© Libro N° 6078.
La Casa Del Idolo De Astarte. Christie, Agatha. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © La Casa Del Idolo De Astarte. Agatha Christie
Versión Original: © La Casa Del Idolo De Astarte. Agatha Christie
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CASA DEL IDOLO DE ASTARTE
Agatha Christie
Estos
relatos son contados por los miembros del Club de los Martes que se reúnen cada
semana. En la cual cada uno de los
miembros y por turno expone un problema o algún misterio que cada uno conozca
personalmente y del que, desde luego sepa la solución.
Para
así el resto del grupo poder dar con la solución del problema o misterio.
El
grupo esta formado por seis personas:
Miss
Marple, Mujer ya mayor pero especialista en resolver cualquier tipo de
misterio.
Raymond
West: Sobrino de Miss Marple y escritor.
Sir
Henry Clithering:Hombre de mundo y comisionado de Scotland Yard.
Doctor
Pender: Anciano clérigo de parroquia
Mr.
Petherick:Notable abogado
Joyce
Lempriére:Joven artista
Y
ahora doctor Pender, ¿qué va usted a contarnos?
El
anciano clérigo sonrió amablemente.
—Mi
vida ha transcurrido en lugares tranquilos—dijo—. He sido testigo de muy pocos
acontecimientos memorables. No obstante, en cierta ocasión, cuando era joven,
tuve una extraña y trágica experiencia.
—¡Ah!
—exclamó Joyce Lempriére en tono alentador.
—Nunca
la he olvidado —continuó el clérigo—. Entonces me causó una profunda impresión,
e incluso ahora, con un ligero esfuerzo de mi memoria, puedo sentir de nuevo
todo el horror y la angustia de aquel terrible momento en que vi caer muerto a
un hombre al parecer sin causa aparente.
—Ha
conseguido ponerme la piel de gallina, Pender—se lamentó sir Henry.
—A
mí sí que se me puso la piel de gallina, como usted dice —replicó el otro—.
Desde entonces nunca he vuelto a reírme de las personas que emplean la palabra
«atmósfera». Existe. Hay ciertos lugares saturados de buenos o malos influjos
que hacen sentir sus efectos.
—Esa
casa, The Larches, es uno de esos lugares infortunados —señaló miss Marpie—. El
viejo Mr. Smither perdió todo su dinero y tuvo que abandonarla. Luego la
alquilaron los Carlslake y Johnny se cayó por la escalera y se rompió una
pierna, y Mrs. Carlslake se vio obligada a marcharse al sur de Francia para
reponerse. Ahora la tienen los Burden y he oído decir que el pobre Mr Burden
tendrá que ser operado de urgencia.
—Hay
mucha superstición en lo que toca a todos estos temas —dijo Mr. Petherick—. Y
por culpa de muchos de los estúpidos rumores que corren se ocasionan
innumerables daños a estas fincas.
—Yo
he conocido un par de fantasmas que tenían una robusta personalidad —comentó
sir Henry con una risita.
—Creo
—dijo Raymond— que deberíamos dejar que el doctor Pender continuara su
historia.
Joyce
se puso en pie para apagar las dos lámparas, dejando la habitación iluminada
solamente por el resplandor de las llamas.
—Atmósfera
—explicó—. Ahora podemos continuar.
El
doctor Pender le dirigió una sonrisa y, tras acomodarse en su butaca y quitarse
las gafas, comenzó su relato con voz suave y evocadora.
—Ignoro
si alguno de ustedes conocerá Dartmoor. El lugar de que les hablo se halla
situado cerca de los límites de Dartmoor Era una preciosa finca, aunque estuvo
varios años en venta sin encontrar comprador Tal vez resulta algo apartada en
invierno, pero la vista es magnífica y la casa misma posee características
ciertamente curiosas y originales. Fue adquirida por un hombre llamado Haydon,
sir Richard Haydon. Yo lo había conocido en la universidad y, aunque le perdí
de vista durante algunos años, seguíamos manteniendo lazos de amistad y acepté
con agrado su invitación de ir al Bosque Silencioso, como se llamaba su nueva
propiedad.
»La
reunión no era muy numerosa. Estaba el propio Richard Haydon, su primo Elliot
Haydon y una tal lady Mannering con su hija, una joven pálida e inconspicua,
llamada Violeta. El capitán Rogers con su esposa, buenos jinetes, personas
curtidas que sólo vivían para los caballos y la caza. En la casa estaba también
el joven doctor Symonds y miss Diana Ashley. Yo había oído algo sobre esta
última. Su fotografía aparecía a menudo en las revistas de sociedad y era una
de las bellezas destacadas de la temporada. Desde luego era realmente
atractiva. Morena, alta, con un hermoso cutís de tono crema pálido y unos ojos
oscuros y rasgados que le daban una pícara expresión oriental. Poseía además
una maravillosa voz, profunda y musical.
»Vi
en seguida que mi amigo Richard Haydon estaba muy interesado por la muchacha y
deduje que aquella reunión había sido organizada únicamente por ella. De los
sentimientos de ella no estaba tan seguro. Era caprichosa al conceder sus
favores. Un día hablaba con Richard como si los demás no existiéramos y, al
otro, el favorito era su primo Elliot y no parecía notar la existencia de
Richard, para acabar dedicándole sus más seductoras sonrisas al tranquilo y
retraído doctor Symonds.
»La
mañana que siguió a mi llegada, nuestro anfitrión nos mostró el lugar. La casa
en sí no era nada extraordinaria, y estaba sólidamente construida con granito
de Devonshire para resistir las inclemencias del tiempo. No era romántica, pero
si muy confortable. Desde sus ventanas se divisaba el panorama del páramo y las
vastas colinas coronadas por peñascos moldeados por el viento.
»En
las laderas de los peñascos más cercanos a nosotros había varios círculos de
menhires, reliquias de los remotos días de la Edad de Piedra. En otra colina se
veía un túmulo recientemente excavado y en el que habían sido encontrados
diversos objetos de bronce. Haydon sentía un gran interés por las antigüedades
y nos hablaba con gran entusiasmo de aquel lugar que, según nos explicó, era
particularmente rico en reliquias del pasado.
»Se
habían encontrado restos de refugios neolíticos, de druidas celtas, de romanos,
e incluso indicios de los primeros fenicios.
»—Pero
este lugar es el más interesante de todos —nos dijo—. Ya conocéis su nombre, el
Bosque Silencioso. Bien, no es difícil comprender por qué se llama así.
»Señaló
con el brazo. En aquella zona, el paisaje se mostraba especialmente desolado;
rocas, brezos, helechos, pero a unos cien metros de la casa había una magnífica
y espesa arboleda.
»—Es
una reliquia de tiempos muy remotos —dijo Haydon—. Los árboles han ido
muriendo, pero han sido replantados y en conjunto se ha conservado tal como
estaba tal vez en tiempos de los fenicios. Vengan a verlo.
»Todos
le seguimos. Al entrar en el bosquecillo me sentí invadido por una curiosa
opresión. Creo que fue el silencio, ningún pájaro parecía anidar en aquellos
árboles. Se podía palpar la desolación y el horror en el aire. Vi que Haydon me
contemplaba con una extraña sonrisa.
»—¿No
le causa alguna sensación este lugar, Pender?
—me preguntó—. ¿De hostilidad? ¿O de intranquilidad?
»—No
me gusta —repliqué tranquilamente.
»—Está
en su derecho. Este lugar fue la plaza fuerte de uno de los antiguos enemigos
de la fe. Este es el Bosque de Astarté.
»—¿Astarte?
»—Astarté,
Isthar, Ashtoreth o como quiera llamarla. Yo prefiero el nombre fenicio de
Astarté. Creo que se conoce otro Bosque de Astarté en este país, al norte de la
muralla de Adriano. No tengo pruebas, pero me gusta pensar que el de aquí es el
auténtico. Ahí, en el centro de ese espeso círculo de árboles, se llevaban a
cabo los ritos sagrados.
»—Ritos
sagrados —murrnuró Diana Ashley con mirada soñadora—. Me gustaría saber cómo
eran.
»—Nada
recomendables— dijo el capitán Rogers con una risa estruendosa pero
inexpresiva—. Imagino que algo fuertes.
»Haydon
no le prestó atención.
»—En
el centro del bosque debía de haber un templo —dijo—. No es que haya conseguido
encontrar alguno, pero me he dejado llevar un poco por mi imaginación.
»Para
entonces ya habíamos penetrado en un pequeño claro en el centro de la arboleda,
donde se elevaba una especie de glorieta de piedra. Diana Ashley miró
inquisitivamente a Haydon.
»—Yo
la llamo la Casa del Idolo —dijo éste—. Es la Casa del Idolo de Astarté.
»Y
avanzó hacia ella. En su interior, sobre un tosco pilar de ébano, reposaba una
curiosa imagen que representaba a una mujer con cuernos en forma de media luna
y que estaba sentada sobre un león.
»—Astarté
de los fenicios —dijo Haydon—. La diosa de la Luna.
»—¡La
diosa de la Luna! —exclamó Diana—. Oh, organicemos una fiesta pagana para esta
noche. Disfrazados. Vendremos aquí a medianoche para celebrar los ritos de
Astarté.
»Yo
hice un gesto brusco y Elliot Haydon, el primo de Richard Haydon, se volvió
rápidamente hacia mí.
»—A
usted no le gusta todo esto, ¿verdad, Pender? —me dijo.
»—Sí
—repliqué en tono grave—, no me gusta. —Me miró con extrañeza.
»—Pero
si es una broma. Dick no puede saber si esto era realmente un bosque sagrado.
Sólo es pura imaginación. Le gusta jugar con la idea. Y de todos modos, si de
verdad lo fuera...
»—¿Y
si lo fuera...?
»—Bueno
—dijo con una sonrisa un tanto incómoda—. Usted no puede creer en esas cosas,
¿no? Es un párroco.
»—Precisamente,
no estoy seguro de como párroco no deha creer en ello.
»—Aun
así, todo es ya parte del pasado.
»—No
estaría tan seguro —dije pensativo—. Yo sólo sé una cosa. Por lo general no soy
hombre que se deje impresionar fácilmente por un ambiente, pero desde que he
penetrado en este círculo de árboles, tengo una extraña sensación de maldad y
amenaza a mi alrededor
»
Miró intranquilo por encima de su hombro.
»—Sí
—dijo--, es curioso en cierto modo. Sé lo que quiere decir, pero supongo que es
sólo nuestra imaginación lo que nos produce esa sensación. ¿Qué dice a esto,
Symonds?
»El
doctor guardó silencio unos momentos antes de replicar con calma:
»—No
me gusta esto y no sé decirles por qué. Pero sea por lo que sea no me gusta.
»En
aquel momento se acercó a mi Violeta Mannering.
»—Aborrezco
este lugar —exclamó—, lo aborrezco. Salgamos de aquí.
»Echamos
a andar y los demás nos siguieron. Sólo Diana Ashley se resistía a marcharse.
Volví la cabeza y la vi ante la casa del ídolo contemplando fijamente la
imagen.
»El
día era magnífico y excepcionalmente caluroso, y la idea de Diana Ashley de
celebrar una fiesta de disfraces aquella noche fue recibida con entusiasmo
general. Hubo las acostumbradas risas, los cuchicheos, el frenesí de los
preparativos y, cuando hicimos nuestra aparición a la hora de la cena, no
faltaron exclamaciones de alegría. Rogers y su esposa iban disfrazados de
hombres del neolítico, lo cual explicaba la repentina desaparición de ciertas
alfombras. Richard Haydon se presentó como un marino fenicio y su primo como un
capitán de bandidos. El doctor Symonds se vistió de cocinero, lady Mannering de
enfermera y su hija de esclava circasiana. Yo mismo me había arreglado para
parecerme en lo posible a un monje. Diana Ashley bajó la última y nos quedamos
algo decepcionados al verla aparecer envuelta en un dominó negro.
»—Lo
Desconocido —declaró con aire alegre—, eso es lo que soy. Y ahora, por lo que
más quieras, vamos a cenar.
»Después
de cenar salimos afuera. Hacía una noche deliciosa y cálida, y empezaba a salir
la luna.
»Paseamos
de un lado a otro, charlando, y el tiempo pasó muy de prisa. Debió de ser
aproximadamente una hora más tarde cuando nos dimos cuenta de que Diana Ashley
no estaba con nosotros.
»—Seguro
que no se ha ido a la cama —dijo Richard Haydon.
»Violeta
Mannering negó con la cabeza. No —dijo—. La vi marcharse en esa dirección hará
cosa de un cuarto de hora.
»Y
al hablar señaló el bosquecillo de árboles que se alzaban negros y sombríos a
la luz de la luna.
»—Quisiera
saber qué se propone —dijo Richard Haydon-~. Alguna diablura, seguro. Vayamos a
ver.
»Avanzamos
en pelotón intrigados por saber qué tramaba miss Ashley. No obstante, yo sentía
de nuevo cierto recelo ante la idea de penetrar en el oscuro cinturón de
árboles. Algo más Fuerte que yo parecía retenerme y me urgía a que no entrara
allí. Sentí más claramente que nunca el maleficio de aquel lugar. Creo que
algunos de los demás experimentaron la misma sensación que yo, aunque no lo
hubieran adinitido por nada del mundo. Los árboles estaban tan juntos que no
dejaban penetrar la luz de la luna y, a nuestro alrededor, se oían multitud de
ruidos, susurros y suspiros. Era un lugar que imponía y, de común acuerdo,
todos nos mantuvimos juntos.
»De
pronto llegamos al claro del centro de la arboleda y nos quedamos como clavados
en el suelo, pues en el umbral de la Casa del Idolo se alzaba una figura
resplandeciente, envuelta en una vestidura de gasa muy sutil y con dos cuernos
en forma de media luna surgiendo de entre la oscura cabellera.
»—¡Cielo
santo! —exclamó Richard Haydon mientras su frente se perlaba de sudor.
»Pero
Violeta Mannering fue más aguda.
»—¡Vaya,
si es Diana! —observó—. ¿Y qué ha hecho? Oh, no sé qué es, pero está muy
distinta.
»La
figura del umbral elevó sus manos y, dando un paso hacia delante, en voz alta y
dulce, recitó:
»—Soy
la sacerdotisa de Astarté. Guardaos de acercaros a mí porque llevo la muerte en
mi mano.
»—No
hagas eso, querida —protestó lady Mannering—. Nos estás poniendo nerviosos de
verdad.
»Haydon
avanzó hacia ella.
»—¡Dios
mío, Diana! —exclamó—. Estás maravilla.
»Mis
ojos se habían acostumbrado ya a la luz de la luna y podía ver con más
claridad. Desde luego, como había dicho Violeta, Diana estaba muy distinta. Su
rostro tenía una expresión mucho más oriental, sus ojos rasgados un brillo
cruel y sus labios la sonrisa más extraña que viera jamás en mi vida.
»—¡Cuidado!
—exclamó—. No os acerquéis a la diosa. Si alguien pone la mano sobre mí,
morirá.
»—Estás
maravillosa, Diana —dijo Haydon--, pero ahora ya basta. No sé por qué, pero
esto no me gusta en absoluto.
»Iba
avanzando sobre la hierba y ella extendió una mano hacia él.
»—Detente
—gritó—. Un paso más y te aniquilaré con la magia de Astarté.
»Richard
Haydon se echó a reír apresurando el paso y entonces ocurrió algo muy curioso.
Vaciló un momento, tuvimos la sensación de que tropezaba y cayó al suelo cuan
largo era.
»No
se levantó, sino que permaneció tendido en el lugar donde cayó.
»De
pronto, Diana comenzó a reírse histéricamente. Fue un sonido extraño y horrible
que rompió el silencio del claro.
»Elliot
se adelantó y lanzó una exclamación de disgusto.
»—No
puedo soportarlo —exclamó--. Levántate, Dick, levántate, hombre.
»Pero
Richard Haydon seguía inmóvil en el lugar en que había caído. Elliot Haydon
llegó hasta él y, arrodillándose a su lado, le dio la vuelta. Se inclinó sobre
él y escudriñó su rostro.
»Luego
se puso bruscamente en pie, medio tambaleándose.
»—Doctor
—dijo—, doctor venga, por amor de Dios. Yo... yo creo que está muerto.
»Symonds
corrió hacia el caído y Elliot se vino hacia nosotros caminando muy despacio.
Se miraba las manos de un modo que no supe comprender.
»En
aquel momento Diana lanzó un grito salvaje.
»—Lo
he matado —gritó--. ¡oh, Dios mío! No quise hacerlo, pero lo he matado.
»Y
cayó desvanecida sobre la hierba.
»Mrs.
Rogers lanzó un grito.
»—Salgamos
de este horrible lugar —gimió—. Aquí puede ocurrirnos cualquier cosa. ¡Oh es
espanto!.
»Elliot
me cogió por un hombro.
»—No
es posible, hombre —murmuró—. Le digo que no es posible. Un hombre no puede ser
asesinado así. Va... va contra la naturaleza.
»Traté
de calmarlo.
»—Debe
de haber alguna explicación —respondí—. Su primo puede haber tenido un fallo
cardíaco repentino a causa de la sorpresa y la excitación...
»Me
interrumpió.
»—Usted
no lo comprende —dijo extendiendo sus manos y pude contemplar en ellas una
mancha roja.
»—Dick
no ha muerto del corazón, sino apuñalado... apuñalado en medio del corazón y no
hay arma alguna.
»Lo
miré con incredulidad. En aquel momento Symonds acababa de examinar el cadáver
y se aproximó a nosotros, pálido y temblando de pies a cabeza.
»—Es
que estamos todos locos? —se preguntó—. ¿Qué tiene este lugar para que sucedan
en él cosas semejantes?
»—Entonces
es cierto.
»
Asintió.
»—La
herida es igual a la que hubiera producido una daga larga y fina, pero aquí no
hay ninguna daga.
»Nos
miramos unos a otros.
»Pero
tiene que estar aquí -.exclamó Elliot Haydon—. Debe haberse caído. Tiene que
estar por el suelo. Busquémosla.
»Todos
buscamos en vano. Violeta Mannering exclamó de pronto:
»—Diana
llevaba algo en la mano. Una especie de daga. Yo la vi claramente. Vi cómo
brillaba cuando le amenazó.
»Elliot
Haydon meneó la cabeza.
»—El
no llegó siquiera a tres metros de ella.
»Larry
Mannering se había inclinado sobre la muchacha tendida en el suelo.
»—Ahora
no tiene nada en la mano —anunció—, y no veo nada por el suelo. ¿Estás segura
de que la viste, Violeta? Yo no la recuerdo.
»El
doctor Symonds se acercó a la joven.
»—Debemos
llevarla a la casa —sugirió—. Rogers, ¿quiere ayudarme?
»Entre
los dos llevamos a la muchacha de nuevo a la casa y luego regresamos en busca
del cadáver de sir Richard.
El
doctor Pender se interrumpió mirando a su alrededor —Ahora sabemos más cosas
—dijo-- gracias a la afición por las novelas policíacas. Hasta un chiquillo de
la calle sabe que un cadáver debe dejarse donde se encuentra. Pero entonccs no
teníamos estos conocimientos y por tanto llevamos el cuerpo de Richard Haydon a
su dormitorio de la casa cuadrada de granito y enviamos al mayordomo para que
fuese a buscar a la policía en su bicicleta: un paseo de unas doce millas.
»Fue
entonces cuando Elliot Haydon me llevó aparte.
»—Escuehe
—me dijo—. Voy a volver al bosque. Hay que encontrar el arma.
»Si
es que la hubo —dije en tono dubitativo.
»Cogiéndome
por un brazo, me sacudió con fuerza.
»—Se
le han metido todas esas ideas supersticiosas en la cabeza. Usted cree que esta
muerte ha sido sobrenatural. Pues yo voy a volver al bosquecillo para
averiguarlo.
»Me
mostré extrañamente contrario a que hiciera esto. Hice lo posible por
disuadirlo, pero sin resultado. Sólo imaginar aquel círculo de árboles se me
ponía la piel de gallina y sentí el fuerte presentimiento de otro desastre,
pero Elliot estaba decidido. Creo que también estaba asustado, aunque no quería
admitirlo. Se marchó dispuesto a dar con la solución del misterio.
»Fue
una noche horrible, nadie pudo conciliar el sueño, ni intentarlo siquiera. La
policía, cuando llegó, se mostró del todo incrédula ante lo ocurrido.
Manifestaron el deseo de interrogar a miss Ashley, pero tuvieron que desistir
puesto que el doctor Symonds se opuso con vehemencia. Miss Ashley había vuelto
en sí después de su desmayo o trance y le había dado un sedante para dormir,
por lo que no debía ser molestada hasta el día siguiente.
»Hasta
las siete de la mañana, nadie pensó en ElIiot Haydon, cuando Symonds preguntó
de pronto dónde estaba. Yo expliqué lo que Elliot había hecho y el rostro de
Symonds se tomó todavía más pálido y preocupado.
»Ojalá
no hubiera ido. Es una temeridad —dijo.
»—¿No
pensará que haya podido ocurrirle algo?
»—Espero
que no. Creo, padre, que será mejor que usted y yo vayamos a ver.
»Sabía
que no le faltaba razón, pero necesité todo mi valor y fuerza de voluntad para
hacerlo. Salimos juntos y penetramos una vez más en la arboleda maldita. Le
llamamos un par de veces y no respondió. Al cabo de uno instantes llegamos al
claro, que se nos apareció pálido y fantasmal a la temprana luz de la mañana.
Symonds se agarró a mi brazo y yo ahogué una exclamación. La noche anterior,
cuando lo vimos bañado por la luz de la luna, había el cuerpo de un hombre
tendido de bruces sobre la hierba. Ahora, a la luz del amanecer, nuestros ojos
contemplaron el mismo cuadro. Elliot Haydon estaba tendido exactamente en el
mismo lugar donde cayera su primo.
»—¡Dios
mío! —dijo Symonds—. ¡A él también le ha ocurrido!
»Echamos
a correr por el cesped. Elliot Haydon estaha inconsciente, pero respiraba
débilmente y esta vez no cabía la menor duda de la causa de la tragedia. Una
larga daga de bronce permanecía clavada en la herida.
»—Le
ha atravesado el hombro y no el corazón. Es una suerte —dijo el médico—.
Palabra que no sé qué pensar De todas formas, no está muerto y podrá contarnos
lo ocurrido.
»Pero
eso fue precisamente lo que Elliot Haydon no pudo hacer. Su descripción fue
extremadamente vaga. Había buscado el arma en vano y, al fin, dando por
terminada la búsqueda, se aproximó a la Casa del Idolo. Fue entonces cuando
tuvo la sensación de que alguien le observaba desde el cinturón de árboles.
Luchó por librarse de aquella impresión sin poder conseguirlo. Describió cómo
empezó a soplar un viento extraño y helado que parecía venir no de los árboles,
sino del interior de la Casa del idolo. Se volvió para escudriñar su interior
y, al ver la pequeña imagen de la diosa, creyó sufrir una ilusión óptica. La
figura fue creciendo y creciendo, y luego de pronto creyó percibir como un
golpe en las sienes que le hizo tambalearse y, mientras caía, sintió un dolor
ardiente y agudo en el hombro izquierdo.
»Esta
vez, la daga fue identificada como la misma que había sido encontrada en el
túmuto de la colina y que fue comprada por Richard Haydon. Nadie sabía dónde la
guardaba, si en la Casa del Idolo o en la suya.
»La
policía opinaba que había sido apuñalado por rniss Ashley, pero dado que todos
declaramos que no había estado en ningún momento a menos de tres metros de
distancia de él, no podían tener esperanzas de sostener la acusación contra
ella. Por consiguiente, todo fue y continúa siendo un misterio. »
Se
hizo un profundo silencio.
—Parece
que no haya nada que decir —habló al fin Joyce Lempriére—. Es todo tan horrible
y misterioso. ¿Ha encontrado usted alguna explicación, doctor Pender?
El
anciano asintió.
—Sí
—sontestó—. Tengo una explicación, una cierta explicación, eso es todo. Una
bastante curiosa, pero en mi mente quedan aún ciertos aspectos sin aclarar.
—He
asistido a sesiones de espiritismo —dijo Joyce— y pueden ustedes decir lo que
gusten, pero en ellas ocurren cosas muy extrañas. Supongo que pueden explicarse
por algún tipo de hipnotismo. La muchacha se convirtió realmente en una
sacerdotisa de Astarté y supongo que, de una manera u otra, debió apuñalarlo.
Tal vez le arrojara la daga que miss Mannering vió en su mano.
—O
pudo ser una jabalina —sugirió Rayrnond West—. Al fin y al cabo, la luz de la
luna no es muy fuerte. Podía llevar una especie de lanza en la mano y
cIavársela a distancia. Y luego entra en juego el hipnotismo colectivo. Quiero
decir que todos ustedes estaban preparados para verle caer víctima de un poder
sobrenatural y eso vieron.
—He
visto realizar cosas maravillosas con lanzas y cuchillos en los escenarios
—afirmó sir Henry—. Creo que es posible que un hombre estuviera oculto en el
cinturón de árboles y desde allí arrojara un cuchillo o una daga con suficiente
puntería, suponiendo, desde luego, que fuese un profesional. Admito que es una
idea un tanto descabellada, pero me parece la única teoría realmente aceptable.
Recuerden que el otro hombre tuvo la impresión de que alguien le observaba
desde los árboles. Y en cuanto a que miss Mannering dijera que miss Ashley
tenía una daga en la mano que ninguno de los otros vio, eso no me sorprende. Si
tuvieran mi experiencia sabrían que la impresión de cinco personas acerca de la
misma cosa difiere tan ampliamente que resulta casi increíble.
Mr.
Petherick carraspeo
—Pero
en todas esas teorías parece que hemos pasado por alto un factor esencial
—declaró—. ¿Qué fue del arma? Difícilmente hubiera podido librarse miss Ashley
de una jabalina, estando como estaba de pie en medio de un espacio abierto. Y
si un asesino oculto hubiera arrojado una daga, ésta debería seguir aún en la
herida cuando dieron la vuelta al cadáver. Creo que debemos descartar todas
esas teorías absurdas y ceñirnos a los hechos concretos.
—¿Y
adónde nos conducen?
—Bien,
una cosa parece clara. Nadie estaba cerca del hombre cuando cayó al suelo, de
modo que tuvo que ser él mismo quien se apuñalase. En resumen, un suicidio.
—¿Pero
por qué diablos iba a querer suicidarse? -preguntó Raymond West con tono de
incredulidad. El abogado carraspeó de nuevo.
—Oh,
eso nos llevaría a formular una vez más una question teórica —dijo—. Y de
momento no me interesan las teorías. A mí me parece, excluyendo lo
sobrenatural, en lo que no creo ni por un momento, que ésa es la única manera
en que pudieron ocurrir las cosas: se mató él y, al caer, alargó los brazos
extrayendo la daga de la herida y arrojándola lejos entre los árboles. Esta es,
aunque un tanto improbable, una explicación posible.
—Yo
no lo aseguraría —replicó miss Marple—. Todo esto me ha dejado muy perpleja,
pero ocurren cosasmuy curiosas. El año pasado, en una fiesta al aire libre en
casa de lady Sharpy, el hombre que estaba arreglando el reloj del golf tropezó con uno de los hoyos y perdió
completamente el conocimiento por espacio de cinco minutos.
—Sí,
querida tía —dijo Raymond en tono amable—, pero a él no le apuñalaron, ¿no es
cierto?
—Claro
que no, querido —contestó miss Marpie—. Eso es lo que voy a explicar. Claro que
existe sólo un medio de que pudieran apuñalar al pobre sir Richard, pero
primero quisiera saber qué es lo que le hizo caer Desde luego pudo ser la raíz
de un árbol. Debía ir mirando a la joven y con la escasa luz de la luna es
fácil tropezar con esas cosas.
—¿Dice
usted que sólo existe un medio en que sir Richard pudo ser apuñalado, miss
Marple? —pregun-tó el clérigo mirándola con curiosidad.
—Es
muy triste y no me gusta pensarlo. El era diestro, ¿verdad? Quiero decir que,
para clavarse él mismo la daga en el hombro izquierdo, tuvo que utilizar la
mano derecha. Siempre me dio mucha pena el pobre Jack Baynes. Cuando estuvo en
la guerra, se disparó en un pie después de una batalla, en Arras, ¿recuerdan?
Me lo contó cuando fui a verlo al hospital. Estaba muy avergonzado. No creo que
este pobre hombre, Elliot Haydon, se beneficie gran cosa con su malvado crimen.
—Elliot
Haydon -exclamó Raymond—. ¿Crees que fue él?
—No
veo que pudiera hacerlo otra persona —dijo miss Marple abriendo los ojos con
sorpresa—. Quiero decir que, como dice sabiamente Mr. Petherick, hay que
considerar los hechos y descartar toda esa atmósfera de deidades paganas, que
no me resulta agradable. Fue el primero que se aproximó a Richard y le dio la
vuelta. Y para hacerlo, tuvo que volverse de espaldas a todos. Yendo vestido de
capitán de bandidos seguro que llevaba algún arma en el cinturón. Recuerdo que
una vez bailé con un hombre disfrazado así cuando era jovencita. Llevaba cinco
clases de cuchillos y dagas, y no hará falta que les diga lo molesto que
resultaba para la pareja.
Todas
las miradas se volvieron hacia el doctor Pender
—Yo
supe la verdad —exclamó— cinco años después de ocurrida la tragedia. Me llegó
en forma de carta escrita por Elliot Haydon. En ella me decía que siempre
imaginó que yo sospechaba de él. Dijo que fue víctima de una tentación
repentina. El también amaba a Diana Ashley, pero era sólo un pobre ahogado que
luchaha por abrirse camino. Quitando a Richard de en medio y heredando su
título y hacienda, veía abrirse ante él un futuro maravilloso. Sacó la daga de
su cinturón al arrodillarse junto a su primo, se la clavó y la devolvió a su
sitio, y luego se hirió él mismo para alejar sospechas. Me escribió la noche
antes de partir con una expedición al Polo Sur, por si no regresaba. No creo
que tuviera intención de regresar y sé que, como ha dicho miss Marpie, su crimen
no le proporcionó ningún beneficio. «Por espacio de cinco años —me escribió— he
vivido en un infierno. Espero que por lo menos pueda expiar mi crimen muriendo
con honor»
Hubo
una pausa.
—Y
murió con honor —dijo sir Henry—. Ha cambiado usted los nombres de los
personajes de su historia, doctor Pender, pero creo reconocer al hombre al que
usted se refiere.
—Como
les dije —terminó el clérigo—, no creo que esta confesión explique todos los
hechos. Sigo pensando todavía que en aquel bosque había algo maligno, una
influencia que impulsó a Elliot Haydon a cometer su crimen. Incluso ahora no
puedo recordar sin estremecerme la Casa del Idolo de Astarté.


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