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© Libro N° 6076. Anti-Manual. Para  Uso De Marxistas, Marxólogos Y Marxianos. Ludovico Silva. Emancipación. Junio 8 de 2019.

Título original: © Anti-Manual. Para  Uso De Marxistas, Marxólogos Y Marxianos. Ludovico Silva

 

Versión Original: © Anti-Manual. Para  Uso De Marxistas, Marxólogos Y Marxianos. Ludovico Silva

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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ANTI-MANUAL

Para  Uso De Marxistas, Marxólogos Y Marxianos

Ludovico Silva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MONTE AVILA EDITORES, C.A.

© Monte Avila Editores C.A. Caracas  / Venezuela

3ª.EDICIÓN: OCTUBRE 1978

 

 

 

 

 

Digitalización  y maquetación: Biblioteca Virtual Omegalfa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

 

 

 

 

 

 

DOS CLAVES

 

 

 

 

La verdad científica es siempre paradójica.

MARX

 

 

 

 

Las  publicaciones  agudas  y  amenas  de los  viejos   ateos   del  siglo   XVIII, escritas con talento, que  atacan ingeniosa y abier- tamente al oscurantismo clerical domi- nante,  resultarán, a  cada  paso,  mil  veces más  adecuadas para  despertar a la  gente del  letargo religioso, que  las exposiciones aburridas del  marxismo, secas, no ilustra- das  casi  con  ningún hecho  bien  seleccio- nado,  exposiciones que prevalecen en nuestra  literatura  y  que,   con  frecuencia (hay  que confesarlo), tergiversan el mar- xismo.

LENIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

ICE el lugar  común  que  uno  «acaricia  una  idea» durante largo  tiempo; pero  la  verdad es que  no todas  las  ideas tienen  tersa  la espalda; hay  algunas cuyo  lomo  es espinoso,  como  el  de  un  lagarto  antediluviano. De esta  especie es una  idea  que  me obsesiona desde hace  años:  la elaboración de un Diccionario Heterodoxo del  Marxismo, o un  Diccionario del Marxismo  Heterodoxo, que  es  casi  lo  mismo.  En un  principio pensé en  invitar  a una  serie  de  autores de  diversos países para que  cada  uno  elaborara uno  o varios  artículos de  su  especiali- dad.  Allí debían figurar  términos  como  «valor de  uso»,  «plusva- lía», «subdesarrollo», «dialéctica», «alienación», «ideología», «mate- rialismo»,  «filosofía»  y  tantos  otros  necesitados de  una  revalora- ción,  una  redefinición que  aleje  de ellos  el fantasma del  dogma. Pero  se  trata  de  una  buena idea  que  hasta  ahora  ha  fracasado. En vista  de  ello,  he  emprendido yo  solo  la  labor  de  construir ese   Diccionario.  Es una  labor   difícil,   pero   no  imposible.  He empezado por  uso  cuantos conceptos, filosóficos en  su  mayo- ría.  La extensión de  los artículos dedicados a cada  concepto da cuenta de  su  importancia y  complejidad. Me  arriesgo a  publi- carlos,   con  la  deliberada  intención de  incitar  a  los  estudiosos del  marxismo. ¿Por qué  nuestros economistas, sociólogos o filó- sofos no pueden contribuir a la elaboración de ese  gigantesco y necesarísimo Diccionario?  ¿Por  qué  no  hacerlo aquí,  en  el  sub- desarrollo, para demostrarles a los pedantes franceses, a los impertérritos ingleses, a los  alemanes muertos  del  esprit du sé- rieux, a los marmolizados soviéticos, a los norteamericanos anestesiados, a los  intrincados italianos, que  aquí,  en  estas  tie- rras,  es  posible hablar  de  Marx  con  tanta  o más  altura  que  en otras tierras? Aquí hay  economistas que  pueden hablar  sobre  los conceptos de modo de producción, fuerzas  productivas o es- tructura  económica con la mayor  propiedad y sin estar  sujetos  a dogmas venidos de otras partes; pueden, con todas  las de la ley y con  un  conocimiento de  Marx  sur le vif, tomar  las  categorías clásicas y ponerlas a vibrar  al ritmo de los terremotos de la cor- dillera andina; pueden actualizar a Marx,  como  por  ejemplo lo han  hecho   en  Norteamérica, Paul  Baran  y  Paul  Sweezy en  el análisis de  la  sociedad estadounidense. Aquí  hay  físicos,  biólogos,  matemáticos y  filósofos  capaces de  formular  un  concepto de  «materia»  que  supere al  mismo  tiempo  las  polvorientas no- ciones  de  los manuales soviéticos (que, extrañamente, no transmiten la  ciencia soviética) y  las  emasculadas investigacio- nes  de  la  ciencia alemana y  norteamericana; un  artículo  sobre el concepto de  materia  sería  esencial en ese  Diccionario de mis sueños. Aquí  hay  sociólogos que  bien  podrían hacer  el análisis de  las  clases  sociales que  Marx  no tuvo  tiempo  de  hacer.  Aquí hay  literatos  que  pueden medir  la  temperatura del  estilo  litera- rio en  que  el marxismo clásico se expresó. Aquí hay,  en  fin, lo necesario  para   construir   esa   gigantesca  enciclopedia  de  que hablo,  y que  el mundo  moderno necesita urgentemente.

 

Pero hablemos algo  más  acerca de ese  Diccionario. ¿Por qué debe  ser  heterodoxo?  La pregunta es  interesante. Es la  misma que,   a  su  hora  y  circunstancia,  tuvieron que  hacerse Galileo Galilei,  Johannes Kepler,  Giordano  Bruno  y Nicolás  Copérnico, para  quienes el mundo  no estaba construido según las leyes de una  Iglesia,  aunque la  Iglesia  pretendiera constituirse en  la  ley del  mundo. El heterodoxo lucha  contra  una  Iglesia  constituida. Hay  en  el  mundo  moderno una  nueva Iglesia,  que  es  el  mar- xismo  ortodoxo. Al igual   que  la  Iglesia   cristiana, tiene  princi- pios  revolucionarios que,  por  desgracia histórica, pueden con- vertirse  en dogmas, en principios de fe. A la religión cristiana le ocurrió  fosilizarse en  edad  temprana. Ya San  Pablo,  con  todas sus  vociferaciones políticas, convirtió  la doctrina  de  Cristo,  que era  esencialmente dinámica y mundana, en una  suerte  de  para- digma  celestial, fijo y estático. Los Padres  de la Iglesia  —o la patrística—  suavizaron  un  poco   la  exageración  paulina.  San Agustín,  en  particular, devolvió un  poco  a la doctrina de  Cristo su  espíritu mundano, su  sensualidad. Pero  le  sobrevino la  teo- logía. Con la teología se revitalizó lo que  Agustín  tenía  de  dog- mático,  que  no  era  poco.  Vivió  en  los  mismos  años  en  que  se celebró el  Concilio  de  Nicea  (325  d.C.),  convocado por  el  em- perador Constantino. Un concilio político-religioso, a partir  del cual  se hizo  oficial  la religión cristiana, esto  es,  se convirtió  en dogma. Y al convertirse en dogma, creó la posibilidad de la heterodoxia. Desde  aquel momento, la heterodoxia siempre fue una   posición  esencialmente  política,  religiosa  sólo   por   añadidura, porque la religión siempre ha sido  una  cuestión de polí- tica  (al  menos,  a  ello  nos  ha  acostumbrado  el  cristianismo). Nunca  fue  una  cuestión meramente teórica, como  han  preten- dido  mostrarla algunos representantes de  la ortodoxia, tanto  en los  viejos  tiempos  como  en  los  nuestros. Ser heterodoxo no es violar  un  dogma. Al fin y al cabo,  violar  un  dogma es algo  tan común  como  violar  a  una  doncella: hay  quejas, pero  hay  pla- cer.  Ser  heterodoxo es  practicar un  estilo  de  vida  y  de  pensa- miento  que  vayan en  contra  del  orden  establecido. Como  me decía  un poeta  amigo: «Lo importante no es cambiar, sino  cam- biar  la manera de  cambiar».  Lo importante no es cambiar a Sta- lin, sino cambiar la manera de cambiar a Stalin.

 

Es, pues,  una  cuestión de  maneras. ¿Quién  ha dicho  que  las maneras no  son  importantes?  El capitalismo es  una  manera, o, como  dicen  los  economistas, un  modo  de  producción. ¿Cómo se  podrá  cambiar esta  manera o modo?  La historia  nos  está  di- ciendo que  la única  forma de cambiarla es la indicada hace  más de  cien  años  por Carlos  Marx.  Él nos decía  que  de  las  entrañas del  capitalismo había  de  surgir  la explosión. ¿No es  eso  lo que está ocurriendo actualmente? ¿No está el monstruo  capitalista retorciéndose  de   entrañables  dolores?   ¿No  tenía   razón   Marx cuando hablaba de  la  necesidad lógica de  las  crisis  periódicas del  capitalismo?  La crisis  energética de  1974,  ocasionada por  el alza  de los precios del petróleo impuesta por los países produc- tores  (que   al  mismo  tiempo   son  los  países subdesarrollados, por  ironía  de  la historia) es  un  claro  ejemplo de  la  recurrencia de las crisis en el sistema  capitalista. Los grandes monstruos industriales se  desmoronan y entran  en  crisis  frente  a una  sim- ple  alza  de  precios. ¡Qué  débil  es  el  sistema  capitalista! ¡Cuán fácil   es  su  catalogación  entre   las   formas   de   producción ya muertas!

Esto deberían saberlo todos los que escriben manuales de marxismo. En lugar  de  hablar  tanto  de  la  «superestructura», la «base», el «reflejo», y tantos  otros paradigmas, deberían hablar  de cómo  entendía realmente Marx  la estructura de  la sociedad ca- pitalista, y cómo  sus conceptos eran  fundamentalmente dinámi- cos  y  no  estáticos. Allí  está  el  secreto   de  la  dialéctica como forma  dinámica de  comprender la  historia, y  no  esa  dialéctica

 

«materialista»  que   nos  transmiten  los  manuales, fijada  en  tres leyes hipostáticas, cuadriculada en  un  álgebra que  no  han  po- dido  entender ni siquiera los científicos rusos.  Que  yo sepa,  no es la dialéctica la que  hizo  que  Yury  Gagarin  volase  en torno  a la  Tierra,  ni  la  que  puso  en  un  lunático espectro de  metal  a hurgar  la cara sedienta de la Luna. La dialéctica, malamente empleada, sólo  sirve  para  confundir a los  seres  humanos. Pero un  capítulo, a  ella  consagrado, existe, y  por  tanto,  ahora   me callo.

Hace  falta escribir  acerca de  los manuales. Son los manuales los que  confunden a Marx con las momias  de Marx.

Hacer  un Anti-manual no sólo  significa escribir  en contra  de ciertos   manuales  de   marxismo,  sino   escribir   de   modo   no- manualesco. Esta observación es importante, pues  es muy  fácil escribir   libros,   y  escribirlos  de  acuerdo  con  recetas.  Escribir sobre  los  manuales de  un  modo  crítico  equivale a  superar su forma,  su  estilo,  su  sintaxis, su  armadura. Hay  que  escribir  li- bremente —y esto  ya  no es tan fácil—,  hay  que  escribir  liberta- des,  hasta  donde sea  posible.

Esto no implica que  todos  los  manuales sean  malos.  Los de la URSS (ya  lo decía  el propio  Lenin)  suelen ser invariablemene malos,  pero  en  otras  partes  hay  buenos manuales. Piénsese, por  ejemplo, en  el  manual de  Pierre  Salama   y  Jacques Valier, Une  introduction  a l’économie  politique,1  que  reúne   todas  las

condiciones de  un  manual: es  manuable, puede manejarse fá- cilmente, a diferencia de esos  hipopótamos intelectuales que autores como Konstantinov, Kuusinen o Rosental  quieren ha- cernos  pasar  por  «manuales»;   se  necesita un  atril,  y  hasta  una cierta liturgia, para poderlos consultar; es, por otra parte,  es- quemático, didáctico, sin que  ello implique una distorsión del pensamiento  presentado  ni  su  reducción  a  fórmulas   resecas; está  claramente escrito,   y  está  diseñado según una  estructura teórica  rigurosa; y, finalmente, no fue escrito  por órdenes de un partido  o por alguna comisaría ideológica, sino por el libre  afán de divulgar el pensamiento económico de Marx. El lector  puede

 

 

1 Edición de François Maspero, París, 1973.

 

pensar también en  el  excelente manual de  Ernest  Mandel  Ini- ciación a la teoría económica marxista,  donde el  prestigioso y combativo economista belga  condensa toda  su  sabiduría eco- nómica, ampliamente demostrada en  su  Tratado de Economía marxista. El manual de Mandel 2  es el resultado de  unas  confe-

rencias  para   obreros,  dictadas  en  París,  y  recuerdan,  por  su sencillez y precisión, a aquellas conferencias que,  también para obreros, dictó  Marx  en  Londres  y que  luego se  convirtieron en ese  excelente  manual de  economía  marxista que  él  tituló  en inglés  Value, Price and Profit (Addressed to workingmen).

En castellano existe  el  manual de  Marta  Harnecker Los con- ceptos elementales del materialismo histórico.3  Por diversos mo- tivos es un buen  manual. La autora  chilena (hoy  dolorosamente expatriada por los orangutanes antimarxistas que  se han  apode- rado  de Chile)  se dirige  a un público estudiantil —que  por cier- to le  ha  respondido con  gran  calor—  con  la  deliberada inten- ción  de  hacerlo pensar y  ayudarlo a  tener  una  representación

nítida  de la doctrina  de Marx, con base  en una  exposición rigu- rosa y didáctica realizada en un estilo  particularmente claro y conciso. En uno  de  los  capítulos del  presente Anti-manual  le dirijo  una  serie  de  críticas  al  tratamiento que  Marta  Harnecker hace  de un determinado problema —el de la ideología— del pensamiento de Marx. Pero esas críticas  no implican una mi- nusvaloración de  su esfuerzo teórico.  Como  todo  libro,  el suyo está sujeto a críticas. Pienso que su lado más débil es el apego incondicional a la interpretación que  hace  Louis Althusser  de la teoría marxista. Ello convierte al manual en un manual de al- thusserianismo, y carga  con  todas  las  ambigüedades y exagera- ciones  de Althusser.  Althusser  ha creado, a su modo,  una  nueva Iglesia  marxista, y por tanto,  una  nueva ortodoxia. Los althusse- rianos  se  creen   poseedores de  «secretos»  y  «misterios»  concer- nientes a  la  obra  de  Marx,  y  los  que  no  somos  althusserianos tenemos que   resignarnos a  leer  a  Marx  con  nuestros  pobres ojos y no a través  de la complicadísima y artificiosa lupa  que  le aplica Althusser  en su altar  de La Sorbona. De todo  ello  ha sur-

 

2 Edición en castellano: ed. La Oveja Negra, Bogotá, 2a ed., 1971

3 25a ed., Siglo XXI, México, 1974.

 

gido  un nuevo  manualismo o un modo  manualesco de pensar a Marx, que  está causando grandes daños  y que  ha propagado en nuestro   continente una  peculiar  pedantería  universitaria. Para mí,  un  buen  manual es  aquel que  incita  a leer  a Marx,  porque es en Marx, en su vibrante estilo,  en la claridad mediterránea de su  prosa,   donde  debemos  buscar   el  secreto   de  ese   mensaje doctrinal que  ha partido  en dos  al mundo, y que  terminará por unificarlo.

Marx  era  un  pensador  heterodoxo.  Toda  su  obra   es  una constante e implacable crítica, tanto  del  orden  capitalista esta- blecido como  de  sus  justificadores científicos o ideológicos. Su pensamiento se resiste, espontáneamente, a ser convertido en Iglesia. Convertir  a Marx en ortodoxia es descaracterizar a Marx, es  convertir  su ciencia en  ideología, como  lo recordaba aguda- mente  Marcuse  en su libro  sobre  El marxismo soviético, que  es, por   cierto,   un   anti-manual.  Los  manuales  soviéticos  le   han puesto  una camisa  de fuerza  al pensamiento de Marx y lo han desfigurado de  tal  modo,  que  hoy  pasa  por  «marxismo»  en  el mundo  entero  una  entelequia teórica  que  nada  tiene  que  ver con  Marx.  Obsérvese lo  que  escribía Lenin  en  1922,  en  su  ar- tículo  «Sobre el significado del marxismo militante»:

Las publicaciones agudas y  amenas de  los  viejos  ateos  del siglo  XVIII escritas  con talento, que  atacan ingeniosa y abier- tamente al oscurantismo clerical dominante, resultarán, a ca- da  paso,  mil veces  más  adecuadas para  despertar a la gente del  letargo religioso, que  las exposiciones aburridas del  mar- xismo,  secas, no ilustradas casi con ningún hecho  bien  se- leccionado, exposiciones que  prevalecen en  nuestra literatu- ra y que,  con  frecuencia (hay  que  confesarlo) tergiversan el

marxismo.4

Si el propio  Lenin,  forjador  de  la mayor  revolución de  nues- tro  siglo,  nos  advertía del  peligro de  transformar el  marxismo en  una  Iglesia  con  sus  correspondientes catecismos, breviarios o manuales, ¿por qué  hemos  nosotros  de perdonar a todos  esos hacedores de manuales que  tanto daño  han hecho  al pueblo?

 

 

4 V.I. Lenin, Obras escogidas, ed. Progreso, Moscú, 1969, pp. 689.

 

  muy  bien  que,  al  publicar este  ensayo, surgirán los  ine- vitables  adoradores  de  la  URSS que   me  acusarán  de  «antiso- viético».  La acusación no  será  nueva para  mí,  puesto   que  en otros libros he criticado duramente los falseamientos de la or- todoxia. Pero debo  aquí  hacer  constar  que  yo no soy  de ningu- na manera antisoviético. Para mí, el pueblo soviético es quizá  la mayor  garantía histórica de  defensa contra  el  neofascismo que emerge actualmente en  el  mundo. También  el  pueblo chino  lo es,  y si este  pueblo está  «ideológicamente» separado del  soviéti- co,  gran  parte  de  la culpa  la tiene  el  pensamiento manualesco. Si resucitase Marx, les daría  su viejo  grito:  ¡Uníos! El capitalismo se  está  retorciendo, busca  desesperadamente el  modo  de  con- tener  su crisis  y su inflación, no halla  qué  hacerse con  los  paí- ses subdesarrollados, está al descubierto con su CIA, con su imperialismo y con sus monopolios internacionales: ¿no es en- tonces  la hora  de  que  las  fuerzas  anticapitalistas se  unan  y den la batalla final?

Pero, para  ello,  es preciso que los marxistas se aclaren con respecto a  su  doctrina. Es preciso abandonar de  una  vez  por todas  el pensamiento manualesco en  lo que  tiene  de  eclesiásti- co.  Es importante dar  una  dura  batalla teórica  para  que,  en  el marxismo contemporáneo,  triunfe  el  pensamiento de  Marx,  y para  que  podamos, así,  superar a Marx  realizándolo (la philo- sophie devenue monde, de  que  hablaba Sastre),  inventando los conceptos y  categorías que  él  habría   inventado  si  viviese  en nuestro  siglo.

 

 

 

Caracas, diciembre de 1974

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO  DEL PRÓLOGO

 

LS.

 

 

El manuscrito del  presente ensayo fue enviado en diciembre de  1974 al Premio  Literario  instituido por la Asociación Pro Ve- nezuela; resultó  ganador por unanimidad. Cuente,  pues,  la nada ortodoxa Asociación Pro Venezuela con  mi agradecimiento por la  distinción acordada, que  demuestra una  vez  más  la  utilidad de  unirse  empresarios y artistas.  Igualmente,  conste  mi agrade- cimiento a  los  tres  integrantes del  jurado,   personas a  quienes admiro  y  que  no  pararon mientes en  eso  de  premiar un  libro harto  extraño  y  de  colores   tan  subidos.    que,   hasta   cierto punto,  pese  a la unanimidad que  hubo,  fue  un  reto  para  ellos. Ellos salieron airosos  y yo salí premiado.

Debo  aclarar que  este  libro  no es  enteramente mío.  El capí- tulo sobre  el «Modo de Producción» (cap. VI) fue escrito,  a peti- ción  expresa mía,  por  el  economista Héctor  Silva  Michelena, quien  allí  demostró cómo  se  puede ser  economista y  elegante al  mismo  tiempo. Se  lo  agradezco, y  le  envío  un  vaso  de  bon vino, que  diría  el  maestro  Berceo. El Apéndice II, sobre  Rosa Luxemburgo, fue escrito  por el no menos  economista y elegan- te escritor  Armando  Córdoba. Un geniecillo interior  me dijo que Héctor  y Armando,  que  ya  han  escrito  libros  en  colaboración y a  cuatro  manos,   se  sentirían complacidos de  trabajar  conmigo en un Anti-manual. Los artículos de ambos  son profundamente antimanualescos. Ya se  ve  que  eso  de  «pensamiento manuales- co» es toda  una  categoría... Lo propio  digo  del  excelente artícu- lo de  mi amigo  el  economista mexicano Alonso  Aguilar,  quien pasa  una  rápida y fulminante mirada  al marxismo de los últimos años.

 

 

 

Febrero,  1975

 

L. S.

 

 

I.

 

 

LA SITUACIÓN DEL MARXISMO

 

 

E puede hablar   de  «situación   del  marxismo»  de  dos  ma- neras:  una,  externa al pensamiento de  Marx,  y otra,  inter- na  al  mismo.  Desde  un  punto  de  vista  externo al  pensa-

miento   de  Marx,  la  situación del  marxismo puede  describirse como  un abigarrado conjunto  de interpretaciones, determinadas no sólo por las tendencias individuales de los intérpretes, sino también —y  en  primer  término—  por  los  meandros y  vicisitu- des  del  mundo  contemporáneo. El mundo  del  siglo  XX, aunque siga  en esencia siendo un mundo  capitalista, ha conocido en su seno  el prodigioso crecimiento de  la tendencia socialista, inspi- rada,  con mayor  o menor  grado  de fidelidad, en el pensamiento de  Carlos  Marx,  y  en  particular en  su  análisis de  la  sociedad capitalista, basado en la experiencia histórica de Europa  Central y Occidental, según confesaron Marx y Engels  en el prólogo de

1882 a la edición rusa  del Manifiesto del Partido Comunista.

Este punto  de  vista  externo se  sitúa  fuera  del  pensamiento mismo  de  Marx  y  atiende preferentemente al  desarrollo de  lo que  conocemos como  «marxismo» —y, por supuesto, al desarro- llo del  «anti-marxismo»—. Su objeto  propio  sería  la enumeración y descripción de  las  interpretaciones del  pensamiento de  Marx, y podría  atender a diversos criterios  de  clasificación: intérpretes ortodoxos o heterodoxos, intérpretes críticos o apologistas, in- térpretes  militantes  o  bien   au dessus de la melée, intérpretes

«marxistas»  o «marxólogos»  o «marxianos»,  etcétera. Hay  infinitas variedades, y la literatura es  monstruosamente dilatada. Cier- tamente, se podría  practicar una  selección muy  rigurosa de  au- tores  e interpretaciones. Nos limitaríamos, partiendo de  Engels, a  autores  como   Plejanov,  Lenin,   Lukács,   Korsch,   Riazanov, Gramsci,   Marcuse,  Sartre,   Mandel,  Lefebvre,   y  algunos  otros nombres ilustres  como  Sweezy, Baran,  Rubel,  Mariátegui, Navi- lle,  Colletti,  etcétera. Sin  embargo, un  estudio objetivo  no  po-

 

dría  prescindir, por  más  selectivo que  fuese,  de  ciertas  vulgari- zaciones que  ha  sufrido  el  pensamiento de  Marx,  incluso las más pedestres. Hay toda una  literatura, procedente casi  siempre de  escritores autodenominados socialistas, que  ha practicado lo que  con  gran  rigor  llamaba Marcuse  en  El marxismo soviético,

«la conversión de  la  teoría  de  Marx  en  ideología». Una  historia

del  marxismo no  puede  prescindir de  este  material, pues   su misma  tendencia a dogmatizar y a fosilizar  el marxismo lo ha convertido en  centro  de  la polémica en  numerosas ocasiones y por diversas razones, entre  las cuales descuella el hecho  de que tal fosilización se ha realizado desde el poder. No sabríamos, en este  sentido,  prescindir  del  «materialismo»  de  Stalin,   cuya   in- fluencia  está   lejos   de  haberse  extinguido.  Muchos   marxistas que,  obedientes a  la  «desestalinización»  oficial  no  se  atreven a pronunciar el  nombre  de  Stalin,  siguen en  el  fondo  siendo los fieles  discípulos de  ese  «fantasma»  de  que  habla  Sartre  en  sus Situations. Aunque  una  poderosa corriente crítica  se haya  abier- to  paso   en  nuestro   siglo   dentro   del  campo   del  pensamiento marxista, el viejo  dogmatismo sigue  realizando su labor  de zapa en muchas cabezas aparentemente críticas.  Algunas  escuelas de intérpretes de  Marx,  como  la  que  protagoniza Louis  Althusser en  Francia  (con  seguidores en  otros  países), a pesar  de  propo- nerse  abiertamente una  relectura crítica  de Marx, han  inventado un nuevo  y sutil dogmatismo, un círculo  cerrado de «claves» interpretativas que a menudo obligan a Marx a pensar como Althusser,  en  lugar  de  ser  a  la  inversa. Para  romper  los  viejos dogmas, los althusserianos inventan nuevos dogmas, y le dictan a  Marx  normas  de  pensamiento. Así,  por  ejemplo, decretan el carácter «ideológico»  y «premarxista»  del  concepto de alienación, sin  darse  cuenta de  que,  según ese  razonamiento, habría  que declarar premarxista e ideológico —esto es, anticientífico— el cuerpo analítico de  las  grandes obras  económicas de  Marx,  en las  que  el concepto de  alienación juega  un papel central. En el curso  de  un  volumen que  actualmente escribo sobre  la  aliena- ción  de la obra  de Marx, he topado  con una  definición formal  y

«madura»  de  la alienación, en  los  Grundrisse; he  topado  con  la

terminología de  la  alienación  profusamente diseminada  en  la

Crítica de 1859; he topado  con la definición de la alienación en

 

los  Grundrisse, incorporada luego al análisis de  la plusvalía en El Capital; y he  topado, en  fin, con  largas  y frecuentes caracte- rizaciones  de  la  alienación  en  el  enorme  manuscrito  de  las Theorien über den Mehrwert  o Libro IV de  El Capital. Sólo  un prejuicio  cientificista como  el  de  Althusser   puede hacerse el ciego  ante  tales  evidencias. Lo cual,  decía  antes,  es una  nueva y sutil forma de dogmatismo (Ver, más adelante, el capítulo sobre la alienación).

Historiar  todas  estas  variaciones interpretativas es la tarea  de lo que  he  denominado punto  de  vista  externo. Es un  punto  de vista  necesario, mas  no  suficiente. En este  libro,  mi  punto  de vista   para   echar   una   mirada   panorámica  al  pensamiento  de Marx,  será  más  que  todo  el  interno.  Pero  no  me  desentenderé del  punto  de  vista  exterior  al  pensamiento de  Marx.  La distin- ción  entre  ambos   puntos   de  vista  es,  en  realidad, puramente analítica; pero  es  una  distinción útil,  porque nos  permite sepa- rar teóricamente la evolución de las interpretaciones, de la evo- lución  del  pensamiento mismo de  Marx.  Acorde  con  su  propia teoría,  el  pensamiento de  Marx  no  se  detiene o se  petrifica  en el  punto  histórico  en  que  nació;  por  el  contrario, se  desarrolla con  la historia  misma,  lo que  revela su carácter fundamental de ciencia predictiva, ese  carácter de prospección científica que constituye uno  de  sus  rasgos  más  notorios. El punto  de  vista interno,  pues,  tiende  a caracterizar el  estado  actual del  pensa- miento  de  Marx.  Debe,  por  supuesto, complementarse con  el punto  de vista externo, pues  buena parte  de la evolución íntima del  pensamiento de  Marx  está  determinada por  el  choque con los intérpretes, así  como  también, y principalmente, por  el sur- gimiento de nuevas formas  sociales, nuevos problemas que  trae consigo  la   historia.  Los  enunciados  básicos  del   método   de Marx,  ¿no  pueden acaso   rendir   una  inmensa utilidad  para   el análisis de  fases  del  capitalismo desconocidas  por  Marx?  ¿No cabe,  por  ejemplo, un  análisis marxista del  capital de  los  gran- des   monopolios  financieros  de  nuestro   siglo?  La  descripción que  hace  Marx del  mercado mundial en  La ideología alemana,

¿no puede servir  de presupuesto teórico  para  una  teoría  marxis- ta del  subdesarrollo? Igual  ocurre,  por ejemplo, con la teoría  de la acumulación originaria de capital. Aunque  expuesta por Marx

 

para  explicar el surgimiento del capitalismo de Europa Central  y Occidental,  la  teoría   de  la  acumulación  resulta   indispensable para  explicar la génesis del subdesarrollo. Así lo expone, por ejemplo, el economista mexicano Alonso  Aguilar  en  un  párrafo de gran  interés:

“Las formaciones sociales no se diseminan como  las  en- fermedades contagiosas: surgen a consecuencia de un desarrollo previo; y así se forma,  concretamente, el mer- cado,  que  como  se  sabe  es  una  categoría  histórica. De aquí  nuestra insistencia en  cuanto  a  que  para  ahondar en  el estudio del  subdesarrollo es menester examinar la forma en que se desenvuelve el capitalismo; y para comprender esto último es necesario seguir  de cerca  el desarrollo del  mercado y,  específicamente, la  fase  que va desde el momento en  que  el producto del  trabajo  se convierte  en   objeto   de   cambio,  en   mercancía,  hasta aquel en  que  adquiere tal  carácter la  fuerza  misma  de trabajo.  El estudio de  la acumulación originaria no  sólo no es, por tanto,  una  cuestión especulativa o secundaria, sino  algo fundamental para entender cómo se origina el subdesarrollo y  toman  cuerpo las  más  graves deforma-

ciones  de nuestras economías.1

Parecidas consideraciones, en las que  se manejan las más diver- sas  piezas del  instrumental de  Marx,  han  sido  hechas por  nu- merosos economistas y  sociólogos preocupados por  aclarar el fenómeno del subdesarrollo. La teoría  de la acumulación, por ejemplo, ha  sido  largamente utilizada  por  el  economista afri- cano  Samir  Amin en su excelente tratado  sobre  L’accumulation a l’échelle mondiale, y en otras obras  suyas.2 El énfasis  de Marx

en  poner  en  el  centro  mismo  de  su  teoría  socioeconómica el cambio  tecnológico, ha dado  lugar  a profundos desarrollos con- temporáneos para  explicar la  dinámica histórica, tales  como  el

 

1 Alonso Aguilar, Mercado interno y acumulación de capital, ed. Nuevo Tiem- po, México, 1974, p.74 (Subrayados míos).

2 Véase Categorías y Leyes fundamentales del capitalismo y El capitalismo perifé- rico, publicados por ed. Nuestro Tiempo en 1973 y 1974, respectiva- mente.

 

realizado por el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro  en su obra El proceso civilizatorio,  especie de  cosmogonía de  inspiración marxista, que sirve de adecuado marco  histórico  para la cabal indagación sobre  el  subdesarrollo. El énfasis   en  la  tecnología, que  ignoraron casi  totalmente los herederos marginalistas de  la economía clásica, es elevado al rango  de teoría  de largo  alcance histórico. El marxismo vivo  no  consiste en  «aplicar  a Marx» co- mo quien  aplica un cartabón o un molde. Por el contrario, con- siste  en asimilar y continuar críticamente su concepto de  la his- toria  y su  análisis del  capitalismo. El mismo  Ribeiro,  por  ejem- plo,  ha  rechazado la  idea  de  una  clase  social  «burguesa»  en  el contexto latinoamericano;  en  su  obra   El dilema latinoameri- cano prefiere hablar  de «patriciado». Lo importante de todo  esto no  reside  en  la  verdad o la  falsedad  de  semejante caracteriza- ción,  sino  en  el  esfuerzo consciente por  transformar el  pensa- miento  marxista desde dentro de él mismo, a fin de  elaborar las categorías que  habría  elaborado el propio  Marx en caso  de vivir en nuestros días.  Por eso  podemos hablar  de un punto  de vista interno  al pensamiento de Marx. El punto  de vista que  he califi- cado  de  «externo»  se  limita,  generalmente, a parafrasear a Marx o a «leerlo»  con  una  lupa  deformante. El punto  de  vista  interno lee  también a Marx,  pero  no con  el  exclusivo fin de  explicarlo o glosarlo, sino con el deliberado ánimo  de transformarlo. Pa- radójicamente, la misión  más  elevada del  pensamiento de  Marx es  semejante a  la  misión  más  elevada del  proletariado: la  de negarse a sí mismo.  De ahí las sensatas palabras de Pierre  Navi- lle:

El pensamiento «marxiano»,  aquel que fue expresado  por Marx  en su tiempo, es una obertura, un prefacio; el pensa- miento «marxista», el nuestro, es un desarrollo, una progre- sión, tal vez una metamorfosis. Es posible que en el futuro el nombre mismo de Marx  desaparezca, como símbolo de una ciencia social, mas por el momento designa el único fun- damento a partir del cual se puede construir algo purifica-

dor. 3

 

 

3  Pierre Neville, De l’alienation a la jouissance,”Preface à la nouvelle

éditiión, ed. Antrhopos, Paris, 1970, p. iv.

 

 

Lo importante es  entender este  «único  fundamento»  con  un  cri- terio  no dogmático, exento de  esa  manía  apologética que  con- siste  en  «aplicar»  las  palabras de  Marx  (y  las  de  Lenin  y Stalin) como  si se  tratara  de  moldes rígidos, no  sujetos  a la  corrosión de la historia  ni susceptibles de ser modificados por las circuns- tancias  de  los  nuevos tiempos. Ese «único  fundamento»  ha  de ser  entendido como  un  cuadro dinámico de  variables, de  cate- gorías   históricas  tales   como  la  de  «modo  de  producción»;  es decir,  hay  que  tomar  el pensamiento de  Marx como  una  fuente de  permanente incitación intelectual para  aquellos científicos y pensadores  actuales  que   no  se  contentan  con  la  comodidad teórica  del  dogma o la consigna ideológica, sino  que  están  de- seosos   de  hacer   avanzar  ese   caudaloso  río  de  ciencia social cuyas  compuertas abrió  genialmente  Marx.  Hay  quienes pre- tenden eliminar la dialéctica heraclítea de ese río, y en vez de concebirlo como  una fluencia o devenir continuos, prefieren entenderlo como  un  paisaje muerto  y  congelado, de  frías  pie- dras  teóricas cinceladas de  una  vez  para  siempre como  pensa- mientos  eternos  e invariables. Lo que  es el dominio de la teoría viviente es concebido así como el dominio de una ideología petrificada. Tal es la actitud  dogmática.

 

 

II DIALÉCTICA Y DOGMA

L dogmatismo sigue  siendo uno  de los grandes enemigos

del  pensamiento de  Marx y de  su libre  desarrollo crítico. No es tanto  un  enemigo teórico  como  un  enemigo prác-

tico.  En el  dominio de  la  teoría  propiamente dicha,  el  «pensa-

miento»  dogmático es de  tan acusada pobreza que  no constitu- ye  sino  un ridículo enemigo. Su característica esencial es la repetición mecánica de  un cierto  número de  fórmulas  que  bien podrían llamarse  «los  diez  mandamientos de  la  ley  de  Marx- Lenin-Stalin».  Si los loros fuesen  marxistas, serían  marxistas dogmáticos. El dogma es,  por definición, oscuro  para  sí mismo. Pero el marxista dogmático no quiere reconocer esto,  y preten- de hablar  en nombre  de una  ciencia social  rigurosa, demostrati- va  y  operativa. El dogmático religioso  de  la  teología racional era,  al  menos, sincero, y  postulaba la  oscuridad e  inefabilidad de  los  dogmas cristianos. No instaba  a los  cristianos a indagar con  las  armas  del  pensamiento lógico  o  teorético del  misterio de la Trinidad. Pedía  tan sólo  fe ciega, pues  reconocía que  sólo el  entendimiento divino  podía   comprender la  trinidad-uno de Padre,  Hijo y Espíritu  Santo.  De igual  modo,  la  sensibilidad de los  grandes místicos  decía   que  sentir  a  Dios  consistía en  «un entender  no  entendiendo»,  como  decía   San  Juan  de  la  Cruz. Según  este  genial poeta, la percepción de  la divinidad sólo  po- día  tener  lugar  en  una  «noche  oscura  del  alma».  La fe religiosa es,  pues,   al  menos   sincera, y  la  sensibilidad  mística   tiene   el bello  atenuante de ser altamente poética, como  en Francisco  de Asís, en Teresa  de Jesús,  en el maestro  Eckhart o en Cyprien de la  Nativité  de  la  Vierge,  el  excelso traductor  de  San  Juan  de  la Cruz descubierto por Paul Valéry.

Pero el dogmático marxista no es sincero  ni, por supuesto, poético. Es simplemente ridículo, y tanto  más  lo es cuanto  más se  empeña en  hablar   ex cathedra y  en  adoptar ese  petulante

 

esprit du sérieux  que  Sartre  señalaba como  rasgo  genuino del marxismo vulgar. Hace algún tiempo  tuve la oportunidad de combatir, en un periódico venezolano, con uno  de estos  docto- res  de  la  iglesia marxista. En un  arranque de  originalidad, este doctor decía: «el marxismo es la ciencia que  utiliza  el método dialéctico en el estudio de  los fenómenos sociales». Después de haberse buscado una  frase  como  esa,  extraída de algún manual soviético, la dejó  caer  ante  mis narices como  quien  deja  caer  las tablas  mosaicas de la Ley de Dios. Yo le pregunté ingenuamen- te si él sabía  en verdad lo que  era  la dialéctica, y por supuesto, no  me  respondió nada.   «La dialéctica es  el  método   marxista», repetía sin cesar  el loro intelectual. Está bien:  admitamos que  la dialéctica es el método  marxista. Pero,  ¿cómo funciona esa  dia- léctica?  ¿Funciona  acaso,  como   creen   los  manualistas,  según esas tres imperturbables «leyes de la dialéctica» que repiten in- cansablemente,  uno   tras  otro,   los   catecismos  de   marxismo- leninismo (y,  antes,  los  de  stalinismo)? ¿Existe,  en  verdad, una lógica dialéctica que  sea  realmente lógica y  al  mismo  tiempo dialéctica?

Las tres célebres leyes son,  como  es bien  sabido, la «ley de la unidad y lucha  de  contrarios»,  la «ley  del  salto  de  la cantidad a la cualidad»  y la «ley de  la negación de  la  negación».  Semejante terminología es puramente hegeliana y aunque, en efecto,  Marx tomó  numerosos términos  de  Hegel,  nunca  postuló  semejantes leyes formalmente. Por el contrario, en El Capital habla  tan sólo de  que  «he  coqueteado (kokettierte)  aquí  y  allá,  en  el  capítulo sobre  la teoría  del  valor,  con  el modo  de  expresarse propio  de

Hegel».1

Si Marx mismo reduce su posición a un «coqueteo» con la terminología hegeliana, ¿por  qué  los  marxistas han  de  elevar a la  categoría de  leyes lo  que  el  propio  Marx  jamás  postuló   de ese  modo?  Es cierto,  se  dirá,  que  también Marx  en  el  mismo pasaje, habla  de «mi método  dialéctico», y añade que  no sólo  es distinto   al  de  Hegel   sino  que  es  directamente  su  contrario   u opuesto (ihr direktes Gegenteil). Estas  palabras parecen anun-

 

1 Karl Marx, Das Capital, «Nachwort zur zweiten Auflage», Dietz Verlag, Berlin, 1962, vol. I, p. 27.

 

resultados de  la investigación. Y en  efecto,  según este  método, el  análisis de  la  sociedad capitalista revela la  coexistencia de fuerzas  opuestas en  su  seno:  el  capital se  opone al  trabajo,  la plusvalía se  opone al  salario, el  valor  de  cambio   se  opone al valor de uso, la apropiación privada capitalista se opone a la alienación o expropiación de la clase  productora, etcétera. Pero esto  es  muy  distinto  a  una  presunta aplicación, por  parte  de Marx, de la «lógica dialéctica». Marx jamás habló de una lógica dialéctica. Su  dialéctica nunca  fue,  ni  quiso  ir,  más  allá  de  un método para  la  presentación de  los  hechos históricos según su dinámica estructural, que  resultó  ser —como  lo había  escrito  ya en  el  Manifiesto  de  1848—  una  dinámica de  antagonismos, de luchas   de  clases.  Puede   así  hablarse  de  opuestos  históricos, pero  no  de  polos  de  una  contradicción en  el  sentido  estricta- mente   lógico del  término. Es cierto  que,   en  El Capital, Marx habla   de  «contradicciones»  de  la  sociedad  burguesa.  Pero  el hecho  de  que  Marx  haya  empleado ese  término  hegelianizante no significa que  éste  sea  científicamente correcto; por el contra- rio,  es una  metáfora de  corte  idealista, tan  sólo  explicable den- tro de un contexto como  el hegeliano, donde la «idea» podía contradecirse a sí misma.  Pero el proletariado y la burguesía no son,  en sentido  estricto,  contradictorios, al menos  desde el pun- to de  vista  de  la  lógica. Son,  en  todo  caso,  opuestos históricos antagónicos. Los manuales dicen  que  Marx  tomó  la  dialéctica hegeliana y  la  dotó  de  «contenido  materialista». Lo que  no  nos explican, ni nos pueden explicar, es que  en un paso  teórico semejante no  sólo  se  «invierte»  la  dialéctica de  Hegel,  sino  que se la transforma completamente,  de  un  modo  radical, tan radi- cal que ya en Marx no se podrá hablar de la dialéctica como

«lógica», sino  como  método  de exposición de la estructura capi-

talista.

El error básico  del  dogmatismo de las «tres leyes»  consiste en describir el método  dialéctico de Marx mediante una  terminolo- gía  lógico-formal, con  el  deliberado propósito de  presentarnos un engendro, un híbrido  intolerable: la «lógica dialéctica», que subyace  en  expresiones  tales   como  «dialéctica  materialista» o

«materialismo dialéctico», extrañas  a  Marx.  Una  dialéctica de  la

 

gismo,  una  suerte  de  panteísmo laico,  por  no  decir  un  animis- mo. En realidad de  verdad, es un hegelianismo de los más  ran- cios,  una  reconversión del  método  de  Marx  a los  lineamientos de  la  Fenomenología  del  Espíritu. Mientras   Hegel   veía   en  la Gran Revolución Francesa «la reconciliación de  lo divino  con  el mundo»,  Marx no veía  ahí otra cosa  que  la revolución industrial y el derrumbe del feudalismo. No veía un proceso lógico  de negaciones íntimas  de  la Idea  en  su desarrollo, sino  el desarro- llo de antagonismos materiales de carácter histórico.

En otra parte 2  he señalado como muy  sintomáticas ciertas vacilaciones verbales de  Marx:  unas  veces, es  cierto,  nos  habla de Widekspruch, término  que  designa propiamente la contra- dicción; pero  en  la  mayoría de  los  casos  nos  habla  de  Gegen- satz, que  designa la idea  de contraste, oposición, antagonismo.

Lo cual  —comentaba yo—  no hace  sino  probar  que,  en  el plan  de  Marx,  no  figuraba (lo  prueba aplastantemente su Miseria de la filosofía) la aplicación rígida  de  esquemas ló- gicos  hegelianos a la historia, pues  ello  equivaldría a supo- ner  en  Marx  precisamente la  ideología proudhoniana, se- gún  la  cual  la  historia  se  rige  por  la  Idea  o  las  ideas, los

«principios»,  y no al revés.  Lo que  hace  Marx  es señalar las

leyes que  concretamente presiden la  síntesis   y  superación futura de los antagonismos sociales.

 

Esto es lo que  se resisten a admitir  los dogmáticos de toda  laya, empeñados, como  avestruces, en  esconder la  cabeza para  no ver  la  realidad, como  si  con  este  caso  eliminasen la  realidad.

¿De qué  han  servido, en el terreno  de la investigación científica de  nuestro   tiempo, las  tres  célebres leyes de  la  dialéctica?  Ni siquiera los científicos oficialmente marxistas han podido apli- carlas. Los vuelos  espaciales soviéticos son  tan  «dialécticos»  co- mo  los  norteamericanos.  La  ley  de  «la  unidad y  la  lucha   de opuestos»   de  que  nos  hablan manuales como  el  de  Rosental debe  su  importancia a  que  «está  determinada por  el  hecho  de

 

2 Cfr. mi libro El estilo literario de Marx, ed. Siglo XXI, México, 1971, pp.

38-39.

 

que  la ley  enunciada refleja  la naturaleza objetivamente contra- dictoria  de  las  cosas  y de  los  procesos del  mundo  real»,  según reza  el manual.3  Apartando el grave  error epistemológico impli- cado  en la teoría  pseudomarxista que  concibe a las leyes y a los pensamiento en  general como  «reflejos»  de  lo  real,4  salta  a  la vista  el  absurdo idealista de  esa  «naturaleza objetivamente con- tradictoria  de  las  cosas».  Si  tomamos   en  serio   tal  enunciado, tendremos que  concluir que  Marx era un desaforado metafísico, o  cuando menos  un  extraño filósofo  panteísta, una  contradic- ción  es,  hasta  nueva orden,  una  figura  lógica, y por  tanto,  una

figura  ideal. De  modo  que  una  contradicción «objetiva»  en  las

«cosas» no sería  sino  una  idea inserta  en las cosas  mismas, en la realidad. Sería  un  quidditas, una  «esencia»  de  neto  carácter me- tafísico.   El hecho   de  que   esa  «esencia»  sea  presentada  como

«contradictoria»  no le  resta  ni un  ápice de  su rigidez metafísica.

Nada de extraño tiene  que el enunciado manualesco termine cayendo en  su  propia trampa,  esto  es,  hablando de  viejos  fan- tasmas  filosóficos tales  como  el  «ser»  y el «no ser». Rosental  nos habla  del  «carácter  contradictorio del  movimiento, del  desarrollo del  mundo  objetivo»,  y se  responde a sí mismo  en  estos  térmi- nos:

 

Hemos  dicho  más  arriba  que  todo  se halla  en  movimiento, que  todo  cambia. Pero,  ¿en  qué  consiste el  movimiento, el cambio?  En la unidad interiormente concatenada de  lo es- table  y de lo variable, de la identidad y de la diferencia, del reposo  y  del  movimiento, del  ser  y  del  no  ser,  de  lo  que desaparece y de lo que  nace.5

 

Como se ve, el vocabulario no puede ser más anticuado. Parece que  oyéramos hablar  a un presocrático, y que  hubiesen pasado en balde  los veinticinco siglos  que  nos separan de la coinciden-

 

 

3 M.M. Rosental, Principios de lógica dialéctica, ed. Pueblos Unidos, Monte- video, 1965, pp.143.

4 Para un crítica de la teoría del reflejo, ver mi Teoría y práctica de la ideolo- gía, Nuestro Tiempo, 1971, p. 34 y ss.

5 M.M. Rosental, ob. cit., p. 144.

 

tia oppositorum de  Heráclito. Sólo  que  éste  se  expresaba con mayor  elegancia  filosófica. ¿Qué  es  ese  endriago intelectual de la «unidad  interiormente concatenada» del  ser  y del  no ser? Ro- sental, buscando ejemplos «científicos»,  nos habla  de  «contradic- torios» tales como «materia y energía», «electricidad positiva y electricidad  negativa», «propiedades corpusculares  y  propieda- des ondulatorias», «materia y conciencia», etcétera. Debemos preguntarnos formalmente: ¿con  qué  derecho se  postula a esas parejas como  contradictorias? El vocabulario del manual es vacilante: a  veces   habla   de  «contrarios»  o  de  «opuestos».  Ello revela su falta de rigor. ¿Por qué han de ser contradictorias la electricidad negativa y la  positiva?  ¿Qué  sentido  medianamente racional puede tener  el decir  que  la conciencia es contradictoria de  la  materia?  Es como  si  dijésemos que  lo  negro  y  lo  blanco son contradictorios. Es cierto  que  hay  muchas formas  de lo real que  se presentan como  parejas, pero  ello  no da derecho a cali- ficar los elementos de esas  parejas de contradictorios. ¿Son con- tradictorios  la  hembra y  el  varón?  Ni siquiera son  contrarios; son,  simplemente, complementarios, como  lo  son  la  burguesía y  el  proletariado. La existencia de  la  una  presupone histórica- mente la  existencia del  otro,  de  la  misma  forma  que  el  capita- lismo supone el régimen salarial. Entre estos elementos hay antagonismos, pero,  formalmente hablando, no son contradicto- rios.

Es preciso ir hasta  el fondo  en la crítica  radical de  toda  esa  ter- minología que  repiten incansablemente  los  manuales. Porque no  sólo  la  emplean  los  manualistas,  sino  antimanualistas  tan fieros como el propio Marx y Lenin. Sé que más de un lector se asombrará de  tal afirmación. Pero  creo  que  es hora  de  derrum- bar  de  una  vez  para  siempre cierto  fetichismo verbal   que  ha sido  transmitido por  los  mismos  grandes padres del  marxismo: Marx,  Engels,  Lenin.  En nombre  del  rigor,  es preciso realizar la deshegelianización  definitiva de  Marx.  Todos  los  marxistas re- conocen universalmente que  la «contradicción» fundamental del capitalismo reside en la coexistencia de un modo  privado de apropiación y la  socialización de  la  producción. Con estos  tér- minos  la define  Marx  y la  repite  Lenin;  y la  encontramos tanto en  los  manuales  más  pedestres  como  en  excelentes  tratados

 

económicos marxistas, como  por  ejemplo el  de  Ernest Mandel. Pero entre  esos  términos  no hay,  estrictamente hablando, una contradicción, como  sí la hay  entre  proposiciones como  «llueve» y «no llueve» puestas en relación de conjunción. La socialización de  la  producción no  se  limita,  ni mucho  menos, a ser  la  mera negación del  modo  privado de  apropiación. Son, eso  sí, formas antagónicas que  se desarrollan en la estructura misma  del  modo capitalista de  producción; son opuestos históricos que  se impli- can  el uno  al otro, y cuyo  choque permanente producirá, tarde o temprano, el  resquebrajamiento del  sistema  dominado por  el capital.

Algo  parecido ocurre  con  otro de  los  puntales de  la «lógica» dialéctica: la «ley de la negación de la negación». Según  esta  ley, de  neto  corte  hegeliano, una  determinada  forma  histórica se presentaría  como   «tesis»  susceptible  de  ser  «negada»  por  una

«antítesis», negación que  a su vez produciría una  síntesis  que  no

consiste en  la  lisa  y  llana  negación de  la  tesis,  sino  en  su  «su- peración» o Anfhebung. Frente  a esta  logomaquia cabe  pregun- tarnos  si  estamos o  no  estamos hablando de  lógica. Parecería que  estamos hablando de  lógica formal,  pues  los inventores de esa  ley  utilizan —ya  lo decía  antes—  el  vocabulario lógico-for- mal,  al  que  superponen  artificialmente un  término  extraño: la

«superación» (el  vocablo castellano reproduce muy  escasamente

la  multiplicidad de  sentidos  que   el  vocablo alemán  tiene   en Hegel). Pero,  en lógica formal,  la negación de una  negación no produce síntesis  alguna; simplemente, afirma  el término  ini- cialmente negado.  Si  yo  niego   la  proposición «no  llueve»,  tan sólo  obtendré  la  proposición  «llueve»,  que   no  tiene   nada   de

«síntesis» ni de «superación» de la fórmula  primitiva. Pero no: los

manuales insistirán en que  no se trata de  lógica formal,  sino  de

«lógica  dialéctica».  Hay  que   preguntarse: ¿para  qué  hablar   de lógica, cuando  se  podría   hablar   —como   lo  hace   el  propio Marx— de método? La única  lógica existente es la lógica formal, la  lógica matemática. Los sujetos  de  la  lucha  de  clases  no  son sujetos  «lógicos»,  sino  históricos. Hegel  quiso  hacer  una  lógica de  la  historia, pero  su  empeño fracasó,  pese  a las  geniales in- tuiciones  de  su  magno   cerebro. La  teoría,   desarrollada en  el Manifiesto de Marx y Engels,  de la historia  como  un teatro  de la

 

tampoco una  filosofía  de  la historia. Marx nunca  quiso  ponerle moldes ideales  a  la  historia,  como  se  los  puso  Hegel.   Hacer filosofía  de  la historia, en  el  plan  hegeliano, es  en  realidad ha- cer historia  de las ideas  o Ideengeschichte. Marx se propuso justamente lo  contrario. El idealismo de  Hegel  estaba  cargado de  maravillosas intuiciones históricas. Por ejemplo, su modo  de comprender la antigüedad, o su modo de comprender el cris- tianismo, corresponden  a  un  estudio detallado  de  la  historia. Pero Hegel  quería que  la historia  marchase según un ritmo dia- léctico, según una  extraña lógica de negaciones y afirmaciones. Pero  la historia  le jugó  malas  pasadas. Según  su lógica, el Esta- do prusiano debía  ser algo  así como  la culminación de la histo- ria. No sólo no fue la culminación de la historia, sino que  fue el germen del  totalitarismo político  que  hemos  vivido  en  el  siglo XX. Con razón  decía  Burckhardt, en su Reflexiones sobre la his- toria universal y  a  propósito  del  Estado  prusiano, que   bien pronto  vería  Alemania erigir  sobre  sí misma  la «horrible  cabeza» del  poder  absoluto. No se  equivocaba. La Guerra  Europea  y la Guerra  Mundial   le  han  dado  la  razón.  Y han  demostrado, de paso,  los  resultados a que  conduce una  interpretación idealista de  la  historia, o una  interpretación logicista como  la  de  Hegel, o  como  la  que   millares de  epígonos  quieren  que   sea  la  de Marx.

Si la «contradicción» entre  proletarios y burgueses fuese inevitable, fatal  y mecánica, ya  tendríamos nosotros  al  socialis- mo, existiendo entre nosotros. No tendríamos esa horripilante caterva  compuesta por los obreros  burgueses, los burócratas del trabajo  asalariado. No tendríamos una serie  de países autode- nominados socialistas, que  en realidad conservan y protegen no sólo   las  formas   capitalistas  de  alienación,  sino  que   inventan nuevas  formas.   Para  justificarse,  han   inventado  una   peculiar

«lógica  dialéctica»,  según la  cual  las  contradicciones del  capita-

lismo  son  «antagónicas» y  las  del  socialismo son  «no antagóni- cas». El manual de Kuusinen dice  lo siguiente:

 

Las contradicciones no antagónicas, propias de  la sociedad socialista, se  producen en  una  sociedad en  la  que  coinci-

 

la  integran. De ahí  que  tales  contradicciones no  se  resuel- van por la lucha  de clases, sino mediante los esfuerzos con- juntos  de  clases  que  son amigas de  todos  los grupos socia- les,  bajo la dirección del Partido  marxista-leninista.6

 

Ahora  bien,   una  contradicción  «antagónica»  o  «no  antagónica» son  poco  más  o menos  lo mismo  que  la cuadratura del  círculo o  que  la  hipotenusa neurótica, o  el  hierro  de  madera. Yo  no veo  ninguna razón  para  que  proposiciones como  «llueve» o «no llueve»,   que   son   contradictorias,  sean   antagónicas.  Pero  hay más.  El manual supone estar  hablando desde una sociedad so- cialista,  la  Unión  Soviética, lo cual  supone, a su  vez,  que  está hablando desde un  paraíso terrenal donde las  contradicciones no son  antagónicas. La burocracia monstruosamente desarrolla- da,  la división del  trabajo  llevada al extremo capitalista de  divi- sión  del  trabajador, la existencia de  una  economía monetaria y mercantil, la represión ideológica, el antisemitismo descarado, parecen  ser  «contradicciones  no  antagónicas».  No  lo  son,  sin duda, para   la  pupila del  manualista,  sedienta  de  axiomas,  o para  el  ojo dogmático. Lo lamentable de  todo  esto  no es la re- levancia  o  interés   teóricos   que   puedan  tener   esos   manuales que,  dada  su obesidad, no son ni siquiera manuales.

Es lamentable que  tengan tanta influencia práctica, que  sean  tan leídos   y  difundidos.  Mientras   los  gobernantes de  la  URSS al- muerzan con  el  Secretario de  Estado  norteamericano, las  pren- sas  de  la  editorial Progreso   editan   toda  clase   de  manuales,  o editan  unas  obras  «escogidas»  de  Marx y Engels  donde no figu- ran,  por supuesto, los ataques a la dialéctica hegeliana de Mise- ria de la filosofía ni la visión  general del capitalismo que  hay  en los  Grundrisse,  obra  que  no  salió  a la  luz  en ruso sino  en  los años  cincuenta (1956), cuando se  desprendieron los  vendajes de  la  momia  de  Stalin.  En los  Grundrisse, publicados en  ale- mán en  1939 por  el Instituto  Marx-Engels-Lenin de  Moscú,  hay graves advertencias sobre  el  futuro  del  movimiento socialista. Una de  esas  advertencias es ésta:  no habrá  socialismo allí  don-

 

 

6 Kuusinen, Manual de marxismo-leninismo, Grijalbo, México, 1960, p. 85.

 

de  la  fuerza   de  trabajo  siga  siendo una  mercancía; no  habrá socialismo allí  donde persista y  se  agudice la  lucha  de  clases; no  habrá   socialismo allí  donde haya   una  relación antagónica entre  capital y trabajo.

Pero los manuales se encargan de decir  lo contrario. Las con- tradicciones socialistas son  «no  antagónicas».  ¿Cómo  puede ser no antagónica la  relación entre  el  capital y la  peculiar mercan- cía  que  es  la  fuerza  de  trabajo?  ¿No hay  un  antagonismo irre- ductible entre  un Estado todopoderoso y unos  intelectuales que se atreven a decir  la verdad? ¡Vaya  lógica dialéctica!

En cuanto  a la tercera  ley,  la de la «conversión de la cantidad en cualidad», las  cosas  no andan tampoco muy  bien.  No fue Marx, sino   los  alquimistas,  quienes  descubrieron  este   principio.  Y antes de los alquimistas, lo descubrieron todos los buenos co- cineros   de  este  mundo. Cualquier chef  de  cocina  sabe  que  la cantidad se transforma en cualidad. No es necesario, para  de- mostrar  esta  ley,  recurrir  a aburridos ejemplos químicos, como lo hacen los manuales y el propio  Engels.  Brillat-Savarin, sin ser ningún dialéctico, sabía   muy  bien   —y  lo  demuestra su  libro sobre  La vraie cuisine francaise—  que  en  materia de  cocina  la cantidad se transforma en cualidad.

Una  cantidad exagerada de  picante hace  irrespirable a una  so- pa.  Una  cantidad exigua,  la  deja  insípida. Pienso   que,   en  la ciencia social,   esta  ley  es  inútil,   porque sirve  para  explicarlo todo.  Es una  ley  que  puede rendir  algunos frutos  cuando pen- samos,  por  ejemplo, que  la acumulación cuantitativa de  capital trajo consigo la «cualidad» capitalista. Pero,  de resto,  esa  «ley» no sirve  para  nada,  o sirve  para  todo,  que  es lo mismo.  En materia de  ciencia social,   cualquier  cantidad  puede  transformarse en cualidad. La renta  per cápita, por ejemplo, es una  cantidad «cua- litativa».  Pero  de  nada  nos  sirve,  como  no sea  para  hacernos la ilusión  de  que  es  una  renta  correctamente distribuida. Yo vivo en  un  país  de  alta  renta  per cápita,  y  en  ese  mismo  país  hay unas  desigualdades sociales monstruosas.

 

 

III.

EL MATERIALISMO  «FILOSÓFICO»

 

 

A  llamada  filosofía   «materialista-dialéctica»,  hemos   visto,

método dialéctico no  funciona co- mo «sistema» filosófico. En cambio, sí funciona como  pun-

to de  vista  para  comprender el desarrollo de  la sociedad huma- na.  Si  yo  fuera  un  escritor   de  manuales, me  contentaría  con esto.  Ya es una  cosa  mayúscula diseñar un método  para  enten- der el movimiento de la sociedad.

Pero  no.  Los  manuales, y no sólo los manuales, se  empeñan tercamente en  hacer  de  Marx  un  filósofo. No les  basta  con  el científico social   omniabarcante  que  triunfó,  en  su  propio   yo, sobre  la  división del  trabajo  intelectual; quieren que  sea  tam- bién   un  filósofo.   Caen,   con  ello,   en  la  más  burguesa de  las trampas  ideológicas que  se han  colocado en torno  a la calavera de  Marx.  En efecto,   nada   gusta   tanto  a  la  filosofía   burguesa como  catalogar a Marx de  filósofo,  e inscribirlo en  la larga  lista de  los  hacedores de  sistemas. Es lamentable tener  que  decirlo, pero  el principal culpable de  ese  enredo es Federico Engels,  el amigo   entrañable  de  Marx.  Es algo   muy   curioso,  por  cierto, puesto  que  durante largos  años  fue Engels  quien más  se ocupó (la  correspondencia con  Marx  es  prueba clara)  de  alejar  de  la mente  de  Marx  los  fantasmas filosóficos. Incluso  llegó  a repro- charle, leyendo el  manuscrito del  volumen I de  El Capital, el carácter «demasiado abstracto»  de  los  capítulos iniciales; repro- che  que,  afortunadamente, no oyó  Marx.  No sólo  no lo admitió sino que,  además, exaltó  las virtudes metodológicas de la abs- tracción  en el Prólogo  de su obra.

Yo no creo  que  exista, ni que  jamás  haya  existido, un  «marxis- mo-leninismo». Lo que  sí ha existido es un «engelsianismo- leninismo».  Las teorías  de  Marx  acerca de  la  ideología, acerca del  Estado,  acerca de  la  producción mercantil y la  división del trabajo,  no  casan  en  modo  alguno con  las  de  Lenin,  por  más que  los manualistas soviéticos se empeñen, con sus torrentes  de

 

citas,   en  demostrar  lo  contrario.  La  teoría   de  Lenin  sobre   la

«ideología  revolucionaria»  se  contrapone  polarmente  a  la  de Marx,  para  quien una  «ideología revolucionaria» era  una  contra- dictio in terminis. La idea  leninista del Estado terminó  por forta- lecer  al  máximo al  Estado,  como  lo  demostró la  dictadura de Stalin,  o como  lo sigue  demostrando hoy  el Estado soviético; en cambio, para  Marx el Estado debía  tender  a su desaparición, en una  sociedad socialista, y  no  a  su  fortalecimiento. La división del  trabajo,  que  comienza, dice  Marx en  La ideología alemana, con  la  división entre  trabajo  físico  y  trabajo  intelectual, se  ha visto  extrañamente incrementada  en  la  sociedad  heredera  de Lenin.  Persisten  la producción mercantil y la economía mercan- til y monetaria, pese  a los vanos forcejeos teóricos  de algunos comunistas afincados en  la  idea  de  que  esa  forma  de  produc- ción  puede subsistir  en  el  socialismo (teorías que  han  prospe- rado,  sobre  todo,  en  Yugoeslavia, pero  que  tienen  validez para la Unión Soviética).

De nada  vale  la  conocida argumentación de  que  Lenin  «podrá haberse equivocado en la teoría,  pero  no en la práctica».  De ser cierto  este  argumento, lo  único  que  probaría es  que  en  Lenin había  una  profunda ruptura  entre  teoría  y práctica y, por tanto, una  profunda ruptura  con Marx.

Pero  el  problema es  engelsiano. Lenin  fue  un  campeón de  la lucha  revolucionaria. También  lo fue Engels.  Eso no lo discuto. Lo que  me  preocupa es el  daño,  el  profundo daño  que  los  es- critos  teóricos   de  ambos  campeones han  hecho   y  siguen ha- ciendo entre  los  militantes de  la  causa  comunista. De sobra  sé que por decir estas cosas mi nombre  será vedado de miles de publicaciones, y que  no  podré  entrar  a ciertos  países. Ello me tiene  sin  cuidado. Tampoco   puedo entrar  a  Norteamérica. Yo no  soy  más  que  un  estudioso del  marxismo, y  he  procurado leer  a Marx,  en  quien  he  hallado innumerables sorpresas. Tan- tas,  que,  de  enumerarlas, se  caerían sobre  sus  espaldas todos los manualistas que  en  el mundo  han  sido.  Es la tremenda ver- dad,  aún  no entendida del  todo:  la moral  comunista, que  debe- ría basarse en  la verdad, se  ha  basado en  la mentira. El desga- rrón de 1956, cuando el XX Congreso de PCUS, no fue sino una vaga  aproximación a la verdad, que  bien  pronto  fue tapiada por

 

lodazales de odio.  El desterrado escritor  Solyenitzin, por más cristiano y antisoviético que  pueda ser,  pasó  por  el «Archipiéla- go Gulag» y, según cuenta, pasaron por allí  nada  menos  que  66 millones de  rusos.  Supongamos que  es verdad sólo  una  peque- ña parte:  unos  10 millones. ¿No basta?

Decía  que  el  problema es  engelsiano. Y lo es,  al  menos  en  lo que  respecta a  la  «filosofía»  de  Marx.  Para  decirlo de  una  vez por  todas:  no  hay  una  «filosofía»  de  Marx.  Podrá  haber, en  ese convento al  revés  que  es  el  Kremlin,  una  filosofía   «marxista». Pero,  en  todo  caso,  no está  inspirada en  Marx,  sino  en  Engels. En Engels se inspiraron Lenin y Stalin,  y en Engels se siguen inspirando los catecúmenos del  marxismo. Ya tuvieron su Dios sacrificado: Marx.  Tan sólo  les  bastaba traicionarlo y desfigurar- lo,  tal  como  hicieron los  ministros  de  Cristo.  Si  juzgásemos a Cristo por lo que  dijo  y escribió Pablo,  mal  andaríamos en  ma- teria  de Cristo. Pablo  hizo  de Cristo un profeta  al estilo  del  Vie- jo Testamento, con  sus  sublimes dicterios, sus  blasfemias divi- nas,  su ira incontenible. Engels,  sin quererlo, transformó  a Marx en un vetusto  filósofo.  Lo hizo portador de un «sistema». Lo legó así  a  las  nuevas  generaciones  comunistas, que   lo  aceptaron como  a un maestro. Les hizo  creer  que  Marx era un filósofo,  un redentor de  este  mundo, un visionario ebrio  de  palabras sagra- das.  Y así lo creyeron, y lo siguen creyendo. Y así los obligan a creer en  Marx como  se cree  en  Santa  Catalina. Ello significa un triunfo de la ideología sobre  la ciencia. Los marxistas «creyentes» no  tienen  verdadera razón  para  enfadarse cuando los  doctores de  las  universidades norteamericanas califican a Marx de  «ideó- logo». Estos doctores, más  atentos  a los marxistas que  al propio Marx,  saben  muy  bien  aprovechar la  oportunidad, puesto  que, en efecto,  Marx ha sido convertido en pura  ideología.

Se supone que  Marx  inventó  una  cosa  llamada por  los  manua- les  «materialismo filosófico».  Desde  luego, los  manuales hacen una  que  otra reverencia a «materialista auténticos» de  otras  eda- des,  tales  como  el que  el divertido Kuusinen llama  «el eminente materialista Demócrito»,  precursor, según él,  de  los  experimen-

 

tos  atómicos soviéticos.1   ¡Pobre  Demócrito   de  Abdera!  ¿Cómo iba él a saber  que  un idealismo trasnochado y vagamente spen- gleriano lo iba  a convertir, anacrónicamente, en  el fundador de la  física  atómica soviética?  El problema es  que  esa  física  es  tan soviética como norteamericana.

Pero  oigamos lo que  nos  dice  el  Manual  sobre  el  materialismo marxismo-leninismo es su doctrina filosófica: el materialismo dialéctico  e  histórico. Esta  doctrina   toma  al  mundo   tal  como existe  en  la realidad, lo examina en  consonancia con  los  datos de  la  ciencia avanzada y  de  la  práctica social.  El materialismo filosófico  marxista es el producto legítimo del  secular desarrollo del conocimiento científico».  Esta declaración es conmovedora- mente cursi, como todas las declaraciones de amor. Pero las declaraciones amorosas, al menos, quedan en secreto.

¿Cómo  puede  el  manualista  saber   que   el  marxismo  toma  al mundo  «tal como  existe  en la realidad»? Debemos aceptar como dogmas que  hay  cosas  que  existen y que,  además, existen en la realidad.  El  idealista  imaginario  que   los  manuales  combaten puede, con  toda  razón,  preguntarse sobre  esas  cosas,  y el  ma- nualista le dirá:  «¿no lo está  usted  viendo acaso  con sus propios ojos?»  Por  otra  parte,   tomar  al  mundo   «tal  como  existe   en  la realidad»  implica un  presupuesto metafísico: que  el  mundo  «es» y tiene  una realidad, una  quidditas inconmovible. Tan in- conmovible como  lo es  «la  base  inconmovible de  todo  el  mar- xismo-leninismo».  ¿Por  qué   habría   de   ser   inconmovible  una doctrina como  la  de  Marx,  fundada precisamente sobre  la  idea del  cambio?  Una  doctrina inconmovible es  lo  más  parecido al esqueleto de un dinosaurio. Marx, hoy,  cambiará a Marx. No se tomaría  a sí mismo  como  cadáver teórico  sino  como  organismo viviente, cambiante y vivificador. «Esta  doctrina  toma  al mundo tal  como  existe   en  la  realidad».  Podemos preguntarnos:  ¿cuál realidad?  ¿Toda  realidad? Si es  toda  realidad, entonces esa  doc- trina  es  metafísica y  ahistórica. Si es  una  parte  de  la  realidad,

 

1  Ver Kuusinen, Manual de marxismo-leninismo, Grijalbo, capítulo I, que pertenece a la «Sección Primera», titulada precisamente «Fundamen- tos Filosóficos de la concepción marxista-leninista del mundo». El capítulo I se titula «El materialismo filosófico».

 

entonces  será   ciencia  social,   no   filosófica.  La  contradicción asoma  sus  dientes por  todos  lados.  Por  otra  parte,  se  supone que  esta  ciencia trabaja   «en  consonancia con  los  datos  de  la ciencia avanzada». ¿Cuál ciencia?  Los científicos soviéticos jamás se  han  basado en  Marx  para  hacer  sus  descubrimientos. Ni si- quiera los científicos sociales. Los mejores  economistas y soció- logos  marxistas pertenecen a otros  países. Los experimentos en la  Luna  nada  tienen   que  ver  con  la  dialéctica. De  ser  así,  los calculistas norteamericanos serían  los  mejores  dialécticos. Pero no.  Hay  que  insistir  en  el  dogma. Marx,  como  Jehová, creó  la luz  y  las  tinieblas, los  mares  y  los  cielos, y  su  espíritu flotaba sobre  la  faz  de  las  aguas.  Religión, nada   más  que  religión y

«opio  del  pueblo»,   como  dijera   Marx  en  su  célebre  frase  de

1843.  Por último,  «el materialismo filosófico marxista es  el  pro- ducto  legítimo del  secular desarrollo del  conocimiento científi- co».2   La frase  es  digna  de  análisis. El «secular  desarrollo del  co- nocimiento  científico»,   ¿cómo  va  a  producir  una   filosofía?  Se podría   admitir   lo  inverso:  que   de  la  filosofía   haya   nacido el pensamiento científico. Además,  la frase parece admitir,  absur- damente,  que   el  pensamiento  científico  evolucionó  hacia   la

filosofía.  Cualquier estudiante sabe  que  eso  no es verdad. Pero, aunque así fuese,  el pensamiento de Marx no sería  el «producto legítimo»  de  tal evolución. Por el contrario, es su hijo  bastardo, su hijo no querido, su hijo repudiado. Esa tradición «occidental», que  tan  bien  conoció Marx,  era  su  principal enemiga teórica. Los manualistas quieren convertirlo en un hijo de esa  tradición. Pero  es  falso.  Marx  miró  esa  tradición como  quien mira,  desde lejos,  una  catarata. Oyó su ruido,  pero  se apartó  de él. Sorbió  lo que  pudo,  que  fue  mucho,  pero  la  detestó  y  la  impugnó. ¿De qué  le  sirvieron sus  estudios de  latín  y  de  griego, su  jurispru- dencia, su mitología? Le sirvieron para  burlarse de esa  tradición. Supo,  desde muy  joven,  que  los representantes de esa  tradición eran los burgueses, grandes revolucionarios primero  y, luego, grandes  impostores.  Los  estudios  le  sirvieron,  como   a  todo buen  estudiante, para  detestar todo cuanto  había  estudiado.

 

 

 

2 Subrayados míos, L.S.

 

Reza  también el  Manual: «La burguesía reaccionaria odia  espe- cialmente la  doctrina del  marxismo-leninismo y  su  filosofía, el materialismo dialéctico e histórico».3  Creo que  esto  es falso.  Los pensadores burgueses se han sentido  siempre muy  complacidos de  que  «exista»  una  filosofía marxista. Existiendo   esa  filosofía,

ellos  pueden atacarla en  el  terreno  que  les  es  propio. Y el  te- rreno  ha  sido  abonado por  los  marxistas, empeñados en  hallar una  «filosofía» en la obra de Marx.

Ejemplo  típico  son  los  Manuscritos económico-filosóficos de

1844.  Cuando  esos  manuscritos se publicaron, muchos  filósofos del  marxismo creyeron haber  despertado de  eso  que  Kant lla- maría  «su sueño  dogmático».  Más les  hubiera valido  seguir  dur- miendo. El mismo  año  (1932)  en  que  se  hizo,  en  el  Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú,  la edición científica de los ma- nuscritos  de  Marx,  apareció  una   edición  fragmentada,  hecha por  Landshut  y Meyer  (Leipzig, 1932),  en  cuya  Introducción se creyó  conveniente afirmar  que  esos  manuscritos de  Marx  eran

«una obra  maestra de filosofía».  A continuación, un enjambre de autores de diversos países cayeron sobre  el panal  tan ricamente presentado. Descubrieron lo que  andaban buscando: que  Marx era  un  filósofo.  Se hicieron los  avestruces ante  aquello de  que

«los filósofos  no  han  hecho   más  que  interpretar el  mundo  de

diversas maneras».  Suponían también que  aquello otro  de  que

«lo  que   importa   es  cambiarlo»,  cosa   que   dijo  enérgicamente Marx en su «Tesis» sobre  Feuerbach, no era un asunto  que  debía preocuparlos: al fin y al cabo,  el mundo  estaba  ya cambiado; ya había  socialismo.

Solamente  quedaban  «contradicciones no-antagónicas»,  o  sea, una  manera de disfrazar  y pintarrajear el ya  macilento rostro de la dialéctica. Lo malo  de  todo  esto  es que  el socialismo, al me- nos en los términos  en que  lo planteó Marx, no existe.

En otras  palabras: el gigantesco paso  dado  por  la Unión  Sovié- tica  no es todavía «la negación de  la negación».  Hay  que  recor- dar  que  «capitalismo»  es  una  palabra económica. El capital, ¿ha abandonado  su  imperio  en  la  Unión  Soviética?   La  mercancía

 

 

3 Subrayado mío, L.S.

 

suprema, el dinero, ¿ha perdido allí alguna parte  de su vigencia? El socialismo, tal como  lo entienden los países socialistas, no representa ninguna negación de  la  negación capitalista. No es un paso  dialéctico. Es, si se quiere, un engendro histórico. Y no está  de  más  recordar, como  lo  hace  Marcuse  en  El marxismo

soviético,4  que  la «ley de  la negación de  la negación» fue  prohi-

bida en la Unión Soviética.

El marxismo soviético pretende que  el paso  desde una transición explosiva a una  transición dialéctica ha  sido  po- sible  en la URSS gracias al establecimiento del  Estado sovié- tico.  De acuerdo con  esta  concepción, y siguiendo el ejem- plo de Stalin  en 1938, la «ley de la negación de la negación» desapareció de  la  lista  de  las  leyes dialécticas fundamenta- les. Evidentemente, la concepción marxista soviética de la dialéctica resulta  muy  idónea para  la  estabilización ideoló-

gica 5  del  régimen establecido: asigna al Estado la tarea  his-

tórica de resolver las «contradicciones no antagónicas», y excluye, en  el  plano  teórico,   la  necesidad de  otra  revolu- ción en la ruta hacia  el comunismo».

Más  adelante, Marcuse   sintetiza  en  una  frase  admirablemente sencilla algo  que,  en realidad, es muy  difícil  de definir:

Lo que  se halla  aquí  en juego  no es tanto una  revisión de la dialéctica como  la pretensión de  considerar socialista a una sociedad  que   no   lo   es.   La  dialéctica  es   utilizada  pre- cisamente para  sustentar esa  pretensión.

Lo que  pasa  con la dialéctica pasa  también con el «materialismo filosófico».  La razón  de  ello  es muy  simple: el materialismo filo- sófico  es  —o se ha  querido que  sea  así—  la dialéctica. La pre- gunta  que  se  impone es  ésta:  ¿por  qué  no separar ambos  con- ceptos?  El materialismo filosófico  es  una  ideología más;  la  dia- léctica,  en  cambio,  es  un  método   de  descubrimiento.  Es  la misma  diferencia que  hay  entre  la  filosofía  y  la  ciencia social.

 

 

4 Herbert Marcuse, El marxismo soviético, Alianza Editorial, Madrid, 1971, pp. 157-158.

5 Subrayado mío, L.S. Karl Marx, Grundrisse der Kritik derpolitischen Oeko- nomie. Marx- Engels-Lenin Institut, Moscú, 1939, pp. 6.

 

La filosofía  siempre pretendió conocer la realidad, el  to hom, la quidditas, las  primalidades del  ser  (que  decía  Duns  Scoto);  pe- ro hoy  no se puede seriamente pretender conocer la realidad si no se maneja la ciencia social. Bastante tarde  hemos  aprendido que,  en efecto,  el hombre  es un animal político, a pesar  de que un  metafísico sensato nos  lo  dijo  hace  muchos  siglos.  Marx  lo recordó en sus Grundrisse:

 

El hombre   es,  en  el  sentido   más  literal   del  término,   un zoonpolitikón; no es tan sólo  un animal social, sino  además un animal que  no puede individualizarse más  que  en la so- ciedad. La idea  de  una  producción realizada por un  indivi- duo  aislado, que  viva  fuera  de  la  sociedad, (...)  es  tan  ab- surda  como  la  idea  de  un  desarrollo del  lenguaje sin  que

haya  individuos que  vivan  y hablen juntos.6

 

La ciencia y la tecnología moderna han transformado revolu- cionariamente el  concepto de  materia, y lo han  hecho  a través de  una  transformación revolucionaria  de  la materia misma. La filosofía   no  ha  acompañado  a  la  ciencia en  este  proceso. O mejor  dicho,  la ha acompañado, pero  ha tenido  que  ser a costa de negarse a sí misma  como  filosofía.  Por eso,  un «materialismo filosófico»,  en nuestros días  (y no en los de Leucipo  o Demócri- to), al conservar dentro  de sí el elemento anacrónico de la «filo- sofía», corrompe forzosamente el otro elemento: la «materia».  La verdadera revolución filosófica  de  nuestros días  tiene  que  con- sistir en  revolucionar el pensamiento mismo. Pero esto  equivale a negar  la filosofía.  En vano  se pretende hacer  pasar  a Marx por un viejo filósofo constructor de sistemas que marchan más de acuerdo con la Idea  que  con la realidad. Ello significa descono- cer la raíz de la gran  revolución intelectual que  implica el men- saje  de  Marx.  Si éste  decía  que  había  que  dejarse de  «interpre- tar» el  mundo  para  dedicarnos a «cambiarlo»  (verandern), pala- bras que dirigía precisamente a los filósofos,  ello significaba y significa hoy  más que  nunca  que  una  de nuestras tareas  básicas

 

 

1 6 Karl Marx, Grundrisse der Kritik derpolitischen Oekonomie. Marx- Engels- Lenin Institut, Moscú, 1939, pp. 6.

 

ha de  ser la de  transformar el pensamiento, puesto  que  el pen- samiento forma parte del mundo. Esta idea ha sido expresada filosóficamente  (por   ejemplo,  por   Lukács)    como   la   identi- ficación  de  Sujeto  y Objeto;  en realidad, se trata de  la unión  de la teoría  y la práctica. El «materialismo filosófico»,  con  su modo anticuado de  entender la dialéctica, las  separa violentamente, y por  eso  yerra  ahí  donde más  presume de  estar  en  lo cierto.  En este  sentido, como  en  muchos  otros,  la mayoría de  los manua- les  (y  también muchos  manualistas de  corazón) no  hacen más que  traicionar a Marx.  No es  una  disculpa en  modo  alguno el que  muchos   lo  hagan de  buena fe.  El mismo  Engels,  a  quien nadie  puede acusar  de  mala  fe,  desfiguró el  verdadero sentido que  para  Marx tenía  la dialéctica. Y ésta ha terminado por ser lo que,  según vimos,  decía  Marcuse: una  ideología al  servicio de un  orden  establecido. Muchos  pensarán que  yo  mismo,  al  es- cribir  estas  cosas,   actúo  de  mala  fe.  Puede   ser,  pero  en  todo caso  lo prefiero a ser portador de una  buena conciencia marxis- ta que me exima  de penetrar críticamente en el conjunto  del pensamiento marxista. El comunismo, decía  Marx  en  su  juven- tud,  es  el movimiento real. Por  ello  mismo,  es  rechazable esa quietud, esa inamovilidad seráfica de los cuerpos doctrinarios exhibidos en  el pensamiento manualesco. Un pensamiento que no se renueva a sí mismo  es un pensamiento muerto.  Su carác- ter  de  huesa teórica  proviene de  su  separación de  la  práctica, que  está  en  movimiento continuo. Ello es una  forma  de  aliena- ción,   la  alienación ideológica, que   consiste en  creer   que   las ideas   marchan  independientemente  del   movimiento  histórico real.  Si Marx  fue  un  materialista, ello  se  debe   precisamente a haber  afirmado lo contrario. Afortunadamente, dentro  del mo- vimiento  marxista  contemporáneo  hay   unas   cuantas  cabezas que  siguen acompañando a Marx en aquella idea.  Son las cabe- zas críticas,  las que  no «aplican» a Marx como  un paradigma, las que no entienden la dialéctica como un «sistema» filosófico inamovible y perfecto, sino como un método  que  debe  trans- formarse  con la historia  misma  que  es su objeto  epistemológico. El dilema «ni Marx ni Jesús» es falso.  Marx no creó  una  religión, sino una  ciencia. No hay  pues,  que  ritualizarlo.

 

 

IV

LA ALIENACIÓN DE LA ALIENACIÓN

 

 

 

 

OS manuales más  consagrados por  la  tradición del  mar- xismo  escolar no hablan casi  nunca  de alienación. Cuando lo hacen, es muy  de pasada, y en todo  caso  nunca  hincan

el diente  en este  problema como  lo hacen, por ejemplo, con  el

problema de  la  dialéctica. No  hay,   que   yo  sepa,   una  «teoría oficial»  de  la  alienación. Ello  tiene,   en  parte,   una  explicación histórica. Cuando  el tema de la alienación alcanzó verdadera difusión, ya  la dictadura de  Stalin  se había  extinguido. Hay otra razón:  los pensadores burgueses (no  menos  interesados en  de- formar  a Marx)  se lanzaron como  buitres  sobre  los  Manuscritos económico-filosóficos de 1844, y  se  suscitaron las  más  diversas polémicas y opiniones sobre  este  aspecto de Marx, que  ellos  no vacilaron en  calificar de  «la verdadera filosofía»  del  autor  de  El Capital. Llegaron  algunos a calificar aquellos manuscritos como la obra  «más genial»  de Marx. En el fondo,  lo que  les interesaba demostrar  es  que  Marx  fue  en  realidad un  filósofo, y  no  un científico social.  Ello  les  llevó  a  centrar  todo  el  interés   de  la obra  de  Marx  en  lo  que  bautizaron como  «el Marx  joven».  Por su parte,  los pensadores de  los países socialistas no parecieron interesarse demasiado en una teoría que,  examinada a fondo, termina   por  demostrar  que  en  los  países  socialistas hay  alie- nación, es decir,  que  no hay  socialismo.

Sin  embargo, ya  he  dicho  al  comienzo de  este  ensayo que  un

«antimanual»  no debe  limitarse a examinar lo que  dicen  los ma- nuales,  ni  tampoco  a  condenar  a  todos   los  manuales;  debe examinar también, con  suma  cautela, el  pensamiento de  aque- llos  que,  disfrazados de  antimanualistas y  ataviados con  cierta sans façon de libertad intelectual (la del llamado «mundo libre»), son  en  el  fondo  tan  manualistas como  cualquier escribiente de la  Academia soviética. El problema no  es  escribir  manuales — hay  manuales muy  buenos—, el  problema es  tener  un  pensa-

 

miento manualesco. A fin de  dilucidar esta  intrincada cuestión con  la  mayor   brevedad posible, la  dividiré analíticamente en varios  aspectos o tendencias, no sin  antes  hacer  constar  que  lo que  el análisis separa, a menudo se encuentra unido  o entrela- zado  en la realidad.

1) Hay la tendencia, predominante entre los grupos con- servadores de científicos sociales y psiquiatras norteamericanos, a considerar que  la «alienación», a pesar  de ser un concepto que está  en la raíz misma  del pensamiento de Marx, puede ser sepa- rado  de  esto  y ser  puesto  al  servicio de  los  intereses de  la  so- ciedad capitalista monopolista, caracterizada por  una  clase  diri- gente  dominada por las grandes corporaciones multinacionales. Para  los  psiquiatras (y  sobre  todo  para  sus  astutos  congéneres, los «analistas  motivacionales», que  inducen la lealtad inconciente del  público  hacia   el  mercado  capitalista),  estar  «alienado»  no significa otra  cosa  que  estar  separado del  sistema  social. Es ló- gico  que,  para  ellos,  la disidencia sea  síntoma  de alienación, de anormalidad  o   «disfuncionalidad».   El  criminal,  por   ejemplo, siempre será  culpable; jamás  lo  será  la  sociedad. Se  puede así llegar  hasta  el extremo de  enjuiciar a un Presidente (como  ocu- rrió  con  Richard  Nixon)  y  obligarlo a  renunciar, a  fin  de  que recaigan sobre un individuo todas las responsabilidades de la sociedad. De este  modo,  la sociedad, o el sistema, conservan su buena conciencia y  reservan toda  la  vergüenza para  el  indivi- duo  que  fue elegido por millones de hombres y mujeres. Por la

«alienación» del individuo se escamotea así la alienación de la sociedad. Es el  individuo el  que  está  enfermo, y no  el  sistema social  del  capitalismo de  las  corporaciones. Este modo  de  pen- sar  es  manualesco, porque sirve  para  tranquilizar las  concien- cias de quienes siguen a pies juntillas la ideología del sistema establecido. Poco importa  que sea verdad lo que dicen  estos psiquiatras; lo importante es  que  tranquilizan. Por su parte,  los científicos sociales  conservadores (y  los  llamo  así  porque hay otros  llamados «radicales»)   hacen algo   parecido en  el  terreno que  les es propio. Construyen un «sistema  social» teórico  de una brillante apariencia científica, no sólo  por su rígida  metodología y su lógica impecable, sino por la enorme cantidad de datos empíricos que  manejan (ellos  usan  «bancos  de  datos»,  mientras

 

en otras  partes  se siguen usando los obsoletos libros). Pero ese

«sistema  social»  es  un  sistema  a priori, porque ya  antes  de  ser construido tiene  un  fin;  la  justificación del  sistema   real.  Suele llamarse a estos científicos sociales «estructural-funcionalistas» porque, por  un  lado,  construyen estructuras teóricas, y  por  el otro,  estas   estructuras  están   en  función   del  sistema   real  que explican; pero  no  en  función   de  denuncia,  sino  de  encubri- miento  y  justificación. Por  eso,  no  son  en  realidad científicos, sino  ideólogos. El caso  del  enjuiciamiento y renuncia del  Presi- dente   no  significa para  ellos  un  conflicto   o  crisis  interna   del sistema; es  tan  sólo  una  «disfunción»,  un  «caso»  (esta  vez  fue  el llamado «caso Watergate»). Si unos negros  encarcelados y con- denados a muchos  años  de prisión  por tonterías que  a un blan- co le  costarían un  mes  de  cárcel, se  rebelan, braman  y protes- tan violentamente, ello  será  atribuido por los científicos sociales a una  «disfunción»,  cuando no  a complejos de  inferioridad o a alguna otra monserga semejante. Claro  que  no hablarán en este lenguaje sencillo en que  yo hablo.  Lo harán  de un modo  «sofis- ticado»  (así  dicen  allá), con  grandes sutilezas, con  estadísticas y con  ese  estilo  literario que  les  es peculiar y que  parece fabrica- do  por  eunucos intelectuales. Para  ellos,  el  caso  del  Presidente será  un  caso  de  «alienación».  No se  dan  cuenta de  que  las  fe- chorías   de  ese  Presidente son  el  producto mismo  del  sistema social  que  lo eligió. Para  ellos,  los negros  están  «alienados».  No se  dan  cuenta de  que,  en  realidad, están  segregados, discrimi- nados. Por último,  tanto psiquiatras como  científicos sociales no se  dan  cuenta de  su  propia y  peculiar alienación, que  es  alie- nación   ideológica.  Y  ambos   son  manualescos. El conductista que  prepara  cerebros para  el  sistema   capitalista, les  pone  un manual en  la  cabeza; el  funcionalista hace  un  manual para  el uso de la entera  sociedad. Que esos  manuales no tengan aspec- tos  de  manuales sino  de  sophisticated  papers, no  les  quita  un ápice de su carácter.

2)  En los Manuscritos del 44  se habla  de una  «alienación de la  esencia humana»  (des menschliches Wesens),  lo  que  presu- pondría  el   reconocimiento  de   un   «núcleo   metafísico»   en   el hombre. Esta  expresión, que  fue  negada por  el  mismo  Marx años  después, sea  en declaraciones expresas (como  en el Mani-

 

fiesto Comunista), sea  mediante la  directa  elaboración de  una teoría  de  la  alienación no  fundada filosóficamente, sino  desde el  punto  de  vista  de  la ciencia social, esta  expresión, decía, ha sido  el  punto  de  arranque de  otra  tendencia que  se  revela, al fondo,   como   manualesca  y  deformante.  La  tendencia  parte, claro está, de los filósofos,  y más específicamente de los hei- deggerianos. No me  detendré demasiado en  este  punto.  Desta- caré  tan  sólo  los siguientes puntos: a)  estos  filósofos  parten  de una   supuesta  concepción  antropológica  de   la  alienación  en Marx. Es cierto  que  los Manuscritos del 44  dan  pie  a veces  para ello;  pero  no  es  menos  cierto  que  ya  en  los  mismos  manuscri- tos  se  anuncia una  concepción  socioeconómica  de  la  aliena- ción,  pues  ésta  viene  definida como  una  situación del  trabajo humano  frente  a  la  producción  de  mercancías,  la  propiedad privada y  la  división  del  trabajo.   Por  otra  parte,   en  el  trata- miento  que,  en sus obras  mayores, dará Marx a la alienación desaparecerá todo  vestigio de  concepción antropológica y  de

«fundamentación  ontológica»  del  «ser del  hombre».  Los autores

representativos  de  esta   tendencia  hablan  claramente  de  una

«metafísica  de  la alienación». Así lo hace  por ejemplo el filósofo venezolano Ernesto  Mayz  Vallenilla,  de  quien   citaré   un  frag- mento  en el cual  están  mezclados todos  los rasgos  que  caracte- rizan  esta tendencia:

quisiéramos esbozar algunos  problemas que  presenta esa alienación —como  síntoma  que  afecta  al hombre— cuando ella  se  cuestiona en  aquella subyacente región  de  raíces  o fundamentos que parecen sostenerla y conferirle sentido. Es- te propósito (...)  implica necesariamente que semejante fe- nómeno  se  coloque  ahora   en  relación  con  una  serie   de problemas  que   encuentran  su  asiento en  la antropología marxista, a través  de  cuyo  análisis es  posible detectar cla- ramente aquellas bases  o  raíces metafísicas  que  lo  susten- tan.  En efecto,  sólo a partir  de  la expresa consideración de la idea del hombre que  subyace en el pensamiento de Marx

—valga  decir,  en  la tematización y análisis de  aquellos ras-

gos  óntico-ontológicos que determinan la estructura del en- te humano en cuanto tal— es posible que  se pueda llegar  a comprender lo que  el fenómeno de la alienación representa

 

en  el  ámbito  de  una  existencia signada por  su  finitud,  su razón  de ser dentro  del comportamiento humano... 1

No hace  falta  mucha  perspicacia para  darse  cuenta de  que  esta posición tiende  a ponerle, a la  concepción marxista de  la  alie- nación, un  cerco  metafísico que  la limita  a ser  una  concepción más  del  «ser»  del  hombre: una  concepción esencialista. En Ve- nezuela,  también el  filósofo  Federico Riu  ha  sostenido que  el uso  empírico-sociológico  de  la  alienación se  encuentra  seria- mente   impedido  por  ese   fundamento  metafísico  esencialista. Riu sostiene (precisamente polemizando conmigo) que ese fundamento metafísico existe  en los Manuscritos del 44.  Esto es una  verdad a medias, pero  aunque fuera  totalmente verdad, es falso  —en contra  de lo que  sostiene Riu apoyándose en autores como  Pierre  Naville—  que  no se encuentra en  las  obras  madu- ras  de  Marx,  no  digamos ya  la  terminología de  la  alienación, sino  una  teoría,  y hasta  una  definición de  la misma,  totalmente deslastrada de  cualquier  fundamentación de  corte  metafísico. Más adelante citaré  la  definición de  la  alienación que  da  Marx en los Grundrisse, escritos, como  recordaba Mandel, in tempore

non suspecto.2  b) Se nota  también, en  esta  tendencia, una  mar-

cada  inclinación a entroncar la  concepción marxista de  la  alie- nación  con ciertos  rasgos  del  pensamiento de Martin Heidegger que,  según estos autores, constituyen también una teoría de la alienación. Una crítica  detallada de esta tendencia me llevaría demasiado lejos.  El Dasein de Heidegger tiene  un modo  de ser:

«seren-el-mundo». Este modo  de  ser,  que  lo liga  estrechamente a los  «entes  a la  mano»,  lo  limita  hasta  el  punto  de  convertirlo en  un  ser  «impropio».  Esta impropiedad, pues,   le  viene  de  su

 

 

1  Ernesto Mayz Vallenilla, Del hombre y su alienación, ediciones del

Inciba, Caracas, 1966, pp. 33-34 (Subrayados míos).

2  Las opiniones de Riu pueden consultarse en la Revista Nacional de Cultura, Caracas, 1970, n° 194: «Sobre los significados del concepto de alienación». Mi respuesta se encuentra en mi libro inédito De lo uno a lo otro, próximo a publicarse por la Universidad Central de Venezuela. [Nota del editor: esta obra fue publicada en 1975 por la UCV]. El problema de la «esencia» lo trato por extenso en otro libro: Marx y la alienación (Monte Ávila Editores, Caracas, 1974).

 

propia condición: es  una  determinación de  su  ser.  Acudamos de nuevo  a Mayz Vallenilla, típico  exponente de esta  tendencia. Después de  citar  unas  palabras de  Heidegger que  por  su  abs- trusidad lingüística ahorro  al lector,  Mayz nos explica:

 

La impropiedad, y por ende  la alienación, son de tal suerte exponentes concretos del  modo  de  ser el  Dasein un seren- el-mundo. Es justamente por  tener  esa  constitución de  ser- en-el-mundo y poseer su Existencia  como  posibilidad esen- cial  ese  modo  de  ser que  es la impropiedad, que  el Dasein existe  regular y positivamente como un ser alienado. La alienación  constituye, de  tal  manera, antes   que   un  fenó- meno  episódico comprobado por  circunstancias fortuitas  o contingentes, un modo  de  ser esencial al Dasein, valga  de- cir,  una  estructura constitutiva de  su  comportamiento que

diseña el perfil  y la forma del existir  cotidiano del hombre.3

 

Estas palabras casi  no  necesitan  comentarios. Baste  notar  que su única  relación con Marx es que son el exacto  opuesto del pensamiento de  éste.  Si  Marx  hubiese pensado que  la  aliena- ción,  en lugar  de ser un producto histórico, fuera  un fenómeno inherente a la naturaleza humana, ¿para qué  propondría la re- volución comunista y la desalienación?  Nadie  sería  tan insensa- to como para proponer un movimiento revolucionario para eliminarle en  un  futuro  la nariz  al ser  humano, porque la nariz es inherente al ser humano. Que  hasta  ahora,  en la «prehistoria» de  la  humanidad, el  hombre   haya   sido  un  ser  históricamente alienado, no significa que  la alienación no pueda ser superada, también históricamente (cosa  que  está  todavía lejos,  por cierto). Lo importante es que  la alienación es un fenómeno histórico, y no un constitutivo esencial del  Dasein. En la comunidad primi- tiva, la alienación consistía en el escasísimo desarrollo de las necesidades, lo que  obligaba al  hombre  a ver  en  la  naturaleza un    alienum  pródigo   y    amenazante   a   un    tiempo.   Pos- teriormente, la división del trabajo,  la propiedad privada y la producción mercantil (que  ha  culminado en  un  desarrollo exa-

 

 

3 E. Mayz Vallenilla, ob. cit., p. 66.

 

gerado de las necesidades), han conformado el fenómeno his- tórico  de  la alienación del  hombre. Y no de  aquel Mensch que Marx criticaba a los ideólogos alemanes, sino  del  hombre  real  e histórico. Finalmente, anotemos que  si hay  un concepto «filosó- fico» de la alienación, es el de Heidegger, pero  no el de Marx.

También   esto  es  pensamiento manualesco. No se  necesita es- cribir  manuales para  tener  pensamiento manualesco. Pero  tam- bién  hay  que  tener  la  suficiente perspicacia  para  advertir  que hay  manuales tan bien  hechos, y tan fieles  a Marx, que  paradó- jicamente son antimanualescos.

3)   Como decía  al comienzo de  este  capítulo, es sintomático el hecho  de que en los manuales consagrados por la tradición marxista escolar no aparezca sino muy de pasada —cuando aparece— el tema  de  la alienación. Por ello  mismo,  es también sintomático el hecho  de que  los buenos manuales de marxismo, los manuales heterodoxos, hagan énfasis  en la alienación como tema cardinal del pensamiento de Marx. Para demostrarlo, co- mentaré brevemente dos  ejemplos. Me  refiero  a  Le  marxisme, de  Henri  Lefebvre,  y  a  Iniciación  a la teoría económica mar- xista, de  Ernest Mandel. Ambos  tienen  en  común  el  hecho  de ser libros  muy  breves; es decir,  no sólo  son manuales, sino  que son manuables. Ello los diferencia notoriamente de esos  mamo- tretos de más de quinientas páginas que  autores como  Konstan- tinov, Kuusinen o Rosental  llaman  «manuales».  ¡Ni siquiera son verdaderos manuales!

El manual  de  Lefebvre,   que   tiene   ciento   veinticinco páginas, consagra doce  de ellas  a la alienación. Comienza con lo que  he llamado el error  «filosófico», esto  es,  comienza por decir  que  «la alienación es un aspecto filosófico  esencial del  marxismo, poco conocido a  pesar  de  su  celebridad».4   Que  fuera  un  tema  poco

conocido (o  mejor  dicho,  explotado) es  comprensible si  mira- mos  la  fecha  del  manual: 1948.  Eran  los  mismos   tiempos en que  Sartre  y Merleau-Ponty, en  Les temps modernes, tocaban la primera clarinada de  la heterodoxia marxista. Eran también los

 

 

4 Henri Lefebvre, Le Marxisme, PUF, París (8a ed.), 1961, pp. 36-48. la cita es de la p. 37.

 

tiempos en  que  había   empezado a  dar  sus  frutos  la  alemana Escuela   de  Frankfurt,   con  los  Ensayos  sobre la sociedad,  de Marcuse,  y   con   la   Dialéctica   del  iluminismo, de   Teodoro Adorno  y Max Horkheimer. Era Stalin.

No obstante, el manual —que  para  su época es sorprendente— rectifica   el  error  filosófico: «El  hombre   no  podía   desarrollarse sino a través  de contradicciones; por tanto,  lo humano no podía formarse  sino  a través  de lo inhumano». Después de tan brillan- te frase  cae,  por el hueco  de un paréntesis, en el error  esencia- lista:  «Lo humano no  es  sino  el  lado  negativo: es  la  alienación (por  lo demás, inevitable) de lo humano».  No es un bonito  con- suelo  para  los  que  luchan por  la  liberación del  hombre: si  la alienación es  «inevitable»,   ¿para  qué  luchar?  Sin  embargo,  Le- febvre  dice  otras  cosas,   como  la  siguiente, que  me  permitiré (¿quién me lo impide?) citar en extenso:

 

Él muestra  (Marx)  que  la alienación del  hombre  no se defi- ne religiosamente, metafísicamente o moralmente. Por el contrario, las metafísicas, las religiones y las morales con- tribuían   a  alienar al  hombre, a  arrancarlo de    mismo,  a volverlo en contra de su verdadera conciencia y de sus verdaderos problemas. La alienación del  hombre  no es teó- rica  o  ideal, no  está  situada solamente en  el  plano  de  las ideas  y de los sentimientos; es también, y sobre  todo,  prác- tica,  y se  revela en  todos  los  dominios de  la  vida  práctica. El trabajo  está alienado: servilizado, explotado, vuelto  un fastidio,   algo  aplastante. La vida  social,   la  comunidad hu- mana,  se encuentra disociada por  las  clases sociales, arran- cada  de sí misma,  deformada, transformada en vida  política,

engañada, utilizada por el Estado.5

 

En otra parte,  Lefebvre  toca nuevamente el nervio  del asunto:

 

La alienación es,  sobre  todo,  práctica, es decir,  económica, social, política. En este  terreno  real,  se manifiesta por el he- cho de que  los seres  humanos están  librados a fuerzas  hos-

 

 

5 Ibíd., pp. 39-40.

 

tiles,  que  sin  embargo no son  sino  los productos de  su ac- tividad, pero  vueltos  contra  ellos  y llevándoselos a destinos inhumanos —crisis,  guerras, convulsiones de toda especie.6

 

Esta  manera  de  caracterizar  la  alienación  casa   perfectamente con  la  de  Marx,  y  es  su  fiel  interpretación. Lo dice  un  manual que  no es manualesco, o que  no piensa en términos  culinarios: no nos  da  recetas. Nos da  maneras de  pensar a Marx,  pero  no nos ofrende diciéndonos cómo  debemos pensar a Marx, ni mu- cho  menos  a esa  entelequia que  se llama  «marxismo».  Lefebvre, a pesar  del  filosófico  error  inicial, coloca  a la  alienación en  el sitio de las categorías históricas, y no las vincula con ninguna supuesta esencia  humana separada  del  «hombre».  Su  manual, por ello,  es un buen  manual. No hablo  de otros aspectos suyos, sino del que  ahora  interesa: la alienación.

El otro manual, el de Mandel, es un caso  extraño. Es un manual de economía marxista, construido sobre  bases  muy  firmes y expresado con  un  método  dialéctico que,  cosa  rara,  puede lla- marse  así.  Mandel  escribió, a comienzos de los años  sesenta, un Tratado de economía marxista. Si Mandel  fuese  un  escritor  de la  Academia soviética, lo  habría  titulado  «manual».  Pero  no.  Es un  tratado.  Los manuales son  otra  cosa.  Publicó  un  hermosísi- mo manual titulado  Iniciación a la economía marxista, que  es, a su modo,  un resumen del  Tratado, pero  un resumen que,  con pocas  palabras, explica lo que  antes  había  demostrado con  in- numerables cifras  y datos.  No es  nada  extraño que,  tratándose de  un manual heterodoxo, hable  de  la alienación. Sé que  Man- del  ha escrito  extensamente sobre  la alienación en otros textos, como  por ejemplo en los capítulos X y XI de su libro  La forma- ción del pensamiento económico de Marx. Mas  lo  que  me  in- teresa  ahora  es lo que,  como  manualista, habla  sobre  la aliena- ción.  Bien  podría   haber   obviado  el  tema  por  ser  «filosófico»; pero  averiguó que  no  era  filosófico, sino  científico-social. Lo cual  es  muy  importante. Y averiguó también que  la  alienación no  es  un  problema antropológico (al  menos  en  el  sentido   de esta  ciencia), sino  un  problema histórico  y económico. Lo liga,

 

 

6 Ibíd., pp. 40-41.

 

por  ejemplo, con  la  producción  mercantil y  con  el  comercio:

«La producción, la  regularización, la  generalización de  la  pro- ducción comercial está  estrechamente ligada con la amplitud de este  fenómeno de  la  alienación».  Advirtiendo, claro  está  (¡pero no está  claro  para  todos!),  que  «la sociedad comercial no cubre solamente la época del  capitalismo». La mirada  de Mandel  no se dirigía sólo  a  las  sociedades antiguas, sino  también a  las  que hoy  dicen  haber  superado la «prehistoria»  de  la humanidad. Por eso dice  con toda claridad:

Hay  también una  sociedad comercial post-capitalista, la so- ciedad de  transición entre  el  capitalismo y el socialismo, la sociedad soviética actual, que  está  aún  fuertemente asen- tada  sobre  la producción de  valores de  cambio. Cuando  se toman  algunas características fundamentales de  la sociedad comercial, se comprende por qué ciertos fenómenos de alienación no pueden ser  superados en  la época de  transi- ción  entre  el capitalismo y el socialismo, por ejemplo en la

sociedad soviética de hoy.7

Tampoco  es cuestión de ponernos a embellecer con bisutería sociológica a las sociedades primitivas, aunque es cierto  que

 

a partir  de  un cierto  grado  de  desarrollo de  la agricultura y con ciertas  condiciones climatológicas favorables, se da una cierta  unidad, una  cierta  armonía, un cierto  equilibrio entre prácticamente todas  las actividades humanas.

 

Pero no es menos  cierto,  históricamente hablando, que

 

las  consecuencias desastrosas de  la división del  trabajo,  ta- les  como  la  separación  completa de  todo  lo  que  es  acti- vidad  estética, impulso artístico,  ambición creadora, de las actividades  productivas meramente  mecánicas,  repetitivas, no  existen en  absoluto en  las  sociedades primitivas (...)  El trabajo  no se experimentaba como  una  obligación impuesta desde el exterior.

 

7  Ernest Mandel, Iniciación a la teoría económica mar-xista, ed. La

Oveja Negra. Medellín, Colombia, 1971, pp. 15-17.

 

 

El trabajador estaba ligado estrechamente a su producto y a sus medios de  producción. Con los  siglos,  esta  relación se corrom- pió.  Apareció la  diosa  sin  nombre: la  mercancía. Y  ella,   que para  los  economistas es  tan  cariñosa, es  funesta  para  el  resto. Separa al  productor de  su  producto y  de  sus  medios de  pro- ducción. Se convierte, ella,  por  sí sola,  en  una  fuerza  producti- va,  completamente independiente de  la fuerza  productiva origi- nal,  que  es  la  fuerza  de  trabajo  humana. Se enfrenta a ella.  La seduce. Logra que  la misma  fuerza  de trabajo  llegue a creerse mercancía. Por eso dice  sabiamente el manual de Mandel:

 

La alienación moderna nace  claramente de  una  brecha en- tre el productor y su producto que  es a su vez resultado de la división del trabajo  y el resultado de la producción de mercancías, es decir,  del trabajo  para  un mercado y para  un consumidor desconocido  y  no  para  el  consumo del  pro- ductor  mismo.

 

Esta es la prueba de  cómo  se puede escribir  un  manual sin  te- ner  pensamiento manualesco. Veremos   ahora  cómo  se  puede tener  pensamiento manualesco sin escribir  manuales.

 

4)  La  primera  víctima,   en  este  caso,   es  Louis  Althusser,   y también todos  esos  artefactos celestes  que  andan en  torno  al planeta francés, y  que  por  cierto  escriben manuales.  Althusser no  escribe manuales,  pero    nos  da  recetas: nos  dice  cómo debemos leer  El Capital, como  si El Capital mismo  no estuviese bien  escrito,  o como  si necesitásemos de  intérpretes para  oír la canción de un arcaico maestro. ¿No será preferible apurar las palabras de  Marx  tal  como  él  las  dejó,  sin  demasiadas compo- nendas interpretativas? Después de  leer  a Althusser,  uno  queda con la sensación de no haber  aprendido a leer a Marx, sino a Althusser.  Lire le Capital es  leer  a Althusser,  o a sus  epígonos, que  es  lo  mismo.  No se  lo  reprocho porque, al  fin y  al  cabo, quien  habla, habla  por  su boca,  y muestra sus  propios dientes. Puede  hablar  cuanto  quiera, pero  que  nos  deje  oír  a Marx.  O, en todo  caso,  él,  que  tiene  toda  una  escuela, con secretarías en

 

La Sorbona, debe  enterarse un poco  mejor  de  lo que  realmente escribió su  querido maestro. Se  lo  puede enseñar alguien que escribe sin  bibliotecas, sin  Sorbona, sin  secretarías, pero  que  sí se  ha  leído   a  Marx,  y  en  alemán. Althusser   tiene   una  prosa aguda y  sinuosa, que  aspira   a  parecerse a  la  de  Diderot.  Por ello,  merecería un  examen especial. No es éste  el momento de hacerlo, pues  debo  limitarme a la  alienación y a los  manuales, o al  pensamiento manualesco. Yo no    si Althusser  habrá  es- tudiado en la Ecole Normale  Supérieure, pero  su estilo  se pare- ce  a la cara  de  la medalla estilística con  la que  condecoran ahí a los  alumnos. Le pasa  seguramente igual  que  a Jean-Paul Sar- tre, quien nunca  pudo  borrar  de su vida  a la Ecole Normale.  Lo cierto  es  que  a ambos,  por  más  que  lo nieguen y den  patadas en contra,  les queda un cierto  sabor  escolástico.

Althusser  no  ha  leído  bien  a Marx.  Sólo  una  lectura  superficial puede afirmar,   como  lo  hace   Althusser,   que   el  concepto  de alienación es «ideológico». Pese  a las vacilaciones que  Althusser tiene  acerca del  concepto de  ideología, pienso que  la entiende como  falsa  conciencia (aunque, para  él,  como  lo confesó  en su Pour Marx, una  sociedad comunista es inconcebible sin ideolo- gía,  que  es  lo  mismo  que  decir  que  la  sociedad comunista se- guirá  teniendo falsa  conciencia), y  por  ello  mismo  la  entiende como  término  negativo. Este término  negativo es  aplicado por Althusser  a la teoría  marxista de  la  alienación, que  según él  es

«ideológica», o  sea,  anticientífica, o  precientífica. No se  olvide

que  Althusser  habla  en  nombre  de  una  ciencia, y  que  lo hace con  un  celo  digno  del  más  furibundo de  los  racionalistas lógi- cos contemporáneos. Al mismo  tiempo, es un marxista declara- do. Mézclense ambas  cosas,  y el resultado será  juzgar  a la teoría de la alienación como  «premarxista», e «ideológica».

No es ideológica, porque si la ideología es una  falsa  conciencia, la teoría de la alienación está destinada precisamente a desen- mascarar la conciencia.

Tampoco  es  premarxista, si  por  ello  se  entiende, como  lo  en- tiende  Althusser,  el presunto hecho  de  que  Marx haya  hablado de  alienación tan sólo  en  sus  textos  juveniles, que  para  Althus- ser  son  por  lo visto  «premarxistas», como  si la  juventud no for-

 

mara  parte  esencial de  una  persona. O como  si Marx,  cuando escribió sus  Manuscritos  de 1844, no  estuviera perfectamente deshegelianizado. Porque  seguramente Althusser,  en un acto de suprema sabiduría, se  dio  cuenta de  que  Hegel  había  hablado de  alienación antes  que  Marx,  y por  ello  llama  «premarxista»  al vocablo. Pero  ya  decía  antes  que  Althusser  no  ha  leído  bien  a Marx;  al  menos, no  se  ha  enfrentado con  sus  obras  capitales, por más  que  nos diga  cómo  leerlas. Yo puedo decírselo: la me- jor manera de  leer  El Capital es sentándose a leerlo. Yo no ne- cesito  de  ningún intérprete para  leer  lo que  dijo San Juan,  ni lo que  dijo San Agustín.  El verbo  era de ellos.  Si Althusser  lee  bien El Capital, se encontrará con la alienación, con todos  sus térmi- nos de Entfremdung y Entausserung, y aun  de Verausserung. Si Althusser   lee  los  Grundrisse,  se  encontrará con  la  alienación, como  lo  probaré un  poco  más  abajo.   Si  lee  la  Zur kritik der polltischen  Oekonomie, se  encontrará con  la  alienación. Si lee las  Theorien Über den Mehrwert, se encontrará de  frente  con  la alienación. Todo esto, ¿era precientífico y premarxista? ¿Era «fi- losófico»? ¿No era  científico? Dejemos  que  Marx nos    una  de- finición  de  la alienación (que  se creía,  hasta  ahora,  inexistente) que  no  está  dada  por  ningún filósofo  ni  por  ningún astrólogo ni, por supuesto, por ningún quiromántico de la escuela althus- seriana:

 

El intercambio de equivalentes parece presuponer la pro- piedad del propio  producto del trabajo.  Parece  así que la apropiación por el trabajo (Aneignung durch die Arbeit) — es   decir,   un   verdadero  proceso  económico  de   apropia- ción—  se identifica con  la propiedad del trabajo objetivado (objektivierten Arbeit). Por otra  parte,  lo que  aparece a pri- mera vista como una relación jurídica, es decir,  como una condición general de  la  apropiación, es  reconocido por  la ley  como  la expresión de la voluntad general. Sin embargo, este  intercambio de  equivalentes fundado sobre  la  propie- dad  del  trabajador se  transforma en  su  contrario, en  razón de  una  dialéctica necesaria (notwendige Dialektik) y apare- ce entonces como separación absoluta del trabajo  y de la propiedad, y  como  apropiación del  trabajo  de  otro  sin  in-

 

tercambio ni  equivalente. La producción fundada sobre  el valor  de  cambio, en  cuya  mera  superficie se realiza ese  in- tercambio  libre   e  igual   de  equivalentes,  es  en  el  fondo cambio  de  trabajo objetivado (vergegenstandlicher Arbeit), valor  de  cambio, por trabajo  viviente —valor  de  uso—.  Di- cho  de  otra manera: el trabajo,  frente  a semejantes circuns- tancias  o condiciones objetivas que  él mismo  ha creado, se comporta como  ante  una  propiedad extraña, ajena: y esto es

la alienación del trabajo (Entausserung der Arbeit).8

 

Esta definición bastaría para  acallar a  todos  los  althusserianos. Pero,  por  si acaso  se  defienden  diciendo —como  dice  Naville, por ejemplo— que  en esas  teorías  «maduras»  de Marx no existía ya  la terminología de la alienación, tomadas de fuentes  hegelia- nas  en  la juventud de  Marx,  podríamos citar  otro pasaje de  los Grundrisse, una  de  las  obras  más  grandiosas y menos  estudia- das  de  Marx.  Para  Marx,  en  ese  pasaje, el  trabajo   asalariado debe  gran  parte  de su importancia a que

 

las condiciones objetivas del trabajo  se hacen  más y más autónomas en  oposición al  trabajo  viviente, a  medida que se  expanden, y a medida también de  que  la riqueza social aumenta a pasos  agigantados, siempre más grandes, enfren- tándose al obrero  como  potencia extraña (fremde) y domi- nadora. El énfasis, o el tono,  suelen ponerse sobre  el proce- so de objetivación, y no  sobre  el  extrañamiento-alienación- enajenamiento de  algo  que  no  pertenece al  obrero,  sino  a las condiciones de producción personificados, es decir,  el capital; se  trata  de  una  gigantesca potencia material que  el trabajo  social  mismo  ha puesto  frente  a sí, en la medida en que  este  trabajo  es uno  de  los elementos propios de  aque- lla potencia. En la medida en que,  al nivel  del  capital y del trabajo  asalariado, la producción de  ese  cuerpo objetivo  de la actividad se efectúe en oposición a la fuerza de trabajo inmediata, ese  proceso de objetivación tendrá  el carácter de

 

 

8  Karl Mark, Grundrisse der Kritik der politischem Oekonomie Marx- Engels-Lenin Institut, Moscú, 1979, pp. 413-414.

 

la  alienación (Entausserung)  desde el  punto  de  vista  del trabajo,  y el carácter de apropiación (Aneignung) del  traba- jo ajeno  desde el punto  de  vista  del  capital. Esta tergiversa- ción  y  esta  inversión son  totalmente reales; no  existen so- lamente el espíritu de los trabajadores y de los capitalistas.9

 

No cabe,  pues,  la  menor  duda  de  que  en  el  Marx  de  las  gran- des  obras  económicas de madurez se halle  presente, en toda  su intensidad, el  vocabulario de  la  alienación. Lo que  difícilmente he  traducido como  «extrañamiento-alienación-enajenamiento»  lo dice Marx en ese pasaje empleando, en una sola y compacta expresión, los  tres  términos  célebres: «.das  Entfremdet  Entaus- sert-Veraussertsein». Por otra parte,  está  allí más clara  que  nunca la  verdadera dialéctica de  la  alienación, a  la  que  se  opone su reverso  dialéctico: la apropiación (Aneignung). Esto ya estaba presente en La sagrada familia, y estará  presente en  El Capital y en  las  Teorías de la plusvalía. Finalmente, en  la  cita  anterior queda perfectamente aclarado el hecho  de  que  la alienación es un proceso real y  objetivo, que  no  tiene  lugar  tan  sólo  en  los espíritus; lo cual implica que el fundamento de la teoría de la alienación no  es  un  fundamento metafísico, y que  la  teoría  no es una  teoría  «esencialista».

He examinado hasta  ahora  algunos modos  que  elige  el  pensa- miento  manualesco, y  el  anti-manualesco, para  encarar el  pro- blema  de la alienación. Hemos visto que ciertas  tendencias conservadoras de sociólogos y psiquiatras utilizan la alienación, ya sea desgajándola de su contexto original marxista (esto  es, castrándola teóricamente), ya sea poniéndola absurdamente al servicio del  sistema  social  que  precisamente engendra la aliena- ción  contemporánea. Es lo  que  mi  irónico   amigo, el  filósofo Juan  Nuño,  ha  llamado «la alienación de  la  alienación».  Igual- mente  hemos  visto  que  ciertas  tendencias fenomenológicas de la  filosofía  actual   pretenden  reconvertir la  teoría  de  la  aliena- ción  a un  contexto metafísico; ello  significa, dicho  claramente, una hegelianización de Marx, o últimamente, una «heideggeri- zación».  Pasamos igualmente revista  a dos  manuales, el  de  Le-

 

 

9 Ibíd., pp. 715-716.

 

febvre  y el de  Mandel, y los  pusimos como  ejemplo de  lo que un  buen  manual tiene  que  decir  acerca de  este  problema. Fi- nalmente nos hemos  referido  a la tendencia althusseriana, cuyo principal defecto  consiste en  hacer  de  la  alienación una  teoría

«premarxista»   (esto   es,  hegeliana)  e  «ideológica»  (esto   es,  no-

científica). A nuestro   juicio,  esta  tendencia, que  disimula muy bien,  con sofisticadas expresiones, su carácter manualesco, es la que  más  daño  ha  hecho  y  sigue  haciendo en  este  campo. Por ello,  dedicaré el resto  de  este  capítulo a pasar  una  rápida revis- ta a  la  trayectoria que  realmente tuvo  la  alienación en  la  obra de  Marx.  Comenzaré,  para  ello,   por  hacer   las  preguntas que considero esenciales para  dilucidar el espectro teórico  de la alienación.

1)  La  alienación: ¿categoría filosófico-antropológica  o cate- goría socioeconómica? Este es  el  punto  más  candente y el  más general de  todos.   Puede   decirse  que   todos  los  otros  puntos están  incluidos en  éste  o  se  derivan de  él.  Tome  el  lector  en cuenta lo siguiente: en caso de ser la alienación una categoría filosófica, un  rasgo  «antropológico»  del  ser  humano por  así  de- cirlo,  no queda otro remedio que  separar la teoría  de  la aliena- ción de todo el sistema  socioeconómico de Marx, o sea, de su comprensión de  la  historia, ya  que  esta  comprensión excluye por  definición  toda   categoría  de  carácter  ahistórico;  en  este caso,  la alienación no sería  otra cosa  que  una  especie de  peca- do de  juventud de  Marx,  o como  ya  hemos  visto  que  se ha  di- cho,  «un concepto premarxista e  ideológico».  Por otra  parte,  si se concibe a la alienación como  categoría socioeconómica (con consecuencias éticas) se niega de raíz la posición anterior, pero entonces habrá  que  demostrar no sólo  la persistencia de  la teo- ría,  y su vocabulario, a lo largo  de la obra  de Marx, sino  lo que es más importante: demostrar su lugar  preciso dentro de la concepción socioeconómica de Marx.

2)       La alienación: ¿término científico o término ideológico? Este punto  no es sino  consecuencia del  anterior. Reconociendo el carácter científico de la obra de Marx, ¿juega algún papel específico en  ella  el concepto de  alienación, o por el contrario, se  trata  de  un  «coqueteo»  filosófico, una  concesión ideológica de algún  científico?

 

3)       La alienación: ¿concepto que implica nociones no ope- rativas de carácter ahistórico tales como «la esencia humana» o

«lo propio»?  Punto  también derivado, pero  que  reviste  especial

importancia, por  haberse centrado en  él  numerosas objeciones

—así como  la más extrañas adhesiones— a la teoría  marxista de la  alienación. Hay  hechos tales  como:  en  los  Manuscritos  de

1844 se emplea a menudo la expresión «esencia  humana»;  pero en los años  subsiguientes, en sitios  tales  como  La ideología ale- mana o el Manifiesto del Partido Comunista se lanzan denues- tos contra  los que  hablan de la «esencia humana».  Un problema:

¿habrá que  pensar en la ineficacia socioeconómica de  la aliena-

ción  en los Manuscritos del  44, dado  el empleo de  expresiones semejantes, o  por  el  contrario   habrá  que  pensar que  bajo  un cierto  ropaje  filosófico  (fundamentalmente hegeliano) se en- cuentran auténticas categorías socioeconómicas, aún  insuficien- temente expresadas? La «esencia  humana»  de que  hablan los Manuscritos  del  44, ¿es  concebida por  Marx  como  la  quidditas eterna    del   hombre?   La  alienación  de   tal   «esencia»,   su   ex- propiación , ¿es un fenómeno de  una  quidditas eterna, origina- ria,  o por el contrario  es un fenómeno histórico  que,  por tanto, puede ser superado y desaparecer?

4)       La alienación: si es una categoría histórica, ¿pertenece sólo al capitalismo, o también es propia de anteriores modos de producción?  Claro  que  esta  alternativa sólo  se  presenta a quie- nes  ya han  resuelto la alternativa anterior, admitiendo la histori- cidad  de  la  alienación. Marx  ha  concentrado todo  su  aparato analítico en  el examen de  la alienación capitalista; pero,  ¿impli- ca esto  que  no reconociese formas  específicas de  alienación en otros  modos  de  producción?  El fetichismo de  las  mercancías, que  es modalidad capitalista (pues se basa  en  el desarrollo his- tórico  del  capital y  en  la  oposición de  éste  al  trabajo), ¿es  la única  forma de la alienación? ¿No, es por ejemplo, la alienación ideológica (y  en  particular, la alienación religiosa, que  es  parte de aquélla) una  importante modalidad de alienación que  estaba presente en  sociedades primitivas en  las  que  aún  no había  sur- gido  el  tráfico  de  mercancías? ¿No  hay  alienación en  el  escla- vismo,  en la servidumbre?

 

5)  La alienación: ¿sobrevivirá al capitalismo? Este es uno  de los  puntos   más   controvertidos,  sobre   todo  por  la  existencia actual  de  sociedades que,  diciendo haber   superado el  capita- lismo  y ser  ya  socialistas, conservan, sin  embargo, algunas for- mas  fundamentales  de  alienación.  ¿No  representan  más  bien estas  sociedades una  transición hacia  el socialismo? ¿O están  sus individuos humanos «universalmente desarrollados»,  según que- ría  Marx,  para  superar la  alienación?  La presencia de  una  eco- nomía  monetaria en  las  actuales sociedades «socialistas»,  ¿no  es un  factor  primordial de  la  alienación?  La distribución, ¿alcanza por igual  a todos,  o hay  aún  privilegios? El derecho a la crítica, condición del desarrollo de la conciencia, ¿existe plenamente?

Hay,  sin duda, otros problemas además de los mencionados, pero  puede decirse que  todos,  de una  manera u otra, caen  bajo la irradiación de los que acabo  de enumerar. Estos problemas, repetimos, se  refieren a  la  alienación, pero  no constituyen la teoría misma,  aunque su discusión pueda aclarar a ésta.

Lo importante ahora  es  ofrecer  al  lector  una  visión  panorá- mica  del  problema. Por ello,  una  vez  enumerados los principa- les  problemas de  orden  polémico, dedicaré el resto  del  presen- te capítulo a  resumir la  trayectoria del  concepto de  alienación en la obra de Marx.

Aunque el punto  de partida son los Manuscritos del  44, cabe una  alusión —casi  puramente a título  informativo— a los  giros que  toma  la alienación en obras  anteriores. Me quedaré en alu- sión  por dos  razones. En primer  término, porque detenerme en este examen me obligaría a profundizar las relaciones Marx- Feuerbach-Hegel  (y   otros   nombres,  como   Moses   Hess,   por ejemplo),  relaciones  que   en  este   libro  no  quiero  tocar  sino cuando sea  estrictamente necesario,  y  que  por  lo  demás   han sido  estudiadas a fondo  por múltiples autores, lo que  no puede decirse del  problema de  la  alienación en  obras  de  Marx  como los  Grundrisse, o las  Teorías sobre la plusvalía, o la  Contribu- ción a la crítica de la economía política,  que  son  —aunque parezca mentira—   terreno  casi  virgen   en  este  aspecto. En se- gundo lugar  —y esto es quizá  más importante que  lo anterior— porque sólo  a  partir  de  los  Manuscritos  del  44,  primera obra

 

escrita  por  Marx  después de  iniciar  sus  estudios de  economía política, es posible hablar  rigurosamente de «alienación» en sen- tido  marxista. En la  Disertación  doctoral de  Marx (Uber die Di- ferenz der demokritischen  undepikureischen  Naturphilosophie,

1840-41)  se  dice,  por  ejemplo, hablando de  Epicuro,  que  éste

concebía al «fenómeno en cuanto  tal, esto es, como alienación (Entfremdung)  de  la  esencia»,10  lo  que  nada  en  absoluto nos dice  acerca de  la alienación en sentido  marxista, y sí de  la alie- nación  en  sentido  hegeliano. En La cuestión judía 11 se  acerca un poco  más a su sentido  futuro,  cuando —siguiendo los pasos de  Feuerbach— señala  la  representación  cristiana del  hombre como  «fantástica»  y  «extraña»  y  en  relación antagónica con  el hombre   mismo,   así   como   también  señala  la  alienación  del hombre  respecto del  Estado en la «sociedad civil», en  el sentido de  que  el hombre  de  esta  sociedad no considera que  su «esen- cia» está  en  él  mismo  sino  en  el  Estado,  lo que  equivale a una forma de alienación. Ambos temas  —alienación religiosa, alie- nación  estatal—, unidos  a otros  tales  como  el  de  la  alienación

burocrática, reaparecen en  la  Crítica  de la filosofía del Estado de Hegel o  Crítica  del Derecho  Público hegeliano, de  1843;12 hay,  asimismo, el germen de  la crítica  de  la filosofía  como  alie- nación  ideológica, que  ahondará después. Y en  la Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, donde Marx revela con esplendor estilístico su  vocación materialista, hallamos temas  que  antici- pan  a textos  futuros:  la forma de suprimir  la alienación religiosa

consiste ante  todo  en  suprimir  la  alienación existente en  la  es- tructura  material de  la  sociedad, pues  aquélla es  expresión de ésta;  tanto  en  la religión como  en  la vida  ciudadana es preciso denunciar la inversión de  sujeto  y objeto  que  ocurre  universal- mente:  en la religión, el objeto  creado —Dios— se convierte en sujeto  creador; en  la sociedad civil,  el objeto  creado —Estados,

 

 

10  Marx-Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe (MEGA), Frank- furt-Berlín-Moscú, 1927-1935, I, 1, 1, p. 42.

11  K. Marx, Zur Judenfrage (1843), en Marx-Engels Werke, Dietz Ver- lag, Berlín, 1961, vol. I, pp. 347 ss.

12 K. Marx, Kritik des hegelschen Staatsrechts, en Marx-Engels Werke, ed. cit., vol. I, pp. 246-249

 

cuerpos jurídicos, etcétera— se  convierte en  sujeto  dominador. Y para  combatir  las formas  ideológicas de tal alienación, la filo- sofía  que  separa al  hombre  de  su  existencia material, propone la  teoría revolucionaria, pues  «la teoría  logra  realizarse en  un pueblo sólo  en la medida en que  es la realización de  sus nece-

sidades».13

Pero  no  hay  teoría marxista  de la alienación sino  a  partir  de los Manuscritos parisinos de  1844.  A pesar  del  vocabulario filo- sófico,  sus  categorías son  ya  fundamentalmente socioeconómi- cas,14  y la alienación aparece como  categoría histórica, vincula- da  ante  todo  al  régimen  capitalista de  producción, pero  con

indicadores suficientes como  para  saber  que  Marx  ya  extendía el concepto a modos  de producción anteriores. Así, se habla  ya de  modo   claro   e  inequívoco acerca  de  lo  que   calificaremos como  «variables histórico-genéticas de  la alienación»  a saber:  la división del trabajo, la propiedad privada y la producción mer- cantil, tres condiciones históricas que  pueden ser  superadas históricamente y  que,  por  tanto,  no  pertenecen a  ninguna su- puesta «esencia  humana»,  a menos, claro  está,  que  se considere como  la «esencia»  del  hombre  el vivir  en  relaciones de  explota- ción.  Pese  a  hablar   de  «esencia  humana»  y  pese  a  valerse de este  concepto en expresiones tan comprometidas filosóficamen- te como  «alienación de  la esencia humana»,  Marx insistirá  en  el carácter variable, esto es, humano, histórico, económicopolítico, pues  die okonomische Entfremdung ist die des wirklichen Lebens

 

 

13 K. Marx, Zur Kritik der hegelschen Rechtsphilosophie, en Marx- Engels Werke, ed. cit., vol. I, pp. 386: «Die Theorie wird in einem Volke immer nur so weit Verwirklichung seiner Bedürfnisse ist». ¡Na- da tiene que envidiar esta sola frase a cualquiera de las tesis sobre Feuerbach!

14 «Todos los conceptos filosóficos de la teoría marxista son categorías sociales y económicas, mientras que las categorías sociales y económi- cas de Hegel son todas conceptos filosóficos. Ni siquiera los primeros escritos de Marx son filosóficos. Ellos expresan la negación de la filo- sofía, aunque todavía lo hacen con un lenguaje filosófico». Herbert Marcuse, Razón y Revolución, ed. del Inst. de Estudios Políticos de la Universidad Central, Caracas, 1976, p. 249.

 

(«la alienación económica, es la de la vida  real  y efectiva»).15  No puede haber  para  Marx una  esencia humana alienada fija, esta- ble,  eterna, una  inmutable quidittas, pues  de  otro  modo,  ¿qué sentido   tendría   toda  la  lucha   de  Marx  por  demostrar  que   la alienación es superable históricamente?

Por otra  parte,  Marx  sienta  las  bases, en  este  manuscrito, de  la teoría  de  la  alienación que  en  obras  posteriores desarrollará; y lo hace  enumerando las  principales formas  de  alienación: alie- nación  del  producto respecto del  productor; alienación de  éste respecto de su actividad productiva misma;  alienación del «ser genérico» o antagonismo entre el hombre  como individuo y el hombre   como   especie;  alienación  del   hombre   respecto  del hombre, y alienación ideológica. Todas  estas  formas  reaparece- rán  en  las  obras  posteriores de  Marx,  pero  desvestidas de  bue- na  parte  del  ropaje  filosófico  que  ostentan en  los  Manuscritos. La teoría  de  la  alienación allí  presente no  puede considerarse

—como  la consideran muchos  autores— como  la teoría  marxis-

ta definitiva; ni mucho  menos, pues  aunque figuren  allí  las  in- tuiciones principales, ¿cómo podría  estar  completa la teoría marxista de  la  alienación sin  la  teoría  de  la  plusvalía, ni la  del valor-trabajo, que  sólo  desarrolló Marx  años  después? Sin  em- bargo,   hay  pasajes que  no  desmerecen  en  modo  alguno del Marx  de  los  Grundrisse,  tales  como  los  referentes a  la  aliena- ción de las necesidades.

En La sagrada familia no sólo  se ataca  duramente a la filosofía especulativa que  hablaba (como  hoy)  del  famoso  der Mensch,

«el  hombre»  con  su  esencia a  cuestas, sino  que  se  insiste  

como en los Manuscritos del año anterior—  en relacionar rai- galmente propiedad privada y alienación, señalando la vía prác- tica  para  que  la deshumanización (Entmenschung)  que  implica la  propiedad privada, sea  superada mediante la  autonegación

 

 

 

 

 

15 K. Marx, Okonomisch-philosophische Manuskripte, en Texte du Methode und Praxis: Pariser Manuskripte 1844, editado por Günter Hillman, Rowohlt-Verlag, 1966, p. 76.

 

de la misma,  y se convierta en «deshumanización que  se supera a sí misma» (Aufhebende Entmenschung).16

En La ideología alemana se ataca  también de  frente  a la «esen- cia humana»  con un vocabulario, esta vez, plenamente socio- económico; se plantea la alienación en casi toda su amplitud, haciéndose especial hincapié en  dos  de  sus  variables: la  divi- sión  del  trabajo  y la producción mercantil,17  trabadas ya  con  el

mercado mundial capitalista; y se trazan,  junto  a las  bases  para una  teoría  general de  las  formaciones ideológicas,  los  funda- mentos  para  un  subconjunto de  la  teoría  de  la  alienación que hoy  cobra  inmensa  importancia en  el  análisis de  la  sociedad (tanto  la capitalista como  la de transición hacia  el socialismo), a saber:  la  alienación ideológica, concepto que,  como  veremos, ya había  sido intuido  en los manuscritos de París.

¿Qué  ocurrirá  con  el  correr  de  los  años?  ¿Desaparecerá,  como algunos pretenden, el  vocablo «alienación»  de  la  obra  madura de Marx?. 18 O bien,  como  quieren algunos más cautos, ¿desapa- recerá  el  concepto de  alienación tal  y como  había  sido  formu- lado  en  1844-45,  para  dar  lugar  a  sucedáneos menos  «filosófi- cos»? ¿Sería, en suma,  la teoría  de la alienación el recurso  filosó- fico  de  un  pensador que  aún  no  había  profundizado en  el  es-

tudio  de la economía política?

 

 

 

16 Marx-Engels, Die heilige Familie und andere philoso-phische früh- schriften, Dietz Verlag, Berlín, 1953, p. 138

17 Marx-Engels, Die deutsche Ideologie, en Marx-Engels Werke, ed. cit. vol. III; todos estos temas se desarrollan en la parte I: «Feuerbach». Véase, en este mismo volumen (pp. 5-7) las Thesen über Feuerbach, especialmente la correcta interpretación de la «esencia humana»: Th. 4 y 6.

18 Por ejemplo, Emile Bottigelli afirma —y es un craso error de la infor- mación, no perdonable en este autor— que, después de 1844, la ex- presión de alienación desaparece de la obra de Marx, si se exceptúa, dice, la mención en el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía política. ¿Y los Grundrisse, El Capital, Teorías sobre la plusvalía, e incluso la misma Contribución...? Cf. E. Bottigelli, «Presentación» de los Manus- critos de 1844, Editions Sociales, París, 1962, pp. LXVII-LXVIII.

 

Se  verá,  objetivamente, que  nunca  desapareció el  concepto de alienación de la obra de Marx: por el contrario, se fue perfec- cionando y completando sucesivamente.

Se  verá,  por  ejemplo, que  en  el  Manifiesto  del Partido Comu- nista (1848),  escriben Marx y Engels:  los filósofos  alemanes

 

bajo  la  crítica  francesa de  las  funciones del  dinero, escri- bían «alienación de la esencia humana»  (Entaüsserung des menschlichen Wesens);  bajo  la  crítica  francesa del  Estado burgués, decían «superación (Aufhebung) del poder  de lo universal abstracto»,  y así sucesivamente».19

 

Pero,  entiéndase bien,  no  se  burlan   allí  Marx  y  Engels  de  los términos  hegelianos «Aufhebung» y «Entaüsserung», es decir,  no cuestionan la  dialéctica ni  la  alienación, sino  su  aplicación a fantasmas filosóficos tales  como  la  «esencia  humana»  y  «lo uni- versal  abstracto»;  en  lo  cual,  por  lo demás, hay  una  autocrítica de Marx, quien  cuatro  años  antes  había  empleado la primera de esas  expresiones en sus manuscritos parisinos.

Un año  después, en  Trabajo  asalariado y capital,  retoma  uno de  los temas  centrales de la teoría  de  la alienación expuesta en los Manuscritos de  1844,  a saber:  el trabajo  del  obrero  asalaria- do visto como  labor  forzada y desprovista de sentido  propio; la vida comienza para él —escribe Marx— «cuando  esa actividad termina: en la mesa,  en  el café,  en la cama».  Sus doce  horas  de trabajo  no  tienen  sentido  en  sí mismas, en  cuanto  trabajo  (por ello  son trabajo  alienado); su único  sentido  es el salario, que  le sirva  para  ir a la mesa,  al café,  a la cama.  «Si el gusano de  seda hilase  para  malganarse la vida  en tanto oruga, y aun  así siguiera

siendo larva,  sería  el  asalariado perfecto».20   Sometido a la  pro-

ducción mercantil y  a  la  división del  trabajo  (tema  que  Marx

 

19  Marx-Engels, «Manifest der kommunistischen Partei», en Marx, Die

Frühschriften,  ed.  de  Siegfrid  Landshut,  Kroner  Verlag,  Stuttgart,

1953, p. 552.

20  K. Marx, «Travail salarié et capital», en Oeuvres, L'Economie, (Edi- tion établie et anotée par Maximilien Rubel), La Pléiade, Paris, 1965, vol. I, p. 205.

 

habría  desarrollado detenidamente por  primera vez  en  Miseria de la filosofía, de  1847),  el  llamado obrero  libre  es  «libre» tan sólo  porque puede, a  diferencia del  esclavo y  el  siervo  de  la gleba, vender en  el  mercado esa  peculiar mercancía suya  que es su trabajo  (Marx dirá posteriormente: su fuerza de trabajo).

Años después, al reiniciar su investigación económica — interrumpida, irónicamente, por  tener  que  vender su  fuerza  de trabajo  intelectual en el mercado del  periodismo: esa  fuerza  era, en  efecto,  su  única  mercancía, su  único  medio  de  vida,  salvo las  ayudas de  Engels—  vuelve Marx a su vieja  teoría  de  la alie- nación, en diversos y muy  ricos  textos.  Aparecerá entonces, no sólo  parte  del  viejo  vocabulario, sino  lo que  es más  importante: la teoría  de  la alienación perfectamente trabada y unificada con la crítica  del  modo  capitalista de  producción (aunque Marx ex- tendía  la alienación también a otros modos  de producción, y no sólo   al  capitalismo,  como   algunos  autores  erradamente  afir-

man),21  pero  además unida  a toda  la historia  de  la producción

 

 

 

21 Véase, por ejemplo, G. Bedeschi, Alienazione efeticismo nel pensiero di   Marx,   Laterza,   Bari,   1968,   pp.   89-90:   «Per   Marx,   infatti, l’alienazione non e un fenomeno comune a tutte le epoche storiche, a tutti gli stadi dello sviluppo economico e sociale; bensi e il prodotto di una societá, e destinatto ad essere superato col superamento di ques- ta. (...) l’oggettivazione e alienazione solo nelle condizioni descritte dall’economia politica, cioe nella societá borghese».

La alienación del esclavo o del siervo de la gleba son ciertamente distintas de la del obrero asalariado (el siervo entrega su corvee; el es- clavo es mercancía; el asalariado vende su mercancía: su fuerza de trabajo), pero no por ello dejan de ser alienación. Igualmente, en la sociedad primitiva, como escribe acertadamente E. Mandel, «el indi- viduo suministra directamente trabajo social. Está armoniosamente integrado en su medio social, pero si parece estar «plenamente desa- rrollado» no es sino por el hecho de la estrechez extrema de las nece- sidades de que ha tomado conciencia. En realidad, la impotencia de los hombres ante las fuerzas de la naturaleza son fuentes de aliena- ción, sobre todo social (de sus posibilidades objetivas), ideológica y religiosa». Cf. E. Mandel, La formación del pensamiento económico de Marx, ed. cit., pp. 207-208.

 

mercantil, la  división del  trabajo  y la  propiedad privada. Surge así  la alienación como  una  de  las  más  amplias categorías socio- económicas de  Marx;  la que  le da  el rango,  junto  a la teoría  de las   funciones  económico-sociales,  de   sistema   explicativo  de

7.000  años  de  historia  humana, sistema  interpretador sin  duda,

pero  también instrumento transformador del  porvenir, sistema teórico-práctico, y  no  sistema   ad usum philosophorum, ni  sis- tema  dephilosophiaperennis.

Así, por ejemplo, en los Grundrisse (1857-1858), atacará Marx a los economistas burgueses por  cometer  un  error  garrafal seme- jante  al que  él reprochaba a Proudhon en 1847: el error de con- fundir  objetivación (Vergegenstándlichung)  con  alienación (Entfremdung).

 

Los economistas burgueses —escribe— están  hasta  tal pun- to prisioneros en las concepciones de una etapa  histórica determinada del desarrollo de la sociedad, que  la necesidad de  la  objetivación de  las  fuerzas  de  trabajo  sociales se  les aparece como  algo  inseparable de  la  necesidad de  la  alie-

nación de esas  fuerzas  respecto del trabajo  viviente.22

 

Describirá, además, la  alienación del  valor  de  uso  en  valor  de cambio  (como  en  El Capital), la  moneda como  «poder  autóno- mo frente a los productores», la cosificación de las relaciones humanas y la personalización de las cosas,  la desaparición de la economía monetaria como condición fundamental para la Au- fhebung de  la alienación (esta  es una  de  las razones, dicho  sea de  paso,  de  la  persistencia de  la  alienación en  las  actuales so- ciedades de  transición hacia  el  socialismo; ¿no  es  una  contra- dicción suprimir   la  propiedad privada de  los  medios de  pro- ducción y  al  mismo  tiempo   mantener una  economía moneta-

 

 

Mandel basa sus afirmaciones en textos de Grundrisse. En uno de esos textos Marx califica de «ridícula» la pretensión (corriente en cier- tos utopistas) de volver a la presunta «plenitud original» de la sociedad primitiva, en la que la alienación religiosa era omnipresente.

22  K. Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Okonomie, Marx- Engels-Lenin Institut, Moscú, 1939, p. 716.

 

ria?);  igualmente, en  los  Grundrisse se hace  hincapié en  la his- toricidad del  concepto de  alienación (lo  que  lo separa de  una vez  por  todas  de  la  famosa  «esencia  humana»), y  en  la  oposi- ción  Capital-Trabajo, que  había  sido  parcialmente desarrollada en  los  Manuscritos  del  44;  también en  la  alienación religiosa como  perfecta analogía de  la alienación del  producto del  traba- jo, en la alienación ideológica en general, como  expresión de la alienación material, en la contradicción Apropiación-Alienación, y en otros temas.

En Contribución a la crítica de la economía política (1859)  está también presente el  concepto de  alienación, ¿y  cómo  no  había de estarlo, si el libro  es esencialmente un análisis de la mercan- cía?  Es necesario insistir  en  el  hecho  siguiente, del  que  pocos autores se han  percatado: no es necesario hallar  en un texto  los vocablos Entfremdung o Entaüsserung  u otros  semejantes para que ese texto hable  de alienación; éste es un concepto socio- económico, de  consecuencias éticas,  que  está  presente siempre que  Marx  hace  el  análisis de  la producción mercantil, en  parti- cular  allí  donde habla  de la plusvalía. Por lo demás, en la Con- tribución... sí están  presentes los vocablos hegelianos ya  cono- cidos,  como tendremos oportunidad de mostrarlo. Pero están presentes de  una  manera peculiar, asociada y  disociada a  un tiempo  de  las  formas  que  exhibe en  otros  contextos. Asociada, porque se vincula, como siempre, al análisis de la mercancía; disociada, porque la entonación teórica  es casi  puramente eco- nómica.

Trata allí Marx, en primer  término, acerca del  tema que,  aunque hecho  célebre por El Capital, era  viejo  en él:  el fetichismo mer- cantil.  «Lo que,  en fin, caracteriza al trabajo  creador de valor  de cambio  es que  las relaciones sociales entre  las personas se pre- sentan, por  así  decirlo, como  una  relación social  entre  las  co- sas».23   Se enfrenta, además, a la forma pura  y escuetamente económica de  la  alienación, la  forma  que  pudiéramos denomi-

 

 

 

23 K. Marx, Oeuvres, ed. cit., vol. I, pp. 284-285. Rubel anota significati- vamente : «C’est lá, dite d’un ton glacial, la protestation indignée con- tre le “travail aliene”» (ibíd., p. 1605).

 

nar  «teórica»,  cuando analiza el  dinamismo polar  del  valor  de uso y el valor de cambio:

 

El proceso de  transformación de  las  mercancías en  valores de  uso  supone la  alienación universal  (allseitige Entaus- serung), de éstos,  su entrada en el proceso de cambio; pero su existencia para  el  cambio  es  su existencia como  valores de  cambio. Para  realizarse como  valores de  uso,  ellas  de-

ben,  pues,  realizarse como  valores de cambio.24

 

Análisis  que  culmina en  la forma  dinero, la forma  equivalencial general,  diríase  la  merx mercium  o  mercancía  suprema  que representa a todas  las demás. Al alienarse como  valor  de  uso  y entrar  en  el  proceso de  cambio, llega  la  mercancía a  tomar  la forma  del  equivalente general y a convertirse en  valor  de  cam- bio para  todas  las otras mercancías.

Esta alienación primaria, que  pertenece al  dominio puramente teórico  del  análisis de la mercancía —suerte  de análisis que  hoy llamaríamos «sincrónico»—  se  completa, en  El Capital,  con  el análisis de  la  plusvalía. Pues  hay,  dentro  del  mercado de  mer- cancías, una muy particular: la fuerza  de trabajo,  mercancía perteneciente al obrero  libre,  y que  él vende en  el mercado de trabajo.   Al  hacerlo, dice  Marx,  «realiza  su  valor  de  cambio   y aliena su valor  de  uso» (realisiert ihren Tauschwert und veraus-

sert ihren Gebrauchswert).25   El valor  de  uso  de  la  fuerza   de

trabajo  es consumido en el proceso de trabajo,  pero con una peculiaridad muy  importante, que  diferencia a la fuerza  de  tra- bajo  de  otras  mercancías: no  sólo  se  ha  convertido ella  misma en mercancía al realizarse como  valor de cambio, al venderse al dueño del  capital, sino  que  además, al  consumirse como  valor de  uso  en  el  proceso de  trabajo,   produce otras mercancías y produce plusvalía, con lo cual  el proceso de alienación hace  su recorrido  completo:  las  mercancías  que   la  fuerza   de  trabajo produce, y la plusvalía, se le enfrentarán luego al obrero  como

 

24 Ibíd., pp. 294-295.

25  K. Marx, Das Kapital, en Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín,

1959-1962, tomo XXIII, p. 208.

 

fuerzas  poderosas, extrañas o ajenas a él,  dominándolo y con- virtiéndolo en su servidor. A medida que  se desarrolla el capita- lismo  industrialmente, este  proceso de  alienación se  intensifica cada  vez  más,  y  adquiere —como  en  el  siglo  XX— su  expre- sión   ideológica,  su  alienación  ideológica,  su  producción  de plusvalía ideológica. Pero  esta  intensificación de  la  alienación (que  no es suavizada en modo  alguno, sino más bien  disfrazada por las «reivindicaciones» o «reformas» actuales a favor del  obre- ro) es al mismo  tiempo, según Marx,  el camino  para  su supera- ción. Al aumentar la alienación, el desarrollo de las fuerzas productivas crea  asimismo las  condiciones para  su  superación. La prueba máxima de  que  para  Marx la alienación era  de  cate- goría histórica, y no filosófica  ni antropológica, es precisamente su  insistencia en  que  se  trata  de  un  fenómeno que  puede su- perarse históricamente, superando las condiciones objetivas que la  hacen  posible  —transformación o  transustanciación  de   la propiedad privada y la división del  trabajo,  extinción de la eco- nomía  monetaria, etcétera.

Es notable en  El Capital,  también, el desarrollo de  eso  que  lla- ma Marx «la forma más fetichizada del  capital»,  a saber  el capital a  interés, el  dinero  que  produce dinero, allí  donde el  proceso no  puede ya  simbolizarse como  D-M-D’ (el  dinero  que  produ- cen  mercancías, y éstas  que  a su  vez  producen nuevo  dinero), sino  simplemente como  D-D’, o sea,  dinero  que  produce dine- ro, capital que se autovaloriza. A primera vista, parecería estar ausente de  ese  proceso la  alienación humana, pues  se  trata  de una  cosa que  «produce»  ella  misma  otra cosa, sin  que  aparezca un productor. Pero,  en realidad, es la forma  más  profundamen- te  alienada de  todas,   allí  donde  el  capital  producido  por  la plusvalía (que  a su vez fue producida por el trabajador) se con- vierte  en  una  entidad  totalmente autónoma, en  un  poder   sin cesar  creciente sobre  el mercado y, por tanto,  sobre  los produc- tores.

El mismo  punto  encuentra un  magnífico desarrollo en  Teorías sobre la plusvalía, ese  ingente  manuscrito de  los  años  1861-

1863,  destinado, según es  opinión aceptada, a  formar  el  Libro

IV de  El Capital. Siendo  este  Libro IV uno  de  los  lugares más ricos  de  la obra  marxista en lo que  se refiere  al problema de  la

 

alienación, y estando publicado en  su mayor  parte  desde 1905-

1910 (edición de  Karl Kautsky), sorprende que  apenas ninguno entre  los  muchísimos comentaristas del  problema de  la  aliena- ción  (única excepción que  conocemos: M. Rubel)  se  haya  mo- lestado en  consultar  este  texto.   Aparecen,  aquí,   resumidas y profundizadas, todas  las  grandes formas  de  la  alienación que, como  hemos   visto  ya  a  vuelo   de  pájaro, aparecen  a  todo  lo largo  de la obra  de Marx. Así, por ejemplo, en el caso  de análi- sis del capital a interés  y de la usura.

El fetichismo más  absoluto (vollstandiste Fetisch) nos  lo re- vela  el capital usurario o productor de  intereses. Es el pun- to de  partida primitivo  del  capital, el  dinero, y  la  fórmula D-M-D’, reducida a sus dos extremos: D-D’. Es la fórmula primaria y genérica del capital condensada en una síntesis ininteligible (...).26

Así,  en  la  forma  del  capital a  interés, la  plusvalía se  presenta como  una  emanación misteriosa del  dinero: ¡100 libras,  al inte- rés del  5 por ciento,  producen 105 libras!  ¿Dónde está  el proce- so de  trabajo? ¿Es ésta  acaso  una  forma  fetichizada de  la supre- ma  mercancía: el  dinero, en  la  que  ha  desaparecido la  aliena- ción  del  trabajo?  En modo  alguno: se  trata  de  una  concentra- ción  de  trabajo  muerto,  trabajo  «objetivado»  que  sigue  pesando como  una  fuerza  extraña sobre  el  trabajo  vivo.  Aparece así  el tema  eviterno en  Marx:  el  antagonismo de  capital y trabajo.  En el capital a interés  pareciera haberse borrado tal antagonismo; y así  lo  «ven»  los  economistas vulgares;  sin  embargo,  más  que nunca, se trata de un fetiche,  de una  forma en la que  «el capital alcanza su  forma  más  cósica, su  forma  pura  de  fetiche   (seine dinglichste Form, seine reine Fetischform), y en la que  la natura-

leza  de  la  plusvalía queda ocultada».27   Es decir,  la  relación so-

cial,   las  relaciones  de  producción  que   han  hecho   posible el capital, parecieran esfumarse en  el capital a interés  o valor  que se valoriza a sí mismo.  Pero,  a pesar  de semejante mistificación,

 

26 K. Marx, Theorien über den Mehrwert (3 vols.), en Marx-Engels Werke, vols. 26.I, 28.II y 26.III. Dietz, Verlag, Ber-lín, 1965-1968; cf. vol. III, p. 447.

27 Ibídem, vol. III, p. 489.

 

existe  allí  más que  nunca  la forma de la alienación, la Form der Entfremdung, comprendida a medias por los economistas clási- cos (Smith, Ricardo)  y absolutamente incomprendida por los economistas vulgares, «que  nadan en  la alienación como  en  su elemento natural»,  según apostrofa Marx.

Veremos  que  surge  también en  esta  obra,  en  estrecha relación con el tema  de la alienación, un tema  que  había  parecido en el Libro III de El Capital, a saber,  el de la «fórmula trinitaria».

Los economistas clásicos y,  por  tanto,  críticos,   consideran como  un obstáculo la forma  de  la alienación (die Form der Entfremdung)  y  procuran descartarla  mediante el  análisis; los economistas vulgares, por el contrario, nadan en la alienación como  en su elemento natural. Para ellos,  la trini- dad  de  la  tierra-renta, el  capital-interés y  el  trabajo-salario es  lo  que  para  los  escolásticos la  trinidad   de  Dios  Padre, Dios Hijo y Espíritu Santo. (...) Este modo de proceder es utilísimo para la apologética. Bajo la forma de tierra-renta, capital-interés y trabajo-salario, las diversas formas de la plusvalía y  de  la  producción capitalista  no  aparecen alie- nadas (entfremdet)  como  lo  son  realmente, sino  como  si fueran  extrañas e indiferentes entre sí, como formas sim- plemente distintas, pero  no antagónicas. Es como  si las  di-

versas  rentas  naciesen de fuentes  muy  distintas.28

¡Cuando,  en  realidad, no  hay   plusvalía  —ni  ninguna  de  sus formas:  ganancia, renta.—  que  no tenga  su fuente  en  el trabajo humano! Parecido reproche hará Marx en esta obra al sistema fisiocrático, que aunque «intenta explicar la plusvalía por la apropiación del  trabajo  ajeno»,  sin  embargo la considera «como un  simple   don  de  la  naturaleza», con  lo  que   escamotea  una buena parte  de  «la  alienación (Entfremdung)  de  la  fuerza   de

trabajo  respecto de las condiciones objetivas del mismo».29

Figuran   además,  en  esta   obra,   temas   tales   como   la  peculiar alienación del  trabajador agrícola  frente  al  terrateniente- capitalista y el  antagonismo irreconciliable entre  el  capital y  el

 

28 Ibídem, vol. III, p. 493.

29 Ibídem, vol. I, pp. 21-22.

 

trabajo  —el capitalista: personificación del  capital; el trabajador: personificación del  trabajo—;  la  alienación de  la  ciencia, con- vertida  en  fuerza  productiva, en  capital, e igualmente antagóni- ca  frente  al  trabajo;  la  alienación del  producto; la plusvalía co- mo  medida objetiva   de  la  alienación; la  alienación ideológica en  general y la de  la producción intelectual artística  en  particu- lar,  cuando  el  producto  artístico,   material o  inmaterial,  entra como  mercancía al mercado; superación de  la alienación, etcé- tera.

 

 

V

 

 

LA IDEOLOGÍA O LA COMEDIA DE LAS EQUIVOCACIONES

 

 

 

 

ARACTERIZA también a los manuales de marxismo cierta pereza intelectual para  tratar  uno  de  los  problemas cen- trales  de la teoría  social  de Marx: la ideología. He tratado

este problema largamente en otros libros,  a los cuales tendré forzosamente que  remitir  al lector,  a riesgo  de  parecer pedante. Desde  que  escribí   mis  libros  La  plusvalía ideológica, El estilo literario de Marx  y Teoría y práctica de la ideología, mi pensa- miento  sobre  el concepto de ideología no ha variado mucho.  Al calor  de  una  infinidad de  discusiones, charlas y  conferencias, he  tenido   que   apretar   algunos  tornillos   flojos,  tales   como  el referente a la  posibilidad (teórica y práctica) de  una  «ideología del  proletariado»  que  implicase una  noción  positiva de  la ideo- logía, y no esa noción  negadora, suspicaz y peyorativa que, siguiendo a Marx, he manejado siempre. ¿Es la ideología un fenómeno específico de las zonas  no conscientes del  psiquismo humano,  ligado  a  fuerzas   irracionales  y  sometido  al  control social  como  un muñeco, o bien  hay  la posibilidad de una  ideo- logía  consciente, revolucionaria, destinada a  luchar   contra  los valores  establecidos  por  la  clase   dominante?  Tengo   muchas dudas   acerca de  la  posibilidad de  una  «ideología  revoluciona- ria», aunque Lenin haya  hablado mil veces  de su necesidad.  Las dudas  provienen de  un  afán  de  rigurosidad. Si se usa  rigurosa- mente  el vocablo «ideología», se denotará siempre un campo  de acción  mental  encargado de preservar los valores de la clase opresora; y es un  campo  que  actúa  en  la mente  de  los oprimi- dos  como  fuente  irracional de  lealtad hacia  el sistema  de  opre- sión.  ¿Cómo  denominar entonces (me  lo  han  preguntado mu- chas  veces) el  campo  de  acción  mental  de  aquellos oprimidos que  luchan conscientemente por  liberarse de  la opresión?  Creo

 

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que  el mejor  nombre  fue el que  le dio Marx: conciencia de cla- se. Dentro de su manera dialéctica de observar la historia, había dos  opuestos antagónicos que  él subrayó firmemente y que  los manualistas han  postergado: «ideología»  y «conciencia de  clase». La ideología capitalista ha  penetrado tan  profundo en  nuestros psiquismos, que  hemos  terminado por  declarar necesaria la existencia de la ideología, y hemos  llegado a pensar que  a la ideología hay  que  combatirla con  ideología, que  es  lo  mismo que  combatir  al pecado con  la vergüenza. En este  sentido, dice muy  bien  el manual de Marta Harnecker que  la ideología

se ejerce  sobre  la conciencia de  los explotados para  hacer- les  aceptar como  natural   su  condición  de  explotados; se ejerce  sobre  los  miembros de  la clase  dominante para  per- mitirles  ejercer   como  natural  su  explotación y  su  domina- ción.1

Pero  en  otros  puntos  diferiré  de  la  teoría  de  la  ideología que Marta Harnecker expone, y tendré  oportunidad de demostrarlo. La teoría  que  ella  hábilmente maneja no  es  otra  que  la  de  Al- thusser, como  la autora  misma  confiesa. Tiene  las  mismas  con- tradicciones que  la  teoría  althusseriana,2  que  dice  algunas ver- dades, pero  desfigura otras.

Pero,  antes  de  comentar los pensamientos manualescos, será conveniente partir de una definición de la ideología.

Hay  dos  maneras de  enfrentarse a  este  problema: definirla en los  términos  que  la concibió Marx,  o redefinirla con  estos  mis- mos términos, pero añadiéndole datos posteriores a la investi- gación de  Marx.  Intenté  ambas  definiciones en  un  libro,  y  las

 

 

1 Martha Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Siglo

XXI, 25a ed., México, 1974, p. 99.

2 Althusser se ha expresado en diversos textos sobre este problema. En Lire le Capital (Maspero, París, 1965) hay importantes pasajes. Pero es sobre todo en La revolución teórica de Marx (Siglo XXI, México, 1976), en Polémica sobre marxismo y humanismo (Siglo XXI, México, 1968) y en Ideología y aparatos de Estado (Tupac Amarú, Bogotá, 1974), donde el filósofo francés realiza más cumplidamente su peculiar transfigura- ción de la teoría marxista de la ideología.

 

copiaré  aquí   literalmente.  En  realidad, más  que   definiciones, son  caracterizaciones de  un  problema. La primera caracteriza- ción dice  así:

En toda la historia  humana, las relaciones sociales más elementales y básicas, que  son aquellas que  los hombres contraen en  la  producción de  sus  medios de  vida  y  de  su vida  misma,  engendran en  las  mentes  de  los  hombres una reproducción o  expresión  ideal, inmaterial, de  aquellas re- laciones sociales materiales. En la historia  conocida, que  no por  azar  Marx  llamaba prehistoria,  desde el  momento en que  hacen  su aparición la división del trabajo  (cuya primera manifestación  es  la  división en  trabajo   físico  y  espiritual, con  lo  que  surge  «la primera forma  de  los  ideólogos» «los

sacerdotes»),3   la  propiedad  privada  y,  posteriormente, la

producción mercantil, aquellas relaciones materiales ad- quieren el  carácter de  un  antagonismo social  entre  posee- dores  y desposeídos, entre  propietarios y expropiados: son los factores  histórico-genéticos de la alienación. Este anta- gonismo encuentra también su expresión ideal  en las  men- tes  de  los  hombres: la  alienación material adquiere su  ex- presión y su refuerzo justificador en  la alienación ideológi- ca.  Así como  en el plano  de las relaciones materiales el an- tagonismo cristaliza en la formación de una capa  social dominante —propietaria de los medios de producción y administradora de  la  riqueza social  según sus  intereses—, del  mismo  modo  y como  expresión ideal  de aquel dominio se constituye una  ideología dominante.

«Las ideas  dominantes  —escribe Marx—  no  son  otra  cosa que  la  expresión ideal  (ideelle Ausdruck)  de  las  relaciones materiales dominantes, las mismas  relaciones materiales dominantes concebidas como  ideas; por  tanto,  las  relacio- nes  que  hacen  de  una  determinada clase  la clase  dominan- te son  también las  que  confieren el  papel dominante a sus

 

 

 

 

3  Karl Marx, Die deutsche Ideologie, en Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín, 1962, vol. III, p. 31.

 

ideas».4  Se trata así  de  una  formación social  específica cuya función,  históricamente  considerada,  ha   consistido  hasta ahora  en  justificar y preservar el  orden  material de  las  dis- tintas  formaciones económico-sociales. Éstas segregan, por ejemplo, su propia ideología jurídica, para  justificar  ideal- mente,   mediante un  lenguaje  casuístico, fenómenos como la  propiedad  privada,  o  los  derechos  provenientes  de  la

«nobleza  de  sangre».  La propiedad privada, que  constituye

en    misma  una  alienación, es  ideológicamente declarada

«inalienable». La oposición de  la  ciencia a la ideología pro- viene, así,  de  que  si la ideología tiene  un papel encubridor y  justificador  de   intereses  materiales  basados  en   la  de- sigualdad social,   el  papel de  la  ciencia —y  así  entendió Marx  la  suya—  debe  consistir  en  lo  contrario; esto  es,  en analizar y  poner  al  descubierto la  verdadera  estructura de las relaciones sociales, el carácter histórico  y no «natural» de aquella desigualdad social.

La estructura de  la sociedad es  comparable a los cimientos que  soportan a un edificio, y la ideología de la sociedad es comparable, a  su  vez,  al  edificio mismo,  o mejor  dicho,  a su fachada. El ideólogo, deslumbrado por la fachada social, se  olvida  de  que  son  los  cimientos los  que  soportan todo ese  edificio jurídico, religioso y político, todo ese  Estado; es más,  declara inexistentes a los cimientos, o en todo caso, invierte las  relaciones y  dice  que  es  el  edificio el  que  so- porta  a los cimientos y no los cimientos al edificio; es decir, según el  ideólogo, la  ideología de  una  sociedad —su  fa- chada jurídico-política— es la que  determina el carácter de la estructura socioeconómica, y no al revés.  En suma,  pien- sa que  es la conciencia social  la que  determina al ser social, y juzga  a los pueblos por  lo que  éstos  dicen  de  sí mismos, que  es  más  o  menos  lo  mismo  que  juzgar  a  un  producto comercial por  la propaganda que  de  él se hace.  Marx criti- caba  a la  economía clásica —pese  a los  méritos  científicos

 

4 Ibídem, p. 46. Véase la versión castellana de W. Roces en La ideología alemana, Pueblos Unidos, Montevideo, 1968, pp. 50-51.

 

que  le reconocía— el que  careciese de una  teoría  de  la ex- plotación y fuese,  por tanto, una ciencia ideológicamente fundada, encubridora indirecta de la explotación social. El arma  principal del  proletariado no  es  hacerse una  «ideolo- gía» revolucionaria por el estilo  de los socialismos utópicos; por  el  contrario, su  arma  fundamental es  adquirir concien- cia de  clase, una  conciencia que  sustituya a esa  falsa con-

ciencia que  es  la  ideología.5  De ahí  que  deba  nutrirse  de

 

 

5 Dado que se trata de una exposición de la ideología tal como fue for- mulada por Marx y Engels, no puedo entrar en el concepto de falsa conciencia utilizando armas teóricas que sólo la psicología posterior a Engels y Marx pudo fraguar. En mi libro La plusvalía ideológica (Cap.V) traté de explicar ese fenómeno acudiendo a la teoría freudiana del in- consciente y del preconsciente.

No obstante, es preciso dejar constancia de que Engels (por coinci- dencia, en los mismos años que Freud descubría su teoría) dejó algu- nas indicaciones reveladoras que son como el puente entre la teoría marxista y la freudiana. Así, por ejemplo, en su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, al hablarnos del viejo materialismo feuerba- chiano, aún no desprendido de adherencias ideológicas, en lo tocante al campo de los estudios históricos «se hace traición a sí mismo, pues- to que acepta como últimas causas los móviles ideales que allí actúan, en vez de indagar detrás de ellos cuáles son los móviles de esos móvi- les. La inconsciencia no estriba precisamente en admitir móviles ideales, sino en no remontarse, partiendo de ellos, hasta sus causas determi- nantes» (L. Feuerbach y elfin..., V).

Y en un texto más conocido —pero muy mal interpretado—, la carta a Mehring del 14 de julio de 1893, nos dice: «La ideología es un pro- ceso que se opera en el llamado pensador conscientemente, en efecto, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas propulsoras (los móviles de la cita anterior, L.S.) que lo mueven permanecen ignoradas para él, de otro modo no sería tal proceso ideológico».

En el plano individual, nos dirá Freud, lo reprimido se caracteriza por ser un móvil inconsciente, algo que ignoramos y que atribuimos errada- mente a otros factores. Del mismo modo (aunque no haya que verse en ello un paralelismo estricto, ni «psicología social») en el plano social, la estructura económica de la sociedad es el móvil real de cuanto ocurre en las relaciones sociales, y el ideólogo se caracteriza por ignorar (a ve-

 

ciencia revolucionaria y no de  catecismos ideológico. Marx oponía «conciencia de  clase»  a  «ideología». La ideología no ve más  allá  de los fenómenos (los  viejos  phainomena de la filosofía  griega, blanco  de  los dardos  platónicos) o aparien- cias  sociales; no ve,  por  ejemplo, por  detrás  de  las  «ganan- cias»  capitalistas la  estructura oculta   de  la  plusvalía; con- funde  el valor  de las mercancías, que  es determinado por la cantidad de  trabajo  socialmente necesaria para  producirlas, con su precio, que  es algo  determinado por el mercado.

Finalmente,  la  ideología  es  un  fenómeno  histórico  y  en modo  alguno perteneciente a la «naturaleza»  o «esencia»  del hombre; lo mismo  que  la alienación —de la cual  ella  forma parte—,  es un fenómeno históricamente superable. En la fa- se  superior de  la  sociedad  comunista, dice  la  Crítica  del Programa de Ghota,  cuando sea  verdad aquello: «De cada cual   según  sus  capacidades;  a  cada   cual   según  sus  ne- cesidades», habrá  desaparecido, en  principio (aunque qui- zás no de un modo  absoluto) la necesidad de una ideología jurídica para justificar una situación social  degradante. Igualmente,  desaparecerá el  conflicto  entre  la  ideología de la sociedad, que  proclama la bondad de esa  situación social

 

ces interesadamente) ese móvil real y sustituirlo por móviles ideales. Si jugamos un poco con los términos, podríamos decir que la «repre- sión social» representada por la ideología consiste en confundir los móviles reales (estructura socioeconómica) con móviles aparentes («Estado», «cultura», «poderes», etc.). Así, el ideólogo de la Revolu- ción Francesa nos dirá que el triunfo de aquel gigantesco movimiento se debió a las ideas de los enciclopedistas, o a los «principios» de li- bertad, igualdad y fraternidad. El antiideólogo, en cambio (esto es, el científico en el sentido de Marx, o en todo caso el hombre con con- ciencia de clase) dirá que todas esas bellas ideas y supremos principios fueron movidos y determinados por una conmoción socioeconómica: la liquidación burguesa del orden feudal. Aquellas ideas y principios no eran más que la expresión del cambio social, pero no su móvil real. Los móviles reales habían sido cosas como el auge de la manufactura y la implícita división del trabajo, la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía, la invención de las máquinas de coser y de hilar, el na- ciente maquinismo, etcétera.

 

degradante, y la sociedad misma.  Con la desaparición de  la explotación vendrá  la desaparición de la ideología de la explotación. Al desaparecer ésta,  desaparecerá la ideología.

Tal  era  la  caracterización  de  la  ideología  en los términos de Marx, como  la  entendí hace  algunos años.  Nada  esencial ten- dría  que  añadir  ahora.  Tal vez  habría  que  hacer  énfasis  en  que al  hablar  de  esa  futura  «desaparición  de  la  ideología» concomi- tante  a la desaparición de  la sociedad clasista, no estoy  formu- lando  una  utopía, al  menos  en  el  sentido   que  se  daba  a  esta palabra en  el siglo  pasado y a comienzos del  nuestro  (según el sentido  actual  del  pensamiento utópico —Marcuse, Mannheim, Kolakowsky—, que  es un sentido  positivo, la teoría  de  Marx es utópica).  No  creo   que   pueda  haber   jamás   una   desaparición absoluta de  las desigualdades sociales, y por tanto  no creo  que pueda haber  jamás  una  desaparición absoluta de  la  ideología. Pero sí creo en la posibilidad de un cambio cualitativo de la so- ciedad, pues la historia nos enseña que eso es posible. Proba- blemente, los  hombres de  la  sociedad esclavista creían  que  su ordenamiento social  era eterno. También  hoy  los idólatras de la propiedad privada creen  que  su régimen fue dictado por alguna divinidad que  les  confirió  la  condición de  inmortales. De igual modo,  estamos tan  acostumbrados a la  existencia de  la  ideolo- gía  de  la explotación, que  tendemos a eternizar tanto  la explo- tación  como  la ideología que  la expresa y justifica.  Puede  haber un cambio  histórico  de grandes proporciones. No un cambio absoluto, puesto  que  la  sociedad humana no  conoce términos absolutos. Si conociese términos  absolutos, no habría  todavía ni esclavos ni siervos. Pero no son  la esclavitud ni la servidumbre las  relaciones sociales dominantes; nuestro   modo  de  produc- ción  es  otro,  basado en  el  trabajo  asalariado. ¿Por  qué,  enton- ces,  no concebir un  nuevo  tipo  de  sociedad —aún  inexistente, porque el  mercado sigue  dominando el  mundo—  en  el  que  la relación dominante no implique explotación de unos  por otros, y  que  por  tanto,  no  implique una  ideología  dominante? Deje- mos  esta  pregunta para  los astrólogos, o tal vez  para  los astros mismos.  Marx no era  un profeta,  como  lo afirma  sarcásticamen- te el  rabioso  Popper; Marx  era  un  científico que  manejaba una teoría  probabilística, y mediante sabias  inducciones y deduccio-

 

nes  emitía  pronósticos. No hay  que  confundir el  pronóstico o predicción  científica  con  la  profecía,  que   es  eminentemente poética.

Decía  antes  que  era  preciso caracterizar la  ideología en  térmi- nos  distintos  —pero  complementarios— de  aquellos que  Marx empleó. Transcribiré a continuación este  segundo modo  de  ver la ideología, tal como  lo pensé hace  algunos años.  Note el lec- tor cómo  la sombra  de  Marx  aparece por  todas  partes, y cómo resulta  imposible modernizar la teoría  de  la ideología sin  partir de Marx.

Dando por supuesta la anterior  caracterización, una teoría contemporánea de  la  ideología debe  incluir  por  lo  menos los siguientes rasgos  definitorios. La ideología es un sistema de valores, creencias y representaciones que  autogeneran necesariamente las  sociedades en cuya estructura haya re- laciones de explotación (es  decir,  todas  las que  se han dado en  la  historia) a  fin  de  justificar  idealmente su  propia es- tructura  material de explotación, consagrándola en la mente de  los hombres como  un orden  «natural» e inevitable, o, fi- losóficamente hablando, como  una  «nota esencial» o quidit- tas del  ser humano. Tiene  su lugar individual de actuación en las zonas  no conscientes del  psiquismo, entendidas des- de el punto  de vista de la dinámica psíquica: algunas repre- sentaciones figuran   en  calidad de  «represiones» profundas en  la inconsciencia, tal como  figuran  en  el hombre  de  hoy muchas representaciones inducidas en  su  mente,  desde la infancia, por la televisión comercial; otras, se alojan  en la preconsciencia (en sentido  freudiano), zona psíquica com- puesta de  restos  verbales y numéricos «olvidados»  pero  que pueden ascender a la  conciencia cada  vez  que  ésta  los  re- quiera, como  es  el  caso  de  la ideología religiosa que  habi- tualmente se  tiene  como  algo  «olvidado»  en  la  mente,  pero que  en horas  difíciles o, simplemente, cuando alguna ad- vertencia  más   o  menos   refleja   (la   misa   dominical,  por ejemplo, o las  charlas religiosas por  la radio)  lo determina, reaparece en la conciencia como imperativo moral,  como tranquilizador de la conciencia. Es, pues,  una  falsa  concien- cia,  apostada en  la mente  para  recordar cosas  como  que  la

 

miseria social  es un «mal necesario», porque Dios no dispo- ne mal las cosas  y porque, en fin de cuentas, la pobreza es santa  y es  más  difícil  hacer  entrar  a un  rico  en  el  reino  de los cielos  que  a un  cable  por  el ojo de  una  aguja. El lugar social de  actuación  de  la  ideología,  que   en  tiempos  de Marx  lo formaban las  instituciones sociales (como  el  Parla- mento),  la  cultura   libresca,  los  templos,  hoy   lo  forman, además y primordialmente, los llamados mass-media o me- dios de comunicación de masas, los cuales inducen subli- minalmente la ideología en los individuos y, sobre  todo, comercialmente, realizan una explotación a fondo del psi- quismo  humano, una  explotación específicamente ideológi- ca  que  consiste en  poner  al  psiquismo al  servicio incons- ciente  del  sistema  social  de  vida.  La explotación de  plusva- lía  material  se  justifica   así  y  se  refuerza  constantemente mediante una  explotación de plusvalía ideológica, concepto que  es necesario manejar en una  teoría  de la ideología con- temporánea, entre  otras  razones, porque el  sistema  capita- lista  lo utiliza  en  la práctica, pragmáticamente, a semejanza de aquellos capitalistas prácticos, que  según decía  Marx, aplicaban la teoría  del  valor,  sin conocerla en absoluto, con mucha  mayor  precisión que  todos  los  economistas juntos. Las diversas implicaciones de  este  concepto, que  introduje en  mi libro  La plusvalía ideológica, están  explicadas en  és- te. Hoy en día  los «analistas  motivacionales» o psicólogos al servicio de  empresas comerciales del  sistema, que  explotan

—como  lo demostró hasta  la saciedad Vance  Packard— los

resortes  irracionales de la conciencia psíquica para vender productos, son unos  grandes y prácticos aplicadores del concepto de plusvalía ideológica, aunque no tengan ni la menor  idea  de la teoría  marxista de la ideología.

Para finalizar esta caracterización esquemática, es preciso advertir  que  la mayor  parte  de  las  confusiones que  ha  sus- citado  el  vocablo ideología vienen de  que  parece aludir  a una  «ciencia  de  las  ideas»  (esto  quiso  ser  para  el  inventor del  vocablo, Destutt  de  Tracy,  pero  con  tan  mala  fortuna que,  bajo  el impacto de  los denuestos napoleónicos, el vo- cablo   se  convirtió   en  sinónimo  de  idealismo  ahistórico);

 

«ideas» de la ideología no son tales  ideas. No son ideas, son creencias; no  son  juicios,   son  prejuicios; no  son  resultado de  un  esfuerzo teórico  individual, sino  la  acumulación so- cial  de  las  idées reguest o lugares comunes; no  son  teorías creadas por  individuos de  cualquier clase  social, sino  valo- res y creencias difundidos por la clase  económicamente dominante. Como  lo decía  Helvetius: «Los prejuicios de  los grandes son  las  leyes de  los  pequeños».  No son,  en  suma, ideas, y con  razón,  desde Mannheim para  acá,  varios  auto- res han  comparado las  «ideas» de  la ideología con  los  idola de  Bacon.   La  crítica   de  Bacon,   hecha   en  nombre   de  la ciencia empírica, iba  dirigida contra  la  ideología o idololo- gía medieval. De igual  modo,  la crítica  de Marx fue dirigida contra  los  fetiches ideológicos burgueses;  y  hoy  la  teoría crítica de la sociedad —cuyos  representantes son quizás los mejores   continuadores de  la  teoría  marxista de  la  ideolo- gía—   es  una   teoría cuya   crítica   va  dirigida  frontalmente contra  los valores, creencias, ídolos,  fetiches  ideológicos de la  sociedad industrial más  avanzada. Su rasgo  fundamental sigue  siendo la economía mercantil y monetaria, pero  ha desarrollado con creces  su propia formación ideológica, sus medios especiales  de  difusión y  esclavización psíquica,  y cuya  presencia ideológica he bautizado en otra ocasión, pa- rodiando una  frase  de  Hobbes:  Homo homini mercator,  el hombre   es  un  mercader para  el  hombre   —es  decir,   algo mucho  peor  que  un  lobo—.  Por todas  estas  razones es ab- surdo  hablar  de ideología revolucionaria, puesto  que  una revolución no puede genuinamente ser  impulsada por  pre-

juicios,  fetiches  o catecismos, sino contra ellos.6

La transcripción de  las dos  caracterizaciones anteriores me aho- rra tener  que  repetir  ideas  con las que  sigo  estando de acuerdo. En  ellas   está,   de  un  modo   muy   apretado,  lo  que   considero esencial a la teoría  marxista de la ideología, y también —que  es

 

 

6 Cfr. Ludovico Silva, Teoría y práctica de la ideología, Nuestro Tiempo, México, 1971, pp. 15-22. Para la crítica detallada del «reflejo» y la «su- perestructura», ver los parágrafos siguientes (Hay 2a ed., 1974).

 

ciones  manualescas de que ha sido objeto esa teoría.  Iguales transcripciones  tendría   que   hacer   de  otros  pasajes  de  aquel libro  mío,  referentes a las  críticas  de  las  manualescas nociones de  «reflejo»  y «superestructura», términos  que,  como  habrá  nota- do  el  lector,  están  ausentes en  las  anteriores caracterizaciones; pero  no quiero abusar  del  lector  con tan extensas autocitas. Por tanto,  me  limitaré   a  sintetizar esas  críticas   del  modo  más  es- quemático posible.

En cuanto  a la deformación que  considera a la ideología como un simple  «reflejo» de las relaciones materiales básicas, es carac- terístico  de la inmensa mayoría de los manuales decir  que  cosas como  la «teoría del  conocimiento»,  el  arte,  la filosofía,  la moral, etcétera (este  «etcétera» es clásico, desde los tiempos del  mismo Engels, y marca  una imperdonable ambigüedad e inseguridad teórica), son  el  reflejo  de  la  «realidad»  (¡cómo   si  la  ideología fuese  irreal!). Dice así  el Manual  de  Kuusinen,  por ejemplo: «La teoría   marxista del  conocimiento  es  la  teoría del reflejo. Esto significa que  considera el  conocimiento como  el  reflejo  de  la

realidad objetiva   en  el  cerebro del  hombre».7  Por  su  parte,  el

Manual  de Rosental  afirma:

Así  como  las  leyes de  la  realidad  existen independiente- mente  de  la conciencia y de  la voluntad de  la gente, las de la  cognición, las  leyes lógicas, existen en  la  conciencia co- mo reflejo de  las  del  mundo  objetivo. Las primeras, son  le- yes  del  mundo  material; las  segundas, son  leyes del  reflejo

de lo material.8

Este pensamiento manualesco está  tan  difundido y solidificado que ha llegado a aceptarse por parte de autores tan poco ma- nualescos como  Lukács,  cuya  Estética  está  basada en  la «teoría» del reflejo.  «En la base  de este  libro  —escribe el gran  marxista— se  encuentra la  idea   general de  que  el  reflejo  científico y  el

 

 

 

7 Kuusinen, Manual de marxismo-leninismo, Grijalbo, México, 1960, p. 99.

8 M.M.Rosental, Principios de lógica dialéctica, ed. Pueblos Unidos, Monte- video, 1965, p. 123.

 

reflejo  estético  reflejan  la  misma  realidad  objetiva».9 Un agudo filósofo  marxista inglés, George  Thomson,  a quien tampoco se podrá  acusar  de  manualesco, nos  dice  acerca de  cierta  frase  de Heráclito  («Todas  las  cosas  se  transforman en  fuego  y el  fuego se  cambia en  todas,   como  el  oro  por  mercancías y  las  mer- cancías por  oro»)  que  lo  allí  propuesto no  es  sino  «el  reflejo ideológico de  una  economía basada en  la  producción de  mer-

cancías»,10  observación que  sería  mucho  más  correcta  si se dije-

se,  como  habría  dicho  Marx,  que  la frase  de Heráclito  es  expre- sión ideológica del  nacimiento de la producción mercantil, y no su simple  y pasivo  reflejo. Cualquiera diría  que  se  trata  de  una mera  diferencia terminológica sin importancia; pero,  en realidad de  verdad, esa  «diferencia»  tiene  consecuencias teóricas y prác- ticas  gravísimas. En lo teórico,  la llamada teoría  del  reflejo  con- vierte  a  la  ideología en  un  mero  y  pasivo   epifenómeno de  la

«verdadera»  realidad, la realidad material. En lo práctico, lleva  a conductas presuntamente revolucionarias para  las  cuales basta con cambiar las relaciones materiales para que cambie la con- ciencia. Ambas  cosas  han  demostrado ser históricamente falsas, y ese pensamiento manualesco ha sido el causante de muchos fracasos  en la lucha  por la interpretación y la transformación de la sociedad.

Por otra  parte  hay  que  notar  los  siguientes puntos. En primer término, si el «reflejo» aparece en la obra  de Marx es con  estric- to carácter de  metáfora. Prueba  de  ello  es el pasaje de La ideo- logía alemana donde habla  de  «los reflejos  y ecos  ideológicos».

¿Por qué no construir  una «teoría del eco» y decir que el cono- cimiento, el arte  y la moral  son  el «eco de  la realidad material»? En segundo término,  Marx  empleó mucho  más  frecuentemente el  término  Ausdruck  o «expresión»  para  decir  cosas  tales  como que  la ideología dominante es la expresión de las relaciones materiales dominantes. No es lo mismo  «expresión» que  «reflejo»,

 

 

9  Gyorgy Luckács, Prolegómenos a una estética marxista, Grijalbo, México,

1965, p. 12. Luckácks, en otras partes de su obra, critica la «teoría del reflejo», pero sorprendentemente en su madurez la acepta sin advertir el carácter metafórico de esa presunta «teoría».

10 George Thomson, Los primeros filósofos, UNAM, México, 1959, p. 339.

 

pues   mientras este  término   designa un  nivel  estático   y  pura- mente  especular, el término  expresión designa una realidad dinámica, activa,  autónoma en  penúltima instancia, y que  tiene un papel decisivo en  el desarrollo y el cambio  sociales. La teo- ría  marxista  de  la  ideología es  una  teoría  dinámica, mientras que  la  teoría  del  reflejo  es  estática y,  por  tanto,  es  ella  misma ideológica y no científica.

En cuanto  a la «superestructura», no hace  falta  aquí  abundar en citas  que  demuestren el  empleo constante, casi  maniático, que de  este  término  hacen los  manuales y  el  pensamiento manua- lesco.  Diré, de entrada, que  no veo inconveniente alguno en emplearlo, siempre y cuando se tenga en cuenta su carácter de

metáfora (arquitectónica).11  Pero  precisamente el  pensamiento

manualesco se caracteriza por confundir lo que  es una  metáfora con  una  explicación  científica, con  lo  cual  se  llega   a  los  más increíbles absurdos teóricos, el más grave  de los cuales consiste en  hacer  ver  la  concepción marxista de  la  sociedad como  una concepción que  divide  a aquélla en  compartimientos estancos, en  regiones separadas. Precisamente para  Marx  la sociedad era un todo,  y por eso decía  que,  epistemológicamente, la categoría principal para  entender la sociedad es la categoría de  totalidad, tal  como   lo  afirma   taxativamente  en  la  Introducción  de  sus Grundrisse. Por ello  conviene puntualizar ese  carácter metafóri-

co.12

Lo que  en  castellano cultista  suele llamarse «superestructura» — a  veces  transformado en  «supraestructura» o  en  «sobreestructu- ra»— Marx lo designaba de dos modos.  Unas  veces, empleando la  etimología  latina,   dice   Supers-truktur;  otras,   hablando  en alemán,  dice   Uberbau,  que   viene   a  ser  literalmente  la  parte

 

11  Althusser, y discípulos suyos como Marta Harnecker en su althusse- riano manual Los conceptos elementales del materialismo histórico, han hecho notar este carácter metafórico y han calificado por ello de «problemá- tica» la noción de superestructura. Ello no les impide, sin embargo, caer en errores que examinaré más adelante.

12 En las páginas que siguen sobre la superestructura utilizaré, con bas- tantes modificaciones, algunos párrafos de mi ya citado libro Teoría ypráctica de la ideología, parágrafo 2 del Cap. I.

 

superior (über) de  un edificio, construcción o estructura (Bau); aunque, desde el  punto  de  vista  arquitectónico, no  es  propio llamar   Uberbau  o  «superestructura»  a  la  parte  superior de  un edificio, ya  que  éste  es,  todo él (¡nótese la  totalidad!), una  es- tructura;  Uberbau  designa en  realidad los  andamios o tableros que  se van  superponiendo a un edificio a medida que  se lo va construyendo,  pero   que   lógicamente desaparecen cuando el edificio está ya terminado. Un edificio acabado arquitec- tónicamente es una  estructura; no hay  en  él rastros  de  superes- tructura,  Uberbau o andamios-puentes.

Ninguno  de los dos vocablos antes  mencionados abunda en las obras  de  Marx,  en  contra  de  lo  que  pudiera desprenderse de tanto  pensamiento manualesco marxista sobre  la superestructu- ra ideológica. Es cierto  que  Engels  sí insiste  en  el  término, so- bre  todo  en  el  Anti-Dühring  13  y  en  ciertas  cartas  de  los  años

90. Pero Marx mismo no lo menciona sino en muy escasas oportunidades. Que  yo  recuerde, sólo  habla  de  Superestruktur en  tres  ocasiones, y de  Überbau  en  una  sola.  Es probable que me  equivoque en  el número, pero  en  todo  caso  es seguro que Marx  casi  nunca  usó  esas  expresiones. Lo cual  es  una  primera razón  para  pensar que,  aunque ilustrativa de una  teoría  científi- ca, la célebre «superestructura» no era otra cosa,  para Marx, que una  metáfora, usada  con  discreción y  economía  estilística en unas  pocas  ocasiones. En cambio, sí abundan sus explicaciones teóricas acerca de la estructura de la sociedad; incluso termino- lógicamente es abundante el vocablo Struktur (en expresiones como  okonomische Struktur  o estructura económica), y  ello  se debe  a  que  la  estructura no  era  para  Marx  una  metáfora, sino un concreto concepto epistemológico.

Conviene ahora  acercarnos al  pasaje de  Marx  que  ha  dado  lu- gar a todos los falseamientos manualescos. Advierto  que  son importantes ciertas  modificaciones que he introducido en la traducción que  usualmente se hace  de este  célebre pasaje:

 

 

 

 

13  Ver, por ejemplo, un célebre pasaje en Anti-Dühring, Grijalbo, Mé- xico, 1964, p. 12.

 

En la producción social  de su vida,  los hombres contraen determinadas relaciones, necesarias e independientes de  su voluntad; son  relaciones de  producción, que  corresponden a un determinado grado  de desarrollo de sus fuerzas  pro- ductivas materiales. El conjunto  de  esas  relaciones forma  la estructura económica  (okonomische Struktur)  de  la  socie- dad,  el basamento real  (die reale Basis) sobre  el cual  se al- za un edificio (Überbau) jurídico  y político, al que corres- ponden determinadas formas de conciencia social  (...)  La alteración de los fundamentos económicos (okonomischen Grundlage) se  acompaña de  un  sacudimiento subversivo

más o menos  rápido  de todo ese  enorme edificio.14

Como se sabe,  el Libro I de  El Capital fue vertido  al francés, en vida  de Marx,  por J. Roy, cuya  traducción revisó  personalmente Marx.  Ahora  bien,  en  el  libro  I, Marx  cita  el  fragmento de  su prólogo  de  1859  que  ha  sido  arriba   transcrito. La  traducción que  aquí  ofrezco  de ese  fragmento está  inspirada en la francesa revisada por Marx.  Es de suponer, por otra parte,  que  tratándo- se de  un texto  teóricamente tan importante, Marx debe  haberlo revisado  con  especial  atención. Pues   bien,   allí   no  se  vierte Überbau  por  «superestructura»  sino   por  «edificio»  (édifice). Y

Basis y Grundlage son traducidos como  fondation.15

Nadie  negará, pues,   sensatamente, que  estos  términos   poseen mayor  autoridad que  las  celebérrimas «base»  y «superestructura» de  que  tanto  nos  hablan los manuales. Pero  no es mi finalidad aquí  encerrarme en  un  asunto   meramente terminológico. Mal que  bien,  los términos  consagrados de «base» y «superestructura» vienen a decirnos lo mismo  que  los otros  términos, en  el senti- do  de  que   pueden cumplir   su  papel como  términos   de  una analogía. Pero  ocurre  que  lo  cumplen, desde el punto  de  vista literario, con  menor  propiedad, pues  la  idea  de  Marx  era  com- parar  la estructura económica de  la sociedad con  los  cimientos

 

14  Karl Marx, Zuz Kritik der politischen Oekonomie, en Marx-Engels Werke,

Dietz Verlag, Berlín, 1961, vol. XIII, «Vorwort», p. 8.

15  Véase Karl Marx, Oeuvres, ed. Établie par Maximilien Rubel, La Plé- iade, París, 1965-1968, vol. I, p. 272 ; ver también la nota correspon- diente de Rubel, p. 1601.

 

o las fundaciones de una  edificación, por un lado,  y por el otro, comparar la formación ideológica de  esa  sociedad (es  decir,  su

«fachada»  jurídica y  política, el  Estado  y  otras  formas  de  «con- ciencia  social»)   con   la  edificación  misma,   que   reposa  sobre aquellos cimientos. Un ideólogo es alguien que,  con tosco  crite- rio  aldeano —como  el  que  tienen  muchos  profesores universi- tarios—  piensa que  por  no  estar  los  cimientos a  la  vista,  no existen; esto  es,  confunde a la  sociedad con  su  fachada jurídi- co-política, olvidando o negando —como  avestruz intelectual— el  fundamento económico real  sobre  el  que  descansa toda  esa fachada. Y si ve el mundo  invertido, cabeza abajo,  es porque su ilusión  ideológica lo lleva  a creer que el edificio sostiene a los cimientos y no los cimientos al edificio; es decir,  juzga  a las sociedades por  lo que  éstas  piensan de  sí mismas, por  la vesti- menta  ideológica que  exhiben, y  no  por  las  relaciones reales que  mantienen sus individuos. Lo cual  tiene  un carácter máxi- mamente ocultador y engañoso si se piensa que  esas  relaciones materiales son  relaciones de  explotación. La analogía de  Marx, que  tan  de  cabeza ha  traído  a los  manualistas, es,  pues,  como sigue:

 

 

Estructura económica (Struktur)   Cimientos  (Basis)

: :

Ideología (Ideologie)   Edificio (Überbau)

 

 

 

Hay,  como  se  ve,  una  igualdad de relaciones, que  es  lo  que, según decía  Aristóteles, constituye una  analogía. Pero el hecho de  que  haya  una  igualdad analógica de  relaciones (y  esto  es lo que  olvidan los  manuales tradicionales) no  implica en  modo alguno que  los  términos  del  segundo conjunto  sustituyan real- mente a los del  primer  conjunto. Sólo pueden sustituirlos meta- fóricamente. Toda  metáfora  consiste en  esta  translatio. Si deci- mos,  para  utilizar  el ejemplo aristotélico: «la vejez  es a la vida  lo que  el  atardecer es  al  día»,  enunciamos una  analogía. Pero  si decimos, sustituyendo posiciones: «el atardecer de  la vida» para referirnos a la vejez,  enunciamos una  metáfora. Del mismo  mo- do,  si  decimos: «la base  o  cimiento de  la  sociedad»,  emitimos

 

una  metáfora. Y lo  mismo  ocurre  si  decimos: edificio o supe- restructura ideológica.

Queda  así  demostrado el  carácter metafórico de  la  célebre «su- perestructura», que  los  manuales se  empeñan  en  hacer   pasar por cumplida explicación científica. El hecho  de que  la obra  de Marx se presente trajeada de muchas metáforas de este  tipo  —a las  que  tenía  derecho como  escritor—  no constituye una  razón para  que  los  manualistas hagan pasar  todas  esas  metáforas por explicaciones científicas. Lo grave  del  caso  es que  con  ello  dan lugar a tremendas confusiones. Un término  que para Marx era esencialmente negativo, —la  ideología— ha  resultado así  po- seer  dos  valores, por  lo que  los  manuales hablan tanto  de  una

«ideología reaccionaria» como  de  una  «ideología revolucionaria».

Lo cierto es que  para  Marx toda ideología era esencialmente reaccionaria. Los manuales olvidan que  la  ideología no es  sino una parte de  la  conciencia social: aquella parte  destinada a la preservación ideal  del orden  de explotación establecido. Lo que mueve a  un  obrero  revolucionario no  es  una  «ideología»,  sino su contrario: una  conciencia de clase.

Con  esto  doy  por  terminada la  crítica  de  las  confusiones ma- nualescas en torno al «reflejo» y la «superestructura».

Son,  realmente, los  dos  pilares sobre  los  que  han  descansado las  deformaciones más  graves  y las  más  arraigadas. Pero  cierta- mente  no son  los únicos. Hay  algunos otros  de  gran  importan- cia.  Hay,  por ejemplo, los introducidos por Karl Mannheim y su

«sociología del  conocimiento»  en  el  libro  ya  clásico Ideología y

Utopía  (1929),  obra  que,  pese  a su elegancia expositiva y a las sutilezas de su pensamiento, tiene  realmente la estructura de un manual, y en  diversas ocasiones incurre  en  pleno  pensamiento manualesco. El error  más  importante de  Mannheim consiste en haber  intentado —vanamente, a mi juicio—  elaborar una  teoría de la ideología partiendo de ciertas  intuiciones básicas de Marx, pero  desgajando aquella teoría  del cuerpo teórico  total de Marx, que es algo así como elaborar una teoría de los «tipos ideales» weberianos  desprendiéndola  de  la  osatura   teórica   global  de Weber.  Es lo mismo  que  se ha tratado  de hacer  con la teoría  de la alienación, según vimos  en el capítulo anterior. Pero aquí  no

 

me  ocuparé de  los  errores  de  Mannheim.16  Abordaré, en  cam- bio,  la  crítica  de  algunas confusiones que  encuentro personifi- cadas  en el manual de Marta Harnecker Los conceptos elementa- les del materialismo histórico.17

El manual de Marta Harnecker, del  cual  puede decirse que  es el mejor  manual de marxismo que  haya  sido  escrito  en castellano, ha  tenido  una  singular fortuna:  en  menos  de  cinco  años  ha  al- canzado 25  ediciones, lo  que  lo  convierte, dentro  de  nuestro ámbito  cultural, en  un  best-seller. Ello se  debe, sin  duda, a  su rigor,  a su claridad y a su forma  esquemática y precisa de  pre- sentar  los diversos conceptos del  marxismo. También  se debe  a la tantálica sed  de  orientación que  sufre  el público latinoameri- cano  en  materia  de  marxismo. Ocurre,  sin  embargo, que  es un manual basado casi  íntegramente en  la  interpretación que  de Marx  hace  Louis  Althusser,  de  quien   Marta  Harnecker ha  sido discípula y hacia  quien ella  siente  una indudable veneración intelectual. Por tanto, el manual tiene  todas las virtudes de Al- thusser, pero también todos sus defectos. Althusser  maneja un concepto de  ideología que  adolece de  graves ambigüedades. Por ejemplo, vincula correctamente el concepto de  ideología al de  clase  social,  pero  al mismo tiempo afirma  que  en  una  futura sociedad sin  clases   tendrá  que  haber  ideología; afirma  que  la ideología  necesariamente  falsea   la   realidad,  pero   al mismo tiempo nos  habla  de  una  ideología revolucionaria y  proletaria, etcétera. De estas  contradicciones no escapa el manual de  Mar- ta Harnecker. Examinaré algunas.

Nos explica la  autora  chilena: «Todo modo de producción está constituido por:

1)  una  estructura global, formada  por  tres  estructuras regiona- les:

- estructura económica

 

 

16 Véase mi ensayo «Karl Mannheim: exposición y crítica de su con- cepción de la ideología y la utopía», en mi libro ya citado Teoría y prác- tica de la ideología, pp. 82 y ss.

17 Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histó- rico, 25a ed., Siglo XXI, México, 1974.

 

- estructura jurídico-política (leyes, Estado, etcétera)

- estructura ideológica (ideas, costumbres, etcétera).

 

2)  En esta  estructura global, una  de  las  estructuras regionales

domina a las otras».18

En otra  parte  nos  aclara  que  «La noción  de  superestructura de- signa   (...)   dos  niveles  de  la  sociedad:  la  estructura  jurídico- política y la estructura ideológica. A la primera corresponden el Estado y el Derecho, a la segunda, las llamadas “formas de la conciencia social”».19

Según  esto,  la «estructura  jurídico-política»  y la «estructura  ideo- lógica»  forman  dos  niveles distintos, aunque englobados en  la

«superestructura». Aquí comienza el absurdo.

En primer  término,  la  autora, páginas más  adelante, se  contra- dice  in adjecto, pues  afirma  que  «podemos  distinguir regiones relativamente  autónomas  en el seno del nivel ideológico, por ejemplo, ideología  moral,   religiosa, jurídica, política,  estética, filosófica,  etcétera».20   ¿En  qué   quedamos?  ¿Son   la  estructura

ideológica y la jurídico-política dos niveles distintos, o bien  hay una  sola  estructura, la ideológica, dentro  de  la cual  se dan  ma- nifestaciones jurídicas y políticas?  Pienso  que  esta  flagrante con- tradicción proviene, por una  parte,  de  una  interpretación forza- da de ciertos  textos  de Marx y del olvido  de otros, y por la otra, del  empeño althusseriano de  esquematizar la  concepción mar- xista  de  la  sociedad dividiendo a ésta  en  «regiones»  y «niveles». Para  cualquiera que  haya   leído  atentamente la  obra  de  Marx, resulta  evidente que la concepción de la sociedad como una estructura global real  (y  no meramente teórica, como  cree  Mar- ta  Harnecker al  hablar  del  concepto de  modo  de  producción) implica que  la  existencia de  «estructuras   regionales»  es  mera-

 

 

18 Ibídem, p. 140.

19 Ibídem, p. 88.

20 Ibídem, p. 100. (Subrayados míos). Nótese el infaltable y fatal «etcé- tera». Cuando se dice en latín et caetera se habla de lo demás, lo sobrante. Habría que preguntarles a los manuales y al propio Engels, qué es lo demás.

 

mente  teórica, analítica. Ello se  aclara  si volvemos a la  confu- sión  entre  «estructura  ideológica» y  «estructura  jurídico-política» que  encontramos en  el  manual de  Marta  Harnecker. Si acepta- mos  esa  distinción  de  «niveles»  (¡oh,   Engels!)   tendremos  que aceptar que  el  Estado  y  el  derecho no  son  «formas  de  la  con- ciencia social»  ni,  desde luego, formas  ideológicas. Ahora  bien, en  innumerables ocasiones —particularmente en  El Capital— insistió  Marx  en  que  tanto  el  Estado  como  su  soporte  jurídico son  formas  ideológicas encargadas de  justificar   y  darle   lustre legal  a la explotación. El contrato  jurídico  entre  obrero  y capita- lista   es  una   forma   ideológica  encargada  de   presentar  como igualitaria y justa una  relación en la cual  una  parte  es explotada y la otra  es  explotadora: es  la ideología jurídica que  esconde a la plusvalía.

Ahora  bien,  si —como  sería  lo correcto—  rechazamos esa  dis- tinción  mecanicista de  «niveles»,  entonces cae  por  tierra  el  es- quema althusseriano. El mismo  Althusser  ha  dicho,  metafórica- mente,  que  la ideología es como  «un cemento social».  Si ello  es así,  y si la ideología penetra (como  lo decía  Marx) por todos  los intersticios del  cuerpo social,  entonces ¿para qué  hacer  artificio- sas distinciones entre  «nivel jurídicopolítico» y «nivel ideológico»?

¿No es más  sensato pensar que  el derecho y el Estado son tam-

bién  formas  ideológicas?

Pero  todo  tiene  su  reverso. En el  problema de  las  relaciones entre  ciencia e ideología se  hace  patente la necesidad de  reali- zar  distinciones teóricas, si  no  entre  «niveles»,    entre  «formas de  la conciencia social».  Tanto Althusser  como  Marta Harnecker caen  en  una  confusión a  este  respecto, o  mejor  dicho,  entran en  una  situación de  perplejidad, de  problema no resuelto. Hay que  comenzar por  advertir  que  cuando Marx  habló  de  «formas de  la conciencia social»  no empleaba la palabra «conciencia» en el  sentido  que  hoy  le  damos  nosotros  y  que  la  separa radical- mente  de  la «inconciencia».  Marx empleaba la palabra «concien- cia» en  sentido  hegeliano. Así, la  ideología era  una  «conciencia falsa»,  que  es  algo  que  nosotros   no  llamaríamos propiamente

«conciencia»,  sino  más  bien   todo  lo  contrario.  La  ciencia,  en

cambio, aunque  era  también una  «forma  de  la  conciencia so- cial», no constituía una  conciencia falsa,  sino  más bien  el adver-

 

sario  de ésta.  Dicho en otros términos: la conciencia de clase  (y la  ciencia debe  tenerla para  ser  tal)  se  opone a  la  conciencia falsa  de la ideología dominante.

Para  quienes gusten  del  término, todo  esto  —ciencia e ideolo- gía—  puede englobarse dentro  de  la  «superestructura».  Si  hay niveles o regiones dentro  de  la  superestructura de  la  sociedad, ellos  no  son  sino  dos:  la  ideología y la  ciencia. Pero  Althusser se  resiste   a  incluir   a  la  ciencia en  la  superestructura porque, según él,  ello  sería  confundirla con  la ideología. Pero entonces,

¿en qué  lugar  del  esquema social  se encuentra la ciencia? Pare-

cería  que  ella  se encuentra situada en la cátedra de Althusser  en La Sorbona. Althusser  no  resuelve jamás  este  problema. Como bien  lo dice  Marta Harnecker: «Si el concepto de superestructura no  da  cuenta de  todos  los  fenómenos extraeconómicos,  ¿cuál debe  ser  el  concepto que  permita dar  cuenta de  ellos?  Este es

un  problema teórico  que  el  marxismo debe  resolver».21   Pero  la

solución no está  tan  lejana: el mismo  Marx la brinda. Podemos escoger como  término  «formas  de  la  conciencia social»,  advir- tiendo  lo  que  en  ese  contexto significa «conciencia». Podemos, también, elegir  el  viejo  término   de  «superestructura»,  siempre que  incluyamos ahí  a todos  los fenómenos extraeconómicos (o sea,  la ideología y la  ciencia) y siempre que  nos  olvidemos de la  expresión  «superestructura ideológica»,  que  obliga a  pensar que  todo  aquello que  acontezca en un orden  distinto  del  mate- rial  es  ideológico. Las  mismas   ideas   de  Marx  ocurren en  un plano  distinto  del  material, y  ocurren por  tanto  en  la  superes- tructura   social,   pero   no   constituyen  ideología sino   ciencia.

¡Creo que  Althusser  estará  de acuerdo en esto!

Para  Althusser   es  inadmisible  incluir   dentro   del  concepto  de

«superestructura» a la  ciencia. Dice  que  Marx  «no  incluye jamás al  conocimiento  científico»  (salvo   en  sus  obras   de  juventud) dentro  de  la superestructura,22  la cual  estaría  sólo  integrada por la  «superestructura jurídicopolítica» y la  «superestructura  ideoló-

 

 

21 Ibídem, p. 89.

22  Louis Althusser y Etienne Balibar, Para leer El Capital, Siglo XXI, México, 1969, p. 145.

 

gica». Supongamos que Althusser  tiene razón.  ¿Dónde colocar entonces a la ciencia? ¿Tal vez en la estructura económica de  la sociedad?  Podría  ser  que  sí, ya  que  Marx nos  habla  de  la cien- cia  como  «fuerza productiva», en  el capítulo de  El Capital sobre la división del trabajo  y la manufactura. La ciencia es fuerza productiva porque puede producir capital, o mejor  dicho,  plus- valía,   y  en  este  sentido   la  ciencia puede  convertirse en  algo ajeno  y opuesto al trabajador, en su alienum, y el conocimiento

—dice  W  Thompson en  cita  de  Marx—  puede convertirse en

«un instrumento susceptible de  estar  separado del  trabajo  y de oponérsele».23  Todo  esto  es muy  correcto, pero,  ¿no  podríamos decir  lo mismo  de  la ideología, sea  ésta  jurídica, religiosa, filo- sófica,  moral  o política?  Yo creo  que  la ideología de una socie- dad es una de sus mayores fuerzas productivas,  lo  mismo  que

la ciencia, y a menudo la ciencia es tanto  más  productiva cuan- to más numerosos sean  los ingredientes ideológicos que  la con- taminen. Hay  una  plusvalía ideológica que  está  a  las  órdenes del  capital material y  que  lo  incrementa materialmente, como lo demuestra la moderna «industria  cultural»,  que  no es sino una industria ideológica.  ¿Se  dirá  que   en  el  capitalismo  actual   la

«industria  de  las  conciencias» (para  emplear la  expresión de  un

joven poeta  alemán) no constituye trabajo  productivo, esto es, trabajo   productor  de  plusvalía?  El capitalismo —y  esto  no  lo supo  Marx—  ha  convertido a  todo tipo  de  trabajo  en  trabajo productivo, por  la  misma  razón  de  que  lo ha  convertido todo, hasta  las conciencias —y esto sí lo avizoró  genialmente Marx en un pasaje del Libro I de El Capital—, en mercancías.

Si situamos, pues,  a la ciencia fuera  de la superestructura por su íntima   conexión  con   la  estructura,  entonces  tendremos  que eliminar la superestructura toda  entera, porque toda  ella  está  en íntima  conexión con  la  estructura. Es, como  lo  he  escrito  en otra ocasión, una  continuación interior de la estructura.

¿No será  más  sensato, entonces, decir  que  dentro de las mani- festaciones espirituales de la sociedad —aquellas en  las  que  la sociedad quiere expresarse y  tomar  conciencia de    misma—

 

 

23 K. Marx, Das Capital, MEW, vol. XXIII, p. 383.

 

hay  unas que  resultan ser  falsificadoras, como  la  ideología, y

otras que  resultan ser denunciadoras, como  la ciencia?

Tal es  la  confusión althusseriana, y si me  he  detenido aquí  en ella  es porque la considero profundamente manualesca, puesto que  proviene de  una  esquematización abusiva del  pensamiento marxista.  A  fuerza   de  tanto  buscar   compartimientos  estancos para  todas  las  cosas,   Althusser  se  encontró con  que  no  tenía dónde meter  a la  ciencia. Por eso  dice  la  propia Marta  Harne- cker  que  es ese  un problema «a resolver».  Yo creo  que,  sin em- bargo,   Althusser  tiene  un  lugar  para  la  ciencia: el  altar  de  su cátedra, dotado, por cierto,  de una buena dosis de ideología cientificista.

Viene  de ahí también la supermanualesca distinción entre  «ideo- logías  prácticas»  e «ideologías teóricas».  Las ideologías prácticas se  diferenciarían  de  las  teóricas  —nos  explica  Marta  Harne- cker24— por  poseer un  menor  grado  de  «sistematización».  Pue- den  existir   bajo  la  forma  de  «costumbres, tendencias,  gustos,

etcétera».  En cambio, las teóricas —como  es el caso  de la teolo- gía  en  el  ámbito  religioso— poseen  sistematicidad  y  «teoriza- ción».  «La forma  superior de  la teorización de  la ideología es  la filosofía  en el sentido  tradicional del  término».  Como todas  estas manifestaciones «están integradas en una estructura de tipo ideológico»,  sólo  logran  producir «conocimientos parciales  que se  ven  deformados o limitados por  su  situación dentro  de  esta estructura».

Yo encuentro que se trata de una distinción inútil y pro- fundamente antimarxista, a pesar  suyo.  Para  Marx,  toda ideolo- gía es práctica, puesto  que,  aunque se vista  de  mil encajes filo- sóficos,  míticos  o religiosos, tiene  la función  práctica, crasamen- te social, de preservar idealmente el orden  establecido. La ideo- logía  religiosa no es menos  práctica que  la jurídica o la política. Prueba  de  ello  es que  se sirven  entre  sí y se utilizan como  ins- trumentos. ¿Cuántas  veces  no ha utilizado prácticamente la po- lítica a la religión, y viceversa? ¿Cuántos órdenes jurídicos — piénsese en  el  código napoleónico— no  han  sido  hechos a la

 

 

24 Marta Harnecker, ob. cit., p. 101.

 

medida de intereses políticos? ¿Cuántos crímenes políticos no se cometen hoy  en día en nombre  del aparato jurídico  de las cons- tituciones?  Por  otra  parte,   es  extraño en  un  manual althusse- riano  tal mezcolanza entre  los sentidos del  vocablo «teoría», que unas  veces  Althusser  (en  su Pour Marx) escribe con  mayúscula y otras con minúscula, como  si la diferencia de tamaño  implica- ra una  sutil  diferencia conceptual. La teoría,  en  sentido  estricto, es  lo  opuesto a  la  ideología; al  menos   así  lo  entendía Marx. Puede  ser  que  la  ideología tenga  cierto  «efecto  de  conocimien- to», como  dice  Althusser,  pero  éste  jamás  será  teórico. De modo que  mal podemos hablar  de «ideologías teóricas»,  expresión que constituye una  radical contradicción en  el complicado universo althusseriano. A menos  que  transijamos con  la  irritante  ambi- güedad de  decir  que  en  la  ideología hay  «un poquito de  cien- cia».  Es cierto  que  de  una  ideología puede nacer  una  ciencia, como  también puede nacer  una  ciencia de la contemplación de un  meteorito; pero  no  es  menos  cierto  que  tanto  la  ideología como  el  meteorito son  cualitativamente distintos de  la  ciencia que  los  comprende. Esto es  lo que  Althusser  no  quiere enten- der,  en  su empeño por hacer  mil distinciones manualescas que más lo emparentan con la escolástica que  con Marx.

Por último,  hay  un  punto  relativo  al  futuro  de  la  ideología. Es un momento en que  el manual de Marta Harnecker, siempre interpretando o parafraseando a Althusser,  afirma «el carácter necesariamente deformante y falseado de la ideología».25  Por su parte,   el  maestro   Althusser   nos  indica   enérgicamente,  en  un

ensayo de  su  Pour  Marx, que  en  la  sociedad sin  clases, en  la sociedad comunista, «no puede no haber  ideología». Eso quiere decir,  en  buena lógica, que  en  la sociedad sin  clases, en  la so- ciedad comunista (por  más  ideal  y perfecta que  se  la  conciba) tendrá  que  haber  una  formación social  ideal  encargada de  de- formar  y falsear  la realidad. Pero además, si hay  esa  formación, será  porque en  esa  sociedad tendrá  que  haber  necesariamente explotación del  hombre  por  el  hombre, puesto  que  la  ideolo- gía,  si es deformación, lo es para  justificar  sistemas sociales deformados, basados en la explotación y en la depredación ¿Era

 

 

25 Ibídem, p. 103.

 

acaso  ese  el  mensaje de  Marx? Por otra  parte,  si se  afirma  que toda  ideología es,  por  definición,  deformadora y  falsificadora,

¿cómo se puede hablar, como  lo hace  Althusser,  la Harnecker y tantos  otros marxistas (empezando por Lenin)  de una  «ideología proletaria»  y  de  una   «ideología  revolucionaria»?  Eso  se  llama jugar  al no-rigor, al cabrioleo verbal, que  es precisamente de lo que  se  aprovecha el  enemigo para  introducir sutilmente su ideología, a través de falsas  revoluciones y a través de falsos proletarismos. Como  lo  ha  dicho  Marcuse, la  clase   obrera   de Estados  Unidos  tiene,  en  efecto,  una  ideología; pero  en la me- dida en que la tiene  es  una  ideología capitalista. Lamentable- mente,  en nuestros tiempos tenemos que asistir al hecho  lógi- camente contradictorio de una «ideología socialista», o sea,  un socialismo que  no es tal,  ya  que  necesita de  ideología, de  con- signas, de  represiones mentales y censuras. Los manuales y los pensadores manualescos son  en buena parte  causantes de  todo este  horror teórico  y práctico, que  tantas  muertes ha causado.

El problema de  la ideología es como  la Comedia de las equivo- caciones, de  Shakespeare, o como  El malentendido, de  Camus. Basta  un detalle equivocado o no entendido para  sumergirse en un océano de maledicencias y crímenes. Es una  cuestión de delicadeza intelectual. Sin  olvidar, por  supuesto, los  enigmáti- cos versos  de  Arthur Rimbaud  en  su «Chanson  de  la plus  haute tour»:

 

 

Par  délicatesse

j’ai perdu ma vie.

 

 

VI

 

 

MODO DE PRODUCCIÓN Y FORMACIÓN SOCIAL: UNA LECCIÓN DE ANATOMÍA

 

 

 

 

OS  encontramos ahora   en  presencia de  dos  nociones que  han  sido,  y  continúan siéndolo, pasto  exquisito y preferido,  nutriente nitrogenado  del  pensamiento  ma-

nualesco y  de  los  manuales sin  inteligencia.  Podríamos decir que   uno  y  otro  de  estos   conceptos  han  sido  reducidos  con frialdad  de  anatomista,  a  entes   paupérrimos  o  a  tableros  de ajedrez donde las  piezas  se  montan   a  voluntad  del  jugador, árbitro  supremo de «las estructuras».

Se trata,  sin embargo, nada  más  ni nada  menos, que  del  objeto teórico  fundamental de  Marx,  de  aquellas categorías que  alejan al  marxismo del  concepto  empírico  de  sociedad, por  cuanto ellas  encierran la  unicidad del  proceso histórico  y  recogen, al mismo  tiempo, su unidad-diversidad como  totalidad dialéctica.

Este ANTIMANUAL  no  es  el  lugar   para  desarrollar a  fondo  o para  meter  nuestras narices en la fiera  polémica que  tiene  lugar en  ciertos  centros  de  excelencia  marxista. El objetivo   es,  más bien,  criticar  las  más  connotadas concepciones en  boga,  siem- pre  con  el  afán  de  contribuir a  descongelar y  desmitificar las brujerías que en torno a estos conceptos se reproducen como hongos, no precisamente alucinantes.

Lo primero  que  debo  decir  es que  mi experiencia como  adhesi- vo lector  de  Marx,  y particularmente de  los  Grundrisse, del  lla- mado  Capítulo Sexto Inédito y de la Contribución a la crítica de la economía política,  me  ha  convencido de  que  Marx  no  defi- nió  nunca   estos  conceptos, así  como  tampoco el  muy  mano- seado de  «formación  económicosocial». De  ahí  que  no  pueda decir   que,   según Marx,  tales   conceptos  signifiquen  explícita- mente  tal o cual  cosa.

 

En razón  de lo dicho,  pienso que  las definiciones con que  con- tamos  son el resultado de la manera, espíritu e intención (¿ideo- logía?)  con  que  cada  apologeta, exegeta o esteta  ha  leído  y lee al viejo  y testarudo Karl. Esto ha dado  lugar  a toda  una  serie  de definiciones, concepciones y tergiversaciones que,  si algo  pre- sentan  en común,  es el de ser contradictorias y —como diría Nietzsche—  egipcíacas. No pretendo descifrar aquí  la Piedra  de Rosette,   maravillosa  llave   de   los   jeroglíficos  nilotas.   Quiero hundir   el  escalpelo  en  ciertas   momias   marxistas,  escoteras  y mondas. Para  ello,  manualizaré las  concepciones en  dos  gran- des colecciones de espigas formólicas.

Comenzaré por lo que vamos  a llamar  la «concepción marxo- soviética», claramente expuesta en  los  diversos manuales de  la Academia  de  Ciencias de  la  URSS y  que   Oscar  Lange,   autor meritorio  en  más  de  un sentido, recoge con  devoción. He aquí lo que  dice  Lange:

Las  fuerzas   productivas sociales  y  las  relaciones  de  pro- ducción ligadas a  ellas,   que  se  basan   —como  sabemos— en un determinado tipo de propiedad de los medios de producción, constituyen en  su  conjunto  lo  que  denomina- mos el modo de producción.1

Y la formación social, con  su superestructura, son  definidas de la manera siguiente:

Llamamos  superestructura de un modo  de producción dado a a la  parte  de  relaciones sociales (excluidas las  relaciones de  producción) y  de  la  conciencia social  que  es  indispen- sable   para  que  exista   dicho  modo  de  producción. Desig- namos  con  el  nombre  de  formación social o sistema social el modo de producción acompañado de la superestructura correspondiente.2

El modo  de  producción es,  pues,  según este  autor,  una  combi- nación   de  fuerzas   productivas y  relaciones  de  producción, y está  contenido en  un  concepto más  amplio, el  de  formación social, que  incluiría, además, a la llamada «superestructura». Los

 

1 Oscar Lange, Economía política, 1966, p. 81.

2 Ibídem, p. 32.

 

vínculos entre  las  partes  del  modo  de  producción ocurren me- diante  una  «ley  de  la  necesaria correspondencia entre  las  rela- ciones  de  producción y  el  carácter de  las  fuerzas  productivas» (sic);  a su  vez,  las  relaciones entre  la  base  económica (relacio- nes  de  producción) y la superestructura se establecen gracias a la mediación siguiente: «ley de la correspondencia entre la su- perestructura y la base  económica» (sic).  Las dos leyes que enunciamos entre  comillas corresponden al  enunciado de  Lan- ge.

El segundo ramillete de concepciones, que  llamaremos (manua- lescamente)  «althusserianas» por  el  olor  que  sueltan, tienen  su expresión paradigmática en  nuestra ya  citada  amiga  Marta Har- necker y en  el  exegeta greco-francés Nicos Poulantzas. En ho- nor  a  la  verdad, los  althusserianos han  ido  más  lejos  que  el propio  Althusser  en  la  aplicación del  pensamiento manualesco a estos  conceptos. Mostraremos sus  ideas  a través  de  dos  auto- res muy  significativos: Etienne  Balibar  y Poulantzas.

Comencemos  con  Balibar. Después de  largas   consideraciones en  las  que  somete  al pensamiento y los escritos  de  Marx a una verdadera disección, Balibar  llega  a establecer así el «cuadro  de elementos» del modo  de producción:

Podemos  así  establecer  finalmente el  cuadro  de  los  ele- mentos  de  todo  modo  de  producción, los  invariantes del análisis de las formas:

1. trabajador;

2. medios de producción;

—1’. objeto  de trabajo;

—2’. medio  de trabajo;

3. no-trabajador;

A.   relación de propiedad;

B.   relación de apropiación real  o material.

 

 

Obsérvese cómo  tenemos aquí  un  conjunto  de  piezas que  son siempre iguales a    mismas  (invariantes); lo  que  cambia es  el juego  combinatorio de  esas  piezas para  dar  lugar  así,  mediante

 

un  verdadero ajedrez de  la  razón  atrapada, a  distintos  modos de producción.

Oigamos ahora  a Poulantzas:

Por modo de producción no  se  designará lo  que  se  indica en  general como  económico, las  relaciones de  producción en  sentido  estricto,  sino  una  combinación específica de  di- versas  estructuras y prácticas que,  en  su combinación, apa- recen  como otras tantas  instancias y niveles.3

Pero hay  otros aspectos donde los autores mencionados se ale- jan de  Althusser.  Este autor,  en verdad, no llega  a considerar al Modo  de producción como  un  concepto abstracto frente  al  de Formación social, que   sería   concreto,  tal  como  lo  hacen los demás  autores mencionados. A nuestra manera de ver, hay  aquí una  «disidencia» (negativa) que  consiste en lo siguiente:

a)  El modo  de  producción es un  concepto abstracto; la for- mación  social  es un concepto concreto. La formación social  está integrada por  diversos modos  de  producción que  se  «articulan» entre    de  manera  particular.  Poulantzas llega   aquí   tan  lejos que   termina   diciendo  que   el  modo   de  producción  no  tiene existencia real.

De acuerdo con  tal manera de  pensar, de  abolengo maniqueo, donde lo abstracto y lo concreto se separan a machamartillo, Poulantzas establece una  diferencia entre  objetos  formales abs- tractos  y objetos  reales concretos de esta manera:

El modo  de  producción constituye un  objeto  abstractofor- mal  que  no  existe, en  sentido  estricto  en  la  realidad. Sólo existe  de hecho  una  formación social históricamente de- terminada.4

Por último,  quisiera señalar que  los  autores «althusserianos»  no ven  «leyes  de  necesaria correspondencia»  entre  las  diversas ins- tancias  del  modo  de producción o de  la formación social.  Estos autores ven,  más  bien  (correctamente, creo),  una  relación dia-

 

 

3 Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales, París, 1970.

4 Ibídem, p. 6.  Anti-manual para uso de marxistas, marxólogos y mar- xianos / 139

 

léctica   entre   fuerzas   productivas  y  relaciones  de  producción que  no se da a priori, sino en la realidad misma.

Terminado este sesgo  explosivo, comentaré críticamente tales concepciones. Comenzaré por  la que  he  llamado «marxo- soviética».

Estoy convencido de  que  definir  el modo  de  producción como una combinación de fuerzas  productivas y relaciones de pro- ducción, y la formación social  como la «suma» del modo de producción y la superestructura, es  profundamente equivocado desde el punto  de vista marxista y conducente a un manualesco error  desde el  punto  de  vista  de  la  metodología de  Marx.  En efecto,  todo  comienza con  esa  separación artificial  que  se hace de  la sociedad cuando se la divide  en  estructura y superestruc- tura;  esto equivale a fragmentar el proceso histórico, fragmenta- ción  que  no  se  subsana ni siquiera cuando, después de  ejecu- tada  aquella segmentación, se habla  inmediatamente de  «articu- lación»,  de  «síntesis» o de  «interrelaciones». Porque, para  decirlo con palabras de Althusser,  siempre más lúcido  que  sus seguido- res:  los  modos  de  producción «son las  formas  de  unidad fun- damental de la existencia histórica».

Lo cierto  es  que  en  Marx  el  modo  de  producción representa una  totalidad en  la  que  la  relación de  explotación cambia de posición y de  determinación según condiciones históricas con- cretas.  Esto puede verse  muy  claramente, cuando examinamos lo que  dice  Marx respecto a la forma  de  la relación de  explota- ción  y subordinación en  los modos  de  producción precapitalis- tas frente  a la forma capitalista.

En el  capítulo sexto  inédito   —un  borrador de  El  Capital (dis- pongo   ahora  de  la  edición francesa)5  5—,  discute Marx  en  su parte  G lo que  él llama  «las dos fases históricas del desarrollo económico de la producción capitalista»; estas  fases son la de sumisión formal y la de  sumisión real del  trabajo  al capital. En

la primera predomina la producción de  plusvalía absoluta y en la  segunda tiene  lugar  la  producción de  plusvalía relativa. Se- gún  Marx,  lo que  diferencia al «capitalismo de  sumisión formal»

 

 

5 Cfr. Un chapitre inédit du Capital, Unión Général d’éditions, París, 1971.

 

de  los  modos  de  producción anteriores es  el  tipo  de  coerción ejercida para  extorsionar el  plustrabajo del  productor directo. En los  modos  precapitalistas la constricción es extraeconómica, es decir, se sitúa  fuera  del  proceso de  producción mismo;  en el primer caso, es económica y se  sitúa  en  el  interior  del  proceso de producción inmediato.

En los modos  de producción precapitalistas la extorsión de plustrabajo (explotación) es  sólo  posible, según sea  la  ocasión histórica, por la acción  política, patriarcal, religiosa. En el modo capitalista, esta  extorsión se realiza en el proceso de producción mismo, sin necesidad de otras intervenciones. Sin embargo, este tipo  de  explotación tiene  sus  manifestaciones políticas propias, pero  que  no actúan  en la relación de explotación.

En conclusión, pueden adivinarse dos puntos:

a)   los modos  precapitalistas de  explotación son  impo- sibles  de imaginar, e incomprensibles, sin lo político, lo patriarcal, lo religioso, etcétera, es decir,  que  el concep- to de modo de producción abarca, encierra necesaria- mente  todas  estas  esferas  de  la  vida  social, incluido el proceso de  producción en  sí mismo  (la  manera técnica de hacer  las cosas);

b)    en el modo  capitalista la relación de dominación se

«traslada» al interior  mismo del proceso de trabajo;  se establece una  relación económica de  dominación den- tro del  proceso de  producción, es  decir,  una  relación social y no técnica de  producción. Las relaciones técni- cas de producción no han  sufrido  aquí  ningún cambio; sólo  lo sufrirán  en la otra fase  del  desarrollo capitalista, la de  la sumisión real  del  trabajo  al capital, o modo  de producción específicamente capitalista.

Si admitimos como  válida  la interpretación soviética, de  la cual pusimos a  Oscar  Lange  como  ejemplo, deberíamos necesaria- mente  admitir,  entonces, que  los modos  de producción precapi- talistas  no incluyen la «superestructura» (política,  religión, «etcé- tera»),  aunque ella  forma parte esencial de la relación de explo- tación,  nervio  del marxismo. Y esto es absurdo.

 

Otra conclusión absurda a que conduce la interpretación que llamamos soviética, es la siguiente: que  en el modo  de  produc- ción  precapitalista la  «superestructura» sí forma  parte  del  modo de  producción y  que  en  el  modo  capitalista no.  Es decir,  que con  el  paso  del  precapitalismo al  capitalismo el  modo  de  pro- ducción se encoge: de  una  totalidad, de  un modo  social  pasa  a ser una parcialidad, una parte del todo que sería la formación económico-social.

Respecto a las concepciones que  he llamado «althusserianas», mi crítica  se orienta  por un camino  diferente. Esta serie  de  autores no  concibe al  modo  de  producción como  una  parte  de  la  for- mación  social,  sino como una totalidad y afirman  (tal vez co- rrectamente)  que   el  concepto  de  modo  de  producción  es  el elemento básico, el  objeto  teórico  central  del  materialismo his- tórico.  El problema se presenta aquí  con un doble  aspecto:

 

 

a)   La consideración del modo  de producción como  un concepto abstracto-formal.

b)  Las interconexiones entre  el modo  de producción y la formación social.

 

 

1) Veamos  el punto  a).  Nuestra  crítica  coincide con  la formula- da  por  Guy  Dhoquois en  su  contribución al  debate sobre  el concepto de  formación económico-social, entre  Emilio Sereni  y Cesare  Luporini.6

Según  Dhoquois, tenemos aquí

un  ejemplo de  la  oposición entre  el  modelo y el  caso,  co- mo lo piensa P. Vilar.  Tenemos ahí  una  traducción más  de la  tentación dualista heredada del  pensamiento burgués y que  culmina en una  oposición de principio entre  la historia y la teoría.7

 

 

 

6 Cfr. El concepto de Formación Económico-Social, en «Cuadernos de pasado y presente», Buenos Aires, 1973.

7 Ibídem, p. 186.

 

Creemos  que  Dhoquois acierta  cuando puntualiza que  la oposi- ción  entre  «esencia»  y  «fenómeno»,  columna de  toda  una  serie de  pares  opuestos o contrastes polares como:  estructura- apariencia;  externo-interno; acto-potencia; teoríapráctica, se mantienen vivos en el pensamiento burgués, desde donde se infiltran  en  muchos  marxistas. El resultado es  que  ninguno de estos autores llega  a establecer qué tipo de relaciones y deter- minaciones  existen  entre   lo  «abstractoformal»   y  lo  «concreto real».

En el  pensamiento de  Marx  no existe  —al menos  en  ese  senti- do—  tal  dicotomía, tal  dualismo que  hace  violencia al  pensa- miento.  Considerar al  modo  de  producción como  no  existente en la realidad, como  un «modelo», y a la formación social  como todo  lo contrario, es olvidar  que,  para  Marx,  tanto el uno como la otra tienen  existencia  real y  forman  parte  de  los  procesos reales, de  la misma  manera como  el valor  (la  esencia) y el pre- cio  (fenómeno)  también son  realidades. La  apariencia es  tan real  como  la estructura. La ideología es tan real  como  la ciencia.

Por este  camino  llegamos a otro importante aspecto del  mismo asunto. Se trata del  famoso  problema de  las diferentes «esferas»,

«instancias»  o «niveles» del  modo  de producción y sus relaciones

recíprocas. El paradigma —ya lo vimos  en el anterior  capítulo— es  Althusser,   quien habla   de  tres  instancias: la  económica, la jurídico-política y la ideológica. Tres instancias distintas  que se articulan de una  cierta  manera específica. Tres prácticas diferen- tes «relativamente» autónomas.

Aquí  tenemos un  ejemplo preciso de  la  alienación capitalista, de  la inversión ideológica (denunciada ya  por  Lukács  en  1923) de las cosas,  que hace ver muchas «instancias» o «estructuras» relativamente «autónomas» con relación al famoso  «determinante en última  instancia»  inventado por Engels  y coreado por Althus- ser y compañía.

Aun a riesgo  de  repetirme, diré  una  vez más  que  la crítica  defi- nitiva  de  estas  posiciones teóricas está  contenida en  Lukács,  en su valiosísima Historia y conciencia de clase. El meollo  de  esta crítica  es el concepto marxista de totalidad. En la sociedad capi- talista,   la  forma  de  objetividad  característica  es  la  reificación

 

universal  que   atribuye  «autonomías  relativas»   a  los  llamados

«planos» de la vida  social.

En otra  publicación he  sintetizado el pensamiento de  Lukács  al respecto:

Para  Lukács,   lo  que   diferencia básicamente  a  la  historio- grafía  burguesa del  método  marxista, consiste en que  aqué- lla  se  limita  a enlazar fenómenos de  modo  abstracto y ge- neral,   de  acuerdo a  relaciones  meramente lógicas  y  cau- sales,  en  tanto  el  método  marxista busca  detectar, en  cada etapa  del  desarrollo social, «la forma de objetividad de todo objeto».  Este método  no admite  la «autonomía»  que  aparen- tan tener  los diversos estratos  sociales, puesto  que  tales  «au- tonomías»  dejan  de  serlo  cuando enfocamos el conjunto  de la forma de objetividad de cada  todo social. Si queremos comprender, por  ejemplo, qué  hay  detrás  de  la  apariencia de  autonomía que  ofrecen  los distintos  estratos  de la socie- dad  burguesa, tendremos que  estudiar la forma  de  objetivi- dad  característica de  esta  sociedad; forma  que  resulta  ser la de la reificación universal, la presentación de los objetos sociales como  «cosas» independientes exentas de  una  rela- ción  con  el todo.  De este  modo,  la forma  misma  de  objeti- vidad  nos  explica aquella «apariencia de  autonomía», la ex- plica  como un producto de la forma misma de objetividad capitalista. Marx  parece dar  razón  a  Lukács  cuando en  El Capital, a propósito de  ciertas  expresiones  «irracionales» de la ideología económica burguesa que  hacen aparecer como

«autónoma»  la  región  ideológica, nos  dice  que  «esas  expre-

siones  irracionales tienen  sin embargo su fuente  en las rela- ciones  de  producción mismas»,  en  el  sentido  de  que  aque- llas  «expresiones irracionales» de  los  economistas no hacen sino  reflejar  «la forma fenoménica» de las relaciones de pro- ducción y no su estructura real.8

Desde  luego, Althusser  y seguidores no nos hablan de completa autonomía sino  de «autonomía relativa»  de las instancias. Pienso

 

 

8  Cfr. «Importancia y alcance del concepto de totalidad de Lucács»,

Revista Zona Tórrida, Valencia, Universidad de Carabobo, no 4.

 

que,  de  todas  maneras, se toma  el rábano  por las hojas,  puesto que  se  aceptan, en  la  teoría,   las  cristalizaciones prácticas que nos impone la reificación universal capitalista. No puede negar- se  que  haya  «esferas» de  la  vida  social:  lo político, lo religioso,

«etcétera».  Pero  tales   esferas   no  son  relativamente  autónomas

sino  en  apariencia. En rigor,  habría  que  hablar, como  lo  hace Marx,  de  «formas ideológicas» correspondientes a un determina- do ser social,  formas  que  no son  relativamente autónomas sino que  guardan  relaciones de  determinación esenciales  con  res- pecto  al todo y con respecto al ser.

2.  Veamos  el  punto  b),  relativo   a  las  interconexiones entre  el modo  de producción y la formación social. Recordemos que  los althusserianos hablan de  la formación social  como  «una combi- nación  específica de  modos  de  producción»,  cosa  que  es  con- creta   y  real.   Pero,   ¿cómo  se  establecen  las  relaciones  entre aquellos  conceptos?  He  aquí   el  gran   problema que   ellos   no resuelven y  que,  a  decir  verdad, no  ha  sido  resuelto todavía.

Sin  embargo,  los  aportes  recientes  de   Pierre-Philippe  Rey  9

abren  nuevos y luminosos caminos en dirección a una  solución satisfactoria. Las tesis  de Rey plantean la «articulación entre  mo- dos  de  producción coexistentes»  en  el  seno  de  una  formación social  concreta.

La falla  fundamental de  esta  concepción consiste en  que  no vemos  cómo  se  pueden establecer relaciones o  articulaciones entre  varias   cosas  que  no  «existen  en  la  realidad»  para  luego darnos  otra cosa  que  sí tiene  existencia real.  ¿Cuál es esa  fuerza invisible que  transforma el alma  en cuerpo, la potencia en acto? Por otra  parte,  tal concepción no logra  escapar a los dualismos y  pluralismos que  implican la  coexistencia de  diversos modos de producción en el seno  de una  formación social. El uso  de la palabra «articulación» no subsana esta falla esencial, esta frag- mentación básica del  todo  social. A uno  le  queda la  idea  de que  hay  algo  así  como  diferentes piezas puras  que  se articulan entre  sí mediante un  sistema  de  cremalleras mecánicas. No po- demos  alejar  de  nuestra mente  la imagen de  las  ruedecillas del reloj introducidas en la vida  social.

 

9 Las alliances de clases, París, 1973.

 

A nuestro   juicio,  el  modo  de  producción es  un  objeto  tan real  como  la formación social  y representa, como  ésta,  un con- cepto  teórico,  un  todo  social.  En este  sentido  compartimos las opiniones de Guy Dhoquois (ob.  cit.) y Said A. Sha.10

Afirma Dhoquois que  la solución correcta

consiste en  tomar  el  concepto de  modo  de  producción co- mo  un  «abstracto  real»,  es  decir,  en  considerar que  se  trata de una  estructura totalmente presente en la realidad, que  el análisis científico puede descubrir.

Y más adelante:

Si aceptamos la idea  de  que  el  concepto de  modo  de  pro- ducción es un «abstracto-real»  y no un modelo, el concepto de  formación económico-social puede designar con  mucho rigor una  combinación de modos  de producción.

Con respecto a esto,  señala Dhoquois que  «diría  incluso que  la articulación de esos dos conceptos es uno de los principales problemas que  la teoría  marxista encuentra en este  momento».

Preocupado por este  problema, el economista indio  Sai'd  A. Sha afirma que «ambos casos envuelven una connotación abstracta (general-teórica) y concreta (específica-aplicada)».  Por ello  pro- pone  Sha  el  uso  del  término  compuesto SF-MP para  indicar  la intercambiabilidad de ambos  conceptos.

Estas posiciones encuentran firme  asidero en  Marx,  en  particu- lar  lo  referente  a  considerar  al  MP  y  a  la  FS  como   objetos reales, plenamente presentes en  la  realidad, y como  conceptos teóricos  a la vez.

Léase,  por ejemplo, este párrafo  de Marx:

...  Asimismo  ella  (la  sumisión formal  del  trabajo  al  capital) puede coexistir como  forma particular en el seno  del  modo de producción capitalista plenamente desarrollado, en tanto que  a la inversa no es forzosamente verdadero .11

 

 

10  Development, Social formations and Modes of Production, Dakar, ONU, 1973 (mimeografiado).

11 Un chapitre inédit., p. 191.

 

Y más adelante en la misma  obra:

En su ocasión volveremos más tarde  sobre  estas  dos formas que se encuentran en el seno del modo de producción ca- pitalista desarrollado  donde  aseguran  la  transición  de  las ramas  de actividad secundarias todavía no plenamente ca- pitalistas....12

 

 

Como puede verse,  en  el seno  del  mismo  modo  de  producción capitalista pueden coexistir las dos fases,  o formas  históricas de su desarrollo.

Sin  embargo, parece que  ninguno de  estos  dos  autores logra esbozar el problema de las relaciones recíprocas MP-FS; ni Dhoquois cuando habla  de  la  «articulación de  MP en  la  FS», ni Sha  cuando habla   de  su  «intercambiabilidad».  No obstante, es este  último  quien, a  juicio  nuestro, aporta  una  decisiva contri- bución  al proponer el término  compuesto MP-FS para  expresar que  la  historia  es  una  sucesión de  modos  de  producción, una sucesión real  en  la que  el  surgimiento de  un  MP no implica ni el dominio ni la liquidación inmediata y vertical  de  un MP pre- existente. Esto tendría  validez aun  para  aquellos períodos histó- ricos que  no son tenidos  como  de transición.

El siguiente párrafo  de Marx parece dar razón  a Sha:

Esta  ampliación de  la  escala productiva constituye la base  real  sobre  la cual  el modo  de producción específi- camente capitalista se  desarrolla cuando encuentra las condiciones históricas favorables, por ejemplo, en el si- glo  XIV, no  obstante surgir  de  manera esporádica, sin dominar la  sociedad entera  en  el  seno  de  formaciones sociales más antiguas.

De  paso:  obsérvese cómo  Marx  señala aquí  el  surgimiento de un  modo  de  producción nuevo   en  el  seno  de  una  formación social  más antigua.

El problema con  Sha  y  Dhoquois es  que  no  logran  escapar a ese  dualismo de  los conceptos que  antes  señalábamos y que  el

 

12 Ibíd., p. 199.

 

mismo  Dhoquois mencionaba.  En efecto,  este  autor  habla  del MP como  un «tipo general»  que,  una  vez dado  «es posible espe- cificarlo  en  la realidad mostrando sus  variedades históricas y geográficas, sus variedades regionales». Agregando inmediata- mente:   «Toda  encarnación del  MP comprende especificidades estructurales y  coyunturales». Subrayo el  término  «encarnación» a  fin  de  hacer   resaltar las  dificultades  que   padece Dhoquois para  desembarazarse de la dicotomía acto-potencia del pensa- miento  lógico  aristotélico. Y de la teología cristiana.

En el caso  de  Sha  tampoco está  ausente la «concretización pro- gresiva»  de  lo  abstracto a  lo  concreto que  implicaría el  pasaje del MP y la FS abstractos a sus correspondientes concretos:

Una  cuidadosa y  crítica  lectura de  los  trabajos   teóricos   e históricos de Marx muestra  que  el uso,  en ambos  casos,  en- vuelve una  connotación abstracta (general-teórica)  y  con- creta (específica-aplicada). En la primera connotación, los términos  (MP y FS) implican un  conjunto  simplificado aun- que  concentrado de  factores  subjetivos y  objetivos, mien- tras que  en la segunda (usando el método  de  aproximacio- nes sucesivas) corresponde más de cerca  a la complejidad y variación de  los  procesos históricos espaciales  y  tempora- les.  Por  ello,  en  esta  manera particular, es  necesario usar los  dos  términos   en  forma  combinada indicando su  inter-

cambiabilidad.13

Destacamos, no obstante, un nuevo  mérito  de  Sha:  tanto  el MP

como  la FS son sometidos a la aproximación sucesiva.

En conclusión: de Dhoquois y Sha retenemos que  ambos,  el MP y la FS, son objetos  reales, históricos, y que  los dos  son al mis- mo  tiempo   conceptos  teóricos.  Asimismo,   ambos   representan una  totalidad, un todo social.

Pero  nos  falta  el  problema central: el  de  las  relaciones recípro- cas entre  MP y FS.

Me parece que  si queremos apegarnos estrictamente a la  cien- cia  creada y  desarrollada por  Marx,  debemos  abordar con  el

 

 

13 Ibíd., pp. 7-8

 

método dialéctico el  problema de  las  relaciones entre  MP y FS. La esencia de  este  método  (digámoslo otra  vez)  es  la categoría de  la totalidad concreta como  teoría  de la realidad. El elemento esencial en  esta  totalidad es  el  carácter de  las  relaciones entre ser social  y conciencia social.

Estas relaciones implican la aprehensión simultánea de la re- producción  y  el  movimiento  de  la  totalidad  de  los  procesos reales, del  ser social  y de la conciencia social.  Según  Marx,  hay que ver las cosas  en desarrollo, en gerundio, desarrollándose, transformándose y renovándose como  resultado de la acción  de la conciencia social  dentro  de  los límites  de  necesidad que  im- ponen los  procesos reales, o mejor,  las  relaciones de  determi- nación  entre  los procesos reales (relación esencia-fenómeno).

Creo  que  Pierre  Herzog14  es  quien más  profunda y  rigurosa- mente,  desde una posición epistemológica rigurosamente mar- xista,  examina el  problema de  las  relaciones entre  MP y  FS. Dada  la importancia del  texto  de  Herzog,  lo sintetizaré a conti- nuación.

a) Comienza Herzog haciendo cuatro observaciones a Sereni relacionadas con  el  manejo  dialéctico (marxista) de  las  catego- rías,  manejo  que  no hace  Sereni.  En el centro  de estas  observa- ciones  se encuentran sucesivamente:

 

 

1. la relación proceso estructura.

2. la relación teoría-práctica.

3. la relación totalidad-base económica.

4. la relación coexistencia-interconexión (de  las formas).

 

 

En todos  estos  casos  Herzog  la emprende contra  la dicotomía o dualismo concepto-realidad y estructura-proceso. No hay  sepa- ración   entre   estos   términos.  Todo  concepto  es  concepto  en desarrollo en  el análisis de  la realidad. Herzog  lo dice  así:  «ten- go conceptos, intento  utilizarlos (...)  pero a medida que la in- vestigación se  desarrolla (...)   el  análisis de  la  realidad da  un

 

14 Cfr. su breve contribución al debate Sereni-Luporini, ob. cit., pp. 196-

200.

 

contenido nuevo  a conceptos “viejos”». Estructura y proceso van siempre juntos, son reproducciónmovimiento aprehendidos simultáneamente. No hay una «sucesión  de formas», sino la co- existencia  y  movimiento  conjunto   de  formas  locales.  En  una palabra, «es preciso sustituir  a  la  ruptura  concreto-estructura y

modelo, un análisis dialéctico de la relación teoría  práctica».15

b)  Todo  lo anterior  quedaría subsumido, pienso, en  la relación unidad-diversidad en  la historia. El punto  crucial  lo destaca así Herzog:  «Toda fractura  entre unidad y diversidad es extrema- damente peligrosa».16  Y aquí  reside, a mi modo  de  ver,  la  mé- dula  del  aporte   de  Herzog:   concebir la  relación MP-FS como

una  forma de la relación unidaddiversidad históricas. He aquí  su solución y su camino  analítico:

1. La realidad es,  efectivamente, coexistencia e interconexión de formas locales capitalistas y precapitalistas en diferentes sociedades.

2. El modo  de  producción podría  ser  comprendido como  la representación de  lo invariante o la unidad de  diferentes so- ciedades (...)  podría  ser la unidad, el proceso unificante, lo invariante, de las formas de las relaciones y de sus contra- dicciones propias (i.e.  ciclo  de acumulación, relación trabajo- capital en el capitalismo); pero  este  MP, así concebido, no es un  «tipo», un  «modelo»;  por  el  contrario, implica un  desarro- llo, y para  desarrollarlo es imprescindible tomar en cuenta «la realidad del  movimiento en  las  formaciones sociales especí-

ficas».17

3.  Este  desarrollo no  lo  es  sólo  de  la  unidad, de  lo  inva- riante,  de lo dominante en un conjunto  de formas locales.

Ese desarrollo es  también renovación de las especificida- des y  es  esto  lo  que  nunca  se  pone  suficientemente en evidencia.  No  hay   movimiento  unificante  sin  haber   al mismo  tiempo  reproducción de  las  especificidades sobre

 

 

15 Ibíd., p. 197.

16 Ibíd., p. 199.

17 Ibíd., p. 198.

 

bases  nuevas (...)  en  la  realidad la  renovación de  las  es- pecificidades es tan «real» como la existencia de formas comunes (...)   la  realidad es,  efectivamente, coexistencia de un conjunto  de formas  locales de caracteres precapita- listas  y  capitalistas. Pero  es  también la  interconexión de estas  formas,  la  dominante capitalista renovada a  través de procesos que  es preciso explicar en tanto tales.18

4. Con respecto al método  de El Capital, dice  Herzog:

Evidentemente, El Capital de Marx es una  obra  que  pone el  acento   sobre   la  unidad de  las  formaciones  sociales, sobre  lo que  es común,  invariante, unificado. No pone  el acento   sobre  la  diversidad, sobre  la  renovación, lo  que no quiere decir  que  no esté  presente (...)  el concepto de desarrollo desigual que  no está  llenado en  El Capital: es- tá presente pero  no explicado.

Lenin  lo  supo   poner   de  manifiesto,  y  desde Lenin,  un análisis del  desarrollo del  capitalismo que  no  tuviera  en cuenta teóricamente los dos aspectos del desarrollo his- tórico:  unidad y diversidad, forzosamente cojearía.19

Herzog  no  propone una  definición del  concepto de  formación social  que  él  iguala al concepto de  formación económica y so- cial:

Lo que  he  dicho  permitiría pensar que  la investigación his- tórica,  especialmente dirigida al capitalismo, debe  progresar para  que  se pueda discernir mejor  este  concepto, sin ence- rrarlo en definiciones.20

Establezcamos ahora  nuestras conclusiones.

Marx  no definió  nunca  los  conceptos de  formación social  y de modo  de  producción. Más aún,  como  bien  lo  muestra Etienne Balibar, Marx utilizó  en  forma  varia  y con  distintos  significados el término  modo (Weise). Hallamos así:  modo  de cambio, modo de circulación, modo  de consumo, modo  de apropiación, modo

 

18 Ibíd., pp. 198-199.

19 Ibíd., pp. 199-200.

20 Ibíd., p. 200.

 

tecnológico, modo  de  producción  mismo,  etcétera. El análisis de estos  usos  llevó  a Balibar  a formular  una  definición de  modo

«como  un  sistema   de  formas  que  representa un  estado de la variación del  conjunto  de  los  elementos que  entran  necesaria- mente  en el proceso considerado.21

A despecho de  la  utilidad que  pueda tener  el  establecimiento de  este  nuevo  concepto, yo pienso que  lo realmente significati- vo es el concepto de  modo  de  producción referido  a una  reali- dad  concreta y representativa de un todo social. Igualmente, me parece que  el  concepto de  formación social  representa asimis- mo una  realidad y un todo social.

¿Son,  entonces, perfectamente intercambiables estos  conceptos? A pesar  de  que  hay  que  reconocer el  enorme avance teórico que  supone la proposición de Sha al eliminar la dicotomía «abs- tracto-formal-inexistente concretoreal-existente», no estamos convencidos de la sinonimia teórica  de estos  conceptos.

En efecto,  admitir  que  la relación entre  MP y FS se reduce a su intercambiabilidad equivale  a  suprimir   la   relación  dialéctica entre  ambos,  lo  que  vale  tanto  como  abolir,  en  la  realidad, la lucha  real que  se establece entre  las diversas formas  sociales en su coexistencia y sucesión, lucha  que  ha de  conducir al triunfo de las formas progresivas —sin que por ello desaparezcan los vestigios o «excrecencias» de las formas  más viejas.

El análisis científico busca  establecer estas  formas  —las «triun- fantes—  como  formas  puras  a  fin  de  estudiar y  descubrir sus leyes de  movimiento, y poder  establecerlas libres  de  «perturba- ciones».  Pero  estas  «perturbaciones» tienen  enorme importancia, pues  ellas  constituyen los  «modos  de  existencia»  (Marx)  de  la forma depurada.

Veamos  seguidamente un  texto  de  Marx  sumamente esclarece- dor acerca de las relaciones entre  «conceptos puros  e impuros»:

Es importante para  el análisis científico de la renta  de la tie- rra,  es  decir,   de  la  forma  económica,  específica  y  autó- noma,  que  reviste  la propiedad de  la tierra  en  el modo  ca-

 

 

21 Ibíd., pp. 90 y ss.

 

despojada de  todo  complemento que  la falsificaría y le nu- blaría  su  naturaleza; pero  también es  del  todo  importante, por  lo demás, el  conocer los  elementos que  son  fuente  de estas  confusiones, a fin de  entender bien  los efectos  prácti- cos de la propiedad de la tierra,  y así llegar  al conocimiento teórico de una masa de hechos que,  aun  estando en contra- dicción con  el  concepto y  la  naturaleza de  la  renta  de  la tierra,  aparecen sin  embargo como  sus  modos de existen-

cia.22

La conclusión es  clara:  el  análisis científico depura ciertas  for- mas   significativas  (aquí  la  renta   capitalista)  despojándola  de

«complementos  nubladores»  de  su  naturaleza; pero,   al  mismo

tiempo, estos  «complementos» son  en  un  todo  importantes para comprender en la práctica y, más aún,  para  conocer en lo teóri- co  «una  masa  de  hechos»  que,  no  obstante estar  en  contradic- ción  con  la forma  pura,  aparecen como  «sus modos  de  existen- cia».

En una  palabra, estamos aquí  en presencia de un importante problema: la captación conceptual de la unidad-diversidad de la historia. ¿Cómo  captar  la unidad-diversidad del  proceso históri- co, de la totalidad concreta, de «la realidad como un todo es- tructurado y dialéctico?» (K. Kosic).

Y es  aquí  donde surge  la  lúcida proposición de  Herzog:   me- diante  los  conceptos de  modo  de  producción y  formación so- cial.  El MP recoge «lo único»,  «lo puro»  o, más  bien,  «lo depura- do»  en  tanto  que  la FS recoge «lo diverso»,  «lo complementario» o «lo específico». Ambos  existen plenamente en  la realidad por cuanto   ésta  es  reproducción  y  movimiento simultáneo  de  lo

general-único y lo particular-diverso.23

 

 

22 El Capital, VII, 16, cit. en L. Althusser, Lire le Capital, p. 69.

23  Dice Alonso Aguilar: «Marx introduce a la ciencia la categoría de la formación económico-social (concebida) como un proceso histórico natural, como una totalidad, como un sistema que se desenvuelve a partir de formaciones previas, no de manera caprichosa, sino confor- me a leyes que fundamentalmente expresan un modo de producción

 

ducción  capitalista  es,   al  mismo   tiempo,  su  reproducción  y desarrollo en coexistencia con otros modos  de producción. La determinación de  estos  últimos es indispensable para  compren- der  cómo  se desarrolla el MP capitalista y cómo  se transforman los  MP  coexistentes.  Una  vez  más,   «lo  concreto  es  concreto porque es la síntesis  de múltiples determinaciones, unidad en la diversidad» que  decía  el viejo  Marx en los Grundrisse.

Con todas  estas  consideraciones en el espíritu, pensamos que  la fórmula  de  Sha  —unir  mediante un  guión   los  términos   MP y FS— podría  ser de gran  eficacia práctica y explicativa.

En definitiva, se  trata  de  proceder de  modo  no  manualesco, tomando los conceptos en cuestión de tal modo  que,  sin restar- les  su carácter teórico  y propiamente «conceptual», no se pierda jamás  de  vista  su conexión con  lo real.  El Modo de  Producción y la  Formación Social  son  objetos  teóricos, pero  también obje- tos reales. Es, en el fondo,  lo que  planteó Marx al comienzo de sus Grundrisse y que  el pensamiento manualesco ha deformado por  completo. Lo que  en  Marx  era  una  conceptualización dia- léctica, móvil,  en los manuales se convierte en estatua teórica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

determinado o el tránsito a otro. Sin tal categoría no podría, como al- guna vez dijo Lenin, haber ciencia social» (Cfr. el artículo «¿Ha avan- zado el marxismo en los últimos años?», en la revista Problemas del desa- rrollo, N° 18, Unam, México, 1974).

 

 

VII.

EL ARTE A LA FUERZA O COMO GUSTÉIS

 

 

 

 

I frente  a  los  conceptos de  dialéctica,  materialismo, filo- sofía,  alienación, ideología, modo  de  producción, los  ma- nuales se comportan del  modo  que  he  llamado manuales-

co, frente  al fenómeno del  arte  su comportamiento es superma-

nualesco, lo  que  equivale a decir  que  en  este  aspecto los  ma- nuales —y muy en especial los soviéticos— están  teñidos  de mentiras, o de falsas  verdades, que  es lo mismo.  A uno  termina por darle  la impresión, leyendo los manuales, de  que  sus  auto- res  entienden el  arte  como  un  «añadido»  social, una  especie de mampostería que  se le pone  por encima a la estructura social  a fin de que  pueda lucir algo  más bella  y pueda ocultar  su po- dredumbre —en fin, la que  ha tenido  «hasta ahora»,  como  dicen los manuales. Pues  éstos  suponen que  la sociedad socialista ya existe, y  que  en  esa  sociedad socialista ya  existente, el  arte, como  forma  social, tiene  toda  la dignidad que  merece. Se equi- vocan,  porque en primer  lugar  la sociedad socialista, desgracia- damente, no  existe, y en  segundo término,  dentro  de  la  socie- dad  así  llamada el  arte  no  tiene  la  menor  dignidad. Es tratado como  una  puta  vieja,  como  un peligroso engendro burgués.

Pero no quiero hacer  política de la teoría.  No me interesa tanto en  este  momento hacer  la crítica  de  las  intervenciones oficiales del  marxismo ortodoxo en  contra  de  la  libertad artística, como de la ortodoxia misma  de la teoría.

La teoría  manualesca del  arte  es  la  resobada «teoría  del  reflejo» que  tiene  tanto  de  teoría como  yo de  malayo. Es la misma  que critiqué duramente en  el  capítulo sobre  la  ideología. No hace falta,  por tanto,  insistir  en demasiados detalles, aunque siempre será  imprescindible envenenar de nuevo  a ese  poderoso animal que  es la ortodoxia.

La  primera  confusión  en  que   incurren  los  manuales  —¡y  no sólo  los manuales!— es la de  avecindar el arte,  sin más,  dentro

 

de la «región  de la ideología» (pues para  ellos  la sociedad no es una  estructura, sino  una  especie de  tienda  por departamentos). Suponen los  manuales que  a  la  «región  de  la  ideología» perte- necen todas  las  manifestaciones espirituales  de  una  sociedad, con  lo cual  cometen, dicho  sea  de  paso,  el  gravísimo error  de colocar  al mismísimo Marx (un  hombre  que  se manifestó espiri- tualmente) entre  la  turbamulta de  los  «ideólogos».  Lo mismo  le ocurre  al arte.  No niego  que  pueda existir  un arte ideologizado, en  el sentido  de  arte  servidor  o cómplice de  un sistema  opresi- vo  (todo  el  «realismo  socialista», cierto  cinetismo, etcétera.), ni tampoco niego  que  este tipo de arte pueda tener virtuosidad expresiva. Lo que  sí niego  de plano  es la posibilidad de que  un arte  que  no denuncie —sin necesidad de ser literalmente políti- co—  la  realidad de  la  cual  él  nace,   no  es  un  verdadero arte. Pues  bien,  los manuales pretenden convencernos —¡en nombre del  socialismo!— de que  el arte  verdadero es aquel que  sirve  al sistema  de las mentiras. Yo no soy nada  yanqui, pero,  hablando con sinceridad, me parecen mucho  más interesantes las deses- peradas experiencias de los «pop» que  las resignadas sumisiones de los llamados «realistas  socialistas», que  tienen  la gran  desven- taja (eso  escribí  en otra ocasión) de no ser ni realistas ni socia- listas. Claro,  tienen  una  gran  ventaja: están  «teóricamente»  am- parados por  unos  manuales emanados, como  si  se  tratara  de una  fuente  mágica, de  la  Academia. Por otra  parte,  están  con- denados a  la  fidelidad  al  sistema, porque si  se  les  viene   a  la mente  la idea  de  disentir, o bien  son  enviados a Siberia  (como hacía  el  difunto  Kruschev  con  los  artistas  plásticos abstractos,

«esos reaccionarios»),  o bien  son  condenados al  silencio dentro de su propio  país,  o, en fin, al exilio  y al repudio. Basta  con ser un verdadero artista,  o sea,  un rebelde, un denunciador de la ideología imperante, para  ser considerado un traidor,  o cuando más   «una  víctima   del   capitalismo»,   como   piadosamente  dijo Pravda acerca de  un escritor.  Pero hay  que  preguntarse en voz fuerte:  ¿quién es más  víctima  del  capitalismo: aquel que  se atre- ve a hacer  la crítica  del  socialismo o aquel que  hace  la «coexis- tencia»  con  el  capitalismo y mantiene una  economía monetaria y  mercantil?  Dicho  en  otras  palabras,  y  afirmativamente:  los artistas  son  más  socialistas que  el sistema. Al menos, conservan

 

aquella sagrada furia que  Lenin recomendaba a los revoluciona- rios.  Si hay  un  traidor  en  este  caso,  es  el  artista  plegado al sis- tema  y a los manuales que  le enseñan cómo y acerca de qué se debe  escribir  o pintar  o cantar.  No el rebelde.

Esto quiere decir  que  el arte,  en cuanto es arte, no es ideológi- co, puesto  que  no está  al servicio de la opresión, sino en contra de  ella.   Tampoco   es  teórico. Es, simplemente, artístico,  tiene sus  propios fueros,  su  propia lógica que,  aunque enfrentada a la realidad y polemizando con ella,  obviamente no la pierde de vista.

Lo anterior  equivale, por  supuesto, a una  negación rotunda  de la  celebérrima «teoría  del  reflejo».  Es curioso   constatar que  no sólo  los  manuales, sino  también agudos pensadores marxistas, han  caído   en  la  falacia   del  «reflejo».  Pienso   ahora   en  el  gran Lukács,  quien en el prefacio de sus Prolegómenos a una estética marxista escribe que  «la base  de mi libro  está  constituida por la idea  general de  que  el  reflejo  científico (?)  y el  reflejo  estético (?)  reflejan   la  misma   realidad objetiva».   Pero  ¿cómo  puede la ciencia «reflejar» al mundo? La ciencia no hace  más que  interpre- tar al mundo, y si se la hace  según el espíritu de Marx, lo trans- forma.  Ptolomeo  no era menos  científico que  Copérnico, ni éste que  Einstein;  lo que  han  hecho  es interpretar —y también con- tribuir  a transformar— el mundo  en que  vivimos.  Sus teorías  no reflejan   al  mundo, sino  que  lo inventan.  Como  dice  el  poeta Jorge  Guillén, hay  que  inventar la  realidad. Nosotros  mismos,

¿no somos un invento  mágico de la realidad? Pero no de esa académica  «realidad objetiva»  de  que  nos  hablan Lukács  y  los manuales (éstos  hablan de  «las condiciones objetivas»), sino  de una  realidad en  la que  van  mezclados carne  y espíritu, hombre y  naturaleza, tiempo   y  espacio. El hombre   es  un  invento   del mundo,  pero   también  el  mundo   es  un  invento   del  hombre. Frente  a esta  sencilla y paradójica verdad, ruedan por  el  suelo como  muñecas rotas  todas  las  «teorías»  del  reflejo.   Yo,  como artista  literario, no  reflejo  a ningún «mundo»  objetivo  presunta- mente  neutralizado de  subjetividad; por  el contrario, soy  artista en la medida en que  con mis palabras invento  un mundo.

 

Los manuales, y  los  estetas  manualistas, no  saben  comprender el  lenguaje del  arte.  (El  error  anotado en  Lukács  no  implica, valga  la aclaración, que  yo  lo considere a él o a su  Estética co- mo  manualescos:  ¡por  el  contrario!   Pero  ahí   donde  hay   un error,  así  sea  en  nuestras propias narices, hay  que  detectarlo.) La llamada teoría  del  reflejo  no comprende en absoluto las rela- ciones   del  artista  con  el  mundo, o  con  su mundo. Como  ha dicho   Hugo  Friedrich   en  su  magistral  Estructura  de la lírica

moderna,1 dos  de  las  notas  dominantes de  la  poesía moderna

(o  sea,  de  Baudelaire a esta  parte)  son  la «fantasía dictatorial»  y la «destrucción de la realidad». Si los manualistas se acercasen, aunque fuera  por un instante, a la terrible, insaciable y volcáni- ca fantasía  de un Rimbaud, se enterarían de que  la poesía, lejos de  ser un «reflejo» de  la realidad, consiste en un  déréglement de tours les sens, que  es  como  decir  la  subversión de  todos  los sentidos. En poesía el  oído  es  capaz  de  gustar,  y  la  lengua es capaz  de  oír.  El tacto  canta,  y la  memoria recuerda cosas  futu- ras.  En pintura, las  cosas   no  son  tales  cosas   «objetivas»  a  las cuales hay  que  «reflejar», sino  que  son  una  materia  dibujable o desdibujable —¡como  se  quiera!—, o  transformable en  cubos, en  manchas, en  colores   o  hasta  en  puro  reflejo  óptico.  En el arte,  el  artista  no  refleja  a la  realidad; la  realidad se  encuentra transfigurada en  el  artista.  Si  el  socialismo existe, el  artista  es capaz  de recrearlo; si no existe  realmente, entonces el artista  no tiene  más  remedio que  denunciarlo. Pero  en ningún caso,  si se trata  de  un  artista  verdadero, se  limitará  a  parafrasear la  reali- dad,  o mejor  dicho,  lo que  le es presentado como  «la realidad». El artista  es  un  desrealizador que,  por  rara  fortuna,  es  también el realizador máximo. ¿Quién creó  a Dios, sino el artista? ¿Quién inventó  los animales sagrados tales  como  el buey, el elefante o el  cordero, ese  agnus dei que  perdona todos  los  pecados del mundo?  Fue  el  hombre  religioso, entendiendo esta  palabra (re- ligiosus) sin  moralina, es  decir,  como  la  preocupación y escru- pulosidad que  puede tener  un ser humano hacia  algo  que  le es muy  querido. Un buen  poeta, por ejemplo, es religioso con  sus

 

 

1  Cfr. Hugo Friedrich, Estructura de la lírica moderna, Seix Barral, Barce- lona (España), 1959.

 

versos,  con  su precisión y su prosodia. Un buen  pintor  es  reli- gioso  en  la distribución de  sus  colores  y sus  líneas. Y un  buen teórico  lo  es  con  respecto a  las  astucias de  la  razón,  como  lo diría  el  viejo  Hegel,  tan  menospreciado por  los  lógicos moder- nos  y,  sin  embargo, tan  genial y tan  poeta. Por si no lo sabían los  lógicos o logicistas de  hoy,  la poesía es un  estricto  método de  conocimiento desde ayer.  De la poesía —es decir,  de  Herá- clito,  de  Homero,  de  Parménides, de  Teognis, para  sólo  hablar de  griegos—  ha  extraído  la  filosofía   toda  su  matriz,   toda  su

«esencia»   o  «entelequia».  Decía   Leibniz   que   una   «entelequia» puede  definirse como  un  ser  «perfecto-habiente». Es, en  reali- dad,  lo que  significa en griego esa  extraña palabra dentro  de  la cual  viene  envuelto el télos, la finalidad, el pragma téleion, o fin perfecto. Pluscuamperfecto, podría  decirse para evitar redun- dancias. Una perfección a la cual  el arte  debe  aspirar, pero  que jamás   conquistará,  como   lo  demostró  sobradamente  nuestro Señor Don Quijote,  amigo  de la perfección.

La teoría  manualesca del  arte  es quizá  la más  anodina e insólita de  todas  las  teorías  que  ha  producido el  marxismo ortodoxo. Resulta  incomprensible que una revolución como la de 1917, amparada por  un  genio  tan  rebelde y transformador de  lo real como  lo fue  Lenin,  haya  engendrado, en  la esfera  del  arte  y la cultura, los endriagos teóricos  a que ya nos tienen  tan acos- tumbrados. No quiero decir,  por  supuesto, que  no  haya  nada de  valioso  en  el  arte  soviético contemporáneo; pero  la  verdad es  que  la  Revolución no  ha  añadido nada,  artísticamente ha- blando, a Dostoievski. Y algo  debería haberle añadido. Pues  se supone que  una  revolución debe  añadirle algo  a los  hombres, en  lugar  de  quitarles cosas.  Es claro  que  la  Revolución de  Oc- tubre  ha  dado  mucho;  pero  sería  su deber  revolucionario, pre- cisamente, recorrer  por  el  camino  de  la  conciencia y la  cultura todo  cuanto  ha  recorrido en  otros  terrenos. El enfrentamiento con  la  sociedad capitalista no  puede realizarse, ni  en  el  plano del  arte  ni en ningún otro plano, haciendo concesiones a la tan malquerida «moral  burguesa» de  que  nos  hablan los  manuales; no;  ese  enfrentamiento debe   ser  radical y  debe  abarcar todas las esferas  de la vida  social, desde el sexo  hasta  el hambre, que son  los  polos  del  orbe  descubiertos por  Freud  y Marx.  Descu-

 

biertos  en  el  sentido  literal  de  haber  sido  puestos al  desnudo. Como  decía  graciosamente Ortega  y Gasset,  «hay  que  levantar- les las faldas  a todos  los problemas contemporáneos».

Para  hacer  que  asciendan las  faldas  del  arte,  uno  de  los prime- ros pasos  negativos (pues siempre hay  que  darlos) es  retirar  la vista  de  los  manuales. El primer   paso  positivo   es  el  opuesto dialéctico: leer  en  su  salsa  la  buena literatura, ver  en  su  plena sazón  la  pintura   y  oír  de  modo  sacramental la  música. Y,  de paso,  ¡hacer  buena teoría!

La teoría  del reflejo,  en arte, tiene  unos ilustres  antecedentes. Formulada como si se tratara de una teoría revolucionaria, sin embargo, es  tan  vieja  como  Aristóteles, quien   en  sus  tratados sobre  retórica  y  poética desarrolló la  teoría  del  arte  como  mi- mesis, como  imitación  de  lo  «natural»,  lo  que  correspondía a laphysis (Ver Aristóteles, Poética, 6, 12, en relación con el verbo mimeomai). La palabra poética, o el rasgo  pictórico, debían ser mimemas, o sea,  reproducciones, imitaciones. Pero  aun  así,  ni Platón  ni  Aristóteles   fueron  jamás  tan  conservadores como  lo fueron  sus  infinitos  seguidores preceptistas, o como  lo son  los

manualistas de  hoy.2  La realidad es inimitable, pero  en  cambio

sí es expresable. El arte  es expresión (Marx  decía  Ausdruck) de lo  real,   es  interpretación  creadora,  inventora  de   una   nueva realidad.  La  idea   cristiana  de  creación resulta,  por  ello,   una adecuada metáfora  que  complementa el viejo  sentido  griego de la  poíesis, que  significaba trabajo  o  fabricación, pero  no  crea- ción  de  la  nada. Picasso  no  refleja  a la  realidad, pero  la  inter- preta  y la  descubre; por  ello  es  antiideológico y antimanuales- co. Cuando  Marx quería saber  algo  profundo acerca del  dinero,

¿a  quién acudía sino  a  Shakespeare? ¿No decía  San  Juan  de  la Cruz que  él hablaba en su Cántico Espiritual de unas  «aguas cristalinas»  porque eran de Cristo?  Esto es  invención pura,  y no reflejo  de  nada.  Podría  decirse lo mismo  de  la  tendencia infor- malista  en el arte y la literatura soviéticos de nuestro  siglo;  o de Dostoievski, o de Tolstoi, o del viejo  Puschkin.

 

 

 

2 Para ellos, la naturaleza es también creadora, o poética. Imitar a la natu- raleza no era hacer fotografías pedestres, sino interpretarla.

 

Hay, ciertamente, en diversas latitudes, teóricos  marxistas que combaten la ortodoxia manualesca. Pero ningún enemigo tan fuerte  tiene  esa  ortodoxia como  la  existencia universal del  arte y  la  literatura, o  de  lo  que  podemos llamar, en  general y  un poco  a la manera griega antigua, poesía. La creatividad poética es, por definición, enemiga de todo pensamiento manualesco. También  es enemiga de toda  forma social  de opresión, pues  no hay  poeta  verdadero que  no  haya  sido  o sea,  a su  manera, un rebelde. «El Estado se come a los poetas por tajadas», decía Baudelaire. El poeta  le responde al Estado con dentelladas, y le da una suprema lección de humanidad: mientras los Estados cambian y desaparecen, los poetas perduran y hasta  los mismos Estados  se  ven  en  la  vergonzosa obligación  de  reconocerlos como  sus  héroes nacionales y hacerles estatuas, lo que  es  una manera de limpiar  o aliviar  la mala  conciencia.

Consecuencia de  todo  lo anterior  es  la  increíble deficiencia de los  manuales marxistas para  entender las  relaciones entre  len- guaje  y  realidad, o entre  arte  y  sociedad, si  se  prefiere. En su libro  antes  citado,  Hugo  Friedrich  tiene  algunas frases  revelado- ras  que  vale  la  pena  transcribir: uno  de  los  fundamentos de  la lírica  moderna —caso  paradigmatico: Mallarmé— es «una in- coherencia ontológicamente entendida entre  realidad y lengua- je»3. «Para  definir  un  poema moderno es  preciso detenerse mu- cho  más  en el estudio de su técnica expresiva que  en el de  sus contenidos, su  argumento y sus  temas»4.  «Las  energías artísticas se  concentran casi  exclusivamente en  el  estilo,  que  es  la  reali- zación  en  lenguaje y  por  lo  tanto  el  fenómeno más  inmediato de  la  gran  transformación  de  lo  real  y  de  lo  normal»5.  Y  un principio de  la  lírica  moderna se  define  por  esta  sola  palabra:

«desrealización».  Pues   bien,   los  manuales,  en  nombre   de  un presunto  y  desvencijado  «realismo»,   renuncian  a  comprender estos  principios de  la  poesía y  el  arte  modernos. Califican   de

«deformaciones burguesas» las tendencias pictóricas que  «desrea- lizan»  o  que  no  «reflejan»  la  realidad. El cubismo analítico es,

 

3. Hugo Friedrich, ob. cit., p. 192.

4 Ibíd., p. 235.

5 Ídem.

 

para  esos  manuales, una  aberración. La poesía de  las  vanguar- dias   europeas  y  americanas  les   resulta   insufrible.  Pero   ello equivale a admitir  —como  lo tuvo  que  admitir  el propio  Lenin en  frase  ya  citada   en  otro  capítulo de  este  ensayo— que  los manuales  de  la  revolución  son  profundamente  reaccionarios. Tal es la paradoja.

No quiero entrar  aquí  a discutir  detalles de la teoría  marxista del  arte  —la  de  Marx,  quiero decir—.  Serían  muchos  los  veri- cuetos  en  que  tendría  que  incursionar. Aquí  me  interesaba so- bre  todo  la visión  manualesca, que  es preciso destruir  y acabar de una  vez  por todas.  No obstante, debo  recordar que  el arte  y la literatura fueron  siempre para Marx, como para Engels, un instrumento de la verdad, pero  entendida ésta  no como  la «ade- cuación» mimética con la realidad, sino  como  su expresión y su transformación. Marx  habría   repudiado el  «realismo   socialista», del  mismo  modo  como  habría  repudiado esas  formas  burguesas de arte que  sirven  más a los intereses de las galerías y las edito- riales  que  al arte mismo.

En una  ocasión, alguien que  quería ayudar económicamente al  autor  de  Les  Fleurs du mal, le  dijo  que  le  podía   conseguir una  cierta  suma  de dinero  por un poema para  un jardín  botáni- co de  París.  Baudelaire contestó: «Lo siento  mucho,  pero  nunca podré  escribir  un poema sobre  los vegetales».

 

 

VIII.

 

 

LA CUESTIÓN DE LA CULTURA

 

 

 

 

AY también un  grave  asunto  que  concierne al  pensa- miento  manualesco, tanto  como  al  antimanualesco: la pregunta por  la  cultura. ¿Qué  es  la  cultura?  ¿Cómo  la

definen los manuales y, más  que  los manuales, toda  una  larguí-

sima  tradición clasista de  la  civilización occidental? ¿Qué  es  lo que  los  manuales  arrastran de  esa  tradición y  qué  es  lo  que aciertan a  rechazar?  Y en  cuanto  a  Marx  —que  es  el  opuesto dialéctico de los manuales, en el sentido  en que  Cristo es hereje frente  a la Iglesia  cristiana—, ¿qué pensaba acerca de la cultura? Veremos  que  hay  un  sentido  retrógrado, arcaizante, de  cultura, y un sentido  —el de Marx, aunque no sólo el de Marx— nuevo, plenamente moderno, mucho  más  amplio   y  profundo. Busca- remos  nuestros ejemplos dentro   del  campo   marxista, precisa- mente   para   que   quede  delineada  nuestra intención, que   es, como  ya  lo habrá  advertido bien  el  lector  avispado, la de  con- traponer el  pensamiento manualesco al  auténtico pensamiento de Marx.

Pasaré,  por  tanto,  a responder, de  un  modo  obligadamente es- quemático  (no  son,  por  cierto,   los  manuales  los  únicos   que tienen  derecho a emplear los esquemas como modos  de razo- namiento; en  griego, la  voz  «esquema»   [schéma]  significa una figura nítida  de  pensamiento, en  cuyo  caso  los  malos  manua- les,  lejos  de  ser  esquemáticos, son  apelmazados, borrosos), a responder, decía, la pregunta por la cultura.

La moderna teoría  social, que  arranca de la Ilustración francesa, del  hegelianismo alemán y  de  la  economía inglesa y  que,  pa- sando  por el cañamazo crítico  de Marx y Weber, remata  en dos corrientes contemporáneas, como  son  el  estructuralfuncionalis- mo  y  la  llamada Teoría  Crítica  de  la  Sociedad (en  esencia, la Escuela  de  Frankfurt), cualesquiera  que  sean  sus  posiciones y

 

por más encontradas que  resulten ser, han coincidido invaria- blemente en  poner   en  tela  de  juicio  el  antiguo  concepto de

«cultura» o, en todo  caso,  lo han  puesto  sobre  el tapete  crítico  a correr  suerte  frente  a un  nuevo  concepto, mucho  más  crítico  y a  la  altura  de  los  tiempos. Aunque todas  las  corrientes coinci- den  en  el  afán  de  revisar  críticamente el  viejo  concepto —ya veremos cuál  es ese  concepto—, es preciso advertir  desde aho- ra que  la principal división entre  esas  corrientes proviene de un hecho  sutil:  aunque todas  pretenden «superar»  el  viejo  concep- to, hay  algunas que  ideológicamente, de  un  modo  no del  todo consciente  (preconsciente,  diría   Freud)   lo  siguen  manejando como  punta  de  lanza   intelectual,  mientras que  hay  otras  que logran  superar de  plano  el  viejo  concepto o, en  todo  caso,  en- globarlo dentro  de un concepto más  vasto  y profundo y menos ligado a intereses de  clases  dominantes. Ejemplo  de  los conser- vadores del viejo concepto son todos los sociólogos de corte estructural-funcionalista, que  operan principalmente en  Alema- nia,  Estados  Unidos  y epígonos, y los  marxistas dogmáticos de corte manualesco, que no tienen  nacionalidad. Ejemplo de los revolucionarios del  viejo  concepto son  los  representantes de  la Teoría  Crítica de la Sociedad y, en general, todo  lo que  pudiera englobarse dentro  de  la  denominación de  marxismo heterodo- xo  o, como  diría  Sartre,  «marxismo  viviente»,  cuya  principal ca- racterística es la de tomar el espíritu, y no la letra,  de Marx.

Por concepto antiguo de cultura debemos entender aquel que asocia  el concepto de  cultura  a todo  lo estrictamente relaciona- do  con  las  actividades y  productos «nobles»  del  espíritu, tales como  el arte literario, musical, arquitectónico, pictórico y, en general, las  ciencias y la  filosofía.  Es lo que  en  la  Edad  Media quedaba  comprendido en  el  Trivio  y  el  Cuadrivio, o  sea,  las siete  artes  liberales: gramática, retórica  y dialéctica (Trivium), y aritmética, música, geometría y astrología-astronomía (Quadri- vium). Es de notar  que,  en la Edad Media,  se hacía  mucho  más énfasis  en  las  artes del  Cuadrivio, especialmente en  la gramáti- ca,  porque se  las  consideraba como  la  base  del  «cultivo»  que producía al  hombre  de  cultura. De ahí  que  el  concepto rena- centista  de  cultura, ligado umbilicalmente al de  «humanidades», estuviese tan  ligado al  estudio de  la  filología: la  condición del

 

filólogo, u  hombre  cultivado en  lenguas (especialmente las  de la antigüedad grecolatina) era  indispensable para  optar  al título de  humanista. Ahora  bien,  este  concepto de  cultura  es  de  un origen  netamente clasista, pues  es  bien  evidente que  sólo  cier- tas  clases  tenían  acceso a  ese  «cultivo»,  no  sólo  por  la  escasez de  libros  y su  carestía, sino  porque los  maestros y preceptores cobraban buenos salarios y regalías. Estas cosas  las recordó bellamente  Burckhardt en  su  La  cultura del Renacimiento  en Italia  (Cfr. la Parte  III, «El  resurgir de  la antigüedad») y,  con  no menor  belleza pero  sí con  más  precisión, Ernst Robert  Curtius en su Literatura europea y Edad Media latina. Curtius  aporta  un dato  muy  significativo. Uno de  los elementos fundamentales de la «cultura» es, por supuesto, el conocimiento, la asimilación y la imitación de  los  llamados «clásicos».  Pero,  ¿de  dónde viene   la palabra clásico? En latín,  aparece por primera vez en Aulo Gelio (Noches áticas,  XIX, VIII, 15),  un  coleccionista o antologista de la época de  los Antoninos. Aulo  Gelio  se nos  muestra sorpren- dentemente  burgués  cuando  como   criterio   para   elegir  a  los mejores   autores incluye a  «cualquiera de  entre  los  oradores o poetas, al menos  de los más  antiguos, esto  es,  algún  escritor  de la clase superior contribuyente, no un proletario». El clásico era, por  definición, opuesto al  proletarius, porque éste  no  pertene- cía  a  la  clase  superior contribuyente. Ahora  bien,  muchísimos siglos  después, hacia  1850,  un  crítico  tan  avisado como  Sainte- Beuve  (Causeries du lundi, III), define  al «clásico»  en  estos  tér- minos:  «Un escritor  de valor  y de marca,  un escritor  que  cuenta, que tiene bienes de fortuna bajo el sol y que no se confunde en- tre la turba de los proletarios».  Lo cual  es  lo  mismo  que  decir, en  el  plano  general de  la cultura, que  la «cultura» es  un  asunto de las clases  económicamente dominantes, con posibilidades de

«cultivarse».  Con razón,  después de citar a Sainte-Beuve, comen- ta Curtius:  «¡Qué golosina para  una sociología marxista de la literatura!».1

Tal es el antiguo concepto de  cultura. Y así  como  el viejo  con- cepto  de  «clasicismo»  ha  debido ser  hoy  superado restándole el

 

 

1 Cfr.  Literatura europea y Edad Media latina, FCE, México, 1955, Cap. XIV, p. 352.

 

lastre clasista y convirtiéndolo en una categoría estética que envuelve  a  pobres   y  a  ricos,   a  proletarios  y  burgueses,  del mismo  modo  ese  viejo  concepto de  cultura, tan  asociado a las clases   dominantes  y  tan  estricto,   debe   ampliarse aunque,  no por ello,  hacerse menos  riguroso.

El nuevo concepto de cultura, que  es de  carácter antropológico y  que  ha  sido  discutido por  autores tan  distintos  como  Marx, Weber,  Spengler, Scheler, Malinowski, Ortega,  Mannheim, Lévy- Strauss  y  muchos  otros,  tiende   a  identificar la  cultura, no  con una  parcela de  las  actividades y  productos humanos, sino  con todo aquello que el hombre haga en cuanto hombre, sea positivo o negativo en sus consecuencias para el hombre mismo. Se nota a  las  claras  la  gran  diferencia con  el  viejo  concepto: por  una parte  no parcializa a la cultura, y por  la otra,  no la limita  a los productos y actividades «nobles»  del  espíritu, sino  a todo  aque- llo  que  el  hombre  hace  en  cuanto  hombre, sea  para  su bien  o para  su  mal,  lo cual  incluye, por  supuesto, una  teoría  del  «em- pleo» que  se hace  de los objetos  culturales; como decía  Marx en el  Libro I de  El Capital —y  vaya  a título  de  simple  ejemplo—

«lo malo  de  la  maquinaria no  está  en  ella  misma,   sino  en  su

empleo capitalista». Pero  todavía es  más  vasto  este  nuevo  con- cepto.  Incluye aquellos artefactos creados por el hombre  a cos- ta  de  la  naturaleza que  resultan ser  siempre y  por  definición nocivos  para el hombre, tales como por ejemplo la bomba  de hidrógeno. La liberación de  la energía —producto cultura—  no es en sí ni buena ni mala;  pero  su empleo para  fines  bélicos — que  es  una  actividad cultural: ¿no  hay  quien ha  dicho  que  la historia  del  hombre  es la historia  de  sus guerras?—  es por defi- nición  antihumano pues  tiende  a la destrucción de la especie. Y bien,  todo  eso  es  cultural. Desaparece así  la  vieja  y raída  dife- rencia  entre  «cultura» y «civilización», que  tanta  y tan  inútil  tinta ha hecho  correr.

Los  inmensos medios de  comunicación  radioeléctrica  creados en nuestro  siglo,  no son en  sí ni buenos ni malos.  Son produc- tos  culturales que   pueden,  también culturalmente, emplearse ya sea para  formar la conciencia de los hombres, ya sea para deformarla —que  es  lo  que  realmente ha  ocurrido—.  De  ahí que  pueda decirse (y  sobre  esto  he  escrito  un  volumen) que,

 

aunque teórica  y  analíticamente pueda ser  verdadera la  distin- ción  de  MacLuhan  entre  «medio» y «mensaje»,  sin embargo, des- de un punto  de vista histórico  y sintético, el medio  se confunde con el mensaje, o, dicho  en terminología genuinamente marxis- ta, el medio  se ha hecho  en sí mismo  ideológico, y la televisión y  la  radio  se  han  vuelto  tan  detonantes y  peligrosos como  la bomba  atómica: se han transformado en «polución  mental»,  para utilizar  el vocabulario de moda.  Por ello Marcuse, un genuino representante de  la  Teoría  Crítica  de  la  Sociedad a  que  antes aludía, ha podido escribir  en su obra  El hombre unidimensional estas   sabias   palabras:  «La ideología,  hoy,   está  en  el  proceso mismo  de  producción»  (Today the ideology is in the process of production itself).

Tomemos  ahora  dos  ejemplos de  buen  y de  mal  uso  del  voca- blo «cultura», entendiendo por «bueno» el concepto nuevo  y por

«malo»  el antiguo y dando  por  entendido que  las  anteriores ex-

plicaciones me eximen ahora  de  justificar  el empleo de  catego- rías tan simples como  «bueno» y «malo». Por razón  de estrategia, tomaré  ambos  ejemplos del  campo  marxista. El mal  uso  lo ha- llaremos en  un  consagrado manual,  el  de  Kuusinen;  el  buen uno lo hallaremos en el propio  Marx.

El manual 2  se propone «superar»  el concepto burgués de  cultu- ra,  y como  modelo propone lo que  se  hace  actualmente en  la Unión  Soviética. En este  sentido  propone, muy  sanamente, imi- tar la política de integrar los trabajadores a la cultura, y la cultu- ra a los trabajadores. Pero  aquí  comienzan los problemas teóri- cos. En primer  lugar,  esa separación entre  lo que  hacen los trabajadores y lo que  hacen  los «hombres  de cultura»  nos remite a la vieja  distinción «burguesa»  (en  realidad es más  antigua que la  burguesía) entre   el  mundo   del  innoble  trabajo   físico  y  el mundo  del noble  trabajo intelectual; consagra, así, uno de los principales motores  históricos de  la alienación, a saber,  la divi- sión  del  trabajo.   Es cierto  que   el  manual aspira   a  superarla; pero sus bases  teóricas no hacen, en realidad, otra cosa que consagrarla. Veamos.

 

2   Kuusinen  y  otros,  Manual  de  marxismo-leninismo,  Grijalbo,  México,

1960, pp. 644 y ss.

 

La  instrucción es  la  base  de  la  cultura  general y  del  per- feccionamiento político  (...)  Se trata,  pues,  de  que  en  el fu- turo,  conforme se  vaya  acercando el  comunismo, el  con- junto de ciudadanos de la sociedad socialista posea una instrucción superior y  media. Será  en  esencia una nueva revolución cultural pero  elevada a un plano  incomparable- mente  más alto.  Tiene  gran  importancia teórica  y práctica el

problema del carácter de la enseñanza.3

¿Qué se desprende de tan bellas frases?

Se desprende, ni más ni menos, el antiguo concepto de cultura, embozado tras una  fraseología socialista. ¿Por qué?  Porque  limi- ta la base  de la cultura  a la instrucción y la enseñanza, es decir, a  aquellas clases sociales que  pueden recibirlas. Es cierto  que los  manuales reclaman, para  la  sociedad socialista, y  concreta- mente  para  la Unión  Soviética (estos  manuales son manuales de propaganda política de  la  URSS) el  derecho de  pensar en  una sociedad sin clases, sin división del trabajo  y sin producción mercantil; pero  del  derecho al  hecho, va  un  buen  trecho.  En realidad, de facto  y  no  de iure, la  llamada sociedad socialista actual  tiene  tan  sólo  de  socialista un  vago  deseo de  eliminar la propiedad privada de  los medios de producción. Pero conserva la división del  trabajo,  con  creación incluso de  nuevos estratos, tales  como  la gigantesca burocracia, lo cual  a su vez incrementa y  fermenta una  nueva y  especial lucha  de  clases; conserva la producción mercantil y monetaria, lo cual  la obliga a someterse

—pese  a todos  los planes quinquenales— a la oscilación capita-

lista  de  los  precios; conserva, acrecentada, la  represión ideoló- gica  y hasta  racial:  caso  de  Pasternak y Solyenitzin, caso  de  los judíos  rusos;  tiene  una  «coexistencia» con  el belicoso Occidente que,  más que  coexistencia, parece una capitulación (de  ahí el problema con  China  Comunista); no sabe  muy  bien  cómo  defi- nirse  respecto a Vietnam  y los países del  Medio  oriente, el  pri- mero  embarcado en una de las guerras más largas  y cruentas de la historia  (que, afortunadamente, está siendo ganada por los patriotas vietnamitas, dicho  sea  esto  en  abril  de  1975)  y los se- gundos, al  igual  que  Venezuela misma  o Ecuador,  por  obra  y

 

3 Ibídem.

 

gracia   del  petróleo,  recordándoles  a  los  países desarrollados que  el petróleo ya  no se podrá  vender a «precio  de subdesarro- llo»,  sino  a  precios  más  altos,   incomparablemente  más  altos. Con razón  decía  Paul  Baran  que  el futuro  de  la lucha  socialista estaba  en los países subdesarrollados, por concretos motivos históricos. Y lo decía, para  honor  suyo,  en  los  años  cincuenta. Otros,  después, lo han  repetido, pero  nunca  con  la  firmeza  de Baran.  Pues  bien,  esos  países socialistas que  tienen  sus  Acade- mias  estéticas que  promulgan manuales, deberían aprender, por de pronto,  que  la cultura  es algo  que  va más  allá  de la «instruc- ción»  y la «enseñanza». ¿No propagan esos  sistemas, a través  de sus  controladísimos medios de  comunicación, una ideología, es decir, una parte esencial de la actual cultura?  ¿No es esa  ideo- logía  represiva, limitadora y dogmática? ¿No se repite  a sí misma hasta  el  cansancio, lo mismo  que  las  marcas  de  detergentes en el  mercado  comunicacional  capitalista?  Por  eso  decía   que   el concepto de  cultura  manejado por  los  manuales de  marxismo es particularmente ajeno  a Marx.

Y vamos  a  ver  inmediatamente por  qué  me  atrevo  a  decir  ta- maña  herejía (yo  me  considero, escribiendo estas  cosas,  como un arriano  en el Concilio  de Nicea,  cuando Constantino declaró

«oficial» la religión cristiana para  el Imperio). Pero,  antes,  finali-

zaré  diciendo: ese  concepto de  cultura  y de  hombre  culto  que manejan los  manuales de  marxismo, pese  a todos  sus  atenuan- tes,  sigue  siendo el  viejo  y aristocrático concepto de  la  cultura como  «cultivo»  y del  hombre  culto  como  el  «cultivado»,  esto  es, la cultura  de la riqueza y los hombres del poder  material.

Ahora pondré un ejemplo del buen  uso de la palabreja en cues- tión,  o sea,  la cultura. Lo tomaré  del  propio  Marx. En El Capital hace   Marx  uno   de  esos   geniales  respiros teóricos   que   solía practicar en medio  de las más  intrincadas deducciones matemá- ticas.  Y escribe de esta guisa:

Recordemos, de  paso,  que  el Señor  Capitalista, al igual  que su prensa, se muestran a menudo descontentos de la forma como  la  fuerza  de  trabajo  gasta  su  dinero  (...): he  ahí  una buena ocasión para  filosofar,  parlotear acerca de la cultura, y  proponerse  a    mismos   como   filántropos.  Véase,   por

 

ejemplo, al  Sr.  Drummond, secretario  de  la  Embajada   de Gran  Bretaña   en  Washington.  Según   este  señor,   The  Na- tions publicó, a fines  de octubre  de 1879, un interesante ar- tículo  donde él dice,  entre  otras perlas: «En el dominio de la cultura, la población trabajadora no ha seguido el ritmo del progreso técnico; ha  caído  sobre  ella  una  lluvia  de  objetos con  los  cuales no sabe  qué  hacer  y para  los  cuales ella  no constituye un mercado». Cada  capitalista desea, naturalmen- te, que  los obreros  compren su mercancía. «No hay  ninguna razón   —comenta  Drummond—  para   que   el   obrero   no desee poseer tanto confort como  el sacerdote, el abogado y el médico, quienes ganan tanto como  él». Los abogados, los médicos, los sacerdotes de  esa categoría ¿cómo no podrían desear tanto confort como el del obrero? «Pero él —sigue Drummond hablando del  obrero—  no  lo hace.  Queda  por saber  cómo  se  podría, mediante métodos sanos y raciona- les, elevarlo al rango  de un consumidor más  avispado; cosa difícil  de  resolver, puesto  que  toda  la ambición del  trabaja- dor no va más allá  de una  disminución de sus horas  de tra- bajo,  y  puesto   que  la  demagogia lo  impulsa mucho   más hacia  esta  vía  que  hacía  la  elevación de  su  condición me- diante  el  perfeccionamiento de  sus  aptitudes morales e in-

telectuales.4

Y más adelante comenta Marx con su característica ironía:

Para  convertirse  en  un  consumidor  racional de  la  mer- cancía de  los capitalistas, él (el  obrero) debe  sobre  todo 

¡pero  el demagogo se lo impide!— dejar  a su propio  capita-

lista  que  le  consuma su  fuerza  de  trabajo  de  manera irra- cional y  perjudicial  para   su  salud.  (Los  subrayados  son míos,  L.S.).5

Finalmente, Marx  recuerda que,  mediante el  llamado truck sys- tem, el capitalista, que  suministra alimentos y alojamiento a los obreros, es también su propietario. Marx, aquí,  no recuerda algo

 

 

4 Karl Mark, El Capital, FCE, México, 1966, Libro II, sección III, «Se- gundo ejemplo».

5 Ibídem.

 

que     recuerda  en  otras  ocasiones,  a  saber:   que   el  opuesto dialéctico de alienación es apropiación, y que,  por tanto, la apropiación de  unos  por  otros  es  síntoma  inequívoco de  alie- nación.

En otra parte  de El Capital, a propósito del  problema de la divi- sión  del  trabajo,  cita  Marx  unas  palabras muy  significativas de W. Thompson:

Entre el  hombre  de  cultura y el obrero  productor se  inter- pone   un  abismo   y  la  ciencia, que,   puesta en  manos   del obrero,  serviría  para  intensificar sus propias fuerzas  produc- tivas,  se  coloca  casi  siempre enfrente de  él  (...)  La cultura se convierte en  un  instrumento susceptible de  vivir  separa-

do del trabajo  y enfrentado con él.6

Respecto de estas frases,  comentaba yo hace  algunos años lo siguiente:

¿Y por qué  ocurre  esta  suerte  de  hipóstasis o alienación de la ciencia y la cultura  con  respecto a los productores? Marx deja  entrever —y  es  una  lástima  que  no  profundizara más en   este   punto—   la  verdadera  razón   de   este   fenómeno, cuando escribe: «La expansión del  mercado mundial y el sistema  colonial, que  figuran  entre  las  condiciones genera- les  del  sistema, suministran al período manufacturero mate- rial  abundante para  el régimen de  división del  trabajo  den- tro de  la  sociedad».  No vamos a investigar aquí en detalle cómo este régimen se adueña no sólo de la órbita económi- ca, sino de todas las demás esferas de la sociedad, echando en  todas  partes  los cimientos para  ese  desarrollo de  las  es- pecialidades,  para   esa  parcelación del hombre que   hacía exclamar ya a Ferguson, el maestro  de A. Smith: «Estamos creando una  nación  de  ilotas;  no  existe  entre  nosotros  un solo  hombre  libre».  He allí  la razón  profunda —continuaba yo— de la alienación generalizada que,  en todas  las esferas sociales, afecta  al  sistema   capitalista del  siglo  XX, a  cien años  de  haberse escrito  El Capital.  Pensemos qué  no  diría Marx  sobre  la  parcelación del  hombre  en  el  mundo  de  las

 

 

6 Cfr.  Karl Marx, ob. cit., vol. I, pp. 288-294.

 

grandes corporaciones del  capitalismo monopolista, donde la  división del  trabajo  ha  llegado a un  extremo alucinante. No haría  sino comprobar la crasa  verdad que había  en su predicción científica. Pues  Marx era  un científico predictivo, y no ese  «profeta» en que  se lo ha querido convertir  religio-

samente.7

Finalmente, para  acabar con  las  citas,  recordemos nuevamente al  Marx  de  El Capital o,  mejor  dicho,   al  Marx  del  tomo  IV inacabado, o sea,  las Teorías sobre la plusvalía:

El contraste entre  la  riqueza que  no  trabaja   y  la  pobreza que trabaja  para  ganarse el sustento  provoca asimismo un contraste en cuanto  a la cultura. La cultura  y el trabajo  se divorcian. La cultura  se opone al trabajo  como  capital o ar- tículo  de lujo.8

Extraeré  ahora   algunas consecuencias teóricas que  presentaré en forma esquemática para  mejor entendimiento del lector:

1. El capitalismo se acuerda de  la cultura  a la hora  de  pen- sar en  la forma  como  el dueño de  la fuerza  de  trabajo  gas- ta,  o debe  gastar,  su  dinero. Para  ello  le  ofrece  un  mundo cultural  compuesto  de   mercancías,  sin   advertirle  que   la principal de estas  mercancías —también, por supuesto, cul- tural  y  comparable— es  precisamente la  fuerza  de  trabajo. El capitalismo, objetivamente, maneja el  nuevo  sentido   de cultura, aunque lo presente disfrazado del sentido  antiguo.

2.   Cada  capitalista desea que  los obreros  compren su mer- cancía: tanto  los productos de  la «parte noble»  de  la cultura como  el  resto  de  los  objetos   culturales que  componen a una sociedad basada en el valor de cambio, es decir,  una sociedad donde todos  los objetos  son susceptibles de trans- formarse  en  mercancías. Incluso  mercantiliza a las  concien- cias  porque, como  bien  lo recordara Marx  en  el  Libro I de El Capital, hay  mercancías especiales,  tales  como  la  con- ciencia o el honor,  que  sin tener  formalmente un  valor (en

 

7 Cfr.  mi obra El estilo literario de Marx, siglo XXI, México, 1971.

8 Karl Marx, Theorien über den Mehrwert, en Marx-Engels Werke, vol. 26.I., p. 280 (Dietz Verlag, Berlín, 1965).

 

el  sentido  económico marxista de  la teoría  del  valor),  pue- den  sin  embargo  llegar   a  tener  un  precio y  comportarse como  mercancías. (Yo diría  que  la fuerza de trabajo espiri- tual es una  fuerza  productiva capaz  de crear  plusvalía ideo- lógica, y que  su medida económica viene  dada  por  la me- dida  en  que  esa  plusvalía inmaterial sirva  de  soporte  a  la plusvalía material: caso,  por ejemplo, de  los «investigadores de mercado», los «analistas  motivacionales», los «genios de la propaganda», los  «psicólogos industriales» y los  artistas  y li-

teratos  al servicio del  capital).9  En definitiva, dentro  del  ca-

pitalismo, todos  los objetos  culturales —entre  los  cuales se encuentran las fuerzas  de trabajo  físico y espiritual— entran dentro  de la órbita  del  capital. Se identifican cultura  y capi- tal.

3. Según  Monsieur Le Capital, habría  que  «cultivar» (pero ideológicamente, claro  está)  al dueño de la fuerza  de traba- jo a fin de que,  dotado  ya  de «cultura» (ideológica, claro  es- tá,  porque puede  haber   cultura   antiideológica,  que  es  lo que algunos llaman «contracultura»  y que debería llamarse propiamente  «contraideología» o  «contracultura ideológica») y perfeccionadas sus «aptitudes  morales e intelectuales», se convierta en  «un  consumidor más  avispado»  o  avisado, lo cual,  traducido al  siglo  XX, significa un  consumidor voraz y, por tanto,  un hombre  lleno  de  un sinfín  de «necesidades» creadas en  su  psiquismo —zona  preconsciente, sobre  to-

do—  gracias precisamente al  «cultivo» 10  capitalista, realiza-

do hoy  fundamentalmente por los medios de comunicación de  masas, que  son  por  ello  en  su  totalidad medios  ideo- lógicos, difuminadores de  cultura ideológica. Crear  cultura

 

 

9  Cfr. mi libro La plusvalía ideológica, EBUC, UCV, Caracas, (2a  ed.),

1974, cap. V

10  La palabra «cultura», en latín, es un deverbativo del verbo colo, colui, cultum, que puede significar «cultivar», pero también «practicar» (una virtud, por ejemplo) y «velar u honrar» (a dioses o a personas). Así,

«cultura» puede significar «cultivo», pero también «saber». El hombre

cultus es el «cultivado», es decir, aquel que ha tenido los medios para lo- grarlo.

 

en  el  dueño de  la fuerza  de  trabajo  (y  conste  que,  por  su- puesto, el  capitalista,  sobre   todo  el  empresario  moderno con  su salario, es también dueño de  fuerza  de  trabajo) vie- ne a ser lo mismo  que  sumergirlo en la alienación del  con- sumo,   es  decir,   la  alienación de  las  necesidades.11  Como

dice  Marx:  para  que  el obrero  consuma de  modo  «racional» deberá —según el  capital— dejar  que  su  fuerza  de  trabajo (espiritual y física:  plusvalía ideológica y plusvalía material) sea  consumida de manera irracional por el capital. Porque, en definitiva, el capital es propietario de  la fuerza  de  traba- jo.

4. El capital ha convertido la cultura  (en  especial la ciencia, las  artes  y  la  filosofía;   pero   sobre   todo  la  ciencia  como fuerza  productiva), que  es un patrimonio de la sociedad en- tera,  en  un  mundo  aparte  del  obrero  y  enfrentado con  él. Según  este  sentido antiguo, «la cultura  —oigamos de nuevo a Marx—  se  convierte en  un  elemento susceptible de  vivir separado del  trabajo  (del  obrero) y enfrentado con  él». «La cultura  y el trabajo  se divorcian. La cultura  se opone al tra- bajo  como  capital o artículo  de  lujo». Ello es  producto, en- tre otras  cosas,  de  la  alienación que  la  división del  trabajo realiza en todas  las esferas  de la vida  social.

5.  Si  cultura   es,  en  el  nuevo   y  antropológico sentido   del término, todo  aquello que  el  hombre  crea  en  cuanto  hom- bre,  y si toda  esta  creación asume hoy  el  carácter de  capi- tal,  de  mercancía (al  menos  en  el  mundo  capitalista), en- tonces   la  cultura,  la  sociedad entera   y  sus  productos, es opuesta al  desarrollo integral del  hombre. En términos  de Marx: la cultura  tiende  a parcializar al hombre, a dividirlo, a oponerlo a sí mismo,  y a producir la allseitige Entaüsserung

 

 

11 No puedo entrar aquí en clarificaciones acerca de lo que entiendo por

«ideología» y por «alienación». Para ello remito al lector a los corres-

pondientes capítulos de este Anti-manual, a mi libro ya mencionado La plusvalía ideológica y a mi volumen Teoría y práctica de la ideología (Nuestro Tiempo, México, 2a ed., 1974). No son lo mejor que hay en el tema, pero sí representan mi punto de vista, que es el que ahora tra- to de perfilar.

 

o  alienación omnidimensional del  hombre. Naturalmente, hay  que  ver esto  con ojos dialécticos: la misma  cultura  que produce hoy esa alienación universal, también crea unas condiciones materiales —desarrollo de  las fuerzas  producti- vas, crecimiento tecnológico, etcétera— que  resultarán in- dispensables para   la  desalienación  universal,  la  socializa- ción efectiva de la cultura.

He tratado  de  responder a  la  pregunta por  la  cultura. Mi con- clusión —que  no  es,  desde luego, enteramente mía—  es  que hay  que  distinguir enérgicamente entre  el  sentido  antiguo y  el nuevo  de cultura, tomando partido  por el nuevo. Creo que  es la única   manera de  poder   plantearnos seriamente las  relaciones entre  términos  tales  como  «cultura» y «dependencia». Se trata,  en definitiva, de  crear  un  concepto conflictivo de  cultura, opuesto en  todo  o  casi  todo  al  plácido y  ya  soñoliento concepto  ad usum del  viejo  humanismo tradicionalista.  Un  concepto lleno de  pólvora intelectual. Un  concepto que,  como  he  tratado  de mostrar,  ya se encontraba plenamente presente y actuante en la obra de Marx.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apéndices

 

 

 

g

 

 

APÉNDICE I

 

 

SOBRE EL MÉTODO  EN MARX

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El tema  propuesto es:  marxismo y metodología científica. Como tema,  es extraordinariamente abundante. Es tema  carnoso, y se trata además de una  carnadura en la que  han  clavado sus picos críticos  toda  suerte   de  pajarracos intelectuales.  Lo han  hecho hasta  deformar el cuerpo original de  la pieza. Vamos  a ensayar aquí  una  especie de reconstitución de aquel cuerpo original, de acuerdo con sus vísceras mismas, esto es, de acuerdo con los términos   con  que  Carlos  Marx  se  planteó a    mismo,  en  sus obras,  la  cuestión de  su  concepción general de  la  historia  hu- mana  («sistema»)  y la cuestión de cómo  abordar el estudio de la misma  según un cierto  orden  lógico  («Método»). En este  sentido, trataremos de indagar en los siguientes puntos  cruciales: 1) la distinción entre sistema  y método  en Marx; 2) los conceptos económicos como  categorías; 3) la cuestión de  la dialéctica; 4) el problema de la totalidad; 5) diferencia entre  estructuras y apariencias sociales; 6)  la  diferencia específica  del  método  de Marx,  o sea,  el primado o primacía de  la  práctica. Tales  son,  a

 

 

El texto que presento a modo de apéndice no pertenece, en rigor, a este Anti-Manual. Fue publicado en mi volumen Marx y la alienación (Monte Ávila, Caracas, 1974). No obstante, he considerado conve- niente reimprimirlo aquí, dadas las numerosísimas alusiones que en el presente ensayo hay sobre los problemas metodológicos del mar- xismo. Por otra parte, en este apéndice hay muy diversos y variados ataques a las posiciones manualescas, lo que hace que su contenido no desentone, ni en estilo ni en doctrina, con el resto del volumen. (L.S.).

 

nuestro  juicio,  los puntos  nodales del método  marxista. La bi- bliografía a este aspecto es sobremanera abundante: llena  bi- bliotecas enteras. Pero nosotros  intentaremos aquí,  salvo en determinados casos,  reconstruir la médula del  sistema  y el  mé- todo  marxista a  partir  de  un  estudio del  propio  Marx.  Porque hay  que  repetirlo una  vez  más,  una  cosa  es  Marx  y  otra  muy distinta  son  los  marxismos. Son  cosas  a menudo tan  diferentes que  se contradicen de plano, se niegan mutuamente.

 

 

SISTEMA Y MÉTODO EN MARX

 

La palabra «sistema» tiene  usos muy diversos. En su máxima generalidad,  significa ordenación de  las  partes  en  un  todo,  or- ganización de  subconjuntos en  un  conjunto   total;  por  donde vemos  que  la noción  general de sistema  puede confundirse con la noción  de  «estructura»  y con  la noción  de  «totalidad».  Lo que identifica a un sistema  es la compatibilidad de sus partes. Puede ocurrir,  incluso, que  esta  compatibilidad asuma   el  carácter de una  contradicción,  o  de  una  oposición  que   realiza  su  lucha dentro  de  la  esfera  del  sistema  y  que  lo  constituye. Tal  era  el caso  del  sistema  filosófico  de Heráclito, por ejemplo. Y tal es el caso  de un filósofo  como  Hegel,  o de un científico social  como Marx.

Tomada  más  particularmente, la palabra sistema  nos  conduce a la  noción   de  «concepción  del  mundo»,  es  decir,   idea   general que  se tiene  acerca de  cómo  ocurren las  cosas  en  la naturaleza y en  la  historia. En este  sentido  han  usado  la  palabra numero- sos filósofos,  y de  ahí  viene  toda  esa  serie  interminable de  «sis- temas  filosóficos»  que  hacen  procesión en  la historia  de  la filo- sofía. Cada uno de ellos ha pretendido abarcar en su enrejado conceptual la totalidad de la cosas,  y por ello casi todos han comenzado  y  terminado  por  la  noción   generalísima de  «Ser». Cuando  se  intenta,  en  filosofía,  abarcar en  un  todo  sistemático la  totalidad de  las  cosas  y sus  relaciones, no queda más  reme- dio  que  vaciar   el  sistema   de  contenido  concreto,  puesto   que cualquier particularidad o concreción echa  a perder la armonía del  sistema  en  cuanto  tal.  La condición para  que  exista  un  sis-

 

tema  filosófico  es que  sea  vacío,  es decir,  que  explique al mun- do olvidándose del  mundo. Es lo que,  por ejemplo, le ocurrió  a una  mente   tan  suprema como  la  de  Platón:  para  entender al mundo, tuvo  que  inventarse otro  mundo  más  perfecto y  dedi- carse  a describirlo. Otros han  centrado el  eje  de  su  sistema  en la idea  de  una  verdad que  pudiese servir  «para  todos  los  mun- dos  posibles»; pero,  como  se  comprenderá, lo  que  sirve  para todo,  no sirve  para  nada,  y una  verdad que  sirva  para  todos  los mundos posibles  no  tiene,   por  de  pronto,   nada  que  ver  con nuestro   mundo, nuestro   planeta, que   es  un  mundo   concreto lleno  de verdades parciales y también de mentiras.

Esa  noción   filosófica   de  «sistema»  no  es  la  que   nos  interesa cuando pensamos en Marx.  En Marx, el vocablo sistema  signifi- ca  algo  muy  específico y concreto. Significa, ni más  ni menos, teoría general de la historia. Esta teoría  tiene  como  particulari- dad  su  carácter materialista, entendiendo por  ello  que,  en  la historia, el  principal y último  motor  de  todo  cuanto  ocurre  no son las ideas  o ideologías que  los hombres se hacen para  expli- carse  a  sí mismos,  sino  los  modos  como  producen y  reprodu- cen  realmente  su  vida,   su  existencia diaria.  Esta  doctrina  ha sido  bautizada como  «materialismo histórico»,  expresión que  no usó  Marx  y que  tiene  algún  peligro. El principal de  estos  peli- gros  reside en  que  esa  expresión nació  junto  a  otra,  «materia- lismo  dialéctico»,  que  no  sólo  no  fue  empleada por  Marx,  sino que  tergiversa por completo su sistema  teórico.  Según  los após- toles  del  «materialismo dialéctico»,  éste  cumpliría la  función  de

«concepción general del mundo  y de las leyes que  rigen  a todos los  mundos  posibles», es  decir,  cumpliría el  papel que  en  las viejas   filosofías   cumplía el  «sistema  filosófico».   Pero  Marx  no inventó, ni  quiso  jamás  inventar, ningún sistema   filosófico, ni concepción alguna del  mundo  que  sirviese indistintamente para cualquier época o universo. Se puede, así,  aceptar como  válida la  expresión  «materialismo histórico»,  siempre que  se  la  separe radicalmente  de  esa   otra  expresión,  «materialismo dialéctico», con  la que  realmente no tiene  nada  que  ver.  Con razón  afirma- ba  Gramsci  que  el  materialismo histórico  es  todo  el  marxismo, y  que   la  dialéctica  debe   entenderse  dentro   del  materialismo histórico, y  no  fuera  de  él,  como  si fuese  una  filosofía  aparte,

 

un  «sistema» integral con  sus  leyes independientes de  toda  his- toricidad. La noción  clave  para  entender el  sistema  de  Marx  es la noción  de historia; si teoría  es una  teoría  de la historia, de la evolución de  los  seres  humanos en  el  curso  de  su  acción  para producir su  vida.  Y esta  teoría  de  la  historia  fue  desarrollada según un  método  dialéctico, método  que  jamás  fue  usado  por Marx  para  explicar «las leyes generales del  universo»,  sino  para explicar  concretos fenómenos  históricos, muy   en  especial  el modo  de producción capitalista. Más adelante volveremos sobre este  espinoso asunto.

En cuanto  al  método, debemos entender por  tal  vocablo lo  si- guiente. El método, en Marx, es la vía u orden  seguidos para demostrar la verdad de los resultados generales que  constituyen el sistema. El sistema  nos dice  que  la historia  humana ha evolu- cionado hacia  la forma  capitalista de  producción, y que  de  ahí evolucionará  hacia   una  forma  socialista  y  una  comunista.  El método  consiste en demostrar, por la vía del análisis y de la abstracción, el funcionamiento real de las sociedades, muy en especial de  la sociedad capitalista. Este método  tiene  dos  fases: la  fase  de  la  investigación y  la  fase  de  la  exposición,  que  son radicalmente distintas. En la fase  de  la investigación, como  nos lo recuerda Marx en el «Postfacio» a la segunda edición alemana de  El Capital, se recolecta el material de  estudio, los datos  em- píricos, y se procede casi  siempre según un orden  histórico. En cambio, en  la fase  de  la exposición —y por  «exposición»  debe- mos entender El Capital— no se procede según un orden  histó- rico,  sino  según un  orden  lógico: se  plantea una  serie  de  cate- gorías  económico-sociales y,  a partir  de  ellas,  se  deduce en  su integridad el sistema  social  capitalista en sus basamentos eco- nómicos. Y si es un  método  que  se  basa  siempre en  la econo- mía,  ello  no  se  debe   a  un  presunto «economicismo»  de  Marx sino,  como  lo explicaba muy  bien  Lukács,  a que  el  sistema  ca- pitalista es un sistema  fundamentalmente económico: es la vida humana girando continuamente en  torno  al  capital,  centro  de todas  las relaciones sociales. Esto, que  ya  constituía una  verdad en  los  tiempos de  Marx,  sigue   hoy  en  día  constituyendo una tremenda verdad, y por  ello  también el  método  de  Marx  sigue

 

poseyendo una total validez, en su conjunto  y en sus puntos esenciales, para  la comprensión del capitalismo avanzado.

De  modo,  pues,   que  entenderemos por  «sistema»  de  Marx  su teoría  de  la historia  y, en especial, su teoría  del  capitalismo. En el fondo,  el sistema  de Marx no es otro que  el sistema  capitalis- ta, comprendido desde sus  raíces  mismas, que  lo conectan con el resto de la historia  humana. Y entenderemos por «método» de Marx la forma concreta en que este científico llevó  a cabo su demostración de  las  leyes del  capitalismo. Que  a  este  método lo llamemos «dialéctico» o «hipotético-deductivo» es ya otra cosa, que   nos  tocará   dilucidar  a  continuación.  Pasaremos  ahora   a examinar el  carácter categorial que  poseen los  conceptos eco- nómicos de Marx; nos referimos a los conceptos económicos de sus grandes obras,  tales  como  la Crítica de la economía política (1859),   los  Fundamentos  de la crítica  de la economía política (1857-58), El Capital (vol.  I, 1867)  y las  Teorías de la plusvalía redactadas en los años  sesenta.

 

 

LAS CATEGORÍAS ECONÓMICAS

 

Todo el aparato analítico de El Capital está  montado sobre  unas cuantas categorías. Debemos preguntarnos, en primer  lugar,  por qué  podemos llamarlas categorías. Es decir,  por  qué  podemos llamar   con  el  ciertamente pomposo nombre   de  «categorías»   a cosas  tales  como  la mercancía, el valor,  el valor  de uso,  el valor de  cambio, el dinero, la fuerza  de trabajo,  el tiempo  de trabajo, etcétera.

Las categorías, decía  Aristóteles, son  los  modos  o  maneras en que  puede decirse el ser.  Relación, cantidad, cualidad, etcétera, son  los  modos  en  que  puede decirse el  ser,  el  ser  en  general. Pero  para  Marx  esta  palabra revestirá un  significado diferente. Ya no se tratará  del  ser  en  general, sino  del  ser  concreto de  la sociedad humana, y más  concretamente aún,  el ser de  la socie- dad  humana organizada según el  modo  capitalista de  produc- ción. Por supuesto, sigue  tratándose de categorías, esto es, de máximas generalizaciones sobre  un ser dado.  Pero se tratará,  en

 

Marx,  de  categorías generales acerca de  una  sociedad concreta, una  sociedad que  está a la vista,  ahí, frente  a nosotros.

Forma  parte  esencial de  la  metodología científica de  Marx  este procedimiento por  categorías. Es más:  lo  fundamental del  mé- todo  empleado en  El Capital reside en  ese  empleo de  catego- rías.  Preguntémonos, entonces, qué  es una  categoría económica y  cuál  es  el  orden  lógico  en  que  vienen expuestas en  la  obra máxima de Marx.

Maurice  Godelier define  a la  categoría económica de  un  modo aparentemente sencillo. Una categoría económica es, dice,  «le concept d‘une  structure   economique»,  el  concepto de  una  es- tructura  económica. El problema de  una  definición como  ésta es que  nos  introduce un nuevo  problema, a través  del  vocablo

«estructura»;  pues,   ¿cómo  definir  a  una  estructura?  Lo mejor  es acudir  al propio  Marx, para  ver qué  nos dice  acerca de las cate- gorías. «Las categorías de la Economía burguesa (subrayado nuestro, L.S.)  son  formas del intelecto que  tienen   una  verdad objetiva, en cuanto  reflejan  relaciones sociales reales; pero  tales relaciones no  pertenecen sino  a  una  época histórica  determi- nada».

Esto quiere decir,  por  de  pronto,  que  lo  más  importante que tenía  que  decirnos Marx acerca de las categorías que  empleaba, es  que  éstas  eran  de  carácter histórico.  No se  trataba,  pues,  de modos  en  que  «se  dice  el  ser». Se  trataba,  por  el  contrario, de los  modos  en  que  se  dice  el  ser  capitalista, un  ser  concreto y específico. Ahora  bien,   si  Marx  las  llama  categorías es  por  la razón  siguiente. Las llama  así  porque, una  vez  dadas histórica- mente,  funcionan con  la misma  inflexibilidad que  las  leyes na- turales. Marx  lo  dijo  una  y  otra  vez:  las  leyes del  capitalismo son  leyes históricas, que  sólo  se  dan  en  una  época determina- da; pero,  una  vez dadas, funcionan no ya como  leyes históricas, sino  como  leyes naturales, y así  seguirán funcionando mientras exista  el régimen capitalista de producción. Tomemos  algunos ejemplos.

Está, valga  el  caso,  la  categoría más  simple  de  todas,  eso  que Marx llamaba «la célula económica» de  la sociedad burguesa: la mercancía. El método  de  Marx  consiste en  describir no  esta  ni

 

aquella mercancía, sino la mercancía en general, esa  misma mercancía que existía  antes del capitalismo, pero que,  con el capitalismo, se vuelve parte  esencial de  la vida  humana. Dicho en  otras  palabras, Marx parte,  metodológicamente, de  una  abs- tracción. Su método  —él mismo  lo decía—  era la abstracción. Y comparaba la labor  del  científico social  con la labor  del  científi- co que  trabaja  en laboratorios; así como  hay  unos  que  emplean el  microscopio, hay  otros,  los  científicos sociales, que  emplea- mos  la  abstracción. Por  abstracción  se  llega   a  las  categorías. Pero ¿qué función  específica llenan estas  categorías? ¿Cuál es su papel dentro  del  método  de  Marx? Su  papel es  éste:  servir  de puntales de  un  modelo teórico que  es  la  sociedad capitalista. Los que  piensan que  El Capital es  una  descripción minuciosa de la sociedad capitalista se equivocan: el capital a que  se refie- re Marx es un capital teórico,  el capital de un modelo teórico.  Y el punto  modélico de  este  modelo es la mercancía. La mercan- cía,  entendida abstractamente, como  lo que  es: un valor  de uso, sustentado por  un  valor  de  cambio. La mercancía como  eje  y centro  de  la  sociedad. El valor  de  cambio  como  valor  de  todo cuanto  hay,  y  ¡fuera  el  valor  de  uso  de  las  cosas,   ya  se  trata sólo de ver cómo  es posible cambiarlas!

Pues  así funciona una  categoría económica. Funciona como  una suerte  de axioma. Un axioma es algo  que  se postula y se afirma dogmáticamente. Un sistema  lógico  puede, por  ejemplo, partir de   un  axioma:  el  principio  de   contradicción.  Se  postula el axioma y luego, a partir  de  él,  se  deduce todo  el resto  del  sis- tema.  En el caso  de  Marx,  la mercancía juega  el papel de  axio- ma, aunque no con un mero  valor  lógico  o método-lógico, sino también con  un  valor  histórico. Si puede postularse a  la  mer- cancía como  axioma de la sociedad capitalista, ello  se debe, por de  pronto,  a que  el  sujeto  analizado es  la  sociedad capitalista, cuyas relaciones internas pasan por  esa  encrucijada que  es  la mercancía y el valor mercantil.

Ahora  podemos volver  a la definición de  Godelier: una  catego- ría  económica es el concepto de una estructura económica.  En efecto,  la mercancía, tomada  en su máxima generalidad, es el concepto de  una  estructura económica. Una  estructura que  es dable  comprobar diariamente, pero  que  sin  embargo es un  ob-

 

jeto ideal. Las categorías económicas, como  cualquier otra  es- pecie de  categorías, son  objetos  ideales. La ciencia, en  su  ma- yor  parte,  es  un  objeto  ideal. Un modelo teórico  como  el  que nos  presenta Marx  en  El Capital es un  objeto  ideal, una  ideali- dad  que  tiene  como  función  reproducir la  realidad. Pero,  ¡ojo!, esta  reproducción cuesta  sangre. No se reproduce en la teoría  a la realidad como quien  hace  una fotografía; se la reproduce transformándola. De ahí  que  el  «capitalismo»  que  nos  presenta Marx sea  un  capitalismo a l’état púr, en  estado  puro.  Él mismo nos  advierte, con  aquella sonriente ironía  de  que  siempre fue capaz, que  el  «capitalista»  y  el  «obrero»  de  que  se  habla  en  su libro  son  objetos   ideales. No  hay,   no  existe   el  capitalista en estado  puro,  como  tampoco existe  el obrero  en estado  puro.  El capitalista real  tiene  algo  de obrero:  también suda  y trabaja  y se preocupa. El obrero  real  tiene  algo  de  burgués: tiene  apego al dinero, tiene  apego a ese  «dejar hacer»  en  que  consiste la men- talidad burguesa. Pero,  cuando se trata de describir en una  obra económica el  contenido último  de  la  sociedad  capitalista, no queda otro  remedio que  idealizar. De ahí  la función  de  las  ca- tegorías. El «capitalista»  es  una  categoría, al  igual  que  el  «obre- ro». La mercancía es  una  categoría económica, y funcionan co- mo  categorías sus  dos  valores: el  valor  de  uso  y  el  valor  de cambio. Una  mercancía es  un  valor  de  uso  sustentado por  un valor  de  cambio. Como  tal,  existe  desde hace  milenios; sin  ir más  lejos,   el  dinero,  la  moneda acuñada,  existe   desde hace bastante tiempo, aunque no  tanto  como  para  hacernos olvidar que  no se trata de un invento  de la naturaleza, sino de los seres humanos, un  invento  histórico.  La primera moneda parece ser que  fue  acuñada en  Lidia,  Asia  Menor,  hacia  el  650  antes  de Cristo.  Es un  invento  relativamente reciente. Pero  nos  demues- tra  cómo  un  invento   humano puede,  por  obra  y  gracia   de  la historia, convertirse en una  potencia divina. Sobre  todo  a partir de  esa  época que   conocemos como  Renacimiento,  el  dinero empezó  a  tener   una  importancia desmedida,  al  igual   que   el tráfico  de mercancías. Con el descubrimiento del  Nuevo  Mundo (un  descubrimiento mercantil, porque de  lo que  se  trataba  era de  conseguir las  especies hindúes por  una  vía  más  rápida) se logró  lo que  necesitaba el  capitalismo para  surgir:  un  mercado

 

literalmente mundial. Todas  las  economías de  Occidente sufrie- ron entonces una  expansión sin igual. El Viejo Mundo  se volcó hacia  el Nuevo  Mundo,  ávido  de  mercaderías, de  oro y de  pla- ta,  y el  oro  y la  plata  americanos invadieron los  mercados eu- ropeos. España  llevó  la  peor  parte,  puesto  que  la  mayor  parte del  oro  y  la  plata  que  extrajeron de  suelo   americano  —caso típico,  el  cerro  de  Potosí,  en  Bolivia—  se  les  fue  en  manos  de los  mercaderes ingleses. La fortuna  de  Inglaterra  se  hizo  así  en buena parte  a costa  de  la  fortuna  de  los  españoles extranjeros de América  Latina.

Y entonces se  fundó  un  tipo  de  sociedad internacional basada en  la  mercancía. Por  ello  no  es  ilegítimo fundar  la  economía política sobre  la base  de la mercancía. Es lo que  hicieron los economistas clásicos,  y  es  lo  que   también hizo  Carlos  Marx. Sobre  la base  del  análisis de Ricardo,  reconstituyó toda  la teoría del  valor,  y le  añadió datos  esenciales, tales  como  el  valor  do- ble  que  tiene  la fuerza  de  trabajo:  valor  de uso  y valor  de  cam- bio,  pues  lo  curioso  de  la  economía capitalista reside en  este doble  valor  de  la  fuerza  de  trabajo.  Sirve  como  valor  de  uso, puesto   que   es  empleada; pero   también  sirve  como  valor  de cambio, esto  es,  como  mercancía apta  y  dispuesta a  ser  cam- biada  por  un  equivalente en  dinero. Así, la  categoría se  encar- na.  En El Capital, las  categorías se van  encarnando lentamente, poco  a poco,  como  si se  tratase  de  una  vegetación progresiva, ascendente, que  va  cubriendo todo  un  océano de  abstraccio- nes.  El Capital comienza con  una  abstracción: la mercancía; de allí  pasa  a las  condiciones del  intercambio mercantil; de  allí,  a la  existencia del  dinero, y  posteriormente, a  la  transformación del  dinero  en capital. ¿Cómo se transforma el dinero  en capital? Se  transforma mediante una  sencilla operación que  es  la  com- pra  y  venta  de  la  fuerza  de  trabajo.  Y aquí  retornamos al  co- mienzo. La fuerza  de  trabajo  puede venderse y cambiarse por- que  ella  es,  dentro  del  sistema  capitalista, una  mercancía. Ve- mos  así  cómo  la  categoría se  encarna en  un  modo  de  ser  que no  es  el  usual, porque nosotros, cuando pensamos en  la  mer- cancía, jamás  nos  imaginamos la  fuerza  de  trabajo.  Sin  embar- go,  ése  fue  el  descubrimiento máximo de  Marx,  y el  centro  de todo  su  método   científico:  el  valor  de  uso  y  de  cambio   que

 

tiene  la fuerza  de  trabajo  humana. Si tiene  valor  de  uso,  puede ser  empleada; si  tiene  valor  de  cambio, puede  ser  comprada, como  cualquier otra mercancía. Sólo que  ésta  es una  mercancía capaz, más  que  las otras,  de  producir capital; es una  mercancía productiva, que,  cuando se muere, bien  puede ser reemplazada por  otra  igual: un  obrero,   al  morirse, puede  ser  reemplazado por  otro  obrero,   lo  mismo  que  un  lavaplatos viejo  puede ser

reemplazado por uno nuevo. ¡Total, se trata de mercancías! 1

Y éste  es  el  modo  como  encarnan las  categorías económicas. No se  trata,  como  decíamos al  comienzo, de  categorías en  el sentido   filosófico, o  sea  modelos eternos   de  actuar  el  ser;  se trata,  más  bien,  de  categorías históricas.  Funcionan como  axio- mas  o postulados iniciales en  El Capital, pero  sólo  lo hacen en la  medida en  que  son  históricas. La plusvalía, por  ejemplo, es una  categoría histórica, derivada del  análisis del  dinero   y  del doble  valor  de  la fuerza  de  trabajo.  Pero la plusvalía no es pre- sentada por  Marx  al  estilo  filosófico, como  si se  tratase  de  una categoría eterna  de  la especie humana. No es presentada como presentan los economistas burgueses las categorías económicas, o  sea,   como  si  fuesen   condiciones  inevitables  de  la  especie humana, y  como  si  el  capitalismo fuese  la  culminación de  la historia.  Por  el  contrario,  la  plusvalía, dentro   del  método   de Marx, es presentada como un producto histórico  relativamente reciente, algo  que  tuvo  su  comienzo y puede tener  su  final,  si nos lo proponemos. Tal vez hubo  siempre plusvalía, y tal vez la habrá  en cualquier sistema  imaginable; pero lo específico del capitalismo es  que  la  plusvalía funcione como  el  eje  del  siste- ma.  Ello le da  rango  de  categoría económica central, y por ello los economistas burgueses han  dedicado toda  su saña  a la des- trucción   de  la  teoría  de  la  plusvalía. Y  también los  filósofos, quienes se han  olvidado, en medio  de sus interminables disqui- siciones y sutilezas, de  que  la  plusvalía, en  su  mero  contenido económico, es la medida de  la alienación del  hombre  en nues- tra sociedad. ¡Cómo  no  lo será  en  su  contenido extraeconómi- co!

 

 

 

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LA CUESTIÓN DE LA DIALÉCTICA

 

 

Ataquemos de una  vez al soldado principal: la dialéctica. Cuan- do  se  habla  de  Marx  y  de  metodología, resulta  imprescindible hablar  de  dialéctica. Marx  nos  dejó  constancia de  ello  cuando, en  el  Prefacio  a su  obra  magna, nos  habló  de  su  «método  dia- léctico».  Pero con la dialéctica ha ocurrido lo mismo  que  con las mujeres francesas: tener mala fama sin necesidad. Ha tenido defensores de  esos  de  los  que  hay  que  decir:  «no  me  defien- das». Y ha tenido  detractores.

La dialéctica, como  tal,  es muy  vieja.  En Platón  significaba algo así  como  el  arte  de  argumentar. Pasó  por  la Edad Media  como un  rayo,  y  no  dejó  huella significativa, a  menos  que  entenda- mos  por  huella  significativa esa  serie   de  sutilezas  escabrosas que  se tejieron  en la Edad Media  a propósito de la dialéctica.

En Hegel,  la dialéctica era  un asunto  ideal. Su dialéctica consis- tía en  el  autodesarrollo de  la  Idea  Absoluta, un  desarrollo per- fectamente  armónico,  tan  armónico que  terminó   por  concen- trarse  en  el  Estado  Prusiano, que  verdaderamente era  absoluto pero  no  tenía  nada  de  ideal. Para  Hegel,  la  dialéctica consistía en un movimiento histórico  que  se desarrollaba según un ritmo especial, un ritmo dialéctico, es decir:  el ritmo de  las contradic- ciones. Grecia  era  un modelo sempiterno (como, por lo demás, lo era  para  todos  los ilustrados de la época) y Cristo significaba una  escisión entre  lo temporal y lo divino.  La Revolución Fran- cesa  de  1789  que  Hegel  vivió  en  sus  años  juveniles, era  nada menos  que  la mediación entre  el mundo  de  lo finito  y el de  lo infinito,  la verdadera reconciliación entre  lo eterno  y lo perece- dero.  Todo este  movimiento era dialéctico porque implicaba un ritmo  de  negaciones y afirmaciones. Pero  siempre en  un orden ideal, el  orden  de  la  Idea.  Naturalmente, dentro  de  un  orden ideal  todo  marcha  muy  bien,  tal  como  marchaban las  concep- ciones  históricas de  Hegel.  Más difícil  era  aplicar ese  ritmo  a la historia  real,  con  todos  sus datos,  con todas  su contradicciones, con  toda  su miseria. A las  ideas  generales les  suele sentar  muy mal el hecho  de que  existan hechos concretos.

 

Y eso  fue lo que  hizo  Carlos  Marx:  inventarle hechos concretos a la dialéctica.

Para  Marx,  como  él mismo  lo confiesa, la dialéctica era  un  mé- todo. Pero  nada  más  que  un método; en  forma  alguna se trata- ba  de  un  sistema. Lo malo  es  que  los  marxistas, entre  ellos  el mismísimo Engels,  han  querido convertir  lo que  era  un método en  un  sistema  completo, un  sistema, una  concepción filosófica del  mundo   en  la  que  caben   todas  las  cosas   que  ha  querido parir  nuestro  universo. Engels,  en  su Dialéctica de la naturale- za, construyó una  dialéctica «marxista»  que  poco  tiene  que  ver con  Marx.  Lo mismo,  siguiendo sus  pasos, hizo  Lenin.  ¿En qué se convirtió  el método  dialéctico de  Marx? Pues  se convirtió  en una  ensalada rusa.  Por un lado,  la ley  de  la negación de  la ne- gación, que  es  cosa  que  debería aplicarse a    mismo  el  mar- xismo  ruso  cuando niega todo  lo que  ha  negado. Por otra  par- te, la ley  de la conversión de la cantidad en cualidad, ley  ridícu- la  como  ley.  Puede  ser  cierto,  sin  duda, que  una  cantidad de- terminada de  cosas  se  convierta en  cualidad, digamos que  por cansancio. También  es cierto  que  en un buen  plato  de cocina  la cantidad se  transforma  en  cualidad. Si  nos  ponen demasiada sal,  o demasiado picante, entonces estamos fritos: la cantidad se nos  ha  convertido en  cualidad. De ahí  que  esta  llamada ley  de la  dialéctica no  sirve  para  nada;   para  lo  más,  nos  sirve  para acomodar nuestros esquemas  intelectuales  a  ella.   Hasta  la  fe- cha,  ningún  científico soviético ha  podido hacer   cosa  alguna que  valga  la pena  con  el uso  de  la dialéctica. Si con  la dialécti- ca se hubiesen hecho  los viajes  en torno  a nuestro  planeta, mal andarían los viajantes.

La dialéctica de  Marx,  lo  repito,   es  tan  sólo  un  método, y  en forma alguna es un sistema inventado por Marx. Otra cosa  muy distinta  es  que  el  bueno de  Engels  la  transformara en  un  siste- ma,  creyendo así,  sin duda, hacerle un favor teórico  a Marx.  Lo único  que  realmente hizo fue sembrar toda la simiente de los innumerables equívocos que  ha habido en  torno  a Marx y a su obra  teórica. Engels  fue quien  formuló  las tres famosas  leyes de la  dialéctica, leyes inadecuadas al  sistema  científico de  Marx,  y leyes,  además, ilustradas con  una  serie  de  ejemplos que  han demostrado a  la  larga  ser  todos  falsos.  Posteriormente, Lenin,

 

retomando la lección de  Engels,  también se apegó a la dialécti- ca  como  doctrina «filosófica»  marxista. Y se  equivocó en  ello, como  se siguen equivocando todos  los manuales de  corte  esta- liniano que  repiten hasta  el cansancio las tres famosas «leyes» de la dialéctica.

Marx  empleaba un  método  dialéctico. Éste consistía en  ver  la historia  humana como  lo que  efectivamente ha  sido:  como  un teatro  de  luchas de  clases. El Theatrum mundi de  la  dialéctica no  es  ese  teatro  sospechosos que  nos  inventan las  ideologías; es el teatro  real,  sangriento y monstruoso. La Roma imperial no era,  para  esta  visión  dialéctica, un  reino  donde imperaban la belleza y la armonía ciudadanas; era,  por  el  contrario, el teatro de  la más  sangrienta y feroz  represión social  que  ha habido en toda  la  historia.  Se  asesinaba a  los  ancianos  y  se  establecía, mediante la falacia  del  Derecho, la propiedad privada sobre  las personas; la mujer  era un objeto  prácticamente inservible, redu- cido  a una  condición absurda de  inferioridad física  y mental  y destinada tan sólo a malparir hijos, ciudadanos romanos; los campesinos,  que   araban  con   métodos  antediluvianos  (como hoy  lo  siguen haciendo muchos  campesinos italianos), trabaja- ban  una  tierra  que  no  era  suya; y  los  esclavos, por  su  parte, constituían una  especie de  gigantesco ejército  en  el  interior  de las  ciudades. Por  otra  parte,   los  ciudadanos, los  civiles   y  los guerreros: castas   aparte, privilegiadas,  dominadoras y  señoras de  todo  cuanto   había. Una  visión  no  dialéctica de  todo  este proceso lo pintaría como  lo que  no es.  Se olvidaría de  la lucha de  clases; se olvidaría del  drama  real  de la historia. Igualmente, al  pintar  el  capitalismo, una  visión  dialéctica tiene  que  enfren- tarse  a  un  teatro  de  luchas   feroces; un  teatro  donde hay  dos oponentes  principales,  la   burguesía  y   el   proletariado.  Dos opuestos con carácter de contradictorios. No sería  difícil  probar, mediante el  análisis  matemático, el  carácter  contradictorio de esas  dos clases sociales: basta  medir  sus ingresos y sus egresos. Basta  medir  su  capacidad social  de  producción. Basta  medir  el grado  en  que  la plusvalía es  producida por  unos  para  el  servi- cio  de  otros.  Tal  es  una  visión  dialéctica, una  visión  que  no descuida los detalles reales.

 

La dialéctica es,  pues,  un método. Pero  hay  que  advertir  a este respecto algo  importante. Se  trata  de  un  método  para  la  com- prensión de  la  evolución histórica de  las  sociedades, y  no  de un  método  lógico  en  el sentido  formal de  la palabra. Para  que un  método   lógico   sea  formalmente correcto, es  condición in- dispensable que  esté  compuesto por  términos   vacíos; sus  ver- dades han  de  ver  verdades  formales, no  materiales. Si expre- samos  en  lógica simbólica la  contradicción, diremos: ‘p.  p’,  lo cual  constituye una  expresión meramente formal,  por completo independiente de  que  ‘p’ signifique  «no llueve».  Es lo que  ocu- rre  con   los   silogismos,  formalmente  considerados.  Podemos decir  la  mayor   barbaridad o  mentira   desde el  punto  de  vista material, pero  esa  mentira  material podrá  poseer verdad formal. Podemos decir:  «Si todos  los  gorilas son  caballos, y  todos  los caballos tienen   cinco  patas,   entonces todos  los  gorilas tienen cinco  patas».  Como  se  ve,  ello  es  un  disparate desde el  punto de  vista  de  la  verdad material, porque  nunca   se  ha  visto  un gorila  con  cinco  patas;  pero  formalmente, el  razonamiento es correcto: es lógicamente correcto, se trata de una deducción.

Ahora bien,  el método  dialéctico no funciona así.  No puede ser reducido (aunque se han  hecho  intentos  para  ello)  a una  termi- nología meramente formal.  Las contradicciones de  que  habla  la dialéctica no  son  contradicciones  en  el  estricto  sentido   de  la palabra. La burguesía y el  proletariado no se  contradicen entre sí  de  la  misma  forma  como  se  contradicen las  proposiciones

«llueve» y «no llueve».  Se contradicen históricamente, por lo cual

sería  realmente más  correcto  decir  que  se trata  de  opuestos an- tagónicos, opuestos históricos en lucha, que  tienden a negarse el uno  al  otro,  pero  no  como  se  niegan entre    dos  proposicio- nes,   sino  como  se  niegan y  combaten  las  clases   sociales  en pugna. A este  respecto, podemos señalar dos  clases  de  errores que  se  suelen cometer  cuando se  habla  del  método  dialéctico; errores   que  se  cometen, tanto  cuando se  trata  de  defenderlo, como  cuando se trata de atacarlo.

Del primero  de  estos  errores  ya  hemos  hablado en  parte.  Es el error interpretativo que,  según dijimos,  parte  de Engels  y desemboca en nuestro  siglo,  cuando el movimiento socialista triunfante creyó  conveniente estatuir  una  doctrina marxista ofi-

 

cial,  transmitida a través  de  toda  clase  de  manuales, fenómeno que  alcanzó su apogeo en la época de  Stalin.  Este error  consis- te,  como  decíamos antes,  en  convertir  a la dialéctica en  un  sis- tema filosófico   dotado   de  leyes  universales, «verdaderas»  más allá  de toda  consideración histórica. Este sistema, inventado por Engels  y repulido en  nuestro  siglo,  es  lo que  se conoce con  el nombre  de  «materialismo dialéctico», término  que  jamás  ideó  el propio  Marx  y  que,  sin  duda, le  habría  resultado inadecuado, no  porque él  no  se  considerase materialista o  dialéctico, sino por  la  implicaciones  filosóficas y  metodológicas que  tal  «siste- ma» implica. Si se  acepta, con  el  «materialismo dialéctico»,  que la totalidad del  universo se  guía  por  leyes dialécticas, entonces habrá  que  formular  estas  leyes al modo  como  los físicos  formu- lan  las  leyes de  los  cuerpos celestes: mediante procedimientos matemáticos.  Ahora  bien,   al  aceptarse  lo  anterior   habrá   que vaciar  a la dialéctica de todo contenido histórico; pero  entonces se  entrará   en  contradicción con  la  doctrina original  de  Marx, para  quien la  dialéctica, en  lugar  de  ser  un  sistema  de  aplica- ción de «todo cuanto  hay», era un método  tan sólo aplicable a la historia y no susceptible de ser formulado en términos  matemá- ticos,  es decir,  vacíos.  Menos  aún  era  susceptible de  ser formu- lado  ese  método  mediante la simbología lógica. El problema, es justo advertirlo, fue suscitado por el propio  Marx, quien juzgó conveniente  no  modificar  cierta   terminología heredada  de  la lógica y la fenomenología de  Hegel.  Así, Marx  nos  habla  de  la contradicción existente entre  la burguesía y el proletariado, con lo cual  siembra la sospecha de que  el método  dialéctico es sus- ceptible  de   ser  formalizado  y  convertido  en   una   suerte   de axiomática a partir del principio de no-contradicción. Si Marx hubiese hablado de antagonismos y opuestos históricos, y si hubiese rechazado de plano  la ambigua terminología hegeliana, es  posible que  se  hubiesen evitado algunas de  las  deformacio- nes  que   posteriormente  sufrió  su  doctrina.  Lo  mismo   ocurre cuando, a  la  manera de  Hegel,   nos  dice  fórmulas   tales  como aquella de  que  el capitalismo lleva  en sí su propia negación, la cual  sería  «una  negación de  una  negación»,  es  decir,  la  afirma- ción,  es  decir,   la  «afirmación»  en  que  se  supone consistirá el socialismo. No es  que  debamos ver  una  falacia  en  tal  razona-

 

miento;  para  nosotros  es  una  verdad predictiva que  el  capita- lismo  tienda  a descomponerse y que  el mundo  se irá volviendo progresivamente socialista. Pero sí debemos advertir  que la terminología hegeliana empleada por  Marx  conduce a  equívo- cos;  y el principal de estos  equívocos consiste en la creencia de que,   por  tratarse   de  un  movimiento  histórico   necesario,  que obedece a las  leyes internas de  la sociedad capitalista, ese  mo- vimiento debe  ser formulado como  si se tratara  de leyes lógicas universales, tales  como  las  celebérrimas «leyes»  de  la  transfor- mación  de la cantidad en cualidad o la ley  de la negación de la negación, que  por  otra  parte  han  demostrado, en  cuanto  leyes, servir  de  muy  poco.  Los ejemplos que  aportaba Engels  a  este respecto han demostrado, como  ya dijimos,  ser falsos  y carentes de  consistencia científica. Por eso  la esencia del  método  dialéc- tico de Marx era su comprensión de la historia, y la formulación de  la  misma  en términos de ciencia social. Otra cosa  muy  dis- tinta es que  Marx, en sus obras  económicas, razonara matemáti- camente para  deducir, por ejemplo, la tasa de plusvalía; pero  lo dialéctico en  este  caso  no es  el razonamiento matemático, sino el  razonamiento mediante el  cual  se  descubre que  la  plusvalía es  socialmente la  enemiga  número uno  de  la  clase  obrera, la cual,  en razón de la explotación de que es objeto, se opone históricamente  a  la  clase   que   es  dueña del  capital.  El razo- namiento matemático para  deducir las  «ganancias»  que  produce el capital de  una  empresa lo puede hacer  cualquier economista burgués;  pero   lo  que   no  puede  hacer   cualquier  economista burgués es  lo  que    hacía  Marx:  descubrir, detrás  de  las  «ga- nancias»  del  capital, la estructura oculta  de  la plusvalía ; y des- cubrir,  detrás  de  esa  especie de  «poder  misterioso»  que  tiene  el capital para  producir más  capital, el  trabajo  humano, el  trabajo social  de  la  clase  productora. La ganancia del  capital aparece así,  dialécticamente, opuesta a la clase  productora del  capital; el capital mismo  aparece en perfecta oposición dialéctica al traba- jo.  El método   dialéctico, sirve,  pues,   para  la  comprensión so- ciológica de  los fenómenos que  ocurren en  una  etapa  histórica determinada. No hay  leyes dialécticas aplicables por igual  a cualquier época histórica. Si Marx,  en  lugar  de  analizar la  so- ciedad capitalista, hubiese analizado la sociedad griega antigua,

 

habría  tenido  que  descubrir un tipo  de  contradicciones sociales muy  distintas, pues  evidentemente no es lo mismo  la oposición de burguesía y proletariado industriales, que la oposición que pudiese haber   entre  los  ciudadanos atenienses  y  la  masa   de esclavos que  constituían el  aparato  productivo. La «contradic- ción» no era la misma.

El otro error que  se ha cometido al enjuiciar el método  dialécti- co de  Marx  puede ser  tipificado mediante el  caso  de  un  repre- sentante de  las  tendencias logicistas contemporáneas. Nos refe- rimos  a Karl Popper, quien, además de dedicar cientos  de pági- nas  en  Open Society  a destruir  minuciosamente lo que  él llama el  «historicismo»  de  Marx,  dedica todo  un  ensayo a  la  destruc- ción  de  la dialéctica como  método. El ensayo figura  en su obra El desarrollo del conocimiento científico, y vale  la pena  que  nos detengamos un poco  a considerar el tipo de argumento que  allí se utiliza  contra  la dialéctica. A fin de no entrar  en ciertos  tecni- cismos  lógicos que Popper  utiliza,  trataremos de formular  la argumentación  del   modo   más   sencillo  posible,  aunque  será forzoso  acudir  a ciertas  fórmulas  de  la moderna lógica matemá- tica.

Popper  nos dice  lo siguiente. Admitamos  que  la dialéctica es un método  lógico; podrá, entonces, formularse de  acuerdo con  la terminología lógica más  estricta.  Los dialécticos nos  dicen  que los fenómenos históricos se producen mediante una  cadena de contradicciones. Es decir,  para  los  dialécticos las  contradiccio- nes  son  sumamente fecundas. Así,  para  Marx,  la  contradicción entre  el capital y el trabajo,  o sea,  entre  burguesía y proletaria- do, producirá inevitablemente una revolución social  que desembocará en  la formación de  una  nueva sociedad, la socie- dad  socialista, y culminará con  la formación de  la sociedad co- munista. Ahora bien,  dice  Popper  no sin cierta  ironía,  veamos si desde el  punto  de  vista  estrictamente lógico,  la  contradicción resulta  ser  tan  fecunda. La contradicción más  simple   es  decir:

‘p. p’, o sea,  afirmar  al mismo  tiempo  ‘p’ y ‘no p’, que  es como

afirmar  al mismo  tiempo, y con  respecto a lo mismo,  que  «llue- ve» y «no  llueve».  Si esta  contradicción es  fecunda,  ello  se  pro- bará  colocándola en situación de implicación, esto es:

 

 

(p . p) -----► (x)

 

 

Desde  el punto  de  vista  formal,  una  contradicción puede impli- car cualquier cosa,  porque cualquiera que  sea  el valor  que  se le asigne a  la  variable ‘x’,  siempre el  resultado de  la  operación lógica de  implicación será  tautológico, o sea,  verdadero en  to- dos  los casos.  ¿Por  qué?  Porque  se necesita que  el antecedente de la implicación tenga  al menos  un valor  de verdad que,  com- binado con un valor de falsedad en el consecuente, dé como resultado un  valor  de  falsedad.  Pero,  como  en  una  contradic- ción  todos  los  valores son  falsos,  entonces no  podrá  producir jamás  ningún valor  falso  al  combinarse en  implicación con  la variable ‘x’,  cualquiera que  fuese  el  valor  que  le  asignamos a ésta.  Una contradicción implica, pues,  cualquier cosa.  De donde concluye Popper: si  una  contradicción implica cualquier cosa, ello  significa que  en realidad no implica nada.  O, en todo  caso, le sirve  a los dialécticos para  deducir cualquier cosa,  sea  comu- nismo o socialismo, con la mayor  libertad y falta de seriedad científica.

Es cierto  que,  desde el punto  de  vista  estrictamente lógico, una contradicción implica  cualquier  cosa.   Pero  precisamente  aquí reside la falacia  de Popper. Marx  nunca habló de contradiccio- nes en un plano estrictamente lógico, sino en un plano histórico material. Puede  admitirse que,  en buena lógica, es incorrecto el empleo que  Marx  hacía   del  vocablo «contradicción».  Pero,  en todo  caso,   allí  está  el  aparataje de  El Capital para  demostrar que  el interés  de Marx no residía en formular  un sistema  lógico. Por tanto,  cuando Popper  se  enfrenta a las  contradicciones, de que Marx hablaba, como si se tratase  de contradicciones es- trictamente lógicas,  se  olvida   por  completo  de  todo  el  con- tenido  de El Capital. Popper  tendría  que  demostrar que  es falsa la  oposición  histórica de  burguesía y  proletariado para  poder negar  con eficacia la validez del  método  dialéctico de Marx. Por eso  decíamos antes  que  el  método  dialéctico no debe  ser visto como  un método  lógico  según los términos  de  la lógica formal, pues,  de  ser  visto  así,  se corre  el riesgo  de  caer  bajo  refutacio-

 

nes  al estilo  de Popper. Por cierto  que  Popper  cae  él mismo  en una flagrante contradicción al enjuiciar globalmente la teoría marxista. Dice  Popper  que  esta  teoría  no  es  científica sino  más bien  literaria, o  metafórica, porque, según él,  se  compone de profecías bíblicas y  de  «teorías  conspiracionales»  de  la  historia. Sin  embargo, Popper, en  otro  artículo  de  su  libro,  cuando in- tenta  describir el  carácter de  una  teoría  científica, indica  como su  rasgo  fundamental la  refutabilidad. Una  teoría  es  científica en  la misma  medida en  que  es  refutable; nadie se  va a ocupar de refutar  a un poeta, pero  sí en cambio, tiene  sentido  refutar  a un Ptolomeo, como  lo hizo  Copérnico. Lo malo  es que  Popper, después de  negarle el carácter de  ciencia al marxismo, se dedi- ca profusamente a refutarlo. Entonces,  nosotros  podríamos de- volverle su  razonamiento de  esta  manera: si  la  medida de  la ciencia es su refutabilidad, y si Popper  se dedica a refutar el marxismo, entonces, según Popper, el  marxismo tiene  que  ser una  ciencia; luego, es  falsa  la  afirmación de  Popper   según la cual  el marxismo no es una  ciencia.

 

 

EL PROBLEMA DE LA TOTALIDAD: ORDEN LÓGICO Y ORDEN HISTÓRICO

 

Otro problema relacionado íntimamente con el método  de Marx es el que  viene  implicado en el concepto de totalidad. Con este problema ocurre  más  o menos  lo mismo  que  con  el  problema de la dialéctica, al cual  venimos de echarle una  ojeada. Esto es: se  ha  hablado y se  ha  escrito  tanto  y tan  diverso  sobre  el  con- cepto   de  totalidad, que  se  ha  terminado  por  enredarlo hasta tornarlo  irreconocible. Los marxistas, por  un  lado,  y  más  tarde los estructuralistas, han  hollado este  difícil  terreno  y han  produ- cido  una  cantidad inimaginable de  matices, los  cuales no  esta- rían  mal,  si no fuera  porque los demasiados matices  desfiguran el rostro de los problemas. De nuevo, por tanto, ensayaremos reconstituir el problema según los términos  originales de  Marx, quien  siempre fue  y será  más  claro  y hondo  que  todos  sus  in- térpretes, en especial los «marxistas».

 

Para comenzar con justicia,  habría  que  hacer  entre  los marxistas algunas  excepciones.  Por  ejemplo,  la  que   constituye  Georg Lukács  con  su  libro  Historia y conciencia de clase, donde el problema de la totalidad es tratado  con especial agudeza y pre- cisión:  Lukács  nos  dice,  en  uno  de  los ensayos allí  dedicados a Rosa  Luxemburgo,  una  frase  sorprendente: «Lo  que  caracteriza al método  marxista no es el énfasis  en los motivos  económicos, sino  el  punto  de  vista  de  la  totalidad».   Con  esta  proposición, que  tanto  costó  a Lukács  (hasta  el punto  de  crearle a él mismo una  mala  conciencia con  respecto a su libro  de  1923),  se da  el traste  con  todo  ese  presunto «economicismo»  del  que  tanto  se ha  acusado a Marx.  Y al  mismo  tiempo  se  brinda  la  pista  más segura para  comprender la  verdadera esencia del  método   de Marx. Esa esencia es el punto de vista de la totalidad.

Comencemos por rechazar el economicismo, rechazo que es indispensable para  poder  pensar con la debida seriedad el con- cepto   de  totalidad, y  el  papel que  juega   dentro   de  la  teoría marxista de  la  sociedad.  Preguntémonos ¿por  qué  Marx,  para analizar  la   sociedad  capitalista  y   reconstruirla  teóricamente, juzgó  como  lo más  apropiado escribir  obras  económicas, libros de  economía política?  Esto tiene  su respuesta, y nos  la propor- ciona  el  mismo  Lukács.  La sociedad capitalista es  en    misma una  sociedad basada en  las  relaciones monetarias; por  primera vez en la historia  las relaciones económicas han aflorado hasta la superficie de la sociedad y se han hecho visibles. Esta es  la razón,  el  fundamento ontológico, de  que  una  teoría  del  capita- lismo  haya  tenido  que  ser  una  teoría  económica. La sociedad en  que  vivió  Marx,  que  es  sustancialmente la  misma  que  esta- mos viviendo, es una  sociedad centrada en el dinero; su estruc- tura  económica se  presenta como  una  estructura total.  Acusar de  economicista a Marx  es  como  acusar  a Freud  de  pansexua- lista,  cuando Freud  no hizo  sino  diagnosticar un fenómenos de los  tiempos   presentes,  tiempos en  los  que  la  relación sexual está  cambiando de tono y en los cuales se está  llevando a cabo una  revolución sexual. Marx hizo  algo  parecido; realizó el diag- nóstico   de  una  sociedad  basada  en  la  relación monetaria, y dictó su sentencia, que  reza  así:

 

la  Santa  Vehmex. Cuando   una  casa  era  marcada con  una cruz roja, se sabía  que  su propietario había  sido  condenado por  ese  tribunal. Todas  las  casas  de  Europa  llevan  ahora  la misteriosa cruz  roja.  El juez  es  la  historia; el  ejecutor de  la sentencia, el  proletariado (People’s  Paper,  19  de  abril  de

1856).

En anteriores modos  de producción el factor económico, la producción y  mantenimiento de  la  vida  humana también exis- tía,  y también, sin  duda, constituía la base  sobre  la cual  estaba constituido todo  el  aparato social.  La relación económica siem- pre  ha  sido  la  relación fundamental, lo  mismo  que  la  relación sexual. Marx  inventó  el hambre, Freud  inventó  la libido,  y am- bos  dieron  en  el  clavo,  porque tuvieron suficiente genio  como para  diagnosticar en el ser humano sus apetencias fundamenta- les,  que  son  el hambre y el instinto  sexual. Sin embargo, cuan- do  nos  representamos épocas tales  como  la  Edad  Media,  sole- mos  pensar que  el  motivo  fundamental de  la  existencia no  era de carácter económico sino que era, valga  el caso,  de carácter religioso, teológico. Pero nunca  se podrá  examinar seriamente a la Edad Media  si no se estudia la relación económica de  la ser- vidumbre, esto  es,  el sistema  según el cual  el dueño de la fuer- za de trabajo  debía  trabajar  la tierra  durante unos  cinco  días  a la semana, y  destinar el  producto (la  corvée) al  señor  feudal,  en tanto  que  los  dos  días  restantes debía  trabajarla para  sí mismo, para  su propia manutención y para  la de su familia.

En la época capitalista lo fundamental es el dinero, la universa- lización de  las  relaciones mercantiles. Ya sabemos que  el dine- ro, como  tal,  existe  desde que  se  acuñó  la primera moneda de oro  en  Lidia,  Asia  Menor,  hacia   el  650  antes  de  nuestra Era. Pero  lo interesante del  capitalismo, en  cuanto  formación social, es  que  en  él  el  dinero  se  ha  convertido en  la  relación funda- mental  de la existencia. Todas  las cosas  han  sido  reducidas a su valor  de  cambio, entendiendo  por  tal  el  valor  del  tiempo   de trabajo  socialmente necesario para  producir las mercancías, que son  las grandes representantes del  dinero, como  el dinero  lo es con respecto a ellas.

 

una  teoría económica,  que  comprendiera desde  sus  raíces   al valor  de  cambio, al  dinero   como  suprema mercancía y  a  las relaciones mercantiles como  las  únicas  relaciones humanas po- sibles. Una  teoría  del  capitalismo debía  hacer  énfasis  en  el  ca- rácter  extremadamente fetichista, supersticioso, que  ha  adquiri- do el dinero  en la sociedad humana; un carácter tan marcado y hondo  que  hoy  es  difícil  hallar  a  nadie que  no  piense en  el dinero  como  en un mal necesario de la humanidad. Los mismos países socialistas basan  sus  relaciones humanas en  torno  al  di- nero.  Es cierto  que  en  la  antigüedad, en  la  época helenística, cundía el grito siguiente: ¡chremata aner!, o sea:  su dinero  es el hombre; pero  nunca  como ahora  la relación monetaria había penetrado hasta  los últimos  intersticios de la mente  humana. La sociedad se ha  constituido de  tal modo  que  hay  que  pensar en el dinero  para  poder  vivir en ella.  Sobre  este  punto  insistiremos más adelante.

No es,  pues,   de  extrañar que  la  teoría  de  Marx  acerca de  la sociedad viniese estructurada sobre  una  teoría  económica. Ello no  representa ningún «economicismo»  teórico  sino,  por  el  con- trario,  la respuesta teórica  adecuada de un científico dedicado a analizar la sociedad capitalista.

El rechazo del  economicismo nos  conduce por  esta  vía  a nue- vas perspectivas. La principal de ellas  es la perspectiva de la totalidad. Marx  no  era  un  economista, ni  un  sociólogo, ni  un filósofo,  ni un jurisconsulto, ni un historiador, ni un literato:  era todas  las  cosas  al  mismo  tiempo. Había  eliminado la  división del  trabajo  de  su  propia esfera  personal. Fue un  científico om- niabarcante. Pero ello  no ocurrió  así tan sólo  por un afán  rena- centista  de  aparecer como  el  erudito  en  todo;  ello  ocurrió  así porque la idea  principal de  Marx,  al analizar la sociedad huma- na,  era  la  idea  de  la  totalidad. Esto es,  no  hacía  lo que  suelen hacer  nuestros modernos sociólogos: dedicarse a examinar me- diante   encuestas algún   aspecto parcial  de  su  sociedad. Él se dedicó a examinar todo  cuanto  fuera  posible. Lección  que  de- berían, por  cierto,  aprender los  científicos sociales de  nuestro tiempo, que  dividen en las universidades, de modo  francamente absurdo, los estudios sociales en estudios económicos, estudios

 

sociológicos, estudios administrativos, estudios antropológicos, etcétera.

La primera forma,  pues,  en que  debemos encarar la concepción metodológica marxista de  la  totalidad es  la  que  se  refiere  a la ciencia social misma, considerada no  como  un  saber  compar- timentado, fragmentado, sino como una ciencia unitaria de la sociedad; ciencia que  comprende aspectos económicos, socio- lógicos, antropológicos, etcétera, pero  en  la que  estos  aspectos no figuran  como  «disciplinas» separadas, sino  tan sólo  como  las facetas  de  un  mismo  problema y una  misma  ciencia: la ciencia social. Se elimina así,  dentro  de  esta  ciencia, el  principio de  la división  del  trabajo.   Ello  no  quiere decir,   por  supuesto, que cada  científico social  deba  tener  un  perfecto conocimiento de todos  aquellos aspectos: la  literatura sobre  ellos  es  hoy  tan  fa- bulosamente grande, que  no  daría  tiempo  toda  una  vida  para abarcar tan  siquiera una  tercera  parte.  Lo que  se  quiere decir con  «eliminar  la división del  trabajo  dentro  de  la ciencia social» es  que  cada  científico social  debe  adoptar el punto  de vista de la totalidad, aun  cuando su  objeto  de  estudio sea  muy  espe- cializado. El caso  de  los  estudios estadísticos es  paradigmático. El estadista puede  llegar   a  verdades  parciales  que,   desde el punto  de  vista  de  la  totalidad social,  resultan se  falsedades  ab- solutas. Así —para  citar  un  caso  ya  célebre—, estudios estadís- ticos  de  los  ingresos de  la  población venezolana señalan «una renta»  per cápita  bastante alta,  lo  que  podría  hacer  suponer a cualquier desprevenido que  el  ingreso de  cada  venezolano es alto.  En cambio, el  punto  de  vista  de  la totalidad nos  dice  que la renta  venezolana no se distribuye en realidad per cápita, sino por grupos sociales; hay  inmensos grupos humanos cuya  renta es ínfima,  y en cambio  hay  grupos reducidísimos que  absorben casi  todo  el  patrimonio de  la  renta,   como  es  el  caso  de  las grandes familias capitalistas venezolanas.

Esto es precisamente lo que  trata de  evitar  el método  de  Marx. Él añadía,  al  análisis  económico,  el  análisis  sociológico  y  el análisis ideológico. Si descubría, por ejemplo, que la estructura última  del  sistema  capitalista puede formularse económicamen- te como  ley  de la plusvalía, esa  misma  ley,  según el método  de Marx,  debía   también formularse sociológicamente  como  lucha

 

de  clases, esto  es,  como  la  explotación de  la  fuerza  de  trabajo por parte  del  capital; y también debía  analizarse ideológicamen- te porque, por ejemplo, la ideología jurídica es la encargada de sacralizar en  contratos  aparentemente justos,  una  relación que, en  su  estructura, es  de  explotación. De ahí  que  El Capital de Marx  haya  causado siempre profunda irritación en  los  círculos científico-sociales burgueses,  para  quienes ese  tipo  de  análisis carece de  seriedad, porque no es especializado. Para  la ciencia social  burguesa, el sociólogo que  se dedica a encuestas debe dedicarse toda su vida  a hacer  encuestas y perfeccionarlas, para que  otros las  trabajen, sin preocuparse en  lo más  mínimo  de  la utilización que  se  hará  de  tales  encuestas. Es la  misma  menta- lidad  de división del  trabajo  que  existe  en las modernas empre- sas  comerciales capitalistas, y que  existía  ya  desde la época de la  manufactura, en  el  siglo  XVIII, a saber:  la  parcelación o fragmentación  de  los  trabajadores; en  una  empresa moderna, cada  quien tiene  asignada una  labor  específica,  y  nadie, salvo los  directivos (algunos directivos), posee  el  secreto   de  lo  que ocurre  en la empresa como  totalidad. Y aun  así,  a pesar  de que cada  capitalista dueño de una empresa posea el secreto  de la totalidad de  su  empresa particular, es  característico el  mundo de  las  grandes  corporaciones actuales  el  que  éstas  se  desen- tiendan de  la  totalidad social  en  que  están  insertas. Es lo  que nos  hablan con  tanta  propiedad Baran  y  Sweezy en  El capital monopolista, uno  de  cuyos  capítulos está  precisamente destina- do a delinear lo que  ellos  llamaban «racionalidad parcial versus irracionalidad total».  Es decir,  una  empresa o  corporación que se  dedique a fabricar  jabones, es  en  sí misma,  de  acuerdo con sus  estructuras actuales, un  imponente edificio de  racionalidad interna: todo  allí  está  calculado matemáticamente, empezando por  las  ganancias de  la  empresa. Sin embargo, esa  empresa es profundamente irracional en  cuanto   a  la  totalidad del  sistema social, porque con  toda  probabilidad no  llenará una  necesidad real  de una  sociedad en la que  hay  miles  de marcas  de jabones: lo único  que  llenará es  su  propia necesidad comercial, para  lo cual  inducirá falsas  necesidades en el público consumidor.

De modo,  pues,  que  el  principio metodológico de  la  totalidad tiene,  en la sociedad capitalista, un fundamento ontológico, una

 

apoyatura en la realidad. Si la ciencia social  burguesa no adopta el  punto  de  vista  metodológico de  la  totalidad, ello  se  debe  a intereses  reales,  a  intereses  ontológicamente  fundados,  que pueden simbolizarse en el caso  de  las  empresas capitalistas. En cambio, el fundamento ontológico a que aspira  la metodología marxista de  la  totalidad no  es  otro que  una  sociedad donde la producción  esté  dirigida  a  la  satisfacción  de  las  necesidades humanas y no a la satisfacción de  la necesidades del  mercado; o sea,  los jabones no se producirán mediante el principio de  la competencia entre  los diversos productores, sino  según el prin- cipio  de las necesidades de la sociedad.

Por esa  razón,  una  sociedad realmente comunista encarnaría en sí  misma,  ontológicamente hablando, lo  que  por  el  momento no es sino  un  principio metodológico introducido por  Marx en la ciencia social.

Ello  no  quiere decir  que  en  la  actual   sociedad capitalista no exista  una  homogeneidad estructural. El hecho  de  que  se  pre- sente  como  un  conjunto  inarmónico, donde la  racionalidad de la producción se enfrenta mortalmente a la irracionalidad de  la distribución, no  significa que  no  constituya esta  sociedad un todo.  Es un  todo  estructural, como  en  el  fondo  lo es  cualquier otra formación social.  Por tanto,  es susceptible de ser estudiada desde el  punto  de  vista  de  la  totalidad. Decía  Lukács  que  la sociedad capitalista presenta una gran homogeneidad, y que ontológicamente constituye una  totalidad. Pero la gran  paradoja de  la sociedad capitalista es  que  ella  segrega una  ideología se- gún   la  cual   los  diversos planos  que   constituyen  la  sociedad (plano  estructural, plano   sobreestructural) son  planos «separa- dos» entre  sí. Según  tal ideología, el mundo  de  las  ideas  filosó- ficas,  por ejemplo, está  por completo separado del mundo  de la producción material; la ideología misma,  como  tal,  es presenta- da como  un fenómeno independiente, como  un reino  espiritual por completo divorciado de cuanto  ocurre  en la estructura so- cioeconómica. Pero  el  método  marxista de  la  totalidad se  opo- ne  precisamente a tal  ideología; opone la  ciencia descubridora a la ideología dominante para  poner  al desnudo la homogenei- dad  y  trabazón estructural de  los  diversos planos de  la  socie- dad;  incluso, si habla  de  «planos»  lo hace  en  un  sentido  mera-

 

mente  metafórico, como  cuando Marx hablaba de las «su- perestructuras», término  que,  según he  intentado demostrar en otra parte1,  no es más que  una  metáfora. El método  marxista de la  totalidad  considera  que   todas   las  manifestaciones  de  una sociedad forman  un  enrejado estructural, y que  ningún «plano» o  «aspecto»  de  la  sociedad puede explicarse definitivamente si no es  puesto  en  relación con  el  conjunto  del  cual  forma  parte. Este punto  de  vista  fue  demostrado con  gran  vigor  teórico  por Lukács  en  su  célebre libro  de  1923,  Historia  y conciencia de clase, donde, como  antes  dijimos,  se esgrime la tesis  nada  orto- doxa  de que  el método  marxista se caracteriza, no por un énfa- sis en los motivos  económicos, sino  por adoptar para  la ciencia social  el punto  de vista de la totalidad.

Nos  falta  ahora,   para   completar  este  esquema del  papel del concepto de  totalidad dentro  del  método  de  Marx,  abordar el punto  de  vista  relativo  a la ejecución misma,  la puesta en prác- tica de aquel concepto en la obra de Marx.  Tomaremos como paradigma teórico  El Capital, visto  como  el  terreno  donde se realiza el método  y donde se lo aplica más allá  de de toda  con- sideración propiamente metodológica. Y como  texto  teórico  de metodología  acudiremos  a  la  exposición  que   hizo   Marx  en

1857,  cuando escribió la «Introducción» a los Grundrisse o Fun-

damentos de la crítica de la economía política.

¿Cuál  es  el  método   correcto   de  la  economía política?,  se  pre- gunta  allí  Marx.  Su respuesta a esta  pregunta central  nos intere- sa  en  alto  grado. Trataremos de  esquematizarla en  sus  puntos principales, olvidando otros  detalles que  no hacen sino  ilustrar a los primeros.

1.      Aparentemente, nos  dice  Marx,  el  buen   método   sería comenzar por lo real  y concreto, por ejemplo, por la población. Pero este  método  envuelve una  falacia. La población, algo  apa- rentemente tan concreto, no es más  que  una  abstracción si nos olvidamos, por ejemplo, de su estructuración en clases  sociales. Las clases sociales, a su  vez,  serán  una  abstracción si dejamos de  lado  los  elementos que  las  posibilitan, a  saber,   el  trabajo asalariado, el  capital, etcétera. El capital y el trabajo  asalariado, por  su  parte,   suponen, para  su  análisis, el  examen del  inter-

 

cambio, la  división del  trabajo,   etcétera. Y así  sucesivamente, hasta  llegar  a categorías cada  vez  más  simples. «De modo  pues

—nos  dice  Marx—,  que  si yo  comenzase por  la  población me haría  una  representación caótica  del  conjunto». Parece  entonces más  adecuado hacer  el  viaje  teórico  hacia  categorías cada  vez más  simples para,  a partir  de  ellas,  hacer  el  viaje  inverso  y lle- gar  a  complejidades  tales  como  la  población. El movimiento teórico  debe  ser,  pues,  de  lo simple  a lo complejo. Pero  no se confunda este movimiento con el que va de lo abstracto a lo complejo, ya  veremos por qué.  Lo cierto  es que  el método  que va  de  lo  simple   a  lo  complejo es,  dice  literalmente Marx,  «el método  científicamente exacto».

2.  Lo concreto, o sea,  cosas  como  la  población, aparece así,  en el pensamiento, no como  el punto  de partida, sino como

«el resultado»  o «el proceso de  la  síntesis».  Lo cual  no debe  ha- cernos   olvidar,  recuerda  Marx,   que   lo   concreto  real   —por ejemplo, la población— es el verdadero punto  de partida, de acuerdo con el principio materialista de que es lo real lo que determina a lo ideal  y no al revés.  Pero  Marx nos  advierte con igual  energía que  el método  de  la economía política, en cuanto ciencia que  pretende exponer en su conjunto  la estructura de la sociedad capitalista, no  puede partir  de  lo  concreto real,  sino de  lo que  él  llama  lo concreto pensado (Gedankenkonkretum). Esto sucede así porque, dice  Marx, «el método  de elevarse de lo abstracto  a lo concreto no  es  para  el  pensamiento, sino  la ma- nera  de  apropiarse de  lo concreto, y reproducirlo en  tanto  que concreto  pensado».  En otras  palabras, si  El Capital comienza por  una  categoría simple, la mercancía, comienza por  una  abs- tracción, y mediante ella  se va apoderando progresivamente de categorías  más  complejas,  más  concretas.  Pero  Marx  prefiere llamar  por eso,  a esas  categorías simples, de las cuales se parte,

«concretos-pensados». ¿Por qué?

3.  Ello se debe, nos dice  Marx, a que

el  concreto pensado  se  presenta como  totalidad concreta en  tanto  que  totalidad pensada. La totalidad, tal como  apa- rece  en  el  espíritu como  un  todo  pensado, es  un  producto del  cerebro pensante, el  cual  se  apropia del  mundo  de  la

 

única manera posible, manera que  difiere   de  la  apropia- ción de ese  mundo  por parte  del arte,  la religión o el espíri- tu práctico.

Es decir,  el  arte,  por  ejemplo, tiene  como  método, apropiarse del  mundo  intentando una  reproducción plástica de  él;  la  reli- gión  tiene  como  método  la  simbología espiritual y  los  valores de la moralidad; y el espíritu práctico se apropia del mundo directamente, tomando el  toro  por  los  cuernos, o  tomando la Bastilla. Ahora  bien,  el  método  que  tiene  la  economía política de apropiarse del mundo  es la abstracción, o mejor dicho,  la reproducción del  mundo   en  concretos de  pensamientos; con- cretos  que  deben asumir  la  forma  de  totalidades  concretas. De ahí  la enorme importancia del  concepto de  totalidad dentro  de la ciencia social  marxista. Se parte  de una  totalidad teórica  para llegar  a la  totalidad práctica. Se parte,  por  ejemplo, de  la  mer- cancía, para  llegar  a las  clases  sociales, que  son,  por  cierto,  el alfa  y  el  omega de  El Capital,  al  menos  en  el  estado   en  que quedó después de la muerte  de su autor.  Pero el hecho  de que la  ciencia social   deba   partir  metódicamente  de  una  totalidad teórica  no quiere decir,  recordémoslo una  vez más,  que  ella  sea el  punto  real  de  partida. De lo que  se trata  aquí  es  de  diferen- ciar  el  método  de  investigación del  método  de  exposición. En el  método   de  investigación, uno  puede partir  de  lo  concreto real:  la población, las  clases, la distribución del  ingreso, etcéte- ra;  pero  en  el método  de  exposición es preciso partir  de  totali- dades teóricas, y hacer  prácticamente el viaje  al revés.

Y es que,  dentro  del  método  de Marx, no es lo mismo  el orden lógico de  las  categorías  económicas  que   su  orden histórico. Según  el  orden  histórico, la  categoría «mercancía»  es,  con  mu- cho,  anterior   en  el  tiempo   a  la  constitución de  una  sociedad capitalista; igual  ocurre  con  la  división del  trabajo  y  la  propie- dad  privada. Sin  embargo, según un  orden  lógico, para  enten- der estructuralmente a la sociedad capitalista hay  que  comenzar por  la  mercancía, pues  es  en  la  sociedad capitalista donde la forma mercancía ha  alcanzado su pleno desarrollo, al igual  que la división del trabajo  y la propiedad privada. Por eso dice  Marx que

 

aunque históricamente la categoría más simple  puede haber existido antes que la categoría más compleja, ella puede pertenecer, en  su  completo desarrollo intensivo y  extensi- vo,  a una  forma  de  sociedad compleja, mientras que  la ca- tegoría  más  concreta estaba más  desarrollada en una  forma de sociedad menos  desarrollada.

El trabajo  es  tan  viejo  como  el  mundo, pero  el  trabajo  como categoría sólo alcanza su máximo desarrollo en la sociedad capitalista. Entonces,   el  método   científicamente correcto   debe partir de él. Orden lógico y orden histórico no se corresponden. Podríamos decir,  por ejemplo, que  una  exposición histórica del subdesarrollo debe  comenzar por  el estudio del  mercado mun- dial de hace varias  centurias, cuando la expansión colonialista europea; sin embargo, si seguimos el método  de exposición sistemática y  lógica de  El Capital,  deberíamos comenzar por analizar la categoría más  simple  de  todas,  que  podríamos acaso denominar la  mercancía dependiente, en  la  medida en  que  la fuerza  de  trabajo  empleada para  producirla es no sólo  explota- da  a secas  por  el capital, sino  por un  preciso capital cuyo  cen- tro  de  acción   está  en  zonas   del  mundo   —las  zonas   desarro- lladas—  de  las  cuales depende la  fuerza  de  trabajo  de  la  zona subdesarrollada.

Así  pues,   el  movimiento  metodológico  de  Marx  consiste  en partir de categorías simples, que se presentan —o deben pre- sentarse, en  una  ciencia social  que  aspire  a comprender la  so- ciedad— como  totalidades concretas de  pensamiento, destina- das  a reproducir la totalidad concreta práctica. El método  de  la economía política debe  ser,  pues,   la  abstracción; pues,   como nos lo recuerda Marx en el «Prólogo» de El Capital, así como  los químicos emplean reactivos y microscopios, nosotros, los cientí- ficos  sociales, empleamos la  abstracción. Una  abstracción que, sin  paradoja, se  presenta al  pensamiento como  totalidad con- creta.

 

ESTRUCTURA Y APARIENCIA SOCIAL. LA IDEOLOGÍA Y SU RELACIÓN

CON EL MÉTODO  DE MARX 2

 

 

 

El concepto de  ideología, tomado  en  su  sentido   más  riguroso (que   lo  liga   estrechamente  al  concepto  de  falsa  conciencia), ofrece  en  la obra  de  Marx una  importante faceta  metodológica. La ideología, en  oposición epistemológica  a  la  verdad, guarda una  nítida  simetría   con  una  oposición que  aparece constante- mente  en  las  grandes obras  económicas de  Marx,  a  saber,   la oposición entre  lo que  él llama  «apariencia social»  o «formas  de aparición»  de  lo  social, y  lo  que  también él  llama   «estructura social».

El ideólogo se  caracteriza por  hacer  pasar  por  estructura de  la realidad social  aquello que  no  es  sino  una  mera  apariencia fe- noménica. Esto envuelve todo  un grave  problema de  teoría  del conocimiento e incluso de teoría  de la verdad, que  no podemos aquí  sino  tocar  muy  someramente. El criterio  general de  la ver- dad,  en  Marx,  era  pragmático, tal  como  se  desprende de  sus Tesis sobre Feuerbach.  La  práctica es  el  criterio   último   de  la verdad. Pero en el examen de la práctica histórica (para  limitar- nos sólo a las ciencias sociales) se entrecruzan diversos elemen- tos que  es preciso analizar. Estos elementos son los que,  con vocabulario de  Marx,  pueden  llamarse «estructura»  y  «aparien- cia». La realidad social  tiene  una  apariencia, como  dijimos  antes, una «fachada ideológica» que es preciso no confundir con la estructura social.  Es característico del  ideólogo practicar, a  ve- ces  deliberadamente,  esa  confusión,  y  presentar así  como  la verdad o  fundamento estructural de  la  sociedad lo  que  no  es sino su apariencia ideológica.

El  concepto  de   ideología  tiene,    pues,    una   vertiente  me- todológica de  considerable importancia dentro  del  método  ge- neral  de la ciencia marxista. Como lo dice  Godelier en su ensa-

 

2 Utilizamos en esta parte un fragmento de nuestro ensayo «Teoría marxista de la ideología», publicado en el volumen Teoría y práctica de la ideología, ed. Nuestro Tiempo, México, 1971.

 

yo  antes  citado,  Marx concibió obras  como  El Capital en  térmi- nos de estructuras, así como  también es estructural (no digamos ya,  como  Godelier, «estructuralista») su concepción general de la historia   y  la  sociedad. Dentro  de  esta  concepción  estructural juega  un  papel complementario y de  primer  orden  el concepto de  apariencia ideológica. Se trata de una  apariencia «ideológica» no porque los fenómenos sean  en sí mismos,  en su nuda  mate- rialidad, «ideológicos», sino porque en la historia, ciertas  clases sociales se  han  empeñado en  hacer   pasar  por  real  estructura social  lo  que  no  es  sino  apariencia, con  lo  que  ésta  toma  eo ipso un  carácter  ideológico.  El  método   científico  tiene,   para Marx,  una  misión  expresa: distinguir las  estructuras sociales de sus   apariencias  ideológicas,  poner   sobre   sus   pies   todo   ese mundo   «encantado  e  invertido»  que   los  ideólogos  presentan cabeza abajo;  esto es, subrayar el carácter determinado de la apariencia.

El hombre  corriente de  la  sociedad capitalista, el  hombre  que trabaja  y no sabe  bien  para  quién  trabaja,  el hombre  que  llega  a creerse justamente remunerado por el salario que  le dan  e igno- ra  que  buena parte  de  su  fuerza  de  trabajo  la  entrega gratis, este  hombre  nada  en la inconciencia ideológica generalizada en este  tipo  de  sociedad. Por eso,  cuando le  preguntan qué  es  la sociedad se  limita  a  señalar la  fachada ideológica  de  ésta:  la sociedad, dirá,  es  el  Estado,  son  las  leyes, son  los  derechos y los  deberes, las  instituciones, la  cultura, la  vida  política. Pero raras  veces  se  le  ocurrirá  pensar que  todo  ese  aparato que  él llama   «sociedad»  no  es  sino   la  expresión  ideológica  de  una realidad más profunda, que  es aquella en la que  él mismo se encuentra  inmerso cuando  entra  en  relaciones de  producción para  hallar  su  subsistencia. Está en  el  corazón mismo  de  la  es- tructura  social,  y si le  es difícil  darse  cuenta de  ello  es precisa- mente  por  ser  sujeto  actuante. De allí  que  Marx  dirigiera toda su  ciencia, en  último  término, a  esta  clase  que,  de  puro  tener cerca   su  propia explotación, no  la  veía;   destinó   su  ciencia a hacer  comprender a las  clases  explotadas la diferencia que  hay entre  concebir el  trabajo  propio   como  trabajo   pagado por  el salario y concebirlo como trabajo  explotado y productor de plusvalía.

 

El Capital, así  como  la  Crítica  de la Economía  Política  y  los Grundrisse, están  plagados de  esta  distinción entre  estructura y apariencia social,  esto es, entre aspecto real y aspecto ilusorio, ideológico;  entre   Struktur  y  Erscheignungsform,  para   decirlo con una de sus contraposiciones más frecuentes. Ya vimos an- teriormente  que,   como  principio  científico general,  figura   en Marx  el  siguiente: «Toda ciencia sería  superflua si la  apariencia de  las  cosas  coincidiese directamente con  su esencia». (La pala- bra  «esencia»  no  debe  entenderse aquí  en  el  sentido  filosófico de  «ser»  o  quidittas, sino  en  el  de  estructura: relaciones reales fundamentales. Marx  rechazaba expresamente, desde la  época de  La  ideología alemana y el Manifiesto  Comunista, el  signifi- cado  filosófico  tradicional de  «esencia».)  La misión  de  la ciencia es,  pues,  saber  en  primer  término  que  la estructura de  la reali- dad  no  es  lo  que  «aparece»,  y  mucho  menos  en  el  caso  de  la realidad social.  Veamos  algunos otros  ejemplos de  este  método de Marx.

Refiriéndose al perfeccionamiento de la teoría del valor por él realizado, escribe Marx:

La determinación de  valor  por  el tiempo  de  trabajo  es,  por tanto, el secreto  que se esconde detrás  de las oscilaciones aparentes de los valores relativos de las mercancías. El des- cubrimiento de este  secreto  destruye la apariencia de la de- terminación puramente casual de  las  magnitudes de  valor de  los  productos del  trabajo,  pero  no  destruye, ni  mucho menos, su forma material.

Nos indica  Marx dos  cosas  de  gran  importancia: que  una  teoría científica puede destruir  una  apariencia social  que  encubre ideológicamente una  explotación social  y que,  sin embargo, no basta  este  descubrimiento teórico  para  destruir  realmente la explotación: la forma material de ésta sólo se destruye prácti- camente. Es un aviso  muy  claro  para  los que  piensan que  pue- den  acabar con  el  capitalismo con  sólo  destruir   la  ideología capitalista.

En unos  borradores, conservados fragmentariamente y al  pare- cer destinados al Libro I de El Capital, escribe Marx:

 

La simple  relación entre  compradores de  mercancías impli- ca  que  éstos  intercambian sus  propios trabajos  encarnados en  diferentes valores de  uso.  La compra   y  la  venta  de  la fuerza  de  trabajo,  como  resultado permanente del  proceso de  producción capitalista, implican que  el obrero  debe, sin cesar,  volver  a comprar  una  parte  de  su propio  producto a cambio  de su trabajo  viviente. Así se disipa  la apariencia de una simple  relación entre poseedores de mercancías. Esas continuas  compras  y  ventas   de  la  fuerza   de  trabajo   y  la constante confrontación de la mercancía producida por el obrero  mismo,  como  comprador de  su  fuerza  de  trabajo  y como  capital constante, aparecen solamente como  la forma que  mediatiza el sometimiento del  obrero  al capitalista, y el trabajo   viviente  como   simple  medio   de   conservación y acrecentamiento  del   trabajo   materializado  convertido  en fuerza  autónoma frente  a él (...)  La constante renovación de la relación de compra  y venta  no hace  sino asegurar la con- tinuidad de la relación específica de dependencia y le da la apariencia engañosa de una transacción, un contrato  entre poseedores de  mercancía, iguales en  derecho y libremente enfrentados.

Ahora  bien,  cuando el  capitalista o sus  representantes teóricos, los  economistas, presentan la  relación capital-trabajo como  un simple  contrato,  una  inocente y legal  transacción (en  lo cual  los apoya todo el sistema  jurídico) entre  poseedores de mercancías, no hacen sino encubrir ideológicamente, bajo una apariencia engañosa, la  estructura real  de  las  relaciones productivas. Ha- cen  aparecer como  cosa  normal  y corriente el hecho  de  que  el trabajador, después de  vender su  única  mercancía —su  fuerza de  trabajo—  a  cambio   de  un  salario que  no  cubre  su  trabajo real,  produce mercancías para  el  capitalista y,  más  tarde,  cuan- do  esas  mercancías están  en  proceso de  circulación, él  mismo, su productor, tiene  que comprarlas con el salario ganado por producirlas. Este monstruoso y fantástico proceso de  alienación del  trabajo  aparece, sin embargo, perfectamente justificado ideológicamente por el sistema  social.

 

Y a propósito de valorización del capital en el proceso de circu- lación,  hay   en  El Capital un  razonamiento análogo,  dirigido contra  los economistas:

Lo que  la  economía política ve  es  lo que  se  manifiesta: la acción  que  ejerce  el tiempo  de circulación sobre  el proceso de valorización del capital, en términos  generales. El eco- nomista   concibe esta  acción   negativa como  positiva, por- que  son  positivas sus consecuencias. Y se aferra  más  aún  a esta  apariencia porque cree  encontrar en  ella  la  prueba de que  el  capital encierra una  fuente  mística  de  autovaloriza- ción,  independientemente de  su  proceso de  producción y, por  tanto,  de  la  explotación del  trabajo,  fuente  que,  según él, fluye  en la órbita  de la circulación.

Más  explícitamente aún  practica Marx  su  método  cuando, ha- ciendo hincapié en uno de sus propios descubrimientos eco- nómicos, nos  explica que  los  economistas anteriores no  veían más  que  las  apariencias existentes en  las  relaciones entre  plus- valía  y ganancia:

el hecho  de  que  esta  trabazón interna  se descubre por  vez primera aquí,  de  que,  como  se  verá  por  lo que  sigue  y en el Libro IV, los economistas anteriores, o bien  prescindían violentamente de las diferencias entre  la plusvalía la ganan- cia,  la cuota  de plusvalía y la cuota  de ganancia, para  poder retener  como base la determinación del valor, o bien re- nunciaban con  esta  determinación del  valor  a toda  base  de razonamiento científico, para  atenerse a aquellas diferencias manifiestas en  la  superficie de  los  fenómenos; esta  confu- sión  de  los teóricos  revela mejor  que  nada  cómo  el capita- lista práctico, prisionero de la lucha  de la competencia e imposibilitado para  ahondar en  modo  alguno debajo de  la superficie de  sus  fenómenos, tiene  que  sentirse completa- mente    incapaz  para    captar    a   través    de   la   apariencia (Schein) la verdadera esencia interior  y la estructura interna (innere Gestalt) de este  proceso.

Para  no multiplicar demasiado las  citas  —que  podrían, en efec- to,  multiplicarse  fácilmente, ya  que  se  trata  de  una  auténtica constante metodológica de  Marx—,  terminemos con  unas  pala-

 

bras  que  sirven  de síntesis  esclarecedora de todo  cuanto  hemos dicho  a este  propósito. Se trata de uno  de esos  «descansos»  teó- ricos en que  Marx hace  recapitulación general:

Si el análisis de  las conexiones reales, internas, del  proceso capitalista de  producción constituye, como  el  lector  ha  po- dido  observar bien  a su costa,  un  asunto  muy  complicado, y  el  descubrirlas supone un  trabajo  muy  minucioso; si  es obra  de  la ciencia el reducir  los movimientos visibles y pu- ramente aparentes a los movimientos reales e interiores, fá- cilmente se  comprende que  en  las  cabezas de  los  agentes de  la  producción y  la  circulación capitalista surjan  acerca de  esto  ideas  que  difieren totalmente de  estas  leyes y que no  son  sino  la  expresión  consciente  del   aparente  movi- miento.  Las ideas  de un comerciante, de un especulador de bolsa,  de  un  banquero, son  por  fuerza  ideas  totalmente in- vertidas.

Se ve a las  claras  aquí  la relación entre  ciencia e ideología. Es- tas  «ideas  invertidas»  de  que  nos  habla   Marx,  son  las  mismas que  aparecían en  sus  textos  de  La  ideología alemana y  que hemos   examinado. Sólo  que   ahora,   manejando  un  poderoso aparato de análisis económico, nos da ejemplos prácticos, in- numerables ejemplos en los que  se ve en qué  consiste específi- camente, pragmáticamente, empíricamente, el falseamiento ideológico. En cuanto  a eso  de que  las falsas  ideas  del  capitalis- ta sobre  las  leyes económicas son  «la expresión consciente del aparente  movimiento», ello  no  es  más  que  una  manera de  ex- presar  el concepto de falsa conciencia, pues  la conciencia del movimiento aparente  implica  aquí   la  inconsciencia  del  movi- miento  real.  Y es  esta  inconsciencia lo específicamente ideoló- gico.  Decía  Freud  que  ciertas  cosas  se  reprimen o  se  olvidan (es  decir,  pasan  a la  inconsciencia o a la  preconciencia) como un modo  de  autoprotección del  individuo. El capitalista de  que nos  habla  Marx  no  hace  sino  reprimir  u olvidar  el  movimiento real del proceso de producción a fin de proteger sus propios intereses.

La ideología no  es,  pues,  un  andamiaje ideal  encarnado sobre la  estructura social  para  justificarla desde arriba;  es,  fundamen-

 

tal y esencialmente, un modo de ver la realidad social  que no contempla sino  la apariencia de  los  procesos, su modo  de  ma- nifestarse exteriormente, y oculta  —sabiéndolo o no— el carác- ter profundo, estructural del  proceso. Así, por ejemplo, las rela- ciones  de producción basadas en la institución del  salario se manifiestan  como  un  contrato   legal   en  el  que   se  paga   a  un obrero  el «precio» de su trabajo.  Pero,  como  nos dice  Marx, «ha- blar de precio  del trabajo  es algo  tan irracional como  hacerlo de un logaritmo amarillo».  La racionalidad de las apariencias, que presenta el  sistema  capitalista como  un  enrejado lógico  justifi- cado  en todas sus partes, oculta  la profunda irracionalidad del sistema, que  lo pone  todo  del  revés,  y dirige  la producción no hacia  la  satisfacción de  las  necesidades humanas, sino  hacia  la satisfacción de las necesidades del mercado capitalista.

 

 

TEORÍA Y PRÁCTICA COMO COMPLEMENTARIOS

 

 

Sin pretender en  lo más  mínimo  haber  agotado el campo  teóri- co circunscrito por las relaciones entre  el marxismo y el método científico, cerraremos estas  reflexiones con  un  punto  de  interés vital para  comprender en su verdadera esencia el carácter espe- cífico   —y   específicamente   revolucionario—  del   método    de Marx.  Este punto,  tan  controvertido y  trajinado como  los  ante- riores,  es el referente a las  relaciones entre  la teoría  y la prácti- ca.

Aunque desde sus más tempranos escritos  demostró Marx un increíble empeño en  no disociar la teoría  de  la práctica, puede decirse que  la primera vez  que  formuló  explícitamente ese  em- peño  fue  en  las  Tesis sobre Feuerbach, aquellos once  fulguran- tes  aforismos escritos  en  una  libreta  hacia  1845  y  década des- pués  desenterrados por  Engels,  y que  pueden considerarse co- mo el punto  de arranque decisivo de  la nueva teoría  materialis- ta de la historia.

Unos  meses   antes  de  redactar estas  Tesis, Marx  había  llenado unos  cuadernos de  notas  que  hoy  se  conocen como  los  Ma- nuscritos económico-filosóficos  de 1844, en  los  que   como  es

 

sabido, aparece por  primera vez  planteado, dentro  de  la  obra de  Marx  y  de  un  modo  relativamente  sistemático, el  concepto de  alienación. Este concepto reaparece en las  Tesis sobre Feuer- bach estrechamente ligado al  problema de  las  relaciones entre teoría  y práctica. La palabra «alienación» significa siempre, de un modo  u otro, la idea  de separación, disociación, desgarramiento de  algo  que  no  está  ya  más  en  su  sitio,  expropiación de  algo que  no está  ya  más  en su región  propia. Pues  bien,  si quisiéra- mos  formular  de  un  modo  muy  general el tema  central  del  tra- tamiento marxista del  problema teoría-práctica, tendríamos que decir  que,  para  Marx  —desde los  años  40  hasta  el  fin  de  sus días—,   toda disociación de teoría y práctica era un síntoma muy específico de alienación. La práctica separada y  disociada de  la  teoría,   se  convierte en  esa  forma  particular  de  la  alie- nación  que  denominamos practicismo, fenómeno que  en políti- ca, por ejemplo, adquiere los rasgos  de activismo ciego.

Y por  su  parte,  la  teoría  disociada de  la  práctica se  queda sin asidero real empírico y tiende  a convertirse en especulación ideológica, esto  es,  en  una  forma  particular de  la  alienación. Una  despiadada crítica  de  esta  forma  de  alienación ideológica en  que,  por  aquellas épocas, había  caído  la  filosofía  alemana, se halla  en  la obra  de  Marx y Engels  La ideología alemana, de la  cual  puede decirse que  es  como  una  ampliación (al  menos en  su  parte  inicial, puramente teórica) del  programa expuesto por Marx en las ya mencionadas Tesis.

Tratemos  de  adentrarnos en  el  problema de  las  relaciones teo- ría-práctica  a  través   de  distintos   niveles  del   pensamiento  de Marx.  En las  Tesis sobre Feuerbach,  cuando Marx  plantea por primera vez de  un modo  directo  este  problema, lo hace  en dos direcciones: la primera, en  relación con  el tradicional problema filosófico  de  la verdad, o del  criterio  de  verdad; la segunda, en relación con el destino  de la filosofía.

El problema  —escribe Marx—  de  si  al  pensamiento  hu- mano  se le puede atribuir  una verdad objetiva, no es un problema teórico,  sino un problema práctico. Es en la prác- tica donde el hombre  tiene  que  demostrar la verdad, es de- cir,   la  realidad  y  poderío,  la  terrenalidad  de   su  pensa-

 

miento.  El litigio  sobre  la  realidad o irrealidad de  un  pen- samiento aislado de  la práctica, es un  problema puramente escolástico (Tesis II).

En el  fondo,  aquí  se  plantea el  viejo  problema del  criterio  de verdad. Los filósofos  se  han  preguntado a lo largo  de  la histo- ria:  ¿Qué  es  la  verdad?  La pregunta tuvo  inicialmente su  razón de  ser  en  el  empeño de  distinguir, no  entre  lo  que  llamamos Verdad  y Falsedad, sino entre Verdad  y Apariencia. Por eso, Parménides de Elea distinguió dos caminos para  el pensador: el camino  de  la verdad o alétheia, y el camino  de  la apariencia o dóxa.  A los  sofistas  les  preocupaba altamente el hecho  de  que nuestros sentidos no fuesen  un criterio  infalible de verdad. Ellos advertían las  numerosas ilusiones en  que  nuestros sentidos nos hacen  caer,  como cuando miramos  doblado un lápiz  a medias introducido en  un vaso  de  agua, o cuando nos  figuramos, para nuestra tranquilidad, que  la  tierra  es  inmóvil. De modo,  pues, que  la  búsqueda científica de  la  verdad tuvo  que  ser  encarada desde el  comienzo como  la persecución de  ciertas  «estructuras» que  están  ocultas   tras  la  apariencia que  se  brinda   a  nuestros sentidos. En el  modo  de  captar  esas  estructuras reside precisa- mente  el  método   científico, que  se  inventa instrumentos para superar a nuestros sentidos —el telescopio, por ejemplo— a fin de  que  éstos  no nos  engañen. De ahí  que  Marx  nos  recordara, en  el  Prólogo  a El Capital, que  así  como  en  las  ciencias de  la- boratorio el método  consiste en  emplear microscopios y reacti- vos,  en  las  ciencias sociales el  método  de  que  se dispone, a la hora  de  la  exposición de  resultados, es  la  abstracción. («En el análisis de  las  formas  económicas de  nada  sirven  el  microsco- pio  ni los  reactivos químicos. El único  medio  de  que  dispone-

mos, en este  terreno, es la capacidad de abstracción»)3

Platón  heredó la  problemática sofistica   y,  en  su  teoría  de  las ideas   o  formas,  implicó una  muy  específica  concepción de  la verdad. Esta concepción posee muchísimos y complejos matices (véase, por  ejemplo, el  libro  de  Heidegger  La  doctrina de la Verdad según Platón), pero  en  lo esencial recoge la idea  sofís- tica de que  nuestros sentidos nos engañan, puesto  que  ellos  no

 

3 Karl Marx, El Capital, FCE, México, 1966, p. XIII

 

son  sino  los receptores imperfectos de  un  mundo, el que  tene- mos  a la  vista,  que  equivocadamente llamamos «real»  pero  que en  verdad no  es  sino  un  reflejo  lejano  del  mundo  verdadero  y real  que  es el mundo  de  las  ideas. De modo,  pues,  que  el mé- todo  científico correcto  debía  proceder, en  el  esquema ascen- dente  de  la  dialéctica platónica, según una  progresiva supera- ción  de  los  datos  sensoriales hasta  alcanzar la forma  o idea  de las  cosas,  dentro  de  las  cuales hay  también una  jerarquía ideal que  se  remata  con  la  idea  del  Bien.  En otras  palabras, la  rela- ción  de  la  teoría  con  la  práctica se  resuelve aquí  mediante la primacía de  la teoría,  posición inversa a la que  hemos  visto  se expresa en  la  Tesis II de  Marx.  Theoría  significaba en  griego

«contemplación», acto  intelectual de  ver.  Llegar,  mediante esta teoría,  a captar  los conceptos de las cosas,  era  la aspiración má- xima de la dialéctica platónica. Platón,  por una parte,  insistió correctamente en  la  utilidad de  las  generalizaciones («el árbol»,

«la fruta») para  el método  científico. Lo propio  hace  Marx cuan-

do  señala metodológicamente a la  abstracción como  punto  de partida de  la  economía política. Pero  Platón  colocó  esa  visión de  conceptos puros  o  teoría  como  el  criterio  definitivo de  la verdad, con  lo cual  desembocó en  pleno  idealismo. Por eso  su República no pasó  de  ser  un «ideal» sin  correspondencia con  la realidad; era una República teórica, conceptual, apoyada en aspiraciones ideales y no en  las  condiciones reales e históricas. Cuando  la teoría  es la que fundamenta a la práctica se cae irremisiblemente en  el utopismo. Por eso  decían Marx y Engels que  los  socialismos utópicos no  eran  en  realidad socialismo, pues  el  verdadero socialismo debe  partir  de  la  primacía de  la práctica sobre  la teoría.

Con Aristóteles  y los  aristotélicos medievales se  institucionalizó en  el  pensamiento occidental la teoría  de  la verdad que  se  co- noce  como  la  adaequatio, o  sea,  la  verdad como  adecuación entre  el  intelecto y la  realidad. Esta teoría,  como  casi  todas  las de  Aristóteles, parece  hablar  sin  demasiadas complicaciones a nuestro  sentido   común  (Aristóteles ha  sido  llamado el  filósofo del  sentido   común;   común   a  todos,   se  entiende). En  efecto, parece fácil  admitir  que  el  litigio  entre  teoría  y  práctica se  re- suelve cuando ambas   cosas  están  «adecuadas». Pero,  en  reali-

 

dad,  aquí  es  donde comienzan las  complicaciones. En primer lugar,  averiguar cuál  sea  en  efecto  la «realidad» nos  devuelve al problema sofístico  de diferenciar lo real-verdadero de lo real- aparente. Si yo  digo  la  proposición: «Ese lápiz  que  está  dentro del  agua   está  quebrado»,  hay  aquí  un  cierto  grado  de  verdad porque hay  una  adecuación entre  mi  pensamiento y  lo  real- aparente. Si digo:  «No está  quebrado»,  hay  también adecuación entre mi pensamiento y lo real-verdadero. Con lo cual desem- bocamos en  la  conclusión platónica de  que  la  verdad consiste en adecuar nuestro  pensamiento, no a la apariencia sensible de lo real,  sino  a su esencia oculta,  a su  estructura,  diríamos hoy. De modo  que  la  teoría  de  la  adaequatio, para  formularse con un mínimo  de corrección, debería enunciarse como  la co- rrespondencia entre  el pensamiento y las  estructuras de  lo real. Y, en efecto,  algo  así se intentó  expresar, pero  con un agravan- te de  gran  trascendencia, un  matiz  filosófico  aparentemente sin demasiada  importancia, pero  que  ciertamente echa   por  tierra todas  las teorías  de la adaequatio. Y es que,  para  estos  filósofos aristotélicos, la estructura de  lo real,  de  las cosas  visibles, no es algo   dinámico,  no  está  sujeta   a  cambios  históricos  sino  que consiste en  una  ousía o  sustancia fija,  una  quidittas rígida   y eterna. El método  científicamente correcto  sería  aquel que  ade- cúa  el  pensamiento a  esos  núcleos metafísicos alojados en  las cosas.  Pero aquí  aparece el agravante filosófico: en lugar  de ser la práctica real el criterio  de  la verdad, lo es el «núcleo  metafí- sico» de lo real,  lo cual,  dicho  más simplemente, es retornar  a la tesis idealista de que  es lo ideal  lo que  sustenta a lo real,  la teo- ría la que  sustenta a la práctica.

De una  manera o de  otra,  por mil sutiles  vías  intelectuales, esta tesis  idealista ha  tenido  preeminencia en  el  pensamiento occi- dental, y sólo en los tiempos modernos, con las tendencias pragmatistas inglesas,  ha  sufrido   ataques  serios.   De  ahí  que tenga  tanta  fuerza  revolucionaria, dentro  de  la  historia  del  mé- todo  científico, la postura  que  expresa Marx en  la Tesis II, don- de  se  proclama abiertamente el  primado de  la  práctica, entre otras  razones porque la teoría es ella misma una práctica, un hecho  práctico de pensamiento, o lo que  llamaría Marx en 1858 un  «concreto  de  pensamiento»  o Gedankenkonkretum.  No sería

 

desatinado por  ello  incluir  a Marx dentro  de  la tendencia prag- matista,  pues  sin duda  su criterio  de la verdad era un criterio pragmático.

Recordemos las  palabras de  Marx:  «El  problema de  si al pensa- miento  humano se le puede atribuir  una  verdad objetiva, no es un problema teórico,  sino  un problema práctico. Es en  la prác- tica  donde el  hombre   tiene  que  demostrar la  verdad...». ¿Qué significa en  verdad esta  proposición?  En primer  lugar,   surgen dudas  en torno  a ella.  ¿Cómo delimitar esa  «práctica»,  cómo  sos- tenerla en tanto  criterio  de verdad sin elevarla a un plano  abso- luto,  es decir,  sin  darle  el rango  metafísico que  solían  darle  los filósofos?  Esta duda  se resuelve si recordamos el contexto gene- ral  de  la  obra  de  Marx  en  el  estado  en  que  se  encontraba por aquellos años  de  1844-45.  Este contexto implicaba una polémi- ca antiideológica.  Marx  reprochaba agriamente a los  neohege- lianos,  y  en  general  al  pensamiento  filosófico   occidental,  su carácter ideológico. Este carácter se define  como  aquella postu- ra intelectual según la cual  son las ideas  las que  fundamentan a lo  real,  y no  lo  real  a las  ideas. Ello se  especifica  más  aún  en relación con  la  gran  preocupación de  Marx:  la  historia. Hegel había  idealizado la  historia, hasta  el  punto  de  sostener que  la historia  no  era  sino  la  exteriorización  de  la  idea  en  el  tiempo (por  su  parte,  la naturaleza era  la  exteriorización o «alienación» de  la  idea  en  el  espacio). En otras  palabras, para  esta  filosofía es la idea  la que  hace  a la historia; la historia  es un resultado de las  ideas, y no las  ideas  un resultado de  la historia. De ahí  que pudiera hablar  Marx de haber  practicado una «inversión» en la dialéctica  hegeliana.  Para  Marx,  toda   postura   fundada  en  la primacía de  las  ideas  sobre  la historia  era  una  postura  ideológi- ca, es  decir,   encubridora  de  los  hechos reales.  Decir,  como decía   Hegel   en  un  misterioso  texto,  que   la  Gran  Revolución Francesa era en el fondo «la reconciliación de lo divino  con el mundo»,  era algo  que  Marx sólo podría  aceptar a título de metá- fora,  pero  no de  explicación científica. Aceptar  esa  proposición como  una  explicación científica equivaldría a desconocer o, en todo  caso,   a  mitificar  los  motores   reales de  la  Revolución,  a saber,  el ascenso histórico  de la clase  burguesa, la revolución industrial y  la  formación definitiva de  la  clase  proletaria como

 

opuesto histórico  de  la burguesía. No se trataba  de  una  realiza- ción  de  la  idea  o  el  espíritu absoluto; se  trataba  de  lucha  de clases  y avance tecnológico. No tanto  la idea  hegeliana, sino  la máquina de  coser  era  revolucionaria, y Marx  le dedica por  eso en El Capital unos  párrafos  conmovedores.

Para  que  se comprenda mejor  cómo  puede funcionar la  prácti- ca histórica  (pues eso  era  para  Marx  la  práctica: la  historia; lo que  Marx  debe  esencialmente a Hegel  es  el  haber  sabido  que todo  tiene  una  dimensión histórica, incluso la naturaleza) como criterio  de verdad, esto  es,  como  reconciliación de la teoría  con la práctica, lo más  adecuado a nuestro  juicio  es poner  un ejem- plo.  El ejemplo, que  no es sino  uno  entre  miles,  sirve  para  res- ponder a la pregunta siguiente: dando  por supuesto que toda ideología falsea  a la  realidad, cuando se  presenta una  determi- nada  tesis  acerca de  un fenómeno histórico, ¿cómo saber  si esa tesis  es ideológica? ¿Cuál es el criterio  de  verdad? Esta pregunta tiene  sentido  en  la medida en  que  aparecen siempre opiniones contrapuestas. ¿Cómo entonces superar ese  nivel  de  las  opinio- nes,  aquella Doxai que  ya  Platón  quería superar para  elevarse al  plano  de  la  episteme o  ciencia?  La respuesta es  la  de  Marx: sólo  la  práctica puede  decidirlo. Veamos   un  curioso   ejemplo que  por  cierto  hemos  leído  en  el  libro  de  Bertrand   Russell  El impacto de la ciencia.

Sucede que  Inglaterra,  a comienzos del  siglo  pasado, comenzó a producir mucho  tejido  de  algodón. La máquina de hilar  había ya  hecho  su  revolución, al  igual  que  la  máquina de  coser.  Ha- bía,  pues,  que  exportar telas  de  algodón, pues  ya  se  sabe  que el  capital no  tiene  fronteras  y,  cuando las  mantiene, es  por  su propio   interés. Un  mercado apropiado era  el  de  África,  entre otras  razones porque allí  la  gente  andaba desnuda y,  como  es lógico   suponer, «necesitaba»  ropa:  algodón. Pero  he  aquí  que aquella gente  andaba desnuda, no por necesidad, sino  por cos- tumbre,  por  gusto.  Entonces  se imponía una  transformación de esa  costumbre, y aquí  aparece la  ideología. Los ingleses envia- ron sacerdotes que  convencieran a los sempiternos «nativos» de que  andar  desnudos era cosa  mala,  cosa  diabólica, por lo tanto, los  convencieron de  vestirse  con  algodón, mas  eso  sí:  el  algo- dón tenía  que  ser inglés.

 

Entonces,   cuando uno  se  pregunta por  el  móvil  real  de  este hecho, no puede decidirse a aceptar el móvil  religioso. El móvil era económico. Una teoría  que  se haga  el avestruz y esconda la cabeza ante  ese  hecho, es una  teoría  castrada, divorciada de  la práctica, alienada, fuera  de sí.

No debe  extrañarnos, por tanto,  que  Marx afirmara  que  la prác- tica histórica es el definitivo criterio  de verdad. En efecto,  los ideólogos, los falsos  científicos, afirmarían sin duda  que  fue un motivo  religioso el  que  impulsó a  los  africanos a  vestirse   de algodón; pero  la  práctica histórica nos  dice  lo  contrario, a  sa- ber:  había  un  concreto motivo  económico para  que  ello  ocu- rriese  así.  El ideólogo se diferencia del  científico en que  atribu- ye  los  motivos  de  las  cosas  a causas ficticias,  causas aparentes, y se deja  llevar  por  ilusiones teóricas en  lugar  de  atenerse a lo real,  lo práctico. De ahí que  toda  ideología, en el sentido  estric- to del  término,  sea  una  alienación, una  separación de  teoría  y práctica.

Pero Marx ensayó otra manera de tratar el problema de las rela- ciones  teoría-práctica. Y lo  hizo  para  atacar  el  estilo  filosófico que,   hasta   esa  época (y  aún  hoy,   por  desgracia), exhibía el pensamiento occidental. El pensamiento de  Marx a este  respec- to  está  genialmente  sintetizado en  una  sola  frase,  la  Tesis XI sobre  Feuerbach. Vamos  a detenernos en  esa  tesis,  porque en- vuelve muchísimos problemas relacionados con nuestro  asunto.

A veces, la  celebridad que  llegan a adquirir ciertos  textos  con- tribuye a su oscurecimiento. Pareciera que,  al igual  que  las mo- nedas en el tráfico  humano, las  frases  originales se desgastasen y  perdiesen  su  brillo   primitivo.  Es  lo  que   ha  ocurrido,  por ejemplo, con  la  celebérrima Tesis XI de  Marx  sobre  Feuerbach:

«Los filósofos  no  han  hecho  más  que  interpretar el  mundo  de

diversas maneras; se trata  ya  de  cambiarlo».  Décadas y décadas de  interpretaciones han  logrado crear  en  torno  a esta  frase  de oro una especie de polvillo atmosférico que  hoy nos dificulta observar claramente su  fulgor  significativo. Es frase  que  ha  lle- gado  a servir  a todo  el mundo  para  decir  cualquier cosa,  inclu- so para  atacar  a Marx;  es lo que  ha ocurrido también con  «alie- nación».  Como  se  trata  además de  una  tesis  que  todavía tiene

 

indudable vigencia, y que  aún  irrita  o complace, conviene ha- cer algún esfuerzo para  despejar, al menos  en algunos aspectos, el  mencionado  polvillo  oscurecedor  y  aplicar el  microscopio sobre  el núcleo desnudo.

En sus  cursos  de  Friburgo,  explica el  agudo romanista alemán Hugo  Friedrich  que  todo  poema digno  de  este  nombre  posee un Kernpunkt o punto  nuclear, identificable, mediante el análi- sis,  en  algún  sitio  del  poema; así,  por  ejemplo, en  muchos  so- netos  italianos del Renacimiento ese  punto  se halla  en el primer verso  del  último  terceto,  y  en  algunos de  los  mejores  poemas de  Baudelaire se halla  en  el último  verso.  Se trata,  pues,  de  un centro  de  gravedad que,  al igual  que  en  los cuerpos físicos,  no está  necesariamente situado en  el  «centro»  visible, sino  en  ese

«centro»  por  donde pasan  realmente todas  las  coordenadas, to-

das las fuerzas  que  constituyen el peso  del cuerpo.

Estilística  y  conceptualmente hablando, la  Tesis XI es  el  Kern- punkt, punto  nuclear o centro  de gravedad por donde pasan  — y en  donde quedan sometidas a síntesis—  todas  las  coordena- das  teóricas trazadas en las tesis  anteriores; más  aún,  es el pun- to de confluencia de todas  las coordenadas teóricas de la juven- tud de Marx.

La celebridad de  esta  tesis  se debe, en  parte,  a la presencia en ella  de  una  cierta  constante estilística de  la prosa  de  Marx,  que en otra parte  hemos  intentado aislar  y que  consiste en un juego de  opuestos verbales mediante los cuales se refleja  una  contra- posición real.  Esta contraposición marca,  a menudo, una  verda- dera  línea  divisoria de  carácter histórico  que  divide  la  historia en dos  mitades. Es lo que  ocurre  con  la Tesis XI, donde se pre- senta  lo que  hasta  ahora  han  hecho  los filósofos  y lo que  desde ahora  tendrán que  hacer  si desean —claro  está—  no  quedarse en la zaga  de la historia:

Die Philosophen haben die  Welt  nur  verschieden interpre- tiert, es kommt  draus  an, sie zu verandern («Los filósofos  no han  hecho  sino  interpretar el  mundo  de  diversas maneras: se trata ya de cambiarlo»).

Tantas  interpretaciones  se  han  escrito   acerca  de  estas   pocas palabras de Marx, que  han  acabado, como  dijimos  al comienzo,

 

por confundir su sentido  primigenio y enmarañar lo que tan claramente está  dicho.  Pasa  con  esta  frase  de  Marx  como  con las  frases  de  Heráclito, cada  una  de  las  cuales debe   soportar varios estratos  de interpretaciones, casi todas polémicas, que terminan a veces  por impedir la lectura de  lo que  realmente ha dicho  su autor.  Y no se trata sólo  de las «lecciones»  que  haya  de un texto,  sino,  sobre  todo,  de  la imaginación de los intérpretes. Y a  veces, también, de  mala  fe  intelectual. ¿Qué  le  impide a quien  quiera, retorcer  el  sentido  de  una  frase  aislada hasta  ha- cerle  decir  cualquier cosa?  Ahora  bien,  si se tratase  —como  no es  el  caso  —de  una  frase  aislada u  oscura, podría  entenderse que  cada  cual  la interprete como  le venga en  gana. Pero  la  Te- sis XI, en  primer  lugar,  figura  en  un  contexto muy  preciso, al que  hay  que  remitirla: una  fase  determinada del  pensamiento de  Marx;  y,  en  segundo  término, hay  que  verla  como  lo  que ella  misma  dice  ser:  un  programa de  acción  o,  como  dice  Ru- bel,  un credo  personal al que  hay  que  confrontar necesariamen- te con  la  «realización»  de  ese  programa, es  decir,  con  la  vida  y obra enteras de Marx a partir de 1845.

Así, por ejemplo, para  Karl Popper, si bien  la Tesis XI represen- ta en  Marx  una  actitud  pragmática «que  le  hizo  anticipar la im- portante teoría  metodológica de los pragmatistas posteriores, de que  la tarea  más  característica de  la ciencia no está  en  adquirir conocimientos sobre  hechos pretéritos, sino  en predecir el futu- ro», esa  actitud  condujo, en Marx, a la predeterminación absolu- ta del  futuro  por el pasado, lo que  no es, dice  Popper, más que un determinismo rígido,  una «superstición», un «problema meta- físico».  Popper  está  empeñado en  ver  en  Marx  un  «historicista» de  tipo  hegeliano, que  cree  religiosamente en  la  «marcha  ine- xorable de  la historia»,  es  decir,  de  la idea  que  se  autodesarro- lla.  Lo que  no ve Popper  es que  Marx es lo contrario  de Hegel. Si Marx  pensase que  el  comunismo futuro  va a salir  de  las  en- trañas  del  pasado capitalista por  una  determinación metafísica, por  un  «hado»  o  potencia ultraterrestre, o  simplemente por  la

«aldea» de  Hegel,  entonces ¿para  qué  se  va a molestar Marx  en

escribir  la  Tesis XI, donde se  fija un  programa de  acción  trans- formadora?  ¿Para qué preocuparse por la revolución, si ésta es inevitable «por una  determinación metafísica»?  ¿Para  qué  tomar-

 

se  el trabajo  de  investigar el  pasado y escribir  El Capital? ¿Para qué  fundar  la  Internacional? ¿Para  qué  combatir, si  metafísica- mente  está ya «dispuesta»  la revolución socialista?

Se ve a las claras  el absurdo al que  conduce el razonamiento de Popper. Desgraciadamente para Popper, Marx no era un mero interpretador de la historia, como  lo era  Hegel.  Nunca  partió  — y lo hizo  constar  repetidamente— de  las  oscuridades de  la his- toria, sino de determinados momentos históricos. Todo el de- terminismo de  Marx,  que  nada  tiene  de  metafísico, se  resume en esto:  es un hecho  que  el capitalismo existe; es un hecho  que se  trata de  un  sistema  concreto organizado según leyes especí- ficas,  las  leyes de  una  sociedad basada en un determinado mo- do de producción; es un hecho  que  el científico puede estudiar esas  leyes; es un hecho  que,  si descubre el funcionamiento real de esas  leyes, podrá  predecir un desarrollo, porque, finalmente, es  un  hecho  que,  una  vez  constituido el  sistema, sus  leyes ac- tuarán  bajo  la forma  de  un  determinismo, pero  no «metafísico», sino totalmente concreto. Ahora bien,  los hombres —escribió Marx— hacen  su propia historia  al mismo  tiempo  que  sufren  la determinación  social;   lo  cual   significa  que   la  acción   de   los hombres puede agudizar las contradicciones sociales y mover  el mundo  hacia  su transformación. Todo depende de los hombres, inclusive la  marcha  de  las  leyes del  capitalismo. Los hombres podrían hoy,  si  quisieran, borrarse a    mismos  del  mapa  me- diante   un  estallido  nuclear,  con  lo  cual   se  interrumpiría  esa marcha   de  las  leyes del  capitalismo, y  cualquier otra  marcha, cosa que no ocurriría si esa marcha  fuese  una «determinación metafísica».

Este no es sino  un  ejemplo de  mala  interpretación, que  ofrece- mos  a  título  de  muestra y  por  tratarse  de  Popper, uno  de  los autores que  más  seria  y  concienzudamente se  ha  dedicado a destruir  a Marx.  Podrían  ofrecerse muchos  otros  que  valen  me- nos  la  pena  de  analizarse. Por ejemplo, el  que  brinda  Heideg- ger,  cuando dice:  «¿La  Tesis XI de  Marx  sobre  Feuerbach?  Hoy en  día,  la  mera  acción   no  cambiará el  estado   del  mundo   sin interpretarlo de  antemano».  ¡Como  si Marx hubiese dicho  en  su Tesis que  no hacía  falta interpretar el mundo  para  transformarlo!

¡Como  si Marx  mismo  no  se  hubiese dedicado a interpretar el-

 

mundo  capitalista con el deliberado propósito de contribuir a transformarlo! Un pensador tan inescrutablemente «profundo» como  Heidegger resulta  incapaz de  leer tan  siquiera la  superfi- cie de la frase de Marx.

Pero no es cuestión de discutir  aquí  todas  las implicaciones que hay  en  las  célebres palabras de  Marx,  ni las  torceduras de  que han  sido  objeto.  Perfilaremos sus relaciones con el problema de la alienación.

Volviendo la mirada  a lo que  dice  Marx en las tesis  anteriores a propósito de la alienación religiosa y la crítica  a Feuerbach, nos damos  cuenta de  un  hecho  simple: que  la  Tesis XI no hace,  en el  fondo,  más  que  enfatizar y sintetizar algo  que  ya  había  sido dicho   en  otras  tesis,   particularmente  en  la  IV.  Feuerbach  se limitaba  a  interpretar  el  fenómeno  de  la  alienación  religiosa. Pero,  parece advertir  Marx,  no basta  con identificar al enemigo; hay  que  destruirlo. Marx  proponía, en  efecto,   en  su  Tesis IV, que  no  bastaba con  identificar a  La  sagrada familia como  un producto de  la  familia  humana. Esa mera  identificación no  pa- saba  de  «interpretación»; de  interpretación, además, incompleta, insuficiente, pues  son dos los pasos  necesarios para  aniquilar la alienación religiosa: 1) interpretar a Dios, no como  la cristaliza- ción de un «hombre  abstracto» o una  «esencia  humana»  alienada, sino  como  el  «producto»  concreto de  las  contradicciones socia- les;  2) transformar o cambiar el estado  de un mundo  cuyas con- tradicciones hacen que  aparezca la  alienación religiosa, lo cual a su vez supone cambiar de tal manera el mundo  y la sociedad, que  desaparezca de éstos  todo vestigio de alienación material.

Este era  el  mensaje de  la  Tesis IV.  La TesisXI proclama lo  mis- mo, pero  con mayor  universalidad de términos, y con una  refe- rencia  concreta a la alienación filosófica, o dicho  al modo  de la ideología alemana: esa forma específica de alienación en que consiste la actividad filosófica  cuando su visión  del mundo  es ideológica, esto  es,  cuando más  que  entender al mundo, busca sólo justificarlo.

La Tesis XI va  aún  más  lejos.  No se  trata  sólo  de  entender o interpretar el mundo, sino  de  cambiarlo, alterarlo, transmutarlo, transustanciarlo. Esto significa, entre  otras  cosas,  que  algo  tiene

 

que  haber  ocurrido en  el  panorama del  pensamiento europeo para  que  Marx  intuyese tan  claramente el  paso  histórico  de  las filosofías  de  interpretación hacia  las ciencias de  transformación. La revolución industrial, el  nacimiento del  mundo  tecnológico, el avance correlativo y prodigioso de  las  ciencias: éstos  son  los hechos  históricos que   marcan   el  paso   hacia   otra  manera  de pensar y  de  actuar.  Las filosofías  anteriores se  limitaban a ela- borar sistemas teórico-especulativos: construían una red con- ceptual más  o  menos  coherente consigo misma,  como  un  sis- tema  formal,   y  se  imaginaban  tener   al  mundo   así  «captado»,

«comprendido».  Pero  la revolución burguesa no  acaeció en  bal-

de.  Dio un  golpe de  muerte  para  siempre a ese  ancien régime filosófico; y aunque es cierto  que  en  el  siglo  XIX se levantaron nuevos grandes sistemas, éstos ya estaban heridos; no podían desentenderse de  la  historia, ni  de  la  ciencia, ni de  la  técnica. Incluso  las  más  radicales supervivencias actuales de  las  filoso- fías  «interpretadoras»,  como   es  el  caso   del  sistema   heidegge- riano,  no  pueden eludir  «interpretar»  la  técnica, con  lo cual  tie- nen forzosamente que  habérselas con el campo  de la ciencia transformadora.

Esto es lo que  hay  en  la tesis  de  Marx:  la intuición de  una  po- derosa  transformación histórica.  Es  cierto   que,   antes   que   él, muchos   grandes  espíritus científicos y  artísticos  habían tenido esa  misma  intuición o  sensación de  gigantesco cambio: es  el caso,  por ejemplo, de  Goethe  y de  Hegel  ante  el hecho  históri- co  de  la  Revolución Francesa. Sin  embargo, posiblemente nin- gún  pensador antes  de Marx haya  sentido  la necesidad histórica

—el  imperativo de  los  nuevos tiempos— de  rebasar el  estadio

filosófico  de  la  humanidad para  dedicarse a transformar prácti- camente el mundo, única  manera de estar  a la altura  del  estadio científico de  la humanidad. Más aún:  comprendió que,  a pesar de  los  grandes adelantos científicos, la  nueva era  histórica no representaría el cese  de la miseria de los pueblos y de la explo- tación,  razón  por  la  cual  la  tarea  de  transformar el  mundo  no consistía tan sólo  en  rebasar el  estadio «filosófico», sino  en  algo más  difícil  aún:  en  rebasar los  antagonismos sociales aún  exis- tentes  en el nuevo  estadio. No padeció Marx del  virus historicis- ta  del  que  padeció Hegel,  para  quien el  nuevo  estadio era  la

 

culminación de  la  historia, la  realización de  la  idea:   Marx  vio claro  desde el  comienzo que  la  tarea  por  venir  necesitaba de otras  grandes  revoluciones. Por  eso  no  se  sentó  a  esperar la realización de  la  Idea,  sino  a  trabajar  duramente por  transfor- mar el nuevo  orden,  y también, claro está, por interpretarlo científicamente.

Esta actitud,  por  sí sola,  representa una  denuncia de  la  «aliena- ción»  y  una  lucha   frontal  contra   la  misma.   Precisamente  por haber  descubierto la raíz  práctica de  toda  alienación, su funda- mentación empírica, Marx  insistió  en  demostrar, mediante pen- samientos y hechos concretos, el  carácter también práctico que debe  asumir  cualquier combate contra  la alienación. Lo que  — digámoslo una  vez  más—  no  implica el  abandono de  la  lucha teórica. Entre otras  razones porque, en definitiva, toda  teoría  es una  práctica.

Ahora  podemos entender mejor  cuál  es la conexión de  la Tesis XI con  el tema  de  la alienación. La Tesis XI es una  denuncia de la alienación ideológica por  la vía  de  la filosofía.  Este tema  es- taba presente ya,  con los términos  más crudos  e incisivos, en La sagrada familia. Una  filosofía   alienada y  alienadora consiste, como  decía  allí  Marx,  en  tres  pasos  característicos: 1)  abstraer de las cosas  sensibles el concepto de las mismas: «la fruta»; 2) convertir  este  concepto en  un ser «sobrenatural» o inmaterial, la existencia de las cosas  naturales o materiales. Del mismo  modo, la  religión cristiana abstrae  el  concepto de  Dios a partir  de  los hombres reales, convierte luego a  Dios  en  una  persona y,  fi- nalmente, lo  transforma en  creador de  los  hombres. Y Hegel, por  su  parte,  hace  derivar  el  mundo  sensible e  histórico  de  la idea,   como  un  desprendimiento,  una  «alienación»  u  «objetiva- ción» de aquélla.

La alienación ideológica, tomada  en  su máxima generalidad, consiste en  el  dominio que  un  cierto  producto del  hombre  — sus  ideas, representaciones, valores— ejerce   sobre  su  produc- tor. La alienación —toda  alienación— consiste en  este  peculiar dominio de  los productos sobre  el productor. Así, la alienación filosófica  consiste en  el  dominio de  los  sistemas sobre  el  pen- sador  sistemático, el dominio de  las  abstracciones sobre  el pro-

 

ductor  de  abstracciones. Y la  forma  más  característica de  este proceso se  revela en  el  hecho  de  que,  si tales  abstracciones o sistemas pueden llegar  a ejercer  ese  dominio sobre  el  hombre, es  porque éste  las  concibió  «separadas»   de  la  práctica, de  la actividad real  y sensible; con lo cual  el sistema  de abstracciones no  pasa  de  ser  una  mera  «interpretación»  del  mundo, comple- tamente incapacitada  para  transformarlo. La alienación llega   a su  cúspide cuando el  filósofo  se  imagina que  el  mundo   real puede  transformarse por  obra  y  gracia  de  cosas  como  la  Idea Absoluta,  el «Espíritu  de  los pueblos», la divinidad providente y toda  una  larga  serie  de fantasmas y aspectos filosóficos. Se ima- gina  así  el  filósofo  que  «transforma»  al  mundo, pero  deja  esta labor  no a los hombres, sino a las ideas.

El programa transformador de Marx es el exacto  opuesto del  de los filósofos.  Marx, en su vida  y en su obra,  demostró dos cosas que  testifican la profundidad de la Tesis XI: con su vida,  demos- tró que  su programa transformador no era una mera «idea» de juventud; con  su obra,  demostró las formas  prácticas y específi- cas  que  en  la  sociedad capitalista asume el  mencionado domi- nio de los productos sobre  los productores, pues  al fondo  de la visión  marxista del capitalismo, reside esta afirmación: es una sociedad cuya  inmensa productividad está destinada a cubrir  las necesidades del mercado, las de producción y no las de los productores. Alienación.

Lo  que   la  tradición  universitaria  y  académica ha  consagrado como  «filosofía»  es algo  que  todavía hoy,  en  pleno  siglo  XX, se mantiene dentro  del  estadio de  la «interpretación». Todos  aque- llos que,  por no darle  la espalda a la historia, han querido dotar a su mundo  teórico  de un sentido  transformador, no indiferente a la  acción  sobre  el  mundo  empírico, o bien  se  han  salido  del campo   de  la  filosofía  académica o  bien  son  considerados por ésta  como  «no filosóficos»,  lo  que  a  menudo quiere decir  sim- plemente «bastardos». Un bastardo de  esta  naturaleza fue Carlos Marx,  cuyo  mundo  teórico  fue  siempre intragable para  los  es- tómagos académicos; aunque, por supuesto, a la larga,  estos estómagos han  demostrado ser  tan  resistentes que  han  logrado digerir, academizar y disecar a Marx hasta  el  punto  de  tornarlo irreconocible. Tan irreconocible, que  el Marx que  circula  como

 

mercancía filosófica   por  las  universidades ha  pasado a  ser  un mero  «interpretador»  al  que,  a su  vez,  hay  que  interpretar, con lo  que  se  ha  perdido casi  todo  vestigio del  sentido  último  de sus teorías, que  era el de transformar o cambiar el mundo. Y no son  sólo  los  manuales soviéticos ni los  «petulantes y gruñones» académicos alemanes los que  han llevado a cabo esta hazaña; también ilustres  marxistas franceses, como Althusser,  han de- mostrado que  se  puede reducir a Marx a la condición de  cadá- ver teórico  sobre  el cual  es posible practicar indefinidamente la necrofílica y filosófica  tarea  de la «interpretación», olvidando  por completo esa  molesta, inasible e irritante  cosa  que  es  transfor- mar el mundo. Y es que  lo malo  no está  en  interpretar a Marx, quien, al  fin  y  al  cabo,   como  todo  autor  de  textos,  puede y debe  ser interpretado; lo malo  está en convertirlo a él mismo  en un filósofo  interpretador.

García  Bacca  ha  dividido una  gran  obra  suya  reciente en  dos grandes partes:  «filosofías de interpretación» y «filosofías de transformación». La pregunta inquietante, que  quisiéramos dejar fija y suspendida ante  el lector,  es  la siguiente: ¿es  posible una filosofía  de  transformación?  ¿Puede  ser  una  filosofía,  en  cuanto tal,  transformadora, o  bien  tiene,   para  serlo,  que  dejar  de  ser filosofía?  En las  frases  de  Marx  que  han  servido   de  núcleo a estas  reflexiones, esa  pregunta queda en  suspenso. En efecto, nos  dice  que  los  filósofos  se han  dedicado hasta  ahora  a inter- pretar  el mundo, pero  no nos dice  explícitamente que  hayan de ser  también los  filósofos  los  que  deban emprender la  tarea  de transformar el  mundo. ¿O, por  el  contrario, deja  entrever que los  filósofos  tienen  su parte  en  la tarea  de  transformar el  mun- do?

Ni el logicismo, ni el existencialismo, ni la fenomenología han demostrado en  absoluto ser  filosofías  de  transformación. Tam- poco  lo ha  demostrado la «filosofía  marxista»,  si por  ello  se  en- tiende   ese  sistema   ideológico de  rigidez egipcíaca  que   suele circular. Por eso,  la  pregunta inquietante es  ésta:  ¿qué  es,  si la hay,  una  filosofía  de transformación?

 

 

APÉNDICE II

 

 

SOBRE ROSA LUXEMBURGO

Y EL MUNDO SUBDESARROLLADO

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

 

La acumulación de capital  de  Rosa Luxemburgo, abarca en  un solo  objeto  de  análisis, tanto  al capitalismo maduro de  los  paí- ses  desarrollados como  a las  formas  «no capitalistas» penetradas por la expansión del  capital en Asia, África, América  y Oceanía, donde surgieron, como  resultado de  la  dominación burguesa,

«las  más  extrañas formas  mixtas  entre  el  moderno sistema   de salario y los regímenes primitivos».1  En dicha  obra  se entremez- clan,  pues,  los  elementos explicativos, tanto  del  desarrollo his-

tórico  del  capitalismo en los centros  dominantes, como  del  pro- ceso  de  formación y  evolución de  lo  que  hoy  se  denominan países subdesarrollados.

La casi  totalidad de  los  comentarios y críticas  que  ha  suscitado dicha  obra  desde el  momento mismo  de  su  aparición en  1912, han  sido  hechas partiendo de  considerar únicamente su  visión de la problemática de las sociedades capitalistas centrales desde las que su autora  escribió, visión que,  muy a menudo, ha sido deformada y  limitada por  las  implicaciones que  el  análisis pu- diera   tener   sobre   el  enjuiciamiento  de  hechos  y  situaciones

concretas vividas  por ella  o por sus críticos.2

 

 

1 Rosa Luxemburgo, La acumulación de capital, Editorial Grijalbo, S.A., México D.F., 1967, p. 279.

2  Desde su propia aparición, La acumulación de capital fue objeto de una crítica (Bernstein, Bauer, Kautsky) prejuiciada por las diferencias de carácter táctico y estratégico que mantenían dichos autores con Rosa Luxemburgo. Aun la crítica de Lenin no escapó a un cierto precondi-

 

El objeto  de  este  trabajo  es  intentar  una  visión  de  dicha  obra desde la perspectiva de los países subdesarrollados, ese  otro extremo de  su  modelo del  sistema   capitalista mundial que  su autora  señaló como  imprescindible complemento del  desarrollo capitalista de  los  centros  hegemónicos. No pretendo que  esta visión  sea  suficiente y  absoluta para  enjuiciar su  obra,  al  igual que  no  lo es  tampoco la  visión  marcadamente eurocentrista, y por ende  parcial, de  la gran  mayoría de  sus  críticos  y comenta- ristas.  Creo,  sí, que  nuestro  enfoque  es,  al igual  que  el otro, un necesario paso  del  proceso de  análisis, un  momento de  la  re- flexión  crítica  sobre  la  obra,  antes  de  pasar  a  la  visión  global que  pueda llevarnos a la síntesis  de  su totalidad, que  no es otra que  la síntesis  del  sistema  capitalista mundial visto  como  totali- dad  histórica que  contenía, tanto  a un  polo  capitalista desarro- llado  como  a un polo  atrasado y dependiente en  su desarrollo, ambos  unidos  por  un  sistema  de  relaciones que  hacía  de  cada polo  un aspecto imprescindible para  explicar al otro.

El plan  de trabajo  que  me he propuesto es el siguiente: estudia- ré  en  primer   lugar   los  antecedentes dentro   del  marxismo en relación a  la  cuestión de  los  países  atrasados. En tal  sentido presento una  apretada síntesis  de  lo que  considero la visión  de Marx y Engels  al respecto y, de  seguidas, algunas ideas  respec- to a la  concepción que  de  dicho  problema tenían  los  contem-

 

 

cionamiento de sus juicios por sus desacuerdos con la autora (Véase nota N° 53). Respecto a sus comentaristas posteriores, desde la dé- cada de los 20 hasta el presente, ya Lenin llamaba la atención en 1922 («Notas de un publicista», Obras completas, tomo 33) sobre las manio- bras (Levy) de reeditar de manera «escogida» algunas de las obras de Rosa Luxemburgo con la intención de ponerlas al servicio de intere- ses contrarios a la revolución. Del mismo modo comentan dos auto- res contemporáneos los intentos de «rehabilitar» a Rosa Luxemburgo para ponerla al servicio de posiciones teóricas y políticas que no tie- nen nada que ver con sus ideas ni tomar para nada en cuenta las dife- rencias de contexto histórico (Daniel Bensaid y Alan Nair: «El pro- blema de la organización»: Lenin y Rosa Luxemburgo, Partisans, París,

1969).

 

poráneos de  Rosa  Luxemburgo  ubicados en  la II Internacional. En segundo lugar  paso  a exponer las ideas  de la autora, rela- cionándolas con  las  distintas  concepciones teóricas que  se  han tenido  hasta  ahora  sobre  el  tema  del  subdesarrollo. Finalmente intento  hacer  algunas consideraciones sobre  las críticas  a La acumulación de capital  que  considere relacionadas, de  una  u otra forma,  con los criterios  que  aquí  sustento.

Encontrará  el  lector  que  no  hago  aquí  suficientes referencias a lo que  podría  considerarse como  planteamiento leninista sobre la cuestión; ello  se debe  a que  espero desarrollar el tema  en un ensayo aparte.

 

 

LA VISIÓN DE MARX Y ENGELS

 

Como  bien  señala Georg  Lukács,  lo que  distingue al  marxismo de  manera decisiva de  la  ciencia burguesa y  de  los  manuales

«marxistas»  es  el  punto  de  vista  de  la  totalidad.3  En efecto,  la

obra  de  Marx  arranca de  una  visión  del  mundo   de  su  época concebido  como  un  todo  complejo en  constante proceso  de cambio  y formación, en el cual  ya  «reinaba  un  intercambio uni- versal  y una interdependencia universal de las naciones».4 El pensamiento  marxista se  desarrolla,  precisamente,  en  la  bús-

queda de  las  leyes  objetivas capaces de  explicar el  funciona- miento  y desarrollo de ese  todo heterogéneo y cambiante.

Ya  desde el  Manifiesto  comunista, Marx  y  Engels  establecen que  el sujeto  histórico  que  había  logrado romper  «el aislamiento de  las regiones y naciones que  se bastaban a sí mismas»,5  hasta conformar ese  todo  integrado, era  una  clase  social, la  burgue- sía,  que  buscando forjar en todas  partes  un mundo  a su imagen y semejanza «arrastró a la corriente de  la civilización a todas  las

 

 

3  Georg Lukács, Histoire et consciente de classe, Les Editions de Minuit, París, 1960, p. 47 (Hay edición castellana: Grijalbo, México, 1969).

4 Manifiesto comunista, Cuadernos de Pasado y Presente, N° 37, Córdoba, Argentina, 1973, p. 4 (Pertenece también al Cap. I de La ideología ale- mana).

5 Ídem.

 

naciones».6  De allí  que  el primer  paso  para  comprender a dicho mundo   fuese  la  búsqueda de  las  leyes  objetivas que  rigen  el comportamiento de la burguesía y del modo  de producción que la erige  en  clase  dominante, en  motor  de  la historia. Fue esa  la tarea  que  Marx cumplió al escribir  El Capital.

El resultado de dicha  obra fue un modelo teórico  abstracto, homogéneo y cerrado del  modo  capitalista de producción. Abs- tracto,  porque en  él  se  dejan  las  circunstancias históricas con- cretas   en  busca   de  las  relaciones  esenciales  al  capitalismo.7

Homogéneo, porque supone una  totalidad integrada únicamente por dos  clases  sociales, capitalistas y obreros.8  Cerrado, porque al abarcar con  esa  totalidad todo  el mundo  teórico,  se conside- raba  a  las  relaciones internacionales como  elementos endóge- nos al modelo. 9

Dentro   de   tal  contexto  teórico   y  metodológico  quedaba, pues,  excluido a priori todo  el mundo  no capitalista, al que  se hacía  referencia sólo  en  cuanto  punto  de  partida de  la  génesis del   modelo,  como   fuente   de  la  «acumulación  originaria»  del capital.10  No es  que  Marx  no  fuese  consciente de  que  el  flujo

de  excedentes  económicos desde  el  mundo   no  capitalista al capitalista no se había  detenido nunca, sino  que  lo consideraba en  su  enfoque  como  resultado, ya  de  las  condiciones particu-

 

6 Ídem.

7 En sus Teorías sobre la plusvalía Marx escribió: «Sólo tenemos que con- siderar aquí las formas por las que atraviesa el capital en sus diversas etapas de desarrollo. No exponemos, pues, las circunstancias reales dentro de las cuales se realiza el proceso de producción efectivo» (Citado por Rosa Lu- xemburgo en ob. cit., p. 254).

8 Véase El Capital, edición del FCE, México, 1946, tomo II, p. 350.

9   «Aquí —escribe Marx— hacemos caso omiso del comercio de ex- portación ... Para enfocar el objeto de nuestra investigación en toda su pureza, libre de todas las circunstancias concomitantes que puedan empañarlo tenemos que enfocar aquí todo el mundo comercial como si fuese una sola nación y admitir que la producción capitalista se ha instaurado ya en todas partes y se ha adueñado de todas las ramas in- dustriales sin excepción». El Capital, ob. cit., tomo I, p. 489.

10 Ibíd., Capítulo XXIV

 

larmente ventajosas en que  realizaban los países capitalistas sus transacciones comerciales con  las  colonias y otras  zonas  atrasa- das,  ya  de  la explotación en  ellas  de  relaciones de  producción no  capitalista, las  cuales aparecen excluidas del  modelo esen- cial,11  puesto  que  allí  el  proceso de  acumulación ampliada se

explica tomando únicamente en cuenta la extracción de plusva- lía a la clase  obrera  metropolitana.12

Resulta  obvio  que  de  este  modelo abstracto, homogéneo y cerrado no podía  derivarse una interpretación de lo que  hoy denominamos subdesarrollo, así como tampoco podemos deri- varla  de los planteamientos generales de la concepción materia- lista de la historia, porque, como  bien  lo señaló él mismo,  Marx no   intentó    nunca    haber    elaborado   una    «teoría   histórico- filosófica  de  la marcha  general fatalmente impuesta a todos  los pueblos, cualesquiera que  sean  las  circunstancias históricas en

las cuales se encuentran».13

Coincido, sin  embargo, con  Lukács  cuando señala que  lo  que hemos  calificado aquí  de  carácter abstracto, homogéneo y  ce- rrado  en el modelo de El Capital,

no era  para  Marx sino  una  hipótesis metodológica, a partir de  la  cual  se  debía  progresar para  plantear los  problemas de  manera más  amplia, para  plantear la cuestión en  cuanto a la totalidad de la sociedad.14

Plantear  la cuestión en  cuanto  a la totalidad de  la sociedad sig- nifica  incluir  en  ella  a las  clases  y capas  no capitalistas que  to- davía  persistían en  las  sociedades desarrolladas, así  como  tam-

 

 

11 En tal sentido se lee en El Capital: «otro problema —que cae realmente, por su especialidad, fuera del ámbito de nuestra investigación— es éste: ¿contri- buye a la elevación de la cuota general de ganancias más elevadas el capital invertido en el comercio exterior y principalmente en el co- mercio colonial? (tomo III, p. 231).

12 Este es un supuesto básico de los modelos de reproducción de Marx.

13 Carta a la redacción de Otetchestvenniye Zapisky, tomado de la obra Sur les societes précapitalistes, editada por el Centre d’Etudes et de Recher- ches Marxistes, Editions Sociales, París, 1910, p. 351.

14 Georg Lukács, ob. cit., pp. 51-52.

 

bién al mundo  colonial y semicolonial, como elementos com- plementarios  del  mundo   capitalista desarrollado  de  la  época. Tal  planteamiento obliga, no  sólo  a  reconsiderar las  condicio- nes de ese  desarrollo, sino también los efectos  generados por el sistema  de  relaciones internacionales entre  unos  y  otros  sobre las  estructuras y comportamiento histórico  de  los países atrasa- dos.  En otras palabras, implica plantear la cuestión en cuanto  al sistema   capitalista  mundial  como  totalidad integrada  por  dos polos  históricamente inseparables.

Sabido   es  que  ni  Marx  ni  Engels  llegaron a  producir la  obra teórica  que  superara la mencionada hipótesis metodológica. Creemos, sin  embargo, que  tanto  en  sus  obras  mayores como en diversos trabajos  menores, especialmente en sus escritos periodísticos y  epistolares, se  encuentran  importantes referen- cias en las que  se avanza en el sentido  sugerido por Lukács.

El primer  aspecto a que  hay  que  referirse aquí,  como  en  todo análisis de  la obra  de  Marx y Engels,  es que  ellos  estudiaron al mundo  de  su  época no  sólo  para  conocerlo, sino  para  trans- formarlo;  y dado  que  esa  transformación progresista tenía  como meta  final  la construcción del  socialismo, su visión  del  presente histórico  que  vivieron estaba  obviamente relacionada con la problemática de  la  revolución, lo  que  los  llevaba a  considerar como  centro  de su interés  a aquellos países en los que  el desa- rrollo  del  capitalismo había  ya  formado  un  proletariado capaz de  plantearse, con  derecho y posibilidades, la tarea  de  destruir el orden  burgués. Para 1848, año de aparición del Manifiesto comunista, en dicho  grupo  de  países entraban sólo  Inglaterra y Francia,   aunque ya  se  auguraba el  pronto  ingreso de  Estados Unidos.  El resto  de  Europa  contenía a un segundo conjunto  de países en  los  que  el  modo  de  producción capitalista había  al- canzado un  cierto  grado  de  desarrollo, pero  donde dominaban gobiernos reaccionarios que frenaban su decisiva imposición, dificultando el  crecimiento del  poder  económico y  político  de la  burguesía, y  por  ende, el  desarrollo del  proletariado.  Dos grandes imperios, Rusia  y Austria,  ejercían el  poder  de  la reac- ción antiburguesa, oponiéndose a la unificación política de los demás   países  europeos  (Alemania e  Italia  en  especial), cuya división impedía la  consolidación del  mercado interno,  frenan-

 

do así las posibilidades plenas del desarrollo industrial. En estos países, el problema fundamental era  la solución de  la «cuestión nacional»   mediante  la   alianza  entre   la   burguesía  y   el   pro- letariado,  para   realizar  la   «revolución  democrático-burguesa» como  paso  previo  a la  creación de  las  condiciones objetivas y

subjetivas de la revolución socialista15.15

El cuadro político  de  la época se completaba con  el  mundo  no capitalista, con  el  conjunto  de  países coloniales y semicolonia- les  esparcidos en  los otros  cuatro  continentes. La visión  históri- ca  de  Marx  y  Engels  sobre  estos  países tenía  que  ser  bastante compleja y difícil  de  aferrar.  Ellos habían estudiado en  Europa Occidental el  surgimiento  del  capitalismo «desde  las  entrañas del  régimen feudal»,  mientras que,  en su época, eran  testigos  de un fenómeno cuyo  análisis tenía que  presentar mayores com- plicaciones:  la  penetración,  descomposición  y  subordinación por  el  capitalismo de  una  amplia  gama   de  situaciones,  muy diferentes las unas  de las otras, algunas de ellas  difícilmente asimilables a los modos  de  producción vividos  por  Europa  Oc- cidental.

En efecto,  la situación precapitalista que  antecede a la  «acumu- lación   originaria» europea  puede  ser  concebida  teóricamente como  un modelo puro  (feudalismo), o, cuando más,  como  fase de  transición de  ese  modelo a otro (el  capitalismo).16  Las situa- ciones  «precapitalistas» del  siglo  XIX, en  cambio, al  haber  sido ya  penetradas desde afuera  por  el  capitalismo, no sólo  dejaban de ser precapitalistas, sino  que  conformaban realidades sociales

heterogéneas. Más aún,  de  una  heterogeneidad distinta  en cada caso,  debido a las grandes diferencias entre las organizaciones originales penetradas (China,  India, Irlanda,  los países latinoa- mericanos, etcétera), así  como  la  diferente duración e  intensi- dad  que,  en  cada  caso,  había  tenido  el  contacto  directo  con  el

 

15 Véase en tal sentido la documentada obra de Demetrio Boersner, The bolsheviks and the national and colonial cuestion, Librairie E. Droz, Librairie Minard, Geneve, París, 1951.

16  Véase Armando Córdova, «Fundamentación histórica del concepto de heterogeneidad estructural», Revista «S», Caracas, julio-agosto 1912, N°3.

 

capitalismo.  Si  se   agrega,  además,  el   bajo   nivel   del   cono- cimiento general que  se tenía  entonces sobre  la historia  pasada y presente de  esos  pueblos, habría  que  concluir que  cualquier intento  de  teorización alrededor de  esa  compleja realidad esta- ba  fuera  de  las  posibilidades reales de  la  ciencia social  de  la época. Lo anterior  no  significa que  Marx  y  Engels  no  tuvieran una  interpretación acerca de  la  naturaleza de  esos  países atra- sados   y  del  papel que  jugaban dentro   del  sistema   capitalista mundial,  sino  que   esa  visión   estaba,  por  las  obvias   razones anotadas, muy  lejos  de  presentar la  claridad y  coherencia que tenía  su  conocimiento científico del  mundo  capitalista desarro- llado.

En diversos pasajes de  la obra  de  ambos  encontramos referen- cias  al papel jugado por el descubrimiento de  América  y por la navegación transoceánica en el desarrollo de  la burguesía y del capitalismo, así  como  a  la  importancia crucial  que  tenían  para su  época las  relaciones  económicas entre  países avanzados y atrasados, pero  se trata  siempre de  afirmaciones muy  generales y,  en  cierto  modo,  condicionadas por  su  visión  eurocentrista y su  posición convencida de  la  prioridad histórica del  socialismo en los países capitalistas más desarrollados. Igualmente condi- cionado por su utilitarismo revolucionario estuvo  su interés  por el   estudio  de   algunos  casos   concretos  de   países  atrasados, cuando «después  del  fracaso  de  las  revoluciones europeas, el teatro   mundial  de   las   luchas   internacionales  se   traslada  al

Asia».17  Con gran  penetración histórica y gran  sentido  de la tota-

lidad,  Marx  ve  en  los  acontecimientos que  provocó   la  política colonial de  las  grandes potencias en  China  y en  la India,  fenó- menos   que   podían  tener   grandes  repercusiones  en   Europa, hasta  el punto  de haber  escrito:

Quizás  resulte  extraña y paradójica la afirmación de  que  el próximo levantamiento de los pueblos de Europa...  pueda depender, con mayores posibilidades de lo que está suce- diendo ahora  en  el  Celeste  Imperio  —la  antítesis de  Euro-

 

 

 

 

17 Véase Introducción a Sobre el colonialismo, ob. cit., p. 1.

 

pa— que  de cualquier otra causa  política existente. Sin em- bargo,  no es una  paradoja.18

En igual  sentido  escribió más de una  vez sobre  acontecimientos que  ocurrían en la India19  y otros lugares del  mundo  colonial y semicolonial,20  lo que  subraya, en el campo  de  los hechos con- cretos,   su  visión   de  un  mundo   complejo;  cuya   problemática social   se  había   integrado de  tal  manera que  bastaba levantar una  palanca en  un punto  de  la Tierra  para  que  se sintieran sus efectos  en todos  los demás.

En cuanto   a  la  naturaleza de  las  transformaciones que  estaba creando el  capitalismo en  las  zonas  dependientes, la  visión  de Marx  y  Engels   sufrió   importantes  transformaciones  desde  la época de  la redacción del  Manifiesto comunista hasta  el  fin de sus  días.  En una  primera fase  que  abarca los  primero  artículos de  Marx  para  el  New York  Daily  Tribune,  su  enfoque  parece haber  estado  limitado por un cierto progresismo simplista que consideraba  como   progresista,  cualesquiera  que   fueran   sus efectos  inmediatos sobre  los  pueblos sometidos, todo  proceso de implantación del capitalismo y de destrucción de las viejas estructuras económicas  en  las  colonias. Fue  partiendo de  tal criterio   que   Engels   había   saludado  «complacido»  en  1847  la ocupación de México  por Estados Unidos,  con el argumento de

 

 

18 K. Marx, «La Revolución en China y con Europa», Ibíd., p. 1.

19  En carta a Engels del 14 de enero de 1858, haciendo referencia a la rebelión india contra Inglaterra que se había iniciado el año anterior y que costaba grandes esfuerzos al ejército Inglés, Marx escribió con evidente entusiasmo: «con el drain of men and bullion que debe costarle a Inglaterra, la India es ahora nuestro mejor aliado». Igual idea expresa en carta a Danielson del 19 de febrero de 1881.

20 Véanse en tal sentido los artículos de Marx en el New York Daily Tri- bune sobre Birmania y sus comentadas cartas a Engels sobre la cues- tión irlandesa (1886 y 1881). Por su parte, Engels escribió, sobre la guerra chino-japonesa de mediados de la década de los 90: «la con- quista de China por el capitalismo proporcionará al mismo tiempo el impulso para el derrocamiento del capitalismo en Europa y Norte- américa» (carta a F. A. Sorge del 10 de noviembre de 1894, en Sobre el colonialismo, ob. cit., p. 323).

 

que  el desarrollo de  ese  país  latinoamericano no podía  lograrse sin  el  tutelaje del  capitalismo estadounidense,21   argumentación similar  a la que  expondría Marx en  sus  famosos  artículos sobre la  India,  en  los  cuales, después de  rechazar en  el  plano  ético las  «cochinadas» del  colonialismo inglés  en  aquel país,  justifica

como  progresista, y aun  como  revolucionaria, la destrucción de la industria nativa  india  por la penetración inglesa.22

En este aspecto, sin embargo, iban a operarse posteriormente cambios importantes en la visión  de  ambos  autores. Me referiré en  primer  lugar  a una  nota  de  pie  de  página en  el tercer  tomo de El Capital, en la cual  su autor  demuestra haber  comprendido la naturaleza ilusoria de  su  afirmación respecto al carácter pro- gresista de la dominación inglesa en la India.  Se lee  allí:

Los métodos de  explotación de  la india  por los ingleses re- velan, mejor  que  la  historia   de  ningún otro  pueblo, toda una  serie  de  experimentos fallidos  y  realmente necios  (en la  práctica infames). En Bengala crearon una  caricatura de la gran  propiedad inglesa de  la tierra;  en  la India  sudorien- tal una  caricaura de la propiedad parcelaria; en el Noroeste, convirtieron en lo que de ellos dependía, la comunidad económica india  basada en la propiedad colectiva de la tie-

rra en una  caricatura de sí misma.23

Coincido  con  Pedro  Scaron24 cuando señala que,  en  tal afirma- ción,  Marx se acerca a la actual  concepción de  capitalismo sub-

 

 

21 En el artículo «Die Benegungen von 1841» publicado el 23 de enero de 1848 en el Deutsche Brüsseler Zeitung (H.U.W., T. IV, p. 501), expresa Engels: «En América hemos presenciado la conquista de México, lo que nos ha complacido... Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos» (K. Marx, F. Engels, Materiales para la historia de América Latina, Cuadernos de Pasado y Presente, N° 30, Córdoba, Argentina, 1972, p. 183).

22    «La dominación británica en la India», artículo publicado el 10 de junio de 1853 en el NYDT (Sobre el colonialismo, ob. cit., pp. 24-30).

23 El Capital, ob. cit., tomo III, p. 322

24 Introducción a la recopilación K. Marx y F. Engels, Materiales para la historia de América Latina, ob. cit., pp. 8-9.

 

desarrollado, concebido como  «caricatura»  del  capitalismo ma- duro  de  los  países dominantes. Pero  donde puede verse  con mayor  nitidez  el  cambio  de  la visión  original de  Marx  respecto a los países subyugados, es en  su planteamiento de  la cuestión irlandesa, al cual  doy  particular importancia por dos  razones, la primera el haber  sido Irlanda el único  país dominado que los fundadores del  marxismo conocieron y  estudiaron directamen- te; la segunda, porque, salvando las  diferencias, la situación de ese  país  en  aquella época era  mucho   más  parecida a  lo  que hoy  denominamos subdesarrollo y dependencia de  la que  pre- valecía en  los  países coloniales ultramarinos. Al respecto escri- bía Marx en 1869:

Durante  mucho   tiempo   creí  que  sería  posible derrocar el régimen irlandés por  el  ascendiente de  la  clase  obrera  in- glesa.  Siempre expresé este  punto   de  vista  en  New York Tribune. Pero  un  estudio más  profundo me  ha  convencido de  lo  contrario. La clase  obrera  inglesa nunca hará nada mientras no  se  libre  de  Irlanda.  La palanca debe  aplicarse en  Irlanda.  Por eso  tiene  tanta  importancia el  problema ir-

landés para  el movimiento social  en general.25

La cita anterior  señala el punto  de ruptura  con la posición «pro- gresista» de los primeros planteamientos de Marx y Engels sobre la  materia  que  discutimos. Por una  parte,  el  caso  irlandés con- vence  definitivamente a Marx de  que  la  expansión mundial del capitalismo no  llevaba necesariamente a la  implantación mecá- nica del modo de producción burgués en todas partes. Por el contrario, constata  en éste, como en otros casos,  cómo al país sojuzgado se le niegan las posibilidades de un desarrollo capita- lista  a imagen y semejanza del  de  la  metrópoli. Por otra  parte, la  cita  pone  en  evidencia que  Marx  había  entendido —al igual que  Engels—  que  la  explotación de  otros  países estaba  permi- tiendo  a  la  burguesía de  los  países más  avanzados de  Europa crear  una  aristocracia obrera  que  sirviera  de  amortiguador a las

 

 

 

 

25 Carta de Marx a Engels del 10 de diciembre de 1869 (Sobre el colonia- lismo, ob. cit., p. 309).

 

luchas   revolucionarias del  proletariado,26  lo  que  ponía  en  en- tredicho el criterio  dominante de que  los países sojuzgados sólo podían ser  liberados por  dicho  proletariado metropolitano des- pués  que  éste  hubiera realizado su revolución socialista. Por el contrario, Marx ve ahora  a la revolución socialista en  Inglaterra:

«la palanca debe  aplicarse en Irlanda».

Esta  nueva  posición de  Marx  sobre   el  problema  irlandés,  al igual  que  ciertos  comentarios de  Engels  sobre  la situación Chi- na  de  1894,27  ponen en  evidencia que,  tanto  el  uno  como  el otro, dieron  mayor  importancia en los últimos  años  de sus vidas a lo que  hoy  se denomina tercer  mundo, porque vieron  en esos países importantes «palancas»  para  movilizar los  desarrollos re- volucionarios de los centros  capitalistas. Era el punto  de partida para  la  revisión de  su  posición analítica eurocentrista que,  por

lo demás, no estaban en condiciones de superar plenamente.

 

 

DURANTE  EL PERÍODO  DE LA II INTERNACIONAL

 

La  Segunda  Internacional  fue  fundada  bajo   el  patrocinio  de Engels  en  1889  y se  mantuvo  hasta  1917.  Durante  una  primera fase,  que  termina   con  la  muerte   de  su  fundador en  1895,  se mantuvo  entre  sus integrantes una  cierta  unidad de  criterio  sos- tenida  en la indiscutible autoridad de aquél, pero,  a partir de entonces, se  abre  un  período turbulento en  el  que  se  multipli- caron  las  disidencias teóricas y de  todo  orden  entre  quienes se consideraban herederos del  pensamiento de  los fundadores del

 

 

26   Este  criterio  fue  mejor  desarrollado  por  Engels  posteriormente. Véase en tal sentido carta a Kautsky del 12 de diciembre de 1882 en la que afirma, refiriéndose a Inglaterra: «Aquí no hay partido obrero, só- lo hay conservadores y radicales liberales, y los obreros participan ale- gremente en el festín del monopolio inglés sobre el mercado mundial» (Sobre el colonialismo, ob. cit., p. 318).

27  Me refiero a una carta de Engels a Kautsky del 23 de diciembre de

1894, volviendo sobre una vieja idea de Marx (Véase nota N° 18):

«Otra vez más la maravillosa ironía de la historia: sólo queda China para ser conquistada para la producción capitalista y al hacerlo así, a la larga esta última hace imposible su propia existencia en la metrópoli».

 

marxismo, disensiones que  se fueron  haciendo cada  vez más profundas a medida que  se operaba el conjunto  de  transforma- ciones  económicas, políticas y sociales que  trajo  consigo el ad- venimiento del imperialismo.

Como  resultado, los miembros de  la II Internacional  se  dividen en  cuatro  grupos: los «marxistas  ortodoxos»,  capitaneados origi- nalmente por Kautsky;  los «reformistas  y revisionistas», entre  los cuales   se   destacaba   Bernstein;  los   «austromarxistas»   (Otto Bauer); y  los  bolcheviques rusos  con  Lenin  al  frente.28  Los te- mas  de  controversia entre  éstos  y otros grupos menores, o per- sonalidades no alineadas, fueron  muchos: problemas de organi- zación   y  construcción del  movimiento revolucionario,  proble-

mas  teóricos   y  metodológicos en  la  interpretación del  pensa- miento  de los maestros, pero,  sobre  todo,  un conjunto  de cues- tiones  de táctica  y estrategia revolucionaria en relación a los importantes cambios que  se habían operado y seguían operán- dose  tanto  en  el  mundo  capitalista como  totalidad, como  en  el seno  mismo  de las distintas  sociedades europeas.

De  todo  ello  nos  interesa puntualizar aquí,   en  función  de  los fines  de  este  ensayo,  aquellos  aspectos relacionados  con  las diversas concepciones que  sobre  los  países coloniales, semico- loniales y dependientes, privaban entre  los  integrantes de  la  II Internacional,  además de  trazar,  aun  cuando sólo  sea  en  sus líneas  más  generales, un  bosquejo del  ambiente ideológico en el  que  se  estaban conformando y  desarrollando los  puntos  de vista de Rosa Luxemburgo.

El primer  aspecto a tratar es el que  se refiere  a las diversas po- siciones sobre  el carácter, significado e implicaciones de  lo que todos  coincidían en  denominar imperialismo. Como  es  sabido, el primer  intento  de  análisis de  dicho  fenómeno realizado den- tro del  campo  marxista fue  la  obra  de  Hilferding, El capital fi-

 

 

 

 

 

28 En esta parte del trabajo hemos utilizado referencias de la obra de D. Boersner ya citada.

 

nanciero,29 donde se le caracterizaba como «fase moderna del desarrollo del  capitalismo»,  en  la  que  el  viejo  liberalismo eco- nómico  era  progresivamente sustituido por la competencia mo- nopolística,  a  medida  que   se  incrementaba  el  poder   de  los grandes cartels y trusts dominados por el capital financiero, que había  surgido de  la fusión  del  capital industrial con  el bancario y que  se vería  impelido a buscar  tasas  de  ganancias más  eleva- das  y fuentes  vitales  de  materias primas  en  las  zonas  atrasadas del  mundo. Dentro  de  esta  caracterización, que  sería  comparti- da  plenamente por el marxismo ortodoxo, el imperialismo apa- rece,  como  bien  señala Goldmann, como  resultado de una  polí- tica  del  gran  capital y no como  un  fenómeno histórico  inevita- ble,  «admitiendo la  posibilidad teórica al menos, de  un  capita-

lismo  no imperialista»30  para  la época, posición que,  como  ven-

dría  a demostrarse más adelante, conduciría a la conciliación de la burguesía por parte  de Kautsky  y sus seguidores de la social- democracia.

Por otra  parte,  dentro  de  esta  concepción del  imperialismo, se    le   estudiaba   casi    únicamente   con    base    en    sus    ma- nifestaciones en el seno  de los países capitalistas avanzados y a través  de  la  influencia que  sobre  ellos  ejercería el  nuevo  siste- ma de relaciones internacionales característico de esa fase del capitalismo. Los países atrasados, tan implicados en el concepto de  imperialismo como  los  propios países imperialistas, puesto que sin ellos  el fenómeno perdería características que le son esenciales, aparecen sólo  como  objetos  remotos  de  su  acción. No  se  ponía   ningún  énfasis   en  los  cambios  estructurales  de todo  tipo  que  en  ellos  estaba  promoviendo su  introducción en la  fase  imperialista del  capitalismo. De esa  manera se  margina- ba  a los  pueblos de  Asia,  África y América  Latina como  sujetos de  la  historia   del  sistema   mundial al  que  habían sido  incor-

 

 

29  Véase la referencia que hace Lenin de dicha obra en El Imperialismo, fase superior del capitalismo, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín,

1972, p. 11.

30 Lucien Goldmann, capítulo de Recherches Dialectiques, editado en espa- ñol por E. Aray (Materialespara el estudio de la acumulación y el imperia- lismo... Edición multigrafiada, Caracas, 1969, tomo III).

 

porados, es decir,  se renunciaba a la categoría de totalidad que es esencial al marxismo como  ciencia de la sociedad.

En efecto,  el  imperialismo implica, como  condición necesa- ria, la existencia de países capitalistas con avanzado grado  de desarrollo de  las  fuerzas  productivas y de  la  concentración del capital, en  los  cuales la necesidad de  alimentar incesantemente el proceso de crecimiento acumulativo del capital impone la expansión hacia   zonas  de  menor  desarrollo, hacia   donde ex- portar  capitales excedentes y  mercancías industriales y  desde donde obtener las  materias primas  y otros  productos primarios requeridos por  su  aparato  productivo. Si  esto  es  así,  tanto  el primer  tipo  de  país  como  el segundo conforman aspectos inse- parables del  fenómeno imperialista. En otras  palabras, estamos frente  a dos  subconjuntos de  países que  se  integran dentro  de una   totalidad  histórica  y   estructurada:  el   sistema   capitalista mundial que  los contiene. En consecuencia, cualquier teoría  del imperialismo  debe   ser  capaz   de  explicar  el  papel de  ambos polos  y  las  implicaciones del  fenómeno en  cada  uno  de  ellos como  factor  transformador de  sus  estructuras interiores. La vi- sión  del  imperialismo de Hilferding y sus seguidores de  la épo- ca es,  en cambio, unipolar, lo cual  tiene  su explicación, no sólo en  razones de  utilitarismo revolucionario  («la  revolución  sólo puede ser realizada ahora  en los países más avanzados»), sino también en el desconocimiento de la situación real del mundo colonial, semicolonial y  dependiente. Para  poner  en  evidencia tales  limitaciones vale  la  pena  una  somera  referencia a las  dis- cusiones que sobre «la cuestión colonial»  tuvieron lugar en el Congreso de  la II Internacional que  se llevó  a cabo  en Stuttgart

en 1907.31

Se plantearon allí dos posiciones opuestas, cada  una  de las cua- les  se  atribuía  la  correcta   interpretación  del  pensamiento  de Marx.  La primera, sostenida por  Van Kol y apoyada por  Berns- tein,  se  basaba en  los  criterios  expresados por  Marx  y  Engels entre  1847 y 1853 con relación a la India,  México  y China  a que nos hemos  referido, para considerar al colonialismo como una necesidad  histórica que  cumpliría el  objetivo   de  implantar el

 

31 Véase D. Boersner, ob. cit.

 

capitalismo en  las  colonias, sentando allí  las  bases   del  surgi- miento   y  desarrollo  del  proletariado.  Sería  irresponsable, de- cían,  abandonar a los  nativos  al  estado  de  la  barbarie y  salva- jismo  del  cual  sólo  el  colonialismo podía   sacarlos; en  conse- cuencia, el colonialismo en sí no podía  ser condenado, sino  las formas despiadadas que utilizaba. Los defensores de esta tesis concluían augurando el advenimiento de  la revolución proleta- ria para  que  ésta  promoviera un nuevo tipo de colonialismo de efectos  civilizadores.    La   segunda   posición,   sostenida   por Kautsky   y  Lebedou,  señalaba en  cambio   que   el  objetivo   del socialismo  era   liberar   a  las  mayorías  explotadas  de   todo   el mundo  de  las  cadenas del  capital. De allí  que  el  colonialismo fuera  la  antítesis de  la  revolución, pues,  no  sólo  explota pue- blos  extranjeros, sino  que  presenta la civilización a dichos  pue- blos  como   algo   represivo,  al  imponerla  por  la  fuerza   bruta. Después de  la  revolución socialista, los  pueblos atrasados de- bían  ser conducidos a la civilización, no a través  de la opresión colonial  sino  mediante  la  ayuda  fraterna   de  los  trabajadores

europeos.32

Puede  observarse en  ambos  planteamientos la  reafirmación de la visión  eurocentrista que  los fundadores del  marxismo habían ido  superando en  sus  últimos  escritos, así  como  la  falta  de  co- nocimiento de  la diversidad de  culturas y de  situaciones que  se presentaban en las distintas  colonias.

Pero,  sobre   todo,  queda  absolutamente en  claro  el  papel, ni siquiera secundario, sino  más  bien  pasivo, que  asignaban am- bos planteamientos al mundo  que hoy denominamos subdesa- rrollado en el proceso de construcción de la revolución socialis- ta mundial, situación que  contrasta con  la importancia asignada por Marx y Engels  a las luchas  de  los pueblos de China  e India contra  el colonialismo como  factores  de  aceleración de  la revo-

lución   europea,33    cuando  todavía  la  explotación  del   mundo

atrasado tenía  como  punta  de lanza  al capital comercial.

 

 

 

 

32 Ibíd., p. 31.

33 Véanse notas Nos. 19 y 27 de este trabajo.

 

Hasta  aquí  esta  rápida visión  de  algunas de  las  ideas  dominan- tes dentro  del  campo  marxista en la época en que  hará  su apa- rición  La  acumulación de capital,  de  Rosa  Luxemburgo, obra que va a representar la primera aproximación de una visión totalizante  del   sistema   capitalista  mundial  dentro   de  la  cual, tanto  el desarrollo de los países avanzados dominantes como  el proceso de  subdesarrollo de  los  países y  zonas  dependientes son vistas,  por vez primera, y de modo  teóricamente coherente, como  aspectos de  un  mismo  proceso dentro  del  contradictorio desarrollo histórico  de dicho  sistema.

 

 

 

 

LA VISIÓN TOTALIZANTE DE ROSA LUXEMBURGO

 

 

DESARROLLO Y SUBDESARROLLO

EN EL MODELO  DE ROSA LUXEMBURGO

 

 

En el prólogo a la primera edición de  La acumulación de capi- tal,34 (1912)  su autora  nos explica el origen  de dicha  obra.  Tra- bajaba  en  la  redacción  de  sus  conferencias  sobre   economía marxista en la Escuela  de Cuadros  del  Partido  Social  Demócrata Alemán  que  recogería en  su  Introducción a la economía políti- ca,35  cuando se encontró que  no podía  «exponer  con  suficiente claridad el  proceso global de  la  producción  capitalista  en  su aspecto concreto, ni  sus  límites   históricos  objetivos».36   Ahon- dando  en el asunto  encontró «que no se trataba  simplemente de una  dificultad de  exposición, sino  que  ésta  envolvía un  pro- blema  teóricamente relacionado con  la doctrina  del  volumen II de  El Capital  de  Marx,  y que,  además, trascendía a la  práctica de la política imperialista actual  y a sus raíces  económicas».37

 

 

34 Ob. cit

35 R. Luxemburgo, Introducción a la economía política, Cuadernos de Pasado y Presente, N° 35, Córdoba, Argentina, 1972.

36 La acumulación., prólogo de R.L.., ob. cit., p. 9.

37 Ídem.

 

El problema teórico  radicaba en  haber  llegado a la  conclusión de  que  los  esquemas de  la  reproducción de  Marx,  basados en el  conocido  supuesto  de  considerar  una  sociedad en  la  que operaban sólo dos clases  sociales, capitalistas y obreros, plan- teaban un  problema no  resuelto por  su  autor  que  era  el  de  la venta  (realización) de  aquella parte  del  producto que  corres- pondía al  valor  de  la  plusvalía no  consumida por  los  capitalis- tas. Si los trabajadores compran una  parte  del  producto igual  al valor  total  de  sus  salarios, y los capitalistas sólo  consumen una parte  del  valor  de  la  plusvalía, ¿a  quién se vende el  remanente del  producto que  contiene la parte  no consumida de  la plusva- lía? La venta  de esta  parte  del  producto, que  corresponde preci- samente a la porción susceptible de  ir a la acumulación (inver- sión),  es un requisito fundamental del  proceso global de  repro- ducción ampliada del  capital, de  modo  que,  si ella  no se  reali- za, dicho  proceso se detendría.

Por  otra  parte,   el  progreso técnico   implícito  en  el  desarrollo capitalista conlleva una  tendencia al  aumento de  la  composi- ción  orgánica del  capital que  haría  cada  vez mayor  la diferencia entre  el  producto creado y la  capacidad de  compra  del  mismo por los capitalistas y obreros.

Después de  esta  constatación, que  Goldmann considera  como

«el mayor  descubrimiento teórico  en  el dominio de  la crítica  de la economía política desde la publicación de  El Capital»,38  Rosa Luxemburgo  termina   por  encontrar  la  falla   del   esquema  de Marx  en  el  supuesto de  considerar que  en  él  participaban sólo dos  clases   sociales, capitalistas y  obreros, supuesto que,   a  su

juicio,  es irreal,  porque corresponde sólo

a la  tendencia histórica objetiva del  movimiento de  la  acu- mulación y a su  resultado teórico  final  (...)  no  es  más  que la expresión teórica  de  aquel momento en  el  que  la domi- nación   capitalista ha  alcanzado  su  último   límite  (...).   (En cambio  en  la  realidad) el  capitalismo está  atenido, aun  en

 

 

 

 

 

38 L. Goldmann, ob. cit.

 

su plena madurez, a la existencia coetánea de estratos  y so- ciedades no capitalistas.39

Es precisamente en  estos  estratos  y  sociedades no  capitalistas donde se  realiza esa  parte  del  valor  del  producto que  no tiene compradores en  el  modelo de  dos  clases  sociales de  Marx.  De esa  manera, Rosa Luxemburgo encuentra la argumentación para proceder a la apertura del  modelo de  reproducción del  capital, incluyendo en  él no sólo  la acumulación de  la plusvalía extraí- da  a los  trabajadores al  servicio del  capital, sino  también otras formas  de  plusproducto extraídas a  trabajadores de  sectores y países no capitalistas. Esos «dos  aspectos de  la acumulación de capitales —señala— se hallan ligados orgánicamente por las condiciones  de   reproducción  del   capital  y   sólo   de   ambos

reunidos surge  el curso  histórico  del capital».40

Aun  reconociendo  la  validez en  el  plano teórico de  muchas críticas  que  se han hecho  al razonamiento de la autora, su plan- teamiento  sigue   siendo  para   nosotros   de  importancia  funda- mental. En efecto,  la apertura del  modelo para  incluir  otras  cla- ses  sociales, rompiendo la homogeneidad del  esquema original e introduciendo la real heterogeneidad socioeconómica del capitalismo  como   sistema   mundial,  significa  superar  lo  que, según Lukács,  no fue para  Marx

sino  una  hipótesis metodológica a partir  de la cual  se debía progresar para  plantear el problema de manera más amplia, para  plantear la cuestión en  cuanto  a la totalidad de  la so- ciedad 41

planteamiento que  se sintetiza en  la consideración de  que  sólo de  ambos  aspectos de  la  acumulación surge  el  curso  histórico del  capital. Salimos  así  del  restrictivo  marco  teórico-económico del modo  de producción capitalista puro  (El Capital) y nos adentramos en  una  nueva totalidad que  abarca todas  las  mani- festaciones de  la  vida  social  y toda  la  riqueza de  la  historia: la

 

 

 

39 La acumulación., ob. cit., pp. 322-329.

40 Ibíd., p. 351

41 Georg Lukács, ob. cit., pp. 51-52

 

formación económico-social capitalista concebida a  escala mundial.

Dentro  de  esta  formulación los  países «no  capitalistas», que  ha- bían  sido  penetrados  por  la  expansión  del  capitalismo  hacia todos  los  rincones de  la  tierra,  encuentran por  primera vez  un lugar  permanente dentro de la historia  de la moderna cultura occidental. No será  sólo  el haber  servido  de  fuentes  de  acumu- lación  originaria del capitalismo, ni el de que  sus distintas  zonas hayan jugado en  distintos  momentos una  importancia intermi- tente  en  los  asuntos  mundiales, sino  el  haber  constituido siem- pre un  elemento vital  e  imprescindible del  proceso de  forma- ción  y desarrollo del  sistema  capitalista mundial. De esta  mane- ra, los cuatro siglos de expansión de Europa sobre los otros continentes encuentran su primera síntesis  histórica.

He aquí  un breve  resumen del razonamiento de la autora:

1. El capitalismo viene  al mundo  en un medio  social  no capita- lista,  y  es  dentro  de  ese  medio  donde se  opera  su  desarrollo histórico. En los países europeos occidentales ese  medio  fue  el feudalismo, que  una  vez  entrado en  proceso de  descomposi- ción  dio  lugar  a otro medio  no capitalista en el que  predominó la  pequeña  producción mercantil (pequeños  productores en  la agricultura  y  artesanado  en   otros   sectores).  En  el  resto   del mundo  rodeaba al capitalismo

un conjunto  de culturas no europeas que  ofrecía  toda  la es- cala  de grados  de evolución, desde las hordas  primitivas comunistas de cazadores nómadas, hasta la producción campesina y artesana de mercancía.42

2. En medio  de ese  ambiente precapitalista se abre  paso  el capi- talismo  siguiendo tres frases  diferenciadas:

Primero la lucha  del capital contra  las organizaciones de economía natural  con  la  finalidad de:  a)  apoderarse de  sus  re- cursos  naturales; b)  liberar  trabajadores para  luego obligarlos a trabajar  para  el capital; c) introducir la economía de mercancías, y d) separar a la agricultura de la industria.

 

 

42 R. Luxemburgo, ob. cit., p. 283.

 

 

Este proceso de  descomposición de  las economías naturales no podía  ser realizado sino por la fuerza,  puesto  que

confiarse aquí  al proceso secular de lenta descomposición interior  de  estas  formaciones equivaldría para  el capital a re- nunciar a las  fuerzas  productivas de  aquellos  territorios. De allí que el capitalismo considera como una cuestión vital la apropiación violenta de los medios de  producción importan-

tes de los países capitalistas. 43

3. La segunda fase es la lucha  del  capital para  destruir  a la eco- nomía  simple  de mercancías que  había  impuesto como  sustituto de la economía natural.

4.  La  tercera fase es  la  fase  imperialista de  la  acumulación de capitales o fase de la concurrencia mundial del  capitalismo, que

«abarca la industrialización y emancipación capitalista de los antiguos hinterlands del  capital, en  los  que  realizó su  plusva- lía».

5. A través  del cumplimiento de estas  tres fases

el proceso de acumulación tiende  a reemplazar en todas  par- tes  a  la  economía natural   por  la  economía simple   de  mer- cancías y a éstas  por  las  formas  capitalistas, hasta  hacer  que la   producción  capitalista  domine  absolutamente  como   la forma de producción única  de todos  los países y ramas,44

aunque señalando que tal homogeneización de la economía mundial alrededor de las formas capitalistas de producción, corresponde sólo  «a  la  tendencia  histórica objetiva del  movi- miento  de la acumulación, a su resultado teórico final».45

6. Conviene detenerse sobre  la significación de ese  proceso de sustitución progresiva de la economía natural  por la

economía simple  de mercancías y de ésta  por las formas  capita- listas  de  producción. A través  de  ese  proceso, señala Rosa  Lu-

 

 

43 Ibíd., p. 285.

44 Ibíd., p. 322.

45 Idem.

 

xemburgo, el  capital  transforma esas  formas  precapitalistas de producción, las  adapta progresivamente a  sus  necesidades, de manera que

cuando se  dice  que  el  capitalismo vive  de  formaciones no capitalistas, hay  que  decir  que  vive de las ruinas de esas formaciones... Considerada históricamente, la  acumulación de  capital es un proceso de  cambio  de  materias que  se ve- rifica  entre  la forma de producción capitalista y las  precapi- talistas.  Sin ella,  no puede verificarse la acumulación de ca- pital,  pero  considerada en  este  aspecto la  acumulación se efectúa destrozándolas y asimilándolas. Así pues,   ni  la acumulación del  capital puede realizarse sin  las  formacio- nes  no capitalistas ni aquéllas pueden siquiera mantenerse. La acumulación sólo  puede darse  merced a  una  constante

destrucción preventiva de aquéllas.46

He allí los planteamientos básicos de la autora  sobre  lo que  hoy se ha denominado subdesarrollo, planteamientos que,  como veremos de  seguidas, presentan una  sorprendente coincidencia con  algunos  de  los  más  importantes  desarrollos  contemporá- neos  sobre  la materia.

 

 

Un cotejo con las teorías modernas del subdesarrollo

 

Como  es  sabido, tanto  el  concepto  mismo   de  subdesarrollo, como  los intentos  de formular  teorías  que  le dieran explicación, nacen   después de  la  Segunda Guerra  Mundial   como  parte  de las  implicaciones de  la llamada «Guerra Fría». Fue precisamente dentro  de tal contexto, coincidente con  el desmoronamiento de los viejos  imperios coloniales, con la revolución de las expecta- tivas  crecientes en  el  seno  del  tercer  mundo  y con  el  creciente atractivo  que  sobre  dichos  países ejercía el  ejemplo del  rápido desarrollo de la Unión Soviética, que  los círculos académicos de Europa  y  Estados  Unidos  descubrieron, repentinamente, su  in- terés  por  el  desarrollo del  mundo  subdesarrollado y  la  necesi-

 

 

46 Ídem.

 

dad  de  promover propuestas de  política económica dentro  del marco  capitalista para  hacer  frente  al  efecto  demostración que estaba  ejerciendo el campo  socialista.

Inicialmente, este  interés  se tradujo  en la formulación de planes concretos que  partían  del supuesto de considerar el subdesarro- llo como  una  etapa  precapitalista o insuficientemente capitalista del  desarrollo, cuyos  síntomas fundamentales eran  un  conjunto de   carencias  factoriales  (baja   disponibilidad  de   capital,  bajo nivel  de  preparación de  la  fuerza  de  trabajo,  deficiencias en  la dotación de recursos naturales, condiciones negativas impuestas por el medio  geográfico, etcétera).

Bien  pronto  vino  a  verse   que  tal  análisis era,  por  lo  menos, incompleto, pues  varios  intentos  de  desarrollo basados en  di- chos supuestos fueron  incapaces de producir los resultados esperados. Surgen  entonces los planteamientos «estructuralistas» que  veían  en deficiencias institucionales y estructurales la razón del  fracaso  de los intentos  de «modernización» de la economía y se ponen de moda,  en el plano  de la política económica, los programas reformistas concebidos para  cambiar esas  institucio- nes  y estructuras retardatarias, como  condición previa  al proce- so  de  desarrollo que  tenía  como  meta  la  formación de  econo- mías  capitalistas, basadas en  los  patrones de  Estados  Unidos  y Europa Occidental.

Pionera  de este enfoque, tanto desde el punto de vista de su construcción teórica  como de la implementación de políticas desarrollistas, fue  la  Comisión  Económica  para  la  América  Lati- na  (Cepal). Más  de  una  década de  esfuerzos estériles en  este sentido   vinieron  a  poner   en  evidencia la  incapacidad de  las políticas económicas que surgían del planteamiento estructura- lista,  lo  que  llevó  a  muchos  de  sus  iniciales sostenedores a  la

revisión de  sus  postulados teóricos.47  Es entonces, ya  a media-

dos  de  la  década de  los  sesenta, cuando viene   a  descubrirse que,  tanto  las  primeras formulaciones basadas en  las  carencias de  factores   (teorías  factorialistas) como  las  formulaciones  es-

 

 

47 Me refiero en especial a los trabajos de Prebisch y Sunkel posteriores a 1961.

 

tructuralistas, al  considerar al  subdesarrollo como  etapa  desde la  cual  debía   darse  el  salto  al  capitalismo, dejaban de  lado  el problema de las interconexiones históricas entre el desarrollo capitalista de  los  llamados países «centrales»  y  el  subdesarrollo de la «periferia».

Aun autores como  Prebisch, Myrdal,  Nurkse,  Singer  y otros, que habían enfatizado la influencia de las desigualdades en la dis- tribución  de  los  frutos  del  comercio  internacional,  lo  habían hecho  sin profundizar en la esencia de  esos  resultados, viéndo- los como  causas que  mantenían la condición de subdesarrollo y no  como  resultante lógica   de  un  sistema   mundial regido por leyes que  determinaban, al mismo  tiempo  que  el desarrollo del centro,  el subdesarrollo de la periferia. Este nuevo  planteamien- to, que  aparece por primera vez en la literatura sobre  el subde-

sarrollo  en  La economía política del crecimiento 48   de  Paul  Ba-

ran,  fue  el  punto  de  partida de  una  nueva visión  del  problema que  considera al  subdesarrollo como  aspecto complementario del  desarrollo de  los centros  dominantes dentro  del  proceso de formación histórica del  sistema  capitalista mundial. De allí  parte la  obra  de  Andre  Gunder  Frank,  Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faletto,  Alonso  Aguilar,  Héctor  Silva Michelena, Theotonio Dos Santos,  Aníbal  Quijano, Samir  Amin,  Mohamed Dowidar, y todo  el  conjunto  de  autores latinoamericanos y  de  otras  latitu- des  que  representan hoy  lo más  avanzado en  el  campo  de  los estudios sobre  el subdesarrollo.

Hemos  hecho  este  breve  recuento de la evolución de las teorías del  subdesarrollo para  dejar  en evidencia cómo  dos  décadas de discusión teórica  vinieron a la postre a constatar lo que Rosa Luxemburgo había  formulado con sin igual  claridad medio  siglo antes,   es  decir,   la  unidad  dialéctica  entre   la  acumulación  de capitales en el centro  y la desacumulación y subdesarrollo de la periferia. Sería,  por supuesto, absurdo pretender que Rosa Lu- xemburgo nos  haya  dejado una  teoría  acabada del  subdesarro- llo,  porque ese  no  era  ni  podía  ser  su  objetivo. Lo que  sí nos dejó,  a pesar  de las fallas  teóricas que  le anotan  sus numerosos críticos,   fue  una   teoría   del  sistema   capitalista  mundial  como

 

48 P. Baran, La economía política del crecimiento, FCE, México, 1956.

 

totalidad, dentro  del  cual  encuentran un  lugar  importante y las bases  para  una  explicación de  sí mismos  los  que  hoy  denomi- namos  países subdesarrollados.

 

 

Rosa Luxemburgo y Lenin

 

La concepción del  sistema  capitalista mundial como  una  totali- dad que  abarca tanto a los países desarrollados como  a los subdesarrollados, es  una  idea  que  estaría  también implícita en el  concepto de  imperialismo y,  en  especial, en  el  tratamiento que  hizo  Lenin de  dicho  tema  en  El imperialismo, fase superior del capitalismo  49  (1916).  Sin  embargo, lo  que  en  este  aspecto

diferencia a  Rosa  Luxemburgo,  tanto  de  Marx  como  de  Lenin, es que  nuestra autora  da absoluta continuidad histórica a dicha totalidad y a la necesidad de las relaciones entre sus partes  in- tegrantes. En efecto,  ya hemos  visto cómo  el modelo teórico  de Marx sólo  requiere de  los países no capitalistas para  explicar la acumulación  originaria en  la  fase  de  génesis del  capitalismo; por su parte,  en  el desarrollo de  Lenin la importancia del  mun- do «colonial,  semicolonial y dependiente» para  el funcionamien- to pleno  del  capitalismo es  una  característica de  su  «fase  supe-

rior», imperialista, no de  las  anteriores.50  Pues  bien,  la base  his-

tórica  de  las  modernas teorías  del  subdesarrollo está,  precisa- mente,  en  esa  continuidad de  la explotación de  los países atra- sados  por  el  capitalismo desde su  contacto  con  ellos,  tal  como se establece en el planteamiento de Rosa Luxemburgo.

Como  consecuencia de  lo anterior, el  imperialismo, según ella, no podía  ser definido sólo  con  base  en  su necesidad de  explo- tación  de  los  países atrasados, proceso que  ella  demuestra ha-

 

 

49 VI., Lenin, ob. cit.

50 Esta es la idea que me sugieren algunos pasajes del Capítulo VI de El imperialismo..., en los que Lenin, luego de señalar que fue después de

1880 cuando comenzó el gran auge de las conquistas coloniales, pa- rece estar de acuerdo en que antes de dicho año, «Los dirigentes bur- gueses de ese país (Inglaterra) eran adversarios de la política colonial.» (pp. 98-99).

 

ber sido  permanente, sino  con  base  en la forma  concreta como se realiza la explotación: exportación de capitales, inversiones directas, control  de  las  fuentes   mundiales de  materias primas por   los   grandes  consorcios  monopolistas,  etcétera,  aspectos éstos  en  los  que  su  planteamiento fue  poco  preciso y  en  los que  Lenin,  en  cambio, dejó  una  exposición mucho   más  rica, aun  cuando, justo es reconocerlo, también insuficiente.

 

 

La naturaleza del comercio exterior

 

 

Otro aspecto del  razonamiento de  Rosa  Luxemburgo  que  con- serva hoy un carácter todavía novedoso y sugestivo es la con- cepción del  comercio exterior que  ella  desarrolla en  su modelo del sistema  capitalista mundial:

Mercado  exterior, para  el capital, es la zona  social  no  capi- talista  que  absorbe sus productos y le suministra elementos de producción y obreros.51

Consideramos que  en tal planteamiento pueden encontrarse las bases  para  una  formulación de  la explotación capitalista de  los países subdesarrollados, no con base  en  la explotación de unas naciones por  otras,  sino  en  la explotación por  parte  de  la bur- guesía, tanto  de  la  clase  obrera  como  de  las  clases y capas  no capitalistas, lo que  replantea el problema de las contradicciones dentro  del  sistema  no sólo  en términos  de contradicciones entre

«naciones ricas  y  naciones  proletarias» sino  en  términos   de  la lucha  de  clases  a nivel  de  la totalidad, aspecto sobre  el cual  se realizan hoy  importantes discusiones en América  Latina.

 

 

LAS CRÍTICAS A LA ACUMULACIÓN DE CAPITAL

 

 

Desde  su propia aparición La acumulación de capital fue obje- to de  un  concentrado ataque en  el  que  participaron todas  las tendencias a que  había  dado  lugar  el  proceso de  descomposi-

 

 

51 La acumulación., ob. cit., p. 281.

 

ción  ideológica operada en  el  seno  de  la  II Internacional  des- pués  de  la muerte  de  Federico Engels.  Tanto Kautsky,  patriarca del  «marxismo  ortodoxo»  de  la  época, como  Otto Bauer,  repre- sentante  del   «austro-marxismo»,  como   Bernstein,  teórico   del

«revisionismo», coincidieron en tratar de rebatir  los planteamien-

tos fundamentales de  la autora  basados en  argumentaciones en las  que  aparecen, por  primera vez  con  toda  claridad, las  ideas que  iban  a nutrir  la corriente reformista  que  terminaría por  do- minar  y aniquilar al movimiento revolucionario en  todo  el cen- tro de Europa.  En su famosa  «Anticrítica»52   Rosa se enfrentó  con singular lucidez a  este  tipo  de  ataques, demostrando el  fondo oportunista de  sus  argumentos, de  forma  tal que  la  historia  ha venido a darle  plenamente la razón.

Desgraciadamente, su  obra  recibió  también los  ataques de  Le- nin  por  razones que  pueden ser  fácilmente comprendidas den- tro   del   cuadro  de   las   luchas  ideológicas  entre   los   revo- lucionarios de  la  época,53  razones que  explican también el  ca- rácter  unilateral de  dicha   crítica,   que  sólo  vio  errores   en  los

planteamientos de  la  autora, quizás porque no  tuvo  tiempo  de ponderar sus  importantes aciertos, o  porque ello  no  convenía en  los  términos   concretos de  las  luchas políticas del  momen- to.54   El hecho  en sí es que  este  rechazo de  Lenin,  cuya  influen-

 

 

52  Dicho ensayo aparece en español como apéndice a la edición de La acumulación... que aquí se cita.

53 Como bien señala Nettl, Lenin había leído La acumulación. en 1913 en un momento en que sus relaciones políticas con R.L. eran muy malas («Sobre el imperialismo», El desafío de Rosa Luxemburgo, Edit. Brocero, Buenos Aires, 1912, p. 133).

El artículo de Lenin «Sobre el derecho de las naciones a la autodetermi- nación» (Obras escogidas, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú,

1960, pp. 645-105) suministra un buen ejemplo de la dureza, sólo jus- tificada por el ardor de las luchas del momento, con que atacó Lenin las posiciones de la autora.

54 En el artículo «Notas de un publicista» (Obras completas, tomo 33), publicado en 1922 cuando ya habían sido superadas por muchos mo- tivos las bases de la disputa con Rosa, Lenin acuña su famosa frase:

«A pesar de todas las equivocaciones, Rosa Luxemburgo fue y seguirá

 

cia sobre  el desarrollo del  pensamiento marxista sería  dominan- te hasta  nuestros días,  condenaron por mucho  tiempo  al olvido la completa obra  de Rosa Luxemburgo.

Todavía   hoy,   cuando  el  movimiento  de   rescate  de  su  pen- samiento para  la  historia  del  marxismo ha  cobrado un  enorme vigor, considero que siguen predominando posiciones pre- concebidas y argumentaciones aceptadas a priori para  juzgar  su obra,  lo  que  lleva  a  realizar su  lectura   y  discusión como  una especie de  búsqueda de  méritos  y de  errores  para  luego pasar al balance de dicho  aspectos positivos y negativos.

He  leído   con  bastante  detenimiento  muchos   de  los  ensayos críticos  sobre  La acumulación de capital,  y debo  confesar que me quedan muchas dudas, no sólo  en relación a algunas de las fallas  teóricas que  se  anotan, sino,  más  aún,  respecto a la  vali- dez  de una  crítica  que,  en unos  casos,  basa  la refutación teórica en planteamientos que no siendo más que hipótesis son pre- sentados como  teorías   comprobadas55,55   o  que   usan   general-

mente  como  argumento la incapacidad de la autora  para  prever desarrollos que  ahora  nos parecen muy  lógicos y normales den- tro del  capitalismo contemporáneo, o el incumplimiento de  sus presuntas previsiones respecto al futuro del sistema56.56

 

 

siendo un águila», que es el reconocimiento póstumo a su condición de revolucionaria y de marxista integral.

55  La crítica de Toro Toloza, «La acumulación del capital según Rosa

Luxemburgo», Revista de Economía y Administración, Concepción, Chile,

1911-1912, Nos. 19 y 20, es un ejemplo en este sentido. Se acepta allí como válido a priori, el esquema marxista de la reproducción al nivel de abstracción en que lo planteó Marx y de allí se pasa a criticar a la autora su olvido (?) de que «en todo cuerpo teórico está lo esencial de un problema y que para aplicar esas categorías a un problema con- creto se requieren algunos pasos previos e imprescindibles», lo que

significa dejar a un lado todo el laborioso razonamiento de la autora. Igual crítica me merecen algunos otros autores, cuya inclusión alarga- ría demasiado esta nota.

56  En tal tipo de crítica incluyo a Jacques Vallar («La teoría del impe- rialismo de Rosa Luxemburgo», en Teoría marxista del Imperialismo, Cuadernos de Pasado y Presente, Córdoba, Argentina, 1969, p. 65).

 

Al igual  que  Marx, Rosa Luxemburgo construye un modelo abs- tracto.  Sólo  que,  mientras en  el primero  el capitalismo se basta a sí mismo,  en  el  segundo requiere de  un  medio  no capitalista para  subsistir. Como marxista, ella  sostuvo  la validez del  mode- lo  esencial de  El Capital en  cuanto  atañe  a  la  descripción del modo  de producción capitalista en su versión  más pura.  Pero al tratar  de  darle   aplicación  histórica se  ve  en  la  necesidad  de ampliarlo para  dar  lugar  al  hecho  absolutamente irrebatible de que,  en la realidad, el capitalismo ha requerido siempre de sec- tores o países no capitalistas para  resolver la problemática de la acumulación ampliada del capital.

A todos  los argumentos «teóricos» destinados a demostrar que  el capitalismo sí puede funcionar sin  comercio exterior  en  otros medios no capitalistas se les  puede oponer una  afirmación his- tóricamente irrebatible: Hasta ahora, el capitalismo no ha fun- cionado nunca de esa manera. Más aún,  el  surgimiento, desa- rrollo  y creciente ampliación del  campo  socialista impiden que esa  «situación   teórica»  pueda tener  cabida en  el  campo   de  la realidad.

Tanto  desde el  punto   de  vista  de  la  concepción  teórica   que tengo  del  imperialismo, como  del  análisis empírico de  su actual situación contemporánea, soy de los convencidos de que la liberación  de  los  países  subdesarrollados, la  implantación  en ellos  del  socialismo y su consecuente salida del  sistema  capita- lista  mundial, significan el fin del  imperialismo, lo que  constitu- ye otra manera de demostrar que,  al menos  en su fase actual, el capitalismo requiere, para  poder  subsistir  sin que  se detenga el proceso de  acumulación, de  sus  relaciones con  el  mundo  sub- desarrollado. De allí que  con todo el respeto que  puedan mere- cerme  las mencionadas argumentaciones teóricas respecto a la posible  autosuficiencia  del   capitalismo,  antepongo  por  sobre ellas  los hechos de la historia.

Una  palabra final  respecto a su  tan  criticada «conclusión catas- trofista» sobre  el  futuro  del  capitalismo y sobre  lo que  algunos de  sus  críticos  califican de  incapacidad para  prever  algunos de los desarrollos que  se han  operado en el capitalismo contempo- ráneo.

 

Comenzaré por  expresar que  la  mencionada  «conclusión catas- trofista» de  Rosa  Luxemburgo  no  expresa en    misma  ninguna previsión concreta. Ella señala solamente que,  con  base  en  su tesis,  al  convertirse al  capitalismo el  último  rincón  de  la  tierra,

«lo que no es, sin embargo, más que una construcción teórica»,57

se crearían las bases  para  la muerte  del  sistema  por incapacidad para  que  se cumplan las  condiciones de  la acumulación. Dicha afirmación tiene  un  sentido  tendencial, al  igual  que  la  tesis  de la caída  de  la tasa  de  ganancia de  Marx,  por ejemplo. El hecho de que  ninguna de  ambas  situaciones haya  llegado a presentar- se no demuestra en modo alguno la incorrección del plantea- miento.  Se argumenta generalmente, al referirse a la citada  tesis de  Marx,  que  la misma  era  válida  dentro  del  cuadro del  capita- lismo  decimonónico  que  él  había   estudiado. Una  argumenta- ción  similar,  puede aplicarse a la tesis  de  Rosa Luxemburgo. Su conclusión  surge   de  un  modelo que  tiene   como  uno  de  sus principales supuestos el carácter mundial total del  sistema  capi- talista,  lo que  significaría que  con el advenimiento de la revolu- ción socialista de octubre  comienzan a desaparecer supuestos fundamentales de su modelo, situación que  se hará  más patente más  adelante bajo  el impacto de dos acontecimientos decisivos, la crisis  de los treinta  y la Segunda Guerra  Mundial. La crisis  de los  30  marcó  el  fin del  optimismo capitalista respecto al  auto- matismo  del  sistema. Desaparece la  confianza en  la  capacidad del  mercado para  autorregularse y servir  de  brújula  orientadora del  crecimiento y se crea  el marco  propicio a la llamada revolu- ción  teórica  de Keynes,  que  haría  de la política del  gasto  públi- co  la  válvula reguladora de  las  inconsecuencias del  mercado. En otro aspecto, la crisis  sirvió  también para  que  se  promovie- ran  nuevas  políticas en  el  campo   del  comercio  internacional con  los  países atrasados. Es la  época de  los  tratados  de  «reci- procidad comercial»  destinados a impedir la industrialización de dichos   países,  política que,   por  cierto,  ponía   en  evidencia la

 

 

57  He subrayado este párrafo de la autora, porque en él se expresa la propia negación del concepto de «catastrofista». Mucho más «catas- trofista» en términos concretos y no teóricos fue Engels en sus opinio- nes sobre la conquista de China por el capitalismo (Véase nota 19).

 

necesidad de  impedir su  desarrollo capitalista, tal  como  si  los países dominantes aceptaran la tesis de Rosa Luxemburgo sobre la necesidad del  capitalismo de  tener  una  periferia no capitalis- ta.

Por su parte,  la Segunda Guerra  Mundial  fue la prueba definiti- va de la vitalidad del  socialismo, que  surge  de ella  fortalecido y conformando un  nuevo  y poderoso sistema  mundial en  abierta contradicción con  el capitalismo, el cual  se ve obligado a reali- zar  importantes  cambios  para   poder   hacer   frente  al  reto  del nuevo  poder  en  expansión. Uno de  estos  cambios fue  la nece- sidad  de  aceptar la  industrialización de  la  periferia, aunque to- mando  los debidos cuidados para  hacer  de  ella  una  industriali- zación  limitada en lo posible al sector  ligero  y dominada desde el centro  a través  de  inversiones de  capital y del  control  tecno- lógico. El resultado en  tal  sentido  ha  sido  promover en  dichos países un  capitalismo subdesarrollado y dependiente que  sigue jugando respecto al capitalismo de los centros  desarrollados dominantes un  papel similar  al  que  jugaban las  economías no capitalistas en el modelo de La acumulación de capital.

Faltaría  investigar si  la  tesis  de  la  conveniencia mutua  del  in- cremento  del   comercio  capitalista-socialista,  sostenida  por  la URSS, no crea  las  condiciones de  una  salida al  problema de  la realización de  la  plusvalía capitalista a través  del  enorme mer- cado  de los países socialistas.58 Si fuera  así,  habría  aquí  un nue-

vo argumento a favor  de  la tesis  de  Rosa Luxemburgo  sobre  la necesidad para  el  capitalismo de  sectores y países no capitalis- tas para  realizar la  plusvalía. Que  a la postre  las  relaciones co-

 

 

58    «Sólo en un año el comercio entre la URSS y Estados Unidos, de- bido a las medidas tomadas por ambos países ha aumentado tres ve- ces y las partes tienen la intención de hacer llegar la suma total del in- tercambio de mercancías hasta los 2 o 3 mil millones de dólares los próximos tres años» («Un viraje radical», editorial del periódico sovié- tico Noticias de Moscú, junio de 1973, N° 26 (572). Por otra parte, Brezhnev se refirió a la necesidad de que EUA y la URSS enfocaron el problema de su intercambio comercial «de manera amplia, a gran escala, teniendo en cuenta una perspectiva a largo plazo, para unos 20 años.» («Una visita en aras de la paz universal», Ibíd.).

 

merciales entre  la URSS y Estados Unidos  resulten «mutuamente ventajosas»,59    como   sostiene  Brezhnev,  es  otra  cuestión,  que nos  lleva,  por  cierto,  a un  nuevo  problema teórico:  el  de  si tal equilibrio de resultados en el intercambio entre  los países impe- rialistas y los  socialistas puede ser  explicado por  la  teoría  mar-

xista  o  estamos frente  a  un  renacimiento de  la  teoría  de  los costos   comparativos  de   David   Ricardo.   Pero   aun   aceptando dicho  equilibrio de  resultados habría  también que  preguntarse:

¿el hecho  de que  ese  intercambio sea  favorable a ambos  signifi-

ca también que  es favorable a los países subdesarrollados?

La  cuestión  concreta  es  que   estamos  frente   a  una   situación mundial completamente diferente a la vivida  por Marx,  Lenin o Rosa Luxemburgo. Pretender aplicar mecánicamente las conclu- siones   que  ellos  avizoraron desde  su  época sería  la  negación del  marxismo, lo  que  no  significa que  en  la  metodología de análisis  que   entre   todos   elaboraron,  no  estén   los  elementos esenciales para  una  visión  cabal  de  la  problemática del  mundo contemporáneo. Eso fue lo que  hizo  cada  uno  de  ellos  para  su época y  es  lo  que  nos  corresponde a  nosotros   hacer  para  la nuestra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

59  La frase del discurso de Brezhnev en su reunión «con los grandes industriales norteamericanos» el 22 de junio pasado (Ibíd.).

 

 

APÉNDICE III SOBRE EL MARXISMO EN LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS

 

 

 

¿HA AVANZADO  EL MARXISMO  EN LOS ÚLTIMO 25 AÑOS?

 

El pensamiento  marxista ha  logrado, en  los  últimos   25  años, avances fundamentales que  sería  erróneo menospreciar. Al sub- rayar  su  importancia no  pretendo sugerir  que  no  haya  habido fallas,   titubeos,  momentos de  confusión  y  aun  retrocesos. El camino  de  la  ciencia —ni qué  decir  del  de  la  revolución— no es  un  camino  recto  ni fácil.  Pero  el  solo  hecho  de  que  el  mar- xismo  haya  ganado millones de  adeptos resultaría incomprensi- ble  si la  teoría  no  hubiese avanzado hasta  convertirse, en  más de  un  caso,  en  una  nueva práctica social. El pensamiento mar- xista  ha  avanzado en  el  conocimiento  de  la  estructura de  la materia  y de  la  interacción de  las  leyes que  rigen  el  desenvol- vimiento de  la naturaleza y aquellas que  hacen posible la utili- zación  práctica de  los  avances científicos. Los triunfos  especta- culares de  la Unión  Soviética en la carrera  espacial, en la astro- física  y la física  nuclear no son hechos casuales ni meras  expre- siones  de  la  revolución tecnológica de  nuestros días.  Empero, son  los  progresos en  la ciencia social  lo que  intentaremos des- tacar  aquí.

Con frecuencia se critica  al marxismo a partir  del  rechazo de burdos  esquemas que,  en  realidad, nada  tienen  que  ver  con  él, o con  base  en  el supuesto de  que  el socialismo no ha  seguido

 

 

En mayo de 1974, la revista norteamericana Monthly Review cumplió 25 años de vida. Con tal motivo sus directores, Paul M. Sweezy y Harry Magdoff, invitaron a un grupo de intelectuales a responder brevemente a la pregunta que encabeza este texto y a señalar los campos en los que, a su juicio, debiera impulsarse el pensamiento marxista. La presente es la respuesta de Alonso Aguilar M., profesor e investigador de nuestro Instituto.

 

el curso  que,  según los clásicos, debería haber  tomado. Si bien a menudo se ha caído,  aun  en los países socialistas, en estereo- tipos  y fórmulas  absolutas que  despojan al conocimiento de  su carácter dialéctico y al marxismo de  su fuerza  y su valor  cientí- fico, sería  erróneo confundir tales  simplificaciones con los apor- tes más  significativos. La ciencia social  marxista ha roto con  las armonías formales propias de la ciencia burguesa y trata de que la teoría  se sustente en la realidad. Mientras  a la economía neo- clásica y a la sociología funcionalista sólo  interesan las  formas, las  apariencias, la lógica interna  de  sus  esquemas aunque éstos se divorcien totalmente de los hechos, el marxismo parte  de és- tos  y  sabe  que  sólo  sobre  ellos  puede  construirse una  teoría social.  Pero  a  diferencia del  empirismo,  que   los  toma  como datos  dados  e inconexos, el marxismo los integra  en el proceso histórico  y los sitúa  dialécticamente, o sea  en conjunto  y en sus interrelaciones y contradicciones principales.

Al  trabajar   desde  esta   perspectiva  el  marxismo  lleva   a  la ciencia social  del  plano  del  equilibrio estático  al terreno  de  los desajustes reales,  cambiantes y  complejos, y  del  nivel  institu- cional  al propiamente estructural: a las relaciones sociales de producción y a la estructura económica de la sociedad.

Marx introduce a la ciencia la categoría de «formación eco- nómico-social (concebida)  como  un  proceso histórico   natural», como  una  totalidad, como  un  sistema   que   se  desenvuelve a partir de formaciones previas, no de manera caprichosa, sino conforme a leyes que  fundamentalmente expresan un modo  de producción determinado o el tránsito  a otro. Sin tal categoría no podría, como  alguna vez  dijo  Lenin,  haber   ciencia  social. Su empleo permite comprender la conexión entre las relaciones sociales de producción y el crecimiento de las fuerzas  producti- vas,  así como  descubrir las leyes que  rigen  el proceso histórico. Y el  conocimiento de  estas  leyes y  de  las  contradicciones en que  se  manifiestan ha  hecho  posibles nuevos avances teóricos en la explicación del desarrollo y el subdesarrollo, profundos quiebros revolucionarios y la transición al socialismo.

Frente  a las  explicaciones convencionales del  subdesarrollo, que  esencialmente lo atribuyen a sus  propias víctimas, a partir

 

de  planteos fundamentales de  Marx  y Lenin  se  forja una  teoría que,  integrando el fenómeno de la dependencia al desarrollo desigual, a la acumulación del  capital y el uso  del  excedente a escala mundial, comprueba que  las  leyes sociales no son  inmu- tables, que  aun  aquellas de  carácter general operan de  manera diferente en  contextos históricos distintos, y que  el capitalismo, que  en  otras  condiciones hizo  posible el  desarrollo, si bien  si- gue  haciendo crecer  desigual y anárquicamente las fuerzas  pro- ductivas, no sólo  no es un agente capaz  de librar  a las naciones del Tercer Mundo del atraso,  la miseria y las profundas defor- maciones estructurales que  sufren,  sino  que  es su causa  princi- pal.

Quizás  el  mayor  avance que  el  marxismo ha  hecho  en  los últimos  25 años consiste en la aceleración del proceso revolu- cionario. A partir  de  la  Segunda Guerra,  cambia la  correlación de fuerzas  a escala mundial. Si bien  en Italia,  Alemania, España, Grecia  y  otros  países la  burguesía logra  impedir la  revolución, no  puede, en  cambio,  evitar  la  consolidación de  una  Unión Soviética, la crisis del  colonialismo, la transformación de Europa Oriental,  el triunfo  de la revolución en China,  Corea  del  Norte y Vietnam  y,  años  más  tarde,  en  Cuba,  a  las  puertas mismas  de Estados Unidos.

Pensar que ese vasto impulso renovador se produce es- pontáneamente, sin descansar en una estrategia y ésta en una rigurosa apreciación  teórica   sería  del  todo  inaceptable. Sin  el certero  análisis de  la realidad de  cada  país,  entendida, a la ma- nera  leninista, como  una  «realidad concreta»,  jamás  habrían sido resueltos los problemas prácticos que  plantea la conquista del poder  o el  tránsito  al socialismo. Mas ¿no  ocurrirá, como  seña- lan  los teóricos  occidentales de  la «sociedad  industrial», la «con- vergencia», la «integración» y otros esquemas análogos que  tien- den  a  ignorar   la  influencia decisiva del  modo  de  producción, que  el capitalismo y el socialismo se acercan cada  vez  más  en- tre sí?  Definitivamente, no lo creemos. Como  tampoco creemos que  el desarrollo de los países socialistas exhiba un creciente divorcio entre  la teoría  y la práctica.

 

La sociedad socialista en  la época de  la dictadura del  prole- tariado  no es,  desde luego, perfecta ni idílica. Adolece de  múl- tiples  fallas,  se enfrenta a graves problemas y aun  exhibe rasgos que  recuerdan el reciente pasado capitalista. Las formas  especí- ficas  que  adopta el socialismo, por otra  parte,  no corresponden exactamente a las previstas en los bocetos  geniales de  los clási- cos del  marxismo. Pero ello,  más que  atentar  contra  la teoría,  la refuerza y enriquece, y más  que  entrañar un  divorcio, demues- tra que  la vida  misma,  la práctica, es siempre la fuente  principal del  conocimiento; a menos, claro  está,  que  convirtamos la teo- ría en algo  estático, en una  especie de evangelio o molde  infle- xible  al  que  deba  ceñirse la  realidad, y que  hagamos de  Marx un profeta  en vez de un científico.

Nunca  en la historia  se realizó el cambio  social  con la celeri- dad que en nuestros días.  Vivimos una fase revolucionaria de transición del  capitalismo al  socialismo en  la  que  más  de  mil millones de  seres  humanos están  creando una  nueva sociedad. Pero,  tanto  la  revoluciones  triunfantes como  los  intentos   que hasta  ahora  tropezaron con  obstáculos insuperables,  comprue- ban  que  un  cambio  radical sólo  es  posible cuando a partir  de ciertas   condiciones  objetivas,  fruto  de  leyes  históricas, se  es capaz   de  aportar,  a  través   de  una  lucha   política organizada, consciente y audaz, los elementos subjetivos necesarios para provocar con éxito  una  ruptura  revolucionaria.

Desde  luego hay  todavía mucho  por  hacer:  debemos, verbi- gracia, conocer mejor  la  realidad en  que  actuamos, pues  sólo así  podremos determinar sus  contradicciones más  graves e  in- fluir sobre  el proceso revolucionario. Se requiere estudiar con mayor  rigor  el funcionamiento de la ley  del  valor  y del  desarro- llo desigual y la medida en que  ambas  afectan  el curso,  incluso en  la  etapa  de  la  dictadura del  proletariado, de  la  revolución. En fin, habría  que  fortalecer la lucha  contra  el reformismo en el plano  teórico,  refutar  sistemáticamente las posiciones burguesas que  hacen más  daño  en  las  ciencias sociales, apreciar objetiva- mente  los cambios en  la composición y el papel del  proletaria- do y ahondar en el estudio de  las formas  que  adopta la contra- dicción capital-trabajo y capitalismo-socialismo.

 

Ello contribuiría a evitar  y corregir  errores, a combatir  el es- quematismo, a  no  caer  en  la  tentación de  construir   «modelos» en  los que  a menudo parece influir  más  la lógica  formal  que  la dialéctica; a comprender mejor  tanto  los  hechos que  generan y acentúan, como  aquellos que  mitigan  ciertas  contradicciones; a ver  las  leyes históricas como  tales  y no como  fuerzas  de  la na- turaleza, a  emplear la  teoría  marxista como  una  guía   para  la acción  y  no  como  una  llave  maestra y,  en  suma,  a  forjar  una estrategia revolucionaria que  sólidamente se apoye en  una  teo- ría revolucionaria.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I N D I C E

 

 

2   DOS CLAVES

4   INTRODUCCIÓN

11   EPÍLOGO  DEL PRÓLOGO

12   I. LA SITUACIÓN  DEL MARXISMO

18   II. DIALÉCTICA Y DOGMA

28    III. EL MATERIALISMO  FILOSÓFICO

37    IV. LA ALIENACIÓN  DE LA ALIENACIÓN

68   V.LA IDEOLOGÍA O  COMEDIA DE LAS EQUIVOCACIONES

93   VI- MODO DE PRODUCCIÓN Y FORMACIÓN SOCIAL UNA LECCIÓN DE ANATOMÍA

112   VII. EL ARTE A LA FUERZA O COMO GUSTÉIS

120   VIII. LA CUESTIÓN  DE LA CULTURA

133   APÉNDICE I.: SOBRE EL MÉTODO  EN MARX

134   Introducción

135   Sistema  y método  en Marx

138   Las categorías económicas

144   La cuestión de la dialéctica

152   El problema de la totalidad

163   Estructura y apariencia social:la ideología

169   Teoría  y práctica como  complementarios

185   APÉNDICE II.: SOBRE ROSA LUXEMBURGO Y EL MUNDO  SUBDESARROLLADO

185   Presentación

187   La visión  de Marx y Engels

199   Durante  el período de la II Internacional

201   La visión  totalizante de Rosa Luxemburgo

206   Cotejo teorías  modernas del subdesarrollo

209   Rosa Luxemburgo y L

212   La naturaleza del comercio exterior

213   Las críticas  a la acumulación del capital

217   APÉNDICE III. Sobre el marxismo en los últimos   25 años

 

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