CANAL EMANCIPACIÓN, OTRA MANERA DE VER LA REALIDAD

Emancipación N° 1050: Sistemas Bajo Presión

Emancipación N° 1049: Paradoja de Julio

Emancipación N° 1048: Analizando la Geopolítica

Emancipación N° 1047: Geopolítica HOy

Emancipación N° 1046: Análisis Geopolítico de la semana

Libros Más Recientes

Libro N° 6065. Terraplane. Womack, Jack.

Libro N° 6065. Terraplane. Womack, Jack.

 


 © Libro N° 6065. Terraplane. Womack, Jack. Emancipación. Junio 1 de 2019.

Título original: © Terraplane

 

Versión Original: © Terraplane. Jack Womack

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://publibros.com/ciencia-ficcion/terraplane-jack-womack/

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/en/thumb/4/45/TerraplaneNovel.jpg/220px-TerraplaneNovel.jpg

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERRAPLANE

Jack Womack

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Caroline

Siempre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

-Un brindis -dijo Skuratov, nuestro anfitrión y contacto. Como la mayoría de sus compatriotas, lucía dientes de acero y al sonreír parecía la parrilla de un coche. Nos había invitado al restaurante de la Hermandad del Dinero de la calle Gorky. En los restaurantes de Moscú, el primer decorado que advertían los sistemas, una vez los ojos se recuperaban de la luz, eran los enormes anuncios de la pared. Desde ellos, el viejo líder sonreía a sus descendientes mientras comían. En las holografías a doce colores el Gran Amigo vestía pieles, bebía kvas, sonreía a su reflejo Lenin en cera recién fundida, acariciaba cachorritos, conducía coches deportivos húngaros y ofrecía tubos de medicinas holísticas. Si su imagen aparecía en algo, los rusos lo compraban. Stalin vendía de todo, desde impresoras láser hasta medias-. Por el gran general...

-Spassebo. General retirado -le recordé. Retirado, con razón. Veintisiete años en el ejército resultaron ser demasiado. En los negocios el peligro no era menor, pero la paga era dos veces triple.

-Por supuesto.

Las caras muertas de Marx y Lenin eran también apreciadas; en los Burós, en las mesas del apparatchik, en las carteras de los trabajadores del Ministerio de Historia. Pero no podían hacerlo tan bien como el Gran Amigo cuando llegaba la hora de sacar beneficios. BBDS & S, el brazo publicitario de Dryco, descubrió esto tras unos análisis efectuados para Krasnaia a lo largo de todo el país mientras las fuerzas rusas apostadas en el Sahara asaltaban por décima y última vez las tropas zaireñas abastecidas por los norte-americanos. En esa ocasión apoyamos una realineación personal de 275.000; casualmente, el mismo número de personas que fueron encuestadas. No importó; las bajas nunca habrían gastado como los supervivientes.

-Por el gran general retirado, Robert Luther Biggerstaff -continuó Skuratov, y alzó obsequioso su vaso de agua mineral. Yo alcé el mío, examinándolo a contraluz; lo vi inmaculadamente limpio, como en un arroyo, en un campo no arrasado por la guerra.

-Na zdorovie -dije.

-Das vidania -dijo Jake, para quien una lengua bastaba. Me pregunté cómo vería Skuratov a mi asociado. La primera impresión de Jake era glacial: parecía algo inconmensurablemente frío que aplastaba todo lo que le rodeaba. Skuratov sonrió al oír el error. Jake supo por qué lo hacía. Activé la minicam cosida en mi chaqueta e hice girar la cinta. Nuestro anfitrión y guía empezó a tamborilear con los dedos sobre el mantel escarlata en un compás cinco por cuatro, código morse.

ÁNGULO DE CÁMARA DE ARRIBA DESESTABILIZADO. DISPARE.

-Todavía un hombre joven -dijo-. ¿Tenía treinta cuando consiguió el generalato?

-Treinta y cinco -contesté. Conseguí el cargo sin quererlo, viví con él después-. Tuve suerte.

-Si la memoria no me falla, la tasa de personal en su ejército era gloriosamente alta en esa época. Sabemos que los grandes hombres ocupan su lugar en la historia con poca necesidad de suerte, incluso en Norteamérica, donde ustedes los negritanski sufren tantas dificul¬tades...

-Negros.

Sufrí poco; mi familia tenía dinero a puñados antes del colapso. Enrolarse en el ejército era el único medio para sobrevivir y prosperar con el tiempo, y yo lo hice como segundo teniente.

-Como Pushkin -añadí. Él apuró su vaso y corrigió su frase:

-Por todos los poetas de color.

NO HAY RASTRO DE ALEJINE, tamborileó. Yo apoyé la rodilla contra la mesa, enmudeciendo las vibraciones para despistar a lectores dema¬siado conscientes. TRES SEMANAS FUERA. Mientras la cassette girara, cualquier error de interpretación podría ser decodificado más tarde, en el hotel. Si querías despistar los oídos rusos, ésta era la operación estándar. En Rusia, los árboles se oían incluso cuando no caían.

-Ischo Ameritkanski -dijo, alzando la voz como si hubiera encon¬trado gusanos en el tarro de miel-. ¡Borghe moi!

Los rusos de mente estrecha encuentran inconsistente la política de estado de hacer negocios con Norteamérica, dados los treinta y tres años de guerra entre ambos países, pero mantienen la boca cerrada bajo pena de destierro. Krasnaia los vigilaba a todos y cada uno: libraba la guerra en los países elegidos; decidía el resultado, comerciaba con los sobrantes; trataba a los adultos y preparaba a los niños. Los viejos modos nunca se acercaron al éxito de Krasnaia. Dos docenas de cuerpos de policía distintos aseguraban el debido decoro. De todas aquellas unidades, la más problemática era la Shnitmilit, traducido en coloquial, el Equipo Sueño.

SALIÓ DE DUBNA HACE DOS NOCHES. AHORA EN MOSCÚ.

-¿No hay café? -pregunté.

-Están fregando la taza -respondió ella, con la cara rígida. Los rusos odiaban a los norteamericanos como nosotros odiábamos a los rusos, con un propósito similar y con iguales resultados. Así, la guerra continuaba, y las negociaciones sólo eran esenciales cuando llegaba la hora de repartir el botín.

ESCRUTADO ESTA MAÑANA. NINGÚN MOVIMIENTO DESDE ENTONCES.

-Ha habido muchos intentos últimamente para traer cargamentos de Indonesia -interrumpió Skuratov con un encogimiento de hom¬bros-. Nichevó; no se puede evitar.

-Dadas las circunstancias, ¿qué tienen? -pregunté.

-Coñac americano. -Con ojos vidriosos, la camarera miró la pantalla-. Vino Tsinandali de Georgia. Pepsi en reusables higiénicos. Pipermín y vodka de limón, vodka con hierba de búfalo. Escocés...

SE ESCONDE EN EL SECTOR NORTE. MAL BARRIO.

-Hecho con uvas escocesas -guiñó Skuratov.

ELLA LO TIENE. SIN DUDA.

Retiró las manos de la mesa y se las llevó al estómago. En su cara había una sonrisa; su rictus certificaba cautela. Era imposible saber si alguien nos estaba observando o si eran sus nervios. Las transacciones dentro de Rusia eran problemáticas; comer con gente que podía darte dinero o matarte con la misma facilidad y razón no aliñaba lo que ya era indigerible. Mi jefe vivía de estas cosas. Yo siempre buscaba la ilusión de la honorabilidad, aunque no fuera otra cosa, si tenía oportunidad.

-Pepsi -dijo Jake.

-Una botella de Tsinandali -dije yo.

-Sólo una jarra -respondió ella. Los artículos rusos, cuando los había, se vendían en bloque. Las patatas salían de las tiendas sólo en bolsas de cincuenta kilos. El pan en barras se vendía por metros. Si querías zapatos, imaginabas que eras una araña y te abastecías en consecuencia. Por tanto, los inventarios inflados y los excedentes de las granjas tras las aplicaciones militares se renovaban constantemente, y el dinero caía como lluvia.

-¿Cuándo empieza la actuación? -le preguntó Skuratov a la camarera cuando ya se marchaba.

-Pronto.

Los músculos de la mandíbula de Skuratov traicionaron la paz de su sonrisa mientras se revolvían, latiendo, aparentemente expuestos a una inesperada fuerza g. Observé las caras de la sala, esperando localizar a quien fuera que había visto. Bajo la fluorescencia carcinogénica, los buscadores de ganancias dispersaban vastas recompensas conseguidas a través de la Segunda Política de la Nueva Economía; PNE II, era oficial. Ucranianos con cinturas como barriles enfundados en esmoquins entrechocaban copas de cristal con mujeres lituanas anoréxicas. Huesudos tipos buriatos tragaban coñac, recuperándose después de largos meses en el Gobi. Oscuros kazajs y afganos, con aspecto de haber permanecido encarcelados durante años en similares salas bronceadoras, abandonaban sus principios religiosos para intentar seducir con la bebida a analistas de mercado finlandesas de ceñida falda. Cubanos y siberianos estudiaban las sobras, arreglaban el margen del lunes, comerciaban con rumores internos, tocaban la mesa a intervalos con los nudillos, llamando a los camareros con el soniquete de los anillos de oro. Jake y yo, no fumadores, sorbíamos el oxígeno que quedaba en el humo.

Criados de Krasnaia salpicaban la multitud, tan ignorables y apreciados como piedras en una ensalada. Sólo uno nos miraba. El respeto de Skuratov hacia él aumentó.

-El alerta es Kidin -dijo-. Grazhni brazhni. Tan feo que, cuando se asoma a una ventana, la pobre gente de dentro piensa que alguien ha entrado de culo.

-¿Es apropiado este tema? -pregunté, con los labios quietos. En mi opinión, Skuratov siempre expresaba demasiado delante de sus inferiores, tan acostumbrado estaba a la libertad de acción propia del alto mando. En teoría, esa conducta no estaba permitida.

-Le diré secretos que sabe todo el mundo. No hace mucho tiempo, supervisaba una compañía de drogas en Smoliensk. La Patrulla Farmacéutica ordenó a todos los productores que manufacturaran más cápsulas de penicilina-diez para usarlas en las fraternidades de refugiados iraquíes. La compañía de Smoliensk produce cuatro veces la demanda de la mañana a la noche. Cumplen la cuota no poniendo penicilina-diez en las cápsulas. La inventiva rusa igualará a la norteamericana cualquier día. -Esperando una risa, recibimos una brillante sonrisa no mucho más cálida que el metal mostrado-. Ahora sube en el Buró de Observación como salido de entre los muertos. Conteniendo la mierda en las entrañas hasta que un día todo estalle. Sé que ha hecho cosas peores. Así que nada de preocupaciones.

Kidin estudiaba a los kazajs mientras palmeaban las cálidas caderas finlandesas. Parecía el tipo que yo siempre asignaba a desinformación; la expresión de sus ojos advertía que nunca conocería ninguna alegría mientras la verdad saliera de sus labios. Veinte pulidas medallas aseguraban su pecho de la bendición de los disparos. El anuncio sobre su cabeza mostraba a Stalin haciendo esquí acuático, tirado por un hidropedal. Sé joven en Malta, decía el texto.

-Ojos y oídos por todas partes -indicó Skuratov, inclinándose hacia delante y colocando las manos sobre la mesa, dispuesto a continuar donde lo había dejado-. Stukachni; los informadores ansían avanzar mientras mantienen pura Rusia. Obsérvame observarte, decimos. Una vez se intentó un plan por el cual se implantaría a todos los ciudadanos recién nacidos los aparatos sensores necesarios para hacer más labo¬rables los días futuros. No funcionó. La mayoría murieron de... -Se detuvo. El inglés de Skuratov era aceptable, pero a veces necesitaba ordenar su mente para decir frases convenientemente inocentes-. Imprevistos, sí. La tecnología nos lleva muy dentro del pantano, hasta que nos hundimos o flotamos, depende. El Equipo Sueño desarrolló más tarde técnicas más productivas en cada caso.

Sus dedos empezaron a actuar de nuevo. A SALVO AHORA. En realidad, nunca. Como proclamaba la propaganda, el Equipo Sueño sabía lo que no se sabía; veía lo que no se veía. Se le llamaba Equipo Sueño porque recogían los pensamientos aunque éstos no emergieran más que en sueños. Si hablabas solo, el Equipo Sueño oía. El reflejo del Equipo Sueño aparecía en los ojos de tu amante; sus huellas dactilares manchaban todas las almas. Eso decía la propaganda.

-Aquí los ciudadanos cuentan todo lo que saben sin ninguna presión -continuó-. Krasnaia ha dispuesto profilácticamente de los eternos descontentos. Hay una pega. La gente hace lo adecuado sin contar que podría ser perjudicial para ellos. En junio pasado, una niña de seis años acusó a sus padres de irresponsabilidades políticas, y fueron enviados a Lubianka. -Se pasó un dedo por la garganta-. Lo adecuado, sin duda. Luego, naturalmente, la pequeña devotchka pagó su precio por mostrar falta de respeto a las estructuras familiares esenciales. Aceptó el castigo con «corazón sonriente».

NO ESPERA ATENCIÓN TODAVÍA.

-¿Qué castigo cuadró? -preguntó Jake, cubriéndose los párpados con la mano-, ¿Gulageada? ¿Tranquilizantes? ¿Treinta años de traba¬jos en Químicas Baikal?

-Nos considera muy crueles, Jake -dijo Skuratov, sacudiendo la cabeza como si oyera una súplica-. Esas cosas no se hacen. La fusilaron.

SORPRESA ESENCIAL.

Sonidos apagados tras el escenario me advirtieron que el espec¬táculo estaba a punto. Nuestra camarera empujó su carrito por entre la multitud. Mientras los platos caían de las mesas me di la vuelta, petrificado, dispuesto a golpear; con los años el control se apodera de nuevo de los músculos demasiado alertas, pero algunas reacciones siempre responden a la gran luz roja. Jake, sin moverse, alzó las cejas. Mientras la camarera nos servía, Skuratov le pagó con su tarjeta; sólo entonces ella nos dio la comida. Skuratov le firmó una propina del cinco por ciento; ella la ajustó al veinte. Después de unos momentos de discusión, lo dejaron en el doce. Tras entregarle el recibo, la camarera se marchó.

DEBE SER UNA GATITA UNA VEZ DOMADA.

-¿Su primera visita a Rusia, Jake? -preguntó, cambiando de tono, observándonos, cubierto por el humo de su puro-, ¿Cómo nos encuen¬tra hasta ahora?

Los rusos son maestros de la paranoia, la sufran o la provoquen. Siempre recelosos de cómo los perciben los de fuera, exigían una confirmación constante de su valía, no importaba qué tema moviera sus lenguas. Yo le había sugerido a Jake respuestas aplicables a tales preguntas antes de partir. Él contestó con su despegue habitual; Jake era una de las pocas personas a las que conocía que nunca vomitaba, ni antes ni después de matar.

MAÑANA A LAS OCHO Y MEDIA. DETSKI MIR SEGUNDA PLANTA. El almacén de los juguetes; un juguete, después de todo, era nuestro objetivo.

-Esquizos -dijo Jake-. Una cara mueve los labios, otra pone la voz.

-Los norteamericanos son igualmente diestros en técnicas simila¬res.

VÁMONOS DE AQUÍ.

Jake sonrió, mostrando dientes norteamericanos podridos.

-Los canales oficiales y la línea del partido dibujan un cuadro muy muy viejo. La economía es igual. Los espectros de Europa puestos en libertad. Arroja la cadena y corre. La paz primero, los beneficios segundo. El triunfo de los trabajadores como demanda la tradición. Modas y placeres, nada más.

YO PILOTARÉ.

-Mitos y leyendas transmitidos de padres a hijos, ¿eh? -recalcó Skuratov, cogiendo un rabanillo de su plato de zakuski y metiéndoselo en la boca-. Igual que en Norteamérica cualquier niño puede convertirse en Presidente.

Mi pirogi, que había pedido hervido, llegó frito. No lo toqué. Un actor gritó tras el escenario. Los párpados de Jake se apretaron, como dispuestos a aplastarse; despreciaba el sonido de los gritos.

-Nuestro país sigue siendo el estado de los trabajadores, según se dice.

-El estado de los compradores, más bien -señaló Jake-. Comprar o morir. Mire alrededor, chico ciego. Todas las tiendas por las que pasamos rebosan de gente. Hay vendedores callejeros en todas las esquinas. Las galerías comerciales del cielo.

-La vivienda, gratis. La medicina, gratis. Lo esencial se suministra a todos, sin impuestos. El dinero ganado debe ser gastado, Jake. El método más útil para calmar la tensión doméstica es emplear lo mejor de ambos mundos. -Skuratov sostuvo un terrón de sacarina entre los dientes, y sorbió el té a través de su textura-. La liberalización burguesa tiene sentido mientras los movimientos espontáneos queden reducidos al mínimo, dijo Lenin, o eso oímos ahora. Ergo, sozializtkapitalizm. La nación es dueña de los productores. Los productores venden artículos. Los compradores venden artículos a otros compradores. Un estado muy productivo.

YO TAMBIÉN REALINEO SENSIBILIDADES PERSONALES.

-Y todo el dinero vuelve a Krasnaia -dije yo-, pero gota a gota.

-Krasnaia invierte a lo grande. Otros invierten en pequeño. Con el tiempo, el dinero pequeño se convierte en grande. De ahí el éxito.

-Y eso hace felices a los ciudadanos. -Abrí la tapa de mi jarra y serví una copa de vino. El suave veneno del barniz cubrió mi boca. Las uvas culpables debían ser georgianas; el embotellador de esta vieja marca era Stolichnaia, una sucursal de Vladamer, subsidiaria de Dryco. Dryco (nuestra compañía) me convenció para que me retirara cuando lo hice para así poder unirme a ellos en espíritu, pues había trabajado para ellos en carne desde mi primer día de servicio.

-El que algunos sean más felices y más ricos antes que otros es una inevitable disfunción de un sistema casi perfecto -dijo Skuratov-. Finalmente, el dinero alcanza a todos los miembros de la sociedad.

-Maravillosa teoría.

-Popular también en Norteamérica hace muchos años, ¿eh? -dijo, colocando la sacarina en su plato como haría con un diente extraído-. Aquí funciona. Técnicas frescas satisfacen deseos largamente ocultos. El pueblo ruso tiene ahora dinero para comprar buenos productos que por fin se hallan disponibles en profusión.

-Tienen que comprar -dijo Jake, alzando su hoja y haciéndola girar entre sus dedos como si estuviera ansioso por plantarla. Los rusos que no conseguían cumplir su cuota de compras mensuales eran investi¬gados por la Patrulla de Consumo. Si el asunto se les escapaba de las manos, intervenía el Equipo Sueño.

-Los norteamericanos que visitan nuestro país por primera vez encuentran difícil arrinconar su creencia en viejas propagandas incluso cuando los hechos les dan con una pala en la cabeza -dijo Skuratov-. En Norteamérica, tal vez, las cosas son tan duras que es mejor creer en la propaganda, ¿no?

-Hace diez años que no ha estado allí -dije yo.

-Rusia y Norteamérica son tierras ensangrentadas -respondió él, con el ceño fruncido-. Nosotros hemos hecho transfusiones con la nuestra. Ustedes derraman la suya. Un día, aprenderán a hacer lo que hicimos.

ESTA MAÑANA INTERCEPTAMOS NUEVA INFORMACIÓN.

El telón se alzó. Las luces se hicieron más brillantes. La flaccidez de la orquesta se redujo a un encargado de sintetizadores, que hacia crujir los nudillos y se rascaba.

-Un brindis. ¡Na zdrovie! -gritó Skuratov, y alzó su copa, la hizo entrechocar con la mía, y la frotó contra la lata de Pepsi de Jake-. Mañana comerciarán en el mejor lugar de negocios del mundo. Por Vladamer.

EL APARATO PROBABLEMENTE NO ES UN ARMA.

¿QUÉ?, tamborileé.

POSIBLE APARATO DE TRANSPORTE.

En el escenario no había ningún decorado. Dos pósters amarillentos de los rascacielos de Nueva York colgaban al fondo; una Estatua de la Libertad verde modelada con plástico de poca calidad se alzaba en el centro. Los Consejeros Dramáticos decidieron levantarse a una; su producción -West Side Story-, empezó con «América».

-Las canciones aparecen en el idioma original para conservar la pureza del texto -advirtió Skuratov. ¿TRANSPORTE A DONDE9, tamborileé.

ADONDE FUE ALEJINE.

Las muchachas de Puerto Rico llevaban hábitos de monja y tocas ondulantes, y parecían salidas del convento para intentar convertir a los bailarines, muchachos de Sajalín con los pies negros para resultar más tropicales. Los del fondo chocaban repetidamente como siguiendo las exigencias de la coreografía. El encargado del sintetizador, el iconoclasta de la orquesta, produjo una unidad de sonidos de sesenta piezas.

-Se han cargado la letra -le susurré a Skuratov, advirtiendo el uso de un libreto con variantes.

-Dominio público -explicó él. Las mujeres se quitaron sus capas negras durante el primer puente, y a partir de entonces bailaron con medias y lentejuelas, con las tocas ladeadas en la cabeza. Uniéndose, corrieron hacia nosotros. A los rusos les encantaba meter hectáreas de carne en centímetros de tela y estudiar el resultado.

-¿Qué es todo este jaleo? -preguntó Jake, incapaz de apartar la mirada de la acción. Una de las monjas cruzó el escenario balanceán¬dose de una cuerda, derribando la estatua.

-¡Mujiki! -gritaron desde atrás. Jake se movió, alerta; nos levan¬tamos antes de que sonaran los destrozos. Un mongol rompía botellas vacías en el suelo. Antes de que la cosa fuera a más, los encargados del orden lo enterraron bajo su tonelaje. En el escenario, las monjas se enroscaban a los bailarines como para entrar en calor. La canción concluyó con un golpe sordo. La clientela (también Skuratov) se levantó y aplaudió.

-¿Todo esto ha sido intencionado? -pregunté.

-¿Cómo si no? -dijo Skuratov, mientras se sentaba de nuevo con aspecto vigilante. Kidin volvió su atención hacia nosotros. Los perso¬najes principales en el escenario se prepararon para el siguiente número. En esta adaptación, Tony no parecía tener problemas de descendencia polaca. El maquillaje de María, caoba oscuro, cubría sus rizos rubios. Ninguno bailaba; con buena voz, cantaron «One Hand, One Heart». Los murmullos de la audiencia suplantaron sus rugidos. Vi que la cara de Jake irradiaba como si estuviera iluminada desde dentro. Una lágrima resbaló de su ojo frío como el carbón, tal vez temerosa de que pudieran verla caer. Su cara moteada de pústulas permaneció fija; podría haber estado viajando, viendo jugar patitos o inspeccionando a aquella niñita de la que había hablado Skuratov cuando el eco de los disparos se desvaneció. Hipnotizado, contemplé aquella lágrima caer por su mejilla hasta la oscuridad. Era como ver llorar a un tanque.

-¡Ochen krasiva!.

Jake, sacado de su ensimismamiento, se volvió; el comentarista ya estaba rodeado por los guardias, que le cubrían como enredaderas estrangulando a un árbol. Kidin se irguió; con los amigos Krasnaiaviki, adelantándose al momento, saltaron para golpear a los kazajs con sus pesados knuts. La tensión de la sala aumentó. Los últimos acordes de la canción se perdieron en el rugido de las maldiciones y el fragor de los cacharros.

-Julighani...

Aparecieron los rifles, chasquearon, pero no fueron disparados aún. Los actores se adelantaron para ver el espectáculo de la sala.

-Una cena deliciosa -dijo Skuratov, poniéndose en pie-. ¿Nos vamos?

Nos abrimos paso por entre la multitud, pisando a los caídos cuando hacía falta, hasta que salimos. Entre el interior y el exterior se desvanecieron un centenar de grados. Mis pulmones se arrugaron como papel cuando inspiré aire. La nieve espolvoreaba la larga cola de gente que esperaba para entrar.

-¿Dónde se alojan? -preguntó Skuratov, metiéndose las manos en los bolsillos. Aunque era delgado, el tipo de abrigo que llevaba, un shuba, le daba un aspecto trescientos kilos más pesado. Diez osos dieron su vida para calentar sus últimos años.

-En el Sheraton Kremlin -dije-. En la Kitajski Prospect.

-¿No el Moskva?

-Fue elección mía. -Una ratonera; demasiado obvio, además.

-Déjenme ofrecerles un viaje cálido.

El viento nos azotaba. El coche oficial de Skuratov, un Chaika, estaba aparcado en la acera en la Chudozestvannogo Teatra Prospect. Las limos rusas se parecían a las americanas; las fábricas Gorki-Detroit las construían ambas y suministraban por una rara coincidencia a ambos países. Los Chaikas, el vehículo preferido de Krasnaia, conser¬vaban el estilo de los coches de cuarenta años antes. El Zar, el Politburó, miembros destacados de Krasnaia y los viejos Héroes del Estado, todos henchidos de nostalgia en sus momentos débiles, con¬ducían Chaikas.

-Miren. Tal vez no deberíamos interrumpir ese placer. -El chófer estaba tumbado en el asiento trasero, viendo una película en la TVC. Tenía al lado una botella de vodka, llena sólo de aire-. ¡Fuera! -gritó Skuratov, abriendo la puerta-. Cumple con tu deber. -El chófer se tambaleó y se escabulló-. Estaremos allí en diez minutos.

Pero al matar el tiempo con los vids, el chófer había agotado la batería. Aturdido, caló el coche. Mientras se esforzaba por ponerlo en marcha, consiguió hacer que el motor gimiera como si lo estuvieran torturando. Cuando estaba en el ejército, no permití que me llevaran en coche más que dos veces, a funerales estatales. Me sentía más seguro cuando yo guiaba el volante, después de que otro hubiera puesto el motor en marcha.

-Demos un pequeño paseo, entonces -murmuró Skuratov, cam¬biando de tema-. Pediremos una nueva limo desde el cómodo vestíbulo del hotel. Dejemos a este cretino aquí. Por la mañana sentirá hielo debajo en vez de pelotas. Vamos.

Helechos helados salpicaron el parabrisas mientras recorríamos Gorki. Las calles de Moscú dicotomizaban después de que el sol cayera de la gracia diaria. Krasnaia sellaba y patrullaba todas las avenidas que contenían Burós gubernamentales, las casas de los notables, bancos y los grandes bloques comerciales. La calle Gorki, lo suficientemente ancha como para permitir el paso de cinco tanques, era del mundo civil, y proporcionaba entretenimiento durante toda la noche. El bulevar estaba tan atestado de gente que podría haber sido mediodía. La mayoría de los negocios de los paseos principales seguían el plan siete/veinticuatro, abiertos siempre para atender la incesante demanda. Los ciudadanos pasaban como en un desfile forzado, muchos empu¬jando carritos rojos cargados de frigoríficos, lavaplatos, TVCs, copia¬doras; todo tipo de quincalla tecnológica. Al mirar sus pertenencias, los ojos inyectados en sangre se desorientaban. Las caras de los refugiados tenían aspectos similares en todos los países donde yo había intervenido; la expresión de los que no servían más que para respirar y correr, obligados por nosotros a abandonar su hogar y recorrer los caminos antes de que el otro equipo, con un fin determinado y escaso de tiempo, aterrizara para robarles sus días.

-¿Qué demanda la espera? -preguntó Jake, al divisar la cola que recorría todo Gorki y luego Belinskogo hasta una longitud de sesenta metros-, ¿Pan?

Skuratov señaló los pósters pegados a los escaparates.

-Reconstituyentes electrónicos de comida.

Con su uso, el serrín se metamorfoseaba en pan; el polvo se transmutaba en especias. Mientras las máquinas funcionaran, permi¬tían que cualquier cosa semiusable se convirtiera en casi real. Rusia, como todos los países, comerciaba con productos nacionales a través de un intercambio estándar, equilibrando simultáneamente las deudas impagables y obteniendo productos deseados. Con Krasnaia vigilan¬do, la eficiencia del sistema se redoblaba dos veces. Perú no necesitaba caviar a cambio de guano, pero eso era lo que llegaba a los Andes; Krasnaia dirigía la producción nacional con equidad racional. Por cada lavaplatos Odomovana ensamblado, entraban también en el inventario catorce morteros DL-50; por cada Chaika que salía de la línea, aparecían treinta lanzacohetes Turguenev. Controlándolo todo, Krasnaia mantenía todo en regla, y a todos los ciudadanos, si no felices, callados.

-Una noche encantadora -dijo Skuratov, deslizándose por la arena helada-. Las estrellas se ven tan claramente en nuestro hemisferio...

Los gorriones se apretujaban sólidos en el pavimento, calentando alas heladas. Estrellas rojas remataban las torres del Kremlin calle abajo, como habían hecho durante un siglo, siempre estables entre las nueve cúpulas iluminadas de la catedral Blagovashchenski, la Teles-pira y la uniestructura de tres agujas que brotaba sobre el Hotel Moskva. La naturaleza dio a Moscú en general poca luz; Krasnaia lo compensaba. Neón rojo delineaba cada edificio a lo largo de ambos lados del Gorki. En el carril central había largos insectos de metal con largas patas, sosteniendo sobre sus espaldas enormes lámparas de arco similares a las que usábamos en nuestros campamentos, lámparas tan calientes que los pájaros que se posaban en ellas se vaporizaban. Cada dos esquinas, un reflector surcaba el cielo. La fachada de cada edificio brillaba con fluorescentes y plasmaluz y gas argón; hologramas y vidpantallas mostraban enormes cantidades de productos comprables. Los eslóganes formados con luz nunca reiteraban mensajes pedantes o mensajes antiamericanos, sino la letanía mundial estándar: Beba Pepsi, Use Bulat, Usted se lo merece, Esto es. Algunas frases no aparecían más que en Rusia. Lo sabemos, decía una. Pero cuéntenoslo. Una enorme pantalla escondía ocho pisos; no contenía más que una imagen de la cabeza del Gran Amigo, dibujado al estilo antiguo, de forma que no parecía estar sentado a la derecha de Dios, sino en su sitio. Los ojos no seguían tu avance, pero si eras culpable (y siempre lo eras) pensabas que lo hacían. La columna de letras que corría continuamente debajo decía: LOCURA POSTCUMPLEAÑOS EN MERCA¬DO DE MUEBLES GRIGORENKO. El cumpleaños fue tres meses atrás.

-Stalin vsegda s nami -dijo Skuratov, mirando hacia arriba, a salvo de la tentación.

-¿Perdón? -preguntó Jake.

-Siempre está con nosotros-tradujo-. Es una terrible dificultad con nuestra nueva amiga mutua. -Por sus gestos y guiños me aseguré de que, por el momento, podíamos hablar libremente.

-¿Dificultad en qué manera? -pregunté, con los labios tan entume¬cidos por el frío que su vago movimiento no podía mostrar nada.

-Krasnaia conoce el valor de la simbiosis. El Gran Amigo sirve a nuestros propósitos mientras gente como él no vuelva a aparecer. Pero nuestra amiga es..., ¿frase actual? Retrovertida. Amor innatural al pasado. Imágenes comerciales vistas como de grandes seres, en vez de idiotas útiles.

-¿Problematiza eso?

-Ciertamente. Ella cree que él fue... -Skuratov buscó frases posi¬bles-. Ella le da lo mejor, decíamos de niños. Yo mismo era un gran fan de Abba y de su Dean Reed. Nuestras políticas trabajan demasiado bien a veces.

El Zar servía como figura para afectos populares imaginados, pero nadie conocía, o le importaba, cómo él, o ella, se manifestaba; todos los idiotas conocían cada poro de la cara del Gran Amigo.

-¡Miren! -dijo Jake, señalando a un hombre que cruzaba la calle con otros dos pegados a los talones, golpeándole-, ¿Políticos?

-Chuchmiki -dijo Skuratov-, Basura asiática.

Moscú no era más peligroso que ninguna ciudad norteamericana. Entre el restaurante y la Marx Prospect recorrimos seis manzanas, pasando junto a seis robos, tres asaltos y algo de naturaleza gris, medio riña medio violación. A menos que fueran evidentes infracciones políticas, en las calles incontroladas todo era observado y nada detenido. Aunque las sirenas de sus vehículos enviaban a la oscuridad eternamente su sintético aullido de cerdo, ninguna policía (ni la Milicia General, la Guardia Krasnaia, la Patrulla de Consumo, los Druzhinhas de la Ciudad, los Ojranha, y por supuesto nunca el Equipo Sueño) interfería con la libre empresa de los vándalos. Como en Norteamérica, uno de los múltiples encantos de Rusia era que podían asesinarte sin razón y ni siquiera Dios se daría cuenta, ni le importaría.

-Acortemos por aquí -dijo Skuratov, deteniéndose ante una esca¬lera que conducía a un túnel bajo la calle. Consideré las inherencias de la situación-. Nos libraremos del horrible tráfico de la Marx Prospect. Síganme.

Las paredes blanco hueso del túnel no parecían haber sufrido nunca el contacto humano. Respiraderos ocultos en cada extremo deflectaban el taladrante viento que entraba por arriba; la luz del túnel corría por el borde del techo. Hacia la mitad, alguien recorría los peldaños resquebrajados y manchados a los que esperábamos poder acercarnos.

-Posible problema -dijo Skuratov. El que se acercaba llevaba pantalones de cuadros, una gorra de tela y un abrigo de algo parecido a cuero hasta la rodilla, y parecía ser de las montañas del sur, tal vez de Armenia. A cinco metros de distancia sacó una Omsk del 44 de cañón largo, sólo disponible a través de canales oficiales. La mayoría de las armas rusas que llegaban a manos de los ciudadanos eran juguetitos, sin valor aunque pudieran utilizarse, e ilegales en cualquier caso. Una Omsk podía derribar a un avión pequeño.

-Un defensor público -dijo Skuratov, el argot local para atracador-. Éste podría ser el momento final, amigos. Supliquen piedad si lo desean.

-Zdrastie -dijo el hombre, con voz temblorosa-. Qué hermosas ropas. Quítenselas, por favor. -Su ruso era inepto; sus muñecas, allá donde eran visibles, no eran más grandes que tubos de correo-. Fuera.

Skuratov se quitó su shuba y su astrakán.

-Hagan lo que dice -dijo, mirándome con calma-. Si no vivimos, no importará que nos congelemos.

-Importará -dijo Jake, quitándose su ligero abrigo y dejando al descubierto el traje blanco de lino de tres piezas que llevaba todo el año. Se quedó inmóvil en una reverencia aprensiva, como si el himno nacional resonara en sus oídos. Jake no era grande, aunque daba esa impresión; no era lento, aunque se movía tan deliberadamente que parecía estar atravesando eternamente gelatina; no era estúpido, aun¬que hasta que creías que lo conocías no se te habría ocurrido. No parecía peligroso en absoluto.

-¡Desnúdense! Por favor, obedezcan, por favor. Nuestro terrorista parecía nervioso y aficionado; una pequeña distracción sería suficiente.

-¿Qué pasa, amigo? -pregunté, empleando el turco, un lenguaje desconocido para Skuratov y Jake, pero no para él, según intuí.

-Hermano asiático -replicó él, en la misma lengua-. Lo lamento.

Interesante; pero, antes de que pudiera suceder nada más, Jake alzó el pie y de una patada mandó la pistola túnel abajo. El hombre gritó y echó a correr.

-¡No grites! -aulló Jake, y su voz resonó en las paredes. Verle brincar era contemplar a un ángel descender del cielo. Tras dar un salto, Jake le golpeó con los dos pies en los omóplatos, derribándolo como un árbol. Jake le hizo ponerse de espaldas y luego hundió su puño con fuerza contra su nuez de Adán. Los miembros del hombre se sacudieron como un motor con sobrecarga; los espasmos nublaron sus rasgos. De cerca, no parecía tener más de veinte años; me recordó a uno de mis muchos sargentos perdidos. Jake se arrodilló sobre él como para rezar y apartó el largo pelo de la frente del muchacho.

-Déjelo ir -dijo Skuratov, recuperando su sombrero y su abrigo y consiguiendo parecer a la vez más y menos preocupado de lo que yo pensaba debería sentirse-. Es usted lo que habíamos oído, Jake. Ahora vamos. Los babushki lo limpiarán todo por la mañana antes de que lleguen los trabajadores. No se retrase. -Su voz no traicionaba ninguna emoción irracional.

-Espere. -Jake hizo girar dos veces la pistola en su índice, comprobando el equilibrio.

-Déjelo -insistió Skuratov-, Puede considerar los errores de su vida.

-Nunca es necesario sufrir demasiado -dijo Jake, quitando el seguro. Apretando la mandíbula del muchacho con los dedos, le obligó a abrir la boca e insertó el cañón en ella-. ¿Duele? -preguntó, con voz suave, como si se confesara a una madre despreocupada-. Toma. Paz.

Cerré los ojos; una vez retirado, ya no dudaba que había que vigilar la violencia. La bocanada de aire sonó tan fuerte como el disparo mientras el aliento del muchacho abandonaba su cuerpo. Tal vez demasiadas campañas me habían dejado sin ganas; tal vez demasiadas muertes habían dejado a Jake hambriento de más. Cuando volví a abrir los ojos lo vi examinando el remolino de sangre bajo la cabeza del muchacho, examinando los floridos pétalos del cerebro, como consi¬derando forma y textura. El arte conocía su moda, fuera cual fuese la estación.

-Tan hermosa -susurró Jake.

Menos sangre enrojecía la cara de Skuratov; parecía haber oído las campanas, en expresión rusa. ¿Lo esperaba? Entrar en Rusia era entrar en un mundo que se correspondía burdamente con el conocido, un mundo cuya lógica exigía que crecieran semillas en la arena, que las plantas que allí se desarrollaban parecieran adecuadas cuando la pintura hiciera sus colores más naturales. ¿Lo esperaba? Decidí que no. No había ninguna razón mayor para que nos hubiera servido tan bien durante años. La sutileza lo era todo; no había ninguna sutileza en hacer que nos eliminaran en aquel túnel.

-¿Qué te llamó, Luther? -preguntó Jake, metiéndose la Omsk en el bolsillo para juegos futuros. Algunos murmullos satisficieron su curiosidad mientras nos albergábamos en el hotel, despidiéndonos de Skuratov hasta la mañana siguiente. Muy raras veces había tenido conmigo a hombres como Jake en combate..., en México, en Nueva Guinea, en la costa de Turquía. Johnson estuvo conmigo en las dunas marcianas de Long Island, en los viejos tiempos, y Johnson era el único que se acercaba al nivel de Jake. Sin embargo, sólo con Jake a mi lado habría ganado siempre.

 

2

 

Jake dormía, sin parecer más peligroso que un bebé cobra. Esa noche esperé hasta que se acostara antes de enlazar el monitor de la TVC con el teléfono. Tras anular la directriz de transmisión, la pantalla brilló blanco piel, un agradable alivio. Los medios de comunicación de nuestra habitación (como en todos los hoteles de Rusia, fueran propiedad ame¬ricana o no), estaban preajustados, y normalmente no podían ser desco¬nectados ni bajados de volumen, para que los anuncios pudieran sumer¬girse al menos subliminalmente a través de la oscuridad del cerebro de los viajeros. El hecho de que también el teléfono estuviera intervenido no señalaba ninguna diferencia. Tras colocarme los auriculares y engan¬char el disruptor al cuello de mi camisa, tecleé los códigos y enlacé con el sistema de Nueva York para contactar con Alicia, el ordenador de mi compañía. Era esencial disponer de info limpia y, si Alicia no la tenía, no la tendría nadie.

-Alicia -dije-, QL789851ATM. Salvaguarda. Canal cerrado exclu¬sivo. Audíonse per basic. -Un azul oceánico barrió el blanco de la pantalla del monitor.

-Todo asegurado -sonó su voz a través de las ondas-. Me preocu¬paba que no pudieras transmitir, Luther. ¿Has decidido cómo podría servirte de ayuda?

-Necesito info pertinente sobre Oktobriana Osipova. Objetivo ciudad residente Dubna. Paradero actual desconocido. Posiblemente ahora Novy Marina Roshcha, calle desconocida. Archivo Krasnaia 9320005441...

-Espera.

Oí un inesperado crujido, me aplasté contra el respaldo de mi silla y contuve la respiración. Jake yacía como muerto, con los auriculares de su aparato de bolsillo fuertemente insertados y el viejo sonido que tanto adoraba masajeando su mente. Sólo las letras de Robert Johnson, el cantante de blues del siglo pasado, brotaban por sus altavoces. Sus palabras llegaban como susurros a través del apagado sonido.

I sent for my baby... and she don' come...

No se produjeron más crujidos; decidí que se trataba del sonido del edificio, dolorido mientras envejecía, aunque las arrugas de la pared no parecían más profundas. El zumbido de las cámaras que grababan nuestra falta de movimientos se volvía tan familiar como el de una mascota amorosa, mientras te mantuvieras apartado de las lentes.

-Luther -dijo Alicia, tras cinco minutos de ausencia-. Los ilimita¬dos archivos de Krasnaia, accesibles sólo a través de modos locales, son los responsables de mi retraso. Por favor, perdóname.

-¿Tan bloqueado está el camino?

-Usan falsas cabeceras, códigos estándar, los embrollos de costum¬bre; han enterrado muy bien su archivo.

-¿Qué aparece?

-Oktobriana Dmitrievna Osipova recibió educación especial en la Cuarta Escuela de Física y Matemáticas. Mientras asistía a la Univer¬sidad Estatal de Moscú, bajo supervisión de Krasnaia, recibió también cursos en el Instituto Lumumba, y estudió el uso de la teoría científica cuando se aplica a objetivos políticos. Un campo fructífero, como bien sabemos...

-Nada de sermones, Alicia.

-Su tesis de graduación en Lisenko no fue publicada nunca, tras haber sido declarada aceptable pero inapropiada para los objetivos de Krasnaia. Aún hoy circulan copias a través de la cadena matriz samizdat, bajo seudónimo. Después de graduarse, fue destinada al Programa de Servicio Selectivo de Leningrado, donde recibió docto¬rados en física teórica, ingeniería ambiental y bioadaptación neurolo¬gía.

-Bio -repetí-. Aprendiendo a hacer que los cerdos brillen en la oscuridad...

-Según su tesis en ese campo en particular, creó el plasma genético recombinante que elimina la neurofibromatosis. En física, su estudio sobre las aplicaciones militares de las espirales de Tesla sigue inédita.

-¿Qué es una espiral de Tesla?

-Un transformador aire-núcleo con espirales primarias y secunda¬rias preparadas para entrar en resonancia -dijo ella-. Convierte la corriente alta de bajo voltaje en corriente baja de alto voltaje a altas frecuencias.

-En cristiano, Alicia.

-Produce electricidad utilizable, y las de pequeño tamaño se usan comúnmente hoy, aunque fueron inventadas hace más de un siglo. Su inventor, Tesla, fue brillante, pero tendía a desarrollar teorías con años de adelanto sobre su posible aplicación. Una de sus ideas se refería al uso de enormes espirales insertadas en altas torres de forma que, a través de la resonancia, la energía eléctrica pudiera ser sacada no sólo del cielo, sino también de la misma tierra, creando una fuente de energía perpetua así como un instrumento potencial de enorme des¬trucción no nuclear. Deduzco que ella trabajaba sobre ese concepto en particular.

-¿Qué más tienes?

-Detenta seis mil horas como piloto, y es una artista notable con un buen ojo para la perspectiva. Fue gimnasta en sus años adolescentes. Recibió la máxima puntuación en todas las clases en todas las escuelas a las que asistió, incluso cuando el trabajo completado le fue denegada la aceptabilidad. Un logro único, según parece.

-Genera su imagen, si la posees.

Una imagen se alzó en el azul. Oktobriana Osipova estaba en la Plaza Roja, en verano, a juzgar por su falta de prendas de abrigo; parecía una mujer muy joven. Tenía el pelo oscuro, corto por atrás, largo por delante. Su entrenamiento gimnástico era evidente en el desarrollo de sus hombros, sus musculosos muslos y sus altos y redondeados glúteos. Calculé que no mediría más de metro y medio.

-¿No hay fotos más recientes?

-Es casi contemporánea -dijo Alicia-. Fue tomada hace dos años, cuando ella tenía veintiuno. Según los datos, su CI se cifra entre 253 y 280, Stanford-Binet, aunque eso no implica automáticamente que tales calificaciones arbitrarias sean indicativas de una inteligencia empírica.

-No tenemos ningún dato de ella en el país -dije-. ¿Por qué no tiene una buena posición, con las habilidades que posee?

-Prejuicios -dijo Alicia-. Es una mujer, y además de Georgia. Más inmediato a la situación es el hecho de que sus opiniones políticas y las de Krasnaia difieren en varias áreas, aunque no tanto como para garantizar su exilio o el control definitivo. Tras un incidente no registrado, hace dos años, se le ordenó que ayudara al doctor Alejine y la enviaron a Dubna. Deduzco que así resolvieron más fácilmente sus diferencias.

-¿Qué aparece en relación a los archivos de los experimentos?

-Nada.

-Deben existir.

-Existían.

-¿Qué significa eso? -pregunté.

-Los archivos relativos a los experimentos durante esos dos años pasados fueron introducidos de una forma tal que ni siquiera Krasnaia podría recuperar la información.

-Imposible...

-Obviamente no. A través de métodos desconocidos, se introduje¬ron entradas secretas sin engaños estándar, usando un programa codificador notablemente complejo. El código empleado se rehace a sí mismo cuando se intenta penetrar desde fuera. Violé el sistema en un minuto treinta y uno y cinco con cuarenta y siete centésimas de segundo, y durante ese tiempo el código se ajustó a la intrusión en bloque ciento ochenta veces. Tras la entrada final, todos los archivos se autoborraron según las directrices del programa.

-¿Todo perdido?

-Todo -dijo ella.

-Una pregunta más, Alicia. ¿El Equipo Sueño es consciente de nuestras directrices?

-Por supuesto. Continúa como hasta ahora. El Equipo Sueño es el más incompetente de todos los grupos encubiertos de vigilancia y corrección.

-Hora de cierre, Alicia. Pasa la noticia arriba.

-Luther -añadió ella-, espera a despegar antes de renovar contacto. Aunque las palabras no se oyen, ellos saben que se pasa una señal. Ten cuidado.

-Buenas noches.

El azul desapareció del blanco; Alicia se fue. En el recuerdo, la voz de mi ex-esposa sonaba casi como la de ella, y la comparación habría intentando oír el soniquete de radio de Gayaneh sobre el perpetuo gurgledeglurp del baño. Cuando me relajé lo suficiente como para permitir que el sopor regresara, me acosté, sumiéndome en un sueño preocupado. Unos ojos supervisaban mi descanso, unos ojos vigilantes, unos ojos alertas; unos ojos de niña pequeña, oscurecidos por el dolor. En la arenosa duna rojo sangre en la que me encontraba, jadeando, resoplando, se alzó Johnson, arrastrándome a sus profundidades, donde seguro que pertenecía. Me desperté sin gritar. Jake, a salvo con sus auriculares, siguió durmiendo.

 

 

Por la mañana, nos colocamos los disruptores antes de hablar. Al instalarnos habíamos localizado los micros, y nos detuvimos al llegar al cuarenta y siete sólo en el salón. Si los hubiéramos localizado y destruido todos aún nos habrían escuchado, a través de la radio, el teléfono, la ventana, mientras nuestras palabras sonaran libremente. Con disruptores y micrófonos, nos comunicábamos sin problemas.

-Las siete cuarenta -dijo Jake, leyendo su reloj y derrumbándose ante la TVC. Distorsionada por el disruptor, su voz sonaba como una cinta rebobinada a toda velocidad-. ¿Tenemos una cita a las ocho treinta en la juguetería? -Asentí-. ¿Por qué tan temprano? ¿Se espera acción pesada?

-No -dije; frunció el ceño-. Olvida las especulaciones. Recuerda que para todos los efectos nos dedicamos a los juguetes. Sólo somos dos comerciantes ansiosos de comprobar el producto. Eso nos da horas de ventaja.

-¿Transporte a pie o en ruedas?

-He pedido un taxi. Llegará a las ocho.

-¿Un taxi sans media? -preguntó él-. El ruido de fondo me dio jaqueca durante toda la noche.

La radio de la habitación, durante el día, no emitía música clásica, como yo habría deseado, sino apocalypso americano o postwave europeo rehecho con tempo. En la tele aparecía cualquier cosa que el aparato sorbiera del cielo. Como fondo a nuestra charla había un ejershow de Leningrado llamado ¡Saltad, gente! La televisión rusa, no menos divertida que la americana, tenía una diferencia notable: los que aparecían aquí televisados eran feos, cercanos a lo real; las personas en las ondas americanas parecían siempre alquimizadas a partir de algún molde innatural.

-¿Aclaró la info de Alicia si la asociada merece la pena?

-Es la presa del día -dije-. Tan buena como Alejine.

-No puedo vis a esta mamona medio minuto y ya empieza a doler -dijo Jake, mirando la pantalla y frotándose violentamente las sienes. Reconocí su problema. Cogí una cinta en blanco del hotel, la inserté y grabé un minuto de aire. Tras rebobinar, la detuve y pulsé playback superlento. En medio de la pantalla aparecieron manchas blancas difusas.

-¿Qué pasa? -preguntó Jake-. ¿Jam session?

-Más o menos. Aquí está la causa de tu dolor. Congelé la imagen y mostré las palabras completas mientras emergían, cuatro fotogramas por frase, y traduje.

-Ahora ve y compra. El dinero es la vida..., gástalo. Los ahorrativos son traidores. Llevan años emitiendo esto. Con el tiempo debe dar resultado.

Jake sacudió la cabeza como para recolocar su cerebro.

-¿Dónde está nuestro objetivo?

-Cerca de su vivienda.

-¿Que es dónde?

-Maliuta conoce la ruta.

-¿Confías en él? -preguntó Jake-. ¿Es seguro?

-Uno de pocos -dije. Dadas las circunstancias, era como confiar en Jake; no había ninguna elección si se esperaban logros-. Cumplió el año pasado en Leningrado. Nos dio la razón de nuestra visita este año.

Habíamos conectado mientras cruzábamos el puente a la isla Vasilovski. Mientras caminábamos, Skuratov me había informado del desarrollo en áreas largamente estudiadas. A través de los militares, Krasnaia subvencionaba proyectos para estudiar la aplicación potencial de metodologías de batalla parapsicología. A los ojos americanos aquellas implausibilidades eran idioteces como creer en el mundo de los espíritus; comparado con ellas, el freudianismo parecía científico. El sol al ponerse arrojaba delgadas sombras sobre el río; me contó cómo en la colonia científica de Dubna, al norte de Moscú, habían aparecido recientemente evidencias durante experimentos ejecutados bajo la guía de Alexander Alejine. Éste, el primer físico teórico de Rusia, supervisaba la Academia de Ciencias. Teníamos fotos genera¬das; sabíamos que era cuatro veces Héroe del Trabajo Socialista, dos veces ganador del Premio Lenin. Todo lo demás le envolvía como una niebla. ¿Qué se había manifestado en aquel primer éxito del que Skuratov hablaba con tan pocos datos específicos? ¿Habilidad para doblar tenedores? ¿Control sobre los dados? Nadie lo sabía.

-Tengo la impresión de que no volveremos -dije-. Sírvete a gusto.

-Servido -dijo Jake, frotándose la chaqueta con las manos y saboreando el abrazo de su arsenal. Había conservado la Omsk de nuestro atacante como algo más que un trofeo-. Maletéame.

-No es esencial -contesté mientras me ponía mi abrigo, que pesaba a causa de la minicam-. Debe parecer que salimos a dar un paseo. Nos perderemos por el camino.

-He empaquetado tres trajes blancos -dijo él, con cara tensa.

-Usa lo que llevas. Vamos.

El potencial asustaba. Si alguien elaboraba tal habilidad hasta convertirla en maña, podía, con el tiempo y adecuadamente entrenado, detener tanques con el pensamiento, soñar que los aviones caían del cielo, desear que los cohetes se desviaran de sus blancos. Si se empleaba un taco impropio, la punta podía arañar a propósito y para siempre la bola. ¿Qué bestia resultaría de domesticar talentos salvajes? Según Skuratov, los reaccionarios de Krasnaia deseaban aplicar los descubrimientos de Alejine, fueran cuales fuesen, sólo para uso militar. Los optimistas americanos éramos conscientes de que bendiciones como los científicos eran más efectivas cuando se desarrollaban en el sector privado, para que el delicado equilibrio de nuestro mundo no pudiera ser indebidamente sacudido por los engaños gubernamentales. Sólo en zonas recientes se ajustaba la previsión de beneficios/pérdidas; sólo durante los años recientes nuestras economías subieron de nuevo a niveles donde la recuperación para los que aún vivían parecía al menos algo posible de considerar con la cara seria.

El ascensor del hotel estaba roto, así que tuvimos que bajar seis tramos de escaleras a oscuras. Del techo del vestíbulo colgaban candelabros, cada uno con una docena de monitores que mostraban incesantes vids de productos disponibles en el hotel, en todas las tiendas desde McDonald's hasta Smert'Mujam, una tienda para muje¬res cuyo nombre, traducido, significaba Muerte a los Maridos. Los monitores nunca se oscurecían ni apagaban.

-¿Viajan a dónde durante cuánto tiempo? -preguntó la encargada: como conserje ofrecía ayuda, como dejurnaia, una delatora con licencia, eliminaba toda esperanza. Escrutó nuestras tarjetas de entrada para ver si las habíamos remagnetizado para otros fines. Tras aprobar¬nos, sacó de la caja fuerte nuestros pasaportes y visados y nos los entregó, otorgando de nuevo a nuestra presencia más peso que polvo.

-Al centro. A comprar-dije. Su sonrisa se amplió hacia sus orejas al sonido de la última palabra, revelando un kilo de metal insertado en su boca.

-La Línea de Compradores ofrece ayuda continua y valiosa -dijo, palpando su monitor y leyendo sus anuncios-. Excelentes ofertas de vaqueros y samovaramats en GUM hoy durante la Hora Loca del Mediodía. Vibrantes atuendos primaverales en el Mercado de Modas Zinoviev a la salida de la Plaza Maiakovski. Sofocante sí, desvergon¬zado no...

-¿Somos taxiados o no? -preguntó Jake, inclinándose hacia delante y colocando las manos sobre el mostrador, como preparándose a saltar.

-Da. ¿Cuándo regresan? -preguntó ella; su sonrisa no era más que un recuerdo.

-Inseguro -dije-. Después tenemos una reunión de negocios. Registró mi respuesta en su memoria en caso de posteriores preguntas.

-Disfruten de la hospitalidad de Moscú -bufó, mirándonos como si fuéramos de cristal. Los guardias del hotel, advertidos por Krasnaia de nuestro estatus de Huéspedes del Estado, nos libraron del detector de metales. Llegamos a la calle e inhalamos aire puro y doloroso. Un Gran Amigo de cartón dirigía a los grupos de Intourist hacia la entrada lateral, junto a la zona de reparto. Ignorando el frío, había sesenta extraños vendedores callejeros, dispuestos y esparcidos, preparados para los turistas.

-Allí -dije al divisar nuestro taxi, un Volga Supreme Wagoneer rojo carmín que llevaba por conductor a una cabeza redonda con pelo rizado y barba. Tras precipitarse hacia nosotros, abrió la portezuela trasera.

-¿Interesados? -preguntó, intentando hablar en inglés. En el fondo del taxi había un abultado buró de roble lleno de pieles de animales; parecía un ataúd construido para seis. Mientras pasaba las manos por las pieles, noté que le faltaban varias uñas-. El mejor armiño y visón de mi hogar natal de Kamchatka.

-Terrier y mastín -dijo Jake, bufando-. Llévanos, capullo. Vuela.

-Los mejores precios para los amigos ingleses si reconsideran -dijo él, y dio la vuelta como guiado por cuerdas y se dirigió hacia el volante mientras nosotros subíamos al coche. El interior del taxi parecía un puesto de souvenirs sin licencia. Pegados al salpicadero había iconos de plástico, pipas y chapas holográficas. Un esqueleto verde colgaba del retrovisor. Manos de goma pegadas a la parte de abajo de los asientos delanteros daban la impresión de que deportniks ansiosos por respirar se aupaban a través del cárter.

-Ya Amerkinanets -dijo Jake, usando desafortunadamente una de sus pocas frases precisas.

-¡Americanos! -exclamó el taxista, sonriendo, sorprendido por su fortuna-. Vean lo que tengo para ustedes, regateadores experimenta¬dos.

Sacó de la guantera bandejas cubiertas de terciopelo llenas de joyas de plástico. Jake sacó su taladradora y colocó la punta contra el cráneo de nuestro conductor, el dedo en el gatillo.

-Jugueteríame -dijo, con una voz tan suave que apenas le oí. El conductor sí lo hizo; cerró la boca y pisó el acelerador. Buscamos micros ocultos antes de llegar al primer semáforo, descubriendo infestaciones múltiples, como era de esperar. Tras aclarar la niebla de mi ventanilla vi un Marx DeVille negro que nos seguía.

-Compañeros de viaje -le dije a Jake mientras les saludaba con la mano. Ellos me respondieron. Otro coche se acercó, manteniéndose por detrás-. Siguen a todos menos a los públicos -expliqué; Jake les dirigió un momento de atención-. Se irán cuando demuestren nuestra estabilidad.

-¿De veras?

Por la derecha se acercó un tercer Marx negro. Todos, sin duda, estaban sintonizados para oír nuestras confesiones. Insospechosamente, recalqué las glorias locales; Jake bostezó. El sol, una bola redonda acechando en el horizonte, emitía tenue calor y poca luz. Las cúpulas multicolores de St. Basil, limpias de nieve, radiaban tonos lavanda. Al bordear la Plaza Roja y los inquisitoriales muros del Kremlin vimos la hilera de turistas que aguardaban su momento ante la caja de Lenin, su tumba teñida con colores de sangre seca a la luz de la estación. En la distancia, Moscú atraía; de cerca, la ciudad tenía siempre el aspecto de un timo de sexta generación: detalles nublados, colores que no eran ciertos, imágenes sangrando por los bordes. A media distancia, rasca¬cielos en forma de tarta de cumpleaños del día del Gran Amigo jodian el cielo mientras esperaban alguna celebración largamente retrasada. Llegamos a la tienda. Le tendí cinco pavos a nuestro peletero.

-¿También anuncian en la pasta? -preguntó Jake, examinando un billete de diez rublos mientras yo recogía el cambio. Se lo quité y examiné los adornos que envolvían el picudo perfil de Ajmatova.

-Y en las monedas también -dije-. Y en los sellos, las acciones y los bonos.

El mensaje del billete de diez rublos era Los ahorradores sangran nuestra nación. Créditos en letra pequeña agradecían al inigualable mercado Zolotskova. Nuestro taxi se marchó, buscando capital fresco. Jake recuperó su dinero.

-¿Vamos a ir de compras o de tumultos? -preguntó, mirando hacia la tienda. Una horda de gente se apretujaba tras pesadas barreras de metal rematadas con alambre de espino. Los adultos alzaban a los bebés por encima de la presión mientras la turba esperaba su turno de bramar y saquear. Ancianos barrían con escobas el pavi¬mento donde no había gente, desalojando a los gorriones de las rejillas. Matamos el tiempo mirando los quioscos cercanos. Junto a Pravda e Izvestia estaban las revistas rusas, brillantes con colores falsos, pulpa cargada con olor químico. Allí reposaban también las revistas americanas, no menos fiables que los periódicos rusos, y por eso Krasnaia no censuraba más que los anuncios, manteniendo las expectaciones no más por encima de lo ordenado. La sirena de la tienda rugió como para anunciar una tormenta de fuego; nos filtramos a través de la multitud, seguidos por nuestros nuevos fans.

-¿Dónde es la reunión y saludo? -preguntó Jake.

-Departamento de Estrategias Interactivas -dije-. Nivel dos. Rusia amaba a los niños que no tenía que matar. Detski Mir vendía como rusos los juguetes de todas las naciones; los locales se eviden¬ciaban por su tendencia a romperse bajo el peso del polvo que se posaba sobre ellos. El antiguo interior, trasplantado con órganos frescos como exigía la moda, parecía el almacén central de correos. Madres lastradas, bebés inmovilizados, hombres de aspecto desconcertado y babushki de mal genio deambulaban por los pasillos como fantasmas perdidos. Una vieja sorprendida, al ver la cabeza descubierta y el pelo engominado de Jake, gritó:

-¡Sahpkoo propil!

Antes de que él hiciera ningún movimiento lo agarré por el brazo y lo guié a un lado como haría con un cañón.

-Su actitud se muestra clara -dijo él, con la cara empurpurada-. Traduce su farfulleo.

-Ignora, Jake -dije-. Dijo que debías haber gastado tanto dinero que no podías permitirte un sombrero.

-Metomentodo. -Mientras hablaba, jugueíaba con una moneda entre sus dedos; la dobló, aplastándola mientras perdía el color-. Esos tipos se acercan. ¿Debo reaccionar?

Los que nos seguían parecían tan evidentes entre la multitud que igual podrían haber llevado focos. Desde el techo, todas las cámaras nos enfocaban, dirigiéndonos sus ojos de ángel.

-Ignora -repetí. Todas las escaleras mecánicas al nivel uno estaban rotas y tuvimos que subir a pie. Tras llegar a la cumbre, Jake echó un vistazo y dejó escapar una risotada.

-No extraña que te ojeen tanto -recalcó. Una cinta carmín en lo alto anunciaba LAS FELICES CHOCOLATE ESTÁN AQUÍ. Los mostrado¬res contenían un regimiento de muñecas con la forma de mujeres negras agachadas, mirando con ojos maliciosos, sonriendo con labios como nueces de Brasil-. ¿Buenas ventas, supones?

-Hablan -dije, leyendo un cartel menos prominente. Tras levantar una de las figuritas, activé el cassette alojado en el interior.

-Come tu verdu... -empezó a decir en ruso; la cinta se atascó. De la boca de la muñeca brotaron cables, como si vomitara sus intestinos. Volví a meterlos rápidamente. La escalera mecánica hacia la segunda planta funcionó durante un minuto; luego se estropeó. Nuestros perseguidores resoplaban casualmente tras nosotros.

-Pasillo E. Por aquí.

Los artículos del departamento de Estrategias Interactivas podrían haber suministrado al Ejército Rojo durante siglos si hubieran funcionado tan bien como sus modelos; tal como estaban, daban a los jóvenes la oportunidad de practicar hasta que los reclutaran. Pistolas de juguete de todos los calibres, desde lanzaguisantes a otras capaces de aplastar cabezas de elefante, brillaban tras el cristal. Todas requerían permisos de Krasnaia, fáciles de obtener; luego, si el poseedor sufría una confusión de identidad, la policía podía asegurar que había ocurrido por elección de la víctima.

-Alerta -dijo Jake; probables sospechosos pasaban a cada lado, abarrotando todos los pasillos. Los peores lugares eran aquellos donde los niños podían ofrecer tanto peligro como los adultos. Divisé a Skuratov acercándose a nosotros, con sus zapatos bicolores brillantes contra el suelo sin color.

-Caballeros -dijo, envolviéndose en torno a mí como una anaconda. Jake se distanció, repudiando el contacto humano-. Perdonen mi tardanza.

-No hay necesidad de perdonar -dije, hablando en voz alta para espantar la curiosidad del gato-. Estábamos observando estos maravi¬llosos juguetes.

Skuratov sonrió; palmeó un tren en miniatura en un estante cercano y lo hizo rodar por su manga. Se le cayeron las ruedas.

-¿No deberíamos avanzar? -pregunté. Jake, delante, giró sobre sus talones como para medir la sala. Un padre cargado arrastraba a un niño de pañales hacia la caja más cercana; el niño lloraba, pidiendo juguetes negados. Skuratov se llevó los dedos a los labios.

-No hay necesidad de apresurarse -dijo, implicando que sí la había, y demostrando con su inacción que cuanto antes mejor. Varios recién llegados aparecieron en la distancia, andando despacio con llamativo desinterés, todos vestidos con el negro básico, que según los rumores era elección del Equipo Sueño. Nuestras perspectivas parecían cada vez más evanescentes.

-Ojos arriba -murmuró Jake. El padre discutía detalles con la cajera; como cada transacción hecha por ordenador requería ser comprobada en detalle con el ábaco, siempre resultaba cierta confusión durante el retraso. Nuestros voyeurs observaban los juguetes recién hechos, acercándose lentamente, manteniendo aún una distancia res¬petable-. Se están preparando.

-Algunos productos son ciertamente impresionantes -dijo Skuratov, indicando un armero empotrado en la pared como si quisiera vendérmelo-. Señorita -le dijo a una empleada que pasaba cerca, mostrando su identificación de Krasnaia para ser visto-, acérqueme ese artículo Turguenev para que lo inspeccione.

Tras abrir la caja, ella se lo tendió. Un modelo a escala del lanzacohetes Turguenev B95.

-Hecho para nosotros en Yugoslavia con polímero liviano. Dispara balas explosivas de verdad. No más doloroso que una pistola de fulminantes, ciertamente...

-Mi cambio -dijo el padre-. Démelo.

El zumbido general descendió media nota en la escala. Miré hacia arriba.

-No tengo monedas -dijo la cajera-. ¿Por qué me acosa así? -Todas las cámaras del techo rotaron, enfocándonos. Nuestra troupe se acercó para el final.

-Treinta copecs -gritó el padre. Otros clientes (había muchos) se volvieron, curiosos. El bebé del hombre, recuperándose de su llanto, aburrido por las quejas de su padre, nos miró. Skuratov, con el arma de plástico en las manos, sonrió al niño.

-No hay monedas -replicó gritando la cajera-. Coja la deliciosa chocolatina que le ofrezco como cambio equivalente. -Jake quitó el seguro a algo dentro de su chaqueta. Mi estómago se hundió mientras notaba la náusea del que está a punto de ser capturado-. Sea feliz, ciudadano.

-Pequeño -dijo Skuratov, inclinándose y tendiendo el juguete al niño-. Apunta lejos de la gente como un bravo soldado. Pulsa el gatillo y verás qué divertido.

-Da -contestó el alegre mocoso, sin necesitar más acicate. Agarró el juguete con ambas manos y disparó con la precisión de un tirador avezado. El proyectil amarillo del falso Turguenev salió disparado por el suelo y, con un bum ensordecedor, derribó una pirámide cuidado¬samente alzada de granadas de plástico moldeadas con resina celeste. Tras el derribo, éstas destellaron y estallaron y lanzaron columnas de humo de un horrible olor. El padre golpeó al niño; la cajera golpeó al padre por haberle golpeado.

-¿Nos dirigimos al ascensor? -preguntó Skuratov, cogiéndonos por el brazo y sacándonos de la humeante melé-. He aparcado convenien¬temente en zona libre. Asistamos a una reunión importante.

Sin que nos siguiera nadie, nos abrimos paso a través de la multitud. Los chillidos de las madres, las amenazas de la policía del almacén y los gritos de un millar de niños ahogaban la música glacial que sonaba en los cien altavoces ocultos de la tienda.

-Se rinden muy fácilmente -observé mientras nos escabullíamos hacia las puertas de salida.

-Cierto -suspiró Skuratov-. El Equipo Sueño siempre formula programas de acción perfectamente concebidos. La más mínima circunstancia imprevista los deja buscando a tientas sus propias espaldas. Por razones de seguridad, nunca se les entrena en esponta-neidad. Aquí está mi hermosa máquina.

El coche de Skuratov era un Mercedes azul marino con negras ventanillas de espejo. Abrió el maletero y recuperó todo aquello que podía quitarse: limpiaparabrisas, tapacubos, el adorno de la capota, los retrovisores y la antena, todo muy ansiado en el Mercado Negro. Subimos al coche mientras él volvía a colocarlo todo en su sitio. Jake ocupó el asiento trasero. Advertí que Skuratov tardaba uno o dos minutos en cerrar el maletero; una cerradura congelada tal vez, o la necesidad de colocar bien accesorios todavía guardados. Mientras buscábamos micros, él subió al coche. Nuestros sensores no detec¬taron ningún oído dentro, y por fin estuvimos casi seguros.

-Impresionante, Mal -dije-. ¿Cómo lo consiguió?

-Una recompensa adecuada por muchos buenos trabajos -dijo él-. Advierta los detalles hechos a mano y el estilizado diseño del panel de instrumentos. Toque la suave tapicería de cuero.

La piel del coche estaba sucia, pero todos los coches rusos necesitaban una buena friega. Para sus dos millones de autos, Krasnaia aprovisionaba a Moscú con diez lavacoches.

-Deje las ventanas ligeramente abiertas, por favor, para perturbar las vibraciones en el cristal, fáciles de leer. Motor, llévanos al destino uno.

-Hecho -replicó la voz del salpicadero; el motor se puso en marcha y empezó a revolucionarse. Skuratov cogió el volante cuando entramos en el tráfico, pasando junto a tranvías rojos que corrían por los carriles laterales.

-¿Cuál es la hora estimada de llegada?

-Dentro de media hora. ¿Conoce el barrio de nuestra amiga? -preguntó mientras recorríamos el Sedovoie Koltes, o Jardín Anillo, que albergaba catorce abarrotados carriles de tráfico. Torres cristalinas flanqueaban la carretera, algunas nada más que fachadas Potemkin ocultando silos de lanzamiento de misiles defensivos.

-No -dije.

-Novi Marina Roshcha es un trushchoba -continuó Skuratov-. Un arrabal de lo más terrible. Su aspecto es bastante americano. Los reaccionarios de Krasnaia insisten desde hace mucho tiempo en que su existencia es un mal necesario, para que los no-consumidores y los ex-soldados con problemas para adaptarse a la vida civil pudieran tener casas. El orden social se conserva así manteniendo junta a toda la mala gente que tiene mucho resentimiento. Muchos trasmiten peligrosas enfermedades contagiosas. Tengan cuidado de que los podonki no les toquen después de salir del coche.

-¿Podonki? -inquirió Jake, colocándose los auriculares de su aparato de bolsillo; los largos y finos cordones amarillos daban la impresión de que estaba siendo alimentado por vía intravenosa.

-Escoria -tradujo Skuratov-. Es sólo un término oficial, no implica falta de respeto.

-¿Por qué se escondería ella en un lugar así? -pregunté.

-Es evidente. La gente entra y sale a su antojo de esos arrabales. Son lugares adecuados para quienes no están dispuestos a tener responsabilidades. Escondites favoritos para viciosos elementos crimi¬nales. Proporciona una zona donde siempre pueden cogerse sospecho¬sos. Krasnaia juega con ventaja.

-¿Caen muchos científicos en la clasificación de elementos crimi¬nales? -pregunté.

-Depende de su ciencia -dijo él, sonriendo-. La señorita Osipova eligió una vida de perdedores viviendo entre basura sin civilizar, pero es una elección que evidentemente desea tomar...

-¿Dónde está su elección?

-Con Alejine -rió él-. No importa. Su nueva residencia estará libre del miedo al vandalismo. -Conectó la radio; sonó el scherzo de la Décima de Shostakovich. Sólo sonaron unos compases antes de que cambiara a una emisora que emitía canciones llenas de tañidos y ritmos.

-¿Tenemos su dirección precisa?

-La calle es Raisa Row. Con un complemento a mano localizare¬mos con facilidad su dirección exacta.

Sacó de debajo del salpicadero dos aparatos rectangulares no mucho más grandes que el mando a distancia de un televisor; me tendió uno. Una pantalla de liqristal cubría un lado entero; en el otro había varios botones diminutos y luces apagadas.

-Sólo el Equipo Sueño tiene rastreadores tan avanzados -dije, examinando su cara en busca de alguna reacción, pero no apareció ninguna. Nuestro bando había obtenido uno, por accidente, sólo unos meses antes, pero yo no había tenido oportunidad de emplearlo-. ¿Cómo funciona?

-Una de mis muchas fuentes confidenciales fue muy servicial -dijo-. Se conecta con el interruptor rojo. Luego apriete el botón marcado M.

El plano callejero de Moscú apareció en la pantalla; innumerables puntitos brillantes chispearon en formación, todos blancos menos un único punto azul.

-El azul soy yo. Pulse la V, que está sintonizada con las coordenadas de ella. -Cuando lo hizo sólo dos puntos permanecieron, el de él y el de ella. Una luz destelló verde-. Eso la señala continuamente.

-¿Está implantada?

Salimos del Anillo a Gorgoko.

-Desde luego. Un microtransmisor estándar en un músculo de la nuca, insertado sin dolor ni conocimiento. Transmite en un radio de doscientos kilómetros. El Equipo Sueño siempre sabe dónde enviar las invitaciones a fiestas. Quédese con ése, por favor. A un centenar de metros empezará a pitar. Nos acercaremos.

A algunos de los miembros de nuestra organización les sorprendía desde hacía tiempo cómo Skuratov, que no sufría de ninguna desafi¬liación política ni necesitaba finanzas clandestinas, había elegido la traición como hobby, pero nunca apareció nada sospechoso. Sus archivos, comprobados una y otra vez, incluso consiguieron la apro¬bación de Alicia. Las motivaciones políticas no son más explicables que los fetiches sexuales, y no son tan empleables en la vida cotidiana; así, mi mente continuaba sin sentir preocupación por extrañas especu¬laciones. Skuratov, mirando por el retrovisor, advirtió a Jake hundido en su asiento, perdido en la música.

-¿Jake es un gran amante de la música?

-De cierta música -contesté-. Principalmente blues. La cinta de Jake no tenía más música que la de Robert Johnson, por acuerdo histórico el mejor cantante de blues del siglo pasado. Sólo quedaba una foto para dar forma a su voz. Asesinado antes de cumplir los treinta años, dejó apenas cuarenta extrañas canciones grabadas en condiciones primitivas; Jake se las sabía todas de memoria. A muchos caucasianos les gusta el blues, aunque habrían pasado por encima del cantante de blues si lo encontraran tendido ante ellos en la calle. Jake sentía una igualdad más elemental cuya naturaleza era para mí un misterio; yo sólo podía deducir que, cada vez que se sentía asaltado por la paz, se hundía bajo sus auriculares para zaherirse de nuevo con el sonido largamente perdido. El señor O'Malley citaba ocasiones en las que Jake cogía una vieja guitarra en su oficina y la tañía como para cantar, pero yo nunca podía imaginarlo. En las manos de Jake, los instrumentos musicales sólo parecían correctos si los usaba para transportar a los demás a una coral de muerte.

-¿Cuánta info existe de los resultados? -pregunté-, ¿No se ve potencial armamentístico?

-No. Sus hallazgos parecen implicar un aparato no agresivo de propósito no especificado.

Entramos en un vecindario construido con palacios de trabajadores: filas uniformes de cajas de zapatos de hormigón desplomadas sobre las ciénagas de las aceras. Delante de cada complejo había esculturas que reconocían las habilidades de aquellos que las habían diseñado y desarrollado; las que no estaban cubiertas de grafitti estaban habitual-mente decapitadas. Bajo el crecimiento moderno aparecía el rastro de la vieja Rusia: casas de madera cargadas con aleros y gabletes intrincadamente tallados, iglesias ortodoxas soportando cinco cúpulas que se desmoronaban, chispas de abedul y siempreverde asomando entre los tablones. Jake empezó a vocalizar junto con las canciones de Johnson mientras éstas pasaban del artista a su oído.

-Voy a hundirme en esta conexión..., seguiré jugando con tus cables...

Oír cantar a Jake producía dolor en los huesos y enfriaba la sangre; su murmullo no tenía tono ni ritmo.

-...cuando aplaste tu pequeño starter tu chispa me dará fuego...

-¿Qué uso tiene un no agresivo, considerando lo que Krasnaia debe haber intentado? -pregunté.

-Un enorme uso dependiendo de la naturaleza de lo no agresivo -respondió Skuratov-. Alejine probaba y desarrollaba según iba viendo. Lo esencial de sus descubrimientos no era conocido más que por un círculo cada vez más pequeño a medida que se acercaba el éxito. Cada vez que Krasnaia preguntaba hacía observaciones genera¬les, absteniéndose de entrar en detalles específicos, y en todas las etapas prometía un informe completo cuando terminara el proyecto. Hace tres semanas, desapareció. Descubrimos hace tres días que la señorita Osipova preparaba su propia partida.

-¿Por qué no fuimos informados?

-No tiene importancia de quién se obtenga la información, ¿no?

-Seguramente Alejine estaba implantado -dije yo; Skuratov asin¬tió-. ¿Dónde ha ido, entonces? ¿Dónde aparece?

-No aparece -dijo Skuratov-. Nuestro amigo no se encuentra en ninguna parte.

-¿De Rusia?

-Del mundo. Ya sabe que tenemos bien cubiertos todos los sitios. En ninguna parte encontramos huella de su presencia. El implante de Alejine es como el mío, en el cerebro en vez del cuello, imposible de extirpar sin... -Hizo una pausa-. Un lío terrible. O ha descubierto un medio para interceptar la señal, cosa que no ha hecho nadie hasta hoy, o ha ido a alguna parte más allá de nuestro alcance, que es como decir a ninguna parte.

-Debe de haber sido posible hacer deducciones -dije yo-. ¿Qué líneas fueron seguidas?

-Por los informes del Equipo Sueño estamos seguros de que el aparato, perfeccionado, debe estar relacionado con la parafísica en vez de la parapsicología.

-¿Y eso qué significa?

-Después de largos años de estudio no encontramos ninguna verdad en la parapsicología en su sentido tradicional. Predecir el futuro, convocar el espíritu de la madre muerta, leer el pensamiento a desconocidos, esas estupideces son sueños. Las mentes son tan gruesas como las murallas del Kremlin a menos que se empleen los métodos del Equipo Sueño, y entonces sólo pueden deducirse generalidades. Empleando tales métodos sabemos que está relacionada la parafísica, que el experimento principal tuvo éxito. Sólo eso.

Los métodos del Equipo Sueño implicaban implantes modificados, de forma que los adaptados estuvieran no sólo localizables en todo momento, sino que además, de algún modo aún oscuro, tuvieran la vía de sus pensamientos cartografiada sin hacer descarrilar el tren.

-¿Y qué entra bajo la nomenclatura de parafísica?

-Cosas inexpresables -dijo él, mientras entrábamos en una avenida pelada con cuatro carriles agrietados y llenos de baches. A cada lado había torres de color cemento de diez pisos, colocadas como flechas. Los caparazones de los coches se alineaban en las aceras, cubrían el pavimento, se apilaban en los patios, como dejados por los invitados de una fiesta tecnológica. Las ratas corrían por la calle, desafiándonos a golpear-. Poltergistas y efectos telequinésicos. So¬nares mostrando grandes animales en lagos donde el suministro limitado de comida prohibe su existencia. Pumas salvajes en los barrios de Londres donde nadie ha perdido ningún puma, y caimanes crecidos en lagunas canadienses en mitad del invierno. Por qué llueven ranas del cielo libre de nubes. -Pulsó un botón, reduciendo la marcha cuando tomamos una curva-. Un avión se estrella, y se encuentra el cuerpo de una niña pequeña, sin quemaduras; no se informa de ninguna niña pequeña a bordo ni en tierra. Una moneda de plata en un bloque de granito. La expresión de un pecador en la cara de un santo. Pelo que ha crecido en la cabeza de una momia. -Hizo destellar sus dientes de acero-. Por qué un calcetín se desvanece siempre en la secadora.

-¿Qué significa eso del aparato de transporte? -pregunté-. ¿Trans¬porte adonde?

-Más allá del arco iris, tal vez -dijo él, con los ojos brillando, como petrificados-. Pronto lo descubriremos. Novi Marina Roshcha, caba¬lleros.

Vehículos de ocho ruedas, con sus pieles de acero resplandeciendo, las armas y los lanzadores de gases brillando, guardaban cada extremo de una hilera de soldados de veinte hombres que bloqueaban la avenida. A cada lado de su muralla, los mundos parecían tener un aspecto similar. La formación se rompió para permitirnos el paso; a nadie le importó por qué no reducimos la marcha, nadie nos detuvo para comprobar nuestra identidad, ninguno cuestionó nuestro intento, pro¬pósito o plan.

-Dijo que los residentes podían entrar y salir libremente -le recordé a Skuratov-. ¿No tiene el ejército situaciones más inmediatas?

-Dije que los individuos vienen y van libremente. El ejército está aquí para impedir que se intente una escapada simultánea. Krasnaia prefiere certificar la seguridad incluso de estos ciudadanos, pues sería inevitable una gran pérdida de vidas si ocurriera una situación tan problemática.

-¿Krasnaia prefiere esto? -pregunté, viendo rusos de decidido valor no propagandístico.

-Como también dije, Luther, no todo el mundo prefiere encajar en un sistema que funciona, igual que no todo el mundo se eleva a un nivel apropiado durante su vida. Estos barrios ofrecen un entorno adecuado para..., cómo se dice...

-Las bajas del sistema -dije yo. Sus bisabuelos sufrieron bajo los nobles, sus abuelos bajo el Gran Amigo, sus padres bajo la nomenklatura, y por eso ellos sufrían bajo la supervisión de la gran multina¬cional Krasnaia. La herencia que proporcionaban crecía eternamente, no importaba quién estuviera arriba.

-Después de todo, prefieren vivir de esta forma -dijo él-. A veces es difícil recordarlo.

La calle chispeaba con trozos de cristal roto, como si estuviera pavimentada con diamantes. Placas de cartón bloqueaban el viento que entraba a través de las ventanas rotas; en aquellas que no tenían postigos, los periódicos servían de cortinas. En las esquinas de los edificios se acumulaban dunas donde el hormigón se convertía en arena. Antiguamente había habido árboles; quedaban tocones podri¬dos, el resto había sido reciclado para alimentar fuegos nocturnos. Rodamos calle abajo sin ruido dentro o fuera, bajo las miradas muertas de los residentes. Los niños se encaramaban jugando sobre los coches oxidados y rojos, tirando de las colas de los roedores para oírlos chirriar; mujeres indistinguibles de sacos de patatas se agazapaban junto a las entradas de los edificios. Grupos de hombres se congregaban en torno al fuego de los bidones de basura. Menos los niños, todo estaban borrachos. Los rusos, a pesar de las prohi¬biciones, bebían alcohol como respiraban aire. Igual que los de la clase de Skuratov bebían licores adecuados a su estatus, aquellos ciudadanos seguro que trasegaban por sus irritadas gargantas formaldehídos, agua de colonia, barniz y aguarrás. Jake se apartó los auriculares de la cabeza, atraída su atención. Supuse que de pronto se sintió más en casa.

-¿A qué distancia?

-Ahora estamos en Raisa -dijo Skuratov, mirando su trazador-, y ella no está más que a unos pocos metros de distancia.

El bip empezó a sonar firmemente. Jake se preparó. Entre dos masas de ocho pisos atiné a divisar las lejanas torres y cúpulas pastel del centro, sumidas en la neblina de la mañana.

-¿Se espera interacción local? -preguntó Jake.

-Ninguno debería molestarnos-respondió Skuratov-. Un coche tan bueno como el mío sólo puede pertenecer a un alto miembro de Krasnaia, o eso temerán. Por tanto, comprenden que no tienen que alargar la mano en ningún tipo de tratamiento. -Sacó de debajo de su abrigo una negra y estilizada pistola ametralladora Shrogin, un artículo imposible de conseguir a ningún nivel-. Pero si los podonki se acercan, mi espantamoscas los hará callar. Jake, prepárese. Esta gente se muestra muy temperamental hacia aquellos a quienes ven inevitable¬mente como superiores.

Las estructuras de dos pisos de Raisa Row mantenían entradas separadas para cada apartamento. La basura acumulada servía como patio, aparcamiento y campo de juegos.

-Destino alcanzado -dijo el coche; Skuratov paró el motor. La gente desapareció en la oscuridad del edificio. Los miedos de Skuratov, como sospechaba, eran infundados; yo había catalogado al vecindario como demasiado ajado para resultar una amenaza.

-Ella está en la planta baja, cerca del bloque de la derecha. Avancen sin prisa por el patio lateral. Mantengan siempre visibles las armas. Deténganse en la esquina a esperar la señal. Entonces, aproxímense a la puerta. Esperen. Cuenten hasta tres. -Quitó el seguro de su pistola-. Entren de un salto, mostrando grandes sonrisas.

Cuando salimos del coche casi nos derribó el olor, una inevitable mezcla de cuarto de baño y tumba que ni siquiera el congelado aire reducía. Los vecinos, al ver nuestra llegada, se dispersaron como cucarachas bajo una luz inesperada. Skuratov nos guiaba, moviéndose como si sus zapatos bicolores apenas tocaran el suelo. A mitad de camino di un paso en falso y aplasté un osito de peluche que yacía entre los escombros. Los niños del barrio eran terriblemente imagina¬tivos para su edad: las cuencas de los ojos miraban ciegas al cielo, su panza estaba abierta y destripada en una autopsia aficionada. El toque americano aparecía en todas partes.

-Sus ventanas -susurró Skuratov, dirigiéndose hacia la esquina hasta unas cortinas. Nubes grises surcaron el cielo mientras nos acercábamos; no proyectamos sombra ninguna sobre el suelo. Skuratov nos indicó que avanzáramos, y lo hicimos pegados a la pared del edificio. Jake nos guiaba ahora.

-Uno -murmuró Skuratov-. Dos...

Antes de que llegara el último número, antes de que pudiera volver a respirar, advertí que la puerta estaba entornada y que un grito sonaba dentro. Jake... ninguna bala volaba más rápido.

 

3

 

-Cuidado -dije como para ofrecer consejo, pero Jake ya había acabado antes de que cruzáramos el umbral. Skuratov tenía mejor vista de lo que yo había supuesto, pues vio a Jake dar una cuchillada, rasgar la carne del hombre; sus ropas de polímero y arpillera estaban ya rasgadas. Jake hizo un doble lazo con su cadena dentro de su mano para asegurar doble resultado.

-¡Jake! -dije-. Suficiente ya. Apártate.

Saltó, y completó su tarea cayendo con los talones sobre la cabeza del intruso. Tras hacerse a un lado, inició su descenso a la calma. Sentí las vibraciones de la adrenalina latir a través de su delgada complexión. Tras inspirar profundamente, permaneció en silencio, dejando que la furia se difuminara. Sacudió la cabeza como si despertara y aún se encontrara dentro de su sueño. Su voz regresó antes que él.

-Los violadores de mujeres pueden con mi paciencia toda, Luther. Perdona mi exceso de celo.

-Era un ladrón -dijo ella; se revolvió y le dio un puñetazo en la boca-. No un violador. Me encargaré también de usted.

Constelaciones rojas motearon el blanco puro de Jake; pequeña pero compacta; era dura. Mi mente quedó en blanco por instinto; viendo que nuestro objetivo se nos escaparía de las manos cuando el temperamento de Jake volviera a estallar, me coloqué entre ambos antes de que él pudiera responder.

-¡No, Jake, tranquilo...! -Empujándome al suelo, haciéndose a un lado, Jake la agarró, la atrajo hacia sí y la apretó contra él. Ella le escupió cuando él se negó a soltarla. Una paz inefable iluminó desde dentro su cara mojada y, mientras cerraba los ojos, sonrió, con la cara enrojecida bajo su brillo. Insoportables obscenidades georgianas bro¬taron de la boca de ella como murciélagos de una cueva en la noche. Jake rodeó sus brazos, apretando con fuerza. Skuratov se quedó mirando, como si observara un concurso.

-Priyatnó. En inglés, por favor, señorita Osopova -dijo alegremen¬te, limpiando sus zapatos de la porquería con la que habían sido salpicados-. Los amigos americanos poseen poca fluidez en la lengua vernácula.

-¡Chort! -ella le dio una patada a Jake en las rodillas; éste la alzó del suelo.

-Ah -dijo Skuratov, mostrando su respeto hacia la acción de Jake-. El chico de la puerta de al lado.

-Que lo abran en canal -dijo Jake, enfurecido de nuevo.

-Ya lo hiciste, Jake -dije yo-. Probablemente no es tan local, Mal. Un infiltrado de Krasnaia, o peor.

-Lo examinaré -dijo Skuratov; se puso de rodillas y abrió la camisa del tipo para dejar al descubierto la piel del brazo izquierdo. Las evidencias demostraban que los miembros del Equipo Sueño llevaban tatuajes; imágenes de una nube de suaves rebordes con un ojo siempre vigilante.

-¿Qué quieren? -gritó ella, empleando un inglés cargado de acento-. Márchense.

-Tranquilícese durante la hora de juego -dijo Skuratov, sin alzar la cabeza.

-¡Zhrini sapozhnik!

-¿Desea algún sedante? -preguntó Jake; ella le dio un cabezazo en la nariz, pero él siguió sonriendo y acarició su cintura mientras la agarraba. Mientras Skuratov examinaba las posesiones del muerto, busqué micrófonos; no apareció ninguno.

-Neutralizados la primera semana que vine aquí -dijo ella, al ver mis acciones-. ¿Los americanos esperan constante estupidez de los rusos?

-¿Amiga del difunto? -preguntó Skuratov.

-Cuando el hollín sea blanco. -Clavó los codos en los costados de Jake y aflojó su presa; impulsándose hacia delante, me golpeó en el pecho con enorme fuerza, empleando aquellas poderosas piernas y hombros, y me hizo tambalear. Jake le colocó los brazos a la espalda y le puso las esposas que llevaba-. ¡Ai bolit! -gritó ella mientras él le apretaba los brazaletes en torno a sus muñecas. La apretó una vez más, enfocando sus ojos en los de ella. Reaccionando como un pájaro ante una serpiente, ella se quedó quieta. El ritmo normal de mi corazón se recuperó de su forzado solo.

-Pacifíquese o tendremos que recorrer caminos más duros -dijo Jake-. Lo siento, pero es así.

-Luther -indicó Skuratov, imperturbable, como si a su alrededor no hubiera sucedido más que un cambio de clima- Como pensaba. Las identificaciones demuestran que es ex-miembro del ejército. Vive (vivía, para ser más precisos) tres edificios calle abajo. Un local solo. Un zhid, sin duda, a juzgar por el patronímico. Ninguna sorpresa.

-¿Sin marcas incluso en modo protector? -pregunté-. ¿No es miembro del Equipo Sueño?

-Saqueador libre -dijo él-. Nada más.

-¿Por qué me molestan, julighani? -preguntó Oktobriana, con el exceso de color de su cara remitiendo. Parecía muy joven, a pesar de sus ojos levemente rasgados; bajo sus párpados inferiores había bolsas de arrugas, los superiores pesaban-. Soy facilitadora. No tengo subs¬tancia.

-¿Tiene agua la nieve? -preguntó Skuratov-. Está llena de subs¬tancia.

-No hay nada que pueda hacer por ustedes. Por favor, déjenme. Deseo estar sola.

-Nosotros deseamos buena compañía. La voz tiene el soniquete de la verdad. Pero déjenos ver para asegurarnos. -Sacó del bolsillo una cajita roja; en su superficie había una pantalla aún más pequeña. Mientras la acercaba a la mejilla de ella, las luces destellaron; ella dio un respingo, como quemada por su contacto-. El analizador de stress ve la verdad cuando se oculta. Tengamos una conversación útil sin cansinas repeticiones o amenazas imposibles de cumplir. Aquí hay algo de interés, ¿verdad?

-No. -Oktobriana temblaba cada vez que él apretaba la caja contra ella; Jake le miraba con ojos muertos, pero la mantenía sujeta, consciente de las descripciones de su deber a pesar de sus preferencias.

-Sí. Herramienta útil desarrollada por el mentor Alejine, ¿correcto? Parece un videocasette un poco extraño, creo.

-Vranio. Mentiras y basura.

-Bastante improbable. ¿Qué hemos traído con nosotros para ensu¬ciar esta habitación? ¿Veamos?

-No escarbe en mi alma -suplicó ella, mientras él guardaba el analizador (una manchita roja se le quedó en la cara), y empezó su búsqueda, abriendo los cajones de la cómoda, arrojando ropa al suelo, esparciendo su vida-. ¿Qué les trae aquí para saquear? -preguntó ella, aún luchando contra el abrazo de Jake.

-Hemos venido a ayudarla -dije yo.

-Gospodi. Los americanos siempre dicen venir a ayudar cuando vienen a matar y robar.

La miserable habitación de Oktobriana quedaba contenida en cuatro paredes grises, con dos puertas, una que conducía al exterior y otra al baño adjunto, y tenía dos ventanas aisladas con resina y tela. Las tablas del suelo se levantaban hacia el techo cuando se pisaban en mal sitio. La mano del decorador aparecía sólo en el retrato del Gran Amigo que colgaba sobre el fino colchón de la cama, una copia anticuada hecha mientras él vivía, mostrando su forma tal como quería que fuera mostrada. Aparecía erecto, con una gorra de trabajador y un abrigo del ejército, sobre un promontorio pelado, ante un cielo tormentoso que le servía de fondo. Los rayos caían en todas partes menos en su lugar de observación. Observaba con ojos severos la llanura bajo su montaña, la gran ciudad que se alzaba bajo la pradera de abajo: Lucifer contemplando su reino, Kong apreciando su jungla. En su época, el Gran Amigo no había vendido más que a sí mismo.

-¿Quién le informó de su forma y substancia? -le pregunté a Skuratov mientras él trabajaba. Mantuvo los labios cerrados, como invocando protección a alguien situado en lo alto. Tras meter la mano bajo la cama, extrajo un paquete envuelto en tela.

-¿Qué tenemos aquí? -dijo.

-¡Dliazhizvi! -gritó ella, debatiéndose contra Jake como queriendo hacerlo arder.

-¿Amenaza mi vida? -repitió Skuratov-. Silencio, pequeña ruidosa. Los nervios vibran como cuerdas de violín. Déjeme deambular sin perro guía.

Tras abrir una funda de almohada envuelta alrededor de un plastipak negro, levantó su tapa y reveló lo que a primera vis parecía un vid. Lo sacó e hizo destellar a la luz su color lapislázuli, su cara sin rasgos.

-Demasiado pesado para las películas clásicas habituales, creo. Tal vez sea útil para... viajar en el tiempo, podríamos decir -comentó, palmeándolo como para juzgarlo-. La máquina de Alejine, amigos. Muchos cerebros en juego hacen cosas maravillosas. Opera con el mismo principio y modelo, ¿verdad? Se introduce en la ranura apropia¬da, se pulsa el botón apropiado. Contemplen qué maravilla.

-¿Botón y ranura de qué? -pregunté, esperando una respuesta, incrédulo.

-De una unidad de TVC normal -dijo-. Un imaginativo reciclaje de la tecnología existente.

-¿Y qué pasa cuando se usa?

Ella no contestó. El que aquella fea caja de plástico resultara ser el objeto de nuestra búsqueda era tan anticlimático como escalar el Everest para comprar un bocadillo de queso. Presentar el hallazgo al consejo sería fácil, pero el señor O'Malley deseaba resultados; no se sentiría contento con otra cosa. Reflexionando un momento sobre el sutil disfraz del aparato, Skuratov volvió a meterlo en la caja y lo envolvió de nuevo.

-Ahora es de máxima importancia que nos movamos con rapidez -dijo-. Empaquete sus pertenencias, Luther. No debemos retrasarnos.

Metí las ropas de ella en sus maletas, sin detenerme a buscar o medir, sus lápices y libros, su cuadro del Gran Amigo, todos los papeles que había esparcidos. Ella permaneció inmóvil, observando nuestra prisa; no temblaba ni hablaba, como si se hubiera hipnotizado a sí misma tanto para aceptar su destino como para satisfacer a sus secuestradores. Tal vez la presencia de Jake permitía un momento de paz, pues la sujetaba como a una amiga, no una prisionera (esposas aparte), su tenaza completa, el súbito color de su cara haciéndole parecer casi cálido.

-¿Estamos cerca del aeropuerto, entonces?-pregunté, cerrando las maletas.

-Aeródromo -corrigió él-. Está en mi dacha. A veinte minutos de aquí a velocidad normal. Debemos conseguirlo en diez -Sujetando el aparato bajo el brazo, manejando su Shrogin con una mano, recorrió la habitación con la mirada para ver si había pasado algo por alto la primera vez.

-¿Su mansión tiene pista de aterrizaje?

-Una pequeña, conveniente para aparatos de ascenso vertical.

-¿El avión está listo?

-Y el destino programado según lo deseado.

-¿El piloto es seguro? -preguntó Jake.

-Tiene ante usted al piloto. -La pregunta quedó en el aire, sin contestación. Oktobriana habló de pronto, como si despertara de un coma.

-¿Adónde vamos? -preguntó, mirando a Jake con ojos llenos de miedo.

-De vacaciones -respondió Skuratov.

-A Norteamérica -dijo Jake-. La espera una nueva vida.

-Jake -dijo Skuratov, sin mirarle directamente-, ponga las maletas en el coche. Le seguiremos.

La paranoia de Jake era más profunda que la mía, pero normalmente por mayores motivos; confiaba en su contacto, como si fuera una caricia de una amante perfecta. Los otros no lo advirtieron, pero vi que sus ojos se estrechaban. Si Jake se preparaba, yo debería hacerlo también; en tal caso, yo seguía su guía como haría con cualquier comandante.

-No soy ningún portero -replicó.

-Perdone la brusca forma de pedirlo, Jake. El lenguaje está lleno de baches.

-Déme las llaves -dijo Jake, sujetando aún a Oktobriana.

-El maletero no está cerrado. Es fácil de abrir.

-¿Por qué no me echa una mano?

-El propósito de mi retraso es bastante razonable -dijo él, volvién¬dose hacía el baño-. Antes de marcharme debo caminar mano a mano con Stalin. Luther, sujete bien a nuestra pequeña amiga en ausencia de Jake.

Jake me entregó a Oktobriana con un guiño, cogió las maletas y salió por la puerta principal mientras Skuratov abría la del baño. Mientras sujetaba a la muchacha no sentí ninguna pugna, lo cual me preocupó. En otros tiempos, durante la entrega de prisioneros, siempre se producía un momento en que algunos podían, sin previo aviso, tambalearse, quieto el pulso, y caer muertos como si su reluctancia a ser aprisionados les reforzara para poder entregar el alma y morir voluntariamente, sin síntomas, sin golpes, sin amenazas. Eso ocurría a menudo en Long Island, durante aquellas largas campañas. La aparente paz de Oktobria¬na, tan esperada y tan innatural, me hizo preguntarme si, conscientemen¬te o no, se preparaba para hacer algo similar.

-Mal -grité, ansioso; la extraña conducta de Jake no había ayuda¬do-. Dése prisa y salga pronto...

En el mundo exterior estalló algo; y alguien con ello, sin duda. Sentí como si mi estómago intentara zafarse de mi carne. Giré hacia la puerta principal; Skuratov apareció de nuevo a la vista, con la Shrogin levantada. Mientras yo cogía el pomo de la puerta, habló.

-Cuánta prisa -dijo; mi espalda se puso rígida-. No es necesario preocuparse. Nuestro vuelo será suave y sin interrupciones.

-¿Humor eslavo, Mal? -pregunté, con la cara seria. Retiré la mano del pomo de la puerta y me la metí en el bolsillo, buscando involun¬tariamente la pistola que los dos sabíamos no estaba allí-. Ha habido un ruido fuera.

-En ocasiones es necesario ser más ruso que ruso para disfrutar de las cosas de occidente -dijo él-. El Mercedes, por ejemplo. Un automóvil excepcional. Los ejecutivos alemanes se pierden tan a menudo que un maletero a prueba de bombas en los mejores modelos es un accesorio estándar. La bomba explota, dejando ilesos irreempla¬zables bienes corporativos mientras estén en el maletero. Recíproca¬mente, una bomba pequeña puede explotar dentro del maletero, dejando ilesa la excelente máquina. El daño alcanza sólo al saqueador que lo abre.

Supe que Jake lo habría sabido; lo había visto, lo sabía.

-El Equipo Sueño no emplea gente de balde. Preferimos contactos cálidos y respirando. Gente rara como Jake, no obstante, son tan adeptos y tan impredecibles que sólo queda una acción cuando se considera un plan a largo plazo. La pérdida de su gente es tan grande en esta circunstancia que más tarde remitiré una carta a Krasnaia nominándolo para recibir a título póstumo el premio de Héroe del Trabajo, quizá con alguna enmienda.

-Se harán preguntas sobre mi desaparición, Mal -dije-. Retener como rehenes a comerciantes está prohibido...

-Igual que la captura de científicos -rió él-. ¿Es necesario decirlo todo? Conocemos los problemas de su organización. Esas pequeñas puñaladas por la espalda y oscuras conspiraciones. Deberían emplear a kremlinólogos para observar tales batallas bizantinas. Con tantas complejidades, una simple mentira basta. Bajo trágicas circunstancias, cada uno de ustedes sospechó del otro y actuó en consecuencia. Posiblemente para que la historia encaje mejor debería conseguir también para usted un premio honorario, Luther. Bien. Se expresan condolencias, su gente las recibe y las olvida pronto. No hay espacio para los sentimentalismos en los negocios americanos, ¿verdad? Por supuesto.

-Me echarán en falta...

-Y le llorarán durante un período apropiado. Luego su nombre aparecerá en una pequeña placa en el vestíbulo de la empresa. Mientras tanto, nosotros obtenemos un valioso científico de nuestro propio país y nos deshacemos de dos americanos dotados por igual para los negocios y la guerra. Dos por el precio de uno, ¿eh? El Equipo Sueño, como todo el mundo, siempre busca buenas ofertas.

Su estimación de respuesta era adecuada. Dos veces antes habíamos perdido contactos rusos, uno natal, otro atraído más tarde. En ambas ocasiones fue como si súbitamente saltaran a la no existencia, sin dejar rastro. En ambas ocasiones la reacción de la oficina principal fue que un rehén era un riesgo, y por tanto las pérdidas sanaban más rápida¬mente.

-Pequeña, ¿nos dirá al menos cuál es su gran descubrimiento? Alejine era tan descuidado en sus informes...

-No oirá nada de mí -dijo ella, de pie a mi lado, mirando a los pies de él, como fingiendo reverencia. Yo sabía que Jake aparecería en cualquier segundo.

-Eso no es estrictamente correcto -dijo él-. Más tarde tendremos mucho tiempo para una estimulante conversación entre amigos. Dis¬cutiremos rumores y cosas asombrosas que hemos oído. Existe el inevitable rumor de que la máquina de Alejine es un aparato para viajar por el tiempo. Imposible, sin duda, pero eso es lo que hemos oído.

-El viaje por el tiempo es completamente imposible -dijo ella-. Las reglas de la causalidad no pueden romperse.

-Eso hemos oído. Pero qué maravillosos usos podría proporcionar a la humanidad. Retroceder en el tiempo, matar a Hitler al nacer, dejar que la Armada Española venciese, impedir la caída de Roma.

-En el mejor de los casos, traiciones -dijo ella-. En el peor, un medio de destrucción definitiva. Pero no es ni puede ser posible.

-Avanzar en el tiempo para ver cuan glorioso será el futuro. -Su sonrisa desapareció bajo las comisuras de sus labios-. Cuan miserable. Queda la cuestión de dónde ha ido el doctor Alejine.

-No está lejos -dijo ella, manteniendo la mirada gacha. La Shrogin de Skuratov estaba preparada para disparar; si hubiéramos intentado huir, nos habría alcanzado antes de que levantáramos los pies del suelo. A través de mi mente corrieron una docena de posibilidades, ninguna ejecutable sin Jake. ¿Dónde...?

-Bastante lejos, pequeña. En un momento todos los instrumentos muestran su presencia. Un momento después, ya no lo hacen. Pasan los días, su luz reaparece. Pasan semanas, se va otra vez. No vuelve. Después de tres semanas no hay evidencia de existencia continuada en ningún lugar alcanzable. Cosa peculiar si no está lejos.

-No podrán encontrarle -dijo ella.

-El Equipo Sueño encuentra a los vivos y a los muertos -respondió él, dirigiéndose a la izquierda como para colocarse a nuestra espalda; nos giramos al tiempo que él se movía-. ¿Es posible, tal vez, que no sea ninguna de las dos cosas? Carece de importancia que hable ahora o después. En el curso de la historia todo se aclara. Pero hablar sin consumir tiempo y sin desagradables acicates siempre mejora el talante de la situación.

-A la larga no.

-Avanzamos momento a momento -suspiró él, deteniéndose ante el cadáver del intruso en su deambular por la habitación, dando ahora la espalda a la puerta del apartamento. Jake, esperé, deseé; no había ningún Jake.

-Pero éste es un entorno dudoso para mantener una conversación agradable. La reemprenderemos después de nuestro cómodo vuelo.

-¿Aún vamos a volar? -preguntó ella. Él asintió.

-¿Está dispuesta para la marcha?

-Dispuesta -dijo ella mientras la puerta se abría de golpe. Cuando Sku¬ratov empezó a girarse ella estampó con fuerza el pie en el suelo; la tabla bajo él se alzó como impulsada por un motor, golpeándole con un terrible impacto entre las piernas. Skuratov se derrumbó como un buey en el mata¬dero, los ojos perdidos bajo sus párpados; el aparato y su Shrogin cayeron mientras se desplomaba. Salté a por la pistola; Jake saltó por encima de mí hacia Skuratov, rodeándole la cabeza con las manos como para palpar su madurez, dispuesto a retorcerla. Acumulando todas mis fuerzas, aparté a Jake y me interpuse entre ellos, sin pensar en las consecuencias de despertar su ira. Me cogió por debajo de los brazos y clavó sus dedos de acero en mis músculos, preparado para soltarlos de los huesos.

-¡Déjame cogerlo! -gritó.

-No -dije, esperando resistir-. Si lo haces, sus luces se apagarán...

-¡Lo deseo!

-¡Las luces del rastreador! -grité a mi vez-. Si ven que sus luces se apagan, se moverán con rapidez. Mantengámoslo con vida y...

-Trató de exterminarme, Luther -dijo Jake, devolviendo mis pies a tierra, mostrando las manchas de suciedad de su chaqueta. Con todo, su pelo estaba en orden, sus rasgos no mostraban siquiera cicatrices de afeitado-. ¡Mi traje!

-Es necesaria una razón para matar...

-No hay más muerte que la razonada -dijo él en voz baja, revelando la verdad de su corazón. De algún modo, yo continuaba bloqueando su embestida-. Con él hay veinte razones.

-¡No! -grité, perdido yo también; eso hizo que Jake soltara su tenaza-. Dadas las circunstancias, él es nuestra tarjeta de salida. Si su señal es firme, sus amigos no se acercarán a jugar. Mantengámoslo entero, y ya nos encargaremos de él cuando respiremos aire libre.

-Cuando crucemos la frontera, dejémoslo caer -dijo Jake.

-Es un objetivo principal, Jake, Equipo Sueño. Nunca hemos tenido uno antes. Nos lo llevaremos. Lo ataremos bien. Cuando estemos en casa, se lo entregaremos a Alicia. Ella tiene sus propias técnicas. Se aprecian los instintos, Jake, pero la lógica manda.

Skuratov gemía en el suelo, frotándose el lugar donde había sido lastimado como si quisiera divertirse. Oktobriana permanecía impasi¬ble, las manos a la espalda. Miró a Jake de arriba abajo, los labios entreabiertos, la cara enrojecida con sangre nueva.

-Comprendido -susurró él, recuperándose-. Si lo hubiera matado, ahora estaríamos listos. Disculpa.

-Empezaba a preocuparme que te hubiera hecho volar después de todo -dije-. ¿Cómo lo previste?

Sacó una herramienta que reconocí como una patrulla de minas; cuando se esperaba una explosión, se usaba el aparato sintonizándolo con la frecuencia adecuada y se la detonaba desde lejos.

-Su aspecto y su forma de ser me alertaron desde el principio -dijo Jake-, a pesar de que confiaras en él. Éste es mi negocio, Luther, recuérdalo. Ese túnel del amor de anoche me alertó del todo. Cuando quitó las cosas del coche en la seguridad de la ciudad pero no lo hizo entre estas ruinas supe que todo estaba preparado. Así, cuando saqué las maletas, me quedé atrás, y repasé los canales hasta que el tono adecuado hizo explotar la bomba. El estampido me hizo caer al suelo...

-¿Por qué el retraso en venir? -pregunté-. ¿Quedaste inconsciente por un mom...?

-Tuve que aguardar-dijo él, ajustando el nudo de su corbata como para el verdugo-. Esencial.

-¿Cómo está el coche?

-La tapa del maletero voló como un gran pájaro azul. Por lo demás, puede conducirse. -La furia de Jake permaneció encubierta sólo hasta que el tiempo volviera a hacerla hervir. Tras informar sobre el estado del automóvil, se volvió insospechadamente y propinó a Skuratov una patada en la espalda con todas sus fuerzas. No para romperle el espinazo; sólo para reavivar su dolor-. Nadie acaba conmigo -le gritó; Skuratov permaneció encogido en posición fetal en el suelo, gimiendo como si hubiera sido abortado demasiado tarde-, ¿Te enteras?

-Nos enteramos. Desnúdalo antes de que nos marchemos. Gírese, Mal.

-¿Por qué quitarme las ropas? -preguntó él, escupiendo las palabras entre dientes.

-Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa -dijo Jake en voz baja, como si estuviera en una biblioteca-. Veamos cómo le gusta el amor en la cárcel...

-¡Jake! Siga vestido, Mal. Queremos sus pertenencias. Nada más.

-Por favor -dijo Oktobriana, rebulléndose y estirando los brazos-. Quítenmelas. No huiré.

-Sólo tengo ese par -dijo Jake-. Mejor él que ella.

-De acuerdo. Espósalo. Gire hacía aquí, Mal.

Cuando Jake le quitó las esposas a Oktobriana los dos vimos la marca roja de sus muñecas. Desaparecerían rápidamente; Jake quiso que las de Skuratov duraran, y las apretó hasta que chilló. Como había prometido, Oktobriana se quedó donde estaba mientras vaciábamos los bolsillos de Skuratov, con la mirada fija en la resbaladiza forma de Jake. Skuratov llevaba cinco pasaportes de cuatro naciones, mil rublos y numerosas tarjetas de crédito, junto con su carnet de identidad personal, todo bastante inocente.

-Dos rastreadores -dijo Jake-. ¿Los cojo?

-Coge uno. Él no lo necesitará. -Me metí en el bolsillo su analizador de stress, esperando aplicárselo más tarde.

-Esto es Jauja, Luther -dijo Jake, sacando la artillería y llenando con la mayor parte los bolsillos de mi abrigo, seleccionando algunas armas para su propio uso-. Navidad en marzo.

El Equipo Sueño estaba equipado con instrumentos postmodernos. Jake, que seguía aquellos avances más de cerca que yo, detectó los juguetes más seguros que encontraba y me señaló los más peligrosos. Las llaves de Skuratov disparaban agujas envenenadas; su encendedor llevaba suficiente X75 como para derrumbar el barrio que nos rodeaba si se le enganchaba un cristal. En su cinturón había elementos biologísticos que Jake ni siquiera quiso tocar; por su color (ya que estaba familiarizado con este tipo de elementos) calculé que contenían microampollas de ántrax recombinantizados. Le quitamos sus cápsu¬las de cianuro, aplastándolas entre nuestros dedos como si fueran piojos.

-Hemos perdido tiempo, Jake. Conduce con toda tu habilidad y llegaremos a las ocho.

-¿Llegar a donde? -preguntó Jake-. ¿A su aeródromo? ¿Y si no espera ningún avión?

-Cuando estaba confiado, dejó entrever que volaríamos en él -dije-. Localizaremos su emplazamiento con el monitor del coche.

-¿Su aeródromo está apartado?

-Krasnaia es la dueña de la carretera. Saben que vamos para allá, aunque no estarán enterados de los últimos acuerdos. No tendremos problemas. Vamos. -Cogí el aparato de Alejine de donde había caído; me pregunté si podría resultar tan útil como nuestra confiscación. En cualquier caso, el viaje ahora cubría los costes, así que dejé de preocuparme por tener que tratar con las cuentas más tarde. Jake se cargó a Skuratov al hombro, boca abajo; al tiempo que su dolor remitía, sus quejas fueron creciendo.

-Lléveme con propiedad -gritó Skuratov, pataleando todo lo que le permitía su postura-. Me duele.

-No lo suficiente -dijo Jake, girando para que la cabeza de Skuratov golpeara con el marco de la puerta, calmándole una vez más. Un corte en el cuero cabelludo manchó de sangre el suelo. Jake, puritano de corazón, nunca permitía que el placer personal se introdujera en el trabajo que le daba de comer, aunque la pasión por la perfección en el trabajo ejecutado era otro asunto; incluso cuando actuaba incorre¬giblemente era siempre con un propósito y nunca con alegría. Pero la venganza, que no era una de sus especialidades, tal vez una sensación menos favorecida, también tenía su tiempo y necesidad.

Los vecinos nos rodearon cuando aparecimos, curiosos; nos dirigi¬mos lo más discretamente posible al Mercedes.

-¿Dónde están las maletas de ella?

-En el asiento trasero -dijo Jake-. Donde lo meteremos a él. Mantenlo esposado.

La neblina que difuminaba el aire podía ser producto de la explosión o algo que los residentes quemaban como combustible, pero su olor era fuerte y metálico, como lo que queda después de un ataque químico. Podríamos haber arrastrado a Skuratov durante el transporte, pero dadas las circunstancias se habría notado; Jake le hizo pasar de cabeza al asiento trasero. Los curiosos continuaron observando nuestros movimientos insospechados e inexplicables. Agarrando con fuerza el aparato, me senté entre las maletas y el cuerpo de Skuratov, sin encontrar ninguna comodidad. Jake se puso al volante; Oktobriana se mantuvo cerca de él para que él pudiera impedirle más fácilmente escapar.

-Conduzca despacio por el barrio -dijo.

-Sabido -respondió él-. No podemos apresurarnos sin despertar sospechas...

Ella negó con la cabeza.

-Muchos niños juegan aquí, Jake. ¿Entiende los controles? Me doy cuenta de que no parece familiarizado con el idioma ruso...

-¿El jodido arranca cómo? -En ocasiones, Jake parecía igual de poco familiarizado con el suyo propio.

-Comprueba el destino programado -dije yo. Oktobriana pulsó dos botones del salpicadero; un mapa apareció en el ojo del monitor. Lo reconocí-. Su casa, sin duda. Dirígete allí sin cambios. Conduce, Jake.

-Motor -dijo Oktobriana-, llévanos al destino siguiente.

-Hecho -contestó el coche; rodamos calle arriba. Oktobriana se apretujó contra Jake, como para fundir su carne; él la apartó.

-Hora de trabajo -dijo.

-Es necesario estar cerca para una comunicación efectiva.

-La estamos secuestrando -dijo Jake, sin mirarla, con sorpresa en la voz-. ¿Le gusta?

-No es desagradable ahora que ha pasado el shock inicial. Y me ayudó al impedir que me asaltaran. Estoy muy agradecida.

Más que agradecida. Yo mismo había visto en varias ocasiones el afecto en aquellos que caían bajo el síndrome de Estocolmo, pero los síntomas nunca aparecían tan pronto. La lujuria a primera vista era bastante común, aunque lo que se desarrollaba ante mí parecía un fenómeno más complejo, de lo más extraño; como asistir al nacimiento de una estrella, o ver caer un cuadro de una pared, sin ayuda. Acepté como buena fortuna el hecho de que ella eligiera descartar tan fácilmente sus sospechas (si tenía elección). Jake, como siempre, parecía dudoso. Ella le acarició el vello de la mano, como para comprobar su existencia. Jake se apartó.

-El contacto no es esencial -dijo.

-Eres un frío observador de la vida, Jake.

-Tomador -corrigió él. Ningún otro mensaje de importancia surgió de nuestros labios hasta que pasamos la fila de soldados que protegía el vecindario del frío mundo exterior; incluso entonces, hablamos poco y dijimos menos, como si por hablar mucho el mundo pudiera sacudirse bajo nosotros. Jake pasó al carril central tras llegar a la carretera principal, pisó el acelerador, y avanzamos con rapidez. Los rápidos colores del tráfico se dibujaron borrosos a nuestro lado mientras pasábamos.

-¿Nos siguen? -preguntó Jake, al ver una luz que destellaba en mitad del salpicadero-, ¿Debemos darles esquinazo? Oktobriana juzgó la luz.

-El refrigerador necesita ser descongelado. Déjame examinar todos los sistemas -dijo, y toqueteó los diales y observó las pantallas-. Nadie nos sigue. Hasta el momento estamos a salvo.

Pasamos junto a bloques de apartamentos que se alzaban cuarenta pisos por encima de las praderas de cemento; al contrario que las ciudades norteamericanas, Moscú tenía más edificios elevados en la periferia, protegiendo el centro más bajo de un posible asalto por tierra. Aparecía tierra auténtica, aunque brevemente, como la trama de estera gris y marchita que asoma de una alfombra gastada. El camino se reducía a quince carriles en las afueras; ahora no teníamos al lado más que árboles marrones.

-¿Viajamos a Norteamérica después de todo? -preguntó Skuratov al recuperar el conocimiento-. Saben improvisar.

-Lo intentamos -dije.

-Muchos lo hacen. Pocos tienen éxito. Es triste.

-Aquel tipo del túnel -señalé-. ¿Su empleado?

-Indirectamente, tal vez -contestó, cambiando de postura para librar sus muñecas atadas del peso de su espalda-. Era necesario ver si Jake, hum, requería verdaderamente ser desvitalizado. Jake confirmó lo que habíamos oído. Las historias pasadas de boca a boca tienden a exagerar. En este caso, no...

-Átale las mandíbulas, Luther -dijo Jake, manteniendo los ojos fijos en la carretera y vigilando el retrovisor a hurtadillas-. Usa su lengua para hacer bocadillos.

-Si la verdad hubiera demostrado el rumor, Luther, no había necesidad de temer. No deseábamos hacerle daño tan pronto.

-Aquí a la derecha, Jake -dijo Oktobriana. El coche nos guió por una rampa hasta una arteria de servicio que brotaba de la línea principal. Varios cientos de metros más y giramos de nuevo a la derecha, a una sucia carretera de tierra donde el lodo del invierno se había congelado. Las ramas entrelazadas de los árboles nos protegían de ser vistos desde el aire.

-Esta carretera no es apta ni siquiera para un coche de caballos -dijo Jake mientras avanzábamos dando tumbos.

-La entrada de los criados, sospecho -comentó Oktobriana, miran¬do a Skuratov como si pudiera arrancarle la piel de los huesos. Éste lo aceptó todo con una paz desconcertante, ahora que la mayor parte del dolor había remitido.

-¿No hay soldados en el vecindario? -preguntó Jake-. ¿No se ve ningún chico del ejército? -Oktobriana se había acercado otra vez a él.

-¿Para vigilar a la gente superior? -preguntó Skuratov. Su vecin¬dario era atractivo; las casas y terrenos, allá donde eran visibles, rebosaban del sutil gusto esperado de los Krasnaiaviki. Entre las colinas, tan llenas de árboles que el bosque parecía natural, cosa imposible, aparecían fragmentos de casas antes de desvanecerse, pasando a su lado como fragmentos de un sueño vagamente recordado. Altos muros de piedra daban aún más paz a las temerosas mentes recluidas dentro de las sombras. No había ninguna persona o vehículo a la vista. Nuestro coche pasó a un sendero de grava y bajó una suave colina que se extendía hasta la mitad de las posesiones de Skuratov. En su casa se evidenciaba su casi ausencia; forzando la vista entre las ramas vi una cúpula, una chimenea, una ventana iluminada desde dentro.

-Si mi presentimiento es cierto, habrá que reprogramar el avión -dije.

-Si es que hay preparado un avión -comentó Jake.

-Lo veremos muy pronto. Oktobriana, usted tiene experiencia. ¿Puede ajustar el rumbo?

-Depende del avión. Supongo que sí.

-Cuando despeguemos, ¿no nos seguirán en las alturas? -preguntó Jake.

No estaba de humor para catecismos, de modo que elegí no responder. Temía que los problemas nos siguieran por todo el océano; el hecho de que Jake expresara sus incertidumbres me preocupaba todavía más. Entramos en un claro, pelado como si fuera deshojado semanalmente.

-Presto -dijo Jake cuando pasamos a un carril de asfalto que se dirigía al centro. El campo cubría varios cientos de metros cuadrados. En el corazón del prado, un círculo arrasado protegía a la tierra del sol; más allá había un avión, un GBL97 de ocho plazas, con su brillante fuselaje negro libre de números, marcas o insignias de origen. Jake paró el coche al borde de la pista.

-Planeemos -dije, asegurándome de que sonaba claro, y sujeté el aparato y miré con atención a Skuratov. El avión se encontraba a treinta metros de distancia; el coche podía volar al despegar si nos acercába¬mos lo suficiente. En el bosque cercano, sin duda, los tejones, conejos y jabalís habían sido reemplazados por cámaras y monitores y todo tipo de oídos-, ¿Alguno ha pilotado un aparato de este tipo antes?

-Un juguete -dijo Jake, mirando al avión, a Oktobriana-. Necesi¬taré traducción. No querría confundir el timón con un alerón.

-Yo piloto bien -dijo ella-. No habrá problemas.

-Ya lo comprobaremos sobre la marcha. Oktobriana, lleve sus maletas si quiere cooperar. -Le tendí uno de sus bultos-. Yo cargaré con las demás y con nuestro regalito...

-Trátelo con cuidado -dijo ella, abriendo la puerta.

-Jake, conduce a Mal. Ten cuidado con él, pero no utilices la fuerza mientras estemos fuera, ¿AO?

-¿Y si lo precisa? -preguntó Jake, frotándose los nudillos como para sacarles punta-. Si está dispuesto a sufrir, odiaría no cumplir sus deseos...

-Cuando estemos en el avión haz lo que quieras -estuve a punto de decir; me di cuenta a tiempo de que así le estaría dando rienda suelta-. Vigílalo con atención hasta que estemos a bordo -dije a cambio-. Sólo eso. Vamos peor de tiempo de lo que podemos permitirnos. En marcha.

La escarcha brillaba en las alas y el fuselaje; cuando el desconge¬lador se activó, al detectar nuestra aproximación, todo se fundió. Mientras cruzábamos la pista sospeché que Skuratov podía intentar escapar, por pocas posibilidades que tuviera, pero, tan impredecible como siempre, continuó caminando felizmente junto a Jake. La escalerilla de acceso bajó cuando nos acercamos.

-Certifique nuestro paso -dijo Jake, empujando a Skuratov, casi haciéndole tropezar. Subimos a bordo; tras conectar el cierre, escuché el reconfortante siseo de la presurización mientras la puerta se cerraba. Jake y Oktobriana ocuparon la cabina mientras yo ataba a Skuratov a uno de los asientos, tras coger una cuerda de plástico de la cocina.

-No tan fuerte -se quejó-. Me corta la circulación.

-Pronto fluirá, Mal.

La cabina se iluminó. El avión, a juzgar por el interior, podía pertenecer a cualquier megacorporación. No había ningún retrato del Gran Amigo.

-No habrá ningún problema para despegar -advirtió Skuratov-. Ni con los controles, creo.

-Bien.

-Tal vez haya algún problema para mantener el avión en el aire -sonrió. Cuando terminé de inmovilizarlo recorrí el pasillo. Cuando entré, Jake hizo un gesto hacia el cristal unidireccional que nos rodeaba.

-Nos observan con buenas lentes -dijo-. Mira allí, al borde del bosque.

Donde el bosque se encontraba con el campo de aterrizaje había varios observadores vestidos con el negro básico del Equipo Sueño, tan obvios como cuervos contra un cielo de verano. Observaban nuestro avión con resignado silencio, como si esperaran en el vestíbulo de una terminal el momento en que el avión de su amante se estrellara al despegar. No llevaban ningún tipo de armas evidentes.

-A juzgar por la pose y situación, no intentarán ningún asalto -dije, calibrando la distancia; al menos no sería un asalto interpersonal-. ¿El frente está despejado?

-Libre de micros -dijo él-. Seguro como el lecho de mamá. ¿Llevamos armas?

-La cuestión es si funcionan -dijo ella-. Los controles deben estar cerca. -Examinó los incontables diales, palancas, pantallas y botones de la gran consola-. El interruptor de arranque está aquí, Jake. Tienes delante la válvula de estrangulación. Aquí está el altímetro, y la inyec¬ción, y el timón. El radarscopio a la derecha. Aquí está el control de los alerones y ahí el del tren de aterrizaje. Ahí, los sistemas de seguridad.

-¿Qué potencia tiene? -Jake pulsó la ignición, y el motor empezó a gemir.

-Te lo diré cuando lo sepa, por favor -dijo ella; él se calló-. Estos dos interruptores, el azul y el amarillo. El azul es un lanzalla¬mas. El amarillo dirige las ametralladoras, hay doce, alojadas en dos grupos bajo las alas. Quinientos disparos por segundo.

Jake hizo una mueca.

-Habrá una traca poco gloriosa. ¿Cómo se ponen en marcha?

-Para disparar pulsa... -ella vio algo que no había visto nunca antes, a juzgar por la terminología empleada-. Esa cosa que chasquea. Es el interruptor básico.

-Ya veremos. ¿Preparado, Luther?

-Adelante.

El motor empezó a girar. Sonaba como un nido de avispas. Brotó humo de la cola, ocultándonos a los ojos de los mirones del bosque durante unos segundos demasiado cortos. Las vibraciones masajearon mis pies a través de las suelas de mis zapatos mientras nos remontá¬bamos hacia el cielo.

-¿Estarán esperando a abrir fuego hasta que alcancemos una buena posición? -preguntó Oktobriana; aquella idea me asaltó en el momento en que los vimos.

-Ya lo descubriremos -dije.

-Rumbo fijado -dijo Jake; hizo un gesto hacia atrás-, ¿Está bien atado?

-Como un pollo. -Hacía falta un minuto para que uno de aquellos enanos adquiriera altitud suficiente para ponerse horizontal. Tras remontar la nube que habíamos creado, dejando atrás el suelo ruso gris amarronado, escapamos de la telaraña de las copas de los árboles y miramos hacia abajo. Los chicos malos aún estaban parados al borde del campo.

-Empezarán a moverse cuando vean que no seguimos el plan de vuelo previsto. ¿Cuál era el destino programado?

-Yevtushenkogrado -dijo Oktobriana-. En el Círculo Polar Ártico. Un lugar terrible, según hemos oído siempre. Los más problemáticos van allí, y desaparecen como la niebla en la mañana.

Yo había oído historias de segunda mano; temblé al pensar en dar crédito a las oídas de primera y al imaginar la posibilidad de adquirir anécdotas personales..., imposible; la muerte más dolorosa sería pre¬ferible.

-¿A qué altura podemos volar dentro de la frontera sin que nos detecten?

-Si voláramos bajo el suelo seguiríamos apareciendo en sus pantallas -dijo ella-. Jake. Botón verde, el tercero a la izquierda, sexta fila. Púlsalo y ponnos en camino.

-Sube y rebasa la barrera del sonido en cuanto sea posible -dije yo.

Cuando Jake pulsó el botón dimos un tirón hacia arriba. Nuestra altura aumentaba a medida que nuestra velocidad se incrementaba. Mientras entrábamos en la opaca nube por encima nuestro leí las pantallas incomprensibles, y supuse que el aire se despejaría después de que alcanzáramos los ocho mil metros.

-¿Algo en el radar? -pregunté.

-Nada -dijo Jake. Estática con acento ruso brotó a borbotones por un altavoz oculto en alguna parte del tablero, arrasando el frío silencio de la cabina; es mejor ignorarla, pensé-. ¿Qué preguntan?

-Algunas personas no están felices con nuestra conducta -dijo ella-. Hemos violado la seguridad del espacio aéreo.

-¿Nada más? -pregunté yo-. Cuando nos descubran tirarán de la manta.

-Estoy segura de que ya saben nuestra identidad -respondió ella-. Los aviones no saltan del suelo al cielo en segundos. Seguro que vienen a por nosotros. Esperemos que nos persigan con modelos antiguos.

Oktobriana redobló sus esfuerzos para ayudar a Jake, con su espíritu iluminado de sano pesimismo. Dejando atrás la capa de nubes, salimos al mar claro y azul. Jake adelantó la válvula de estrangulación y nos nivelamos. Nuestra velocidad alcanzó el punto en donde la sensación de movimiento desaparece.

-¿Cuánto falta hasta la frontera?

-Veinte minutos para estar completamente a salvo -dijo ella-. Nos acercamos a mach uno. Prepárense. -El avión se estremeció cuando se produjo el estampido; volvimos a sumirnos en una aparente inmovilidad-. Si la velocidad puede aguantar, tal vez consigamos alcanzar... -Algo en el radarscopio interrumpió sus pensamientos-. Nuestros amigos están aquí.

Aparecieron a través de la ventana. A minutos de distancia, deslizándose como barracudas a través del agua, dos cazas rompieron el turbulento lecho de las nubes. Mientras se dirigían hacia nosotros, bajo la luz directa del sol, cegadores destellos de luz se reflejaron en sus aletas plateadas.

-¿Cuál es la velocidad máxima? -preguntó Jake.

-Mach tres, parece.

-¿Y la de ellos?

-Son los modelos más modernos -suspiró ella-. Mach doce. -Nuevos estallidos de estática rompieron nuestra preocupada paz. Oktobriana prestó atención y frunció el ceño-. Nuestro regreso inme¬diato les complacería -dijo-. De lo contrario nos atacarán al momento.

-Si aterrizamos, estamos perdidos -dije-. Sigue volando.

-¿No es amigo suyo también nuestro amiguito? -preguntó Jake, siguiendo las indicaciones de Oktobriana mientras ella jugueteaba con los botones del tablero.

-No desde que lo apresamos. Con su captura, pierde sus privilegios. Recuperarlo no les servirá de nada después.

Nuestro avión se sacudió cuando ellos pasaron a nuestro lado, uno por encima, el otro por debajo, manteniéndose a unos doscientos metros de distancia. Pasarían una vez más; si no había respuesta entonces, nos derribarían como a manzanas maduras.

Jake tendió las manos hacia la consola, dispuesto a defendernos.

-Enviemos nuestras disculpas.

-No tenemos alcance para una interacción a esta altitud -dije-. Esos aparatos son de la última tecnología. Podrían disparar a la luna desde el cielo. Es un callejón sin salida.

-Tenemos algo que ellos no tienen -dijo Jake; miramos a Okto¬briana. Los aviones giraron a la izquierda y se lucieron por penúltima vez antes de atacar. Parecía cuestionable que Alejine se hubiera visto en una situación más problemática. Oktobriana nos comprendió inme¬diatamente.

-¡Ustedes no saben! -dijo, tratando de ignorar nuestras miradas-. Es peligroso e impredecible. Nadie debería usarlo.

-El aparato de transporte -dije-. Su jefe lo usó.

-No debería haberlo hecho -contestó ella; saqué el aparato de la caja-. No podemos...

-Tres minutos más y seremos nubes y vapor -dijo Jake, soltando gas-. ¿Es eso lo que quiere?

-No comprenden...

Salí de la cabina, recogí mi abrigo del lugar donde lo había dejado y saque mi cam.

-Por aparato de transporte deduzco que podemos ir de aquí a cualquier parte, ¿no?

-¡Luther...! -Oktobriana se levantó y me siguió.

-¿Aún nos dirigimos a Norteamérica? -rió Skuratov al vernos-. Me temo que no llegaremos tan lejos. Siento la sacudida de los aviones al pasar. Acepte el destino, Luther. Ahora somos polvo, nada más.

-Todavía no -dije; el cassette se insertó con facilidad. La sonrisa de Skuratov se desvaneció cuando advirtió lo que yo intentaba hacer y apretó los labios. Oktobriana siguió intentando sin éxito arrebatarme la cam.

-No conoce la situación...

-Conozco esta situación. ¿Cómo funciona? Dígamelo...

-No. No puedo. Luther...

-¿Ellos serán transportados también?

-No. Todo lo contenido en los alrededores en un entorno cerrado. Nada más. Pero no podemos...

-No hay otra opción, Oktobriana -dije. Nuestros perseguidores volvieron a pasarnos, acercándose más en un curso repetido de forma que las corrientes arrojadas pudieran hacernos girar. Los oí surcar el cielo, incapaz de ver su giro cuando decidieran reaproximarse, trazar un rumbo y atacarnos-. Ojalá la hubiera. Dígame qué tengo que hacer.

Ella me miró durante un larguísimo segundo. Sus ojos casi soltaban chispas.

-Muy bien -dijo sin entonación, escogiendo deliberadamente las palabras-. Si no hay ninguna otra opción, entonces yo tampoco la tengo. Es muy simple...

-Luther -dijo Jake, su voz no más llena de miedo que de costumbre; era más suave, como si ese destino fuera lo que prefería en última instancia-. Se están preparando.

-Qué tengo que hacer...

-Pulse para rebobinar -dijo ella-. Nada más.

-¿Adónde nos trasladaremos? -pregunté; tenía dudas de última hora.

-No será como parece...

-¡Ahí vienen! -gritó Jake.

Como obligados por dedos de ángeles, mis ojos se cerraron cuando pulsé la tecla de rebobinar. Nuestro avión se sacudió como a través de una corriente de aire; a través de la piel de mis párpados cerrados discerní la cabina desaparecer dentro de una cegadora luz blanca, y en mi mente visioné la pintura del olvido cubriéndonos. Temiendo haber actuado demasiado tarde, reprimí los sollozos, negándome a dejar la vida con los ojos húmedos. Después de fragmentarse en incontables pedazos ardientes, con la explosión resonando en los oídos de nuestras almas, lo que éramos se convertiría en un silencioso granizo de chatarra y trozos de piel que caería sobre miles de tejados, sumiéndolos en un sueño sin preocupaciones que conduciría a otros sueños más tranquilos. Volví a mirar, y no sentí ninguna zambullida, ninguna ruptura. La luz se difuminó, y seguimos volando.

 

4

 

Skuratov estaba sentado tal como yo le había dejado, como si le gustara estar atado.

-¿Es un traslado en el espacio, señorita Osipova? -preguntó, sin advertir la sangre que le brotaba por la nariz-. El avión tal vez no esté convenientemente equipado para esa aventura.

El despegue, y la persecución en las alturas, me habían enervado tanto que cuando sus palabras alcanzaron mis oídos consideré que sus mofas estaban fuera de lugar; me giré para hacerle callar.

-Tranquilo, Luther -dijo, fingiendo horror, rebulléndose entre las cuerdas-. Lo de Jake es contagioso, amigo. Mi pregunta es razonable. Mire alrededor.

Tras la ahora tenue iluminación de la cabina, a través de las escotillas, no había nada más que el negro más profundo.

-Sania no habló de un efecto así -dijo Oktobriana, más para sí misma que para los demás. Al advertir que empleaba el diminutivo Sania, la forma amistosa de Alexander, reconsideré lo unidos que debieron estar en su trabajo, política aparte.

-¡Luther! -gritó Jake.

Antes de llegar a la cabina aún esperaba que el día iluminara nuestra ruta desde delante. Por encima del hombro de Jake, a través de la ventana, sólo vi lo mismo en una pantalla más grande: un cielo nocturno estrellado desde el cénit al horizonte; nubes continuas debajo, con sus crestas ensombrecidas por el brillo de la luna mientras cubrían el mundo.

-¿Quién se ha llevado el sol? -preguntó, anonadado, Oktobriana ocupó una vez más el asiento del copiloto, escrutó los diales e indicadores, introdujo órdenes en el teclado. Sin responder a Jake, continuó su monólogo consigo misma.

-No mencionó ningún cambio de lugar -murmuró-. Posiblemente sea debido al aumento de velocidad simultánea en el momento de la transferencia...

-Vaya transferencia -dije yo, expresando mis propias teorías-. Hemos recorrido dos terceras partes del mundo en diez segundos.

-¡Explícate! -ordenó Jake, con su habitual aplomo de permiso.

-Debemos estar en el Pacífico -dije-. No puede ser de noche en ningún otro sitio. ¿Cuál es nuestra altitud y dirección?

-Ocho mil metros -leyó-. Nos dirigimos al oeste, velocidad estable.

-Coordenadas a mano -dijo Oktobriana, interpretando los datos a medida que aparecían en la pantalla-. ¡Gospodi!

-¿Qué? ¿Qué aparece? -Ella ya estaba tecleando de nuevo, com¬probando-. ¿Dónde estamos?

-Las lecturas nos colocan en una longitud de setenta y seis treinta, latitud cuarenta y uno quince -dijo. No pude emplazar nuestra situación con exactitud, pero advertí la localización general.

-Imposible.

-Pero sigue siendo un hecho de todas formas -dijo ella- Todas las otras lecturas muestran una precisión intachable. Estas son sin duda las coordenadas actuales.

-Entonces, ¿dónde estamos? -preguntó Jake.

-Al este de Pensylvania -dije. En la máscara de su rostro no apareció de momento ninguna expresión.

-¿Cómo? -preguntó, los ojos fijos al frente, temeroso quizá de que mirar a los de Oktobriana aseguraría una confirmación-. Cuando des¬pegamos eran casi las doce por el reloj de Moscú. Mira. No hay sol por ninguna parte. ¿Al saltar kilómetros hemos saltado en el tiempo?

-¿Sabe usted algo? -le pregunté a ella.

-Es imposible, como está demostrado -contestó Oktobriana. y comenzó un nuevo monólogo entre dientes-. El ángulo de la Tierra cambia, evidentemente...

-Evidentemente-dije-. Desciende sin aterrizar, Jake. Necesitamos imágenes. Observa con atención el radar.

-Si Pensylvania está debajo, ¿no deberíamos girar y dirigirnos al este? -preguntó Jake.

-Contacta las emisoras de tierra mientras yo conecto con Alicia -dije-. Gira.

-¿Alicia? -preguntó Oktobriana, desplomándose en su asiento-. ¿Superior o esposa?

-Mi ordenador. Páseme el modem. -Ella me lo tendió, con aspecto de asistente de la morgue, sus cables anexos envueltos como serpientes a su alrededor. Perdí el equilibrio cuando Jake hizo dar la vuelta a nuestro avión.

-No la alcanzará -dijo Oktobriana.

-La señal de Alicia llega hasta Dios -respondí, librándome de los cables y enchufando por fin.

-Sigo sin contactar aún, Luther -informó Jake mientras yo intro¬ducía los códigos en el teclado, observando el monitor en busca de las señales azules-. La capa de nubes es como una hoja de plomo. Cuando las atravesemos, enviaré la señal hacia el cielo...

-Alicia -dije, rezando para que hubiera respuesta-. Alicia, QL789851ATM. Emergencia. Responde. Contacto esencial, Alicia. Atiende. -El color de la pantalla siguió siendo verde helado; ella, que lo oía todo, no dio ninguna respuesta-. Localízame, Alicia. Alicia...

-Cuando Sachenka pasó -dijo Oktobriana-, conservamos el con¬tacto hasta el momento en que concluyó la transferencia. Después, nada. Los mensajes cibernéticos no parecen pasar entre mundos.

-¿Mundos?

-Perdone la expresión -murmuró ella-. No hay forma de comunicar con sus ordenadores o con los míos desde donde estamos.

Sus palabras me sorprendieron pero, antes de que pudiera conside¬rarlas, caímos bajo las últimas capas de estratos; al otro lado del vacío parpadeaban un millar de luciérnagas, luces de casas y hogares. Me situé entre los asientos para poder vis mejor, agachándome para que mi cabeza no golpeara con el techo curvo y afilado, e intenté divisar resplandores más grandes. No lo conseguí.

-Luther-dijo Jake-, las coordenadas sugieren que tenemos debajo el Delaware Water Gap. -Apareció un río, con su superficie brillante a la luz de la noche.

-¿Dónde está la I-80? Si ése es el Gap, debería pasar por ahí mismo.

-Las conexiones son un lío, Luther. Escucha -dijo, subiendo el volumen de los auriculares; una estática rica en decibelios me atrave¬só-. ¿Demasiada actividad solar, tal vez? Un sonido parecido...

-Este mes está despejado -dije-. Prueba la FM. Debería aparecer Nueva York o Philly. Algún lugar lo hará. -Mientras buscaba las bandas, el ruido se convirtió en chasquidos eléctricos y zumbidos; ninguna otra cosa apareció-. Prueba la AM, entonces. Debe haber algo que se pueda oír. ¿La altitud es segura?

-Tres mil. Nada en el radar. -La estática nos asaltó de nuevo mientras él recorría de un lado a otro la banda de AM. A mitad de camino a lo largo del espectro, entre zumbidos y siseos, sonidos con un esquema controlado fluctuaron como rayos auriculares.

-Oktobriana, ¿dónde están los sintonizadores? Fíltrelos.

Ella empezó a teclear, golpeando un interruptor tras otro; Jake centró el aparato y lo mantuvo firme durante unos segundos hasta que logró alcanzar la transmisión. Incluso con todo despejado, los restos de estática anulaban todo menos vagos pasajes musicales, el sonido de notas perdidas que escapaban de sus acordes. Señales disonantes tronaron repetidamente, perturbando la señal que habíamos consegui¬do. Entonces, sin previo aviso, sonó una voz humana.

-... eso concluye la porción musical de nuestro programa -dijo la voz-, y. ahora, unas palabras de nuestro patrocinador. -Durante un momento pareció perderse de nuevo, y luego:

-Beeeeee.... ¿Una bocina?

-¡Ohhhhhhh! Salvavidas...

Luego el sonido se ahogó en la estática. El fragmento me inquietó, de un modo indefinible pero vagamente familiar. En una reunión de estrategia de alto nivel en Argentina, diez años antes, conocí a una técnica de VLF que se pasaba los días descifrando inacabables cadenas de números de localización enviados por los subs ocultos de su nación. Antes, había trabajado en Jodrell Banks y durante algunos años en los grandes observatorios del desierto de Nuevo México. Todas las noches me contaba anécdotas de sonidos insospechados reagrupados por aquellos que escuchaban la llamada constante del aire: historias de silbidos recibidos con señales de Aldebarán; números leídos a toda velocidad crepitando en longitudes de onda muertas, las que no eran usadas ni siquiera por las agencias de Inteligencia; gritos de guerra indios transmitidos desde la cara oculta de la Luna durante los vuelos Apolo. Por unos breves segundos en las tranquilas noches de invierno, me dijo, si las nubes estaban en posición, los observatorios capturaban a veces las ondas de programas de radio de otras décadas, que regresaban a su origen por una vez antes de ser rebotadas de nuevo al espacio entre las estrellas. La sensación que sentía cuando ella me contaba aquellos relatos era la misma que experimentaba ahora.

-¿Cómo estaba el combustible cuando despegamos? -preguntó de repente Oktobriana, sacudiéndome de mi ensimismamiento.

-Lleno -dijo Jake, mientras volvía a intentar sintonizar-. ¿Por qué?

-La luz roja que parpadea demuestra que está en servicio el tanque auxiliar.

-¿Auxiliar? -repitió él-. No hemos podido...

-Quedan veinticinco minutos de vuelo -dijo ella-. Reduce la velocidad.

-¿Podremos alcanzar Newark? -pregunté.

-Apenas. Si está allí. No tenemos ninguna evidencia de que así sea.

-Vuelve a pasar a onda corta, Jake. Busca cualquier respuesta. Sigue intentando. Oktobriana, es vital que hablemos. Salgamos de la cabina.

-Sí. ¿Estarás bien, Jake? -preguntó, pasándole la mano por el hombro; él asintió mientras se apartaba.

-Gracias -dijo.

Miré hacia el fondo del avión, a Skuratov. Permanecía en su sitio, bien atado. En la antecámara que separaba la cabina del piloto de la cámara la distancia y el sonido impedían que escuchara.

-¿Qué pasa aquí? -le pregunté a Oktobriana-. ¿Dónde hemos ido? Alejine debió detallar algo.

Ella apartó la mirada; empezó a hablar en voz baja, como relatando la progresión de un crimen.

-Antes de completar el aparato, Sachenka dio varios pasos para asegurar por completo la seguridad del equipo y la mía. Tras pasar los nueve meses anteriores supervisando la instalación adecuada de las espirales de Tesla esenciales para el proyecto, pude descansar.

Espirales de Tesla, otra vez...

-Las espirales servían para dar energía al aparato de una manera que Sania no contó nunca. Descubrimos enseguida la presencia de este otro... lugar. El plan original era hacer que otros cruzaran. Pronto descubrimos que sólo podrían trasladarse desde aquí si alguien entraba para traerlos.

Un secreto apareció entre sus enigmas: Sachenka, término que había utilizado ahora dos veces ya, era una forma de nombre muy familiar.

-Dijo que sería el conejillo de indias en la prueba, y lo fue. Entró en un compartimiento construido a propósito y pasó a las cuatro de la mañana. Yo era la única presente. Volvió según lo planeado, pero no hasta la medianoche del día siguiente, mucho más tarde de lo previsto. Yo estaba muy preocupada. Cuando regresó, parecía que hubiera visto el rostro de Dios, si hubiera Dios. Se quedó despierto toda la noche, sin hablar, aunque yo insistía en escuchar. Por fin dijo que tenía que regresar. Dijo que había cosas que tenía que hacer.

-¿Qué cosas? -pregunté-. ¿Dónde emergió?

-No contestó a ninguna de mis preguntas. Durante cinco días se encerró en su estudio con los dos aparatos que habíamos fabricado. Cuando salió al sexto día me dio el que ahora tenemos, que dijo que había ajustado. Cogió el otro y regresó al compartimiento conmigo aquella noche, a última hora. Habíamos eliminado a nuestros espías hacía tiempo, pero seguíamos tomando precauciones. Me dijo que volvería en tres semanas. Y que, si entonces no regresaba, yo debería coger el aparato que quedaba y ocultarme todo el tiempo posible. -Suspiró-. Como sabe, no regresó. Krasnaia envió gente a buscarlo. Dijimos que había estado expuesto a un virus peligroso y que estaba aislado. Era una tontería de historia, pero ellos fingieron creerla.

-¿Pero dijo dónde fue? -pregunté, casi suplicando-. ¿Dónde hemos ido nosotros?

-Él no hablaba en acertijos con frecuencia, pero cuando le pregunté lo hizo. Dijo que nadie debería ir. Si alguien lo hacía, encontraría una bestia aterradora fácil de domar, dijo. Después de que la bestia fuera domada, añadió, mudaría su piel por sorpresa y mostraría nueva forma de dragón...

-¡Luther! -gritó Jake, interrumpiéndonos-. Contacto establecido. Regresé a la cabina y volví a mirar el indicador de combustible.

-¿Tenemos tiempo de aterrizar?

-Casi lo justo. -Tras contestar, conectó su micro-. Solicito permiso para aterrizar, directiva principal prioridad Dryco. Nos acercamos para descenso en vertical según rumbo guía. Requerimos directrices en relación a situación. Cambio.

-Aquí Campo Holmes -aulló una voz nasal cuya claridad me sorprendió. El nombre de un campo así me era desconocido; me pregunté si no sería una de las pistas ocultas de Long Island-. Por favor identifíquense usted y su aeroplano. Cambio.

-Vuelo sin codificar, origen Moscú. Prioridad Dryco. Cambio.

-¿Moscú, Idaho? Cambio.

Un fino resplandor rosado silueteó la larga línea del horizonte; la ciudad de Nueva York. Ninguna luz señalaba el emplazamiento del Newark International.

-Negativo. Moscú, Rusia. Crisis de combustible cercana aproxi¬mándose estado mayday. Aviso aproximación, entro ruta acercamiento antes de descender. Cambio.

-¿Rusia? -preguntó la voz-. ¿En qué está volando? Cambio.

-Aquí Campo Teterboro -dijo otra voz, interrumpiendo-. Identifíquense usted y su aparato. Cambio. Jake inspiró profundamente.

-Aconsejen aproximación adecuada inmediatamente. Nombre de piloto no esencial sin plan archivado pro forma. Instrumento GBL97 alas de molino, modelo VTOL A741...

-¿Qué? -preguntó nuestro primer contacto-. Hable inglés, hombre.

-¿Destino del vuelo Moscú, Rusia? -preguntó el segundo-. Está fuera de rumbo, amigo...

-¡Estamos sin combustible! -dijo Jake en voz alta-. Tanque seco. Emergencia total directa a situación mayday. Aconsejen aproximación adecuada. ¡Cambio!

Un tercer interlocutor, más brusco, interrumpió.

-Aquí Campo Floyd Bennett. Eh, ¿qué demonios es esto? Jake se palmeó la frente y cerró los ojos.

-¡Prioridad Dryco! -gritó, como haciendo llover ley-. En línea, Newark, ¿comprendido? Responda, Newark, responda...

-¿Cómo ha entrado en este canal? -preguntó nuestro último corresponsal-. Es un canal del ejército, hijo de puta, salga de las ondas. Cambio y cierro. -Apagó. Jake dio un puñetazo al tablero, propiciando un inofensivo ramillete de chispas mientras la radio chasqueaba. Extendí la mano y lo sujeté por los hombros.

-Estoy perdiendo el control, Luther-dijo; parecía envenenado, los músculos tensos-. Odio perder el control...

-Observa el radar y el localizador. Cuando divisemos el estadio, desciende en el aparcamiento. Si ves Newark...

-No aparece ninguna señal -dijo él, rojo como el indicador de combustible-. Mantendré esta altitud hasta que llegue al centro y luego bajaré lentamente.

-¿Lo conseguiremos?

-Tal vez. ¿Tu amigo está seguro? Interrumpe su soledad. Las mentes ociosas agitan ollas hirvientes.

-Tendré que desatarle por si se produce algún problema al aterrizar.

-Manténlo esposado.

-¿Cuánto falta? -Se distinguían unas torres separadas entre las siluetas de la ciudad.

-Tres minutos. Dos. No lo sé.

Oktobriana se sentó junto a él, ansiosa por calmar y consolar, por animar la oscuridad de su rostro. Mientras recorría el pasillo en dirección a Skuratov éste me miró, sonriente. Su expresión estaba tan llena de habilidad y traición malgastada que no pude contener el deseo de acuchillarle.

-Prep para aterrizar, Mal -dije, arrodillándome junto a él. Desaté las cuerdas que aseguraban sus rodillas y tobillos-. Puede que sea duro. Podría volver a atarle en una posición más incómoda...

-Sus superiores recibirán quejas por tratamiento indebido -dijo él-. Violaciones estándar de los derechos humanos. ¿Dónde estamos ahora? ¿En Suiza? Checoslovaquia tal vez, si tengo suerte. Hemos recorrido un buen trecho en la oscuridad.

-Estamos llegando a Nueva York -dije, observando cómo alzaba las cejas por encima de sus brillantes ojos. Cuando desaté su estómago jadeó, respirando libremente.

-Vaya aventura -dijo-. ¿Es posible viajar tan rápido?

-Debimos tener buen viento de cola.

-Entonces la máquina funcionó muy bien. Debe sentirse orgulloso del gran éxito de la misión.

-Mucho -dije, desatándole el pecho; sólo quedaban dos nudos que sujetaban su cuello-. Su fracaso, desde luego, se añade a nuestro éxito. Encogió sus hombros ahora libres.

-De modo que aterrizaremos y me entregará a una de las muchas Lubiankas americanas. No soy más que un dilettante en estos asuntos y no tengo nada de interés que contar. No me preocupa. Norteamérica no es una nación que torture con frecuencia hasta la muerte.

-Hasta la muerte no -accedí, desatando el último nudo-. Los del Equipo Sueño no son más que niños jugando si es usted un buen ejemplo, Mal...

-¿Bueno? El mejor -dijo. Tras asomar la mano izquierda, que tenía a la espalda, destelló una muñeca ensangrentada y una mano cuyo dedo pulgar estaba extrañamente doblado hacia dentro. De alguna manera, se lo había roto para liberar su zarpa y sacarse la esposa antes de que se hinchara. Golpeó con la derecha, las esposas todavía colgando de la muñeca, y me hizo caer de bruces en el asiento. Mi visión se tiñó de rojo; le oí moverse, y parpadeé para apartar la sangre a tiempo de verle aterrizar sobre mí mientras me debatía para incorporarme. Lanzó las esposas hacia abajo, hacia mis ojos. Ladeé la cabeza y no vi más que un destello.

-¡Jake! -grité-, ¡Ayuda!

Se retiró; sentí el calor consolar mi frente, le vi dirigirse hacia la Shrogin, que yo había dejado en el otro extremo de la cabina. Para detenerle, caí hacia delante, fallé por poco, lo agarré por una pernera y lo derribé al pasillo. Sus zapatos bicolores me golpearon bajo la barbilla mientras le aferraba. Me pateó repetidamente, pero nunca me alcanzó por completo.

-¡Jake!

Los dedos de Skuratov, extendidos, rozaron el arma, la atrajeron hasta que pudo cogerla. Se la echó al hombro con rapidez, se liberó de una patada, rodó, la levantó y apuntó en mi dirección. Me zambullí en el espacio entre dos filas de asientos. Nunca supe si con el calor del momento olvidó los rápidos efectos de la descompresión, o si ya no le importaba; lo segundo creo, pues nunca me pareció un aficionado. Antes de que pudiera disparar una segunda ráfaga fue alcanzado por el pie de Jake que aterrizó en la base de su cráneo.

-¡Idiota! -gritó Jake; Skuratov cayó hacia delante mientras el avión siseaba, perdido su aliento; su descarga había agujereado la pared. Aparté las mascarillas de oxígeno que danzaban a mi alrededor, pues no vi necesidad de usarlas a tan baja altura. Sin embargo, el efecto de la descompresión sólo nos enviaría antes y con menos control hacia el suelo.

-¿Qué pasa? -gritó Oktobriana mientras nuestro ángulo se inclina¬ba progresivamente; la canción del motor ascendió cinco octavas. Jake arrojó la Shrogin de Skuratov a la antecámara; arrastró a nuestro amigo y gritó instrucciones a nuestra aviadora.

-Conecta los estabilizadores. Planea. Corta el motor y deja caer el tanque si hay tiempo. Pasa entre los edificios si puedes.

Entonces Jake golpeó a Skuratov contra la pared dos veces, como para partirle el cráneo. Mientras sentía mi cabeza dolorida, seguí mirando con ojos de forastero, calmado por la visión de la sangre recién derramada, contemplándola como en la presentación preliminar de una película. El avión se puso en horizontal para descender; Jake dejó caer a Skuratov. En medio del temible silencio de los motores parados oí el sonido de sus esposas arañando el suelo. Jake abrió la puerta lateral. Con la presión equilibrada no se produjo ninguna sacudida cuando apareció el mundo de allá fuera. Jake alzó a Skuratov con una mano, agarrándose al marco de la puerta para no perder el equilibrio.

-¡Fuera! -chilló con voz aguda-. ¡Vuela!

-¡No...! -gritó mi voz. Pero, aunque hubiera suplicado, no podría haber habido ningún cambio. Skuratov desapareció. Jake golpeó las paredes, como lamentándolo. Chocamos con algo, y rebotamos una vez más en el aire. Había tantas estructuras por allí que no tuve ninguna duda de que una de ellas nos detendría muy pronto. El impacto fue como caer desde las alturas en un pajar; no fue tan grande como lo que yo esperaba, pero sí lo suficiente como para enviar a Jake hacia delante mientras yo caía al suelo. Precipitándose hacia el suelo, girando como en un desfile de carnaval, el avión rozó algo bastante más que suave. Mientras mis pensamientos corrían libres oí el sonido recono¬cible de una salpicadura, un abrazo líquido, el beso del agua.

 

 

La consciencia regresó unos minutos más tarde; vi a Jake tamba¬leándose pasillo abajo, con Oktobriana al hombro, el brazo izquierdo colgando. Las luces de emergencia cortaban la bruma de la cabina; el olor a ozono suavizaba el humo como la fragancia de un vestíbulo. El avión estaba inclinado hacia delante en un extraño ángulo de treinta grados. No aprecié ningún fuego; el humo era a todas luces eléctrico, y no parecía haber peligro de asfixia.

-Luther -dijo, al ver que me levantaba; sacudí la cabeza, coloqué los sentidos en su lugar correcto-. ¿Estás movible?

-Claro -dije. Las piernas me fallaron cuando me dirigí al pasillo. Mis vértebras parecían haber sido suplantadas por ásperos ladrillos sostenidos por capas de piedra.

-Agárrate y recupérate. No es probable que estalle, pero no quiero correr el riesgo. -Sentó a Oktobriana con movimientos delicados, cogiéndola por los hombros con cuidado. Su mano izquierda seguía colgando. Ella murmuró suaves frases en georgiano. Tras apartar las maletas más cercanas, Jake le acarició la cabeza y le alisó el pelo.

-¿Cómo está? -pregunté, notando que mi equilibrio regresaba.

-Supongo que contusionada. -La arropó con las mantas-. Un milagro que esté preservada. Le di una buena dosis de extamyl. Eso la sedará. -Su cara brillaba como iluminada por llamas-. Lo esencial es impedir el shock. La única seguridad es hospitalizarla.

-¿Sus otras maletas están delante? Asintió, mirándome de arriba abajo.

-A juzgar por el flujo, necesitarás puntos.

Mientras recorría el pasillo me llevé la mano a la cabeza, y sentí como si me hubiera pasado un cuchillo por el cerebro; sin embargo, comprobé que mis heridas no eran grandes y que habían dejado de sangrar.

-¿Qué te pasa en el brazo? -pregunté cuando encontré la maleta perdida.

-Hombro dislocado -dijo él; al contemplar sus pálidos rasgos, tensos como si estuviera embalsamado, vi que su cara mostraba aún más falta de sangre que de costumbre-. Salgamos primero. Ayúdame, lo encajaremos cuando estemos fuera. ¿Qué requieres, Luther?

-Mi cam. Desaparecida.

-¿Desaparecida?

-Debió cogerla cuando se levantó. Se la quedó. Cuando me golpeó la primera vez, le oí recoger algo. -Hice a un lado destrozos y no recuperables, esperando que reapareciera.

-Entonces desapareció con él -dijo Jake, y miró hacia la puerta-. No estábamos demasiado alto cuando lo eché a volar. ¿Se llevó el trazador que sostenías?

-No. -Palpé en mi bolsillo, lo saqué y lo conecté. Dos puntitos parpadearon en la pantalla: el de Oktobriana y el de él. Bajo la pantalla, el verde brillaba.

-¿Sobrevivió?

-Eso parece. Si lo hicieron la cam y el aparato es otra cuestión...

-No importará -dijo Oktobriana, rebulléndose bajo las sábanas, la cara del color de la escarcha.

-¿Por qué? -pregunté.

-Sania ajustó el cassette que yo tenía. En caso de captura y abuso por alguien inapropiado.

-¿Lo ajustó cómo?

-Nos trajo aquí. No nos devolverá. -Jake y yo nos miramos mutuamente durante un momento.

-¿Podría reajustarlo? -pregunté; si aún lo tuviéramos, debí haber añadido.

-No lo sé. Sania era el único que elaboró el principio final.

-Parpadeó rápidamente, como haciendo señales-. Su paranoia causó grandes discusiones entre nosotros...

-¿Por qué no dijo...?

-No había otra opción en el momento de usarlo -dijo ella, apenas audible-. ¿Correcto? Su opinión. La mía. Vivimos bajo decisiones inevitables...

El extamyl hizo efecto; asintió y durmió. Por el momento había mucho que hacer y nada que pudiera saberse todavía. Jake le apretó la mano como para calentar un gorrión caído, para que así no tuviera frío cuando muriera.

-Duerme -dijo, envolviéndola mejor en la manta-. Duerme ahora.

-Tras un momento de silencio, se echó a reír.

-¿Qué pasa? -pregunté, deseando estar en casa, sabiendo que no lo estaríamos pronto.

-El truco de tu amigo le salió por la culata -rió, refrenando su carcajada cada pocos segundos, cada vez que el dolor del hombro le abrumaba-. Sin duda esperaba dejarnos aquí aislados y volver a la gloria.

-Estamos aislados -le recordé. Jake, prescindiendo de la sobriedad de la lógica, me ignoró. Dadas las circunstancias, su reacción era seguramente la más sabia-. Tenemos que acudir a un hospital. Él se quedará donde cayó, sin duda. Volveremos a por él. ¿Tienes la Shrogin? -Con la mano libre, la mostró dentro de su abrigo-. Yo me encargaré de las maletas. Cógela. Vamos a salir.

Jake cogió a Oktobriana con una mano por debajo de las caderas y recorrió el pasillo hacia la puerta; le seguí, cargado con las maletas. Tenía calor, así que dejé atrás el abrigo, calculando poder recuperarlo más tarde. Entraba agua por los lados; el aire, como en una sauna, nos llenó de súbito sudor. Jake se asomó y se detuvo en seco, la sonrisa desaparecida.

-Jodido O'Malley... -dijo, y apenas pude oírle. Miré. Hasta el horizonte no se veía más que un océano de olas verdosas sobre las que nuestro avión flotaba como una gran ballena varada. La brisa de la noche las agitaba, produciendo notas modales; los insectos zumbaban y chirriaban como en el sueño de un entomólogo. Tras meter el pie en el agua hasta los tobillos, miramos a nuestro alrededor. En dirección sudoeste, un profundo tono naranja revelaba el cielo envenenado de Newark; hacia el este, tras el risco que salvaguardaba los puertos de Jersey de un ataque por tierra, se alzaba el Empire State. En dirección al sur, a kilómetros de distancia, distinguí un viaducto que se alzaba sobre el pantano infinito. Un tren circulaba por él, aullando su advertencia; la llamada hendió la oscuridad con un gemido largo y sibilante, que se repitió a través de la noche húmeda y tranquila. Hacia el norte, a unos cuantos cientos de metros de distancia, había una carretera iluminada; el zumbido de los coches al pasar brotaba de su cuerpo como un aliento. En lo alto, la luna llena arrojaba sombras sobre el pantano. Medí la distancia por el Empire State (algo en su aspecto estaba mal, aunque no supe decir qué), y calculé que el lugar donde nos encontrábamos debería estar ocupado, según lo que sabía y ahora no parecía más que un sueño, por la uniestructura del aparcamiento de veinte pisos de PriTel.

-¿Dónde hemos llegado? -preguntó por fin Jake.

-A casa -dije, deseando contener todo tipo de especulaciones hasta que tuviera más datos-. Allí está Nueva York. Esto debe ser Jersey. Estamos en Fíats Preserve...

Es decir, los viejos Jersey Fíats que quedaban, conservados por el gobierno como parque público, donde los residuos enterrados hacían que las hojas tumurosas fueran especialmente densas.

-He estado aquí -dijo Jake-. No es lo suficientemente ancho para pasar.

-La carretera está allí. Acerquémonos. Vayamos rápido a la ciudad. Jake dejó a Oktobriana en el ala del avión, se apoyó contra el fuselaje y suspiró.

-Necesito una reparación -dijo-. Coge mi brazo. Apoya bien los pies para equilibrarte. Yo me muevo, tú tiras.

-No lo soportarás.

-He tomado doscientos milis de diodín del botiquín. El dolor está controlado. Prep y actúa, Luther; tienes experiencia.

Con diodín o sin él, se metió una bala entre los dientes antes de que actuáramos, rápidamente, como si yo no pudiera verle. Hizo una seña. Tiré. El seco chasquido aseguró nuestro éxito. Sus labios se mantuvieron tranquilos durante la transacción.

-¿Estás AO? -pregunté; él asintió. Con el brazo bueno se tocó el lastimado.

-Ya me ha pasado antes. Después de que ella sea hospitalizada, haré que lo miren. Movámonos.

Tras comprobar el aspecto, la respiración y la temperatura de Oktobriana, la alzó con una mano; yo me debatí con las maletas sobrecargadas, abriéndome paso por entre los juncos, mientras notaba cómo mis pies resbalaban en el barro. Después de treinta metros, el traje blanco de Jake estaba negro del cuello a las perneras. Los mosquitos engordaron a costa de nuestra carne mientras chapoteába¬mos entre las cañas que crecían hasta la altura del pecho.

-Supongamos que Alejhine -como siempre, Jake pronunció mal el nombre- está en Rusia. ¿Lo buscamos?

-Tendríamos que hacerlo. Está implantado. Debería ser fácil de localizar una vez lo tuviéramos dentro de nuestro alcance.

-Si recuperamos el aparato que teníamos, ¿crees que ella podrá readaptarlo?

-Parece que su jefe es el que tiene la última palabra en ese asunto -suspiré-. Sin embargo, es posible. Creo que es nuestra mejor posibi¬lidad. Ojalá pudiéramos buscarlo esta noche.

-Ella podría morirse -dijo Jake-. No tengo visión de rayos-X para examinar su interior -me pregunté si habría serpientes por los alrede¬dores; deseé poder llevar botas donde poder meter los pantalones-. No estábamos ni a veinte metros de altura cuando lo tiré. Si cayó bien, debió hacerlo como en una esponja. -Jake sacudió la cabeza para librarse de la mordedura de los mosquitos, aunque sólo durante un segundo-. Si no hubiera dejado que las emociones actuaran, no lo habría tirado...

-Inevitable, Jake. Lo hecho, hecho está.

-Siempre evitable -murmuró él. Vi que el hecho de que hubiera permitido que sus sentimientos entraran en su acción más sacrosanta le rasgaba, aunque tal sentimiento sólo hacía más espectacular su acción.

-Si aún está viable, emergerá a tiempo. Si no, regresaremos a recogerlo. Por ahora....

-Necesitamos reparación.

-Exacto. Todo lo que podemos hacer esta noche es tocar de oído. -Jake alzó la cabeza y examinó el cielo-. Este calor me mata -dije; lo que no empapaba el pantano lo hacía el sudor-. ¿Qué miras?

-Las estrellas de verano -dijo él-. Falta Orion. Y también Hidra y Géminis. Allí están Escorpio, Libra y Hércules. Yo diría que estamos a finales de junio...

-Es marzo.

-Aquí no.

Encontramos un nido; una bandada de pájaros salió volando ante nosotros, a dos metros de distancia, poniendo mi corazón a todo ritmo. Poco después llegamos al seco terraplén de la autopista y lo escalamos. Dadas las circunstancias, un descanso era esencial cuando llegáramos arriba; lo que vimos nos dejó de piedra.

-Esto no es -dijo Jake, arrodillándose, apoyando con cuidado a Oktobriana contra un poste-. No puede ser, Luther...

Nos hallábamos ante una carretera de macadán que contenía cuatro carriles estrechos y vacíos. La valla contra la que dormía Oktobriana no era más que una serie de cortos postes de madera colocados en dirección este, conectados unos con otros por tres cables de acero. Una divisoria de hormigón a la altura de la cintura separaba la carretera. Por el borde de ésta se alzaban hileras de dos tipos distintos de altos postes de madera. De los postes asomaban largos tubos de metal unidos en ángulo recto, y enganchados a sus extremos había globos de baja potencia. En lo alto de cada uno de los postes más altos había fijados dos travesaños; entre los postes, unidos a los travesaños por pequeñas caperuzas de cristal, se extendían docenas de cables. De sus filamentos se alzaba el zumbido de un millón de insectos cantando. Un cartel en uno de los postes decía RUTA 3 Weehawken 7 Mi. Nueva York 9 Mi. La Ruta 3 que nosotros conocíamos albergaba veintidós carriles de tráfico interminable. Otro cartel llevaba un símbolo sin palabras: un pacificador naranja y una sola piedra, silueteada en negro, con una flecha de dirección debajo. Más allá, el pantano continuaba en la oscuridad. En el terraplén encarado al este había un gran tablón, con las planchas de madera libres de pintura, el anuncio recién pegado. En él aparecía una cara extrañamente familiar, históricamente insituable. Al fondo estaba la Casa Blanca, brillando como si ardiera. CADA HOMBRE UN REY, decía el texto.

-La causalidad lo prohibe -dije, intentando convencer más que aclarar-. Es imposible.

-Pero cierto -respondió Jake. Al mirar de nuevo al Empire State, desaparecido ahora el bloqueo del sentido común, divisé de pronto la diferencia que faltaba. Faltaba la torre de televisión; el edificio se alzaba como una hipodérmica sin aguja. Tras barrer con la mirada, vi más ausencias considerables: las Torres Trade, Battery Spire, Battery Park, One Coliseum, Cititower, Lincoln Park..., todo había desaparecido.

-Estamos desconectados, Luther.

Por la carretera, desde el oeste, dos delgadas columnas blancas iluminaron el camino. Mientras el coche se acercaba me puse al lado de la carretera, con la intención de hacerle señas para que nos recogiese; la ansiedad me hizo colocarme a un lado para así poder calibrar de cerca el aspecto de los locales antes de que se produjera un contacto directo. El coche pasó, y su conductor apenas nos dirigió un segundo de atención. Estábamos situados directamente debajo de una de aquellas tenues luces; cuando el vehículo pasó junto a ella, me extrañó ver algo tan viejo parecer simultáneamente nuevo y usado. El coche parecía una colosal chinche de la patata, con su bulboso abdomen, su estrecho tórax y sus ojos grandes y redondos; su color se mostró brevemente como amarillo apagado. Una antigualla en nuestros días, con el valor de la recompensa de un rehén; aquí, parecía como si hubiera estado aparcado demasiado tiempo bajo la lluvia. Las luces traseras se perdieron hacia Nueva York.

-Haz señales al siguiente, Luther -dijo Jake, agachado junto a Oktobriana, los pantalones remangados por encima de la rodilla mientras se quitaba las sanguijuelas de las piernas-. Necesita un médico con rapidez.

-A todos nos vendría bien -dije-. Pero tenemos que hacer las cosas con propiedad.

-¿Propiedad para quién?

-Para nosotros. Y para ellos. Si estamos donde parece, es esencial parecer circunspectos de palabra y obra.

-¿Con qué propósito? -Se quitó una última hebra negra de la piel-. A sus ojos, seguramente seremos como nieve sobre el hielo.

-No tiene por qué. Nuestro aspecto puede parecer extraño en estas inmediaciones, probablemente en formas imprevisibles. No queremos que nos recluyan sin juicio. Podríamos parecer el sueño de un manicomio y ni siquiera saberlo.

-¿Recomendaciones, entonces?

-Mantente tranquilo. No reacciones según tu entrenamiento. No muestres sorpresa ante su conducta, o sus herramientas, o sus costum¬bres. Muévete sin rudeza o sorpresa. Son órdenes, no sugerencias, Jake.

-¿Actúo como si repasara un escenario de la Tercera Guerra?

-Eso es. Estamos en días inocentes, Jake. Recuerda que podemos resultar peor parados que ellos.

-Nuevas luces, Luther. Señala.

Me dirigí al camino de grava y abrí los brazos, haciendo señas a los que se acercaban. Un camión pasó a toda velocidad, dejando detrás una oscura nube de miasmas; su cargamento de botellas de cristal se sacudió, temblando unas contra otras y contra las paredes de madera del vehículo. Otros dos coches le siguieron; el armazón de uno fluía en una curva continua de un guardabarros a otro, su sinuoso cromo diseñado aparentemente a capricho del viento; el otro era viejo, y parecía un barco desterrado del mar mientras avanzaba sobre sus abultadas ruedas. Su techo de rasgada tela cubría a sus pasajeros como una vela caída.

-Uno debería de haber parado -dije, mientras desaparecían.

-¿Para ser asaltados por ladrones nocturnos? -preguntó Jake-. Sin duda tienen miedo. ¿Qué otra cosa puede esperarse del rey del terror?

-Deja de proyectarte, Jake -dije-. No hace falta aumentar nuestra paranoia.

-Sabias palabras, estoy seguro. Ahí viene otro.

Me adelanté de nuevo e hice señas; el conductor cambió de luces como diciéndome hola. Contento al ver que tenía razón, me volví hacia Jake, sólo para ver que se retiraba junto con Oktobriana tras la baranda. El coche dio un bandazo y aceleró; sus neumáticos lanzaron grava hacia donde yo estaba antes de que yo mismo me tirara colina abajo y acabara rodando a salvo en la base del terraplén. Los del coche se rieron y se marcharon; oí gritos insospechados.

-¡Negro! -dijeron-. Para que aprenda.

La bilis ardió en mi garganta mientras contenía mi dolor y volvía a subir a la carretera, tiritando con un sufrimiento nuevo que sacudía viejas heridas. Jake y Oktobriana habían regresado a su lugar; él no parecía sorprendido. La carretera estaba de nuevo tranquila y silencio¬sa, un río congelado por la noche.

-¿Has visto? -pregunté-. ¿Has oído?

-Tal como advertí-dijo Jake-. Los perdedores surcan las carreteras de noche. Luther.

-¿Oíste lo que dijeron?

-Se acerca otro -repuso, observando el blanco brillo del horizonte. El que llegaba no necesitó ningún gesto para detenerse; redujo velocidad mientras pasaba, paró el coche a unos doscientos metros carretera abajo y dio marcha atrás.

-Prep, Jake-dije.

-Estoy prep y dobleprep -repuso él, metiéndose bajo la chaqueta la mano buena, montando guardia ante el pequeño bulto de Oktobriana. El coche se detuvo bajo la luz y paró el motor. La carrocería se alzaba como un cuchillo de los enormes parachoques, curvándose sólo en los guardabarros, techo y maletero. La matrícula, unida a un soporte encima de la luz trasera izquierda, decía Feria Mundial de Nueva York 1939. La puerta del conductor se abrió por la parte delantera, en vez de por el centro, permitiéndonos ver a éste cuando salió. Un débil clic me advirtió que Jake había retirado el seguro.

-¿Necesitan ayuda, amigos? -preguntó el hombre, con profunda voz de barítono. Bajo su fina chaqueta, bajo el ala de su sombrero oscuro, demostraba ser alto, ancho y negro. Un bigotito parecido a una oruga dormía encima de su labio superior.

-Esencial -dije-. Necesitamos cuidados médicos. Asístanos, por favor.

-Hospitaléenos de inmediato -pidió Jake. Oktobriana gimió mien¬tras la tranquilidad de la droga se desvanecía. El recién llegado nos observó, sin moverse ni temblar, como si posara para un retrato.

-¿Tienen a una mujer con ustedes? -preguntó-. ¿Intentan violar el Acta de Mann o qué? Van a meterse en un buen lío. Jake se enderezó, aún escondiendo las manos.

-Transpórtenos. Le duele mucho. Ayude ahora o nunca.

-¡Jake! -dije, con la esperanza de impedirle hacer nada-. Hospi¬taléenos si es posible, por favor. Le pagaremos. Es urgente dobleveces.

Una risa rompió la cera de su cara; ¿era mi aspecto o lo que le decía? Temí ser demasiado evidente.

-Soy médico -dijo, arrodillándose junto a Oktobriana. Tomó su muñeca para comprobar el pulso y le dio unas palmaditas en la cara para sacudirla-. Señorita, ¿puede oírme? ¿Qué le pasa? ¿Me oye?

-Da -murmuró ella sin abrir los ojos, como un cachorrillo recién nacido-. ¿Govoritie li vi porusski?

-¿Rusa? -dijo el hombre-. Santo Dios. Ya govoritie -contestó-, un poco.

Ella volvió a dormirse, y la conversación terminó. El hombre la atendía: le pasó las manos por el cuello, le tocó los pies, tiró de sus orejas. Tras sacar una pequeña linterna, apuntó a sus dilatados ojos.

-No tiene huesos rotos -dijo, apretando suavemente su abdomen, al parecer buscando su hígado-. Parece que ha recibido un buen golpe en la cabeza. ¿Qué sucedió?

-Un accidente -dije-. Somos viajeros.

-¿Qué clase de accidente?

-Nuestro avión cayó. Ahí fuera.

El hombre escrutó el pantano durante unos instantes.

-Creo que ya veo. -Se aupó con gracia de gordo-. Tiene una leve concusión. Un shock liviano, como era de esperar. ¿Cuándo fue el accidente?

-A y media -dijo Jake.

-¿A y media de cuándo? Es una buena cosa que la hayan mantenido abrigada. No debería tener problemas, siempre que la llevemos pronto a la ciudad. -Como para autoflagelarse, se dio tres rápidos golpes en el cuello-. Malditos mosquitos. Cogeremos malaria en este maldito pantano. ¿Qué hay de ustedes dos? Parece que también han recibido una buena paliza -dijo, alumbrándome la frente con su linterna, observando mis cortes y chichones- ¿Le duele en algún otro sitio?

-En todas partes, pero nada de importancia -dije-. Jake se dislocó el hombro, pero lo reajustamos.

-Mierda. ¿Y está andando? -le preguntó a Jake.

-El diodín contiene agentes antishock. Si me siento un rato me fundiré en negro. Es necesario estar de pie durante los primeros quince minutos.

El hombre parecía aturdido; posiblemente las palabras de Jake le confundían.

-Son ustedes un grupo raro. Tuvieron suerte de lograrlo. ¿A qué altura volaban?

-Planeamos hasta el suelo -dije-. Caída libre, o casi.

La voz del hombre parecía fascinada; me pregunté si le parecíamos tan extraños como él lo era para mí. La forma en que formaba sus frases, su extraña pronunciación, su tono, todo me sorprendía.

-Hemos surcado duros caminos -dije-. ¿Estamos cerca de un hospital?

-Iremos a mi consulta -dijo él, poniéndose el sombrero, quitándose la chaqueta y mostrando una camisa empapada. La línea de su camiseta se remarcaba-. Un pajarito me dice que puede que no quieran encontrarse con demasiados desconocidos ahora mismo. ¿Es una buena suposición? Échenme una mano para meterla en el coche. Ya nos las apañaremos después. ¿Ésas son sus bolsas? Métanlas en el maletero. ¿Cómo rula, hermano? •

-¿Disculpe? No comprendo.

-¿Cómo se llama? -preguntó él; parecía enojado.

-Luther. Ése es Jake. Ella es Oktobriana.

-Vaya -dijo-. Malditos rusos. Una vez conocí a uno que se llamaba Gloria de la Revolución. Soy Norman Quarles. Llámenme Doc. ¿La sacaron ustedes dos del pantano?

-Lo hice yo -dijo Jake. Se inclinó, rodeó los hombros de Oktobriana con su mano buena, colocó la mano debajo y la levantó.

-Con cuidado... -dijo Doc, y entonces advirtió que Jake no sufría ningún problema al actuar así. Con todo, la cogió por las piernas para aliviar su peso. La colocaron en el asiento trasero, y Jake se sentó junto a ella para mantenerla erguida. Tras comprobar que no quedaba nada nuestro en la carretera, agarré la tapa del maletero, sorprendido por su peso mientras la cerraba.

-¿Su coche está blindado? -le pregunté a Doc, al no ver ninguna necesidad para tal densidad de chapa como no fuera por razones de seguridad. Él volvió a mirarme.

-¿Con qué? ¿Con oro o plata? -Se rió-. Jake, ¿quiere un poco de morfina para ese brazo? No puedo creer que no le due...

-La morfina contraindica al diodín -dijo él-. Estamos bien.

Doc sacudió la cabeza y se puso al volante. Abrí la puerta del otro lado, esperé tener que bajar un escalón y en cambio lo subí. Me senté en un asiento tapizado, gastado y remendado, aunque de buen cuero. Un incandescente en el techo nos bañó con luz amarilla. En el salpicadero de metal pulido, sin acolchar, había seis mandos y la guantera.

-No hay mucho tráfico a esta hora de la noche -dijo Doc-. No deberíamos de tardar mucho.

-¿Qué hora es? -pregunté, buscando los inexistentes cinturones de seguridad.

-El reloj está ahí mismo -señaló él; puso el motor en marcha con una llave; al hacerlo, éste rugió y tronó. Cuando encontré el reloj, descubrí que tenía manecillas-. La una y media -dijo Doc al verme contar las divisiones. Tiró de una palanca de guía rematada por un pomo azul moteado y extendió la pierna izquierda. Sólo en los coches que recorrían las calles de Kabul o Ankara o en Long Island había visto yo, desde la infancia, un sistema así. Usando las dos manos, y con un evidente esfuerzo, nos guió por la carretera.

-Normalmente no ando por aquí a estas horas de la noche -dijo-. Los viernes por la noche tengo turno en el Hospital para gente de color de East Orange. Los pobres de esa zona necesitan toda la ayuda que puedan conseguir.

-¿Hospital pintoresco?

-Podríamos decir que sí. Desde luego, es todo un lío los fines de semana.

Por el retrovisor vi a Jake insertándose los auriculares para así, durante unos cortos minutos, a través de las canciones, poder ascender y liberarse de lo que le rodeaba. Mantenía cerca a Oktobriana, a pesar del calor; Jake generalmente sólo mostraba afecto hacia los incons¬cientes, pero esta noche se comportaba de forma distinta.

-¿Dónde está el AC? -pregunté, escrutando el salpicadero; ni siquiera había radio.

-¿AC? -dijo Doc-. ¿Se refiere a la electricidad?

-No. Al acondicionador de aire. Lamento confundirle.

-¿En un Terraplane? -Reconsiderándolo, alargué subrepticiamente la mano hacia la puerta, esperando encontrar el botón de la ventani¬lla-. En un Packard, tal vez. En este coche, no. ¿Quiere un poco de aire? -preguntó; hizo una pausa como para replantear la frase-. Use esa palanquita con el pomo de la derecha. No tire de la palanca o se caerá por la puerta. -Tras encontrarla, la hice girar; el cálido picoteo de la brisa me reconfortó-. Ustedes dos no son rusos, pero tampoco norteamericanos. ¿De dónde son?

-Somos norteamericanos.

-¿Han estado mucho tiempo fuera del país?

-No mucho. -El coche de Doc parecía carecer de suspensión mientras rebotábamos y nos bamboleábamos; cuando cambió de marchas, enderezamos el rumbo. Pasamos una casita a la derecha de la carretera; había dos gruesos puntales en el solar de tierra de delante. Al ver las mangueras y diales y globos con el rótulo HESS supe que eran surtidores de gasolina. Un cartel en un lado de la casa anunciaba que dentro podían encontrarse batidos helados, cebos vivos y Moxie. Entre la casa y el pantano un cartel anunciaba la venta de DeSotos.

-¿Qué es Moxie? -pregunté.

-Basura -dijo él-. Oh, ¿se refiere a la bebida? Me encogí de hombros.

-La probé una vez. Sabía a brea. A creosota. Me pregunté con qué frecuencia bebería creosota.

-¿Los DeSotos son coches?

Dirigió la mirada hacia mí, hacia la carretera, otra vez hacia mí.

-No se encuentra uno a un grupo como el suyo en el país. Alguna gente se molestaría un poco.

-Un coche intentó atropellarme -dije-. Falló.

Llegamos a un puente estrecho y arqueado que, según decía un cartel, cruzaba el río Hackensack. El suelo zumbó cuando lo alcanza¬mos, haciendo que mi corazón redoblara sus latidos. Parecía un avión dispuesto a bombardear.

-¿Tienen algún problema con la ley? -preguntó Doc en voz baja.

-Por todo lo que supongo, no hemos interaccionado impropiamente con ningún modo legal.

-Confíe en mí si están metidos en algún lío, amigo. Si tienen algo que aclarar, dígamelo ahora para que así sepa lo que pasa. No voy a delatarles a menos que me den razones para hacerlo.

El rasgo más extraño de la paranoia es que se confía menos en los que están más cerca de uno, y un desconocido puede resultar ser el mejor confidente. Sin embargo, no era cuestión de confiar en él todavía. Si nos quedábamos con él durante algún tiempo, y dadas las circuns¬tancias sabía que no había otra opción, tendría que saberlo a menos que lo dedujera de antemano. Casi hablé entonces, pero temía que nos abandonara después de habernos recogido. La necesidad de atención médica abrumó la necesidad de información; acallé mi lengua.

-Póngase en mis zapatos por un momento -dijo él; ¿por qué querría yo hacerlo?, me pregunté, pero él no lo dijo-. Voy conduciendo por los páramos en mitad de la noche. Los recojo a los tres recién salidos del pantano. Un negro, un blanco y una mujer blanca. Una mujer blanca, rusa y herida. Todos sacudidos, manchados de barro. Cubiertos de sangre. ¿Cree que la gente va a hacer algo más que doblar el cuello? E intentaron atropellarles, demonios. Tienen suerte de que nadie intentara dispararles, sólo por norma general.

-¿Por qué nos ayudó si parecíamos tan extraños?

-Soy médico. Dios ayuda a los locos, los médicos ayudan a la gente. Si Dios ayudara a la gente en vez de a los locos, el mundo sería un lugar perfecto, ¿no? -Sacó un cigarrillo del bolsillo de su camisa y se lo colocó en la comisura de los labios, pulsó un botón del salpicadero y arrojó encima del tablero de instrumentos un paquete arrugado. LUCKY STRIKE, decían sus colores verdes y rojos, colores de Navidad-. ¿Cree que podrá rescatar su avión?

-Está destrozado -dije. No lo estaba, pero aquí nadie podría efectuar reparaciones. El botón chasqueó; lo sacó, y encendió su cigarrillo con su extremo brillante. Una molesta bruma sorbió el oxígeno del aire.

-¿Qué? ¿No había visto un encendedor antes?

-Los médicos nunca fuman -dije, sorprendido.

-Tal vez no lo hagan los médicos que usted conoce. Si yo no fumara, no podría permitirme comer. -Rió, dándose una palmada en el estómago-. Tanto como lo hago. -Exhaló humo como si bombeara un fuelle; me volví hacia la ventanilla, inspirando el aire de Jersey-. En avión, ¿eh? Igual que el viejo Lindy. Fui al aeródromo del Campo Holmes el año pasado. A ver a esos pilotos negros de California, ya sabe quiénes. Ofrecieron todo un espectáculo. Algo digno de ver, hermano. Te hacía sentirte un hombre orgulloso.

-Nosotros queríamos ir a casa. Sólo eso.

-Todo el mundo deambula últimamente. Viajas si tienes pasta, viajas si estás sin blanca. Montones de gente acaban en Nueva York. Lo hará casi todo el mundo. Es mejor que la mayoría de los sitios, hermano, créame, especialmente para nuestra gente. -Me palmeó el hombro. Me pregunté sobre sus recelos; no había querido saber nuestro origen específico. No sabía si se me notaba demasiado o si él no estaba seguro de querer saberlo; sólo temía-. ¿Tardó mucho en llegar aquí?

-Años-dije.

El pantano se desvaneció tras nosotros; subimos la suave pendiente que conducía a la ciudad. En lo alto de la cúspide, el azimut brillaba encima de la línea del cielo de Nueva York. A través de las ventanillas del coche el panorama mostraba intensos detalles hasta que todo se fundía en un torrente que soportaba a una Norteamérica horrorizada en la inocencia interferida de su rumbo. Había moteles para turistas de poca monta, comedores color cromo, gasolineras con tejas en el techo anunciando Sinclair a veinte o Getty a dieciocho, paradores con gastados salones de baile. Carteles iluminados vendían Kiwanis, cerveza Rupert's, pan Silvertop, automóviles Hudson, bombillas Mazda, radios Crosley. Un gran cartel anunciaba bajo un dibujo de una familia en un coche, sonriendo locamente como si condujeran hacia una dulce, dulce colisión, que No hay ningún estilo como el estilo norteamericano; el otro no mostraba más que la silueta del aguijón y la orquídea, esta vez con un texto que proclamaba VISITE EL MUNDO DE MAÑANA.

Tras la cima, la carretera se estiraba hacia abajo; al otro lado, sobre el río negro, se encontraba Nueva York, perdida, con sus adornadas torres alzándose como un puñado de cristales chispeantes, libres de los muros antiinundaciones de nuestros días. Entramos en el túnel bajo las oscuras colinas repletas de casas, dirigiéndonos hacia la ciudad como un virus entra en la sangre, cambiando para siempre el cuerpo invasor igual que cambiaba el cuerpo invadido.

 

5

 

-Saque sus papeles, Luther -dijo Doc en mitad del túnel. Las luces blancas del interior eran tan deslumbrantes que sentí como si recorrié¬ramos un tubo fluorescente- Es viernes por la noche, así que aún tendrán montada la vigilancia. ¡Eh, Jake!

Jake, sordo a la llamada normal, se serenaba tranquilamente, los ojos cerrados a las grotescas realidades de este mundo, los oídos sintonizados sólo a sus canciones. Oktobriana estaba pegada como una lapa a su hombro, durmiendo y a salvo. Como por instinto, él le acarició la cara, tiñendo de un nuevo color el lienzo de su piel. Bajo la influencia de la música, pensé, tal vez el alma de Jake regresaba; hasta entonces, yo no había visto que para el arte de su vida usara en su paleta más que el color rojo.

-¡Jake!

-No grite -murmuró, quitándose los auriculares y sin mover nada más; me relajé durante un minuto.

-Oirá mejor sin esos ensordecedores que con ellos, Jake. Estamos llegando a la ciudad, amigo. Preste atención.

-Doc -dije-, traduzca lo de los papeles. Estoy inseguro.

-Oh, ya sabe. Sus pases. Téngalos a mano.

-¿Pases? -Prestar la atención debida era imposible cuando usaba un argot tan indescifrable. Con mi incomprensión, una nube de furia cubrió su cara, aunque lo peor de su temperamento continuaba a raya; su presa sobre el volante se tensó y sus nudillos palidecieron como si se le hubiera secado la sangre desde las manos a la cabeza.

-Sus pases -repitió-. ¿No los llevan encima?

-No tenemos nada de eso -dije-. ¿Qué significan? Los órganos de su voz perdieron todo tipo de freno.

-Son ustedes un maldito puñado de capullos -dijo-. ¿Lo saben? Será mejor que sigan todos mis órdenes hasta que pasemos. Especial¬mente usted. -Señaló con el dedo para enfatizar que era necesaria mi atención-. Déjeme hablar a mí. Creo que podremos dársela con queso. -Se quitó el sombrero y me lo colocó en la cabeza, ladeado, cubrién¬dome las heridas. Me tapó las orejas, más que el cráneo-. Menos mal que tiene una cabeza pequeña. Ahora manténgalo torcido. Si le ven bien la cara querrán saber a quién dejó fuera de combate.

-¿Quiénes son los que esperan? -preguntó Jake, con voz tranquila.

-La policía -respondió Doc, enfatizando extrañamente las pala¬bras-. Mantengan la boca cerrada. Cuanto menos oigan ellos, mejor. Con suerte, conoceré a los de hoy.

Entramos en la ciudad como si despertáramos de un sueño y pasamos a la Avenida Dyer, que nos conducía a la Cuarenta y dos. Esparcidos por los polvorientos solares a lo largo de la calle había cajas unidas con cuerdas entre sí, esqueletos de coches oxidados, un campamento de beduinos de tiendas remendadas.

-Quemaron este campamento de vagabundos hace un mes, y ahora todo el mundo ha vuelto -dijo Doc, refiriéndose (supuse) al asenta¬miento a nuestro alrededor. Largos bultos yacían en fila, como preparados para ser identificados por los supervivientes. Tras mirar con atención, vi que los bultos se movían, sacudidos por los sueños igual que lo eran por la vida. Destellos del río asomaban entre los edificios de cartón a nuestra izquierda. En el agua, más allá de una carretera elevada, se alzaban cosas oscuras que, por su forma, sólo podían ser barcos. A la derecha, tras los refugiados, los edificios sin renovar de la Novena Avenida mostraban sólo las cornisas de sus fachadas gastadas y sus tiendas cerradas. A lo largo de la mediana de la avenida se alzaba una fila de árboles de metal. Un tren serpenteaba ciudad arriba por sus ramas unidas, entrelazadas en lo alto. A lo lejos había formas reconocibles: el Empire State, la forma de Chrysler, la vieja sede de Dryco, que ahora era la RCA, como había sido en una ocasión. En el cielo, mucho más despejado que en nuestros días, parecía haber estrellas.

-Mierda -dijo Doc, mirando hacia delante-. Ya estamos en el fregado. No comenten absolutamente nada, ¿me entienden?

En la esquina de la Cuarenta y dos, una farola de bombillas gemelas iluminaba de oro pálido las lisas carrocerías negras de dos coches; en sus techos giraban manchas rojas, proyectando una luz sangrienta.

-Empieza el baile -dijo Doc, con un susurro cercano al farfulleo de un ventrílocuo-. Espero poder burlar a esos payasos.

Nos detuvimos y esperamos. El policía que se encaminó hacia nosotros irradiaba peligro. Blanco como la luna, ancho como un barril, con más de dos metros, llevaba una gorra de tela sin placa y un oscuro uniforme con botones plateados. Sus únicas herramientas eran una pistola y una porra; el aspecto bovino de su cara sugería que su uso era para él algo natural. En mi antiguo campo, los de su clase se volvían normalmente a casa al final de la primera semana. Tras golpear el costado del coche con la porra, se reclinó, apoyando los codos en el techo hasta que respondimos. Doc, mostrando en su sonrisa tres dientes de oro, bajó su ventanilla.

-¿Te diriges a alguna parte, chico? -preguntó el policía, asomán¬dose; su sonrisa aumentó como envenenada-. Es difícil verte en la oscuridad, Doc. ¿Cómo te va?

-Bien, oficial. Bastante bien, señor -rió Doc. Su voz normal tenía el tono de un barítono; al hablar con el policía, ascendió una octava, produciendo un sonido más juvenil y vocinglero en su deseo de complacer. Los dos se comportaban como si hicieran alguna prueba inimaginable en un escenario. Sacó un papel de su cartera y lo entregó; el policía lo iluminó con su linterna-. He estado en East Orange, señor. Como todos los viernes por la noche, ya sabe. El trabajo del hospital no acaba nunca.

-¿Quién está contigo? -preguntó el policía, cegándonos con la brusca luz de su linterna-. ¿Pacientes?

Doc me palmeó en el hombro, provocándome dolor..., intenciona¬damente, sin duda.

-Sí, señor, mister oficial. Ésa sí que es buena. ¡Pacientes!-Ofreció una risa casi psicótica, que podría haber hecho cuajar la nata-. Éste de aquí es mi primo Luther -dijo, golpeándome de nuevo en el hombro-. Me echó una mano esta noche, señor. Le hicieron trabajar en el pabellón de la viruela.

-Viruela -repitió lentamente el policía-. Entonces puede quedarse ahí sentado. Los de atrás no son pacientes. ¿Quiénes son?

-El doctor Jake -dijo Doc. Su habilidad para improvisar me impresionó-, y su..., uh, enfermera. Una vez a la semana viene para echarnos un ojo a nosotros, señor.

-¿Para asegurarse de que no cortáis las piernas equivocadas? Durante su último arrebato de risa, Doc apretó tan fuerte el volante que pensé que iba a partirlo en dos.

-Es una situación peliaguda, oficial. Verá, los dos viven en la ciudad, pero no viven juntos, si me entiende.

-Te entiendo.

-Bueno, lo estaban celebrando después del turno, verá, y creo que celebraron más de la cuenta...

-Parece que han estado jodiendc en un pantano. ¿Cuál es su problema?

Doc se inclinó hacia delante, como si la conspiración estuviera a punto de estallar.

-Borrachos.

-¿Ah, sí? -dijo el policía, sin apartar la linterna de ellos.

-Según dicho, sabueso -gruñó Jake-. Apaga el cegador al momen¬to. -Mis músculos se tensaron, y estoy seguro de que los de Doc también. El policía se limitó a devolverle los papeles a Doc.

-Ha tenido un montón de problemas con su esposa, señor...

-Salid de aquí antes de que los meta en el furgón de los borrachos.

-Sí, señor. Gracias, señor-dijo Doc, asintiendo como si agradeciera las amenazas. Volvió a guardar sus papeles antes de que yo pudiera mirarlos-. Que tenga buena noche, señor.

Sin previo aviso, el policía le dio un golpe al retrovisor con la porra; fragmentos de espejo salpicaron el asfalto, como barridos por el viento.

-Te pondrán una multa por eso -rió-. Será mejor que lo arregles.

-Gracias de nuevo -dijo Doc, con los labios apretados. Radiante con la satisfacción del momento, el policía regresó a su coche, haciendo resonar sus pasos sobre el pavimento, la pistola y la porra golpeando como tumores pendulantes contra sus gruesas caderas. Dejamos atrás la débil barricada y pasamos a la Cuarenta y uno. Cuando estuvimos lejos, Doc golpeó la portezuela con la mano; su voz rugió con su tono auténtico.

-Piesplanos hijo de puta -gritó, sin importarle que alguien pudiera oírle-. Me costará diez pavos arreglar esa mierda. Bastardo hijo de puta.

-Fue una acción irracional -reconocí.

-Irracional, infiernos. Ninguna razón. Ninguna jodida razón en absoluto -continuó-. Malditos polis. Malditos todos y cada uno de esos cabronazos. Todo lo que hacen es joder a los pobres. Me hierve la sangre.

-¿Servirá de algo una denuncia? -pregunté; los defensores del pueblo proporcionaban distracción, aunque poco más. Doc no respon¬dió. Recorrimos la epidermis hecha de guijarros de la Cuarenta y dos, sacudiéndonos con las laceraciones del terreno. Los halos difusos de las farolas colgaban en la oscuridad como coronas de ángeles petrifi¬cadas por la proximidad a la tierra. Por el carril central corrían los raíles de un tranvía, como los de Moscú o el Bronx, nuestro Bronx; no pasó ninguno antes de que giráramos al norte en dirección a la Diez. Doc adelantó a un carro con ruedas de madera que avanzaba calle arriba; advertí que iba tirado por un caballo. Los astillados cascos del animal, cubiertos de lodo, soportaban un cuerpo esquelético; el carro que arrastraba llevaba en las paredes pesadas sartenes y ollas, bien aseguradas para protegerlas de un asalto informal. Cuando nos detu¬vimos miré por encima de dos tiendecitas con nombres franceses; dos carteles escondían los flancos del edificio. Uno decía HOTEL PENN-SYLVANIA/PE6-500; el otro:

 

Estreno el 17 de agosto, Teatro Capítol

EL MAGO DE OZ

con JUDY GARLAND/RAY BOLGER/BERT LAHR

y

W. C. FIELDS como el Mago

 

Cuando volví a mirar ya habíamos pasado; el cartel desapareció.

-¿Esto es la ciudad de Nueva York? -preguntó Oktobriana, y su voz nos sorprendió a todos. Jake se había quitado los auriculares y lo estudiaba todo con ojos muy abiertos. Asintió, apartando la mano de la cara de ella. Mientras recuperaba los sentidos, Jake se apartó de su lado como haría una mimosa al contacto; ella se apretujó más mientras él retrocedía. Cuando le emparedó entre la portezuela y su cuerpo, se acunó en su abrazo. La cara de Jake mostró una aparente inconsciencia.

-¿Cómo se encuentra, señorita? -preguntó Doc-. ¿Jorosho?

-Da -dijo ella, reconociendo su ruso horriblemente pronunciado-. Reconocí mi estado antes. Leve contusión sin fractura o hemorragia. Ningún trauma interno. La hinchazón del radio izquierdo sugiere posible fisura...

-Señorita, sufre usted un shock -dijo Doc-. ¿Cuándo aprendió a hacer diagnósticos? -preguntó, riendo.

-En Moscú -respondió ella-. Cualquier idiota podría hacerlo.

-Doc -interrumpí-. Ese papel que mostró. ¿Eso es un pase?

-Eso es -dijo; sus esfuerzos por controlar sus palabras parecieron claros-. ¿Viene de Marte, amigo?

Sacó el papel del bolsillo una vez más, me lo entregó. Tras desdoblarlo, lo leí. Tenía un membrete del Departamento de Interior: el papel era mucho más fino que el que nosotros usamos como moneda; el Gran Sello parecía dibujado por manos expertas, tan detallado era, al contrario del diseño estándar de nuestro gobierno con el esquema del perfil del águila.

 

Se autoriza a Norman Quarles a transitar sin obstáculos entre las fronteras estatales de Nueva York y Nueva Jersey desde el período del 1 de noviembre de 1938 al 31 de octubre de 1939, de acuerdo con su profesión de doctor, por orden mía.

 

Bajo el texto aparecía la firma del Secretario del Interior y la rúbrica del Vicepresidente Knox. El documento me recordó los viejos pasa¬portes internos usados entre los estados bajo ley marcial en los años que siguieron a la Eb, pero las notas aquí inscritas cantaban una canción diferente. Se lo devolví.

-Digamos que son ustedes norteamericanos -dijo Doc, evitando un camión de reparto de leche aparcado en doble fila a la derecha; parecía que lo habían tallado en hojalata-. ¿Dice que nunca ha visto ni oído hablar de esto? ¿Es hijo de un misionero? ¿Ha crecido en alguna otra parte?

-Soy arreligioso -respondí, preguntándome si debía decirle la verdad y cuándo. En ese momento pude vis al hombre aparcando para dejarnos en el pavimento, acabando con nosotros de una vez por todas y regresando a su vida cotidiana. Antes de que pudiera decir nada, él volvió a hablar.

-Uno de los hijos de la oscuridad, ¿eh? -preguntó; yo no tenía ni idea de lo que significaba aquello-. Mire, no entiendo nada. Voy a darles toda la ayuda médica que pueda. Pero aquí hay un montón de cosas que no encajan, amigo. Cuando termine de atenderlos, vamos a tener que hablar en serio si quieren algo más. Y quiero buenas respuestas, ¿me entiende?

-Perfectamente.

-Norteamericanos, y un cuerno.

Sin que nos diéramos cuenta, la Décima Avenida se convirtió en Amsterdam. Mientras las escenas se desarrollaban ante mí en un bucle interminable, los dolores de mi cabeza aumentaron, pero cada visión me fascinaba tanto que no podía hacer otra cosa sino tratar de anular el dolor mientras pasaban. Largos bloques bajos de apartamentos, sin romper por piedras arrojadas o lanzas de cristal; los exoesqueletos amarillo limón de los taxis entre cientos de masas grises aparcadas y móviles; tiendas abiertas toda la noche completamente iluminadas y mostrando cajas de productos, restaurantes identificados por rizos de neón, quioscos a salvo tras murallas de periódicos; buzones color verde oliva, señales de tráfico enmarcadas en azul, farolas de hierro negro e iglesias con vidrieras; noctámbulos deambulando con chaqueta, cor¬bata y sombrero, libres del gel del sudor, caminando como en ruta a la oficina: todo indicaba un mundo diferente, carne recién hecha del polvo de la historia. Parecía inimaginable que pudiéramos pasar aquí muchos minutos sin guía; indudablemente, la hora ponía en coma al optimismo. Doc respiraba con más tranquilidad ahora; tal vez se había calmado lo suficiente como para hablar de otros asombros.

-¿Cómo es que está familiarizado con el idioma ruso? -pregunté-, ¿Ha estado allí?

-Después de la guerra.

-¿Reclutado?

-Todos nos alistamos, hombre. Para demostrarnos a nosotros mismos que valemos. Para salir de ello con cierto respeto. Mierda. -Su sonrisa no mostró nada que se pareciera a la felicidad-. Tuvieron aquí a todo el 369 haciendo KP y mantenimiento todo el maldito tiempo. Al menos estuve en el hospital, aunque durante la mitad del tiempo no hice más que asegurarme de que no mezclaban la sangre, cuando nos permitían darla. Incluso así, creo que usaron la nuestra con los franceses. -Suspiró; encendió otro cig-. Nuestros comandantes se¬guían diciendo que nos iríamos pronto, muy pronto. Los suyos seguían diciendo todavía no, todavía no. Cuando llegó el Día del Armisticio, entonces, finalmente, nos enviaron.

-¿Después del final de la guerra? Asintió.

-Fuerza Expedicionaria Siberiana. Después de que los Rojos la tomaran. Hasta hoy sigo sin saber si los que nos disparaban eran bolcheviques o no, de vez en cuando alguien caía. Sólo acampamos en mitad de la nada, bebiendo licor de patata y deseando estar de vuelta en casa. Me congelé el puñetero culo; dijeron que nos darían ropa de invierno, pero no lo hicieron. Perdí tres dedos del pie. Ni siquiera los sentí. Un día nos repatriaron. Nos enviaron de vuelta, igual que antes, excepto que la mitad de nosotros murió de frío y la otra mitad de infección y la palmaron antes de llegar a puerto. Juro que la única razón por la que fuimos fue para que pudieran deshacerse de tantos de nosotros como pudieran sin que nadie se diera cuenta. -Su voz se perdió, como si se desvaneciera de modo fantasmal-. ¿Fue usted militar?

-Retirado -dije; la forma en que había descrito la campaña no era como yo la había leído, pero su punto de vista podría estar lleno de prejuicios-. ¿Cómo lo notó?

-Por la forma en que se comporta -murmuró, pasando a la 110 y dirigiéndose a Harlem-. Incluso el barro brilla en sus zapatos. Siempre detecto a un militar.

-Su superficie está cubierta de Siemprebri... -empecé a decir, explicando las razones de mi brillo; me detuve.

-¿Dónde estuvo destinado? -preguntó, sin advertir mis palabras, o sin querer hacerlo.

-Por todas partes.

-Oh -sonrió-. ¿De modo que estuvo en el servicio y va a decirme que no sabe lo que son los pases? ¿Cuánto tiempo estuvo?

-Veintitrés años-dije. No me miró directamente hasta que llegamos al siguiente semáforo. Algo se había comido el color de las señales, que aparecían azules y naranjas.

-¿En el servicio norteamericano? -preguntó; me encogí de hom¬bros-. ¿Qué edad tiene?

-Cuarenta y siete.

-Yo tengo cuarenta y nueve -dijo; por las arrugas de su cara yo habría añadido diez más. Entramos en la Octava en medio de un silencio que no rompimos a partir de entonces; tal vez la fatiga anulaba los recelos. En cuestión de minutos nuestro destino se hizo evidente; Doc aparcó en la parte derecha de la avenida, ante un edificio de cinco plantas más viejo que la mayoría en las inmediaciones-. Puedo aparcar aquí hasta la mañana. Ya estamos.

Del edificio, a través de las ventanillas del coche, llegaban sonidos hechos por el hombre, el trueno de la percusión y las notas entrelazadas de una trompeta. Tras abrir la portezuela la música fue tragada por un rugido inesperado; mientras aumentaba, subí a la acera. Negros postigos cubrían el cielo; un fino árbol de metal surgía del pavimento cercano. Una vía elevada recorría la Octava; un tren chirrió en dirección al centro.

-Déjenme abrir la puerta -dijo Doc, rodeando el coche y abriendo el maletero-. Síganme. Aquí tiene sus bolsas, Luther. Jake, écheme una mano con Octoberana.

A la izquierda de la escalinata de entrada, desde el sótano hasta la acera, corría un largo túnel que surgía del club donde sonaba la música; el nombre del club era Abisinia.

-Oktobriana -corregí.

-Pesa más de lo que parece -gruñó Doc. Jake la levantó. Yo cogí las maletas. Tras las puertas de madera de la entrada divisé un ancho salón con columnas de yeso, ricas en detalles labrados. Un candelabro iluminaba la penumbra. Tras abrir la puerta de su consulta con una llave de aspecto medieval (su nombre estaba grabado en dorado sobre la puerta), cruzó el salón, abrió la puerta que había más allá y entró.

-Despierta, Wanda -exclamó-. Voy a necesitar una mano con unos pacientes que traigo.

-Apaga la maldita luz -replicó otra voz más fuerte.

-Ponte la ropa y ven aquí. -Salió, cerró la puerta tras él, se acercó a nosotros y entró en su oficina-. Deje por ahora las bolsas por ahí -dijo, al tiempo que encendía dos lámparas-. Aquí mismo.

Oktobriana, consciente pero groggy, se apoyaba en la pared. Jake impedía que se cayera.

-Déjenme examinarla primero. Ustedes dos pueden aguantar un poco más. Nunca he visto a nadie con una dislocación actuar como lo hace usted -le dijo a Jake.

La consulta de Doc estaba divida en dos grandes habitaciones, una para recibir, otra para atender. Tras abrir una ventana, conectó un ventilador que había en el techo y que removió el aire caliente por toda la habitación. Jake llevó a Oktobriana a la sala de exámenes y la colocó en una mesa acolchada cubierta con papel japonés.

-¿Quién es Wanda? -pregunté.

-Yo -dijo la fuerte voz de contralto oída momentos antes. Wanda, de altura media y complexión sólida, tenía la piel del color de la cola. Un pañuelo anudado en torno a su cabeza escondía todo menos unos pocos mechones de liso pelo. Recorrió la habitación como si fuera un ring de boxeo, rozando el suelo con su bata rosa-. ¿Quién quiere saberlo?

-Mi esposa y socia -dijo Doc, presentándola.

-Enfermera -corrigió ella. Su voz tenía un acento indescifrable-, ¿Otra vez traes vagabundos a casa, Norman? -preguntó, bajando la voz, tiñéndola de amenaza mientras observaba a Jake y Oktobriana-. ¿Ahora tratamos a los de su clase? Demasiado grandes para ti.

-Éste es Luther-dijo él-. Ella es...

-Oktobriana -dijo Jake.

-¿Quién es el grandullón? -preguntó Wanda, oyendo su interrup¬ción y echando un vistazo de arriba a abajo a su traje blanco enfangado-. ¿A qué se dedican? ¿Contrabando de licor?

-Ése es Jake -dijo Doc-. Sólo son tipos que pasan por un mal momento, Wanda. Necesitan atención.

-Parece que necesitan una revisión completa. ¿Los encontró el gato o lo hiciste tú?

-Vienen de Jersey. Tráeme mi maletín, querida. -Se volvió hacia nosotros-. Siéntense mientras la examino. Lean algo. Escuchen las noticias.

Jake y yo, cargados con nuestros propios dispositivos, contempla¬mos su sala de recepción. Vimos muebles de roble de increíble tamaño, brillantes obras de ebanistería, candelabros de pared de baja potencia, un antiguo teléfono de disco con un cordón liso. Mi mirada se paseó sobre las baratijas fácilmente ignoradas por el tiempo: una lámpara de malaquita con la forma de una mujer desnuda; un reloj de pared gris, con sus manecillas de filigrana guiadas por su péndulo; un cenicero donde los cigs podían ser sujetados por la decoración en forma de picos de pingüino; una máquina de escribir calibre MOMA. Al lado de la mesa había una papelera hecha con el pie vaciado de un elefante, cuyos descendientes pasarían de las praderas a los zoos para cumplir la sentencia de su especie. Los detalles estaban todos; ver aquellos artículos en uso obvio, no ocultos entre vastas pertenencias de propie¬tarios, bajo el cristal de un museo o vistos durante un momento en trozos de película, provocaba una sorpresa imprevista, el shock de lo antiguo.

-Debe estar forrado -dijo Jake, calculando el botín.

-Todo es para uso diario. Baratijas. Supongo que con cincuenta dólares viejos se puede comprar todos. Sólo sirven para impresionar.

Jake bufó, sin convencerse. La historia particular que aprendía la gente del ejército servía como escenario para nuevas estrategias; yo podía describir cada asalto, cada retirada, cada bala disparada en Khe Sang, Passchendaele y Blenheim. Pero, respecto a cuándo aparecieron por primera vez las plumas ya cargadas de tinta, cuándo los refrigera¬dores empezaron a descongelarse solos, cuándo aprendieron a hablar las TVC, no tenía más que vagas ideas. Supuse que Jake conocía la historia tan bien como cualquier norteamericano; es decir, sabía que desde su nacimiento las cosas habían cambiado..., aunque en el caso de Jake dudo que lo hubieran hecho.

-¿Es confiable su acción? -preguntó Jake, señalando hacia la puerta cerrada de la oficina-. ¿Hasta dónde llegará?

-La están atendiendo -dije-. Cálmate.

-Curanderos -murmuró Jake-. ¿Y si la mata sin darse cuenta? ¿O adrede?

-No lo hará. Todo difiere aquí. Recuérdalo, Jake, es esencial confiar en alguien. Ya has visto el exterior...

-Calcuta -gruñó Jake-. Un mundo dentro de otro mundo y nada más. Lo compensaremos bien.

-Pero no solos. Necesitaremos apoyo. No veo otro medio.

-La traición aguarda. Piénsalo dos veces. Sacudí la cabeza.

-Cinco veces lo he pensado -dije-. Los riesgos son inevitables en cualquier situación. Sus sospechas han aumentado desde que nos lo encontramos. Le hemos atraído, ésa es la razón por la que nos deja.

-Prep para actuar en cuando parezca infiel -dijo Jake, indicándome que le hiciera a Doc lo que había previsto hacerle a él, cuando y si llegaba el momento. Casi me eché a reír, aunque sabía que decía la verdad. Con todo, teníamos que enfrentarnos a la cara deformada de la verdad-, ¿Qué hacemos? -preguntó, observando los periódicos y revistas de la mesa.

-Leamos. Necesitamos toda la info disponible. ¿Cómo está el brazo?

-Unido -murmuró. Tras sentarnos en las sillas tapizadas de cuero, como para oír música de cámara, echamos un vistazo a las páginas. En Life aparecía gente conocida (La Guardia, Goering, Einstein) y desconocida: Brenda Frazier, Leverett Saltonstall, el Gran Muftí de Jerusalén. Un espacio enorme estaba dedicado a la alimentación de los peces de colores.

-A ella le gustaría -dijo Jake, indicando la portada de Liberty, donde el Gran Amigo, con el mismo aspecto con que lo habíamos visto aquella misma mañana, miraba a sus compradores norteamericanos. Arrancó la página, la dobló y se la metió en el bolsillo. Las páginas de Dime Mistery contenían un relato de Sherlock Holmes de Conan Doyle, una reedición, según advertí. Como nunca había leído las historias y sólo había visto los vids, nunca había oído hablar de «La Rata de Sumatra».

-¿Está irradiada la seda de radio? -preguntó Jake.

-Sin duda -dije, aunque no lo sabía-. ¿Por qué?

-Idiotas -contestó, mostrándome un anuncio en el Collier's-, La usan en las camisas.

Vendidas a tres dólares cada una (dólares viejos), parecían una ganga para los cánceres que seguramente obtendrían. Tanta estupidez me sorprendía, pero, como ya había dicho, estábamos en tiempos inocentes. Aparté dos comic-books de Superman y ni siquiera examiné lo que parecía ser una revista de ciencia ficción. Había dos periódicos apilados, el New York Age y el Daily Mirror.

-«Vuelta a África: ¿Es el momento adecuado?» -dije, leyendo en voz alta el titular del Age.

-¿África? -preguntó Jake-. Allí todo el mundo está muerto.

-No del todo. -El artículo era el tema del editorial; Jake me interrumpió antes de que pudiera leer lo que se pensaba al respecto.

-¿Qué dice este galimatías? -preguntó, mostrando los titulares del Mirror: AGENTES CORTAN JUERGAS DE HOMER EN KANSAS.

-Ni idea -dije; al ver quién aparecía fotografiado debajo, sentí que se me erizaban los pelos de la nuca-. Mira. Está vivo.

En una neblina gris y blanca aparecía Hitler; no sólo estaba vivo, sino que acababa de empezar, el hombre que convertiría este mundo en el nuestro, retratado en su momento de ascenso. Estábamos -estaba- tan familiarizado con el mal de la sociedad que reconocer un mal personal hizo que me sintiera aturdido como no lo había estado en años.

-Eh -llamó Wanda-, Digger O'Dell y Dug-up. Entren.

El brusco olor del alcohol aclaró mi cabeza mientras entrábamos en la sala, permitiéndome sentir más fácilmente mi dolor. Oktobriana yacía tendida bajo una manta; un paño húmedo refrescaba su frente. Siguió con ojos febriles los pasos de Jake, sus cuidadosos movimien¬tos.

-Echémosle un vistazo a ese hombro, Jake -dijo Doc. Le rodeó la cintura con un brazo, como para ayudarle a caminar-. ¿Lleva pistola?

Antes de sentarse, Jake se metió la mano bajo la chaqueta y sacó su sierra mecánica, tendiéndola como si temiera que se la confiscaran. Doc debió rozar su ignición, o su seguro, o ambas cosas; mientras la tocaba la hoja se liberó, rugiendo, doblando su longitud. La dejó caer al suelo, donde se hundió profundamente hasta que Jake la cogió y la apagó.

-Con cuidado -dijo. Durante un momento la música de abajo se detuvo. Había una jarra de cristal azul llena de monedas entre los clasificadores cercanos; pensé que era un equipo muy extraño para la consulta de un médico.

-Maldición, Jake -dijo Doc, la cara libre de todo color menos el de su piel-. ¿Qué más tiene ahí debajo? -Tras quitarse el abrigo, la chaqueta y el chaleco y remangarse la camisa, Jake hizo inventario de sus pertenencias, depositando mandriles, cadenas, porra, sus brillantes nudilleras con cuchillas, su taladro y sus piezas seleccionadas, la Omsk recogida la noche anterior. Con tranquilidad, sacó la Shrogin de Skuratov; Doc observó su despliegue digital.

-Eso no es una ametralladora -dijo, palpándola con cuidado, para evitar nuevos accidentes-. ¿Por qué lleva tanta artillería encima, Jake? -preguntó, contándolo todo.

-Soy asesor de seguridad.

-Y bastante seguro -dijo Doc, abriendo la navaja de Jake, utilizada como cuchillo de mesa la noche anterior-. La chaqueta sigue pesando una tonelada. ¿De qué está hecha? Parece lino...

-Hay krylar debajo -advirtió Jake. Wanda se acercó para quitarle la camisa.

-Estos botones no encajan en nada -dijo.

-Velero. Sólo tire. El krylar desvía los proyectiles pequeños.

-No los suficientes -comentó Doc, al ver que el torso de Jake estaba cosido a cicatrices desde el cuello a la cintura-. ¿Le volaron en pedazos y luego lo remendaron? -rió.

-Sólo esto -dijo Jake, alzando la pierna izquierda como para mear. Entre las cosas depositadas en la mesa no estaban ni en trazador ni su aparato de bolsillo; yo también sabía que en alguna parte de sus ropas había una cuerda de treinta metros, por si había que escalar. Doc retiró sólo los artículos que podían hacer un daño evidente. Tras arrodillarse, abrió una de las puertas del armario blanco y brillante. Recogió los juguetes de Jake, los metió dentro y volvió a cerrar la puerta, guardándose la llave. Jake siguió mirándole, sorprendentemente tran¬quilo-. Son necesarios -dijo.

-Se los devolveré cuando se marche -contestó Doc-. No me siento demasiado cómodo tan cerca de una armería. Mientras tanto, pueden quedarse ahí.

-¿Te encuentras bien, Jake? -preguntó Oktobriana, con una voz baja y extraña; aunque tenía los ojos abiertos, pensé que estaba sedada, tan muerta parecía.

-Creo que sí -dijo Doc-. Parece un pájaro bastante duro. ¿Cómo se siente, señorita?

-Mareada -contestó ella. Miro a Jake, como hambrienta.

-Piense que ha pillado una cogorza, eso es todo. Considerando lo que han pasado, está muy bien. Jake, decía usted que ese hombro estaba dislocado.

-Estaba -dijo Jake, contemplando la articulación negroazulada y la hinchazón.

-No sé -comentó Doc, pasando las manos por la magullada piel de Jake-. Nada desplazado. Ninguna costilla rota. Pero debería estar bastante dolorido...

-El diodín dura doce horas. Para entonces se habrá arreglado.

-¿Qué es eso? No lo conozco.

-Un matadolores -dijo Jake-. No soy ningún experto, no puedo describirlo. Estaba en el botiquín del avión.

-Y ella me dijo que había tomado extamyl. ¿Es el mismo tipo de cosa?

-Ya se lo dije -interrumpió Oktobriana-. Se trata de un derivado sintético de la morfina, reestructurado para anular el potencial adictivo.

Doc adoptó una expresión como si diera el visto bueno a la substancia que ella describía.

-Vendémosle entonces -dijo-. Wanda, pásame un Ace...

-Lo tienes delante -contestó ella. Doc lo aplicó, vendando con fuerza el hombro de Jake. La mirada de Oktobriana estaba fija en Jake; en sus ojos había miedo, como si temiera que, cerrándolos una sola vez, no encontrara al volver a abrirlos más que una ausencia, un ser amado desaparecido, para no verlo nunca jamás, llevándoselo todo en su huida. De la ventana llegó un súbito grito.

-¡Doc!

-Sí -respondió Doc-. ¿Quién es? ¿Bill?

-Estás despierto horriblemente tarde, ¿no?

-Sí, estoy quemando el gas de medianoche. ¿Cómo estás, Bill?

-Cansado, pero no gastado. Abajo está bien caldeado.

-Los oigo.

-Te veré otro día. -Luego, otra vez silencio. Doc terminó de vendar a Jake.

-Eso servirá, parece que los tres han sido picados por esos mosquitos. Tengo un poco de loción médica, podrán frotarse. Muy bien, Luther, veamos cómo está usted.

Como no tenía ninguna contusión corporal, me quedé vestido. Doc frotó un trozo de algodón con alcohol y cargó de dolor las heridas de mi cabeza.

-Vuélvase hacia aquí-dijo-. Demonios, uno o dos centímetros más profundo y no le habría quedado mucha oreja. ¿Alguien trató de arrancársela de un bocado?

-Me esposearon -dije-. Me golpearon y doblegolpearon varias veces. Jake lo impidió.

-Esposeado -repitió Wanda-. ¿Quiere decir con esposas?

-Exacto.

-¿Qué demonios son ustedes? ¿Convictos o qué? -Su voz se alzó, como si hubiera soportado demasiado-. Norman, ¿ahora me traes gángsters? ¿A nuestra casa?

-Tranquila, Wanda -dijo Doc, igualando su tono, frotando con tanta saña uno de mis cortes que pensé que su intención era lastimarme, no desinfectar-. No son gángsters. Al principio lo pen¬sé, pero por una parte parecen demasiado listos para ser hampo¬nes...

-No tenemos orientaciones criminales -dije yo, dispuesto a tran¬quilizarlos.

-...y por otro lado son demasiado estúpidos -concluyó-. No son más que bebés en el bosque. Diciéndome que son norteamericanos...

-Lo somos -dije.

-Yo no -advirtió Oktobriana.

-Luther dice que nunca ha visto un pase. -Me aplicó un vendaje de gasa a la cabeza-. Ni siquiera sabía lo que era uno.

-Oh, vamos -dijo Wanda-. ¿Te burlas de mí?

-Te diré una cosa. Me pregunto si no serán espías. ¿Qué te parece?

-¿Espías?

-Demonios, sí, espías. Espías de poca monta, por cierto. Se estrellaron en una especie de avión, se lo oí decir. Actúan como si no distinguieran su culo de un agujero en el suelo hasta el punto en que no creo que sean capaces de hacerlo. Hablan un inglés que no vale un pimiento...

-Palabreamos perfecto -dijo Jake-. Su dialecto obstruye.

-Escúchale. Miren, se ha hablado mucho de espías últimamente. Submarinos nazis aparecen en Long Island cada noche. Son repelidos en los muelles. Yorkville está lleno de alemanes, y probablemente la mitad de ellos están metidos en algo. No me sorprendería que fueran ustedes krauts...

-¿Krauts? -dije-. ¿Qué significa? Su cara brilló de exasperación.

-Alemanes.

-¿Yo?

-El negro más blanco que jamás haya visto -murmuró Wanda, encendiendo un cigarrillo con una cerilla que sacó de una cajita de cartón; esta gente fumaba como rusos, ansiosos del aliento de dragón.

-Pero no creo que eso se sostenga tampoco -continuó Doc-, Demasiado locos para ser espías. ¿Qué demonios son entonces, hombre? ¿De dónde vienen? ¿Van a darle al pico, o tendré que pegarles una patada en el culo y tirarlos a la calle?

Con todo, habíamos captado su interés; pero, ¿cómo explicar tal cosa, cómo empezar?

-¿Y si lo digo y no recibo ninguna creencia?

-Debe ser toda una historia.

No pude hacer otra cosa sino tocar de oído, probando una aproximación y luego otra. Los ejemplos obvios parecían el sistema más seguro.

-Muy bien -dije- Las armas de Jake. Todas sus herramientas. Parecen infamiliares, ¿cierto?

-Hablaban de armas secretas en el noticiario de la semana pasada en el cine -dijo Wanda-. Eso no significa nada.

-¿Ropas del estilo que llevamos?

Con mano tentativa, Doc tocó mi chaqueta, la camisa y la corbata.

-No usan cuellos duros. Tienen algo en vez de botones en la camisa. ¿Y qué?

Abrí la cartera y la sacudí.

-Examine -demandé.

Doc acarició la cubierta como si se lo hiciera a su esposa, con asombro, y temor, y tensión mal oculta.

-La cartera es de alguna especie de material suave. -La abrió, oyó el chasquido del velero y examinó su forma, abriéndola y cerrándola varias veces, escuchando el sonido. Miró mis pertenencias.

-Es una especie de... -no terminó.

-¿Qué es, Norman? -preguntó Wanda, acercándose. Él sacó y mostró mi Drydencard, mi Citicard, mi Amex y Nynex; el número nacional; mis carnés de conducir y del ejército con los seguros holográficos. Estudiaron mis fotos: mis sargentos y yo, Johnson al fondo, en Long Island, todos desaparecidos ahora menos yo, tomadas antes de la Hora de los Niños; un retrato mío de cuando me encontraba en Estambul, con Santa Sofía detrás; los VP y yo ante la muralla tipo Berlín de la Casa Blanca; Katherine, mi ex-esposa, posando con el uniforme azul Castrolite que Dryco me proporcionó después de unirme a la firma, mintiendo con su sonrisa que no conocía vida más feliz que conmigo. Doc sacó billetes de rublo, de dólar, y un puñado de monedas de mi cartera. Los dos se quedaron mirándolo todo en silencio, como si observaran amanecer en el mar. Lanzó un cuarto de dólar al aire; cuando aterrizó, produjo un sonido sordo.

-Esa mierda no es de plata.

-Aleación de zinc y cuprolita -expliqué. Doc la frotó en sus pantalones como para sacar chispas y la arañó con las uñas.

-¿Estas fechas son correctas? -preguntó Wanda; yo asentí, pero ella no lo vio.

-Sigue apareciendo el viejo George -dijo él-. Igual que en las nuestras. Mire.

Sacó sus propias monedas y me las puso en la palma: un cuarto de dólar, diez centavos, un pesado medio, dos centavos. La plata resonó como campanas cuando las monedas golpearon la mesa. En la cara de los diez centavos había un casco alado; una mujer en negligé aparecía en el reverso del medio. Washington, ciertamente, estaba en el cuarto. Cada centavo llevaba una cabeza de indio y una fecha del siglo XIX.

-¿Lincoln? -preguntó Doc al ver mis billetes, como si ignorara quién era. Esperando nuevos comentarios, no oí ninguno. Ellos se miraron, luego me observaron a mí mientras me devolvían mis pertenencias.

-¿Su tarjeta del ejército dice que fue oficial?

-Lo fui.

-Me dijo que cumplió veinte años de servicio. ¿Cuál era su rango cuando se licenció?

Naturalmente, el holograma no significaba nada para él. Les devolví mi identificación.

-Inclínenla a la luz -dije-. ¿Ven la doblestrella? Eso demuestra el rango de general. Y de retirado, ciertamente.

Él sacudió la cabeza. Wanda siguió mirándome tan tranquila.

-¿Cómo llegó a general?

-Promociones. Una de ellas automática después del retiro. Las otras, carencia de aplicables...

-No se puede ascender por encima de sargento mayor en el ejército -dijo Doc.

-Me alisté como segundo teniente.

Se puso a vis una vez más mi holograma.

-¿Qué es esto, por cierto?

-Un holograma. Una especie de foto.

-Están llenos de aparatos a lo Buck Rogers. ¿Cómo llegaron aquí?

-Volando. Oktobriana comprende los principios. Yo, por mi parte, no sé nada. Advertí que creer podría ser difícil.

-Terriblemente difícil -dijo Wanda.

-¿Cómo pueden volar al pasado? -preguntó Doc-. Es decir, si son del futuro, deben hacer esto todo el tiempo.

-Ciertamente no -dije-. No tengo idea de qué prueba testifica...

-Todos ustedes parecen asombrarse por cosas bastante simples.

-Igual que Herman Brown, que vive calle abajo. Pero él no le dice a la gente que es del futuro.

-¿Ella sabe cómo hacerles volver? -preguntó Doc, ignorando a su esposa, dándole la espalda-. Van a regresar, ¿no?

-A Alemania -dijo Wanda.

-¡Calla! -gritó él-. Déjalo hablar.

-Interfieren variables -dije-. Si un conocido nuestro no es descu¬bierto podemos limboarnos aquí hasta... -¿Hasta cuándo? ¿Hasta que volviéramos a nacer? Deseé no hacerme preguntas-. Hasta siempre.

-Digamos que les echamos una mano, sean de donde sean -apuntó Doc-. ¿Sacaremos algo en limpio? Sacudí la cabeza.

-No tenemos nada ofrecible.

-El futuro, ¿eh? -dijo Doc-. ¿Qué clase de ayuda supone que necesitan?

-Primero necesitamos acostarnos -dije-. Luego necesitamos guía aquí. Deseamos marcharnos más que ustedes, sin duda...

-No apueste -dijo Wanda.

-No nos hacen falta tus comentarios -gruñó Doc, con la vena central de su frente alzándose como si le hubieran hecho un tornique¬te-. Muy bien. Un paso fuera de tiesto y se la habrán cargado. Pueden quedarse con nosotros una temporada...

-Oh, Norman... -Él alzó la mano como para abofetear; no lo hizo.

-Quédense una temporada y, si necesitan ayuda, intentaré hacer algo.

-Agradezco.

-Lo más importante que van a necesitar si van a quedarse por aquí son papeles. Lo primero que haré por la mañana será llamar a un amigo mío, es bueno con ese tipo de cosas. Me debe un favor.

-¿También harán falta papeles para Jake y Oktobriana? Él pareció sorprendido.

-Eso no es necesario.

-Esto no es una misión -dijo Wanda-. Todo el que quiera comer va a tener que echarme una mano, no importa lo mal que se sientan cuando despierten por la mañana. Van a ayudarme a mantener la casa limpia, y no se quedarán de forma permanente.

-No seas tan quisquillosa a estas horas de la noche, Wanda -dijo él-. Estoy hecho polvo.

El ritmo de abajo volvió a empezar, sacudiendo la habitación. Las trompetas esparcieron incontables notas a través del suelo. El sonido atraía; era muy humano.

-¿Hay muchos generales negros en su ejército? -preguntó Doc, riéndose.

-Dieciséis, en la actualidad. Selección natural. Ningún otro.

-Tal vez de donde vienen -dijo, con aquella vena de su cabeza a punto de explotar-, probablemente incluso tengan un presidente negro...

-Tuvimos uno durante dos años. Lo mataron en Kansas City...

-Como siempre dicen, Wanda -comentó Doc en voz baja; una felicidad de origen desconocido casi formaba una aureola en su cara-. Mejores tiempos por delante. ¿Ves?

-Mierda -dijo ella-. Nunca los veremos. Me vuelvo a la cama. Se dio la vuelta y salió de la habitación. Tal vez sólo mi percepción de sus conversaciones hacía que tantas cosas parecieran un acertijo.

-No le hagan caso -dijo Doc-. A estas horas está de mal humor. Y no esperaba compañía. Vamos. Extenderé más sábanas en el suelo de la habitación principal para que puedan montar unos jergones. La chica puede dormir en el sofá. Estoy suponiendo que se conocen bastante bien. -Me encogí de hombros-. Menos mal que mañana es sábado -continuó, metiendo su instrumental médico en un gastado maletín de cuero-. Crucemos al pasillo. Buena música para dormir, ¿eh? El pres...

Así que tal vez podíamos confiar; o tal vez no. No había opción inherente. Con un brazo, Jake cargó a Oktobriana durante el trayecto, la cara libre de dolor o preocupación. Ella dirigió su mirada a sus vidriosos ojos. Incluso desde la distancia su fuego ardía a tope, su indescifrable devoción dispuesta a quemar, si no a ambos, entonces a uno; si no a uno, entonces al otro. Cargué con las maletas, dudando ahora de la esencialidad de todo lo que habíamos traído.

-¿Tienen pijamas en las maletas? -preguntó Doc.

-Son de ella -dije-. Nosotros no esperábamos tener que pasar la noche.

-Vaya espías. No traer ni siquiera pijamas...

-No uso frivolidades -murmuró Oktobriana.

-Entonces tápese bien -dijo él. El apartamento me recordaba a algunos que había visto, aunque la forma de éste era más pura: los bordes de los muebles no estaban redondeados por el habitual palimpsesto de una capa tras otra; todos los rasgos originales estaban adecuadamente emplazados; las paredes eran lisas bajo el papel floreado. Advertí una amplia habitación principal, cocina y pasillo; más allá estaba el baño, su dormitorio y posiblemente más. El techo, a tres metros, alargaba el espacio por interferencia e impresión, reduciendo la enorme forma de los muebles. Todas las ventanas a lo largo de la pared que daba a la Octava Avenida estaban abiertas; el ventilador del techo de esta habitación casi conseguía enfriar el aire.

-Conseguiré lo que necesitan. Siéntanse como en casa -dijo Doc. Durante unos momentos nos quedamos inmóviles; un ruido rechinante en el exterior acabó con toda la calma. El tren elevado, recordé, ahí fuera, cinco pisos por encima.

-Nos adaptaremos -dije, acariciando migajas sueltas de optimismo.

-Si es necesario -respondió Jake, sentándose lentamente en un henchido sillón. Apoyó la cabeza en un tapete bordado colocado sobre el sillón. Oktobriana se destapó y se sentó en el sofá tamaño bote; en silencio, se quitó la camisa y los pantalones, se desperezó y bostezó, descubriendo vello bajo el brazo, la rosada protuberancia de sus pezones, el estómago liso, una maraña oscura en la base del vientre. Aparté la mirada; vi, cuando volví a mirar, que ella no miraba más que a Jake. Éste trataba de no verla; lo hizo, volvió a hacerlo, y cerró los ojos, como si mirarla demasiado le convirtiera en piedra, o peor. Tras envolverse otra vez en la manta, se tendió, tosiendo como si fumara; no lo hacía.

-¿Cómo se siente? -volví a preguntar, con la voz cascada como si hubiera vuelto a nacer.

-Cansada. ¿Nueva York es siempre tan caluroso?

-Normalmente -dije, y advertí que me refería a un clima diferente-. A menudo. -Encontré otra silla, que tenía unos brazos tan anchos que podrían haberse sentado cuatro, y me senté solo.

-¿Qué hay ahí detrás? -preguntó Jake-. ¿Un ordenador?

Al volverme sólo vi una caja de madera, su cara sonriente hecha de dos pomos por ojos, un dial amarillo claro por nariz, una ancha sonrisa de fábrica.

-Una radio -dije, estudiando el dial-. Stromberg-Carlson.

-¿Tan grande? ¿Por qué?

-Tubos de vacío -dijo Oktobriana, con los ojos cerrados-. Los medios de comunicación operan aquí sólo con el uso de muchos tubos de vacío que malgastan mucho espacio valioso de forma ineficaz. Un estorbo inevitable si se necesita emplear tecnología progresiva.

Pensé en nuestra propia tecno, en cómo recuperarla.

-¿Dónde le muestra el trazador, Jake?

-Aún tiene el plano de Moscú -dijo él, tras mirarlo-. La luz fluctúa, la verde lo indica. Viable, esté donde esté.

Doc regresó con un montón de ropas de cama; colocó sábanas sobre la alfombra y los cobertores y almohadas sobre una silla vacía.

-Les dejaré que lo preparen todo -dijo-. Tengo que dar una cabezada yo también. Les traeré toallas por la mañana. -Vio el trazador-. ¿Qué es eso?

-Seguimos a nuestro amigo con esto.

-Nunca había visto una cosa así.

-Naturalmente. Jake, lo arreglaremos por la mañana. A esta hora apenas puedo pensar, y mucho menos pensar bien.

-Tal vez por la mañana puedan decirme cómo va a ser el futuro -dijo Doc. Por la mañana, sí; no era algo que uno quisiera oír antes de irse a dormir-. Buenas noches -se despidió, y abandonó la habitación en dirección a la oscuridad del pasillo. Hicimos nuestras camas en unos minutos. Oktobriana estornudó, gruñó y volvió a sacudirse.

-¿Hay una almohada extra? -preguntó-. Hay muelles muy duros en estos cojines. No la había.

-Intentaré traer una -dije, y me levanté y recorrí el pasillo en dirección a la puerta por donde asomaba luz; el sonido de agua al correr me confirmó que era el baño y no el dormitorio.

-¿Doc? -pregunté, llamando a la puerta. Oí el chasquido de un cierre, la puerta de un botiquín.

-¿Qué, Luther? -susurró, y abrió la puerta; un pinchazo en la parte interna del codo sangraba aún, una mancha redonda y oscura en su piel-. ¿Necesitan algo más?

-Oktobriana necesita otra almohada, si la tienen.

-En el armario de aquí. La cogeré.

Cuando tiró de una larga cadena, conectando la luz del pasillo, vi que aún tenia puesta la camiseta, aunque no la camisa. Al estirar un brazo para coger una almohada en lo alto del armario vi algo en el centro de su hombro, medio oculto por la tira de la camiseta.

-¿La consiguió bajo el fuego, Doc? -pregunté-. ¿Una cicatriz de guerra?

-¿Qué?

-En su espalda.

-¿Nunca ha visto una de éstas? -preguntó él, en voz tan baja que apenas le oí; se volvió para mostrármela. Después de mirarme de nuevo, apagó la luz antes de que yo pudiera ver sus ojos. Me pasó la almohada-. Le veré por la mañana.

-Buenas noches -dije-. Gracias.

Atravesó la puerta del dormitorio, la cerró y me dejó con la sensación como si hubiera irrumpido en su alma por accidente. Al regresar a la habitación vi el traje de Jake apilado cerca de donde él yacía. Oktobriana, ya dormida, se había enrollado en su sábana blanca; sudaba tanto que parecía aún más desnuda que cuando lo estaba. Tímido en presencia de una mujer extraña, ansioso por ocultar reacciones inadvertidas, me dejé los pantalones puestos, apagué las luces y me acosté. El suelo parecía casi cómodo.

-¿Qué hay que hacer, Luther? -preguntó Jake.

-Dormir -dije-. Improvisaremos. No comprendo todo lo que sucede.

-Yo no comprendo nada -dijo él, y después guardó silencio. Tras las dos primeras horas el murmullo del tren elevado apenas parecía audible, y resultó casi un alivio. Me desperté hacia el amanecer, y descubrí la habitación iluminada por el brillo ámbar del sol, una luz veraniega llena de bruma y humedad, estriada por el elevado como por el costillar de una glorieta. Las moscas picotearon mi piel mientras inspeccionaban el terreno.

-Jake... -oí decir; no di muestras de haber oído. Ella se había despertado antes (no podía decir cuánto) y se había arrastrado por el suelo, introduciéndose entre las sábanas de Jake. Observé desde el otro lado de la habitación, prestando atención a los murmullos inaudibles. Cuando ella se apretó contra él, Jake la apartó; cuando ella se enroscó a su alrededor, él se soltó. Ella se deslizó y giró, se zambulló bajo las sábanas, frotó y besuqueó, se agarró a sus hombros como si su presa sobre él fuera lo único que la impedía hundirse. Su energía era sorprendente; con todo, no arrancó ninguna reacción. Jake permaneció quieto, como si moverse fuera su fin. Ella debió sentirse como si amara a un muerto.

-No puedo -dijo él por fin. Con ojos de voyeur, la vi llorar como un conejo, sin producir más sonido que el susurro de sus lágrimas al correr por las mejillas.

-Jake -dijo ella-. Brajni.

Regresó al sofá, dejando a su bastardo detrás, el perfecto control de Jake imperturbado. Antes de que el sueño volviera a llevarme a un estado más soportable, recordé de forma inevitablemente clara lo que había visto; recordé la impresión en la espalda de Doc, la marca que me confirmó el aviso de Alejine, de que todo lo que parecía familiar parecería otra cosa con el paso del tiempo. La idea atenazó mi mente, el recuerdo la aterrorizó. Había cicatrices en la espalda de Doc, pero esto no era una cicatriz; era un mensaje transmitido sin la señal de un tatuaje. Llevaba una marca de fábrica: un óvalo alargado se alzaba en su omóplato. La curva superior del óvalo decía SIN DEPÓSITO; la inferior, SIN RETORNO. En el centro de aquel anillo, con el estilo de letra empleado hasta el día mismo en que los absorbimos, su marca: PROPIEDAD DE COCA-COLA CO, ATLANTA, GA.

 

6

 

-¿Hambrientos? -preguntó Doc poco después de despertarnos a las nueve, mientras nos liberábamos de la tumba del sueño. Jake y yo no habíamos comido desde la invitación de Skuratov la noche anterior más una, hacía tantos años.

-¿Hay un cepillo cerca? -preguntó Jake, desdoblando su ennegre¬cida ropa. Al no obtener ninguna respuesta, recalcó-: Suministre detergente y lo lavaré.

Oktobriana se levantó, con las sábanas pegadas a ella como con cola.

-El detergente no se ha inventado todavía, Jake.

-Tenemos jabón de lavandería -dijo Doc, recogiendo las cosas-. ¿No estropeará ese traje si lo moja? ¿No encogerá?

-Es entallado y fijo -dijo Jake, incorporándose y sujetando la sábana con una mano ante él. Mi traje, de estilo corporativo superior, era por supuesto naturalizado, y sus arrugas eran tales que parecía haber permanecido debajo de un tanque durante toda la noche.

Doc asintió, dando a entender que comprendía.

-¿Cómo se encuentra, señorita? ¿Quiere tomar un baño?

Las sábanas de ella cayeron cuando se levantó; Doc desvió la mirada. No parecía tan cómodo ante la visión de la desnudez sin una mesa de exámenes cerca para certificar su adecuación.

-Demasiado temprano para sentir el contacto del agua en la piel -dijo ella; se arrodilló ante una de sus maletas, extendió la mano hacia la otra, con el pie izquierdo levantado para guardar el equilibrio-. Mi nombre es Oktobriana. El nombre familiar que me daba mi madre era Chada, si lo encuentra más fácil.

-No podría llamarla chiquilla, señorita... Wanda entró; miró a Oktobriana y resopló.

-¡Póngase alguna ropa, niña! -exclamó-. ¿No ve que esas malditas ventanas están abiertas? -Oktobriana, tan tranquila, se colocó una camiseta en torno a su mitad superior. Wanda vio a Jake sujetándose la sábana-. Todos desnudos. En mi casa...

-¿Dónde si no iban a vestirse, Wanda...?

-¿Y si algún poli se asomara y los viera a los dos aquí con ella? Correteando desnudos como si ella fuera el plato principal en un buffet. Así no es como se actúa por aquí...

-Muy bien, Wanda -dijo Doc, dirigiéndose hacia el pasillo-. Jake. Luther. Por aquí.

-Nos arrastrarían a todos a la comisaría -siguió Wanda; advirtió las deliberaciones de Oktobriana-. Ellos puede que quieran ver lo que falta, niña, pero yo no. Póngase unas bragas.

Nos detuvimos en el umbral del cuarto de baño como cortados por un hacha; los lavabos turcos no eran tan primitivos. Jake miró la taza como si decidiera cómo desarmarla.

-Siempre está rezongando a esta hora de la mañana -dijo Doc-. ¿Qué está mirando, Jake?

-¿Sabe si esto tiene cisterna? -dijo Jake, mirando la taza. Doc se llevó una mano a la boca, impidiendo exclamar alguna palabra inapropiada.

-¿Ve esa cadena que cuelga? Haga lo que tenga que hacer y, cuando acabe, déle un buen tirón. -Vimos que en lo alto la raíz de la cadena salía de un tanque de porcelana fijo a la pared-. Éste es el baño -siguió explicando Doc- Si quieren darse una ducha, usen los dos pomos de aquí arriba.

-Reconozco -dijo Jake, metiendo la mano tras la cortina y apre¬tando los pomos con los dedos.

-Se giran -explicó Doc. Tras salir al pasillo, añadió-: No tienen que entrar los dos a la vez si no quieren. Hay agua de sobra.

-Inintentado -dije yo. Cerré la puerta y me senté sobre la tapa de la taza. Bajo las patas del baño había un sedimento verdoso como en un lago, un anfitrión de vida. Mientras me pasaba la cuchilla por la cara me pregunté qué sentimientos quedarían tras el encuentro que había contemplado al amanecer; sin embargo, no tenía ningún deseo de preguntar. Cuando Jake salió del baño, vi que se había vestido dentro; su traje goteaba al secarse, restaurado su color marfil.

-Alcalina -observó, llevándose una gota de agua a la lengua-. Aflojará el tejido si se usa demasiado.

-Entonces no lo hagamos. -Mientras Jake examinaba su apariencia ante el espejo, me preparé y entré en el baño. Al colocarme bajo la borboteante agua, con la llovizna cosquilleando más que lavando, o eso me pareció, consideré la facilidad con la que uno podía, si estaba preparado como yo en tal situación, sumirse en una cultura extraña. Años atrás había entrado de incog en Nueva Guinea con mi equipo selecto, haciéndonos pasar por vagabundos que pudieran fundirse con lo cotidiano durante una temporada, y así elaborar nuestro subterfugio sobre aquellos elegidos antes de que se mostrara nuestra posición, y luego marchamos tan tranquilamente como habíamos venido, dejando tras nosotros mentes cambiadas y fragmentos de creencia consumida. Todo lo que hicimos al principio fue aparecer, y enseguida necesita¬mos ayuda; en cuestión de horas encontramos locales dispuestos a ayudarnos, pues nuestra extrañeza se notaba demasiado. Una vez atraídos, el éxito estuvo asegurado. Me dije que esto era lo mismo; el viejo caso del avanzado acercándose al primitivo para conseguir un objetivo más amplio.

Como una imagen inducida, recordé de repente su marca de Caín, y me sentí bastante incómodo.

Sintiéndome de nuevo casi humano después de secarme y vestirme regresé a la habitación principal, y vi a Oktobriana sentada otra vez cerca de Jake; sin embargo, él no mostraba ninguna pasión. Doc estaba sentado en una silla cercana; al parecer, no había interrumpido ninguna conversación. Wanda se asomó a la puerta de la cocina, cubriendo con un delantal blanco la mayor parte del brillo de su bata de color naranja Halloween.

-¿Alguien quiere venir a echarme una mano? -preguntó-. ¿Alguien quiere comer?

-Ésos somos nosotros. Alguien ha debido levantarse esta mañana por el lado equivocado de la cama -nos guiñó Doc.

-Oktobriana y yo requerimos conferenciar -dije-. Acudiremos en breve.

-Entonces vamos, Jake -repuso él, levantándose.

-Jake -dije, deteniéndole a mitad de vuelo-. Vamos a reajustar las coordenadas. ¿La luz verde aparece aún?

-Aún -dijo él, lanzándome el trazador y desapareciendo en el vacío de la cocina-. El punto no se ha movido.

-Hay botones pequeños en el lado -dijo Oktobriana, mirando en su dirección-. ¿Conoce esta latitud y longitud? -asentí-. Introdúzcalas. El plano de Moscú será remplazado por el de la zona de Nueva York.

-¿Cuántos hay en memoria?

-Todas las ciudades importantes y todas las ciudades rusas de más de cinco mil habitantes.

Oímos el sonido de algo al romperse.

-No, Jake. De esta forma -escuchamos decir a Doc-. Eso es.

Mientras el plano se reformaba, aparecieron cincuenta kilómetros de alrededores. Volviendo a pulsar el rastreador, conseguí una amplia¬ción. En Jersey, entre las líneas de calles inexistentes, su manchita se veía azul.

-No se ha movido -dije-. Inconsciente, posiblemente. Agonizando, tal vez. Huesos rotos o atascado en el lodo.

-Pero aún vivo. Debemos ver si la máquina sobrevivió a la caída.

-Tal vez Doc pueda llevarnos allí. Pero, ¿con qué propósito? ¿Es posible que pueda efectuar los reajustes?

-No es previsible, pero merece la pena intentarlo. Imprevisible no significa imposible.

-¿Podemos contactar con Alejine de algún modo? -pregunté-. La posibilidad de transferencia debe haber parecido una opción.

-Él no lo recomendó.

-Con todo, deben de haber incorporado un medio de contacto.

-Hay un método de contactar, sí, pero recuerde que no se esperaba que yo apareciera en Nueva York si hacía la transferencia. Como dije, Sachenka se mantuvo estacionario las dos veces que lo usó. Cambiar de emplazamiento al moverse de un plano de tierra a otro no estaba previsto.

-¿Cuál es entonces el método de señalizar? -pregunté-. Si él está...

-Es probable que no. Prefiero dejarlo como último recurso.

-Eso no tiene sentido. Si hay una posibilidad, aunque sea remota, hay que intentarla. ¿Cuál es el método?

-Estos trazadores tienen un método especial de contactar sin peligro de observación. Sania obtuvo un par para nosotros antes de su primera visita. Reajustando el trazador puedo señalar nuestra llegada usando el código Morse. El emplazamiento se transmite con destellos blancos en la pantalla del trazador.

-¿Qué pasó con el suyo?

-Desapareció inmediatamente después de dejar Dubna. Hizo que me diera cuenta de que había llegado el momento de moverse. Sabía que podían encontrarme pero esperaba que no vieran necesario el esfuerzo. Ciertamente, con el mío, ellos sabían que podía verlos...

-Transmitamos a Alej...

-Sin acceso a un ordenador para reajustar el trazador a su uso original es imposible. ¿Dónde hay un ordenador aquí? Como dije, esto es una existencia de tubos de vacío. Teniendo sólo un instrumento parece absurdo correr hasta que hayamos recuperado nuestro aparato, ¿no?

-Si no le hubiera dejado con el otro trazador...

-Si la mierda fuera oro, todos seríamos capitalistas. Una vez más, no hay elección. Tenemos que encontrar a Skuratov. Recuperar la máquina. Ver si es operable. Tratar de contactar entonces con Sania. Si no lo hacemos, intentaremos reajustar el aparato...

-¿Pero puede hacerlo?

-Merece la pena intentarlo -dijo ella-. Los hombres son tan derrotistas. Creo que puedo reenergizar el aparato cerca de un circuito de Tesla en funcionamiento. Un circuito grande. Más grande quizá que nada de lo que exista aquí, pero no estoy segura. El problema es si puedo interferir en las directrices programadas por Sania. Si no... -Calló y se mordió los labios-. Intentaremos reajustar el aparato de todas formas. Podemos tener éxito o fracasar. Si fracasamos, nos encontraremos con grandes problemas...

El rugido de Wanda interrumpió nuestra conversación.

-¿Qué quiere decir con eso de que estoy horneando pan que ya está horneado? Ayúdeme a freír este tocino...

-¿Ha advertido detalles inexplicables alrededor? -pregunté, pen¬sando de nuevo en aquel cartel de la película, la marca de Doc, sensaciones inespecíficas.

-Estar inconsciente la mayor parte del tiempo desde nuestra llegada dificulta una observación concienzuda -dijo ella-. Hay cosas que he advertido. ¿Cuál es el tema?

-No estamos en el pasado, ¿no es así? No verdaderamente.

-No el pasado, ciertamente. ¿Cuántas veces le he dicho que la causalidad lo impide? No se puede beber vodka estando ya borracho.

-Entonces Alejine se dio cuenta durante su primer viaje. Lo sabía usted. -Una mosca, ansiando mi cabeza, la acarició repetidamente-. Seguramente le contó más de lo que dice. Con anterioridad deben haber metido viejas teorías en ropas nuevas. ¿Dónde estamos?

-Para nosotros parece el pasado -dijo ella-. Para ellos, y de hecho, es el presente.

-Repita y clarifique.

-Ésta es una esfera de existencia coexistente -dijo ella-. Ocupa el mismo espacio que el nuestro pero en un aspecto diferente. Ningún mundo conoce la existencia del otro. Tal vez cada uno empezó como la imagen reflejada del otro. Parece que uno se desarrolló más despacio al seguir el camino. Tenemos la teoría de que en algunos lugares se producen ventanas entre los mundos durante corto tiempo, permitiendo un traspaso accidental. Eso explicaría muchos aspectos parafísicos. Sania, a partir de ahí, desarrolló un método para viajar a voluntad entre esos lugares...

-Eso es una locura. Es de cuaderno de cómics...

-Cierto, pero es lo mismo.

-Es imposible poner dos cosas en una.

-Es obviamente posible -dijo ella-. Visualice un ancho prado con una alta verja de malla corriendo por en medio. La malla de la verja es tan fina que la persona que está a cada lado no puede ver la presencia al otro lado. El prado es el mismo a ambos lados, pero tal vez la sombra de la verja causa que una mitad crezca más despacio. ¿Tiene sentido?

-¿Qué ocurre dentro de la línea de la verja?

-Cualquier cosa. Creemos que es una zona de flujo extremo. Atravesarla sería probablemente muy peligroso.

-Siguiendo con esta estúpida metáfora -dije, todavía sin creer-, ¿cómo se obtiene entonces el acceso? Ella se encogió de hombros.

-Apunte a la verja con una manguera. El agua se filtra al otro lado. Nosotros somos el agua.

-En teoría, podemos regresar...

-De hecho, Sania regresó. Todo lo que se necesita es un aparato en funcionamiento. Una nueva manguera, como si dijéramos. Hay que contar con el hecho de que debemos marcharnos de aquí tan pronto como sea posible. Los problemas inherentes contienen gran potencial para mucho engaño y daño.

-¿Qué? ¿Nos casaremos con nuestros bisabuelos por error?

-No hace falta paraguas a menos que llueva -dijo ella, molesta-. Nada de eso. Aquí podría haber otras personas. Hay que olvidar esas estúpidas fantasías. Dos problemas inevitables en los que estoy pensando son mucho más serios y probables.

-Y son...

-Este mundo podría estar siguiendo un camino similar al nuestro, pero no lo sabemos con seguridad. No podemos prever cómo las acciones aquí causarán daños irreparables al futuro de este mundo.

-O daños ventajosos. ¿Ha considerado eso?

-Ésa era la idealista creencia de Sania. Antes de marcharse por segunda vez dijo que de hecho lo veía como una solución, no como un problema. Yo no estoy de acuerdo porque no sabemos qué efecto tienen nuestras acciones, y no deberíamos tener poder para cambiar las cosas. Pero el problema de la enfermedad es mucho más inmediato y terriblemente serio.

-¿Enfermedad?

-El mal más simple podría matamos si nuestra inmunidad no encaja, y no hay motivos para que lo haga. Piense en la transmisión de plagas comunes de cultura en cultura en el pasado. La muerte negra medieval. Sus indios americanos aniquilados por las enfermedades del hombre blanco. Es el mismo principio. Cuanto más tiempo estemos aquí, más nos expondremos a lo que quiera que haya.

-¿No le detuvo eso? Ella sacudió la cabeza.

-Es un loco.

Un sonido sordo, como de un martillo golpeando algo sólido, vino desde la cocina.

-¡Jake!

Las posibilidades eran ilimitadas. Eché a correr, temiendo encontrar¬me con bajas. Oktobriana me siguió, y el estómago me dio un vuelco al entrar...., no por la visión, sino por el olor. El aroma excremental de la comida al freírse permeaba el aire excluyendo el oxígeno.

-Ya tenemos ayuda de sobra aquí -gritó Wanda, con los puños cerrados-. Miren cómo me ayuda. ¿No pudo pisar al maldito bicho?

Empotrado en la pared, a la altura de la nariz, había un cuchillo de carnicero; en el suelo había una cucaracha partida por la mitad.

-Le di -dijo Jake, tan tranquilo.

-Sólo aplástelas, Jake. Coja el bote de Flit -dijo Doc, liberando la hoja-. No sabía a quién trataba de darle.

-Loco -murmuró Wanda, mientras removía una cacerola llena de tiras de tocino sumergidas en grasa sobre la llama libre del horno-. Mete el tocino en la panera, cierra la tapa, quiere saber cómo se cocina. Tira de los pomos en vez de girarlos. Coloca las sartenes a medio palmo de la llama y quiere saber cuánto tardarán en calentarse. ¿Ha estado alguna vez antes en una cocina?

-¿Les gustan los huevos fritos? -preguntó Doc. Miré un calentador en lo alto del horno. Allí, ocho especies de pringosos cráneos en miniatura flotaban en su charco marrón grisáceo. Su olor, a esta hora de la mañana, era insoportable-. Jake está acostumbrado a las cocinas del futuro, ¿no es verdad, Jake? Probablemente tienen artilugios que asan la carne justo en el momento, ¿eh?

Jake asintió.

-Napalm...

-Tengo apetito -dijo Oktobriana. Yo abrí la boca para reducir aquel olor abrumador, el permanente aroma de la grasa ardiendo.

-Platos que se lavan solos -continuó Doc-. Nabos del tamaño de balones...

-¿Puedo tomar dos huevos sin cáscara? -pregunté, sabiendo que faltaba algo.

-¿Los quiere crudos? ¿Tiene úlceras?

-Terribles -mentí-. Los tomaré en vaso, por favor...

-¿Me pongo a cocinar para ellos con este calor, y va a sentarse y beberse los huevos? Mierda...

-Vamos, Wanda. Tranquilízate.

-Prepárense todos y siéntense -dijo ella. El tamaño de la cocina im¬presionaba, tan acostumbrado estaba yo a los rectángulos que los caseros de Nueva York de nuestra época llaman Áreas de Ingestión; cada uno de nosotros tenía tanto espacio que nos sentamos en torno a la mesa en el centro de la habitación, frente a la ancha ventana, mientras el incesante murmullo de las moscas resonaba en nuestros oídos. Nuestros anfitrio¬nes y Oktobriana devoraron sus horrores emplatados, y yo sacudí mis huevos hasta que pude beberlos, y Jake recortó el borde de sus tostadas.

-¿No le gusta la corteza, Jake? -preguntó Doc, tragando tocino.

-La concentración de partículas de la superficie es mayor -dijo, mirando hacia abajo-. ¿De qué es el suelo?

-De linóleo -contestó Wanda. El nombre no me era familiar; fuera lo que fuese, estaba rayado y gastado por los bordes, mostrando la acumulación anual de basura bajo el brillo de la superficie-. ¿Qué tienen ustedes? ¿Otra cosa?

-Mirafloor -dijo Jake-. Un producto industrial comprimido...

Wanda no parecía impresionada. Daba la impresión de que un aspecto inevitable de este tiempo era que a medida que el mundo exterior se volvía más gris mientras la Depresión continuaba, el interior brillaba como policromado, una pérdida compensando de sobras la otra. Sentado en una mullida silla, viendo la luz del sol filtrarse a través de la marquesina verde y blanca y las cortinas amarillo cromo, con las rodillas rozando un mantel a cuadros rojos con una sensación extraña y resbaladiza, bebiendo de un vaso rojo sangre, observando los brillantes platos azules de los otros, me sentí asaltado por el color, estrangulado por un arco iris.

-Llamé esta mañana a ese amigo mío del que hablaba -dijo Doc, sacando aceite amarillo de sus yemas, empapando sus tostadas en su sebo-. No tenía ningún pase en blanco, pero tiene algo igual de bueno. Dijo que fuera después del desayuno. Vive calle arriba.

-¿Hablaste con Cedric o con Lee? -preguntó Wanda.

-Sabes que Lee nunca se levanta antes del mediodía. Esto nos pondrá a la par hasta la próxima vez que una de sus muchachas se meta en problemas...

-Probablemente eso será la semana que viene. ¿Por qué no comen ustedes dos como esta niñita de aquí?

-Una sobrecarga no es esencial -dijo Jake-. Estoy saciado. -Las moscas revoloteaban alrededor antes de zambullirse en nuestros platos.

-No soy una niñita -corrigió Oktobriana, acabando con su plato inicial; Doc volvió a llenarlo.

-No come como una -admitió Wanda-, ¿Quieres que me encargue de las cosas, entonces?

-¿Por qué no? -dijo Doc tranquilamente-. Luther, saque esa foto de su pasaporte antes de irse. Necesitará ponerla en el nuevo.

-¿Un pasaporte norteamericano nuevo?

La ceja derecha de Doc se alzó como la de un búho.

-Venezolano. Es todo lo que tiene en este momento. Le di su altura, peso y edad. También le proporcionará un nombre nuevo, para mantenerlo todo en marcha.

-No parezco venezolano.

-Tampoco parece que sea de Noruega-dijo Doc-, Allá se mezclan mucho más que por aquí arriba. Pasará. ¿Habla español?

-Un poco -dije; español, turco, ruso, francés-. Pero sigo creyendo que soy demasiado oscuro...

-¿Oscuro?-rió Wanda, mostrando sus dientes de oro-. ¿Con esos ojazos verdes? Parece que había más de un lechero rondando la cocina de su madre.

Sintiéndome adecuadamente emplazado, decidí que era necesaria una comprobación, más que nada para distraer.

-Jake -dije-. ¿Movimiento visto o no visto? Jake sacó el trazador y lo miró.

-Nada.

-¿Qué es eso? -preguntó Wanda.

-Nos informa de los movimientos de los demás -dije-. O de su carencia. Estamos viendo al que tiene nuestro visado de salida.

-¿Un amigo? Hicimos una mueca.

-Otro huérfano del tiempo -informó Oktobriana-. Un terrible compatriota mío. Trató de hacernos prisioneros. Trató de matar a Jake con una bomba. En el avión, hizo un nuevo intento antes de que Jake lo arrojara al pantano de abajo.

-¿Está seguro de que necesitan mantenerse en contacto? -preguntó Doc; nosotros asentimos-, ¿Aún está en Jersey, entonces?

-Cerca del punto de descenso. -Una mosca atacó en picado; Jake, aburrido, la cogió al vuelo, sin que se viera su movimiento. Apretó el puño, abrió la mano, se limpió en la servilleta y siguió comiendo.

-Gran cazador -dijo Oktobriana, sonriendo mientras daba cuenta de su segundo plato.

-Probablemente pueda acercarles más tarde, cuando consigan ese pasaporte -dijo Doc-. Parece que se está recuperando la mar de bien, señorita.

-Tengo sensaciones exuberantes -dijo ella-. Tan inesperadas des¬pués del paso de la fiebre. La cabeza embotada, pero no dolorida. La rigidez esperada va pasando.

-¿Puedo? -le pregunté a Doc, señalando un periódico sobre la mesa.

-Tome. Es el de esta mañana. Ya lo he leído. Tírelo cuando lo acabe. -El papelucho no se parecía a nada publicado en mi Nueva York, como el Mirror. El Herald-Tribune and Mail del 17 de junio de 1939 tenía pocas fotos, superabundancia de texto, y titulares semirracionales. Tras echar una ojeada leí: REY SE DESPIDE DE NUEVA YORK, SE REÚNE HOY CON EL PRESIDENTE; OLA DE CALOR ARRASA EUROPA; LA GUARDIA JURA COMBATIR EL RECORTE DE PRESUPUESTO DE LA LEGISLATURA...

-Tantas moscas... -dijo Oktobriana, dando palmadas.

-No más que en cualquier verano -respondió Wanda-. Las hordas de Belcebú. Emisarias de la oscuridad. Hay que acostumbrase a ellas. ¿No tienen ustedes ya moscas?

-Probablemente han acabado con todas las plagas en el futuro, Wanda -dijo Doc-. Nada de cucarachas. Ni ratas. Ni arañas ni ratones.

EL CONGRESO DE JUDÍOS NORTEAMERICANOS SOLICITA LA RETI-RADA DE LAS CUOTAS DE REFUGIADOS; LONG PLANEA PRESENTARSE POR UN TERCER PARTIDO SI LOS DEMÓCRATAS LE NIEGAN LA NOMINACIÓN; TRES MUERTOS EN UN INCENDIO EN EL BRONX; TESLA CONECTARÁ EL INTERRUPTOR EL DOMINGO POR LA NOCHE, UN CIENTÍFICO DE FAMA MUNDIAL ASISTIRÁ A LA CEREMONIA...

-¿Tesla? -dijo Oktobriana, espiando el último nombre-. ¿Qué ceremonia y dónde?

-La Feria Mundial -dijo Doc-. En Flushing Meadows. En Queens.

-Déjeme ver -dijo ella, quitándome el periódico de las manos-. Va a ser homenajeado en un gran festival en esta feria. Conectará el interruptor de un nuevo aparato. Para uso pacífico, supongo...

-¿Quién es Tesla? -preguntó Jake.

-Tesla fue un inventor y un científico -dijo ella-. Un auténtico genio. Eslavo, no hace falta decirlo, aunque yugoslavo. Con el empleo de las espirales Tesla permitió el uso de la energía eléctrica en corriente alterna. Permite que la electricidad se utilice en todas partes y con seguridad. Y otras muchas ideas espléndidas que nunca empleó. Nociones y conceptos valientes ignorados incluso en nuestros días. Demasiado visionario.

-Últimamente ha estado trabajando en rayos de la muerte -dijo Doc.

-Eso implicaría el uso de grandes espirales adjuntadas a una torre -respondió ella, pensativa-. Tal vez podría ser útil. Estoy un poco familiarizada con su trabajo.

Un pequeño bombardero se cernió sobre ella; si su vaso de zumo no hubiera caído al suelo por el movimiento, la mosca nunca habría sabido que su brazo izquierdo abandonaba la mesa. En un segundo su mano apareció abierta, al siguiente se había cerrado.

-Maldición -dijo Wanda, frotando la servilleta contra el suelo para secar lo derramado antes de que se filtrara-. ¿Sólo sirven ustedes para cazar moscas?

-Vea cómo lo hago mejor que Jake -rió Oktobriana, y se puso de pie para extender los brazos. Las amigas de su cautiva revolotearon alrededor, como ofreciendo tributo a la caída; un error. Esta vez distinguí el destello cuando disparó su brazo. Alzó la mano a nivel de los ojos y la abrió. Había cuatro moscas aturdidas en su palma abierta, tal vez tan sorprendidas como yo. Oktobriana las despertó con una sacudida y volvió a enviarlas al aire.

-¿Cómo hace eso? -preguntó Wanda.

-No estoy segura... -murmulló Oktobriana, sentándose de nueva-. Accidente afortunado, tal vez.

Doc soltó su cuchillo y su tenedor, aunque aún quedaba comida ante él.

-Escuchen -dijo-, anoche estuve tan atareado ocupándome de las quejas obvias que no tuve oportunidad de hacer unas pruebas que quería. Nada de importancia, sólo comprobar un par de cosas. ¿Quieren pasar usted y Jake a mi consulta cuando hayamos acabado? No tardará ni diez minutos.

Las ropas del aficionado nunca ocultan nada; no importaba lo tranquila que estuviera su cara, los ojos del no profesional nunca llevan la mentira. Fuera lo que fuera lo que le preocupaba, lo hacía profun¬damente, no importaba su fingida falta de importancia. Sus recelos colgaban en el aire como una espada.

-Muy bien -dijo ella.

-Luther, usted también, cuando vuelva.

-Cuando vuelva -dijo Wanda-. No ha ido todavía. Pongámonos en marcha si queremos hacerlo. Tengo otras cosas de las que ocuparme aparte de servir de niñera y guía turística a este grupo. Vamos -se puso en pie y se apartó de la mesa-. Que los demás se encarguen de los platos.

-Jake -dije, distrayendo su búsqueda del fregadero por toda la habitación-. Dame el trazador mientras estoy fuera. Quiero tabular cualquier sacudida que aparezca si se mueve.

-Si se mueve, síguele -respondió Jake.

-No deje que nadie vea esa cosa mientras estoy con usted -dijo Wanda.

-Si alguien pregunta, dígale que es una barra Hershey -rió Doc, aunque algo seguía comiéndole por dentro.

-¿Ésas son sus únicas ropas? -me preguntó Wanda; mi dos piezas de lana con su fina espiguilla, de solapa media, ya no tenían el más mínimo aspecto de planchado; la mayor parte del barro de las perneras había vuelto a convertirse en polvo. Sin embargo, no podía imaginar que pareciera extraño.

-Solas y únicas -dije.

-Bien, pues no se haga notar. Péguese a mí como con cola. ¿De acuerdo?

-Es esencial que siga -dijo Jake- Me prep.

-Quédese aquí, Jake -intervino Doc-. La gente que van a ver no, uh, aprecian mucho a los blancos...

-En marcha -dijo Wanda, colgándose el bolso al hombro; su piel parecía como arrancada de lagartos, aunque no podía imaginar que lo fuera realmente-. Acabemos de una vez.

Siguiéndola como me había especificado, salimos a la luz y el murmullo de la calle. El cartel del Abisinia se evidenciaba bajo la galería bostezante. Vi las atracciones previstas: Viernes Lester Young y Charles Parker/Sábado Robert Johnson el Blues Man/Entrada cincuenta centavos.

-Están sólo a unas manzanas más arriba -dijo ella-. ¿Qué está mirando?

-Todo -respondí-. ¿Esos asociados son colegas médicos?

-Colegas rastreros. Lee el Sangre no es más que un chulo. Sus tarjetas dicen que es empresario artístico. Tiene un establo con tres chicas trabajando la calle, pero ellas se quedan con la mitad del dinero y él está siempre demasiado borracho para darse cuenta. No es más que un cerdo con zapatos. Es tan bajuno que concierta fiestas de maricas. Cedric es el enterado. Lleva las cuentas, se encarga de que los bares tengan alcohol, pasa todo el opio que entra. Debe tener contactos con la comisaría. Y consigue papeles para los que no los tienen. -Me miró de arriba abajo y sonrió-. Falso como un billete de tres dólares. Se sentirá contento de ayudarle.

-¿Tiene Doc mucho contacto con ese mercado clandestino?

-Cuando es necesario. Considerándolo, yo me alegraría de ello si fuera usted.

Por encima de nosotros sonaban los trenes, sacudiéndose mientras avanzaban; la luz del sol se filtraba hasta la calle como a través del entramado de una jungla, y sus tonos aparecían puros contra la sombra constante. En la calle misma, el tráfico fluía lentamente: coches de museo ajados tras años de uso que parecían menos insectiles a medida que me familiarizaba con ellos; tranvías de techo gris y costados rojos y amarillos, sin ventanas para aliviar el calor del verano, zumbaban por el carril central. Bordeamos una acera cubierta por una masa de cajas apiladas, muebles viejos y alfombras enrolladas sobre las que estaban encaramados un grupo de niños sin zapatos.

-Otro desahucio -murmuró Wanda-. Los malditos caseros nunca le dan a nadie una oportunidad de recuperarse.

Como en nuestros días, un adolescente con una radio añadía sonido al ruido; aquí su aparato era tamaño laséreo, pero no tenía más que dos botones, y estaba enchufado a la base de una farola con un largo cable, y emitía a una atenta multitud un programa de béisbol desde Polo Grounds, estuviera aquello donde estuviese. Por todas las aceras deambulaban los residentes, charlando en grupos o discutiendo en parejas. Había hombres arrodillados sobre las rejillas del metro, metiendo trozos de cuerda como para pescar.

-Construyeron las rejillas -dijo ella-. Nunca construyeron el metro. Se quedaron sin dinero. Siguen diciendo que demolerán el elevado el año que viene. Tiraron el de la Sexta Avenida el año pasado.

En una esquina en sombras, una mujer mayor vendía grandes bizcochos salados. Su quiosco eran dos cajas de madera, su mostrador una gastada cesta de mimbre.

-Bizcochos -anunciaba con su boca sin dientes-. Bizcochos a un centavo. Por favor, compre un sabroso bizcocho.

Niñitas de falda plisada saltaban por el pavimento marcado con tiza; muchachos sin camisa lanzaban sus navajas contra un montón de tierra donde antes se había alzado un árbol. Docenas de personas saludaban y sonreían a Wanda mientras pasábamos; ella devolvía el cumplido con una palabra o un movimiento de cabeza. Pasamos junto a dos hombres harapientos tendidos en el suelo, tras los cubos de basura, muertos para todos los mundos excepto para el suyo propio.

-Apuesto a que no los hay así en su época -dijo ella-. La maldita Depresión no va a terminar nunca, no lo creo.

Tenía razón. En nuestra época, en un territorio similar, habría veinte tipos tendidos, durmiendo como pudieran hasta que fueran despertados por un asalto, una sirena o el olor de su propia carne ardiendo.

-Al menos esto acabó con los que tenían todo el dinero -continuó ella-. Siguen estando mejor que nosotros, pero lo pasan mal. Se lo merecían.

Pasamos ante un edificio más nuevo, de tres plantas, cromo curvado y letras plateadas. Era el BANCO DE LOS ESTADOS UNIDOS, FUNDADO EN 1933. Wanda escupió en los escalones de entrada.

-¿Su banco? -pregunté.

-El único banco que hay, si usas bancos -dijo ella. En la siguiente esquina tuvimos que abrirnos paso entre el público que rodeaba a un hombre que estaba de pie en lo alto de una escalerilla de mano, agitando los brazos como si intentara levitar. Su voz parecía un trueno de verano.

-¡El negro quiere un trato justo! -gritaba. Vi que cerca había dos policías negros-. Quiere la misma paga que el hombre blanco si hace el mismo trabajo. Quiere ir donde quiera cuando quiera igual que un hombre blanco. ¡Quiere respeto por ser un hombre! -La multitud asintió. Después de pasar, Wanda se detuvo a escuchar-. No medio hombre, un hombre entero. Con todos los derechos. Con escuelas a las que merezca la pena enviar a sus hijos. ¡Con metros donde se pueda sentar y no estar de pie! -Un enorme sí se elevó de la multitud-. ¡Que la policía trabaje para él y no contra él! -El rugido de su pequeño público se triplicó dos veces. Los dos policías avanzaron rápidamente.

-Muy bien, dispérsense...

-Muévanse -dijo el otro, apartando a dos ancianos de pelo blanco-. Disuélvanse.

-Miradlos -dijo el orador, bajando de su escalera-. Queremos libertad de expresión en este país como la tiene el hombre blanco...

-Vuélvete a Rusia -gritó el más grande de los dos guardianes del orden, acercándose y arrojando al hombre al pavimento; antes de que besara la calle, su público había desaparecido. Wanda bajó la cabeza, se volvió y nos marchamos.

-¿Qué pasa? -pregunté.

-Uno de esos oradores -dijo ella-. La mayoría frecuentan Lenox. No les gusta demasiado que vengan por aquí, y menos aún que empiecen a hablar sobre los polis. Pero cada palabra que dijo es verdad.

-No tenía aspecto de ruso -dije yo. Wanda se echó a reír.

-Bebés en el bosque, todos ustedes.

Unos pocos cientos de metros más y llegamos a nuestro destino, una pequeña confitería con ventanas ennegrecidas por la suciedad. Tras mirar la calle arriba y abajo, Wanda entró; una campana unida a la puerta tintineó cuando cruzamos. Las ventanas estaban limpias como el agua en comparación con el interior de la tienda. Bajo un largo expositor de cristal había bombones escoceses Kerr's y barras Oh Henry, con su papel gris arrugado en torno a su horrible relleno. Varios periódicos amarillentos apilados cerca llevaban fecha del mes pasado. Tras el mostrador había un muchachito ceñudo con una gorra enorme cubriéndole la mayor parte de la cabeza y un palillo de dientes asomando por entre sus labios.

-¿Están dentro? -preguntó Wanda. El mocoso asintió sin mirar y señaló con un pulgar hacia una cortina que lo ocultaba todo-. Será mejor que lo estén.

Nos deslizamos tras la cortina y nos encontramos con una pared lisa, rota por una única puerta de metal. Wanda llamó tres veces, a intervalos separados. Alguien nos estudió a través de la mirilla antes de abrir; apareció el vigilante, un hombre delgado de tono café con leche, que llevaba un chaleco y pantalones cortados para impresionar más que para ser cómodos. Bajó la pistola y sonrió, mostrando en sus incisivos un resplandor de diamante.

-Hooola, mujerona -hablaba con acento teatralmente entrenado-. Pasa.

-Aparta ese cañón -dijo ella, y entramos. Había una oficina sin ventanas donde no aparecía ningún mueble aparte de unos archiva¬dores, un enorme escritorio de madera y un alto perchero. En lo alto de la mesa había dos de aquellos antiguos teléfonos. En la pared, sobre la mesa, una foto enmarcada de Teddy Roosevelt; advertí que Cedric llevaba unos quevedos similares. En una esquina había lo que, inventada en aquellos días, llamaban una Victrola, que reproducía en su negra cera los gritos de Verdi. Me pregunté por el gusto musical del hombre. Sobre la camisa de seda de Cedric había una ancha corbata verde y púrpura, bien apretada en torno a su flaco cuello. Del perchero colgaban una chaqueta oscura con botones de perla y un sombrero hongo gris cielo; vómito seco moteaba ambas cosas.

-Señorita Wanda -dijo-. Estoy hecho una facha esta mañana. Toda la noche cuidando de Rockefeller... -Pasillo abajo oí el sonido de pasos tambaleantes, como ocurre después de una larga borrachera.

-Mételo en una bolsa y tíralo al río. Cedric, no he venido aquí a que me cuentes....

-Una de sus nenas y él se metieron en una trifulca anoche, no quiero saber qué pasó, pero tiene todos los nudillos despellejados..., de todas formas, debían de estar borrachos. Sé que él lo estaba. Vino a casa, se quitó la ropa como si fuera Josephine Baker y se metió en el cuarto de baño. Oí un tud como un caballo desplomado con el calor, y entré, y le vi desmayado entre la taza y la pared. Le unté con Dixie Peach, y luego lo recogí y lo...

-No quiero que me cuentes tu vida amorosa -dijo ella-. ¿Dónde está el pasaporte del que hablaba Norman? Tengo cosas que hacer, Cedric...

-Oh. Entonces cotillearemos cuando la señorita Wanda lo quiera, supongo. Muy bien -dijo, trotando hacia la mesa como un pony recién nacido-. ¿Éste es el tipo necesitado? -Me midió de arriba abajo; sentí que me pasaban por los rayos X. Un militar, he oído. ¿Está con vosotros?

-Deja de curiosear, Cedric, y al grano.

-¿Te has echado leche agria en el café esta mañana? -me preguntó, cogiéndome por el brazo con su rápida mano-. Cuando se ponga demasiado gorda para sus bragas, y no tardará mucho -me hizo un guiño-, vente por aquí y quédate con nosotros todo el tiempo que quieras.

-¿Tiene lo requerido? -pregunté, prefiriendo no comprometerme.

-Nunca he tenido ninguna queja -abrió el cajón del escritorio y sacó un fino librito verde-. Aquí tiene, su pasaporte venezolano. ¿Trajo una foto? No servirá de otro modo.

Le entregué mi pasaporte; arrancó la foto sin mirarla, untó de cola el dorso con un cepillo y la pegó en el librito. Tras agitarlo unas cuantas veces, decidió que ya estaba seco.

-Firme aquí. Verá que le he dado un nuevo nombre.

Mi reajustado natalicio era el 7 de agosto de 1892; mi alias era...

-¿Anselmo Perón y Caracas Valentino?

-Parece bastante al sur de la frontera, ¿verdad? Casi puedo ver los cactos. Firme aquí, muchacho. Un mulato alto como usted no tendrá problemas para pasar.

Un tipo de andares vacilantes emergió del oscuro pasillo; su forma, antaño musculosa, se precipitaba hacia la gordura. Lee el Sangre impresionaba bastante poco, pues llevaba unos calzones hasta la rodilla estampados con corazones rojos; además, tenía la camiseta mal metida por dentro.

-Wanda -dijo, frotándose la cara como para transformar su forma-. ¿Qué estás haciendo aquí?

-Cobrando deudas -dijo Cedric-. Señorita Wanda, dile a Doc que si alguna vez quiere un gran favor, todo lo que tiene que hacer es pedirle a Lee que lleve a examinar a todas sus chicas. -Se detuvo, lanzándole a Lee una de esas miradas que matan-. Y que luego se las tire a todas.

-Tranquilo, Cedric -dijo ella. Lee se acercó, extendió la mano alrededor de la cintura de Wanda como si buscara un asa para agarrarse y mantenerse recto, y palmeó uno de sus glúteos como un melón.

-¿Mi mejor yegua no va a cabalgar con el amo? -preguntó; parecía todavía borracho-, ¿No has venido para eso?

-Quítame las manos del culo -dijo ella, zafándose-. Chulo gilipollas. ¿Crees que quiero ver tu fea cara cuando acabas de levantarte de la cama?

-Lo has hecho -dijo él, sonriendo-. Deja al matasanos. Vuelve conmigo.

-Mierda. Ve y que te den por el culo. Búscate a alguien que quiera soportarte. Vamos, Luther, marchémonos.

Lee se encogió de hombros, volvió a sonreír y regresó dando tumbos al pasillo. Cedric me agarró por el hombro, su frustración sólo humo.

-Vuelva cuando quiera -dijo, sin sonreír-. Soldado. Tras salir a la calle miré a Wanda, cuya cara brillaba de furia; esta vez, al menos, supe que nosotros no habíamos sido la causa.

-¿También tiene contactos? -le pregunté.

-Hice algunos trabajitos para él hace mucho tiempo -contestó, zanjando el tema como si tirara un pañuelo usado-. Bueno, ese pasaporte debería librarle de la mayor parte de los problemas.

-El nombre no tiene sentido -dije-. Y han puesto Bogotá como mi lugar de residencia. Eso está en Colombia...

-¿Quién lo va a saber? -preguntó ella-. ¿Los colombianos?

Al guardar el pasaporte en el bolsillo me topé con el trazador; decidí volver a comprobar la carencia de movimientos de Skuratov. Cubrién¬dolo con la mano y la chaqueta, lo conecté mientras Wanda se detenía a comprar un periódico en un quiosco situado bajo las escaleras de un elevado; los tres tramos estaban techados con uralita, y unos delicados postes de hierro, oxidados y necesitando una mano de pintura, lo sostenían. En la pantalla del trazador la luz aparecía claramente móvil.

-¿Cuál es el camino más rápido al centro? -Ella señaló hacia arriba, al parecer sin sorprenderse por mi estallido-. Se está moviendo. Sobre ruedas, tal vez...

-Espere un momento -dijo ella, agarrándome el brazo y susurrándome al oído-. No deje que nadie vea esa maldita cosa. ¿De qué está hablando?

-Está en camino -dije-. Tenemos que ver dónde se asienta. -A juzgar por el trazador, había entrado en el bajo Manhattan; no era posible que se moviera solo.

-Esa cosa muestra adonde va, ¿no?

-Alguien le lleva. ¿Y si lo aeroportean o lo inaccesibilitan? Es nuestro único billete de regreso, y tengo que seguir...

-¿Quiere decir que quiere ir al centro? -suspiró ella, sabiendo mi respuesta.

-Es esencial. Si fuera a pie no, pero a esta velocidad...

-Bueno, enviarle solo al centro será como enviar a un bebé gateando a un pozo de serpientes. Supongo que no tendremos tiempo de ir a casa primero...

-No. Sólo será un seguimiento. La seguridad está confirmada.

-Entonces vamos. Pero mire, no voy a perseguir todo el día a ningún gilipollas a quien ni siquiera conozco. Cuando se acostumbre a las cosas, podrá hacerlo solo. -Metió la mano en su bolso y sacó una moneda. Me la tendió. El níquel mostraba un bisonte y un indio, cada uno finamente esculpido-. Introdúzcala en la ranura del torno cuando pasemos.

La estación parecía un chalet suizo estropeado por la intemperie, cubierto de sucios picos naranja y cúpulas ladeadas; VIAJE EN EL ELEVADO AL AIRE LIBRE, aparecía escrito en su costado. El interior del lugar parecía la habitación de un museo, antigua incluso para aquella época. Un empleado uniformado lo vigilaba todo desde un cubículo marrón negruzco, apartado de los de fuera por una ventana con barrotes de bronce. La fricción de muchos pies había creado en las tablas del suelo crestas y valles. Los tubos negros de una estufa de hierro corrían hacia arriba, a través del techo de metal prensado; alrededor de sus patas rechonchas y su cuerpo oscuro se agrupaban cubos de arena. Ventanas de cristales azules teñían la luz que lo inundaba todo. Tras pasar por los tornos de metal liviano, abrimos las altas puertas que conducían al andén. Cuarenta manzanas más abajo las vías se desvanecían en las profundidades de la perspectiva. Por encima, a la izquierda de las vías, había otras adicionales; la línea exprés, sin duda, inalcanzable desde donde estábamos. Wanda exten¬dió las alas de su periódico; yo ojeé el progreso de Skuratov, con el rugido de la Octava Avenida resonando libre en mis oídos. Estaba en Canal, en dirección este. Perderle antes de encontrarle haría cenizas todo parecido de esperanza; juré que no se alejaría de nuestra tenaza.

-¿No debería contactar con Doc? -pregunté.

-No hay teléfono aquí arriba. Le llamaré cuando lleguemos, sea donde sea.

El periódico que había comprado era el Journal-American; como no conocía más que una sola ciudad diariamente en mi vida normal, la multitud de aquí me pareció incesantemente superflua. Estudié las páginas mientras ella las sujetaba, advertí un artículo que creí perti¬nente, y agarré una esquina con intención de leerla.

-¿Quiere verlo? -preguntó ella, desgajando la primera plana del papelucho. El artículo se refería a Landon y Eduardo, cuyos nombres no me eran familiares; tras una rápida ojeada, advertí que eran el presidente y el rey de Inglaterra. Más esencial para nuestro momento era una nota astronómica que aparecía abajo a la derecha.

 

SUPUESTO METEORO CAE EN LOS PANTANOS DE JERSEY

Esta vez no se han visto marcianos

 

Ningún otro detalle, ninguna palabra de búsqueda y captura, aunque aquello parecía seguro dadas las circunstancias. Este relato, obviamen¬te, no era más que una cobertura. ¿Cómo estaba Skuratov? Aunque el verde evidenciaba vida, no garantizaba consciencia..., pero, si su mente era tan libre como siempre, ¿no enviaría a por nosotros, en vez de esperar a que nuestra búsqueda le localizara? Si desarrollaba aquí una nueva horda de sicarios con los que elaborar sus planes antes de que accediéramos a él, éramos incapaces de imaginar las cosas que podía hacernos caer encima.

-Aquí está el tren -dijo ella, mirando hacia el norte. Su estilizada masa se ensanchó a medida que se acercaba, y pronto sus seis vagones color verde oliva se detuvieron claqueteando ante nosotros. Me acerqué a los escalones más cercanos; advertí las caras pálidas y asombradas mirándome a través de las ventanillas.

-¿Dónde cree que va? -me preguntó Wanda, agarrándome el brazo con fuerza y arrastrándome hacia atrás-. Vamos. Al vagón de cola.

-Pero había sitio de sobra ahí...

-Es la ley -dijo ella mientras me empujaba. Los vagones traseros rebosaban de gente; nos abrimos paso y encontramos sitio donde apoyar los pies. El aire húmedo, como de jungla, tenía el olor de un millón de personas sin lavar; había pequeños ventiladores sujetos al techo, inmóviles dentro de sus rejillas. No había más que caras negras a nuestro alrededor, todas brillantes por la húmeda esponja del mediodía. Cuando empezamos a avanzar, la mitad de la gente que estaba de pie se agitó; ninguno tenía espacio suficiente para caer.

-¿Por qué no están disponibles los vagones delanteros? -pregunté, mi cara casi apretada contra la suya.

-No se puede -dijo ella, agarrando una especie de lazo que colgaba del techo-. Las cosas deben ser muy distintas en su época, señor general.

-Multicambiadas, sí.

-Daría algo por saber cómo nos convertimos en ustedes -dijo ella. Yo no tenía ni idea si lo harían o no, así que me callé. Miré hacia la ventana a través de un entramado de brazos, y vi fragmentos de las calles de abajo mientras pasábamos, rápidas imágenes de los tejados y torres de Harlem. En la 110 la línea se curvaba como en una montaña rusa, girando hacia el oeste a una altura de siete pisos. Frente al verde tapiz de junio del parque, a seis kilómetros de distancia, el centro brillaba con la luz del día, con los tonos pastel de sus torres grises y difuminados en el temblequeante aire. Aunque el cielo debía de estar lleno de partículas y veneno, se podía ver mucho más que en nuestros días, y parecía recién hecho, como si el polvo de la creación aún chispeara en sus bóvedas.

-¡Noventa y seis! -A cada parada, el conductor gritaba el nombre de la estación-. Noventa y seis y Colombus. Tengan cuidado al bajar... Volví a mirar el trazador.

-Quienquiera que esté con él, se ha parado -dije.

-¿Dónde está, entonces? -preguntó ella, abanicándose con su periódico mientras la multitud se removía. Después de marcharnos de la Noventa y seis, el vagón casi se quedó vacío; ocupamos los asientos de bejuco barnizado. Tras pulsar los botones apropiados, hice aparecer el plano.

-Centre Street, al norte de Canal -dije-. Cerca de Grand. Chinatown.

-Eso no es Chinatown -corrigió ella-. Es Pequeña Italia. ¿Es ahí donde vamos?

-A menos que aparezcan nuevos movimientos. ¿Es alcanzable desde aquí?

-Podemos bajarnos en la primera sobre Canal y cruzar andando -dijo ella-. Olvidé el nombre, pero lo sabré cuándo lo oiga. Asegúrese de que no estamos allí más de lo necesario.

Columbus se convirtió en la Novena, y luego en Hudson. Los apartamentos se convirtieron en áticos y luego en torres, y después en apartamentos otra vez, alzándose y zambulléndose donde en mi época no había más que torres de cristal y condos con pequeños balcones. Mientras permanecía sentado, apretujado entre Wanda y un hombre dormido, de cuyos zapatos asomaban papeles de periódico, me sentí súbitamente abatido, lleno de la furia del aislamiento: nunca me había sentido tan inconsolablemente solo. Había soportado la pérdida de mis padres, visto compañeros de batalla desintegrados en mitad de una conversación; había sentido el frío aliento de la soledad en el cuello durante avanzadillas en solitario en tierras distantes; había sanado de la herida sin cicatriz dejada cuando, sin aviso ni razón evidentes, mi mujer desapareció una tarde. Sólo esto último fue tan doloroso, aunque aquí, rodeado por desconocidos cuyas acciones nunca estaban claras, en una ciudad que desorientaba por sus vagas similitudes, en un mundo cuya alma era extraña, era aún peor. Ni siquiera Alicia podría consolarme aquí.

No muy lejos se alzaban las torres del centro; nos acercábamos.

-¿Doc y usted son compañeros desde hace mucho? -pregunté, ansiando desesperadamente el contacto humano.

-Desde que yo tenía dieciocho.

-Tan pocos años...

-Norman tenía dieciséis -sonrió ella-. Fue arreglado -añadió, sin explicar más. Cuando llegamos a la estación, el conductor gritó el nombre de Desbrosses-. Aquí es. -Se puso en pie y mantuvo el equilibrio para no tropezar mientras el tren reducía la velocidad-. Vamos.

Tras descender del tren y dirigirnos en zigzag al norte de Canal, pasamos ante tiendas de radio que vendían lámparas Tesla, restaurantes que ofrecían pies de cerdo a diez centavos el plato, carnicerías repletas de cadáveres de conejos, cerdos y corderos, tiendas de ropa con bragas, sujetadores y faldas.

-Todavía no he visto un teléfono -dijo ella-. Tendrá que suponér¬selo.

Mientras nos dirigíamos al río de Broadway, un camión de cerveza Rheingold casi se nos llevó con la marea; su fondo plano color carmín llevaba un centenar de barrilitos de madera. Como esperaba, el narcótico de la familiaridad empezaba a asentarse; cuanto más veía, todo contenía un cierta inevitabilidad esperada que se desvanecía sólo con el examen de detalles. Datos que asombraban sin aviso: la forma en que sujetaban un cig entre el pulgar y el índice, el brillo de un botón ámbar; el dibujo de un par de calcetines, las letras en una caja de cereal; una pronunciación, un corte de pelo, un envase que pesaba el doble de lo esperado pues era de lata y no de plástico plateado. Sin los detalles, todo podría haber aburrido.

-Centre y Grand -dije, observando el punto en la pantalla-. Exacto.

-Muy bien. A partir de ahora, pegúese a mí. No se haga el listo tratando de caminar solo.

Más allá de Broadway las calles se estrechaban y se oscurecían; los edificios se recargaban de cornisas y molduras. Donde la visión anunciaba patios traseros se evidenciaban largos cordeles entre las ventanas, con las ropas colgadas a ellos ondeando como banderas. Los gritos de los niños lo inundaban todo; perfumes vegetales refrescaban el hedor de la calle.

-Esos dagos de por aquí actúan como si fueran dueños de toda la maldita ciudad, pero desde luego esto sí es suyo. Si abren la boca, ignórelos. Si hacen cualquier cosa, déjela pasar, No luche, no replique. Camine rápido como si fuéramos de paso y con urgencia. Si nos dirigimos al sitio que creo...

Su pensamiento se oscureció y no terminó la frase. Panaderías llenas con olores a levadura mostraban sus hogazas apiladas en los escapa¬rates, junto a fotos enmarcadas de Mussolini, el Gran Amigo de este sector. Más allá había santos en las ventanas, crucifijos en los pechos; el lenguaje empleado por aquí tenía un tono fluido más que una mordedura áspera. En todo el centro de la ciudad parecía haber escasez de no-caucasianos; aquí, eran lo único. Los ancianos se persignaban cuando pasábamos; las mujeres de mediana edad nos miraban de arriba abajo, sólo murmurando, sin pronunciar ninguna palabra audible; hombres con forma de tonel nos daban la espalda hasta que seguíamos de largo. Un grupito de jóvenes haraganeaba en la puerta de un café, cerca de Centre. Uno llevaba una camiseta para poder mostrar mejor sus velludos hombros; el tatuaje de su brazo parecía haber sido hecho con una percha caliente y creyón. Wanda trastabilló cuando el tipo del tatuaje extendió el pie.

-Mira por donde vas -rió.

-Mirad ese turbante -dijo uno; yo casi había olvidado mi venda, y el aspecto que tenía-. Debe creerse que es Ghandi.

-¿Por qué no hay monos en el zoo? -gritó otro-. ¿Buscáis a vuestros parientes?

-Seguid andando, trozos de carbón. -Algo me golpeó en la espalda mientras girábamos hacia el norte-. Ruby Begonia...

-Jodidos negros -oí decir al que había intentado poner la zancadilla.

-Esa palabra -dije mientras nos marchábamos-. ¿Qué los problematiza tanto?

-Ignórelos -dijo Wanda, con los labios apretados; sus pupilas estaban dilatadas como para absorber toda la luz existente, para defenderse contra la oscuridad-. Hay que soportarlo si quiere caminar por aquí.

Algo irreconocible se alzaba en mitad de las inmediaciones; si alguna vez lo había habido en nuestro Nueva York, yo nunca lo había visto. Era alargado; en nuestros días este sector estaba dentro de la vieja Zona Loisiada, despejada hacía años por orden del señor O'Malley, y su chatarra trasladada ciudad arriba, para los nuevos edificios del Bronx. Posiblemente sólo era un efecto de contraste con los bajos edificios de ladrillo rojo, pero ninguna catedral parecía tan sagrada, ningún castillo tan seguro. Sus muros de piedra tallada se alzaban como baluartes; sus ventanas de roca parecían congeladas. Sobre su techo se alzaba una torre rematada por una cúpula de cobre verde. El trazador pulsó cuando nos acercamos al borde de la plaza.

-Está aquí -dije, apagándolo y metiéndomelo en el bolsillo-. ¿Qué es esto?

-Deben de haber metido a su amigo en la trena -suspiró ella-. Es la comisaría de policía.

Había docenas de escarabajos negros en torno a su nido, como si, rociados por sorpresa, se hubieran arrastrado a casa para morir; sus conductores, uniformados y armados, iban y venían continuamente. En las inmediaciones también había amenaza; colgando de la fachada de un edificio, en el cruce, había una pistola de calibre de cuatro cifras apuntando directamente hacia allá. Parecía una tienda que vendía armas para el público malhumorado de Nueva York.

-¿Cree que se habrá entregado? -preguntó ella.

-Sus afinidades tienden hacia los que propician seguridad. Si se le pincha, lo dirá todo.

-¿Todo qué?

-Fábulas, sin duda. Peligrosas, no obstante. Sus caprichos matan. ¿Supongo que todo el lugar sostiene modo protectivo?

-Modo protectivo -dijo ella-. ¿De qué demonios está hablando ahora?

-¿Está asegurado? -aclaré-. Si entramos ahora, ¿qué ocurrirá?

-Si entra ahí sin motivo o invitación, no saldrá en una temporada.

-Ninguna opción por el momento, entonces. Es probable que él pierda tiempo. Le echaremos un ojo desde lejos y vigilaremos si se ve movimiento...

-Entonces, ¿podemos irnos? -preguntó ella. Me pareció bien; al darnos la vuelta vimos, a varios metros calle abajo, a tres de nuestros abusadores verbales, que esperaban con ojos ansiosos.

-Eh -gritó el muchacho tatuado-. ¿No me oísteis decir que siguierais andando? -Uno más oscuro que yo, a su izquierda, blandía un bate y lo palmeaba contra su mano libre, dispuesto a golpear.

-Dé la vuelta -dijo Wanda-. Hacia el norte. No corra, pero no se detenga.

Nosotros no corrimos; lo hicieron ellos. No habíamos cubierto diez pasos cuando me empujaron al suelo.

-¿Estás sordo? ¿No te han enseñado a responder cuando alguien te habla? ¿Eh? -gritó, agarrándome por las solapas y levantándome.

-Ya nos marchamos -dijo Wanda, acercándose, intentando soltar su presa-. No queremos líos. -Él la empujó a un lado, no muy lejos, lo suficiente para molestar. Aunque más pequeño que yo, era delgado, y no tendría más de veinte años. Tras soltarle las manos de mi chaqueta y quitármelo de encima, sentí que mi corazón tiritaba; no me había peleado así con nadie en veinte años.

-Te enseñaré a no meter el hocico en este barrio -gritó, abalan¬zándome hacia mí, al parecer enfurecido por nuestra simple presencia. Con la posición que mantenía había tres defensas; elegí la que dolía. Haciendo girar la pierna, casi lastimándome el músculo de la ingle, le di una patada en la cadera. Mientras él se desplomaba, yo me hice a un lado; me escupió en la cara. No soy Jake, ni Johnson, pero al ver su aspecto simiesco, al sentir su bilis correr por mi barbilla, no deseé otra cosa que tener toda su sangre ante mí para poder nadar en ella. Sin embargo, ya dispuesto a exterminar, me detuve, reposeído por la razón. En el intervalo, sus amigos me roderón con puños y botas y me hicieron caer. El del bate apuntó para descargar su golpe; oyó el silbato igual que yo. Se marcharon de vuelta al abrazo de sus hogares, a las oscuras profundidades del amor. En el suelo, con sangre fresca cubriendo mi viejo vendaje, oí duros zapatos resonar en mi dirección, sentí un pie golpear mi costado más dolorido, como advirtiéndome de que todo no había acabado todavía.

-Levántate -dijo alguien. Al abrir los ojos, vi a dos policías, elefantinos desde el suelo-. Nadie recibe una paliza aquí a menos que sea por algo. ¿Qué has hecho?

-Este hombre es de Sudamérica, oficiales -dijo Wanda-. Está de visita, no causando problemas. Yo tenía que pasar por aquí y fue tan amable que se ofreció a ayudarme porque sabía que estaba asustada, sí señor. Entonces los tipos malos vinieron y...

-Déjame ver tu identificación -dijo el más bajo de los dos-. Tú también, ricura.

Le pasé la falsificación de Cedric y me senté lentamente en el suelo. Ojearon el pasaporte y me lo devolvieron.

-Lamento que sucediera -dijo el más alto-. En Nueva York hay que tener cuidado.

-¿No intentará perseguirlos? -pregunté-. Huyeron por allí. Puede cogerlos...

-Amigo -dijo él-. Tienes razón. ¿Crees que importa? Tómatelo con calma. Vuelve a tu hotel.

-¿Dónde se aloja? -preguntó el bajo y prognato.

-Dice que en el Hotel Theresa -indicó Wanda-. Si hubiera estado en el centro no habría encontrado habitación, con la feria y todo...

-¿Dónde está la persecución? -pregunté, más furioso que herido.

-Viven aquí, ¿no? Ahora se han ido. Sanarás, amigo. Te patearon en el culo, ¿y qué? Deja de gemir.

-¿Cuáles son sus números? -pregunté, haciendo lo que siempre temía que hiciera Jake, hablar sin pensar; dadas las circunstancias, pensar parecía innecesario.

-¿Números? -dijo el bajo, dando la vuelta cuando ya empezaba a marcharse-. ¿Por qué? ¿Quieres cursar una queja o algo?

-Exacto.

-¿Así es como hacen las cosas en Venezuela? -preguntó-. Déjame darte una queja de Nueva York. -Me golpeó con todas sus fuerzas en la espalda con la porra; sentí romperse una costilla y me desplomé-. Hazte el listo una vez más y me aseguraré de que pierdas el barco..

-Es extranjero, Mike -dijo el otro-. Sudamericano...

-Para mí un negro es un negro -dijo el bajo-. No me importa si es el rey de Venezuela. -Afortunadamente, me desmayé. Tras despertar de mi breve paz recé por ver mi propio mundo, familiar y querido, donde si me golpeaban sería por desconocidos sin razón ideológica, y por tanto comprensible. Wanda estaba arrodillada a mi lado, frotando mi frente con un pañuelo empapado.

-Bebés en el bosque -susurró, y aclaró la sangre del pañuelo y volvió a frotarme.

 

7

 

-Si empieza a orinar sangre, le llevaremos a Sydenham -dijo Doc-. Pero creo que estará bien. -Con una larga venda momificó mi abdomen para impedir que mis costillas flotaran libres-. Afortunadamente, no le mató.

-¿Con qué propósito?

-Por pura diversión. Extienda un dedo. Necesito sangre fresca para hacer esa prueba. -Comparado con los dolores anteriores, su pinchazo fue un beso-. Ya está. No dolió nada, ¿verdad?

-¿Qué demuestra esto?

-Déjeme comprobarlo primero. ¿Cómo va a ponerse en contacto con ese tipo si está encerrado?

-Dudo que lo esté. Probablemente ha hallado oídos que recojan sus mentiras y tonterías.

-Me suena a mala medicina, y yo debería saberlo. ¿Cree que no le habrán arrestado por algo? Quiero decir que hay un montón de cosas que podrían echarles encima si quisieran...

-Desconocido -dije. Tras manchar una platina de cristal con la sangre que me había extraído, colocó otra placa encima-. Su condición es desconocida, su plan es desconocido. Todo lo que se puede hacer es sospechar.

-Todos parecen muy buenos en ese aspecto -dijo Doc-. ¿Y si no pueden cogerlo pronto? ¿Ha pensado en eso?

-Ciertamente. Queda la tenue opción de que el asociado de Oktobriana aún esté disponible. Posee el aparato esencial. Sin embar¬go, si está en alguna parte, es en Rusia.

-Rusia. Maldición. -Doc silbó y colocó la platina sobre el cristal redondeado de un primitivo microscopio. Mis padres me regalaron un modelo de principiante parecido cuando tenía nueve años y aún esperaban poder sufragar más tarde los gastos de la facultad de medicina. Lo usé una o dos veces. No me acostumbré a la visión de la sangre hasta más tarde, en un contexto diferente-. Han cerrado las fronteras estos últimos años. Dicen que el Tío Joe tiene algo en marcha, pero nadie sabe qué. Probablemente será más fácil entrar en la comisaría. Al menos está mucho más cerca.

-Llegó aquí hace tres semanas -dije-. Nunca regresó. Dudo que exista aún.

-Tal vez no se está haciendo notar y sólo observa -señaló Doc-. Con todo el jaleo de la feria, habrá científicos rusos en la ciudad durante toda la semana que viene. Tal vez alguno de ellos sepa algo, se haya encontrado con él o cosa parecida.

-Lo dudo. Si está presente, estará oculto. No tenemos forma de contactar con seguridad en ningún caso.

Doc hizo girar las ruedas de su microscop, enfocando.

-¿Recuerda al tipo que llamó por la ventana anoche? Trabaja en la feria. Es rojo. Podría enterarse de algo en el Pabellón Soviético y ver si alguien admite haber oído algo. Preguntar no puede hacer daño.

En algunas situaciones, preguntar mataba. Sin embargo, toda pajita merecía ser sacada.

-¿Podemos contactar pronto?

-Esta noche estará abajo otra vez. Viene todos los fines de semana. Da discursos en Lenox durante el día y viene a escuchar jazz por la noche. Bajaremos y le esperaremos. Normalmente viene a eso de las ocho.

-¿Cuál es su rol en la feria?

Doc cogió una hipo tamaño salchicha, fijó una aguja limpia a su extremo, pinchó el tapón de una botellita marrón y sacó un fluido que inyectó en la muestra de sangre.

-Trabajaba en el Futurama -dijo-. Para la GM. Es la mejor exhibición que hay por aquí. Muestra cómo será el país en 1960. Naturalmente, siendo del futuro, para usted será una canción vieja. También escribe artículos prediciendo cosas. Científicamente, por supuesto. Es fascinante.

-¿Qué se prevé?

-¿Tiene que preguntarlo? ¿No lo sabe? -Se rió-. Todo tipo de cosas. Superautopistas donde se puede ir a ciento veinte kilómetros por hora atravesando la ciudad. Todo el mundo viviendo en esos rascacielos rodeados de parques. Coches y aviones y trenes alimentados por energía atómica. -Sonreí; no quise decir que este mundo parecía convertirse en adulto de forma distinta al nuestro, madurando mucho más rápidamente-. Máquinas que controlan el clima. Estoy seguro de que usted sabe todo eso. Viajaban en un avión atómico, ¿no?

Negué con la cabeza.

-De ser así, el pantano estaría aún ardiendo y la mitad de Nueva York estaría irradiada.

Levantó la cabeza del microscop.

-¿Irradiada? ¿Como con rayos-X?

-Peor. Empleamos técnicas de transporte más tradicionales.

-Supongo que es como apostar -dijo Doc-. No se puede acertar siempre. Admito que siempre me han fascinado esas historias del futuro...

-Deje que el futuro venga solo -indiqué-. Siempre decepciona.

-Si son ustedes un ejemplo, supongo que así es. -Su cara de piedra se resquebrajó con una súbita risa-. Sigo sin saber por qué les creo. Supongo que estoy esperando a que cometan un error.

-Le agradezco su ayuda -dije, sabiendo que no cometeríamos ninguno-. Sin ella estaríamos perdidos.

-Parecen ustedes buena gente. Incluso Jake, considerando...

-Es muy suyo. A veces asusta sin pretenderlo...

-Quiero decir considerando que es blanco -terminó Doc, sacando la platina-. Está limpio, Luther.

-¿Qué significa...? -empecé a decir, no terminé.

-Ese tipo, Bill, del que estaba hablando -dijo Doc, pensativo-. Es mejor que la mayoría, pero aun así..., cada vez que leo sus artículos o me muestra algo que dice que está a la vuelta de la esquina siempre me parece que falta algo. Una vez le pregunté: «Bill, ¿crees que la gente de color vivirá también así?». Porque empecé a pensar que, si no, ¿dónde vamos a estar entonces?

Con el resto, en el valle, bajo las rocas, entre los ladrillos y perdidos entre muchos.

-¿Qué respondió?

-Se encogió de hombros y dijo que por supuesto que sí. Todo el mundo vivirá de la misma forma. Como dije, es un rojo, así que hay que interpretar todo lo que dice con un poco de reticencia. -Doc se levantó y se acercó a una silla de madera colocada sobre un pivote giratorio-. No creo que lo hubiera pensado siquiera. Creo que no debería sorprenderme. Es igual que la mayoría de los blancos, igualito.

-Doc, si yo hubiera sido blanco, ¿me habría golpeado la policía?

-Sí, dadas las circunstancias. Se estaba haciendo el listo ante ellos, así que le habrían pegado a menos que dejara claro que tenía conexiones en alguna parte. El tema es que, si hubiera sido blanco, para empezar, no le habrían molestado.

-Es irracional -murmuré, bajándome de mi asiento en lo alto de la mesa y colocándome la camisa con gestos cuidadosos, para aliviar el dolor. Doc había reemplazado mi turbante con gasas más pequeñas, para que así no pareciera tan impedido-. Había leído algo al respecto, pero no tenía ni idea...

-Usted lo ha dicho -rió él-. Dígame algo con lo que tengo problemas. Jake y usted. Me refiero a que actúa como si fuera blanco...

-Jake responde por igual a todos.

-Parece natural. En su época, ¿los blancos se llevan realmente bien con los negros, o han acabado por acostumbrarse a ellos?

-Nuestra época tiene muchos odios. Más difusos. No menos dolorosos, pero mucho más razonados. Generalizados y no específicos excepto para aquellos referidos al gobierno, la clase o el país.

-Parece increíble -dijo Doc, echándose hacia atrás; su silla chirrió de dolor bajo su peso-. ¿Hicieron nuevas leyes o algo que les diera igualdad de derechos?

Todos tienen el mismo derecho a sufrir.

-No es algo que se decida. El dinero y el mérito deciden...

-Dinero -rió él-. Si ése fuera el caso, todo el mundo sería igual aquí. Nadie tiene dinero. -Palpó con gruesos dedos el brazo de su silla, como esperando noticias de alguien distante-. Sigue costándome trabajo creerlo. Dígame algo, Luther. No importa lo bien que diga que se lleva todo el mundo, alguien tiene que traicionarse alguna vez. ¿Cuándo fue la primera vez que recuerda a alguien llamándole negro?

Veinte años atrás, pensé, en la suave playa de Long Island.

-Anoche -dije.

-Muy bien, entonces dígame esto: Debe haber habido algún momento en el que algún blanco hiciera algo que le permitiera saber que era usted diferente de algún modo. Tiene que haberlo habido. ¿Cuándo fue?

Ahondando más de lo que había permitido o deseado previamente, arranqué carne podrida de la pura superficie del guiso: recordé mis compañeros blancos en Andover que no creían en mi preferencia de la Cuarta de Nielsen o el Spem in Alium de Tallis sobre el blues (no el blues de Robert Johnson) que tan continuamente hacían sonar y con el que tan a menudo cantaban, proclamando que tenían que introdu¬cirme a mi propia cultura, sintiéndose guardianes de ella; recordé cómo, de adolescente, al subir al ascensor de nuestro edificio en la Ochenta y seis Este, los inquilinos blancos mayores parecían acurru-carse instintivamente en los rincones, sus ojos negros como los de Jake; recordé la especificación de Skuratov de negritanski en su referencia a mí; pensé en las Felices Chocolate que habíamos visto en Detski Mir. Mientras estaba en el ejército, nunca experimenté nada así, nunca en el campo. Allí, cuando controlaba a muchos hombres, en Long Island, la mayoría seguían siendo negros o hispanos, excep¬tuando al sargento Johnson. No había conocido ningún comentario en Dryco, donde, seguro, era el único negro en buena posición a excepción de la señora Glastonbury. Me habían contratado adrede, cierto. Pero si no hubiera tenido éxito en el ejército...

-Inseguro -dije, mientras mi paranoia se desbordaba a medida que la carga de su pregunta se asentaba-. ¿Qué hay de usted?

-A principios de 1905 -dijo, después de pensárselo mejor-. Des¬pués de que me vendieran. -Sus palabras pasaron con un tono tan pequeño que podría haber estado describiendo sus viajes entre la cama y el desayuno.

-¿Vendido? -repetí-. No me aclaro.

-Yo apenas había visto a gente blanca antes. Verá, crecí en las plantaciones de tabaco Reynolds en Carolina del Norte. Habían comprado la plantación que era dueña de mis padres después de que las cosas se vinieran abajo y, teniendo dinero norteño que gastar, lo emplearon en comprar más tierras. Reynolds era mejor que la mayoría de las compañías, como probablemente habrá leído. Es verdad, hasta cierto grado. Cuando crecí, teníamos nuestros pequeños pueblos en la propia tierra, nuestros propios almacenes dirigidos por nuestra propia gente. Cuando llegué a la edad escolar, teníamos maestros de color. Buenos maestros. En verano, los niños teníamos que trabajar en los campos quitando insectos, cortando, pero cuando empezó el colegio allí nos enviaron. Teníamos hermosas casitas y pequeñas parcelas de tierra. Los supervisores eran todos de color. Vivíamos de una forma que parecía adecuada... -Se detuvo, agarró los brazos de la silla como para estrangular la nostalgia. Doc sabía cuándo la furia era esencial para derribar los falsos sueños-. Pero aún les pertenecíamos, en cuerpo y alma.

-Esa marca -dije, pensando en la insignia imborrable de su espalda-. Le vendieron...

-A la única compañía que aún hacía eso -asintió-. Siempre hicieron lo que quisieron, hasta el final. Lo que oímos fue que Reynolds recibía demasiada presión de los mercados extranjeros, por un lado. Por otro, el viejo Duke quería conseguir mejores maestros y más estudiantes para su universidad, pero no podía hacerlo hasta que la compañía pagara el trabajo. Necesitaban dinero para pagar el trabajo, así que nos vendieron, y eso contentó a todo el mundo. La Coca-Cola nos compró a precio de saldo. Eran los únicos que aún compraban entonces; la mayoría estaban echándose atrás...

-Eso fue en 1905 -repetí; tal vez le había oído mal. No era así.

-Eso es. Yo tenía quince años. Reynolds tenía unos ocho mil esclavos en el lugar donde yo estaba. Coca-Cola envió trenes desde Atlanta. Nos embarcaron, empaquetados hombro con hombro como si fueran malditos vagones de ganado. Apenas pudimos llevarnos lo que podíamos cargar. Mi tren llevaba unos novecientos; salió de noche, y descargó de noche cuando llegamos. Habían construido una nueva planta fuera de la ciudad. Había malditos guardias blancos armados con escopetas por todas partes. Nos bajaron del tren en grupos de seis para controlarnos mejor. Lo primero que hicieron fue marcarnos con el hierro. Luego nos llevaron al lugar donde íbamos a vivir. Barracones baratos frente a la fábrica. Suelo de tierra. Los retretes situados fuera. Había cercas de alambre de espino rodeando todo el campo. Nos dispusimos a huir aquella misma noche.

-¿Lo hicieron? Negó con la cabeza.

-Te disparaban si lo intentabas. Verá, no creo que pensaran que iban a tener las manos tan llenas con nosotros. Demonios, cada semana había problemas. Intentaron mantenernos trabajando en la línea enva¬sadora dieciséis horas al día. Si te quedabas atrás, te daban de latigazos. -Se rió-. Todo el mundo se quedaba atrás. Después de una temporada, debió metérseles en la cabeza que acabarían matando a su inversión uno a uno, así que dejaron de hacerlo, e idearon nuevos sistemas para tratar con los problemáticos. Yo era uno de ellos. Un día organicé una sentada. Todo el mundo en mi parte de la línea se detuvo, se sentó, y no se movió. Finalmente, tuvieron que enviar a la milicia estatal para sacarnos.

-¿Le castigaron después?

-Por supuesto -dijo él, mirando hacia la ventana-. Tras los pasos iniciales, nos enviaron a Wanda y a mí al sur. Fue poco después de que nos emparejaran...

-Una boda acordada, entonces.

-¿Las hay de otra clase? -preguntó. Se echó hacia atrás, arrancando nuevos gritos a su silla-. No importó. Demonios, yo era un chico de dieciséis años y Wanda era muy guapa entonces. También querían deshacerse de ella. Creció con ellos, y por eso era más problemática. Si podían, casaban a todo el mundo que tenían mientras lo tenían porque, verá, sabían que en el futuro necesitarían un montón más de trabajadores, y los querían locales. No querían a un puñado de bebés creciendo a su aire. Querían niños propios educados por una madre y un padre, en un hogar cristiano. -Se aclaró la garganta; encendió un nuevo cigarro-. Pero Wanda y yo éramos problemáticos, y nos enviaron a Cuba.

-¿A Cuba? -dije-. ¿Por alguna especie de acuerdo diplomático...?

-¿Diplomático? ¿Con otro estado? Cuba es el estado número cincuenta desde la guerra con España, casi. Aún era un territorio cuando estuvimos allí, pero...

No pregunté por el cuarenta y nueve; por lo que sabía, podrían haber sido las Filipinas, o incluso Nicaragua.

-Siempre había oído decir que La Habana era una maravilla, pero donde estuvimos era un infierno. Mosquitos, arañas, ciempiés. Ser¬pientes venenosas. Sapos venenosos. Huracanes. Mantenían encade¬nados a todos los hombres. Aún tengo una gran cicatriz en el tobillo. Trabajábamos en los campos de caña, recogiendo el azúcar. Nos despertaban al amanecer, y nos mantenían trabajando hasta el anoche¬cer.

-¿Cuánto tiempo estuvieron allí?

-No mucho. Mucha gente piensa que el viejo Teddy fue el hombre más grande de la Tierra por abolir la esclavitud, pero creo que tenía razones que no tenían nada que ver con nosotros. Hubo pánico en la bolsa aquel año. He leído que J. P. Morgan ayudó a salvar el país con sus fondos. Europa había estado dando la lata a los Estados Unidos por tener aún esclavos, pero creo que fue entonces cuando supieron que podían lanzar el as. Un montón del dinero de Morgan estaba compro¬metido en Europa, y tengo el presentimiento de que allí dijeron: Muy bien, podréis recuperar vuestro dinero a tiempo si le decís a Teddy que tiene que hacer algo. Morgan también pensó probablemente que si las grandes compañías sureñas tenían de pronto problemas para mantener su mano de obra, a las compañías del norte les sería más fácil engullirlas, que es justo lo que hicieron después. Tengo la impresión de que todo se arregló bajo cuerda. Bill y yo hemos hablado sobre esto algunas veces, y él piensa lo mismo. De todas formas, un día de 1907, el viejo Teddy decidió que ya era hora de abolir la esclavitud, y lo hizo. Un día nos fuimos a la cama sucios y nos despertamos limpios.

Permaneció un rato en silencio; las franjas de luz arrojaban sobre nosotros barras de sombras

-¿Cómo regresaron de Cuba?

-No fue fácil. -El teléfono, una alarma fuerte y chispeante, sonó en la otra habitación-. Discúlpeme.

Salió y lo atendió antes de la tercera llamada. Miré con más atención los centavos en su jarra de cristal azul. Aunque dentro aparecían unas cuantas cabezas indias, predominaba la cara sonriente y gafuda de Theodore Roosevelt. Aunque mis pies pisaban firmemente el suelo, por debajo sólo sentía aire.

-Era Sydenham -dijo Doc al regresar-. Confirmaron lo que les mandé.

-¿Por qué las monedas, Doc? -pregunté.

-Regalos de Navidad para los pequeños del barrio. Hay otra cosa de la que tenemos que hablar, Luther.

-¿Qué?

-Supongo que, en su época -dijo mirándome, y sus ojos oscuros brillaron-, tienen cura para casi todas las enfermedades.

-¿Por qué?

-¿Pueden curar el SD?

-¿Qué es el SD?

-¿No lo sabe? -Su entrecejo se frunció como un charco de agua alcanzado por una piedra. Sacó de un estante cercano un grueso libro encuadernado, al parecer, con el bejuco barnizado de los vagones del tren elevado-. Tal vez se deshicieron de él en su época. -Al cabo de un momento, encontró la entrada que buscaba-. Lea esto. Cogí el libro y leí desde el principio:

 

El Síndrome de Dovlatov, conocido comúnmente como SD, Revientasesos o Plaga Siberiana, fue descrito por primera vez en Irkustk, en el Imperio Ruso, en febrero de 1909... A finales de la siguiente década se había extendido por todo el mundo, siendo ayudado su progreso por los movimientos de masas durante y después de la Gran Guerra... El virus es de origen gripal, aunque aparentemente de una variedad mutada... En Norteamérica, el portavoz del Congreso Joe Cannon, el jugador de béisbol Christy Mathewson, el novelista William Dean Howells y la estrella cinematográfica Charlie Chaplin; en Gran Bretaña, la Reina Madre Alejandra; en Francia, el premier Clemenceau, el compositor Claude Debussy, el poeta Guillaume Apollinaire y el pintor Amedeo Modiglianí, sucumbieron todos a los efectos del SD...

 

Continué leyendo, y llegué por fin a la conclusión:

 

Todos los seres humanos llevan el virus dentro de su organismo, aunque sólo en las primeras etapas se ve alguna similitud en los síntomas... No se ha descubierto ninguna vacuna ni cura. No se conoce ningún superviviente del Síndrome de Dovlatov.

 

-Horrible -dije, tendiéndole el tomo-. No tenemos ninguna enfer¬medad como ésta.

-Entonces son terriblemente afortunados -dijo Doc-. A veces las enfermedades desaparecen y nadie las contrae ya. No sucede a menudo, pero sucede. Si aún existiera, la conocería.

Mientras contemplaba la habitación, con mi mente mareada por lo que acababa de leer, discerní un súbito cambio en todo lo que veía, como si la existencia hubiera sido lavada en sombras, dejando manchas incluso en las superficies más puras.

-¿Setenta millones murieron?

-A lo largo de veinte años -aclaró-. Tardó bastante en salir de Rusia, pero cuando estalló la guerra empezó a extenderse con rapidez. Todo el mundo que no murió por su causa conocía a alguien que lo había hecho. Hace unos diez años empezó a desaparecer, aunque no lo ha hecho del todo. Creo que he leído que aún hay unos tres mil nuevos casos cada año.

-¿Cuál es el propósito de esa info? -dije, temeroso de inquirir.

-Como dije, está usted limpio. Igual que Jake. Es decir, el virus no está activo en ustedes y probablemente no lo estará...

-Pero está en nosotros...

-Han estado respirando desde que llegaron aquí, ¿no? Lo tienen. Está en usted. En mí. En todo el mundo. Pero, si fuera a empezar a desarrollarse en usted, yo diría que ya lo habría hecho. Oktobriana... -cerró los ojos-. Ella lo tiene. -El tren elevado pasó por encima; el semáforo de la calle cambió de azul a naranja, y el tráfico empezó a moverse-. En ella progresa más rápido de lo que jamás he visto, Luther.

-Entonces, ¿cuánto le...?

-Ni una semana. Probablemente mucho menos. Cuando la vi coger esas moscas esta mañana, eso me dio la pista. Nadie se mueve tan rápido a menos que lo tenga. Si lo hubiera pensado habría hecho las pruebas anoche, pero no creo que sirviera para nada. Todos estamos demasiado acostumbrados al síndrome. Lo siento, Luther.

-Las disculpas no son esenciales -dije-. ¿Cuál fue la respuesta de ella al oírlo?

-No se lo he dicho todavía...

-¿No?

-Ni a Jake tampoco. Se gustan, ¿no?

-Más o menos. ¿Por qué no se lo dijo?

-Quería asegurarme. Por eso esperé a que el hospital lo confirmara. Iba a decírselo, pero ella es... -Vaciló-. Ella parece tan joven. El gato me comió la lengua. No pude decir una palabra.

-Entonces, ¿es definitivo? ¿La muerte es segura? ¿Qué muerte?

-A menos que vuelvan y consigan una cura allí, es seguro.

De otro modo, entonces, un ejército de muerte, provocando nada más que desolación y dolor. Regresar a toda velocidad era ahora más esencial que nunca, no por salvarla a ella (pues no teníamos tal enfermedad en nuestro mundo que yo supiera, y por tanto no había ningún antídoto), sino porque, si su partida era prematura, encontrar a Skuratov sería más difícil, y localizar a Alejine parecía aún más dudoso. Las acciones imprevisibles de Jake también me desconcerta¬ban; era obvio, aunque mudo, que él sentía su atracción. Si supiera que ella se marcharía, tan pronto después de nuestra llegada, actuaría sin razón o...

-Luther -dijo Doc-, está en las manos del Señor. -Para caerse de aquellas manos, como siempre, estuve a punto de decir-. Escuche, estoy esperando a un paciente. Vendrá dentro de unos diez minutos. Déjeme atenderle, e iré al centro cuando termine con él.

-La fuente de esta noche -una fuente improbable-, ¿cuándo llega?

-A las ocho, como dije. Lamento no habérselo podido decir a ella. Lo haré...

-Lo haremos -dije. Recorrí el pasillo y volví a entrar en el apartamento. Jake y Oktobriana estaban sentados juntos en el sofá, separados medio metro. Ella pasaba las páginas de un libro gigantesco que tenía en el regazo, como si pretendiera abanicarse; al ver sus ojos moverse de un lado a otro advertí que estaba leyendo. Jake la observaba, como esperando una pausa apropiada para presentarse. Al verme, ella alzó el libro y lo lanzó en mí dirección.

-¡Cójalo, Luther! -rió; lo agarré con las dos manos antes de que me golpeara en las costillas. Su cara estaba tan roja que pensé que había estado bebiendo; sus gestos eran semafóricos.

-La maravillosa revista Time es el libro de historia de Doc. Lea, Luther. Tantas diferencias notables.

-¿Dónde está Wanda? -pregunté.

-En sueños -dijo Jake-. Se entregó al sopor por el cansancio y el miedo de la mañana. -Cruzó las manos, como inseguro de su acción si estuvieran sueltas.

-Es fascinante -dijo Oktobriana; perlas de transpiración enjoyaban su frente-. Durante mucho tiempo todo pareció seguir nuestro mismo sendero histórico, aunque retrasado. Hace casi ochenta años comen¬zaron las divergencias.

En un momento encontré la entrada deseada: LINCOLN, ABRAHAM. Decimosexto presidente electo de los Estados Unidos, nacido en Kentucky, delgado, águila legal de la pradera, orador de lujo, victima de la historia. En ruta a la toma de posesión en marzo de 1861, al entrar en Baltimore, ansiosa de secesionarse, facciosos sureños lo emboscaron y lo asesinaron brutalmente...

-Ninguna razón obvia para tan súbito cambio. El factor desenca¬denante podrían ser las primeras bombas atómicas de nuestro mundo. Inesperado efecto colateral...

-Efecto colateral. ¿Una bomba en Nuevo México mata a Lincoln aquí?

-La interconexión tiene sentido -dijo ella, lamiéndose los resecos labios-. Ninguna otra teoría aguanta mejor. Como gemelos idénticos separados por la distancia. Uno se hiere, otro siente el dolor.

Insensato, pensé, sin peso ni razón; no más insensato que estar aquí. Mientras Oktobriana arrojaba teorías como petardos, repasé la historia.

-...en la teoría hologramática que lo que existe contiene en sí mismo una pauta duplicativa en la que la racionalidad...

Comprobé la lista de los presidentes de finales del siglo XIX: Hamlin, Conkling, Tilden, Blaine, Harrison, Cleveland, McKinley, Teddy Roosevelt.

-...posibilidades no limitadas a la existencia de dos mundos sola¬mente, por supuesto...

ROOSEVELT, FRANKLIN D. Trigésimo presidente electo de los Estados Unidos. Nacimiento patricio, afectado por la polio, antiguo gobernador de Empire Estate, vencedor en las elecciones de 1932 sobre Herbert Hoover, desgraciado por la Depresión. Asesinado el mes anterior a la toma de posesión en Miami por el anarquista Joseph Zangara. En la leyenda popular, se cree que tenía un plan secreto para sanear la economía, de hecho no más que vagas nociones de socialismo institucionalizado, EE. UU. bolcheviques. Su sucesor, John N. Garner, ignoró los planes, vio hundirse los bancos, y la pobreza de los estados del medio oeste los llevó a intentar la secesión...

-...los cambios resultantes proporcionan en cualquier caso un milagroso espejo histórico en el que vemos nuestra cara como podría haber sido.

-Churchill fue atropellado por un taxi aquí en Nueva York, en 1931 -dije, lanzando el libro al sofá, después de haber echado un vistazo a su bio-. Roosevelt en el 33. La esclavitud duró hasta hace treinta años, y aún sienten los resultados. Hitler y Stalin están dispuestos a hacerse con el control de Europa. Vaya espejo. Vaya cara.

-Vaya monstruos -dijo Oktobriana-. Tut gavno, tam gavno.

Traducido: mierda aquí, mierda allá.

-Skuratov dijo que amaba usted al Gran Amigo por encima de la razón -dije.

Ella sacudió la cabeza, y sus cabellos ondearon en una salvaje corona.

-Chort. Desinformación de Krasnaia del tipo más ridículo. Mi abuelo murió en el gulag de Stalin.

-Tenía un retrato enmarcado -le recordé-, con la forma más ideal...

-De Sania -dijo ella-. Lo conservé porque me lo recordaba.

-¿El Gran Amigo era del gusto de Alejine? Pensar en su camarada desaparecido la apaciguó, aunque tics faciales permanecieron ondulando sin ritmo por sus mejillas.

-Era un científico aislado. Tenía poco conocimiento de las reali¬dades políticas del pasado. El cerebro contiene demasiado, solía decir. Tenía la loca ilusión de que Stalin habría dado al trabajo científico el respeto debido y asistencia sin guía. Traté muchas veces de introducir lluvia clara en su cabeza embarrada. Le hablé de la locura de Lisenko y otras cosas. Él tomaba mis palabras como manchas de no-historia pasada. Pensaba que el uso de la imagen del Gran Amigo en campañas de publicidad abarataba al gran líder, pero servía al propósito de inducir una presencia previamente prohibida a las nuevas generaciones. Dijo muchas veces que nuestro mundo sería un lugar mejor si él estuviera vivo aún. Una brillantez como la de Sania continente a menudo mucha estupidez. -Sus encendidos ojos se posaron en Jake-, Me gustan los hombres fuertes, claro. Su atracción a veces me abruma. Pero no siento amor hacia los mons¬truos.

-¿Le permitió usted sus sueños?

-Estaba sordo a razones sin hipótesis. Y Sania y yo planeamos casarnos después de completar el proyecto. Al menos eso planeamos al principio. Se aman más los defectos del amado que sus cualidades, dentro de unos límites.

-¿Habían trazado un plan de boda? -preguntó Jake; su cara, sólo por un instante, mostró algo diferente a la estolidez; disculpablemente, pareció brillar a causa de una emoción evidente.

-Desde luego. Matrimonio estatal estándar con música adecuada. Después, un largo recorrido en taxi hasta las Colinas Lenin para tomar fotos.

-¿Qué música estaba programada como fondo para la ceremonia? -pregunté, distraído, pensando en la música de la mía propia: Satie, Purcell, Elgar, Prokofiev, Moussorgski...

-«Can't Buy Me Love» -dijo ella-. La favorita de todos. Pero la mayoría de los sueños se convierten en cenizas a medida que arde el tiempo. Para cuando partió, yo había aceptado su marcha en espíritu mucho antes. Desde el pasado verano no habíamos hecho el amor violentamente.

La cara de Jake se sonrojó como por una trombosis. Con un salto imprevisto, Oktobriana saltó como una pantera sobre él, ansiosa por frotarse contra su carne. Su pie alcanzó la mesa cercana, derribando una copa de cristal llena de cerillas y dispersándolas por su superficie.

-El gran hombre de piedra me distrae -rió ella, enroscándose en torno a él; Jake no se zafó. Inadvertidamente, ella miró el montón de cerillas-. Seis mil ochocientos ochenta y nueve -dijo. Miramos. No había ni un centenar.

-Se le va la mente -dijo Jake.

-Cuéntenlas.

Lo hicimos, dividiéndolas en grupos de cinco, hasta la última.

-Ochenta y tres -dijo Jake.

-El cuadrado de ochenta y tres es seis mil ochocientos ochenta y nueve -dijo, y la idea nubló su cara-. Qué extraño saber elevar al cuadrado.

-Creo que es razonable que lo sepa...

-Nunca he memorizado tablas. Sería un despilfarro insensato de cerebro mientras haya cerca una calculadora. Esto es muy extraño. El número apareció como un destello en mi cabeza.

Me levanté, cogí de la cocina una caja sin abrir, rompí su sello, la abrí, y dejé caer su contenido ante ella.

-Nueve mil doscientas dieciséis -dijo de inmediato-. Noventa y seis cerillas. -Alzó las manos, se frotó los ojos y volvió a mirar-. Qué peculiar. Aquí opera un factor que no comprendo. Tal vez porque estoy muy cansada. El sueño no vino más que a ráfagas anoche -dijo; se tendió, colocando su cabeza en el regazo de Jake-. Posiblemente sufro de un insospechado jet lag o un equivalente. Jake, frótame el cuello, por favor. Tanta rigidez...

Con buena mano, él pasó sus finos dedos por su nuca, sondeando y frotando, continuando su lento masaje durante varios minutos. Periódicamente, las piernas de ella se sacudían como en fase hipno¬génica, antes de que el dulce coma del sueño la envolviera. Pensé que nuestros propios blips debían destellar en la pantalla de Skuratov. Una extracción segura parecía imposible; su implante sería una pequeña mota, y ninguna excavación a ciegas podría sacarlo. En cualquier instante el equipo local, guiado por su palabra, podría aparecer, dispuesto a llevarnos. Miré a través de las ventanas para ver aquellos insectos negros revoloteando; nada. No hasta esta noche, consideré. En mi experiencia, las detenciones eran estrictamente un juego noc¬turno, y eso parecía probable aquí también.

-Jake -dije en voz baja. Mientras observaba los ojos de Oktobriana correr bajo sus párpados cerrados, sus pequeños puños apretados como para entrar en batalla, advertí por qué Doc había acallado su lengua-. Ven conmigo a la cocina. Esencial.

Se incorporó, permitiéndola descender sin perturbarla, y me siguió a la cocina iluminada por el sol. Me miró sin parpadear; se cruzó de brazos como si estuviera seguro de la respuesta, no importaba cuál fuera la pregunta.

-Habéis desarrollado una relación intrigante -le dije, curioso por recopilar qué sentimientos tenía, si había alguno, antes de informarle-. Facilitó la captura...

-Captura sin escape -dijo él-. Con poco propósito, dadas las circuns¬tancias. Recuerda que no existe más que una intriga en una mente.

-Ella se siente bastante atraída, Jake...

-De modo insostenible -dijo él, su traje amarillo por efecto del sol que se filtraba por las cortinas-, por razón ilogicada. Moda pasajera, un puñado de nomeolvides esperando rebullirse.

-Tal vez. Tal vez más profundo que lo admitido. ¿Dónde estás, entonces? Ella es físicamente apreciable. Inteligente sin cuento. Arti¬culada, multicapaz. Loca por ti como una gata. ¿Dices no?

Él asintió.

-Insostenible.

-Has dejado colgar la respuesta, Jake. ¿Dónde estás?

Las comisuras de su boca se alzaron como al contacto de un pinchazo. Mientras permanecía de pie allí, cambiando su peso de un pie a otro, se palpó en busca de sus juguetes perdidos.

-¿Bien?

-Rompe mis sueños -dijo por fin-. No es a mí a quien ve, Luther. Es a comosellame al fondo. El Gran Amigo. Un repartidor podría haber servido al mismo objeto...

-Eres tú.

-¡Insostenible! -repitió; su voz se volvió más grave al alzarse; desde el jueves por la noche no había visto tal color en su cara.

-¿Por qué? -pregunté, casi con la misma fuerza-, ¿Qué prevés?

-Dolor -dijo él, cambiando a un murmullo apenas audible-. Del tipo equivocado.

Decía la verdad; tenía que explicarle hasta qué punto. Dejando sus palabras donde las había arrojado, se movió como para salir. Le hice señas para que regresara.

-Se está muriendo, Jake -dije. Mientras le contaba todo lo que había leído, todo lo que Doc había añadido, él no evidenció ningún cambio en sus rasgos, no dio ningún indicio de que su corazón estuviera perturbado. Como he mencionado, Jake no carecía de comprensión; entendió rápi¬damente todas las ramificaciones. Al concluir hice una pausa, intrigado por lo que podía estar pasando por su mente-. ¿Respuesta? ¿Reacción?

Se frotó la barbilla con el pulgar y el índice, hundió los dientes superiores en su labio inferior, miró hacia los lados mientras hablaba.

-Como había previsto -dijo.

La puerta se abrió de golpe; sólo cuando miramos y vimos entrar a Doc relajamos nuestras tensiones.

-Al menos hay alguien despierto -dijo, en voz baja-. Parece que es la hora de la siesta por aquí.

-Estábamos dialogando -explicó Jake, dirigiéndose a la otra habi¬tación-. Excuse.

-¿Se lo ha dicho a ella? -susurró Doc, acercándose. El zumbido de una mosca molestó mi oído; la espanté, agradecido de no haberla atrapado.

-Se lo dije a Jake.

-Le oí -suspiró Doc.

-Me cogió desprevenido -reconocí-. Cuando me recupere, no tendré problema. Tal vez podamos idear algo...

Me tendió lo que la noche anterior había creído que era una revista de ciencia ficción y que llevaba debajo del brazo; resultó ser un Popular Mechanics.

-Bill escribió el artículo de portada. Puede hacerse una idea de lo que quiero decir.

EL MUNDO DE 1960, decía el titular, sobre una chillona visión de un improbable paisaje urbano con colores primarios y en esbozos. El centro del dibujo mostraba un grupo de carreteras de asfalto entre cuidados árboles; no se evidenciaba ningún tráfico a excepción de dos vehículos en forma de insecto. Alrededor de la cima de los rascacielos, como moscas, zumbaban helicópteros y dirigibles.

-Examínelo. Vea qué adecuadas son sus predicciones.

Pasé las páginas, ansioso de saber lo que el futuro propiciaría a mi padre, o al hombre que podría ser mi padre, en este mundo. En 1960 iría a la oficina conduciendo helicópteros monoplazas impul¬sados por energía atómica, para trabajar veinte horas a la semana; los muebles de su casa serían lavados por una manguera; el clima dentro de la cúpula que cubría su ciudad se ajustaría a placer. Aplicaciones diarias de pesticidas preservarían su comida para siem¬pre; para limpiar su traje no tendría más que caminar bajo la lluvia. Sólo arte superior se transmitiría a través del ojo de la televisión. Como siempre, la combinación de risa y lágrimas demostró ser la única respuesta.

-Hizo un buen trabajo, ¿no cree? -preguntó Doc.

-En absoluto.

-Debe haber acertado en algo...

-En nada.

-Bueno. Con todo, los cambios deben de ser inimaginables.

-Su mundo es más similar al nuestro de lo que creen. Somos más precisos en lo que hacemos. Eso es todo.

-Pensaba que al menos habrían abolido la guerra en su época -dijo él-. Siempre están hablando de eso, aunque apenas se pueda pensar en ello hoy en día. ¿Estaba usted en un ejército pacificador?

-Apenas -contesté-, y conocí catorce acciones policiales separadas.

-¿No vive todo el mundo en casas y apartamentos mejores? Como esas torres de la portada...

-¿Como las del dibujo? ¿Sabe qué sale de esos proyectos?

Él sacudió la cabeza; señalé a Jake, sentado junto a Oktobriana.

-Pero mírense -dijo él-; ninguno envejece...

-La mayoría no vive lo suficiente. -Doc tenía una expresión pensativa. Se dirigió al refrigerador (la nevera), sacó una botella de leche y abrió su tapa de papel.

-No sé, Luther -dijo, sirviendo un vaso hasta arriba-. Probablemente ustedes están acostumbrados a todo. Ven milagros cada día y ni siquiera se dan cuenta.

Milagros, sí, todas las maravillas de Dios. El océano envenenado elevándose más cada año, el aire cada vez más tenue iluminado por los rayos cancerosos del sol, la tierra empapada con la sangre de miles de millones de personas muertas. El sonido de los huérfanos jugando en las calles cubiertas de basura y podredumbre, nacidos solos y muriendo solos. El amor que dura y dura y luego desaparece mientras sigues mirando. Había demasiados milagros en mi era moderna.

-En el periódico de Wanda había una mención a anteriores informes marcianos -dije-. ¿Era un chiste?

-Oh -rió Doc-. El Halloween pasado Orson Welles emitió una obra de radio donde los marcianos invadían la Tierra. Hizo que pareciera un noticiario. Asustó a un montón de idiotas en Jersey. Probablemente hablaban de eso.

-Sin duda.

-Supongo que en su época hablan regularmente con los marcianos

-dijo Doc, con la ilusión nublando de nuevo su cerebro-. ¿Cómo son?

-preguntó, y sus ojos brillaron con la esperanza de los desesperanza¬dos.

-Marte es un planeta sin vida -dije-. Hermoso en su forma física como evidencian las fotos, pero carente de naturaleza consciente.

-¿Consciente? -repitió él-. ¿Nadie vive allí?

Negué con la cabeza. Parecía corno si Doc hubiera descubierto que sus regalos de Navidad habían desaparecido junto con el árbol y sus joyas. Deseé no haberle desilusionado tanto.

-¿Hay vida en algún otro lugar?

-Sólo aquí -dije..., y allí, desde luego, en nuestro mundo, entre nuestros doppelgángers-. Por tanto, la vida terrestre parece tanto más...-¿Horrible? ¿Condenada? ¿Superflua?

-Preciosa -reflexionó Doc-. Así es.

Eso también. La de Oktobriana se escapaba mientras la contemplá¬bamos.

 

8

 

-¿Interacción factible aquí? -pregunté, sin discernir a través del humo azul más que caras pálidas congregadas cerca del escenario. Nuestra gente, todos oscuros menos Jake, llenaba la parte de atrás, se colocaba junto a la barra, atravesaba a intervalos el smog para reaparecer delante, sirviendo bebidas y saliendo del blanco amasijo como si hubieran marcado un tanto.

-Factible -repitió Doc-. Los bastardos siempre cogen los mejores asientos. Pero el dinero manda, amigo. Intente entrar en uno de sus garitos alguna vez, a ver hasta dónde llega.

Abisinia contenía como sala principal un espacio en forma de ataúd con techo decapitatorio; la iluminación interior permitía reticiente la visión. No se mostraba ningún sistema de decor coordinado: pósters sin enmarcar cubrían las paredes, los asientos de los reservados mostraban la sacudida de los años, ni siquiera los taburetes de la barra iban a juego. Dos máscaras africanas de edad evidente y belleza simple colgaban sobre la barra, y me pregunté de qué abuelos las habrían heredado.

-Aún vive -dijo Jake en voz baja.

-Eso dice el trazador...

-No Skurry -corrigió-. Él. -Sus ojos se cebaron en uno de los pósters más nuevos, que anunciaba un concierto ya pasado: DE LOS ESPIRITUALES AL SWING/CARNEGIE HALL, 23 DIC 1938. En medio de los cantantes de aquella noche, el de ésta: ROBERT JOHNSON.

-¿Fue usted? -le pregunté a Doc, que sonrió.

-No me habría importado. Pero el Carnegie Hall es sólo para blancos. Intentaron arreglarlo para esa ocasión, y ni siquiera pudieron hacer eso.

Jake, sin advertir el tono de Doc, miró hacia el escenario, como perdido ya dentro de la música.

-Hay tantos aquí -dije, mirando las cabezas de los caucasianos, rubias, engominadas, teñidas y calvas-. Pienso que apenas oirán el rumor a través de la estática.

-Depende de quién toque -dijo Doc-. Siempre aparecen cuando vienen esos chicos del Delta. De niño, yo escuchaba blues todos los días. Tocado bien, tocado mal. Mierda deprimente, Luther. Que me den Basie cualquier día de la semana.

La falta de atención de Jake a todo menos al escenario vacío me preocupaba, aunque por el mo no era posible apartar su mirada de donde estaba fija. Su anticipación parecía incluso más poderosa que la de un niño esperando la Navidad, cuando el niño ya ha deducido que su regalo más deseado va a venir sin lugar a dudas.

-Esta gente viene en sus taxis, o en sus cochazos, y se pasan aquí toda la noche, bebiendo. ¿Ha visto alguna vez beber a los blancos? Ño pretendo ofender, Jake... -Jake, sin escuchar, no se ofendió-. Tragan. Siguen tragando hasta que acaban con toda la botella. Luego vomitan por todo el suelo. Aunque es mejor que cuando empiezan a cantar.

-¿Las letras son familiares?

-Algunas. Amigo, nunca habrá oído nada más penoso.

-¿Qué los trae aquí?

-No puedo decir cómo funciona la mente de esa gente -dijo; se volvió hacia la barra-. Pregúntele a Jake. Eh, Jess, por aquí -le gritó al camarero. Jess bajó, secando una copa con tres rápidos giros de bayeta, sus manos eran el doble que las mías; su cara estaba surcada de cicatrices cuya telaraña parecía un patio de trenes. Entre los dientes separados sujetaba la colilla apagada de un cigarro verde.

-¿Un lingotazo, Doc? -preguntó, cogiendo un vaso-. ¿Qué quieren tus invitados?

-Dales cerveza. ¿Alguna preferencia? -No preferíamos nada; esti¬mamos que era mejor seguir su consejo-. Trommer's White Label servirá.

Jess descorchó dos botellas marrones de largo cuello con una herramienta de metal, sirvió una en un vaso y luego se volvió hacia Jake.

-¿Quiere la suya en una taza de té?

Había uno de los tapones doblados sobre la barra. Jake lo cogió, lo puso sobre su pulgar y colocó dos dedos encima. Con un rápido movimiento le dio la vuelta al tapón de metal, haciendo saltar su corcho interior. Lo depositó en la barra.

-Un vaso -dijo. Jess sirvió.

-¿Ha venido ya Bill? -preguntó Doc.

Jess sacudió la cabeza mientras le tendía amablemente a Jake su vaso lleno.

-El hijo de puta es normalmente el primero en venir los sábados por la noche. No le he visto el pelo. Su mamaíta no le habrá dejado venir, tal vez.

-Tal vez.

Tal vez no. Las esqueléticas manos del reloj de pared señalaban las ocho cuarenta; Doc esperaba que el telón se alzara a las ocho, pero lo mismo le pasaba al público del club. Ellos podían esperar; nuestros minutos pasaban haciéndose minutos perdidos. La sed quemaba mi garganta; podría ser cerveza, pero bebí sin notarlo. Si el mejor pan fuera líquido habría tenido el mismo gusto, dulce por la levadura, lo suficientemente densa como para cortarse en rebanadas, sin parecerse en absoluto al agua amarga de nuestros días.

-¿Ha oído hablar de Robert Johnson antes, Jake? -preguntó Doc, señalando hacia el escenario-. No es ningún Cab Calloway. No comprendo cómo es tan bien conocido en su época.

-No lo es. Sólo los más conscientes ven la gloria. Hace muchos años llené por primera vez mis oídos con sus canciones. Durante un fin de semana en la casa del Viejo. Los que escuchan con intención de escuchar saben... -Jake hizo una pausa y agitó las manos ante él, como buscando una presa no vista-. Eso lo hace más fácil. Ninguna explicación aguanta. -Sacó su cassette de bolsillo y lo probó, con intención de grabar.

Doc se echó a reír.

-La forma en que hablan ustedes me confunde a veces. Demonios, Jake, debe conocer de memoria todo lo que hizo.

-Lo sabía ya -dijo Jake, al parecer exhausto por la emoción de las palabras de su discurso-. No lo advertí.

Un presentador salió a escena y alzó las manos como para detener una carga.

-Damas y caballeros -dijo-, hay un ligero retraso, pero no se preocupen. El señor Johnson estará tocando para ustedes en breve. Por favor, sean pacientes con nosotros.

-¿Quién es ése? -pregunté.

-Vernon -dijo Doc-, El primo segundo de Wanda. Dirige el club. Todos somos dueños del edificio. Nos metimos en esto juntos hace diez años, justo antes del Crash. Lo pagamos al contado. Aunque las cosas se pongan diez veces peor de lo que están, y siempre están diciendo que podría pasar, nadie va a echarme a la calle. Pero si alguno de mis inquilinos no paga después de una temporada, lo mato, pero...

-Nunca has echado ninguno de esos perdedores en tu vida -rió Jess-. Tienes a Wanda para hacerlo. Doc le ignoró y continuó.

-Yo me encargo de los apartamentos. Vernon dirige el club. Cubrimos gastos en lo peor, y la mayoría de las veces no nos va del todo mal. Si el edificio está lleno y hay un buen grupo de cantantes aquí abajo, entonces comemos cerdo...

-Esperamos que disfruten de Harlem tanto como nosotros disfru¬tamos de su presencia -insistió Vernon, con la cara seria. Jess volvió la cabeza y contuvo la risa.

-Disfrutaría teniéndolos ensartados en la punta de mi navaja...

-Sonríe y sopórtalo, Jess -dijo Doc-. Vamos.

-El señor Johnson saldrá en cualquier momento -dijo Vernon.

-¡Será mejor que lo haga! -gritó un miembro de la audiencia especialmente marfileño-. Estos malditos espectáculos nunca empie¬zan a tiempo. -Su pareja, una mujer joven, tenía el pelo rubio recogido bajo un sombrero con velo; su mano enguantada de blanco sostenía una boquilla de medio metro, como si fuera a marcar una res. Cuando habló, sus palabras resonaron en el silencio que siempre se hace en un momento inoportuno, de forma que el embarazo resultante puede ser total.

-Podríamos habernos quedado en el Rainbow Room -gimió, con tono nasal-. Pero oh, no. El ricachón tiene que arrastrarnos hasta Harlem para ver un maldito espectáculo de chocolates...

Mientras Vernon salía del escenario, su voz se perdió en el murmullo del público; afortunadamente, sus comentarios adicionales no fueron oídos, al menos por nosotros.

-Deberían estrangular a esa zorra -dijo Jess, en voz baja.

-Es deprimente -dijo Doc-, Vienen hasta aquí y, cuando ocupan sus asientos, no hacen más que criticar. Hay demasiada gente. Hace demasiado calor. La comida no es buena. Dame un vaso limpio...

-¿Qué esperaban? -dijo Jess-. Pero tienes razón. Tienen un montón de verdes.

-Eso sí.

-Pueden quejarse todo lo que quieran mientras se queden lo suficiente como para gastarlos.

-¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Verá, Wanda y yo vivimos en chabolas los primeros diez años de nuestra estancia aquí -continuó Doc-. Allá en San Juan Hill. En la Sesenta y dos Oeste. Cuando salí del ejército acababan de convertir la Prohibición en ley. Es lo mejor que nos pudo pasar. Verá, Wanda conocía a Vernon, naturalmente, que había venido aquí unos cuantos años antes, y Cedric había estado en mi regimiento...

-¿Cedric? ¿Tiene su edad? Doc suspiró.

-Nadie parece tener mi edad salvo yo. Sí, la tiene. Bien, pues empezamos a hacer negocios juntos. Lee entró más tarde, después de que yo me saliera. Poco antes, Vernon instaló un par de destiladoras y se dedicó al alcohol. Cedric siempre tuvo mano para la organización, y la forma en que dispuso las cosas impidió que la poli se metiera mucho con nosotros. Hizo tratos, ya sabe. Ese tipo de cosas. Con el paso del tiempo, nos expandimos. Este lugar era un garito cuando lo abrimos. Menos mal que todo lo que Cedric o Vernon tenían que hacer era acercarse a la comisaría, y no nos tocaban. Lo hicimos bien...

-Con ilegalidades.

Me miró como si no me hubiera visto desde hacía una hora.

-Bájese de su alto caballo, amigo. ¿Qué podía hacer? Hasta que emprendí esos cursos de medicina no podía conseguir ni un trabajo como ascensorista. ¿Y dónde iba a poner el dinero para empezar? Los únicos bancos de color que había desaparecieron todos a finales del 33, y el Banco de los EE.UU. no me daría papel ni para limpiar el culo de un bebé. Yo quería mejorar, y mejoré, Luther. Y mejoré. Si las cosas no salen de una manera, salen de otra, eso es todo. -Miró hacia el reloj y vio la hora; las nueve y quince-. Mierda.

-¿Cree que aparecerá todavía? -pregunté.

-Tiene que ser precisamente esta noche la que no...

-Doc -dijo Jess, mirando por la ventana, frotando la barra con un paño manchado-. ¿Esperas compañía?

-¿Por qué? -preguntó Doc, y se volvió. Tras el cartel de neón que colgaba de la ventana, dentro de la sombra de la entrada, giraba una luz roja-. Oh, demonios...

-¿Por nosotros? -pregunté.

-Más que probable...

La puerta se abrió de golpe; entró un tipo haciendo girar un bastón, torciendo el cuello hacia atrás para ver si era objeto de deseo profesional.

-¿Quién ha llamado a los agentes? -preguntó

-¿Qué quieres decir, Theodore? -dijo Jess-. ¿Quién está ahí fuera?

-Dos blancos con traje oscuro. Parecen venir en misión oficial. También hay dos caballeros de color del departamento local. Todos acaban de saltar del coche celular y han subido las escaleras. Dame un lingotazo, Jess.

-Salgamos de aquí -dijo Doc, poniéndose en pie-. Si han ido al apartamento... -Jake ya se encaminaba hacia la puerta-. No, Jake. Por atrás. Síganme.

Nos dirigimos con rápida indiferencia a la parte trasera del club, tras pasar un telón que colgaba a la derecha del escenario, y entramos en un pasillo oscuro como boca de lobo.

-Ha vuelto a dejar que las bombillas se fundan -murmuró Doc. La luz que se filtraba por una puerta abierta en el centro del pasillo nos ayudó a guiar nuestros pasos. Dentro de la habitación iluminada pude vis a Vernon confrontando a un hombre alto y delgado de pie en una esquina, como castigado, su cara vuelta hacia un lado. Bajo la cómoda había una vieja guitarra de madera.

-Es normal -le decía Vernon-. Todo el mundo es tímido a veces. Lo harás bien...

-No delante de esa gente -dijo el hombre, arañándose la cara con unas uñas largas y finas.

-Una vez empieces no importará. Vamos, Bob... Continuamos. Tuve que arrastrar a Jake.

-Luther -dijo-, era él...

-Volverá a actuar, Jake -le dije, en un estúpido intento por tranquilizarlo-. Tenemos que movernos. Esos tipos deben haber aparecido a petición de Mal. Imposible estimar lo que les ha dicho. Prep para cualquier cosa.

-Las oportunidades perdidas nunca regresan -dijo Jake, en voz más baja que de costumbre-. Mis herramientas ayudarán...

-Las obtendremos, si es posible -dije. Allá delante, al final de la oscuridad, brillaba una señal roja de salida, marcando nuestro camino. Doc se detuvo antes de abrir la puerta, con su forma encendida de sangre cortándonos el paso.

-Silencio -dijo-. Por aquí saldremos al patio justo debajo de la ventana de la cocina. Si está abierta, tal vez podamos oír qué pasa y pensar en algo.

Abrió con cuidado la puerta; salimos rápidamente al jardín de asfalto. El brillo de la cocina, amarillento por las cortinas echadas, resplandecía en lo alto; como la persiana estaba enrollada, lo habríamos visto todo de tener tres metros de altura. A la derecha de la cocina había un alféizar y dos ventanas apagadas.

-¿Adonde conduce? -pregunté.

-A la habitación trasera de mí consulta -susurró Doc-. Parece que no han entrado ahí aún.

-Entonces deberíamos nosotros -dijo Jake-. Mi equipo es necesa¬rio. ¿Qué se oye?

Guardamos silencio; dos hombres, quizás tres, hablaban por turnos; de cada uno detectamos murmullos y fragmentos de frases.

-...conoces a alguien más... hacerlo mucho más... a tiempo...

El tren elevado se tragó todo sonido al rodar ciudad arriba. Jake cruzó el patio, alcanzó las ventanas sin hacer ruido; le seguimos, silenciosos, aunque no tanto.

-¿Están cerradas? -preguntó, sacando de su chaqueta una barra fina y flexible.

-Sí -dijo Doc. Jake introdujo la barra entre los bastidores, hizo palanca y produjo un leve chasquido; alzó en silencio la hoja inferior, saltó, se aupó y se metió dentro.

-Eso pensaba -dijo, extendiendo las manos hacia nosotros después de haber aterrizado dentro. Doc se detuvo a mitad de camino, como para descansar; lo hicimos pasar con considerable esfuerzo, sintiendo como si intentáramos conseguir los últimos centímetros de dentífrico. Al auparme casi me disloqué el hombro; mis costillas chillaron por un momento como si las estuvieran rompiendo de nuevo, pero no era así.

-No enciendan las luces -susurró Doc, como si supiéramos dónde encenderlas-. Pónganme la mano en el hombro. Cuidado por donde pisan. Síganme.

Nos deslizamos a través de la oscuridad, avanzando de puntillas para no provocar gemidos con nuestra presencia en las tablas del suelo. El brusco perfume a alcohol me advirtió que debíamos haber entrado en la sala de exámenes. Oí un débil tintineo de metal.

-Jake -dijo Doc-. La llave. Gírela a la izquierda. Donde está su mano.

Jake descorrió la cerradura y abrió la puerta, retirando y metiéndose dentro de la chaqueta cuanto pudo de lo que había dentro. Nuestra respiración se interrumpió: Oí otro sonido que se alzaba desde abajo, alternativamente duro, luego blando, como si al ser arrancado de los cielos se disolviera y regresara, la señal siempre presente, raramente oída o comprendida como correspondía. Robert Johnson cantaba.

-«Darktown Strutters'Ball» -gritó alguien abajo, pero sus quejas fueron ahogadas bajo el lamento del cantante. Jake se quedó quieto, con sus oídos recogiéndolo todo.

 

I'm cryin'please, please let us be friends...

 

-Vivo -dijo Jake, inmóvil, quieto como envuelto en ámbar, arran¬cando nueva vida de cada palabra.

-Vamos, Jake...

 

An'whenyou hear me howlin'in mypathway, rider..

.

-Calla.

-Canta «Darktown Strutters'Ball»...

 

Please openyour door 'n' lemme in...»

 

Un nuevo sonido lo distrajo todo; la puerta de la sala de espera se abrió de golpe. Una repentina luz nos cegó antes de que Doc y yo pudiéramos dar un paso; Jake, invisible a todos, se había ido ya, como barrido por orden de un ángel.

-Os estoy apuntando, chicos. Levantad las manos. -Alzamos los brazos como para dar las gracias. El policía tenía la piel casi tan clara como yo, y era igual de alto, pero pesaba el doble. Alzó su pistola en nuestra dirección, una 38 por su aspecto, aunque juzgar el calibre en la distancia nunca es fácil, especialmente con una pieza como la suya. De cerca, advertí que el cañón llevaba un evidente silenciador-. Mantenedlas levantadas.

-Está cometiendo un error -dijo Doc, en tono de voz normal, aunque llena de odio-. Ésta es mi consulta...

-Cierra el pico -dijo el policía, dando un paso hacia delante, apuntando directamente. Al ver el armario abierto y divisar las pertenencias de Jake, se quedó inmóvil-. Santa mierda... -Sin dejar de apuntarnos ni quitarnos ojo, llamó a alguien-, ¡Nate! Ven aquí. Voy a necesitar una mano con estos dos.

-Le estoy diciendo que ésta es mi consulta... -El policía miró rápidamente al certificado que colgaba de la pared-. ¿Cuánto tiempo lleva en este distrito, hijo...?

-Normalmente trabajo en Central Harlem, y no soy tu hijo. No querían usar a nadie en este caso con quien estuvieras demasiado acostumbrado a tratar. Doctor, ¿eh? ¿El médico de Dillinger? ¿Planeas robar el tesoro con esta mierda o qué?

Mis prolongados hosannas provocaron espasmos en mis costillas rotas; involuntariamente, mis hombros empezaron a hundirse. El policía me colocó el cañón entre los ojos.

-Manténlos en alto o te vuelo la cabeza.

-¿A quién has cogido, Edgar? -preguntó su socio mientras entraba; oscuro senegalés, del tamaño de un frigorífico.

-El viejo dice que es doctor. Si éste es el venezolano, tendrá el pasaporte. Cachéalos y saca sus papales. Los tengo a tiro.

Nate nos cacheó de arriba abajo mientras buscaba en nuestros bolsi¬llos, sacó mi pasaporte y los papeles de Doc; no me cogió la cartera.

-¿Quieres echarle un vistazo a esta mierda? -preguntó Edgar, acercando la evidencia cuando Nate nos soltó-. ¿Has visto alguna vez un arma como ésta? -preguntó, sopesando la Shrogin.

-Parece una pistola de juguete. ¿Qué es?

-De juguete, una mierda. Si no lo supiera bien, juraría que es una metralleta.

-¿Dónde está el tambor? Mantened los brazos en alto -dijo Nate, apuntándonos a ambos.

-Tal vez use cinta. Debe ser extranjera. Nos la llevaremos para que los federales lo averigüen...

-¿Qué hay de esa pistola, tío? -preguntó Nate-. Una pieza de mal aspecto. Déjala por ahí, la recogeremos más tarde. Esos gilipollas no se darán cuenta.

-Mierda. Echa un vistazo a las balas de la recámara y dime dónde puedo comprar algunas más. Muy bien, vosotros dos. Vamos a ver a vuestras amiguitas. Probablemente os echan de menos. Hemos estado charlando un rato con ellas, o al menos lo hemos intentado. Se están haciendo las difíciles.

-Será mejor que no le hayan hecho nada a mi esposa... -empezó a decir Doc. Edgar sacó una porra de su bolsillo y golpeó con ella a Doc en la cabeza. Doc se tambaleó, y la sangre oscureció su pelo gris. Lo cogí antes de que cayera.

-Nunca se me ocurriría tocar a tu vieja esposa, tío -dijo Edgar-. Van detrás de la roja. Ahora moveos.

Ayudé con una mano a Doc hasta que recuperó el equilibrio y avanzamos empujados por la brusca punta de su pistola. Jake no podía haber huido, eso era seguro. Dependiendo de lo que hubiera tenido tiempo de recuperar antes de nuestra interrupción, decidiría el método de acción y el tiempo. No podría ser lo suficientemente pronto. Era seguro que, cuando se moviera, aplicaría un esfuerzo total. Aquella idea consolaba y aterraba.

-Es AO, Doc -dije mientras le ayudaba; la sangre de su cabeza corría por su cara como lágrimas y salpicaba la manga de mi camisa.

-Mierda -fue todo lo que dijo. Al entrar en el apartamento vimos a Wanda y a Oktobriana en la cocina, vigiladas por los dos hombres blancos; eran jóvenes, con chaqueta y corbata. Uno tenía el pelo castaño, el otro rubio; de lo contrario, podrían haber sido hermanos.

-Norman -dijo Wanda-, ¿qué te han hecho?

-Lo mismo que te vamos a hacer a ti si no te callas -dijo Nate-. ¿Cómo os ha ido con las damas?

-Son muy poco cooperativas -dijo el rubio-. No hemos recibido ninguna de las respuestas que esperábamos recibir. Puede que sean necesarias medidas más fuertes.

-¿De dónde habéis sacado eso? ¿De quién es? -preguntó el otro, al ver a Edgar colocar las pertenencias de Jake en la repisa de la alacena.

-En su consulta. Creo que intentaban cogerlas. Deben haber entrado antes que nosotros.

Observé la habitación, juzgando posición y distancia. Doc y yo nos hallábamos cerca de la cocina, vigilados por Edgar y el federal moreno. Wanda, frente a nosotros, estaba cerca de la nevera, la cabeza a la par de su tambor. Nate y el rubio cubrían la puerta que conducía al salón. En la mesa de la cocina, en el centro de la habitación, estaba sentada Oktobriana, llevando un mono rojo que se había puesto al llegar; aunque supe que había notado de inmediato la ausencia de Jake, no hizo ninguna observación. Las cortinas de la ventana estaban echadas; la brisa nocturna hinchaba sus dobladillos. Sólo el sonido de la calle venía de fuera, y el rugido regular del tren elevado mientras pasaba.

-¿Tenéis sus papeles? -preguntó el rubio-. Veamos.

Edgar se los tendió. El moreno cruzó la habitación y le apartó a Oktobriana el pelo de la cara; los ojos de ella ardieron al mirarlo. Edgar y Nate observaron los movimientos del agente con evidente recelo. Ella se asió con manos pálidas al borde de la mesa.

-¿Dispuesta a hablar? -le preguntó el moreno, sonriendo-. ¿De dónde has sacado esa ropa de conserje? ¿Eres alguna especie de tortillera? -Ella permaneció quieta, los ojos fijos en la ventana.

-No soy ningún experto, pero este pasaporte me parece falso -dijo el rubio-. Podemos comprobarlo más tarde en el consulado. ¿Qué estabas haciendo junto a la comisaría esta mañana?

-Ya se lo dije todo entonces -intervino Wanda-. Este hombre me ayudó a atravesar un mal barrio y le dieron una paliza por su molestia.

-Va a recibir más de una si no habla... -dijo Nate.

-No habrá nada de eso en un caso federal -dijo el rubio-. ¿No estabais buscando a nadie allí? ¿Alguien que pensabais que pudiera estar dentro?

-¿Llevabas alguna de estas armas en ese momento? -preguntó el moreno, distraída momentáneamente su atención hacia Oktobriana-. ¿Tienes licencia venezolana, o son tuyas?

-Ninguna respuesta hasta que esté asesorado -dije. Los federales me miraron; Nate y Edgar se rieron con ganas.

-El negro quiere un abogado -dijo Nate-. ¿Oyes qué tontería?

-Quiere uno que le agarre la mano mientras se sienta en la silla eléctrica... -dijo Edgar.

-Recibirás un juicio justo en el Tribunal de Color de los Estados Unidos -informó el rubio-, ¿Llegaste al país con la joven rubia?

-Especifique los cargos para ese juicio justo -señalé. Doc se mantenía erecto agarrándose a la cocina; si flaqueaba, yo le sostenía.

-En el momento adecuado se os notificará de todos los cargos que hay en contra vuestra -dijo el rubio-, ¿Quién más estaba con vosotros, y cómo llegasteis? Si cooperáis, las cosas serán mucho más fáciles para todos.

Sus preguntas corrían en círculo; aunque al principio estuve seguro de que Skuratov estaba detrás de este asalto, cuanto más hablaban más lo dudaba.

-Como rusa aparente, jovencita, comprenderás que nos pregunte¬mos por qué no tienes visado...

-¿Es esto una foto de Stalin? ¿Qué tipo de libros tienes en tus maletas?

-¿Eres ruso? -me preguntó el rubio, posiblemente recordando a Pushkin-. ¿Eres miembro del Partido Comunista Americano?

-Mierda -interrumpió Edgar-. No vais a llegar a ninguna parte de esta forma, gilipollas.

-Éste es un caso federal -dijo el rubio; contemplamos el incipiente debate-. Vuestra jurisdicción nos permite movernos libremente por el vecindario, pero...

-Lo que significa que si no os guiáramos os sacarían las tripas en cualquier callejón -dijo Nate.

-¿Queréis respuestas? -preguntó Edgar-, Aquí no se consiguen res¬puestas adecuadas a menos que se hagan las preguntas adecuadas.

-El señor Hoover desaprueba los métodos usados por vuestras patrullas -dijo el moreno, acercándose de nuevo a Oktobriana y acariciándola con dedo liviano bajo la barbilla-. Son poco profesiona¬les...

-El señor Hoover también desaprueba tener una fuerza policial de color, pero eso no cuenta nada cuando hay que ponerse manos a la obra -dijo Edgar-. Decidid con quién hay que dar ejemplo primero. De los cuatro, ¿cuáles son los que hay que conservar?

-La chica rusa es esencial -dijo el moreno.

-Creemos que el venezolano puede haber sido el piloto -añadió el rubio-. Todavía no estamos seguros de que la pareja mayor juegue un papel importante, aunque ella estaba con él esta mañana...

-Deberíamos haberlo imaginado -dijo Edgar-. Muy bien, entonces. Os mostraré cómo se hacen los negocios.

Volvió su pistola en dirección a Doc y disparó dos veces a quemarropa, su silenciador reduciendo el sonido a no más que breves pings. Las rodillas de Doc flaquearon bajo su peso mientras su camisa blanca enrojecía; se desplomó en el suelo con un ruido sordo. Entonces el tren elevado pasó, mientras Wanda gritaba y se abalanzaba hacia él; nadie la detuvo. Por la espuma rosa que borboteaba en la comisura de sus labios supe que le habían alcanzado en los pulmones; por la oscuridad de la sangre que brotó a continuación era evidente que también había volado su aorta. Miró a Wanda mientras ésta le sujetaba, como sorprendido.

-Norman -suplicó ella-, no te mueras. No te mueras. No. No te mueras. Dios, no te...

-Dios -susurró Doc-. Maldición. Maldición. Maldición. Maldi¬ción...

-Eso es lo que hay que hacer si se quieren resultados -dijo Edgar. Ninguno de nosotros se movió; el labio de Oktobriana se volvió de un rojo más intenso allá donde se lo había mordido. Doc yacía en el suelo, con su corazón latiendo hasta secarse. Sus ojos se volvieron vidriosos; sus labios espumeantes se cerraron. Lo que corría por dentro enchar-caba ahora nuestros pies.

-¿Te apetece hablar ahora? -le preguntó el moreno a Oktobriana, con sus dedos jugando todavía con su barbilla. Ella mantuvo la cabeza gacha, los ojos fijos arriba-. ¿No?

-Creo que deberíamos llevárnoslos -dijo el rubio-. Hay varias cosas que tenemos que hacer...

-También habrá preguntas que tendremos que responder. Creo que deberíamos arreglar las cosas aquí. ¿Cómo te llamas? ¿Nate? Aguán¬tala por mí, ¿quieres? Rodéale el cuello con el brazo.

-¿Qué vas a hacer? -preguntó su compañero. Nate se quedó allí de pie, inseguro de lo que planeaba.

-Debe ser un procedimiento federal -gruñó Edgar, disgustado.

Nate la cogió por el cuello, en posición estranguladora, apuntándole a la sien con la otra mano. Wanda sujetaba la cara de Doc contra la suya como si quisiera volver a insuflarle vida. La colección de Jake yacía allá donde Edgar la había depositado, al otro lado de la habitación; el rubio prestaba más atención a las acciones de su socio que a protegerlas armas. Si yo saltaba en el momento adecuado, tal vez podría coger algo con lo que pudiera hacer daño antes de que me acribillaran.

-Ningún procedimiento con el que estés familiarizado -dijo el rubio, avanzando-. No habrá violencia aquí.

-Por supuesto que no -contestó el moreno, apartando los dedos de la barbilla de Oktobriana y colocándolos en la cremallera del mono y abriéndolo-. No llevas tanto tiempo en la oficina de Nueva York. El trabajo tiene sus ventajas...

-No les ayudes, Nate -dijo Edgar-. Quita las manos de esa mujer... El moreno alzó su pistola con la mano derecha y apuntó primero a Edgar, luego a Nate.

-Seguid las instrucciones de un agente federal. Podemos decir cualquier cosa que queramos sobre lo que hay que hacer con vosotros, y eso irá a misa. Ahora haced lo que digo...

-Escribiré un informe -dijo el rubio.

-No, no lo harás -respondió el otro, alzando la cabeza. Era toda la distracción que necesitábamos. Levantando los pies a velocidad ex¬preso, Oktobriana le clavó los tacones en la cara, con la fuerza de sus piernas incrementada por los efectos del SD. El chasquido que se oyó y el hundimiento que se vio advirtió a todos que había roto la mandíbula del federal por los dos lados. Éste, tambaleándose hacia la ventana, los brazos extendidos, se esforzó por vocalizar, por dar sonido a su dolor.

-¡Mierda...! -dijo Nate, aflojando su presa. El tipo se detuvo al borde de la ventana, dando la espalda al cristal de arriba. Sus piernas encontraron el aire abierto más allá de las cortinas, justo por encima de las rodillas. El tren elevado pasó cascabeleando, haciendo resonar su eco de platos rotos-. Cuidado con la ventana...

-¡Jake! -grité, y mi voz se perdió-. No...

Se había preparado, apilando cajas bajo la ventana. Empujó su sierra a través de las cortinas, doblando su longitud al activarla y alzándola por entre las piernas del moreno. Sonó a ropa cortada mezclada con un rechinar más brusco como una bocanada de polvo de hueso; mientras alzaba aún más su herramienta y se abría paso, todo lo que quedaba en la mitad inferior del hombre se desplomó, chapoteando por el suelo como si fuera una lluvia de despojos. Sin sonido o comprensión, Jake avanzó, completado su corte. Oktobriana, mientras tanto, aprovechó la ventaja con sus aguzados reflejos; agarró el cañón de la pistola de Nate, se lo colocó bajo la barbilla, y empujó la mano del hombre apoyada sobre el gatillo. El hombre saltó hacia atrás al compás del disparo, y la tapa de sus sesos voló por los aires como un tapón. Jake entró mientras Wanda, de nuevo consciente, empezaba a andar a gatas hacia el salón, desequilibrando a Edgar, inmóvil en el sitio. Me zambullí tras ella. Jake levantó su sierra y alcanzó a Edgar en plena cara. Lo clavó a la alacena barnizada de la cocina como si fuera una mariposa de museo. Oktobriana se apartó de la mesa, resbaló en el charco de sangre del suelo y permitió a Jake saltar hacia delante mientras el rubio se dirigía al salón. Con un rápido brinco Jake se impulsó en la mesa, niveló su vuelo y alcanzó al último que quedaba con vida mientras yo caía sobre Wanda y la mantenía fija al suelo; sus gritos cesaron. Cogiendo la cabeza del rubio entre sus manos, Jake la retorció, dejando al rubio tendido boca abajo pero mirando al techo con los ojos muy abiertos. Desde abajo, a través de la alfombra, oí una alegre canción; Johnson, por un breve instante, proporcionaba alegría a todos los que le oían. Recé para que ignoraran si habían oído algo de lo sucedido arriba. No habían pasado ni treinta segundos.

 

Hot tamales and the redhots...

Yeah, she gottem for sale.

Got a gal that's long 'n' tall

Sh'sleeps in th'kitchen with herfeet in the hall...

 

Jake observó los productos de su habilidad, jadeando como si su talento sobrepasara incluso sus expectativas.

-Tiempos modernos-dijo-. Reacción postmortem. Perdón, Luther.

Los hombros de Wanda se agitaban mientras intentaba zafarse de mí, alejarse de la cocina; la agarré con fuerza, tapándole la boca con la mano para reducir sus decibelios.

-Ya pasó -repetí, con letanía de idiota-. Ya pasó. Ya pasó. Ya pasó...

Sus lágrimas empapaban mi mano; cuando empezó a vomitar la retiré, permitiéndole hacer lo que necesitaba. Al mirar hacia la cocina y ver a Oktobriana volviéndose a cerrar su mono mientras se alzaba en medio de la masacre, sentí que mi propio estómago daba un vuelco, y por eso miré de nuevo rápidamente hacia el salón, donde la única víctima no mostraba sangre. Jake examinó su traje; como era de esperar, parecía nieve pura a excepción del lugar donde se había manchado la mañana anterior. Oktobriana se dirigió a la otra habitación, medio resbalando, dejando huellas rojas en la alfombra. De la cocina llegaba un goteo; el olor a matadero abrumaba ya, y con el calor odié pensar hasta dónde llegaría su hedor, en qué poco tiempo.

-¿Qué causó el retraso? -le pregunté a Jake-. Doc ha muerto...

-Sabido -dijo él-. Eso pasó cuando me prep para entrar, Luther. No podía saltar con esa sierra sin poner primero las cajas. No soy ningún superman...

Oktobriana le agarró, apretándole hasta que los ojos le saltaron.

-Estás bien, Jake -dijo, sus ojos súbitamente húmedos con lágrimas silenciosas-. Doc...

-No podemos dejarle así -dije-. Jake, ayúdame.

Recogimos como infelices portaféretros el cuerpo de Doc; con dificultad (debía pesar ciento veinte kilos, incluso sin sangre), lo llevamos a la otra habitación y lo tendimos en el sofá.

-Tenemos que salir de aquí -dijo Wanda, sorprendiéndonos con su ronco grito mientras se levantaba-. Cojan las llaves del coche. Están en el bolsillo izquierdo de Norman. Vamos, cójanlas.

Acercándose a donde estaba tendido Doc, Oktobriana metió la mano en el bolsillo y tanteó; pareció sorprendida por algo, aunque no pude imaginar qué.

-¿Éstas? -preguntó, y se las lanzó a Wanda. Tras alzar la mano, arrancó el bigotito de Doc y lo dejó caer sobre la mesa como una oruga muerta. Ninguno de nosotros dijo nada.

-¿No pueden seguirnos por número y registro? -preguntó Jake.

-Cambiaremos la matrícula -dijo Wanda, con voz asustantemente calmada. No mostraba ninguna de las huellas evidentes del shock, aunque tal vez simplemente yacían esperando emerger en pleno más tarde-. Eso es todo lo que tenemos que hacer además de largarnos de aquí rápido. Debe de haber un millar de Terraplanes negros en la ciudad, y mientras no seamos demasiado visibles no nos encontrarán fácilmente.

-¿Quién tiene placas extra? -pregunté.

-Cedric -contestó ella-. Páseme el teléfono. Hablaré con él. Aprisa, Luther. Media hora más y enviarán un furgón celular y nos cogerán a todos. -Cogió el fonocular, apartó su largo cordón negro y marcó el número-. Cúbranlo -dijo, con voz apenas audible. Usando una de las sábanas que el propio Doc había traído para nosotros la noche anterior, Oktobriana y yo, cogiendo cada uno un extremo, la tendimos sobre nuestro amigo y la dejamos flotar a su alrededor. El blanco de la sábana mostró de inmediato su propia herida roja.

-Un amigo tan amable -dijo Oktobriana-. Agárrame, Jake.

Al parecer sin pensar, él la rodeó con sus brazos; antes de agarrar su cintura advertí cómo temblaba su mano. Mientras permanecía allí de pie, asaltado por sensaciones que no podía dejar aflorar a la superficie, me pregunté, ya que nuestra presencia había tenido un resultado tan espectral para los pocos con quienes habíamos contactado directamente, qué ocurriría entonces con el tiempo. ¿Qué habría hecho Doc, si no hubiéramos llegado? ¿Qué habría hecho alguien que conociera a Doc, o hubiera recibido ayuda de él? Las ondas de nuestra piedra mal lanzada podían extenderse por todo el océano. La respon¬sabilidad abrumaba; mantuve mi razón donde pertenecía, y mantuve apartados tales pensamientos por el momento.

-¿Cedric? Soy Wanda. Necesito tu ayuda. Norman está muerto. Los polis lo mataron. Eso es. No, no, ya se han encargado de ellos. -Hizo una pausa-. Necesitamos huir. No, ahora. Eso es. Tengo una idea de dónde ir. Lo que necesitamos son matrículas nuevas. Para el coche, sí. ¿Cuánto quieres por ellas? -No dijo nada mientras escucha¬ba-. No lo creo, Cedric, dime cuánto. Entonces muy bien, llevaré lo que tengo y tú puedes coger lo que consideres justo. ¿Podemos acercarnos por ahí? -Wanda sacudió la cabeza-. No vengas aquí, no. Ni siquiera actúes como si hubieras estado aquí antes. En serio. No quieras saberlo. Eso es. Vamos para allá. -Colgó-, Déjenme coger mi dinero.

-¿Tiene repuestos?

-Normalmente tiene todo lo que hace falta. Cedric es un buen contacto.

Se puso de cuatro patas, agachándose como para beber, metió la mano bajo el sofá y extrajo de sus entrañas una pequeña caja de metal. Antes de que pudiera levantarse, la mano de Doc se deslizó por debajo de su sábana; una reacción motriz tardía, quizá. Cuando rozó su cuello, Wanda supo de quién era la mano. No dijo nada, pero se estremeció como lo haría un tenedor golpeado. Tras levan¬tarse, sin mirar, volvió a colocar la mano bajo la sábana. Abrió la caja con una de las llaves de Doc y sacó un grueso rollo de color verde atado con una cinta de goma. Se lo metió en la blusa, entre los pechos.

-Echen una ojeada ahí fuera -dijo-. Que nadie les vea. ¿Algún otro poli a la vista?

-Despejado -dije, tras mirar.

-El coche está aparcado en la Treinta y tres. Dejen aquí toda esta mierda. Vamos.

Mientras la seguíamos, abandonando las maletas de Oktobriana, sus papeles y libros, el retrato de Alejine del Gran Amigo, abandonan¬do los grotescos añadidos de la cocina, abandonando a Doc, vi que, con poco pensamiento y ningún lamento obvio, lo que Wanda dejaba atrás era su vida. Comprendí que, de algún modo, había tenido que hacerlo varias veces antes. No podía decir si se había acostumbrado a ello o no. Caminamos calle arriba, ignorando a todos los que pasaban, y llegamos al coche en cuestión de minutos. Dentro del Abisinia sonaron aplausos.

-¿Sabe conducir? -le pregunté a Wanda mientras se situaba al volante.

-¿Sabe usted?

El coche rugió cuando lo puso en marcha, sin querer arrancar; cuando se rindió, nos fuimos, bordeando lentamente dos equipos de muchachos que jugaban al béisbol en la calle con palos de escoba recortados. Tras girar la manzana entramos en la Octava, dejamos atrás una vez más sus edificios y todo lo que había dentro, y nos dirigimos hacia el local de Cedric bajo el tren elevado, deteniéndonos a cada luz azul, avanzando con cada luz naranja, buscando en cada cruce signos de la policía. Wanda giró a la izquierda bajo la pastelería y se detuvo ante lo que parecía ser un almacén de ladrillo; por encima de la entrada, en un punto clave, había una cabeza de caballo de piedra. Tocó dos veces el claxon, haciendo una pausa entre cada una, para anunciar nuestra llegada; la puerta de metal se alzó, permitiéndonos la entrada. Apoyado contra la pared opuesta del garaje, iluminado por los faros, estaba Cedric, con el chaleco y la corbata quitados para sentirse más cómodo. La puerta bajó a nuestras espaldas cuando pasamos.

-Sus entregas entran por aquí -dijo Wanda, apagando el motor mientras Cedric se aproximaba. Noté que en algún momento durante el día Doc había puesto un nuevo retrovisor en el costado del coche-. ¿Las tienes? -preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla.

-Oh, Wanda, lo siento tanto. ¿Sabes quiénes lo hicieron...?

-Te dije que ya se habían encargado de ellos. Sé que lo sientes, Cedric. Pero todavía no hay tiempo para pensar en eso. ¿Dónde las tienes, y cuánto quieres por ellas?

-Aquí hay una -dijo él, sacando de detrás de su espalda una brillante placa, Feria Mundial de Nueva York 1939, decía en su superficie.

-¿Dónde está la otra? -preguntó Wanda. Salimos del coche, todos menos Oktobriana. Cedric miró a Jake pero le prestó poca atención-, ¿Cuál es el precio? No tenemos toda la noche, Cedric...

-La otra está en mi oficina -dijo el hombre, tendiéndole la que llevaba, señalando con un dedo hacia la entrada lateral, apenas visible en la oscuridad tras el brillo de los faros.

-Entonces, ¿cuánto?

-Nada -dijo él-. Sólo necesito que Valentino venga conmigo para ayudarme a cogerla. Es todo.

Wanda me miró; miró a Cedric. La tarifa era obvia; el que tuviéramos ambas placas era de importancia vital. Ella se movió, como para aplastarlo.

-Pequeño hijo de...

-Wanda -dije; ella se calmó-. Jake, cambia la primera placa. ¿Dónde está la otra, Cedric?

-No irá a...

-No hay elección, Wanda. ¿La hay?

-Debería apalearlo y cogerla...

-Ya hemos tenido suficiente de eso por una noche -dije-. Vamos, Cedric. ¿Está por ahí? Cada momento cuenta...

-Lo sé. Está por aquí. Me da miedo la oscuridad.

Casi corrió hasta su oficina; le seguí, sin oír más comentarios de Wanda, sin esperar ninguno de Jake. Entramos en una habitación pequeña justo a la salida del garaje, donde posiblemente se compro¬baban las entregas. En la penumbra no vi más que sombras incluso después de que mis ojos se habituaran, pero lo sentí todo: sin perder tiempo, él me bajó los pantalones hasta las rodillas mientras se arrodillaba, como para rezar. De pie en posición de firmes, con los ojos cerrados como para no romper la intimidad, discerní pocas diferencias: la tenaza detrás era más dura, los labios más alegremente envueltos, sus uñas más largas y agudas que las de Katherine. Sin embargo, la distinción se evidenciaba de forma más profunda; en el corazón no sentí nada, y por eso nada mostré. A Cedric pareció no importarle; continuó hasta que terminó, o se aburrió, o advirtió que sus esfuerzos no conseguían nada.

-Gracias, Cedric -dije, cogiendo la otra placa tras subirme la cremallera.

-Buena suerte, soldado.

Arreglándose rápidamente, al igual que yo, nos marchamos sin decir nada más. Tras volver a entrar en el garaje le tendí a Jake la segunda placa; la cogió sin hacer ninguna observación, como sabía que haría. La puerta del garaje crujió al alzarse de nuevo, permitién¬donos escapar con una leve protesta. Nos perdimos en la oscuridad.

 

9

 

Wanda nos condujo por las calles, ciega a todo menos al camino que tenía delante, obedeciendo todas las señales, marcando todos los movimientos, corriendo sin palabras. Dejamos Harlem y entramos en el parque por la 110, arrastrándonos sobre su camino terroso, dejando atrás campos de hierba sin segar, matojos esparcidos y bosques sin podar. Esparcidas sobre una duna iluminada por la luna vi lo que al principio pensé era un puñado de rocas, dejadas como por el paso de un glaciar; tras una segunda mirada advertí que las rocas no eran más que durmientes, descansando como podían en su ciudad sobre la colina.

-¿Adónde apuntamos? -preguntó Jake, agarrando aún a Oktobriana, su temblor todavía no apaciguado. Fuertes escalofríos recorrían el cuer¬po de ella a intervalos de cinco minutos; incluso en la oscuridad, desde el asiento delantero, podía ver sus temblores, y me pregunté si el efecto provenía de los sucesos de la noche o de su enfermedad. Wanda conducía como si fuera sorda y muda; los tendones de sus manos se anudaban mientras se aferraba cada vez con más fuerza al volante. En ese momento parecía actuar sólo secuencialmente, no concurrentemente; conducía, y no hacía nada más.

-Ninguno nos sigue -dijo Jake, girando el cuello para ganar vista por la ventanilla trasera-. Ninguno obvio, diría. Cómo funciona aquí lo encubierto permanece desconocido.

-Los hombros, Jake -dijo Oktobriana-. Tan magullados y tiernos. Frótalos, por favor.

-Wanda... -empecé a decir, y fui silenciado por su grito.

-No podíais entrar por la puerta principal como gente normal –dijo ella, liberada de pronto toda emoción-. Si lo hubierais hecho así, las cosas podrían haber salido de otra manera. No les habíamos dicho nada. Sólo estaban haciendo aquellas malditas preguntas estúpidas, hasta que os cogieron a los dos y entonces supieron que se cocía algo. Ni siquiera sé por qué no pudisteis esperar a que se marcharan.

-Ignorábamos su intención o designio -dije, intentando defender¬me-. O su acción en nuestra ausencia.

-Deberíais de haberlo ignorado. Si hubierais hecho lo que cualquier persona, nadie habría resultado herido. Actuando como seres humanos civilizados...

-¿Doc estaría ahora con nosotros si hubiéramos llamado a la puerta? -pregunté.

Wanda, hundiéndose, buscó algún resquicio de razón; no encontró ninguno.

-Vestida así esta mañana como si lo estuviera pidiendo...

-¡No iba así esta noche! -grité, estimando que las usuales objecio¬nes de Jake a la vehemencia oral podrían darse en este instante; durante un momento pensé que ni siquiera había oído-. Ni esta mañana tampoco...

-Esas declaraciones son injustas -dijo Jake, muy tranquilamente-. Una acción como la encontrada demanda una reacción. Ellos actuaron. Yo reaccioné. Eso es todo.

-¿Tenía que ir a por ellos como lo hizo? -preguntó Wanda, los ojos fijos en la curva de delante; las luces de las torres del centro arrancaban sombras al entramado de los árboles-. Los cerdos no tienen una oportunidad mejor en el matadero.

-Los cerdos merecen algo mejor -dijo Jake-. Era mi única herra¬mienta a mano. Habría preferido un toque más mínimo, pero no tenía opción...

-¿En qué clase de mundo viven ustedes? -preguntó ella, esforzando la cara como para contener las lágrimas-. Habla de gente aserrada como si hiciera la lista de la compra. Actuando como si tuviera que quitarse de en medio a todo el que se le ponga por delante. Puedo comprender un talante así, pero ustedes lo llevan demasiado lejos. Norman era igual. No me extraña que se llevaran tan bien. Siempre estaba mirando por encima del hombro, para ver quién se le acercaba. Loco...

-No tan loco -dijo Jake-. Alguien se le acercó.

-¡Estaría aquí ahora si ustedes no hubieran aparecido! -replicó ella-. Estaríamos saliendo para pasar el fin de semana. O estaríamos en casa. Pero no estaríamos donde estamos. -Después de un largo rato, se frotó los ojos y se apaciguó.

-No esperábamos ese desvío -dije. Una ola de nostalgia me barrió súbitamente, nostalgia por un hogar que parecía cada vez más distante, al que nunca volvería a ver más que en esta reproducción desviada.

-Russki krai -dijo Oktobriana, cambiando insospechadamente a su lengua materna-. Otchi dom. -Suelo ruso, hogar natal; nostalgia-. Smert. Todo smert.

-Saquemos lo mejor que podamos -dijo Wanda-, ya que no tenemos mucha elección.

-Ninguna -corregí. Salimos del parque en Columbus Circle. No vimos ninguna torre, ningún muro que dividiera el centro del Upper West; donde, al sur, se alzaba la Lollipop House de nuestros días, se encontraba lo que parecía una mansión victoriana de varios pisos. Un cartel en lo alto de su tejado abuhardillado anunciaba un chicle de marca desconocida. La muralla de treinta pisos de Central Park South defendía el centro de la jungla aquí igual que en nuestro tiempo; ahora, sólo la mitad de la muralla parecía completa. Varios edificios semeja¬ban sólo un recorte contra el cielo nocturno, supuse que porque los habían dejado sin terminar cuando se acabó el dinero. Tras rodear la glorieta y entrar en Broadway, pasamos ante brillantes escaparates con los últimos modelos de Hupmobiles, Pontiacs y Studebakers, también lo hicimos ante un concesionario de Terraplanes y vimos nuestro transporte en forma de recién nacido. Muchos dormían en la acera, bajo los brillantes muestrarios.

-Doc era un hombre maravillosamente amable -dijo Oktobriana-. Había mucha bondad en él. Un gran conocimiento de la humanidad. Conocimiento dado. Cielo arriba. En el cielo arriba. Si el alma sobrevive. Probablemente. Flotando eternamente entre mundos. El cielo está en la verja. También el infierno.

-¿Qué verja? -preguntó Wanda, sin comprender. Al recordar la metáfora pude saltar a su lógica, y por eso la seguí. Si así era, parecía tan buen lugar como cualquier otro para que estuviera. Recordando las palabras de Doc, advertí que ella había entrado en un estado en el que sus pensamientos pasaban tan rápidamente que no tenía tiempo para darles una palabra adecuada en secuencia lógica. A medida que Oktobriana se volvía menos conversacional que yurodiva (un término intraducible, que viene a significar más o menos un loco aparente que habla de asuntos santos, siempre ciertos), sus interminables comenta-rios se volvieron molestos al principio, luego opresivos, y luego, como con todo, nos acostumbramos a ellos. Hablaba de todo lo que veía mientras pasábamos Times Square, en nuestro tiempo el hogar de todos los bastardos y salvajes. Aquí aparecía como había oído que era en la infancia de mis padres, un escenario lleno de luces de todos los colores donde acudían incontables millones. Anuncios del doble de tamaño que cualquiera de los nuestros propagaban con lazos de neón Four Roses, Seagram's, Chevrolet. Uno a nuestra espalda insistía con grandes letras amarillas que una bolsa de cacahuetes Planter's al día podía darnos más energía; no pude decir cómo se aplicaba la energía. A la izquierda, una cabeza de varios metros con la boca abierta exhalaba grandes anillos de humo, anunciando Camels. En la Y formada por la intersección entre Broadway y la Séptima había un edificio trapezoidal, vagamente italiano por su aspecto; alrededor de su fachada, justo en el primer piso, corría una pantalla de letras informando de noticias y del clima a través del parpadeo de un millar de pequeñas bombillas. Entre la Cuarenta y cuatro y Broadway había hombres en fila india alrededor de la manzana, como si fueran compradores rusos; esperaban recibir una hogaza de pan que entrega¬ban desde un camión del Ejército de Salvación.

-Los periódicos del domingo ya han salido -dijo Wanda, pasándose al último carril de la derecha, con cuidado para no chocar con ninguno de los muchos taxis, coches y tranvías. Al ver un cartel, me pregunté qué sería un Automat; no había ningún camino de entrada que condujera allí-. Pararé y compraremos uno. Así podrán ver lo que está pasando en el mundo.

-¿Cuándo aparecerá la noticia de nuestra acción? -pregunté-. ¿Al amanecer?

-Si hubieran sido sólo los polis y Norman, ningún periódico excepto el Age cubriría la noticia. Como también se cargaron a dos agentes federales, aparecerá en primera página en todos los periódicos del país entre mañana por la noche y el lunes. Hasta entonces, nada.

Después de aparcar en la acera cerca de la Cuarenta y dos, junto a uno de los grandes quioscos, Wanda se bajó del coche.

-Me estoy abrasando -dijo Oktobriana; su metabolismo se aceleraba cada vez más y, aunque estaba sentada aparentemente tran¬quila, su interior se consumía con terrible velocidad-. El clima parece tropical aquí todo el tiempo. Al contrario que en Rusia, donde no tenemos junglas. Aquí tenemos un bosque de luz. -Murmuró una frase ininteligible mientras miraba las luces a nuestra izquierda:

NUBLADO, LLUVIA MAÑANA, leí. LONG DICE QUE LA TASA DE DESEMPLEO EL AÑO QUE VIENE ALCANZARÁ EL CINCUENTA POR CIENTO.

-¿Perdón?

-El número de veces que las bombillas se encenderán en una hora -dijo ella, explicando su observación perdida. Varias veces intentó echarse hacia atrás el flequillo que le caía sobre la cara; falló, y finalmente lo hizo a un lado-. Tan cansada y dolorida. Como tendida en el potro. Como correr sin cesar durante semanas. Cuatro mil quinientos ochenta y nueve kilómetros. Aparente tendonitis en las articulaciones. Tratamiento astroscópico. Mentalmente me siento dos veces la persona normal -dijo-. ¿Qué me pasa?

Éste no era el lugar apropiado para decírselo. Ansioso, busqué a Wanda. Aún se encontraba ante el quiosco, guardando cola. Los pensamientos de Oktobriana pasaban y se difuminaban a velocidad cada vez mayor.

-Con la maquinaria adecuada, todas las luces podrían ser dirigidas con el toque de una sola máquina -dijo; Jake la rodeaba con un brazo para impedir que saltara de su asiento-. Tesla podría hacerlo. Debe tener un gran plan. Un gran apoyo comercial debe ayudarle aquí. Temperamento más adecuado al comercio. Ningún miedo a que el mundo sea redondo. «New York, New York» -empezó a cantar, muy mal-. «Quiero despertar en una ciudad llena de gusanos.» -Su risa fue como un rebuzno sudoroso-. Una versión paródica que un astrofísico americano minusválido me enseñó una vez. Antes de dejar el país se mudó a Vermont. Odiaba la ciudad. Se mudó allá donde vivió Solzhenitsin tras una cerca de espino. Como la verja. No como Tolstoi. No como la verja del gulag. No...

Wanda dejó caer su compra a través de mi ventanilla, golpeándome con las muchas secciones de los periódicos dominicales: el Times, el News, el Herald-Tribune and Mail, el Mirror. En ese momento no era mi deseo info de naturaleza no relacionada; estaba saturado. Antes de colocar los diarios a mis pies advertí el titular del News: ¿DÓNDE ESTÁ STALIN? ¿En relación a qué o quién?, me pregunté. Su actitud sería seguramente similar hacia todo. El pacto con Hitler no sería firmado hasta agosto, a menos que hubiera sido firmado ya, o a menos que no fuera a ser firmado. Ver las posibilidades futuras sin poder deducir cuál se haría finalmente realidad era mucho más preocupante que no tener ni idea de lo que traería el día siguiente; era como contemplar a un coche acelerar hasta estrellarse, sabiendo que uno de sus cuatro pasajeros moriría, pero no cuál.

-Vamos a salir de la ciudad -dijo Wanda-. Hasta que se calmen las cosas.

-¿No habrá bloqueos? -pregunté-. Seguro que ya han transmitido nuestra descripción...

-No vamos a Jersey. Conozco un lugar en Long Island. -Tras esperar a que el tráfico se interrumpiera lo suficiente para dejarnos salir, volvió a sumarse a su flujo; cruzamos varios carriles y giramos a la izquierda en la Cuarenta y dos.

-¿Es seguro? -preguntó Jake.

-Más seguro que aquí -dijo ella. Yo no quería ir, pero no había otra elección. Cuando mis pies tocaron por última vez Long Island lo hice tras bajar de un helicóptero, sobre suelo no minado; fue durante mi primera operación tras mi ascenso a primer teniente. Mis sargentos y mis hombres pertenecían a las Fuerzas de Reconocimiento de Suffolk, y se les ordenó un día de junio que ayudaran a asaltar Southampton, Amagansett y Wainscott, que habían sido bombardeadas la semana previa con poco efecto. Johnson, mi Johnson, estaba conmigo como sargento mayor. Ha habido pocas tardes más hermosas, pocos cielos más azules. La luz reflejada en el mar incluso hacía que las ruinas más desamparadas brillaran con el toque de un viejo maestro. El clima era tan perfecto que no parecía existir. Un día tan encantador me hacía estremecer.

Tras pasar una Grand Central apagada y sin guardia, la piedra y el mármol de la Chrysler y varios bloques de apartamentos aparentemente abandonados, giramos a la izquierda hacia la Primera. Mataderos y plantas de empaquetado de carne se alzaban donde en nuestro tiempo se encontraban las Naciones Unidas, con el aroma ineludible de la sangre aún no suplantado por el desodorante político. Cuando alcan¬zamos el puente de Queensboro en la Cincuenta y cinco y recorrimos su pavimento en dirección al este, me encontré cruzándolo por primera vez en coche y no desde el cielo. Una luz blanca de origen desconocido brillaba sobre el distante horizonte de la parte norte de Queens.

-¿Dónde en Long Island? -pregunté, con los nombres impresos eternamente en mi mente: Mineóla, Farmingdale, Stony Brook; Shirley, Riverhead, Southampton; todos los otros donde habían caído tantos.

-Orilla norte -dijo ella-. Falta aproximadamente una hora y media para llegar. Es lo que Norman y yo llamábamos nuestra casa de verano. La descubrimos una tarde hace unos siete años, íbamos cada quince días todos los años, en verano. El sitio se cae a pedazos, pero se puede vivir mientras no haga mucho frío, y está casi al lado de la playa. No hay nadie alrededor. Probablemente habríamos venido esta noche si nuestros planes no hubieran cambiado...

Al otro lado del puente, el paisaje sugería que la Depresión estaba en su vigésimo año y no en el décimo... Como en nuestra propia época, muchos lugares se quedan como están siguiendo nuestro propio reajuste económico treinta años después de que se produzca, cambian¬do eternamente. Las pequeñas casas de madera se agrupaban una junto a otra, patios de cinco plantas, pequeños restaurantes vacíos con carteles donde faltaban una o más letras, fábricas con ventanas tapadas; todo mostraba el claro toque del abandono, incluso aquellos cuyos dueños continuaban atendiendo. Los interminables bloques grises parecían gastarse gradualmente, erosionándose con cada año que pasaba hasta que, una tarde ventosa, el levante enviaría al cielo sus propias nubes de polvo. Continuamos hacia el este por Northern Parkway; advertí una señal que mostraba la dirección de Holmes Field, al norte. En la cima de un cambio de rasante divisamos la fuente del brillo helado del horizonte.

-¿La feria? -pregunté; Jake y Oktobriana miraban como si vieran su primer árbol de Navidad. Wanda no contempló la escena más de un segundo.

-Sí.

En medio de la negrura se alzaba un brillante mundo blanco salpicado en algunos lugares con manchas pastel, con su extensión elíptica rematada en el centro con aquellas ineludibles aguja y esfera. Reflectores inmóviles iluminaban la estructura; fija a lo alto de la torre había un entramado circular de metal de propósito desconocido; no aparecía en ninguno de los logos reproducidos.

-¿Tienen nombre? -preguntó Jake.

-El Trylon y el Perisferio -dijo Wanda.

-¿Por qué?

-Parece moderno, ¿no?

Edificios más pequeños esparcidos alrededor tenían sus pocos picos y remates; edificios en forma de barco, o con cajas registradoras en lo alto, emergían de los alrededores. En un extremo del solar, tras un lago, se alzaba otro entramado de metal que parecía una enorme torre. De su ancho sumidero parecían flotar paracaídas, como si los visitantes estuvieran tan asombrados por lo que les rodeaba que no pudieran esperar al ascensor.

-En el periódico de la tarde había una foto -dijo Oktobriana, con su pelo agitado por el viento que entraba por la ventanilla; sus mejillas se retorcían sin descanso-. La estructura central tiene una similitud remarcable con el aparato necesario.

-Aparato -repetí-. ¿Cómo es eso? ¿Qué similitud?

Pero Oktobriana no añadió nada más, y permaneció preocupante-mente silenciosa. Mientras seguía mirando, vi lo que parecía ser una gran sombra oscurecer súbitamente la iluminación de la feria; alcé la cabeza y vi vagamente un enorme dirigible que se movía lentamente por el cielo, reflejando en su vientre plateado las luces de abajo mientras las oscurecía en el cielo; en sus alerones traseros vi esvásticas.

-Ese dirigible -dije-. ¿Qué es?

Wanda miró el tiempo suficiente para advertirlo; sus ojos regresa¬ron rápidamente a la carretera.

-El Hindenburg -dijo-. Apostaría a que viene de Lakehurst. Regresa a Alemania. Decían que no lo haría en una temporada.

Pronto dejamos atrás el zepelín aún superviviente, y pasamos a Queens y salimos al campo. La feria se convirtió en fábrica, se convirtió en granjas y prados. La luna arrojaba sus propias sombras sobre páramos y bosques. La carretera se estrechó; volvió a estrecharse. Todo ante nosotros brillaba con luz negativa mientras avanzábamos; los matojos rozaban los costados de nuestro coche como para retener¬nos. Poco después, dejamos de ver ningún otro coche.

-¿Falta mucho? -pregunté, sintiendo esa anticipación insatisfecha que se sufre siempre cuando el tiempo de llegada previsto a tu destino es desconocido; cuando cada minuto triplica su duración. El que recorriéramos una autopista federal era sorprendente; su única mejora sobre las carreteras de tierra era el pavimento roto. En raras ocasiones aparecían carteles, mostrando entre los salvajes nombres familiares otros que conectaban con ruinas desconcertantes y residuos imperdo¬nables, nombres de los viejos tiempos, pero aquí.

-Veinte minutos tal vez. Nunca puedo recordar el nombre de la maldita carretera, pero la reconozco cuando la veo. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si tiene nombre. Pero, cuando lleguemos, estaremos bien.

-¿Durante cuánto tiempo?

-El suficiente. Tendremos que decidir lo que hacer en algún momento...

-¿Tendremos? ¿Por qué se incluye?

-Estoy metida en esta mierda hasta el cuello, igual que usted, Luther. Complicidad en el asesinato en primer grado de dos policías de color y dos federales blancos. Ahora todos estamos en el mismo barco. Pueden acusarme de dar asilo a fugitivos, transportarlos, conspiración..., bueno, nómbrelo, y creo que ya lo he hecho.

-¿Qué opciones quedan?

-¿Para mí? Ninguna. Si vuelvo y digo qué pasó, me meterán entre rejas. No tardarán mucho en ocuparse de mí. Las excusas no valen con los tribunales de color. Luego...

-¿Qué opciones quedan para nosotros?

-Menos que ninguna. Será la silla eléctrica para ustedes en cuestión de un mes, a menos que los linchen primero. Lincharon a un pobre bastardo en Riverside Park hace un mes o así.

-Pero, cuanto más se quede con nosotros, más...

-Ya no importa. No puedo ir a otro sitio. Si intento pasar al Canadá me cogerán en la frontera. Por lo que he oído, las cosas no son muy diferentes allá. La única diferencia es que no son tan pejigueras. No sé...

-Todo tiene un sentido -dije, ofreciendo la mentira más débil que conocía, deseando consolar, para nada.

-Mierda. Finalmente teníamos una vida simple en marcha. No era la vida más feliz, pero podía manejarlo todo. Entonces aparecen ustedes. Y miren ahora. -Hablaba con más resignación que furia, lo cual era un alivio.

-No pretendíamos interferir -dije.

-Lo sé. Buenas intenciones. No sirve de nada llorar por la leche derramada.

Por fin, tras reducir, nos guió a una carretera más primitiva que corría a nuestra izquierda; su pendiente estaba tan mal hecha que cada bache amenazaba con arrojarnos al bosque que nos rodeaba. Ninguna luz iluminaba toda su longitud más que la nuestra.

-Hemos llegado -dijo cuando la casa apareció ante la vista; envuelta en el manto de la noche, parecía una residencia al viejo estilo, del tipo en que podían esconderse docenas. Era de piedra, de dos pisos, larga y destartalada, con grandes chimeneas de ladrillo. Tres de sus costados estaban rodeados por árboles, el cuarto se abría al mar. Al aproximarnos a un pequeño edificio tras la casa oí un tamborileo, el bramido de un cañón: rompientes. Frente al prado trasero me pareció discernir la lla¬nura iluminada por la luna. Aparcamos en un viejo garaje y salimos del coche. Wanda cerró la puerta tirando de una gruesa cuerda.

-¿Qué era esto? -preguntó Jake mientras subíamos el sendero, aplastando los guijarros con nuestros pies. Los insectos martirizaban nuestros oídos con su zumbido.

-La casa de alguien -dijo ella-. Hay caserones como éste por toda la costa. Muy pocos están habitados todavía, pero la mayoría han sido reocupados o los dueños no pueden mantenerlos, así que están aquí pudriéndose.

-¿Nadie patrulla? -pregunté.

-Nunca he visto un guardia o un policía en todo el tiempo que hemos estado viniendo. No quedaría un poli en la ciudad si tuvieran que vigilar todos estos sitios. -Subimos a un porche techado que circundaba la casa, con cuidado de no pisar agujeros o puntos débiles-. La puerta nunca está cerrada -dijo, abriéndola con el hombro-. Nunca hay que preocuparse por los ladrones en el campo. Pasen.

Entramos en un amplio recibidor; mi apartamento cabría dos veces allí dentro. Curvándose hacia arriba desde la planta baja al primer piso había una larga escalera, con el pasamanos asomando como desenros¬cado por el paso de millones; en medio de la luz en blanco y negro de la noche la escena parecía un decorado para que pudiera bailar Astaire. La brisa del mar que entraba por las ventanas tapiadas enfriaba la casa, trayendo el sonido de la marea. Por encima del mobiliario de la habitación aparecían paredes cubiertas de moho. Los pocos muebles que quedaban se escondían bajo fantasmales sábanas. El ruido de los ratones resonaba entre los escombros.

-Tiene mucho mejor aspecto durante el día -dijo Wanda, cruzando el suelo cubierto de trozos de yeso, entrando y saliendo de las sombras-. Norman y yo siempre dormíamos en ese viejo sofá de la habitación principal. Los dos pichoncitos pueden ocuparlo, ¿no? -Guardó silencio por un instante, la cara invisible en la oscuridad-. Juntaré un par de sillones en la biblioteca. Hay una cama plegable en el porche cubierto en la que puede dormir Luther. Nos vendrá bien echar un sueñecito. El sol nos despertará, y si no descansamos vamos a valer aún menos por la mañana de lo que valemos ahora.

Tiré los periódicos al suelo, y lo lamenté inmediatamente al ahogarme en la subsiguiente nube de humo. Todos marcharon a sus sitios respectivos; Oktobriana se había callado desde que vimos la feria. Yo no tenía idea de si se debía a algo a lo que dedicaba su pensamiento o si se le había vuelto demasiado difícil hablar y conectar simultánea¬mente lo que oía decir con lo que estaba pensando. El sonido del mar resonaba por el porche con su ritmo tranquilizador.

-Jake -grité hacia la habitación principal-. ¿Se ha movido? Una pausa.

-No.

Le oí cerrar la tapa del trazador mientras se lo metía en el bolsillo. Por cama plegable, evidentemente, Wanda se refería a una pequeña cama de metal que se encontraba en medio del suelo, rodeada por la brisa. Al tirar de las sábanas sucias y polvorientas encontré un colchón enmohecido pero suficiente. Me senté en la cama. La luz de la luna hacía visible todo lo que había en la habitación casi vacía. Había una Biblia en el suelo, cerca. La recogí, ojeé rápidamente sus húmedas páginas, buscando un pasaje tranquilizador. En cambio, encontré: Pues los hijos de la luz entraron en batalla con los hijos de la oscuridad, que son conocidos como el Ejército de Belial, y contra la tropa de Edom y de Moab... Ésta no era la Biblia que yo recordaba de niño. En el índice leí los nombres de los libros del ahora desacreditado Nuevo Testamento: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Tomás, los Hechos de los Apóstoles, el Evangelio de la Verdad, el Himno de la Luz. La primera página anunciaba que era la Santa Biblia de la Iglesia Albigense, Redimida. Al desenvolver otro regalo, sólo había encontrado otro cadáver. Harto de tener sorpresas cuando menos lo esperaba, o deseaba, me recliné, sintiendo el dolor en la cabeza, en las costillas, en el corazón; sintiendo el dolor cada vez que recordaba a Doc. En cuando me acosté me quedé dormido.

El amanecer me despertó con una luz tentativa; permanecí acostado, con la sensación de que levantarme demasiado pronto sólo precipitaría la realidad en mi cabeza con demasiada fuerza, demasiado pronto. La precipitación ya estaba en camino. Oktobriana gimió dolorida, el dolor de la enfermedad y de conocer la enfermedad. Poco después oí sonidos de llanto, profundos y ahogados, cuando Jake se lo dijo.

Tras lavarnos como pudimos después de levantarnos y reunimos en el salón, Jake y yo escuchamos a Oktobriana mientras Wanda salía al porche. Posiblemente en respuesta al dolor que ahora sentía, parecía haber enfocado su mente en las ramificaciones y hechos de su situación (ahora que sabía cuál era), y por eso mantenía tal tenaza sobre su cuerpo con su mente que sus multitudinarios pensamientos venían ahora con palabras claras, con lógica pautada. Su inglés se había vuelto también perfecto, con frases clásicas, aunque a veces se cargaba de argot científico y distante. Mientras yacía en el sofá, las manos alrededor de las rodillas, hablaba como para sí.

-El agente, entonces, parecería ser un retrovirus altamente mutable de origen desconocido. El lugar de su primera aparición es fascinante pues, si aquí hubiera ocurrido un incidente parejo a la caída astronó¬mica del Tunguska en 1908 (eso fue en Siberia), entonces parecería imposible rebatir la igualdad de una relación...

-¿Pero tiene datos como para buscar una cura? -pregunté.

-Aquí no se encontrará ninguna durante años -respondió ella, los tendones de su cuello rebullendo como si intentaran liberarse-. Aunque con las capacidades mentales ampliadas puedo hacer poco más que suponer, sin acceso a un ordenador con el que podría estimar todas las variables conocidas. Habría que comprobar millones de posibilidades, con una enfermedad desconocida tan peculiar como ésta. Hay dema¬siados quizá. Por qué se manifiesta tan virulentamente. Por qué el período de incubación puede ser tan extremo. Cómo pueden intensifi¬carse tanto las funciones neurológicas. -Se detuvo, recuperando el aliento; en sus muñecas aparecían magulladuras azules-. Por qué yo lo tengo y ustedes no. La enfermedad podría parecer tan extendida entre la población que el método de transmisión podría ser la propia respiración. Sin embargo, en ese caso, habría una inmunidad inevitable en algunos. ¿Qué les ha hecho a ustedes tan afortunados y a mí tan desgraciada?

-A menos que tengamos algo peor que no se ha mostrado aún -dije-. A menos que lo hayamos contraído desde que Doc hizo sus pruebas.

-Dudo que haya algo peor -dijo ella-. Y, aunque es ciertamente posible que el virus se haya mostrado en su sangre desde que se hicieron las pruebas, sospecho que su reacción podría no ser muy diferente de la mía. Posiblemente un preventivo desconocido o factores capacitadores están en funcionamiento aquí. -Mientras se frotaba la cabeza con la mano, se le cayeron largos mechones de pelo; en sus mejillas y cuello aparecían pústulas, pues su mecanismo había perdido el control-. Esta enfermedad podría ser mucho más fascinante en el sentido amplio si yo no la tuviera.

-¿No hay acción posible? -preguntó Jake, con su mano buena apretando el polvoriento brazo del sofá, como para soltarlo. Aunque permanecía impasible, su voz cargada de frustración advertía que estaba a punto de estallar-. ¿Nada que hacer?

-Regresar. Eso es lo que hay que hacer -dijo ella-. De lo contrario, lo mismo daría que entráramos andando en el océano, uno a uno.

La situación parecía tan insoportable que tenía que entretenerme en cualquier otra cosa; los periódicos de la mañana estaban cerca. Los cogí, revisé los titulares y leí con más atención. Ellos debieron ver mi expresión.

-¿Qué pasa? -preguntó Jake-. ¿Qué dice del Gran Amigo? -quiso saber, al ver lo que yo leía. ¿DÓNDE ESTÁ STALIN?, preguntaba el News.

EL KREMLIN ADMITE LA DESAPARICIÓN DEL PREMIER, decía el Times arriba, a la derecha; Stalin visto por última vez el viernes por la noche. En el Mirror. LÍDER ROJO DESAPARECE; en la primera plana había fotos del Gran Amigo y de Amelia Earhart y Ambrose Bierce. Tal vez Oktobriana podría haber comprendido de inmediato la conexión, pero yo no. Trotsky sigue mudo. LOS INFORMES ANUNCIAN QUE EL LÍDER

SOVIÉTICO STALIN HA DESAPARECIDO, anunciaba el titular del Herald-Tribune and Mail. Juicios suspendidos hasta nueva noticia.

-Oktobriana -dije-. ¿Ocurrió esto en nuestra historia?

-No-dijo ella, estudiando los titulares-. Stalin, en el junio de 1939 de nuestro mundo, estuvo recluido en el Kremlin, decidiendo por un lado tratar con Hitler en relación a Polonia y los estados Bálticos mientras por otro hacía una lista de a quiénes había que matar de entre sus compatriotas. Esto es muy improbable que...

Dándose una palmada en la frente, dejó que los periódicos cayeran de su regazo. Cuando retiró la mano, apareció una pequeña magulla¬dura negra.

-¿Ha conectado? -pregunté-. ¿Qué significa?

-He conectado -dijo Jake-. Alej está detrás.

-Qué grandísimo idiota -dijo ella-. Tiene que ser Sania. Tardó tres semanas en hacerlo, pero obviamente lo hizo.

-Espere. De lo que se deduce...

-El Kremlin no perdería a Stalin -dijo ella, con los ojos brillantes de furia-. Si lo hicieran, nunca lo admitirían, a menos que, ciertamente, no tuvieran conocimiento de cómo se fue. Sania ha hecho lo que debía haber planeado todo el tiempo...

-¿Ha trasvasado el Stalin de este mundo al nuestro? Ella asintió.

-Mientras nos marchábamos, él debía estar regresando. Más que idiota. No sólo ha provocado un enorme peligro para nuestro mundo, sino que ha cometido un deliberado retrocidio en éste, destruyendo el futuro tal como podría haber sido al interferir con el pasado.

-No habrá peligro de revuelo político en el nuestro. Krasnaia no tiene ningún deseo de tener un Gran Amigo vivo. Lo enviarán a un gulag desde ahora a...

-Piense, Luther-dijo ella-, ¿Qué es lo que me está matando? Sania debe haber sido inmune o no lo ha cogido, o la enfermedad se habría extendido por Dubna después de su primer regreso. Pero, si Stalin lleva el virus, y puesto que ha vivido a través de sus estragos, entonces es seguro que lo ha llevado al aire de nuestro mundo. Mientras hablamos, se esparce.

-Mientras tanto, en éste -dijo Jake-, con Roosevelt eliminado, y Churchill...

-Y Stalin extirpado de la existencia -concluyó ella-, queda Hitler para actuar como le plazca. Las posibilidades son enormes. Sania ha cometido crímenes contra la humanidad en ambos mundos.

Desde fuera nos llegaban los gritos de las gaviotas, el rítmico latido de la marea.

-¿Qué es posible, entonces? -preguntó Jake.

-Hitler puede tomar Europa en dos años -dije-, incluyendo Inglaterra. Deduciendo de la progresión de nuestra historia, se sugiere que puede o no hacerse con la Rusia occidental; depende de cuándo invada y qué estrategia use bajo estas circunstancias alteradas. Desde luego, podrá tomar todo el norte de África, y Egipto. Si elige refrenarse, si oye a algunos de su grupo, Alemania podría invadir el Oriente Medio, pasar a Irán desde Rusia, unirse con Japón en algún lugar de la India... -Era el viejo escenario bélico, la diferencia estribaba en que todo era aún posible-. En veinte años o así podrían existir sólo Alemania, Japón y Norteamérica. Si Alemania desarrolla la bomba..

Este mundo, de repente, pareció aún peor que el nuestro.

-Luther -dijo Jake, cogiendo la primera página del Times-. Mira esto. -Un poco más abajo había un artículo referido a la caída de un meteorito.

 

...ni información detallando su naturaleza o su tamaño, que los residentes locales estiman enorme. Varios camiones han traído tierra a la zona, donde los bulldozers están empezando a construir una rampa desde el lugar del impacto en el pantano hasta la Ruta 3. Miembros de la Milicia Estatal de Nueva Jersey han erigido una tienda cerrada en torno al aparente meteorito y montan guardia...

 

-Buena mentira. Un meteorito. Han certificado que no es un vuelo contemporáneo..

-A menos que hayan empezado a desmantelar los controles, sólo saben que tienen en su poder un avión ruso de capacidad avanzada equipado con armas. Parece seguro que harán la conexión obvia, aunque errónea. Eso explicaría fácilmente los sucesos de anoche, con o sin la ayuda de Skuratov.

-¿Pensarán que Stalin vino con nosotros? -Conociendo a Skuratov, bien podría haberles dicho que él era Stalin.

-Es la deducción lógica -dijo ella-. El que los investigados asesinaran brutalmente a todos los miembros del equipo investigador podría acabar de convencerles por completo.

Pero, ¿y si este relato de desaparición no fuera en sí mismo más que pura desinfo, el plan de Skuratov?, pensé, dejando que mi propia mente se desencadenase. Tal vez su trazador se había roto o lo había perdido durante su caída, y se veía incapaz de ver el brillo de Oktobriana como había hecho antes. ¿Qué mejor modo de emplazar una trampa que hacer volar un cuento sobre el problema de la desaparición, sabiendo que nosotros tomaríamos la decisión obvia, desear regresar rápidamente, para encontrarle cuanto antes...? Ridículo, me dijo. El amor a las tramas es mi mal.

-En cualquier caso, bajo estas circunstancias, deben ser bastante conscientes de que Skuratov podría ser alguien de importancia -dijo ella-. Y, ya que parece evidente que Sania ha regresado a nuestro mundo acompañado por su héroe, nuestra esperanza de escapar sigue estando con Skuratov.

-Si aún está en una pieza -dijo Jake.

-Hay una posibilidad adicional a la que debo dar mayor reflexión

-dijo ella.

-¿Cuál?

-Teníamos la teoría de que con espirales de Tesla de gran tamaño, unidas con torres resonantes de poder equivalente, el efecto producido por nuestro aparato podría ser producido sin él, que las energías resultantes podrían abrir la muralla entre los mundos. Nunca pudimos comprobar esas teorías, pues no teníamos medios para construir una espiral y una torre del tamaño necesario. Así, Sania desarrolló su máquina...

-¿Dónde podría haber una espiral así...? -empecé a decir; entonces recordé su extraño silencio la noche anterior, tras dejar atrás la feria.

-Deduciendo por estos artículos, diría que es obvio que estos Trylon y Perisferio son una tremenda espiral de Tesla y una torre resonante, y serán conectados mañana por la noche.

-¿Podemos usarlos para volver?

-Hay que hacer más cálculos. El peligro, sin embargo, será mucho mayor.

-¿Por qué?

-No habrá ningún control sobre el efecto, si tal efecto se produce. La transferencia puede ser imperfecta. Hay muchas horribles posibili¬dades, pero como último recurso merece la pena de ser investigado

-dijo ella, sujetándose los pies para reducir su incontrolable temblor, con la cara seca de color por el dolor del esfuerzo-. Mi mente es útil mientras la tenga. Déjenme usarla. -Hizo una pausa; se volvió y miró a Jake-. ¿Qué me diste después de que nos estrelláramos? ¿Extamyl?

-Trescientos milis para reducir el dolor y el shock -dijo él, y su voz graznó como si necesitara lubricante-. Lo que quedaba. Sé que ahora serviría...

-En dosis tan masivas, el extamyl reduce la inmunidad a pade¬cimientos respiratorios transitorios -dijo ella, tocándose el labio con el dedo; sangraba bajo las uñas-. Desde luego. Ciertamente no habría ninguna preocupación de ordinario, pero me temo que este transitorio particular toma con él su vehículo cuando se detiene. Examinando las posibilidades, ahora estoy segura de que fue la dosis de examyl la que probablemente ayudó a mi inmediata infección, aunque no tenga nada que ver con la velocidad de su progresión, que deduzco es rápida.

-Yo tomé diodín... -dijo Jake, con la cara tensa.

-No hay efectos colaterales con el diodín -dijo ella-, ¿Quién podría decir que el diodín no te ha dado mayor inmunidad? ¿O inmunidad temporal? -Las magulladuras manchaban sus brazos y muñecas, donde los músculos, al flexionarse, forzaban a los capilares a romperse. Una vena se había roto en el hombro, dejando un Rorschach de signo desesperado-, Jake, mostraste sabia preocupación y actuaste propia¬mente. No hay razón para reprochártelo.

Así, tras pronunciar su sentencia sobre Jake, le miró a la cara; en su propia expresión él mostraba su carencia de emoción, el esfuerzo de mantenerlo todo dentro. Las buenas intenciones siempre mataban, o mataban con tanta frecuencia como para dar pausa a cualquier samaritano. Yo mismo habría podido ver un asesino en cualquier espejo, merecidamente o no; sin embargo, nunca supe lo que él veía. Palmeó torpemente la mano de Oktobriana, como temiendo caer desplomado por su muestra de afecto.

-Esto explica tantas cosas -dijo ella-. La energía desenfocada y los sentimientos eufóricos de antes. Estoy tan cansada. Tiéndeme algo para escribir, Jake. Será mejor que apunte todo lo que tenga que ofrecer. -Su ojo izquierdo mostraba una coloración rosa allá donde algo más había cedido. El titular de una página en el periódico abierto a mis pies anunciaba: TODOS ESTAMOS INTERESADOS EN EL FUTU-RO/Pues ahí es donde pasaremos el resto de nuestras vidas. Eso esperaba yo; cada vez parecía más improbable.

Wanda estaba todavía en el porche cerrado, sola y única, mirando hacia el océano a través de las ventanas carcomidas y oxidadas. Me acerqué a ella, dejando a Jake y Oktobriana para permitirles un poco más de tiempo.

-¿Cómo está? -le pregunté.

-He estado mejor -dijo ella, evitando mis ojos-. Duele hallarse aquí.

Nos dolía a ambos, pensé, recordando la emboscada sufrida cuando nos acercamos a Southampton hacía tanto tiempo. Rompiendo la formación, colocándonos al lado de la carretera, entregamos nuestros propios mensajes, lanzando cohetes a todo lo que había dentro de nuestro radio. Los que fueron alcanzados por el fuego de fósforo saltaron de sus madrigueras como si lo hicieran de una vela romana. Sentimos la tierra sacudirse con los estampidos mientras yacíamos sobre ella. Los C-380 barrían el cielo, lanzando napalm hacia el este para cauterizar las heridas del disentimiento. Diez perdidos en la carretera, para ningún propósito, ninguna razón, ningún efecto.

-Luther -dijo ella, sacudiéndome de mis pensamientos-. ¿Dónde está?

-Oh. Lo siento. Estaba ensimismado.

-Ojalá yo fuera como ustedes.

-¿Qué quiere decir?

-No sentiría nada de esto -dijo-. Sería mucho más fácil.

-¿Sentir? ¿Sentir qué?

-A eso me refiero. No sienten nada, ¿verdad? Emociones, quiero decir. Todos se han deshecho de ellas, de algún modo. Las han estilizado. Parece que les va mejor sin ellas.

-Están ahí -dije, hablando por fin por mí mismo; en cierto sentido, ella tenía razón-. Las enterramos profundamente para que no vuelvan a salir.

-Yo no puedo hacerlo. Están aquí.

-Salgamos -propuse. Ella asintió. Tras abrir la puerta, cuyo muelle crujió temblorosa al dejar caer su capa de óxido, salimos. Nadie se alzó de los matojos para saludarnos cuando nos asomáramos, ningún tiro de aviso nos voló los sesos. Avanzamos, descuidados como icebergs. El jardín abandonado por el que pasamos estaba cubierto de hierbas crecidas hasta la altura de las rodillas; las leves marcas de un sendero y un reloj de sol en el centro no lograban mostrar la antigua pauta. Llegamos a un grupo de rocas junto a la playa y nos sentamos. Mariposas blancas y azules ondulaban como trozos de papel arrojados al fuego; yo no había visto una desde que era joven. Oí cantos de pájaros; alcé la cabeza y divisé una nube de plumas cruzando el cielo, en dirección a tierra, hacia el este. No soy ningún ornitólogo.

-¿Qué son? -pregunté.

-Palomas migratorias -dijo Wanda-. Han abierto una reserva para ellas en alguna parte de por aquí porque dicen que se están extinguien¬do. Cuando yo era pequeña, había grandes bandadas todo el año, y los hombres esperaban a que se posaran en los árboles. Entonces las abatían con largos palos. Mis abuelos decían que, cuando llegaron aquí por primera vez, cubrían el sol durante horas al pasar.

-En nuestros días llevan más de un siglo extintas.

-Así es la vida. -Se encogió de hombros-. De todas formas, no son más que malditos pájaros. Da igual que les den un sitio para vivir. Acabaron con los búfalos. Acabaron con los indios. Les daría lo mismo acabar con la gente de color. Pero intentan salvar a esos malditos pájaros. -Sacudió la cabeza-. Parece que también es demasiado tarde para ellos.

Durante unos pocos minutos contemplamos las olas doblarse sobre sí mismas, alzarse de nuevo, golpear la playa con su salpicoteo. La luz de la costa daba a todo un amable tono dorado.

-¿Ha visto antes la enfermedad en progreso? -pregunté. Ella asintió.

-Todo el mundo la ha visto en progreso. Aunque no tan rápido como con ella. Dos de mis hermanos murieron por su causa.

-Lo siento -dije- ¿Rápidamente?

-No lo sé. No estaba con ellos, y mi hermana nunca dijo mucho. No salieron de Georgia, y yo no regresaría allí ni loca.

-Doc me lo contó ayer mismo. Me contó cosas de su vida anterior. Ella volvió a asentir.

-Sus abuelos deben de haberle contado historias parecidas -dijo. El padre de mi padre era dueño de tres funerarias; el padre de mi madre fue presidente de Citibank, hasta la Eb.

-Más o menos -dije-. Doc me dijo que estuvieron ustedes en Cuba. No tuvo oportunidad de dar color y detalle...

Wanda encendió un cigarrillo y lo hizo rodar entre sus labios, humedeciendo su extremo.

-No estuvimos mucho tiempo. No tanto como algunos.

-La descripción horrorizaba.

-Estar allí fue malo. Volver a casa casi nos mató. Eso fue lo peor.

-Le pregunté a Doc cómo efectuaron el retorno, pero no lo elaboró.

Su sonrisa sugería el recuerdo de los caprichos de un ser amado perdido.

-No lo habría hecho. Norman pensaba que a la larga sacaría la pajita más corta, y tal vez lo hizo. Nos costó trabajo hacerlo, pero por fin regresamos. Muchos no lo lograron. Ahora es como si le hubiera pasado a otra persona. -Inhaló humo como para inflamar los circuitos fundidos de su memoria-. La última mañana nos levantaron a las cinco como siempre, y nos pusieron en fila delante de los barracones. Normalmente entonces nos asignaban nuestro trabajo. Todo lo que dijeron aquella mañana fue: "Sois libres". Se dieron la vuelta y volvieron a la oficina.

»Bien. Todos nos quedamos mirándonos mutuamente como si estuviéramos dormidos y soñando todavía. Cuanto más permanecía¬mos allí, más advertíamos que no soñábamos. Sin embargo, nos preocupaba lo que querían decir exactamente con aquello, y por eso, poco después, Norman, unos pocos más y yo fuimos a la oficina para averiguar qué significaba todo aquello. Éramos jóvenes, recuerde.

-¿Se lo explicaron?

-Cuando hablamos con ellos. Dijeron que el señor Roosevelt nos había liberado y que ya no eran nuestros amos. Dijeron que no les gustaba más que a nosotros, pero que no tenían elección. Un par de idiotas preguntaron si podían seguir trabajando para la compañía, pero nos dijeron que la compañía había sido absorbida por el gobierno. Querían dar un ejemplo con ellos, dijeron; Dios sabe que no podrían haber escogido una mejor. Preguntamos cómo llegar a casa. No lo sabían. Dijeron que iban a quemar los barracones, así que lo mejor sería que los dejáramos antes de que lo hicieran. ¿Dónde vamos a vivir, qué vamos a comer?, les preguntamos. Ellos no lo sabían. Nos dijeron que algunos federales vendrían en cuestión de una semana para ayudar a arreglar las cosas. Verá, Cuba no era un estado todavía, sólo un territorio, y dijeron que por esa causa tardarían más que de costumbre. ¿Y mientras tanto, qué?, pregunté. ¿Qué Íbamos a hacer? Dijeron que cuantos más muriéramos, más espacio habría en el barco de regreso a casa, cuando lo hubiera. Entonces nos dijeron que nos marcháramos. Cerraron con llave la puerta de la oficina. Eso fue todo.

-¿Y luego?

-Algunos queríamos acabar con todo, dejar la mierda detrás. Decidimos ir andando a Caibarién, el puerto más cercano, para ver si podíamos abordar un barco que iba a Florida. Tardamos dos días en llegar. No había carretera, sólo una especie de claro estrecho. No comimos mucho por el camino porque no vimos más que unos pocos árboles o matojos con frutos que reconociéramos. La gente que vivía en las granjas por las que pasamos no estaban mucho mejor que nosotros, la mayoría no hablaba inglés, y una o dos veces nos dispararon y tuvimos que huir antes de que apuntaran bien. Supongo que calcularon que nos habíamos escapado y esperaban conseguir una recompensa.

»Ninguno de los peones de la ciudad quería tener nada que ver con nosotros. Ninguno de nosotros tenía dinero que pagar para que nos transportaran, y no sabíamos qué demonios íbamos a hacer porque desde luego no íbamos a intentar cruzar a nado. Entonces llegó ese tipo de los muelles, un tal Alfredo. Tenía los dientes más feos que he visto en mi vida. Habló con Norman y con algunos de los otros hombres. Hicieron un trato. Alfredo quería acostarse con otra mujer que venía con nosotros, Sophie. Una muchacha grande, con brazos como un hombre pero con un culo donde se podía servir la cena. Guapetona.

Hizo una pausa, como para soltar aire.

-Sophie no quiso ni oír hablar del tema. Amaba tanto a su hombre, Robert, que ni siquiera podía imaginar el engañarle, y mucho menos hacer de puta. Yo no tenía mucho que decir a favor de aquello, excepto que nos llevaría de regreso al menos a un lugar desde el que podríamos ir andando a donde quisiéramos. Me costó tiempo, pero finalmente la convencí de que era nuestra única posibilidad. Su única posibilidad. Nunca me he perdonado por hacerlo.

»Alfredo era dueño de un barco de pesca de diez metros, y llevaba una tripulación de nueve hombres. Cuando zarpamos, lo primero que hicieron fue encerrar a todos los hombres. Sophie y yo fuimos al camarote de Alfredo y esperamos. Bajó y se quitó la ropa. Era el hombre más vil y repugnante que he visto. La tomó. Ella se quedó allí tendida con los ojos cerrados todo el tiempo, según dijo. No lo sé, porque no pude soportar mirar. Se suponía que yo debía estar allí para hacerle compañía y asegurarme de que ella cumplía su parte. Alfredo se levantó y abrió la puerta del camarote. Silbó.

»Supongo que vinieron en grupos de tres. Traté de luchar, pero dos me agarraron mientras el otro trabajaba. Le hundieron la cara en la almohada como si trataran de ahogarla. -Tosió-. Sophie casi se partió los labios de tanto mordérselos. -Sin ningún sollozo audible, grandes lágrimas corrieron por su cara; se las secó-. Abrieron en dos a la pobre chica. Cuando acabaron con ella, los hijos de puta, empezaron conmigo.

La costa pareció de pronto muy fría, no sé por qué razón.

-Ojalá Jake hubiera estado en aquel barco con nosotros -dijo ella, riéndose con auténtico placer por la alegría de la venganza imagina¬da-. Finalmente llegamos a Florida. Atracamos justo al norte de Miami. Nos echaron. Robert sabía que Sophie iba a acostarse con uno, pero no sabía que pasaría por toda la tripulación, y la trató co¬mo si fuera mierda después de aquello. Empezó a azotarla, a tratarla como si fuera una perra. Una noche llegamos a las afueras de Waycross y acampamos. Pusimos al fuego una gran olla de maíz machacado. Robert empezó a insultarla. Sophie no dijo una palabra. Solamente cogió aquella olla y se la tiró encima. Robert se quedó sin piel en la cabeza y en el pecho. Ella huyó aquella misma noche. -Wanda sonrió; frunció el ceño-. Nunca he vuelto a verla.

-Doc no actuaba así... -dije, más que pregunté; ya sabía la respuesta.

-Norman siempre fue un buen hombre. Más tarde le conté lo que había sucedido. No lo empleó contra mí, nunca volvió a hablar del tema. Lo que le destrozó fue que perdí el bebé -dijo-. Demasiados tíos, supongo.

-Quiere decir que estaba embarazada...

-De seis meses. Si hubiéramos podido tener otro lo habríamos tenido, pero no pudimos.

-¿Por qué?

-Después de que iniciara aquella sentada en Atlanta, le dieron un castigo doble. Lo menos importante fue enviarle a Cuba. Lo principal fue que se aseguraron de que no pudiera tener hijos. Aunque necesi¬taban gente nueva, no los querían de mala crianza, según dijeron. Algunos de los dueños eran de Kentucky y estaban acostumbrados a los caballos. Los hijos de puta no sabían que yo ya estaba embarazada y que no iba a decírselo. -Suspiró, la voz más grave a medida que hablaba-. Su voz ya había cambiado, pero nunca pudo dejarse barba después. Le molestaba no poder. Dijo que no le dolió tanto como pensaba, pero que después le llenaron de morfina durante tres semanas para asegurarse. Fue un infierno cuando dejaron de hacerlo, y nunca se libró por completo de ello. Todos los viernes por la noche, cuando regresaba del hospital en East Orange, entraba en el cuarto de baño y se pinchaba. Pero nunca más de una vez por semana. Lo suficiente para aguantar hasta la próxima vez.

-Y luego vinieron al norte...

-Todo el mundo vino al norte, excepto los que estaban ya dema¬siado apaleados. Todos descubrieron entonces que si iban a trabajar tendría que ser para sus antiguos amos, pero ahora había que pagar por tener una casa. -Sus ojos ardían mientras contemplaba el océano, de una casa nunca poseída a una casa nunca conocida-. Mierda. Nos robaron. Nos hicieron trabajar hasta la muerte. Mataron a nuestros bebés. Finalmente nos soltaron con una larga, larguísima correa. Cuando empezamos a alejarnos, tiraron de ella hasta que nos ahoga¬mos. El día que la bolsa se hundió fue el más feliz de mi vida. Que todo se venga abajo, pensé. Que todo arda. A ver si les gusta.

Encendió otro cigarrillo; exhaló humo por la nariz.

-Usted conoce el futuro, Luther. ¿Qué voy a perderme?

-Este septiembre Hitler invadirá Polonia -dije, decidiendo por bien del folklore seguir la cronología de nuestro mundo-. Comenzará la Segunda Guerra Mundial. Conquistará la mayor parte de Europa. Emplazará campos de concentración. Matará a millones de judíos. Muchos lo sabrán, pero ninguno actuará...

-Cifras -dijo ella-, ¿No ha habido ya suficientes muertos? En el plan de Dios, dudé que Hitler hubiera tenido alguna vez un resfriado.

-Al combatir a Hitler y los suyos nos volveremos igual que ellos -continué-. Caeremos al abismo. Eso en Europa. Otro frente se abrirá en el Pacífico. Japón atacará Pearl Harbor a finales de 1941 con aviones construidos... -tuve que reírme al recordarlo- con la chatarra del tren elevado de la Sexta Avenida. Una bomba...

-¿Los japoneses? -preguntó ella-. Bien.

-¿Bien?

-Son gente de color. ¿No?

 

10

 

Oímos un grito repentino procedente de la casa; al rodear la roca vimos a Jake, que salía al jardín para hacer su llamada sin interrupción directa.

-Él se está moviendo -dijo, y su voz se perdió en el aire-. Y ella piensa que ha conseguido algo.

-¿Qué es lo que muestra? -pregunté, alcanzándole.

-Apunta rumbo norte -dijo él-. Sobre ruedas, esto está claro. Indudablemente en compañía de otros.

-¿Qué dijo Oktobriana? -pregunté mientras volvíamos a entrar en la casa, atravesando el porche cubierto. Advertí lo fuerte que olía la casa a moho y abandono.

-Confuso -respondió él; la luz de la mañana mostraba arrugas talladas en su cara, ojeras y mejillas hundidas. Por una vez casi parecía tener su auténtica edad, diez años más joven que yo-. Preguntemos...

-Señor -dijo Wanda, al ver lo que nosotros veíamos. El cuerpo de Oktobriana, tendido en el sofá, se había arqueado hacia arriba, descri¬biendo un círculo, la parte superior de su cabeza casi tocando sus talones. Sus dientes se hundían en su labio inferior; era incapaz de dar voz al dolor; sus brazos caían inútiles a cada lado de su anillo.

-Los pies -dije-. Cojámoslos y estirémoslos. -Agarrándole con las manos la cabeza, lo suficiente para sostener aunque no para aplastar, la mantuve en posición mientras Jake intentaba volverla hacia el sofá.

-Es como de hierro -dijo, debatiéndose-. Wanda. Fuerce su estómago hacia abajo...

-Con cuidado -advertí-. No demasiado rápido. Podría quebrarse.

Jake tiró, Wanda empujó, yo sostuve; despacio, con cuidado, la tendimos una vez más y la mantuvimos allí. Sus brazos y tobillos estaban llenos de magulladuras, que también aparecían en su cuello y corrían por sus piernas como rastros de brazaletes. La adrenalina surcaba su cuerpo; su pulso corría como el de un maratonista en la línea de meta. Con el estómago encogido, noté que tocarla ahora era marcarla. Sus párpados aleteaban como mariposas; cuando se esforzó por hablar, la baba borboteó en sus sangrantes labios. Entonces, desde las profundidades de sus pulmones, surgieron dos gemidos de sirena que resonaron por la casa vacía. En su aviso no había más que angustia plena.

-Calma -canturreó Jake, una y otra vez-. Calma. Calma. Calma.

-Señor -susurró Wanda-, por favor, llévatela...

-Todavía no -dije yo. Como si en algún lugar en su interior se hubiera alcanzado un límite, Oktobriana empezó a calmarse; las venas de su cuello se alzaron mientras se esforzaba por hablar de forma que la entendiéramos. Sus manos temblaban como si pudieran zafarse de sus muñecas.

-Papel en el suelo -jadeó; sospeché que las contracciones muscu¬lares afectaban también a los pulmones, y parecía posible que sus intentos por respirar pudieran asfixiarla-. He escrito algunas cosas, pero déjenme hablar. -Una de sus rodillas se disparó hacia arriba, hacia su barbilla; Wanda y yo impedimos que golpeara-. Instrucciones con las palabras más sencillas posibles. Cojan la máquina si pueden. Vayan a la feria. Cuando la espiral sea conectada, se liberará una energía masiva. Si la predicción meteorológica es cierta... -Un súbito ataque de tos la impidió terminar; sus ojos enrojecidos se desorbitaron en su cara moteada de azul mientras trataba de devolver su respiración a un ritmo normal.

-Calma -dijo Jake, frente a ella-. Calma, calma... Su brazo derecho golpeó el sofá como con furia, lanzando al aire motas de polvo.

-Si la predicción meteorológica es cierta, la tormenta esta noche debería añadir posibilidades adicionales. Nada con lo que contar. Está escrito en el papel. Pero vayan a la feria después de recuperar la máquina. Pónganse dentro del alcance de la espiral cuando se conecte. Calculada la situación y la coordinación...

Sus piernas saltaron al aire sin aviso, derribando a Jake y empujando hacia atrás a Wanda con un golpe seco. Cuando uno de sus tendones de Aquiles chasqueó, dejó escapar otro largo gemido. Jake se esforzó de nuevo por bajarle las piernas y yo le sostuve la cabeza, apartándole el pelo suelto de la cara. Ella me miró a los ojos, mostrando furia e incomprensión y una esperanza aterradora; la sangre de su labio inferior se había secado y se agrietó cuando sonrió. Mientras la miraba, se apaciguó lentamente, controlando su respiración, hundiéndose más y más. Su cuerpo visible mostraba una especie de costra negra, azul y verde amarillenta. Sus ojos inyectados en sangre seguían mirando hacia arriba, agitándose como sacudidos por una carga exterior. Se quedó allí tendida, inmóvil; Jake y Wanda se acercaron más a su cara.

-¿Está...? -empezó a preguntar Jake.

-Todavía no -dijo Wanda-. Es una bendición. Normalmente los ataques duran hasta el final. A veces se quedan así de quietos hasta que tienen una última sacudida...

-¿Puede oírnos? -pregunté-. ¿Está consciente? Wanda asintió.

-No responderá, pero sabe lo que pasa. Siempre saben lo que pasa. Señor, Señor...

Los tres descansamos durante largos minutos, sintiendo los cora¬zones latir bajo nuestros pechos, los pulmones doloridos con cada bocanada de aire, la fría sensación del sudor al secarse sobre el cuerpo. Jake miraba a Oktobriana mientras ella le miraba a él, o a cualquiera de nosotros. Sacó el trazador, lo encendió y leyó.

-Ahora está inmóvil-dijo, con la voz extrañamente tranquila, como si suficientes endorfínas hubieran pasado a través de su propio cerebro para proporcionarle una paz temporal, o al menos eso parecía-. En la Primera Avenida, a la altura de la Veintiséis. A mano derecha.

-Bellevue -dijo Wanda-. Está en el hospital.

-Bellevue -repetí, pensando en el manicomio libre de gérmenes de nuestros días-. ¿Por qué le han trasladado...?

-Encontrémoslo y descubramos -dijo Jake.

-Hay una oportunidad. Si llegamos a tiempo...

-Destino certificado, Luther-dijo él-. Tenemos otro propósito que cubrir también. -Recogió los fragmentos de papel donde Oktobriana había transcrito sus últimos pensamientos-. Sujeta. Serán esenciales más tarde.

-Actuemos con cautela. Ya habrán investigado en el apartamento. Seguro que saben lo de la vigilancia. ¿Qué seguridad cree que tiene un acercamiento, Wanda?

-Ninguna. Pero supongo que tenemos que hacerlo. En marcha. Cuanto más nos quedemos aquí, más tiempo tendrán para prepararse.

-Jake -dije, notando su máscara, su evidente paz-. ¿Qué hay planeado?

-De no ser por él -dijo, palpando sus seguridades bajo su chaqueta y abrigo-, no habríamos venido. De no incitar, yo no lo habría arrojado. De no robar, ya lo habríamos tratado. Ella brillaría de salud -dijo, sin echar la culpa directa a Skuratov por el último tema. Su cara estaba blanca como una sábana mientras su sangre se remansaba en su interior. Con ambos brazos, el bueno y el malo, levantó a Oktobriana del sofá, apretándola contra sí como para calentarla. Dejamos la casa tal como la encontramos. Al oeste se veían nubes; un frente arrancaba lentamente el azul del cielo. El aire olía a flores y sal marina.

-¿Por qué no para de mirar alrededor? -me preguntó Wanda cuando subimos al coche; Jake colocó a Oktobriana en el asiento trasero, junto a él-. Quiero decir que sabe que no hay nadie por aquí...

-Long Island me enerva -dije-. Conocí malos momentos aquí. -Antes de que arrancara, un repentino chasquido en la distancia, el golpe de las olas en la orilla, precipitó mi mente a los recuerdos.

-¿Problemas? -preguntó ella-. ¿Tuvo un accidente aquí o algo?

-Fui a la guerra aquí -dije. Recorrimos el camino, sintiendo nuestros neumáticos morder la grava de debajo. Jake sacó su cassette de bolsillo mientras mantenía erguida a Oktobriana, cuya cabeza colgaba de su cuello, apoyada en su hombro. No se colocó los auriculares para no perderse en sí mismo demasiado profundamente, por si Oktobriana se movía, supongo. Cuando conectó el aparato, su música nos empapó en un baño de ácido.

 

Got to keep movin', got to keep movin´...

Blues fallin´ down like hail, blues fallin´down like hail...

 

-¿Guerra? -preguntó ella-. ¿Qué clase de guerra?

-Guerra prolongada. Veinte años. Sólo estuve aquí uno, pero sirvió al propósito...

 

Blues fallin´ down like hail

 

-¿En Long Island? -dijo ella mientas pasábamos a la carretera de tierra que nos llevaría de vuelta a la autopista-. ¿Por qué habrá aquí guerra? ¿Guerra con quién?

-Con los habitantes de Long Island -dije, demasiado abrumado por los recuerdos para detallar demasiado-. En un momento se hará necesario-en nuestro mundo, se hizo necesario-declarar la ley marcial debido a una serie de circunstancias. A la mayoría de la gente no le importó. No vinieron aquí. Eso es lo básico.

Ella sacudió la cabeza.

-Muy bien. No tengo que saberlo.

-¿Cuánto tiempo de viaje? -preguntó Jake. Los ojos de Oktobriana se movían de un lado a otro; me pregunté qué estaría viendo. Contemplé Long Island mientras recorríamos su luz, su perfecto clima.

-No más de una hora, si tenemos suerte -respondió Wanda-. Voy a coger por un camino diferente para evitar todo el tráfico de la feria. Tendré que parar a poner gasolina. -Alcanzamos la carretera principal; volvimos hacia la ciudad-. ¿Van a traer a ese tipo cuando lo encuen¬tren?

-Traeremos lo necesario -dijo Jake.

 

And the days keep 'mindin´ me There's a hellhound on my trail...

 

En aquella perfecta tarde de Long Island nuestra unidad había seguido Huí Street abajo hacia la ciudad. Al ver humo en dirección a la costa, al oír los estampidos de distantes disparos, como fulminantes en la pistola de un niño, advertimos que nuestros otros pelotones estaban retrasados en la playa, y por eso regresamos hacia el océano para ayudar. Nada perturbaba nuestros oídos más que el rumor del viento y la interminable refriega. Nos arrastramos por los terrenos boscosos de una de las granjas vecinas más antiguas, un lugar arrasado cuya mansión debió contener antaño veinte habitaciones. Posados en la laguna del patio había flamencos de plástico de herencia inusitada; cada cuerpo rosa tenía dos cabezas. Muller se acercó entonces, sacando su 44 no oficial, se tendió en posición, y apuntó a sus dualidades.

Yeeeah, gritó. Ambientes. Matadlos.

Disparó. Estaban minados. Antes del destello, antes de que al aire se abriera con el sonido de la explosión, me tiré al suelo, igual que la mayoría de los hombres, que generalmente lo hacían cada vez que veían actuar a Muller en el calor del momento; los doce más cercanos no lo hicieron, y se retorcieron en el suelo como peces volados de un barril. Muller ni siquiera pudo retorcerse. Llamamos por radio para obtener apoyo aéreo que recogiera a los heridos y nos preparamos para vengarnos en lo que encontráramos.

 

Hellhound on my trail.

 

-Está ardiendo, Luther -dijo Jake, con la mano sobre la frente de ella; había dispuesto su aparato en un bucle continuo, de forma que la canción se repitiera una y otra vez-. Caliente como un microondas.

-Metabolismo acelerado, Jake -dije-. Su fiebre.

Nos marchamos de la gasolinera Esso en la que nos habíamos detenido a repostar; al hacerlo miré más allá de los altos surtidores para ver las puertas de los servicios al lado del edificio: hombres, mujeres y de color. Los propietarios no pusieron reparos en aceptar nuestro dinero.

-¿Cuánto más? -le pregunté a Wanda; ella no apartaba los ojos de la carretera.

-No más de cuarenta minutos, Luther. Voy todo lo rápida que puedo...

-Me refiero a Oktobriana. ¿Cuánto más, cree?

-Esta noche -dijo ella; el reloj del coche mostraba las dos treinta-. Antes, tal vez. Depende de cuándo tenga otro ataque. No puede tardar mucho.

-¿No hay duda?

-Dadas las circunstancias, tiene suerte. El hombre que vivía tres pisos encima de nosotros tardó tres meses en llegar a este punto. Créame, Luther, es una bendición que sea tan rápido.

-Si muere antes de que nos vayamos...

-No se preocupe. Si es así, nos cogerán pronto. Nos reuniremos con ella poco después.

 

If today was Christmas Eve, if today was Christmas Eve,

And tomorrow was Christmas Day...

 

Había hecho adelantarse a Johnson para analizar la situación de cerca. Tras un grupo de árboles oímos disparos sin pausa. Tras acercarnos, vimos la casa desde la que trabajaban los francotiradores, justo ante la playa, en el borde de un amplio prado. El lugar era una casa neomoderna lisa, hecha con hormigón curvado, cristal opaco y acero tubular. Nuestros compatriotas habían sido emboscados en la playa al desembarcar, y los más lentos yacían esparcidos por la arena. Supuse que a Johnson le iba bien, aunque no había vuelto aún. Dadas las circunstancias, no había más que una manera de tratar con una amenaza como la presente. Siguiendo mis órdenes, Padilla dirigió a dos de sus hombres para que colocaran los lanzacohetes. Esperaron su señal. Cuando la di, las luces de la casa se encendieron.

 

If today was Christmas Eve...

 

-Su amigo no habrá ido a ninguna otra parte, ¿no? -preguntó Wanda después de que yo volviera a comprobar el trazador. Habíamos entrado en las afueras; a cada lado de nuestra calle había filas de casas y tiendas de una planta, cerradas, gasolineras e iglesias de ladrillo, con los nom¬bres bien a la vista para que todos los leyeran: Doctrinariado de San Pablo, la Casa Valentíniana de Dios, la Santa Iglesia Católica Romana de San José, la Iglesia Albigense de Jesús la Luz, Reformada. Tras dejar atrás la ciudad, pasamos junto a interminables cementerios cuyas lápidas se estiraban hasta cerca del horizonte; me pregunté cuántos habían muerto como Oktobriana. Los miré por el retrovisor, uno perdiéndose, uno perdido.

-No -dije.

-Aparcaré todo lo cerca que pueda. Esa cosa puede estrecharlo para nosotros, ¿no? Asentí.

-Cuando lo tengamos al alcance.

-Cuando entren por la puerta principal -advirtió ella-, no se detengan a firmar, nueve de cada diez veces no hace falta. Entren como si fueran dueños del lugar y no tendrán ningún problema.

-Bien...

-Al menos no al principio. Luego ya es cosa suya.

 

Oh, wouldn't we have a time, baby

 

Dentro del infierno oímos gritos agudos. Bolas de fuego brotaron de la casa, humeando y apestando después de caer en el prado de atrás. Negras nubes de humo tiñeron el cielo azul, oliendo a cenizas y grasa, a excrementos. Mis hombres se acercaron a las llamas para juzgar si los residentes estaban con vida. Los reactores emigraban en el cielo, volando en formación de ganso. El océano brillaba como enjoyado, produciendo chispas de luz con sus olas.

Son pequeños, gritó Klonfas después de examinar uno de los cuerpos.

 

All I need's my little sweet woman Just t'pass th'time away...

 

Brooklyn y Queens parecían ahora tan grises como el cielo; cada vez era más difícil divisar la línea del cielo entre las fábricas y apartamentos que nos rodeaban. Nuestra aproximación parecía irra¬cional; yo no creía que el Midtown Tunnel hubiera sido construido allí, pero Wanda parecía dirigirse a su emplazamiento. Pronto se hizo evidente que, aunque había una entrada a Manhattan desde esta dirección, no era subterránea. Desde Greenpoint, o sus inmediaciones, un puente colgante llegaba hasta la treinta y cuatro. Tras cruzarlo y alcanzar la Segunda Avenida, Wanda se encaminó de nuevo al centro. Entre la Primera Avenida y la veinticinco, a la derecha, se alzaba la masa de ladrillo rojo de Bellevue, estirándose hacia el norte durante varios pequeños bloques, todos reemplazados por nuevas masas pasadas de moda en nuestros días.

-¿Con eso saben dónde está?

-En el edificio norte -dije-. No lejos, pero en algún lugar elevado. No sabremos el piso hasta que estemos dentro.

Después de apagar su música, Jake, con cuidado, depositó a Oktobriana sobre el asiento trasero mientras se preparaba para bajar. Ella permaneció tan inmóvil como durante la última hora. Wanda aparcó el coche en la acera de la Veintiocho y apagó el motor. El edificio en donde estaba Skuratov se hallaba justo a la izquierda. Tras mirar alrededor no vimos a ningún sicario de la ley, ni ninguna huella dejada por la mano del largo brazo.

-Si alguien quiere ver sus papeles, muéstreles el pasaporte -dijo Wanda, proporcionando más ayuda-. Diga que vienen de visita desde el Mount Sinai. Tienen médicos extranjeros todo el tiempo. Hagan lo que hagan, sean rápidos, si pueden.

La entrada estaba a la salida de la Primera; dimos la vuelta calle abajo, aparentando indiferencia, como si hubiéramos salido a tomar el aire. Empujamos unas oscuras puertas de madera que recordaban las de la estación del tren elevado y entramos. En nuestra época los hospitales están generalmente tan brillantemente iluminados que abrir los ojos en ellos es arriesgarse a la ceguera. Todo Bellevue estaba sumido en sombras. A través de la penumbra vimos las paredes verde bilis, las siseantes bombillas del techo y los sucios y gastados suelos de baldosas; la masa de pacientes caucasianos deambulaba por los alrededores, salpicada por enfermeras de gorrito blanco y médicos con batas inmaculadas. Muchos fumaban en toda la sala; los médicos y las enfermeras también. Los ventiladores del techo no hacían más que esparcir el sudor y el olor, los aromas familiares del alcohol, de vendas nuevas, de muerte inminente.

-Si nos preguntan -dijo Jake-, somos especialistas.

-Doctor Zuckerman -llamó una voz sin cuerpo a través de unos altavoces de madera situados en la pared encima de nosotros. Del fondo del pasillo nos llegaron gritos; Jake pareció no darse cuenta-. Por favor preséntese en urgencias. Doctor Zuckerman...

-¿Dónde está, Luther? -preguntó Jake, adelantándose como para dirigir un pelotón de fusilamiento; con sus ropas blancas parecía un cirujano dispuesto a blandir el cuchillo. Mantuve oculto el trazador dentro de mi mano y miré.

-Casi sobre nosotros -dije-. Sexto piso.

-¿No más alto?

-No -dije; vi las puertas del ascensor-. Por ahí.

Como Wanda había predicho, no experimentamos ninguna interfe¬rencia; todos parecían demasiado ocupados en sus propios asuntos de mortalidad para molestarse con los nuestros. Algunos miraron con atención el traje de Jake, como admirando su corte y estilo. Entramos en el ascensor cuando se abrió la puerta; vi que un negro bajo, sentado dentro, era el que la había abierto.

-¿Qué piso, señor? -me preguntó, con una leve sonrisa en los labios.

-Sexto, gracias.

Mientras subíamos Jake permaneció en silencio, mirando al frente, la mente en algún lugar distante. Yo no tenía idea de si Oktobriana estaría aún viva cuando regresáramos (si lo hacíamos), y sospechaba que la carencia de certeza sólo le hacía afirmarse más en su acción. Cuando el hombre giró una palanca para detener nuestro ascenso nos preparamos; yo ya había calculado que la habitación de Skuratov estaba cerca del ascensor. En un profundo gabinete cercano, oculto a la vista inmediata, había una puerta sin marcar con una ventana transparente. Un policía dormía en una silla a la derecha de la puerta.

-Obstruido -murmuró Jake, adelantándose-. Quitemos el tapón.

-Muévete con razón, Jake -dije.

-Como siempre.

El poli se despertó con un ronquido y empezó a levantarse al ver que nos dirigíamos hacía él.

-Será mejor que tengan una buena razón para querer entrar... -empezó a decir. La mano derecha de Jake, palma arriba, voló, aterrizó en su nariz con un sólido golpe, lanzando hacia dentro los pequeños huesos, horadando el cerebro. Mientras los ojos del poli se cerraban un río de sangre corrió hacia sus labios. Jake se limpió la mano de mocos y abrió la puerta. Un corto pasillo guiaba a otra puerta, ésta sin guardia. A través de la tela de mi chaqueta oí el bip del trazador.

-Mejor -respondió Jake, levantando al poli muerto de su silla y metiéndolo en el pasillo, donde lo dejó en el suelo.

-Jake -recordé-. Cuidado.

-Un espacio cerrado delante -dijo en voz baja-. No intentarán matar aunque estén prep en este caso. -Dispuso algo bajo la chaqueta-. Esperan comunión. Les daremos sorpresa.

Sorprendió, abriendo la puerta de una patada y entrando. Había un hombre de mediana edad con un traje marrón sentado en una silla frente a una cortina. Antes de que pudiera moverse, Jake lo tiró al suelo y le metió la Omsk en la boca con indebida pasión. Cerré la puerta con cuidado, como para no molestar.

-¿Buscas a alguien? -preguntó Jake-. ¿Dónde está el invitado de honor?

El hombre señaló hacia la cortina, los ojos en blanco. Las retiré y encontré a Skuratov, tendido en la cama, con intravenosas en ambos brazos. Otro tubo enviaba aire a través de su nariz. Sólo sus ojos mostraban consciencia. Sus piernas estaban escayoladas; no vi ningún signo de sus zapatos bicolores. En torno a su cabeza había una gruesa venda.

-¿Mal? -dije; no parecía más peligroso que un niño de guardería.

-No le responderá -murmuró el hombre del traje, la cara tensa mientras esperaba la sentencia de Jake-, No puede hablar...

-¿No puede hablar? ¿Quién se llevó su lengua?

-Por el amor de Dios, quíteme a este tipo de encima...

-Desármale, Jake. ¿Por qué no puede hablar?

-El pobre bastardo probablemente no llegará a mañana. Tiene las piernas rotas. Heridas internas. Cráneo fracturado. Cayó desde veinte metros...

Jake recalculó.

-Diez -dijo, cogiendo la pistola del hombre, sin dejar de apuntar con la suya. Skuratov parecía mucho más pequeño.

-Deben ser los tipos que vinieron con él -dijo el hombre.

-¿Es usted del FBI? ¿Qué dijo, entonces?

-Nada. Un camionero vio los restos del avión ayer por la mañana, y avisó a la policía de Seaucus. Lo encontraron tendido en el pantano, y también el avión. Nos llamaron, llamaron a la policía de Nueva York. Jersey reclamó su jurisdicción, pero el señor Hoover dijo que como se trataba de un avión ruso era un asunto federal. Y ahora, con esa historia de Stalin...

La respiración de Skuratov era entrecortada, como apretada entre las manos de otro. Jake me lanzó su Omsk para que pudiera continuar cubriéndole. Tras acercarse tranquilamente al lugar donde yacía Skuratov, sacó su navaja; la hizo girar entre sus dedos y luego acuchilló los tubos intravenosos de Skuratov. Sin duda, el otro le reconoció. Vi, a la luz enfermiza de la habitación, los labios de Skuratov moverse sin palabras, como para humedecerse. Tan pe¬queño.

-¿Dónde está el Tío Joe, por cierto? -preguntó el hombre.

-No lo tenemos -dije, advirtiendo las magulladuras en la cara de Skuratov-. Si las piernas están rotas, ¿no implica eso una pauta particular de aterrizaje? -le pregunté al hombre.

-¿Qué?

-¿Cómo se rompió el cráneo si aterrizó de pie? -pregunté, apoyán¬dole con fuerza el cañón en la frente, rompiéndole la piel-. ¿Golpearon a un hombre herido?

-Dios, no. Durante el interrogatorio. Los polis de la ciudad. Ya sabe cómo son. Son un poco duros...

-¿Y le rompieron la cabeza como un huevo? ¿Con qué propósito?

-No quería hablar...

-¿Y usted sí? -pregunté, agarrándole el cuello con la mano libre, apretando con fuerza pero no más; no soy Jake—. Quiero respuestas.

-Ustedes dos vinieron con él. De Rusia.

-AO -dije-. ¿Lo que llevaba encima?

-Deben ser los de anoche en Harlem...

-Y usted debe ser el que ahora está aquí. ¿Dónde están sus pertenencias?-pregunté, apretando más el cañón, asfixiándole con más vigor mientras trataba de contener la plaga del recuerdo-. ¿Lo que había con él? ¿Dónde está?

-En el c-cuartel general -tartamudeó-. N-no me haga daño...

¿Pequeños?, le pregunté a Konflas mientras cruzaba el terreno, contemplando los bultos allí tendidos. De la casa no llegaba más sonido que el de las llamas chasqueando.

Niños.

En el campo recién segado, en su rica tierra dispuesta para ser plantada, yacían los tizones negros dejados por los preadolescentes. Cuántos habían sido varones, cuántos hembras... ya no podía decirse; no importaba.

Ved cuántos, dije, respirando por la boca.

-Tenía que llevar consigo una cámara de plástico y metal -dije, limpiando mi mente, calmándome aunque la estupidez corría a mi alrededor-. ¿Fue encontrada?

-Entonces era una cámara -dijo el hombre; su cara se animó, como victoriosa-. La mayoría no pensaban que lo fuera, pero yo sí...

Jake dio un paso atrás, dejado a Skuratov imperturbado en cuerpo. Tras desenrollar la cuerda que llevaba en la chaqueta, contempló la habitación, como juzgando sus proporciones. Cerca del radiador corría una larga tubería, del techo al suelo. Ató un extremo con nudos dobles, sin decir nada, escuchando todo.

-¿Era una cámara? -dije-. ¿Es o era...?

La puerta se abrió de golpe; un nuevo traje y un poli fresco entraron, las armas alzadas.

-¡Cogedlos...! -gritó el agente al que yo agarraba. Me convertí en Jake y disparé la Omsk guiado por el instinto, arrasando el pecho del poli con un agujero del tamaño de una pelota. Jake, como figuraba, había girado apenas abrirse la puerta. Mientras yo apretaba el gatillo él envió sus condolencias, apuñalando al federal en la garganta con un golpe rápido. La metralleta del agente se le cayó de las manos mientras él daba tumbos con las manos al cuello. Se desplomó de bruces con un sonido aplastante. Miré a ver si la puerta exterior seguía abierta; no lo estaba. Coloqué al policía con cuidado para certificar que la puerta interior no pudiera volver a abrirse de inmediato. Jake dejó su cuchillo donde lo había clavado, una acción extraña. Desenrolló su cuerda, la aseguró en la tubería, encontró el extremo opuesto, unos treinta metros a partir del nudo.

-Esto no durará mucho -dijo, acercándose a la cama de Skuratov.

-Dios -susurró nuestro prisionero, más animado-. No me hagan daño. Por favor, no. Por favor...

Por favor, oí; al escuchar el tiro de gracia, no me volví a mirar. El recuento del día eran setenta y nueve; doblando la cuenta para cumplir con los deseos del CG, Konflas informó de nuestro éxito. Entre los restos, trozos de contenedores destrozados evidenciaban que en la casa habían almacenado gasolina. No apareció ningún adulto; el lugar no era ninguna escuela tradicional. En un frigorífico del sótano se habían metido dos de ellos, cerrando después la puerta. No pudimos saber si se habían asfixiado o abrasado. La Guerra de Long Island duró veinte años antes de que el señor O'Malley echara el telón; sus residentes habrían combatido hasta el último niño. Éstos, aquella tarde, estaban entre los primeros. Dejamos sin enterrar a los de dentro. Quise que los que habían llegado al terreno tuvieran su tumba; la playa parecía el sitio más adecuado para cavar rápidamente.

Si los dejamos a la intemperie, señor, habrán desaparecido antes de que acabe el mes, dijo el sargento Rich.

Entiérrelos, ordené, y fui a buscar mi propia pala.

-La semántica lo es todo -dije, tranquilizándonos a ambos al bajar la voz, mostrando que no pretendía hacer ningún daño-. Otra vez. ¿Es una cámara, o era una cámara?

-Luther -dijo Jake; sacó unas toallas de felpa de los cajones de la cómoda, cruzó la habitación y abrió la ventana, rompió la mosquitera y apartó los trozos-. Si no ayuda -con el brazo bueno enroscó la cuerda; aguantó-, sácale los ojos.

-Responda -dije.

-No podíamos imaginar cómo abrirla. Uno de los tipos decidió coger un martillo para hacerlo. Sólo un golpecito, eso fue todo. La maldita cosa se hizo pedazos, como si estuviera hecha en Hong Kong o algo. Nada de lo que había dentro se parecía a nada, todas aquellas placas con las cositas encima...

-Dentro -dije-. Una cajita azul. ¿Dónde?

El hombre cerró los ojos, indudablemente seguro de que se los iba a sacar.

-Tampoco se abría.

Lo que esperaba, lo que merecía, nunca vino. Tras volver a abrirlos, me vio mirando a Jake mientras me preguntaba si lo habría oído, tan absorto estaba en lo que estaba haciendo, fuera lo que fuese. Como si envolviera un regalo, Jake pasó dos veces la cuerda por el cuello de Skuratov.

-Cuando bajemos, aprieta fuerte las toallas en la mano o se quemarán -dijo, soltando el tubo nasal de Skuratov, y lo colocó en vertical, gruñendo con el esfuerzo de alzar un peso muerto.

-¿Has oído? -pregunté-. Se acabó. -Jake asintió mientras colocaba su mano buena bajo las piernas escayoladas de Skuratov.

-Oído claro. A un lado, Luther.

Mientras observaba recordé el resto, incapaz de contener el flujo. Quedaban tres por plantar y yo decidí ser su granjero. No pesaban más que papel maché, pensé, mientras los llevaba uno a uno a la playa. Mientras la tarde se convertía en noche, diseñé sus hogares finales. Ahora teníamos tiempo de sobra; las órdenes eran mantener la posición hasta el amanecer, cuando tendríamos que intentar de nuevo entrar en la ciudad. Durante las horas de la noche, aviones adicionales tostarían a los supervivientes por todo el terreno. Mientras preparaba la última tumba, Johnson apareció cargando una bolsa, el paso refrenado por su peso. Venía de la playa. A la tenue luz discerní que la mitad de su camisa estaba quemada; más de cerca, vi que no llevaba camisa ninguna. Los hombres de nuestra unidad y los supervivientes de las otras habían acampado tras la montaña, cerca de las ruinas. Nosotros éramos los únicos que caminábamos por la playa.

Hágame saber que habrá fuegos artificiales antes de darme el AOK la próxima vez, dijo,

¿Entraste?, le pregunté. Él asintió.

Entonces la volaron.

Salí de la tumba con ayuda de la pala y, tras pisar de nuevo suelo firme, miré al pozo.

¿Por qué no informaste?

Mire esto, teniente. Soltó la bolsa y vertió su contenido en la arena. Salvé una para usted.

Tendría unos siete años, coronada con pelo rubio y barro arenoso. A excepción de sus muslos ensangrentados, su cuerpo permanecía completo, aunque cubierto de arañazos y magulladuras. Sus anchos ojos, secos después de mucho llorar, no tenían más vida que los de Jake. Mientras me miraba contenía la respiración, salvando esto, al menos, del contacto de un ataque. Johnson sonrió al mirarme, mos¬trando su corrector dental.

¿Teniente?

-Jake...

Mientras trataba de enderezar a Skuratov, el pie de Jake tropezó con su cuerda tendida; inadvertidamente, aplastó la pierna de Skuratov contra el marco de la puerta, rompiendo la escayola.

-Lo siento -dijo Jake, equilibrándole sobre el alféizar para que sus rígidas extremidades contrarrestaran su peso. Guiando su torso hacia adelante y hacia abajo, Jake tuvo cuidado de no golpear la cabeza rota de Skuratov contra el marco. Se detuvo entonces, como en busca de efecto, probablemente para pensar. Con buena mano, empujó. Skura¬tov navegó a través de la neblina dominical. La inercia siguió su rumbo; la cuerda se tensó como para dar tono, y luego, con la misma rapidez, volvió a quedar floja. Jake envolvió sus manos en la toalla y consideró el panorama.

-No es una caída muy alta -dijo-. Deslicémonos, Jake.

Respondí a Johnson golpeándole con la pala en la cabeza con todas mis fuerzas. Nada se rompió; se derrumbó al agujero. La niñita continuó sentada sobre la arena, acurrucada; parecía como si observara unas marionetas de diseño extraño. El sonido de la pala produjo un chuff cuando volví a clavarla en el montón de tierra que había sacado. Alcé una palada, la arrojé a Johnson. Los colores de la puesta de sol inflamaban el horizonte; la noche teñía el otro lado del cielo. La brisa del océano agitaba nuestros cabellos. Sin previo aviso, Johnson se levantó de su cripta incompleta, se revolvió y extendió las manos; la arena le caía por los ojos, la boca, la herida.

Negro, dijo. No puedes acabar con un hombre.

Apliqué repetidamente la pala: golpeé de lado, de canto, martilleé y martilleé hasta que el brusco chasquido me recordó el sonido de un melón aplastado. Libres los brazos de dolor, despejada la mente de pensamientos, acumulé la arena más rápidamente sobre la sangre, construyendo una duna nueva. Tiré la pala y me desplomé en la playa, y rodé como para hacer ángeles de arena, apretándome la cabeza con las manos como para reventarla. Al volver a mirar, vi a la niñita, todavía allí sentada, viendo y sin ver; temblaba, como si tuviera frío. Yo había visto una décima parte de lo que había visto ella, sentido un veinteavo de lo que ella había sentido, no sabía nada de lo que ella sabía, pero sabía que no debería saberlo, no tan pronto. Había una cosa que hacer, lo supe, por piedad. Desenfundé mi pistola. Quedaba una merced más que otorgar.

-Salta, Luther -dijo Jake, tras llegar al suelo. Mientras me deslizaba hacia abajo, me negué a sentir el dolor de mis costillas, la presa como de boa del vendaje; aterricé y me derrumbé. Al ver la sangre que empapaba las toallas pensé por un momento que me había lastimado sin darme cuenta; cuando retiré el paño advertí que era sangre ajena. El aterrizaje de pie de Skuratov había sido tan duro, clavándole las piernas rotas contra el pecho, que sus rodillas podrían haber aplastado su mandíbula si su cabeza no se hubiera desprendido en la conclusión de su caída. Yacía en dos partes en el suelo, a cada lado mío. Sus dientes de metal brillaban a través de su mueca. Un ojo estaba cerrado, como para guiñarnos buena suerte.

-¿Por dónde? -pregunté, contemplando las paredes del patio, los pesados pasamanos de piedra y las barras de hierro. Jake señaló hacia un arco detrás de nosotros que conducía a una de las calles laterales. A la Veintiocho, esperé.

-Por allí -dijo, casi corriendo-. Lo vi desde arriba.

Qué más daba una que ochenta, mil o un millón. En teoría estratégica, no aparecería ninguna diferencia, lo que lo hacía todo más problemático. Mientras me arrastraba hacia ella, con la pistola prepa¬rada, ardía por dentro, furioso con este mundo que ya no era mundo para nadie, y especialmente para los pequeños. Katherine nunca comprendió lo profundamente que yo sentía aquella furia que me impedía desear traer vida al mundo, no importaba lo mucho que intentara dar palabras a aquel sentimiento. Si aquello causó su decisión de terminar conmigo, entonces no se podría haber hecho nada después de todo. Alcé mi pistola, tratando con la punta del cañón de apartarle el pelo de la sien. Me repetí para mí: piedad, piedad, que llueva piedad sobre nosotros; no es necesario sufrir tanto. Mirándome como si me conociera, sin hacer ningún movimiento para correr, sin llorar ninguna súplica al ensordecido cielo, al parecer satisfecha de que yo decidiera la conclusión más adecuada, la niñita alzó la mano y se apartó el pelo. En teoría, ninguna diferencia; una decisión, una solución, ninguna elección...

-Allí está el coche -dije, viendo su negrura y a Wanda sentada dentro, llenando el interior de humo. Nadie había advertido aún la escena excepto los que habíamos dejado arriba. Durante otro minuto, estábamos seguros.

-¿Hubo suerte? -preguntó ella mientras subíamos al coche, cerran¬do tras nosotros las portezuelas.

-Ninguna.

¿La decisión de quién? ¿Quién decide? Por órdenes distantes había matado a niños antes; maté a niños después. Jake nunca mataba desde lejos, y siempre encaraba a los adultos que eliminaba, como para honrar su fin. Fuera deliberado o puro azar, era su método, tan piadoso como podía permitirse. Yo no tuve piedad suficiente para matar a la niñita; envolviéndola con mi camisa, la llevé de vuelta al campamento.

 

11

 

MASACRE EN LA OCTAVA AVENIDA, decía el titular de la última edición del Journal-American; Jake se echó a reír, comprobando las luces del cielo. Oktobriana yacía tendida junto a él, como esperando la última incisión, los brazos índigo cruzados sobre el pecho. El color de su país oscurecía sus ojos medio cerrados; cuando respiraba, el sonido era como el viento silbando a través de los juncos. Wanda y yo, en la parte delantera del coche, estudiábamos un mapa de la feria. Doc y ella la habían visitado a principios de mes: los de color más oscuro eran admitidos los martes y los jueves por la tarde siempre que se marcharan al anochecer. Pegado a mi solapa llevaba ahora otro souvenir, un pequeño botón metálico azul y blanco que le habían dado a Doc en el Futurama de la GM, con la advertencia He visto el Futuro.

-Es tan siglo XX -dijo Jake, que continuaba leyendo como si no hubiera otra cosa que hacer-. Nada más que sensacionalismo y comecocos.

-No dicen nada esencial. Mantienen la boca cerrada sobre cual¬quier supuesta conexión con Stalin. Ahora que se habrán enterado de lo de Bellevue, supongo que sólo ampliarán sus planes...

-«Desaparecida la esposa del falso médico»...

-Falso médico -repitió Wanda, enfurecida-. Ningún colegio mé¬dico le habría aceptado aunque hubiera ido a la facultad. Bastardos.

-Se la da por muerta -dijo Jake, leyendo hasta el final. Parecía envidioso.

-Probablemente imaginan que la hemos devorado -dije yo-, con¬siderando el tono del artículo hacia nosotros...

-El shock de lo nuevo. Lo desconocido les revuelve las tripas.

Aparcamos en Rodman Street por encima de la avenida Cincuenta y siete, cerca de la puerta Flushing de la feria. Alzándose directamente tras sus verjas, según el mapa, estaba el Pabellón Soviético con su Tumba de Lenin: una torre marrón rematada por un trabajador enorme que agarraba una estrella roja. Más allá, los edificios se extendían ante nuestra vista, sus tejados multiformes rematados por cúpulas blancas y estrechos fustes, sus paredes curvadas llenas de murales y dibujos abstractos. A nuestra izquierda, en la distancia, se alzaba lo que el mapa describía como el salto en paracaídas; casi directamente ante nosotros, mucho más cerca, el Trylon apuntaba al cielo. A través de la puerta pasaban cientos de personas, regresando exhaustas al mundo del presente, marchándose antes de que descargara la tormenta. Las nubes teñían el cielo de un gris profundo a medida que se acercaba el anochecer.

-Según lo que han dicho -recalcó Wanda, estudiando el mapa-, si llega a pasar algo como ella sostiene, entonces tenemos que entrar y dirigirnos aquí.

Señaló en el mapa un punto marcado como Washington Square, tras el Constitution Malí, tras Borden y Heinz, junto al pabellón del Mundo de la Moda, y casi directamente ante la flecha y la esfera.

-¿Dónde tendrá lugar la ceremonia? -pregunté-. ¿Tendremos que cruzarlo todo?

Ella sacudió la cabeza.

-Al otro lado, en la City Hall Square. Ni siquiera habrá que verlos. Pero, dadas las circunstancias, será difícil entrar...

-¿Cuándo se encienden las luces? -preguntó Jake-. ¿Cuándo es el show?

-A las ocho y treinta -dije-. Al anochecer. En cuanto empiecen las descargas, tendremos que correr.

-¿Correr hacia qué?

-No estoy seguro. Pero lo sabremos cuando lo veamos. -El reloj del salpicadero marcaba las siete cincuenta.

-¿Ha llegado a averiguar por los cálculos de ella cómo va a funcionar este asunto? -preguntó Wanda.

-No. Está por encima de mi habilidad. Es algo que tiene que ver con la cantidad de electricidad producida en relación con la frecuencia del resonador. Pero como todo es en teoría, seremos los primeros en ir...

-¿Cree que funcionará?

-Tal vez. Es nuestra última oportunidad, y eso acaba con el debate. Si no sucede nada, caeremos en brazos de la policía y nos llevarán bailando al matadero.

Tras el Trylon y el Perisferio flotaba un conjunto de brillantes globos como una bandada de pájaros, desbandándose al ascender; parte de la ceremonia, calculé. Al estudiar la partida de la gente cuando pasaban junto a nosotros, no comprendí cómo se veían tan alegres, viviendo en un mundo donde la guerra estallaría pronto, donde la pobreza nunca terminaba, donde la sombra de la plaga lo había oscurecido todo eternamente. Parecían marcianos felices.

-¿Ha decidido lo que piensa hacer? -le pregunté a Wanda. Ella tiró el mapa a un lado como si fuera una sábana.

-No. Aquí no me queda mucho, pero, ¿qué tengo allí? ¿Por qué querría ir, Luther?

-Por una nueva vida.

-Si este asunto funciona como espera. Si no, no importará nada. Si lo hace, bueno, no sé...

-¿Siente miedo?

-Demonios, sí -dijo ella con voz casi inaudible, como si admitirlo más fuerte fuera a desencadenar los rayos por su propia cuenta-. Si todos ustedes vienen del futuro como dicen, entonces es un lugar muy distinto a todo lo que yo haya conocido. -Hizo un gesto hacia la entrada del Mundo del Mañana-. Al menos, a juzgar por como actúan. Por como hablan. A veces actúan como nosotros. A veces no. No sé qué me asusta más.

-Estamos acostumbrados a lo familiar -dije-. Nuestros miedos han sido grandes aquí, pero incluso ahora nos estamos ajustando. Con el tiempo, todo lo de aquí nos parecería normal, igual que todo lo nuestro se lo parecerá a usted.

-Sí, bien. El que nace sin un brazo nunca lo echa de menos, pero todo el mundo lo llama manco -dijo ella, con una sonrisa suavizando su rostro-. Norman era quien debería haber ido. Siempre se encandi¬laba hablando del futuro. Habría ido en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier cosa para salirse de esto.

Por esto, ¿se refería a este mundo, este país, esta vida? ¿Se refería a la relación tan exigida por los otros y soportada siempre? ¿Le habría alegrado algo?, me pregunté. ¿Quién cura al doctor?

-No sé, Luther -continuó ella, abrazando el volante como para apoyarse-. No me necesitan. Pueden dirigirse allí y, cuando atraviesen el torniquete, pueden continuar. Olvídenme...

-Aunque las autoridades la declaren inocente, aunque no espere ninguna persecución, ¿qué le queda?

-Nada.

-Entonces acompáñenos -dije-. Puedo ayudarla cuando estemos en casa. Se ajustará...

-Quiere decir que me volveré como ustedes.

-La gente cambia. Así es la naturaleza.

Buscó las palabras con cuidado, como si tuviera problemas con una lengua extranjera, alerta a los errores de traducción, temerosa de la traición del gesto.

-Ni siquiera actúan como personas.

-Eso es irracional...

-No como las personas que conozco. La forma en que miran las cosas. La forma en que actúan. Matan gente como si prepararan el desayuno. No es... -Hizo una pausa-. No intento insultarles, sólo quiero explicarme, y es difícil...

-Comprendido -dije-. Claramente.

-¿Es que la vida no significa ya nada para nadie? -preguntó-. Para nosotros significa algo, Luther. Todo el mundo ha visto perder la suya a demasiados seres queridos. ¿Qué es para ustedes?

-Algo con lo que vivir -dije, respondiendo lo que sentía.

-¿Pero es importante o no?

-Importante.

Importantes las vidas de los seres conocidos, amados y perdidos; las vidas de millones o la vida del desconocido en la calle nunca podrían ser tan importantes, pues nunca se podía habitar demasiado en la tragedia que lo rodeaba todo sin conocer la locura. No se podía salvar a todos, y no tenía sentido intentarlo; lo único a hacer era proteger a los que se podía.

-Pero no del mismo modo -dijo ella-, Al menos, ésa es la impresión que tengo. ¿Cómo nos convertimos en ustedes, Luther? ¿Qué salió mal?

-Nada. Nadie advierte los cambios hasta que suceden.

-Entonces eso es aún peor. Convertirse en algo horrible y ni siquiera saberlo. Jekyll y Hyde.

-Me encuentra tan horrible...

-Luther. Mire lo que ha pasado. Puedo decir que en el fondo no es malo, pero hay algo que no encaja. Creo que algo debe haber pasado poco a poco. Un día sucede algo, y no ve otra forma de solucionarlo más que hacer algo que no habría hecho de ordinario, y la próxima vez lo hace un poco peor. Y la próxima, aún peor. Para cuando termina... -Su voz se perdió, difuminada en la estática de las estrellas-. ¿Tiene la menor idea de lo que estoy hablando?

Mientras ella me miraba, me pregunté qué veía.

-Demasiado -dije-. Aquí también sucederá todo.

-Tal vez no. Creo que es sólo una forma que se han enseñado para actuar, pero no es forma de vivir...

-No conozco otra.

-Entonces las cosas no deberían haber sucedido de la forma en que lo hicieron -dijo ella, allí donde habían pasado tantas cosas como si no lo hubieran hecho-. Montones de cosas no deberían haber sucedido de la forma en que lo hicieron.

-Luther. -La voz de Jake fue un fuerte susurro; me volví, para ver qué necesitaba. Sostenía el brazo de Oktobriana, con su piel vidriosa y oscura con el lustre de las magulladuras; palpaba el aire con los dedos-. Quiere codificar.

Cogí su mano, sentí sus dedos presionar lentamente en mi palma, y escuché sus últimas disposiciones.

-Es el final -dijo Wanda, apenas oída.

LOS RAYOS AYUDARÁN, dijo Oktobriana, referiéndose, supuse, a la torre y la espiral cuando se conectara el interruptor. SI VEN LA

ABERTURA, ATRAVIÉSENLA DE INMEDIATO.

Jake le palpó la frente. No parecía demasiado relajado ni dispuesto a aceptarlo. La penumbra de la tarde aumentaba, oscureciéndolo todo.

DÍGALE A JAKE, transmitió ella; sus dedos temblaban, como ateri¬dos.

-¿Sí? -pregunté, sujetándolos, esperando la conclusión. ES EL AMOR DE MI VIDA. Asentí. Sus ojos se abrieron, apenas vistos en la oscuridad. Pensó un momento: BENDÍGAME.

-¿Qué pasa?

Cuando se lo dije, Jake la cogió en brazos y la levantó. La cabeza de Oktobriana se balanceaba sobre su cuello, los ojos en blanco tras los párpados, un fino hilillo de saliva resbalando de su boca. Al mirarlos, me sentí como si estuviera traicionando una escena de la más profunda intimidad, aunque no pude dejar de mirar a la casi muerta.

-Ya liuba... -empezó a decir Jake; se detuvo-. Ya liub...

En alguna parte había intentado aprender a decir «te quiero» en ruso, como si hacerlo en la lengua natal de ella lo solucionara todo. No hace falta decir que no había conseguido pronunciarlo bien.

-Ya -empezó a decir, más despacio-. Ya li...

Antes de que pudiera terminar, los brazos de ella se enroscaron en torno a él como para abrazar, tensándose, se dispusieron a aplastar. Jake se libró de ellos con dificultad. Los miembros de Oktobriana empezaron a enroscarse en tomo a sí mismos, tensándose mientras ella se encogía más y más. Cuando su pecho se contrajo, jadeó en busca de aire, con la boca tan abierta que sangró por las comisuras; también manó sangre de sus oídos y de sus ojos. Mientras sus brazos y piernas cedían bajo la torsión de los músculos, el sonido de los huesos rotos resonó por todo el coche. Se desplomó en el asiento, con sus vértebras retorciéndose como si fueran aplastadas por la tenaza de su carne. Jadeaba en silencio, como si la estuvieran pisoteando.

-Jake -dije-. Sabes lo que es esencial. Muévete.

-No puedo... -empezó a decir. Hablaba como si no tuviera más de seis años.

-Es un acto razonable -le recordé. Los labios de ella temblaban mientras intentaba dar palabras a su dolor; el chasquido de sus huesos taladraba mis oídos. Los asistentes a la feria pasaban junto a nosotros, ajenos a la escena en el interior de nuestro coche-. Ayúdala, Jake. Tienes que hacerlo.

No pudo.

-Levántala, Jake. Por aquí.

Agarrándola con fuerza, la levantó del asiento, dejando magulla¬duras más profundas allá donde ponía el dedo. La echó hacia delante y apoyó sus hombros contra la parte trasera del asiento del conductor. Se volvió. Los ojos sangrantes de Oktobriana estaban cerrados, como para no ver el fin.

-Luther, por favor...

-No hay elección, Jake -dije, alzando las manos-. Ninguna.

Envolví los dedos en torno a su cabeza, y cerré también los ojos mientras retorcía. Murió antes de desplomarse; mis dedos ardían con la quemazón de la piedad. Jake la miró mientras volvía a caer al asiento, los ojos medio abiertos. Oí aplausos en la feria. Wanda observaba el aparcamiento a nuestra derecha, como esperando ver a alguien a quien conociera. Jake abrazó el cadáver de Oktobriana, sin producir más sonido que ella, sin mostrar ninguna lágrima.

-Suéltala, Jake -dije-. Se acabó. Vamos.

Se enderezó lentamente, sin responder, contempló su quietud, sin dejar de agarrarla, y la miró asombrado, como advirtiendo ahora lo que había perdido. Su cara no mostraba más expresividad que de costumbre. Miré el reloj del salpicadero y contuve la respiración; no pude impedir que mis manos temblaran. Las ocho y veintitrés.

-¿En cuánto tiempo podemos ir a pie? -pregunté.

-No pueden -suspiró Wanda, poniendo el motor en marcha.

-¿Nos llevará? Ella asintió.

-No hay otra forma. No permiten entrar coches, así que van a tener que jugar según sus reglas para entrar. No puedo creer esto...

-El problema es manejable -dije-. Jake puede cubrir nuestra aproximación.

-Tardaremos un minuto o dos en atravesar el paseo. ¿A qué distancia hay que acercarse para que funcione?

-No lo sé -dije-. Todo lo que tenemos que hacer es dirigirnos a lo que aparezca, y no sé qué se supone que es...

-Mierda -comentó ella; se dirigió a la puerta. Al lado había aparcado un coche patrulla. Dos policías, de pie, deambulaban alrede¬dor como una advertencia para los que intentaran colarse-. Será mejor que se preparen para cualquier cosa.

-Como siempre -dije. El rastro de un rayo iluminó las nubes; el tambor del trueno ya no sonaba enmudecido por la distancia-. El tiempo cumple el pronóstico. Siga avanzando. No se preocupe...

Los policías miraron en nuestra dirección; tal vez vieron nuestras sombras moviéndose dentro del coche, a varios cientos de metros de donde se encontraban. Palpándose la cadera, se dirigieron hacia nosotros.

-Jake -dije, preocupado-, ¿Prep? Viene acción. Ninguna respuesta; me volví.

-¿Jake?

Sostenía a Oktobriana, sacudiendo sus hombros como si quisiera devolverle la vida con sus manos empapadas de muerte. Mirándola sin ver, me escuchó sin oír. Las luces aparecieron ante nosotros: la feria mostraba toda su iluminación, su luz cristalina. Nuestros investigado¬res se acercaron más, despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

-Armaméntame, Jake.

Sin una palabra, sacó la Shrogin de debajo de su chaqueta y me la tendió; la deslicé a mi derecha, entre el asiento y la portezuela. Tan indiferentemente como pude bajé la ventanilla y quité el seguro del arma. Wanda había reducido el coche a paso de tortuga mientras yo me preparaba; los dos policías dispusieron sus respectivos juguetes. Las luces de la feria brillaban ahora en multitud de colores contra el cielo oscuro surcado de rayos: azul y naranja, rojo y púrpura. El Trylon y el Perisferio brillaban con su purísimo blanco marmóreo.

-Dispararán, Luther -dijo Wanda, acelerando hacia la puerta.

-Yo también.

Ellos alzaron sus armas y se prepararon. La Shrogin tenía tres cartucheras y podía enviar un millar de balas. Me asomé por la ventanilla, apunté, y apreté el gatillo antes de que ellos pudieran disparar. El retroceso fue imperceptible, la sensación y el contacto suaves y equilibrados. Los policías estallaron en chorros de sangre y cayeron a la acera; yo apenas sentí nada. Asomado a la ventanilla, agarrado con la mano izquierda a la parte de abajo del techo, dispuse mi carga con la derecha.

-Atraviese la verja. Cederán cuando les encañone.

-Ya han encendido las luces, Luther...

-En marcha.

Disparé incesantemente durante un momento, apuntando no con intención de dar muerte, sino miedo. Los guardias escaparon a la seguridad de la feria; los que entraban y salían lo hicieron aún más rápidamente. Gotas de lluvia empezaron a salpicar el coche, lavando mi cara, arañándola. Me metí dentro, apuntando con la Shrogin hacia fuera.

-¿Vamos demasiado tarde? -preguntó Wanda, guiándonos a través de un callejón curvado que dividía dos edificios lisos; un transporte de la feria, como una oruga, con sus pasajeros resguardados de la lluvia por un techo de brillantes colores, se apartó de nuestro camino cuando pasamos junto a él.

-No lo creo. Adelante, Wanda. Vamos.

Cuando entramos en Constitution Mall, con sus árboles alineados brillando en verde con las luces colocadas tras sus ramas, los edificios de sombra rosa alzándose a cada lado, vimos que las luces del centro de la feria se desvanecían en blanco y regresaban de nuevo en amarillo sol; el Trylon brillaba como un venablo dorado, el Perisferio resplan¬decía como la yema de un huevo pasado por agua. Alrededor del anillo de hierro bajo la cima de la lanza chispeaban rayos de luz eléctrica, disparándose entre los cables de metal que soportaban el anillo; a lo largo de la aguja corrían salvajemente destellos azules de voltaje inimaginable. Aplausos mayores que los oídos previamente se alzaron en la distancia mientras nos encaminábamos hacia la luz.

-Ahí está -dije-. Acelere, Wanda. Despejaré el camino. Recto. No pare por nada.

La mano de Jake apareció desde atrás. Empezó a soltar su arsenal en el asiento delantero mientras nos abalanzábamos hacia delante. En lo alto de todo colocó su aparato de bolsillo. No pudo imaginar por qué había escogido aquel momento para desarmarse, y ni siquiera pude sacar tiempo para preguntárselo aunque hubiera esperado una respuesta.

-No creo en esta mierda -dijo Wanda, con las manos clavadas en el volante menos cuando tenía que cambiar de marcha; por el rugido del motor comprendí que habíamos entrado en la directa.

-Siga conduciendo -dije, disparando de nuevo para apartar a la gente de nuestro camino. Tras la larga línea de los árboles el Trylon aparecía como un poste de mayo adornado con lazos de rayos alrededor; el Perisferio resplandecía aún más, y su brillo se alzaba desde dentro, como preparándose para estallar. Los rayos destellaban hacia arriba, hacia el cielo cubierto de nubes de agua. Sin previo aviso, un gran destello corrió de las nubes al pico, la electricidad real al encuentro de la falsa; una catarata de energía descargó hacia abajo, un arroyo hacia la derecha, viniendo al suelo directamente en nuestro camino, a cientos de metros de distancia. Cuando golpeó, pareció como si una gran cortina blanca se elevara desde el suelo.

-Luther...

-Eso es.

-¿Que me meta ahí? -gimió Wanda, sin frenar-. Nos freiremos.

-Siga.

Los bordes blancos de la cortina se tiñeron de azul; el olor a ozono perfumó el aire. Advertí a nuestra derecha el reflejo de un charco alineado de estatuas; el agua parecía encendida con la luz reflejada. Allá delante, entre nosotros y la cortina, rojas luces envolventes sugerían que nuestro progreso bien podría ser interrumpido. Me preparé a disparar de nuevo, sin notar dolor ni sentir miedo, experi¬mentando sólo una jubilosa sensación en su efecto, horrorizado en sus implicaciones mientras me preparaba a matar.

-La carretera está bloqueada, Luther -dijo Wanda. La ayudé a guiar el volante con mi mano libre. Manteniendo la mirada gacha para evitar la luz cegadora de delante, supe que en este punto no podíamos detenernos. Incluso mientras nos abalanzábamos hacia delante, seguro que los que oficiaban el acto estaban intentando desconectar la espiral y poner fin a aquella inesperada politécnica. No habría otra oportuni¬dad.

-A la izquierda. Aplástelos si hace falta. Yo les dispararé.

Las pistolas tronaron en nuestra dirección; apreté el gatillo con el dedo libre, sin que me importara a quién podría herir, sintiendo dentro de mi mano el cálido temblor de la muerte mientras la distribuía. A la izquierda había suficiente espacio para pasar, justo; la parte trasera de nuestro Terraplane golpeó el coche patrulla que casi nos bloqueaba el paso, arrancando su guardabarros delantero. Nos deslizamos apartán¬donos de la luz, hacia los árboles. Solté la Shrogin, cuya culata ardía, y cogí el volante, apunté hacia el brillo y apreté el pie de Wanda con el mío, acelerando.

-El Señor nos ayude -gritó ella-. Luther...

Apenas entramos en la luz, el silencio nos rodeó; el blanco lo tiñó todo por delante y por detrás. Mi estómago se revolvió, presa de las náuseas; los pelos de mi nuca se erizaron. Sabiendo que experimenta¬ríamos algún desplazamiento de lugar, preguntándome hasta dónde podía llevarnos la velocidad, esperé que no emergiéramos en medio del río Hudson o nos estrelláramos a toda velocidad en uno de los lados de la Grand Central.

Mientras la luz se desvanecía, la puerta trasera se abrió.

-¡Jake!

Me di la vuelta; los vi deslizarse hacia el espacio aéreo vacío, cayendo sin sonido entre mundos, saltando a la luz.

-¡Luther! -gritó Wanda-. Agárrese...

De inmediato el blanco se desvaneció; aparecieron escenas una vez más. Estábamos en el aire, o eso parecía. Tras aterrizar en el arco del puente y rebotar, chocamos de nuevo con su costanera, golpeando la rampa de la Cincuenta y nueve. Los neumáticos traseros estallaron cuando el eje cedió. Volaron chispas de debajo del coche cuando su chasis rozó el descuidado pavimento, frenándonos lentamente mientras nos deslizábamos hacia el muro que defendía el centro del puente de Quensboro y nos encaminábamos directamente al puesto de guardia de la Primera Avenida. La ciudad se cernió a nuestro alrededor, con sus alturas perdidas en el smog de la noche. Frenamos antes de golpear el muro, girando como un trompo antes de detenernos finalmente. Los guardias reaccionaron en cuanto nos paramos y dispararon contra el parabrisas mientras nos agachábamos, rociando nuestras espaldas de fragmentos brillantes. Busqué mi cartera, encontré el pasaporte de Valentino, lo hice a un lado. El sonido de las botas se acercó; alcé mi auténtica identificación, esperando que pudieran leerla antes de que acabaran con nosotros, pidiendo que supieran leer. Un cañón se apretó contra mi frente y me quitaron la cartera de la mano. Con los ojos cerrados, me pregunté si la muerte en casa, después de todo, sería auténticamente preferible.

-Dryco -susurré, como a una amante.

-Señor -preguntó el soldado, cargándose el juguete al hombro-. ¿Está usted AO, señor?

Me enderecé, izando a Wanda conmigo, y sonreí al ver la ciudad tal como yo la conocía; contemplé como un niño el visor de espejo de los soldados, las columnas de cristal alzándose a nuestro alrededor, la cornisa cubierta de alambre de espino en lo alto de la pared llena de graffiti, la interminable cuchillada de los reflectores a la luna y las estrellas. El rugido de la ciudad sonaba cerca, advirtiendo a todos los débiles que se apartaran. Wanda abrió mucho los ojos y contempló su nuevo abismo. Sus pulmones se atoraron con su primera inhalación; su tos duró cinco minutos antes de que se ajustara al aire. Respiré profundamente, reconociendo el hogar.

-Hospitaléenos -dije, mirando hacia atrás, pero Jake había desapa¬recido.

 

12

 

Desperté al sonido del agua golpeando el cristal. Me levanté, crucé tambaleante la oscuridad para poder retirar las plantas del balcón antes de que la lluvia las matara. Volví a entrar, empapado, rascándome a ciegas el picor dejado por las gotas en mi ardiente piel. En la calma de las 4 A.M. observé la habitación a oscuras, sabiendo sin ninguna razón sólida que el interruptor estaba cerca. Un cuadro cayó al suelo, sin peso, sin producir sonido alguno al llegar a él.

Me agaché, sintiendo viejos dolores en los huesos rotos y vueltos a romper, en las costillas mal soldadas y en la cabeza contusionada demasiado a menudo, y recogí el marco y pasé los dedos por el cable intacto atado a él. Palpé la frialdad de la pared, encontré el asidero aún seguro, volví a colgar la foto y la miré mientras mis ojos se ajustaban a la oscuridad. Era una antigua foto en color de un 1939 más accesible, mostrando una panorámica nocturna de la clara aguja del Trylon; el Perisferio brillaba en blanco y azul. El cuadro se quedó donde lo dejé colgado; una caída era suficiente.

Jake deambulaba aún entre mundos, supuse, el brazo bueno suje¬tando eternamente la quietud de Oktobriana. Por donde él anda otros deben golpear también las paredes para que puedan sonar, allá en el espacio a través del que saltan las panteras de Canadá a Inglaterra, las bestias de Florida a Boston; el vacío a través del que las niñas pequeñas escapan sin previo aviso del abrazo de su madre; en algún lugar de la verja.

La Ventana Copiosa (su mote reciente, por obra de Dryco) perma¬nece abierta, aunque los guardias mantienen sus inmediaciones perpetuamente cerradas; no tanto para impedir que ellos entren sino para que los nuestros no salgan, tan sólo una cuestión de perspectiva. Ahora no existe peligro de transmisión viral, al menos de aquel virus concreto; en nuestro mundo el SD siguió una pauta similar en su primera fase, aunque gracias a las nuevas vacunas desarrolladas desde su irrupción pocos han conocido sus purgas. Como temía Oktobriana, cuando Alejine regresó con su premio, su regalo provocó más de lo que deseaba. Según nuestros informadores, Alejine recibió tratamiento definitivo por sus esfuerzos. También nos llegó la info de que el Gran Amigo en persona vivía su ancianitud a salvo de todo en una dacha suministrada por el estado; la de Skuratov, me gusta pensar. Krasnaia siempre intentó hacer lo adecuado. Incluso en Rusia, habría sido demasiado que sólo el Gran Amigo pudiera haber matado a millones de sus compatriotas durante dos siglos diferentes.

Completamente despierto ahora, me preparé a encontrar y saludar; imaginé que podía alcanzar su mano como a través de una cortina hinchada por el viento. ¿Flotaba aún allí, perdido bajo el hielo, buscando eternamente el agujero por el que poder arrojarse? Cuando él grita, ¿quién oye? En venganza, ¿enciende los fuegos de origen desconocido, ciega los ojos de los conductores nocturnos, enturbia las lecturas de los aviones que se disponen a aterrizar? Con encanto de íncubo, ¿tienta a aquellos cuyos cuerpos nunca conocieron después la tumba? Jake nunca se mostró; yo nunca supe.

No era la hora más racional de la noche. Necesitado del golpe de la realidad después de tanto tiempo, miré hacia fuera, por enci¬ma de las colinas y edificios del Bronx, y contemplé las distantes torres de Manhattan a través de las nubes y la lluvia. Todo parecía tan normal como siempre. A continuación observé mis posesiones. Después de retirarme de Dryco tras largos años de oficina y recibir todas las recompensas, deseé invertir como deseaba, y por eso reuní cuantas antiguallas me permitió mi presupuesto. Las tenía esparcidas ante mí: la foto que había caído, una lata de jarabe de azúcar de arce, un paquete sin abrir de Lucky Strike con sus colores de Navidad aún frescos, una camisa verde de seda de radio libre de isótopos dañinos, el tapacubos de un Terraplane...

Jake, Jake, Jake, veinte años ya.

Una vez le pedí a Alicia que me enseñara los archivos de la ciudad en los años adecuados para así poder conocer al Doc de nuestro mundo. También aquí Norman Quarles había sido médico, indudablemente con trasfondo más profesional; el nombre de su esposa era Wanda, y vivieron en la Octava Avenida, justo bajo la 133, y seguramente durmieron sin problemas a pesar del rumor nocturno del tren elevado. Cuando murieron en los años setenta (primero Doc, luego Wanda), no dejaron descendencia; por razones diferentes, sin duda. Le dije a Wanda lo que había encontrado, pero ella no quiso oírlo. Tal vez temía que, si se familiarizaba más con su contrapartida, la mitad se haría entera y ella se desvanecería. No puedo decir si los Quarles de este mundo conocieron una vida más feliz; espero que fuera más tranquila.

Los pensamientos me asaltaron bruscamente mientras permanecía allí de pie, esperando palabras, buscando presagios, aguardando signos, intentando escuchar un código por encima del ritmo de la lluvia. Igual que cada noche cuando despertaba antes del amanecer, la vieja inseguridad apareció. Encendí la luz de la cocina, cogí la jarra llena de centavos, los esparcí sobre la mesa y los contemplé, rezando para que el kraken en mi interior no se hubiera despertado todavía como aún podía hacerlo algún día. Ningún número brilló como neón dentro de mi mente mientras los observaba; los conté, uno a uno. Conté ciento doce.

¿Hay respuestas? Con dos mundos en existencia, cada uno siguien¬do un sendero similar por un camino distinto, ¿se desprende que un Dios interactivo dibujó el mapa de cada uno? ¿Explicaba tanta aparente insensatez el tener que echar el ojo a dos en vez de a uno, o era entonces demasiado incluso para el seguimiento de Dios? ¿Se convertiría en locura esta distracción, proporcionaba al menos la razón de por qué los seres queridos nos son arrebatados, por qué las más leves esperan¬zas son rebatidas, por qué sólo la desolación produce conocimiento? Si todo está predestinado, entonces, ¿elige Dios navíos menores, a través de los que entrega Su mal para poder así llevarse el crédito sólo de lo bueno hecho en Su nombre? ¿Qué concede Dios a Sus asesinos a cambio?

Uno a uno, los conté de nuevo para asegurarme, y por fin dejé que mi miedo desapareciera hasta la siguiente noche. El viento sacudía las ventanas, tamborileando sin cesar, enviando sus lágrimas a la oscuri¬dad. Al volver a acostarme lo hice por donde, hasta el noviembre pasado, dormía Wanda. Murió de vieja; muy pocos lo hacen.

Tras tumbarme, me coloqué los auriculares para poder entregar mi mente al sueño con el arrullo de la música. Me detuve a deliberar. Dejé la cinta de Jake como estaba, y como no me sentía de humor para Ives o Penderecki o Lalo, escogí las Imágenes marinas de Elgar. Dormí con la voz perdida en años largamente pasados, con alivios firmados por uno desaparecido todavía más atrás. Me desperté con la luz del día, enjuagado en recuerdos, lavado por la distancia, oyendo sólo los rompientes del tiempo en la costa de un nuevo día, sintiendo la playa eternamente engullida por la marea. Me vestí entonando la canción de Johnson. Las olas rompían; el agua arrollaba.

Publicar un comentario

Copyright © BIBLIOTECA EMANCIPACIÓN . Designed by OddThemes