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 © Libro N° 6077. Solamente Un Eco. Barclay, Alan. Emancipación. Junio 8 de 2019.

Título original: © Solamente Un Eco. Alan Barclay

 

Versión Original: © Solamente Un Eco. Alan Barclay

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SOLAMENTE UN ECO

Alan Barclay

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DON LINGARD se alisó cuanto pudo la guerrera del uniforme y golpeó en la puerta 
del despacho del comandante en jefe. Esperaba que su llamada habría tenido las 
proporciones correctas de decisión y deferencia que se pueden pedir al simple 
tac-tac en el panel de una puerta. 


La llamada fue seguida al otro lado de la puerta por un fuerte e indefinible 
ruido de origen humano. Don entendió que esto quería decir «¡Adelante!» y entró. 
La habitación era larga y estrecha y el comandante en jefe estaba sentado 
delante de su mesa, al fondo del cuarto, inclinado sobre unos papeles. Don se 
adelantó con firmeza, cosa nada fácil dado el mínimo de gravedad existente en el 
Asteroide Cepha III. Se detuvo exactamente en el centro de la mesa, enfrente del 
comandante, a un metro de él, y saludó. Transcurrido aproximadamente medio 
minuto, el comandante levantó la cabeza. Tenía la cara bastante macilenta y los 
ojos de un azul desteñido. Miró a Lingard, observando su correcta rigidez, su 
impecable uniforme negro y su único galón. 


Lingard, por su parte, notó con disgusto que su superior llevaba desabrochado el 
cuello del uniforme. 
-¡Gran Júpiter! - exclamó el comandante en jefe finalmente -. ¿Quién demonios es 
usted? 
- Subteniente Lingard, señor - replicó -. Destacado en la Base Avanzada Cepha 
III...> presentándose a usted> señor. 


-¿Subteniente, eh? - preguntó el comandante en tono casi admirativo -. ¡Pobre 
chico! - continuó inesperadamente -. Aparque en esa silla y cuéntemelo todo. 


Vaya derecho al grano, que ahora no está en un escuadrón de entrenamiento.

 

Plantó sus largas piernas sobre la mesa y se retrepó hacia atrás en la silla. 
-¿Qué edad tiene? ¿Veinte? ¿Cuál es su puntuación de entrenamiento? 
- Tengo casi veintiuno, señor. Aprobé con el número dos de mi clase el 
entrenamiento básico Categoría A en pilotaje y navegación. Seis meses adelantado 
en entrenamiento de combate en la Estación de Entrenamiento de la Luna. 
Clasificación A en artillería. 
- Bien, bien...; y muriéndose de ganas de tener un choque con el enemigo, estoy 
seguro. 
- Sí señor, naturalmente. 


-¿Por qué? - le espetó el comandante en jefe con violencia inesperada. 
- No hay más que una posible razón, señor - respondió Lingard titubeando . Para 
cumplir con mi deber v avudar a derrotar al invasor - estaba bastante azarado al 
decir todo esto.

 
- Muy propio muchacho, muy propio - aprobó el viejo . Y por supuesto para 
adquirir fama, sin duda. Bien, tendrá su oportunidad, aunque yo creo que la 
atmósfera de gloria y de muerte predomina más en las unidades de retaguardia que 
aquí fuera; pero tengo que decidir lo que voy a hacer con usted... ¿Dijo 
clasificación A en artillería? 


Mientras hablaba apretó un botón y el teléfono de su mesa lanzó una respuesta. 
- Hawkins ¿está el capitán Stinson franco de servicio? 


- Sí, señor.

 
- Bien; búscale. Dile que tenga la amabilidad de venir en seguida a verme. 
Transcurrieron unos segundos de silencio. 


- No me entusiasmo demasiado con la muerte y la gloria - continuó el comandante 
-. Tenemos una guerra espacial entre manos desde que sorprendimos al enemigo 
merodeando alrededor de los límites exteriores de nuestro sistema y nadie puede decir que se vea una solución, por el momento. Por tanto, yo pienso que es 
necesario para ustedes, los jóvenes, hacer parte de su servicio aquí. Creo justo 
el dar una oportunidad a todos los muchachos para que pasen aquí una temporada y 
que puedan volver pronto a sus casas en la madre Tierra. Tengo la satisfacción 
de decir que la proporción de bajas en mi estación es verdaderamente escasa. 
- Pero seguramente, señor, es de vital importancia continuar la lucha 
resueltamente - aventuró Lingard. 
- Resueltamente - repitió el comandante en jefe más bien para sí mismo-. Sí, eso 
está bien, aunque implica la posibilidad de alcanzar una solución. De todos 
modos, hablaremos sobre ello más adelante. Por el momento, le voy a nombrar 
segundo con el capitán Stinson en su nave. 
- Pero señor - protestó Lingard -. Yo estoy clasificado como piloto de guerra de 
clase A. No soy un segundo. 


- Ya lo sé; pero, sin embargo, hará su primera docena de guardias como segundo 
del capitán Stinson. 


- Muy bien, señor. A sus órdenes. 


- El servicio que haga al lado de Stinson doblará aproximadamente sus 
posibilidades de sobrevivir - añadió sonriendo el comandante -. Stinson no 
impresiona al mirarle, pero es un buen hombre. Cauto y calculador. Ahora vendrá. 
Lingard esperó pacientemente. Se encontraba un poco desorientado por la actitud 
del comandante en jefe por la confianza con que le trataba y por su manera de 
hablar tan poco marcial. 


La aparición de Stinson fue otra sorpresa para Lingard. La primera impresión fue 
que era muy viejo. A un muchacho de la edad de Lingard, cualquiera que pasase de los treinta años le parecía casi senil. Stinson era bajo y algo contrahecho. No 
solamente su uniforme estaba considerablemente arrugado> sino que el hombre que 
había dentro parecía encontrarse bajo una fuerte depresión moral. 
-¡Ah, Stinson! - exclamó el comandante en jefe, mientras el recién llegado le 
hacía un saludo negligente. Le presento al subteniente Lingard aquí presente. 
Está clasificado como piloto, pero le he nombrado su segundo para que adquiera 
experiencia. 
-¿Otro más ?- dijo Stinson mirando agriamente a Lingard. Preferiría un artillero 
experimentado. 


- Tenga en cuenta que Lingard lo es de primera clase - respondió el comandante 
amigablemente - Tiene una excelente clasificación en artillería. 
- Sí, disparando sobre patos sentados - rezongó Stínson. Me falta poco para 
cumplir mi tiempo, señor. ¿Por qué quitarme oportunidades encomendándome el 
entrenamiento de novatos? 


- Es una orden - repuso el comandante, todavía amigablemente. 
- Muy bien, señor - contestó Stinson poniéndose firme. ¿Puedo someter 
formalmente mi petición para ser trasladado a otra unidad, señor? 
- Lo tiene que hacer por escrito y razonándolo - señaló el comandante -> y no se 
le concederá. Ahora Ilévese a Lingard a la residencia de oficiales para que se 
vaya familiarizando. 


- Muy bien, señor - dijo Stinson, saludando. ¿Viene, teniente Lingard? 
El hall de la residencia de oficiales era un cuarto muy alegre, circular, y se 
encontraba situado a unos metros debajo de la superficie del asteroide. Había 
gran cantidad de enormes butacas, de muchas de las cuales surgían las piernas de 
los ocupantes> aparentemente inconscientes> y un bar. En las paredes había 
colgadas láminas de las que usualmente se ven en las residencias de oficiales jóvenes y algunos grabados en colores bastante buenos. 
Estos grabados eran evidentemente obra de un verdadero artista y todos trataban 
del mismo asunto. Uno de ellos llevaba el título «¿Es este cl enemigo?» 
Representaba a una criatura parecida a un pulpo, con grandes ojos amenazadores> 
saltones, como de loco. En otro decía: «¿O quizá este?», y representaba un tipo 
como un cocodrilo montado sobre un scootcr> delgado como un lápiz y con una 
larga y estrecha cola color humo azulado. Ese cocodrilo estaba disparando un 
desintegrador. El tercer dibujo mostraba un animal marino, rechoncho> pero de 
expresión inteligente, flotando en un barco rodeado de un líquido bulboso. 
- Entonces, ¿es verdad que nadie los ha visto nunca? - preguntó Lingard-. ¿O es 
que, al menos, nadie ha vivido lo suficiente para explicar cómo son? 
- Vamos a tomar una copa - le invitó Stinson, que no parecía tener muchos deseos 
de entrar en discusiones sobre este asunto. 


Al día siguiente la unidad operó durante veinte horas seguidas. Lingard llegó a 
la sala de tripulación con media hora de anticipación> cruzó el rastrillo 
exterior y entró en la nave, que se encontraba en el túnel. 
A pesar de ser muy temprano, Stinson ya estaba allí. El hombrecillo se dedicaba 
a revisar el armamento y, al verle, le saludó con un gruñido. 


Lingard ocupó el puesto del artillero y empezó a trabajar en las piezas. Estuvo 
comprobando cómo los largos y pulidos cañones se deslizaban suavemente en sus 
montajes y les hizo girar a derecha e izquierda> manejando los controles. Los 
mecanismos de carga movían sus brazos de acero con un chasquido cuando Lingard probaba su funcionamiento. Finalmente quitó la cubierta y vió con disgusto que 
se trataba del viejo tipo Mark 1 en lugar del moderno Mark III, con control 
automático, como él esperaba hallar.

 
Lingard hizo notar esto a Stinson, mientras se ayudaban mutuamente a colocarse 
los uniformes de vuelo.

 
- Ese modelo tiene por lo menos media tonelada de lastre inútil y nos acorta 
considerablemente la aceleración - apuntó Lingard.

 
- Tenemos autorización del comandante en jefe para desecharlo - contestó 
Stinson. Mejor será que se ajuste el cinturón de vuelo. 


Ocupó el puesto del piloto. Puso en marcha los motores y empezó a llamar a la 
torre de control pidiendo vía libre. 


Lingard no apartaba la vista del cronómetro Cuando el segundero llegó al punto 
indicado, Stínson, sin hacer ninguna ceremonia, apretó el botón para ponerlo en 
marcha. 
Permanecieron un instante bajo el sonido atronador de los motores y, de repente, 
una mano gigantesca pareció asir a la aeronave y la lanzó con una fuerza 
increíble a lo largo del túnel, hacia el silencio y la negrura del espacio. Un 
momento después Stinson cortó los gases para dejar los motores en un susurro, 
niveló, con el plano de la eclíptica por horizonte, y puso rumbo a los límites 
exteriores del contorno del asteroide. 


- Bueno, Lingard - le dijo Stínson con mucha menos acritud de lo usual en él -, 
este es el momento para el que ha vivido v se ha entrenado todos estos años. 


¿Cómo lo encuentra? 


- Me tengo mucho sentido de la realidad - admitió el otro francamente -, sino cuando mi cabeza se lo recuerda al estómago, y entonces siento como si un 
enjambre de mariposas diese vueltas a mi alrededor. 
- Lo mismo me pasa a mí - añadió Stinson, solo que yo las tengo todo el tiempo. 
¿Desea usted preguntar algo? 
- Lo menos un millón de cosas - replicó Lingard con vehemencia -. Para empezar, 
¿cuál es nuestra área de acción? 
- Está ahí, en el mapa - le respondió -. En el esquema de los trabajos de 
patrulla no tiene importancia mil millas más o menos. El enemigo trata de 
engañarnos llamando nuestra atención sin dar la cara desde el sector de Aries; 
por tanto, trace primero una raya desde el Sol hacia Aries después tome un punto 
en esa línea que esté justamente por fuera de los asteroides v trace un círculo 
cuyo centro sea un punto en ángulo recto con la línea. Dándole a ese círculo un 
grosor de dos millones de millas tendrá nuestro volumen del área de patrulla. 
- Excepto que no me ha dicho el radio del círculo. 
- De momento, cuarenta millones de millas. Puede calcular el número de naves que 
serán necesarias para explorar ese espacio> teniendo en cuenta que cada 
explorador puede inspeccionar un cuarto de millón de millas, en vez de medio 
millón> que es lo que dicen los libros.

 
Lingard explicó que en la base le habían dado para hacer unos cálculos en que 
intervenían integrales dobles.. 


- Me temo que si calcula la duración máxima de nuestro raid. con relación al 
consumo de gasO~1> comida y aire para la tripulación> va a tener que manejar una buena cantidad de complicadas matemáticas> pero la cosa es que podamos estar en posición durante ciento cincuenta horas --añadió en tono amargo - los expertos 
han probado matemáticamente que no necesitamos mucha comida durante el raid, y 
no me sorprendería mucho que dentro de poco demostraran que tampoco necesitamos 
aire. 
-¿Suele haber muchos navíos enemigos que atraviesen por nuestra pantalla durante 
el raid? 


- Bastantes, pero nuestra misión es principalmente descubrirlos v transmitir la 
información, aunque también debemos destruir los que nos sea posible. Muchos 
pasan sin que podamos controlarlos y, una vez que señalamos su paso> los 
muchachos de la Defensa de Retaguardia se encargan de ellos. Fíjese que pasan 
muchos más de los que dicen las noticias, y yo he encontrado muchachos que 
aseguran que han tocado en Marte - y tras una pausa continuó -: Ahí tiene la 
lección número uno: Descubrirlos, señalarlos y atacarlos> si se tiene ventaja. Y 
ahora le voy a dar la regla número dos (no es una regla oficial, es de mi propia 
cosecha, pero es vital): Un Gobierno bienhechor y con buena intención nos ha 
provisto de ropa apropiada> que es la que llevamos ahora, y debemos hacer todo 
lo posible porque vuelva a la base intacta y con nosotros dentro. El gasoil, se 
supone que es el necesario para que podamos volver> si... 


-¿Por qué se supone?- interrumpió Lingard un poco irritado -. Tenemos la certeza 
de que el gasoil será suficiente. Está previsto para esto. Hace siete años> el 
capitán Graham volvió después de cinco días y medio de crucero... 
- Está bien> muy bien - protestó Stinson-. En efecto, está previsto para volver 
a casa, y yo me alegraré de que vuelva> tanto como usted mismo. Pero volverá si 
conserva fría la cabeza después de haber sido atacado; si se acuerda de su 
propia posición v velocidad de su base, y si es capaz de calcular mentalmente 
geometría esférica v de trazar una ruta a ojo. De acuerdo totalmente con usted 
sobre esto, y creo que la ciencia es maravillosa. ¿Puedo volver ahora a lo que 
estaba diciendo? 
- Seguro - asintió Lingard.

 
- Si nos toca una sola vez la onda D del enemigo, somos un par de pollos asados. 
Fíjese que se derrama todo el gasoil en los motores y en los tanques y convierte 
la nave en un pequeño punto de luz que nadie nota, pero desde el momento del 
impacto hasta la voladura total no transcurre más de un cuarto de minuto, que es 
el tiempo que tarda la materia en hervir. ¿Me sigue? 


- Sí, le sigo - dijo Língard ~ 


- Bueno, ahora métase bien esto en la cabeza y no lo olvide; si alguna vez veo 
que estamos a punto de ser asados, daré la voz de tirarse. Se me oirá 
perfectamente, porque chillaré con todas mis fuerzas. Mientras doy la orden 
apretaré el botón para que se abra la salida de urgencia. Después, le volveré a 
decir por segunda vez que se tire. Esta segunda vez ya tiene que estar fuera, 
antes que yo abra mi trampa. ¿Está claro?

 
- Muy claro, señor; da la orden de tirarse, la primera vez cuando aprieta el botón, y la segunda, después de abrirse la salida de emergencia. 
- Exactamente, tómese un poco de tiempo para meter bien esto en su imaginación, 
porque cuando suceda, será tan repentino que le prometo que no intentaré 
siquiera repetirlo una tercera vez, y sin enterarse se encontrará ya cocido. Si 
llega a oírme por tercera vez, será únicamente un eco. 
Alcanzaron posición después de cuarenta horas de economizar en lo posible el 
combustible, empleando velocidades estudiadas para conseguir la velocidad cero 
con relación a la línea Sol-Aries. Una vez alcanzada, colocaron en posición el 
rayo localizador y permanecieron inmóviles mientras exploraban el espacio a su 
alrededor, por encima y por debajo. Permanecieron tres horas en esta posición de 
observación. Stinson dedicó el tiempo libre a calcular el importe de sus pagas 
atrasadas y las gratificaciones que le debían, y a hacer planes muy complejos 
concernientes a su futura vida civil. Cuando se cansaba de esto, se dedicaba a 
leer libros sobre fotografía. Lingard, durante la primera hora, estuvo 
observando el pálido resplandor violeta en el globo indicador de tres pies de 
diámetro, con una especie de ansiedad temblorosa; pero a medida que pasaron las 
horas (y los días) su entusiasmo bajó mucho de nivel. 
- Tómalo con tranquilidad, hijo - le aconsejó Stinson mirándole por encima de su 
libro -. Tendremos que hacer cuatro o cinco raids sin cazar ni una sola cosa. 
Cuando menos lo piensas v cuando empiezas a creer que todo es un mito, te 
aparece uno a cien millas de distancia.

 
El hecho fue que en este raid no vieron la menor señal del enemigo. Sin embargo, 
en el raid siguiente, al segundo día, vieron dos oscuras burbujas temblorosas 
flotando dentro de los márgenes de su globo. 
- Ahí los tiene - dijo Stinson sin demostrar ninguna emoción -. Son un par de 
Jackoes. 
- Bueno, vamos detrás de ellos - gritó Lingard. Stinson contempló las burbujas 
durante un buen rato.

 
- No serviría de nada, están en los límites de nuestra esfera y saldrán de ella 
en veinte minutos. Lo único que tenemos que hacer es comunicar la dirección y 
velocidad a la base. 


Procedieron a mandar la señal correspondiente y medio día después se enteraron 
de que los intrusos habían sido exterminados por la Defensa de Retaguardia. 
En el cuarto raid solo un pequeño aparato enemigo atravesó la pantalla. Aunque 
pasó muy cerca de ellos, Stínson no se molestó en seguirlo.

 
Después del sexto raid, y como ocurriese lo mismo, Língard pidió que lo 
trasladaran a otra nave. 


- Denegado - respondió el comandante en jefe frunciendo el entrecejo -. 


Denegado, y no crea que es por lo que le queremos, joven luchador. Es porque 
cuesta mucho dinero al Gobierno instruirle y construir la nave en que sirve, y 
no tiene derecho a suicidarse. No estamos haciendo esta guerra para divertirle. 
¿Sabe? 
- Señor - preguntó Lingard desesperado -. ¿Puedo hacerle una pregunta? 
- Todas las que quiera. 


- Supongamos que en lugar de esta política cauta de que lo primero es conservar 
la vida, les diésemos caza como a diablos, los persiguiéramos con energía, los 
empujásemos hasta sus guaridas y los machacáramos sin descanso; ¿no cree que pronto abandonarían la guerra y se quedarían en sus casas? Creo que al final nos 
resultaría más barato en hombres y en naves. 


- Es un buen argumento - admitió el comandante -, pero hay razones por las 
cuales no marcharía bien su sistema. La más importante es que, en mi opinión, no 
tienen casas donde guarecerse. 


Lingard se quedó pensativo ante esta contestación. 


- Yo digo (y esto es una opinión enteramente particular) que ellos han venido a 
través del espacio desde otro sistema. Creo que ellos, o tal vez los abuelos de 
la presente generación de Jackoes, se han visto obligados a abandonar el planeta 
donde vivían. Creo que toda su raza ha estado cruzando el espacio, desde la 
estrella en que vivieron, durante decenas o centenas de años, buscando otra 
residencia donde establecer su hogar. Estoy por apostar que si usted llegase a 
descubrir su guarida (cosa que nadie ha hecho hasta ahora) encontraría una flota 
completa a varios millones de millas. Muchas y grandes naves, montañas de ellas, 
infinidad de Jackoes de todas formas y tamaños> sentados sobre todo lo que pueda 
ser útil para sentarse, mirando para acá y pensando si al fin habrán llegado a 
su tierra de promisión. No, Lingard, sea lo que sea lo que les hagamos, nada los 
hará retroceder. El quedarse es su única esperanza. 


- Entonces, ¿cuándo terminará? 


- No lo sé - respondió el comandante en jefe -. Puede ser que dure para siempre. 
Dos días después Lingard y Stinson se encontraban de nuevo patrullando. Los dos 
estaban observando el sector que les correspondía.

 

En el borde de la esfera del 
localizador, próximamente en la vertical, por encima de ellos, una pequeña 
burbuja era perseguida por otras tres mayores. 


- Esto es un Jacko que se ha metido en nuestras líneas. Ha venido a dar un 
vistazo y quizá ha llegado hasta la Tierra y ahora está tratando de salir otra 
vez. Las tres burbujas grandes son nuestras naves de caza que lo van 
persiguiendo. Al pobre lo van a atrapar en cinco minutos. ¡Fíjese! 


Las cuatro burbujas navegaron suavemente por el interior luminoso de la esfera. 
De los tres perseguidores, uno estaba algo por encima del Jacko y sus otros dos 
compañeros se encontraban por debajo, pero todos ellos marchaban en sentido 
convergente. 
- Estos son los nuevos destructores de cazas tipo Pluto - dijo Stinson -. Van 
pilotados por ocho hombres armados con proyectores de onda-D. Ahora será en 
cualquier momento. 
- Nunca pude comprender cómo se las componen para montar aparatos de onda-D en 
naves tan pequeñas como estas. ¿Cómo puede la tripulación aguantar el retroceso 
y el fogonazo de tan fuerte radiación? 


- Bueno, por supuesto, las naves son bastante mayores que esta lata de sardinas 
y llevan el proyector montado en las mismísimas narices. Lo manejan por medio de 
control a distancia con una gran cantidad de material aislante entre él y la 
tripulación. 
- Pensándolo bien - reflexionó Lingard -, los exploradores Jackoes montan tubos 
de onda-D. 


- Así es - dijo Stinson -, ¿eso lo ha discurrido usted solo? 


- Pero... 

- Hay dos contestaciones a esta pregunta. La respuesta más fácil es que los Jackoes aguantan muy bien esta radiación tan fuerte. Yo sé que el personal de 
nuestro Cuartel General está a favor de esta teoría; de hecho hablan como si a 
los Jackoes nada les gustara tanto como bañarse en fuertes radiaciones dos o 
tres veces al día. 


- Usted no está muy conforme con eso, al parecer. 


- Yo... Ciertamente que no. Le diré lo que pienso. Creo que cualquier Jacko que 
lanza la onda-D, desde un recinto cerrado, como una de sus naves, muere unas 
seis semanas después, lo mismo que nos ocurriría a nosotros. Es más, sé que los 
pilotos de combate de los Jackoes lo saben y por eso siempre se baten hasta el 
final y cuando se ven derrotados vuelan sus naves. Mire el aspecto de este 
individuo, dijo señalando la pantalla de observación. Está tratando de atacar a 
nuestras naves antes de que lo abatan, aunque debe reconocer que no tiene 
ninguna probabilidad de escape... Mire, ahí va. 
Según miraban, la pequeña burbuja que había empezado a balancearse en un 
estrecho arco, comenzó a hincharse de un modo desmesurado y, por fin, reventó. 


Ya no estaba allí. 


- ¡Pobre! - exclamó Stinson. 


- Algunas veces pienso que usted ama a estas criaturas - le dijo Lingard 
mirándole un poco irritado. 


- No las odio tanto como usted - fue la respuesta -. Aun cuando parecieran 
cocodrilos, pulpos o tuvieran dos cabezas y las bocas en sus estómagos, todavía 
pensaría que son bastante buenos chicos. Antes que sus naves se pongan en 
marcha, deben saber que no tienen ninguna probabilidad de sobrevivir.

Si 
disparan el proyector, se asan, y aunque no se asasen, la posibilidad que tienen 
de atravesar nuestras líneas y poder volver a su base es mínima. Y a pesar de 
todo, vienen. 
- Entonces, ¿por qué continúan viniendo? 
- Es fácil de explicar. Por ahí, en alguna parte, tienen grandes naves llenas de 
municiones, de papás, de pequeños hermanos y hermanas, y quizá de novias y 
madres, si sus leyes biológicas son iguales a las nuestras. Y si están tratando 
de encontrar un hogar para todos estos seres, ¿no haría usted lo mismo, aunque 
cualquiera otra criatura, cualquiera otra clase de animal, persistiera en 
cruzarse en su camino?

 
- Sí, lo supongo - dijo Lingard, y tras pensar un momento sobre ello, preguntó 
-: ¿Cómo es que cualquiera que vuelve a su casa, en la Tierra o en Marte, no 
habla de esa manera? 


- Porque vuelven asustados de los Monstruos del Espacio. 


-¿Y cómo va a acabar esto? 


- Se lo diré - dijo Stinson inesperadamente -. ¿Usted sabe lo que sucede cuando 
dos chicos mayores se encuentran por primera vez? Se suelen hacer muecas el uno 
al otro, se pelean, se sacan la lengua y se dan buenos coscorrones; pero el 
resultado es que se hacen buenos amigos. Cada uno mide las fuerzas del otro, 
descubren que son los dos humanos y decentes, normales e interesados en las 
mismas cosas. En seguida intiman y se dedican a cambiarse las canicas y las 
navajas. Bien, hay que reconocer que este es el actual estado de cosas entre 
nosotros y los Jackoes.

 

Nos estamos dando puñetazos en las narices unos a otros, 
corre la sangre (lo malo es cuando se trata de la nuestra) y, al final, cada 
bando decidirá que el otro pertenece a una raza decente y normal y merecedora de 
respeto, y que, después de todo, h% sitio para ambos en este pequeño sistema. 
Cuando se empieza a creer que todo es un juego, cuando se han hecho por lo menos 
ocho o diez raids y parece que los Jackoes son un mito, por encuentras uno, que 
probablemente se le ve a no más de quinientas yardas por la banda de estribor. 
De hecho, en el noveno raid de Lingard apareció uno. Stinson fue el primero en 
señalarlo. 
- Esto debe despertar tu alma heroica - dijo a Lingard -. Me parece que, por 
fin, vamos a tropezar con algo en nuestro camino. 
Lingard se desplazó para mirar mejor el localízador. 
-¿Dónde está? 


-¿Ves esa mole, la que se está moviendo? 


- Es otro bloque de roca - protestó Lingard. 


- Conforme, es un bloque de roca, pero silo miras con atención verás que cambia 
de forma... ¡Allí! Observa esas dos manchitas que hay detrás. Algunas veces se 
funden con el bloque principal, pero frecuentemente parece que se desprenden. 
Deben de ser un par de Jackoes tratando de hacer alguna jugarreta. Han cogido un 
trozo de asteroide moviéndose en una ruta inferior aceptable y lo están 
abrazando con la esperanza de poder atravesar nuestra pantalla, aún no 
descubierta por ellos. 


Lingard miró con atención. Ahora podía ver claramente que aunque las dos 
pequeñas manchas parecían casi siempre formar parte de la masa principal, con mucha frecuencia se separaban por un instante. Calculó la ruta que seguían y vio 
que iban a pasar muy cerca de ellos. 
- Van a pasar muy cerca de nosotros - dijo -. ¿Daremos la señal? 


- Todavía no - respondió Stinson-. Lo primero de todo, coloquémonos lo más cerca 
posible del paso de ese trozo de material de construcción. 
Apretó unos botones y puso en marcha la nave, deslizándose hacia la parte baja 
de la órbita del asteroide. La burbuja movediza que había en el centro de la 
masa luminosa se columpió hacia atrás y hacia adelante, hasta que, al cabo de 
diez minutos, empezó a moverse directamente hacia el centro. El trozo de roca> 
que parecía tener unos 200 pies de diámetro, venía ahora en línea recta hacia la 
nave. 
- Desconectaremos el localizador por un momento - dijo Stinson-. La roca está 
ahora entre nosotros y ellos> pero queda una probabilidad de que la punta de una 
de sus antenas asome por encima del techo. Dentro de media hora podremos verla 
directamente con el telescopio.

 
Efectivamente, media hora después pudieron localizar la roca con el telescopio, 
y veinte minutos más tarde, pudieron verla a simple vista. Un monstruo 
espeluznante, girando suave y continuamente, con grandes placas metálicas y 
cristalinas que brillaban intensamente cuando les daba el sol. 
Stinson hizo que su nave se emparejase rápidamente con la roca y> al mismo 
tiempo, trató de entorpecer la marcha de la nave más próxima. 


- Bueno, hijo, por detrás de esa roca hay dos naves Jackoes. Voy a rodearía un 
poco para ponerme en posición de hacer un disparo que no falle al que tengamos más cerca de los dos. No puede haber discusión ni titubeo, lo tiene que 
aniquilar con el primer disparo, y a continuación le pondré en línea con el 
segundo para que se lo cargue también. Tiene que ser rápido, limpio y no fallar 
ningún disparo. Nada de fantasías. 


-¡De acuerdo, capitán! - exclamó Lingard con entusiasmo, dirigiéndose hacia 
adelante a la posición del apuntador y tomando los mandos de los cañones. 


-¿Tiene el traje de salto bien ajustado? - dijo la voz de Stinson en la radio 
interior. 
- Seguro - contestó Lingard. 


- Recuerde que podemos ser tocados. No olvide lo que le dije sobre el 
lanzamiento en caso de emergencia. 


- No habrá que lanzarse - gritó Lingard -. Póngame usted exactamente medio 
segundo en línea con cada uno de esos monos> los haré papilla. 
- Es lo que tiene que hacer - graznó el otro -. Allá vamos. 
Los motores zumbaron brevemente y la pequeña nave se deslizó a lo largo de la 
roca. Una explosión de los motores los lanzó fuera de la sombra. Otra explosión 
de los tubos laterales les imprimió una sacudida y les hizo dar la vuelta... 


Allí estaban los Jackoes. A una distancia no mayor de 100 yardas se encontraba 
una masa bulbosa y rojiza, otra más allá, por encima, y otra por debajo. 


- ¡Diablo! - exclamó Lingard-. Ahí hay tres. 


- Ya no podemos volvernos atrás - gritó Stinson-. Ahí tienes al más cercano. 
Cárgatelo. 
La nave dio una sacudida cuando Lingard la colocó en línea. Tomó el control del 
cañón con manos sudorosas v enfocó la cruz amarilla del visor al centro de la barriga de la nave más cercana. 
No se acordó de apretar el botón para disparar, pero debió de hacerlo de una 
manera inconsciente, puesto que la nave enemiga tembló al recibir el impacto de 
la descarga fisionable. El Jacko pareció estallar. 


-¡El siguiente´ .- gritó Stinson entusiasmado -. Vamos con el siguiente. 


Hizo girar el morro de la nave. El segundo enemigo estaba más lejos, por lo que 
el piloto tuvo unos cuantos segundos para prevenirse. Una delgada llama azul 
salió proyectada por el costado y la nave quedó enfilada al enemigo. 


--Anda con él! - vociferó Stinson.

 
Lingard hizo girar el cañón para intentar un tiro de flexión. El blanco aceleró 
justamente cuando él disparó y la carga no le alcanzó por pocas yardas. Dio un 
tirón de la palanca para volver a cargar y oyó el zumbido de los pesados 
proyectiles _al entrar en la recámara. El Jacko aceleró y se revolvió, lanzando 
pequeñas llamas por sus motores laterales. 


- No tire ahora - ordenó Stinson con calma -. No puede acertarle mientras esté 
acelerando y bailando como una peonza> pero cuando empiece a virar hacía atrás> 
en dirección opuesta, habrá un solo momento en que se quede quieto; espere ese 
momento. 
Lingard esperó siguiendo con la vista el rojo barco. Esperó un largo momento. Lo 
suficientemente largo que pudo pensar dónde diablos se había metido la otra nave 
enemiga. Entonces, el blanco se inmovilizó, su movimiento relativo bajó casi 
hasta cero. Lingard accionó las palancas y los proyectiles salieron silbando. 
Durante los dos minutos que siguieron al disparo el morro del enemigo se salió un poco de la visual, pero no lo suficiente para quedar fuera del alcance de sus 
proyectiles fisionables de acero. En su costado se abrieron seis agujeros. Dio 
la vuelta violentamente al recibir el impacto y> de repente, lanzó una gran 
llamarada blanca. 


-¡Le di! - gritó Língard. 


Stinson no dijo ni una palabra. Estaba tecleando en los botones de disparar. 


La nave dio con mucha rapidez una vuelta muy cerrada. Lingard se abatió contra 
el asiento. 


-¿Dónde está la tercera nave ?- preguntó. 


- Hijito, está exactamente en nuestra cola - dijo Stinson con voz agria. 


Agárrate bien a lo que puedas, que te vas a zarandear un poco. 
La nave empezó a bajar y subir rápidamente describiendo grandes círculos. El 
asteroide junto al cual empezó la batalla estaba ahora a muchos cientos de 
millas. Por tres veces, un destello de llama azul metálico pasó por delante de 
las troneras de observación. 


- No anda muy listo con su onda D - observó Lingard -. ¿No puede girar más, para 
que yo le pueda disparar? 


- No hay la menor esperanza. Estos Jackoes son capaces de aguantar una fuerza 
centrífuga mucho mayor de cuanto nosotros podemos soportar y pueden girar en 
círculos más pequeños. 


Una vez más, la aguja de luz azul pasó junto a ellos. Un segundo después la 
vieron brillar justamente delante, y esta vez no era un destello momentáneo, 
sino un rayo atravesado como una espada en su camino. Stinson dio un fuerte 
impulso a los motores para elevar la nave y hacerla pasar por encima. 
- La ventaja del rayo es que lo pueden dirigir hacia adelante para que tengamos que meternos en él. ¿Qué es esto? ¡Gran Júpiter! Hemos sido tocados. Esta vez 
nos dieron en la cola.

 
Se produjo una explosión imponente al tiempo que volaba uno de los motores 
propulsores. 
- Estamos alcanzados, hijo - chilló Stinson -. ¡Salta! 


Lingard palpó la válvula de su casco para comprobar que estaba bien seguro v dio 
un puñetazo en el botón de lanzamiento. Los cierres de la compuerta volaron con 
un zumbido al tiempo que Stinson vociferaba de nuevo: 


-¡Salta! 
El chorro de aire que se proyectó levantó a Lingard y lo lanzó al espacio. 


-¿Estás bien, hijo? - preguntó la voz de Stinson, por medio del intermicrófono, 
un momento después. 


- Creo que si - replicó Lingard. 


- Bueno, espero que sabrá todo lo que tiene que hacer para volver a la base 
utilizando su traje de salto. 


- Me gustaría mucho que me lo repitiese, capitán. 


Se encontraban flotando en la nada> en el negro vacío, y aunque Stinson no debía 
encontrarse a muchas yardas de él, no podía verle. 


- Muy bien, escuche. Tome la línea Sol-Aries como dato. ¿Se acuerda de las 
coordenadas de la base cuando salimos? 


- Ya lo creo - las recitó Lingard. 


-¿Y de las coordenadas de nuestra nave, antes de empezar el ataque? 
- Sí; pero nos hemos desplazado bastante desde entonces. 


- No tanto como para que importe. ¿Conforme? El trabajo más difícil va a ser el 
hacer una estimación periódica de su velocidad. Use el pequeño velocímetro que 
tiene en el bolsillo exterior del traje de vuelo. Haga tantas comprobaciones de 
velocidad como pueda. Hágalas continuamente, no tiene mucho más que hacer.

 

Cuando crea que se encuentra a menos de mil millas de la base empiece a mandar 
mensajes por el microrradio. No esté todo el tiempo conmutado, envíe un mensaje 
y desconecte. Espere diez minutos y envíe otro. Ahora, sobre todo, mucha 
tranquilidad. Verifique la velocidad constantemente y llegará en nada de tiempo 
a casa


- Gracias, capitán - dijo Lingard agradecido. 


La voz de Stinson, a pesar de ser áspera, había contribuido a elevar su ánimo 
considerablemente. 
-¿Está escuchando, Lingard? - se oyó la voz de Stínson un momento después> que 
ahora era apremiante. 


- Seguro. 


- Hace un momento vi sobre mi cabeza un destello de ese maldito motor. Parece 
que todavía anda rondando. Mientras no acelere> pareceremos en su localizador 
unos restos de nuestra nave. 


Durante diez minutos Lingard se sintió arrastrado por el espacio. Empleó el 
tiempo en tratar de medir la velocidad. Sabía la velocidad y la dirección de la 
nave antes que empezase el ataque, pero no tenía ni idea de lo que pudieran 
haber avanzado durante el combate y, además que, naturalmente, habría que añadir 
una componente adicional de velocidad debido al impulso del aire que lo lanzó 
fuera de la nave. El asteroide, aunque era grande, pronto dejaría de verse y la 
única pieza de los restos de su nave que podía ver era una andrajosa y retorcida 
plancha de duraluminio que parecía colgar sobre su cabeza a unos 200 metros. 
-¿Me está usted oyendo, hijito? - sonó la voz de Stinson de un modo extraño y 
con un acento como de resignación. 


- Sí - respondió Lingard.

- Ese Jakko me ha localizado. Ahora su nave flota muy cerca de mí. No cabe la 
menor duda; en este momento ha dado un golpe en las troneras de sus motores para 
virar en redondo. Quisiera saber si consigue detectar mi radio. Lo único que 
puedo hacer es no moverme de donde estoy> a ver si me toma por muerto. La nave 
tiene la punta anterior de cristal y veo que hay dentro una cosa que se mueve... 
Tal vez voy a ser yo el primer ser humano que vea un Jacko... Parece que está 
haciendo girar la torreta de tiro, pero espero que sea solamente una pre... 
En ese instante la radio enmudeció. Con el rabillo del ojo Lingard vio un rayo 
de luz diminuto. Pocos segundos después vio una llama larga y delgada que barrió 
toda la nave y desapareció hacía el exterior. 


Lingard siguió con mucho cuidado su ruta hacia la base, donde lo recogieron tres 
días y medio después. Dos meses más tarde volvió a salir de patrulla, esta vez 
como capitán de la aeronave. 


En su primer raid le dijo a su segundo: 


-¡Ah! Y si en alguna ocasión le parece oírme decir por tercera vez que abandone 
la nave será solamente un eco. 

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


CIENCIA - FICCION INGLESA

AGUILAR 1968

Traducido por Alberto Levenfeld

Escaneado por Diaspar 1997

 

 

 

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