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© Libro N° 6075. Casi Extinguidos. Barclay, Alan. Emancipación. Junio 1 de 2019.

Título original: © Casi Extinguidos. Alan Barclay

 

Versión Original: © Casi Extinguidos. Alan Barclay

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://www.acanomas.com/Libros-Clasicos/141561/Casi-extinguidos-(Alan-Barclay).htm

 

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CASI EXTINGUIDOS

Alan Barclay



 

 

 

 

 

 

 

 

DESDE lo alto de una escarpada colina, Harrison, sentado sobre una roca, podía 
ver, a intervalos, por entre los árboles, a la persona que se acercaba 
corriendo. No se veía ni se oía aún a los perseguidores. Las empinadas laderas 
del macizo central surgían abruptamente de la planicie solamente a seis 
kilómetros de distancia. Harinosa adivinaba el pensamiento del desconocido: la 
esperanza de que, una vez entre las pendientes laderas y barrancos, de 
exuberante vegetación, que llegaban hasta la meseta, sería posible escapar de 
los perseguidores.

 
Si hubiera sido un hombre aficionado a las apuestas o si hubiera tenido allí a 
alguien con quien apostar hubiera apostado contra el corredor. Muy pocas veces 
escapaba nadie de los perseguidores, excepto, naturalmente, los que, como él, 
tenían facultades especiales. Harrison no estaba particularmente interesado en 
el resultado de esta persecución. Sentía, quizá, un poco de simpatía por el 
perseguido, pero en realidad sería mejor que este individuo fuera alcanzado y 
capturado. Si escapaba, organizarían la búsqueda Y volverían por aquellos 
parajes. 


El corredor pasó justamente por debajo de donde estaba Harrison v saltó un 
arroyuelo, y entonces Harrison vio con sorpresa que era una mujer; una mujer 
fuerte, joven, con largas piernas, y de aspecto vigoroso. 
Cuando descubrió esto dejó de ser mero espectador y le embargó una gran emoción. 
Se poso de pie lentamente, con la cabeza erguida, como un animal grande. 
Harrison era realmente un animal, un animal inteligente y peligroso. 
Miró al antiguo camino con los ojos muy abiertos y el oído alerta, por si se acercaban los perseguidores. 


La joven, que había corrido velozmente, sin descanso, jadeaba y sudaba. Durante 
la última media hora había trepado por la ladera hasta llegar a la tierra 
resquebrajada al pie de la meseta. De cuando en cuando, oía tras ella a sus 
enemigos: una piedra que rodaba, una rama que se tronchaba, las voces agudas de 
los perseguidores llamándose unos a otros. No estaban muy lejos. Una parte de 
ella, la parte inteligente y civilizada, sabía que su fin era seguro. A pesar de 
esto, no tenía la menor intención de ceder, ni de estarse quieta esperando que 
la cogieran. Estaba viva en este momento, solamente porque ella, y sus padres 
antes que ella, habían sido buenos luchadores. En la raza humana, únicamente 
habían sobrevivido los que tenían una furiosa y salvaje ansia de luchar y de 
Correr’, que eran los invencibles. Continuaría corriendo, revolviéndose, 
mordiendo y pataleando hasta su último aliento. 
Se adentró en un barranco estrecho y pasó entre dos rocas salientes. Harrison 
estaba allí sentado en un tronco y ella se sobresaltó al verle, y Se paró en 
seco. En su mano apareció un cuchillo de hoja larga y afilada. 
Harrison era alto, de ancho pecho y musculoso. 
Llevaba una chaqueta de cuero sin mangas, talones cortos de cuero y un par de 
mocasines bien hechos. Tenía el cabello y la barba su aspecto general era limpio 
y cuidado. Un pesado cuchillo de monte con una hoja muy afilada, casi una espada 
corta, colgaba de su cinto su mano sujetaba un arco. El arco era una verdadera 
arma moderna, magistralmente hecha de acero y madera.

Harrison la miró serio. Ella devolvió la desconfiada, con el cuchillo preparado. 
Ve por este lado - indicó el hombre -. Por ese barranco de la izquierda y por 
aquel pico y valle abajo. Después sigue el arroyo hasta unas casas viejas. ¿Me 
entiendes? 
Sí – contestó, respirando con fuerza ¿ y después qué? 
Estarás libre. Iré a buscarte allí. 
Ella le miró un momento desconfiando, y, a continuación, sin preguntar nada más, 
sin darle las gracias y sin saber cómo se las iba a arreglar, salió corriendo 
por cl barranco en la dirección que él le había indicado. 

* * * 

Harrison marchó barranco abajo y siguió el camino real por el valle, andando sin 
prisa, parándose a escuchar de cuando en cuando. Oyó a los perros y rebuscar por 
la maleza tras él cogió el machete y se preparó. No le preocuparon los perros. 
Eran dos mastines de ganado de pelo negro. Esperó tras un árbol a que se 
aproximaran, y entonces saltó y acuchilló al primero que murió sin un gemido. El 
otro no era un animal muy agresivo y al ver al hombre y la suerte que había 
corrido su compañero, debió de asustarse bastante. 
¡Fuera, Fido, vete! Le gritó Harrison y el perro metió el rabo entre las patas 
de un modo muy cómico y salió corriendo. 
Un minuto después apareció el primero de los perseguidores. Llevaba el fusil al 
hombro e iba escudriñando por delante buscando los perros. Vio a Harrison. Por 
un momento los dos hombres se miraron uno al otro. El rostro del recién llegado no reflejó el sobresalto y la sorpresa que debió de sentir al encontrarse cara a 
cara con Harrison, considerado como más peligroso que un animal salvaje. En 
cuanto Harrison le vio se lanzó sobre él, atravesándole el cuello con su 
cuchillo. El otro dio un grito y se derrumbó sin vida. 
El otro perseguidor oyó él gritó. Entre los árboles Se oía trastear en la 
maleza. Estos perseguidores estaban muy bien preparados para andar por el 
bosque. Durante varias generaciones habían organizado estas batidas para 
exterminar a los escasos supervivientes de raza humana. 
Harrison sabía que le era imposible subir por la montaña, pues habría hombres 
emboscados para no dejarle llegar a ninguna cima. Tratarían de rodearle para 
cortarle la retirada. 
Preparó su arco y cambió de sitio; pero, aunque tiró muy rápidamente a un bulto 
negro que vio moverse entre la maleza, erró el blanco. 
Media hora después comprendió que estaba rodeado y que iban estrechando el 
cerco. Levantó la cabeza y miró hacia cl pico más alto, por el cual debía de 
estar subiendo ahora la joven. Una vez allí estaría a salvo; pero él deseaba con 
toda su alma matar a otro de los perseguidores. 
Las ramas de un arbusto se movieron de pronto. Harrison apuntó. Una figura 
agachada sé mostró un instante y él disparó. La flecha surcó veloz el aire y se 
oyó un agudo grito. 


Al mismo tiempo oyó silbar las balas a su alrededor. Tenían un sentido de oído 
muy desarrollado y debían haberle localizado. Las balas venían ahora de todos 
los lados. 


Levantó los ojos hacia el pico de la montaña y miró hacia allí con un deseo fiero.

* * * 

La mujer, escondida tras un muro medio derrumbado, que había sido parte de una 
casa, salió de su escondite cuando vio a Harrison por lo que antes había sido la 
calle principal del pueblo. 


Andaba tranquilamente con el arco al hombro mirando a los lados, fatigado, pero 
no exhausto. La miró con admiración. Comparándola con el tipo corriente de la 
mujer antigua no era muy atractiva. Era tosca> con largas piernas y tan salvaje 
como un gato montés. 


Ven conmigo. 

No lo dijo en son de pregunta ni tampoco de orden. Lo dijo como quien habla de 
un hecho ya sabido. Eran dos animales, macho y hembra. Eso era todo. A ella ni 
quisiera se le ocurrió rehusar. Puede ser que si hubiese rechazado la 
proposición la hubiera dejado marcharse. También era posible que si hubiese 
rehusado le habría pegado hasta que se sometiese. 

¿Muy lejos? - preguntó ella. 

Seis kilómetros - respondió Harrison -. Más allá de aquel barranco. 
El hombre echó a andar delante, abandonando el camino real, y caminando por un 
sendero un poco por encima del pueblecillo. 
¡Entres horas, andando y subiendo las laderas sin cesar, llegaron a un estrecho 
valle. 
Harrison no hablaba mucho. Probablemente no estaba acostumbrado a hablar con 
desconocidos. La mujer no supo que ya estaban llegando a su destino hasta que se 
encontraron con otro ser humano que venía por el sendero en dirección contraria. 
Estaba anocheciendo y la mujer distinguía con dificultad la figura del que se 
acercaba, que salió 1inesperadamente de detrás de la sombra de un 1arbusto.

Harrison, de todos modos, no dio señal alguna de sorpresa, como si esperase

encontrar a alguien allí. Llamó a la figura con el nombre de Jim y ella vio que

Jím era un muchacho de unos doce años.

Vienes con retraso, Pop - indicó el muchacho -. Estábamos ya preocupados.

Tuve que venir por el peor camino - gruñó Harrison -. Traje esta mujer. Los

«Ranas» la perseguían.

El muchacho la miró con interés.

Bueno, Pop, tienes las manos llenas ahora, conforme; pero no sé que pasará

cuando Ma la vea. ¿Cómo te llamas? - preguntó a la joven.

Magdalena - contestó ella.

¿De dónde eres?

De allí abajo, del Sur, donde está el mar.

¿Tienes familia?

Ahora no, la perdí hace dos inviernos.

Entremos - ordenó Harrison -. Tengo tanta hambre que podría comerme un «Rana».

¿Tenéis algo que darnos, Jim?

Seguramente. Cogí una liebre muy grande esta mañana.

 

* * *

Echaron a andar, rodeando una roca, sé metieron por una abertura natural del

terreno y sé encontraron en una gran cueva. Estaba alumbrada con una luz tenue y

vacilante por varias lámparas colocadas en una especie de nichos en la roca.

Había tres hogueras encendidas y un gran número de figuras, humanas al parecer,

se movían sin cesar de un lado a otro, mientras sus sombras se proyectaban en

las paredes y en el techo.

Después de un momento de confusión, Magdalena pudo ver que en realidad no había

tanta gente.

Vio dos mujeres, una de unos treinta y cinco años v la otra de unos veinte. Esta última estaba encinta. También había un hombre que parecía viejo, con el cabello blanco y un brazo deforme. Y varios niños; calculó que debían de ser más de 
diez. 
A pesar de la cantidad de gente que habitaba la cueva, olía a limpio, más que la 
vieja bodega que ocuparon sus padres. Un olor a carne guisada le hizo la boca 
agua. 
Harrison se acercó al fuego donde estaba la mayor de las dos mujeres 
inclinándose sobre una olla. 
Esta es Magdalena - explicó bruscamente -; los «Ranas» la estaban persiguiendo y 
yo la salvé. 
Salvarla era tu deber - respondió la mujer -, pero traerla aquí no veo el 
porqué, Joe Harrison. Por lo visto esperas que cargue también con esta. 
Bueno, yo no veo el modo. Mañana por la mañana a primera hora, se marcha. 
Cállate y danos algo que comer - gruñó Harrison. 
Por una vez parecía no encontrarse a gusto, e incluso un poco azarado. 
La mujer, de un modo poco afable, les puso dos platos de madera, echando un 
trozo de carne en cada uno. 
Magdalena, que no había comido mucho los dos últimos días, cogió la carne y 
empezó a partiría con los dientes. La otra mujer le dio un fuerte pescozón. 
Deja de hacer eso – ordenó -. Escúchame.. Muchas cosas han cambiado desde los 
antiguos tiempos y supongo que tengo que ayudar a Harrison en lo que tenga 
pensado para ti, lo mismo que hice con la joven Lucy que está ahí, pero todavía 
hay una o dos cosas que no han cambiado. Esta es mi casa. Puede ser que vivas en 
ella y que tengas hijos en ella, pero siempre continuará siendo mi casa.


mientras siga siendo mía tiene que estar limpia y decente. Nada de porquería. 
Nada de escupir en el suelo. Nada de tirar huesos, ni carne estropeada por los 
rincones. Nos hemos hundido muy bajo, pero no hemos llegado todavía al nivel de 
los animales. Ahora cómete tu comida limpia y decentemente no como una bestia 
salvaje. 
- Eso está bien dicho - añadió Harrison -. Esta es Liz, mi mujer. Ella es la que 
manda en esta casa.

 

* * * 



Cuando acabaron de comer, Harrison se puso de pie. 
Enséñale dónde tiene que dormir, Ma ~ ordenó. 


Dio la vuelta sobre sus talones y se acercó al otro fuego donde estaba sentado 
el viejo. 


Liz condujo a Magdalena a un rincón oscuro donde encontró un catre de lona y 
algunas mantas. 


Esta noche puedes dormir aquí - le dijo -. Y sacude bien la alfombra y arregla 
todo por la mañana. Ahí fuera hay un tanque de agua y puedes lavarte si quieres 
y el aseo también está fuera, no quiero porquerías aquí dentro. Y escúchame 
bien, joven; sé muy bien lo que piensa Harrison respecto a ti y supongo que tú 
lo sabes tan bien como yo. Si no te agrada, lo mejor es que te marches mañana 
por la mañana. Si té quedas me figuro que tendré que apechugar con ello, pero no 
quiero enterarme de nada. Pase lo que pase entre tú y Joe tiene que ser fuera de 
aquí. Tenemos muchos niños, míos y de Lucy, y yo quiero las cosas decentes y 
respetables. 
Los «Ranas» casi me atraparon, no tengo familia ni dónde ir.

Ya lo sé - respondió Liz -. Quédate si quieres. Este sitio es mejor que muchos 
otros, a pesar de que hoy aquí ocurren muchas cosas raras, cosas difíciles de 
creer, pero el resultado es que vivimos mejor que muchos. Siempre tenemos comida 
abundante. 
* * * 

Ocurrían allí cosas difíciles de creer. Magda no notó nada extraordinario el 
primer día. Por la mañana le despertó el ruido que hacían los niños riéndose y 
charlando y se levantó enseguida. Liz estaba quitando las cenizas del fuego. A 
Harrison v a los muchachos no se los veía por parte alguna. 
Vete abajo al río Y lávate bien - ordenó Liz -. Después te daré el desayuno. 
Camina por encima de las rocas todo el tiempo. 
Cuando salió, Magda se quedó un momento deslumbrada por la brillante mañana de 
sol. El río, que no había visto en la semioscuridad la tarde anterior, estaba 
justamente debajo. Los niños estaban salpicándose en la orilla, alborotando y 
echándose agua unos a otros. Empezó a bajar a la playa de cascajo. 
Anda por las rocas - aconsejó una voz cerca de ella. 
Era Jim. 
Ten cuidado de andar solo sobre las rocas, no queremos dejar huellas que los 
«Ranas» puedan ver desde el aire. 
Se volvió para hablarle, pero el sol todavía la deslumbraba y no pudo verle. Un 
momento después, sin embargo. Le vio en el río con los otros niños. Fue por la 
orilla, lejos del remanse donde estaban los niños v se metió en el río; pero 
salió pronto, porque el agua, como venia de la montaña, estaba muy fría. Cuando 
volvía se fijó en que todos los niños se habían ido, excepto dos, de unos tres 
años que trepaban por las rocas hacia la cueva. Tuvo una vaga impresión de que 
los niños habían abandonado el baño de repente. 
Lis y la joven Lucy estaban sentadas fuera de la cueva con una fuente de madera 
llena de bollos recién sacados del horno. 
Magda empezaba a tener la impresión de que había algo anormal en aquel lugar y 
en aquella gente. EJ anciano, no tenía más que sesenta años, pero era muy viejo 
para un ser humano, ahora que los que quedaban de la raza se veían obligados a 
correr y a esconderse para conservar la vida. Salió de la cueva y los niños le 
rodearon charlando. 
Cogió la bandeja de los bollos. Se puso muy erguido y de repente desapareció. 
A nadie pareció sorprenderle. Nadie se inmutó. Los niños se volvieron y miraron 
hacia arriba. Magda también miró. Allí estaba Dad de pie en lo alto de un 
picacho, a unos cuarenta metros de distancia. Estaba colocando la bandeja de los 
bollos a sus pies y de repente apareció de nuevo junto a las mujeres. 
Ve a tomar tu desayuno, Johnnie - ordenó Liz. 
Johnnie, que tenía unos siete años, miró hacia el picacho. Un momento después 
estaba en lo alto, y enseguida bajó con un par de bollos, uno en cada mano. 

* * * 


Los otros niños: un muchacho y dos chicas fueron a buscar su desayuno del mismo 
modo milagroso. A nadie le extrañó este procedimiento. 
El viejo trasladó la bandeja a un sitio más cercano y más bajo y los chicos de tres y cuatro años fueron cogiendo su desayuno igual que otros. Las mujeres se 
sirvieron del mismo modo. Liz invitó a Magda a que se uniera a ellas. 
Son bollos de avena - le explicó -. En ese bote hay mantequilla, y, en aquel 
otro, miel. Magda se sentó junto a ellas y empezó a comer. 
¿Te sorprenden estas costumbres, muchacha? - preguntó Liz. Hasta ahora no había visto nada igual - afirmó la joven -. Mi padre me contaba 
cosas maravillosas sucedidas en tiempos antiguos, pero en aquellos tiempos todo 
eran máquinas y aquí no veo ninguna máquina. 
Esto no son máquinas - aseguró Liz -. Esto es todo nuevo. Está hecho por la 
evolución moderna. 

No lo entiendo bien - respondió Magda. 

Tampoco yo - afirmó Liz -. Es como lo llama Dad. Es cosa de él, de Joe y de los 
niños. Había como sabe millones de los nuestros. 
Claro que lo sé. Ciudades llenas de gente, automóviles, aviones. Antes que 
vinieran los «Ranas». 
Está bien. Nunca comprendí por qué nos odian tanto los «Ranas». Ellos 
destruyeron todas las ciudades, persiguen a los que hemos sobrevivido. 
Mi padre dice que ya queda poca gente. Dice que dentro de cincuenta años 
estaremos totalmente extinguidos. Tiene razón. Antes vivían aquí varias 
familias, ahora ya no quedamos más que nosotros. 
Pero ¿por qué es esto un adelanto? 
Es algo que no acabo de entender. Dad sí. Sabía muchas cosas de la gente cuando 
era más joven; les hablaba y se iba educando con lo que oía. El y mi Joe no 
olvidan fácilmente las cosas. Son hombres de lucha.

Cuando miro a Joe no puedo 
imaginármele a él y a sus semejantes extinguidos. Me parece que no podrían serlo 
de ningún modo. Dad dice que la humanidad forma parte de todo el Universo. Que 
todos descienden de los monos. Que hay millones de los nuestros viviendo aquí en 
la Tierra y en Marte. Hemos hecho toda clase de cosas, escrito toda clase de 
libros, construido toda clase de máquinas maravillosas, y cuando los que 
quedamos pensamos que vamos a ser totalmente extinguidos, algo muy dentro de 
nosotros nos dice que esta idea es intolerable y nos defendemos con un nuevo 
invento. Este invento es el de saltarnos el espacio. 
Muchos otros animales han sido extinguidos - objetó Magda -. Me figuro que ellos 
no se lo figuraban, pero el caso es que fueron extinguidos. 
No eran animales racionales, como nosotros. Dudo que ellos fueran lo bastante 
inteligentes para saber que iban a ser extinguidos. Pero Joe Harrison no es la 
clase de persona que acepta tranquilamente esa idea. Me imagino que solo ese 
pensamiento le revuelve el estómago. 

Así pues, ¿es usted capaz de hacer ese salto en el espacio? 

Yo no, querida - contestó Liz, sonriendo -. Joe si, y el padre de Joe y la mayor 
parte de los niños. Y también podrán los tuyos cuando los tengas, no lo dudes. 
¿Qué pasará si los «Ranas» nos encuentran?

Dad, Joe y todos los niños pueden escapar aseguró Liz.

Pero ¿nosotras...? 

Nosotras no, muchacha - repuso Liz sonriendo. 

* * * 


Liz era un alma amiga. Una hora después pidió a Magda que fuera con ella a lo alto de la montaña. 

Los muchachos han ido a cazar - explicó -. Esto les sienta bien, pero son 
jóvenes. Siempre es conveniente andar cerca de ellos. Si tú te vas a quedar con 
nosotros lo mejor será que te ocupes de esto. Eres más joven y más ligera que 
yo. Ahora, ven. 

Liz miró dentro de la cueva. 

¡Jim! - gritó -, ven, vamos a subir al monte. 

Yo os encontraré allí - replicó la voz de Jim-. Os encontraré cerca de los 
pinos. 
Magda y Liz treparon por las rocas hasta lo alto del monte con mucho trabajo. 
Liz no cesaba de hablar. En la cumbre, donde hacía más calor v había arbustos y 
maleza, había un grupo de cinco árboles. Cuando se acercaron salió Jim de detrás 
de ellos. 

¿Dónde están los otros, Jim? - preguntó Liz ansiosamente. 

Más allá. Está bien, Ma - la tranquilizó cl muchacho.

Los tres empezaron a subir la pendiente de la montaña. Otros dos o tres niños 
aparecieron por allí, pero Jim era el que parecía conocer mejor el camino. 
Después de andar una milla, saltó una liebre delante de Magda y desapareció a 
gran velocidad. Ella pensó que podía haber hecho algo y continuó mirando la 
liebre que pasó al lado de un arbusto y apareció Jim justamente delante de ella. 
La liebre reaccionó violentamente, pero el muchacho cayó sobre ella. Magda vio 
como le puso la mano en el cuello con un movimiento rapidísimo. 
Nos vendrá muy bien para comer - dijo Magda en tono maternal -. Espero que Joe 
traiga esta noche un gamo. 

* * *

Harrison y Magda salieron juntos por la noche. 
No era la primera vez que salían juntos. Cuando salían ni Liz ni nadie hacían 
preguntas ni comentarios. Harrison no le había instado para que sea quedara. 
Magda pensaba que él toleraría que se fuese, aunque no lo deseaba. Pero ¿adónde 
iba a ir? El no era un hombre particularmente amable ni simpático. Hablaba muy 
poco. Era evidente que no quería tener otra mujer, pero sí más niños. Niños que 
pudiesen dar el salto en el espacio como él decía. Pero ella nunca había 
conocido lo que era afecto ni amistad y con él sentía una sensación de seguridad 
como nunca en su vida había sentido. 
Anduvieron juntos barranco abajo sin cogerse de la mano. Esto no entraba en el 
carácter de Harrison, caminaban tranquilamente, uno al lado del otro. 
Allá abajo, en otro valle, Magda vio un resplandor rojo. Cogió a Harrison por 
las muñecas v señaló: 
Es una expedición de caza de los «Ranas». Puede ser que desde que tú me libraste 
de ellos sepan que hay algunos de los nuestros viviendo en estas montañas. 
El se quedó mirando el resplandor rojo. A la luz de la luna se veía su expresión 
feroz. 
Voy a ir allí abajo - le dijo a ella -. Tú vete a casa y díselo a Dad. Yo tengo 
que irme escondiendo en sitios donde pueda verlos sin ser visto; por tanto no 
esperarme hasta mañana. Ve v dile a mi familia que tenga los niños preparados 
para trasladarlos si llega el caso... 

Sacó su machete de la vaina y como una sombra desapareció de su lado.

Las partidas de caza de los «Ranas» no estaban acostumbradas a luchar con los 
humanos que se esconden en sitios más difíciles; cuando se ven perseguidos huyen 
y se esconden y no presentan batalla más que cuando se ven acorralados. No 
tenían noción de ningún ataque reciente, no provocado, por parte de los humanos. 
De todos modos el ser humano era un animal astuto y peligroso y «los Ranas» 
tomaron precauciones Mientras cuatro de ellos dormían, el quinto se quedó de 
guardia. 
Harrison bajó corriendo por el barranco desde lo alto del monte hacia donde se 
veía el resplandor de la hoguera y aterrizó muy cerca de ellos, silenciosamente 
como una hoja, y se quedó completamente inmóvil. Escuchando atentamente podía 
oír los pequeños movimientos que hacía el que estaba de guardia y consiguió 
distinguirlo bien para tenerle a tiro. Escogió su posición con cuidado y se fue 
acercando hasta que estuvo a un metro de distancia del «Rana» y describiendo un 
círculo con la pesada hoja de su cuchillo, le degolló. No se oyó más que un 
pequeño zumbido cuando cayo el cuerpo. 
Los otros cuatro estaban tendidos alrededor del fuego envueltos en gruesos 
capotes. Harrison se acercó con mucho cuidado para cerciorarse de que estaban 
dormidos. De repente saltó sobre el más próximo y le cortó la cabeza. El segundo 
se movió y empezó a despertarse mientras Harrison sé abalanzaba sobre él y él 
«Rana» no exhaló más que un leve gemido antes de morir. Mientras caía sobre su 
tercera víctima se dio cuenta de que el último miembro de la banda se incorporaba y buscaba sus armas. Rápidamente dio una cuchillada al 
«Rana» que tenía más cerca y en seguida enfocó con la vista un árbol a medio 
kilómetro de distancia y se plantó en su copa en el tiempo de un suspiró. 
Permaneció allí hasta el amanecer. El único superviviente de la partida de caza 
se quedó alerta mirando a las sombras. Varias veces hizo fuego en cuanto veía 
moverse los arbustos. Cuando amaneció examinó los cadáveres de sus compañeros. 
El último «Rana» que acuchilló Harrison, vivía aún y su compañero le disparó en 
la cabeza para rematarle. Había muy poca compasión y muy poco compañerismo entre 
los «Ranas». 
Harrison no dejó de observar al «Rana» cuando este se dirigía por la senda abajo 
hacia el campo abierto; si hubiese tenido allí su arco probablemente hubiera 
acabado con él. 

En tres saltos volvió a la cueva y cogió el arco. 

Uno de ellos se ha escapado explicó -; tengo que alcanzarle antes que propague 
la noticia. 

Pero nunca pudo dar con él. Quizá encontró otra banda de «Ranas» que tenía 
vehículo. Quizá logró pedir ayuda. Los humanos sabían muy poco sobre la técnica 
de los «Ranas» y sobre los medios que poseían para comunicarse. 
Bien; ellos saben ya que existen humanos en estos parajes y saben también que 
somos luchadores y no siempre huimos y nos escondemos - decía Harrison a su 
padre. 
¿Crees que debemos mudarnos? 

Oh - dijo Harrison moviendo la cabeza con obstinación -; entre otras cosas hay 
quien no puede moverse con tanta facilidad como los demás 
y miró a Lucy -.

Además estas montañas son tan buenas como cualquier otro sitio. 
Son salvajes. Hay comida, caza y buenos escondites. Necesitaremos un sitio donde 
procrear. 

Su padre insistió:

Cuando se den cuenta de que vivimos aquí unos cuantos humanos con mujeres 
criando niños, caerán sobre nosotros en expediciones bien organizadas. 
Puede ser. Pero creo que los «Ranas» actualmente son muy distintos de como eran 
cuando vinieron. Ahora ya son colonos y no conquistadores. 
Además deben de estar muy seguros de que nos tienen va dominados. Creo que si 
nos limitamos a no atacarlos si no suben ellos a las montañas, quizá se 
convenzan que estas montañas son peligrosas para ellos y se abstengan de 
intentarlo. 

* * * 

Era muy fácil para Harrison, su padre y Jim, vigilar los alrededores. Podían 
saltar de lo alto de una colina a otra y tener bajo su vigilancia los valles. 
Otra expedición de caza, mayor que la anterior, apareció dos semanas después. 
Harrison soltó a perros para que le siguieran el rastro y entre su padre y él, 
turnándose a razón de cinco kilómetros por día, fueron trazando una senda hasta 
la salida del distrito. 
Tienen que reconocer que somos más modernos y más fuertes para la caza, Dad - 
afirmó Harrison -. Corremos delante de ellos sin parar, día y noche, dando 
vueltas y revueltas, y de repente desaparecemos del todo. 
Dad esperaba que los iban a dejar ya tranquilos. 
Podría ser que los «Ranas» estuvieran preocupados. Lo más probable sería que 
tuvieran curiosidad por descubrir cómo se las arreglaban los humanos para 
escapar. 
De todos modos, mandaron una nave aérea.

Harrison y su gente la vieron acercarse 
por el Este y se dieron prisa en meter a los niños en la cueva. 
Era un aparato grande que flotaba lenta y 51-lenciosamente sobre las montañas. 
Les quedaban muy pocos de los conocimientos técnicos que tenían antes los de su 
raza v no sabían cuál era la fuerza motriz. Tan solo sabían que era mortal para 
ellos. Luego, volvió a pasar más bajo, casi rozando las copas de los árboles. La 
cabina era transparente y pudieron ver en su interior una docena de personas 
negras. 
Harrison, que los estaba observando detrás de un arbusto> rechinó los dientes. 
¿Crees que de un salto podríamos meternos allí, entre ellos?- preguntó al viejo. 
No veo por qué no - respondió el viejo. 
La nave giró bruscamente cuando estaba sobre ellos. 
Algo han visto - gruñó Harrison -. Me parece imposible tener a todos estos niños 
corriendo por aquí fuera y por el río, expuestos a que los vean y les disparen.

 
* * *

 
El artefacto evolucionó durante un par de minutos y luego se dirigió 
rápidamente hacia el Sur. Ellos le miraban cómo iba disminuyendo con la 
distancia, hasta desaparecer. 

Lo mejor es que los niños salgan ahora a dar unas carreras, antes que vuelvan - 
le sugirió Harrison. 

Fue a buscarlos a la cueva y en un momento estuvieron todos abajo en el río, 
chapoteando y salpicándose los unos a los otros como siempre. 
No hacía más que cinco minutos que estaban allí, cuando el joven Jim lanzó un 
fuerte silbido.

¡Dad! Exclamó señalando. 

La nave aérea venía muy baja, a lo largo del río y luego dio media vuelta alrededor del monte. 
Recoge a los niños, Jim - gritó Harrison. 
Jim estaba abajo, en el río, entre ellos. 
El aeroplano volaba cada vez más bajo. Jim consiguió que los niños 
desaparecieran del río. Desaparecieron como hacen las figuras de una pantalla de 
cine, quedando inmóviles de pronto. Harrison estaba de pie mirando la nave. 
Deben de haber visto algo. Se conoce que nos han visto fuera. Ahora ya saben que 
vivimos aquí una familia y verán que somos diferentes del resto de los humanos. 
Enseñó los dientes con un gesto de rabia. 
Joe dijo el padre -, vamos allí arriba a arreglarlos. 
Harrison miró a su padre y luego al buque, dudando. 
¿Crees que podemos? 
Sacó su machete de la vaina. 
Conforme – repuso -. Diré la palabra mágica. Volvió su fiera y cruel cara hacia 
arriba, mirando al aeroplano. 
- Ahora - gritó. 

Estaban en la nave.

* * * 

Había allí ocho «Ranas». Ocho criaturas tan negras que daba pánico mirarlas y 
que no comprendían lo que había pasado. Harrison y el viejo empezaron a cortar 
piernas, brazos y cabezas. La nave era un vehículo largo y cómo do, con 
laterales transparentes, amplias literas y mullidos tapices. En pocos minutos, 
los humanos lo dejaron reducido a una cámara sepulcral llena de sangre, de 
miembros destrozados y de cadáveres yacentes. 
Harrison dejó de acuchillarlos y de dar golpes con el machete. 
¿Estás bien, Pa? 

Muy bien. Una de estas bestias me ha atravesado una pierna con su cuchillo, pero 
estoy sin novedad.

En el extremo delantero estaba el piloto que conducía el aparato, separado del 
salón general por un tabique transparente.

El conductor estaba inclinado sobre 
el cuadro de mandos moviendo febrilmente las palancas. Veían cómo el aparato 
subía y bajaba. 
Harrison se lanzó sobre el tabique, que crujió, pero no se rompió. 
Cuidado, Joe - advirtió el padre. 
Tenemos que cogerle. Si vuelve a su base les dirá que tenemos niños y vendrá por 
nosotros con más gente. 
Vamos a dar un 5a1to dentro de la cabina. 
Conforme - gruñó Harrison -. Los dos al mismo tiempo... 
Pero su padre saltó primero y cayó sobre el conductor. - 
A pesar de la sorpresa que le produjo el milagro de ver a dos hombres atravesar 
el tabique, él «Rana» pudo sacar su pistola y montar el gatillo y se oyó una 
detonación. Un instante después. Harrison le cogió por detrás y le atravesó el 
cuello. 
Este es el último. 
Miró hacia el salón. El trabajo allí había sido hecho a conciencia. Luego, miró 
a su alrededor. 

La nave que, evidentemente había sido puesta por el piloto en una ruta fija, se 
dirigió hacia el Sur deprisa e iba subiendo. 

Tenemos que salir de aquí enseguida - apremió Harrison -. Si perdemos la 
orientación y los sitios que conocemos, vamos a vernos muy mal para encontrar 
nuestro camino a casa. Ven, Dad, allí tenemos el monte. Vamos a saltar a él. 
Su padre estaba recostado contra la pared y se apretaba un costado. 
Me siento muy mal - gimió. 

Tienes que salir de aquí. Pon los ojos en el monte y salta. Ya te curaremos en 
cuanto estemos en casa. 

El viejo levantó los ojos y le miró lloroso. 

Me parece que no puedo.

.. No tengo fuerza suficiente. 

No tienes más remedio, Dad, no tienes más remedio. Tienes que salir de aquí. 

Salir de esta nave o te vas al infierno. 

Conforme, hijo, haré la prueba. 

Mira bien a la colina, a la izquierda - insistió Harrison. 
El viejo enfocó bien los ojos, hizo un esfuerzo visible para concentrarse, y 
desapareció. 
Harrison miró hacia afuera, hacia el monte, vio el cadáver de su padre en 
mitad del espacio, a unos cien metros de la nave, que caía dando vueltas sobre 
las rocas, trescientos metros más abajo. 

Harrison saltó un momento después. 

La nave con su carga macabra flotó suavemente, y se supone que sería recogida 
más tarde, tal vez a miles de kilómetros de allí. 
Harrison estaba tumbado sobre la roca ante la cueva mirando a lo lejos, más allá 
del valle. 

Los matamos a todos. Estamos libres por el momento. 
¿Estás apenado por tu Dad?- preguntó Liz. 

Supongo que sí - contestó él -. Tú sabes que yo no tengo muchos sentimientos. No 
tengo más que la voluntad de vivir, de no ser extinguido 
Miró a las estrellas.

Si pudiéramos descubrir de cuál de esas estrellas vienen los «ranas»- musitó -, 
podríamos aprender a dar un gran salto de aquí a su planeta. Así podríamos 
acabar con ellos. 

Dios proteja a los «Ranas» el día en que Joe Harrison y su prole lleguen hasta 
ellos - comentó Liz. 

Sí, eso es cierto - convino Harrison, enseñando los dientes. 


FIN

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