© Libro N° 6074.
El Club De Los Martes. Christie, Agatha. Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © El Club De Los Martes. Agatha Christie
Versión Original: © El Club De Los Martes. Agatha Christie
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Miranda
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EL CLUB DE LOS MARTES
Agatha Christie
CONTENIDO
Agatha
Christie
El
Club de los Martes
AGATHA CHRISTIE
(Torquay, Reino Unido, 1891 - Wallingford,
id., 1976) Autora inglesa del género policíaco, sin duda una de las más
prolíficas y leídas del siglo XX. Hija de un próspero rentista de Nueva York
que murió cuando ella tenía once años de edad, recibió educación privada hasta
la adolescencia y después estudió canto en París.
Agatha Christie
Se
dio a conocer en 1920 con El misterioso caso de Styles. En este primer relato,
escrito mientras trabajaba como enfermera durante la Primera Guerra Mundial,
aparece el famoso investigador Hércules Poirot, al que pronto combinó en otras
obras con Miss Marple, una perspicaz señora de edad avanzada.
En
1914 se había casado con Archibald Christie, de quien se divorció en 1928.
Sumida en una larga depresión, protagonizó una desaparición enigmática: una
noche de diciembre de 1937 su coche apareció abandonado cerca de la carretera,
sin rastros de la escritora. Once días más tarde se registró en un hotel con el
nombre de una amante de su marido. Fue encontrada por su familia y se recuperó
tras un tratamiento psiquiátrico.
Dos
años después se casó con el arqueólogo Max Mallowan, a quien acompañó en todos
sus viajes a Irak y Siria. Llegó a pasar largas temporadas en estos países;
esas estancias inspiraron varios de sus centenares de novelas posteriores, como
Asesinato en la Mesopotamia (1930), Muerte en el Nilo (1936) y Cita con la
muerte (1938).
La
estructura de la trama de sus narraciones, basada en la tradición del enigma
por descubrir, es siempre similar, y su desarrollo está en función de la
observación psicológica. Algunas de sus novelas fueron adaptadas al teatro por
la propia autora, y diversas de ellas han sido llevadas al cine. Entre sus
títulos más populares se encuentran Asesinato en el Orient-Express (1934),
Muerte en el Nilo (1937) y Diez negritos (1939). En su última novela, Telón
(1974), la muerte del personaje Hércules Poirot concluye una carrera ficticia
de casi sesenta años.
Quizá
su mejor obra es una de las primeras, El asesinato de Roger Ackroyd (1926), en
la que la autora se sirvió del relato en primera persona para ocultar y al
mismo tiempo revelar la identidad del asesino. En El asesinato de Roger
Ackroyd, el médico rural Sheppard no sólo representa el papel de ayudante del
detective belga Hércules Poirot, sino que anota también los acontecimientos
originados por un asesinato por envenenamiento ocurrido con anterioridad, un
suicidio y el crimen mencionado en el título. Proyecta publicar cierto día su
informe como uno de los pocos casos "no resueltos" por el famoso
Poirot, y mantiene tan refinadamente encubiertos los datos relativos a su
propio papel, que al final permite que el propio Poirot vea sus anotaciones.
Lo
que según sus propias manifestaciones seducía a Agatha Christie de esta
constelación era la necesidad de formular determinados pasajes del informe de
una manera tan ambigua que al final, cuando Poirot reúne las piezas sueltas del
rompecabezas, el consternado lector tiene que confesar que erróneamente no
incluyó al farsante Sheppard en sus consideraciones. Esta refinada construcción
ha convertido El asesinato de Roger Ackroyd en una de aquellas raras novelas
policíacas cuya segunda lectura produce en el aficionado a este género más
placer intelectual que la primera.
Agatha
Christie ha tenido admiradores y detractores entre escritores y críticos. Se le
acusa de conservadurismo y de exaltación patriótica de la superioridad
británica. Pero se reconoce también su habilidad para la recreación de
ambientes rurales y urbanos de la primera mitad del siglo XX de la isla
inglesa, su oído para el diálogo, la verosimilitud de las motivaciones
psicológicas de sus asesinos, e incluso su radical escepticismo respecto de la
naturaleza humana: cualquiera puede ser un asesino, hasta la más apacible dama
de un cuidado jardín de rosas de Kent.
Además
de investigadores ocasionales, como un voluminoso y burocrático detective,
imitación del míster Pond de G. K Chesterton, o una pareja de jóvenes espías
ingleses adiestrados en la Primera Guerra Mundial, inventó dos de los
detectives más famosos del género: Hércules Poirot, belga residente en Londres,
ayudado por un inepto coronel Hastings que homenajea al Watson de Arthur Conan
Doyle, y Miss Marple, una solterona chismosa que extrae de lo observado en su
pueblo natal, St. Mary Mead, el saber necesario para descubrir, mediante
sorprendentes analogías, la autoría de crímenes misteriosos en las casas de
campo o en los hoteles y balnearios que suele visitar.
Agatha
Christie fue también autora teatral de éxito, con obras como La ratonera o
Testigo de cargo. La primera, estrenada en 1952, se representó en Londres
ininterrumpidamente durante más de veinticinco años; la segunda fue llevada al
cine en 1957 en una magnífica versión dirigida por Billy Wilder. Utilizó un
seudónimo, Mary Westmaccot, cuando escribió algunas novelas de corte
sentimental, sin demasiado éxito. En 1971 fue nombrada Dama del Imperio
Británico.
Fuente:
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/christie.htm
EL CLUB DE LOS MARTES
-Misterios
sin resolver.
Raymond
West lanzó una bocanada de humo y repitió las palabras con una especie de
deliberado y consciente placer.
-Misterios
sin resolver.
Miró
satisfecho a su alrededor. La habitación era antigua, con amplias vigas oscuras
que cruzaban el techo, y estaba amueblada con muebles de buena calidad muy
adecuados a ella. De ahí la mirada aprobadora de Raymond West. Era escritor de
profesión y le gustaba que el ambiente fuera evocador. La casa de su tía Jane
siempre le había parecido un marco muy adecuado para su personalidad. Miró a
través de la habitación hacia donde se encontraba ella, sentada, muy tiesa, en
un gran sillón de orejas. Miss Marple vestía un traje de brocado negro, de
cuerpo muy ajustado en la cintura, con una pechera blanca de encaje holandés de
Mechlin. Llevaba puestos mitones también de encaje negro y un gorrito de
puntilla negra recogía sus sedosos cabellos blancos.Tejía algo blanco y suave,
y sus claros ojos azules, amables y benevolentes,contemplaban con placer a su
sobrino y los invitados de su sobrino. Se detuvieron primero en el propio
Raymond, tan satisfecho de sí mismo.Luego en Joyce Lempriére, la artista, de
espesos cabellos negros y extraños ojos verdosos, y en sir Henry Clithering, el
gran hombre de mundo. Había otras dos personas más en la habitación: el doctor
Pender, el anciano clérigo de la parroquia; y Mr. Petherick,abogado, un enjuto
hombrecillo que usaba gafas, aunque miraba por encima y no a través de los
cristales. Miss Marple dedicó un momento de atención a cada una de estas
personas y luego volvió a su labor con una dulce sonrisa en los labios.
Mr.
Petherick lanzó la tosecilla seca que precedía siempre sus comentarios.
-¿Qué
es lo que has dicho, Raymond? ¿Misterios sin resolver? ¿Y a qué viene eso?
-A
nada en concreto -replicó Joyce Lempriére-. A Raymond le gusta el sonido de
esas palabras y decírselas a sí mismo.
Raymond
West le dirigió una mirada de reproche que le hizo echar la cabeza hacia atrás
y soltar una carcajada.
-Es
un embustero, ¿verdad, miss Marple? -preguntó Joyce-. Estoy segura de que usted
lo sabe.
Miss
Marple sonrió amablemente, pero no respondió.
-La
vida misma es un misterio sin resolver -sentenció el clérigo en tono grave.
Raymond
se incorporó en susilla y arrojó su cigarrillo al fuego con ademán impulsivo -No
es eso lo que he querido decir. No hablaba de filosofía -dijo-. Pensaba sólo en
hechos meramente prosaicos, cosas que han sucedido y que nadie ha sabido
explicar.
-Sé
a qué te refieres, querido -contestó miss Marple-. Por ejemplo, miss Carruthers
tuvo una experiencia muy extraña ayer por la mañana. Compró medio kilo de
camarones en la tienda de Elliot. Luego fue a un par de tiendas más y, cuando
llegó a su casa, descubrió que no tenía los camarones. Volvió a los dos
establecimientos que había visitado antes, pero los camarones habían
desaparecido. A mí eso me parece muy curioso.
-Una
historia bien extraña -dijo sir Henry en tono grave.
-Claro
que hay toda clase de posibles explicaciones
-replicó
miss Marple con las mejillas sonrojadas por la excitación-. Por ejemplo,
cualquiera pudo...
-Mi
querida tía -la interrumpió Raymond West con cierto regocijo-, no me refiero a
esa clase de incidentes pueblerinos. Pensaba en crímenes y desapariciones, en
esa clase de cosas de las que podría hablarnos largo y tendido sir Henry si
quisiera.
-Pero
yo nunca hablo de mi trabajo -respondió sir Henry con modestia-. No, nunca
hablo de mi trabajo.
Sir
Henry Clithering había sido hasta muy recientemente comisionado de Scotland
Yard.
-Supongo
que hay muchos crímenes y delitos que la policía nunca logra esclarecer -dijo
Joyce Lempriére.
-Creo
que es un hecho admitido -dijo Mr. Petherick.
-Me
pregunto qué clase de cerebro puede enfrentarse con más éxito a un misterio
-dijo Raymond West-. Siempre he pensado que el policía corriente debe tener el
lastre de su falta de imaginación.
-Esa
es la opinión de los profanos -replicó sir Henry con sequedad.
-Si
realmente quiere una buena ayuda -dijo Joyce con una sonrisa-, para psicología
e imaginación, acuda al escritor
Y
dedicó una irónica inclinación de cabeza a Raymond, que permaneció serio.
-El
arte de escribir nos proporciona una visión interior de la naturaleza humana
-agregó en tono grave-. Y tal vez el escritor ve detalles que le pasarían por
alto a una persona normal.
-Ya
sé, querido -intervino miss Marple-, que tus libros son muy interesantes, pero,
¿tú crees que la gente es en realidad tan poco agradable como tú la pintas?
-Mi
querida tía -contestó Raymond con amabilidad-, quédate con tus ideas y que no
permita el cielo que yo las destroce en ningún sentido.
-Quiero
decir -continuó miss Marple frunciendo un poco el entrecejo al contar los
puntos de su labor- que a mí muchas personas no me parecen ni buenas ni malas,
si no sencillamente muy tontas.
Mr.
Petherick volvió a lanzarsu tosecilla seca.
-¿No
te parece, Raymond -dijo-, que das dernasiada importancia a la imaginación? La
imaginación es algo muy peligroso y los abogados lo sabemos demasiado bien. Ser
capaz de examinar las pruebas con imparcialidad y de considerar los hechos sólo
como factores, me parece el único método lógico de llegar a la verdad. Y debo
añadir que, por experiencia, sé que es el único que da resultado.
-¡Bah!
-exclamó Joyce echando hacia atrás sus cabellos negros de una forma
indignante-. Apuesto a que podría ganarles a todos en este juego. No sólo soy
mujer (y digan lo que digan, las mujeres poseemos una intuición que les ha sido
negada a los hombres), sino además artista. Veo cosas en las que ustedes jamás
repararían. Y, como artista,también he tropezado con toda clase de personas.
Conozco la vida como no es posible que la haya conocido nuestra querida miss
Marple.
-No
estoy segura, querida -replicó miss Marple-. Algunas veces, en los pueblos
ocurren cosas muy dolorosas y terribles.
-~Puedo
hablar? -preguntó el doctor Pender con una sonrisa-. No se me oculta que hoy en
día está de moda desacreditar al clero, pero nosotros oímos cosas que nos
permiten conocer un aspecto del carácter humano que es un libro cerrado para el
mundo exterior.
-Bien
-dijo Joyce-, parece que formamos un bonito grupo representativo. ¿Qué les
parece si formásemos un club? ¿Qué día es hoy? ¿Martes? Le llamaremosel Club de
los Martes. Nos reuniremos cada semana y cada uno de nosotros por turno debera
exponer un problema o algún misterio que cada uno conozca personalmente y del
que, desde luego. sepa la solución. Dejadme ver cuántos somos. Uno, dos, tres,
cuatro, cinco. En realidad, tendríamos que ser seis.
-Te
has olvidado de mí, querida -dijo miss Marple con una sonrisa radiante.
Joyce
quedó ligeramente sorprendidas pero se rehízo en seguida.
-Sería
magnífico.miss Marple -le dijo-. No pense que le gustaría participar en esto.
-Creo
que será muy interesante -replicó miss Ma pie-, especialmente estando presentes
tantos caballeros inteligentes. Me temo que yo no soy muy lista pero, haber
vivido todos estos años en St. Mary Mead, me ha dado cierta visión de la
naturaleza humana.
-Estoy
seguro de que su cooperación será muy valiosa -dijo sir Henry con toda
cortesía.
-¿Quién
será el primero?
-Creo
que no hay la menor duda en cuanto a eso
-replicó
el doctor Pender-, puesto que tenemos la gran fortuna de contar entre nosotros
con un hombre tan distinguido como sir Henry.
Dejó
la frase sin acabar,mientras hacía una cortés inclinación hacia sir Henry.
El
aludido guardó silenciounos instantes y, al fin, con un suspiro y cruzando las
piernas, comenzó:
-Me
resulta un poco difícil escoger al tipo de historia que ustedes desean oír,
pero creo que conozco un ejemplo que cumple muy bien los requisitos exigidos.
Es posible que hayan leído algún comentario acerca de este caso en los
periódicos del año pasado. Entonces se archivó como un misterio sin resolver,
pero da la casualidad de que la solución llegó a mis manos no hace muchos días.
»Los
hechos son bien sencillos. Tres personas se reunieron para una cena que
consistía, entre otrasc osas, de langosta enlatada. Más tarde aquella noche,
los tres se sintieron indispuestos y se llamó apresuradamente a un médico.Dos
de ellos se restablecieron y el tercero falleció.
-¡Ah!
-dijo Raymond en tono aprobador.
-Como
digo, los hechos fueron muy sencillos. Su muerte fue atribuida a envenenamiento
por alimentos en mal estado, se extendió el certificado correspondiente y la
víctima fue enterrada. Pero las cosas no acabaron ahí.
Miss
Marple asintió.
-Supongo
que empezarían las habladurías, como suele ocurrir.
-Y
ahora debo describirles a los actores de este pequeño drama. Llamaré al marido
y a la esposa, Mr. y Mrs. Jones, y a la señorita de compañía de la esposa, miss
Clark. Mr. Jones era viajante de una casa de productos químicos. Un hombre
atractivo en cierto modo, jovial y de unos cuarenta años. Su esposa era una
mujer bastante corriente, de unos cuarenta y cinco años, y la señorita de
compañía, miss Clark, una mujer de sesenta, gruesa y alegre, de rostro
rubicundo y resplandeciente. No podemosdecir de ninguno de ellos que resultara
una personalidad muy interesante.
«Ahora
bien, las complicaciones comenzaron de modo muy curioso. Mr. Jones había pasado
la noche anterior en un hotelito de Birmingham. Dio la casualidad de que aquel
día habían cambiado el papel secante, que por lo tanto estaba nuevo,y la
camarera, que al parecer no tenía otra cosa mejor que hacer,se entretuvo en
colocarlo ante un espejo despues de que Mr. Jones escribieraunas cartas. Pocos
días más tarde, al aparecer en los periódicos la noticia de la muerte de Mrs.
Jones como consecuencia de haber ingerido langosta en mal estado, la camarera
hizo partícipes a sus compañeros de trabajo de las palabras que había
descifrado en el papel secante:«Depende enteramente de mi esposa. ..
cuando haya muerto yo haré...cientos de miles...»
»Recordarán
ustedes que no hace mucho tiempo hubo un caso en el que la esposa fue
envenenada por su marido. No se necesitó mucho más para exaltar la imaginación
de la camarera del hotel. ¡Mr. Jones había planeado deshacerse de su esposa
para heredar cientos de miles de libras! Por casualidad, una de las camareras
tenía unos parientes en la pequeña población donde residían los Jones. Les
escribió y ellos contestaron que Mr. Jones, al parecer, se había mostrado muy
atento con la hija del médico de la localidad, una hermosa joven de treinta y
tres años, y empezó el escándalo. Se solicitó una revisión del caso al
ministerio del Interior y en Scotland Yard se recibieron numerosas cartas
anónimas acusando a Mr. Jones dehaber asesinado a su esposa. Debo confesar que
ni por un momento sospechamos que se tratase de algo más que de las habladurías
y chismorreos de la gente del pueblo. Sin embargo, para tranquilizar a la
opinión pública se ordenó la exhumación del cadáver.Fue uno de esos casos de
superstición popular basada en nada sólidoy que resultó sorprendentemente
justificado. La autopsia dio como resultado el hallazgo del arsénico suficiente
para dejar bien sentadoque la difunta señora había muerto envenenada por esta
sustancia.Y en manos de Scotland Yard, junto con las autoridades locales, quedó
el descubrir cómo le había sido administrada y por quién.
-~Ah!
-exclamó Joyce-. Me gusta. Esto sí que es bueno.
-Naturalmente,
las sospechas recayeron en el marido. Él se beneficiaba de la muerte de su
esposa. No con los cientos de miles que románticamente imaginaba la doncella
del hotel, pero sí con la buena suma de ocho mil libras. El no tenía dinero
propio, aparte del que ganaba, y era un hombre de costumbres un tanto
extravagantes y al que le gustaba frecuentar la compañía femenina. Investigamos
con toda la delicadeza posible sus relaciones con la hija del médico, pero,
aunque al parecer había habido una buena amistad entre ellos tiempo atrás,
habían roto bruscamente unos dos meses antes y desde entonces no parecia que se
hubieran visto.El propio médico, un anciano íntegro y de carácter bonachón,
quedó aturdido por el resultado de la autopsia.Le habían llamado a eso de la
medianoche para atender a los tres intoxicados. Al momento comprendió la
gravedad de Mrs. Jones y envióa buscar a su dispensario unas píldoras de opio
para calmarle el dolor.
No
obstante, a pesar de sus esfuerzos, la señora falleció,aunque ni por un momento
sospechó que se tratara de algo anormal.Estaba convencido de que su muerte fue
debida a alguna forma de botulismo.La cena de aquella noche había consistido
básicamente enlangosta enlatada con ensalada, pastel y pan con queso.
Lamentablemente,no quedaron restos de la langosta: se la comieron toda y
tiraron la lata.Interrogó a la doncella, Gladys Linch, que estaba llorosa y muy
agitada, y que a cada momento se apartaba de la cuestión, pero declaró una y
otra vez que la lata no estaba hinchada y que la langosta le había parecido en
magníficas condiciones.
ȃstos
eran los hechos en los que debíamos basarnos. Si Jones había administrado
subrepticiamente arsénico a su esposa, parecía evidente que no pudo hacerlo con
los alimentos que tomaron en la cena, puesto que las tres personas comieron lo
mismo. Y también hay otra cosa: el propio Jones había regresado de Birmingham
en el preciso momento en quela cena era servida, de modo que no tuvo
oportunidad de alterar ningunode los alimentos de antemano.
-¿Y
qué me dice de la señorita de compañía de la esposa? -preguntó Joyce-. La mujer
gruesa de rostro alegre.
Sir
Henry asintió.
-No
nos olvidamos de miss Clark, se lo aseguro.
Pero
nos parecieron dudosos los motivos que pudiera tener para cometer el crimen.
Mrs. Jones no le dejó nada en absoluto y, como resultado de la muerte de su
patrona, tuvo quebuscarse otra colocación.
-Eso
parece eliminarla -replicó Joyce pensativa.
-Uno
de mis inspectores pronto descubrió un dato muy significativo -prosiguió sir
Henry-. Aquella noche,después de cenar, Mr. Jones bajó a la cocina y pidió un
tazón de harina de maíz para su esposa que se había quejado de que no se
encontraba bien. Esperó en la cocina hasta que Gladys Linch lo hubo preparado y
luego él mismo lo llevóa la habitación de su esposa. Esto, admito, pareció
cerrarel caso.
El
abogado asintió.
-Móvil
-dijo uniendo laspuntas de sus dedos-. Oportunidad. Y además, como viajante de
una casa de productos químicos, fácil acceso al veneno.
-Y
era un hombre de moral un tanto endeble-agregó el clérigo.
Raymond
West miraba fijamente asir Henry.
-Hay
algún gazapo en todo esto -dijo-. ¿Por qué no lo detuvieron?
Sir
Henry sonrió con pesar.
-Esa
es la parte desgraciada de este asunto. Hasta aquí todo había ido sobre ruedas,
pero ahora llegamos a las dificultades.
Jones
no fue detenido porque, al interrogar a miss Clark, nos dijo que el tazón de
harina de maíz no se lo tomó Mrs. Jones sino ella. Sí, parece ser que acudió a
su habitación como tenía por costumbre. La encontró sentada en la cama y a su
lado estaba el tazón de harina de maíz.
»-No
me encuentro nada bien, Milly -le dijo-. Me está bien empleado por comer
langosta por la noche.
Le
he pedido a Albert que me trajeraun tazón de harina de maíz, pero ahora no me
apetece.
»-Es
una lástima -comentó miss Clark-, está muy bien hecho, sin grumos. Gladys es
realmente una buena cocinera. Hoy en día hay muy pocas chicas que sepan
preparar una taza de harina de maíz como es debido. Le confieso que a mí me
gusta mucho, y estoy hambrienta.
»-Creí
que continuabas con tus tonterías -le dijo Mrs. Jones.
»Debo
explicar -aclaró sir Henry- que miss Clark, alarmada por su constante aumento
de peso, estaba siguiendo lo que vulgarmente se conoce como «una dieta ».te
conviene, Milly, de veras -le había dicho Mrs. Jones-. Si Dios te ha hecho
gruesa, es que tienes que serlo. Tómate esa harina de maíz, que te sentará de
primera.
»Y
acto seguido, miss Clarkse puso a ello y se acabó el tazón. De modo que ya ven
ustedes,nuestra acusación contra el marido quedó hecha trizas. Al pedirle una
explicación de las palabras que aparecieron en el papel secante, Jones nos la
dio en seguida. La carta, explicó, era lar espuesta a una que le había escrito
su hermano desde Australia pidiéndole dinero. Y él le contestó diciendo que
dependia enteramente de su esposa y que hasta que ella muriera no podría
disponer de dinero. Lamentaba su imposibilidad de ayudarle de momento,pero le
hacía observar que en el mundo existen cientos de miles de personas que pasan
los mismos apuros.
-¿Y
el caso se vino abajo? -comentó el doctor Pender.
-Y
el caso se vino abajo -repitió sir Henry en tono grave-. No podíamos correr el
riesgo de detener a Jones sin tener algo en que apoyarnos.
Hubo
un silencio y al cabo Joycedijo:
-Y
eso es todo, ¿no es cierto?
-Así
es como quedó el caso durante todo el año pasado. La verdadera solución está
ahora en manos de Scotland Yard y probablemente dentro de dos o tres días
podrán leerla en los periódicos.
-La
verdadera solución -exclamó Joyce pensativa-. Quisiera saber... Pensemos todos
por espacio de cinco minutos y luego hablemos.
Raymond
West asintió al tiempoque consultaba su reloj. Cuando hubieron transcurrido los
cinco minutos,miró al doctor Pender.
-~Quiere
ser usted el primero en hablar? -le preguntó.
El
anciano meneó la cabeza.
-Confieso
-dijo- que estoy completamentedespistado. No puedo dejar de pensar que el
esposo tiene que ser el culpablede alguna manera, pero no me es posible
imaginar cómo lo hizo. Sólo sugiero que debió de administrarle el veneno por
algún medio que aún no ha sido descubierto, aunque, si es así, no comprendo
cómo puede haber salido a la luz después de tanto tiempo.
-¿Joyce?
-~La
señorita de compañía de la esposa! -contestó Joyce decidida-. ¡Desde luego!
¿Cómo sabemos que no tuvo motivos para hacerlo? Que fuese vieja y gorda no
quiere decir que no estuviera enamorada de Jones. Podía haber odiado a la
esposa por cualquier otra razón. Piensen lo que representa ser una acompañante,
tener que mostrarse siempre amable, estar de acuerdo siempre y tragaárselo
todo. Un día, no pudo resistirlo más y se decidió a matarla. Probablemente puso
el arsénico en el tazón de harina de maíz y toda esa historia de que se lo
comió sea mentira.
-¿Mr.
Petherick?
El
abogado unió las yemasde los dedos con aire profesional.
-Apenas
tengo nada que decir. Basándome en los hechos no sabría qué opinar.
-Pero
tiene que hacerlo, Mr. Petherick -dijo la joven-. No puede reservarse su
opinión, alegando prejuicios legales. Tiene que participar en el juego.
-Considerando
los hechos -dijo Mr.Petherick-, no hay nada que decir. En mi opinión particular
y habiendo visto, por desgracia, demasiados casos de esta clase, creo que el
esposo es culpable. La única explicación que se me ocurre es que miss Clark lo
encubrió deliberadamente por algún motivo. Pudo haber algún arreglo económico
entre ellos. Es posibleque él creyera que iba a resultar sospechoso y ella,
viendo ante sí un futuro lleno de pobreza, tal vez se avino a contar la
historia de la harina de maíz a cambio de una suma importante que recibiríaen
privado. Si éste es el caso, desde luego es de lo másirregular.
-No
estoy de acuerdo con ninguno de ustedes -dijo Raymond-. Han olvidado ustedes un
factor muy importantede este caso: la hija del médico. Voy a darles mi visión
de los hechos. La langosta estaba en mal estado, de ahí los síntomas de
envenenamiento.
Se
manda llamar al doctor, que encuentra a Mrs. Jones, que ha comido más langosta
que los demás, presa de grandes dolores y manda a buscar comprimidos de opio
tal como nos dijo. No va él en persona, sino que envía a buscarlas. ¿Quién
entrega los comprimidos al mensajero? Sin duda su hija. Está enamorada de
Jones
y en aquel momento se despiertan todos los malos instintos de su naturaleza y
le hacen comprender que tiene en sus manos el medio de conseguir su libertad.
Los comprimidos que envía contienen arsénico blanco. Esta es mi solución.
-Y
ahora, cuéntenos el verdadero desenlace, sir Heniy -exclamó Joyce con ansiedad.
-Un
momento -dijo sir Henry-, todavía no ha hablado miss Marple.
Miss
Marple tan sólo movía la cabeza tristemente.
-Vaya,
vaya -dijo-, se me ha escapado otro punto. Estaba tan entusiasmada escuchando
la historia. Un caso triste,sí, muy triste. Me recuerda al viejo Hargraves, que
vivía en Mount. Su esposa nunca tuvo la menor sospecha hasta que, al morir,
dejó todo su dinero a una mujer con la que había estado viviendo, y con la que
tenía cinco hijos. En otro tiempo había sido su doncella.Era una chica tan
agradable, decía siempre Mrs. Hargraves, no tenía que preocuparse de que diera
la vuelta a los colchones cada día,siempre lo hacía, excepto los viernes, por
supuesto. Y ahí tienen al viejo Hargraves, que le puso una casa a esa mujer en
la población vecina y continuó siendo sacristán y pasando la bandeja cada
domingo.
-Mi
querida tía Jane -dijo Raymond con cierta impaciencia-. ¿Qué tiene que ver el
desaparecido Hargraves con este caso?
-Esta
historia me lo recordó en seguida -dijo miss Marple-. Los hechos son tan
parecidos, ¿no es cierto? Supongo que la pobre chica ha confesado ya y por eso
sabe ustedla solución, sir Henry.
-¿Qué
chica? -preguntó Raymond-. Mi querida tía, ¿de qué estás hablando?
-De
esa pobre chica, Gladys Linch, por supuesto.
La
que se puso tan nerviosa cuando habló con el doctor, y bien podía estarlo la
pobrecilla.Espero que ahorquen al malvado Jones por haber convertido en una
asesinaa esa pobre muchacha. Supongo que a ella también la
ahorcarán,pobrecilla.
-Creo,
miss Marple, que está usted equivocada -comenzó a decir Mr. Petherick entre
titubeos.
Pero
miss Marple meneó lacabeza con obstinación, y miró de hito en hito a sir Henry.
-¿Estoy
en lo cierto o no? Yo lo veo muy claro.
Los
cientos de miles, el pastel... quiero decir queno puede pasarse por alto.
-¿Qué
es eso del pastel y de los cientos de miles? -exclamó Raymond.
Su
tía se volvió hacia él.
-Las
cocineras casi siempre ponen «cientos de miles» en los pasteles, querido -le
dijo-.Son esos azucarillos rosas y blancos. Desde luego, cuando oí que habían
tomado pastel para cenar y que el marido se había referido en una carta a
cientos de miles, relacioné ambas cosas.Allí es donde estaba el arsénico, en
los cientos de miles.Se lo entregó a la muchacha y le dijo que lo pusiera en el
pastel.
-¡Pero
eso es imposible! -replicó Joyce vivamente-. Todos lo tomaron.
-¡Oh,
no! -dijo miss Marple-.Recuerde que la compañera de Mrs. Jones estaba haciendo
régimen para adelgazar. Nunca se come pastel, si una está a dieta. Y supongoque
Jones se limitaría a separar los «cientos de miles» de su ración poniéndolos a
un lado en el plato. Fue una idea inteligente, aunque muy malvada.
Los
ojos de todos estaban fijosen sir Henry.
-Es
curioso -dijo despacio-, peroda la casualidad de que miss Marple ha dado con la
solución. Jones había metido a Gladys Linch en un serio problema, tal como se
dice vulgarmente, y ella estaba desesperada. El deseaba librarse de su esposa y
prometió a Gladys casarse con ella cuando su mujer muriese. El consiguió los
«cientos de miles» y se los entregóa ella con instrucciones para su uso. Gladys
Linch falleció hace una semana. Su hijo murió al nacer y Jones la había
abandonado por otra mujer. Cuando agonizaba, confesó la verdad.
Hubo
unos instantes de silencioy luego Raymond dijo:
-Bueno,
tía Jane, esta vez has ganado. No entiendo cómo has adivinado la verdad. Nunca
hubiera pensado que la doncella tuviera nada que ver con el caso.
-No,
querido -replicó missMarple-, pero tú no sabes de la vida tanto como yo. Un
hombre como Jones, rudo y jovial. Tan pronto como supe que había una chica
bonita en la casa me convencí de que no la dejaría en paz. Todo esto son cosas
muy penosas y no demasiado agradables de comentar. No puedes imaginarte el
golpe que fue para Mrs. Hargraves y la sorpresa que causó en el pueblo.
FIN


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