© Libro N° 6065. Terraplane. Womack, Jack. Emancipación. Junio 1 de 2019.
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original: © Terraplane
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
TERRAPLANE
Jack Womack
Para
Caroline
Siempre
1
-Un
brindis -dijo Skuratov, nuestro anfitrión y contacto. Como la mayoría de sus
compatriotas, lucía dientes de acero y al sonreír parecía la parrilla de un
coche. Nos había invitado al restaurante de la Hermandad del Dinero de la calle
Gorky. En los restaurantes de Moscú, el primer decorado que advertían los
sistemas, una vez los ojos se recuperaban de la luz, eran los enormes anuncios
de la pared. Desde ellos, el viejo líder sonreía a sus descendientes mientras
comían. En las holografías a doce colores el Gran Amigo vestía pieles, bebía
kvas, sonreía a su reflejo Lenin en cera recién fundida, acariciaba
cachorritos, conducía coches deportivos húngaros y ofrecía tubos de medicinas
holísticas. Si su imagen aparecía en algo, los rusos lo compraban. Stalin vendía
de todo, desde impresoras láser hasta medias-. Por el gran general...
-Spassebo.
General retirado -le recordé. Retirado, con razón. Veintisiete años en el
ejército resultaron ser demasiado. En los negocios el peligro no era menor,
pero la paga era dos veces triple.
-Por
supuesto.
Las
caras muertas de Marx y Lenin eran también apreciadas; en los Burós, en las
mesas del apparatchik, en las carteras de los trabajadores del Ministerio de
Historia. Pero no podían hacerlo tan bien como el Gran Amigo cuando llegaba la
hora de sacar beneficios. BBDS & S, el brazo publicitario de Dryco,
descubrió esto tras unos análisis efectuados para Krasnaia a lo largo de todo
el país mientras las fuerzas rusas apostadas en el Sahara asaltaban por décima
y última vez las tropas zaireñas abastecidas por los norte-americanos. En esa
ocasión apoyamos una realineación personal de 275.000; casualmente, el mismo
número de personas que fueron encuestadas. No importó; las bajas nunca habrían
gastado como los supervivientes.
-Por
el gran general retirado, Robert Luther Biggerstaff -continuó Skuratov, y alzó
obsequioso su vaso de agua mineral. Yo alcé el mío, examinándolo a contraluz;
lo vi inmaculadamente limpio, como en un arroyo, en un campo no arrasado por la
guerra.
-Na
zdorovie -dije.
-Das
vidania -dijo Jake, para quien una lengua bastaba. Me pregunté cómo vería
Skuratov a mi asociado. La primera impresión de Jake era glacial: parecía algo
inconmensurablemente frío que aplastaba todo lo que le rodeaba. Skuratov sonrió
al oír el error. Jake supo por qué lo hacía. Activé la minicam cosida en mi
chaqueta e hice girar la cinta. Nuestro anfitrión y guía empezó a tamborilear
con los dedos sobre el mantel escarlata en un compás cinco por cuatro, código
morse.
ÁNGULO
DE CÁMARA DE ARRIBA DESESTABILIZADO. DISPARE.
-Todavía
un hombre joven -dijo-. ¿Tenía treinta cuando consiguió el generalato?
-Treinta
y cinco -contesté. Conseguí el cargo sin quererlo, viví con él después-. Tuve
suerte.
-Si
la memoria no me falla, la tasa de personal en su ejército era gloriosamente
alta en esa época. Sabemos que los grandes hombres ocupan su lugar en la
historia con poca necesidad de suerte, incluso en Norteamérica, donde ustedes
los negritanski sufren tantas dificul¬tades...
-Negros.
Sufrí
poco; mi familia tenía dinero a puñados antes del colapso. Enrolarse en el
ejército era el único medio para sobrevivir y prosperar con el tiempo, y yo lo
hice como segundo teniente.
-Como
Pushkin -añadí. Él apuró su vaso y corrigió su frase:
-Por
todos los poetas de color.
NO
HAY RASTRO DE ALEJINE, tamborileó. Yo apoyé la rodilla contra la mesa,
enmudeciendo las vibraciones para despistar a lectores dema¬siado conscientes.
TRES SEMANAS FUERA. Mientras la cassette girara, cualquier error de
interpretación podría ser decodificado más tarde, en el hotel. Si querías
despistar los oídos rusos, ésta era la operación estándar. En Rusia, los
árboles se oían incluso cuando no caían.
-Ischo
Ameritkanski -dijo, alzando la voz como si hubiera encon¬trado gusanos en el
tarro de miel-. ¡Borghe moi!
Los
rusos de mente estrecha encuentran inconsistente la política de estado de hacer
negocios con Norteamérica, dados los treinta y tres años de guerra entre ambos
países, pero mantienen la boca cerrada bajo pena de destierro. Krasnaia los
vigilaba a todos y cada uno: libraba la guerra en los países elegidos; decidía
el resultado, comerciaba con los sobrantes; trataba a los adultos y preparaba a
los niños. Los viejos modos nunca se acercaron al éxito de Krasnaia. Dos
docenas de cuerpos de policía distintos aseguraban el debido decoro. De todas
aquellas unidades, la más problemática era la Shnitmilit, traducido en
coloquial, el Equipo Sueño.
SALIÓ
DE DUBNA HACE DOS NOCHES. AHORA EN MOSCÚ.
-¿No
hay café? -pregunté.
-Están
fregando la taza -respondió ella, con la cara rígida. Los rusos odiaban a los
norteamericanos como nosotros odiábamos a los rusos, con un propósito similar y
con iguales resultados. Así, la guerra continuaba, y las negociaciones sólo
eran esenciales cuando llegaba la hora de repartir el botín.
ESCRUTADO
ESTA MAÑANA. NINGÚN MOVIMIENTO DESDE ENTONCES.
-Ha
habido muchos intentos últimamente para traer cargamentos de Indonesia
-interrumpió Skuratov con un encogimiento de hom¬bros-. Nichevó; no se puede
evitar.
-Dadas
las circunstancias, ¿qué tienen? -pregunté.
-Coñac
americano. -Con ojos vidriosos, la camarera miró la pantalla-. Vino Tsinandali
de Georgia. Pepsi en reusables higiénicos. Pipermín y vodka de limón, vodka con
hierba de búfalo. Escocés...
SE
ESCONDE EN EL SECTOR NORTE. MAL BARRIO.
-Hecho
con uvas escocesas -guiñó Skuratov.
ELLA
LO TIENE. SIN DUDA.
Retiró
las manos de la mesa y se las llevó al estómago. En su cara había una sonrisa;
su rictus certificaba cautela. Era imposible saber si alguien nos estaba
observando o si eran sus nervios. Las transacciones dentro de Rusia eran
problemáticas; comer con gente que podía darte dinero o matarte con la misma
facilidad y razón no aliñaba lo que ya era indigerible. Mi jefe vivía de estas
cosas. Yo siempre buscaba la ilusión de la honorabilidad, aunque no fuera otra
cosa, si tenía oportunidad.
-Pepsi
-dijo Jake.
-Una
botella de Tsinandali -dije yo.
-Sólo
una jarra -respondió ella. Los artículos rusos, cuando los había, se vendían en
bloque. Las patatas salían de las tiendas sólo en bolsas de cincuenta kilos. El
pan en barras se vendía por metros. Si querías zapatos, imaginabas que eras una
araña y te abastecías en consecuencia. Por tanto, los inventarios inflados y
los excedentes de las granjas tras las aplicaciones militares se renovaban
constantemente, y el dinero caía como lluvia.
-¿Cuándo
empieza la actuación? -le preguntó Skuratov a la camarera cuando ya se
marchaba.
-Pronto.
Los
músculos de la mandíbula de Skuratov traicionaron la paz de su sonrisa mientras
se revolvían, latiendo, aparentemente expuestos a una inesperada fuerza g.
Observé las caras de la sala, esperando localizar a quien fuera que había
visto. Bajo la fluorescencia carcinogénica, los buscadores de ganancias
dispersaban vastas recompensas conseguidas a través de la Segunda Política de
la Nueva Economía; PNE II, era oficial. Ucranianos con cinturas como barriles
enfundados en esmoquins entrechocaban copas de cristal con mujeres lituanas
anoréxicas. Huesudos tipos buriatos tragaban coñac, recuperándose después de
largos meses en el Gobi. Oscuros kazajs y afganos, con aspecto de haber
permanecido encarcelados durante años en similares salas bronceadoras,
abandonaban sus principios religiosos para intentar seducir con la bebida a
analistas de mercado finlandesas de ceñida falda. Cubanos y siberianos
estudiaban las sobras, arreglaban el margen del lunes, comerciaban con rumores
internos, tocaban la mesa a intervalos con los nudillos, llamando a los
camareros con el soniquete de los anillos de oro. Jake y yo, no fumadores,
sorbíamos el oxígeno que quedaba en el humo.
Criados
de Krasnaia salpicaban la multitud, tan ignorables y apreciados como piedras en
una ensalada. Sólo uno nos miraba. El respeto de Skuratov hacia él aumentó.
-El
alerta es Kidin -dijo-. Grazhni brazhni. Tan feo que, cuando se asoma a una
ventana, la pobre gente de dentro piensa que alguien ha entrado de culo.
-¿Es
apropiado este tema? -pregunté, con los labios quietos. En mi opinión, Skuratov
siempre expresaba demasiado delante de sus inferiores, tan acostumbrado estaba
a la libertad de acción propia del alto mando. En teoría, esa conducta no
estaba permitida.
-Le
diré secretos que sabe todo el mundo. No hace mucho tiempo, supervisaba una
compañía de drogas en Smoliensk. La Patrulla Farmacéutica ordenó a todos los
productores que manufacturaran más cápsulas de penicilina-diez para usarlas en
las fraternidades de refugiados iraquíes. La compañía de Smoliensk produce
cuatro veces la demanda de la mañana a la noche. Cumplen la cuota no poniendo
penicilina-diez en las cápsulas. La inventiva rusa igualará a la norteamericana
cualquier día. -Esperando una risa, recibimos una brillante sonrisa no mucho
más cálida que el metal mostrado-. Ahora sube en el Buró de Observación como
salido de entre los muertos. Conteniendo la mierda en las entrañas hasta que un
día todo estalle. Sé que ha hecho cosas peores. Así que nada de preocupaciones.
Kidin
estudiaba a los kazajs mientras palmeaban las cálidas caderas finlandesas.
Parecía el tipo que yo siempre asignaba a desinformación; la expresión de sus
ojos advertía que nunca conocería ninguna alegría mientras la verdad saliera de
sus labios. Veinte pulidas medallas aseguraban su pecho de la bendición de los
disparos. El anuncio sobre su cabeza mostraba a Stalin haciendo esquí acuático,
tirado por un hidropedal. Sé joven en Malta, decía el texto.
-Ojos
y oídos por todas partes -indicó Skuratov, inclinándose hacia delante y
colocando las manos sobre la mesa, dispuesto a continuar donde lo había
dejado-. Stukachni; los informadores ansían avanzar mientras mantienen pura
Rusia. Obsérvame observarte, decimos. Una vez se intentó un plan por el cual se
implantaría a todos los ciudadanos recién nacidos los aparatos sensores
necesarios para hacer más labo¬rables los días futuros. No funcionó. La mayoría
murieron de... -Se detuvo. El inglés de Skuratov era aceptable, pero a veces
necesitaba ordenar su mente para decir frases convenientemente inocentes-.
Imprevistos, sí. La tecnología nos lleva muy dentro del pantano, hasta que nos
hundimos o flotamos, depende. El Equipo Sueño desarrolló más tarde técnicas más
productivas en cada caso.
Sus
dedos empezaron a actuar de nuevo. A SALVO AHORA. En realidad, nunca. Como
proclamaba la propaganda, el Equipo Sueño sabía lo que no se sabía; veía lo que
no se veía. Se le llamaba Equipo Sueño porque recogían los pensamientos aunque
éstos no emergieran más que en sueños. Si hablabas solo, el Equipo Sueño oía.
El reflejo del Equipo Sueño aparecía en los ojos de tu amante; sus huellas
dactilares manchaban todas las almas. Eso decía la propaganda.
-Aquí
los ciudadanos cuentan todo lo que saben sin ninguna presión -continuó-.
Krasnaia ha dispuesto profilácticamente de los eternos descontentos. Hay una
pega. La gente hace lo adecuado sin contar que podría ser perjudicial para
ellos. En junio pasado, una niña de seis años acusó a sus padres de
irresponsabilidades políticas, y fueron enviados a Lubianka. -Se pasó un dedo
por la garganta-. Lo adecuado, sin duda. Luego, naturalmente, la pequeña
devotchka pagó su precio por mostrar falta de respeto a las estructuras
familiares esenciales. Aceptó el castigo con «corazón sonriente».
NO
ESPERA ATENCIÓN TODAVÍA.
-¿Qué
castigo cuadró? -preguntó Jake, cubriéndose los párpados con la mano-,
¿Gulageada? ¿Tranquilizantes? ¿Treinta años de traba¬jos en Químicas Baikal?
-Nos
considera muy crueles, Jake -dijo Skuratov, sacudiendo la cabeza como si oyera
una súplica-. Esas cosas no se hacen. La fusilaron.
SORPRESA
ESENCIAL.
Sonidos
apagados tras el escenario me advirtieron que el espec¬táculo estaba a punto.
Nuestra camarera empujó su carrito por entre la multitud. Mientras los platos
caían de las mesas me di la vuelta, petrificado, dispuesto a golpear; con los
años el control se apodera de nuevo de los músculos demasiado alertas, pero
algunas reacciones siempre responden a la gran luz roja. Jake, sin moverse,
alzó las cejas. Mientras la camarera nos servía, Skuratov le pagó con su
tarjeta; sólo entonces ella nos dio la comida. Skuratov le firmó una propina
del cinco por ciento; ella la ajustó al veinte. Después de unos momentos de
discusión, lo dejaron en el doce. Tras entregarle el recibo, la camarera se
marchó.
DEBE
SER UNA GATITA UNA VEZ DOMADA.
-¿Su
primera visita a Rusia, Jake? -preguntó, cambiando de tono, observándonos,
cubierto por el humo de su puro-, ¿Cómo nos encuen¬tra hasta ahora?
Los
rusos son maestros de la paranoia, la sufran o la provoquen. Siempre recelosos
de cómo los perciben los de fuera, exigían una confirmación constante de su
valía, no importaba qué tema moviera sus lenguas. Yo le había sugerido a Jake
respuestas aplicables a tales preguntas antes de partir. Él contestó con su
despegue habitual; Jake era una de las pocas personas a las que conocía que
nunca vomitaba, ni antes ni después de matar.
MAÑANA
A LAS OCHO Y MEDIA. DETSKI MIR SEGUNDA PLANTA. El almacén de los juguetes; un
juguete, después de todo, era nuestro objetivo.
-Esquizos
-dijo Jake-. Una cara mueve los labios, otra pone la voz.
-Los
norteamericanos son igualmente diestros en técnicas simila¬res.
VÁMONOS
DE AQUÍ.
Jake
sonrió, mostrando dientes norteamericanos podridos.
-Los
canales oficiales y la línea del partido dibujan un cuadro muy muy viejo. La
economía es igual. Los espectros de Europa puestos en libertad. Arroja la
cadena y corre. La paz primero, los beneficios segundo. El triunfo de los
trabajadores como demanda la tradición. Modas y placeres, nada más.
YO
PILOTARÉ.
-Mitos
y leyendas transmitidos de padres a hijos, ¿eh? -recalcó Skuratov, cogiendo un
rabanillo de su plato de zakuski y metiéndoselo en la boca-. Igual que en
Norteamérica cualquier niño puede convertirse en Presidente.
Mi
pirogi, que había pedido hervido, llegó frito. No lo toqué. Un actor gritó tras
el escenario. Los párpados de Jake se apretaron, como dispuestos a aplastarse;
despreciaba el sonido de los gritos.
-Nuestro
país sigue siendo el estado de los trabajadores, según se dice.
-El
estado de los compradores, más bien -señaló Jake-. Comprar o morir. Mire
alrededor, chico ciego. Todas las tiendas por las que pasamos rebosan de gente.
Hay vendedores callejeros en todas las esquinas. Las galerías comerciales del
cielo.
-La
vivienda, gratis. La medicina, gratis. Lo esencial se suministra a todos, sin
impuestos. El dinero ganado debe ser gastado, Jake. El método más útil para
calmar la tensión doméstica es emplear lo mejor de ambos mundos. -Skuratov
sostuvo un terrón de sacarina entre los dientes, y sorbió el té a través de su
textura-. La liberalización burguesa tiene sentido mientras los movimientos
espontáneos queden reducidos al mínimo, dijo Lenin, o eso oímos ahora. Ergo,
sozializtkapitalizm. La nación es dueña de los productores. Los productores
venden artículos. Los compradores venden artículos a otros compradores. Un
estado muy productivo.
YO
TAMBIÉN REALINEO SENSIBILIDADES PERSONALES.
-Y
todo el dinero vuelve a Krasnaia -dije yo-, pero gota a gota.
-Krasnaia
invierte a lo grande. Otros invierten en pequeño. Con el tiempo, el dinero
pequeño se convierte en grande. De ahí el éxito.
-Y
eso hace felices a los ciudadanos. -Abrí la tapa de mi jarra y serví una copa
de vino. El suave veneno del barniz cubrió mi boca. Las uvas culpables debían
ser georgianas; el embotellador de esta vieja marca era Stolichnaia, una
sucursal de Vladamer, subsidiaria de Dryco. Dryco (nuestra compañía) me
convenció para que me retirara cuando lo hice para así poder unirme a ellos en
espíritu, pues había trabajado para ellos en carne desde mi primer día de
servicio.
-El
que algunos sean más felices y más ricos antes que otros es una inevitable
disfunción de un sistema casi perfecto -dijo Skuratov-. Finalmente, el dinero
alcanza a todos los miembros de la sociedad.
-Maravillosa
teoría.
-Popular
también en Norteamérica hace muchos años, ¿eh? -dijo, colocando la sacarina en
su plato como haría con un diente extraído-. Aquí funciona. Técnicas frescas
satisfacen deseos largamente ocultos. El pueblo ruso tiene ahora dinero para
comprar buenos productos que por fin se hallan disponibles en profusión.
-Tienen
que comprar -dijo Jake, alzando su hoja y haciéndola girar entre sus dedos como
si estuviera ansioso por plantarla. Los rusos que no conseguían cumplir su
cuota de compras mensuales eran investi¬gados por la Patrulla de Consumo. Si el
asunto se les escapaba de las manos, intervenía el Equipo Sueño.
-Los
norteamericanos que visitan nuestro país por primera vez encuentran difícil
arrinconar su creencia en viejas propagandas incluso cuando los hechos les dan
con una pala en la cabeza -dijo Skuratov-. En Norteamérica, tal vez, las cosas
son tan duras que es mejor creer en la propaganda, ¿no?
-Hace
diez años que no ha estado allí -dije yo.
-Rusia
y Norteamérica son tierras ensangrentadas -respondió él, con el ceño fruncido-.
Nosotros hemos hecho transfusiones con la nuestra. Ustedes derraman la suya. Un
día, aprenderán a hacer lo que hicimos.
ESTA
MAÑANA INTERCEPTAMOS NUEVA INFORMACIÓN.
El
telón se alzó. Las luces se hicieron más brillantes. La flaccidez de la
orquesta se redujo a un encargado de sintetizadores, que hacia crujir los
nudillos y se rascaba.
-Un
brindis. ¡Na zdrovie! -gritó Skuratov, y alzó su copa, la hizo entrechocar con
la mía, y la frotó contra la lata de Pepsi de Jake-. Mañana comerciarán en el
mejor lugar de negocios del mundo. Por Vladamer.
EL
APARATO PROBABLEMENTE NO ES UN ARMA.
¿QUÉ?,
tamborileé.
POSIBLE
APARATO DE TRANSPORTE.
En
el escenario no había ningún decorado. Dos pósters amarillentos de los
rascacielos de Nueva York colgaban al fondo; una Estatua de la Libertad verde
modelada con plástico de poca calidad se alzaba en el centro. Los Consejeros
Dramáticos decidieron levantarse a una; su producción -West Side Story-, empezó
con «América».
-Las
canciones aparecen en el idioma original para conservar la pureza del texto
-advirtió Skuratov. ¿TRANSPORTE A DONDE9, tamborileé.
ADONDE
FUE ALEJINE.
Las
muchachas de Puerto Rico llevaban hábitos de monja y tocas ondulantes, y
parecían salidas del convento para intentar convertir a los bailarines,
muchachos de Sajalín con los pies negros para resultar más tropicales. Los del
fondo chocaban repetidamente como siguiendo las exigencias de la coreografía.
El encargado del sintetizador, el iconoclasta de la orquesta, produjo una
unidad de sonidos de sesenta piezas.
-Se
han cargado la letra -le susurré a Skuratov, advirtiendo el uso de un libreto
con variantes.
-Dominio
público -explicó él. Las mujeres se quitaron sus capas negras durante el primer
puente, y a partir de entonces bailaron con medias y lentejuelas, con las tocas
ladeadas en la cabeza. Uniéndose, corrieron hacia nosotros. A los rusos les
encantaba meter hectáreas de carne en centímetros de tela y estudiar el
resultado.
-¿Qué
es todo este jaleo? -preguntó Jake, incapaz de apartar la mirada de la acción.
Una de las monjas cruzó el escenario balanceán¬dose de una cuerda, derribando
la estatua.
-¡Mujiki!
-gritaron desde atrás. Jake se movió, alerta; nos levan¬tamos antes de que
sonaran los destrozos. Un mongol rompía botellas vacías en el suelo. Antes de
que la cosa fuera a más, los encargados del orden lo enterraron bajo su
tonelaje. En el escenario, las monjas se enroscaban a los bailarines como para
entrar en calor. La canción concluyó con un golpe sordo. La clientela (también
Skuratov) se levantó y aplaudió.
-¿Todo
esto ha sido intencionado? -pregunté.
-¿Cómo
si no? -dijo Skuratov, mientras se sentaba de nuevo con aspecto vigilante.
Kidin volvió su atención hacia nosotros. Los perso¬najes principales en el
escenario se prepararon para el siguiente número. En esta adaptación, Tony no
parecía tener problemas de descendencia polaca. El maquillaje de María, caoba
oscuro, cubría sus rizos rubios. Ninguno bailaba; con buena voz, cantaron «One
Hand, One Heart». Los murmullos de la audiencia suplantaron sus rugidos. Vi que
la cara de Jake irradiaba como si estuviera iluminada desde dentro. Una lágrima
resbaló de su ojo frío como el carbón, tal vez temerosa de que pudieran verla
caer. Su cara moteada de pústulas permaneció fija; podría haber estado
viajando, viendo jugar patitos o inspeccionando a aquella niñita de la que
había hablado Skuratov cuando el eco de los disparos se desvaneció.
Hipnotizado, contemplé aquella lágrima caer por su mejilla hasta la oscuridad.
Era como ver llorar a un tanque.
-¡Ochen
krasiva!.
Jake,
sacado de su ensimismamiento, se volvió; el comentarista ya estaba rodeado por
los guardias, que le cubrían como enredaderas estrangulando a un árbol. Kidin
se irguió; con los amigos Krasnaiaviki, adelantándose al momento, saltaron para
golpear a los kazajs con sus pesados knuts. La tensión de la sala aumentó. Los
últimos acordes de la canción se perdieron en el rugido de las maldiciones y el
fragor de los cacharros.
-Julighani...
Aparecieron
los rifles, chasquearon, pero no fueron disparados aún. Los actores se
adelantaron para ver el espectáculo de la sala.
-Una
cena deliciosa -dijo Skuratov, poniéndose en pie-. ¿Nos vamos?
Nos
abrimos paso por entre la multitud, pisando a los caídos cuando hacía falta,
hasta que salimos. Entre el interior y el exterior se desvanecieron un centenar
de grados. Mis pulmones se arrugaron como papel cuando inspiré aire. La nieve
espolvoreaba la larga cola de gente que esperaba para entrar.
-¿Dónde
se alojan? -preguntó Skuratov, metiéndose las manos en los bolsillos. Aunque
era delgado, el tipo de abrigo que llevaba, un shuba, le daba un aspecto
trescientos kilos más pesado. Diez osos dieron su vida para calentar sus
últimos años.
-En
el Sheraton Kremlin -dije-. En la Kitajski Prospect.
-¿No
el Moskva?
-Fue
elección mía. -Una ratonera; demasiado obvio, además.
-Déjenme
ofrecerles un viaje cálido.
El
viento nos azotaba. El coche oficial de Skuratov, un Chaika, estaba aparcado en
la acera en la Chudozestvannogo Teatra Prospect. Las limos rusas se parecían a
las americanas; las fábricas Gorki-Detroit las construían ambas y suministraban
por una rara coincidencia a ambos países. Los Chaikas, el vehículo preferido de
Krasnaia, conser¬vaban el estilo de los coches de cuarenta años antes. El Zar,
el Politburó, miembros destacados de Krasnaia y los viejos Héroes del Estado,
todos henchidos de nostalgia en sus momentos débiles, con¬ducían Chaikas.
-Miren.
Tal vez no deberíamos interrumpir ese placer. -El chófer estaba tumbado en el
asiento trasero, viendo una película en la TVC. Tenía al lado una botella de
vodka, llena sólo de aire-. ¡Fuera! -gritó Skuratov, abriendo la puerta-.
Cumple con tu deber. -El chófer se tambaleó y se escabulló-. Estaremos allí en
diez minutos.
Pero
al matar el tiempo con los vids, el chófer había agotado la batería. Aturdido,
caló el coche. Mientras se esforzaba por ponerlo en marcha, consiguió hacer que
el motor gimiera como si lo estuvieran torturando. Cuando estaba en el
ejército, no permití que me llevaran en coche más que dos veces, a funerales
estatales. Me sentía más seguro cuando yo guiaba el volante, después de que
otro hubiera puesto el motor en marcha.
-Demos
un pequeño paseo, entonces -murmuró Skuratov, cam¬biando de tema-. Pediremos
una nueva limo desde el cómodo vestíbulo del hotel. Dejemos a este cretino
aquí. Por la mañana sentirá hielo debajo en vez de pelotas. Vamos.
Helechos
helados salpicaron el parabrisas mientras recorríamos Gorki. Las calles de
Moscú dicotomizaban después de que el sol cayera de la gracia diaria. Krasnaia
sellaba y patrullaba todas las avenidas que contenían Burós gubernamentales,
las casas de los notables, bancos y los grandes bloques comerciales. La calle
Gorki, lo suficientemente ancha como para permitir el paso de cinco tanques,
era del mundo civil, y proporcionaba entretenimiento durante toda la noche. El
bulevar estaba tan atestado de gente que podría haber sido mediodía. La mayoría
de los negocios de los paseos principales seguían el plan siete/veinticuatro,
abiertos siempre para atender la incesante demanda. Los ciudadanos pasaban como
en un desfile forzado, muchos empu¬jando carritos rojos cargados de
frigoríficos, lavaplatos, TVCs, copia¬doras; todo tipo de quincalla
tecnológica. Al mirar sus pertenencias, los ojos inyectados en sangre se
desorientaban. Las caras de los refugiados tenían aspectos similares en todos
los países donde yo había intervenido; la expresión de los que no servían más
que para respirar y correr, obligados por nosotros a abandonar su hogar y
recorrer los caminos antes de que el otro equipo, con un fin determinado y
escaso de tiempo, aterrizara para robarles sus días.
-¿Qué
demanda la espera? -preguntó Jake, al divisar la cola que recorría todo Gorki y
luego Belinskogo hasta una longitud de sesenta metros-, ¿Pan?
Skuratov
señaló los pósters pegados a los escaparates.
-Reconstituyentes
electrónicos de comida.
Con
su uso, el serrín se metamorfoseaba en pan; el polvo se transmutaba en
especias. Mientras las máquinas funcionaran, permi¬tían que cualquier cosa
semiusable se convirtiera en casi real. Rusia, como todos los países,
comerciaba con productos nacionales a través de un intercambio estándar,
equilibrando simultáneamente las deudas impagables y obteniendo productos
deseados. Con Krasnaia vigilan¬do, la eficiencia del sistema se redoblaba dos
veces. Perú no necesitaba caviar a cambio de guano, pero eso era lo que llegaba
a los Andes; Krasnaia dirigía la producción nacional con equidad racional. Por
cada lavaplatos Odomovana ensamblado, entraban también en el inventario catorce
morteros DL-50; por cada Chaika que salía de la línea, aparecían treinta
lanzacohetes Turguenev. Controlándolo todo, Krasnaia mantenía todo en regla, y
a todos los ciudadanos, si no felices, callados.
-Una
noche encantadora -dijo Skuratov, deslizándose por la arena helada-. Las
estrellas se ven tan claramente en nuestro hemisferio...
Los
gorriones se apretujaban sólidos en el pavimento, calentando alas heladas.
Estrellas rojas remataban las torres del Kremlin calle abajo, como habían hecho
durante un siglo, siempre estables entre las nueve cúpulas iluminadas de la
catedral Blagovashchenski, la Teles-pira y la uniestructura de tres agujas que
brotaba sobre el Hotel Moskva. La naturaleza dio a Moscú en general poca luz;
Krasnaia lo compensaba. Neón rojo delineaba cada edificio a lo largo de ambos
lados del Gorki. En el carril central había largos insectos de metal con largas
patas, sosteniendo sobre sus espaldas enormes lámparas de arco similares a las
que usábamos en nuestros campamentos, lámparas tan calientes que los pájaros
que se posaban en ellas se vaporizaban. Cada dos esquinas, un reflector surcaba
el cielo. La fachada de cada edificio brillaba con fluorescentes y plasmaluz y
gas argón; hologramas y vidpantallas mostraban enormes cantidades de productos
comprables. Los eslóganes formados con luz nunca reiteraban mensajes pedantes o
mensajes antiamericanos, sino la letanía mundial estándar: Beba Pepsi, Use
Bulat, Usted se lo merece, Esto es. Algunas frases no aparecían más que en
Rusia. Lo sabemos, decía una. Pero cuéntenoslo. Una enorme pantalla escondía
ocho pisos; no contenía más que una imagen de la cabeza del Gran Amigo,
dibujado al estilo antiguo, de forma que no parecía estar sentado a la derecha
de Dios, sino en su sitio. Los ojos no seguían tu avance, pero si eras culpable
(y siempre lo eras) pensabas que lo hacían. La columna de letras que corría
continuamente debajo decía: LOCURA POSTCUMPLEAÑOS EN MERCA¬DO DE MUEBLES
GRIGORENKO. El cumpleaños fue tres meses atrás.
-Stalin
vsegda s nami -dijo Skuratov, mirando hacia arriba, a salvo de la tentación.
-¿Perdón?
-preguntó Jake.
-Siempre
está con nosotros-tradujo-. Es una terrible dificultad con nuestra nueva amiga
mutua. -Por sus gestos y guiños me aseguré de que, por el momento, podíamos
hablar libremente.
-¿Dificultad
en qué manera? -pregunté, con los labios tan entume¬cidos por el frío que su
vago movimiento no podía mostrar nada.
-Krasnaia
conoce el valor de la simbiosis. El Gran Amigo sirve a nuestros propósitos
mientras gente como él no vuelva a aparecer. Pero nuestra amiga es..., ¿frase
actual? Retrovertida. Amor innatural al pasado. Imágenes comerciales vistas
como de grandes seres, en vez de idiotas útiles.
-¿Problematiza
eso?
-Ciertamente.
Ella cree que él fue... -Skuratov buscó frases posi¬bles-. Ella le da lo mejor,
decíamos de niños. Yo mismo era un gran fan de Abba y de su Dean Reed. Nuestras
políticas trabajan demasiado bien a veces.
El
Zar servía como figura para afectos populares imaginados, pero nadie conocía, o
le importaba, cómo él, o ella, se manifestaba; todos los idiotas conocían cada
poro de la cara del Gran Amigo.
-¡Miren!
-dijo Jake, señalando a un hombre que cruzaba la calle con otros dos pegados a
los talones, golpeándole-, ¿Políticos?
-Chuchmiki
-dijo Skuratov-, Basura asiática.
Moscú
no era más peligroso que ninguna ciudad norteamericana. Entre el restaurante y
la Marx Prospect recorrimos seis manzanas, pasando junto a seis robos, tres
asaltos y algo de naturaleza gris, medio riña medio violación. A menos que
fueran evidentes infracciones políticas, en las calles incontroladas todo era
observado y nada detenido. Aunque las sirenas de sus vehículos enviaban a la
oscuridad eternamente su sintético aullido de cerdo, ninguna policía (ni la
Milicia General, la Guardia Krasnaia, la Patrulla de Consumo, los Druzhinhas de
la Ciudad, los Ojranha, y por supuesto nunca el Equipo Sueño) interfería con la
libre empresa de los vándalos. Como en Norteamérica, uno de los múltiples
encantos de Rusia era que podían asesinarte sin razón y ni siquiera Dios se
daría cuenta, ni le importaría.
-Acortemos
por aquí -dijo Skuratov, deteniéndose ante una esca¬lera que conducía a un
túnel bajo la calle. Consideré las inherencias de la situación-. Nos libraremos
del horrible tráfico de la Marx Prospect. Síganme.
Las
paredes blanco hueso del túnel no parecían haber sufrido nunca el contacto
humano. Respiraderos ocultos en cada extremo deflectaban el taladrante viento
que entraba por arriba; la luz del túnel corría por el borde del techo. Hacia
la mitad, alguien recorría los peldaños resquebrajados y manchados a los que
esperábamos poder acercarnos.
-Posible
problema -dijo Skuratov. El que se acercaba llevaba pantalones de cuadros, una
gorra de tela y un abrigo de algo parecido a cuero hasta la rodilla, y parecía
ser de las montañas del sur, tal vez de Armenia. A cinco metros de distancia
sacó una Omsk del 44 de cañón largo, sólo disponible a través de canales
oficiales. La mayoría de las armas rusas que llegaban a manos de los ciudadanos
eran juguetitos, sin valor aunque pudieran utilizarse, e ilegales en cualquier
caso. Una Omsk podía derribar a un avión pequeño.
-Un
defensor público -dijo Skuratov, el argot local para atracador-. Éste podría
ser el momento final, amigos. Supliquen piedad si lo desean.
-Zdrastie
-dijo el hombre, con voz temblorosa-. Qué hermosas ropas. Quítenselas, por
favor. -Su ruso era inepto; sus muñecas, allá donde eran visibles, no eran más
grandes que tubos de correo-. Fuera.
Skuratov
se quitó su shuba y su astrakán.
-Hagan
lo que dice -dijo, mirándome con calma-. Si no vivimos, no importará que nos
congelemos.
-Importará
-dijo Jake, quitándose su ligero abrigo y dejando al descubierto el traje
blanco de lino de tres piezas que llevaba todo el año. Se quedó inmóvil en una
reverencia aprensiva, como si el himno nacional resonara en sus oídos. Jake no
era grande, aunque daba esa impresión; no era lento, aunque se movía tan
deliberadamente que parecía estar atravesando eternamente gelatina; no era
estúpido, aun¬que hasta que creías que lo conocías no se te habría ocurrido. No
parecía peligroso en absoluto.
-¡Desnúdense!
Por favor, obedezcan, por favor. Nuestro terrorista parecía nervioso y
aficionado; una pequeña distracción sería suficiente.
-¿Qué
pasa, amigo? -pregunté, empleando el turco, un lenguaje desconocido para
Skuratov y Jake, pero no para él, según intuí.
-Hermano
asiático -replicó él, en la misma lengua-. Lo lamento.
Interesante;
pero, antes de que pudiera suceder nada más, Jake alzó el pie y de una patada
mandó la pistola túnel abajo. El hombre gritó y echó a correr.
-¡No
grites! -aulló Jake, y su voz resonó en las paredes. Verle brincar era
contemplar a un ángel descender del cielo. Tras dar un salto, Jake le golpeó
con los dos pies en los omóplatos, derribándolo como un árbol. Jake le hizo
ponerse de espaldas y luego hundió su puño con fuerza contra su nuez de Adán.
Los miembros del hombre se sacudieron como un motor con sobrecarga; los
espasmos nublaron sus rasgos. De cerca, no parecía tener más de veinte años; me
recordó a uno de mis muchos sargentos perdidos. Jake se arrodilló sobre él como
para rezar y apartó el largo pelo de la frente del muchacho.
-Déjelo
ir -dijo Skuratov, recuperando su sombrero y su abrigo y consiguiendo parecer a
la vez más y menos preocupado de lo que yo pensaba debería sentirse-. Es usted
lo que habíamos oído, Jake. Ahora vamos. Los babushki lo limpiarán todo por la
mañana antes de que lleguen los trabajadores. No se retrase. -Su voz no
traicionaba ninguna emoción irracional.
-Espere.
-Jake hizo girar dos veces la pistola en su índice, comprobando el equilibrio.
-Déjelo
-insistió Skuratov-, Puede considerar los errores de su vida.
-Nunca
es necesario sufrir demasiado -dijo Jake, quitando el seguro. Apretando la
mandíbula del muchacho con los dedos, le obligó a abrir la boca e insertó el
cañón en ella-. ¿Duele? -preguntó, con voz suave, como si se confesara a una
madre despreocupada-. Toma. Paz.
Cerré
los ojos; una vez retirado, ya no dudaba que había que vigilar la violencia. La
bocanada de aire sonó tan fuerte como el disparo mientras el aliento del
muchacho abandonaba su cuerpo. Tal vez demasiadas campañas me habían dejado sin
ganas; tal vez demasiadas muertes habían dejado a Jake hambriento de más.
Cuando volví a abrir los ojos lo vi examinando el remolino de sangre bajo la
cabeza del muchacho, examinando los floridos pétalos del cerebro, como
consi¬derando forma y textura. El arte conocía su moda, fuera cual fuese la
estación.
-Tan
hermosa -susurró Jake.
Menos
sangre enrojecía la cara de Skuratov; parecía haber oído las campanas, en
expresión rusa. ¿Lo esperaba? Entrar en Rusia era entrar en un mundo que se
correspondía burdamente con el conocido, un mundo cuya lógica exigía que
crecieran semillas en la arena, que las plantas que allí se desarrollaban
parecieran adecuadas cuando la pintura hiciera sus colores más naturales. ¿Lo
esperaba? Decidí que no. No había ninguna razón mayor para que nos hubiera
servido tan bien durante años. La sutileza lo era todo; no había ninguna
sutileza en hacer que nos eliminaran en aquel túnel.
-¿Qué
te llamó, Luther? -preguntó Jake, metiéndose la Omsk en el bolsillo para juegos
futuros. Algunos murmullos satisficieron su curiosidad mientras nos
albergábamos en el hotel, despidiéndonos de Skuratov hasta la mañana siguiente.
Muy raras veces había tenido conmigo a hombres como Jake en combate..., en
México, en Nueva Guinea, en la costa de Turquía. Johnson estuvo conmigo en las
dunas marcianas de Long Island, en los viejos tiempos, y Johnson era el único
que se acercaba al nivel de Jake. Sin embargo, sólo con Jake a mi lado habría
ganado siempre.
2
Jake
dormía, sin parecer más peligroso que un bebé cobra. Esa noche esperé hasta que
se acostara antes de enlazar el monitor de la TVC con el teléfono. Tras anular
la directriz de transmisión, la pantalla brilló blanco piel, un agradable
alivio. Los medios de comunicación de nuestra habitación (como en todos los
hoteles de Rusia, fueran propiedad ame¬ricana o no), estaban preajustados, y
normalmente no podían ser desco¬nectados ni bajados de volumen, para que los
anuncios pudieran sumer¬girse al menos subliminalmente a través de la oscuridad
del cerebro de los viajeros. El hecho de que también el teléfono estuviera
intervenido no señalaba ninguna diferencia. Tras colocarme los auriculares y
engan¬char el disruptor al cuello de mi camisa, tecleé los códigos y enlacé con
el sistema de Nueva York para contactar con Alicia, el ordenador de mi
compañía. Era esencial disponer de info limpia y, si Alicia no la tenía, no la
tendría nadie.
-Alicia
-dije-, QL789851ATM. Salvaguarda. Canal cerrado exclu¬sivo. Audíonse per basic.
-Un azul oceánico barrió el blanco de la pantalla del monitor.
-Todo
asegurado -sonó su voz a través de las ondas-. Me preocu¬paba que no pudieras
transmitir, Luther. ¿Has decidido cómo podría servirte de ayuda?
-Necesito
info pertinente sobre Oktobriana Osipova. Objetivo ciudad residente Dubna.
Paradero actual desconocido. Posiblemente ahora Novy Marina Roshcha, calle
desconocida. Archivo Krasnaia 9320005441...
-Espera.
Oí
un inesperado crujido, me aplasté contra el respaldo de mi silla y contuve la
respiración. Jake yacía como muerto, con los auriculares de su aparato de
bolsillo fuertemente insertados y el viejo sonido que tanto adoraba masajeando
su mente. Sólo las letras de Robert Johnson, el cantante de blues del siglo
pasado, brotaban por sus altavoces. Sus palabras llegaban como susurros a
través del apagado sonido.
I
sent for my baby... and she don' come...
No
se produjeron más crujidos; decidí que se trataba del sonido del edificio,
dolorido mientras envejecía, aunque las arrugas de la pared no parecían más
profundas. El zumbido de las cámaras que grababan nuestra falta de movimientos
se volvía tan familiar como el de una mascota amorosa, mientras te mantuvieras
apartado de las lentes.
-Luther
-dijo Alicia, tras cinco minutos de ausencia-. Los ilimita¬dos archivos de
Krasnaia, accesibles sólo a través de modos locales, son los responsables de mi
retraso. Por favor, perdóname.
-¿Tan
bloqueado está el camino?
-Usan
falsas cabeceras, códigos estándar, los embrollos de costum¬bre; han enterrado
muy bien su archivo.
-¿Qué
aparece?
-Oktobriana
Dmitrievna Osipova recibió educación especial en la Cuarta Escuela de Física y
Matemáticas. Mientras asistía a la Univer¬sidad Estatal de Moscú, bajo
supervisión de Krasnaia, recibió también cursos en el Instituto Lumumba, y
estudió el uso de la teoría científica cuando se aplica a objetivos políticos.
Un campo fructífero, como bien sabemos...
-Nada
de sermones, Alicia.
-Su
tesis de graduación en Lisenko no fue publicada nunca, tras haber sido
declarada aceptable pero inapropiada para los objetivos de Krasnaia. Aún hoy
circulan copias a través de la cadena matriz samizdat, bajo seudónimo. Después
de graduarse, fue destinada al Programa de Servicio Selectivo de Leningrado,
donde recibió docto¬rados en física teórica, ingeniería ambiental y
bioadaptación neurolo¬gía.
-Bio
-repetí-. Aprendiendo a hacer que los cerdos brillen en la oscuridad...
-Según
su tesis en ese campo en particular, creó el plasma genético recombinante que
elimina la neurofibromatosis. En física, su estudio sobre las aplicaciones
militares de las espirales de Tesla sigue inédita.
-¿Qué
es una espiral de Tesla?
-Un
transformador aire-núcleo con espirales primarias y secunda¬rias preparadas
para entrar en resonancia -dijo ella-. Convierte la corriente alta de bajo
voltaje en corriente baja de alto voltaje a altas frecuencias.
-En
cristiano, Alicia.
-Produce
electricidad utilizable, y las de pequeño tamaño se usan comúnmente hoy, aunque
fueron inventadas hace más de un siglo. Su inventor, Tesla, fue brillante, pero
tendía a desarrollar teorías con años de adelanto sobre su posible aplicación.
Una de sus ideas se refería al uso de enormes espirales insertadas en altas
torres de forma que, a través de la resonancia, la energía eléctrica pudiera
ser sacada no sólo del cielo, sino también de la misma tierra, creando una
fuente de energía perpetua así como un instrumento potencial de enorme
des¬trucción no nuclear. Deduzco que ella trabajaba sobre ese concepto en
particular.
-¿Qué
más tienes?
-Detenta
seis mil horas como piloto, y es una artista notable con un buen ojo para la
perspectiva. Fue gimnasta en sus años adolescentes. Recibió la máxima
puntuación en todas las clases en todas las escuelas a las que asistió, incluso
cuando el trabajo completado le fue denegada la aceptabilidad. Un logro único,
según parece.
-Genera
su imagen, si la posees.
Una
imagen se alzó en el azul. Oktobriana Osipova estaba en la Plaza Roja, en
verano, a juzgar por su falta de prendas de abrigo; parecía una mujer muy
joven. Tenía el pelo oscuro, corto por atrás, largo por delante. Su
entrenamiento gimnástico era evidente en el desarrollo de sus hombros, sus
musculosos muslos y sus altos y redondeados glúteos. Calculé que no mediría más
de metro y medio.
-¿No
hay fotos más recientes?
-Es
casi contemporánea -dijo Alicia-. Fue tomada hace dos años, cuando ella tenía
veintiuno. Según los datos, su CI se cifra entre 253 y 280, Stanford-Binet,
aunque eso no implica automáticamente que tales calificaciones arbitrarias sean
indicativas de una inteligencia empírica.
-No
tenemos ningún dato de ella en el país -dije-. ¿Por qué no tiene una buena
posición, con las habilidades que posee?
-Prejuicios
-dijo Alicia-. Es una mujer, y además de Georgia. Más inmediato a la situación
es el hecho de que sus opiniones políticas y las de Krasnaia difieren en varias
áreas, aunque no tanto como para garantizar su exilio o el control definitivo.
Tras un incidente no registrado, hace dos años, se le ordenó que ayudara al
doctor Alejine y la enviaron a Dubna. Deduzco que así resolvieron más
fácilmente sus diferencias.
-¿Qué
aparece en relación a los archivos de los experimentos?
-Nada.
-Deben
existir.
-Existían.
-¿Qué
significa eso? -pregunté.
-Los
archivos relativos a los experimentos durante esos dos años pasados fueron
introducidos de una forma tal que ni siquiera Krasnaia podría recuperar la
información.
-Imposible...
-Obviamente
no. A través de métodos desconocidos, se introduje¬ron entradas secretas sin
engaños estándar, usando un programa codificador notablemente complejo. El
código empleado se rehace a sí mismo cuando se intenta penetrar desde fuera.
Violé el sistema en un minuto treinta y uno y cinco con cuarenta y siete
centésimas de segundo, y durante ese tiempo el código se ajustó a la intrusión
en bloque ciento ochenta veces. Tras la entrada final, todos los archivos se
autoborraron según las directrices del programa.
-¿Todo
perdido?
-Todo
-dijo ella.
-Una
pregunta más, Alicia. ¿El Equipo Sueño es consciente de nuestras directrices?
-Por
supuesto. Continúa como hasta ahora. El Equipo Sueño es el más incompetente de
todos los grupos encubiertos de vigilancia y corrección.
-Hora
de cierre, Alicia. Pasa la noticia arriba.
-Luther
-añadió ella-, espera a despegar antes de renovar contacto. Aunque las palabras
no se oyen, ellos saben que se pasa una señal. Ten cuidado.
-Buenas
noches.
El
azul desapareció del blanco; Alicia se fue. En el recuerdo, la voz de mi
ex-esposa sonaba casi como la de ella, y la comparación habría intentando oír
el soniquete de radio de Gayaneh sobre el perpetuo gurgledeglurp del baño.
Cuando me relajé lo suficiente como para permitir que el sopor regresara, me
acosté, sumiéndome en un sueño preocupado. Unos ojos supervisaban mi descanso,
unos ojos vigilantes, unos ojos alertas; unos ojos de niña pequeña, oscurecidos
por el dolor. En la arenosa duna rojo sangre en la que me encontraba, jadeando,
resoplando, se alzó Johnson, arrastrándome a sus profundidades, donde seguro
que pertenecía. Me desperté sin gritar. Jake, a salvo con sus auriculares,
siguió durmiendo.
Por
la mañana, nos colocamos los disruptores antes de hablar. Al instalarnos
habíamos localizado los micros, y nos detuvimos al llegar al cuarenta y siete
sólo en el salón. Si los hubiéramos localizado y destruido todos aún nos
habrían escuchado, a través de la radio, el teléfono, la ventana, mientras
nuestras palabras sonaran libremente. Con disruptores y micrófonos, nos
comunicábamos sin problemas.
-Las
siete cuarenta -dijo Jake, leyendo su reloj y derrumbándose ante la TVC.
Distorsionada por el disruptor, su voz sonaba como una cinta rebobinada a toda
velocidad-. ¿Tenemos una cita a las ocho treinta en la juguetería? -Asentí-.
¿Por qué tan temprano? ¿Se espera acción pesada?
-No
-dije; frunció el ceño-. Olvida las especulaciones. Recuerda que para todos los
efectos nos dedicamos a los juguetes. Sólo somos dos comerciantes ansiosos de
comprobar el producto. Eso nos da horas de ventaja.
-¿Transporte
a pie o en ruedas?
-He
pedido un taxi. Llegará a las ocho.
-¿Un
taxi sans media? -preguntó él-. El ruido de fondo me dio jaqueca durante toda
la noche.
La
radio de la habitación, durante el día, no emitía música clásica, como yo
habría deseado, sino apocalypso americano o postwave europeo rehecho con tempo.
En la tele aparecía cualquier cosa que el aparato sorbiera del cielo. Como
fondo a nuestra charla había un ejershow de Leningrado llamado ¡Saltad, gente!
La televisión rusa, no menos divertida que la americana, tenía una diferencia
notable: los que aparecían aquí televisados eran feos, cercanos a lo real; las
personas en las ondas americanas parecían siempre alquimizadas a partir de
algún molde innatural.
-¿Aclaró
la info de Alicia si la asociada merece la pena?
-Es
la presa del día -dije-. Tan buena como Alejine.
-No
puedo vis a esta mamona medio minuto y ya empieza a doler -dijo Jake, mirando
la pantalla y frotándose violentamente las sienes. Reconocí su problema. Cogí
una cinta en blanco del hotel, la inserté y grabé un minuto de aire. Tras
rebobinar, la detuve y pulsé playback superlento. En medio de la pantalla
aparecieron manchas blancas difusas.
-¿Qué
pasa? -preguntó Jake-. ¿Jam session?
-Más
o menos. Aquí está la causa de tu dolor. Congelé la imagen y mostré las
palabras completas mientras emergían, cuatro fotogramas por frase, y traduje.
-Ahora
ve y compra. El dinero es la vida..., gástalo. Los ahorrativos son traidores.
Llevan años emitiendo esto. Con el tiempo debe dar resultado.
Jake
sacudió la cabeza como para recolocar su cerebro.
-¿Dónde
está nuestro objetivo?
-Cerca
de su vivienda.
-¿Que
es dónde?
-Maliuta
conoce la ruta.
-¿Confías
en él? -preguntó Jake-. ¿Es seguro?
-Uno
de pocos -dije. Dadas las circunstancias, era como confiar en Jake; no había
ninguna elección si se esperaban logros-. Cumplió el año pasado en Leningrado.
Nos dio la razón de nuestra visita este año.
Habíamos
conectado mientras cruzábamos el puente a la isla Vasilovski. Mientras
caminábamos, Skuratov me había informado del desarrollo en áreas largamente
estudiadas. A través de los militares, Krasnaia subvencionaba proyectos para
estudiar la aplicación potencial de metodologías de batalla parapsicología. A
los ojos americanos aquellas implausibilidades eran idioteces como creer en el
mundo de los espíritus; comparado con ellas, el freudianismo parecía
científico. El sol al ponerse arrojaba delgadas sombras sobre el río; me contó
cómo en la colonia científica de Dubna, al norte de Moscú, habían aparecido
recientemente evidencias durante experimentos ejecutados bajo la guía de
Alexander Alejine. Éste, el primer físico teórico de Rusia, supervisaba la Academia
de Ciencias. Teníamos fotos genera¬das; sabíamos que era cuatro veces Héroe del
Trabajo Socialista, dos veces ganador del Premio Lenin. Todo lo demás le
envolvía como una niebla. ¿Qué se había manifestado en aquel primer éxito del
que Skuratov hablaba con tan pocos datos específicos? ¿Habilidad para doblar
tenedores? ¿Control sobre los dados? Nadie lo sabía.
-Tengo
la impresión de que no volveremos -dije-. Sírvete a gusto.
-Servido
-dijo Jake, frotándose la chaqueta con las manos y saboreando el abrazo de su
arsenal. Había conservado la Omsk de nuestro atacante como algo más que un
trofeo-. Maletéame.
-No
es esencial -contesté mientras me ponía mi abrigo, que pesaba a causa de la
minicam-. Debe parecer que salimos a dar un paseo. Nos perderemos por el
camino.
-He
empaquetado tres trajes blancos -dijo él, con cara tensa.
-Usa
lo que llevas. Vamos.
El
potencial asustaba. Si alguien elaboraba tal habilidad hasta convertirla en
maña, podía, con el tiempo y adecuadamente entrenado, detener tanques con el
pensamiento, soñar que los aviones caían del cielo, desear que los cohetes se
desviaran de sus blancos. Si se empleaba un taco impropio, la punta podía
arañar a propósito y para siempre la bola. ¿Qué bestia resultaría de domesticar
talentos salvajes? Según Skuratov, los reaccionarios de Krasnaia deseaban
aplicar los descubrimientos de Alejine, fueran cuales fuesen, sólo para uso
militar. Los optimistas americanos éramos conscientes de que bendiciones como
los científicos eran más efectivas cuando se desarrollaban en el sector
privado, para que el delicado equilibrio de nuestro mundo no pudiera ser indebidamente
sacudido por los engaños gubernamentales. Sólo en zonas recientes se ajustaba
la previsión de beneficios/pérdidas; sólo durante los años recientes nuestras
economías subieron de nuevo a niveles donde la recuperación para los que aún
vivían parecía al menos algo posible de considerar con la cara seria.
El
ascensor del hotel estaba roto, así que tuvimos que bajar seis tramos de
escaleras a oscuras. Del techo del vestíbulo colgaban candelabros, cada uno con
una docena de monitores que mostraban incesantes vids de productos disponibles
en el hotel, en todas las tiendas desde McDonald's hasta Smert'Mujam, una
tienda para muje¬res cuyo nombre, traducido, significaba Muerte a los Maridos.
Los monitores nunca se oscurecían ni apagaban.
-¿Viajan
a dónde durante cuánto tiempo? -preguntó la encargada: como conserje ofrecía
ayuda, como dejurnaia, una delatora con licencia, eliminaba toda esperanza.
Escrutó nuestras tarjetas de entrada para ver si las habíamos remagnetizado
para otros fines. Tras aprobar¬nos, sacó de la caja fuerte nuestros pasaportes
y visados y nos los entregó, otorgando de nuevo a nuestra presencia más peso
que polvo.
-Al
centro. A comprar-dije. Su sonrisa se amplió hacia sus orejas al sonido de la
última palabra, revelando un kilo de metal insertado en su boca.
-La
Línea de Compradores ofrece ayuda continua y valiosa -dijo, palpando su monitor
y leyendo sus anuncios-. Excelentes ofertas de vaqueros y samovaramats en GUM
hoy durante la Hora Loca del Mediodía. Vibrantes atuendos primaverales en el
Mercado de Modas Zinoviev a la salida de la Plaza Maiakovski. Sofocante sí,
desvergon¬zado no...
-¿Somos
taxiados o no? -preguntó Jake, inclinándose hacia delante y colocando las manos
sobre el mostrador, como preparándose a saltar.
-Da.
¿Cuándo regresan? -preguntó ella; su sonrisa no era más que un recuerdo.
-Inseguro
-dije-. Después tenemos una reunión de negocios. Registró mi respuesta en su
memoria en caso de posteriores preguntas.
-Disfruten
de la hospitalidad de Moscú -bufó, mirándonos como si fuéramos de cristal. Los
guardias del hotel, advertidos por Krasnaia de nuestro estatus de Huéspedes del
Estado, nos libraron del detector de metales. Llegamos a la calle e inhalamos
aire puro y doloroso. Un Gran Amigo de cartón dirigía a los grupos de Intourist
hacia la entrada lateral, junto a la zona de reparto. Ignorando el frío, había
sesenta extraños vendedores callejeros, dispuestos y esparcidos, preparados
para los turistas.
-Allí
-dije al divisar nuestro taxi, un Volga Supreme Wagoneer rojo carmín que
llevaba por conductor a una cabeza redonda con pelo rizado y barba. Tras
precipitarse hacia nosotros, abrió la portezuela trasera.
-¿Interesados?
-preguntó, intentando hablar en inglés. En el fondo del taxi había un abultado
buró de roble lleno de pieles de animales; parecía un ataúd construido para
seis. Mientras pasaba las manos por las pieles, noté que le faltaban varias
uñas-. El mejor armiño y visón de mi hogar natal de Kamchatka.
-Terrier
y mastín -dijo Jake, bufando-. Llévanos, capullo. Vuela.
-Los
mejores precios para los amigos ingleses si reconsideran -dijo él, y dio la
vuelta como guiado por cuerdas y se dirigió hacia el volante mientras nosotros
subíamos al coche. El interior del taxi parecía un puesto de souvenirs sin
licencia. Pegados al salpicadero había iconos de plástico, pipas y chapas
holográficas. Un esqueleto verde colgaba del retrovisor. Manos de goma pegadas
a la parte de abajo de los asientos delanteros daban la impresión de que
deportniks ansiosos por respirar se aupaban a través del cárter.
-Ya
Amerkinanets -dijo Jake, usando desafortunadamente una de sus pocas frases
precisas.
-¡Americanos!
-exclamó el taxista, sonriendo, sorprendido por su fortuna-. Vean lo que tengo
para ustedes, regateadores experimenta¬dos.
Sacó
de la guantera bandejas cubiertas de terciopelo llenas de joyas de plástico.
Jake sacó su taladradora y colocó la punta contra el cráneo de nuestro
conductor, el dedo en el gatillo.
-Jugueteríame
-dijo, con una voz tan suave que apenas le oí. El conductor sí lo hizo; cerró
la boca y pisó el acelerador. Buscamos micros ocultos antes de llegar al primer
semáforo, descubriendo infestaciones múltiples, como era de esperar. Tras
aclarar la niebla de mi ventanilla vi un Marx DeVille negro que nos seguía.
-Compañeros
de viaje -le dije a Jake mientras les saludaba con la mano. Ellos me
respondieron. Otro coche se acercó, manteniéndose por detrás-. Siguen a todos
menos a los públicos -expliqué; Jake les dirigió un momento de atención-. Se
irán cuando demuestren nuestra estabilidad.
-¿De
veras?
Por
la derecha se acercó un tercer Marx negro. Todos, sin duda, estaban
sintonizados para oír nuestras confesiones. Insospechosamente, recalqué las
glorias locales; Jake bostezó. El sol, una bola redonda acechando en el
horizonte, emitía tenue calor y poca luz. Las cúpulas multicolores de St.
Basil, limpias de nieve, radiaban tonos lavanda. Al bordear la Plaza Roja y los
inquisitoriales muros del Kremlin vimos la hilera de turistas que aguardaban su
momento ante la caja de Lenin, su tumba teñida con colores de sangre seca a la
luz de la estación. En la distancia, Moscú atraía; de cerca, la ciudad tenía
siempre el aspecto de un timo de sexta generación: detalles nublados, colores
que no eran ciertos, imágenes sangrando por los bordes. A media distancia, rasca¬cielos
en forma de tarta de cumpleaños del día del Gran Amigo jodian el cielo mientras
esperaban alguna celebración largamente retrasada. Llegamos a la tienda. Le
tendí cinco pavos a nuestro peletero.
-¿También
anuncian en la pasta? -preguntó Jake, examinando un billete de diez rublos
mientras yo recogía el cambio. Se lo quité y examiné los adornos que envolvían
el picudo perfil de Ajmatova.
-Y
en las monedas también -dije-. Y en los sellos, las acciones y los bonos.
El
mensaje del billete de diez rublos era Los ahorradores sangran nuestra nación.
Créditos en letra pequeña agradecían al inigualable mercado Zolotskova. Nuestro
taxi se marchó, buscando capital fresco. Jake recuperó su dinero.
-¿Vamos
a ir de compras o de tumultos? -preguntó, mirando hacia la tienda. Una horda de
gente se apretujaba tras pesadas barreras de metal rematadas con alambre de
espino. Los adultos alzaban a los bebés por encima de la presión mientras la
turba esperaba su turno de bramar y saquear. Ancianos barrían con escobas el
pavi¬mento donde no había gente, desalojando a los gorriones de las rejillas.
Matamos el tiempo mirando los quioscos cercanos. Junto a Pravda e Izvestia
estaban las revistas rusas, brillantes con colores falsos, pulpa cargada con
olor químico. Allí reposaban también las revistas americanas, no menos fiables
que los periódicos rusos, y por eso Krasnaia no censuraba más que los anuncios,
manteniendo las expectaciones no más por encima de lo ordenado. La sirena de la
tienda rugió como para anunciar una tormenta de fuego; nos filtramos a través
de la multitud, seguidos por nuestros nuevos fans.
-¿Dónde
es la reunión y saludo? -preguntó Jake.
-Departamento
de Estrategias Interactivas -dije-. Nivel dos. Rusia amaba a los niños que no
tenía que matar. Detski Mir vendía como rusos los juguetes de todas las
naciones; los locales se eviden¬ciaban por su tendencia a romperse bajo el peso
del polvo que se posaba sobre ellos. El antiguo interior, trasplantado con
órganos frescos como exigía la moda, parecía el almacén central de correos.
Madres lastradas, bebés inmovilizados, hombres de aspecto desconcertado y
babushki de mal genio deambulaban por los pasillos como fantasmas perdidos. Una
vieja sorprendida, al ver la cabeza descubierta y el pelo engominado de Jake,
gritó:
-¡Sahpkoo
propil!
Antes
de que él hiciera ningún movimiento lo agarré por el brazo y lo guié a un lado
como haría con un cañón.
-Su
actitud se muestra clara -dijo él, con la cara empurpurada-. Traduce su
farfulleo.
-Ignora,
Jake -dije-. Dijo que debías haber gastado tanto dinero que no podías
permitirte un sombrero.
-Metomentodo.
-Mientras hablaba, jugueíaba con una moneda entre sus dedos; la dobló,
aplastándola mientras perdía el color-. Esos tipos se acercan. ¿Debo
reaccionar?
Los
que nos seguían parecían tan evidentes entre la multitud que igual podrían
haber llevado focos. Desde el techo, todas las cámaras nos enfocaban,
dirigiéndonos sus ojos de ángel.
-Ignora
-repetí. Todas las escaleras mecánicas al nivel uno estaban rotas y tuvimos que
subir a pie. Tras llegar a la cumbre, Jake echó un vistazo y dejó escapar una
risotada.
-No
extraña que te ojeen tanto -recalcó. Una cinta carmín en lo alto anunciaba LAS
FELICES CHOCOLATE ESTÁN AQUÍ. Los mostrado¬res contenían un regimiento de
muñecas con la forma de mujeres negras agachadas, mirando con ojos maliciosos,
sonriendo con labios como nueces de Brasil-. ¿Buenas ventas, supones?
-Hablan
-dije, leyendo un cartel menos prominente. Tras levantar una de las figuritas,
activé el cassette alojado en el interior.
-Come
tu verdu... -empezó a decir en ruso; la cinta se atascó. De la boca de la
muñeca brotaron cables, como si vomitara sus intestinos. Volví a meterlos
rápidamente. La escalera mecánica hacia la segunda planta funcionó durante un
minuto; luego se estropeó. Nuestros perseguidores resoplaban casualmente tras
nosotros.
-Pasillo
E. Por aquí.
Los
artículos del departamento de Estrategias Interactivas podrían haber
suministrado al Ejército Rojo durante siglos si hubieran funcionado tan bien
como sus modelos; tal como estaban, daban a los jóvenes la oportunidad de
practicar hasta que los reclutaran. Pistolas de juguete de todos los calibres,
desde lanzaguisantes a otras capaces de aplastar cabezas de elefante, brillaban
tras el cristal. Todas requerían permisos de Krasnaia, fáciles de obtener;
luego, si el poseedor sufría una confusión de identidad, la policía podía
asegurar que había ocurrido por elección de la víctima.
-Alerta
-dijo Jake; probables sospechosos pasaban a cada lado, abarrotando todos los
pasillos. Los peores lugares eran aquellos donde los niños podían ofrecer tanto
peligro como los adultos. Divisé a Skuratov acercándose a nosotros, con sus
zapatos bicolores brillantes contra el suelo sin color.
-Caballeros
-dijo, envolviéndose en torno a mí como una anaconda. Jake se distanció,
repudiando el contacto humano-. Perdonen mi tardanza.
-No
hay necesidad de perdonar -dije, hablando en voz alta para espantar la
curiosidad del gato-. Estábamos observando estos maravi¬llosos juguetes.
Skuratov
sonrió; palmeó un tren en miniatura en un estante cercano y lo hizo rodar por
su manga. Se le cayeron las ruedas.
-¿No
deberíamos avanzar? -pregunté. Jake, delante, giró sobre sus talones como para
medir la sala. Un padre cargado arrastraba a un niño de pañales hacia la caja
más cercana; el niño lloraba, pidiendo juguetes negados. Skuratov se llevó los
dedos a los labios.
-No
hay necesidad de apresurarse -dijo, implicando que sí la había, y demostrando
con su inacción que cuanto antes mejor. Varios recién llegados aparecieron en
la distancia, andando despacio con llamativo desinterés, todos vestidos con el
negro básico, que según los rumores era elección del Equipo Sueño. Nuestras
perspectivas parecían cada vez más evanescentes.
-Ojos
arriba -murmuró Jake. El padre discutía detalles con la cajera; como cada
transacción hecha por ordenador requería ser comprobada en detalle con el
ábaco, siempre resultaba cierta confusión durante el retraso. Nuestros voyeurs
observaban los juguetes recién hechos, acercándose lentamente, manteniendo aún
una distancia res¬petable-. Se están preparando.
-Algunos
productos son ciertamente impresionantes -dijo Skuratov, indicando un armero
empotrado en la pared como si quisiera vendérmelo-. Señorita -le dijo a una
empleada que pasaba cerca, mostrando su identificación de Krasnaia para ser
visto-, acérqueme ese artículo Turguenev para que lo inspeccione.
Tras
abrir la caja, ella se lo tendió. Un modelo a escala del lanzacohetes Turguenev
B95.
-Hecho
para nosotros en Yugoslavia con polímero liviano. Dispara balas explosivas de
verdad. No más doloroso que una pistola de fulminantes, ciertamente...
-Mi
cambio -dijo el padre-. Démelo.
El
zumbido general descendió media nota en la escala. Miré hacia arriba.
-No
tengo monedas -dijo la cajera-. ¿Por qué me acosa así? -Todas las cámaras del
techo rotaron, enfocándonos. Nuestra troupe se acercó para el final.
-Treinta
copecs -gritó el padre. Otros clientes (había muchos) se volvieron, curiosos.
El bebé del hombre, recuperándose de su llanto, aburrido por las quejas de su
padre, nos miró. Skuratov, con el arma de plástico en las manos, sonrió al
niño.
-No
hay monedas -replicó gritando la cajera-. Coja la deliciosa chocolatina que le
ofrezco como cambio equivalente. -Jake quitó el seguro a algo dentro de su
chaqueta. Mi estómago se hundió mientras notaba la náusea del que está a punto
de ser capturado-. Sea feliz, ciudadano.
-Pequeño
-dijo Skuratov, inclinándose y tendiendo el juguete al niño-. Apunta lejos de
la gente como un bravo soldado. Pulsa el gatillo y verás qué divertido.
-Da
-contestó el alegre mocoso, sin necesitar más acicate. Agarró el juguete con
ambas manos y disparó con la precisión de un tirador avezado. El proyectil
amarillo del falso Turguenev salió disparado por el suelo y, con un bum
ensordecedor, derribó una pirámide cuidado¬samente alzada de granadas de
plástico moldeadas con resina celeste. Tras el derribo, éstas destellaron y
estallaron y lanzaron columnas de humo de un horrible olor. El padre golpeó al
niño; la cajera golpeó al padre por haberle golpeado.
-¿Nos
dirigimos al ascensor? -preguntó Skuratov, cogiéndonos por el brazo y
sacándonos de la humeante melé-. He aparcado convenien¬temente en zona libre.
Asistamos a una reunión importante.
Sin
que nos siguiera nadie, nos abrimos paso a través de la multitud. Los chillidos
de las madres, las amenazas de la policía del almacén y los gritos de un millar
de niños ahogaban la música glacial que sonaba en los cien altavoces ocultos de
la tienda.
-Se
rinden muy fácilmente -observé mientras nos escabullíamos hacia las puertas de
salida.
-Cierto
-suspiró Skuratov-. El Equipo Sueño siempre formula programas de acción
perfectamente concebidos. La más mínima circunstancia imprevista los deja
buscando a tientas sus propias espaldas. Por razones de seguridad, nunca se les
entrena en esponta-neidad. Aquí está mi hermosa máquina.
El
coche de Skuratov era un Mercedes azul marino con negras ventanillas de espejo.
Abrió el maletero y recuperó todo aquello que podía quitarse: limpiaparabrisas,
tapacubos, el adorno de la capota, los retrovisores y la antena, todo muy
ansiado en el Mercado Negro. Subimos al coche mientras él volvía a colocarlo
todo en su sitio. Jake ocupó el asiento trasero. Advertí que Skuratov tardaba
uno o dos minutos en cerrar el maletero; una cerradura congelada tal vez, o la
necesidad de colocar bien accesorios todavía guardados. Mientras buscábamos
micros, él subió al coche. Nuestros sensores no detec¬taron ningún oído dentro,
y por fin estuvimos casi seguros.
-Impresionante,
Mal -dije-. ¿Cómo lo consiguió?
-Una
recompensa adecuada por muchos buenos trabajos -dijo él-. Advierta los detalles
hechos a mano y el estilizado diseño del panel de instrumentos. Toque la suave
tapicería de cuero.
La
piel del coche estaba sucia, pero todos los coches rusos necesitaban una buena
friega. Para sus dos millones de autos, Krasnaia aprovisionaba a Moscú con diez
lavacoches.
-Deje
las ventanas ligeramente abiertas, por favor, para perturbar las vibraciones en
el cristal, fáciles de leer. Motor, llévanos al destino uno.
-Hecho
-replicó la voz del salpicadero; el motor se puso en marcha y empezó a
revolucionarse. Skuratov cogió el volante cuando entramos en el tráfico,
pasando junto a tranvías rojos que corrían por los carriles laterales.
-¿Cuál
es la hora estimada de llegada?
-Dentro
de media hora. ¿Conoce el barrio de nuestra amiga? -preguntó mientras
recorríamos el Sedovoie Koltes, o Jardín Anillo, que albergaba catorce
abarrotados carriles de tráfico. Torres cristalinas flanqueaban la carretera,
algunas nada más que fachadas Potemkin ocultando silos de lanzamiento de
misiles defensivos.
-No
-dije.
-Novi
Marina Roshcha es un trushchoba -continuó Skuratov-. Un arrabal de lo más
terrible. Su aspecto es bastante americano. Los reaccionarios de Krasnaia
insisten desde hace mucho tiempo en que su existencia es un mal necesario, para
que los no-consumidores y los ex-soldados con problemas para adaptarse a la
vida civil pudieran tener casas. El orden social se conserva así manteniendo
junta a toda la mala gente que tiene mucho resentimiento. Muchos trasmiten
peligrosas enfermedades contagiosas. Tengan cuidado de que los podonki no les
toquen después de salir del coche.
-¿Podonki?
-inquirió Jake, colocándose los auriculares de su aparato de bolsillo; los
largos y finos cordones amarillos daban la impresión de que estaba siendo
alimentado por vía intravenosa.
-Escoria
-tradujo Skuratov-. Es sólo un término oficial, no implica falta de respeto.
-¿Por
qué se escondería ella en un lugar así? -pregunté.
-Es
evidente. La gente entra y sale a su antojo de esos arrabales. Son lugares
adecuados para quienes no están dispuestos a tener responsabilidades.
Escondites favoritos para viciosos elementos crimi¬nales. Proporciona una zona
donde siempre pueden cogerse sospecho¬sos. Krasnaia juega con ventaja.
-¿Caen
muchos científicos en la clasificación de elementos crimi¬nales? -pregunté.
-Depende
de su ciencia -dijo él, sonriendo-. La señorita Osipova eligió una vida de
perdedores viviendo entre basura sin civilizar, pero es una elección que
evidentemente desea tomar...
-¿Dónde
está su elección?
-Con
Alejine -rió él-. No importa. Su nueva residencia estará libre del miedo al
vandalismo. -Conectó la radio; sonó el scherzo de la Décima de Shostakovich.
Sólo sonaron unos compases antes de que cambiara a una emisora que emitía
canciones llenas de tañidos y ritmos.
-¿Tenemos
su dirección precisa?
-La
calle es Raisa Row. Con un complemento a mano localizare¬mos con facilidad su
dirección exacta.
Sacó
de debajo del salpicadero dos aparatos rectangulares no mucho más grandes que
el mando a distancia de un televisor; me tendió uno. Una pantalla de liqristal
cubría un lado entero; en el otro había varios botones diminutos y luces
apagadas.
-Sólo
el Equipo Sueño tiene rastreadores tan avanzados -dije, examinando su cara en
busca de alguna reacción, pero no apareció ninguna. Nuestro bando había
obtenido uno, por accidente, sólo unos meses antes, pero yo no había tenido
oportunidad de emplearlo-. ¿Cómo funciona?
-Una
de mis muchas fuentes confidenciales fue muy servicial -dijo-. Se conecta con
el interruptor rojo. Luego apriete el botón marcado M.
El
plano callejero de Moscú apareció en la pantalla; innumerables puntitos
brillantes chispearon en formación, todos blancos menos un único punto azul.
-El
azul soy yo. Pulse la V, que está sintonizada con las coordenadas de ella.
-Cuando lo hizo sólo dos puntos permanecieron, el de él y el de ella. Una luz
destelló verde-. Eso la señala continuamente.
-¿Está
implantada?
Salimos
del Anillo a Gorgoko.
-Desde
luego. Un microtransmisor estándar en un músculo de la nuca, insertado sin
dolor ni conocimiento. Transmite en un radio de doscientos kilómetros. El
Equipo Sueño siempre sabe dónde enviar las invitaciones a fiestas. Quédese con
ése, por favor. A un centenar de metros empezará a pitar. Nos acercaremos.
A
algunos de los miembros de nuestra organización les sorprendía desde hacía
tiempo cómo Skuratov, que no sufría de ninguna desafi¬liación política ni
necesitaba finanzas clandestinas, había elegido la traición como hobby, pero
nunca apareció nada sospechoso. Sus archivos, comprobados una y otra vez,
incluso consiguieron la apro¬bación de Alicia. Las motivaciones políticas no
son más explicables que los fetiches sexuales, y no son tan empleables en la
vida cotidiana; así, mi mente continuaba sin sentir preocupación por extrañas
especu¬laciones. Skuratov, mirando por el retrovisor, advirtió a Jake hundido
en su asiento, perdido en la música.
-¿Jake
es un gran amante de la música?
-De
cierta música -contesté-. Principalmente blues. La cinta de Jake no tenía más
música que la de Robert Johnson, por acuerdo histórico el mejor cantante de
blues del siglo pasado. Sólo quedaba una foto para dar forma a su voz.
Asesinado antes de cumplir los treinta años, dejó apenas cuarenta extrañas
canciones grabadas en condiciones primitivas; Jake se las sabía todas de
memoria. A muchos caucasianos les gusta el blues, aunque habrían pasado por
encima del cantante de blues si lo encontraran tendido ante ellos en la calle.
Jake sentía una igualdad más elemental cuya naturaleza era para mí un misterio;
yo sólo podía deducir que, cada vez que se sentía asaltado por la paz, se
hundía bajo sus auriculares para zaherirse de nuevo con el sonido largamente
perdido. El señor O'Malley citaba ocasiones en las que Jake cogía una vieja
guitarra en su oficina y la tañía como para cantar, pero yo nunca podía
imaginarlo. En las manos de Jake, los instrumentos musicales sólo parecían
correctos si los usaba para transportar a los demás a una coral de muerte.
-¿Cuánta
info existe de los resultados? -pregunté-, ¿No se ve potencial armamentístico?
-No.
Sus hallazgos parecen implicar un aparato no agresivo de propósito no
especificado.
Entramos
en un vecindario construido con palacios de trabajadores: filas uniformes de
cajas de zapatos de hormigón desplomadas sobre las ciénagas de las aceras.
Delante de cada complejo había esculturas que reconocían las habilidades de
aquellos que las habían diseñado y desarrollado; las que no estaban cubiertas
de grafitti estaban habitual-mente decapitadas. Bajo el crecimiento moderno
aparecía el rastro de la vieja Rusia: casas de madera cargadas con aleros y
gabletes intrincadamente tallados, iglesias ortodoxas soportando cinco cúpulas
que se desmoronaban, chispas de abedul y siempreverde asomando entre los
tablones. Jake empezó a vocalizar junto con las canciones de Johnson mientras
éstas pasaban del artista a su oído.
-Voy
a hundirme en esta conexión..., seguiré jugando con tus cables...
Oír
cantar a Jake producía dolor en los huesos y enfriaba la sangre; su murmullo no
tenía tono ni ritmo.
-...cuando
aplaste tu pequeño starter tu chispa me dará fuego...
-¿Qué
uso tiene un no agresivo, considerando lo que Krasnaia debe haber intentado?
-pregunté.
-Un
enorme uso dependiendo de la naturaleza de lo no agresivo -respondió Skuratov-.
Alejine probaba y desarrollaba según iba viendo. Lo esencial de sus
descubrimientos no era conocido más que por un círculo cada vez más pequeño a
medida que se acercaba el éxito. Cada vez que Krasnaia preguntaba hacía
observaciones genera¬les, absteniéndose de entrar en detalles específicos, y en
todas las etapas prometía un informe completo cuando terminara el proyecto.
Hace tres semanas, desapareció. Descubrimos hace tres días que la señorita
Osipova preparaba su propia partida.
-¿Por
qué no fuimos informados?
-No
tiene importancia de quién se obtenga la información, ¿no?
-Seguramente
Alejine estaba implantado -dije yo; Skuratov asin¬tió-. ¿Dónde ha ido,
entonces? ¿Dónde aparece?
-No
aparece -dijo Skuratov-. Nuestro amigo no se encuentra en ninguna parte.
-¿De
Rusia?
-Del
mundo. Ya sabe que tenemos bien cubiertos todos los sitios. En ninguna parte
encontramos huella de su presencia. El implante de Alejine es como el mío, en
el cerebro en vez del cuello, imposible de extirpar sin... -Hizo una pausa-. Un
lío terrible. O ha descubierto un medio para interceptar la señal, cosa que no
ha hecho nadie hasta hoy, o ha ido a alguna parte más allá de nuestro alcance,
que es como decir a ninguna parte.
-Debe
de haber sido posible hacer deducciones -dije yo-. ¿Qué líneas fueron seguidas?
-Por
los informes del Equipo Sueño estamos seguros de que el aparato, perfeccionado,
debe estar relacionado con la parafísica en vez de la parapsicología.
-¿Y
eso qué significa?
-Después
de largos años de estudio no encontramos ninguna verdad en la parapsicología en
su sentido tradicional. Predecir el futuro, convocar el espíritu de la madre
muerta, leer el pensamiento a desconocidos, esas estupideces son sueños. Las
mentes son tan gruesas como las murallas del Kremlin a menos que se empleen los
métodos del Equipo Sueño, y entonces sólo pueden deducirse generalidades.
Empleando tales métodos sabemos que está relacionada la parafísica, que el
experimento principal tuvo éxito. Sólo eso.
Los
métodos del Equipo Sueño implicaban implantes modificados, de forma que los
adaptados estuvieran no sólo localizables en todo momento, sino que además, de
algún modo aún oscuro, tuvieran la vía de sus pensamientos cartografiada sin
hacer descarrilar el tren.
-¿Y
qué entra bajo la nomenclatura de parafísica?
-Cosas
inexpresables -dijo él, mientras entrábamos en una avenida pelada con cuatro
carriles agrietados y llenos de baches. A cada lado había torres de color
cemento de diez pisos, colocadas como flechas. Los caparazones de los coches se
alineaban en las aceras, cubrían el pavimento, se apilaban en los patios, como
dejados por los invitados de una fiesta tecnológica. Las ratas corrían por la
calle, desafiándonos a golpear-. Poltergistas y efectos telequinésicos.
So¬nares mostrando grandes animales en lagos donde el suministro limitado de
comida prohibe su existencia. Pumas salvajes en los barrios de Londres donde
nadie ha perdido ningún puma, y caimanes crecidos en lagunas canadienses en
mitad del invierno. Por qué llueven ranas del cielo libre de nubes. -Pulsó un
botón, reduciendo la marcha cuando tomamos una curva-. Un avión se estrella, y
se encuentra el cuerpo de una niña pequeña, sin quemaduras; no se informa de
ninguna niña pequeña a bordo ni en tierra. Una moneda de plata en un bloque de
granito. La expresión de un pecador en la cara de un santo. Pelo que ha crecido
en la cabeza de una momia. -Hizo destellar sus dientes de acero-. Por qué un
calcetín se desvanece siempre en la secadora.
-¿Qué
significa eso del aparato de transporte? -pregunté-. ¿Trans¬porte adonde?
-Más
allá del arco iris, tal vez -dijo él, con los ojos brillando, como
petrificados-. Pronto lo descubriremos. Novi Marina Roshcha, caba¬lleros.
Vehículos
de ocho ruedas, con sus pieles de acero resplandeciendo, las armas y los
lanzadores de gases brillando, guardaban cada extremo de una hilera de soldados
de veinte hombres que bloqueaban la avenida. A cada lado de su muralla, los
mundos parecían tener un aspecto similar. La formación se rompió para
permitirnos el paso; a nadie le importó por qué no reducimos la marcha, nadie
nos detuvo para comprobar nuestra identidad, ninguno cuestionó nuestro intento,
pro¬pósito o plan.
-Dijo
que los residentes podían entrar y salir libremente -le recordé a Skuratov-.
¿No tiene el ejército situaciones más inmediatas?
-Dije
que los individuos vienen y van libremente. El ejército está aquí para impedir
que se intente una escapada simultánea. Krasnaia prefiere certificar la
seguridad incluso de estos ciudadanos, pues sería inevitable una gran pérdida
de vidas si ocurriera una situación tan problemática.
-¿Krasnaia
prefiere esto? -pregunté, viendo rusos de decidido valor no propagandístico.
-Como
también dije, Luther, no todo el mundo prefiere encajar en un sistema que
funciona, igual que no todo el mundo se eleva a un nivel apropiado durante su
vida. Estos barrios ofrecen un entorno adecuado para..., cómo se dice...
-Las
bajas del sistema -dije yo. Sus bisabuelos sufrieron bajo los nobles, sus
abuelos bajo el Gran Amigo, sus padres bajo la nomenklatura, y por eso ellos
sufrían bajo la supervisión de la gran multina¬cional Krasnaia. La herencia que
proporcionaban crecía eternamente, no importaba quién estuviera arriba.
-Después
de todo, prefieren vivir de esta forma -dijo él-. A veces es difícil
recordarlo.
La
calle chispeaba con trozos de cristal roto, como si estuviera pavimentada con
diamantes. Placas de cartón bloqueaban el viento que entraba a través de las
ventanas rotas; en aquellas que no tenían postigos, los periódicos servían de
cortinas. En las esquinas de los edificios se acumulaban dunas donde el
hormigón se convertía en arena. Antiguamente había habido árboles; quedaban
tocones podri¬dos, el resto había sido reciclado para alimentar fuegos
nocturnos. Rodamos calle abajo sin ruido dentro o fuera, bajo las miradas
muertas de los residentes. Los niños se encaramaban jugando sobre los coches
oxidados y rojos, tirando de las colas de los roedores para oírlos chirriar;
mujeres indistinguibles de sacos de patatas se agazapaban junto a las entradas
de los edificios. Grupos de hombres se congregaban en torno al fuego de los
bidones de basura. Menos los niños, todo estaban borrachos. Los rusos, a pesar
de las prohi¬biciones, bebían alcohol como respiraban aire. Igual que los de la
clase de Skuratov bebían licores adecuados a su estatus, aquellos ciudadanos
seguro que trasegaban por sus irritadas gargantas formaldehídos, agua de
colonia, barniz y aguarrás. Jake se apartó los auriculares de la cabeza,
atraída su atención. Supuse que de pronto se sintió más en casa.
-¿A
qué distancia?
-Ahora
estamos en Raisa -dijo Skuratov, mirando su trazador-, y ella no está más que a
unos pocos metros de distancia.
El
bip empezó a sonar firmemente. Jake se preparó. Entre dos masas de ocho pisos
atiné a divisar las lejanas torres y cúpulas pastel del centro, sumidas en la
neblina de la mañana.
-¿Se
espera interacción local? -preguntó Jake.
-Ninguno
debería molestarnos-respondió Skuratov-. Un coche tan bueno como el mío sólo
puede pertenecer a un alto miembro de Krasnaia, o eso temerán. Por tanto,
comprenden que no tienen que alargar la mano en ningún tipo de tratamiento.
-Sacó de debajo de su abrigo una negra y estilizada pistola ametralladora
Shrogin, un artículo imposible de conseguir a ningún nivel-. Pero si los
podonki se acercan, mi espantamoscas los hará callar. Jake, prepárese. Esta
gente se muestra muy temperamental hacia aquellos a quienes ven
inevitable¬mente como superiores.
Las
estructuras de dos pisos de Raisa Row mantenían entradas separadas para cada
apartamento. La basura acumulada servía como patio, aparcamiento y campo de
juegos.
-Destino
alcanzado -dijo el coche; Skuratov paró el motor. La gente desapareció en la
oscuridad del edificio. Los miedos de Skuratov, como sospechaba, eran
infundados; yo había catalogado al vecindario como demasiado ajado para
resultar una amenaza.
-Ella
está en la planta baja, cerca del bloque de la derecha. Avancen sin prisa por
el patio lateral. Mantengan siempre visibles las armas. Deténganse en la
esquina a esperar la señal. Entonces, aproxímense a la puerta. Esperen. Cuenten
hasta tres. -Quitó el seguro de su pistola-. Entren de un salto, mostrando
grandes sonrisas.
Cuando
salimos del coche casi nos derribó el olor, una inevitable mezcla de cuarto de
baño y tumba que ni siquiera el congelado aire reducía. Los vecinos, al ver
nuestra llegada, se dispersaron como cucarachas bajo una luz inesperada.
Skuratov nos guiaba, moviéndose como si sus zapatos bicolores apenas tocaran el
suelo. A mitad de camino di un paso en falso y aplasté un osito de peluche que
yacía entre los escombros. Los niños del barrio eran terriblemente
imagina¬tivos para su edad: las cuencas de los ojos miraban ciegas al cielo, su
panza estaba abierta y destripada en una autopsia aficionada. El toque
americano aparecía en todas partes.
-Sus
ventanas -susurró Skuratov, dirigiéndose hacia la esquina hasta unas cortinas.
Nubes grises surcaron el cielo mientras nos acercábamos; no proyectamos sombra
ninguna sobre el suelo. Skuratov nos indicó que avanzáramos, y lo hicimos
pegados a la pared del edificio. Jake nos guiaba ahora.
-Uno
-murmuró Skuratov-. Dos...
Antes
de que llegara el último número, antes de que pudiera volver a respirar,
advertí que la puerta estaba entornada y que un grito sonaba dentro. Jake...
ninguna bala volaba más rápido.
3
-Cuidado
-dije como para ofrecer consejo, pero Jake ya había acabado antes de que
cruzáramos el umbral. Skuratov tenía mejor vista de lo que yo había supuesto,
pues vio a Jake dar una cuchillada, rasgar la carne del hombre; sus ropas de
polímero y arpillera estaban ya rasgadas. Jake hizo un doble lazo con su cadena
dentro de su mano para asegurar doble resultado.
-¡Jake!
-dije-. Suficiente ya. Apártate.
Saltó,
y completó su tarea cayendo con los talones sobre la cabeza del intruso. Tras
hacerse a un lado, inició su descenso a la calma. Sentí las vibraciones de la
adrenalina latir a través de su delgada complexión. Tras inspirar
profundamente, permaneció en silencio, dejando que la furia se difuminara.
Sacudió la cabeza como si despertara y aún se encontrara dentro de su sueño. Su
voz regresó antes que él.
-Los
violadores de mujeres pueden con mi paciencia toda, Luther. Perdona mi exceso
de celo.
-Era
un ladrón -dijo ella; se revolvió y le dio un puñetazo en la boca-. No un
violador. Me encargaré también de usted.
Constelaciones
rojas motearon el blanco puro de Jake; pequeña pero compacta; era dura. Mi
mente quedó en blanco por instinto; viendo que nuestro objetivo se nos
escaparía de las manos cuando el temperamento de Jake volviera a estallar, me
coloqué entre ambos antes de que él pudiera responder.
-¡No,
Jake, tranquilo...! -Empujándome al suelo, haciéndose a un lado, Jake la
agarró, la atrajo hacia sí y la apretó contra él. Ella le escupió cuando él se
negó a soltarla. Una paz inefable iluminó desde dentro su cara mojada y,
mientras cerraba los ojos, sonrió, con la cara enrojecida bajo su brillo.
Insoportables obscenidades georgianas bro¬taron de la boca de ella como
murciélagos de una cueva en la noche. Jake rodeó sus brazos, apretando con
fuerza. Skuratov se quedó mirando, como si observara un concurso.
-Priyatnó.
En inglés, por favor, señorita Osopova -dijo alegremen¬te, limpiando sus
zapatos de la porquería con la que habían sido salpicados-. Los amigos
americanos poseen poca fluidez en la lengua vernácula.
-¡Chort!
-ella le dio una patada a Jake en las rodillas; éste la alzó del suelo.
-Ah
-dijo Skuratov, mostrando su respeto hacia la acción de Jake-. El chico de la
puerta de al lado.
-Que
lo abran en canal -dijo Jake, enfurecido de nuevo.
-Ya
lo hiciste, Jake -dije yo-. Probablemente no es tan local, Mal. Un infiltrado
de Krasnaia, o peor.
-Lo
examinaré -dijo Skuratov; se puso de rodillas y abrió la camisa del tipo para
dejar al descubierto la piel del brazo izquierdo. Las evidencias demostraban
que los miembros del Equipo Sueño llevaban tatuajes; imágenes de una nube de
suaves rebordes con un ojo siempre vigilante.
-¿Qué
quieren? -gritó ella, empleando un inglés cargado de acento-. Márchense.
-Tranquilícese
durante la hora de juego -dijo Skuratov, sin alzar la cabeza.
-¡Zhrini
sapozhnik!
-¿Desea
algún sedante? -preguntó Jake; ella le dio un cabezazo en la nariz, pero él
siguió sonriendo y acarició su cintura mientras la agarraba. Mientras Skuratov
examinaba las posesiones del muerto, busqué micrófonos; no apareció ninguno.
-Neutralizados
la primera semana que vine aquí -dijo ella, al ver mis acciones-. ¿Los
americanos esperan constante estupidez de los rusos?
-¿Amiga
del difunto? -preguntó Skuratov.
-Cuando
el hollín sea blanco. -Clavó los codos en los costados de Jake y aflojó su
presa; impulsándose hacia delante, me golpeó en el pecho con enorme fuerza,
empleando aquellas poderosas piernas y hombros, y me hizo tambalear. Jake le
colocó los brazos a la espalda y le puso las esposas que llevaba-. ¡Ai bolit!
-gritó ella mientras él le apretaba los brazaletes en torno a sus muñecas. La
apretó una vez más, enfocando sus ojos en los de ella. Reaccionando como un
pájaro ante una serpiente, ella se quedó quieta. El ritmo normal de mi corazón
se recuperó de su forzado solo.
-Pacifíquese
o tendremos que recorrer caminos más duros -dijo Jake-. Lo siento, pero es así.
-Luther
-indicó Skuratov, imperturbable, como si a su alrededor no hubiera sucedido más
que un cambio de clima- Como pensaba. Las identificaciones demuestran que es
ex-miembro del ejército. Vive (vivía, para ser más precisos) tres edificios
calle abajo. Un local solo. Un zhid, sin duda, a juzgar por el patronímico.
Ninguna sorpresa.
-¿Sin
marcas incluso en modo protector? -pregunté-. ¿No es miembro del Equipo Sueño?
-Saqueador
libre -dijo él-. Nada más.
-¿Por
qué me molestan, julighani? -preguntó Oktobriana, con el exceso de color de su
cara remitiendo. Parecía muy joven, a pesar de sus ojos levemente rasgados;
bajo sus párpados inferiores había bolsas de arrugas, los superiores pesaban-.
Soy facilitadora. No tengo subs¬tancia.
-¿Tiene
agua la nieve? -preguntó Skuratov-. Está llena de subs¬tancia.
-No
hay nada que pueda hacer por ustedes. Por favor, déjenme. Deseo estar sola.
-Nosotros
deseamos buena compañía. La voz tiene el soniquete de la verdad. Pero déjenos
ver para asegurarnos. -Sacó del bolsillo una cajita roja; en su superficie
había una pantalla aún más pequeña. Mientras la acercaba a la mejilla de ella,
las luces destellaron; ella dio un respingo, como quemada por su contacto-. El
analizador de stress ve la verdad cuando se oculta. Tengamos una conversación
útil sin cansinas repeticiones o amenazas imposibles de cumplir. Aquí hay algo
de interés, ¿verdad?
-No.
-Oktobriana temblaba cada vez que él apretaba la caja contra ella; Jake le
miraba con ojos muertos, pero la mantenía sujeta, consciente de las
descripciones de su deber a pesar de sus preferencias.
-Sí.
Herramienta útil desarrollada por el mentor Alejine, ¿correcto? Parece un
videocasette un poco extraño, creo.
-Vranio.
Mentiras y basura.
-Bastante
improbable. ¿Qué hemos traído con nosotros para ensu¬ciar esta habitación?
¿Veamos?
-No
escarbe en mi alma -suplicó ella, mientras él guardaba el analizador (una
manchita roja se le quedó en la cara), y empezó su búsqueda, abriendo los
cajones de la cómoda, arrojando ropa al suelo, esparciendo su vida-. ¿Qué les
trae aquí para saquear? -preguntó ella, aún luchando contra el abrazo de Jake.
-Hemos
venido a ayudarla -dije yo.
-Gospodi.
Los americanos siempre dicen venir a ayudar cuando vienen a matar y robar.
La
miserable habitación de Oktobriana quedaba contenida en cuatro paredes grises,
con dos puertas, una que conducía al exterior y otra al baño adjunto, y tenía
dos ventanas aisladas con resina y tela. Las tablas del suelo se levantaban
hacia el techo cuando se pisaban en mal sitio. La mano del decorador aparecía
sólo en el retrato del Gran Amigo que colgaba sobre el fino colchón de la cama,
una copia anticuada hecha mientras él vivía, mostrando su forma tal como quería
que fuera mostrada. Aparecía erecto, con una gorra de trabajador y un abrigo
del ejército, sobre un promontorio pelado, ante un cielo tormentoso que le
servía de fondo. Los rayos caían en todas partes menos en su lugar de
observación. Observaba con ojos severos la llanura bajo su montaña, la gran
ciudad que se alzaba bajo la pradera de abajo: Lucifer contemplando su reino,
Kong apreciando su jungla. En su época, el Gran Amigo no había vendido más que
a sí mismo.
-¿Quién
le informó de su forma y substancia? -le pregunté a Skuratov mientras él
trabajaba. Mantuvo los labios cerrados, como invocando protección a alguien
situado en lo alto. Tras meter la mano bajo la cama, extrajo un paquete
envuelto en tela.
-¿Qué
tenemos aquí? -dijo.
-¡Dliazhizvi!
-gritó ella, debatiéndose contra Jake como queriendo hacerlo arder.
-¿Amenaza
mi vida? -repitió Skuratov-. Silencio, pequeña ruidosa. Los nervios vibran como
cuerdas de violín. Déjeme deambular sin perro guía.
Tras
abrir una funda de almohada envuelta alrededor de un plastipak negro, levantó
su tapa y reveló lo que a primera vis parecía un vid. Lo sacó e hizo destellar
a la luz su color lapislázuli, su cara sin rasgos.
-Demasiado
pesado para las películas clásicas habituales, creo. Tal vez sea útil para...
viajar en el tiempo, podríamos decir -comentó, palmeándolo como para juzgarlo-.
La máquina de Alejine, amigos. Muchos cerebros en juego hacen cosas
maravillosas. Opera con el mismo principio y modelo, ¿verdad? Se introduce en
la ranura apropia¬da, se pulsa el botón apropiado. Contemplen qué maravilla.
-¿Botón
y ranura de qué? -pregunté, esperando una respuesta, incrédulo.
-De
una unidad de TVC normal -dijo-. Un imaginativo reciclaje de la tecnología
existente.
-¿Y
qué pasa cuando se usa?
Ella
no contestó. El que aquella fea caja de plástico resultara ser el objeto de
nuestra búsqueda era tan anticlimático como escalar el Everest para comprar un
bocadillo de queso. Presentar el hallazgo al consejo sería fácil, pero el señor
O'Malley deseaba resultados; no se sentiría contento con otra cosa.
Reflexionando un momento sobre el sutil disfraz del aparato, Skuratov volvió a
meterlo en la caja y lo envolvió de nuevo.
-Ahora
es de máxima importancia que nos movamos con rapidez -dijo-. Empaquete sus
pertenencias, Luther. No debemos retrasarnos.
Metí
las ropas de ella en sus maletas, sin detenerme a buscar o medir, sus lápices y
libros, su cuadro del Gran Amigo, todos los papeles que había esparcidos. Ella
permaneció inmóvil, observando nuestra prisa; no temblaba ni hablaba, como si
se hubiera hipnotizado a sí misma tanto para aceptar su destino como para
satisfacer a sus secuestradores. Tal vez la presencia de Jake permitía un
momento de paz, pues la sujetaba como a una amiga, no una prisionera (esposas
aparte), su tenaza completa, el súbito color de su cara haciéndole parecer casi
cálido.
-¿Estamos
cerca del aeropuerto, entonces?-pregunté, cerrando las maletas.
-Aeródromo
-corrigió él-. Está en mi dacha. A veinte minutos de aquí a velocidad normal.
Debemos conseguirlo en diez -Sujetando el aparato bajo el brazo, manejando su
Shrogin con una mano, recorrió la habitación con la mirada para ver si había
pasado algo por alto la primera vez.
-¿Su
mansión tiene pista de aterrizaje?
-Una
pequeña, conveniente para aparatos de ascenso vertical.
-¿El
avión está listo?
-Y
el destino programado según lo deseado.
-¿El
piloto es seguro? -preguntó Jake.
-Tiene
ante usted al piloto. -La pregunta quedó en el aire, sin contestación.
Oktobriana habló de pronto, como si despertara de un coma.
-¿Adónde
vamos? -preguntó, mirando a Jake con ojos llenos de miedo.
-De
vacaciones -respondió Skuratov.
-A
Norteamérica -dijo Jake-. La espera una nueva vida.
-Jake
-dijo Skuratov, sin mirarle directamente-, ponga las maletas en el coche. Le
seguiremos.
La
paranoia de Jake era más profunda que la mía, pero normalmente por mayores
motivos; confiaba en su contacto, como si fuera una caricia de una amante
perfecta. Los otros no lo advirtieron, pero vi que sus ojos se estrechaban. Si
Jake se preparaba, yo debería hacerlo también; en tal caso, yo seguía su guía
como haría con cualquier comandante.
-No
soy ningún portero -replicó.
-Perdone
la brusca forma de pedirlo, Jake. El lenguaje está lleno de baches.
-Déme
las llaves -dijo Jake, sujetando aún a Oktobriana.
-El
maletero no está cerrado. Es fácil de abrir.
-¿Por
qué no me echa una mano?
-El
propósito de mi retraso es bastante razonable -dijo él, volvién¬dose hacía el
baño-. Antes de marcharme debo caminar mano a mano con Stalin. Luther, sujete
bien a nuestra pequeña amiga en ausencia de Jake.
Jake
me entregó a Oktobriana con un guiño, cogió las maletas y salió por la puerta
principal mientras Skuratov abría la del baño. Mientras sujetaba a la muchacha
no sentí ninguna pugna, lo cual me preocupó. En otros tiempos, durante la
entrega de prisioneros, siempre se producía un momento en que algunos podían,
sin previo aviso, tambalearse, quieto el pulso, y caer muertos como si su
reluctancia a ser aprisionados les reforzara para poder entregar el alma y
morir voluntariamente, sin síntomas, sin golpes, sin amenazas. Eso ocurría a
menudo en Long Island, durante aquellas largas campañas. La aparente paz de
Oktobria¬na, tan esperada y tan innatural, me hizo preguntarme si,
conscientemen¬te o no, se preparaba para hacer algo similar.
-Mal
-grité, ansioso; la extraña conducta de Jake no había ayuda¬do-. Dése prisa y
salga pronto...
En
el mundo exterior estalló algo; y alguien con ello, sin duda. Sentí como si mi
estómago intentara zafarse de mi carne. Giré hacia la puerta principal;
Skuratov apareció de nuevo a la vista, con la Shrogin levantada. Mientras yo
cogía el pomo de la puerta, habló.
-Cuánta
prisa -dijo; mi espalda se puso rígida-. No es necesario preocuparse. Nuestro
vuelo será suave y sin interrupciones.
-¿Humor
eslavo, Mal? -pregunté, con la cara seria. Retiré la mano del pomo de la puerta
y me la metí en el bolsillo, buscando involun¬tariamente la pistola que los dos
sabíamos no estaba allí-. Ha habido un ruido fuera.
-En
ocasiones es necesario ser más ruso que ruso para disfrutar de las cosas de
occidente -dijo él-. El Mercedes, por ejemplo. Un automóvil excepcional. Los
ejecutivos alemanes se pierden tan a menudo que un maletero a prueba de bombas
en los mejores modelos es un accesorio estándar. La bomba explota, dejando
ilesos irreempla¬zables bienes corporativos mientras estén en el maletero.
Recíproca¬mente, una bomba pequeña puede explotar dentro del maletero, dejando
ilesa la excelente máquina. El daño alcanza sólo al saqueador que lo abre.
Supe
que Jake lo habría sabido; lo había visto, lo sabía.
-El
Equipo Sueño no emplea gente de balde. Preferimos contactos cálidos y
respirando. Gente rara como Jake, no obstante, son tan adeptos y tan
impredecibles que sólo queda una acción cuando se considera un plan a largo
plazo. La pérdida de su gente es tan grande en esta circunstancia que más tarde
remitiré una carta a Krasnaia nominándolo para recibir a título póstumo el
premio de Héroe del Trabajo, quizá con alguna enmienda.
-Se
harán preguntas sobre mi desaparición, Mal -dije-. Retener como rehenes a
comerciantes está prohibido...
-Igual
que la captura de científicos -rió él-. ¿Es necesario decirlo todo? Conocemos
los problemas de su organización. Esas pequeñas puñaladas por la espalda y
oscuras conspiraciones. Deberían emplear a kremlinólogos para observar tales
batallas bizantinas. Con tantas complejidades, una simple mentira basta. Bajo
trágicas circunstancias, cada uno de ustedes sospechó del otro y actuó en
consecuencia. Posiblemente para que la historia encaje mejor debería conseguir
también para usted un premio honorario, Luther. Bien. Se expresan condolencias,
su gente las recibe y las olvida pronto. No hay espacio para los
sentimentalismos en los negocios americanos, ¿verdad? Por supuesto.
-Me
echarán en falta...
-Y
le llorarán durante un período apropiado. Luego su nombre aparecerá en una
pequeña placa en el vestíbulo de la empresa. Mientras tanto, nosotros obtenemos
un valioso científico de nuestro propio país y nos deshacemos de dos americanos
dotados por igual para los negocios y la guerra. Dos por el precio de uno, ¿eh?
El Equipo Sueño, como todo el mundo, siempre busca buenas ofertas.
Su
estimación de respuesta era adecuada. Dos veces antes habíamos perdido
contactos rusos, uno natal, otro atraído más tarde. En ambas ocasiones fue como
si súbitamente saltaran a la no existencia, sin dejar rastro. En ambas
ocasiones la reacción de la oficina principal fue que un rehén era un riesgo, y
por tanto las pérdidas sanaban más rápida¬mente.
-Pequeña,
¿nos dirá al menos cuál es su gran descubrimiento? Alejine era tan descuidado
en sus informes...
-No
oirá nada de mí -dijo ella, de pie a mi lado, mirando a los pies de él, como
fingiendo reverencia. Yo sabía que Jake aparecería en cualquier segundo.
-Eso
no es estrictamente correcto -dijo él-. Más tarde tendremos mucho tiempo para
una estimulante conversación entre amigos. Dis¬cutiremos rumores y cosas
asombrosas que hemos oído. Existe el inevitable rumor de que la máquina de
Alejine es un aparato para viajar por el tiempo. Imposible, sin duda, pero eso
es lo que hemos oído.
-El
viaje por el tiempo es completamente imposible -dijo ella-. Las reglas de la
causalidad no pueden romperse.
-Eso
hemos oído. Pero qué maravillosos usos podría proporcionar a la humanidad.
Retroceder en el tiempo, matar a Hitler al nacer, dejar que la Armada Española
venciese, impedir la caída de Roma.
-En
el mejor de los casos, traiciones -dijo ella-. En el peor, un medio de
destrucción definitiva. Pero no es ni puede ser posible.
-Avanzar
en el tiempo para ver cuan glorioso será el futuro. -Su sonrisa desapareció
bajo las comisuras de sus labios-. Cuan miserable. Queda la cuestión de dónde
ha ido el doctor Alejine.
-No
está lejos -dijo ella, manteniendo la mirada gacha. La Shrogin de Skuratov
estaba preparada para disparar; si hubiéramos intentado huir, nos habría
alcanzado antes de que levantáramos los pies del suelo. A través de mi mente
corrieron una docena de posibilidades, ninguna ejecutable sin Jake. ¿Dónde...?
-Bastante
lejos, pequeña. En un momento todos los instrumentos muestran su presencia. Un
momento después, ya no lo hacen. Pasan los días, su luz reaparece. Pasan
semanas, se va otra vez. No vuelve. Después de tres semanas no hay evidencia de
existencia continuada en ningún lugar alcanzable. Cosa peculiar si no está
lejos.
-No
podrán encontrarle -dijo ella.
-El
Equipo Sueño encuentra a los vivos y a los muertos -respondió él, dirigiéndose
a la izquierda como para colocarse a nuestra espalda; nos giramos al tiempo que
él se movía-. ¿Es posible, tal vez, que no sea ninguna de las dos cosas? Carece
de importancia que hable ahora o después. En el curso de la historia todo se
aclara. Pero hablar sin consumir tiempo y sin desagradables acicates siempre
mejora el talante de la situación.
-A
la larga no.
-Avanzamos
momento a momento -suspiró él, deteniéndose ante el cadáver del intruso en su
deambular por la habitación, dando ahora la espalda a la puerta del
apartamento. Jake, esperé, deseé; no había ningún Jake.
-Pero
éste es un entorno dudoso para mantener una conversación agradable. La
reemprenderemos después de nuestro cómodo vuelo.
-¿Aún
vamos a volar? -preguntó ella. Él asintió.
-¿Está
dispuesta para la marcha?
-Dispuesta
-dijo ella mientras la puerta se abría de golpe. Cuando Sku¬ratov empezó a
girarse ella estampó con fuerza el pie en el suelo; la tabla bajo él se alzó
como impulsada por un motor, golpeándole con un terrible impacto entre las
piernas. Skuratov se derrumbó como un buey en el mata¬dero, los ojos perdidos
bajo sus párpados; el aparato y su Shrogin cayeron mientras se desplomaba.
Salté a por la pistola; Jake saltó por encima de mí hacia Skuratov, rodeándole
la cabeza con las manos como para palpar su madurez, dispuesto a retorcerla.
Acumulando todas mis fuerzas, aparté a Jake y me interpuse entre ellos, sin
pensar en las consecuencias de despertar su ira. Me cogió por debajo de los
brazos y clavó sus dedos de acero en mis músculos, preparado para soltarlos de
los huesos.
-¡Déjame
cogerlo! -gritó.
-No
-dije, esperando resistir-. Si lo haces, sus luces se apagarán...
-¡Lo
deseo!
-¡Las
luces del rastreador! -grité a mi vez-. Si ven que sus luces se apagan, se
moverán con rapidez. Mantengámoslo con vida y...
-Trató
de exterminarme, Luther -dijo Jake, devolviendo mis pies a tierra, mostrando
las manchas de suciedad de su chaqueta. Con todo, su pelo estaba en orden, sus
rasgos no mostraban siquiera cicatrices de afeitado-. ¡Mi traje!
-Es
necesaria una razón para matar...
-No
hay más muerte que la razonada -dijo él en voz baja, revelando la verdad de su
corazón. De algún modo, yo continuaba bloqueando su embestida-. Con él hay
veinte razones.
-¡No!
-grité, perdido yo también; eso hizo que Jake soltara su tenaza-. Dadas las
circunstancias, él es nuestra tarjeta de salida. Si su señal es firme, sus
amigos no se acercarán a jugar. Mantengámoslo entero, y ya nos encargaremos de
él cuando respiremos aire libre.
-Cuando
crucemos la frontera, dejémoslo caer -dijo Jake.
-Es
un objetivo principal, Jake, Equipo Sueño. Nunca hemos tenido uno antes. Nos lo
llevaremos. Lo ataremos bien. Cuando estemos en casa, se lo entregaremos a
Alicia. Ella tiene sus propias técnicas. Se aprecian los instintos, Jake, pero
la lógica manda.
Skuratov
gemía en el suelo, frotándose el lugar donde había sido lastimado como si
quisiera divertirse. Oktobriana permanecía impasi¬ble, las manos a la espalda.
Miró a Jake de arriba abajo, los labios entreabiertos, la cara enrojecida con
sangre nueva.
-Comprendido
-susurró él, recuperándose-. Si lo hubiera matado, ahora estaríamos listos.
Disculpa.
-Empezaba
a preocuparme que te hubiera hecho volar después de todo -dije-. ¿Cómo lo
previste?
Sacó
una herramienta que reconocí como una patrulla de minas; cuando se esperaba una
explosión, se usaba el aparato sintonizándolo con la frecuencia adecuada y se
la detonaba desde lejos.
-Su
aspecto y su forma de ser me alertaron desde el principio -dijo Jake-, a pesar
de que confiaras en él. Éste es mi negocio, Luther, recuérdalo. Ese túnel del
amor de anoche me alertó del todo. Cuando quitó las cosas del coche en la
seguridad de la ciudad pero no lo hizo entre estas ruinas supe que todo estaba
preparado. Así, cuando saqué las maletas, me quedé atrás, y repasé los canales
hasta que el tono adecuado hizo explotar la bomba. El estampido me hizo caer al
suelo...
-¿Por
qué el retraso en venir? -pregunté-. ¿Quedaste inconsciente por un mom...?
-Tuve
que aguardar-dijo él, ajustando el nudo de su corbata como para el verdugo-.
Esencial.
-¿Cómo
está el coche?
-La
tapa del maletero voló como un gran pájaro azul. Por lo demás, puede
conducirse. -La furia de Jake permaneció encubierta sólo hasta que el tiempo
volviera a hacerla hervir. Tras informar sobre el estado del automóvil, se
volvió insospechadamente y propinó a Skuratov una patada en la espalda con
todas sus fuerzas. No para romperle el espinazo; sólo para reavivar su dolor-.
Nadie acaba conmigo -le gritó; Skuratov permaneció encogido en posición fetal
en el suelo, gimiendo como si hubiera sido abortado demasiado tarde-, ¿Te
enteras?
-Nos
enteramos. Desnúdalo antes de que nos marchemos. Gírese, Mal.
-¿Por
qué quitarme las ropas? -preguntó él, escupiendo las palabras entre dientes.
-Una
cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa -dijo Jake en voz baja, como
si estuviera en una biblioteca-. Veamos cómo le gusta el amor en la cárcel...
-¡Jake!
Siga vestido, Mal. Queremos sus pertenencias. Nada más.
-Por
favor -dijo Oktobriana, rebulléndose y estirando los brazos-. Quítenmelas. No
huiré.
-Sólo
tengo ese par -dijo Jake-. Mejor él que ella.
-De
acuerdo. Espósalo. Gire hacía aquí, Mal.
Cuando
Jake le quitó las esposas a Oktobriana los dos vimos la marca roja de sus
muñecas. Desaparecerían rápidamente; Jake quiso que las de Skuratov duraran, y
las apretó hasta que chilló. Como había prometido, Oktobriana se quedó donde
estaba mientras vaciábamos los bolsillos de Skuratov, con la mirada fija en la
resbaladiza forma de Jake. Skuratov llevaba cinco pasaportes de cuatro
naciones, mil rublos y numerosas tarjetas de crédito, junto con su carnet de
identidad personal, todo bastante inocente.
-Dos
rastreadores -dijo Jake-. ¿Los cojo?
-Coge
uno. Él no lo necesitará. -Me metí en el bolsillo su analizador de stress,
esperando aplicárselo más tarde.
-Esto
es Jauja, Luther -dijo Jake, sacando la artillería y llenando con la mayor
parte los bolsillos de mi abrigo, seleccionando algunas armas para su propio
uso-. Navidad en marzo.
El
Equipo Sueño estaba equipado con instrumentos postmodernos. Jake, que seguía
aquellos avances más de cerca que yo, detectó los juguetes más seguros que
encontraba y me señaló los más peligrosos. Las llaves de Skuratov disparaban
agujas envenenadas; su encendedor llevaba suficiente X75 como para derrumbar el
barrio que nos rodeaba si se le enganchaba un cristal. En su cinturón había
elementos biologísticos que Jake ni siquiera quiso tocar; por su color (ya que
estaba familiarizado con este tipo de elementos) calculé que contenían
microampollas de ántrax recombinantizados. Le quitamos sus cápsu¬las de
cianuro, aplastándolas entre nuestros dedos como si fueran piojos.
-Hemos
perdido tiempo, Jake. Conduce con toda tu habilidad y llegaremos a las ocho.
-¿Llegar
a donde? -preguntó Jake-. ¿A su aeródromo? ¿Y si no espera ningún avión?
-Cuando
estaba confiado, dejó entrever que volaríamos en él -dije-. Localizaremos su
emplazamiento con el monitor del coche.
-¿Su
aeródromo está apartado?
-Krasnaia
es la dueña de la carretera. Saben que vamos para allá, aunque no estarán
enterados de los últimos acuerdos. No tendremos problemas. Vamos. -Cogí el
aparato de Alejine de donde había caído; me pregunté si podría resultar tan
útil como nuestra confiscación. En cualquier caso, el viaje ahora cubría los
costes, así que dejé de preocuparme por tener que tratar con las cuentas más
tarde. Jake se cargó a Skuratov al hombro, boca abajo; al tiempo que su dolor
remitía, sus quejas fueron creciendo.
-Lléveme
con propiedad -gritó Skuratov, pataleando todo lo que le permitía su postura-.
Me duele.
-No
lo suficiente -dijo Jake, girando para que la cabeza de Skuratov golpeara con
el marco de la puerta, calmándole una vez más. Un corte en el cuero cabelludo
manchó de sangre el suelo. Jake, puritano de corazón, nunca permitía que el
placer personal se introdujera en el trabajo que le daba de comer, aunque la
pasión por la perfección en el trabajo ejecutado era otro asunto; incluso
cuando actuaba incorre¬giblemente era siempre con un propósito y nunca con
alegría. Pero la venganza, que no era una de sus especialidades, tal vez una
sensación menos favorecida, también tenía su tiempo y necesidad.
Los
vecinos nos rodearon cuando aparecimos, curiosos; nos dirigi¬mos lo más
discretamente posible al Mercedes.
-¿Dónde
están las maletas de ella?
-En
el asiento trasero -dijo Jake-. Donde lo meteremos a él. Mantenlo esposado.
La
neblina que difuminaba el aire podía ser producto de la explosión o algo que
los residentes quemaban como combustible, pero su olor era fuerte y metálico,
como lo que queda después de un ataque químico. Podríamos haber arrastrado a
Skuratov durante el transporte, pero dadas las circunstancias se habría notado;
Jake le hizo pasar de cabeza al asiento trasero. Los curiosos continuaron
observando nuestros movimientos insospechados e inexplicables. Agarrando con
fuerza el aparato, me senté entre las maletas y el cuerpo de Skuratov, sin
encontrar ninguna comodidad. Jake se puso al volante; Oktobriana se mantuvo
cerca de él para que él pudiera impedirle más fácilmente escapar.
-Conduzca
despacio por el barrio -dijo.
-Sabido
-respondió él-. No podemos apresurarnos sin despertar sospechas...
Ella
negó con la cabeza.
-Muchos
niños juegan aquí, Jake. ¿Entiende los controles? Me doy cuenta de que no
parece familiarizado con el idioma ruso...
-¿El
jodido arranca cómo? -En ocasiones, Jake parecía igual de poco familiarizado
con el suyo propio.
-Comprueba
el destino programado -dije yo. Oktobriana pulsó dos botones del salpicadero;
un mapa apareció en el ojo del monitor. Lo reconocí-. Su casa, sin duda.
Dirígete allí sin cambios. Conduce, Jake.
-Motor
-dijo Oktobriana-, llévanos al destino siguiente.
-Hecho
-contestó el coche; rodamos calle arriba. Oktobriana se apretujó contra Jake,
como para fundir su carne; él la apartó.
-Hora
de trabajo -dijo.
-Es
necesario estar cerca para una comunicación efectiva.
-La
estamos secuestrando -dijo Jake, sin mirarla, con sorpresa en la voz-. ¿Le
gusta?
-No
es desagradable ahora que ha pasado el shock inicial. Y me ayudó al impedir que
me asaltaran. Estoy muy agradecida.
Más
que agradecida. Yo mismo había visto en varias ocasiones el afecto en aquellos
que caían bajo el síndrome de Estocolmo, pero los síntomas nunca aparecían tan
pronto. La lujuria a primera vista era bastante común, aunque lo que se
desarrollaba ante mí parecía un fenómeno más complejo, de lo más extraño; como
asistir al nacimiento de una estrella, o ver caer un cuadro de una pared, sin
ayuda. Acepté como buena fortuna el hecho de que ella eligiera descartar tan
fácilmente sus sospechas (si tenía elección). Jake, como siempre, parecía
dudoso. Ella le acarició el vello de la mano, como para comprobar su
existencia. Jake se apartó.
-El
contacto no es esencial -dijo.
-Eres
un frío observador de la vida, Jake.
-Tomador
-corrigió él. Ningún otro mensaje de importancia surgió de nuestros labios
hasta que pasamos la fila de soldados que protegía el vecindario del frío mundo
exterior; incluso entonces, hablamos poco y dijimos menos, como si por hablar
mucho el mundo pudiera sacudirse bajo nosotros. Jake pasó al carril central
tras llegar a la carretera principal, pisó el acelerador, y avanzamos con
rapidez. Los rápidos colores del tráfico se dibujaron borrosos a nuestro lado
mientras pasábamos.
-¿Nos
siguen? -preguntó Jake, al ver una luz que destellaba en mitad del
salpicadero-, ¿Debemos darles esquinazo? Oktobriana juzgó la luz.
-El
refrigerador necesita ser descongelado. Déjame examinar todos los sistemas
-dijo, y toqueteó los diales y observó las pantallas-. Nadie nos sigue. Hasta
el momento estamos a salvo.
Pasamos
junto a bloques de apartamentos que se alzaban cuarenta pisos por encima de las
praderas de cemento; al contrario que las ciudades norteamericanas, Moscú tenía
más edificios elevados en la periferia, protegiendo el centro más bajo de un
posible asalto por tierra. Aparecía tierra auténtica, aunque brevemente, como
la trama de estera gris y marchita que asoma de una alfombra gastada. El camino
se reducía a quince carriles en las afueras; ahora no teníamos al lado más que
árboles marrones.
-¿Viajamos
a Norteamérica después de todo? -preguntó Skuratov al recuperar el
conocimiento-. Saben improvisar.
-Lo
intentamos -dije.
-Muchos
lo hacen. Pocos tienen éxito. Es triste.
-Aquel
tipo del túnel -señalé-. ¿Su empleado?
-Indirectamente,
tal vez -contestó, cambiando de postura para librar sus muñecas atadas del peso
de su espalda-. Era necesario ver si Jake, hum, requería verdaderamente ser
desvitalizado. Jake confirmó lo que habíamos oído. Las historias pasadas de
boca a boca tienden a exagerar. En este caso, no...
-Átale
las mandíbulas, Luther -dijo Jake, manteniendo los ojos fijos en la carretera y
vigilando el retrovisor a hurtadillas-. Usa su lengua para hacer bocadillos.
-Si
la verdad hubiera demostrado el rumor, Luther, no había necesidad de temer. No
deseábamos hacerle daño tan pronto.
-Aquí
a la derecha, Jake -dijo Oktobriana. El coche nos guió por una rampa hasta una
arteria de servicio que brotaba de la línea principal. Varios cientos de metros
más y giramos de nuevo a la derecha, a una sucia carretera de tierra donde el
lodo del invierno se había congelado. Las ramas entrelazadas de los árboles nos
protegían de ser vistos desde el aire.
-Esta
carretera no es apta ni siquiera para un coche de caballos -dijo Jake mientras
avanzábamos dando tumbos.
-La
entrada de los criados, sospecho -comentó Oktobriana, miran¬do a Skuratov como
si pudiera arrancarle la piel de los huesos. Éste lo aceptó todo con una paz
desconcertante, ahora que la mayor parte del dolor había remitido.
-¿No
hay soldados en el vecindario? -preguntó Jake-. ¿No se ve ningún chico del
ejército? -Oktobriana se había acercado otra vez a él.
-¿Para
vigilar a la gente superior? -preguntó Skuratov. Su vecin¬dario era atractivo;
las casas y terrenos, allá donde eran visibles, rebosaban del sutil gusto
esperado de los Krasnaiaviki. Entre las colinas, tan llenas de árboles que el
bosque parecía natural, cosa imposible, aparecían fragmentos de casas antes de
desvanecerse, pasando a su lado como fragmentos de un sueño vagamente
recordado. Altos muros de piedra daban aún más paz a las temerosas mentes
recluidas dentro de las sombras. No había ninguna persona o vehículo a la
vista. Nuestro coche pasó a un sendero de grava y bajó una suave colina que se
extendía hasta la mitad de las posesiones de Skuratov. En su casa se
evidenciaba su casi ausencia; forzando la vista entre las ramas vi una cúpula,
una chimenea, una ventana iluminada desde dentro.
-Si
mi presentimiento es cierto, habrá que reprogramar el avión -dije.
-Si
es que hay preparado un avión -comentó Jake.
-Lo
veremos muy pronto. Oktobriana, usted tiene experiencia. ¿Puede ajustar el
rumbo?
-Depende
del avión. Supongo que sí.
-Cuando
despeguemos, ¿no nos seguirán en las alturas? -preguntó Jake.
No
estaba de humor para catecismos, de modo que elegí no responder. Temía que los
problemas nos siguieran por todo el océano; el hecho de que Jake expresara sus
incertidumbres me preocupaba todavía más. Entramos en un claro, pelado como si
fuera deshojado semanalmente.
-Presto
-dijo Jake cuando pasamos a un carril de asfalto que se dirigía al centro. El
campo cubría varios cientos de metros cuadrados. En el corazón del prado, un
círculo arrasado protegía a la tierra del sol; más allá había un avión, un
GBL97 de ocho plazas, con su brillante fuselaje negro libre de números, marcas
o insignias de origen. Jake paró el coche al borde de la pista.
-Planeemos
-dije, asegurándome de que sonaba claro, y sujeté el aparato y miré con
atención a Skuratov. El avión se encontraba a treinta metros de distancia; el
coche podía volar al despegar si nos acercába¬mos lo suficiente. En el bosque
cercano, sin duda, los tejones, conejos y jabalís habían sido reemplazados por
cámaras y monitores y todo tipo de oídos-, ¿Alguno ha pilotado un aparato de
este tipo antes?
-Un
juguete -dijo Jake, mirando al avión, a Oktobriana-. Necesi¬taré traducción. No
querría confundir el timón con un alerón.
-Yo
piloto bien -dijo ella-. No habrá problemas.
-Ya
lo comprobaremos sobre la marcha. Oktobriana, lleve sus maletas si quiere
cooperar. -Le tendí uno de sus bultos-. Yo cargaré con las demás y con nuestro
regalito...
-Trátelo
con cuidado -dijo ella, abriendo la puerta.
-Jake,
conduce a Mal. Ten cuidado con él, pero no utilices la fuerza mientras estemos
fuera, ¿AO?
-¿Y
si lo precisa? -preguntó Jake, frotándose los nudillos como para sacarles
punta-. Si está dispuesto a sufrir, odiaría no cumplir sus deseos...
-Cuando
estemos en el avión haz lo que quieras -estuve a punto de decir; me di cuenta a
tiempo de que así le estaría dando rienda suelta-. Vigílalo con atención hasta
que estemos a bordo -dije a cambio-. Sólo eso. Vamos peor de tiempo de lo que
podemos permitirnos. En marcha.
La
escarcha brillaba en las alas y el fuselaje; cuando el desconge¬lador se
activó, al detectar nuestra aproximación, todo se fundió. Mientras cruzábamos
la pista sospeché que Skuratov podía intentar escapar, por pocas posibilidades
que tuviera, pero, tan impredecible como siempre, continuó caminando felizmente
junto a Jake. La escalerilla de acceso bajó cuando nos acercamos.
-Certifique
nuestro paso -dijo Jake, empujando a Skuratov, casi haciéndole tropezar.
Subimos a bordo; tras conectar el cierre, escuché el reconfortante siseo de la
presurización mientras la puerta se cerraba. Jake y Oktobriana ocuparon la
cabina mientras yo ataba a Skuratov a uno de los asientos, tras coger una
cuerda de plástico de la cocina.
-No
tan fuerte -se quejó-. Me corta la circulación.
-Pronto
fluirá, Mal.
La
cabina se iluminó. El avión, a juzgar por el interior, podía pertenecer a
cualquier megacorporación. No había ningún retrato del Gran Amigo.
-No
habrá ningún problema para despegar -advirtió Skuratov-. Ni con los controles,
creo.
-Bien.
-Tal
vez haya algún problema para mantener el avión en el aire -sonrió. Cuando
terminé de inmovilizarlo recorrí el pasillo. Cuando entré, Jake hizo un gesto
hacia el cristal unidireccional que nos rodeaba.
-Nos
observan con buenas lentes -dijo-. Mira allí, al borde del bosque.
Donde
el bosque se encontraba con el campo de aterrizaje había varios observadores
vestidos con el negro básico del Equipo Sueño, tan obvios como cuervos contra
un cielo de verano. Observaban nuestro avión con resignado silencio, como si
esperaran en el vestíbulo de una terminal el momento en que el avión de su
amante se estrellara al despegar. No llevaban ningún tipo de armas evidentes.
-A
juzgar por la pose y situación, no intentarán ningún asalto -dije, calibrando
la distancia; al menos no sería un asalto interpersonal-. ¿El frente está
despejado?
-Libre
de micros -dijo él-. Seguro como el lecho de mamá. ¿Llevamos armas?
-La
cuestión es si funcionan -dijo ella-. Los controles deben estar cerca. -Examinó
los incontables diales, palancas, pantallas y botones de la gran consola-. El
interruptor de arranque está aquí, Jake. Tienes delante la válvula de
estrangulación. Aquí está el altímetro, y la inyec¬ción, y el timón. El
radarscopio a la derecha. Aquí está el control de los alerones y ahí el del
tren de aterrizaje. Ahí, los sistemas de seguridad.
-¿Qué
potencia tiene? -Jake pulsó la ignición, y el motor empezó a gemir.
-Te
lo diré cuando lo sepa, por favor -dijo ella; él se calló-. Estos dos
interruptores, el azul y el amarillo. El azul es un lanzalla¬mas. El amarillo
dirige las ametralladoras, hay doce, alojadas en dos grupos bajo las alas.
Quinientos disparos por segundo.
Jake
hizo una mueca.
-Habrá
una traca poco gloriosa. ¿Cómo se ponen en marcha?
-Para
disparar pulsa... -ella vio algo que no había visto nunca antes, a juzgar por
la terminología empleada-. Esa cosa que chasquea. Es el interruptor básico.
-Ya
veremos. ¿Preparado, Luther?
-Adelante.
El
motor empezó a girar. Sonaba como un nido de avispas. Brotó humo de la cola,
ocultándonos a los ojos de los mirones del bosque durante unos segundos
demasiado cortos. Las vibraciones masajearon mis pies a través de las suelas de
mis zapatos mientras nos remontá¬bamos hacia el cielo.
-¿Estarán
esperando a abrir fuego hasta que alcancemos una buena posición? -preguntó
Oktobriana; aquella idea me asaltó en el momento en que los vimos.
-Ya
lo descubriremos -dije.
-Rumbo
fijado -dijo Jake; hizo un gesto hacia atrás-, ¿Está bien atado?
-Como
un pollo. -Hacía falta un minuto para que uno de aquellos enanos adquiriera
altitud suficiente para ponerse horizontal. Tras remontar la nube que habíamos
creado, dejando atrás el suelo ruso gris amarronado, escapamos de la telaraña
de las copas de los árboles y miramos hacia abajo. Los chicos malos aún estaban
parados al borde del campo.
-Empezarán
a moverse cuando vean que no seguimos el plan de vuelo previsto. ¿Cuál era el
destino programado?
-Yevtushenkogrado
-dijo Oktobriana-. En el Círculo Polar Ártico. Un lugar terrible, según hemos
oído siempre. Los más problemáticos van allí, y desaparecen como la niebla en
la mañana.
Yo
había oído historias de segunda mano; temblé al pensar en dar crédito a las
oídas de primera y al imaginar la posibilidad de adquirir anécdotas
personales..., imposible; la muerte más dolorosa sería pre¬ferible.
-¿A
qué altura podemos volar dentro de la frontera sin que nos detecten?
-Si
voláramos bajo el suelo seguiríamos apareciendo en sus pantallas -dijo ella-.
Jake. Botón verde, el tercero a la izquierda, sexta fila. Púlsalo y ponnos en
camino.
-Sube
y rebasa la barrera del sonido en cuanto sea posible -dije yo.
Cuando
Jake pulsó el botón dimos un tirón hacia arriba. Nuestra altura aumentaba a
medida que nuestra velocidad se incrementaba. Mientras entrábamos en la opaca
nube por encima nuestro leí las pantallas incomprensibles, y supuse que el aire
se despejaría después de que alcanzáramos los ocho mil metros.
-¿Algo
en el radar? -pregunté.
-Nada
-dijo Jake. Estática con acento ruso brotó a borbotones por un altavoz oculto
en alguna parte del tablero, arrasando el frío silencio de la cabina; es mejor
ignorarla, pensé-. ¿Qué preguntan?
-Algunas
personas no están felices con nuestra conducta -dijo ella-. Hemos violado la
seguridad del espacio aéreo.
-¿Nada
más? -pregunté yo-. Cuando nos descubran tirarán de la manta.
-Estoy
segura de que ya saben nuestra identidad -respondió ella-. Los aviones no
saltan del suelo al cielo en segundos. Seguro que vienen a por nosotros.
Esperemos que nos persigan con modelos antiguos.
Oktobriana
redobló sus esfuerzos para ayudar a Jake, con su espíritu iluminado de sano
pesimismo. Dejando atrás la capa de nubes, salimos al mar claro y azul. Jake
adelantó la válvula de estrangulación y nos nivelamos. Nuestra velocidad
alcanzó el punto en donde la sensación de movimiento desaparece.
-¿Cuánto
falta hasta la frontera?
-Veinte
minutos para estar completamente a salvo -dijo ella-. Nos acercamos a mach uno.
Prepárense. -El avión se estremeció cuando se produjo el estampido; volvimos a
sumirnos en una aparente inmovilidad-. Si la velocidad puede aguantar, tal vez
consigamos alcanzar... -Algo en el radarscopio interrumpió sus pensamientos-.
Nuestros amigos están aquí.
Aparecieron
a través de la ventana. A minutos de distancia, deslizándose como barracudas a
través del agua, dos cazas rompieron el turbulento lecho de las nubes. Mientras
se dirigían hacia nosotros, bajo la luz directa del sol, cegadores destellos de
luz se reflejaron en sus aletas plateadas.
-¿Cuál
es la velocidad máxima? -preguntó Jake.
-Mach
tres, parece.
-¿Y
la de ellos?
-Son
los modelos más modernos -suspiró ella-. Mach doce. -Nuevos estallidos de
estática rompieron nuestra preocupada paz. Oktobriana prestó atención y frunció
el ceño-. Nuestro regreso inme¬diato les complacería -dijo-. De lo contrario
nos atacarán al momento.
-Si
aterrizamos, estamos perdidos -dije-. Sigue volando.
-¿No
es amigo suyo también nuestro amiguito? -preguntó Jake, siguiendo las
indicaciones de Oktobriana mientras ella jugueteaba con los botones del
tablero.
-No
desde que lo apresamos. Con su captura, pierde sus privilegios. Recuperarlo no
les servirá de nada después.
Nuestro
avión se sacudió cuando ellos pasaron a nuestro lado, uno por encima, el otro
por debajo, manteniéndose a unos doscientos metros de distancia. Pasarían una
vez más; si no había respuesta entonces, nos derribarían como a manzanas
maduras.
Jake
tendió las manos hacia la consola, dispuesto a defendernos.
-Enviemos
nuestras disculpas.
-No
tenemos alcance para una interacción a esta altitud -dije-. Esos aparatos son
de la última tecnología. Podrían disparar a la luna desde el cielo. Es un
callejón sin salida.
-Tenemos
algo que ellos no tienen -dijo Jake; miramos a Okto¬briana. Los aviones giraron
a la izquierda y se lucieron por penúltima vez antes de atacar. Parecía
cuestionable que Alejine se hubiera visto en una situación más problemática.
Oktobriana nos comprendió inme¬diatamente.
-¡Ustedes
no saben! -dijo, tratando de ignorar nuestras miradas-. Es peligroso e
impredecible. Nadie debería usarlo.
-El
aparato de transporte -dije-. Su jefe lo usó.
-No
debería haberlo hecho -contestó ella; saqué el aparato de la caja-. No
podemos...
-Tres
minutos más y seremos nubes y vapor -dijo Jake, soltando gas-. ¿Es eso lo que
quiere?
-No
comprenden...
Salí
de la cabina, recogí mi abrigo del lugar donde lo había dejado y saque mi cam.
-Por
aparato de transporte deduzco que podemos ir de aquí a cualquier parte, ¿no?
-¡Luther...!
-Oktobriana se levantó y me siguió.
-¿Aún
nos dirigimos a Norteamérica? -rió Skuratov al vernos-. Me temo que no
llegaremos tan lejos. Siento la sacudida de los aviones al pasar. Acepte el
destino, Luther. Ahora somos polvo, nada más.
-Todavía
no -dije; el cassette se insertó con facilidad. La sonrisa de Skuratov se
desvaneció cuando advirtió lo que yo intentaba hacer y apretó los labios.
Oktobriana siguió intentando sin éxito arrebatarme la cam.
-No
conoce la situación...
-Conozco
esta situación. ¿Cómo funciona? Dígamelo...
-No.
No puedo. Luther...
-¿Ellos
serán transportados también?
-No.
Todo lo contenido en los alrededores en un entorno cerrado. Nada más. Pero no
podemos...
-No
hay otra opción, Oktobriana -dije. Nuestros perseguidores volvieron a pasarnos,
acercándose más en un curso repetido de forma que las corrientes arrojadas
pudieran hacernos girar. Los oí surcar el cielo, incapaz de ver su giro cuando
decidieran reaproximarse, trazar un rumbo y atacarnos-. Ojalá la hubiera.
Dígame qué tengo que hacer.
Ella
me miró durante un larguísimo segundo. Sus ojos casi soltaban chispas.
-Muy
bien -dijo sin entonación, escogiendo deliberadamente las palabras-. Si no hay
ninguna otra opción, entonces yo tampoco la tengo. Es muy simple...
-Luther
-dijo Jake, su voz no más llena de miedo que de costumbre; era más suave, como
si ese destino fuera lo que prefería en última instancia-. Se están preparando.
-Qué
tengo que hacer...
-Pulse
para rebobinar -dijo ella-. Nada más.
-¿Adónde
nos trasladaremos? -pregunté; tenía dudas de última hora.
-No
será como parece...
-¡Ahí
vienen! -gritó Jake.
Como
obligados por dedos de ángeles, mis ojos se cerraron cuando pulsé la tecla de
rebobinar. Nuestro avión se sacudió como a través de una corriente de aire; a
través de la piel de mis párpados cerrados discerní la cabina desaparecer
dentro de una cegadora luz blanca, y en mi mente visioné la pintura del olvido
cubriéndonos. Temiendo haber actuado demasiado tarde, reprimí los sollozos,
negándome a dejar la vida con los ojos húmedos. Después de fragmentarse en
incontables pedazos ardientes, con la explosión resonando en los oídos de
nuestras almas, lo que éramos se convertiría en un silencioso granizo de
chatarra y trozos de piel que caería sobre miles de tejados, sumiéndolos en un
sueño sin preocupaciones que conduciría a otros sueños más tranquilos. Volví a
mirar, y no sentí ninguna zambullida, ninguna ruptura. La luz se difuminó, y
seguimos volando.
4
Skuratov
estaba sentado tal como yo le había dejado, como si le gustara estar atado.
-¿Es
un traslado en el espacio, señorita Osipova? -preguntó, sin advertir la sangre
que le brotaba por la nariz-. El avión tal vez no esté convenientemente
equipado para esa aventura.
El
despegue, y la persecución en las alturas, me habían enervado tanto que cuando
sus palabras alcanzaron mis oídos consideré que sus mofas estaban fuera de
lugar; me giré para hacerle callar.
-Tranquilo,
Luther -dijo, fingiendo horror, rebulléndose entre las cuerdas-. Lo de Jake es
contagioso, amigo. Mi pregunta es razonable. Mire alrededor.
Tras
la ahora tenue iluminación de la cabina, a través de las escotillas, no había
nada más que el negro más profundo.
-Sania
no habló de un efecto así -dijo Oktobriana, más para sí misma que para los
demás. Al advertir que empleaba el diminutivo Sania, la forma amistosa de
Alexander, reconsideré lo unidos que debieron estar en su trabajo, política
aparte.
-¡Luther!
-gritó Jake.
Antes
de llegar a la cabina aún esperaba que el día iluminara nuestra ruta desde
delante. Por encima del hombro de Jake, a través de la ventana, sólo vi lo
mismo en una pantalla más grande: un cielo nocturno estrellado desde el cénit
al horizonte; nubes continuas debajo, con sus crestas ensombrecidas por el
brillo de la luna mientras cubrían el mundo.
-¿Quién
se ha llevado el sol? -preguntó, anonadado, Oktobriana ocupó una vez más el
asiento del copiloto, escrutó los diales e indicadores, introdujo órdenes en el
teclado. Sin responder a Jake, continuó su monólogo consigo misma.
-No
mencionó ningún cambio de lugar -murmuró-. Posiblemente sea debido al aumento
de velocidad simultánea en el momento de la transferencia...
-Vaya
transferencia -dije yo, expresando mis propias teorías-. Hemos recorrido dos
terceras partes del mundo en diez segundos.
-¡Explícate!
-ordenó Jake, con su habitual aplomo de permiso.
-Debemos
estar en el Pacífico -dije-. No puede ser de noche en ningún otro sitio. ¿Cuál
es nuestra altitud y dirección?
-Ocho
mil metros -leyó-. Nos dirigimos al oeste, velocidad estable.
-Coordenadas
a mano -dijo Oktobriana, interpretando los datos a medida que aparecían en la
pantalla-. ¡Gospodi!
-¿Qué?
¿Qué aparece? -Ella ya estaba tecleando de nuevo, com¬probando-. ¿Dónde
estamos?
-Las
lecturas nos colocan en una longitud de setenta y seis treinta, latitud
cuarenta y uno quince -dijo. No pude emplazar nuestra situación con exactitud,
pero advertí la localización general.
-Imposible.
-Pero
sigue siendo un hecho de todas formas -dijo ella- Todas las otras lecturas
muestran una precisión intachable. Estas son sin duda las coordenadas actuales.
-Entonces,
¿dónde estamos? -preguntó Jake.
-Al
este de Pensylvania -dije. En la máscara de su rostro no apareció de momento
ninguna expresión.
-¿Cómo?
-preguntó, los ojos fijos al frente, temeroso quizá de que mirar a los de
Oktobriana aseguraría una confirmación-. Cuando des¬pegamos eran casi las doce
por el reloj de Moscú. Mira. No hay sol por ninguna parte. ¿Al saltar
kilómetros hemos saltado en el tiempo?
-¿Sabe
usted algo? -le pregunté a ella.
-Es
imposible, como está demostrado -contestó Oktobriana. y comenzó un nuevo
monólogo entre dientes-. El ángulo de la Tierra cambia, evidentemente...
-Evidentemente-dije-.
Desciende sin aterrizar, Jake. Necesitamos imágenes. Observa con atención el
radar.
-Si
Pensylvania está debajo, ¿no deberíamos girar y dirigirnos al este? -preguntó
Jake.
-Contacta
las emisoras de tierra mientras yo conecto con Alicia -dije-. Gira.
-¿Alicia?
-preguntó Oktobriana, desplomándose en su asiento-. ¿Superior o esposa?
-Mi
ordenador. Páseme el modem. -Ella me lo tendió, con aspecto de asistente de la
morgue, sus cables anexos envueltos como serpientes a su alrededor. Perdí el
equilibrio cuando Jake hizo dar la vuelta a nuestro avión.
-No
la alcanzará -dijo Oktobriana.
-La
señal de Alicia llega hasta Dios -respondí, librándome de los cables y
enchufando por fin.
-Sigo
sin contactar aún, Luther -informó Jake mientras yo intro¬ducía los códigos en
el teclado, observando el monitor en busca de las señales azules-. La capa de
nubes es como una hoja de plomo. Cuando las atravesemos, enviaré la señal hacia
el cielo...
-Alicia
-dije, rezando para que hubiera respuesta-. Alicia, QL789851ATM. Emergencia.
Responde. Contacto esencial, Alicia. Atiende. -El color de la pantalla siguió
siendo verde helado; ella, que lo oía todo, no dio ninguna respuesta-.
Localízame, Alicia. Alicia...
-Cuando
Sachenka pasó -dijo Oktobriana-, conservamos el con¬tacto hasta el momento en
que concluyó la transferencia. Después, nada. Los mensajes cibernéticos no
parecen pasar entre mundos.
-¿Mundos?
-Perdone
la expresión -murmuró ella-. No hay forma de comunicar con sus ordenadores o
con los míos desde donde estamos.
Sus
palabras me sorprendieron pero, antes de que pudiera conside¬rarlas, caímos
bajo las últimas capas de estratos; al otro lado del vacío parpadeaban un
millar de luciérnagas, luces de casas y hogares. Me situé entre los asientos
para poder vis mejor, agachándome para que mi cabeza no golpeara con el techo
curvo y afilado, e intenté divisar resplandores más grandes. No lo conseguí.
-Luther-dijo
Jake-, las coordenadas sugieren que tenemos debajo el Delaware Water Gap.
-Apareció un río, con su superficie brillante a la luz de la noche.
-¿Dónde
está la I-80? Si ése es el Gap, debería pasar por ahí mismo.
-Las
conexiones son un lío, Luther. Escucha -dijo, subiendo el volumen de los
auriculares; una estática rica en decibelios me atrave¬só-. ¿Demasiada
actividad solar, tal vez? Un sonido parecido...
-Este
mes está despejado -dije-. Prueba la FM. Debería aparecer Nueva York o Philly.
Algún lugar lo hará. -Mientras buscaba las bandas, el ruido se convirtió en
chasquidos eléctricos y zumbidos; ninguna otra cosa apareció-. Prueba la AM,
entonces. Debe haber algo que se pueda oír. ¿La altitud es segura?
-Tres
mil. Nada en el radar. -La estática nos asaltó de nuevo mientras él recorría de
un lado a otro la banda de AM. A mitad de camino a lo largo del espectro, entre
zumbidos y siseos, sonidos con un esquema controlado fluctuaron como rayos
auriculares.
-Oktobriana,
¿dónde están los sintonizadores? Fíltrelos.
Ella
empezó a teclear, golpeando un interruptor tras otro; Jake centró el aparato y
lo mantuvo firme durante unos segundos hasta que logró alcanzar la transmisión.
Incluso con todo despejado, los restos de estática anulaban todo menos vagos
pasajes musicales, el sonido de notas perdidas que escapaban de sus acordes.
Señales disonantes tronaron repetidamente, perturbando la señal que habíamos
consegui¬do. Entonces, sin previo aviso, sonó una voz humana.
-...
eso concluye la porción musical de nuestro programa -dijo la voz-, y. ahora,
unas palabras de nuestro patrocinador. -Durante un momento pareció perderse de
nuevo, y luego:
-Beeeeee....
¿Una bocina?
-¡Ohhhhhhh!
Salvavidas...
Luego
el sonido se ahogó en la estática. El fragmento me inquietó, de un modo
indefinible pero vagamente familiar. En una reunión de estrategia de alto nivel
en Argentina, diez años antes, conocí a una técnica de VLF que se pasaba los
días descifrando inacabables cadenas de números de localización enviados por
los subs ocultos de su nación. Antes, había trabajado en Jodrell Banks y
durante algunos años en los grandes observatorios del desierto de Nuevo México.
Todas las noches me contaba anécdotas de sonidos insospechados reagrupados por
aquellos que escuchaban la llamada constante del aire: historias de silbidos
recibidos con señales de Aldebarán; números leídos a toda velocidad crepitando
en longitudes de onda muertas, las que no eran usadas ni siquiera por las
agencias de Inteligencia; gritos de guerra indios transmitidos desde la cara
oculta de la Luna durante los vuelos Apolo. Por unos breves segundos en las
tranquilas noches de invierno, me dijo, si las nubes estaban en posición, los
observatorios capturaban a veces las ondas de programas de radio de otras
décadas, que regresaban a su origen por una vez antes de ser rebotadas de nuevo
al espacio entre las estrellas. La sensación que sentía cuando ella me contaba
aquellos relatos era la misma que experimentaba ahora.
-¿Cómo
estaba el combustible cuando despegamos? -preguntó de repente Oktobriana,
sacudiéndome de mi ensimismamiento.
-Lleno
-dijo Jake, mientras volvía a intentar sintonizar-. ¿Por qué?
-La
luz roja que parpadea demuestra que está en servicio el tanque auxiliar.
-¿Auxiliar?
-repitió él-. No hemos podido...
-Quedan
veinticinco minutos de vuelo -dijo ella-. Reduce la velocidad.
-¿Podremos
alcanzar Newark? -pregunté.
-Apenas.
Si está allí. No tenemos ninguna evidencia de que así sea.
-Vuelve
a pasar a onda corta, Jake. Busca cualquier respuesta. Sigue intentando.
Oktobriana, es vital que hablemos. Salgamos de la cabina.
-Sí.
¿Estarás bien, Jake? -preguntó, pasándole la mano por el hombro; él asintió
mientras se apartaba.
-Gracias
-dijo.
Miré
hacia el fondo del avión, a Skuratov. Permanecía en su sitio, bien atado. En la
antecámara que separaba la cabina del piloto de la cámara la distancia y el
sonido impedían que escuchara.
-¿Qué
pasa aquí? -le pregunté a Oktobriana-. ¿Dónde hemos ido? Alejine debió detallar
algo.
Ella
apartó la mirada; empezó a hablar en voz baja, como relatando la progresión de
un crimen.
-Antes
de completar el aparato, Sachenka dio varios pasos para asegurar por completo
la seguridad del equipo y la mía. Tras pasar los nueve meses anteriores
supervisando la instalación adecuada de las espirales de Tesla esenciales para
el proyecto, pude descansar.
Espirales
de Tesla, otra vez...
-Las
espirales servían para dar energía al aparato de una manera que Sania no contó
nunca. Descubrimos enseguida la presencia de este otro... lugar. El plan
original era hacer que otros cruzaran. Pronto descubrimos que sólo podrían
trasladarse desde aquí si alguien entraba para traerlos.
Un
secreto apareció entre sus enigmas: Sachenka, término que había utilizado ahora
dos veces ya, era una forma de nombre muy familiar.
-Dijo
que sería el conejillo de indias en la prueba, y lo fue. Entró en un
compartimiento construido a propósito y pasó a las cuatro de la mañana. Yo era
la única presente. Volvió según lo planeado, pero no hasta la medianoche del
día siguiente, mucho más tarde de lo previsto. Yo estaba muy preocupada. Cuando
regresó, parecía que hubiera visto el rostro de Dios, si hubiera Dios. Se quedó
despierto toda la noche, sin hablar, aunque yo insistía en escuchar. Por fin
dijo que tenía que regresar. Dijo que había cosas que tenía que hacer.
-¿Qué
cosas? -pregunté-. ¿Dónde emergió?
-No
contestó a ninguna de mis preguntas. Durante cinco días se encerró en su
estudio con los dos aparatos que habíamos fabricado. Cuando salió al sexto día
me dio el que ahora tenemos, que dijo que había ajustado. Cogió el otro y
regresó al compartimiento conmigo aquella noche, a última hora. Habíamos
eliminado a nuestros espías hacía tiempo, pero seguíamos tomando precauciones.
Me dijo que volvería en tres semanas. Y que, si entonces no regresaba, yo
debería coger el aparato que quedaba y ocultarme todo el tiempo posible.
-Suspiró-. Como sabe, no regresó. Krasnaia envió gente a buscarlo. Dijimos que
había estado expuesto a un virus peligroso y que estaba aislado. Era una
tontería de historia, pero ellos fingieron creerla.
-¿Pero
dijo dónde fue? -pregunté, casi suplicando-. ¿Dónde hemos ido nosotros?
-Él
no hablaba en acertijos con frecuencia, pero cuando le pregunté lo hizo. Dijo
que nadie debería ir. Si alguien lo hacía, encontraría una bestia aterradora
fácil de domar, dijo. Después de que la bestia fuera domada, añadió, mudaría su
piel por sorpresa y mostraría nueva forma de dragón...
-¡Luther!
-gritó Jake, interrumpiéndonos-. Contacto establecido. Regresé a la cabina y
volví a mirar el indicador de combustible.
-¿Tenemos
tiempo de aterrizar?
-Casi
lo justo. -Tras contestar, conectó su micro-. Solicito permiso para aterrizar,
directiva principal prioridad Dryco. Nos acercamos para descenso en vertical
según rumbo guía. Requerimos directrices en relación a situación. Cambio.
-Aquí
Campo Holmes -aulló una voz nasal cuya claridad me sorprendió. El nombre de un
campo así me era desconocido; me pregunté si no sería una de las pistas ocultas
de Long Island-. Por favor identifíquense usted y su aeroplano. Cambio.
-Vuelo
sin codificar, origen Moscú. Prioridad Dryco. Cambio.
-¿Moscú,
Idaho? Cambio.
Un
fino resplandor rosado silueteó la larga línea del horizonte; la ciudad de
Nueva York. Ninguna luz señalaba el emplazamiento del Newark International.
-Negativo.
Moscú, Rusia. Crisis de combustible cercana aproxi¬mándose estado mayday. Aviso
aproximación, entro ruta acercamiento antes de descender. Cambio.
-¿Rusia?
-preguntó la voz-. ¿En qué está volando? Cambio.
-Aquí
Campo Teterboro -dijo otra voz, interrumpiendo-. Identifíquense usted y su
aparato. Cambio. Jake inspiró profundamente.
-Aconsejen
aproximación adecuada inmediatamente. Nombre de piloto no esencial sin plan
archivado pro forma. Instrumento GBL97 alas de molino, modelo VTOL A741...
-¿Qué?
-preguntó nuestro primer contacto-. Hable inglés, hombre.
-¿Destino
del vuelo Moscú, Rusia? -preguntó el segundo-. Está fuera de rumbo, amigo...
-¡Estamos
sin combustible! -dijo Jake en voz alta-. Tanque seco. Emergencia total directa
a situación mayday. Aconsejen aproximación adecuada. ¡Cambio!
Un
tercer interlocutor, más brusco, interrumpió.
-Aquí
Campo Floyd Bennett. Eh, ¿qué demonios es esto? Jake se palmeó la frente y
cerró los ojos.
-¡Prioridad
Dryco! -gritó, como haciendo llover ley-. En línea, Newark, ¿comprendido?
Responda, Newark, responda...
-¿Cómo
ha entrado en este canal? -preguntó nuestro último corresponsal-. Es un canal
del ejército, hijo de puta, salga de las ondas. Cambio y cierro. -Apagó. Jake
dio un puñetazo al tablero, propiciando un inofensivo ramillete de chispas
mientras la radio chasqueaba. Extendí la mano y lo sujeté por los hombros.
-Estoy
perdiendo el control, Luther-dijo; parecía envenenado, los músculos tensos-.
Odio perder el control...
-Observa
el radar y el localizador. Cuando divisemos el estadio, desciende en el
aparcamiento. Si ves Newark...
-No
aparece ninguna señal -dijo él, rojo como el indicador de combustible-.
Mantendré esta altitud hasta que llegue al centro y luego bajaré lentamente.
-¿Lo
conseguiremos?
-Tal
vez. ¿Tu amigo está seguro? Interrumpe su soledad. Las mentes ociosas agitan
ollas hirvientes.
-Tendré
que desatarle por si se produce algún problema al aterrizar.
-Manténlo
esposado.
-¿Cuánto
falta? -Se distinguían unas torres separadas entre las siluetas de la ciudad.
-Tres
minutos. Dos. No lo sé.
Oktobriana
se sentó junto a él, ansiosa por calmar y consolar, por animar la oscuridad de
su rostro. Mientras recorría el pasillo en dirección a Skuratov éste me miró,
sonriente. Su expresión estaba tan llena de habilidad y traición malgastada que
no pude contener el deseo de acuchillarle.
-Prep
para aterrizar, Mal -dije, arrodillándome junto a él. Desaté las cuerdas que
aseguraban sus rodillas y tobillos-. Puede que sea duro. Podría volver a atarle
en una posición más incómoda...
-Sus
superiores recibirán quejas por tratamiento indebido -dijo él-. Violaciones
estándar de los derechos humanos. ¿Dónde estamos ahora? ¿En Suiza?
Checoslovaquia tal vez, si tengo suerte. Hemos recorrido un buen trecho en la
oscuridad.
-Estamos
llegando a Nueva York -dije, observando cómo alzaba las cejas por encima de sus
brillantes ojos. Cuando desaté su estómago jadeó, respirando libremente.
-Vaya
aventura -dijo-. ¿Es posible viajar tan rápido?
-Debimos
tener buen viento de cola.
-Entonces
la máquina funcionó muy bien. Debe sentirse orgulloso del gran éxito de la
misión.
-Mucho
-dije, desatándole el pecho; sólo quedaban dos nudos que sujetaban su cuello-.
Su fracaso, desde luego, se añade a nuestro éxito. Encogió sus hombros ahora
libres.
-De
modo que aterrizaremos y me entregará a una de las muchas Lubiankas americanas.
No soy más que un dilettante en estos asuntos y no tengo nada de interés que
contar. No me preocupa. Norteamérica no es una nación que torture con
frecuencia hasta la muerte.
-Hasta
la muerte no -accedí, desatando el último nudo-. Los del Equipo Sueño no son
más que niños jugando si es usted un buen ejemplo, Mal...
-¿Bueno?
El mejor -dijo. Tras asomar la mano izquierda, que tenía a la espalda, destelló
una muñeca ensangrentada y una mano cuyo dedo pulgar estaba extrañamente
doblado hacia dentro. De alguna manera, se lo había roto para liberar su zarpa
y sacarse la esposa antes de que se hinchara. Golpeó con la derecha, las
esposas todavía colgando de la muñeca, y me hizo caer de bruces en el asiento.
Mi visión se tiñó de rojo; le oí moverse, y parpadeé para apartar la sangre a
tiempo de verle aterrizar sobre mí mientras me debatía para incorporarme. Lanzó
las esposas hacia abajo, hacia mis ojos. Ladeé la cabeza y no vi más que un
destello.
-¡Jake!
-grité-, ¡Ayuda!
Se
retiró; sentí el calor consolar mi frente, le vi dirigirse hacia la Shrogin,
que yo había dejado en el otro extremo de la cabina. Para detenerle, caí hacia
delante, fallé por poco, lo agarré por una pernera y lo derribé al pasillo. Sus
zapatos bicolores me golpearon bajo la barbilla mientras le aferraba. Me pateó
repetidamente, pero nunca me alcanzó por completo.
-¡Jake!
Los
dedos de Skuratov, extendidos, rozaron el arma, la atrajeron hasta que pudo
cogerla. Se la echó al hombro con rapidez, se liberó de una patada, rodó, la
levantó y apuntó en mi dirección. Me zambullí en el espacio entre dos filas de
asientos. Nunca supe si con el calor del momento olvidó los rápidos efectos de
la descompresión, o si ya no le importaba; lo segundo creo, pues nunca me
pareció un aficionado. Antes de que pudiera disparar una segunda ráfaga fue
alcanzado por el pie de Jake que aterrizó en la base de su cráneo.
-¡Idiota!
-gritó Jake; Skuratov cayó hacia delante mientras el avión siseaba, perdido su
aliento; su descarga había agujereado la pared. Aparté las mascarillas de
oxígeno que danzaban a mi alrededor, pues no vi necesidad de usarlas a tan baja
altura. Sin embargo, el efecto de la descompresión sólo nos enviaría antes y
con menos control hacia el suelo.
-¿Qué
pasa? -gritó Oktobriana mientras nuestro ángulo se inclina¬ba progresivamente;
la canción del motor ascendió cinco octavas. Jake arrojó la Shrogin de Skuratov
a la antecámara; arrastró a nuestro amigo y gritó instrucciones a nuestra
aviadora.
-Conecta
los estabilizadores. Planea. Corta el motor y deja caer el tanque si hay
tiempo. Pasa entre los edificios si puedes.
Entonces
Jake golpeó a Skuratov contra la pared dos veces, como para partirle el cráneo.
Mientras sentía mi cabeza dolorida, seguí mirando con ojos de forastero,
calmado por la visión de la sangre recién derramada, contemplándola como en la
presentación preliminar de una película. El avión se puso en horizontal para
descender; Jake dejó caer a Skuratov. En medio del temible silencio de los
motores parados oí el sonido de sus esposas arañando el suelo. Jake abrió la
puerta lateral. Con la presión equilibrada no se produjo ninguna sacudida
cuando apareció el mundo de allá fuera. Jake alzó a Skuratov con una mano,
agarrándose al marco de la puerta para no perder el equilibrio.
-¡Fuera!
-chilló con voz aguda-. ¡Vuela!
-¡No...!
-gritó mi voz. Pero, aunque hubiera suplicado, no podría haber habido ningún
cambio. Skuratov desapareció. Jake golpeó las paredes, como lamentándolo.
Chocamos con algo, y rebotamos una vez más en el aire. Había tantas estructuras
por allí que no tuve ninguna duda de que una de ellas nos detendría muy pronto.
El impacto fue como caer desde las alturas en un pajar; no fue tan grande como
lo que yo esperaba, pero sí lo suficiente como para enviar a Jake hacia delante
mientras yo caía al suelo. Precipitándose hacia el suelo, girando como en un
desfile de carnaval, el avión rozó algo bastante más que suave. Mientras mis
pensamientos corrían libres oí el sonido recono¬cible de una salpicadura, un
abrazo líquido, el beso del agua.
La
consciencia regresó unos minutos más tarde; vi a Jake tamba¬leándose pasillo
abajo, con Oktobriana al hombro, el brazo izquierdo colgando. Las luces de
emergencia cortaban la bruma de la cabina; el olor a ozono suavizaba el humo
como la fragancia de un vestíbulo. El avión estaba inclinado hacia delante en
un extraño ángulo de treinta grados. No aprecié ningún fuego; el humo era a
todas luces eléctrico, y no parecía haber peligro de asfixia.
-Luther
-dijo, al ver que me levantaba; sacudí la cabeza, coloqué los sentidos en su
lugar correcto-. ¿Estás movible?
-Claro
-dije. Las piernas me fallaron cuando me dirigí al pasillo. Mis vértebras
parecían haber sido suplantadas por ásperos ladrillos sostenidos por capas de
piedra.
-Agárrate
y recupérate. No es probable que estalle, pero no quiero correr el riesgo.
-Sentó a Oktobriana con movimientos delicados, cogiéndola por los hombros con
cuidado. Su mano izquierda seguía colgando. Ella murmuró suaves frases en
georgiano. Tras apartar las maletas más cercanas, Jake le acarició la cabeza y
le alisó el pelo.
-¿Cómo
está? -pregunté, notando que mi equilibrio regresaba.
-Supongo
que contusionada. -La arropó con las mantas-. Un milagro que esté preservada.
Le di una buena dosis de extamyl. Eso la sedará. -Su cara brillaba como
iluminada por llamas-. Lo esencial es impedir el shock. La única seguridad es
hospitalizarla.
-¿Sus
otras maletas están delante? Asintió, mirándome de arriba abajo.
-A
juzgar por el flujo, necesitarás puntos.
Mientras
recorría el pasillo me llevé la mano a la cabeza, y sentí como si me hubiera
pasado un cuchillo por el cerebro; sin embargo, comprobé que mis heridas no
eran grandes y que habían dejado de sangrar.
-¿Qué
te pasa en el brazo? -pregunté cuando encontré la maleta perdida.
-Hombro
dislocado -dijo él; al contemplar sus pálidos rasgos, tensos como si estuviera
embalsamado, vi que su cara mostraba aún más falta de sangre que de costumbre-.
Salgamos primero. Ayúdame, lo encajaremos cuando estemos fuera. ¿Qué requieres,
Luther?
-Mi
cam. Desaparecida.
-¿Desaparecida?
-Debió
cogerla cuando se levantó. Se la quedó. Cuando me golpeó la primera vez, le oí
recoger algo. -Hice a un lado destrozos y no recuperables, esperando que
reapareciera.
-Entonces
desapareció con él -dijo Jake, y miró hacia la puerta-. No estábamos demasiado
alto cuando lo eché a volar. ¿Se llevó el trazador que sostenías?
-No.
-Palpé en mi bolsillo, lo saqué y lo conecté. Dos puntitos parpadearon en la
pantalla: el de Oktobriana y el de él. Bajo la pantalla, el verde brillaba.
-¿Sobrevivió?
-Eso
parece. Si lo hicieron la cam y el aparato es otra cuestión...
-No
importará -dijo Oktobriana, rebulléndose bajo las sábanas, la cara del color de
la escarcha.
-¿Por
qué? -pregunté.
-Sania
ajustó el cassette que yo tenía. En caso de captura y abuso por alguien
inapropiado.
-¿Lo
ajustó cómo?
-Nos
trajo aquí. No nos devolverá. -Jake y yo nos miramos mutuamente durante un
momento.
-¿Podría
reajustarlo? -pregunté; si aún lo tuviéramos, debí haber añadido.
-No
lo sé. Sania era el único que elaboró el principio final.
-Parpadeó
rápidamente, como haciendo señales-. Su paranoia causó grandes discusiones
entre nosotros...
-¿Por
qué no dijo...?
-No
había otra opción en el momento de usarlo -dijo ella, apenas audible-.
¿Correcto? Su opinión. La mía. Vivimos bajo decisiones inevitables...
El
extamyl hizo efecto; asintió y durmió. Por el momento había mucho que hacer y
nada que pudiera saberse todavía. Jake le apretó la mano como para calentar un
gorrión caído, para que así no tuviera frío cuando muriera.
-Duerme
-dijo, envolviéndola mejor en la manta-. Duerme ahora.
-Tras
un momento de silencio, se echó a reír.
-¿Qué
pasa? -pregunté, deseando estar en casa, sabiendo que no lo estaríamos pronto.
-El
truco de tu amigo le salió por la culata -rió, refrenando su carcajada cada
pocos segundos, cada vez que el dolor del hombro le abrumaba-. Sin duda
esperaba dejarnos aquí aislados y volver a la gloria.
-Estamos
aislados -le recordé. Jake, prescindiendo de la sobriedad de la lógica, me
ignoró. Dadas las circunstancias, su reacción era seguramente la más sabia-.
Tenemos que acudir a un hospital. Él se quedará donde cayó, sin duda.
Volveremos a por él. ¿Tienes la Shrogin? -Con la mano libre, la mostró dentro
de su abrigo-. Yo me encargaré de las maletas. Cógela. Vamos a salir.
Jake
cogió a Oktobriana con una mano por debajo de las caderas y recorrió el pasillo
hacia la puerta; le seguí, cargado con las maletas. Tenía calor, así que dejé
atrás el abrigo, calculando poder recuperarlo más tarde. Entraba agua por los
lados; el aire, como en una sauna, nos llenó de súbito sudor. Jake se asomó y
se detuvo en seco, la sonrisa desaparecida.
-Jodido
O'Malley... -dijo, y apenas pude oírle. Miré. Hasta el horizonte no se veía más
que un océano de olas verdosas sobre las que nuestro avión flotaba como una
gran ballena varada. La brisa de la noche las agitaba, produciendo notas
modales; los insectos zumbaban y chirriaban como en el sueño de un entomólogo.
Tras meter el pie en el agua hasta los tobillos, miramos a nuestro alrededor.
En dirección sudoeste, un profundo tono naranja revelaba el cielo envenenado de
Newark; hacia el este, tras el risco que salvaguardaba los puertos de Jersey de
un ataque por tierra, se alzaba el Empire State. En dirección al sur, a
kilómetros de distancia, distinguí un viaducto que se alzaba sobre el pantano
infinito. Un tren circulaba por él, aullando su advertencia; la llamada hendió
la oscuridad con un gemido largo y sibilante, que se repitió a través de la
noche húmeda y tranquila. Hacia el norte, a unos cuantos cientos de metros de
distancia, había una carretera iluminada; el zumbido de los coches al pasar
brotaba de su cuerpo como un aliento. En lo alto, la luna llena arrojaba
sombras sobre el pantano. Medí la distancia por el Empire State (algo en su
aspecto estaba mal, aunque no supe decir qué), y calculé que el lugar donde nos
encontrábamos debería estar ocupado, según lo que sabía y ahora no parecía más
que un sueño, por la uniestructura del aparcamiento de veinte pisos de PriTel.
-¿Dónde
hemos llegado? -preguntó por fin Jake.
-A
casa -dije, deseando contener todo tipo de especulaciones hasta que tuviera más
datos-. Allí está Nueva York. Esto debe ser Jersey. Estamos en Fíats
Preserve...
Es
decir, los viejos Jersey Fíats que quedaban, conservados por el gobierno como
parque público, donde los residuos enterrados hacían que las hojas tumurosas
fueran especialmente densas.
-He
estado aquí -dijo Jake-. No es lo suficientemente ancho para pasar.
-La
carretera está allí. Acerquémonos. Vayamos rápido a la ciudad. Jake dejó a
Oktobriana en el ala del avión, se apoyó contra el fuselaje y suspiró.
-Necesito
una reparación -dijo-. Coge mi brazo. Apoya bien los pies para equilibrarte. Yo
me muevo, tú tiras.
-No
lo soportarás.
-He
tomado doscientos milis de diodín del botiquín. El dolor está controlado. Prep
y actúa, Luther; tienes experiencia.
Con
diodín o sin él, se metió una bala entre los dientes antes de que actuáramos,
rápidamente, como si yo no pudiera verle. Hizo una seña. Tiré. El seco
chasquido aseguró nuestro éxito. Sus labios se mantuvieron tranquilos durante
la transacción.
-¿Estás
AO? -pregunté; él asintió. Con el brazo bueno se tocó el lastimado.
-Ya
me ha pasado antes. Después de que ella sea hospitalizada, haré que lo miren.
Movámonos.
Tras
comprobar el aspecto, la respiración y la temperatura de Oktobriana, la alzó
con una mano; yo me debatí con las maletas sobrecargadas, abriéndome paso por
entre los juncos, mientras notaba cómo mis pies resbalaban en el barro. Después
de treinta metros, el traje blanco de Jake estaba negro del cuello a las
perneras. Los mosquitos engordaron a costa de nuestra carne mientras
chapoteába¬mos entre las cañas que crecían hasta la altura del pecho.
-Supongamos
que Alejhine -como siempre, Jake pronunció mal el nombre- está en Rusia. ¿Lo
buscamos?
-Tendríamos
que hacerlo. Está implantado. Debería ser fácil de localizar una vez lo
tuviéramos dentro de nuestro alcance.
-Si
recuperamos el aparato que teníamos, ¿crees que ella podrá readaptarlo?
-Parece
que su jefe es el que tiene la última palabra en ese asunto -suspiré-. Sin
embargo, es posible. Creo que es nuestra mejor posibi¬lidad. Ojalá pudiéramos
buscarlo esta noche.
-Ella
podría morirse -dijo Jake-. No tengo visión de rayos-X para examinar su
interior -me pregunté si habría serpientes por los alrede¬dores; deseé poder
llevar botas donde poder meter los pantalones-. No estábamos ni a veinte metros
de altura cuando lo tiré. Si cayó bien, debió hacerlo como en una esponja.
-Jake sacudió la cabeza para librarse de la mordedura de los mosquitos, aunque
sólo durante un segundo-. Si no hubiera dejado que las emociones actuaran, no
lo habría tirado...
-Inevitable,
Jake. Lo hecho, hecho está.
-Siempre
evitable -murmuró él. Vi que el hecho de que hubiera permitido que sus
sentimientos entraran en su acción más sacrosanta le rasgaba, aunque tal
sentimiento sólo hacía más espectacular su acción.
-Si
aún está viable, emergerá a tiempo. Si no, regresaremos a recogerlo. Por
ahora....
-Necesitamos
reparación.
-Exacto.
Todo lo que podemos hacer esta noche es tocar de oído. -Jake alzó la cabeza y
examinó el cielo-. Este calor me mata -dije; lo que no empapaba el pantano lo
hacía el sudor-. ¿Qué miras?
-Las
estrellas de verano -dijo él-. Falta Orion. Y también Hidra y Géminis. Allí
están Escorpio, Libra y Hércules. Yo diría que estamos a finales de junio...
-Es
marzo.
-Aquí
no.
Encontramos
un nido; una bandada de pájaros salió volando ante nosotros, a dos metros de
distancia, poniendo mi corazón a todo ritmo. Poco después llegamos al seco
terraplén de la autopista y lo escalamos. Dadas las circunstancias, un descanso
era esencial cuando llegáramos arriba; lo que vimos nos dejó de piedra.
-Esto
no es -dijo Jake, arrodillándose, apoyando con cuidado a Oktobriana contra un
poste-. No puede ser, Luther...
Nos
hallábamos ante una carretera de macadán que contenía cuatro carriles estrechos
y vacíos. La valla contra la que dormía Oktobriana no era más que una serie de
cortos postes de madera colocados en dirección este, conectados unos con otros
por tres cables de acero. Una divisoria de hormigón a la altura de la cintura
separaba la carretera. Por el borde de ésta se alzaban hileras de dos tipos
distintos de altos postes de madera. De los postes asomaban largos tubos de
metal unidos en ángulo recto, y enganchados a sus extremos había globos de baja
potencia. En lo alto de cada uno de los postes más altos había fijados dos
travesaños; entre los postes, unidos a los travesaños por pequeñas caperuzas de
cristal, se extendían docenas de cables. De sus filamentos se alzaba el zumbido
de un millón de insectos cantando. Un cartel en uno de los postes decía RUTA 3
Weehawken 7 Mi. Nueva York 9 Mi. La Ruta 3 que nosotros conocíamos albergaba
veintidós carriles de tráfico interminable. Otro cartel llevaba un símbolo sin
palabras: un pacificador naranja y una sola piedra, silueteada en negro, con
una flecha de dirección debajo. Más allá, el pantano continuaba en la
oscuridad. En el terraplén encarado al este había un gran tablón, con las
planchas de madera libres de pintura, el anuncio recién pegado. En él aparecía
una cara extrañamente familiar, históricamente insituable. Al fondo estaba la
Casa Blanca, brillando como si ardiera. CADA HOMBRE UN REY, decía el texto.
-La
causalidad lo prohibe -dije, intentando convencer más que aclarar-. Es
imposible.
-Pero
cierto -respondió Jake. Al mirar de nuevo al Empire State, desaparecido ahora
el bloqueo del sentido común, divisé de pronto la diferencia que faltaba.
Faltaba la torre de televisión; el edificio se alzaba como una hipodérmica sin
aguja. Tras barrer con la mirada, vi más ausencias considerables: las Torres
Trade, Battery Spire, Battery Park, One Coliseum, Cititower, Lincoln Park...,
todo había desaparecido.
-Estamos
desconectados, Luther.
Por
la carretera, desde el oeste, dos delgadas columnas blancas iluminaron el
camino. Mientras el coche se acercaba me puse al lado de la carretera, con la
intención de hacerle señas para que nos recogiese; la ansiedad me hizo
colocarme a un lado para así poder calibrar de cerca el aspecto de los locales
antes de que se produjera un contacto directo. El coche pasó, y su conductor
apenas nos dirigió un segundo de atención. Estábamos situados directamente
debajo de una de aquellas tenues luces; cuando el vehículo pasó junto a ella,
me extrañó ver algo tan viejo parecer simultáneamente nuevo y usado. El coche
parecía una colosal chinche de la patata, con su bulboso abdomen, su estrecho
tórax y sus ojos grandes y redondos; su color se mostró brevemente como amarillo
apagado. Una antigualla en nuestros días, con el valor de la recompensa de un
rehén; aquí, parecía como si hubiera estado aparcado demasiado tiempo bajo la
lluvia. Las luces traseras se perdieron hacia Nueva York.
-Haz
señales al siguiente, Luther -dijo Jake, agachado junto a Oktobriana, los
pantalones remangados por encima de la rodilla mientras se quitaba las
sanguijuelas de las piernas-. Necesita un médico con rapidez.
-A
todos nos vendría bien -dije-. Pero tenemos que hacer las cosas con propiedad.
-¿Propiedad
para quién?
-Para
nosotros. Y para ellos. Si estamos donde parece, es esencial parecer
circunspectos de palabra y obra.
-¿Con
qué propósito? -Se quitó una última hebra negra de la piel-. A sus ojos,
seguramente seremos como nieve sobre el hielo.
-No
tiene por qué. Nuestro aspecto puede parecer extraño en estas inmediaciones,
probablemente en formas imprevisibles. No queremos que nos recluyan sin juicio.
Podríamos parecer el sueño de un manicomio y ni siquiera saberlo.
-¿Recomendaciones,
entonces?
-Mantente
tranquilo. No reacciones según tu entrenamiento. No muestres sorpresa ante su
conducta, o sus herramientas, o sus costum¬bres. Muévete sin rudeza o sorpresa.
Son órdenes, no sugerencias, Jake.
-¿Actúo
como si repasara un escenario de la Tercera Guerra?
-Eso
es. Estamos en días inocentes, Jake. Recuerda que podemos resultar peor parados
que ellos.
-Nuevas
luces, Luther. Señala.
Me
dirigí al camino de grava y abrí los brazos, haciendo señas a los que se
acercaban. Un camión pasó a toda velocidad, dejando detrás una oscura nube de
miasmas; su cargamento de botellas de cristal se sacudió, temblando unas contra
otras y contra las paredes de madera del vehículo. Otros dos coches le
siguieron; el armazón de uno fluía en una curva continua de un guardabarros a
otro, su sinuoso cromo diseñado aparentemente a capricho del viento; el otro
era viejo, y parecía un barco desterrado del mar mientras avanzaba sobre sus
abultadas ruedas. Su techo de rasgada tela cubría a sus pasajeros como una vela
caída.
-Uno
debería de haber parado -dije, mientras desaparecían.
-¿Para
ser asaltados por ladrones nocturnos? -preguntó Jake-. Sin duda tienen miedo.
¿Qué otra cosa puede esperarse del rey del terror?
-Deja
de proyectarte, Jake -dije-. No hace falta aumentar nuestra paranoia.
-Sabias
palabras, estoy seguro. Ahí viene otro.
Me
adelanté de nuevo e hice señas; el conductor cambió de luces como diciéndome
hola. Contento al ver que tenía razón, me volví hacia Jake, sólo para ver que
se retiraba junto con Oktobriana tras la baranda. El coche dio un bandazo y
aceleró; sus neumáticos lanzaron grava hacia donde yo estaba antes de que yo
mismo me tirara colina abajo y acabara rodando a salvo en la base del
terraplén. Los del coche se rieron y se marcharon; oí gritos insospechados.
-¡Negro!
-dijeron-. Para que aprenda.
La
bilis ardió en mi garganta mientras contenía mi dolor y volvía a subir a la
carretera, tiritando con un sufrimiento nuevo que sacudía viejas heridas. Jake
y Oktobriana habían regresado a su lugar; él no parecía sorprendido. La
carretera estaba de nuevo tranquila y silencio¬sa, un río congelado por la
noche.
-¿Has
visto? -pregunté-. ¿Has oído?
-Tal
como advertí-dijo Jake-. Los perdedores surcan las carreteras de noche. Luther.
-¿Oíste
lo que dijeron?
-Se
acerca otro -repuso, observando el blanco brillo del horizonte. El que llegaba
no necesitó ningún gesto para detenerse; redujo velocidad mientras pasaba, paró
el coche a unos doscientos metros carretera abajo y dio marcha atrás.
-Prep,
Jake-dije.
-Estoy
prep y dobleprep -repuso él, metiéndose bajo la chaqueta la mano buena,
montando guardia ante el pequeño bulto de Oktobriana. El coche se detuvo bajo
la luz y paró el motor. La carrocería se alzaba como un cuchillo de los enormes
parachoques, curvándose sólo en los guardabarros, techo y maletero. La
matrícula, unida a un soporte encima de la luz trasera izquierda, decía Feria
Mundial de Nueva York 1939. La puerta del conductor se abrió por la parte
delantera, en vez de por el centro, permitiéndonos ver a éste cuando salió. Un
débil clic me advirtió que Jake había retirado el seguro.
-¿Necesitan
ayuda, amigos? -preguntó el hombre, con profunda voz de barítono. Bajo su fina
chaqueta, bajo el ala de su sombrero oscuro, demostraba ser alto, ancho y
negro. Un bigotito parecido a una oruga dormía encima de su labio superior.
-Esencial
-dije-. Necesitamos cuidados médicos. Asístanos, por favor.
-Hospitaléenos
de inmediato -pidió Jake. Oktobriana gimió mien¬tras la tranquilidad de la
droga se desvanecía. El recién llegado nos observó, sin moverse ni temblar,
como si posara para un retrato.
-¿Tienen
a una mujer con ustedes? -preguntó-. ¿Intentan violar el Acta de Mann o qué?
Van a meterse en un buen lío. Jake se enderezó, aún escondiendo las manos.
-Transpórtenos.
Le duele mucho. Ayude ahora o nunca.
-¡Jake!
-dije, con la esperanza de impedirle hacer nada-. Hospi¬taléenos si es posible,
por favor. Le pagaremos. Es urgente dobleveces.
Una
risa rompió la cera de su cara; ¿era mi aspecto o lo que le decía? Temí ser
demasiado evidente.
-Soy
médico -dijo, arrodillándose junto a Oktobriana. Tomó su muñeca para comprobar
el pulso y le dio unas palmaditas en la cara para sacudirla-. Señorita, ¿puede
oírme? ¿Qué le pasa? ¿Me oye?
-Da
-murmuró ella sin abrir los ojos, como un cachorrillo recién nacido-.
¿Govoritie li vi porusski?
-¿Rusa?
-dijo el hombre-. Santo Dios. Ya govoritie -contestó-, un poco.
Ella
volvió a dormirse, y la conversación terminó. El hombre la atendía: le pasó las
manos por el cuello, le tocó los pies, tiró de sus orejas. Tras sacar una
pequeña linterna, apuntó a sus dilatados ojos.
-No
tiene huesos rotos -dijo, apretando suavemente su abdomen, al parecer buscando
su hígado-. Parece que ha recibido un buen golpe en la cabeza. ¿Qué sucedió?
-Un
accidente -dije-. Somos viajeros.
-¿Qué
clase de accidente?
-Nuestro
avión cayó. Ahí fuera.
El
hombre escrutó el pantano durante unos instantes.
-Creo
que ya veo. -Se aupó con gracia de gordo-. Tiene una leve concusión. Un shock
liviano, como era de esperar. ¿Cuándo fue el accidente?
-A y
media -dijo Jake.
-¿A
y media de cuándo? Es una buena cosa que la hayan mantenido abrigada. No
debería tener problemas, siempre que la llevemos pronto a la ciudad. -Como para
autoflagelarse, se dio tres rápidos golpes en el cuello-. Malditos mosquitos.
Cogeremos malaria en este maldito pantano. ¿Qué hay de ustedes dos? Parece que
también han recibido una buena paliza -dijo, alumbrándome la frente con su
linterna, observando mis cortes y chichones- ¿Le duele en algún otro sitio?
-En
todas partes, pero nada de importancia -dije-. Jake se dislocó el hombro, pero
lo reajustamos.
-Mierda.
¿Y está andando? -le preguntó a Jake.
-El
diodín contiene agentes antishock. Si me siento un rato me fundiré en negro. Es
necesario estar de pie durante los primeros quince minutos.
El
hombre parecía aturdido; posiblemente las palabras de Jake le confundían.
-Son
ustedes un grupo raro. Tuvieron suerte de lograrlo. ¿A qué altura volaban?
-Planeamos
hasta el suelo -dije-. Caída libre, o casi.
La
voz del hombre parecía fascinada; me pregunté si le parecíamos tan extraños
como él lo era para mí. La forma en que formaba sus frases, su extraña
pronunciación, su tono, todo me sorprendía.
-Hemos
surcado duros caminos -dije-. ¿Estamos cerca de un hospital?
-Iremos
a mi consulta -dijo él, poniéndose el sombrero, quitándose la chaqueta y
mostrando una camisa empapada. La línea de su camiseta se remarcaba-. Un
pajarito me dice que puede que no quieran encontrarse con demasiados
desconocidos ahora mismo. ¿Es una buena suposición? Échenme una mano para
meterla en el coche. Ya nos las apañaremos después. ¿Ésas son sus bolsas?
Métanlas en el maletero. ¿Cómo rula, hermano? •
-¿Disculpe?
No comprendo.
-¿Cómo
se llama? -preguntó él; parecía enojado.
-Luther.
Ése es Jake. Ella es Oktobriana.
-Vaya
-dijo-. Malditos rusos. Una vez conocí a uno que se llamaba Gloria de la
Revolución. Soy Norman Quarles. Llámenme Doc. ¿La sacaron ustedes dos del
pantano?
-Lo
hice yo -dijo Jake. Se inclinó, rodeó los hombros de Oktobriana con su mano
buena, colocó la mano debajo y la levantó.
-Con
cuidado... -dijo Doc, y entonces advirtió que Jake no sufría ningún problema al
actuar así. Con todo, la cogió por las piernas para aliviar su peso. La
colocaron en el asiento trasero, y Jake se sentó junto a ella para mantenerla
erguida. Tras comprobar que no quedaba nada nuestro en la carretera, agarré la
tapa del maletero, sorprendido por su peso mientras la cerraba.
-¿Su
coche está blindado? -le pregunté a Doc, al no ver ninguna necesidad para tal
densidad de chapa como no fuera por razones de seguridad. Él volvió a mirarme.
-¿Con
qué? ¿Con oro o plata? -Se rió-. Jake, ¿quiere un poco de morfina para ese
brazo? No puedo creer que no le due...
-La
morfina contraindica al diodín -dijo él-. Estamos bien.
Doc
sacudió la cabeza y se puso al volante. Abrí la puerta del otro lado, esperé
tener que bajar un escalón y en cambio lo subí. Me senté en un asiento
tapizado, gastado y remendado, aunque de buen cuero. Un incandescente en el
techo nos bañó con luz amarilla. En el salpicadero de metal pulido, sin
acolchar, había seis mandos y la guantera.
-No
hay mucho tráfico a esta hora de la noche -dijo Doc-. No deberíamos de tardar
mucho.
-¿Qué
hora es? -pregunté, buscando los inexistentes cinturones de seguridad.
-El
reloj está ahí mismo -señaló él; puso el motor en marcha con una llave; al
hacerlo, éste rugió y tronó. Cuando encontré el reloj, descubrí que tenía
manecillas-. La una y media -dijo Doc al verme contar las divisiones. Tiró de
una palanca de guía rematada por un pomo azul moteado y extendió la pierna
izquierda. Sólo en los coches que recorrían las calles de Kabul o Ankara o en
Long Island había visto yo, desde la infancia, un sistema así. Usando las dos
manos, y con un evidente esfuerzo, nos guió por la carretera.
-Normalmente
no ando por aquí a estas horas de la noche -dijo-. Los viernes por la noche
tengo turno en el Hospital para gente de color de East Orange. Los pobres de
esa zona necesitan toda la ayuda que puedan conseguir.
-¿Hospital
pintoresco?
-Podríamos
decir que sí. Desde luego, es todo un lío los fines de semana.
Por
el retrovisor vi a Jake insertándose los auriculares para así, durante unos
cortos minutos, a través de las canciones, poder ascender y liberarse de lo que
le rodeaba. Mantenía cerca a Oktobriana, a pesar del calor; Jake generalmente
sólo mostraba afecto hacia los incons¬cientes, pero esta noche se comportaba de
forma distinta.
-¿Dónde
está el AC? -pregunté, escrutando el salpicadero; ni siquiera había radio.
-¿AC?
-dijo Doc-. ¿Se refiere a la electricidad?
-No.
Al acondicionador de aire. Lamento confundirle.
-¿En
un Terraplane? -Reconsiderándolo, alargué subrepticiamente la mano hacia la
puerta, esperando encontrar el botón de la ventani¬lla-. En un Packard, tal
vez. En este coche, no. ¿Quiere un poco de aire? -preguntó; hizo una pausa como
para replantear la frase-. Use esa palanquita con el pomo de la derecha. No
tire de la palanca o se caerá por la puerta. -Tras encontrarla, la hice girar;
el cálido picoteo de la brisa me reconfortó-. Ustedes dos no son rusos, pero
tampoco norteamericanos. ¿De dónde son?
-Somos
norteamericanos.
-¿Han
estado mucho tiempo fuera del país?
-No
mucho. -El coche de Doc parecía carecer de suspensión mientras rebotábamos y
nos bamboleábamos; cuando cambió de marchas, enderezamos el rumbo. Pasamos una
casita a la derecha de la carretera; había dos gruesos puntales en el solar de
tierra de delante. Al ver las mangueras y diales y globos con el rótulo HESS
supe que eran surtidores de gasolina. Un cartel en un lado de la casa anunciaba
que dentro podían encontrarse batidos helados, cebos vivos y Moxie. Entre la
casa y el pantano un cartel anunciaba la venta de DeSotos.
-¿Qué
es Moxie? -pregunté.
-Basura
-dijo él-. Oh, ¿se refiere a la bebida? Me encogí de hombros.
-La
probé una vez. Sabía a brea. A creosota. Me pregunté con qué frecuencia bebería
creosota.
-¿Los
DeSotos son coches?
Dirigió
la mirada hacia mí, hacia la carretera, otra vez hacia mí.
-No
se encuentra uno a un grupo como el suyo en el país. Alguna gente se molestaría
un poco.
-Un
coche intentó atropellarme -dije-. Falló.
Llegamos
a un puente estrecho y arqueado que, según decía un cartel, cruzaba el río
Hackensack. El suelo zumbó cuando lo alcanza¬mos, haciendo que mi corazón
redoblara sus latidos. Parecía un avión dispuesto a bombardear.
-¿Tienen
algún problema con la ley? -preguntó Doc en voz baja.
-Por
todo lo que supongo, no hemos interaccionado impropiamente con ningún modo
legal.
-Confíe
en mí si están metidos en algún lío, amigo. Si tienen algo que aclarar,
dígamelo ahora para que así sepa lo que pasa. No voy a delatarles a menos que
me den razones para hacerlo.
El
rasgo más extraño de la paranoia es que se confía menos en los que están más
cerca de uno, y un desconocido puede resultar ser el mejor confidente. Sin
embargo, no era cuestión de confiar en él todavía. Si nos quedábamos con él
durante algún tiempo, y dadas las circuns¬tancias sabía que no había otra
opción, tendría que saberlo a menos que lo dedujera de antemano. Casi hablé
entonces, pero temía que nos abandonara después de habernos recogido. La
necesidad de atención médica abrumó la necesidad de información; acallé mi
lengua.
-Póngase
en mis zapatos por un momento -dijo él; ¿por qué querría yo hacerlo?, me
pregunté, pero él no lo dijo-. Voy conduciendo por los páramos en mitad de la
noche. Los recojo a los tres recién salidos del pantano. Un negro, un blanco y
una mujer blanca. Una mujer blanca, rusa y herida. Todos sacudidos, manchados
de barro. Cubiertos de sangre. ¿Cree que la gente va a hacer algo más que
doblar el cuello? E intentaron atropellarles, demonios. Tienen suerte de que
nadie intentara dispararles, sólo por norma general.
-¿Por
qué nos ayudó si parecíamos tan extraños?
-Soy
médico. Dios ayuda a los locos, los médicos ayudan a la gente. Si Dios ayudara
a la gente en vez de a los locos, el mundo sería un lugar perfecto, ¿no? -Sacó
un cigarrillo del bolsillo de su camisa y se lo colocó en la comisura de los
labios, pulsó un botón del salpicadero y arrojó encima del tablero de
instrumentos un paquete arrugado. LUCKY STRIKE, decían sus colores verdes y
rojos, colores de Navidad-. ¿Cree que podrá rescatar su avión?
-Está
destrozado -dije. No lo estaba, pero aquí nadie podría efectuar reparaciones.
El botón chasqueó; lo sacó, y encendió su cigarrillo con su extremo brillante.
Una molesta bruma sorbió el oxígeno del aire.
-¿Qué?
¿No había visto un encendedor antes?
-Los
médicos nunca fuman -dije, sorprendido.
-Tal
vez no lo hagan los médicos que usted conoce. Si yo no fumara, no podría
permitirme comer. -Rió, dándose una palmada en el estómago-. Tanto como lo
hago. -Exhaló humo como si bombeara un fuelle; me volví hacia la ventanilla,
inspirando el aire de Jersey-. En avión, ¿eh? Igual que el viejo Lindy. Fui al
aeródromo del Campo Holmes el año pasado. A ver a esos pilotos negros de
California, ya sabe quiénes. Ofrecieron todo un espectáculo. Algo digno de ver,
hermano. Te hacía sentirte un hombre orgulloso.
-Nosotros
queríamos ir a casa. Sólo eso.
-Todo
el mundo deambula últimamente. Viajas si tienes pasta, viajas si estás sin
blanca. Montones de gente acaban en Nueva York. Lo hará casi todo el mundo. Es
mejor que la mayoría de los sitios, hermano, créame, especialmente para nuestra
gente. -Me palmeó el hombro. Me pregunté sobre sus recelos; no había querido
saber nuestro origen específico. No sabía si se me notaba demasiado o si él no
estaba seguro de querer saberlo; sólo temía-. ¿Tardó mucho en llegar aquí?
-Años-dije.
El
pantano se desvaneció tras nosotros; subimos la suave pendiente que conducía a
la ciudad. En lo alto de la cúspide, el azimut brillaba encima de la línea del
cielo de Nueva York. A través de las ventanillas del coche el panorama mostraba
intensos detalles hasta que todo se fundía en un torrente que soportaba a una
Norteamérica horrorizada en la inocencia interferida de su rumbo. Había moteles
para turistas de poca monta, comedores color cromo, gasolineras con tejas en el
techo anunciando Sinclair a veinte o Getty a dieciocho, paradores con gastados
salones de baile. Carteles iluminados vendían Kiwanis, cerveza Rupert's, pan
Silvertop, automóviles Hudson, bombillas Mazda, radios Crosley. Un gran cartel
anunciaba bajo un dibujo de una familia en un coche, sonriendo locamente como
si condujeran hacia una dulce, dulce colisión, que No hay ningún estilo como el
estilo norteamericano; el otro no mostraba más que la silueta del aguijón y la
orquídea, esta vez con un texto que proclamaba VISITE EL MUNDO DE MAÑANA.
Tras
la cima, la carretera se estiraba hacia abajo; al otro lado, sobre el río
negro, se encontraba Nueva York, perdida, con sus adornadas torres alzándose
como un puñado de cristales chispeantes, libres de los muros antiinundaciones
de nuestros días. Entramos en el túnel bajo las oscuras colinas repletas de
casas, dirigiéndonos hacia la ciudad como un virus entra en la sangre,
cambiando para siempre el cuerpo invasor igual que cambiaba el cuerpo invadido.
5
-Saque
sus papeles, Luther -dijo Doc en mitad del túnel. Las luces blancas del
interior eran tan deslumbrantes que sentí como si recorrié¬ramos un tubo
fluorescente- Es viernes por la noche, así que aún tendrán montada la
vigilancia. ¡Eh, Jake!
Jake,
sordo a la llamada normal, se serenaba tranquilamente, los ojos cerrados a las
grotescas realidades de este mundo, los oídos sintonizados sólo a sus
canciones. Oktobriana estaba pegada como una lapa a su hombro, durmiendo y a
salvo. Como por instinto, él le acarició la cara, tiñendo de un nuevo color el
lienzo de su piel. Bajo la influencia de la música, pensé, tal vez el alma de
Jake regresaba; hasta entonces, yo no había visto que para el arte de su vida
usara en su paleta más que el color rojo.
-¡Jake!
-No
grite -murmuró, quitándose los auriculares y sin mover nada más; me relajé
durante un minuto.
-Oirá
mejor sin esos ensordecedores que con ellos, Jake. Estamos llegando a la
ciudad, amigo. Preste atención.
-Doc
-dije-, traduzca lo de los papeles. Estoy inseguro.
-Oh,
ya sabe. Sus pases. Téngalos a mano.
-¿Pases?
-Prestar la atención debida era imposible cuando usaba un argot tan
indescifrable. Con mi incomprensión, una nube de furia cubrió su cara, aunque
lo peor de su temperamento continuaba a raya; su presa sobre el volante se
tensó y sus nudillos palidecieron como si se le hubiera secado la sangre desde
las manos a la cabeza.
-Sus
pases -repitió-. ¿No los llevan encima?
-No
tenemos nada de eso -dije-. ¿Qué significan? Los órganos de su voz perdieron
todo tipo de freno.
-Son
ustedes un maldito puñado de capullos -dijo-. ¿Lo saben? Será mejor que sigan
todos mis órdenes hasta que pasemos. Especial¬mente usted. -Señaló con el dedo
para enfatizar que era necesaria mi atención-. Déjeme hablar a mí. Creo que
podremos dársela con queso. -Se quitó el sombrero y me lo colocó en la cabeza,
ladeado, cubrién¬dome las heridas. Me tapó las orejas, más que el cráneo-.
Menos mal que tiene una cabeza pequeña. Ahora manténgalo torcido. Si le ven
bien la cara querrán saber a quién dejó fuera de combate.
-¿Quiénes
son los que esperan? -preguntó Jake, con voz tranquila.
-La
policía -respondió Doc, enfatizando extrañamente las pala¬bras-. Mantengan la
boca cerrada. Cuanto menos oigan ellos, mejor. Con suerte, conoceré a los de
hoy.
Entramos
en la ciudad como si despertáramos de un sueño y pasamos a la Avenida Dyer, que
nos conducía a la Cuarenta y dos. Esparcidos por los polvorientos solares a lo
largo de la calle había cajas unidas con cuerdas entre sí, esqueletos de coches
oxidados, un campamento de beduinos de tiendas remendadas.
-Quemaron
este campamento de vagabundos hace un mes, y ahora todo el mundo ha vuelto
-dijo Doc, refiriéndose (supuse) al asenta¬miento a nuestro alrededor. Largos
bultos yacían en fila, como preparados para ser identificados por los
supervivientes. Tras mirar con atención, vi que los bultos se movían, sacudidos
por los sueños igual que lo eran por la vida. Destellos del río asomaban entre
los edificios de cartón a nuestra izquierda. En el agua, más allá de una
carretera elevada, se alzaban cosas oscuras que, por su forma, sólo podían ser
barcos. A la derecha, tras los refugiados, los edificios sin renovar de la
Novena Avenida mostraban sólo las cornisas de sus fachadas gastadas y sus
tiendas cerradas. A lo largo de la mediana de la avenida se alzaba una fila de
árboles de metal. Un tren serpenteaba ciudad arriba por sus ramas unidas,
entrelazadas en lo alto. A lo lejos había formas reconocibles: el Empire State,
la forma de Chrysler, la vieja sede de Dryco, que ahora era la RCA, como había
sido en una ocasión. En el cielo, mucho más despejado que en nuestros días,
parecía haber estrellas.
-Mierda
-dijo Doc, mirando hacia delante-. Ya estamos en el fregado. No comenten
absolutamente nada, ¿me entienden?
En
la esquina de la Cuarenta y dos, una farola de bombillas gemelas iluminaba de
oro pálido las lisas carrocerías negras de dos coches; en sus techos giraban
manchas rojas, proyectando una luz sangrienta.
-Empieza
el baile -dijo Doc, con un susurro cercano al farfulleo de un ventrílocuo-.
Espero poder burlar a esos payasos.
Nos
detuvimos y esperamos. El policía que se encaminó hacia nosotros irradiaba
peligro. Blanco como la luna, ancho como un barril, con más de dos metros,
llevaba una gorra de tela sin placa y un oscuro uniforme con botones plateados.
Sus únicas herramientas eran una pistola y una porra; el aspecto bovino de su
cara sugería que su uso era para él algo natural. En mi antiguo campo, los de
su clase se volvían normalmente a casa al final de la primera semana. Tras
golpear el costado del coche con la porra, se reclinó, apoyando los codos en el
techo hasta que respondimos. Doc, mostrando en su sonrisa tres dientes de oro,
bajó su ventanilla.
-¿Te
diriges a alguna parte, chico? -preguntó el policía, asomán¬dose; su sonrisa
aumentó como envenenada-. Es difícil verte en la oscuridad, Doc. ¿Cómo te va?
-Bien,
oficial. Bastante bien, señor -rió Doc. Su voz normal tenía el tono de un
barítono; al hablar con el policía, ascendió una octava, produciendo un sonido
más juvenil y vocinglero en su deseo de complacer. Los dos se comportaban como
si hicieran alguna prueba inimaginable en un escenario. Sacó un papel de su
cartera y lo entregó; el policía lo iluminó con su linterna-. He estado en East
Orange, señor. Como todos los viernes por la noche, ya sabe. El trabajo del
hospital no acaba nunca.
-¿Quién
está contigo? -preguntó el policía, cegándonos con la brusca luz de su
linterna-. ¿Pacientes?
Doc
me palmeó en el hombro, provocándome dolor..., intenciona¬damente, sin duda.
-Sí,
señor, mister oficial. Ésa sí que es buena. ¡Pacientes!-Ofreció una risa casi
psicótica, que podría haber hecho cuajar la nata-. Éste de aquí es mi primo
Luther -dijo, golpeándome de nuevo en el hombro-. Me echó una mano esta noche,
señor. Le hicieron trabajar en el pabellón de la viruela.
-Viruela
-repitió lentamente el policía-. Entonces puede quedarse ahí sentado. Los de
atrás no son pacientes. ¿Quiénes son?
-El
doctor Jake -dijo Doc. Su habilidad para improvisar me impresionó-, y su...,
uh, enfermera. Una vez a la semana viene para echarnos un ojo a nosotros,
señor.
-¿Para
asegurarse de que no cortáis las piernas equivocadas? Durante su último
arrebato de risa, Doc apretó tan fuerte el volante que pensé que iba a partirlo
en dos.
-Es
una situación peliaguda, oficial. Verá, los dos viven en la ciudad, pero no
viven juntos, si me entiende.
-Te
entiendo.
-Bueno,
lo estaban celebrando después del turno, verá, y creo que celebraron más de la
cuenta...
-Parece
que han estado jodiendc en un pantano. ¿Cuál es su problema?
Doc
se inclinó hacia delante, como si la conspiración estuviera a punto de
estallar.
-Borrachos.
-¿Ah,
sí? -dijo el policía, sin apartar la linterna de ellos.
-Según
dicho, sabueso -gruñó Jake-. Apaga el cegador al momen¬to. -Mis músculos se
tensaron, y estoy seguro de que los de Doc también. El policía se limitó a
devolverle los papeles a Doc.
-Ha
tenido un montón de problemas con su esposa, señor...
-Salid
de aquí antes de que los meta en el furgón de los borrachos.
-Sí,
señor. Gracias, señor-dijo Doc, asintiendo como si agradeciera las amenazas.
Volvió a guardar sus papeles antes de que yo pudiera mirarlos-. Que tenga buena
noche, señor.
Sin
previo aviso, el policía le dio un golpe al retrovisor con la porra; fragmentos
de espejo salpicaron el asfalto, como barridos por el viento.
-Te
pondrán una multa por eso -rió-. Será mejor que lo arregles.
-Gracias
de nuevo -dijo Doc, con los labios apretados. Radiante con la satisfacción del
momento, el policía regresó a su coche, haciendo resonar sus pasos sobre el
pavimento, la pistola y la porra golpeando como tumores pendulantes contra sus
gruesas caderas. Dejamos atrás la débil barricada y pasamos a la Cuarenta y
uno. Cuando estuvimos lejos, Doc golpeó la portezuela con la mano; su voz rugió
con su tono auténtico.
-Piesplanos
hijo de puta -gritó, sin importarle que alguien pudiera oírle-. Me costará diez
pavos arreglar esa mierda. Bastardo hijo de puta.
-Fue
una acción irracional -reconocí.
-Irracional,
infiernos. Ninguna razón. Ninguna jodida razón en absoluto -continuó-. Malditos
polis. Malditos todos y cada uno de esos cabronazos. Todo lo que hacen es joder
a los pobres. Me hierve la sangre.
-¿Servirá
de algo una denuncia? -pregunté; los defensores del pueblo proporcionaban
distracción, aunque poco más. Doc no respon¬dió. Recorrimos la epidermis hecha
de guijarros de la Cuarenta y dos, sacudiéndonos con las laceraciones del
terreno. Los halos difusos de las farolas colgaban en la oscuridad como coronas
de ángeles petrifi¬cadas por la proximidad a la tierra. Por el carril central
corrían los raíles de un tranvía, como los de Moscú o el Bronx, nuestro Bronx;
no pasó ninguno antes de que giráramos al norte en dirección a la Diez. Doc
adelantó a un carro con ruedas de madera que avanzaba calle arriba; advertí que
iba tirado por un caballo. Los astillados cascos del animal, cubiertos de lodo,
soportaban un cuerpo esquelético; el carro que arrastraba llevaba en las
paredes pesadas sartenes y ollas, bien aseguradas para protegerlas de un asalto
informal. Cuando nos detu¬vimos miré por encima de dos tiendecitas con nombres
franceses; dos carteles escondían los flancos del edificio. Uno decía HOTEL PENN-SYLVANIA/PE6-500;
el otro:
Estreno
el 17 de agosto, Teatro Capítol
EL
MAGO DE OZ
con
JUDY GARLAND/RAY BOLGER/BERT LAHR
y
W.
C. FIELDS como el Mago
Cuando
volví a mirar ya habíamos pasado; el cartel desapareció.
-¿Esto
es la ciudad de Nueva York? -preguntó Oktobriana, y su voz nos sorprendió a
todos. Jake se había quitado los auriculares y lo estudiaba todo con ojos muy
abiertos. Asintió, apartando la mano de la cara de ella. Mientras recuperaba
los sentidos, Jake se apartó de su lado como haría una mimosa al contacto; ella
se apretujó más mientras él retrocedía. Cuando le emparedó entre la portezuela
y su cuerpo, se acunó en su abrazo. La cara de Jake mostró una aparente
inconsciencia.
-¿Cómo
se encuentra, señorita? -preguntó Doc-. ¿Jorosho?
-Da
-dijo ella, reconociendo su ruso horriblemente pronunciado-. Reconocí mi estado
antes. Leve contusión sin fractura o hemorragia. Ningún trauma interno. La
hinchazón del radio izquierdo sugiere posible fisura...
-Señorita,
sufre usted un shock -dijo Doc-. ¿Cuándo aprendió a hacer diagnósticos?
-preguntó, riendo.
-En
Moscú -respondió ella-. Cualquier idiota podría hacerlo.
-Doc
-interrumpí-. Ese papel que mostró. ¿Eso es un pase?
-Eso
es -dijo; sus esfuerzos por controlar sus palabras parecieron claros-. ¿Viene
de Marte, amigo?
Sacó
el papel del bolsillo una vez más, me lo entregó. Tras desdoblarlo, lo leí.
Tenía un membrete del Departamento de Interior: el papel era mucho más fino que
el que nosotros usamos como moneda; el Gran Sello parecía dibujado por manos
expertas, tan detallado era, al contrario del diseño estándar de nuestro
gobierno con el esquema del perfil del águila.
Se
autoriza a Norman Quarles a transitar sin obstáculos entre las fronteras
estatales de Nueva York y Nueva Jersey desde el período del 1 de noviembre de
1938 al 31 de octubre de 1939, de acuerdo con su profesión de doctor, por orden
mía.
Bajo
el texto aparecía la firma del Secretario del Interior y la rúbrica del
Vicepresidente Knox. El documento me recordó los viejos pasa¬portes internos
usados entre los estados bajo ley marcial en los años que siguieron a la Eb,
pero las notas aquí inscritas cantaban una canción diferente. Se lo devolví.
-Digamos
que son ustedes norteamericanos -dijo Doc, evitando un camión de reparto de
leche aparcado en doble fila a la derecha; parecía que lo habían tallado en
hojalata-. ¿Dice que nunca ha visto ni oído hablar de esto? ¿Es hijo de un
misionero? ¿Ha crecido en alguna otra parte?
-Soy
arreligioso -respondí, preguntándome si debía decirle la verdad y cuándo. En
ese momento pude vis al hombre aparcando para dejarnos en el pavimento,
acabando con nosotros de una vez por todas y regresando a su vida cotidiana.
Antes de que pudiera decir nada, él volvió a hablar.
-Uno
de los hijos de la oscuridad, ¿eh? -preguntó; yo no tenía ni idea de lo que
significaba aquello-. Mire, no entiendo nada. Voy a darles toda la ayuda médica
que pueda. Pero aquí hay un montón de cosas que no encajan, amigo. Cuando
termine de atenderlos, vamos a tener que hablar en serio si quieren algo más. Y
quiero buenas respuestas, ¿me entiende?
-Perfectamente.
-Norteamericanos,
y un cuerno.
Sin
que nos diéramos cuenta, la Décima Avenida se convirtió en Amsterdam. Mientras
las escenas se desarrollaban ante mí en un bucle interminable, los dolores de
mi cabeza aumentaron, pero cada visión me fascinaba tanto que no podía hacer
otra cosa sino tratar de anular el dolor mientras pasaban. Largos bloques bajos
de apartamentos, sin romper por piedras arrojadas o lanzas de cristal; los
exoesqueletos amarillo limón de los taxis entre cientos de masas grises
aparcadas y móviles; tiendas abiertas toda la noche completamente iluminadas y
mostrando cajas de productos, restaurantes identificados por rizos de neón,
quioscos a salvo tras murallas de periódicos; buzones color verde oliva,
señales de tráfico enmarcadas en azul, farolas de hierro negro e iglesias con
vidrieras; noctámbulos deambulando con chaqueta, cor¬bata y sombrero, libres
del gel del sudor, caminando como en ruta a la oficina: todo indicaba un mundo
diferente, carne recién hecha del polvo de la historia. Parecía inimaginable
que pudiéramos pasar aquí muchos minutos sin guía; indudablemente, la hora
ponía en coma al optimismo. Doc respiraba con más tranquilidad ahora; tal vez
se había calmado lo suficiente como para hablar de otros asombros.
-¿Cómo
es que está familiarizado con el idioma ruso? -pregunté-, ¿Ha estado allí?
-Después
de la guerra.
-¿Reclutado?
-Todos
nos alistamos, hombre. Para demostrarnos a nosotros mismos que valemos. Para
salir de ello con cierto respeto. Mierda. -Su sonrisa no mostró nada que se
pareciera a la felicidad-. Tuvieron aquí a todo el 369 haciendo KP y
mantenimiento todo el maldito tiempo. Al menos estuve en el hospital, aunque
durante la mitad del tiempo no hice más que asegurarme de que no mezclaban la
sangre, cuando nos permitían darla. Incluso así, creo que usaron la nuestra con
los franceses. -Suspiró; encendió otro cig-. Nuestros comandantes se¬guían
diciendo que nos iríamos pronto, muy pronto. Los suyos seguían diciendo todavía
no, todavía no. Cuando llegó el Día del Armisticio, entonces, finalmente, nos
enviaron.
-¿Después
del final de la guerra? Asintió.
-Fuerza
Expedicionaria Siberiana. Después de que los Rojos la tomaran. Hasta hoy sigo
sin saber si los que nos disparaban eran bolcheviques o no, de vez en cuando
alguien caía. Sólo acampamos en mitad de la nada, bebiendo licor de patata y
deseando estar de vuelta en casa. Me congelé el puñetero culo; dijeron que nos
darían ropa de invierno, pero no lo hicieron. Perdí tres dedos del pie. Ni
siquiera los sentí. Un día nos repatriaron. Nos enviaron de vuelta, igual que
antes, excepto que la mitad de nosotros murió de frío y la otra mitad de
infección y la palmaron antes de llegar a puerto. Juro que la única razón por
la que fuimos fue para que pudieran deshacerse de tantos de nosotros como
pudieran sin que nadie se diera cuenta. -Su voz se perdió, como si se
desvaneciera de modo fantasmal-. ¿Fue usted militar?
-Retirado
-dije; la forma en que había descrito la campaña no era como yo la había leído,
pero su punto de vista podría estar lleno de prejuicios-. ¿Cómo lo notó?
-Por
la forma en que se comporta -murmuró, pasando a la 110 y dirigiéndose a
Harlem-. Incluso el barro brilla en sus zapatos. Siempre detecto a un militar.
-Su
superficie está cubierta de Siemprebri... -empecé a decir, explicando las
razones de mi brillo; me detuve.
-¿Dónde
estuvo destinado? -preguntó, sin advertir mis palabras, o sin querer hacerlo.
-Por
todas partes.
-Oh
-sonrió-. ¿De modo que estuvo en el servicio y va a decirme que no sabe lo que
son los pases? ¿Cuánto tiempo estuvo?
-Veintitrés
años-dije. No me miró directamente hasta que llegamos al siguiente semáforo.
Algo se había comido el color de las señales, que aparecían azules y naranjas.
-¿En
el servicio norteamericano? -preguntó; me encogí de hom¬bros-. ¿Qué edad tiene?
-Cuarenta
y siete.
-Yo
tengo cuarenta y nueve -dijo; por las arrugas de su cara yo habría añadido diez
más. Entramos en la Octava en medio de un silencio que no rompimos a partir de
entonces; tal vez la fatiga anulaba los recelos. En cuestión de minutos nuestro
destino se hizo evidente; Doc aparcó en la parte derecha de la avenida, ante un
edificio de cinco plantas más viejo que la mayoría en las inmediaciones-. Puedo
aparcar aquí hasta la mañana. Ya estamos.
Del
edificio, a través de las ventanillas del coche, llegaban sonidos hechos por el
hombre, el trueno de la percusión y las notas entrelazadas de una trompeta.
Tras abrir la portezuela la música fue tragada por un rugido inesperado;
mientras aumentaba, subí a la acera. Negros postigos cubrían el cielo; un fino
árbol de metal surgía del pavimento cercano. Una vía elevada recorría la
Octava; un tren chirrió en dirección al centro.
-Déjenme
abrir la puerta -dijo Doc, rodeando el coche y abriendo el maletero-. Síganme.
Aquí tiene sus bolsas, Luther. Jake, écheme una mano con Octoberana.
A la
izquierda de la escalinata de entrada, desde el sótano hasta la acera, corría
un largo túnel que surgía del club donde sonaba la música; el nombre del club
era Abisinia.
-Oktobriana
-corregí.
-Pesa
más de lo que parece -gruñó Doc. Jake la levantó. Yo cogí las maletas. Tras las
puertas de madera de la entrada divisé un ancho salón con columnas de yeso,
ricas en detalles labrados. Un candelabro iluminaba la penumbra. Tras abrir la
puerta de su consulta con una llave de aspecto medieval (su nombre estaba
grabado en dorado sobre la puerta), cruzó el salón, abrió la puerta que había
más allá y entró.
-Despierta,
Wanda -exclamó-. Voy a necesitar una mano con unos pacientes que traigo.
-Apaga
la maldita luz -replicó otra voz más fuerte.
-Ponte
la ropa y ven aquí. -Salió, cerró la puerta tras él, se acercó a nosotros y
entró en su oficina-. Deje por ahora las bolsas por ahí -dijo, al tiempo que
encendía dos lámparas-. Aquí mismo.
Oktobriana,
consciente pero groggy, se apoyaba en la pared. Jake impedía que se cayera.
-Déjenme
examinarla primero. Ustedes dos pueden aguantar un poco más. Nunca he visto a
nadie con una dislocación actuar como lo hace usted -le dijo a Jake.
La
consulta de Doc estaba divida en dos grandes habitaciones, una para recibir,
otra para atender. Tras abrir una ventana, conectó un ventilador que había en
el techo y que removió el aire caliente por toda la habitación. Jake llevó a
Oktobriana a la sala de exámenes y la colocó en una mesa acolchada cubierta con
papel japonés.
-¿Quién
es Wanda? -pregunté.
-Yo
-dijo la fuerte voz de contralto oída momentos antes. Wanda, de altura media y
complexión sólida, tenía la piel del color de la cola. Un pañuelo anudado en
torno a su cabeza escondía todo menos unos pocos mechones de liso pelo.
Recorrió la habitación como si fuera un ring de boxeo, rozando el suelo con su
bata rosa-. ¿Quién quiere saberlo?
-Mi
esposa y socia -dijo Doc, presentándola.
-Enfermera
-corrigió ella. Su voz tenía un acento indescifrable-, ¿Otra vez traes
vagabundos a casa, Norman? -preguntó, bajando la voz, tiñéndola de amenaza
mientras observaba a Jake y Oktobriana-. ¿Ahora tratamos a los de su clase?
Demasiado grandes para ti.
-Éste
es Luther-dijo él-. Ella es...
-Oktobriana
-dijo Jake.
-¿Quién
es el grandullón? -preguntó Wanda, oyendo su interrup¬ción y echando un vistazo
de arriba a abajo a su traje blanco enfangado-. ¿A qué se dedican? ¿Contrabando
de licor?
-Ése
es Jake -dijo Doc-. Sólo son tipos que pasan por un mal momento, Wanda.
Necesitan atención.
-Parece
que necesitan una revisión completa. ¿Los encontró el gato o lo hiciste tú?
-Vienen
de Jersey. Tráeme mi maletín, querida. -Se volvió hacia nosotros-. Siéntense
mientras la examino. Lean algo. Escuchen las noticias.
Jake
y yo, cargados con nuestros propios dispositivos, contempla¬mos su sala de
recepción. Vimos muebles de roble de increíble tamaño, brillantes obras de
ebanistería, candelabros de pared de baja potencia, un antiguo teléfono de
disco con un cordón liso. Mi mirada se paseó sobre las baratijas fácilmente
ignoradas por el tiempo: una lámpara de malaquita con la forma de una mujer
desnuda; un reloj de pared gris, con sus manecillas de filigrana guiadas por su
péndulo; un cenicero donde los cigs podían ser sujetados por la decoración en
forma de picos de pingüino; una máquina de escribir calibre MOMA. Al lado de la
mesa había una papelera hecha con el pie vaciado de un elefante, cuyos
descendientes pasarían de las praderas a los zoos para cumplir la sentencia de
su especie. Los detalles estaban todos; ver aquellos artículos en uso obvio, no
ocultos entre vastas pertenencias de propie¬tarios, bajo el cristal de un museo
o vistos durante un momento en trozos de película, provocaba una sorpresa
imprevista, el shock de lo antiguo.
-Debe
estar forrado -dijo Jake, calculando el botín.
-Todo
es para uso diario. Baratijas. Supongo que con cincuenta dólares viejos se
puede comprar todos. Sólo sirven para impresionar.
Jake
bufó, sin convencerse. La historia particular que aprendía la gente del
ejército servía como escenario para nuevas estrategias; yo podía describir cada
asalto, cada retirada, cada bala disparada en Khe Sang, Passchendaele y
Blenheim. Pero, respecto a cuándo aparecieron por primera vez las plumas ya
cargadas de tinta, cuándo los refrigera¬dores empezaron a descongelarse solos,
cuándo aprendieron a hablar las TVC, no tenía más que vagas ideas. Supuse que
Jake conocía la historia tan bien como cualquier norteamericano; es decir,
sabía que desde su nacimiento las cosas habían cambiado..., aunque en el caso
de Jake dudo que lo hubieran hecho.
-¿Es
confiable su acción? -preguntó Jake, señalando hacia la puerta cerrada de la
oficina-. ¿Hasta dónde llegará?
-La
están atendiendo -dije-. Cálmate.
-Curanderos
-murmuró Jake-. ¿Y si la mata sin darse cuenta? ¿O adrede?
-No
lo hará. Todo difiere aquí. Recuérdalo, Jake, es esencial confiar en alguien.
Ya has visto el exterior...
-Calcuta
-gruñó Jake-. Un mundo dentro de otro mundo y nada más. Lo compensaremos bien.
-Pero
no solos. Necesitaremos apoyo. No veo otro medio.
-La
traición aguarda. Piénsalo dos veces. Sacudí la cabeza.
-Cinco
veces lo he pensado -dije-. Los riesgos son inevitables en cualquier situación.
Sus sospechas han aumentado desde que nos lo encontramos. Le hemos atraído, ésa
es la razón por la que nos deja.
-Prep
para actuar en cuando parezca infiel -dijo Jake, indicándome que le hiciera a
Doc lo que había previsto hacerle a él, cuando y si llegaba el momento. Casi me
eché a reír, aunque sabía que decía la verdad. Con todo, teníamos que
enfrentarnos a la cara deformada de la verdad-, ¿Qué hacemos? -preguntó,
observando los periódicos y revistas de la mesa.
-Leamos.
Necesitamos toda la info disponible. ¿Cómo está el brazo?
-Unido
-murmuró. Tras sentarnos en las sillas tapizadas de cuero, como para oír música
de cámara, echamos un vistazo a las páginas. En Life aparecía gente conocida
(La Guardia, Goering, Einstein) y desconocida: Brenda Frazier, Leverett
Saltonstall, el Gran Muftí de Jerusalén. Un espacio enorme estaba dedicado a la
alimentación de los peces de colores.
-A
ella le gustaría -dijo Jake, indicando la portada de Liberty, donde el Gran
Amigo, con el mismo aspecto con que lo habíamos visto aquella misma mañana,
miraba a sus compradores norteamericanos. Arrancó la página, la dobló y se la
metió en el bolsillo. Las páginas de Dime Mistery contenían un relato de
Sherlock Holmes de Conan Doyle, una reedición, según advertí. Como nunca había
leído las historias y sólo había visto los vids, nunca había oído hablar de «La
Rata de Sumatra».
-¿Está
irradiada la seda de radio? -preguntó Jake.
-Sin
duda -dije, aunque no lo sabía-. ¿Por qué?
-Idiotas
-contestó, mostrándome un anuncio en el Collier's-, La usan en las camisas.
Vendidas
a tres dólares cada una (dólares viejos), parecían una ganga para los cánceres
que seguramente obtendrían. Tanta estupidez me sorprendía, pero, como ya había
dicho, estábamos en tiempos inocentes. Aparté dos comic-books de Superman y ni
siquiera examiné lo que parecía ser una revista de ciencia ficción. Había dos
periódicos apilados, el New York Age y el Daily Mirror.
-«Vuelta
a África: ¿Es el momento adecuado?» -dije, leyendo en voz alta el titular del
Age.
-¿África?
-preguntó Jake-. Allí todo el mundo está muerto.
-No
del todo. -El artículo era el tema del editorial; Jake me interrumpió antes de
que pudiera leer lo que se pensaba al respecto.
-¿Qué
dice este galimatías? -preguntó, mostrando los titulares del Mirror: AGENTES
CORTAN JUERGAS DE HOMER EN KANSAS.
-Ni
idea -dije; al ver quién aparecía fotografiado debajo, sentí que se me erizaban
los pelos de la nuca-. Mira. Está vivo.
En
una neblina gris y blanca aparecía Hitler; no sólo estaba vivo, sino que
acababa de empezar, el hombre que convertiría este mundo en el nuestro,
retratado en su momento de ascenso. Estábamos -estaba- tan familiarizado con el
mal de la sociedad que reconocer un mal personal hizo que me sintiera aturdido
como no lo había estado en años.
-Eh
-llamó Wanda-, Digger O'Dell y Dug-up. Entren.
El
brusco olor del alcohol aclaró mi cabeza mientras entrábamos en la sala,
permitiéndome sentir más fácilmente mi dolor. Oktobriana yacía tendida bajo una
manta; un paño húmedo refrescaba su frente. Siguió con ojos febriles los pasos
de Jake, sus cuidadosos movimien¬tos.
-Echémosle
un vistazo a ese hombro, Jake -dijo Doc. Le rodeó la cintura con un brazo, como
para ayudarle a caminar-. ¿Lleva pistola?
Antes
de sentarse, Jake se metió la mano bajo la chaqueta y sacó su sierra mecánica,
tendiéndola como si temiera que se la confiscaran. Doc debió rozar su ignición,
o su seguro, o ambas cosas; mientras la tocaba la hoja se liberó, rugiendo,
doblando su longitud. La dejó caer al suelo, donde se hundió profundamente
hasta que Jake la cogió y la apagó.
-Con
cuidado -dijo. Durante un momento la música de abajo se detuvo. Había una jarra
de cristal azul llena de monedas entre los clasificadores cercanos; pensé que
era un equipo muy extraño para la consulta de un médico.
-Maldición,
Jake -dijo Doc, la cara libre de todo color menos el de su piel-. ¿Qué más
tiene ahí debajo? -Tras quitarse el abrigo, la chaqueta y el chaleco y
remangarse la camisa, Jake hizo inventario de sus pertenencias, depositando
mandriles, cadenas, porra, sus brillantes nudilleras con cuchillas, su taladro
y sus piezas seleccionadas, la Omsk recogida la noche anterior. Con
tranquilidad, sacó la Shrogin de Skuratov; Doc observó su despliegue digital.
-Eso
no es una ametralladora -dijo, palpándola con cuidado, para evitar nuevos
accidentes-. ¿Por qué lleva tanta artillería encima, Jake? -preguntó,
contándolo todo.
-Soy
asesor de seguridad.
-Y
bastante seguro -dijo Doc, abriendo la navaja de Jake, utilizada como cuchillo
de mesa la noche anterior-. La chaqueta sigue pesando una tonelada. ¿De qué
está hecha? Parece lino...
-Hay
krylar debajo -advirtió Jake. Wanda se acercó para quitarle la camisa.
-Estos
botones no encajan en nada -dijo.
-Velero.
Sólo tire. El krylar desvía los proyectiles pequeños.
-No
los suficientes -comentó Doc, al ver que el torso de Jake estaba cosido a
cicatrices desde el cuello a la cintura-. ¿Le volaron en pedazos y luego lo
remendaron? -rió.
-Sólo
esto -dijo Jake, alzando la pierna izquierda como para mear. Entre las cosas
depositadas en la mesa no estaban ni en trazador ni su aparato de bolsillo; yo
también sabía que en alguna parte de sus ropas había una cuerda de treinta
metros, por si había que escalar. Doc retiró sólo los artículos que podían
hacer un daño evidente. Tras arrodillarse, abrió una de las puertas del armario
blanco y brillante. Recogió los juguetes de Jake, los metió dentro y volvió a
cerrar la puerta, guardándose la llave. Jake siguió mirándole,
sorprendentemente tran¬quilo-. Son necesarios -dijo.
-Se
los devolveré cuando se marche -contestó Doc-. No me siento demasiado cómodo
tan cerca de una armería. Mientras tanto, pueden quedarse ahí.
-¿Te
encuentras bien, Jake? -preguntó Oktobriana, con una voz baja y extraña; aunque
tenía los ojos abiertos, pensé que estaba sedada, tan muerta parecía.
-Creo
que sí -dijo Doc-. Parece un pájaro bastante duro. ¿Cómo se siente, señorita?
-Mareada
-contestó ella. Miro a Jake, como hambrienta.
-Piense
que ha pillado una cogorza, eso es todo. Considerando lo que han pasado, está
muy bien. Jake, decía usted que ese hombro estaba dislocado.
-Estaba
-dijo Jake, contemplando la articulación negroazulada y la hinchazón.
-No
sé -comentó Doc, pasando las manos por la magullada piel de Jake-. Nada
desplazado. Ninguna costilla rota. Pero debería estar bastante dolorido...
-El
diodín dura doce horas. Para entonces se habrá arreglado.
-¿Qué
es eso? No lo conozco.
-Un
matadolores -dijo Jake-. No soy ningún experto, no puedo describirlo. Estaba en
el botiquín del avión.
-Y
ella me dijo que había tomado extamyl. ¿Es el mismo tipo de cosa?
-Ya
se lo dije -interrumpió Oktobriana-. Se trata de un derivado sintético de la
morfina, reestructurado para anular el potencial adictivo.
Doc
adoptó una expresión como si diera el visto bueno a la substancia que ella
describía.
-Vendémosle
entonces -dijo-. Wanda, pásame un Ace...
-Lo
tienes delante -contestó ella. Doc lo aplicó, vendando con fuerza el hombro de
Jake. La mirada de Oktobriana estaba fija en Jake; en sus ojos había miedo,
como si temiera que, cerrándolos una sola vez, no encontrara al volver a
abrirlos más que una ausencia, un ser amado desaparecido, para no verlo nunca
jamás, llevándoselo todo en su huida. De la ventana llegó un súbito grito.
-¡Doc!
-Sí
-respondió Doc-. ¿Quién es? ¿Bill?
-Estás
despierto horriblemente tarde, ¿no?
-Sí,
estoy quemando el gas de medianoche. ¿Cómo estás, Bill?
-Cansado,
pero no gastado. Abajo está bien caldeado.
-Los
oigo.
-Te
veré otro día. -Luego, otra vez silencio. Doc terminó de vendar a Jake.
-Eso
servirá, parece que los tres han sido picados por esos mosquitos. Tengo un poco
de loción médica, podrán frotarse. Muy bien, Luther, veamos cómo está usted.
Como
no tenía ninguna contusión corporal, me quedé vestido. Doc frotó un trozo de
algodón con alcohol y cargó de dolor las heridas de mi cabeza.
-Vuélvase
hacia aquí-dijo-. Demonios, uno o dos centímetros más profundo y no le habría
quedado mucha oreja. ¿Alguien trató de arrancársela de un bocado?
-Me
esposearon -dije-. Me golpearon y doblegolpearon varias veces. Jake lo impidió.
-Esposeado
-repitió Wanda-. ¿Quiere decir con esposas?
-Exacto.
-¿Qué
demonios son ustedes? ¿Convictos o qué? -Su voz se alzó, como si hubiera
soportado demasiado-. Norman, ¿ahora me traes gángsters? ¿A nuestra casa?
-Tranquila,
Wanda -dijo Doc, igualando su tono, frotando con tanta saña uno de mis cortes
que pensé que su intención era lastimarme, no desinfectar-. No son gángsters.
Al principio lo pen¬sé, pero por una parte parecen demasiado listos para ser
hampo¬nes...
-No
tenemos orientaciones criminales -dije yo, dispuesto a tran¬quilizarlos.
-...y
por otro lado son demasiado estúpidos -concluyó-. No son más que bebés en el
bosque. Diciéndome que son norteamericanos...
-Lo
somos -dije.
-Yo
no -advirtió Oktobriana.
-Luther
dice que nunca ha visto un pase. -Me aplicó un vendaje de gasa a la cabeza-. Ni
siquiera sabía lo que era uno.
-Oh,
vamos -dijo Wanda-. ¿Te burlas de mí?
-Te
diré una cosa. Me pregunto si no serán espías. ¿Qué te parece?
-¿Espías?
-Demonios,
sí, espías. Espías de poca monta, por cierto. Se estrellaron en una especie de
avión, se lo oí decir. Actúan como si no distinguieran su culo de un agujero en
el suelo hasta el punto en que no creo que sean capaces de hacerlo. Hablan un
inglés que no vale un pimiento...
-Palabreamos
perfecto -dijo Jake-. Su dialecto obstruye.
-Escúchale.
Miren, se ha hablado mucho de espías últimamente. Submarinos nazis aparecen en
Long Island cada noche. Son repelidos en los muelles. Yorkville está lleno de
alemanes, y probablemente la mitad de ellos están metidos en algo. No me
sorprendería que fueran ustedes krauts...
-¿Krauts?
-dije-. ¿Qué significa? Su cara brilló de exasperación.
-Alemanes.
-¿Yo?
-El
negro más blanco que jamás haya visto -murmuró Wanda, encendiendo un cigarrillo
con una cerilla que sacó de una cajita de cartón; esta gente fumaba como rusos,
ansiosos del aliento de dragón.
-Pero
no creo que eso se sostenga tampoco -continuó Doc-, Demasiado locos para ser
espías. ¿Qué demonios son entonces, hombre? ¿De dónde vienen? ¿Van a darle al
pico, o tendré que pegarles una patada en el culo y tirarlos a la calle?
Con
todo, habíamos captado su interés; pero, ¿cómo explicar tal cosa, cómo empezar?
-¿Y
si lo digo y no recibo ninguna creencia?
-Debe
ser toda una historia.
No
pude hacer otra cosa sino tocar de oído, probando una aproximación y luego
otra. Los ejemplos obvios parecían el sistema más seguro.
-Muy
bien -dije- Las armas de Jake. Todas sus herramientas. Parecen infamiliares,
¿cierto?
-Hablaban
de armas secretas en el noticiario de la semana pasada en el cine -dijo Wanda-.
Eso no significa nada.
-¿Ropas
del estilo que llevamos?
Con
mano tentativa, Doc tocó mi chaqueta, la camisa y la corbata.
-No
usan cuellos duros. Tienen algo en vez de botones en la camisa. ¿Y qué?
Abrí
la cartera y la sacudí.
-Examine
-demandé.
Doc
acarició la cubierta como si se lo hiciera a su esposa, con asombro, y temor, y
tensión mal oculta.
-La
cartera es de alguna especie de material suave. -La abrió, oyó el chasquido del
velero y examinó su forma, abriéndola y cerrándola varias veces, escuchando el
sonido. Miró mis pertenencias.
-Es
una especie de... -no terminó.
-¿Qué
es, Norman? -preguntó Wanda, acercándose. Él sacó y mostró mi Drydencard, mi
Citicard, mi Amex y Nynex; el número nacional; mis carnés de conducir y del
ejército con los seguros holográficos. Estudiaron mis fotos: mis sargentos y
yo, Johnson al fondo, en Long Island, todos desaparecidos ahora menos yo,
tomadas antes de la Hora de los Niños; un retrato mío de cuando me encontraba
en Estambul, con Santa Sofía detrás; los VP y yo ante la muralla tipo Berlín de
la Casa Blanca; Katherine, mi ex-esposa, posando con el uniforme azul
Castrolite que Dryco me proporcionó después de unirme a la firma, mintiendo con
su sonrisa que no conocía vida más feliz que conmigo. Doc sacó billetes de
rublo, de dólar, y un puñado de monedas de mi cartera. Los dos se quedaron
mirándolo todo en silencio, como si observaran amanecer en el mar. Lanzó un
cuarto de dólar al aire; cuando aterrizó, produjo un sonido sordo.
-Esa
mierda no es de plata.
-Aleación
de zinc y cuprolita -expliqué. Doc la frotó en sus pantalones como para sacar
chispas y la arañó con las uñas.
-¿Estas
fechas son correctas? -preguntó Wanda; yo asentí, pero ella no lo vio.
-Sigue
apareciendo el viejo George -dijo él-. Igual que en las nuestras. Mire.
Sacó
sus propias monedas y me las puso en la palma: un cuarto de dólar, diez
centavos, un pesado medio, dos centavos. La plata resonó como campanas cuando
las monedas golpearon la mesa. En la cara de los diez centavos había un casco
alado; una mujer en negligé aparecía en el reverso del medio. Washington,
ciertamente, estaba en el cuarto. Cada centavo llevaba una cabeza de indio y
una fecha del siglo XIX.
-¿Lincoln?
-preguntó Doc al ver mis billetes, como si ignorara quién era. Esperando nuevos
comentarios, no oí ninguno. Ellos se miraron, luego me observaron a mí mientras
me devolvían mis pertenencias.
-¿Su
tarjeta del ejército dice que fue oficial?
-Lo
fui.
-Me
dijo que cumplió veinte años de servicio. ¿Cuál era su rango cuando se
licenció?
Naturalmente,
el holograma no significaba nada para él. Les devolví mi identificación.
-Inclínenla
a la luz -dije-. ¿Ven la doblestrella? Eso demuestra el rango de general. Y de
retirado, ciertamente.
Él
sacudió la cabeza. Wanda siguió mirándome tan tranquila.
-¿Cómo
llegó a general?
-Promociones.
Una de ellas automática después del retiro. Las otras, carencia de
aplicables...
-No
se puede ascender por encima de sargento mayor en el ejército -dijo Doc.
-Me
alisté como segundo teniente.
Se
puso a vis una vez más mi holograma.
-¿Qué
es esto, por cierto?
-Un
holograma. Una especie de foto.
-Están
llenos de aparatos a lo Buck Rogers. ¿Cómo llegaron aquí?
-Volando.
Oktobriana comprende los principios. Yo, por mi parte, no sé nada. Advertí que
creer podría ser difícil.
-Terriblemente
difícil -dijo Wanda.
-¿Cómo
pueden volar al pasado? -preguntó Doc-. Es decir, si son del futuro, deben
hacer esto todo el tiempo.
-Ciertamente
no -dije-. No tengo idea de qué prueba testifica...
-Todos
ustedes parecen asombrarse por cosas bastante simples.
-Igual
que Herman Brown, que vive calle abajo. Pero él no le dice a la gente que es
del futuro.
-¿Ella
sabe cómo hacerles volver? -preguntó Doc, ignorando a su esposa, dándole la
espalda-. Van a regresar, ¿no?
-A
Alemania -dijo Wanda.
-¡Calla!
-gritó él-. Déjalo hablar.
-Interfieren
variables -dije-. Si un conocido nuestro no es descu¬bierto podemos limboarnos
aquí hasta... -¿Hasta cuándo? ¿Hasta que volviéramos a nacer? Deseé no hacerme
preguntas-. Hasta siempre.
-Digamos
que les echamos una mano, sean de donde sean -apuntó Doc-. ¿Sacaremos algo en
limpio? Sacudí la cabeza.
-No
tenemos nada ofrecible.
-El
futuro, ¿eh? -dijo Doc-. ¿Qué clase de ayuda supone que necesitan?
-Primero
necesitamos acostarnos -dije-. Luego necesitamos guía aquí. Deseamos marcharnos
más que ustedes, sin duda...
-No
apueste -dijo Wanda.
-No
nos hacen falta tus comentarios -gruñó Doc, con la vena central de su frente
alzándose como si le hubieran hecho un tornique¬te-. Muy bien. Un paso fuera de
tiesto y se la habrán cargado. Pueden quedarse con nosotros una temporada...
-Oh,
Norman... -Él alzó la mano como para abofetear; no lo hizo.
-Quédense
una temporada y, si necesitan ayuda, intentaré hacer algo.
-Agradezco.
-Lo
más importante que van a necesitar si van a quedarse por aquí son papeles. Lo
primero que haré por la mañana será llamar a un amigo mío, es bueno con ese
tipo de cosas. Me debe un favor.
-¿También
harán falta papeles para Jake y Oktobriana? Él pareció sorprendido.
-Eso
no es necesario.
-Esto
no es una misión -dijo Wanda-. Todo el que quiera comer va a tener que echarme
una mano, no importa lo mal que se sientan cuando despierten por la mañana. Van
a ayudarme a mantener la casa limpia, y no se quedarán de forma permanente.
-No
seas tan quisquillosa a estas horas de la noche, Wanda -dijo él-. Estoy hecho
polvo.
El
ritmo de abajo volvió a empezar, sacudiendo la habitación. Las trompetas
esparcieron incontables notas a través del suelo. El sonido atraía; era muy
humano.
-¿Hay
muchos generales negros en su ejército? -preguntó Doc, riéndose.
-Dieciséis,
en la actualidad. Selección natural. Ningún otro.
-Tal
vez de donde vienen -dijo, con aquella vena de su cabeza a punto de explotar-,
probablemente incluso tengan un presidente negro...
-Tuvimos
uno durante dos años. Lo mataron en Kansas City...
-Como
siempre dicen, Wanda -comentó Doc en voz baja; una felicidad de origen
desconocido casi formaba una aureola en su cara-. Mejores tiempos por delante.
¿Ves?
-Mierda
-dijo ella-. Nunca los veremos. Me vuelvo a la cama. Se dio la vuelta y salió
de la habitación. Tal vez sólo mi percepción de sus conversaciones hacía que
tantas cosas parecieran un acertijo.
-No
le hagan caso -dijo Doc-. A estas horas está de mal humor. Y no esperaba
compañía. Vamos. Extenderé más sábanas en el suelo de la habitación principal
para que puedan montar unos jergones. La chica puede dormir en el sofá. Estoy
suponiendo que se conocen bastante bien. -Me encogí de hombros-. Menos mal que
mañana es sábado -continuó, metiendo su instrumental médico en un gastado
maletín de cuero-. Crucemos al pasillo. Buena música para dormir, ¿eh? El
pres...
Así
que tal vez podíamos confiar; o tal vez no. No había opción inherente. Con un
brazo, Jake cargó a Oktobriana durante el trayecto, la cara libre de dolor o
preocupación. Ella dirigió su mirada a sus vidriosos ojos. Incluso desde la
distancia su fuego ardía a tope, su indescifrable devoción dispuesta a quemar,
si no a ambos, entonces a uno; si no a uno, entonces al otro. Cargué con las
maletas, dudando ahora de la esencialidad de todo lo que habíamos traído.
-¿Tienen
pijamas en las maletas? -preguntó Doc.
-Son
de ella -dije-. Nosotros no esperábamos tener que pasar la noche.
-Vaya
espías. No traer ni siquiera pijamas...
-No
uso frivolidades -murmuró Oktobriana.
-Entonces
tápese bien -dijo él. El apartamento me recordaba a algunos que había visto,
aunque la forma de éste era más pura: los bordes de los muebles no estaban
redondeados por el habitual palimpsesto de una capa tras otra; todos los rasgos
originales estaban adecuadamente emplazados; las paredes eran lisas bajo el
papel floreado. Advertí una amplia habitación principal, cocina y pasillo; más
allá estaba el baño, su dormitorio y posiblemente más. El techo, a tres metros,
alargaba el espacio por interferencia e impresión, reduciendo la enorme forma
de los muebles. Todas las ventanas a lo largo de la pared que daba a la Octava
Avenida estaban abiertas; el ventilador del techo de esta habitación casi
conseguía enfriar el aire.
-Conseguiré
lo que necesitan. Siéntanse como en casa -dijo Doc. Durante unos momentos nos
quedamos inmóviles; un ruido rechinante en el exterior acabó con toda la calma.
El tren elevado, recordé, ahí fuera, cinco pisos por encima.
-Nos
adaptaremos -dije, acariciando migajas sueltas de optimismo.
-Si
es necesario -respondió Jake, sentándose lentamente en un henchido sillón.
Apoyó la cabeza en un tapete bordado colocado sobre el sillón. Oktobriana se
destapó y se sentó en el sofá tamaño bote; en silencio, se quitó la camisa y
los pantalones, se desperezó y bostezó, descubriendo vello bajo el brazo, la
rosada protuberancia de sus pezones, el estómago liso, una maraña oscura en la
base del vientre. Aparté la mirada; vi, cuando volví a mirar, que ella no
miraba más que a Jake. Éste trataba de no verla; lo hizo, volvió a hacerlo, y
cerró los ojos, como si mirarla demasiado le convirtiera en piedra, o peor.
Tras envolverse otra vez en la manta, se tendió, tosiendo como si fumara; no lo
hacía.
-¿Cómo
se siente? -volví a preguntar, con la voz cascada como si hubiera vuelto a
nacer.
-Cansada.
¿Nueva York es siempre tan caluroso?
-Normalmente
-dije, y advertí que me refería a un clima diferente-. A menudo. -Encontré otra
silla, que tenía unos brazos tan anchos que podrían haberse sentado cuatro, y
me senté solo.
-¿Qué
hay ahí detrás? -preguntó Jake-. ¿Un ordenador?
Al
volverme sólo vi una caja de madera, su cara sonriente hecha de dos pomos por
ojos, un dial amarillo claro por nariz, una ancha sonrisa de fábrica.
-Una
radio -dije, estudiando el dial-. Stromberg-Carlson.
-¿Tan
grande? ¿Por qué?
-Tubos
de vacío -dijo Oktobriana, con los ojos cerrados-. Los medios de comunicación
operan aquí sólo con el uso de muchos tubos de vacío que malgastan mucho
espacio valioso de forma ineficaz. Un estorbo inevitable si se necesita emplear
tecnología progresiva.
Pensé
en nuestra propia tecno, en cómo recuperarla.
-¿Dónde
le muestra el trazador, Jake?
-Aún
tiene el plano de Moscú -dijo él, tras mirarlo-. La luz fluctúa, la verde lo
indica. Viable, esté donde esté.
Doc
regresó con un montón de ropas de cama; colocó sábanas sobre la alfombra y los
cobertores y almohadas sobre una silla vacía.
-Les
dejaré que lo preparen todo -dijo-. Tengo que dar una cabezada yo también. Les
traeré toallas por la mañana. -Vio el trazador-. ¿Qué es eso?
-Seguimos
a nuestro amigo con esto.
-Nunca
había visto una cosa así.
-Naturalmente.
Jake, lo arreglaremos por la mañana. A esta hora apenas puedo pensar, y mucho
menos pensar bien.
-Tal
vez por la mañana puedan decirme cómo va a ser el futuro -dijo Doc. Por la
mañana, sí; no era algo que uno quisiera oír antes de irse a dormir-. Buenas
noches -se despidió, y abandonó la habitación en dirección a la oscuridad del
pasillo. Hicimos nuestras camas en unos minutos. Oktobriana estornudó, gruñó y
volvió a sacudirse.
-¿Hay
una almohada extra? -preguntó-. Hay muelles muy duros en estos cojines. No la
había.
-Intentaré
traer una -dije, y me levanté y recorrí el pasillo en dirección a la puerta por
donde asomaba luz; el sonido de agua al correr me confirmó que era el baño y no
el dormitorio.
-¿Doc?
-pregunté, llamando a la puerta. Oí el chasquido de un cierre, la puerta de un
botiquín.
-¿Qué,
Luther? -susurró, y abrió la puerta; un pinchazo en la parte interna del codo
sangraba aún, una mancha redonda y oscura en su piel-. ¿Necesitan algo más?
-Oktobriana
necesita otra almohada, si la tienen.
-En
el armario de aquí. La cogeré.
Cuando
tiró de una larga cadena, conectando la luz del pasillo, vi que aún tenia
puesta la camiseta, aunque no la camisa. Al estirar un brazo para coger una
almohada en lo alto del armario vi algo en el centro de su hombro, medio oculto
por la tira de la camiseta.
-¿La
consiguió bajo el fuego, Doc? -pregunté-. ¿Una cicatriz de guerra?
-¿Qué?
-En
su espalda.
-¿Nunca
ha visto una de éstas? -preguntó él, en voz tan baja que apenas le oí; se
volvió para mostrármela. Después de mirarme de nuevo, apagó la luz antes de que
yo pudiera ver sus ojos. Me pasó la almohada-. Le veré por la mañana.
-Buenas
noches -dije-. Gracias.
Atravesó
la puerta del dormitorio, la cerró y me dejó con la sensación como si hubiera
irrumpido en su alma por accidente. Al regresar a la habitación vi el traje de
Jake apilado cerca de donde él yacía. Oktobriana, ya dormida, se había
enrollado en su sábana blanca; sudaba tanto que parecía aún más desnuda que
cuando lo estaba. Tímido en presencia de una mujer extraña, ansioso por ocultar
reacciones inadvertidas, me dejé los pantalones puestos, apagué las luces y me
acosté. El suelo parecía casi cómodo.
-¿Qué
hay que hacer, Luther? -preguntó Jake.
-Dormir
-dije-. Improvisaremos. No comprendo todo lo que sucede.
-Yo
no comprendo nada -dijo él, y después guardó silencio. Tras las dos primeras
horas el murmullo del tren elevado apenas parecía audible, y resultó casi un
alivio. Me desperté hacia el amanecer, y descubrí la habitación iluminada por
el brillo ámbar del sol, una luz veraniega llena de bruma y humedad, estriada
por el elevado como por el costillar de una glorieta. Las moscas picotearon mi
piel mientras inspeccionaban el terreno.
-Jake...
-oí decir; no di muestras de haber oído. Ella se había despertado antes (no
podía decir cuánto) y se había arrastrado por el suelo, introduciéndose entre
las sábanas de Jake. Observé desde el otro lado de la habitación, prestando
atención a los murmullos inaudibles. Cuando ella se apretó contra él, Jake la
apartó; cuando ella se enroscó a su alrededor, él se soltó. Ella se deslizó y
giró, se zambulló bajo las sábanas, frotó y besuqueó, se agarró a sus hombros
como si su presa sobre él fuera lo único que la impedía hundirse. Su energía
era sorprendente; con todo, no arrancó ninguna reacción. Jake permaneció
quieto, como si moverse fuera su fin. Ella debió sentirse como si amara a un
muerto.
-No
puedo -dijo él por fin. Con ojos de voyeur, la vi llorar como un conejo, sin
producir más sonido que el susurro de sus lágrimas al correr por las mejillas.
-Jake
-dijo ella-. Brajni.
Regresó
al sofá, dejando a su bastardo detrás, el perfecto control de Jake
imperturbado. Antes de que el sueño volviera a llevarme a un estado más
soportable, recordé de forma inevitablemente clara lo que había visto; recordé
la impresión en la espalda de Doc, la marca que me confirmó el aviso de
Alejine, de que todo lo que parecía familiar parecería otra cosa con el paso
del tiempo. La idea atenazó mi mente, el recuerdo la aterrorizó. Había
cicatrices en la espalda de Doc, pero esto no era una cicatriz; era un mensaje
transmitido sin la señal de un tatuaje. Llevaba una marca de fábrica: un óvalo
alargado se alzaba en su omóplato. La curva superior del óvalo decía SIN
DEPÓSITO; la inferior, SIN RETORNO. En el centro de aquel anillo, con el estilo
de letra empleado hasta el día mismo en que los absorbimos, su marca: PROPIEDAD
DE COCA-COLA CO, ATLANTA, GA.
6
-¿Hambrientos?
-preguntó Doc poco después de despertarnos a las nueve, mientras nos
liberábamos de la tumba del sueño. Jake y yo no habíamos comido desde la
invitación de Skuratov la noche anterior más una, hacía tantos años.
-¿Hay
un cepillo cerca? -preguntó Jake, desdoblando su ennegre¬cida ropa. Al no
obtener ninguna respuesta, recalcó-: Suministre detergente y lo lavaré.
Oktobriana
se levantó, con las sábanas pegadas a ella como con cola.
-El
detergente no se ha inventado todavía, Jake.
-Tenemos
jabón de lavandería -dijo Doc, recogiendo las cosas-. ¿No estropeará ese traje
si lo moja? ¿No encogerá?
-Es
entallado y fijo -dijo Jake, incorporándose y sujetando la sábana con una mano
ante él. Mi traje, de estilo corporativo superior, era por supuesto
naturalizado, y sus arrugas eran tales que parecía haber permanecido debajo de
un tanque durante toda la noche.
Doc
asintió, dando a entender que comprendía.
-¿Cómo
se encuentra, señorita? ¿Quiere tomar un baño?
Las
sábanas de ella cayeron cuando se levantó; Doc desvió la mirada. No parecía tan
cómodo ante la visión de la desnudez sin una mesa de exámenes cerca para
certificar su adecuación.
-Demasiado
temprano para sentir el contacto del agua en la piel -dijo ella; se arrodilló
ante una de sus maletas, extendió la mano hacia la otra, con el pie izquierdo
levantado para guardar el equilibrio-. Mi nombre es Oktobriana. El nombre
familiar que me daba mi madre era Chada, si lo encuentra más fácil.
-No
podría llamarla chiquilla, señorita... Wanda entró; miró a Oktobriana y
resopló.
-¡Póngase
alguna ropa, niña! -exclamó-. ¿No ve que esas malditas ventanas están abiertas?
-Oktobriana, tan tranquila, se colocó una camiseta en torno a su mitad
superior. Wanda vio a Jake sujetándose la sábana-. Todos desnudos. En mi
casa...
-¿Dónde
si no iban a vestirse, Wanda...?
-¿Y
si algún poli se asomara y los viera a los dos aquí con ella? Correteando
desnudos como si ella fuera el plato principal en un buffet. Así no es como se
actúa por aquí...
-Muy
bien, Wanda -dijo Doc, dirigiéndose hacia el pasillo-. Jake. Luther. Por aquí.
-Nos
arrastrarían a todos a la comisaría -siguió Wanda; advirtió las deliberaciones
de Oktobriana-. Ellos puede que quieran ver lo que falta, niña, pero yo no.
Póngase unas bragas.
Nos
detuvimos en el umbral del cuarto de baño como cortados por un hacha; los
lavabos turcos no eran tan primitivos. Jake miró la taza como si decidiera cómo
desarmarla.
-Siempre
está rezongando a esta hora de la mañana -dijo Doc-. ¿Qué está mirando, Jake?
-¿Sabe
si esto tiene cisterna? -dijo Jake, mirando la taza. Doc se llevó una mano a la
boca, impidiendo exclamar alguna palabra inapropiada.
-¿Ve
esa cadena que cuelga? Haga lo que tenga que hacer y, cuando acabe, déle un
buen tirón. -Vimos que en lo alto la raíz de la cadena salía de un tanque de
porcelana fijo a la pared-. Éste es el baño -siguió explicando Doc- Si quieren
darse una ducha, usen los dos pomos de aquí arriba.
-Reconozco
-dijo Jake, metiendo la mano tras la cortina y apre¬tando los pomos con los
dedos.
-Se
giran -explicó Doc. Tras salir al pasillo, añadió-: No tienen que entrar los
dos a la vez si no quieren. Hay agua de sobra.
-Inintentado
-dije yo. Cerré la puerta y me senté sobre la tapa de la taza. Bajo las patas
del baño había un sedimento verdoso como en un lago, un anfitrión de vida.
Mientras me pasaba la cuchilla por la cara me pregunté qué sentimientos
quedarían tras el encuentro que había contemplado al amanecer; sin embargo, no
tenía ningún deseo de preguntar. Cuando Jake salió del baño, vi que se había
vestido dentro; su traje goteaba al secarse, restaurado su color marfil.
-Alcalina
-observó, llevándose una gota de agua a la lengua-. Aflojará el tejido si se
usa demasiado.
-Entonces
no lo hagamos. -Mientras Jake examinaba su apariencia ante el espejo, me
preparé y entré en el baño. Al colocarme bajo la borboteante agua, con la
llovizna cosquilleando más que lavando, o eso me pareció, consideré la
facilidad con la que uno podía, si estaba preparado como yo en tal situación,
sumirse en una cultura extraña. Años atrás había entrado de incog en Nueva
Guinea con mi equipo selecto, haciéndonos pasar por vagabundos que pudieran
fundirse con lo cotidiano durante una temporada, y así elaborar nuestro
subterfugio sobre aquellos elegidos antes de que se mostrara nuestra posición,
y luego marchamos tan tranquilamente como habíamos venido, dejando tras
nosotros mentes cambiadas y fragmentos de creencia consumida. Todo lo que
hicimos al principio fue aparecer, y enseguida necesita¬mos ayuda; en cuestión
de horas encontramos locales dispuestos a ayudarnos, pues nuestra extrañeza se
notaba demasiado. Una vez atraídos, el éxito estuvo asegurado. Me dije que esto
era lo mismo; el viejo caso del avanzado acercándose al primitivo para
conseguir un objetivo más amplio.
Como
una imagen inducida, recordé de repente su marca de Caín, y me sentí bastante
incómodo.
Sintiéndome
de nuevo casi humano después de secarme y vestirme regresé a la habitación
principal, y vi a Oktobriana sentada otra vez cerca de Jake; sin embargo, él no
mostraba ninguna pasión. Doc estaba sentado en una silla cercana; al parecer,
no había interrumpido ninguna conversación. Wanda se asomó a la puerta de la
cocina, cubriendo con un delantal blanco la mayor parte del brillo de su bata
de color naranja Halloween.
-¿Alguien
quiere venir a echarme una mano? -preguntó-. ¿Alguien quiere comer?
-Ésos
somos nosotros. Alguien ha debido levantarse esta mañana por el lado equivocado
de la cama -nos guiñó Doc.
-Oktobriana
y yo requerimos conferenciar -dije-. Acudiremos en breve.
-Entonces
vamos, Jake -repuso él, levantándose.
-Jake
-dije, deteniéndole a mitad de vuelo-. Vamos a reajustar las coordenadas. ¿La
luz verde aparece aún?
-Aún
-dijo él, lanzándome el trazador y desapareciendo en el vacío de la cocina-. El
punto no se ha movido.
-Hay
botones pequeños en el lado -dijo Oktobriana, mirando en su dirección-. ¿Conoce
esta latitud y longitud? -asentí-. Introdúzcalas. El plano de Moscú será
remplazado por el de la zona de Nueva York.
-¿Cuántos
hay en memoria?
-Todas
las ciudades importantes y todas las ciudades rusas de más de cinco mil
habitantes.
Oímos
el sonido de algo al romperse.
-No,
Jake. De esta forma -escuchamos decir a Doc-. Eso es.
Mientras
el plano se reformaba, aparecieron cincuenta kilómetros de alrededores.
Volviendo a pulsar el rastreador, conseguí una amplia¬ción. En Jersey, entre
las líneas de calles inexistentes, su manchita se veía azul.
-No
se ha movido -dije-. Inconsciente, posiblemente. Agonizando, tal vez. Huesos
rotos o atascado en el lodo.
-Pero
aún vivo. Debemos ver si la máquina sobrevivió a la caída.
-Tal
vez Doc pueda llevarnos allí. Pero, ¿con qué propósito? ¿Es posible que pueda
efectuar los reajustes?
-No
es previsible, pero merece la pena intentarlo. Imprevisible no significa
imposible.
-¿Podemos
contactar con Alejine de algún modo? -pregunté-. La posibilidad de
transferencia debe haber parecido una opción.
-Él
no lo recomendó.
-Con
todo, deben de haber incorporado un medio de contacto.
-Hay
un método de contactar, sí, pero recuerde que no se esperaba que yo apareciera
en Nueva York si hacía la transferencia. Como dije, Sachenka se mantuvo
estacionario las dos veces que lo usó. Cambiar de emplazamiento al moverse de
un plano de tierra a otro no estaba previsto.
-¿Cuál
es entonces el método de señalizar? -pregunté-. Si él está...
-Es
probable que no. Prefiero dejarlo como último recurso.
-Eso
no tiene sentido. Si hay una posibilidad, aunque sea remota, hay que
intentarla. ¿Cuál es el método?
-Estos
trazadores tienen un método especial de contactar sin peligro de observación.
Sania obtuvo un par para nosotros antes de su primera visita. Reajustando el
trazador puedo señalar nuestra llegada usando el código Morse. El emplazamiento
se transmite con destellos blancos en la pantalla del trazador.
-¿Qué
pasó con el suyo?
-Desapareció
inmediatamente después de dejar Dubna. Hizo que me diera cuenta de que había
llegado el momento de moverse. Sabía que podían encontrarme pero esperaba que
no vieran necesario el esfuerzo. Ciertamente, con el mío, ellos sabían que
podía verlos...
-Transmitamos
a Alej...
-Sin
acceso a un ordenador para reajustar el trazador a su uso original es
imposible. ¿Dónde hay un ordenador aquí? Como dije, esto es una existencia de
tubos de vacío. Teniendo sólo un instrumento parece absurdo correr hasta que
hayamos recuperado nuestro aparato, ¿no?
-Si
no le hubiera dejado con el otro trazador...
-Si
la mierda fuera oro, todos seríamos capitalistas. Una vez más, no hay elección.
Tenemos que encontrar a Skuratov. Recuperar la máquina. Ver si es operable.
Tratar de contactar entonces con Sania. Si no lo hacemos, intentaremos
reajustar el aparato...
-¿Pero
puede hacerlo?
-Merece
la pena intentarlo -dijo ella-. Los hombres son tan derrotistas. Creo que puedo
reenergizar el aparato cerca de un circuito de Tesla en funcionamiento. Un
circuito grande. Más grande quizá que nada de lo que exista aquí, pero no estoy
segura. El problema es si puedo interferir en las directrices programadas por
Sania. Si no... -Calló y se mordió los labios-. Intentaremos reajustar el
aparato de todas formas. Podemos tener éxito o fracasar. Si fracasamos, nos
encontraremos con grandes problemas...
El
rugido de Wanda interrumpió nuestra conversación.
-¿Qué
quiere decir con eso de que estoy horneando pan que ya está horneado? Ayúdeme a
freír este tocino...
-¿Ha
advertido detalles inexplicables alrededor? -pregunté, pen¬sando de nuevo en
aquel cartel de la película, la marca de Doc, sensaciones inespecíficas.
-Estar
inconsciente la mayor parte del tiempo desde nuestra llegada dificulta una
observación concienzuda -dijo ella-. Hay cosas que he advertido. ¿Cuál es el
tema?
-No
estamos en el pasado, ¿no es así? No verdaderamente.
-No
el pasado, ciertamente. ¿Cuántas veces le he dicho que la causalidad lo impide?
No se puede beber vodka estando ya borracho.
-Entonces
Alejine se dio cuenta durante su primer viaje. Lo sabía usted. -Una mosca,
ansiando mi cabeza, la acarició repetidamente-. Seguramente le contó más de lo
que dice. Con anterioridad deben haber metido viejas teorías en ropas nuevas.
¿Dónde estamos?
-Para
nosotros parece el pasado -dijo ella-. Para ellos, y de hecho, es el presente.
-Repita
y clarifique.
-Ésta
es una esfera de existencia coexistente -dijo ella-. Ocupa el mismo espacio que
el nuestro pero en un aspecto diferente. Ningún mundo conoce la existencia del
otro. Tal vez cada uno empezó como la imagen reflejada del otro. Parece que uno
se desarrolló más despacio al seguir el camino. Tenemos la teoría de que en
algunos lugares se producen ventanas entre los mundos durante corto tiempo,
permitiendo un traspaso accidental. Eso explicaría muchos aspectos parafísicos.
Sania, a partir de ahí, desarrolló un método para viajar a voluntad entre esos
lugares...
-Eso
es una locura. Es de cuaderno de cómics...
-Cierto,
pero es lo mismo.
-Es
imposible poner dos cosas en una.
-Es
obviamente posible -dijo ella-. Visualice un ancho prado con una alta verja de
malla corriendo por en medio. La malla de la verja es tan fina que la persona
que está a cada lado no puede ver la presencia al otro lado. El prado es el
mismo a ambos lados, pero tal vez la sombra de la verja causa que una mitad
crezca más despacio. ¿Tiene sentido?
-¿Qué
ocurre dentro de la línea de la verja?
-Cualquier
cosa. Creemos que es una zona de flujo extremo. Atravesarla sería probablemente
muy peligroso.
-Siguiendo
con esta estúpida metáfora -dije, todavía sin creer-, ¿cómo se obtiene entonces
el acceso? Ella se encogió de hombros.
-Apunte
a la verja con una manguera. El agua se filtra al otro lado. Nosotros somos el
agua.
-En
teoría, podemos regresar...
-De
hecho, Sania regresó. Todo lo que se necesita es un aparato en funcionamiento.
Una nueva manguera, como si dijéramos. Hay que contar con el hecho de que
debemos marcharnos de aquí tan pronto como sea posible. Los problemas
inherentes contienen gran potencial para mucho engaño y daño.
-¿Qué?
¿Nos casaremos con nuestros bisabuelos por error?
-No
hace falta paraguas a menos que llueva -dijo ella, molesta-. Nada de eso. Aquí
podría haber otras personas. Hay que olvidar esas estúpidas fantasías. Dos
problemas inevitables en los que estoy pensando son mucho más serios y
probables.
-Y
son...
-Este
mundo podría estar siguiendo un camino similar al nuestro, pero no lo sabemos
con seguridad. No podemos prever cómo las acciones aquí causarán daños
irreparables al futuro de este mundo.
-O
daños ventajosos. ¿Ha considerado eso?
-Ésa
era la idealista creencia de Sania. Antes de marcharse por segunda vez dijo que
de hecho lo veía como una solución, no como un problema. Yo no estoy de acuerdo
porque no sabemos qué efecto tienen nuestras acciones, y no deberíamos tener
poder para cambiar las cosas. Pero el problema de la enfermedad es mucho más
inmediato y terriblemente serio.
-¿Enfermedad?
-El
mal más simple podría matamos si nuestra inmunidad no encaja, y no hay motivos
para que lo haga. Piense en la transmisión de plagas comunes de cultura en
cultura en el pasado. La muerte negra medieval. Sus indios americanos
aniquilados por las enfermedades del hombre blanco. Es el mismo principio.
Cuanto más tiempo estemos aquí, más nos expondremos a lo que quiera que haya.
-¿No
le detuvo eso? Ella sacudió la cabeza.
-Es
un loco.
Un
sonido sordo, como de un martillo golpeando algo sólido, vino desde la cocina.
-¡Jake!
Las
posibilidades eran ilimitadas. Eché a correr, temiendo encontrar¬me con bajas.
Oktobriana me siguió, y el estómago me dio un vuelco al entrar...., no por la
visión, sino por el olor. El aroma excremental de la comida al freírse permeaba
el aire excluyendo el oxígeno.
-Ya
tenemos ayuda de sobra aquí -gritó Wanda, con los puños cerrados-. Miren cómo
me ayuda. ¿No pudo pisar al maldito bicho?
Empotrado
en la pared, a la altura de la nariz, había un cuchillo de carnicero; en el
suelo había una cucaracha partida por la mitad.
-Le
di -dijo Jake, tan tranquilo.
-Sólo
aplástelas, Jake. Coja el bote de Flit -dijo Doc, liberando la hoja-. No sabía
a quién trataba de darle.
-Loco
-murmuró Wanda, mientras removía una cacerola llena de tiras de tocino
sumergidas en grasa sobre la llama libre del horno-. Mete el tocino en la
panera, cierra la tapa, quiere saber cómo se cocina. Tira de los pomos en vez
de girarlos. Coloca las sartenes a medio palmo de la llama y quiere saber
cuánto tardarán en calentarse. ¿Ha estado alguna vez antes en una cocina?
-¿Les
gustan los huevos fritos? -preguntó Doc. Miré un calentador en lo alto del
horno. Allí, ocho especies de pringosos cráneos en miniatura flotaban en su
charco marrón grisáceo. Su olor, a esta hora de la mañana, era insoportable-.
Jake está acostumbrado a las cocinas del futuro, ¿no es verdad, Jake?
Probablemente tienen artilugios que asan la carne justo en el momento, ¿eh?
Jake
asintió.
-Napalm...
-Tengo
apetito -dijo Oktobriana. Yo abrí la boca para reducir aquel olor abrumador, el
permanente aroma de la grasa ardiendo.
-Platos
que se lavan solos -continuó Doc-. Nabos del tamaño de balones...
-¿Puedo
tomar dos huevos sin cáscara? -pregunté, sabiendo que faltaba algo.
-¿Los
quiere crudos? ¿Tiene úlceras?
-Terribles
-mentí-. Los tomaré en vaso, por favor...
-¿Me
pongo a cocinar para ellos con este calor, y va a sentarse y beberse los
huevos? Mierda...
-Vamos,
Wanda. Tranquilízate.
-Prepárense
todos y siéntense -dijo ella. El tamaño de la cocina im¬presionaba, tan
acostumbrado estaba yo a los rectángulos que los caseros de Nueva York de
nuestra época llaman Áreas de Ingestión; cada uno de nosotros tenía tanto
espacio que nos sentamos en torno a la mesa en el centro de la habitación,
frente a la ancha ventana, mientras el incesante murmullo de las moscas
resonaba en nuestros oídos. Nuestros anfitrio¬nes y Oktobriana devoraron sus
horrores emplatados, y yo sacudí mis huevos hasta que pude beberlos, y Jake
recortó el borde de sus tostadas.
-¿No
le gusta la corteza, Jake? -preguntó Doc, tragando tocino.
-La
concentración de partículas de la superficie es mayor -dijo, mirando hacia
abajo-. ¿De qué es el suelo?
-De
linóleo -contestó Wanda. El nombre no me era familiar; fuera lo que fuese,
estaba rayado y gastado por los bordes, mostrando la acumulación anual de
basura bajo el brillo de la superficie-. ¿Qué tienen ustedes? ¿Otra cosa?
-Mirafloor
-dijo Jake-. Un producto industrial comprimido...
Wanda
no parecía impresionada. Daba la impresión de que un aspecto inevitable de este
tiempo era que a medida que el mundo exterior se volvía más gris mientras la
Depresión continuaba, el interior brillaba como policromado, una pérdida
compensando de sobras la otra. Sentado en una mullida silla, viendo la luz del
sol filtrarse a través de la marquesina verde y blanca y las cortinas amarillo
cromo, con las rodillas rozando un mantel a cuadros rojos con una sensación
extraña y resbaladiza, bebiendo de un vaso rojo sangre, observando los
brillantes platos azules de los otros, me sentí asaltado por el color,
estrangulado por un arco iris.
-Llamé
esta mañana a ese amigo mío del que hablaba -dijo Doc, sacando aceite amarillo
de sus yemas, empapando sus tostadas en su sebo-. No tenía ningún pase en
blanco, pero tiene algo igual de bueno. Dijo que fuera después del desayuno.
Vive calle arriba.
-¿Hablaste
con Cedric o con Lee? -preguntó Wanda.
-Sabes
que Lee nunca se levanta antes del mediodía. Esto nos pondrá a la par hasta la
próxima vez que una de sus muchachas se meta en problemas...
-Probablemente
eso será la semana que viene. ¿Por qué no comen ustedes dos como esta niñita de
aquí?
-Una
sobrecarga no es esencial -dijo Jake-. Estoy saciado. -Las moscas revoloteaban
alrededor antes de zambullirse en nuestros platos.
-No
soy una niñita -corrigió Oktobriana, acabando con su plato inicial; Doc volvió
a llenarlo.
-No
come como una -admitió Wanda-, ¿Quieres que me encargue de las cosas, entonces?
-¿Por
qué no? -dijo Doc tranquilamente-. Luther, saque esa foto de su pasaporte antes
de irse. Necesitará ponerla en el nuevo.
-¿Un
pasaporte norteamericano nuevo?
La
ceja derecha de Doc se alzó como la de un búho.
-Venezolano.
Es todo lo que tiene en este momento. Le di su altura, peso y edad. También le
proporcionará un nombre nuevo, para mantenerlo todo en marcha.
-No
parezco venezolano.
-Tampoco
parece que sea de Noruega-dijo Doc-, Allá se mezclan mucho más que por aquí
arriba. Pasará. ¿Habla español?
-Un
poco -dije; español, turco, ruso, francés-. Pero sigo creyendo que soy
demasiado oscuro...
-¿Oscuro?-rió
Wanda, mostrando sus dientes de oro-. ¿Con esos ojazos verdes? Parece que había
más de un lechero rondando la cocina de su madre.
Sintiéndome
adecuadamente emplazado, decidí que era necesaria una comprobación, más que
nada para distraer.
-Jake
-dije-. ¿Movimiento visto o no visto? Jake sacó el trazador y lo miró.
-Nada.
-¿Qué
es eso? -preguntó Wanda.
-Nos
informa de los movimientos de los demás -dije-. O de su carencia. Estamos
viendo al que tiene nuestro visado de salida.
-¿Un
amigo? Hicimos una mueca.
-Otro
huérfano del tiempo -informó Oktobriana-. Un terrible compatriota mío. Trató de
hacernos prisioneros. Trató de matar a Jake con una bomba. En el avión, hizo un
nuevo intento antes de que Jake lo arrojara al pantano de abajo.
-¿Está
seguro de que necesitan mantenerse en contacto? -preguntó Doc; nosotros
asentimos-, ¿Aún está en Jersey, entonces?
-Cerca
del punto de descenso. -Una mosca atacó en picado; Jake, aburrido, la cogió al
vuelo, sin que se viera su movimiento. Apretó el puño, abrió la mano, se limpió
en la servilleta y siguió comiendo.
-Gran
cazador -dijo Oktobriana, sonriendo mientras daba cuenta de su segundo plato.
-Probablemente
pueda acercarles más tarde, cuando consigan ese pasaporte -dijo Doc-. Parece
que se está recuperando la mar de bien, señorita.
-Tengo
sensaciones exuberantes -dijo ella-. Tan inesperadas des¬pués del paso de la
fiebre. La cabeza embotada, pero no dolorida. La rigidez esperada va pasando.
-¿Puedo?
-le pregunté a Doc, señalando un periódico sobre la mesa.
-Tome.
Es el de esta mañana. Ya lo he leído. Tírelo cuando lo acabe. -El papelucho no
se parecía a nada publicado en mi Nueva York, como el Mirror. El Herald-Tribune
and Mail del 17 de junio de 1939 tenía pocas fotos, superabundancia de texto, y
titulares semirracionales. Tras echar una ojeada leí: REY SE DESPIDE DE NUEVA
YORK, SE REÚNE HOY CON EL PRESIDENTE; OLA DE CALOR ARRASA EUROPA; LA GUARDIA
JURA COMBATIR EL RECORTE DE PRESUPUESTO DE LA LEGISLATURA...
-Tantas
moscas... -dijo Oktobriana, dando palmadas.
-No
más que en cualquier verano -respondió Wanda-. Las hordas de Belcebú. Emisarias
de la oscuridad. Hay que acostumbrase a ellas. ¿No tienen ustedes ya moscas?
-Probablemente
han acabado con todas las plagas en el futuro, Wanda -dijo Doc-. Nada de
cucarachas. Ni ratas. Ni arañas ni ratones.
EL
CONGRESO DE JUDÍOS NORTEAMERICANOS SOLICITA LA RETI-RADA DE LAS CUOTAS DE
REFUGIADOS; LONG PLANEA PRESENTARSE POR UN TERCER PARTIDO SI LOS DEMÓCRATAS LE
NIEGAN LA NOMINACIÓN; TRES MUERTOS EN UN INCENDIO EN EL BRONX; TESLA CONECTARÁ
EL INTERRUPTOR EL DOMINGO POR LA NOCHE, UN CIENTÍFICO DE FAMA MUNDIAL ASISTIRÁ
A LA CEREMONIA...
-¿Tesla?
-dijo Oktobriana, espiando el último nombre-. ¿Qué ceremonia y dónde?
-La
Feria Mundial -dijo Doc-. En Flushing Meadows. En Queens.
-Déjeme
ver -dijo ella, quitándome el periódico de las manos-. Va a ser homenajeado en
un gran festival en esta feria. Conectará el interruptor de un nuevo aparato.
Para uso pacífico, supongo...
-¿Quién
es Tesla? -preguntó Jake.
-Tesla
fue un inventor y un científico -dijo ella-. Un auténtico genio. Eslavo, no
hace falta decirlo, aunque yugoslavo. Con el empleo de las espirales Tesla
permitió el uso de la energía eléctrica en corriente alterna. Permite que la
electricidad se utilice en todas partes y con seguridad. Y otras muchas ideas
espléndidas que nunca empleó. Nociones y conceptos valientes ignorados incluso
en nuestros días. Demasiado visionario.
-Últimamente
ha estado trabajando en rayos de la muerte -dijo Doc.
-Eso
implicaría el uso de grandes espirales adjuntadas a una torre -respondió ella,
pensativa-. Tal vez podría ser útil. Estoy un poco familiarizada con su
trabajo.
Un
pequeño bombardero se cernió sobre ella; si su vaso de zumo no hubiera caído al
suelo por el movimiento, la mosca nunca habría sabido que su brazo izquierdo
abandonaba la mesa. En un segundo su mano apareció abierta, al siguiente se
había cerrado.
-Maldición
-dijo Wanda, frotando la servilleta contra el suelo para secar lo derramado
antes de que se filtrara-. ¿Sólo sirven ustedes para cazar moscas?
-Vea
cómo lo hago mejor que Jake -rió Oktobriana, y se puso de pie para extender los
brazos. Las amigas de su cautiva revolotearon alrededor, como ofreciendo
tributo a la caída; un error. Esta vez distinguí el destello cuando disparó su
brazo. Alzó la mano a nivel de los ojos y la abrió. Había cuatro moscas
aturdidas en su palma abierta, tal vez tan sorprendidas como yo. Oktobriana las
despertó con una sacudida y volvió a enviarlas al aire.
-¿Cómo
hace eso? -preguntó Wanda.
-No
estoy segura... -murmulló Oktobriana, sentándose de nueva-. Accidente
afortunado, tal vez.
Doc
soltó su cuchillo y su tenedor, aunque aún quedaba comida ante él.
-Escuchen
-dijo-, anoche estuve tan atareado ocupándome de las quejas obvias que no tuve
oportunidad de hacer unas pruebas que quería. Nada de importancia, sólo
comprobar un par de cosas. ¿Quieren pasar usted y Jake a mi consulta cuando
hayamos acabado? No tardará ni diez minutos.
Las
ropas del aficionado nunca ocultan nada; no importaba lo tranquila que
estuviera su cara, los ojos del no profesional nunca llevan la mentira. Fuera
lo que fuera lo que le preocupaba, lo hacía profun¬damente, no importaba su
fingida falta de importancia. Sus recelos colgaban en el aire como una espada.
-Muy
bien -dijo ella.
-Luther,
usted también, cuando vuelva.
-Cuando
vuelva -dijo Wanda-. No ha ido todavía. Pongámonos en marcha si queremos
hacerlo. Tengo otras cosas de las que ocuparme aparte de servir de niñera y
guía turística a este grupo. Vamos -se puso en pie y se apartó de la mesa-. Que
los demás se encarguen de los platos.
-Jake
-dije, distrayendo su búsqueda del fregadero por toda la habitación-. Dame el
trazador mientras estoy fuera. Quiero tabular cualquier sacudida que aparezca
si se mueve.
-Si
se mueve, síguele -respondió Jake.
-No
deje que nadie vea esa cosa mientras estoy con usted -dijo Wanda.
-Si
alguien pregunta, dígale que es una barra Hershey -rió Doc, aunque algo seguía
comiéndole por dentro.
-¿Ésas
son sus únicas ropas? -me preguntó Wanda; mi dos piezas de lana con su fina
espiguilla, de solapa media, ya no tenían el más mínimo aspecto de planchado;
la mayor parte del barro de las perneras había vuelto a convertirse en polvo.
Sin embargo, no podía imaginar que pareciera extraño.
-Solas
y únicas -dije.
-Bien,
pues no se haga notar. Péguese a mí como con cola. ¿De acuerdo?
-Es
esencial que siga -dijo Jake- Me prep.
-Quédese
aquí, Jake -intervino Doc-. La gente que van a ver no, uh, aprecian mucho a los
blancos...
-En
marcha -dijo Wanda, colgándose el bolso al hombro; su piel parecía como
arrancada de lagartos, aunque no podía imaginar que lo fuera realmente-.
Acabemos de una vez.
Siguiéndola
como me había especificado, salimos a la luz y el murmullo de la calle. El
cartel del Abisinia se evidenciaba bajo la galería bostezante. Vi las
atracciones previstas: Viernes Lester Young y Charles Parker/Sábado Robert
Johnson el Blues Man/Entrada cincuenta centavos.
-Están
sólo a unas manzanas más arriba -dijo ella-. ¿Qué está mirando?
-Todo
-respondí-. ¿Esos asociados son colegas médicos?
-Colegas
rastreros. Lee el Sangre no es más que un chulo. Sus tarjetas dicen que es
empresario artístico. Tiene un establo con tres chicas trabajando la calle,
pero ellas se quedan con la mitad del dinero y él está siempre demasiado
borracho para darse cuenta. No es más que un cerdo con zapatos. Es tan bajuno
que concierta fiestas de maricas. Cedric es el enterado. Lleva las cuentas, se
encarga de que los bares tengan alcohol, pasa todo el opio que entra. Debe
tener contactos con la comisaría. Y consigue papeles para los que no los
tienen. -Me miró de arriba abajo y sonrió-. Falso como un billete de tres
dólares. Se sentirá contento de ayudarle.
-¿Tiene
Doc mucho contacto con ese mercado clandestino?
-Cuando
es necesario. Considerándolo, yo me alegraría de ello si fuera usted.
Por
encima de nosotros sonaban los trenes, sacudiéndose mientras avanzaban; la luz
del sol se filtraba hasta la calle como a través del entramado de una jungla, y
sus tonos aparecían puros contra la sombra constante. En la calle misma, el
tráfico fluía lentamente: coches de museo ajados tras años de uso que parecían
menos insectiles a medida que me familiarizaba con ellos; tranvías de techo
gris y costados rojos y amarillos, sin ventanas para aliviar el calor del
verano, zumbaban por el carril central. Bordeamos una acera cubierta por una
masa de cajas apiladas, muebles viejos y alfombras enrolladas sobre las que
estaban encaramados un grupo de niños sin zapatos.
-Otro
desahucio -murmuró Wanda-. Los malditos caseros nunca le dan a nadie una
oportunidad de recuperarse.
Como
en nuestros días, un adolescente con una radio añadía sonido al ruido; aquí su
aparato era tamaño laséreo, pero no tenía más que dos botones, y estaba
enchufado a la base de una farola con un largo cable, y emitía a una atenta
multitud un programa de béisbol desde Polo Grounds, estuviera aquello donde
estuviese. Por todas las aceras deambulaban los residentes, charlando en grupos
o discutiendo en parejas. Había hombres arrodillados sobre las rejillas del
metro, metiendo trozos de cuerda como para pescar.
-Construyeron
las rejillas -dijo ella-. Nunca construyeron el metro. Se quedaron sin dinero.
Siguen diciendo que demolerán el elevado el año que viene. Tiraron el de la
Sexta Avenida el año pasado.
En
una esquina en sombras, una mujer mayor vendía grandes bizcochos salados. Su
quiosco eran dos cajas de madera, su mostrador una gastada cesta de mimbre.
-Bizcochos
-anunciaba con su boca sin dientes-. Bizcochos a un centavo. Por favor, compre
un sabroso bizcocho.
Niñitas
de falda plisada saltaban por el pavimento marcado con tiza; muchachos sin
camisa lanzaban sus navajas contra un montón de tierra donde antes se había
alzado un árbol. Docenas de personas saludaban y sonreían a Wanda mientras
pasábamos; ella devolvía el cumplido con una palabra o un movimiento de cabeza.
Pasamos junto a dos hombres harapientos tendidos en el suelo, tras los cubos de
basura, muertos para todos los mundos excepto para el suyo propio.
-Apuesto
a que no los hay así en su época -dijo ella-. La maldita Depresión no va a
terminar nunca, no lo creo.
Tenía
razón. En nuestra época, en un territorio similar, habría veinte tipos
tendidos, durmiendo como pudieran hasta que fueran despertados por un asalto,
una sirena o el olor de su propia carne ardiendo.
-Al
menos esto acabó con los que tenían todo el dinero -continuó ella-. Siguen
estando mejor que nosotros, pero lo pasan mal. Se lo merecían.
Pasamos
ante un edificio más nuevo, de tres plantas, cromo curvado y letras plateadas.
Era el BANCO DE LOS ESTADOS UNIDOS, FUNDADO EN 1933. Wanda escupió en los
escalones de entrada.
-¿Su
banco? -pregunté.
-El
único banco que hay, si usas bancos -dijo ella. En la siguiente esquina tuvimos
que abrirnos paso entre el público que rodeaba a un hombre que estaba de pie en
lo alto de una escalerilla de mano, agitando los brazos como si intentara
levitar. Su voz parecía un trueno de verano.
-¡El
negro quiere un trato justo! -gritaba. Vi que cerca había dos policías negros-.
Quiere la misma paga que el hombre blanco si hace el mismo trabajo. Quiere ir
donde quiera cuando quiera igual que un hombre blanco. ¡Quiere respeto por ser
un hombre! -La multitud asintió. Después de pasar, Wanda se detuvo a escuchar-.
No medio hombre, un hombre entero. Con todos los derechos. Con escuelas a las
que merezca la pena enviar a sus hijos. ¡Con metros donde se pueda sentar y no
estar de pie! -Un enorme sí se elevó de la multitud-. ¡Que la policía trabaje
para él y no contra él! -El rugido de su pequeño público se triplicó dos veces.
Los dos policías avanzaron rápidamente.
-Muy
bien, dispérsense...
-Muévanse
-dijo el otro, apartando a dos ancianos de pelo blanco-. Disuélvanse.
-Miradlos
-dijo el orador, bajando de su escalera-. Queremos libertad de expresión en
este país como la tiene el hombre blanco...
-Vuélvete
a Rusia -gritó el más grande de los dos guardianes del orden, acercándose y
arrojando al hombre al pavimento; antes de que besara la calle, su público
había desaparecido. Wanda bajó la cabeza, se volvió y nos marchamos.
-¿Qué
pasa? -pregunté.
-Uno
de esos oradores -dijo ella-. La mayoría frecuentan Lenox. No les gusta
demasiado que vengan por aquí, y menos aún que empiecen a hablar sobre los
polis. Pero cada palabra que dijo es verdad.
-No
tenía aspecto de ruso -dije yo. Wanda se echó a reír.
-Bebés
en el bosque, todos ustedes.
Unos
pocos cientos de metros más y llegamos a nuestro destino, una pequeña
confitería con ventanas ennegrecidas por la suciedad. Tras mirar la calle
arriba y abajo, Wanda entró; una campana unida a la puerta tintineó cuando
cruzamos. Las ventanas estaban limpias como el agua en comparación con el
interior de la tienda. Bajo un largo expositor de cristal había bombones
escoceses Kerr's y barras Oh Henry, con su papel gris arrugado en torno a su
horrible relleno. Varios periódicos amarillentos apilados cerca llevaban fecha
del mes pasado. Tras el mostrador había un muchachito ceñudo con una gorra
enorme cubriéndole la mayor parte de la cabeza y un palillo de dientes asomando
por entre sus labios.
-¿Están
dentro? -preguntó Wanda. El mocoso asintió sin mirar y señaló con un pulgar
hacia una cortina que lo ocultaba todo-. Será mejor que lo estén.
Nos
deslizamos tras la cortina y nos encontramos con una pared lisa, rota por una
única puerta de metal. Wanda llamó tres veces, a intervalos separados. Alguien
nos estudió a través de la mirilla antes de abrir; apareció el vigilante, un
hombre delgado de tono café con leche, que llevaba un chaleco y pantalones
cortados para impresionar más que para ser cómodos. Bajó la pistola y sonrió,
mostrando en sus incisivos un resplandor de diamante.
-Hooola,
mujerona -hablaba con acento teatralmente entrenado-. Pasa.
-Aparta
ese cañón -dijo ella, y entramos. Había una oficina sin ventanas donde no
aparecía ningún mueble aparte de unos archiva¬dores, un enorme escritorio de
madera y un alto perchero. En lo alto de la mesa había dos de aquellos antiguos
teléfonos. En la pared, sobre la mesa, una foto enmarcada de Teddy Roosevelt;
advertí que Cedric llevaba unos quevedos similares. En una esquina había lo
que, inventada en aquellos días, llamaban una Victrola, que reproducía en su
negra cera los gritos de Verdi. Me pregunté por el gusto musical del hombre.
Sobre la camisa de seda de Cedric había una ancha corbata verde y púrpura, bien
apretada en torno a su flaco cuello. Del perchero colgaban una chaqueta oscura
con botones de perla y un sombrero hongo gris cielo; vómito seco moteaba ambas
cosas.
-Señorita
Wanda -dijo-. Estoy hecho una facha esta mañana. Toda la noche cuidando de
Rockefeller... -Pasillo abajo oí el sonido de pasos tambaleantes, como ocurre
después de una larga borrachera.
-Mételo
en una bolsa y tíralo al río. Cedric, no he venido aquí a que me cuentes....
-Una
de sus nenas y él se metieron en una trifulca anoche, no quiero saber qué pasó,
pero tiene todos los nudillos despellejados..., de todas formas, debían de
estar borrachos. Sé que él lo estaba. Vino a casa, se quitó la ropa como si
fuera Josephine Baker y se metió en el cuarto de baño. Oí un tud como un
caballo desplomado con el calor, y entré, y le vi desmayado entre la taza y la
pared. Le unté con Dixie Peach, y luego lo recogí y lo...
-No
quiero que me cuentes tu vida amorosa -dijo ella-. ¿Dónde está el pasaporte del
que hablaba Norman? Tengo cosas que hacer, Cedric...
-Oh.
Entonces cotillearemos cuando la señorita Wanda lo quiera, supongo. Muy bien
-dijo, trotando hacia la mesa como un pony recién nacido-. ¿Éste es el tipo
necesitado? -Me midió de arriba abajo; sentí que me pasaban por los rayos X. Un
militar, he oído. ¿Está con vosotros?
-Deja
de curiosear, Cedric, y al grano.
-¿Te
has echado leche agria en el café esta mañana? -me preguntó, cogiéndome por el
brazo con su rápida mano-. Cuando se ponga demasiado gorda para sus bragas, y
no tardará mucho -me hizo un guiño-, vente por aquí y quédate con nosotros todo
el tiempo que quieras.
-¿Tiene
lo requerido? -pregunté, prefiriendo no comprometerme.
-Nunca
he tenido ninguna queja -abrió el cajón del escritorio y sacó un fino librito
verde-. Aquí tiene, su pasaporte venezolano. ¿Trajo una foto? No servirá de
otro modo.
Le
entregué mi pasaporte; arrancó la foto sin mirarla, untó de cola el dorso con
un cepillo y la pegó en el librito. Tras agitarlo unas cuantas veces, decidió
que ya estaba seco.
-Firme
aquí. Verá que le he dado un nuevo nombre.
Mi
reajustado natalicio era el 7 de agosto de 1892; mi alias era...
-¿Anselmo
Perón y Caracas Valentino?
-Parece
bastante al sur de la frontera, ¿verdad? Casi puedo ver los cactos. Firme aquí,
muchacho. Un mulato alto como usted no tendrá problemas para pasar.
Un
tipo de andares vacilantes emergió del oscuro pasillo; su forma, antaño
musculosa, se precipitaba hacia la gordura. Lee el Sangre impresionaba bastante
poco, pues llevaba unos calzones hasta la rodilla estampados con corazones
rojos; además, tenía la camiseta mal metida por dentro.
-Wanda
-dijo, frotándose la cara como para transformar su forma-. ¿Qué estás haciendo
aquí?
-Cobrando
deudas -dijo Cedric-. Señorita Wanda, dile a Doc que si alguna vez quiere un
gran favor, todo lo que tiene que hacer es pedirle a Lee que lleve a examinar a
todas sus chicas. -Se detuvo, lanzándole a Lee una de esas miradas que matan-.
Y que luego se las tire a todas.
-Tranquilo,
Cedric -dijo ella. Lee se acercó, extendió la mano alrededor de la cintura de
Wanda como si buscara un asa para agarrarse y mantenerse recto, y palmeó uno de
sus glúteos como un melón.
-¿Mi
mejor yegua no va a cabalgar con el amo? -preguntó; parecía todavía borracho-,
¿No has venido para eso?
-Quítame
las manos del culo -dijo ella, zafándose-. Chulo gilipollas. ¿Crees que quiero
ver tu fea cara cuando acabas de levantarte de la cama?
-Lo
has hecho -dijo él, sonriendo-. Deja al matasanos. Vuelve conmigo.
-Mierda.
Ve y que te den por el culo. Búscate a alguien que quiera soportarte. Vamos,
Luther, marchémonos.
Lee
se encogió de hombros, volvió a sonreír y regresó dando tumbos al pasillo.
Cedric me agarró por el hombro, su frustración sólo humo.
-Vuelva
cuando quiera -dijo, sin sonreír-. Soldado. Tras salir a la calle miré a Wanda,
cuya cara brillaba de furia; esta vez, al menos, supe que nosotros no habíamos
sido la causa.
-¿También
tiene contactos? -le pregunté.
-Hice
algunos trabajitos para él hace mucho tiempo -contestó, zanjando el tema como
si tirara un pañuelo usado-. Bueno, ese pasaporte debería librarle de la mayor
parte de los problemas.
-El
nombre no tiene sentido -dije-. Y han puesto Bogotá como mi lugar de
residencia. Eso está en Colombia...
-¿Quién
lo va a saber? -preguntó ella-. ¿Los colombianos?
Al
guardar el pasaporte en el bolsillo me topé con el trazador; decidí volver a
comprobar la carencia de movimientos de Skuratov. Cubrién¬dolo con la mano y la
chaqueta, lo conecté mientras Wanda se detenía a comprar un periódico en un
quiosco situado bajo las escaleras de un elevado; los tres tramos estaban
techados con uralita, y unos delicados postes de hierro, oxidados y necesitando
una mano de pintura, lo sostenían. En la pantalla del trazador la luz aparecía
claramente móvil.
-¿Cuál
es el camino más rápido al centro? -Ella señaló hacia arriba, al parecer sin
sorprenderse por mi estallido-. Se está moviendo. Sobre ruedas, tal vez...
-Espere
un momento -dijo ella, agarrándome el brazo y susurrándome al oído-. No deje
que nadie vea esa maldita cosa. ¿De qué está hablando?
-Está
en camino -dije-. Tenemos que ver dónde se asienta. -A juzgar por el trazador,
había entrado en el bajo Manhattan; no era posible que se moviera solo.
-Esa
cosa muestra adonde va, ¿no?
-Alguien
le lleva. ¿Y si lo aeroportean o lo inaccesibilitan? Es nuestro único billete
de regreso, y tengo que seguir...
-¿Quiere
decir que quiere ir al centro? -suspiró ella, sabiendo mi respuesta.
-Es
esencial. Si fuera a pie no, pero a esta velocidad...
-Bueno,
enviarle solo al centro será como enviar a un bebé gateando a un pozo de
serpientes. Supongo que no tendremos tiempo de ir a casa primero...
-No.
Sólo será un seguimiento. La seguridad está confirmada.
-Entonces
vamos. Pero mire, no voy a perseguir todo el día a ningún gilipollas a quien ni
siquiera conozco. Cuando se acostumbre a las cosas, podrá hacerlo solo. -Metió
la mano en su bolso y sacó una moneda. Me la tendió. El níquel mostraba un
bisonte y un indio, cada uno finamente esculpido-. Introdúzcala en la ranura
del torno cuando pasemos.
La
estación parecía un chalet suizo estropeado por la intemperie, cubierto de
sucios picos naranja y cúpulas ladeadas; VIAJE EN EL ELEVADO AL AIRE LIBRE,
aparecía escrito en su costado. El interior del lugar parecía la habitación de
un museo, antigua incluso para aquella época. Un empleado uniformado lo
vigilaba todo desde un cubículo marrón negruzco, apartado de los de fuera por
una ventana con barrotes de bronce. La fricción de muchos pies había creado en
las tablas del suelo crestas y valles. Los tubos negros de una estufa de hierro
corrían hacia arriba, a través del techo de metal prensado; alrededor de sus
patas rechonchas y su cuerpo oscuro se agrupaban cubos de arena. Ventanas de
cristales azules teñían la luz que lo inundaba todo. Tras pasar por los tornos
de metal liviano, abrimos las altas puertas que conducían al andén. Cuarenta
manzanas más abajo las vías se desvanecían en las profundidades de la
perspectiva. Por encima, a la izquierda de las vías, había otras adicionales;
la línea exprés, sin duda, inalcanzable desde donde estábamos. Wanda exten¬dió
las alas de su periódico; yo ojeé el progreso de Skuratov, con el rugido de la
Octava Avenida resonando libre en mis oídos. Estaba en Canal, en dirección
este. Perderle antes de encontrarle haría cenizas todo parecido de esperanza;
juré que no se alejaría de nuestra tenaza.
-¿No
debería contactar con Doc? -pregunté.
-No
hay teléfono aquí arriba. Le llamaré cuando lleguemos, sea donde sea.
El
periódico que había comprado era el Journal-American; como no conocía más que
una sola ciudad diariamente en mi vida normal, la multitud de aquí me pareció
incesantemente superflua. Estudié las páginas mientras ella las sujetaba,
advertí un artículo que creí perti¬nente, y agarré una esquina con intención de
leerla.
-¿Quiere
verlo? -preguntó ella, desgajando la primera plana del papelucho. El artículo
se refería a Landon y Eduardo, cuyos nombres no me eran familiares; tras una
rápida ojeada, advertí que eran el presidente y el rey de Inglaterra. Más
esencial para nuestro momento era una nota astronómica que aparecía abajo a la
derecha.
SUPUESTO
METEORO CAE EN LOS PANTANOS DE JERSEY
Esta
vez no se han visto marcianos
Ningún
otro detalle, ninguna palabra de búsqueda y captura, aunque aquello parecía
seguro dadas las circunstancias. Este relato, obviamen¬te, no era más que una
cobertura. ¿Cómo estaba Skuratov? Aunque el verde evidenciaba vida, no
garantizaba consciencia..., pero, si su mente era tan libre como siempre, ¿no
enviaría a por nosotros, en vez de esperar a que nuestra búsqueda le
localizara? Si desarrollaba aquí una nueva horda de sicarios con los que
elaborar sus planes antes de que accediéramos a él, éramos incapaces de
imaginar las cosas que podía hacernos caer encima.
-Aquí
está el tren -dijo ella, mirando hacia el norte. Su estilizada masa se ensanchó
a medida que se acercaba, y pronto sus seis vagones color verde oliva se
detuvieron claqueteando ante nosotros. Me acerqué a los escalones más cercanos;
advertí las caras pálidas y asombradas mirándome a través de las ventanillas.
-¿Dónde
cree que va? -me preguntó Wanda, agarrándome el brazo con fuerza y
arrastrándome hacia atrás-. Vamos. Al vagón de cola.
-Pero
había sitio de sobra ahí...
-Es
la ley -dijo ella mientras me empujaba. Los vagones traseros rebosaban de
gente; nos abrimos paso y encontramos sitio donde apoyar los pies. El aire
húmedo, como de jungla, tenía el olor de un millón de personas sin lavar; había
pequeños ventiladores sujetos al techo, inmóviles dentro de sus rejillas. No
había más que caras negras a nuestro alrededor, todas brillantes por la húmeda
esponja del mediodía. Cuando empezamos a avanzar, la mitad de la gente que
estaba de pie se agitó; ninguno tenía espacio suficiente para caer.
-¿Por
qué no están disponibles los vagones delanteros? -pregunté, mi cara casi
apretada contra la suya.
-No
se puede -dijo ella, agarrando una especie de lazo que colgaba del techo-. Las
cosas deben ser muy distintas en su época, señor general.
-Multicambiadas,
sí.
-Daría
algo por saber cómo nos convertimos en ustedes -dijo ella. Yo no tenía ni idea
si lo harían o no, así que me callé. Miré hacia la ventana a través de un
entramado de brazos, y vi fragmentos de las calles de abajo mientras pasábamos,
rápidas imágenes de los tejados y torres de Harlem. En la 110 la línea se
curvaba como en una montaña rusa, girando hacia el oeste a una altura de siete
pisos. Frente al verde tapiz de junio del parque, a seis kilómetros de
distancia, el centro brillaba con la luz del día, con los tonos pastel de sus
torres grises y difuminados en el temblequeante aire. Aunque el cielo debía de
estar lleno de partículas y veneno, se podía ver mucho más que en nuestros
días, y parecía recién hecho, como si el polvo de la creación aún chispeara en
sus bóvedas.
-¡Noventa
y seis! -A cada parada, el conductor gritaba el nombre de la estación-. Noventa
y seis y Colombus. Tengan cuidado al bajar... Volví a mirar el trazador.
-Quienquiera
que esté con él, se ha parado -dije.
-¿Dónde
está, entonces? -preguntó ella, abanicándose con su periódico mientras la
multitud se removía. Después de marcharnos de la Noventa y seis, el vagón casi
se quedó vacío; ocupamos los asientos de bejuco barnizado. Tras pulsar los
botones apropiados, hice aparecer el plano.
-Centre
Street, al norte de Canal -dije-. Cerca de Grand. Chinatown.
-Eso
no es Chinatown -corrigió ella-. Es Pequeña Italia. ¿Es ahí donde vamos?
-A
menos que aparezcan nuevos movimientos. ¿Es alcanzable desde aquí?
-Podemos
bajarnos en la primera sobre Canal y cruzar andando -dijo ella-. Olvidé el
nombre, pero lo sabré cuándo lo oiga. Asegúrese de que no estamos allí más de
lo necesario.
Columbus
se convirtió en la Novena, y luego en Hudson. Los apartamentos se convirtieron
en áticos y luego en torres, y después en apartamentos otra vez, alzándose y
zambulléndose donde en mi época no había más que torres de cristal y condos con
pequeños balcones. Mientras permanecía sentado, apretujado entre Wanda y un
hombre dormido, de cuyos zapatos asomaban papeles de periódico, me sentí
súbitamente abatido, lleno de la furia del aislamiento: nunca me había sentido
tan inconsolablemente solo. Había soportado la pérdida de mis padres, visto
compañeros de batalla desintegrados en mitad de una conversación; había sentido
el frío aliento de la soledad en el cuello durante avanzadillas en solitario en
tierras distantes; había sanado de la herida sin cicatriz dejada cuando, sin
aviso ni razón evidentes, mi mujer desapareció una tarde. Sólo esto último fue
tan doloroso, aunque aquí, rodeado por desconocidos cuyas acciones nunca
estaban claras, en una ciudad que desorientaba por sus vagas similitudes, en un
mundo cuya alma era extraña, era aún peor. Ni siquiera Alicia podría consolarme
aquí.
No
muy lejos se alzaban las torres del centro; nos acercábamos.
-¿Doc
y usted son compañeros desde hace mucho? -pregunté, ansiando desesperadamente
el contacto humano.
-Desde
que yo tenía dieciocho.
-Tan
pocos años...
-Norman
tenía dieciséis -sonrió ella-. Fue arreglado -añadió, sin explicar más. Cuando
llegamos a la estación, el conductor gritó el nombre de Desbrosses-. Aquí es.
-Se puso en pie y mantuvo el equilibrio para no tropezar mientras el tren
reducía la velocidad-. Vamos.
Tras
descender del tren y dirigirnos en zigzag al norte de Canal, pasamos ante
tiendas de radio que vendían lámparas Tesla, restaurantes que ofrecían pies de
cerdo a diez centavos el plato, carnicerías repletas de cadáveres de conejos,
cerdos y corderos, tiendas de ropa con bragas, sujetadores y faldas.
-Todavía
no he visto un teléfono -dijo ella-. Tendrá que suponér¬selo.
Mientras
nos dirigíamos al río de Broadway, un camión de cerveza Rheingold casi se nos
llevó con la marea; su fondo plano color carmín llevaba un centenar de
barrilitos de madera. Como esperaba, el narcótico de la familiaridad empezaba a
asentarse; cuanto más veía, todo contenía un cierta inevitabilidad esperada que
se desvanecía sólo con el examen de detalles. Datos que asombraban sin aviso:
la forma en que sujetaban un cig entre el pulgar y el índice, el brillo de un
botón ámbar; el dibujo de un par de calcetines, las letras en una caja de
cereal; una pronunciación, un corte de pelo, un envase que pesaba el doble de
lo esperado pues era de lata y no de plástico plateado. Sin los detalles, todo
podría haber aburrido.
-Centre
y Grand -dije, observando el punto en la pantalla-. Exacto.
-Muy
bien. A partir de ahora, pegúese a mí. No se haga el listo tratando de caminar
solo.
Más
allá de Broadway las calles se estrechaban y se oscurecían; los edificios se
recargaban de cornisas y molduras. Donde la visión anunciaba patios traseros se
evidenciaban largos cordeles entre las ventanas, con las ropas colgadas a ellos
ondeando como banderas. Los gritos de los niños lo inundaban todo; perfumes
vegetales refrescaban el hedor de la calle.
-Esos
dagos de por aquí actúan como si fueran dueños de toda la maldita ciudad, pero
desde luego esto sí es suyo. Si abren la boca, ignórelos. Si hacen cualquier
cosa, déjela pasar, No luche, no replique. Camine rápido como si fuéramos de
paso y con urgencia. Si nos dirigimos al sitio que creo...
Su
pensamiento se oscureció y no terminó la frase. Panaderías llenas con olores a
levadura mostraban sus hogazas apiladas en los escapa¬rates, junto a fotos
enmarcadas de Mussolini, el Gran Amigo de este sector. Más allá había santos en
las ventanas, crucifijos en los pechos; el lenguaje empleado por aquí tenía un
tono fluido más que una mordedura áspera. En todo el centro de la ciudad
parecía haber escasez de no-caucasianos; aquí, eran lo único. Los ancianos se
persignaban cuando pasábamos; las mujeres de mediana edad nos miraban de arriba
abajo, sólo murmurando, sin pronunciar ninguna palabra audible; hombres con
forma de tonel nos daban la espalda hasta que seguíamos de largo. Un grupito de
jóvenes haraganeaba en la puerta de un café, cerca de Centre. Uno llevaba una
camiseta para poder mostrar mejor sus velludos hombros; el tatuaje de su brazo
parecía haber sido hecho con una percha caliente y creyón. Wanda trastabilló
cuando el tipo del tatuaje extendió el pie.
-Mira
por donde vas -rió.
-Mirad
ese turbante -dijo uno; yo casi había olvidado mi venda, y el aspecto que
tenía-. Debe creerse que es Ghandi.
-¿Por
qué no hay monos en el zoo? -gritó otro-. ¿Buscáis a vuestros parientes?
-Seguid
andando, trozos de carbón. -Algo me golpeó en la espalda mientras girábamos
hacia el norte-. Ruby Begonia...
-Jodidos
negros -oí decir al que había intentado poner la zancadilla.
-Esa
palabra -dije mientras nos marchábamos-. ¿Qué los problematiza tanto?
-Ignórelos
-dijo Wanda, con los labios apretados; sus pupilas estaban dilatadas como para
absorber toda la luz existente, para defenderse contra la oscuridad-. Hay que
soportarlo si quiere caminar por aquí.
Algo
irreconocible se alzaba en mitad de las inmediaciones; si alguna vez lo había
habido en nuestro Nueva York, yo nunca lo había visto. Era alargado; en
nuestros días este sector estaba dentro de la vieja Zona Loisiada, despejada
hacía años por orden del señor O'Malley, y su chatarra trasladada ciudad
arriba, para los nuevos edificios del Bronx. Posiblemente sólo era un efecto de
contraste con los bajos edificios de ladrillo rojo, pero ninguna catedral
parecía tan sagrada, ningún castillo tan seguro. Sus muros de piedra tallada se
alzaban como baluartes; sus ventanas de roca parecían congeladas. Sobre su
techo se alzaba una torre rematada por una cúpula de cobre verde. El trazador
pulsó cuando nos acercamos al borde de la plaza.
-Está
aquí -dije, apagándolo y metiéndomelo en el bolsillo-. ¿Qué es esto?
-Deben
de haber metido a su amigo en la trena -suspiró ella-. Es la comisaría de
policía.
Había
docenas de escarabajos negros en torno a su nido, como si, rociados por
sorpresa, se hubieran arrastrado a casa para morir; sus conductores,
uniformados y armados, iban y venían continuamente. En las inmediaciones
también había amenaza; colgando de la fachada de un edificio, en el cruce,
había una pistola de calibre de cuatro cifras apuntando directamente hacia
allá. Parecía una tienda que vendía armas para el público malhumorado de Nueva
York.
-¿Cree
que se habrá entregado? -preguntó ella.
-Sus
afinidades tienden hacia los que propician seguridad. Si se le pincha, lo dirá
todo.
-¿Todo
qué?
-Fábulas,
sin duda. Peligrosas, no obstante. Sus caprichos matan. ¿Supongo que todo el
lugar sostiene modo protectivo?
-Modo
protectivo -dijo ella-. ¿De qué demonios está hablando ahora?
-¿Está
asegurado? -aclaré-. Si entramos ahora, ¿qué ocurrirá?
-Si
entra ahí sin motivo o invitación, no saldrá en una temporada.
-Ninguna
opción por el momento, entonces. Es probable que él pierda tiempo. Le echaremos
un ojo desde lejos y vigilaremos si se ve movimiento...
-Entonces,
¿podemos irnos? -preguntó ella. Me pareció bien; al darnos la vuelta vimos, a
varios metros calle abajo, a tres de nuestros abusadores verbales, que
esperaban con ojos ansiosos.
-Eh
-gritó el muchacho tatuado-. ¿No me oísteis decir que siguierais andando? -Uno
más oscuro que yo, a su izquierda, blandía un bate y lo palmeaba contra su mano
libre, dispuesto a golpear.
-Dé
la vuelta -dijo Wanda-. Hacia el norte. No corra, pero no se detenga.
Nosotros
no corrimos; lo hicieron ellos. No habíamos cubierto diez pasos cuando me
empujaron al suelo.
-¿Estás
sordo? ¿No te han enseñado a responder cuando alguien te habla? ¿Eh? -gritó,
agarrándome por las solapas y levantándome.
-Ya
nos marchamos -dijo Wanda, acercándose, intentando soltar su presa-. No
queremos líos. -Él la empujó a un lado, no muy lejos, lo suficiente para
molestar. Aunque más pequeño que yo, era delgado, y no tendría más de veinte
años. Tras soltarle las manos de mi chaqueta y quitármelo de encima, sentí que
mi corazón tiritaba; no me había peleado así con nadie en veinte años.
-Te
enseñaré a no meter el hocico en este barrio -gritó, abalan¬zándome hacia mí,
al parecer enfurecido por nuestra simple presencia. Con la posición que
mantenía había tres defensas; elegí la que dolía. Haciendo girar la pierna,
casi lastimándome el músculo de la ingle, le di una patada en la cadera.
Mientras él se desplomaba, yo me hice a un lado; me escupió en la cara. No soy
Jake, ni Johnson, pero al ver su aspecto simiesco, al sentir su bilis correr
por mi barbilla, no deseé otra cosa que tener toda su sangre ante mí para poder
nadar en ella. Sin embargo, ya dispuesto a exterminar, me detuve, reposeído por
la razón. En el intervalo, sus amigos me roderón con puños y botas y me
hicieron caer. El del bate apuntó para descargar su golpe; oyó el silbato igual
que yo. Se marcharon de vuelta al abrazo de sus hogares, a las oscuras
profundidades del amor. En el suelo, con sangre fresca cubriendo mi viejo
vendaje, oí duros zapatos resonar en mi dirección, sentí un pie golpear mi
costado más dolorido, como advirtiéndome de que todo no había acabado todavía.
-Levántate
-dijo alguien. Al abrir los ojos, vi a dos policías, elefantinos desde el
suelo-. Nadie recibe una paliza aquí a menos que sea por algo. ¿Qué has hecho?
-Este
hombre es de Sudamérica, oficiales -dijo Wanda-. Está de visita, no causando
problemas. Yo tenía que pasar por aquí y fue tan amable que se ofreció a
ayudarme porque sabía que estaba asustada, sí señor. Entonces los tipos malos
vinieron y...
-Déjame
ver tu identificación -dijo el más bajo de los dos-. Tú también, ricura.
Le
pasé la falsificación de Cedric y me senté lentamente en el suelo. Ojearon el
pasaporte y me lo devolvieron.
-Lamento
que sucediera -dijo el más alto-. En Nueva York hay que tener cuidado.
-¿No
intentará perseguirlos? -pregunté-. Huyeron por allí. Puede cogerlos...
-Amigo
-dijo él-. Tienes razón. ¿Crees que importa? Tómatelo con calma. Vuelve a tu
hotel.
-¿Dónde
se aloja? -preguntó el bajo y prognato.
-Dice
que en el Hotel Theresa -indicó Wanda-. Si hubiera estado en el centro no
habría encontrado habitación, con la feria y todo...
-¿Dónde
está la persecución? -pregunté, más furioso que herido.
-Viven
aquí, ¿no? Ahora se han ido. Sanarás, amigo. Te patearon en el culo, ¿y qué?
Deja de gemir.
-¿Cuáles
son sus números? -pregunté, haciendo lo que siempre temía que hiciera Jake,
hablar sin pensar; dadas las circunstancias, pensar parecía innecesario.
-¿Números?
-dijo el bajo, dando la vuelta cuando ya empezaba a marcharse-. ¿Por qué?
¿Quieres cursar una queja o algo?
-Exacto.
-¿Así
es como hacen las cosas en Venezuela? -preguntó-. Déjame darte una queja de
Nueva York. -Me golpeó con todas sus fuerzas en la espalda con la porra; sentí
romperse una costilla y me desplomé-. Hazte el listo una vez más y me aseguraré
de que pierdas el barco..
-Es
extranjero, Mike -dijo el otro-. Sudamericano...
-Para
mí un negro es un negro -dijo el bajo-. No me importa si es el rey de
Venezuela. -Afortunadamente, me desmayé. Tras despertar de mi breve paz recé
por ver mi propio mundo, familiar y querido, donde si me golpeaban sería por
desconocidos sin razón ideológica, y por tanto comprensible. Wanda estaba
arrodillada a mi lado, frotando mi frente con un pañuelo empapado.
-Bebés
en el bosque -susurró, y aclaró la sangre del pañuelo y volvió a frotarme.
7
-Si
empieza a orinar sangre, le llevaremos a Sydenham -dijo Doc-. Pero creo que
estará bien. -Con una larga venda momificó mi abdomen para impedir que mis
costillas flotaran libres-. Afortunadamente, no le mató.
-¿Con
qué propósito?
-Por
pura diversión. Extienda un dedo. Necesito sangre fresca para hacer esa prueba.
-Comparado con los dolores anteriores, su pinchazo fue un beso-. Ya está. No
dolió nada, ¿verdad?
-¿Qué
demuestra esto?
-Déjeme
comprobarlo primero. ¿Cómo va a ponerse en contacto con ese tipo si está
encerrado?
-Dudo
que lo esté. Probablemente ha hallado oídos que recojan sus mentiras y
tonterías.
-Me
suena a mala medicina, y yo debería saberlo. ¿Cree que no le habrán arrestado
por algo? Quiero decir que hay un montón de cosas que podrían echarles encima
si quisieran...
-Desconocido
-dije. Tras manchar una platina de cristal con la sangre que me había extraído,
colocó otra placa encima-. Su condición es desconocida, su plan es desconocido.
Todo lo que se puede hacer es sospechar.
-Todos
parecen muy buenos en ese aspecto -dijo Doc-. ¿Y si no pueden cogerlo pronto?
¿Ha pensado en eso?
-Ciertamente.
Queda la tenue opción de que el asociado de Oktobriana aún esté disponible.
Posee el aparato esencial. Sin embar¬go, si está en alguna parte, es en Rusia.
-Rusia.
Maldición. -Doc silbó y colocó la platina sobre el cristal redondeado de un
primitivo microscopio. Mis padres me regalaron un modelo de principiante
parecido cuando tenía nueve años y aún esperaban poder sufragar más tarde los
gastos de la facultad de medicina. Lo usé una o dos veces. No me acostumbré a
la visión de la sangre hasta más tarde, en un contexto diferente-. Han cerrado
las fronteras estos últimos años. Dicen que el Tío Joe tiene algo en marcha,
pero nadie sabe qué. Probablemente será más fácil entrar en la comisaría. Al
menos está mucho más cerca.
-Llegó
aquí hace tres semanas -dije-. Nunca regresó. Dudo que exista aún.
-Tal
vez no se está haciendo notar y sólo observa -señaló Doc-. Con todo el jaleo de
la feria, habrá científicos rusos en la ciudad durante toda la semana que
viene. Tal vez alguno de ellos sepa algo, se haya encontrado con él o cosa
parecida.
-Lo
dudo. Si está presente, estará oculto. No tenemos forma de contactar con
seguridad en ningún caso.
Doc
hizo girar las ruedas de su microscop, enfocando.
-¿Recuerda
al tipo que llamó por la ventana anoche? Trabaja en la feria. Es rojo. Podría
enterarse de algo en el Pabellón Soviético y ver si alguien admite haber oído
algo. Preguntar no puede hacer daño.
En
algunas situaciones, preguntar mataba. Sin embargo, toda pajita merecía ser
sacada.
-¿Podemos
contactar pronto?
-Esta
noche estará abajo otra vez. Viene todos los fines de semana. Da discursos en
Lenox durante el día y viene a escuchar jazz por la noche. Bajaremos y le
esperaremos. Normalmente viene a eso de las ocho.
-¿Cuál
es su rol en la feria?
Doc
cogió una hipo tamaño salchicha, fijó una aguja limpia a su extremo, pinchó el
tapón de una botellita marrón y sacó un fluido que inyectó en la muestra de
sangre.
-Trabajaba
en el Futurama -dijo-. Para la GM. Es la mejor exhibición que hay por aquí.
Muestra cómo será el país en 1960. Naturalmente, siendo del futuro, para usted
será una canción vieja. También escribe artículos prediciendo cosas.
Científicamente, por supuesto. Es fascinante.
-¿Qué
se prevé?
-¿Tiene
que preguntarlo? ¿No lo sabe? -Se rió-. Todo tipo de cosas. Superautopistas
donde se puede ir a ciento veinte kilómetros por hora atravesando la ciudad.
Todo el mundo viviendo en esos rascacielos rodeados de parques. Coches y
aviones y trenes alimentados por energía atómica. -Sonreí; no quise decir que
este mundo parecía convertirse en adulto de forma distinta al nuestro,
madurando mucho más rápidamente-. Máquinas que controlan el clima. Estoy seguro
de que usted sabe todo eso. Viajaban en un avión atómico, ¿no?
Negué
con la cabeza.
-De
ser así, el pantano estaría aún ardiendo y la mitad de Nueva York estaría
irradiada.
Levantó
la cabeza del microscop.
-¿Irradiada?
¿Como con rayos-X?
-Peor.
Empleamos técnicas de transporte más tradicionales.
-Supongo
que es como apostar -dijo Doc-. No se puede acertar siempre. Admito que siempre
me han fascinado esas historias del futuro...
-Deje
que el futuro venga solo -indiqué-. Siempre decepciona.
-Si
son ustedes un ejemplo, supongo que así es. -Su cara de piedra se resquebrajó
con una súbita risa-. Sigo sin saber por qué les creo. Supongo que estoy
esperando a que cometan un error.
-Le
agradezco su ayuda -dije, sabiendo que no cometeríamos ninguno-. Sin ella
estaríamos perdidos.
-Parecen
ustedes buena gente. Incluso Jake, considerando...
-Es
muy suyo. A veces asusta sin pretenderlo...
-Quiero
decir considerando que es blanco -terminó Doc, sacando la platina-. Está
limpio, Luther.
-¿Qué
significa...? -empecé a decir, no terminé.
-Ese
tipo, Bill, del que estaba hablando -dijo Doc, pensativo-. Es mejor que la
mayoría, pero aun así..., cada vez que leo sus artículos o me muestra algo que
dice que está a la vuelta de la esquina siempre me parece que falta algo. Una
vez le pregunté: «Bill, ¿crees que la gente de color vivirá también así?».
Porque empecé a pensar que, si no, ¿dónde vamos a estar entonces?
Con
el resto, en el valle, bajo las rocas, entre los ladrillos y perdidos entre
muchos.
-¿Qué
respondió?
-Se
encogió de hombros y dijo que por supuesto que sí. Todo el mundo vivirá de la
misma forma. Como dije, es un rojo, así que hay que interpretar todo lo que
dice con un poco de reticencia. -Doc se levantó y se acercó a una silla de
madera colocada sobre un pivote giratorio-. No creo que lo hubiera pensado
siquiera. Creo que no debería sorprenderme. Es igual que la mayoría de los
blancos, igualito.
-Doc,
si yo hubiera sido blanco, ¿me habría golpeado la policía?
-Sí,
dadas las circunstancias. Se estaba haciendo el listo ante ellos, así que le
habrían pegado a menos que dejara claro que tenía conexiones en alguna parte.
El tema es que, si hubiera sido blanco, para empezar, no le habrían molestado.
-Es
irracional -murmuré, bajándome de mi asiento en lo alto de la mesa y
colocándome la camisa con gestos cuidadosos, para aliviar el dolor. Doc había
reemplazado mi turbante con gasas más pequeñas, para que así no pareciera tan
impedido-. Había leído algo al respecto, pero no tenía ni idea...
-Usted
lo ha dicho -rió él-. Dígame algo con lo que tengo problemas. Jake y usted. Me
refiero a que actúa como si fuera blanco...
-Jake
responde por igual a todos.
-Parece
natural. En su época, ¿los blancos se llevan realmente bien con los negros, o
han acabado por acostumbrarse a ellos?
-Nuestra
época tiene muchos odios. Más difusos. No menos dolorosos, pero mucho más
razonados. Generalizados y no específicos excepto para aquellos referidos al
gobierno, la clase o el país.
-Parece
increíble -dijo Doc, echándose hacia atrás; su silla chirrió de dolor bajo su
peso-. ¿Hicieron nuevas leyes o algo que les diera igualdad de derechos?
Todos
tienen el mismo derecho a sufrir.
-No
es algo que se decida. El dinero y el mérito deciden...
-Dinero
-rió él-. Si ése fuera el caso, todo el mundo sería igual aquí. Nadie tiene
dinero. -Palpó con gruesos dedos el brazo de su silla, como esperando noticias
de alguien distante-. Sigue costándome trabajo creerlo. Dígame algo, Luther. No
importa lo bien que diga que se lleva todo el mundo, alguien tiene que
traicionarse alguna vez. ¿Cuándo fue la primera vez que recuerda a alguien
llamándole negro?
Veinte
años atrás, pensé, en la suave playa de Long Island.
-Anoche
-dije.
-Muy
bien, entonces dígame esto: Debe haber habido algún momento en el que algún
blanco hiciera algo que le permitiera saber que era usted diferente de algún
modo. Tiene que haberlo habido. ¿Cuándo fue?
Ahondando
más de lo que había permitido o deseado previamente, arranqué carne podrida de
la pura superficie del guiso: recordé mis compañeros blancos en Andover que no
creían en mi preferencia de la Cuarta de Nielsen o el Spem in Alium de Tallis
sobre el blues (no el blues de Robert Johnson) que tan continuamente hacían
sonar y con el que tan a menudo cantaban, proclamando que tenían que
introdu¬cirme a mi propia cultura, sintiéndose guardianes de ella; recordé
cómo, de adolescente, al subir al ascensor de nuestro edificio en la Ochenta y
seis Este, los inquilinos blancos mayores parecían acurru-carse instintivamente
en los rincones, sus ojos negros como los de Jake; recordé la especificación de
Skuratov de negritanski en su referencia a mí; pensé en las Felices Chocolate
que habíamos visto en Detski Mir. Mientras estaba en el ejército, nunca
experimenté nada así, nunca en el campo. Allí, cuando controlaba a muchos
hombres, en Long Island, la mayoría seguían siendo negros o hispanos,
excep¬tuando al sargento Johnson. No había conocido ningún comentario en Dryco,
donde, seguro, era el único negro en buena posición a excepción de la señora
Glastonbury. Me habían contratado adrede, cierto. Pero si no hubiera tenido
éxito en el ejército...
-Inseguro
-dije, mientras mi paranoia se desbordaba a medida que la carga de su pregunta
se asentaba-. ¿Qué hay de usted?
-A
principios de 1905 -dijo, después de pensárselo mejor-. Des¬pués de que me
vendieran. -Sus palabras pasaron con un tono tan pequeño que podría haber
estado describiendo sus viajes entre la cama y el desayuno.
-¿Vendido?
-repetí-. No me aclaro.
-Yo
apenas había visto a gente blanca antes. Verá, crecí en las plantaciones de
tabaco Reynolds en Carolina del Norte. Habían comprado la plantación que era
dueña de mis padres después de que las cosas se vinieran abajo y, teniendo
dinero norteño que gastar, lo emplearon en comprar más tierras. Reynolds era
mejor que la mayoría de las compañías, como probablemente habrá leído. Es
verdad, hasta cierto grado. Cuando crecí, teníamos nuestros pequeños pueblos en
la propia tierra, nuestros propios almacenes dirigidos por nuestra propia
gente. Cuando llegué a la edad escolar, teníamos maestros de color. Buenos
maestros. En verano, los niños teníamos que trabajar en los campos quitando
insectos, cortando, pero cuando empezó el colegio allí nos enviaron. Teníamos hermosas
casitas y pequeñas parcelas de tierra. Los supervisores eran todos de color.
Vivíamos de una forma que parecía adecuada... -Se detuvo, agarró los brazos de
la silla como para estrangular la nostalgia. Doc sabía cuándo la furia era
esencial para derribar los falsos sueños-. Pero aún les pertenecíamos, en
cuerpo y alma.
-Esa
marca -dije, pensando en la insignia imborrable de su espalda-. Le vendieron...
-A
la única compañía que aún hacía eso -asintió-. Siempre hicieron lo que
quisieron, hasta el final. Lo que oímos fue que Reynolds recibía demasiada
presión de los mercados extranjeros, por un lado. Por otro, el viejo Duke
quería conseguir mejores maestros y más estudiantes para su universidad, pero
no podía hacerlo hasta que la compañía pagara el trabajo. Necesitaban dinero
para pagar el trabajo, así que nos vendieron, y eso contentó a todo el mundo.
La Coca-Cola nos compró a precio de saldo. Eran los únicos que aún compraban
entonces; la mayoría estaban echándose atrás...
-Eso
fue en 1905 -repetí; tal vez le había oído mal. No era así.
-Eso
es. Yo tenía quince años. Reynolds tenía unos ocho mil esclavos en el lugar
donde yo estaba. Coca-Cola envió trenes desde Atlanta. Nos embarcaron,
empaquetados hombro con hombro como si fueran malditos vagones de ganado.
Apenas pudimos llevarnos lo que podíamos cargar. Mi tren llevaba unos
novecientos; salió de noche, y descargó de noche cuando llegamos. Habían
construido una nueva planta fuera de la ciudad. Había malditos guardias blancos
armados con escopetas por todas partes. Nos bajaron del tren en grupos de seis
para controlarnos mejor. Lo primero que hicieron fue marcarnos con el hierro.
Luego nos llevaron al lugar donde íbamos a vivir. Barracones baratos frente a
la fábrica. Suelo de tierra. Los retretes situados fuera. Había cercas de
alambre de espino rodeando todo el campo. Nos dispusimos a huir aquella misma
noche.
-¿Lo
hicieron? Negó con la cabeza.
-Te
disparaban si lo intentabas. Verá, no creo que pensaran que iban a tener las
manos tan llenas con nosotros. Demonios, cada semana había problemas.
Intentaron mantenernos trabajando en la línea enva¬sadora dieciséis horas al
día. Si te quedabas atrás, te daban de latigazos. -Se rió-. Todo el mundo se
quedaba atrás. Después de una temporada, debió metérseles en la cabeza que
acabarían matando a su inversión uno a uno, así que dejaron de hacerlo, e
idearon nuevos sistemas para tratar con los problemáticos. Yo era uno de ellos.
Un día organicé una sentada. Todo el mundo en mi parte de la línea se detuvo,
se sentó, y no se movió. Finalmente, tuvieron que enviar a la milicia estatal
para sacarnos.
-¿Le
castigaron después?
-Por
supuesto -dijo él, mirando hacia la ventana-. Tras los pasos iniciales, nos
enviaron a Wanda y a mí al sur. Fue poco después de que nos emparejaran...
-Una
boda acordada, entonces.
-¿Las
hay de otra clase? -preguntó. Se echó hacia atrás, arrancando nuevos gritos a
su silla-. No importó. Demonios, yo era un chico de dieciséis años y Wanda era
muy guapa entonces. También querían deshacerse de ella. Creció con ellos, y por
eso era más problemática. Si podían, casaban a todo el mundo que tenían
mientras lo tenían porque, verá, sabían que en el futuro necesitarían un montón
más de trabajadores, y los querían locales. No querían a un puñado de bebés
creciendo a su aire. Querían niños propios educados por una madre y un padre,
en un hogar cristiano. -Se aclaró la garganta; encendió un nuevo cigarro-. Pero
Wanda y yo éramos problemáticos, y nos enviaron a Cuba.
-¿A
Cuba? -dije-. ¿Por alguna especie de acuerdo diplomático...?
-¿Diplomático?
¿Con otro estado? Cuba es el estado número cincuenta desde la guerra con
España, casi. Aún era un territorio cuando estuvimos allí, pero...
No
pregunté por el cuarenta y nueve; por lo que sabía, podrían haber sido las
Filipinas, o incluso Nicaragua.
-Siempre
había oído decir que La Habana era una maravilla, pero donde estuvimos era un
infierno. Mosquitos, arañas, ciempiés. Ser¬pientes venenosas. Sapos venenosos.
Huracanes. Mantenían encade¬nados a todos los hombres. Aún tengo una gran
cicatriz en el tobillo. Trabajábamos en los campos de caña, recogiendo el
azúcar. Nos despertaban al amanecer, y nos mantenían trabajando hasta el
anoche¬cer.
-¿Cuánto
tiempo estuvieron allí?
-No
mucho. Mucha gente piensa que el viejo Teddy fue el hombre más grande de la
Tierra por abolir la esclavitud, pero creo que tenía razones que no tenían nada
que ver con nosotros. Hubo pánico en la bolsa aquel año. He leído que J. P.
Morgan ayudó a salvar el país con sus fondos. Europa había estado dando la lata
a los Estados Unidos por tener aún esclavos, pero creo que fue entonces cuando
supieron que podían lanzar el as. Un montón del dinero de Morgan estaba
compro¬metido en Europa, y tengo el presentimiento de que allí dijeron: Muy
bien, podréis recuperar vuestro dinero a tiempo si le decís a Teddy que tiene
que hacer algo. Morgan también pensó probablemente que si las grandes compañías
sureñas tenían de pronto problemas para mantener su mano de obra, a las
compañías del norte les sería más fácil engullirlas, que es justo lo que
hicieron después. Tengo la impresión de que todo se arregló bajo cuerda. Bill y
yo hemos hablado sobre esto algunas veces, y él piensa lo mismo. De todas
formas, un día de 1907, el viejo Teddy decidió que ya era hora de abolir la
esclavitud, y lo hizo. Un día nos fuimos a la cama sucios y nos despertamos
limpios.
Permaneció
un rato en silencio; las franjas de luz arrojaban sobre nosotros barras de
sombras
-¿Cómo
regresaron de Cuba?
-No
fue fácil. -El teléfono, una alarma fuerte y chispeante, sonó en la otra
habitación-. Discúlpeme.
Salió
y lo atendió antes de la tercera llamada. Miré con más atención los centavos en
su jarra de cristal azul. Aunque dentro aparecían unas cuantas cabezas indias,
predominaba la cara sonriente y gafuda de Theodore Roosevelt. Aunque mis pies
pisaban firmemente el suelo, por debajo sólo sentía aire.
-Era
Sydenham -dijo Doc al regresar-. Confirmaron lo que les mandé.
-¿Por
qué las monedas, Doc? -pregunté.
-Regalos
de Navidad para los pequeños del barrio. Hay otra cosa de la que tenemos que
hablar, Luther.
-¿Qué?
-Supongo
que, en su época -dijo mirándome, y sus ojos oscuros brillaron-, tienen cura
para casi todas las enfermedades.
-¿Por
qué?
-¿Pueden
curar el SD?
-¿Qué
es el SD?
-¿No
lo sabe? -Su entrecejo se frunció como un charco de agua alcanzado por una
piedra. Sacó de un estante cercano un grueso libro encuadernado, al parecer,
con el bejuco barnizado de los vagones del tren elevado-. Tal vez se
deshicieron de él en su época. -Al cabo de un momento, encontró la entrada que
buscaba-. Lea esto. Cogí el libro y leí desde el principio:
El
Síndrome de Dovlatov, conocido comúnmente como SD, Revientasesos o Plaga
Siberiana, fue descrito por primera vez en Irkustk, en el Imperio Ruso, en
febrero de 1909... A finales de la siguiente década se había extendido por todo
el mundo, siendo ayudado su progreso por los movimientos de masas durante y
después de la Gran Guerra... El virus es de origen gripal, aunque aparentemente
de una variedad mutada... En Norteamérica, el portavoz del Congreso Joe Cannon,
el jugador de béisbol Christy Mathewson, el novelista William Dean Howells y la
estrella cinematográfica Charlie Chaplin; en Gran Bretaña, la Reina Madre
Alejandra; en Francia, el premier Clemenceau, el compositor Claude Debussy, el
poeta Guillaume Apollinaire y el pintor Amedeo Modiglianí, sucumbieron todos a
los efectos del SD...
Continué
leyendo, y llegué por fin a la conclusión:
Todos
los seres humanos llevan el virus dentro de su organismo, aunque sólo en las
primeras etapas se ve alguna similitud en los síntomas... No se ha descubierto
ninguna vacuna ni cura. No se conoce ningún superviviente del Síndrome de
Dovlatov.
-Horrible
-dije, tendiéndole el tomo-. No tenemos ninguna enfer¬medad como ésta.
-Entonces
son terriblemente afortunados -dijo Doc-. A veces las enfermedades desaparecen
y nadie las contrae ya. No sucede a menudo, pero sucede. Si aún existiera, la
conocería.
Mientras
contemplaba la habitación, con mi mente mareada por lo que acababa de leer,
discerní un súbito cambio en todo lo que veía, como si la existencia hubiera
sido lavada en sombras, dejando manchas incluso en las superficies más puras.
-¿Setenta
millones murieron?
-A
lo largo de veinte años -aclaró-. Tardó bastante en salir de Rusia, pero cuando
estalló la guerra empezó a extenderse con rapidez. Todo el mundo que no murió
por su causa conocía a alguien que lo había hecho. Hace unos diez años empezó a
desaparecer, aunque no lo ha hecho del todo. Creo que he leído que aún hay unos
tres mil nuevos casos cada año.
-¿Cuál
es el propósito de esa info? -dije, temeroso de inquirir.
-Como
dije, está usted limpio. Igual que Jake. Es decir, el virus no está activo en
ustedes y probablemente no lo estará...
-Pero
está en nosotros...
-Han
estado respirando desde que llegaron aquí, ¿no? Lo tienen. Está en usted. En
mí. En todo el mundo. Pero, si fuera a empezar a desarrollarse en usted, yo
diría que ya lo habría hecho. Oktobriana... -cerró los ojos-. Ella lo tiene.
-El tren elevado pasó por encima; el semáforo de la calle cambió de azul a
naranja, y el tráfico empezó a moverse-. En ella progresa más rápido de lo que
jamás he visto, Luther.
-Entonces,
¿cuánto le...?
-Ni
una semana. Probablemente mucho menos. Cuando la vi coger esas moscas esta
mañana, eso me dio la pista. Nadie se mueve tan rápido a menos que lo tenga. Si
lo hubiera pensado habría hecho las pruebas anoche, pero no creo que sirviera
para nada. Todos estamos demasiado acostumbrados al síndrome. Lo siento,
Luther.
-Las
disculpas no son esenciales -dije-. ¿Cuál fue la respuesta de ella al oírlo?
-No
se lo he dicho todavía...
-¿No?
-Ni
a Jake tampoco. Se gustan, ¿no?
-Más
o menos. ¿Por qué no se lo dijo?
-Quería
asegurarme. Por eso esperé a que el hospital lo confirmara. Iba a decírselo,
pero ella es... -Vaciló-. Ella parece tan joven. El gato me comió la lengua. No
pude decir una palabra.
-Entonces,
¿es definitivo? ¿La muerte es segura? ¿Qué muerte?
-A
menos que vuelvan y consigan una cura allí, es seguro.
De
otro modo, entonces, un ejército de muerte, provocando nada más que desolación
y dolor. Regresar a toda velocidad era ahora más esencial que nunca, no por
salvarla a ella (pues no teníamos tal enfermedad en nuestro mundo que yo
supiera, y por tanto no había ningún antídoto), sino porque, si su partida era
prematura, encontrar a Skuratov sería más difícil, y localizar a Alejine
parecía aún más dudoso. Las acciones imprevisibles de Jake también me
desconcerta¬ban; era obvio, aunque mudo, que él sentía su atracción. Si supiera
que ella se marcharía, tan pronto después de nuestra llegada, actuaría sin
razón o...
-Luther
-dijo Doc-, está en las manos del Señor. -Para caerse de aquellas manos, como
siempre, estuve a punto de decir-. Escuche, estoy esperando a un paciente.
Vendrá dentro de unos diez minutos. Déjeme atenderle, e iré al centro cuando
termine con él.
-La
fuente de esta noche -una fuente improbable-, ¿cuándo llega?
-A
las ocho, como dije. Lamento no habérselo podido decir a ella. Lo haré...
-Lo
haremos -dije. Recorrí el pasillo y volví a entrar en el apartamento. Jake y
Oktobriana estaban sentados juntos en el sofá, separados medio metro. Ella
pasaba las páginas de un libro gigantesco que tenía en el regazo, como si
pretendiera abanicarse; al ver sus ojos moverse de un lado a otro advertí que
estaba leyendo. Jake la observaba, como esperando una pausa apropiada para
presentarse. Al verme, ella alzó el libro y lo lanzó en mí dirección.
-¡Cójalo,
Luther! -rió; lo agarré con las dos manos antes de que me golpeara en las
costillas. Su cara estaba tan roja que pensé que había estado bebiendo; sus
gestos eran semafóricos.
-La
maravillosa revista Time es el libro de historia de Doc. Lea, Luther. Tantas
diferencias notables.
-¿Dónde
está Wanda? -pregunté.
-En
sueños -dijo Jake-. Se entregó al sopor por el cansancio y el miedo de la
mañana. -Cruzó las manos, como inseguro de su acción si estuvieran sueltas.
-Es
fascinante -dijo Oktobriana; perlas de transpiración enjoyaban su frente-.
Durante mucho tiempo todo pareció seguir nuestro mismo sendero histórico,
aunque retrasado. Hace casi ochenta años comen¬zaron las divergencias.
En
un momento encontré la entrada deseada: LINCOLN, ABRAHAM. Decimosexto
presidente electo de los Estados Unidos, nacido en Kentucky, delgado, águila
legal de la pradera, orador de lujo, victima de la historia. En ruta a la toma
de posesión en marzo de 1861, al entrar en Baltimore, ansiosa de secesionarse,
facciosos sureños lo emboscaron y lo asesinaron brutalmente...
-Ninguna
razón obvia para tan súbito cambio. El factor desenca¬denante podrían ser las
primeras bombas atómicas de nuestro mundo. Inesperado efecto colateral...
-Efecto
colateral. ¿Una bomba en Nuevo México mata a Lincoln aquí?
-La
interconexión tiene sentido -dijo ella, lamiéndose los resecos labios-. Ninguna
otra teoría aguanta mejor. Como gemelos idénticos separados por la distancia.
Uno se hiere, otro siente el dolor.
Insensato,
pensé, sin peso ni razón; no más insensato que estar aquí. Mientras Oktobriana
arrojaba teorías como petardos, repasé la historia.
-...en
la teoría hologramática que lo que existe contiene en sí mismo una pauta
duplicativa en la que la racionalidad...
Comprobé
la lista de los presidentes de finales del siglo XIX: Hamlin, Conkling, Tilden,
Blaine, Harrison, Cleveland, McKinley, Teddy Roosevelt.
-...posibilidades
no limitadas a la existencia de dos mundos sola¬mente, por supuesto...
ROOSEVELT,
FRANKLIN D. Trigésimo presidente electo de los Estados Unidos. Nacimiento
patricio, afectado por la polio, antiguo gobernador de Empire Estate, vencedor
en las elecciones de 1932 sobre Herbert Hoover, desgraciado por la Depresión.
Asesinado el mes anterior a la toma de posesión en Miami por el anarquista
Joseph Zangara. En la leyenda popular, se cree que tenía un plan secreto para
sanear la economía, de hecho no más que vagas nociones de socialismo
institucionalizado, EE. UU. bolcheviques. Su sucesor, John N. Garner, ignoró
los planes, vio hundirse los bancos, y la pobreza de los estados del medio
oeste los llevó a intentar la secesión...
-...los
cambios resultantes proporcionan en cualquier caso un milagroso espejo
histórico en el que vemos nuestra cara como podría haber sido.
-Churchill
fue atropellado por un taxi aquí en Nueva York, en 1931 -dije, lanzando el
libro al sofá, después de haber echado un vistazo a su bio-. Roosevelt en el
33. La esclavitud duró hasta hace treinta años, y aún sienten los resultados.
Hitler y Stalin están dispuestos a hacerse con el control de Europa. Vaya
espejo. Vaya cara.
-Vaya
monstruos -dijo Oktobriana-. Tut gavno, tam gavno.
Traducido:
mierda aquí, mierda allá.
-Skuratov
dijo que amaba usted al Gran Amigo por encima de la razón -dije.
Ella
sacudió la cabeza, y sus cabellos ondearon en una salvaje corona.
-Chort.
Desinformación de Krasnaia del tipo más ridículo. Mi abuelo murió en el gulag
de Stalin.
-Tenía
un retrato enmarcado -le recordé-, con la forma más ideal...
-De
Sania -dijo ella-. Lo conservé porque me lo recordaba.
-¿El
Gran Amigo era del gusto de Alejine? Pensar en su camarada desaparecido la
apaciguó, aunque tics faciales permanecieron ondulando sin ritmo por sus
mejillas.
-Era
un científico aislado. Tenía poco conocimiento de las reali¬dades políticas del
pasado. El cerebro contiene demasiado, solía decir. Tenía la loca ilusión de
que Stalin habría dado al trabajo científico el respeto debido y asistencia sin
guía. Traté muchas veces de introducir lluvia clara en su cabeza embarrada. Le
hablé de la locura de Lisenko y otras cosas. Él tomaba mis palabras como
manchas de no-historia pasada. Pensaba que el uso de la imagen del Gran Amigo
en campañas de publicidad abarataba al gran líder, pero servía al propósito de
inducir una presencia previamente prohibida a las nuevas generaciones. Dijo
muchas veces que nuestro mundo sería un lugar mejor si él estuviera vivo aún.
Una brillantez como la de Sania continente a menudo mucha estupidez. -Sus
encendidos ojos se posaron en Jake-, Me gustan los hombres fuertes, claro. Su
atracción a veces me abruma. Pero no siento amor hacia los mons¬truos.
-¿Le
permitió usted sus sueños?
-Estaba
sordo a razones sin hipótesis. Y Sania y yo planeamos casarnos después de
completar el proyecto. Al menos eso planeamos al principio. Se aman más los
defectos del amado que sus cualidades, dentro de unos límites.
-¿Habían
trazado un plan de boda? -preguntó Jake; su cara, sólo por un instante, mostró
algo diferente a la estolidez; disculpablemente, pareció brillar a causa de una
emoción evidente.
-Desde
luego. Matrimonio estatal estándar con música adecuada. Después, un largo
recorrido en taxi hasta las Colinas Lenin para tomar fotos.
-¿Qué
música estaba programada como fondo para la ceremonia? -pregunté, distraído,
pensando en la música de la mía propia: Satie, Purcell, Elgar, Prokofiev,
Moussorgski...
-«Can't
Buy Me Love» -dijo ella-. La favorita de todos. Pero la mayoría de los sueños
se convierten en cenizas a medida que arde el tiempo. Para cuando partió, yo
había aceptado su marcha en espíritu mucho antes. Desde el pasado verano no
habíamos hecho el amor violentamente.
La
cara de Jake se sonrojó como por una trombosis. Con un salto imprevisto,
Oktobriana saltó como una pantera sobre él, ansiosa por frotarse contra su
carne. Su pie alcanzó la mesa cercana, derribando una copa de cristal llena de
cerillas y dispersándolas por su superficie.
-El
gran hombre de piedra me distrae -rió ella, enroscándose en torno a él; Jake no
se zafó. Inadvertidamente, ella miró el montón de cerillas-. Seis mil
ochocientos ochenta y nueve -dijo. Miramos. No había ni un centenar.
-Se
le va la mente -dijo Jake.
-Cuéntenlas.
Lo
hicimos, dividiéndolas en grupos de cinco, hasta la última.
-Ochenta
y tres -dijo Jake.
-El
cuadrado de ochenta y tres es seis mil ochocientos ochenta y nueve -dijo, y la
idea nubló su cara-. Qué extraño saber elevar al cuadrado.
-Creo
que es razonable que lo sepa...
-Nunca
he memorizado tablas. Sería un despilfarro insensato de cerebro mientras haya
cerca una calculadora. Esto es muy extraño. El número apareció como un destello
en mi cabeza.
Me
levanté, cogí de la cocina una caja sin abrir, rompí su sello, la abrí, y dejé
caer su contenido ante ella.
-Nueve
mil doscientas dieciséis -dijo de inmediato-. Noventa y seis cerillas. -Alzó
las manos, se frotó los ojos y volvió a mirar-. Qué peculiar. Aquí opera un
factor que no comprendo. Tal vez porque estoy muy cansada. El sueño no vino más
que a ráfagas anoche -dijo; se tendió, colocando su cabeza en el regazo de
Jake-. Posiblemente sufro de un insospechado jet lag o un equivalente. Jake,
frótame el cuello, por favor. Tanta rigidez...
Con
buena mano, él pasó sus finos dedos por su nuca, sondeando y frotando,
continuando su lento masaje durante varios minutos. Periódicamente, las piernas
de ella se sacudían como en fase hipno¬génica, antes de que el dulce coma del
sueño la envolviera. Pensé que nuestros propios blips debían destellar en la
pantalla de Skuratov. Una extracción segura parecía imposible; su implante
sería una pequeña mota, y ninguna excavación a ciegas podría sacarlo. En
cualquier instante el equipo local, guiado por su palabra, podría aparecer,
dispuesto a llevarnos. Miré a través de las ventanas para ver aquellos insectos
negros revoloteando; nada. No hasta esta noche, consideré. En mi experiencia,
las detenciones eran estrictamente un juego noc¬turno, y eso parecía probable
aquí también.
-Jake
-dije en voz baja. Mientras observaba los ojos de Oktobriana correr bajo sus
párpados cerrados, sus pequeños puños apretados como para entrar en batalla,
advertí por qué Doc había acallado su lengua-. Ven conmigo a la cocina.
Esencial.
Se
incorporó, permitiéndola descender sin perturbarla, y me siguió a la cocina
iluminada por el sol. Me miró sin parpadear; se cruzó de brazos como si
estuviera seguro de la respuesta, no importaba cuál fuera la pregunta.
-Habéis
desarrollado una relación intrigante -le dije, curioso por recopilar qué
sentimientos tenía, si había alguno, antes de informarle-. Facilitó la
captura...
-Captura
sin escape -dijo él-. Con poco propósito, dadas las circuns¬tancias. Recuerda
que no existe más que una intriga en una mente.
-Ella
se siente bastante atraída, Jake...
-De
modo insostenible -dijo él, su traje amarillo por efecto del sol que se
filtraba por las cortinas-, por razón ilogicada. Moda pasajera, un puñado de
nomeolvides esperando rebullirse.
-Tal
vez. Tal vez más profundo que lo admitido. ¿Dónde estás, entonces? Ella es
físicamente apreciable. Inteligente sin cuento. Arti¬culada, multicapaz. Loca
por ti como una gata. ¿Dices no?
Él
asintió.
-Insostenible.
-Has
dejado colgar la respuesta, Jake. ¿Dónde estás?
Las
comisuras de su boca se alzaron como al contacto de un pinchazo. Mientras
permanecía de pie allí, cambiando su peso de un pie a otro, se palpó en busca
de sus juguetes perdidos.
-¿Bien?
-Rompe
mis sueños -dijo por fin-. No es a mí a quien ve, Luther. Es a comosellame al
fondo. El Gran Amigo. Un repartidor podría haber servido al mismo objeto...
-Eres
tú.
-¡Insostenible!
-repitió; su voz se volvió más grave al alzarse; desde el jueves por la noche
no había visto tal color en su cara.
-¿Por
qué? -pregunté, casi con la misma fuerza-, ¿Qué prevés?
-Dolor
-dijo él, cambiando a un murmullo apenas audible-. Del tipo equivocado.
Decía
la verdad; tenía que explicarle hasta qué punto. Dejando sus palabras donde las
había arrojado, se movió como para salir. Le hice señas para que regresara.
-Se
está muriendo, Jake -dije. Mientras le contaba todo lo que había leído, todo lo
que Doc había añadido, él no evidenció ningún cambio en sus rasgos, no dio
ningún indicio de que su corazón estuviera perturbado. Como he mencionado, Jake
no carecía de comprensión; entendió rápi¬damente todas las ramificaciones. Al
concluir hice una pausa, intrigado por lo que podía estar pasando por su
mente-. ¿Respuesta? ¿Reacción?
Se
frotó la barbilla con el pulgar y el índice, hundió los dientes superiores en
su labio inferior, miró hacia los lados mientras hablaba.
-Como
había previsto -dijo.
La
puerta se abrió de golpe; sólo cuando miramos y vimos entrar a Doc relajamos
nuestras tensiones.
-Al
menos hay alguien despierto -dijo, en voz baja-. Parece que es la hora de la
siesta por aquí.
-Estábamos
dialogando -explicó Jake, dirigiéndose a la otra habi¬tación-. Excuse.
-¿Se
lo ha dicho a ella? -susurró Doc, acercándose. El zumbido de una mosca molestó
mi oído; la espanté, agradecido de no haberla atrapado.
-Se
lo dije a Jake.
-Le
oí -suspiró Doc.
-Me
cogió desprevenido -reconocí-. Cuando me recupere, no tendré problema. Tal vez
podamos idear algo...
Me
tendió lo que la noche anterior había creído que era una revista de ciencia
ficción y que llevaba debajo del brazo; resultó ser un Popular Mechanics.
-Bill
escribió el artículo de portada. Puede hacerse una idea de lo que quiero decir.
EL
MUNDO DE 1960, decía el titular, sobre una chillona visión de un improbable
paisaje urbano con colores primarios y en esbozos. El centro del dibujo
mostraba un grupo de carreteras de asfalto entre cuidados árboles; no se
evidenciaba ningún tráfico a excepción de dos vehículos en forma de insecto.
Alrededor de la cima de los rascacielos, como moscas, zumbaban helicópteros y
dirigibles.
-Examínelo.
Vea qué adecuadas son sus predicciones.
Pasé
las páginas, ansioso de saber lo que el futuro propiciaría a mi padre, o al
hombre que podría ser mi padre, en este mundo. En 1960 iría a la oficina
conduciendo helicópteros monoplazas impul¬sados por energía atómica, para
trabajar veinte horas a la semana; los muebles de su casa serían lavados por
una manguera; el clima dentro de la cúpula que cubría su ciudad se ajustaría a
placer. Aplicaciones diarias de pesticidas preservarían su comida para
siem¬pre; para limpiar su traje no tendría más que caminar bajo la lluvia. Sólo
arte superior se transmitiría a través del ojo de la televisión. Como siempre,
la combinación de risa y lágrimas demostró ser la única respuesta.
-Hizo
un buen trabajo, ¿no cree? -preguntó Doc.
-En
absoluto.
-Debe
haber acertado en algo...
-En
nada.
-Bueno.
Con todo, los cambios deben de ser inimaginables.
-Su
mundo es más similar al nuestro de lo que creen. Somos más precisos en lo que
hacemos. Eso es todo.
-Pensaba
que al menos habrían abolido la guerra en su época -dijo él-. Siempre están
hablando de eso, aunque apenas se pueda pensar en ello hoy en día. ¿Estaba
usted en un ejército pacificador?
-Apenas
-contesté-, y conocí catorce acciones policiales separadas.
-¿No
vive todo el mundo en casas y apartamentos mejores? Como esas torres de la
portada...
-¿Como
las del dibujo? ¿Sabe qué sale de esos proyectos?
Él
sacudió la cabeza; señalé a Jake, sentado junto a Oktobriana.
-Pero
mírense -dijo él-; ninguno envejece...
-La
mayoría no vive lo suficiente. -Doc tenía una expresión pensativa. Se dirigió
al refrigerador (la nevera), sacó una botella de leche y abrió su tapa de
papel.
-No
sé, Luther -dijo, sirviendo un vaso hasta arriba-. Probablemente ustedes están
acostumbrados a todo. Ven milagros cada día y ni siquiera se dan cuenta.
Milagros,
sí, todas las maravillas de Dios. El océano envenenado elevándose más cada año,
el aire cada vez más tenue iluminado por los rayos cancerosos del sol, la
tierra empapada con la sangre de miles de millones de personas muertas. El
sonido de los huérfanos jugando en las calles cubiertas de basura y
podredumbre, nacidos solos y muriendo solos. El amor que dura y dura y luego
desaparece mientras sigues mirando. Había demasiados milagros en mi era
moderna.
-En
el periódico de Wanda había una mención a anteriores informes marcianos -dije-.
¿Era un chiste?
-Oh
-rió Doc-. El Halloween pasado Orson Welles emitió una obra de radio donde los
marcianos invadían la Tierra. Hizo que pareciera un noticiario. Asustó a un
montón de idiotas en Jersey. Probablemente hablaban de eso.
-Sin
duda.
-Supongo
que en su época hablan regularmente con los marcianos
-dijo
Doc, con la ilusión nublando de nuevo su cerebro-. ¿Cómo son?
-preguntó,
y sus ojos brillaron con la esperanza de los desesperanza¬dos.
-Marte
es un planeta sin vida -dije-. Hermoso en su forma física como evidencian las
fotos, pero carente de naturaleza consciente.
-¿Consciente?
-repitió él-. ¿Nadie vive allí?
Negué
con la cabeza. Parecía corno si Doc hubiera descubierto que sus regalos de
Navidad habían desaparecido junto con el árbol y sus joyas. Deseé no haberle
desilusionado tanto.
-¿Hay
vida en algún otro lugar?
-Sólo
aquí -dije..., y allí, desde luego, en nuestro mundo, entre nuestros
doppelgángers-. Por tanto, la vida terrestre parece tanto más...-¿Horrible?
¿Condenada? ¿Superflua?
-Preciosa
-reflexionó Doc-. Así es.
Eso
también. La de Oktobriana se escapaba mientras la contemplá¬bamos.
8
-¿Interacción
factible aquí? -pregunté, sin discernir a través del humo azul más que caras
pálidas congregadas cerca del escenario. Nuestra gente, todos oscuros menos
Jake, llenaba la parte de atrás, se colocaba junto a la barra, atravesaba a
intervalos el smog para reaparecer delante, sirviendo bebidas y saliendo del
blanco amasijo como si hubieran marcado un tanto.
-Factible
-repitió Doc-. Los bastardos siempre cogen los mejores asientos. Pero el dinero
manda, amigo. Intente entrar en uno de sus garitos alguna vez, a ver hasta
dónde llega.
Abisinia
contenía como sala principal un espacio en forma de ataúd con techo
decapitatorio; la iluminación interior permitía reticiente la visión. No se
mostraba ningún sistema de decor coordinado: pósters sin enmarcar cubrían las
paredes, los asientos de los reservados mostraban la sacudida de los años, ni
siquiera los taburetes de la barra iban a juego. Dos máscaras africanas de edad
evidente y belleza simple colgaban sobre la barra, y me pregunté de qué abuelos
las habrían heredado.
-Aún
vive -dijo Jake en voz baja.
-Eso
dice el trazador...
-No
Skurry -corrigió-. Él. -Sus ojos se cebaron en uno de los pósters más nuevos,
que anunciaba un concierto ya pasado: DE LOS ESPIRITUALES AL SWING/CARNEGIE
HALL, 23 DIC 1938. En medio de los cantantes de aquella noche, el de ésta:
ROBERT JOHNSON.
-¿Fue
usted? -le pregunté a Doc, que sonrió.
-No
me habría importado. Pero el Carnegie Hall es sólo para blancos. Intentaron
arreglarlo para esa ocasión, y ni siquiera pudieron hacer eso.
Jake,
sin advertir el tono de Doc, miró hacia el escenario, como perdido ya dentro de
la música.
-Hay
tantos aquí -dije, mirando las cabezas de los caucasianos, rubias, engominadas,
teñidas y calvas-. Pienso que apenas oirán el rumor a través de la estática.
-Depende
de quién toque -dijo Doc-. Siempre aparecen cuando vienen esos chicos del
Delta. De niño, yo escuchaba blues todos los días. Tocado bien, tocado mal.
Mierda deprimente, Luther. Que me den Basie cualquier día de la semana.
La
falta de atención de Jake a todo menos al escenario vacío me preocupaba, aunque
por el mo no era posible apartar su mirada de donde estaba fija. Su
anticipación parecía incluso más poderosa que la de un niño esperando la
Navidad, cuando el niño ya ha deducido que su regalo más deseado va a venir sin
lugar a dudas.
-Esta
gente viene en sus taxis, o en sus cochazos, y se pasan aquí toda la noche,
bebiendo. ¿Ha visto alguna vez beber a los blancos? Ño pretendo ofender,
Jake... -Jake, sin escuchar, no se ofendió-. Tragan. Siguen tragando hasta que
acaban con toda la botella. Luego vomitan por todo el suelo. Aunque es mejor
que cuando empiezan a cantar.
-¿Las
letras son familiares?
-Algunas.
Amigo, nunca habrá oído nada más penoso.
-¿Qué
los trae aquí?
-No
puedo decir cómo funciona la mente de esa gente -dijo; se volvió hacia la
barra-. Pregúntele a Jake. Eh, Jess, por aquí -le gritó al camarero. Jess bajó,
secando una copa con tres rápidos giros de bayeta, sus manos eran el doble que
las mías; su cara estaba surcada de cicatrices cuya telaraña parecía un patio
de trenes. Entre los dientes separados sujetaba la colilla apagada de un
cigarro verde.
-¿Un
lingotazo, Doc? -preguntó, cogiendo un vaso-. ¿Qué quieren tus invitados?
-Dales
cerveza. ¿Alguna preferencia? -No preferíamos nada; esti¬mamos que era mejor
seguir su consejo-. Trommer's White Label servirá.
Jess
descorchó dos botellas marrones de largo cuello con una herramienta de metal,
sirvió una en un vaso y luego se volvió hacia Jake.
-¿Quiere
la suya en una taza de té?
Había
uno de los tapones doblados sobre la barra. Jake lo cogió, lo puso sobre su
pulgar y colocó dos dedos encima. Con un rápido movimiento le dio la vuelta al
tapón de metal, haciendo saltar su corcho interior. Lo depositó en la barra.
-Un
vaso -dijo. Jess sirvió.
-¿Ha
venido ya Bill? -preguntó Doc.
Jess
sacudió la cabeza mientras le tendía amablemente a Jake su vaso lleno.
-El
hijo de puta es normalmente el primero en venir los sábados por la noche. No le
he visto el pelo. Su mamaíta no le habrá dejado venir, tal vez.
-Tal
vez.
Tal
vez no. Las esqueléticas manos del reloj de pared señalaban las ocho cuarenta;
Doc esperaba que el telón se alzara a las ocho, pero lo mismo le pasaba al
público del club. Ellos podían esperar; nuestros minutos pasaban haciéndose
minutos perdidos. La sed quemaba mi garganta; podría ser cerveza, pero bebí sin
notarlo. Si el mejor pan fuera líquido habría tenido el mismo gusto, dulce por
la levadura, lo suficientemente densa como para cortarse en rebanadas, sin
parecerse en absoluto al agua amarga de nuestros días.
-¿Ha
oído hablar de Robert Johnson antes, Jake? -preguntó Doc, señalando hacia el
escenario-. No es ningún Cab Calloway. No comprendo cómo es tan bien conocido
en su época.
-No
lo es. Sólo los más conscientes ven la gloria. Hace muchos años llené por
primera vez mis oídos con sus canciones. Durante un fin de semana en la casa
del Viejo. Los que escuchan con intención de escuchar saben... -Jake hizo una
pausa y agitó las manos ante él, como buscando una presa no vista-. Eso lo hace
más fácil. Ninguna explicación aguanta. -Sacó su cassette de bolsillo y lo
probó, con intención de grabar.
Doc
se echó a reír.
-La
forma en que hablan ustedes me confunde a veces. Demonios, Jake, debe conocer
de memoria todo lo que hizo.
-Lo
sabía ya -dijo Jake, al parecer exhausto por la emoción de las palabras de su
discurso-. No lo advertí.
Un
presentador salió a escena y alzó las manos como para detener una carga.
-Damas
y caballeros -dijo-, hay un ligero retraso, pero no se preocupen. El señor
Johnson estará tocando para ustedes en breve. Por favor, sean pacientes con
nosotros.
-¿Quién
es ése? -pregunté.
-Vernon
-dijo Doc-, El primo segundo de Wanda. Dirige el club. Todos somos dueños del
edificio. Nos metimos en esto juntos hace diez años, justo antes del Crash. Lo
pagamos al contado. Aunque las cosas se pongan diez veces peor de lo que están,
y siempre están diciendo que podría pasar, nadie va a echarme a la calle. Pero
si alguno de mis inquilinos no paga después de una temporada, lo mato, pero...
-Nunca
has echado ninguno de esos perdedores en tu vida -rió Jess-. Tienes a Wanda
para hacerlo. Doc le ignoró y continuó.
-Yo
me encargo de los apartamentos. Vernon dirige el club. Cubrimos gastos en lo
peor, y la mayoría de las veces no nos va del todo mal. Si el edificio está
lleno y hay un buen grupo de cantantes aquí abajo, entonces comemos cerdo...
-Esperamos
que disfruten de Harlem tanto como nosotros disfru¬tamos de su presencia
-insistió Vernon, con la cara seria. Jess volvió la cabeza y contuvo la risa.
-Disfrutaría
teniéndolos ensartados en la punta de mi navaja...
-Sonríe
y sopórtalo, Jess -dijo Doc-. Vamos.
-El
señor Johnson saldrá en cualquier momento -dijo Vernon.
-¡Será
mejor que lo haga! -gritó un miembro de la audiencia especialmente marfileño-.
Estos malditos espectáculos nunca empie¬zan a tiempo. -Su pareja, una mujer
joven, tenía el pelo rubio recogido bajo un sombrero con velo; su mano
enguantada de blanco sostenía una boquilla de medio metro, como si fuera a
marcar una res. Cuando habló, sus palabras resonaron en el silencio que siempre
se hace en un momento inoportuno, de forma que el embarazo resultante puede ser
total.
-Podríamos
habernos quedado en el Rainbow Room -gimió, con tono nasal-. Pero oh, no. El
ricachón tiene que arrastrarnos hasta Harlem para ver un maldito espectáculo de
chocolates...
Mientras
Vernon salía del escenario, su voz se perdió en el murmullo del público;
afortunadamente, sus comentarios adicionales no fueron oídos, al menos por
nosotros.
-Deberían
estrangular a esa zorra -dijo Jess, en voz baja.
-Es
deprimente -dijo Doc-, Vienen hasta aquí y, cuando ocupan sus asientos, no
hacen más que criticar. Hay demasiada gente. Hace demasiado calor. La comida no
es buena. Dame un vaso limpio...
-¿Qué
esperaban? -dijo Jess-. Pero tienes razón. Tienen un montón de verdes.
-Eso
sí.
-Pueden
quejarse todo lo que quieran mientras se queden lo suficiente como para
gastarlos.
-¿Qué
estaba diciendo? Ah, sí. Verá, Wanda y yo vivimos en chabolas los primeros diez
años de nuestra estancia aquí -continuó Doc-. Allá en San Juan Hill. En la
Sesenta y dos Oeste. Cuando salí del ejército acababan de convertir la
Prohibición en ley. Es lo mejor que nos pudo pasar. Verá, Wanda conocía a
Vernon, naturalmente, que había venido aquí unos cuantos años antes, y Cedric
había estado en mi regimiento...
-¿Cedric?
¿Tiene su edad? Doc suspiró.
-Nadie
parece tener mi edad salvo yo. Sí, la tiene. Bien, pues empezamos a hacer
negocios juntos. Lee entró más tarde, después de que yo me saliera. Poco antes,
Vernon instaló un par de destiladoras y se dedicó al alcohol. Cedric siempre
tuvo mano para la organización, y la forma en que dispuso las cosas impidió que
la poli se metiera mucho con nosotros. Hizo tratos, ya sabe. Ese tipo de cosas.
Con el paso del tiempo, nos expandimos. Este lugar era un garito cuando lo
abrimos. Menos mal que todo lo que Cedric o Vernon tenían que hacer era
acercarse a la comisaría, y no nos tocaban. Lo hicimos bien...
-Con
ilegalidades.
Me
miró como si no me hubiera visto desde hacía una hora.
-Bájese
de su alto caballo, amigo. ¿Qué podía hacer? Hasta que emprendí esos cursos de
medicina no podía conseguir ni un trabajo como ascensorista. ¿Y dónde iba a
poner el dinero para empezar? Los únicos bancos de color que había
desaparecieron todos a finales del 33, y el Banco de los EE.UU. no me daría
papel ni para limpiar el culo de un bebé. Yo quería mejorar, y mejoré, Luther.
Y mejoré. Si las cosas no salen de una manera, salen de otra, eso es todo.
-Miró hacia el reloj y vio la hora; las nueve y quince-. Mierda.
-¿Cree
que aparecerá todavía? -pregunté.
-Tiene
que ser precisamente esta noche la que no...
-Doc
-dijo Jess, mirando por la ventana, frotando la barra con un paño manchado-.
¿Esperas compañía?
-¿Por
qué? -preguntó Doc, y se volvió. Tras el cartel de neón que colgaba de la
ventana, dentro de la sombra de la entrada, giraba una luz roja-. Oh,
demonios...
-¿Por
nosotros? -pregunté.
-Más
que probable...
La
puerta se abrió de golpe; entró un tipo haciendo girar un bastón, torciendo el
cuello hacia atrás para ver si era objeto de deseo profesional.
-¿Quién
ha llamado a los agentes? -preguntó
-¿Qué
quieres decir, Theodore? -dijo Jess-. ¿Quién está ahí fuera?
-Dos
blancos con traje oscuro. Parecen venir en misión oficial. También hay dos
caballeros de color del departamento local. Todos acaban de saltar del coche
celular y han subido las escaleras. Dame un lingotazo, Jess.
-Salgamos
de aquí -dijo Doc, poniéndose en pie-. Si han ido al apartamento... -Jake ya se
encaminaba hacia la puerta-. No, Jake. Por atrás. Síganme.
Nos
dirigimos con rápida indiferencia a la parte trasera del club, tras pasar un
telón que colgaba a la derecha del escenario, y entramos en un pasillo oscuro
como boca de lobo.
-Ha
vuelto a dejar que las bombillas se fundan -murmuró Doc. La luz que se filtraba
por una puerta abierta en el centro del pasillo nos ayudó a guiar nuestros
pasos. Dentro de la habitación iluminada pude vis a Vernon confrontando a un
hombre alto y delgado de pie en una esquina, como castigado, su cara vuelta
hacia un lado. Bajo la cómoda había una vieja guitarra de madera.
-Es
normal -le decía Vernon-. Todo el mundo es tímido a veces. Lo harás bien...
-No
delante de esa gente -dijo el hombre, arañándose la cara con unas uñas largas y
finas.
-Una
vez empieces no importará. Vamos, Bob... Continuamos. Tuve que arrastrar a
Jake.
-Luther
-dijo-, era él...
-Volverá
a actuar, Jake -le dije, en un estúpido intento por tranquilizarlo-. Tenemos
que movernos. Esos tipos deben haber aparecido a petición de Mal. Imposible
estimar lo que les ha dicho. Prep para cualquier cosa.
-Las
oportunidades perdidas nunca regresan -dijo Jake, en voz más baja que de
costumbre-. Mis herramientas ayudarán...
-Las
obtendremos, si es posible -dije. Allá delante, al final de la oscuridad,
brillaba una señal roja de salida, marcando nuestro camino. Doc se detuvo antes
de abrir la puerta, con su forma encendida de sangre cortándonos el paso.
-Silencio
-dijo-. Por aquí saldremos al patio justo debajo de la ventana de la cocina. Si
está abierta, tal vez podamos oír qué pasa y pensar en algo.
Abrió
con cuidado la puerta; salimos rápidamente al jardín de asfalto. El brillo de
la cocina, amarillento por las cortinas echadas, resplandecía en lo alto; como
la persiana estaba enrollada, lo habríamos visto todo de tener tres metros de
altura. A la derecha de la cocina había un alféizar y dos ventanas apagadas.
-¿Adonde
conduce? -pregunté.
-A
la habitación trasera de mí consulta -susurró Doc-. Parece que no han entrado
ahí aún.
-Entonces
deberíamos nosotros -dijo Jake-. Mi equipo es necesa¬rio. ¿Qué se oye?
Guardamos
silencio; dos hombres, quizás tres, hablaban por turnos; de cada uno detectamos
murmullos y fragmentos de frases.
-...conoces
a alguien más... hacerlo mucho más... a tiempo...
El
tren elevado se tragó todo sonido al rodar ciudad arriba. Jake cruzó el patio,
alcanzó las ventanas sin hacer ruido; le seguimos, silenciosos, aunque no
tanto.
-¿Están
cerradas? -preguntó, sacando de su chaqueta una barra fina y flexible.
-Sí
-dijo Doc. Jake introdujo la barra entre los bastidores, hizo palanca y produjo
un leve chasquido; alzó en silencio la hoja inferior, saltó, se aupó y se metió
dentro.
-Eso
pensaba -dijo, extendiendo las manos hacia nosotros después de haber aterrizado
dentro. Doc se detuvo a mitad de camino, como para descansar; lo hicimos pasar
con considerable esfuerzo, sintiendo como si intentáramos conseguir los últimos
centímetros de dentífrico. Al auparme casi me disloqué el hombro; mis costillas
chillaron por un momento como si las estuvieran rompiendo de nuevo, pero no era
así.
-No
enciendan las luces -susurró Doc, como si supiéramos dónde encenderlas-.
Pónganme la mano en el hombro. Cuidado por donde pisan. Síganme.
Nos
deslizamos a través de la oscuridad, avanzando de puntillas para no provocar
gemidos con nuestra presencia en las tablas del suelo. El brusco perfume a
alcohol me advirtió que debíamos haber entrado en la sala de exámenes. Oí un
débil tintineo de metal.
-Jake
-dijo Doc-. La llave. Gírela a la izquierda. Donde está su mano.
Jake
descorrió la cerradura y abrió la puerta, retirando y metiéndose dentro de la
chaqueta cuanto pudo de lo que había dentro. Nuestra respiración se
interrumpió: Oí otro sonido que se alzaba desde abajo, alternativamente duro,
luego blando, como si al ser arrancado de los cielos se disolviera y regresara,
la señal siempre presente, raramente oída o comprendida como correspondía.
Robert Johnson cantaba.
-«Darktown
Strutters'Ball» -gritó alguien abajo, pero sus quejas fueron ahogadas bajo el
lamento del cantante. Jake se quedó quieto, con sus oídos recogiéndolo todo.
I'm
cryin'please, please let us be friends...
-Vivo
-dijo Jake, inmóvil, quieto como envuelto en ámbar, arran¬cando nueva vida de
cada palabra.
-Vamos,
Jake...
An'whenyou
hear me howlin'in mypathway, rider..
.
-Calla.
-Canta
«Darktown Strutters'Ball»...
Please
openyour door 'n' lemme in...»
Un
nuevo sonido lo distrajo todo; la puerta de la sala de espera se abrió de
golpe. Una repentina luz nos cegó antes de que Doc y yo pudiéramos dar un paso;
Jake, invisible a todos, se había ido ya, como barrido por orden de un ángel.
-Os
estoy apuntando, chicos. Levantad las manos. -Alzamos los brazos como para dar
las gracias. El policía tenía la piel casi tan clara como yo, y era igual de
alto, pero pesaba el doble. Alzó su pistola en nuestra dirección, una 38 por su
aspecto, aunque juzgar el calibre en la distancia nunca es fácil, especialmente
con una pieza como la suya. De cerca, advertí que el cañón llevaba un evidente
silenciador-. Mantenedlas levantadas.
-Está
cometiendo un error -dijo Doc, en tono de voz normal, aunque llena de odio-.
Ésta es mi consulta...
-Cierra
el pico -dijo el policía, dando un paso hacia delante, apuntando directamente.
Al ver el armario abierto y divisar las pertenencias de Jake, se quedó
inmóvil-. Santa mierda... -Sin dejar de apuntarnos ni quitarnos ojo, llamó a
alguien-, ¡Nate! Ven aquí. Voy a necesitar una mano con estos dos.
-Le
estoy diciendo que ésta es mi consulta... -El policía miró rápidamente al
certificado que colgaba de la pared-. ¿Cuánto tiempo lleva en este distrito,
hijo...?
-Normalmente
trabajo en Central Harlem, y no soy tu hijo. No querían usar a nadie en este
caso con quien estuvieras demasiado acostumbrado a tratar. Doctor, ¿eh? ¿El
médico de Dillinger? ¿Planeas robar el tesoro con esta mierda o qué?
Mis
prolongados hosannas provocaron espasmos en mis costillas rotas;
involuntariamente, mis hombros empezaron a hundirse. El policía me colocó el
cañón entre los ojos.
-Manténlos
en alto o te vuelo la cabeza.
-¿A
quién has cogido, Edgar? -preguntó su socio mientras entraba; oscuro senegalés,
del tamaño de un frigorífico.
-El
viejo dice que es doctor. Si éste es el venezolano, tendrá el pasaporte.
Cachéalos y saca sus papales. Los tengo a tiro.
Nate
nos cacheó de arriba abajo mientras buscaba en nuestros bolsi¬llos, sacó mi
pasaporte y los papeles de Doc; no me cogió la cartera.
-¿Quieres
echarle un vistazo a esta mierda? -preguntó Edgar, acercando la evidencia
cuando Nate nos soltó-. ¿Has visto alguna vez un arma como ésta? -preguntó,
sopesando la Shrogin.
-Parece
una pistola de juguete. ¿Qué es?
-De
juguete, una mierda. Si no lo supiera bien, juraría que es una metralleta.
-¿Dónde
está el tambor? Mantened los brazos en alto -dijo Nate, apuntándonos a ambos.
-Tal
vez use cinta. Debe ser extranjera. Nos la llevaremos para que los federales lo
averigüen...
-¿Qué
hay de esa pistola, tío? -preguntó Nate-. Una pieza de mal aspecto. Déjala por
ahí, la recogeremos más tarde. Esos gilipollas no se darán cuenta.
-Mierda.
Echa un vistazo a las balas de la recámara y dime dónde puedo comprar algunas
más. Muy bien, vosotros dos. Vamos a ver a vuestras amiguitas. Probablemente os
echan de menos. Hemos estado charlando un rato con ellas, o al menos lo hemos
intentado. Se están haciendo las difíciles.
-Será
mejor que no le hayan hecho nada a mi esposa... -empezó a decir Doc. Edgar sacó
una porra de su bolsillo y golpeó con ella a Doc en la cabeza. Doc se tambaleó,
y la sangre oscureció su pelo gris. Lo cogí antes de que cayera.
-Nunca
se me ocurriría tocar a tu vieja esposa, tío -dijo Edgar-. Van detrás de la
roja. Ahora moveos.
Ayudé
con una mano a Doc hasta que recuperó el equilibrio y avanzamos empujados por
la brusca punta de su pistola. Jake no podía haber huido, eso era seguro.
Dependiendo de lo que hubiera tenido tiempo de recuperar antes de nuestra
interrupción, decidiría el método de acción y el tiempo. No podría ser lo
suficientemente pronto. Era seguro que, cuando se moviera, aplicaría un
esfuerzo total. Aquella idea consolaba y aterraba.
-Es
AO, Doc -dije mientras le ayudaba; la sangre de su cabeza corría por su cara
como lágrimas y salpicaba la manga de mi camisa.
-Mierda
-fue todo lo que dijo. Al entrar en el apartamento vimos a Wanda y a Oktobriana
en la cocina, vigiladas por los dos hombres blancos; eran jóvenes, con chaqueta
y corbata. Uno tenía el pelo castaño, el otro rubio; de lo contrario, podrían
haber sido hermanos.
-Norman
-dijo Wanda-, ¿qué te han hecho?
-Lo
mismo que te vamos a hacer a ti si no te callas -dijo Nate-. ¿Cómo os ha ido
con las damas?
-Son
muy poco cooperativas -dijo el rubio-. No hemos recibido ninguna de las
respuestas que esperábamos recibir. Puede que sean necesarias medidas más
fuertes.
-¿De
dónde habéis sacado eso? ¿De quién es? -preguntó el otro, al ver a Edgar
colocar las pertenencias de Jake en la repisa de la alacena.
-En
su consulta. Creo que intentaban cogerlas. Deben haber entrado antes que
nosotros.
Observé
la habitación, juzgando posición y distancia. Doc y yo nos hallábamos cerca de
la cocina, vigilados por Edgar y el federal moreno. Wanda, frente a nosotros,
estaba cerca de la nevera, la cabeza a la par de su tambor. Nate y el rubio
cubrían la puerta que conducía al salón. En la mesa de la cocina, en el centro
de la habitación, estaba sentada Oktobriana, llevando un mono rojo que se había
puesto al llegar; aunque supe que había notado de inmediato la ausencia de
Jake, no hizo ninguna observación. Las cortinas de la ventana estaban echadas;
la brisa nocturna hinchaba sus dobladillos. Sólo el sonido de la calle venía de
fuera, y el rugido regular del tren elevado mientras pasaba.
-¿Tenéis
sus papeles? -preguntó el rubio-. Veamos.
Edgar
se los tendió. El moreno cruzó la habitación y le apartó a Oktobriana el pelo
de la cara; los ojos de ella ardieron al mirarlo. Edgar y Nate observaron los
movimientos del agente con evidente recelo. Ella se asió con manos pálidas al
borde de la mesa.
-¿Dispuesta
a hablar? -le preguntó el moreno, sonriendo-. ¿De dónde has sacado esa ropa de
conserje? ¿Eres alguna especie de tortillera? -Ella permaneció quieta, los ojos
fijos en la ventana.
-No
soy ningún experto, pero este pasaporte me parece falso -dijo el rubio-.
Podemos comprobarlo más tarde en el consulado. ¿Qué estabas haciendo junto a la
comisaría esta mañana?
-Ya
se lo dije todo entonces -intervino Wanda-. Este hombre me ayudó a atravesar un
mal barrio y le dieron una paliza por su molestia.
-Va
a recibir más de una si no habla... -dijo Nate.
-No
habrá nada de eso en un caso federal -dijo el rubio-. ¿No estabais buscando a
nadie allí? ¿Alguien que pensabais que pudiera estar dentro?
-¿Llevabas
alguna de estas armas en ese momento? -preguntó el moreno, distraída
momentáneamente su atención hacia Oktobriana-. ¿Tienes licencia venezolana, o
son tuyas?
-Ninguna
respuesta hasta que esté asesorado -dije. Los federales me miraron; Nate y
Edgar se rieron con ganas.
-El
negro quiere un abogado -dijo Nate-. ¿Oyes qué tontería?
-Quiere
uno que le agarre la mano mientras se sienta en la silla eléctrica... -dijo
Edgar.
-Recibirás
un juicio justo en el Tribunal de Color de los Estados Unidos -informó el
rubio-, ¿Llegaste al país con la joven rubia?
-Especifique
los cargos para ese juicio justo -señalé. Doc se mantenía erecto agarrándose a
la cocina; si flaqueaba, yo le sostenía.
-En
el momento adecuado se os notificará de todos los cargos que hay en contra
vuestra -dijo el rubio-, ¿Quién más estaba con vosotros, y cómo llegasteis? Si
cooperáis, las cosas serán mucho más fáciles para todos.
Sus
preguntas corrían en círculo; aunque al principio estuve seguro de que Skuratov
estaba detrás de este asalto, cuanto más hablaban más lo dudaba.
-Como
rusa aparente, jovencita, comprenderás que nos pregunte¬mos por qué no tienes
visado...
-¿Es
esto una foto de Stalin? ¿Qué tipo de libros tienes en tus maletas?
-¿Eres
ruso? -me preguntó el rubio, posiblemente recordando a Pushkin-. ¿Eres miembro
del Partido Comunista Americano?
-Mierda
-interrumpió Edgar-. No vais a llegar a ninguna parte de esta forma,
gilipollas.
-Éste
es un caso federal -dijo el rubio; contemplamos el incipiente debate-. Vuestra
jurisdicción nos permite movernos libremente por el vecindario, pero...
-Lo
que significa que si no os guiáramos os sacarían las tripas en cualquier
callejón -dijo Nate.
-¿Queréis
respuestas? -preguntó Edgar-, Aquí no se consiguen res¬puestas adecuadas a
menos que se hagan las preguntas adecuadas.
-El
señor Hoover desaprueba los métodos usados por vuestras patrullas -dijo el
moreno, acercándose de nuevo a Oktobriana y acariciándola con dedo liviano bajo
la barbilla-. Son poco profesiona¬les...
-El
señor Hoover también desaprueba tener una fuerza policial de color, pero eso no
cuenta nada cuando hay que ponerse manos a la obra -dijo Edgar-. Decidid con
quién hay que dar ejemplo primero. De los cuatro, ¿cuáles son los que hay que
conservar?
-La
chica rusa es esencial -dijo el moreno.
-Creemos
que el venezolano puede haber sido el piloto -añadió el rubio-. Todavía no
estamos seguros de que la pareja mayor juegue un papel importante, aunque ella
estaba con él esta mañana...
-Deberíamos
haberlo imaginado -dijo Edgar-. Muy bien, entonces. Os mostraré cómo se hacen
los negocios.
Volvió
su pistola en dirección a Doc y disparó dos veces a quemarropa, su silenciador
reduciendo el sonido a no más que breves pings. Las rodillas de Doc flaquearon
bajo su peso mientras su camisa blanca enrojecía; se desplomó en el suelo con
un ruido sordo. Entonces el tren elevado pasó, mientras Wanda gritaba y se
abalanzaba hacia él; nadie la detuvo. Por la espuma rosa que borboteaba en la
comisura de sus labios supe que le habían alcanzado en los pulmones; por la
oscuridad de la sangre que brotó a continuación era evidente que también había
volado su aorta. Miró a Wanda mientras ésta le sujetaba, como sorprendido.
-Norman
-suplicó ella-, no te mueras. No te mueras. No. No te mueras. Dios, no te...
-Dios
-susurró Doc-. Maldición. Maldición. Maldición. Maldi¬ción...
-Eso
es lo que hay que hacer si se quieren resultados -dijo Edgar. Ninguno de
nosotros se movió; el labio de Oktobriana se volvió de un rojo más intenso allá
donde se lo había mordido. Doc yacía en el suelo, con su corazón latiendo hasta
secarse. Sus ojos se volvieron vidriosos; sus labios espumeantes se cerraron.
Lo que corría por dentro enchar-caba ahora nuestros pies.
-¿Te
apetece hablar ahora? -le preguntó el moreno a Oktobriana, con sus dedos
jugando todavía con su barbilla. Ella mantuvo la cabeza gacha, los ojos fijos
arriba-. ¿No?
-Creo
que deberíamos llevárnoslos -dijo el rubio-. Hay varias cosas que tenemos que
hacer...
-También
habrá preguntas que tendremos que responder. Creo que deberíamos arreglar las
cosas aquí. ¿Cómo te llamas? ¿Nate? Aguán¬tala por mí, ¿quieres? Rodéale el
cuello con el brazo.
-¿Qué
vas a hacer? -preguntó su compañero. Nate se quedó allí de pie, inseguro de lo
que planeaba.
-Debe
ser un procedimiento federal -gruñó Edgar, disgustado.
Nate
la cogió por el cuello, en posición estranguladora, apuntándole a la sien con
la otra mano. Wanda sujetaba la cara de Doc contra la suya como si quisiera
volver a insuflarle vida. La colección de Jake yacía allá donde Edgar la había
depositado, al otro lado de la habitación; el rubio prestaba más atención a las
acciones de su socio que a protegerlas armas. Si yo saltaba en el momento
adecuado, tal vez podría coger algo con lo que pudiera hacer daño antes de que
me acribillaran.
-Ningún
procedimiento con el que estés familiarizado -dijo el rubio, avanzando-. No
habrá violencia aquí.
-Por
supuesto que no -contestó el moreno, apartando los dedos de la barbilla de
Oktobriana y colocándolos en la cremallera del mono y abriéndolo-. No llevas
tanto tiempo en la oficina de Nueva York. El trabajo tiene sus ventajas...
-No
les ayudes, Nate -dijo Edgar-. Quita las manos de esa mujer... El moreno alzó
su pistola con la mano derecha y apuntó primero a Edgar, luego a Nate.
-Seguid
las instrucciones de un agente federal. Podemos decir cualquier cosa que
queramos sobre lo que hay que hacer con vosotros, y eso irá a misa. Ahora haced
lo que digo...
-Escribiré
un informe -dijo el rubio.
-No,
no lo harás -respondió el otro, alzando la cabeza. Era toda la distracción que
necesitábamos. Levantando los pies a velocidad ex¬preso, Oktobriana le clavó
los tacones en la cara, con la fuerza de sus piernas incrementada por los
efectos del SD. El chasquido que se oyó y el hundimiento que se vio advirtió a
todos que había roto la mandíbula del federal por los dos lados. Éste,
tambaleándose hacia la ventana, los brazos extendidos, se esforzó por
vocalizar, por dar sonido a su dolor.
-¡Mierda...!
-dijo Nate, aflojando su presa. El tipo se detuvo al borde de la ventana, dando
la espalda al cristal de arriba. Sus piernas encontraron el aire abierto más
allá de las cortinas, justo por encima de las rodillas. El tren elevado pasó
cascabeleando, haciendo resonar su eco de platos rotos-. Cuidado con la
ventana...
-¡Jake!
-grité, y mi voz se perdió-. No...
Se
había preparado, apilando cajas bajo la ventana. Empujó su sierra a través de
las cortinas, doblando su longitud al activarla y alzándola por entre las
piernas del moreno. Sonó a ropa cortada mezclada con un rechinar más brusco
como una bocanada de polvo de hueso; mientras alzaba aún más su herramienta y
se abría paso, todo lo que quedaba en la mitad inferior del hombre se desplomó,
chapoteando por el suelo como si fuera una lluvia de despojos. Sin sonido o
comprensión, Jake avanzó, completado su corte. Oktobriana, mientras tanto,
aprovechó la ventaja con sus aguzados reflejos; agarró el cañón de la pistola
de Nate, se lo colocó bajo la barbilla, y empujó la mano del hombre apoyada
sobre el gatillo. El hombre saltó hacia atrás al compás del disparo, y la tapa
de sus sesos voló por los aires como un tapón. Jake entró mientras Wanda, de
nuevo consciente, empezaba a andar a gatas hacia el salón, desequilibrando a
Edgar, inmóvil en el sitio. Me zambullí tras ella. Jake levantó su sierra y
alcanzó a Edgar en plena cara. Lo clavó a la alacena barnizada de la cocina
como si fuera una mariposa de museo. Oktobriana se apartó de la mesa, resbaló
en el charco de sangre del suelo y permitió a Jake saltar hacia delante
mientras el rubio se dirigía al salón. Con un rápido brinco Jake se impulsó en
la mesa, niveló su vuelo y alcanzó al último que quedaba con vida mientras yo
caía sobre Wanda y la mantenía fija al suelo; sus gritos cesaron. Cogiendo la
cabeza del rubio entre sus manos, Jake la retorció, dejando al rubio tendido
boca abajo pero mirando al techo con los ojos muy abiertos. Desde abajo, a
través de la alfombra, oí una alegre canción; Johnson, por un breve instante,
proporcionaba alegría a todos los que le oían. Recé para que ignoraran si
habían oído algo de lo sucedido arriba. No habían pasado ni treinta segundos.
Hot
tamales and the redhots...
Yeah,
she gottem for sale.
Got
a gal that's long 'n' tall
Sh'sleeps
in th'kitchen with herfeet in the hall...
Jake
observó los productos de su habilidad, jadeando como si su talento sobrepasara
incluso sus expectativas.
-Tiempos
modernos-dijo-. Reacción postmortem. Perdón, Luther.
Los
hombros de Wanda se agitaban mientras intentaba zafarse de mí, alejarse de la
cocina; la agarré con fuerza, tapándole la boca con la mano para reducir sus
decibelios.
-Ya
pasó -repetí, con letanía de idiota-. Ya pasó. Ya pasó. Ya pasó...
Sus
lágrimas empapaban mi mano; cuando empezó a vomitar la retiré, permitiéndole
hacer lo que necesitaba. Al mirar hacia la cocina y ver a Oktobriana
volviéndose a cerrar su mono mientras se alzaba en medio de la masacre, sentí
que mi propio estómago daba un vuelco, y por eso miré de nuevo rápidamente
hacia el salón, donde la única víctima no mostraba sangre. Jake examinó su
traje; como era de esperar, parecía nieve pura a excepción del lugar donde se
había manchado la mañana anterior. Oktobriana se dirigió a la otra habitación,
medio resbalando, dejando huellas rojas en la alfombra. De la cocina llegaba un
goteo; el olor a matadero abrumaba ya, y con el calor odié pensar hasta dónde
llegaría su hedor, en qué poco tiempo.
-¿Qué
causó el retraso? -le pregunté a Jake-. Doc ha muerto...
-Sabido
-dijo él-. Eso pasó cuando me prep para entrar, Luther. No podía saltar con esa
sierra sin poner primero las cajas. No soy ningún superman...
Oktobriana
le agarró, apretándole hasta que los ojos le saltaron.
-Estás
bien, Jake -dijo, sus ojos súbitamente húmedos con lágrimas silenciosas-.
Doc...
-No
podemos dejarle así -dije-. Jake, ayúdame.
Recogimos
como infelices portaféretros el cuerpo de Doc; con dificultad (debía pesar
ciento veinte kilos, incluso sin sangre), lo llevamos a la otra habitación y lo
tendimos en el sofá.
-Tenemos
que salir de aquí -dijo Wanda, sorprendiéndonos con su ronco grito mientras se
levantaba-. Cojan las llaves del coche. Están en el bolsillo izquierdo de
Norman. Vamos, cójanlas.
Acercándose
a donde estaba tendido Doc, Oktobriana metió la mano en el bolsillo y tanteó;
pareció sorprendida por algo, aunque no pude imaginar qué.
-¿Éstas?
-preguntó, y se las lanzó a Wanda. Tras alzar la mano, arrancó el bigotito de
Doc y lo dejó caer sobre la mesa como una oruga muerta. Ninguno de nosotros
dijo nada.
-¿No
pueden seguirnos por número y registro? -preguntó Jake.
-Cambiaremos
la matrícula -dijo Wanda, con voz asustantemente calmada. No mostraba ninguna
de las huellas evidentes del shock, aunque tal vez simplemente yacían esperando
emerger en pleno más tarde-. Eso es todo lo que tenemos que hacer además de
largarnos de aquí rápido. Debe de haber un millar de Terraplanes negros en la
ciudad, y mientras no seamos demasiado visibles no nos encontrarán fácilmente.
-¿Quién
tiene placas extra? -pregunté.
-Cedric
-contestó ella-. Páseme el teléfono. Hablaré con él. Aprisa, Luther. Media hora
más y enviarán un furgón celular y nos cogerán a todos. -Cogió el fonocular,
apartó su largo cordón negro y marcó el número-. Cúbranlo -dijo, con voz apenas
audible. Usando una de las sábanas que el propio Doc había traído para nosotros
la noche anterior, Oktobriana y yo, cogiendo cada uno un extremo, la tendimos
sobre nuestro amigo y la dejamos flotar a su alrededor. El blanco de la sábana
mostró de inmediato su propia herida roja.
-Un
amigo tan amable -dijo Oktobriana-. Agárrame, Jake.
Al
parecer sin pensar, él la rodeó con sus brazos; antes de agarrar su cintura
advertí cómo temblaba su mano. Mientras permanecía allí de pie, asaltado por
sensaciones que no podía dejar aflorar a la superficie, me pregunté, ya que
nuestra presencia había tenido un resultado tan espectral para los pocos con
quienes habíamos contactado directamente, qué ocurriría entonces con el tiempo.
¿Qué habría hecho Doc, si no hubiéramos llegado? ¿Qué habría hecho alguien que
conociera a Doc, o hubiera recibido ayuda de él? Las ondas de nuestra piedra
mal lanzada podían extenderse por todo el océano. La respon¬sabilidad abrumaba;
mantuve mi razón donde pertenecía, y mantuve apartados tales pensamientos por
el momento.
-¿Cedric?
Soy Wanda. Necesito tu ayuda. Norman está muerto. Los polis lo mataron. Eso es.
No, no, ya se han encargado de ellos. -Hizo una pausa-. Necesitamos huir. No,
ahora. Eso es. Tengo una idea de dónde ir. Lo que necesitamos son matrículas
nuevas. Para el coche, sí. ¿Cuánto quieres por ellas? -No dijo nada mientras
escucha¬ba-. No lo creo, Cedric, dime cuánto. Entonces muy bien, llevaré lo que
tengo y tú puedes coger lo que consideres justo. ¿Podemos acercarnos por ahí?
-Wanda sacudió la cabeza-. No vengas aquí, no. Ni siquiera actúes como si
hubieras estado aquí antes. En serio. No quieras saberlo. Eso es. Vamos para
allá. -Colgó-, Déjenme coger mi dinero.
-¿Tiene
repuestos?
-Normalmente
tiene todo lo que hace falta. Cedric es un buen contacto.
Se
puso de cuatro patas, agachándose como para beber, metió la mano bajo el sofá y
extrajo de sus entrañas una pequeña caja de metal. Antes de que pudiera
levantarse, la mano de Doc se deslizó por debajo de su sábana; una reacción
motriz tardía, quizá. Cuando rozó su cuello, Wanda supo de quién era la mano.
No dijo nada, pero se estremeció como lo haría un tenedor golpeado. Tras
levan¬tarse, sin mirar, volvió a colocar la mano bajo la sábana. Abrió la caja
con una de las llaves de Doc y sacó un grueso rollo de color verde atado con
una cinta de goma. Se lo metió en la blusa, entre los pechos.
-Echen
una ojeada ahí fuera -dijo-. Que nadie les vea. ¿Algún otro poli a la vista?
-Despejado
-dije, tras mirar.
-El
coche está aparcado en la Treinta y tres. Dejen aquí toda esta mierda. Vamos.
Mientras
la seguíamos, abandonando las maletas de Oktobriana, sus papeles y libros, el
retrato de Alejine del Gran Amigo, abandonan¬do los grotescos añadidos de la
cocina, abandonando a Doc, vi que, con poco pensamiento y ningún lamento obvio,
lo que Wanda dejaba atrás era su vida. Comprendí que, de algún modo, había
tenido que hacerlo varias veces antes. No podía decir si se había acostumbrado
a ello o no. Caminamos calle arriba, ignorando a todos los que pasaban, y
llegamos al coche en cuestión de minutos. Dentro del Abisinia sonaron aplausos.
-¿Sabe
conducir? -le pregunté a Wanda mientras se situaba al volante.
-¿Sabe
usted?
El
coche rugió cuando lo puso en marcha, sin querer arrancar; cuando se rindió,
nos fuimos, bordeando lentamente dos equipos de muchachos que jugaban al
béisbol en la calle con palos de escoba recortados. Tras girar la manzana
entramos en la Octava, dejamos atrás una vez más sus edificios y todo lo que
había dentro, y nos dirigimos hacia el local de Cedric bajo el tren elevado,
deteniéndonos a cada luz azul, avanzando con cada luz naranja, buscando en cada
cruce signos de la policía. Wanda giró a la izquierda bajo la pastelería y se
detuvo ante lo que parecía ser un almacén de ladrillo; por encima de la
entrada, en un punto clave, había una cabeza de caballo de piedra. Tocó dos
veces el claxon, haciendo una pausa entre cada una, para anunciar nuestra llegada;
la puerta de metal se alzó, permitiéndonos la entrada. Apoyado contra la pared
opuesta del garaje, iluminado por los faros, estaba Cedric, con el chaleco y la
corbata quitados para sentirse más cómodo. La puerta bajó a nuestras espaldas
cuando pasamos.
-Sus
entregas entran por aquí -dijo Wanda, apagando el motor mientras Cedric se
aproximaba. Noté que en algún momento durante el día Doc había puesto un nuevo
retrovisor en el costado del coche-. ¿Las tienes? -preguntó, sacando la cabeza
por la ventanilla.
-Oh,
Wanda, lo siento tanto. ¿Sabes quiénes lo hicieron...?
-Te
dije que ya se habían encargado de ellos. Sé que lo sientes, Cedric. Pero
todavía no hay tiempo para pensar en eso. ¿Dónde las tienes, y cuánto quieres
por ellas?
-Aquí
hay una -dijo él, sacando de detrás de su espalda una brillante placa, Feria
Mundial de Nueva York 1939, decía en su superficie.
-¿Dónde
está la otra? -preguntó Wanda. Salimos del coche, todos menos Oktobriana.
Cedric miró a Jake pero le prestó poca atención-, ¿Cuál es el precio? No
tenemos toda la noche, Cedric...
-La
otra está en mi oficina -dijo el hombre, tendiéndole la que llevaba, señalando
con un dedo hacia la entrada lateral, apenas visible en la oscuridad tras el
brillo de los faros.
-Entonces,
¿cuánto?
-Nada
-dijo él-. Sólo necesito que Valentino venga conmigo para ayudarme a cogerla.
Es todo.
Wanda
me miró; miró a Cedric. La tarifa era obvia; el que tuviéramos ambas placas era
de importancia vital. Ella se movió, como para aplastarlo.
-Pequeño
hijo de...
-Wanda
-dije; ella se calmó-. Jake, cambia la primera placa. ¿Dónde está la otra,
Cedric?
-No
irá a...
-No
hay elección, Wanda. ¿La hay?
-Debería
apalearlo y cogerla...
-Ya
hemos tenido suficiente de eso por una noche -dije-. Vamos, Cedric. ¿Está por
ahí? Cada momento cuenta...
-Lo
sé. Está por aquí. Me da miedo la oscuridad.
Casi
corrió hasta su oficina; le seguí, sin oír más comentarios de Wanda, sin
esperar ninguno de Jake. Entramos en una habitación pequeña justo a la salida
del garaje, donde posiblemente se compro¬baban las entregas. En la penumbra no
vi más que sombras incluso después de que mis ojos se habituaran, pero lo sentí
todo: sin perder tiempo, él me bajó los pantalones hasta las rodillas mientras
se arrodillaba, como para rezar. De pie en posición de firmes, con los ojos
cerrados como para no romper la intimidad, discerní pocas diferencias: la
tenaza detrás era más dura, los labios más alegremente envueltos, sus uñas más
largas y agudas que las de Katherine. Sin embargo, la distinción se evidenciaba
de forma más profunda; en el corazón no sentí nada, y por eso nada mostré. A
Cedric pareció no importarle; continuó hasta que terminó, o se aburrió, o
advirtió que sus esfuerzos no conseguían nada.
-Gracias,
Cedric -dije, cogiendo la otra placa tras subirme la cremallera.
-Buena
suerte, soldado.
Arreglándose
rápidamente, al igual que yo, nos marchamos sin decir nada más. Tras volver a
entrar en el garaje le tendí a Jake la segunda placa; la cogió sin hacer
ninguna observación, como sabía que haría. La puerta del garaje crujió al
alzarse de nuevo, permitién¬donos escapar con una leve protesta. Nos perdimos
en la oscuridad.
9
Wanda
nos condujo por las calles, ciega a todo menos al camino que tenía delante,
obedeciendo todas las señales, marcando todos los movimientos, corriendo sin
palabras. Dejamos Harlem y entramos en el parque por la 110, arrastrándonos
sobre su camino terroso, dejando atrás campos de hierba sin segar, matojos
esparcidos y bosques sin podar. Esparcidas sobre una duna iluminada por la luna
vi lo que al principio pensé era un puñado de rocas, dejadas como por el paso
de un glaciar; tras una segunda mirada advertí que las rocas no eran más que
durmientes, descansando como podían en su ciudad sobre la colina.
-¿Adónde
apuntamos? -preguntó Jake, agarrando aún a Oktobriana, su temblor todavía no
apaciguado. Fuertes escalofríos recorrían el cuer¬po de ella a intervalos de
cinco minutos; incluso en la oscuridad, desde el asiento delantero, podía ver
sus temblores, y me pregunté si el efecto provenía de los sucesos de la noche o
de su enfermedad. Wanda conducía como si fuera sorda y muda; los tendones de
sus manos se anudaban mientras se aferraba cada vez con más fuerza al volante.
En ese momento parecía actuar sólo secuencialmente, no concurrentemente;
conducía, y no hacía nada más.
-Ninguno
nos sigue -dijo Jake, girando el cuello para ganar vista por la ventanilla
trasera-. Ninguno obvio, diría. Cómo funciona aquí lo encubierto permanece
desconocido.
-Los
hombros, Jake -dijo Oktobriana-. Tan magullados y tiernos. Frótalos, por favor.
-Wanda...
-empecé a decir, y fui silenciado por su grito.
-No
podíais entrar por la puerta principal como gente normal –dijo ella, liberada
de pronto toda emoción-. Si lo hubierais hecho así, las cosas podrían haber
salido de otra manera. No les habíamos dicho nada. Sólo estaban haciendo
aquellas malditas preguntas estúpidas, hasta que os cogieron a los dos y
entonces supieron que se cocía algo. Ni siquiera sé por qué no pudisteis
esperar a que se marcharan.
-Ignorábamos
su intención o designio -dije, intentando defender¬me-. O su acción en nuestra
ausencia.
-Deberíais
de haberlo ignorado. Si hubierais hecho lo que cualquier persona, nadie habría
resultado herido. Actuando como seres humanos civilizados...
-¿Doc
estaría ahora con nosotros si hubiéramos llamado a la puerta? -pregunté.
Wanda,
hundiéndose, buscó algún resquicio de razón; no encontró ninguno.
-Vestida
así esta mañana como si lo estuviera pidiendo...
-¡No
iba así esta noche! -grité, estimando que las usuales objecio¬nes de Jake a la
vehemencia oral podrían darse en este instante; durante un momento pensé que ni
siquiera había oído-. Ni esta mañana tampoco...
-Esas
declaraciones son injustas -dijo Jake, muy tranquilamente-. Una acción como la
encontrada demanda una reacción. Ellos actuaron. Yo reaccioné. Eso es todo.
-¿Tenía
que ir a por ellos como lo hizo? -preguntó Wanda, los ojos fijos en la curva de
delante; las luces de las torres del centro arrancaban sombras al entramado de
los árboles-. Los cerdos no tienen una oportunidad mejor en el matadero.
-Los
cerdos merecen algo mejor -dijo Jake-. Era mi única herra¬mienta a mano. Habría
preferido un toque más mínimo, pero no tenía opción...
-¿En
qué clase de mundo viven ustedes? -preguntó ella, esforzando la cara como para
contener las lágrimas-. Habla de gente aserrada como si hiciera la lista de la
compra. Actuando como si tuviera que quitarse de en medio a todo el que se le
ponga por delante. Puedo comprender un talante así, pero ustedes lo llevan
demasiado lejos. Norman era igual. No me extraña que se llevaran tan bien.
Siempre estaba mirando por encima del hombro, para ver quién se le acercaba.
Loco...
-No
tan loco -dijo Jake-. Alguien se le acercó.
-¡Estaría
aquí ahora si ustedes no hubieran aparecido! -replicó ella-. Estaríamos
saliendo para pasar el fin de semana. O estaríamos en casa. Pero no estaríamos
donde estamos. -Después de un largo rato, se frotó los ojos y se apaciguó.
-No
esperábamos ese desvío -dije. Una ola de nostalgia me barrió súbitamente,
nostalgia por un hogar que parecía cada vez más distante, al que nunca volvería
a ver más que en esta reproducción desviada.
-Russki
krai -dijo Oktobriana, cambiando insospechadamente a su lengua materna-. Otchi
dom. -Suelo ruso, hogar natal; nostalgia-. Smert. Todo smert.
-Saquemos
lo mejor que podamos -dijo Wanda-, ya que no tenemos mucha elección.
-Ninguna
-corregí. Salimos del parque en Columbus Circle. No vimos ninguna torre, ningún
muro que dividiera el centro del Upper West; donde, al sur, se alzaba la
Lollipop House de nuestros días, se encontraba lo que parecía una mansión
victoriana de varios pisos. Un cartel en lo alto de su tejado abuhardillado
anunciaba un chicle de marca desconocida. La muralla de treinta pisos de
Central Park South defendía el centro de la jungla aquí igual que en nuestro
tiempo; ahora, sólo la mitad de la muralla parecía completa. Varios edificios
semeja¬ban sólo un recorte contra el cielo nocturno, supuse que porque los
habían dejado sin terminar cuando se acabó el dinero. Tras rodear la glorieta y
entrar en Broadway, pasamos ante brillantes escaparates con los últimos modelos
de Hupmobiles, Pontiacs y Studebakers, también lo hicimos ante un concesionario
de Terraplanes y vimos nuestro transporte en forma de recién nacido. Muchos
dormían en la acera, bajo los brillantes muestrarios.
-Doc
era un hombre maravillosamente amable -dijo Oktobriana-. Había mucha bondad en
él. Un gran conocimiento de la humanidad. Conocimiento dado. Cielo arriba. En
el cielo arriba. Si el alma sobrevive. Probablemente. Flotando eternamente
entre mundos. El cielo está en la verja. También el infierno.
-¿Qué
verja? -preguntó Wanda, sin comprender. Al recordar la metáfora pude saltar a
su lógica, y por eso la seguí. Si así era, parecía tan buen lugar como
cualquier otro para que estuviera. Recordando las palabras de Doc, advertí que
ella había entrado en un estado en el que sus pensamientos pasaban tan
rápidamente que no tenía tiempo para darles una palabra adecuada en secuencia
lógica. A medida que Oktobriana se volvía menos conversacional que yurodiva (un
término intraducible, que viene a significar más o menos un loco aparente que
habla de asuntos santos, siempre ciertos), sus interminables comenta-rios se
volvieron molestos al principio, luego opresivos, y luego, como con todo, nos
acostumbramos a ellos. Hablaba de todo lo que veía mientras pasábamos Times
Square, en nuestro tiempo el hogar de todos los bastardos y salvajes. Aquí
aparecía como había oído que era en la infancia de mis padres, un escenario
lleno de luces de todos los colores donde acudían incontables millones.
Anuncios del doble de tamaño que cualquiera de los nuestros propagaban con
lazos de neón Four Roses, Seagram's, Chevrolet. Uno a nuestra espalda insistía
con grandes letras amarillas que una bolsa de cacahuetes Planter's al día podía
darnos más energía; no pude decir cómo se aplicaba la energía. A la izquierda,
una cabeza de varios metros con la boca abierta exhalaba grandes anillos de
humo, anunciando Camels. En la Y formada por la intersección entre Broadway y
la Séptima había un edificio trapezoidal, vagamente italiano por su aspecto;
alrededor de su fachada, justo en el primer piso, corría una pantalla de letras
informando de noticias y del clima a través del parpadeo de un millar de
pequeñas bombillas. Entre la Cuarenta y cuatro y Broadway había hombres en fila
india alrededor de la manzana, como si fueran compradores rusos; esperaban
recibir una hogaza de pan que entrega¬ban desde un camión del Ejército de
Salvación.
-Los
periódicos del domingo ya han salido -dijo Wanda, pasándose al último carril de
la derecha, con cuidado para no chocar con ninguno de los muchos taxis, coches
y tranvías. Al ver un cartel, me pregunté qué sería un Automat; no había ningún
camino de entrada que condujera allí-. Pararé y compraremos uno. Así podrán ver
lo que está pasando en el mundo.
-¿Cuándo
aparecerá la noticia de nuestra acción? -pregunté-. ¿Al amanecer?
-Si
hubieran sido sólo los polis y Norman, ningún periódico excepto el Age cubriría
la noticia. Como también se cargaron a dos agentes federales, aparecerá en
primera página en todos los periódicos del país entre mañana por la noche y el
lunes. Hasta entonces, nada.
Después
de aparcar en la acera cerca de la Cuarenta y dos, junto a uno de los grandes
quioscos, Wanda se bajó del coche.
-Me
estoy abrasando -dijo Oktobriana; su metabolismo se aceleraba cada vez más y,
aunque estaba sentada aparentemente tran¬quila, su interior se consumía con
terrible velocidad-. El clima parece tropical aquí todo el tiempo. Al contrario
que en Rusia, donde no tenemos junglas. Aquí tenemos un bosque de luz. -Murmuró
una frase ininteligible mientras miraba las luces a nuestra izquierda:
NUBLADO,
LLUVIA MAÑANA, leí. LONG DICE QUE LA TASA DE DESEMPLEO EL AÑO QUE VIENE
ALCANZARÁ EL CINCUENTA POR CIENTO.
-¿Perdón?
-El
número de veces que las bombillas se encenderán en una hora -dijo ella,
explicando su observación perdida. Varias veces intentó echarse hacia atrás el
flequillo que le caía sobre la cara; falló, y finalmente lo hizo a un lado-.
Tan cansada y dolorida. Como tendida en el potro. Como correr sin cesar durante
semanas. Cuatro mil quinientos ochenta y nueve kilómetros. Aparente tendonitis
en las articulaciones. Tratamiento astroscópico. Mentalmente me siento dos
veces la persona normal -dijo-. ¿Qué me pasa?
Éste
no era el lugar apropiado para decírselo. Ansioso, busqué a Wanda. Aún se
encontraba ante el quiosco, guardando cola. Los pensamientos de Oktobriana
pasaban y se difuminaban a velocidad cada vez mayor.
-Con
la maquinaria adecuada, todas las luces podrían ser dirigidas con el toque de
una sola máquina -dijo; Jake la rodeaba con un brazo para impedir que saltara
de su asiento-. Tesla podría hacerlo. Debe tener un gran plan. Un gran apoyo
comercial debe ayudarle aquí. Temperamento más adecuado al comercio. Ningún
miedo a que el mundo sea redondo. «New York, New York» -empezó a cantar, muy
mal-. «Quiero despertar en una ciudad llena de gusanos.» -Su risa fue como un
rebuzno sudoroso-. Una versión paródica que un astrofísico americano
minusválido me enseñó una vez. Antes de dejar el país se mudó a Vermont. Odiaba
la ciudad. Se mudó allá donde vivió Solzhenitsin tras una cerca de espino. Como
la verja. No como Tolstoi. No como la verja del gulag. No...
Wanda
dejó caer su compra a través de mi ventanilla, golpeándome con las muchas
secciones de los periódicos dominicales: el Times, el News, el Herald-Tribune
and Mail, el Mirror. En ese momento no era mi deseo info de naturaleza no
relacionada; estaba saturado. Antes de colocar los diarios a mis pies advertí
el titular del News: ¿DÓNDE ESTÁ STALIN? ¿En relación a qué o quién?, me
pregunté. Su actitud sería seguramente similar hacia todo. El pacto con Hitler
no sería firmado hasta agosto, a menos que hubiera sido firmado ya, o a menos
que no fuera a ser firmado. Ver las posibilidades futuras sin poder deducir
cuál se haría finalmente realidad era mucho más preocupante que no tener ni
idea de lo que traería el día siguiente; era como contemplar a un coche acelerar
hasta estrellarse, sabiendo que uno de sus cuatro pasajeros moriría, pero no
cuál.
-Vamos
a salir de la ciudad -dijo Wanda-. Hasta que se calmen las cosas.
-¿No
habrá bloqueos? -pregunté-. Seguro que ya han transmitido nuestra
descripción...
-No
vamos a Jersey. Conozco un lugar en Long Island. -Tras esperar a que el tráfico
se interrumpiera lo suficiente para dejarnos salir, volvió a sumarse a su
flujo; cruzamos varios carriles y giramos a la izquierda en la Cuarenta y dos.
-¿Es
seguro? -preguntó Jake.
-Más
seguro que aquí -dijo ella. Yo no quería ir, pero no había otra elección.
Cuando mis pies tocaron por última vez Long Island lo hice tras bajar de un
helicóptero, sobre suelo no minado; fue durante mi primera operación tras mi
ascenso a primer teniente. Mis sargentos y mis hombres pertenecían a las
Fuerzas de Reconocimiento de Suffolk, y se les ordenó un día de junio que
ayudaran a asaltar Southampton, Amagansett y Wainscott, que habían sido
bombardeadas la semana previa con poco efecto. Johnson, mi Johnson, estaba
conmigo como sargento mayor. Ha habido pocas tardes más hermosas, pocos cielos
más azules. La luz reflejada en el mar incluso hacía que las ruinas más
desamparadas brillaran con el toque de un viejo maestro. El clima era tan
perfecto que no parecía existir. Un día tan encantador me hacía estremecer.
Tras
pasar una Grand Central apagada y sin guardia, la piedra y el mármol de la
Chrysler y varios bloques de apartamentos aparentemente abandonados, giramos a
la izquierda hacia la Primera. Mataderos y plantas de empaquetado de carne se
alzaban donde en nuestro tiempo se encontraban las Naciones Unidas, con el
aroma ineludible de la sangre aún no suplantado por el desodorante político.
Cuando alcan¬zamos el puente de Queensboro en la Cincuenta y cinco y recorrimos
su pavimento en dirección al este, me encontré cruzándolo por primera vez en
coche y no desde el cielo. Una luz blanca de origen desconocido brillaba sobre
el distante horizonte de la parte norte de Queens.
-¿Dónde
en Long Island? -pregunté, con los nombres impresos eternamente en mi mente:
Mineóla, Farmingdale, Stony Brook; Shirley, Riverhead, Southampton; todos los
otros donde habían caído tantos.
-Orilla
norte -dijo ella-. Falta aproximadamente una hora y media para llegar. Es lo
que Norman y yo llamábamos nuestra casa de verano. La descubrimos una tarde
hace unos siete años, íbamos cada quince días todos los años, en verano. El
sitio se cae a pedazos, pero se puede vivir mientras no haga mucho frío, y está
casi al lado de la playa. No hay nadie alrededor. Probablemente habríamos
venido esta noche si nuestros planes no hubieran cambiado...
Al
otro lado del puente, el paisaje sugería que la Depresión estaba en su vigésimo
año y no en el décimo... Como en nuestra propia época, muchos lugares se quedan
como están siguiendo nuestro propio reajuste económico treinta años después de
que se produzca, cambian¬do eternamente. Las pequeñas casas de madera se
agrupaban una junto a otra, patios de cinco plantas, pequeños restaurantes
vacíos con carteles donde faltaban una o más letras, fábricas con ventanas
tapadas; todo mostraba el claro toque del abandono, incluso aquellos cuyos
dueños continuaban atendiendo. Los interminables bloques grises parecían
gastarse gradualmente, erosionándose con cada año que pasaba hasta que, una
tarde ventosa, el levante enviaría al cielo sus propias nubes de polvo. Continuamos
hacia el este por Northern Parkway; advertí una señal que mostraba la dirección
de Holmes Field, al norte. En la cima de un cambio de rasante divisamos la
fuente del brillo helado del horizonte.
-¿La
feria? -pregunté; Jake y Oktobriana miraban como si vieran su primer árbol de
Navidad. Wanda no contempló la escena más de un segundo.
-Sí.
En
medio de la negrura se alzaba un brillante mundo blanco salpicado en algunos
lugares con manchas pastel, con su extensión elíptica rematada en el centro con
aquellas ineludibles aguja y esfera. Reflectores inmóviles iluminaban la
estructura; fija a lo alto de la torre había un entramado circular de metal de
propósito desconocido; no aparecía en ninguno de los logos reproducidos.
-¿Tienen
nombre? -preguntó Jake.
-El
Trylon y el Perisferio -dijo Wanda.
-¿Por
qué?
-Parece
moderno, ¿no?
Edificios
más pequeños esparcidos alrededor tenían sus pocos picos y remates; edificios
en forma de barco, o con cajas registradoras en lo alto, emergían de los
alrededores. En un extremo del solar, tras un lago, se alzaba otro entramado de
metal que parecía una enorme torre. De su ancho sumidero parecían flotar
paracaídas, como si los visitantes estuvieran tan asombrados por lo que les
rodeaba que no pudieran esperar al ascensor.
-En
el periódico de la tarde había una foto -dijo Oktobriana, con su pelo agitado
por el viento que entraba por la ventanilla; sus mejillas se retorcían sin
descanso-. La estructura central tiene una similitud remarcable con el aparato
necesario.
-Aparato
-repetí-. ¿Cómo es eso? ¿Qué similitud?
Pero
Oktobriana no añadió nada más, y permaneció preocupante-mente silenciosa.
Mientras seguía mirando, vi lo que parecía ser una gran sombra oscurecer
súbitamente la iluminación de la feria; alcé la cabeza y vi vagamente un enorme
dirigible que se movía lentamente por el cielo, reflejando en su vientre
plateado las luces de abajo mientras las oscurecía en el cielo; en sus alerones
traseros vi esvásticas.
-Ese
dirigible -dije-. ¿Qué es?
Wanda
miró el tiempo suficiente para advertirlo; sus ojos regresa¬ron rápidamente a
la carretera.
-El
Hindenburg -dijo-. Apostaría a que viene de Lakehurst. Regresa a Alemania.
Decían que no lo haría en una temporada.
Pronto
dejamos atrás el zepelín aún superviviente, y pasamos a Queens y salimos al
campo. La feria se convirtió en fábrica, se convirtió en granjas y prados. La
luna arrojaba sus propias sombras sobre páramos y bosques. La carretera se
estrechó; volvió a estrecharse. Todo ante nosotros brillaba con luz negativa
mientras avanzábamos; los matojos rozaban los costados de nuestro coche como
para retener¬nos. Poco después, dejamos de ver ningún otro coche.
-¿Falta
mucho? -pregunté, sintiendo esa anticipación insatisfecha que se sufre siempre
cuando el tiempo de llegada previsto a tu destino es desconocido; cuando cada
minuto triplica su duración. El que recorriéramos una autopista federal era
sorprendente; su única mejora sobre las carreteras de tierra era el pavimento
roto. En raras ocasiones aparecían carteles, mostrando entre los salvajes
nombres familiares otros que conectaban con ruinas desconcertantes y residuos
imperdo¬nables, nombres de los viejos tiempos, pero aquí.
-Veinte
minutos tal vez. Nunca puedo recordar el nombre de la maldita carretera, pero
la reconozco cuando la veo. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si tiene
nombre. Pero, cuando lleguemos, estaremos bien.
-¿Durante
cuánto tiempo?
-El
suficiente. Tendremos que decidir lo que hacer en algún momento...
-¿Tendremos?
¿Por qué se incluye?
-Estoy
metida en esta mierda hasta el cuello, igual que usted, Luther. Complicidad en
el asesinato en primer grado de dos policías de color y dos federales blancos.
Ahora todos estamos en el mismo barco. Pueden acusarme de dar asilo a
fugitivos, transportarlos, conspiración..., bueno, nómbrelo, y creo que ya lo
he hecho.
-¿Qué
opciones quedan?
-¿Para
mí? Ninguna. Si vuelvo y digo qué pasó, me meterán entre rejas. No tardarán
mucho en ocuparse de mí. Las excusas no valen con los tribunales de color.
Luego...
-¿Qué
opciones quedan para nosotros?
-Menos
que ninguna. Será la silla eléctrica para ustedes en cuestión de un mes, a
menos que los linchen primero. Lincharon a un pobre bastardo en Riverside Park
hace un mes o así.
-Pero,
cuanto más se quede con nosotros, más...
-Ya
no importa. No puedo ir a otro sitio. Si intento pasar al Canadá me cogerán en
la frontera. Por lo que he oído, las cosas no son muy diferentes allá. La única
diferencia es que no son tan pejigueras. No sé...
-Todo
tiene un sentido -dije, ofreciendo la mentira más débil que conocía, deseando
consolar, para nada.
-Mierda.
Finalmente teníamos una vida simple en marcha. No era la vida más feliz, pero
podía manejarlo todo. Entonces aparecen ustedes. Y miren ahora. -Hablaba con
más resignación que furia, lo cual era un alivio.
-No
pretendíamos interferir -dije.
-Lo
sé. Buenas intenciones. No sirve de nada llorar por la leche derramada.
Por
fin, tras reducir, nos guió a una carretera más primitiva que corría a nuestra
izquierda; su pendiente estaba tan mal hecha que cada bache amenazaba con
arrojarnos al bosque que nos rodeaba. Ninguna luz iluminaba toda su longitud
más que la nuestra.
-Hemos
llegado -dijo cuando la casa apareció ante la vista; envuelta en el manto de la
noche, parecía una residencia al viejo estilo, del tipo en que podían
esconderse docenas. Era de piedra, de dos pisos, larga y destartalada, con
grandes chimeneas de ladrillo. Tres de sus costados estaban rodeados por
árboles, el cuarto se abría al mar. Al aproximarnos a un pequeño edificio tras
la casa oí un tamborileo, el bramido de un cañón: rompientes. Frente al prado
trasero me pareció discernir la lla¬nura iluminada por la luna. Aparcamos en un
viejo garaje y salimos del coche. Wanda cerró la puerta tirando de una gruesa
cuerda.
-¿Qué
era esto? -preguntó Jake mientras subíamos el sendero, aplastando los guijarros
con nuestros pies. Los insectos martirizaban nuestros oídos con su zumbido.
-La
casa de alguien -dijo ella-. Hay caserones como éste por toda la costa. Muy
pocos están habitados todavía, pero la mayoría han sido reocupados o los dueños
no pueden mantenerlos, así que están aquí pudriéndose.
-¿Nadie
patrulla? -pregunté.
-Nunca
he visto un guardia o un policía en todo el tiempo que hemos estado viniendo.
No quedaría un poli en la ciudad si tuvieran que vigilar todos estos sitios.
-Subimos a un porche techado que circundaba la casa, con cuidado de no pisar
agujeros o puntos débiles-. La puerta nunca está cerrada -dijo, abriéndola con
el hombro-. Nunca hay que preocuparse por los ladrones en el campo. Pasen.
Entramos
en un amplio recibidor; mi apartamento cabría dos veces allí dentro. Curvándose
hacia arriba desde la planta baja al primer piso había una larga escalera, con
el pasamanos asomando como desenros¬cado por el paso de millones; en medio de
la luz en blanco y negro de la noche la escena parecía un decorado para que
pudiera bailar Astaire. La brisa del mar que entraba por las ventanas tapiadas
enfriaba la casa, trayendo el sonido de la marea. Por encima del mobiliario de
la habitación aparecían paredes cubiertas de moho. Los pocos muebles que
quedaban se escondían bajo fantasmales sábanas. El ruido de los ratones
resonaba entre los escombros.
-Tiene
mucho mejor aspecto durante el día -dijo Wanda, cruzando el suelo cubierto de
trozos de yeso, entrando y saliendo de las sombras-. Norman y yo siempre
dormíamos en ese viejo sofá de la habitación principal. Los dos pichoncitos
pueden ocuparlo, ¿no? -Guardó silencio por un instante, la cara invisible en la
oscuridad-. Juntaré un par de sillones en la biblioteca. Hay una cama plegable
en el porche cubierto en la que puede dormir Luther. Nos vendrá bien echar un
sueñecito. El sol nos despertará, y si no descansamos vamos a valer aún menos
por la mañana de lo que valemos ahora.
Tiré
los periódicos al suelo, y lo lamenté inmediatamente al ahogarme en la
subsiguiente nube de humo. Todos marcharon a sus sitios respectivos; Oktobriana
se había callado desde que vimos la feria. Yo no tenía idea de si se debía a
algo a lo que dedicaba su pensamiento o si se le había vuelto demasiado difícil
hablar y conectar simultánea¬mente lo que oía decir con lo que estaba pensando.
El sonido del mar resonaba por el porche con su ritmo tranquilizador.
-Jake
-grité hacia la habitación principal-. ¿Se ha movido? Una pausa.
-No.
Le
oí cerrar la tapa del trazador mientras se lo metía en el bolsillo. Por cama
plegable, evidentemente, Wanda se refería a una pequeña cama de metal que se
encontraba en medio del suelo, rodeada por la brisa. Al tirar de las sábanas
sucias y polvorientas encontré un colchón enmohecido pero suficiente. Me senté
en la cama. La luz de la luna hacía visible todo lo que había en la habitación
casi vacía. Había una Biblia en el suelo, cerca. La recogí, ojeé rápidamente
sus húmedas páginas, buscando un pasaje tranquilizador. En cambio, encontré:
Pues los hijos de la luz entraron en batalla con los hijos de la oscuridad, que
son conocidos como el Ejército de Belial, y contra la tropa de Edom y de
Moab... Ésta no era la Biblia que yo recordaba de niño. En el índice leí los
nombres de los libros del ahora desacreditado Nuevo Testamento: Mateo, Marcos,
Lucas, Juan, Tomás, los Hechos de los Apóstoles, el Evangelio de la Verdad, el
Himno de la Luz. La primera página anunciaba que era la Santa Biblia de la
Iglesia Albigense, Redimida. Al desenvolver otro regalo, sólo había encontrado
otro cadáver. Harto de tener sorpresas cuando menos lo esperaba, o deseaba, me
recliné, sintiendo el dolor en la cabeza, en las costillas, en el corazón;
sintiendo el dolor cada vez que recordaba a Doc. En cuando me acosté me quedé
dormido.
El
amanecer me despertó con una luz tentativa; permanecí acostado, con la
sensación de que levantarme demasiado pronto sólo precipitaría la realidad en
mi cabeza con demasiada fuerza, demasiado pronto. La precipitación ya estaba en
camino. Oktobriana gimió dolorida, el dolor de la enfermedad y de conocer la
enfermedad. Poco después oí sonidos de llanto, profundos y ahogados, cuando
Jake se lo dijo.
Tras
lavarnos como pudimos después de levantarnos y reunimos en el salón, Jake y yo
escuchamos a Oktobriana mientras Wanda salía al porche. Posiblemente en
respuesta al dolor que ahora sentía, parecía haber enfocado su mente en las
ramificaciones y hechos de su situación (ahora que sabía cuál era), y por eso
mantenía tal tenaza sobre su cuerpo con su mente que sus multitudinarios
pensamientos venían ahora con palabras claras, con lógica pautada. Su inglés se
había vuelto también perfecto, con frases clásicas, aunque a veces se cargaba
de argot científico y distante. Mientras yacía en el sofá, las manos alrededor
de las rodillas, hablaba como para sí.
-El
agente, entonces, parecería ser un retrovirus altamente mutable de origen
desconocido. El lugar de su primera aparición es fascinante pues, si aquí
hubiera ocurrido un incidente parejo a la caída astronó¬mica del Tunguska en
1908 (eso fue en Siberia), entonces parecería imposible rebatir la igualdad de
una relación...
-¿Pero
tiene datos como para buscar una cura? -pregunté.
-Aquí
no se encontrará ninguna durante años -respondió ella, los tendones de su
cuello rebullendo como si intentaran liberarse-. Aunque con las capacidades
mentales ampliadas puedo hacer poco más que suponer, sin acceso a un ordenador
con el que podría estimar todas las variables conocidas. Habría que comprobar
millones de posibilidades, con una enfermedad desconocida tan peculiar como
ésta. Hay dema¬siados quizá. Por qué se manifiesta tan virulentamente. Por qué
el período de incubación puede ser tan extremo. Cómo pueden intensifi¬carse
tanto las funciones neurológicas. -Se detuvo, recuperando el aliento; en sus
muñecas aparecían magulladuras azules-. Por qué yo lo tengo y ustedes no. La
enfermedad podría parecer tan extendida entre la población que el método de
transmisión podría ser la propia respiración. Sin embargo, en ese caso, habría
una inmunidad inevitable en algunos. ¿Qué les ha hecho a ustedes tan
afortunados y a mí tan desgraciada?
-A
menos que tengamos algo peor que no se ha mostrado aún -dije-. A menos que lo
hayamos contraído desde que Doc hizo sus pruebas.
-Dudo
que haya algo peor -dijo ella-. Y, aunque es ciertamente posible que el virus
se haya mostrado en su sangre desde que se hicieron las pruebas, sospecho que
su reacción podría no ser muy diferente de la mía. Posiblemente un preventivo
desconocido o factores capacitadores están en funcionamiento aquí. -Mientras se
frotaba la cabeza con la mano, se le cayeron largos mechones de pelo; en sus
mejillas y cuello aparecían pústulas, pues su mecanismo había perdido el
control-. Esta enfermedad podría ser mucho más fascinante en el sentido amplio
si yo no la tuviera.
-¿No
hay acción posible? -preguntó Jake, con su mano buena apretando el polvoriento
brazo del sofá, como para soltarlo. Aunque permanecía impasible, su voz cargada
de frustración advertía que estaba a punto de estallar-. ¿Nada que hacer?
-Regresar.
Eso es lo que hay que hacer -dijo ella-. De lo contrario, lo mismo daría que
entráramos andando en el océano, uno a uno.
La
situación parecía tan insoportable que tenía que entretenerme en cualquier otra
cosa; los periódicos de la mañana estaban cerca. Los cogí, revisé los titulares
y leí con más atención. Ellos debieron ver mi expresión.
-¿Qué
pasa? -preguntó Jake-. ¿Qué dice del Gran Amigo? -quiso saber, al ver lo que yo
leía. ¿DÓNDE ESTÁ STALIN?, preguntaba el News.
EL
KREMLIN ADMITE LA DESAPARICIÓN DEL PREMIER, decía el Times arriba, a la
derecha; Stalin visto por última vez el viernes por la noche. En el Mirror.
LÍDER ROJO DESAPARECE; en la primera plana había fotos del Gran Amigo y de
Amelia Earhart y Ambrose Bierce. Tal vez Oktobriana podría haber comprendido de
inmediato la conexión, pero yo no. Trotsky sigue mudo. LOS INFORMES ANUNCIAN
QUE EL LÍDER
SOVIÉTICO
STALIN HA DESAPARECIDO, anunciaba el titular del Herald-Tribune and Mail.
Juicios suspendidos hasta nueva noticia.
-Oktobriana
-dije-. ¿Ocurrió esto en nuestra historia?
-No-dijo
ella, estudiando los titulares-. Stalin, en el junio de 1939 de nuestro mundo,
estuvo recluido en el Kremlin, decidiendo por un lado tratar con Hitler en
relación a Polonia y los estados Bálticos mientras por otro hacía una lista de
a quiénes había que matar de entre sus compatriotas. Esto es muy improbable
que...
Dándose
una palmada en la frente, dejó que los periódicos cayeran de su regazo. Cuando
retiró la mano, apareció una pequeña magulla¬dura negra.
-¿Ha
conectado? -pregunté-. ¿Qué significa?
-He
conectado -dijo Jake-. Alej está detrás.
-Qué
grandísimo idiota -dijo ella-. Tiene que ser Sania. Tardó tres semanas en
hacerlo, pero obviamente lo hizo.
-Espere.
De lo que se deduce...
-El
Kremlin no perdería a Stalin -dijo ella, con los ojos brillantes de furia-. Si
lo hicieran, nunca lo admitirían, a menos que, ciertamente, no tuvieran
conocimiento de cómo se fue. Sania ha hecho lo que debía haber planeado todo el
tiempo...
-¿Ha
trasvasado el Stalin de este mundo al nuestro? Ella asintió.
-Mientras
nos marchábamos, él debía estar regresando. Más que idiota. No sólo ha
provocado un enorme peligro para nuestro mundo, sino que ha cometido un
deliberado retrocidio en éste, destruyendo el futuro tal como podría haber sido
al interferir con el pasado.
-No
habrá peligro de revuelo político en el nuestro. Krasnaia no tiene ningún deseo
de tener un Gran Amigo vivo. Lo enviarán a un gulag desde ahora a...
-Piense,
Luther-dijo ella-, ¿Qué es lo que me está matando? Sania debe haber sido inmune
o no lo ha cogido, o la enfermedad se habría extendido por Dubna después de su
primer regreso. Pero, si Stalin lleva el virus, y puesto que ha vivido a través
de sus estragos, entonces es seguro que lo ha llevado al aire de nuestro mundo.
Mientras hablamos, se esparce.
-Mientras
tanto, en éste -dijo Jake-, con Roosevelt eliminado, y Churchill...
-Y
Stalin extirpado de la existencia -concluyó ella-, queda Hitler para actuar
como le plazca. Las posibilidades son enormes. Sania ha cometido crímenes
contra la humanidad en ambos mundos.
Desde
fuera nos llegaban los gritos de las gaviotas, el rítmico latido de la marea.
-¿Qué
es posible, entonces? -preguntó Jake.
-Hitler
puede tomar Europa en dos años -dije-, incluyendo Inglaterra. Deduciendo de la
progresión de nuestra historia, se sugiere que puede o no hacerse con la Rusia
occidental; depende de cuándo invada y qué estrategia use bajo estas
circunstancias alteradas. Desde luego, podrá tomar todo el norte de África, y
Egipto. Si elige refrenarse, si oye a algunos de su grupo, Alemania podría
invadir el Oriente Medio, pasar a Irán desde Rusia, unirse con Japón en algún
lugar de la India... -Era el viejo escenario bélico, la diferencia estribaba en
que todo era aún posible-. En veinte años o así podrían existir sólo Alemania,
Japón y Norteamérica. Si Alemania desarrolla la bomba..
Este
mundo, de repente, pareció aún peor que el nuestro.
-Luther
-dijo Jake, cogiendo la primera página del Times-. Mira esto. -Un poco más
abajo había un artículo referido a la caída de un meteorito.
...ni
información detallando su naturaleza o su tamaño, que los residentes locales
estiman enorme. Varios camiones han traído tierra a la zona, donde los
bulldozers están empezando a construir una rampa desde el lugar del impacto en
el pantano hasta la Ruta 3. Miembros de la Milicia Estatal de Nueva Jersey han
erigido una tienda cerrada en torno al aparente meteorito y montan guardia...
-Buena
mentira. Un meteorito. Han certificado que no es un vuelo contemporáneo..
-A
menos que hayan empezado a desmantelar los controles, sólo saben que tienen en
su poder un avión ruso de capacidad avanzada equipado con armas. Parece seguro
que harán la conexión obvia, aunque errónea. Eso explicaría fácilmente los
sucesos de anoche, con o sin la ayuda de Skuratov.
-¿Pensarán
que Stalin vino con nosotros? -Conociendo a Skuratov, bien podría haberles
dicho que él era Stalin.
-Es
la deducción lógica -dijo ella-. El que los investigados asesinaran brutalmente
a todos los miembros del equipo investigador podría acabar de convencerles por
completo.
Pero,
¿y si este relato de desaparición no fuera en sí mismo más que pura desinfo, el
plan de Skuratov?, pensé, dejando que mi propia mente se desencadenase. Tal vez
su trazador se había roto o lo había perdido durante su caída, y se veía
incapaz de ver el brillo de Oktobriana como había hecho antes. ¿Qué mejor modo
de emplazar una trampa que hacer volar un cuento sobre el problema de la
desaparición, sabiendo que nosotros tomaríamos la decisión obvia, desear
regresar rápidamente, para encontrarle cuanto antes...? Ridículo, me dijo. El
amor a las tramas es mi mal.
-En
cualquier caso, bajo estas circunstancias, deben ser bastante conscientes de
que Skuratov podría ser alguien de importancia -dijo ella-. Y, ya que parece
evidente que Sania ha regresado a nuestro mundo acompañado por su héroe,
nuestra esperanza de escapar sigue estando con Skuratov.
-Si
aún está en una pieza -dijo Jake.
-Hay
una posibilidad adicional a la que debo dar mayor reflexión
-dijo
ella.
-¿Cuál?
-Teníamos
la teoría de que con espirales de Tesla de gran tamaño, unidas con torres
resonantes de poder equivalente, el efecto producido por nuestro aparato podría
ser producido sin él, que las energías resultantes podrían abrir la muralla
entre los mundos. Nunca pudimos comprobar esas teorías, pues no teníamos medios
para construir una espiral y una torre del tamaño necesario. Así, Sania
desarrolló su máquina...
-¿Dónde
podría haber una espiral así...? -empecé a decir; entonces recordé su extraño
silencio la noche anterior, tras dejar atrás la feria.
-Deduciendo
por estos artículos, diría que es obvio que estos Trylon y Perisferio son una
tremenda espiral de Tesla y una torre resonante, y serán conectados mañana por
la noche.
-¿Podemos
usarlos para volver?
-Hay
que hacer más cálculos. El peligro, sin embargo, será mucho mayor.
-¿Por
qué?
-No
habrá ningún control sobre el efecto, si tal efecto se produce. La
transferencia puede ser imperfecta. Hay muchas horribles posibili¬dades, pero
como último recurso merece la pena de ser investigado
-dijo
ella, sujetándose los pies para reducir su incontrolable temblor, con la cara
seca de color por el dolor del esfuerzo-. Mi mente es útil mientras la tenga.
Déjenme usarla. -Hizo una pausa; se volvió y miró a Jake-. ¿Qué me diste
después de que nos estrelláramos? ¿Extamyl?
-Trescientos
milis para reducir el dolor y el shock -dijo él, y su voz graznó como si
necesitara lubricante-. Lo que quedaba. Sé que ahora serviría...
-En
dosis tan masivas, el extamyl reduce la inmunidad a pade¬cimientos
respiratorios transitorios -dijo ella, tocándose el labio con el dedo; sangraba
bajo las uñas-. Desde luego. Ciertamente no habría ninguna preocupación de
ordinario, pero me temo que este transitorio particular toma con él su vehículo
cuando se detiene. Examinando las posibilidades, ahora estoy segura de que fue
la dosis de examyl la que probablemente ayudó a mi inmediata infección, aunque
no tenga nada que ver con la velocidad de su progresión, que deduzco es rápida.
-Yo
tomé diodín... -dijo Jake, con la cara tensa.
-No
hay efectos colaterales con el diodín -dijo ella-, ¿Quién podría decir que el
diodín no te ha dado mayor inmunidad? ¿O inmunidad temporal? -Las magulladuras
manchaban sus brazos y muñecas, donde los músculos, al flexionarse, forzaban a
los capilares a romperse. Una vena se había roto en el hombro, dejando un
Rorschach de signo desesperado-, Jake, mostraste sabia preocupación y actuaste
propia¬mente. No hay razón para reprochártelo.
Así,
tras pronunciar su sentencia sobre Jake, le miró a la cara; en su propia
expresión él mostraba su carencia de emoción, el esfuerzo de mantenerlo todo
dentro. Las buenas intenciones siempre mataban, o mataban con tanta frecuencia
como para dar pausa a cualquier samaritano. Yo mismo habría podido ver un
asesino en cualquier espejo, merecidamente o no; sin embargo, nunca supe lo que
él veía. Palmeó torpemente la mano de Oktobriana, como temiendo caer desplomado
por su muestra de afecto.
-Esto
explica tantas cosas -dijo ella-. La energía desenfocada y los sentimientos
eufóricos de antes. Estoy tan cansada. Tiéndeme algo para escribir, Jake. Será
mejor que apunte todo lo que tenga que ofrecer. -Su ojo izquierdo mostraba una
coloración rosa allá donde algo más había cedido. El titular de una página en
el periódico abierto a mis pies anunciaba: TODOS ESTAMOS INTERESADOS EN EL
FUTU-RO/Pues ahí es donde pasaremos el resto de nuestras vidas. Eso esperaba
yo; cada vez parecía más improbable.
Wanda
estaba todavía en el porche cerrado, sola y única, mirando hacia el océano a
través de las ventanas carcomidas y oxidadas. Me acerqué a ella, dejando a Jake
y Oktobriana para permitirles un poco más de tiempo.
-¿Cómo
está? -le pregunté.
-He
estado mejor -dijo ella, evitando mis ojos-. Duele hallarse aquí.
Nos
dolía a ambos, pensé, recordando la emboscada sufrida cuando nos acercamos a
Southampton hacía tanto tiempo. Rompiendo la formación, colocándonos al lado de
la carretera, entregamos nuestros propios mensajes, lanzando cohetes a todo lo
que había dentro de nuestro radio. Los que fueron alcanzados por el fuego de
fósforo saltaron de sus madrigueras como si lo hicieran de una vela romana.
Sentimos la tierra sacudirse con los estampidos mientras yacíamos sobre ella.
Los C-380 barrían el cielo, lanzando napalm hacia el este para cauterizar las
heridas del disentimiento. Diez perdidos en la carretera, para ningún
propósito, ninguna razón, ningún efecto.
-Luther
-dijo ella, sacudiéndome de mis pensamientos-. ¿Dónde está?
-Oh.
Lo siento. Estaba ensimismado.
-Ojalá
yo fuera como ustedes.
-¿Qué
quiere decir?
-No
sentiría nada de esto -dijo-. Sería mucho más fácil.
-¿Sentir?
¿Sentir qué?
-A
eso me refiero. No sienten nada, ¿verdad? Emociones, quiero decir. Todos se han
deshecho de ellas, de algún modo. Las han estilizado. Parece que les va mejor
sin ellas.
-Están
ahí -dije, hablando por fin por mí mismo; en cierto sentido, ella tenía razón-.
Las enterramos profundamente para que no vuelvan a salir.
-Yo
no puedo hacerlo. Están aquí.
-Salgamos
-propuse. Ella asintió. Tras abrir la puerta, cuyo muelle crujió temblorosa al
dejar caer su capa de óxido, salimos. Nadie se alzó de los matojos para
saludarnos cuando nos asomáramos, ningún tiro de aviso nos voló los sesos.
Avanzamos, descuidados como icebergs. El jardín abandonado por el que pasamos
estaba cubierto de hierbas crecidas hasta la altura de las rodillas; las leves
marcas de un sendero y un reloj de sol en el centro no lograban mostrar la
antigua pauta. Llegamos a un grupo de rocas junto a la playa y nos sentamos.
Mariposas blancas y azules ondulaban como trozos de papel arrojados al fuego;
yo no había visto una desde que era joven. Oí cantos de pájaros; alcé la cabeza
y divisé una nube de plumas cruzando el cielo, en dirección a tierra, hacia el
este. No soy ningún ornitólogo.
-¿Qué
son? -pregunté.
-Palomas
migratorias -dijo Wanda-. Han abierto una reserva para ellas en alguna parte de
por aquí porque dicen que se están extinguien¬do. Cuando yo era pequeña, había
grandes bandadas todo el año, y los hombres esperaban a que se posaran en los
árboles. Entonces las abatían con largos palos. Mis abuelos decían que, cuando
llegaron aquí por primera vez, cubrían el sol durante horas al pasar.
-En
nuestros días llevan más de un siglo extintas.
-Así
es la vida. -Se encogió de hombros-. De todas formas, no son más que malditos
pájaros. Da igual que les den un sitio para vivir. Acabaron con los búfalos.
Acabaron con los indios. Les daría lo mismo acabar con la gente de color. Pero
intentan salvar a esos malditos pájaros. -Sacudió la cabeza-. Parece que
también es demasiado tarde para ellos.
Durante
unos pocos minutos contemplamos las olas doblarse sobre sí mismas, alzarse de
nuevo, golpear la playa con su salpicoteo. La luz de la costa daba a todo un
amable tono dorado.
-¿Ha
visto antes la enfermedad en progreso? -pregunté. Ella asintió.
-Todo
el mundo la ha visto en progreso. Aunque no tan rápido como con ella. Dos de
mis hermanos murieron por su causa.
-Lo
siento -dije- ¿Rápidamente?
-No
lo sé. No estaba con ellos, y mi hermana nunca dijo mucho. No salieron de
Georgia, y yo no regresaría allí ni loca.
-Doc
me lo contó ayer mismo. Me contó cosas de su vida anterior. Ella volvió a
asentir.
-Sus
abuelos deben de haberle contado historias parecidas -dijo. El padre de mi
padre era dueño de tres funerarias; el padre de mi madre fue presidente de
Citibank, hasta la Eb.
-Más
o menos -dije-. Doc me dijo que estuvieron ustedes en Cuba. No tuvo oportunidad
de dar color y detalle...
Wanda
encendió un cigarrillo y lo hizo rodar entre sus labios, humedeciendo su
extremo.
-No
estuvimos mucho tiempo. No tanto como algunos.
-La
descripción horrorizaba.
-Estar
allí fue malo. Volver a casa casi nos mató. Eso fue lo peor.
-Le
pregunté a Doc cómo efectuaron el retorno, pero no lo elaboró.
Su
sonrisa sugería el recuerdo de los caprichos de un ser amado perdido.
-No
lo habría hecho. Norman pensaba que a la larga sacaría la pajita más corta, y
tal vez lo hizo. Nos costó trabajo hacerlo, pero por fin regresamos. Muchos no
lo lograron. Ahora es como si le hubiera pasado a otra persona. -Inhaló humo
como para inflamar los circuitos fundidos de su memoria-. La última mañana nos
levantaron a las cinco como siempre, y nos pusieron en fila delante de los
barracones. Normalmente entonces nos asignaban nuestro trabajo. Todo lo que
dijeron aquella mañana fue: "Sois libres". Se dieron la vuelta y
volvieron a la oficina.
»Bien.
Todos nos quedamos mirándonos mutuamente como si estuviéramos dormidos y
soñando todavía. Cuanto más permanecía¬mos allí, más advertíamos que no
soñábamos. Sin embargo, nos preocupaba lo que querían decir exactamente con
aquello, y por eso, poco después, Norman, unos pocos más y yo fuimos a la
oficina para averiguar qué significaba todo aquello. Éramos jóvenes, recuerde.
-¿Se
lo explicaron?
-Cuando
hablamos con ellos. Dijeron que el señor Roosevelt nos había liberado y que ya
no eran nuestros amos. Dijeron que no les gustaba más que a nosotros, pero que
no tenían elección. Un par de idiotas preguntaron si podían seguir trabajando
para la compañía, pero nos dijeron que la compañía había sido absorbida por el
gobierno. Querían dar un ejemplo con ellos, dijeron; Dios sabe que no podrían
haber escogido una mejor. Preguntamos cómo llegar a casa. No lo sabían. Dijeron
que iban a quemar los barracones, así que lo mejor sería que los dejáramos
antes de que lo hicieran. ¿Dónde vamos a vivir, qué vamos a comer?, les
preguntamos. Ellos no lo sabían. Nos dijeron que algunos federales vendrían en
cuestión de una semana para ayudar a arreglar las cosas. Verá, Cuba no era un
estado todavía, sólo un territorio, y dijeron que por esa causa tardarían más
que de costumbre. ¿Y mientras tanto, qué?, pregunté. ¿Qué Íbamos a hacer?
Dijeron que cuantos más muriéramos, más espacio habría en el barco de regreso a
casa, cuando lo hubiera. Entonces nos dijeron que nos marcháramos. Cerraron con
llave la puerta de la oficina. Eso fue todo.
-¿Y
luego?
-Algunos
queríamos acabar con todo, dejar la mierda detrás. Decidimos ir andando a
Caibarién, el puerto más cercano, para ver si podíamos abordar un barco que iba
a Florida. Tardamos dos días en llegar. No había carretera, sólo una especie de
claro estrecho. No comimos mucho por el camino porque no vimos más que unos
pocos árboles o matojos con frutos que reconociéramos. La gente que vivía en
las granjas por las que pasamos no estaban mucho mejor que nosotros, la mayoría
no hablaba inglés, y una o dos veces nos dispararon y tuvimos que huir antes de
que apuntaran bien. Supongo que calcularon que nos habíamos escapado y
esperaban conseguir una recompensa.
»Ninguno
de los peones de la ciudad quería tener nada que ver con nosotros. Ninguno de
nosotros tenía dinero que pagar para que nos transportaran, y no sabíamos qué
demonios íbamos a hacer porque desde luego no íbamos a intentar cruzar a nado.
Entonces llegó ese tipo de los muelles, un tal Alfredo. Tenía los dientes más
feos que he visto en mi vida. Habló con Norman y con algunos de los otros
hombres. Hicieron un trato. Alfredo quería acostarse con otra mujer que venía
con nosotros, Sophie. Una muchacha grande, con brazos como un hombre pero con
un culo donde se podía servir la cena. Guapetona.
Hizo
una pausa, como para soltar aire.
-Sophie
no quiso ni oír hablar del tema. Amaba tanto a su hombre, Robert, que ni
siquiera podía imaginar el engañarle, y mucho menos hacer de puta. Yo no tenía
mucho que decir a favor de aquello, excepto que nos llevaría de regreso al
menos a un lugar desde el que podríamos ir andando a donde quisiéramos. Me
costó tiempo, pero finalmente la convencí de que era nuestra única posibilidad.
Su única posibilidad. Nunca me he perdonado por hacerlo.
»Alfredo
era dueño de un barco de pesca de diez metros, y llevaba una tripulación de
nueve hombres. Cuando zarpamos, lo primero que hicieron fue encerrar a todos
los hombres. Sophie y yo fuimos al camarote de Alfredo y esperamos. Bajó y se
quitó la ropa. Era el hombre más vil y repugnante que he visto. La tomó. Ella
se quedó allí tendida con los ojos cerrados todo el tiempo, según dijo. No lo
sé, porque no pude soportar mirar. Se suponía que yo debía estar allí para
hacerle compañía y asegurarme de que ella cumplía su parte. Alfredo se levantó
y abrió la puerta del camarote. Silbó.
»Supongo
que vinieron en grupos de tres. Traté de luchar, pero dos me agarraron mientras
el otro trabajaba. Le hundieron la cara en la almohada como si trataran de
ahogarla. -Tosió-. Sophie casi se partió los labios de tanto mordérselos. -Sin
ningún sollozo audible, grandes lágrimas corrieron por su cara; se las secó-.
Abrieron en dos a la pobre chica. Cuando acabaron con ella, los hijos de puta,
empezaron conmigo.
La
costa pareció de pronto muy fría, no sé por qué razón.
-Ojalá
Jake hubiera estado en aquel barco con nosotros -dijo ella, riéndose con
auténtico placer por la alegría de la venganza imagina¬da-. Finalmente llegamos
a Florida. Atracamos justo al norte de Miami. Nos echaron. Robert sabía que
Sophie iba a acostarse con uno, pero no sabía que pasaría por toda la
tripulación, y la trató co¬mo si fuera mierda después de aquello. Empezó a
azotarla, a tratarla como si fuera una perra. Una noche llegamos a las afueras
de Waycross y acampamos. Pusimos al fuego una gran olla de maíz machacado.
Robert empezó a insultarla. Sophie no dijo una palabra. Solamente cogió aquella
olla y se la tiró encima. Robert se quedó sin piel en la cabeza y en el pecho.
Ella huyó aquella misma noche. -Wanda sonrió; frunció el ceño-. Nunca he vuelto
a verla.
-Doc
no actuaba así... -dije, más que pregunté; ya sabía la respuesta.
-Norman
siempre fue un buen hombre. Más tarde le conté lo que había sucedido. No lo
empleó contra mí, nunca volvió a hablar del tema. Lo que le destrozó fue que
perdí el bebé -dijo-. Demasiados tíos, supongo.
-Quiere
decir que estaba embarazada...
-De
seis meses. Si hubiéramos podido tener otro lo habríamos tenido, pero no
pudimos.
-¿Por
qué?
-Después
de que iniciara aquella sentada en Atlanta, le dieron un castigo doble. Lo
menos importante fue enviarle a Cuba. Lo principal fue que se aseguraron de que
no pudiera tener hijos. Aunque necesi¬taban gente nueva, no los querían de mala
crianza, según dijeron. Algunos de los dueños eran de Kentucky y estaban
acostumbrados a los caballos. Los hijos de puta no sabían que yo ya estaba
embarazada y que no iba a decírselo. -Suspiró, la voz más grave a medida que
hablaba-. Su voz ya había cambiado, pero nunca pudo dejarse barba después. Le
molestaba no poder. Dijo que no le dolió tanto como pensaba, pero que después
le llenaron de morfina durante tres semanas para asegurarse. Fue un infierno
cuando dejaron de hacerlo, y nunca se libró por completo de ello. Todos los
viernes por la noche, cuando regresaba del hospital en East Orange, entraba en
el cuarto de baño y se pinchaba. Pero nunca más de una vez por semana. Lo
suficiente para aguantar hasta la próxima vez.
-Y
luego vinieron al norte...
-Todo
el mundo vino al norte, excepto los que estaban ya dema¬siado apaleados. Todos
descubrieron entonces que si iban a trabajar tendría que ser para sus antiguos
amos, pero ahora había que pagar por tener una casa. -Sus ojos ardían mientras
contemplaba el océano, de una casa nunca poseída a una casa nunca conocida-.
Mierda. Nos robaron. Nos hicieron trabajar hasta la muerte. Mataron a nuestros
bebés. Finalmente nos soltaron con una larga, larguísima correa. Cuando
empezamos a alejarnos, tiraron de ella hasta que nos ahoga¬mos. El día que la
bolsa se hundió fue el más feliz de mi vida. Que todo se venga abajo, pensé.
Que todo arda. A ver si les gusta.
Encendió
otro cigarrillo; exhaló humo por la nariz.
-Usted
conoce el futuro, Luther. ¿Qué voy a perderme?
-Este
septiembre Hitler invadirá Polonia -dije, decidiendo por bien del folklore
seguir la cronología de nuestro mundo-. Comenzará la Segunda Guerra Mundial.
Conquistará la mayor parte de Europa. Emplazará campos de concentración. Matará
a millones de judíos. Muchos lo sabrán, pero ninguno actuará...
-Cifras
-dijo ella-, ¿No ha habido ya suficientes muertos? En el plan de Dios, dudé que
Hitler hubiera tenido alguna vez un resfriado.
-Al
combatir a Hitler y los suyos nos volveremos igual que ellos -continué-.
Caeremos al abismo. Eso en Europa. Otro frente se abrirá en el Pacífico. Japón
atacará Pearl Harbor a finales de 1941 con aviones construidos... -tuve que
reírme al recordarlo- con la chatarra del tren elevado de la Sexta Avenida. Una
bomba...
-¿Los
japoneses? -preguntó ella-. Bien.
-¿Bien?
-Son
gente de color. ¿No?
10
Oímos
un grito repentino procedente de la casa; al rodear la roca vimos a Jake, que
salía al jardín para hacer su llamada sin interrupción directa.
-Él
se está moviendo -dijo, y su voz se perdió en el aire-. Y ella piensa que ha
conseguido algo.
-¿Qué
es lo que muestra? -pregunté, alcanzándole.
-Apunta
rumbo norte -dijo él-. Sobre ruedas, esto está claro. Indudablemente en
compañía de otros.
-¿Qué
dijo Oktobriana? -pregunté mientras volvíamos a entrar en la casa, atravesando
el porche cubierto. Advertí lo fuerte que olía la casa a moho y abandono.
-Confuso
-respondió él; la luz de la mañana mostraba arrugas talladas en su cara, ojeras
y mejillas hundidas. Por una vez casi parecía tener su auténtica edad, diez
años más joven que yo-. Preguntemos...
-Señor
-dijo Wanda, al ver lo que nosotros veíamos. El cuerpo de Oktobriana, tendido
en el sofá, se había arqueado hacia arriba, descri¬biendo un círculo, la parte
superior de su cabeza casi tocando sus talones. Sus dientes se hundían en su
labio inferior; era incapaz de dar voz al dolor; sus brazos caían inútiles a
cada lado de su anillo.
-Los
pies -dije-. Cojámoslos y estirémoslos. -Agarrándole con las manos la cabeza,
lo suficiente para sostener aunque no para aplastar, la mantuve en posición
mientras Jake intentaba volverla hacia el sofá.
-Es
como de hierro -dijo, debatiéndose-. Wanda. Fuerce su estómago hacia abajo...
-Con
cuidado -advertí-. No demasiado rápido. Podría quebrarse.
Jake
tiró, Wanda empujó, yo sostuve; despacio, con cuidado, la tendimos una vez más
y la mantuvimos allí. Sus brazos y tobillos estaban llenos de magulladuras, que
también aparecían en su cuello y corrían por sus piernas como rastros de
brazaletes. La adrenalina surcaba su cuerpo; su pulso corría como el de un
maratonista en la línea de meta. Con el estómago encogido, noté que tocarla
ahora era marcarla. Sus párpados aleteaban como mariposas; cuando se esforzó
por hablar, la baba borboteó en sus sangrantes labios. Entonces, desde las
profundidades de sus pulmones, surgieron dos gemidos de sirena que resonaron
por la casa vacía. En su aviso no había más que angustia plena.
-Calma
-canturreó Jake, una y otra vez-. Calma. Calma. Calma.
-Señor
-susurró Wanda-, por favor, llévatela...
-Todavía
no -dije yo. Como si en algún lugar en su interior se hubiera alcanzado un
límite, Oktobriana empezó a calmarse; las venas de su cuello se alzaron
mientras se esforzaba por hablar de forma que la entendiéramos. Sus manos
temblaban como si pudieran zafarse de sus muñecas.
-Papel
en el suelo -jadeó; sospeché que las contracciones muscu¬lares afectaban
también a los pulmones, y parecía posible que sus intentos por respirar
pudieran asfixiarla-. He escrito algunas cosas, pero déjenme hablar. -Una de
sus rodillas se disparó hacia arriba, hacia su barbilla; Wanda y yo impedimos
que golpeara-. Instrucciones con las palabras más sencillas posibles. Cojan la
máquina si pueden. Vayan a la feria. Cuando la espiral sea conectada, se
liberará una energía masiva. Si la predicción meteorológica es cierta... -Un
súbito ataque de tos la impidió terminar; sus ojos enrojecidos se desorbitaron
en su cara moteada de azul mientras trataba de devolver su respiración a un
ritmo normal.
-Calma
-dijo Jake, frente a ella-. Calma, calma... Su brazo derecho golpeó el sofá
como con furia, lanzando al aire motas de polvo.
-Si
la predicción meteorológica es cierta, la tormenta esta noche debería añadir
posibilidades adicionales. Nada con lo que contar. Está escrito en el papel.
Pero vayan a la feria después de recuperar la máquina. Pónganse dentro del
alcance de la espiral cuando se conecte. Calculada la situación y la
coordinación...
Sus
piernas saltaron al aire sin aviso, derribando a Jake y empujando hacia atrás a
Wanda con un golpe seco. Cuando uno de sus tendones de Aquiles chasqueó, dejó
escapar otro largo gemido. Jake se esforzó de nuevo por bajarle las piernas y
yo le sostuve la cabeza, apartándole el pelo suelto de la cara. Ella me miró a
los ojos, mostrando furia e incomprensión y una esperanza aterradora; la sangre
de su labio inferior se había secado y se agrietó cuando sonrió. Mientras la
miraba, se apaciguó lentamente, controlando su respiración, hundiéndose más y
más. Su cuerpo visible mostraba una especie de costra negra, azul y verde
amarillenta. Sus ojos inyectados en sangre seguían mirando hacia arriba,
agitándose como sacudidos por una carga exterior. Se quedó allí tendida,
inmóvil; Jake y Wanda se acercaron más a su cara.
-¿Está...?
-empezó a preguntar Jake.
-Todavía
no -dijo Wanda-. Es una bendición. Normalmente los ataques duran hasta el
final. A veces se quedan así de quietos hasta que tienen una última sacudida...
-¿Puede
oírnos? -pregunté-. ¿Está consciente? Wanda asintió.
-No
responderá, pero sabe lo que pasa. Siempre saben lo que pasa. Señor, Señor...
Los
tres descansamos durante largos minutos, sintiendo los cora¬zones latir bajo
nuestros pechos, los pulmones doloridos con cada bocanada de aire, la fría
sensación del sudor al secarse sobre el cuerpo. Jake miraba a Oktobriana
mientras ella le miraba a él, o a cualquiera de nosotros. Sacó el trazador, lo
encendió y leyó.
-Ahora
está inmóvil-dijo, con la voz extrañamente tranquila, como si suficientes
endorfínas hubieran pasado a través de su propio cerebro para proporcionarle
una paz temporal, o al menos eso parecía-. En la Primera Avenida, a la altura
de la Veintiséis. A mano derecha.
-Bellevue
-dijo Wanda-. Está en el hospital.
-Bellevue
-repetí, pensando en el manicomio libre de gérmenes de nuestros días-. ¿Por qué
le han trasladado...?
-Encontrémoslo
y descubramos -dijo Jake.
-Hay
una oportunidad. Si llegamos a tiempo...
-Destino
certificado, Luther-dijo él-. Tenemos otro propósito que cubrir también.
-Recogió los fragmentos de papel donde Oktobriana había transcrito sus últimos
pensamientos-. Sujeta. Serán esenciales más tarde.
-Actuemos
con cautela. Ya habrán investigado en el apartamento. Seguro que saben lo de la
vigilancia. ¿Qué seguridad cree que tiene un acercamiento, Wanda?
-Ninguna.
Pero supongo que tenemos que hacerlo. En marcha. Cuanto más nos quedemos aquí,
más tiempo tendrán para prepararse.
-Jake
-dije, notando su máscara, su evidente paz-. ¿Qué hay planeado?
-De
no ser por él -dijo, palpando sus seguridades bajo su chaqueta y abrigo-, no
habríamos venido. De no incitar, yo no lo habría arrojado. De no robar, ya lo
habríamos tratado. Ella brillaría de salud -dijo, sin echar la culpa directa a
Skuratov por el último tema. Su cara estaba blanca como una sábana mientras su
sangre se remansaba en su interior. Con ambos brazos, el bueno y el malo,
levantó a Oktobriana del sofá, apretándola contra sí como para calentarla.
Dejamos la casa tal como la encontramos. Al oeste se veían nubes; un frente
arrancaba lentamente el azul del cielo. El aire olía a flores y sal marina.
-¿Por
qué no para de mirar alrededor? -me preguntó Wanda cuando subimos al coche;
Jake colocó a Oktobriana en el asiento trasero, junto a él-. Quiero decir que
sabe que no hay nadie por aquí...
-Long
Island me enerva -dije-. Conocí malos momentos aquí. -Antes de que arrancara,
un repentino chasquido en la distancia, el golpe de las olas en la orilla,
precipitó mi mente a los recuerdos.
-¿Problemas?
-preguntó ella-. ¿Tuvo un accidente aquí o algo?
-Fui
a la guerra aquí -dije. Recorrimos el camino, sintiendo nuestros neumáticos
morder la grava de debajo. Jake sacó su cassette de bolsillo mientras mantenía
erguida a Oktobriana, cuya cabeza colgaba de su cuello, apoyada en su hombro.
No se colocó los auriculares para no perderse en sí mismo demasiado
profundamente, por si Oktobriana se movía, supongo. Cuando conectó el aparato,
su música nos empapó en un baño de ácido.
Got
to keep movin', got to keep movin´...
Blues
fallin´ down like hail, blues fallin´down like hail...
-¿Guerra?
-preguntó ella-. ¿Qué clase de guerra?
-Guerra
prolongada. Veinte años. Sólo estuve aquí uno, pero sirvió al propósito...
Blues
fallin´ down like hail
-¿En
Long Island? -dijo ella mientas pasábamos a la carretera de tierra que nos
llevaría de vuelta a la autopista-. ¿Por qué habrá aquí guerra? ¿Guerra con
quién?
-Con
los habitantes de Long Island -dije, demasiado abrumado por los recuerdos para
detallar demasiado-. En un momento se hará necesario-en nuestro mundo, se hizo
necesario-declarar la ley marcial debido a una serie de circunstancias. A la
mayoría de la gente no le importó. No vinieron aquí. Eso es lo básico.
Ella
sacudió la cabeza.
-Muy
bien. No tengo que saberlo.
-¿Cuánto
tiempo de viaje? -preguntó Jake. Los ojos de Oktobriana se movían de un lado a
otro; me pregunté qué estaría viendo. Contemplé Long Island mientras
recorríamos su luz, su perfecto clima.
-No
más de una hora, si tenemos suerte -respondió Wanda-. Voy a coger por un camino
diferente para evitar todo el tráfico de la feria. Tendré que parar a poner
gasolina. -Alcanzamos la carretera principal; volvimos hacia la ciudad-. ¿Van a
traer a ese tipo cuando lo encuen¬tren?
-Traeremos
lo necesario -dijo Jake.
And
the days keep 'mindin´ me There's a hellhound on my trail...
En
aquella perfecta tarde de Long Island nuestra unidad había seguido Huí Street
abajo hacia la ciudad. Al ver humo en dirección a la costa, al oír los
estampidos de distantes disparos, como fulminantes en la pistola de un niño,
advertimos que nuestros otros pelotones estaban retrasados en la playa, y por
eso regresamos hacia el océano para ayudar. Nada perturbaba nuestros oídos más
que el rumor del viento y la interminable refriega. Nos arrastramos por los
terrenos boscosos de una de las granjas vecinas más antiguas, un lugar arrasado
cuya mansión debió contener antaño veinte habitaciones. Posados en la laguna
del patio había flamencos de plástico de herencia inusitada; cada cuerpo rosa
tenía dos cabezas. Muller se acercó entonces, sacando su 44 no oficial, se
tendió en posición, y apuntó a sus dualidades.
Yeeeah,
gritó. Ambientes. Matadlos.
Disparó.
Estaban minados. Antes del destello, antes de que al aire se abriera con el
sonido de la explosión, me tiré al suelo, igual que la mayoría de los hombres,
que generalmente lo hacían cada vez que veían actuar a Muller en el calor del
momento; los doce más cercanos no lo hicieron, y se retorcieron en el suelo
como peces volados de un barril. Muller ni siquiera pudo retorcerse. Llamamos
por radio para obtener apoyo aéreo que recogiera a los heridos y nos preparamos
para vengarnos en lo que encontráramos.
Hellhound
on my trail.
-Está
ardiendo, Luther -dijo Jake, con la mano sobre la frente de ella; había
dispuesto su aparato en un bucle continuo, de forma que la canción se repitiera
una y otra vez-. Caliente como un microondas.
-Metabolismo
acelerado, Jake -dije-. Su fiebre.
Nos
marchamos de la gasolinera Esso en la que nos habíamos detenido a repostar; al
hacerlo miré más allá de los altos surtidores para ver las puertas de los
servicios al lado del edificio: hombres, mujeres y de color. Los propietarios
no pusieron reparos en aceptar nuestro dinero.
-¿Cuánto
más? -le pregunté a Wanda; ella no apartaba los ojos de la carretera.
-No
más de cuarenta minutos, Luther. Voy todo lo rápida que puedo...
-Me
refiero a Oktobriana. ¿Cuánto más, cree?
-Esta
noche -dijo ella; el reloj del coche mostraba las dos treinta-. Antes, tal vez.
Depende de cuándo tenga otro ataque. No puede tardar mucho.
-¿No
hay duda?
-Dadas
las circunstancias, tiene suerte. El hombre que vivía tres pisos encima de
nosotros tardó tres meses en llegar a este punto. Créame, Luther, es una
bendición que sea tan rápido.
-Si
muere antes de que nos vayamos...
-No
se preocupe. Si es así, nos cogerán pronto. Nos reuniremos con ella poco
después.
If
today was Christmas Eve, if today was Christmas Eve,
And
tomorrow was Christmas Day...
Había
hecho adelantarse a Johnson para analizar la situación de cerca. Tras un grupo
de árboles oímos disparos sin pausa. Tras acercarnos, vimos la casa desde la
que trabajaban los francotiradores, justo ante la playa, en el borde de un
amplio prado. El lugar era una casa neomoderna lisa, hecha con hormigón
curvado, cristal opaco y acero tubular. Nuestros compatriotas habían sido
emboscados en la playa al desembarcar, y los más lentos yacían esparcidos por
la arena. Supuse que a Johnson le iba bien, aunque no había vuelto aún. Dadas
las circunstancias, no había más que una manera de tratar con una amenaza como
la presente. Siguiendo mis órdenes, Padilla dirigió a dos de sus hombres para
que colocaran los lanzacohetes. Esperaron su señal. Cuando la di, las luces de
la casa se encendieron.
If
today was Christmas Eve...
-Su
amigo no habrá ido a ninguna otra parte, ¿no? -preguntó Wanda después de que yo
volviera a comprobar el trazador. Habíamos entrado en las afueras; a cada lado
de nuestra calle había filas de casas y tiendas de una planta, cerradas,
gasolineras e iglesias de ladrillo, con los nom¬bres bien a la vista para que
todos los leyeran: Doctrinariado de San Pablo, la Casa Valentíniana de Dios, la
Santa Iglesia Católica Romana de San José, la Iglesia Albigense de Jesús la
Luz, Reformada. Tras dejar atrás la ciudad, pasamos junto a interminables
cementerios cuyas lápidas se estiraban hasta cerca del horizonte; me pregunté
cuántos habían muerto como Oktobriana. Los miré por el retrovisor, uno
perdiéndose, uno perdido.
-No
-dije.
-Aparcaré
todo lo cerca que pueda. Esa cosa puede estrecharlo para nosotros, ¿no? Asentí.
-Cuando
lo tengamos al alcance.
-Cuando
entren por la puerta principal -advirtió ella-, no se detengan a firmar, nueve
de cada diez veces no hace falta. Entren como si fueran dueños del lugar y no
tendrán ningún problema.
-Bien...
-Al
menos no al principio. Luego ya es cosa suya.
Oh,
wouldn't we have a time, baby
Dentro
del infierno oímos gritos agudos. Bolas de fuego brotaron de la casa, humeando
y apestando después de caer en el prado de atrás. Negras nubes de humo tiñeron
el cielo azul, oliendo a cenizas y grasa, a excrementos. Mis hombres se
acercaron a las llamas para juzgar si los residentes estaban con vida. Los
reactores emigraban en el cielo, volando en formación de ganso. El océano
brillaba como enjoyado, produciendo chispas de luz con sus olas.
Son
pequeños, gritó Klonfas después de examinar uno de los cuerpos.
All
I need's my little sweet woman Just t'pass th'time away...
Brooklyn
y Queens parecían ahora tan grises como el cielo; cada vez era más difícil
divisar la línea del cielo entre las fábricas y apartamentos que nos rodeaban.
Nuestra aproximación parecía irra¬cional; yo no creía que el Midtown Tunnel
hubiera sido construido allí, pero Wanda parecía dirigirse a su emplazamiento.
Pronto se hizo evidente que, aunque había una entrada a Manhattan desde esta
dirección, no era subterránea. Desde Greenpoint, o sus inmediaciones, un puente
colgante llegaba hasta la treinta y cuatro. Tras cruzarlo y alcanzar la Segunda
Avenida, Wanda se encaminó de nuevo al centro. Entre la Primera Avenida y la
veinticinco, a la derecha, se alzaba la masa de ladrillo rojo de Bellevue,
estirándose hacia el norte durante varios pequeños bloques, todos reemplazados
por nuevas masas pasadas de moda en nuestros días.
-¿Con
eso saben dónde está?
-En
el edificio norte -dije-. No lejos, pero en algún lugar elevado. No sabremos el
piso hasta que estemos dentro.
Después
de apagar su música, Jake, con cuidado, depositó a Oktobriana sobre el asiento
trasero mientras se preparaba para bajar. Ella permaneció tan inmóvil como
durante la última hora. Wanda aparcó el coche en la acera de la Veintiocho y
apagó el motor. El edificio en donde estaba Skuratov se hallaba justo a la
izquierda. Tras mirar alrededor no vimos a ningún sicario de la ley, ni ninguna
huella dejada por la mano del largo brazo.
-Si
alguien quiere ver sus papeles, muéstreles el pasaporte -dijo Wanda,
proporcionando más ayuda-. Diga que vienen de visita desde el Mount Sinai.
Tienen médicos extranjeros todo el tiempo. Hagan lo que hagan, sean rápidos, si
pueden.
La
entrada estaba a la salida de la Primera; dimos la vuelta calle abajo,
aparentando indiferencia, como si hubiéramos salido a tomar el aire. Empujamos
unas oscuras puertas de madera que recordaban las de la estación del tren
elevado y entramos. En nuestra época los hospitales están generalmente tan
brillantemente iluminados que abrir los ojos en ellos es arriesgarse a la
ceguera. Todo Bellevue estaba sumido en sombras. A través de la penumbra vimos
las paredes verde bilis, las siseantes bombillas del techo y los sucios y
gastados suelos de baldosas; la masa de pacientes caucasianos deambulaba por
los alrededores, salpicada por enfermeras de gorrito blanco y médicos con batas
inmaculadas. Muchos fumaban en toda la sala; los médicos y las enfermeras
también. Los ventiladores del techo no hacían más que esparcir el sudor y el
olor, los aromas familiares del alcohol, de vendas nuevas, de muerte inminente.
-Si
nos preguntan -dijo Jake-, somos especialistas.
-Doctor
Zuckerman -llamó una voz sin cuerpo a través de unos altavoces de madera
situados en la pared encima de nosotros. Del fondo del pasillo nos llegaron
gritos; Jake pareció no darse cuenta-. Por favor preséntese en urgencias.
Doctor Zuckerman...
-¿Dónde
está, Luther? -preguntó Jake, adelantándose como para dirigir un pelotón de
fusilamiento; con sus ropas blancas parecía un cirujano dispuesto a blandir el
cuchillo. Mantuve oculto el trazador dentro de mi mano y miré.
-Casi
sobre nosotros -dije-. Sexto piso.
-¿No
más alto?
-No
-dije; vi las puertas del ascensor-. Por ahí.
Como
Wanda había predicho, no experimentamos ninguna interfe¬rencia; todos parecían
demasiado ocupados en sus propios asuntos de mortalidad para molestarse con los
nuestros. Algunos miraron con atención el traje de Jake, como admirando su
corte y estilo. Entramos en el ascensor cuando se abrió la puerta; vi que un
negro bajo, sentado dentro, era el que la había abierto.
-¿Qué
piso, señor? -me preguntó, con una leve sonrisa en los labios.
-Sexto,
gracias.
Mientras
subíamos Jake permaneció en silencio, mirando al frente, la mente en algún
lugar distante. Yo no tenía idea de si Oktobriana estaría aún viva cuando
regresáramos (si lo hacíamos), y sospechaba que la carencia de certeza sólo le
hacía afirmarse más en su acción. Cuando el hombre giró una palanca para
detener nuestro ascenso nos preparamos; yo ya había calculado que la habitación
de Skuratov estaba cerca del ascensor. En un profundo gabinete cercano, oculto
a la vista inmediata, había una puerta sin marcar con una ventana transparente.
Un policía dormía en una silla a la derecha de la puerta.
-Obstruido
-murmuró Jake, adelantándose-. Quitemos el tapón.
-Muévete
con razón, Jake -dije.
-Como
siempre.
El
poli se despertó con un ronquido y empezó a levantarse al ver que nos
dirigíamos hacía él.
-Será
mejor que tengan una buena razón para querer entrar... -empezó a decir. La mano
derecha de Jake, palma arriba, voló, aterrizó en su nariz con un sólido golpe,
lanzando hacia dentro los pequeños huesos, horadando el cerebro. Mientras los
ojos del poli se cerraban un río de sangre corrió hacia sus labios. Jake se
limpió la mano de mocos y abrió la puerta. Un corto pasillo guiaba a otra
puerta, ésta sin guardia. A través de la tela de mi chaqueta oí el bip del
trazador.
-Mejor
-respondió Jake, levantando al poli muerto de su silla y metiéndolo en el
pasillo, donde lo dejó en el suelo.
-Jake
-recordé-. Cuidado.
-Un
espacio cerrado delante -dijo en voz baja-. No intentarán matar aunque estén
prep en este caso. -Dispuso algo bajo la chaqueta-. Esperan comunión. Les
daremos sorpresa.
Sorprendió,
abriendo la puerta de una patada y entrando. Había un hombre de mediana edad
con un traje marrón sentado en una silla frente a una cortina. Antes de que
pudiera moverse, Jake lo tiró al suelo y le metió la Omsk en la boca con
indebida pasión. Cerré la puerta con cuidado, como para no molestar.
-¿Buscas
a alguien? -preguntó Jake-. ¿Dónde está el invitado de honor?
El
hombre señaló hacia la cortina, los ojos en blanco. Las retiré y encontré a
Skuratov, tendido en la cama, con intravenosas en ambos brazos. Otro tubo
enviaba aire a través de su nariz. Sólo sus ojos mostraban consciencia. Sus
piernas estaban escayoladas; no vi ningún signo de sus zapatos bicolores. En
torno a su cabeza había una gruesa venda.
-¿Mal?
-dije; no parecía más peligroso que un niño de guardería.
-No
le responderá -murmuró el hombre del traje, la cara tensa mientras esperaba la
sentencia de Jake-, No puede hablar...
-¿No
puede hablar? ¿Quién se llevó su lengua?
-Por
el amor de Dios, quíteme a este tipo de encima...
-Desármale,
Jake. ¿Por qué no puede hablar?
-El
pobre bastardo probablemente no llegará a mañana. Tiene las piernas rotas.
Heridas internas. Cráneo fracturado. Cayó desde veinte metros...
Jake
recalculó.
-Diez
-dijo, cogiendo la pistola del hombre, sin dejar de apuntar con la suya.
Skuratov parecía mucho más pequeño.
-Deben
ser los tipos que vinieron con él -dijo el hombre.
-¿Es
usted del FBI? ¿Qué dijo, entonces?
-Nada.
Un camionero vio los restos del avión ayer por la mañana, y avisó a la policía
de Seaucus. Lo encontraron tendido en el pantano, y también el avión. Nos
llamaron, llamaron a la policía de Nueva York. Jersey reclamó su jurisdicción,
pero el señor Hoover dijo que como se trataba de un avión ruso era un asunto
federal. Y ahora, con esa historia de Stalin...
La
respiración de Skuratov era entrecortada, como apretada entre las manos de
otro. Jake me lanzó su Omsk para que pudiera continuar cubriéndole. Tras
acercarse tranquilamente al lugar donde yacía Skuratov, sacó su navaja; la hizo
girar entre sus dedos y luego acuchilló los tubos intravenosos de Skuratov. Sin
duda, el otro le reconoció. Vi, a la luz enfermiza de la habitación, los labios
de Skuratov moverse sin palabras, como para humedecerse. Tan pe¬queño.
-¿Dónde
está el Tío Joe, por cierto? -preguntó el hombre.
-No
lo tenemos -dije, advirtiendo las magulladuras en la cara de Skuratov-. Si las
piernas están rotas, ¿no implica eso una pauta particular de aterrizaje? -le
pregunté al hombre.
-¿Qué?
-¿Cómo
se rompió el cráneo si aterrizó de pie? -pregunté, apoyán¬dole con fuerza el
cañón en la frente, rompiéndole la piel-. ¿Golpearon a un hombre herido?
-Dios,
no. Durante el interrogatorio. Los polis de la ciudad. Ya sabe cómo son. Son un
poco duros...
-¿Y
le rompieron la cabeza como un huevo? ¿Con qué propósito?
-No
quería hablar...
-¿Y
usted sí? -pregunté, agarrándole el cuello con la mano libre, apretando con
fuerza pero no más; no soy Jake—. Quiero respuestas.
-Ustedes
dos vinieron con él. De Rusia.
-AO
-dije-. ¿Lo que llevaba encima?
-Deben
ser los de anoche en Harlem...
-Y
usted debe ser el que ahora está aquí. ¿Dónde están sus pertenencias?-pregunté,
apretando más el cañón, asfixiándole con más vigor mientras trataba de contener
la plaga del recuerdo-. ¿Lo que había con él? ¿Dónde está?
-En
el c-cuartel general -tartamudeó-. N-no me haga daño...
¿Pequeños?,
le pregunté a Konflas mientras cruzaba el terreno, contemplando los bultos allí
tendidos. De la casa no llegaba más sonido que el de las llamas chasqueando.
Niños.
En
el campo recién segado, en su rica tierra dispuesta para ser plantada, yacían
los tizones negros dejados por los preadolescentes. Cuántos habían sido
varones, cuántos hembras... ya no podía decirse; no importaba.
Ved
cuántos, dije, respirando por la boca.
-Tenía
que llevar consigo una cámara de plástico y metal -dije, limpiando mi mente,
calmándome aunque la estupidez corría a mi alrededor-. ¿Fue encontrada?
-Entonces
era una cámara -dijo el hombre; su cara se animó, como victoriosa-. La mayoría
no pensaban que lo fuera, pero yo sí...
Jake
dio un paso atrás, dejado a Skuratov imperturbado en cuerpo. Tras desenrollar
la cuerda que llevaba en la chaqueta, contempló la habitación, como juzgando
sus proporciones. Cerca del radiador corría una larga tubería, del techo al
suelo. Ató un extremo con nudos dobles, sin decir nada, escuchando todo.
-¿Era
una cámara? -dije-. ¿Es o era...?
La
puerta se abrió de golpe; un nuevo traje y un poli fresco entraron, las armas
alzadas.
-¡Cogedlos...!
-gritó el agente al que yo agarraba. Me convertí en Jake y disparé la Omsk
guiado por el instinto, arrasando el pecho del poli con un agujero del tamaño
de una pelota. Jake, como figuraba, había girado apenas abrirse la puerta.
Mientras yo apretaba el gatillo él envió sus condolencias, apuñalando al
federal en la garganta con un golpe rápido. La metralleta del agente se le cayó
de las manos mientras él daba tumbos con las manos al cuello. Se desplomó de
bruces con un sonido aplastante. Miré a ver si la puerta exterior seguía
abierta; no lo estaba. Coloqué al policía con cuidado para certificar que la
puerta interior no pudiera volver a abrirse de inmediato. Jake dejó su cuchillo
donde lo había clavado, una acción extraña. Desenrolló su cuerda, la aseguró en
la tubería, encontró el extremo opuesto, unos treinta metros a partir del nudo.
-Esto
no durará mucho -dijo, acercándose a la cama de Skuratov.
-Dios
-susurró nuestro prisionero, más animado-. No me hagan daño. Por favor, no. Por
favor...
Por
favor, oí; al escuchar el tiro de gracia, no me volví a mirar. El recuento del
día eran setenta y nueve; doblando la cuenta para cumplir con los deseos del
CG, Konflas informó de nuestro éxito. Entre los restos, trozos de contenedores
destrozados evidenciaban que en la casa habían almacenado gasolina. No apareció
ningún adulto; el lugar no era ninguna escuela tradicional. En un frigorífico
del sótano se habían metido dos de ellos, cerrando después la puerta. No
pudimos saber si se habían asfixiado o abrasado. La Guerra de Long Island duró
veinte años antes de que el señor O'Malley echara el telón; sus residentes
habrían combatido hasta el último niño. Éstos, aquella tarde, estaban entre los
primeros. Dejamos sin enterrar a los de dentro. Quise que los que habían
llegado al terreno tuvieran su tumba; la playa parecía el sitio más adecuado
para cavar rápidamente.
Si
los dejamos a la intemperie, señor, habrán desaparecido antes de que acabe el
mes, dijo el sargento Rich.
Entiérrelos,
ordené, y fui a buscar mi propia pala.
-La
semántica lo es todo -dije, tranquilizándonos a ambos al bajar la voz,
mostrando que no pretendía hacer ningún daño-. Otra vez. ¿Es una cámara, o era
una cámara?
-Luther
-dijo Jake; sacó unas toallas de felpa de los cajones de la cómoda, cruzó la
habitación y abrió la ventana, rompió la mosquitera y apartó los trozos-. Si no
ayuda -con el brazo bueno enroscó la cuerda; aguantó-, sácale los ojos.
-Responda
-dije.
-No
podíamos imaginar cómo abrirla. Uno de los tipos decidió coger un martillo para
hacerlo. Sólo un golpecito, eso fue todo. La maldita cosa se hizo pedazos, como
si estuviera hecha en Hong Kong o algo. Nada de lo que había dentro se parecía
a nada, todas aquellas placas con las cositas encima...
-Dentro
-dije-. Una cajita azul. ¿Dónde?
El
hombre cerró los ojos, indudablemente seguro de que se los iba a sacar.
-Tampoco
se abría.
Lo
que esperaba, lo que merecía, nunca vino. Tras volver a abrirlos, me vio
mirando a Jake mientras me preguntaba si lo habría oído, tan absorto estaba en
lo que estaba haciendo, fuera lo que fuese. Como si envolviera un regalo, Jake
pasó dos veces la cuerda por el cuello de Skuratov.
-Cuando
bajemos, aprieta fuerte las toallas en la mano o se quemarán -dijo, soltando el
tubo nasal de Skuratov, y lo colocó en vertical, gruñendo con el esfuerzo de
alzar un peso muerto.
-¿Has
oído? -pregunté-. Se acabó. -Jake asintió mientras colocaba su mano buena bajo
las piernas escayoladas de Skuratov.
-Oído
claro. A un lado, Luther.
Mientras
observaba recordé el resto, incapaz de contener el flujo. Quedaban tres por
plantar y yo decidí ser su granjero. No pesaban más que papel maché, pensé,
mientras los llevaba uno a uno a la playa. Mientras la tarde se convertía en
noche, diseñé sus hogares finales. Ahora teníamos tiempo de sobra; las órdenes
eran mantener la posición hasta el amanecer, cuando tendríamos que intentar de
nuevo entrar en la ciudad. Durante las horas de la noche, aviones adicionales
tostarían a los supervivientes por todo el terreno. Mientras preparaba la
última tumba, Johnson apareció cargando una bolsa, el paso refrenado por su
peso. Venía de la playa. A la tenue luz discerní que la mitad de su camisa
estaba quemada; más de cerca, vi que no llevaba camisa ninguna. Los hombres de
nuestra unidad y los supervivientes de las otras habían acampado tras la
montaña, cerca de las ruinas. Nosotros éramos los únicos que caminábamos por la
playa.
Hágame
saber que habrá fuegos artificiales antes de darme el AOK la próxima vez, dijo,
¿Entraste?,
le pregunté. Él asintió.
Entonces
la volaron.
Salí
de la tumba con ayuda de la pala y, tras pisar de nuevo suelo firme, miré al
pozo.
¿Por
qué no informaste?
Mire
esto, teniente. Soltó la bolsa y vertió su contenido en la arena. Salvé una
para usted.
Tendría
unos siete años, coronada con pelo rubio y barro arenoso. A excepción de sus
muslos ensangrentados, su cuerpo permanecía completo, aunque cubierto de
arañazos y magulladuras. Sus anchos ojos, secos después de mucho llorar, no
tenían más vida que los de Jake. Mientras me miraba contenía la respiración,
salvando esto, al menos, del contacto de un ataque. Johnson sonrió al mirarme,
mos¬trando su corrector dental.
¿Teniente?
-Jake...
Mientras
trataba de enderezar a Skuratov, el pie de Jake tropezó con su cuerda tendida;
inadvertidamente, aplastó la pierna de Skuratov contra el marco de la puerta,
rompiendo la escayola.
-Lo
siento -dijo Jake, equilibrándole sobre el alféizar para que sus rígidas
extremidades contrarrestaran su peso. Guiando su torso hacia adelante y hacia
abajo, Jake tuvo cuidado de no golpear la cabeza rota de Skuratov contra el
marco. Se detuvo entonces, como en busca de efecto, probablemente para pensar.
Con buena mano, empujó. Skura¬tov navegó a través de la neblina dominical. La
inercia siguió su rumbo; la cuerda se tensó como para dar tono, y luego, con la
misma rapidez, volvió a quedar floja. Jake envolvió sus manos en la toalla y
consideró el panorama.
-No
es una caída muy alta -dijo-. Deslicémonos, Jake.
Respondí
a Johnson golpeándole con la pala en la cabeza con todas mis fuerzas. Nada se
rompió; se derrumbó al agujero. La niñita continuó sentada sobre la arena,
acurrucada; parecía como si observara unas marionetas de diseño extraño. El
sonido de la pala produjo un chuff cuando volví a clavarla en el montón de
tierra que había sacado. Alcé una palada, la arrojé a Johnson. Los colores de
la puesta de sol inflamaban el horizonte; la noche teñía el otro lado del
cielo. La brisa del océano agitaba nuestros cabellos. Sin previo aviso, Johnson
se levantó de su cripta incompleta, se revolvió y extendió las manos; la arena
le caía por los ojos, la boca, la herida.
Negro,
dijo. No puedes acabar con un hombre.
Apliqué
repetidamente la pala: golpeé de lado, de canto, martilleé y martilleé hasta
que el brusco chasquido me recordó el sonido de un melón aplastado. Libres los
brazos de dolor, despejada la mente de pensamientos, acumulé la arena más
rápidamente sobre la sangre, construyendo una duna nueva. Tiré la pala y me
desplomé en la playa, y rodé como para hacer ángeles de arena, apretándome la
cabeza con las manos como para reventarla. Al volver a mirar, vi a la niñita,
todavía allí sentada, viendo y sin ver; temblaba, como si tuviera frío. Yo
había visto una décima parte de lo que había visto ella, sentido un veinteavo
de lo que ella había sentido, no sabía nada de lo que ella sabía, pero sabía
que no debería saberlo, no tan pronto. Había una cosa que hacer, lo supe, por
piedad. Desenfundé mi pistola. Quedaba una merced más que otorgar.
-Salta,
Luther -dijo Jake, tras llegar al suelo. Mientras me deslizaba hacia abajo, me
negué a sentir el dolor de mis costillas, la presa como de boa del vendaje;
aterricé y me derrumbé. Al ver la sangre que empapaba las toallas pensé por un
momento que me había lastimado sin darme cuenta; cuando retiré el paño advertí
que era sangre ajena. El aterrizaje de pie de Skuratov había sido tan duro,
clavándole las piernas rotas contra el pecho, que sus rodillas podrían haber
aplastado su mandíbula si su cabeza no se hubiera desprendido en la conclusión
de su caída. Yacía en dos partes en el suelo, a cada lado mío. Sus dientes de
metal brillaban a través de su mueca. Un ojo estaba cerrado, como para
guiñarnos buena suerte.
-¿Por
dónde? -pregunté, contemplando las paredes del patio, los pesados pasamanos de
piedra y las barras de hierro. Jake señaló hacia un arco detrás de nosotros que
conducía a una de las calles laterales. A la Veintiocho, esperé.
-Por
allí -dijo, casi corriendo-. Lo vi desde arriba.
Qué
más daba una que ochenta, mil o un millón. En teoría estratégica, no aparecería
ninguna diferencia, lo que lo hacía todo más problemático. Mientras me
arrastraba hacia ella, con la pistola prepa¬rada, ardía por dentro, furioso con
este mundo que ya no era mundo para nadie, y especialmente para los pequeños.
Katherine nunca comprendió lo profundamente que yo sentía aquella furia que me
impedía desear traer vida al mundo, no importaba lo mucho que intentara dar
palabras a aquel sentimiento. Si aquello causó su decisión de terminar conmigo,
entonces no se podría haber hecho nada después de todo. Alcé mi pistola,
tratando con la punta del cañón de apartarle el pelo de la sien. Me repetí para
mí: piedad, piedad, que llueva piedad sobre nosotros; no es necesario sufrir
tanto. Mirándome como si me conociera, sin hacer ningún movimiento para correr,
sin llorar ninguna súplica al ensordecido cielo, al parecer satisfecha de que
yo decidiera la conclusión más adecuada, la niñita alzó la mano y se apartó el
pelo. En teoría, ninguna diferencia; una decisión, una solución, ninguna
elección...
-Allí
está el coche -dije, viendo su negrura y a Wanda sentada dentro, llenando el
interior de humo. Nadie había advertido aún la escena excepto los que habíamos
dejado arriba. Durante otro minuto, estábamos seguros.
-¿Hubo
suerte? -preguntó ella mientras subíamos al coche, cerran¬do tras nosotros las
portezuelas.
-Ninguna.
¿La
decisión de quién? ¿Quién decide? Por órdenes distantes había matado a niños
antes; maté a niños después. Jake nunca mataba desde lejos, y siempre encaraba
a los adultos que eliminaba, como para honrar su fin. Fuera deliberado o puro
azar, era su método, tan piadoso como podía permitirse. Yo no tuve piedad
suficiente para matar a la niñita; envolviéndola con mi camisa, la llevé de
vuelta al campamento.
11
MASACRE
EN LA OCTAVA AVENIDA, decía el titular de la última edición del
Journal-American; Jake se echó a reír, comprobando las luces del cielo.
Oktobriana yacía tendida junto a él, como esperando la última incisión, los
brazos índigo cruzados sobre el pecho. El color de su país oscurecía sus ojos
medio cerrados; cuando respiraba, el sonido era como el viento silbando a
través de los juncos. Wanda y yo, en la parte delantera del coche, estudiábamos
un mapa de la feria. Doc y ella la habían visitado a principios de mes: los de
color más oscuro eran admitidos los martes y los jueves por la tarde siempre
que se marcharan al anochecer. Pegado a mi solapa llevaba ahora otro souvenir,
un pequeño botón metálico azul y blanco que le habían dado a Doc en el Futurama
de la GM, con la advertencia He visto el Futuro.
-Es
tan siglo XX -dijo Jake, que continuaba leyendo como si no hubiera otra cosa
que hacer-. Nada más que sensacionalismo y comecocos.
-No
dicen nada esencial. Mantienen la boca cerrada sobre cual¬quier supuesta
conexión con Stalin. Ahora que se habrán enterado de lo de Bellevue, supongo
que sólo ampliarán sus planes...
-«Desaparecida
la esposa del falso médico»...
-Falso
médico -repitió Wanda, enfurecida-. Ningún colegio mé¬dico le habría aceptado
aunque hubiera ido a la facultad. Bastardos.
-Se
la da por muerta -dijo Jake, leyendo hasta el final. Parecía envidioso.
-Probablemente
imaginan que la hemos devorado -dije yo-, con¬siderando el tono del artículo
hacia nosotros...
-El
shock de lo nuevo. Lo desconocido les revuelve las tripas.
Aparcamos
en Rodman Street por encima de la avenida Cincuenta y siete, cerca de la puerta
Flushing de la feria. Alzándose directamente tras sus verjas, según el mapa,
estaba el Pabellón Soviético con su Tumba de Lenin: una torre marrón rematada
por un trabajador enorme que agarraba una estrella roja. Más allá, los
edificios se extendían ante nuestra vista, sus tejados multiformes rematados
por cúpulas blancas y estrechos fustes, sus paredes curvadas llenas de murales
y dibujos abstractos. A nuestra izquierda, en la distancia, se alzaba lo que el
mapa describía como el salto en paracaídas; casi directamente ante nosotros,
mucho más cerca, el Trylon apuntaba al cielo. A través de la puerta pasaban
cientos de personas, regresando exhaustas al mundo del presente, marchándose
antes de que descargara la tormenta. Las nubes teñían el cielo de un gris
profundo a medida que se acercaba el anochecer.
-Según
lo que han dicho -recalcó Wanda, estudiando el mapa-, si llega a pasar algo
como ella sostiene, entonces tenemos que entrar y dirigirnos aquí.
Señaló
en el mapa un punto marcado como Washington Square, tras el Constitution Malí,
tras Borden y Heinz, junto al pabellón del Mundo de la Moda, y casi
directamente ante la flecha y la esfera.
-¿Dónde
tendrá lugar la ceremonia? -pregunté-. ¿Tendremos que cruzarlo todo?
Ella
sacudió la cabeza.
-Al
otro lado, en la City Hall Square. Ni siquiera habrá que verlos. Pero, dadas
las circunstancias, será difícil entrar...
-¿Cuándo
se encienden las luces? -preguntó Jake-. ¿Cuándo es el show?
-A
las ocho y treinta -dije-. Al anochecer. En cuanto empiecen las descargas,
tendremos que correr.
-¿Correr
hacia qué?
-No
estoy seguro. Pero lo sabremos cuando lo veamos. -El reloj del salpicadero
marcaba las siete cincuenta.
-¿Ha
llegado a averiguar por los cálculos de ella cómo va a funcionar este asunto?
-preguntó Wanda.
-No.
Está por encima de mi habilidad. Es algo que tiene que ver con la cantidad de
electricidad producida en relación con la frecuencia del resonador. Pero como
todo es en teoría, seremos los primeros en ir...
-¿Cree
que funcionará?
-Tal
vez. Es nuestra última oportunidad, y eso acaba con el debate. Si no sucede
nada, caeremos en brazos de la policía y nos llevarán bailando al matadero.
Tras
el Trylon y el Perisferio flotaba un conjunto de brillantes globos como una
bandada de pájaros, desbandándose al ascender; parte de la ceremonia, calculé.
Al estudiar la partida de la gente cuando pasaban junto a nosotros, no
comprendí cómo se veían tan alegres, viviendo en un mundo donde la guerra
estallaría pronto, donde la pobreza nunca terminaba, donde la sombra de la
plaga lo había oscurecido todo eternamente. Parecían marcianos felices.
-¿Ha
decidido lo que piensa hacer? -le pregunté a Wanda. Ella tiró el mapa a un lado
como si fuera una sábana.
-No.
Aquí no me queda mucho, pero, ¿qué tengo allí? ¿Por qué querría ir, Luther?
-Por
una nueva vida.
-Si
este asunto funciona como espera. Si no, no importará nada. Si lo hace, bueno,
no sé...
-¿Siente
miedo?
-Demonios,
sí -dijo ella con voz casi inaudible, como si admitirlo más fuerte fuera a
desencadenar los rayos por su propia cuenta-. Si todos ustedes vienen del
futuro como dicen, entonces es un lugar muy distinto a todo lo que yo haya
conocido. -Hizo un gesto hacia la entrada del Mundo del Mañana-. Al menos, a
juzgar por como actúan. Por como hablan. A veces actúan como nosotros. A veces
no. No sé qué me asusta más.
-Estamos
acostumbrados a lo familiar -dije-. Nuestros miedos han sido grandes aquí, pero
incluso ahora nos estamos ajustando. Con el tiempo, todo lo de aquí nos
parecería normal, igual que todo lo nuestro se lo parecerá a usted.
-Sí,
bien. El que nace sin un brazo nunca lo echa de menos, pero todo el mundo lo
llama manco -dijo ella, con una sonrisa suavizando su rostro-. Norman era quien
debería haber ido. Siempre se encandi¬laba hablando del futuro. Habría ido en
un abrir y cerrar de ojos. Cualquier cosa para salirse de esto.
Por
esto, ¿se refería a este mundo, este país, esta vida? ¿Se refería a la relación
tan exigida por los otros y soportada siempre? ¿Le habría alegrado algo?, me
pregunté. ¿Quién cura al doctor?
-No
sé, Luther -continuó ella, abrazando el volante como para apoyarse-. No me
necesitan. Pueden dirigirse allí y, cuando atraviesen el torniquete, pueden
continuar. Olvídenme...
-Aunque
las autoridades la declaren inocente, aunque no espere ninguna persecución,
¿qué le queda?
-Nada.
-Entonces
acompáñenos -dije-. Puedo ayudarla cuando estemos en casa. Se ajustará...
-Quiere
decir que me volveré como ustedes.
-La
gente cambia. Así es la naturaleza.
Buscó
las palabras con cuidado, como si tuviera problemas con una lengua extranjera,
alerta a los errores de traducción, temerosa de la traición del gesto.
-Ni
siquiera actúan como personas.
-Eso
es irracional...
-No
como las personas que conozco. La forma en que miran las cosas. La forma en que
actúan. Matan gente como si prepararan el desayuno. No es... -Hizo una pausa-.
No intento insultarles, sólo quiero explicarme, y es difícil...
-Comprendido
-dije-. Claramente.
-¿Es
que la vida no significa ya nada para nadie? -preguntó-. Para nosotros
significa algo, Luther. Todo el mundo ha visto perder la suya a demasiados
seres queridos. ¿Qué es para ustedes?
-Algo
con lo que vivir -dije, respondiendo lo que sentía.
-¿Pero
es importante o no?
-Importante.
Importantes
las vidas de los seres conocidos, amados y perdidos; las vidas de millones o la
vida del desconocido en la calle nunca podrían ser tan importantes, pues nunca
se podía habitar demasiado en la tragedia que lo rodeaba todo sin conocer la
locura. No se podía salvar a todos, y no tenía sentido intentarlo; lo único a
hacer era proteger a los que se podía.
-Pero
no del mismo modo -dijo ella-, Al menos, ésa es la impresión que tengo. ¿Cómo
nos convertimos en ustedes, Luther? ¿Qué salió mal?
-Nada.
Nadie advierte los cambios hasta que suceden.
-Entonces
eso es aún peor. Convertirse en algo horrible y ni siquiera saberlo. Jekyll y
Hyde.
-Me
encuentra tan horrible...
-Luther.
Mire lo que ha pasado. Puedo decir que en el fondo no es malo, pero hay algo
que no encaja. Creo que algo debe haber pasado poco a poco. Un día sucede algo,
y no ve otra forma de solucionarlo más que hacer algo que no habría hecho de
ordinario, y la próxima vez lo hace un poco peor. Y la próxima, aún peor. Para
cuando termina... -Su voz se perdió, difuminada en la estática de las
estrellas-. ¿Tiene la menor idea de lo que estoy hablando?
Mientras
ella me miraba, me pregunté qué veía.
-Demasiado
-dije-. Aquí también sucederá todo.
-Tal
vez no. Creo que es sólo una forma que se han enseñado para actuar, pero no es
forma de vivir...
-No
conozco otra.
-Entonces
las cosas no deberían haber sucedido de la forma en que lo hicieron -dijo ella,
allí donde habían pasado tantas cosas como si no lo hubieran hecho-. Montones
de cosas no deberían haber sucedido de la forma en que lo hicieron.
-Luther.
-La voz de Jake fue un fuerte susurro; me volví, para ver qué necesitaba.
Sostenía el brazo de Oktobriana, con su piel vidriosa y oscura con el lustre de
las magulladuras; palpaba el aire con los dedos-. Quiere codificar.
Cogí
su mano, sentí sus dedos presionar lentamente en mi palma, y escuché sus
últimas disposiciones.
-Es
el final -dijo Wanda, apenas oída.
LOS
RAYOS AYUDARÁN, dijo Oktobriana, referiéndose, supuse, a la torre y la espiral
cuando se conectara el interruptor. SI VEN LA
ABERTURA,
ATRAVIÉSENLA DE INMEDIATO.
Jake
le palpó la frente. No parecía demasiado relajado ni dispuesto a aceptarlo. La
penumbra de la tarde aumentaba, oscureciéndolo todo.
DÍGALE
A JAKE, transmitió ella; sus dedos temblaban, como ateri¬dos.
-¿Sí?
-pregunté, sujetándolos, esperando la conclusión. ES EL AMOR DE MI VIDA.
Asentí. Sus ojos se abrieron, apenas vistos en la oscuridad. Pensó un momento:
BENDÍGAME.
-¿Qué
pasa?
Cuando
se lo dije, Jake la cogió en brazos y la levantó. La cabeza de Oktobriana se
balanceaba sobre su cuello, los ojos en blanco tras los párpados, un fino
hilillo de saliva resbalando de su boca. Al mirarlos, me sentí como si
estuviera traicionando una escena de la más profunda intimidad, aunque no pude
dejar de mirar a la casi muerta.
-Ya
liuba... -empezó a decir Jake; se detuvo-. Ya liub...
En
alguna parte había intentado aprender a decir «te quiero» en ruso, como si
hacerlo en la lengua natal de ella lo solucionara todo. No hace falta decir que
no había conseguido pronunciarlo bien.
-Ya
-empezó a decir, más despacio-. Ya li...
Antes
de que pudiera terminar, los brazos de ella se enroscaron en torno a él como
para abrazar, tensándose, se dispusieron a aplastar. Jake se libró de ellos con
dificultad. Los miembros de Oktobriana empezaron a enroscarse en tomo a sí
mismos, tensándose mientras ella se encogía más y más. Cuando su pecho se
contrajo, jadeó en busca de aire, con la boca tan abierta que sangró por las
comisuras; también manó sangre de sus oídos y de sus ojos. Mientras sus brazos
y piernas cedían bajo la torsión de los músculos, el sonido de los huesos rotos
resonó por todo el coche. Se desplomó en el asiento, con sus vértebras
retorciéndose como si fueran aplastadas por la tenaza de su carne. Jadeaba en
silencio, como si la estuvieran pisoteando.
-Jake
-dije-. Sabes lo que es esencial. Muévete.
-No
puedo... -empezó a decir. Hablaba como si no tuviera más de seis años.
-Es
un acto razonable -le recordé. Los labios de ella temblaban mientras intentaba
dar palabras a su dolor; el chasquido de sus huesos taladraba mis oídos. Los
asistentes a la feria pasaban junto a nosotros, ajenos a la escena en el
interior de nuestro coche-. Ayúdala, Jake. Tienes que hacerlo.
No
pudo.
-Levántala,
Jake. Por aquí.
Agarrándola
con fuerza, la levantó del asiento, dejando magulla¬duras más profundas allá
donde ponía el dedo. La echó hacia delante y apoyó sus hombros contra la parte
trasera del asiento del conductor. Se volvió. Los ojos sangrantes de Oktobriana
estaban cerrados, como para no ver el fin.
-Luther,
por favor...
-No
hay elección, Jake -dije, alzando las manos-. Ninguna.
Envolví
los dedos en torno a su cabeza, y cerré también los ojos mientras retorcía.
Murió antes de desplomarse; mis dedos ardían con la quemazón de la piedad. Jake
la miró mientras volvía a caer al asiento, los ojos medio abiertos. Oí aplausos
en la feria. Wanda observaba el aparcamiento a nuestra derecha, como esperando
ver a alguien a quien conociera. Jake abrazó el cadáver de Oktobriana, sin
producir más sonido que ella, sin mostrar ninguna lágrima.
-Suéltala,
Jake -dije-. Se acabó. Vamos.
Se
enderezó lentamente, sin responder, contempló su quietud, sin dejar de
agarrarla, y la miró asombrado, como advirtiendo ahora lo que había perdido. Su
cara no mostraba más expresividad que de costumbre. Miré el reloj del
salpicadero y contuve la respiración; no pude impedir que mis manos temblaran.
Las ocho y veintitrés.
-¿En
cuánto tiempo podemos ir a pie? -pregunté.
-No
pueden -suspiró Wanda, poniendo el motor en marcha.
-¿Nos
llevará? Ella asintió.
-No
hay otra forma. No permiten entrar coches, así que van a tener que jugar según
sus reglas para entrar. No puedo creer esto...
-El
problema es manejable -dije-. Jake puede cubrir nuestra aproximación.
-Tardaremos
un minuto o dos en atravesar el paseo. ¿A qué distancia hay que acercarse para
que funcione?
-No
lo sé -dije-. Todo lo que tenemos que hacer es dirigirnos a lo que aparezca, y
no sé qué se supone que es...
-Mierda
-comentó ella; se dirigió a la puerta. Al lado había aparcado un coche
patrulla. Dos policías, de pie, deambulaban alrede¬dor como una advertencia
para los que intentaran colarse-. Será mejor que se preparen para cualquier
cosa.
-Como
siempre -dije. El rastro de un rayo iluminó las nubes; el tambor del trueno ya
no sonaba enmudecido por la distancia-. El tiempo cumple el pronóstico. Siga
avanzando. No se preocupe...
Los
policías miraron en nuestra dirección; tal vez vieron nuestras sombras
moviéndose dentro del coche, a varios cientos de metros de donde se
encontraban. Palpándose la cadera, se dirigieron hacia nosotros.
-Jake
-dije, preocupado-, ¿Prep? Viene acción. Ninguna respuesta; me volví.
-¿Jake?
Sostenía
a Oktobriana, sacudiendo sus hombros como si quisiera devolverle la vida con
sus manos empapadas de muerte. Mirándola sin ver, me escuchó sin oír. Las luces
aparecieron ante nosotros: la feria mostraba toda su iluminación, su luz
cristalina. Nuestros investigado¬res se acercaron más, despacio, como si
tuvieran todo el tiempo del mundo.
-Armaméntame,
Jake.
Sin
una palabra, sacó la Shrogin de debajo de su chaqueta y me la tendió; la
deslicé a mi derecha, entre el asiento y la portezuela. Tan indiferentemente
como pude bajé la ventanilla y quité el seguro del arma. Wanda había reducido
el coche a paso de tortuga mientras yo me preparaba; los dos policías
dispusieron sus respectivos juguetes. Las luces de la feria brillaban ahora en
multitud de colores contra el cielo oscuro surcado de rayos: azul y naranja,
rojo y púrpura. El Trylon y el Perisferio brillaban con su purísimo blanco
marmóreo.
-Dispararán,
Luther -dijo Wanda, acelerando hacia la puerta.
-Yo
también.
Ellos
alzaron sus armas y se prepararon. La Shrogin tenía tres cartucheras y podía
enviar un millar de balas. Me asomé por la ventanilla, apunté, y apreté el
gatillo antes de que ellos pudieran disparar. El retroceso fue imperceptible,
la sensación y el contacto suaves y equilibrados. Los policías estallaron en
chorros de sangre y cayeron a la acera; yo apenas sentí nada. Asomado a la
ventanilla, agarrado con la mano izquierda a la parte de abajo del techo,
dispuse mi carga con la derecha.
-Atraviese
la verja. Cederán cuando les encañone.
-Ya
han encendido las luces, Luther...
-En
marcha.
Disparé
incesantemente durante un momento, apuntando no con intención de dar muerte,
sino miedo. Los guardias escaparon a la seguridad de la feria; los que entraban
y salían lo hicieron aún más rápidamente. Gotas de lluvia empezaron a salpicar
el coche, lavando mi cara, arañándola. Me metí dentro, apuntando con la Shrogin
hacia fuera.
-¿Vamos
demasiado tarde? -preguntó Wanda, guiándonos a través de un callejón curvado
que dividía dos edificios lisos; un transporte de la feria, como una oruga, con
sus pasajeros resguardados de la lluvia por un techo de brillantes colores, se
apartó de nuestro camino cuando pasamos junto a él.
-No
lo creo. Adelante, Wanda. Vamos.
Cuando
entramos en Constitution Mall, con sus árboles alineados brillando en verde con
las luces colocadas tras sus ramas, los edificios de sombra rosa alzándose a
cada lado, vimos que las luces del centro de la feria se desvanecían en blanco
y regresaban de nuevo en amarillo sol; el Trylon brillaba como un venablo
dorado, el Perisferio resplan¬decía como la yema de un huevo pasado por agua.
Alrededor del anillo de hierro bajo la cima de la lanza chispeaban rayos de luz
eléctrica, disparándose entre los cables de metal que soportaban el anillo; a
lo largo de la aguja corrían salvajemente destellos azules de voltaje
inimaginable. Aplausos mayores que los oídos previamente se alzaron en la
distancia mientras nos encaminábamos hacia la luz.
-Ahí
está -dije-. Acelere, Wanda. Despejaré el camino. Recto. No pare por nada.
La
mano de Jake apareció desde atrás. Empezó a soltar su arsenal en el asiento
delantero mientras nos abalanzábamos hacia delante. En lo alto de todo colocó
su aparato de bolsillo. No pudo imaginar por qué había escogido aquel momento
para desarmarse, y ni siquiera pude sacar tiempo para preguntárselo aunque
hubiera esperado una respuesta.
-No
creo en esta mierda -dijo Wanda, con las manos clavadas en el volante menos
cuando tenía que cambiar de marcha; por el rugido del motor comprendí que
habíamos entrado en la directa.
-Siga
conduciendo -dije, disparando de nuevo para apartar a la gente de nuestro
camino. Tras la larga línea de los árboles el Trylon aparecía como un poste de
mayo adornado con lazos de rayos alrededor; el Perisferio resplandecía aún más,
y su brillo se alzaba desde dentro, como preparándose para estallar. Los rayos
destellaban hacia arriba, hacia el cielo cubierto de nubes de agua. Sin previo
aviso, un gran destello corrió de las nubes al pico, la electricidad real al
encuentro de la falsa; una catarata de energía descargó hacia abajo, un arroyo
hacia la derecha, viniendo al suelo directamente en nuestro camino, a cientos
de metros de distancia. Cuando golpeó, pareció como si una gran cortina blanca
se elevara desde el suelo.
-Luther...
-Eso
es.
-¿Que
me meta ahí? -gimió Wanda, sin frenar-. Nos freiremos.
-Siga.
Los
bordes blancos de la cortina se tiñeron de azul; el olor a ozono perfumó el
aire. Advertí a nuestra derecha el reflejo de un charco alineado de estatuas;
el agua parecía encendida con la luz reflejada. Allá delante, entre nosotros y
la cortina, rojas luces envolventes sugerían que nuestro progreso bien podría
ser interrumpido. Me preparé a disparar de nuevo, sin notar dolor ni sentir
miedo, experi¬mentando sólo una jubilosa sensación en su efecto, horrorizado en
sus implicaciones mientras me preparaba a matar.
-La
carretera está bloqueada, Luther -dijo Wanda. La ayudé a guiar el volante con
mi mano libre. Manteniendo la mirada gacha para evitar la luz cegadora de
delante, supe que en este punto no podíamos detenernos. Incluso mientras nos
abalanzábamos hacia delante, seguro que los que oficiaban el acto estaban
intentando desconectar la espiral y poner fin a aquella inesperada politécnica.
No habría otra oportuni¬dad.
-A
la izquierda. Aplástelos si hace falta. Yo les dispararé.
Las
pistolas tronaron en nuestra dirección; apreté el gatillo con el dedo libre,
sin que me importara a quién podría herir, sintiendo dentro de mi mano el
cálido temblor de la muerte mientras la distribuía. A la izquierda había
suficiente espacio para pasar, justo; la parte trasera de nuestro Terraplane
golpeó el coche patrulla que casi nos bloqueaba el paso, arrancando su
guardabarros delantero. Nos deslizamos apartán¬donos de la luz, hacia los
árboles. Solté la Shrogin, cuya culata ardía, y cogí el volante, apunté hacia
el brillo y apreté el pie de Wanda con el mío, acelerando.
-El
Señor nos ayude -gritó ella-. Luther...
Apenas
entramos en la luz, el silencio nos rodeó; el blanco lo tiñó todo por delante y
por detrás. Mi estómago se revolvió, presa de las náuseas; los pelos de mi nuca
se erizaron. Sabiendo que experimenta¬ríamos algún desplazamiento de lugar,
preguntándome hasta dónde podía llevarnos la velocidad, esperé que no
emergiéramos en medio del río Hudson o nos estrelláramos a toda velocidad en
uno de los lados de la Grand Central.
Mientras
la luz se desvanecía, la puerta trasera se abrió.
-¡Jake!
Me
di la vuelta; los vi deslizarse hacia el espacio aéreo vacío, cayendo sin
sonido entre mundos, saltando a la luz.
-¡Luther!
-gritó Wanda-. Agárrese...
De
inmediato el blanco se desvaneció; aparecieron escenas una vez más. Estábamos
en el aire, o eso parecía. Tras aterrizar en el arco del puente y rebotar,
chocamos de nuevo con su costanera, golpeando la rampa de la Cincuenta y nueve.
Los neumáticos traseros estallaron cuando el eje cedió. Volaron chispas de
debajo del coche cuando su chasis rozó el descuidado pavimento, frenándonos
lentamente mientras nos deslizábamos hacia el muro que defendía el centro del
puente de Quensboro y nos encaminábamos directamente al puesto de guardia de la
Primera Avenida. La ciudad se cernió a nuestro alrededor, con sus alturas
perdidas en el smog de la noche. Frenamos antes de golpear el muro, girando
como un trompo antes de detenernos finalmente. Los guardias reaccionaron en
cuanto nos paramos y dispararon contra el parabrisas mientras nos agachábamos,
rociando nuestras espaldas de fragmentos brillantes. Busqué mi cartera,
encontré el pasaporte de Valentino, lo hice a un lado. El sonido de las botas
se acercó; alcé mi auténtica identificación, esperando que pudieran leerla
antes de que acabaran con nosotros, pidiendo que supieran leer. Un cañón se
apretó contra mi frente y me quitaron la cartera de la mano. Con los ojos
cerrados, me pregunté si la muerte en casa, después de todo, sería
auténticamente preferible.
-Dryco
-susurré, como a una amante.
-Señor
-preguntó el soldado, cargándose el juguete al hombro-. ¿Está usted AO, señor?
Me
enderecé, izando a Wanda conmigo, y sonreí al ver la ciudad tal como yo la
conocía; contemplé como un niño el visor de espejo de los soldados, las
columnas de cristal alzándose a nuestro alrededor, la cornisa cubierta de
alambre de espino en lo alto de la pared llena de graffiti, la interminable
cuchillada de los reflectores a la luna y las estrellas. El rugido de la ciudad
sonaba cerca, advirtiendo a todos los débiles que se apartaran. Wanda abrió
mucho los ojos y contempló su nuevo abismo. Sus pulmones se atoraron con su
primera inhalación; su tos duró cinco minutos antes de que se ajustara al aire.
Respiré profundamente, reconociendo el hogar.
-Hospitaléenos
-dije, mirando hacia atrás, pero Jake había desapa¬recido.
12
Desperté
al sonido del agua golpeando el cristal. Me levanté, crucé tambaleante la
oscuridad para poder retirar las plantas del balcón antes de que la lluvia las
matara. Volví a entrar, empapado, rascándome a ciegas el picor dejado por las
gotas en mi ardiente piel. En la calma de las 4 A.M. observé la habitación a
oscuras, sabiendo sin ninguna razón sólida que el interruptor estaba cerca. Un
cuadro cayó al suelo, sin peso, sin producir sonido alguno al llegar a él.
Me
agaché, sintiendo viejos dolores en los huesos rotos y vueltos a romper, en las
costillas mal soldadas y en la cabeza contusionada demasiado a menudo, y recogí
el marco y pasé los dedos por el cable intacto atado a él. Palpé la frialdad de
la pared, encontré el asidero aún seguro, volví a colgar la foto y la miré
mientras mis ojos se ajustaban a la oscuridad. Era una antigua foto en color de
un 1939 más accesible, mostrando una panorámica nocturna de la clara aguja del
Trylon; el Perisferio brillaba en blanco y azul. El cuadro se quedó donde lo
dejé colgado; una caída era suficiente.
Jake
deambulaba aún entre mundos, supuse, el brazo bueno suje¬tando eternamente la
quietud de Oktobriana. Por donde él anda otros deben golpear también las
paredes para que puedan sonar, allá en el espacio a través del que saltan las
panteras de Canadá a Inglaterra, las bestias de Florida a Boston; el vacío a
través del que las niñas pequeñas escapan sin previo aviso del abrazo de su
madre; en algún lugar de la verja.
La
Ventana Copiosa (su mote reciente, por obra de Dryco) perma¬nece abierta,
aunque los guardias mantienen sus inmediaciones perpetuamente cerradas; no
tanto para impedir que ellos entren sino para que los nuestros no salgan, tan
sólo una cuestión de perspectiva. Ahora no existe peligro de transmisión viral,
al menos de aquel virus concreto; en nuestro mundo el SD siguió una pauta
similar en su primera fase, aunque gracias a las nuevas vacunas desarrolladas
desde su irrupción pocos han conocido sus purgas. Como temía Oktobriana, cuando
Alejine regresó con su premio, su regalo provocó más de lo que deseaba. Según
nuestros informadores, Alejine recibió tratamiento definitivo por sus
esfuerzos. También nos llegó la info de que el Gran Amigo en persona vivía su
ancianitud a salvo de todo en una dacha suministrada por el estado; la de
Skuratov, me gusta pensar. Krasnaia siempre intentó hacer lo adecuado. Incluso
en Rusia, habría sido demasiado que sólo el Gran Amigo pudiera haber matado a
millones de sus compatriotas durante dos siglos diferentes.
Completamente
despierto ahora, me preparé a encontrar y saludar; imaginé que podía alcanzar
su mano como a través de una cortina hinchada por el viento. ¿Flotaba aún allí,
perdido bajo el hielo, buscando eternamente el agujero por el que poder
arrojarse? Cuando él grita, ¿quién oye? En venganza, ¿enciende los fuegos de
origen desconocido, ciega los ojos de los conductores nocturnos, enturbia las
lecturas de los aviones que se disponen a aterrizar? Con encanto de íncubo,
¿tienta a aquellos cuyos cuerpos nunca conocieron después la tumba? Jake nunca
se mostró; yo nunca supe.
No
era la hora más racional de la noche. Necesitado del golpe de la realidad
después de tanto tiempo, miré hacia fuera, por enci¬ma de las colinas y
edificios del Bronx, y contemplé las distantes torres de Manhattan a través de
las nubes y la lluvia. Todo parecía tan normal como siempre. A continuación
observé mis posesiones. Después de retirarme de Dryco tras largos años de
oficina y recibir todas las recompensas, deseé invertir como deseaba, y por eso
reuní cuantas antiguallas me permitió mi presupuesto. Las tenía esparcidas ante
mí: la foto que había caído, una lata de jarabe de azúcar de arce, un paquete
sin abrir de Lucky Strike con sus colores de Navidad aún frescos, una camisa
verde de seda de radio libre de isótopos dañinos, el tapacubos de un Terraplane...
Jake,
Jake, Jake, veinte años ya.
Una
vez le pedí a Alicia que me enseñara los archivos de la ciudad en los años
adecuados para así poder conocer al Doc de nuestro mundo. También aquí Norman
Quarles había sido médico, indudablemente con trasfondo más profesional; el
nombre de su esposa era Wanda, y vivieron en la Octava Avenida, justo bajo la
133, y seguramente durmieron sin problemas a pesar del rumor nocturno del tren
elevado. Cuando murieron en los años setenta (primero Doc, luego Wanda), no
dejaron descendencia; por razones diferentes, sin duda. Le dije a Wanda lo que
había encontrado, pero ella no quiso oírlo. Tal vez temía que, si se
familiarizaba más con su contrapartida, la mitad se haría entera y ella se
desvanecería. No puedo decir si los Quarles de este mundo conocieron una vida
más feliz; espero que fuera más tranquila.
Los
pensamientos me asaltaron bruscamente mientras permanecía allí de pie,
esperando palabras, buscando presagios, aguardando signos, intentando escuchar
un código por encima del ritmo de la lluvia. Igual que cada noche cuando
despertaba antes del amanecer, la vieja inseguridad apareció. Encendí la luz de
la cocina, cogí la jarra llena de centavos, los esparcí sobre la mesa y los
contemplé, rezando para que el kraken en mi interior no se hubiera despertado
todavía como aún podía hacerlo algún día. Ningún número brilló como neón dentro
de mi mente mientras los observaba; los conté, uno a uno. Conté ciento doce.
¿Hay
respuestas? Con dos mundos en existencia, cada uno siguien¬do un sendero
similar por un camino distinto, ¿se desprende que un Dios interactivo dibujó el
mapa de cada uno? ¿Explicaba tanta aparente insensatez el tener que echar el
ojo a dos en vez de a uno, o era entonces demasiado incluso para el seguimiento
de Dios? ¿Se convertiría en locura esta distracción, proporcionaba al menos la
razón de por qué los seres queridos nos son arrebatados, por qué las más leves
esperan¬zas son rebatidas, por qué sólo la desolación produce conocimiento? Si
todo está predestinado, entonces, ¿elige Dios navíos menores, a través de los
que entrega Su mal para poder así llevarse el crédito sólo de lo bueno hecho en
Su nombre? ¿Qué concede Dios a Sus asesinos a cambio?
Uno
a uno, los conté de nuevo para asegurarme, y por fin dejé que mi miedo
desapareciera hasta la siguiente noche. El viento sacudía las ventanas,
tamborileando sin cesar, enviando sus lágrimas a la oscuri¬dad. Al volver a
acostarme lo hice por donde, hasta el noviembre pasado, dormía Wanda. Murió de
vieja; muy pocos lo hacen.
Tras
tumbarme, me coloqué los auriculares para poder entregar mi mente al sueño con
el arrullo de la música. Me detuve a deliberar. Dejé la cinta de Jake como
estaba, y como no me sentía de humor para Ives o Penderecki o Lalo, escogí las
Imágenes marinas de Elgar. Dormí con la voz perdida en años largamente pasados,
con alivios firmados por uno desaparecido todavía más atrás. Me desperté con la
luz del día, enjuagado en recuerdos, lavado por la distancia, oyendo sólo los
rompientes del tiempo en la costa de un nuevo día, sintiendo la playa
eternamente engullida por la marea. Me vestí entonando la canción de Johnson.
Las olas rompían; el agua arrollaba.


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