© Libro N° 6066.
José Rafael Pocaterra Ante La Condición Humana. Arria, Piero y Muñoz Arteaga, Valmore. Emancipación.
Junio 1 de 2019.
Título
original: © José Rafael Pocaterra Ante La Condición Humana. Piero
Arria y Valmore Muñoz Arteaga. Universidad Católica Cecilio Acosta Centro de
Estudios Filosóficos (LUZ)
Versión Original: © José Rafael Pocaterra Ante La Condición Humana.
Piero Arria y Valmore Muñoz Arteaga. Universidad Católica Cecilio Acosta Centro
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
JOSÉ RAFAEL POCATERRA ANTE LA CONDICIÓN HUMANA
Piero Arria y Valmore Muñoz Arteaga
Universidad Católica Cecilio Acosta Centro de Estudios
Filosóficos (LUZ)
En
1888 aparece en Venezuela la obra que se considera el inicio de la prosa
modernista, Julián de José Gil Fortoul. Ese mismo año nace en Valencia, Estado
Carabobo, José Rafael Pocaterra, considerado junto a Julio Garmendia, Jesús
Enrique Lossada y Arturo Uslar Pietri, el gran revolucionario de la narrativa
corta en el país. En su sangre corre la misma sangre agónica de Don Miguel de
Unamuno. Sus apellidos (Pocaterra y McPherson) son oriundos de Maracaibo.
José
Rafael Pocaterra fue eminentemente un autodidacta, de sus estudios sólo se sabe
que cursó la primaria en una pequeña escuela (Colegio Don Bosco) de Valencia
entre 1896 y 1901. En 1907 inicia su actividad de escritor cuando ingresa como
colaborador en el periódico Caín, órgano periodístico opositor al régimen de
Cipriano Castro. Consecuencia de ello, es hecho prisionero en el Castillo
Libertador de Puerto Cabello para ser trasladado poco después al Castillo de
San Carlos en Maracaibo. Desde entonces la prisión se transforma en la gran
Universidad para Pocaterra. Allí aprende latín, griego, inglés, alemán,
incluyendo, claro está, las innumerables lecturas que pasaron por sus manos.
Culminado en año 1908, Pocaterra sale en libertad. Venezuela ahora pertenece a
Juan Vicente Gómez. Al año siguiente parte a Caracas para desempeñarse como
Secretario del ministro de Obras Públicas. En 1910 pasa a ser Secretario
Privado del Gobernador del Estado Guárico. De allí se pasea por diferentes
cargos de la administración gomecista.
En
1913 inicia formalmente su carrera como escritor al publicar su primera novela
Política feminista, así como su columna semanal en el diario El Fonógrafo
llamada Lecturas del Sábado. Tres años después siendo Secretario de la
gobernación de Maracaibo, publica su segunda novela Vidas Oscuras. En 1917
dirige la revista Caracteres en Maracaibo. Un año después se traslada
definitivamente a Caracas. Su oposición al gomecismo lo lleva a participar en
un complot cívico - militar abortado en enero de 1919. Ya en 1914 había
iniciado otra faceta dentro de su producción literaria con la publicación de
cuatro cuentos Ecce homo, Pérez Ospino & CO, Noche de primavera y
Nochebuena.
En
1919 ingresa a La Rotunda en donde permanecerá durante dos años. Luego de salir
en libertad publica un texto político en el cual continúa su dura crítica al
régimen de Gómez. La vergüenza de América le valdrá el destierro a Nueva York.
En 1923 parte a Canadá donde permanecerá durante 17 años. En Canadá ejerce la
docencia en la Universidad de Montreal en donde enseña español.
Participa
en el fallido intento del Falke por derrocar a Juan Vicente Gómez en 1929. Seis
años más tarde cuando muere el tirano, Pocaterra regresa a Venezuela por
algunos meses. Tiempo en que aparece la primera edición de las Memorias de un
venezolano de la decadencia. En 1937 se radica definitivamente en Canadá
ejerciendo funciones de Agente Comercial de Venezuela.
Entre
1938 y 1939 regresa nuevamente al país para pronunciar una serie de discursos
que luego integrarán una publicación denominada Integración venezolana. Ejerce
varios cargos de importancia en el gobierno de Isaías Medina Angarita. En 1946
publica La Casa de los Ábila. A raíz del golpe de Estado contra Rómulo
Gallegos, Pocaterra es encargado de restablecer las relaciones con los Estados
Unidos. En 1950 es asesinado Delgado Chalbaud, Pocaterra renuncia a su cargo de
Embajador en Washington y regresa a Canadá donde permanecerá hasta su muerte en
1955. A lo largo de su vida publicaría otras obras de fundamental como Tierra
del sol amada, Vidas oscuras, Cuentos grotescos, Después de mí, Valencia, la de
Venezuela.
Siendo
lector apasionado del romanticismo se puede inferir que el concepto de
humanismo para Pocaterra no difiere mucho de lo propuesto por los pensadores y
poetas europeos del siglo XIX. Para ellos el humanismo era necesariamente la
combinación entre la visión, traducida por ellos como pensamiento, y la acción.
Pocaterra desde la denuncia formula un discurso que invita a adoptar, dentro de
la circunstancia humana, un balance entre ambas condiciones. Esta denuncia se
aferra a un síntoma decadente de la sociedad venezolana corrompida desde sus
células por un ánimo conformista y cobarde.
“...
El “enemigo” del gobierno es siempre un hombre taciturno que marcha entre una
doble fila de esbirros y cuya mirada puede “comprometer” al conocido que
encuentre.
Las
mujeres de las casas se asoman, tímidas, a una rendija, después de cerrar la
ventana con una precaución infinita, no sea que se les cuele el maleficio
“político” en la casa. ¡Ah, estas pobres mujeres nuestras a quienes el hombre
infiltra la cobardía innata y la irresponsabilidad de cuanto les rodea”
(Memorias T.I. Pag.35)
Pocaterra
ya a los dieciocho años había sido encarcelado por colaborar en Caín, periódico
en que se identificó como enemigo del presidente Cipriano Castro, y en los años
siguientes no dejó de participar en la vida pública, anotando y fijando todo lo
que veía y que luego vertería en sus novelas, cumpliendo con la premisa de sus
lecturas juveniles.
El
romanticismo en el que puede adscribirse la obra de Pocaterra es un movimiento
cultural de protesta contra la civilización industrial - capitalista moderna
porque considera que ella destruye los valores comunitarios; porque cuantifica
y cosifica la vida social; y lo más importante, porque produce el
desencadenamiento del mundo. Al enfrentarnos a la obra de Pocaterra tropezamos
con un discurso agónico que critica los modos de vida y las tradiciones
antiguas destruidas por el avance desmedido de la civilización capitalista -
industrial que surge en Venezuela con la explotación petrolera.
Esta
posición la sostendrá a lo largo de su vida. Incluso desde el exilio Pocaterra
critica duramente el sistema de vida capitalista, personificado enteramente en
la ciudad de Nueva York en la que pasa algunos de sus últimos años. En sus
Cartas hiperbóreas hace un cuadro detallado de la ciudad símbolo del país
norteamericano:
“No
es menester considerarse muy sagaz para observar que este país envejece
rápidamente, siendo tan joven. Su desgaste nervioso es mucho mayor que su
progresión material. Es una enorme máquina de relojería, con piezas fortísimas,
con muelles firmes, con tornillos bien ajustados, todo ello guardado en una
caja de diez y ocho quilates, pero en cuyo seno íntimo el acero de la cuerda
comienza a lajarse. Y ese acero es el espíritu público, el alma nacional. Va a
enfermar del mismo mal que desdeña en el europeo y que menosprecia en el
americano” (Obras Selectas. Pag.1506)
Esta tensa relación entre progreso y tradición
se va a reflejar en la mayoría de sus novelas, especialmente en aquellas que
intentan revelar minuciosamente los mecanismos de una sociedad que da la
espalda a la tradición por la adquisición de nuevos valores fundados en el
lucro fácil. Pocaterra describe amargamente esta realidad en un discurso
inspirado por el romanticismo social, donde palabra y acción se unen en una
denuncia que no esconde la realidad tras reflejos engañosos.
Como
hombre, Pocaterra es flagelado por la realidad. Su sensibilidad se ve
comprometida ante las figuraciones emanadas del poder político. En este sentido
describe sus experiencias traducidas por la vena subjetiva de su romanticismo
social. Como creador, Pocaterra describe la realidad que ve, pero traslucida a
través del discurso de lo grotesco, diseminado dentro de una discursiva
paradójica. El énfasis en lo feo, en lo turbio de la sociedad, propugna, dentro
de sí, la semilla de la reacción, de la búsqueda constante de alternativas.
El
discurso de lo grotesco establece, por lo tanto, la compleja relación entre la
objetividad y la subjetividad en Pocaterra. En su obra la sociedad venezolana
se coloca bajo una suerte de lente implacable que magnifica todos los errores,
falsedades y defectos. Pero Pocaterra es también un creador, por lo que su
discurso conlleva, además, una traducción constante al lenguaje literario, que
subjetiviza y poetiza al pensamiento crítico. Tomemos como ejemplo la metáfora
que utiliza Pocaterra para describir el sino fatal de la historia venezolana:
“Van
encadenados de tal suerte los sucesos, sucédense en forma tan trabada y
eslabonada la serie de incidentes que han determinado nuestra catástrofe, que
desde el factor menos importante hasta los personajes de primera línea - y
hasta las transformaciones sociales y los fenómenos meteorológicos ¡todo, en
fin! - parece que fuese destinado por una voluntad suprema y malvada a consumar
este largo proceso, torbellino loco, ola sin rumbo que a esta hora, con un
sucio penacho de espumas, no sabemos si va a romperse, soberbia, contra un
arrecife o si se abatirá desmayada, mansa, abyecta, en los bajos lodosos, en
las marismas pútridas...” (OS. Pag. 1065)
El
destino de Venezuela como una ola que crece alimentada por todos los errores de
sus hombres y cuyo último fin permanece abierto. El determinismo que parece
definir Pocaterra aquí alcanza niveles más humanos. No se trata de una suerte
de divinidad maligna que concatena las calamidades. El sino del venezolano es
producto de sus acciones, de las dispares voluntades que han dejado el camino
libre a los gobiernos caudillistas de Castro primero y luego Gómez.
Cuando
Gómez suplantó a Castro al poder, muchos sectores de la sociedad, especialmente
el intelectual, no pudo dejar de ver en ello un avance significativo a una
nueva libertad:
“¡No!
¡Usted es muy joven! Usted carece de experiencia de los hombres y de las cosas.
Usted no conoce al general Gómez - clama Vivas. Habla dirigiéndose a mí, pero
en realidad trata de convencer al grupo silencioso de presos -. El general
Gómez es Crespo otra vez, pero sin codicia; sin los exclusivismos partidarios
de Crespo... Tendremos libertad: Venezuela se encarrilará”. (OS. Pag 1067)
Pero
esta ilusión pasaría rápidamente. Los aduladores de Castro se volvieron los
aduladores de Gómez, el cual en vez de aflojar, apretó más aún las riendas del
poder. No faltó quien asumiera una actitud crítica desde alguna tribuna, pero
sería silenciado rápidamente con la cárcel o el destierro. Pocaterra sufrió
ambas consecuencias. Pero no sería el único, cada sector de la sociedad se vio
obligado a tomar partido ante el nuevo régimen. Hasta el clero se vería
dividido por estas circunstancias:
“Gómez
ha sido el mandatario más irrespetuoso con el clero que hayamos tenido. El
destierro del Arzobispo Guevara por Guzmán Blanco, al que tanto partido le
sacara la oposición ¿qué es al lado de esta serie de crímenes cometidos por
Juan Vicente, a ciencia y paciencia del Vaticano? Expulsó al padre Oraa,
envenenó al padre Ramírez y al padre Fránquiz; mantiene estos dos ancianos y
venerables sacerdotes, Mendoza y Monteverde, engrillados y enfermos, hace ocho
años en La Rotunda...
¿En
dónde está la fe militante. El carácter apostólico, el báculo del pastor, la
dignidad eclesiástica? La farsa iba hasta ayer de chistera y levita a los
congresos, ahora asiste de mitra, capa pluvial y anillo a los Te-Deums. Les
arroja Gómez a estos curas ávidos un puñado de obispados y canonjías y el clero
de Venezuela, con el Arzobispo a la cabeza, se arroja a disputárselos en cuatro
pies con las hopalandas irreverentemente alzadas”. (OS. Pag.1229).
Pocaterra
realiza, pues, un diagnóstico inapelable de la división del país. En su libro
Memorias de un venezolano en la decadencia, donde narra sus años como habitante
forzoso de la Rotunda, es donde evidencia con mayor lucidez esta situación. En
efecto, día tras día los presidiarios que conoce y entrevista le permiten
conocer a fondo los movimientos secretos de la sociedad exterior. Ya que la
comunidad del presidio estaba compuesta por representantes silenciados de los
sectores más importantes del país, Pocaterra logra hacer un balance muy
completo de lo que estaba sucediendo: la sociedad exterior vista a través de
una pequeña sociedad interior agrupada, irónicamente, por Gómez.
Por
supuesto que las condiciones del presidio distaban de ser amables. Las Memorias
es un documento terrible donde se describen las torturas y vejaciones que
sufrieron los presos políticos tanto de Castro como de Gómez. La prisión de
Gómez, sin embargo, era peor:
“En
efecto. La crueldad, la ferocidad salvaje, implacable, fría, absurda, ha venido
creciendo, agigantándose... Con ser duras las prisiones de Castro, con haberse
dado palizas y enyugado presos y hecho enloquecer de dolor a los hombres, Jorge
Bello en San Carlos nos daba de comer un “rancho” tolerable y nos concedía
aire, luz, sol, agua. No había vigilante inmediato para vejarnos y espiarnos a
cada instante. Aquí el sistema celular con todos sus horrores...” (OS. Pag.
1185)
Minuciosa
y dolorosamente Pocaterra anota cada abuso y cada vejación. Nombra cada
torturado y cada asesinado. Cuestiona una y otra vez al régimen que vislumbra,
en sus patrones de gobernabilidad, rasgos notablemente misantrópicos.
“...
Una angina horrible ha tratado de asfixiarme. El doctor Noblott es el médico de
la fortaleza... Solagnie le suplica una medicina para mí. Dice que no puede y
declara al fin que “el general Castro ha dado orden que no haya médico ni
medicamentos para los presos políticos” (Memorias T.I. Pag. 45).
Se
trata de la negación misma de su condición humana. Al chocar el ambiente
represivo que le tocó vivir con su formación intelectual, los conceptos de
libertad y enajenación cobran una dimensión más profunda. Pocaterra observa su
entorno y en ese proceso se auto- cuestiona, conformando nuevos significados
que plasma agónicamente en su discurso grotesco.
“...Nadie
ha dormido; nadie dice una palabra. Silencio y dolor dentro. Dolor y silencio
fuera. Aquí estamos los recluidos, los esclavos rebeldes que se arrojan en la
gehena sin un cacho de pan ni un jarro de agua; afuera están los esclavos
dóciles, disciplinados, estupidizados que tienen la misión de custodiar a sus
hermanos y de asesinarlos si tratasen de escapar.
En
medio de estas dos esclavitudes, Venezuela se arregaza la túnica y se tumba a
dormir con el primer mono insolente que sale de la montaña a la cabeza de una
bandada” (Memorias T.I. Pag. 78)
La
falta de libertad va más allá de los muros de una prisión. Es la rendición
última de la voluntad individual, es el país entregado al conformismo y al
poder de turno. En la obra de Pocaterra se denuncia una y otra vez esta
condición decadente de la sociedad, cuyos valores no se basan ya en la
tradición sino en la riqueza fácil y el status quo.
“...De
la vieja sociedad no hay sino cimientos fragmentarios en mal estado” (OS. Pag.
633)
Y
más adelante agrega:
“...Que
todo, todo lo que me ligue a este grupo de gentes en que me tocó vivir, me
inspira repugnancia y fastidio, como sus fiestas, como sus sentimientos, como
sus trajes, como sus sonrisas, ¡como todo lo que constituye ese masacote del
que han surgido los Leones que se van a vivir a Europa y los Carlitos que se
quedan aquí de mozos decentes y de buenos partidos!” (OS. Pag.705)
Desde
la cárcel real observa la enajenación que agobia a la sociedad entera.
Pocaterra escribe desde y sobre ambas prisiones, apilando y construyendo una
crónica implacable a la cual suma la crítica histórica y la reflexión
humanística. Su obra literaria es una intensa búsqueda de las raíces de los
problemas del país, en las que siempre se enfrentan visiones contradictorias
sobre la naturaleza del venezolano.
En
muchas de las páginas de Pocaterra está presente, casi sistemáticamente, un
constante conflicto entre el sector civil y el castrense. Dentro de sus
consideraciones acerca de la sociedad civil está presente la angustia del
hombre que observa, atónito, cómo los hombres que la integran están
visiblemente divididos. Para Pocaterra parece existir una línea precisa que
separa abiertamente lo que él define como Sociedad y como Pueblo. La sociedad
es vista como un cenáculo de hipocresía y traición a los principales valores de
la convivencia humana. El pueblo, como garante de la tradición y el trabajo
honesto. Pocaterra como escritor toma a la sociedad, compuesta por los sectores
más afortunados económicamente, para ridiculizarla e ironizarla
exhaustivamente. Para él es conformista, vacía, inicua, hipócrita. Haciendo un
juego de términos (sociedad por capital y pueblo por provincia) Pocaterra
escribe:
“Caracas
no ha hecho sino aplaudir, aplaudir demasiado, romperse las manos aplaudiendo.
Aplaude a los malos literatos, los peores historiadores, la vasta cofradía
pésima de los poetastros orientales u occidentales. Incorpora a sus academias
un porcentazgo considerable de mentecatos a base de recomendados de
“Villa-Zoila”, recibe en sus salones al generalote con posición, al doctorcete
introducido. Y llega a tanto su generosidad social, que trata de disminuirse,
de empequeñecerse, de amenguar su incompatibilidad, yendo de bracero con los
recién llegados de todas partes… la provincia no suele exportar méritos ni
virtudes en esas épocas. Las gentes honestas se quedan allá, silenciosas,
calladas, sufridas, o vienen al centro como simples espectadores” (Memorias
T.I. Pag 51)
Cada
una de sus novelas en una radiografía psicológica de la sociedad venezolana en
un período determinado. Son cuadros animados que reflejan sus experiencias en
Valencia, Caracas y Maracaibo, ciudades donde vivió y que sirven de marco para
recrear minuciosamente las distintas facciones en oposición. Al igual que los
personajes de Balzac, los de Pocaterra sucumben ante las exigencias de
adaptación y las imposiciones de la sociedad burguesa, constriñéndolos hasta
tal punto que son cosificados de la misma manera como sucedió ante los nuevos
patrones de sociabilidad que dictó el petróleo. Pocaterra se sirve, entonces,
del discurso grotesco para elaborar en su obra un mapa crítico de la división
del país. El cual se divide básicamente entre aquellos que practican la
hipocresía para conseguir los favores del poder, y los que intentan llevar una
vida dedicada al trabajo honesto.
En
Vidas Oscuras queda claramente expresada esta dicotomía entre sociedad y
pueblo, ciudad y campo, civilización y barbarie, representada en las almas de
los hermanos Gárate. Uno es el hacendado que defiende los valores de la
tradición, el trabajo y el honor representados en la vieja burguesía
conservadora; el otro es el político de formación liberal que logra puestos
públicos a través de la corrupción. Son representantes de dos grupos sociales
marcados sustancialmente por el ya conocido discurso “civilización / barbarie”,
pero entendiendo bajo una nueva luz estos dos conceptos.
"-
Mira a tu alrededor: tu hijo, tu familia..., la gente que te hace cortesías;
mírate por dentro y acuérdate cómo he sido yo contigo... Las vidas oscuras son
éstas, las de los murciélagos de paletó-levita... Tú y yo somos todo el país:
yo el pendejo que trabaja, el que aguanta, el que cree en antiguallas de
dignidad, de vergüenza, de honradez, el que mantiene a los zánganos hasta
quedar arruinado para merecer luego su desprecio... a dar el jugo para que
luzcan, para que los saquen en los periódicos... Pero el castigo de ustedes,
los pasados de su fila, de su partido, de su casta; el castigo de los transados
viene detrás, ahí mismo, con el negro Estranón hijo de los esclavos de mi
padre; ese es el que viene al poder a que tú le sirvas, a que le laves las patas,
a que le des una hija tuya, una Gárate blanca... ¡Yo me voy de aquí, a morirme
bien lejos... Esta es una gusanera incurable...!" (OS. Pag. 270).
Pocaterra,
a diferencia de otros autores que asignan roles fijos para encarnar esta
dualidad (Sarmiento, Gallegos entre otros), presenta personajes que trastocan
estas definiciones de tal manera que el “civilizado” termina siendo el bárbaro
y viceversa. Subrayando que estos personajes motejados como bárbaros son los
que a la larga brindan la gran lección moral en sus libros. Lección que, sin
embargo, no representa una victoria. El pueblo y la sociedad seguirán
transitando caminos distintos, siendo esta última la que sostiene las riendas
de la nación.
Uno
de los sectores alienados con el régimen y al que critica abiertamente es la
Iglesia católica como institución, contra la cual arremete una y otra vez
criticando específicamente su alineamiento con el régimen de turno.
“Y
de repente, se abre una disputa teológica curiosísima en la que intervinieron
elementos extravagantes. El padre Arocha, el mismo que dio luego el do de
pecheo del continuismo, ataca al doctor Martín Requena “en defensa de la
Religión y de la Sociedad”; éste último tuvo que cerrar su colegio y marcharse;
tal fue la marejada. Las cuestiones filosóficas y dogmáticas del doctor Requena
preocupan más al pastor de la grey valenciana que los “homenajes al general
Castro”, los bailecitos, los desmanes, las persecuciones y las opresiones más
que la inmoralidad de utilizar la sagrada cátedra, con toda la influencia que
la palabra dicha en la Iglesia tiene para los que piensan a través de la
Iglesia; más que una nueva violación de la ley;
¡más
que todo! Y para cerrar esta página de la historia local, Castro interviene
desde su silla gestatoria dirigiendo a su presidenzuelo en Carabobo un
telegrama que comenzaba así: “En mi doble carácter de Jefe de la Iglesia y del
Estado” (OS. Pag.1087)
El
mismo Castro hace de la sospecha una ridícula certeza, la Iglesia hace la vista
gorda ante los desmanes de un régimen despótico para mantener su dominio. Más
aún, une tanto los criterios con el régimen que se reconoce subordinada. Es
importante señalar que Pocaterra distingue entre la Iglesia como institución y
la religión como servicio, En sus Memorias denuncia una y otra vez la terrible
suerte de curas tornados presos políticos, así como hombres de fe perseguidos
por oponerse al régimen. Asimismo Pocaterra respeta y comparte la teología
cristiana, dedicando algunas de sus Cartas hiperbóreas a la recreación de
parábolas y enseñanzas cristianas, pero esto no tiene una fuerza particular en
su obra literaria. Los problemas y soluciones del país para Pocaterra no se
elevan a un nivel superior, por el contrario, reside en los venezolanos.
La
posición de Pocaterra ante la historia, su historia, es la de enfrentar una y
otra vez lo real con lo posible, el diagnóstico con la tesis. Para ello se
sirve muchas veces de personajes abiertamente enfrentados, como es el caso de
Vidas Oscuras, donde dos hermanos, uno citadino y arribista, el otro agricultor
y trabajador, discuten ampliamente las grietas de una sociedad dividida.
Asimismo
realiza una revisión cabal de las decisiones arbitrarias de los gobernantes de
turno en la conformación del estado nacional.
Para
él, la constante reescritura del cuerpo de leyes del país según los antojos y
necesidades de la clase gobernante, trajo como consecuencia un vacío
legislativo alarmante.
“Quitó
algunos presidentes Constitucionales de sus Estados para poner gentes suyas;
apeló a las funestas “enmiendas de la Constitución”, que han costado y seguirán
costando tantos desastres” (Memorias T.I. Pag.14)
Para
llenar este vacío legal, el Estado no tiene más remedio que apelar a la
anarquía del sistema caudillista, silenciando y aniquilando a los opositores.
“El
“sistema”, sin embargo, es idéntico: atormentar, aniquilar, envilecer por la
pena y el hambre y la muerte; estos hombres de 1899 han traído una doctrina de
ferocidad; en su incultura, en su concepto primitivo de las cosas, para ellos
no existe el adversario político sino como un enemigo a quien deben asesinar,
eliminar, envenenar, destruir”. (Memorias T.I. Pag.45)
Para
Pocaterra no existirá progreso social en tanto no exista una verdadera
conciencia nacional, donde el venezolano deje finalmente de lado esa cobardía
acomodaticia que ha adquirido y mantenido desde la guerra civil:
“Si
algún día tornásemos a la luz y por no sé qué azar desaparecieran Castro y su
gobierno y sus cárceles y carceleros, entonces harían otras frases y relatarían
actitudes insospechadas de conspiración y de rebelión
¡todos
estos borregos que van trémulos bajo un mal garrote! ¡todas estas bocas que
sonríen, femeniles a los fuertes que pasan! Un país entero que se deja robar y
deshonrar y asesinar en silencio porque para todos los Tartufos del Comercio,
del Clero, de las Profesiones y de la piara periodística, “la paz es el supremo
bien de los pueblos” y una digestión tranquila el mayor bienestar y la
finalidad suprema de todo venezolano sensato”. (Memorias T.I. Pag.57)
Luego
de tantos años de revueltas y revoluciones caudillistas, la clase que se
encontró al poder decidió renunciar a la moral y la dignidad a cambio de una
paz a cualquier precio. Pocaterra descubre que el silencio cómplice por parte
de la sociedad en nombre de esa “paz” es mucho peor que los crímenes cometidos
por el mismo régimen. Mantiene, entonces, una permanente crítica al absurdo
modo de vida de la burguesía venezolana, a la que no sólo acusa de burda,
inútil, laxa, sino que arremete contra ella debido a su compromiso con el
régimen establecido, y su completo menosprecio a las clases no favorecidas:
“A
ti que esta noche irás a sentarte a la mesa de los tuyos, rodeado de tus hijos,
sanos y gordos, al lado de tu mujer que se siente feliz de tenerte en casa para
la Navidad; a ti que tendrás a las doce de esta noche un puesto en el banquete
familiar, y un pedazo de pastel y una hallaca y una copa de excelente vino y
una taza de café y un hermoso “Hoyo de Monterrey”, regalo especial de tu
excelente vicio; a ti que eres relativamente feliz durante esta velada, bien
instalado en el almacén y en la vida, te dedico este Cuento de Navidad, este
cuento feo e insignificante, Panchito Mandefuá, granuja builletero, nacido de
cualquiera con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño
Dios invitó a cenar” (Cuentos grotescos. Pag 27)
Panchito
Mandefúa, cuento popular que suele encontrarse en casi toda antología del
cuento venezolano, esconde ciertamente un espejo para el lector para que quede
comprometido con su sensibilidad y con una realidad que quizás comparta o
quiera negar. Pocaterra lucha contra la hipócrita sensiblería romántica que se
explaya en las tertulias afrancesadas de la burguesía, hundiéndose en la
oscuridad de las vidas que se desmayan bajo la opresión de la desigualdad
social, económica y política. Más allá de reivindicar desde sus vidas a las
clases oprimidas creando falsas utopías que engañan a estómagos vacíos,
Pocaterra intenta reivindicarlas desde la laxitud y estupidez de los poderosos,
a quienes muestra incapaces de tener una muestra, aunque sea breve, de humanidad:
“Se
arremolinó la gente, los gendarmes abriéndose paso…
-¿Qué
es? ¿qué sucede allí?
-¡Nada
hombre! Que un auto mató a un muchacho “de la calle…”
-¿Quién…?
¿Cómo se llama…?
-¡No
se sabe! Un muchacho billetero, un granuja de esos que están bailándole a una
delante de los parafangos… - informó, indignado, el dueño del auto que guiaba
un “trueno” (Cuentos grotescos. Pag 34)
Las
novelas y cuentos de Pocaterra distan de ser lecturas amables y complacientes.
Por el contrario, son retratos crueles de escenas urbanas y rurales donde un
puñado de personajes enfrentan una y otra vez condiciones terribles que
cuestionan tanto sus valores como su humanidad. La Venezuela descrita por la
pluma grotesca de Pocaterra no lleva disfraz, es un paisaje desolador con
tintes claramente pesimistas. Bajo su despiadada lupa, señala y apunta a los
males de la República.
Si
bien parece que el diagnóstico que da Pocaterra es inapelable y no presenta
soluciones fáciles, se pueden hacer aproximaciones a algunas de sus propuestas
a partir de su vida y de su obra. José Rafael Pocaterra, al igual que muchos de
los intelectuales del momento, asumió el tema de la educación como un
planteamiento fundamental de la vida ciudadana. Si bien nunca elaboró nada que
pudiese parecerse a un proyecto para la educación, o por lo menos un ideario
educativo de donde emanara algo semejante, elevó su voz recia para denunciar
las particularidades que conforman el proceso educativo. En tal sentido,
formuló una serie de esbozos acerca del maltrato que recibían los maestros por
parte de los gobiernos de turno, básicamente en lo económico:
“Un
pedagogo, seco y avejentado que tiene su escuela pública a la vuelta de la
esquina y en el bolsillo los recibos vencidos de quincenas que no le pagan”
(Memorias T.I. Pag. 22).
Para
él la escuela es el punto de partida para la formación de una nueva generación
de hombres que pueda servir de puente entre la barbarie y la civilización.
Pocaterra entiende que la educación debe ser una prioridad para todo pueblo que
quiera alcanzar el progreso integral. No sólo como la base que sostiene los
pasos de una sociedad, sino también, como la recuperación posible de la
formación republicana.
Si
hacemos hincapié en su vida debemos concluir que fue creyente de la educación
autodidacta. El autodidactismo parece ser el puente que comunica a Pocaterra
con cualquier planteamiento sobre las carencias del sistema educativo. De hecho
en diferentes oportunidades hace burla de aquellos que recibiendo una educación
formal, los pocos que podían acceder a ella, no cumplían con la sagrada misión
de llevar esa formación a otros más necesitados; y que por el contrario se
transformaban en mujiquitas del gobierno de turno:
“Así
que su educación fue esa mezcla de vagabundería y sentimentalismo, base de la
educación venezolana, terreno magnífico para los productos que hoy colman el
comercio, las universidades y las oficinas; especie de epicenos capaces de todo
lo malo y lo bueno, juventud sin fisonomía, con ambiciones ineducadas, que se
emborracha a los doce años y padece de sífilis a los catorce, casi siempre
servil, ahogada de compromisos por una magnificencia cursi, primer paso a los
futuros expoliadores de la política si la suerte los lleva a lomos, o a los
policastros de aldea que pululan en los tribunales, de muy mala conducta, pero
con muy buen corazón” (Política feminista. Pag 41).
Para
Pocaterra era más valioso en el orden del crecimiento de una república aquellos
que se preparan para la vida, y no aquellos que luchan desde las academias para
luego terminar calentando el sillón de la injusticia a la que cierran los ojos
para mantener estómagos y carteras llenas. Toda reforma educativa debía partir,
entonces, de la utilidad de los conocimientos adquiridos, y de la masificación
de la instrucción a todas las clases sociales.
En
las novelas de Pocaterra se define una suerte de sociedad patriarcal. Los
personajes masculinos siguen un código victoriano del honor del hombre que
difícilmente pueda atribuirse a un azar por parte del autor. Los códigos
establecidos del momento le daban a la mujer una posición casi nula en la vida
política y social de la Venezuela, siendo simplemente relegada a ser
"señorita de sociedad" para luego convertirse, simplemente, en madre
y esposa. No obstante la definición clara de esta visión, Pocaterra insiste
muchas veces en describir el flujo de pensamientos de sus personajes femeninos,
lo que se revela, a la larga, como una tesis muy clara del papel de la mujer.
Veamos lo que dice Marilala, la heroína de “Tierra del sol amada”, al
contemplar el catatumbo:
"-
Muy raro ¿verdad? -continuó ella-. Yo, cada vez que miro ese relámpago, ¡es muy
particular lo que me pasa! Me imagino que él soy yo, es usted, somos nosotros,
los de aquí... Es nuestro carácter, nuestro modo de ser: brillo sí, pero de un
instante, de un segundo, ¡un relámpago pues!, como si le hubiesen encargado
hacer constar, por raticos, que la luz existe... Así somos, brillantes por
momentos, sin saber por qué ni de dónde ni cómo nos viene el brillo... Pero sin
estabilidad ni firmeza, ni permanencia... Queremos un rato; reímos otro rato;
admiramos otro ratico... Luego,
¡nada!
Siempre el relámpago, la luz que se mete en la noche, y esa sí es permanente
entre nosotros, siempre... Vea usted ahora, ya no hay relámpago... Me da
angustia; o que ilumine desde una noche siempre, o que desaparezca y nos deje a
oscuras, sin esa amenaza de luz que nunca llega..., y se la pasa asomada a la
puerta." (OS. Pag. 392).
Una
breve luz en la oscuridad, esa es la esencia de la vida para Pocaterra en esta
novela. Personajes que van y vienen, que no permanecen. Se trata de la
mutabilidad constante de las modas: los preferidos de la sociedad hoy, mañana
no serán recordados; y la genialidad de un momento se extinguirá en la noche.
Pocaterra sigue utilizando a este personaje para revelar las contradicciones de
la cultura del momento con respecto a los géneros:
"Volvióse
a mirarlo, de faz, cara a cara; no eran tío y sobrina, no eran acusador y
acusada: eran dos principios frente a frente:
- Tío: ¿Usted se casó con las madres de esos
hijos que tiene por ahí...?
- ¡Pero loca! ¡Eso es distinto! Yo con eso no
deshonraba a mis padres, a mis hermanos, a mi familia... ¡Yo soy hombre!
- Sí, ya lo dijo en una sola frase: ¡Usted es
hombre! Ellas eran mujeres... Probablemente esos hijos de usted, hombre, esos
otros hombres, hijos de esas mujeres, reclamen, brutalmente, con las mismas
palabras que usted emplea, su brutal derecho de hombres a quienes no alcanza la
deshonra, ¡nunca...!" (OS. Pag. 472)
Como
ya dijimos, esta lección moral no implica una victoria. Marilala, como
personaje, no tiene un buen destino. Deshonrada, se escapa con un hombre lejos
de Maracaibo, viviendo un corto período feliz. Luego cae enferma y muere
consumida poco a poco por su mal. Pocaterra aprovecha y nos da su concepto de
la patria mártir en el párrafo final:
"Porque
aquella María que allí queda, es la revelación de la patria chica en el grande
amor universal de los corazones. La sangre, la raíz de lo hereditario, la vida
que se inmola para fecundar el egoísmo estéril, la duda y la indiferencia que
llegan de afuera. Es la mujer que encarna la gran patria espiritual, que se
entrega, que se ofrece íntegra, que florece en su carne y que luego se
disgrega, abnegada, como las oscuras raíces de una raza, en el seno cálido de
las arenas, bajo la clara luz solar, en la «Tierra del Sol Amada»..." (OS.
Pag. 500)
Esta
relación metafórica entre la mujer mártir y la patria se repite una y otra vez
en la obra de Pocaterra. Poco se conoce que detrás de su apariencia adusta y de
su pluma ácida y demoledora, se esconde un hombre con un particular culto al
amor familiar, especialmente a la mujer. En un largo poema llamado Valencia, la
de Venezuela, Pocaterra culmina sus líneas de la siguiente manera:
“Madre
eres tú: pariste a Venezuela” (Valencia, la de Venezuela. Pag. 38).
Entre
los motivos de mujer mártir en la obra de Pocaterra destaca el de la muchacha
seducida por el conquistador de turno que luego la abandona, ante lo cual ella
adquiere dignidad y fortaleza. Los personajes femeninos ante la adversidad son
los únicos que sostienen los valores importantes de la sociedad, en
contraposición de los personajes masculinos, ávidos de riquezas fáciles y sin
ningún sentido de la tradición nacional.
A
pesar de la dureza de la pluma de Pocaterra, éste brinda unos conceptos
generosos sobre la mujer. En ellas el escritor reconoce su sensibilidad ante la
injusticia humana. Es la mujer la que se transforma en elemento disociador en
el género humano. De hecho, su pluma abre paso en el corazón de la mujer simple
y sencilla del pueblo, la que hace heroína de sus textos en detrimento de la
mujer de clase alta que acusa de estúpida, atrasada, laxa, mustia, sin color
alguno de sensibilidad:
“La
enfermedad no nace en el hogar, como alguien dijo; no-es una injusticia que se
comete contra la mujer venezolana, que hoy por hoy, vale mucho más que el
hombre, en preparación para la lucha de la vida, las de la clase media; en
resignación y firmeza doméstica, la del pueblo” (Memorias. T II. Pag 25)
Se
trata una vez más de la oposición antes señalada entre Sociedad y Pueblo, ahora
representada por la mujer. La mujer de clase alta es muchas veces cómplice de
los males que sacuden la salud de la República. Una complicidad fundada en la
corrupción del amor a través de la infidelidad en un matrimonio compuesto por
un marido machista y por una mujer imbécil que es subyugada por su fragilidad
intelectual.
“No se debe observar esas boquitas pintadas de
la ciudad, muñecas con un mal mecanismo sexual que se ignoran como mujeres y
casi nunca llegan a la maternidad sino por el medio de la concepción y de la
expulsión: no pueden dar una educación moral cuando no poseen ninguna y viven,
si ricas, inútiles, lánguidas, devorando noveluchas francesas o yendo al cine
americano” (Memorias. T II. Pag 25)
La
mujer pobre, la de la lucha diaria, la que hace de la cotidianidad un duro
batallar por la dignidad de su familia, en ella siembra Pocaterra la semilla
del hilo dorado de las tradiciones y la formación de los hogares:
“Y
es la mujer a quien puede confiarse y en quien debe confiarse esta tarea: es la
enseñanza de las viejas virtudes, caseras, criollas, hoy convertidas, por arte
de birlibirloque, en un arribismo desaforado” (Memorias T. II Pag 25)
Pocaterra
defiende esta mujer por encima del hombre, ya que como asegura, la mujer
responderá con nuevos hombres útiles al país, y no mamarrachos serviles al
poder de turno:
“La
mujer de mi país, hoy, significa mucho más que su compañero; y sólo en ella aún
resta la esperanza de una generación futura, no esta del “fox-trot” y de la
torería del general Vicentico, partida de muchachejos desconceptuados, adulones
y vacuos, sino otra que suma resueltamente el cometido de una renovación
nacional y se resuelva a demoler los ídolos de ayer, los de hoy y los que
quieran erguirse mañana” (Memorias T. II. Pag 25)
Como
muchos autores de la época, José Rafael Pocaterra asumió una crítica visión
histórica en su obra. Muchas de sus novelas enmarcan problemas específicos de
la realidad del período gomecista, a la que describe con pluma aguda y
punzante. Pero Pocaterra construye desde esta realidad venezolana, que lo
angustia y lo subyuga, otra realidad. Es la construcción de otra historia,
aquella que revela las incertidumbres del poeta, del creador. Por ello va tras
las huellas de la otra Venezuela escondida en su escritura.
Una
Venezuela con posibilidades. Una Venezuela ficcionada. Esta historia ficcionada
es el fermento de lo que trascenderá como literatura realista, ya que expresa
la realidad desde su verosimilitud. Probablemente, Pocaterra construye otra
Venezuela, que más allá de ser una mejor, es por lo menos la posible, la que
germinará en sus lectores.
Su
tarea como observador agudo que describe y presenta la radiografía de una país
disgregado e inerte, busca ante todo la reacción desde la sociedad misma,
haciendo oposiciones claras entre dos clases definidas una como garante de la
tradición y el logro honesto y la otra como la arribista y aduladora del
caudillo de turno.
Firme
creyente de la unión entre la visión y la acción, dedicó su vida a conformar
una obra que persigue despertar, dentro del seno mismo de la élite capitalina,
una inédita conciencia social a partir de la novedad, la honestidad y la
irreverencia, como lo prueba este pasaje sobre su labor periodística juvenil:
“Caín
se vendía en Caracas; gozaba de mucha popularidad y fue la excepción de una
época y es uno de los mayores orgullos de mi vida: era algo puro, nuevo,
fuerte, sincero frente a la ola politiquera y acomodaticia en que flotaban los
“intelectuales” de entonces...” (Memorias T.I. Pag.34)
Y es
precisamente la juventud, la sangre nueva, la que está llamada a tomar las
riendas de un país cansado de cometer los mismos errores. Para Pocaterra existe
la necesidad de convocar una nueva generación de venezolanos que no se queden
cruzados de brazos ante la entronización de un Estado conformista y
autocomplaciente. Para ello cita una y otra vez la gesta de una juventud que
tan sólo buscando, descubre, y persistiendo, escribe quizá la primera página de
una historia diferente.
BIBLIOGRAFÍA:
Pocaterra,
José Rafael (1965) Obras Selectas. Editorial EDIME: Caracas.
Pocaterra,
José Rafael (1990) Valencia, la de Venezuela. Universidad de Carabobo:
Valencia.
Pocaterra,
José Rafael (1990) Vidas oscuras. Monte Ávila Editores: Caracas.
Pocaterra,
José Rafael (1990) Cuentos grotescos. Monte Ávila Editores: Caracas.
Pocaterra,
José Rafael (1990) Memorias de un venezolano de la decadencia. Biblioteca
Ayacucho: Caracas.
©
Piero Arria y Valmore Muñoz Arteaga 2003
Espéculo.
Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
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