© Libro N° 6073.
Anselmo Lorenzo, Un Militante Proletario En El Ojo Del Huracán. Antología. Madrid, Francisco. Emancipación. Junio
1 de 2019.
Título
original: © Anselmo Lorenzo, Un Militante Proletario En El Ojo Del
Huracán. Antología. Francisco Madrid
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Ojo Del Huracán. Antología. Francisco Madrid
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ANSELMO LORENZO, UN MILITANTE PROLETARIO EN EL OJO DEL HURACÁN
Antología
Francisco Madrid
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Introducción, Selección Y Notas A Cargo De Francisco Madrid
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© 2008 de la presente edición, Virus editorial
Francisco Madrid (compilador)
Anselmo Lorenzo, un militante proletario en el ojo del huracán
(Antología)
Maquetación: Virus editorial
Cubierta: Julián Lacalle
Primera edición: septiembre de 2008
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Introducción:
Anselmo Lorenzo, un tipógrafo anarquista
De
filosofía política
Mi
Majestad no vota
A la
«Joven España»
El
El Puente
El
Poder Político
Ni
Catalanistas ni Lerrouxistas
Sobre
la ley y el derecho
El
derecho ante la ley
La
Reforma del Código Penal
¿Es
justa la justicia?
El
Derecho
Sobre
anarquismo y sindicalismo
Fundamento
y principales tendencias del Anarquismo Contemporáneo
Acracia
A
los anarquistas
La
muerte del anarquismo o los intelectuales de pega
La
decadencia anarquista
Sobre
el sistema de explotación capitalista
La
ganancia
Ciencia
versus religión
La
religión y la ciencia
Sobre
la mujer
La
mujer
Introducción:
Anselmo Lorenzo, un tipógrafo anarquista
En
pocas ocasiones, por razones eminentemente azarosas, podemos con- templar la
reunión en un mismo punto crítico de los personajes que po- dríamos considerar
arquetipos representativos del desarrollo posterior de un movimiento organizado
con el objetivo de crear las condiciones
ne- cesarias para luchar contra la explotación capitalista . En el caso que nos ocupa, se produjo la
reunión en ese punto crítico de los tres personajes que simbólicamente
representaron a las principales tendencias
en que el movimiento obrero en España se diversificaría tras la puesta
fuera de la ley de la I Internacional .
En
efecto, como más adelante veremos con más detalle, la represión con- tra la
Internacional española reunió en Lisboa a tres miembros del Consejo Federal
elegido en el primer congreso obrero de esta organización, celebrado en
Barcelona en 1870 . Los
internacionalistas aludidos fueron Francisco Mora, Anselmo Lorenzo y Tomás
González Morago . Este hecho nos permi- te enfocar el desarrollo del movimiento
obrero de tendencia anarquista y del propio anarquismo desde una perspectiva
óptima para analizar la evolución de uno de estos personajes que se convirtió,
seguramente sin él desearlo, en el referente simbólico del movimiento obrero de
tendencia anarquista, An- selmo Lorenzo; y, al mismo tiempo, extraer de esta
evolución los elementos esenciales para entender a través de su persona la
propia evolución del anar- quismo y del movimiento obrero de tendencia
anarquista, así como la rela- ción que se estableció con otros movimientos,
especialmente el republicano, pero también el socialista .
Por
otro lado, los historiadores en general —con alguna honrosa excep- ción— han
procurado cargar las tintas en los efectos que tiene la venida de Fanelli a
España para imprimir al movimiento obrero una determinada orientación, en este
caso la tendencia bakuninista1 . Se olvida que cuando el anarquista italiano
arribó a Barcelona en octubre de 1868, el movimiento obrero tenía ya una larga
historia de luchas y experiencias y además su ten- dencia era marcadamente federalista,
como lo demuestran sus formas orga- nizativas . En todo caso, Fanelli actuó
como catalizador para impulsar a ese mismo movimiento obrero —a través de los
núcleos primitivos que ayudó a organizar— por la senda del internacionalismo
proletario . Porque debemos tener presente que la Internacional era ya conocida
en nuestro país, puesto que habían aparecido algunos artículos en la prensa
obrera de la época2 . No obstante, los republicanos no le prestaron la más
mínima atención, hasta que empezó a desarrollarse en sus mismas narices y entonces
se dedicaron a desacreditarla .
Otro
de los problemas históricos de esta época hace referencia a la su- puesta
escisión que se produjo en la Internacional española entre la tenden- cia
bakuninista y la marxista . Lo que en
realidad sucedió fue una escabrosa campaña mediática contra la tendencia
mayoritaria que tomó el movimien- to obrero, y este hecho marcó todo el
desarrollo posterior del movimiento revolucionario . La fracción marxista, que
fue expulsada definitivamente de la Internacional en julio de 1872, se vio
impotente para llevar a la práctica sus planteamientos autoritarios, e incluso
después de constituirse como par- tido en 1879, únicamente fueron capaces de ir
ocupando los huecos que iba dejando el movimiento obrero de tendencia
anarquista3 .
El
particular talante de Anselmo Lorenzo y las críticas circunstancias
que
atravesó la Internacional española en sus primeros años de vida fueron
1 Para más detalles sobre esta cuestión remito
a la introducción a la Antología Documental del Anar- quismo Español . Volumen
1: Organización y revolución: De la Primera Internacional al Proceso de
Montjuic (1868-1896) (2001) .
2 Al menos dos periódicos obreros dieron cuenta
en sus páginas de la Internacional . Uno
de ellos, El
Obrero
de Barcelona, dirigido por Antonio Gusart, en el número correspondiente al 1 .º
de noviembre de
1865,
hacía una breve referencia a la Conferencia de Londres que tuvo lugar entre el
25 y el 29 de septiem- bre del mismo año .
Pocos meses después, el mismo Antonio Gusart publicaría el artículo «La Asociación Internacional», en el número
correspondiente al 18 de marzo de 1866,
donde analizaba sus presupuestos, tendencias y objetivos . El otro periódico fue La Asociación, el cual
en el número correspondiente al 3 de junio de 1866 publicó el artículo «Los
obreros en Europa», firmado por José Güell y Mercader .
3 De
nuevo me veo precisado, por razones de espacio, a remitir a la
introducción a la Antología Documen- tal
del Anarquismo Español . Volumen 1: Organización y revolución: De la Primera
Internacional al Proceso de Montjuic (1868-1896) (2001), para aquellos que
estén interesados en los detalles de las ideas expuestas .
la
causa de que adoptara posiciones que en el mejor de los casos resultaban
ambiguas, y esto hizo que se viera cada vez más aislado en el seno de sus
antiguos compañeros de lucha, lo cual le obligaría a adoptar resoluciones
probablemente muy dolorosas para él . Nuevamente se vería inmerso —po- cos años después— en el
centro de una vorágine que le impulsaría una vez más a apartarse de la lucha
. Sin embargo, estas vicisitudes no le
apartaron ni un milímetro del camino que ya desde el principio se había trazado,
y cuando de nuevo se integró en la organización, a mediados de los años ochenta
del siglo XIX, su temple revolucionario no había disminuido un ápice y así
continuó hasta su muerte .
Tanto
la vida de Anselmo Lorenzo, como la de su alter ego, Tomás Gon- zález Morago,
resultan totalmente insólitas en el panorama del anarquismo español, aunque por
motivos muy diferentes . El primero ha sido considera- do el patriarca del
anarquismo y su fama se extendió por todo el mundo, hasta el punto de que, a
raíz de su fallecimiento, la noticia del mismo apare- ció en toda la prensa
anarquista del planeta, pero también en un considera- ble número de periódicos
no anarquistas, tanto de este país como de otros lugares4 . En 1938, en pleno
fragor de la destrucción de la obra anarquista en este país, se le rindió un
homenaje al viejo militante y muchas plumas anar- quistas ofrecieron su
contribución, pero en la práctica totalidad de las mis- mas el panegírico
ensombrece el análisis crítico de la época que le tocó vivir, si es que este
análisis aparece por algún lado5 . Por lo que respecta al segundo, su figura
sería explícitamente reivindicada por
los primeros anarcocomunis- tas de Gracia que recogieron su herencia y la
hicieron suya, pero a partir de ese momento silencio absoluto6 ; sin embargo,
los ecos de su acción resona rían en cada uno de los grupos
anarquistas que se formaron en este país7 . No obstante, ambos se unirían
simbólicamente para hacer surgir una organiza- ción simbiótica, fruto de la
unión de las prácticas de autoorganización anar- quistas con la experiencia
organizativa del movimiento obrero de tendencia anarquista: la Confederación
Nacional del Trabajo (CNT) .-
4 Una pálida muestra la suministra Fernando
Tarrida del Mármol (1915), passim, ya que este folleto está dedicado casi en
exclusiva a recoger las opiniones vertidas en periódicos de todo el mundo . El se- manario Tierra y Libertad de Barcelona
así como también El Motín de José Nakens le dedicaron sendos números
extraordinarios en 1915 .
5 De entre todas las biografías que se le
dedicaron destacaría las de Juan José Morato Caldeiro (1972),
55-77;
Federica Montseny (1938), passim, y Higinio Noja Ruiz (1938), passim .
6
Paradójicamente la única biografía que disponemos de este anarquista se la
debemos al socialista J . J . Morato, a petición de algunos lectores del
periódico La Libertad de Madrid, en el cual publicó las bio- grafías de
destacados militantes obreros de la primera hora que más tarde serían recogidas
y anotadas por Víctor Manuel Arbeloa . Véase Juan José Morato Caldeiro (1972),
95-101 .
10 11
Anselmo
Lorenzo Asperilla nació en Toledo el 21 de abril de 1841, en el seno de una
familia muy humilde . Su destino no
hubiera sido muy dife- rente al de todas aquellas personas de su generación
pertenecientes a los estratos mas bajos de la sociedad, pero su férrea voluntad
y su insaciable sed de conocimiento le condujeron por otros derroteros mucho
más grati- ficantes, sin duda, pero también mucho más peligrosos . Apenas instruido en las primeras letras, sus padres lo enviaron a Madrid para
trabajar en una cerería regentada por un tío suyo, pero este oficio le
repugnaba y se decantó por el de tipógrafo que le proporcionaría, al menos así
lo creyó al principio, la posibilidad de completar su instrucción . Sin
embargo, pronto se dio cuenta de que componiendo originales para el Diario
Oficial de Avisos de Madrid poco iba a instruirse .
Pero
aquella no era la única vía; en Madrid funcionaba el Fomento de las Artes,
fundado algunos años antes con el nombre de Velada de Artis- tas, Artesanos,
Jornaleros y Labradores y que actualmente se conoce como Ateneo de Madrid . Allí recibió Lorenzo cursos nocturnos de aritmética, gramática y francés con un
gran aprovechamiento, completando sus cono- cimientos con la lectura de los
libros que llenaban las estanterías de la bi- blioteca de la referida
institución o asistiendo a las conferencias que perió- dicamente allí se
impartían; de ese modo llegó a conocer
los escritos de Pi y Margall y, a través de él, de Proudhon . En su corazón se
había instalado ya la piedra angular de un edificio ideal que iría construyendo
a lo largo de toda su vida8 .
7 En palabras de Álvarez Junco en El
proletariado militante (1974), 444, nota 7, fue «el personaje más pintoresco y vitalmente “libertario” del
núcleo internacionalista inicial» .
8 Las memorias de Anselmo Lorenzo, El
proletariado militante, se extienden
hasta las primeras crisis que se abrieron en la FTRE, es decir, hasta mediados
de los años ochenta del siglo XIX y es el mejor material disponible para seguir
su trayectoria de militante en ese período, además de ser una buena cantera de
información sobre esos agitados años del
nacimiento del movimiento obrero de tendencia
La
venida de Fanelli a España, poco después del destronamiento de Isabel II,
cambiaría la vida de muchos de estos jóvenes entusiastas, entre los cuales se
contaba naturalmente nuestro tipógrafo,
y sería justamente Gon- zález Morago quien incitaría a Lorenzo y a su amigo
Cano a integrarse en el grupo de elegidos; este encuentro tuvo lugar en el café
La Luna, en Ma- drid, lugar en el que posteriormente se desarrollaron muchas de
las reunio- nes de los primeros iniciados con el revolucionario italiano . Después de haber constituido en Madrid el
primer núcleo organizador de la Interna- cional española, Fanelli hizo lo
propio en Barcelona, y ambos grupos co- menzaron sus actividades a fin de
extender la organización a todo el país . Aunque los comienzos fueron
difíciles, el entusiasmo de los componentes de ambos grupos pronto comenzó a
dar sus frutos . Su actividad fue frené-
tica en la propaganda oral en las reuniones
de la Bolsa o dando mítines improvisados en lugares concurridos; y a
finales de 1869 el núcleo madri- leño publicó el primer manifiesto salido de la
pluma y del corazón de Tomás González Morago, un manifiesto «largo, difuso,
lleno de doctrina, desme- nuzando demasiado la crítica social y la de los
partidos políticos», en pala- bras de Lorenzo9 . No podía comenzar con mejores
augurios la propaganda de la Internacional en España . En este punto conviene añadir que Fanelli
formaba parte de la Alianza Internacional para la Democracia Socialista,
fundada por Bakunin en septiembre de ese mismo año, y el revolucionario
italiano habló de esta organización como parte integrante de la Internacio- nal
. El resultado fue que buena parte de los miembros de los núcleos orga-
nizadores se afiliaron también a la
Alianza . Este hecho serviría después para justificar las intrigas de los
partidarios del Consejo General de Londres, liderado por Carlos Marx10, en
contra de los partidarios de Bakunin .
anarquista
. Salvo indicación contraria, la información de esta parte de la vida de
Lorenzo la he extraído de este libro, lo cual me evitará insertar notas que
resultarían inútiles —salvo lógicamente cuando sean frases textuales tomadas de
dicho libro— teniendo en cuenta además que todos los que han escrito sobre
Lorenzo han bebido principalmente de esta fuente .
9 El manifiesto íntegro puede consultarse en
Antología Documental del Anarquismo Español .
Volumen
1:
Organización y revolución: De la Primera Internacional al Proceso de Montjuic
(1868-1896) (2001), 97-
110
.
10
Todavía está muy poco estudiada esta cuestión crucial para entender el
desarrollo y la posterior rup- tura que se produjo en la Internacional en el
Congreso de La Haya, aunque disponemos de dos obras que tratan el tema con
bastante extensión: Max Nettlau (1977), passim, y Abel Paz (1992), passim .
12 13
Pocos
meses después, en junio de 1870, se celebró en Barcelona el pri- mer congreso
obrero organizado por la incipiente Internacional . Tras lar- gas deliberaciones se decidió, entre otras muchas resoluciones,
rechazar la vía política para conseguir la transformación social . El primer Consejo Federal elegido en dicho
congreso lo formaron Tomás González Morago, Enrique Borrel, Francisco y Ángel
Mora y Anselmo Lorenzo . Había nacido la Federación Regional Española (FRE),
sección de la I Internacional11 .
I
Internacional: la Federación Regional
Española
(FRE) (1868-1881)
Bogando
por el Tajo
Pasado
poco menos de un año de la celebración del Congreso —en marzo de 1871— fue
proclamada la Comuna en París, hecho que tendría graves consecuencias en
nuestro país cuando dos meses después fuera derrotada por las tropas de
Versalles . En efecto, el espectro del peligro rojo y de la re- volución
comunista planeó por Europa y la joven Internacional española se vio amenazada por la actitud de
los Gobiernos que, desde Francia, habían sido advertidos del mismo . Ante esta
situación se decidió que tres miembros del Consejo Federal se trasladaran a
Lisboa con toda la documentación, mientras los dos restantes permanecían en
Madrid, sede de residencia de dicho Consejo . Los elegidos para viajar a
Portugal fueron Morago, Francis- co Mora12 y Lorenzo . Una vez en la capital,
se entrevistaron con Fontana y Antero de
Quental; el objetivo era exponerles los objetivos que perseguía la
Internacional y la conveniencia de que
los trabajadores portugueses se inte-
11 En mi opinión el mejor análisis sobre los dos
períodos de la Internacional en España lo constituye el estudio de Max Nettlau
(1969), passim, pero por desgracia no está traducido al castellano y, si alguna
vez se tradujo, nunca fue publicado en esa lengua . Quien esté interesado puede consultar con
provecho a Josep Termes Ardévol (1977), passim, posteriormente reeditado y que
contiene además una abundante bibliografía sobre el tema .
12 Aunque en el núcleo inicial madrileño
figuraban los hermanos Mora, Ángel y Francisco, quien más protagonismo iba a
tener en el desarrollo posterior de la Internacional sería Francisco; por tanto, siempre que
aparezca el apellido Mora me refiero a éste .
grasen
en la misma . Como resultado de esa
entrevista se convino en celebrar una
reunión con otros jóvenes, y para evitar problemas dicha reunión se ce- lebró
en una barca en medio del Tajo pilotada por uno de los congregados .
Las
consecuencias del traslado forzoso de
los tres representantes del Con- sejo Federal a Lisboa fueron múltiples, pero
dos de éstas tuvieron importan- tes repercusiones . Una de ellas, que se
repetiría después en numerosas oca- siones, fue la de extender la propaganda
internacionalista —en esta ocasión al país vecino— y establecer estrechos
vínculos con los militantes portugue- ses . La otra fue mucho más crítica y
señalaría el punto de partida de futuras disensiones en el seno de la
Internacional española, ilustrándonos también sobre las posiciones adoptadas
por Anselmo Lorenzo, las cuales mantendría invariables a lo largo de toda su
vida, pese a que tuvo que sufrir por ello la incomprensión de muchos de sus
compañeros de lucha . Se ignora qué es lo que en realidad provocó los
enfrentamientos entre los tres internacionalistas exiliados, especialmente
entre Mora y Morago, porque las noticias que nos han llegado de sus
protagonistas no dejan de ser confusas y además uno de ellos, González Morago,
nada ha dejado escrito al respecto .
Lorenzo
dice escuetamente: «Por mi parte tuve el sentimiento de ver los primeros
síntomas de la disidencia, surgida ya en Lisboa por incompatibili- dad de
carácter entre Mora y Morago, pero aquel
dolor que afectaba primero a la amistad por ver enemigos entre sí a los que
tanto aprecié como amigos, y luego porque calculé los resultados que habrían de
sobrevenir en el curso de la propaganda y de la organización, no disminuyó mi
vivísimo deseo de proseguir mi obra»13 .
Es muy difícil aceptar que una simple diferencia de carácter pudiera dar
lugar a una disputa tan profunda; mucho más probable es que se refiriese al
concepto que cada cual tenía de la organización .
Ante
la precaria situación en que se encontraba
la organización, debido sobre todo a las persecuciones gubernamentales,
el Consejo Federal decidió suspender el segundo congreso que debía celebrarse
por aquellas fechas, pero esto no fue muy bien comprendido por algunas
secciones y los tres componentes del Consejo Federal que se encontraba en Lisboa tomaron la resolución de presentar
su dimisión el 13 de julio; sin embargo, esta dimi- sión no fue admitida por la
mayoría de federaciones locales . Este rechazo a
13 El proletariado militante (1974), 172 .
14 15
su
dimisión fue suficiente para que Mora y Lorenzo decidieran continuar al frente
del Consejo Federal, pero no así Morago que mantuvo su dimisión, arguyendo que
había suscrito la circular de dimisión con la irrevocable re- solución de no
continuar en el Consejo pasada la fecha en ella consignada, añadiendo que tenía
una resolución que no podía manifestar, como tam- poco las razones en que la
apoyaba14 .
Abel
Paz, analizando un documento poco utilizado por los historiado- res, La
Cuestión de la Alianza, un folleto
escrito por los aliancistas españo- les en 1872 para salir al paso de las
calumnias y difamaciones de los parti- darios del Consejo General, apunta que
Morago se sentía disgustado porque sus dos compañeros no estaban a la altura de
la misión que tenían asigna- da15 . No
obstante, el enfrentamiento sigue sin
aclararse, pero si nos atene- mos a la posterior trayectoria de los
protagonistas del drama, deberíamos inclinarnos a considerar que Morago pensaba
más en una organización revolucionaria que en una organización estructurada
burocráticamente y sujeta a reglamentos .
Todavía
en Lisboa los tres internacionalistas, apareció en Madrid el pe- riódico La
Emancipación, que poco después se convertiría en el protagonis- ta principal de
los ataques a los aliancistas españoles, iniciando una campa- ña de descrédito
contra éstos .
Anselmo
Lorenzo en la Conferencia de Londres,
La
Organización Social
Ante
la imposibilidad de celebrar el congreso anual por temor a la represión
gubernamental, se decidió celebrar una
conferencia secreta en Valencia, la cual desarrolló sus trabajos entre el 10 y
el 18 de septiembre de 1871 . Asis- tieron 13 delegados, 11 representantes de distintas federaciones locales y dos
miembros del Consejo Federal: Mora y Lorenzo .
Entre los acuerdos más importantes que se tomaron en aquella magna
asamblea cabe destacar la disminución de la cuota de los federados; la división
del país en cinco comar- cas, el centro y los cuatro puntos cardinales; la
distinción entre los objetivos
14 Francisco Mora (1902), 91 .
15
Abel Paz (1992), 162 . El folleto citado puede consultarse íntegro en Clara E .
Lida (1973), 289-332 .
de
la lucha de las secciones de oficio y los de las federaciones locales, para ello se crearon las
federaciones de oficios símiles; la celebración del siguiente congreso en
Zaragoza en abril y la elección de Anselmo Lorenzo como dele- gado de la
Internacional española a la Conferencia de Londres, además de la designación
del nuevo Consejo Federal, para el cual fueron reelegidos Mora y Lorenzo,
además de otro personaje que se había alistado hacía muy poco tiempo, José Mesa
—y que jugará en el seno de la Internacional
el papel de manipulador político—, y junto a ellos a cinco miembros de
la federación local madrileña, entre los que se encontraba Paulino Iglesias .
Anselmo
Lorenzo, mediante esta designación, tendrá oportunidad por primera vez de
ponerse en contacto con personajes notables de la organiza- ción internacional,
pero al mismo tiempo tendrá ocasión de percatarse de las intrigas que la
socavaban . Vale la pena transcribir el relato de sus sensa- ciones: «De la
semana empleada en aquella Conferencia guardo triste re- cuerdo . El efecto
causado en mi ánimo fue desastroso: esperaba yo ver gran- des pensadores,
heroicos defensores del trabajador, entusiastas propagadores de las nuevas
ideas, precursores de aquella sociedad transformada por la re- volución en que
se practicará la justicia y se disfrutará de la felicidad, y en su lugar hallé
graves rencillas y tremendas enemistades entre los que debían estar unidos en
una voluntad para alcanzar un mismo fin»16 . Lo extraño es que, después de
constatar estos hechos, siguiera con su actitud conciliadora y no supiera
discernir entre aquellos que realmente tenían voluntad revolu- cionaria y
aquellos que sólo buscaban el poder
personal, especialmente cuando aparezca en escena otro de esos personajes a los
que se refería ha- blando de su visita a Londres y cuya misión en este país fue
la de boicotear la obra hasta entonces realizada: Paul Lafargue .
Anselmo
Lorenzo llevó consigo a la Conferencia de Londres un ex- traordinario documento
emanado del congreso celebrado en Barcelona el año anterior y que fue reformado
en la Conferencia de Valencia, La Orga- nización Social, un perfecto diseño de
sociedades y federaciones de todos los oficios que prefiguraba la sociedad
futura tal como la concibieron los internacionalistas españoles, pero —como
señala Lorenzo— «el Consejo General y la
mayoría de los delegados no estaban para eso» .
16 El proletariado militante (1974), 183 .
16 17
Además,
varias de las resoluciones tomadas en esta Conferencia afecta- rían de modo
directo a la Internacional española, especialmente la resolu- ción IX
referente «a la acción política de la
clase obrera» .
A su
vuelta a Madrid, Anselmo Lorenzo se encontró con la sorpresa de que había sido
designado como miembro del Consejo Federal y nombra- do secretario de la
comarca del Este, continuando con su trabajo de cajis- ta en el diario El
Imparcial .
Paul
Lafargue en España y Anselmo Lorenzo bajo sospecha
La
diáspora que produjo el fracaso de la Comuna de París y la salvaje repre- sión
que le siguió, condujo a muchos comunalistas a refugiarse en España . A
Barcelona llegaron tres bakuninistas: Charles Alerini, Paul Brousse y Ca- mille
Camet, que de inmediato sacaron a la luz La Solidarité Revolutionnai- re,
dirigido a sus compatriotas refugiados en este país . Unos meses más tarde
haría lo propio Paul Lafargue, no implicado directamente en los hechos de la
Comuna, pero cuya actividad en Burdeos como internacionalista hacía aconsejable
abandonar el campo y refugiarse en la Península, acompañado de su compañera y
la hermana de ésta, ambas hijas de Carlos Marx . Por esas fechas, finales de
1871, y después de intensos debates en el Parlamento, la Internacional fue
declarada fuera de la ley, porque —en palabras de Sagas- ta— era la «utopía
filosofal del crimen» .
Ante
estos graves hechos se decidió efectuar una excursión de propagan- da por el
país para prevenir a las federaciones locales y al propio tiempo in- tentar
poner en pie una organización secreta que recibió el nombre de «De- fensores de
la Internacional» . El propósito era
constituir un organismo clandestino que asumiera las tareas revolucionarias en
caso de que la Interna- cional fuera desmantelada . Se encargaron de esta tarea
Francisco Mora que recorrió el este de la Península, y Anselmo Lorenzo, que lo
hizo por el sur .
Por
otro lado, Tomás González Morago no permanecía inactivo y en enero de 1872
inició la publicación de un nuevo periódico, El Condenado, con el explícito
objetivo de defender la Internacional,
el cual iba a tener una importancia
decisiva en los acontecimientos posteriores . De todos modos, conviene señalar que este
periódico no surgió para combatir las intrigas de
los
redactores de La Emancipación, como aseguran algunos historiadores, ya que en
la primera etapa de esta primera época incluso lo defendió del ataque de
algunos de sus oponentes17 . Cuando reaparezca en julio las cosas habrán ya
tomado otro cariz, porque esta vez lo hará «en cumplimiento de un sagrado deber
que las circunstancias por las que la
Asociación Interna- cional de los Trabajadores atraviesa en estos momentos,
impone a todos los que, a más de pertenecer a nuestra grande y querida
Asociación, se han hecho de sus fines, que son la emancipación no sólo
política, sino económi- ca y social de todos los individuos, su única
religión»18 .
En
España se inicia un combate mediático, mientras el
Consejo
General prepara la escisión en el Congreso de La Haya
El
primer síntoma1 9 de la trayectoria
inusual de los redactores de La Eman- cipación se insinuó cuando
éstos enviaron —en febrero de 1872— una carta a la asamblea de los
republicanos federales reunida en Madrid
. En ella se pedía que los republicanos
definieran su actitud respecto a la Internacional y a la emancipación de los
trabajadores . Desautorizada por la
Federación madrileña, Mesa la elevó a documento oficial al declarar que había
sido enviada en nombre del Consejo Federal; ante este hecho sin precedentes, la
Federación Local madrileña los expulsa de su seno, pero se decidió que que-
daría en suspenso hasta la reunión del siguiente congreso, que debería tener
lugar en Zaragoza dos meses después20 .
Efectivamente,
este Congreso anuló las expulsiones y se llegó a una fór- mula conciliatoria
bastante precaria . Lorenzo, seguramente
por las conse- cuencias que se derivaron,
lo vio así: «La reconciliación
fue sólo un aplaza-
17
El Condenado tuvo dos épocas . La primera se extiende entre 1872 y 1873, y la
segunda entre 1873 y 1874, pero en la primera época pasó por dos etapas,
extendiéndose la primera entre enero y abril de
1872,
y no volviendo a reanudar su publicación hasta julio de ese mismo año .
18
«Declaración», n .º 11 (8 julio 1872), 1 . Efectivamente es una declaración de guerra en toda regla a
La Emancipación de la «que hoy exclaman todos los que por darle vida
trabajaron: “cría cuervos y te sacarán los ojos”» (id .) .
19
Había habido ya otros, aunque más larvados, especialmente cuando en noviembre
de 1871 se criticaba al Consejo Federal por su política abstencionista .
20 Clara E . Lida (1972), 164 .
18 19
miento
de los odios» . Además, en este
congreso se nombró un nuevo Consejo
Federal íntegramente partidario de la Alianza . Francisco Mora re- husó formar
parte de él, pero no así Lorenzo que aceptó el cargo, pero en su recuerdo aún
perduraba la trampa en la que, según él, le habían hecho caer:
«Los
neutros fueron engañados con ese acuerdo, y yo además, fui víctima del engaño .
Sin él yo no hubiera aceptado el nombramiento por tercera vez de individuo de
la Comisión Federal, y no habiéndolo aceptado, mi vida hubiera seguido otro
curso, imposible saber si mejor o peor, pero al fin es lo cierto que no hubiera
pasado por las vicisitudes consiguientes
a mis cambios de residencia»21 .
Dos
meses después se puso de manifiesto .
Los miembros del consejo de redacción de La Emancipación y algunos otros
enviaron el 2 de junio una circular a las secciones de la Alianza invitándolas
a autodisolverse . Su intención seguramente era demostrar públicamente que la
Internacional española estaba dirigida por esta asociación . No tuvieron éxito . Pocos días después, Mesa, Pagés y Lafargue
eran expulsados de la sección de Oficios Varios de Madrid, siendo ratificada la
misma por la Federación madrileña el 9 de junio . El Consejo Federal se inhibió
alegando que no le incumbía .
La
posición de Lorenzo era políticamente insostenible . Desde su asis- tencia a la Conferencia de
Londres el año anterior y sus contactos
con Marx y Engels, se sintió
moralmente al margen de la polémica, segura- mente convencido de que
podía actuar de mediador entre las dos posturas encontradas22 .
De
todos modos su actuación fue honrada . Al menos esto se desprende
de
las confidencias que le hizo a Federico Urales: «Estando en los Doks, pa-
seándome con el amigo Anselmo Lorenzo, este me dijo que, de querer, el si- tio
que ocupaba Pablo Iglesias, en el socialismo español, lo hubiera ocupado él,
porque Lafargue, por indicación de Marx, a quien primero ofreció la jefatura
del nuevo partido obrero o del partido obrero que se iba a formar fue a él»23 .
21
El proletariado militante (1974), 283 .
22
El proletariado militante (1974), 283; 289 y ss . y también p . 315 .
23 Federico Urales (s . f . [1930]), I, 146 .
El
Consejo Federal se instaló en Valencia, la sede que había sido acor- dada en el
Congreso y allí se trasladó Lorenzo, pero su forma de proceder le había vuelto
sospechoso tanto a los unos como a los otros . En estas con- diciones tomó la
resolución de dimitir de su puesto de secretario el 20 de junio . «Consigno
estos recuerdos con tristeza [escribe Lorenzo] . En aquella dimisión no sólo
había el choque contra un obstáculo insuperable, sino también el sentimiento de
haber de plegarme a un convencionalismo y ser objeto de convencionalismo
análogo por parte de aquellos compañeros de quienes me separaba; porque la
verdad era que ni ellos estaban satisfechos de mí, ni yo de ellos; unos y otros
nos habíamos sometido a una especie de homogeneidad política, a una falsedad,
que nos separaba del objeto princi- pal que constituía nuestra misión»24 .
Anselmo
Lorenzo, con la angustia en el corazón, se trasladó a Barcelona
y
dos días después se dirigió a Vitoria a casa de su «antiguo y verdadero ami-
go, Manuel Cano» . Pero no permaneció al margen de la organización ya que ayudó
a crear una sección varia de jóvenes entusiastas, compañeros de su amigo Cano;
no obstante, para no continuar siendo una carga para su amigo decidió
trasladarse a Bilbao y entró a trabajar en una pequeña imprenta, re-
lacionándose con los compañeros de aquella ciudad «que aún no se habían
contaminado con el personalismo y aceptaban las ideas de la Internacional en su
pureza primitiva y la orientación anarquista como una aspiración poco concreta
y rudimentariamente formulada»25 . En
Bilbao permaneció apenas dos meses, porque había decidido ya trasladarse a
Francia, y en cuanto se le presentó la oportunidad se dirigió a Burdeos, donde
pudo constatar que los internacionalistas de aquella ciudad, aunque le ayudaron
en todo lo que pu- dieron, se decantaban
más por el radicalismo político que por trabajar por la emancipación del
proletariado . De Burdeos se trasladó
a Marsella donde permaneció hasta marzo de 1874, empleándose en los
trabajos más dispares . De allí se trasladó a Barcelona, donde fijaría su
residencia definitiva .
Durante
el año 1872, los acontecimientos en la organización interna- cional se
precipitaron; en el Congreso de la Haya la fracción afecta al Con- sejo General
consiguió que se aceptara la expulsión de Bakunin y Guillau-
24 El proletariado militante (1974), 311
25 El proletariado militante (1974), 316
20 21
me,
pero lo único que consiguieron es que
la mayoría de federaciones regionales se apartaran de la Internacional, que a
partir de ese momento comenzó a ser denominada autoritaria por los partidarios
de Bakunin, y decidieran la continuación de la misma dentro de las
coordenadas antiau- toritarias en un
congreso celebrado en Saint-Imier, mientras el Consejo General enviaba la
Internacional a Nueva York donde murió dulcemente .
En
España se celebró, del 25 de diciembre de 1872 al 3 de enero de
1873,
el Congreso de Córdoba en el cual la Federación Regional Española rechazó los
acuerdos de La Haya y se adhirió a los acuerdos de Saint-Imier; en este
congreso se acordó también que la Comisión Federal residiera en Alcoy, ciudad
que poco tiempo después se convertirá en el epicentro de una insurrección
proletaria . La denominada Internacional
antiautoritaria cele- braría su último congreso en Verviers en el año 1877 .
La
revolución cantonal y la insurrección de Alcoy
El
cansancio monárquico de Amadeo de Saboya y la imposibilidad de en- contrar un
nuevo candidato que ocupase el trono hizo que el Parlamento votase la
república, que quedó instaurada el 11 de febrero de 1873 . Las dificultades de los gobernantes
republicanos y sus indecisiones a la hora de dar un golpe de timón a la
política del país motivaron la rápida sucesión de sus presidentes . A Estanislao Figueras le sucedió Pi y Margall
que dimitió de su cargo cuando sus correligionarios se sublevaron, haciéndose cargo
de la presidencia Nicolás Salmerón que, ante la imposibilidad de controlar la
situación, le cedió el puesto a Emilio Castelar, uno de los presidentes más
sanguinarios y el que puso la alfombra roja al caballo de Pavía .
El
11 de junio de 1873, Pi y Margall accede a la presidencia de la Repú- blica y
unas semanas más tarde, el 5 de julio, un Comité de Salud Pública instituido en
una reunión en Madrid proclamó la federación de las autono- mías locales;
apenas unos días después muchas ciudades del país se erigen en cantón soberano,
siendo Cartagena la primera en hacerlo .
La
única parte activa que la Internacional española como organización tomó en esos
agitados meses fue en los sucesos de Barcelona y en la insurrec- ción
proletaria de Alcoy, ya que la insurrección cantonal tuvo como prota-
gonistas
a los republicanos llamados intransigentes y si algunos internacio- nalistas
participaron en la misma, como de hecho
así fue, lo hicieron a titulo personal . No obstante, esto no fue óbice para
que Engels arremetiera contra los bakuninistas españoles, acusándoles de
aventureros y de otras lindezas por el estilo26 .
Por
lo tanto, la insurrección de Alcoy no tiene ningún punto de con-
tacto
con el fenómeno cantonalista que se desarrolló
por aquellas mismas fechas del mes de julio . De hecho, este acontecimiento es algo insólito en la trayectoria de la
Internacional a lo largo de todo este primer período . Habría que relacionarlo
más bien con el particular desarrollo del movi- miento republicano, cuya
ambigüedad en los meses siguientes al destrona- miento de Isabel II sólo sería
superada por su ineptitud política y la felonía de algunos de sus partidarios .
La
ciudad de Alcoy y la comarca que la envuelve era en aquellos años un gran
centro industrial que contaba con numerosas
fábricas textiles y papeleras, y desde luego era la comarca más
industrial de toda la región levantina .
Por ello, cuando la Comisión
Federal se instale en la ciudad en enero de 1873 encontrará un terreno
suficientemente abonado para la pro- paganda internacionalista, lo cual
seguramente sí influyó decisivamente en
el carácter de la insurrección obrera .
El 7
de julio, la Comisión Federal convocó una asamblea para decidir la actitud a
adoptar frente a la huelga de papeleros de Cocentaina, que ya duraba varios
meses, en la cual se decidió apoyarlos .
Al día siguiente la Federación alcoyana declaró una huelga de
solidaridad, reclamando ade- más todas las demandas obreras entre las que se
contaba un aumento del jornal de 4 a 6 reales y la reducción de la jornada
laboral . Las delegaciones obreras que se entrevistaron con el alcalde republicano Agustín Albors en
los dos días siguientes no pudieron convencerlo de la legitimidad de sus
demandas; antes bien, el alcalde ordenó disparar contra los obreros que
esperaban en la plaza el resultado de las negociaciones . El resultado fueron
varios muertos, lo cual hizo que la huelga, pacífica hasta ese momento, se
convirtiera en una huelga insurreccional .
El Ayuntamiento fue tomado al
26 Friedrich Engels (1968), passim .
22 23
asalto
y el alcalde asesinado . Después de
varios días, una columna del ejército desplazada desde Alicante, apoyada por
una columna de guardias civiles, toma el control de la situación .
Los
hechos son claros: una manifestación pacífica de trabajadores en demanda de sus
reivindicaciones es dispersada a tiros;
la provocación del Gobierno municipal, en este caso republicano, es clara .
La confusión, a la que aluden algunos historiadores27, la generaron,
como casi siempre, los medios de
comunicación contrarios a los trabajadores y especialmente a los
internacionalistas, ya que iniciaron una campaña de prensa en la que ver-
tieron toda clase de calumnias, a las cuales respondieron con contundencia los órganos de expresión de
los internacionales28 .
El
brioso corcel de Pavía anuncia
el
paso a la clandestinidad de la Internacional
La I
República española acabó nueve meses después de ser proclamada29, cuando el
general Pavía a lomos de su brioso caballo entró en el Parlamento y mandó a sus
señorías de vacaciones . Una de las primeras disposiciones del Gobierno
provisional que se formó tras la disolución del Parlamento fue la de declarar a
la Internacional española fuera de la ley .
Las
detenciones de destacados dirigentes
obreros fueron muy nume- rosas . En unas
ocasiones se deportaba de forma masiva a
grupos de mili- tantes obreros . En
otras, eran los propios obreros los que huyendo de la represión emigraban a
otras tierras, especialmente a América Latina30 . Esta emigración masiva fue el
factor determinante de la extensión de las ideas internacionalistas y anarquistas por toda Latinoamérica . A partir
27 Clara E . Lida (1972), 207-215 .
28 Max Nettlau (1969), 199-208; El proletariado
militante (1974), 330-333 .
29 Conviene señalar que la República siguió
existiendo formalmente hasta el golpe de Estado del ge- neral Martínez Campos
el 29 de diciembre de ese mismo año y la consiguiente restauración borbónica,
pero bajo la égida de los militares .
30
Max Nettlau (1969), 300-302, nos informa de algunas de estas persecuciones y
procesos contra los internacionales
españoles . La Memoria de la Comisión
Federal española —con el título: «A los in- ternacionales»— es un
espeluznante relato de las condiciones
infrahumanas en que se
encontraban los deportados a las islas Filipinas . Cfr . El proletariado
militante (1974), 369-371, y Max Nettlau (1969),
263,
nota .
de
ese momento los miembros activos de la
Internacional se vieron obli- gados a pasar a la clandestinidad . Durante los siete años siguientes, hasta
febrero de 1881, la táctica de los internacionalistas se basó en crear la es- tructura necesaria
para burlar las persecuciones policiales
y la represión del Estado .
No
obstante, aún se celebró un cuarto congreso en Madrid, naturalmen- te secreto,
resolviéndose que la Comisión Federal
residiera en Barcelona, mientras que Lorenzo, ya en la Ciudad Condal, se
integró en la sección de su oficio siendo elegido poco después miembro del
Consejo Local y pasando
—por
mediación de García Viñas—a formar parte de la Alianza, organiza- ción que
seguía funcionando para sorpresa de
nuestro tipógrafo, ya que «se había dejado creer que la Alianza había sido
disuelta para mejor asegurar su existencia y funcionamiento, y gracias a ella,
la Internacional existía aún en España,
conservando la pureza de sus ideales»31 .
Para
Anselmo Lorenzo la vida en Barcelona fue muy dura en los prime-
ros
meses de su estancia, pero al fin consiguió regularizar su situación al
encontrar trabajo bien retribuido como corrector en la imprenta de una casa
editorial . Casi al mismo tiempo que su
situación económica mejoraba, su gran amigo Miranda que tanto le había ayudado
murió . La situación en que dejaba a su compañera y a su hijo de corta edad era
en extremo precaria, por ello Lorenzo se ofreció para ser el sostén económico
de la familia; y de la profunda amistad que les unía surgió el amor y la unión
entre ambos que duraría hasta la muerte del insigne luchador .
«Han
pasado treinta y cinco años, y en el momento de escribir estas le- tras, ante
mi buena compañera, mis hijos, mi hijo adoptivo y mis nietos, bendigo la
dichosa resolución que me ha dispensado inmensos beneficios, y que me ha
permitido dedicar gran parte de mi vida a la emancipación del proletariado en
virtud del grandioso impulso que recibí en Madrid por obra de Fanelli»32 .
Por
lo que respecta a la Internacional, en estas difíciles condiciones y
ante
la imposibilidad de celebrar congresos regulares, se decidió poner en práctica
el sistema de conferencias comarcales que serían celebradas cada
31
El proletariado militante (1974), 349 .
32
El proletariado militante (1974), 336 .
24 25
año
«con la asistencia a cada una de ellas de un delegado de la Comisión Federal,
portador de la orden del día, de los acuerdos y de los votos, para
reunirlos después en
un todo común
en el seno
de la Comisión Federal»33 .
Lo
sorprendente de este largo período de clandestinidad fue que siguie- ron
publicándose una buena cantidad de periódicos, algunos de ellos de larga
duración —como El Orden—, que entre 1875 y 1878 llegó a publicar
65
números . De la forma en que se realizaba la impresión de alguno de estos periódicos nos informa
Lorenzo al decir que «la imprenta clandestina de Barcelona fue adquirida por la
comisión ejecutiva de la Federación barcelo- nesa y estuvo situada en un taller
de tonelería de la derruida muralla del mar, en lo que es hoy paseo de Colón;
después en un piso bajo de la Barcelo- neta, donde había abundancia de papel
procedente de la Aduana, y por últi- mo, en una zapatería de la calle
Provenza»34 .
Lógicamente
este hecho inquietó a la autoridades hasta el punto que «el Gobierno del señor
Cánovas ofreció considerables premios en metálico para quien descubriera los
lugares donde se estampaban los tales
periódicos, más La Crónica de los Trabajadores . Pues aun siendo muchos los
hombres entera- dos forzosamente, ninguno se envileció con el feo oficio de
soplón»35 . Ésta es una prueba bastante concluyente de la integridad de los
componentes de la organización revolucionaria y, aunque con toda seguridad existieron
espías en el seno de la Internacional, no nos han llegado noticias de los
mismos, ni tampoco de ningún incidente del que pueda sospecharse su
participación . De todos modos, no se puede pasar por alto que si no existieron
soplones directos en el seno de la Internacional, sí que fueron espiados de manera in- directa
. Como ya hemos visto, José Mesa y el
grupo de La Emancipación, incapaces de penetrar la sólida organización que los
bakuninistas españoles habían construido, adoptaron el papel de delatores,
especialmente su direc-
tor36
. La actitud de José Mesa será ejemplar y representativa frente al anar-
quismo; siguiendo con su táctica desarrollada ampliamente en España, se dedicó,
en este período y desde su dorado exilio en París, a difamar a los in-
ternacionalistas españoles desde las páginas del periódico L’Egalité de Jules
Guesde . Aquéllos, por su parte, estaban
en esos momentos sufriendo una dura represión en el interior del país . Esta
infamia llevó al anarquista italiano Errico Malatesta a retar en duelo al
director del periódico para exigirle una rectificación37 .
La
Federación de Trabajadores
de
la Región Española (FTRE) (1881-1888)
La
disolución de la FRE y el alejamiento de Anselmo Lorenzo
La
práctica de la clandestinidad
continuaría incluso después de
que se abrie- ran nuevas vías de participación política, cuando los fusionistas
accedieran al poder en febrero de 1881, y esto iba a generar una serie de
tensiones entre las prácticas legalistas
y las insurreccionalistas . Una de las
primeras vícti- mas de estos enfrentamientos
fue, de nuevo, Anselmo Lorenzo .
Miembro de la Comisión Federal en 1880, se vio envuelto en una campaña
de difa- mación por manipulación en la constitución de aquélla . En febrero del
año siguiente fue convocada la Comisión Federal a una Conferencia Regional para
responder a las acusaciones . El único en asistir fue Anselmo Lorenzo, quien se
vio expulsado de la Federación Regional38 . El tipógrafo anarquista concluye
con estas palabras: «Nada hice en mi defensa; sobre todo tuve especial cuidado
en no ofender a nadie, y así pasé tres o cuatro años en una
33 A
este fin España fue dividida en diez comarcas: Cataluña, Valencia, Aragón,
Andalucía del Oeste, Murcia, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja,
Extremadura y Vasco-Navarra-Santanderina (Josep Termes Ardévol, 1977: 257) . Lorenzo
(El proletariado militante, 1974, 350-351) señala el destacado papel jugado por
la Alianza en la adopción de este método .
En las conferencias de 1875
fueron aprobados los nuevos estatutos por los que se había de regir la
Federación Regional a partir de entonces .
34
El proletariado militante (1974), 415 .
35 Juan José Morato Caldeiro (1972), 68-69 .
36 A
partir de julio de 1872, el periódico La Emancipación inició una campaña de
descrédito de los miembros de la Alianza .
Entre otras cosas publicó listas de afiliados a dicha organización .
37
En Le Revolté, del 3-IV-1880, se publicó la carta de los internacionalistas
españoles en protesta por las difamaciones de José Mesa que firmaba sus
correspondencias desde Madrid . La
intervención de Malatesta está recogida en la carta dirigida a Andrea Costa del
15-IV-1880, ahora en Errico Malatesta, Epistolario, Avenza, 1984 (2ª), pp
. 43-44 .
38
Véase con detalle el desarrollo de este trágico asunto en El proletariado
militante (1974), 418-424 .
26 27
especie
de retiro, que me sirvió de descanso, dedicado al estudio, prepa- rándome para
futuras campañas, confiado en que aquel turbión pasaría, y con un ambiente
renovado podría dedicarme a la lucha por la conquista del ideal»39 .
En
ese mismo mes de febrero se celebró una conferencia extraordinaria de la
Internacional en la que se acordó su definitiva disolución, pero apenas
transcurridos unos meses, en septiembre de aquel mismo año, se celebró en el
teatro Circo de Barcelona un congreso que constituyó la Federación de
Trabajadores de la Región Española (FTRE) .
Desarrollo
de la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE)
La
nueva organización siguió manteniendo
los mismos planteamientos programáticos
que su antecesora y su estructura organizativa fue práctica- mente idéntica,
pero con la salvedad de que la Comisión Federal tuvo, en esta nueva etapa, un
peso bastante más considerable . Este factor fue quizá decisivo en su
evolución, ya que las críticas comenzaron
muy pronto a ma- nifestarse . En el Congreso de Sevilla de 1882, pero
muy especialmente en el de Valencia celebrado al año siguiente, se hizo patente
la disidencia, a lo cual se sumó el ataque directo de las instituciones represivas .
La
FTRE consiguió, en apenas dos años, una potencia organizativa extraordinaria
. Los afiliados a la misma llegaron a
ser, en el apogeo de su desarrollo, alrededor de 50 .000 y naturalmente el Gobierno se alarmó ante un crecimiento tan
espectacular . Por ello, a fin de
desmantelar la Federa- ción andaluza no dudó un instante en crear el montaje
denominado «la Mano Negra», asociación existente únicamente en los documentos
prefa- bricados por la Guardia Civil .
El resultado final sería el encarcelamiento de los personajes más
relevantes de la Federación de Andalucía y el des- mantelamiento de la
organización en aquella región; pero lo más grave de todo ello es que la
Comisión Federal residente en Barcelona se desentendió del asunto, dando
crédito a las patrañas urdidas por las fuerzas represivas .
Anselmo
Lorenzo se afilia a la masonería
La
afirmación de Lorenzo de que, después de ser expulsado, pasó «tres o cuatro años en una especie de
retiro» no es completamente cierta; para
un activista como él eso hubiera significado un constante sufrimiento, aun- que
sí que es cierto que su actividad en aquellos años hasta su reingreso en la
organización obrera algunos años después se desarrolló exclusivamente en una
entidad completamente diferente: la masonería .
Aunque
algunos historiadores40 ya habían hecho
alusión a la afiliación de Lorenzo a esa institución, quien ha estudiado en profundidad este as-
pecto de su vida ha sido Pedro Sánchez Ferré41 . Por otro lado, es bien co- nocida la estrecha
relación que existió, especialmente durante la segunda mitad del siglo XIX,
entre anarquismo y masonería en casi todos los países latinos . Desde Bakunin hasta Ferrer y Guardia, son
numerosos los anar- quistas que estuvieron afiliados a ella .
Anselmo
Lorenzo se adscribió a la misma el 13 de diciembre de 1883, siendo iniciado en
la logia barcelonesa Hijos del Trabajo y como referente simbólico de su oficio
adoptó el nombre de Gutemberg . Su
ascenso en la logia fue fulgurante, alcanzando en 1893 el grado 30 .º .
Lorenzo
no sólo no ocultó su afiliación a la masonería, sino que la rei- vindicó
públicamente en un acto celebrado en el Ateneo Barcelonés en abril de 1887,
junto al internacionalista y también masón Josep Llunas, afirman- do
rotundamente la compatibilidad entre anarquismo y masonería .
Desde
luego, no cabe duda de que en su caso fue así, ya que su actividad en la logia
fue idéntica a la que desarrolló en el seno de la organización obrera .
El
retorno al seno de la organización
Anselmo
Lorenzo se reincorporó a la Federación
de Trabajadores en torno a 1886, cuando la crisis era ya evidente, pero en esta
ocasión se apartó completamente de
cualquier puesto administrativo o dirigente y todos sus
39
El proletariado militante (1974), 424
40
Víctor Manuel Arbeloa en Juan José Morato Caldeiro (1972), 76, nota 38 .
41
Pedro Sánchez Ferré (1985), passim .
28 29
esfuerzos
los dirigiría hacia la propaganda . A él precisamente se le atribuye la autoría del manifiesto que
la FTRE publicó en febrero de 1886, suscrito por varias secciones de oficio y
al que se adhirieron otras muchas . Ante la eventual posibilidad de una
transformación política para resolver la crisis que el país atravesaba, los
anarquistas exponían su posición, sobre
todo frente a los partidos republicanos y en especial el federal, al mismo
tiempo que detallaban su alternativa, uno de cuyos apartados decía: «Organiza-
ción de la sociedad sobre la base del trabajo de cuantos sean aptos para la
producción; distribución racional del producto del trabajo; asistencia de los
que aún no sean aptos para ella, así como de los que hayan dejado de serlo; educación
física y científico-integral para los futuros productores»42 .
En
enero de ese mismo año había aparecido Acracia, una de las mejores revistas
anarquistas decimonónicas, siendo Lorenzo uno de sus impulsores y el principal
redactor de la misma . La impronta del
tipógrafo anarquista se observa en la ausencia de firmas en los artículos, ya
que únicamente aparece una inicial, con esto recogía la vieja costumbre de los
antiguos in- ternacionalistas que decidieron no firmar sus artículos para
evitar exaltar la vanidad de los autores, especialmente en el periódico La
Solidaridad, que fue órgano oficial de la FRE entre 1870 y 1871 . La publicación no pudo pasar de julio de ese
mismo año, pero en febrero del año siguiente aparece- ría El Productor que se
publicó diariamente durante más de un mes .
Tam- bién fue Lorenzo uno de sus principales impulsores, formando parte
de la redacción .
Su
frenética actividad cultural
La
cultura anarquista se ha desplegado
siempre en todos aquellos frentes susceptibles de abrir brecha en la estructura
de la opresión social . Si duran- te esta década de los años ochenta del siglo
XIX la publicación de revistas y periódicos fue muy intensa, también se
publicaron libros y folletos, y —lo que quizá es más importante— se celebraron
dos certámenes literarios en
42
El manifiesto íntegro puede consultarse en Antología Documental del Anarquismo
Español . Volumen
1:
Organización y revolución: De la Primera Internacional al Proceso de Montjuic
(1868-1896) (2001), 301-
308
.
los
que participaron un nutrido grupo de escritores, algunos muy conoci- dos y
entre ellos, lógicamente, Anselmo Lorenzo .
El
primero de estos certámenes se celebró en Reus en 1885, organiza- do por el
Centro de Amigos de Reus; y el segundo en Barcelona, los días
10 y
11 de septiembre de 1889, en honor de los mártires de Chicago, or- ganizado por
el grupo «11 de noviembre» . Lorenzo
contribuyó en el pri- mero con un ensayo titulado «El ciudadano y el
productor», en el cual sentaría las bases de sus trabajos posteriores sobre su
concepción de la so- ciedad y el significado profundo de algunos conceptos
mistificados por la propaganda oficial; en el segundo se prodigaría aún más
presentando cua- tro estudios en los que seguía ahondando en las relaciones
sociales y en la capacidad del proletariado para construir una sociedad mucho
más justa e igualitaria .
Proceso
de exterminio del anarquismo (1888-1898)
El
Pacto de Unión y Solidaridad y la celebración del 1.º de Mayo
La
crisis definitiva de la FTRE se resolvió en 1888 creando dos organiza- ciones
separadas, una que atendería a las cuestiones de intervención anar- quista en
lo social y que recibió el nombre de Organización Anarquista de la Región
Española, y otra que se ocuparía de los problemas de los trabajadores, el Pacto de Unión y
Solidaridad . Esta última organización
cobraría una extraordinaria importancia en la celebración de los Prime- ros de
Mayo, el primero de los cuales se instituyó
en 1890 y significaría para la organización obrera de carácter
anarquista una jornada de lucha revolucionaria, hasta el 1 .º de Mayo de 1893
. A partir de ese momento el Pacto de
Unión y Solidaridad parece desvanecerse; sin embargo, continuó sus actividades,
aunque no hayan llegado hasta nosotros noticias de las mismas, ya que unos años
más tarde, a finales del siglo XIX, le pasaría el testigo a una nueva
organización creada en 1900 y de la que hablaré más adelante .
30 31
Con
todo, conviene señalar que la importancia de esta organización radica en el
hecho de que en ningún momento en el desarrollo y evolución de la teoría y la
práctica anarquistas ha habido el abandono de unas deter- minadas tácticas y la
adopción de otras, como señalan algunos historiado- res, porque la acción
anarquista se ha diversificado siempre . Y si en algunas épocas el peso de unas
tácticas parece imponerse sobre las demás, es en realidad el resultado del peso
que los historiadores le conceden para apoyar sus tesis, aunque para ello
tengan que violentar los hechos . Esto
es en la práctica lo que ha sucedido en el estudio de la última década del
siglo XIX; era necesario cargar las tintas
sobre la vertiente violenta del anarquismo para de esa forma poder
incriminarlo con comodidad y así poder desacre- ditarlo históricamente sin
demasiado esfuerzo43 . De todos modos, este pro- ceso de aniquilación intelectual
del anarquismo no se ha hecho de una vez por todas, sino que ha seguido un
proceso largo y bastante larvado .
Los
atentados anarquistas
En
historia existen unas constantes que se repiten indefectiblemente y que podrían
sentar las bases para una comprensión mayor, no del pasado que ya no importa
demasiado, sino de nuestro propio presente y de las posi- bilidades de futuro . Una de estas constantes es la dominación, la cual ha adoptado muchas
formas, pero ha permanecido invariable en su esencia . La forma moderna de la
dominación es el Estado y las instituciones
que lo apoyan, el cual, como cualquier otra forma de dominación, lleva a cabo tareas que le son propias y que
también son constantes históricas .
Entre estas tareas, resultan particularmente evidentes el control de la disidencia
mediante la represión, cuando no su exterminio . Por ello, el terrorismo es una práctica
exclusiva del Estado, como forma de dominación, tanto si éste está ya
suficientemente consolidado, como si sólo lo está en germen . En cualquier caso, el terror sólo lo pueden
practicar quienes aspiran a ejercer el poder .
Aunque
las críticas a las formas de dominación
se han sucedido a lo largo de la historia, quizá una de las mejores
definiciones del Estado (si
43 Véase, p .
ej ., Rafael Núñez Florencio (1983), 43 y ss .
exceptuamos
la contundente definición de Proudhon) nos la proporcionó
Girolamo
Vida, un obispo de Alba, ciudad del norte de Italia, al afirmar:
«¿Para
qué sirven las leyes? Para constituir la
servidumbre, que los sabios califican de peor que la muerte; para obligarnos a
vivir bajo el dominio ajeno; para darnos una naturaleza artificial y rebelarnos
contra nosotros mismos; para convertirnos, no en mejores, sino en más astutos;
para ense- ñarnos, no la justicia, sino el arte del litigio [ . . .] ¿Habéis
visto, acaso, algu- na vez una sola reunión de hombres en que se cumpla la
justicia y en que se retribuya a cada cual según su mérito? Si el sabio vive
con el cuerpo entre la multitud, con el pensamiento huye de la Sociedad . Y ¿cómo surgen los Estados? Con latrocinios,
con usurpaciones, con invasiones, y viven opri- miendo a una multitud
innumerable de operarios y domésticos, no ciuda- danos, sino esclavos, a
quienes se prohíbe como delito lo que constituye las delicias de sus señores»44
.
Como
antítesis de la dominación se sitúa el
complejo mecanismo de la
sumisión,
otra constante histórica . El equilibrio
entre ambas se rompe en momentos singulares que definen una crisis; pero esta
ruptura adquirirá tintes diferentes si se produce por una voluntad de tomar el
poder, sustitu- yendo el anterior por otro nuevo o por el contrario se busca
acabar defini- tivamente con la dominación . Precisamente, es el estudio de esos períodos críticos los
que nos pueden hacer avanzar en el conocimiento de nuestro presente, porque
suponen un excelente barómetro para medir la altura ética de una sociedad dada
.
Como
ya dije con anterioridad, la última década del siglo XIX ha sido definida por
los historiadores que se han ocupado del tema como la década terrorista, pero
no se refieren desde luego al terrorismo estatal, sino al terro- rismo
anarquista, lo cual es bastante elocuente .
Incluso aquellos historia- dores menos cínicos intentan abordar el
problema con una perspectiva más amplia, pero acaban decantándose siempre del
lado del poder . Nadie puede negar que hubo atentados anarquistas, el más
espectacular de los cuales fue
44
Marco Girolamo Vida, Dialogi de rei
publicae dignitate, Cremona, 1556, citado por Eduardo Sanz de Escartín en De la
autoridad política en la sociedad contemporánea, Discurso de recepción y contes- tación de Gumersindo
de Azcárate, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Tomo VI (1894),
583-697
.
32 33
sin
duda el de Santiago Salvador en el Liceo barcelonés, pero eso no puede en
ningún caso implicar a personas que nada tuvieron que ver con los he- chos,
como así sucedió en numerosas ocasiones . Por otro lado, los montajes
policiales han jalonado la historia del anarquismo tanto en este país como en
otros . Recordemos el caso conocido como
«la Mano Negra», un burdo montaje para desmantelar la temible y poderosa FTRE,
pero no fue el único como enseguida veremos .
Existe
otro hecho bastante significativo y muy poco conocido: entre el
24
de noviembre y el 21 de diciembre de 1898 se desarrolló en Roma una Conferencia
Internacional «para la defensa social contra el anarquismo» . Se pretendía en
ella incriminar las ideas anarquistas, considerando delin- cuentes a todos aquellos que las
defendieran . Esta conferencia fue un com- pleto fracaso y quizá por ello no
tuvo ninguna repercusión mediática en nuestro país . Que yo sepa, el único
periódico anarquista en castellano que publicó un artículo sobre la misma fue
El Despertar, de Nueva York, y su autor afirmaba entre otras cosas: «Os habéis
reunido los representantes de la tiranía, no para buscar un medio con que
aliviar en algo las miserias del trabajador, sino para maquinar una nueva
infamia que añadir a las innu- merables iniquidades vuestras»45 .
Curiosamente,
el primer historiador que se ocupó del «terrorismo» anar-
quista,
Núñez Florencio, no alude para nada a esta conferencia, pero re- cientemente ha
aparecido un libro que reúne la colaboración de diversos estudiosos y que trata
de desvelar el nacimiento del terrorismo en Occiden- te —como ya se habrá
comprendido no se refiere al terrorismo
de Estado— en el cual un tal Avilés traza una breve síntesis del
desarrollo de dicha conferencia46 . De lo que se trata en este libro es de
colocar, con la justifica- ción del «terrorismo», a todas las ideologías que
según ellos han practicado la violencia revolucionaria en el mismo plano de
análisis, lo cual no deja de ser una infamia más . Pero se inscribe en un
proceso muy elaborado, ya que lo que hace más de cien años fracasó, hoy es
generalmente asumido y no se
45 P
. Anceaume Martínez, «La conferencia
anti-anarquista», El Despertar (Nueva York), IX, 183 (30 enero
1899),
4 .
46
Juan Avilés y Ángel Herrerín (editores) , El nacimiento del terrorismo en
occidente . Anarquía, nihilismo y violencia revolucionaria, 2008, 13-17 .
trata
de acabar con lo que denominan «terrorismo», sino de aniquilar, tan- to física
como intelectualmente, las ideas de
aquellos movimientos sociales que todavía se plantean la transformación social
revolucionaria .
Todo
este proceso de aniquilación de las ideas anarquistas a través de leyes cada vez más represivas
tuvo el efecto de incriminar y provocar el asesinato de muchísima gente que
nada tenía que ver con la violencia . Anselmo Lorenzo, que hasta ese momento
había sabido burlar la repre- sión, se verá a partir de entonces constantemente
incriminado y encarcela- do en cuanto se generaba una situación crítica .
La
iniquidad gubernamental: el Proceso de
Montjuïc
De
lo dicho en el apartado anterior se comprende
que el Gobierno de este país llegase a los más bajos estadios de la
infamia en el tristemente célebre Proceso de Montjuïc . El hecho es bastante
conocido, así que no me exten- deré
demasiado .
El 6
de junio de 1896, el día del Corpus, fue arrojada una bomba al paso de la
procesión en la calle de Cambios Nuevos de Barcelona . La bomba fue lanzada en
la parte trasera de la comitiva —las autoridades y demás gente notable iban en
cabeza— causando numerosas víctimas entre los congrega- dos, todos de las
clases más humildes . Lógicamente el hecho fue atribuido a los anarquistas y
así comenzó una terrible persecución contra todas aquellas personas conocidas
por sus ideas progresistas . Se vieron encartados más de cuatrocientos
sospechosos y trasladados al castillo maldito, donde muchos de ellos fueron
salvajemente torturados y varios acabaron en el paredón .
También
Anselmo Lorenzo daría con sus huesos en los fosos del casti- llo y, después de
unos meses de encarcelamiento, sería
deportado en com- pañía de otros muchos militantes, refugiándose en París . En la capital francesa trabaría amistad con
los militantes más notables del anarquismo, entre los cuales se contaban
Charles Albert, Malato, Faure . . . A
pesar de que su salud era bastante precaria y añoraba a su familia, se negó
rotunda- mente a pedir el indulto y sólo pudo regresar a su entrañable Barcelona
cuando, en 1899, fue promulgada una amnistía . A su regreso en los prime- ros
meses de ese año, no cesó en su actividad, pero ésta iba a tomar unos
34 35
derroteros
completamente diferentes, pero no por ello menos peligrosos, porque aún sería
encarcelado en dos ocasiones .
Reorganización
de la vieja Internacional (1898-1907)
La
Federación de Sociedades Obreras de Resistencia (FSORE)
Aunque
nos han llegado muy pocas noticias de las actividades del Pacto de Unión y
Solidaridad, esta organización siguió funcionando hasta finales del siglo XIX y
le entregó el testigo a la organización
que se constituyó en 1900, la FSORE .
Nacía esta organización recuperando las experiencias de las anteriores, afirmando la autonomía, la
negación de la política burguesa y la acción directa, y recuperando como forma
de lucha la huelga general . Preci- samente su apogeo como organización lo
alcanzaría en las sucesivas huelgas generales que fueron proclamadas en
diversas ciudades del país entre 1901 y 1902, especialmente en la huelga
general de Barcelona que estalló en ese último año y acabó fracasando, después
de durísimos combates en las calles de la Ciudad Condal . Aunque su
participación en dicha huelga general fue prácticamente nula, esto no fue
obstáculo para que el viejo internacionalista fuera de nuevo encarcelado
durante algunos meses .
A
partir del fracaso de la huelga general de Barcelona, la joven organiza- ción
comenzó a languidecer y, aunque aún se mantuvo en pie durante unos cuantos años
más, su actividad fue más bien discreta . Se necesitaba una or- ganización que
ciertamente recuperase lo mejor de las organizaciones deci- monónicas, pero que
se sustentase sobre bases mucho más efectivas; y a sentar estas bases teóricas
y prácticas se dedicaría el «abuelo» con denuedo .
Después
de su regreso a Barcelona tras su exilio en París, Anselmo Lo- renzo inició la
etapa más fructífera de su vida en la vertiente literaria . Hasta el mismo día
de su muerte su trabajo de escritor fue incesante . Inició la re- dacción de
sus memorias, cuyo primer volumen apareció en 1901 y al aca- barlo expresaba:
«Al llegar a la época de la celebración del Congreso de Za- ragoza doy por
terminada esta primera parte de mi trabajo, dudando mucho,
a
pesar de mi voluntad, de poder emprender la segunda, a causa de graves
dificultades propias de mi estado»47 . Efectivamente, su estado de salud co-
menzaba a dar síntomas de desfallecimiento, pero su férrea voluntad superó
todos los obstáculos . El segundo volumen de sus memorias apareció en par- te
como folletín en el periódico Tierra y Libertad de Barcelona y no sería
publicado en libro hasta 1923, nueve años después de su muerte .
El
proyecto Ferrer y Guardia
Como
ya es bien conocido, Francisco Ferrer y Guardia fundó en Barcelo- na La Escuela
Moderna en 1901, pero esto no era más que una parte de un proyecto que abarcaba
todas las vertientes de la lucha por la emancipación humana . Para llevarlo a
cabo se rodeó de un selecto grupo de colaborado- res, entre los cuales se
contaba Anselmo Lorenzo .
Es
de suponer la inmensa satisfacción que experimentaría este luchador al
percatarse de que la obra de Ferrer y Guardia era casi idéntica a la suya y se
dirigía a cubrir los frentes de lucha que el anarquismo había desarrollado a lo
largo del último tercio del siglo XIX: el revolucionario, el educativo y el
cultural . La actividad de este infatigable luchador fue incesante en la edito-
rial que Ferrer inició para apoyar los trabajos de la escuela racionalista
. Su labor de traducción posibilitó que
se editaran en castellano obras tan im- portantes como los seis volúmenes de El Hombre y la Tierra de Eliseo Reclus o
La Gran Revolución de Kropotkin . También durante esos años de princi- pios del
siglo X X sería reclamado desde diferentes sociedades obreras para que
impartiera charlas, conferencias o debates; precisamente muchos de sus libros y
folletos tienen como base un acto de este tipo .
La
Huelga General
Si
la Escuela Moderna cubría la vertiente educativa para rescatar a la en- señanza
de las garras de la Iglesia católica y la editorial del mismo nombre se ocupaba
del aspecto cultural, el tercer pie lo desarrolló el periódico La
47
El proletariado militante (1974), 240 .
36 37
Huelga
General que apareció entre 1901 y 1903 .
Uno de los principales redactores de esta publicación fue naturalmente
Anselmo Lorenzo, y a través de sus páginas comenzó a divulgar las teorías del
sindicalismo revo- lucionario que se estaban desarrollando en Francia de la mano de Fernand Pelloutier,
Emile Pouget y otros . Para apoyar las
labores propagandísticas del periódico, se inició la publicación de una
colección de folletos con el mismo nombre que el periódico; la mayoría de los
trabajos que se publi- caron en esta colección tenían como tema principal la
huelga general o el sindicalismo, como los folletos de Émile Pouget, o bien
cuestiones relacio- nadas con el mismo .
Fueron publicados sendos folletos de Lorenzo, fruto de un par de
conferencias que tanto se prodigaron en aquellos años .
Aunque
resulta bastante difícil asegurar la influencia de toda esta pro- paganda
desplegada en la posterior fundación de un sindicalismo de nuevo corte, en la
cual destacó también José Prat, es posible conjeturar que el prestigio de que
gozaba Anselmo Lorenzo en las sociedades obreras —qui- zá a su pesar— tuvo un
peso bastante considerable .
El
ave Fénix renace de sus cenizas con un ropaje nuevo (1907-1911)
La
Federación Local Solidaridad Obrera de Barcelona
Tras
el fracaso de la huelga general de 1902, algunas sociedades obreras decidieron
agruparse y dos años más tarde crearon la Unión Local . Esta Unión Local participó activamente en la
preparación de las luchas del 1 .º de Mayo de 1906, en el que se pretendía
confluir internacionalmente para
conseguir la jornada de ocho horas .
Éste sería el germen del que tres años más tarde, en 1907, surgiría la
Federación Local Solidaridad Obrera y en octubre de ese mismo año aparecería su
órgano de expresión con el mismo nombre, periódico que con el correr del tiempo
ocuparía un lugar central en el desarrollo del movimiento obrero de tendencia
anarquista . Este pe- riódico sería en
parte financiado por Ferrer y Guardia, y Anselmo Lorenzo
dedicaría
una buena parte de su energía a difundirlo y a conseguir que fuera el órgano de
expresión de una nueva organización, de la que esperaba que pronto diera sus
frutos .
En
el primer congreso obrero regional celebrado en Barcelona los días 6 al 8 de
septiembre de 1908, la Federación Local se transformó en Confede- ración Regional de Sociedades de
Resistencia Solidaridad Obrera . En este
congreso estuvieron representadas alrededor de 109 agrupaciones por 142
delegados .
Como
vemos, la organización se hacía
extensiva a Cataluña y su ejemplo comenzaba a cundir en toda España . En el
periódico Solidaridad Obrera se insertaban constantemente noticias con la
constitución de sociedades Soli- daridad Obrera por todo el país, sobre todo en
la región valenciana y en Asturias . El
siguiente congreso debería haberse celebrado al año siguiente, pero los
luctuosos sucesos de julio de 1909 lo impidieron .
La
Semana Trágica y el asesinato de Ferrer y Guardia
Las
tensiones sociales que se generaron en la ciudad de Barcelona durante los
primeros años del siglo X X alcanzaron su punto álgido en 1909, cuando el
Gobierno decidió que en esa ciudad se realizara el embarque de tropas que
deberían engrosar el ejército que masacraba a los magrebíes en el terri- torio
ocupado de Marruecos .
La
provocación era manifiesta y el pueblo de Barcelona se sublevó para impedir
dicho embarque . De inmediato se levantaron barricadas en los pun- tos
neurálgicos del centro de la ciudad y durante una semana, que sería más tarde
denominada «la Semana Trágica», los
trabajadores sublevados tuvie- ron en jaque a las tropas enviadas para sofocar
la sublevación .
Desde
principios de siglo y hasta el momento en que los obreros de Barcelona
decidieron tomar la iniciativa para oponerse al embarque de tropas, el
republicanismo radical de Alejandro Lerroux había conseguido atraer a su órbita
a un buen número de sociedades obreras ofuscadas por su verbalismo radical;
pero la cobarde actitud de los dirigentes republica- nos —casualmente Lerroux se encontraba en Argentina—, que
optaron por esconderse, decidió su suerte futura .
38 39
El
proyecto de Ferrer, pero especialmente su actividad en la enseñanza
racionalista, le atrajo los odios concentrados de la Iglesia católica que
desea- ba su desaparición . Ya lo intentaron en 1906, a raíz del atentado de
Morral contra los reyes en la calle mayor de Madrid, acusándolo de cómplice;
pero en ese momento nada pudo probarse, aunque la Escuela Moderna fue ce- rrada
y el pedagogo racionalista pasó unos meses en la cárcel . No sucedería lo mismo
en esta ocasión, las fuerzas de la reacción no quisieron dejar pasar de nuevo
la oportunidad de acabar para siempre con su enemigo y para ello no dudaron en
diseñar un siniestro plan para involucrarlo en los trágicos sucesos . Fue
acusado de instigador y después de una farsa de juicio, el 9 de octubre de 1909,
sería asesinado en los fosos de Montjuïc .
Tampoco
escaparía a la ferocidad de la reacción el viejo tipógrafo anar- quista que a
sus sesenta y ocho años de edad, con la salud muy quebrantada, sería desterrado
a Alcañiz primero y poco después a Teruel . También Cris- tóbal Litrán, que
colaboraba en las publicaciones de la
Escuela Moderna, fue incluido en la cuerda de deportados, conviviendo con su
amigo y maestro, al igual que parte de su familia que se desplazó al lugar para
poder atenderle .
No
tardó mucho el viejo luchador en poder volver con los suyos, pero su situación
económica era angustiosa . Todas las actividades de la Escuela Mo- derna habían
sido embargadas y el viejo luchador, pobre y enfermo, se en- contró sin
recursos; pero afortunadamente el embargo de la editorial fue levantado y el
albacea testamentario de Ferrer y
Guardia, Lorenzo Portet, cumpliendo las últimas voluntades del pedagogo,
reincorporó a Lorenzo en su puesto de traductor en la editorial .
El
nacimiento de la CNT
Como
ya dije más arriba, los acontecimientos de la Semana Trágica impi- dieron que
se celebrara el anunciado segundo congreso de la Confederación Regional
Solidaridad Obrera, que tuvo que aplazarse hasta el año siguiente . Entretanto,
las adhesiones a la organización catalana habían sido numero- sas desde
distintos puntos del resto del país, y este hecho motivó que este se- gundo
congreso de la Confederación Regional
catalana se convirtiera en el congreso fundacional de la Confederación Nacional
del Trabajo (CNT) .
El
corazón del viejo luchador debió llenarse de satisfacción al ver que al final
de su vida asistía al nacimiento de una organización que suponía sus- tentada
en los ideales por los que él siempre había luchado, y quizá intuyó que después
de cuarenta años las teorías que sustentaba Tomás González Morago se fundían en
las suyas propias y alcanzaban un acuerdo por enci- ma de las pasiones humanas
. El historiador Álvarez Junco lo interpreta de este modo: «la
polémica anterior no podía por menos de
estar presente en el anarcosindicalismo, como lo prueba lo singular de su
organización; su flexibilidad y espontaneísmo como principios, el carácter
subrayado cons- tantemente de confederación entre individuos y sociedades adheridas
—siempre
de abajo a arriba—; lo reducido de las cuotas —prácticamente voluntarias—, la
inexistencia de jerarquización, de burocracia, de discipli- na, ni de más
obligación que la solidaridad»48 .
Los
últimos años de un viejo Internacionalista
(1911-1914)
El
primer congreso de la CNT y de nuevo a las catacumbas
La
necesidad de un primer congreso de la recién nacida organización, para definir
sus planteamientos y formas de
organización y funcionamiento internos,
se hizo evidente . De esta forma
se reunió los días 8, 9 y 10 de septiembre de 1911 en el Palacio de Bellas
Artes de Barcelona el primer congreso de la CNT .
Inmediatamente
después de finalizado el Congreso, se celebró una reu- nión secreta de los
delegados al mismo y se acordó la huelga general en solida- ridad con los
obreros de Bilbao y como protesta por la guerra de Marruecos .
Mientras
en Barcelona se desarrollaban los trabajos finales de este pri- mer congreso de
la CNT, Anselmo Lorenzo se encontraba en Madrid para dar una charla en el
teatro Barbieri sobre El proletariado emancipador . La
48
José Álvarez Junco (1976), 397 .
40 41
huelga
general decidida por los delegados de la CNT asistentes al primer congreso de
la central sindical tuvo efectos inmediatos, el presidente del Gobierno,
Canalejas, suspendió de inmediato las garantías constitucionales y cerró y
clausuró ateneos y sindicatos . El
tipógrafo anarquista, de salud bastante precaria, temió que no le dejasen
regresar a Barcelona y pidió ayu- da a Morato que era amigo personal del
mandatario . Por su mediación pudo regresar a Barcelona sin contratiempo, pero
el gobernador de Barcelona, se- ñor Portela, que había ido a Madrid a
entrevistarse con Canalejas, le confe- só a éste: «Es quizá el anarquista más peligroso de Barcelona, pero es tanta su
sagacidad que nunca hay motivo para procesarle»49 . Resulta muy sor- prendente esa afirmación
—sobre todo porque fue procesado varias veces, como hemos visto—, pero lo más
probable es que fuera cierto que era muy peligroso .
Estalla
la gran masacre, mientras la vida del insigne luchador se extingue
El
14 de agosto de 1914, las tensiones cada vez más fuertes entre las poten- cias
europeas estallaron en una conflagración general que duraría cuatro años . Después de la frustración que debió suponer
para él la ilegalización de la organización en la que había puesto tantas
esperanzas y que ya no lle- garía a ver en su siguiente desarrollo, el
estallido de la gran guerra lo sumió en una profunda desesperación, porque para
él, como para tantos otros, la guerra suponía el fracaso de la revolución
. No obstante, aún tendría oca- sión de
hablar y escribir sobre las nefastas consecuencias de la conflagración mundial
. A los pocos días de desatarse las
hostilidades, fue invitado a dar una charla con motivo de la inauguración del
nuevo local de la sociedad de albañiles «La Federación Local», y en ella quiso transmitir a las
nuevas generaciones un mensaje de esperanza: «Como, a pesar de la tremenda catástrofe, la
humanidad ha de continuar viviendo, como el producto de su vida anterior ha de
ser transmitido a las generaciones
sucesivas, ha de quedar necesariamente un agente transmisor, y éste no
puede serlo quien
represente
las instituciones y las clases privilegiadas causantes del desastre, sino los
representantes de las entidades compuestas de desheredados que a tales
instituciones y clases vivían supeditadas»50 .
Pero
lo que más impacto debió causar en su ánimo, y posiblemente acelerara su
muerte, fue la defección de quien para él había sido un inspi- rador y un
referente simbólico: Kropotkin, aun siendo contrario a la gue- rra, la analizó
como una terrible necesidad para acabar con el amenazante imperialismo alemán y
así lo expuso en varios escritos .
Anselmo
Lorenzo murió el 30 de noviembre de 1914, de modo súbito, sin agonías ni
estertores, y la noticia corrió como reguero de pólvora por la Ciudad Condal
. El día de su entierro, frente al
número 32 de la calle Ca- sanova, un enorme gentío se había reunido para rendir
un último home- naje al viejo luchador .
Paco
Madrid
49
Juan José Morato Caldeiro (1972), 76 .
50
Tierra y Libertad (Barcelona), 228 (26 agosto 1914), 3 .
42 43
Bibliografía
Sería
una quimera intentar siquiera una bibliografía exhaustiva de la pro- ducción
literaria de Anselmo Lorenzo . Si los
libros y folletos, incluidas las sucesivas reediciones de algunos de ellos, ocupan ya un volumen
apre- ciable, los artículos abarcarían muy probablemente varios tomos, ya que prácticamente colaboró
en todas las publicaciones anarquistas o anarco- sindicalistas editadas en este
país y en muchas publicadas en otros luga- res (Buenos Aires, Costa Rica, La
Habana, etc .), todo ello sin contar las traducciones que fueron innumerables
. De hecho, pocos esfuerzos se han
realizado en esa dirección, ya que por
otra parte —como apunto en otro lugar— nadie ha intentado tampoco una biografía
seria sobre este notable militante anarquista; la única bibliografía un poco
extensa la debemos a las primitivas investigaciones del profesor Álvarez Junco,
incluida en una de las reediciones de El Proletariado Militante, que es
precisamente la que he utilizado en este
trabajo, el cual incluye artículos publicados en las revistas anarquistas más conocidas de este país; aunque desde
luego no puedo dejar de señalar el trabajo pionero de Rene Lamberet, Mouvements
ouvriers et socialistes (Chronologie et Bibliographie) . L’Espagne (1750-1936) (París, 1953, 204
páginas) .
Por
tanto, lo único que voy a incluir en esta bibliografía son aquellos libros y
folletos de Anselmo Lorenzo que me parecen más importantes y aquellas biografías o referencias al
tipógrafo anarquista que me han resul- tado más sugerentes . Lógicamente he añadido otros libros
utilizados para trazar someramente la trayectoria de Lorenzo .
Por
lo que respecta a la notación, en el caso de libros y folletos de An- selmo
Lorenzo utilizo el título seguido del año de publicación entre parén- tesis y a
continuación las páginas en que se
encuentra la cita o el escrito en
45
cuestión;
en los demás casos utilizo la clásica notación americana, es decir, apellido y
nombre del autor, seguido del año de publicación entre parénte- sis y a
continuación la página o páginas donde se encuentra la cita . De este modo es muy sencillo
encontrar la referencia bibliográfica completa para aquellos que estén
interesados en ello .
Trabajos
de Anselmo Lorenzo
– A
la masa popular, conferencia sociológica, bajo los auspicios del Ateneo
Sindicalista
de Barcelona, leída en el Teatro Español el día 13 de julio de
1913,
Barcelona, 1913, 31 páginas .
–
¿Acracia o república? Refutación al discurso pronunciado por Luis Ca- rreras el
día 20 de febrero de 1886 en la fiesta del Círculo Democrático Federal
Instructivo de Sabadell, Sabadell, 1886, 32 páginas .
– La
anarquía triunfante, Barcelona, Imp . J
. Ortega, Biblioteca Libera- ción, II,
1911, 31 páginas .
– El
banquete de la vida . Concordancia entre la naturaleza, el hombre
y la sociedad, Barcelona, Luz, (1905), 88 páginas, Ilustraciones . Numero- sas reediciones: Biblioteca Vértice,
Comisión de Propaganda Confederal y
Anarquista (Región Centro), etc . Muy
recientemente (2007) ha sido reeditado por la editorial Sintra de Barcelona .
–
Capacidad progresiva del proletario, Barcelona, Imp . Luz, 1904, 16 páginas
–
Contra la ignorancia, conferencia sociológica, leída en Pueblo Nuevo el
20
de abril de 1913 bajo los auspicios de la sociedad de «Cultura Racio- nal», s
. l ., s . e ., (Ortega, 1913), 23 páginas .
–
Criterio Libertario, Barcelona, Imp . Germinal (Biblioteca Tierra y Liber-
tad), s . a ., 64 páginas . Numerosas reediciones: Tierra y Libertad,
Dogal, Olañeta, etc .
– El
derecho a la evolución, Conferencia
sociológica, leída en el Teatro Es- pañol de Barcelona el 18 junio 1911,
Barcelona, Confederación Nacional del Trabajo, (1911?), 32 páginas .
– El
derecho a la salud, Conferencia leída en el Ateneo Barcelonés auspiciada por el
«Institut mèdic social de Catalunya» el 21 de abril de 1912, Barcelona,
1912,
22 páginas . Numerosas reediciones: (El Libro Popular), Vértice, etc .
–
Episodio dramático social . Justo Vives,
prólogo de José Llunas sobre «La Literatura Obrerista» y «La Ley y el Orden»,
guía práctica para ejercer los derechos individuales según la ley con
formularios para todos los casos de tener que dar aviso o dirigir petición a
una autoridad con ocasión del ejercicio de los derechos individuales
consignados en las leyes de Reunión, Asociación, Imprenta y Registro Civil y
nota del sello correspondiente a cada
documento según la Ley del timbre del Estado, Barcelona, Biblioteca de La
Tramontana, 256 páginas .
– El
Estado . Consideraciones generales sobre
su esencia, su acción y su porve- nir, Barcelona, Tip . La Publicidad, Biblioteca Ácrata, 1895, 47
páginas .
–
Evolución proletaria . Estudios
de orientación emancipadora
contra todo género de desviaciones, prefacio de F . Tarrida del Mármol,
Barcelona, Casa ed . Publicaciones de La
Escuela Moderna s . a . (3 .ª), 216 páginas .
–
Fuera política . Demostración de la
justicia y conveniencia de que los tra-
bajadores se separen de la utopía
política para dedicarse al positivismo social, Sabadell, 1886, 46 páginas .
– La
ganancia . Consideraciones generales
según el criterio libertario, confe-
rencia dada en Barcelona en la Asociación de la Dependencia Mercantil el
16
de enero de 1904, Mahón, Biblioteca El Porvenir del Obrero, 1, 1904,
32
páginas .
–
Generalidades sociales, conferencia sociológica leída el 7 nov . 1909 en el
Centro
obrero de Zaragoza, Barcelona, Imp . J
. Ortega, 1910, 29 páginas .
–
Hacia la emancipación . Táctica de
avance obrero en la lucha por el ideal, Mahón, Biblioteca El Porvenir del
Obrero, 1914, 159 páginas . Tuvo varias reediciones: Vértice, Sindicato Único
de Artes Gráficas, etc .
– El
Hombre y la Sociedad, conferencia en la Escuela Moderna, 15-XII-
1901,
Barcelona, s .a . (1901), Biblioteca La Huelga General, 2, 24 páginas .
–
Igualdad, libertad y fraternidad, Valencia, Humanidad Nueva (Col . Cuentos
racionalistas, 2), 1908, 15 páginas .
–
Incapacidad progresiva de la burguesía, Mahón, El Porvenir del Obrero,
1905
.
– El
obrero moderno, plática familiar, leída
en la sociedad de metalúrgicos de Barcelona el 28 de noviembre de 1903,
Barcelona, Biblioteca El Pro- ductor, 1903, 32 páginas .
46 47
–
Las olimpiadas de la paz y El trabajo de mujeres y niños, artículos presen-
tados con desgracia al concurso para obreros abierto por El Liberal . M . Gómez (Latorre), El 1 .º de Mayo, fiesta
de paz, artículo que ganó el primer premio en dicho concurso, Madrid,
Biblioteca de La Revista Blanca, 1900,
31
páginas .
– El
patrimonio universal, conferencia sociológica, Mahón, Biblioteca El
Porvenir
del Obrero, 2, 1905, 31 páginas .
– El
poseedor romano, conferencia sociológica leída el día 27 de marzo de
1910
en el local de la Sociedad de panaderos
«La Espiga» de Barcelona, Barcelona, Editado por la comisión pro presos
y a beneficio de Los Mis- mos, 1910, 32 páginas . Reeditado en varias ocasiones: Acracia, etc .
– El
proletariado emancipador, conferencia
sociológica leída en Madrid,
Barcelona, CNT, 1911, 30 páginas .
– El
proletariado en marcha . A todos los
trabajadores de lengua española residentes en América, Nueva York, Biblioteca
Cultura Proletaria, Panno- mia Printing and Bookbinding Co ., s . a ., 40 páginas .
– El
proletariado militante (1974), prólogo y notas de José Álvarez Junco, Madrid,
490 páginas . Este libro histórico-autobiográfico ha sido el más ree- ditado de
Anselmo Lorenzo . El primer volumen
apareció en 1901 y el se- gundo en 1923 . Posteriormente serían agrupados en un
sólo tomo . Ha sido reeditado
recientemente (2005) por la Confederación
Sindical Solidaridad Obrera de Madrid .
– El
pueblo (Estudio libertario) (s . a
.>1909), Valencia, Sempere, 233 pá- ginas .
–
Rémora societaria, conferencia leída en
Sabadell el día 15 de abril de
1905,
Sabadell, Ribera (Biblioteca de la Agrupación sindicalista, 1), 1905,
32
páginas .
–
Sinópsis ortográfica, Barcelona, tip
. La Académica Serra Hnos . y Rusell,
1920
(2 .ª), 20 páginas .
–
Solidaridad, conferencia sociológica leída en Solidaridad Obrera el 31 de
octubre de 1908, dos discursos del autor en el primer Congreso obrero de
Barcelona en junio de 1870, tomados de La Federación y una carta al Con- greso
de Solidaridad Obrera en septiembre de 1908, Barcelona, Sociedad del Arte de
Imprimir, 1909, 48 páginas .
– El
trabajador libre . Impulso a la creación
del diario obrero sindicalista (Solidaridad Obrera . Diario Sindicalista), 1 mayo 1914,
(Barcelona), s . e . (Solidaridad
Obrera), s . a . (1914), 15 páginas .
–
Vía libre . El trabajador . Su ideal emancipador . Desviaciones
políticas y económicas, Barcelona, Atlante editorial (Biblioteca
contemporánea), s . a .>1905, 157 páginas .
–
Vida anarquista (1912), Barcelona, Biblioteca Tierra y Libertad, 1912,
207
páginas, ilustraciones (antología) .
Escritos
sobre Anselmo Lorenzo
GARCíA
PR ADAS, José (s .a . [1938]): Pasado y
presente del movimiento obrero español .
Loa de Anselmo Lorenzo . Discurso
pronunciado en el cine Pardiñas de Madrid el día 11 de diciembre de 1938, en el
acto organizado por la FAI para honrar la memoria de Anselmo Lorenzo, s . l .
(Madrid), Frente Libertario, 35 páginas .
GUZMÁN,
Eduardo de (1938): Vida y lección de Anselmo Lorenzo, Ma- drid, Comisión de
Propaganda Conferencia y anarquista, 27 páginas . MONTSENY, Federica (1938): Anselmo Lorenzo .
El hombre y su obra (Los precursores antecede al título), s
. l .
(Barcelona), ediciones españolas,
39
páginas, 7 fotografías (láminas) interesantes de Lorenzo entre ellas la
fotografía de los componentes del grupo
constitutivo de la I Internacio- nal .
MOR
ATO CALDEIRO, Juan José (1972): Líderes del movimiento obrero español, 1868-1921, selección y notas
de Víctor Manuel Arbeloa, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 398 páginas . La biografía de Lorenzo ocupa las páginas
55-77 .
NOJA
RUIZ, Higinio (s . a . [1938]): Anselmo Lorenzo: su vida y su obra,
portada (con dibujo de Lorenzo) de Tolosa, s . l . (Valencia), editado por la
Comisión de homenaje a Anselmo Lorenzo, del Movimiento Libertario, en el X XIV
aniversario de su muerte, 26 páginas .
PEIR
ATS, José (1978): Figuras del movimiento libertario español, Barcelo- na,
editorial Picazo, 311 páginas . La
biografía de Lorenzo ocupa las pági- nas 7-25 .
48 49
POMMERCY,
Mario (s . a .): Anselmo Lorenzo y la Internacional (bosquejo histórico),
Valencia, editorial Lux, 30 páginas .
SÁNCHEZ
FERRÉ, Pedro (1985): «Anselmo Lorenzo, anarquista y ma- són», Historia 16, X,
105 (enero 1985), 25-33 .
TARRIDA
DEL MÁRMOL, Fernando (s .a . [1915]): Anselmo Lorenzo . Es- tudio crítico
biográfico, nota Introducción de Tarrida desde Londres, marzo de 1915,
Barcelona, Publicaciones de La Escuela Moderna, 54 páginas .
Otro
material documental
ÁLVAREZ
JUNCO, José (1976): La ideología política del anarquismo espa- ñol, Madrid,
Siglo XXI, 660 páginas .
AVILÉS,
Juan y HERRERíN Ángel (eds .) (2008): El nacimiento del terro- rismo en
occidente . Anarquía, nihilismo y
violencia revolucionaria, Madrid, Siglo
XXI, 267 páginas .
ENGELS,
Friedrich (1968): Los bakuninistas en acción .
Memoria sobre el levantamiento en España en el verano de 1873, Madrid,
Editorial Ciencia Nueva, 1968, 54 páginas .
LIDA,
Clara E . (1972): Anarquismo y
revolución en la España del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, 334 páginas .
—(1973):
Antecedentes y desarrollo del movimiento obrero español (1835-1888) . Textos y
documentos, Madrid, Siglo XXI, 499 páginas .
MADRID,
Francisco, y CLAUDIO Venza (eds .) (2001): Antología Docu- mental del
Anarquismo Español . Volumen 1: Organización y revolución: De la Primera
Internacional al Proceso de Montjuic (1868-1896), Madrid, Funda- ción Anselmo
Lorenzo, 489 páginas .
MOR
A, Francisco (1902): Historia del socialismo obrero español desde sus pri-
meras manifestaciones hasta nuestros días, Madrid, Imp . de I .
Calleja, 271 páginas .
MOR
ATO CALDEIRO, Juan José (1930): Historia de la sección española de la
Internacional (1868-1874), Madrid, gráfica socialista, 237 páginas . NETTLAU,
Max (1969): La première internationale en Espagne (1868-1888): révisions des
textes, trad ., intr ., notes, append ., tableaux et cartes aux soins de Renée
Lamberet, Dordrecht, D . Reídle, XXVII + 683 páginas .
—(1977):
Miguel Bakunin, la Internacional y la
Alianza en España (1868-
1873),
Madrid, La Piqueta, 156 páginas .
NÚñEZ
FLORENCIO, Rafael (1983): El terrorismo anarquista, 1888-1909, Madrid, Siglo
XXI, 250 páginas .
PAZ,
Abel (1992): Los internacionales en la Región Española, 1868-1872, Barcelona,
ediciones de autor, 336 páginas .
Primer
(I) Congreso Obrero Español (1972): estudio preliminar y notas de
Víctor
Manuel Arbeloa, Madrid, ediciones de autor, 376 páginas .
TERMES
ARDÉVOL, Josep (1977): Anarquismo y sindicalismo en España . La Primera
Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica, 447 páginas .
UR
ALES, Federico (s . a . [1930]): Mi vida, Barcelona, 3 tomos, 253 páginas cada
uno .
50 51
Antología
Los
escritos de Anselmo Lorenzo
Ya
he señalado en otro lugar la abundancia de escritos del tipógrafo anar- quista,
muchos de ellos además escondidos en los pliegues de antiguos periódicos
anarquistas . Esta abundante dispersión
hacía bastante difícil una selección de sus trabajos que fuera representativa
del pensamiento y la acción del insigne luchador, pero a nuestro favor jugaba
el hecho de que ya se hubieran publicado varias antologías de sus artículos,
especialmente dos de ellas que habían sido confeccionadas por el propio autor:
El Pueblo y Vida anarquista . Buena
parte de esta antología se compone de trabajos incluidos en éstas, a los cuales
se han añadido otros de mi propia cosecha a fin de abarcar todos los campos de
su interés .
No
es preciso extenderse sobre sus cualidades de escritor, el propio Lo- renzo
explica cómo llegó a convertirse en emborronador de cuartillas en la entrevista
que le hizo El Liberal y que incluyo en el primer lugar de esta an- tología .
Creo que tampoco tiene mucho sentido discutir si fue o no un teó- rico; es
cierto que la mente de Lorenzo parecía actuar como una esponja absorbiendo
completamente aquellas ideas que le interesaban para luego verterlas con su
sello personal . Y creo que es en este proceso donde hay que situar el genio de
Anselmo Lorenzo, el cual confiere a sus escritos esa pecu- liaridad que lo
distingue del resto: método, racionalidad y sencillez . Si no fue un teórico, se lo pareció al menos
a muchos de los que hablaron del tipó-
grafo anarquista, en especial a Errico Malatesta que lo consideraba uno de los
escritores anarquistas españoles más brillantes .
Por
lo que respecta a sus áreas de interés, el profesor Álvarez Junco las ha
analizado con gran meticulosidad: la relación entre el individuo y la socie-
dad, la fe en la razón, la ciencia y la cultura, la concepción optimista y armó- nica de la
naturaleza, la crítica moral y política del poder, el antipoliticismo
55
AntologíA
y
espontaneísmo tácticos1, a los cuales yo añadiría dos que también me pa- recen
fundamentales: la reivindicación de la mujer como elemento crucial en la
transformación social y el
reconocimiento de la personalidad de las masas obreras, a las que otorgó
inteligencia y sentido constructivo: el pue- blo trabajador, algo que ya había
sido destacado por Federica Montseny2 .
Por
último señalaré que en las escasas notas a pie de página que apare- cen en esta
antología de los escritos de Anselmo Lorenzo, sólo las que aparecen como nota
del compilador son mías, las demás son del editor del periódico donde
originalmente se publicaron, del editor de la antología de la que está extraído
el trabajo o del propio autor del escrito .
Una
entrevista en El Liberal
1 El proletariado militante (1974), 19 .
2 Federica Montseny (1938), 45 .
56
Entre
dos biombos y bajo la benevolente mirada de una fotografía de Re- clus, este
atrevido manipulador de ideas
archiprogresistas me declara*:
—He
de manifestar a usted que no me es posible contestarle detallada- mente, por la
sencilla razón de que no soy escritor en el sentido dado gene- ralmente a esta
palabra .
—Sin
embargo —replico yo—, quien ha escrito El proletariado mili- tante, El banquete
de la vida y Vía libre, bien puede —y debe— concep- tuarse escritor . . ., ¡y
de enjundia!
—Verdad
es que algunos libros o folletos y muchos artículos andan por ahí con mi
nombre; pero esos escritos responden exclusivamente a la nece- sidad que he
sentido siempre de exponer las doctrinas emancipadoras del proletariado en su
lucha contra la dominación capitalista, sin lo cual, sim- ple obrero tipógrafo,
no hubiera tomado jamás la pluma al soltar el compo- nedor o la prueba
tipográfica tras mi forzada tarea diaria de jornalero .
Me
determinó a satisfacer esa necesidad un
episodio de mi vida, que tuvo para mi carácter de investidura, de misión
ineludible .
Hasta
ahora nuestra conversación ha sido lenta, pausada, cual conviene a un hombre
sobre cuya frente han nevado sesenta y cuatro inviernos . Pero, a partir de
este momento, el oro de sus recuerdos va reanimando aquel rostro de antiguo
luchador y su palabra se hace cada vez más ágil .
—Cuando
Fanelli fue a Madrid en 1868 a fundar La Internacional, for- mé parte de la
veintena de jóvenes que constituyeron el núcleo fundador de aquella Asociación
. Lo que aprendí en tres o cuatro
sesiones en que aquel emisario hizo crítica de la sociedad y exposición del
ideal social, me impre- sionó tan profundamente, que juzgué necesario, o más
bien me sentí impul-
* No
hemos podido sustraernos al deseo de publicar el presente trabajo que ha
aparecido en El Libe- ral de Barcelona .
Nuestros compañeros leerán con interés esta sugestiva interviú de
nuestro querido abuelito, del incansable luchador que ha dedicado su existencia
a la defensa de los oprimidos con ab- negación y benevolencia dignas de todo
elogio . El abuelito habla . Oigámosle los jóvenes con respeto y cariño
para aprender lo mucho bueno que nos dice siempre con sus razonadas cuartillas
.
59
sado
por la necesidad de que se impresionaran igualmente todos los trabaja- dores, y
no poseyendo la ciencia ni la elocuencia de aquel hombre extraordinario, que, con mejores
títulos que el legendario Santiago, podría ser considerado como apóstol y
patrón de España, ni siendo posible reunir a todos los trabajadores en una
velada en una sala para deslumbrarlos allí con el brillo de la verdad, tomé mi
pluma y empecé un paciente trabajo de hor- miga desde las columnas de La Solidaridad, de Madrid, en 1869, que he
continuado como he podido hasta el presente, en que, a fuerza de insistencia y
repetición, he llegado a parecer escritor, no siendo otra cosa que un propa-
gandista libertario que quiere para la plebe desheredada su correspondiente
participación en el patrimonio universal, y para los patricios privilegiados,
la satisfacción de vivir dignamente sin causar la desdicha de nadie; y todo
esto sin la menor idea de lucro, sin pensar jamás que un escrito mío pudiera
valer una peseta, porque en toda mi vida no he contado con más recurso que el
jornal, penosamente ganado en Madrid, en Burdeos, en Marsella, en París, y en
Barcelona; y si mis últimos libros me han valido algún dinero, su cuan- tía
dista mucho de representar el gasto de correo para envío de artículos gratuitos
y de compra de periódicos si quería verlos impresos; en cambio ha ganado con
ello alguna murmuración calumniosa .
Resulta,
pues, que las preguntas que usted me hace como dirigidas al es- critor
profesional no puedo responderlas .
Expondré, no obstante, algunas consideraciones que, en lo que tengan de
adaptables al caso, podrá usted aplicar al cuestionario .
. . . Cada vez que tomo la pluma para hacer
una afirmación, procuro de- mostrarla para que sea bien comprendida y aceptada
. Al efecto, lo pienso bien previamente,
discuto el pro y el contra, y más de una vez he desechado por malo un asunto
que al principio me había parecido bueno y fácil .
En
mi mesa de corrección de la imprenta de la casa Riera, de la Acade- mia, de la
casa Espasa o de la Casa provincial de Caridad, en un periodo de mi vida que
comprende desde 1874 hasta 1896, y aprovechando la ex- periencia y la práctica
que se adquiere, corrigiendo, con el
trato de los es- critores, descubriendo sus recursos literarios y comparando
unos con otros, los que producen de primera intención y los que componen a
fuerza de remiendos en las pruebas, me
formé mi técnica, y en posesión de ella,
muchas
veces interrumpía mi trabajo de asalariado para formar el croquis de un
artículo, consistente en la nota breve de un pensamiento y de los argumentos
demostrativos, con lo cual tenía luego bastante para revestir aquellos datos de
forma literaria . Trabajando de esa
manera, tras diez ho- ras diarias de corrección tipográfica, tuve la dicha de
contribuir activa- mente a la publicación, entre otros periódicos obreros, de
La idea libre, El productor (primera
época), Acracia y Ciencia Social, lo que me valió verme preso y
desterrado por el tristemente proceso de Montjuïc, como por estar incluido en
la lista inquisitorial de la policía y contribuir a la publicación de otros
periódicos obreros me alcanzó la persecución que siguió a la huel- ga general
de Barcelona en 1902 .
Una
idea me ha inspirado toda mi vida: el derecho y el deber de todos a participar
en el patrimonio universal y a contribuir a su conservación y fo- mento; y esa
idea no se ofreció a mi mente por la palabra de Fanelli; podría atribuirle más
antiguo origen con la lectura de la campaña socialista de Pi y Margall en La
Discusión y del gran libro La Reacción y la Revolución, si no fuera más
antigua, ya que, niño aún, penetró en mi entendimiento oyendo una conversación
entre mi padre y mi tío acerca de La Icaria, de Cabet .
Comunista,
pues, de toda mi vida, dando siempre carácter comunista al colectivismo de La
Internacional, consideré y considero cada vez con mayor convicción al comunismo
como la única manera de sacar a flote el derecho inmanente, inalienable e
ilegislable del individuo, y como vi siem- pre que los republicanos hablan de
este derecho con el propósito de legis- larlo, es decir de negarlo, tuve
enemiga constante contra la democracia y la república que no es ni será jamás
el gobierno del pueblo por el pueblo, sino una oligarquía apoyada por los que
en el régimen capitalista representen como sucesores a los antiguos esclavos .
Se
ha confirmado y fortalecido mi criterio comunista cuando, no ya por
sentimiento, sino estudiando la propiedad he visto al mundo divido en dos
clases una que goza del uso y abuso propietario, usurpando los llama- dos
frutos naturales, frutos industriales y frutos civiles, constituyentes de una
riqueza transmisible por herencia, y otra que vive a merced de la acce- sión,
sujeta a las oscilaciones de la oferta y la demanda, que, en beneficio del
usurpador propietario, despoja al verdadero productor del fruto de su
60 61
trabajo,
mediante una ficción absurda, según la cual todas las obras, siem- bras y
plantaciones, se presumen hechas por el propietario .
Como
esta noción comunista, tan axiomática como «dos y dos son cuatro», es legal y
universalmente negada desde burgués arriba, la literatu- ra en todas sus
manifestaciones, por lo que tiene de mercancía,
sale im- pregnada de error, y, cuando no es francamente retrógrada o
estacionaria, hace una mezcla de pensamientos progresivos y de preocupaciones
atávi- cas que sólo desaliento y escepticismo producen . Tan obstinada
es la per- sistencia en el error, tan profunda es la ceguera que impide
rendirse a la evidencia, que un sabio eminente de nuestros días, Haeckel,
sintetizando ese estado de ignorancia de los inteligentes profesionales, hace
suyas estas palabras de Alfred Wallace: «Comparados a nuestros admirables
progresos en las ciencias físicas y sus aplicaciones prácticas, nuestro sistema de go- bierno, nuestra justicia
administrativa, nuestra educación nacional y toda nuestra organización social y
moral, han quedado en estado de barbarie» .
Creo
al entendimiento y al sentimiento humanos capaces de conocer y seguir
aprendiendo muchas y grandes verdades; de fundar instituciones so- ciales
necesarias y justas; de resolver las dificultades y conflictos económicos que
se presenten; de comprender, en
sintético y grandioso conjunto de ar- monía y de belleza, la humanidad, el
mundo, el universo, pero mientras el dinero divida a los hombres en poseedores
y desposeídos, no habrá más que caciquismo y servilismo . Pío X, en reciente
encíclica, ha definido así la igle- sia católica: «La iglesia es, por esencia,
una sociedad desigual, es decir, una sociedad que comprende dos categorías de
personas: los pastores y el reba- ño; los primeros tienen el derecho y la
autoridad para promover y dirigir, mientras que la multitud tiene el deber de
dejarse conducir y, como rebaño dócil, seguir a sus pastores» . No ya la
iglesia, esa es la sociedad humana, obra del privilegio, y cuantas agrupaciones
se fundan, aunque se idealicen y ele- ven para seguir abstracciones científicas,
filosóficas y artísticas, llamándose escuelas, el atavismo las encenaga en esa
desigualdad esencial .
Elevándose
sobre estas consideraciones, poco
podemos esperar de esa literatura esencialmente misoneísta, que nos adormece
actualmente en pro- sa y verso, en el libro y en el teatro; literatura tan
misoneísta como escépti- ca, por ignorancia y por agotamiento de todo ideal,
porque habiéndose
llegado
al límite de la concepción democrática y vista su influencia y este- rilidad
para el bien, tiene por ilusoria toda idea de mejora .
Esperamos,
no a que un genio, sino una multitud, repita las palabras atribuidas al
legendario primer rebelde: Non serviam, y entonces cambiará el eje del mundo;
pero no lo esperemos como el cumplimiento milagroso de una profecía, sino como
resultado natural de una serie de hechos .
A
realizar esta esperanza he dedicado constantemente mi pluma .
No
dará esta manera de ser carácter de escritor, y sin duda por esto mi pluma no
se cotiza en el mercado literario . Se dijo de un editor de Barcelo- na que
dirigió un día un pliego firmado en blanco a un escritor célebre para que
fijase él mismo las condiciones en las que escribiría una obra; en cam- bio,
otro editor de Barcelona, a quien se propuso la edición de mi Vía libre,
contestó negándose, porque yo no era escritor conocido . ¡A esa concepción del
negocio se halla supeditado el pensamiento! Un pensador no puede utilizar el
grandioso invento de Guttenberg si antes un burgués no echa sus cuentas y se
convence de que entre autor y lectores pueden producirse esos frutos
industriales de que habla el art . 351 de nuestro Código Civil, dando como
justa la gran iniquidad de la explotación capitalista .
Fatigado
por el esfuerzo que ha hecho en mi obsequio, el Sr . Lorenzo deja de hablar .
Me levanto para dar las gracias y despedirme . El amigo que me ha presentado a
él le indica la conveniencia de que permanezca en su sitio . Y cuando ya íbamos a desaparecer tras la
puerta, el abuelito —como le llama familiarmente mi introductor— añade,
esforzando su voz ya cansada:
—Déjenme
terminar con este pensamiento de Rousseau: «Nada vigo- roso y grande puede
salir de una pluma venal» .
Después
de lo cual se cierra la puerta de su despacho . Tengo que hacer un esfuerzo
para separarme de un hombre que, a la más confiante bon- dad de acogida, reúne
el encanto de una sonrisa impregnada de un dulce escepticismo .
F .
Michel de Champourcim
Tierra
y Libertad (Madrid), III, 64 (17 mayo 1906), 1.
62 63
De
la propaganda
El
libro y el periódico
Un
profundo pensador y distinguido orientalista presenta con vivísimos colores el
cuadro de las antiguas civilizaciones asiáticas; compara la exube- rancia de
vida que alcanzaron con el triste estado de ruina y desolación en que yacen lo
que antes fueron opulentas ciudades, y llega, por la asociación lógica de las
ideas, a preguntarse si un viajero del porvenir vendrá a deplorar la
inestabilidad de las obras humanas sobre las ruinas de los modernos em- porios
de la civilización . Tan desconsoladora
idea queda desvanecida ante esta consideración:
«Ahora existe la imprenta» .
Si
analizamos el pensamiento de aquel
sabio, hallaremos la serie de jui- cios que le llevarían a afirmar que la
actual civilización no será destruida, sino encaminada por incesantes reformas
a la mayor suma de bienestar y de dignidad individual y colectiva; es decir,
dirigida a la práctica de la justicia social en tanto grado como sea dable
adquirirla a la especie humana .
La
India, bosquejo social, estacionaria por la inmovilidad de sus castas, con sus
privilegiados brahmanes y sus abyectos
parias, no podía servir de molde al espíritu humano .
El
Egipto, místico organismo, con su casta sacerdotal monopolizadora de la ciencia
y con aquel pueblo embrutecido por los mitos religiosos, tam- poco podía
encauzar la marcha de la humanidad .
La
Persia, gráfica representación del
principio de autoridad, inmenso imperio dividido en una especie de sub-imperios
llamados satrapías, dista- ba aún de hallar solución al problema de la
continuidad de la vida de nuestra especie .
Grecia,
emporio del arte, cuna de la filosofía, que dio a luz la idea de li- bertad y
entabló la lucha entre la libertad y la autoridad, no logró tampoco, como los otros pueblos sus
predecesores, constituir la vida del progreso .
Roma,
incoherente agregado de aventureros en su principio, república avasalladora de
envejecidos imperios y de pueblos semisalvajes después, y por último absorbente
centralización que derrochaba en estupendas orgías
67
el
producto de las fuerzas vivas del mundo conocido, echó inconsciente- mente los
cimientos de la solidaridad humana .
Los
pueblos del Norte, desbordándose como impetuoso torrente por los extensos
dominios del corrompido imperio romano y aceptando el cristia- nismo,
inauguraron aquel tenebroso período que se conoce en la historia con el nombre
de Edad Media .
De
las ruinas del imperio romano surgieron las nacionalidades moder- nas, y con
ellas los modernos idiomas y diversidad
de costumbres y con- siguientes aplicaciones del derecho .
Pero
si el imperio romano había muerto, quedaba un poder creado a su imagen y
semejanza; aquél había iniciado la idea de solidaridad y éste se
aprovechaba de ella para reunir a todos
los solidarios en la común aspi- ración de la salvación eterna a cambio de los
bienes terrenales que aquel odioso poder, conocido con el nombre de Iglesia
católica, absorbía como la astuta serpiente atrae al débil pajarillo .
Mas,
reconocida la solidaridad humana universal, volvióse los ojos a la Antigüedad
pagana, y a la inmovilidad católica, a aquel callejón sin salida en que la
Iglesia había metido a la humanidad, a
semejanza de astuto bandi- do que atrae a inexperto caminante, opusiéronse las
imperecederas obras de los clásicos griegos y latinos, y alboreó el
Renacimiento .
Pocas
palabras se habrán inventado para expresar un nombre abstracto tan gráficas,
tan adecuadas y tan expresivas coma esta: ¡Renacimiento! El que conoce algo la
historia, y ve los pueblos y los imperios nacer, desarro- llarse, llegar a un
relativo apogeo, entrar en más o menos rápida decadencia y por último
desaparecer, tiene momentos en que llega a sospechar que exista un misterioso
ciclo de vida para las naciones . Consuela la considera- ción de que lo bueno
alcanzado por un pueblo muerto acéptalo y perfecció- nalo su sucesor, y llena
de inefable esperanza la seguridad, no de que hayan renacido ideas olvidadas,
que este renacimiento cada pueblo lo tuvo respec- to a su antecesor, sino que
la humanidad es la renacida, por cuanto se siente una, indivisible y ha hallado
el medio de progresar sin perecer; ya no quedarán los ideales de progreso para
un pueblo heredero, sino que el mis- mo pueblo, a lo sumo pasadas algunas
generaciones, les dará debido cum- plimiento; y una nación no acaparará una
idea, sino que se extenderá por
todas
las naciones y en todas se hará práctica; ya no habrá más naciones muertas,
sino reformadas, y de reforma en reforma vendrán quizá a desapa- recer
denominaciones histórico-geográficas
para dar lugar a las que a las colectividades del porvenir impondrán las
sublimes ideas de solidaridad, justicia
y trabajo destinadas a llenar el mundo; que en menos estima tene- mos, por
ejemplo, el nombre de españoles que nos impuso la tradición histórica por la
dominación teocrática, la tiranía política y la explotación capitalista, que el
de trabajadores, como quien cumple deberes, y de her- manos, como quien goza
derechos .
Con
el Renacimiento coincidió el descubrimiento de la Imprenta; y este
poderoso medio de difusión del
pensamiento vino a dar al género humano como la conciencia de su ser . Antes solo existía como medio de unión el
dogma religioso y la tiranía política, y esta unión era relativa, por cuanto
establecía infranqueable muralla entre los creyentes de las diversas
religiones, e indigna, por cuanto separaba indefinidamente a los vasallos de los diferentes
dominadores de las naciones . Pero cuando la obra de Gutenberg recogió con
indestructibles caracteres el fruto del
pensamiento, popularizó la ciencia y dio al individuo la conciencia de su
derecho, que- daron sentadas las bases de la futura unión universal en la aspiración
a la belleza, a la verdad y a la justicia .
El
libro vino a constituir el archivo del saber: la ciencia, la filosofía, la
bella literatura, la poesía, la crítica, los sistemas, las religiones, todo
cuanto ha brotado del pensamiento y de la imaginación del hombre hállase con-
signado en él; todas las esperanzas, todas las ilusiones, todas las verdades,
todas las afirmaciones formando infinitas combinaciones de los sencillos signos
del alfabeto, llenan esas innumerables
páginas, desafiando con su indestructible existencia el furor y el
fanatismo de los impotentes Omares del porvenir .
El
prodigio surgió luego como consecuencia lógica cuando empezaron a sentirse los
efectos de libro . Si la Enciclopedia
produjo la Revolución, el periódico la
impulso hasta sus últimas consecuencias, consignando los acontecimientos, discutiendo
los actos y las personas,
acumulando las ideas y levantando esas terribles tempestades de la pasión que, ora con- movían hasta sus
cimientos las más seculares instituciones,
ora presenta-
68 69
ban
en brillantes espejismos las más encantadoras
utopías para los tiem- pos venideros .
Con
el libro almacenamos, perfectamente clasificados, todos los cono- cimientos; con
el periódico luchamos diariamente por la conquista de la li- bertad y de la
igualdad . No importa que como vestigios
del pasado las clases privilegiadas quieran velar la verdad en el libro y dar
falsa dirección a la opinión publica por el periódico, porque, verdadera arma
de dos filos se vuelve en contra del imprudente que de ella abusa, y si por
nuestro compo- nedor pasan cada día la elucubración mística, el sofisma económico
y la filfa política, destinados cándidamente
por sus autores a detener la marcha del progreso, surgen cada día nuevos
campeones de la verdad a quienes no detienen
viles consideraciones, y en
último término las aspiraciones revolu- cionarias entran en el dominio de la
ciencia, y como científicas obtienen el derecho al respeto y a la consideración
universal y se manifiestan también por
el libro y por el periódico .
Con
tan valiosos elementos tenemos asegurado el porvenir, fáltanos valernos de
ellos en el presente como arma de combate, y si esta nos es imposible
individualmente como proletarios, es posible y hasta fácil colec- tivamente . En la Asociación está nuestra fuerza, nuestra
ilustración y la reivindicación de nuestros derechos . Con ella, entre tan
preciadas conquis- tas, se halla la de consignar en el libro la demostración de
nuestro derecho y la de juzgar a nuestros enemigos por el periódico . Asociémonos, pues, y pronto el libro y el periódico de los proletarios al
manifestar que el nivel intelectual de los desheredados es por lo menos igual
al de los detentadores, establecerán aquel nivel social que ya proclama la ciencia
y que mucho an- tes presintieron los generosos propagandistas de la idea de
justicia .
Escuela
Moderna (Valencia), II, 68 (19 agosto 1911), 1;
reeditado
en Vida anarquista (1912), pp. 187-190.
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In
memóriam
Fermín
Salvochea
Hemos
recibido el siguiente telegrama:
«Cádiz,
28 de Septiembre .– A las tres y media falleció nuestro compañero
Salvochea
tras breve y cruel enfermedad .– Martínez .»
Tan
triste noticia y la lectura de la prensa burguesa sobre la misma, nos ha
impresionado dolorosamente, y nos inspiran estas reflexiones:
Ha
muerto el gran anarquista
La
prensa democrática en general y algunos personajes políticos, no sólo incapaces
de imitarle, sino que consideraron sus
virtudes como geniali- dades quijotescas impropias de un hombre del siglo, le
dedican alabanzas insinceras, flores de industria que más estorban que
embellecen .
Nosotros,
despojando la memoria del amigo querido y del ejemplar com- pañero de inútil
fraseología, sólo diremos que Salvochea era anarquista por- que era lógico y
sincero . Vino a la Anarquía porque su
ansia de justicia no podía satisfacerse en la República, ese régimen político
que iguala a los hom- bres llamándoles ciudadanos y deja subsistente el derecho
de accesión, que permite, en la República modelo y a su semejanza
proporcionalmente en to- das las repúblicas del mundo, la existencia de
burgueses milmillonarios y trabajadores,
reducidos a la casi imposibilidad de vivir .
Y
vino pronto; lógico siempre, después de prestar grandes servicios a la
República, y cuando vio y se persuadió de que la República era todavía y no
podía dejar de serlo opresión y tiranía . Si la Anarquía no hubiera sido ya
reconocida coma la forma racional única y definitiva de agrupación huma- na, él
la hubiera hallado y propagado; existente ya, la aceptó, no diremos con
entusiasmo, esa pasión fugaz que sienten los débiles por un momento dejándoles
después sumidos en estúpida indiferencia, sino con reflexión, hasta con
cálculo, sabiendo que le tocaba sufrir la persecución de los tiranos, el desdén
de los cucos y hasta la compasión de los arribistas más o menos afortunados que
venden honradez y dignidad a cambio de destinos y actas de diputado .
73
que
restituir, hermanos!», decía siempre: «¡hay que expropiar, compañeros!»,
ambos
sabían que la diferencia entre pobres y ricos consiste en la usurpación que
perpetran éstos contra aquéllos; pero se diferenciaban en que el creyente
predicaba a tunantes que tienen en más su tesoro que su conciencia, y el ateo
se dirigía a trabajadores conscientes, que hoy por hoy tienen la exclusiva en
la iniciativa del progreso y van directamente a la reorganización racional y
de- finitiva de la sociedad .
En
su trato, a la par que una amabilidad exquisita para los pobres, los humildes y
los ignorantes, a quienes se ha de procurar que se eleven, se dig- nifiquen y
se ilustren, se hallaba la severidad más enérgica para poner a raya la soberbia
de los poderosos, que en su presencia, como ante un hombre ver-
daderamente superior, se sentían
subyugados .
De
él puede decirse que honró el presidio, y dejó sobre las leyes y los
tribunales, que no supieron hallar la excusa del legendario Pilatos, la nota de
haber condenado a Fermín Salvochea, más justo que aquel galileo que, teniéndose
por hijo de un dios, dios él mismo, profetizó esta gran injusticia que el
progreso desmentirá: «siempre habrá pobres en el mundo» .
No
se tuvo por superhombre, ni alardeó de tener personalidad propia, como tantos
individuos que andan por ahí justificando, con la super-hom- bría, su
inmoralidad, y, con su propiedad personal, la terquedad de sus ini- ciativas
irracionales y perturbadoras; fue anarquista consecuente, y no ne- cesitó más
para elevarse a lo que pudiéramos llamar estrella de primera magnitud en el
cielo de la Anarquía .
Escribiendo
este recuerdo del gran anarquista que acabamos de perder, acude a nuestra mente
el nombre de otro noble ser, perdido también hace poco, con el que Fermín
Salvochea tuvo cierta analogía, y lo consignamos aquí considerando que ambos se
honran mutuamente y juntos ensalzan la Anarquía que les inspiró y animó hasta
lo sublime,
LUISA
MICHEL . FERMíN SALVOCHEA .
Que
el recuerdo de Luisa y de Fermín estimule a las proletarias y los pro- letarios
que, sobreponiéndose a los afectos atávicos y a las trampas desviado- ras y
adormideras de los mesías democráticos,
han comprendido que hoy el progreso, aparte de lo que tiene de fatalmente
necesario, corre a cargo de los
simos
nombres y para bien de la humanidad .
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 15 (17 diciembre 1908), 1;
reeditado
en Vida anarquista (1912), pp. 191-192.
Manuel
Montaner
Antes,
cuando para la extensión de una iniciativa
se había de contar con Sabadell, dos nombres se presentaban como si ellos solos fueran la re- presentación exclusiva de la población obrera sabadellense
. Bien abun- dan allí los obreros
ilustrados, pocas poblaciones de España aventajan a aquella en tener un
proletariado capaz de discutir sobre filosofía, religión, política y economía;
pero solo se veía a Agustín Serra y a Manuel Mon- taner, que en resumen eran
los únicos que, tras tanta discusión, se
comu- nicaban con los compañeros de
Barcelona para transmitir el resultado colectivo, a veces escaso, de una suscripción, de una corresponsalía, de
una participación, etc .
Agustín
Serra murió ya hace tiempo . Ahora, el domingo 6 del corriente, sin enfermedad,
como luz apagada súbitamente por el viento, dejó de existir Manuel Montaner .
Y se
me ocurre una pregunta: ¿Quién queda ahora en Sabadell?
Que
los jóvenes sabadellenses me perdonen mi extraña y dolorosa sen- sación, para
mí hoy Sabadell está desierto .
Hay
allí obreros republicanos, socialistas, espiritistas, hasta anarquistas y todo,
pero hombres progresivos de esos que son humana y racionalmen- te dueños de sí
mismos, que puedan decir como a Montaner
le oí decir repetidas veces en la cárcel «¡el hombre es libre en la prisión!»;
de esos que no pegan una etiqueta a su nombre y sirven a todo dogmatizante,
como las botellas vacías a cualquier industrial, para envasar vino de mesa,
anís del mono o zarzaparrilla refrescante; hombres que a las paparruchas de turno,
tales como «solidaridad catalana», «antisolidaridad lerrouxista», «conquis-
74 75
ta
de los poderes públicos», que se reparten como pueden la comparsería de las
masas, opongan el veto de su razón y alumbren con su verdad y su justicia las
tinieblas en que vive tanto infeliz, intelectual y volitivamente desmedrado,
sumergido en atávicas rutinas . De esos
— ¡ojalá me equivo- que! — muerto Montaner, no queda ni uno; y si ni uno queda,
¿qué valen ni para qué sirven cuantos, agitándose en nombre del progreso se
rebullen en Sabadell?
Sabía
yo que Montaner me leía y me aprobaba, y esto reforzaba mi con- fianza en mi
propio criterio, debido a las pláticas que habíamos celebrado en las alturas de
Montjuïc, en las prisiones militares y en las estrechuras del dormitorio n .º 5
de la cárcel vieja, donde la brutalidad autoritaria nos retu- vo mucho tiempo,
y donde Montaner sabía hacer el buen compañero, y ahora, falto de aquel apoyo,
en lucha con tanto perturbador y desviador como descarrían a los infelices
carneros proletarios que, negándose a sí mis- mos, buscan siempre un redentor y
aceptan como tal el primer lobo audaz que se les presenta, no tengo más remedio que reconcentrar mi
pensa- miento y buscar en mí mismo la garantía de mi acierto . ¡Qué pena! ¡Qué responsabilidad!
No
sé cómo expresar mejor lo que para mí representa la pérdida de
Manuel
Montaner .
Era
viejo, pero, vigoroso y fuerte, nadie podía sospechar el día 5 que no existiría
el día 6: ¡mejor para él! que se ahorro sufrimientos físicos y le sirvió de compensación contra la
carga de dolores morales que hubo de soportar en su larga vida .
Pero
la pérdida de Montaner, tan sensible en los momentos actuales, no es irreparable si en la juventud en general, si entre los
jóvenes anarquis- tas de Sabadell hay quien por su vigorosa mentalidad sepa
ponerse a la altura que tan digno compañero ocupaba; basta con que sobre las
ambi- ciones más grandes que puedan concebir, adoptar otra verdaderamente
superior: la de no ser jamás sectarios ni partidarios, sino hombres bien equilibrados
que adoptan y se adaptan verdades y, en cualquiera posición que ocupen, humilde
o elevada, se constituyen en
precursores, en ciuda- danos de la ciudad futura, de aquella que se halla al
fin de la sociología revolucionaria; porque eso era Manuel Montaner .
¡Salvochea,
Montenegro, Montaner!
Desautorizando
al célebre poeta . ¡Qué tristes se
quedan los vivos!
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 15 (17 diciembre 1908), 1;
reeditado
en Vida anarquista (1912), pp. 193-194.
Clemencia
Royer
Esta
mujer eminente, cuyo nombre ha honrado nuestras páginas, citado muchas veces
por nuestro buen amigo y colaborador Tarrida del Mármol, acaba de morir a la
edad de setenta y dos años, en el asilo Galignani, en Neully, cerca de París .
La
publicación de donde tomo estos datos biográficos, en consonancia también con
mis recuerdos, la califica de una de las más completas, de las más firmes y de
las más elevadas inteligencias de la segunda mitad del siglo XIX . Renan dijo de ella que era un «hombre de
genio» .
Clemencia
Royer nació en Nantes en 1830 . Niña
aún, fue a París para seguir los cursos de la Sorbona y del Colegio de Francia,
y la crisis revolu- cionaria de 1848 contribuyó a emancipar su cerebro,
orientado ya hacia las investigaciones
filosóficas . Desterrada de
Francia en tiempo del imperio, fue a Suiza, donde en varias conferencias
espantó al auditorio por sus ata- ques a la Biblia en nombre de la ciencia;
viajó mucho luego, deteniéndose en las grandes ciudades según el atractivo
científico que en las mismas en- contraba .
En 1862 tradujo al francés la obra maestra de Darwin El origen de las
especies, precediéndola de un prefacio digno de ella . En un concurso
instituido en Lausana sobre la cuestión del Impuesto, presentó un estudio que
obtuvo el premio en participación con Proudhon . Esta coincidencia debió molestar mucho a
aquel gran escritor revolucionario, a causa del tris- te concepto que tenía
formado de la mujer .
El
volumen que contenía sus conferencias mereció la distinción de ser puesto en el
índice, porque la ortodoxia se vio
racionalmente desmentida por sus afirmaciones científicas .
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Dedicada
con amor y constancia a la ciencia, su vida fue de retiro cons- tante, casi
monacal, estudiándolo todo, profundizando todos los conoci- mientos y
adaptándolos por un interrumpido trabajo, no siendo aún cono- cida la totalidad
de su bagaje científico, citándose entre sus obras las siguientes: Los Gemelos de Hellas, novela
filosófica; memoria sobre la Doc- trina de la Evolución, La asistencia pública
en el campo, Historia de el Ato- mismo, Historia del pesimismo, Historia de las
Religiones, El Orden del Mun- do, El Origen del Hombre y de las Sociedades, El bien y la ley moral,
De la naturaleza de lo bello,
destacándose sobre todas
su última obra, síntesis amplísima de la evolución universal, La
constitución del Mundo .
Filósofa,
socióloga y naturalista, sobre todo altamente modesta, distó mucho de disfrutar
de la gloria a que su mérito singular le daba derecho . Hasta estos últimos
años, sus importantes trabajos, que atestiguan la gene- ralización de su saber
y el vigor de concepción, sólo fueron conocidos del corto número de escogidos
que constituyen lo que pudiera llamarse la cima de la inteligencia humana .
El
movimiento feminista le dio últimamente cierta popularidad, porque vino a ser
para las buenas, para las que luchan por la verdad y la justicia, para las que
cumplen el sagrado deber de emanciparse de la frivolidad y de la religión, la
prueba viviente de esta gran verdad: ante la inmensidad del dominio del
pensamiento humano, no hay ventaja ni inconveniente en el sexo, tan accesible
es para el hombre como para la mujer .
Hacía
tiempo que colaboraba en La Fronde, diario parisién, político y literario,
dirigido, redactado, administrado e impreso por mujeres, y hasta hace pocos
días aparecieron con su firma notabilísimos artículos . Por cier- to, y me
complazco en consignar este dato, que negando a El Liberal, de Barcelona, la
conveniencia de recargar la legislación de España con leyes que entorpeciesen
el libre desarrollo del movimiento obrero, que aquel diario burgués sostenía
con harto infeliz criterio, tuve el honor de traducir varios párrafos de un
artículo de Clemencia Royer, haciéndolo constar, en un artículo que publiqué en
La Huelga General .
Clemencia
Royer trabajó siempre con un desinterés y una modestia que fueron consecuencia
de la oscuridad a la que vivió condenada gran parte de su vida y de la pobreza
con que llegó a la muerte; porque, sépase, esta re-
dentora
cuya obra es tan benéfica que trabajó toda su vida sin hacer fortuna y hasta
sin llegar a ganar su pan, ha muerto en un hospital, y esta sociedad dirigida
por estúpidos burgueses, que levanta estatuas, más por vanidad que por
sentimiento de justicia, más por embellecer los paseos públicos que para honrar
la memoria de las personas ilustres, deja a éstas que agonicen en un rincón de
desperdicios sociales, que eso y no otra cosa son esos lla- mados
establecimientos caritativos debidos al cristianismo, sufriendo hasta el último
suspiro las privaciones del desamor y de la miseria junto con las
impertinencias del fanatismo religioso .
Que
la memoria y el ejemplo de esta gran mujer que acabamos de per- der, inspire y
anime a sus sucesoras, vengándola a fuerza de energía pro- gresiva y
revolucionaria .
La
Revista Blanca (Madrid), V, 89 (1 marzo 1902), pp. 537-538.
Miguel
Bakounine
Al
emprender el trabajo de componer la biografía de Bakounine, hallo esta
afirmación que lanza UraIes a propósito de la de Tolstoi: «Todos los
revolucionarios rusos son místicos» .
Como
la revolución es el único medio de salir
de este pantano de injus- ticias en que la humanidad se halla sumida por no
haber seguido racional- mente la vía recta del progreso, y, por tanto, como el
título de revoluciona- rio equivale al de salvador, y éste es tan digno de
aprecio como despreciable es ya el de místico, su antagónico, con el fin de
fijar exactamente los térmi- nos, recurro al Diccionario para dar a la palabra
su valor preciso, y hallo:
«Misticismo:
doctrina religiosa o filosófica que enseña la comunicación in- mediata y
directa entre el hombre y la divinidad» . «Místico: la persona que se dedica
mucho a Dios o a las cosas espirituales» . Dadas estas definiciones, que son
las verdaderas, no porque lo diga la Academia, sino porque así en- tiende esas
cosas todo el mundo, y las palabras no pueden tener la significa- ción
arbitraria que quiera darles un pensador, las comparo con la siguiente
78 79
afirmación
tomada de un discurso de Bakounine en el Congreso de la Liga de la Paz y de la
Libertad, celebrado en Berna en 1868, repetida en no me- nos enérgicos términos
en todos los escritos de mi biografiado: «No a la li- gera, ni bajo la
inspiración de un sentimiento caprichoso y frívolo vengo aquí a combatir la
religión; lo hago en nombre de la moral, de la justicia y de la humanidad, cuyo
triunfo sobre la tierra será imposible mientras ésta se halle aterrorizada y
gobernada por los fantasmas religiosos [
. . .] Tengamos el valor de ser lógicos y sinceros y no vacilemos en proclamar
que la supues- ta existencia de Dios es incompatible con la dicha, con la dignidad, con la
inteligencia, con la moral y con la libertad de los hombres . Si Dios existe, mi inteligencia, por grande
que pueda concebirse, mi voluntad, por pode- rosa que sea, son nulas ante la
voluntad y la inteligencia divinas . Ante Dios, mi verdad es una mentira; mi
voluntad, la impotencia y mi libertad, una rebeldía contra su omnímodo poder .
Él o yo: si existe, debo anularme; si se digna enviarme profetas para revelarme
su divina verdad, incomprensible siempre a mi inteligencia; sacerdotes para
dirigir mi conciencia, incapaz de concebir el bien; reyes ungidos por su mano
para gobernarme y verdugos para corregirme,
les deberé una obediencia de esclavo .
Pues quien quiere Dios, quiere la esclavitud de los hombres . Dios o la
indignidad del hombre, o bien la libertad del hombre y la anulación del
fantasma divino . Este es el dilema no hay término medio; escoged» . Y concluyo: Bakounine, aunque revolucionario nacido en Rusia, no es
místico . Bien hará Urales en rectificar sus ideas sobre este asunto .
Bakounine,
prescindiendo de los accesorios de tiempo y lugar en que encuadrara su
existencia, considerándole en aquello que caracteriza y dis- tingue
esencialmente su pensamiento y su
acción, es cosmopolita, como Moisés,
como Sócrates, como Pablo después de lo de Damasco, como Fran- cisco de Paula,
como Galileo, como Miguel Ángel, como Cervantes, como Blanqui, como lo son
todos aquellos que por la libertad, por la teosofía, por la religión, por la
filosofía, por la caridad, por la ciencia, por el arte, por la literatura, por
la revolución o por cualquiera otra de esas concepciones uni- versales que parten de un juicio
sintético sobre el universo y sobre la huma- nidad, sienten sobre su frente el
fuego de la inspiración y tienen la sublime osadía de lanzarse a lo absoluto .
Claro
está que esos hombres guías tienen sus debilidades de carácter hu- mano: hasta
los místicos que forjaron la figura del hombre dios le presentan cobarde y
temeroso en el Huerto de los Olivos, pidiendo al padre que aparte de sí el
cáliz de la pasión y luego, en la cruz, se queja de su abandono . Ade- más,
todo el mundo reconoce que no hay hombre grande para su ayuda de cámara, cuando
lo tiene . Por eso se toma de ellos
únicamente su grandeza excepcional, sin contar para nada lo que pudieran tener
de común con Juan Cualquiera .
Los
que alcanzan el insigne honor de poseer personalidad con pensa- miento propio y
no toman del caudal de conocimientos humanos más que lo necesario para
robustecer su juicio y dar forma y vida a sus concepciones, dejando a un lado
como escoria los errores que constituyen el pasto intelec- tual del vulgo, no
son vasallos, súbditos ni ciudadanos de una nación cual- quiera; su propio
valer les exceptúa de esa especie de
solidaridad para lo malo en que viven sus contemporáneos sometidos al yugo del
dogma, de la ley y de la costumbre; de esa innoble pasividad, en que, abdicando
del sentimiento y de la razón vegetan las gentes que tranquilamente se dejan
dominar por los que dirigen las Iglesias, los Estados y las Academias y a quienes explotan a su sabor los
usurpadores de la riqueza pública . Antes al contrario, aquellos hombres
eminentes acaban por imponerse a todas las Iglesias, a todos los Estados y a
todas las Academias, y cuando esas entida- des desaparecen, o se transforman, o
sufren las peripecias que por los cis- mas, los progresos científicos, las
guerras, las conquistas o las revoluciones consigna la historia, ellos siguen
ejerciendo positiva influencia y se hallan en disposición de continuar
ejerciéndola en lo porvenir, y cuando en siglos futuros se trate de otro
porvenir remotísimo, sus nombres tendrán aún valor de presente y serán una
gloria por la gratitud y la admiración de las generaciones a la vez que un
ideal y una esperanza .
Sólo
quienes viven de rutina, de preocupaciones, de convencionalismos; los que
acatan sin discernimiento ni examen las ideas de bien y de mal consignadas en
los códigos, en los catecismos y en los tratados de urbanidad compuestos por
falsos y tiránicos mentores, sólo ésos que por desgracia son tantos que por
ello y por su igualdad en la abyección y en la ignorancia merecen ser llamados
la masa, son los nacionalistas y forman parte de esos
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grupos
de millones y millones de hombres que pasaron y pasan anónimos, sin
personalidad definida, dejando sólo obras de carácter colectivo, desta- cándose
entre ellos aquí, aún y de tiempo en tiempo algunos nombres que brillan como
estrellas de mínima magnitud, ofuscados por los vividos res- plandores de los
soles del pensamiento .
Nació
Bakounine en Torschok, gobiermo de Tower .
Hijo de un rico pro- pietario y de una familia de la más encumbrada
aristocracia, su ilustre origen y sus excepcionales aptitudes le permitieron ingresar en la privi- legiada
carrera de las armas, pasando en edad temprana con el grado de alférez y el
cargo de abanderado a la guarnición de las sometidas provin- cias polacas .
Cuando
vio que la nobleza de su alcurnia, su honor individual y su por- venir estaban
en abierta oposición con la dignidad y la dicha de los habitan- tes de aquel
país, y pensó que sus ascendientes, su propio ser y hasta su des- cendencia
eran instrumentos de brutal opresión, y consideró además que no tenía más
misión que desesperar a los pacientes y matar a los rebeldes, y que en pago de
semejante tarea, si podía contar con ascensos tendría siempre las censuras de
su conciencia y las maldiciones de sus víctimas; se horrorizó de sí mismo,
aborreció a sus protectores, abominó del medio en que se le colo- caba para
vivir, y dimitió de su empleo de oficial del ejército . Libre por ese acto de
independencia, fue, según la frase de un biógrafo, a estudiar la cien- cia a
Berlín y la revolución a París .
En
Berlín se adhirió con entusiasmo a las doctrinas de Hegel y formó parte de la Joven Alemania;
en París se relacionó con los revolucionarios que en aquella época formulaban
como verdaderos apóstoles el credo de- mocrático, libre aún de las impurezas y
sofisticaciones con que le ha man- chado después el oportunismo republicano
gubernamental, nefando re- curso de gobierno que es como una concesión al
crimen y al absurdo, que se funda, por una parte, en el respeto a los intereses
creados, aunque sig- nifiquen una usurpación y por otra, en la incapacidad
intelectual en que sistemáticamente se ha obligado a vivir a los despojados .
En
Zurich tomó parte activa en los trabajos de las asociaciones socia- listas . Vuelto a París fue de allí expulsado a
petición del gobierno ruso, y se dirigió a Bruselas, donde cultivó sus
relaciones con todos los revolucio- narios por medio de su sistema epistolar,
que constituye su principal ri- queza literaria y que formaría numerosos
volúmenes llenos de sabiduría y bellísimas
concepciones, si fuera
posible salvarle de su obligada disper-
sión . Hallóse en París durante las
jornadas revolucionarias del 48; siem- pre agitador y organizador,
pasó a Praga, a Berlín y por último a Dresde; y allí se puso al frente del movimiento insurreccional que,
después de efímero triunfo, fue sofocado, cayendo mi héroe en poder de las
tropas en Kœnigstein, donde, juzgado por el consejo de guerra, fue condenado a
muerte en mayo de 1850, cuya pena se le conmutó por la de prisión perpetua .
El
gobierno austriaco reclamó después al preso para juzgarle y castigar- le por
las insurrecciones intentadas en sus
dominios, y la reclamación fue atendida por el prusiano . Sometióse, pues, a nuevo consejo de guerra,
que también le condenó a muerte; pero el ruso reclamó a su vez al infeliz con-
denado, y también se dio satisfacción a la demanda .
Por
orden del Czar, debida sin duda a poderosas influencias, Bakouni- ne fue
destinado al ejército del Cáucaso en calidad de soldado raso .
Utilizando
entonces el castigo que se le infligía, Bakounine transformó su tienda de soldado en foco de
propaganda revolucionaria .
Una
noche de agosto de 1852, en la ribera del Tchechna, en Dughestán, en el
campamento de Bariatinsky, general en
jefe del ejército ruso, que ope- raba en el Cáucaso contra los rebeldes que
Schamyl había llamado a las ar- mas para rechazar la tiranía moscovita, en el
interior de una tienda que en nada se distinguía de las otras, se hallaban
materialmente apiñados unos treinta hombres de todas las armas y de diferentes
grados, que escuchaban con veneración y entusiasmo a un joven que ostentaba los
caracteres de una vejez prematura, debidos a la grandeza del pensamiento, a la
energía de la pasión, a los peligros vencidos, a los sufrimientos
experimentados; aquel jo- ven extraordinario, un soldado raso, era Miguel
Bakounine, quien, termina- da su conferencia, hizo saber a sus oyentes que
entre ellos se había deslizado un traidor que había descubierto sus trabajos,
por lo que probablemente, la
82 83
mayoría
de los presentes y él mismo se verían forzados a cambiar el campa- mento de
Tchechna por las heladas soledades de la Siberia, exhortándoles al mismo tiempo a confiar en la Revolución y
comunicándoles estas líneas que su amigo Herzen le había dirigido secretamente
desde Francia . «Es preciso extirpar radicalmente toda vana esperanza, toda
ilusión falaz, sometiéndo- las al tribunal incorruptible de la razón . La
libertad será una vana palabra sin valor positivo mientras todo lo religioso y
político no sea sencillamente hu- mano y
no quede, por tanto, sometido a la crítica y a la negación» .
Pocos
días después, en efecto, la mayor parte de aquellos revoluciona- rios formaban
una cuerda y se dirigían al presidio polar, llevando consigo un ideal y una
fundada esperanza .
Cinco
años duró el cautiverio de Bakounine .
Grande debía de ser la influencia de su familia cuando el autócrata
permitió la atenuación de la pena del condenado, que fue admitido como
escribiente en las oficinas del gobernador .
De
allí se escapó Bakounine, logrando un
éxito rayano en lo imposible, único tal vez en el mundo en lo pasado y en lo
porvenir, consistente en recorrer las inmensas regiones árticas del Asia, a
pie, donde todo es hostil a la vida humana: selvas vírgenes, heladas estepas,
escabrosas montañas, fie- ras hambrientas, frío insufrible; sin más guía que su
valor, su inteligencia, su fuerza hercúlea, su energía de apóstol . Allí, solo, a centenares de leguas de toda
vivienda humana, en lucha con todo el mundo, trocando el signi- ficado de los
términos, debilidad y fuerza; puesto que él en su pequeñez individual resulta
vencedor, y el mundo, con sus grandezas, queda vencido, se ofrece a la fantasía
como el genio de la libertad enseñando a todos los oprimidos que el poder de la
tiranía y del privilegio es nulo ante el indoma- ble esfuerzo que lleva consigo
la idea hecha voluntad . Aquella preciosa vida, sometida a tan rudas
contradicciones que el héroe hollaba con firme planta, sustentaba aquel cerebro
que era como el arca santa de la libertad .
Al
admirar tan tremenda hazaña, con entusiasmo que hace temblar la mano que
sostiene la pluma con que escribo y arrasa de lágrimas mis ojos, siento
gratitud inmensa hacia aquel filosofo mártir, y me conforta la espe- ranza de
que sus trabajos, son cimientos indestructibles de la sociedad libre y justa
que nos promete el progreso .
Llegado
a las costas del Pacífico sano, firme, templado, como si lo que acababa de
realizar no excediese los limites de un mediano
sport, tomó pa- saje en un barco ballenero, pagando con sus servicios y
con su inspirada palabra, y arribó a San Francisco de California . Pasó corto tiempo en los Estados Unidos donde
se ganó la vida enseñando idiomas y matemáticas, volviendo a Europa y fijando
por entonces su residencia en Londres, des- pués de haber dado la vuelta al
mundo, realizando así aquella inconcebible odisea revolucionaria .
Lejos
de agotar su extraordinaria energía, dedicóse con nuevo ardor a la propaganda
de su ideal . Recorrió después, y
siempre con el mismo ob- jeto, varias poblaciones de Europa y cuando el
movimiento insurreccional de Polonia en 1863 intentó, sin éxito, levantar los
aldeanos de Lituania contra el Czar, tampoco consiguió, aunque no por culpa
suya, lanzar a la revolución la Sociedad Tierra y Libertad, que bajo sus
auspicios se fundo en Rusia y países por ella dominados . Frustradas
esas tentativas, se dirigió a
Italia con el propósito de organizar los antiguos elementos revoluciona- rios,
pero habíales ganado la indiferencia y el escepticismo y no pudo conseguir nada
de provecho; sin embargo, fundó, en Nápoles, en unión de Cafiero y algunos
pocos que permanecieron fieles a las convicciones honradas, el periódico Libertad y Justicia, digno continuador del
Kolokol, que antes fundara con Herzen y Ogareff .
Formó
parte de la Asociación denominada Liga de la Paz y de la Libertad, con el
intento de impulsar a los demócratas burgueses que la constituían por la vía francamente revolucionaria, y
asistió al Congreso de dicha Asociación celebrada en Berna en 1868; pero, las
preocupaciones y los escrúpulos de los reaccionarios allí dominantes le obligaron a separarse de ella, lanzando
una protesta que ha quedado como la marca infamante que acusa la incapacidad
progresiva de la democracia universal .
Hela
aquí: «Considerando que la mayoría del Congreso de la Liga de la Paz y de la
Libertad se ha declarado, apasionada y categóricamente, contra la igualdad
económica y social de las clases y de los individuos, y que todo programa y
toda acción política que no tenga por objeto la realización de este principio
no pueden ser aceptados por demócratas socialistas, esto es, por los amigos
lógicos y convencidos de la paz y libertad, los que suscriben
84 85
creen
de su deber separarse de la Liga» .
Precedió a esta declaración y a la votación consiguiente un discurso de
Bakounine, del que entresaco los siguientes conceptos: «Todos los que nos
hallamos aquí reunidos no somos reyes, ni gobiernos, ni representantes de la
burguesía . No tenemos ni debe- mos tener interés opuesto al de los
trabajadores . Estamos reunidos en nom- bre de la paz y de la libertad, no para
negociar con los trabajadores ni para engañarlos y explotarlos, sino para
proclamar los principios que puedan asegurar la paz, la libertad y el bienestar
de los hombres . No les debemos
concesiones, sino justicia . ¿Queremos como ellos, con ellos, francamente la
igualdad económica y social, o lo que en lenguaje burgués se llama el me-
joramiento de la condición de los obreros? [ . . .] Y digámoslo claro [ . . .] Si, como mercaderes de mala
fe, vendemos partículas de justicia, los trabaja- dores no querrán de nuestra
mercancía ni de nosotros . . .»
No
sé con qué argucias saldrían del paso los retóricos de la democra- cia .
Castelar se hallaba presente, y hablando un día, inspirado en su terror pueril
y en su odio irreflexivo a todo lo que reúne y amalgama en su fan- tasía con el
nombre de socialismo, presentó como un monstruo capaz de devorar el orden
social al « ¡bárbaro comunismo moscovita!» e hizo con espanto la descripción de
un gigante vestido de mujik que ostentaba luen- ga barba, melena de león y
facciones reveladoras de poderosa energía .
La
minoría del Congreso de la Liga de la Paz de Berna formó la Alianza de la
Democracia Socialista, agrupación destinada a impulsar el estudio de la
sociología y a activar la asociación y organización de los trabajadores . Sus
afiliados se comprometieron al sacrificio de sus privilegios para la rea-
lización de sus ideales, y sugestionados por el ejemplo y por la elocuencia de
Bakounine, en sesión solemne arrojaron al fuego cuantos títulos y do- cumentos
poseían acreditativos de sus grados académicos y privilegios de toda clase .
A
partir de este momento, la vida de Bakounine
sale del periodo brillan- te para entrar en otro más tranquilo y
fructífero . Antes, impulsado por su
bravura y sus convicciones, emprendió las más atrevidas aventuras; desde
aquí
solo se ocupó en dar el fruto de su poderosa inteligencia al nuevo factor
revolucionario creado con la Asociación Internacional de los Trabajadores .
La
creación de aquella Asociación fue para Bakounine como la revela- ción de un
mundo . Tuvo antes como colaboradores de su obra la juventud precedente de las
clases privilegiadas que aún conservaba
nobleza de sen- timientos y razón libre de preocupaciones de clase . Después vio que la ultima capa social,
aquella a quien parecía preciso emancipar a pesar de su inconsciencia, se
emancipaba de hecho y de derecho por sí misma y toma- ba por cuenta propia la
realización de sus propósitos de justicia social; vio que muchos obreros a
pesar de sus privaciones y de la falta de condiciones regulares en que vivían,
se agigantaban hasta las cumbres de la
inteligen- cia, como lo atestiguaba la prensa obrera y los congresos internacionales,
y esto, no solo confirmó sus convicciones, sino que además robusteció sus
esperanzas .
Marx
vio con desagrado la intervención de Bakounine en La Interna- cional, que juzgó
peligrosa para sus propósitos, y aquel desagrado frente al prestigio del que
consideraba como competidor, produjo una escisión que anticipó los resultados
del autoritarismo marxista .
No
me toca historiar aquellos sucesos ni juzgar sus consecuencias, me limito a
consignar el hecho .
Bakounine
fijó su residencia en Ginebra en 1869, desde donde activó vigorosamente la
propaganda . Trabajó en L’Egalité, de Ginebra, y en Le Po- grès, de Locle, y
asistió como delegado al Congreso de Basilea en 1869 . En aquel Congreso, que
señala el apogeo de La Internacional, Bakounine se mostró el apóstol del
colectivismo, doctrina que ha tenido la poca fortuna de ser despreciada por los
que se han valido de su nombre para ocultar una forma nueva de
individualismo, y también por los que
han necesitado anu- larla para que a sus expensas brillara el comunismo1 . Para
que los sinceros y desapasionados formen juicio exacto, cito este pasaje de su
citado discurso en el dicho Congreso:
«El hombre más extraordinario, si
hubiese vivido
1. Kropotkine, en su folleto Le Salariat,
publicado por La Révolte en 1892 dice en una nota: «Los anarquistas españoles,
conservando el nombre de colectivistas, entienden por colectivismo la posesión
en común de los instrumentos de trabajo, y la libertad, para cada agrupación, de repartir los
productos del trabajo como mejor le parezca, según los principios comunistas o
de cualquier otro modo .
86 87
desde
su infancia en un desierto, nada hubiera producido . La propiedad in- dividual
no ha sido ni es más que la explotación y la apropiación individual del trabajo
colectivo [ . . .] La concesión de la propiedad al individuo es una pura ficción; ha sido obtenida en su
origen por las armas, por la conquista, por la brutalidad; después por la venta
y compra, que no son en sí mismas sino brutalidades enmascaradas [ . . .] Todo
trabajo productivo es ante todo un
trabajo social, necesariamente colectivo y el trabajo que impropiamente se
llama individual es también un trabajo
colectivo, puesto que él sólo es posible gracias al trabajo de las generaciones
pasadas y presentes» .
Obligado
por las insidias de la policía se retiró
a Locarno, y desde allí partió para Lyon, en cuya ciudad tomó parte en el
movimiento co- munalista .
Poco
tiempo después se retiró a Berna y allí murió en 1 .º de julio de
1876
.
Tal
fue Bakounine: inteligencia poderosa, voluntad ilimitada, energía indomable
. Filósofo, economista, guerrero, poeta,
no podía acomodarse a esa filosofía según la cual la evolución y la
transformación progresiva de los
periodos históricos no son más que simples variaciones en la manera de efec-
tuarse la iniquidad social . Eso lo confundía él en su desprecio con el famoso
«valle
de lagrimas» de los cristianos, y trabajaba por un ideal de justicia y de
felicidad perfectamente definido y concreto, que es el resultado racional del
curso que lleva la humanidad, que expresaba en estos términos: «Después de la
antropofagia vino la esclavitud y a continuación la servidumbre de la gle- ba,
después el salariado, al cual debe poner término el día terrible de la justi-
cia para entrar definitivamente en la era de la fraternidad .»
Bakounine
es muy poco conocido en la actual sociedad, que olvida siste- máticamente a los
grandes hombres y eleva estatuas a medianías, a quienes antes dejó perecer de
hambre . Se comprende: atacaba con rudeza muchos intereses
ilegítimos e infinidad de preocupaciones arraigadísimas .
Si
se tratara de buscar una analogía conocida de todo el mundo para comparar a
Bakounine, habría que recurrir a Jesús, a quien se asemeja muchas veces en el
sermón de la montaña; nunca, cuando mandaba que se diera a Dios lo que es de
Dios y al César lo que es del César, menos en el acto de profetizar que siempre
habrá pobres en el mundo; siempre en aquel
rasgo
de indignación que le impulsó a arrojar a zurriagazos del templo a los
burgueses de la época .
Termino
afirmando que la obra de Bakounine es imperecedera del mis- mo modo que la
reacción conservadora es impotente . Y
así como por ata- vismo reaparecen cada vez más degenerados y a más largos
intervalos los tipos de especies ya desaparecidas, los pensamientos honrados
por los pre- cursores de la verdad y de la justicia se encarnan cada vez más y con mayor intensidad en los
que vienen después; por eso podemos congratularnos de ver sus efectos en todas
las manifestaciones de la inteligencia humana, a pesar de la mala voluntad de
los tiranos .
La
Revista Blanca (Madrid), I, 16 (15 febrero 1899), pp. 449-455;
reeditado
en Vida anarquista (1912), pp. 34-45.
Alfredo
Calderón
La
burguesía está de luto: ha perdido un hombre bueno, un sincero, un burgués de
los que no abundan y en cuyo sepulcro puede ponerse esta inscripción: «fue un sabio y murió pobre» .
No
fue propietario, ni accionista, ni cobró rentas, ni usurpó por dere- cho de
accesión el fruto del trabajo a nadie; antes al contrario, como cualquier
tercero —según denomina el Código al trabajador—, por acce- sión unió el
producto de su trabajo a la propiedad de muchas publicacio- nes, y con su
grandioso talento quedó pobre y
legalmente despojado, mientras sus explotadores, seguramente inferiores a él en
todos sentidos, sobre todo en sabiduría y probidad, podían atesorar frutos
civiles (dinero, rentas o cosa que lo valga), todo porque al legislador romano,
hace ya muchos siglos, se le ocurrió
disponer que «todas las obras se
presuman hechas por el propietario»; y también porque todos los reformadores
que desde entonces han agitado el mundo han tenido el mal acuerdo de dejar
subsistente tan inicua e irracional anomalía; más aún, prometen prolon- garla
por los siglos de los siglos, y que ya quedaba subsistente en el Mani-
88 89
fiesto
de Pí y Margall de 22 de junio del 94, documento considerado como la promesa
más radical hecha por un político a los pobres para que se conformen con serlo y vayan sufriendo la carga de la
accesión .
Sí;
en un principió Calderón fue burgués meritorio y ha acabado siendo burgués
honorario: hizo méritos para dedicarse a la cátedra, a ser factor y dependiente
en la Universidad, bazar burgués dónde el privilegio dominan- te vende ciencia
concordada con el Génesis y con el Derecho Romano, bajo la dirección del
Estado, y su gran saber y más que toda su ingenua probidad le sirvieron de
obstáculo ante el tribunal de oposiciones, que vio en él un perturbador
democrático, y dio la cátedra de Derecho Natural al marqués de Vadillo,
reaccionario y conservador, considerándole más adecuado para la enseñanza
privilegiada, objetivo primordial de la institución .
Se
dedicó después a repartir su saber en dosis periodísticas, con utilidad para
todo aquel que sabía aprovechar para su instrucción particular la eru- dición
en que abundaban sus escritos, y para desaliento del que aceptaba la tesis
pesimista, casi cartuja, con que entre
vacilaciones del pensamiento y filigranas de lenguaje repetía a diario: «¡Morir
tenemos! ¡Ya lo sabemos!» o cosa parecida, y la burguesía, que tras un trabajo
asiduo y enorme le escati- maba los recursos, le dedica hoy honores de
ultratumba .
El
abolengo y el atavismo burgués retuvieron a Calderón enredado en la burguesía,
entre la cual no pudo prosperar por la impedimenta de su honradez; del
proletariado le separaban las preocupaciones
de clase . Con toda la filosofía
moderna metida en la cabeza no podía ir de la mano con jornaleros analfabetos;
pero con una sinceridad rectísima se veía imposibi- litado de subir al tretau
[tribuna] del candidato .
¡Qué
lastima que el padre de Alfredo Calderón no fuera un trabajador de esos que
apenas pueden costear a sus hijos la instrucción primaria!
¡Cuán
buena labor hubiera realizado el difunto si, como le habría impulsa- do su
genio y su talento, hubiera formado parte de La Internacional y hu- biera
vivido entre los grupos de ese proletariado
que en la sociedad actual tiene exclusivamente a su cargo el progreso,
la conquista de la participación de todos en el patrimonio universal y la
felicidad humana!
Por
desgracia no fue así, y suyos son estos dos párrafos:
Socialistas
y ácratas pretenden el absurdo de transformar radicalmente de arriba abajo y de
la noche a la mañana el actual orden de
cosas; quieren los unos hacer el capital cautivo del trabajo; los otros, más
utopistas aún, quieren destruir la sociedad hasta en sus cimientos .
Estas
dos formas de la protesta del proletariado, de acuerdo en su oposi- ción
irreconciliable contra el capital, son
contradictorias: el socialismo es todo organización, reglamentación,
disciplina; el anarquismo disolución,
independencia, autarquía . El socialismo amenaza la libertad; el anarquis- mo
niega el orden .
Bien
se ve ahí la repulsión al proletariado, efecto del atavismo burgués . El hombre
de poderosa inteligencia, que se ofusca de tal modo para sinte- tizar,
falseándolo como lo hace, lo que denomina dos formas de la protes- ta del
proletariado no podía emular la gloria de Reclus . Pero nada podía esperar tampoco de la
burguesía el escritor que en el mismo artículo que contiene las anteriores
afirmaciones, dice lo siguiente:
Bajo
apariencias democráticas, en la sociedad burguesa domina de he- cho una
verdadera plutocracia: el oro ha sustituido al rango, a los pergami- nos, a la tonsura, al derecho
divino, a todos los antiguos títulos de
domina- ción y de preeminencia . Todo lo puede el rico .
Habiendo
llegado un día a preguntarse «¿si seré yo anarquista?» des- pués de un resumen
crítico de la sociedad actual, duro, enérgico, razona- dísimo, no pudo acabar
con una franca afirmación . Pocos días después del atentado de la Rambla de las
Flores, cuando de la responsabilidad de esa clase de crímenes exceptuaba ya
todo el mundo a los trabajadores, y desde las esferas de la autoridad se había
hablado de «la pista de altura», sale Cal- derón hablando del «terrorismo
anarquista» en términos impropios de su claro entendimiento .
Imposibilitado
de aceptar el ideal anarquista, por ese soberbio pesimis- mo de los
aristócratas del pensamiento, a quienes repugna siempre la idea de igualdad, no
podía aceptar tampoco el utilitarismo burgués, que va directo a la ganancia con
el engaño, con el fraude o con la violencia .
90 91
Por
no comprender este pensamiento de Mably:
«Los hombres, des- iguales de hecho por
sus facultades y sus necesidades, son absolutamente iguales en derechos», no
aceptó el único lugar que por su talento y su no- bleza le correspondía, el de
sociólogo y luchador revolucionario .
Alfredo
Calderón no supo hallar su centro; no halló, por no haberse creado aún, por no
haberlo creado él mismo y seguramente por ser im- posible, un terreno neutral
entre las falanges de pobres y ricos que
lu- chan y lucharán hasta la constitución racionalmente definitiva de la so-
ciedad; no tuvo tierra que pisar; socialmente considerado no deja, pues, ningún
vacío .
La
burguesía, que para fascinar al pueblo saca con cualquier pretexto las
charangas y las percalinas coloreadas, pone hoy los trapos negros, con su
cuenta y razón, en honor del ilustre difunto .
¡Allá se las haya!
Los
trabajadores, en mi sentir, considerando que si no fue su colabora- dor en la
obra de su emancipación, no quiso venderse a sus enemigos y mantuvo siempre una
personalidad digna, saludan, respetuosamente la memoria de Alfredo Calderón .
Tierra
y Libertad (Barcelona), IV, 46 (26 diciembre 1907), 1, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 136-139.
José
López Montenegro
Bien
sé que hemos de acatar la muerte como una consecuencia natural de la vida; pero
no es menos cierto que si tenemos razón para comprender y saber, tenemos
también un organismo para sentir, y en el sentimiento está lo que pudiéramos
llamar la sal de la vida, lo que disipa la monotonía me- cánica del ser y da
penas o alegrías según que el tal mecanismo nos afecte en bien o en mal . Gran pena me ha causado, y muchos me
acompañarán en ella, la noticia de la muerte de Montenegro, cuyo nombre ha ido
unido a todo lo que más me ha interesado en mi vida, por lo que me complazco en
dedicarle este sencillo recuerdo, ya que no he de trazar aquí su biografía .
Le
conocí en Madrid antes de declararse anarquista; le vi cuando, por su
participación en el movimiento obrero aragonés, era anarquista ya y trabajó en
la celebración clandestina del Congreso de la F . R .
española de La Internacional de 1872 en Zaragoza, antes de su
presentación pública en el teatro de Novedades de aquella capital; le vi en
París llevando la vida de emigrado pobre después de su participación en el cantón
de Cartagena, y asistí con él a una conmemoración de la Comune, celebrada en
Reus, donde en una especie de ágape anarquista celebrado con los compañeros
reusenses en el Maset, hizo una especie de confesión verdaderamente sensacional .
Con
aquella noble actitud que le distinguía, con su fisonomía expresiva, animada
por aquellos ojos que irradiaban rayas de cólera o caricias amoro- sas, y con
aquella voz de bajo que unas veces tenía el tono del mando y otras la expresión
persuasiva del propagandista, manifestó que, militar, ca- ballero y romántico a
su manera, arrastraba el sable con aquel desenfado del que lleva la vida según
el impulso recibido, pareciéndole que todo el mundo había de subordinarse a
proporcionarle alegría, honores y riquezas, no importándole que otros sufrieran
por causas que ignoraba, ni reparando siquiera que él mismo pudiera arrancar
lágrimas a algún desgraciado; y así hubiera seguido quizá si el amor no hubiera
sido para él su camino de Da- masco .
En efecto, amó, triunfó y quiso olvidar, pero el amor le retuvo hasta el
punto de obligarle a abandonar su posición privilegiada y ponerse al nivel de
la pobre mujer seducida y abandonada que tomó por compañera de su vida .
En
ese nuevo aspecto de su vida es interesantísima
la de Montenegro; redactor de Los Desheredados y maestro laico en
Sabadell, maestro también en Sallent, recluido en Montjuic y residente en
Barcelona después de aque- lla persecución que hizo tristemente célebre el
Castillo Maldito, tuvo siem- pre su pensamiento, su pluma y su palabra al
servicio del ideal redentor del proletariado .
Le
vi por última vez en Barcelona, poco antes de su viaje a América, y por cierto
en ocasión de haber de desengañarle acerca de la publicación de una obra en
verso . Si es cierto que nadie es perfecto, él pecaba por sus versos . Con
grandiosidad de pensamiento y sabiendo expresarle en prosa clara, enérgica y
siendo buen prosista se empeñaba en ser mediano versificador .
92 93
Quizá
presentía que no nos veríamos más: al despedirnos no aceptó mi mano, sino que
me estrechó fuertemente contra su pecho y me dio un beso . Conmovidos ambos,
nuestra última mirada fue velada por lágrimas y nues- tras palabras temblaban
por efecto de una emoción intensa .
Con
la misma emoción trazo estas líneas que dedico al viejo amigo y constante
luchador, que en lo mucho que tuvo de bueno deseo ver imitado por los
luchadores y propagandistas de la nueva generación .
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 48 (20 febrero 1908), 1, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 183-185.
De
filosofía social
94
Entre
dos evoluciones
Un
sabio francés, al servicio del jesuitismo y, en pugna con la humanidad, tuvo la
osadía de proclamar la bancarrota de la ciencia, lo cual demuestra que hay
sabios que ignoran las nociones fundamentales
de la dignidad y son capaces de cambiar la verdad por las gangas de una
posición .
Mucho
se ha discutido tan atrevido concepto: tarea inútil; siempre ha de quedar
patente que la ciencia, como conocimiento cierto que es de las cosas por sus
principios y sus causas, y agrupación en cuerpos de doctrina metódicamente
formados y ordenados de los conocimientos que constitu- yen ramas particulares
del humano saber, no puede quebrar jamás; pero ninguno de los contradictores
del famoso Brunetiere tuvo energía suficien- te para elevar la réplica a la
altura de castigo merecido, proclamando a su vez con perfecto derecho y
absoluta justicia la bancarrota de la revelación .
En
efecto, pueden haberse desvanecido muchas hipótesis teóricas teni- das por
ciertas ante la demostración patente de los hechos suministrada por la
observación, y si se quiere por descubrimientos casuales, que a esta y nada más
que a esta se refiere la supuesta bancarrota
de la ciencia, pero nada de lo que constituye conocimiento positivo o
ley general comprobada ha perdido un
átomo de su prestigio; en cambio la gran hipótesis, la que invoco e invo- caron
constantemente todos los ignorantes del mundo, aquella hipótesis innecesaria de
que habló Lalande contestando a Napoleón cuando le echa- ba en cara que nunca
hablaba de Dios, el Dios creador y conservador, en una palabra, pierde terreno
cada día a medida que los conocimientos ade- lantan; digan cuanto quieran los
que se empeñan en establecer imposibles concordancias entre las fábulas genesiacas y las verdades
científicas .
La
quiebra de la revelación, considerada desde el punto de vista históri- co y
social, es espantosa: el amaos los unos
a los otros, para las mismas naciones cristianas, muy distantes aún de
comprender el mayor número de los vivientes, se traduce por guerras perpetuas,
internacionales y civiles, en que el arte y la ciencia de matar han alcanzado
una perfección casi capaz de despoblar al mundo; y cuando no con las armas se produce ruina y
97
muerte
por la imposición de alianzas que parecen asociaciones de malhe- chores; o con
tratados comerciales que son verdaderos pactos leoninos, o con leyes
expoliadoras o de excepción que ponen el
patrimonio universal en manos de los privilegiados, dejando a los trabajadores
reducidos a la condición de parias y el derecho general de los ciudadanos a
merced de la más absurdas extralimitaciones autoritarias .
La
sociedad de los individualistas, agotada toda la savia que pudo ali- mentarla,
toca a su término . Y esto no es
fraseología; ahí están los hechos que lo demuestran con toda evidencia: sus
religiones, satisfacción dada a la ignorancia por si se le ocurre curiosear
sobre la existencia del universo, a la vez que prolongación extraterrena del
egoísmo, inspirada en la mezquina idea de alcanzar el dolce farniente, oyendo la música
celestial; sus constitu- ciones políticas, sistemas incongruentes basados en la necesidad de que unos obedezcan
porque se les supone malos para que otros manden, legis- len, gobiernen y
dirijan aunque mandarines, legisladores,
gobernantes y directores nunca probaron ser mejores; sus instituciones jurídicas, eternas continuadoras de las
preocupaciones, errores y crímenes de
primitivos o antiquísimos usurpadores;
sus organizaciones de trabajo, distribución de producto, cambio y propiedad,
que tienen por fundamento el fraude y por objeto la expoliación del productor;
su moral trasnochada, sanción de las causas del mal existente impuesta por
dogmatizadores que fingen relacio- nes extraterrenas y conservada por
irreflexiva rutina; todo descubierto ya, incapaz de sostenerse, manifiesto
engaño, falacia insoportable e insosteni- ble, sangrienta hipocresía, se
desmorona, se hunde, porque a nadie
satisfa- ce, nada garantiza y todo y a todos deja expuestos a esa enormidad
social llamada la lucha por la existencia, que ha dejado ya de ser una explicación
teórica de la vida para convertirse en una declaración de impotencia en boca de
los privilegiados, y en una acerba y cruelísima censura en la de los
desheredados revolucionarios .
La
sociedad de los comunistas se acerca, con su régimen social de solida- ridad,
de apoyo mutuo, de amor, que dé a todos los individuos el medio de desarrollar
todas las facultades, a fin de obtener un mundo de nuevas ener- gías confundido en el concierto universal de las voluntades .
La ciencia, po- sitivismo humano substituye a la revelación, superchería
mística; la sociolo-
gía,
agregado metódico de conocimiento, reemplaza a la teología, arlequín de
milagros, misterios y tradiciones .
Estamos,
pues, en el término de una evolución y en el principio de otra; hemos llegado
al final de la primera etapa; necesario es comenzar bien la segunda .
Entiendo
por primera etapa la negación de los dogmas; la desobedien- cia a los poderes;
la disolución de las categorías, y consiguiente elevación a la igualdad social
y a la participación de todos los tiranizados y deshereda- dos en el patrimonio
universal, conjunto de riquezas naturales y de los acumulados por el trabajo de
todas las generaciones; y por segunda, el fu- turo régimen de paz y concordia
por la conformidad de intereses despojado de toda levadura atávica .
La
Revolución social, la única, aquella ante la cual las llamadas revolu- ciones
en la historia no pasan de episodios revolucionarios, camina rápida- mente
hacia su término, teniendo por principales agentes los proletarios, los
jornaleros, los descendientes de los esclavos y siervos, aquellos a quienes
Marx dio conocimiento de su fuerza y Bakounine la inspiración del ideal .
No
lo olviden aquellos trabajadores que se quejan inútilmente de su miseria los
que luchan contra la burguesía para arrancarle mejoras tran- sitorias, los que
buscan en la cooperación una emancipación ilusoria ni los que, desconfiando de
su valer individual, despojándose de su iniciati- va y aun de sus
céntimos, se agrupan a la sombra de un
santón de falso prestigio .
¡A
la historia la evolución que perece! ¡A la vida la evolución dichosa de lo
porvenir!
La
Revista Blanca (Madrid), III, 55 (1 octubre 1900), pp. 197-199, reeditado en
Renovación (San José de Costa Rica), II, 45 (10 noviembre 1912), pp. 321-322, y
en Vida anarquista (1912), pp. 142-145.
98 99
La
desesperación de Costa. ¡Ya es tarde!
o
¡Ya es hora!
La
gran figura actual de Costa, grande hasta en su lastimosa decadencia, diferente
del Costa que hace pocos años parecía el Mesías que esperaban los burgueses
españoles, suscita el recuerdo de Jeremías, y la lectura del ar- tículo de El
Ribargozano, tan contrario a manifestaciones anteriores de su pensamiento, me
ha impulsado a tomar la Biblia para repasar las profecías y las
lamentaciones, y he hallado el siguiente
parangón:
Tras
las lamentaciones de Jeremías, profundamente
sentidas como con- secuencia de no menos profundo conocimiento del mal
de su época y de su país, quedaba todavía una esperanza, remotísima, pero
consuelo positivo al fin: «Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos:
renueva nuestros días como al principio» (Lamentaciones, v, 20) .
Tras
las lamentaciones de Costa se cae en el escepticismo más desconso- lador: «No
vale ya la pena [ . . .] En 1898, cuando acaso no era tarde todavía [ . . .]
Por desgracia, aquel movimiento, que pudo ser una revolución salvado- ra y un
mentís a Salisbury, se torció y apagó [ . . .] La cazuela británica está ya en
la lumbre aguardando con su acostumbrada
cachaza (todas las cazuelas son cachazudas), hija de su seguridad . En un año, el buen John ha hecho tres
entradas en el gallinero español, sin que España se haya dado cuenta . . .»
Dejo aparte lo que ha motivado las lamentaciones de Costa: igualmen-
te
distanciado de solidarios y antisolidarios, no me interesa el desahucio de la
solidaridad, lo que no acepto es el de España y protesto contra el de la
humanidad y me apoyo en la certidumbre de que la semilla arrojada por Fanelli
no se ha perdido en España, donde sobre la incapacidad progresiva de la
burguesía queda subsistente un proletariado emancipado, cuyo po- der,
restringido temporalmente aquí por la persecución y la arbitrariedad, se ha
extendido a América, donde vibra impetuosamente revolucionario en todo el Sur,
y cuya savia, transmitida a La Revolte
por El Productor y Acra- cia, vigoriza hoy esa misma Confederación del Trabajo colectivista o co- munista que
declara el jaque a la propiedad en Francia .
En cuanto a la humanidad, continúa su evolución progresiva hoy como
siempre sin cui-
darse
de lamentaciones pesimistas; exactamente como si no hubieran exis- tido ni
existieran Jeremías ni Costas en el planeta .
Ambos
lamentadores se fundan en su convicción,
en su fe, en su honra- dísima intención; pero la verdad no está vinculada en la
convicción, ni en la fe, ni en la honradez del hombre sincero, como no lo está
en la hipocresía ni en la malicia del ambicioso; los Jeremías y los Costas no
son infalibles: la verdad está en las cosas, y ha de ser reconocida, no
impuesta, por las personas .
Para
el lamentable místico, aunque condicionada por el poder absoluto atribuido a
Jehová, queda en el hombre decaído la posibilidad de su rege- neración; puede
volver a empezar .
Para
el lamentador profano todo se anonada;
¡ya es tarde!
El
horror que inspiran aquellas madres que cuecen sus hijos para co- merlos
(Lamentaciones, IV, 10) se atenúa, no obstante, con la esperanza de renovación
de los días .
El
pesimismo de Costa no horroriza a nadie; más bien inspira lástima; porque hoy
sabe ya de sobra todo el que sabe algo que el progreso no se encerró jamás en
ningún gallinero nacional —gallinero si lo es España, lo son todas las
naciones, hasta Inglaterra—: hundióse Roma, que sintetizó los progresos de las
civilizaciones anteriores y sobre sus ruinas se alzaron las naciones modernas,
y ojalá se hubiera hundido antes de dar al mundo esa cadena llamada el derecho
romano . Perdióse el imperio colonial
español, en cuyos dominios no se ponía el sol, como cantan con patriotismo
ridícu- lamente llorón algunos patriotas a la antigua, pero la humanidad ha
gana- do las naciones progresivas de América .
No olvidemos que Filipinas se ha sacudido los frailes, lepra española que parecía
eterna, curada ya radical- mente, ni que Cuba se ha limpiado e higienizado a
última hora, hasta el punto de haber desaparecido, para vergüenza de nuestros gobernantes,
el vómito y la fiebre que antes causaban numerosas víctimas .
La
asociación de ideas suscitada por aquel cocimiento horrible y la ca- zuela
británica, me ha hecho caer en la cuenta de que el místico y el profa- no eran
al fin nacionalistas, y como tales no abarcaban la humanidad ni se elevaban al
conocimiento del hombre: uno hablaba de los judíos, el otro hablaba de los
españoles, y lo que en tiempo de aquél era un mal para los
100
101
suyos
se convertía en gloria para los romanos, capitaneados por Tito, que si fue el
vencedor y el demoledor de Jerusalén, era a la vez el filósofo que cuando
pasaba un día sin haber hecho un bien exclamaba Diem perdidi, he perdido mi
jornada . Así como si se realizaran los temores que el buen John inspira a
Costa, sería una gloria para esos gringos ingleses que ven impasi- bles su rica
y poderosa patria manchada por el pauperismo más extenso y más miserable del
mundo .
Pero
ello es que judíos y españoles son tan hombres como los romanos antiguos y los
ingleses modernos, y que si están separados por el dogmatis- mo místico de cada
religión y por el autoritarismo nacional de cada Estado, se hallan en cambio
unidos en vínculo indestructible por la gran solidari- dad humana .
Podrán
estar en pugna los caciques, podrán condenarse recíprocamen- te las religiones
y las sectas, pero toda creación artística, todo conocimien- to científico,
toda aplicación industrial pasa al instante a formar parte del patrimonio
universal, constituido por la observación, el estudio, la meto- dización y el
trabajo de todos los sabios, de todos los pensadores y de todos los
trabajadores del mundo, que por los medios creados por la cultura de cada época
se ponen en comunicación directa, sin distinción de fronteras ni de latitudes,
con todos los hombres, sin más limitación que una, la que impone la falta de
dinero, ese tirano que favorece a los propietarios y escla- viza a los
trabajadores, esa iniquidad social que
divide a los hombres harto más profundamente que las patrias y las
religiones, ya que entre compa- triotas
y correligionarios existen las clases
sociales, con sus archimillona- rios y ricos de diversas categorías,
detentadores de la riqueza social, y sus
hambrientos, infelices expoliados a quienes
la sociedad abandona en el abismo de la pobreza; limitación que hará
desaparecer el comunismo anar- quista, tras la última huelga general
triunfante, que vienen preparando los trabajadores internacionales .
Sí;
al extremo a que han llegado las cosas, al ver el derecho de accesión a punto
de ser derogado definitivamente, y, por tanto, a la propiedad tradicio- nal y
legal en inminente peligro de ser anegada por la ola comunista que avanza
arrogante y amenazadora, puede Costa en España y todos los Jere- mías del mundo
en sus naciones respectivas exclamar en nombre de la asus-
tada
y torpe burguesía ¡ya es tarde!, que a esa exclamación de impotencia,
desechando las inutilidades y las mentiras democráticas,
y oponiendo al privilegio que sucumbe la razón que renace y se
fortifica, responden los tra- bajadores internacionales ¡ya es hora!
Tierra
y Libertad (Barcelona), IV, 27 (27 junio 1907), 1, reeditado en Vida anarquis-
ta (1912), pp. 157-160.
La
solución del problema social
Hablase
de la solución del problema social como de una esperanza me- siánica .
Parece
que, a semejanza del Mesías bíblico, que había de encarnarse en la tierra de
una virgen cuando llegase la plenitud de los tiempos, aparecerá un día una
inteligencia privilegiada, que enseñará al mundo la fórmula social, justa y
perfecta, según la cual el mundo se convertirá
de la noche a la mañana en un paraíso ideal, semejante al que los poetas
denominaron con el nombre simpático de «edad de oro» .
Los
que tal especie echaron a volar, tuvieron la suerte de los grandes sofistas
. En la historia se registran multitud
de frases huecas, desprovistas de todo sentido racional, y casi siempre en
contradicción con la doctrina y con el criterio de sus inventores y de sus
sectarios, que tienen el poder de apasionar a las gentes hasta el punto de
constituir origen de determinados movimientos, que unas veces detienen y casi paralizan el avance progresivo de la
humanidad, otras le dan dirección desviada de su recto camino, y también en
ocasiones le ha servido de poderoso impulsor .
«¡Dios lo quiere!»
dijo Pedro el ermitaño, atribuyéndose el conoci- miento de la voluntad
del ser que consideraba como incognoscible, allá en la Edad Media, y, reyes,
nobles, sacerdotes y pueblos, en confuso tropel de hombres vigorosos, mujeres,
niñas y ancianos, repitiendo Dios lo quiere y pintándose una cruz roja en el
pecho, se lanzaron como un aluvión a la conquista del Santo Sepulcro, que por
cierto, después de los siglos transcu-
102
103
rridos
y del sacrificio de millones de víctimas, aún se halla en posesión pacífica de
los llamados infieles, que lo explotan para sacar un Potosí de oro a fanáticos
peregrinos .
«¡Está
escrito!» dicen los árabes, suponiendo sujeto el orden de los acon- tecimientos
a una fatalidad pesimista, y esas dos palabras, como si fueran una
maldición eficaz, han hundido en la
barbarie marroquí a los descen- dientes de los sabios que en las tinieblas de la Edad Media cultivaban en España con
sobresaliente predilección las
matemáticas, la astronomía, la medicina,
el arte, la industria y la agricultura, siendo, respecto de ellos, los bárbaros
nuestros ascendientes . Maldita frase
que causa profunda pena al que ha visto las maravillas creadas por el ya muerto
genio árabe en el Cristo de la Luz, en Santa María la Blanca y en la Puerta del
Sol, en Toledo; en la Alhambra de Granada y en la catedral de Córdoba .
«Santo
Oficio» se denominó el oficio más vil y criminal que ha podido inspirar la idea
del mal, puesto que se apoyaba en las
cosas tenidas por santas para destruir
el pensamiento, anular las iniciativas,
violentar las conciencias y esparcir el terror con el rumor de los
tormentos secretos y con el cruento
espectáculo de la hoguera .
«Igualdad
ante la ley» —incongruencia irresoluble de términos opues- tos, toda vez que si
igualdad se quiere que signifique justicia, ley es siempre sanción de
preocupaciones y errores y justificación de desigualdades—, tal fue la fórmula
resultante de la revolución francesa, expresión concreta de la declaración de
los derechos del hombre y del ciudadano, que después de conmociones tremendas,
causantes de víctimas casi infinitas,
nunca como en la actualidad pudo simbolizarse la ley en la forma
desigual del embudo .
«
¡Trabajadores del mundo,
asociaos!», dijo un día, hace aún pocos
años, Carlos Marx, y surgió la Internacional, y con ella el actual proleta-
riado militante, que en todo el mundo civilizado, en todos los idiomas, con
sangre de todas las razas, bajo el imperio de todos los regímenes polí- ticos,
supeditado a todos los absurdos religiosos, frente a frente de todos los
dioses, de todos los reyes, de todos los presidentes, de todos los privile-
gios, proclama: « ¡no hay deberes sin derechos, ni derechos sin deberes!»
Etc
., etc ., etc ., . . .
Pero
el sofisma no suelta su presa: aleccionado por la historia pretende convertir
en enemigos a los partidarios de la víspera, y —así como los fa- riseos
resultaron los primeros enemigos del Cristo profetizado en las Escri- turas,
los discípulos de Jesús constituidos en
Iglesia católica fueron la ne- gación del Evangelio, no dudando nadie que éstos
serían los primeros que le crucificarían
si apareciera de nuevo—, ha surgido el posibilismo opor- tunista
declarando que las aspiraciones proletarias son justas, pero como ideal
realizable . . . allá en los tiempos
futuros, cuando se halle la fórmula, universalmente aceptada y consentida,
denominada: «solución del proble- ma social» .
Hallada
la rémora, dificultada la marcha del progreso, apretados los tornillos legales
que oprimen a los trabajadores, habiéndose hecho uso con- veniente del terror
aplicando en todo el mundo civilizado, en monarquías y en repúblicas, según los
usos, costumbres y circunstancias, la metralla, las bayonetas, los pelotones de
ejecución, la guillotina, la horca, la electri- cidad, el linchamiento, el
hacha, el garrote vil, el presidio, la deportación, el extrañamiento, la barra
del barco de guerra y el calabozo inquisitorial, creyeron los actuales dueños
del mundo que podían tumbarse a la bartola, porque de aquí a que se halle la
solución del problema social puede trans- currir el tiempo suficiente para que
se cumpla el plazo que, según la mito- logía cristiana, ha de reunir a todos
los descendientes de Adán y Eva en el valle de Josafat al son de la trompeta
apocalíptica, o para usar una frase grata a un anarquista amigo mío, esa
buscada y esperada solución del pro- blema social se hallará el día del juicio
final, al anochecer .
Los
que al venir al mundo encuentran la higiene imposibilitada por la miseria y la
ignorancia, ¡que se mueran! Y así lo hacen, toda vez que la es- tadística
demográfica evidencia que la mortalidad en las clases pobres, des- de el
nacimiento hasta los siete años, alcanza cifras enormes, ¡más de un 70 por
100!, lo cual no es culpa de nadie, porque aún no se ha descubierto la solución
del problema social .
Los
que entre los 18 millones de españoles —alguno menos después de las últimas
guerras y de las recientes persecuciones contra los trabajadores ilustrados—,
forman parte de los 11 millones y medio que no conocen la O, y el no pequeño
numero de los que habiendo aprendido a leer y escribir
104
105
lo
olvidan por falta de ejercicio y quedan sumidos en la mayor ignorancia, y
también los que en otras naciones donde hay enseñanza primaria obliga- toria se
contentan con el pasto intelectual que les dan sus explotadores, bien pueden
servir de burros de carga, toda vez que aún no se ha des- cubierto la solución
del problema social .
Los
que ante la riqueza natural, la riqueza producida y el grandioso adelanto
científico realizado quedan absolutamente desheredados sin par- ticipar de los
bienes naturales, ni de la riqueza social, ni tocarle más parte en los
beneficios científico-industriales que
ser despedidos del taller por inútiles, en razón de que la máquina les
sustituye con ventaja, que tengan paciencia hasta que se descubra la solución
del problema social .
Los
que arrancados del seno de sus familias, separados de la produc- ción y
amaestrados en el cuartel y en el campo de tiro sean lanzados a la guerra a
devastar campos, arruinar poblaciones y a morir matando para crear tiránicas
hegemonías, favorecer jugadas de Bolsa y dar grados y con- decoraciones a sus
jefes y señores, que sufran con patriótica resignación hasta que se descubra la
solución del problema social .
Esas
pobres mujeres que llevan sobre sí el peso de todas las iniquidades sociales,
como los hombres, más las que les impone
por añadidura la bru- tal supremacía hombruna, consuélense, si pueden, con el vasallaje que, obligados
por la lujuria, les rinden sus dominadores;
no es posible otra cosa hasta que
se descubra la solución del problema social .
Sieyes
dijo un día en la Asamblea constituyente
de 1789: «¿Qué es el tercer estado? Nada . ¿Qué debe ser? Todo» . Y lo fue, y lo es: tanto que en dos solemnes
ocasiones los soberanos de Inglaterra y de Rusia, en sus tronos y acompañados
de sus cortesanos respectivos, se despojaron,
por decirlo así, de la majestad característica, para oír en pie y con
todas las señales de respe- to los acordes de la Marsellesa en el acto de
recibir a los embajadores de la burguesía francesa, constituida en oligarquía
republicana . Suceso grave y
trascendental, por cuanto evidencia que los augustos primos de Luis XVI, los
descendientes de los que formaron la coalición europea, la Santa Alianza y el
bloqueo continental para dominar a la
burguesía triunfante en Francia, se han hecho burgueses y se allanan a tratar
de igual a igual con los hijos de los regicidas .
Si
las palabras del cura Sieyes eran un problema, no hay duda que han tenido
solución completa y satisfactoria; pero conste que no ha sido por obra de una
revelación sobrenatural, ni por inspiración de un talento privilegia- do, sino
merced a las osadías revolucionarias primero, y a las astucias reac- cionarias
después; algo parecido a recorrer el trayecto que separa a Danton de Cánovas
del Castillo, o, si se prefiere, a Mirabeau de Silvela .
Que
los trabajadores aprovechen la lección es lo que importa, y que en lugar de
esperar que un Azcarate cualquiera venga a probar por A + B = X que el que
tiene la sartén por el mango es el amo de la sartén y los demás han de acatarlo
por la religión, por la ciencia, por la filosofía, por la ley y por el sable,
lo que debe hacerse es no pedir ocho horas, ni leyes sobre ac- cidentes del
trabajo, ni sobre el trabajo de mujeres y niños, ni menos con- tentarse con
tonterías cooperativas, ni con gazmoñerías de patronatos y círculos católicos,
ni con votar diputados obreros, sino armar zaragata en- caminada a echar a
rodar el privilegio y a imitar a la burguesía en lo de la expropiación y la
desamortización; pero con la extensión adecuada al caso, sin cuidarse gran cosa
de las fórmulas teóricas, recordando este pensa- miento de Fourier:
«Tomad una cierta cantidad de guijarros, metedlos en una caja, agitadla
después, y por sí mismos se
arreglarán en un mosaico, que no se
obtendría nunca, aunque se encargase a un artista el cuidado de disponerlos
armónicamente» .
La
Revista Blanca (Madrid), III, 42 (15 marzo 1900), pp. 503-506.
¿Qué
es el pueblo?
Definición
La
palabra pueblo, como la casi totalidad
de las que constituyen los idiomas modernos, tiene varias acepciones . En una de ellas, en
la que se le da general- mente, es de excepcional importancia en política y en
sociología, mas como la tal palabra se usa frecuentemente con significación vaga e indeterminada
106
107
por
políticos, economistas y hasta por sociólogos, a pesar de que estos últi- mos
tienen por su superioridad científica necesidad de mayor precisión en las
ideas, conviene fijar su verdadero significado, para que los desheredados del
patrimonio universal (la plebe, el
proletariado, la masa general de jorna- leros) conozca, tanto como su legítima
significación, la intención con que se aplica y la interpretación que ha de
darle cuando la usan los privilegiados, los que en la humanidad representan,
abusiva y fraudulentamente el carácter de herederos exclusivos de la riqueza
natural y de la riqueza social .
Me
abona, no ya una razón de conveniencia, sino de estricta justicia: es preciso
que esa entidad llamada Pueblo Soberano
pueda extraer la verdadera sustancia de las promesas contenidas en programas,
discursos y manifiestos de cuantos, anulándole o reduciéndole a la condición de
masa explotable, se erigen en sus redentores .
Veamos
ahora las definiciones generales de que la palabra pueblo dan los diccionarios:
«Cualquier población, en sentido general; lugar habitado me- nos importante que
una villa, en sentido más restringido; el conjunto de gentes que pueblan un
lugar, región o país; el conjunto de gentes que pue- blan una nación regida por
el mismo Gobierno; el territorio de esta misma nación; la patria; el conjunto
de todas las clases que constituyen la sociedad; el cuarto estado; el estado
llano, o las clases media o ínfima, si habla un aristócrata; la clase
trabajadora, si habla un rico plebeyo;
la parte general de la población, a distinción de los nobles y poderosos; el
brazo popular, sepa- rado del de la nobleza, el clero y el ejército; la plebe;
la clase baja; el prole- tariado; las masas; el populacho; el salariado» .
Pueblo,
según los etimologistas, y precisando su significación, participa de las ideas
plebe, populacho, multitud, número, lo inferior que se reúne, que se aglomera,
que se amasa falto de individualidad propia; tiene además el significado del
Demos griego y del Populus latino, como origen de la demo- cracia, base nominal
de esa especie de oligarquía burguesa a que se da el nombre de soberanía
popular .
Dejo
aparte en esas definiciones tan variables en significado y extensión las
acepciones y significaciones vagas y
absurdas que confunden ideas huma- nas y geográficas, como población, que
significa personas o edificios; territo- rio, distrito o comarca; nación,
personas, territorio y conjunto de institucio-
nes
nacionales y sociales; país, nación, provincia, región, territorio, comarca,
villa, aldea, etc ., y lamento que la evolución progresiva no suministre hasta
el día mejor medio de entendernos y relacionamos que esos idiomas moder- nos
tan apropiados para discusiones estériles y tan deficientes para la preci- sión
científica .
Insuficiencia
del lenguaje
«Limpia, fija y da esplendor», tiene como lema la
corporación que repre- senta la autoridad, siquiera moral, respecto del idioma,
y todavía, dando preferencia a la retórica y sobre la lógica, no han
comprendido los sabios que la forman, y creo que ni la inmensa mayoría de los
que piensan, hablan y escriben, que sin precisión en los nombres de las ideas no pueden for- marse juicios, lo
mismo que con números heterogéneos no pueden hacerse operaciones aritméticas .
A
causa de esa vaguedad, necesitó un día Salmerón hacer la declaración siguiente:
«Cuando hablo de pueblo pongo mi mira en el conjunto, en lo que integra un
estado social, no el pueblo de los elementos populares, del elemento obrero,
del cuarto estado, sino el pueblo por lo de arriba, por lo de abajo, por lo del
medio, de todos lados» .
Clases
sociales
Haré
notar, por último, que para el conocimiento y debida apreciación de las partes
en que se divide un todo nacional humano, el pueblo, según Salmerón, a
diferencia del todo nacional geográfico, la nación —que según definición reúne
los hombres que habitan un mismo territorio y tienen un mismo origen, un idioma
oficial e intereses comunes y se hallan sometidos a un mismo Gobierno— se ha
dividido en otros tiempos, y aún se divide actualmente en países de
civilización rezagada, en castas, condiciones, es- tados y brazos, según que
los individuos eran brahmanes o parias, libres o esclavos, nobles o plebeyos,
señores o siervos, casados, viudos o célibes; y en la civilización moderna, a
pesar de la democrática igualdad ante la ley, se divide todavía en clases que
representan rancias jerarquías y categorías:
108
109
hay
clase rica, media y pobre; la primera comprende
en general los detenta- dores de la riqueza natural y social por origen,
por herencia y también por explotación indirecta; la segunda, los que, de
origen pobre, conquistaron o van conquistando la riqueza por la explotación de
los inferiores; la tercera, los despojados del patrimonio universal, los
desheredados que viven en la condición ínfima de trabajadores asalariados,
sometidos, en lo económico, al régimen de la accesión; dedicados a producir,
recolectar, conservar y cambiar en beneficio exclusivo de los propietarios, y a
defender sus per- sonas y sus propiedades con las armas y bajo la disciplina
militar; y en lo político, con el sufragio universal, sirviendo con su número y
sus votos de ficticio sustentáculo al Poder .
Por
mi parte y para mi objeto he de tomar la palabra pueblo en su acep- ción
académica moderna de gente común y humilde y sus similares histó- ricas, para
venir a la conclusión de que lo que por naturaleza es uno no debe ser dividido por la sociedad .
El
ciudadano
Y no
se pretenda cohonestar, con la supuesta igualdad del título de ciu- dadano, las
enormes diferencias con que se
manifiesta la desigualdad en nuestros días, porque el título tiene la
desigualdad como vicio de origen: el ciudadano ateniense era un filósofo más o
menos charlatán, que vivía en la holganza, reposando sobre el trabajo de 400
.000 esclavos; el ciudadano lacedemonio era un rústico guerrero que oprimía y
explotaba cruelmente a los desgraciados ilotas; el ciudadano romano era un
bandido disoluto y feroz que hacía la guerra a todo el mundo conocido para
robar el producto del trabajo y reducir a la esclavitud a los productores, y en
el día son ciuda- danos el noble, el cura, el militar, el propietario, el
industrial, el rentista, el hombre de carrera, el obrero, el labrador, el peón
y el gañán, es decir, todo el maremagnum de la desigualdad más repugnante .
La
definición salmeroniana de la palabra pueblo está hecha con arte, brilla con el
pulimento, con el afeite, ya que no con la espontaneidad de la sinceridad, como
corresponde a la elocuencia del gran técnico de la palabra, que decía
brillantemente lo que quería decir, aunque ello no fuera siempre
lo
que debiera decirse . Así, a creerle por su palabra, su pueblo, parece ser el
verdadero, el legítimo, no el de «los elementos
populares», no el del «cuarto estado» . ¡Lástima que Salmerón no hubiera
sido académico! A serlo, habría podido reformar o proponer la reforma de la
definición a su gusto, y no que ahora, con el diccionario en la mano, aunque se
digan disparates, todo el mundo tiene razón .
El
hombre
Lo
cierto es que la nación, en cada nación regida por un derecho legal, igual
teóricamente para todos los ciudadanos, ya lo hemos visto, hay clases, cuyas
diferencias afectan a las condiciones
esenciales de vida, y por tanto, a la participación en los beneficios de
ese derecho legal, y que, sólo por el hecho de existir esas diferencias, hay contradicción entre ese derecho amañado
artificialmente por los privilegiados para que sea admitido y respetado y el
derecho natural, inmanente, que es de tanto arraigo y de tanta extensión, que
sobre él ha podido Pi y Margall escribir estas palabras que la humanidad no
olvidará jamás, y que probablemente, cuando todos los libros santos, per- dida
toda eficacia ética y coercitiva, formen parte del saber humano a título no más
de documentos histórico-literarios, se repetirán como palabras de salud y de
vida:
Homo
sibi Deus —ha dicho un filósofo alemán— : el hombre es para sí su realidad, su derecho, su mundo,
su fin, su Dios, su todo . Es la idea
eterna, que se encarna y adquiere la conciencia de sí misma: es el ser de los
seres, es ley y legislador, monarca y
súbdito . ¿Busca un punto de partida
para la ciencia? Lo halla en la reflexión y en la abstracción de su entidad
pensante . ¿Busca un principio de
moralidad? Lo halla en su razón, que aspira a determinar sus actos . ¿Busca el universo? Lo halla en sus ideas .
¿Busca
la divinidad? La halla consigo .
Un
ser que lo reúne todo en sí es indudablemente soberano .
El
hombre, pues, todos los hombres son ingobernables . Todo poder es un absurdo . Todo hombre que extiende su
mano sobre otro hombre es un tira- no . Es más: es un sacrílego .
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Tras
la igualdad política persisten las clases
Sí,
hay clases; y siguiendo el estudio que sobre este asunto hace Malato en Las
clases sociales, tenemos que medio siglo antes de la Revolución francesa, la
sociedad feudal, agonizante entre el peso de la monarquía centralizadora y los
esfuerzos de la clase media e inferior para emanciparse, se descomponía en alta
nobleza, pequeña nobleza, burguesía, artesanos, obreros y siervos .
La
variación ocasionada por la Revolución consiste en la supresión de dos clases
de la antigua clasificación, la nobleza y la servidumbre .
Hay
nobles todavía, pero como si no existieran; bien es verdad que en las naciones
monárquicas dan comparsería al trono, servidumbre íntima y la- cayuna a las
personas reales y entre sí se reúnen para rendir culto a la vani- dad, pero
sólo a condición de conservar sus riquezas, porque sin ellas toda noble estirpe
se disuelve, se liquida, se evapora en la inutilidad social; un noble pobre es
un ente ridículo y despreciable, del que nadie hace caso . En las naciones
republicanas a la clase noble, como tal clase en decadente des- composición,
casi no le queda ya más recurso que proveer de maridos a las millonarias
americanas que tienen el capricho de cubrir con blasones y títu- los
nobiliarios el origen usurario de sus millones, haciendo el mismo efecto que aquellos
libros malos que se venden como papel viejo para envolver mercancías de mínimo
valor .
Ya
no hay siervos; porque libres los ricos con la posesión de su dinero y de su
crédito, y mejor organizada la nación para la defensa y el ataque, ya no
necesitan el trabajador sujeto al terruño ni el individuo para sus mesnadas; el
trabajador, libre por su cuenta y riesgo, aunque careciendo de tierra que
pisar, y el soldado regimentado en esa institución férrea llamada el ejército, representan para
el rico un gran cuidado menos y una libertad ilimitada, porque sin el coste de
la bazofia ni el rancho tienen aseguradas la accesión y la renta, la defensa y
la tranquilidad . Ofuscados ante la realidad y cerrando los ojos a la
evidencia, vienen los radicales políticos a negar la existencia de las clases,
y a eso tiende la definición antes citada de Salmerón, porque así conviene a la
justificación que quieren dar a la supuesta soberanía del pue- blo, que es la
especie de derecho divino, la ficción democrática, que susten- ta el poder
político en nuestros días .
Y
sin embargo, las clases sociales se
definen sencillamente; cada uno co- noce la suya, aunque por la hipocresía
dominante y por los convencionalis- mos corrientes quiera disimularla
aparentando lo que no es a costa de mayo- res sufrimientos: son
grupos sociales separados por una
línea divisoria constituida por la propiedad . A ambos lados hay subclases que
responden a las diferencias que pueden existir en el poseer y en el no poseer,
dando vida al derecho que formuló Mr . Guizot en el Sinaí burgués con este
único man- damiento: «¡Enriqueceos!», y que confiesan los burgueses con este
brevísi- mo credo: «Tanto tienes, tanto vales» .
La
Riqueza
Bien
decía José Selgas:
¡La
Riqueza ! He ahí, en efecto, la deidad definitiva de la edad presen- te . Pero no sólo hemos creado un dios poderoso,
sino que también le hemos consagrado el honor de toda una ciencia . No; no es
una divinidad empíri- ca, caprichosa, hija de la superstición y de la
ignorancia; no es un dios fantástico,
quimérico, sino un dios real y positivo; dios cuya teología es la economía
política que profesamos, cuyo gran templo es la Bolsa, dios al que se le debe
el culto de todos los placeres .
¿Qué
promete? . . . ¡Ah! Promete el Paraíso
en la tierra, todas las como- didades imaginables, la satisfacción de los más
refinados apetitos, el cum- plimiento de los deseos más voluptuosos . . .
Promete lujo, prosperidad, abun- dancia . . .
Contar con él es contar
con todo . ¿Qué pide en cambio? En realidad, nada . . . Cierta insensibilidad . . . cierta dureza de corazón . . . la frialdad del número, la dureza de la
cantidad . . .
Ya
queda dicho: la teología de ese dios práctico, utilitario y positivo es la economía política, esa
ciencia nueva, cuyo dogma fundamental es éste: «Lo que no vale dinero, no vale
nada»; la ciencia del crédito permanente
y de la deuda eterna . La Bolsa
es el gran templo; más aún, el gran oráculo .
¿Qué
dicen los dioses?, preguntaban los
antiguos paganos . Nosotros pregun- tamos: «¿Qué dice la Bolsa?» Puede
asegurarse que ella es el centro de la
vida, donde palpita el corazón de la sociedad moderna .
112
113
Sí;
rige hoy la religión del dinero, cuyos
fieles son los ricos, y ante la cual los réprobos son los pobres, y el conjunto
de ellos, confundidos en el pueblo, bajo el peso de la accesión, están como en
el verdadero infierno terrenal .
Ya
hemos visto que el carácter distintivo de la época, el resultado del predominio
de la burguesía, consiste en la simplificación del antagonismo de clase por la
absorción de la nobleza en la clase rica y por la fusión de la esclavitud y la
servidumbre en el proletariado, en esa gente «común y hu- milde» de que habla
la Academia; pero de esa simplificación
a la abolición de las clases, al establecimiento de la igualdad, a que
la sociedad responda por su constitución y organización a la unidad esencial de
la especie, hay un abismo infranqueable .
Ved
el alma de la burguesía en este pensamiento
de Leroy-Beaulieu:
«Conviene
que haya pobres y ricos, para que los pobres luchen para ha- cerse ricos,
porque así se hace el progreso social, y no de otra manera» .
Pero
esa guerra perpetua, ¿es un estado normal o un estado patológico?
—pregúntanse los que, impulsados por cierto pesimismo,
quieren demos- traciones experimentales para todo, más allá del límite racional
que ha de tener la experimentación, hasta para aquello a que únicamente puede
res- ponder el raciocinio .
A
esa duda sólo cabe responder que mientras en las costumbres y en las
instituciones exista el dualismo social, la usurpación propietaria y el auto-
ritarismo, es decir, en tanto que la
causa subsista, durará el efecto: la paz social no existirá . Esto es de sentido común .
Tenacidad
de los usurpadores
Se
ha visto, además, que la tenacidad de los usurpadores es incorregible, quienes, faltos de fe en un
porvenir de justicia, a sus propiedades se atie- nen, y dejan morir sin piedad
al que carezca de lo necesario . Pues de ahí ha surgido la idea de abrir paso a
la vida, cortando por lo sano con la expro- piación, socializando los medios de
producción, con lo que se justifica la lu- cha del proletariado contra los
monopolizadores capitalistas, contra la clase media en general, contra sus
defensores religiosos, jurídicos y políticos; en resumen, contra todos los
detentadores de la propiedad y sus cómplices .
Si,
como ya reconoce todo el mundo en teoría, hay un derecho humano inmanente,
preciso es aceptar su consecuencia práctica, y no sólo ha de re- conocerse que
entre un archimillonario y un obrero sin trabajo de nuestra civilización hay
unidad de derecho, sino que es preciso que estos tipos, pro- ducto del
irracional e inicuo dualismo que impuso la ignorancia y conserva el privilegio,
se fundan y confundan en la bella y justa igualdad social .
La
lucha por la existencia es excepcional
No
se pretenda justificar el hecho de una desigualdad absurda como resul- tado de
la llamada lucha por la existencia, porque, aparte de que el signifi- cado de
esa frase de sentido figurado, de que tanto han abusado los privi- legiados por
herencia o por explotación, se halla neutralizado por el de esta otra, la ayuda
mutua, resulta que la palabra lucha en sentido recto, que es como ha de tomarse
para que tenga valor científico, significa conflicto pa- sional entre dos
inteligencias y dos voluntades, que se resuelve por la fuerza y en que puede
aceptarse una solución pacífica o resultar un vencedor y un vencido, lo que
indica una anormalidad que puede haber sido precedida y aun ser seguida de un
estado normal de paz y tranquilidad .
Lo
experimental, lo cierto, lo racional, es que todo lo que vive conserva su
existencia acomodando su manera de ser al medio en que se halla, bus- cando un
medio más favorable, adaptándose lo que le favorece y puede al- canzar, y
rechazando, si puede, lo que le
perjudica; pero eso no es luchar . Luchan dos seres o dos colectividades entre
sí impulsadas por el deseo o por la
necesidad de obtener una cosa única: una hembra, una comida, una distinción,
una ventaja, una hegemonía; no las cosas y los seres por las adaptaciones y
combinaciones de lo inconsciente, de lo desapasionado, de lo incapaz de luchar
que necesitan y encuentran a su alcance, ni, aunque difícil de alcanzar, logren
o no obtenerlo .
Los
seres vivientes viven, y no luchan esencialmente por y para vivir, sino
excepcionalmente cuando otro ser, rival o concurrente, le disputa algo que
considera necesario a su existencia .
La
lucha por la existencia es una frase fantasma, no existe en realidad .
114
115
No
es soberano el pueblo, lo es el individuo
Otra
negativa para terminar: Pi y Margall ha dicho:
La
soberanía del pueblo es una pura
ficción, no existe . La idea de sobe- ranía
es absoluta; no tiene su menos ni su más, no es divisible ni cuantita-
tiva ni cualitativamente . ¿Soy soberano? No cabe, pues, sobre mí otra sobe-
ranía, ni cabe concebirla . Admitida,
por lo tanto, la soberanía individual,
¿cómo
admitir la colectiva?
¿No
se rebela mi inteligencia a cada paso
contra las determinaciones de esa pretendida soberanía de los pueblos? Si las
leyes no me dejan la esperan- za de
poder renovar pacíficamente estas determinaciones, ¿no apelo, acaso, a la
violencia? Admitida por un momento la
posibilidad de dos soberanías, la colectiva sería lógicamente superior a la del
individuo; ¿en virtud de qué principio podría nunca protestar ésta contra la
acción de aquélla?
Mas
hasta la hipótesis es terriblemente absurda; la soberanía nacional no necesita
otro golpe; dejémonos de luchar contra un cadáver .
Entre
soberanos no caben más que pactos . El contrato, y no la soberanía del
pueblo, debe ser la base de nuestras
sociedades .
¿Lo
ves, trabajador? Te llaman pueblo para enaltecerte, te llaman pueblo para envilecerte, te llaman
pueblo para explotarte . Unas veces el que te lla- ma pueblo se une a ti con el
halago cuando te necesita; otras se separa de ti con desprecio cuando goza;
otras veces te amenaza con rabia cuando te teme . Y tú, entretanto, abajo, en
la última capa social, olvidado de ti, de los tuyos y del mundo, o te consumes
en la mansedumbre, o exhalas doloridas
quejas, o aplaudes a tu peor enemigo, que es ambicioso disfrazado de re- dentor, que sobre tus
sufrimientos y con tus aplausos y tus votos adquiere prestigio e
influencia y se eleva remachando tus
cadenas .
Ya
has leído lo que escribió Pi y Margall cuando no ostentaba más título que el de
pensador: tú, tú sólo eres soberano de ti mismo, como todos tus compañeros, y
la lógica añade como todas las mujeres, y entre soberanos no caben más que
pactos . Pero discierne: también Pi fue luego político, y como tal, a través de
radicalismos de oropel, sometió tu intangible derecho al régi-
men
social imperante, y habló del Estado, de la soberanía nacional, del Par-
lamento, del ejército, del tesoro, de la deuda, del presupuesto, de las ocho
horas y del minimum de dos salarios, olvidando la lógica de los principios . No
diré de él que fue de esos políticos que empiezan poniéndose a tu lado en
mangas de camisa esperando el momento de ponerse el frac para jurar el cargo de
ministro; respeto mucho la memoria del autor de La Reacción y la Revolución;
pero deploro que haya ofuscado el brillo inextinguible de aquel libro con el
oportunismo político de su Programa del Partido Federal, utopía del presente
que no será jamás la realidad del porvenir (bien alto lo procla- man la vieja
Suiza y todas las repúblicas federales de América), y siento que no haya
mantenido hasta su último momento, ocurrido en 16 de noviembre de 1901, el
vigor intelectual y la rigurosa lógica sustentada en 1854; no se explotaría hoy
su nombre y la austeridad de sus costumbres en contra de los trabajadores que
van a la transformación revolucionaria y científica de la sociedad sin dejar
tras sí un quinto estado irredento .
Tierra
y Libertad (Barcelona), III, 6 (20 diciembre 1906), 4, reeditado en El pueblo
(Estudio
libertario) (s.a.>1909), pp. 11-19.
Vía
libre al Progreso
El
dinero
Encanta
leer lo que los economistas escriben acerca de las ventajas produci- das por el
descubrimiento y uso de la moneda, completado algunos siglos después por el de
la letra de cambio y más recientemente por el billete de banco .
Antes,
el que quería deshacerse, por ejemplo, de un buey y necesitaba un pan, un
pedazo de cinta o un puñado de sal, se vería negro para verificar la
transacción, y más de cuatro veces le ocurriría quedarse con su buey, ha-
biendo de alimentarle, además, hasta mejor ocasión, y con la túnica desata- da
habría de comer sin pan y sin sal los poco suculentos comestibles que
116
117
tenía
a mano; y si esto ocurría al individuo del ejemplo mientras permane- cía en su
tierra, las dificultades aumentarían
hasta lo inconcebible si, es- quilmado
un territorio, tenía que viajar para hallar nuevos recursos vitales en un
terreno virgen, imposibilitado como se hallaba de fraccionar y meter en una
bolsa los objetos de su propiedad para efectuar los cambios a medi- da que se
presentasen las necesidades, aunque es
natural que entonces se tuvieran ideas muy diferentes de las actuales sobre la
propiedad, y rigiera el concepto
urgentísimo de «tomar donde haya», sin las ceremonias de la compraventa .
Después
la cosa varió por completo: con las monedas, chicas y grandes, que sintetizan y
fijan el valor, el adinerado pudo comprar lo mismo cosas de valor ínfimo que
las más costosas y trascendentales, desde un ochavo de aza- frán para sazonar
la olla, hasta la salvación de su alma que permitiera al adi- nerado comprador
de indulgencias, misas y sufragios de todas clases asistir eternamente al
concierto de la música celestial .
Luego, como un descubri- miento trae otro consigo, con el crédito
consiguiente a la posesión del dinero y lógica suposición de la solvencia,
surgieron multitud de industrias y reci- bieron gran impulso las ciencias y las
artes; pero con la facilidad del cambio vino lo que no se había previsto, y
aunque se previera, no pudo evitarse: el tráfico, el negocio, el agiotaje, la
explotación, la usura y el monopolio, o
sea las operaciones gananciales
inspiradas por el egoísmo,
individualismo o como quiera llamársele .
Y he
aquí cómo la moneda, positivo progreso, facilitó al rico la ventaja temporal y
eterna, quitándole el cuidado consiguiente a la posesión antigua, por ejemplo,
de grandes rebaños, que necesitaban mucho espacio y grandes cuidados —sobre
todo si se le compara con un milmillonario de la libre América, cuya firma es
siempre dinero en todas partes— y tranquilizando su católica conciencia con un
importante y oportuno legado a la Iglesia, mientras que en forma de salario
deja a los trabajadores en la duda de si su estado es mejor o peor que la
esclavitud y la servidumbre antiguas .
Callejón
sin salida
De
hecho, a la vista está, toda la riqueza natural y la producida se halla
(acaparada iba a decir, pero la Academia califica de bárbaro y afrancesa- do el
verbo acaparar) monopolizada precisamente por los que, dueños de la tierra, de
las minas, de las fábricas, de los talleres, de los laboratorios, de los
almacenes y de los medios de comunicación y transporte, alquilan mediante el
jornal o sueldo a los que con sus brazos, su inteligencia o ambas cosas a la vez les sirven o
convierten la primera materia en pro- ducto adaptable a las necesidades, a los caprichos y aun a los vicios hu- manos,
y distribuyen la producción por todas partes .
De modo que los que menos títulos racionales ostentan para el caso,
aunque en posesión de los títulos
legales, porque tienen dinero y lo acumulan sin cesar con sus ganancias,
son los amos, mientras que los provistos de más legítimos derechos, los
positivamente productores, se consumen
en el abismo de la privación .
Y no
se califique de exagerada esta consideración, porque ahí están los economistas,
sosteniendo que el origen de la propiedad es el trabajo, y en tanto que los
holgazanes son los propietarios, los
trabajadores carecen de tierra que pisar .
Más aún: para disimular esa
iniquidad, Santo Tomás, el llamado ángel de las escuelas, y, más tarde, León
XlII, ilustrado por los economistas burgueses, siguiendo a aquel angélico
doctor y al Espíritu Santo, proclamaron que se ha equivocado el alcance y
significación de la moneda, la cual no da derecho a la posesión absoluta y
exclusiva de las cosas adineradas o adquiridas por el dinero, porque nadie
puede poseer de sobra aquello de que los otros carecen y es indispensable para su subsistencia, y, por tanto, los ricos
no son poseedores con derecho al uso y al abuso, sino como tutores y
administradores de los pobres; y, sin duda, en previsión de que hubiera ricos
que en eso de la tutoría y administración barriesen hacia dentro, según la
gráfica expresión del padre Coloma, se dijo aquello del ca- mello y del ojo de
la aguja, que por sí solo pondría piel de gallina al creyen- te, si los hubiera
de veras, si pudiera haberlos, si no hubiera venido la ciencia a última hora a
llenar la conciencia de los ricos, quienes siempre salen ga- nando, a negar la
posibilidad de una vida ultraterrena y espiritual, y si hu-
118
119
biera
positivamente quien antepusiera la salvación de su alma a la posesión del
céntimo extraído por la explotación .
Y
resulta que bien quisiera el pobre dar amplísima instrucción a sus hi- jos,
aplicar a sus enfermos la asistencia de la eminencia científica o el uso de las
aguas de la estación balnearia reconocidamente útil, pero lo impide la
exigüidad del jornal .
Quisiera
el pobre dar satisfacción cumplida a sus necesidades morales y materiales y
darse el tono correspondiente a su jerarquía en la escala ani- mal,
compartiendo sus derechos con todos los
demás individuos de su es- pecie; pero ¿dónde va el que sólo cuenta con el
jornal, y a veces sin ni si- quiera, cuando se inventa una máquina o cuando no
hay pedidos y están llenos los almacenes?
Por
último, todo aquello que el pobre produce por un jornal irrisorio, en análogas
condiciones a todos los trabajadores, lo encuentra en el mer- cado recargado
con el tanto por ciento destinado a formar la fortuna del industrial, del
almacenista, del propietario, del tendero, del rentista, y, además, con la
parte correspondiente del presupuesto que se dedica a ali- mentar y a sostener
la vida, las necesidades y los vicios de
toda clase de funcionarios civiles,
religiosos y militares, por lo que le cuesta carísimo y ha de reducirse a lo
preciso, a la privación sistemática, que causa debilidad física y moral, y, por
último, tras una vida limitadísima y deficiente, acaba en una muerte prematura,
en tanto que todo lo que sirve para lujo, como- didad y refinamiento del gusto
lo disfrutan los otros, los adinerados, los que no trabajan, los que,
careciendo de productos propios que cambiar, poseen en abundancia el signo de
cambio . Y por contra nos quieren hacer creer que lo absoluto cabe dentro de lo
relativo, que lo infinito se halla contenido en lo limitado, como quien arroja
la casa por la ventana, dicién- donos que un Dios hecho hombre . . . ha dicho que ¡siempre habrá pobres en el
mundo!
Y
resulta, en resumen, que el dinero, que
se inventó para facilitar las transacciones y no debió tener nunca más
significación que la que legítima- mente le corresponde de signo de cambio,
algo así como el cartón o la chapa con el número acreditativo de propiedad en
un guardarropa, se halla en poder de los
improductivos, que poseen chapas a millones, y por esa
posesión,
racionalmente inadmisible e injustificada, se convierten en seño- res de vidas,
honras y haciendas .
Y he
aquí que en vez de proseguir la humanidad libre y amplia vida pro- gresiva,
como seguiría si sólo atendiéramos a la
razón, por habernos desvia- do por un falso utilitarismo, nos hallamos en un
callejón sin salida . . . enten- dámonos, sin salida fácil, ya que salida
progresiva no ha de faltar, porque la cosa ha de reventar por un lado o por
otro mientras la humanidad subsista, si no de manera cómoda y corriente,
atropellada y revolucionaria; ello es que se han de allanar los obstáculos por
separación o extravasación de la fuerza contentiva, cayendo privilegios y
errores y haciendo práctico e indes- tructible el unitarismo social,
complemento lógico, necesario, fatal,
del mo- nismo científico .
El
derecho romano
Sí;
en un callejón sin salida nos hallamos, y no de hoy . Léase esta cita de Reclus, de El Hombre y la
Tierra, apoyada en otra de Duruy, de La histo- ria de los romanos: «La fuerza
de Roma no se gastaba por completo en el acrecentamiento de su imperio, sino
que empleaba gran parte de ella en disensiones intestinas . Los diversos pueblos que se habían reunido en
la ciudad del Tíber no se distinguían únicamente por el origen, diferían tam- bién por las
condiciones de fortuna y la posición
social; constituían otras tantas clases que, por la fuerza de las cosas, se
fundieron gradualmente en dos sociedades de intereses distintos y
necesariamente hostiles, los patricios y los plebeyos . La historia interior
nos refiere ciertas peripecias de la conti- nua lucha . La usura agravaba las relaciones entre las
dos clases, porque el deudor se convertía
en la presa, en la cosa del acreedor .
La terrible ley de las Doce Tablas, destinada a dar a las
costumbres locales un carácter de
eternidad, demuestra cuán fácilmente caía el pobre plebeyo en las manos de su
acreedor . «Que el rico responda por el
rico; por el proletario quien quiera [ . . .] Al tercer día del mercado, si hay varios acreedores, que corten el
cuerpo del deudor . Si cortan más o menos, que no sean responsables por ello
. Si quieren, pueden venderle al
extranjero, al otro lado del Tíber» . El
Shylock de Shakespeare no era más que un resucitado de la antigua Roma .
120
121
Esa
ley atroz, que puesta en acción en el teatro nos espanta, es nuestra ley, es
nuestro «derecho romano» .
La
burguesía
Al
trabajador cándido que en la cita anterior no vea más que la afirma- ción y la
negación que en ella se hallan contenidas,
y sin comprender bien su sentido confíe todavía en la burguesía
republicana radical, expongo, únicamente a título de ejemplo demostrativo,
porque al fin se trata de un parlamentario, los siguientes datos y
razonamientos suministrados por un inteligente socialista francés, Allemane,
antiguo combatiente de La Com- mune, deportado a Nueva Caledonia y actual
diputado:
Nuestra
burguesía, por avanzada que se suponga
en política y en filo- sofía, se muestra pusilánime y reaccionaria en cuanto
se trata de la me- nor reforma económica .
A
ese miserable estado mental se debe que la Francia republicana sea casi la
única nación, en el mundo industrializado y con tendencia a civilizarse, que
ignore que los Municipios y el Estado pueden proporcionarse recursos sin
recurrir constantemente al impuesto . De
ese modo se llegará, por exi- girlo la fuerza de las cosas, a que los
presupuestos del Estado, de los Depar- tamentos y de los Municipios alcancen
proporciones tan inquietantes que amenace la bancarrota .
Más
de 7 .000 .000 .000 (¡siete mil millones en números redondos!) se extraen
anualmente del trabajo en Francia por los Municipios, los Departa- mentos y el
Estado, sin que se piense en la reorganización autónoma de los servicios
públicos . La república, como la monarquía y el imperio, se opone a toda
innovación que perturbe lo más mínimo el agio del gran capital, la apropiación
por algunos privilegiados de la riqueza nacional, social, huma- na . En vano algunas plumas independientes y aun
desde la tribuna se ha clamado que la república, precisamente porque pretende
ser la emanación libre del país, era doblemente culpable por entregarle
indefenso al Moloch capitalista; nada . . .
el monstruo continúa hartándose de carne y sangre de
trabajadores,
hasta el punto de amenazar con el fin de la raza . . . La tisis por sí sola
causa más de trescientas mil víctimas anuales, debido al estado de mi- seria y
de falta de higiene en que viven las multitudes
laboriosas, y a pesar de tan espantosa hecatombe, nuestra egoísta
burguesía no le conmueve . ¡A qué hablar de humanidad a Shylock!
El
muro contentivo
La
Cámara, el Senado y la mayor parte de las asambleas municipales y departamentales se oponen a toda reforma
esencial que modifique la vida económica del país, que le alivie de sus cargas,
que aumente algo su bienes- tar; no quieren más que el statu quo, el dominio de
la bancocracia . . .
Ved
ahí claro el muro contentivo del impase, el atasque del Progreso .
¿Quién
lo romperá? ¿Quién dejará vía libre?
Fin
de la burguesía
No
será la burguesía, representada en el inhumano símbolo de Shylock, porque se
halla incapacitada para progresar . He
ahí su imagen, admirable de verdad y de oportunidad, trazada por Prondhon hace
ya más de cua- renta años:
No
hay ya energía en su conciencia, no hay ya autoridad en su pensa- miento, no
arde ya su corazón, no hay ya en ella más que la impotencia de la senectud y el
frío de la muerte . Y nótese bien lo que
voy a decir aho- ra . ¿A quién debe la
burguesía contemporánea ese esfuerzo sobre sí mis- ma, esas demostraciones de
vano liberalismo, ese falso renacimiento que nos haría tal vez creer la minoría
parlamentaria, si no se reconociera su vicio de origen? ¿A quién hay que atribuir
esa luz de razón y de sentido moral que
no ilumina ni es ya posible que resucite
al mundo burgués? Sólo a las
manifestaciones de esa joven
conciencia, que niega el nuevo feudalismo; sólo a la
afirmación de esa plebe de jornaleros, que ha toma- do decididamente la
delantera a sus antiguos patronos; sólo a la reivindi- cación de esos trabajadores, a quienes ineptos
políticos de oficio niegan la
122
123
capacidad,
precisamente cuando acaban de recibir de
ellos su mandato político .
Que
la burguesía lo sepa o lo ignore, su papel ha concluido: no irá ya más lejos,
ni es posible que renazca .
¿Habrá
todavía quien niegue que la emancipación
social de los trabaja- dores ha de ser obra de los trabajadores mismos?
Cuando
Hernán Cortés, en la famosa noche triste, seguido de su redu- cido ejército,
hubo de abandonar la capital de Méjico, muchos soldados cargados de riquísimo
botín perecieron ahogados en el foso por no abando- nar su tesoro . Así es la burguesía en general: antes morirá
en la conflagra- ción revolucionaria que despojarse de su ambición y de su
soberbia ante el progreso y la justicia .
Pero
la burguesía dista mucho de ser la humanidad; no es sino una fracción hasta cierto punto mínima, una
especie de secta dominante por la usurpación, y su dominio se funda tanto en
los recursos poderosos que acumula como en el atávico servilismo de las
multitudes dominadas, y eso no ha de durar siempre, ni siquiera mucho; los
desaciertos de los usurpado- res y la conciencia y la energía de los
revolucionarios despojados indican ya un término relativamente próximo .
El
Hombre Nuevo
A
despecho de tanta injusticia social, la ciencia labora con independencia, y ha
producido esa abstracción que Malato
denomina el Hombre Nuevo, capaz de medir una milésima de milímetro, de
comunicar su pensamiento por el espacio sin aparato visible, de levantar sin
esfuerzo pesos de millones de kilos, de recorrer en un día más de dos mil
kilómetros, de romper istmos, de taladrar montañas, de intentar el dominio de
la atmósfera y de los polos, de analizar la composición de los astros, de hacer
tabla rasa de lo sobrena- tural; sabe, además, que todo es materia sólida,
líquida, gaseosa o radiante; que calor, fuerza y luz son distintas maneras de
ser de la materia en vía de perpetua transformación con arreglo a leyes fijas,
y se da cuenta de que él mismo es un producto del conocimiento parcial de esas
leyes de transfor-
mación,
que hace funcionar según sus necesidades a medida que avanza conscientemente en
el campo del inmenso Desconocido . Por ello ha alcan- zado un poder grandioso,
esterilizado aún por los errores tradicionales, pero del cual ha de salir la
sociedad racional y justa, inspirada en este criterio de economía perfecta:
realizar, con el mínimo de esfuerzo, el máximum de ventajas posibles en vista
de la mayor felicidad de todo el mundo .
La
acción social, la vida social es un engaño infame si el patrimonio uni- versal,
compuesto de todo lo que da la Naturaleza y sabe aprovechar la huma- nidad, no
alcanza a todos sin distinción y no procura a cada uno la mayor suma de
bienestar realizable en cada época; porque materialmente el Hom- bre Nuevo
puede producir al presente alimento para que todos se harten; vestido y calzado
para que nadie sufra desnudez; habitaciones
cómodas, ale- gres e higiénicas para habitación de todos; ciencia y arte
para que todas las in- teligencias y todos los sentimientos se desarrollen en
la amplitud propia de su ser . La humanidad ha adquirido una facultad nueva que
no tuvo en ninguna otra época de su evolución: posee la facultad de producir la
abundancia .
En
ese Hombre Nuevo renace la humanidad sin dualismo posible .
Declaración
científico-racional
El
hombre envilecido, el trabajador maldito se levanta, rechaza todos los
vilipendios, se purifica, se coloca en el grado natural de la igualdad social,
anula todas las distinciones que servían de fundamento artificial al privi-
legio y se constituye en núcleo de
regeneración y de nueva vida, a su nivel se van elevando los humildes y van
descendiendo los soberbios, y esa agrupa- ción selecta, adaptándose el
pensamiento de grandes pensadores que
coin- ciden en sus conclusiones . después de haber estudiado el mundo a través
de sus poderosas inteligencias desde diversos puntos de vista y diferente orden
de ideas, declara:
1 .°
Que en el presente régimen social, el progreso no corre por igual para todos,
sino que es causa de mayor desigualdad (Carlos Marx);
2 .°
Que la esclavitud ha renacido por la absorción capitalista (León XIII);
3 .°
Que nuestra organización social ha quedado en estado de barbarie (Er- nesto
Haekel) .
124
125
Debido
a que:
1 .°
Existe la propiedad individual de la tierra y de los medios de producir
(Congreso
Obrero Internacional de Bruselas, 1868);
2 .°
Existe la transmisión hereditaria de la propiedad individual (Congreso
Obrero
Internacional de Basilea, 1869);
3 .°
Como consecuencia existe el salariado (Congreso Obrero Internacio- nal de
Ginebra, 1866) .
Y
partiendo de estos principios:
1 .º
La emancipación social de los
trabajadores ha de ser obra de los traba- jadores mismos;
2 .°
Los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de
tender a constituir nuevos privilegios para sí mismos ni para nadie;
3 .º
La emancipación de los trabajadores es
un problema internacional (Es- tatutos de la Internacional) .
Reconoce
que la Sociedad ha de fundarse en la reciprocidad del dere- cho y del deber,
expresada en este conciso aforismo que desde la Interna- cional ha adoptado el
proletariado emancipador: «No hay deberes sin de- rechos, no hay derechos sin
deberes .»
He
ahí en profecía, como visión anticipada e ineludible de la evolución
progresiva, roto el muro de contención del progreso y afirmados los ci- mientos
de la sociedad racional y científica .
Confirma
la anterior afirmación este pensamiento
de Paul Deschanel en un discurso en la Academia francesa:
Las
causas profundas de los grandes cambios humanos no se hallan en los círculos de
letrados: radican en las aspiraciones de los sencillos . Son los desheredados de la tierra quienes han perseguido más
enérgicamente el ideal y quienes han elaborado el bien en que vivimos .
Son los infinitamen- te pequeños, en lo
profundo del sombrío mar de los pobres,
quienes fundan el porvenir .
Sólo
falta que una minoría obrera prepare suficientemente su inteligen- cia y
determine su voluntad para que la profecía se convierta en ese rápido momento
presente iniciador del futuro que transformará en pasado, en evo- lución
cumplida, el comunismo anarquista, que ha de dar efectividad mien- tras la
humanidad exista al derecho inmanente, inalienable e ilegislable del individuo
.
Tierra
y Libertad (Barcelona), IV, 16 (21 marzo 1907), 4,
reeditado
en El pueblo (Estudio libertario) (s.a.>1909), pp. 65-73.
El
proletariado invencible
La
ley, como los iconos católicos durante algunos días de la luna de marzo, ha
estado cubierta .
Si
no con la misma periodicidad suele
cubrirse esa ficción escultórico- legal del derecho humano .
El
proletariado, último mono social, ha sacado naturalmente la peor parte .
Pero
¿quién ha dicho que el proletariado ha sufrido una derrota?
¿Qué
saben los mezquinos adoradores del éxito de achaques de lucha por el ideal?
La
organización proletaria ha quedado quebrantada; la arbitrariedad gubernamental
ha hecho de las suyas: ha suspendido las
garantías constitu- cionales, ha suprimido periódicos obreros; ha cerrado
centros; se ha incau- tado de listas, libros administrativos y correspondencia;
ha dado cargas en las calles; ha aprisionado a los inteligentes y activos
inscritos en los registros policíacos; ha incoado procesos destinados a ser
sobreseídos; ha aterroriza- do a los débiles y asustado a los prudentes; pero todas esas injusticias más o menos duras
que pesan sobre gran número de trabajadores no alcanzan sino a una mínima parte
del proletariado .
Si
los trabajadores no han podido plantear la huelga general, no había de
plantearla la burguesía: los privilegiados que comen, holgazanean de todas
126
127
maneras
y se engolfan en todos los vicios de la ociosidad, no habían de for- zar su
pasión de cruel venganza hasta producir ellos la huelga general con su
persecución a los trabajadores, porque ¿qué comerían al día siguiente? Ce-
rradas las fábricas, paralizados los trenes, sin asalariados que les dieran ri-
queza por accesión, ¿de dónde sacarían esos inútiles improductivos las cosas
diariamente indispensables para la vida?
Pasado
el episodio de la lucha de clases la gran máquina de la produc- ción, movida
por el número necesario de productores,
se ha puesto nueva- mente en marcha . Pues sepa cada privilegiado o cada
adulador o servidor de la burguesía privilegiada, que cada productor asalariado
e injustamente ex- plotado y oprimido es un hombre y en cada hombre vejado y
retenido bajo la línea natural del derecho alienta la dignidad manifestada por
ardiente re- beldía, y cada vacío dejado en las huestes proletarias que ansían
su emanci- pación, se cubre con nuevos combatientes que vienen de refresco con
más vivo entusiasmo, con más vivificante pasión, con más poderosa energía, dis-
puestos a dar su pensamiento, su actividad y su vida por la emancipación del
proletariado .
Rira
bien qui rira le dernier, dice el sentido común de los franceses . En la lucha
de clases, latente siempre y declaradamente emprendida desde los pri- meros
días de La Internacional, el proletariado lleva perdidas muchas bata- llas;
pero ¡hay de la burguesía el día en que el proletariado gane una! Con tantas
victorias la burguesía no ha aniquilado ni vencido a su enemigo por- que le
necesita . Incapacitada para producir y
para servirse, tiene enemigos en su misma casa, en el escritorio, en su
almacén, en su tienda, en su oficina, en su taller, en su fábrica, en su mina,
en su tren, en su barco, en su quinta de recreo, en donde quiera que ha de
cubrir su incapacidad productiva y su sed de placeres con el salario, con el
jornal, con el sueldo, con la propina; porque el dinero, resumen de los frutos
naturales, frutos industriales y fru- tos civiles con que por accesión despoja
a todo trabajador del fruto de su trabajo, no le da la fraternidad, ni la
amistad, ni la conciudadanía, ni la tole- rancia del trabajador a quien oprime,
a quien explota, a quien despoja: ni siquiera le sirve para establecer
solidaridad entre los de su clase, por más que en ocasiones parezcan unidos los
burgueses para constituir centros patro- nales contra las reivindicaciones obreras, o pactos del hambre para negar
trabajo
a los obreros conscientes, o lockauts para cortar la retirada a los huelguistas
parciales, porque la ambición y la concurrencia
les enemista y les obliga a traicionar a sus compañeros .
Los
trabajadores, por el contrario, tienen comunidad de aspiración, fra- ternidad
positiva, solidaridad práctica en toda la extensión del mundo, sin que las
fronteras, las religiones, los idiomas ni las razas los separen: un triunfo obrero en Alemania es celebrado
como triunfo propio por los obre- ros franceses; una ventaja alcanzada por los
trabajadores de Melbourne se festeja por sus antípodas de la Bolsa del Trabajo
de París; en un congreso obrero internacional celebrado en Holanda se han
abrazado un delegado ruso y un delegado japonés . Kotoku ha inmortalizado en la
horca de Tokio la magna obra de Kropotkine, La Conquista del Pan . Desde el extremo Oriente (China y Japón)
hasta el extremo Occidente (Méjico) se predica y aun se practica
revolucionariamente el comunismo .
La
fuerza de los fragmentados egoístas, por poderosos que sean sus ejér- citos,
por absorbentes que sean sus instituciones centralizadoras, por tiráni- cos que
sean sus sistemas políticos, por opresora que sea su legislación, se sostiene
en equilibrio forzado y violento contra todo lo humanamente ra- cional y
progresivo, representado por esa aspiración proletaria a la conquista de su
natural y social derecho a la evolución, que se desliza por la vía progre-
siva, cada vez más amplia, más llana y en más suave pendiente, y con ten-
dencias más noblemente altruistas .
Ni
el zar con su sevicia, ni el kaiser con su soberbia, ni los reyes consti-
tucionales, ni los presidentes democráticos con sus estadistas previsores o
amenazadores con sus leyes scélérates pueden comparar la fuerza de los
ejércitos y de las marinas a su disposición y dispuestos a destrozarse mu-
tuamente con la fuerza proletaria que puede desarrollarse un día en el mundo
por un incidente minúsculo, quizá sólo porque un patrón brutal o un capataz
servil despida injustamente a un obrero,
que puede representar la gota de agua que produzca el desborde de los
sufrimientos y de las justas
reparaciones .
El
proletariado no tiene regimientos, ni escuadrones, ni acorazados, ni cañones,
ni fusiles, pero tiene a su disposición algo más fuerte, poderoso y eficaz que
todo eso; tiene la espita de la producción, y puede cerrarla a su
128
129
antojo
cuando la determinación racional y el
acto volitivo, es decir, cuando la inteligencia y la voluntad de los
trabajadores solidarios se perfeccionen
para llegar a la posible realización de acto tan sublime y trascendental .
Y
que estamos en camino de lograrlo, no cabe duda .
He
aquí por qué afirmo que el Proletariado
es invencible .
Tierra
y Libertad (Barcelona), VIII, 81 (1 noviembre 1911), 1, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 200-202.
De
la Violencia
Indiferencia
y sensacionalismo.— Chiquillos viejos.—
La masa y sus burujones.— Los «ismos» de «terror» y «matón».— No hay terrorismo
anarquista.— El equilibrio de las naciones.— En resumen.
En
la general ignorancia de las causas de fenómenos naturales y de aconte-
cimientos vitales, oscilan las gentes entre la indiferencia y el sensacionalis-
mo; es decir, las cosas no importan o importan demasiado .
Ese
hecho cuyas causas por su extensión no pueden condensarse aquí por ser
generadoras de lo que en síntesis se
denomina la cuestión social, produce una mentalidad tan deficiente, tan
impropia de hombres y muje- res en la plenitud de su desarrollo, que para darle
su verdadera y justa ca- lificación puede denominarse mentalidad infantil; como
si dijéramos: considerando el valor
mental de hombres y mujeres de nuestra generación y de nuestro medio, hombres y
mujeres no son personas, son chiquillos, con la desventaja de que los niños
pueden ser corregidos si tuvieren la di- cha de tropezar con una educación
racionalista, en tanto que el chiquillo viejo, que tiene los atavismos
endurecidos y es fatalmente misoneísta,
es materia inerte que va rodando por la pendiente de la decadencia al abismo de
la incapacidad y de la rutina, donde, con todos sus congéneres, como muertos
que tuvieran la facultad de hablar y moverse, no hacen nada dig- no del cerebro
humano, de ese cerebro que, no obstante, cuenta ya con un
maravilloso
capital de conocimientos . que contiene la ciencia recogida por la humanidad a
través de los siglos y de las distancias,
y que es capaz de abarcar con su juicio desde esa cosilla ínfima que se
llama el neón —ele- mento gaseoso que se halla en inconcebible pequeñez en el
aire—, hasta las grandiosidades de la
vía láctea .
Y
esos chiquillos viejos, que por atrofia intelectual no llegan, no pueden
llegar, a ser mujeres ni hombres íntegramente sensatos, no deben conside- rarse
como siéndolo únicamente el vulgo, la masa, el pueblo, los deshere- dados, sino
que lo son también ciertas figuras que parecen sabios, filósofos . escritores,
grandes oradores parlamentarios y ateneístas y que tampoco son personas, que no
han podido tampoco alcanzar personalidad racional, sino que son como pegotes o
burujones de la masa y solamente de modo tan poco lucido sobresalen de ella .
Y
vamos al asunto . Ocurren los sucesos llamados del terrorismo y
del matonismo: para los de la masa, cada caso produce una irritación nerviosa
pasajera; su repetición casi convierte
esa irritación en hábito . Los
pegotes de la masa, en su empeño de singularizarse, discurren sobre las causas, y dicen lo que hemos leído
en sus discursos en el Parlamento o en sus cróni- cas en la prensa, o sea nada
que indique causa verdadera ni positivo reme- dio, ni siquiera sinceridad de
pensamiento . Para unos todo se reduce,
en último término, a una gacetilla más con monigotes del periódico Los Suce-
sos; para otros la cosa no pasa de motivo de exhibición, de insano anhelo de
hacerse ver aunque sea puestos en berlina, de recurso para obtener de sos- layo
determinado efecto .
Entendámonos
ahora sobre las palabras terror y matón, con esos ismos que se les enganchan a
la cola para generalizarlas, dándoles carácter de sistema . Por lo pronto
distan mucho de ser lo que esa mentalidad
infantil, aficionada al misterio . y a la exageración, quieren que sean,
ya que en rea- lidad no pasan de hechos que en el curso ordinario de los
sucesos son como especie de verrugas propia de todas las épocas de la historia,
no en manera alguna exclusiva de la presente ni menos aún en lo referente al te-
rrorismo que quiere hacerse exclusivo de las ideas anarquistas . Sin salir de
Barcelona, la historia contemporánea y moderna suministra ejemplos de terrible
terrorismo, como: el pacto del hambre puesto en vigor por la bur-
130
131
guesía
contra los obreros abnegados y conscientes, que ha causado muer- tes,
destierros y cobardías o muertes morales en gran número; persecucio- nes
gubernamentales cuyo recuerdo
sanguinario, siempre restringido a Barcelona, suscitan los nombres . de
Montjuich, el pontón, la ciudadela, el general Zapatero, el conde de España . Y
no queremos hacer erudición va- ria, sino presentar argumentos a carretadas, y
para eso sobra con escribir estas palabras: las guerras civiles, las guerras
religiosas, las revoluciones políticas, la Inquisición, las sectas, las colonias, y para final esa misma masa burguesa, que
canta el repugnante bon cop de fals . ¿Qué
demuestra todo eso sino que en materia de terrorismo nadie en el mundo puede
tirar la primera piedra?
Y en
cuanto al matonismo, que no es exclusivamente
barcelonés, ni si- quiera español, sino universal, baste decir que
mientras haya privilegiados
—caciques,
explotadores, usureros, etc .— que por sus infamias se atraigan el odio de
muchos, siempre habrá quien necesite un matón que le defienda y hombres que se
presten a esos menesteres luciendo los
conocimientos adquiridos en las aulas del hampa . Sin contar que cierta musa canallesca canta,
por ejemplo, «El Mocito del barrio», canción típica entre muchas en que se
ensalza en castellano una fanfarronería casi tan estúpida como la de los
Segadors en catalán .
No
puede, pues, sostenerse que haya terrorismo anarquista, porque el conjunto de
las ideas anarquistas representa el ideal más perfecto de paz y de economía,
que es como decir de amor y de justicia . Lo que puede haber es individuos que por su modo de ser, resumen de muchas
causas circuns- tanciales, obren a impulsos de un determinismo en que ni ellos
ni las doc- trinas tienen responsabilidad .
Bien sabe esto todo el que sabe que existe una ciencia que se llama
antropología . Recuérdese que el
Evangelio habla de Pedro, considerado, sin duda, como el mejor cristiano,
puesto que esta- ba en mayor contacto con un maestro divino o divinizado, y fue
designado como el fundador y representante de la Iglesia, que en un acceso de
rabia corto de una cuchillada la oreja de un soldado, el cual tuvo la chiripa
de que aquel hombre a quien iba a premiar, especie de anarquista de la época,
se la pegase milagrosamente . Y si se quiere
un ejemplo más decisivo, capaz de acallar sentimentalismos fingidos en
punto al empleo sistemático de la
violencia
ahí está con sus enormes consecuencias de injusticia, despilfarro y horrores,
la gran violencia llamada «equilibrio de las naciones», fundado en esta máxima:
Si vis pacen, para bellum (si quieres la paz prepara la gue- rra), con sus
millones de hombres improductivos, desviados del cargo na- tural y social de su
desarrollo natural y físico, que con sus costosos arma- mentos, se hallan
dispuestos constantemente, en obediencia
de una orden, a matar y destruir en las espantosas proporciones que muestran
las guerras que para mayor horror son también progresivas —como acaba de
suceder entre España y los Estados Unidos, entre el Japón y Rusia, como está a
punto de suceder, a pesar de la conferencia del Haya, entre los Estados Unidos
y el Japón— . Más aún, inspirados los
gobernantes de todas las naciones en el
funesto error de esa paz guerrera, permítaseme, por lo gráfi- ca, la brutal
incongruencia de la expresión, vemos las potencias de primer orden empeñadas en
sostener una armada que iguale a la de Inglaterra, y el gobierno inglés
empeñado en tener un barco más que el que tenga, no una nación, sino el
conjunto de las naciones unidas en una alianza, en cuyo deplorable error sigue,
y aun supera ridículamente a todos los gobiernos, el gobierno español, quien,
según la frase de un diario de oposición, «acaba de crear una escuadra y
rebajar el sueldo a los maestros de escuela», por cuyo medio pronto llegaremos
otra vez a que el sol no se ponga en los do- minios españoles .
En
resumen, ¿qué? Pues nada: que mientras la razón y la justicia sean, como los
trabajadores, esclavos de la burguesía, todo andará ordenadamen- te patas
arriba .
¿Se
ha de perder por eso la esperanza de arreglo? — ¡Cá! ! ! Despéñese la burguesía
en el abismo fatal de las consecuencias de sus errores y de sus injusticias,
sufra que un Jeremías de la clase le diga ¡ya es tarde!, que la humanidad
pasará esta crisis como ha pasado otras más gordas, y si desde especies
inferiores pudo llegar hasta las alturas del pensamiento en que se halla, si
pudo desprenderse de la animalidad primitiva hasta la altura en que rayan los
genios de nuestros días, también se desprenderá
de la grasa burguesa y volará libre, acercándose cada vez más a las
grandezas de la Verdad, de la Belleza y
de la Justicia en el régimen de la Anarquía . ¡Cómo no!
132
133
En
el Haya se celebra una conferencia; otra
se celebrará en Áms- terdam .
Tierra
y Libertad (Barcelona, IV, 29 (11 julio 1907), 1, reeditado en Vida anarquista
(1912), pp. 103-106.
Contra
un sofisma
La
injusticia social es muy antigua . La protesta consiguiente tampoco es moderna
. El sofisma para excusar la una y
atenuar la otra para que conti- nuaran las cosas en tal estado debió ser su
contemporáneo .
Ya
un sabio de la antigua Grecia, que hubiera querido abolir la esclavi- tud,
faltándole quizá sabiduría y energía para anteponer la justicia a la
conveniencia, dicen que dijo: «La esclavitud
no puede desaparecer hasta que las herramientas se forjen por sí solas, las mieses se
almacenen en el granero sin la
intervención del hombre, los telares nos den espontáneamen- te la fibra
convertida en ropa, y todas las necesidades de la vida humana se satisfagan sin
trabajar» .
¿Se
ha de trabajar? Pues el trabajo, como imposición maldita, excep- tuándose de él
los privilegiados, queda para los inferiores, los deshereda- dos, los esclavos,
los siervos, los jornaleros .
Pasaron
muchos siglos hasta que la lógica hizo decir a un revolucionario en la
Convención: «Piérdanse las colonias, pero sálvense los principios» .
Mas
ese grito puramente humano lanzado por un burgués no podía te- ner eco en la
burguesía, y si después esa clase
vencedora contra sus opresores ha querido detener en beneficio propio el
movimiento eterno, ahí está, para contrarrestar tan torpe propósito y continuar
la vida, el proletariado pre- sentando, cada vez con mayor energía, sus
legítimas reivindicaciones .
Porque
ello es que lo que aquel sabio de la antigüedad pedía como un milagro de
realización imposible, se ha realizado con creces, hasta el punto de que, para
unos 1 .600 millones de habitantes que cuenta nuestro globo, tenemos o
debiéramos tener a nuestra disposición, porque existen, más de
2
.000 millones de fuerzas humanas artificiales, que son como 2 .000 millo- nes
de obreros de hierro animados por el vapor, la electricidad, el aire com-
primido, etc ., que con un trabajo mínimo de dirección y vigilancia sirven con
asiduidad y esmero al consumidor .
Y
ese señor consumidor, en cuanto hombre,
eres tú, lector, por pobre que seas, con tanto derecho como cualquier
privilegiado; y en concepto de trabajador, con mucho más derecho que ningún
holgazán explotador .
La
profecía del sabio griego se ha realizado: el trabajo se hace mecáni- camente,
pero la esclavitud no ha desaparecido .
Ni
porque se haya predicado que hemos de
amarnos como hermanos, ni porque una revolución triunfante haya proclamado que
todos somos iguales, ni porque la fuerza artificial productora se haya
multiplicado ma- ravillosamente, ni
porque esté probado por la estadística que, dada la pro- ducción general,
tocamos cada ser humano a tres raciones alimenticias y a cinco raciones
industriales, nada destruye la iniquidad social; en la misma lista nacional de
los ciudadanos constan el millonario y el hambriento .
Semejante
desequilibrio necesita un fuerte contrapeso, y ese contrapeso lo constituyen el
temor a la fuerza y el crédito a la mentira .
Fuerza
pública para contener al que protesta, sofismas para engañar al que juzga, y la
cosa insostenible se aguanta hace siglos .
No
quiero hablar hoy de la fuerza .
Me
ha impresionado un articulejo titulado «La Revolución», publicado en el Heraldo
de Madrid con la firma de Morato, y he sentido necesidad de decir algo sobre
sofismas . ¿Qué? Diré como los que proponen ciertos acer- tijos: ya queda
dicho; que el lector lo desentrañe .
Para
mí, una de las cosas más perniciosas respecto de asuntos socia- les, consiste
en que algunos individuos —burgueses o aburguesados, y peor cuando siguen
llamándose obreros, y archipeor si gozan fama de obreros ilustrados—, se den título de maestro y enseñen a la
multitud, a la masa, y lleguen a escribir cosas por el estilo de esto que se
lee en el ci- tado artículo:
Hay
que decir a los obreros que ninguna clase social debe intentar una revolución
mientras no sea la clase más fuerte; y no ya por su ideal, sino por
134
135
su
superior inteligencia, por su mayor moralidad, y esto no de un modo rela- tivo,
sino absoluto .
Porque
el obrero que lea eso y lo crea se pierde para siempre para el compañerismo,
para la acción común, para el progreso, para la justicia y
La
columna de Vendôme
Considerando
que la columna imperial es un monumento de barbarie, un símbolo de fuerza bruta
y de falsa gloria, una afirmación del
queda
hecho un desperdicio humano, útil sólo para aquel contrapeso antes
mencionado
.
Esa
afirmación sofística, absolutamente
contraria al espíritu de la his- toria, donde resplandece el valor moral
y material de las minorías como únicos
agentes progresivos, es peor que el sablazo del civil, el atestado del
polizonte, la despedida del burgués o el lamento enervador de la mujer que tira
a uno de la chaqueta para que no se comprometa .
La
Enciclopedia, gran obra intelectual precursora y causante en gran parte de la
Revolución francesa, oiga Morato lo que quiera, la escribieron unos cuantos
sabios, y no sólo no brillaba entonces la burguesía en general por su superior
inteligencia, sino que hoy, transcurrido más de un siglo, abundan que es un
contento los gaznápiros en esa adinerada clase .
El
proletariado actual no asiste a la universidad, ni casi a la escuela, pero sabe
que es explotado, que se le alambica la
vida por medio del jornal, que la accesión es la línea divisoria que rompe la
unidad humana para sostener la división de pobres y ricos, y como quiere
participación racional en el patrimonio universal, pasa de largo ante consejos
impertinentes y tira di- rectamente a
romper el equilibrio facticio de la actual sociedad .
No
diré que eso sea bastante para el triunfo de la revolución; pero tan lejos
estoy de creer en la superioridad intelectual y moral de la burguesía, que
tengo para mí que lo que falte de sabiduría a los obreros lo completarán con su
torpeza los burgueses .
Y es
muy posible que el ideal revolucionario
se cumpla sin permiso de quienes miden las grandezas humanas, con la pequeñez de sus preocupa- ciones .
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 57 (18 junio 1908), 1, reeditado en Vida anarquista
(1912), pp. 59-62.
militarismo,
una negación del derecho internacional, un insulto permanente de los vencedores
a los vencidos y un atentado continuo a la fraternidad, uno de los tres grandes principios de la
Revolución
francesa, la columna será derribada .
(Decreto
de la Commune)
Si
la Commune de París no tuviese otros títulos a la justificación y glorifi-
cación de la historia, bastaría el decreto del derribo de la columna imperial
para constituir una gloria del proletariado militante . El decreto en que se dispone, es por sí solo
un resumen de la historia, un símbolo del derecho y un acto de abnegación
heroica . He aquí la demostración:
Un
pueblo oprimido por cuantos vejámenes pudo acumular el privilegio en el curso
de muchos siglos, se levanta justiciero y potente, derriba el trono y el altar
y proclama los derechos del hombre y del ciudadano .
Una
clase media egoísta desvía al pueblo de su objetivo, monopoliza para sí la
Revolución, y se esteriliza en luchas intestinas .
Un
soldado audaz, que es respecto de los burgueses lo que el lobo res- pecto de
los conejos de la fábula, se hace dueño del poder, enciende el fa- natismo
patriótico y emplea las armas que
debieran haber servido para defender la libertad, en tiranizar a las naciones,
poseído de la idea de fun- dar un imperio universal para satisfacer su ambición
.
Mortandad,
incendio, devastación, manchan las naciones en la inmen- sa extensión de territorio desde Cádiz a Moscú, horrible
tragedia desa- rrollada en mil cruentos cuadros desde Egipto a Waterloo, cuyo
desenlace asaz raquítico se verifica en
Santa Elena .
Pues
este hecho nefando, cuya criminalidad no puede calificarse, por- que es
imposible hasta para la imaginación más
poderosa condensar la
136
137
cantidad
de sangre, de sufrimiento y de lágrimas
que representa, se hallaba glorificado por la odiosa columna . Por eso le apellidó la Commune monu- mento de
barbarie, símbolo de fuerza bruta y afirmación del militarismo .
La
tendencia del progreso a la perfección de los hombres y, por conse- cuencia, a
la concordia primero y a la armonía después, se veía dificultada por aquel
horrible altar de la patria, en que se hallaban escritos como en un padrón de
ignominia los nombres de ominosas jornadas en que mu- chos miles de hombres,
nacidos para el trabajo, para la paz y para la felici- dad, se habían
convertido en feroces salvajes, cuyo recuerdo se perpetuaba en mengua de los
sacrificados y para exaltación de los verdugos .
Por
eso dijo la Commune que aquel monumento era la negación del derecho
internacional, un insulto permanente de los vencedores a los ven- cidos y un
atentado continuo a la fraternidad de los pueblos . La Commune no se limitó, pues, a proclamar:
la tierra al agricultor, el instrumento de producción al obrero, el trabajo
para todos . Era necesario ofrecer al mundo un gaje de amor y fraternidad a
todas las razas; no bastaba la serenidad de la justicia, necesitaba la expansión
del sentimiento; el reconocimiento y la práctica del derecho necesitaba la
sanción de la felicidad .
Allí
estaba la columna que mantenía vivo el odio de Inglaterra, de Prusia, de
Austria, de Rusia, de Italia, de España contra Francia, y de ésta
recíprocamente, contra aquéllas .
Pues
la Commune pone un dogal al cuello de la estatua de Napoleón, el pueblo de
París tira, el ídolo patriótico cae deshecho en mil pedazos sobre el pavimento,
y un inmenso clamor anuncia al mundo que el pueblo de París reconoce como
hermanos a todos los habitantes de la Tierra .
Era
aquello como el jubileo de la fraternidad humana hecho sin prece- dente en la
historia por su alcance y por su universalidad . Se había visto poderosos reyes de naciones enemigas abrazarse
cordialmente y llamarse primos
mientras sus vasallos se mataban en los
campos de batalla; diplo- máticos representantes de pueblos enemistados
tributarse recíprocamente los mayores agasajos para exprimir y tiranizar a sus
propios representados, pero un pueblo que abomina y pisotea su tradición
patriótica y ofrece al mundo el ramo de olivo, se vio por primera vez en la
Tierra en París, en marzo de 1871 . Si
la musa burguesa escribió:
Qu’on
est fier d’ être français quand on contemple la colonne!
el
decreto de la Commune manifiesta que vale más ser miembro libre de la familia humana que francés
sometido al privilegio .
La
buena nueva se extendió por el mundo junto
con la noticia de la sangrienta victoria de Versalles .
Todos
los trabajadores supieron que los generosos apóstoles de la frater- nidad
habían sido cazados y ametrallados con una ferocidad sin ejemplo . El
Luxemburgo, el Panteón, el Père
Lachaise, el cuartel Lobau, Satory, son nombres que quedarán eternamente unidos
a la historia de la reivindica- ción del proletariado; son como la Tierra Santa
de nuestra redención rega- da con la sangre de innumerables mártires
proletarios .
El
pacto quedó aceptado y sellado: por eso en este día todos los traba- jadores
del mundo se unen en un sentimiento unánime, y en todos los idiomas se tributa
el homenaje de la gratitud al pueblo apóstol, al pueblo mártir que dio la
fórmula de la Revolución Social .
¡Qué
importa que el triunfo de efímera reacción haya reconstruido la columna!
Las
consecuencias del derribo son
permanentes, imperecederas: la fra- ternidad de los pueblos en la integridad
del derecho .
¡Gloria,
pues, a la Commune de París!
El
Productor (Barcelona), IV, 191 (1 abril 1890), 1-2 (leído en la velada del 18
de marzo celebrada en el Teatro Circo barcelonés), reeditado en Tierra y
Libertad (Madrid), VI, 372 (17 marzo 1904), 1; Tierra y Libertad (Barcelona),
VII, 5 (24 mar- zo 1910), 1; Renovación (Costa Rica), I, 6 (30 marzo 1911),
81-82; Suplemento semanal a La Protesta (Buenos Aires), I, 11 (20 marzo 1922),
2 y Vida anarquista (1912), pp. 62-65.
138
139
Mi
patria
Es
mi patria un hogar cariñoso, un palacio esplendente, un jardín hermosí- simo,
un rico museo, una Universidad sapientísima, un taller de actividad incesante .
El
amor, las comodidades, las delicias, la
contemplación de las maravi- llas naturales y artísticas, la sabiduría, el
trabajo, tienen en ella su natural y perfecto desarrollo .
Me
aman los que me engendraron, mis consanguíneos, mis maestros, mis
condiscípulos, mis compañeros, mis émulos, mis compatricios, todos y yo,
correspondiendo a esa inmensidad de amor
de que soy objeto, enamo- rado de mi patria, absorto en la contemplación de su
grandeza y de su jus- ticia, contribuyo a ese torrente amoroso que a todos
llega, que todo lo vivi- fica, semejante a la circulación de la sangre en el
cuerpo humano, que toca a todas y cada una de las células que le constituyen .
La
placentera calma de los campos, la frondosidad de los bosques, el aroma de las
flores, el armonioso gorgojeo de las aves, la impetuosa co- rriente de los
ríos, la pintoresca grandiosidad de los montes, la misteriosa profundidad de
los abismos, el rítmico movimiento de las olas, que besan las costas y las
playas, sublime conjunto natural embellecido por el arte y santificado por el
trabajo, dan al suelo de esta patria querida majestuosa belleza .
Formo
parte de una comunidad federada con otras innumerables es- parcidas por el
territorio de extinguidas nacionalidades; la gran casa que le sirve de morada
hállase situada al pie de una colina que le resguarda de los vientos del Norte,
y a su frente se extiende una vega cruzada por caudaloso río . En aquel edificio, monumento erigido a la
fraternidad humana, de arquitectura en que los artistas han sabido reunir en
beneficio de un pue- blo la gracia que en tiempos pasados se empleó para adular a los tiranos,
halla el individuo y la colectividad cuanto puede necesitar una comunidad de
hombres inteligentes y libres . En sus
múltiples departamentos disfruto de la soledad cuando de ella necesito para el
descanso o para el estudio; de la compañía preferida, para las dulces
expansiones de la amistad; de la
general,
para las refacciones, para el recreo,
para los ejercicios corporales exigidos por la higiene y para el trabajo .
Granjas
modelos en las inmediaciones y talleres
escuela en el mismo edificio para la infancia, donde los niños de ambos sexos
aprenden directa- mente de las cosas y
de las manipulaciones y maniobras de la
producción, y de la ciencia práctica, todo lo que es objeto de conocimiento;
laboratorios y talleres con sus correspondientes herramientas, artefactos y
maquinaria, que transforman la primera materia en productos de toda clase
destinados al consumo, y de cuyo funcionamiento cuidan jóvenes obreros, de aspecto
sano y rostro alegre, que desempeñan sus
tareas entonando canciones que son himnos a la paz, el amor, la patria y a la
humanidad en señal de grati- tud por los beneficios actuales, debidos a
sacrificios infinitos durante la larga evolución del progreso; espaciosas,
limpias y bien ventiladas cocinas que esparcen ese vivificante aroma que
despiden los alimentos bien condi- mentados, conservadores de la vida,
reparadores de las pérdidas que el or- ganismo experimenta en el ejercicio de
sus facultades, y que, convertidos en materia humana, son futuros motores y
agentes de nuestra actividad, de nuestros sentimientos y de nuestra
inteligencia; vastos y suntuosos come- dores donde se disfrutan de manera
tangible y práctica las delicias de la igualdad por la comida en común, ágape
cariñoso, manifestación inequí- voca de la fraternidad; higiénicos dormitorios,
hermosas piscinas, museos, bibliotecas,
salas de conciertos y de conferencias, teatros, y cuanto para el bien moral
y material puede reunirse en un edificio comunal, todo se en- cuentra aquí,
científico, adecuado perfectamente a su objeto, embellecido por un arte
exquisito, cuya contemplación termina siempre por plantearos el problema de
hallar la línea divisoria entre lo útil y lo bello, y todo lo bello, hasta lo
que alcanza las más elevadas cumbres de lo sublime, es, no sólo útil, sino
necesario, indispensable, dado el alcance infinito de las facul- tades
intelectuales y morales a que ha llegado el ser humano .
Aquí
todo lo que se sabe se enseña a todos y a todas, y cuanto se aprende se
practica . Todos son maestros y alumnos a la vez, y no hay problema cien-
tífico, económico o de otro género que no sea acometido con enérgica vo- luntad, claro entendimiento,
absoluta despreocupación y ánimo alegre por miles de inteligencias, que le
arrancan la solución al momento, a la fuerza,
140
141
por
honda y secreta que se halle; tal es el poder invencible del cálculo y de la
inducción .
Todo
el mundo tiene aquí un sitio en el hogar, en la satisfacción de las
necesidades, en el trabajo, en el recreo, en la enseñanza, y si alguna vez falta- se puesto o se
sintiera estrechez, inmediatamente se emprenderían las obras de ensanche, no sólo para la
necesidad del momento, sino también en previ- sión de futuro .
La
correspondencia, solidaridad y reciprocidad con las comunidades federadas,
extendiendo el comunismo en lo material a la vez que consa- grando la absoluta
libertad de los individuos, realizan un cambio constante de personal: hijos del
Mediodía que desean visitar las regiones del Norte, pagando la fraternal
hospitalidad que reciben en el país de las brumas y de los fríos con las
chispas de la gracia y del ingenio que los ardores del sol produjeron en su
imaginación ardiente; naturales de las comarcas circum- polares que ansían
gozar de la exuberancia de luz, color y movimiento de las zonas templada y
tórrida; habitantes del centro de los continentes que se dirigen a las costas
deseosos de cambiar sus ordinarias ocupaciones por la sugestiva novedad de la vida
marítima; geólogos que recorren los campos, las montañas y las cavernas para leer en un libro abierto
la historia de las evoluciones de nuestro globo; observadores que husmean la
tierra en busca del minúsculo insecto y de la ignorada hierbecilla, para completar
el catá- logo de la historia natural; arqueólogos y anticuarios que estudian
las rui- nas buscando inscripciones y residuos de todo género de las sociedades
muertas para fijar la exactitud histórica; para los sedentarios y para los
tran- seúntes, para todos hay aquí lugar, ocupación, participación y amor, y si
acaso llega alguno procedente de aquellos países refractarios al progreso,
estacionarios en un régimen atrasado, de aquellos que cierran los ojos a la luz
por temor que se desvanezcan sus preocupaciones, es objeto de los más solícitos cuidados y de
esmeradísimas atenciones, produciéndose un caso de atavismo colectivo que
reviste caracteres sublimes; surge repentinamen- te la caridad, sentimiento ya
desvanecido como propio de la extinguida so- ciedad del privilegio, con el que
los buenos atendían a sus semejantes en desgracia; parece aquello un concurso
de hijas de Vicente de Paul o de hijos de Francisco de Asís, que ansían colmar
de bienes al que se presenta despro-
visto
de un derecho positivo y no ostenta otro título que el de individuo del género
humano .
La
ciencia, después de haber arrancado el rayo de las manos de Júpiter, de haber
despojado de la esencialidad a Jehová e inutilizado las virtudes teologales,
negando con los hechos aquella profecía de Cristo según la cual siempre habría
pobres en el mundo, ha llegado a alturas prodigiosas, tanto por lo que se sabe
como por lo se establece para saber más, y sus aplicaciones a la producción, a
la economía y a la higiene satisfacen cumplidamente su objeto . Dispuestos todos por una
enseñanza integral que al mismo tiempo que abarca en sus nociones elementales
la universalidad de conocimientos provoca las aptitudes, las vocaciones y las especialidades por el
contacto in- mediato con el mundo de lo abstracto y de lo real, cada uno en su
género propio de actividad es tanto como antes eran los excepcionales, los
eminen- tes, los sabios, aquellos que en vida fueron ludibrio de las
muchedumbres ignorantes y fanáticas y después de muertos recibieron los
homenajes de la inmortalidad .
No
hay cataclismo ni irrupción de bárbaros que arruinen monumentos y bibliotecas,
ni revolución social capaz de destruir los actuales conocimien- tos y su
consiguiente régimen social, porque el archivo principal, esencialí- simo,
único, indestructible, consiste en el mismo idioma . Es éste analítico y
sintético . Todas las ideas representantes de las cosas, de las abstracciones y
de los hechos tienen su raíz en una letra inicial, según que pertenezcan a uno
de los tres reinos de la naturaleza, al orden abstracto o a las diversas partes
de la oración; cada división y subdivisión científica de las ideas se re-
presentan por una letra que ocupa en las palabras que las expresan el lugar
numérico que le corresponde por clasificación racional, y una sintaxis que
funciona con la misma invariabilidad, fijeza y universalidad que la aritméti-
ca, infunde a las palabras y a las oraciones aquella comprensibilidad y certi- dumbre que para todo el mundo poseen
las expresiones de los cálculos ma- temáticos .
Son inútiles los diccionarios, porque cada palabra lleva en sí su
definición, su acepción única y su clasificación científica; no puede prospe-
rar la charlatanería, la vana elocuencia ni la poesía ficticia, porque teniendo
las palabras, como las unidades, valor concreto, es imposible amañar sofis-
mas, que quedarían al descubierto y desprestigiados tan pronto como se
142
143
expresaran
. La filosofía, la Historia, la poesía, las artes, la literatura, la cien- cia
en abstracto y en su aplicación, y cuanto el hombre sabe y piensa, y pue- de
llegar a saber y a pensar, vive en estado positivo o en estado latente en el
idioma universal usado por estas generaciones redimidas, completado ade- más
por el conocimiento de las lenguas
muertas, y no hay ya Omar posible capaz de sumir al mundo en las tinieblas de
la ignorancia tras los fulgores del incendio de una nueva biblioteca de Alejandría
.
Considérese
como patrimonio universal que todos los usufructuarios que mueren legan sin
exclusión alguna a todos los que viven los bienes natu- rales, como don
espontáneo que la naturaleza ofrece al hombre para su estu- dio, adaptación y
transformación con que satisfacer sus necesidades morales y materiales; la
ciencia, adquirida por la humanidad por medio del estudio, la observación y la
metodización de todas las generaciones precedentes; la aplicación científica a
la producción, condensada en esos potentes
instru- mentos con que se verifica el trabajo y el cambio, y, por lo
tanto, nadie es dueño de nada y todos son copartícipes de todo . Aunque sin el
valor de una excepción a la regla general, y sólo para que pueda ser
comprendido por los que por un lamentable atraso viven aún fuera del comunismo,
puede citarse la posesión de aquellas cosas de uso absolutamente personal, las
cuales, aun- que tarden mucho más en consumirse, forman parte de la ración que
se sirve cada uno, y son como la porción de alimento que le corresponde, y en lo cual no puede penetrar el tuyo ni el
suyo después que por el uso lo he consagrado como mío .
Compréndese
que en otros tiempos hubiese legisladores, gobernantes, jueces, sacerdotes y
soldados que fijaren en leyes, decretos, sentencias y dog- mas, impuestos por
la fuerza, las relaciones sociales, jurídicas y espirituales; porque donde no
alcanzaba el conocimiento recíproco de
los derechos y de los deberes, y cuando la exposición de la doctrina, de la
dignidad individual se consideraban como genialidades de un escritor o como
exageraciones revolucionarias, era necesaria una especie de compensación al
desequilibrio de la injusticia, y esa compensación sólo podía ofrecerla la autoridad con su cortejo obligado de tribunales,
patíbulos, presidios, fuerza pública, etc . Por eso un pensamiento demoledor de
antiguos y arraigadísimos errores y base fundamental de la positiva doctrina
humana pasó desatendido y desprecia-
do
en vida de su autor y es hoy, después de muchos siglos, nuestra Constitu- ción
y nuestro Código . Hele aquí traducido del idioma universal, tal como se halla
grabado en lápidas en nuestros grandes salones comunales:
El
hombre es para sí su realidad, su derecho, su mundo, su fin, su Dios, su todo
. Es la idea eterna, que se encarna y
adquiere la conciencia de sí misma; es
el ser de los seres; es ley y legislador, monarca y súbdito .
¿Busca un punto de partida para la ciencia? Lo halla en la reflexión y
en la abs- tracción de su entidad pensante .
¿Busca un principio de moralidad? Lo halla en su razón, que aspira a
determinar sus actos . ¿Busca el universo? Lo halla en sus ideas . ¿Busca la
divinidad? La halla consigo .
«Un
ser que lo reúne todo en sí, es indudablemente soberano . El hom- bre, pues, todos los hombres son
ingobernables . Todo poder es un absurdo . Todo hombre que extiende la
mano sobre otro hombre, es un tirano; es más: es un sacrílego .– Francisco Pí y
Margall .
Aquí,
pues, nadie legisla, gobierna, manda, juzga, sentencia, castiga, perdona,
dogmatiza, ni excomulga .
Las
grandes colectividades de la historia,
las religiones, las razas, las na- ciones, que de manera tan profunda y
sangrienta se hallaban separadas, han venido a fundirse en plácida unión
comulgando todas en la más firme e indestructible fraternidad: las razas y las
naciones se disolvieron, después de cruentas guerras en que se extremaron los
medios de destrucción, por la adopción de principios más racionales y
humanitarios, y por los cruzamien- tos
causados por la facilidad de comunicaciones
entre los países más distan- tes; las religiones se desvanecieron, no tanto por el conocimiento universal y
unánime de la falsedad esencial que las sustentaba, cuanto por no ser ne-
cesario ya explicar por una leyenda mística lo que todo el mundo sabe por
ciencia y por experiencia .
Sirven
de fundamento a las fiestas comunales la
historia y la naturale- za, los grandes hombres, los beneficiosos descubrimientos, las estaciones, las operaciones de la
agricultura .
En
las fechas y en las épocas periódicas correspondientes, reúnense las multitudes en grandiosos salones
y en espaciosos circos, donde se celebran
144
145
actos
que participan de la gracia y de la
poesía de las antiguas olimpiadas a la
vez que de los certámenes y Exposiciones de las épocas posteriores: todas las facultades morales, intelectuales y
físicas, manifestadas en portentos de uti- lidad y hermosura, se exhiben y se
premian, terminando con la ejecución de himnos por masas corales, que recuerdan
por su número los antiguos ejérci- tos, y por danzas colectivas en que la
juventud en corporación forma her- mosas figuras y artísticas combinaciones,
produciendo aquel conjunto un efecto infinitamente más bello que el que los místicos soñaron
como pasa- tiempo de los elegidos para la eterna bienaventuranza . La alegría, el entu- siasmo, la felicidad se
desbordan por manera inexplicable .
Renuévase
allí la vida, porque, impulsado por tan bellos sentimientos y además por la
gratitud, cada uno, sin distinción de edad ni sexo, se inclina a dar a la
sociedad mayor suma de actividad y de inteligencia, y también porque surgiendo
vivífico y exuberante el amor en aquella
juventud dicho- sa, en perfecto concierto con la naturaleza y segura de
mantenerse dentro de los límites de la dignidad, piérdense las gentiles parejas por los
jardines, los prados, los bosques, las orillas de los lagos y las riberas de
los ríos, y al arrullo de la tierra, madre naturaleza, que canta la eterna
canción de la vida con los armoniosos rumores que forman las brisas, la
corriente de las aguas, el zumbido de los insectos y el canto de las aves, se
cumple la obra infinita y perenne de la creación .
Tal
fue el sueño de mi primera noche de destierro .
Una
patria injusta me arrojaba de su seno indefinidamente, quizás para siempre, después de un año de
prisión injustificada y en virtud de una ley excepcional, a la que se dio
efecto retroactivo, acaso por primera vez en el mundo de la tiranía, ya que es
axioma jurídico que no hay tirano capaz de castigar por la desobediencia a una
ley que no hubiese sido previamente promulgada, lo que no podrá decirse ya en
lo sucesivo .
En
la mairie de Cervère, tendido en la paja que nos servía de cama re- donda a
unos sesenta desgraciados, y después de un largo insomnio que me reprodujo
todos los sentimientos pasados, los que
me prometía el porvenir y bajo la presión de los punzantes dolores que me
ocasionaba la separación de una familia amantísima, que dejaba expuesta a todos
los males en la Barcelona de Montjuich, me dormí, y en aquel sueño,
sobreponiéndose a
todas
las penalidades físicas y morales que me agobiaban, flotó el ideal que anima mi
existencia, del cual es pálido reflejo la relación anterior .
Bien
quisiera dar a esa visión profética de mi febril imaginación todo el relieve y
colorido con que se ofreció a mi fantasía en aquellas horas críticas; pero
confío en que el lector suplirá mi deficiencia .
La
Revista Blanca (Madrid), I, 23 (1 junio 1899), 650-654.
La
fuerza proletaria
No
te quejes inútilmente de la sociedad en que vives;
si
es mala, ahí estás tú para corregirla .
El
trabajador no tiene derecho a quejarse de la iniquidad social, abando- nándose
a la impotencia .
Verdad
es que vive en la miseria y la esclavitud .
Cierto
que carece de instrucción, de tiempo y de dinero .
Innegable
que con la carencia de esos tres elementos, se halla privado de los
determinantes más poderosos de una
voluntad racional y fuerte .
Pero
es hombre, y como tal tiene, si no en
realidad, en calidad, las facul- tades que han distinguido a los hombres más
eminentes por su saber y por su poder .
Sabido
es que muchos de esos hombres han escalado las cumbres desde los más bajos
fondos sociales .
Como
también estamos hartos de ver necios que han salido de las Uni- versidades para
entrar en las Academias y monopolizar
las grandes preben- das del Estado o de la Iglesia .
Colón,
hijo de un cardador de lana, descubrió un mundo .
La
Junta de Salamanca, selecta reunión de
doctores, había declarado previamente que tal mundo no podía existir .
146
147
El
trabajador no es ya un paria desheredado .
Muchos
siglos de progreso y otros tantos de sufrimientos le han creado un patrimonio de que disfruta
como legítimo heredero .
Y si
hoy la burguesía intenta el imposible de levantar un dique al pro- greso para
seguir monopolizando la riqueza social, el proletariado, rom- piendo ese dique,
casi esperando que se derrumbe por sí
solo, constituye una fuerza progresiva insuperable .
Al
abyecto paria, al vil esclavo, al villano siervo, ha sucedido el jornale- ro,
que tiene libre acceso al sindicalismo,
que impone el label, que
sentencia al boicot, que practica el sabotaje y que paraliza el mundo con la
huelga general .
El
sindicalismo es la elevación al infinito poder del pensamiento y de la acción
individual por la mancomunidad .
El
label —no practicado pero cuya práctica urge—, imposición al bur- gués
industrial y comerciante de la marca que acredite que su industria o su
comercio se hallan tolerados por los sindicatos obreros, por el cumplimiento de
las tarifas sindicales, introduce la
desunión y la guerra en la burguesía .
El
boicot, medio también de perturbación
burguesa, es la sentencia a la privación de clientela a que se condena
al burgués recalcitrante .
El
sabotaje, o a mala paga mal trabajo, es la producción imperfecta, el
desperdicio de tiempo y de material, y el deterioro de los instrumentos de
trabajo, empleados contra el burgués, que a ello se haya hecho acreedor .
La
huelga general es la paralización en el
momento preciso de todas las actividades dedicadas al trabajo, al cambio y al
transporte en todo el mun- do, al que recurrirá el proletariado para derrocar
al privilegio .
Aparte
de esos medios de ataque y de defensa, existentes ya, practicados en diversos
países, y en vías de adaptación, de perfección y de imposición triunfante,
pueden adoptarse otros que la experiencia enseñe; como el tra- bajo
esmeradísimo, que recarga el presupuesto y desvanece los cálculos ga- nanciales
del burgués; las equivocaciones en las mezc1as, en las estaciones, en los
horarios, en los pedidos, en las expediciones, etc ., el celo exagerado y
ridículo
que, con excesiva actividad, llega
siempre tarde o estorba y dificulta cuando llega a tiempo, etc ., etc ., la
huelga perlée de los franceses .
Es
sindicalismo es aún débil .
Nótese
bien la expresión de ese pensamiento: Es aún débil .
Si
pudiera y debiera decirse «EI sindicalismo es débil» estaríamos perdi- dos;
pero se dice: es aún débil, y ese adverbio aún significa que más débil fue
ayer, más fuerte será mañana, hasta que pasado mañana sea fuerte, podero- so,
triunfante .
Por
oposición puede decirse:
El
privilegio burgués es todavía fuerte . Nótese bien:
Es
todavía f uerte .
Repitamos:
más fuerte fue ayer, más débil será mañana, hasta que pasa- do mañana decaiga y
desaparezca .
El
privilegio reposa sobre un dogma y sobre una autoridad; ésta de divi- na pasó a
humana, y aún a democrática y está a punto de desvanecerse en acracia .
La
igualdad social, que se impone como remedio a todos los desaciertos de la
autoridad, la sentimos todos como complemento de nuestra libertad .
Frente
a lo que se estaciona, fuerte todavía, está lo que avanza, débil aún; pero el
movimiento, imposibilitado de servir a lo estacionario ni menos a lo regresivo,
favorece a las multitudes proletarias .
He
ahí la explicación racional de su fuerza .
Acción
Libertaria (Gijón), II, 12 (3 febrero 1911), 1, reeditado en Vida anarquista
(1912),
pp. 174-176.
148
149
A
«Clarín», el ebionista
Mirar
de frente el problema social y no sacar de ello otra consecuencia que
recomendar el ebionismo, coma ha hecho recientemente Clarín en dos nú- meros de
Progreso, me parece peor que si se pretendiera
proclamar redentor del proletariado al Sr . D . Juan de Robres .
Peor
he dicho, porque si aquel señor hizo un santo hospital y también hizo los
pobres, Clarín, que, lo juraría, ni hace pobres ni hospitales, quiere en cambio
hacernos a todos herejes .
Veámoslo
.
Desconocía
yo —confieso mi ignorancia— el significado de la palabra ebionismo, y recurrí
al Diccionario de la Academia, archivo de la sabiduría nacional que los
españoles pagamos para que nos saque de apuros filológicos, y, en efecto, me
quedé en ayunas, porque tal palabra no existe; pero buscan- do, encontré esta
otra:
«Ebionita
(de Ebión, heresiarca) .– Hereje del siglo primero o del segun- do, de la era
cristiana, que creía ser nuestro señor Jesucristo, hombre naci- do naturalmente
de José y de María y adoptado por Dios .»
¡Qué
barbaridad! Pensé . No puede ser ese el origen de la palabra ebionis- mo . Es imposible que Clarín, que sabe tanto y es
además buena persona, quiera enredar a pobres y ricos en una herejía
trasnochada que, sobre ser anatematizada por la Iglesia, no se halla abonada
por la sociología, ni mu- cho menos .
Busqué
luego en un diccionario francés, pagando ese tributo al extran- jero a que nos
obliga la deficiencia de nuestros sabios oficiales y también la de los
particulares, y aunque tampoco hallé ebionismo, por ser quizá esta palabra uno
de esos neologismos que inventan los que
pueden y deben in- ventarlos, di con la siguiente, que traduzco así:
«Ebionitas
.– Herejes del siglo primero que negaban la divinidad de Je- sucristo, y
sostenían que solo se salvan los pobres .»
Quedé
tranquilo . Aquella palabra y su definición satisfacían plenamente mis dudas,
sin que la pequeña diferencia que existe entre ebionita, según la Academia, y
ebionista, según Clarín, signifique otra cosa que triquiñuelas
gramaticales
que ellos arreglarán . Lo importante es esto: «Solo los pobres se salvan» . El
recuerdo de aquel pobre Ebión, heresiarca desacreditado hace ya muchos siglos,
y que, según teólogos y creyentes, estará pasando la pena negra en los
infiernos, ha inspirado sin duda a Clarín, para meter el cuezo en los dominios
de la sociología, sin tener en cuenta que el ebionismo de Ebión se refería
únicamente a las cosas celestiales, y no
tenía nada que ver con las terrestres, ni mucho menos con la cuestión social .
Clarín
goza fama —y me parece merecida, aunque esto no me conste, a causa de mi
incompetencia en la materia— de gran conocedor de la lite- ratura pasada y
presente, nacional y extranjera; sobre todo, los autores que tienen nombres
enrevesados llenos de ff, kk y ww parece conocerlos al de- dillo, y cuando
juzga si censura, hunde, y si alaba, el afortunado se cree en las alturas de la gloria; pero con
ser de los españoles que saben más y de los pocos que no son aficionados a
toros, según me asegura un clarinita o cla- rinista amigo mío, no ha llegado a
ser una enciclopedia viviente, ni tampo- co a verse libre de la tentación de
meter baza en aquello que desconoce, o sabe a medias, o de lo que solo ha oído
campanas .
Así
se comprende que haya olvidado que Santo
Tomas de Aquino, y re- cientemente León XIII —este ultimo con todo el peso de
su autoridad in- falible—, afirman que los ricos no son ricos, sino
administradores de la ri- queza común en beneficio de los pobres; que, a pesar
de eso, la caridad evangélica, con la que durante el curso de los siglos los
pobres se pasaban la gana haciéndose una cruz en la barriga, fue desenmascarada
por Malthus cuando, en vista de los hechos, declaró que en el banquete de la
vida no hay cubierto para todos, y el que no esté conforme, que reviente; que
de ebio- nismo, sin saber que éste era el nombre de la cosa, estamos ya hasta
la coro- nilla; que los pobres de ahora quieren emanciparse de toda tutela, de
toda tiranía y de toda explotación, y están que trinan contra Cristo por haber
asegurado, contra lo que promete el progreso, que siempre habrá pobres en el
mundo .
Por
eso el clarinita o clarinista antes mencionado, chico muy listo y que sabe
latín por haber estudiado para cura hasta que colgó los hábitos por cierta
barrabasada que le querían hacer en el seminario, me dijo lo siguiente:
150
151
—A
Clarín se le puede aplicar ahora el proverbio latino Ne sutor, ultra crebidam,
que equivale a este castellano: Zapatero, a tus zapatos . Y si no quiere dar que decir al ver que toma
el rábano por las hojas, aténgase a lo que constituye el vasto campo de sus
conocimientos y no se meta donde no le llaman, que los pobres del día no van a
gusto con quien les somete a in- ferioridad perpetua y no les ofrece más que
una lástima estéril .
Por
mi parte, conforme; quedando además agradecido a mi amigo el clarinita o
clarinista, que me dio ánimo para levantar mi vista de pigmeo pobre a las
alturas donde brilla el gigante ebionita o ebionista, o lo que sea, que viene
con el cerato de la compasión a curar las heridas de los que pelean en la gran
lucha por la vida .
Suplemento
a la Revista Blanca (Madrid), I, 1 (20 mayo 1899), 1, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 181-183.
De
filosofía política
152
Mi
majestad no vota
Días
pasados, El Liberal, de Barcelona, publicó un artículo tomado de su homónimo de
Madrid, titulado «Quijotes y Sanchos», en que censuraba la apatía de los
electores, y muy particularmente la abstención electoral de los trabajadores,
de quienes decía que eran unos ingratos con los republi- canos que tan bien les
quieren y tantas cosas buenas les han de traer con su república .
Fundado
en la buena acogida que en otras ocasiones he hallado en aquel diario, quise en
el mismo justificarme ante la acusación inmerecida de in- gratitud, por la
parte que me toca, pensando que mi justificación podrían ampliarla muchos para
sí, pero mi escrito fue rechazado y aun perdido, y para no perder el trabajo,
le reconstituyo en parte y dedico a El Porvenir del Obrero, deseando ser grato
a su director mi buen amigo y compañero ence- rrado en una cárcel . Decía:
No
he votado nunca: a la implantación del sufragio universal era ya mayor de edad,
pero antes de las elecciones de las constituyentes de 1869 conocí a Fanelli, el
Santiago del Proletariado emancipador de España, y comprendí que tenía algo
mejor que hacer que confundirme en esa masa que sirve de fundamento a la
ficción denominada «soberanía popular» .
Nunca
me he dejado timar por candidatos ni por oficiales de la política que se me
acercaban dándome el titulo de mi majestad como parte inte- grante del pueblo
soberano .
Nada,
pues, tengo que ver con la apatía electorera, ni nadie puede acu- sarme de
abstencionista, ya que a la política no
he opuesto la negligencia ni la abstención, sino la negación anarquista .
Dedicado
desde entonces a la organización y propaganda del proleta- riado para alcanzar
la socialización de los medios de producir juntos con la equitativa
distribución de los productos, y
considerando a la burguesía
155
como
usurpadora y detentadora de esos medios y de esos productos que constituyen el patrimonio universal, lo
de todos, ¿qué podía tener de co- mún con esos partidos, que consideran al trabajador como un inferior
condenado a salario perpetuo?
Si
creyera, con los liberales más o menos radicales, que el progreso consiste
únicamente en una serie de reformas en sentido cada vez más li- beral,
implantadas por las mayorías parlamentarias,
no me hubiera abste- nido jamás, y considero que todo abstencionista que
no ha podido en su juicio dar a la acracia el valor de una aspiración racional
y práctica no tiene justificación posible; mas como veo que la razón, la verdad
y la justicia están siempre en minoría, que el parlamentarismo es un juego de compa- dres en que predominan
los intereses particulares sobre los generales y que la política, en el
gobierno como en la oposición y hasta en los programas más radicales, no es
nunca precursora si no rezagada cuando
no rémora, me aparto de ella como de lo reconocidamente inservible y hasta
perjudi- cial para tan gran fin como es el progreso humano .
Hay
todavía una razón más: la burguesía, que, según la expresión bíbli- ca donde
tiene su tesoro allí está su corazón, está incapacitada para conce- bir un
estado social que dé amplia satisfacción al derecho inmanente per- sonificado
en todo ser humano, y por una razón de equidad suprema y perfectamente natural,
lo que no pueden hacer los ricos por aquello del camello y del ojo de la aguja,
lo han de hacer los pobres, y lo van haciendo, y lo harán definitivamente, a
menos que un cataclismo mundial trastorne el planeta que habitamos .
Conque
déjese tranquilo a los trabajadores antipolíticos que cumplen su misión
humanitaria y progresiva a su manera, y conténtense los candidatos con
aprovechar esos otros trabajadores más sensibles a la retórica que a la razón y
a la realidad de su triste situación de desheredados . Con ellos, con los votos comprados, con los
manejos caciquiles y sobre todo con el encasi- llado central y los pucherazos
de ultima hora todavía puede ir tirando ese Estado que garantiza a propietarios
y capitalistas el goce de ese derecho de accesión que establecieron los
romanos sobre los esclavos y por el que
toda- vía en lo presente se despoja a los trabajadores del fruto de su trabajo
. Vote, pues, el crédulo que confía en su infinitesimal participación en la
soberanía
del
pueblo, que yo al Homo sibi Deus de Pi y Maragall me atengo, y por eso no he
votado, ni voto, ni votaré .
El
Porvenir del Obrero, 296 (22 marzo 1907), 1, reeditado en Vida anarquista
(1912), pp. 164-165.
A la
joven España
Unos
jóvenes, «que aspiran a fortalecer su conciencia individual y a contri- buir a
la formación de la conciencia hispana», se han asociado para realizar su
aspiración .
Su
Comité central ejecutivo, en reciente manifiesto, invita a que se agreguen «a
su cohorte naciente» cuantos «hayan
sentido la pesadumbre de la ignominia patria sobre los hombros, y la fuerza
alada de una ilusión den- tro del pecho; los que hayan escuchado el imperativo
del deber cívico o acaso la voz desalentada de un pesimismo prematuro . . .» .
Fundan
esos jóvenes la necesidad de su Asociación y la justicia de su ob- jetivo en
«la triste certidumbre de que el ambiente espiritual de España, junto con su
estado social, no permiten el entero desenvolvimiento de la personalidad
humana», y en que «la desentrañada concupiscencia del actual régimen económico
levanta entre pobres y ricos eminente valladar» .
Con
alegría y creciente entusiasmo iba yo leyendo la prosa grandilo- cuente y
lógica a la par de tal manifiesto, hasta que tropecé con esta frase:
«en
adecuada medida», desdichado jarro de
agua fría oportunista, que desvaneció instantáneamente mi ilusión .
¿Y
cómo no se desilusionará quien tenga
experiencia de la obra nefanda de todos los demófilos* adormideras que han
pretendido reparar en «ade- cuada medida» la injusticia social?
Léase
este párrafo del manifiesto: «Libertad creciente, progreso eficaz: es decir,
exaltación de la justicia social —que no es otro el fruto cuajado de la
*
Palabra de raíz griega cuyo significado
genérico sería «amigo del pueblo» (nota del compilador) .
156
157
cultura—,
requiere que las clases que más huérfanas
andan de ella disfruten en
“adecuada medida” de la riqueza que crean y promueven» .
¿Qué
«medida adecuada» es esa? Ten el valor de declararlo, «Joven Es- paña», sino
darás lugar a que los desheredados, los parias de la civilización, sospechen
que tu medida es el respeto a los intereses creados y el imposible opuesto a la
emancipación proletaria, la usurpación perenne de la riqueza social perpetrada
por los propietarios y el yugo eterno de la accesión cur- vando la cerviz de
los jornaleros .
Con
un programa no menos grande y generoso existió hace unos cua- renta años una
Liga de la Paz y de la Libertad, que celebraba Congresos internacionales y
reunió en una aspiración común todos los grandes hom- bres de la democracia
europea de aquella época .
De
uno de los Congresos, y del inaugural de La Internacional, dio idea
Castelar
en su célebre discurso en defensa de aquella Asociación .
Un
hombre de genio emprendedor y activo, decía, hombre verdadera- mente
extraordinario por sus altas cualidades de propagandista y de orga- nizador,
vino a traer el esfuerzo de su gran talento y de su gran palabra desde el fondo
de la Siberia, donde se viera confinado por anteriores revolu- ciones políticas
y de donde milagrosamente se escapara; allí presentó las fór- mulas eslavas,
con las cuales se hallaba unido, no sólo por un gran convenci- miento, sino
también por su raza, por su sangre, por su origen; que aquel hombre era ruso,
era eslavo también . . . Yo creo que
este hombre extraordi- nario, con todas sus apariencias de cosmopolitismo,
quiere imponer a Occi- dente su espíritu oriental, asiático . Parece tallado en las piedras ciclópeas,
según su colosal estatura . Con barbas blancas de patriarca, imperiosa cabe- za
de autócrata, nervudos miembros de cosaco y pequeños, agudos ojos de tártaro,
lleva en su persona la fisiología de todas las razas de su inmenso imperio .
Y
aquel hombre era Bakunin, un excepcional, un gran luchador, un pre- cursor, un
perseguido por la rabia de los privilegiados, por la envidia de las medianías,
por la intolerancia y la soberbia de los modernos dogmatizantes, uno de
aquellos hombres que tienen la nobilísima misión y el maravilloso
poder
de rayar muy alto, como indicio de la elevación a que ha de llegar la
Humanidad,
y dijo a aquellos insignes congresistas:
Los
aquí reunidos no somos reyes, ni gobernantes, ni representantes de la burguesía
. Ni tenemos ni debemos tener interés
opuesto al de los traba- jadores .
Estamos reunidos en nombre de la justicia y de la libertad, no para negociar
con los trabajadores, ni para engañarlos ni explotarlos, sino para
proclamar los principios que por sí
solos puedan asegurar la paz, la
libertad y el bienestar de los hombres .
No les debemos concesiones, sino justicia . Trabajando para nosotros, queremos y debemos
trabajar para y con ellos .
Mas
para que esta comunidad de pensamiento y de acción sea posible, para que los
trabajadores tengan fe en nuestros propósitos, para que no nos rechacen como
aliados hipócritas o como falsos hermanos, debemos pro- barles que queremos lo
que ellos quieren y que entre su objeto y el nuestro no existe diferencia .
¿Cuál
es el objeto, el pensamiento soberano que domina en el fondo de todas sus
aspiraciones actuales? La igualdad, no solamente la igualdad polí- tica, sino
la económica y social . . . Si vamos, como comerciantes de mala fe, a vender
partículas de justicia a los trabajadores, despreciarán nuestra mer- cancía y
nos rechazarán con muchísima razón, y no hallaremos soldados para nuestro
ejército de la paz, pereciendo nuestra obra por falta de apoyo y de poder .
Lo
oyes, «Joven España»; si esa «medida adecuada» no es la participa- ción, sin
limitación ni exclusivismo, de todos los humanos en el patrimo- nio universal,
constituido con los bienes naturales y con los producidos por los sabios y por
los trabajadores de todos los tiempos y de todos los países a que tienen
inmanente derecho; si, por el contrario, limitas la propiedad a la definición
de los artículos 384 a 359 del Código civil, según los cuales el
propietario es el antiguo patricio
romano, y el jornalero es el continuador del paria, del esclavo y del siervo,
tu tarea será inútil y mala . Los trabajado- res se emanciparán sin ti y tal vez contra ti, y entonces, como
condenación suprema, caerán sobre ti tus mismas palabras: «Necios o malos o
cobardes
158
159
seremos
si no logramos, ganándolo (el valladar que separa pobres y ricos), derruirlo» .
Entusiastas
muchachos de la «Joven España»: en la Universidad, o recién salidos de ella,
provistos de un título que os permite luchar con ventaja por la vida, permitid
que un viejo obrero os recuerde que por un privilegio, que hasta el diccionario
de la Academia califica de odioso, habéis adquirido una ciencia que se debe a todos, mientras los
jóvenes trabajadores quedan anal- fabetos y reducidos a sistemática ignorancia
. Vuestro manifiesto constituye un compromiso de honor para toda la vida; no
sólo malos y cobardes seréis si no lográis vuestro objeto: seréis, además,
traidores .
No
se diga de vosotros que vuestros entusiasmos actuales son el «saram- pión
anarquista» que pasan los políticos profesionales antes de capacitarse para las
indignidades del oficio .
Tierra
y Libertad (Barcelona), VII, 23 (3 agosto 1910), 1-2, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 133-135.
El
Estado
¿Qué
es el Estado?
Decía
Bakunín que la llamada ciencia jurídica ofrece gran analogía con la falsa
ciencia teológica .
El
principio fundamental de la teología es la revelación; el de la juris-
prudencia, la apropiación . El primero
es una intervención absurda; el se- gundo, un hecho positivo, pero inicuo .
Fundadas
en el absurdo y en la iniquidad, ambas supuestas ciencias re- curren a la
lógica, y obrando a semejanza de operación aritmética fundada sobre datos
falsos, llegan a resultados que, si materialmente son exactos, ra- cionalmente son inadmisibles
por la falsedad del principio admitido, y so- bre tales cimientos se edifican
el sistema teológico con su organismo la Igle- sia y el sistema jurídico con su
organismo el Estado, que si son lógicos
respecto
de sus principios fundamentales se derrumban en cuanto la crítica racional
examina sus fundamentos .
A lo
dicho en otro lugar sobre lo que se cree y lo que se sabe me remito para juzgar
el fundamento de la Iglesia, y acerca de su origen he de con- signar esa nota
de Reclus, tomada de El hombre y la Tierra:
La
meseta del Irán, Judea, Babilonia, Egipto y Grecia suministraron a los romanos
y a los bárbaros entremezclados los elementos de la fe cristiana . Del mismo
modo la India envió a todo el Oriente,
al otro lado de los montes, misioneros para predicar su nueva creencia a
los desengañados sectarios de las religiones antiguas . Siempre en las mismas
condiciones de paralelismo histó- rico, el budismo no logró conquistar parcialmente las
poblaciones de la Chi- na hasta algunos siglos después de haber tenido su
desarrollo inicial en su patria de origen, y cuando no se asemejaba ya a sus
formas primitivas . La diferencia
principal en la marcha victoriosa de las dos religiones se explica por las
dificultades que opone el medio
geográfico al vaivén de los
hombres: la palabra de Jesús tardó cinco o seis siglos en recorrer las comarcas
medite- rráneas y en llegar a las orillas del Océano; la de Buda empleó diez o
doce en pasar desde la península hindú hasta el imperio del Medio y el
archipiélago del Japón . El cristianismo perseguido no triunfó hasta después de
haber lle- gado a ser la religión de sus
perseguidores . . .
Tócame
ahora hablar del Estado . Ante todo,
¿qué es el Estado? Para Bastiat, es la gran ficción por medio de la cual todo
el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo; para Renan,
es
un autócrata sin igual que tiene derechos contra todos y nadie los tiene contra él .
Tras
estas afirmaciones de carácter negativo tienen interés estas dos
contradictorias:
No
es posible que el Estado se encargue de nivelar, en los diversos casos de la
vida, el esfuerzo y la satisfacción de las necesidades de cada uno . No
160
161
dispone
de medios para tan colosal empresa [ . . .] Los artificiosos medios de la
acción coercitiva del Estado, y aun de sus procedimientos humanitarios en
apariencia, son ineficaces (Pedregal) .
Todos los proyectos, todas las leyes que dicte el Estado podrán ser discutidos en su utilidad y en su
eficacia, pero no podrá sostenerse que son contrarios a los fines del Estado, a
su poder y capacidad . Todo se
puede hacer y se hace en todas las
naciones, bajo todos los regímenes de tutela del Estado (Azcárate) .
Pi y
Margall escribió en La reacción y la revolución, hallándose libre y en todo su
vigor intelectual, este grandioso pensamiento:
Dios,
poder, propiedad, expresan una sola idea: la de imposición, de autoridad, de
mando; y he aquí por qué la especie conspira
a la vez a la negación de la propiedad, los dioses y los reyes .
Después,
oficiando de jefe político, dijo:
El
Estado es el que por sus códigos mantiene la monstruosa desigualdad de
condiciones que hoy existe, móvil e
incentivo de la guerra; él es el que debe irla amenguando a fuerza de
corregir leyes que tienen su origen en el egoísmo de los patricios contra los
plebeyos de la antigua Roma .
El
verbo «mantener», aunque usado en presente en esta definición, no se refiere
sólo a la época actual, sino que es presente en todas las épocas pasadas y en
las futuras, mientras la institución exista; y siendo agente de la desigualdad
de condiciones, ¿ha de amenguarla por medio de leyes?
Un
jurisconsulto francés me suministra respuesta adecuada en el fon- do, aunque no
del todo pertinente en la forma:
Cuando
la ignorancia domina en el seno de las sociedades y el desorden en los
espíritus —dice Dalloz—, las leyes alcanzan un número infinito . Los hombres
esperan todo de la legislación, y como cada ley nueva es un nuevo desengaño, piden sin cesar a los
legisladores lo que no pueden esperar más que de sí mismos, de su educación y
de la moralidad de sus costumbres .
Dos
hombres eminentes de fines del siglo XIX, que ocuparon lugares diametralmente
opuestos, coincidieron en la significación del Estado con respecto al individuo
. León XIII dijo:
No
existe razón para recurrir a la providencia del Estado, ya que antes de
que se formara la sociedad civil tenía
por la Naturaleza el derecho de proveer a sus necesidades .
Y
Renán expuso este sencillo y grandioso pensamiento:
El
hombre es anterior y superior al ciudadano .
Consultado
Salmerón acerca de las amenazas y de los temores suscita- dos al iniciarse el
movimiento de Primero de Mayo, dijo:
Antes,
por la imposición de unas clases sobre otras, pudo haber Estado teocrático,
Estado aristocrático, Estado mesocrático . El Estado que se funde con el
advenimiento de los obreros a la
plenitud de la vida social y política será por fuerza un Estado democrático en
que, integrada la sociedad con la racional y legítima representación de todos sus miembros, haya
poder de todos, gobierno de todos y no predominio de unas clases sobre otras ni im- perio de la
masa .
Los
anarquistas españoles tenían negada, con anterioridad a esa mani- festación, la
posibilidad del Estado democrático en su Manifiesto de fe- brero de 1886, con
el siguiente párrafo:
La
democracia (gobierno del pueblo por el pueblo) es una ficción irrea- lizable;
nunca el pueblo, tornando esta palabra
en la acepción de los tra- bajadores
asalariados, privados de instrucción y de medios de subsistencia, llegará a
gobernar . Mientras los que le quieren hacer demócrata, los que le predican
democracia, porque los que tienen el monopolio de la ciencia y de la riqueza
nunca se dejarán gobernar por su criado, por su zapatero, por su sastre, por su
arrendatario, por ninguno de los que proveen
a su holganza .
162
163
Considerando
la pluralidad de los Estados y sus relaciones mutuas, dijo
Proudhon:
De
Estado a Estado, el único derecho común es el de la fuerza .
Y en
concordancia con ese pensamiento, y
teniendo en cuenta su con- secuencia natural el patriotismo, dijo Valtour:
La
popularidad de un hombre de Estado en su país se suele medir por el mal que ha
hecho al resto de la humanidad .
Tan
contradictorias definiciones del Estado, de que es pequeña muestra lo expuesto,
debieron inspirar a Bastiat al hacer la siguiente proposición:
Quisiera
que se fundara un premio, no de quinientos francos, sino de un millón, con
corona, cruces y cintas, en favor de aquel que diera una buena, sencilla e
inteligible definición de esta palabra: Estado . ¡El Estado! ¿Qué es?
¿Dónde
está? ¿Qué hace? ¿Qué debería hacer? Todo lo que sabemos es que es un personaje
misterioso y seguramente el más solicitado, el más aconseja- do, el más
invocado y el más provocado que pueda
haber en el mundo .
Castelar
dio una idea del Estado en conformidad con la fraseología democrática, que
habla de libertad sin consideración a las condiciones político-sociales que la
niegan o la imposibilitan:
Toda
la historia moderna —dice el célebre orador— se reduce a con- vertir en funciones de la Sociedad
aquello que antes parecía función del
Estado . Y como la más social entre
todas las funciones sea el trabajo, el Estado deja de regirlo por medio de
reglamentaciones, como las que supo- nían los gremios o las leyes suntuarias, y
lo regula completamente la Socie- dad
por medio de la libre asociación y de la libre concurrencia .
¿Es
cierto que por desinteresarse el Estado de regir las funciones del trabajo, lo regula la Sociedad con las
libertades de asociación y de concu-
rrencia? Podrá serlo de burgués arriba en la esfera
del monopolio y del privilegio, no para los trabajadores desheredados del
patrimonio universal, porque ahí está el derecho de propiedad, legal, que es
para unos apropiación y para otros expoliación, subsistente mientras haya
Estado que conserve el código, hasta que la revolución social, en su moderno
sentido de evolución realizada, practique la expropiación de todo lo que
signifique usurpación .
Qué
representa el Estado
Visto
que no hay facilidad de entenderse sobre qué es el Estado, probemos de indagar
qué representa, sirviéndonos de guía el método y lógica inflexi- ble de Bakunin
.
El
Estado representa el conjunto de las negaciones de las libertades indi-
viduales de todos sus miembros, o el de los sacrificios que hacen todos sus
miembros, renunciando a una porción de su libertad en pro del bien común .
Según la teoría individualista, la libertad de cada uno es el límite o la muti-
lación de la libertad de todos . Sobre
esa limitación o mutilación se basa el
Estado, y por tanto, donde comienza el Estado cesa la libertad individual .
Cuanto
se diga para justificar tal atentado a la libertad, es puro sofisma . Se dirá,
por ejemplo, que el Estado democrático, basado sobre el sufragio universal, no
puede ser negación de la libertad; mas aparte de cuanta false- dad existe en la
supuesta justicia e igualdad de esa manifestación de la sobe- ranía nacional, resulta que en el
Estado democrático la voluntad de la colec- tividad gravita con toda la
enormidad de su peso sobre la libertad de cada uno . Se añade que el Estado restringe la libertad
de sus individuos, para evitar el mal y
la injusticia; les impide defenderse,
robarse, matarse, y, en general, practicar el mal, dejándole libertad para el
bien; pero, ¿qué es el bien? Antes, cuando cada individuo quedaba sumergido en
el aislamiento de su libertad, no podía existir la distinción entre el bien y
el mal, y las úni- cas consideraciones
que había de guardar respecto de los otros eran las que le aconsejaban
su debilidad o su fuerza relativas, es decir, su prudencia o su interés propio
.
Consiguientemente,
juzgando según el criterio individualista domi- nante, el egoísmo era la ley
suprema, el único derecho; el bien, pues, era
164
165
determinado
por el éxito; el mal, por el fracaso, y la justicia era la consa- gración del
hecho realizado .
La
distinción del bien y del mal, para los individualistas, se funda en la
supuesta celebración del contrato social: cuando todo lo considerado de interés
común se proclamó bueno, y todo lo que le contrarió, malo . Los contratantes, convertidos en ciudadanos
unidos por un compromiso más o menos solemne, contrajeron por eso mismo el
deber de subordinar sus in- tereses al bien común, cuyo representante, el
Estado, quedó investido del poder de reprimir todas las rebeldías del egoísmo,
a la vez que con el deber de proteger cada uno de sus miembros en el ejercicio
de sus derechos .
Tal
fundamento se atribuye al Estado moderno, no todavía práctico, sino como
aspiración progresiva, como sueño futurista, como utopía de hoy que no puede
ser la realidad de mañana .
El
Estado laico, más o menos emancipado del yugo de la Iglesia, por el antagonismo
de intereses con los otros Estados, se emancipa también de la moral religiosa,
y, por consecuencia, rechazando el principio de la moral universal o
cosmopolita, no ya de una Iglesia, la católica como cualquier otra, sino
puramente humana, se coloca en el terreno de la inmoralidad .
Y
esa inmoralidad resulta mayor si se
tiene en cuenta que en las nacio- nes cultas los gobernantes y los
privilegiados en general, según su abolengo católico o protestante, se someten al cristianismo sin convicción,
sin fe, únicamente con el fin de conservar y fomentar la ignorancia pública,
para alucinar a las masas populares con el misterio y el prestigio similoresco*
de la Biblia o del Catecismo, para que los que creen y no saben se sometan a la
obediencia y a la explotación .
Queda
como base fundamental de la moral individual el interés del individuo, y de la
moral social el interés del Estado . De
ahí han partido siempre los estadistas: todo lo que sirve o se considera
conveniente a la con- servación, grandeza y poder del Estado, es el bien, y
todo lo contrario, por racional y justo que sea, es el mal .
La
existencia de un solo Estado supone necesariamente la de otro, por ser natural
que los que se hallan fuera de él y por él amenazados en su
*
Neologismo, seguramente derivado de
similor: falso, fingido (nota del compilador) .
existencia
y en su libertad, se asocien contra él; y así tenemos la humani- dad dividida
en gran número de Estados hostiles y amenazadores los unos respecto de los
otros .
Entre
los diferentes Estados no existe derecho común, porque si exis- tiera cesarían
de ser Estados independientes . Existen tratados que regulan las relaciones de
los Estados entre sí; pero esos convenios son siempre con- tratos leoninos,
impuestos por los fuertes a los débiles y que se conservan o se rompen según
las circunstancias que hacen oscilar la fuerza o la debi- lidad de los Estados
contratantes .
Ese
Estado único de que hablan sin convicción los políticos radicales cuando
quieren arrancar un aplauso o acallar la propaganda anarquista, fantaseando
sobre la anulación de fronteras, destrucción de aduanas y fra- ternidad
universal, se halla negado por su espíritu autoritario, por su siste- ma de
monopolio y de usurpación de los bienes y las riquezas sociales, por su
acatamiento a aquella legislación romana que consideran imperecedera, conjunto
de errores y absurdos que trae consigo toda la caterva de obreros de la
iniquidad de manto, frac, toga y uniforme .
Todo
Estado tiene contra sí la hostilidad latente o declarada de todos y cada uno de
los demás Estados, y por su propia naturaleza y obedeciendo la ley de su
existencia procura ser inerte, el más inerte de todos: ha de de- vorar para no
ser devorado; ha de conquistar para no ser conquistado . Para arreglarlo todo,
para sacar adelante su interés contra el interés de los de- más Estados, tiene
diplomáticos, almirantes y generalísimos que derro- chan insidias, fuerza,
sangre y riqueza en cantidades asombrosamente enormes y en pura pérdida para la
humanidad, hasta el punto de haber puesto sobre la libertad, igualdad y
fraternidad que soñaron los revolucio- narios el infame y repugnante si vis
pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra) .
El
Estado es, pues, la negación de la humanidad; rompe la solidaridad universal;
cubre con su protección exclusivamente, aunque con relación a los privilegios
de que disfrutan, a sus súbditos; no reconoce ningún derecho fuera de sus
límites, y en ellos él sólo, que no es nadie, tiene derecho contra todos . Como consecuencia lógica, cuando llega el
caso, y ese caso está lle- gando siempre, porque no hay día que no truene el
cañón en un punto
166
167
cualquiera
del mundo, hace alarde de la más feroz crueldad, contra todas las
poblaciones extranjeras que puede saquear, exterminar o someter, y
cuando se muestra generoso, no es nunca por reconocimiento de un deber, sino
por un refinamiento de crueldad, por la esperanza de obtener después un
beneficio mayor que, naturalmente, ha de considerar como mayor per- juicio para
quienes son las víctimas .
Sobre
esa negación evidente de la humanidad se funda el patriotismo, del que ha dicho
Bakunin:
Ofender,
oprimir, expoliar, saquear, asesinar o esclavizar al prójimo, según la moral
ordinaria de los hombres, es criminal .
En la vida pública, por el contrario, cuando tales acciones se ejecutan para glorificar al Estado, para conservar o para ampliar su poderío,
es virtuoso, es patriótico; y esa
virtud es obligatoria para cada ciudadano patriota, no sólo contra los ex-
tranjeros, sino contra sus mismos conciudadanos cuando lo reclama el Es- tado . Esto nos explica por
qué desde el nacimiento de los Estados
el mundo de la política ha sido siempre teatro de la alta picardía y del
sublime ban- didaje; bandidaje y picardía altamente reverenciados como
imposición del patriotismo, del interés supremo del Estado . Así se comprende
que la histo- ria de los Estados antiguos y modernos sea una serie de crímenes
repugnan- tes; que todo mandarín y
gobernante, juzgados desde el punto de vista de la simple moral, sean
la inmoralidad en acción, porque
no hay crueldad, perjurio, impostura, transacción acomodaticia, traición, que
no realicen diariamente y que no estén dispuestos a perpetrar, siempre
excusados por la razón de Estado, definida por Maquiavelo .
La
lección más culminante de la historia consiste en la demostración de que el
Estado ha sido siempre patrimonio de un autócrata o de una clase privilegiada
cualquiera: un rey, la nobleza, el clero o la burguesía . Podrá el Estado llevar una vida lánguida o floreciente, según
las circunstancias; pero es inevitable,
siempre hay un dominador, sea individuo o sea clase privilegiada .
Transformaciones políticas en España
Desde
la adopción por España del liberalismo han regido en ella las si- guientes
Constituciones: la de 1812, restaurada en 1820 y en 1836; la de
1837,
la de 1845, la de 1855, la de 1869, la de 1873 y la de 1876 . El catálogo de
nuestros pronunciamientos,
conspiraciones, guerras civiles y revolucio- nes triunfantes durante el
curso del pasado siglo es aterrador, en
el cual, a excepción de los últimos años, y por efecto del escepticismo
dominante, no pasó un período de veinte años sin que el Gobierno establecido no
fuera derribado por el triunfo de una rebelión, como lo demuestran los siguien-
tes datos .
En
1808 fue destronado Carlos IV por el motín de Aranjuez . Proclama- do Fernando
VII, fue pronto depuesto y desterrado por el ejército francés . Entronizado
José Bonaparte y sostenido por los invasores, dura su reinado tanto como la
invasión . Restaurada la Constitución y la dinastía española, en 1813, el
primer acto del rey, que en el extranjero felicitó al invasor por sus
victorias, fue anular la Constitución en Valencia, proclamándose rey absoluto . En 1820 fue restablecida la
Constitución por el alzamiento revo- lucionario de Riego . En 1823 fue suprimida la Constitución,
dominando en España durante catorce años el terror clérico-realista . En 1837 se resta- bleció otra vez la
Constitución y, poco después, en el mismo año, otra re- belión triunfante
despojó de la regencia a Cristina . En 1843 cayó del poder Espartero por el
triunfo de otra rebelión . En 1854 triunfaron los progresis- tas por el
pronunciamiento de Vicálvaro . Otro
pronunciamiento dio el poder a unionistas y moderados . En 1868 fue destronada
Isabel II y, tras el Gobierno provisional, la regencia y la monarquía de
Amadeo, vino la Re- pública y la Restauración .
En
el siglo XIX ejercieron el poder soberano en España Carlos IV, Fer- nando VII,
José Bonaparte, Cristina, Espartero,
Isabel II, Serrano, Ama- deo l, Figueras, Salmerón, Pi y Margall, Castelar,
Alfonso XII, otra Cristi- na y quedó en preparación para comenzar el siglo X X
Alfonso XIII .
Durante
la preparación de cada cambio de personal gobernante, necesi- tándose al pueblo
como elemento de fuerza que se retira de lo que ha de de- rribarse y como
instrumento y sostén de lo que ha de levantarse, se perfec-
168
169
cionó
el arte de los programas o de las promesas
sugestivas, de las que deciden y entusiasman a las multitudes, y el
resultado fue siempre el que obtiene el que, como vulgarmente se dice, saca las
castañas del fuego .
La
desamortización
Un
hecho notable y de gran efecto social ocurrió entre las revueltas espa- ñolas
del siglo XIX: el conocido con el nombre de la desamortización .
La
guerra civil ardía en las provincias del Norte y del Nordeste; el pre-
tendiente tenía un ejército tan numeroso y disciplinado como el del poder
central, y la solución del conflicto, abandonada a la suerte de las armas, era
dudosa y se consideraba lejana . En tal
situación, Mendizábal tuvo la inspi- ración salvadora: viendo que el clero era
el elemento prestigioso de la fac- ción, atacó al clero en su parte sensible,
en la flor de sus privilegios, en sus riquezas, amasadas tras siglos de dominio
y de propagación de fanatismo; de una plumada declaró bienes nacionales cuanto
constituía la riqueza in- mobiliaria poseída por ese conjunto de individuos
denominado el clero, y anunció su venta a los particulares en condiciones de
suma facilidad y ven- taja . La Iglesia
protestó, anatematizó y excomulgó, pero los creyentes adi- nerados o
simplemente astutos acudían coma moscas a las subastas, y des- amortizaban o se
apropiaban aquellos bienes amortizados,
que cambiaban de usurpador, desequilibrando por la expropiación y nueva
apropiación las fuerzas en lucha .
Muchos neutros y hasta apasionados absolutistas, y cris- tianos viejos,
convertidos en propietarios, modificaron sus convicciones según sus intereses y
se hicieron liberales, terminando aquella guerra civil de siete años con un
convenio-farsa que aplazó la lucha hasta futuras oca- siones más propicias
. Como resultado, se creó esa burguesía
conservadora o revolucionaria, según las conveniencias, impulsora
de los negocios que fomentan la riqueza de clase por la explotación
industrial y la sisa comer- cial, y el pueblo vio una vez más una revolución
liberal consumada en su nombre y que no obstante le dejaba en la eterna miseria
.
Quedó
realizada aquella expropiación que Pi y Margall expresó en su discurso en favor
de La Internacional, en los siguientes
términos:
¿Qué
era la propiedad antes de la Revolución? La tierra estaba en su mayor parte en
manos de la nobleza y del clero . En
manos de la nobleza estaba amayorazgada,
en manos del clero amortizada, en unas
y otras manos, fuera de la general circulación . Como quedaban todavía grandes restos del
antiguo feudalismo, sucedía que la propiedad, ora estuviese en manos del clero,
ora en las de la nobleza, llevaba en muchas provincias aneja la jurisdicción y
el cobro de tributos, así reales como
personales, a pueblos enteros .
¿Qué
hicisteis vosotros, es decir, qué ha hecho la Revolución? Por un decreto
devolvió al Estado la jurisdicción que había sido entregada a los antiguos
señores feudales y declaró abolidos los derechos señoriales; por otro declaró
libre la mitad de los bienes amayorazgados en manos de los que entonces las
poseían, y la otra mitad en manos de sus inmediatos sucesores .
Después
de haber ahuyentado con la tea en la mano las comunidades religiosas, declaró
por otro decreto nacionales los bienes de esas comunida- des, y no satisfecho
con esto, se fue apoderando de los bienes del clero secu- lar, de los de
Beneficencia e Instrucción pública, de los de los municipios y las provincias .
La
lección es buena, y el pueblo, la clase baja, el proletariado, la ínfima clase
social, ha de aprovecharla y la aprovechará en su día . Entretanto los trabajadores neutros y los
políticos, principalmente los que elevan candida- tos a las alturas del
parlamentarismo y del poder, se quejan y no compren- den por qué no se tienen
en cuenta sus sentidas reclamaciones .
Lo
que tiene el pueblo
Tiene
ese pueblo gobernantes que, una vez en el Poder y dueños de todas las fuerzas
vivas y de todos los recursos nacionales, le abandonan y le des- precian;
Tiene
un ejército, salido de su misma clase y de su misma sangre, que representa la
fuerza en defensa de las instituciones y
de la propiedad, y que le amenaza con sus armas al menor signo de violencia que
dé a sus reivindicaciones;
170
171
Tiene
un clero a quien paga, a quien cree y al que los gobernantes toleran para que
enerve la voluntad popular y se deje esquilmar tranqui- lamente;
Tiene
una Universidad que vincula la ciencia oficial en los herederos de los ricos,
que no por ese monopolio se libran de la ignorancia;
Tiene
magistrados encargados de juzgarle y de aplicarle un código arcai- co y
absurdo;
Tiene
representantes que desde el día de su elección dependen sólo de su ancha
conciencia;
Tiene
gobernadores que dependen del ministro;
Tiene
Diputaciones y Ayuntamientos que dependen del gobernador; Tiene polizontes que
le espían y le apuntan en la lista de sospechosos; Tiene patronos que al menor
conato emancipador le asedian con el
pacto
del hambre;
Tiene
propietarios de su inteligencia, de su actividad y de su fuerza por el goce del
derecho de accesión .
Y,
en tal situación, grande como la humanidad y débil como un niño, se admira de
que no se cumpla su voluntad soberana .
La
política
La
política, pues, promete el triunfo de la justicia social, como resultado de
estos dos milagros: primero, que de las urnas electorales salga una colec- ción
de hombres que representen las
necesidades y la voluntad del pueblo; segundo, que esos hombres extraordinarios
no encuentren delicioso apro- vechar para sí propios el estado excepcional en
que se les coloca .
Desengañémonos,
hay que buscar las causas en lo más
profundo . La mala fe de los políticos
de oficio podrá agravar el mal, pero no lo crea . Ma- lo es que un Gobierno dé
órdenes reaccionarias, pero peor es que haya Gobiernos .
Nuestra
suerte está en manos de los que nos gobiernan, porque el Esta- do es todo, y la
nación, nada .
Sea
cualquiera el nombre del que manda y la etiqueta que se ponga a la forma de
Gobierno, no cambia el fondo de las cosas, y el Estado tendrá
siempre
todo en sus manos y dependeremos de las voluntades, de las preo- cupaciones, de
los caprichos y hasta si se quiere de la honradez que por chiri- pa conserve
algún jefe político; estaremos a la merced de una intriga parla- mentaria
cualquiera, y bastará un cambio de personal, hoy liberal, mañana conservador,
para obligar a la nación a avanzar o a retroceder .
A la
frase de Luis XIV, «El Estado soy yo», todos nuestros liberales se indignan; pero cuando el Estado
moderno dice: «Yo soy la nación», y obra en consecuencia, ¿qué diferencia
existe?
Y el
Estado tiene razón: le habéis dado todo; él es el más fuerte, y aunque
protestéis diciendo que sois el pueblo soberano, lo cierto es que los que os
gobiernan, los que os racionan la libertad, la existencia, el aire respirable,
vuestros derechos, los que legiferan [sic] sobre todo; contra todo, y particu-
larmente contra vosotros, de vosotros mismos han recibido el Poder .
Es
verdad que se os concede el derecho de cambiarlos, pero es sólo en teoría,
porque de hecho sois impotentes contra el encasillado y el caciquis- mo; eso
sin contar que cuanto más se cambian, el
mal persiste del mismo modo, porque tiene raíces más profundas y porque es un
error creer que cambiando la investidura del Poder se cambia su esencia .
Que
el Poder se ejerza en nombre del derecho divino y hereditario, o que se le haga
derivar de la soberanía popular y del derecho electoral; que sea ungido por el
óleo santo, por la pólvora de las barricadas, por el tumulto de la cuartelada o
por la candidatura de los comicios; que sea representado por un hombre o por
una Asamblea, siempre tiene las mismas prerrogativas, la misma omnipotencia, y
desde el momento que habéis sancionado con más o menos conocimiento de causa,
con más o menos libertad moral o mate- rial, el Poder que sale de vosotros ya
no es vuestro, no os pertenece, es vuestro enemigo .
La
teoría de la soberanía delegada es la que informa la política democrá-
tica-liberal, y quien estudia el asunto despreocupada y racionalmente ve con
toda evidencia que el Estado no es ni puede ser liberal ni democrático, porque
quien manda no obedece; en él no se hallará nunca la libertad ni la igualdad,
porque es la autoridad y, por consecuencia, el privilegio, o sea la negación de
la libertad y la igualdad: no se encuentra en él tampoco la justicia y la
seguridad, porque la justicia no existe donde la libertad y la
172
173
igualdad
son atropelladas, ni la seguridad donde los oprimidos y los deshe- redados
levantan incesante protesta, que es como amenaza permanente .
A
cada desengaño político se os dice:
«Elegid mejores representantes» . Luego ¿habéis
escogido siempre mal? No; es que
es imposible escoger mejor .
Todo
el sistema dictatorial, autoritario y gubernamental —tres sinóni- mos, notadlo
bien— se basa en la insensata idea de que el pueblo puede ser representado por
otros que no sean él mismo; nadie puede representar al pueblo, porque nadie
conoce mejor que él sus necesidades y sus aspiracio- nes . Pueden representarse intereses circunscritos,
definidos, limitados, no una abstracción;
se representa una sociedad, un
grupo económico, una corporación productora; el pueblo, nunca .
El
Estado, pues, no os representa; él no representa más que a sí mismo, es decir,
a los que tienen la sartén por el mango, a los que constituyen las llamadas
clases directoras; luego él y vosotros sois dos entidades, y dos no pueden ser
uno .
Pues
si el Estado, en sentido contrario a su etimología, es mutable en su manera de
ser, a pesar de la permanencia que debe a la iniquidad y a la tira- nía; si no se acomoda en la
práctica a ninguna de las infinitas teorías que con fin laudable se han
inventado para justificar su existencia, si bien con- cuerda únicamente con
aquellas que inventaron los cínicos que en el mal se complacen porque a su
sombra viven; si ha de perecer, como aseguran sus mismos partidarios y como lo
prueba su misma decadencia, ¿qué es la polí- tica? Si pretende ser ciencia, es
falsa, porque carece de principios fijos y de objeto racional; si se la considera como arte, como la definen
muchos, hay que convenir en que es poco artística, y más bien es una artimaña
para so- meter a los hombres, y por eso estuvo muy en lo firme aquel que dijo
que sólo hay dos maneras de gobernar a los hombres, por la fuerza o por la
farsa, o aquel otro que definía la política diciendo que no es ciencia, ni arte,
ni oficio, sino artificio: luego, políticos, no hay escape: o embaucadores o
cán- didos, eso sois; escoged según el estado de vuestra conciencia o de
vuestra ignorancia .
Hay
una analogía que me parece perfecta para dar a conocer la política, y es ésta:
la alquimia era una falsa ciencia que buscaba la piedra filosofal, o
sea
el secreto de convertir en oro todos los metales, y la panacea universal que
curase todas las enfermedades; la astrología pretendía conocer por la situación
de los astros el destino de las personas, y tanto la una como la otra eran pura
charlatanería; pero del estudio y de las observaciones hechas por alquimistas y
astrólogos nacieron la química, ciencia que estudia la Natu- raleza y las
propiedades de los cuerpos simples, la acción molecular de esos cuerpos los
unos sobre los otros y las combinaciones debidas a esta acción, y la
astronomía, que enseña a determinar la posición relativa de los astros, su
configuración, y a determinar la ley de sus movimientos . Lo mismo sucede
con la política, especie de alquimia y de astrología, cuyos errores de princi-
pio y locuras de ideal en busca del buen gobierno se desvanecerán, dejando
cantidad de elementos para la sociología, ciencia nueva, pero de la cual sabe
ya todo el mundo que trata de las relaciones humanas en lo pasado, lo pre-
sente y lo porvenir, y que ha de determinar racionalmente y de acuerdo con la
Naturaleza las bases de la futura sociedad .
En
vista de este dato importantísimo, yo conjuro a cuantos tengan sana razón que
dejen de pedir remedio a sus males y solución a los conflictos pre- sentes a la
política, vana ciencia y torpe arte, y de la misma manera que consultan sus
enfermedades con el médico y rechazan la supersticiosa inter- vención del
curandero, acudan a la sociología, ayuden si es necesario a su desarrollo y progreso en aquello que aún
carezca de solución, y sólo de este modo se obtendrá el resultado apetecido .
Suposición
previsora
Si
de la noche a la mañana se disolviera el Estado y nos quedáramos sin Gobierno,
suposición a que hemos de acostumbrarnos para hacer frente a los
acontecimientos que nos depara el porvenir, ¡qué lamentos lanzarían los
obstinados autoritarios! ¡Estamos sin Gobierno! ¡Cómo viviremos ahora! Faltos
de Poder ejecutivo, legislativo y judicial; sin un Ministerio que asuma todas
las iniciativas, porque reúne en sí todos los poderes; sin una magistra- tura y
sin tribunales que hagan funcionar la balanza de la justicia y la espada de la
ley; sin un ejército que con sus coloreados uniformes y sus brillantes ar- mas
ostente con majestad nuestra bandera y ametralle de cuando en cuando
174
175
a
sus compatriotas descontentos; sin esa multitud de funcionarios, desde
guindilla hasta rey o presidente, que por un trabajo mínimo en lo que pue- da
tener de útil, si algo tiene, consumen millones infinitos, ¿qué haremos? Pues
sencillamente: nosotros mismos nos defenderemos, nos administrare- mos,
reformaremos nuestro adelanto, trabajaremos, consumiremos nues- tra producción
libremente sin pagar diezmos ni primicias a privilegiados holgazanes, sin
consultar en nuestras decisiones más que nuestros propios intereses y nuestra
propia razón, exentos ya de todo interés ajeno, sea de gobierno, sea de Estado
.
Suponed,
en consecuencia, que ya no existen explotadores parásitos y ociosos: ¿qué
perderemos con ello los que trabajamos y producimos? La tie- rra y sus riquezas
naturales y apropiadas estarán ahí siempre permanentes; sus bosques que nos
suministran madera, sus minas repletas de carbón y hierro, sus feraces campos,
sus ríos, sus mares, rodeada con su benéfica at- mósfera, iluminada con su
esplendente sol y entregada a ese conjunto de ar- monías universales que viven
por sí sin tener en cuenta más errores, las pre- ocupaciones ni los crímenes de
nuestros tiranos . No moriría la humanidad de hambre, de sed, de frío ni de
calor; únicamente habrían variado las
con- diciones de trabajo .
¿Es
necesario el Estado?
¿Para
qué se necesita el Estado? ¿Qué servicios nos presta que no podamos hacer todos
mejor y más barato? Dícese que nos defendería contra una invasión extranjera:
¡ah! Francia, en 1793, con sus obreros y campesinos ignorantes, casi
desarmados, faltos de organización y disciplina, pero inspi- rados por la idea
de la redención humana, rechazaron la coalición europea . Esos mismos franceses
aguerridos, disciplinados, valientes, ensoberbecidos por la victoria, pero
dominados por un emperador soberbio, sucumbie- ron más tarde ante los
guerrilleros españoles, ante la fuerza genuinamen- te popular en el Bruch, en
Madrid, en Gerona, en Zaragoza, en Bailén, mientras el rey Fernando y sus
cortesanos, es decir, el Estado, felicitaban a Napoleón por sus efímeros triunfos
. Eso demuestra que nunca un ejército
vale tanto como un pueblo, y siempre que un Jerjes vaya con sus legiones
infinitas
contra un pueblo libre y que quiere serlo, encontrará nuevas Ter- mópilas donde
trescientos hombres que hayan jurado su muerte y asistido previamente a sus
funerales les cierren el paso .
Dícese
que con sus códigos y sus tribunales defiende la vida y la honra de los
ciudadanos, pero léase esta cita de autor competente en la materia:
Me
es demasiado familiar la historia de los procedimientos judiciales para
mirarlos con supersticiosa veneración .
Los jueces son hombres y han mostrado siempre, como tales, su debilidad
. Sí;
los mayores crímenes han sido perpetrados por los tribunales de justicia
. La sangre de infinidad de mártires les grita y les emplaza desde la
tumba . (Summer, senador de los Estados
Unidos) .
Véase
esta afirmación de Lombroso:
No
merece fe una justicia que, imponiendo pesadas cargas a las personas honradas,
castiga apenas al 20 por 100 de los
criminales, los cuales no suelen ser más que unos imbéciles, mientras deja a
los restantes libres y con frecuencia admirados y obedecidos en medio de los débiles y de los inocentes, destinados
a servir de víctimas .
Se
invoca también la sabiduría y la rectitud de nuestros legisladores, pero gente
del oficio dice de sus colegas:
De
750 representantes del pueblo hay 700 que votan inconscientemen- te,
obedeciendo la orden del gobierno o la de los jefes de los partidos, y sólo
50
saben lo que traen entre manos, aunque no por eso voten a conciencia .
Kropotkin
ha dicho:
La
historia de la segunda mitad del siglo XIX ha dado la prueba vivien- te de la
impotencia del gobierno representativo para cumplir las funciones que se le habían confiado . Un día se citará ese siglo coma fecha del fracaso del parlamentarismo .
176
177
Un
diputado francés ha dicho lo siguiente, que no es nuevo para nadie que se
entere algo de los sucesos políticos:
Los
hombres políticos, en su sed de riquezas, además de abusar del pre- supuesto y
de emplear los medios más repulsivos
para arrastrar al rebaño electoral, han adquirido la costumbre de mezclar sus
intereses personales con la política, de intrigar en la Bolsa, en las
sociedades bancarias, en las adjudicaciones de contratas, etc . De este modo
exhala el Parlamento hedor insoportable de inmundicia .
También
de un diputado francés es la siguiente
verídica y conocida afirmación respecto de la ignorancia de nuestros legisladores y gober- nantes:
En
cada asamblea legislativa una treintena de diputados, todo lo más, entienden
algo de los asuntos sometidos a su resolución .
Según
estadísticas oficiales, en Inglaterra, en el periodo transcurrido des- de el
estatuto de Merton* hasta fines de 1872, se dictaron 18 .000 disposicio- nes
legislativas, de las cuales se derogaron en todo o parte cuatro quintas partes;
del 70 al 72 se enmendaron 3 .532 de éstas y se derogaron 6 .950 del reinado de
la Reina Victoria y muchas de las de otros reinados . Unas leyes fueron
derogadas por perjudiciales, otras por innecesarias y no pocas por moda, o si
se quiere por cambio de opinión de los legisladores .
En
España no tenemos estadísticas para apreciar estos hechos, pero se comprende
que han de ser más graves, porque las causas de desbarajuste son aquí mayores y
más perturbadoras .
No
teman, pues, los autoritarios, porque, como muy oportunamente dice Spencer, no
se debe al Estado esa inmensa multitud de inventos útiles, desde la azada hasta
el teléfono; los grandes descubrimientos
científicos, los sorprendentes mecanismos debidos a la producción, las transacciones mer-
* El
Estatuto de Merton data de 1236, bajo el reinado de Enrique III . Los datos
estadísticos que utiliza Lorenzo están extraídos con toda probabilidad del que
sería quizá publicado en castellano en fecha que desconozco (nota del
compilador) .
cantiles
que facilitan el cambio de productos en todo el mundo, el perfec- cionamiento
artístico, hasta el mismo lenguaje de que nos servirnos, todo se ha hecho por
la actividad espontánea de los individuos o de las colecti- vidades, a pesar de
los gobiernos .
La
preocupación autoritaria
Existe,
por desgracia, y como consecuencia natural de errores tradiciona- les, la
preocupación autoritaria, que supone
absolutamente necesaria la acción
providencial del gobierno enfrente de la supuesta incapacidad ingé- nita de los
gobernados para regirse por sí mismos, sin caer en la cuenta de que gobernantes
y gobernados son seres de la misma especie, y que si éstos necesitan de un guía
y un freno, aquéllos, por su situación privilegiada, carecen de freno y de
guía, y necesariamente han de cometer los males que a sus subordinados se atribuyen, aumentados con los abusos que
su ventajosa situación les permite .
Toda
nuestra educación y todas las ideas predominantes fomentan la creencia en la necesidad de un
gobierno . Religión, filosofía, métodos histó- ricos, teorías jurídicas, todo
conspira al fin de hacer aceptable la servidum- bre, de donde resulta que nos
acostumbramos a creer que el Estado y los es- tadistas son todo, y nos pasa
desapercibido que millones de ciudadanos
pasan su vida entera sin conocer del Estado otra cosa que las cargas que les
impone . En el comercio, en la industria, en el arte, en la ciencia, en la
amis- tad, en el amor, se realizan multitud de actos y operaciones sin la
interven- ción del gobierno, o si interviene
es para dificultar, gravar y perjudicar de mil maneras . En los montes,
en los valles, en las pobres viviendas de las ori- llas del mar y en las barcas
que apenas resisten las embestidas de las olas, vi- ven muchas familias con las
cuales el gobierno carece de relación .
En el inte- rior de las poblaciones existe considerable número de habitantes
que viven años y años sin tener nada que ver con los poderes públicos .
El
Estado, a pesar de las infinitas definiciones teóricas que de él se han dado,
tiene de hecho como principal misión mantener el orden, es decir, sostener la
inmovilidad contra el progreso, asegurar la obediencia a las leyes existentes,
o lo que es lo mismo, oponerse a toda reforma . De donde se sigue
178
179
lógica
y evidentemente que su objeto único, o si no el resultado más positi- vo que
produce, consiste en impedir que los
vasallos o ciudadanos alcancen el bienestar ideal a que a todos nos impulsa
nuestra propia naturaleza .
Disuélvase
el Estado; suprímase la dictadura gubernamental, y ya los trabajadores no
tendríamos frente a frente más que hombres, fuerzas eco- nómicas cuyo
equilibrio se restablecería inmediatamente
por la fuerza mis- ma de las cosas, por la gravedad, por la estática,
sin lucha ni desavenencia de ninguna clase .
No teniendo el capitalista un ejército que le guarde las espaldas, ni el
trabajador enfrente, detrás y a los lados legiones de benemé- ritos y
polizontes, la partida se nivelaría racionalmente y la resolución sería forzosamente justa .
Fourier
decía:
Tómese
una cantidad de chinas y guijarros, pónganse en una caja, agí- tense después y
por sí mismos se arreglarán en un
mosaico mejor que lo ha- ría un artista .
Kropotkin
hace notar brillantemente la tendencia constante hacia la ampliación del campo
de la iniciativa privada y el reciente aumento de grandes organizaciones como
resultado del espontáneo y libre acuerdo, a pesar de la preocupación
gubernamental y de los obstáculos que oponen los gobiernos: la red de
ferrocarriles europeos, que por simples contratos de las compañías permiten el
tránsito de viajeros y mercancías sin retrasos ni entorpecimientos; el Beurden
holandés, que extiende su organización sobre los ríos de Alemania y la
navegación del Báltico; las innumerables
asocia- ciones amalgamadas y los sindicatos franceses; las asociaciones federadas de
salvamento; las innumerables sociedades
benéficas, científicas, artísti- cas, recreativas y de otra índole que se
extienden por todo el mundo civili-
zado, prueban que por todas partes los hombres se sustraen a la tutela del
Estado para desarrollar sus aptitudes y satisfacer sus aspiraciones al calor de
los principios de libertad y de solidaridad .
Esos
hechos tan numerosos y conocidos son uno de los rasgos más sa- lientes de
nuestra época . Esos organismos brotaron
espontáneamente, se extendieron con rapidez, se agregaron con facilidad, son
resultados inevita-
bles
de las necesidades del hombre culto, sustituyen perfectamente la inter- vención
del Estado y demuestran que son un nuevo factor de nuestra vida, de tal modo
que la asociación libre de individuos
libres lleva por sí, aparte de otros elementos de acción más enérgica, a
la anulación del Estado .
¿Durará
el Estado?
Además,
contra el egoísmo antinatural desarrollado por el Estado y soste- nido por la
insolidaridad y antagonismo de intereses que el Estado crea y su protegido el
privilegio conserva, hay en el fondo del sentimiento huma- no una tendencia
altruista que en más o en menos en todos se manifiesta, gracias al cual la
Sociedad subsiste, y que en todos los tiempos ha dado héroes a la historia .
¿Es
sostenible la situación actual de los Estados? Para dar una respuesta
satisfactoria a esta pregunta he de recurrir una vez más a los estudios de Kro-
potkin, quien en su libro Palabras de un rebelde expone con verdad los si-
guientes pensamientos en su capítulo «La
descomposición de los Estados»:
Si
la situación económica de Europa es un caos industrial y comercial y
bancarrota de la producción capitalista, la situación política es la descom-
posición y la quiebra de los Estados .
Todos,
desde la autocracia soldadesca de Rusia hasta la oligarquía bur- guesa de
Suiza, corren hacia la descomposición, y por consiguiente, a la revolución .
Viejos
impotentes, consumidos por achaques constitucionales, incapaces de comprender
ni asimilarse la oleada de ideas nuevas, viven a expensas de sus años ya
contados y aceleran su caída arañándose mutuamente .
El
Estado, esa organización en la cual se deja en manos de unos pocos la gestión
en globo de todos los asuntos de todos, ha cumplido, no su misión, sino su
tiempo . La humanidad elabora ya otros modos de agrupación .
Los
viejos Estados de Europa, pasado ya su apogeo, ruedan por la pen- diente de la
decadencia, sobre todo en las naciones latinas, que quieren a todo trance
libertad y autonomía, sin otros lazos
que los unan más que los contratos
mutuos libremente consentidos .
180
181
Tal
es la fase histórica en que hemos entrado, y no hay poder capaz de impedir su
realización .
Si
las clases directoras y privilegiadas tuvieran
conciencia de su situa- ción, se
apresurarían a anticiparse a esas aspiraciones; pero envejecidas en las
tradiciones, cegadas por la avaricia y cargadas con el bagaje de la usur-
pación, incapacitadas moral y materialmente
para el progreso, se oponen tenazmente a la corriente de esas ideas y
nos conducen a una conmoción violenta, cuyo resultado será la realización del
ideal humano sostenido en el día por el
proletariado consciente que aspira a la
correspondiente parti- cipación de todas y de todos en el patrimonio universal .
Tierra
y Libertad (Barcelona, IV, 33 (22 agosto 1907), 4, IV, 36
(19
septiembre 1907), 4, IV, 38 (3 octubre 1907), 4, reeditado en
El
pueblo (Estudio libertario) (s.a.>1909), pp. 127-145.
El
puente
Pasaron
los entusiasmos postreros de los banquetes republicanos del 11 de febrero, no
ya porque sean los últimos, sino por ser de los postres . En ellos se ha hecho
consumo de los fiambres oratorios reservados para tales casos, y como no podía
por menos, aquí y allí, lo mismo donde hacían pinitos los imberbes, que donde
exhibían su prestigiosa persona los veteranos, se han tirado indirectas a la
cuestión social y le ha hablado de aquel famoso puente que, desde las áridas
riberas del privilegio, ha de permitimos el paso a los trabajadores a aquellas
otras floridas y hermosas donde moran como hadas de la paz y de la bienandanza
la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad .
Aquellos
de mis lectores que no hayan tenido que bregar con las preocu- paciones
republicanas de algunos de sus compañeros,
o con las de algún bur- gués, redentor a ratos perdidos de los mismos a
quienes explota, no tendrán noticia del indicado puente; pero los que se
encuentran en el caso contrario, y éstos son numerosos, están ya de puente
hasta la coronilla .
Los
propagandistas republicanos, faltos en general de conocimientos
sociológicos, porque si los tuvieran (y, por añadidura, de buena fe) ya no
serían republicanos, suelen hablar del
ideal libertario de los trabajadores como de un país situado al otro lado de un
abismo profundo, más o menos ancho, según las circunstancias de lógica, de
pasión y aun de paciencia de los trabajadores que les escuchan o con quienes
discuten, y una vez que la suposición ha tomado cuerpo como si fuera la
realidad, vienen y, ¿qué ha- cen? cogen y echan un puente, y en seguida
desaparece el abismo y, los trabajadores
se hallan a las puertas de Jauja .
Ahora ya habréis caído en la cuenta: el puente es la República .
Lo
menos treinta puentes de esos, entre chicos y grandes, nuevos y viejos, hay
repartidos por el mundo; pero lejos de haber pasado por ellos los trabajadores
de los respectivos países, dejando atrás la mísera carga de la tiranía y la
explotación para entrar en el edén donde se atan los perros con longaniza, el
capitalismo impera con inaudito empuje en alguno de ellos, formando esos trusts
o compañías monopolizadoras que con sangre y sudor de los trabajadores acumulan
millones en cantidades asombrosas y nunca vistas, y los restantes no envidian,
en eso de explotar, a cualquier monarquía de las que ruedan por esos
mundos y si en todos esos países donde
hace tiempo que se echó el puente están peor que estaban, ¿puede suponerse que
en España tendrá mejor éxito? Recordemos que en el año
73,
bien lo saben los que acaban de festejar el 11 de febrero, se echó aquí también
una miajita de puente, y uno de los republicanos más respetado y el más
respetable, ya difunto, y cuyo puesto se ha declarado irreemplazable a
perpetuidad, expuso algún tiempo después este juicio acerca de sus ami- gos
políticos:
Por
cada hombre leal, he encontrado diez traidores; por cada hombre agradecido,
cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriota, ciento que no buscaban
en la política sino la satisfacción de sus apetitos .
Conque
conste, y ojalá no hubiera necesidad de repetirlo: la cuestión social no la
resuelve la República, sino que la agrava; lo del puente es una engañifa
retórica sin pies ni cabeza; los redentores no redimen a nadie por
182
183
más
promesas que hagan, y en cuanto a la redención verdad, aquella que ponga la
riqueza pública y todas sus consecuencias a la disposición de todos y de todas,
sólo pueden traerla los mismos necesitados de redimirse, y para ello no
necesitan puentes ni camándulas republicanas .
Fraternidad
(Gijón), II, 9 (11 marzo 1900), reeditado en La Huelga General (Barcelo- na),
II, 10 (15 febrero 1902), 2-.3 y Vida anarquista (1912), pp. 67-69.
El
poder político
¡Felicitémonos!
Algo con apariencia de socialismo clásico tradicional ha hecho en Barcelona una
aparición ostentosa .
La
larva socialista barcelonesa de tantos años se ha convertido en La In-
ternacional, órgano de un Partido obrero y de una Federación catalana to- davía
no organizados y aún de dudosa organización .
Pero,
organismos aparte, yo al menos me felicito porque el momento no puede ser más
oportuno .
Dispersados
por la persecución autoritaria y por el pacto del hambre en toda la América
Latina y en distintas naciones europeas aquellos trabajado- res
barceloneses que a fines del pasado
siglo elevaron a altísimo nivel la mentalidad obrera; sugestionados los neutros
por un agitador demagogo que brilla con todos los oropeles del radicalismo;
anemiados los anarquis- tas por raquitismos o reblandecimientos y deformaciones que sólo dan de sí menguada
actividad con mezclas atávicas en las que el entusiasmo, la intui- ción y el altruismo son
reemplazados por pasiones deprimentes; brillando Solidaridad Obrera con
esperanzas que si pueden entusiasmar a los jóvenes produce en los viejos el
triste consuelo de ver que se empieza de nuevo sobre unas ruinas que debieran
ser ya esplendorosas instituciones; cuando hasta se acaricia la idea de encoger
el cosmopolitismo socialista hasta
reducirlo a que baile sardanas el 1 .° de mayo; de la parroquia de San Pablo y
de la capi- lla de Santo Toribio se destaca un hombre, futuro heresiarca,
seguido de un grupo dispuesto a agitar al proletariado catalán .
¡Venga
en buena hora! Su señuelo «el poder político», si puede seducir a algún
utilitario semi-ilustrado, aspirante a prebendas o a elevarse por el sufragio
universal, no atraerá a ningún obrero consciente y desinteresado, en cambio
despertará y atraerá a buen acuerdo a durmientes y desviados trabajadores .
Aquí
sabe todo el mundo que aspirar al poder político significa, no tanto una
revolución por y para los socialistas, como llevar por el sufragio universal a
los Municipios, a las Diputaciones provinciales y a las Cortes mayorías
socialistas que proclamen presidente de la república social espa- ñola a un
carcamal prestigioso y presidente del consejo de ministros al que a la sazón
desempeñe la jefatura del partido obrero español .
Lo
malo es que ese socialismo, que ha dado ya la mar de diputados en muchas
naciones y hasta ministros en Inglaterra, en Francia y en Austria y cuenta con
grandes oradores y escritores, tiene tanto de internacional como el catolicismo
de evangélico .
En
los Estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores se declara
terminantemente que la emancipación de
los trabajadores no es un problema local
ni nacional, sino que interesa a todas las naciones civilizadas, estando
necesariamente subordinada su solución al curso teórico y práctico de las
mismas .
¿Es
cierto ese pensamiento? En caso afirmativo, los que se llaman La Internacional
y aspiran al poder político en España usurpan un nombre que no les
corresponde, pudiendo suponerse que la
tal usurpación se haga con objeto de
cubrir con su prestigio lo que carece de sinceridad . ¿No es cierto? Pues combatan francamente el
error denominándose más en con- sonancia con su objetivo .
Pero
el pensamiento internacional citado es cierto, es evidente, es axio-
mático y no necesita demostración, dada la solidaridad humana aun en la misma
sociedad actual; y la del poder político es una utopía de aquellas que no serán
jamás la verdad de mañana . Eso ya no se
discute entre personas equilibradas, aunque todavía pueda servir de pretexto a
latas escolásticas .
Así,
no para discutirlo, sino para ilustrar el asunto, tengo el gusto de traducir
del Bulletin Internacional del Mouvement
Syndicaliste, periódico autografiado francés, lo siguiente:
184
185
La
lucha de clases ante el Parlamento (Australia) .– Todo socialista sabe y
proclama —dice The Socialist, de Melbourne,
de 18 sep .— que toda acción política que pudiera favorecer de cualquier
modo a los obreros queda lentamente aniquilada por una u otra de las categorías
plutocráticas . . .
Y el
periódico cita la opinión recientemente expresada por M . Fisher, leader del Partido del Trabajo
(Labour Party) en su discurso de Sydney; quien ha dicho del Tribunal Supremo de
su país:
La
nueva legislación protectora ha sido anonadada en la práctica por una sentencia
del Tribunal Supremo . Una contrasentencia ha derogado la proposición
introducida por M . Watson concerniente al label sindical, cuyo objeto era
señalar con una marca los géneros fabricados en condiciones regu-
lares de trabajo de modo que los consumidores, deseosos de distinguir tales
géneros de los productos del sweating (explotación desenfrenada del trabaja-
dor) pudieran hacerlo .
Ese
acto de aquel Tribunal es equivalente a
los realizados en estos últi- mos tiempos en los Estados Unidos . En las
naciones nuevas las plutocracias son menos escrupulosas que en la vieja Europa
para destruir con sentencias judiciales las medidas legislativas que no han
podido impedir directamen- te en el Parlamento .
Paréceme
que «Un Sans Patrie» pone el dedo en la llaga en La Guerre
Sociale
con estas palabras:
Si
el partido socialista en cada país
dedicara todas sus fuerzas vivas a propagar y a vulgarizar la esencia del
socialismo, emplearía útilmente su dinero y el fervor de sus militantes, los
talentos de sus oradores y de sus es- critores, en su mayoría intelectuales que
no sirven para otra cosa . Pero en
Francia, a juzgar por la declaración de los unánimes de Tolosa, prefiere
trabajar por la acción electoral para el aumento de la potencia parlamen- taria y legislativa
del socialismo —que es como dedicarse al triunfo de las grandes reformas del
programa radical socialista— .
Eso
es más cómodo y más lucrativo para los malos pastores que renun- ciar a toda
ambición personal, para dedicarse a mostrar a los trabajadores la posibilidad
actual de la organización socialista del trabajo; es más pro- vechoso que
perseverar en la tarea difícil e ingrata de educadores de multi- tudes y
apóstoles de la revolución social, y es menos peligroso que conservar entre las
masas descontentas y dolientes el fuego de la rebeldía .
Ya
lo veis, trabajadores catalanes: ¡A votar! ¡A votar! os dicen en nom- bre de la
república o en nombre del socialismo, los que necesitan del nú- mero, de la
masa, de lo impersonal, del montón anónimo que se mata por sugestión por un
símbolo, por un hombre o por un nombre para sacar triunfantes sus candidaturas
.
Ya
sois mayores de edad en la vida social, ya sois responsables de vuestros actos,
ya tenéis por eso mismo culpabilidad en vuestros sufrimientos . Ya es hora de
que a los que os piden votos, u os entretienen con sus dimes y diretes les
botéis enérgicamente .
En
esa simple cuestión de ortografía esta
vuestra sumisión o vuestra redención: votáis nuevos tiranos, o botáis a los
tiranos antiguos y modernos y quedáis libres para siempre .
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 11 (12 noviembre 1908), 1, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 171-174.
186
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Ni
Catalanistas ni Lerrouxistas
Electores
catalanistas.— Electores lerrouxistas.— Barcelona cosmopoli- ta.—
Barcelonismo.— El tesoro de la república.— La cuartelada.— Ni catalanistas ni
bizcaitarras.— Una equivocación.—
Sociología burgue- sa.— Desengaño final.
Trabajador
votante, desatiende por un momento, si puedes, a tu sugestio- nador, de la
izquierda o de la derecha, y recurre a tu conciencia; ahuyenta los sofismas y
los recursos oratorios con que han rellenado tus células cere- brales, y verás
con alegría que la evidencia ilumina tu entendimiento .
Y si
no, considera:
Barcelona
es una ciudad necesariamente cosmopolita: sin algodón de la India y de América,
sin carbón de Inglaterra o de Bélgica, y sin un arancel protector que permita
aprovechar maquinaria vieja y practicar un poco de contrabando no existiría su
industria; sin trigo de Rusia, de América y de Castilla tendría escasez de pan; sin todas esas cosas y otras
muchas más que importa a cambio de su producción no tendría una importante
colonia ex- tranjera, principalmente francesa, ni un puerto que supera en
importancia a todos los puertos españoles del Mediterráneo y quizá también a
todos los nacionales del Océano . En el día es ley general, y Barcelona no se
exime de ella, que no hay aldea, ni villa, ni ciudad, ni provincia, ni nación,
y ahí están, en mil otros medios demostrativos, los tratados internacionales
que lo prue- ban, que se baste a sí misma y que no contribuya por la demanda y
el cambio a la producción general, porque ya todo el mundo vive de la
solidaridad hu- mana que, por la gran facilidad de los medios de comunicación y
transporte, comulga en la universalidad de la justicia, de la ciencia y del
arte .
En
nombre de lirismos tradicionales y de fingidas aspiraciones progresi- vas, los
que dirigen el mecanismo de la solidaridad catalana, necesitando electores que
les dieran el poder político, han fabricado castillos de palabras que, como los
de naipes, se los lleva el viento, para encubrir fines utilitarios
indeclarables aunque lo suficientemente transparentes por lo que en el nego-
cio electoral han puesto de manifiesto . Y resulta que los trabajadores que los
han
creído, explotados como jornaleros, como consumidores y como inqui- linos en la
fábrica, en el campo, en el mostrador y en la casa, han sido además burlados en
el colegio electoral .
En
nombre de una revolución política esperada como resultado de un
pronunciamiento, que por lo visto había de hacerse con millones prestados
desinteresadamente por banqueros americanos y europeos, un hombre que por su
imaginación, su palabra y su figura reúne excelentes cualidades de tribuno
demagógico ha enredilado en Barcelona a 22 .000 hombres, jornale- ros en su
gran mayoría, hasta el punto de poder decirles: «Vosotros y Yo», «Yo seguido de
Vosotros», poniendo en una balanza, que no puede ser la de la justicia, en un
platillo, una unidad que representa el pensamiento y la volun- tad, y en otro,
22 .000 unidades formando apretado haz que valen menos que una, como en el
cuerpo humano la boca, las manos y los pies valen me- nos que el cerebro .
¿Quién
puede negar esto?
Y
digo Barcelona y no digo Cataluña, porque todo ese movimiento promovido por
esta burguesía más o menos francamente separatista que abomina de la
centralización madrileña, más que verdaderamente catala- nista, es
barcelonista, que trata de convertir Barcelona en un Madrid cata- lán, contra
cuya pretensión ya se han manifestado
síntomas de protesta en Gerona, Tarragona y Lérida .
Eso
por lo que respecta a los trabajadores catalanistas, que en el esplen- dor de
la famosa perla del Mediterráneo y en el goce de sus beneficios han participado
reducidos a la condición de míseros coolíes .
A
los trabajadores lerrouxistas hay que tocarlos por otro registro; por lo visto
existe un tesoro de la república, y a él, olvidando que el tesoro popular está
ya hecho —es el patrimonio universal que detentan los privilegiados y que sólo
falta rescatarle—, habían contribuido los pobres con sus céntimos y los ricos
habían de contribuir con sus millones . Con ese dinero no se había pensado en
editar una nueva Enciclopedia, ni en excitar una Jacquería espa- ñola, ni en
promover la toma y demolición de ninguna Bastilla —cosas que se hacen a costa,
no de dinero, sino de talento, de energía y de sacrificio mul- tipersonal, y
que trastornaron hace ya más de un siglo la Francia y el mundo entero—, sino en
preparar una cuartelada .
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189
¿Y
una cuartelada que dé grados a los militares saltando sobre el esca- lafón, y
garantice a los prestamistas el capital y el interés, ha de hacer una
revolución que dé libertad, igualdad y fraternidad?
La
cuartelada, lo mismo que el empréstito,
es negocio de los de arriba, de los hombres unidades; y las masas, los
miles de hombres que en política no representan uno, han de quedar abajo; esos,
con tenerlos en el club las horas que les dejen libres el trabajo y la familia,
dispuestos a amasarse disci- plinariamente para sacar adelante el mesías
candidato, basta . . ., el derecho de accesión que les despoja del fruto de su
trabajo se encargará del resto .
No
hace muchos años, en un artículo titulado «Ni Catalanistas ni Biz-
kaitarras» que publicaron periódicos
obreros y algún burgués, se pudo
escribir:
En
las Provincias Vascas, lo mismo que en Cataluña, hay un proletaria- do
numeroso, inteligente y activo, en general conocedor de las cuestiones so-
ciales, con aspiraciones definidas y concretas, y que es una esperanza para la
futura renovación social que ha de dar forma adecuada y justa a la organi-
zación del trabajo y a la distribución de los productos, y conviene que esas
fuerzas no se distraigan de su objeto ni se desmembren para servir ideales que
les son por lo menos extraños, por no decir absolutamente perjudiciales .
Los
trabajadores no deben luchar por un nuevo amo ni por una nueva clase de amos, y
es preciso que manden a paseo a los que vengan
con músicas regionales de esas que dejan subsistentes como si tal cosa
el propietario, el ca- pitalista, el explotador
y el usurero; es decir, el usurpador y el ladrón legales .
Al
seguir a catalanistas y bizkaitarras, los trabajadores que tal hiciesen por lo
pronto sólo conseguirían desvirtuar con los hechos aquella gran ver- dad tiempo
ha reconocida: «La emancipación de los trabajadores no es pro- blema local (ni
regional puede añadirse), ni nacional» , y se harían enemi- gos de los
trabajadores de otras regiones .
Semejante
enemistad, por lo absurda y por lo inconveniente, salta a la vista; se necesita ser burgués
incurable o loco de atar para sostenerla
y fo- mentarla, y es dudosa que haya ni
en Cataluña ni en las Provincias Vascas un trabajador con dos dedos de frente
que la patrocine .
Por
desgracia se equivocó el compañero autor del citado recuerdo* . La justicia y la verdad, invariables siempre,
si pudieron ser reconocidas y pro- clamadas por los trabajadores hace seis
años, han sido desconocidas y bur- ladas por los trabajadores catalanistas y
lerrouxistas que han brotado a úl- tima hora, y los miles de votos dados a
solidarios y antisolidarios acusan un retroceso lamentable, que se explica, no
tanto por el mérito de la hipérbole política, como por la dispersión de
trabajadores ilustrados y activos, ocasio- nada por la persecución, el pacto
del hambre y la crisis .
Tras
esa dispersión, que ha difundido las ideas redentoras germinadas en Barcelona por otras regiones,
naciones y países lejanos, quedaban los neutros, susceptibles de regimentarse
tras el que les decía en puro acento catalán setze jutges menjan fetge, o les
prometía la construcción de aquel famoso puente que ha de conducir a la
república, que, según parece es un país en el que, andando andando, se llega al
socialismo, y después, andan- do andando, se llegará al anarquismo, y allí
descansaremos; tal es en resu- men el contenido de la sociología burguesa
solidaria y lerrouxista .
La
miseria y los desengaños restablecerán el equilibrio intelectual de los
trabajadores barceloneses, ¡cómo no!; tan crueles maestros les enseña- rán a
ser hombres, y siéndolo de verdad, sin
sugestión ni influencia bur- guesa y en plena posesión de las facultades físicas y morales que integran el ser,
determinarán su voluntad y dejarán de ser catalanistas o lerrouxis- tas, y, no
siéndolo, no sacarán las castañas del fuego para nadie, sino que lisa y
llanamente y sin desviación de ninguna especie emprenderán la vía única que
conduce a su emancipación . No en vano se ha reconocido que la burguesía se
halla incapacitada para progresar, y que el progreso, ley supre- ma de la vida,
corre hoy a cargo de la ínfima clase social que nada tiene que perder .
Tierra
y Libertad (Barcelona), IV, 23 (16 mayo 1907), 1;
reeditado
en Vida anarquista (1912), pp. 177-180.
* En realidad el autor del citado artículo es
el propio Anselmo Lorenzo; este artículo apareció en La
Protesta
de Valladolid el 29 de septiembre de 1899 (nota del compilador) .
190
191
Sobre
la ley y el derecho
El
derecho ante la ley
La
ley no es, digan lo que quieran los que la definen favorablemente por interés,
«establecimiento hecho por legítima potestad en que se manda o prohíbe alguna
cosa», ni menos «regla en la que se pone coto a los efectos del libre albedrío
humano», como la define la Academia, y esto por estas razones: 1ª, porque para
legitimar la potestad mandante, la ley necesita de la ley, y de ese modo se
enreda en un mismo concepto causa y efecto, juez y parte, sujeto y objeto, es
decir, lo absurdo; 2ª, porque si el adjetivo legítima aplicado a potestad ha de
tomarse en el sentido de arreglado a justicia, según frase académica, es
manifiestamente injusto, como queda
demostrado por la razón anterior; 3ª, porque albedrío, entendido como «facultad
libre del alma», como dicen que es la Academia y aun la Universidad,
institución esta última donde el Estado vende ciencia concordada con el dogma
católi- co, es una palabra vacía de sentido, y el alma una invención mística
negada por la ciencia concordada con la razón .
La
ley no es tampoco la justicia, porque si ésta es «una virtud que consis- te en
dar a cada uno lo suyo», por precepto de esa misma ley en España, en Europa, en
el mundo todo, lo mismo en la generación actual que en todas las precedentes a
través de un número desconocido de siglos, los esclavos, los siervos, los
proletarios, tan hombres, tan iguales en perfecto concepto del derecho como los
emperadores, los reyes, los señores, los capitalistas y los propietarios, han
sido, son, somos despojados de lo nuestro; de hecho, por la fuerza, luego por
la costumbre y después por la vil sumisión; de derecho, por esa misma ley, que
vincula, es decir, autoriza, sanciona, consagra y lega- liza la usurpación que
la parte mínima de la humanidad, la caterva de los privilegiados perpetró
siempre, perpetra aún y perpetrará hasta el triunfo de la revolución social, y
solo acabará crimen tan nefando y extenso con la pro- clamación y conquista
práctica de la anarquía .
Es
más: ni el mismo concepto corriente de justicia es justo, porque for- mado por
abstracción efectuada por inteligencia subyugada por la preocu- pación de los
privilegiados, se habla de dar a cada
uno lo suyo, suponiendo la existencia de algún donante que pueda dar, dejar de
dar o aun quitar, sin
195
tener
en cuenta que el derecho en abstracto, como concepto de suprema justicia, es
intangible, inmanente, intransmisible,
inalienable, y por tanto parte integrante de la persona humana, anterior a toda
ley, superior a toda ley, opuesto a toda ley; tanto que con el solo hecho de
reconocerla se empa- ña su límpida pureza, y con el de imponerle cuando está
desconocido se comete ya un acto de negación, y esto por necesario, por
indispensable que sea proceder a su implantación revolucionaria .
Por
supuesto que por escrúpulos de conciencia no hemos de dejar los revolucionarios
de serlo, ya que si injusto es violentar a los detentadores de la riqueza
social a que suelten su presa, más injusto es tolerar un instante más la
comisión de ese crimen de lesa humanidad que constituye la médu- la de la
historia .
La
ley es legal y nada más, y si esto parece una perogrullada no es culpa mía .
Legisladores demócratas cometieron en casi todo el mundo civilizado, durante el
pasado siglo, la insigne torpeza de subordinar el derecho natural al derecho
escrito, y éste, por lo que respecta a España, quedó supeditado en
circunstancias excepcionales a gobiernos tímidos, cobardes y tiránicos, que
saben hacer árbitros de la libertad y de la vida de los llamados ciudada- nos a
cualquier generalote poco escrupuloso, que, previa la suspensión de garantías
constitucionales y declaración del estado de guerra, tiene carta blanca para
barbarizar a su antojo, y a eso no más quedan reducidas esas Constituciones
(siete con dos reformas se promulgaron
en España durante el pasado siglo, y en Francia diez y seis) que
consignan con cierta ampulosi- dad derechos y libertades que se suspenden al menor asomo de alteración de ese orden que
se pretende que sea vil sumisión y ciega obediencia, coho- nestando la suspensión con la fórmula
del compromiso de dar cuenta los gobiernos ante las Cortes del uso que hicieren
de ella; fórmula vana, hipó- crita recurso; verdadero timo político, porque
todo el mundo sabe lo falso y convencional que es el voto de una mayoría
parlamentaria .
La
igualdad de los ciudadanos ante la ley es, pues, una engañosa fórmu- la
político-burguesa inventada para dar apariencia aceptable, evolucionista y de
posibilidad y oportunidad emancipadora al despojo sistemático a que venimos
sometidos los trabajadores: es engañosa por los caracteres esencia- les de la
ley expuestos ya, y además porque lejos de ser una norma general
de
derechos no lo es siquiera nacional, y hasta para los individuos establece
diferencias, como se verá; y por esto afirmo que cuando los legisladores,
legistas, legalistas, leguleyos o rábulas hablan de jurisprudencia, y la
definen pomposamente diciendo que «es la ciencia del derecho», inspiran
risa y merecen desprecio, porque la ciencia dista mucho de ese tira y
afloja legal, sino que «ciencia es lo que se sabe por principios ciertos y
positivos» . En apoyo de esta
afirmación, que es verdad perfectamente aquilatada y no declamación inútil y
estéril, expongo:
Los
hombres y las mujeres en general, y en España en particular, no pueden
ser, no serán jamás iguales ante la ley .
1 .º
Porque lo impide la ley misma; la igualdad ante la ley, en España a lo
menos, es ilegal por el hecho de haber
españoles forales y españoles codificados, que en asuntos tan importantes como
la legislación sobre el hombre, la mujer, el matrimonio, los hijos, la
propiedad, la prescrip- ción, la herencia, etc ., han de atenerse, según la
comarca donde han nacido o el concurso de determinadas circunstancias, al
Código civil o a los fueros de Cataluña, Navarra, Vizcaya, Galicia, Valencia,
Aragón e Islas Baleares, y aun dentro de los mismos fueros hay privilegios
espe- ciales para localidades particulares, existiendo entre todos esos cuerpos
legales disposiciones que afectan de modo diferente y aun contradicto- rio a
los hombres, a las mujeres y a los hijos, dándose el caso de haber actos
ilícitos en el Código civil que son punibles en los forales, o vice- versa, o
recíprocamente en los forales entre sí, y no molestaré la aten- ción del lector
con la demostración detallada y circunstanciada de abe- rración semejante,
porque degeneraría en nimiedad de erudito; basta con lo expuesto para que
rebose la evidencia .
2 .°
Porque el hombre moderno y las instituciones
sociales actuales están en las leyes comprendidos tal como los entendían
y juzgaban los legislado- res antiguos, toda vez que el Código civil, por más
que sus compiladores modernos hayan hecho milagros de espurgo y concordancia en
la mul- titud de leyes dispersas en infinitos e intrincados libros y en el
derecho romano, muy anterior a nuestra era, es un arlequín compuesto de reta-
196
197
zos
en que se cierne como señor dominante el error de aquellos remotos tiempos con
sus falsas y trasnochadas ideas acerca
de la autoridad, el hombre, la propiedad y la familia; y respecto de la
legislación foral sólo diré, como muestra, que el fuero catalán, de origen
también antiguo, es una compilación hecha en tiempo de Felipe V y que tiene
como derecho supletorio para los casos imprevistos, el derecho canónico, que es una mezcolanza de
Biblia, cánones, concilios, santos padres y decretos pon- tificios, y el
derecho romano con su Instituto, Pandectas, Código de Justiniano y las Novelas,
monserga legal donde ni Cristo se
entiende, como dicen en mi tierra, y en que, para hacer aceptable el engaño
polí- tico que cobijan bajo el nombre de democracia, y que pase el otro enga-
ño llamado sufragio universal se sustituyeron
las palabras amo y esclavo, señor y siervo por otras más dulces y
pasaderas: capitalista y obrero .
3°
Porque el concepto hombre no cabe jamás en la concepción de ningún hombre; lo
que hace todo el que quiere juzgar a su semejante es medirle con la medida de
sí mismo: a nada mejor que a este asunto puede apli- carse aquello de «ver las
cosas del color del cristal con que se mira» . Por eso el hombre de genio de
edades remotas, por adelantado que fuese respecto de sus contemporáneos, no tiene comparación con el hombre término
medio de nuestros días; les separan distancias inmensas en el espacio recorrido
en la evolución progresiva, como son: nacimiento, de- sarrollo, apogeo,
decadencia y ruina de naciones; explosión, dominio y abandono de creencias
místicas; sistemas filosóficos que pasan todas las fases de la escala de la
vida hasta hundirse en la muerte del olvido; au- mento y metodización racional
hasta un punto maravilloso de la ciencia; aplicación de la misma a la
satisfacción de las necesidades humanas, que supera en la realidad a las más
bellas concepciones poéticas del milagro .
4 .º
Porque si, como acabamos de ver, la antigua y la novísima legislación resulta
además inaceptable por añeja y rancia, al cabo podía suponerse en el legislador
antiguo el prestigio del saber y de la buena fe, mientras que en los
legisladores de nuestros días . . .
¿qué decir de ellos? Basta
consignar que, según la Constitución
vigente, en España la potestad de hacer las leyes reside en las Cortes
con el rey, que este cargo es heredi- tario, y que las Cortes, o sea el Senado
y el Congreso de diputados, el
primero
se forma de cierta manera privilegiada para que resulte mode- rador, en que
entra en gran parte la herencia en cierto numero de fami- lias
horriblemente decadentes llamadas la
aristocracia; el alto clero con su intransigencia hacia todo lo que mira a lo
porvenir, con su egoísmo de clase y con esa soberbia propia de ignorantes sublimizados ante la
adoración de los devotos, y los representantes de corporaciones privile- giadas,
no por ser más sabias, ni más virtuosas, ni más útiles que otras, ni cada uno
de sus individuos, sino porque han hecho
condición de vida de su servidumbre al privilegio; y respecto del
Congreso, se ha convertido en el
monopolio de los políticos de oficio, es decir, de los ambiciosos, de los
charlatanees, de los inhábiles para otra profesión, y así se da el caso que,
como dice Spencer, mientras que para ejercer una profesión cualquiera se
necesita cuando menos un aprendizaje y para las de carácter más elevado se
exige un título que acredite la capacidad del profesor, para legislar no se
necesita más que la sans façon del can- didato y el voto del elector o el
pucherazo del cacique, y ni por broma puede compararse a Moisés, Solón, Numa
Pompilio o Alfonso el Sabio con los Pérez o los López de la mayoría, o con
cualquier tribuno de la minoría que, por elocuente que sea, en punto a
conocimiento, no exce- de gran cosa del arte de agradar al elector y aun al
cacique dueño del encasillado sin que el elector se entere .
En
resumen: la igualdad ante la ley es imposible
por ilegal, por puni- ble; la ley es insostenible por anacrónica; la grandeza del hombre no
cabe en la pequeñez de la ley, y por añadidura tenemos la incapacidad profesio-
nal de los legisladores .
De
modo que la igualdad ante la ley es un señuelo, una trampa demo-
crático-burguesa para cazar incautos, o lo que es lo mismo, electores pro-
gresistas platónicos, sumisos a la explotación, y sobre todo, para convertir en
cómplices a las mismas víctimas de la iniquidad, que es lo más refinado en el
arte del gran timo, del arte de engañar a la multitud .
Tierra
y Libertad (Barcelona), VIII, 85 (29 noviembre 1911), 2, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 195-199.
198
199
La
Reforma del Código penal
Teníamos
un Código penal que, por lo visto, no era suficiente garantía para la
conservación del orden y no satisfacía las exigencias de la justicia .
Tan
grande debía ser esa deficiencia, que nuestros gobernantes impusie- ron a
nuestros legisladores la tarea de remendar ese Código roto y maltre- cho, que,
según parece, permitía que los actos injustos pasasen como lícitos, y sus
autores pudiesen codearse y alternar en sociedad con aquellos otros que
practican la justicia sin intermitencias .
Y
como es de ley, y, si no, como es de uso parlamentario, la parte res- ponsable
del poder ejecutivo mandó, o, si se quiere, encargó al legislativo que reparase
tan grave falta .
Hállanse
nuestros legisladores divididos en dos categorías . Congreso y Senado, llamadas cuerpos
colegisladores o Cortes . Desígnase a la
primera con el nombre de cámara popular; a ella van los elegidos por el voto
directo de los electores, que lo son hoy todos aquellos burgueses, poseedores
injusti- ficados de la riqueza pública, o que por el monopolio del comercio y
la in- dustria imponen un tributo a los artículos de consumo como mediadores
entre el consumo y la producción; en tiempos de sufragio universal nom- bran
legisladores de esta clase hasta los mismos explotados y expoliados . Supónese
que en esta cámara dominan ciertas ligerezas, ciertos ímpetus apasionados, y
por esto todos nuestros hombres de Estado, desde Canovas a Pi, convienen en que
no pueden elaborarse las leyes en una sola cámara . Al Senado se le designa con
el nombre de alta cámara, y forman parte de él los descendientes de
determinados linajes, los designados por
el poder ejecuti- vo, los que desempeñan ciertas elevadas funciones y los nombrados por compromisarios o
electores elegidos con poder de elegir .
En
tiempos y en países en que se practica el sufragio universal, la alta cámara se
nombra toda por compromisarios, o se busca la manera de que resulten elegidos
gente sensata y de orden, porque lo que conviene sobre todo, es que los
fundamentos sociales no corran el riesgo de ser detenidos por una caterva de
apasionados reformadores, por falta del necesario con- trapeso de la gente
madura y que tiene que perder .
Nuestro
poder legislativo, harto condescendiente con el ejecutivo, con- descendencia
motivada en que éste es el dispensador
de las ricas prebendas con que el Estado remunera a sus servidores, tomó
a su cargo la reforma del Código, invirtiendo los términos, es decir, empezando
por la cámara mode- radora, y convirtiendo su moderación en radicalismo
ultramontano y reac- cionario . Todos los cerebros cobijados bajo las lustrosas
y venerables calvas de nuestros senadores no han sabido ver otro remedio para
los males que experimentamos que restringir la libertad de la prensa, castigar
la blasfemia y prohibir el trabajo en las fiestas católicas . La cámara
popular, faltando por esta vez a su principal carácter, tendrá que moderar el
radicalismo del Sena- do, a menos que el gobierno exija de su mayoría que
aplaste con sus votos la pobre vitalidad de ese viejo y achacoso
parlamentarismo, cosa que no dejará de hacer, por aquello de no perder cada
legislador su puesto en el presupues- to o sus esperanzas de alcanzarlo .
De
modo que un Parlamento así constituido prepara nada menos que una reforma al
Código penal, cosa estupenda como
proyecto y efímera como base . Porque hemos de reconocerlo; si el
parlamentarismo se funda- ra en más
racionales principios el pensamiento de nuestros gobernantes y legisladores
sería menos malo; pero siendo lo que es,
figúrese el lector dónde iremos a parar
.
No
sirve el parlamentarismo para estas cosas .
Un
Código penal formado o reformado en un parlamento es un edifi- cio cimentado en la arena .
Todas
las razones expuestas durante la discusión contra los preceptos legales que no
hayan podido ser refutadas por razones mejores, quedan en pie, a pesar de los
votos de la mayoría .
Todos
los castigos impuestos por infracciones de ese género son un cri- men legal .
Y
toda sociedad que sobre tales bases se sustenta, carece de todo positi- vo y
racional arraigo, y se halla necesariamente
asediada por las reivindi- caciones revolucionarias .
Un
Código penal sólo puede ser obra de un poder personal y absoluto . Sólo un
ungido con el óleo santo, acatado indiscutiblemente por todos sus vasallos,
puede traducir su pensamiento y su voluntad en leyes; porque su
200
201
mandamiento
es sagrado y ante él no puede haber mayorías satisfechas ni minorías
descontentas: todos son iguales ante la servidumbre .
Así,
y sólo así, se explica y se ejerce la autoridad .
Autoridad
y libertad son términos opuestos e irreductibles, y todos los ensayos de
nuestros políticos burgueses se dirigen
al absurdo de fundar una autoridad con elementos liberales o de conceder
libertades derivadas de principios autoritarios .
Comprendemos
un bando firmado por un capitán general en plaza de- clarada en estado sitio y
el pregón ordenado por un alcalde de monterilla; pero no podemos explicarnos,
porque no tiene explicación racional, que la arbitrariedad, la rutina, o el
interés de clase se imponga como ley por los representantes de la nación,
después de una discusión en que una mayoría parlamentaria, dispuesta a apoyar
incondicionalmente a un ministerio, niegue la razón con sus votos .
Si
examinamos el asunto desde otro punto de vista hallamos que la legislación
pretende derivarse de lo que se llama ciencia del derecho .
En
el diccionario encontramos estas definiciones: Ciencia .– Sabiduría de las
cosas por principios ciertos como los de
las matemáticas . Derecho .– EI conjunto de leyes y principios que se pueden
hacer cumplir por la fuerza .
Si
la legislación tuviese una base científica todos los países tendrían un régimen
idéntico, o al menos las diferencias no serían esenciales, sino única- mente en
relación con el respectivo grado de cultura .
El salvaje que sólo puede contar hasta diez y el matemático de nuestra
civilización que resuelve los más intrincados problemas parten de un mismo
principio; pero entre el salvaje que sacrifica a un prisionero de guerra para
comérselo y el hombre civilizado que honra al extranjero con espíritu fraternal
hay una distancia inmensa, aunque ambos practiquen el derecho a su manera . Las
ciencias que se saben por principios ciertos como los de las matemáticas se saben exacta- mente del mismo modo en
todos los países que alcanzan el mismo grado de conocimientos, y sin que altere
en lo más mínimo esta sabiduría la distancia, ni la diferencia de raza, de
lengua, de religión ni de régimen político . Dos y dos son cuatro aquí y en la
Patagonia; pero la manera de transmitir la propie- dad por herencia, no sólo es
diferente en todas las naciones, sino que en Es- paña tenemos derecho catalán,
castellano, vasco, etc ., etcétera, etc .
Es
legislador en el sistema parlamentario
todo el que goza de capacidad política; puede desconocer la ciencia del
derecho, puede profesar otra cien- cia, puede ser artista, industrial,
comerciante, puede hasta no saber leer ni escribir . La ciencia del derecho solo la cursa el que
ha de cumplir y hacer cumplir las prescripciones del legislador . El caso es por demás raro .
Así te- nemos que si el derecho fuese verdaderamente ciencia, sería una ciencia al revés, toda vez
que las ciencias se forman por el estudio y la observación de los que la
profesan, y en el caso que nos ocupa, manejan esa ciencia algunos centenares de
burgueses puestos al servicio de unos cuantos ministros, de los cuales alguno
ha tenido la llaneza de declarar que no entendía de leyes y que no se hallaba
dispuesto a morir de empacho de legalidad .
De
modo que si toda ciencia ha de partir de principios ciertos como los de las
matemáticas, la ley no es de procedencia
científica; y si el derecho es un conjunto de arbitrariedades, solo se podrá imponer por la fuerza mien-
tras exista la fuerza a su servicio, nunca por la evidencia racional ni menos
por la persuasión .
De
modo que la ciencia del derecho puede en justicia ser considerada como el
conjunto de sofismas y arbitrariedades que han servido en todas las naciones
para ejercer la tiranía, y la ley, como la imposición de la volun- tad de aquel
o aquellos que ejercen el poder político .
Y si
esto es así, ¿pueden corregirse los abusos del poder político cam- biando de
nombre y de forma a ese mismo poder? No; solo se conseguiría que la
arbitrariedad cambiase de objeto y de sujeto . Quédese esa ilusión para los que
sueñan en corregir los males políticos de la sociedad con la demo- cracia; es
decir, con el gobierno del pueblo, o, para decirlo mejor, con la autoridad de
la libertad, espejismo con que nuestros republicanos tratan de seducir a los
incautos trabajadores, y que han querido imitar los iniciadores del partido
obrero .
Y
aquí deberíamos terminar nuestro trabajo, encaminando a demos- trar la nulidad
racional de las tentativas de reforma del Código penal así como los
fundamentos de toda legislación,
consecuentes, con las doctri- nas acráticas que se dirigen a la negación de
todo gobierno y de toda ley; mas para que no se diga que somos eminentemente
demoledores y que sólo presentamos negaciones, queremos terminar por una
afirmación .
202
203
¿Con
qué sustituirá el proletariado ácrata la autoridad, o sea la arbitra- riedad
dominante? Con el libre pacto, el cual si es eficaz para regular equi-
tativamente las relaciones y
transacciones de los individuos entre sí, es igualmente eficaz y justo para determinar las de las
colectividades, y por consiguiente,
tiene alcance y condiciones suficientes para constituir el más firme y justo
sostén de la sociedad .
No
detallamos más esta afirmación final por hoy, tanto porque ya co- nocen
nuestros lectores nuestro criterio sobre
este punto, como porque deseamos que domine el valor de nuestras negaciones .
Acracia
(Barcelona), II, 15 (marzo 1887), pp. 185-188, reeditado en Natura (Barcelo-
na), I, 8 (15 enero 1904), pp. 113-116 y Vida anarquista (1912), pp. 150-154.
¿Es
justa la justicia?
El
poder judicial, por medio de un alto funcionario, y en uno de sus actos más
solemnes, ha hecho una declaración gravísima, que recogemos de los extractos de
la prensa burguesa y aprovecharemos los
desheredados del patrimonio universal
como confirmación de nuestras censuras contra la actual sociedad y como
justificación de nuestros ideales .
Conviene
llegar al reparto de las utilidades de la industria y de la agri- cultura por
equitativa participación de cada elemento productor, en tributo de justicia y
con la mira de aliviar las estrecheces de la vida de clases integran- tes del
cuerpo social, como son los obreros manuales y los de la inteligencia .
He
ahí lo que acaba de declarar el presidente del Tribunal Supremo en el acto de
la apertura de Tribunales .
Y
tenemos que no un socialista, ni un
anarquista, sino un alto oficial de la justicia es quien declara que «no es
equitativa la participación de cada
elemento productor en el reparto de las utilidades de la industria y de la agricultura», y
conviene que lo sea .
Para
reparar esa falta de equidad, que afecta a un número inconcebible de
trabajadores de la generación presente y de las generaciones pasadas, a contar desde que los usurpadores
de las riquezas naturales y de las riquezas sociales dieron fuerza legal a sus
iniquidades y los despojados consintieron en acatarlas como justas, no se usa
un término justiciero, urgente, enérgi- co; se dice conviene .
El
pobre verbo convenir es por sí de tan escasa eficacia, de acción tan lenta, tan
falto de pasión activa, que bien puede aplicarse con prudencia y sin alarmar a
los de arriba ni excitar a los de abajo a la acción de restituir lo usurpado,
por la violencia, por la astucia, y conservado bajo la aparien- cia de la
justicia .
No
se dice al usurpador restituye, ni siquiera
conviene que restituyas,
sino
viene a decírsele conviene repartir mejor,
¡y eso es tan lato! . . .
El
imperativo del verbo restituir, que justificaría lo presente y lo futuro, no
conviene a los que Bismark denominó Beati possidentes, que en castellano viejo
quiere decir los que tienen la sartén por el mango; esos, que siendo cris-
tianos creen o fingen creer que las riquezas son insuperable obstáculo para su
salvación eterna, no restituirán jamás por conciencia, y oyen como quien oye
llover la parábola o lo que sea del dromedario y del ojo de la aguja .
Además,
no se apoya el conviene, la acción de convenir, en razones de suprema justicia
ni en argumentos científicos, sino en motivos de conve- niencia . He aquí uno:
La
velocidad del avance en busca de mejoramientos impone a las socie- dades y a
los Estados el ensanche, cada vez mayor, de sus medios de progre- so efectivo .
He
aquí otro y de peso:
Si a
esos males no se atiende, si no se les dan soluciones conciliadoras, si no se
atina a formular la regla jurídica
reguladora de las relaciones creadas por nuevos intereses privados, si el
Estado persiste en someter tales cuestiones a un anticuado femenino
criterio y se contenta con
proclamar el dominio efímero de la coacción, estallará, al fin, la tormenta y
no habrá pararrayos
204
205
que
nos preserve de la electricidad acumulada, buscándole las derivaciones
oportunas .
Esperamos
que las palabras del funcionario, aparte
de darle fama de pensador modernista, serán perdidas entre la balumba rutinaria
que nos abruma; se construirán nuevos y numerosos pararrayos coercitivos mien-
tras la electricidad seguirá acumulándose lentamente, harto lentamente por
desgracia, pero acumulándose al fin, sin que impidan la acumulación las
derivaciones oportunas de que habla, o sean esos pegotes de ungüento blan- co
que pegan al cuerpo social muchos economistas y todos los políticos que explotan
la credulidad popular; y al fin la profecía se cumplirá .
Todos
los escépticos y pesimistas burgueses a quienes el orador se diri- gía están
calvos de saber eso; pero todos están dominados por un brutal egoísmo; saben
que la vida es corta y la amenaza tardará en cumplirse, y cada cual repite el
famoso «después de mí el diluvio» que dijo Luis XIV y tuvo sanguinario
cumplimiento llevando a la guillotina a su nieto Luis XVI .
Por
otra parte, ¿a qué hablar de injusta repartición de los productos del trabajo
mientras esté en vigor el derecho de accesión y cuente con el acata- miento sin
la menor protesta de los que dictan, sancionan y aplican las leyes?
Tenemos
una ley que da al propietario la tierra, lo que está debajo de ella, lo que
produzca o se le una e incorpore artificialmente, y que presume que todas las
obras, siembras y plantaciones son hechas por el propietario, no dejando para
el trabajador, para el que produce los frutos, más que el salario, o sea, como
dice textualmente el artículo 356 del Código, «el abo- no de los gastos hechos
por un tercero para su producción, recolección y conservación» .
¿Y
qué puede resultar de esos preceptos legales más que lo que resulta? Inútil es
hablar de los efectos callando las causas .
Y si
todo eso fuera poco para apreciar el inmenso arraigo que el mal tiene, léanse
estas tristísimas palabras que el mencionado funcionario de- dica a la
magistratura:
En
las filas de la magistratura no se acreditan siempre las condiciones especiales
científicas de singular cultura, de prudencia y de elevado sentido, de
comprensión total correspondientes a funciones tan complejas, superiores y
trascendentales .
A
esos datos, preciosísimos por su origen, añadiremos: más de cincuen- ta mil
causas sobreseídas en un año; es decir, la vida, la honra y los intere- ses de
cincuenta mil ciudadanos echados a perder por esos oficiales de la justicia
cuya misión consiste precisamente en lo contrario, lo cual es indi- cio de que
para el año próximo pueden echarse en remojo otros cincuenta mil y pico, porque
la cosa, en vez de corregirse va en aumento, y un oficial de la justicia no ha
de ser como un oficial carpintero, por ejemplo, que si desperdicia madera por
inhábil y no produce una mesa, un armario, etc ., en el tiempo regular, el
burgués le despacha por torpe .
Así,
pensando en estas cosas, llega el más
conservador a preguntarse:
¿es
justa la justicia?
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 6 (24 septiembre 1908), 1, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 161-163.
El
derecho
El
derecho según el criterio individual y el colectivo
Para
regular las relaciones de los
hombres dándoles un fundamento de
derecho y una finalidad social, admítense generalmente dos teorías: la que
parte de la existencia del individuo y la que se funda en la naturaleza hu-
mana . Por la primera se entiende que el
derecho, derivado de las costum- bres, definido por el legislador y consignado
en las leyes, sirve de norma a los gobernantes, a los oficiales de la justicia
y a los individuos; por la se- gunda el derecho humano es ingénito en el
hombre, ilimitado y absoluto, se halla en concordancia con las leyes
naturales y es anterior y superior a
206
207
toda
ley escrita o consuetudinaria . En un
caso, el hombre resulta hechura del hombre, moldeado por el Procusto dogmático
y autoritario; en el otro, el hombre es el Adán, no mítico, sino fisiológico,
considerado como tipo perfecto y padre de la especie humana .
Las
consecuencias de una y otra teoría, que
en la sencillez de su enun- ciación casi se confunden, son diametralmente
opuestas .
Afirmando
el derecho con relación al individuo, como dependiente del Estado que le define
y establece, y de la Sociedad, que le practica, resulta que siendo la parte
inferior al todo, el individuo se halla supeditado a la colectividad . Por eso
decían los romanos, y después de ellos todos los tira- nos: la salud del
Pueblo, o de la patria, o de la monarquía, o de la repúbli- ca, según los
casos, es la ley suprema .
En
concepto de antiguos jurisconsultos, el derecho civil es el que cada pueblo
establece para su gobierno y es propio de cada nación . El derecho romano se llama también por
excelencia derecho civil, así como Roma se llamó también la ciudad . Establécese ese derecho según lo exigen las
cir- cunstancias y los intereses peculiares de cada Estado, y por esta causa el
derecho no es único ni universal .
Para
los que así juzgan, el derecho es la ley .
Como tal ley, se halla bajo el poder de la jurisprudencia, la que se
define como la ciencia práctica de interpretar y aplicar bien las leyes a todos
los casos que ocurran . Su interpre- tación, o pertenece al legislador, y
entonces se llama auténtica, o al juez, y en este caso se dice usual, o a los
jurisconsultos, y se denomina doctrinal . Respecto de su aplicación, se
considera que un jurisconsulto ha de hallarse adornado de estas tres
cualidades: saber las leyes,
interpretarlas debida- mente y
aplicarlas con justicia; pero la práctica ha demostrado la existencia de los
siguientes casos: hay leguleyos que saben las leyes y no las interpretan ni las
aplican; jurisperitos, que las
interpretan aunque ignoran su aplica- ción; jurisconsultos, que reúnen las tres
cualidades requeridas, y rábulas, que
las aplican temerariamente, ocasionando
los daños consiguientes .
Para
los españoles, el derecho y la ley, sinónimos en el concepto de los
autoritarios, como hemos visto, rige desde que en forma de mandato legal se
publica en la Gaceta . La ignorancia de
las leyes no excusa su cumpli- miento, y las leyes sólo se derogan por otras leyes posteriores .
He
ahí el hombre aprisionado en el sistema protector .
Fundando
el derecho en el adanismo, resulta inmanente
y consustancial con nuestro ser y existe por igual en todos los
individuos sin excepción . Pi i Maragall ha escrito en su libro La reacción y
la revolución:
Todo
derecho natural, sólo por serlo, reúne
las condiciones de absoluto, universal, inenajenable e imprescriptible . Cualquiera limitación arbitra- ria, cualquier
atentado contra él, merecen la
calificación de crimen . Mi derecho es
igual al de todos mis semejantes:
¿quién, pues, podrá nunca de- cir, sin violar la ley eterna, se sujetará a estas reglas? Hay una sola
regla para mi derecho, y es la igualdad
del derecho mismo . ¿Deseo, en virtud de
mi derecho, algo que haya de ofender el de un tercero? Mi deseo es ilegítimo, y
como tal, irrealizable . ¿Le cumplo, sin embargo? La Sociedad, establecida
para hacer respetar el derecho de todos,
está en el deber de obligarme a respetarle
. Mas que, tomando este deber por
pretexto, no venga nunca la Sociedad y diga: «Tienes el derecho, pero no puedes
ejercerlo mientras no hayas cultivado tu entendimiento o me pagues un tributo», porque me creeré
entonces con la facultad de contestarle: «¿Quién eres tú para impedir el uso de
mis derechos de hombre? Sociedad pérfida y tiránica, te he creado para que los defiendas y no para
que los coartes; ve y vuelve a los abismos de tu origen, a los abismos de la
nada» . ¿Podrá con más razón la Sociedad
permitirme que ejerza el derecho, pero
con sujeción a leyes? «Mi derecho
—le
podré contestar también— es superior a tus mandatos; tus leyes, pretendiendo
salvarlo, le coercen y le matan . No
tiene más que una ley mi derecho, y esta ley no necesito que la escribas,
porque está grabada en mi corazón y en el corazón de todos . El derecho
de los demás, si por un lado limita el mío, por otro le ensancha y fortalece;
tus leyes servirán
exclu- sivamente para limitarle . Tú, tú eres aún poder, y todo poder
oprime; yo soy hombre, y no he nacido para ser tu esclavo .
He
aquí el hombre en su pretendida libertad natural .
Partiendo
del individuo artificial definido por las leyes, pudieron los romanos
considerar a los hombres como libres o siervos: los hombres libres eran
ciudadanos que gozaban de los derechos particulares de libertad, de
208
209
connubio,
de contrato, de testamentifacción, de patria potestad, de fami- lia, de
propiedad, de usucapión o dominio de una cosa por el uso y por la prescripción,
de tutela y de los derechos públicos de ser inscritos en el libro del censor,
de servir en los ejércitos, de pagar
tributos, de votar en las asambleas o juntas populares, de obtener los cargos
públicos del Estado y los del rito o ceremonias del culto religioso . Los
siervos, si eran hombres y también personas con respecto al estado natural, no
lo eran para las leyes, que los consideraban
como nulos y muertos, por no gozar del estado de libertad, de ciudad ni
de familia, toda vez que la servidumbre era una institución por la que una
persona se sujetaba contra la naturaleza al do- minio ajeno .
Partiendo
del individuo natural, opuesto al concepto jurídico del mis- mo en todas las
naciones, el hombre es soberano; las
castas, las clases, las jerarquías, productos de la ignorancia y de la
iniquidad, no tienen funda- mento racional, porque como dice Pi y Margall:
Mi
voluntad es incoercible, la noción de mi deber irreformable, a no ser por mi
propia inteligencia . En vano se me
enseña una legislación dictada por Dios, adoptada por cien naciones,
sancionada por los siglos: mi ley moral la juzga y pronuncia sobre ella su
inapelable fallo . Si la cree injusta, la condena irremisiblemente .
Como
se ve, el antagonismo de las dos teorías no puede ser mayor: de un lado, si se
puede admitir rectitud de intención en un legislador y en un jurisconsulto,
aunque con las consiguientes limitaciones que ante el amplí- simo concepto de
verdad y de justicia resulta siempre la inteligencia de un hombre, se halla el
error erigido en mandato y la arbitrariedad autoritaria en regla de obediencia,
hasta tal punto, que en la antigüedad romana, aun- que los magistrados no
fuesen legisladores, poco a poco se abrogaron la facultad de ayudar, suplir y
corregir el derecho bajo pretexto de utilidad pública, y en nuestros días,
prescindiendo de los desastrosos efectos del cohecho, para no citar más que el
lado bueno del asunto, tenemos dos bue- nos jueces modernos que sentencian por
autoridad propia y con intención reparadora y justiciera contra el espíritu y
la letra de la ley .
En
el lado opuesto está la idea del hombre y la concepción de la Socie- dad como
suma de unidades constitutivas de la Sociedad, que Pi y Margall expresó con
estas palabras:
La
constitución de una Sociedad de seres
inteligentes, y por lo tanto so- beranos, ha de estar forzosamente basada sobre
el consentimiento expreso, determinado y
permanente de cada uno de sus individuos
. Este consenti- miento debe ser
personal, porque sólo así es
consentimiento; ha de recaer de un modo exclusivo sobre las relaciones
sociales, hijas de la conservación de nuestra personalidad y del cambio de
productos, porque implica que recai- ga sobre lo absoluto; ha de estar
constantemente abierto a modificaciones y reformas, porque nuestra ley es el
progreso . Busco si es verdad esta
aserción, y encuentro que sin este consentimiento la Sociedad es toda fuerza, porque el derecho está en mí,
y nadie sino yo puede traducir en ley mi
derecho . La Sociedad, concluyo, por lo tanto, o no es Sociedad, o si lo es, lo
es en virtud de mi consentimiento .
Contradicciones y absurdos
Véase
ahora qué contradicciones y qué absurdos resultan de la adopción rutinaria y
atávica de un principio falso, mezclado
con las aspiraciones más o menos racionales de justificación inspiradas
por la necesidad y por las aspiraciones progresivas . En las sociedades antiguas, antecesoras de la
moderna, ciertos individuos se rodearon
de cuantas ventajas pudieron a costa de otros individuos, originando para unos
y otros situaciones muy distintas; sobre ellas, sancionándolas, se impuso
la ley, y aquella serie de injusticias
se denominó derecho, palabra altisonante a la que se atribuyen los
prestigios de la justicia y la inalterabilidad de la ciencia . Pues en nues- tros días, a pesar de los
adelantos del progreso y de las protestas revolucio- narias, subsisten aquellas
mismas injusticias con variaciones accesorias que no alteran su esencialidad,
impuestas según las épocas; y así, mientras se exponen ideales emancipadores e
igualitarios que suelen ser acogidos con sonrisa escéptica y se relegan a un
porvenir indefinido y remoto, si no son rechazados por utópicos, únicamente
porque no encajan en nuestra Socie-
210
211
dad,
tenemos vigente el rancio y trasnochado concepto de la propiedad de tal modo
arraigado y fuerte, que todos los adelantos filosóficos y sociológi- cos
resultan para el día letra muerta, porque o se esterilizan con falsedades y
sofismas de interpretación o producen modificaciones aparentes .
Por
ejemplo, para presentar un caso concreto que impresione al lector y le
determine a juzgar por sí mismo: se han
abolido la esclavitud y la servi- dumbre; tras una revolución grandiosa que
derrumbó el antiguo régimen y elevó el derecho del pueblo sobre el extinguido y
caduco derecho divino, se formuló una Constitución precedida de una declaración
de derechos, cuya primera cláusula establece: «Todos los hombres nacen libres e
iguales en derechos; el objeto de toda asociación política es la conservación
de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre», pero rige en nuestros
días en todo el mundo el llamado derecho de accesión, por el cual el
propietario, continuando la antigua categoría de los amos, despoja al
trabajador, ayer esclavo o siervo y hoy jornalero, del fruto de su trabajo, y
tal gravedad en- cierra ese pero, que el pauperismo alcanza en el día cifras
enormes y sigue en proporción ascendente en todas las naciones, siendo las más
ricas y es- plendentes las más
castigadas por tan terrible plaga, y en Francia, en esa misma Francia
democrática, que es academia universal para las ideas y liza donde
continuamente luchan lo pretérito y lo futuro, se ha podido decir en la
Sociedad de economía política, sin que se conmueva la república, ni en un impulso
de ira popular se borre como grosero insulto y sangrienta bur- la la trilogía
republicana que ostentan sus edificios públicos: «A Francia le sobran cinco o
seis millones de trabajadores», que es lo mismo que declarar sin rodeos que en
esa república, lo mismo que en todo el mundo civilizado
—monarquías
autocráticas o constitucionales, o repúblicas federales o uni- tarias—, el
único ciudadano es el burgués inscrito en el Registro de la Propiedad, que en
nuestros días representa aquel censo lustral en que los censores romanos
inscribían cada cinco años los nombres de sus ciudada- nos, de sus mujeres, de
sus hijos, la extensión de sus campos, el número de sus siervos y los haberes
que cada cual poseía, para imponer la
contribución; mientras que los otros, los no propietarios, los reducidos a vivir
de un jornal, si no se les necesita para que por accesión den al amo frutos
naturales, fru- tos industriales y frutos civiles, no tienen derecho a vivir .
El hecho positivo
y
brutal es éste: se paralizan los negocios, y por tal motivo el burgués, el
verdadero ciudadano, pierde o no gana, o gana poco; los almacenes están llenos,
no hay pedidos; o bien se ha descubierto una máquina que simpli- fica el
trabajo; pues los trabajadores sobran; para muchos no hay jornal; ¡a la calle,
a la miseria, a la emigración, a la muerte; son un estorbo y un pe- ligro; sus
manifestaciones en demanda de pan o trabajo constituyen una alteración del
orden público que ha de ser reprimida a tiros!
El
hombre producto social
Hay
otra teoría expuesta por Bakunin en su opúsculo Dios y el Estado, incluido en
la recopilación de sus obras hecha por James Guillaume, y que presenta a aquel
insigne revolucionario bajo un aspecto muy diferente del concepto que de él han
hecho concebir ciertos escritores burgueses .
He
aquí en extracto la teoría y su fundamento: la Sociedad ha precedi- do a todos
los desarrollos de la humanidad; es anterior y a la vez sobrevi- viente a cada
individuo humano .
Una
rebeldía radical contra la Sociedad es tan imposible y absurda como lo sería
contra la Naturaleza . Tan inútil es
discutir si la Sociedad es esencialmente
buena o mala, como lo sería poner en duda si la Naturaleza, el ser universal,
es un bien o un mal, porque es más que eso, es un inmen- so hecho positivo y
primitivo, anterior a toda conciencia, a toda idea, a toda apreciación
intelectual y moral; es la base misma de todo; es el mun- do en que fatalmente
se desarrolla para nosotros lo que llamamos el bien y el mal .
El
Estado es otra cosa: el Estado es un mal que ha sido históricamente necesario
al mismo título que la bestialidad
primitiva y las divagaciones teo-
lógicas de los hombres; surgió en todos los países como resultado de la gue-
rra y de la conquista, y convivió con los dioses creados sucesivamente por la
fantasía teológica de los pueblos; ha representado desde su origen la sanción
divina y patriótica de la fuerza bruta y de la iniquidad triunfante, y así
vemos que hasta en los países más democráticos
el Estado es el sostén del privilegio de una minoría y la cadena que
sujeta a la servidumbre a la mayoría .
212
213
Sociedad
y Estado
La
Sociedad es natural y vivirá tanto como
la humanidad; el Estado es transitorio y pasajero, tiene señalado un límite;
vivirá no más mientras dure el privilegio y el consiguiente antagonismo de los
intereses, y morirá por incompatible con la reorganización nacional y armónica
de la Sociedad .
Los
doctrinarios liberales parten del principio de la libertad individual;
presentándose como adversarios del principio fundamental del Estado, di- cen de éste que es un mal
necesario, y que toda la civilización consiste en disminuir siempre y cada vez
más sus atributos y derechos; sin
embargo, en la práctica, en cuanto se trata de coartarle en lo más mínimo, se
mues- tra como sus fanáticos defensores .
Esa
defensa se explica prácticamente por el
interés de clase —sus expo- sitores y defensores son burgueses—, y teóricamente
porque parten de la libertad individual, que presentan como anterior a toda
Sociedad, y que todo hombre aporta al nacer con su alma inmortal como un don
divino, de donde resulta que el hombre es un ser completo, y en cierto modo ab-
soluto fuera de la Sociedad, la cual es creada por los hombres impulsados por
necesidades exteriores .
Conocida
es la frase sacramental usada por todos
los partidarios del Estado y del derecho jurídico: el individuo en posesión de
una libertad completa, en estado de naturaleza, es decir, antes de formar parte
de nin- guna Sociedad, al asociarse sacrifica una parte de esa libertad para
que la Sociedad le garantice el resto .
Al que pide explicaciones, se le
responde:
«La
libertad de cada individuo humano no debe tener otro límite que el de todos los
demás individuos» .
Eso
en apariencia es justo, pero en ello germina la teoría del despotismo . En
efecto, según los idealistas, y en oposición con la realidad, el individuo
humano aparece como un ser absolutamente
libre únicamente en cuanto se le considera fuera de la Sociedad, de
donde resulta que la Sociedad, considerada como institución jurídica y
política, es decir, como Estado, es la negación de la libertad .
Por
el contrario, los hechos, las demostraciones
de lo que sucede en el mundo real, establecen que la libertad individual
de los hombres procede
de
la Sociedad como una consecuencia necesaria del desarrollo colectivo de la
humanidad .
Procedentes,
no de un Adán y Eva, tipos perfectos de la especie, que sin embargo, según la
leyenda, se rebelaron pronto contra su señor
y creador, sino de un gorila, el hombre no llega sino con dificultad
suma a la conciencia de la humanidad y de su libertad; bestia feroz en un prin-
cipio, se humaniza en el seno de la Sociedad, que es necesariamente an- terior al nacimiento de su pensamiento,
de su palabra y de su voluntad; de donde se sigue que el hombre no realiza su
libertad individual o su personalidad sino completándose con la de todos los
individuos que le rodean y sólo en virtud del trabajo y de la potencia
colectiva de la Socie- dad, fuera de la cual hubiera quedado reducido a la
mísera condición de bestia .
La
Sociedad crea la libertad
La
Sociedad, lejos de disminuir y de limitar, crea la libertad de los indi- viduos
humanos; es como la raíz y el árbol, la
libertad es su fruto . Por consecuencia,
en cada época el hombre debe buscar su libertad, no al prin- cipio, sino al fin
de la historia, pudiéndose decir que la emancipación real y completa de cada
individuo humano es el verdadero y supremo fin de la historia .
Lo
que sucede es que el concepto Estado ha suplantado a la Sociedad, y ésta vive
fuera de su centro natural y racional por la acción de los privi- legiados,
resultando que en oposición con las teorías racionales del derecho predomina el
hecho brutal, y así ha podido decirse que la fuerza es supe- rior al derecho .
Del
examen y comparación de estas teorías, junto con la consideración del
predominio del Estado como dique opuesto al progreso y defensa de la usurpación
privilegiada, el lector obrero, el desheredado, mi compañero y hermano para
quien escribo, podrá deducir consecuencias, pensar por sí propio, determinar su
voluntad y ejercer su acción revolucionaria contra el poder estacionario de esa
burguesía que sólo concibe el progreso
como medio de ganancia y como un nuevo motivo de placer .
214
215
Estudiando
y obrando podrán los trabajadores reunir el saber y el po- der, y con ello
lograr su emancipación .
Tierra
y Libertad (Barcelona), IV, 18 (4 abril 1907), 4,
reeditado
en El pueblo (Estudio libertario) (s.a.>1909), pp. 47-54.
Sobre
anarquismo y sindicalismo
216
Fundamento
y principales tendencias del anarquismo contemporáneo
—¿Quién
ha destruido el antiguo ideal?
—La
clase media .
—¿Quién
trata de sacar los antiguo escombros
y
echar los cimientos del nuevo edificio?
—El
cuarto estado, su legítimo sucesor .
Salmerón
El
anarquismo ha existido en otras épocas, pero sin pasar de pensamiento aislado o
de agrupación sectaria transitoria, sin arraigo en la opinión pú- blica, sin
influencia progresiva . Y no hay para
qué consignar aquí más ex- tensa ni exacta filiación histórica, ya que el tema
no lo exige, ahorrándome así echar mano de aquella .
Cartilla
eterna, universal registro
Que
aprende al gobernar todo ministro, de que habla Espronceda, refiriéndose al
pavoroso cuadro
Pintado
tantas veces y a porfía
Al
sonar el horrísono baladro
Del
monstruo que han llamado la anarquía .
En
la actualidad el anarquismo es un
pensamiento definido y una as- piración ideal concreta, que cuenta con personal
decidido para trabajar por él, tanto en punto a su desarrollo, cada vez más
racional y científico, como a su propaganda y a su implantación .
La
prueba entre otras muchas, ninguna más pertinente al caso que el hecho de
hallarse incluido el tema que tengo el honor de estudiar en el actual Certamen,
asunto generalmente desdeñado por los intelectuales es- pañoles de la clase
privilegiada, y tratado con amenazadora, por no decir brutal, suficiencia por
nuestros gobernantes y sus agentes .
219
Falto
de competencia para dilucidar asunto tan importante, y lo decla- ro así libre
de fingida modestia, porque concepción tan elevada del hom- bre y de la
sociedad es superior a mis facultades, lo acepto, me lo impongo, impelido por
una fuerza que me lo presenta como imperioso deber, y tomo la pluma confiado en
la rectitud del Jurado .
El
enunciado del tema exige su examen por el siguiente orden: Fundamento del
anarquismo contemporáneo .
Sus
principales tendencias .
Fundados los primeros
esbozos sociales más sobre la base del abuso del fuerte que sobre la
mutualidad de los servicios; negada, o mejor, descono- cida la justicia en el
primer cambio de productos y en todos los sucesivos hasta el día, llegando la
consecuencia de tanta injusticia a tratar de utópica cualquiera otra concepción
sobre el método del cambio, por racional que sea; siendo el pacto social, no
una aplicación de teorías reformistas resul- tado de la crítica de sistemas
anteriores, sino un pacto leonino impuesto por circunstancias abrumadoras, es natural, lo anómalo, lo incongruente, lo
injusto, ha venido siendo lo normal, lo constante .
Pero
ese estado no satisfizo jamás la conciencia de los individuos ni de las
generaciones, no halló, no podía hallar, equilibrio entre nuestra mentalidad
que discierne entre el bien y el mal, y nuestras sensaciones, que distinguen
entre el placer y el dolor; de ahí estas tres consecuencias: 1 .ª la desgracia
y la infelicidad reconocida coma señoras del mundo; 2 .ª la vida ultraterrena
de las religiones; 3 .ª que creyentes de imaginación ardiente y creadora
definie- ran la vida como residencia en un valle de lagrimas, y que escépticos
de imaginación agitada afirmasen magistralmente la teoría de la lucha por la
existencia, coincidiendo en un mismo error las inteligencias formadas por la
revelación teológica y las inspiradas en el método experimental .
Por
eso hubo siempre quien, resumiendo las
ideas, los lamentos y las aspiraciones de todos, hombres resúmenes poseedores
de la síntesis del sen- timiento, de la inteligencia y de la voluntad de sus
contemporáneos, de los de generaciones
anteriores y aún anticipándose a las futuras
formularan
religiones
y sistemas sociales que compensaran el positivismo de la pena con la esperanza
del goce .
Bajo
el prestigio de las eminencias vegetaban
las multitudes, que si daban
asentimiento a sus guías era a modo plebiscitario, como resumiendo en una
afirmación coincidente pensamientos
complejos y variados que, más o menos definidos, fermentaban en aquellos
conjuntos que carecían de órganos que los expresara .
Taumaturgos,
caudillos, reformadores, santones de todas
clases y de todas las épocas que escribieron libros santos, dirigieron
éxodos famosos, promovieron herejías antidogmáticas o fundaron sectas, escuelas y parti- dos,
unos como extrayendo de masas anteriores la levadura que había de dar
substancialidad a las posteriores; otros encantados a la vista de seduc- tores
espejismos, todos tomaban el principio de sus energías o se encami- naban a un
fin, inspirándose de modo más o menos consciente en un ideal común, que,
latente o manifiesto, es el impulsor más poderoso que empuja a la humanidad por
la vía del progreso: la igualdad .
Pero
esa igualdad tan suspirada, condición ineludible de toda justicia en la
Sociedad, ha dado hasta el día frutos negativos: peor aún, puesto que ha
cubierto grandes desigualdades con una etiqueta tan hipócrita como ini- cua, y
las ha denominado la igualdad . La
Historia lo patentiza con toda evidencia .
1
.° Que
reconocida como una iniquidad que
seres esencialmente iguales por el
nacimiento, por el ser, por la muerte, hubiesen llegado a distanciarse tanto
como lo estaban el paria y el brahmán, hubo de procla- marse que todos somos
hijos de Dios y herederos de su gloria, y por tan- to, hermanos e iguales, y
quedó como prenda igualitaria el Sermón de la Montaña .
2 .°
Que visto que la diferencia de condiciones y de fortuna era la ini- quidad
antigua, que, tras diez y ocho siglos de cristianismo, se mantenía fresca y lozana, a pesar de la
terrible parábola del elefante y el ojo de la aguja y de la amenaza más
terrible aún de la prueba del fuego y del rechi- nar de dientes, fue necesaria,
una conmoción filosófica, política y social que en una época denominada del
Terror escribió la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano,
proclamando que todos somos igua-
220
221
les
ante la ley, desvinculando los poderes
públicos hasta convertirlos de delegación divina en elección democrática .
Pero
ni los diez y nueve siglos de igualdad religiosa con su temor de Dios, ni el
último de ellos con su igualdad política y sus múltiples consti- tuciones
democráticas dictadas por las naciones entre el fragor de las revo- luciones
triunfantes, han dado la igualdad a las clases eternamente oprimi- das, y
entramos en el siglo X X en son de guerra: las naciones armadas consumiendo sus inmensos recursos en armas, municiones y
sostenimien- to de guerreros; los individuos viviendo sometidos a un régimen en
que cada uno vive de lo que tiene o de lo que usurpa, formando entre todos una
escala que va desde el extenuado por la miseria negra hasta el milmillona- rio,
y en que la víctima sanciona su propia desgracia pensando que haría lo mismo o
peor que el privilegiado si se volvieran
las tornas .
Y
como garantía de que ese humilde juicio mío tiene autorizado fun- damento, aquí
pongo dos citas que cuentan ya crédito histórico: es la pri- mera un pensamiento de Salmerón,
tomado de su famoso discurso en de- fensa de La Internacional en las Cortes en
1871; la segunda es un párrafo del rescripto del emperador de Rusia convocando
la conferencia de la Paz en La Haya en 1899 .
1 .ª
«Por virtud de una evolución que ha venido rigiendo señaladamente los Estados
cristianos, aquel principio trascendental que establece que sólo es ley lo que
agrada al Dios de la Iglesia, al Dios impuesto y creído, no al Dios indagado y
reconocido por la razón humana, ha perdido su fuerza, y la ha perdido, no
solamente en el foro interno, sino también en el externo y público .»
2 .ª
«Las cargas tributarias, siguiendo una marcha ascendente, hieren a la
prosperidad pública en su origen . Las
fuerzas intelectuales y físicas de los
pueblos, el trabajo y el capital están en parte desviados de su aplica- ción
natural y se consumen improductivamente .
Empléanse cientos de millones en adquirir espantosos instrumentos de
destrucción, que, con- siderados hoy como la ultima palabra de la ciencia,
están destinados a perder mañana todo valor, a consecuencia de algún nuevo
descubri- miento . La cultura nacional, el progreso económico y la producción
de las riquezas se encuentran paralizadlos y falseados en su desarrollo . . .»
Fracasaron,
pues, los intentos revolucionarios; la igualdad, como aver- gonzada ante la
expresión sarcástica de los escépticos, se replegó a lo ínti- mo de la
inteligencia de los optimistas, y desde allí, regenerada con sangre pura,
vigorizada con nobles y patentes energías, firme con inalterable fir- meza en
el fin de su reconocimiento eficaz y positivo, declaró por la pluma de Pi y
Margall:
El
Estado es el que por sus códigos mantiene la monstruosa desigualdad de
condiciones que hoy existe, móvil é incentivo
de la guerra,
y
aún, ahondando más, llegó a lanzar por la pluma del mismo pensador esta
tremenda y atrevida imprecación:
¿Quién
eres tú para impedir el uso de mis derechos de hombre? Sociedad pérfida y
tiránica, te he creado para
que los defiendas y no para que
los coartes; ve y vuelve a los abismos de tu origen, a los abismos de la nada .
Fue
siempre norma de vida, tarea constante de una fracción humana, caminar delante
sirviendo de guía, allanando dificultades y señalando principalmente el ideal a
que la humanidad entera había de dirigirse; últi- mamente desempeñó este
menester aquella burguesía que, reconociéndose por boca de un convencional como
tenida en menosprecio, en nada, debía de serlo todo, y todo fue: guillotinó un
rey, despojó a la aristocracia de sus riquezas, desamortizó los bienes
usurpados por la Iglesia, creó la industria moderna, fomentó el cambio por la
facilidad de los transportes y medios de comunicación, destronó y entronizó
dinastías, proclamó repúblicas, formuló constituciones políticas, etcétera, etc
.; pero poco más de medio siglo después de haber alcanzado tan inmenso poderío,
Carlos Marx en el famoso manifiesto anunciando al mundo la creación de La
Internacional pudo escribir estas memorables palabras, infligiendo con ellas
tremendo y merecido castigo a esa misma burguesía:
Es
una verdad demostrada, patente para todo el que se halla en posesión de sus
facultades mentales, aunque negada por
los conservadores de este
222
223
paraíso de
locos, que ni el
desarrollo de la maquinaria, ni los descu- brimientos químicos, ni la aplicación
de la ciencia a la producción, ni el aumento y mejora de los medios de comunicación, ni la
emigración a nue- vas colonias; ni la apertura de mercados, ni el libre cambio,
ni todas estas cosas juntas pueden librar de la miseria a los trabajadores,
antes al contra- rio, en la organización social
presente cada nuevo
desarrollo de fuerzas productivas del
trabajo tiende fatalmente a aumentar la diferencia de cla- ses, la desigualdad
.
Es
claro que porque una entidad falte a su misión, como ha hecho la burguesía
después de efectuada en su provecho la revolución política, por traición, por
haber satisfecho su egoísmo metiendo cucharada en el privi- legio, y aun
acaparándolo, la misión no ha de dejar de realizarse, y el pues- to del
tránsfuga ha sido ocupado por ese proletariado que estudia, que aprende, que
expone, que sufre, que lucha, que vence, que se agiganta y que un día pudiendo decir, como el galo
vencedor de los romanos, ¡ay de los vencidos!, declarará vencedores y
triunfantes a todos los humanos, más aún teniendo por vana aquella justicia
calificada por los creyentes de divi- na, que,
según las profecías santas, convocará a asamblea universal en el último
día a todos los muertos para rechazar a los réprobos, desheredados del cielo, y
premiar a los fieles, injustamente
señalados como justos, será grande, magnánimo y generoso en grado
superior a la divinidad misma, hasta llamar a todos y a todas a la
participación del patrimonio universal .
Si
las consideraciones expuestas no
bastaran para justificar la existencia del anarquismo contemporáneo y la índole
de este trabajo lo permitiera; podría aun presentar resúmenes históricos en
demostración de que su an- tagónico, el autoritarismo, no ha llenado jamás una
sola de sus condicio- nes de existencia, no ha dejado nunca de ser una rémora
perniciosísima para la marcha progresiva de la humanidad, y no dio en su vida,
no ya solución justa a ninguna de las dificultades presentadas,
si no ni siquiera útil o medianamente conveniente .
Para
una vez que por virtud particular y personalísima el mandarín resultaba un buen
hombre que cumplía sus deberes sin abusar de su posi- ción, miles y miles de
veces el mando fue, no un pretexto, sino una justifi-
cación
de infamias sin nombre, de víctimas sin número y de incalculable retraso,
cuando no de retroceso .
Si
de las dos acepciones que de la anarquía da el léxico español deja- mos la
buena, la que dio Schwab ante el abominable jurado de Chicago, asesino de
anarquistas, con estas palabras: «la
Anarquía es el orden sin Gobierno», y tomamos la mala —la que define esa
palabra como sinóni- mo de desorden, la única, según los que a expensas de la
injusticia social viven y engordan— y la sometiéramos a una imaginación
poderosa, ca- paz de llevar a sus últimos
extremos las consecuencias del mal, y a un juicio imparcial y
perfectamente ilustrado para dar un veredicto justo, es seguro que los daños de
la autoridad superarían en mucho a los del des- gobierno .
Por
algo deslizaría en son de protesta León XII, que es el hombre me- nos
anarquista del mundo, este pensamiento anarquista que se halla como perdido en
el arlequinesco escrito llamado encíclica Rerum novarum:
El
hombre es anterior al Estado, ya que antes de que se formara la so- ciedad civil tenía por la
naturaleza el derecho de proveer sus
necesidades .
Pensamiento
que se completa con esta sentencia noble
y ampliamente anarquista de Renán:
El
hombre es anterior y superior al ciudadano .
Definir
la Anarquía es definir el hombre y la sociedad .
El
hombre es lo que es, por sí mismo, como resumen de las causas na- turales que
integran su ser fisiológico, y por la sociedad, como resumen también de las
facilidades y satisfacciones con que ésta colma su deficien- cia individual .
Si
el hombre fuera una individualidad que brotara espontáneamente formado en la
plenitud de su ser, sin padre ni madre que lo engendraran, sin esos mismos
padres u otros valedores que protegieran su infancia, sin tantos
224
225
auxiliares
que desde lo pasado y lo presente contribuyen a la satisfacción de las
necesidades de su animalidad, de su
inteligencia y de su sentimientos; libre de toda deuda de solidaridad, viviría,
si en tan absurda suposición pue- de suponerse la vida, absolutamente aislado;
no necesitando gratitud filial para sus progenitores, ni amor para sus
semejantes, ni siquiera odio para sus rivales, sus enemigos o tiranos,
carecería de sentimiento, y la inteligencia no existiría por falta de razón de
ser, quedando sin intérpretes ni admiradores ese grande y bellísimo poema
universal que el conocimiento va formando con detalles tomados de la
naturaleza, que la ciencia condensa en metódico conjunto y que el arte
sublimiza al presentarle con su propia e intrínseca belleza . ¿Quién hablaría
entonces de derecho? ¿Qué podría ser en tal caso la justicia?
Dejo
esa consideración a los que, a pesar de
ella, queriendo para sí lo suyo y lo ajeno —usurpación que el código legitima
denominándola su propiedad— se llaman individualistas, por ignorar que su individuo es un agregado
de condiciones de existencia, a cada una de las cuales, en su va- riedad
infinita, deben la vida; que la falta de una sola de ellas es causa de muerte,
y que si las estadísticas
demográficas señalan tan enorme des- proporción entre lo que se
vive y lo que se debería de vivir, proviene de que hay tantos egoístas, no ya
individualistas, que detentan elementos de vida de los otros y les ocasionan
una muerte más o menos lenta, cometiendo de ese modo verdaderos asesinatos
legales .
Contra
esa suposición y contra esa
doctrina, que doctrina la llaman por
justificar o excusar de algún modo la perpetración de un gran crimen so- cial,
están los hechos, demostrados por la
ciencia, que Castelar, aunque proclamándose individualista, resume en un
elocuente período contestan- do a un ministro perseguidor de La Internacional:
Pero
el señor ministro de la Gobernación nos decía: «¿no veis el peligro que
encierra una sociedad cuyos jefes residen en el extranjero?» . Señores diputados, ¡que tengan una idea más
alta de la solidaridad humana los pobres trabajadores de La Internacional que
un ministro de la Goberna- ción! Si yo poseyera el ingenio de un ilustre orador
inglés, le diría al señor ministro de la Gobernación: rechace todo cuanto constituye su ser,
rechace
la
lengua, esta sonora lengua española, mezcla del latín y del árabe; recha- ce su
religión, porqué el Padre
es judío, el Verbo
alejandrino, el Espíritu Santo platónico; rechace sus instituciones, porque
una parte de ellas esta copiada de los
Estados Unidos, otra parte de Inglaterra,
otra de Bélgica y Francia; rechace el mismo traje que viste, porque
quizás se haya tejido en una fábrica inglesa; rechace el mismo pontífice a
quien presta acatamiento porque ha nacido en Italia; rechace su rey y, su dinastía,
porque en Italia han nacido;
rechace los átomos que forman su
cuerpo; porque, como la química del Universo no reconoce fronteras, no
sabemos cuantos átomos tártaros y sajones tendrá, ni sabemos donde irán mañana
los átomos de hoy, merced a la circulación continua de la materia: que no hay
nacionalidades para la vida y la fecundidad de la tierra .
Pues
qué, ¿no es individualista el señor ministro de la Gobernación? Y si lo es, ¿no
comprende el gran poema de la libertad de comercio? La tierra tiene aptitudes
diversas, los climas dan diversos productos; pero merced al gran Hércules
moderno, merced al comercio, en esas naves que ora parecen grandes pájaros
marinos, ora dejan la blanca estela en las aguas y la espesa nube de humo en
los aires, reúne todos los productos: la piel que el ruso arranca a los
animales perdidos en sus desiertos de hielo, y la hoja de taba- co que crece al
sol ardiente de los trópicos; el hierro forjado en Siberia, y los polvos de oro
que el negro de África recoge en las
arenas de sus ríos; las manufacturas fabricadas en Inglaterra, y los productos
nacidos del seno de la India, empapados de los colores del iris por aquellas
sociedades, primeros testigos de la historia; el dátil de que se
alimentaba el patriarca bíblico bajo las
palmas de la vieja Asia, y los brillantes y las piedras preciosas que entra- ña
el virgen seno de la joven América; el zumo grato de las viñas que festo- nan
las riberas del Rhin y el ardiente vino de Jerez, que lleva disuelto en sus
átomos de oro partículas del sol de Andalucía para calentar las venas de los
ateridos hijos del Norte y con todas estas grandezas, el comercio, el gran hércules moderno, apropia la tierra
al espíritu, reparte la copa de la vida entre todas las razas, junta Asia con
África, con América y consigue que el hombre realice, como dotado de un solo
espíritu, su dominio y su reinado sobre
todos los ámbitos de nuestro hermosísimo planeta .
226
227
Siendo
el hombre y la sociedad como son, y no como quieren que sean los
ignorantes egoístas, que necesitan del
oropel de la religión y de los prestigios de la ciencia para disfrazar sus
indignos propósitos, resulta exac- tísima esta definición salmeroniana del
derecho:
El
derecho, ingénito en la conciencia, racional y fundado en la natura- leza
humana, es absoluto;
cuya
definición, absoluta y perfectamente anarquista, a la vez que des- truye la
preocupación y el sofisma corriente (¡ya era hora de consignarlo!) que sostiene
que el derecho de uno se limita por el derecho de otro, se completa y confirma
por este pensamiento de Pi y MargaIl:
Las
personalidades humanas, se nos dice, son muchas, y desde el mo- mento en que
dos se encuentran, se limitan . Esto no es exacto: lo que hacen al encontrarse
dos personalidades es reconocerse, respetarse y completarse .
Definido
el derecho, queda definida la libertad, cuyas definiciones son exacta expresión
de la Anarquía despojada ya de aquella negación que ha venido siendo necesaria
para combatir los restos autoritarios a que recurrie- ron los liberales para
apuntalar y hacer viable la inestabilidad de sus desmi- rriadas y canijas
democracias, que, perfectamente lógicos, rechazamos los libertarios .
El
anarquismo no tiene una tendencia particular que le aísle de la especie humana;
quiere lo que quiere todo el mundo: la justicia, la verdad, el bien .
Si
se consultasen todos los programas que
sintetizan las aspiraciones de los grupos reunidos con el propósito de influir
en el modo de ser de las re- laciones de los hombres entre sí, el resultado
sería concluyente en favor de mi afirmación, y con ella quedaría perfectamente
contestado el tema, aun- que no satisfecho su autor ni quienes del desarrollo
de aquél esperen más amplias explicaciones .
Diferencias
esenciales en los principios, exageraciones de la pasión, de- fensa de
intereses; exacerbado todo ello por las preocupaciones y la in- tolerancia y más aún por la
intervención del poder público, que, en vez de obrar como moderador, se ha juzgado siempre definidor infalible y
deposi- tario de la fuerza pública, puso siempre la espada en la balanza,
llevaron los hombres a la lucha, donde divididos por todos los horrores y las
abomina- ciones más tremendas, aún hubieran podido trocar sus banderas los
ejérci- tos beligerantes; y si una justicia infinita hubiese de escoger los
suyos entre los muertos sin
distinción, como quería cierto famoso
legado del papa, quizá hubiera vacilado
si debía condenarlos por malos o perdonarlos por tontos . ¿Quiérese
una prueba palpable y decisiva de esta verdad? En la historia de Méjico se lee que, durante
la guerra de su independencia, en que ambos ejércitos eran católicos remachados
contra la duda y el raciocinio, había dos imágenes muy veneradas, la virgen del
Remedio, española y me- tropolitana, y la de Guadalupe, mejicana e
independiente, las dos existían por
milagro asombroso, eran representación de un mismo ser, y sin embar- go, en la
creencia de aquellos soldados rabiosos y hartos de sangre, cada una abusaba de
su poder en defensa de sus devotos y en contra de sus ene- migos de un modo
traidor y reprobado por las más elementales nociones del derecho de guerra .
Puestos
los anarquistas a diferenciar para aislar un criterio y dentro de él recoger
inteligencias y aunar voluntades, han debido también rechazar lo que les era
esencialmente contrario, y para ello han roto con cuanto, partiendo de lo
presente, era absolutamente refractario a todo progreso, y únicamente admite el
movimiento, indispensable condición de vida, en el retroceso .
Podrían
ir unidos los anarquistas con los grupos de tendencias progre- sivas, porque es
indudable que no pocos puntos de contacto habrían de hallar con los partidos
que hablan de progreso y libertad; pero es imposi- ble esa unión, porque los
unos no quieren avanzar hasta la justificación social a que aspiran los otros,
y éstos no quieren retroceder al cenagoso e infecto quietismo en que se pudren
aquellos .
Mucho
podría aducir aquí justificando esa
actitud; ilustres escritores y oradores lo han sostenido en todos los idiomas
de la civilización moderna;
228
229
en
su exposición y defensa han brillado insignes obreros, gloria y honra del
proletariado militante, en esa prensa
obrera desdeñada por la gente gra- duada en la Universidad y favorecida
por la explotación, la usura y la he- rencia; algo decisivo diría por cuenta
propia, pero hallo preferible servirme del recuerdo de un gran orador,
Castelar, autoritario enragé que para cier- tos menesteres políticos pedía
aumento de caballería, infantería y artille- ría, cuyo testimonio no puede ser
sospechoso de anarquismo, y constituye,
no obstante, el mejor alegato anarquista que pudiera desearse:
Decía el Sr .
Canovas del Castillo: «¿Qué
trabas hay en la sociedad
moderna? ¿Qué cadenas arrastra todavía el trabajador?» No quiero dete- nerme
sobre este asunto; pero me bastaría recorrer todas nuestras institucio- nes
para encontrar esa cadena . No
hablaré de los señoríos y otros restos feudales . Todavía el servicio militar es una obligación
del pobre y no del rico, que se exime
de ella con algo menos de lo que le cuesta su caballo de regalo .
Todavía en nuestras costas hay una cadena de siervos, no del terru- ño, sino
del viento y de las olas . Todavía existen las contribuciones indirec- tas, que
vienen a ser contribuciones progresivas sobre la miseria . Todavía se discute
aquí si debe prohibirse una asociación
cuyo único objeto es mejorar de esta o de la otra suerte las condiciones del
trabajo . Todavía hay un artí- culo en el Código penal, mediante el que se
castiga el coaligarse para tratar de subir el precio del trabajo como si el
trabajo no fuera una propiedad, y la
propiedad, según vuestro criterio, no fuera el jus utendi et abutendi . Pero el
propietario puede usar y abusar de su propiedad, y no puede usar y abusar el
trabajador de su trabajo . ¡Qué horrible iniquidad! . . . Conviene a la buena fe y a la rectitud de esta discusión;
conviene a su moralidad ser muy claro, muy franco . Yo, cuando el pueblo estaba en la desgracia,
es de- cir, cuando no había llegado ni al sufragio universal ni a los derechos
indi- viduales, le dije todo lo que debía esperar, o todo lo que podía esperar
de mis pobres y eternos esfuerzos . . .
¿No sería hoy el ultimo de los
hombres si arrojase frases huecas al pueblo para excitar su hambre, y en el día del triunfo le dijera: «yo no tengo que dar más que la
libertad?» Pues no, no tengo más que darle; no puedo dar al pueblo más que su
derecho . La reden- ción debe depender de sus esfuerzos .
¡Grandiosas
palabras! Al oírlas, si aquellos
burgueses no se hallasen
despojados de humanos sentimientos por el jus utendi et abutendi propie- tario,
debieron estremecerse de terror por escrúpulo de conciencia y por el temor de
la amenaza; leyéndolas y abismándose en su consideración, no se sabe si han de
tomarse por ingenua declaración de impotencia, o como sentencia formulada con
resultandos y considerandos de Carlos Marx y con el brillante esplendor de
justicia que halló Zola para su libro El Trabajo .
Redención,
decía Castelar: Emancipación, decimos los trabajadores des- de la fundación de
La Internacional . Palabras sinónimas: lo importante es la exacta coincidencia
del pensamiento .
«La
Redención del pueblo, es decir, de los
que arrastran la cadena en la sociedad moderna, debe depender de sus esfuerzos
.»
«La
Emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos .»
¡Admirable
concordancia! ¡Pero que abismo de separación!
Un
republicano, verbo de la democracia, anuncia al mundo que no puede dar al
desheredado más que una libertad vana .
Los
desheredados, anunciando a su vez que
con su libertad quieren también su herencia, porque por algo se dijo en la
Declaración de los De- rechos del Hombre que la libertad tiene como garantía la
propiedad, y el trabajador nada posee, ni en monarquía ni en república .
Unos
demostrando que se hallan al final de una serie evolutiva, en la que se topa
con el vacío, con la nada .
Otros
haciendo patente que comienzan otra, a cuyo final se desvinculará la propiedad
injustamente vinculada; en que nadie será propietario abusivo e injusto del
producto del trabajo de otro, ni habrá ley que legitime abusos ni injusticias
de ninguna clase, ni autoridad que obligue al cumplimiento de un derecho
escrito contra el derecho inmanente, inalienable, eterno . . .
¿Quiérese
expresión más clara de la tendencia del anarquismo moder- no?
¡Allá
va! Al anarquista no le duelen prendas .
El
manifiesto de la Federación Barcelonesa de la Federación Regional
Española
de Trabajadores, de 23 de Febrero de 1886, autorizado con las
230
231
firmas
de todas las corporaciones obreras diseminadas por toda la penín- sula,
terminaba con esta declaración:
El
objeto final de la Revolución abarca estos tres extremos: Disolución del Estado
.
Expropiación
de los detentadores del patrimonio universal . Organización de la sociedad sobre la base del trabajo de
cuantos sean
aptos
para la producción; distribución racional del producto del trabajo, asistencia
de los que aún no sean aptos para
trabajar, así como de los que hayan dejado
de serlo; educación física y científico-integral para los futuros
productores .
En
resumen: el anarquismo contemporáneo es
la lógica consecuencia de lo que un crítico español que murió hace poco tiempo
denominó con dudosa exactitud ebionismo queriendo comprender en esa
denominación la ten- dencia manifestada a favor de los pobres por religiones,
escuelas, partidos y filántropos individuales .
Observando los interesados inteligentes de las actuales generaciones que cuanto se ha escrito y
hablado sobre el particular resulta letra muerta, renuncian a todo redentor y
quieren redimirse por sí mismos .
Esta
resolución es tardía, pero justa, necesaria .
Sin
ella, admitiendo por una suposición inadmisible que tal resolución no se
adoptara, sobrevendría un quietismo mortal, negación completa de la vida;
porque la fe en los grandes programas de la historia ha muerto: ni el decálogo
del SINAB, ni el Sermón de la Montaña, ni la Declaración de los Derechos del
Hombre de la Convención inspiran ya fuerzas sociales que se dirijan a lo
porvenir, y aunque existan devotos o más bien fanáticos, casi siempre
supersticiosos, judíos, cristianos y demócratas, es lo cierto que ju- daísmo, cristianismo,
católico o protestante, y democracia se han parado en su marcha y se
entretienen en la adoración del becerro de oro, única religión que religa a los
hombres del privilegio . Los que recibieron de Moisés las ta- blas de la ley
son en la actualidad los usureros de todas las naciones; los que
convinieron
en amarse como hermanos y en renunciar a los tesoros de la tierra, por esos
mismos tesoros derraman torrentes de sangre o cultivan con repugnante esmero el
Dinero de San Pedro, y los descendientes de los puri- tanos que, acaudillados
por Washington, fundaron la República Modelo, son hoy los archimillonarios de
los trust, conciudadanos de unos trabajado- res que arrastran una condición tan
dura como la de los infelices obreros que bajo el dominio de los faraones
levantaron las pirámides de Egipto .
Sin
ideal adonde dirigirse no hay vida posible en la humanidad, y hoy el único que
existe, el único que atrae a los hombres de razón y de senti- mientos
generosos, es la reintegración de todos los seres humanos en la vida positiva del derecho; la reforma
de la sociedad en el sentido de despojarla de todo lo irracional y arbitrario
que, como producto de la ignorancia y de las circunstancias, contiene, para transformarla en aplicación de
la verdad sociológica .
A
eso va el anarquismo con una negación
salvadora: a-cracia, no go- bierno; es decir no hacer parada perdurable
con leyes, autoridades e inte- reses que
impidan continuar la marcha en lo que no es más que morada de un día;
desvanecer el sofisma que consiste en poner ciegos como guías de ciegos, o sea
autorizar a hombres para que sirvan de
garantías contra los excesos pasionales de los hombres .
Tales
son los fundamentos y principales
tendencias del anarquismo contemporáneo .
(Escrito
presentado al Certamen convocado por la Universidad de Va- lencia en
celebración de su centenario, optando al tema 7 .º de igual título; aunque el
autor se lamenta de haberlo hecho siguiendo los consejos de los compañeros
valencianos para evitar que el jurado no tomara la palabra en su sentido recto
.)
La
Revista Blanca (Madrid), VI, 106 (15 noviembre 1902), 297-306.
232
233
Acracia
«El
ideal no se convierte en hechos hasta
que ha llegado a ser consciente, después de haber sido ardientemente deseado,
preparado, adquirido por
el
sacrificio de innumerables víctimas voluntarias .»
Reclus,
El hombre y la Tierra
rica,
la invención de la imprenta, la Revolución inglesa y francesa, el parla-
mentarismo y la gran floración científica moderna? ¿Quién no ve en el jornalero
y en el desocupado de hoy el paria y el esclavo de la Antigüedad?
¿Qué
valor tienen, ante el jus utendi e abutendi del antiguo patricio y del moderno
burgués, el Sermón de la Montaña y la Declaración de Derechos del Hombre y del
Ciudadano?
Si
un hombre representa la especie, si un hombre y una mujer pueden rehacer una
humanidad en un mundo asolado, ¿qué anatema no merece esa propiedad que adula
inteligencias, atrofia voluntades, convierte hom-
A la
emancipación de los trabajadores, a la destrucción del privilegio, a la
reorganización
racional y científica de la sociedad, más que la suma de los privilegiados y el
cúmulo de poder que poseen, se opone al atavismo, ese enemigo que todos, ricos
y pobres, nobles y plebeyos, ilustrados e ignoran- tes, hombres y mujeres,
llevamos dentro de nuestro ser, especie de espíritu del mal que nos inspira
indiferencia, resistencia y hasta odio, según los casos y los caracteres, hacia
todas las novedades racionales y científicas que contrarían nuestras creencias
o nuestras costumbres .
Contra
el atavismo, raíz de la rutina, cadena que nos sujeta y retiene en un estado
social que, si representa un progreso beneficioso, resulta un gra- ve
perjuicio si se estaciona, está el
conocimiento, impulsor de la actividad, único y positivo redentor que destruye
obstáculos y abre vía franca, ilumi- nada por la verdad, embellecida por el
arte, justificada por la ciencia .
Desvanecer
atavismos y difundir conocimientos fue y será siempre el trabajo más importante
que pueda realizar todo revolucionario; sin él, la revolución misma, esos movimientos que se producen en determinadas épocas para
abrir paso en el callejón sin salida de un estado político-social inicuo, cae
en nuevas injusticias que se cubren con la justificación del opor- tunismo,
causante de esas grandes decepciones productoras del escepticis- mo y del pesimismo que
consumen generaciones y generaciones perdidas para el bien y para la felicidad
. ¿Quién no ve, en apoyo de tan grande y
tristísima verdad, vigorosa y fuerte en nuestros días la antiquísima noción de
la propiedad de la Roma pagana pasando incólume sobre el esplendor y la ruina
del mundo romano, la implantación y extensión del cristianismo, la Edad Media,
el Renacimiento, la Reforma, el descubrimiento de Amé-
bres
a miles y millones a través de los siglos en maquinas dejándolos aptos sólo
para la credulidad, la servidumbre, el trabajo y la guerra? ¡Qué tremen- da
responsabilidad corresponde a ese patriciado
antiguo, medio y moder- no que desvió la corriente de la riqueza social
que debía fecundar por igual la vida de las generaciones para formar esos infectos remansos donde flo-
tan una docena de mil millonarios a semejanza de aquellos monstruosos saurios
de la primera y segunda época del planeta!
A
combatir la mentira madre y a desarraigarla de lo más íntimo de la mentalidad
popular dedicamos nuestro esfuerzo, queremos que Tierra y Libertad sea, no sólo
un luchador contra el criterio dominante sobre el suceso cotidiano, contra la
mezquindad con que se juzga el asunto puesto cada día sobre el tapete, sino un
expositor de doctrina, un difundidor de conocimientos, un buen amigo que
intercala las fatigas de la lucha con el plácido y saludable solaz de la
contemplación de la belleza, de la conside- ración de aquellas grandiosas
verdades que se traducen en aplicaciones prácticas para bien de la humanidad .
No
somos maestros de nadie; pero, como verdaderos anarquistas, de nadie y de todo
el mundo somos discípulos . En la
múltiple diversidad de las iniciativas revolucionarias, tomamos
la de recoger y difundir pensa- mientos que se malogran y desperdician en las bibliotecas o chocando
con la testaruda dureza de cerebros burgueses, para ofrecerlos a la fecundidad
de los cerebros obreros, con la fundada esperanza de que fructifiquen y se
extienda su acción revolucionaria y creaciones ultra revolucionarias .
Somos
anarquistas, repetimos, pero no utopistas .
Aceptamos aquellas teorías que adquieren valor científico como resultado
del estudio, de la
234
235
observación
y del conocimiento del mundo y del hombre, pero desecha- mos aquellos
futurismos imaginativos que quieren dar a la sociedad del porvenir cierta
semejanza con los edenes
celestiales de las religiones .
¿Quién
es capaz de concebir la futura Icaria, la bella Utopía, la brillante Ciudad del
Sol, cuando apenas se conoce el hombre? Muchos siglos hace que formuló un sabio
el mejor programa que debiera sintetizar el conoci- miento humano: «Conócete a
ti mismo» . ¿Se conocen los hombres?
¿Son hombres en el perfecto desarrollo de su ser esos que mandan u obedecen,
engañan o creen, explotan o se dejan explotar? ¿Ha dicho su ultima pala- bra la
antropología y la sociología? ¿No? Pues a trabajar .
Queremos
sobre todo, contra todo usurpador, con el apoyo de todo oprimido, que la
humanidad goce, que todos los humanos gocen, sin limi- tación económica,
sofística ni autoritaria, del derecho absoluto a la evolu- ción . De ese modo sintetizamos nuestro ideal, así
simplificamos nuestra obra, en esa
unidad quisiéramos ver reunidas las
iniciativas autonómicas de todos los trabajadores, y luego de todos los
privilegiados, confundidos en la gran fraternidad universal .
Acracia.
Suplemento a Tierra y Libertad (Barcelona), I, 1 (3 septiembre 1908), 1-2,
reeditado
en Vida anarquista (1912), pp. 97-100.
A
los anarquistas
Dice
un proverbio árabe:
Pobre del viajero
que se entretenga en apedrear a
todos los perros que salgan a ladrarle al camino; nunca llegará al término de
su viaje .
El
anarquista, que no puede aislarse en su pensamiento, que necesita la sociedad
anarquista para vivir, que no ha de ser un fakir que se aísle del mundo y pase
los años subido en una columna contemplando su ombligo, ha de demostrar y
persuadir que es necesario,
imprescindible, fatal, un
ideal
de justicia y economía que dé paz y felicidad a los individuos y carác- ter de
respetabilidad y decencia a la gran colectividad llamada sociedad humana .
Si
los perros mandarines o burgueses salen a ladrar al anarquista que sigue su
camino, bueno que los ahuyente cuando constituyan positivo es- torbo, pero no
más porque si se encoleriza y se detiene a apedrearles cada vez que le ladren,
pueden ocurrir dos cosas: 1 .ª, que se obscurezca la sere- nidad de su
pensamiento con pasiones deprimentes que dificulten su po- tencia intelectual;
2 .ª, que dé a sus enemigos y perseguidores la satisfacción de verle apartado
de la vía recta, tratando sin conseguirlo de imitarlos, de devolverles mal por
mal, y siendo, en la intención, ya que no en los hechos, tan malo como ellos .
Antes
que todo, por dignidad propia y por respeto al ideal, hay que ser bueno en el
concepto universal de la bondad, y también parecerlo; después se ha de
demostrar prácticamente el valor de nuestros conocimientos en economía
economizando el tiempo y, por último, se ha de conservar la lucidez de la
inteligencia para retener las verdades adquiridas, descubrir otras nuevas y aplicar debidamente
nuestra energía, sin perder nunca de vista que cada día de existencia del
régimen autoritario que pesa sobre el mundo, es un infierno de iniquidades .
Querría
yo, y no sé cómo valerme para ello, inculcar en la inteligencia y en la
voluntad de todos los anarquistas del mundo esta verdad que poseo, que me
ilumina, que me entusiasma y que prolonga mi juventud por en- cima de los
achaques de la ancianidad y de los desastres de la persecución .
¡Quién
poseyera en grado sumo el arte de aprovechar el inmenso poder sugestivo de las
letras!
Insistamos
.
El
apóstol que en la posesión de sí mismo, con la razón de su fe y con la fe
absoluta en su razón, sienta un principio axiomático, expone un ideal racional
y juzga con lógica inflexible e incontestable un régimen social que califica de
absurdo, influye en la inteligencia del que lee o le escucha, por- que el
estado normal de la mayoría de los humanos, a pesar de la preocu- pación, de la
rutina, de la tradición y aun del atavismo, es cierto equilibrio mental
conocido con el nombre de sentido común; por eso existe en el
236
237
mundo
la evolución progresiva . Pero aquel
que, a la vista de la injusticia, pierde la serenidad del juicio y poseído de
rabia medita y ejecuta un acto de aquellos que reprueban, no sólo las leyes
escritas, sino la conciencia huma- na de todos los tiempos, únicamente puede
contar con la aquiescencia de los pocos que por iguales motivos estuviesen
rabiosos como él; los otros, es decir, todo el mundo, por no hallarse en
concordancia de sentimientos con el irritado ejecutante, tendrán por él, por su
obra y por las ideas con que pretende justificarse, indiferencia o repugnancia
. Eso sin contar que una venganza, que
tal es generalmente el móvil de esos
actos, requiere como consecuencia natural otra venganza, y que la ley de las
represalias es una cadena sin fin, y en ese infinito no queda nunca lugar para
comprender ni menos para implantar un ideal de amor y de bondad .
El
que predica una verdad, por pequeña y débil que sea, aparecerá siem- pre grande
y fuerte y será al fin respetado, si no
en su generación en las si- guientes, y aquella verdad, desprendiéndose pura de
los labios o de la plu- ma que la pronuncien o que la escriban, se elevará
majestuosa, iluminando inteligencias, alumbrando los más recónditos pliegues de
las conciencias torpes y envilecidas, brillando al fin para todo el mundo como
esplendente sol del medio día; en tanto que el que profiere amenazas, si no las
ejecuta, queda en ridículo; y si las ejecuta,
alimenta el catálogo de los sangrientos apasionamientos de dudosa o
negativa utilidad para la idea, y digo dudosa y no negativa en absoluto porque
pueden darle indirecta utilidad la torpeza y la crueldad de nuestros enemigos
con esas represiones absurdas y ridícu- las que suelen poner en práctica .
Libre
de todo convencionalismo y de todo temor, con la mano en mi corazón y mi vista
en el espacio infinito donde como en visión profética contemplo la libre y
dichosa sociedad futura, intervengo en la disputa so- bre oportunismo
revolucionario, y digo: La Conquista del Pan,
Bases cien- tíficas de la Anarquía, Los Productos de la agricultura y
Los Productos de la Industria, de Kropotkine;
Evolución y Revolución, de Reclus; Entre Cam- pesinos, de Malatesta; y
mil otros trabajos de exposición y crítica, son obras imperecederas que crearán
adeptos, suscitarán grandes entusiasmos y de- terminarán siempre poderosas
energías; mientras que de los apasionados, de los que creen que la obra
revolucionaria depende de una temeraria va-
lentía
acompañada de una especie de santa ignorancia, sólo queda un re- cuerdo sin
eficacia positiva .
Considérese
además que es rarísimo que en un individuo concurran las facultades del
pensador y del héroe para ilustrar las masas y combatir los gobiernos; no
habiendo siquiera un Bakounine en cada generación en todo el mundo, no pudiendo
dogmatizarse ni legislarse sobre la acción propa- gandista en nombre de la
Anarquía, libre es cada anarquista de propagar a su manera: quien por la
violencia, desatendiendo la razón; quien
por la persuasión, fundándose en ella .
Por
mi parte, a todo el que quiera escucharme procuro convencerle, no atemorizarle
. Y si alguno que me conozca
considerando mis condiciones físicas, se me burlara pensando que un viejo débil
no puede atemorizar a nadie, puedo replicar que tampoco doblego mi criterio al
temor .
Creo
además que todo hombre, amigo o enemigo, tiene derecho a la libertad del
pensamiento, y ante ese derecho el anarquista ha de inclinarse, cumpliendo el
deber de persuadir para que la verdad se acepte y el error se abandone, sin
olvidar que en la sociedad libertaria no habrá, no puede haber instituciones
impositivas ni coercitivas, y que la imposición
y la coer- ción son exclusivamente autoritarias .
Termino
recordando a los violentos estas palabras de un pensador:
La
palabra es más cortante que la espada,
más rápida que el rayo, más destructora que la guerra .
Tierra
y Libertad (Barcelona), VII, 24 (10 agosto 1910), 2, reeditado en Vida
anarquista (1912), pp. 18-21.
La
muerte del anarquismo o los intelectuales de pega
Ramiro
Maeztu tiene fama de buen escritor, pero yo he tenido la desgracia de leer de
él algo que ningún escritor bien equilibrado pondría sobre su firma .
238
239
Hace
algunos meses vino a verme un amigo y me enseñó un diario diciéndome: —Mira lo
que Maeztu dice de ti, y me señaló esto:
El
pueblo catalán se hizo anarquista porque Anselmo Lorenzo se puso del lado de
Bakunin y en contra de Marx en el congreso de La Haya .
Aquello
era una enormidad inconcebible, porque yo, pobre obrero ti- pógrafo, muy
conocido en mi casa y en las imprentas
en que me he some- tido al derecho de accesión, ¿de dónde había de sacar
influencia y poder para semejante cosa? Además, yo no he estado jamás en La
Haya, y cuan- do se celebró aquel congreso estaba en España, no al lado, sino a
unos dos mil kilómetros de Bakunin . Para colmo del absurdo, aparte de la
inexacti- tud, decía Maeztu en el mismo artículo:
En
Cataluña, y sobre todo en sus regiones
industriales, hay un pueblo que piensa por su cuenta y con independencia de sus clases directoras hace lo menos medio
siglo .
¿Y
un pueblo así consciente había de hacerse anarquista por la supuesta maniobra
de un desconocido?
Ya
tenía aquello contestado y olvidado, cuando el otro día me enseña- ron un
periódico con apariencia de revista, embutido de inestéticas foto- grafías
cortesanas, que insertaba un artículo con esta nueva muestra de la sabiduría de
Maeztu:
En
cuanto los intelectuales catalanes han dejado
de ser anarquistas, el anarquismo catalán ha quedado disuelto .
Claro
es que para dejar de ser anarquista, los
intelectuales catalanes, con su inteligencia y todo, habían de ser anarquistas
. Pues en líneas ante- riores del mismo
escrito afirma Maeztu que «sólo en pueblos ignorantes, incultos, medioevales
crea prosélitos el sistema ácrata» . Si
Barcelona, dice, hubiera conocido en 1880 los libros de sociología que después
han publica- do sus casas editoriales, jamás habría logrado arraigar el
anarquismo . Lue-
go
los intelectuales catalanes, según Maeztu, eran ignorantes, incultos y
medioevales en 1879, y su ilustración es posterior, es postiza, aprendida en
libros que otros escriben, y por tanto, el pueblo trabajador, al abandonar el
anarquismo, admitiendo por un momento la desacreditada y gratuita afir- mación
de Maeztu, obró con más cordura que los intelectuales . ¿Pero no habíamos quedado en que el pueblo
catalán piensa con independencia de sus clases directoras hace lo menos medio siglo? ¿Qué lógica es la
de ese intelectual?
Lo
que resulta patente en todo esto es que corren por ahí intelectuales con firma
acreditada que carecen del más común de todos los sentidos, y que la burguesía
editorial que los paga y la burguesía lectora que compra sus papeles, tienen
buenas tragaderas y se hartan sin reparo de gato por liebre .
En
los primeros tiempos de La Internacional,
cuando las grandes verda- des sociológicas expuestas en sus congresos
aniquilaban dogmas, sofismas y convencionalismos; cuando el mutualismo
cooperativo, los radicalismos políticos y todo género de desviaciones iban de
baja, y no había todavía necios que se llamaran superhombres, muchos de los que
ensuciaban papel con tinta y pluma se titulaban «obreros de la inteligencia»,
reivindicando el primer puesto entre los grupos obreros; en tanto que hoy,
pasada la moda, mientras los trabajadores en lucha con la arbitrariedad
autoritaria, la codi- cia patronal y las artimañas políticas sufren
persecuciones, miseria y timos democráticos radicales a la par que señalan el
ideal con certeza evidente y firmeza imperturbable, los escritorzuelos arribistas se ufanan con
el título de «intelectuales» . ¡Pobres
chicos, los que tienen que escribir! no para ex- tender sus conocimientos ni
para dar legítima satisfacción a su conciencia, sino para obtener los garbanzos
de la accesión, como cualquier ganapán, o para hacer méritos en el escalafón
arribista, no siéndoles deudores del me- nor adelanto la ciencia, ni el arte,
ni la filosofía, ni la cultura general .
Yo
no sé si Maeztu, por los escritos suyos que desconozco, será o no uno de esos intelectuales de pega que tanto abundan, pero si hubiera de
juzgarle por lo que dejo citado . . .
Sin
duda Maura no concuerda con Maeztu, ni debe dar gran impor- tancia a la acción
mortífera de los intelectuales
ex-anarquistas, cuando, además de
pagar innumerables polizontes, intenta sacar a salvo la ley de
240
241
represión
del anarquismo, con la cual, sea dicho de paso, es posible que el
anarquismo se purifique, regenere y
fortifique .
Por
todo lo cual me complazco en dedicar a Maeztu este popular re- cuerdo:
Los
muertos que vos matáis gozan de buena salud .
Tierra
y Libertad (Barcelona), V, 56 (21 mayo 1908), 1, reeditado en Vida anarquista
(1912), pp. 65-67.
La
decadencia anarquista
No
hace mucho salió un redactor o colaborador de Le Libertaire con un escrito con
el título que acaba de leerse, haciendo con esas tres palabras una afirmación
que parecía como una sentencia de muerte de un ideal, y pidien- do datos para
una información en que los idealistas declarados cesantes confirmaran la
sentencia y apoyaran y aprobaran el pensamiento del autor .
Decía
éste, después de una larga y discutible (me ha parecido hallar alguna
inexactitud, aparte de opiniones inaceptables) exposición de consi- deraciones
y de hechos:
La
exposición imparcial que dejamos hecha de las teorías y de los hechos del
anarquismo durante esos treinta años de existencia, nos permiten sacar en
conclusión que el anarquismo constituía en el gran movimiento socialis- ta una
secta, es decir, una asociación de
individuos que tienen un fin co- mún y un programa de acción bien definido .
Esa
secta o esa asociación con tales acción y fin la ve luego el autor sub-
dividida en otras sectas, y considerando mortal esa subdivisión y dudando que puedan reunirse
nuevamente, se pregunta:
¿Será
el anarquismo el producto de esos movimientos eternos, salidos de las
contingencias, manifestados por las filosofías más antiguas y que se encuentran
en la decadencia de todas las sociedades?
Esa
duda me inspiró desdén y el escrito en cuestión me dejó indiferen- te . No
sintiéndome directamente aludido en la excitación dirigida a que se le
contestara, ni creyendo que por ese camino se adelantaba ni se retroce- día, sino, que
tímidamente se perdía el tiempo, no di
contestación alguna, aunque algunos amigos me pidieron que lo hiciera .
Contenía
aquel escrito una afirmación que es como su base fundamen- tal, ésta: la
verdad de hoy será el error de mañana
. Así, sin atenuación: no dice «lo tenido por verdadero», sino «la
verdad» a secas, y esto es sencilla- mente un absurdo, porque desde que el
hombre declaró lo que eran verda- des eternas, que dos y dos son cuatro, que el
todo es mayor que la parte, y que el hombre es ingobernable, así quedó sentado en la inteligencia humana
para siempre; podrá haber quien por diferentes causas lo niegue, lo atenúe o lo
mire con indiferencia, pero lo cierto es que desde el instante que una verdad
entra en el tesoro de los conocimientos
adquiridos, allí queda, y desde allí activa el descubrimiento de otras
verdades que impulsan, a más de la inteligencia, la voluntad de los hombres, y
eso es la evolución progre- siva de la humanidad .
De
que el anarquismo, que para el autor es la turba más o menos soli- daria y
consciente de los anarquistas o de los qué se lo llaman, haya pasado por tales
o cuales transformaciones que si interesan
a la historia nada tie- nen que ver con la esencia de la verdad
anarquista, no puede deducirse que la anarquía deje de ser la verdad que niega
todos los errores autoritarios y afirma la libertad del hombre en el seno de la
solidaridad social .
Que
esa verdad sea reconocida por un individuo o por un millón de ellos, o que de
ese millón claudiquen tantos o cuantos o se desvíen por móviles indeclarables o caigan en
ridículo escepticismo . . . ¿qué? La verdad brilla con luz inextinguible, las
leyes de la evolución se cumplen . ¡Peor para aquellos a quienes la verdad
deslumbra, y empaña su inteligencia la nube de la duda!
Me
ha decidido a escribir esto el hallazgo del artículo siguiente que publiqué en
El Productor en 19 de enero de 1893, en el que, si no se respon-
242
243
den
directamente a las peguntas por el autor aludido, tal vez se desvanezca lo que
les sirve de fundamento y casi pudiera decir que adelanté diez años la
respuesta a la pregunta . Dice así:
Del
perfecto anarquista
Sin
ánimo y aun en la imposibilidad de agotar el tema, y por lo que pueda
contribuir a la perfección de nuestros compañeros en bien de la aspiración que
perseguimos, exponemos estas consideraciones .
Lo
hemos dicho repetidas veces: es preciso que cada anarquista posea una
inteligencia clara y una voluntad enérgica, y sólo a esta condición se
obtendrán frutos notabilísimos en todos terrenos y especialmente en el de la
propaganda; lo contrario es continuar, bajo el calificativo de anarquista, los
vicios y la rutina autoritarios .
Si
para los partidos políticos la entidad bien organizada y dirigida es el ideal
supremo, para nosotros los anarquistas lo que tiene valor preferente es la
unidad, ya que la organización ha de sernos secundaria, y la direc- ción, cosa
incompatible con nuestros principios .
Se
ha hablado tanto del poder y de la eficacia de la asociación, conser- vando en
ella la plantilla que ha venido sirviendo de base a todas las agru- paciones
humanas, que donde no hay un jefe inteligente y activo, seguido de una masa
inconsciente y pasiva, parece que no puede haber fuerza ca- paz de sacar
adelante un ideal, y contra esta preocupación
se hace preciso machacar fuerte y constantemente, hasta conseguir que el
individuo dé de sí todo lo que de él es humanamente exigible .
Reconocemos
el valor de la asociación, pero sólo en el caso de que todos los individuos que
la forman para un fin determinado tengan dentro de ella todo su valor
intrínseco . ¿Qué son, por ejemplo, mil
hombres agrupados, faltos de iniciativa, con una noción borrosa de su objetivo,
que obedecen las órdenes de un presidente o de una junta directiva? Fácil es la
respuesta: si no son en su mayoría una agrupación de indolentes que cotizan y
no trabajan, serán a lo sumo instrumentos que reflejan la voluntad y la inteli-
gencia de su director; en el primer caso son miembros negativos, en el se-
gundo pasivos, nunca hombres en la formal acepción de la palabra .
Conviene
recordar, y ofrecemos el recuerdo a la consideración de nues- tros compañeros,
que por mucho bueno que haya producido la asociación en el sentido de los
ideales progresivos, mucho más han producido los ge- nios individuales, puesto
que la asociación misma ha sido reconocida como buena y practicada por la
predicación previa de una inteligencia poderosa . Si tendemos una ojeada
histórica a cualquiera de los ramos de la actividad humana, siempre hallamos
como iniciador un individuo, sin el cual no hubiera sido dado el impulso, y por
más que se pretenda atenuar el hecho diciendo que tal o cual progreso o
descubrimiento también se hubiera realizado después, lo cierto es que, sin el
factor de la casualidad, hubiera sido preciso otro hombre posterior, nunca esas
masas rutinarias y vulgares que primero se burlan y califican de loco al hombre
extraordinario, des- pués se apasionan como enjambre de sectarios, y por último
disfrutan in- conscientemente del progreso realizado como si siempre hubiese
existido, o celebran con festejos y algazaras un centenario, tardía reparación
de la ingratitud cometida por las generaciones pasadas .
Téngase
presente que para que la aurora del Renacimiento iluminase al mundo, fue
preciso que los insignes filósofos y artistas de la antigüedad hubieran fijado
con indestructible consistencia las
bases de la ciencia y del arte, proclamándolas muchos siglos más tarde la
poderosa inteligencia de Newton y Descartes y los no menos gloriosos genios de
Rafael y Miguel Ángel . Sin Copérnico ni Galileo u otros observadores tan
eminentes como ellos, acaso la astronomía
se hallaría aún tan baja y raquítica como se en- cuentra en el Génesis .
Si Colón no hubiera concebido la idea de llegar a la India tomando el rumbo de
Occidente, quién sabe hasta cuándo hubiese sido ignorada la existencia de
América . La física y la química carecerían
aún de su admirable importancia si unos cuantos individuos aislados en el fondo
de obscuros e ignorados laboratorios no hubieran perseguido con febril
constancia el descubrimiento de la piedra filosofal . ¡Qué más! El mismo movimiento proletario de
nuestros días no existiría aún quizá, y los trabajadores gemirían sin esperanza
bajo la esclavitud del jornal, si Carlos Marx no hubiera concebido la creación
de La Internacional, y si Bakunin no hubiera lanzado al mundo la aspiración
anarquista, la declaración de guerra al Estado y su concepción del colectivismo
.
244
245
Bien
sabemos que no a todos es dado elevarse a las alturas del genio, pero nadie nos
negará que la preocupación, la rutina y la pereza, además de la tiranía del
privilegio, sostienen ese bajo nivel en que viven las muche- dumbres, y si es
cierto que los individuos pueden por el solo efecto de su voluntad llegar al
completo desarrollo de sus facultades y
con ello a la suma del poder propio de su ser, los anarquistas, que no pueden oponer excusa de ningún género,
porque sus principios y
aspiraciones así lo exi- gen, deben
mostrarse con su inteligencia bien provista de conocimientos, con su voluntad
franca y decidida y con su conciencia señalando el fiel entre lo que se cree y
lo que se practica .
Ni
aun los privilegios sociales puede invocar el anarquista como circuns- tancias atenuantes de su
ignorancia y de su falta de energías, toda vez que se presenta frente a frente
de la mal constituida sociedad como adversario y como quien posee la solución
de todas las justificaciones sociales, y como esto no se obtiene por revelación
extranatural, ni por la posesión de una ciencia infusa, sino por la
experiencia, la observación y el estudio, claro está que ha de manifestarse por
el único medio del positivo mérito personal .
Ahora
bien, si todos los que hacen alarde de profesar las ideas anarquis- tas se
encuentran en este caso y se asocian para dar a su acción la fuerza que
proporciona la asociación, ésta será fecundísima y eficaz, lo contrario sería
como si en una pila de monedas representando, por ejemplo, veinte duros, sólo
el de encima fuera bueno y los restantes falsos, con lo cual sólo podría
conseguirse dar un timo, dado que se tropezase
con un burgués asaz cándido, nunca tener el valor efectivo de 100
pesetas .
Que
nuestros compañeros se inspiren en estas consideraciones, las am- plíen con su propio juicio, y de
seguro se seguirán buenos resultados para el triunfo de nuestro ideal .
La
Revista Blanca (Madrid), VI, 139 (1 abril 1904), 582-585.
Sobre
el sistema de explotación capitalista
246
La
Ganancia
Consideraciones
generales según el criterio libertario
Conferencia
leída en la Asociación de la Dependencia Mercantil de Barce- lona el 6 de enero
de 1904 .
I
Compañeros
Hace
muchos años, cuando aún no se hablaba en España de la Internacio- nal y apenas
se tenía otras nociones de socialismo que las propagadas por republicanos como Abdón Terradas, Sixto
Cámara, Guisasola, Garrido, Pi y Margall y otros, pertenecí por algún tiempo a
la dependencia mercan- til . Mi tío,
fabricante y mercader a la vez, me sacó de la imprenta suspen- diendo mi
aprendizaje, y me llevó al despacho de su almacén; sus negocios eran al por
mayor, de modo que sus clientes eran comerciantes, y no tenía que luchar con el
público del menudeo, sino con gentes que compraban para revender, lo que, para
la situación del dependiente, no sé si era una ventaja o un inconveniente .
Aquella
temporada fue para mí como una especie de curso de negacio- nes
revolucionarias: conocí el egoísmo
burgués, se me hizo repulsivo cuanto le sirve de apoyo, le fomenta y excita su
ambición, que muchos autores cali- fican de antropofagia, porque si bien es
verdad que no come directamente carne humana, come sudor de pobre y ganancia de
rico, sudor y sangre de segunda mano, que no otra cosa representan esas
monedas con que negocia, que atesora y
de que vive . No tardé mucho en volver a la imprenta . La rique- za burguesa,
el demonio de la ganancia, fracasó en su tentación, no me se- dujo: lo impidió
mi repugnancia a la antropofagia ganancial .
Por
eso cuando nuestros economistas y nuestros políticos que quieren alcanzar
patente de entendidos en asuntos sociales, hablan del comercio y de su poderoso
influjo en la civilización, yo miro debajo y detrás de la de-
249
coración
que alumbran aquellas luces de bengala, y veo el comerciante que alambica el
céntimo convirtiéndose en parásito del productor y del consu- midor, elaborando
una ganancia que no puede atenerse al valor del servicio que presta, tanto
porque ese valor es desconocido, como
porque su móvil es la codicia, degenerando al uno y al otro, casi siempre en
sisa, y en frau- de, y con frecuencia llega a la estafa y al envenenamiento por
falsificación o mixtificación de los géneros, según el artículo en que se
comercie o el ansia ganancial del
comerciante .
La
teoría del comercio o del cambio de productos considerada en abs- tracto y
superficialmente, es hermosa y buena,
representa la parte positiva y material de la solidaridad y de la fraternidad
humanas . Castelar, aquel gran artista
de la palabra, lo definió así:
La
Tierra tiene aptitudes diversas; los climas dan diferentes productos, pero
merced al gran Hércules moderno, merced al comercio, en esos barcos que ora
parecen grandes aves marinas, ora dejan la blanca estela en las aguas y la
espesa nube de humo en los aires, reúne todos los productos: la piel que el
ruso arranca a los animales perdidos en sus desiertos de hielo y la hoja de
tabaco que crece al sol ardiente de los trópicos; el hierro forjado en Siberia
y los polvos de oro que el negro de África
recoge en las arenas de sus ríos; las manufacturas fabricadas en
Inglaterra y los productos traídos del seno de la India, empapados en los
calores del iris por aquellas sociedades primeras, primeros testigos de la
historia; el dátil de que se alimentaba
el patriarca bíblico bajo las palmas de la vieja Asia y los brillantes y las
pie- dras preciosas que entraña el
virgen seno de la joven América; el zumo grato de las viñas que festonan las
riberas del Rhin y el ardiente vino de Jerez, que lleva disuelto en sus átomos de
oro partículas del sol de Andalu- cía para calentar las venas de los ateridos
hijos del Norte .
Hermoso
cuadro, sí; pero esos productos de los
diferentes climas y ap- titudes de la Tierra, reunidos y distribuidos de la
manera tan brillantemen- te expuesta por aquel maestro de la elocuencia, están
sometidos al régimen tiránico de la ganancia, y por consiguiente, no se dan,
sino que se cambian por dinero, y el dinero, que se ha convenido en considerar
como signo de
cambio,
representación de un trabajo realizado para adquirir los productos necesarios a
nuestra subsistencia, no está en manos de los productores, sino en poder de
negociantes usurpadores, generalmente holgazanes, o que si trabajan, no es para
el bien común, sino para el bien individual, contrario muchas veces, por no
decir siempre, al general, lo que transforma la belle- za de la mutualidad del
cambio en los horrores y en las infamias del agio . Ni puede ser de otro modo,
porque, reducido constantemente el trabajo a condición servil, los
trabajadores, esclavos, siervos o
jornaleros, en todos los tiempos no recibieron, en cambio de su trabajo, que es
la producción de lo superfluo y lo
necesario en que viven y se encenagan los poderosos, más que la sopa o el
salario de la vileza, que es lo estrictamente necesario para desarrollar fuerza
física para seguir produciendo .
Y es
de notar una particularidad: el
comercio, ya lo habéis oído, y tam- bién lo sabían todos antes que el gran
orador citado hubiera compuesto en un párrafo grandilocuente el símbolo
comercial de la comunión de todas las razas; el comercio lleva al Sur los
productos del Norte, al Este los del
Oeste y viceversa en justa reciprocidad, valiéndose de todos los medios de
comunicación inventados hasta el día, sin que las distancias, ni las diferen-
cias de raza, de religión, de régimen político, de idioma ni de costumbres sean
el menor obstáculo para que los comerciantes
se entiendan y se fíen como si fueran hombres de buena fe y
conciudadanos; pero el agio, que es la forma positiva actual del comercio,
reduce al productor de los géneros que el comerciante, por otro nombre agiotista y usurero, expende
o en que negocia y de quien es vecino, a la estrechez del jornal, con lo que si
el infe- liz productor jornalero puede a duras penas ir estirando su miserable
vida, queda sin instrucción, sin higiene, sin alegría y sin dignidad; y si la
produc- ción es tanta que supere al desaguadero del mercado, en tanto que el
clien- te del hemisferio opuesto, que puede ser un hereje y un enemigo
patriótico, nada en la abundancia, el productor, que místicamente es un hermano y políticamente un conciudadano
con quien se comparte la soberanía nacio- nal, sufre un compás de espera sin
jornal y con miseria, por la absurda ra- zón de que los almacenes rebosan de
mercancías de todas clases .
Acerca
de este punto dice un anarquista inglés: todo individuo, traba- jando
socialmente, produce más de lo necesario para mantenerse vivo y en
250
251
buen
estado . Desde que las tribus guerreras esclavizaron a sus enemigos
vencidos en vez de matarlos y comérselos es decir, comiéndoselos en salsa de
esclavitud por la apropiación del trabajo que elaboran, la excedencia de la
producción ha ido en aumento . En la
actualidad, esa antropofagia con- vertida en ganancia, ha aumentado la
producción hasta llegar a la crisis de la superproducción . Y se pregunta: ¿qué se hará con el
superproducto del trabajo que se pudre o se apolilla por falta de comprador? La respuesta
categórica no se dará hasta que el productor necesitado no se persuada bien de
que para comprar muchas cosas el derecho inmanente y la volun- tad decidida
tienen más valor que la moneda .
II
Compréndese
que horrorice el canibalismo por triste, por imperiosa ne- cesidad, por
instinto de conservación, en el salvaje que habita en regiones áridas e
infecundas o en el refugio horriblemente desprovisto del náufrago, donde quiera
que el sentimiento de la vida se rebela contra la inminencia avasalladora de la
muerte; lo incomprensible es que los
trabajadores de la civilización moderna
agonicen por la privación, caigan en la fosa a un término medio de edad menor
de la mitad que los privilegiados, y que des- pués de la horrible mortalidad en
que sucumben en prisiones y asilos bené- ficos, haya aún motivo para avergonzar
al mundo con la estadística oficial de los muertos por inanición en ciudades
riquísimas, como Londres, por ejemplo, donde el mal es mayor porque la ganancia
obra en proporción muy superior .
Y
para que no se diga que tan tremendas afirmaciones son producto de exageración
sectaria, que siempre lo tristemente verdadero pareció exage- ración fanática
al pancista escéptico y estacionario, extracto a continua- ción varios datos
pertinentes a mi tema, sacados de las obras del insigne Kropotkine, algo
anticuados ya, pero por lo mismo más dignos de crédito, por nadie desmentidos,
aunque negados alguna vez por periodistas escép- ticos de profesión, pesimistas
de oficio, esquirols permanentes, como paga- dos por la burguesía para servir
de testigos falsos contra el ideal redentor de los trabajadores .
Sumando
la población de las naciones de Europa y la de los Estados Uni- dos hace quince
años, descontando algunos países que por su atraso carecen de estadística,
resultaba un total de unos 408 millones de habitantes .
La
producción total de substancias alimenticias de esas poblaciones, compuesta de
pan de trigo y otros cereales, legumbre, frutas, carnes, leche, huevos, caza y
pesca, etc ., se elevaba a 439 .000 millones de kilogramos y
12
.000 millones de litros de vino; de modo que a cada individuo corres- pondía 1
.075 kilogramos de alimentos y 30 litros de vino .
Según
los últimos experimentos científicos, el hombre adulto y en per- fecta salud
debe consumir 474 kilogramos anuales de substancias nutriti- vas, y si la
Tierra da 1 .075 kilogramos para cada uno, que es mucho más del doble, y
descontando lo que consumen de menos niños, ancianos y enfermos, puede
evaluarse al triple, resulta un excedente de substancias alimenticias de 245
.000 millones de kilogramos, mientras en Rusia y en la India el hambre hace
unos estragos superiores a los que causaba la peste en la Edad Media, y en los
grandes emporios de la civilización sucumben los trabajadores de la anemia
producida por la explotación, en tanto que por la fastuosidad de la soberbia,
por la ambición usuraria de los acaparadores y la falta de medios de
comunicación existente aún en ciertas regiones, se desperdician incalculables
cantidades de alimentos, convirtiendo en dolor y muerte lo que debiera ser
vida, alegría, ciencia, arte y felicidad . .
Más
aún: la agricultura, aunque rudimentaria y anticientífica, da triple de lo que
la humanidad necesita para su consumo, y la industria progresa de modo
asombroso, ocurriendo que las manufacturas
de Europa y de los Es- tados Unidos daban hace algunos años un producto
anual de 94 .000 millo- nes de pesetas, mientras que la agricultura, con doble
número de trabajado- res, obtenía un valor de 78 .000 millones, diferencia
consistente en la superior capacidad de los obreros industriales y en los
adelantos de la mecánica .
Una
serie de cálculos fundados en las estadísticas
oficiales demuestra que lo que pudiéramos llamar la ración industrial
del individuo, represen- ta cinco veces más que lo que el individuo necesita,
lo que no extrañará a quien considere que si hay muchos que carecen de vestido
y hogar, hay palacios suntuosos y refinamientos de lujo que rayan en la
prodigalidad y el derroche de modo incalculable y hasta inverosímil .
252
253
¿En
qué se emplea ese exceso enorme de comestibles y de productos de todas clases?
No hay estadística capaz de reducir a cifras exactas tan brutal desconocimiento
de las reglas más elementales de la economía . Como sim- ple indicación
confirmatoria, Kropotkine cita algunos ejemplos: hay países en que por
dificultades de transporte dejan pudrirse la cosecha; en Cerde- ña había
bosques de naranjos en que el dorado fruto, tan apreciado y tan espléndidamente
pagado en los países del Norte que de él carecen, se per- dían por la distancia
que les separaba de las costas; en los Estados Unidos había tiempo atrás, quizá
el utilitarismo yanqui lo haya transformado ac- tualmente, extensas regiones en
que se empleaba el maíz como combusti- ble; en España, antes de la formación de
la actual red de ferrocarriles, en nuestros días, había comarcas en que se
arrojaba el vino por hallarse rebo- santes las bodegas, mientras en otras había
escasez absoluta; se sabe de un propietario, y como éste hay muchos, que para
darse importancia mante- nía una jauría de cien perros de diversas castas, en
cuya alimentación gas- taba diariamente una cantidad de leche, carne y pan
suficiente para man- tener ciento veinte personas, y los labradores que trabajaban sus propiedades sufrían
privaciones y encima la humillación de verse poster- gados a los perros del amo
. Y eso no es excepcional: la
aristocracia, en ge- neral, o sea los sucesores de varias o muchas generaciones
de privilegiados, en su bestial degradación y degeneración, caen en la manía de
criar perros, gallos luchadores y caballos, y con lo que despilfarran de sus
usurpaciones para sostener a la altura de su estupidez su afición a la caza, a
la riña y a las carreras, podrían alimentarse todos los hambrientos del mundo
civilizado . Añádase lo que los ricos consumen en la mesa, en sus salones, en
su lujuria, el valor de sus palacios y el derroche de sus extravagancias, y se
verá que todo ello es como un océano inmenso donde afluye la producción como
los ríos al mar .
A
propósito de la doctrina conocida y abominada en la forma del famo- so aforismo
de Malthus «el que no encuentre cubierto
en el banquete de la vida ha de retirarse», creo oportuno poner a continuación
un ingenioso
* El
apellido de este republicano francés era en realidad Leroux; quizá Anselmo
Lorenzo lo amañó para contrastarlo con «El emperador del Paralelo», Alejandro Lerroux, que por
aquellas fechas arrasaba entre el proletariado catalán (nota del compilador) .
pensamiento
de Pierre Lerroux*, un Lerroux muy diferente del que aquí han puesto en moda
los trabajadores de la masa neutra, ¡pobres incons- cientes que ya no piden el
pan suyo de cada día a Dios, sino a la República, tan poco alimenticia la una
como el otro!
No
creamos nada; no anonadamos nada; únicamente operamos cam- bios . Con semillas, aire, tierra, agua y excremento producimos materias
alimenticias para alimentarnos; y alimentándonos, las convertimos en gases y
excrementos, que producen a su vez o contribuyen a producir otras mate- rias
nutritivas: a esto llamamos consumir .
EI
consumo es el objeto de la producción, pero también es su causa . Y si no,
razonemos: las semillas no pueden escasear; fácilmente se concibe que una arpenta de trigo, cierta medida
antigua, sembrada y resembradas sus cosechas, bastaría para cubrir en catorce
años la superficie entera del globo que habitamos . En cuanto al aire, la
atmósfera, por su fluidez ha escapado a la avaricia de los acaparadores, y por
su abundancia pertenece aún a to- dos los hombres . Lo mismo sucede con el
agua; hay tanta en la tierra y en el aire,
que no se ha pensado en detentarla en beneficio exclusivo de los seño-
res . Y entonces, ¿por qué esos señores me prohíben vivir? ¿Por qué me arro-
jan del banquete de la vida? Si hay trigo, aire, tierra y agua en abundancia
inagotable, y consumiendo produzco
también, ¿tienen algún derecho espe- cial a fundar una ganancia sobre mi
excremento para que mi vida dependa de la benevolencia de los señores ricos?
Paréceme
que, aparte de la gracia verdaderamente original con que está presentado el
raciocinio, es de absoluta justicia y no
ha podido hallar Malthus contradictor más lógico e irrefutable . ¿Es cierta la
fecundidad del trigo? ¿Son verdaderamente inagotables y excedentes para las
necesidades humanas el aire, la tierra y el agua? Pues todo acaparamiento y
limitación y consiguiente ganancia es
criminal, toda crisis alimenticia es, además de criminal para los que resulten
responsables, una torpeza injustificable e inexcusable . Toda propaganda del ahorro es a la vez que un
engaño pedir al despojado la absolución del usurpador . No se necesita más dato para afirmar con toda
seguridad la realización del ideal libertario comunista en
254
255
que
sin coerción de ningún género, por el poder de las fuerzas naturales sabiamente
aplicadas y combinadas, se producirá sin limitación ni falsifica- ción para
satisfacer todas las necesidades, y sobre esta base, elevarse a las alturas de
la sociedad racional digna de la humanidad .
III
En
la antigüedad, el esclavo, completamente
asimilado a la bestia de carga, no tenía ningún derecho al fruto de su trabajo
. El amo le mantenía, y cuan- do se invalidaba se arrojaba a servir de pasto a
las murenas que engordaba para su mesa, o a que se muriese en cualquier parte
como pudiese . En la Edad Media, el
siervo sujeto al terruño trabajaba a capricho del señor, pero esa misma
dependencia le dejaba un tiempo en que trabajaba para sí: era un regimen
inicuo, pero franco . El capitalismo moderno, hijo del refinamiento de la
hipocresía denominada libertad del trabajo, no podía aceptar tan bru- tal
franqueza, y acomodando el progreso con las palabras, ha inventado el jornal,
que quiere que aparezca como la remuneración directa y adecuada del trabado realizado,
hallando el modo de que parezca por una parte que el trabajo sea retribuido
íntegramente por su esfuerzo muscular o cerebral, y por otra, que el capital
fructifica y elabora ganancia por su propia virtud .
He
ahí una verdad aparente, una de esas pretendidas «leyes sociales» que es necesario negar y
envilecer para que no justifique más la usurpación de que los trabajadores
somos víctimas . Así no podrán decir un
momento más los detentadores de la riqueza social que poseen con justicia, sino
que roban con astucia ayudados por la fuerza . La verdad es que el jornal
impli- ca siempre cierta cantidad de trabajo no pagado, la cual prolonga hasta
la civilización actual la era de la esclavitud, de la explotación del hombre
por el hombre y constituye para el capitalista la fuente única de la ganancia .
Conformándose
con el jornal, aceptándolo sin réplica, se aceptan todas sus consecuencias, y
los mismos jornaleros, no me cansaré de repetirlo, son responsables del mal que
sufren y del extracto de su propia vida que en forma de ganancia dan a sus
explotadores . Veamos:
Se
ha calculado que un trabajador norteamericano produce, un año con otro, un
valor de 5 .750 francos en mercancía . El jornal medio es de 1 .750,
de
donde resulta que se usurpa al trabajador una ganancia nada menos que de 4 .000
francos anuales .
Ignoro
cómo puede haberse planteado el problema, ni sé tampoco de qué datos consta,
mas, considerando las cifras en este
caso como detalle accesorio, tengo por racional y exacto el resultado . Basta,
para tener la evi- dencia de ello, considerar que con el jornal no se compran
fincas, ni papel del Estado, ni se levantan palacios, ni se viste con lujo, ni
se come opípara- mente, ni se va en coche, ni se tiene siquiera palco en la
ópera, y siendo fa- bricante, sí se tiene todo eso, y además se disfruta de una
especie de derecho de pernada con las proletarias, y se puede ser cacique político, y eso que,
como dicen ellos, los tiempos están malos, que hay crisis, que se aumentan las
contribuciones y que los obreros se
enredan en frecuentes huelgas .
Sabido
es que los economistas pretenden apoyar sus teorías sobre la ciencia y
justificar la ganancia, es decir, la usurpación que verifican en per- juicio de
los trabajadores, persuadiéndonos que si somos explotados, mise- rables y
hambrientos, lo somos científicamente y nada tenemos que recla- mar . He aquí el fondo de su razonamiento: toman
unos cuantos hechos derivados de la organización social presente, los declaran
«leyes naturales», es decir, los consideran como productos de la organización
humana, contra los cuales nada puede hacerse y que han de aceptarse sin
réplica, y ya tienen todo un sistema indestructible .
El
valor es, para los economistas, el fundamento de su sistema, enten- diendo por
él la fabricación de objetos de consumo; pero como esos objetos no son
productos exclusivamente humanos, ya que en ellos entran terrenos, aguas,
fuego, electricidad, metales, maderas, pieles, fibras, frutos, etc ., etc .; es
decir, grandes fuerzas naturales, y la combinación química libre de los
elementos constitutivos esparcidos sobre la superficie de la tierra, es eviden-
te que el que se apodera de esos objetos para traficar con ellos, realiza una
ganancia, pero se apropia un valor que no le pertenece más que en parte, en lo
relativo a la necesidad de su subsistencia, y cuanto exceda de esto, sobre todo
habiendo quien de ello carezca, cae dentro de la usurpación .
La
teoría del valor inventada por economistas no pasa de sofisma, es una ley
artificial con que se pretende justificar el acaparamiento de los medios de
producción y la usurpación de la riqueza social .
256
257
Insistiendo,
en la demostración, digo: es imposible determinar la parte de fuerzas naturales
que entran en la fabricación de un producto; es injus- tificable que esas
fuerzas naturales sean propiedad
exclusiva del que, deno- minándose fabricante porque se lleva la
ganancia, no contribuye, sino en contadísimos
casos y en escasísima proporción, a la creación de un produc- to; es
indeterminable la parte de fuerza muscular e intelectual necesaria para dar al
producto forma comercial; no hay dinamómetro que pueda medir exactamente las fuerzas que entran en su fabricación para
dar a cada uno de los que a su producción concurren, la parte correspondiente,
y, por tanto, el valor de los objetos es puramente arbitrario, y sube o baja
según las oscilaciones de la oferta y la demanda, artificiales muchas veces y
con tendencia a serlo siempre, sobre todo desde que se ha descubierto la mane-
ra de formar esos trusts poderosos que imponen su voluntad en los merca- dos
como los bandidos en las carreteras .
Si
los primeros traficantes se hubieran limitado a cambiar objetos de
consumo, claro es que no hubiera podido
crearse esa ganancia a que se da el nombre de capital, y no se hubiera llegado
a esta triste conclusión: el capital no se acumuló hasta que vino la moneda a
facilitar el cambio; sí, facilitarle, pero también a engañar al comprador sobre
el valor del objeto vendido y a especular sobre el deseo o sobre la necesidad
de poseer deter- minados productos . La
llamada ley de la oferta y la demanda y ese otro artificio a que se da el
nombre de libertad de trabajo, ha reducido al obrero a renunciar, no diré a
todo lo superfluo, sino a limitarse a lo absolutamente indispensable para la
vida animal . Si en el perímetro donde ejerce su oficio el obrero hubiese otro
que pudiese contentarse con una pitanza más escasa y miserable, aquél sería el
preferido por el burgués, gananciero de profe- sión, y si en el lugar de uno
hubiese cientos y miles de ellos, el jornal bajaría a proporción del mínimum de
alimentos determinados por aquellos obre- ros bajistas . Por eso los obreros
piamonteses, que se contentan con un plato de macarrones, reemplazan en Francia
a los obreros franceses, que necesi- tan carne abundante, y en Barcelona, en
Cataluña en general, donde tanto se ha desarrollado la industria y la
aplicación mecánica, acuden los obreros llamados pachos, que comen pan y
cebolla y almacenan sus familias en habitaciones reducidísimas con el fin de
ahorrar y llevar dinero a su pueblo,
como
los chinos, produciendo la rebaja de los jornales, rebaja en que se toma por
tipo esa vida miserable y sin objeto elevado y digno, tendiendo a reducir al
trabajador a la condición de los coolíes, infelices trabajadores asiáticos que
son actualmente una amenaza para el proletariado de Europa y América, si éste
no se apresura a efectuar la revolución social, en atención a que esas pobres
gentes, incapaces de toda idea emancipadora, desarrollan fuerza animal a gusto
del burgués a cambio de un puñado de arroz .
Gran
recurso, a la vez que gran infamia, ha sido condicionar el precio del trabajo
por el de las subsistencias: de ese modo se compra toda la fuerza del hombre,
pareciendo comprar sólo su función, haciéndole creer que para la adquisición de
las cosas indispensables a su existencia
diaria, se necesitan diez o doce horas cada día, y para colmo de hipocresía
capitalista, mientras en la verdadera esclavitud el trabajo del esclavo reviste
la forma de trabajo no pagado, en el régimen capitalista, hasta el exceso de
trabajo parece tra- bajo pagado, que así es y en eso consiste el arte del
ganancierismo: en dar menos de lo racional, pareciendo que dan con exceso .
Lo
que enriquece, pues, al burgués, es la
ganancia consistente en la diferencia que existe entre lo que puede llamarse
el precio social del trabajo, o sea, el jornal medio, y el precio de
venta, de que da exacta idea el cálculo de la producción del trabajador
norteamericano de que queda hecho men- ción, y este otro fresco y reciente, que
encuentro en una correspondencia de Londres publicada en un diario belga con la
firma de un corresponsal que es querido amigo mío y compañero:
Se
trata de una señora Payne, viuda, con tres hijos, que durante diez años se ganó
la vida (¡qué vida!) trabajando en una gran sastrería del West- End, a quien se
pagaba seis farthings (15 céntimos) por
una labor llamada
«acabar
pantalones», empleando en cada par dos horas, lo que elevaba su jornal a 1,20 .
Sus patronos juzgarían aún estrujable el caso, y le rebajaron el precio del
trabajo, y aquella malaventurada
heroína, la madre, la mujer fuerte, la que juzgo autorizada para
pisotear la virtud estéril, mortalmente infecunda de las santas místicas
canonizadas por la Iglesia, con la vergüenza en el rostro pidió socorro al magistrado, quien a su vez debió
avergonzarse de representar ante aquella infeliz el inmenso poderío de la Gran
Bretaña .
258
259
Con
este motivo, M . Gilbert, que viene trabajando, en una información acerca del
sweating (explotación) en la industria del vestido, dice que los casos análogos
son infinitamente más numerosos que lo que se creía . La pro- ducción media
de los obreros y obreras que trabajan en esa industria es de cuatro
libras esterlinas semanales; el término medio de los salarios es sólo de una
libra . ¿Dónde van las tres libras
restantes? Liberales y conservadores, librecambistas y proteccionistas
permanecen indiferentes ante iniquidad tan tremenda . Pues hoy que la
alternativa entre el libre-cambio y la protección están a la orden del día en
Inglaterra, bueno sería conceder alguna atención al problema del libre cambio
en carne y sangre, de que el caso de la
señora Payne es un doloroso ejemplo .
Véase
un dato curioso acerca de este asunto:
En
el período de 1860 a 1872, en Norte América, empleaba diez horas un obrero
carpintero para construir una mesa especial llamada Writing- table, que valía
lo equivalente a 20 francos en moneda francesa . El precio se establecía de esta manera:
material, 8 francos; trabajo, 12; total, 20 . Un ingeniero llamado Himlow
inventó una máquina que podía hacer 100 mesas en diez horas, o sea una mesa en
seis minutos, y en menos de dos años
Himlow, explotando solo su invento, arruinó a los pequeños cons- tructores, sin
rebajar un céntimo el precio de las mesas .
Vendió luego su privilegio de invención a un constructor de máquinas, y
poco después no había en los Estados Unidos
carpintería sin máquina Himlow .
He aquí ahora una suposición de Walter-Jourde, de L’Humanité Nouvelle :
Por
el robo o de otro modo (la posesión es lo esencial, el modo no impor- ta,
porque el resultado es el mismo, ya que el dinero es un vale al portador),
poseo un duro y con él compro material
para una chaqueta de moda; pero como no sé hacerla, le propongo
a un sastre pobre que me la haga, ya que él sabe, pero no tiene crédito
ni las 5 pesetas que el comerciante
exige para entregar el paño; el sastre acepta la proposición, y como es
justo (el sastre y yo convenimos en ello), yo que le suministro los medios de
comer trabajando, tengo el derecho de comer viéndole trabajar . El sastre necesita un día para ejecutar su
trabajo, y como el sustento de un hombre
(alimentación, casa y
vestido)
cuesta un duro diario, resultan para los
dos 10 pesetas, 5 para el sastre y 5 para mí, y quedamos en paz . . . en paz a la moda capitalista, y luego vendo
la chaqueta en su justo valor, a saber: 5 pesetas de material, más 5 de
hechura, más 5 de anticipo de capital, más 5 de coste de tienda y de servicios
prestados por el Estado, total 20 pesetas, y aún resulta barata .
En
el caso que acabo de suponer he empleado un obrero solo, que dispo- nía
únicamente de inteligencia, tijeras y aguja; pero si empleo cierto núme- ro de
obreros y les hago trabajar con el número
correspondiente de máqui- nas, si uno
me ha dado de comer, entre todos
me harán rico, quedando probado que la ganancia se funda en ese trabajo no
pagado que utiliza el capitalista desviando toda noción de justicia y de
economía .
La
afirmación expuesta resulta probada y evidentísima, pero los econo- mistas,
cerebros estropeados por el sofisma, no lo reconocerán nunca . Para ellos el
valor de las cosas es independiente del
trabajo que cuesta producir- las; es el capital que fructifica por su propia
virtud, es el dinero que se re- produce por generación espontánea; el valor de
un objeto cualquiera es proporcional al servicio que presta al adquirente, de
cuya participación queda excluido el esclavo, que ya recibió en rancho y
albergue su parte, el siervo que tiene reguladas sus relaciones con el señor,
el jornalero que ya cobró su jornal .
Así
se piensa, así se obra, sobre base tan
irracional se funda una orga- nización
social, con una religión que pone en boca de un dios la profecía que asegura
que siempre habrá pobres en el mundo, y con una ley que adjudica la riqueza al
usurpador, cuando la estadística arroja datos como los siguientes que todo el
mundo puede leer en La Conquista del Pan:
En
el suelo virgen de las praderas de América, cien hombres, ayudados por
poderosas máquinas, producen en pocos meses el trigo necesario para que puedan
vivir un año diez mil personas . . .
Con
las máquinas modernas cien hombres fabrican con que vestir a diez mil hombres
durante dos años .
En
las minas de carbón bien organizadas, cien hombres extraen cada año combustible
para que se calienten diez mil familias en un clima riguroso .
260
261
Antes
de terminar este asunto, expuestos los datos y argumentos racio- nales
pertinentes a mi tesis, quiero oponerles el más fuerte obstáculo posi- ble a su
admisión; tan firme estoy en mi juicio que, seguro de mi triunfo, que es el de
la verdad, quiero probarlo contra el más alto prestigio levanta- do en defensa
de la mentira, del privilegio, de la injusticia social .
Léese
en la famosa encíclica Rerum Novarum, edición oficial:
A la
verdad, todos fácilmente entienden que la causa principal de em- plear su
trabajo los que se ocupan en algún arte
lucrativo, y el fin a que próximamente
mira el operario, son estos: procurarse alguna
cosa y poseerla como propia suya con derecho propio y personal . Porque
si el obrero presta a otro sus fuerzas y su industria, las presta con el
fin de alcanzar lo necesa- rio para vivir y sustentarse; y por esto, con el
trabajo que de su parte pone, adquiere un derecho verdadero y perfecto, no sólo
para exigir su salario, sino para hacer de éste el uso
que quisiere . Luego si gastando poco de ese salario ahorra algo y
para tener más seguro este ahorro, fruto de su parsi- monia, lo emplea en una
finca, síguese que la tal finca no es
más que aquel salario bajo otra forma .
Adviértase
que el papa infalible que escribió y lanzó eso al mundo con su bendición
apostólica, ya sabía que el salario no podía transformarse en fincas, a no ser
el salario del papa, porque algunas líneas antes se lee: «el haberse acumulado las riquezas en unos pocos y empobrecido la
multitud [ . . .] ha sucedido hallarse los obreros entregados, solos e
indefensos, por la condición de los tiempos, a la inhumanidad de sus amos y a
la desenfrenada codicia de sus competidores; a aumentar el mal vino la voraz
usura . . .» .
¿Para
quién y para qué escribiría eso León XIII?
No
quiero suscitar con mi respuesta cuestiones ajenas a mi propósito de mantenerme
en el terreno de los asuntos económicos, y me limito sim- plemente a añadir:
sólo por excepción se cuentan los que han sido jornale- ros entre los
propietarios; sólo por excepción se cuentan los jornaleros que ascienden a
propietarios, los que no
ascenderían si no empleasen medios
indeclarables, porque el jornal, que es siempre insuficiente para las necesi-
dades de la vida, no da acceso a la propiedad, y los propietarios lo son por
medios
que toleran las leyes y que absuelven los teólogos, pero que repug- nan a la
critica racional .
IV
He
aquí llegada la ocasión de hablar del dinero, lo que haré extractando lo mejor
que sepa un trabajo de Tolstoi, que me parece da su verdadera significación .
Créese
generalmente que el dinero representa la riqueza, que ésta es el producto
trabajo y que hay relación perfecta entre uno y otra .
Esa
creencia es tan falsa como la que supone
que cada organización social es resultado
de un contrato previo . Dícese
que el dinero no es más que un medio de cambiar los productos del trabajo: yo hago botas, otro cuece pan,
un tercero cría carneros y, para facilitar las transacciones, nos servimos de moneda intermediaria . Así considerado el dinero facilita la circulación de los
productos y representa el equivalente del trabajo .
Eso
sería perfectamente exacto si no
cometiese violencia una de las partes sobre la otra . En cuanto se ejerce una
presión, cualquiera que sea su forma, el dinero pierde inmediatamente su
carácter primitivo y se convier- te en medio coercitivo, en representante de la
fuerza injusta y brutal .
Durante
una guerra, el botín obtenido por el saqueo no es producto del trabajo, tiene
una significación muy distinta del dinero ganado por la construcción de unas
botas . Otro tanto sucede con la trata
de esclavos .
Si
unas campesinas hilan y tejen unas telas y las venden, y si unos sier- vos
trabajan para el amo y éste vende el producto y recibe el precio, las
campesinas y el amo de los siervos tienen una misma clase de dinero; pero en el
primer caso representa el trabajo; en el segundo, la fuerza inicua .
En
una sociedad en que exista una fuerza que se apropie del dinero de los otros o
que proteja y defienda la usurpación, el dinero, lejos de ser la representación
del trabajo, lo es del despojo a que se somete al trabajador .
Sería
el dinero equivalente del trabajo en un medio social en que exis- tiesen
relaciones mutuas completamente libres; en la actualidad y en esta sociedad,
después de tantos siglos de rapiñas y detentación por los privile- giados del
patrimonio universal, el dinero centralizado, no hay quien lo
262
263
niegue,
es violencia y tiranía capitalizada, y el trabajo no entra en él más que en una
parte mínima . Decir hoy que el dinero representa el trabajo es, no ya un
error, sino una mentira .
En
su significación más exacta, el dinero es un signo convencional que da al que
lo posee, a título justo o injusto, el medio de servirse del trabajo de los
otros .
Casi
siempre el trabajador vende los productos
de su trabajo pasado, presente y futuro, no ya porque el dinero presente
facilidades de cambio, sino porque se le exige como obligación .
Cuando
los faraones de Egipto exigían el trabajo de sus esclavos, éstos no podían dar
más que su trabajo pasado y presente; pero con la aparición y generalización de
la moneda y del crédito, su consecuencia, el trabajador vende su trabajo futuro
.
El
dinero representa la esclavitud impersonal que ha sustituido en las modernas
democracias a la antigua esclavitud personal; y el salario no es otra cosa que
el tugurio, el vestido y la bazofia del antiguo esclavo sumi- nistrado en
numerario, con lo que si nos dejan estirar nuestra actividad hasta donde llega
la cadena representada por nuestras privaciones, en cam- bio, en la época de
crisis no tenemos, como tenían nuestros antepasados, la pitanza segura, sino
que los amos del día nos dejan morir de hambre cuando los almacenes no pueden
contener la sobreproducción .
Supongamos
un burgués de aspecto venerable que nada ha hecho, ni hace, ni hará que tenga
valor cambiable y social, es esposo de una señora caritativa que, por sadismo,
porque le gusta el contacto de la miseria para mejor apreciar el confort de que
disfruta y embriagarse con la lisonja de la gratitud, lleva la afrentosa
limosna a la mansión del pobre, del excedente social; el tal burgués es padre
de hijos que se doctoran en la Universidad y de hijas que son el encanto de los
paseos, de los teatros, de los templos, de los salones de buen tono, y lleva
tras sí, como perrilla bien cuidada que sale a la calle, una cohorte de gomosos
callejeros que husmean la dote; éste tal corta periódicamente el cupón de la
renta, el cual representa trabajo indu- dablemente; pero ¿de quién? No
seguramente del rentista, quien en el va- lor de aquel cupón, como en hostia
maldita consagrada en el altar del ca- pitalismo, lleva el sudor, la sangre,
la muerte prematura de muchos
desheredados,
y con ello usurpa muchas, muchísimas raciones de produc- tos agrícolas,
industriales, científicos, artísticos, etc ., que corresponden a tantos y
tantos infelices desheredados que de ellas carecen .
He
ahí lo que es el dinero, fruto de la ganancia, y ved cómo a su pose- sión
contribuyen: la esclavitud más a menos disfrazada de los trabajadores, la
explotación que ejercen los capitalistas,
el mutualismo del crédito; la sanción que le prestan las leyes, la justificación que le otorga la
religión bajo la palabra sagrada de un papa infalible, la moral, y hasta, no la
cien- cia, sino algunos científicos, cuando lo consideran como el premio de la
victoria de los fuertes sobre los débiles y mal dotados en la lucha por la
existencia .
A la
perpetración de ese crimen social contribuyen,
en primer término, las instituciones;
después, por rutina, por atavismo y por ignorancia contri- buimos todos
. Podrá excusarse nuestra
responsabilidad por la considera- ción de que obramos impulsados por la fuerza
poderosa de la tradición; pero dada la existencia de la protesta
científico-revolucionaria que desde mediados del siglo pasado agita al mundo
civilizado, protesta que ha pues- to en actividad grandes inteligencias
creadoras de la sociología, y que ha llevado a la propagación, a la lucha
económica y revolucionaria a muchísi- mos abnegados y nobles altruistas que
dieron su libertad, sus amores y su vida por la libertad, el amor y la vida de
sus compañeros, la ignorancia y la indiferencia son una complicidad que lleva
como castigo el convertir a los cómplices en víctimas, de modo que, al ayudar a
los tiranos, trabajan en su propio daño . Sí, los desheredados que no ayudan
positiva y directamente a sus compañeros
que luchan por la transformación de la sociedad, no sólo son culpables y
partícipes de la iniquidad privilegiada, sino que hasta pier- den derecho a la
queja, porque su propia conciencia puede acusarles de traidores contra sus
compañeros y contra sí mismos .
V
Vosotros,
los dependientes de comercio, os halláis, en el concepto que aca- bo de
indicar, en una condición especialísima, diferente de la de los demás
explotados . Ved en qué consiste esta diferencia . Todos, o la generalidad de
264
265
los
trabajadores de la industria y de la agricultura elaboran sus productos, el
capitalista los toma y los entrega al
comercio, pero el comerciante, al entregarlo al consumidor por medio de su
dependencia, ha de sacar de él su ganancia, ya sabéis cómo, poniendo en
práctica el famoso y popular
«dar
gato por liebre», y este es el principal
servicio que el burgués vendedor, que ya ha sacado lo que ha podido del
burgués llamado productor, espera de su dependiente, que ha de ser diestro en
el arte del regateo, locuaz para mostrarse entendido en la producción del
género que vende y sugestivo hasta el punto de persuadir al comprador que
realiza un buen negocio con la compra .
Vuestra profesión se halla
comprendida entre las que Nettlau propone que se estudien para impedir que
produzcan sus desastrosos efec- tos, junto con aquellas otras que fabrican géneros
adulterados para estafar y aún envenenar al público y las que construyen cierta
clase de edificios públicos o habitaciones higiénicas para pobres .
Sobre
vuestra profesión, no he de disimularlo, y espero, compañeros, que en bien de
la verdad y de la justicia a la vez que en vuestro bien me dispenséis mi
franqueza, pesa, no diré un cargo, una consideración; sois de los que más
reacios se han mostrado para ingresar en las legiones del pro- letariado
militante, lo que se explica perfectamente
por dos causas: prime- ra, porque el contacto con el dinero y el
conocimiento del mecanismo del crédito ha hecho de vuestra profesión una
especie de noviciado comercial, a cuyo término se hallaba la consagración
burguesa de comerciante; se- gunda, porque el adoptar un vestido y afectar unas
maneras convenientes para tratar con el público, ha inspirado a muchos
dependientes la idea de que eran superiores al obrero, que habla sin afectación
y con cierta rudeza espontánea, y no se desdeña de presentarse en la calle con
el traje del tra- bajo . Pero la justicia proletaria no ha ser más dura que la
cristiana, la cual, según el evangelista Mateo, paga un denario a todo obrero
de la viña del Señor, tanto al que se ajustó y comenzó el trabajo a primera
hora como al que comenzó cerca de la hora undécima . Lo importante es que habéis ve- nido, que
todos fraternizamos en el trabajo contra la explotación, que ha- béis
comprendido que a la participación del capital, aunque sean muchos los
llamados, y lo son todos vuestros colegas, pocos son los escogidos, so- bre
todo desde que el capitalismo va encontrando trilladas todas las vías
del
negocio; y no hay medio de encontrarle sino con un capital previo imposible de
formar con lo mezquino de vuestro salario .
Y a
todo esto ¡qué vida la vuestra! ¡Qué modo de clavar sus uñas en vuestro cuerpo
el monstruo de la ganancia! He leído recientemente un opúsculo de Macein,
titulado Los horrores del comercio, en que con estilo sencillo, pero rebosando
sinceridad, refiere vuestros padecimientos,
y es seguro que si el sufrimiento pudiera medirse, se os pudiera parangonar con los explotados
que la opinión califica de más sufridos .
De
aquel escrito tomo estos apuntes:
Nada
envidiable es la misión del dependiente de comercio, nada deco- rosa su
situación . El oficio que desempeña al
comienzo es bastante penoso, y sigue siéndolo hasta que se convierte en amo .
Las
calamidades que pasa son infinitas, y por eso mismo que las ha su- frido y que
no se las han contado, debiera extirpar, cuando se hace burgués, esos
procedimientos de rutina y desconcierto
que tan mal se avienen con los
principios modernos, y que tan mal dicen
en favor de los sentimientos hu-
manitarios del hombre .
Sigue
relatando detalladamente la serie de malos tratamientos infligi- dos al infeliz
aprendiz de dependiente llamado «hortera», entre los cuales se cuentan el
hambre, la falta de descanso, el desprecio, los castigos injus- tificados, etc
., y añade:
Salario no se le concede hasta que no lleva uno, dos
y a veces hasta tres o cuatro años; al cabo de este tiempo gana dos, tres o
cuatro duros al mes .
Continúa
diciendo:
Para nadie
es un secreto cómo se desarrolla
el comercio . La falta de iniciativas y
la pobreza de inteligencia de los que
dirigen las cámaras, los centros,
los círculos mercantiles, los sindicatos, etc ., son las causas determi- nantes
del malestar general de las clases comerciales y de la languidez y ruina del comercio . Los dependientes trabajan para sus
principales y éstos
266
267
van
echando céntimo a céntimo, en el buzón de sus rapiñas, el producto casi íntegro
del trabajo de aquellos .
Comerciante
es sinónimo de usurero . No se preocupan
nuestros comer- ciantes de los problemas que atañen al engrandecimiento y
bienestar de sus esclavos . No estiman prudente realizar acto alguno que pueda
contribuir a revestirlos de esa simpatía indispensable al mantenimiento de la
paz . No buscan más que el medio de
retener a los hombres bajo su torpe domina- ción . Se niegan a reintegrar las legítimas
aspiraciones de los que, menos astutos, menos audaces o menos
afortunados, no han conseguido conquistar un puesto . Oponen obstáculos y dificultades a los que
pretenden salir de su postración . No
quieren enlazar intereses con intereses .
Más fuertes y pode- rosos, desvían siempre que pueden las iniciativas de
los de abajo . Encuen- tran desatentado
y temerario el derecho de asociación, y
más temerario y descabellado el derecho
de la huelga . Añádase a todo esto la falsificación de los géneros, la
adulteración de los alimentos y el robo en el peso o en la me- dida, y se tendrá completo el tipo del comerciante
.
He
dicho antes que la justicia proletaria; y ahora quiero denominarla anarquista,
no había de ser más dura que la cristiana, a propósito del hecho de que entre
los explotados sois los últimos que acudís al llamamiento histórico de Marx:
« ¡Trabajadores del mundo, asociaos!» .
Pero he de aña- dir ahora otra consideración: si mientras ignorabais que
en la viña del Se- ñor había trabajo, nadie podía reprocharos haber acudido a
última hora, y por eso se os pagó un denario como a los que comenzaron a hora
prima, en estos momentos que estáis en
la viña y que veis la gran labor que ha de efectuarse, vuestra conciencia,
aquel sentido íntimo donde radica toda jus- ticia, que no es ya justicia de
religión, de secta ni de partido, sino justicia absoluta y perfecta, os impone
el deber de contribuir al trabajo con una parte que no rebaje vuestra
honorabilidad de clase ni vuestra dignidad personal .
Ved
lo que dice Henri Dagan para terminar su obra Supersticiones polí- ticas y
fenómenos sociales de donde he tomado algunos pensamientos para el presente
escrito:
Se
está cerrando la era del trabajo .
Los
pueblos atraviesan una crisis sin ejemplo en la historia universal: se
empobrecen en el seno de la abundancia .
En
los países más ricos (Estados Unidos e Inglaterra), el pauperismo
es más intenso .
Hemos
llegado al caso de preguntarnos si vamos hacia una nueva servi- dumbre o a una libertad desconocida .
Duda
terrible, compañeros, a la que es preciso responder de una mane- ra categórica
enérgica .
Yo
os daré mi respuesta, pero antes conviene hacer esta observación: Todos los
abusos del poder se acumularon durante
la Edad Media en la
autoridad
de la Iglesia; sobrevino la Reforma, verdad y justicia relativas, y produjo el
aborto del protestantismo que, justiciero contra el catolicismo, concuerda con
él en oponer los errores primitivos y trasnochados del Génesis a las verdades
recién descubiertas por la ciencia .
Vino luego la revolución democrática, y tomando por unidad política el
ciudadano, título que por parangonar en el derecho parlamentario al pobre y al
rico encubre todas las desigualdades sociales, convirtió en ridículo sarcasmo la
famosa trilogía re- publicana . Surge luego el socialismo, a consecuencia del
fracaso de la demo- cracia y de la república; verdadero fracaso, compañeros,
tened el valor de reconocerlo, porque en ninguna de la treintena de repúblicas
que hay en el mundo existe libertad, igualdad ni fraternidad, y para darse
carácter prácti- co, huyendo de ser tenido por utópico, ha caído en un
utilitarismo burgués, inculcando a los trabajadores la conquista del poder por
la política, y la del capital por la cooperación, utopía pancista tan lejos de
la realidad, como lo estuvo Sancho Panza de ser titulado conde, duque ni
archipámpano .
Sí,
verdad es que atravesamos la crisis absurda del hambre en la abun- dancia; pero
de ello son responsables y culpables en gran parte todos esos reformadores que
desvían al trabajador de la vía emancipadora,
que acep- tan las semiverdades, que por fuerza atávica están enganchados
al pasado, y por vanidad y moda se presentan
como radicales, de los cuales no saldrá jamás nada claro, concreto ni
práctico, sino lo que saliere, reservándose del derecho de criticarlo después
. Para mí, el temor de una nueva esclavitud,
268
269
desconociendo
el valor del progreso, tiene tan escaso fundamento y mere- ce tan escaso
crédito como el que se concedería a
quien profetizara que el hombre ha de retrogradar hasta convertirse en mono .
Sí,
vamos a una libertad desconocida, pero prevista; vamos a la partici- pación de
todos en el patrimonio universal, y esto como consecuencia del saber y de la
dignificación de los hombres, contribuyendo a la realización de este ideal los
errores de los regresivos y de los estacionarios, tanto por lo menos como la
energía de los progresivos .
Vamos
. . . pero no quiero decíroslo yo; mi
profecía del ideal no puede gozar del menor crédito .
Oíd
lo que dice Elíseo Reclus, anarquista a quien los mismos burgueses consideran
como una eminencia científica:
La
sociedad anarquista es una comunidad de iguales, y será para todos una felicidad inmensa, de que no
podemos formar idea actualmente, vivir reconciliados todos, porque los intereses de dinero, de posición, de
casta, no harán enemigos natos los unos de
los otros; los hombres podrán estudiar juntos, tomar parte, según sus
aptitudes personales, en las obras colectivas de la transformación planetaria,
en la redacción del gran libro de los cono- cimientos humanos; en una palabra,
gozarán de una vida libre, cada vez más amplia, poderosamente consciente y
fraternal . . .
Ya
lo veis, compañeros, desde el abismo de
la pérdida en que nos tiene sumidos el régimen de la ganancia, aspiramos a esa
edad de oro que nos promete la ciencia, superior a la que del pasado forjaron
los poetas . Id a trabajar por su
aproximación, y en pago de vuestro trabajo disfrutaréis de la propia
estimación, que es la mayor recompensa a que puede aspirarse, y por añadidura
seréis recompensados con la gratitud de los desheredados a quienes hayáis roto
las cadenas de la servidumbre .
Un
pensamiento final para las mujeres: la
mujer es susceptible de saber tanto como el hombre y de sentir más que el
hombre .
Se
ha dicho, y me parece que la historia lo confirma, que en el mundo no triunfa
una idea hasta que las mujeres la aceptan, la sienten y son capa- ces de
sacrificarse por ella .
Yo
sé cómo sienten las mujeres, porque me lo ha enseñado la experien- cia del
mundo y por lo que he visto en mi familia cuando he tenido la honra de sufrir
por la idea; sé, por tanto, que habéis de sufrir cuando os hiera el privilegio,
y más aún cuando hiera a los que amáis .
Un
consuelo y un remedio os propongo: que esforcéis vuestra inteli- gencia hasta
conocer la verdad, la belleza, la justicia, y sobre todo la posi- bilidad del
ideal libertario . Sentid mucho lo que
sufran por la iniquidad social vuestros padres, vuestros hermanos, vuestros
amigos, vuestros espo- sos y vuestros hijos; pero sentid más los atropellos
cometidos contra la razón, porque de ese
modo, con vuestra enseñanza y con vuestros consejos evitaréis muchos males . Si
así no lo hacéis, sufrid, y sufrid vuestro mereci- do, porque en todos aquellos
males os corresponde gran responsabilidad .
La
Revista Blanca (Madrid), VI, 136 (15 febrero 1904), pp. 491-495, VI y 138 (15
marzo 1904), pp. 545-554.
270
271
Ciencia
versus religión
La
religión y la ciencia
En
la estera puramente científica, los obstáculos que la religión opone sis-
temáticamente al progreso suelen ser desdeñados donde quiera que se es- tudia
la sociología, y ya nadie siente la necesidad de insistir, ni entre los
iniciados en la ciencia revolucionaria hay quien reclame que se pongan a la
orden del día cuestiones teológicas relacionadas con la ciencia .
Por
desgracia, España es una excepción; aquí es aún necesario dedicar algún tiempo
a estos asuntos en atención al gran número de ignorantes que carecen de toda
instrucción, y al no escaso de privilegiados, más o menos ilustrados, pero
sometidos al sugestivo influjo clerical, y que juntos forman una fuerza
sometida a la dominación de los teócratas .
Por
mis escasos conocimientos, poca luz
propia puedo aportar para el esclarecimiento de verdades tan importantes como
las que al indicado asun- to se refieren; pero me queda el recurso de aportarla
reflejada e, imitando a otros muchos, puedo hacerme una erudición de
circunstancias con sólo tomar del montón de lo que se sabe y con ella llevar a
buen término mi tesis, a saber: todo lo que se ha escrito para probar la
armonía entre la religión y la ciencia ha resultado trabajo inútil .
Creyendo
prestar un servicio a mis compañeros de trabajo desde las páginas de esta
Revista, dedicada sinceramente a la verdad y a la justicia, entro en materia .
El
Concilio Vaticano, y después la multitud de escritores en él inspira- dos,
apoyándose en razonamientos más o menos sofísticos, que no puedo reproducir por
su extensión ni tampoco lo juzgo necesario, dice:
Ninguna
verdadera discordia puede haber jamás entre la fe y la razón [ . . .] La vana
apariencia de esta contradicción nace principalmente de no haber sido entendidos y expuestos los
dogmas de la fe, según la mente de la iglesia, o de haberse tomado por sentencia de la razón los antojos de las
opiniones .
275
Es
cierto que la fe y la razón deben de andar acordes siempre, y así anda- rían si
no hubieran inventado los teólogos aquella fe que clasifican entre las virtudes
teologales, indispensable para creer misterios y milagros reñidos con la
evidencia . Tengo fe, por ejemplo, en la redondez de la tierra; en que el día,
la noche y las estaciones son fenómenos producidos por su movimiento y su relación con el sol,
aunque por falta de conocimientos y de medios a propósito no pueda comprobarlo
directamente; tengo fe en la existencia de América, aunque no la he visto, y la
tengo también en que la injusticia domi- nante en la sociedad, resultado de
monstruosos abusos, cometidos a la som- bra de una fe ciega en el error, han de
desaparecer merced a la ilustración y a la energía de los que de tal iniquidad
vienen siendo víctimas, aunque tan fausto acontecimiento no pueda verle por ser
futuro . Y esa fe racional, fun- dada en
la lógica y apoyada en la evidencia, es perfectamente suficiente .
En
cuanto a que los dogmas de la fe no hayan sido expuestos según la mente de la
Iglesia, y por ello no hayan sido entendidos, cúlpese a la dudo- sa
sabiduría de tanto teólogo, que, por lo
visto, estaban poco fuertes en gramática, o que acaso se extraviaban algo por el peligroso terreno de los antojos
de las opiniones .
Y
continúa el Concilio Vaticano:
Tan
lejos está la Iglesia de oponerse al cultivo de las artes y ciencias humanas,
que, por el contrario, lo auxilia y lo
promueve en muchas ma- neras . Pues no
ignora ni desdeña los provechos que de ella reporta la vida humana .
Afirmación
absolutamente falsa, como lo prueban,
tomados entre mu- chos, los siguientes recuerdos históricos: el sistema de
Copérnico, conde- nado por la Iglesia como contrario a las Sagradas Escrituras;
Colón, tenido por loco por la Junta de Salamanca; Galileo, obligado a renegar
de la ver- dad ante la Inquisición de Florencia .
Contra
el valor positivo de estos datos, que el lector ilustrado ampliará, nada
significa el hecho de que, especialmente en estos últimos tiempos, se hayan
dedicado algunos religiosos al estudio de las ciencias, entre los ana- les
sobresalen nombres eminentes como el P .
Secchi, por ejemplo, porque
esto
sólo sirve para evidenciar la contradicción que existe entre los libros
sagrados, depositarios de la revelación y la tradición religiosa, y su opuesta
y antitética, la observación científica, a la vez que la incongruencia entre lo
que dicen creer y manifiestan saber los
místicos científicos . Teniendo en
cuenta, además, que ese fervor científico pudiera muy bien tener por objeto no
dejarse arrebatar el predominio y los
privilegios que los teócratas disfru- tan, defendiéndolos con esa misma
sabiduría que aborrecen y echando ma- no de ella para cegar sus fuentes con
sofismas y con sus métodos especiales de enseñanza .
Aparte
de la contradicción y la incongruencia entre el saber y el creer, existentes
entre los teócratas, hay sabios laicos que amparan con el presti- gio de su
nombre verdaderas tonterías, como la siguiente:
O
Moisés tenía en las ciencias una instrucción, tan profunda como la de nuestros
siglo, o estuvo inspirado . (Ampère, Teoría de la tierra .)
Para
demostrar que Moisés distaba mucho de tener esa instrucción científica y no
tuvo otra inspiración que las preocupaciones
propias del vulgo, basta saber lo que son el Sol, la Luna y las
estrellas, según la ciencia moderna, y lo que respecto de los astros se lee en
el Antiguo y Nuevo Tes- tamento .
Veámoslo:
EI
Sol es el centro de nuestro sistema planetario
y el regulador del mo- vimiento de la Tierra y de los otros planetas;
origen de calor y de luz, es el principio vivificante de todos los seres
organizados . Los más sabios astróno- mos le atribuyen un núcleo sólido, oscuro y quizá habitado, rodeado de una atmósfera luminosa . La distancia del Sol a la Tierra es de unos
38 millones de leguas; su luz nos llega en ocho minutos trece segundos, y es
1
.400 .000 veces mayor que nuestro globo . Antes de Copérnico se suponía que el Sol y todo el cielo
volteaba diariamente alrededor de la
Tierra . (De este error participaba Moisés y con él su divino inspirador,
quienes además ignoraban la redondez de la Tierra y la existencia de América .)
La
Luna es un satélite de la Tierra, en derredor de la cual voltea, acom-
pañándola en su revolución anual alrededor del Sol . Es 49 veces más pe-
276
277
queña
que la Tierra, de la que dista 85 .000 leguas . Tiene valles, montañas y
volcanes; pero carece de atmósfera, porque
no se nota en ella ninguna nube y los rasgos luminosos que recibe del Sol no
experimentan refracción alguna, lo que
la hace inhabitable, al menos para seres de nuestra misma naturaleza . Efectúa su revolución en torno nuestro en
veintinueve días y medio, y siempre nos presenta la misma faz . (Esa es la gran lumbrera, en- cargada, según
Moisés, de señorear la noche .)
Las
estrellas son astros fijos que brillan por su propia luz, y se cree que son los
soles de otros tantos sistemas planetarios, cuyo número es indefinido . Cuando
por hallarse cerca de la misma línea de observación parecen próxi- mas unas a
otras, forman manchas blanquecinas, conocidas con el nombre de nebulosas . La vía láctea es una nebulosa inmensa; las
estrellas están se- paradas de nosotros por distancias incalculables; por eso,
aunque la luz que nos envían recorre más de 300 .000 kilómetros por segundo,
tarda en llegar a nosotros hasta tres o cuatro años, refiriéndonos, por
supuesto, a las más próximas; Sirio tarda veintidós años . La ciencia supone
que los rayos lumi- nosos partidos de aquellos cuerpos en tiempos remotísimos
con una velo- cidad de 100 .000 leguas por segundo, acaban de llegar a nuestra
vista .
Ante
ese resumen científico, que tomo de un
acreditado Diccionario francés, que por nadie puede ser recusado, véase ahora lo que se lee en el Génesis, cap
. I ., vers . 14-19:
Y
dijo Dios: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche; y sean por señales
para las estaciones, días y años . Y
sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,
y fue así . E hizo Dios las dos grandes lumbreras: la mayor para que señorea-
se el día, y la menor para que señorease la noche; hizo también las
estrellas . Y púsolas Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la
tierra; y para señorear en el día y en la noche y para apartar la luz de las
tinieblas y vio Dios que era bueno . Y fue la tarde y la mañana del día cuarto
.
La
simple comparación de ambas citas basta para evidenciar la igno- rancia del
autor místico; pero los creyentes todo lo allanan para que los
absurdos
de la supuesta revelación no tropiecen con el buen sentido . Así, para que no choque aquello del Génesis,
I, 3-5: «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz . Y vio Dios que la luz era
buena; y apartó Dios la luz de las tinie- blas . Y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas
llamó noche; y fue la tarde y la mañana un día», creando la luz antes que las
lumbreras que habían de producirla, de lo que se cuidó tres días después, viene
un sabio creyente y dice:
Moisés
distinguió dos clases de luz: la una puesta en movimiento desde la primera
época, y que no es más que el resultado de ciertas vibraciones impresas a la
materia misma [ . . .]; la otra, cuya aparición tuvo lugar a la cuarta época, y
que emana de los cuerpos luminosos esparcidos en el firma- mento del cielo .
(Marcel de Serres, Cosmogonía de Moisés .)
Aparte
de que no es muy comprensible eso de las vibraciones luminosas de la materia
que iluminan durante el día solamente, y que exista el día y la noche antes de
que haya sol que ilumine y movimiento y rotación que alterne la luz con las
tinieblas, substituye el sabio citado la palabra día con época, recurso
empleado, contra la severidad del texto
bíblico, como con- cesión humillante que el misticismo hace a la ciencia .
Donde
la discordancia entre la religión y la ciencia llega a su colmo es, cuando
Jesús, profetizando el fin del mundo, según Mateo, X XIV, 29, dice estas
palabras:
Y
luego, después de la aflicción de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la
luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo . . .
¿Caerán
las estrellas? ¿Y esto lo dice un Dios creador del Universo? ¿Y se pretende que
la ciencia acate tamaño desatino? Para que el lector juzgue por sí propio,
teniendo en cuenta la pequeñez de nuestro planeta, compa- rada con la
grandiosidad de todo lo que nos rodea, apelo a nociones cientí- ficas, no de un
sabio racionalista, sino de un obispo, monseñor Bougeaud, obispo de Laval,
quién en su obra El cristianismo y los tiempos presentes, se expresa en los
siguientes términos:
278
279
A
simple vista se ven sobre el
horizonte de Paris 4 .146 estrellas
. Pero aquí está el telescopio; y
¿sabéis cuántas se ven actualmente?
Solamente en un extremo de la constelación de Géminis, en la cual el ojo mas
perspicaz no ve sino seis estrellas una buena lente hace ver más de 3 .000
hacinadas .
¿Qué
sucederá, pues, con respecto a la inmensidad de los cielos? ¿Qué será, aun
tratándose de esa pequeña mancha blanquecina llamada nuestro siste- ma sideral?
Véanse, acerca de este punto, los cálculos más precisos de la ciencia . Arago, Lalande, Delambre y
Francœur, admiten un numero total de unos 75 millones de estrellas visibles .
Y, no se olvide, esos 75 millones de
soles y de estrellas no forman sino uno
de los grupos de la vía láctea, y vistos desde cierta distancia, aparecerían tan solo como una mancha
pálida y blanca, como un borbotón
de espuma en la inmensidad .
Pero
la ciencia no se limita a contar los
astros, sino que los pesa . Esos 75 millones de astros no son 75 millones de
clavos de oro en una tapicería azul . Se sabe exactamente cuánto es su peso . Supongamos que existiese una ba- lanza
suficientemente grande para contener en sus platillos los globos celes- tes; he
aquí los resultados adonde llegaríamos .
Se vería que Saturno pesa
100
y Júpiter 338 veces más que la Tierra . En cuanto al Sol, es 1 .400 .000 más
voluminoso que ella, y como Sirio es a su vez 12 veces mayor que el Sol, Sirio resulta 16 millones de
veces más voluminoso que la Tierra . Sí,
ese clavo brillante que por las tardes vemos brillar en el cielo*, es 16 millones de veces
mayor que la Tierra .
Júzguese
por lo dicho, de las distancias y de la inmensidad de los espa- cios necesarios
para que puedan moverse tales masas .
Para
llegar desde el Sol a la Tierra necesitaría un tren expreso, corrien- do 50
kilómetros por hora, 347 años . Pues bien; esta asombrosa distancia la luz la
recorre en ocho minutos y medio . Calcúlese ahora, sobre esta base, la
profundidad extraordinaria del lecho estelar . Pues esa luz, que corre
75
.000 leguas por segundo, que llega desde el Sol en ocho minutos, ¿sabéis que
tiempo necesitaría para llegar desde el Alfa del Centauro? Tres años y ocho
meses . ¿Y desde Vega? Doce años y medio
. ¿Y de la estrella polar?
* La
intención un tanto sarcástica de las frases de cursiva se dirige a ridiculizar
la ignorancia del vulgo y también la del autor del Génesis, Moisés, y la de los
evangelistas Mateo y Lucas, que ponen en boca del dios-hombre la amenaza de que
caerán sobre la Tierra los tales clavos .
Treinta
y un años . ¿De la Cabra? Setenta y dos
. Es verdad que la estrella polar se
halla a 18 .000 millones de leguas de la
Tierra, y la Cabra a 162 trillones de leguas; finalmente, de Alción, la más
brillante de las Pléyades, quinientos años .
Pero
nótese bien que la profundidad del cielo
no se detiene en el grupo de las Pléyades, las cuales pertenecen por el
contrario a estos lechos superfi- ciales . Así Herschell cree que un rayo que
parta de una de sus constelaciones telescópicas de que se compone
la vía láctea, tardaría dos millones de años en llegar a nosotros .
La
investigación científica, ¿se
detendrá por lo menos ahí? No
. Llega hasta esas nebulosas que existen
en los confines del mundo estelar . Pero en- tonces la distancia resulta de tal
modo que confunde la mente . A pesar de
su asombrosa rapidez —dice M . de Humboldt— la luz tarda dos millones de años
en salvar la distancia inconmensurable que nos separa de esos as- tros . La luz
del Sol tarda en llegar a nosotros ocho minutos y medio; en un décimo de
segundo da la vuelta al globo, ¡y en el caso apuntado necesita dos millones de
años!
Y
todavía no hemos concluido . La más
asombrosa de las invenciones humanas, doblemente sublime, no tan sólo por la
magnitud de sus resul- tados, sino también porque en tal descubrimiento no
medió el telescopio ni instrumento alguno, sino únicamente el genio del
hombre, es la ley del movimiento de los cielos . En esos espacios inmensos nada hay
que se halle inmóvil; todo está
en movimiento . Esos millones de astros
flotan todos en igual sentido, y guardando
un orden regular a distancias determinadas, describiendo todos ellos el
más bello de los movimientos, girando
sobre sí mismos uno en torno de otros, a la manera de los antiguos coros . ¿Y que diremos de lo suave y armónico de esos movimientos? ¿Y qué principal- mente
de su velocidad? La Tierra gira en torno del Sol con una velocidad de siete
leguas por segundo, de 420 leguas por minuto, de 25 .200 leguas por hora, de
600 .000 leguas por día . Mercurio, todavía más rápido, gira con una velocidad
de más de un millón de leguas por día .
Y durante ese tiempo el Sol, con
su séquito de planetas, describe en rededor de algún centro desconocido una
curva cuyo radio
es tan prolongado que aquélla parece rectilínea, y con un movimiento majestuoso y más suave,
aun cuan-
280
281
do
es de 10 kilómetros por segundo, de 36 .000 por hora y de casi un millón por
día .
¿Y
sobre qué suelo se ejecutan estos
movimientos, iba yo a decir vertigi- nosos, si no fuesen tan suaves como rápidos; cuál es, digo, el
suelo sobre el cual se mueven esos
millones de astros? Pues no lo hay . Se
mueven en el vacío . Y no olvidemos su peso . El del Sol es de dos novillones
de kilogramos; lo cual se expresa por medio del numero 2 seguido de 30 ceros .
2
.000 .000 .000 .000 .000 .000 .000 .000 .000 .000 . Y Sirio tiene una masa que pesa doce veces
más . Y todo esto se mueve en el
vacío con una velocidad, con respecto a la Tierra, de
600 .000 leguas por día .
Cuando
se admira tan majestuosa grandeza, no puede menos de con- siderarse como
altamente ridícula la idea de supeditarla a la mezquindad de un sistema
inventado por un hombre de los tiempos pasados en que los conocimientos no
podían dar más de sí; y es además censurable en sumo grado elevarlo a dogma,
oponiéndose a la verdad y queriendo reducir a la humanidad a la ignorancia, con
fines de explotación y de tiranía .
Insisto
. ¿Qué significación puede tener la
palabra caer aplicada a las estrellas y
atribuida a Cristo? La idea caer necesita complementarse con las de arriba y
abajo, y éstas solo tienen aplicación al limitado espacio que ocupa la Tierra y
su esfera de atracción; fuera de ella no hay alto ni bajo, principio ni fin,
exterior ni interior, no hay más que el infinito . Además, sin atracción no se cae como lo
demostró Newton inspirado por su genio poderoso y la caída de la célebre
manzana a que se debe el descubrimiento de la ley de la gravitación universal
. ¿Y qué poder de atracción ha de tener
este minúsculo globo que habitamos para
qua caigan sobre él, como si fueran melones colgados del techo, aquellos otros
globos muchos millones de veces más grandes que él y que se hallan situados a
muchos millones de millones de kilómetros de distancia? ¿Y qué verbo divino es
ese que pasa por expresión de la verdad absoluta y dice lo que no puede suceder
y no sucederá, que las estrellas caerán ?
Un
día Donoso Cortés, queriendo dar gallarda muestra de su talento y manifestarse
digno del honor de ser admitido en la Real Academia Espa- ñola, dijo:
En
la Biblia están escritos los anales del cielo, de la tierra y del género
humano; en ella, como en la divinidad
misma, se contiene lo que es, lo que fue y lo que será; en su primera
página se cuenta el principio de los tiempos y el de las cosas, y en su última
página el fin de las cosas y de los tiempos . Comienza con el Génesis, que es
un idilio, y acaba con el Apocalipsis de San Juan, que es un himno fúnebre . El Génesis es bello como la primera brisa que refrescó a los mundos; como la primera aurora
que se levantó en el cielo; como la primera flor que brotó en los campos; como
la primera pala- bra amorosa que pronunciaron los hombres; como el primer sol que apare- ció en el Oriente . El
Apocalipsis de San Juan es triste como la última palpi- tación de la naturaleza; como el último rayo de luz;
como la última mirada de un
moribundo . Y entre este himno fúnebre y aquel idilio se ven pasar unas en pos
de otras a la vista de Dios todas las generaciones, y unos en pos de otros
todos los pueblos .
Pues
todo eso es pura imaginación, si se dice
de buena fe, y es una iniquidad si se aplica al único objeto para que sirve,
que es contener las reivindicaciones de los desheredados . La ciencia nueva y verdadera; la que no crea
autoridades celestiales que justifiquen
categorías superiores de re- presentantes privilegiados en la sociedad; la que
se funda en la universali- dad del conocimiento y tiene como consecuencia la
igualdad entre todos los conocedores, esa reduce los mitos a la categoría de
recuerdos históricos y se manifiesta
grande, esplendorosa y sublime, siendo como auxiliar y complemento de la
justicia que da a todos y a cada uno el lugar y las satis- facciones que les
corresponden en la sociedad humana junto
con la estima- ción de la propia dignidad .
Insultan,
pues, a la ciencia y ofenden a la justicia los que a todo trance quieren que la
verdad nuevamente descubierta se
armonice con el error decrépito y culpable de todas las abominaciones históricas .
La
Revista Blanca (Madrid), IV, 66 (15 marzo 1901), 564-569.
282
283
Sobre
la mujer
La
mujer
I.
La mujer en la ley
En
la legislación vigente en España se
halla expresado el derecho de la mujer en los siguientes términos:
«La mujer está obligada a obedecer al marido» .
Según
el artículo 57 del Código Civil, «el marido debe proteger a la mujer y ésta
obedecer al marido», cuya disposición concuerda con el artí- culo 603 del
Código Penal, que castiga con la pena de cinco a quince días de arresto a los
maridos «que maltratasen a sus mujeres y
a las mujeres desobedientes a sus maridos que les maltratasen de obra o de palabra» .
Por
el artículo 58 del Código Civil, «la
mujer está obligada a seguir a su marido dondequiera que fije su residencia
. Los tribunales, sin embargo, podrán,
con causa justa, eximirla de esta obligación, cuando el marido tras- lade su
residencia a ultramar o extranjero», y, naturalmente, considerado el hombre
como superior y protector y la mujer como inferior sumisa, no pue- de haber
otro artículo que afirme recíprocamente una obligación contraria . Un señor
puede viajar llevando la sierva que le sirva, pero no se concibe que la sierva
viaje por derecho propio llevando el señor que la tiranice .
Si
la mujer es propietaria de una finca y
en los capítulos matrimoniales no se expresa que ella es la administradora, «el
marido es el administrador de los bienes de la sociedad conyugal» .
Tan
importante es la omisión mencionada en
que puede incurrir la mu- jer propietaria, que puede ocurrir el caso de que el
marido sea menor de dieciocho años, y entonces intervienen en el asunto el
suegro, la suegra, si es viuda, o el tutor, si tampoco hay suegra, y sin el
consentimiento de una de esas personas no puede el marido tomar dinero a
préstamo ni gravar ni ena- jenar los bienes raíces, y a todo esto, la mujer,
por más propietaria que sea, como si no existiera .
De
modo que si la mujer va al matrimonio por amor y descuida ciertas precauciones
de interés, el marido, que puede ser un tronera, si es mayor de edad, pasada la
luna de miel cobra las rentas y dispone de ellas a su
287
voluntad,
quedando la pobre mujer esclava y víctima de su misma fortuna . Ser rica y
enamorada, y hallarse envuelta en tan horrenda realidad . . . ¡Qué hermosa
perspectiva!
No
puede la mujer, sin licencia o poder de su marido, adquirir por títu- lo
oneroso ni lucrativo; ni enajenar sus bienes; ni obligarse, sino en ciertos
casos y con limitaciones legales; ni entablar pleitos; ni comprar joyas, mue-
bles y objetos preciosos, pudiendo aquél, en el caso de haberse realizado una
compra, deshacerla y embolsarse su importe, aunque ese dinero pertenezca al
peculio particular de la mujer; ni, aunque sea sabia y escriba un libro,
publicarlo, si al marido, que puede ser
un gaznápiro, no le parece bien . Por donde se llegan a reproducir en nuestra
civilización, y tal vez en un palacio, escenas propias de las cavernas de la
edad de piedra .
No
puede la mujer pedir el divorcio fundada en el adulterio del mari- do, si éste
se arregla de modo que no resulte
escándalo público; pero el marido sí puede pedirlo aunque la mujer adultere sin
escándalo .
El
artículo 452 del Código Penal dice sin rodeos: «El marido que tuvie- re manceba
dentro de la casa conyugal, o fuera de ella con escándalo, será castigado con
la pena de prisión correccional en sus grados mínimo y me- dio», o sea de seis
meses y un día a dos años y cuatro meses, o de dos años, cuatro meses y un día
a cuatro años y dos meses . Pero si no hay escándalo . . . y como tampoco está
bien definido y concreto qué es escándalo,
siempre resulta favorecido el hombre .
Si
la mujer encuentra al marido en relaciones íntimas y deshonestas con la criada,
por ejemplo, tiene la esposa el derecho de despedir a la criada y reprender al
marido; pero si se propasara a
maltratarles sería castigada, te- niéndose sólo en cuenta la circunstancia
atenuante del arrebato .
En
cambio véase lo que dispone el artículo 438: «El marido que, sor- prendiendo en
adulterio a su mujer, matase en el acto a ésta o al adúltero, o les causare
lesiones graves, será castigado con la pena de destierro . Si les causare lesiones de otra clase,
quedará exento de pena»1 .
1 .
Téngase en cuenta que Lorenzo comenta aquí el Código Penal que ha regido en
España hasta no hace mucho: abril de 1931 .
Luego las Cortes Constituyentes de la República, al promulgar la Ley del
Divorcio corrigieron tamaña injusticia, sin que ello quiera decir, claro está,
que se haya colocado a la mujer en el puesto de consideración y mucho menos de
igualdad que le corresponde (Nota del E) .
Tal
es en su expresión más sencilla y clara el abismo de desigualdad y de
injusticia que entre el hombre y la mujer establecieron los legisladores que
fundaron esta civilización en que vivimos, análogo al que produjo la divi- sión
de pobres y ricos, que hemos estudiado en otro lugar, y cuyas conse- cuencias
son, tras siglos y siglos de existencia y de arraigo atávico, una muralla
altísima opuesta al progreso y una espesa nube que ofusca las inte- ligencias,
viéndose por ello la humanidad forzada a sufrir y retardar inde- finidamente el
día glorioso de su liberación .
La
mujer en la filosofía
Como
es natural, semejante situación no ha de ser definitiva ni eterna, y el
pensamiento ha investigado, juzgado y
criticado con diferentes criterios, según las épocas y las doctrinas
dominantes, y deseando dar un concepto
lo más preciso posible del derecho de la mujer, como parte integrante del
pueblo, con cuyo concurso ha de contarse imprescindiblemente para la gran obra de la realización del
ideal, como sujeto y objeto que es la mujer al igual que el hombre de la
sociología, expongo en este trabajo ideas pro- pias y adaptadas que contribuyan
a la realización de un fin que tengo por noble y grande .
He
aquí diversas opiniones de antropólogos de gran reputación acerca de la mujer .
Para
Lombroso, la mujer es mucho menos delincuente que el hombre, y la mujer
delincuente presenta muchas menos anomalías que el hombre criminal .
Según
Tarde, las mujeres son cuatro veces menos inclinadas al delito que los hombres,
y como consecuencia puede decirse que son cuatro veces más inclinadas al bien .
Tocqueville
ha dicho:
Si
se me preguntara a qué atribuyo principalmente la prosperidad in- mensa y la
fuerza siempre creciente del pueblo norteamericano, sin vacilar respondería que a la superioridad
de sus mujeres .
288
289
Pascal
Duprat cree que el fracaso de nuestras más generosas revolucio- nes y la
lentitud de nuestro progreso político se debe a que nuestras ma- dres, nuestras
hermanas y nuestras hijas, nuestras compañeras sobre todo, no participan de los
sentimientos y de las ideas que han
provocado esos grandes movimientos . He
ahí la causa principal de tantos fracasos políti- cos: hemos dejado a la mujer
en la superstición y en la ignorancia .
En
concepto de Bordier, la mujer, que es nuestra compañera, no es nues- tra
colaboradora, no es la mitad activa del género humano . Al revés, y como
consecuencia de ese error de la educación femenina, en vez de ayudarnos a
avanzar, emplea todas sus energías en dificultar nuestra marcha . ¡Qué es- fuerzo no se imprimiría a la civilización si la mujer colaborara en
beneficio de las ideas modernas! Por eso lo que más importa, si se quiere que la educa- ción influya de
una manera decisiva en los destinos de un país —y quien dice de un país dice de
la humanidad, generalizando la aplicación del pro- cedimiento,
constituyendo el medio social por
excelencia—, es fijarse seria- mente en
la educación de la mujer . Esa es la gran obra del porvenir .
La
igualdad de la mujer y el hombre ante la educación, a pesar de las diferencias
sexuales, que no afectan esencialmente al saber ni al poder, se halla
establecida por la enseñanza racionalista, y tiene en su apoyo, además de las
razones de fisiología y de derecho, esta importantísima conveniencia señalada
por Condorcet:
Cuando
se instruye a un niño se prepara un hombre instruido, pero cuando se instruye una niña se elabora la instrucción de una familia .
Según
resúmenes estadísticos, no puede admitirse que la mujer sea me- nos criminal
que el hombre sólo por tener menor energía, porque la verdad es que la mujer
aplica la suya al trabajo en una tercera parte y su crimina- lidad no alcanza a
la sexta . Fundados en esos datos,
Tarnovsky y Morselli afirman categóricamente que la mujer tiene los instintos
morales más de- sarrollados que el hombre, y en ella domina el altruismo, del
cual, cuando la mujer sea socialmente igual que el hombre, ha de venir el fin
del milita- rismo y la completa pacificación del mundo . Los cuidados y la práctica de la maternidad,
que preparan e interesan el ánimo en la defensa de los débi-
les
y desenvuelven el sentimiento de piedad,
son antiquísimos en la hembra y relativamente modernos en el varón .
Estas
ideas han contribuido poderosamente al desarrollo del movimien- to emancipador
de la mujer, no tanto por lo que en sí tienen de justificante y estimulante,
como por el demoledor contraste que ofrecen con las doctri- nas de los
definidores de los dogmas anticuados y caducos, que han llegado a nuestros días
en estado de descomposición y ruina .
La
mujer en la religión
En
efecto, he aquí lo que fray Luis de León pide a la mujer en La perfecta casada:
Por
más áspero y de fieras condiciones que el marido sea, es necesario que la mujer lo soporte, y
que no consienta por ninguna ocasión que
se di- vida la paz . ¡Oh! ¡Que es
un verdugo!, ¡pero es tu marido! ¡Es un beodo!,
¡pero
el nudo matrimonial lo hizo contigo uno!
¡Un áspero, un desapaci- ble!, ¡pero miembro tuyo ya, y miembro el más
principal!
He
aquí como botón de muestra, según citas no desmentidas que co- rren por
periódicos y revistas, la opinión de dos Padres de la Iglesia .
Según
San Buenaventura, «la mujer es un escorpión pronto siempre a picar: es la lanza
del demonio» .
Para
San Gregorio, «una mujer buena es más rara que un cuervo blan- co: la mujer
tiene el veneno de un áspid y la malicia de un dragón» .
En
términos parecidos y excesivamente groseros se expresan muchos otros santos
varones, cuyas efigies se veneran en los templos católicos y re- ciben aún
idolátrica veneración por parte de muchas mujeres y hombres ignorantes .
A
pesar de tener tan pésimo concepto de la mujer y de afirmar que no existe una
sola buena, el catálogo de las santas es grandísimo; baste recor- dar que, acompañando a un santo
a quien sin duda por imposición de las circunstancias se le pone el nombre en aumentativo, San
Hilarión, se ca- nonizaron de un golpe once mil vírgenes .
290
291
Los
católicos no brillaron jamás por la lógica .
El
adulterio
Letorneau,
hablando del adulterio en el pasado y en el porvenir, expone los siguientes
interesantísimos datos indispensables al estudio del derecho y de las
reivindicaciones de la mujer:
Como
todas nuestras investigaciones etnográficas, ésta, haciéndonos pa- sar del
salvajismo a la barbarie, de la barbarie a la civilización, afirma la ley del
progreso . Demuestra que el adulterio
fue en un principio castigado como un robo, pero un robo execrable, castigado
principalmente en la mu- jer, considerada como una propiedad en rebeldía . Para
ella sola era obliga- toria la fidelidad; el marido adúltero solo era
castigado, cuando se le casti- gaba,
como culpable de haber abusado de la Propiedad de otro hombre, no por haber
faltado a la fe conyugal . Poco a poco, sin embargo, la equidad fue adquiriendo
ciertos derechos al mismo tiempo que se humanizaban las cos- tumbres; el
matrimonio fue perdiendo el carácter que
tenía para la mujer de «contrato de servidumbre», y a pesar del retroceso
causado por el cristia- nismo, el progreso adquiere su fuerza y ya se entrevé el tiempo en que el
matrimonio, instituido sobre bases más racionales y justas, haga desapare- cer,
o poco menos, de nuestras costumbres el adulterio .
Ciertamente
ese tiempo es todavía lejano: de tal modo
se halla impreg- nada nuestra
conciencia de la moral rancia, que nuestra opinión pública y nuestros jurados
absuelven fácilmente al marido asesino de su mujer adúl- tera, a la vez que se
muestran muy indulgentes para los extravíos extracon- yugales del tremendo y cruel justiciero . El concepto de que la mujer es una propiedad servil perteneciente al
marido continúa existiendo en muchas cabezas; pero irá desapareciendo, y el
contrato matrimonial acabará por ser un contrato como otro cualquiera,
libremente aceptado, libremente conser- vado, libremente disuelto, y llegado
este caso, donde toda imposición y coer- ción desaparece, el engaño se convierte en una indigna felonía, sin
razón de existir, y cuando existiera sería como una excepción rarísima . Tal será, se- gún toda probabilidad, la
opinión de una humanidad futura más elevada
moralmente
que la nuestra, y quizá no será más indulgente que lo somos en el día con el
adulterio disimulado por lo que tiene de
engaño vil, pero en cambio, no excusará al marido asesino .
Desarrollando
la indicación hecha acerca del gran adelanto en que se halla la mujer
norteamericana, y para que sirva de término de compara- ción con el atraso de
la mujer española, incluyo la siguiente noticia acerca de los clubes femeninos:
La
mujer norteamericana
La
gran cultura de la mujer en los Estados Unidos la llevó a crear la asocia- ción
femenina, libre de toda influencia masculina, donde pudiera consa- grarse al
desarrollo de su mentalidad . De ahí la creación de clubes femeni- nos
dedicados al cultivo de las ciencias, de las artes y de la propaganda de la
emancipación de la mujer, existentes lo mismo en las grandes ciudades que en
las poblaciones de menor importancia .
Hace
algunos años —porque la presente información ya ha envejecido algo y carezco de
datos respecto de los progresos recientes— se celebró un congreso de clubes
femeninos en Chicago, con representación de delega- das de 192 Sociedades,
formadas por más de veinte mil asociadas . Creerán los que rutinariamente se burlan en Europa de la capacidad
intelectual de la mujer que ahí reinaría el barullo, la confusión y el
desorden, semejando el acto un congreso de parleras cotorras: pues no sucedió
así, sino que en todo dominó el orden y el método más admirable, y los temas
tratados, después de la lectura de informes, que se hicieron por Estados
geográficos, se discutieron con lógica y
concisión con arreglo a las más prudentes prác- ticas parlamentarias . En aquel senado las faldas tenían la
severidad de to- gas, patentizando la
elevación intelectual y moral de la mujer .
Es
de notar que en esas asociaciones femeninas y en esa obra de eman- cipación no
forman parte única, aunque sí la principal, las graves matronas de cuarenta
años, masculinizadas por el rozamiento con las realidades de la vida y
conocedoras, acaso por experiencia
personal y comparativa con sus respectivos maridos, de lo poco o nada, o menos
que nada, que aven-
292
293
taja
el hombre a la mujer en poder intelectual en aquel país; en el movi- miento
femenino y en sus clubes figuran, y no son las menos entusiastas, señoritas y
niñas todavía que laboran con actividad y conciencia para de- rrocar el
exclusivismo masculino .
Para
el triunfo de ese ideal mucho han de contribuir y ya contribuyen esos
clubes de mujeres, en los cuales se
amaestra el entendimiento, se aprende a
pensar con lógica y a discutir con método, y en resumen se pre- para a la mujer
para que pueda disfrutar ampliamente de sus derechos naturales y sociales,
desconocidos por la ignorancia y el egoísmo, ampara- dos, como tras vetusta
fortaleza, por esas instituciones arcaicas que convir- tieron la injusticia en
ley y permanecen como obstáculos constantes que obstruyen la vía del Progreso .
Ridícula
preocupación
Cuando
se presentaron en Europa las primeras
mujeres solicitando su ad- misión al estudio del Derecho o de la Medicina,
surgió un movimiento masculino de sorpresa y de protesta: «¡Una mujer
defendiendo a una acu- sada o curando una enferma! ¡Que absurdo!», decían .
Se
comprende que un hombre venda encajes y cintas, pero es inadmi- sible que una
mujer defienda el derecho de una abandonada por un seduc- tor y que la asista
en las enfermedades de la maternidad: así anda la lógica por el mundo del
privilegio .
La
insigne escritora Concepción Arenal
resumió esta lógica con terrible ironía y severa crítica en estas palabras:
Una
mujer puede llegar a la más alta dignidad que
se concibe: puede ser madre de Dios; descendiendo mucho, pero todavía muy
alta, puede ser mártir y santa . . ., y el hombre que la venera en el altar y
la implora, la cree indigna de llenar las funciones del sacerdocio . . . ¿qué decimos del sacerdo- cio? Atrevimiento
sería que en el templo osara aspirar a la categoría del último sacristán . La
lógica sería aquí escándalo e impiedad .
Si
del orden religioso pasamos al civil, las contradicciones, no son de menos
bulto . ¿Cómo la mujer ha de ser
empleada en Aduanas o en la Deu-
da,
desempeñar un destino en Fomento o en Gobernación? Sólo pensarlo da risa . Pero una mujer puede
ser jefe del Estado . En el
mundo oficial se le concede aptitud para reina y para estanquera; que pretendiera
ocupar los puestos intermedios, sería absurdo .
No hay para qué encarecer lo bien pa- rada que aquí
sale la lógica .
Y no
es que los que protestan contra el avance de las mujeres se opon- gan a que la
mujer trabaje; nada que iguale a esas protestas han producido esos
protestantes para censurar la posición
que tantas infelices mujeres ocupan en
las minas, en los campos, en las
fábricas o en las miserables buhardillas con la aguja en la mano o ante la
máquina de coser .
La
mujer trabajó siempre
Recientes
investigaciones históricas y prehistóricas demuestran que la mujer ha trabajado
siempre . Antes de la existencia de
toda agrupación humana, y por consiguiente de la familia, que apareció ya muy
entrada la humanidad en la vida y después de la desintegración del clan y de la
tribu, la mujer atendió por sí sola con su trabajo a su subsistencia y a la de
sus hijos pequeños, dando origen al matriarcado, de que quedan vestigios en
países y razas que caminan rezagadas en la vía del Progreso .
Las
mujeres se dedicaron y tal vez fundaron
la agricultura, mientras los hombres se dedicaban a la pesca, a la caza o a la
guerra y poco a poco fue esclavizada por las primeras agrupaciones,
y últimamente llegó a ser la esclava del hombre en la poligamia y en la
monogamia .
Esclava
de un hombre que, sin consultarle sus sentimientos, muchas veces era el vencedor de un rival
sacrificado en su presencia, embellecía y hacía agradable la cabaña,
dedicándose en ella a aquellos trabajos más necesarios que, desarrollados
después, han llegado a la gran industria, la cual, si en un principio la
retenía en su vivienda, hoy la saca de ella para encerrarla en la fábrica y
someterla a la explotación capitalista .
294
295
II.
Intelectualidad de la mujer
Destruida
la leyenda de la debilidad de la mujer y de la incapacidad para el trabajo, la
historia desvanece igualmente la de su inferioridad intelectual, ya que, a
pesar de habérsele negado sistemáticamente la instrucción, de la existencia en
todo tiempo de tantas preocupaciones sobre este asunto y hasta del sangriento
ridículo con que se ha perseguido a la pobre mujer que se acercaba a las fuentes
de la ciencia, pueden citarse innumerables ejemplos de mujeres que han
brillado en todos los ramos del saber, y para no poner aquí una lista de
nombres que, por poco generalizados por el exclusivismo masculino, causarían
poco efecto en la mente del lector, me limito a repetir lo que he dicho en otra
ocasión:
«Mad
. Roland bastaría por sí sola para
borrar la mancha de incapaci- dad injustamente atribuida a la mujer», y a repetir esta afirmación de la señora
Sanjuán y Martínez: «Nada está negado a
la mujer: ella ha mane- jado con encanto la lira de Apolo, con heroísmo la
espada de Marte, con superior sabiduría la ciencia de Minerva, con perfección
el cincel de Fidias y con asombro el pincel de Apeles» .
Paréceme
oportuno e interesante el siguiente dato: no hace muchos años murió en
Washington la señorita Ella Carrol, hija del difunto gober- nador del Maryland,
Thomas King Carrol . Era una dama de
educación esmerada, distinguida escritora, y sobre todo tan entendida en el
arte de la guerra, que formó el proyecto y trazó el plan de la campaña del
Tenesee que con la toma de Vicksburgo abrió el paso de la América del Sur a los
ejércitos de Sherman .
El
hecho se supo al final de la guerra de Secesión, y se tuvo por increí- ble,
hasta que lo confirmó solemnemente el presidente Lincoln .
El
tiempo pasa, el mundo marcha y el progreso se impone, a pesar de los más lentos
y torpes tardígrados, y el feminismo ha ganado ya brillantes triunfos . De tal manera se impone la justicia en punto
a la emancipación de la mujer, que es grande el número de las que,
saltando sobre leyes y preocupaciones,
han asaltado la misma ciudadela del privilegio, la Univer-
sidad,
convirtiéndose las más osadas en
privilegiadas, en virtud del grado de doctor, noble y valerosamente obtenido,
que no puede compartir con su marido, pobre hombre que queda reducido al papel
de inferior e ignorante aunque conserve el poder de matar a su mujer en un
arrebato de celos, de privarla que haga uso de su sabiduría y de tenerla
sometida a constante protección y obediencia .
Juzgo
conveniente aquí esta cita de la doctora Aleu, tomada de su tesis del
doctorado:
La
organización masculina y la femenina no se distinguen en los prime- ros tiempos
de la vida intrauterina, ni en la niñez se ven
diferencias entre niños y niñas en punto a la capacidad de sus
facultades . Estas diferencias se marcan precisamente cuando viene a modificar
las respectivas aptitudes la instrucción, tan distinta en uno y otro sexo .
Hágase si no la prueba: pónga- se al
niño y a la niña en las mismas
condiciones, tanto de instrucción como de educación, tanto del medio como de
los alimentos, tanto de los hábitos como de las preocupaciones sociales, y
encontraremos que unas saldrán bue- nas y otras resultarán inútiles; lo
mismo que pasa con los hombres .
Las habrá que alcanzarán poco
provecho con todos sus esfuerzos; en cambio las habrá que con menos trabajo
lograrán hacerse notables .
Confirma
la afirmación de la doctora Aleu la teoría y la práctica de la enseñanza
racional, instaurada por la Escuela Moderna de Barcelona, ob- jeto de las iras
clericales por su significación y alcance emancipador .
Además,
contra todo lo sostenido por las leyes, las costumbres, el vulgo ignorante y aun la vulgaridad de los
sabios, los experimentos científicos
comparativos del cerebro del hombre y de la mujer, lo mismo de razas bár- baras
o semibárbaras que de las naciones civilizadas, demuestran que no hay diferencia esencial entre ambos
sexos, y las diferencias que se notan son única y exclusivamente resultado de
las condiciones del medio en que uno y otro se hallan colocados . Los trabajos
sobre el cerebro del hombre y de la mujer, efectuados por Broca y otros
fisiólogos y antropólogos eminentes, no demuestran desigualdad esencial en la
intelectualidad de los dos sexos; no son las dimensiones absolutas del cerebro, sino sus dimensiones
relati-
296
297
vas
y el desarrollo de sus circunvoluciones, lo que denotan su valor positi- vo . El cerebro del parisién es menos pesado que
el del polinesio, ¿y quién osará sostener la superioridad intelectual de éste
sobre la de aquél? Y a este propósito recojo un dato que casualmente llega a
mis manos, y que suscita dudas sobre el valor de ciertas observaciones . El
profesor Bischoff, catedrá- tico de la Universidad de San Petersburgo, era
encarnizado enemigo de la emancipación de la mujer, y sostenía que su cerebro
era físicamente incapaz para el estudio de las ciencias, fundándose en que el término medio del cerebro femenino
era de 1 .250 gramos, 100 gramos menos que el del hom- bre . Para confirmar su teoría dispuso en su
testamento que a su muerte se le extrajese y pesase la masa encefálica, seguro
de que había de sobrepujar al término medio de 1 .350 gramos . Se cumplió su
voluntad, y se halló con gran sorpresa que los sesos de aquel sabio pesaban
cinco gramos menos que los de cualquier mujer literata .
La
prostitución
Hablemos
de la prostitución .
La
prostitución, y damos a esta palabra la acepción vulgar, no es debida a causas
individuales, como suelen decir muchos moralistas de vida fácil y que con mucha
menos causa que la generalidad de las más desgraciadas prostitutas hubieran
caído en el abismo; la prostitución es un mal social, como lo fueron la
esclavitud, la servidumbre y como lo es actualmente el salariado; resulta fatalmente de la
organización de nuestra sociedad, domi- nada por el privilegio fundado sobre la
usurpación del patrimonio univer- sal .
Lo prueba la idea que manifiestan los mismos reaccionarios o estacio-
narios burgueses, diciendo que la prostitución es una garantía de la castidad y
del honor de las mujeres en general
. Es además, según Letorneau, una
supervivencia de las edades pasadas .
A
este propósito dice el doctor Regnault en su libro La evolución de la
prostitución:
El
rufián, como la prostituta, el alcohólico y el tuberculoso, son frutos de un
estado social perverso . Mejórense las
habitaciones obreras; dénseles aire
y
luz; disminúyase la duración del trabajo, tan excesiva en muchas indus- trias;
instrúyase al obrero, mejor aún, edúquesele, y al mismo tiempo que
desaparecerán la miseria física y moral, desaparecerán sus consecuencias, el
rufián y la prostituta, y con ellos esas
enfermedades venéreas que infectan los gérmenes de la vida humana .
Conformes
en la exposición del hecho; pero ¿quién aplicará el reme- dio? Lo cierto es que
lo que gana la mujer obrera en París, en Londres y en todas las grandes
capitales, no le basta para vivir honradamente, y la bur- guesía, lejos de
sentir impulsos altruistas sobre este asunto, cuenta con ello para realizar la
ganancia que le da vida, hasta el punto de haberlo pública- mente declarado un
burgués parisién en nombre de la clase, contestando a las reclamaciones de las obreras, en ocasión de pedir aumento de jornal, con
estas infames palabras: «Si con lo que ganáis de día no tenéis suficien- te,
sois libres por las noches de buscaros un suplemento» .
Además,
hay que entenderse sobre el significado de la palabra prostitu- ción . Gayau dice a este propósito:
Es
natural que entre ciertas gentes las mujeres gusten poco de ser ma- dres; es,
en efecto, el único trabajo que les queda que realizar, y esta última tarea les
es tanto más pesada cuanto que la fortuna las ha librado de todas las otras . No han de criar a sus hijos, el seno de la
nodriza mercenaria les reemplaza; no han de pensar en educar ni en instruir,
para eso hay colegios y profesores; pero nadie
puede parir en su lugar, y en medio de su vida de
frivolidad, sólo ese acto han de cumplir, y protestan, naturalmente . La am-
bición de las mujeres del gran mundo
consiste muchas veces en copiar
las costumbres de las mujeres del demi-monde, contra cuya concurrencia han de luchar, y es regular
que las imiten en eso como en
otras muchas cosas, y que entre el matrimonio
y la prostitución exista esta nueva semejanza: la infecundidad .
Para
Max Nordau sólo hay dos clases de relaciones entre el hombre y la mujer: o bien
se fundan en la atracción recíproca y tiene por objeto cons- ciente e
inconsciente la reproducción, o sólo se proponen la satisfacción del
298
299
egoísmo
bajo cualquier forma; las primeras son justificadas y morales, las otras forman
la gran categoría de la prostitución .
La
criatura depravada que se ofrece al transeúnte por una moneda, se prostituye;
el joven que galantea a una vieja verde mediante su cuenta y razón, se
prostituye también, y la misma vileza
cometen el que sin amor corteja a una rica heredera, el entretenido por su
querida y la casta donce- lla que da su mano ante el altar al individuo que le
ofrece una brillante posición, con la circunstancia agravante en este último
caso de que la ma- dre suele ser la arregladora de la boda haciendo las veces
de repugnante proxeneta .
Toda
alianza contratada entre un hombre y una mujer con objeto de satisfacer miras
egoístas es pura prostitución, tanto si ha sido autorizada por un cura o un
funcionario civil, como si en el acto ha mediado una ce- lestina . El resultado
de tales uniones es la procreación de seres degenerados, poco aptos para la
vida física y faltos absolutamente de toda aptitud para las grandes
aspiraciones de la vida moral .
Como
se ve, hay que andar con cuidado acerca del significado de la palabra
prostitución, que, según un diccionario que tengo a la vista, es «ac- ción y
efecto de prostituir; uso vil y criminal que se hace de una cosa», y por tanto,
lo mismo puede haber mujeres prostitutas que hombres prosti- tuidos, y aun más
de éstos, ya que por el predominio
masculino es enorme el número de los «que hacen uso vil y criminal de
las cosas» . Piense el lector, si quiere desarrollar el tema, en el uso que se
hace del patrimonio universal, de la
riqueza social, de las creencias, de la autoridad, del producto del tra- bajo,
tanto por parte de los que de esas cosas se benefician, como por la de aquellos que a consecuencia de
tales beneficios sufren opresión y tiranía .
Y en
cuanto a la palabra prostituta o ramera aplicada a la «mujer que comercia con
su cuerpo, entregada por interés al vicio de la sensualidad», como dice el
diccionario, no arrojen la primera piedra de su desprecio la mayoría de los
hombres que ofrecen a la prostitución las primicias de la virilidad, ni el hombre maduro y
respetable por su posición que alterna entre el hogar y el gabinete de la
entretenida, ni tantos y tantos padres de familia de todas las clases sociales que terminan sus
francachelas en las casas de la deshonra, ni la pura doncella ni la casta
matrona burguesas, que
practican
la virtud fácil en medio de la comodidad y la abundancia, pro- porcionada por
la explotación, el agio, la usura, el fraude y demás medios de acumular
ganancia, discreta y legalmente empleados por su papá y su esposo . ¡Quién sabe lo que tan pudibundas mujeres
harían el día que les faltase, no ya el pan y el albergue, sino la posibilidad
de satisfacer algunos de sus muchos caprichos, convertidos en necesidades por
la frivolidad de su manera de vivir!
Para
exponer algunos datos positivos, recurro a una estadística de París que me
viene a mano, en que sobre 5 .183 mujeres inscritas en el registro, unas 4
.000 tenían, no ya como excusa, sino
como causa justificada, el horror a la muerte, el amor filial, el amor
maternal, el amor fraternal, el amor a secas y hasta la caridad, todo revuelto
en una confusión extraña de ideas y sentimientos debida a la ignorancia y a un
conjunto desordenado e inverosímil de circunstancias imposible de desentrañar,
del cual lo mejor que puede decir toda mujer que goza de la consideración de la
honradez es felicitarse con alegría egoísta de no haber caído en él .
A
este propósito escribió el doctor Giné y
Partagás:
No
tenemos por absolutamente incurable la prostitución; antes al con- trario,
creemos que tiene una terapéutica tan eficaz como radical . Mas lo que aquí conviene es no
limitarse a la medicación del síntoma, esto es, a extinguir las mujeres
públicas sin mejorar la crisis social que a la prostitu- ción conduce; lo que
importa es cumplir una verdadera indicación etioló- gica que destruya o a lo
menos disminuya la intensidad de las causas pre- disponentes y ocasionales de
esta enfermedad . Pero ¿es esto posible?
No, con los groseros medios hasta el presente empleados; sí, con otros de
acción más directa, más radical y moralizadora:
todo consiste en perfeccionar la edu- cación higiénico-moral de la mujer
y ennoblecerla por medio del trabajo . Désele a la mujer el derecho,
decimos mal, la facultad de trabajar para su provecho propio, y aspirará a la
propiedad, tendrá su derecho, será inde-
pendiente, y como tal, ennoblecida y honrada . La prostitución será entonces
sólo un vicio pegado a seres envilecidos por sus apetitos sensuales, y no la
última ratio de la miseria y el abandono .
300
301
Ni
por esas: el radicalismo burgués, en este caso como siempre que examina llagas
sociales, recurre a la plegaria estéril e inútil: «Dése a la mu- jer el
derecho» . ¿Quién lo ha de dar? Cuando la mujer carece de recursos y trabaja
para vivir, el patrón no le paga más por su trabajo, ni el tendero le da más
baratos los artículos de consumo, ni el propietario le da habitación de balde,
sino que todos de común acuerdo aprietan las clavijas que la oprimen, y cuando
demacrada, desaliñada y de pobre y mísero aspecto anda por el mundo, ni
siquiera obtiene del hombre la caballeresca cortesía que por educación
rutinaria concede a la señora .
Aún
hay para el vulgo mujeres y señoras . Vedlo en un tranvía completo: subirá una
mujer, nadie se mueve; se presentará una señora, el hombre más inmediato, cualquiera, se siente caballero y le cede
galantemente el puesto . No se dirá con
verdad aquel antiguo refrán «el hábito no hace al monje», porque el mismo que
ve a las mujeres que ama, madre, hermana, esposa e hija, vestidas de algodón o
de lana, se humilla ante la seda, los encajes y el sombrero emplumado de la
burguesa emperifollada . El germen de la
des- igualdad está muy arraigado y produce naturalmente absurdos e injusticias
sensibles y trascendentales .
Además,
¿quién, sino el anarquista, que abarca en toda su grandeza el concepto de la
humanidad justificada, piensa en el doloroso aspecto del problema social que
presenta el estado de la mujer aislada, vieja, enferma o fea? ¡Esas infelices
sí que son verdaderos desechos sociales que carecen de cubierto en el banquete
de la vida!
Desechos se les llama, y lo son en realidad; pero así
como la química industria recoge los
desechos de todo género, extrae todas las sustancias aprovechables y las convierte en productos utilizables y presentables al mercado, la
caridad católica —no la cristiana, que todavía contiene belle- zas de
solidaridad con su amor al prójimo— recoge aquellas pobres muje- res, las
somete a la explotación, las obliga a
hacer ruinosa competencia al trabajo asalariado, y producen oro, que atesoran
numerosas comunidades religiosas dedicadas a la odiosa tarea de obstruir la vía
del Progreso .
El
amor
El
hombre que ama a una mujer y recibe de ella correspondencia, se cree su
propietario, la posee; pero si ella cesa
de amar, reivindica su independencia y dispone de sí por una nueva inspiración
amorosa, el amante decaído se siente robado, y en un arranque de rabia celosa,
mata . Ya hemos visto lo que acerca de este punto dispone
nuestra legislación; ahí está escrito con sangre el atávico artículo 438 de
nuestro Código Penal, que parece inspi- rado por un legislador
contemporáneo del hombre de las cavernas*
.
¿Y a
esa soberbia de propietario se llama
amor? ¿Qué posee el hombre en la mujer? ¿Qué posee la mujer en el hombre?
Recíprocamente se dan mucho amor cuando
mutuamente se lo inspiran, y cesa la reciprocidad cuando cesa la mutualidad de
la inspiración; porque el amor no es cuestión de lealtad ni de virtud, sino de
sentimiento individual y de concordia dual, y es inútil cuanto digan en contra
legisladores, moralistas, poetas, hipócri- tas y vulgo rutinario .
La
muerte de Berthelot, sabio eminente cuyo cerebro supo condensar en una unidad
científica verdades más o menos
seculares diseminadas, hallándose en la plenitud de salud relativa a la
avanzada edad de más de ochenta años, a la vista de su esposa que acababa de
morir, ha inspirado estas consideraciones:
Si
un hombre ha sido grande en la
vida, si esta vida ha podido ser con- sagrada por completo a un ideal de
ciencia o de arte, débese muy frecuente- mente a que logró hallar una compañera
abnegada y cariñosa que, en derre- dor de sus meditaciones y de sus ideales,
creó la atmósfera de calma propicia al desarrollo de su genio; a que halló la
mujer amante y protectora que sepa- ró de su lado los cuidados mezquinos, le
estimuló al estudio y le recompensó con su amor; a que fue su consejera, en
muchos casos su colaboradora y su guía, y quizá en un momento de decaimiento y
vacilación quien le libró de hundirse en la sima mortal del escepticismo .
¿Quién sabe a costa de cuántas
*
Remitimos al lector a la nota editorial
de la página 95 (Nota del E .) . Se
trata de la nota 1 de este artículo (nota del compilador) .
302
303
privaciones,
de olvido de sí misma, de sacrificio de
sus gustos y de sus incli- naciones, pudo
el genio crecer como un árbol y extender
esa frondosidad tutelar a cuya sombra las generaciones futuras gozarán
de la inefable dicha de vivir en paz y en la plena y libre satisfacción de sus
necesidades morales y materiales? ¿Quién puede apreciar la participación de esa
colaboradora dis- creta en la obra que la fama atribuye solamente al hombre?
Rechacemos,
sí, la propiedad en el amor; reconozcamos el amor como nuestro ser físico y
moral lo concibe y lo siente; manifestémoslo y practiqué- moslo libremente sin
coerción ni coacción de ninguna especie; despojémonos de la idea retórica más
que real que hace del amor una cadena, para no haber de pensar siquiera en
romper cadenas de preocupaciones; pero hay que reconocerlo, y me complazco en
trazar estas líneas en mi vejez achacosa, contemplando esta compañera y esta familia que me rodea; yo admiro el amor que, iniciado
en la juventud y sentido con intensidad constante, llega a la ancianidad; de
ese amor que ilumina y fecunda todos los
momentos de la vida dando hermosos frutos de descendencia, de ciencia, de arte y de justicia, que a partir de esa
pareja que forma
núcleo, se extiende en bellas
ondulaciones para beneficiar a las generaciones futuras, y que no puede
mancillar la duda expresada por aquel autor que dijo: «Afortunadamente para la
sinceridad del amor, Romeo y Julieta y los Amantes de Teruel mu- rieron muy
jóvenes» .
Tengo
por absolutamente cierto este aforismo de Haeckel:
El
hombre y la mujer constituyen, en
efecto, dos organismos esencial- mente diferentes que no llegan a dar
perfectamente la noción genérica de hombres sino completándose mutuamente .
Creo
que esa verdad se cumple en todos los estados y manifestaciones del amor, pero
sus efectos se facilitan y se
acrecientan cuando con toda naturalidad
y sin el menor asomo de violencia, se forman esas parejas feli- ces,
relativamente a nuestro estado social, que son tan frecuentes entre
trabajadores, cuya felicidad sería perfecta
si no hubiera de sufrir las ase- chanzas de la sociedad injusta, del
privilegio dominante y tiránico .
III.
La libertad del amor
Las
ideas modernas acerca de las dos
abstracciones denominadas la liber- tad
y el amor, despojadas por la crítica racional de todo su bagaje rutinario y
tradicional y llevadas por la lógica a su verdadero terreno, llegan a esta-
blecer para la mujer a lo menos toda la libertad que se concede el hombre a sí
mismo, y apurando el asunto se va mucho más lejos .
Desprecian
profundamente todo lo que respecto de las relaciones amo- rosas significa
coerción y obligación; atribuyen a la
mujer, antes y después del acto de unión, el derecho de pertenecerse,
permaneciendo dueña física y moral única de su persona, contra todas las
servidumbres carnales, mo- rales, sociales y sentimentales de que se le ha cargado, que representan
otras tantas cadenas, frecuentemente disfrazadas bajo la forma de adornos sim-
bólicos, collares de perlas, pulseras y sortijas; que permiten darse libremen-
te a quien le plazca y quiera tomarla, reservándose siempre su propiedad y su
libertad para conceder sus favores a otro . El hecho de haber sufrido por un
momento y con placer la seducción de un hombre no significa en ma- nera alguna
donación de su persona ni título de posesión para el hombre; no hay en ello más
que el acto fisiológico, de importancia secundaria indi- vidual por mucha que
sea su trascendencia social, que no entraña ni mucho menos la donación del ser
en su grandeza total ni justifica la vergüenza que la vieja tradición del
pecado original ha inculcado en los atrasados creyen- tes; en esa donación de
su cuerpo no hay más que un préstamo efímero, un regalo superficial, algo no
más importante que un cumplimiento o un apretón de manos .
La
consecuencia para el raciocinio de un atávico y de un preocupado es el
desenfreno del vicio, mas para la persona de recto juicio no tiene nunca la
libertad semejante resultado . Además,
ese concepto de la libertad, si no es adaptable
a la mujer mentalmente atrofiada de nuestras días, lo es para la mujer
futura: la libertad va acompañada de la conciencia y la dignidad, y una mujer
ilustrada y libre, contenida como ha de hallarse por el respeto de sí misma, el
conocimiento de la higiene y el
propósito de la conservación de su salud, junto con la necesidad de la
propagación de la especie, sólo puede aceptar el homenaje del hombre que al
atractivo físico junte una
304
305
naturaleza
generosa, amplitud de ideas, rasgos de sacrificio y de energía y una poderosa
inteligencia .
Los
hijos
Queda
la cuestión de los hijos . Pero a esto,
que es una objeción fundada en el error de considerar como inmejorable y eterna
la sociedad presente, la sociología responde: en un régimen racional, el hijo
debe criarse y edu- carse a cargo y a expensas de la Sociedad . La educación y desarrollo de la infancia, que
interesa a todos, no son cosas que hayan de quedar reducidas a la estrechez de
recursos materiales e intelectuales de la familia . No es, no puede ser la
familia el órgano que ponga a disposición de la infancia los inmensos
beneficios del patrimonio universal, porque el padre de familia, cortado por el
patrón del derecho romano, con su despotismo y su derecho de propiedad, o
imposibilitado por la vida jornalera, por bueno e instruido que sea, es una
cosa ínfima ante la bondad y la ciencia que puede y debe ofrecer la Sociedad
entera a la infancia por los órganos que con sublime arte pedagógico cree al
efecto .
Bien
se demuestra en la práctica de la misma Sociedad actual, sometien- do la
enseñanza al cargo o a la vigilancia del Estado, aunque, como toda cosa
autoritaria, sea esa enseñanza
sencillamente antiprogresiva o estacio-
naria, cuando no regresiva .
Refuérzase
la demostración con la necesidad que ha inspirado la fun- dación de la
enseñanza racional, destinada a desvanecer todos los absurdos tradicionales, a
contrariar y destruir los atavismos y a equilibrar las creen- cias con los
conocimientos, o por mejor decir, a
poner los conocimientos, la verdad demostrada como fundamento de las creencias,
como lo demos- traron anteriormente pedagogos tan insignes como Froebel y
Pestalozzi, que dieron a la instrucción primaria y a la educación la extensión
requeri- da, incompatible en absoluto con los medios paternales, a la vez que
con los sistemas de enseñanza místico-dogmática .
Este
importante asunto no puede dejarse pendiente al tratar de la mu- jer; pero
antes de fijar la vista en el ideal inspirado en la razón y en la cien- cia,
veamos algunos hechos sociales de actualidad, que desgraciadamente
pueden
generalizarse hasta tomarlos como característicos de lo que nuestra
civilización da de sí respecto de la infancia .
Considérese
la mujer desamparada: en ella, su hijo, desde el momento mismo de la
concepción, desde aquel instante preciso en que las fuerzas vitales inician una
vida más, que debiera tomarse como un acrecentamien- to de riqueza humana y
como un nuevo objeto del amor de la gran familia, comienza el nuevo ser a
padecer la miseria de su madre; padece la infeliz por su hijo, por ese paria
más al que sabe ha de legar los estigmas del tra- bajo servil, de la miseria y
del desprecio social . Bien sabe que hay
una hi- giene particular para la mujer que se halla en su estado, pero la
higiene es cara y se halla fuera de su alcance . ¿De qué sirven los consejos
higiénicos a nuestras proletarias, a nuestras obreras, a las que aman, paren y
crían si- guiendo irresistibles impulsos
naturales, no contenidos por
artificios y convencionalismos?
Estúdiese
la vida de la viuda obrera con hijos menores, reducida al tra- bajo rudo e
insoportable de lavandera y de ayuda doméstica de varias fami- lias, por pagas
mínimas y mezquinas, intercalando sus tareas con el cuida- do y la educación de
sus pequeñuelos, y se verá que a aquel
abandono inmenso que merece las más acerbas censuras contra la sociedad,
corres- ponde la elevación de la mujer hasta las sublimes alturas del heroísmo,
grandiosidad inconcebible para las gentes rutinarias que adoptan la moral de la
mujer diferente y más severa que la del hombre y son incapaces de juzgar tales
enormidades sociales .
Pero
las faltas a la higiene respecto de la maternidad y la infancia y el abandono
de la viuda pobre, las salda la mortalidad infantil, como lo de- muestra, por
ejemplo, el siguiente dato, que expongo como muestra: «M . Dejeante decía un
día en la tribuna de la Cámara francesa que la mortali- dad de la infancia en
París se elevaba a 60 por 100 entre los trabajadores y a 6 por 100 en las
clases acomodadas» .
Considere
el lector la gravedad de esa horrible diferencia en una ciudad que ostenta el
título de cerebro de Europa y del mundo; que si eso sucede allí, ¿qué sucederá
en infinitas poblaciones donde sin pomposos títulos se desarrolla el régimen
social con todas sus brutales consecuencias?
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307
Se
comprende —exclama León Legavre— que el siglo de acero que desmenuza el alma
y el cuerpo de los hombres en el infierno de las fábricas, haya
requerido a las mujeres a su vez para el duro y sórdido trabajo de la gran
explotación capitalista y, cuando estremecidos de horror y de rebeldía sentimos
en toda su inmensa angustia la agonía del proletariado —pueblo soberano en boca
del ambicioso político, ínfimo esclavo en concepto del ava- ro burgués—,
todavía no habíamos apurado la infamia social cobijada bajo el amparo de
nuestro derecho civil; hay algo más terrible para el cora- zón de la mujer y
para vergüenza de la humanidad atascada
en la sociedad de nuestros días . «¡Tomad los niños!», dijo Pitt, estadista
inglés, a sus com- patriotas industriales, preocupados con la idea de producir
barato, excita- ción que atendió la burguesía inglesa haciendo venir de lejos a
las fábricas niños de nueve años, a quienes se despabilaba a latigazos .
Horroriza
lo que sucede respecto a la infancia .
Pitt
debía conocer su país, y con aquella citación quiso sin duda hacer una buena
acción, avalorando con la demanda la oferta de niños acostum- brada en alguna
comarca de su país: no conozco la extensión de esa cos- tumbre .
En
Les va-nu-pieds (Los descalzos), de Hector France, se lee:
Entre
Spitalfields y Bethnal Green, en una
calle formada por el aumen- to de la población, se celebra los lunes y los martes, durante dos horas por
la mañana, un mercado de niños, en un espacio abierto, ambos sexos acompa-
ñados de sus padres, para ser alquilados
por semanas o por meses . Cuando los
negocios van mal vense unas trescientas criaturitas; cuando los negocios se activan no bajan de cincuenta
o sesenta . Ahí se oyen estas
solicitaciones:
«¿Quiere
usted un niño? ¿Una niña para el servicio de la casa?» Los aficio- nados
examinan como si tratara de comprar un
animal de trabajo; tocan los brazos, el pecho y las piernas, y preguntan . . .
Causa horror ver un padre y una madre que pregonan su hijo como una mercancía,
que le exponen a las miradas de los transeúntes, le dejan palpar su cuerpo y le
entregan para ser explotado al que ofrezca más, sin la menor garantía acerca
del trato ni de la moralidad . . .
El
doctor Burgrave, exponiendo el resultado de una investigación sobre la
condición de los trabajadores y del trabajo de los niños en Bélgica (1846-
1848),
dice en nombre de la Academia de Bélgica:
El
niño de la fábrica tiene una organización
poco desarrollada en pro- porción a su edad; es raquítica
y presenta todos los signos de un estado de degradación física,
caracterizada por síntomas cloróticos, con disposición a las escrófulas . La cara pálida tiene la expresión del
sufrimiento; los mús- culos apenas se hallan dibujados; el vientre es prominente
e hinchado; las digestiones son
laboriosas y reemplazadas por acideces; se queja de dolor de cabeza y de diarrea; su
crecimiento es lento, frecuentemente interrumpido y estacionario, y su estatura
definitiva queda siempre menor de los
límites normales .
En
las jóvenes púberes, los órganos generadores sufren también los tris- tes
efectos de esa degradación física general . Aunque tengan de dieciocho a
veinticuatro años, la debilidad de su
constitución las incapacita para la maternidad; ¡triste garantía contra el estado de desorden en que suelen
vivir ! Ordinariamente sucumben a la
escrófula, a la clorosis y a la tisis pulmonar .
Estas
líneas, escritas hace más de medio siglo, lejos de haber perdido su
característica oportunidad, son pálido reflejo de cuanto, a pesar de las leyes
protectoras sobre el trabajo de las mujeres y de los niños, sucede en el día .
No insistiré: podría hacer una exposición larga y abominable que equival- dría,
respecto a la infancia en nuestra sociedad, a algo semejante a la ma- tanza
herodiana de inocentes de que habla la leyenda cristiana .
Apartemos
la vista con horror y dirijámosla hacia el ideal, y al efecto hallo una
explicación que, sin presentarla como solución definitiva, de lo que me
guardaría mucho, acepto y traslado, porque me ahorra trabajo y también porque
parece como una previsión del porvenir, acerca de la situa- ción de los niños
en Oneida, colonia comunista hoy disuelta, que floreció de 1848 a 1879 y que
hallo en la interesante revista L’Ere Nouvelle:
308
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En
Oneida existía el «matrimonio plural»,
una suerte de «procreación consciente y limitada», donde los niños eran considerados como hijos
de la comunidad, y como tal educados . La madre podía participar en la primera
educación, pero no se le pedía más . Las
nurserías o departamentos destina- dos a las nodrizas y a los niños de la
primera infancia, se hallaban dispues- tos con esplendidez y ciencia, y allí
los niños respiraban la salud y reflejaban la alegría, siendo criados en
condiciones tan excepcionalmente apropiadas, que el individuo que en ellas no prosperara revelaba
por eso sólo graves ta- ras
paternas . Había extensas salas de
recreo para el invierno; todas
las precauciones contra los peligros de infección estaban tomadas; era
de rigor una alimentación sana y sencilla, y allí no había madre ni abuela que
perjudicara la digestión ni la constitución moral y física del niño con golo-
sinas ni concesiones de caprichos irracionales; las educadoras no eran mer-
cenarias ni podían serlo viviendo en
régimen comunista, en que no hay ganancias, renta ni salario, sino donde todo
es de todos .
La
madre se ocupaba únicamente de su hijo hasta el destete; una vez
destetado, el niño entraba en la primera sección infantil, donde todos los
niños eran de la misma edad, y de
quienes se ocupaban las educadoras desde
las ocho de la mañana, que los
tomaban de las madres, hasta las cinco
de la tarde, que volvían a éstas, pasando con ellas la noche . Al año y medio o dos años, según su
desarrollo, pasaban a la segunda sección, donde permanecían día y noche,
quedando la madre en libertad de ver a
su hijo, de llevarle a paseo o de tenerle un tiempo consigo; pero desde su
entrada en la sección la madre no se
preocupaba para nada del alimento, del aseo, del vestido ni de la cama del
niño, y podía con plena libertad escoger su plaza en las industrias que fueran
más de su agrado . Existía una tercera sección, donde pasaban los niños desde
tres a catorce años, edad en que salían de la Casa de la Infancia y en la que
la madre no quedaba enteramente separada de su hijo . De hecho, la comunidad se
ocupaba de sus hijos según las exigen- cias de la conciencia más racional e ilustrada, dejando una parte equitati- va a
los sentimientos humanos; porque si las
madres hubieran de ocuparse exclusivamente de sus hijos, la práctica del
comunismo sería, no solamente muy laboriosa, sino que traería consigo gran
derroche de fuerzas . Cuanto más puede
asegurarse separadamente el funcionamiento
de un servicio tan
especial
como el de la educación, más beneficioso
resulta en concepto de economía, de energía . Conviene realizar economías de
este género para que el comunismo no
degenere . La idea de hacer de la
educación de los niños una función común no es incompatible con la posibilidad
del trato frecuen- te de padres e hijos, y tiene en cambio la inmensa ventaja
de poner a dispo- sición de la infancia,
para un desarrollo físico y racional,
todo el poder perfectamente
solidarizado de la comunidad .
Según
el concepto de una mujer de la Colonia, el comunismo de la mujer, sin que ella
se cuide de reclamarlo, el lugar deseado por toda mujer conscien- te como
verdadera compañera libre y honrada del hombre, exceptuándola de los cuidados
roedores que en la sociedad individualista consumen a la madre y a la esposa en la estrechez del hogar; la estimula y la
impulsa a conseguir el desarrollo de su inteligencia y de su sentimiento, de
modo que la eleva infinitamente sobre cuanto puede alcanzar en la sociedad individua-
lista del privilegio . Libre de la
maternidad forzosa, siente un amor puro y noble por la infancia . Aquí ninguna
mujer derrama la sangre de inocentes y pequeños seres, como por un falso
concepto del honor hacen nuestras her- manas del exterior . Gradualmente, y
como por efecto de una evolución na- tural, las mujeres de la comunidad se han
elevado a una posición en que, por el trabajo
de la mente y del corazón, han
obtenido mucho más que todo cuanto reclaman las mujeres cuando hablan de sus derechos
.
Vense
ahí rotos los prejuicios tradicionales de la obediencia femenina, de la
protección masculina y de la autoridad paternal, y sobre todo recono- cido y
practicado el derecho a la maternidad libre, y como consecuencia, desquiciada y
amenazando inminente ruina la familia, indebidamente con- siderada por todos
los antiprogresivos como la célula social; pero sobre to- das estas ruinas, la
ciencia promete una sociedad nueva, no conforme a una abstracción llamada
justicia y de concepción plástica y sujeta a nuevos pre- juicios, sino de
perfecta adaptación de los hombres al medio, regida por una economía racional y
matemática que, lejos de despojarla de belleza y poesía, abrirá nuevas vías al
sentimiento que, libre de todas las contrariedades de la vida que inspiraron el drama y la
tragedia, hallará inspiración sublime en los idilios de la felicidad .
310
311
IV.
La esclavitud del lujo y la de la miseria
La
ciudad del porvenir no podrá elevarse sobre las ruinas del pasado sino cuando
la igualdad social entre el hombre y la mujer exista tan comple- tamente como
la Naturaleza lo permite y lo exige . La sumisión de la mujer al hombre, con su
consolidación en el matrimonio, como existe hace tan- tos siglos, es uno de los
males más graves que hemos hallado como legado de las generaciones pasadas .
Para
que la procreación humana no sienta sobre sí la pesadumbre de tristeza, de
dolor y de coerción que la entenebrece,
es necesario que la mu- jer se ilustre,
se dignifique y sea libre,
redimiéndose de la esclavitud del lujo o de la miseria, extremos que se tocan .
En
efecto, en las grandes ciudades se ha podido ver como suntuosas visiones esas
mujeres a quienes la fortuna y la
ociosidad han permitido desarrollar hasta un extremo ideal la gracia y la
elegancia, transformadas en creaciones de arte y de lujo, entre naturales y
artificiales, como flores de invernadero; pero también se ve al lado de esas
mujeres privilegiadas otras infelices a quienes las exigencias de la vida en un
medio hostil les roban la gracia, la belleza y hasta el deseo de agradar,
marchitándose rápidamente las rosas de la juventud y marcándolas con los
estigmas del trabajo servil .
Al
tocar este punto se presenta a mi memoria el tipo de la mujer mine- ra, el de
la fabril, el de la campesina en general, el de la que pesca al art en la costa
catalana, el de la que tira de la sirga en Bilbao, y se renueva la in- tensa y
dolorosa sensación que sufrí un día viendo en un periódico la repro- ducción
fotográfica de una vergonzosa calidad, de un hecho que revela el fondo de
miseria moral y material que existe en esta España que el patrio- tismo
enaltece con vanidades retóricas, cuando no con hipócritas declama- ciones . En
las llanuras de la Mancha se procedía a la operación de labrar la tierra, no a
la manera que la iconografía católica representa a los ángeles conduciendo el
arado mientras Isidro el labrador rezaba postrado ante el icón de su devoción,
sino unidos al arado una mujer y un asno, conducidos por otra mujer . No tenía aquello la disculpa de la carencia
prehistórica de medios, sino que se agravaba
con la consideración de la abundancia de medios creada por la
civilización . En los remotos tiempos
primitivos o en
los
presentes, en aquellas agrupaciones humanas que no han salido del es- tado
salvaje se hace lo que se puede y como se sabe; pero que se trabaje de esa
manera primitiva en un pueblo que vive en el concierto y la solidaridad de la
civilización, y que ese hecho sirva de base al estado de esplendor y
ostentación de la familia rica; que a costa de la degradación, de la fealdad y
del hambre de mujeres uncidas con asnos haya mujeres que deslumbren de
hermosura y de riqueza en los salones, en el paseo, en el palco de la ópera;
que mientras sean despreciadas aquéllas, reciban éstas homenaje de admiración y
respeto; que, según seculares creencias, unas, por una blasfe- mia proferida en
momento de desesperación, puedan ser condenadas a pe- nas eternas, y otras, con
una virtud que no pasa de tranquila y rutinaria adaptación al medio, reciban
absolución periódica, y que por la práctica de una caridad que es sólo deporte
recreativo y muchas veces no representa
más que ostentación de orgullo, por la absolución postrera y por la bendi- ción
papal, transmitida por telégrafo, pagada a precio de tarifa y con abun- dante
propina para el dinero de San Pedro, suban al cielo a continuar las dulzuras
terrenales con las eternas bienaventuranzas,
según el concepto católico-burgués de la justicia, es cosa terrible,
capaz de destrozar el cora- zón del hombre sensible que no ve más allá de la
moral oficial, dogmática y rutinaria, pero que activa la inteligencia y la
energía del hombre racional- mente equilibrado que por el estudio de la
sociología concibe la realidad del ideal y por el conocimiento de la
resistencia antiprogresiva del error y del privilegio organiza y fomenta el
poder revolucionario emancipador .
La
concurrencia femenina
Continuando
tras esa digresión hallo que desde que la humanidad entró en el período de
civilización actual, la mujer apenas había iniciado la concurrencia al hombre,
pero en la actualidad, y repitiendo lo expuesto en otro lugar, el camino de las
pretensiones femeninas se ha ensanchado notablemente al mismo tiempo
—su concurrente masculino lo consigna con sorpresa— que sus aptitudes . Una nueva vida económica la obliga a procurar
su subsistencia sin la ayuda del hombre, debido en gran parte al egoísmo masculino,
toda vez que nuestros jóvenes arribistas no se ca-
312
313
san
o esperan alcanzar una sólida situación para declarar su amor a una heredera .
Los
misoneístas, los que odian lo nuevo por arraigado atavismo, y son, por tanto,
enemigos de la emancipación de la mujer, claman indignados contra esa
concurrencia; consideran que harto penan los hombres entre sí para salir
adelante, y la intervención de la mujer hará la vida más difícil, más ruda, más
angustiosa .
Lamentos
inútiles: si vienen a la ciencia, al arte, a la industria, a todas las
manifestaciones de la actividad humana,
inteligencias femeninas que la sociedad había relegado a la ignorancia, a la
frivolidad, el egoísmo del es- píritu burgués puede ver en ello
inconveniente, no el hombre recto y bien
equilibrado; el intelectualismo habrá adquirido nuevos y valiosos servido- res,
y con ello se aumentará el capital
intelectual humano .
Además,
dado el régimen de salariado en que vivimos, aunque el salario sufriera por
ello alguna disminución, téngase en
cuenta que el hombre no trabaja solamente para sí, sino para su familia; de su
jornal apenas consu- mirá personalmente una tercera parte, de modo que la
temida concurren- cia femenina todavía podría tomar aspecto de beneficio, considerando como una ayuda el
salario de la mujer; con otra ventaja más positiva en el caso de viudez de la
mujer y en el de la desunión o divorcio más o menos legal, en que la mujer
podrá valerse dignamente por sí misma .
Por
otra parte, no son las causas indicadas
las únicas ni siquiera las
principales de la entrada de la mujer en el salariado; existe la presión de las
leyes económicas, resultado del industrialismo
internacional, las que han
permitido al capital erigirse en potencia de primer orden en los Estados
modernos, y que como contrapeso de equilibrio han dado origen al socia- lismo
contemporáneo .
Esos
mismos misoneístas, buscando pretextos y argumentos especiosos de defensa,
creen haber probado con estadísticas que en los países donde la industria es
doméstica, donde la mujer no ha de salir del hogar, el jornalero gasta menos,
ahorra más, tiene menos vicios, goza mayores comodidades, vive más feliz y
contento, es más razonable y sencillo, y además se observa que la moralidad
general y particular es mayor que en otras comarcas . Afirman que la mujer no
habría de tener más profesión que los cuidados
domésticos,
añadiendo que la utilidad de la economía resultante sería ma- yor que el jornal
que pudiera ganar trabajando fuera de su casa .
Añaden que separado el matrimonio todo el día, fatigados el hombre y la
mujer de cuerpo y de ánimo, cuando se reúnen terminada su tarea, cada cual
lleva cierta dosis de malhumor, que estalla con el menor motivo o pretexto
. El marido, que no encuentra en su casa
ni el atractivo de un interior limpio y bien ordenado ni el consuelo de una
esposa paciente y cariñosa, busca en el café o en la taberna una pasajera
distracción, y en el alcohol un narcótico que calme sus pesares . Los hijos, si
existen, son una carga y un estorbo .
Pero
aun admitiendo esos argumentos como
positivos, ello es que las leyes económicas
antes indicadas saltan sobre todo, y países hay que duran- te siglos han
vivido en cierta calma de aspecto patriarcal y por diversas causas se
modifican, se convierten en industriales y sufren las modificacio- nes
inevitables en tales casos .
Y ha
resultado que la mujer, despojada hoy en general, como lo ha es- tado siempre
parcialmente, del carácter de ídolo celebrado por la literatu- ra, ha formado
clase, ha tomado parte en la lucha de clases y ha constitui- do esa entidad
denominada el feminismo, que, entre
vacilaciones y tanteos, va formulando
sus doctrinas y su ideal, abriéndose paso hacia las reivindi- caciones
justicieras y racionales de lo porvenir, despreciando las burlas de los necios
y recibiendo con mezcla de gratitud y de duda el apoyo de ciertas entidades
masculinas .
Feminismo
racional
He
aquí cómo hallo definido el feminismo por una persona competente, la escritora
María de Belmonte:
El
feminismo, como principio de justicia, ilustrando a la mujer y reca- bando
derechos para ella, no va contra el hombre,
sobre el cual pesan hoy todas las cargas y todas las responsabilidades
de la vida, sino a su favor . Trata de repartir estas cargas y estas
responsabilidades entre los dos sexos, dando participación a la mujer en
aquellas funciones que en armonía con sus aptitudes y sin perjuicio de la raza
puede desempeñar .
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Si
las mujeres, atendiendo a sus especiales condiciones, no deben de- dicarse a
arrancar a la tierra —fuente de toda primera materia para el trabajo— sus
múltiples productos, ancho campo les ofrece la industria, que transforma esos
productos, y el comercio, que los cambia, para susti- tuir, y en algunos
casos ventajosamente, a muchos hombres que, libres de esos cargos, se
ocuparían, con mayor beneficio para sí y
para la sociedad, en explotar la madre
común, estéril en gran parte por falta de iniciati- vas y de brazos . No sólo en la industria y en el comercio,
sino en las ar- tes, en las ciencias y de otros mil modos puede la mujer
concurrir con el hombre a su bienestar y progreso de los países, y como el
trabajo intelec- tual y material tiene un valor que constituye parte
principalísima de la riqueza de las
naciones, aun suponiendo que una mujer produzca sólo la mitad que el
hombre, el concurso de las mujeres
aumentaría de ma- nera considerable la
riqueza pública, circunstancia muy
digna de ser to- mada en cuenta .
Paralelo
a este concepto del feminismo se
presenta otro más ruidoso, más agitador, pero no más razonado ni de efecto más
seguro, el feminis- mo político, que se propone alcanzar el derecho de
ciudadanía que dé a la mujer intervención directa en la gobernación del Estado,
siendo electo- ra y elegible, que agita más o menos a las mujeres en
Inglaterra, en Fran- cia y en todas las naciones sometidas al régimen
parlamentario, y que ha llegado hasta presentar candidata a la presidencia de
la República norte- americana, cosa, por otra parte, que no tiene nada de
particular si se considera que si hay y ha habido reinas absolutas y
constitucionales al frente de algunas naciones,
no hay motivo racional para que no haya presidentas .
Resumen
En
resumen: el problema del feminismo consiste en hallar el modo de que la mujer
sea dichosa, siéndolo necesariamente también el hombre, ya que el problema de
la felicidad designa en toda su integridad la famosa cuestión social .
Para
esto ha de reconocerse que la mujer y el hombre son y deben ser unidades
equivalentes e iguales para formar la organización anárquica de la sociedad .
Cuando
inspirado en mi amor al pueblo me decidí a hacer el trabajo sobre la mujer que
aquí termina, satisfecho por no haber galanteado en mi vida de modo que pudiera
hacer infeliz a ninguna mujer, pensé en mi ma- dre, en mis hermanas, en mi
compañera, en mis hijas, en diversas buenas mujeres que he conocido y con
quienes me he relacionado; me encanta la consideración del gran amor y amistad
que he sentido y siento aún, y lo hago constar aquí con el vivísimo deseo de
interesar a la lectora que me honre con su atención para que estimule la
energía emancipadora de su compañero, para que inculque emancipadores
pensamientos a sus hijos, para que extienda benéfica influencia en el círculo
de sus relaciones y para que desmienta a aquel cínico fraile que desde el púlpito
del templo llamado Nuestra Señora de París lanzó al mundo esta afirmación,
triste por la ver- dad que encierra, grosera y repugnante como jactancia de
criminal: «Entre laicos y clericales existe esta diferencia respecto de la
mujer: vosotros po- seéis su cuerpo, nosotros poseemos su alma» .
Que
esa infamia y todas las consiguientes pasen a ser recuerdo históri- co es mi
más vehemente deseo .
Tierra
y Libertad (Barcelona, IV, 22 (9 mayo 1907), 4 (I); IV, 24 (30 mayo 1907), 4
(II); IV, 26 (13 junio 1907), 4 (III) y IV, 28 (4 jul. 1907), 4 (IV), 4,
reeditado en El pueblo (Estudio libertario) (s.a.>1909), pp. 93-126.


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