su proyecto.
Maison-Rouge
se encontró con Girard en el corredor, desde donde les obligaron a pasar a las
oficinas; allí dijo Richard al cura:
—Abate,
vuelva a su casa; puesto que ella le rechaza, que muera como quiera.
—No
—replicó Girard—; la acompañaré aunque no quiera; si escucha una sola palabra,
recordará sus deberes; además, el ayuntamiento me ha encargado una misión… y yo
debo obediencia al ayuntamiento.
—Sea
—dijo el oficial que mandaba las fuerzas—; pero despide a tu sacristán.
Los
ojos del caballero destellaron y hundió su mano en el pecho maquinalmente.
Girard sabía que llevaba un puñal bajo el chaleco, y le contuvo con una mirada
suplicante, diciéndole que trataría de hablar a la reina y contarle lo que él
había arriesgado para
verla
por última vez. Estas palabras calmaron al joven, cuya resistencia había
llegado al límite de sus fuerzas y de su voluntad.
—Sí;
así debe ser —dijo—: la cruz para Jesús, el cadalso para ella; los dioses y los
reyes beben hasta las heces el cáliz que les presentan los hombres.
El
joven llegó a la puerta. Al pie de las rejas de la Conserjería se agolpaba la
multitud. La impaciencia dominaba las pasiones, levantando un rumor inmenso y
prolongado, como si todo París se hubiera concentrado en el barrio del palacio
de Justicia.
Delante
de la multitud se había emplazado todo un ejército, armado de cañones,
destinado a proteger la fiesta y hacerla segura para quienes iban a
disfrutarla.
Maison-Rouge
se encontró entre las primeras filas de soldados; éstos le preguntaron quién
era, y respondió que el vicario del abate Girard, y que ambos habían sido
rechazados por la reina. Los soldados le hicieron retroceder hasta la primera
fila de espectadores, donde los guardias le hicieron repetir lo que había dicho
a los soldados. Entonces, se elevaron gritos entre la multitud:
—La
ha visto... ¿Qué dice?... ¿Sigue tan orgullosa? ¿Llora?…
El
caballero respondió a todas las preguntas con voz débil, dulce y afable. Cuando
habló del delfín y la princesa, de esta reina sin trono, de esta esposa sin
esposo, de esta madre sin hijos, de esta mujer sola y abandonada sin un amigo
en medio de verdugos, más de una frente se veló de tristeza, más de una
lágrima, furtiva y brillante, apareció en los ojos animados de odio hasta poco
antes.
Sonaron
las once en el reloj del Palacio, y todos los rumores cesaron en el acto. Al
extinguirse la vibración de la última campanada se oyó un gran alboroto tras
las puertas, al tiempo que una carreta pasaba entre la multitud y se colocaba
al pie de las gradas.
Enseguida
apareció la reina en lo alto de la inmensa escalinata. Sus cabellos estaban
cortados muy cortos, y la mayor parte habían encanecido durante su cautividad,
lo que hacía más delicada aún su palidez nacarada. Vestía un traje blanco y
llevaba las manos atadas a la espalda.
A
ambos lados de la reina estaban el abate Girard y el verdugo, vestidos de
negro. Grammont, el jefe de la fuerza, señaló la carreta; la reina retrocedió
un paso.
—Suba
—dijo Grammont.
La
reina enrojeció hasta la raíz de los cabellos y preguntó:
—Si
el rey ha ido al cadalso en su coche, ¿por qué he de hacerlo yo en una carreta?
El abate Girard le dijo algunas palabras en voz baja y la reina se tambaleó.
Sansón se apresuró a sostenerla, pero ella recuperó el equilibrio antes de que
la tocara. Bajó las
escaleras
y subió a la carreta seguida por el abate. Sansón le ordenó sentarse a ambos, y
la carreta se puso en movimiento, mientras los soldados hacían retroceder a la
multitud. En ese momento se escuchó un aullido lúgubre. La reina se estremeció
y se puso en pie, mirando a su alrededor; entonces vio a su perro, perdido
desde hacía dos meses, el cual, pese a los gritos, golpes y patadas, se lanzó
hacia la carreta; pero extenuado, flaco y herido, el pobre Black desapareció
casi enseguida entre las patas de los caballos.
La
reina le perdió de vista sin poder hacerle ni una seña; pero enseguida volvió a
verle en brazos de un joven pálido que, de pie sobre un cañón, la saludaba
mostrándole el cielo.
María
Antonieta miró al ciclo y sonrió dulcemente.
El
caballero de Maison-Rouge lanzó un gemido y, como la carreta torcía hacia el
puente Change, se dejó caer entre la multitud.
En
la plaza de la Revolución, Lorin y Maurice esperaban apoyados en un farol,
hablando en voz baja.
Maurice
no podía soportar la idea de que se matara a las mujeres.
—Maurice,
hijo de la Revolución —dijo Lorin—, no reniegues de tu madre. La que va a morir
no es una mujer como las demás: es el genio maléfico de Francia.
—¡No
es a ella a quien lloro! —dijo Maurice.
—Comprendo:
es a Geneviève.
—Hay
un pensamiento que me vuelve loco: que Geneviève está en manos de los
proveedores de la guillotina llamados Hebert y Fouquier-Tinville, que han
enviado aquí a la pobre Héloïse y a la orgullosa María Antonieta.
—Espero
que la cólera del pueblo se sienta satisfecha tras devorar a los dos tiranos y
no engulla a nadie más en algún tiempo —dijo Lorin.
—Lorin
—dijo Maurice—, yo soy más positivo que tú, y te lo digo en voz baja, dispuesto
a repetírtelo en alto: Lorin, yo odio a la nueva reina, la que parece destinada
a suceder a la austríaca que va a destruir. Es una reina triste cuya púrpura
está hecha con sangre cotidiana, y que tiene a Sansón por primer ministro.
—¡Bah!,
nosotros nos escaparemos de ella.
—No
lo creo. Ya ves que tenemos que permanecer en la calle para que no nos detengan
en casa.
—¡Bah!
Podemos irnos de París, nada nos lo impide. No nos lamentemos. Mi tío nos
espera en Saint-Omer; tenemos dinero y pasaportes. Nos quedamos aquí porque
queremos.
—Eso
que dices no es cierto... Tú permaneces aquí porque yo quiero quedarme —dijo
Maurice.
—Y
tú quieres quedarte para encontrar a Geneviève; ¿hay algo más simple, justo y
natural?
Maurice
suspiró y su pensamiento tomó otro rumbo.
—Hoy
es un día triste para el pobre Maison-Rouge —murmuró.
—Maurice,
¿quieres que te diga lo que me parece más triste de las revoluciones? Que a
menudo se tiene por enemigos a quienes se quisiera tener por amigos, y por
amigos a quienes...
—Me
da miedo pensar que el caballero invente algún plan insensato para salvar a la
reina —le interrumpió Maurice.
—¿Un
hombre contra cien mil?
—Ya
te lo he dicho: un plan insensato... Yo sé que para salvar a Geneviève...
—Te
lo repito, Maurice: tú te alucinas. Incluso, si fuera necesario que salvaras a
Geneviève no serías mal ciudadano. Pero basta: aquí se nos oye y la austríaca
llega.
En
efecto, la carreta apareció por la calle Saint-Honoré. A derecha e izquierda
relucían las armas de la escolta, ante la cual, Grammont correspondía con los
resplandores de su sable a los gritos de algunos fanáticos.
Pero,
a medida que avanzaba la carreta, los gritos se apagaban súbitamente bajo la
mirada fría y sombría de la condenada.
Indiferente
a las exhortaciones del abate Girard, María Antonieta no movía la cabeza ni a
derecha ni a izquierda, y su pensamiento parecía tan inmutable como su mirada;
la violencia de los bruscos movimientos de la carreta sobre el desigual
adoquinado, hacía resaltar la rigidez de su porte.
En
el lugar donde estaban Maurice y Lorin, no tardó en oírse el chirriar de los
ejes y resoplar de los caballos.
La
carreta se detuvo al pie del cadalso. La reina, que no pensaba en este momento,
volvió en sí y comprendió; extendió su mirada altanera sobre la multitud y vio,
subido en un mojón y enviándole el mismo saludo respetuoso, al mismo joven
pálido que viera a la salida de la Consejería.
Varias
personas vieron la escena, y como el joven iba vestido de negro, se corrió por
la multitud que un sacerdote había dado la absolución a María Antonieta antes
de subir al cadalso.
La
reina descendió con precaución los tres escalones del estribo, sostenida por
Sansón, que hasta el último momento le demostró los mayores miramientos.
Mientras
se dirigía hacia las gradas del cadalso, se encabritaron algunos caballos; unos
guardias de a pie y unos soldados parecieron perder el equilibrio; pero la
calma se restableció al instante y todas las miradas convergieron en la
condenada.
La
reina llegó a la plataforma del cadalso. El sacerdote no cesaba de hablarle; un
ayudante la empujó suavemente por detrás; otro le desató la toquilla que cubría
sus hombros.
María
Antonieta sintió la mano que rozaba su cuello, hizo un brusco movimiento y pisó
a Sansón, que se ocupaba en atarla a la plancha fatal. Sansón retiró el pie.
—Perdóneme,
señor —dijo la reina—; no lo he hecho a propósito.
Estas
fueron las últimas palabras que pronunció. Las doce y cuarto sonaban en las
Tullerías, al mismo tiempo que María Antonieta entraba en la eternidad.
Resonó
un grito terrible que resumía todos los ánimos: alegría, espanto, duelo,
esperanza, expiación; el grito cubrió como un huracán un débil lamento que, en
el mismo instante resonó en el cadalso.
La
multitud se extendió como en río, dispersó a los guardias y como una marea fue
a golpear contra los pies del cadalso, haciéndole tambalearse.
Todo
el mundo quería ver de cerca los restos de la realeza, a la que se creía
destruida en Francia para siempre.
Pero
los guardias buscaban a un hombre que había sobrepasado sus líneas,
deslizándose bajo el cadalso.
Dos
de ellos volvieron llevando por el cuello a un joven cuya mano apretaba contra
su corazón un pañuelo empapado de sangre.
Le
seguía un perrito pachón que ladraba lastimosamente.
—¡Muerte
al aristócrata! —gritaron algunos hombres señalándole.
—¡Dios
mío!, ¿le reconoces? —preguntó Maurice a Lorin.
—¡Muerte
al realista! —repetían frenéticos—. Quitadle el pañuelo, quiere hacerse con él
una reliquia: arrancádselo, arrancádselo.
En
los labios del joven bailó una sonrisa orgullosa; se desgarró la camisa y dejó
caer el pañuelo. Una herida profunda y brillante apareció bajo su tetilla
izquierda. La multitud lanzó un grito y retrocedió. El joven se dobló
lentamente y cayó de rodillas, mirando al cadalso como un mártir al altar.
—¡Maison-Rouge!
—murmuró Lorin al oído de Maurice. El joven expiró en medio de los guardias
estupefactos.
—Aún
se puede hacer algo, antes de convertirse en un mal ciudadano —dijo Maurice. El
perrito, asustado y ladrando, daba vueltas alrededor del cadáver; un hombre que
llevaba un grueso bastón, le reconoció y le llamó por su nombre; el perro
acudió a su lado; el hombre levantó su bastón, y le destrozó la cabeza, al
tiempo que reía estrepitosamente.
—¡Miserable!
—exclamó Maurice.
—¡Silencio!
—murmuró Lorin—. Silencio o estamos perdidos; es Simon.
Lorin
y Maurice fueron a casa del primero. Maurice, para no comprometer a su amigo,
había adoptado la costumbre de salir por la mañana temprano y no volver hasta
la noche, Durante el día acechaba el traslado de prisioneros a la Conserjería
para tratar de descubrir en qué prisión estaba encerrada Geneviève.
Pronto
se dio cuenta de que la actividad de diez hombres no sería suficiente para
vigilar las treinta y tres prisiones que había en París, y se contentó con ir
al tribunal para esperar la comparecencia de Geneviève. Pero esto le
desesperaba, porque, ¿qué recursos le quedaban a un condenado tras la
sentencia? Algunas veces el tribunal, que comenzaba sus sesiones a las diez,
había condenado a veinte o treinta personas antes de las cuatro; el primer
condenado disfrutaba de seis horas de vida, pero el último, enterado de la
sentencia a las cuatro menos cuarto, caía bajo la cuchilla a las cuatro y
media.
Si
hubiera sabido en qué prisión estaba encerrada Geneviève habría intentado
liberarla. Nunca las evasiones fueron tan fáciles. Pensaba con amargura en los
jardines de Port- Libre, tan sencillos de escalar; las habitaciones de
Madelonnettes, tan cómodas de agujerear para alcanzar la calle; los muros tan
bajos del Luxemburgo, y los corredores sombríos de los Carmelitas, en los que
un hombre resuelto podía penetrar tan fácilmente por una ventana.
Devorado
por la duda y la ansiedad llenaba de imprecaciones a Dixmer; le amenazaba y
saboreaba su odio por este hombre, cuya cobarde venganza se ocultaba bajo un
rostro de fidelidad a la causa real.
—Encontraré
al infame —pensaba Maurice—; y ese día, pobre de él.
La
mañana del día en que ocurrieron los sucesos que vamos a relatar, Maurice había
ido al tribunal revolucionario. Lorin dormía; le despertó el alboroto producido
en la puerta por voces de mujer y culatas de fusil. Echó una ojeada a su
alrededor para convencerse de que no había a la vista nada comprometedor. Al
mismo tiempo, entró en la casa un comisario seguido de varios hombres. El
comisario le dijo que se le detenía por sospechoso y le preguntó dónde estaba
su amigo Maurice.
—En
su casa, probablemente —contestó Lorin.
—No;
él vive aquí. Aquí está la denuncia, que es explícita.
Y el
comisario mostró a Lorin un papel con una horrible letra y una ortografía
enigmática. En el papel decía que cada mañana se veía al ciudadano Lindey,
sospechoso y bajo orden de detención, salir de casa del ciudadano Lorin. La
denuncia estaba firmada por Simon.
—¡Ah,
ya! —dijo Lorin—. Este remendón perderá práctica si ejerce dos oficios a la
vez. ¡Soplón y zapatero! Es un César este señor Simon... —y estalló en risas.
—¿Dónde
está el ciudadano Maurice? —dijo el comisario—. Te apremiamos a entregarle.
—Ya
he dicho que no está aquí.
El
comisario pasó a la habitación de al lado, luego subió a un pequeño desván que
ocupaba el criado de Lorin; pero no encontró la menor huella de Maurice. Pero,
en la mesa del comedor, atrajo su atención una carta recién escrita; era de
Maurice y decía: Desayuna sin mí. Voy al tribunal y no volveré hasta la noche.
Lorin
pidió permiso para que viniera su criado y le ayudara a vestirse; quería que
éste se enterara de todo para que pudiera contárselo a Maurice.
El
criado bajó de su desván y ayudó a su señor.
—Ahora,
ciudadanos, estoy dispuesto a seguirles. Pero déjenme llevarme el último
volumen de las Cartas a Emilia del señor Demoustier, que acaban de aparecer y
todavía no he leído; esto hará más atractivas las molestias de mi cautividad.
—¿Tu
cautividad? —dijo Simon—. No será muy larga: figuras en el proceso de la mujer
que ha querido libertar a la austriaca. Se la juzga hoy... a ti se te juzgará
mañana, cuando hayas testimoniado.
—Zapatero
—dijo Lorin con gravedad—, coses tus suelas demasiado de prisa.
—Sí.
Pero ya verás qué bonita cuchillada, hermoso granadero —dijo Simon, con una
horrible sonrisa.
Lorin
levantó los hombros y dijo:
—¿Partimos?
Les estoy esperando.
Y
como todos se dieron la vuelta para bajar la escalera, Lorin dio a Simon una
vigorosa patada, que le hizo bajar rodando entre aullidos.
Los
guardias no pudieron contener la risa. Lorin se metió las manos en los
bolsillos.
—¡En
el ejercicio de mis funciones! —dijo Simon, lívido de cólera.
—¡Diablo!
—respondió Lorin—. ¿Es que no estamos todos en el ejercicio de nuestras
funciones?
Le
hicieron subir a un coche y el comisario le condujo al palacio de justicia. XXI
LORIN
EL
DUELO
Maurice
se encontraba en su puesto habitual del tribunal revolucionario. El público de
las tribunas se encontraba de un humor feroz, lo que excitaba la severidad de
los jueces. Ya habían sido condenados cinco acusados. Otros dos esperaban en
ese momento el sí o el no de los jurados que les daría la vida o la muerte. El
público les interpelaba.
—Mira
ese alto, qué pálido está —decía una calcetera—. Se diría que ya está muerto.
El condenado miró a la mujer que le apostrofaba con una sonrisa de desprecio.
—¿Qué
dices? —replicó su vecina—. Mira cómo sonríe.
—Sí;
pero, de mala gana.
—¿Qué
hora es? —le preguntó su compañera.
—La
una menos diez; esto ya dura tres cuartos de hora.
—Entonces,
como en Domfront, la ciudad de la desgracia: que llegas a las doce y te ahorcan
a la una.
Maurice
oía todo esto sin prestarle atención; desde hacía algunos días, su corazón sólo
latía en ciertos momentos; de vez en Cuando, el temor o la esperanza parecían
cortar el ritmo de su vida, y estas constantes oscilaciones habían roto la
sensibilidad de su corazón, sustituyéndola por la atonía.
Entraron
los jurados y, como se esperaba, el presidente pronunció la condena de los dos
acusados, que salieron con paso firme: todo el mundo moría bien en esta época.
La
voz del ujier resonó lúgubre y siniestra.
—El
ciudadano acusador público contra la ciudadana Geneviève Dixmer.
Un
estremecimiento recorrió el cuerpo de Maurice, y un sudor húmedo perló su
rostro. Se abrió la puertecilla por la que entraban los acusados y apareció
Geneviève. Iba vestida de blanco, y sus cabellos estaban arreglados con una
encantadora coquetería. Sin duda, la pobre Geneviève quería aparecer bella
hasta el último momento.
Maurice
vio a Geneviève y sintió que le faltaban todas las fuerzas que había reunido
para esta ocasión; sin embargo, esperaba este golpe, pues desde hacía doce días
no había faltado a ninguna sesión.
Al
ver aparecer a la mujer, el público gritó: unos de furor, otros de admiración,
algunos de piedad. Sin duda, Geneviève reconoció una voz entre todas, porque se
volvió hacia Maurice, mientras el presidente hojeaba el dossier de la acusada.
Al
primer golpe de vista distinguió a Maurice. Entonces se volvió por completo con
una dulce sonrisa y un gesto más dulce todavía; apoyó sus manos rosas y
temblorosas sobre sus labios y, poniendo en él toda su alma, dio alas a un beso
perdido, que sólo uno entre toda aquella gente tenía derecha a tomar para sí.
Un
murmullo de interés recorrió la sala. Geneviève, interpelada, se volvió a sus
jueces; pero se detuvo en medio de su movimiento, y sus ojos se fijaron con
expresión de terror en un punto de la sala.
En
vano se alzó Maurice de puntillas: no vio nada; o mejor dicho, algo más
importante llamó su atención: Fouquier-Tinville había comenzado la lectura del
acta de acusación. Se decía en ella que Geneviève Dixmer era la esposa de un
conspirador encarnizado, del que se sospechaba que había ayudado al excaballero
de Maison-Rouge en sus sucesivas tentativas de salvar a la reina.
Por
otra parte, ella había sido sorprendida de rodillas ante la reina, suplicándola
que cambiara sus ropas con ella y ofreciéndose a morir en su puesto. Este
fanatismo estúpido, rezaba el acta de acusación, sin duda merecerá el elogio de
los contrarrevolucionarios; pero hoy, cualquier ciudadano francés se debe
exclusivamente a la nación, y la traiciona doblemente quien se sacrifica por
los enemigos de Francia.
Preguntada
Geneviève si reconocía haber sido encontrada, como decían los guardias Duchesne
y Gilbert, de rodillas ante la reina y suplicándole que cambiara sus ropas con
ella, respondió simplemente:
—Sí.
—Entonces
—dijo el presidente—, cuéntenos su plan y sus esperanzas.
Geneviève
repuso que una mujer podía tener esperanzas, pero no hacer un plan como aquél
del que era víctima. El presidente le preguntó cómo es que se encontraba en el
calabozo de la reina, y ella contestó que la habían obligado.
—¿Quién?
—preguntó el acusador público.
—Personas
que me habían amenazado de muerte si no obedecía.
—Pero,
para escapar a la muerte que la amenazaba, usted se arriesgó a ser condenada a
muerte.
—Cuando
he cedido, el cuchillo estaba junto a mi pecho, mientras que el hierro de la
guillotina estaba todavía muy lejos.
Le
preguntaron por qué no había pedido ayuda, y la joven respondió que no tenía
nadie a quien pedírsela.
Maurice
percibió a su izquierda un rostro inflexible. Era Dixmer, de pie, sombrío,
implacable, sin perder de vista a Geneviève ni al tribunal. Le lanzó una mirada
cargada de tanto odio, que el hombre se volvió hacia él como atraído por un
fluido ardiente.
El
presidente pidió a Geneviève que dijera los nombres de sus instigadores. Ella
contestó que sólo había uno: su marido.
—Indíquenos
su escondite.
—El
ha sido infame, pero yo no seré cobarde; no es mi obligación denunciar su
escondite, sino la de ustedes descubrirlo.
Maurice
miró a Dixmer y pensó en denunciarle, aún a riesgo de entregarse a sí mismo;
pero se contuvo.
El
presidente preguntó si había testigos, y el ujier llamó a Lorin.
—Había
otro testigo más importante —dijo Fouquier—; pero no se le ha podido encontrar.
Dixmer
se volvió hacia Maurice sonriendo: quizás había pasado por la cabeza del marido
la misma idea que por la del amante.
En
ese momento, acompañado por Simon y dos guardias entró Lorin, al que
preguntaron su nombre, estado y si era pariente de la acusada.
—No;
pero tengo el honor de ser uno de sus amigos.
—¿Sabía
usted que ella conspiraba para liberar a la reina?
—¿Cómo
quiere que lo supiera?
—Ella
se lo podía haber confiado. Se le ha visto alguna vez con ella. ¿Sabía que era
una aristócrata?
—La
conocía como la esposa de un curtidor.
—Su
marido no ejercía el oficio bajo el que se ocultaba. Háblenos de él.
—¡Con
mucho gusto!... Es un villano, que ha sacrificado a su propia mujer para
satisfacer sus odios personales. ¡Puah! Para mí está tan bajo como Simon.
Fouquier
le pidió que fuera más explícito, pero Lorin manifestó que ya había dicho
cuanto sabía.
—Ciudadano
Lorin, es tu deber aclarar los hechos al tribunal.
—Que
se aclare con lo que acabo de decir. En cuanto a esta pobre mujer, no ha hecho
más que obedecer a la violencia. Miradla, ¿tiene aspecto de conspiradora? Se la
ha obligado a hacerlo, eso es todo.
—¿Tú
crees?
—Estoy
seguro.
—En
nombre de la ley, pido que el testigo Lorin sea llevado ante el tribunal,
acusado de complicidad con esta mujer —dijo Fouquier.
—Ciudadano
acusador —exclamó Simon—, acabas de salvar a la patria. Lorin, sin responder
nada, pasó la barandilla, besó la mano de Geneviève,
preguntándole
cómo se encontraba, y se sentó en el banquillo de los acusados. Al pasar la
barandilla, Lorin había visto la figura sombría y burlona de Dixmer.
Cuando
estuvo sentado a su lado, Geneviève se inclinó junto a su oreja y le dijo:
—¿Sabe
que Maurice está aquí? No mire ahora, podría delatarle. Está detrás de
nosotros, junto a la puerta. ¡Qué pena para él si nos condenan!
—Nos
condenarán; no lo dude. La decepción sería demasiado cruel, si usted tuviera la
insensatez de esperar que no lo hicieran. Hay un medio para que usted se salve
—dijo Lorin.
—¿Seguro?
—preguntó Geneviève, cuyos ojos brillaban de alegría.
—De
eso respondo yo.
—Si
usted me salva, Lorin, ¡cómo le bendeciré!
—Pero
este medio... —replicó el joven.
Geneviève
leyó en sus ojos la causa de su vacilación.
—¿Usted
también le ha visto? —preguntó.
—Sí;
le he visto. ¿Quiere usted salvarse? Que él se siente aquí y usted estará
salvada. Sin duda, Dixmer adivinó en la mirada de Lorin lo que estaba diciendo,
porque palideció; pero enseguida recuperó su calma.
Sin
embargo, Geneviève se negó a hacer lo que decía Lorin, pese a la insistencia de
éste.
Simon,
que no podía oír lo que decían los dos acusados, no les quitaba la vista de
encima.
—Ciudadano
—dijo a un guardia—, impide a los conspiradores continuar sus complots contra
la República incluso delante del tribunal revolucionario.
—Ciudadano
Simon —dijo el guardia—, sabes muy bien que aquí ya no se conspira, y si se
hace no es por mucho tiempo. Están charlando, y si la ley no les prohibe hablar
en la carreta, ¿por qué habría de hacerlo en el tribunal?
El
presidente, tras consultar con sus auxiliares, comenzó sus preguntas:
—Ciudadano
Lorin, ¿de qué naturaleza eran sus relaciones con la ciudadana Dixmer?
Nuestros
dos corazones
la
amistad más pura los unía.
Yo
la amaba como a una hermana
y
ella como a un hermano me quería.
—Ciudadano
Lorin —dijo Fouquier—, la rima es muy mala, sobran sílabas.
—Pues
corta, ciudadano acusador, corta. Ese es tu oficio. El rostro impasible de
Fouquier palideció ligeramente.
—¿Con
qué espíritu aceptaba el ciudadano Dixmer la amistad de su mujer con un hombre
pretendidamente republicano? —preguntó el presidente.
—Eso
no se lo puedo decir, porque no he conocido al ciudadano Dixmer, de lo cual
estoy muy satisfecho.
—¿No
dices que tu amigo, el ciudadano Maurice Lindey, era la unión de esta amistad
tan pura entre tú y la acusada? —preguntó Fouquier—. Los ciudadanos del jurado
apreciarán esta singular alianza de una aristócrata con dos republicanos.
Usted, Lorin, conocía a esta mujer, era su amigo y ¿no conocía sus planes?
Entonces, ¿es posible que ella sola haya llevado a cabo la acción que se le
imputa?
Lorin
insistió en que Geneviève había sido obligada por su marido.
—Entonces,
¿cómo es que no conoces al marido?
Lorin
sólo necesitaba contar la desaparición de Dixmer, los amores de Geneviève y
Maurice, y cómo el marido se había llevado a Geneviève a un escondite
impenetrable, y quedaría exento de toda connivencia. Pero, para eso, tenía que
traicionar el secreto de sus dos amigos.
—¿Qué
responde usted al ciudadano acusador? —preguntó el presidente.
—Que
su lógica es aplastante y me ha convencido de algo que ignoraba: que soy, según
parece, el más temible conspirador que se haya visto.
Esta
declaración provocó la hilaridad general. Incluso los jurados no pudieron
reprimir la risa. Fouquier instó a Lorin a que hablara y se defendiera, pues se
conocía su pasado de excelente republicano. Pero el joven guardó silencio, y se
volvió hacia el auditorio para interrogar a Maurice con la mirada sobre lo que
debía de hacer. Maurice no indicó a Lorin que hablara, y éste se calló, lo que
equivalía a condenarse a sí mismo. Lo que siguió fue muy rápido: Fouquier
resumió su acusación; el presidente resumió los debates; los jurados salieron a
deliberar y volvieron con un veredicto de culpabilidad contra Lorin y
Geneviève; el presidente condenó a los dos a la pena de muerte.
Los
guardias se llevaron a Geneviève y a Lorin, que saludaron a Maurice de
diferente manera: Lorin
sonrió;
Geneviève, pálida y desfalleciente, le envió un último beso con sus dedos
empapados de lágrimas.
Maurice,
medio loco, no respondió al adiós de sus amigos.
Miró
a su alrededor, y reconoció a Dixmer, que salía con otros espectadores; se
lanzó rápidamente en su persecución le alcanzó en el momento en que sus pies
tocaban las baldosas de la antesala, y llamó su atención tocándole con la mano
en el hombro.
Dixmer
se volvió.
—Buenos
días, ciudadano republicano —dijo Dixmer, sir manifestar otra emoción que un
ligero temblor que dominó enseguida.
—Buenos
días, ciudadano cobarde. Me esperaba, ¿no?
—Ya
no; le he esperado antes.
—Todavía
llego demasiado pronto para ti, ¡asesino! —dijo Maurice con un murmullo
espantoso.
—Ciudadano
—replicó Dixmer—, usted echa lumbre por los ojos. Nos van a reconocer y nos
seguirán.
—Sí;
y tú temes ser detenido, ¿no?, ¿temes que te lleven al mismo cadalso al que
envías a los demás? Que se nos detenga, tanto mejor; porque me parece que hoy
le falta a la justicia nacional un culpable.
—Como
falta un nombre en la lista de las gentes de honor desde que el suyo ha
desaparecido, ¿no?
Maurice
le preguntó por qué no le había esperado el día en que le robó a Geneviève.
—Creía
que era usted el primer ladrón.
Maurice
le dijo que dejara aparte el humor, por el que nunca se había distinguido, y le
propuso batirse con él.
—Mañana,
si usted quiere; o esta noche, pero no ahora.
—¿Por
qué no?
—Porque
tengo que hacer algo a las cinco.
—Algún
proyecto horroroso —dijo Maurice—; alguna celada criminal.
—La
verdad es que es usted muy poco agradecido —replicó Dixmer—. Durante seis meses
le he dejado enamorar a mi mujer, he tolerado sus entrevistas y sus sonrisas.
Reconozca que nunca ha habido nadie más tolerante que yo.
—Es
decir, que me considerabas útil y me manejabas.
—Sin
duda. Mientras usted traicionaba a su república y me la vendía por una mirada
de mujer; mientras ustedes se deshonraban, usted por su traición y ella por su
adulterio yo esperaba y triunfaba.
—¡Horror!
—dijo Maurice.
—Veo
que sabe apreciar su conducta, que ha sido horrible, infame.
—Se
equivoca; la conducta infame es la del hombre al que se confía el honor de una
mujer y hace de su belleza un cebo ignominioso para cazar un corazón débil. Su
deber sagrado era proteger a esta mujer, y usted la ha vendido.
—Mi
deber era salvar al amigo que sostenía conmigo una causa sagrada. Igual que he
sacrificado mis bienes a esta causa, he sacrificado mi honor. Me he olvidado
por completo de mí mismo. Sólo he pensado en mí en último lugar, Ahora, ya no
tengo amigo: ha muerto apuñalado; ahora, ya no tengo reina: ha muerto en el
cadalso; ahora, pienso en mi venganza.
—Diga
mejor su asesinato.
—Matando
a una adúltera no se la asesina, se la castiga.
—El
que castiga lo hace a plena luz; tú no castigas, puesto que te escondes para
arrojar su cabeza a la guillotina.
—¿Yo
me escondo? Asistir a su condena, ir a la sala de los Muertos para darle el
último adiós, ¿es esconderse?
—¿Vas
a volverla a ver? —exclamó Maurice— ¿vas a decirle adiós?
—Decididamente,
no eres experto en venganzas, ciudadano Maurice. He encontrado algo mejor que
dejar a los acontecimientos seguir su propio curso; he encontrado un medio de
devolver a esta mujer todo el mal que me ha hecho: ella te ama y va a morir
lejos de ti; me detesta y va a volverme a ver. Mira, esta cartera guarda un
salvoconducto firmado por el escribano del Palacio, con él puedo llegar junto a
los condenados. Iré allí y llamaré adúltera a Geneviève; veré caer sus cabellos
bajo la mano del verdugo, repitiendo: adúltera; la acompañaré hasta la carreta,
y cuando ponga el pie en el cadalso, lo último que escuchará será la palabra
adúltera.
—¡Ten
cuidado! Ella no podrá soportar tantas cobardías y te denunciará.
—No
—dijo Dixmer—; me odia demasiado para hacerlo. Si quisiera denunciarme, lo
habría hecho cuando tu amigo se lo aconsejaba: si no me ha denunciado para
salvar su vida, no lo hará para morir conmigo. Sabe muy bien que si me denuncia
iré con ella al cadalso repitiéndole la palabra adúltera, y que en el momento
en que ella entre en la eternidad, la acusación entrará con ella.
—Escucha
—dijo Maurice—; a esta venganza le falta una cosa: que puedas decirle: «Al
salir del tribunal he encontrado a tu amante y le he matado.»
—Al
contrario; prefiero decirle que te he visto y que lamentarás el espectáculo de
su muerte toda tu vida.
—Sin
embargo, me matarás o te mataré —y pálido de emoción le cogió por el cuello y
le arrastró hasta una escalera que descendía a la orilla del río.
—No
hay necesidad de llevarme a la fuerza — dijo Dixmer.
Maurice
comprobó que su enemigo estaba armado y le hizo bajar delante de él,
advirtiéndole que al menor gesto le hundiría la cabeza de un sablazo.
—Sabes
que no tengo miedo —dijo Dixmer.
—De
mi sable, no —dijo Maurice—; pero sí de perder tu venganza. Y ahora que estamos
cara a cara, puedes decirle adiós.
Habían
llegado a la orilla del río, y Maurice se colocó entre el agua y Dixmer.
—Estoy
convencido de que te mataré, Maurice —dijo Dixmer—; tiemblas demasiado.
—Y
yo, Dixmer —dijo Maurice empuñando el sable—, creo que te mataré, y que
después, cogeré de tu cartera el salvoconducto del escribano del palacio. No te
molestes en abrocharte, el traje, mi sable lo abrirá, te lo aseguro, aunque
fuera de bronce como las corazas antiguas.
—¿Que
tú cogerás este papel? —gritó Dixmer.
—Sí
—dijo Maurice—. Yo lo utilizaré; yo llegaré con él junto a Geneviève; yo me
sentaré junto a ella en la carreta; yo murmuraré en su oído mientras viva: te
quiero; y cuando caiga su cabeza: te quería.
Dixmer
hizo un movimiento con la mano izquierda para pasarse el papel a la derecha y
lanzarlo al río junto con la cartera. Pero, rápido como el viento, el sable de
Maurice cayó sobre la mano y la separó casi por completo de la muñeca. El
herido lanzó un grito, sacudiendo su mano mutilada, y se puso en guardia.
Empezó
un combate terrible. Los dos enemigos estaban bajo una de las bóvedas que
comunican los calabozos de la Conserjería con el río; el espacio era tan
reducido que apenas tenían sitio para moverse sobre el suelo resbaladizo.
Dixmer
notaba que la sangre le corría por el brazo, y comprendió que las fuerzas se le
escapaban con ella; cargó contra Maurice con tal fuerza que éste tuvo que
retroceder un paso; al parar el golpe, resbaló su pie izquierdo, cayó de
rodillas y la punta del sable enemigo le rozó en el pecho. Con un rápido
movimiento levantó su sable; Dixmer, que se había lanzado contra él ciego de
rabia, se ensartó él mismo.
Se
oyó una imprecación y los dos cuerpos rodaron fuera de la bóveda. Maurice se
levantó cubierto por la sangre de su enemigo, y arrancó su sable del cuerpo de
éste; a medida que lo sacaba, parecía como si la hoja aspirase el resto de vida
que agitaba aún los miembros de Dixmer con un temblor nervioso.
Luego,
cuando estuvo seguro de que Dixmer había muerto, se inclinó sobre el cadáver,
le desabrochó la ropa, cogió la cartera y se alejó rápidamente.
Se
dio cuenta de que estaba cubierto de sangre y se acercó a la orilla del río
para lavarse en el agua las manos y la ropa, consciente de que, con semejante
aspecto, no podría avanzar dos pasos sin que le detuvieran.
Después
subió rápidamente la escalera, lanzando una última mirada a la bóveda: un
hilillo rojo salía de ella y avanzaba hacia el río.
Al
llegar cerca del palacio, abrió la cartera y sacó el salvoconducto firmado por
el escribano. Dio gracias a Dios por su justicia, y subió apresuradamente las
escaleras que conducían a la sala de los Muertos.
Sonaban
las tres.
XXII
LA
SALA DE LOS MUERTOS POR QUE HABIA SALIDO LORIN
¡VIVA
SIMON!
El
escribano del palacio padeció espantosos temores cuando se descubrió el complot
de Dixmer. Sabía que podía aparecer como cómplice de su falso colega y ser
condenado a muerte. Fouquier-Tinville le llamó, y el hombre sólo pudo demostrar
su inocencia gracias a la declaración de Geneviève, la huida de Dixmer y el
interés del propio Fouquier por conservar a su administración limpia de
cualquier mancha.
—Ciudadano
—había dicho el escribano—, me he dejado engañar como un animal.
—Un
empleado de la nación que se deja engañar en estos tiempos, merece ser
guillotinado — había contestado Fouquier—. Animal o no, nadie se debe adormecer
en su amor por la República. Te perdono porque no quiero que ningún empleado
mío sea sospechoso. Pero acuérdate que la mínima palabra que oiga sobre este
asunto, será tu condena de muerte.
El
escribano buscó a Dixmer por todas partes para recomendarle silencio; pero
Dixmer había cambiado de domicilio y no le pudo encontrar.
El
día en que juzgaban a Geneviève, Dixmer apareció en la oficina del palacio. El
escribano se quedó petrificado como si viera a un espectro.
—¿No
me reconoces? —preguntó Dixmer.
—Sí;
eres el ciudadano Durand, o mejor dicho, el ciudadano Dixmer. Pero, ¿estás
muerto?
—Todavía
no, como puedes ver.
—Quiero
decir que se te va a detener.
—¿Quién
quieres que me detenga? No me conoce nadie.
—Yo
te conozco; y sólo tengo que decir una palabra para que te guillotinen.
—Y
yo sólo tengo que decir dos para que te guillotinen conmigo. Escucha: mi mujer
va a ser condenada y deseo verla por última vez para decirle adiós.
—¿Dónde?
—En
la sala de los Muertos.
—¿Te
atreverás á entrar allí?
—¿Por
qué no? Debe haber un medio de hacerlo.
—Sí
que lo hay: consiguiendo un salvoconducto.
—¿Dónde
se consigue? —el escribano vacilaba—. Contesta.
—Se
consiguen... aquí.
—¿Y
quién los firma habitualmente?
—Yo.
—¡Mira
qué bien! —dijo Dixmer—. Tú me vas a firmar un salvoconducto.
El
escribano se sobresaltó, dijo que se jugaba la cabeza y aseguró que iba a hacer
que le detuvieran.
—Hazlo
—dijo Dixmer—; yo te denunciaré como mi cómplice y me acompañarás a la famosa
sala en vez de dejarme ir solo.
El
escribano quería buscar una manera de arreglar el asunto que fuera menos
comprometedora para él, y le propuso:
—Entras
por la puerta de los condenados, para lo que no hace falta salvoconducto. Y
luego, cuando hayas hablado con tu mujer, me llamas y yo te hago salir.
—No
está mal—dijo Dixmer—. Pero, desgraciadamente, hay una historia que se cuenta
en la ciudad: un pobre jorobado se ha equivocado de puerta y, creyendo entrar
en los archivos, entra en la sala de los Muertos por la puerta de los
condenados, y como no lleva salvoconducto, no se le deja salir, diciéndole que,
como ha entrado por la misma
puerta
que los demás condenados, él también lo es. De nada le ha servido protestar y
jurar, nadie le ha creído, nadie ha ido en su ayuda, nadie le ha ayudado a
salir. De manera que, pese a sus protestas, juramentos y gritos, el verdugo le
ha cortado los cabellos y luego el cuello. Tú debes saber si la anécdota es
cierta.
—Sí,
es cierta —dijo el escribano.
—Entonces,
yo estaría loco si entrara en un sitio tan peligroso con semejantes
antecedentes.
El
escribano le aseguró que él le esperaría junto a la puerta.
—Eso
te comprometería —dijo Dixmer—: te verían hablar conmigo; y además, no me
conviene. Prefiero el salvoconducto.
—Imposible.
—Entonces,
querido amigo, hablaré, y daremos una vuelta juntos por la plaza de la
Revolución.
El
escribano, aturdido y medio muerto, firmó un salvoconducto para un ciudadano.
Dixmer lo cogió y se fue.
A
partir de ese momento, el escribano, para evitar toda acusación de connivencia,
fue a sentarse junto a Fouquier-Tinville, dejando la dirección de su oficina a
su primer oficial. A las tres y diez, Maurice, provisto de salvoconducto,
atravesó una auténtica valla de carceleros y guardias, y llegó sin obstáculo
hasta la puerta fatal.
La
habitación estaba dividida en dos compartimentos; en uno permanecían los
empleados encargados de registrar los nombres de los que llegaban; en el otro,
amueblado con unos bancos de madera, esperaban los que acababan de ser
detenidos y los que acababan de ser condenados, que era casi lo mismo.
La
sala era sombría. Una mujer vestida de blanco y medio desvanecida yacía en una
esquina. Ante ella, un hombre guardaba silencio. Alrededor de estos dos
personajes se movían confusamente los condenados, que sollozaban o cantaban
himnos patrióticos. Otros se paseaban a grandes zancadas, como para huir del
pensamiento que les devoraba.
Era
la antesala de la muerte, y su mobiliario hacia honor su nombre: las camas,
tumbas provisionales, eran ataúdes llenos de paja. En una pared se alzaba un
gran armario; un prisionero lo abrió por curiosidad y retrocedió con horror: el
armario encerraba las ropas sangrientas de los ajusticiados la víspera, y
largas trenzas de cabellos colgaban acá y allá; eran las propinas del verdugo,
que se las vendía a los parientes cuando la autoridad no le ordenaba quemar
esas queridas reliquias.
Maurice
contempló el cuadro, avanzó tres pasos y cayó a los pies de Geneviève. La pobre
mujer lanzó un grito que Maurice ahogó en sus labios. Lorin abrazó a su amigo
llorando; eran las primeras lágrimas que derramaba.
Los
condenados apenas se observaban unos a otros. Cada uno estaba demasiado ocupado
con sus propias emociones para preocuparse de las de los demás.
Los
tres amigos permanecieron unidos por un momento en un abrazo mudo, ardiente y
casi alegre.
Maurice
tomó las manos de Geneviève y dijo a Lorin.
—Has
sido detenido por mí y condenado por ella, sin haber hecho nada por tu parte
contra las leyes; si Geneviève y yo pagamos nuestra deuda, no conviene que se
te haga pagar a ti.
—No
te entiendo.
—Lorin,
eres libre.
—¿Libre?
¡Estás loco! —dijo Lorin.
—No
estoy loco; te repito que estás libre; aquí tienes un salvoconducto. Cuando te
pregunten, di que eres un empleado de la oficina de los Carmelitas, que has
venido a
hablar
con el escribano del palacio, has sentido curiosidad, y has pedido un
salvoconducto para ver a los condenados.
—Si
se puede salir de aquí, ¿por qué no haces que se salve ella? —preguntó Lorin.
—Imposible.
En el salvoconducto pone un ciudadano, y no una ciudadana; además, Geneviève no
querría salir dejándome aquí.
—Y
si ella no quiere, ¿por qué iba a querer yo?, ¿crees que tengo menos valor que
una mujer?
—No,
amigo mío: todo lo contrario; yo sé que eres el hombre más valiente; pero nadie
podría disculpar tu cabezonería en este caso. Vamos, Lorin, aprovecha la
ocasión, y danos esta alegría suprema de saberte libre y feliz.
—¿Feliz
sin vosotros? No. Si estando yo preso, existiera la posibilidad de encontraros,
derribaría murallas; pero, para salvarme solo, para pasar ante las casas donde
os he visto y no ver más que vuestras sombras, para llegar a execrar este París
al que he querido tanto; para eso, no. Me quedo aquí.
—Pobre
amigo —dijo Maurice.
Geneviève
no decía nada, pero le miraba con los ojos empañados de lágrimas.
—Echas
de menos la vida —dijo Lorin.
—Sí;
por ella.
—Yo
no la echo de menos por nada; ni siquiera por la diosa Razón, que me ha hecho
últimamente las más graves injusticias, por lo que ni siquiera tendrá el
trabajo de consolarse como la otra Arthémise, la antigua. Me iré tranquilo y
chistoso; divertiré a todos los miserables que corren junto a la carreta;
recitaré un bonito cuarteto a Sansón, diré buenas noches a todos… es decir...
espera. Sí, tengo que salir. Sabía que no quería a nadie, pero olvidaba que
odiaba a uno. Tu reloj, Maurice, tu reloj.
—Las
tres y media.
—Tengo
tiempo, diablo, tengo tiempo.
—Quedan
nueve acusados aún —dijo Maurice—. Tenemos casi dos horas por delante.
—Es
todo lo que necesito. Dame tu salvoconducto y préstame veinte sueldos12.
Geneviève le preguntó qué iba a hacer, pero Lorin eludió la respuesta. Maurice
sacó su bolsa y la puso en manos de su amigo junto con el salvoconducto. Lorin
besó la mano de Geneviève y, aprovechando la llegada de una hornada de
condenados, pasó por encima de los bancos y se plantó en la puerta. Se le
acercó un guardia y le mostró el salvoconducto. El guardia reconoció la firma
del escribano, pero desconfiaba, y al ver al 12 Moneda de cinco francos creada
por La Revolución Francesa.
(Nota
del traductor.)
escribano,
que llegaba en ese momento del tribunal, le mostró el papel, preguntándole si
era auténtico.
El
escribano tembló de miedo y, convencido de que vería a Dixmer si levantaba la
vista, se apresuró a responder, apoderándose del salvoconducto:
—Sí,
sí, es mi firma —y rompió el papel en mil trozos—. Pero este tipo de
salvoconductos sólo valen para una vez.
Lorin
se quedó un momento irresoluto, y luego salió de la oficina. Maurice le siguió
con la mirada, y cuando desapareció, dijo a Geneviève,
—Está
salvado. Han roto su salvoconducto y no podrá volver a entrar. Además, ya va a
terminar la sesión del tribunal: él volverá a las cinco, y nosotros ya habremos
muerto. Geneviève suspiró, estremeciéndose.
—Abrázame
—dijo—, y no nos separemos. ¡Por qué no será posible que nos mate un mismo
golpe para exhalar juntos nuestro último suspiro!
Los
dos jóvenes se retiraron a lo más profundo de la sala. Geneviève se sentó junto
a Maurice y le pasó los brazos alrededor del cuello; así enlazados, respirando
los dos el mismo aire, se adormecieron.
Pasó
media hora. De pronto se oyeron ruidos y los guardias aparecieron en la puerta
seguidos de Sansón y sus ayudantes, que llevaban unos líos de cuerdas.
—¡Oh!,
amigo mío —dijo Geneviève—. Ha llegado el momento fatal; me siento desfallecer.
—Y
usted está equivocado —se oyó la voz de Lorin—:
Usted
está equivocado, en verdad ¡Porque la muerte es la libertad!
—Has
vuelto, infeliz... —le dijo Maurice.
—Escucha
—dijo Lorin—; porque lo que tengo que decir os interesa a los dos. Yo deseaba
salir para comprar un cuchillo. Lo he comprado, y ya con él, me decía: «el
señor Dixmer ha puesto en peligro a su mujer, ha venido a ver cómo la juzgaban,
no se privará del placer de verla en la carreta sobre todo, acompañándola
nosotros. De manera que le encontraré en la primera fila de espectadores; me
acercaré a él y le diré: "buenos días, señor Dixmer", y le clavaré mi
cuchillo en el costado.» Pero la Providencia ya había puesto las cosas en
orden. Vi que los espectadores estaban de espaldas al palacio y miraban al
muelle. Pensé que se trataría de un perro que se ahogaba; me acerqué al
parapeto, miré a la orilla y... adivinad lo que vi.
—A
Dixmer —dijo Maurice con voz sombría.
—Sí.
¿Cómo has podido adivinarlo? Era Dixmer que se había matado él solo; el
desgraciado, sin duda, lo ha hecho como expiación.
Geneviève
dejó caer su cabeza entre las manos; estaba demasiado débil para soportar
tantas emociones juntas. Maurice preguntó a su amigo si eso era lo que había
pensado.
—Sí...
a menos que... haya encontrado a alguien...
Maurice,
aprovechando que Geneviève no podía verle, se desabrochó el traje y mostró a
Lorin su chaleco y camisa ensangrentados.
—Eso
es otra cosa —dijo Lorin, tendiendo la mano a su amigo. Luego, se acercó a su
oreja para hablarle en voz baja—. Como he entrado sin que me registraran,
diciendo que soy de la escolta de Sansón, tengo el cuchillo, por si la
guillotina te repugna.
Maurice
cogió el arma con alegría; pero se arrepintió a pensar que Geneviève sufriría
demasiado y devolvió el cuchillo a su amigo que, dando un viva a la guillotina,
lo arrojó en medio del grupo de condenados. Uno de ellos lo cogió se lo clavó
en el pecho y cayó muerto en el acto. En ese momento, Geneviève se revolvió
dando un grito: Sansón acababa de ponerle la mano en el hombro.
Al
oír el grito de Geneviève, Maurice comprendió que comenzaba la lucha. Abarcó
toda la escena con la mirada, y con el pensamiento se imaginó lo que iba a
seguir.
En
medio de la sala, un cadáver al que un guardia se apresuraba a sacar el
cuchillo del pecho, temiendo que otros pudieran utilizarlo.
Alrededor
suyo, unos hombres mudos de desesperación: escribían o se estrechaban la mano
unos a otros; unos repetían sin pausa un nombre querido, o mojaban con sus
lágrimas un retrato, un anillo, un mechón de cabellos; otros vomitaban furiosas
imprecaciones contra la tiranía.
En
medio de todos estos infortunios, Sansón, más abrumado por su lúgubre oficio
que por sus cincuenta y cuatro años; Sansón, tan dulce y consolador como su
misión le permitía ser, daba a cada uno un consejo y encontraba palabras para
responder a la desesperación y a la bravata.
Sansón
dijo a Geneviève que debía quitarse la toquilla y dejarse cortar el pelo. La
joven le pidió permiso para que lo hiciera Maurice, a lo que el viejo accedió.
Maurice se quitó la corbata, tibia por el calor de su cuello; Geneviève la besó
y, poniéndose de rodillas, le
presentó
su hermosa cabeza. Las manos de Maurice temblaban al terminar la fúnebre
operación, y tenía tal expresión de dolor en el rostro que Geneviève le
recomendó valor. Mientras tanto, el primer ayudante había examinado la lista
enviada por Fouquier.
—Catorce
—dijo.
Sansón
contó los condenados.
—Quince
con el muerto —dijo Sansón—. ¿Cómo se explica? Debe ser un error del ciudadano
Fouquier.
Maurice
pidió a Lorin que aprovechara la ocasión para salvarse, y Geneviève juntó sus
manos en señal de súplica. Pero Lorin tomó las manos de la joven, las besó y
dijo:
—He
dicho que no, y es que no; no digáis nada más o tendré que pensar que os
estorbo.
—Catorce
—repitió Sansón—, y son quince. ¿Hay alguno que reclame?
Se
hizo un silencio de varios minutos mientras los ayudantes continuaban su
lúgubre trabajo.
—Ciudadanos,
estamos dispuestos... —dijo la voz sorda y solemne del viejo Sansón. Se oyeron
algunos sollozos y la voz de Lorin que decía:
Muramos
por la patria,
¡Es
la suerte mejor!
—Sí,
cuando se muere por la patria; pero empiezo a pensar que sólo morimos para
placer de los que nos ven morir Maurice, soy de tu opinión: también a mí
empieza a disgustarme la República.
En
ese momento, entraron los guardias, cerraron las salidas y se colocaron entre
las puertas y los condenados mientras se pasaba lista.
A
medida que cada uno pasaba por el portillo, le ataban las manos a la espalda.
Durante diez minutos, los infelices no intercambiaron ni una palabra. Sólo los
verdugos hablaban y se movían.
Maurice,
Geneviève y Lorin se apretaban entre sí para que no les separasen.
Los
condenados fueron sacados al patio, donde esperaban las carretas, y subieron a
éstas ayudados por los carceleros.
Geneviève
subió a la carreta y Maurice lo hizo tras ella. Lorin no se apresuró. Eligió su
sitio y se sentó a la izquierda de Maurice.
Las
puertas se abrieron; en las primeras filas de espectadores estaba Simon; los
dos amigos le reconocieron, y él también les vio. Cuando la carreta pasó junto
a él, dijo a Lorin:
—Buenos
días, hermoso granadero; me parece que vas a probar mi cuchilla.
—Sí;
y trataré de no mellarla para que pueda cortarte el pellejo cuando te llegue la
vez. Una espantosa tormenta de gritos, bravos, gemidos y maldiciones hizo
explosión alrededor de los condenados. Maurice recomendó valor a Geneviève, y
la joven dijo que sólo lamentaba no tener las manos libres para abrazarle antes
de morir.
—Lorin
—dijo Maurice—; registra en el bolsillo de mi chaleco. Y encontrarás un
cortaplumas.
Maurice
colocó su bolsillo a la altura de las manos de su amigo; Lorin cogió el
cortaplumas, lo abrieron entre los dos, y cogiéndolo Maurice entre los dientes,
cortó las cuerdas que ataban las manos de su amigo que, a su vez, le devolvió
el servicio;
—Date
prisa —dijo Maurice—, Geneviève se desvanece.
En
efecto, la joven había cerrado los ojos y dejado caer la cabeza sobre el pecho.
—Abre
los ojos —le dijo Maurice—; nos quedan muy pocos minutos para vernos en este
mundo.
La
joven le dijo que las cuerdas le hacían daño, y Maurice la desató. Enseguida,
Geneviève abrió los ojos, se enderezó y rodeó con su brazo a Maurice, mientras
con la otra mano cogía la de Lorin, y los tres se pusieron de pie.
Elpueblo,
que los insultaba al verlos sentados, guardó silencio al verlos de pie.
Se
divisó el cadalso. Maurice y Lorin lo vieron; Geneviève no lo vio porque sólo
miraba a su amante. La carreta se detuvo.
—¡Te
quiero! —dijo Maurice a Geneviève—, ¡te quiero!
El
pueblo pidió que se guillotinara primero a la mujer. Maurice la tomó en sus
brazos y, con los labios pegados a los de ella, la depositó en brazos de
Sansón.
Maurice
recomendó valor a Geneviève y luego, le repitió que la amaba.
—Adiós
—gritó Geneviève a Lorin.
—Hasta
la vista —respondió éste.
Y
Geneviève desapareció en la báscula fatal. Maurice y Lorin discutían cuál de
los dos la seguiría.
—Escucha;
ella te llama —dijo Lorin.
En
efecto, Geneviève lanzó su último grito:
—¡Ven!
Un
rumor se alzó de la multitud. La hermosa cabeza había caído. Maurice avanzó.
—Es
lo justo —dijo Lorin—. Sigamos la lógica: ella te quería, muere la primera; tú
no estás condenado, mueres el segundo; yo no he hecho nada, y como soy el más
criminal de los tres, lo hago el último.
He
ahí como todo se explica Con ayuda de la lógica.
—Ciudadano
Sansón, te había prometido un cuarteto pero te conformarás con un pareado.
—Yo
te quería —murmuró Maurice atado a la plancha fatal y sonriendo a la cabeza de
su amiga—; yo te quería…
El
hierro cortó la palabra por la mitad.
—Ahora
yo —exclamó Lorin, saltando al cadalso—, y rápido, porque pierdo la cabeza...
Ciudadano Sansón, te he estafado dos versos, pero en su lugar, te ofrezco un
juego de palabras.
Sansón
le ató.
—Veamos
—dijo Lorin—; está de moda gritar algún viva cuando se muere: antes se gritaba:
«Viva el rey», pero ya no hay rey. Después se ha gritado: «Viva la libertad»,
pero ya no hay libertad. ¡Pardiez! ¡Viva Simon que nos reúne a los tres!
Y la
cabeza del generoso joven cayó cerca de las de Maurice y Geneviève.
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