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© Libro N° 6067. La Hora Menguada y Otros Cuentos. Gallegos, Rómulo. Antología Molina Miranda, Guillermo. Emancipación. Junio 1 de 2019.

Título original: © La Hora Menguada y Otros Cuentos. Rómulo Gallegos. Antología Guillermo Molina Miranda

 

Versión Original: © La Rebelióny Otros Cuentos. Rómulo Gallegos. GMM

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LA HORA MENGUADA Y OTROS CUENTOS

Rómulo Gallegos

ANTOLOGÍA:

GUILLERMO MOLINA MIRANDA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

 

LA HORA MENGUADA

 

EL CREPÚSCULO DEL DIABLO

 

EL PARÉNTESIS

 

EL PIANO VIEJO

 

LA REBELIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA HORA MENGUADA

 

 

 

I

-¡Qué horror! ¡Qué horror!

 

Clamaba Enriqueta, con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento, paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada todavía del dulce y pastoso aroma de nardos y azucenas del mortuorio reciente.

 

-Ya me lo decía el corazón. No era natural que tú te desesperaras tanto por la muerte de Adolfo. Si parecía que eras tú la viuda y no yo. ¡Y yo tan ciega, tan cándida! ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando? ¡Traicionada por mi propia hermana, en mi propia casa!...

 

Amelia la oía sin protestar. Tenía el aire estúpido de un alelamiento doloroso; sus ojos, que un leve estrabismo bañaba de languidez y dulzura, encarnizados por el llanto y por el insomnio, seguían el ir y venir de la hermana con esa distraída persistencia del idiotismo. Parecía abrumada por el horror de su culpa; pero no reflexionaba sobre ella; ni siquiera pensaba en el infortunio que había caído para siempre sobre su vida.

 

Atormentada por los celos, trémula de indignación y de despecho, Enriqueta escarbaba con implacable saña en aquella herida que era dolor de ambas, arrancándole las más crueles confesiones a la hermana, quien las iba haciendo dócilmente con la sencillez de un niño, llegando a un inquietante —206→ extremo de exageración cuando Amelia le confesó que era madre.

 

¡Ella, que tanto lo deseara, no había podido serlo durante su matrimonio! ¿No era el colmo de la crueldad del destino para con ella, que tuviese que amargar más aún, con el despecho de su esterilidad su dolor y su ira de esposa ofendida, de hermana traicionada?

¡Esto sólo le faltaba: tener de qué avergonzarse!

 

Al cabo la violencia misma de sus sentimientos la rindió. Lloró largo rato, desesperadamente; luego más dueña de sí misma y aquietada por el saludable estrago de su tormenta interior, le dijo a la hermana con una súbita resolución:

 

-Bien. Hay que tratar ahora de ver si se salva algo: siquiera el concepto de los demás. Nos iremos de aquí, donde todo el mundo nos conoce y nos sacarían a la cara esta vergüenza. Nos instalaremos en el campo hasta que tu hijo haya nacido. Y será mío. Yo mentiré y me prestaré a la comedia para salvarte a ti de la deshonra... y...

 

Pero no se atrevió a expresar su verdadero sentimiento, agregando: y para librarme yo de las burlas de la gente. Porque en aquel rapto de heroica abnegación no podía faltar, para que fuese humana, el flaco impulso de una pequeña pasión.

 

Amelia la oyó con sorpresa y se le llenaron de lágrimas los ojos que parecían haber olvidado el llanto: su instinto maternal midió un instante la enormidad del sacrificio que se le exigía. Respondió resignada:

 

-Bueno, Enriqueta. Como tú digas. Será tuyo.

 

 

 

II

Confundiéndolas en un mismo amor creció Gustavo Adolfo al lado de aquellas dos mujeres que se veían y se deseaban para colmarlo de ternuras.

 

—207→

 

Era un pugilato de dos almas atormentadas por el secreto, para adueñarse plenamente de la del niño que era de ambas y a ninguna pertenecía.

 

-¡Mi hijo! ¡Mi hijito!...

 

Decía Enriqueta, comiéndoselo a besos, con el corazón torturado por el anhelo maternal que se desesperaba ante la evidencia de su mentira.

 

-¡Muchacho! ¡Muchachito!

 

Exclamaba Amelia, sufriendo la pena de Tántalo por no poder satisfacer su orgullo materno ostentando la verdad de su amor.

 

Y a medida que el niño crecía aumentaba el conflicto sentimental que cada una llevaba dentro del alma. Celábanse y espiábanse mutuamente: Enriqueta siempre

 

temerosa de que Amelia descubriese algún día la verdad al niño; Amelia de continuo en acecho de las extremosas ternuras de la hermana para superarlas con las suyas.

 

Por momentos esta perenne tensión de sus ánimos se resolvía en crisis de odio recíproco. Acontecíales muy a menudo pasar días enteros sin dirigirse palabra, cada cual encerrada en su habitación, para no tener que sufrir la presencia de la otra, y cuando se sentaban en la mesa o, por las noches, se reunían en la sala en torno al niño que charlaba copiosamente hasta caer rendido de sueño sobre el sofá, una y otra lanzábanse feroces reojos a hurtadillas de la criatura que hacía las veces de intérprete entre ambas. A veces un simultáneo impulso de ternura reunía sobre la infantil cabecita las manos de ellas que se encontraban y tropezaban en una misma caricia; bruscamente las retiraban a tiempo que sus bocas contraídas por duros gestos de encono, dejaban escapar gruñidos que unas veces provocaban la hilaridad y otras la extrañeza del niño.

 

Pero la misma fuerza de la abnegación con que sobrellevaban la enojosa situación no tardaba en derramar su benéfico influjo sobre aquellos espíritus exasperados por el

—208→ amor y roídos por el secreto. Bastaba que un donaire del niño sacase a las bocas endurecidas por la pasión rencorosa, la ternura de una sonrisa; mirábanse entonces largamente, hasta que se les humedecían los ojos, y reconociéndose mutuamente buenas y sintiéndose confortadas por el sacrificio, olvidaban sus mutuos recelos, para decirse:

 

-¡Lo qué debes sufrir tú!

 

-Tú eres quien más sufre... y por mi culpa.

 

Eran momentos de honda vida interior que a veces no llegaba a sus conciencias bajo la forma de un pensamiento; pero que estaba allí, como el agua de los fondos, dándoles la momentánea intuición de algo inefable que atravesara sus existencias revelando cuanto de divino duerme en la entraña de la grosera substancia humana; instantes de una intensa felicidad sin nombre que les levantaba las almas en una suspensión de arrobamientos. Eran sus horas de santidad.

 

Y eran entonces los ojos del niño los que parecía que acertasen a ver mejor estos relámpagos del ángel en las miradas de ellas, porque siempre que aquello aconteció, Gustavo Adolfo se quedó súbitamente serio, viéndolas a las caras transfiguradas, con un aire inexpresable.

 

 

 

III

Así transcurrió el tiempo y Gustavo Adolfo llegó a hombre.

 

Mansa y calmosa, su vida discurría al arrimo de las extremadas ternuras de aquellas dos mujeres que eran para él una sola madre y en cuyas almas el fuego del sacrificio parecía haber consumido totalmente las escorias del recelo egoísta y del amor codicioso. Pero un día -él nunca pudo decir cuando ni por qué-, una brusca eclosión de subconciencia le llenó el espíritu de un sentimiento inusitado —209→ y extraño: era

 

como una expectativa de algo que hubiese pasado ya por su vida y que, de un momento a otro hubiera de volver.

 

De allí en adelante aconteciole sentir esto muy a menudo, sobre todo cuando viniendo de la calle, ponía el pie en su casa. En veces fue tan lúcida esta visión inmaterial que llegó a adquirir la convicción de que toda su vida estaba sostenida sobre un misterio familiar, que él no podía precisar cuál fuese, a pesar de que, en aquellos momentos, estaba seguro de haber tenido en él inequívocas revelaciones, allá en su niñez. Sobrecogido de este sentimiento, que no se ocupaba de analizar, cada vez que entraba en su casa deteníase en el zaguán, con el oído contra la puerta, espiando el silencio interior, convencido de que algún día terminaría por oír la palabra que descorriese el velo de su inquietante misterio.

 

Y la escuchó por fin.

 

A tiempo que él entraba en el zaguán oyó la voz airada de Enriqueta diciéndole a Amelia:

 

-Y si no hubiera sido por mí, ¿qué sería de ti? Ni tu hijo te querría, porque Gustavo Adolfo no te hubiera perdonado el que lo hayas hecho hijo de una culpa. Me traicionaste, me quitaste el amor de mi marido...

 

-Pero te di mi hijo... ¿qué más quieres? Te he dado lo que tú no supiste tener. Me debes la mayor alegría de una mujer: oír que la llamen madre. Y te la he dado a costa mía...

 

-¡Traidora!... Mala mujer...

 

-¡Estéril!...

 

 

 

IV

Han pasado años y años... Están viejas y solas... Gustavo Adolfo las ha abandonado... Se revolvió del zaguán donde oyó la vergonzosa revelación de su  misterio —210→ y no volvió más a la casa... Lo esperaron en vano, aderezado el puesto en la mesa, abierto el portón durante las noches... ¡Ni una noticia de él! Tal vez había muerto...

 

Todavía lo aguardaban. El ruido de un coche que se detuviera cerca de la casa les hacía saltar los corazones... esperaban conteniendo el aliento, aguzados los oídos hacia el silencio del zaguán... y pasaban largos ratos bajo las puertas de sus dormitorios que daban al patio en una espera anhelosa... luego se metían de nuevo a sus habitaciones a llorar...

 

¡La vida rota! Destrozada en un momento de violencia por un motivo baladí: años de sacrificio, dos existencias de heroica abnegación frustradas de pronto porque a una se le cayó una copa de las manos y la otra profirió una palabra dura. Así comenzó aquella

 

disputa vulgar y estúpida en la cual se fueron enardeciendo hasta concluir sacándose a las caras las mutuas vergüenzas; y así terminó para ellas, de una vez por todas, la felicidad que disfrutaban en torno al hijo común, y la santa complacencia de sí mismas, que experimentaban cuando medían el sacrificio que cada una había hecho y se encontraban buenas.

 

Ahora las atormentaba la soledad... el silencio de días enteros, martirizándose con el inútil pensamiento:

 

-¿Por qué se me ocurrió decir aquello?

 

-¡Dios mío! ¿Por qué no me quitaste el habla?

 

-¡Y todo por una copa rota! ¡Quién pudiera recoger las palabras que no debió pronunciar!

 

-¡La hora menguada!...

 

Caracas, abril de 1919.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CREPÚSCULO DEL DIABLO

 

 

I

 

En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su caño, está sentado "el Diablo" presenciando el desfile carnavalesco.

 

La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se apiña en las barandas que dan a la calle por donde pasa "la carrera", se agita en ebrios hormigueos alrededor de los tarantines donde se expenden amargos, frituras, refrescos y cucuruchos de papelillos y de arroz pintado, se arremolina en torno a los músicos, trazando rondas dionisíacas al son del joropo nativo, cuya bárbara melodía se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estación seca, como un harapo que el viento deshilase.

 

Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente escabullado, el sombrero sobre la nuca y el tabaco en la boca, el Diablo, oye aquella música que despierta en las profundidades de su ánimo, no sabe que vagas nostalgias. A ratos melancólica, desgarradora, como un grito perdido en la soledad de las llanuras; a ratos erótica, excitante, aquella música era el canto de la raza oscura, llena de tristeza y de lascivia, cuya alegría es algo inquietante que tiene mucho de trágico.

 

El Diablo ve pasar ante su mente trozos fugaces de paisajes desolados y nunca vistos, sombras espesas de un dolor que no sintió en su corazón, relámpagos de sangre que otra vez, no sabe cuándo, atravesaron su vida. Es el sortilegio de la música que escarba en el corazón del Diablo, como un nido de escorpiones. Bajo el influjo de estos sentimientos se va poniendo sombrío; sus mejillas chupadas se estremecen levemente, su pupila quieta y dura taladra en el aire una visión de odio, pero de una manera siniestra. Probablemente la causa inconsciente de todo esto es la presencia de la multitud que le despierta diabólicos antojos de dominación; sobre el escabullado del araguaney, sus dedos ásperos de uñas filosas, se encorvan en una crispatura de garras.

 

Al lado suyo, uno de los que junto con él están sentados en el borde de la pila, le dice:

 

-Ah, compadre Pedro Nolasco, ¿no es verdad que ya no se ven aquellos disfraces de nuestro tiempo?

 

El Diablo responde malhumorado:

 

-Ya esto no es carnaval ni es ná.

 

El otro continúa evocador:

 

-¡Aquellos volatines que ponían la cuerda de ventana a ventana! ¡Aquellas pandillas de negritos que se daban esas agarrás al garrote! ¡ Y que se zumbaban de veras! ¡Aquellos Diablos!

 

Por aquí andaban las nostalgias de Pedro Nolasco.

 

Era él uno de los diablos más populares y constituía la nota típica dominante, de la fiesta plebeya. A punto de mediodía echábase a la calle con su disfraz infernal, todo rojo, y su enorme "mandador" y de allí en adelante, toda la tarde, era un infatigable ambular por los barrios de la ciudad, perseguido por la chusma ululante, tan numerosa que a veces llenaba cuadras enteras y contra la cual se revolvía de pronto blandiendo el látigo, que no siempre chasqueaba ocioso en el aire para vanas amenazas.

 

Buenos verdugones levantó más de una vez aquella fusta diabólica en las pantorrillas de chicos y grandulones. Y todos la sufrían como merecido castigo por sus aullidos ensordecedores, sin protesta ni rebeldía, tal que si fuera un flagelo de lo Alto. Era la tradición: contra los latigazos del diablo nadie apelaba a otro recurso sino al de la fuga.

 

Posesionado de su carácter, dábalos Pedro Nolasco con verdadera indignación, que le parecía la más justa de las indignaciones, pues una vez que se vestía de diablo y se echaba a la calle, olvidábase de la farsa y juzgaba como falta de lesa Majestad los irreverentes alaridos de la chiquillería.

 

Esta, por su parte, procedía como si se hiciese estas reflexiones: un diablo es un ente superior; todo el que quiere no puede ser diablo, pues esto tiene sus peligros y al que sabe serlo como es debido hay que soportarle los latigazos.

 

Pedro Nolasco era el mejor de los diablos de Caracas. Su feudo era la parroquia de Candelaria y sus aledaños y allí no había muchacho que no corriese detrás de él aullando hasta enronquecer y arriesgando el pellejo.

 

Respetábanlo como a un ídolo. Cuando se aproximaba el Carnaval empezaban a hablar de él y su misteriosa personalidad era objeto de entusiastas comentarios. La mayor parte no lo conocían sino de nombre y muchos se lo forjaban de la manera más fantástica. Para algunos Pedro Nolasco no podía ser un hombre como los demás, que trabajaba y vivía la vida ordinaria, sino un ente misterioso, que no salía de su casa durante todo el año y sólo aparecía en público en el Carnaval, en su carácter absurdamente sagrado de diablo. Conocer a Pedro Nolasco, saber cuál era su casa y estar al corriente de sus intimidades, era motivo de orgullo para todos; haber hablado con él era algo como poseer la privanza de un príncipe. Se podía llenar la boca quien tal afirmaba, pues, esto sólo adquiría gran ascendiente entre la chiquillería de la parroquia.

 

Aumentaba este prestigio una leyenda en la cual Pedro Nolasco aparecía como un héroe tutelar. Referíase que muchos años atrás, en la tarde de un martes de carnaval, Pedro Nolasco había realizado una proeza de consagración a "su cuerda". Había para entonces en Caracas un diablo rival de Pedro Nolasco, el diablo de San Juan, que tenía tanto partido como el de Candelaria y que había dicho que ese día invadiría los dominios de éste para echarle cuero a él y a su turba. Súpolo Pedro Nolasco y fue en busca de él, seguido de su hueste ululante. Topáronse los dos bandos y el diablo de San Juan arremetió contra la turba del otro, con el látigo en alto acudió en su defensa el de Candelaria y antes de que el rival bajase el brazo para "cuerearlo" le asestó en la cara un formidable cabezaso que a él le estropeó los cuernos y al otro le destrozó la boca. Fue un combate que no se hubiera desdeñado de cantar el Dante.

 

Desde entonces fue Pedro Nolasco el diablo único contra quien nadie se atrevía, temido de sus rivales vergonzantes, que arrastraban por las calles apartadas irrisorias turbas, admirado y querido de los suyos, a pesar del escozor de las pantorrillas y quizás por esto mismo, precisamente.

 

Pero corrió el tiempo y el imperio de Pedro Nolasco empezó a bambolear. Un foetazo mal dado, marcó las espaldas de un muchacho de influencia, y lo llevó a la policía; y como Pedro Nolasco se sintiese deprimido de aquel arresto que autorizaba el hecho insólito de una protesta contra su férula, hasta entonces inapelable, decidió no disfrazarse más, antes que aceptar tal menoscabo de su majestad.

 

II

 

Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas y llevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror y fascinación de la chusma. Indudablemente el Carnaval había degenerado.

 

Estando en estas reflexiones Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en una mano una sombrilla diminuta y en la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo y repugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso y en pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada, como tras un señuelo.

 

Pedro Nolasco sintió rabia y vergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso y estúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!

 

Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo y quiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta y dura pasó el relámpago de una resolución.

 

Al día siguiente, martes de carnaval, volvió a aparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.

 

Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues a poco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrilla y la mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos a que exponía el mandador del diablo.

 

Quedó solo éste y bajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.

 

Pero inmediatamente reaccionó y movido por un instinto el cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confiando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería a su dominio, sumisa y fascinada.

 

Arremolinóse la chusma y hubo un momento de vacilación: el Diablo estaba a punto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.

 

Pero el payaso conocía las señales del tiempo y tremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó a su mesnada contra el diablo.

 

Volvió a resonar, como en los buenos tiempos, el ululato ensordecedor que fingía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo sino odio.

 

Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación; ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso y comenzó a alejarse para siempre a su retiro.

 

Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando a la pandilla gritó: ¡Muchachos! Piedras con el diablo.

 

Y esto fue suficiente para que todas las manos se armasen de guijarros y se levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.

 

Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrusco que caía sobre él, y en su carrera insensata atravesó el arrabal y se echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de éste el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.

 

Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpura se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, a través del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros que, al verlo venir, alzaban el vuelo, torpe y ruidoso, lanzando fatídicos gruñidos para ir a refugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.

 

La pedreá continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.

 

Y se le llenó de dolor, como a todos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido y traicionado por todos! El había querido libertar a "su pueblo" de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insuflarle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastran en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce jugar con el peligro.

 

Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero y poderoso, fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa y que bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito y cayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho y comenzó a desbandarse.

 

Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.

 

Luego el payaso emprendió la fuga.

 

Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PARÉNTESIS

 

 

En la casa todo estaba en olor de santidad. Vieja casa solariega de una familia cuya propiedad fuera tradicional, allí, con la vetustez no remozada y la huella de almas que conservaban algunas viviendas que tenían historias piadosas, compadecíanse muy bien esa atmósfera de sacristía que trasciende a incienso, a pezgua y a olor de viajeras y de óleos.

 

En las habitaciones que no ocupaba la familia campaban una porción de cachivaches sagrados: doseles raídos, candelabros inútiles, tabernáculos desvencijados que mostraban la vil madera a través de la carroña del sobredorado antiguo, una infinidad de bártulos de sacristía dados de baja en el templo parroquial. En el extremo de uno de los corredores había un oratorio en donde se guardaba, desde tiempo inmemorial, uno de los “Pasos de la Semana Santa” acerca del cual corría entre el beaterío de la parroquia una leyenda milagrera, y constantemente entraban en aquella casa sacristanes y monagos que iban por brasas para el incensario o por albas y sobrepellices que se lavaban en una especie de santificado lavadero y que luego se oreaban en una cuerda que tenía este privilegio.

 

Carmen Rosa hacía este oficio y lo hacía con una pulcritud devota. En el resto del día refugiábase en su dormitorio, austero como una celda monjil, limpio, claro y lleno del silencio de aquella casa donde vivía con su madre y su hermano, y allí poníase a recamar interminables vestiduras para las imágenes de la parroquia y casullas y dalmáticas para uso del párroco.

 

Todo esto enfurecía al hermano incrédulo. A veces le daban ganas de romper violentamente con toda consideración. Pero no hacía sino enfurecerse, gritar, amenazar.

 

La madre, que hasta la salvación de su alma desistiera, si en trance de ello la pusieran, por complacer a su hijo, amedrentada con aquellas bravatas, temerosa de que la ira le hiciese daño, empezaba a suplicarle:

 

-¡Hijo! ¡Por Dios! No te molestes así. Haz lo que quieras. Di tú lo que debe hacerse.

 

Y luego a Carmen Rosa:

 

-Ya lo estás viendo, hija. ¡Y todo porque te encuentras bordando esa casulla!

 

Carmen Rosa, invariablemente, abandonaba la labor sin responder palabra.

 

Cierta vez, a raíz de una de estas escenas, se presentó Clarita Estévez. Era esta una mujeruca insignificante, de piel rosaducha y fina como la de un recién nacido, cabellos descoloridos como hoja de plata que no recibe sol, ojos bailoteantes, agudo mentón, dientes cariados y espalda jibosa. Estaba plantada en el linde de la juventud más hacia el lado de la vejez y gastaba la vida terrenal en amontonar merecimientos para la de ultratumba, que ya tenía por segura, pues era proveedora del aceite de las lámparas del Santísimo, esclava de la Virgen, sierva de San José, y hermana de leche de un diácono que estaba por ordenarse. Representaba un papel ambiguo cerca de Carmen Rosa, quien la llamaba su amiga de prueba, queriendo así significar que no le profesaba amistad, pero que soportaba la suya como una de esas cosas desagradables con que acostumbra el buen Dios probar a sus criaturas elegidas.

 

Sin embargo, aquel día Carmen Rosa no estaba para merecimientos y la recibió de mal humor.

 

Clarita comenzó a farfullar su habitual andanada de palabras:

 

-Chica, vengo a buscarte para que vayamos a la iglesia y regañes al sacristán. Se roba el aceite de la Majestad.

 

Carmen Rosa no pudo contenerse:

 

-Pues no vengas nunca a buscarme para esas cosas.

 

-Y dejamos que el sacristán se robe el aceeite impúdicamente.

 

-Inpunemente, querrás decir. Pues que se lo robe, que se lo coja como te lo coges tú para alumbrar los santos de tu casa.

 

La beatuca, sorprendida más que ofendida, pues nunca había visto enojada a Carmen Rosa, empezó a hacer visajes y a balbucir:

 

-¡Chica!… ¿Yo?… ¡Cómo me dices eso…!!

 

-Ya te digo: que no se te ocurra más venir a contarme lo que pasa en la sacristía. Ya me tienes hasta la coronilla.

 

Clarita detuvo un momento sobre la amiga el absurdo bailoteo de sus ojos y salió ahogándose de ira.

 

Cuando Carmen Rosa se halló otra vez sola, se sorprendió de lo que había hecho. Sin duda aquel estallido de cólera se venía preparando en su ánimo desde mucho tiempo.. Era la reacción inopinada y violenta de una voluntad apática que había sufrido varias presiones, sin protestar, pero cargándose de rebeldía para dejarla escapar de un golpe.

 

Desde algún tiempo venía advirtiendo que su confesor redoblaba para con ella su celo de director espiritual, y tenía condescendencias respetuosas para sus pecadillos, como si le reconociera una grandeza de alma que supliera por las pequeñas flaquezas, llegando a veces hasta la adulación, aun a riesgo de envanecerla de su piedad. Al principio no se dio perfecta cuenta del hecho, pero cierto era que había caído en el halago de aquello que había venido a convertir la confesión en un flirt raro y grato, donde su mística, pero siempre femenil coquetería, se holgaba sobradamente. Poco después el confesor había empezado la idea de coronar con una acción de mayor merecimiento ante los ojos de Dios la devota vida que hacía en su casa. Un día en la sobremesa -pues el cura de la parroquia comía una vez a la semana en casa de la familia -dijo, como idea cogida al vuelo y sin intención remota:

 

-No extrañaría que Carmen Rosa la diera, el día menos pensado, por meterse a fundadora de una orden religiosa. Seguramente escogería un nombre poético: ¡María de la Luz!

 

-Pero ¿de dónde saca usted eso? -replicó Carmen Rosa ruborizándose-. Sería una extravagancia.

 

-A los grandes imaginativos no los seduce sino lo que se sale de lo ordinario. Mientras más fantástico, mejor. Imagínese: fundadora de una orden nueva. Ya me parece estar viéndolo: Cuando sor María de la Luz…

 

Cambió Carmen Rosa la conversación, temerosa del ceño que ponía su hermano, pero ya la idea insidiosa había encontrado asidero propicio en su espíritu. Muy lejos estaba todavía de ser un propósito definido; solo era una grata ensoñación a la cual se entregaba en esos estados de abandono mental en las cuales la fantasía enreda los más caprichosos motivos; cuando más, vago anhelo, como de cosa imposible; pero allí estaba la idea aquella, como levadura en masa fácil de fermentar, turbándole el sueño, empujándola a todo rincón de sombra y silencio… ¡Teresa de Jesús! Nunca se le había ocurrido que ella pudiese servir para aquello… Pero… Puesto que el padre lo decía… ¿Quién sabe…? ¡Cuando sor María de la Luz…!

 

Y era tan pertinaz la dulce violencia de esta obsesión, que a poco andar Carmen Rosa no tuvo vida sino para consumirla en la lumbre voraz de su deseo.

 

La madre y hermano diéronse cuenta de la situación y le declararon una guerra abierta y sin tregua; pero ni amenazas del uno, ni súplicas ni lloriqueos de la otra, lograron más sino afirmarla en su terco y escondido empeño.

 

¿De dónde salía ahora, a raíz del disgusto que por causa de su hermano acababa de tener aquel impulso de rebeldía que la hizo ser injusta y brutal con Clarita?

 

***

 

Era así la vida en aquella casa, cuando una mañana, de improviso, entró la alegría.

 

Pablo Lagañez, un pariente lejano a quien la familia no conocía y que se había educado en el Norte desde niño, había llegado a Caracas por aquellos días. Era un joven moreno, vigoroso, casi hercúleo, y tenía un carácter franco, expansivo y bullicioso.

 

Desde el primer momento Carmen Rosa experimentó viva simpatía hacia aquel joven que tanto elogiara su hermano. Por otra parte, ella encontró otras excelencias: Pablo Lagañez tenía un corazón sensible, jugoso de ternura.

 

Una mañana llegó clamoroso, con una niñita en los brazos, rubia y linda como una muñeca.

 

-¡Prima! ¡Prima! Mira lo que te traigo.

 

La había encontrado al pasar, jugando en la plazoleta de la iglesia cercana.Y sin cuidarse del rubor que hacía estallar en las mejías de Carmen Rosa, le dijo maliciosamente:

 

-Es necesario, prima, que en este patio haya pronto una criaturita tan mona como esta…

 

El intruso alegró la vida de Carmen Rosa. Una alegría fugaz, pero dulcísima, metiósele alma adentro, como una lumbrada de sol en rincón oscuro y frío, desentumeciendo alborozos y ansias juveniles que se precipitaron ávidamente en aquel rayo cálido, que fue veloz y certero hasta lo hondo del corazón aterido por los grandes hielos del divino amor.

 

Asimismo, el sol verdadero creó el blancucho color de su faz en los paseos que Pablo Lagañez inventó para ella en los claros días de mayo. Ora en las mañanas en los campos cercanos, ora en las tardes por las barriadas capitalinas; o entre días por los pueblecitos próximos, aquellas jubilosas excursiones, donde su hermano hacía de Cicerone y que para ella eran tan inusitadas como para Pablo Lagañez, fueron un brusco paréntesis de vida casera y una vacación espiritual deliciosa. Corrientes y frescas aguas, cálidos aires y tibias sombras, el caliente olor del paisaje y la lumbrada azul de los cielos, el olor agreste y los campesinos rumores, todo aquello, contemplado y sentido otras veces como recóndita invitación al arrobamiento místico, era entonces nuevo y sabroso. Adobábalo Pablo Lagañez con su charla amable y alegre y gustábalo ella con fruición golosa, un poco turbada por aquel violento cambio de vida, por aquella repentina sumersión en el mundo, precisamente cuando acariciaba la idea de renunciar a él para siempre. A veces su hermano y Pablo se engolfaban en una conversación seria sobre motivos de orden práctico o trascendental y a ella entonces le tocaba callar. Ella en medio de los dos, silenciosa y sin pensamientos suyos, solo cruzando por su mente las ideas que ellos expresaban, experimentaba bienestar inefable, hondo y calmoso.

 

Pero eran los más dulces y turbadores momentos aquellos de la jornada. En el vagón del tren o del tranvía donde regresaban de la diaria excursión, fatigados ellos del mucho hablar, cansada ella de la larga caminata, quedábase a menudo en silencio y entonces Pablo Lagañez la miraba largamente, con una sonrisa tan afable, con una mirada tan honda y luminosa, y preguntábale luego: ¿Estás cansada? con un tono de protección ¡tan insinuante!, de ternura varonil ¡tan subyugador!, que ella se sentía conmovida hasta lo más profundo de su ser, y experimentaba un mimoso deseo de perpetuar aquellas puras caricias con que, así, tan deliciosamente, un alma fuerte y alegre iba sorbiéndose la de ella tan necesitada del rescoldo de amor.

 

A veces Pablo le preguntaba en un improntus de su humor expansivo:

 

-Prima, ¿no tienes novio?

 

Turbábase ella y respondía:

 

-¿Quién va a enamorarse de mí?

 

-¡Dianche! Cualquiera que tenga ojos y corazón. Hay que buscar uno. A ti te está haciendo falta un novio.

 

Y soltábale una risotada clamorosa al verla sonrojarse.

 

Un día, recorriendo el jardín del corral, le preguntó:

 

-¿No tienes orquídeas? Pues voy a buscárttelas. Son preciosas: llenaremos el corral. Verás qué bosque fantástico voy a formarte.

 

Y como lo prometió lo cumplió. Compró muchas y encargó a las vendedoras que le llevasen cuantas tuvieran. Pocos días después el corral de Carmen Rosa estaba poblado de cepas de orquídeas que florecían profusamente, adheridas a los troncos de los árboles o dentro de rústicas cestas que el mismo Pablo construyó en sabrosa y fraternal colaboración con la muchacha.

 

-Ah, prima. Ya tenemos de qué vivir -decíale elogiando la obra-. Ponemos una fábrica de cestos para matas y te aseguro que no nos moriremos de hambre.

 

Esta chancera previsión de un porvenir común, de una vida compartida entre los dos, encendía fugaces sonrojos en las mejillas de Carmen Rosa y le llenaba el corazón de una dulce zozobra.

 

Pero Pablo Lagañez debía desaparecer como había aparecido: de pronto, intempestivamente. Un día llegó diciendo:

 

-Parientes, vengo a despedirme de ustedes.. Salgo para el Yuruary, como ingeniero de una compañía que se ha formado, para emprender la explotación científica, en grande, de una vasta región cauchera.

 

Era el primer dinero que le producía su profesión y esto lo llenaba de desbordada alegría infantil. Habló de su porvenir con optimismo entusiasta y luego salió, tan clamorosamente como llegara la primera vez, gritando, ya en la puerta:

 

-¡Adiós! ¡Hacia el porvenir! ¡Hacia la vida!

 

Carmen Rosa y la madre, que habían ido a despedirlo hasta la puerta, volvieron maquinalmente en el recibimiento del corredor. Las últimas palabras del ingeniero habían dejado en sus oídos esa intranquilizadora sensación de súbito silencio. Permanecieron un rato sin hablarse. Carmen Rosa con los ojos bajos, plegando y desplegando alforzas en la tela de su falda como un símbolo de aquel juego del destino con la vida; la madre con el mentón en el hueco de la mano, pestañeando repetidas veces. Luego la hija se levantó de su asiento y se fue, a lo largo del corredor, a su rincón de bordar: la madre la siguió con las miradas y murmuró, moviendo la cabeza:

 

-¡No estaba de Dios!…

 

Meses después recibían cartas de Pablo. Dábales noticia del fracaso de su empresa y de su internación en el Brasil, en busca de campo más propicio a sus ambiciones.

 

Al final de la carta dedicaba un largo párrafo a Carmen Rosa, recomendábale el cuidado de las orquídeas y recordándole lo que tanto le había dicho, a propósito del novio que debía procurarse.

 

Después no se supo nada de él. ¿Sería el amor lo que había pasado? Carmen Rosa volvió a sus labores y a sus pensamientos piadosos, que recuperaron todo su corazón con una violencia desesperada. Al año siguiente, por mayo, cuando florecieron las orquídeas, se nombró en la casa a Pablo Lagañez: luego murieron las flores y nadie volvió a nombrarlo.

 

Entre tanto, la voz insinuante volvía a decir:

 

-Cuando sor María de la Luz…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PIANO VIEJO

 

 

Eran cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ramón, Ester, María. La vida los fue dispersando, llevándoselos por distintos caminos, alejándolos, maleándolos. Primero, Ester, casada con un hombre rico y fastuoso; María, después, unida a un joven de nombre sin brillo y de fama sin limpieza; en seguida, Carlos, el aventurero, acometedor de toda suerte de locas empresas; finalmente Ramón, el misántropo que desde niño revelara su insana pasión por el dinero y su áspero amor a la soledad; todos se fueron con una diversa fortuna hacia un destino diferente.

 

Solo permaneció en la casa paterna Luisana, la hermana mayor, cuidando al padre, que languidecía paralítico lamentándose de aquellos hijos en cuyos corazones no viera jamás ni un impulso bueno ni un sentimiento generoso. Y cuando el viejo moría, de su boca recogió Luisana el consejo suplicante de conservar la casa de la familia dispersa, siempre abierta para todos, para lo cual se la adjudicaba en su testamento, junto con el resto de su fortuna, a título de dote.

 

Luisana cumplió la promesa hecha al padre, y en la casa de todos, donde vivía sola, conservó a cada uno su habitación, tal como la había dejado, manteniendo siempre el agua fresca en la jarra de los aguamaniles, como si de un momento a otro sus hermanos vinieran a lavarse las manos, y en la mesa común, siempre aderezados los puestos de todos.

 

Tú serás la paz y la concordia, le había dicho el viejo, previendo el porvenir, y desde entonces ella sintió sobre su vida el dulce peso de una noble predestinación.

 

Menuda, feúcha, insignificante, era una de esas personas de quienes nadie se explica por qué ni para qué viven. Ella misma estaba acostumbrada a juzgarse como usurpadora de la vida, parecía hacer todo lo posible para pasar inadvertida: huía de la luz, refugiándose en la penumbra de su alcoba, austera como una celda; hablaba muy poco, como si temiera fatigar el aire con la carga de su voz desapacible, y respiraba furtivamente el poquito de aliento que cabía en su pecho hundido, seco y duro como un yermo.

 

Desde pequeñita tuvo este humildoso concepto de sí misma: mientras sus hermanos jugaban al pleno sol de los patios o corrían por la casa alborotando y atropellando con todo, porque tomaban la vida como cosa propia, con esa confianza que da el sentimiento de ser fuertes, ella, refugiada en un rincón, ahogaba el dulce deseo de llorar, único de su niñez enfermiza, como si tampoco se creyera con derecho a este disfrute inofensivo y simple. Crecieron, sus hermanas se volvieron mujeres, y fueron celebradas y cortejadas, y amaron, y tuvieron hijos; a ella, siempre preterida, que hasta su padre se olvidaba de contarla entre sus hijos, nadie le dijo nunca una palabra amable ni quiso saber cómo eran las ilusiones de su corazón. Se daba por sabido que no las poseía. Y fue así como adquirió el hábito de la renunciación sin dolor y sin virtud.

 

Ahora, en la soledad de la casa, seguía discurriendo la vida simple de Luisana, como agua sin rumor hacia un remanso subterráneo; pero ahora la confortaba un íntimo contentamiento. ¡Tú serás la paz!… Y estas palabras, las únicas lisonjeras que jamás escuchó, le habían revelado de pronto aquella razón de ser de su existencia, que ni ella misma ni nadie encontrara nunca.

 

Ahora quería vivir, ya no pensaba que la luz del día se desdeñase de su insignificancia, y todas las mañanas, al correr las habitaciones desiertas, sacudiendo el polvo de los muebles, aclarando los espejos empañados y remudando el agua fresca en las jarras; y cada vez que aderezaba en la mesa los puestos de sus hermanos ausentes, convencida de que esta práctica mantenía y anudaba invisibles lazos entre las almas discordes de ellos, reconocía que estaba cumpliendo con un noble destino de amor, silencioso, pero eficaz, y en místicos transportes, sin sombra de vanagloria, sentía ya que su humildad había sido buena y que su simpleza era ya santa.

 

Terminados sus quehaceres y anegada el alma en la dulce fruición de encontrarse buena, se entregaba a sus cadenetas; y a veces turbada por aquel silencio de la casa y por aquel claro sol de las mañanas que se rompía en los patios, se hilaba por las rendijas y se esparcía sin brillo por todas partes arrebañando la penumbra de los rincones; mareada por aquella paz que le producía suavísimos arrobos, se sentaba al piano, un viejo piano donde su madre hiciera sus primeras escalas, y cuyas voces desafinadas tenían para ella el encanto de todo lo que fuera como ella, humilde y desprovisto de atractivos.

 

Tocaba a la sordina unos aires sencillos que fueran dulces. Muchas teclas no sonaban ya; una, rompiendo las armonías, daba su nota a destiempo, cuando la mano dejaba de hacer presión sobre ella; o no sonaba, quedándose hundida largo rato. Esta tecla hacía sonreír a Luisana. Decía: Se parece a mí. No servimos sino para romper las armonías. Precisamente por esto la quería, la amaba, como hubiera amado a un hijo suyo, y cuando, al cabo de un rato, después que había dejado de tocar, aquella tecla, subiendo inopinadamente, daba su nota en el silencio de la sala, Luisana sonreía y se decía a sí misma: ¡Oigan a Luisana! ¡Ahora es cuando viene a sonar!

 

Una mañana Luisana se quedó muerta sobre el piano, oprimiendo aquella tecla. Fue una muerte dulce que llegó furtiva y acariciadora, como la amante que se acerca al amado distraído y suavemente le cubre los ojos para que adivine quién es.

 

Vinieron sus hermanos; la amortajaron; la llevaron a enterrar. Ester y María la lloraron un poco; Carlos y Ramón corrieron a la casa, registrando gavetas, revolviendo papeles. En la tarde se reunieron en la sala a tratar sobre la partición de los bienes de la muerta.

 

La vida y la contraria fortuna habían resentido el lazo fraternal, y cada alma alimentaba o un secreto rencor o una envidia secreta. Carlos, el aventurero, había sido desgraciado: fracasó en una empresa quimérica, arrastrando en su bancarrota dinero del marido de Ester, el cual no se lo perdonó y quiso infamarlo, acusándolo de quiebra fraudulenta; María no le perdonaba a Ester que fuera rica y no partiera con ella su boato y la estimación social que disfrutaba; Ester se desdeñaba de aceptarla en su círculo, por la obscuridad del nombre que había adoptado; y todos despreciaban a Ramón, que había adquirido fama de usurero y los avergonzaba con su sordidez.

 

Pero todas estas malas pasiones se habían mantenido hasta entonces agazapadas, sordas y latentes, pero secretas; había algo que les impedía estallar, una dulce violencia que acallaba el rencor y desamargaba la envidia: Luisana. Ella intercedió por Carlos, y porque ella lo exigía, el marido de Ester no le lanzó a la vergüenza y a la ruina; ella intercedió siempre para que Ester invitase a María a sus fiestas; ella pidió al hermano avaro dinero para el hermano pobre, y a todos amor para el avaro; pero siempre de tal modo, que el favorecido nunca supo que era ella a quien le debía agradecer, y hasta el mismo que otorgaba se quedaba convencido y complacido de su propia generosidad.

 

Ahora, reunidos para partirse los despojos de la muerta, cada uno comprendía que se había roto definitivamente el vínculo que hasta allí los uniera, y que iban a decirse unos a otros la última palabra; y en la expectativa de la discordia tanto tiempo latente, que por fin iba a estallar, enmudecieron con ese recogimiento instintivo de los momentos en que se va a echar la suerte, y al mismo tiempo la idea de la hermana pasó por todos los pensamientos, como una última tentativa conciliadora a cumplir el encargo paterno: ¡Tú serás la paz y la concordia!

 

Entonces comprendieron a aquella hermana simple que había vivido como un ser insignificante e inútil y que, sin embargo, cumplía un noble destino de amor y de bondad, y fue así cómo vinieron a explicarse por qué ellos inconscientemente le habían profesado aquel respeto que los obligaba a esconder en su presencia las malas pasiones.

 

En un instante de honda vida interior, temerosos de lo que iba a suceder, sintieron que se les estremeció el fondo incontaminado del alma, y a un mismo tiempo se vieron las caras, asustándose de encontrarse solos.

 

Pero fue necesario hablar, y la palabra dinero violó el recogimiento de las almas. Rebulleron en sus asientos, como si se apercibieran para la defensa, y cada cual comenzó a exponer la opinión que debía prevalecer sobre el modo de efectuar el reparto de los bienes de la hermana y a disputarse la mejor porción.

 

La disputa fue creciendo, convirtiéndose en querella, rayando en pelea, y a poco se cruzaron los reproches, las invectivas, las injurias brutales, hasta que por fin los hombres, ciegos de ira y de codicia, saltaron de sus asientos, con el arma en la mano, desafiándose a muerte.

 

Las mujeres intercedían suplicantes, sin lograr aplacarlos, y entonces, en un súbito receso del clamor de aquellas voces descompuestas, todos oyeron indistintamente el sonido de una nota que salía del piano cerrado.

 

Volvieron a verse las caras y, sobrecogidos del temor a lo misterioso, guardaron las armas, así como antes escondían las torpes pasiones en presencia de Luisana: todos sintieron que ella había vuelto, anunciándose con aquel suave sonido, dulce, aunque destemplado, como su alma simple, pero buena.

 

Era la nota de Luisana, sobre cuya tecla se había quedado apoyado su dedo inerte, y que de pronto sonaba, como siempre, a destiempo.

 

Y Ester dijo, con las mismas palabras que tanto le oyera a la hermana, cuando en el silencio de la sala gemía aquella nota solitaria: ¡Oigan a Luisana!

 

FIN

 

La Revista, Venezuela, 1916

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA REBELIÓN

(1922)

 

 

 

- I -

Mano Carlos

 

 

Esto fue cuando Juan Lorenzo tenía cinco años.

 

Una noche, a las primeras horas, estaba él en las piernas de la madre, que le cantaba para dormirlo, cuando llegó un hombre a la puerta y dijo:

 

-Señora, dígale a Mano Carlos que aquí está Julián Camejo que viene a cumplile lo ofrecío.

 

Efigenia dejó al niño en la mecedora y entrando en el cuarto del marido se acercó a la hamaca donde él estaba y le dijo, con su voz de sierva sumisa que habla al amo que acaba de azotarla:

 

-Que ahí está Julián Camejo que viene a cumplirte lo ofrecido.

 

El hombre saltó de la hamaca y se precipitó fuera del cuarto a grandes pasos, a tiempo que desabrochaba la tirilla del revólver en la faja que llevaba siempre al cinto.

 

Efigenia comprendió entonces lo que iba a suceder pero no hizo nada por evitarlo, paralizada por el terror. Juan Lorenzo que estaba mancornado en la mecedora, se enderezó rápidamente cuando el padre atravesó el corredor, dirigiéndose a la calle.

 

Transcurrieron los instantes precisos para que el Comandante Carlos Gerónimo Figuera atravesara el zaguán; pero a Efigenia le parecieron infinitos, porque durante ellos   —8→   estallaron en su cerebro un tropel de pensamientos que, para sucederse unos a otros habían requerido largo espacio de tiempo. Esperando oír el disparo inevitable le pareció que dilataba tanto que se preguntó mentalmente: ¿Cuándo sonará?

 

Por fin oyó. Algo espantoso que no se borraría jamás de su memoria: un quejido estrangulado, corto, angustioso como un hipo mortal, y luego el ruido del portón contra el cual había caído algo muy pesado.

 

Mucho tiempo después Efigenia recordó que entonces había dicho ella, lentamente y a media voz: ¡ya lo mataron!; y que afuera, en la calle, en todo el pueblo, en el aire, había un silencio horrible.

 

Luego comenzaron a oírse voces de los vecinos agrupados en la puerta. Lamentaciones de mujeres que parecía que hablaban tapándose las bocas con las manos trémulas de espanto:

 

-¡Ave María Purísima! ¡Dios me salve el lugar!

 

Un hombre que decía:

 

-¡Lo sacó de pila!

 

Una voz autoritaria.

 

-No lo atoquen. Hasta que no venga el Juzgao no se pué levantá el cuerpo.

 

Voces lejanas:

 

-¡Cójanlo! ¡Cójanlo!

 

Poco después, Juan Lorenzo, que se había quedado inmóvil en su asiento del corredor, vio que unas mujeres abrían la entrepuerta para dar amplio paso a los que traían el cadáver del Comandante Figuera. Cautelosamente fue deslizándose en el asiento hasta alcanzar el suelo y sin quitar la vista de la puerta por donde iba a aparecer aquella cosa horrible. Luego echó a correr hacia donde estaba la madre.

 

 

 

- II -

La otra Efigenia

 

 

Han transcurrido unos días. Un viajero que viene de Caracas se detiene en la casa de Efigenia y habla con ella.

 

-Bueno, comadre. Yo cumplí su encargo. Pero francamente le digo que me ha pesao, porque aquellas señoras tías suyas, en cuanto no más les dije a lo que iba me saltaron encima, como unas macaureles. Y usté perdone la comparación.

 

A Juan Lorenzo le hizo mucha gracia y estuvo riendo largo rato.

 

-¡Como unas macaureles! ¡Ja, ja, ja!...

 

El hombre sonreía mirándolo tan regocijado.

 

-¡Ríete! Que ya vas a sabé tú pa qué naciste.

 

Efigenia sonreía también; pero su sonrisa era algo muerto sobre su rostro alelado. Luego dijo, sin haber recogido todavía aquella sonrisa que se le había quedado olvidada en la faz triste:

 

-¿Quiere decir que no están dispuestas a recibirme?

 

-Tanto como dispuestas no creo yo que puea decí; pero después que me tupieron con sus desahogos contra usté y contra el difunto mi compae, que en paz descanse, me dijeron que podía decirle a usté que qué se iba a hacé; que por lo visto ellas no tenían más misión en el mundo que estala recogiendo a usté y a lo que usté quisiera llevarles pa su casa. Porque sin yo estásela preguntando me soltaron toa la historia suya: que si su padre de usté se enredó con una mujer que no era igual a él y la tuvo a usté por trascorrales: que si un día se presentó caje de ellas con usté chiquita, porque se le había muerto la mujé y que ellas, como al fin y al cabo eran las hermanas d'el y les dio   —10→   lástima vela a uste desampará, la recibieron y la criaron como hija, pa que después usté y que les pagara too el cariño que le tuvieron saliéndose de la casa con el zambo Carlos Gerónimo. Asina mismo me lo dijeron.

 

Chupó el tabaco, haciéndolo girar entre los dedos y concluyó:

 

-Francamente, son bien espesas las señoritas esas.

 

A lo que respondió Efigenia:

 

-En el fondo no son malas.

 

-Ya ve, lo que es en eso ni quito ni pongo. Lo que hago es decile lo que me dijeron, sin ganale naa, pa que mañana no tenga usté que haceme cargos por no habele hablao con franqueza.

 

Guardó silencio. Efigenia lo miraba, con su mirada fija y distraída a la vez de persona ausente de la realidad exterior. Cohibido, el hombre bajó la suya y luego poniéndose de pies, dijo sin ver la cara a Efigenia con la áspera voz enternecida:

 

-¿Quiere decí que usté está dispuesta a dirse pa Caracas?

 

-¿Qué voy a hacer?

 

-Bueno. Que le resulte bien, comae. Yo sentiré mucho perderla de vista, porque la noche del velorio se lo juré al difunto que no la abandonaría a usté y al muchacho; pero no es de mi incumbencia atravesame en su voluntá. Y naa más tengo que decile, sino que si, en una comparación, alguna vez necesita usté de mí no tiene sino que llamame.

 

Y ya en la puerta despidiéndose:

 

-El mes que viene tengo viaje pa Caracas. Como usté y el chavalo no pueen hacé el viaje a caballo, si usté quiere dirse conmigo, yo le hago prepará una de las carretas pa que vaya más cómoda.

 

-Si usted quiere también hacerme ese favor.

 

-Es mi deber. Naa tiene que agradecerme.

 

Desde aquel día Juan Lorenzo, ajeno al sufrimiento   —11→   perennemente pintado en el rostro de la madre, no hace sino anhelar por el viaje a la capital y ríe sabrosamente cuando piensa que va a conocer a las macaureles, que sólo de este modo llamaba ya a las tías de su madre.

 

Por fin llegó el día de la partida. En una lluviosa madrugada salió de Villa de Cura el convoy de carretas de Ramón Fuentes, que hacían el tráfico entre los pueblos más próximos del llano y Caracas. Iban cargados de quesos y de cueros de ganado, menos una en la cual, bajo un toldo formado con el encerado y sobre colchones que amortiguaban los batacazos, se colocaron Efigenia y su hijo.

 

Estuvo lloviznando casi toda la mañana. La marcha era lenta y trabajosa. Los carreteros corrían continuamente a lo largo del convoy acudiendo a sacar las carretas de los atolladeros o a ayudar a las mulas a repechar las cuestas resbaladizas. El tintineo de los arneses, el traqueteo de las ruedas en los baches, el perenne caer de la llovizna lenta y menuda; el dejo melancólico de los cantos de la tierra, a ratos en boca de los carreteros, aumentaban la monotonía del camino. A mediodía levantó el tiempo y roto el brumoso velo de la llovizna lució el verde tierno de los sembrados y el suave azul de los montes lejanos. Luego comenzó a calentar el sol con lo cual se hizo más fuerte la pestilencia de los cueros que iban en las carretas.

 

Bajo el toldo de la última del convoy, caliente como un horno, Efigenia y Juan Lorenzo, molidos por el traqueteo de la marcha, entontecidos por la modorra, guardaban silencio. En pos de ellos iba Ramón Fuentes, en un macho rucio. Durante las primeras horas del viaje había ido hablando con Efigenia cosas de su negocio, cosas del camino; pero ahora callaba también, bajo el peso del mediodía. De pronto dijo, dando curso a sus pensamientos:

 

-Comadre. ¿Y cuando Julián Camejo llegó preguntando por el compadre, usté no cayó en malicia?

 

-No.

 

-¡Caramba! ¿Y usté no sabía que ellos tenían un pique Viejo?

 

-Yo nunca supe nada de las cosas de Carlos Gerónimo.

 

-Sí. Ellos tenían un pique desde cuando Mano Carlos fue Jefe Civil de la Villa. Parece que el Julián Camejo ese tenía una mujecita y el compadre se la enamoró.

 

Y después de una pausa:

 

-¡Caramba! Si usté cuando vio que Mano Carlos salió acomodándose el revólver, se le atraviesa y no lo deja salir quizá se evita la desgracia.

 

Efigenia lo miró largo espacio y al cabo murmuró:

 

-Ya no era tiempo.

 

Nuevo silencio. Ramón Fuentes no se explicaba cómo Efigenia podía hablar de aquello con tanta impasibilidad.

 

-¡Caramba! No me explico yo como un zoquete como Julián Camejo haya podido pegase al compadre. ¡Un hombre como Mano Carlos, tan defenso! ¡Ah, hombre macho y faculto que era el compadre! ¡Y pa que vea! Vino a pegáselo un zoquete que era la sopa de too el mundo en La Villa.

 

Efigenia oyó aquel bárbaro panegírico del marido como si se tratase de persona extraña. ¡Estaba tan distante de participar, ni aún de comprender aquella admiración del carretero!

 

Y sin embargo, aquel hombre de quien se trataba había sido su compañero durante seis años, y, lo que era todavía más absurdo: ¡había sido el amor de su corazón, la ilusión de su vida, durante algún tiempo! ¿Dónde había estado ella, la verdadera Efigenia, durante todo ese tiempo? ¿Quién había reemplazado a la ausente, a la verdadera Efigenia, a la que se crió en la casa de las tías Cedeño, en Caracas, que tocaba al piano, por fantasía, la Serenata de Schubert y cantaba con verdadero sentimiento romántico aquello de «Volverán las obscuras golondrinas», de Bécquer? ¿Cómo era posible que fuesen la misma persona aquella muchacha sentimental de antes y esta mujer embrutecida que venía ahora de La Villa,   —13→   entre carreteros, en una carreta, con un hijo tenido de su unión con el zambo Carlos Gerónimo Figuera, hombre rudo y brutal a quien asesinaron de un lanzazo en la puerta de su casa por haberle quitado la mujerzuela a otro?

 

Entretanto Juan Lorenzo ha estado oyendo la conversación; pero aunque sabe perfectamente de qué se trata tampoco se da cuenta cabal de la situación. La muerte de su padre lo impresionó por su aparato trágico, pero luego se convirtió para él en un hecho tan sencillo o tan sorprendente como son para los niños todos los hechos. En realidad para él nada había cambiado en la vida: antes había en su casa un hombre que llenaba el ámbito con sus interjecciones groseras y en las horas de buen humor se las enseñaba a proferir a él; ahora ya no estaba, pero para él las cosas esenciales seguían como antes: su pensamiento incansable, el espectáculo del mundo siempre atrayente, su pequeño cuerpo ávido de correr, de saltar, su risa siempre dispuesta a derramarse en carcajadas... y allá, en el término de aquel viaje que por más aburrido que fuera nunca llegaría a fastidiarlo, una perspectiva nueva: Caracas, y en ella una cosa sumamente divertida: las tías Cedeño, ¡bravas como macaureles! ¡Ya tenía maquinadas una buena porción de travesuras para hacerlas rabiar!

 

Al atardecer el convoy se detuvo en una ranchería del camino. Ramón Fuentes se ocupó en preparar cómodo alojamiento para Efigenia; los carreteros despegaron las bestias y luego acudieron al trago en la pulpería dejando a la orilla del camino la hilera de carretas cargadas. Efigenia se embelesó en la contemplación del plácido crepúsculo que doraba la jugosa campiña aragüeña.

 

Entretanto Juan Lorenzo andaba por los corrales, conversando con unos arrieros que lo conocían. Cacareaban las gallinas subiéndose a las ramas de un totumo; un arreo de burros se abrevaba plácidamente en torno al estanque; las mulas de Ramón Fuentes se refocilaban en el revolcadero;   —14→   el acre olor del estiércol saturaba el aire; cortando malojo en los pesebres unos arrieros cantaban un corrido aragüeño.

 

Tal espectáculo removía dentro del alma de Juan Lorenzo oscuras afinidades, burdos anhelos de la sangre plebeya. Para expresarlos fue en busca de Efigenia y le dijo:

 

-Mamá. Cuando yo esté grande voy a ser arriero. ¿Sabes?

 

-Véalo, pues -dijo Ramón Fuentes- cómo desde chiquito tiene inclinación al trabajo. ¡Eso está bueno!

 

Contemplando la estrella de la tarde Efigenia, la otra Efigenia, la que cantaba antes la Serenata de Schubert, le pidió a Dios que no se realizara el deseo del niño.

 

 

 

 

- III -

Las macaureles

 

 

Las Cedeño estaban en la ventana de su casa de la calle de San Juan cuando vieron detenerse frente a la puerta el convoy de carretas de Ramón Fuentes, en la última de las cuales venía Efigenia, bajo el aparatoso toldo que llamó la atención del vecindario.

 

Reconocer a la sobrina y cerrar la ventana, con gran estrépito y demostración de desagrado, todo fue uno. Antonia, la mayor de las dos solteronas, con las venas del cuello ingurgitadas, decía ahogándose mientras se alisaba el cabello, que parecía que se lo hubiera despeinado el viento de la cólera que respiraba:

 

-¡Esto es el colmo! ¡Presentarse en una carreta, en una cuadra como ésta!

 

-¡Y a la hora en que todo el vecindario está en las ventanas! -agregó Mercedes, completando el pensamiento de la hermana, a tiempo que revisaba apresuradamente el orden   y limpieza de la sala, como si preparase recibimiento a persona de categoría.

 

Entretanto Ramón Fuentes decíale a Juan Lorenzo al bajarlo de la carreta:

 

-Ahora es que te quiero, ahijado. Prepara las nalgas que ya vas a sabé lo que es bueno.

 

Cosa extraña, Juan Lorenzo se había puesto muy serio, tal vez a causa de lo mucho que le había recomendado la madre que no fuera a reírse de las tías, y parecía emocionado.

 

En cuanto a Efigenia, no podría asegurarse lo que pasaba en su alma, porque su rostro conservaba puesta aquella máscara de impasibilidad que le daba un aire de total embrutecimiento. Con la mayor naturalidad penetró en la casa, como si volviese a ella al cabo de una corta visita al vecindario.

 

Pero cuando vio el patio familiar, fresco y penumbroso, con los viejos granados floridos, los ladrillos cubiertos de musgo, y en los tiestos de barro esparcidos por el suelo las macetas de novios del humilde jardín de la tía Mercedes, todo tal como estaba cuando ella abandonó la casa, la madrugada de aquel funesto día remoto para irse con el Comandante Figuera, dilató los ojos dolorosamente, como si fuese a echarse a llorar, y cuando llegó al umbral de la entrepuerta su corazón palpitaba con violencia esperando el asalto de las tías.

 

Pero las Cedeño no estaban en el corredor. Dominado el golpe de emoción, Efigenia tocó la puerta como una extraña. Nadie le respondió. La casa parecía sola, las puertas de los dormitorios estaban cerradas y no se apercibía un rumor.

 

Ramón Fuentes acudió:

 

-A ver, comadre, déjeme tocá a mí, pa que vea si lo que hace falta en esta casa es mano de hombre.

 

Y golpeó tres veces la puerta con los recios nudillos de sus dedos de carretero. El silencio de la casa retumbó y oyose adentro la voz de Antonia Cedeño:

 

-Están tumbando la casa. ¡Que escándalo!

 

A tiempo que aparecía en el corredor, poniéndose los espejuelos para preguntar:

 

-¿Qué se les ofrece?

 

-Gente de paz -respondió Efigenia-. Soy yo.

 

Y Antonia, con un olímpico desdén:

 

-¡Ah! Eres tú. Pasa para adentro.

 

Detrás de Antonia acababa de aparecer Mercedes. Parecía muy ocupada en arreglarse una boa de plumas engrifadas que llevaba al cuello, aunque en realidad lo hacía para no ver a los recién llegados.

 

Juan Lorenzo, pegado a las faldas de la madre, pasaba y repasaba sus miradas de una a otra de las Cedeño. Y observó que Antonia tenía cara de pájaro picudo coronada de un copete de cabellos revueltos y mal teñidos, y que a Mercedes le acontecía más o menos lo mismo en cuanto al cabello, pero tenía más tersa y suave la piel de la cara y un aire más dulce en la fisonomía. Pero lo que estuvo a punto de desbordar su contenido deseo de reírse de las tías fue el haber descubierto la cantidad de venas que se marcaban, gordas y tensas en el pescuezo de Antonia. Seguramente era por aquello que su padrino decía que se parecían a unas macaureles, porque, en efecto, aquel pescuezo era un haz de culebritas paradas.

 

Mientras él estaba en esto, Mercedes había iniciado la conversación, preguntándole a Efigenia, por decir algo:

 

-¿Y tú viniste desde La Villa en esa carreta?

 

A lo que respondió Antonia, antes que lo hiciera la interpelada, con un tono sarcástico verdaderamente inaguantable:

 

-¡Guá! ¿Y por qué te extraña, niña? ¡Es una carreta muy bonita y muy limpia, con su toldo muy gracioso! ¿No te has fijado? Es un lujo. Hasta tiene unas ramas de sauce que la adornan mucho.

 

Ramón Fuentes intervino, porque ya no podía contenerse:

  

-De sauce no, señorita; de lecherito. Usté como que no conoce las matas.

 

-¡Ah! ¿Tú ves, Mercedes? De lecherito. Son de lecherito las ramas ésas.

 

Plantándose de un modo que parecía que ahora pesaban más sobre el suelo, con las piernas separadas y flexando las rodillas, Ramón Fuentes buscaba pelea, dispuesto a no quedarse con aquellas puyas:

 

-Sí, señor. De lecherito.

 

Efigenia oía el diálogo, inmóvil en medio del corredor y sin que un gesto se dibujase en su máscara trágica. Más que nunca parecía el cuerpo vacío de una persona ausente.

 

Mercedes Cedeño fingía estar muy interesada en quitarle algo que tuvieran las hojas de una mata de novios; pero se llevaba las manos a los ojos muy a menudo.

 

-Bueno, comadre -dijo por fin Ramón Fuentes-. Ya yo cumplí mi misión. Le digo adiós. Quizá no nos volvamos a vé más.

 

La abrazó campechano sin verla a la cara, dio unas palmadas en las mejillas de Juan Lorenzo, mientras sacaba de la faja del cinto unas monedas que puso en las manos del ahijado diciéndole:

 

-Tome pa que tenga pa sus dulces.

 

Y tomó la salida soltando a las Cedeño un áspero:

 

-Buenas tardes.

 

-Que lo pase usted bien -respondió Antonia con afectada cortesía.

 

Entretanto Efigenia le decía al hijo:

 

-Pídele la bendición a tu padrino.

 

-Que Dios lo bendiga -contestó Ramón Fuentes desde el zaguán.

 

Y ya en la calle:

 

-Y lo saque con bien.

 

Juan Lorenzo seguía observando a las tías y como reparase que a Antonia se le estaban poniendo más gordas y tensas las venas del cuello, se dijo mentalmente:

 

  —18→  

-¡Concho! ¡Mírale las culebritas!

 

Y estuvo a punto de soltar la carcajada.

 

Pero algo inesperado y sorprendente acababa de suceder. Las Cedeño rompieron a llorar simultáneamente y se precipitaron en los brazos de Efigenia que por fin lloraba también.

 

Luego sonándose, Antonia dijo, con una voz nueva en ella, mientras se llevaba a Efigenia hacia adentro, todavía abrazada:

 

-¡Muchacha! ¡Tú no sabes lo que nos has hecho sufrir!

 

Mercedes cargó con Juan Lorenzo y se lo llevó al comedor comiéndoselo a besos:

 

-¿Quieres comerte un bizcochito?

 

Juan Lorenzo se dejaba besuquear dócilmente. Aquello no era lo que él esperaba de las tías. ¿Por qué habría dicho su padrino que eran bravas como macaureles?

 

 

 

- IV -

Quesadillas de las Cedeño

 

 

Ha pasado esa hora viva y profunda en la cual toda alma da la suma entera de su bondad esencial en una acción, en una palabra, en un gesto. Las Cedeño vivieron esa hora cuando se arrojaron en los brazos de la infeliz Efigenia olvidando lo pasado y poniendo por encima de los prejuicios que les endurecían los corazones un noble y generoso sentimiento humano. Ahora rueda la turbia corriente de las horas muertas, en las cuales el alma yace sepultada bajo esa corteza que forma la vida y que se llama el carácter.

 

Pasaron los días de llantos y ternuras. Efigenia ha contado parte de sus tristezas, pero se adivina que no ha querido volcar completamente todo su doloroso secreto conyugal   —19→   y por más que las tías la han acosado con sus preguntas, todavía lo guarda, con un noble pudor, en el fondo del hermético corazón dolorido.

 

Esto aviva la curiosidad de las Cedeño. A menudo se las hubiera podido oír, cuchicheando entre sí acerca de lo que ellas se imaginaban que haría con Efigenia aquel bárbaro Comandante Figuera, siendo tan firme la convicción que fundaban en sus gratuitas hipótesis, que cuando a una se le ocurría decir:

 

-A mí nadie me quita de la cabeza que cuando el demonio ese salía a sus fechorías en la calle le metía a Efigenia el moño entre las hojas del escaparate y se llevaba la llave, para que no pudiera moverse mientras él estuviera afuera.

 

La otra comentaba, como de cosa perfectamente averiguada:

 

-¿De veras, niña? ¡Lo mismo que el viejo Guzmán!

 

Y cuando hubieron inventado una buena porción de estas especies quedáronse satisfechas como si ya conocieran el íntimo secreto de Efigenia.

 

Por su parte, las Cedeño, tampoco han referido a la sobrina muchas novedades.

 

-Nosotras, lo mismo que siempre. Llevando nuestra vida que es muy tranquila, y, a Dios gracias, no tiene capítulos feos.

 

Y Antonia Cedeño, revistiéndose de fiera majestad, reforzaba el pensamiento insidioso de Mercedes:

 

-Eso sí, tendremos que agradecerle siempre a la Divina Providencia: nos moriremos sin dejar una historia.

 

Y miraba de soslayo a Efigenia para cerciorarse del efecto que le produjeran sus palabras.

 

Pero Efigenia no se daba por aludida y permanecía en su actitud enigmática, mirándolas serenamente, con aquellos ojos que habían presenciado el horror indecible.

 

Sin embargo, las Cedeño tenían también su misterio: un misterio de orden económico que administraba Antonia. Sin   —20→   haber abundancia de nada, en aquella casa de mujeres solas no se sufrían privaciones mayores. El diario amanecía todos los días en poder de Antonia; pero no se veía por dónde entraba a la casa aquel dinero tan oportuno, que nunca faltaba ni sobraba. Si alguien hubiese intentado averiguarlo, Antonia Cedeño habría respondido, echando a andar, como para evitar preguntas indiscretas:

 

-Ésos son unos realitos que me quedaban por ahí.

 

Y siempre le quedaban precisamente los del día siguiente.

 

Había de ser Juan Lorenzo quien descubriera que con este misterio administrativo tenían relación las visitas que, entre semanas, hacía aquel señor Noguera que, siempre cerrado de negro, de paltó-levita y pumpá, se presentaba con pasos menuditos y en llegando al corredor, de ordinario solo, tocaba con el bastón en la mesa y decía:

 

-Por aquí estoy yo, doña Antonia.

 

Antonia -nunca era Mercedes quien lo recibía- dejaba lo que estuviera haciendo, se alisaba el pelo, cambiaba los espejuelos de diario que tenían aros de alambre, por los que lo tenían de oro, y hacía pasar al señor Noguera a la sala. Allí estaban largo rato hablando paso de manera que ni detrás de la puerta se podía descubrir lo que se decían, al cabo de lo cual salía el señor Noguera diciendo, invariablemente:

 

-Despídame de Mercedita y de la muchacha.

 

Al oírlo por primera vez después de su regreso a la casa, Efigenia pensó que durante seis años el señor Noguera había tenido que suprimir en su despedida aquellas palabras que se referían a ella: y la muchacha. ¡Y esto le pareció tan doloroso! No por ella, sino por el señor Noguera, a quien tal cambio debió hacerlo sufrir mucho, pues era una de esas personas inmutables a quienes no se puede concebir sino como son y repitiendo toda la vida unas mismas palabras y unos mismos gestos.

 

Ahora el señor Noguera se había visto obligado a agregar   —21→   unas palabras más en su despedida; pero para no modificar su costumbre las añadía cuando ya estaba en la puerta, poniéndose el pumpá:

 

-¿Y el trivilín? ¿Muy travieso?

 

-¡Insoportable!

 

Acto seguido aparecía Mercedes, porque se trataba de Juan Lorenzo y éste era su debilidad:

 

-¡De comérselo crudo! ¿Sabe usted lo que se le ocurrió ayer a esa criatura? -Y contaba la última travesura del muchacho.

 

El señor Noguera se desmigajaba suavemente de risa.

 

-¡Ji, ji, ji! Vaya, pues, ya tienen ustedes con qué divertirse. Dénmele un coscorroncito de mi parte.

 

Y el señor Noguera se iba.

 

Pero llegó un sábado -era su día habitual- y el señor Noguera no apareció en la casa de las Cedeño. Tres días después Juan Lorenzo vio que las tías se vestían de negro para salir y notó que Antonia tenía los ojos encarnizados.

 

Cuando ellas salieron preguntó a la madre:

 

-¿Para dónde van?

 

-¿No sabes? El señor Noguera se murió. Van para el entierro.

 

Juan Lorenzo permaneció un momento reflexionando y al cabo dijo:

 

-¿Y ahora quién va a traer los churupos?

 

-¿Qué es eso? ¿Qué estás diciendo?

 

-¡Guá! ¿Tú no sabes? Los churupos de la comida. El señor Noguera era el que los traía.

 

-Qué sabes tú. No hables tantos disparates.

 

-¿Que no? Yo lo vi un día. Me asomé por el agujerito de la llave y vi que él le daba a mi tía Antonia un paquetico de riales.

 

En los días siguientes flotó en el aire de la casa de las Cedeño una sombra de singular tristeza. Parecía que faltaba   —22→   algo esencial, sin lo cual no era posible la existencia, como si el señor Noguera hubiera pasado allí todos los días de la suya, ocupando un amplio espacio, desempeñando una importante función.

 

A menudo decía Antonia, enjugándose una lágrima tenaz:

 

-¡Dónde volveré a encontrar otro señor Noguera!

 

Y Mercedes se entregaba a una inquietante actividad que tenía interesado a Juan Lorenzo. Abría baúles que siempre estuvieron cerrados, sacaba objetos nunca vistos por él: cucharillas de plata, pertenecientes a una fantástica vajilla que, según ella contaba, figuró en el banquete que un vago antepasado de ella dio en obsequio del General Boves, el año catorce, un cofrecito lleno de corales y azabaches, trozos de prendas viejas, hasta un pañolón de seda negra con grandes y descoloridas ramazones bordadas, que era precisamente el mismo que lucía en los hombros la abuela materna de las Cedeño, en el retrato que estaba en la sala.

 

Exhumando aquellos objetos que tenían historias, Mercedes hacía largas incursiones por el pasado brillante de las Cedeño para que Juan Lorenzo fuera conociendo los anales de la familia, que un tiempo fuera de las más mantuanas de Caracas.

 

Juan Lorenzo, con ambas manitas entrelazadas y metidas entre las rodillas, la escuchaba embobado, mientras la traviesa imaginación se le iba tras las sombras de los fantásticos abuelos de los cuentos de Mercedes, que tenían sangre azul en las venas, cosa que le parecía sumamente divertida, y dejaron enterradas botijuelas repletas de onzas de oro, cosa que lo hacía olvidarse de que la tía Mercedes era muy embustera.

 

Por su parte Efigenia, dándose cuenta de que aquel continuo rebuscar de Mercedes en los baúles objetos de algún valor era el anuncio de malos tiempos que habían de venir, se entregó también a la misma inquietante actividad.   —23→   Una vez se presentó en el cuarto donde estaba la tía Antonia revolviendo un fajo de papeles, y le dijo mostrándole un collar de oro, grueso y pesado, que era el único regalo que le había hecho el Comandante Figuera:

 

-Madrina, aquí tengo yo esto que debe valer algo y no me sirve a mí para nada. Disponga de él.

 

-No, hija. Guarda tus cositas. Todavía no hay gran necesidad; por ahí me quedan unos realitos. Aquí estoy jurungando estos papeles a ver qué es lo que se puede cobrar. Yo tenía unos centavitos de mis ahorros y el señor Noguera me aconsejó que los pusiera a premio. Él mismo hacía las evoluciones y con el producto de eso es que hemos ido viviendo hasta ahora. ¡Imagínate la falta que nos irá a hacer el señor Noguera!

 

Efigenia tuvo una idea:

 

-Y por qué no buscamos, madrina, algún trabajo que podamos hacer en la casa. Yo sé coser de sastre y eso lo pagan bien.

 

-No, hijita. ¡Trabajar tú! ¡Y con lo delicada que andas siempre!

 

Mercedes acudió providencial. Las quesadillas que ella hacía cuando necesitaba dar una cuelga tenían fama de ser las mejores de Caracas. Ya una amiga del vecindario le había insinuado la idea de hacerlas para la venta.

 

Antonia rechazó orgullosa. ¡Las Cedeño haciendo quesadillas! ¡Ella sabía ser pobre sin perder la dignidad!

 

-¡Cuándo! ¡Ni por un pienso!

 

Mercedes dijo que ella conocía muchas familias muy decentes y de lo principal que vivían de hacer hallacas para la venta y afirmó que no encontraba diferencia entre una hallaca y una quesadilla; pero todo fue inútil: Antonia no convenía en que anduviera rodando por las calles su apellido, que era de los pocos apellidos respetables que quedaban en Caracas.

 

-¡Imagínense! ¡Que vayan a saber las Perales, esa   —24→   gentuza de aquí al lado que nosotras estamos haciendo granjerías! ¡Cómo se reirían de nosotras que no hemos querido hacerles la visita de vecinas, para no enguachafitarnos! ¡No, no! ¡Déjense de eso!

 

Pero transcurrieron unos días, se fueron mermando los realitos que le quedaban por ahí y la perspectiva de amanecer un día sin el diario le quebrantó el orgullo. No obstante, como ella no daba nunca el brazo a torcer, esperó a que Mercedes insistiese en lo de las quesadillas, dispuesta -¡qué iba a hacer!- a dejarse convencer de que no era deshonroso aquel trabajo.

 

Insistió Mercedes. Antonia se defendió débilmente. Efigenia adujo razones muy sensatas y el punto previo quedó resuelto: Nada de particular tenía que se ganaran la vida haciendo granjerías.

 

-¿Y ustedes creen que eso dé para vivir?

 

-Por lo menos para ayudarnos.

 

-Pero ¿quién las saca a vender?

 

-Juan Lorenzo.

 

-¡Pobrecito! -dijo Antonia pasando la mano por los cabellos del niño-. Quién iba a decirte que la muerte del señor Noguera...

 

Pero se enterneció hasta el extremo de no poder continuar la frase.

 

Mercedes completó el pensamiento trunco:

 

-Ahora va a ser él el hombre de la casa.

 

Y quedó decidido que desde el día siguiente comenzarían a hacer quesadillas que Juan Lorenzo sacaría a la venta.

 

Éste acogió el proyecto con muestras de entusiasmo y prometió que iba a vender una cantidad fabulosa de quesadillas. En la noche, al dormirse, soñó que iba por unas calles nunca vistas, muy largas y muy anchas, gritando su mercancía, con un canto muy bonito, parecido al que entonaba aquel muchacho que pasaba al oscurecer por la calle de San Juan pregonando pandehorno, abizcochado, caliente.   —25→   Un canto de notas largas y melancólicas que le recordaba también el cantar de los llaneros que pasaban por La Villa con puntas de ganado.

 

Al día siguiente, después del almuerzo, le puso Mercedes en las manos un platón colmado de doradas y olorosas quesadillas.

 

-Ya sabes -le dijo mientras le abrochaba el saco para que no se pareciera a los muchachos del pueblo y establecer con la compostura del traje la conveniente distinción de rango social-. Ya sabes. No te vayas muy lejos. Coges por la acera de enfrente y caminas hasta la esquina de Los Angelitos; de allí te devuelves por esta acera. No se te ocurra cruzar en las esquinas porque te pierdes.

 

Y Efigenia:

 

-Mucho fundamento, Juan Lorenzo. Ten cuidado con el platón, no lo vayas a tumbar.

 

Y Antonia:

 

-Oye una cosa. No entres a las casas de esta cuadra, porque en todas te conocen y van a descubrir que son de aquí las quesadillas. Ya lo sabes. Y cuidado como se te ocurre decir en alguna parte que las hacemos nosotras.

 

Juan Lorenzo sentía palpitar con violencia su pequeño corazón. Era un momento decisivo de su vida y él lo vivía con la honda emoción de su trascendencia.

 

Todavía Antonia lo amonestaba, a punto de arrepentirse de haber convenido en aquella vergüenza:

 

-Óyeme bien. Casa de las Perales, aquí al lado, no entres ni que te llamen.

 

-¡Sí, hombre! ¡Yo sé! ¡Hasta cuándo!

 

Por fin se vio libre del asedio de las mujeres y salió a la calle. Todo cuanto le habían recomendado se le olvidó. Tomó una dirección que no era la que le había dado la tía Mercedes y en el primer portón que encontró, -¡en el de las Perales!- pegó un grito:

 

  —26→  

-¡Quesadillas de las Cedeño!

 

Las Cedeños lo oyeron claramente y les pareció que el mundo se les venía encima.

 

 

 

 

- V -

El escultor invisible

 

 

-¡Pónganle preparo a su muchachito!

 

Era la queja perenne en la puerta de las Cedeño, en la boca de todos los chicos que para vengarse de las maldades que les hacía Juan Lorenzo corrían detrás de él, y cuando no lograban alcanzarlo, porque se metía veloz en la casa, pegaban en la puerta aquel grito para que la familia lo castigase.

 

-Juan Lorenzo. Vente para acá. ¿No te he dicho que no te metas con los muchachos de la calle?

 

-Esos son embustes, mamá. Yo estoy aquí muy tranquilo.

 

Efectivamente, cuando lo decía estaba muy quieto y fundamentoso, haciendo como si leyera en un libro que encontrara en la mesa del corredor, o como si contemplara las matas de novia de la tía Mercedes.

 

Ésta, riéndole la travesura, acudía siempre en su defensa:

 

-Es verdad, niña. Él está aquí muy tranquilito.

 

Y luego a Juan Lorenzo, bajando la voz:

 

-¿Qué le hiciste, mandinga?

 

-Que le metí una zancadilla, porque me estaba trabajando y lo tumbé patas arriba.

 

-¡Ah, diablito!

 

Pero cuando no estaba Mercedes por allí y era Antonia la que intervenía, el diablillo las pasaba amargas.

 

-¡Sí! ¡Muy tranquilo que estás, grandísimo hipócrita! Siéntate aquí en mi cuarto y ponte a leer.

 

Y lo hacía sentarse al lado suyo, en el dormitorio donde ella pasaba horas enteras, revisando una y mil veces los vales y pagarés que le otorgaron las personas a quienes, ahora ella prestaba dinero directamente y con mayores ganancias que las que obtenía cuando era el señor Noguera el intermediario.

 

Entretanto Juan Lorenzo, sometido a la tortura del Mantilla, bostezaba y desperezábase, sintiendo picazones en todo el cuerpo desde las primeras líneas. Para vengarse de la tía interrumpía a menudo la lectura verdadera y comenzaba a silabear, como si le costase trabajo leer la palabra que no estaba en el libro:

 

-U-na ma-cau-rel. ¡Una macaurel!

 

-¿Dónde dice eso? -inquiría Antonia severamente, intrigada ya por aquellas macaureles que a cada página estaba viendo Juan Lorenzo; en tanto que Efigenia, que estaba en el secreto de la ocurrencia, soltaba la risa tapándose la boca para que no la oyese la tía y cayese en la bellaquería del muchacho.

 

Éste leía unas líneas más y de repente preguntaba, invariablemente:

 

-¿Y hoy no voy a sacar las quesadillas?

 

-¡Eso sí te gusta a ti, vagabundito! Para estar en la calle reunido con todos los percucios, aprendiendo picardías.

 

En efecto, Juan Lorenzo había hecho rápidos progresos en la materia. Conocía ya todos los juegos plebeyos, de lo cual daban fe metras, chapas, botones y barajitas de cigarrillos que llenaban sus faltriqueras. Y había adquirido un extenso y procaz repertorio de refranes y calembures, que escandalizaban a las mujeres de su casa, especialmente a Efigenia, que veía con horror casi supersticioso, cómo estaban apareciendo en su hijo, bajo la acción del ejemplo callejero, los mismos modales groseros del padre.

 

Un día llegó a la puerta un muchacho preguntando por Juan Lorenzo:

 

-¿Qué está Mano Juan?

 

En la conciencia de Efigenia se produjo una aberración inquietante. Aquel momento presente había sido vivido por ella hacía mucho tiempo. Y hasta las mismas palabras con que respondió: -«No, él salió desde esta mañana»- aunque eran sencillas y apropiadas a las circunstancias actuales le parecieron que estaban ya pronunciadas en su vida.

 

En efecto, era el pasado que volvía. Al día siguiente de haberse instalado en La Villa, en la casa del Comandante Carlos Gerónimo Figuera, su marido, había llegado Ramón Fuentes preguntando:

 

-¿Aquí está Mano Carlos?

 

Y ella había respondido: -No. Él salió desde esta mañana.

 

La coincidencia no tenía nada de misteriosa, salvo el que los amiguitos de Juan Lorenzo, casi todos de la granujería de la Cañada de Luzón, por llamarlo hermano le dijesen Mano Juan: como al Comandante Figuera decían Mano Carlos los suyos; pero sí era extraño que fuese ahora cuando ella venía a darse cuenta cabal de lo que pasó por su espíritu cuando oyó llamar de ese modo a su marido.

 

En realidad, desde aquel momento comenzó a comprender qué clase de hombre era aquel a quien ella se había entregado; pero entonces estaba bajo la misteriosa acción de aquella fuerza que le enajenara totalmente la voluntad desde el día en que, estando ella de visita en casa de unas amigas de El Empedrado, le acompañó en la guitarra una canción a Carlos Gerónimo Figuera que se hallaba también allí.

 

Ahora recomenzaba la historia. ¡Ya su hijo era también Mano Juan! ¡Y cómo iban apareciendo, día a día, en la faz del niño, los rasgos paternos, reveladores del alma burda y brutal! ¡Ya ella había experimentado vagas zozobras desde que empezó a darse cuenta de que, sobre el rostro del niño estaba trabajando un escultor invisible para reconstruir la obra destruida por el puñal de Julián Camejo!

La noche de aquel día, cuando desnudaba a Juan Lorenzo para que se acostara, le preguntó tímidamente:

 

-¿Por qué dejas que te llamen Mano Juan?

 

-¡Guá! Me dicen así por cariño.

 

-¿Y es que te quieren mucho esos muchachos?

 

-Sí. Pero es porque yo les tengo a monte a todos.

 

-¿Qué quieres decir con eso? Tienes unas maneras de hablar que no me gustan.

 

-¡Guá! Eso quiere decir que les mando grueso. ¿Tú crees que si yo no fuera así con ellos, me querrían? Harían su sopa conmigo.

 

-¿Y por qué no buscas otros amiguitos? Hay por aquí muchos niñitos decentes que te querrían sin que tuvieras necesidad de ser malo con ellos.

 

-¿Los patiquines? ¡Hum! Ésos no sirven pa ná.

 

Efigenia pensó con dolor: «¡Lo mismo que su padre!».

 

Y le pareció que era inútil insistir en arrancarle aquellos sentimientos plebeyos que estaban ya tan profundamente arraigados. Por otra parte, no se atrevía tampoco a hacerlo, asaltado de pronto su ánimo por el temor supersticioso a la presencia invisible del Comandante Figuera, redivivo en las palabras del hijo.

 

Y mientras éste dormía, siguió cavilando ella: nada de su ser había puesto para formar el del hijo. Sólo la sangre paterna estaba ejecutando la obra.

 

Y no podía ser de otro modo -pensaba- si cuando ella lo llevaba en sus entrañas no era propiamente una persona, sino un cuerpo vacío en el cual el alma -totalmente abolida la voluntad- era tan inútil como una luz que se queda olvidada en una sala cerrada y sola. ¿No había renunciado ella a sus derechos más legítimos sobre el hijo que iba a nacerle, puesto que había aceptado, sin protestar, que fuese su marido quien dispusiese de él, como si fuera suyo solamente, para escoger el nombre que había de llevar, la educación que se le daría y hasta el oficio a que se dedicaría?   —30→   ¡Natural era pues que Juan Lorenzo no tuviese nada de ella, ni un rasgo en la fisonomía, ni un sentimiento delicado en el alma!

 

Y pensando así Efigenia tuvo, por la primera vez en su vida, la clara noción de su responsabilidad respecto al destino del hijo.

 

Mercedes Cedeño se acercó a ella y púsose a contemplar la cara de Juan Lorenzo.

 

-¡Qué cosa más rara! -dijo-. ¿Tú no te has fijado en que este niño tiene dos caras? Una cuando está despierto: cara de malo; otra cuando está dormido. Entonces se parece mucho a ti. Fíjate. Es tu vivo retrato cuando estabas pequeña.

 

Una amplia ola de ternura maternal llenó el corazón de Efigenia. Agradeció las palabras de la tía que tan sabroso y oportuno consuelo habían venido a darle y bendijo los ojos que habían sabido verla a ella en la faz dulce y plácida del niño dormido.

 

 

VI

Mano Juan

 

 

El escultor invisible que tallaba en el alma del niño los duros rasgos paternos ha concluido ya su obra. Juan Lorenzo es ahora un muchacho fornido, malencarado, de trato áspero y violento. Las riñas callejeras le han endurecido hasta volverlo cruel; las costumbres plebeyas lo han convertido en una criatura desagradable ante quien su madre ha terminado por adoptar la misma actitud medrosa que observaba con el Comandante Figuera; le apuntaba el bozo, está mudando la voz y ya tiene en el gesto desfachatado y en las maliciosas miradas la marca ruin de los torpes apetitos, de los vicios precoces.

 

A pesar de las reprimendas de Antonia Cedeño -única   —31→   que se atreve a encarársele-, ha adquirido una fiera independencia y se pasa todo el día en la calle. Ya no es útil para nada y sólo ocasiona disgustos y sobresaltos a la familia: varias veces ha estado en la policía y una noche se presentó con el paltó cortado por navajazos que le tirara un muchacho a quien poco antes había aporreado.

 

En la parroquia su nombre de guerra es una voz de alarma: -¡Que viene Mano Juan!- y ya las madres están llamando a sus hijos, temerosas de que se los maltrate por quítame allá esas pajas.

 

Entre la granujería camorrista de El Guarataro, La Cañada de Luzón, Palo Grande, El Calvario, su personalidad era discutida y convertida en bandera de discordias. -¡A que tú no te pegas con Mano Juan!- se le responde siempre a las bravatas de los fanfarrones. -¡Qué vas a agarrarte tú con Mano Juan! ¡Con ese sí que se acabó el carbón!

 

Y no pasa día sin que venga alguno a decirle:

 

-Por allá por donde yo vivo hay uno que dice que tú y que le tienes miedo.

 

Juan Lorenzo no respondía una palabra; pero ya era cosa sabida: no pasaría mucho tiempo sin que el que tal dijese tuviera la nariz rota o un ojo hinchado por los tremendos cabezazos que tan famoso lo habían hecho.

 

Ni era menester tampoco que viniesen a azuzarlo: bastaba con que descubriese que en alguna parte había un guapo, así fuera de la cuerda de otro barrio de la ciudad, para que él se encaminara en su busca, y en topándolo, se le encaraba y le decía, de buenas a primeras:

 

-¿Tú y que eres el más guapo de por aquí?

 

-¡Guá, chico! ¡Yo no sé le pero me escriben! A mí todavía nadie me ha pisao el petate.

 

-Pues mira que yo te lo puedo pisá. Soy Mano Juan. ¿No me has oído nombrá? ¿Quieres echate una agarraíta conmigo?

 

A veces se iban en seguida a las manos; pero generalmente se daban cita para un lugar solitario, fuera de poblado y en campo neutral, donde ni hubiese el peligro de la policía ni el singular combate degenerase en una riña de cayapas a causa de la intervención de las respectivas cuerdas. Pero cuando trascendía la noticia de estos desafíos los amigos de ambos contendores se trasladaban al sitio convenido para presenciar la pelea.

 

Juan Lorenzo solía presentarse vestido de limpio y con lo mejor de su indumentaria, como para darle al acontecimiento toda la importancia que para él tenía. Y como alguno de sus amigos le dijese:

 

-¡Vale! ¡Vienes como un papel de cogé moscas!

 

Él respondía, fanfarrón:

 

-¡Es que yo me enjoyo pa peleá!

 

Del sitio, casi siempre regresaba vencedor, seguido de la turba de sus admiradores que iban comentando a grandes voces su habilidad y destreza de gran tirador de cabezazos. Fiero y ceñudo, vibrantes los músculos de la cara por la contracción tetánica del maxilar, caminaba largos trechos todavía con los puños apretados y el pecho hirviente de cólera. Un día, después de una riña difícil y encarnizada que duró cerca de dos horas, cayó en medio de la calle presa de un ataque de epilepsia, a consecuencia del cual estuvo una semana en cama con un mareo constante y una absoluta pérdida de voluntad.

 

De este modo, Juan Lorenzo acabó con todos los prestigios parroquiales y llegó a ser, él solo, el guapo caraqueño, en torno de cuya fiera personalidad se formó muy pronto una pintoresca leyenda. Eco de ella se hacían especialmente los chicos que se iniciaban en la vida azarosa de las cuerdas, en el calor de sus ponderaciones Mano Juan aparecía con las características del bandido generoso: protector de los débiles, amparo de los pequeños, terror de los roncones, azote de las cayapas, pasmo de los policías, de cuyas manos   —33→   -decíase-, había arrebatado muchas veces a los muchachos que llevaban arrestados, así fuesen enemigos suyos; hazañas éstas, que, principalmente, fueron las que más simpatías le conquistaron en el ánimo de la chiquillería sediciosa. En sus juegos todos querían ser manojuanes, y hubo muchos que, para conocerlo, se aventuraron a internarse en sus peligrosos dominios de la parroquia de San Juan.

 

Sólo de uno se sospechaba que podía rivalizar con él: Gregorio el Maneto, un zambo de más edad y cuerpo que Juan Lorenzo, muchacho de verdaderas averías, más malo que Guardajumo, capataz de una de las cuerdas de El Teque, nombre que se le daba a un barrio de la parroquia de Altagracia; donde tenían su feudo los más temidos fascinerosos de Caracas. Pero ambos habían hecho siempre buenas migas, porque el Maneto era hijo de una antigua lavandera de las Cedeño y desde chicos habían sido vales corridos, suerte de pacto de alianza contra el cual nada habían podido insidias de sus respectivos secuaces, por mucho que vinieran azuzándolos.

 

-Ése es vale corrido mío -respondían siempre-. Nosotros no nos tiramos.

 

Sin embargo, en el fondo de esta camaradería existía un mutuo recelo: ambos se temían y se vigilaban y ya esto era una semilla de odio que un día u otro habría de reventar.

 

El curso de los acontecimientos dio lugar a ello muy pronto. Un día fueron a decirle a Maneto:

 

-¿Tú sabes? Mano Juan como que se quiere volteá pa los patiquines. Hace noches que están yendo a la plaza de Capuchinos unos de la cuerda del Capitolio que le hacen muchas fiestas y él se las deja hacé.

 

Nombrarle al Maneto la cuerda del Capitolio era tocarlo en lo más vivo y vehemente de sus odios. Movido por los implacables instintos de su sangre mulata había jurado guerra sin tregua a los jovencitos de aquella cuerda aristocrática que se reunían en los alrededores del Capitolio, y casi todas   —34→   las noches, a la cabeza de la horda de El Teque, los atacaba en sus dominios sin que todavía hubieran podido parársele una sola vez, tal era la violenta pedrea con que les caía encima por sorpresa. Ahora venían a decirle que Mano Juan, que al fin y al cabo era su rival, ¡hacía causa con sus enemigos naturales! Y el Maneto respondió con una sonrisa siniestra:

 

-¡Ah malaya sea verdá! Eso va a sé su perdición.

 

 

 

 

VII -

La rebelión

 

 

Era cierto. Y no sólo que Juan Lorenzo recibía con agrado las visitas de aquellos parlamentarios que le enviaba la cuerda del Capitolio para ganárselo a partido, sino también que hubo noches que faltó al corrillo de la plaza de Capuchinos para asistir a la del Capitolio.

 

Entre éstos había muchos jóvenes que conocían por propia experiencia lo tremendo de los cabezazos de Mano Juan, no obstante lo cual lo recibieron con grandes agasajos. Él se dejó seducir y le cogió el gusto a las tertulias de aquella granujería más refinada y hasta más audaz que tenía el campo de sus fechorías en el corazón de la ciudad y era el azote de los transeúntes y el brete de la policía.

 

Frecuentándolo sufrió la influencia del grupo que a la larga lo descentraría de su medio natural, que era el pueblo, y adquirió compromisos que modificaron su conducta. Las Cedeño se sorprendieron gratamente un domingo como lo viesen muy empeñado en sacarle lustre a los zapatos y dispuesto a ponerse el flux de casinete que ellas le habían regalado el día de su santo y todavía no había querido estrenarse, receloso de que lo llamasen patiquín de orilla sus desarrapados amigos.

 

  —35→  

Éstos, cuando lo vieron con aquel flamante traje ominoso, decidieron separarse de su amistad y camaradería, y en efecto, cuando Juan Lorenzo, en la noche, pasó por la plaza de Capuchinos, los que allí estaban se dispersaron al verlo, con lo cual él comprendió que ya no eran amigos suyos. Por su parte el Maneto, sintiéndose fieramente dueño absoluto de todas las voluntades agresivas de su cuerda, planea el golpe definitivo y acecha la ocasión. Un día se le vio acompañado de su estado mayor, recorriendo el campo que ya habían escogido para el avance de piedras decisivo al cual desafiaría a la cuerda enemiga, sitio que era la Sabana del Blanco. Tomaba posiciones, trazaba el plan del asalto, y en lugares disimulados por mogotes hacía esconder buenas provisiones de guarataras. Su mesnada lo obedece sin discutir sus órdenes, entusiasmada, fanatizada por el rencoroso ardor en que hierve el caudillo.

 

No así Juan Lorenzo. En aquel grupo de jovencitos de familias distinguidas y adineradas hay dos que son los que verdaderamente ejercen el mando de la cuerda: los Arizaleta. Ellos son los que dan la orden de salir a batir esta o aquella parroquia, y en las noches de paz ellos son quienes ponen los juegos y dirigen el tema de la conversación. Por tradición de familia los Arizaleta estaban acostumbrados a dominar en las agrupaciones de que formaban parte. En la cuerda del Capitolio se les calificaba de recalcitrantes.

 

Como todos los demás de aquel grupo Juan Lorenzo se sometió al dominio tácito de los Arizaleta y aunque no se le escapaba que él era allí una fuerza efectiva, especie de brazo armado que la cuerda tenía dispuesto a esgrimir contra el enemigo natural que era el Maneto, cosa que le ponía en verdaderos compromisos, pues no quería verse en el caso de pelear con aquel compañero de la infancia, aceptaba que lo postergaran y hasta prescindiesen de él cuando no se trataba de repartir cabezazos o entendérselas con agentes de policía.

 

Sin embargo, a veces se le encrespa la índole levantisca   —36→   y dominadora e intenta imponer su voluntad; pero se discuten sus ideas, se rebaten sus argumentos, se le acorrala con razones más elocuentes, se le aturde haciéndole notar los disparates que sostiene, y entonces, reconociendo su inferioridad, abochornado de la pobreza de su inteligencia, calla y se plega a la voluntad autoritaria de los Arizaleta.

 

En esos momentos experimenta la nostalgia de su antiguo señorío de la plaza de Capuchinos, donde no había quien le chistara y echa de menos la reunión de la plebe zafia y brutal, como un váquiro enjaulado la compañía de la manada cerril; pero no es capaz de las resoluciones enérgicas: ni imponerse, ni liberarse. Algo le han echado allí dentro del alma que lo está transformando y produciéndole sentimientos que él no podría discernir, pero que le dejan en el ánimo un fondo turbio de inquietudes sin nombre, de anhelos sin forma de aspiraciones concretas, de áspera taciturnidad, de tristeza de sí mismo.

 

Una noche dice uno de los Arizaleta, contemplando la fachada de la Universidad.

 

-Dentro de dos meses estaremos nosotros ahí, estudiando derecho.

 

Juan Lorenzo no sabe lo que es eso de estudiar derecho y lo pregunta ingenuamente.

 

-¡Guá, chico! Lo que se estudia para ser abogado. Para defender pleitos, ¿no sabes? Con esa profesión se gana mucha plata. Si no que se lo pregunten al viejo de nosotros que con tres pleitos que defendió en Barlovento se puso en las tres mejores haciendas de cacao de por allí. ¡A hacienda por pleito!

 

La marejada de la ambición comienza a subir en el corazón de Juan Lorenzo. Después de los Arizaleta, todos los de la cuerda han ido exponiendo sus aspiraciones para el porvenir: uno va a trabajar en la casa de comercio de su padre, que es de las más fuertes de Caracas; otro se propone hacer un viaje a Europa; otro tira hacia la política y asegura   —37→   que llegaría a Ministro, por lo menos, como su tío... Juan Lorenzo se pregunta interiormente: «¿Y yo qué seré?». Pero no halla qué responderse, y la marejada de la ambición sin propósitos concretos se le encrespa y le pone el humor áspero y sombrío.

 

Otra noche faltan a la tertulia los Arizaleta porque hay baile en su casa. Casi todos los compañeros han sido invitados. Juan Lorenzo va a verlo por la barra.

 

El lujo de la casa lo deslumbra, el espectáculo de las mujeres lujosamente aderezadas lo turba, la animación de sus postizos compañeros que están en el baile le produce envidias que lo deprimen; pero todo se lo hacen olvidar las miradas dulces y las ingenuas sonrisas que le dirige Mary, la hermanita menor de los Arizaleta, que está sentada, junto a otra niñita, en la ventana donde él forma barra.

 

La había conocido una de aquellas tardes. Iba él con Manuel Arizaleta y entró a su casa a dejar los libros. Mary se asomó al portón. Era una chiquilla encantadora, de ocho o nueve años a lo más. Rubios crespos le bailaban en torno al gracioso cuello; llevaba un traje color crema, con una faldita muy corta con muchos pliegues y faralaes, que hizo pensar a Juan Lorenzo que se parecía a un pollito. Mary, que ya sabía por su hermano quién era él, le preguntó candorosa e ingenua:

 

-¿Tú eres Mano Juan?

 

Juan Lorenzo le había respondido, todo cortado:

 

-Así me llaman.

 

Y ella:

 

-A mí me dicen Mary; pero mi nombre es María Margarita.

 

Aquella tarde a Juan Lorenzo le había acontecido algo muy singular: se había quedado viendo el crepúsculo que tenía unos colores muy tiernos, de oros pálidos, rosas suaves y dulcísimos azules, y no sabía por qué, pero le recordaron a Mary.

 

  —38→  

Ahora ella le dice a su amiguita, en secreteos que Juan Lorenzo oye claramente:

 

-Mira. Ése es Mano Juan -y sonríe viéndolo con inocente picardía.

 

Cuando ella se quita de la ventana Juan Lorenzo abandona la barra. Calle abajo se va cavilando, cosas gratas, cosas desapacibles, que le forman en el alma una sola masa turbia de sentimientos melancólicos. A intervalos experimenta oleadas de ternura hacia la niñita que lo admira y le sonríe cariñosa; luego le pasan por el ánimo tufaradas de amargura, de tristeza de sí mismo, de rabia insensata que él no sabe contra quienes la siente.

 

De pronto, al doblar una esquina, se encuentra con el Maneto que viene con unos de su cuerda, seguramente de alguna fechoría.

 

-¡Guá, Mano Juan! ¡Qué caro te vendes ahora!

 

-¡Chico! Me vendo por el mismo precio.

 

-¡Jummm! ¿No me estarás queriendo ganá mucho? -Y lo mira de pies a cabeza con aire insolente.

 

-¿Qué me quieres decí con eso?

 

-Que como tú ahora andas reuniéndote con la crema, se me figura que debes creé que estás montao al aire.

 

-¿Y a ti qué te importa?

 

-No es que me importe; es que me da risa.

 

Pero como advirtiese que Juan Lorenzo, movido por un reflejo maquinal, con un golpe eficaz y rápido del índice se había echado hacia atrás el sombrero, lo que anunciaba que estaba presto a disparar el célebre cabezazo volado con que se abría siempre en pelea, agregó tratando de recoger algo del veneno de sus insidias:

 

-Yo no comprendo, valecito, cómo un muchacho tan completo y tan macho como tú se pué encurruná con esos patiquines que no paran ni papelón.

 

Juan Lorenzo se ablandó al halago y el turbio despecho de sí mismo que ya lo traía propenso estuvo a punto de   —39→   salírsele en una explicación de la conducta que le vituperaba el Maneto y que en aquel momento valía por un arrepentimiento de haberse alejado de su medio natural que era el pueblo; pero su interlocutor, que ya se había preparado y cambiado con los suyos una mirada inteligente, volvió al terreno de las provocaciones:

 

-¡Busca tu cuerda, chico! Cá uno debe andá con los suyos y no está echándosela de que pué mirá más arriba de sus ojos. Esos patiquines te quedan grandes. Sapo no vuela ni que gavilán lo eleve.

 

La injuria era de las que debe despachurrar sobre la boca del que las profiere; pero Juan Lorenzo vaciló y perdió tiempo, por primera vez en su vida.

 

Viéndolo tan indeciso y turbado el Maneto lo atribuyó a miedo, y cargó resuelto:

 

-Acuérdate del dicho: cuando un blanco se encuentra de un negro en la compañía...

 

-Eso es contigo.

 

-¡Y contigo, valecito! ¿Qué te estás pensando tú? ¿Tú crees que todos no sabemos quién eres tú?

 

Juan Lorenzo tuvo una nueva debilidad:

 

-¿Quién soy yo? ¿Qué saben ustedes?

 

Y el otro, manoteándole en la cara:

 

-En tu casa hacen dulces, como en la mía, y tú los sacabas a vendé a la calle, como yo. Bastantes quesadillas te compré. Y últimamente: tu familia no es mejor que la mía.

 

-No te metas con mi familia, porque no te lo aguanto.

 

-¡Que no me lo aguantas! ¿Tú quieres que te hable más claro? Tu taita no era sino un cantador de canciones de El Empedrado.

 

Juan Lorenzo sintió en el rostro como si lo picasen avispas. Su historia estaba en boca de aquellos muchachos de la calle, rodando por la calle, y algo que no era miedo, pero que era más poderoso y abrumador que el miedo, detuvo el impulso que iba a lanzarlo contra el Maneto.

 

  —40→  

Éste seguía diciendo, envalentonado y con la mala sangre hirviente de odio:

 

-¿Qué vas a hacé? Zúmbame pa que te saques tu lotería. Si hace días que yo andaba buscándote para decite too esto. Y más te digo: tu mamá...

 

Pero no concluyó la frase, porque Juan Lorenzo se le arrojó encima, lívido de cólera y de dolor, y sujetándolo por las muñecas le descargó dos tremendos cabezazos que le imposibilitaron para defenderse.

 

Aturdido, gemía cobarde el zambo:

 

-¡No me tires más, valecito!

 

Juan Lorenzo lo soltó con un gesto de asco. Y encarándose con los compañeros del Maneto:

 

-¡Sálganme ahora ustedes uno a uno!

 

-No, Mano Juan. Nosotros no nos metemos contigo.

 

Viéndoles las caras lívidas de miedo, Juan Lorenzo les volvió la espalda diciéndoles:

 

-Eso es lo que son ustedes. ¡Cobardes! ¡Faramalleros!

 

Y fue así como Juan Lorenzo Figuera, el hijo de Mano Carlos que era un hombre de la plebe, rompiendo con el Maneto, se rebeló contra su casta.

 

 

 

 

 

Caracas, 1922.

 

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