© Libro N° 4051. Sexus. La Crucifixión Rosada I. Miller, Henry. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.
Título
original: © SEXUS
Versión Original: © Sexus. La Crucifixión Rosada
I. Henry Miller
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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SEXUS
LA CRUCIFIXIÓN ROSADA I
HENRY MILLER
Traductor: Carlos Manzano
Autor: Miller, Henry
ISBN: 9788401421976
Generado con: QualityEbook v0.72
Henry Miller
Sexus
La crucifixión rosada I
Título original: SEXUS
Traducción de Carlos Manzano
Portada de Jordl Sánchez
Primera edición: Enero, 1987
© Obelisk Press, Paris/Henry Miller,
1960
De la traducción: © Ediciones
Alfaguara, S. A., 1978
De la presente edición: © PLAZA &
JANES EDITORES, S.A.
Virgen de Guadalupe, 21-33 Esplugues
de Llobregat (Barcelona)
Printed In Spain — Impreso en España
ISBN: 84-01-42197-7 — Depósito Legal:
B. 43.816- 1986
Impreso en T. G. Soler, S. A. — Luis
Millet, 69 Esplugues de Llobregat (Barcelona)
Capítulo Primero
Debió de ser un martes por la noche cuando la conocí: en
el baile. Fui a trabajar por la mañana, tras haber dormido una o dos horas,
como un sonámbulo. El día pasó como un sueño. Después de cenar, quedé dormido
en el sofá sin haberme quitado la ropa y me desperté hacia las seis de la
mañana siguiente. Me sentía como nuevo, puro de corazón y obsesionado con una
idea: conseguirla a toda costa. Mientras atravesaba el parque, iba
preguntándome qué clase de flores le enviaría con el libro que le había
prometido (Winesburg, Ohio). Pronto iba a cumplir treinta y tres años, la edad
de Cristo crucificado. Tenía por delante toda una vida nueva, si era capaz de
arriesgarlo todo. En realidad, no había nada que arriesgar: estaba en el último
peldaño de la escala, era un fracasado en todos los sentidos de la palabra.
Así pues, era sábado por la mañana, y para mí el sábado ha
sido siempre el mejor día de la semana. Vuelvo a sentirme vivo, cuando otros
están muriéndose de cansancio; para mí la semana comienza con el día de
descanso de los judíos. Desde luego, no tenía la menor idea de que aquélla iba
a ser la gran semana de mi vida. Lo único que sabía era que el día era propicio
y memorable. Dar el paso fatal, arrojar todo a los perros, es en sí una
emancipación: en ningún momento se me ocurrió pensar en las consecuencias.
Rendirse absoluta, incondicionalmente, a la mujer que se ama es romper todas
las ataduras, salvo el deseo de no perderla, que es la más terrible de todas.
Pasé la mañana pidiendo prestado a diestro y siniestro,
envié el libro y las flores, y después me senté a escribir una larga carta que
entregaría un repartidor especial. Le decía que le telefonearía luego, por la
tarde. A mediodía salí de la oficina y me fui a casa. Estaba terriblemente
inquieto, casi febril de impaciencia. Esperar hasta las cinco era una tortura.
Volví al parque, sin pensar en nada mientras caminaba a ciegas por los prados y
hasta el lago, donde los niños hacían navegar los barcos. A lo lejos se oía una
orquesta; me traía recuerdos de mi infancia, de sueños apagados, añoranzas y
penas. Una rebelión abrasadora y apasionada me henchía las venas. Pensé en
grandes figuras del pasado, en todo lo que habían realizado a mi edad. Las
ambiciones que hubiera podido tener habían desaparecido; lo único que quería
hacer era ponerme enteramente en sus manos. Por encima de todo quería oír su
voz, saber que seguía viva, que todavía no me había olvidado. Poder meter una
moneda en la ranura cada día de mi vida a partir de entonces, poder oírle
decir: «Hola», eso y nada más era lo máximo a que me atrevía a esperar. Si me
prometiera eso, y cumpliese su promesa, no importaría lo que ocurriera.
A las cinco en punto me apresuré a telefonear. Una voz con
acento extranjero y extraordinariamente triste me informó de que no estaba en
casa. Intenté averiguar cuándo estaría, pero colgaron. La idea de que estaba
fuera de mi alcance me volvía loco. Telefoneé a mi mujer para decirle que no
iría a cenar. Recibió la noticia con su desagrado habitual, como si no esperara
de mí otra cosa que decepciones y aplazamientos. «¡Ojalá se te atragante, so
puta!», pensé para mis adentros y colgué. «Por lo menos sé que no te deseo a
ti, ni nada de ti, muerta o viva.» Se acercaba un tranvía descubierto; sin
pensar hacia dónde iba, monté y me dirigí al último asiento. Seguí montado dos
horas y sumido en un profundo trance; cuando volví en mí, reconocí la heladería
árabe cercana al puerto, bajé, caminé hasta el muelle y me senté en un larguero
a mirar la gran greca del Puente de Brooklyn. Todavía quedaban varias horas por
matar antes de atreverme a ir al baile. Mientras contemplaba con la mirada
perdida la orilla opuesta, mis pensamientos derivaban sin cesar, como un barco
sin timón.
Cuando por fin me recobré y me alejé tambaleándome, era
como un hombre bajo los efectos de un anestésico que hubiera conseguido escapar
de la mesa de operaciones. Todo parecía familiar y, sin embargo, carecía de
sentido; tardé una eternidad en coordinar unas pocas impresiones simples que
por cálculo reflejo ordinario significarían mesa, silla, edificio, persona. Los
edificios sin sus autómatas son aún más sombríos que las tumbas; cuando se
dejan las máquinas inactivas, crean un vacío más profundo que la propia muerte.
Yo era un fantasma que se movía en un vacío. Sentarse, pararse a encender un
cigarrillo, no sentarse, no fumar, pensar o no pensar, respirar o dejar de
respirar, eran una y la misma cosa. Cáete muerto y el hombre que va detrás de
ti pasa por encima de tu cadáver; dispara un revólver y otro hombre te dispara
a ti; grita y despiertas a los muertos, que, cosa curiosa, también tienen
pulmones potentes. Ahora el tráfico va de este a oeste; dentro de un minuto irá
de norte a sur. Todo sigue su curso ciegamente, de acuerdo con las normas, y
nadie llega a ningún sitio. Entra y sal, sube y baja tambaleándote y
bamboleándote; unos salen como moscas, otros entran como enjambres de
mosquitos. Come de pie, con ranuras, palancas, monedas grasientas, eructa, límpiate
los dientes con un palillo, ladéate el sombrero, anda vacilante, resbala,
tambaléate, silba, levántate la tapa de los sesos. En la próxima vida seré un
buitre que se alimente de carroña suculenta: me posaré en lo alto de los
edificios elevados y me lanzaré en picado y como una exhalación en cuanto
olfatee la muerte. Ahora estoy silbando una tonada alegre: las regiones
epigástricas están en paz. Hola, Mara, ¿cómo estás? Y ella me dedicará la
enigmática sonrisa, y me estrechará en un cariñoso abrazo. Eso ocurrirá en un
vacío bajo potentes reflectores con tres centímetros de intimidad que dibujen
un círculo místico a nuestro alrededor.
Subo la escalera y entro en el ruedo, el gran salón de
baile de los adeptos al sexo ambiguo ahora inundado por un cálido brillo de
tocador. Los fantasmas están valsando en una dulce bruma de chicle, con las
rodillas ligeramente dobladas, las caderas tiesas, los tobillos nadando en
zafiro de polvo. Entre los toques del tambor oigo el estrépito de la ambulancia
ahí abajo, después las bombas contra incendios, luego las sirenas de la
policía. El vals se ve perforado por la angustia y se van abriendo agujeritos de
bala sobre los dientes de la pianola, que suena ahogada porque está a varias
manzanas de distancia en un edificio en llamas y sin escaleras de emergencia.
Ella no está en la pista. Puede estar acostada leyendo un libro, puede estar
haciendo el amor con un boxeador, o puede estar corriendo como una loca por un
campo de rastrojos, con un solo zapato, perseguida ferozmente por un hombre
llamado Mazorca de Maíz. Esté donde esté ella, yo estoy en completa oscuridad;
su ausencia me aniquila.
Pregunto a una de las chicas si sabe cuándo llegará Mara.
¿Mara? No la conoce. ¿Cómo va a saber nada de nadie, si sólo hace una hora más
o menos que ha cogido el empleo y está sudando como una yegua envuelta en seis
camisetas de lana? ¿Por qué no la saco a bailar?... ya preguntará a una de las
otras chicas por Mara. Bailamos algunas vueltas de sudor y agua de rosas,
mientras hablamos de callos y juanetes y varices varicosas, y los músicos
atisban a través de la bruma de tocador con ojos gelatinosos y la cara estirada
por una gélida sonrisa. Esa chica de ahí, Florrie, podría decirme algo sobre mi
amiga. Florrie tiene una boca ancha y ojos de lapislázuli; está fresca como un
geranio, pues acaba de llegar de una sesión de tracatrá que ha durado toda la
tarde. ¿Sabe Florrie si llegará pronto Mara? No lo cree... no cree que venga
esta noche. Será mejor que preguntes al griego: él lo sabe todo.
El griego dice que sí, que la señorita Mara vendrá... sí,
espera un poco. Espero y espero. Las chicas exhalan vapor, como caballos
sudorosos parados en un campo nevado. Medianoche. Mara no aparece. Me dirijo
despacio, de mala gana, hacia la puerta. Un chaval portorriqueño está
abrochándose la bragueta en el último peldaño.
En el metro pongo a prueba la vista leyendo los anuncios
del otro extremo del vagón. Me examino el cuerpo para cerciorarme de que estoy
exento de cualquiera de las enfermedades que son patrimonio del hombre
civilizado. ¿Tengo mal aliento? ¿Se me para el corazón? ¿Tengo pies planos?
¿Tengo las articulaciones hinchadas por el reumatismo? ¿Sinusitis? ¿Piorrea? ¿Y
estreñimiento? ¿O esa sensación de cansancio después de comer? ¿Jaqueca,
acidosis, catarro intestinal, lumbago, vesícula flotante, callos o juanetes,
venas varicosas? Que yo sepa, estoy sano como un capullo y, sin embargo...
Bueno, la verdad es que me falta algo, algo vital...
Estoy enfermo de amor. Mortalmente enfermo. Un ligero
ataque de caspa y sucumbiría como una rata envenenada.
El cuerpo me pesa como el plomo, cuando me echo en la
cama. Me sumerjo inmediatamente en el sueño más profundo. Este cuerpo, que se
ha convertido en un sarcófago con asas de piedra, yace totalmente inmóvil; el
durmiente se alza de él, como un vapor, para circunnavegar el mundo. El
durmiente intenta en vano encontrar una forma y figura que se ajuste a su
esencia etérea. Como un sastre celestial, se prueba un cuerpo tras otro, pero
ninguno sienta bien. Por último, se ve obligado a regresar a su propio cuerpo,
a adoptar de nuevo el molde de plomo, a volverse un prisionero de la carne, a
continuar presa de la apatía, el dolor y el hastío.
Domingo por la mañana. Me despierto fresco como una
margarita. El mundo se extiende ante mí, sin conquistar, sin mácula, virgen
como las zonas árticas. Trago un poco de bismuto y cloruro de cal para eliminar
las últimas emanaciones plúmbeas de la inercia. Voy a ir directamente a su
casa, llamar al timbre, y entrar. Aquí estoy, tómame... mátame de una puñalada.
Apuñala el corazón, apuñala el cerebro, apuñala los pulmones, los riñones, las
vísceras, los ojos, los oídos. Con sólo que quede un órgano vivo, estás
condenada... condenada a ser mía para siempre, en este mundo y en el próximo y
en todos los mundos por venir. Soy un criminal del amor, un cazador de
cabelleras, un asesino. Soy insaciable. Como cabellos, cera sucia, coágulos de
sangre seca, cualquier cosa y todo lo que llames tuyo. Muéstrame a tu padre,
con sus cometas, sus caballos de carreras, sus entradas gratuitas para la
ópera: me los comeré, me los tragaré vivos. ¿Dónde está la silla en que te
sientas, tu peinado favorito, tu cepillo de dientes, tu lima de las uñas?
Sácalos para que los devore de un bocado. Dices que tienes una hermana más
guapa que tú. Muéstramela: quiero lamerle la carne de los huesos.
Cabalgo hacia el océano, hacia la tierra pantanosa donde
construyeron una casita para incubar un huevecito que, después de haber
adquirido la forma adecuada, fue bautizado Mara. ¡Que una gotita que salió del
pene de un hombre produjera resultados tan asombrosos! Creo en Dios Padre, en
Jesucristo, su único Hijo, en la Santísima Virgen María, en el Espíritu Santo,
en Adán Cadmio, en el cromo níquel, los óxidos y mercurocromos, en las aves
acuáticas y los berros, en accesos epileptoides, en la peste bubónica, en
Devachán, en las conjunciones planetarias, en las huellas de los pollos y en el
lanzamiento de bastones, en las revoluciones, en las bancarrotas, en las
guerras, terremotos, ciclones, en Kali Yuga y en el hula-hula. Creo, creo. Creo
porque no creer es volverse como el plomo, yacer postrado y rígido, por siempre
inerte, consumirse...
Contemplo el paisaje contemporáneo. ¿Dónde están los
animales del campo, las cosechas, el estiércol, las rosas que florecen en medio
de la corrupción? Veo raíles de ferrocarril, estaciones de servicio, bloques de
cemento, vigas de hierro, altas chimeneas, cementerios de automóviles,
factorías, depósitos, fábricas de negreros, terrenos baldíos. Ni siquiera una
cabra a la vista. Lo veo todo clara y nítidamente: significa desolación,
muerte, muerte eterna. Ya hace treinta años que llevo puesta la cruz de hierro
de la servidumbre ignominiosa, sirviendo sin creer, trabajando sin cobrar
salario, descansando sin conocer la paz. ¿Por qué habría de creer que todo va a
cambiar de pronto, simplemente por tenerla a ella, simplemente por amarla y ser
amado?
Nada va a cambiar, excepto yo mismo.
Al acercarme a la casa, veo a una mujer en el patio de
atrás tendiendo ropa. Tiene el perfil vuelto hacia mí; sin duda alguna es el
rostro de la mujer de voz extraña, extranjera, que ha respondido al teléfono.
No quiero conocer a esa mujer, no quiero saber quién es, no quiero creer lo que
sospecho. Doy la vuelta a la manzana y, cuando llego de nuevo ante la puerta,
se ha ido. Por alguna razón también mi valor ha desaparecido.
Toco el timbre titubeando. Al instante se abre la puerta
de un tirón y la figura de un joven alto y amenazante bloquea la entrada. No
está, no sé cuándo volverá. ¿Quién es usted? ¿Qué quiere de ella? Después,
adiós y, ¡bang! Me han dado con la puerta en las narices. Muchacho, te
arrepentirás de esto. Un día volveré con una escopeta y te volaré los
testículos... Así, ¡que no hay nada que hacer! Todo el mundo en guardia, todo
el mundo avisado, todo el mundo instruido para mostrarse esquivo y evasivo. La
señorita Mara nunca está donde se espera que esté, ni sabe nadie dónde es de
esperar que esté. La señorita Mara vive en el aire: ceniza volcánica llevada de
acá para allá por los vientos alisios. Derrota y misterio para el primer día
del año sabático. Domingo sombrío entre los gentiles, entre los parientes del
nacimiento accidental. ¡Muerte a todos los hermanos cristianos! ¡Muerte al
falso statu quo!
Pasaron unos días sin la menor señal de ella. Después de
que mi mujer se retirara, me sentaba en la cocina y le escribía cartas
voluminosas. Entonces vivíamos en un barrio morbosamente respetable, ocupando
la planta baja y el sótano de una lúgubre casa de bien. De vez en cuando había
intentado escribir, pero la tristeza que mi mujer creaba a su alrededor era
superior a mis fuerzas. Sólo una vez conseguí romper el hechizo que había
lanzado sobre el lugar; fue durante una fiebre alta que me duró varios días, cuando
me negué a que me viera un médico, me negué a tomar medicina alguna, me negué a
tomar alimento alguno. Me pasé todo ese tiempo acostado en una cama ancha, en
un rincón de la habitación de arriba, y luché contra un delirio que amenazaba
con poner fin a mi vida. Nunca había estado realmente enfermo desde la infancia
y la experiencia fue deliciosa. Avanzar hasta el retrete era como andar
tambaleándose por los intrincados corredores de un transatlántico. En los pocos
días que duró viví varias vidas. Aquélla fue mi única vacación en ese sepulcro
llamado hogar. El otro único sitio que podía tolerar era la cocina. Era como
una especie de celda de cárcel cómoda y, como un prisionero, con frecuencia me
sentaba a solas en ella hasta las tantas de la noche a planear la fuga. También
allí me acompañaba a veces mi amigo Stanley, rezongando sobre mi infortunio y
marchitando todas mis esperanzas con pullas mordaces y maliciosas.
Allí fue donde escribí las cartas más demenciales que he
redactado en mi vida. Cualquiera que se considere derrotado, desahuciado, sin
recursos, puede cobrar ánimo comparándose conmigo. Tenía una pluma chirriante,
un tintero y papel: mis únicas armas. Consignaba todo lo que se me ocurría,
tuviera o no sentido. Después de haber echado una carta, subía al piso de
arriba y me tumbaba junto a mi mujer y, con los ojos bien abiertos, fijaba la
vista en la oscuridad, como intentando leer mi futuro. Me decía una y otra vez
que, si un hombre, un hombre sincero y desesperado como yo, ama a una mujer con
todo su corazón, si está dispuesto a cortarse las orejas y enviárselas por
correo, si es capaz de sacarse la sangre del corazón y volcarla en el papel,
saturar a esa mujer con su necesidad y anhelo, asediarla eternamente, no puede
ser que ella lo rechace. El hombre más feo, más débil, el hombre más indigno,
ha de triunfar por fuerza, si está dispuesto a dar hasta la última gota de su
sangre. Ninguna mujer puede rechazar el don del amor absoluto.
Volví otra vez al baile y encontré un mensaje para mí. Al
ver su letra, me eché a temblar. Era una nota breve y precisa. Iba a
encontrarse conmigo en Times Square, frente a la farmacia, el día siguiente a
medianoche. Debía, por favor, dejar de escribirle a su casa.
Tenía algo menos de tres dólares en el bolsillo, cuando
nos encontramos. No mencionó mi visita a la casa ni las cartas ni los regalos.
Después de cambiar unas palabras, preguntó dónde me gustaría ir. No se me
ocurría nada. Que estuviera allí en carne y hueso, hablándome, mirándome, era
un acontecimiento que todavía no había asimilado plenamente. «Vamos al
restaurante de Jimmy Place», dijo, acudiendo en mi ayuda. Me cogió del brazo y
me llevó hasta el bordillo, donde nos esperaba un taxi. Me hundí en el asiento,
abrumado por su mera presencia. No intenté besarla ni cogerle la mano siquiera.
Había venido: eso era lo principal. Eso era todo.
Nos quedamos hasta las primeras horas de la madrugada,
comiendo, bebiendo, bailando. Hablamos espontánea y comprensivamente. No sabía
más sobre ella, sobre su vida real, de lo que sabía antes, no porque se
mostrara reservada, sino porque el momento era demasiado pleno y ni el pasado
ni el futuro parecían importar.
Entonces trajeron la cuenta y casi me caí muerto.
Para ganar tiempo, pedí más bebidas. Cuando le confesé que
sólo llevaba un par de dólares, me sugirió que les diera un cheque, y me
aseguró que, como estaba con ella, no pondrían reparo en aceptarlo. Tuve que
explicarle que no poseía talonario de cheques, que sólo disponía de mi sueldo.
En resumen, le expuse detalladamente el estado de mis finanzas.
Mientras le confesaba aquella triste situación, me germinó
una idea en el coco. Me excusé y fui a la cabina del teléfono. Llamé a la
oficina principal de la compañía telegráfica y pedí al jefe del servicio
nocturno, amigo mío, que me enviara un repartidor inmediatamente con un billete
de cincuenta dólares. Era mucho dinero como para prestármelo de la caja, y él
sabía que yo no era demasiado de fiar, pero le conté una historia desgarradora,
y le prometí firmemente que se lo devolvería antes de acabar el día.
El repartidor resultó ser otro buen amigo mío, el viejo
Creighton, un ex ministro evangelista. Pareció verdaderamente sorprendido de
encontrarme en semejante lugar a aquella hora. Mientras firmaba el recibo, me
preguntó en voz baja si estaba seguro de que tendría bastante con los
cincuenta. «Puedo prestarte algo de mi bolsillo», añadió. «Sería un placer
poder ayudarte.»
«¿Cuánto puedes dejarme?», le pregunté, pensando en lo que
me esperaba por la mañana.
«Puedo darte otros veinticinco», dijo con prontitud.
Los cogí y se lo agradecí efusivamente. Pagué la cuenta,
di al camarero una propina generosa, estreché la mano al gerente, a su
ayudante, al vigilante, a la muchacha del guardarropas, al portero, y a un
mendigo que ponía el cazo. Montamos en un taxi y, mientras éste giraba Mara
impulsivamente se me subió encima y se puso a horcajadas. Echamos un polvo de
espanto, mientras el taxi daba bandazos, nuestros dientes chocaban, nos
mordíamos la lengua, y ella vertía jugo como sopa caliente. Al pasar por una plazoleta
abierta al otro lado del río, justo al amanecer, capté la mirada asombrada de
un guri, al pasar a toda velocidad. «Está amaneciendo, Mara», dije, intentando
soltarme con suavidad. «Espera, espera», me rogó, jadeando y agarrándome
furiosamente, y acto seguido se sumió en un prolongado orgasmo en que pensé me
arrancaría la picha. Por fin se separó y se desplomó en su rincón, con el
vestido todavía alzado sobre las rodillas. Me incliné para abrazarla de nuevo y
al hacerlo le metí la mano por el húmedo coño. Se pegó a mí como una lapa,
meneando el resbaladizo culo en frenético abandono. Sentí el jugo caliente
chorreándome entre los dedos. Tenía cuatro dedos en su entrepierna, mientras
agitaba el líquido musgoso que se estremecía con espasmos eléctricos. Tuvo dos
o tres orgasmos y después se echó hacia atrás exhausta, sonriéndome débilmente
como una cierva atrapada.
Al cabo de un rato, sacó su espejo y empezó a empolvarse
la cara. De repente, observé una expresión de sobresalto, en su rostro, seguida
de un rápido giro de la cabeza. Al instante estaba arrodillada en el asiento, y
miraba fijamente por la ventanilla de atrás. «Alguien nos sigue», dijo. «¡No
mires!» Yo estaba demasiado débil y feliz como para darle importancia. «Un poco
de histeria», pensé para mis adentros, sin decir nada, pero observándola
atentamente, mientras daba rápidas y entrecortadas órdenes al conductor para
que fuera por aquí y por allá, más de prisa y más de prisa. «¡Por favor, por
favor!», le rogaba, como si fuese una cuestión de vida o muerte. «Señora», le
oí decir, como desde muy lejos, desde otro vehículo en sueños, «no puedo
apretarlo más... tengo mujer y un hijo... lo siento».
Le cogí la mano y la apreté cariñosamente. Esbozó un
gesto, como para decir: «Tú no sabes... tú no sabes... esto es terrible.» No
era el momento de hacer preguntas. De repente, comprendí que estábamos en
peligro.
De súbito, caí en la cuenta, a mi modo alocado. Reflexioné
rápidamente... nadie nos sigue... eso es efecto de la cocaína y el láudano...
pero alguien va tras ella, de eso no hay duda... ha cometido un delito grave, y
quizá más de uno... nada de lo que dice tiene sentido... estoy en una maraña de
mentiras... estoy enamorado de un monstruo, el monstruo más hermoso
imaginable... debería dejarla ahora, inmediatamente, sin una palabra de
explicación... de lo contrario, estoy perdido... es insondable, impenetrable...
debía haber sabido que la única mujer sin la que no puedo vivir está marcada
con un misterio... sal ahora mismo... salta... ¡sálvate!
Sentí su mano en mi pierna, excitándome furtivamente.
Tenía la cara relajada, los ojos bien abiertos, llenos, brillantes de
inocencia... «Se han ido», dijo. «Ya no hay miedo.»
¡Vaya si lo hay!, pensé para mis adentros. Sólo estamos
empezando. Mara, Mara, ¿adonde me llevas? Es fatal, es ominoso, pero te
pertenezco en cuerpo y alma, y vas a llevarme donde quieras, vas a entregarme a
mi carcelero, magullado, machacado, deshecho. Para nosotros no hay
entendimiento final. Siento que el suelo se desliza bajo mis pies...
Nunca fue capaz de calar en mis pensamientos, ni entonces
ni después. Sondeaba a mayor profundidad que el pensamiento: leía a ciegas,
como si estuviera dotada de antenas. Ella sabía que estaba destinado a
destruir, que al final la destruiría también a ella. Sabía que, fuera cual
fuese el juego que fingiera jugar conmigo, había encontrado la horma de su
zapato. Nos dirigíamos a la casa. Se acercó más a mí, como si tuviera un
conmutador dentro de sí que controlase a voluntad, me enfocó con el resplandor
incandescente de su amor. El conductor había detenido el coche. Ella le dijo
que avanzara por la calle un poco más y esperase. Estábamos mirándonos a la
cara, con las manos estrechadas, y las rodillas tocándose. Nos corría fuego por
las venas. Permanecimos así unos minutos, como en una ceremonia antigua, sin
nada que rompiera el silencio, salvo el zumbido del motor.
«Te llamaré mañana», dijo, inclinándose hacia adelante
impulsiva para darme un último abrazo. Y después me susurró al oído: «Me estoy
enamorando del hombre más extraño de la tierra. Me asustas, eres tan suave.
Apriétame fuerte... cree siempre en mí... tengo casi la impresión de estar con
un dios.»
Al abrazarla, temblando con el calor de su pasión, mi
mente se apartó del abrazo, electrizada por la pequeña semilla que había
sembrado en mí. Algo que había estado encadenado, algo que había luchado
infructuosamente por afirmarse, imponerse desde que era niño, y que había
sacado a mi yo a la calle para echar un vistazo, se liberó entonces y se elevó
súbitamente hacia el cielo. Un nuevo ser extraordinario estaba brotándome con
alarmante rapidez de la coronilla, de la doble corona que había sido mía desde
el nacimiento.
Tras una o dos horas de descanso fui a la oficina, que ya
estaba atestada de candidatos. Los teléfonos sonaban como de costumbre. Parecía
más absurdo que nunca pasar la vida intentando tapar una gotera permanente. Los
funcionarios del cosmocócico mundo telegráfico habían perdido la fe en mí y yo
había perdido la fe en todo el fantástico mundo que unían con alambres, cables,
poleas, timbres eléctricos y Dios sabe qué más. Lo único por lo que yo mostraba
interés era la hoja de pago... y la tan traída y llevada prima que debía llegar
en cualquier momento. Tenía otro interés, un interés secreto y diabólico, y era
el de desahogar el rencor que sentía por Spivak, el experto en coordinación que
habían traído de otra ciudad expresamente para espiarme. En cuanto aparecía en
escena Spivak, aunque fuera en una oficina remota, me avisaban en secreto.
Solía pasar noches enteras en vela cavilando como un atracador... cómo le
pondría la zancadilla y provocaría su despido. Juré que seguiría en el empleo
hasta que le diera la puntilla. Disfrutaba enviándole mensajes falsos con
nombres supuestos para darle informaciones engañosas, con lo que le hacía
quedar en ridículo y le provocaba continua confusión. Incluso hacía que otras
personas le escribieran cartas en que amenazaban con matarlo. Pedía a Curley,
mi principal compinche, que le telefonease de vez en cuando para decirle que su
casa estaba en llamas o que se habían llevado a su esposa al hospital:
cualquier cosa que lo perturbara y le hiciese perder tiempo. Yo tenía un don para
esa clase de guerra solapada. Era un talento que había adquirido desde la época
de la sastrería. Siempre que mi padre me decía: «Más vale que borres su nombre
de los libros, ¡ése no va a pagar nunca!», lo interpretaba de forma muy
parecida a como lo habría hecho un joven guerrero indio, si el anciano jefe le
hubiera entregado a un prisionero y le hubiese dicho: «Rostro pálido malo,
¡dale una buena paliza!» (Yo tenía mil formas diferentes de fastidiar a alguien
sin infringir la ley. A algunos que me desagradaban por principio seguía
atormentándolos mucho después de que hubieran pagado sus mezquinas deudas. Un
hombre al que detestaba en especial murió de un ataque de apoplejía al recibir
una de mis cartas anónimas untada de mierda de gato, mierda de pájaro, mierda
de perro y una o dos variedades más, incluida la bien conocida variedad
humana.) Por consiguiente, Spivak era pan comido para mí. Concentré toda mi
atención cosmocócica en un plan para aniquilarlo. Cuando nos encontrábamos, me
mostraba educado, respetuoso, deseoso aparentemente de cooperar con él en todo.
Nunca perdía la paciencia con él, a pesar de que cada palabra que pronunciaba
me hacía hervir la sangre. Hacía todo lo posible para afianzar su orgullo, para
inflar su yo, para que, cuando llegara el momento de pinchar el globo, el ruido
se oyese en Lima.
Hacia mediodía telefoneé a Mara. La conversación debió de
durar un cuarto de hora. Pensé que nunca iba a colgar. Dijo que había estado
releyendo mis cartas; algunas de ellas se las había leído en voz alta a su tía,
o, mejor dicho, trozos de ellas. (Su tía había dicho que yo debía de ser un
poeta.) Estaba preocupada por el dinero que yo había pedido prestado. ¿Iba a
poder devolverlo o debería ella pedir algo prestado? Era extraño que fuera
pobre: actuaba como rico. Pero se alegraba de que fuera pobre. La próxima vez
iríamos a algún sitio en tranvía. No le interesaban las salas de fiestas;
prefería una excursión al campo o un paseo por la playa. El libro era
maravilloso: acababa de empezarlo aquella mañana. ¿Por qué no probaba a
escribir? Estaba segura de que era capaz de escribir un gran libro. Tenía ideas
para un libro que me contaría cuando volviéramos a vernos. Si me parecía bien,
me presentaría a algunos escritores que conocía: estarían encantados de
ayudarme...
Siguió divagando así interminablemente. Me sentía
emocionado y preocupado al mismo tiempo. Habría preferido que lo hubiera
escrito. Pero, según me dijo, raras veces escribía cartas. Yo no conseguía
entender por qué. Su locuacidad era maravillosa. Decía cosas al azar,
intrincadas, flameantes, o pasaba a un limbo entre paréntesis sazonado con
fuegos artificiales: proezas lingüísticas admirables que a un escritor
experimentado le exigirían horas de esfuerzos. Y, aun así, sus cartas —recuerdo
la conmoción que tuve cuando abrí la primera— eran casi infantiles.
Sin embargo, sus palabras me produjeron un efecto
inesperado. En lugar de salir precipitadamente de casa nada más cenar, como
solía hacer, aquella noche me tumbé en el sofá a oscuras y me sumí en un
profundo ensueño. «¿Por qué no pruebas a escribir?» Esa era la frase que se me
había quedado grabada en el coco todo el día, que se repetía insistentemente,
hasta cuando estaba dando las gracias a mi amigo MacGregor por los diez dólares
que le había sacado después de dedicarle las lisonjas y halagos más humillantes.
En la oscuridad empecé a abrirme camino de regreso al
centro. Empecé a pensar en los días más felices de mi infancia, los largos días
estivales en que mi madre me cogía de la mano y me llevaba al campo a ver a mis
amiguitos, Joey y Tony. De niño era imposible comprender la alegría debida a
una sensación de superioridad. Ese sexto sentido, que te permite participar y
al mismo tiempo observar tu participación, me parecía patrimonio normal de todo
el mundo. No sabía que disfrutaba con todo más que los otros chicos de mi edad.
Hasta que no me hice mayor, no tomé conciencia de la diferencia entre los otros
y yo.
Escribir —medité— ha de ser un acto desprovisto de
voluntad. La palabra, como la corriente profunda del océano, ha de emerger a la
superficie por su propio impulso. Un niño no necesita escribir, es inocente. Un
hombre escribe para expulsar todo el veneno que ha acumulado a causa de su
forma de vida falsa. Trata de recuperar su inocencia, y, sin embargo, lo único
que consigue (escribiendo) es inocular el mundo con el virus de su desilusión.
Ningún hombre pondría palabra alguna por escrito, si tuviera el valor de vivir
lo que cree. Su inspiración se desvía en el origen. Si lo que desea crear es un
mundo de verdad, belleza y magia, ¿por qué coloca millones de palabras entre la
realidad de ese mundo y él? ¿Por qué aplaza la acción... a no ser que, como
otros hombres, lo que desee sea poder, fama, éxito? «Los libros son acciones
humanas en la muerte», dijo Balzac. Y, sin embargo, a pesar de haber percibido
la verdad, entregó el ángel que lo poseía al demonio.
Un escritor corteja a su público tan ignominiosamente como
un político o cualquier otro charlatán; le gusta sentir el gran pulso, recetar
como un médico, lograr un puesto propio, que lo reconozcan como una fuerza,
recibir la copa rebosante de adulación, aunque tenga que esperar mil años. No
desea un mundo nuevo que pueda establecerse inmediatamente, porque sabe que
nunca lo satisfaría. Desea un mundo imposible en que él sea el gobernante
títere y sin corona dominado por fuerzas que no pueda controlar en absoluto. Se
contenta con gobernar insidiosamente —en el mundo ficticio de los símbolos—,
porque la mera idea del contacto con realidades crudas y brutales lo espanta.
Es cierto que capta la realidad más penetrantemente que otros hombres, pero no
hace esfuerzo alguno para imponer esa realidad superior al mundo por la fuerza
del ejemplo. Se satisface sólo con predicar, con arrastrarse tras el desastre y
las catástrofes, un profeta agorero de la muerte, siempre sin honor, siempre
lapidado, siempre esquivado por quienes, por ineptos que sean para sus tareas,
están dispuestos y prontos a asumir la responsabilidad por los asuntos del
mundo. El auténtico gran escritor no quiere escribir: quiere que el mundo sea
un lugar en que pueda vivir la vida de la imaginación. La primera palabra
estremecida que pone por escrito es la del ángel herido: dolor. El proceso de
poner palabras por escrito es equivalente al de tomar un narcótico.
Al observar el crecimiento de un libro en sus manos, el
autor se engree con delirios de grandeza. «Yo también soy un conquistador...
¡tal vez el mayor que haya existido! Se acerca mi día. Voy a esclavizar al
mundo... por la magia de las palabras...» Et cetera ad nauseam.
Aquella breve frase —¿Por qué no pruebas a escribir?— me
arrastró, como había hecho desde el principio, a un cenagal de confusión
desesperada. Quería encantar pero no esclavizar; deseaba una vida más grande,
más rica, pero no a expensas de los demás; quería liberar la imaginación de
todos los hombres al instante, porque, sin el apoyo del mundo entero, sin un
mundo unificado imaginativamente, la libertad de la imaginación se convierte en
un vicio. No sentía respeto por la escritura per se, como tampoco lo sentía por
Dios per se. Nadie, ningún principio, ninguna idea, tiene validez en sí mismo.
Lo válido es esa parte —de cualquier cosa, incluido Dios— que realizan todos
los hombres en común. La gente se preocupa siempre por el destino del genio. Yo
nunca me preocupé por el genio: el genio cuida el genio que haya en un hombre.
Quien me preocupaba siempre era el que no es nadie, el hombre que se pierde en
el tumulto, el hombre que es tan común, tan corriente, que ni siquiera se
advierte su presencia. Un genio no inspira a otro. Todos los genios son
sanguijuelas, por decirlo así. Se alimentan de la misma fuente: la sangre de la
vida. Lo más importante para el genio es volverse inútil, verse absorbido en la
corriente común, convertirse de nuevo en pez y no en monstruo. El único
provecho, me decía, que podía ofrecer el acto de escribir era eliminar las
diferencias que me separaban de mis semejantes. Tenía muy claro que no quería
llegar a ser el artista, en el sentido de convertirme en algo extraño, algo
separado y excluido de la corriente de la vida.
Lo mejor de escribir no es la tarea en sí de colocar
palabra tras palabra, ladrillo sobre ladrillo, sino los preliminares, los
trabajos preparatorios, que se hacen en silencio, en cualquier circunstancia,
en sueños igual que en vela. En resumen, el período de gestación. Ningún hombre
consigna nunca lo que tenía intención de decir: la creación original, que está
produciéndose todo el tiempo, tanto si escribes como si no, pertenece al flujo
primario: no tiene dimensiones, ni forma, ni componente temporal. En ese estado
preliminar, que es la creación y no el nacimiento, lo que desaparece no sufre
destrucción; algo que ya existía, algo imperecedero, como la memoria, o la
materia, o Dios, acude a la llamada y uno se arroja a ello como una ramita en
un torrente. Las palabras, las oraciones, las ideas, por sutiles o ingeniosas
que sean, los vuelos más locos de la poesía, los sueños más profundos, las
visiones más alucinantes, no son sino toscos jeroglíficos cincelados con dolor
y pena para conmemorar un acontecimiento que es intransmisible. En un mundo
ordenado de forma inteligente no habría necesidad de hacer el irracional
intento de consignar semejantes milagros. En realidad, carecería de sentido,
porque, si los hombres se pararan a pensarlo, ¿quién iba a contentarse con la
imitación, cuando lo real estuviese a disposición de cualquiera? ¿Quién iba a
desear conectar y escuchar a Beethoven, por ejemplo, cuando pudiese
experimentar personalmente las armonías extáticas que Beethoven luchó
desesperadamente por registrar? Una gran obra de arte, en caso de que logre
algo, sirve para recordarnos o, mejor dicho, para inducirnos a soñar todo lo
fluido e intangible. Es decir, el universo. No se puede entender; sólo puede
aceptarse o rechazarse. Si lo aceptamos, nos vemos revitalizados; si lo
rechazamos, nos vemos disminuidos. No es lo que quiera que se proponga ser:
siempre es algo más cuya última palabra no se pronunciará nunca. Es todo lo que
ponemos en ella por anhelo de lo que negamos cada día de nuestra vida. Si nos
aceptásemos a nosotros mismos así de completamente, la obra de arte, el entero
mundo del arte, de hecho, moriría de desnutrición. Cualquiera de nosotros se
mueve sin pies por lo menos unas horas al día, cuando tiene los ojos cerrados y
el cuerpo tendido. Llegará un día en que el arte de soñar estará al alcance de
todos los hombres. Mucho antes de eso, los libros dejarán de existir, pues
cuando los hombres estén bien despiertos y soñando, su capacidad de
comunicación (entre sí y con el espíritu que mueve a todos los hombres) se
incrementará tanto, que la escritura parecerá como los broncos y estridentes
chillidos de un idiota.
Pienso y sé todo esto, tendido en el oscuro recuerdo de un
día de verano, sin haber dominado, ni haber siquiera intentado fríamente
dominar, el arte del jeroglífico tosco. Aun antes de comenzar, me asquean los
esfuerzos de los maestros consagrados. Sin la capacidad ni el conocimiento para
construir una entrada en la fachada del gran edificio, critico y deploro la
propia arquitectura. Si yo fuera un simple ladrillito de esa vasta catedral de
fachada anticuada, me sentiría infinitamente feliz; tendría la vida, la vida de
la estructura entera, aun siendo una parte infinitesimal de ella. Pero estoy
fuera, soy un bárbaro que no puede hacer ni un esbozo tosco, y mucho menos un
plano, del edificio que sueña con habitar. Sueño con un nuevo mundo magnífico y
deslumbrante que se derrumba en cuanto se encienden las luces. Un mundo que se
desvanece, pero no muere, porque basta con que me quede inmóvil otra vez y que
mire fijamente y con los ojos bien abiertos a la oscuridad para que
reaparezca... Así pues, hay en mí un mundo que es totalmente diferente de
cualquier mundo que conozco. No creo que sea propiedad mía exclusiva: lo único
que es exclusivo es mi ángulo de visión, en el sentido de que es único. Si
hablo el lenguaje de mi visión única, nadie entiende; puede erigirse el
edificio más colosal y, aun así, éste puede permanecer invisible. Esa idea me
obsesiona. ¿De qué servirá construir un templo invisible?
Derivo con la corriente... a causa de esa breve frase. Ese
era el tipo de pensamiento que se me ocurría, siempre que surgía la palabra
«escribir». En diez años de esfuerzos esporádicos había conseguido escribir un
millón de palabras más o menos. Lo mismo podría decir: un millón de briznas de
hierba. Llamar la atención sobre ese prado inculto era humillante. Todos mis
amigos sabían que tenía el prurito de escribir... eso era lo que hacía que de
vez en cuando buscaran mi compañía: el prurito. Ed Gavami, por ejemplo, que
estudiaba para cura: organizaba una pequeña reunión en su casa expresamente por
consideración hacia mí, para que pudiera rascarme en público y convertir así la
velada en un acontecimiento. Para demostrar su interés por el noble arte, venía
a verme a intervalos más o menos regulares y me traía bocadillos, manzanas y
cerveza. A veces traía un puñado de puros. Yo debía llenar la barriga y
declamar. Si hubiera tenido una pizca de talento, nunca habría soñado con
llegar a ser sacerdote... Otro era Zabrowskie, el as de los telegrafistas de la
Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica: siempre me examinaba los
zapatos, el sombrero, el abrigo, para ver si estaban en buenas condiciones. No
tenía tiempo para leer, ni le interesaba lo que yo escribía, como tampoco creía
que llegaría yo nunca a nada, pero le gustaba oír hablar de ello. Le
interesaban los caballos, sobre todo los que corrían mejor en terreno pesado.
Oírme era una diversión inocente y que bien valía el precio de una buena comida
o de un sombrero nuevo, si fuera necesario. Contarle historias me estimulaba,
porque era como hablar al hombre de la luna. Podía interrumpir las divagaciones
más sutiles para preguntarme si prefería tarta de fresa o requesón frío para
postre... Otro era Costigan, el puño de hierro de Yorkville: otro de mis paños
de lágrimas y sensible como una marrana vieja. En tiempos había conocido a un
escritor de la Pólice Gazette; eso le daba derecho a frecuentar a los elegidos.
Tenía historias para contarme, historias que se venderían, si bajaba de mi
percha y prestaba oído. Costigan me atraía de forma extraña. Tenía aspecto
absolutamente inerte, una marrana vieja con la cara cubierta de granos y cerdas
erizadas por todo el cuerpo; era tan suave, tan tierno, que, si se hubiese
disfrazado de mujer, nadie habría dicho que era capaz de empujar a un tipo
contra una pared y sacarle los sesos de un puñetazo. Era la clase de bruto que
puede cantar en falsete y organizar una colecta para comprar una corona
fúnebre. En el ramo de telégrafos estaba considerado empleado tranquilo,
cumplidor, que se identificaba con los intereses de la compañía. En sus horas
libres era insoportable, el azote del barrio. Su mujer se llamaba de soltera
Tillie Júpiter; tenía el tipo de un cactus y daba mucha rica leche. Una velada
con los dos ponía en acción mi mente como una flecha envenenada.
Debía de tener unos cincuenta, entre amigos y partidarios.
De todo el grupo, había tres o cuatro que entendían ligeramente lo que yo
intentaba hacer. Uno de ellos, un compositor llamado Larry Hunt, vivía en un
pueblo de Minnesota. En cierta ocasión le habíamos alquilado una habitación y
no había tardado en enamorarse de mi mujer... porque yo la trataba tan
vergonzosamente. Pero yo le gustaba todavía más que mi mujer, conque, a su
vuelta al pueblo, se inició una correspondencia que pronto llegó a ser voluminosa.
Insinuaba que iba a volver a Nueva York a hacernos una corta visita. Yo
esperaba que viniera y se llevase a mi mujer. Años atrás, cuando acabábamos de
iniciar nuestra desdichada relación, yo había intentado endilgársela a su
antiguo amor, un muchacho del norte del Estado llamado Ronald. Este había
venido a Nueva York a pedir su mano. Uso esta expresión pomposa porque era la
clase de tipo que podía decir una cosa así sin parecer ridículo. Bueno, pues,
nos encontramos los tres y fuimos a cenar a un restaurante francés. Por la
forma como miraba a Maude vi que sentía más cariño por ella, y tenía más cosas
en común con ella, de lo que yo sentiría y tendría nunca. Me gustó
inmensamente: limpio, honrado hasta la médula, amable, atento, el tipo que
sería lo que se dice un buen marido. Además, la había esperado durante mucho
tiempo, algo que ella había olvidado, o, si no, no habría empezado a salir con
un despreciable hijo de puta como yo, que no podía hacerle ningún bien...
Aquella noche ocurrió una cosa extraña, algo que ella nunca me perdonaría, si
alguna vez se enterase. En lugar de acompañarla a casa, volví al hotel con su
antiguo amor. Pasé la noche sentado con él intentando convencerle de que él era
el mejor, contándole toda clase de cosas abominables sobre mí mismo, cosas que
le había hecho a ella y a otros, suplicándole, rogándole que hiciera valer sus
derechos sobre ella. Llegué hasta el extremo de decirle que sabía que ella lo
amaba, que me lo había confesado a mí. «Me aceptó sólo porque dio la casualidad
de que yo estaba a mano», le dije. «En realidad, está esperando que tú hagas
algo. Date una oportunidad.» Pero, no, no quería ni oír hablar de eso. Eramos
como Gastón y Alphonse, los de los tebeos. Ridículo, patético, completamente
irreal. Era el tipo de cosas que hacen en las películas y la gente va a
verlo... El caso es que, pensando en la próxima visita de Larry Hunt, yo sabía
que no iba a repetir ese rollo. Lo único que temía era que hubiese encontrado
otra mujer entretanto. Sería difícil perdonárselo.
Había un lugar (el único lugar de Nueva York) al que me
encantaba ir, sobre todo si estaba exaltado, y era el estudio que tenía mi
amigo en la parte alta de la ciudad. Ulric era un andoba lascivo; su profesión
lo ponía en contacto con bailarinas desnudistas, calienta- pollas, y toda clase
de mujeres sexualmente endemoniadas. Más que ninguno de los atractivos cisnes
larguiruchos que iban a su estudio a desnudarse me gustaban las doncellas de
color, que parecía cambiar con frecuencia. Conseguir que posasen para nosotros
no era cosa fácil. Y más difícil todavía era, una vez que las habíamos
convencido para que probaran, hacer que pasasen una pierna por encima de un
sillón y expusieran un poco de carne color salmón. Ulric tenía infinidad de
planes lascivos, siempre imaginando formas de meterles la cola, como él decía.
Era una forma de vaciarse la mente de las porquerías que le encargaban pintar.
(Le pagaban generosamente por pintar bellas latas de sopa, o maíz en mazorca,
para la contraportada de revistas.) Lo que quería hacer en realidad era pintar
coños, coños ricos y jugosos, que pudiera uno colgar en la pared del baño y
provocar así un agradable movimiento de los intestinos. Los habría pintado
gratis, si alguien le hubiera garantizado la comida y el dinero para los
gastillos. Como decía, tenía extraordinario olfato para la carne oscura. Cuando
había colocado a la modelo en una posición estrafalaria —inclinada para recoger
una horquilla, o subida a una escalera para lavar una mancha de la pared— me
daba un cuaderno y un lápiz y me enviaba a un lugar ventajoso donde, fingiendo
dibujar una figura humana (algo que superaba mi capacidad), me regalaba la
vista con las escogidas proporciones anatómicas que se me ofrecían, mientras
cubría el papel de jaulas de pájaros, tableros de ajedrez, piñas y garabatos.
Tras un breve descanso, ayudábamos esmeradamente a la modelo a recuperar su
posición original. Eso requería algunas maniobras delicadas, como bajar o alzar
el trasero, elevar un pie un poco, separar las piernas un poquito más, y cosas
así. «Me parece que eso es más o menos, Lucy», todavía le oigo decir, mientras
la manipulaba con destreza para colocarla en una posición obscena. «¿Puedes
quedarte así, Lucy?» Y Lucy dejaba escapar un gemido negroide con el que quería
decir que estaba lista. «No te vamos a entretener mucho, Lucy», decía él,
haciéndome un guiño furtivo. «Observa la vaginación longitudinal», me decía,
empleando una jerga rimbombante que a Lucy le resultaba imposible comprender
con sus orejas de conejo. Palabras como «vaginación» tenían un tintineo
agradable, mágico, para los oídos de Lucy. Un día que se la encontró en la
calle, la oí decir: «¿No vamos a hacer ejercicios de vaginación hoy, señor
Ulric?»
Tenía más cosas en común con Ulric que con ninguno de mis
demás amigos. Para mí representaba Europa, su influencia suavizante y
civilizadora. Pasábamos horas hablando de aquel otro mundo en que el arte tenía
alguna relación con la vida, donde podías sentarte tranquilamente en público a
ver pasar el espectáculo y a cavilar tus propios pensamientos. ¿Llegaría yo
alguna vez allí? ¿Sería demasiado tarde? ¿Cómo viviría? ¿Qué lengua hablaría?
Cuando pensaba en ello con realismo, me parecía imposible. Sólo los espíritus
audaces y aventureros podían realizar semejantes sueños. Ulric lo había hecho
—durante un año— a fuerza de duros sacrificios. Durante diez años había hecho
las cosas que detestaba, para hacer realidad su sueño. Ahora el sueño había
acabado y volvía a estar donde había empezado. Mucho más atrás que nunca, en
realidad, porque nunca volvería a poder adaptarse a la rutina. Para Ulric
habían sido unas vacaciones sabáticas: un sueño que se convierte en bilis y
amargura con el paso de los años. Yo nunca podría hacer lo mismo que Ulric.
Nunca podría hacer un sacrificio de esa clase, ni podría contentarme con unas
simples vacaciones, por largas o cortas que fueran. Mi estrategia ha sido
siempre quemar las naves detrás de mí. Mi cara siempre mira hacia el futuro.
Cuando cometo un error, es fatal. Cuando me echan atrás, caigo de espaldas...
hasta el fondo mismo. Mi única salvaguardia es mi elasticidad. Hasta ahora
siempre he rebotado. A veces el rebote se ha parecido a una actuación en cámara
lenta, pero para Dios la velocidad no tiene importancia especial.
En el estudio de Ulric era donde no hacía muchos meses
había acabado mi primer libro: el que trataba de los doce repartidores. Solía
trabajar en la habitación de su hermano, donde hacía poco el director de una
revista, después de leer unas páginas de un relato inacabado, me informó
impávido de que no tenía ni pizca de talento, de que no tenía ni idea de lo que
era escribir: en resumen, que era un completo fracasado y mira, muchacho, lo
mejor es que lo olvides, intenta ganarte la vida honradamente. Otro asno, que
había escrito un libro de mucho éxito sobre Jesús el Carpintero, me había dicho
lo mismo. Y, si las negativas significaban algo, eran simple corroboración para
apoyar las críticas de aquellas inteligencias perspicaces. «¿Quiénes son esos
mierdas?», solía decirle a Ulric. «¿Qué derecho tienen a decirme esas cosas?
¿Qué han hecho, excepto demostrar que saben hacer dinero?»
Pero, bueno, estaba hablando de Joey y Tony, mis
amiguitos. Estaba tumbado en la oscuridad, una ramita flotando en la corriente
japonesa. Estaba volviendo al simple abracadabra, la paja que forma los
ladrillos, el esbozo tosco, el templo que debe henchirse de carne y sangre y
manifestarse a todo el mundo. Me levanté y encendí una luz suave. Me sentía
calmado y lúcido, como un loto que se abre. No caminaba agitadamente de acá
para allá, no me arrancaba los pelos por las raíces. Me recliné despacio en una
silla junto a la mesa y con un lápiz empecé a escribir. Describí con palabras
sencillas lo que sentía al tomar la mano de mi madre y caminar por los campos
bañados por el sol, cómo me sentía al ver a Joey y Tony corriendo hacia mí con
los brazos abiertos y la cara radiante de alegría. Coloqué un ladrillo sobre
otro como un honrado albañil. Algo de naturaleza vertical estaba produciéndose:
no briznas de hierba creciendo, sino algo estructural, algo proyectado. No me
forcé para acabarlo; me detuve, cuando había dicho todo lo que podía. Releí
tranquilamente lo que había escrito. Me sentí tan emocionado, que se me
saltaron las lágrimas. No era algo para enseñar a un editor: era algo para
guardar en un cajón, para conservar como recordatorio de los procesos naturales,
como promesa de realización.
Cada día matamos nuestros mejores impulsos. Por eso es por
lo que nos entra angustia, cuando leemos esas líneas escritas por la mano de un
maestro y las reconocemos como propias, como los tiernos retoños que sofocamos
porque carecíamos de la fe para creer en nuestra propia capacidad, en nuestro
propio criterio de verdad y belleza. Todos los hombres, cuando se sosiegan,
cuando se vuelven desesperadamente honrados consigo mismos, son capaces de
pronunciar verdades profundas. Todos derivamos de la misma fuente. No hay
misterio sobre el origen de las cosas. Todos somos parte de la creación, todos
reyes, todos poetas, todos músicos; basta con que nos abramos, con que
descubramos lo que ya existe.
Lo que me ocurrió al escribir sobre Joey y Tony equivalió
a una revelación. Se me reveló que podía decir lo que quería decir... si no
pensaba en otra cosa, si centraba mi atención en eso exclusivamente... y si
estaba dispuesto a arrostrar las consecuencias que un acto puro siempre
entraña.
Capítulo II
Dos o tres días después, me encontré con Mara por primera
vez en pleno día. Estaba esperándola en la estación de Long Island, en
Brooklyn. Eran las seis de la tarde aproximadamente, hora de verano, extraña
hora punta soleada que anima una cripta tan sombría como la sala de espera del
ferrocarril de Long Island. Estaba parado junto a la puerta, cuando la avisté
cruzando los raíles del tranvía bajo el ferrocarril elevado; la luz del sol se
filtraba a través de la espantosa estructura en haces de oro en polvo. Llevaba
puesto un vestido de muselina que hacía parecer aún más opulenta su figura
llenita; la brisa soplaba ligera por entre su brillante cabello negro y
acariciaba su cara grave y pálida cual tiza como el rocío de las olas al
salpicar un acantilado. En aquel paso rápido y ágil, tan seguro, tan vivo,
sentí el animal aflorando a través de la carne con gracia florida y frágil
belleza. Ese era su yo diurno, un ser vigoroso y sano que se vestía con la
mayor sencillez y hablaba casi como una niña.
Habíamos decidido pasar la tarde en la playa. Temía que
hiciera demasiado fresco para ella con aquel vestido ligero, pero dijo que
nunca notaba el frío. Nos sentíamos tan felices, que las palabras nos salían
como un balbuceo. Nos habíamos apretujado en el compartimento del conductor y
nuestros rostros, que casi se tocaban, resplandecían con los ardientes rayos
del ocaso. ¡Qué diferente aquel viaje sobre los tejados del mío, angustioso y
triste, aquel domingo por la mañana, cuando me dirigía a su casa! ¿Era posible
que en tan corto espacio de tiempo pudiera el mundo adquirir un color tan
distinto?
Aquel ardiente sol poniéndose en el oeste... ¡qué símbolo
de gozo y calor! Encendía nuestros corazones, iluminaba nuestros pensamientos,
magnetizaba nuestras almas. Su calor iba a durar hasta bien entrada la noche,
iba a refluir desde debajo del curvo horizonte desafiando a la noche. En aquel
ardiente esplendor le tendí el manuscrito para que lo leyera. No podía haber
escogido un momento más favorable ni un crítico más benévolo. Había sido
concebido en las tinieblas y recibía el bautismo en la luz. Mientras
contemplaba su expresión, sentía tal exaltación, que me parecía como si le
hubiera tendido un mensaje del propio Creador. No necesitaba preguntarle su
opinión, podía leerla en su rostro. Durante años acaricié ese recuerdo,
reavivándolo en los sombríos momentos en que había roto con todo el mundo y
caminaba de arriba abajo por un ático solitario de una ciudad extranjera,
mientras leía las páginas recién escritas y me esforzaba por representarme en
las caras de todos mis lectores venideros esa expresión de amor y admiración
sin reservas. Cuando la gente me pregunta si tengo presente un público preciso,
al sentarme a escribir, les digo que no, que no tengo presente a nadie, pero la
verdad es que tengo ante mí la imagen de una gran multitud, una multitud anónima,
en la que quizá reconozca aquí y allá una cara amiga: en esa multitud veo
acumularse el lento y ardiente calor que en cierta ocasión fue una sola imagen:
lo veo diseminarse, inflamarse, elevarse hasta una gran conflagración. (La
única vez que un escritor recibe la recompensa que merece es cuando alguien
acude hasta él ardiendo con esa llama que avivó en un momento de soledad. La
crítica sincera no significa nada: lo que uno desea es pasión desenfrenada,
fuego por fuego.)
Cuando uno está intentando hacer algo que supera su
capacidad conocida, es inútil buscar la aprobación de los amigos. Los amigos
están en su elemento en los momentos de derrota... por lo menos, ésa es mi
experiencia. Entonces, o te fallan por completo o se superan a sí mismos. La
pena es el gran vínculo... la pena y el infortunio. Pero, cuando estás poniendo
a prueba tu capacidad, cuando estás intentando hacer algo nuevo, el mejor amigo
puede resultar un traidor. La propia forma como te desea suerte, cuando sacas a
relucir tus quiméricas ideas, es suficiente para desanimarte. Cree en ti sólo
en la medida en que te conoce; la posibilidad de que seas más grande de lo que
pareces es inquietante, pues la amistad se basa en la reciprocidad. Constituye
casi una ley que, cuando alguien se lanza a una gran aventura, ha de cortar
todos los lazos. Debe marcharse al desierto, y, cuando haya forcejeado consigo
mismo, debe regresar y escoger un discípulo. No importa que el discípulo sea de
poca calidad: lo único que importa es que crea implícitamente. Para que un
germen brote, otra persona, otro individuo de la multitud, ha de mostrar fe.
Los artistas, como los grandes dirigentes religiosos, muestran sorprendente
perspicacia a ese respecto. Nunca escogen al que más promete, sino siempre a
una persona oscura y con frecuencia ridícula.
Lo que me frustró en mis comienzos, lo que casi resultó
una tragedia, fue que no pude encontrar a nadie que creyera en mí
implícitamente, ni como persona ni como escritor. Tenía a Mara, es cierto, pero
Mara no era una amiga; estábamos tan estrechamente unidos, que casi no era otra
persona siquiera. Necesitaba a alguien ajeno al círculo vicioso de falsos
admiradores y envidiosos detractores. Necesitaba a alguien caído del cielo.
Ulric hizo todo lo posible por entender lo que me había
pasado, pero entonces carecía de la capacidad para percibir lo que yo estaba
destinado a ser. ¿Cómo podría yo olvidar su forma de recibir la noticia sobre
Mara? Era al día siguiente de haber ido a la playa. Había ido a la oficina por
la mañana como de costumbre, pero al mediodía me sentía tan febrilmente
inspirado, que cogí el tranvía y me fui al campo. La cabeza me rebosaba de
ideas. Con la misma rapidez con que las anotaba, otras acudían en tropel. Al
final, llegué a ese punto en que abandonas cualquier esperanza de recordar tus
brillantes ideas y simplemente te entregas al lujo de escribir un libro en la
cabeza. Sabes que nunca serás capaz de recuperar esas ideas, ni una sola línea
de todas las oraciones tumultuosas y maravillosamente ensambladas que se te
filtran por la mente como serrín derramándose por un agujero. En días así
tienes por compañía al mejor compañero que jamás puedas tener: el modesto yo
cotidiano, derrotado y fatigado, que tiene un nombre y que puede identificarse
en los registros públicos en caso de accidente o de muerte. Pero el yo real, el
que ha cogido las riendas, es casi un extraño. El es el que está lleno de
ideas; él es el que está escribiendo en el aire; él es el que, si llegas a
fascinarte demasiado con sus hazañas, acabará expropiando al yo viejo y agotado
y adoptando tu nombre, tu dirección, tu esposa, tu pasado, tu futuro.
Naturalmente, cuando sorprendes a un viejo amigo en ese estado eufórico, se
niega a conceder inmediatamente que tienes otra vida, una vida distinta que él
no comparte. Te dice con todo candor: «¿Qué? Estás de lo más alegre hoy, ¿eh?»
Y tú asientes con la cabeza casi avergonzado.
«Mira, Ulric», dije, interrumpiéndole en pleno dibujo de
una lata de sopa Campbell, «tengo que decirte una cosa. Estoy a punto de
explotar».
«Vale, desembucha», dijo, al tiempo que mojaba el pincel
en el grueso bote de acuarela que tenía al lado, en una banqueta. «No te
importa que siga con este maldito dibujo, ¿verdad? Tengo que acabarlo esta
noche.»
Fingí que no me importaba, pero estaba desconcertado. Bajé
la voz para no molestarlo demasiado. «¿Recuerdas la chavala de que te hablé?
¿La que conocí en el baile? Bueno, pues, he vuelto a salir con ella. Anoche
fuimos juntos a la playa...»
«¿Qué tal fue? ¿Fácil?»
Por la forma como se pasó la lengua por los labios
comprendí que se preparaba para un relato jugoso.
«Oye, Ulric, ¿sabes lo que es estar enamorado?»
Ni siquiera se dignó alzar la vista para responder.
Mientras mezclaba diestramente los colores en la paleta de estaño, masculló
algo en el sentido de que poseía instintos normales.
Proseguí imperturbable. «¿Crees que podrías conocer algún
día a una mujer que pudiera cambiar toda tu vida?»
«He conocido a una o dos que lo han intentado... sin
conseguirlo del todo, como puedes ver», respondió.
«¡Me cago en la leche puta! Deja eso un momento, ¿quieres?
Quiero decirte una cosa... quiero decirte que estoy enamorado, locamente
enamorado. Sé que parece ridículo, pero esto es diferente: nunca había estado
así antes. Me preguntas si tiene un buen polvo. Sí, magnífico. Pero eso me
importa un comino...»
«¿Ah, sí? ¡Hombre, eso es nuevo!»
«¿Sabes lo que he hecho hoy?»
«A lo mejor has ido al striptease de Houston Street.»
«He ido al campo. He estado caminando por ahí como un
loco...»
«¿Qué quieres decir?... ¿ya te ha dado calabazas?»
«No. Me dijo que me quería... ya sé, parece infantil,
¿verdad?»
«Yo no diría eso exactamente. Podrías estar trastornado
por un tiempo, nada más. Todo el mundo se comporta de forma un poco extraña,
cuando se enamora. En tu caso no me extrañaría que durara un poco más. Ojalá no
tuviese que hacer este maldito trabajo: podría escucharte con mayor
sentimiento. ¿No podrías volver dentro de un rato? Podríamos comer juntos, ¿te
parece?»
«De acuerdo, volveré dentro de una hora. No me vayas a
dejar plantado, porque no llevo ni un céntimo.»
Bajé las escaleras volando y me dirigí al parque. Estaba
furioso. Era absurdo exaltarse delante de Ulric. Siempre frío como un pepino,
ese tipo. ¿Cómo puedes hacer entender a otra persona lo que realmente te ocurre
por dentro? Si me rompiera una pierna, lo dejaría todo. Pero, si se te parte el
corazón de alegría... hombre, es un poco aburrido, ¿no te das cuenta? Las
lágrimas son más fáciles de soportar que la alegría. La alegría es destructiva:
pone violentos a los demás. «Llora y llorarás solo...» ¡qué mentira es eso!
Llora y encontrarás un millón de cocodrilos para llorar contigo. El mundo no
deja nunca de llorar. El mundo está empapado en lágrimas. La risa, eso es
harina de otro costal. La risa es momentánea: pasa. Pero la alegría es una
especie de hemorragia extática, un tipo de supercontento vergonzoso que se
derrama por cada poro de tu ser. No puedes poner alegre a la gente simplemente
por estar tú alegre. Tiene que ser uno mismo quien engendre la alegría: es o no
es. La alegría se basa en algo demasiado profundo como para ser entendido y
comunicado. Estar alegre es ser un loco en un mundo de fantasmas tristes.
No podía recordar haber visto nunca a Ulric absolutamente
alegre. Podía reír con bastante facilidad, y con risa buena y sana, pero,
cuando se calmaba, siempre quedaba un poco decaído. Por lo que se refiere a
Stanley, lo más parecido al júbilo que podía producir era una sonrisa de ácido
fénico. No conocía a una sola persona que fuese verdaderamente alegre por
dentro, ni animada siquiera. Mi amigo Kronski, que ahora era médico, daba
muestras de inquietud, si me encontraba de humor efervescente. Hablaba de alegría
y tristeza como si fueran condiciones patológicas: polos opuestos en el ciclo
maníaco-depresivo.
Cuando volví al estudio, lo encontré atestado de amigos
suyos que habían llegado inesperadamente. Eran lo que Ulric llamaba jóvenes
chungones y simpáticos del sur. Habían llegado de Virginia y Carolina del Norte
en sus bonitos coches de carreras y habían traído unas botellas de aguardiente
de melocotón. Yo no conocía a ninguno de ellos y al principio me sentía un poco
incómodo, pero después de un trago o dos me animé y empecé a hablar por los
codos. Ante mi asombro, no parecían entender de qué estaba hablando. Excusaron
su ignorancia con disimulo y turbación diciendo que eran gente sencilla del
campo que sabían más de caballos que de libros. No me parecía haber mencionado
libro alguno, pero no tardé en describir que ésa era su forma de darme un
rapapolvo. Dijera lo que dijese, yo era un intelectual y no había que darle
vueltas. Y ellos eran señoritos del campo, con botas y espuelas, no había que
darle vueltas. La situación estaba volviéndose bastante tensa, a pesar de mis
esfuerzos por usar su lenguaje. Y, de repente, se volvió ridícula, a causa de
una observación estúpida sobre Walt Whitman que uno de ellos había elegido para
dirigirse a mí. Yo había estado exaltado la mayor parte del día; el paseo
forzoso me había serenado un poco, pero con el chorreo de aguardiente y la
conversación a tontas y a locas había vuelto a animarme poco a poco. Me sentía
de humor para oponerme a aquellos jóvenes chungones del sur, sobre todo porque
aquella hilaridad sin sentido no me dejaba soltar lo que me tenía el corazón en
un puño. Así, que, cuando el culto tipejo sureño, de Durham, intentó batirse
conmigo a propósito de mi escritor americano favorito, me lancé a por él con
ganas. Como de costumbre en semejantes circunstancias, me excedí.
Se produjo un gran alboroto. Al parecer, no habían visto
nunca a nadie tan acalorado por una cuestión insignificante. Su risa me puso
furioso. Les acusé de ser unos hijos de puta gandules, ignorantes, llenos de
prejuicios, producto de puteros haraganes, etc. Un tipo alto y delgaducho, que
más adelante llegó a ser un astro famoso del cine, se puso en pie y amenazó con
partirme la boca. Ulric acudió en mi ayuda con sus modales suaves y sedosos,
volvieron a llenarse las copas hasta el borde y se declaró una tregua. En aquel
momento sonó el timbre y entró una mujer joven y guapa. Me la presentaron como
la esposa de Fulano o Mengano a quien todos los demás parecían conocer y con
quien se mostraban muy solícitos. Llevé a Ulric a un rincón para averiguar qué
era aquello. «Su marido está paralítico», me confió. «Se pasa el día
cuidándolo. De vez en cuando se deja caer por aquí para tomar una copa...
supongo que está empezando a resultarle insoportable.»
Me quedé aparte y estuve valorándola. Parecía una de esas
mujeres sexualmente superdotadas que, al tiempo que se hacen las mártires,
consiguen de un modo u otro satisfacer sus necesidades. Apenas acababa de
sentarse, cuando entraron otras dos mujeres, una de ellas una furcia —se veía a
la legua—, la otra simplemente la esposa de alguien, y bastante aviejada y
gastada, por cierto. Me sentía hambriento como un oso y estaba cogiendo una
curda tremenda. Con la llegada de las dos mujeres, perdí mi combatividad completamente.
Sólo pensaba en dos cosas: comida y sexo. Fui al retrete y distraídamente dejé
la puerta sin cerrar. Me había echado hacia atrás un poco a causa de una
venenosa erección que me había provocado el aguardiente y, estando así con el
canario en la mano y apuntando a la taza con la alta curva, se abrió la puerta
de repente. Era Irene, la esposa del paralítico. Lanzó una exclamación ahogada
y empezó a cerrar la puerta, pero, por alguna razón, quizá porque yo parecía
tan absolutamente tranquilo e indiferente, se quedó en el umbral y, mientras yo
acababa de mear, estuvo hablándome, como si no ocurriera nada del otro mundo.
«Toda una hazaña», dijo, mientras yo sacudía las últimas gotas. «¿Siempre se
echa hacia atrás así?» La cogí de la mano y la hice entrar de un tirón, al
tiempo que cerraba la puerta con la otra mano. «No, por favor, no haga eso»,
suplicó, con expresión de absoluto espanto. «Sólo un momento», le susurré,
mientras le restregaba la polla por el vestido. Apreté los labios contra su roja
boca. «Por favor, por favor», me suplicó, intentando zafarse de mi brazo. «Me
va a deshonrar.» Sabía que tenía que soltarla. Puse manos a la obra rápida y
furiosamente. «Te voy a soltar», le dije. «Sólo un beso más.» Dicho eso, la
recosté contra la puerta y, sin molestarme siquiera en levantarle las faldas,
se la clavé una y otra vez, lanzándole una densa descarga sobre el vestido de
seda negra.
Ni siquiera notaron mi ausencia. Los muchachos sureños
estaban arremolinados en tomo a las otras dos mujeres, haciendo lo posible por
emborracharlas en seguida. Ulric me preguntó socarrón si había visto a Irene.
«Creo que está en el baño», dije.
«¿Cómo ha ido?», dijo. «¿Todavía sigues enamorado?»
Le dediqué una sonrisa de desagrado.
«Por qué no traes a tu amiga alguna noche», prosiguió.
«Siempre puedo encontrar un pretexto para hacer venir a Irene. Podemos
turnarnos para consolarla, ¿qué te parece?»
«Oye», dije, «déjame un dólar, ¿quieres? Tengo que comer,
estoy hambriento.»
Ulric siempre tenía una manera muy especial de parecer
perplejo, desconcertado, cuando le pedías dinero. Tenía que cogerlo por
sorpresa o, si no, se escabullía con sus suaves e irresistibles negativas.
«¡Vamos!», dije, cogiéndole del brazo. «No es el momento de farfullar y
tartamudear». Fuimos al vestíbulo, donde me pasó furtivamente un billete. Justo
cuando nos acercábamos a la puerta, Irene salió del baño. «¿Cómo? ¿Ya te
marchas?», preguntó, acercándose a mi y deslizando los brazos bajo los
nuestros. «Sí, tiene que irse ahora mismo», dijo Ulric, «pero ha prometido
volver luego». Y, dicho eso, la rodeamos con los brazos y la colmamos de besos.
«¿Cuándo voy a volver a verte?», dijo Irene. «Puede que me
haya marchado, cuando vuelvas. Me gustaría hablar contigo.»
«¿Sólo hablar?», dijo Ulric.
«En fin, ya sabes...», dijo, terminando con una risa
lasciva.
Aquella risa me alcanzó en el escroto. Volví a agarrarla
y, empujándola contra un rincón, le puse la mano en el coño, que estaba
ardiendo, y le metí la lengua hasta la garganta.
«¿Por qué escapas ahora?», murmuró. «¿Por qué no te
quedas?»
Ulric intervino para tomar su parte. «No te preocupes por
él», dijo, pegándose a ella como una sanguijuela. «Ese andoba no necesita
consuelo. Tiene más de lo que puede dar abasto.»
Al salir a hurtadillas, capté una última señal implorante
de Irene, con la espalda casi doblada en dos y las faldas por encima de las
rodillas, mientras la mano de Ulric le subía por la pierna y hasta el cálido
coño. «¡Uf! ¡Qué puta!», mascullé, mientras bajaba la escalera. Estaba
desfallecido de hambre. Quería un filete cubierto de cebolla y una jarra de
cerveza.
Comí en el fondo de una taberna de la Sexta Avenida, cerca
de la casa de Ulric. Tomé lo que necesitaba y aún me sobraron diez centavos. Me
sentía jovial y expansivo, de humor para aceptar cualquier cosa. Debía de
traslucírseme el humor en la cara, porque, al pararme un momento en la puerta
para observar la escena, un hombre que paseaba un perro me saludó cordialmente.
Pensé que me había confundido con alguien, algo que me ocurre con frecuencia,
pero no, simplemente se sentía cordial, quizá con el mismo humor radiante que
yo. Cambiamos unas palabras y poco después me encontraba caminando con él y el
perro. Dijo que vivía cerca y que, si deseaba tomar una copa, podía acompañarlo
a su piso. Las pocas palabras que habíamos cambiado me convencieron de que era
un caballero sensible y culto de la vieja escuela. En realidad, casi al
instante me contó que acababa de regresar de Europa, donde había estado
viviendo unos años. Cuando llegamos a su piso, estaba contándome una historia
sobre una aventura que había tenido con una condesa en Florencia. Parecía dar
por sentado que yo conocía Europa. Me trataba como si yo fuera un artista.
El piso era bastante lujoso. Inmediatamente sacó una
bonita caja de habanos excelentes y me preguntó qué prefería beber. Tomé un
whisky y me arrellané en un lujoso sillón. Tenía la sensación de que aquel
hombre no iba a tardar en ponerme dinero en la mano. Me escuchaba como si
creyera cada palabra que yo pronunciaba. De repente se aventuró a preguntar si
era escritor. ¿Por qué? Pues, por la forma de mirar a mi alrededor, por la
manera de estar, por la expresión de la boca: pequeños detalles indefinibles,
una impresión general de sensibilidad y curiosidad.
«¿Y usted?», le pregunté. «¿Qué hace usted?»
Hizo un gesto de disculpa, como diciendo: ya no soy nada.
«En tiempos fui pintor, y malo. Ahora no hago nada. Procuro pasármelo bien.»
Aquello me hizo dispararme. Las palabras me salieron como
tiros de metralleta. Le conté la situación en que me encontraba, lo complicada
que era, que a pesar de todo pasaban cosas, las grandes esperanzas que
abrigaba, la vida que tenía por delante a condición de que pudiera hacerla mía,
exprimirla, dirigirla, conquistarla. Mentí un poco. Era imposible confesarle a
aquel extraño que había acudido en mi ayuda caído del cielo que yo era un
completo fracasado.
¿Qué había escrito hasta entonces?
Pues, varios libros, varios poemas, una colección de
cuentos. Hablé por los codos para no dejarme coger en preguntas triviales sobre
cosas concretas. Respecto al nuevo libro que acababa de empezar... iba a ser
algo magnífico. Había más de cuarenta personajes en él. Había hecho un gran
esquema en la pared, una especie de mapa del libro... ya se lo enseñaría.
¿Recordaba a Kirilov, el personaje de una de las obras de Dostoyevsky, que se
había pegado un tiro o ahorcado porque era demasiado feliz? Ese era yo de pies
a cabeza. Iba a disparar a todo el mundo... por pura y simple felicidad... Hoy,
por ejemplo, si hubiera podido verme unas horas antes. Completamente loco.
Rodando en la hierba junto a un arroyo; masticando bocados de hierba;
rascándome como un perro; gritando a pleno pulmón; dando volteretas; hasta me
había arrodillado y había rezado, no para pedir nada, sino para dar gracias por
estar vivo, por poder respirar el aire... ¿Acaso no era maravilloso el mero
hecho de respirar?
Proseguí contando pequeños episodios de mi vida en la
compañía de telégrafos: los truhanes con los que tenía que tratar, los
mentirosos patológicos, los pervertidos, los vagabundos afectados de neurosis
de guerra sentados en las pensiones, los babosos e hipócritas que trabajan en
la beneficiencia, las enfermedades de los pobres, los muchachos que se escapan
de casa y desaparecen de la faz de la tierra, las putas que intentan colarse y
trabajar en los edificios de oficinas, los chiflados, los epilépticos, los
huérfanos, los chavales de reformatorio, los ex presidiarios, las ninfómanas.
Tenía la boca abierta como una bisagra, y los ojos se le
salían de las órbitas; parecía enteramente un sapo bonachón al que le hubieran
dado una pedrada. ¿Quiere otra copa?
¡Desde luego! ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí... en el medio
del libro iba a explotar. ¿Por qué no? Había escritores que podían prolongar
una cosa hasta el final sin soltar las riendas; lo que necesitábamos era un
hombre, como yo por ejemplo, al que le importara tres cojones lo que ocurriese.
Dostoyevski no había ido bastante lejos. Yo era partidario de puros galimatías.
¡Había que volverse tarumba! La gente ya estaba harta de la trama y los
personajes. La vida no se compone de trama y personajes. La vida no está en el
piso de arriba: la vida está aquí y ahora, en cualquier momento que pronuncies
la palabra, en cualquier momento que te dejes llevar. La vida es cuatrocientos
cuarenta caballos en un motor de dos cilindros...
En ese punto me interrumpió. «Vaya, debo reconocer que
parece usted dotado indudablemente... Me gustaría leer alguno de sus libros.»
«Ya los leerá», dije, arrebatado por la combustión
interna. «Le enviaré uno mañana o pasado.»
Llamaron a la puerta. Al levantarse a abrir, me explicó
que esperaba a alguien. Me pidió que me quedara; se trataba de una amiga suya
encantadora.
Una mujer de espléndida belleza apareció en la puerta. Me
levanté a saludarla. Parecía italiana. Posiblemente la condesa de que había
hablado antes.
«Sylvia», dijo, «¡qué pena que no hayas llegado antes! He
estado escuchando las historias más maravillosas. Este joven es escritor.
Quiero que lo conozcas.»
Ella se acercó y extendió las dos manos para que se las
cogiera. «Estoy segura de que debe de ser usted un escritor muy bueno», dijo.
«Ha sufrido usted, lo veo.»
«Ha tenido la vida más extraordinaria, Sylvia. Me siento
como si no hubiera empezado a vivir todavía. ¿Y qué imaginas que hace para
ganarse la vida?»
Se volvió hacia mí como para indicar que prefería oírlo de
mis labios. Me sentí confuso. No estaba preparado para encontrarme con una
persona tan magnífica, tan llena de seguridad, tan equilibrada y tan
absolutamente natural. Sentí deseos de levantarme y colocarle las manos en las
caderas, asirla así y decirle algo muy sencillo, muy sincero, como un ser
humano a otro. Tenía ojos aterciopelados y húmedos, ojos oscuros y redondos que
brillaban con simpatía y cordialidad. ¿Era posible que estuviera enamorada de
aquel hombre mucho más mayor? ¿De qué ciudad procedía y de qué mundo? Tuve la
impresión de que, para decirle aunque sólo fuera dos palabras, debía saber
algo. Un error sería fatal.
Pareció adivinar mi problema. «¿No me va a ofrecer nadie
una copa?», preguntó, mirando primero a él y después a mí. «Creo que oporto»,
añadió, dirigiéndose a mí.
«Pero, ¡si nunca bebes!», dijo mi anfitrión. Y se levantó
a ayudarme. Los tres estábamos muy próximos, Sylvia con un vaso vacío en alto.
«Me alegro mucho de que las cosas hayan salido así», dijo él. «No podría haber
reunido a dos personas más opuestas en cualquier sentido que vosotros dos.
Estoy seguro de que os entenderéis.»
La cabeza me daba vueltas, cuando se llevó la copa a los
labios. Sabía que era el preludio de una extraña aventura. Tenía la intuición
profunda de que él encontraría al instante alguna excusa para dejarnos solos
por un rato y que sin decir una palabra ella caería en mis brazos. También tuve
la impresión de que no volvería a ver nunca a ninguno de los dos.
En realidad, sucedió precisamente como había imaginado.
Menos de cinco minutos después de que hubiera llegado ella, mi anfitrión
anunció que tenía que ocuparse de un asunto muy importante y nos rogó que lo
disculpáramos por un rato. Apenas había cerrado la puerta, cuando ella se me
acercó y se me sentó en las rodillas, al tiempo que decía: «No va a regresar
esta noche. Ahora podemos hablar». Me sentí más asustado que sorprendido al oír
aquellas palabras. Toda clase de ideas me pasaban por la mente como un rayo. Me
sentí todavía más desconcertado, cuando, tras una pausa, añadió: «¿Y qué me
dice de mí? ¿Soy sólo una mujer bonita? ¿Su amante tal vez? ¿Cuál cree usted
que es mi vida?»
«Creo que es usted una persona muy peligrosa», respondí
espontáneamente y con toda sinceridad. «No me sorprendería que fuera una espía
famosa.»
«Tiene usted intuiciones profundas», dijo. «No, no soy una
espía, pero...»
«En fin, aunque lo fuera, no me lo diría, ya lo sé. En
realidad, no quiero saber nada de su vida. ¿Sabe lo que me pregunto? Me
pregunto qué desea de mí. Me siento como en una trampa.»
«Eso es poco amable de su parte. Ahora está usted
imaginando cosas. Si deseáramos algo de usted, tendríamos que conocerlo mejor,
¿no es cierto?» Tras un momento de silencio, añadió: «¿Está usted seguro de que
no quiere ser nada más que escritor?»
«¿Qué quiere usted decir?», repliqué rápidamente.
«Simplemente eso. Sé que es usted escritor... pero también
podría ser otras cosas. Es usted la clase de persona que podría hacer lo que se
propusiera, ¿no es así?»
«Me temo que es exactamente lo contrario», respondí.
«Hasta ahora todo lo que he emprendido ha acabado desastrosamente. Ni siquiera
estoy seguro de ser escritor, en este momento.»
Se levantó de mis rodillas y encendió un cigarrillo. «No
puede usted ser un fracasado», dijo, después de un momento de vacilación en que
pareció concentrarse para hacer una revelación importante. «Su problema», dijo
despacio y deliberadamente, «es que nunca se fija una tarea digna de su
capacidad. Usted necesita problemas mayores, dificultades mayores. No funciona
adecuadamente hasta que no se siente apremiado con fuerza. No sé lo que está
usted haciendo, pero estoy segura de que su vida presente no es adecuada. Está
usted destinado a llevar una vida peligrosa; puede usted correr peligros
mayores que otras personas porque... bueno, probablemente lo sepa usted
mismo... porque está usted protegido».
«¿Protegido? No entiendo», respondí abruptamente.
«Oh, sí, sí que me entiende», respondió con calma. «Toda
su vida ha estado usted protegido. Piénselo un momento... ¿Acaso no ha estado a
punto de morir varias veces?... ¿es que no ha encontrado siempre a alguien que
le ayudara, un extraño generalmente, justo cuando creía que todo estaba
perdido? ¿Acaso no ha cometido ya varios delitos, delitos que nadie sospecharía
de usted? ¿Es que no es presa ahora mismo de una pasión muy peligrosa, una
aventura amorosa que, de no haber nacido con buena estrella, podría conducirlo
a la ruina? Sé que está usted enamorado. Sé que está dispuesto a hacer
cualquier cosa para satisfacer esa pasión... Me mira usted de forma extraña...
se pregunta cómo es que lo sé. No tengo dotes especiales... excepto la
habilidad para descifrar a los seres humanos de un vistazo. Mire, hace unos
momentos estaba usted esperando ansiosamente que yo me acercara a usted. Sabía
que me arrojaría en sus brazos, cuando él se fuese. Y lo he hecho. Pero se ha
sentido usted paralizado... un poco asustado de mí, ¿no es así? ¿Por qué? ¿Qué
podría yo hacerle? No tiene usted dinero, ni poder, ni influencia. ¿Qué podía
usted esperar que le pidiera?» Hizo una pausa y después añadió: «¿Debo decirle
la verdad?»
Asentí impotente.
«Tenía usted miedo de que, si le pedía que hiciera algo
por mí, no podría negármelo. Estaba perplejo porque, estando enamorado de una
mujer, se sentía ya víctima virtual de otra. Lo que usted necesita no es una
mujer: es un instrumento para liberarse. Anhela usted una vida más aventurera,
quiere romper sus cadenas. Quienquiera que sea la mujer que ama, la compadezco.
A usted le parecerá la más fuerte, pero eso es sólo porque duda de usted mismo.
Usted es el más fuerte. Siempre será usted más fuerte: porque sólo puede pensar
en sí mismo. Si fuera usted sólo un poco más fuerte, temería por usted. Podría
llegar a ser un fanático peligroso. Pero no es ése su destino. Es usted
demasiado cuerdo, demasiado sano. Ama usted la vida más incluso que a sí mismo.
Está confuso, porque, se entregue a quien o a lo que se entregue, nunca es
bastante para usted: ¿no es verdad? Nadie puede retenerlo por mucho tiempo:
siempre está usted buscando más allá del objeto de su amor, buscando algo que
nunca encontrará. Tendrá que buscar dentro de sí mismo, si espera liberarse
alguna vez del tormento. Hace usted amigos con facilidad, estoy segura. Y, sin
embargo, no existe nadie a quien pueda llamar amigo de verdad. Está usted solo.
Siempre estará solo. Quiere usted demasiado, más de lo que la vida puede
ofrecerle...»
«Espere un momento, por favor», le interrumpí. «¿Por qué
ha decidido decirme todo esto?»
Guardó silencio por un instante, como si vacilara en
contestarme directamente. «Supongo que simplemente estoy respondiendo a una
pregunta que me he hecho a mí misma», dijo. «Esta noche debo tomar una grave
decisión; mañana por la mañana salgo para un largo viaje. Cuando lo he visto a
usted, me he dicho para mis adentros: quizá sea éste el hombre que pueda
ayudarme. Pero me equivocaba. No tengo nada que pedirle... puede usted rodearme
con los brazos, si lo desea... si no tiene usted miedo de mí.»
Me acerqué a ella, la estreché con fuerza y la besé.
Separé los labios y le miré a los ojos, sin separar los brazos de su cintura.
«¿Qué es lo que ve?», dijo, separándose suavemente.
Me aparté de ella y la miré fijamente, durante unos
momentos, antes de responder. «¿Que qué veo? Nada. Absolutamente nada. Mirar en
sus ojos es como mirar a un espejo oscuro.»
«Está usted turbado. ¿Qué le pasa?»
«Lo que me ha dicho usted... me asusta... De modo, que no
puedo ayudarle, ¿no es así?»
«Me ha ayudado usted, en cierto modo», respondió. «Siempre
ayuda usted, indirectamente. La gente se apoya en usted, pero usted no sabe por
qué. Incluso los odia por eso, aunque actúa como si fuera amable y sinceramente
compasivo. Cuando he llegado aquí esta noche, temblaba un poco por dentro;
había perdido esa confianza que suelo tener. Lo he mirado a usted y he visto...
¿qué cree usted?»
«Un hombre inflamado con su yo, supongo.»
«¡He visto un animal! He sentido que me devoraría, si me
abandonaba. Y por un instante o dos he sentido que deseaba abandonarme. Usted
quería tomarme, arrojarme a la alfombra. Poseerme de ese modo no le habría
satisfecho, ¿verdad? Ha visto usted en mí algo que nunca había observado en
otra mujer. Ha visto la máscara de usted.» Hizo una pausa por un segundo.
«Usted no se atreve a revelar su auténtico yo, ni yo tampoco. Eso es lo que
tenemos en común. Vivo peligrosamente, no porque sea fuerte, sino porque sé utilizar
la fuerza de los demás. Temo no hacer las cosas que hago, porque, si dejara de
hacerlas, me derrumbaría. No lee usted nada en mis ojos, porque no hay nada que
leer. No tengo nada que darle a usted, como le he dicho hace un momento. Usted
sólo busca su presa, sus víctimas, con las que se ceba. Sí, ser escritor
probablemente sea lo mejor para usted. Si hubiera de poner en práctica sus
pensamientos, probablemente se convertiría en un criminal. Siempre tiene usted
la posibilidad de elegir entre dos caminos. No es el sentido moral lo que le
impide seguir el camino que debe: es el instinto lo que le impulsa a hacer sólo
lo que a la larga será mejor para usted. No sabe por qué abandona sus
brillantes proyectos; cree que es la debilidad, el miedo, la duda, pero no lo
es. Tiene usted los instintos de un animal somete usted todo a su deseo de
vivir. No vacilaría usted en poseerme contra mi voluntad, aun cuando supiera
que estaba en una trampa. No teme usted las trampas humanas, sino las otras
trampas, las trampas que lo encaminarían por la dirección equivocada contra la
que está prevenido. Y tiene razón.» Volvió a hacer una pausa. «Sí, me ha
prestado usted un gran servicio. Si no lo hubiera conocido a usted esta noche,
habría cedido a mis dudas.»
«Entonces, está usted a punto de hacer algo peligroso»,
dije.
Se encogió de hombros. «¿Quién sabe lo que es peligroso?
Dudar, eso es lo peligroso. Usted va a conocer muchos más peligros que yo. Y va
a causar mucho daño a los demás al defenderse de sus propios miedos y dudas. Ni
siquiera está seguro en este momento de volver con la mujer de que está
enamorado. He envenenado su mente. La dejaría usted como si nada, si estuviera
seguro de que podría hacer lo que quería sin su ayuda. Pero va a necesitarla y
llamará a eso amor. Siempre recurrirá usted a esa excusa, cuando esté chupando
la vida a una mujer.»
«En eso es en lo que se equivoca», le interrumpí con
cierto ardor. «Es a mí a quien chupan hasta dejarme seco, no yo a la mujer.»
«Así es como se engaña usted a sí mismo. Como la mujer no
puede nunca darle lo que desea, se toma por mártir. Una mujer desea amor y
usted es incapaz de dar amor. Si fuera usted un tipo de hombre inferior, sería
un monstruo; pero va usted a convertir su frustración en algo útil. Sí, siga
escribiendo a toda costa. El arte puede volver bello lo horrible. Es mejor un
libro monstruoso que una vida monstruosa. El arte es doloroso, tedioso,
ablanda. Si no muere usted en el intento, su obra puede transformarlo en un ser
humano sociable y caritativo. Es usted lo suficientemente grande como para
satisfacerse con mera fama, lo veo. Probablemente, cuando haya vivido bastante,
descubrirá que hay algo más allá de lo que ahora llama vida. Puede que todavía
viva con el fin de vivir para los demás. Eso depende del uso que haga de su
inteligencia.» (Nos miramos penetrantemente.) «Pues no es usted tan inteligente
como cree. Esa es su debilidad, su irresistible orgullo intelectual. Si confía
solamente en eso, se derrota a sí mismo. Tiene usted todas las virtudes
femeninas, pero siente vergüenza de reconocerlas ante sí mismo. Cree usted que
por ser fuerte sexualmente es un hombre viril, pero tiene usted más de mujer
que de hombre. Su virilidad sexual es la única señal de una capacidad mayor que
todavía no ha empezado a usar. No intente probarse a sí mismo explotando su
capacidad de seducción. Las mujeres no se dejan engañar por esa clase de fuerza
y encanto. Las mujeres, hasta cuando están subyugadas mentalmente, son siempre
las que dominan la situación. Una mujer puede estar esclavizada, sexualmente,
y, aun así, dominar al hombre. Va usted a conocer dificultades mayores que
otros hombres porque dominar a otro no le interesa. Siempre estará intentando
dominarse a sí mismo; la mujer a la que ama será simplemente un instrumento
para ejercitarse...»
En ese punto guardó silencio. Vi que esperaba que me
fuera.
«Oh, por cierto», dijo, cuando me despedía, «el caballero
me ha pedido que le diese esto»... y me entregó un sobre cerrado.
«Probablemente haya explicado por qué no podía poner una excusa mejor para
marcharse tan misteriosamente.» Tomé el sobre y le estreché la mano. Si me
hubiera dicho de repente: «¡Corra! ¡Corra para salvar la vida!», lo habría
hecho sin vacilar. Estaba completamente confuso, sin saber ni por qué había
acudido ni por qué me iba. Me había visto transportado en la cresta de una
extraña exaltación cuyo origen ahora parecía remoto y de poca importancia para
mí. Desde el mediodía hasta la medianoche había completado el círculo.
Abrí el sobre en la calle. Contenía un billete de veinte
dólares dentro de una hoja de papel en que estaba escrito: «¡Que tenga suerte!»
No me sorprendió lo más mínimo. Había esperado que algo así ocurriera, cuando
había puesto los ojos en él por primera vez...
Pocos días después de aquel episodio, escribí un relato
titulado «Fantasía libre», que llevé a Ulric y le leí en voz alta. Estaba
escrito a ciegas, sin pensar en el principio ni en el fin. Tenía simplemente
una idea fija en la mente todo el tiempo, y era la de lámparas japonesas
oscilando. La piéce de résistance era una patada en las costillas que daba a la
heroína en el acto de la sumisión. Ese gesto, que estaba pensado para Mara, fue
más sorpresa para mí de lo que podía ser para el lector. Ulric consideró el
estilo extraordinario, pero confesó que para él no tenía ni pies ni cabeza.
Quería que se lo enseñara a Irene, que iba a venir después. Según dijo, tenía
una vena perversa. Aquella noche había vuelto después al estudio con él,
después de que se hubieran ido los otros, y casi lo había sangrado hasta
matarlo. Tres veces debían de bastar para satisfacer a cualquier mujer, pensaba
él, pero ésa podía continuar toda la noche. «Esa puta no puede dejar de
correrse», dijo. «No me extraña que su marido esté paralítico: debe de haberle
retorcido la picha hasta arrancársela.»
Le dije lo que había ocurrido la otra noche, cuando
abandoné la reunión súbitamente. Movió la cabeza a derecha e izquierda,
mientras decía: «Por Dios, esas cosas nunca me ocurren a mí. Si cualquier otra
persona me contara una historia como ésa, no la creería. Toda tu vida parece
compuesta de esa clase de incidentes. Vamos a ver: ¿por qué es así? ¿Me lo
quieres decir? No te rías de mí, sé que parece ridículo hacer semejante
pregunta. También sé que soy un tipo bastante cauteloso. Tú pareces abrirte
simplemente... supongo que ése es el secreto. Y tú sientes más curiosidad por
la gente de la que yo sentiré nunca. Me aburro con demasiada facilidad: es un
defecto, lo reconozco. Tantas veces me cuentas lo maravillosamente que te lo
has pasado... después de que yo me haya marchado. Pero estoy seguro de que nada
de lo que me has contado me sucedería a mí, aunque me quedase toda la noche en
vela... Otra cosa de ti que me mata es que siempre encuentras a un personaje
interesante que a la mayoría de nosotros nos pasaría desapercibido. Sabes hacer
que se abran, que se revelen. Yo no tengo paciencia para eso... Pero ahora dime
una cosa sinceramente: ¿no sientes un poco de pena por no haberle metido la
chorra a...? ¿Cómo se llama?»
«¿Te refieres a Sylvia?»
«Sí. Dices que era una muñeca. ¿No crees que podrías
haberte quedado otros cinco minutos y tomar lo que se te ofrecía?»
«Sí, supongo que sí...»
«Eres un tipo curioso. Quieres decir, supongo, que sacaste
algo más al no quedarte, ¿no es así?»
«No sé. Puede que sí, puede que no. A decir verdad, cuando
estaba a punto de marcharme, había olvidado completamente la posibilidad de
follar. No puedes follar a todas las mujeres con que te tropieces, ¿no crees?
Si quieres saberlo, fui yo el follado como Dios manda. ¿Qué más podía esperar
obtener de ella, si hubiera llegado hasta el final? Quizá me hubiese pegado
unas purgaciones. Tal vez la hubiera decepcionado. Oye, no te preocupes
demasiado, si me pierdo un polvete de vez en cuando. Parece como si llevaras un
registro de polvos. Por eso es por lo que no aflojas conmigo, cacho cabrón.
Tengo que trabajarte como un dentista para sacarte un cochino dólar; doy la
vuelta a la esquina y un extraño con el que hablo cinco minutos escasos me deja
un billete de veinte dólares sobre la repisa de la chimenea. ¿Cómo explicas
eso?»
«No tiene explicación», dijo Ulric, torciendo el gesto.
«Por eso es por lo que a mí no me pasan nunca cosas así, supongo... Pero no
quiero decir esto», prosiguió, levantándose del asiento y frunciendo el ceño
ante su propia ruindad. «Siempre que te encuentres en un verdadero aprieto,
puedes confiar en mí. Mira, normalmente no me preocupo demasiado por tus
privaciones, porque te conozco lo bastante como para comprender que siempre
encontrarás una salida, aunque te deje en la estacada.»
«La verdad es que tienes una gran confianza en mi
capacidad; no hay duda.»
«No pretendo mostrarme insensible, cuando digo una cosa
así. Mira, si estuviera en tu pellejo, estaría tan deprimido que sería incapaz
de pedir ayuda a un amigo: estaría avergonzado de mí mismo. Pero tú te
presentas aquí corriendo con una sonrisa y diciendo: "necesito esto...
necesito lo otro". No actúas como si necesitaras ayuda desesperadamente.»
«¡Qué diablos!», dije. «¿Quieres que me ponga de rodillas
a implorar?»
«No, eso no, por supuesto. Estoy hablando otra vez como un
maldito idiota. Pero tú haces que la gente te envidie, hasta cuando dices que
estás desesperado. Haces que la gente te rechace a veces, porque das por
sentado que deben ayudarte, ¿no lo entiendes?»
«No, Ulric, no lo entiendo. Pero no importa. Esta noche te
invito a cenar.»
«Y mañana me pedirás para el metro.»
«Bueno, ¿y qué hay de malo en eso?»
«Nada, sólo que es de locos», y se echó a reír. «Desde que
te conozco, y hace la tira que te conozco, siempre has estado pidiéndome algo:
monedas de cinco centavos, de diez, de veinticinco, billetes de dólar... pero,
bueno, ¡si hasta una vez intentaste sacarme cincuenta dólares! ¿Recuerdas? Y
sigo diciéndote siempre que no, ¿no es así? Pero al parecer a ti te da
exactamente igual. Y seguimos siendo buenos amigos. Pero a veces me pregunto
qué diablos piensas de mí. No puede ser muy halagador.»
«Hombre, puedo responderte ahora mismo, Ulric», dije
alegremente: «Eres...»
«No, no me lo digas ahora. ¡Guárdatelo! No quiero saber la
verdad todavía.»
Fuimos a cenar a Chinatown y de camino a casa Ulric me
pasó un billete de diez dólares, para demostrarme que tenía el corazón en su
sitio. En el parque nos sentamos y tuvimos una larga charla sobre el futuro.
Finalmente, me dijo lo que tantos de mis amigos ya me habían dicho: que no
tenía esperanzas con respecto a sí mismo, pero que confiaba en que yo rompería
las amarras y haría algo asombroso. Añadió en tono muy sincero que no pensaba
que hubiese yo empezado siquiera a expresarme, como escritor. «No escribes como
hablas», dijo. «Pareces tener miedo a revelarte. Si alguna vez te sinceras y
dices la verdad, será como las Cataratas del Niágara. Permíteme decírtelo
sinceramente: no conozco ningún escritor en América que esté más dotado que tú.
Siempre he creído en ti... y siempre lo haré, aun cuando resultes ser un
fracasado. En la vida no eres un fracasado, de eso estoy seguro, aunque es la
vida más loca que he conocido nunca. Yo no tendría tiempo de dar una pincelada,
si hiciera todas las cosas que tú haces al día.»
Me separé de él, sintiendo, como me ocurría con
frecuencia, que probablemente había subestimado su amistad. No sé lo que
esperaba de mis amigos. La verdad es que estaba tan insatisfecho conmigo mismo,
con mis esfuerzos fallidos, que nada ni nadie me parecía bien. Si me encontraba
en un aprieto, no fallaba: elegía al individuo más irresponsable, simplemente
para tener la satisfacción de borrarlo de la lista. Sabía perfectamente que, si
sacrificaba a un viejo amigo, el día siguiente tendría tres nuevos. También era
emocionante tropezarse más adelante con uno de aquellos amigos abandonados y
descubrir que no me guardaba rencor, que estaba deseoso de reanudar las
antiguas relaciones, generalmente con una comida espléndida y la oferta de
prestarme unos dólares. Siempre abrigaba en mi interior la intención de
sorprender a mis amigos un día pagando todas las deudas. Muchas noches me
quedaba dormido calculando la suma. Ya entonces era una cantidad enorme, que
sólo podría saldar gracias a un golpe de fortuna inesperado. Quizás un día
moriría un pariente desconocido y me dejaría una herencia, cinco o diez mil
dólares, e inmediatamente iría a la oficina de telégrafos más próxima y
expediría una serie de giros para todos y cada uno. Tendría que hacerlo por
telégrafo, porque, si hubiera de conservar el dinero en el bolsillo más de unas
horas, se esfumaría de modo absurdo e inesperado.
Aquella noche me fui a la cama soñando con una herencia.
Por la mañana lo primero que supe fue que nos habían concedido la prima: podía
ser que nos entregaran la pasta antes de acabar la jornada. Todo el mundo
estaba agitadísimo. La cuestión candente era: ¿cuánto? Hacia las cuatro de la
tarde llegó. Me entregaron unos trescientos cincuenta dólares. El primero en
que pensé fue McGovern, el viejo tiralevitas que guardaba la puerta. (Cincuenta
dólares a cuenta.) Examiné la lista. Había ocho o diez a quienes podía saldar
la deuda inmediatamente: camaradas del mundo cosmocócico que habían sido buenos
conmigo. El resto tendría que esperar hasta otra ocasión... incluida mi mujer a
quien había decidido mentir en relación con la prima.
Diez minutos después de haber recibido el dinero ya estaba
organizando una comilona en el Crow’s Nest, donde había decidido hacer la
liquidación. Repasé la lista de nuevo para asegurarme de que no había pasado
por alto a ninguno de los esenciales. Formaban un grupo curioso, mis
benefactores: Zabrowskie, el as de los telegrafistas; Costigan, puño de hierro;
Hymie Laubscher, el que manejaba el conmutador; O’Mara, mi antiguo compañero de
fatigas al que había nombrado ayudante mío; Steve Romero, de la oficina principal;
el pequeño Curley, mi compinche; Maxie Schnadig, un antiguo paño de lágrimas;
Kronski, el médico interno, y Ulric, naturalmente... ah, sí, y MacGregor, a
quien devolvía el dinero simplemente como una buena inversión.
En resumidas cuentas, iba a tener que aflojar unos
trescientos dólares: doscientos cincuenta dólares en deudas y posiblemente
cincuenta para el banquete. Iba a quedarme sin un céntimo, lo que era normal.
Si quedara un billete de cinco, probablemente iría al baile a ver a Mara.
Como digo, era un grupo incongruente el que había reunido,
y la única forma de unirlos en camaradería era la diversión. Por supuesto, lo
primero que hice fue pagarles. Eso era mejor que el mejor entremés. Siguieron
al instante los cócteles y después hincamos el diente. Había encargado una
comida fabulosa y había vino en abundancia para acompañarla. Kronski, que no
estaba acostumbrado al licor, se puso piripi casi inmediatamente. Tuvo que ir a
meterse los dedos en la garganta mucho antes de que llegara el pato asado.
Cuando se reunió con nosotros, estaba pálido como un fantasma: traía la cara
color panza de rana, de rana muerta flotando en la espuma de una ciénaga
hedionda. Ulric pensaba que era un andoba extraño: en su vida había conocido un
tipo así. Por otro lado, Kronski sintió una profunda antipatía hacia Ulric y me
preguntó aparte por qué había invitado a un chorra finolis como ése. MacGregor
detestaba absolutamente a Curley: no podía entender cómo podía haber hecho
amistad con un golfillo malicioso de esa clase. O’Mara y Costigan parecían ser
los que mejor se llevaban; se enfrascaron en una larga discusión sobre los
méritos relativos de Joe Gans y Jack Johnson. Hymie Laubscher estaba intentando
sacarle una información confidencial a Zabrowskie, quien se negaba por
principio a dar informaciones confidenciales a causa de su posición.
En plena comida, dio la casualidad de que entrara un amigo
mío sueco llamado Lundberg. Era otro a quien debía dinero, pero nunca me
apremiaba para que le pagara. Le invité a acompañamos y, llevando aparte a
Zabrowskie, le pedí que me volviese a prestar un billete de diez dólares para
saldar la deuda al recién llegado. Por él me enteré de que mi antiguo amigo
Larry Hunt estaba en la ciudad y deseoso de verme. «Dile que venga aquí», insté
a Lundberg. «Cuantos más seamos, más diversión.»
Cuando la fiesta estaba en su apogeo, después de haber
cantado Meet me Tonight in Dreamland y Some of These Days, observé a dos
muchachos italianos de una mesa vecina que parecían deseosos de participar en
la diversión. Me acerqué a ellos y les pregunté si les gustaría acompañamos.
Uno de ellos era músico y el otro era boxeador, al parecer. Los presenté y les
hice un sitio entre Costigan y O’Mara. Lundberg había ido a telefonear a Larry
Hunt.
Cómo es que había sacado un tema así en semejante ocasión
es algo que no sé, pero por alguna razón a Ulric se le había metido en la
cabeza soltarme un discurso esmerado sobre Uccello. El muchacho italiano, el
músico, aguzó el oído. MacGregor volvió la cabeza asqueado para hablar con
Kronski de la impotencia, tema que a éste le encantaba sondear, si creía que
podía poner incómodo a su interlocutor con él. Noté que el italiano estaba
impresionado con la corriente de labia de Ulric. Habría dado su brazo derecho
por poder ser capaz de hablar inglés así. También se sentía halagado al pensar
que hablábamos con tanto entusiasmo sobre uno de su raza. Le sonsaqué un poco
y, al advertir que estaba embriagándose con el lenguaje, me exalté y me lancé a
una extravagante peroración sobre las maravillas de la lengua inglesa. Curley y
O’Mara se volvieron a escuchar y entonces Zabrowskie dio la vuelta por nuestro
extremo de la mesa y acercó la silla, seguido de Lundberg, quien me informó
rápidamente de que no había podido localizar a Hunt. El italiano estaba tan
excitado, que pidió coñac para todos. Nos pusimos en pie y chocamos las copas.
Arturo, que así se llamaba, insistió en pronunciar un brindis... en italiano.
Se sentó y dijo con gran fervor que había vivido diez años en América y nunca
había oído hablar el inglés así. Dijo que nunca sería capaz de llegar a
dominarlo. Preguntó si hablábamos así de ordinario. Prosiguió así, acumulando
un cumplido tras otro, hasta que nos sentimos todos tan contagiados de amor por
la lengua inglesa, que todos queríamos pronunciar discursos. Finalmente, me
embriagué tanto con aquello, que me puse en pie y, bebiéndome una copa de un
solo trago, me lancé a un discurso frenético que duró quince minutos o más. El
italiano no paraba de mover la cabeza de un lado para el otro, como para dar a
entender que no podía resistir una palabra más, que iba a explotar. Fijé la
vista en él y lo inundé con palabras. Debió de ser un discurso loco y glorioso,
porque de vez en cuando se oía una salva de aplausos procedente de las mesas
vecinas. Oí a Kronski murmurar a alguien que yo me encontraba en un espléndido
estado de euforia, palabra que me disparó de nuevo. ¡Euforia! Me detuve por una
fracción de segundo, mientras alguien me llenaba la copa, y volví a arrancar
por la recta final, un pilluelo alegre lanzando palabras en todas direcciones.
Nunca en mi vida había intentado pronunciar un discurso. Si alguien me hubiera
interrumpido y me hubiese dicho que estaba pronunciando un discurso
maravilloso, habría quedado pasmado. Estaba en forma, como se dice en el
lenguaje del boxeo. Lo único en que pensaba era en la avidez del italiano por
aquel inglés maravilloso que nunca sería capaz de dominar. No tenía la menor
idea de lo que estaba hablando. No necesitaba usar el cerebro: me limité a
meter la lengua, larga como la de una serpiente, en un cuerno de la abundancia
y a devanarlo de un tirón afortunado.
El discurso acabó en una ovación. Algunos de los
comensales de las otras mesas vinieron a felicitarme. Al italiano, Arturo, se
le saltaron las lágrimas. Me sentía como si hubiera lanzado una bomba
involuntariamente. Estaba turbado y no poco asustado por aquella inesperada
exhibición de oratoria. Quería salir de allí, marcharme solo y pensar en lo que
había pasado. Al cabo de poco, me excusé y, llevando aparte al gerente, le dije
que tenía que marcharme. Después de pagar la cuenta, descubrí que me quedaban unos
tres dólares. Decidí largarme sin decir una palabra a nadie. Podían esperar
sentados hasta el Día del Juicio... yo ya estaba harto de aquello.
Me puse a caminar hacia el norte de la ciudad. Pronto
llegué a Broadway. En la calle Treinta y Cuatro apreté el paso. Estaba
decidido: iba a ir al baile. En la calle Cuarenta y Dos tuve que abrirme paso a
codazos por entre la multitud. La muchedumbre me excitaba: siempre existía el
peligro de tropezarte con alguien y verte desviado de tu destino. Pronto me
encontré frente al local, algo jadeante y preguntándome si debía entrar. En el
Palace, enfrente, Thomas Burke de la Covent Garden Opera encabezaba el espectáculo.
El nombre «Covent Garden» se me quedó grabado, mientras subía las escaleras.
Londres: sería cojonudo llevarla a Londres. Tenía que preguntarle si le
gustaría oír a Thomas Burke...
Estaba bailando con un viejo de aspecto juvenil, cuando
entré. La contemplé unos minutos antes de que me divisara. Vino hacia mí
trayendo a su pareja de la mano con expresión radiante. «Quiero que conozcas a
un antiguo amigo mío», dijo, al presentarme al canoso señor Carruthers. Nos
saludamos cordialmente y estuvimos charlando unos minutos. Después vino Florrie
y se llevó a Carruthers.
«Parece buen tipo», dije. «Uno de tus admiradores,
supongo.»
«Ha sido muy bueno conmigo: me cuidó cuando estuve
enferma. No debes darle celos. Le gusta fingir que está enamorado de mí.»
«¿Fingir?», dije.
«Vamos a bailar», dijo. «Ya te hablaré de él en otro
momento.»
Mientras bailábamos, cogió la rosa que llevaba puesta y me
la colocó en el ojal. «Debes de haberte divertido esta noche», dijo, al
percibir el olor a alcohol. «Una fiesta de cumpleaños», dije, conduciéndolo
hacia el balcón para poder conversar a solas con ella.
«¿Crees que podrías faltar mañana por la noche... para ir
al teatro conmigo?»
Me apretó la mano en señal de asentimiento. «Estás más
guapa que nunca esta noche», dije, estrechándola contra mí.
«Ten cuidado con lo que haces», murmuró, mirando
furtivamente por encima del hombro. «No debemos quedamos mucho rato aquí. No
puedo explicártelo ahora, pero, mira, Carruthers es muy celoso y no puedo
permitirme el lujo de hacer que se enfade. Ahora viene... te voy a dejar.»
Me abstuve deliberadamente de volverme a mirar, a pesar de
que me moría de ganas de observar a Carruthers más de cerca. Me incliné sobre
la endeble barandilla de hierro del balcón y me quedé absorto mirando el mar de
caras de allí abajo. Aun desde tan poca altura, la multitud adquiría el
deshumanizado aspecto debido al volumen y al número. Si no existiera esa cosa
llamada lenguaje, poco diferenciaría aquel remolino de carne de otras formas de
vida animal. Ni siquiera eso, ni siquiera el divino don del habla servía para
diferenciar gran cosa. ¿Qué era su charla? ¿Se la podía llamar lenguaje? Las
aves y los perros también tienen un lenguaje, probablemente tan adecuado como
el de la masa. El lenguaje empieza donde la comunicación está en peligro. Todo
lo que esas gentes están diciéndose unos a otros, todo lo que leen, todo
aquello por lo que regulan sus vidas carece de sentido. Entre esta hora y miles
de otras horas en miles de pasados diferentes no hay diferencia fundamental. En
el flujo y reflujo de la vida planetaria esta corriente sigue el camino de
todas las demás corrientes del pasado y del futuro. Hace un minuto ella estaba
usando la palabra «celoso». Palabra extraña, sobre todo cuando estás mirando a
la masa, cuando ves los apareamientos fortuitos, cuando comprendes que los que
ahora van cogidos del brazo lo más probable es que se separen dentro de poco.
Me importaba tres cojones cuántos hombres estuvieran enamorados de ella, con
tal de que yo formase parte de la rueda. Sentía pena de Carruthers, pena de que
fuera víctima de los celos. En mi vida había sentido celos. Quizá nunca hubiera
querido suficiente. A la única mujer a la que había deseado desesperadamente la
había abandonado por mi propia voluntad. Tener una mujer, tener cualquier cosa,
en realidad, no es nada: la vida con una persona es lo que importa, o la vida
con las posesiones. ¿Se puede seguir siempre enamorado de personas o de cosas?
Igual podía haber reconocido que Carruthers estaba enamorado locamente de ella:
¿qué diferencia podía suponer eso para mi amor? Si una mujer es capaz de
inspirar amor a un hombre, debe ser capaz de inspirarlo a otros. Amar o ser
amado no es un crimen. Lo verdaderamente criminal es hacer creer a una persona
que es la única a la que podrías amar nunca.
Entré. Estaba bailando con otro. Carruthers estaba parado
y solo en un rincón. Impulsado por el deseo de consolarlo un poco, me dirigí
hacia él y le di conversación. Si sentía la agonía de los celos, desde luego no
lo mostró. Me pareció que me trataba con bastante desenvoltura. Me pregunté si
estaba celoso realmente o si simplemente me hacía ella pensarlo para ocultar
alguna otra cosa. La enfermedad de la que había hablado... si era tan grave,
era extraño que no la hubiese mencionado antes. La forma como había aludido a
ella me hizo pensar que se trataba de un acontecimiento bastante reciente. El
la había cuidado. ¿Dónde? No en su casa, eso seguro. Recordé otro pequeño
detalle: me había instado vivamente a no escribirle nunca a su casa. ¿Por qué?
Quizá no tuviera casa. De la mujer en el patio colgando la ropa... dijo que no
era su madre. ¿Quién era, entonces? Podría haber sido una vecina, intentó
insinuar. Era quisquillosa en relación con el tema de su madre. Su tía era
quien leía sus cartas, no su madre.
Y el joven que respondió en la puerta... ¿era su hermano?
Dijo que lo era, pero indudablemente no se parecía a ella. ¿Y dónde estaba su
padre todo el día, ahora que había dejado de criar caballos de carreras y de
hacer volar cometas desde el techo? A ella no le gustaba su madre demasiado.
Incluso había dado a entender en cierta ocasión que no estaba segura de que
fuera su madre.
«Mara es una muchacha extraña, ¿verdad?», dije a
Carruthers, después de un intervalo de silencio en nuestra conversación poco
animada.
Lanzó una carcajada estridente y, como para tranquilizarme
con respecto a ella, respondió: «Sólo es una niña, ¿sabe usted? Y, desde luego,
no se le puede creer ni una palabra de lo que dice».
«Sí, ésa es la impresión que me da», dije.
«En lo único que piensa es en pasárselo bien», dijo
Carruthers.
Justo entonces se acercó Mara. Carruthers quería bailar
con ella. «Pero le he prometido éste a él», dijo, cogiéndome de la mano.
«No, es igual, ¡baila con él! De todos modos, tengo que
irme. Espero verte pronto.» Me marché antes de que tuviera oportunidad de
protestar.
La noche siguiente llegué al teatro antes de la hora.
Compré butacas de primera fila. Había otros favoritos míos en el programa,
entre ellos Trixie Friganza, Joe Jackson y Roy Bames. Debía de ser un cartel de
primeras figuras.
Esperé media hora después de la cita y seguía sin
aparecer. Estaba tan deseoso de ver el espectáculo, que decidí no esperar más.
Justo cuando estaba preguntándome qué hacer con la localidad de sobra, un negro
bastante apuesto pasó por delante de mí camino de la taquilla. Lo detuve para
preguntarle si quería aceptar mi localidad. Pareció sorprendido, cuando me
negué a aceptar el dinero. «Creí que era usted un revendedor», dijo.
Después del descanso, apareció ante los focos Thomas
Hurke. Me causó una impresión tremenda, por razones que nunca podré entender.
Una serie de coincidencias curiosas van unidas a ese nombre y a la canción que
cantó aquella noche: «Rosas de Picardía». Permitidme dar un salto de siete años
a partir de la noche anterior a aquella en que me paré vacilante al pie de la
escalera que conducía al baile...
Covent Garden. Al Covent Garden fue a donde me dirigí unas
horas después de haber desembarcado en Londres, y a la muchacha que escogí para
bailar le ofrecí una rosa del mercado de flores. Había tenido Intención de
dirigirme directamente a España, pero las circunstancias me obligaron a ir
derecho a Londres. Un «gente de seguros judío procedente de Bagdad, mira por
dónde, fue quien me condujo al teatro de ópera del Covent Garden, que habían
transformado en un baile de momento. El día antes de abandonar Londres hice una
visita a un astrólogo inglés que vivía cerca del Crystal Palace. Tuvimos que
pasar por la propiedad de otro hombre para llegar a su casa. Mientras
caminábamos por ella, me informó casualmente de que el lugar pertenecía a
Thomas Burke, el autor de Limehouse Nigths. La siguiente vez que intenté ir a
Londres, sin conseguirlo, volví a París por Picardía y al atravesar esa tierra
sonriente, me levanté y lloré de gozo. De repente, al recordar las decepciones,
las frustraciones, las esperanzas convertidas en desesperación, comprendí por
primera vez el significado de «viaje». Ella había hecho posible el primer viaje
e inevitable el segundo. No íbamos a volver a vemos nunca más. Estaba libre en
un sentido totalmente nuevo: libre para convertirme en el eterno viajero. Si
algo se puede decir para explicar la pasión que se apoderó de mí y de la que
estuve preso siete años, en ese caso es la interpretación por Thomas Burke de
esa canción sentimental.. La propia noche antes había compadecido a Carruthers.
Ahora, al oír la canción, me sentí repentinamente presa del miedo y de los
celos. Hablaba de la rosa que no muere, la rosa que uno conserva dentro de su
corazón. Mientras escuchaba las palabras, tuve la premonición de que la
perdería. La perdería porque la amaba demasiado, ésa fue la forma que adoptó el
miedo. Carruthers, a pesar de su indiferencia, había puesto una gota de veneno
en mis venas. Carruthers le había llevado rosas; ella me había dado la rosa que
él le había prendido en la cintura. La sala estalla en aplausos. Están
arrojando rosas al escenario. Burke va a conceder un bis. Es la misma canción:
«Rosas de Picardía». Ahora está llegando a la misma frase, las palabras que se
me clavan como puñales y me dejan desconsolado: «pero hay una rosa que no muere
en Picardía... ¡es la rosa que llevo en el corazón!» No puedo resistirlo ni un
instante más, salgo precipitadamente. Cruzo la calle corriendo y dirijo mis
pasos hacia el baile.
Está en la pista, bailando con un tipo de piel oscura, que
la aprieta con fuerza. En cuanto acaba la pieza, me precipito hacia ella.
«¿Dónde estabas?», le pregunto. «¿Qué ha pasado? ¿Por qué no has venido?»
Pareció sorprendida de que estuviera tan perturbado por
algo tan trivial. ¿Que qué la había retenido? Oh, nada del otro mundo. Había
estado fuera hasta tarde, una fiesta bastante frenética... no con Carruthers...
éste se había marchado poco después de mí. No, había sido Florrie quien había
organizado la fiesta. Florrie y Hannah... ¿las recordaba? (¿Que si las
recordaba? Florrie, la ninfómana, y Hannah, la borracha. ¿Cómo iba a
olvidarlas?) Sí, había habido mucho para beber y alguien le había pedido que hiciera
el paso de baile en que se cae abierta de piernas y lo había intentado...
bueno, y se había hecho un poco de daño. Nada más. Debería haber comprendido
que le había ocurrido algo. No era la clase de persona que daba citas y no
acudía... porque sí.
«¿Cuándo has llegado aquí?», pregunté, observando para mis
adentros que parecía intacta, más serena y tranquila que de costumbre, en
realidad.
Había llegado hacía sólo unos minutos. ¿Qué importaba eso?
Su amigo Jerry, un ex boxeador que ahora estudiaba derecho, la había llevado a
cenar. Había estado en la fiesta de anoche y había tenido la amabilidad de
acompañarla hasta su casa. Nos veríamos el sábado por la tarde en el Village...
en el salón de té Pagoda. El Dr. Tao, que regentaba el local, era un buen amigo
suyo. Le gustaría conocerme. Era un poeta.
Dije que la esperaría por allí y la llevaría a casa, en el
metro esa vez, si no le importaba. Me pidió que no me molestara... que si iba a
llegar tan tarde a casa, que si esto, que si lo otro. Insistí. Me di cuenta de
que no le agradaba la idea demasiado. En realidad, la fastidiaba claramente. Al
cabo de un momento, se excusó para ir al vestuario. Eso significaba una llamada
de teléfono, estaba seguro. Volví a preguntarme si vivía realmente en aquel
lugar que llamaba su casa.
Volvió con una sonrisa afable, y dijo que el director le
había dado permiso para marcharse antes. Podíamos irnos al instante, si lo
deseábamos. Primero íbamos a turnar un bocado en algún sitio. Camino del
restaurante, y durante toda la cena, no dejó de hablar a toda velocidad del
director y de sus gentilezas. Era un griego de corazón tierno. Era
extraordinario lo que había hecho por algunas de las chicas. ¿Qué quería decir?
Por ejemplo, ¿qué? Pues, con Florrie, por ejemplo. La vez que Florrie había
tenido un aborto... eso fue antes de que conociera a su amigo médico. Nick
había pagado todo; hasta la había enviado al campo por unas semanas. Y Hannah,
que había tenido que sacarse toda la dentadura... bueno, pues, Nick le había
regalado una preciosa dentadura postiza.
Y Nick, ¿qué era lo que recibía a cambio de sus
molestias?, le pregunté con suavidad.
«Nadie sabe nada de Nick», continuó. «Nunca hace
proposiciones a las chicas. Está demasiado ocupado con sus negocios. Regenta
una sala de juego en la parte norte de la ciudad, juega a la bolsa, es dueño de
una casa de baños en Coney Island, tiene participación en un restaurante de no
sé dónde... está demasiado ocupado para pensar en esas cosas.»
«Tú pareces ser una de las favoritas», dije. «Vas y vienes
a tu antojo.»
«Nick tiene un concepto muy alto de mí», dijo. «Quizá
porque atraigo a un tipo diferente de hombre que las otras chicas.»
«¿No te gustaría hacer otra cosa para ganarte la vida?»,
le pregunté de improviso. «Esas cosas no son para ti... por eso tienes éxito,
supongo. Dime, ¿no te gustaría hacer otra cosa?»
Su sonrisa indicó lo ingenua que era mi pregunta. «No
pensarás que hago esto porque me gusta, ¿verdad? Lo hago porque gano más dinero
que en otro sitio. Tengo muchas responsabilidades. Es igual lo que haga: tengo
que ganar determinada cantidad de dinero cada semana. Pero no hablemos de eso,
es demasiado penoso. Sé lo que estás pensando, pero te equivocas. Todo el mundo
me trata como a una reina. Las otras chicas son estúpidas. Yo uso mi
inteligencia. Habrás notado que la mayoría de mis admiradores son hombres de
edad...»
«¿Quieres decir... como Jerry?»
«Oh, Jerry es un viejo amigo. Jerry no cuenta.»
Cambié de tema. Era mejor no indagar demasiado
profundamente. Sin embargo, había un pequeño detalle que me preocupaba, y lo
saqué a relucir lo más delicadamente que pude. ¿Por qué perdía el tiempo con
furcias como Florrie y Hannah?
Se echó a reír. Pero, bueno, ¡si eran sus mejores amigas!
Harían cualquier cosa por ella, la adoraban. Hay que tener alguien a quien
recurrir en caso de necesidad. Pero, bueno, ¡si Hannah era capaz de empeñar su
dentadura postiza, en caso de que se lo pidiera! Hablando de amigas, había una
chica maravillosa que le gustaría presentarme algún día... un tipo de mujer muy
diferente, casi aristocrática. Se llamaba Lola. Llevaba un poco de sangre de
color en las venas, pero apenas si se notaba. Sí, Lola era una amiga muy
querida. Estaba segura de que me gustaría.
«¿Por qué no concertamos una cita?», sugerí con prontitud.
«Podríamos encontrarnos en el estudio de mi amigo Ulric. También tengo ganas de
que lo conozcas.»
Le pareció excelente. No podía decir cuándo sería, porque
Lola estaba saliendo constantemente de viaje. Pero intentaría hacer que fuera
pronto. Lola era la amante de un rico fabricante de calzado; no siempre estaba
libre. Pero estaría bien poder salir con Lola: tenía un coche de carreras.
Quizá podríamos hacer una excursión al campo y pasar la noche en algún sitio.
Lola era un poco especial. En realidad, era algo orgullosa. Pero eso era a
causa de su sangre de color. Yo no debía dar a entender que lo sabía. Y por lo
que se refería a mi amigo Ulric... no debía decirle nada de eso.
«Pero le gustan las chicas de color. Se volverá loco con
Lola.»
«Pero Lola no quiere gustar por esa razón», dijo Mara. «Ya
verás: es muy pálida y muy atractiva. Nadie sospecharía que tuviera ni una gota
de sangre de color en las venas.»
«Bueno, espero que no sea demasiado decente.»
«No tienes por qué preocuparte por eso», dijo Mara con
prontitud. «Una vez que se olvida de sí misma, es muy alegre. No será una
velada aburrida, te lo aseguro.»
Teníamos que andar un poco desde la estación del metro
hasta su casa. Por el camino nos detuvimos bajo un árbol y empezamos a darnos
el lote. Le tenía metida la mano falda arriba y ella estaba palpándome la
bragueta. Estábamos recostados contra el tronco del árbol. Era tarde y no se
veía ni un alma. Podría habérmela tirado en la acera, para lo que importaba.
Acababa de sacarme el canario y estaba abriendo las
piernas para que se lo metiera en la jaula, cuando de las ramas de encima saltó
de repente sobre nosotros un enorme gato negro, maullando como si estuviese en
celo. Casi nos caímos muertos de miedo, pero el gato estaba todavía más
asustado, porque las garras se le habían quedado enganchadas en mi chaqueta.
Presa del pánico, le di una buena tunda y a cambio recibí tremendos mordiscos y
arañazos. Mara temblaba como una hoja. Caminamos hasta un descampado y nos
tumbamos en la hierba. Mara temía que se me infectaran las heridas. Iba a
entrar en casa a hurtadillas y volver con yodo y no sé qué más. Debía quedarme
allí tumbado esperándola.
Era una noche cálida y me quedé tumbado cuan largo era
mirando a las estrellas. Pasó una mujer, pero no me vio. Tenía la polla
colgando fuera de la bragueta y con la cálida brisa estaba empezando a
erguirse. Cuando regresó Mara, estaba vibrando y saltando. Se arrodilló a mi
lado con las vendas y el yodo. Mi polla la miraba fijamente a la cara. Se
inclinó y la chupó con avidez. Aparté a un lado lo que había traído y la
coloqué encima de mí. Yo ya había soltado mi descarga, y ella seguía
corriéndose, un orgasmo tras otro, hasta hacerme pensar que nunca pararía.
Nos tendimos de espaldas y descansamos un poco con la
cálida brisa. Al cabo de un rato, se sentó y me aplicó el yodo. Encendimos
cigarrillos y nos quedamos así, sentados y hablando tranquilamente. Finalmente,
decidimos irnos. La acompañé hasta la puerta de su casa y, estando así
abrazados, me asió impulsivamente y me llevó un poco más lejos. «No puedo
dejarte marchar todavía», dijo. Y, acto seguido, se arrojó sobre mí, al tiempo
que me besaba apasionadamente y me metía la mano en la bragueta con mortífera precisión.
Esa vez ni siquiera nos preocupamos de buscar un descampado, sino que nos
desplomamos allí mismo, en la acera, bajo un gran árbol. La acera no era
demasiado cómoda: tuve que retirarme y correrme uno o dos metros, donde había
un poco de tierra blanda. Junto a su codo había un charquito y yo iba a sacarla
de nuevo y a correrme un poco más allá, pero, cuando intenté hacerlo se puso
frenética: «No la vuelvas a sacar más», me rogó. «Me voy a volver loca.
¡Fóllame, fóllame!» Se la tuve metida un largo rato. Como antes, se corrió una
y otra vez, chillando y gruñendo como un cerdo abierto en canal. La boca
parecía habérsele vuelto más grande, más ancha, totalmente lasciva; los ojos le
daban vueltas, como si fuera a darle un ataque epiléptico. La saqué un momento
para refrescarla. Mara metió la mano en el charquito que tenía al lado y la
roció con unas gotas de agua. Fue una sensación maravillosa. Un instante
después se había puesto de manos y de rodillas y me pedía que se la metiera por
detrás. Me puse a gatas detrás de ella; se pasó la mano por debajo, me cogió la
polla y se la metió. Entró derecha hasta la matriz. Ella dejó escapar un gemido
de dolor y placer mezclados. «Está más gruesa», dijo, retorciendo el culo.
«Métela hasta dentro otra vez... adelante, da igual que duela», y, dicho eso,
reculó contra mí con una sacudida salvaje. Yo tenía una erección tan
insensible, que creí que no llegaría a correrme nunca. Además, como no tenía
que preocuparme de perderla, pude contemplar la escena como un espectador. La
sacaba casi hasta afuera, hacía rodar la punta en tomo a los pétalos sedosos y
empaliados, y después la metía profundamente y la dejaba así como un tapón. Le
tenía cogida la pelvis con las dos manos, y la empujaba y la atraía a voluntad.
«¡Sigue, sigue!», imploraba, «¡o me volveré loca!» Aquello me puso brutísimo.
Empecé a picarla como un barreno, dentro y fuera cuan larga era y sin
interrupción, mientras ella exclamaba: ¡Oh... Ah! ¡Oh... Ah! y después, zas!,
me corrí como una ballena.
Nos sacudimos el polvo e iniciamos de nuevo el regreso
hacia la casa. En la esquina se detuvo en seco y, volviéndose para mirarme a la
cara, dijo con una sonrisa que era casi desagradable: «¡Y ahora las malas
noticias!»
La miré asombrado. «¿Qué quieres decir? ¿De qué estás
hablando?»
«Quiero decir», dijo, sin que desapareciera aquella
extraña sonrisa, «que necesito cincuenta dólares. Los necesito para mañana. Los
necesito. Los necesito... ¿Comprendes ahora por qué no quería que me
acompañases a casa?»
«¿Por qué has dudado en pedírmelos? ¿Crees que no puedo
reunir cincuenta dólares, si los necesitas urgentemente?»
«Pero los necesito en seguida. ¿Puedes conseguir esa
cantidad para antes del mediodía? No me preguntes para qué es: es urgente, muy
urgente. ¿Crees que puedes conseguirla? ¿Me lo prometes?»
«¡Pues claro que puedo!», respondí, al tiempo que me
preguntaba de dónde demonios iba a sacarla en tan poco tiempo.
«Eres maravilloso», dijo, cogiéndome las manos y
apretándomelas cariñosamente. «Me horroriza tener que pedirte. Sé que no tienes
dinero. Siempre estoy pidiendo dinero... parece que es lo único que soy capaz
de hacer: conseguir dinero de los demás. Me repugna, pero no me queda más
remedio. Confías en mí, ¿verdad? Te los devolveré dentro de una semana.»
«No digas eso, Mara. No quiero que me los devuelvas. Si
estás necesitada, quiero que me lo digas. Seré pobre, pero de vez en cuando
puedo reunir dinero. ¡Ojalá pudiera hacer más! ¡Ojalá pudiera sacarte de ese
maldito lugar!... no me gusta verte allí.»
«No hables de eso ahora, por favor. Vete a casa y duerme
un poco. Nos encontraremos mañana a las doce y media frente a la farmacia de
Times Square. Allí es donde nos encontramos la otra vez, ¿te acuerdas? Dios
mío, entonces no sabía lo que ibas a significar para mi. Te tomé por un
millonario. No me defraudarás mañana... ¿estás seguro?»
«Estoy seguro, Mara.»
El dinero siempre hay que juntarlo en menos que canta un
gallo y devolverlo a intervalos regulares y estipulados, ya sea con promesas o
en efectivo. Creo que podría reunir un millón de dólares, si me dieran tiempo
suficiente, y con eso no me refiero al tiempo sideral, sino al tiempo ordinario
del reloj, de días, meses, años. No obstante, juntar dinero rápidamente, aunque
sea el precio de un billete de metro, es la tarea más difícil que se me puede
asignar. Desde la época en que abandoné la escuela he pedido y tomado prestado
casi continuamente. Muchas veces he pasado un día entero intentando conseguir
diez centavos; otras veces me han puesto en la mano fajos de billetes sin abrir
la boca siquiera. Sé tan poco ahora sobre el acto de pedir prestado como cuando
empecé. Sé que hay ciertas personas a quienes nunca, en ninguna circunstancia,
debes pedir ayuda. Hay otras a quienes te reservas para una auténtica
emergencia, porque sabes que puedes confiar en ellas, y, cuando llega la
emergencia y recurres a ellas, te decepcionan cruelmente. No existe una persona
en la tierra en la que se pueda confiar absolutamente. Para un sablazo rápido y
cuantioso el hombre que has conocido recientemente, el que apenas te conoce,
suele ser el candidato más seguro. Los viejos amigos son los peores: son duros
e incorregibles. También las mujeres son, por regla general, insensibles e
indiferentes. De vez en cuando piensas que alguien que conoces aflojaría, si
persistieras, pero la idea de dar la lata e insistir es tan desagradable, que
te la borras de la cabeza. Los viejos suelen ser así, probablemente a causa de
su amarga experiencia.
Para pedir prestado con éxito, como para cualquier otra
cosa, hay que ser un monomaniaco obsesionado por el tema. Si te puedes dedicar
enteramente a eso, como con los ejercicios de yoga, es decir, de todo corazón,
sin remilgos ni reservas de ninguna clase, puedes vivir toda la vida sin ganar
un céntimo honradamente. Por supuesto, el precio es demasiado elevado. En un
aprieto la mejor cualidad particular es la desesperación. El mejor camino a
seguir es el más insólito. Por ejemplo, es más fácil pedir prestado a un
inferior tuyo que a un igual o a un superior. También es muy importante estar
dispuesto a comprometerse, por no hablar de rebajarse, lo que es un sine qua
non. El hombre que pide prestado siempre es un delincuente, siempre un ladrón
en potencia. Nadie recupera nunca lo que prestó, aun cuando se le pague la
cantidad con intereses. El hombre que exige que le paguen a toda costa, con lo
que sea, siempre resulta engañado, aunque sólo sea por rencor u odio. Pedir
prestado es algo positivo; prestar, algo negativo. Ser un sableador puede ser
incómodo, pero también es estimulante, instructivo, como la vida. El que pide
prestado compadece al que presta, aunque con frecuencia ha de soportar sus
insultos e injurias.
Fundamentalmente, el que pide prestado y el que presta son
uno y el mismo. Esa es la razón por la que, por mucho que se filosofe, no hay
manera de erradicar el mal. Están hechos el uno para el otro, igual que el
hombre y la mujer. Por fantástica que sea la necesidad, por demenciales que
sean las condiciones, siempre habrá un hombre que preste oído, que afloje lo
necesario. Un buen sableador emprende su tarea como un buen delincuente. Su
primer principio es nunca esperar algo por nada. No quiere saber cómo conseguir
el dinero con las mejores condiciones, sino lo contrario exactamente. Cuando
las personas indicadas se encuentran, la conversación se reduce al mínimo. Se
toman el uno al otro por su valor nominal, como se suele decir. El prestador
ideal es el realista, que sabe que mañana la situación puede invertirse y el
sableador pasar a ser prestador.
Sólo conocía a una persona que lo entendiese
correctamente, y era mi padre. A él era a quien siempre guardaba en reserva
para el momento crucial. Y fue el único al que nunca dejé de devolver lo que
debía. No sólo nunca me negó, sino que, además, me incitaba a dar a los demás
del mismo modo. Siempre que le pedía prestado me convertía en un prestador
mejor... o debería decir dador, porque nunca insistía en que me lo devolvieran.
Sólo hay una forma de devolver los favores y es hacer favores, a tu vez, a quienes
recurran a ti apurados. Saldar una deuda es totalmente innecesario, en lo que
concierne a la contabilidad cósmica. (Todas las demás formas de contabilidad
son un despilfarro y un anacronismo.) «No pidas prestado ni prestes», dijo el
bueno de Shakespeare, expresando un deseo a partir de su vida de sueño utópico.
Para los hombres de la tierra, pedir prestado no sólo es esencial, sino que,
además, debería incrementarse hasta proporciones desmesuradas. El tipo
verdaderamente práctico es el insensato que no mira ni a derecha ni a
izquierda, que da sin rechistar y pide desvergonzadamente.
Para resumir, recurrí a mi viejo y sin andar con rodeos le
pedí cincuenta dólares. Para mi sorpresa, no tenía esa cantidad en el banco,
pero me informó al instante de que podía pedirla prestada a uno de los otros
sastres. Le pregunté si tendría la bondad de hacerlo por mí y dijo que claro,
naturalmente, espera un momento.
«Te lo devolveré dentro de una semana más o menos», dije,
cuando estaba despidiéndome de él.
«No te preocupes por eso», respondió. «Cuando quieras.
Espero que todo lo demás te vaya bien.»
A las doce y media en punto entregué a Mara el dinero. Se
marchó al instante, tras prometerme encontrarse conmigo el día siguiente en el
jardín del salón de té Pagoda. Pensé que era un buen día para dar un pequeño
sablazo para mí, conque me dirigí a la oficina de Costigan para pedirle cinco
dólares. Había salido, pero uno de los empleados, sospechando el carácter de mi
recado, se ofreció para ayudarme. Dijo que quería darme las gracias por lo que
había hecho por su primo. ¿Su primo? No se me ocurría quién podía ser su primo.
«¿No recuerda al muchacho que llevó usted a la clínica psiquiátrica?», dijo.
«Se había escapado de su casa de Kentucky... su padre era sastre, ¿recuerda?
Usted telegrafió a su padre para decirle que cuidaría de él hasta que llegara.
Ese era mi primo.»
Recordaba muy bien a ese chaval. Quería ser actor... las
glándulas no le funcionaban bien. En la clínica dijeron que era un delincuente
incipiente. Había robado algunas ropas a un compañero suyo, estando en el
Newboys’ Home. Era un chaval excelente, más poeta que actor. Si sus glándulas
no funcionaban, entonces las mías estaban completamente desorganizadas. Había
dado una patada en los cojones al psiquiatra por su esmero: por eso era por lo
que habían intentado presentarlo como un delincuente. Cuando me enteré, me
moría de risa. Debería haber usado una cachiporra contra aquel perfecto sádico
de psiquiatra... El caso es que fue una sorpresa agradable descubrir que tenía
un amigo desconocido en el encargado del guardarropa. También fue agradable
oírle decir que me podría prestar más, siempre que necesitara un poco de
cambio. En la calle me tropecé con un antiguo encargado del guardarropas que
ahora trabajaba de repartidor. Insistió en darme dos localidades para un baile
que iba a celebrarse bajo los auspicios de la Asociación de Magos y
Prestidigitadores de Nueva York, de la que era presidente. «Ojalá pudiera usted
conseguirme otro empleo de encargado de guardarropas», dijo. «Tengo tantas
cosas que atender ahora, desde que soy presidente de la Asociación de Nueva
York ciudad, que no puedo cumplir con mi trabajo de repartidor. Además, mi
mujer va a tener otro niño pronto. Por qué no viene a vernos... tengo nuevos
trucos que enseñarle. El chaval está aprendiendo a hacer de ventrílocuo; dentro
de un año o así lo voy a sacar a escena. Tenemos que ganamos la vida de algún
modo. Mire, la magia no da demasiado. Y me estoy haciendo demasiado viejo para
pasarme el día andando. Yo estaba hecho para la vida profesional. Usted
entiende mis capacidades e idiosincrasias personales. Si viene al baile, le
presentaré al gran Thurston: ha prometido acudir. Tengo que irme ahora... tengo
que entregar un telegrama de defunción.»
Usted entiende mis capacidades e idosincrasias personales.
Me paré en la esquina y lo anoté en el reverso de un sobre. Hace diecisiete
años. Aquí está. Fuchs se llamaba. Gerhardt Fuchs de la oficina F. U. El mismo
nombre que el del «recogedor de mierdas» de Glendale, donde vivían Joey y Tony.
Solía encontrarme con aquel otro Fuchs, cuando venía del cementerio, con un
saco de mierda de perro, de ave y de gato a la espalda. La llevaba a una casa
de perfumería de no sé dónde. Siempre olía como una mofeta. Un tipo asqueroso y
malintencionado, perteneciente a la tribu originaria de los obtusos de Hesse.
Fuchs y Kunz: dos andobas obscenos a los que se podía ver bebiendo todas las
noches en la cervecería de Laubscher, cerca de Fresh Pond Road. Kunz era
tuberculoso, dermatólogo de profesión. Siempre estaban diciendo guarrerías
mientras se trincaban sus hediondas jarras de cerveza. Ridgwood era su Mecca.
Nunca hablaban inglés, a no ser que se vieran obligados a hacerlo. Alemania era
su Dios y el Kaiser su portavoz. En fin, ¡al infierno con ellos! ¡Ojalá mueran
como asquerosas umlauts... si no lo han hecho todavía! Sin embargo, es curioso
encontrar un par de mellizos inseparables con nombres así. Idiosincrásico,
diría yo...
Capítulo III
Y ahora es el sábado por la tarde, el sol brilla vivido y
fuerte, y estoy sorbiendo un claro té chino en el jardín del Dr. Wuchee Hachee
Tao. Acaba de entregarme un largo poema sobre la Madre escrito en papel de
triquitraque. Su aspecto es el de un tipo de hombre superior... y no demasiado
comunicativo. Me gustaría preguntarle algo sobre el Tao original, pero resulta
que en ese momento del tiempo, hablando retrospectivamente, todavía no he leído
el Tao te King. Si lo hubiera leído, no necesitaría hacerle pregunta alguna...
ni con toda probabilidad estaría sentado en este jardín esperando a una mujer
llamada Mara. Si hubiese sido lo bastante inteligente como para leer ese libro,
uno de los ejemplos más ilustres y elípticos de la sabiduría antigua, me habría
librado de muchos infortunios que me sobrevinieron y que ahora estoy a punto de
relatar.
Sentado en el jardín, en 17 a. C., mis pensamientos son
totalmente diferentes de éstos. Para ser del todo franco, no puedo recordar ni
uno sólo de aquel momento. Recuerdo vagamente que no me gustó el poema sobre la
Madre: me pareció un puro disparate. Y, lo que es más, no me gustaba el chino
que lo escribió: eso lo recuerdo con toda claridad. Sé también que me estaba
poniendo furioso porque empezaba a parecer que me había dado otro plantón. (Si
hubiera absorbido un poco de Tao, no habría perdido la paciencia. Me habría
quedado allí sentado y satisfecho como una vaca, agradecido de que brillara el
sol y de estar vivo.) Hoy, mientras escribo esto, no hay sol ni Mara y, aunque
todavía no he llegado a ser una vaca satisfecha, me siento muy vivo y en paz
con el mundo.
Oí que sonaba el teléfono dentro. Un chino chato,
probablemente profesor de filosofía, me dice en su inglés chapurreado que una
dama desea hablar conmigo por teléfono. Es Mara y, según dice, acaba de
levantarse de la cama. Me cuenta que tiene resaca. Florrie también. Las dos
están descansando, a ver si se les pasa, en un hotel cercano. ¿Qué hotel? No
quiere decirlo. Me dice que espere media hora y se arreglará. No tengo ganas de
esperar otra media hora. Estoy de mal humor. Primero fue el paso de baile, y ahora
es la resaca. ¿Y quién más está en la cama con ella?, me gustaría saber. ¿No
será alguien cuyo nombre empieza con C? ¿Eh? No le gusta eso. No consiente a
nadie que le hable de ese modo. Bueno, pues, yo estoy hablando de ese modo, ¿me
oyes? Dime dónde estás e iré a verte en un santiamén. Si no quieres decirlo,
entonces vete al infierno. Estoy harto de... ¿Me oyes? ¡Mara! ¿Me oyes?
No hubo respuesta. Vaya, eso debió de haberle herido en lo
vivo. Esa puta de Florrie es la responsable. Florrie y su peludo chumino, que
no la deja vivir. ¿Qué vas a pensar de una chica de la que lo único que oyes
decir siempre es que no puede encontrar una picha lo bastante grande para
satisfacerla? Al mirarla, dan ganas de pensar que un buen polvo la haría
reventar. Unos cuarenta y seis kilos descalza. Cuarenta y seis kilos de carne
insaciable. Y, además, una artista de la bebida. Una guarra irlandesa. Una tía
asquerosa, si queréis saber mi opinión, que adopta el acento del teatro como
para hacer creer que actuó en las Ziegfield Follies.
Pasa una semana y sin noticias de Mara. Después,
inesperadamente, una llamada de teléfono. Parece deprimida. ¿Podría encontrarme
con ella en algún sitio para ir a cenar? Quiere hablar conmigo de algo muy
importante. Hay en su voz una gravedad que no había advertido antes.
En el Village, cuando me apresuro para no llegar tarde a
la cita, mira por dónde me tropiezo con Kronski. Intento pasar de largo
haciéndole un saludo, pero es inútil.
«¿A qué viene tanta prisa?», pregunta con esa suave
sonrisa sardónica que siempre pone en el momento menos apropiado.
Le explico que tengo una cita.
«¿Vas a comer?»
«Sí, voy a comer, pero solo», le digo secamente.
«Oh, no, no va usted a hacerlo, señor Miller. Necesitas
compañía, lo noto. Hoy no estás de tan excelente humor... Pareces preocupado.
Espero que no sea una mujer.»
«Mira, Kronski, voy a encontrarme con alguien y no quiero
tenerte cerca.»
«Vamos, vamos, señor Miller, ¿cómo puede hablar así a un
viejo amigo? Insisto en acompañarte. Voy a pagarte la comida... no puedes
resistir a eso, ¿verdad?»
Me eché a reír sin poder evitarlo. «De acuerdo, joder,
vente. Tal vez necesite tu ayuda. Sólo me sirves para los apuros. Oye, no vayas
a empezar con tus gracias. Te voy a presentar a la mujer de la que estoy
enamorado. Probablemente no le gustará tu aspecto, pero quiero que la conozcas
de todos modos. Algún día me casaré con ella y, como parece que no puedo
librarme de ti, igual puede empezar a tolerarte ahora que más adelante. Tengo
el presentimiento de que no te va a gustar.»
«Esto parece muy serio, señor Miller. Tendré que tomar
medidas para protegerte.»
«Si empiezas a entrometerte, te voy a dar un golpe en la
cabeza», respondí, riendo brutalmente. «Con esta persona voy muy en serio.
Nunca me habías visto así, ¿verdad? No puedes creerlo, ¿eh? Bueno, pues,
escúchame bien. Para que veas hasta qué punto voy en serio... si te entrometes,
te mato a sangre fría.»
Para mi sorpresa, Mara ya estaba en el restaurante. Había
escogido una mesa solitaria en un rincón oscuro. «Mara», dije, «éste es un
viejo amigo, el Dr. Kronski. Se ha empeñado en acompañarme. Espero que no te
importe.» Para mi asombro, lo saludó cordialmente. Por su parte, Kronski, en el
momento en que le puso la vista encima, abandonó las miradas de soslayo y la
chunga. Aún más impresionante era su silencio. Normalmente, cuando lo
presentaba a una mujer, se ponía parlanchín y hacía una especie de aleteo con
sus alas invisibles.
Cosa extraña, también Mara estaba tranquila; su voz sonaba
sedante e hipnótica.
Apenas habíamos pedido lo que íbamos a tomar y cambiado
algunas palabras de cortesía, cuando Kronski, mirando a Mara fijamente y con
expresión suplicante, dijo: «Ha ocurrido algo, algo trágico, me parece. Si
prefiere que me vaya, me iré ahora mismo. A decir verdad, preferiría quedarme.
Quizá pueda ser útil. Soy amigo de este tipo y me gustaría ser amigo de usted.
Lo digo sinceramente.»
Bastante conmovedor. Mara, visiblemente emocionada,
respondió afectuosamente.
«Quédese, por favor», dijo, tendiéndole la mano a través
de la mesa en señal de confianza. «Su presencia me permitirá hablar con mayor
libertad. He oído hablar mucho de usted, pero me parece que su amigo no ha sido
justo con usted», y me miró con reprobación, y después sonrió cariñosamente.
«No», dije rápidamente, «es verdad que nunca hago un
retrato sincero de él». Me dirigí a él. «Mira, Kronski, tienes el carácter más
desagradable que se pueda imaginar y, sin embargo...»
«Vamos, vamos», dijo, torciendo el gesto, «no empieces a
soltarme ese vacile dostoyevskiano. Ibas a decir que soy tu genio del mal. Sí,
es verdad que ejerzo alguna extraña influencia diabólica sobre ti, pero no
estoy confundido con respecto a ti como tú respecto a mí. Te aprecio
sinceramente. Haría cualquier cosa que me pidieras, si creyese que lo decías en
serio... aun cuando hiciera daño a un ser querido. Te pongo por encima de
cualquier otra persona que conozca; por qué, no lo sé, porque la verdad es que
no lo mereces. Ahora mismo debo confesar que me siento triste. Veo que os amáis
el uno al otro y creo que estáis hechos el uno para el otro, pero...»
«Piensas que no va a ser tan agradable para Mara. Eso es,
¿eh?»
«No puedo decirlo todavía», dijo, con alarmante seriedad.
«Lo único que veo es esto: los dos habéis encontrado la horma de vuestro
zapato.»
«Así, que cree usted que voy a ser de verdad digna de él»,
dijo Mara con toda humildad.
La miré asombrado. Nunca sospeché que pudiera decir algo
así a un extraño.
Sus palabras excitaron a Kronski: «¿Digna de él?», dijo
burlonamente. «¿Es digno él de usted? Esa es la cuestión. ¿Qué ha hecho nunca
para hacer que una mujer se sienta digna él? Todavía no ha empezado a
funcionar: está en pleno letargo. Si yo fuese usted, no pondría ni pizca de fe
en él. Ni siquiera es un buen amigo, no digamos ya amante o marido. Pobre Mara,
no se caliente la cabeza con cosas así. Obligúele a hacer algo por usted,
estimúlelo, vuélvalo loco, si es necesario, pero, ¡obliguele a abrirse! Si tuviera
que darle a usted un consejo sincero, conociéndolo y queriéndolo como lo
conozco y lo quiero, sería éste: ¡hiéralo, castiguelo, pínchelo hasta la última
gota de sangre! De lo contrario, está usted perdida: la devorará. No es que sea
mala persona, no porque tenga intención de hacer daño... ¡oh, no! Lo hace por
bondad. Te hace casi creer que lo hace por tu bien, cuando te clava las garras.
Puede desgarrarte con una sonrisa y decirte que lo hace por tu bien. El es el
diabólico, no yo. Yo finjo, pero él todo lo que hace lo hace a propósito. Es el
tipo más cruel que ha pisado la tierra... y lo extraño es que se le quiere
porque es cruel, o quizá porque no lo disimula. Cuando va a atacar, primero te
avisa. Te lo dice sonriendo. Y, cuando ha terminado, te levanta y te quita el
polvo con ternura, te pregunta si te ha hecho mucho daño y cosas así... como un
ángel. ¡El cabronazo!»
«Desde luego, no lo conozco tan bien como usted», dijo
Mara con calma, «pero debo confesar que nunca me ha revelado ese aspecto de su
naturaleza... por lo menos, no todavía. Sólo conozco su aspecto amable y bueno.
Espero comportarme de modo que siempre sea así conmigo. No sólo lo amo. Creo en
él como persona. Sacrificaría todo por hacerle feliz...»
«Pero ahora no es usted muy feliz, ¿verdad?», dijo
Kronski, como si no hubiera oído sus palabras. «Dígame, ¿qué ha hecho para
hacerle a usted...?»
«No ha hecho nada», dijo vivamente. «No sabe lo que me
preocupa.»
«Bueno, ¿puede usted decírmelo a mí?», dijo Kronski, con
la voz alterada y los ojos humedecidos, con lo que parecía un cachorrito
compasivo y amistoso.
«No la fuerces», dije. «Ya nos lo dirá a su debido
tiempo.» Estaba mirando a Kronski, mientras hablaba. Su expresión cambió
repentinamente. Volvió la cabeza a un lado. Miré a Mara y tenía lágrimas en los
ojos; empezaron a correr copiosamente. Al cabo de un momento se excusó y fue al
lavabo. Kronski me miró con sonrisa pálida como la de un muerto, la mirada de
una almeja enferma expirando a la luz de la luna.
«No te lo tomes tan trágicamente», dije. «Es una mujer
valiente, saldrá adelante.»
«¡Eso lo dices tú! Tú no sufres. Tú te pones emotivo y
llamas a eso sufrimiento. Esa chica está en un apuro, ¿es que no lo ves? Quiere
que hagas algo por ella... no simplemente esperar a que pase. Si no la sondeas
tú, lo haré yo. Esta vez tienes una mujer de verdad. Y una mujer de verdad,
señor Miller, espera algo de un hombre... no simples palabras y gestos. Si
quiere que te escapes con ella, que dejes a tu mujer, a tu hija, tu empleo, yo
te diría que lo hicieras. ¡Escúchala a ella y no tus propios impulsos
egoístas!»
Se recostó hacia atrás en la silla y se escarbó los
dientes. Después de una pausa:
«¿Y la conociste en un baile? Bien, debo felicitarte por
tener gusto para reconocer el artículo genuino. Esa chica puede hacer algo por
ti, si le dejas. Quiero decir, si no es demasiado tarde. Has llegado muy lejos,
¿sabes? Otro año con tu mujer y estás acabado.» Escupió al suelo de asco.
«Tienes suerte. Consigues las cosas, sin que te cuesten trabajo. Yo trabajo
como un hijo de puta y en cuanto me vuelvo de espaldas, todo se desploma.»
«Eso es porque soy goy», dije en broma.
«Tú no eres goy. Eres un judío negro. Eres uno de esos
gentiles fascinantes con los que todos los judíos quieren congraciarse. Eres...
Oh, bien por mencionarlo. Naturalmente, ¡Mara es judía! Venga, hombre, no
finjas ignorarlo. ¿Todavía no te lo ha dicho?»
Que Mara fuese judía me parecía tan ridículo, que me
limité a reírme en sus narices.
«¿Quieres que te lo demuestre? ¿Es eso lo que quieres?»
«No me importa lo que sea», dije, «pero estoy seguro de
que no es judía».
«¿Qué es, entonces? ¿Supongo que no la considerarás aria
pura?»
«Nunca se lo he preguntado», respondí. «Pregúntaselo tú,
si quieres.»
«No se lo preguntaré», dijo Kronski, «porque podría
mentirme delante de ti... pero la próxima vez que te vea te diré si estoy en lo
cierto o no. Creo que puedo decir si una persona es judía, cuando la veo.»
«Pensaste que yo era judío, cuando me conociste.»
Al oír aquello, se echó a reír con ganas. «Conque ¿de
verdad te lo creiste? ¡Ja, ja! Vaya, ésta sí que es buena. Pobre bobo, te lo
dije simplemente para halagarte. Si tuvieras una gota de sangre judía en las
venas, te lincharía por respeto a mi pueblo. ¿Tú judío?... Vaya, vaya...»
Giraba la cabeza de un lado a otro con lágrimas en los ojos. «En primer lugar,
un judío es listo», prosiguió, «y tú no eres listo precisamente. Y un judío es
honrado... ¡para que te enteres! ¿Eres tú honrado? ¿Hay una pizca de verdad en
ti? Y un judío siente. Un judío siempre es humilde, hasta cuando es
arrogante... Ahí viene Mara. Cambiemos de tema.»
«Estabais hablando de mí, ¿verdad?», dijo Mara, mientras
se sentaba. «¿Por qué no seguís? No me importa.»
«Se equivoca», dijo Kronski. «No estábamos hablando de
usted en absoluto...»
«Es un mentiroso», le interrumpí. «Estábamos hablando de
ti, sólo que no hemos llegado demasiado lejos. Mara, me gustaría que le
hablaras de tu familia... quiero decir, las cosas que me has contado.»
Su rostro se ensombreció. «¿Por qué habría de interesarle
mi familia?», dijo, con expresión de irritación mal disimulada. «Mi familia
carece del menor interés.»
«No lo creo», dijo Kronski rotundo. «Creo que usted oculta
algo.»
La mirada que cruzaron me sobresaltó. Era como si ella le
hubiera hecho una señal para que andase con cuidado. Se entendían mutuamente de
forma subterránea, de un modo que me excluía. La imagen de la mujer en el patio
de su casa me vino a la mente con nitidez. Aquella mujer no era su vecina, como
intentó insinuar. ¿Podría haber sido su madrastra? Intenté recordar lo que me
había dicho sobre su madre verdadera, pero inmediatamente me perdí en el
complicado laberinto que había fabricado sobre este tema evidentemente
doloroso.
«¿Qué es lo que te gustaría saber de mi familia?, dijo,
volviéndose hacia mí.
«No quiero preguntarte nada que te ponga incómoda», dije,
«pero, si no es indiscreción, ¿te importaría hablarnos de tu madrastra?»
«¿De dónde era su madrastra?», preguntó Kronski.
«De Viena», dijo Mara.
«Y usted, ¿nació en Viena también?»
«No, yo nací en Rumania, en un pueblecito de montaña.
Puede que tenga algo de sangre gitana en las venas.»
«¿Quiere usted decir que su madre era gitana?»
«Sí, me han contado una historia en ese sentido. Dicen que
mi padre la dejó la víspera de su boda con mi madrastra. Por eso es por lo que
mi madre me odia, supongo. Soy la oveja negra de la familia.»
«Y supongo que adora usted a su padre.»
«Lo adoro. Es como yo. Los otros son extraños para mí: no
tenemos nada en común.»
«Y usted mantiene a la familia, ¿no es así?», dijo
Kronski.
«¿Quién se lo ha dicho? Ya veo, eso era lo que estabais
hablando, cuando...»
«No, Mara, nadie me lo ha dicho. Lo veo en su cara. Está
usted haciendo un sacrificio: por eso es por lo que es desdichada.»
«No voy a negarlo», dijo. «Por mi padre es por quien lo
hago. Es un inválido, ya no puede trabajar.»
«¿Y qué les pasa a sus hermanos?»
«Nada. Son unos vagos simplemente. Los he mimado. Mire,
cuando tenía dieciséis años, me fui de casa; no podía soportar la vida en el
hogar. Estuve fuera un año; cuando volví, los encontré en la miseria. Son unos
inútiles. Yo soy la única que tiene algo de iniciativa.»
«¿Y mantiene usted a toda la familia?»
«Trato de hacerlo», dijo. «A veces me dan ganas de
abandonar: es una carga demasiado pesada. Pero no puedo. Si me marchara, se
morirían de hambre.»
«Tonterías», dijo Kronski con calor. «Eso es precisamente
lo que debería hacer.»
«Pero, no puedo... no mientras viva mi padre. Haría
cualquier cosa, me prostituiría, antes que verlo pasar necesidades.»
«Y ellos le dejarían hacerlo», dijo Kronski. «Mire, Mara,
se ha colocado usted en una posición falsa. No puede usted asumir toda la
responsabilidad. Que se las arreglen como puedan los demás. Llévese a su
padre... nosotros le ayudaremos a cuidarlo. El no sabe cómo consigue usted el
dinero, ¿verdad? No le ha dicho usted que trabaja en un baile, ¿verdad?»
«No, no se lo he dicho. Cree que trabajo en el teatro.
Pero mi madre lo sabe.»
«¿Y no le importa?»
«¿Importarle?», dijo Mara, sonriendo amargamente. «Le da
igual lo que haga, con tal de que mantenga la casa. Dice que no valgo para
nada. Me llama puta. Dice que soy igual que mi madre.»
La interrumpí. «Mara», dije. «No sabía que fuera tan
terrible. Kronski tiene razón, tienes que liberarte. ¿Por qué no haces lo que
te ha sugerido: dejar a la familia y llevarte a tu padre?»
«Me encantaría», dijo, «pero mi padre nunca dejaría a mi
madre. Ella lo tiene en sus garras: lo ha convertido en un niño.»
«Pero ¿y si él supiera lo que haces?»
«Nunca lo sabrá. Yo no le dejaría a nadie decírselo. Mi
madre me amenazó una vez con decírselo: le dije que la mataría, si lo hacía.»
Sonrió amargamente. «¿Sabes lo que dijo mi madre? Dijo que había estado
intentando envenenarla.»
En ese momento Kronski sugirió que continuáramos la
conversación en la casa de un amigo suyo que estaba fuera. Dijo que podíamos
pasar la noche allí, si queríamos. En el metro cambió de humor; volvió a ser el
sapo de cara pálida, socarrón, burlón, diabólico que solía ser. Eso significaba
que se consideraba seductor, que se sentía autorizado para mirar insinuante a
las mujeres atractivas. El sudor le corría por la cara, y le arrugaba el cuello
de la camisa. Su conversación se volvió febril, dispersa, sin la menor
continuidad. A su modo retorcido, estaba intentando crear una atmósfera
dramática; agitaba los brazos desordenadamente, como un murciélago enloquecido
entre dos reflectores.
Para mi disgusto, Mara parecía divertida por aquel
espectáculo. «Está muy loco tu amigo», dijo, «pero me gusta».
Kronski acertó a oír aquel comentario. Sonrió trágicamente
y el sudor empezó a brotar más copiosamente. Cuanto más sonreía, cuanto más
hacía el gracioso y el payaso, más melancólico parecía. No quería que nadie lo
considerara nunca triste. Era Kronski, el gran tipo vital, sano, jovial,
descuidado, atolondrado, despreocupado, que resolvía los problemas de todo el
mundo. Era capaz de hablar sin parar durante horas... durante días, si tenías
ánimo para escucharle. Se despertaba hablando, y en seguida se sumergía en
argumentaciones rebuscadas, siempre sobre el destino del mundo, sobre su
naturaleza bioquímica, su constitución astrofísica, su configuración
político-económica. El mundo estaba en un estado desastroso; lo sabía porque
siempre estaba recopilando datos sobre la escasez de petróleo, o haciendo
investigaciones sobre la condición del Ejército Soviético o la condición de
nuestros arsenales y fortificaciones.
Decía, como si fuera un hecho indiscutible, que los
soldados del Ejército Soviético no podrían combatir este invierno, porque sólo
tenían tantos gabanes, tantos zapatos, etc. Hablaba de hidratos de carbono,
grasas, azúcar, etc. Hablaba de los abastecimientos mundiales, como si
estuviera dirigiendo el mundo. Sabía más de derecho internacional que la
autoridad más famosa en el tema. No había tema bajo el sol del que no resultase
tener un conocimiento completo y exhaustivo. De momento sólo era un médico interno
en un hospital de la ciudad, pero al cabo de pocos años iba a ser un cirujano o
psiquiatra famoso, o quizá otra cosa, todavía no sabía lo que elegiría ser.
«¿Por qué no decides llegar a ser Presidente de Estados Unidos?», le
preguntaban sus amigos irónicamente. «Porque no soy un imbécil», respondía,
poniendo cara avinagrada. «¿Creéis que no podría llegar a ser Presidente, si lo
deseara? Pero, bueno, ¿no creeréis que haga falta inteligencia para llegar a
ser Presidente de Estados Unidos? No, quiero un trabajo de verdad. Quiero
ayudar a la gente. No quiero engañarla. Si tuviera que asumir la dirección de
este país, limpiaría la casa desde el techo hasta el sótano. Para empezar,
mandaría castrar a tipos como vosotros...» Seguía así durante una hora o dos, limpiando
el mundo, poniendo orden en el caserón, preparando el camino para la
fraternidad de los hombres y el imperio del librepensamiento. Cada día de su
vida repasaba los asuntos del mundo con un peine fino, para limpiar los piojos
que volvían asqueroso el pensamiento de los hombres. Un día se mostraba muy
acalorado por la condición de los esclavos en la Costa de Oro, y te citaba el
precio del oro en lingotes o cualquier otra elaboración estadística fabulosa,
que accidentalmente hacía que los hombres se odiaran unos a otros y creaba
empleos superfluos para hombres sumisos y débiles en periódicos de información
financiera, con lo que incrementaba la carga que pesaba sobre las intangibles
economías políticas. Otro día se alzaba en armas contra el cromo o el permanganato,
porque Alemania tal vez o Rumania había acaparado el mercado en relación con
tal o cual producto, lo que impediría operar a los cirujanos del Ejército
Soviético, cuando llegara el gran día. O acababa de recoger los últimos datos
confidenciales sobre una nueva y alarmante plaga, que pronto reduciría a la
anarquía el mundo civilizado, a no ser que actuáramos al instante y con la
mayor prudencia. Cómo era posible que el mundo siguiese avanzando vacilante,
día tras día, sin el asesoramiento del Dr. Kronski era un misterio que nunca
aclaró. El Dr. Kronski nunca dudaba de su análisis de las condiciones
mundiales. Depresiones, pánicos, inundaciones, revoluciones, plagas, todos esos
fenómenos se manifestaban simplemente para corroborar su juicio. Las calamidades
y las catástrofes lo ponían contento; croaba y cloqueaba como el sapo del mundo
en el embrión. ¿Cómo le iban las cosas personalmente?... nadie le hacía esa
pregunta nunca. Personalmente, no marchaban. Por el momento tajaba brazos y
piernas, ya que nadie tenía la perspicacia de pedirle nada mejor. Su primera
esposa pronto se volvería loca, si supiera de qué estábamos hablando. Era capaz
de proyectar las casas-modelo más maravillosas para la Nueva República de la
Humanidad, pero, cosa curiosa, no podía mantener su propio nidito libre de
chinches y otros bichos, y, a causa de su preocupación por los acontecimientos
mundiales y por la solución de los problemas de Africa, Guadalupe, Singapur,
etc., su propia casa estaba siempre un poco desarreglada, es decir, los platos
sin lavar, las camas sin hacer, los muebles desvencijados, la mantequilla
rancia, el retrete atascado, las tuberías goteando, peines sucios tirados sobre
la mesa y, en general, un grato estado ruinoso, lastimoso, ligeramente
demencial, que se manifestaba personalmente en la persona del Dr. Kronski en
forma de caspa, eczema, furúnculos, ampollas, juanetes, verrugas, quistes
sebáceos, halitosis, indigestión y otros trastornos menores, ninguno de ellos
grave, porque, una vez establecido el orden mundial, todo lo perteneciente al
pasado desaparecería y el hombre resplandecería con una nueva piel como un
corderito recién nacido.
El amigo a cuya casa nos llevaba era un artista, nos
contó. Siendo amigo del gran Dr. Kronski, debía de tratarse de un artista fuera
de lo común, uno que no sería reconocido hasta que no se hubiese anunciado el
milenio. Su amigo era a la vez pintor y músico... igualmente grande en ambos
campos. La música no íbamos a poder oírla, debido a la ausencia de su amigo,
pero podríamos ver sus pinturas..., es decir, algunas de ellas, porque había
destruido la mayor parte. Si no hubiera sido por Kronski, habría destruido
todo. Pregunté de pasada qué hacía su amigo en aquel momento. Estaba regentando
una granja modelo para niños deficientes en los bosques de Canadá. El propio
Kronski había organizado el movimiento, pero estaba demasiado ocupado
proyectando cosas como para preocuparse por los detalles prácticos de la
administración. Además, su amigo estaba tísico, y lo más probable era que
tuviese que quedarse allí para siempre. Kronski le telegrafiaba de vez en
cuando para aconsejarle sobre esto y lo otro. Era sólo un comienzo: pronto iba
a vaciar de internos los hospitales y manicomios, demostrar al mundo que los
pobres pueden cuidar a los pobres y los débiles a los débiles y los lisiados a
los lisiados y los retrasados a los retrasados.
«¿Es ésa una de las pinturas de tu amigo?», pregunté,
cuando encendí la luz y un enorme vómito de bilis verde-amarillenta resaltó en
la pared.
«Esa es una de las primeras cosas que hizo», dijo Kronski.
«La conserva por razones sentimentales. He guardado en un almacén sus obras
mejores. Pero aquí tienes una pequeña que te dará una idea de lo que puede
hacer.» La miraba orgulloso, como si fuera obra de un hijo suyo. «Es
maravillosa, ¿verdad?»
«Terrible», dije. «Tiene un complejo anal; debió de nacer
en el arroyo, en un charco de orín de caballo rancio un tétrico día de febrero
junto a una fábrica de gas.»
«Sólo tú podías decir una cosa así», dijo Kronski
vengativo. «No reconoces a un pintor auténtico, cuando lo ves. Admiras a los
revolucionarios de ayer. Eres un romántico.»
«Tu amigo puede ser revolucionario, pero no es pintor»,
insistí. «No hay amor en él; sólo odia, y, lo que es peor, no es capaz de
pintar lo que odia. Tiene la vista nublada. Dices que está tísico: yo diría que
está bilioso. Apesta, tu amigo, igual que esta casa. ¿Por qué no abres las
ventanas? Huele como si un perro hubiera muerto aquí.»
«Conejillos de Indias, querrás decir. He estado usando
esta casa de laboratorio, por eso apesta un poco. Tiene usted una nariz muy
sensible, señor Miller. Es usted un esteta.»
«¿Hay algo para beber aquí?», pregunté.
Naturalmente, no había nada, pero Kronski se ofreció a ir
a comprar algo.
«Trae algo fuerte», dije. «Este lugar da náuseas. No me
extraña que el pobre tío acabase tísico.»
Kronski salió bastante avergonzado. Miré a Mara. «¿Qué te
parece? ¿Le esperamos o nos largamos?»
«No eres nada amable. No, vamos a esperar. Me gustaría
oírle hablar más: es interesante. Y la verdad es que tiene un alto concepto de
ti. Lo veo por la forma como te mira.»
«Sólo es interesante la primera vez», dije. «Francamente,
me mata de aburrimiento. Llevo años escuchando esos disparates. Es mierda pura.
Puede que sea inteligente, pero le falta algún tomillo. Un día se suicidará, ya
verás. Además, da mala suerte. Siempre que me encuentro con este tipo, todo
sale al revés. Lleva la muerte consigo, ¿es que no lo notas? Cuando no está
gruñendo, está farfullando como un mono. ¿Cómo se puede ser amigo de un tipo
así? Quiere que seas amigo de su pena. No sé qué es lo que lo consume. Le
preocupa el mundo. A mí el mundo me importa un pito. No puedo corregirlo, ni él
tampoco, ni nadie. ¿Por qué no intenta vivir? El mundo podría no ser tan malo,
si intentáramos divertirnos un poco más. No, la verdad es que me irrita.»
Kronski volvió con un licor pésimo; dijo que era el único
que había podido encontrar a aquella hora. El raras veces bebía más de un
sorbito, conque le daba igual que nos envenenáramos. Dijo que esperaba que nos
envenenase. Estaba deprimido. Parecía que la depresión le iba a durar toda la
noche. Mara, como una idiota, lo compadecía. El se echó en el sofá y reclinó la
cabeza en las rodillas de Mara. Empezó con otro rollo, extraño: la impersonal
pena del mundo. No era un argumento ni una invectiva como antes, sino una
cantinela, una cantinela al dictáfono dirigida a los millones de seres
desdichados de todo el mundo. El Dr. Kronski siempre interpretaba esa tonada en
la oscuridad, con la cabeza apoyada en las rodillas de alguna mujer y la mano
arrastrando por la alfombra.
Mientras mantenía la cabeza en las rodillas de ella como
una víbora hinchada, las palabras se filtraban por la boca de Kronski como el
gas por una espita a medio abrir. Era el fantasma del irreductible átomo
humano, la subalma errando en el sótano de la miseria colectiva. El Dr. Kronski
dejó de existir: sólo permanecían el dolor y el tormento, que funcionaban como
electrones positivo y negativo en el vasto vacío atómico de una personalidad
perdida. En ese estado de suspensión, ni siquiera la sovietización milagrosa
del mundo podía provocar una chispa de entusiasmo en él. Lo que hablaba eran
los nervios, las glándulas endocrinas, la bilis, el hígado, los riñones, los
pequeños vasos sanguíneos próximos a la superficie de la piel. La propia piel
era una simple bolsa en que se acumulaba desordenadamente una colección
bastante desaliñada de huesos, músculos, tendones, sangre, grasa, linfa, bilis,
orina, estiércol y demás. Los gérmenes se agitaban por esa hedionda bolsa de
tripas; por bien que funcionara esa jaula de obtusa materia gris llamada
cerebro, los gérmenes iban a salir victoriosos. El cuerpo era rehén de la
Muerte, y el Dr. Kronski, tan vital en el mundo de rayos X de la estadística,
no era sino un piojo destinado a ser aplastado por una uña sucia, cuando
llegara el momento de abandonar la concha. En esos ataques de depresión
genitourinaria nunca se le ocurría al Dr. Kronski que pudiese haber una
concepción del universo en que la muerte revistiera otro aspecto. Había
destripado, disecado y cortado en pedazos tantos cadáveres, que la muerte había
llegado a significar para él algo muy concreto: un pedazo de carne fría
yaciendo en la losa mortuoria, por decirlo así. La luz se apagaba y la máquina
se detenía, y, al cabo del tiempo, apestaría. Voilá, era así de simple y
sencillo. En la muerte el ser más encantador que se pudiese imaginar era
simplemente otra pieza de un extraordinario sistema de frías cañerías. Había
mirado a su esposa, justo después de que se declarase la gangrena; nos confió
que, para el atractivo que mostraba, igual podría haber sido un bacalao. El
conocimiento de lo que estaba produciéndose dentro de aquel cuerpo invalidaba
la idea del dolor que ella estaba sufriendo. La muerte ya había hecho su
entrada y era fascinante contemplar su obra. La muerte siempre está presente,
afirmaba. La muerte está al acecho en rincones oscuros, esperando el momento
oportuno de alzar la cabeza y asestar el golpe. Según decía, ése es el único
vínculo auténtico que tenemos: la constante presencia de la muerte siempre en
todos nosotros.
Mara estaba muy impresionada por todo aquello. Le
acariciaba el pelo y ronroneaba, mientras la constante corriente de gas canoro
salía de los gruesos y exangües labios de él. Me molestaba más su evidente
compasión por el sufriente que la monotonía del delirio de él. La imagen de
Kronski acurrucado como una cabra enferma me parecía de lo más cómica. Había
tragado demasiadas latas vacías. Se había alimentado con piezas de automóviles
tiradas. Era un cementerio andante de hechos y cifras. Moría de indigestión estadística.
«¿Sabes lo que deberías hacer?», dije tranquilamente.
«Deberías matarte ahora, esta noche. No tienes nada por lo que vivir: ¿para qué
engañarte? Dentro de un rato nos iremos y podrás suprimirte. Eres un
sabelotodo, debes de conocer una forma de hacerlo sin demasiado alboroto. De
verdad, creo que se lo debes al mundo. Tal como están las cosas, lo único que
haces es ponerte pesado.»
Aquellas palabras produjeron un efecto casi electrizante
en el doliente Dr. Kronski. Efectivamente, se puso en pie de un brinco como de
delfín. Se puso a dar palmas y a bailar con la gracia de un paquidermo enfermo
de esparaván. Estaba extático, igual que un pocero entra en éxtasis, cuando se
entera de que su esposa ha dado a luz a otro mocoso.
«Conque ¿quiere usted que me quite de en medio? ¿Eh, señor
Miller? ¿Por qué tanta prisa? Tienes envidia. Estás celoso de mí, ¿verdad?
Pues, bien, esta vez voy a defraudarte. Voy a seguir vivo y te voy a hacer la
vida imposible. Voy a torturarte. Un día acudirás a mí y me rogarás que te dé
algo para ponerte fuera de peligro. Me suplicarás de rodillas y yo te lo
negaré.»
«Estás loco», dije, acariciándole la barbilla.
«¡Oh, no, no lo estoy!», respondió, dándome palmaditas
sobre la calva. «Sólo soy un neurótico, como todos los judíos. Nunca me mataré,
no te hagas ilusiones. Asistiré a tu funeral y me reiré de ti. Quizá no tengas
funeral. Puede que estés tan en deuda conmigo, que tengas que legarme tu
cuerpo, cuando mueras. Señor Miller, cuando me ponga a trincharle, no quedará
ni una miaja.»
Cogió un cortapapeles que había sobre el piano y me colocó
la punta en el diafragma. Trazó una línea imaginaria de incisión y blandió el
cortapapeles ante mi vista.
«Así empezaré», dijo, «en tus tripas. Primero dejaré salir
todos los disparates románticos que te hacen pensar que llevas una vida de
fábula; después te desollaré como a una culebra para llegar a tus tranquilos y
serenos nervios y hacerles temblar y saltar; estarás más vivo bajo el bisturí
de lo que estás ahora; tendrás un aspecto extraño con una pierna de menos y la
cabeza apoyada en la repisa de mi chimenea y la boca fija en una mueca
perpetua.»
Se volvió hacia Mara. «¿Cree que seguirá enamorada de él,
cuando lo prepare para el laboratorio?»
Le di la espalda y me acerqué a la ventana. Era una típica
vista interior del Bronx: vallas de madera, tendederos para la ropa, pequeñas
extensiones sórdidas de hierba, casas de alquiler hechas en serie, escaleras de
emergencia, etc. En las ventanas aparecían y desaparecían siluetas con toda
clase de indumentaria. Estaban preparándose para irse a dormir con el fin de
estar en condiciones de afrontar la absurda monotonía del día siguiente. Uno de
cada cien mil llegaría a escapar de la maldición general; por lo que se refiere
al resto, sería un acto de misericordia que alguien llegara de noche y les
cortase el cuello mientras dormían. Creer que aquellas desdichadas víctimas
eran capaces de crear un nuevo mundo era pura insensatez. Pensé en la segunda
esposa de Kronski, la que iba a acabar volviéndose loca. Era de ese barrio. Su
padre regentaba una papelería; su madre se pasaba el día en la cama curándose
un cáncer de la matriz. Su hermano menor tenía la enfermedad del sueño, otro
estaba paralítico, y el mayor era retrasado mental. Un Estado organizado
inteligentemente habría acabado con toda la familia y también con la casa...
Escupí por la ventana asqueado.
Kronski estaba parado detrás de mí, con el brazo en torno
a la cintura de Mara.
«¿Por qué no saltas?», dije, tirando el sombrero por la
ventana.
«¿Cómo? ¿Y dejar el patio hecho un asco para que los
vecinos tengan que venir a limpiarlo? No, señor; yo, no. Señor Miller, me
parece que es usted el que está deseoso de suicidarse. ¿Por qué no salta usted?
«Estoy dispuesto», dije, «con tal de que saltes conmigo.
Permíteme mostrarte lo fácil que es. Mira, dame la mano...»
«¡Oh, basta ya», dijo Mara. «Os estáis comportando como
niños. Pensaba que vosotros dos ibais a ayudarme a resolver mi problema. Yo
tengo preocupaciones de verdad.»
«No hay soluciones», dijo Kronski apenado. «Es imposible
ayudar a su padre, porque no quiere que le ayuden. Quiere morir.»
«Pero yo quiero vivir», dijo Mara. «Me niego a ser una
esclava.»
«Eso es lo que todo el mundo dice, pero no sirve de nada.
Hasta que no derribemos este podrido sistema capitalista, no habrá solución
para...»
«Eso es una estupidez», le interrumpió Mara. «¿Cree que
voy a esperar a la revolución para vivir mi vida? Hay que hacer algo ahora. Si
no puedo resolverlo de otro modo, me haré puta... inteligente, por supuesto.»
«No hay putas inteligentes», dijo Kronski. «Prostituir el
cuerpo es una señal de poca inteligencia. ¿Por qué no usa el cerebro? Se lo
pasaría mejor, si se hiciera espía. ¡Esa sí que es una idea! Creo que podría
encontrarle algo de ese estilo. Tengo relaciones bastante buenas en el Partido.
Desde luego, tendría usted que abandonar la idea de vivir con este andoba», y
me indicó con el pulgar. «Pero una dama como usted», y la miró ávidamente de
pies a cabeza, «podría elegir lo que más le gustara. ¿Le gustaría hacerse pasar
por condesa o princesa?», añadió. «Cien a la semana y todos los gastos
pagados... no está mal, ¿eh?»
«Ahora gano más que eso», dijo Mara, «sin exponerme a que
me peguen un tiro.»
«¿Qué?», exclamamos los dos a la vez.
Se echó a reír. «Pensáis que eso es mucho dinero, ¿verdad?
Necesito mucho más que eso. Si quisiera, podría casarme con un millonario
mañana; ya he tenido varias ofertas.»
«¿Por qué no se casa con uno y se divorcia en seguida?
Podría casarse con uno tras otro y llegar a ser millonaria, a su vez. ¿Dónde
tiene el cerebro? ¿No irá a decirme que tiene escrúpulos para cosas así?»
Mara no supo qué contestar. Lo único que se le ocurrió fue
que era obsceno casarse con una vieja ruina por su dinero.
«¡Y cree que podría ser una puta!», dijo despectivo. «Vale
tan poco como este tipo: él también está corrompido por la moralidad burguesa.
Oiga, ¿por qué no lo adiestra para que sea su chulo? Haríais una bonita pareja
romántica en el hampa del sexo. ¡Hacedlo! Quizá os pueda proporcionar clientela
de vez en cuando.»
«Dr. Kronski», dije, dedicándole una sonrisa suave y
amable, «creo que vamos a despedimos de usted ahora. Ha sido una velada de lo
más agradable e instructiva, se lo aseguro. Cuando Mara coja su primera
sífilis, vendré a verlo sin falta para que le preste sus servicios de experto.
Creo que ha resuelto usted todos nuestros problemas con admirable tacto. Cuando
envíe usted a su esposa al manicomio, venga a pasar una temporada con nosotros:
será grato tenerlo con nosotros; es usted alentador y divertido, por no decir
más.»
«No os vayáis todavía», suplicó. «Quiero hablar con
vosotros en serio.» Se volvió hacia Mara. «¿Cuánto necesita ahora mismo? Puedo
dejarle trescientos dólares, si le sirven. Tendrá que devolvérmelos dentro de
seis meses, porque no son míos. Oiga, no se vaya. Déjele irse a él... quiero
decirle algunas cosas a usted.»
Mara me miró como para preguntarme si era simple
palabrería de su parte.
«No le pregunte su opinión», dijo Kronski. «Soy sincero
con usted. La aprecio y quiero hacer algo por usted.» Se volvió hacia mí con
rudeza: «Anda, vete a casa, ¿quieres? No voy a violarla.»
«¿Me voy?», le pregunté.
«Sí, por favor», dijo Mara. «Sólo, que, ¿por qué habrá
esperado tanto este idiota para decirme esto?»
Tenía mis dudas sobre lo de los trescientos dólares, pero
me marché igualmente. En el metro, frente a los agotados viajeros nocturnos de
la gran ciudad, me sumí en una profunda introspección, como la que sobreviene a
las protagonistas de las novelas modernas. Como ellos, me hice preguntas
inútiles, me planteé problemas que no existían, hice planes para el futuro que
nunca llegarían a realizarse, dudé de todo, incluida mi propia existencia. Para
el protagonista de novelas modernas el pensamiento no lleva a ninguna parte; su
cerebro es un colador en que lava las verduras remojadas de la mente. Se dice
que está enamorado y se sienta en el metro en movimiento intentando correr como
una alcantarilla. Se engaña a sí mismo con pensamientos agradables. Por ejemplo,
éste: probablemente él esté arrodillado en el suelo, acariciándole las
rodillas: está subiendo despacio su manaza sudorosa por la fresca carne de
ella: le está diciendo en lenguaje glutinoso que es única; los trescientos
dólares nunca han existido, pero, si consigue metérsela, si consigue que abra
las piernas un poquito más, intentará reunir un poco; mientras ella desliza el
chocho cada vez más cerca, con la esperanza de que se contente con mamárselo y
no le haga ir hasta el final, se dice a sí misma que no es traición, porque ha
avisado a todos y cada uno con explícita franqueza que, si no le quedaba más
remedio que hacerlo, lo haría y algo tiene que hacer. Pobrecita, es muy cierto
y muy urgente: no le cuesta demasiado trabajo salir airosa, porque nadie sabe
cuántas veces se ha dejado joder por un poco de calderilla; tiene una buena
excusa, al no querer que su padre muera como un perro; ahora tiene la cabeza de
él entre las piernas y siente el calor de su lengua; se desliza un poco más
abajo y le rodea el cuello con una pierna; está brotando el jugo y se siente
más cachonda que nunca; ¿es que la va a someter al suplicio de Tántalo durante
toda la noche? Le coge la cabeza y le pasa los dedos por su grasiento cabello;
aprieta el coño contra la boca de él; lo siente venir, se retuerce y culebrea,
jadea, le tira del pelo. ¿Dónde estás?, grita para sí misma. ¡Dame esa gruesa
polla! Le tira frenéticamente del cuello de la camisa, le da un tirón y le
obliga a levantarse; en la oscuridad su mano se desliza como una anguila hasta
la abultada bragueta, toma con la palma los gruesos cojones inflados, rastrea
con el pulgar y el índice el tieso cuello de gallina del pene hasta donde se
pierde en lo desconocido; él es lento y pesado y jadea como una morsa: ella
levanta las piernas bien arriba, le rodea el cuello. ¡Métela, tontaina! Ahí,
no... ¡aquí! La empuña y la conduce al establo. ¡Oh, qué bueno! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh,
Dios mío, así está bien! Déjala ahí, conténte, conténte. Métela más adentro,
hasta el fondo... eso, así, así. ¡Oh, oh! El está intentando contenerse. ¡Está
intentando pensar en dos cosas a la vez! Trescientos dólares... tres sábanas.
¿Quién me los dará? ¡Hostias, qué maravilloso es! ¡Quédate así, joder!
¡Aguanta! Está sintiendo y pensando al mismo tiempo. Siente una almejita sin
concha que se abre y se cierra, una flor sedienta que le abraza la punta de la
picha. ¡No te muevas, cacho puta, que me corro! ¡Otra vez así! La hostia, ¡qué
coño! Busca sus tetas, le rasga el vestido, le lame un pezón ávidamente. No te
muevas ahora, chupa y basta, así, eso es. ¡Despacio ahora, despacio! Joder, si
pudiéramos quedamos así toda la noche. ¡Hostias, ya viene! ¡Muévete, cacho
puta! Dámelo... más de prisa, más de prisa. ¡Ah, ah, sss, bum, blam!
Nuestro protagonista abre los ojos y vuelve a ser él: es
decir, el hombre conocido aquí como yo mismo, que se niega a creer lo que la
mente le dice. Probablemente estén hablando largo y tendido, me digo, corriendo
un tupido velo sobre la grata sustitución. A ella no se le ocurriría dejar que
la toque un íncubo grasiento y sudoroso como ése. Probablemente haya intentado
besarla, pero ella sabe defenderse perfectamente. Me pregunto si estará
despierta Maude. Me siento cachondo yo también. Camino de casa me abro la
bragueta y saco el canario a tomar el fresco. El coño de Maude. La verdad es
que, cuando está dispuesta, sabe follar como Dios manda. La cogeré medio
dormida, sin las anteojeras. Túmbate calladito, pégate a ella como una cuchara
a otra. Meto la llave en la cerradura y empujo la puerta de hierro. Hierro frío
contra una picha vibrante. Tengo que cogerla por sorpresa, metérsela mientras
sueña. Subo en silencio la escalera y me quito la ropa sin hacer ruido. La oigo
volverse, prepararse en sueños para ofrecerme su cálido culo. Me meto
suavemente en la cama y me pego a ella como una ventosa. Finge estar ausente,
muerta para el mundo. No demasiado de prisa o se despertará. Debo hacerlo como
si yo mismo estuviera durmiendo o se ofenderá. Ya tengo la punta entre los
pelos sueltos. Yace terriblemente inmóvil. Lo desea, la muy puta, pero no
quiere darlo a entender. ¡De acuerdo, hazte la muerta! La muevo un poquito,
sólo un pelín. Responde como un leño mojado. Se va a quedar así como un peso
muerto y fingir que está dormida. Ya está, ya tengo la mitad dentro. Tengo que
moverla como una polea, pero se deja mover y todo está bien lubrificado. Es
maravilloso follarte a tu mujer como si fuera un caballo muerto. Conoces cada
pliegue del forro; puedes tomarte el tiempo que quieras y pensar en lo que te
plazca. El cuerpo es suyo, pero el coño es tuyo. El coño y la picha están
casados, ¡qué leche!, aunque los cuerpos vayan cada uno por su lado. Por la
mañana los dos cuerpos estarán de cara y habrá poca diferencia; actuarán como
si fueran independientes, como si el pene y lo otro fuesen sólo para hacer
aguas con ellos. Como está profundamente dormida, no le importa que la sacuda.
Tengo una de esas erecciones absurdas e insensibles, como si mi picha fuese una
manguera de goma sin la boquilla. Con la punta de los dedos puedo moverla a
voluntad. Le suelto una descarga y la dejo dentro, me refiero a la gruesa
manguera de goma. Ella se abre y se cierra como una flor. Es una agonía, pero
el tipo de agonía adecuada. La flor dice: ¡quédate ahí, hijito! La flor habla
como una esponja borracha. La flor dice: me quedo con este trozo de carne para
acariciarlo hasta que me despierte. ¿Y qué dice el cuerpo, esa polea
independiente que se mueve sobre rodamientos de bolas? El cuerpo está herido y
humillado. El cuerpo ha perdido su nombre y dirección temporalmente. Al cuerpo
le gustaría amputar la picha y conservarla para siempre como un canguro. Maude
no es ese cuerpo que yace culo arriba, la víctima indefensa de una manguera de
goma. Maude, si el autor fuera Dios y no su marido, se ve a sí misma parada
melindrosamente en un prado verde, con una bonita sombrilla roja en la mano.
Hay bellas palomas que le picotean los zapatos. Esas bellas palomas —es lo que
cree que son— están diciendo en su cucurrucú: ¡qué criatura más graciosa y
generosa eres! Todo el tiempo van dejando caer caca blanca, pero, como son
palomas enviadas desde el cielo, la parte blanca sólo es cabello de ángel y
caca es una palabra fea que el hombre inventó, cuando se vistió y se civilizó.
Si mirara de soslayo, mientras pronuncia la bendición sobre las palomitas de
Dios, vería a una desvergonzada ofreciendo a un hombre desnudo la parte trasera
de su cuerpo. No quiere pensar en esa mujer, sobre todo en una postura tan
vergonzosa. Intenta conservar la verde hierba a su alrededor y la sombrilla
abierta. ¡Qué delicioso es quedarse desnuda a la pura luz del sol conversando
con una amiga imaginaria! Maude está hablando con mucha elegancia ahora, como
si fuera vestida toda de blanco y doblasen las campanas de la iglesia: está en
su rincón privado del universo, como una monja, recitando los salmos en
Braille. Se agacha para acariciar la cabeza a una paloma, tan suave y ligera,
tan ardiente de amor, un poco de sangre envuelta en terciopelo. El sol brilla
resplandeciente y ahora, ¡oh, qué bueno!, le está calentando las frías nalgas.
Como un ángel misericordioso, abre y separa las piernas: la paloma aletea entre
sus piernas, las alas rozan ligeramente el arco de mármol. La palomita aletea
enloquecida; tiene que apretar su suave cabecita entre las piernas. Todavía es
domingo y ni un alma en este rincón del universo. Maude está hablando a Maude.
Está diciendo que, si llegara un toro y la montase, no se movería ni un
centímetro. Sienta bien, ¿verdad, Maude?, se susurra a sí misma. ¡Sienta tan
bien! ¿Por qué no vengo aquí todos los días y me quedo así? Verdaderamente,
Maude, esto es maravilloso. Te quitas toda la ropa y te quedas en la hierba; te
inclinas a dar de comer a las palomas y el toro sube la colina y te mete el
aparato, terriblemente largo. ¡Oh, Dios, pero es terriblemente bueno recibirla
así! La limpia y verde hierba, el olor de su cálida piel, ese largo y suave
aparato que mete y saca... ¡Oh, Dios, quiero que me folle como a una vaca! ¡Oh,
Dios, quiero follar, follar y follar!...
Capítulo IV
La tarde siguiente mi viejo amigo Stanley viene a
visitarme. Maude detesta a Stanley, y con razón, porque, cada vez que éste la
mira, la derriba con una maldición silenciosa. Su mirada lo indica con toda
claridad: «Si tuviera a esa puta en mi casa, ¡cogería el hacha y la cortaría en
pedazos!» Stanley está lleno de odios ocultos. Tiene el mismo aspecto delgado y
fuerte que cuando salió de la caballería en Fort Oglethorpe hace años. Lo que
busca es algo que matar. Me asesinaría a mí, su mejor amigo, si pudiera hacerlo
impunemente. Está reñido con el mundo, verde hasta la bilis de odio y venganza
acumulados. Para lo que viene es para asegurarse de que no hago progresos, de
que me hundo cada vez más. «Nunca llegarás a nada», dice. «Eres como yo: eres
débil, no tienes ambición.» Tenemos una ambición en común, que no tomamos en
serio: la de escribir. Hace quince años, cuando nos escribíamos cartas,
teníamos más esperanzas. Fort Oglethorpe fue un buen lugar para Stanley; lo
convirtió en un borracho, un tahúr, un ladrón. Eso hacía que sus cartas fueran
interesantes. Nunca trataban de la vida militar, sino de escritores exóticos y
románticos a los que intentaba imitar, cuando escribía. Stanley no debería
haber regresado nunca al norte; debería haberse apeado del tren en Chickamauga,
haberse envuelto en hojas de tabaco y en estiércol de vaca, y haber tomado por
esposa a una india. En lugar de eso, volvió al norte, a la funeraria, conoció a
una polaca gorda y de ovarios fértiles, cargó con una ristra de polaquitos, e intentó
en vano escribir de pie sobre los baldes de la cocina. Stanley raras veces
hablaba de algo en presente; prefería tejer historias increíbles sobre los
hombres que amó y admiró en el ejército.
Stanley tenía todos los defectos de los polacos. Era
presumido, mordaz, violento, falsamente generoso, romántico como un plumífero
muerto de hambre, leal como un tonto y, para colmo, traidor. Por encima de
todo, estaba simplemente corroído por la envidia y los celos.
Hay una cosa que me gusta de los polacos: su lengua. El
polaco, cuando lo hablan personas Inteligentes, me hace entrar en éxtasis. El
sonido de esa lengua evoca extrañas imágenes en que siempre hay un prado con
hierba cubierta de espigas donde avispones y culebras desempeñan el papel más
importante. Recuerdo cuando, hace mucho tiempo, Stanley me invitaba a visitar a
sus parientes; me hacía llevar un rollo de partituras, porque quería exhibirme
ante aquellos parientes ricos. Recuerdo bien aquella atmósfera porque, delante
de aquellos polacos de lengua melosa, excesivamente educados, presuntuosos y
totalmente falsos, siempre me sentía incómodo. Pero, cuando hablaban entre sí,
unas veces en francés, otras en polaco, me arrellanaba en el asiento y los
miraba fascinado. Hacían extraños gestos polacos, totalmente diferentes de los
de nuestros parientes, que en el fondo eran unos bárbaros estúpidos. Los
polacos eran como serpientes verticales ataviadas con collarines de avispones.
Nunca sabía de qué hablaban, pero siempre me parecía que estuvieran asesinando
a alguien con toda educación. Todos iban ataviados con sables y espadones que
sostenían entre los dientes o blandían ferozmente en una carga estruendosa.
Nunca se desviaban del sendero, sino que atropellaban a mujeres y niños, al
tiempo que les clavaban largas picas engalanadas con pendones rojos como la
sangre. Todo eso, por supuesto, en el salón, mientras tomaban un vaso de té
fuerte, los hombres con guantes de color mantequilla y las mujeres dejando
colgar sus estúpidos impertinentes. Las mujeres eran siempre de una belleza
arrebatadora, del tipo de las rubias huríes conquistadas hace siglos durante
las Cruzadas. Las palabras salían sibilantes por sus boquitas sensuales, cuyos
labios eran suaves como geranios. Aquellas furiosas salidas con serpientes y
pétalos de rosas producían un tipo de música embriagadora, un guirigay metálico
que también podía registrar sonidos anómalos como los sollozos y las caídas de
agua.
De vuelta a casa, siempre pasábamos por extensiones
deprimentes y sombrías de tierra tachonada de depósitos de gas, chimeneas
humeantes, silos de grano, cocheras y otras emulsiones bioquímicas de nuestra
gloriosa civilización. El camino de vuelta a casa me hacía pensar que yo no era
sino una mierda, otro ejemplo de desperdicios hediondos con las pilas de basura
ardiendo en los terrenos baldíos. Durante todo el trayecto se sentía el acre
hedor de productos químicos en combustión, desperdicios en combustión, basura
en combustión. Los polacos eran una raza aparte y su lengua se me pegaba como
ruinas humeantes de un pasado que no había conocido. ¿Cómo iba a suponer
entonces que un día atravesaría su exótico mundo en un tren lleno de judíos que
temblaban de miedo siempre que un polaco se dirigía a ellos? Sí, iba a reñir en
francés (yo, el pobre diablo de Brooklyn) con un noble polaco... porque no
podía soportar la visión de aquellos judíos encogidos de miedo. Iba a viajar a
la hacienda de un conde polaco para verle pintar cuadros empalagosos para el
Salón d’Automne. ¿Cómo iba a imaginar semejante eventualidad, mientras
atravesaba las marismas con mi salvaje y bilioso amigo Stanley? ¿Cómo iba a
creer que, débil y sin ambición, me iba a desarraigar un día, iba a aprender
una nueva lengua, una nueva forma de vida, me iba a agradar ésta, me iba a
perder, iba a cortar todas las ataduras, iba a mirar retrospectivamente esto
que estoy atravesando como si fuera una pesadilla contada por un idiota en una
estación de tren una noche gélida en que haces trasbordo en trance?
Aquella noche en particular dio la casualidad de que el
pequeño Curley viniera a verme. A Maude tampoco le gustaba Curley, aparte del
estremecimiento que le daba cuando le acariciaba el trasero con disimulo,
mientras se inclinaba a meter la cena en el horno. Curley siempre creía que
hacía esas cosas sin que nadie lo notara; Maude se dejaba hacer esas cosas como
si ocurriesen por casualidad; Stanley siempre hacía como que no veía nada, pero
bajo la mesa se le podía observar con claridad echándose ácido nítrico sobre
los nudillos de metal herrumbroso. Por mi parte, yo notaba todo, hasta las
nuevas grietas en la pared de yeso, que miraba tan intensamente estando solo,
que, si me hubieran dado tiempo, habría podido volver a leer a toda velocidad,
sin omitir una coma ni un guión, la historia entera de la raza humana hasta el
centímetro cuadrado particular de yeso en que tenía clavados los ojos
Aquella noche en particular hacía calor afuera y la hierba
estaba blanda. No había razón para quedamos en casa y asesinarnos mutuamente en
silencio. Maude estaba deseosa de que ahuecáramos el ala; estábamos profanando
el santuario. Además, dentro de uno o dos días iba a tener la regla y eso la
volvía más llorona, desdichada y abatida que nunca. Lo mejor seria que yo
saliera a la calle y accidentalmente cayese bajo las ruedas de un camión
lanzado a toda velocidad; eso sería un alivio tan maravilloso para ella, que
ahora me parece increíble cómo es que nunca hice una cosita así para
complacerla. Debió de pasar más de una noche sentada a solas y rezando para que
yo volviese hasta ella en una camilla. Era la clase de mujer que, si ocurriese
algo así, diría con toda franqueza: «Gracias a Dios, ¡por fin lo ha hecho!»
Fuimos hasta el parque y nos tumbamos de espaldas en la
hierba recién cortada. El cielo estaba afable y pacífico, un cuenco sin
límites; me sentí curiosamente a gusto, despreocupado, sereno como un sabio.
Para mi sorpresa, Stanley estaba silbando una tonada diferente. Decía que debía
salir del atolladero, que, como amigo mío, me iba a ayudar a hacer lo que yo no
podía hacer solo.
«Déjalo de mi cuenta», musitó. «Yo me encargo de eso. Pero
no vengas después a decirme que lo sientes», añadió.
¿Cómo iba a solucionarlo?, le pregunté.
Eso no era asunto mío, me dio a entender. «Estás
desesperado, ¿no es verdad? Quieres librarte de ella y nada más, ¿no es así?»
Moví la cabeza y sonreí; sonreí porque me parecía
totalmente absurdo que Stanley, precisamente él, tuviera tanta confianza en
organizar un golpe tan decisivo. Parecía como si lo hubiese tramado todo de
mucho tiempo atrás, como si simplemente hubiera estado esperando el momento
oportuno para sacar a relucir el tema. Quería saber más cosas sobre Mara:
¿estaba yo absolutamente seguro de ella?
«Y ahora el problema de la niña», dijo, con su
insensibilidad habitual. «Va a ser duro para ti. Pero con el tiempo te
olvidarás de ella. Tú no estabas hecho para ser padre. Eso, sí: no vayas a
venir a pedirme que lo vuelva a arreglar, ¿entendido? Cuando me encargue de
este asunto, va a quedar zanjado de una vez por todas. No creo en las
soluciones a medias. Ahora, que, si yo fuera tú, me iría a Texas o algún lugar
así. ¡No vayas a volver nunca aquí! Tienes que comenzar todo de nuevo, como si
empezaras a vivir. Si quieres, puedes hacerlo. Yo no puedo. Estoy atrapado. Por
eso es por lo que quiero ayudarte. No lo hago por ti: lo hago porque es lo que
me gustaría hacer a mí. También puedes olvidarme, ya que estás. Si yo estuviera
en tu pellejo, me olvidaría de todo el mundo.»
Curley estaba fascinado. Preguntó inmediatamente si podía
ir conmigo.
«No te lleves a éste, ¡hagas lo que hagas!», soltó Stanley
abruptamente. «No sirve para nada; sería un obstáculo, y nada más. Además, no
se puede confiar en él.»
Curley se ofendió y lo mostró.
«Mira, no insistas en eso», dije. «Sé que no sirve para
nada, pero qué diablos...»
«Yo no me muerdo la lengua», dijo Stanley terminantemente.
«Yo, personalmente, no quiero volver a verlo nunca. Para lo que a mí me
importa, puede irse donde quiera y morirse. Tú eres blando: por eso estás en un
lío de la hostia. Yo no tengo amigos, ya lo sabes. No quiero tenerlos. No hago
nada para nadie por compasión. Si se ofende, mala suerte, pero tendrá que
tragárselo como mejor pueda. No es broma. Estoy hablando en serio.»
«¿Cómo sé que puedo confiar en que resolverás este
asunto?»
«No tienes que confiar en mí. Un día —no voy a decir
cuándo— ocurrirá. No vas a saber cómo ocurrió.
Vas a tener la sorpresa de tu vida. Y no vas a poder
cambiar de opinión, porque será demasiado tarde. Quedarás libre, te guste o no:
eso es lo único que puedo decirte. Es lo último que haré por ti: después de
eso, tendrás que cuidar de ti mismo. No me vayas a escribir que te estás
muriendo de hambre, porque no haré caso. O nadas o te ahogas, así es.»
Se levantó y se quitó el polvo. «Me voy», dijo. «¿De
acuerdo, entonces?»
«De acuerdo», dije.
«Dale al menda veinticinco centavos», dijo, cuando estaba
a punto de marcharse.
No llevaba veinticinco centavos. Me volví hacia Curley.
Hizo una seña con la cabeza, para indicar que había entendido, pero no hizo
ademán de entregárselos.
«Dáselos, ¿quieres?», dije. «Te los devolveré, cuando
volvamos a casa.»
«¿A éste?», dijo Curley, mirando a Stanley
despectivamente. «¡Que me suplique!»
Stanley se dio la vuelta y se marchó. Andaba como un
vaquero, dando zancadas. Hasta de espaldas parecía un matón.
«¡Será cabrón!», masculló Curley. «Sería capaz de clavarle
un cuchillo.»
«Yo casi lo odio también», dije. «Se secará y morirá antes
de ablandarse. No sé por qué hace esto por mí: no es propio de él.»
«¿Cómo sabes lo que va a hacer? ¿Cómo puedes confiar en un
tipo así?»
«Curley», dije, «quiere hacerme un favor. Algo me dice que
va a ser desagradable, pero no veo otra salida. Tú eres sólo un niño. No sabes
de qué se trata. Me siento aliviado en cierto modo. Es una vuelta en el
camino.»
«Me recuerda a mi padre», dijo Curley amargamente. «Lo
odio, odio su estampa. Me gustaría verlos a los dos colgados del mismo poste.
Me gustaría quemarlos, a esos cabrones asquerosos.»
Unos días después estaba sentado en el estudio de Ulric
esperando a que llegase Mara con su amiga Lola Jackson. Ulric todavía no
conocía a Mara. «Crees que está como un tren, ¿eh?», estaba diciendo,
refiriéndose a Lola. «No tendremos que andarnos con demasiadas ceremonias,
¿verdad?»
Esos sondeos que hacía siempre Ulric me divertían mucho.
Le gustaba tener garantías de que no iba a perder totalmente la noche. Nunca
estaba seguro de mí, cuando se trataba de mujeres o de amigos; en su humilde
opinión, yo era demasiado despreocupado.
Sin embargo, en cuanto les puso la vista encima, se
tranquilizó. En realidad, estaba sorprendido. Me llevó aparte casi al instante
para felicitarme por mi buen gusto.
Lola era una chica extraña. Sólo tenía un defecto: saber
que no era blanca pura. Eso la volvía bastante difícil de manejar, por lo menos
en las etapas preliminares. Demasiado empeñada en impresionarnos con su cultura
y educación. Después de un par de copas se animó lo bastante como para
mostrarnos lo flexible que era su cuerpo. Su vestido era demasiado largo para
algunas de las acrobacias que estaba deseando hacer. Le sugerimos que se lo
quitara, cosa que hizo, con lo que reveló una figura magnífica, que realzaba un
par de medias de seda natural, sostén y bragas azul celeste. Mara decidió
seguir su ejemplo. Al cabo de poco, les instamos a que se quitaran los
sostenes. Había un enorme diván en que los cuatro nos apretujamos en un abrazo
promiscuo. Bajamos las luces y pusimos un disco. Lola pensó que hacía demasiado
calor para llevar nada puesto, excepto las medias de seda.
Disponíamos de un metro cuadrado más o menos para bailar
piel contra piel. Justo cuando acabábamos de cambiar de pareja, justo cuando la
punta de mi picha se había escondido en los oscuros pétalos de Lola, sonó el teléfono.
Era Hymie Laubscher para decirme con voz grave y urgente que los repartidores
se habían declarado en huelga. «Harías bien en estar a mano mañana por la
mañana, H. M.», dijo. «No se sabe lo que pasará. No te habría molestado, si no
hubiera sido por Spivack. Anda tras tus pasos. Dice que deberías haber sabido
que los muchachos iban a ir a la huelga. Ya ha alquilado una flota de taxis.
Mañana va a ser un infierno.»
«Que no se entere de que te has puesto en contacto
conmigo», dije. «Estaré allí bien temprano».
«¿Te lo estás pasando bien?», pipió Hymie. «¿No podría
participar yo en la fiesta?»
«Me temo que no, Hymie. Si buscas algo, te recomiendo una
en la oficina I. Q... ya sabes, la de las tetas grandes. Sale de trabajar a
medianoche.»
Hymie estaba intentando decirme algo sobre la operación de
su mujer. No pude entenderlo, porque Lola se había deslizado a mi lado y estaba
acariciándome la polla. Colgué en plena conversación y fingí explicar a Lola de
qué trataba el mensaje. Sabía que Mara no iba a tardar en venir junto a mí.
Se la tenía medio metida a Lola, que había quedado con la
espalda casi doblada en dos, y seguía hablando de los repartidores, cuando oí
agitarse a Ulric y Mara. Me separé y, cogiendo el teléfono, llamé a un número
al azar. Para mi sorpresa, una voz de mujer respondió somnolienta: «¿Eres tú,
querido? Ahora mismo estaba soñando contigo.» Dije: «Ah, ¿sí?» Prosiguió, como
si siguiera medio dormida: «Date prisa en venir a casa, ¿quieres, cariño? He
estado esperando y esperando. Dime que me quieres...»
«Iré lo más rápido que pueda, Maude», dije, con mi voz
clara y natural. «Los repartidores están en huelga. Quisiera que llamases...»
«¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? ¿Qué es esto?», llegó la voz
sobresaltada de la mujer.
«He dicho que envíes a unos cuantos volantes a la oficina
D. T. y pídele a Costigan que...» Se oyó el clic del teléfono.
Estaban los tres tumbados en el diván. Los olfateaba en la
oscuridad. «Espero que no tengas que marcharte», dijo Ulric con voz apagada.
Lola estaba echada encima de él, con los brazos en torno a su cuello. Metí la
mano entre las piernas de ella y cogí el canario de Ulric. Estaba de rodillas,
en buena posición para atacar a Lola por detrás, en caso de que Mara decidiera
ir al lavabo de repente. Lola se alzó un poco y se hundió en la picha de Ulric
con un gruñido salvaje. Mara estaba tirando de mí. Nos tumbamos en el suelo
junto al diván y le dimos al asunto. En pleno tracatrá, se abrió la puerta del
vestíbulo, se encendieron las luces de repente, y apareció el hermano de Ulric
con una mujer. Estaban un poco borrachos y, al parecer, habían regresado
temprano para echar un polvete tranquilo por su cuenta.
«No os mováis por nosotros», dijo Ned, parado en la puerta
contemplando la escena, como si fuera la cosa más natural del mundo. De
repente, señaló a su hermano y exclamó: «¡Cielos! ¿Qué ha ocurrido? ¡Estás
sangrando!»
Todos miramos la polla sangrante de Ulric: desde el
ombligo hasta las rodillas era una masa de sangre. Fue bastante embarazoso para
Lola.
«Lo siento», dijo, con la sangre bajándole por los muslos.
«No creí que sería tan pronto.»
«No te preocupes», dijo Ulric. «¿Qué importa un poco de
sangre entre dos asaltos?»
Lo acompañé al lavabo, parándome un momento de camino para
que me presentara a la chica de su hermano. Estaba bastante mamada. Le tendí la
mano para saludarla y, al darme la suya, me tocó la picha involuntariamente.
Eso hizo que todo el mundo se sintiera más cómodo.
«Un ensayo espléndido», dijo Ulric, mientras se lavaba
cuidadosamente. «¿Crees que podría probar otra vez? Quiero decir si es
perjudicial en algún sentido recibir un poco de sangre en la punta de la polla,
¿qué te parece? No me desagradaría repetir, ¿qué me dices?»
«Es bueno para la salud», dije alegremente. «Ojalá pudiera
cambiar de pareja contigo.»
«No me opondría en absoluto», dijo, pasándose la lengua
lascivamente por el labio inferior. «¿Crees que puedes arreglarlo?»
«Esta noche, no», dije. «Me voy ahora. Tengo que estar
fresco y lozano mañana.»
«¿Te vas a llevar a Mara contigo?»
«¡Ya lo creo! Dile que venga aquí un momento, ¿quieres?»
Cuando Mara abrió la puerta, me estaba poniendo polvos en
la polla. Nos apalancamos al instante.
«¿Qué tal si probáramos en la bañera?»
Abrí el grifo del agua caliente y eché una pastilla de
jabón. Le enjaboné la entrepierna con los dedos hormigueantes. Ya tenía la
picha como una anguila eléctrica. El agua caliente era una delicia. Le estaba
mordiendo los labios, las orejas, el pelo. Los ojos le centelleaban como si le
hubiera caído encima un puñado de estrellas. Todas las partes de su cuerpo
estaban suaves y lustrosas y los pechos parecían a punto de estallar. Salimos,
me senté en el borde de la bañera y la dejé que se pusiera a horcajadas sobre
mí. Estábamos empapados. Cogí una toalla con una mano y la sequé un poco por
delante. Nos tendimos sobre la estera del baño y ella me rodeó el cuello con
las piernas. La moví para un lado y para otro como esos juguetes sin piernas
que ilustran el principio de la gravedad.
Dos noches después me sentía deprimido. Estaba tumbado en
el sofá a oscuras, mientras mis pensamientos pasaban rápidamente de Mara a la
maldita y fútil vida en la compañía de telégrafos. Maude se había acercado a
decirme algo y yo había cometido el error de subirle la mano despreocupadamente
por el vestido mientras permanecía de pie quejándose de algo. Se había alejado
ofendida. No había pensado en follarla: lo hice de forma natural, como cuando
acaricias a un gato. Cuando estaba despierta, no podías tocarla de ese modo.
Nunca cogía un polvo al vuelo, por decirlo así. Creía que follar tenía algo que
ver con el amor: el amor carnal, quizá. Mucha agua había corrido desde la época
en que la conocí, cuando solía hacerla girar en la punta de la polla sentado en
la banqueta del piano. Ahora se comportaba como una cocinera preparando un menú
difícil. Lo decía con deliberación y me hacía saber a su modo disimulado y
reprimido que había llegado el momento. Quizá fuera para eso para lo que se
había acercado hacía un instante, si bien era extraño cómo lo pedía. En
cualquier caso, me importaba tres cojones que quisiese o no. Sin embargo,
pensando en lo que había dicho Stanley, empecé a desearla de repente. «Pásatela
por la piedra una última vez», me decía sin cesar. Bien, quizá subiera y la
atacase en su pseudosueño. Me acordé de Spivak. Los últimos días me vigilaba
como un halcón. Mi odio a la vida del telégrafo se concentraba en el odio que
sentía hacia él. Era el maldito cosmococo en persona. Tenía que liquidarlo
antes de que me echaran. No dejaba de pensar en cómo podría atraerlo con engaño
hasta un muelle a oscuras y encargar a un amigo servicial que lo empujase al
agua. Pensé en Stanley. Stanley gozaría con una tarea así...
¿Cuánto tiempo me iría a tener éste en ascuas?, me
preguntaba. ¿Y qué forma revestiría esa abrupta liberación? Ya veía a Mara
acudiendo a la estación a esperarme. Empezaríamos una nueva vida juntos, ¡ya lo
creo! Qué clase de vida era algo que no me atrevía a preguntarme. Quizá Kronski
juntara otros trescientos dólares.
Y esos millonarios de que hablaba ella deberían servir
para algo. Empecé a pensar en miles: mil para su viejo, mil para gastos de
viaje, mil para tirar unos meses. Una vez en Texas, o en algún lugar remoto
como ése, tendría más confianza. Visitaría las oficinas de los periódicos con
ella —ella siempre causaba buena impresión— y pediría permiso para escribir un
pequeño borrador. Me presentaría por sorpresa a los empresarios y les mostraría
cómo escribir sus anuncios. En los vestíbulos de los hoteles seguro que
encontraría un alma amiga, alguien que me diera una oportunidad. El país era
tan grande, tanta gente encantadora, tantas almas generosas dispuestas a dar,
siempre que encontrasen al individuo adecuado. Me mostraría sincero y directo.
Supongamos que llegamos a Mississippi, a un viejo hotel destartalado. Un hombre
sale de la oscuridad, se me acerca y me pregunta qué tal me siento. Un tipo
deseoso de tener una pequeña charla. Le presentaría a Mara. Saldríamos del
brazo y pasearíamos a la luz de la luna, los árboles asfixiados por las lianas,
las magnolias pudriéndose sobre la tierra, el aire húmedo y sofocante, haciendo
que se pudran las cosas... y los hombres también. Para él yo sería una fresca
brisa del norte. Yo me mostraría honrado, sincero, casi humilde. Pondría las
cartas sobre la mesa inmediatamente Ahí tiene, amigo, ésta es la situación. Me
encanta este lugar. Quiero quedarme aquí toda la vida. Eso le asustaría un
poco, porque a un sureño no se le empieza a hablar asi de inmediato. ¿Dónde
quiere usted ir a parar? Entonces yo volvería a hablar claro, suave y distante,
como un clarinete con una esponja mojada tapando la salida. Le cantaría una
melodía del frío norte, una especie de frío silbido de fábrica en una mañana
helada. Mire, señor mío, no me gusta el frío. ¡No, señor! Quiero hacer un
trabajo honrado, cualquier cosa para mantenerme ¿Puedo hablar francamente? No
pensará usted que estoy chiflado, ¿verdad? Se siente uno muy solo allí arriba,
en el norte. Sí, señor, nos ponemos tristes con d miedo y la soledad. Vivimos
en cuartos pequeños, comemos con cuchillo y tenedor, llevamos relojes de
pulsera, píldoras para el hígado, migas de pan, salchichas. No sabemos dónde
vamos allí arriba, francamente, señor. Tenemos un miedo mortal a decir algo,
algo real. No dormimos... dormir, lo que se dice dormir. Nos pasamos la noche
dando vueltas y rezando para que se acabe el mundo. No creemos en nada: odiamos
a todo el mundo, nos envenenamos unos a otros. Todo tan hermético y sólido,
todo afianzado con crueles cadenas. No hacemos nada con las manos. Vendemos.
Compramos y vendemos, nada más, señor...
Veía con toda claridad al anciano caballero, parado bajo
un árbol inclinado, enjugándose la frente febril. No huiría de mí, como habían
hecho otros. ¡No le dejaría! Lo mantendría embelesado... toda la noche, si me
apetecía. Le haría que nos cediera el ala fresca de la gran mansión, junto al
canal. El morenito aparecía con una bandeja para servirnos refrescos de menta.
Nos adoptarían. «Esta es tu casa, hijo; puedes quedarte el tiempo que quieras.»
Ni el menor deseo de engañar a un hombre así. No, si un hombre me tratara así,
le sería fiel, hasta la muerte...
Era todo tan real, que sentía la necesidad de contárselo a
Mara al instante. Fui a la cocina y empecé una carta. «Querida Mara: Todos
nuestros problemas están resueltos...» Proseguí como si todo estuviera claro y
fuese definitivo. Ahora Mara me parecía diferente. Me vi parado bajo los
grandes árboles hablando con ella de un modo que me sorprendió. Ibamos
caminando del brazo a través de la espesa vegetación y conversando como seres
humanos. Brillaba una gran luna amarilla y los perros nos ladraban en los talones.
Me parecía que estábamos casados y que la sangre corría profunda y tranquila
entre nosotros. Ella desearía un par de cisnes para el pequeño estanque detrás
de la casa. Ni conversaciones sobre dinero, ni luces de neón, ni chop suey. Qué
maravilloso respirar con naturalidad, no correr nunca, no llegar nunca a
ninguna parte, no hacer nunca nada importante... ¡excepto vivir! Ella pensaba
lo mismo. Había cambiado, Mara. El cuerpo se le había vuelto más lleno, más
pesado, se movía más despacio, más tranquila, se quedaba en silencio largo
rato, todo tan real y natural. Si se fuera sola, estaba seguro de que volvería
intacta, con perfume más dulce, caminando con mayor seguridad...
«¿Lo entiendes, Mara? ¿Comprendes cómo va a ser?»
Allí me teníais, escribiéndolo todo tan sinceramente, casi
llorando con lo maravilloso que era, cuando oí a Maude arrastrando las chanclas
por el vestíbulo. Junté las hojas y las doblé. Puse el puño encima de ellas y
esperé a que dijera algo.
«¿A quién estás escribiendo?», preguntó: así de directa y
segura.
«A alguien que conozco», respondí tranquilamente.
«Una mujer, supongo.»
«Sí, una mujer. Una muchacha, para ser exactos.» Lo dije
grave, solemnemente, todavía inmerso en el trance, con la imagen de ella bajo
los grandes árboles, y los dos cisnes nadando sin rumbo en el calmo lago. Si
quieres saberlo, pensé para mis adentros, te lo diré. No veo por qué habría de
seguir mintiendo. No te odio, como en un tiempo. Ojalá pudieras amar como amo
yo: resultaría más fácil. No quiero herirte. Lo único que quiero es que me
dejes en paz.
«Estás enamorado de ella. No hace falta que respondas: sé
que es así.»
«Sí, es verdad: estoy enamorado. He encontrado a una mujer
a la que amo.»
«Tal vez la trates mejor que a mí.»
«Eso espero», dije, todavía sereno, sin perder la
esperanza de que me oyera hasta el final. «Nunca nos amamos en realidad, Maude,
ésa es la verdad, ¿sí o no?»
«Nunca has tenido el menor respeto hacia mí... como ser
humano», respondió. «Me insultas delante de tus amigos; andas con otras
mujeres; ni siquiera muestras interés por tu hija.»
«Maude, desearía por una sola vez que no hablases así. Me
gustaría que pudiéramos hablarlo sin amargura.»
«Tú puedes... porque eres feliz. Has encontrado un nuevo
juguete.»
«No es eso, Maude. Mira, supongamos que todo lo que dices
sea cierto... ¿qué más da ahora? Supongamos que estuviéramos en un barco que se
fuese a pique...»
«No veo por qué hemos de suponer cosas. Te vas a ir con
otra y yo me voy a quedar con todas las cargas, con todas las
responsabilidades.»
«Lo sé», dije, mirándola con auténtica ternura. «Quiero
que intentes perdonármelo... ¿puedes? ¿De qué serviría que me quedara? Ni
siquiera aprenderíamos a amamos. ¿Es que no podemos separarnos como amigos? No
tengo intención de dejarte en la estacada. Voy a intentar cumplir con la parte
que me corresponde... lo digo en serio.»
«Eso es fácil de decir. Siempre estás prometiendo cosas
que no puedes cumplir. En cuanto salgas de esta casa, nos olvidarás. Te
conozco. No puedo permitirme el lujo de ser generosa contigo. Me defraudaste
amargamente, desde el principio mismo. Has sido egoísta, totalmente egoísta.
Nunca pensé que un ser humano pudiera llegar a ser tan cruel, tan insensible,
tan completamente inhumano. Pero, bueno, si apenas te reconozco ahora. Es la
primera vez que has actuado como un...»
«Maude, es cruel lo que voy a decir, pero tengo que
decirlo. Quiero que entiendas una cosa. Quizá tuviera que pasar por todo esto
contigo para aprender a tratar a una mujer. No es culpa mía totalmente... el
destino ha tenido algo que ver. Mira, la primera vez que le puse la vista
encima supe...»
«¿Dónde la conociste?», dijo Maude, vencida de repente por
la curiosidad femenina.
«En un baile. Es una taxi-girl. Parece feo, lo sé. Pero si
la vieras...»
«No quiero verla. No quiero saber nada más de ella. Era
simple curiosidad.» Me lanzó una rápida mirada compasiva. «¿Y crees que es la mujer
que te hará feliz?»
«La llamas mujer... no lo es, sólo es una chica joven.»
«Peor aún. ¡Oh, qué bobo eres!»
«Maude, no es lo que te piensas, en absoluto. No debes
juzgar, de verdad. ¿Cómo puedes pretender saber? Y, en cualquier caso, no me
importa. Estoy decidido.»
Al oír aquello, bajó la cabeza. Su expresión era de
tristeza y cansancio indescriptibles, como un despojo humano colgado de un
gancho de carnicero. Miré al suelo, incapaz de soportar la expresión de su
cara.
Permanecimos sentados así durante unos minutos, sin que
ninguno de los dos se atreviera a levantar la vista. Oí un sollozo y, al alzar
los ojos, le vi la cara temblando de dolor. Extendió los brazos sobre la mesa
y, llorando y sollozando, dejó caer la cabeza y la apoyó contra la mesa. La
había visto llorar muchas veces, pero aquélla era la forma más espantosa y
resignada de abandono. Me desalentó. Me incliné sobre ella y le puse la mano en
el hombro. Intenté decir algo, pero las palabras se me quedaron en la garganta.
Sin saber qué hacer, le pasé la mano por el pelo, lo acaricié tristemente, y
distante también, como si fuera la cabeza de un animal desconocido y herido que
hubiese encontrado en la oscuridad.
«Vamos, vamos», conseguí murmurar, «eso no servirá de
nada.»
Sus sollozos se intensificaron. Sabía que había dicho lo
que no debía. No pude evitarlo. Fuera lo que fuese a hacer —aunque fuera a
matarse—, yo no podía cambiar la situación. Había esperado que llorase. También
había esperado que yo haría precisamente eso: acariciarle el pelo, mientras
lloraba, y decir lo que no debía. Sólo pensaba en mi propósito. Si se repusiera
y se fuese a la cama, podría sentarme a acabar la carta. Podría añadir una
posdata a propósito de la cauterización de la herida. Podría decir con sinceras
alegría y pena mezcladas: «Se acabó.»
Eso era lo que estaba pensando mientras le acariciaba el
pelo. Nunca había estado más lejos de ella. Mientras sentía los resuellos
estremecidos de su cuerpo, sentía también el placer de pensar en lo serena que
estaría una semana después, cuando me hubiera ido. «Te sentirás como una mujer
nueva», pensaba para mis adentros. «Y ahora estás pasando toda esta angustia...
desde luego, es lógico y natural, y no te lo reprocho... sólo, que, ¡acaba de
una vez!» Debí de apretar la mano un poco para recalcar mi pensamiento, pues en
ese instante se irguió de repente y, mirándome con ojos salvajes,
desesperanzados y llenos de lágrimas, me rodeó con los brazos y me atrajo hacia
sí en un abrazo desesperado y sensiblero. «No me vas a dejar todavía,
¿verdad?», sollozó, al tiempo que me besaba con labios sensuales y ávidos.
«Rodéame con los brazos, por favor. Abrázame fuerte. Dios mío, ¡me siento tan
perdida!» Me besaba con una pasión que nunca había sentido en ella antes. Ponía
cuerpo y alma en aquellos besos... y toda la pena que se interponía entre
nosotros. Le deslicé las manos bajo los sobacos y la puse de pie suavemente.
Estábamos tan próximos como pueden estar dos amantes, oscilando como sólo el
animal humano puede oscilar, cuando se entrega enteramente a otro. Se le abrió
la bata y debajo estaba desnuda. Le deslicé la mano por la parte baja de la
espalda, por el llenito trasero, apretándola contra mí, al tiempo que le mordía
los labios, los lóbulos de las orejas, la nariz, le lamía los ojos, las raíces
del pelo. Se volvió floja y pesada, al tiempo que cerraba los ojos y la mente.
Se aflojó como si fuera a caer al suelo. La cogí en brazos y la llevé por el
vestíbulo, escaleras arriba, y la eché en la cama. Caí sobre ella, como
embotado, y le dejé arrancarme la ropa. Me tumbé boca arriba como un muerto, lo
único vivo era mi picha. Sentí su boca cerrarse sobre ella y el calcetín del
pie izquierdo deslizárseme despacio. Pasé los dedos por su larga cabellera, los
deslicé en tomo al pecho, pasé la palma por el estómago, que era suave y
elástico. Hizo un movimiento giratorio en la oscuridad. Sus piernas bajaron
hasta mis hombros y su entrepierna me quedó frente a los labios. Le deslicé el
culo sobre mi cabeza como quien alza un cubo de leche para aplacar una sed
prolongada, y bebí y mordí y engullí como un buitre. Estaba tan excitada, que
apretaba peligrosamente los dientes en torno al capullo. Yo temía que, con
aquella pasión frenética y llorona que se le había desatado, me hincara los
dientes profundamente, y me arrancase el capullo de un mordisco. Tuve que
hacerle cosquillas para que aflojara las mandíbulas. Después de eso, fue un
trabajo rápido y limpio: ni carantoñas amorosas, ni prométeme esto y lo otro.
¡Ponme en el tajo de follar y fóllame!, eso era lo que ella estaba pidiendo. Me
lancé a ello con furia despiadada. Aquél podía ser precisamente el último
polvo. Ya era una extraña para mí. Estábamos cometiendo adulterio, el del tipo
apasionado e incestuoso que con tanto placer describe la Biblia. Abraham (o
Leandro) fue a por Sara y la conoció. (Extrañas itálicas en la Biblia inglesa.)
Pero la forma como aquellos viejos patriarcas cachondos atacaban a sus jóvenes
y viejas esposas, hermanas, vacas y ovejas, era muy hábil. Debían de entrar de
cabeza, con toda la destreza y pericia de viejos libertinos. Me sentí como
Isaac fornicando con una coneja en el Templo. Era una coneja blanca de largas
orejas. Tenía huevos de Pascua dentro y los dejaba caer de uno en uno dentro de
un cesto. Pasé un largo rato reflexionando dentro de ella, estudiando cada
hendedura, cada ranura y rasgadura, cada protuberancia suave y redonda que se
había hinchado hasta el tamaño de una ostra arrugada. Se cambió de sitio y
descansó un poco, mientras me leía el nabo como en Braille con sus dedos
curiosos. Se puso a gatas como un animal hembra, estremeciéndose y relinchando
con placer no disimulado. No pronunció ni una palabra humana, ni dio señal
alguna de conocer ninguna lengua salvo aquella especie de mete-y-saca-una-
tonelada-toca-el-silbato. El caballero de Mississippi se había desvanecido
completamente: se había vuelto a escabullir hasta el cenagoso limbo que forma
la plataforma permanente de los continentes. Quedaba un cisne, un ochavón de
labios de pato color rubí clavados en una cabeza azul celeste. Pronto íbamos a
vivir en la abundancia, la explosión, con ciruelas y albaricoques cayendo del
cielo. La última embestida, el arrastre de cenizas sofocadas, blancas, y
después dos leños tendidos uno al lado del otro esperando el hacha. Hermoso
final. Escalera real. La conocí y ella me conoció. Volverá la primavera y el
verano y el invierno. Ella se balanceará en los brazos de otro, echará un polvo
de espanto, relinchará, se pondrá en cuclillas y se dejará caer, pero no
conmigo. He cumplido con mi deber, le he ofrendado los últimos ritos. Cerré los
ojos e hice el muerto para el mundo. Sí, íbamos a aprender una nueva vida, Mara
y yo. Tenía que levantarme pronto y esconder la carta en el bolsillo de la
chaqueta. A veces es extraño cómo acaba uno los asuntos. Siempre piensas que
vas a poner la última palabra en el registro con una amplia rúbrica; nunca
piensas en el autómata que cierra las cuentas mientras duermes. Todo es el caso
más claro de doble contabilidad. Está todo tan bien calculado, que da pavor.
Está cayendo el hacha. Ultimas meditaciones. Expreso Luna
de Miel y todos al tren: Memphis, Chatanooga, Nashville, Chickamauga. Pasan
campos nevados de algodón... caimanes bostezando en el fango... el último
albaricoque está pudriéndose en el césped... la luna está llena, la zanja es
profunda, la tierra es negra, negra, negra.
Capítulo V
La mañana siguiente fue como después de una tormenta: el
desayuno como de costumbre, un sablazo para el transporte, una carrera hacia el
metro, la promesa de llevarla al cine después de cenar. Probablemente para ella
fuera simplemente un mal sueño, que procuraría olvidar durante el día. Para mí
era un paso hacia la liberación. Nunca más se volvió a mencionar el tema. Pero
estaba presente todo el tiempo y facilitaba las cosas entre nosotros. Lo que
pensara ella no lo sé, pero lo que yo pensaba era muy claro y preciso. Cada vez
que asentía a una de sus peticiones o exigencias, me decía: «Muy bien, ¿eso es
todo lo que quieres de mí? Haré todo lo que desees, excepto darte la ilusión de
que voy a vivir el resto de mi vida contigo.»
Ahora era propensa a mostrarse más indulgente consigo
misma, a la hora de satisfacer su naturaleza animal. A veces me preguntaba qué
se diría al excusarse ante sí misma por aquellos asaltos extranupciales, pre o
posmorganáticos. Desde luego, se entregaba a ellos en cuerpo y alma. Ahora
jodía mejor que en los primeros tiempos, cuando solía colocarse un almohadón
bajo el culo e intentar besar el techo. Supongo que jodía con desesperación.
Jodía por el placer de joder, y que se hundiera el mundo.
Había pasado una semana y no había visto a Mara. Maude me
había pedido que la llevase a un teatro de Nueva York, un teatro situado justo
enfrente del baile. Pasé la función pensando en Mara, tan próxima y, sin
embargo, tan lejana. Pensé en ella tan insistente e incansablemente, que, al
abandonar el trullo, expresé un impulso que no pude reprimir. «¿Te gustaría
subir ahí», dije, señalando el baile, «y conocerla?» Fue una ocurrencia cruel
y, en cuanto acabé de explicarla, sentí compasión de ella. Maude me miró como
si le hubiera dado un puñetazo. Me disculpé al instante y, cogiéndola del
brazo, me la llevé rápidamente en dirección opuesta, al tiempo que le decía:
«Sólo ha sido una ocurrencia. No pretendía ofenderte. Pensaba que tendrías
curiosidad, nada más». No respondió. No hice más esfuerzos para paliarlo. En el
metro deslizó su brazo bajo el mío y lo dejó así, como diciendo: «Ya lo
entiendo, una simple falta de tacto y de delicadeza, como de costumbre». Camino
de casa, nos quedamos un rato en su heladería favorita y allí, ante un plato de
helado francés, que le encantaba, se animó lo suficiente como para iniciar una
débil conversación sobre naderías domésticas, señal de que había olvidado el
incidente. El helado francés, que consideraba un lujo, combinado con la
abertura de una herida reciente, tuvo el efecto de ponerla cariñosa. En lugar
de desvestirse arriba en el dormitorio, como hacía habitualmente, fue al baño
contiguo a la cocina y, dejando la puerta abierta, se fue quitando la ropa
prenda a prenda, lenta y deliberadamente, casi como una bailarina desnudista, y
me llamó al final, cuando estaba peinándose, para enseñarme un cardenal que
tenía en el muslo. Estaba desnuda, exceptuando las medias y los zapatos, con el
cabello cayéndole frondoso por la espalda.
Examiné el cardenal detenidamente, como sabía que deseaba
ella, tocándola ligeramente aquí y allá para ver si había otros puntos
sensibles que podría no haber advertido; al mismo tiempo lancé una andanada de
preguntas solícitas con voz serena y natural, que le permitió prepararse para
un polvo impasible sin reconocerse a sí misma que eso era lo que estaba
haciendo. Si le decía, como hice, con la voz tranquila, monótona y profesional
de un médico: «Creo que lo mejor sería que te tumbaras en la mesa de la cocina,
donde podré examinarte mejor», lo hacía sin hacerse rogar, separando bien las
piernas y dejándome meterle un dedo sin el menor escrúpulo, porque para
entonces recordó que, desde que se había caído hacía un tiempo, tenía dentro un
bultito, al menos eso creía; le preocupaba, aquel bulto; tal vez si le metiese
el dedo con suavidad, podría descubrir qué era, y que si patatín y que si
patatán. Tampoco pareció molestarse lo más mínimo, cuando le sugerí que se
quedase así, tumbada un momento en la mesa, mientras me quitaba la ropa, porque
estaba empezando a hacer calor para mí en la cocina, junto a la estufa al rojo,
y que si patatín y que si patatán. Así, que me quité la ropa, todo menos los
calcetines y los zapatos, y con una erección como para romper un plato, y
reanudé las operaciones. O, mejor dicho, ahora yo, a mi vez, había empezado a
recordar cosas pasadas, como bultos, cardenales, lunares, berrugas, antojos,
etc. ¿Y podría ella hacerme el favor de echarme una ojeada a mí, ya que
estábamos, y después nos iríamos a la cama, porque se estaba haciendo tarde y
no quería cansarla?
Cosa bastante curiosa, no estaba nada cansada, confesó
bajando de la mesa y apretándome la polla y después los cojones y luego la raíz
de la polla, todo ello con manipulaciones tan firmes, discretas y delicadas,
que casi la salpiqué en los ojos. Después de eso, sintió curiosidad por ver
cuánto medía yo más que ella, de modo que primero nos pusimos espalda contra
espalda y después de frente: aun entonces, cuando estaba saltando entre sus
piernas como un cohete, fingió estar pensando sólo en metros y centímetros, y
dijo que tenía que quitarse los zapatos porque llevaba tacón alto, y que si
patatín y que si patatán. Así es que le hice sentarse en la silla de la cocina
y le quité despacio los zapatos y las medias, y ella, mientras educado le
prestaba esa ayuda, me acarició considerada la polla, cosa que era difícil de
hacer en la posición en que estaba, pero yo favorecí amablemente su estrategia
acercándome más y alzándole las piernas al aire en un ángulo adecuado; después,
sin darle más vueltas, la alcé por el trasero, se la metí hasta el fondo y la
llevé a la habitación contigua, donde la eché en el sofá, se la volví a hundir
y empecé a darle al asunto con furia, mientras ella hacía lo mismo y me rogaba
con el lenguaje más cándido, no profesional ni indiferente, que la mantuviera,
que lo hiciese durar, que la retuviera allí para siempre, y después, como
pensándolo mejor, que esperase un momento mientras se salía y se daba la
vuelta, alzándose sobre las rodillas, con la cabeza baja, el culo meneándose
frenéticamente y su gruesa voz gutural diciendo a las claras en la lengua
inglesa para que sus propios oídos lo oyeran y reconociesen: «Métela hasta
dentro... por favor, por favor hazlo Estoy cachonda.»
Sí, en ocasiones podía pronunciar una palabra así, una
palabra vulgar que la habría hecho estremecerse de horror e indignación, si
hubiera estado en su juicio, pero ahora, tras las bromitas, tras la exploración
vaginal con el dedo, tras los campeonatos de levantamiento de pesos y de
medidas, tras la comparación de cardenales, marcas, bultos y qué sé yo, tras la
manipulación delicadamente casual de la picha y el escroto, tras el delicioso
helado francés y el atolondrado faux pas fuera del teatro, por no hablar de
todo lo que había rezumado en su imaginación desde la cruel confesión de unas
noches antes, una palabra como «cachonda» era precisamente la palabra propia y
adecuada para indicar la temperatura del horno de acero Bessemer en que había
convertido su ardiente coño. Era la señal para que la pasara por la piedra sin
contemplaciones. Significaba algo así como: «Fuera lo que fuese yo esta tarde o
ayer, piense lo que piense que soy o te deteste lo que te deteste, hagas lo que
hagas con el aparato mañana o pasado mañana, ahora lo deseo y deseo todo lo que
lo acompaña: ojalá fuera más grande y más grueso y más largo y más jugoso:
ojalá se te rompiese y se quedara ahí dentro: no me importa cuántas mujeres
hayas jodido, quiero que me folles, que me folles el coño, que me folles el
culo hasta barrenarlo, que me folles y me folles y me folles. Estoy cachonda,
¿me oyes? Estoy tan cachonda, que podría arrancártela de un mordisco. Métela
hasta dentro, más fuerte, más fuerte, rómpete la picha y déjala ahí dentro. Te
digo que estoy cachonda...»
Generalmente, tras esas sesiones me despertaba deprimido.
Al mirarla vestida y con aquella cotidiana expresión torva, severa y cáustica
en la boca, al observarla en la mesa del desayuno, indiferentemente, por no
tener ninguna otra cosa que mirar, me preguntaba a veces por qué no la sacaba a
pasear una noche y me limitaba a empujarla en el borde de un muelle. Empecé a
esperar ansioso la solución que Stanley había prometido y de la que hasta
entonces no había habido la menor señal. Para colmo, había escrito una carta a
Mara en la que le decía que o encontrábamos una salida pronto o me suicidaba.
Debió de ser una carta sensiblera, porque, cuando me telefoneó, dijo que era
urgente que nos viéramos inmediatamente. Eso poco después de comer, uno de esos
días en que todo parecía salir mal. La oficina estaba atestada de candidatos y,
aunque hubiese tenido cinco lenguas y cinco pares de manos y veinticinco
teléfonos en lugar de tres a mi lado, nunca habría podido contratar a los
candidatos que necesitábamos para llenar el repentino e inexplicable vacío que
se había producido de la noche a la mañana. Intenté hacer esperar a Mara hasta
la noche, pero se negaba a esperar. Accedí a encontrarme con ella por unos
minutos en una dirección que me dio, el apartamento de un amigo suyo, según
dijo, donde no nos molestaría nadie. Era en el Village.
Dejé una multitud de candidatos aferrados a la barandilla,
tras prometer a Hymie, que pedía desesperadamente «volantes» por teléfono, que
volvería al cabo de unos minutos. Monté en un taxi en la esquina y bajé frente
a una casa de muñecas con un jardín en miniatura delante. Mara salió a la
puerta con un vestido ligero de color malva bajo el cual iba desnuda. Me rodeó
con los brazos y me besó apasionadamente.
«Un nidito maravilloso», dije, apartándola para observar
mejor la casa.
«Sí, ¿verdad?», dijo. «Es de Carruthers. Vive más adelante
en esta misma calle con su esposa; esto es sólo un rinconcito que usa de vez en
cuando. Duermo aquí a veces, cuando es demasiado tarde para volver a casa.»
No dije nada. Me volví para mirar los libros: las paredes
estaban completamente tapizadas de ellos. Por el rabillo del ojo vi a Mara
arrancar algo de la pared: parecía una hoja de papel de envolver.
«¿Qué es eso?», dije, sin sentir curiosidad, pero
fingiéndola.
«No es nada», respondió. «Un simple esbozo suyo que me
pidió destruyera.»
«¡Déjame verlo!»
«No vale la pena que lo mires... no tiene valor», y empezó
a estrujarlo.
«Déjame verlo, de todos modos», dije, cogiéndola del brazo
y arrancándole el papel de la mano lo abrí y, para mi asombro, vi que se
trataba de una caricatura mía con un puñal que me atravesaba el corazón.
«Te dije que estaba celoso», dijo. «No significa nada:
estaba borracho, cuando lo hizo. Ha estado bebiendo mucho últimamente. Tengo
que vigilarlo como un halcón. Es un niño grande, sabes. No debes pensar que te
odia: se comporta así con todos los que muestran el menor interés por mí.»
«Has dicho que estaba casado. ¿Qué pasa? ¿No se lleva bien
con la mujer?»
«Es una inválida», dijo Mara, casi solemnemente.
«¿En una silla de ruedas?»
«Nooo, no exactamente eso», respondió, al tiempo que una
sonrisa irreprimible le afluía a los labios. «Oh, ¿para qué hablar de eso
ahora? ¿Qué más da? Ya sabes que no estoy enamorada de él. Te dije una vez que
había sido muy bueno conmigo: ahora me toca a mí cuidarlo... necesita a alguien
que lo calme.»
«Conque duermes aquí de vez en cuando... mientras él se
queda con su mujer inválida, ¿no es así?»
«También él duerme aquí a veces: hay dos camas, como
puedes ver. Oh, por favor», rogó, «no hablemos de él. No tiene por qué
preocuparte, ¿es que no lo ves? ¿Es que no puedes creerme?» Se me acercó, me
rodeó con los brazos. Sin decir nada más, la levanté y la llevé hasta el sofá.
Le alcé las faldas y, separándole bien las piernas, le deslicé la lengua por la
raja. En un instante ya me había atraído hacia sí y me tenía encima de ella.
Cuando me hubo sacado la polla, se abrió el coño con las dos manos para que se
la metiera. Casi al instante tuvo un orgasmo, después otro, y otro. Se levantó
y se lavó rápidamente. En cuanto acabó, hice lo mismo. Cuando salí del baño,
estaba tumbada en el sofá con un cigarrillo en los labios. Me senté unos
minutos con la mano entre sus piernas, hablando tranquilamente con ella.
«Tengo que volver a la oficina», dije, «y no hemos tenido
oportunidad de hablar.»
«No te vayas todavía», me rogó, irguiéndose y pasándome la
mano cariñosamente por la picha. Le pasé el brazo por el hombro y la besé
apasionadamente. Volvía a tener los dedos en mi bragueta y estaba buscándome la
picha, cuando de repente oímos a alguien andando en el picaporte.
«Es él», dijo, poniéndose en pie de un salto y
dirigiéndose a la puerta. «Quédate donde estás, no hay problema», añadió
precipitadamente, mientras corría a recibirlo. No tuve tiempo de abrocharme la
bragueta. Me puse en pie y me arreglé la ropa como si nada, mientras ella se
lanzaba en sus brazos con una inocente exclamación de alegría.
«Tengo visita», dijo. «Le he pedido que viniera. Se marcha
dentro de cinco minutos.»
«Hola», dijo, adelantándose para saludarme con la mano
tendida y una amable sonrisa en los labios. No parecía particularmente
sorprendido. En realidad, parecía mucho más afable que la noche que lo conocí
en el baile.
«No hace falta que se vaya ahora mismo, ¿verdad?», dijo,
al tiempo que desataba un paquete que había traído. «Podría tomar una copita
primero, ¿no? ¿Qué prefiere: Scotch o Rie?»
Antes de que pudiese decir sí o no, Mara había ido a
buscar un poco de hielo. Me quedé de pie dándole la espalda parcialmente,
mientras se ocupaba de las botellas, y, fingiendo interesarme por un libro de
la estantería, me abroché la bragueta disimuladamente.
«Espero que no le importe el aspecto de la casa», dijo.
«Es simplemente un pequeño refugio, un escondrijo, donde puedo encontrarme con
Mara y sus amiguitas. Está mona con ese vestido, ¿verdad?»
«Sí», dije, «es bastante atractivo.»
«No hay gran cosa ahí», dijo, indicando las estanterías de
libros. «Los buenos están todos en casa.»
«Parece una colección muy buena», dije, contento de poder
desviar la conversación hacia ese terreno.
«Tengo entendido que es usted escritor... o por lo menos
eso dice Mara.»
«No del todo», respondí. «Me guistaría serlo.
Probablemente lo sea usted, ¿me equivoco’.
Se echó a reír. «Oh», dijo modestamente, mientras servía
las bebidas, «todos empezamos así. Garrapateé algunas cosas en mis tiempos:
poemas, sobre todo. Ahora parece que no soy capaz de hacer nada, excepto
beber».
Mara volvió con el hielo. «Ven aquí», dijo él, dejando el
hielo que traía sobre la mesa y rodeándole la cintura con un brazo, «todavía no
me has dado un beso». Ella alzó la cabeza y recibió con frialdad el efusivo beso
que él le plantó en los labios.
«No podía resistir más en la oficina», dijo, echando un
chorro de soda en los vasos. «No sé por qué voy a ese maldito lugar... no tengo
nada que hacer excepto darme aires de importancia y firmar papeles absurdos.»
Bebió un largo trago. Después, indicándome con un gesto que me sentara, se
arrojó en el gran sillón. «Ah, esto está mejor», gruñó, como un hombre de
negocios cansado, aunque era evidente que no había dado golpe. Hizo una seña a
Mara. «Siéntate aquí un momento», dijo, dando palmaditas en el brazo del
sillón. «Quiero hablar contigo. Tengo buenas noticias para ti.»
Era una escena extraordinariamente interesante de
contemplar después de lo que acababa de ocurrir unos minutos antes. Me pregunté
por un instante si estaría haciendo comedia por mí. Intentó bajarle la cabeza
para darle otro beso efusivo, pero ella se resistió, diciendo: «Oh, vamos, te
estás portando como un tonto. Deja esa bebida, hazme el favor. Vas a estar
borracho dentro de un momento y entonces no habrá modo de hablar contigo.»
Ella le puso el brazo sobre el hombro y le pasó los dedos
por el pelo.
«Ve usted qué tirana es», dijo, dirigiéndose a mí.
«¡Dios salve al pobre diablo que se case con ella! Ya ve
usted: corro a casa para darle una buena noticia y...»
«Bueno, ¿de qué se trata?», le interrumpió Mara. «¿Por qué
no desembuchas de una vez?»
«Déjame hablar y te lo diré», dijo Carruthers, dándole
palmaditas afectuosas en el trasero. «Por cierto», dirigiéndose a mí, «¿no
quiere servirse otra copa? Y otra para mí..., es decir, si consigue su permiso.
Yo no tengo voz ni voto aquí. Soy un estorbo».
Esa clase de bromas y de pullas mutuas parecía ir a
continuar indefinidamente. Yo había decidido que ya era demasiado tarde para
regresar a la oficina: la tarde estaba perdida. La segunda copa me había puesto
de humor para quedarme y ver en qué acababa todo aquello. Noté que Mara no
bebía. Sentí que quería que me fuese. La buena noticia quedó a un lado, y
después olvidada. O quizá se la hubiera contado a escondidas: parecía haber
abandonado el tema demasiado bruscamente. Tal vez, mientras ella le pedía que contara
la noticia, le hubiese pellizcado el brazo cariñosamente. (Sí, ¿cuál es la
buena noticia? Y el pellizco le decía que no se atreviera a soltarla delante de
mí.) Yo estaba muy confuso. Me senté en el otro sofá y discretamente levanté la
colcha para ver si había sábanas. No había. Después me enteraría de la verdad
sobre la cuestión. Faltaba mucho camino por recorrer.
Verdaderamente, Carruthers era un borracho... un borracho
agradable y sociable. De los que beben y están sobrios a intervalos. De los que
nunca piensan en comer. De los que tienen una memoria asombrosa, observan todo
con ojos de lince y, sin embargo, parecen estar inconscientes, decaídos,
muertos para el mundo.
«¿Dónde está ese dibujo mío?», preguntó de repente, de
buenas a primeras, mirando fijamente el punto de la pared en que había estado
colgado.
«Lo he quitado», dijo Mara.
«Ya lo veo», refunfuñó, pero no demasiado
desagradablemente. «Quería enseñárselo a este amigo tuyo.»
«Ya lo ha visto», dijo Mara.
«¿Ah, sí? Bueno, entonces, no importa. En ese caso, no le
estamos ocultando nada, ¿verdad? No quiero que se haga ilusiones sobre mí. Ya
sabes que, si no puedes ser mía, no dejaré que seas de nadie, ¿no es así?
Aparte de eso, todo está bien. Oh, por cierto, ayer vi a tu amiga Valerie.
Quiere venir a vivir aquí... sólo por una o dos semanas. Le dije que tenía que
hablar contigo primero... tú mandas aquí.»
«Es tu casa», dijo Mara irritada, «puedes hacer lo que
gustes. Sólo que, si ella viene, yo me voy. Tengo una casa propia donde vivir;
sólo vengo aquí a cuidarte, a impedir que te mates bebiendo.»
«Es curioso», dijo él, dirigiéndose a mí, «cómo se
detestan estas dos chicas. Palabra, que Valerie es una persona adorable. No
tiene ni pizca de inteligencia, es cierto, pero eso no es un gran
inconveniente; tiene todo lo que un hombre puede desear. Mire, la mantuve
durante un año o así; nos llevábamos espléndidamente... hasta que apareció
ésta», y señaló con la cabeza a Mara. «Entre nosotros, creo que está celosa de
Valerie. Debería usted conocerla... tendrá ocasión, si no se marcha en seguida.
Tengo el presentimiento de que va a dejarse caer por aquí antes de la noche.»
Mara se echó a reír de un modo que nunca le había oído.
Era una risa ruin, desagradable. «Esa pánfila», dijo despectivamente, «¿por qué
no puede mirar a un hombre sin meterse en complicaciones? Es un aborto
andante...»
«¿Te refieres a tu amiga Florrie?», dijo Carruthers, con
una sonrisa fija y estúpida.
«Me gustaría que no la metieras en esto», dijo Mara
airadamente.
«Usted conoce a Florrie, ¿verdad?», me preguntó
Carruthers, como si no hubiese oído su advertencia. «¿Ha visto usted alguna vez
a una tía más lasciva que ésa?
Y Mara intenta presentarla como una dama...» Se echó a
reír. «Es extraño, las furcias que pesca. Roberta... ésa era otra buena pieza.
Siempre tenía que pasearse en limusina. Decía que tenía un riñón flotante, pero
en realidad lo que pasaba... bueno, entre nosotros, simplemente era una
holgazana. Pero Mara tuvo que tomarla bajo su protección, después de que yo le
diera la patada, y cuidarla. La verdad, Mara, es que, para ser una chica
inteligente como pretendes, a veces te portas como una tonta. A no ser que —y
miró al techo meditativamente— haya algo más. Nunca se sabe —sin dejar de mirar
al techo— a qué se debe que dos mujeres anden juntas. Como dice el refrán, Dios
los cría y ellos se juntan. Aun así, es extraño. Conozco a Valerie, conozco a
Florrie, conozco a ésta, las conozco a todas... y, sin embargo, si me apura
usted, no sé nada de ellas, ni palabra. Es una generación diferente de la mía;
son como otra especie de animal. Para empezar, no tienen sentido moral, ninguna
de ellas. Se niegan a dejarse domesticar; es como vivir en una casa de fieras.
Llegas a casa y te encuentras a un extraño tumbado en tu cama... y pides
disculpas por haber molestado. O te piden dinero para irse a pasar la noche con
un chico en un hotel. Y, si se meten en líos, tienes que encontrarles un
doctor. Es excitante, pero a veces es un gran fastidio también. Sería más fácil
criar conejos, ¿eh?»
«Así habla cuando está borracho», dijo Mara, riendo para
intentar quitarle importancia. «Sigue, sigue; cuéntale más cosas de nosotras.
Estoy segura de que se divierte.»
Yo no estaba tan seguro de que estuviese borracho. Era uno
de esos hombres que hablan inconexamente estén o no borrachos, que incluso
dicen cosas más fantásticas cuando no lo están. Hombres amargados,
desilusionados, generalmente, que se comportan como si nada pudiera ya
sorprenderlos; sin embargo, en el fondo son muy sentimentales, y desahogan su
quebrantado sistema emotivo en el alcohol para no deshacerse en lágrimas en un
momento inesperado. Las mujeres los encuentran extraordinariamente encantadores
porque nunca ponen exigencias, nunca dan pruebas de auténticos celos, aunque
aparentemente den todas las muestras. En muchos casos, como en el de
Carruthers, tienen que cargar con esposas lisiadas, impedidas, que por
debilidad (que ellos llaman piedad o lealtad) soportan toda la vida. A juzgar
por sus palabras, Carruthers no tenía dificultad para encontrar a mujeres
atractivas con las que compartir su nido de amor. A veces había dos o tres
viviendo con él al mismo tiempo. Probablemente tuviera que dar alguna muestra
de celos, de posesividad, para que no lo tomasen por un tonto de remate. Por su
parte, su mujer, como averigüé más adelante, era inválida sólo en este sentido:
que aún tenía el himen intacto. Durante años Carruthers lo había soportado como
un mártir. Pero, de repente, ni comprender que estaba entrando en años, había
empezado a darse juergas como un estudiante universitario. Y después se había
dado a la bebida. ¿Por qué? ¿Había descubierto que ya era demasiado viejo para
satisfacer a una chica joven y sana? ¿Había lamentado de repente sus años de
abstinencia? Naturalmente, Mara, que me habla confiado esa información, se
mostró deliberadamente imprecisa y desapasionada al comentarlo. No obstante,
reconoció que había dormido a menudo con él en el mismo sofá, dándome a
entender que, evidentemente, a él nunca se le pasaba por la imaginación
molestarla Y después añadió al instante que, por supuesto, las otras chicas se
mostraban más que encantadas de acostarse con él; naturalmente, lo que había
que inferir era que sólo «molestaba» a aquellas a quienes les gustaba que las
molestaran. Yo no veía que hubiera una razón particular para que Mara no
quisiese que la molestaran. ¿O debía yo suponer que él no molestaría a una
chica que velaba tanto por su salud? Tuvimos una seria disputa sobre eso,
cuando estaba despidiéndome de ella. Habían sido un día y una noche
demenciales. Me había emborrachado y me había quedado dormido en el suelo. Eso
fue antes de cenar, y la razón fue que estaba hambriento. Según Mara, Carruthers
se había irritado mucho por mi conducta; le había costado mucho trabajo
disuadirle de que me rompiera una botella en la cabeza. Para apaciguarlo, se
había tumbado un rato en el sofá con él. No dijo si había intentado
«molestarla» o no. El caso es que él se había echado una corta siesta; cuando
se despertó, tenía hambre, quería comer al instante. Durante la siesta había
olvidado que tenía visita; al verme tumbado en el suelo profundamente dormido,
había vuelto a enfadarse. Después, habían salido juntos y habían tomado una
comida excelente; de vuelta a casa ella le había persuadido para que me
comprara unos emparedados y café. Recordé los emparedados y el café: era como
un interludio durante un apagón de la luz. Carruthers se había olvidado de mí
con la llegada de Valerie. Eso también lo recordaba, aunque vagamente.
Recordaba haber visto entrar a una joven hermosa que se había echado en brazos
de Carruthers. Recordaba que me habían dado una copa y volví a quedarme
dormido. ¿Y después? Pues, después, tal como explicó Mara, había habido una
pequeña riña entre Valerie y ella. Y Carruthers había cogido una cogorza
impresionante, había salido a la calle tambaleándose y había desaparecido.
«Pero ¡si estabas sentada en sus rodillas cuando me he
despertado!», dije.
Sí, así era, reconoció, pero eso después de que hubiese
estado fuera buscándolo, recorriendo todo el Village, y, por fin, lo hubiera
recogido en las escaleras de una iglesia y lo hubiese traído a casa en un taxi.
«Debes de tener un alto concepto de él, sin lugar a dudas,
para tomarte tantas molestias.»
No lo negó. Estaba cansada de volver a hablar de ese tema
conmigo.
De modo, que así era como había pasado la noche. ¿Y
Valerie? Valerie se había ido enojada, después de romper un jarrón caro. ¿Y qué
hacía ese cuchillo de cortar pan a mi lado?, quise saber. ¿Eso? Oh, eso fue
otra de las payasadas de Carruthers. Simulaba que me iba a sacar el corazón.
Ella ni siquiera se había molestado en quitarle el cuchillo de la mano. Era
inofensivo, Carruthers. Incapaz de matar una mosca. Aun así, pensé para mis
adentros, habría sido más prudente despertarme. Qué más había ocurrido, me pregunté.
Sólo Dios sabe lo que ocurrió durante el apagón. Si era capaz de dejarme
pasarla por las armas sabiendo que Carruthers podía entrar en cualquier
momento, seguro que habría sido capaz de dejarle que la «molestara» unos
minutos (aunque sólo hubiese sido para calmarlo), al ver que yo estaba en un
profundo trance y nunca me enteraría.
Sin embargo, ya eran las cuatro de la mañana y Carruthers
estaba profundamente dormido en el sofá. Estábamos parados en un portal de la
Sexta Avenida intentando llegar a un acuerdo. Yo insistía en que me dejase
acompañarla a casa; ella intentaba hacerme comprender que era demasiado tarde.
«Pero, si te he acompañado a casa otras veces todavía más
tarde.» Estaba decidido a no dejarla regresar al escondrijo de Carruthers.
«Tú no entiendes», arguyó, hace semanas que no aparezco
por casa. Tengo todas mis cosas aquí.»
«Entonces es que estás viviendo con él. ¿Por qué no
dijiste eso lo primero?»
«No estoy viviendo con él. Sólo estoy ahí temporalmente
hasta que encuentre un sitio donde vivir. No voy a volver a casa nunca más. Me
marché. Les dije que no volvería nunca.»
«Y tu padre... ¿qué dijo?»
«No estaba cuando ocurrió. Sé que debe de estar
acongojado, pero no podía resistir más.»
«Lo siento», dije, «si es así. Supongo que también estarás
sin un céntimo. Déjame que te acompañe de vuelta... debes de estar molida.»
Empezamos a caminar por las calles vacías. Se detuvo de
repente y me rodeó con los brazos. «Confías en mí, ¿verdad?», dijo, mirándome
con lágrimas en los ojos.
«Claro que sí. Pero me gustaría que encontraras otro lugar
donde estar. Siempre puedo encontrar el dinero para una habitación. ¿Por qué no
me dejas ayudarte?»
«Oh, no voy a necesitar ayuda ahora», dijo animada. «Vaya,
¡casi se me olvida contarte la buena noticia! Sí, me voy por dos semanas: al
campo. Carruthers me envía a su cabaña en los bosques del norte. Vamos las
tres: Florrie, Hannah Bell y yo. Van a ser unas vacaciones de verdad. ¿Quizá
podrías venir a vernos?' Lo intentarás, ¿verdad? ¿No te alegras?» Se detuvo
para darme un beso. «Lo ves, no es mala persona», añadió. «El no va a venir.
Quiere que nos divirtamos. Ahora, que, si estuviese enamorado de mí, como
pareces creer, ¿es que no iba a querer irse allí conmigo a solas? No le gustas,
eso lo reconozco. Te tiene miedo: eres demasiado serio. Al fin y al cabo, debes
comprender que tenga algunos sentimientos. Si su mujer hubiera muerto, no hay
duda de que me pediría que me casase con él... no porque esté enamorado de mí,
sino porque quiere protegerme. ¿Lo entiendes ahora?»
«No», dije. «No lo entiendo. Pero, es igual. No hay duda
de que necesitas unas vacaciones; espero que te lo pases bien allí. Por lo que
se refiere a Carruthers, digas lo que digas sobre él, no me gusta y no me fío
de él. Y no estoy nada seguro de que actúe por motivos tan generosos como los
que tú describes. Espero que la palme, eso es todo, y, si pudiera administrarle
un poco de veneno, lo haría... sin escrúpulos.»
«Te voy a escribir todos los días», dijo, cuando estábamos
parados en la puerta despidiéndonos.
«Oye, Mara», dije, atrayéndola hacia mí y susurrándole las
palabras al oído. «Tenía muchas cosas que decirte hoy y todo se ha convertido
en humo.»
«Lo sé, lo sé», dijo febrilmente.
«Quizá cambien las cosas, cuando te hayas ido», proseguí.
«Tiene que pasar algo pronto: no podemos seguir así siempre.»
«Eso es lo que yo también pienso», dijo suavemente,
apretándose contra mí afectuosamente. «Detesto esta vida. Quiero pensarlo
despacio, cuando esté allí sola. No sé cómo pude meterme en este lío.»
«Bien», dije, «entonces quizá lleguemos a algo.
Escribirás, ¿lo prometes?»
«Desde luego, que lo haré... todos los días», dijo, al
volverse para irse.
Me quedé allí un momento después de que hubiese entrado,
preguntándome si era un bobo por dejarla marcharse, si no sería mejor sacarla
de allí a la fuerza y salir adelante, con esposa o sin ella, con trabajo o sin
él. Me marché, todavía pensando en eso, pero los pies me llevaban a casa.
Capítulo VI
Bien, se había ido a los bosques del norte. En realidad,
acababa de llegar. Las dos mofetas la habían acompañado y todo era precioso.
Había dos montañeses que las cuidaban, les hacían la comida, les enseñaban a
saltar los rápidos, tocaban la guitarra y la armónica para ellas en la terraza
trasera por la noche, cuando salían las estrellas, y cosas así: todo ello
escrito en una postal en que se veían las maravillosas piñas que caen de los
pinos en Maine.
Inmediatamente me di una vuelta por el escondrijo de
Carruthers para ver si seguía en la ciudad. Allí estaba efectivamente y muy
sorprendido, y nada contento de verme. Fingí que había ido para pedirle
prestado un libro que me había interesado la otra noche. Me informó secamente
de que hacía mucho que había abandonado la práctica de prestar libros. No
estaba nada bebido y evidentemente estaba decidido a librarse de mí lo más
rápidamente posible. Cuando me marchaba, noté que había colgado mi retrato con
el puñal en el corazón. Advirtió que yo lo había notado, pero no hizo alusión
alguna.
Me sentí algo humillado, pero de todos modos enormemente
aliviado. ¡Por una vez me había dicho la verdad! Me sentía tan contento, que
corrí a la biblioteca pública —y por el camino me compré un bloc y un sobre— y
me senté hasta la hora de cerrar a escribir una larga carta. Le decía que me
telegrafiara: no podía esperar a recibir noticias por correo. Después de echar
la carta, escribí un largo telegrama y se lo envié. Dos días después, al no
haber tenido noticias suyas, envié otro telegrama, más largo, y, después de
haberlo enviado, me senté en el vestíbulo del Hotel McAlpin y escribí una carta
aún más voluminosa que la primera. El día siguiente recibí una corta carta,
cariñosa, afectuosa, casi infantil. No mencionaba el primer telegrama. Eso me
puso frenético. Quizá me hubiera dado una dirección falsa. Pero ¿por qué iba a
hacerlo? En fin, ¡mejor enviar otro telegrama! Le pedía la dirección completa y
el teléfono más próximo. ¿Había recibido el segundo telegrama y las dos cartas?
«Estáte atenta al correo y a futuros telegramas. Escribe a menudo. Telegrafía,
cuando sea posible. Avisa cuando vuelvas. Te quiero. Estoy loco por ti. Habla
el Presidente del Consejo de Ministros.»
Lo del Presidente del Consejo de Ministros debió de hacer
efecto. Pronto llegó un telegrama para Glahn el Cazador, seguido de una carta
firmada Victoria (Personajes de libros de Knut Hamsun). Dios la miraba por
encima del hombro mientras escribía. Había visto un ciervo y lo había seguido
por el bosque y se había perdido. Los montañeses la habían encontrado y la
habían llevado a casa. Eran tipos maravillosamente sencillos, y Hannah y
Florrie se habían enamorado de ellos. Es decir, que iban a remar con ellos y a
veces dormían en el bosque con ellos toda la noche. Iba a volver dentro de una
semana o diez días. No podía resistir estar lejos de mí más de ese tiempo.
Después esto: «Vuelvo a ti, quiero ser tu esposa.» Así de simplemente lo
expresaba. Me pareció maravilloso. La amaba todavía más por ser tan directa,
tan sencilla, tan franca y honrada. Le escribí tres cartas seguidas, cambiando
de sitio, presa de un delirio de éxtasis.
Febril y en ascuas esperando su regreso. Había dicho que
volvería el viernes por la noche. Me telefonearía al estudio de Ulric, tan
pronto como llegara a la ciudad. Llegó el viernes por la noche y estuve allí
sentado hasta las dos de la mañana esperando su llamada. Ulric, siempre
escéptico, dijo que quizá se refiriera al viernes siguiente. Me fui a casa
absolutamente desalentado, pero seguro de que sabría algo de ella por la
mañana. El día siguiente telefoneé a Ulric varias veces para preguntar si había
dado señales de vida. Me dio la impresión de que Ulric estaba aburrido,
absolutamente indiferente, casi un poco avergonzado de mí. Al mediodía, cuando
salía de la oficina, me tropecé con MacGregor y su mujer paseándose en un coche
nuevo. Hacía meses que no nos veíamos. Insistió en que comiera con ellos.
Intenté escaparme, pero no pude. «¿Qué te pasa?», dijo, «no eres tú. Una mujer
otra vez, supongo. Joder, ¿cuándo vas a aprender a cuidarte?»
Durante la comida me dijo que había decidido ir a dar un
paseo hasta Long Island y tal vez pasar la noche allí en algún sitio. ¿Por qué
no iba con ellos? Dije que tenía una cita con Ulric. «Muy bien», dijo, «tráete
a tu amigo Ulric. No me gusta demasiado, pero, si te hace feliz, ya lo creo que
lo recogeremos, ¿por qué no?» Intenté decirle que podría ser que Ulric no
estuviese tan deseoso de unírsenos. Se negó a escucharme. «Vendrá», dijo,
«déjalo de mi cuenta. Iremos a Montauk Point o a Shelter Island y nos
tumbaremos a tomar el sol por allí y descansaremos: te sentará bien. Por lo que
se refiere a esa chavala por la que estás preocupado, pero, hombre, ¡olvídala!
Si le gustas, vendrá por sí sola. Dales marcha, eso es lo que siempre digo,
¿eh, Tess?» y, acto seguido, dio a su esposa un codazo en las costillas que la
dejó sin respiración.
Tess Molloy era lo que se dice una irlandesa desaliñada y
de buen carácter. Yo creo que era la mujer más fea que he visto, ancha de
cintura, marcada de viruela, de pelo escaso y correoso (se estaba quedando
calva), pero alegre e indolente, siempre lista para pelear al instante.
MacGregor se había casado con ella por razones puramente prácticas. Nunca
habían fingido estar enamorados uno del otro. Apenas había siquiera un afecto
animal entre ellos, ya que, como se había apresurado a explicarme poco después
de su matrimonio, el sexo no significaba nada para ella. No le importaba que le
echara un quiqui de vez en cuando, pero no le daba placer. «¿Has acabado?», le
preguntaba cada cierto tiempo. Si tardaba mucho, le pedía que fuera a buscarle
una copa o que de llevase algo de comer. «Me enfadé tanto con ella una vez, que
le llevé el periódico para que lo leyera. "Ahora, ¡anda, lee!”, voy y le
digo. ”¡Y procura no perderte las historietas!”»
Pensé que iba a costamos mucho convencer a Ulric para que
se viniera. Sólo había visto a MacGregor unas pocas veces y siempre había
sacudido la cabeza como diciendo: «¡No lo puedo entender!» Para mi sorpresa,
Ulric saludó a MacGregor con mucha cordialidad. Acababan de prometerle una
buena cantidad por una nueva lata de judías que tenía que hacer la semana
próxima y estaba de humor para dejar el trabajo por un rato. Acababa de salir a
comprar unas botellas de licor. Naturalmente, no había habido ninguna llamada
de teléfono de Mara. No iba a haber ninguna, durante una semana o dos, pensaba
Ulric. ¡Tómate una copa!
MacGregor estaba impresionado por la portada de una
revista que Ulric acababa de terminar. Se veía a un hombre con una bolsa de
golf que se dirigía hacia el césped. A MacGregor le parecía extraordinariamente
realista. «No sabía que eras tan bueno», dijo con su falta de tacto habitual.
«¿Qué te pagan por un trabajo así?» Ulric se lo dijo. Su respeto aumentó.
Mientras tanto, su mujer había visto una acuarela que le gustaba. «¿La ha hecho
usted?», preguntó. Ulric dijo que sí con la cabeza. «Me gustaría comprarla»,
dijo. «¿Cuánto quiere por ella?» Y Ulric dijo que le encantaría dársela, cuando
estuviera acabada. «¿Quiere usted decir que todavía no está acabada?», gritó.
«A mí me parece acabada. No me importa, la llevaré igualmente, tal como está.
¿Aceptaría veinte dólares por ella?»
«Vamos a ver, escucha, cacho tonta», dijo MacGregor, al
tiempo que le daba un golpe en broma en la mandíbula que hizo que se le cayera
el vaso de la mano, «este hombre dice que todavía no está acabada. ¿Qué
pretendes? ¿Llamarle mentiroso?»
«No digo que esté acabada», dijo, «y no le he llamado
mentiroso. Me gusta simplemente como está y quiero comprarla.»
«Bueno, cómprala entonces, por Dios Santo, ¡y acaba de una
vez!»
«No, de verdad, no podría dejarle llevársela en ese
estado», dijo Ulric. «Además, no es lo bastante buena como para venderla: sólo
es un boceto.»
«Eso no importa», dijo Tess Molloy. «La quiero. Le daré
treinta dólares por ella.»
«Acabas de decir veinte hace un minuto», intervino
MacGregor. «¿Qué te pasa? ¿Estás majareta? ¿Es que nunca has comprado una
pintura? Oye, Ulric, será mejor que le dejes que se la lleve o, si no, no
saldremos nunca. Me gustaría pescar un poco antes de que acabe el día, ¿qué me
decís? Naturalmente, a este andoba» —indicándome con el dedo pulgar— «no le
gusta pescar; quiere sentarse y quedarse taciturno, soñar con el amor,
contemplar el cielo y chorradas por el estilo. Venga, vamos yéndonos. Sí, bien
hecho, llévate una botella: podría apetecernos un trago antes de que
lleguemos.»
Tess cogió la acuarela de la pared y dejó un billete de
veinte dólares sobre la mesa.
«Será mejor que te lo lleves», le advirtió MacGregor. «No
sabemos quién podría entrar, mientras estamos fuera.»
Después de haber recorrido una manzana más o menos, se me
ocurrió que debería haber dejado una nota para Mara en el timbre de la puerta.
«¡Oh, a tomar por culo!», dijo MacGregor. «Dale algún motivo para preocuparse:
eso les gusta. ¿Eh, chavala?», y volvió a darle un codazo en las costillas a su
mujer.
«Si me vuelves a dar un codazo», dijo ella, «te rompo el
pescuezo. Te lo digo en serio».
«Lo dice en serio», dijo él, mirando atrás, hacia
nosotros, con una sonrisa brillante como una plancha de níquel. «No se la puede
pinchar demasiado, ¿verdad, chavala? Sí, tiene buen carácter... si no, no me
habría aguantado tanto tiempo, ¿no es verdad, chica?»
«¡Oh, calla la boca! Estáte a lo que estás. No queremos
que este coche acabe arrugado como el otro.»
«¿No queremos?», gritó él. «La hostia, ésta sí que es
buena. ¿Y quién chocó contra el camión de la leche en la carretera de Hampstead
en pleno día? ¿Puede usted decírmelo?»
«¡Oh, olvídame!»
Siguieron así hasta más allá de Jamaica. De repente, dejó
de importunarla y molestarla y, mirando por el retrovisor, empezó a hablarnos a
nosotros de su concepción del arte y de la vida. Estaba muy bien, pensaba,
dedicarse a esas cosas —refiriéndose a las pinturas y todas esas tonterías— con
tal de que tuviera uno talento. Un buen artista merecía el dinero que ganaba,
ésa era su opinión. La prueba era que lo conseguía, si es que nos dábamos
cuenta. Cualquiera que tuviese algún talento siempre llegaba a ser reconocido,
eso era lo que quería decir. ¿No era así? Ulric dijo que él también lo creía.
No siempre, desde luego, pero hablando en general. Desde luego, había tipos
como Gauguin, prosiguió MacGregor, y Dios sabe si eran buenos artistas, pero es
que en ellos había alguna peculiaridad extraña, algo antisocial, que les
impedía ser reconocidos inmediatamente. No se podía culpar al público de eso,
¿verdad? Ciertas personas nacían sin suerte, así era como lo veía él. Su caso,
por ejemplo. No era un artista, desde luego, pero es que tampoco era un
fracasado. A su modo valía tanto como cualquiera, quizás un poquito más. Y, sin
embargo, para demostrar lo inseguro que podía ser todo, nada de lo que había
emprendido había salido bien. A veces un pequeño picapleitos lo había vencido.
¿Y por qué? Porque él, MacGregor, se negaba a rebajarse a hacer ciertas cosas.
Hay cosas que no se hacen, insistió. ¡No, señor!, y dio un manotazo enfático en
el volante. Pero así es como juegan el juego, y se salen con la suya. Pero ¡no
siempre! ¡Ah, no!
«Fijaos en Maxfield Parrish», continuó. «Supongo que como
artista no vale nada, pero aun así les da lo que desean. Mientras que un tipo
como Gauguin tiene que luchar por un mendrugo de pan... y hasta después de
muerto le escupen a los ojos. Es un juego extraño, el arte. Supongo que es como
todo lo demás: lo haces porque te gusta, así es la cosa, ¿eh? Ahora, fíjate en
ese cabrón que va sentado a tu lado —«¡sí, tú!», dijo sonriéndome a través del
espejo—: «se cree que debemos mantenerlo, asistirlo hasta que escriba su obra
maestra. Nunca se le ocurre que entretanto podría buscar un trabajo. Oh, no, se
niega a mancharse así sus manos blancas como lirios. Es un artista. Bueno,
puede que lo sea, no lo sé. Pero primero tiene que demostrarlo, ¿tengo o no
tengo razón? ¿Es que alguien me mantuvo porque pensase ser abogado? Está muy
bien soñar —a todos nos gusta soñar—, pero alguien tiene que pagar el
alquiler».
Acabábamos de pasar por delante de una granja de patos.
«Eso, eso es lo que me gustaría», dijo MacGregor. «Nada me gustaría tanto como
instalarme en el campo y criar patos. ¿Por qué no lo hago? Porque tengo
bastante juicio como para comprender que no sé bastante sobre patos. No basta
con soñar con ellos: ¡hay que criarlos! En cambio, aquí, Henry, si se le
metiera en la cabeza criar patos, se contentaría con trasladarse aquí y soñar
con ello. Primero me pediría que le prestara algo de dinero, naturalmente. Para
eso sí que tiene juicio, lo reconozco. Sabe que hay que comprarlos antes de
poder criarlos. Así es que, cuando quiere algo —un pato, pongamos por caso— va
y dice tan campante: "Dame algo de dinero, ¡quiero comprar un pato!”
Bueno, pues, eso es lo que yo llamo falta de sentido práctico. Eso es soñar...
¿Cómo conseguí yo mi dinero? ¿Lo recogí entre los arbustos? Cuando le digo que
salga a conseguirlo, se enfada. Piensa que estoy contra él. ¿Es verdad? ¿O te
estoy calumniando?», y me dedicó otra sonrisa plateada por el retrovisor.
«Bueno, hombre», le dije. «No te lo tomes tan a pecho.»
«.¿Tomarlo a pecho? ¿Habéis oído? Joder, si crees que me
paso las noches sin dormir pensando en ti, estás muy equivocado. Estoy
intentando llevarte por el buen camino, nada más. Estoy intentando meterte un
poco de sentido común en la cabezota. De sobra sé que no quieres criar patos,
pero debes reconocer que de vez en cuando se te ocurren ideas demenciales.
Joder, espero que no te hayas olvidado de la vez en que intentaste venderme una
Enciclopedia Judía. Imaginaos, quería que firmara por una colección para que él
obtuviese su comisión, y que la devolviera al cabo de poco... como lo oís.
Tenía que contarles algún cuento que él había inventado a lo loco. Esa es la
clase de genio que tiene para los negocios. ¿Me imagináis a mí, que soy
abogado, firmando una cosa así falsificada? No, joder, le tendría más respeto,
si me hubiera dicho que quería criar patos. Puedo entender que un tipo quiera
criar patos. Pero intentar encajarle una Enciclopedia Judía a tu mejor amigo...
eso es indecente, aparte de que es ilegal e insostenible. Esa es otra: piensa
que la ley es toda basura. "No creo en ella”, dice, como si el hecho de
creer o no creer cambiara las cosas. En cuanto tiene un problema, acude a mí
corriendo. "Haz algo”, dice, "tú sabes lo que conviene en estos
casos.” Para él es un simple juego. Podría vivir sin leyes, según cree, pero
apuesto algo a que está metido en líos constantemente. Y, desde luego, la idea
de pagarme por el trabajo que me tomo, o simplemente por el tiempo que pierdo
con él, nunca se le pasa por la chola. Debo hacer esas cositas para él por
amistad. ¿Entendéis lo que quiero decir?»
Nadie dijo nada.
Seguimos en silencio durante un rato. Pasamos por delante
de otras granjas de patos. Me pregunté cuánto tardaría uno en volverse loco, si
se comprara un pato y se instalase en Long Island con él. Walt Whitman nació
por allí. En cuanto recordé su nombre, como con la compra del pato, quise
visitar su lugar de nacimiento.
«¿Y si fuéramos a visitar el lugar de nacimiento de Walt
Whitman?», dije en voz alta.
«¿Qué?», gritó MacGregor.
«¡Walt Whitman!», chillé. «Nació por aquí, en Long Island.
Vamos a verlo.»
«¿Sabes dónde?», gritó MacGregor.
«No, pero podríamos preguntar a alguien.»
«¡Oh, a tomar por culo! Creí que sabías dónde era. Esta
gente de por aquí no va a saber quién fue Walt Whitman. Yo tampoco lo sabría,
si no fuera porque tú hablas más que la hostia de él. Era un poco marica,
¿verdad? ¿No me dijiste que estaba enamorado de un conductor de autobús? ¿O que
le gustaban los negros? Ya no me acuerdo.»
«Tal vez las dos cosas», dijo Ulric, descorchando la
botella.
Estábamos pasando por una ciudad. «Hostias, ¡me parece
conocer este lugar!», dijo MacGregor. «¿Dónde diablos estamos?» Se detuvo junto
al bordillo y llamó a un peatón. «¡Hey! ¿Cómo se llama este pueblo?» El hombre
se lo dijo. «¡Qué os parece?», dijo. «Me parecía reconocer este lugar de mala
muerte. Huy, la hostia, ¡qué purgaciones pesqué aquí en cierta ocasión! Me
pregunto si podría encontrar la casa. Me gustaría pasar por delante y ver si
aquella putilla tan mona sigue sentada en el balcón. Dios mío, la muñeca más
bonita que imaginarse pueda: un angelito, daba la impresión. ¡Y menudo cómo
follaba! Una de esas putillas excitables, siempre en celo: ya sabéis, una de
esas que te lo están colocando en las narices constantemente y restregándotelo
por la cara. Vine aquí en el coche un día que llovía a cántaros y que estaba
citado con ella. Condiciones ideales. Su marido había salido de viaje y ella
estaba que se moría por un polvo... Ahora estoy intentando recordar dónde la
conocí. Lo que sé es que me costó un trabajo de la hostia convencerla para que
me dejara visitarla. Bueno, el caso es que lo pasé maravillosamente: no me
levanté de la cama durante dos días. Ni siquiera me levantaba para lavarme: eso
era lo malo. Joder, os juro que si hubierais visto esa cara a vuestro lado en
la almohada, habríais pensado que os estabais tirando a la Virgen María. Podía
correrse unas nueve veces sin parar. Y después decía: "Hazlo otra vez, una
vez más... me siento depravada." Tiene gracia, ¿eh? No creo que conociera
el significado de esa palabra. El caso es que unos días después, me empezó a
picar y luego se puso roja e hinchada. No podía creer que había pescado unas
purgaciones. Pensé que tal vez me hubiera picado una pulga. Luego empezó a
salir pus. Amigos, las pulgas no producen pus. Así es que me fui a ver al
médico de la familia. "Una preciosidad”, dijo, "¿dónde lo has
pescado?” Se lo dije. "Más vale que te hagas un análisis de sangre”, dijo,
"podría ser sífilis”.»
«Basta ya», gruñó Tess. «¿Es que no puedes hablar de algo
agradable, para variar?»
«En fin», dice MacGregor, en respuesta a eso, «tienes que
reconocer que he sido muy limpio desde que te conozco, ¿no es verdad?»
«Más te valía», respondió ella, «o, si no, ¡adiós tu
salud!»
«Siempre tiene miedo de que voy a traerle un regalo», dijo
MacGregor, volviendo a sonreír por el retrovisor. «Mira, chica, todo el mundo
pesca purgaciones un día u otro. Puedes dar las gracias de que yo las pescara
antes de conocerte: ¿no es así, Ulric?»
«¿Ah, sí?», dijo bruscamente Tess. A eso podría haber
seguido una de sus largas disputas, si no hubiéramos llegado a un pueblecito
que MacGregor consideró adecuado para hacer una parada. Tenía la idea de que le
gustaría ir a pescar cangrejos. Además, había un parador cerca que servía buena
comida, si no recordaba mal. Nos hizo bajar del coche a todos. «¿Queréis
cambiar el agua al canario? ¡Vamos!» Dejamos a Tess parada junto a la carretera
como un paraguas roto y fuimos dentro a vaciar las vejigas. Nos cogió a los dos
del brazo. «Confidencialmente», dijo, «debemos quedarnos esta noche aquí. Viene
mucha gente de la vida; si os apetece bailar y tomar una copa o dos, éste es el
lugar ideal. No le voy a decir todavía a ella que nos quedamos... podría
olérselo. Bajaremos a la playa primero a tumbamos un poco. Cuando os dé hambre,
lo decís, y entonces recordaré de repente el parador... ¿entendido?»
Bajamos paseando hasta la playa. Estaba casi desierta.
MacGregor compró puros como para llenarse los bolsillos, encendió uno, se quitó
los zapatos y los calcetines y anduvo por el agua fumando un grueso puro. «Es
fantástico, ¿no os parece?», dijo. «Hay que ser niño de vez en cuando.» Hizo a
su mujer quitarse los zapatos y las medias. Ella estuvo andando por el agua
como un pato peludo. Ulric se tendió en la arena y echó una siesta. Yo me quedé
mirando las patosas payasadas de MacGregor y su mujer. Me pregunté si habría
llegado Mara y qué pensaría cuando viera que yo no estaba. Yo quería regresar
lo más rápido posible. Me importaban tres cojones el parador y las chavalas de
la vida que acudían a bailar allí. Tenía el presentimiento de que había vuelto,
de que estaba sentada en la escalera de Ulric esperándome. Quería casarme otra
vez, eso era lo que quería. ¿Cómo había podido dejarme llevar hasta allí, hasta
aquel lugar de mala muerte? Detestaba Long Island, siempre lo había detestado.
¡MacGregor y sus patos! Sólo de pensarlo me volvía loco. Si yo poseyera un
pato, lo llamaría MacGregor, lo ataría a un farol y le dispararía con un
revólver del calibre 48. Le dispararía hasta que estuviera muerto y después lo
descuartizaría con un hacha. ¡Sus patos! ¡A tomar por culo los patos!, me dije.
¡A tomar por culo todo!
De todos modos, fuimos al parador. Si había pensado
oponerme, se me olvidó. Había llegado a un estado de indiferencia producto de
la desesperación. Me dejé llevar por la corriente. Y, como ocurre siempre que
te ablandas y te dejas llevar por la voluntad contraria de los demás, ocurrió
algo que no esperábamos.
Habíamos acabado de comer y estábamos tomando la tercera o
cuarta copa; el local estaba lleno y acogedor, todo el mundo estaba de buen
humor. De repente, en una mesa cercana, un joven se puso en pie con un vaso en
la mano y se dirigió a los presentes. No estaba borracho, simplemente estaba en
un agradable estado eufórico, como diría el Dr. Kronski. Estaba explicando con
calma y facilidad que se había tomado la libertad de llamar la atención sobre
él y su esposa, por la que brindaba, porque era el primer aniversario de su
boda, y porque se sentían tan felices, que querían que todo el mundo lo supiera
y compartiese su felicidad. Dijo que no quería aburrimos con un discurso, que
nunca había pronunciado un discurso en su vida, y que no intentaba pronunciarlo
ahora, pero no podía por menos de hacer saber a todo el mundo lo feliz que se
sentía y lo feliz que se sentía su esposa, que tal vez no volvería a sentirse
así en toda su vida. Dijo que no era sino un don nadie, que trabajaba para
vivir y no ganaba demasiado dinero (nadie ganaba ya demasiado dinero), pero lo
que sabía era que se sentía feliz, y era feliz porque había encontrado a la
mujer que amaba, y seguía amándola tanto como siempre, a pesar de que ya
llevaban un año casados. (Sonrió.) Dijo que no se avergonzaba de reconocerlo
ante el mundo entero. Dijo que no podía por menos de contarnos todo eso, aunque
nos aburriera, porque cuando eres muy feliz quieres que los demás compartan tu
felicidad. Dijo que le parecía maravilloso que pudiese existir semejante felicidad,
cuando había tantas cosas que no iban bien en el mundo, pero que quizá habría
más felicidad, si las personas se confesaran su felicidad unas a otras en lugar
de esperar a decirse confidencias sólo cuando estaban apenadas y tristes. Dijo
que quería ver a todo el mundo feliz, que, aunque fuésemos extraños unos para
otros, aquella noche estábamos unidos con él y su esposa y, si compartíamos su
enorme alegría con ellos, se sentirían todavía más felices.
Estaba tan entusiasmado con aquella idea de que todo el
mundo debía participar en su alegría, que siguió hablando durante veinte
minutos o más, pasando de una cosa a otra como un hombre sentado al piano e
improvisando. No tenía la menor duda de que todos éramos amigos suyos, de que
le escucharíamos en silencio hasta que hubiera acabado de hablar. Nada de lo
que dijo parecía ridículo, por sentimentales que hubiesen sido sus palabras.
Era totalmente sincero, totalmente auténtico, y estaba totalmente poseído por
la comprensión de que ser feliz es la mayor dicha en la tierra. No había sido
el valor lo que le había hecho levantarse y dirigirse a nosotros, pues
evidentemente la idea de ponerse en pie y pronunciar un discurso largo e
improvisado era una sorpresa tan grande para él como para nosotros. Por el
momento, y sin saberlo, naturalmente, iba camino de convertirse en un
evangelista, ese curioso fenómeno de la vida americana que nunca se ha
explicado adecuadamente. ¿Con qué sensación de aislamiento debieron de vivir, y
por cuánto tiempo, los hombres que se han visto tocados por una visión, por una
voz desconocida, por un impulso interior e irresistible, para alzarse, como
sumidos en un profundo trance, y crearse una nueva identidad para sí, un nuevo
Dios, un nuevo cielo? Estamos acostumbrados a considerarnos una gran comunidad
democrática, vinculada por lazos comunes de sangre y lengua, unida
indisolublemente por todos los modos de comunicación que el ingenio del hombre
pueda idear; llevamos las mismas ropas, comemos la misma dieta, leemos los
mismos periódicos, idénticos en todo menos en el nombre, el peso y la tirada;
somos el pueblo más colectivizado del mundo, exceptuando algunos pueblos
primitivos a los que consideramos atrasados en su desarrollo. Y, sin embargo...,
sin embargo, a pesar de todas las pruebas exteriores de que estamos
estrechamente unidos, vinculados, de ser amistosos, joviales, serviciales,
comprensivos, casi fraternales, somos un pueblo solitario, un rebaño morboso y
enloquecido que se agita de un lado para otro presa de un frenesí fanático,
intentando olvidar que no somos lo que pensamos ser, que no estamos unidos de
verdad, que no estamos entregados de verdad los unos a los otros, que no nos
escuchamos de verdad, nada de verdad, simples dígitos movidos por una mano
invisible en un cálculo que no nos incumbe. De vez en cuando alguien despierta
de repente, se despega, por decirlo así, de la absurda goma en que estamos
pegados —el galimatías que llamamos vida cotidiana y que no es la vida, sino una
suspensión como de trance sobre la gran corriente de la vida— y esa persona
que, por no estar de acuerdo con la pauta general, parece completamente loca,
se ve investida de poderes extraños y casi terroríficos, descubre que puede
separar a miles y miles del rebaño, cortarles las amarras, ponerlos de cabeza,
colmarlos de gozo, o locura, hacer que abandonen a sus parientes, que renuncien
a su profesión, que cambien de carácter, de fisionomía, de alma incluso. ¿Y
cuál es la naturaleza de esa seducción irresistible, de esa locura, de ese
«trastorno temporal», como nos gusta llamarlo? ¿Qué, si no la esperanza de
encontrar el gozo y la paz? Cada evangelista usa un lenguaje diferente, pero
todos ellos hablan de la misma cosa. (Dejar de buscar, dejar de forcejear,
dejar de subir unos encima de otros, dejar de andar de un lado para otro en pos
de fines vanos y vacilantes.) En un abrir y cerrar de ojos llega el gran
secreto que detiene nuestro movimiento, que tranquiliza el espíritu, que
equilibra, que proporciona serenidad y aplomo, e ilumina el rostro con una
llamada continua y tranquila que nunca muere. En sus esfuerzos por comunicar el
secreto se convierten en un fastidio para nosotros, es cierto. Los esquivamos
porque tenemos la sensación de que nos miran condescendientemente; no podemos
soportar la idea de que no seamos iguales a alguien, por superior que parezca.
Pero no somos iguales; la mayoría somos inferiores, muy inferiores, en
particular inferiores a quienes son tranquilos y se controlan, tienen modales sencillos
y son inconmovibles en sus principios. Nos ofende lo sólido y bien anclado, lo
que es impermeable a nuestras lisonjas, a nuestra lógica, al bolo alimenticio
de nuestros principios colectivizados, a nuestras anticuadas formas de lealtad.
Un poco más de felicidad, pensé para mis adentros mientras
le escuchaba, y se convertiría en lo que se llama un hombre peligroso.
Peligroso, porque estar permanentemente feliz sería pegarle fuego al mundo. Una
cosa es hacer reír al mundo y otra muy distinta hacerle feliz. Nadie lo ha
conseguido nunca. Las grandes figuras, las que han influido en el mundo para
bien o para mal, siempre han sido figuras trágicas. Hasta San Francisco de Asís
fue un ser atormentado. Y el Buda, con su obsesión por eliminar el sufrimiento,
pues... no fue un hombre feliz precisamente. Estaba más allá de eso, si
queréis; era sereno, y, según cuentan, cuando murió, todo su cuerpo
resplandeció como si la propia médula ardiese.
Y, sin embargo, como experimento, como preliminar (si
queréis) para ese estado más maravilloso que alcanzan los hombres santos, me
parece que valdría la pena intentar hacer feliz al mundo entero. Sé que la
propia palabra (felicidad) ha llegado a tener una connotación odiosa, sobre
todo en América; parece estúpida y sin garra; suena a algo vacío; es el ideal
de los débiles y los enfermos. Es una palabra tomada a los anglosajones, y
deformada por nosotros hasta convertirla en algo totalmente absurdo. Se avergüenza
uno de usarla en serio. Pero no hay razón válida por la que deba ser así. La
felicidad es tan legítima como la pena, y todo el mundo, salvo esas almas
liberadas que con su sabiduría han encontrado algo mejor, o más grande, desea
ser feliz y, para conseguirlo, sacrificaría cualquier cosa, si pudiera (¡con
sólo que supiese cómo!).
Me gustó el discurso del joven, por vacío que pareciera en
un examen detallado. A todo el mundo le gustó. A todo el mundo gustaron él y su
esposa. Todo el mundo se sintió mejor, más comunicativo, más relajado, más
liberado. Era como si nos hubiese drogado a todos. Las personas se hablaban
unas a otras, de una mesa a otra, o se levantaban y se estrechaban las manos, o
se daban palmadas en la espalda mutuamente. Sí, si diera la casualidad de que
fuese uno persona muy sería, preocupada por el destino del mundo, dedicada a un
objetivo elevado (como el de mejorar las condiciones de las clases trabajadoras
o el de reducir el analfabetismo), quizá aquel pequeño incidente pareciera
haber adquirido una importancia totalmente exagerada. Un despliegue abierto y
universal de felicidad sincera hace sentirse incómodas a algunas personas; hay
gente que prefiere ser feliz en privado, que considera indecente o ligeramente
obscena una manifestación pública de alegría. O quizá simplemente estén tan
cerrados en sí mismos, que no pueden entender la comunión ni la comunicación.
En cualquier caso, no había personas tan delicadas entre nosotros; era una
multitud de tipo medio compuesta de gente común, es decir, gente común que
tenía coche. Unos eran muy ricos y otros no lo eran tanto, pero ninguno de
ellos pasaba hambre, ninguno de ellos era epiléptico, ninguno de ellos era
mahometano ni negroide ni pura y simple basura blanca. Eran gente común en el
sentido corriente de la palabra. Eran como otros millones de americanos, es
decir, sin distinción, sin ínfulas, sin un gran objetivo. De repente, cuando
hubo acabado, parecieron comprender que todos eran exactamente como los demás,
ni mejores ni peores, y, mandando a paseo las despreciables inhibiciones que
los mantenían segregados en pequeños grupos, se alzaron instintivamente y
empezaron a mezclarse unos con otros. Pronto las bebidas empezaron a manar, y
se pusieron a cantar, y después a bailar, y bailaron de modo diferente a como
habrían bailado antes; unos, que no habían movido el esqueleto durante años, se
alzaron y bailaron, otros bailaron con sus esposas; algunos bailaron solos,
embriagados con sus propias gracia y libertad; otros cantaban mientras
bailaban; otros se limitaban a sonreír con buen humor a todos aquellos con
cuyas miradas se cruzaran por casualidad.
Era asombroso el efecto que podía producir una declaración
sencilla y franca de alegría. Las palabras de aquel joven no eran nada en sí
mismas, simples palabras corrientes que cualquiera podría pronunciar en
cualquier momento. MacGregor, siempre escéptico, siempre procurando sacar
defectos, era de la opinión de que se trataba de un joven muy listo, quizás una
figura de la escena, y que se había mostrado deliberadamente simple,
deliberadamente ingenuo, para producir efecto. Aun así, no podía negar que el
discurso lo había puesto de buen humor. Simplemente quería hacernos saber que
no se dejaba engañar tan fácilmente. Fingía sentirse mejor por saber que no se
había dejado engañar, aunque hubiera disfrutado enormemente con la actuación.
Si lo que decía era cierto, lo compadecí. Nadie puede
sentirse mejor que quien se ve engañado completamente. Ser inteligente puede
ser una bendición, pero ser completamente confiado, crédulo hasta la idiotez,
abandonarse sin reservas, es uno de los supremos placeres de la vida.
En fin, todos nos sentíamos tan bien, que decidimos volver
a la ciudad y no quedarnos a pasar la noche como teníamos pensado. Durante todo
el viaje de vuelta cantamos a pleno pulmón. Hasta Tess cantó, desentonando, es
cierto, pero con ganas y sin cohibirse. MacGregor nunca la había oído cantar;
siempre había sido como un reno, en lo referente al aparato vocal. Su
conversación era limitada, circunscrita a groseros gruñidos, interrumpidos por
otros más breves de aprobación o desaprobación. Yo tenía el extraño
presentimiento de que, llevada por aquella extraordinaria expansión, podía
ocurrírsele romper a cantar (más adelante) en lugar de pedir como de costumbre
un vaso de agua o una manzana o un bocadillo de jamón. Ya veía yo la expresión
en el rostro de MacGregor, en caso de que se lanzara distraídamente a una
acrobacia así. La expresión de él denotaría increíble asombro («La hostia, y
luego, ¿qué más?»), pero al mismo tiempo sugeriría: «¡Adelante, sigue, prueba
un falsete para variar!» Le gustaba que la gente hiciera cosas inauditas. Le
gustaba poder pensar que la gente fuese capaz de hacer cosas detestables, casi
increíbles, que él nunca hubiera imaginado. Le gustaba pensar que no había nada
demasiado detestable, demasiado escabroso, demasiado ignominioso que el ser
humano no perpetrase a o contra el prójimo. Se jactaba de tener mentalidad
abierta, receptiva a cualquier forma de estupidez, crueldad, perfidia o
perversidad.
Partía de la premisa de que todo el mundo era en el fondo
un hijo de puta miserable, insensible, egoísta, sinvergüenza, hecho que quedaba
demostrado por el número milagrosamente limitado de casos que llegaban al
conocimiento público a través de los tribunales. Si se pudiera espiar,
rastrear, acosar, vigilar, interrogar, obligar a confesar a todo el mundo,
pues, nada, que todos estaríamos en la cárcel. Y los delincuentes más notorios,
si nos fiásemos de sus palabras, eran los jueces, los ministros del gobierno,
las fuerzas de orden público, los miembros del clero, los educadores, los que
trabajaban en la beneficencia. Por lo que se refería a su propia profesión,
había conocido a uno o dos en toda su vida que fueran escrupulosamente
honrados, de cuya palabra pudiese uno fiarse; el resto, que incluía
prácticamente a toda la profesión, eran más viles que los delincuentes más
viles, la escoria del mundo, la hez más asquerosa de la humanidad que haya
pisado la faz de la tierra. No, él no se dejaba engañar por ninguno de los
camelos que esos andobas distribuían para el consumo general. No sabía por qué
era él mismo honrado y sincero; la verdad era que no traía cuenta. Suponía que
era simplemente porque estaba hecho así. Además, tenía otras flaquezas, y
entonces añadía todos los defectos que tenía, o reconocía o imaginaba tener, y
que constituían una lista tremenda, con lo que, cuando había acabado, sentías
la tentación de preguntarle por qué se molestaba en conservar las otras dos
virtudes de la sinceridad y la honradez.
«Así, ¿que todavía estás pensando en ella?», saltó de
repente, girando la cabeza ligeramente y soltando las palabras por la comisura
de los labios. «Pues, mira, te compadezco. Supongo que la única solución es que
te cases con ella. La verdad es que eres un glotón para los castigos. ¿Y de qué
vais a vivir? ¿Has pensado en eso? Ya sabes que no vas a conservar ese trabajo
por mucho tiempo: ya deben de tenerte calado. Me asombra que no te echaran hace
mucho. Desde luego, has batido una marca, para lo que sueles ser: ¿cuánto hace
ya: tres años? Recuerdo cuando tres días era mucho. Naturalmente, si es la
chica indicada, no tendrás que preocuparte de conservar el empleo... te
mantendrá ella.
Eso seria ideal, ¿verdad? Entonces podrías escribir esas
obras maestras que siempre estás prometiéndonos. Me parece que por eso es por
lo que estás tan deseoso de librarte de tu mujer: te tiene calado, te hace
trabajar sin parar. ¡La Virgen! ¡Cómo debe de fastidiarte tener que levantarte
cada mañana para ir al trabajo! ¿Cómo lo consigues? ¿Quieres decírmelo? Solías
ser tan vago, que eras incapaz de levantarte de la cama para comer. Mira,
Ulric, he visto a ese cabrón quedarse tres días seguidos en la cama. No le
pasaba nada: simplemente no podía resistir la idea de tener que encararse con
el mundo. Enfermo de amor, a veces. O simplemente suicida. Eso era algo que le
gustaba: amenazamos con el suicidio.» (Me miró por el retrovisor.) "Ya has
olvidado aquellos tiempos, ¿verdad?" Ahora quiere vivir... no sé por
qué... nada ha cambiado... todo sigue tan asqueroso como siempre. Ahora habla
de dar algo al mundo: una obra maestra, nada menos. No puede darnos un libro
corriente que se vendiera bien. ¡Oh, no! ¡El, no! Tiene que ser único, lo nunca
visto. Bien, estoy esperando. No digo que no lo vayas a hacer, ni tampoco que
lo vayas a hacer. Me limito a esperar. Mientras tanto, los demás seguimos
ganándonos la vida. No podemos pasar toda una vida intentando producir una obra
maestra.» (Hizo una pausa para tomar aliento.) «Mira, a veces siento como el
deseo de escribir un libro yo también: simplemente para demostrar a este tipo
que no hay que volverse mico para hacer una cosa así. Creo que, si quisiera,
podría escribir un libro en seis meses... a ratos perdidos, sin abandonar mi
profesión. No digo que fuese a ganar un premio. Nunca me he jactado de ser un
artista. Lo que me molesta de este andoba es que esté tan puñeteramente seguro
de ser un artista. Está seguro de ser infinitamente superior a un Hergesheimer,
pongamos por caso, o a un Dreiser... y, sin embargo, no tiene una puñetera cosa
para demostrarlo. Quiere que tengamos fe en él. Se enfada si le pides que te
muestre algo tangible como un manuscrito. ¿Me imaginas intentando hacer creer a
un juez que soy un abogado competente sin haberme graduado siquiera? Ya sé que
no se puede esgrimir un diploma delante de alguien para demostrar que eres un
escritor, pero igualmente podrías esgrimir un manuscrito, ¿no? Dice que ya ha
escrito varios libros... bien, entonces, ¿dónde están? ¿Los ha visto alguien
alguna vez?»
En ese punto, Ulric le interrumpió para decir unas
palabras en mi favor. Yo estaba arrellanado en el blando asiento riéndome entre
dientes. Disfrutaba con esas peroratas de MacGregor.
«Bueno, de acuerdo», dijo MacGregor, «si dices que has
visto un manuscrito, creeré en tu palabra. A mí no me enseña nunca nada, el
cabrón. Supongo que no respeta mi juicio. Lo único que sé es que al oírle
hablar es como para pensar que es un genio. Cítale a un autor: ninguno le
satisface. Ni siquiera Anatole France es bueno. Debe de apuntar muy alto, si
quiere dejar atrás a esos andobas. Para mi modo de pensar, un hombre como
Joseph Conrad no sólo es un artista, sino también un maestro. El cree que Conrad
está sobreestimado. Me dice que Melville es infinitamente superior. Y luego,
que, ¡la Virgen!, ¿sabes lo que va y me confiesa en cierta ocasión? ¡Que nunca
ha leído a Melville! Pero eso es igual, dice. ¿Cómo vas a razonar con un tipo
así? Yo tampoco he leído a Melville, pero no voy a creer que sea mejor que
Conrad... por lo menos hasta que no lo haya leído.»
«Bueno», dijo Ulric, «quizá no sea una locura tan grande.
Mucha gente que no ha visto nunca un Giotto está segura de que es mejor que
Maxfield Parrish, por ejemplo.»
«Eso es diferente», dijo MacGregor. «El valor de Giotto, y
también el de Conrad, es indiscutible. Pero, que yo sepa, Melville es como un
caballo desconocido que gana una carrera. Esta generación puede considerarlo
superior a Conrad, pero dentro de cien o doscientos años puede desvanecerse
como un cometa. Cuando lo redescubrieron recientemente, estaba casi apagado.»
«¿Y qué es lo que te hace pensar que la fama de Conrad no
desaparecerá dentro de cien o doscientos años?», dijo Ulric.
«Pues, que no hay nada dudoso en él. Descansa sobre una
obra sólida. Es apreciado universalmente, ya está traducido a docenas de
lenguas. Lo mismo puede decirse de Jack London o de O’Henry, escritores
claramente inferiores, pero que perdurarán no menos claramente, si es que sé lo
que me digo. La calidad no es todo. La popularidad es tan importante como la
calidad. Por lo que a perdurabilidad se refiere, el escritor que gusta al mayor
número —suponiendo que tenga alguna calidad y que no sea un plumífero— seguro
que sobrevivirá al tipo de escritor superior y más puro. Casi todo el mundo
puede leer a Conrad; no todo el mundo puede leer a Melville. Y si nos fijamos
en un caso excepcional, como Lewis Carroll, entonces apuesto a que, por lo que
se refiere a los pueblos de habla inglesa, sobrevivirá a Shakespeare...»
Después de un momento de reflexión, prosiguió: «Ahora
bien, la pintura es un poco diferente, para mi modo de pensar. Es más difícil
apreciar una buena pintura que un buen libro. La gente parece pensar que porque
saben leer y escribir pueden distinguir un libro bueno de uno malo. Ni siquiera
los escritores, los buenos escritores, quiero decir, coinciden sobre lo que es
bueno y lo que es malo. Si vamos al caso, tampoco coinciden los pintores con
respecto a la pintura. Y, sin embargo, soy de la opinión de que en general los
pintores están más de acuerdo sobre los méritos de la obra de pintores famosos
que los escritores con respecto a la literatura. Sólo un pintor ignorante
negaría el valor de la obra de Cézanne, por ejemplo. Pero fíjate en el caso de
Dickens o de Henry James y verás las asombrosas diferencias de opinión que hay
entre escritores y críticos de talento sobre sus méritos respectivos. Si hoy
hubiera un escritor tan extraño en su campo como Picasso en el suyo, en seguida
comprenderías lo que quiero decir. Aun cuando no les guste su obra, la mayoría
de la gente que sabe algo de arte coinciden en que Picasso es un gran genio.
Ahora bien, fíjate en Joyce, que es bastante excéntrico como escritor. ¿Ha
llegado a conseguir nada parecido al prestigio de Picasso? Exceptuando unos
cuantos eruditos, exceptuando a los esnobs que intentan no quedarse atrás en
nada, su fama, tal como es hoy, se basa en gran medida en el hecho de que es
una curiosidad. De acuerdo, se reconoce su genio, pero está corrompido, por decirlo
así. Picasso impone respeto, aun cuando no siempre se lo entienda.
Pero Joyce es más o menos blanco de las burlas; su fama
aumenta precisamente porque en general no se le puede entender. Se le acepta
como una rareza, un fenómeno, como el gigante de Cardiff... Y otra cosa, ya que
estamos: por atrevido que sea el pintor de genio, se le asimila con mucha mayor
rapidez que a un escritor del mismo calibre. Como máximo, a un pintor
revolucionario se tarda treinta o cuarenta años en aceptarlo; a un escritor a
veces se tardan siglos. Volviendo a Melville... lo que quería decir era esto:
ha tardado sesenta o setenta años en conocer el éxito. Todavía no sabemos si se
mantendrá; dentro de dos o tres generaciones puede volver a caer en el olvido.
Se sostiene por los pelos y sólo en ciertos puntos, por decirlo así. Conrad
está atrincherado con uñas y dientes; ya ha echado raíces en todas partes; eso
es algo que no se puede desechar fácilmente. La de que se lo mereciese o no es
otra cuestión. Creo que, si se supiera la verdad, descubriríamos que muchos
hombres que fueron suprimidos u olvidados merecían seguir con vida. Es difícil
de probar, lo sé, pero tengo la sensación de que hay algo de verdad en lo que
digo. Basta con que mires a tu alrededor en la vida cotidiana para que observes
que en todas partes ocurre lo mismo. Yo mismo conozco en mi campo docenas de
hombres que merecen estar en el Tribunal Supremo; fueron derrotados, están
acabados, pero ¿qué demuestra eso? ¿Demuestra que no habrían sido mejor que los
viejos chochos que ahora lo ocupan? Sólo puede elegirse a un Presidente de Estados
Unidos cada cuatro años; ¿significa eso que el hombre que resulta elegido
(injustamente, de ordinario) es mejor que los que resultaron derrotados o que
miles de hombres desconocidos que ni siquiera soñaron nunca con presentarse
candidatos? No, me parece que la mayoría de las veces los que consiguen el
lugar de honor resultan haber sido los que menos lo merecían. A menudo los que
lo merecen se sientan atrás, ya sea por modestia o por autorrespeto. Lincoln
nunca quiso llegar a Presidente de Estados Unidos; le obligaron. No le quedó
más remedio, prácticamente. Por fortuna resultó ser el hombre indicado... pero
podía perfectamente no haber sido así. No lo eligieron porque fuera el hombre
indicado. Muy al contrario. Bueno, joder, estoy perdiendo el hilo. No sé a qué
diablos venía esto...»
Se detuvo lo suficiente para encender otro puro, y después
prosiguió.
«Me gustaría decir otra cosa más. Ahora ya sé a qué venía
eso. Es lo siguiente: compadezco al tipo que haya nacido escritor. Por eso es
por lo que tomo tanto el pelo a este andoba; intento desanimarlo porque sé lo
que le espera. Si de verdad vale algo, está apañado. Un pintor puede producir
media docena de cuadros en un año... según me han dicho. Pero un escritor...
pero, bueno, si a veces tarda diez años en escribir un libro y, como digo, si
es bueno, tarda otros diez años en encontrar editor, y después de eso tienen
que pasar por lo menos de quince a veinte años antes de que sea reconocido por
el público. Es casi una vida... para un libro, tú fíjate. ¿Cómo va a vivir
mientras tanto? Bueno, suele vivir como un perro. A su lado un mendigo lleva
vida de príncipe. Nadie emprendería esa carrera, si supiese lo que le espera.
Para mí, es un disparate de pies a cabeza. Te digo rotundamente que no vale la
pena. El arte no es algo que deba producirse así. Lo que pasa es que en la
actualidad el arte es un lujo. Yo podría salir adelante sin leer nunca un libro
ni mirar un cuadro. Tenemos muchas otras cosas: no necesitamos libros ni
cuadros. La música, sí... la música siempre la necesitaremos. No necesariamente
buena música..., pero música. En cualquier caso, ya nadie escribe buena
música... Tal como yo lo veo, el mundo se está echando a perder. No se necesita
demasiada inteligencia para salir adelante, tal como están las cosas. De hecho,
cuanto menos inteligente eres, mejor posición tienes. Todo está organizado de
tal modo, que te sirven las cosas en bandeja. Lo único que necesitas es saber
hacer una sola cosita medianamente bien; te afilias a un sindicato, haces el
menor trabajo posible, y, cuando te jubilas, te pasan una pensión. Si tuvieras
alguna inclinación estética, no podrías pasar por la estúpida rutina año tras
año. El arte te vuelve inquieto, insatisfecho. Nuestro sistema industrial no
puede permitir que eso ocurra: así, que te ofrecen pequeños sucedáneos
tranquilizantes para hacerte olvidar que eres un ser humano. Pronto no habrá
arte en absoluto, te lo aseguro. Habrá que pagar a la gente para que vaya a un
museo o para que escuche un concierto. No digo que vaya a seguir así para
siempre. No, justo cuando lo tengan todo afianzado, cuando todo vaya como la
seda, cuando ya nadie proteste, cuando nadie esté inquieto ni insatisfecho, se
vendrá abajo. El hombre no está destinado a ser una máquina. Lo curioso de
todos esos sistemas utópicos de gobierno es que siempre están prometiendo
liberar al hombre..., pero primero le hacen funcionar como un reloj con cuerda
para ocho días. Piden al individuo que se convierta en un esclavo para
establecer la libertad para la humanidad. Es una lógica extraña. No digo que el
sistema actual sea mejor. En realidad, sería difícil imaginar algo peor que lo
que tenemos ahora. Pero sé que no va a mejorarse abandonando los pocos derechos
que ahora tenemos. No creo que necesitemos más derechos: lo que creo que
necesitamos es ideas más amplias. Joder, cuando veo lo que los abogados y los
jueces intentan preservar, me dan ganas de vomitar. La ley no tiene la menor
relación con las necesidades humanas; es una estafa perpetrada por un sindicato
de parásitos. Coge simplemente un libro de derecho y lee un pasaje cualquiera
en voz alta. Si estás en tu sano juicio, parece demencial.
Y es demencial, por Dios, ¡si lo sabré yo! Pero, joder, si
empiezo a impugnar la ley, tengo que impugnar también otras cosas. Me volvería
chiflado, si mirara las cosas con ojos lúcidos. No puedes hacerlo... si no
quieres perder el paso. Tienes que mirar de reojo, mientras avanzas; tienes que
fingir que tiene sentido; tienes que hacer suponer a la gente que sabes lo que
estás haciendo. Pero ¡nadie sabe lo que está haciendo! No nos levantamos por la
mañana y pensamos lo que nos traemos entre manos. ¡No, padre! Nos levantamos en
medio de una niebla y nos movemos torpemente por un túnel oscuro y con resaca.
Aceptamos el juego. Sabemos que es un fraude asqueroso y repugnante, pero no
podemos evitarlo: no hay alternativa. Nacemos en una organización determinada,
estamos condicionados por ella: podemos hacer algunas chapuzas por aquí y por
allá, como en un barco que hace agua, pero no hay forma de rehacerla, no hay
tiempo, tienes que llegar a puerto, o te imaginas que tienes que llegar.
Naturalmente, nunca llegaremos. El barco se hundirá antes, créeme... Bueno,
pues, si yo fuera así, Henry, si me sintiese tan seguro como él de que era un
artista, ¿crees que me molestaría en demostrárselo al mundo? ¡Yo, no! No
pondría ni un renglón por escrito; me limitaría a pensar mis ideas, soñar mis
sueños, y dejar las cosas así. Tomaría cualquier empleo, cualquier cosa que me
permitiera comer, y diría al mundo: "¡Anda y que te den por culo! ¡A mí tú
no me impones nada! No me estás matando de hambre para demostrar que soy un
artista. No, señor: sé lo que sé y nadie puede convencerme de lo contrario”. Me
limitaría a arrastrarme por la vida, haciendo justo lo menos posible y
divirtiéndome lo más posible. Si tuviera ideas válidas, ricas, jugosas, las
disfrutaría todas solo. No intentaría hacérselas tragar por la fuerza a la
gente. Me haría el tonto la mayor parte del tiempo. Sería servil, me colocaría
a la altura del betún. Les dejaría que me pisaran, si lo deseaban. Siempre y
cuando supiese con toda el alma que era de verdad alguien. Me retiraría justo
en la mitad de la vida; no esperaría a ser viejo y decrépito, hasta que me
hubieran machacado y luego me diesen el Premio Nobel... Sé que esto parece un
poco disparatado. Sé que hay que dar forma y sustancia a las ideas. Pero estoy
hablando sobre saber y ser y no sobre hacer. Al fin y al cabo, llegas a ser
algo sólo para serlo... no sería nada divertido estar llegando a ser todo el
tiempo, ¿verdad? Bien, supongamos que te dices a ti mismo: al infierno eso de
llegar a ser un artista, sé que lo soy, me voy a limitar a serlo... entonces,
¿qué? ¿Qué significa ser un artista? ¿Significa que tienes que escribir libros
y pintar cuadros? Eso es secundario, me parece... eso es la simple prueba de
que lo eres... Supongamos, Henry, que hubieras escrito el libro más importante
jamás escrito y que perdieses el manuscrito justo después de haberlo acabado. Y
supongamos que nadie supiese que habías estado escribiendo el gran libro, ni
siquiera tu amigo más íntimo. En ese caso estarías como yo, que no he puesto ni
una palabra por escrito, ¿no es así? Si los dos muriésemos en ese momento, el
mundo nunca sabría que uno de nosotros fue un artista. Yo me lo habría pasado
en grande y tú habrías perdido tu vida.»
En aquel momento Ulric no pudo soportar más. «Es
justamente lo contrario», protestó. «Un artista no disfruta de la vida al
eludir su tarea. Tú serías el que habrías desperdiciado tu vida. El arte no es
una actuación de solista; es una sinfonía en la oscuridad con millones de
participantes y millones de oyentes. El disfrute de una idea hermosa no es nada
en comparación con el disfrute que proporciona darle expresión... expresión
permanente. De hecho, es casi una absoluta imposibilidad dejar de dar expresión
a una gran idea. Sólo somos instrumentos de un poder superior. Somos creadores
por permiso, por gracia, por decirlo así. Nadie crea solo y por sí mismo. Un
artista es un instrumento que registra algo ya existente, algo que pertenece al
mundo entero y que, si es un artista, se ve obligado a devolver al mundo.
Guardarse las ideas hermosas propias para sí mismo sería como ser un virtuoso y
sentarse en una orquesta con los brazos cruzados. ¡Es imposible! Por lo que se
refiere a ese ejemplo que has puesto de un autor que pierde la obra de su vida
en manuscrito, pues... yo compararía a esa persona con un músico maravilloso
que hubiera estado tocando con la orquesta todo el tiempo, sólo que en otra
habitación, donde nadie lo oía. Pero eso no haría que fuera menos partícipe ni
le privaría del placer de haber seguido al director de orquesta ni le impediría
oír la música que su instrumento emitía. Tu mayor error es el de pensar que el
disfrute es algo gratuito, que, si sabes que eres capaz de tocar el violín,
pues eso es igual que tocarlo. Es tan absurdo, que no sé por qué me molesto en
discutirlo. Por lo que se refiere a la recompensa, estás confundiendo siempre
reconocimiento con recompensa. Son dos cosas diferentes. Aunque no te paguen lo
que haces, por lo menos tienes la satisfacción de hacerlo. Es una lástima que
insistamos tanto en que se nos pague por nuestros trabajos: en realidad no es
necesario, y nadie lo sabe mejor que el artista. La razón por la que lo pasa
tan mal es porque elige hacer su obra gratuitamente. Olvida, como tú dices, que
tiene que vivir. Pero en realidad eso es una bendición. Es mucho mejor estar
preocupado con ideas maravillosas que con la próxima comida, o el alquiler, o
un par de zapatos nuevos. Naturalmente, cuando llegas al punto en que tienes
que comer, y no tienes nada que llevarte a la boca, entonces la comida se
convierte en una obsesión. Pero la diferencia entre el artista y el individuo
corriente es que, cuando el artista consigue efectivamente una comida, vuelve
inmediatamente a su mundo ilimitado, y mientras se encuentra en ese mundo es un
rey, mientras que tu estúpido hombre medio es una simple estación de servicio
sin nada en los intervalos más que polvo y humo. Y, aun suponiendo que no seas
un tipo corriente, sino un individuo acaudalado, que pueda entregarse a sus
aficiones, sus caprichos, sus apetitos: ¿supones por un instante que un
millonario goza de la comida o del vino o de las mujeres como un artista
hambriento? Para gozar de algo tienes que prepararte para recibirlo; entraña
cierto control, disciplina, castidad, podríamos decir incluso. Sobre todo,
supone deseo, y el deseo es algo que tienes que alimentar mediante una vida
recta. Hablo ahora como si yo fuera un artista, y en realidad no lo soy, sólo
soy un ilustrador comercial, pero sé lo suficiente sobre la cuestión como para
decir que envidio al hombre que tiene el valor de ser un artista: lo envidio
porque sé que es infinitamente más rico que ninguna otra clase de ser humano.
Es más rico porque se prodiga, se entrega todo el tiempo, y no sólo entrega
trabajo o dinero o regalos. Tú no podrías de ningún modo ser un artista, en
primer lugar, porque te falta la fe. Tú no podrías de ningún modo tener ideas
hermosas porque las matas por adelantado. Niegas lo que hace falta para crear
belleza, que es el amor, el propio amor a la vida, el amor en sí. Ves el
defecto, el gusano, en todo. Un artista, aun cuando detecte un defecto, lo
convierte en algo impecable, si puedo decirlo así. No intenta fingir que un
gusano es una flor o un ángel, sino que incorpora el gusano a algo superior.
Sabe que el mundo no está lleno de gusanos, aun cuando vea un millón o mil
millones de ellos. Tú ves un gusanito y dices: "Mira, ¡fíjate qué podrido
está todo!" No puedes ver más allá del gusano... Bueno, excúsame, no
pretendía expresarlo tan cáustica ni personalmente. Pero espero que comprendas
lo que quiero decir...»
«No te preocupes», dijo MacGregor viva y alegremente. «Es
bueno conocer de vez en cuando la opinión de los demás. Puede que tengas razón.
Tal vez yo sea excesivamente pesimista. Pero estoy hecho así. Creo que sería
mucho más feliz, si pudiera ver las cosas como tú... pero no puedo. Además,
debo confesar que en realidad nunca he conocido a un buen artista. Sería un
placer hablar con alguno un día.»
«Bueno», dijo Ulric, «has estado hablando toda tu vida con
uno sin saberlo. ¿Cómo vas a reconocer a un buen artista, cuando lo encuentres,
si no puedes reconocerlo en este amigo tuyo?»
«Me alegro de que hayas dicho eso», gritó MacGregor. «Y
ahora que me has empujado hasta las cuerdas, reconozco que creo efectivamente
que es un artista. Siempre lo he pensado. Por lo que se refiere a escucharle,
pues... también lo hago, y muy en serio. Pero es que también tengo mis dudas.
Mira, si le escuchara durante el tiempo suficiente, me hundiría. Sé que tiene
razón, pero es lo que te he dicho antes: si quieres salir adelante, si quieres
vivir, no puedes permitirte esas ideas. ¡Desde luego, que tiene razón! Me
cambiaría por él en cualquier momento, por ese sinvergüenza con suerte. ¿Qué he
conseguido con todos mis esfuerzos? Soy abogado. ¿Y qué? Igual podría ser una
mierda pinchada en un palo. Pues, claro, ni que lo jures: me gustaría cambiarme
por él. Sólo que no soy un artista, como tú has dicho. Supongo que lo malo de
mí es que no puedo soportar la idea de que soy un don nadie...»
Capítulo VII
De vuelta en la ciudad, encontré una nota en el timbre de
Ulric: era de Mara. Había llegado poco después de que nos fuéramos. Había
estado sentada en la escalera esperándome, había esperado varias horas, de
creer sus palabras. Una posdata me informaba de que había ido a Rockaway con
sus dos amigas. Debía llamarla en cuanto pudiera.
Llegué al anochecer y la encontré esperándome en la
estación; iba vestida con un traje de baño sobre el que se había puesto un
impermeable. Florrie y Hannah estaban durmiendo otra vez en el hotel; Hannah
había perdido su bonita dentadura falsa y estaba en estado de postración
nerviosa. Dijo que Florrie se volvía al bosque, se había enamorado locamente de
Bill, uno de los montañeses. Pero primero tenía que abortar. No era nada... por
lo menos para Florrie. Lo único que le preocupaba era que con cada aborto parecía
ensanchársele; pronto no iban a servirle más que los negros.
Me condujo a otro hotel, donde íbamos a pasar la noche
juntos. Nos sentamos a charlar un rato en el lúgubre comedor mientras tomábamos
una cerveza. Mara tenía un aspecto extraño con aquel impermeable: como una
persona a la que un incendio hubiese obligado a salir de casa a medianoche.
Estábamos ansiosos por irnos a la cama, pero, para no despertar sospechas,
hubimos de fingir que no teníamos prisa. Yo había perdido completamente el
sentido espacial: me parecía como si nos hubiéramos citado en una habitación
oscura en el Océano Atlántico la víspera de un éxodo. Dos o tres parejas más
entraron silenciosamente, sorbieron sus bebidas y charlaron a hurtadillas y con
susurros apagados. Un hombre pasó con un cuchillo de carnicero cubierto de
sangre, sosteniendo por las patas un pollo decapitado; la sangre goteó por el
suelo, dejando un rastro en zigzag... como el paso de una puta borracha que
menstruara profusamente.
Finalmente, nos guiaron hasta una celda en el extremo de
un largo pasillo. Era como el final de un mal sueño, o la mitad perdida de un
cuadro de Chirico. El pasillo formaba el eje de dos mundos sin ninguna
relación; si te ibas por la izquierda en lugar de por la derecha, podía ser que
nunca volvieras a encontrar el camino de vuelta. Nos desnudamos y caímos en la
cama de hierro con hambre sexual de seis semanas. Nos lanzamos al asunto como
un par de luchadores que se hubieran quedado a desenredarse en un ruedo vacío
después de que se hubiesen apagado las luces y de que la muchedumbre se hubiera
dispersado. Mara luchaba frenéticamente para llegar a un orgasmo. En cierto
modo había quedado separada de su aparato sexual; era de noche y estaba perdida
en la oscuridad; sus movimientos eran los de un durmiente luchando con
desesperación por volver a entrar en el cuerpo que había empezado a ceder. Me
levanté para lavarme, para refrescármela con un poco de agua fría. No había
lavabo en la habitación. A la luz mortecina de una bombilla casi extinta me vi
en un espejo resquebrajado; tenía la expresión de un Jack el Destripador
buscando un sombrero de paja en un orinal. Mara yacía boca abajo en la cama,
jadeando y sudando; tenía el aspecto de una odalisca apaleada compuesta de
pedazos de mica mellados. Me puse los pantalones y anduve vacilante por el
pasillo, semejante a un túnel, en busca del lavabo. Un hombre calvo, desnudo de
cintura para arriba, se encontraba ante una pila de mármol lavándose el torso y
los sobacos. Esperé a que terminara. Resoplaba como una morsa mientras
realizaba sus abluciones; cuando hubo acabado, abrió un bote de polvos de talco
y se espolvoreó generosamente el torso, que estaba arrugado y encostrado como
la piel de un elefante.
Cuando regresé, encontré a Mara fumando un cigarrillo y
acariciándose. Se consumía de deseo. Volvimos al asunto, probando como los
perros esa vez, pero no había forma. La habitación empezó a combarse y a
hincharse, las paredes rezumaban, el colchón, que era de paja, casi tocaba el
suelo. La sesión empezó a adquirir todos los aspectos y proporciones de un mal
sueño. Desde el extremo del pasillo llegaba el resuello entrecortado de un
asmático; sonaba como las notas finales de un huracán silbando por una ratonera
arrugada.
Justo cuando estaba a punto de correrse, oímos que alguien
andaba en la puerta. Me retiré y asomé la cabeza. Era un borracho que intentaba
encontrar su habitación. Unos minutos después, cuando fui al lavabo a darme
otra ducha fría en la polla, aún seguía buscando su habitación. Todas las
ventanas estaban abiertas y de ellas llegaba una cacofonía estentórea que
parecía la Epifanía de Juan, el comedor de saltamontes. Cuando volví a reanudar
mi suplicio, parecía como si mi polla estuviera hecha de viejas tiras de goma.
Ya no sentía absolutamente nada en el capullo; era como empujar un trozo de
sebo rígido por una tubería. Y lo peor era que la batería estaba completamente
descargada; si algo hubiese de ocurrir entonces, sería del estilo de hiel y
gusanos correosos o una gota de pus en una solución de requesón claro. Lo que
me sorprendía era que siguiera tiesa como un martillo; había perdido toda la
apariencia de un instrumento sexual; tenía el aspecto repugnante de un
cachivache barato de las rebajas de los grandes almacenes, como un aparejo de
pesca de color vivo sin el cebo. Y en aquel brillante y resbaladizo cachivache,
Mara se retorcía como una anguila. Había dejado de ser una mujer en celo, ya no
era siquiera una mujer; era una simple masa de contornos indefinibles
culebreando y serpenteando como un pedazo de cebo fresco que se viera subir y
bajar a través de un espejo convexo en un mar embravecido.
Hacía mucho que había yo perdido el interés por sus
contorsiones; exceptuando la parte de mí que estaba dentro de ella, estaba tan
fresco como un pepino y tan lejano como Sirio. Era como un mensaje de larga
distancia relativo a la muerte de alguien a quien hubieses olvidado hacía
mucho. Lo único que esperaba era sentir esa increíble explosión abortada de
estrellas mojadas que vuelven a caer sobre el suelo de la matriz como caracoles
muertos.
Hacia el amanecer, hora oficial del Este, vi, por la
expresión de leche condensada helada en la mandíbula, que estaba viniendo. Su
cara pasó por todas las metamorfosis de la primera vida uterina, sólo que hacia
atrás. Con la última chispa mortecina, se desinfló como un globo pinchado, con
los ojos y las ventanas de la nariz humeando como bellotas tostadas en un lago
de piel pálida ligeramente rizado. Me retiré de ella y me zambullí de cabeza en
un coma que acabó hacia la noche con una llamada a la puerta y toallas limpias.
Miré por la ventana y vi una colección de tejados cubiertos de alquitrán
salpicados aquí y allá con palomas grises. De la orilla del océano llegaba el
rugido del oleaje seguido de una sinfonía de sartenes, de exasperadas planchas
de metal enfriándose en una llovizna a 139 grados centígrados. El hotel zumbaba
y ronroneaba como una gruesa mosca de ciénaga agonizando en la soledad de un
pinar. En el intervalo se habían producido a lo largo del pasillo más
hundimientos y depresiones. El mundo de l-ª Categoría de la izquierda estaba
completamente cerrado y enmaderado, como esas colosales casas de baños a lo
largó del paseo marítimo que, fuera de temporada, se encogen y expiran
jadeantes a través de innumerables grietas y tablillas. El otro mundo inefable
de la derecha había quedado demolido por un martillo pilón, obra sin lugar a
dudas de algún maníaco que intentaba justificar su existencia haciendo de
jornalero. El piso del pasillo estaba legamoso y resbaladizo, como si un
ejército de focas con cremallera hubiera estado yendo y viniendo hasta el
lavabo todo el día. Aquí y allá una puerta abierta revelaba la presencia de
ninfas acuáticas grotescamente plásticas que habían conseguido comprimir sus
abultados rodillos mamíferos en redes de pescar, como de sílfide, hechas de
lana de vidrio y tiras de arcilla mojada. Las últimas rosas del verano estaban
marchitándose y quedando reducidas a ubres papudas con brazos y piernas. Pronto
la epidemia habría pasado y el océano recuperaría su aspecto de grandeza gelatinosa,
de dignidad mucilaginosa, de soledad sombría y resentida.
Nos tendimos en la hondonada de una duna de arena
supurante, junto a una extensión de estramonio ondulante y al abrigo de una
carretera pavimentada por la que rodaban los emisarios del progreso y la
ilustración con ese estruendo familiar y sedante que acompaña a la locomoción
de artefactos de hojalata, armados con agujas de hacer punto de acero, que
pasan escupiendo y peyéndose. El sol estaba poniéndose por el este como de
costumbre, pero no con esplendor ni brillantez, sino con hastío, como una
brillante tortilla sumergida en nubes de mocos y flemas. Era el marco ideal
para el amor, como el que venden o alquilan los quioscos entre las cubiertas de
una manejable edición de bolsillo. Me quité los zapatos y coloqué
tranquilamente el dedo gordo del pie en la primera cavidad de la entrepierna de
Mara. Su cabeza apuntaba al sur; la mía, al norte: las teníamos apoyadas en las
manos bajo la nuca, con los cuerpos relajados y flotando en la corriente
magnética como dos enormes ramas suspendidas sobre la superficie de un lago de
gasolina. Un visitante del Renacimiento, que nos hubiera encontrado
inesperadamente, podría perfectamente habernos tomado por dos personajes
salidos de un cuadro que representase el final violento del séquito sarnoso de
un dux sibarita. Yacíamos al borde de un mundo en ruinas, composición que era
un estudio bastante precipitado de perspectivas y escorzo en que nuestras
postradas figuras hacían de detalle pintoresco.
La conversación era completamente inconexa y brotaba con
sonido apagado como una bala al chocar con el músculo y el tendón. No estábamos
hablando, simplemente estábamos aparcando nuestros instrumentos sexuales en el
aparcamiento, gratuito y vacío, para máquinas de chicle al borde de un oasis de
gasolina. La noche caería poéticamente sobre la escena, como una dosis de
veneno de tomaina envuelta en un tomate podrido. Hannah encontraría su
dentadura postiza detrás de la pianola; Florrie se apropiaría de un abrelatas
oxidado con el que iniciar la hemorragia.
La arena mojada se nos pegaba al cuerpo con la tenacidad
de un empapelado de pared recién colocado. De las fábricas y hospitales
cercanos llegaba el aroma congraciador de productos químicos gastados, de
cabello empapado en pipí, de órganos inútiles extirpados vivos y dejados para
descomponerse lentamente y por una eternidad en vasijas cerradas y etiquetadas
con gran cuidado y veneración. Un breve sueño crepuscular en los brazos de
Morfeo, el perro salchicha del Danubio.
Cuando regresé a la ciudad. Maude me preguntó con sus
educados modales de pez si habla pasado un día agradable. Comentó que estaba
bastante ojeroso. Añadió que también ella estaba pensando en tomarse unas
pequeñas vacaciones; había recibido una invitación de una antigua amiga del
colegio de monjas para pasar unos días en su casa del campo. Me pareció una
idea excelente.
Dos días después, las acompañé a ella y a la niña a la
estación. Me preguntó si no me importaba hacer parte del viaje con ellas. No vi
razón por la que no habría de hacerlo. Además, pensé que quizá tuviera algo
importante que decirme. Subí al tren y las acompañé un trecho por el campo,
hablando de cosas sin importancia y preguntándome cuándo desembucharía. No
ocurrió nada. Finalmente, bajé del tren y les dije adiós con la mano. «Di adiós
a papá», pidió a la niña. «No vas a verlo durante varias semanas.» ¡Adiós,
adiós! ¡Adiós, adiós! Agitaba la mano en señal de despedida, como cualquier
papá de las afueras despidiendo a su esposa y a su hija. Varias semanas, había
dicho. Eso sería excelente. Recorrí el andén para arriba y para abajo esperando
al tren y pensando en todas las cosas que haría en su ausencia. Mara estaría
encantada. Iba a ser como una luna de miel privada: podríamos hacer un millón
de cosas maravillosas por espacio de varias semanas.
El día siguiente me desperté con un dolor de oídos
espantoso. Telefoneé a Mara y le pedí urgentemente que se reuniera conmigo en
la consulta del doctor. El doctor era uno de los demoníacos amigos de mi mujer.
En cierta ocasión casi había asesinado a la niña con sus instrumentos de
tortura medievales. Ahora me tocaba a mí. Dejé a Mara sentada en un banco junto
a la entrada al parque.
El doctor pareció encantado de verme; mientras se
enfrascaba conmigo en una discusión pseudoliteraria, puso a hervir sus
instrumentos. Después probó una jaula de cristal accionada eléctricamente que
parecía un reloj transparente, pero que en realidad era un tipo diabólico de
artefacto inhumano para extraer sangre y que pensaba probar como estímulo a la
hora de la despedida.
Tantos doctores me habían hecho chapuzas en el oído, que
para entonces ya era yo todo un veterano. Cada nueva irrupción significaba que
el hueso muerto se acercaba cada vez más al cerebro. Por último iba a haber una
gran conjunción, el mastoides llegaría a ser como un potro salvaje, iba a haber
un concierto de sierras y mazos de plata, y me mandarían a casa con la cara
torcida por un lado como un rapsoda hemipléjico.
«Naturalmente, ya no oye usted nada con este oído,
¿verdad?», dijo, metiéndome un alambre al rojo hasta el centro del cráneo sin
una palabra de aviso.
«No, nada», respondí, casi resbalando del asiento de
dolor.
«Vamos a ver, esto va a doler un poquito», dijo,
manipulando un garfio de aspecto diabólico.
Siguió así, cada operación un poco más dolorosa que la
anterior, hasta que estuve tan fuera de mí, que deseaba pegarle una patada en
el vientre. Todavía faltaba la jaula eléctrica: era para irrigar los canales,
para extraer la última pizca de pus, y mandarme a la calle encabritado como un
potro.
«Es un asunto molesto», dijo, encendiendo un cigarrillo
para darme un respiro. «A mí tampoco me gustaría pasar por eso. A poco que
empeore, será mejor que me deje operarle.»
Me preparé para la irrigación. Insertó la boquilla y puso
el contacto. Sentí como si estuviera irrigándome el cerebro con una solución de
ácido prúsico. Salía pus y con él un hilo de sangre. El dolor era agudísimo.
«¿De verdad le duele tanto?», exclamó al ver que me había
quedado blanco como una sábana.
«Duele más que eso», dije. «Si no para pronto, lo haré
añicos. Prefiero tener un mastoides triple y parecer un sapo demente.»
Sacó la boquilla y con ella el forro del oido, del
cerebelo, de un riñón y la médula del cóccix.
«Buen trabajo», dije. «¿Cuándo debo volver».
Consideró que era mejor que volviese el día siguiente:
simplemente para ver cómo mejoraba
Mara se asustó al verme. Quería llevarme a casa y
cuidarme. Yo estaba tan agotado, que no podía resistir a nadie cerca de mí. Me
apresuré a despedirme de ella. «¡Mañana nos veremos!»
Fui a casa tambaleándome como un borracho, me desplomé en
el sofá y me quedé profundamente dormido, como drogado. Cuando me desperté,
estaba amaneciendo. Me sentí de primera. Me levanté y fui a dar un paseo por el
parque. Los cisnes estaban volviendo a la vida: sus mastoides eran
inexistentes.
Cuando cesa el dolor, la vida parece espléndida, aun sin
dinero ni amigos ni ambiciones elevadas. Simplemente respirar con facilidad,
caminar sin un espasmo o una punzada repentinos. Entonces los cisnes son muy
bellos. Los árboles también. Hasta los automóviles. La vida se desliza sobre
patines de ruedas; la tierra está grávida y produce constantemente nuevos
campos de espacio magnético. ¡Ved cómo inclina el viento las menudas briznas de
hierba! Cada brizna es sensible; todo responde. Si la propia tierra sintiera
dolor, no podríamos hacer nada para remediarlo. Los planetas nunca tienen dolor
de oídos; son inmunes, si bien llevan dentro dolor y sufrimiento indecibles.
Por una vez llegué a la oficina antes de la hora. Trabajé
como un troyano sin sentir la menor fatiga. A la hora fijada me reuní con Mara.
Estaba sentada de nuevo en el banco del parque, en el mismo sitio.
Aquella vez el doctor se limitó a examinar el oído,
arrancó una nueva costra, untó una crema suavizante y lo tapó. «Tiene buen
aspecto», masculló, «vuelva dentro de una semana».
Mara y yo estábamos de buen humor. Cenamos en un parador y
tomamos un poco de Chianti. Hacía una noche suave, ideal para dar un paseo por
los prados.
Al cabo de un rato, nos tumbamos en la hierba y
contemplamos las estrellas. «¿Crees que estará fuera de verdad varias
semanas?», preguntó Mara.
Parecía demasiado bueno para ser cierto.
«Tal vez no regrese nunca», dije. «Quizá fuera eso lo que
quería decirme, cuando me pidió que las acompañase parte del viaje. Puede que
perdiera el ánimo en el último instante.»
Mara no creía que fuera la clase de persona capaz de hacer
un sacrificio así. En cualquier caso, daba igual. Por un tiempo podíamos ser
felices, podíamos olvidar que existía.
«¡Ojalá pudiéramos irnos juntos de este país!», dijo Mara.
«Me gustaría ir a otro país, a algún sitio donde nadie nos conozca.»
Convine en que eso sería ideal. «Algún día lo haremos»,
dije. «No hay ni una persona que me importe aquí. Mi vida entera era absurda...
hasta que te conocí.»
«Vamos a remar al lago», dijo Mara de repente. Nos
levantamos y fuimos paseando hasta el parque. Demasiado tarde, todas las barcas
estaban cerradas. Nos pusimos a caminar sin rumbo por un sendero junto al agua;
pronto llegamos a una caseta construida sobre el agua. Estaba desierta. Me
senté en el tosco banco y Mara se sentó en mis rodillas. Llevaba el vestido de
muselina almidonado que tanto me gustaba. Debajo, nada. Bajó por un momento de
mis rodillas y, alzándose el vestido, se me puso a horcajadas. Echamos un polvo
maravilloso, estrechamente enlazados. Cuando acabamos, nos quedamos sentados un
rato sin desengancharnos, mordisqueándonos en silencio los labios y las orejas.
Después nos levantamos y, al borde del lago, nos lavamos
con nuestros pañuelos. Estaba secándome la polla con el extremo de la camisa,
cuando Mara me cogió del brazo de pronto y señaló algo que se movía tras un
matorral. Lo único que pude ver fue un destello de algo brillante. Me abroché
rápidamente los pantalones y, cogiendo a Mara del brazo, volvimos al sendero de
grava y empezamos a caminar despacio en dirección opuesta.
«Era un gurí, estoy segura», dijo Mara. «Es lo que hacen
esos guarros pervertidos. Siempre están escondidos entre los matorrales
espiando a la gente.»
Ya lo creo, al cabo de un instante oímos los pesados pasos
de un estúpido irlandés.
«Un momento, ustedes dos», dijo, «¿adónde van tan
campantes?»
«¿Qué quiere decir?», dije, fingiendo molestarme. «Estamos
dando un paseo, ¿es que no lo ve?»
«Ya era hora de que dieran un paseo», dijo. «Estoy
dispuesto a llevármelos a la comisaría. ¿Qué creen que es esto? ¿Una cuadra de
sementales?»
Fingí no saber de qué hablaba. Como era un irlandés, eso
lo enfureció.
«¡Nada de insolencias!», dijo. «Más vale que se lleve a
esa chavala de aquí, si no quiere que lo detenga.»
«Es mi esposa.»
«Conque... su esposa, ¿eh? Vaya, vaya, ¡qué enternecedor!
¿Qué? Pelando la pava, ¿eh? Y, encima, lavándose las partes en público... ¡En
mi vida he visto una cosa igual! ¡Alto, ahí! ¡Sin prisas! Ha cometido un delito
grave, amigo, y si ésta es su esposa, ella va a ir para delante también.»
«Oiga, no querrá decir...»
«¿Cómo se llama?», me preguntó, interrumpiéndome
bruscamente y buscándose en el bolsillo la libreta.
Se lo dije.
«¿Y dónde vive?»
Se lo dije.
«Y ella, ¿cómo se llama?»
«Igual que yo... ya le he dicho que es mi esposa.»
«Sí, ya me lo ha dicho», dijo, con una mirada de reojo lasciva.
«Muy bien. Y ahora, vamos a ver, ¿a qué se dedica para ganarse la vida?
¿Trabaja?»
Saqué la cartera y le enseñé el carnet cosmodemónico que
siempre llevaba conmigo y que me autorizaba a viajar gratis en todas las líneas
de metro, tren elevado y tranvías de la ciudad del Gran Nueva York. Se rascó la
cabeza al verlo y se echó un poco hacia atrás la gorra. «Así que es usted el
jefe de personal, ¿verdad? Es una posición bastante responsable para un joven
como usted.» Pausa tensa. «Supongo que le gustaría conservar el empleo un poco
más, ¿no es así?»
De repente, tuve la visión de mi nombre en grandes
titulares en los diarios de la mañana. Bonita historia podrían escribir los
periodistas, si lo deseaban. Había llegado el momento de hacer algo.
«Mire, señor agente», voy y le digo, «hablémoslo con
calma. Vivo cerca de aquí... ¿por qué no me acompaña a casa? Puede que mi
esposa y yo hayamos sido un poco atolondrados... no hace mucho que estamos
casados. No deberíamos habernos comportado así en un lugar público, pero estaba
oscuro y no había nadie por aquí...»
«Bueno, podría haber una forma de arreglarlo», va y dice.
«No quiere usted perder su empleo, ¿verdad?»
«No, no quiero», voy y le digo, preguntándome al mismo
tiempo cuánto dinero llevaba en el bolsillo y si lo aceptaría o no.
Mara estaba andándose en el bolso.
«Más despacio, señora. Ya sabe que no se puede sobornar a
un agente de la ley. Por cierto, si no es demasiado preguntar, ¿a qué iglesia
van?»
Le respondí al instante, dándole el nombre de la iglesia
católica de nuestra esquina.
«Entonces, ¡usted es uno de los muchachos del padre
O’Malley! Hombre, ¿por qué no me ha dicho eso lo primero? Claro, no le gustaría
desacreditar a la parroquia, ¿verdad?
Le dije que me moriría, si se enterara el padre O’Malley.
«¿Y se casaron en la iglesia del padre O'Malley?»
«Sí, pa... digo agente. Nos casamos el pasado mes de
abril.»
Yo estaba intentando contar los billetes que llevaba en el
bolsillo sin sacarlos. Parecía que sólo había tres o cuatro pavos. Me
preguntaba cuánto tendría Mara. El gurí había empezado a andar y nosotros lo
seguimos. A los pocos pasos se detuvo de pronto. Señaló hacia adelante con la
porra. Y con la porra en el aire y la cabeza ligeramente desviada, inició un
lento monólogo sobre una próxima novena a Nuestra Señora del Botarel o algo por
el estilo, al tiempo que decía extendiendo la mano izquierda que el camino más
corto para salir del parque era recto por ahí y cuidadito con portarse mal, y
cosas así.
Mara y yo le pusimos unos billetes en la mano y,
agradeciéndole su amabilidad, nos las guillamos.
«Creo que es mejor que vengas conmigo a casa», dije. «Si
no era bastante lo que le hemos dado, puede venir a hacernos una visita. No me
fío de estos cabrones asquerosos... Padre O’Malley, ¡no te jode!»
Corrimos a casa y nos encerramos. Mara estaba todavía
temblando. Encontré un poco de vino de Oporto escondido en el aparador.
«Lo único que faltaba ahora», dije, mientras me bebía un
vaso, «era que volviese Maude y nos sorprendiera».
«No sería capaz de hacer eso, ¿verdad?»
«Sólo Dios sabe lo que sería capaz de hacer.»
«Creo que lo mejor sería dormir aquí abajo», dijo Mara.
«No me gustaría dormir en su cama.»
Acabamos el vino y nos desnudamos. Mara salió del baño con
una bata de seda de Maude. Me sobresalté al verla en la ropa de Maude. «Soy tu
esposa, ¿no?», dijo, rodeándome con los brazos. Sentí un escalofrío al oírla
decir eso. Se paseó por la habitación examinando las cosas.
«¿Dónde escribes?», preguntó. «¿En esta mesita?»
Dije que sí con la cabeza.
«Deberías tener una gran mesa y una habitación propias.
¿Cómo puedes escribir aquí?»
«Tengo un gran escritorio arriba.»
«¿Dónde? ¿En el dormitorio?»
«No, en el salón. Es maravillosamente lúgubre... ¿te
gustaría verlo?»
«No», dijo rápidamente, «prefiero no ir ahí arriba.
Siempre pensaré en ti sentado aquí en este rincón junto a la ventana... ¿Ahí es
donde me escribiste esas cartas?»
«No», dije, «te escribía desde la cocina.»
«Enséñamela», dijo. «Enséñame sólo donde te sentabas.
Quiero verte en esa actitud.»
La cogí de la mano y la conduje hasta la cocina. Me senté
e hice como que le escribía una carta. Se inclinó sobre mí y colocando los
labios en la mesa besó el espacio que quedaba entre mis brazos.
«Nunca soñé con que iba a ver tu casa», dijo. «Es extraño
ver el lugar que va a tener tanta influencia en la vida de una. Es un lugar
sagrado. Ojalá pudiéramos llevamos esta mesa y esta silla... todo... hasta la
estufa. Ojalá pudieras trasladar la habitación entera e instalarla en nuestro
nuevo hogar. Nos pertenece esta habitación.»
Nos acostamos en el diván del sótano. Hacía una noche
cálida y dormimos en pelotas. Hacia las siete de la mañana, estando tumbados y
abrazados, se abrieron violentamente las puertas correderas y allí estaba mi
querida esposa, el casero, que vivía en un piso de más arriba, y su hija. Nos
cogieron en flagrante fruición. Salí de la cama de un brinco y completamente
desnudo. Cogí una toalla que estaba en la silla junto al sofá, me la puse
alrededor y esperé el veredicto. Maude indicó a sus testigos que entraran y
echasen un vistazo a Mara, que estaba allí tumbada tapándose el pecho con una
sábana.
«Te pido que hagas el favor de sacar a esta mujer de aquí
lo más rápidamente posible», dijo Maude, después de lo cual se dio la vuelta y
subió arriba con sus testigos.
¿Habría estado durmiendo toda la noche en nuestra cama? Si
era así, ¿por qué había esperado hasta la mañana?
«No te preocupes, Mara. Ya no tiene remedio. Igual podemos
quedarnos a desayunar.»
Me vestí rápidamente y corrí a comprar huevos y jamón.
«Dios mío, no comprendo cómo puedes tomártelo con tanta
calma», dijo, sentada a la mesa con un cigarrillo en los labios y viéndome
preparar el desayuno. «¿Es que no tienes sentimientos?»
«Claro que los tengo. Mi sentimiento es que todo ha salido
a pedir de boca. Soy libre, ¿te das cuenta?»
«¿Qué vas a hacer ahora?»
«Por lo pronto, me voy a trabajar. Esta noche iré a casa
de Ulric: nos vemos allí. Tengo la impresión de que mi amigo Stanley anda
detrás de todo esto. Ya veremos.»
En la oficina envié un telegrama a Stanley para que se
reuniera conmigo por la noche en casa de Ulric. Durante el día tuve una llamada
de teléfono de Maude para sugerirme que me buscase una habitación. Dijo que
obtendría el divorcio lo más rápidamente posible. No hizo comentarios sobre la
situación, sólo una mera declaración práctica y breve. Debía notificarle cuándo
deseaba ir a buscar mis cosas.
Ulric se lo tomó con bastante serenidad. Significaba un
cambio de vida y para él todos los cambios eran serios. Por su parte, Mara se
mostraba completamente dueña de sí misma y deseosa de emprender la nueva vida.
Quedaba por ver cómo lo tomaría Stanley.
Al cabo de poco sonó el timbre y allí lo teníamos, con su
siniestra expresión habitual y borracho como una cuba. Hacía años que no lo
veía así. Había decidido que era un acontecimiento de primera importancia y que
había que celebrarlo. Por lo que se refiere a obtener detalles de él, fue
absolutamente imposible. «Te dije que te lo arreglaría», dijo. «Has caído como
una mosca en una telaraña. Lo había planeado hasta el último detalle. No te
pregunté nada, ¿verdad? Sabía exactamente lo que harías.»
Echó un trago de un frasco que llevaba en el bolsillo
interior de la chaqueta. Ni siquiera se molestó en quitarse el sombrero. En
aquel momento lo veía yo como debía de ser cuando estaba en Fort Oglethorpe.
Era la clase de tipo del que me habría mantenido apartado, al verlo en ese
estado.
Sonó el teléfono. Era el Dr. Kronski para preguntar por el
señor Miller. «¡Felicidades!», gritó. «Voy a verte dentro de unos minutos.
Tengo algo que decirte.»
«Por cierto», dije, «¿conoces a alguien que tenga una
habitación de sobra para alquilar?»
«De eso es de lo que voy a hablarte. Tengo un sitio
escogido para ti... arriba, en el Bronx. Es un amigo mío: es médico. Puedes
disponer de toda un ala de la casa para ti. ¿Por qué no te llevas a Mara
contigo? Te gustará el sitio. Tiene una sala de billar en la planta baja, y una
buena biblioteca, y...»
«¿Es judío?», pregunté.
«¿Que si es? Es sionista, anarquista, talmudista y
abortista. Un tipo cojonudo... y, si necesitas ayuda, te dará hasta la camisa.
He pasado por tu casa... así es como me he enterado. Tu mujer parece encantada.
Va a vivir bastante cómodamente con la pensión que habrás de pagarle.»
Le conté a Mara lo que había dicho. Decidimos echar un
vistazo al sitio inmediatamente. Stanley había desaparecido. Ulric pensaba que
podía haber ido al baño.
Fui al baño y llamé. No hubo respuesta. Abrí la puerta.
Stanley yacía tumbado en la bañera completamente vestido, con el sombrero sobre
los ojos y la botella vacía en la mano. Lo dejé allí tumbado.
«Supongo que se habrá ido», grité a Ulric, al salir.
Capítulo VIII
¡El Bronx! Nos habían prometido todo un ala de la casa: un
ala de pavo, con plumas y carne de gallina y todo. La idea que tenía Kronski de
un refugio.
Fue un período suicida que empezó con cucarachas y
bocadillos de pastrami caliente y acabó á la Newburg en un cuchitril de
Riverside Drive, donde la segunda señora Kronski comenzó su ingrata tarea de
ilustrar un vasto apéndice ciclorámico a las demencias.
Por influencia de Kronski, Mara decidió cambiar de nombre
otra vez: de Mara a Mona. Hubo otros cambios más importantes que también se
originaron allí en el barrio del Bronx.
Habíamos llegado de noche al escondrijo del Dr. Onirifick.
Había caído una ligera nevada y los cristales de colores del portal estaban
cubiertos de un manto de blanco puro. Era exactamente el tipo de lugar que
había imaginado escogería Kronski para nuestra «luna de miel». Hasta las
cucarachas, que empezaron a escabullirse de un lado para otro tan pronto como
encendimos las luces, parecían familiares... y prescritas. La mesa de billar,
que se encontraba en un rincón de la habitación, parecía desconcertante al
principio, pero cuando el hijo pequeño del Dr. Onirifick se abrió la bragueta
como si tal cosa y empezó a hacer pis contra la pata de la mesa, todo pareció
normal.
La puerta de la calle daba directamente a nuestra
habitación, que estaba equipada con una mesa de billar, como digo, una gran
cama de metal con edredón, un escritorio, un piano de cola, un caballito de
madera, una chimenea, un espejo resquebrajado cubierto de cagaditas de mosca,
dos escupideras y un sofá. En total había en nuestra habitación más de ocho
ventanas. Dos de ellas tenían persianas que podían bajarse en sus dos terceras
partes; las otras estaban absolutamente desnudas y festoneadas de telarañas. Era
muy alegre. Nadie tocaba el timbre ni llamaba a la puerta; todo el mundo
entraba sin avisar y andaba por allí como Pedro por su casa. Era «una
habitación con vista» tanto hacia dentro como hacia fuera.
Allí empezamos nuestra vida en común. ¡Un estreno con
buenos auspicios! Lo único que faltaba era una pila en que pudiéramos orinar
con acompañamiento de agua corriente. También un arpa habría venido bien, sobre
todo en las chistosas ocasiones en que los miembros de la familia del Dr.
Oniriñck, cansados de estar sentados en el lavadero del piso de abajo subían
naneando a nuestra habitación como alcas y pingüinos y nos miraban en absoluto
silencio, mientras comíamos o nos bañábamos o hacíamos el amor o nos quitábamos
los piojos de la cabeza mutuamente. Nunca supimos qué lengua hablaban. Eran
mudos como un reno y nada podía asustarlos ni asombrarlos, ni siquiera la
visión de un feto asqueroso.
El Dr. Onirifick estaba siempre muy ocupado. Las
enfermedades de los niños eran su especialidad, pero los únicos niños que vimos
durante nuestra estancia fueron los embriones que cortaba en pedacitos y tiraba
por los desagües. Tenía tres hijos. Los tres eran superdotados, razón por la
cual les permitían comportarse como se les antojara. El más pequeño, de unos
cinco años y ya un fenómeno en álgebra, iba camino claramente de convertirse en
pirómano, además de en supermatemático. Ya había prendido fuego a la casa dos
veces. Su última hazaña reveló una inclinación mental más ingeniosa: consistió
en prender fuego a un coche de niño con una tierna criatura dentro y después
empujarlo cuesta abajo hacia una calle congestionada de tráfico.
Sí, un lugar alegre para empezar una nueva vida. Allí
estaba también Ghompal, un ex repartidor a quien Kronski había salvado de la
Compañía de Telégrafos Cosmodemónica, cuando esa institución empezó a eliminar
a sus empleados no caucásicos. Ghompal, que era de raza drávida y oscuro como
el pecado, había sido uno de los primeros que habían despedido. Era una persona
delicada, extraordinariamente modesta, humilde, leal y sacrificada... de modo
casi penoso. El Dr. Onirifick le hizo un sitio gustoso en su vasta casa... como
a un deshollinador ensalzado. Dónde comiera o durmiese Ghompal era un misterio.
Se movía por la casa sin hacer ruido mientras realizaba sus tareas, y se
retiraba cuando lo consideraba necesario, con la celeridad de un fantasma.
Kronski se enorgullecía de haber rescatado en la persona de aquel paria a un
erudito de primera. «Está escribiendo una historia del mundo», nos decía
solemnemente. Omitía mencionar que, además de sus tareas de secretario,
enfermero, camarero, lavaplatos y chico de los recados, Ghompal alimentaba el
horno, sacaba las cenizas, quitaba la nieve con una pala, empapelaba las
paredes y pintaba las habitaciones de los huéspedes.
Nadie intentaba hacer frente al problema de las
cucarachas. Había millones de ellas escondidas tras las molduras, el
enmaderado, el empapelado de la pared. Bastaba con encender la luz para que
salieran en doble, triple fila, columna tras columna, de las paredes, del
techo, del suelo, de las grietas, de las hendiduras: verdaderos ejércitos
desfilando, desplegándose, maniobrando, como si obedecieran las órdenes de una
supercucaracha sargento. Al principio era repugnante, después nauseabundo, y,
al final, como con los demás fenómenos extraños e inquietantes que distinguían
la casa del Dr. Onirifick, todos y cada uno aceptábamos su presencia entre
nosotros como algo inevitable.
El piano estaba completamente desafinado. La esposa de
Kronski, una persona tímida como un ratón, cuya boca parecía torcida en una
perpetua sonrisa de disculpa, solía sentarse a practicar las escalas en ese
instrumento, sin oír, al parecer, las horribles disonancias que producían sus
ágiles dedos. Oírla tocar «La Barcarola», por ejemplo, era un suplicio. Parecía
no oír las desabridas notas, los acordes disonantes; tocaba con expresión de
absoluta serenidad, con el alma embelesada, con los sentidos adormecidos y
hechizados. Era una compostura maliciosa que no engañaba a nadie, ni siquiera a
ella misma, pues en el momento en que sus dedos cesaban de pasearse por las
teclas, volvía a ser lo que era en realidad: una tía despreciable, mezquina,
maliciosa y malévola.
Era curioso ver cómo afirmaba Kronski haber encontrado una
joya en aquella segunda esposa. Habría sido patético, por no decir trágico, si
no hubiera sido él una figura tan ridícula. Hacía cabriolas alrededor de ella
como una marsopa intentando parecerse a un duende. Las pullas de ella sólo
servían para galvanizar la pesada y torpe figura en que se ocultaba un alma
sensible. Se retorcía y contorsionaba como un delfín herido, con la saliva
cayéndole de la boca y el sudor brotándole de la frente e inundándole los ojos
ya demasiado líquidos. Era una horrible charada lo que nos ofrecía en esas
ocasiones; aunque te inspiraba lástima, tenías que reírte, reírte hasta que se
te saltaban las lágrimas.
Si Curley estaba presente, se volvía contra él ferozmente,
en medio de sus payasadas, y daba rienda suelta a su mal humor. Sentía una
aversión hacia Curley que era inexplicable. Ya fuera envidia o celos lo que
provocase aquellas iras incontrolables, fuera lo que fuese, en esos momentos
Kronski actuaba como un hombre poseído. Como un enorme gato, daba vueltas en
tomo al pobre Curley, burlándose de él, provocándolo, pinchándolo con
reproches, calumnias, insultos, hasta llegar a echar espuma por la boca efectivamente.
«¿Por qué no haces o dices algo?», decía despectivamente.
«¡Saca los puños! ¿Por qué no me das un golpe? Mucho hablar, pero luego nada,
¿eh? Eres un gusano, un mierda, un pobre diablo.»
Curley lo miraba de reojo con una sonrisa desdeñosa, sin
decir palabra, pero sereno y listo para golpear, en caso de que Kronski
perdiera el control completamente.
Nadie entendía por qué se producían esas escenas
desagradables. Sobre todo Ghompal. Evidentemente, nunca había presenciado
situaciones semejantes en su tierra natal. Lo dejaban dolido, herido,
escandalizado.
Kronski lo sentía agudamente y se despreciaba a sí mismo
más todavía de lo que despreciaba a Curley. Cuanto más bajo caía en la estima
de Ghompal, mayores eran sus esfuerzos para congraciarse con el hindú.
«Ese sí que es una persona excelente», decía. «Haría
cualquier cosa por Ghompal: cualquier cosa.»
Podría haber hecho muchas cosas para aliviar las cargas de
éste, pero Kronski daba la impresión de que, cuando llegara el momento, haría
algo magnífico. Hasta entonces, nada que no fuera eso lo satisfaría. Detestaba
ver a alguien echando una mano a Ghompal. «¿Qué? Intentando salvar la
conciencia, ¿eh?», refunfuñaba. «¿Por qué no lo rodeas con los brazos y lo
besas? Tienes miedo a contagiarte, ¿no es eso?»
En cierta ocasión, nada más que para molestarlo, hice eso
exactamente. Me acerqué a Ghompal y, rodeándolo con los brazos, lo besé en la
frente. Kronski nos miró avergonzado. Todo el mundo sabía que Ghompal tenía
sífilis.
Naturalmente, no hay que olvidar al propio Dr. Onirifick,
más que ser humano presencia que se dejaba sentir por toda la casa. ¿Qué
sucedía en ese despacho suyo del segundo piso? Ninguno de nosotros lo sabía de
verdad. Kronski, a su modo complicado, melodramático, daba descripciones crudas
e imaginativas de abortos y seducciones, rompecabezas sangrientos que sólo un
monstruo podría armar. En las pocas ocasiones en que nos vimos, el Dr.
Onirifick me causó la impresión de no ser sino una persona apacible y de buen
corazón, con cultura superficial y profundo interés por la música. Sólo por
unos minutos lo vi perder la calma, y con toda razón. Yo había estado leyendo
un libro de Hilaire Belloc que trataba de la persecución de los judíos a lo
largo de los siglos. La simple mención de ese libro fue como agitar una bandera
roja delante de él e inmediatamente lamenté mi metedura de pata.
Diabólicamente, Kronski intentó agrandar la brecha. «¿Por qué albergamos esta
culebra en la hierba?», parecía decir, arqueando las cejas y crispándose y
retorciéndose a su modo habitual. Sin embargo, el Dr. Onirifick lo pasó por
alto tratándome como si fuera simplemente otro idiota crédulo que se había
dejado prendar por la astuta casuística de una mente católica enferma.
«Estaba nervioso esta noche», explicó espontáneamente
Kronski, después de que el doctor se hubiera retirado. «Mira, anda tras esa
sobrina suya de doce años y su esposa lo sabe. Lo amenaza con entregarlo al
fiscal del distrito, si no deja de perseguir a la chica. Es celosa como el
diablo y no se lo reprocho. Además, no puede soportar la idea de los abortos
que él realiza todos los días, delante de sus narices, contaminando su casa,
por decirlo así. Jura que su marido no es normal. Ella tampoco es normal, si te
fijas. Si me preguntas, te diré que tiene miedo de que la degüelle una noche.
No deja de mirarle las manos, como si siempre viniera de cometer un asesinato.»
Calló por un momento para dejar que esas palabras causasen
la sensación debida. «Hay otra cosa que la preocupa», prosiguió. «La hija está
creciendo... pronto será una mujer. Pues, bien, con un marido así puedes
entender lo que la inquieta. No es sólo la idea del incesto —ya de por sí
horrible—, sino también la de que... de que una noche se presente ante ella con
las manos manchadas de sangre... las manos que hayan asesinado la vida en la
matriz de su propia hija... Complicado, ¿eh? Pero no imposible. ¡No, tratándose
de ese tipo! Un tipo tan bueno. Un tipo sensible, delicado, verdaderamente.
Tiene razón. Y lo peor es que es casi como Cristo. No le puedes hablar de
manías sexuales, porque no admitiría ni una palabra de las que digas. Finge ser
absolutamente inocente. Pero está pringado hasta el cuello. Un día vendrá la
policía y se lo llevará: va a haber un escándalo de mil demonios, ya verás...»
Lo que yo sabía era que el Dr. Onirifick había hecho
posible que Kronski continuara sus estudios de medicina. Y también sabía que
Kronski tenía que encontrar algún modo extraordinario de devolver el favor al
Dr. Onirifick. Nada le vendría tan bien como ver hundirse completamente a su
amigo. Entonces Kronski acudiría en su socorro magníficamente. Haría algo
totalmente inesperado, algo que ningún hombre hubiese hecho por otro. Así era
como funcionaba su mente. Mientras tanto, difundiendo rumores, calumniando y
difamando a su amigo, socavándolo, no hacía sino acelerar una caída que era
inevitable. Sentía deseos vehementes de ponerse a hacer algo por su amigo, de
rehabilitarlo, de corresponder superabundantemente al favor que le había hecho
al permitirle seguir la carrera. Habría hecho derrumbarse la casa en torno a su
amigo para rescatarlo de las ruinas. Curiosa actitud. Una especie de Galahad
depravado. Un intrigante. Un superintrigante. Siempre haciendo malditos
esfuerzos para conseguir que las cosas fueran de mal en peor, para que, cuando
todo pareciera estar perdido, él, Kronski, pudiese intervenir y transformar la
situación mágicamente. Aun así, no era gratitud lo que deseaba, sino
reconocimiento, reconocimiento de poderes superiores, reconocimiento de su valor
excepcional.
Siendo todavía un médico interno, solía yo visitarlo en
ocasiones en el hospital en que estaba haciendo las prácticas. Solíamos jugar
al billar con los otros internos. Sólo visitaba yo el hospital cuando estaba
desesperado, cuando deseaba una comida o que me prestara unos dólares.
Detestaba la atmósfera de aquel lugar; aborrecía a sus compañeros, sus modales,
su conversación, hasta sus propios fines. El gran arte de curar no significaba
nada para ellos; lo único que buscaban era un puesto cómodo, y nada más. La
mayoría de ellos sentían tan poca inclinación por la medicina como un político
por el arte de gobernar. Ni siquiera tenían ese fundamental requisito previo
del curador: el amor a la humanidad. Eran insensibles, crueles, totalmente
egocéntricos, sin el menor interés por nada que no fuera su promoción. Eran más
groseros que los carniceros del matadero.
Kronski se sentía en su elemento en aquel ambiente. Sabía
más que los otros, podía darles sopas con ondas en conocimientos y en
inteligencia, podía hacerles callar. Jugaba mejor al billar, a los dados, al
ajedrez, a todo. Lo sabía todo y le gustaba vomitarlo, pasearse para arriba y
para abajo por su propio vómito.
Naturalmente, lo detestaban cordialmente. Como era
sociable, a pesar de sus rasgos odiosos, conseguía mantenerse rodeado de tipos
como él. Si se hubiera visto obligado a vivir solo, se habría muerto. Sabía que
su presencia no era grata: nadie lo buscaba nunca, salvo para pedirle un favor.
Estando solo, la comprensión de su situación debía de haberle causado momentos
amargos. Era difícil saber cómo se valoraba a sí mismo, porque delante de los
otros, era todo entusiasmo, alegría, bravatas, jactancias, grandeza y
grandilocuencia. Parecía como si estuviera ejecutando un papel teatral ante un
espejo invisible. ¡Cómo se amaba a sí mismo! Sí, ¡y qué aversión había tras esa
fachada, ese amour propre! «¡Huelo mal!»: eso es lo que debía de decirse todas
las noches, estando solo en su habitación. «Pero todavía voy a hacer algo
magnífico... ¡ya veréis!»
A intervalos tenía depresiones. Entonces era un objeto
lastimoso: algo completamente inhumano, algo no del reino animal, sino del
vegetal. Se desplomaba en cualquier sitio a dejarse pudrir. En ese estado, le
salían tumores, como a una gigantesca patata mohosa abandonada en la oscuridad.
Nada podía sacarlo de su letargo. Donde se lo colocaba se quedaba, inerte,
vacilando sin cesar, como si el mundo estuviera llegando a su fin.
Por lo que se podía ver, no tenía problemas personales.
Era un monstruo que había surgido del reino vegetal sin pasar por la etapa
animal. Su cuerpo, casi inanimado, estaba dotado de una mente que lo gobernaba
como un tirano. Su vida emocional era unas gachas de maíz que servía con
cucharón como un cosaco borracho. Había algo antropofágico en su ternura; no
pedía los impulsos ni los movimientos del corazón, sino el propio corazón y,
con él, de ser posible, la molleja, el hígado, el páncreas y otras porciones
tiernas y comestibles del organismo humano. En sus momentos de exaltación
parecía no sólo deseoso de devorar el objeto de su ternura, sino también de
invitar al otro a que lo devorara a él. La boca se le retorcía en un auténtico
éxtasis mandibular; se excitaba hasta él punto en que su propia alma salía en
forma de sustancia esponjosa y ectoplásmica. Era una condición afectiva
horrible, porque no conocía límites. Era un hartazgo o aguachirle
despersonalizado, una resaca resultante de algún estado de éxtasis arcaico: el
recuerdo residual de cangrejos y víboras, de sus prolongadas copulaciones en el
cieno protoplasmático de eras perdidas en la noche de los tiempos.
Y ahora, en Cockroach Hall (“Palacio de las
Cucarachas"), como lo llamábamos, se estaba preparando una deliciosa
tortilla sexual que íbamos a saborear todos, cada cual a su modo particular.
Había algo intestinal en la atmósfera del establecimiento, pues era un
establecimiento más que una vivienda. Era la clínica del amor, por decirlo así,
en que los embriones brotaban como maleza y, como maleza, se los arrancaba de
raíz o se los segaba con la guadaña.
Cómo pudo dejarse atrapar nunca en aquel cubil del sexo
empapado en sangre el jefe de personal de la Compañía de Telégrafos
Cosmodemónica es algo que supera la capacidad de comprensión. En el momento en
que salté del tren en la estación elevada y empecé a bajar las escaleras en
dirección al centro del Bronx me convertí en una persona diferente. Había que
caminar unas manzanas para llegar al establecimiento del Dr. Onirifick, justo
lo suficiente para desorientarme, para darme tiempo a meterme en el papel del
genio sensible, del poeta romántico, del místico feliz que había encontrado a
su verdadero amor y estaba dispuesto a morir por ella.
Había una discordancia espantosa entre ese nuevo estado
interior y la atmósfera física del barrio en que tenía que sumergirme todas las
noches. Por todas partes se elevaban las paredes tétricas y monótonas; tras
ellas vivían familias todas cuyas vidas giraban en torno a un empleo. Esclavos
industriosos, pacientes, ambiciosos, cuyo fin era la emancipación. Mientras
tanto, lo soportaban todo; sin pensar en las incomodidades, inmunes a la
fealdad. Pequeños seres heroicos cuya propia obsesión por liberarse de la
esclavitud del trabajo sólo servía para aumentar el infortunio y la miseria de
sus vidas.
¿Qué prueba tenía yo de que la miseria pudiera presentar
otra apariencia? Sólo el recuerdo opaco y borroso de mi infancia en el distrito
XIV, en Brooklyn. El recuerdo de un niño que se había visto protegido, al que
le habían dado toda clase de oportunidades, que no había conocido sino alegría
y libertad... hasta la edad de diez años.
¿Por qué había metido la pata al hablar con el Dr.
Onirifick? No había tenido intención de hablar de los judíos aquella noche: mi
intención era hablar de La senda de Roma. Ese era el libro de Belloc que me
había entusiasmado. Hombre sensible, erudito, hombre para quien la historia de
Europa era un recuerdo vivo, había decidido caminar hasta Roma sólo con un
macuto y un bastón resistente. Y lo hizo. En camino, ocurrieron todas las cosas
que sólo ocurren en camino. Fue mi primera comprensión de la diferencia entre
proceso y fin, mi primera conciencia de la verdad de que el fin de la vida es
vivirla. ¡Cómo envidiaba a Hilaire Belloc su aventura! Aún hoy día puedo ver en
las esquinas de sus páginas los pequeños bocetos a lápiz que hizo de murallas y
chapiteles, de torretas y bastiones. Basta con que piense en el título de su
libro para verme sentado en los campos de nuevo, o parado en un pintoresco
puente medieval, o dormitando junto a un tranquilo canal en el corazón de
Francia. Nunca soñé que fuera posible para mí ver esa tierra, caminar por sus
campos, pararme en esos mismos puentes, seguir esos mismos canales. ¡Eso nunca
podría ocurrirme a mí! Estaba condenado.
Cuando pienso ahora en el ardid por el que me liberé,
cuando pienso que me vi libre de esa prisión porque aquella a la que amaba
quería librarse de mí, ¡qué sonrisa triste, desconcertada, perpleja, se dibuja
en mi rostro! ¡Qué confuso e intrincado es todo! Sentimos agradecimiento hacia
quienes nos apuñalan por la espalda; escapamos de quienes nos ayudan; nos
felicitamos por nuestra buena suerte, sin pensar nunca que nuestra buena suerte
puede ser un atolladero del que no podremos salir. Corremos hacia adelante con
la cabeza vuelta; nos precipitamos a ciegas en la trampa. Nunca escapamos,
excepto para meternos en un callejón sin salida.
Voy caminando por el Bronx, cinco o seis manzanas, justo
el tiempo y el espacio suficientes para retorcerme como un sacacorchos. Mona
estará allí esperándome. Me abrazará cariñosamente, como si nunca nos
hubiéramos abrazado. Pasaremos sólo dos horas juntos y después se marchará...
para ir al baile donde sigue trabajando de taxi-girl. Cuando regrese a las tres
o las cuatro de la mañana, estaré profundamente dormido. Se enfurruñará e
irritará, si no me despierto, si no la rodeo con los brazos apasionadamente y
le digo que la amo. Tiene tanto que decirme cada noche y no hay tiempo para
contarlo. Por las mañanas, cuando me marcho, ella está profundamente dormida.
Vamos y venimos como trenes. Ese es el comienzo de nuestra vida en común.
La amo, en cuerpo y alma. Es todo para mí. Y, sin embargo,
no se parece en nada a las mujeres con que soñé, a esos seres ideales a los que
adoraba de muchacho. No corresponde a nada de lo que había concebido en lo más
profundo de mi ser. Es una imagen totalmente nueva, algo extraño, algo que el
Destino trajo como un remolino por mi senda desde una esfera desconocida. Al
mirarla, al llegar a amarla pedazo a pedazo, descubro que su totalidad se me
escapa. Mi amor aumenta como una suma, pero aquella a la que busco con amor
desesperado y ávido, se me escapa como un elixir. Es completamente mía, casi
como una esclava, pero no la poseo. Soy yo quien estoy poseído. Estoy poseído
por un amor como no se me había ofrecido nunca: un amor absorbente, un amor
total —un amor de mis propias uñas de los pies y de suciedad debajo de ellas—
y, sin embargo, mis manos siguen agitándose eternamente, intentando asir y
empuñar, pero sin coger nada.
Al volver a casa una noche, observé por el rabillo del ojo
uno de esos seres suaves y sensuales del ghetto que parecen surgir de las
páginas del Antiguo Testamento. Era una de esas judías que deben de llamarse
Ruth o Esther. O quizá Miriam.
¡Sí, Miriam! Ese era el nombre que estaba buscando. ¿Por
qué era tan maravilloso ese nombre para mí? ¿Cómo podía una simple denominación
evocar emociones tan fuertes? Me hacía esa pregunta una y otra vez.
Miriam es el nombre de nombres. Si yo pudiera moldear a
una mujer hasta el ideal perfecto, si pudiese atribuir a ese ideal todas las
cualidades que busco en una mujer, se llamaría Miriam.
Había olvidado completamente a la criatura encantadora que
inspiró estas reflexiones. Yo iba tras algo, y, cuando apretaba el paso, cuando
el corazón me latía más locamente, recordé de repente la cara, la voz, la
figura, los gestos de la Miriam que conocí siendo un niño de trece años. Miriam
Painter se llamaba. Sólo tenía quince o dieciséis años, pero estaba
completamente desarrollada, radiante de vida, era fragante como una flor...
e... intocable. No era judía, ni traía el recuerdo siquiera remotamente de esas
criaturas legendarias del Antiguo Testamento. (O quizá no hubiera leído yo el
Antiguo Testamento entonces.) Era la joven de largo cabello castaño, de ojos
francos y abiertos y boca bastante generosa que me saludaba cordialmente
siempre que nos encontrábamos por la calle. Siempre tranquila, siempre dándose,
siempre radiante de salud y bondad; además, inteligente, simpática, llena de
comprensión. Con ella no era necesario hacer insinuaciones desmañadas: siempre
venía hacia mí rebosante de esa secreta alegría interior, siempre prodigándose.
Me devoraba y me llevaba; me abrazaba como una madre, me calentaba como una
amante, me despedía como un hada. Nunca tuve un pensamiento impuro hacia ella:
nunca la deseé, nunca anhelé una caricia. La amaba tan profunda, tan
completamente, que cada vez que la veía era como volver a nacer. Lo único que
pedía era que siguiese viva, que permaneciera en esta tierra, en algún sitio,
en cualquier lugar, en este mundo, y nunca muriera. No esperaba nada. No
deseaba nada de ella. Su mera existencia era más que suficiente. Sí, solía
correr a casa, esconderme, y agradecer a Dios en voz alta que hubiera enviado a
Miriam a esta tierra nuestra. ¡Qué milagro! ¡Y qué bendición amar así!
No sé por cuánto tiempo siguió aquello. No tengo la menor
idea de si ella conocía mi adoración o no. ¿Qué importaba? Estaba enamorado,
del amor. ¡Amar! ¡Entregarse absolutamente, postrarse ante la imagen divina,
morir mil muertes imaginarias, aniquilar hasta el menor rastro del yo,
encontrar el universo entero encarnado y encerrado en la imagen viva de otra!
Adolescente, decimos. ¡Qué estupidez! Es el germen de la vida futura, la
semilla que ocultamos, que enterramos en lo más profundo de nuestro ser, que asfixiamos
y ahogamos y hacemos todo lo posible para destruir, a medida que pasamos de una
experiencia a otra y nos aturdimos y forcejeamos torpemente y nos perdemos.
Para cuando conozco al segundo ideal —Una Gifford—, ya
estoy enfermo. Sólo quince años de edad y el cáncer me está royendo las
entrañas. ¿Cómo explicarlo? Miriam se había ido de mi vida, no dramáticamente,
sino silenciosa y sencillamente. Desapareció pura y simplemente, no volví a
verla. Ni siquiera comprendí lo que significaba. No lo pensé. La gente iba y
venía; los objetos aparecían y desaparecían. Yo estaba en la corriente, como
los demás, y era completamente natural, aun cuando fuese inexplicable. Estaba
empezando a leer, mucho. Estaba volviéndome hacia adentro, cerrándome en mí
mismo, igual que se cierran las flores por la noche.
Una Gifford no me trae otra cosa que dolor y angustia. La
deseo, la necesito, no puedo vivir sin ella. No dice ni sí ni no, por la
sencilla razón de que no tengo valor para preguntárselo. Pronto cumpliré los
dieciséis años y todavía estamos los dos en la escuela: hasta el año que viene
no vamos a acabar. ¿Cómo puede una chica de tu edad, a la que te limitas a
saludar con la cabeza o a mirar, ser la mujer sin la cual la vida es imposible?
¿Cómo puedes soñar con el matrimonio antes de haber cruzado el umbral de la
vida? Pero, si me hubiera fugado entonces con Una Gifford, a la edad de quince
años, me hubiese casado con ella y hubiéramos tenido diez hijos, habría hecho
bien, muy bien. ¿Qué importaba que me convirtiera en algo totalmente diferente,
que me hundiese hasta el último peldaño? ¿Qué importaba que significara vejez
prematura? Tenía una necesidad de ella que nunca quedó satisfecha, y esa
necesidad era como una herida que creció hasta convertirse en un agujero sin
fondo. A medida que pasaba la vida, a medida que se intensificaba aquella
necesidad desesperada, arrojé todo en el agujero y lo destruí.
Cuando conocí a Mona, no sabía lo mucho que me necesitaba.
Tampoco comprendí la gran transformación a que había sometido su vida, sus
costumbres, su educación, sus antecedentes, para ofrecerme aquella imagen ideal
de sí misma que con demasiada precipitación sospecho había yo creado. Había
cambiado todo: su nombre, su lugar de nacimiento, su madre, su educación, sus
amistades, sus gustos, hasta sus deseos. Era característico de ella querer
también cambiarme el nombre, cosa que hizo. Ahora yo era Val, diminutivo de
Valentine, nombre del que siempre me había avergonzado —parecía nombre de
mariquita—, pero ahora que salía de sus labios parecía el nombre apropiado para
mí. Nadie más me llamaba Val, a pesar de que oían a Mona repetirlo
incesantemente. Para mis amigos yo era lo que siempre había sido; no se dejaban
hipnotizar por un mero cambio de nombre.
Hablando de transformaciones... recuerdo vivamente la
primera noche que pasamos en la casa del Dr. Onirifick. Nos habíamos dado una
ducha juntos, estremeciéndonos a la vista de las miríadas de cucarachas que
infestaban el cuarto de baño. Nos metimos en la cama bajo el edredón. Habíamos
echado un polvo fabuloso en aquella extraña habitación pública llena de objetos
raros. Nos sentíamos muy unidos aquella noche. Yo me había separado de mi mujer
y ella se había separado de sus padres. Casi no sabíamos por qué habíamos
aceptado vivir en aquella casa extravagante; estando en nuestros cabales, no se
nos habría pasado por la imaginación escoger semejante decorado. Pero no
estábamos en nuestros cabales. Estábamos ansiosos por empezar una nueva vida, y
nos sentíamos culpables, los dos, de los crímenes que habíamos cometido para
lanzamos a la gran aventura. Mona se sentía más culpable que yo, al principio.
Sentía que había sido la responsable de la ruptura. De la niña que yo había
dejado atrás, no de mi mujer, era de quien sentía lástima. La obsesionaba.
Indudablemente, a eso se sumaba el miedo de que un día me despertara y
comprendiese que había cometido un error. Se esforzaba por volverse
indispensable, por amarme con tal devoción, con tal sacrificio de sí misma, que
el pasado quedara aniquilado. No lo hacía deliberadamente. Ni siquiera era
consciente de lo que hacía. Pero se aferraba a mí desesperadamente, tan
desesperadamente, que, cuando lo pienso ahora, so me saltan las lágrimas.
Porque no era necesario: yo la necesitaba todavía más que ella a mi.
Y así, cuando estábamos quedándonos dormidos aquella
noche, cuando se volvió y me dio la espalda, el cobertor se deslizó y, por la
posición que había adoptado, semejante a la de un animal, advertí el tremendo
volumen de su espalda. Le pasé las dos manos por la carne, le acaricié la
espalda como si acariciase los costados de una leona. Era curioso que nunca me
hubiera fijado en su soberbia espalda. Nos habíamos acostado juntos muchas
veces y nos habíamos quedado dormidos en toda clase de posturas, pero no había
notado nada. Entonces, en aquella enorme cama que parecía flotar en la tenue
luz de la gran habitación, su espalda se me quedó grabada en la memoria. No
tenía ideas precisas sobre ella: simples sensaciones vagas de su fuerza y
vitalidad. ¡Alguien que podía sostener el mundo en su espalda! No lo formulé
con esta precisión, pero la idea estaba allí, en alguna región vaga y oscura de
mi conciencia. En la punta de mis dedos, con más probabilidad.
Bajo la ducha le había hecho rabiar a propósito de su
vientre, que estaba volviéndose bastante opulento, y comprendí al instante que
era extraordinariamente susceptible en relación con su figura. Pero yo no
criticaba la opulencia de su carne: estaba encantado de descubrirla. Y me
parecía que contenía una promesa. Y después, ante mis propios ojos, aquel
cuerpo que había estado dotado tan generosamente empezó a encogerse. La tortura
interna estaba empezando a cobrarse su tributo. Al mismo tiempo, el fuego que
llevaba dentro empezó a arder con mayor viveza. La pasión que la destruía
consumía su carne. Su fuerte cuello, semejante a una columna, la parte de su
cuerpo que más admiraba yo, se volvió cada vez más delgado, hasta que la cabeza
pareció una peonía gigante oscilando en su frágil tallo.
«¿No estarás enferma?», le preguntaba, alarmado por
aquella repentina transformación.
«¡Claro que no!», respondía ella. «Estoy perdiendo peso.»
«Pero estás exagerando, Mona.»
«Era así de niña», respondía. «Soy de naturaleza delgada.»
«Pero no quiero que adelgaces. No quiero que cambies.
Mírate el cuello: ¿quieres tener un cuello flaco?»
«No tengo el cuello flaco», decía, levantándose de un
salto para mirarse en el espejo.
«No he dicho que lo tengas. Mona... pero puedes llegar a
tenerlo, si sigues sin cuidarte.»
«Por favor, Val, no hables de esto. Tú no entiendes...»
«Mona, no digas eso. No te estoy criticando. Sólo quiero
protegerte.»
«No te gusto así... ¿es eso?»
«Mona, me gustas de cualquier modo. Te amo. Te adoro. Pero
sé razonable, por favor. Temo que desaparezcas, que te evapores. No quiero que
caigas enferma...»
«No seas tonto, Val. Nunca me he sentido mejor en mi
vida.»
«Por cierto», añadió, «¿vas a ir a ver a la pequeña este
sábado?» Nunca citaba a mi mujer ni a la niña por su nombre. Igualmente,
prefería pensar que iba a visitar sólo a la niña en aquellas expediciones
semanales a Brooklyn.
Dije que iba a ir... ¿Por qué? ¿Había alguna razón para
que no lo hiciera?
«¡No, no!», dijo sacudiendo la cabeza de modo extraño y
volviéndose a buscar algo en el cajón de la cómoda.
Me coloqué detrás de ella, mientras se inclinaba, y le
apreté la cintura con los brazos.
«Mona, dime una cosa... ¿Te duele mucho, cuando voy allí?
Dímelo sinceramente. Porque, si es así, dejaré de ir. De todos modos, algún día
tiene que acabar.»
«Tú sabes que no quiero que dejes de ir. ¿Te he dicho
alguna vez algo en contra?»
«Nooo», dije, bajando la cabeza y mirando fijamente a la
alfombra. «Nooo, nunca dices nada. Pero a veces me gustaría que lo hicieras...»
«¿Por qué dices eso?», gritó vivamente. Parecía casi
indignada. «¿Es que no tienes derecho a ver a tu hija? Yo lo haría, si
estuviera en tu caso.» Guardó silencio un momento y después, incapaz de
controlarse, dijo abruptamente: «Si hubiera sido mi hija, yo nunca la habría
abandonado. No habría renunciado a ella, ¡por nada del mundo!»
«¡Mona! ¿Qué estás diciendo? ¿Qué significa esto?»
«Lo que has oído. No sé cómo puedes hacerlo. Yo no valgo
semejante sacrificio. Nadie lo vale.»
«Dejémoslo», dije. «Vamos a decir cosas que no pensamos.
Te digo que no me arrepiento de nada. No ha sido un sacrificio, entiéndelo. Te
quería a ti y te tengo. Soy feliz. Podría olvidar a todo el mundo, si fuera
necesario. Tú eres el mundo entero para mí, y lo sabes.»
La cogí y la atraje hacia mí. Una lágrima le rodó por la
mejilla.
«Mira, Val, no te pido que renuncies a nada, pero...»
«Pero ¿qué?»
«¿No podrías venir de vez en cuando a buscarme por la
noche, cuando salgo del trabajo?»
«¿A las dos de la mañana?»
«Ya lo sé... es una hora.espantosa... pero me siento
terriblemente sola, cuando salgo del baile. Sobre todo después de bailar con
todos esos seres estúpidos y horribles, que no significan nada para mí. Llego a
casa y estás dormido. ¿Qué me queda?»
«No digas eso, por favor. Sí, desde luego, iré a
buscarte... de vez en cuando.»
«¿No podrías echarte una siesta después de cenar y...?»
«¡Claro que podría! ¿Por qué no me lo has dicho antes? He
sido un egoísta por no pensar en eso.»
«No eres egoísta. Val.»
«Sí que lo soy... Oye, ¿y si te acompañara esta noche?
Volveré, me echaré una siesta e iré a buscarte, cuando salgas.»
«¿Estás seguro de que no será demasiado cansado?»
«No, Mona, será maravilloso.»
Sin embargo, de vuelta a casa, empecé a comprender lo que
iba a significar ese cambio de horario. Una hora de trayecto en el ferrocarril
elevado. En la cama, Mona charlaría antes de dormirse. Para entonces ya serían
casi las cinco y a las siete tendría que estar levantado otra vez para ir al
trabajo.
Me acostumbré a cambiarme de ropa todas las noches, en
preparación para la cita en el baile. No es que fuera todas las noches... no,
pero iba lo más a menudo que podía. Al ponerme ropa vieja —una camisa caqui, un
par de mocasines—, al lucir uno de los bastones que Mona había birlado a
Carruthers, mi yo romántico se reafirmaba. Yo llevaba dos vidas: una en la
Compañía de Telégrafos Cosmodemónica y otra con Mona. A veces, Florrie se nos
unía en el restaurante. Había encontrado a un nuevo amante, un doctor alemán
que, por todos los indicios, debía de tener una herramienta enorme. Era el
único hombre que podía satisfacerla, eso lo dejó bien claro. ¿Quién habría
sospechado que aquella criatura de aspecto frágil, con cara típica de
irlandesa, el tipo de Broadway por excelencia, tenía entre las piernas una raja
lo bastante grande como para esconder una almádena... o que le gustaban las
mujeres tanto como los hombres? Le gustaba cualquier cosa que tuviera que ver
con el sexo. Ahora tenía la raja arraigada en la mente. Seguía extendiéndose y
extendiéndose hasta que no había sitio, en la mente ni en la raja, para otra
cosa que para una picha sobrehumana.
Una noche, después de haber acompañado a Mona al trabajo,
me puse a pasear por las calles adyacentes. Pensé que quizás iría a un cine y
me reuniría con Mona después de la sesión. Al pasar por un portal, alguien me
llamó por mi nombre. Me volví y en el pasadizo, como escondiéndose de alguien,
se encontraban Florrie y Hannah Bell. Cruzamos la calle para tomar una copa.
Las chicas estaban nerviosas e intranquilas. Dijeron que tendrían que irse
dentro de unos minutos: habían aceptado la copa por no despreciar. Nunca había
estado a solas con ellas y estaban incómodas, como temerosas de revelar cosas
que yo no debía saber. Con toda inocencia cogí la mano de Florrie, que
descansaba en su regazo, y se la apreté, para tranquilizarla... de qué, no lo
sé. Para mi asombro, la apretó calurosamente y después, inclinándose hacia
adelante como para decir algo confidencial a Hannah, la soltó y me anduvo en la
bragueta. En ese momento entró un hombre al que saludaron efusivamente. Me
presentaron como un amigo. El hombre se llamaba Monahan. «Es un detective»,
dijo Florrie, al tiempo que me lanzaba un mirada enternecedora. Apenas acababa
de sentarse el hombre, cuando Florrie se levantó bruscamente y, cogiendo del
brazo a Hannah, la sacó afuera de un tirón. En la puerta nos dijo adiós con la
mano. Cruzaron la calle corriendo en dirección del portal en que estaban
escondidas.
«Extraña forma de comportarse», dijo Monahan. «¿Qué va a
tomar?», preguntó, al tiempo que llamaba al camarero. Pedí otro whisky y lo
miré inexpresivamente. No me gustaba la idea de quedarme con un detective. Sin
embargo, Monahan tenía un estado de ánimo diferente; parecía contento de haber
encontrado a alguien con quien hablar. Al observar el bastón y la indumentaria
desaliñada, sacó la conclusión al instante de que yo era un artista.
«Va usted vestido como un artista» —queriendo decir un
pintor—, «pero no lo es. Tiene manos demasiado delicadas». Me cogió las manos y
las examinó rápidamente. «Tampoco es usted músico», añadió. «Bien, sólo queda
una cosa: ¡es usted escritor!»
Asentí con la cabeza, medio divertido, medio irritado. Era
la clase de irlandés cuya franqueza me resulta antipática. Ya veía venir la
lluvia de preguntas desafiantes: ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Cómo así? ¿Qué quiere
usted decir? Como siempre, al principio me mostré suave e indulgente. Estuve de
acuerdo con él. Pero él no quería que estuviera de acuerdo: quería discutir.
Apenas había dicho una palabra y ya, en el lapso de unos
minutos, estaba insultándome y diciéndome al mismo tiempo cuánto le gustaba yo.
«Es usted la clase de tipo que deseaba conocer», dijo,
pidiendo más copas. «Sabe usted más que yo, pero no quiere hablar. No soy digno
de usted, soy un ignorante. ¡En eso es en lo que se equivoca! Puede que yo sepa
un montón de cosas que no sospecha. Tal vez pueda decirle algunas cosas. ¿Por
qué no me pregunta algo?»
¿Qué iba yo a decir? No deseaba saber nada... al menos, no
de él. Quería levantarme e irme... sin ofenderlo. No quería que aquella manaza
peluda me sentara de un tirón, ni que me echase las babas encima, ni que me
interrogara, ni discutir, ni que me insultase. Además, me sentía un poco
aturdido. Pensaba en Florrie y en lo extraño que había sido su
comportamiento... y todavía sentía su mano andándome en la bragueta.
«Parece usted distraído», dijo. «Creía que los escritores
eran rápidos como una centella, siempre listos para dar una respuesta aguda.
¿Qué ocurre? ¿No quiere compañía? ¿Es que no le gusta mi jeta? Mire —y me puso
su pesada mano sobre el brazo— entienda bien esto... soy su amigo, ¿comprende?
Quiero charlar con usted. Va usted a contarme cosas... todas las cosas que no
sé. Va usted a ponerme al corriente. Quizá no lo entienda todo de una vez, pero
voy a escuchar. No vamos a irnos de aquí hasta que no hayamos zanjado esto,
¿comprende lo que quiero decir?» Dicho esto, me dedicó una de esas extrañas
sonrisas irlandesas, mezcla de simpatía, sinceridad, perplejidad y violencia.
Significaba que iba a conseguir de mí lo que deseaba o me dejaría fuera de
combate. Por alguna razón inexplicable estaba convencido de que yo tenía algo
que él necesitaba urgentemente, alguna clave para el enigma de la vida, que,
aunque no consiguiera comprenderla del todo, le sería útil.
En ese momento yo ya estaba casi sobrecogido de terror.
Era precisamente el tipo de situación que soy incapaz de afrontar. Podría
haberlo asesinado a sangre fría.
Un gancho mental, eso era lo que quería de mí. Estaba
harto de zurrar a los demás: quería que alguien le diera para el pelo a él.
Decidí lanzarme directamente, bajarle los humos con una
embestida penetrante y después confiar en mi ingenio.
«Quiere que le hable francamente, ¿no es así?», dije
sonriéndole ingenuamente.
«Claro, claro», respondió. «¡Diga sin reparos! Estoy
preparado.»
«Pues, bien, para empezar», voy y le digo, sin abandonar
la sonrisa suave y tranquilizante, «es usted un canalla, y lo sabe. Teme algo,
qué sea es cosa que todavía no sé, pero ya llegaremos a eso. Conmigo finge ser
un ignorante, un don nadie; para sus adentros finge ser astuto, un pez gordo,
un tipo duro. No tiene miedo a nada, ¿verdad? Eso es una mentira podrida y
usted lo sabe. Tiene un canguelo que no se lame. Dice que está preparado. ¿Para
qué? ¿Para encajar un puñetazo en la mejilla? Naturalmente, con una jeta de
cemento como la que tiene. Pero ¿puede soportar la verdad?»
Me ofreció una sonrisa dura, reluciente. Su cara, cubierta
de un violento rubor, indicaba que estaba haciendo todo lo posible para
controlarse. Quería decir: «¡Sí, siga!», pero las palabras lo asfixiaban. Se
limitó a mover la cabeza y encendió la sonrisa eléctrica.
«Ha dado palizas de muerte a muchos pobres diablos,
¿verdad? Alguien sostenía al tipo y usted lo sacudía hasta que daba alaridos.
Le sacaba a la fuerza una confesión y después se quitaba el polvo y se trincaba
unos tragos. Era un canalla, ese tipo, y se lo merecía. Pero usted es un
canalla mayor, y eso es lo que le hace reconcomerse. Le gusta hacer daño a la
gente. Probablemente, cuando era niño, arrancaba las alas a las moscas. Alguien
lo hirió y no puede olvidarlo.» (Noté que daba un respingo al oír esto.) «Va a
la iglesia asiduamente y se confiesa, pero no dice la verdad. Dice verdades a
medias. Nunca cuenta al padre lo hijo de puta asqueroso y miserable que es en
realidad. Le cuenta sus pecadillos. Nunca le cuenta el placer que le da dar
palizas de muerte a tipos indefensos que nunca le han hecho daño. Y,
naturalmente, siempre deja una generosa limosna en el cepillo. Dinero para
sobornar. ¡Como si eso pudiera tranquilizar su conciencia! Todo el mundo habla
de lo cojonudo que es usted... salvo los pobres diablos a los que persigue y da
palizas de muerte. Se dice a sí mismo que es su trabajo, que tiene que ser así
o si no... Le resulta difícil imaginar qué otra cosa podría hacer, si llegara a
perder su empleo, ¿no es cierto? ¿Con qué cuenta en su activo? ¿Qué sabe? ¿Para
qué sirve? Desde luego, podría hacer de barrendero o de basurero, aunque dudo
de que tenga agallas para eso. Pero no sabe nada útil, ¿verdad? No lee, no
frecuenta a nadie salvo a los de su estilo. Lo único que le interesa es la
política. ¡Muy importante, la política! Nunca sabes cuándo puedes necesitar a
un amigo. Un día podría matar a un tipo que no debía, y entonces, ¿qué? Hombre,
pues, que entonces necesitaría a alguien que mintiera por usted, alguien que
acudiese en su socorro: algún gusano como usted mismo que no tenga ni asomo de
humanidad, ni pizca de conciencia. Y a cambio algún día le hará usted un favor:
quiero decir que, si se lo pidiera, usted despacharía a alguien.»
Guardé silencio por un segundo.
«Si de verdad desea saber lo que pienso, le diría que
usted ha asesinado ya a una docena de tipos inocentes..., que lleva un fajo en
el bolsillo que asfixiaría a un caballo..., que tiene algo en la conciencia...
y que ha venido aquí a ahogarlo..., que sé por qué se han levantado esas chicas
de repente y han cruzado la calle corriendo..., que, si supiéramos todo lo
relativo a usted, podría ser un candidato para la silla eléctrica...»
Me detuve, completamente sin aliento, y me acaricié la
mejilla maquinalmente, como sorprendido de encontrarla todavía intacta.
Monahan, incapaz de contenerse por más tiempo, soltó una alarmante carcajada.
«Está usted loco», dijo, «loco de atar, pero me cae bien.
Siga, hable un poco más. Diga lo peor que sepa: quiero oírlo.» Dicho eso, llamó
al camarero y pidió otra ronda. «En una cosa tiene usted razón», añadió. «Tengo
un fajo en el bolsillo. ¿Quiere verlo?» Sacó un fajo de sábanas, y me las pasó
por la nariz, como un tahúr. «Ahora siga, ¡déme mi merecido! .»
La vista del dinero me hizo cambiar de actitud. Mi única
idea era cómo sacarle parte de aquella pasta ganada ilícitamente.
«Ha sido una locura, decirle todos esos disparates»,
empecé a decir, adoptando un tono diferente. «Me sorprende que no me haya
sacado a rastras ni me haya partido la cara. Supongo que tengo los nervios de
punta...»
«No hace falta que me lo diga», dijo Monahan.
Adopté un tono más conciliador todavía. «Déjeme contarle
algo de mí», continué con voz tranquila y le describí a grandes rasgos mi
posición en la pista de patinaje cosmodemónica, mi relación con O’Rourke, el
detective de la compañía, mi ambición de ser escritor, mis visitas al pabellón
de psicópatas, etc. Justo lo suficiente para hacerle saber que no era un
soñador. La mención del nombre de O’Rourke lo impresionó. El hermano de
O’Rourke (como bien sabía yo) era el jefe de Monahan y éste lo reverenciaba.
«¿Y frecuenta usted el trato de O’Rourke?»
«Es un gran amigo mío», dije. «Un hombre que respeto. Es
casi un padre para mí. De él he aprendido algo sobre la naturaleza humana.
O’Rourke es un gran hombre que hace un trabajo insignificante. Su lugar es
otro, no sé cuál. No obstante, parece satisfecho de estar donde está, a pesar
de que se mata a trabajar. Lo que me irrita es que no aprecien su valor.»
Seguí en ese tono, elogiando las virtudes de O’Rourke,
indicando de forma no muy sutil la comparación entre los métodos de O’Rourke y
los del poli corriente.
Mis palabras estaban surtiendo el efecto deseado. Monahan
estaba desinflándose visiblemente, ablandándose como una esponja.
«Me ha juzgado usted mal», exclamó por fin. «Tengo un
corazón tan grande como el que más, sólo que no lo demuestro. No se puede ir
por ahí descubriéndose... no en este trabajo. No somos todos como O’Rourke, lo
reconozco, pero somos humanos, ¡qué hostia! Usted es un idealista, eso es lo
que le pasa. Quiere perfección...» Me lanzó una mirada extraña, mascullando
algo para sí. Después continuó con voz clara y tranquila: «Cuanto más lo oigo,
más me gusta usted. Tiene algo que yo tuve en tiempos. Entonces me avergonzaba
de ello... ya sabe, tenía miedo de ser mariquita o algo así. La vida no lo ha
estropeado:, eso es lo que me gusta de usted. Sabe cómo es y, sin embargo, no
se vuelve amargo ni mezquino. Hace un rato ha dicho cosas bastante
desagradables y, a decir verdad, le iba a dar un mamporro. ¿Por qué no lo he
hecho? Porque no estaba hablándome a mí: se dirigía a todos los tipos como yo
que en determinado momento se han descarriado. Parece que habla usted de cosas
personales, pero no es así. Está hablando al mundo todo el tiempo. Debería
haber sido predicador, ¿se da cuenta? Usted y O’Rourke forman un buen equipo En
serio. Nosotros tenemos un trabajo que hacer y no le sacamos el menor gusto;
ustedes trabajan por placer.
Y más aún... en fin, es igual. Mire, déme la mano...» Me
cogió la mano libre y la apretó como una prensa. «¿Ve?» —di un respingo, cuando
apretó—. «Podría estrujarle la mano y dejarla hecha pasta. No me haría falta
darle un puñetazo. Podría quedarme así, hablando con usted, mirándolo a los
ojos, y hacerle papilla la mano. Fíjese qué fuerza tengo.»
Aflojó la mano y yo retiré la mía rápidamente. La tenía
entumecida, paralizada.
«Mire, eso no tiene nada de extraordinario», prosiguió.
«Eso es fuerza bruta; usted tiene otra clase de fuerza, de la que yo carezco.
Podría hacerme picadillo con esa lengua que tiene. Usted tiene inteligencia.»
Apartó la mirada, como distraído. «¿Qué tal la mano?», dijo, como soñando. «No
le he hecho daño, ¿verdad?»
La toqué con la otra mano. Estaba fláccida e inutilizada.
«Creo que está bien.»
Me lanzó una mirada penetrante, y después exclamó riendo:
«Tengo hambre. Comamos algo.»
Primero bajamos a inspeccionar la cocina. Quería que viera
lo limpio que estaba todo: iba cogiendo cuchillos de trinchar y cuchillas, los
ponía contra la luz para que los examinase y me maravillara.
«En cierta ocasión tuve que rajar a un tipo con una de
éstas.» Blandió una cuchilla. «Lo corté en dos, de un tajo.»
Cogiéndome del brazo afectuosamente, me guió de nuevo
arriba. «Henry», dijo, «vamos a ser buenos amigos. Me vas a contar más cosas de
ti... y vas a dejarme que te ayude. Tienes esposa... muy bella, por cierto.» Di
un respingo involuntario. Me apretó con más fuerza el brazo y me condujo a la
mesa.
«Henry, vamos a hablar claro, para variar. Sé una o dos
cosas, aunque no lo parezca.» Pausa. «¡Saca a tu mujer de ese antro!»
Estaba yo a punto de decir: «¿Qué antro?», cuando
prosiguió: «Un tipo puede mezclarse en toda clase de cosas y salir limpio... a
veces. Pero una mujer es diferente. No te gusta verla trabajando allí con esas
cabezas de chorlito, ¿verdad? Averigua qué es lo que la retiene allí. No te
enfades ahora... no estoy tratando de herir tus sentimientos. No sé nada de tu
esposa..., es decir, no más de lo que he oído...»
«No es mi esposa», dije abruptamente.
«Bueno, sea lo que sea», dijo suavemente, como si se
tratara de un detalle sin importancia, «¡sácala de ese antro! Te lo digo como
un amigo. Sé de lo que hablo.»
Empecé a atar cabos, rápida, vacilantemente. Me vinieron a
la mente otra vez Florrie y Hannah, su salida repentina. ¿Iría a haber una
redada... o un registro? ¿Estaría intentando avisarme?
Debió de adivinar lo que estaba pensando, pues la
siguiente cosa que dijo fue: «Si se empeña en trabajar, déjame buscarle algo.
Podría hacer otra cosa, ¿no? Una chica atractiva como ella...»
«Dejémoslo», dije, «y gracias por el aviso.»
Por un rato comimos en silencio. Después, sin que viniera
a cuento, Monahan sacó el grueso fajo de sábanas y separó dos billetes de
cincuenta dólares. Los dejó junto a mi plato. «Cógelos», dijo, «y guárdatelos
en el bolsillo. ¿Por qué no le dejas probar en el teatro?» Bajó la cabeza para
meterse en la boca un tenedor de spaghettis. Cogí los billetes y me los metí
tranquilamente en el bolsillo del pantalón.
Tan pronto como pude librarme de él, me fui al encuentro
de Mona frente al baile. Tenía un estado de ánimo extraño.
La cabeza me daba vueltas un poco, mientras avanzaba
contento hacia Broadway. Estaba decidido a mostrarme contento, a pesar de que
algo me decía que tenía motivos para no estarlo. La comida y los directos de
despedida que Monahan había conseguido asestarme me habían serenado un poco. Me
sentía radiante y lozano, con humor para disfrutar de mis propios pensamientos.
Eufórico, como diría Kronski. Para mí eso significaba siempre estar contento
sin motivo. Simplemente estar contento, saber que estás contento y seguir
contento sin importarte lo que hagan o digan los demás. No era alegría
alcohólica; los whiskys podían haber precipitado el estado de ánimo, pero nada
más. No era un yo subterráneo que apareciese: era más que nada un yo superior,
si es que puedo decirlo así. A cada paso que daba, los vahos del licor se
evaporaban; la mente se me iba aclarando casi alarmantemente.
Al pasar por delante de un teatro, eché una ojeada a la
cartelera y me vino a la memoria una cara familiar. Sabia quién era, el nombre
y todo, y estaba asombrado, pero... en fin, a decir verdad, estaba mucho más
asombrado por lo que pasaba en mi interior y no tenía tiempo ni espacio para
asombrarme por lo que hubiera ocurrido a otra persona. Volvería a pensar en
ella más adelante, cuando hubiese desaparecido la euforia. Y justo cuando
estaba prometiéndome eso, mira por donde, tropecé con mi viejo amigo Bill
Woodruff.
Hola, hola, cómo estás, sí, bien, mucho tiempo sin verte,
qué haces, cómo está tu mujer, ya nos veremos, tengo prisa, por supuesto que
iré a verte, hasta luego, adiós... así fue, ra-ta-ta-ta. Dos cuerpos sólidos
que chocan en el espacio cuando no deben, rozan una superficie contra la otra,
intercambian recuerdos, conectan números equivocados, prometen y vuelven a
prometer, olvidan, vuelven a recordar... apresurados, maquinales, sin
sentido... ¿y para qué diablos sirve todo eso?
Después de diez años conservaba el mismo aspecto,
Woodruff. Sentí deseos de mirarme en el espejo... rápido. ¡Diez años! Y quería
todas las noticias en un instante. ¡Qué gilipollas! Un sentimental. Diez años.
Retrocedí a través de los años, por un largo y retorcido túnel que deformaba
los espejos a ambos lados. Llegué junto a ese punto del tiempo y del espacio en
que tenía a Woodruff fijado en la mente de la forma en que siempre lo vería,
hasta en el otro mundo. Estaba clavado allí, como si fuese un espécimen alado
bajo el microscopio. Allí era donde giraba impotente en torno a su eje. Y aquí
es donde entra en escena ella... aquella cuya imagen fulguró por mi mente al
pasar por delante del teatro. Era la que le tenía sorbido el seso, la chica sin
la cual no podía vivir, y todo el mundo tenía que ayudarle a cortejarla, hasta
su madre y su padre, hasta el estúpido de su cuñado prusiano, al que odiaba a
muerte.
Ida Verlaine. Nacida para corresponder a ese nombre. Era
exactamente como sonaba su nombre: bella, presumida, teatral, falsa, malcriada,
mimada, consentida. Bella como una muñeca de Dresde, sólo que tenía trenzas
negras y brillantes y una inclinación javanesa en el alma. ¡En caso de que
tuviera alma! Vivía enteramente en el cuerpo, en sus sentidos, en sus deseos...
y dirigía el espectáculo, el espectáculo del cuerpo, con su pequeña voluntad
tiránica, que el pobre Woodruff interpretaba como una fuerza de carácter
colosal.
Ida, Ida... Solía darnos la tabarra hablando de ella. Era
delicada de modo perverso, como un desnudo de Cranach. El cuerpo muy blanco, el
pelo muy negro, el alma inclinada hacia atrás, como una piedra separada de su
emplazamiento egipcio. Tenían escenas vergonzosas durante el noviazgo; con
frecuencia Woodruff se separaba de ella llorando. El día siguiente le enviaba
orquídeas o un hermoso collar o una caja de bombones gigantesca. Ida tragaba
todo, como una boa. Era cruel e insaciable.
Con el tiempo la convenció para que se casara con él.
Debió de sobornarla, pues era evidente que lo despreciaba. Montó un hermoso
nidito de amor que superaba sus medios. Le compraba los vestidos y demás cosas
que ella ansiaba; la llevaba al teatro varias noches a la semana; la hartaba a
dulces; se sentaba a su lado y le cogía la mano, cuando tenía dolores
menstruales; consultaba al especialista, si estaba acatarrada, y en general
hacía de marido tierno y cariñoso.
Cuanto más hacía por ella, menos lo quería Ida. Esta era
un monstruo de los pies a la cabeza. Poco a poco fue corriendo el rumor de que
era frígida. Naturalmente, ninguno de nosotros lo creyó salvo Woodruff. Iba a
tener la misma experiencia más adelante, con su segunda esposa, y, si hubiera
vivido lo bastante, la habría tenido con la tercera y con la cuarta esposas.
Con Ida su amartelamiento era tan grande, que, si ella hubiera perdido las
piernas, no creo que su amor se hubiese visto afectado lo más mínimo... en
realidad, la habría amado todavía más.
A pesar de sus defectos, Woodruff apreciaba la amistad.
Había por lo menos seis de nosotros a quienes consideraba íntimos y en quienes
confiaba implícitamente. Yo era uno de ellos: su amigo más antiguo, en
realidad. Tenía el privilegio de entrar y salir de su casa, cuando me apetecía;
podía comer, dormir, bañarme, afeitarme en ella. Era uno de la familia.
Desde el principio Ida me desagradó, no por su
comportamiento para con Woodruff, sino instintivamente. A su vez, Ida estaba
incómoda delante de mí. No sabía cómo tratarme. Yo nunca la criticaba ni
tampoco la lisonjeaba; me comportaba con ella como con la mujer de mi amigo, y
nada más. Naturalmente, a ella no le satisfacía esa actitud. Quería tenerme
hechizado, hacerme andar por la cuerda floja, como había hecho con Woodruff y
con los demás pretendientes. Cosa curiosa, nunca fui tan inmune a los encantos
de una mujer. Sencillamente, me importaba tres cojones como persona, aunque a
menudo me preguntaba qué tal polvo tendría, por decirlo así. Me lo preguntaba
con indiferencia, pero de algún modo ella lo entendía y la exasperaba.
A veces, después de haber pasado la noche en su casa, se
quejaba en voz alta de que no quería quedarse sola conmigo. Woodruff estaba
parado en la puerta, listo para irse a trabajar, y ella fingía estar
preocupada. Yo estaba tumbado en la cama esperando que me trajera el desayuno.
Y Woodruff decía: «No digas eso, Ida. No te va a hacer nada malo: pondría la
mano en el fuego por él.»
A veces yo me echaba a reír y gritaba: «No te preocupes,
Ida, no voy a violarte. Soy impotente.»
«¿Tú impotente?», gritaba con histeria disimulada. «Tú no
eres impotente. Eres un sátiro.»
«¡Llévale el desayuno!», decía Woodruff, y se iba a
trabajar.
Ella detestaba la idea de servirme en la cama. No lo hacía
por su marido y no veía por qué debía hacerlo por mí. Tomar el desayuno en la
cama era algo que yo no hacía nunca, excepto en casa de Woodruff. Lo hacía a
propósito para fastidiarla y humillarla.
«¿Por qué no te levantas y vienes a la mesa?», decía
«No puedo... tengo una erección.»
«Oh, deja de hablar de eso. ¿Es que no puedes pensar en
algo que no sea el sexo?»
Sus palabras daban a entender que el sexo era horrible,
desagradable, sencillamente odioso para ella, pero sus modales indicaban lo
contrario. Era una tía lasciva, frígida sólo porque tenía corazón de puta. Si
le subía la mano por la pierna, cuando me ponía la bandeja en las rodillas,
decía: «¿Estás satisfecho? Toca bien, ya que estás. Me gustaría que te viera
Bill, que viese qué amigo tan leal tiene.»
«¿Por qué no se lo dices?», voy y le digo un día.
«No me creería, el bobo. Pensaría que estaba intentando
ponerlo celoso.»
Yo le pedía que me preparara el baño. Fingía poner
reparos, pero lo hacía igualmente. Un día, sentado en la bañera enjabonándome,
noté que había olvidado las toallas. «Ida», la llamé, «¡tráeme unas toallas!»
Entró en el baño y me las entregó. Llevaba bata y medias de seda. Al inclinarse
sobre la bañera para poner las toallas en la percha, se le abrió la bata. Me
puse de rodillas y le enterré la cabeza en el chumino tan de prisa, que no tuvo
tiempo de rebelarse, ni de fingir rebelarse siquiera. Al cabo de un momento la
tenía en la bañera, con medias y todo. Le quité la bata y la tiré al suelo. Le
dejé las medias puestas: la hacían más lasciva, más tipo Cranach. Me recosté y
la coloqué encima de mí. Era sencillamente una perra en celo, mordiéndome por
todas partes, jadeando, resollando, meneándose como un gusano en el anzuelo.
Mientras nos secábamos, se inclinó y empezó a mordisquearme la picha. Me senté
en el borde de la bañera y ella se arrodilló a mis pies, mientras la devoraba.
Al cabo de un rato, la hice quedarse de pie, inclinada; después se la metí por
detrás. Tenía un coño pequeño y jugoso que me iba como un guante. Le mordí la
nuca, los lóbulos de las orejas, el punto sensible del hombro y, cuando me
retiré, dejé la marca de mis dientes en su hermoso culo blanco. No dijimos ni
palabra. Cuando hubimos acabado, se fue a su habitación y empezó a vestirse. La
oí tararear en voz baja y suave. Estaba completamente asombrado de que fuera
capaz de expresar su ternura de ese modo.
Desde aquel día en adelante esperaba impaciente a que
Woodruff se fuera para arrojarse sobre mí.
«¿No tienes miedo de que vuelva inesperadamente y te
encuentre en la cama conmigo?», le pregunté una vez.
«No creería lo que veían sus ojos. Pensaría que estábamos
haciendo el tonto.»
«No pensaría que estábamos haciendo el tonto, si sintiera
esto», y le envié un viaje que la dejó sin aliento.
«Señor, ¡si por lo menos supiera tomarme! Es demasiado
impaciente. La saca como un palo de escoba y la mete antes de que yo haya
tenido ocasión de sentir algo. Me limito a quedarme tumbada y a dejarle que me
vaya dando viajes: acaba en menos que canta un gallo. Pero contigo me pongo
cachonda antes incluso de que me toques. Supongo que es porque te da igual. En
realidad, no te gusto, ¿verdad?»
«Me gusta esto», dije, dándole un fuerte viaje. «Me gusta
tu coño, Ida... es lo mejor que hay en ti.»
«Sinvergüenza», dijo. «Debería odiarte por eso.»
«¿Por qué no me odias, entonces?»
«Oh, no hables de eso», murmuró arrimándose más a mí y
excitándose hasta producir espuma. «Manténla ahí y apriétame fuerte. A ver,
muérdeme el pecho... no muy fuerte... eso, así.» Me cogió las manos y me apretó
los dedos contra la raja. «¡Vamos, hazlo, hazlo!» musitó, con los ojos en
blanco y casi sin aliento.
Un poco después, al mediodía: «¿Tienes que irte ahora? ¿No
puedes quedarte un poco más?»
«Quieres otro meneo, ¿no es eso?»
«¿Es que no puedes decirlo con más delicadeza? Señor, ¡si
Bill te oyera decir eso!»
Me levanté y retiré un poco su silla. Le cogí la pierna y
la colgué por encima del brazo de la silla.
«Nunca llevas ropa interior, ¿verdad? ¿Sabes que eres una
zorra?»
Le levanté las faldas y la hice sentarse así, mientras me
acababa el café.
«Juega con él un poquito, mientras acabo esto.»
«Eres asqueroso», dijo, pero hizo lo que le dije.
«Abrelo con dos dedos. Me gusta su color. Es como el coral
por dentro. Como tus orejas. Dices que Bill tiene un aparato tremendo. No sé
cómo consigue meterlo ahí.» Acto seguido, cogí una vela del aparador que tenía
al lado y se la pasé.
«Vamos a ver si puedes metértela entera.»
Extendió la otra pierna sobre el otro brazo de la silla y
empezó a metérsela. Se miraba atentamente, con los labios separados, como al
borde de un orgasmo. Empezó a moverse hacia delante y hacia atrás, y después se
puso a girar el culo. Empujé su silla más atrás, me arrodillé y miré.
«Puedes obligarme a hacer cualquier cosa, so cerdo.»
«Te gusta, ¿no es así?»
Estaba a punto de correrse. Saqué la vela y le metí los
dedos por el chocho.
«¿Es bastante grande para ti?» Me acercó la cabeza y me
mordió los labios.
Me puse de pie y me desabroché la bragueta. En menos que
canta un gallo me la había sacado y se la había metido en la boca. Traga,
traga, como un buitre hambriento. Me corrí en su boca.
«Dios mío», dijo, ahogándose y echando babas, «nunca había
hecho esto». Corrió al cuarto de baño, como si hubiera tragado veneno.
Fui dentro y me eché en la cama. Encendí un cigarrillo y
esperé a que se reuniera conmigo. Sabía que la cosa iba a prolongarse un buen
rato.
Volvió con la bata de seda, sin nada debajo. «Quítate la
ropa», dijo, levantando las sábanas y metiéndose dentro. Nos quedamos tumbados
acariciándonos; tenía el coño empapado.
«Hueles maravillosamente», dije. «¿Qué te has puesto?»
Me cogió la mano y me la puso en la nariz.
«No está mal», dije. «¿Qué es?»
«¡Adivínalo!»
Se levantó impulsivamente, se fue al baño y volvió con un
frasquito de perfume. Se echó un poco en la mano y me frotó los genitales con
ella; después echó unas gotas en los pelos del pubis. Quemaba como el fuego.
Agarré la botella y se la pasé por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.
Después me puse a lamerle los sobacos, le mordí en el pelo de encima del coño y
le deslicé la lengua, como una serpiente, por la curva de los muslos. Se
meneaba para arriba y para abajo como si tuviera convulsiones. Seguí hasta que
tuve tal erección, que aun después de una descarga siguió empinada como un
martillo. Eso la excitó terriblemente. Quería probar toda clase de posiciones y
lo hizo. Tuvo varios orgasmos sucesivos y casi se desmayó. La tumbé en una
mesita y, cuando estaba a punto de explotar, la levanté y me paseé por la
habitación con ella dentro; después la saqué y la hice andar con las manos,
sujetándola por los muslos, metiéndosela y sacándola para excitarla todavía
más.
Tenía los labios hechos trizas de los mordiscos y estaba
llena de marcas, unas verdes, otras azules. Yo tenía un extraño sabor en la
boca, de cola de pescado y Chanel 976 1/2. Mi polla parecía una manguera de
goma machucada; me colgaba entre las piernas, cuatro o cinco centímetros más
larga de lo normal y tan hinchada, que era irreconocible. Cuando salí a la
calle sentía debilidad en las rodillas. Fui a una lechería y me tomé dos leches
malteadas. Un palete superior, pensé, al tiempo que me preguntaba cómo reaccionaría,
cuando volviera a ver a Woodruff.
A Woodruff le pasaron cosas en rápida sucesión. En primer
lugar, perdió su empleo en el banco. Después Ida se escapó con uno de sus
mejores amigos. Cuando descubrió que ella había estado acostándose con el tipo
todo un año antes de escaparse, quedó tan abatido, que anduvo de juerga un año.
Después de eso lo atropelló un coche y tuvieron que trepanarle el cerebro.
Luego su hermana se volvió loca, prendió fuego a la casa y quemó vivos a sus
propios hijos.
No podía entender por qué habían de sucederle esas cosas a
él, Bill Woodruff, que nunca había hecho daño a nadie.
De vez en cuando me lo encontraba en Broadway y
charlábamos un poco parados en una esquina. Nunca insinuó sospechar que yo
hubiera hecho de las mías con su amada Ida. Ahora hablaba de ella con rencor,
decía que era una zorra desagradecida que nunca había mostrado ni chispa de
sentimiento. Pero era evidente que todavía la amaba. No obstante, estaba
viviendo con otra chica, una manicura, no tan atractiva como Ida, pero leal y
digna de confianza, como él dijo. «Quiero que la conozcas un día», dijo. Le
prometí que así haría... algún día. Y después, cuando ya me marchaba, dije:
«¿Sabes qué ha sido de Ida?»
«Hace teatro», dijo. «Supongo que es su sitio. Deben de
haberla aceptado por el aspecto... nunca vi que tuviera el menor talento.»
Ida Verlaine. Seguía pensando en ella y en aquellos días
de libertad y despreocupación del pasado, mientras me situaba a la entrada del
baile. Tenía unos minutos por matar. Había olvidado el dinero que llevaba en el
bolsillo. Seguía clavado al pasado. Me preguntaba si debería entrar un día en
el teatro y echar un vistazo a Ida desde la tercera fila. O subir a su camerino
y tener un pequeño téte-á-téte con ella, mientras se maquillaba. Me preguntaba
si seguiría su cuerpo tan blanco como siempre. Entonces llevaba su negro pelo
muy largo y le caía sobre los hombros. La verdad es que tenía un polvo de aúpa.
Un puro polvo, eso era. Y Woodruff tan perplejo ante todo aquello, tan
inocente, tan reverente. Recuerdo haberle oído decir en cierta ocasión que le
besaba el culo todas las noches, para demostrarle que era su esclavo fiel. Lo
extraño es que ella no le meara encima. ¡Se lo merecía, el muy imbécil!
Y después pensé en algo que me hizo reír. Los hombres
siempre piensan que tener la polla grande es una de las mayores bendiciones de
la vida. Creen que basta con menearla ante una mujer y es tuya. Bueno, pues, si
alguien tenía la polla grande, era Bill Woodruff. Era una auténtica polla de
caballo. Recuerdo la primera vez que la vi: apenas podía creer lo que veía. Ida
debería haber sido su esclava, si todos esos embustes sobre las pollas grandes
fueran verdad. La impresionaba de lo lindo, pero en el mal sentido. Estaba
muerta de miedo. La dejaba helada. Y cuanto más empujaba y taponaba él, más
pequeña se volvía ella. Igual podría haberla follado entre las tetas, o en los
sobacos. Ella habría disfrutado más con eso, indudablemente. Pero a Woodruff
nunca se le ocurrían ideas así. Las habría considerado degradantes. No le
puedes pedir a la mujer que idolatras que te deje jodértela entre las tetas.
Nunca le pregunté cómo mojaba el churro. Pero ese rito de lamerle el culo me
hacía sonreír. Es muy duro estar loco por una mujer y después descubrir que la
naturaleza te ha jugado una mala pasada.
Ida Verlaine. Tenía el presentimiento de que pronto iba ir
a visitarla. Ya no sería el mismo coño suave y ajustado. Conociendo a Ida, para
entonces tenía que haberse dado de sí lo suyo. Aun así, a poco jugo que le
quedara, con sólo que el culo siguiese siendo suave y resbaladizo al tacto,
valdría la pena probarlo otra vez.
Pensando en ella empecé a tener una erección.
Esperé media hora más, pero no había señales de Mona.
Decidí subir arriba y preguntar. Me enteré de que se había ido a casa temprano:
con un tremendo dolor de cabeza.
Capítulo IX
Hasta el día siguiente por la noche, después de cenar, no
me enteré de por qué había abandonado el baile temprano. Había recibido un
mensaje de su casa y había corrido a ver a sus padres. Sabiendo lo reservada
que era sobre esa otra vida, no la insté a hablar. Sin embargo, por alguna
razón estaba deseando desahogarse. Como de costumbre, fue divagando con
misteriosos rodeos. Su relato no tenía ni pies ni cabeza. Lo único que pude
deducir fue que estaban en apuros... y con «estaban» se refería a toda la
familia, incluidos los tres hermanos y su cuñada.
«¿Viven todos bajo el mismo techo?», pregunté
inocentemente.
«Eso no tiene nada que ver», dijo, extrañamente irritada.
Por un rato guardé silencio. Luego me atreví a preguntarle
por su hermana, que, según me había dicho en cierta ocasión, era todavía más
guapa que ella... «sólo, que muy normal», según sus propias palabras.
«¿No dijiste que está casada?»
«Sí, claro que lo está. ¿Qué tiene eso que ver con la
cuestión?»
«¿Con qué cuestión?», pregunté, empezando ya a irritarme
yo también.
«Pero, bueno, ¿de qué estamos hablando?»
Me eché a reír. «Eso es lo que me gustaría saber. ¿De qué
se trata? ¿Qué estás intentado decirme?»
«No me escuchas. Mi hermana... supongo que no crees que
tenga una hermana.»
«¿Por qué dices eso? Claro que te creo. Sólo, que no puedo
creer que sea más guapa que tú.»
«Pues lo creas o no, lo es», dijo bruscamente. «La
desprecio. No son celos, si es lo que estás pensando. La desprecio porque no
tiene imaginación. Ve lo que está ocurriendo y no mueve un dedo. Es
absolutamente egoísta.»
«Supongo», empecé a decir suavemente, «que es el mismo
problema de siempre: necesitan tu ayuda. Bueno, tal vez yo...»
«¿Tú? ¿Qué puedes hacer tú? Por favor, Val, no empieces a
hablar así.» Se echó a reír histéricamente. «Señor, esto me recuerda a mis
hermanos. Todos ofrecen sugerencias... y nadie hace nada.»
«Pero, Mona, no estoy hablando al tuntún. Yo...»
Se volvió hacia mí casi con ferocidad. «Tú tienes que
ocuparte de tu mujer y de tu hija, ¿no? No quiero ni oír hablar de tu ayuda.
Esto es problema mío. Sólo, que no sé por qué tengo que hacerlo todo sola. Los
chicos podrían hacer algo, si quisieran. Señor, los he mantenido durante años.
He mantenido a toda la familia... y ahora me piden más. No puedo hacer nada
más. No es justo...»
Hubo un silencio y después continuó. «Mi padre es un
hombre enfermo: no espero nada de él. Además, es el único que me importa. Si no
fuera por él, les volvería la espalda... me marcharía y los dejaría plantados.»
«Pero, ¿y tus hermanos?», pregunté. «¿Por qué no hacen
nada?»
«Por simple vaguería», dijo. «Los he malcriado. Han
llegado a convencerse de que son unos inútiles.»
«¿Quieres decir que nadie trabaja... ninguno de ellos?»
«Oh, sí, de vez en cuando uno de ellos consigue un empleo
por unas semanas y después lo deja por alguna razón absurda. Saben que siempre
acudiré en su ayuda.»
«¡No puedo seguir viviendo así!», exclamó. «No voy a
dejarles destruirme la vida. Quiero estar contigo... y ellos me quieren apartar.
No les importa lo que yo haga, con tal de que les lleve dinero. Dinero, dinero.
Señor, ¡cómo detesto esa palabra!»
«Pero, Mona», dije cariñosamente, «tengo algo de dinero
para ti. Sí, lo tengo. ¡Mira!»
Saqué los dos billetes de cincuenta dólares y se los puse
en la mano.
Para mi asombro, se echó a reír, una risa extraña y aguda
que cada vez se volvía más incontrolable. La abracé. «Cálmate, Mona, cálmate...
estás muy nerviosa.»
Se le saltaron las lágrimas. «No puedo evitarlo. Val»,
dijo débilmente, «me recuerdas tanto a mi padre. Solía hacer lo mismo. Justo
cuando la situación era más insostenible, aparecía con flores o algún regalo
absurdo, eres igual que él. Sois unos soñadores, los dos. Por eso le amo.»
Arrojó los brazos en torno a mí apasionadamente y empezó a sollozar. «No me
digas de dónde lo has sacado», musitó. «No me importa que los hayas robado.
Sería capaz de robar para ti, lo sabes, ¿verdad? Val, no se merecen el dinero.
Quiero que compres algo para ti. O», añadió impulsivamente, «cómprale algo a la
pequeña. Cómprale algo bonito, algo maravilloso... que recuerde siempre.»
«Val», dijo, intentando serenarse, «confías en mí, ¿no os
así? No me preguntarás nunca cosas que no pueda contestar, ¿verdad?
¡Prométemelo!»
Estábamos en el gran sillón. La tenía sobre las rodillas
y, a modo de respuesta, le acaricié el pelo.
«Mira, Val, si no te hubiera conocido, no sé qué habría
sido de mí. Hasta que te conocí me sentía... en fin, casi como si mi vida no me
perteneciera. Me daba igual hacer una cosa que otra, con tal de que me dejasen
en paz. No soporto que me estén pidiendo cosas. Me siento humillada. Son todos
unos inútiles, sin excepción. Excepto mi hermana. Ella podría hacer cosas: es
un tipo de persona muy práctica y sensata. Pero se hace la gran dama.
"Basta con una alocada en la familia”, dice, refiriéndose a mí. Piensa que
los he deshonrado. Y quiere castigarme, haciendo que me someta cada vez a más
humillaciones. Siente un placer perverso al verme llevar el dinero que nadie
mueve un dedo para juntar. Hace toda clase de insinuaciones indecentes. Sería
capaz de matarla. Y mi padre no parece comprender la situación en absoluto.
Cree que mi hermana es dulce... angélica. No le deja hacer el menor sacrificio:
es demasiado delicada para verse expuesta a la brutal contaminación del mundo.
Además, está casada y tiene hijos. Pero yo...» Los ojos volvieron a llenársele
de lágrimas. «No sé de qué creen que estoy hecha. Soy fuerte, eso es lo único
que piensan. Puedo resistir cualquier cosa. Soy la alocada. Señor, a veces
pienso que están locos, todos ellos. ¿De dónde creen que saco el dinero? Les da
igual... ni siquiera se atreven a preguntar.»
«¿Se curará tu padre algún día?», le pregunté, tras un
largo silencio.
«No lo sé, Val.»
«Si estuviera muerto», añadió, «nunca me acercaría a
ellos. Podrían morirse de hambre, que no movería un dedo.»
«¿Sabes una cosa?», dijo. «No te pareces en nada a él,
físicamente, y, sin embargo, sois muy parecidos. Tú eres débil y tierno, como
él. Pero a ti no te mimaron, como a él. Tú sabes cuidar de ti mismo, cuando
quieres... pero él nunca ha sabido. Siempre ha sido un inútil. Mi madre le
chupó la sangre. Lo trataba como me trata a mí. Ella es capaz de cualquier
cosa, con tal de salirse con la suya... Me gustaría que lo conocieses... antes
de que muera. Muchas veces he soñado con eso.»
«Probablemente nos encontraremos algún día», dije, aunque
no me parecía probable.
«Lo adorarías. Val. Tiene un sentido del humor tan
maravilloso. También es un gran narrador de cuentos. Creo que habría sido
escritor, si no se hubiese casado con mi madre.»
Se levantó y empezó a arreglarse, sin dejar de hablar
cariñosamente de su padre y de la vida que había hecho en Viena y otros
lugares. Iba siendo hora de que se marchara al baile.
De repente, se separó bruscamente del espejo y dijo: «Val,
¿por qué no escribes en el tiempo libre? Siempre has querido escribir... ¿por
qué no lo haces? No necesitas venir a buscarme tan a menudo. Mira, prefiero
venir a casa y encontrarte trabajando en la máquina. No vas a estar toda la
vida en ese empleo, ¿verdad?»
Vino hacia mí y me rodeó con los brazos. «Déjame sentarme
en tus rodillas», dijo. «Oye, Val, querido... no debes sacrificarte por mí. Ya
es bastante malo que uno de los dos lo haga. Quiero que te liberes. Sé que eres
escritor... y no me importa cuánto tardes en llegar a ser conocido. Quiero
ayudarte... Val, no me estás escuchando.» Me dio un codazo suave. «¿En qué
estás pensando?»
«Oh, en nada», dije. «Estaba soñando simplemente.»
«Val, ¡haz algo, por favor! No podemos seguir así. ¡Mira
este lugar! ¿Cómo pudimos venir aquí? ¿Qué hacemos aquí? Estamos un poco locos,
tú y yo. Val, de verdad, empieza... esta noche, ¿eh? Me gustas cuando estás
taciturno. Me gusta pensar que tienes ideas sobre otras cosas. Me gusta que
digas locuras. Me gustaría pensar así. Daría cualquier cosa por ser escritora.
Por tener inteligencia, soñar, perderme en los problemas de otra gente, pensar
en cosas que no sean el trabajo y el dinero... ¿Recuerdas esa historia que
escribiste para mí una vez... sobre Tony y Joey? ¿Por qué no vuelves a escribir
algo para mí? Sólo para mí. Val, hemos de intentar hacer algo... hemos de
encontrar una salida. ¿Me oyes?»
La había oído muy bien. Sus palabras me daban vueltas en
la cabeza como un estribillo.
Me levanté de un salto, como para quitar las telarañas. La
cogí de la cintura y la retuve así. «Mona, las cosas van a cambiar pronto. Muy
pronto. Lo siento... Déjame acompañarte hasta la estación... necesito tomar el
aire.»
Me di cuenta de que estaba ligeramente decepcionada; había
esperado algo más positivo.
«Mona», dije, mientras caminábamos rápidamente por la
calle, «no se puede cambiar todo así, ¡de una vez! Claro que quiero escribir,
sí, estoy seguro. Pero tengo que serenarme. No pido que todo sea como una balsa
de aceite, pero necesito un poco de tranquilidad. No puedo pasar de una cosa a
otra tan fácilmente. Detesto mi trabajo tanto como tú el tuyo. Y no quiero otro
empleo; quiero una ruptura completa. Quiero estar conmigo mismo por un tiempo,
ver qué tal sienta. Apenas me conozco a mí mismo, con esta vida que llevo.
Estoy sepultado. Sé todo sobre los demás... y nada sobre mí. Sólo sé que
siento. Siento demasiado. Estoy seco. Me gustaría tener días, semanas, meses,
sólo para pensar. Ahora pienso de vez en cuando. Es un lujo, pensar.»
Me apretó la mano, como para decirme que entendía.
«Cuando vuelva a casa, me voy a sentar y voy a intentar
pensar. A lo mejor me quedo dormido. Parece como si sólo estuviera preparado
para la acción. Me he convertido en una máquina.»
«¿Sabes lo que pienso a veces?», continué. «Creo que si
tuviera dos o tres días tranquilos sólo para pensar, daría al traste con todo.
Fundamentalmente, todo es disparatado. Es así porque no nos atrevemos a
ponernos a pensar. Debería ir un día a la oficina y volarle los sesos a Spivak.
Ese es el primer paso...»
Habíamos llegado a la estación del ferrocarril elevado.
«No pienses en esas cosas ahora», dijo. «Siéntate a soñar.
Sueña algo maravilloso para mí. No pienses en esa gentuza desagradable. ¡Piensa
en nosotros!»
Subió las escaleras corriendo ágilmente y diciéndome adiós
con la mano.
Fui paseando despacio hasta casa, soñando con otra vida
más rica, cuando de repente recordé, o creí recordar, que ella había dejado los
dos billetes de cincuenta dólares en la repisa de la chimenea bajo el jarrón
lleno de flores artificiales. Volvía a verlos sobresaliendo a medias, tal como
ella los había dejado. Eché a correr. Sabía que si Kronski los veía, los
birlaría. Lo haría, no por no ser honrado, sino para torturarme.
Cuando me acercaba a la casa, pensé en el loco de Sheldon.
Incluso empecé a imitar su forma de hablar, a pesar de que estaba sin aliento
de la carrera. Me reía por dentro, cuando abrí la puerta.
La habitación estaba vacía y el dinero había desaparecido.
Sabía que iba a ser así. Me senté y volví a reír. ¿Por qué no le había dicho
nada a Mona sobre Monahan? ¿Por qué no le había dicho nada sobre el teatro?
Generalmente, contaba todo en seguida, pero esa vez algo me había retenido, una
desconfianza instintiva de las intenciones de Monahan.
Estaba por llamar al baile para ver si por casualidad Mona
había cogido el dinero sin que yo lo advirtiera. Me levanté para ir al
teléfono, pero en el camino cambié de idea. Sentí un deseo impulsivo de
explorar la casa un poco. Fui hasta la parte trasera y baje las escaleras. Unos
peldaños más abajo encontré una habitación enorme con luces cegadoras en que
estaba secándose la ropa lavada. Había un banco a lo largo de una pared, como
en un aula de escuela, y en él estaba sentado un hombre viejo con barba blanca
y un casquete de terciopelo. Estaba inclinado hacia delante, con la cabeza
descansando en el dorso de la mano, apoyada en un bastón. Parecía con la mirada
perdida en el espacio.
Hizo una señal de reconocimiento con los ojos; el cuerpo
permaneció inmóvil. Había visto a muchos miembros de la familia, pero a él
nunca. Le saludé en alemán, pensando que lo preferiría al inglés, que en
aquella extraña casa nadie parecía hablar.
«Puede usted hablar inglés, si quiere», dijo, con fuerte
acento. Seguía mirando al vacío delante de él.
«¿Le molesto?»
«En absoluto.»
Pensé que debía decirle quién era. «Me llamo...»
«Y yo», dijo, sin esperar a oír mi nombre, «soy el padre
del Dr. Onirifick. Supongo que nunca le habrá hablado de mí.»
«No», dije, «nunca me ha hablado. Pero es que nunca lo
veo.»
«Es un hombre muy ocupado. Tal vez demasiado ocupado.»
«Pero un día recibirá su castigo», continuó. «No hay que
matar, ni siquiera a los no nacidos. Aquí se está mejor; hay paz.»
«¿Quiere que apague alguna de las luces?», le pregunté,
esperando desviar sus pensamientos hacia otro tema.
«Debe haber luz», respondió. «Más luz... más luz. El
trabaja en las tinieblas ahí arriba. Es demasiado orgulloso. Trabaja para el
diablo. Aquí se está mejor con la ropa mojada.» Guardó silencio por un momento.
Se oía el sonido de las gotas de agua que caían de los vestidos mojados. Me
estremecí. Pensé en la sangre goteando de las manos del Dr. Onirifick. «Sí,
gotas de sangre», dijo el viejo, como si leyera mis pensamientos. «Es un
carnicero. Entrega su inteligencia a la muerte. Esa es la mayor oscuridad de la
mente humana: matar lo que lucha por nacer. Ni siquiera debería matarse a los
animales, excepto en sacrificio. Mi hijo lo sabe todo... pero no sabe que el
asesinato es el pecado mayor. Aquí hay luz... magnífica luz... y él se está
sentado ahí arriba en la oscuridad. Su padre se sienta en el sótano a rezar por
él, y él está ahí arriba, asesinando. Por todas partes hay sangre. La casa está
contaminada. Aquí se está mejor con la ropa lavada. Si pudiera, lavaría también
el dinero. Esta es la única habitación limpia de la casa. Y la luz es buena.
Luz. Luz. Debemos abrirles los ojos para que puedan ver. El hombre no debe
trabajar en las tinieblas. La mente debe estar clara, la mente debe saber lo
que está haciendo.»
No dije nada. Escuché respetuosamente, hipnotizado por las
palabras pronunciadas en tono monótono, por las luces cegadoras. El viejo tenía
cara y modales de patricio; la toga que llevaba y el casquete de terciopelo
acentuaban su aspecto altivo. Sus manos finas y sensibles eran las de un
cirujano; las venas azules sobresalían como mercurio. Estaba sentado en su
calabozo superiluminado como un médico de la corte desterrado de su país natal.
Me recordaba vivamente a ciertos músicos célebres que habían florecido en la
corte de España durante la época de los moros. Había en él algo argénteo,
musical; su espíritu era claro y radiaba de cada poro de su ser.
Al poco, oí los pasos de alguien que andaba en chanclas.
Era Ghompal que llegaba con un tazón de leche caliente. Inmediatamente la
expresión del viejo cambió. Se recostó contra la pared y miró a Ghompal con
cariño y ternura.
«Este es mi hijo, mi verdadero hijo», dijo, volviendo su
intensa mirada hacia mí.
Cambié unas palabras con Ghompal, mientras llevaba el
tazón a los labios del viejo. Era un placer observar al hindú. Por humilde que
fuera la tarea, la realizaba con dignidad. Cuanto más humilde el servicio, más
ennoblecido quedaba él. Nunca parecía avergonzado ni humillado. Tampoco se
eclipsaba. Seguía siendo siempre el mismo, siempre completa y únicamente él
mismo. Intenté imaginar qué aspecto ofrecería Kronski realizando ese servicio.
Ghompal abandonó la habitación por unos momentos para
regresar con un par de chinelas calientes. Se arrodilló a los pies del viejo y,
mientras cumplía con el rito, el viejo acarició cariñosamente la cabeza de
Ghompal.
«Tú eres uno de los hijos de la luz», dijo el viejo,
levantando la cabeza de Ghompal hacia atrás y mirándole a los ojos con mirada
serena y clara. Ghompal le devolvió la mirada con la misma luz clara y
fundente. Parecían bañarse el uno en el ser del otro: dos depósitos de luz
líquida derramándose en un intercambio purificador. De repente, advertí que la
luz cegadora que procedía de las bombillas eléctricas sin pantalla no era nada
en comparación con aquella emanación de luz que había pasado entre los dos. Quizás
el viejo no tuviera conciencia de esa luz amarilla y artificial que el hombre
había inventado; tal vez la habitación estuviese iluminada por ese reflector
procedente de su alma. Incluso después, a pesar de que habían dejado de mirarse
uno en los ojos del otro, la habitación estaba claramente más iluminada que
antes. Era como el resplandor de una puesta del sol flameante, una luminosidad
suprema.
Volví sigilosamente a la sala para esperar a Ghompal.
Tenía algo que decirme. Encontré a Kronski sentado en el sillón leyendo uno de
mis libros. Estaba ostensiblemente más tranquilo, más sereno de lo habitual, no
alicaído, sino sosegado de forma extraña e indisciplinada.
«¡Hola! No sabía que estabas en casa», dijo, sobresaltado
por mi inesperada presencia. «Estaba echando un vistazo a una de tus basuras.»
Tiró el libro a un lado. Era The Hill of Dreams.
Antes de que tuviera oportunidad de recuperar su guasa
habitual, entró Ghompal. Vino hacia mí con el dinero en la mano. Lo cogí con
una sonrisa, le di las gracias y me lo metí en el bolsillo. A Kronski le
pareció que Ghompal me lo estaba prestando. Se irritó... más aún: se indignó.
«Pero, hostia, ¿es que tienes que pedirle prestado a él?»,
exclamó.
Ghompal habló al instante, pero Kronski le interrumpió.
«No tienes que mentir por él. Conozco sus trucos.»
Ghompal volvió a hablar en voz alta, tranquilo y
convincente.
«El señor Miller no me hace malas pasadas», dijo.
«De acuerdo, tú ganas», dijo Kronski. «Pero, joder, no lo
presentes como un ángel. Sé que se ha portado bien contigo —y con todos tus
compañeros de la fuerza de repartidores—, pero no ha sido porque tenga buen
corazón... Le gustáis porque sois tipos raros, ¿entiendes?»
Ghompal le sonrió indulgentemente, como si entendiera las
aberraciones de una mente enferma.
Kronski reaccionó quisquillosamente ante aquella sonrisa
de Ghompal. «No me sonrías así, compadeciéndome», gritó. «No soy un pobre
paria. Soy doctor en medicina. Soy...»
«Todavía es usted un niño», dijo Ghompal tranquilo y
firme. «Cualquiera que tenga un poco de inteligencia puede llegar a ser
doctor...»
Al oír aquello, Kronski dijo despectiva y vehementemente:
«Conque sí, ¿eh? Como si tal cosa, ¿no? Como hacer rodar un tronco...» Miró a
su alrededor como buscando un lugar donde escupir.
«En India decimos...» y Ghompal inició una de esas
historias infantiles que resultan devastadoras para las personas de mentalidad
analítica. Ghompal tenía una historia breve para cada situación. Yo gozaba
enormemente con ellas; eran como remedios simples, homeopáticos, pildoritas de
verdad recubiertas de una capa inocua. Después no podías olvidarlas nunca, eso
era lo que me gustaba de aquellos cuentos. Nosotros escribimos gruesos
volúmenes para exponer una simple idea; el oriental cuenta una historia sencilla
y aguda que se te aloja en el cerebro como un diamante. La historia que estaba
contando trataba de una luciérnaga a la que el pie descalzo de un filósofo
distraído había magullado. Kronski detestaba las anécdotas en que formas
inferiores de la vida comunicaban con seres superiores, como el hombre, en un
nivel intelectual. Lo sentía como una humillación personal, una calumnia
denigrante.
No pudo por menos de sonreír ante la conclusión del
cuento. Además, ya estaba arrepentido de su conducta grosera. Sentía un
profundo respeto por Ghompal. Le irritaba haberse visto obligado a volverse
ásperamente contra Ghompal, cuando su intención era machacarme a mí. Así, que,
sin dejar de sonreír, preguntó con voz afable por Ghose, uno de los hindúes que
había regresado a India hacía unos meses.
Ghose había muerto de disentería poco después de llegar a
India, le informó Ghompal.
«¡Qué horrible!», dijo Kronski, sacudiendo la cabeza
desesperadamente, como para dar a entender que era imposible combatir las
condiciones de vida en un país como India. Después, dirigiéndose a mí, con una
sonrisa triste y débil: «Recuerdas a Ghose, ¿verdad? Aquel tipo rechoncho, como
un Buda en cuclillas.»
Asentí con la cabeza. «¡Ya lo creo que lo recuerdo! ¡Si
fui yo quien junté el dinero para que volviera a India!»
«Ghose era un santo», dijo Kronski vehemente.
El rostro de Ghompal se ensombreció ligeramente en señal
de desagrado. «No; un santo, no», dijo. «En India tenemos muchos hombres
que...»
«Ya sé lo que vas a decir», le interrumpió Kronski. «Aun
así, para mí Ghose era un santo. ¡Disentería! ¡Dios Santo! Es como en la Edad
Media... ¡peor aún!» Y se lanzó a una terrible descripción de las enfermedades
que todavía florecían en India. Y de la enfermedad pasó a la pobreza y de la
pobreza a la superstición y de ésta a la esclavitud, la degradación, la
desesperación, la indiferencia, la desesperanza. India no era sino un vasto
sepulcro putrefacto, un osario dominado por exploradores británicos que lo
consentían, aliados con rajás y maharajás. Ni una palabra sobre la
arquitectura, la música, la cultura, la religión, las filosofías, las hermosas
fisionomías, la gracia y delicadeza de las mujeres, los vestidos llenos de
colorido, los olores penetrantes, las campanillas tintineantes, los grandes
gongs, los espléndidos paisajes, el aluvión de flores, las procesiones
incesantes, el conflicto de lenguas, razas, tipos, la fermentación y pululación
entre la muerte y la corrupción. Correcto como siempre estadísticamente,
conseguía presentar sólo la mitad negativa del retrato. India estaba
desangrándose hasta la muerte, cierto. Pero la parte de ella que estaba viva
resplandecía de un modo que él nunca podría apreciar. Ni una vez citó una
ciudad por su nombre, en ningún momento diferenció Agrá de Delhi, Lahore de
Misore, Darjeeling de Karachi, Bombay de Calcuta, Benarés de Colombo. Parsi,
jainita, budista: eran una y la misma cosa, víctimas miserables de la opresión,
todos ellos pudriéndose poco a poco bajo un sol devastador para formar una
fiesta imperialista.
Entonces se produjo una discusión entre Ghompal y él que
sólo escuché a medias. Cada vez que oía el nombre de una ciudad me sentía
embriagado de emoción. La simple mención de palabras como Bengala, Gujarat,
Costa Malabar, Kalighat, Nepal, Cachemira, sikh, Bhagavad-Gita, Upanishads,
raga, stupa, prakriti, sudra, paranirvana, chela, guru, hanuman, Siva, era
suficiente para hacerme entrar en trance para el resto de la noche. ¿Cómo podía
un hombre condenado a llevar la limitada vida de un médico en una ciudad fría y
brutal, atreverse a hablar de poner en orden un continente de quinientos
millones de almas cuyos problemas eran tan vastos, tan multiformes, como para
asombrar o la imaginación de los grandes maestros de India? No era de extrañar
que se sintiese atraído por los santos personajes con los que había entrado en
contacto en las regiones infernales de la más cosmocócica corporación de
América. Esos «muchachos», como los llamaba Ghompal (fluctuaban entre las
edades de veintitrés y treinta y cinco años), eran como guerreros selectos,
como discípulos escogidos. Las privaciones que habían pasado, primero para
llegar a América, después luchando para subsistir mientras acababan sus
estudios, luego para encontrar el medio de regresar, después renunciando a todo
para entregarse al progreso de su pueblo... en fin, ningún americano, ningún
americano blanco, por lo menos, podía jactarse de nada comparable. Cuando
alguna que otra vez uno de esos «muchachos» se descarriaba, se convertía en el
perrito faldero de alguna mujer de la alta sociedad o en el esclavo de una
bailarina cautivadora, sentía deseos de alegrarme. Me daba gusto enterarme de
que un muchacho hindú se recostaba en blandos cojines, comía platos exquisitos,
llevaba puestas sortijas de diamantes, bailaba en salas de fiestas, conducía
coches, seducía a jóvenes vírgenes, y cosas así. Recordé a un parsi joven y
culto que se había fugado con una lánguida mujer de edad madura y de dudosa
reputación; recordé las historias maliciosas que se difundieron sobre él, la desmoralización
que produjo en los menos disciplinados. Era magnífico. Seguí su carrera con
avidez, bebiendo hasta los posos, imaginativamente, a medida que pasaba de una
esfera a otra. Y después un día, estando yo acostado en el depósito de
cadáveres en que mi mujer había convertido mi habitación, vino a verme y me
trajo flores, fruta y libros; se sentó junto a mi cama y me cogió de la mano,
me habló de India, de la maravillosa vida que había conocido de niño, de las
calamidades que había pasado posteriormente, de las humillaciones que le habían
infligido los americanos, de sus deseos de vivir, de una vida grande, rica,
esplendorosa, y de que había aprovechado la oportunidad, cuando se había
presentado, y le había parecido vacía, vacía de todo menos trajes, joyas,
dinero, mujeres. Me confió que iba a dejarlo todo. Iba a volver con su pueblo,
a sufrir con ellos, a hacerles progresar, si pudiera, y, si no, a morir con
ellos, a morir como morían ellos, en la calle, desnudos, sin hogar, rehuidos,
despreciados, pisoteados, escupidos, un manojo de huesos con el que hasta a los
buitres les resultaría difícil darse un banquete. Iba a hacerlo, no por
sensación de culpa, remordimiento o arrepentimiento, sino porque la India en
harapos, la India supurante como un gusano, la India hambrienta, la India que
se retorcía bajo la bota del conquistador, significaba más para él que todas
las comodidades, oportunidades y ventajas de un país sin corazón como América.
Como digo, era parsi, y su familia había sido rica en tiempos; al menos, había
conocido una infancia feliz. Pero había otros hindúes que se habían criado en
el bosque y en el campo, que habían vivido lo que a nosotros nos parecía una
existencia animal. Cómo conseguían esos individuos oscuros y tímidos superar
los asombrosos obstáculos a que se enfrentaban día tras día sigue siendo
misterioso para mí aun hoy. El caso es que con ellos viajé por los caminos que
conducen de la aldea al pueblo y del pueblo a la ciudad; con ellos escuché las
canciones de gente sencilla, los cuentos de hombres de edad avanzada, las
oraciones de los devotos, las advertencias de los guras, las leyendas de los
narradores, la música de los intérpretes callejeros, los gemidos de las
plañideras. Por sus ojos vi la desolación descargada sobre un gran pueblo. Pero
también vi que hay cualidades que sobreviven a la mayor desolación. En sus
rostros, mientras relataban sus experiencias, vi reflejadas la gentileza, la
humanidad, la reverencia, la devoción, la fe, la veracidad y la integridad de
esos millones de personas cuyo destino nos confunde, perturba e inquieta.
Mueren como moscas y vuelven a nacer; crecen y se multiplican; ofrecen rezos y
sacrificios, no se resisten, y, sin embargo, ningún demonio extranjero puede
erradicarlos del suelo que alimentan con sus agotados cadáveres. Son de todas
las clases, de todas las condiciones, de todos los matices, de todas las
lenguas, de todos los cultos; crecen como hierbas y como hierbas se ven
pisoteados. Alzar el telón y ver aun el más diminuto segmento de ese hervidero
de vida deja la mente aturdida de incertidumbre. Unos son como gemas sin
tallas, otros como flores exóticas, otros como monumentos, otros como imágenes
deslumbrantes de lo divino, otros como mentes incorpóreas, otros como verduras
podridas: codo con codo se mueven en un gentío incesante y confuso.
En medio de esas reflexiones, Kronski me recordó en voz
alta que se había encontrado con Sheldon. «Quería venir a visitarte, el muy
idiota, pero le he disuadido... creo que quería prestarte algo de dinero.»
¡El loco de Sheldon! Era curioso que hubiese yo pensado en
él al volver a casa. Dinero, sí... yo había tenido la corazonada de que Sheldon
me volvería a prestar dinero. No tenía ni idea de lo que le debía. Nunca pensé
en devolvérselo... ni él en que lo hiciera. Yo cogía lo que me ofrecía, porque
le hacía feliz. Estaba como una cabra, pero era astuto y taimado y, además,
práctico. Se había pegado a mí como una sanguijuela, por alguna razón oscura
que nunca intenté averiguar.
Lo que me fascinaba de Sheldon eran los gestos que hacía.
Y los gorgoritos que soltaba al hablar. Era como si una mano invisible
estuviese estrangulándolo.
Desde luego, había tenido experiencias terribles: en el
sanguinario ghetto de Cracovia, donde se había criado. Había un incidente que
nunca olvidaré: había ocurrido durante un pogrom justo antes de que escapara de
Polonia. Había corrido a casa aterrorizado durante la matanza que estaba
produciéndose en la calle y había encontrado la habitación llena de soldados.
Su hermana, que estaba embarazada, yacía en el suelo, violada por un soldado
tras otro. Su madre y su padre, con las manos atadas a la espalda, estaban
obligados a presenciar aquel horrible espectáculo. Sheldon, completamente fuera
de sí, se había arrojado contra los soldados y éstos lo habían derribado de un
sablazo. Cuando volvió en sí, su madre y su padre estaban muertos; el cuerpo de
su hermana yacía desnudo a su lado, con el vientre abierto en canal y relleno
de paja.
Ibamos caminando por Tompkins Square la noche que me contó
esa historia por primera vez. (Posteriormente la repitió varias veces, siempre
del mismo modo exactamente, hasta por las palabras que usaba. Y cada vez que lo
hacía, se me ponían los pelos de punta y un escalofrío me bajaba por la espina
dorsal.) Pero aquella primera noche, al concluir la historia, observé que
experimentaba un extraño cambio. Estaba haciendo esas muecas de que he hablado.
Era como si intentara silbar y no pudiese. Sus ojos, que eran
extraordinariamente pequeños, amarillentos, inflamados, encogieron hasta el
tamaño de dos balines. Entre los párpados no se veía otra cosa que dos pupilas
ardientes que me traspasaban. Cuando, cogiéndome del brazo y acercando su cara
a la mía, empezó a emitir un sonido sofocado, gorjeante, que al final culminó
en un ruido muy parecido al de un silbato, tuve la sensación más extraña. Sus
emociones eran tan abrumadoras, que por unos minutos, sin dejar de agarrarme
febrilmente ni de mantener su cara junto a la mía, no salió de su garganta
sonido humano reconocible, nada que se pareciese ni remotamente a lo que
llamamos lenguaje. Pero, ¡qué lenguaje era, aquel frenesí gorjeante, sibilante,
sofocado, chiflante! No podía apartar la cara, aunque quisiera; tampoco podía
librarme de su garra, porque me tenía atenazado. Me pregunté cuánto iba a
durar, y si lanzaría un puño hacia adelante. Pero, ¡no!: cuando se hubo
calmado, empezó a hablar con voz baja y serena, en el tono más desapasionado,
de hecho, como si nada hubiera ocurrido. Habíamos reanudado el paso y nos
dirigíamos hacia el otro extremo del parque. Estaba hablando de las joyas que
se había tragado astutamente, del valor en que las habían tasado, del modo como
centelleaban las esmeraldas y los rubíes, de lo económicamente que vivía, de
las pólizas de seguros que vendía en sus ratos libres, y de otros hechos e
incidentes sin relación aparente.
Me contaba esas cosas, como digo, en un tono de voz
normalmente bajo, casi monótono, salvo que, una que otra vez, cuando llegaba al
fin de la frase, alzaba la voz y acababa involuntariamente en una
interrogación. Sin embargo, sus modales iban experimentando un cambio drástico,
mientras hablaba. La mejor forma de explicarlo es decir que se estaba volviendo
como un lince. Todo lo que estaba contando parecía dirigido hacia una presencia
invisible. Al parecer, se limitaba a usarme a mí, como oyente, para hacer saber
en forma disimulada e insinuante cosas que esa «otra» persona, presente pero
invisible, podría interpretar a su modo. «Sheldon no es tonto», decía en ese
lenguaje indirecto y ambiguo. «Sheldon no ha olvidado ciertas trampitas que le
hicieron. Sheldon se comporta como un caballero ahora, muy comme il 1aut, pero
no está dormido... no, Sheldon está siempre alerta. Sheldon puede hacerse el
zorro, cuando lo necesita. Sheldon puede llevar ropa bonita, como cualquier
hijo de vecino, y comportarse con la mayor cortesía. Sheldon es amable, siempre
está dispuesto a prestar ayuda. Sheldon es bueno con los niños, hasta con los
niños polacos. Sheldon no pide nada. Sheldon es muy tranquilo, muy sereno, se
comporta muy bien... pero, ¡¡¡atención!!!» Y entonces, para mi sorpresa,
Sheldon silbaba... un silbido largo y claro, que era, no me cabe la menor duda,
para avisar al invisible. ¡Atención al día! Estaba así de claro, su silbido.
Atención, porque Sheldon está preparando algo superdiabólico, algo que el torpe
cerebro de un polaco nunca podría hnagínar ni inventar. Sheldon no ha estado
ocioso todos estos años...
Los préstamos de dinero se habían producido del modo más
natural. Empezaron aquella noche tomando una taza de café. Como de costumbre,
yo sólo tenía cinco o diez centavos en el bolsillo y, en consecuencia, me vi
obligado a dejar pagar la cuenta a Sheldon. La idea del jefe de personal sin
dinero para sus gastos era tan inconcebible para Sheldon, que por un momento
temí que empeñara todas sus joyas.
«Con cinco dólares tendré bastante, Sheldon», dije, «si
insistes en dejarme algo.»
Una expresión de disgusto cubrió la cara de Sheldon. «¡Oh,
oh, oh, no-O-O!», exclamó con voz chillona y áspera, que podía alzarse casi
hasta el tono de un silbido. «Sheldon nunca dará cinco dólares, No-oo, señor
Miller, ¡Sheldon dará cincuenta dólares!»
Y, por Dios, que, acto seguido, sacó efectivamente
cincuenta dólares, en billetes de cinco y de uno. Volvió a adoptar su expresión
de lince, con la mirada perdida en el horizonte, mientras me daba el dinero, y
mascullando algo entre dientes sobre mostrar a alguien la clase de hombre que
él, Sheldon, era.
«Pero, Sheldon, mañana estaré sin un céntimo», dije,
haciendo una pausa para ver qué efecto producía aquello.
Sheldon sonrió: una sonrisa cautelosa, astuta, como si
estuviera compartiendo un gran secreto conmigo.
«En ese caso, Sheldon le dará a usted otros cincuenta
dólares mañana», dijo, emitiendo las palabras con un extraño efecto chirriante.
«No tengo idea de cuándo recibirás el dinero de vuelta»,
le dije entonces.
En respuesta a eso, Sheldon sacó del bolsillo tres
libretas de banco grasientas. Los depósitos totalizaban más de dos mil dólares.
De los bolsillos del chaleco extrajo unos cuantos anillos cuyas piedras
brillaban como las auténticas.
«Esto no es nada», dijo. «Sheldon no ha contado todo.»
Ese fue el comienzo de nuestra relación, una relación
bastante extraña para el jefe de personal de una corporación cosmocócica. A
veces me preguntaba si otros jefes de personal gozaban de esas ventajas. Cuando
me encontraba con ellos ocasionalmente en almuerzos, me sentía más muchacho
repartidor que jefe de personal. Nunca pude hacer acopio de la dignidad y el
engreimiento en que ellos parecían envueltos perpetuamente. Nunca parecían
mirarme a los ojos, cuando hablaba, sino siempre mis arrugados pantalones, mis
gastados zapatos, mi camisa rota y manchada o los agujeros de mi sombrero. Si
les contaba una pequeña historia inocente, hacían tantas alharacas, que me
ponían violento. Por ejemplo, se sintieron tremendamente impresionados, cuando
les hablé de determinado repartidor de la oficina de Broad Stret que, mientras
esperaba a que lo llamaran, leía a Dante, a Homero y a Santo Tomás de Aquino en
el original. No esperaron a oír que en tiempos había sido catedrático en una
universidad de Bolonia, que había intentado suicidarse porque había perdido a
su mujer y a tres hijos en un accidente de ferrocarril, que había perdido la
memoria y había llegado a América con el pasaporte de otro hombre, y que hasta
después de haber estado trabajando seis meses de repartidor no había recobrado
su identidad. Cosas como que el trabajo le pareciera agradable, que prefiriese
seguir siendo repartidor, que deseara permanecer en el anonimato, les habrían
parecido demasiado fantásticas para sus oídos. Lo único que eran capaces de captar
y lo único de lo que eran capaces de maravillarse era de que un «repartidor»,
en uniforme, pudiera leer a los clásicos en la lengua original. De vez en
cuando les pedía prestados diez dólares, después de relatar uno de esos
incidentes divertidos, sin la menor intención de devolvérselos, naturalmente.
Me sentía obligado a sacarles un pequeño recuerdo... por mis servicios de
animador. ¡Y a qué titubeos y vacilaciones recurrían antes de aflojar aquellas
cantidades insignificantes! ¡Qué contraste con los fáciles sablazos que daba
entre los «simplones» repartidores!
Las reflexiones de esa clase siempre me excitaban en
extremo. Diez minutos de ensueño introspectivo y me moría por escribir un
libro. Pensaba en Mona. Aunque sólo fuera por ella, debía empezar. ¿Y dónde
empezaría? ¿En aquella habitación que era como el vestíbulo de un manicomio?
¿Empezar con Kronski mirándome por encima del hombro?
En algún sitio había leído recientemente algo sobre una
ciudad abandonada de Birmania, la antigua capital de una región en que, en el
radio de ciento cincuenta kilómetros, florecieron en otra época ocho mil
templos prósperos. Ahora toda la región estaba deshabitada, lo había estado
durante mil años o más. Sólo podían encontrarse entre los templos vacíos unos
cuantos sacerdotes solitarios, probablemente medio locos. Serpientes y
murciélagos y lechuzas infestaban los sagrados edificios; por la noche los chacales
aullaban entre las ruinas.
¿Por qué había de causarme aquel cuadro de desolación una
depresión tan penosa? ¿Por qué habían despertado semejante angustia ocho mil
templos vacíos y en ruinas? La gente muere, las razas desaparecen, las
religiones se desvanecen: entra dentro del orden de cosas. Pero que algo bello
permaneciera, y no pudiese afectamos, atraemos, era un enigma que me
acongojaba. ¡Pues aún no había empezado a construir! En mi mente veía mis
propios templos en ruinas antes siquiera de que se hubiese puesto un ladrillo
encima de otro. De forma extraña, yo y los repartidores simplones que me iban a
ayudar merodeábamos por los lugares abandonados del espíritu como los chacales
que aullaban por la noche. Errábamos entre las paredes de un edificio etéreo,
una estupa de sueño, que sería abandonado antes de que adoptara forma terrenal.
En Birmania el invasor había sido responsable de echar por tierra el espíritu
del hombre. Había ocurrido una y mil veces en la historia del hombre y era
explicable. Pero, ¿qué nos impedía a nosotros, los soñadores de este
continente, dar forma y sustancia a nuestros edificios fabulosos? La raza de
los arquitectos visionarios podía considerarse extinta, para los efectos. El
genio del hombre se había visto canalizado y dirigido por otros cauces. Así decían.
Yo no podía aceptarlo. He mirado las piedras por separado, las vigas maestras,
los pórticos, las ventanas que hasta en los edificios son como los ojos del
alma; los he mirado como he mirado páginas por separado de estos libros, y he
visto una arquitectura que da forma a las vidas de nuestro pueblo, ya sea en
libro, en derecho, en piedra, en costumbres; veía que se creaba (vista primero
en la mente) y después se objetivaba, recibía luz, aire y espacio, recibía
objetivo y significado, recibía un ritmo que ascendía y descendía, un
crecimiento de semilla a árbol cubierto de flores, un declinar de hoja y rama
marchitas a semilla de nuevo, y un abono para alimentar a la semilla. Vi este
continente como otros continentes antes y después: creaciones en todos los sentidos
de la palabra, incluidas las propias catástrofes que harían olvidar su
existencia...
Después de que Kronski y Ghompal se hubieran retirado, me
sentí tan despierto, tan estimulado por los pensamientos que se disparaban en
mi cabeza, que me sentí impulsado a ir a dar un largo paseo. Mientras me ponía
la ropa, me miré al espejo. Hice la mueca del silbido de Sheldon y me felicité
por mi capacidad para la mímica. Tiempo atrás había pensado que podría ser un
buen payaso. En la escuela había un chaval que parecía mi hermano gemelo;
éramos muy amigos y más adelante, cuando habíamos salido de la escuela,
formamos un club de doce miembros que llamamos la Sociedad Jerjes. Nosotros dos
teníamos toda la iniciativa: los otros eran simplemente escoria y peso muerto.
Por desesperación a veces George Marshall y yo actuábamos para los otros,
payasadas improvisadas que hacían desternillarse de risa a los otros.
Posteriormente solía considerar que esos momentos tenían carácter completamente
trágico. La dependencia de los demás era patética realmente: era un sabor
anticipado de la inercia y apatía generales con que iba a chocar toda mi vida.
Pensando en George Marshall empecé a hacer más muecas; las hice tan bien, que
empecé a asustarme de mí mismo. Pues de repente recordé el día en que por
primera vez en mi vida me miré al espejo y me di cuenta de que estaba mirando a
un extraño. Era después de haber ido al teatro con George Marshall y MacGregor.
George Marshall había dicho algo aquella noche que me perturbó profundamente.
Me enfadé con él por su estupidez, pero no podía negar que había puesto el dedo
en la llaga. Había dicho algo que me hizo comprender que nuestra fraternidad
había acabado, que en realidad íbamos a ser enemigos en adelante. Y tenía
razón, a pesar de que las razones que había aducido eran falsas. Desde aquel
día empecé a ridiculizar a mi amigo del alma George Marshall. Quería ser lo
contrario de él en todos los sentidos. Fue como la división de un cromosoma.
George Marshall permaneció en el mundo, siguió con él,
continuó siendo de él; echó raíces y creció como un árbol, y no había duda de
que había encontrado su lugar y con él cierto grado de felicidad relativamente
plena. Pero, al mirar en el espejo aquella noche y repudiar mi propia imagen,
supe que lo que George Marshall había predicho de mi futuro sólo era correcto
superficialmente. George Marshall nunca me había entendido de verdad; en cuanto
sospechó que yo era diferente, renunció a mí.
Seguía mirándome, mientras esos recuerdos me pasaban por
la cabeza. La cara se me había vuelto triste y pensativa. Ya no estaba mirando
mi imagen, sino la imagen de un recuerdo de mí mismo en otro momento: cuando
estaba sentado en un porche, escuchando a un «muchacho» hindú llamado Tawde.
También Tawde había dicho algo aquella noche que me había causado una profunda
conmoción. Pero Tawde lo había dicho como amigo. Me tenía cogida la mano, como
hacen los hindúes. Un transeúnte que nos hubiera mirado habría pensado que
éramos dos enamorados. Tawde estaba intentando hacerme ver las cosas desde un
ángulo distinto. Lo que le desconcertaba era que yo fuera «bueno en el fondo»
y, sin embargo... estuviese haciendo sufrir a todos los que me rodeaban. Tawde
quería que fuera fiel a mí mismo, a ese yo que él reconocía y aceptaba como mi
yo «auténtico». No parecía tener conciencia de la complejidad de mi naturaleza,
o, en caso de tenerla, no le atribuía importancia. No entendía por qué había yo
de estar insatisfecho con mi posición en la vida, sobre todo cuando estaba
haciendo tanto bien. Para él era inconcebible que pudiese uno estar tan
asqueado de ser un mero instrumento del bien. No comprendía que yo sólo era un
instrumento ciego, que me limitaba a obedecer la ley de la inercia, y que
detestaba la inercia, aun cuando significara ser bueno.
Aquella noche me separé de Tawde presa de la
desesperación. Aborrecía la idea de verme rodeado de estúpidos que me cogían de
la mano y me consolaban para mantenerme encadenado. A medida que me alejaba más
de él, una alegría siniestra se apoderaba de mí; en lugar de irme a casa, me
dirigí instintivamente a la habitación amueblada donde vivía la camarera con la
que mantenía entonces una relación romántica. Salió a abrirme en camisón y me
pidió no subir arriba con ella por la hora que era. Entramos al vestíbulo, y
nos quedamos al calorcito apoyados en el radiador. Al cabo de unos minutos me
la había sacado y estaba dándole al asunto como mejor podía en aquella posición
forzada. Ella temblaba de miedo y placer. Después de acabar, me reprochó que
fuera tan desconsiderado. «¿Por qué haces estas cosas?», me susurró,
apretándose contra mí. Me fui corriendo y la dejé parada al pie de la escalera
con expresión perpleja. Mientras corría por la calle, una frase se repetía una
y otra vez en mi interior: «¿Cuál es el yo auténtico?»
Esa era la frase que ahora me acompañaba, al correr por
las mórbidas calles del Bronx. ¿Por qué corría? ¿Qué era lo que me hacía ir a
aquella velocidad? Aminoré la marcha, como para dejar que el demonio me diera
alcance...
Si insistes en enfocar tus impulsos, acabas convirtiéndote
en un coágulo de flemas. Finalmente, sueltas un gargajo que te deja
completamente seco y hasta años después no comprendes que no era un gargajo,
sino tu yo interior. Si pierdes eso, correrás siempre por las calles oscuras
como un loco perseguido por fantasmas. Siempre podrás decir con absoluta
sinceridad: «No sé qué quiero hacer en la vida». Puedes pasar de cabo a rabo
por el filamento de la vida y salir por el extremo que no debes del telescopio,
viendo que todo te supera, que está fuera de tu alcance y diabólicamente
retorcido. En adelante, todo está perdido. Cualquiera que sea la dirección que
tomes, te encontrarás en un salón de espejos; correrás como un loco en busca de
una salida, para descubrir simplemente que lo único que te rodea son imágenes
deformadas de tu propio y querido yo.
Lo que más me desagradaba de George Marshall, de Kronski,
de Tawde y de las multitudes incalculables que representaban era su seriedad
superficial. La auténtica persona seria es alegre, casi despreocupada. Yo
despreciaba a las personas que, por carecer de firmeza de carácter propia, se
hacían cargo de los problemas del mundo. El hombre que siempre está inquieto
por la condición de la humanidad o bien no tiene problemas propios o bien se ha
negado a afrontarlos. Hablo de la gran mayoría, no de la ínfima minoría de
emancipados que, por haber ido hasta la raíz de las cosas, gozan del privilegio
de identificarse con toda la humanidad, con lo que disfrutan el mayor de los
lujos: el servicio.
Había otra cosa en la que no creía en absoluto: el
trabajo. El trabajo, me parecía aun en el umbral de la vida, es una actividad
reservada para los estúpidos. Es lo opuesto mismo de la creación, que es juego,
y que precisamente por no tener otra raison d’étre que sí misma es el supremo
poder motivador en la vida. ¿Ha dicho alguien nunca que Dios creó el universo
para proporcionarse trabajo a Sí mismo? Por una cadena de circunstancias que no
tenían nada que ver con la razón ni con la inteligencia, me había vuelto como
los demás: un esclavo del trabajo. Tenía la triste excusa de que con mis
esfuerzos estaba manteniendo a una mujer y a una hija. Sabía que era una excusa
floja, porque, si me cayera muerto, el día siguiente, seguirían viviendo de un
modo u otro. Suspenderlo todo, y jugar a ser yo mismo, ¿por qué no? La parte de
mí que estaba entregada al trabajo, que permitía a mi mujer y a mi hija vivir
del modo que irreflexivamente pedían, esa parte de mí que mantenía la rueda
girando —¡idea completamente fatua y egocéntrica!— era la parte inferior de mí.
No daba nada al mundo desempeñando la función de sostén de la familia; el mundo
me exigía su tributo y nada más.
El mundo no empezaría a recibir de mí algo de valor hasta
que no dejara de ser un miembro serio de la sociedad y no me convirtiese en...
mí mismo. El Estado, la nación, las naciones unidas del mundo, no eran sino un
gran conjunto de individuos que repetían los errores de sus antepasados.
Estaban cogidos en la rueda desde el nacimiento y seguían girando con ella
hasta la muerte... e intentaban ennoblecer esa rutina llamándola «vida». Si
pedías a alguien que explicara o definiese la vida, su finalidad, recibías por
respuesta una mirada vacía. La vida era algo de que se ocupaban los filósofos
en libros que nadie leía. Los que se encontraban en lo más reñido de la
refriega de la vida, los «jamelgos aparejados», no tenían tiempo para esas
cuestiones vanas. «Hay que comer, ¿no?» Esa pregunta, que se consideraba un
expediente momentáneo, y que quienes sabían habían contestado, ya que no con
una negativa absoluta, por lo menos con una negativa inquietantemente relativa,
era una clave para todas las demás preguntas que seguían en sucesión
euclideana. Por las pocas lecturas que había hecho yo, había observado que los
hombres que estaban más en la vida, que estaban moldeando la vida, que eran la
vida misma, comían poco, dormían poco, poseían poco o nada. No se hacían falsas
ilusiones sobre el deber, o la perpetuación de los parientes, o la preservación
del Estado. Les interesaba la verdad y sólo la verdad. Sólo reconocían un tipo
de actividad: la creación. Nadie podía exigirles servicios, porque por su
propia voluntad se habían empeñado en darlo todo. Daban gratuitamente, porque
ése es el único modo de dar. Esa era la forma de vida que me atraía: tenía
profundo sentido. Era la vida... no el simulacro que adoraban quienes me
rodeaban.
Yo había entendido todo esto... con la mente justo al
salir de la adolescencia. Pero había que pasar por una gran comedia de la vida
antes de que esa visión de la realidad pudiera llegar a ser la fuerza
motivadora. El tremendo hambre de vida que los demás sentían en mí actuaba como
un imán; atraía a quienes necesitaban mi tipo particular de hambre. El hambre
aumentaba mil veces. Era como si los que se pegaban a mí (como empastes de
hierro) quedaran sensibilizados y atrajesen a otros, a su vez. La sensación, al
madurar, se convierte en experiencia y la experiencia engendra experiencia.
Lo que anhelaba en secreto era desenredarme de todas
aquellas vidas que se habían entretejido en la trama de la mía y estaban
convirtiendo mi destino en una parte del suyo. Para liberarme de esas
experiencias que se acumulaban y que eran mías sólo por la fuerza de la inercia
necesitaba un esfuerzo violento. De vez en cuando me tiraba contra la red para
desgarrarla, pero lo único que conseguía era quedar más enredado. Mi liberación
parecía entrañar dolor y sufrimiento para mis seres próximos y queridos. Cada
iniciativa que tomaba por mi bien particular originaba reproches y condenas.
Más de mil veces se me consideró traidor. Había perdido hasta el derecho a caer
enfermo... porque «ellos» me necesitaban. No se me permitía permanecer
inactivo. Si me hubiera muerto, habrían galvanizado mi cadáver para darle
apariencia de vida.
«Me paré ante un espejo y dije temerosamente: "Quiero
ver qué aspecto tengo en el espejo con los ojos cerrados".»
Estas palabras de Richter, cuando las leí por primera vez,
me produjeron una conmoción indescriptible. Como también éstas de Novalis, que
parecen casi un corolario de las anteriores:
«El asiento del alma es donde el mundo interior y el
exterior se tocan. Pues nadie se conoce a sí mismo, si sólo es él mismo y no
otro al mismo tiempo.»
«Tomar posesión del yo trascendental propio, ser el yo del
yo propio», como también lo expresó Novalis.
Hay una época en que las ideas te tiranizan, en que eres
sencillamente una víctima desventurada de los pensamientos de otro. Esa
«posesión» por parte de otro parece producirse en períodos de
despersonalización, cuando los yoes en guerra se despegan, por decirlo así.
Normalmente, eres impermeable a las ideas; vienen y van, las aceptas o las
rechazas, te las pones como camisas, te las quitas como calcetines sucios. Pero
en los períodos que llamamos crisis, cuando la mente se rompe y se astilla como
un diamante bajo los golpes de una almádena, esas ideas inocentes de un soñador
hacen presa, se alojan en las hendiduras del cerebro, y en virtud de un sutil
proceso de infiltración provocan una alteración precisa e irrevocable de la
personalidad. Exteriormente no se produce ningún gran cambio importante; el
individuo afectado no actúa de forma diferente; al contrario, puede que actúe
de modo más «formal» que antes. Esa aparente normalidad adquiere cada vez más
el carácter de un artificio protector. Del engaño superficial pasa al engaño
interior. Sin embargo, con cada nueva crisis, advierte con mayor intensidad un
cambio que no es un cambio, sino una intensificación de algo profundamente
oculto dentro. Entonces, cuando cierra los ojos, puede verse de verdad a sí mismo.
Ya no ve una máscara. Ve sin ver, para ser exactos. Visión sin vista, una
aprehensión fluida de cosas intangibles: la fusión de vista y sonido: el
corazón de la malla. Ahí brotan las personalidades distantes que eluden el
crudo contacto de los sentidos; ahí las connotaciones del reconocimiento se
superponen mutua y discretamente en armonías brillantes y vibrantes. No se
utiliza lenguaje, no se delinean contornos.
Cuando un barco se hunde, se va al fondo despacio; los
palos, los mástiles, las jarcias siguen flotando. En el fondo mortal del océano
el casco sangrante se adorna con joyas; comienza despiadadamente la vida
anatómica. Lo que era barco se convierte en lo indestructible sin nombre.
Como los barcos, los hombres zozobran una y otra vez. Sólo
el recuerdo los salva de la dispersión completa. Los poetas dejan escapar
puntos en el telar, clavos ardiendo a los que se agarran los hombres que están
ahogándose, mientras se hunden en la extinción. Fantasmas vuelven a subir por
escaleras de agua, hacen subidas imaginarias, tienen caídas vertiginosas,
aprenden de memoria números, acontecimientos, al pasar de gas a líquido y a gas
otra vez. No hay cerebro capaz de registrar los cambiantes cambios. Nada ocurre
en el cerebro, excepto la oxidación y el desgaste graduales de las células.
Pero en la mente, mundos sin clasificar, sin denominar, sin asimilar, se
forman, se dispersan, se unen, se disuelven y armonizan sin cesar. En el mundo
de la mente, las ideas son los elementos indestructibles que forman las
constelaciones engalanadas de la vida interior. Nos movemos dentro de sus
órbitas, con libertad si seguimos sus intrincadas configuraciones; esclavizados
o poseídos, si intentamos subyugarlas. Todo lo exterior no es sino un reflejo
proyectado por la máquina mental.
La creación es el juego eterno que se produce en la
frontera; es espontánea y compulsiva, obedece a una ley. Te apartas del espejo
y se alza el telón. Séance permanente. Sólo los locos están excluidos. Sólo los
que «han perdido la razón», como solemos decir. Pues éstos nunca cesan de soñar
que están soñando. Se pararon ante el espejo con los ojos abiertos y se
quedaron profundamente dormidos; encerraron su sombra en la tumba de la
memoria. En ellos las estrellas se desintegran para formar lo que Hugo llamó «una
cegadora casa de fieras soles que, por amor, se convierten en los perros de
aguas y los terranovas de la inmensidad.»
¡La vida creativa! Ascensión. Pasar más allá de uno mismo.
Subir al cielo como una exhalación, asiéndose a escaleras volantes, ascender,
remontarse, alzar el mundo por los pelos, despertar a los ángeles en sus
guaridas etéreas, ahogarse en profundidades estelares, agarrarse a las colas de
los cometas. Nietzsche había escrito sobre ella extáticamente... y después cayó
desvanecido en el espejo para morir en raíz y en flor. «Escaleras y escaleras
contradictorias», escribió, y después y de repente no había ya fondo; la mente,
como un diamante astillado, fue pulverizado por los martillazos de la verdad.
Hubo una época en que hice de custodio de mi padre. Me
dejaban solo por largas horas, encerrado en el cuchitril que usábamos de
oficina. Mientras él bebía con sus amiguetes, yo me alimentaba con el biberón
de la vida creativa., Mis compañeros eran los espíritus libres, los señores del
alma. El joven sentado allí, a la luz escasa y amarilla, se desquiciaba
completamente; vivía en las hendiduras de los grandes pensamientos, encogido
como un eremita en los yermos pliegues de una alta cordillera. De la verdad pasaba
a la imaginación y de la imaginación a la invención. En este último portal, del
que no se regresa, lo asediaba el miedo. Aventurarse más allá era errar solo,
depender totalmente de sí mismo.
El objeto de la disciplina es fomentar la libertad. Pero
la libertad conduce al infinito y el infinito es aterrador. Entonces surgió la
idea consoladora de detenerse al borde, de poner en palabras los misterios de
la impulsión, la compulsión, la propulsión, de bañar los sentidos en olores
humanos. Llegar a ser enteramente humano, la encarnación del demonio compasivo,
el cerrajero de la gran puerta que conduce al más allá y más lejos, y para
siempre aislado...
Los hombres zozobran como los barcos. Los niños, también.
Hay niños que se van al fondo a la edad de nueve años, llevándose consigo el
secreto de su traición. Hay monstruos pérfidos que te miran con los ojos
inocentes y en blanco de la juventud; sus crímenes no figuran en ningún
registro, porque no tenemos nombres para ellos.
¿Por qué nos obsesionan así las caras bellas? ¿Es que las
flores extraordinarias tienen raíces malignas?
De nada servía que la estudiara trocito a trocito, pies,
manos, cabellos, labios, orejas, pechos, que la recorriese del ombligo a la
boca y de la boca a los ojos, la mujer a la que embestía, arañaba, mordía,
asfixiaba a besos, la mujer que había sido Mara y ahora era Mona, que había
sido y sería otros nombres, otras personas, otras combinaciones de
pertenencias, no era más accesible, ni penetrable, que una fría estatua en un
jardín olvidado de un continente perdido. A los nueve años o antes, con un revólver
que estaba destinado a no disparar nunca, podría haber apretado un gatillo
vacilante y haber caído como un cisne muerto de las alturas de su sueño. Podría
haber sido así perfectamente, pues en la carne estaba dispersa, en la mente era
como polvo arrastrado de acá para allá. En su corazón doblaba una campana, pero
nadie sabía lo que significaba. Su imagen no correspondía a nada que yo me
hubiese forjado en el corazón. Ella la había impuesto, la había introducido a
hurtadillas como la gasa más fina entre las hendiduras del cerebro en un
momento de lesión. Y, cuando se cerró la herida, había quedado la marca, como
una frágil hoja dibujada en una piedra.
Noches obsesivas en que, henchido de creación, no veía
sino sus ojos y en ellos, alzándose como charcos de lava burbujeante, fantasmas
subían a la superficie, se esfumaban, se desvanecían, reaparecían, aportando
espanto, aprensión, miedo, misterio. Un ser constantemente perseguido, una flor
oculta cuyo perfume nunca captaban los sabuesos. Tras los fantasmas,
escudriñando a través de la maleza de la jungla, se hallaba una tímida niña que
parecía ofrecerse lasciva. Después la zambullida del cisne, lenta, como en las
películas, y copos de nieve cayendo con el cuerpo que caía, y después fantasmas
y más fantasmas, los ojos volviéndose ojos de nuevo, ardiendo como lignito,
luego brillando como ascuas, después suaves como flores; luego nariz, boca,
mejillas, orejas asomando por entre el caos, pesados como la luna, una máscara
que se desplegaba, carne que adquiría forma, faz, facciones.
Noche tras noche, de las palabras a los sueños, a la
carne, a los fantasmas. Posesión y desposesión. Las flores de la luna, las
robustas palmas de la vegetación de la selva, el aullido de los sabuesos, el
frágil cuerpo blanco de una niña, las burbujas de lava, el rallentando de los
copos de nieve, el pozo sin fondo en que el humo florece y se convierte en
carne. ¿Y qué es la carne sino luna? ¿Y qué es la luna sino noche? La noche es
anhelo, anhelo, anhelo, más de lo soportable.
«¡Piensa en nosotros!», dijo aquella noche, cuando se
volvió y subió las escaleras volando. Y era como si yo no pudiese pensar en
ninguna otra cosa. Nosotros dos y las escaleras elevándose infinitamente. Y
después «escaleras contradictorias»; las escaleras de la oficina de mi padre,
las escaleras que conducen al crimen, a la locura, a las puertas de la
invención. ¿Cómo iba a poder pensar en ninguna otra cosa?
Creación. Crear la leyenda en que pudiera colocar la llave
que abriese su alma.
Una mujer que intentaba confiar su secreto. Una mujer
desesperada, que mediante el amor intentaba unirse consigo misma. Ante la
inmensidad del misterio te encuentras como un ciempiés que siente deslizarse el
suelo bajo sus pies. Cada puerta que se abre conduce a un vacío mayor. Hay que
flotar como una estrella en el océano sin estelas del tiempo. Hay que tener la
paciencia del radio enterrado bajo un pico del Himalaya.
Ahora hace unos veinte años que inicié el estudio del alma
fotogénica; en ese tiempo he realizado centenares de experimentos. El resultado
es que sé un poco más... sobre mí mismo. Creo que debe ocurrir lo mismo en gran
medida con los dirigentes o con el genio militar. No se descubre nada sobre los
secretos del universo; en el mejor de los casos se aprende algo sobre la
naturaleza del destino.
Al principio quieres enfocar los problemas directamente.
Cuanto más directo e insistente el enfoque, más rápida y seguramente consigues
quedar atrapado en la red. Nadie está más desamparado que el individuo heroico.
Y nadie puede provocar más tragedia y confusión que esa clase de persona.
Blandiendo su espada sobre el nudo gordiano, promete rápida liberación. Ilusión
engañosa que acaba en un océano de sangre.
El artista creativo tiene algo en común con el héroe.
Aunque funciona en otro plano, también él cree que tiene soluciones que
ofrecer. Da su vida para conseguir triunfos imaginarios. A la conclusión de
cualquier gran experimento, ya se deba a un estadista, un guerrero, un poeta o
un filósofo, los problemas de la vida presentan el mismo carácter enigmático.
Según dicen, los pueblos más felices son los que no tienen historia. Los que
tienen historia, los que han hecho la historia, parecen haberse limitado a acentuar
mediante sus realizaciones el carácter eterno de la lucha. Estos también
desaparecen, tarde o temprano, igual que los que no hicieron esfuerzos, los que
se contentaron con vivir y gozar.
Se suele creer que el individuo creativo (al luchar con su
medio) experimenta un gozo que equilibra, si es que no sobrepasa, el dolor y la
angustia que acompañan al esfuerzo por expresarse. Según decimos, vive en su
obra. Pero ese tipo de vida excepcional varía extraordinariamente según el
individuo. Sólo en la medida en que es consciente de más vida, de vida
abundante, podemos decir que vive en su obra. Si no hay comprensión, no hay
objeto ni ventaja en substituir la vida puramente aventurera de la realidad por
la vida imaginativa. Todo aquel que se alza por encima de las actividades de la
rutina diaria lo hace no sólo con la esperanza de ensanchar su campo de
experiencia, o incluso de enriquecerla, sino también de acelerarla. Sólo en ese
sentido tiene significado, por poco que sea, la lucha. Si se acepta esa
concepción, la distinción entre fracaso y éxito es nula. Y eso es lo que todos
los grandes artistas acaban aprendiendo por el camino: que el proceso en que
intervienen tiene que ver con otra dimensión de la vida, que al identificarse
con ese proceso aumenta la vida. En esa visión de las cosas se ve alejado —y
protegido— permanentemente de la insidiosa muerte que parece triunfar por todos
lados a su alrededor. Adivina que nunca aprehenderá el gran secreto, sino que
lo incorporará a su propia sustancia. Tiene que convertirse en parte del
misterio, vivir en él, además de con él. La aceptación es la solución: es un
arte, no una actuación egotista por parte del intelecto. Así pues, gracias al
arte establece por fin contacto con la realidad: ése es el gran descubrimiento.
En él todo es juego e invención; no hay apoyo sólido desde el que lanzar los
proyectiles que traspasarán la miasma de la locura, la ignorancia y la codicia.
No hay que poner en orden el mundo: el mundo es el orden encarnado. A nosotros
es a quienes corresponde ponemos en concordancia con ese orden, conocer cuál es
el orden del mundo por oposición a los órdenes ilusorios que intentamos
imponernos unos a otros. El poder que anhelamos poseer, para establecer lo
bueno, lo verdadero y lo bello resultaría no ser, si pudiéramos tenerlo, sino
el medio de destruirnos unos a otros. Es una suerte que carezcamos de poder.
Primero tenemos que adquirir visión, después disciplina y paciencia. Hasta que
no tengamos humildad para reconocer la existencia de una visión que supera a la
nuestra, hasta que no tengamos fe y confianza en poderes superiores, el ciego
tendrá que guiar al ciego. Los hombres que creen que con trabajo e inteligencia
todo se consigue han de verse engañados incluso por el quijótico e inesperado
cariz de los acontecimientos. Son los que están perpetuamente decepcionados; al
no poder ya culpar a los dioses, o a Dios, se vuelven contra sus semejantes y
dan rienda suelta a su rabia impotente gritando: «¡Traición! ¡Estupidez!» y
otros términos huecos.
La gran alegría del artista es llegar a ser consciente de
un orden de cosas superior, reconocer mediante la manipulación compulsiva y
espontánea de sus propios impulsos el parecido entre la creación humana y lo
que se llama creación «divina». En las obras de fantasía la existencia de la
ley que se manifiesta a través del orden es todavía más patente que en otras
obras de arte. Nada es menos demencial, menos caótico, que una obra de
fantasía. Semejante creación, que es nada menos que pura invención, satura todos
los niveles, creando, como el agua, su propio nivel. Las continuas
interpretaciones que se ofrecen no hacen otra aportación que la de intensificar
el significado de lo que aparentemente es ininteligible. En cierto modo esa
ininteligibilidad tiene un sentido profundo. Todo el mundo se ve afectado,
incluidos aquellos que fingen no verse afectados. En las obras de fantasía hay
algo presente que sólo puede compararse con un elixir. Ese elemento misterioso,
calificado a veces de «puro disparate», aporta el sabor y el aroma de ese mundo
más amplio e impenetrable en que nosotros y todos los cuerpos celestes tenemos
nuestro ser. El término «disparate» es una de las palabras más desconcertantes
de nuestro vocabulario. Sólo tiene carácter negativo, como la muerte. Nadie
puede explicar un disparate: sólo puede demostrarse. Además, añadir que sentido
y disparate son intercambiables no es sino complicar el asunto inútilmente. El
disparate pertenece a otros mundos, a otras dimensiones, y el gesto con que lo
apartamos de nosotros a veces, la finalidad con que lo desechamos, atestigua su
carácter inquietante. Todo lo que no podemos incluir dentro de nuestro estrecho
marco de comprensión lo rechazamos. Así, podemos ver que la profundidad y el
disparate presentan ciertas afinidades insospechadas.
¿Por qué no me lancé al puro disparate inmediatamente?
Porque, como a otros, me asustaba. Y más profundo que eso era el hecho de que,
lejos de situarme en un más allá, estuviera atrapado en el centro mismo de la
red. Había sobrevivido en mi propia escuela destructiva de dadaísmo: había
progresado, en caso de que ésa sea la palabra exacta, de estudioso a crítico y
de crítico a alabardero. Mis experimentos literarios yacían en ruinas, como las
ciudades de la antigüedad que eran saqueadas por los vándalos. Quería
construir, pero los materiales no eran dignos de confianza y los planos no
habían pasado a ser siquiera anteproyectos. Si la sustancia del arte es el alma
humana, en ese caso debo confesar que con almas muertas no podía imaginar nada
germinando bajo mi mano.
Verse atrapado en un exceso de episodios dramáticos, estar
participando sin cesar, significa entre otras cosas que uno no es consciente de
los contornos de ese drama mayor del que la actividad humana no es sino una
pequeña parte. El acto de escribir pone fin a un tipo de actividad para dejar
vía libre a otro. Cuando un monje, meditando piadosamente, camina despacio y en
silencio por el vestíbulo de un templo y, al caminar así, pone en movimiento
una rueda de oraciones tras otra, ofrece una ilustración viva del acto de
sentarse a escribir. La mente del escritor, ya no preocupado de observar y
conocer, vaga meditabunda por entre un mundo de formas que un simple roce de
sus alas hace girar. No es un tirano que imponga su voluntad a los subyugados
súbditos de su mal habido reino. Más que nada, es un explorador que llama a las
adormecidas entidades de su sueño. El acto de soñar, como una corriente de aire
fresco en una casa abandonada, sitúa el mobiliario de la mente en un ambiente
nuevo. Las sillas y mesas colaboran; se emite una emanación, se inicia un
juego.
Es inútil preguntar por el objeto del juego, por la
relación que guarda con la vida. Lo mismo que preguntar al Creador: ¿por qué
volcanes? ¿Por qué huracanes?, ya que es evidente que no aportan otra cosa que desastre.
Pero, como los desastres sólo son desastrosos para quienes se ven sumidos en
ellos, mientras que pueden ser reveladores para quienes sobrevivan y los
estudien, lo mismo ocurre en el mundo creativo. El soñador que regresa de su
viaje, si no zozobra en camino, puede y suele convertir la ruina de su tenue
tejido en otro material. A un niño pinchar una burbuja puede no ofrecerle otra
cosa que asombro y deleite. El estudioso de las ilusiones y los espejismos
puede reaccionar de forma diferente. Un científico puede convertir en pura
ilusión la riqueza emocional de un mundo de pensamientos. El mismo fenómeno que
hace gritar al niño de deleite puede hacer nacer, en la mente de un
experimentador serio, una visión deslumbrante de la verdad. En el artista esas
relaciones en contraste parecen combinarse o fundirse para producir la última,
la definitiva, el gran catalizador llamado comprensión. Ver, conocer,
descubrir, gozar: esas facultades o poderes carecen de color y de vida sin la
comprensión. El juego del artista consiste en pasar a la realidad. Consiste en
ver más allá del mero «desastre» que la imagen de un campo de batalla perdida
ofrece al ojo desnudo. Pues desde el comienzo de los tiempos la imagen que el
mundo ha presentado al ojo humano desnudo apenas puede parecer sino otra cosa
que un espantoso campo de batalla por causas perdidas. Ha sido y será así hasta
que el hombre deje de considerarse mero centro de conflicto. Hasta que asuma la
tarea de convertirse en el «yo» de su «yo».
Capítulo X
Los sábados solía salir del trabajo a mediodía, y
almorzaba con Hymie Laubscher y Romero o con O’Rourke y O’Mara. A veces se nos
unía Curley, o Georges Miltiades, un poeta y erudito griego que formaba parte
del cuerpo de repartidores. Alguna vez que otra O’Mara invitaba a Irma y a
Dolores a que se nos unieran; se habían abierto camino de humildes secretarias
en la oficina de personal cosmocócica a agentes de compras en unos almacenes de
la Quinta Avenida. La comida solía prolongarse hasta las tres o las cuatro de
la tarde. Después, arrastrando los pies, me encaminaba a Brooklyn para hacer la
visita semanal a Maude y a la pequeña.
Como el suelo estaba todavía cubierto de nieve, ya no
podíamos dar nuestros paseos por el parque. Maude iba vestida generalmente con
un salto de cama y una bata; su largo cabello colgaba suelto, casi hasta la
cintura. Las habitaciones tenían la calefacción al máximo y estaban atestadas
de muebles. Solía tener una caja de caramelos junto al sofá en que se
recostaba.
Por los saludos que cambiábamos era como para pensar que
éramos antiguos amigos. A veces la niña no estaba, cuando yo llegaba, por haber
ido a la casa de un vecino a jugar con una de sus amiguitas.
«Te ha esperado hasta las tres», decía Maude, con
expresión de reproche leve, pero temblando de emoción por dentro porque
hubieran salido así las cosas.
Yo explicaba que el trabajo me había retenido en la
oficina. Al oír eso, me lanzaba una mirada que significaba: «Ya me conozco tus
excusas. ¿Por qué no inventas algo diferente?»
«¿Cómo está tu amiga Dolores?», me preguntaba
abruptamente. «¿O», lanzándome una mirada penetrante, «ya no es tu amiga?»
Una pregunta así era una suave insinuación de que esperaba
que no estuviera yo engañando a la otra mujer (Mona) como había hecho con ella.
Nunca mencionaba el nombre de Mona, por supuesto, ni yo tampoco. Decía «ella» o
«la» de un modo que dejaba bien claro a quién se refería.
También había en esas preguntas una resonancia de
connotaciones más profundas. Como los trámites del divorcio sólo estaban en las
etapas preliminares, como la ley no había reconocido todavía definitivamente la
ruptura, no se podía saber lo que podría ocurrir entretanto. Ya no éramos
enemigos, por lo menos. En último caso, estaba entre nosotros la niña: un
vínculo fuerte. Y, hasta que no pudiera ella organizar su vida de otro modo,
las dos dependían de mí. Le habría gustado saber más cosas sobre mi vida con Mona,
si había ido tan bien como esperábamos o no, pero el orgullo le impedía
preguntar demasiado a las claras. Indudablemente debía de decirse para sus
adentros que los siete años que habíamos vivido juntos constituían un factor no
del todo despreciable en aquella situación de entonces aparentemente
reversible. Un movimiento en falso por parte de Mona y yo volvería a caer en la
antigua rutina. Le convenía sacar el mayor partido de aquella extraña amistad
nueva que habíamos trabado. Podría preparar el terreno para otra relación más
profunda.
A veces sentía lástima de ella, cuando esa esperanza
inesperada se manifestaba con la mayor claridad. Por mi parte no había nunca el
menor miedo de que volviera a caer en la antigua rutina de la vida conyugal. Si
algo le ocurriese a Mona —la única amenaza de separación que podía concebir era
la muerte—, desde luego que no iba a reanudar la vida con Maude. Era mucho más
plausible que me inclinara por Irma o Dolores, o incluso Mónica, la camarerita
del restaurante griego.
«¿Por qué no vienes a sentarte aquí, a mi lado?... No voy
a morderte.»
Su voz parecía venir de muy lejos. Con frecuencia ocurría
que, cuando nos quedábamos solos, Maude y yo, mi mente se pusiera a vagar. Como
ahora, por ejemplo, muchas veces respondía en una especie de semitrance, con el
cuerpo obediente a sus deseos, pero el resto de mí ausente. Siempre se sucedía
una breve lucha de voluntades, una lucha más que nada entre su voluntad y mi
falta de voluntad. No sentía deseo de satisfacer sus fantasías eróticas; estaba
allí para matar unas horas y marcharme sin abrir heridas frescas. Sin embargo,
mi mano solía vagar distraídamente por sus voluptuosas formas. Al principio no
era otra cosa que la caricia involuntaria que se hace a un perro o a un gato.
Pero poco a poco ella me hacía saber que estaba reaccionando con placer disimulado;
entonces, justo cuando había conseguido que mi atención se centrara en su
cuerpo, hacía un movimiento brusco para romper el contacto.
«¡Recuerda que ya no soy tu mujer!»
Le encantaba soltarme eso, sabiendo que me incitaría a
renovar mis esfuerzos, sabiendo que haría que mi mente y mis dedos se
concentrasen en el objeto prohibido: ella. Esos reproches estaban también al
servicio de otro fin: despertaban la conciencia de su poder para ofrecer o
negar. Siempre parecía estar diciendo con su cuerpo: «Para poseer esto no
puedes dejar de hacerme caso.» La idea de que pudiese satisfacerme sólo con su
cuerpo era de lo más humillante para ella. «Yo te daría más de lo que mujer alguna
pudiera ofrecer», parecía decir, «con sólo que me mirases, con sólo que me
vieras, tal como soy de verdad.» De sobra sabía que yo miraba más allá de ella,
que la dislocación entre nuestros centros era mucho más real, mucho más
peligrosa, entonces de lo que había sido nunca. Sabía también que la única
forma de llegar a mí era a través del cuerpo.
Es curioso que un cuerpo, por familiar que pueda ser a la
vista y al tacto, puede volverse elocuentemente misterioso una vez que sentimos
que la persona a que pertenece se ha vuelto esquiva o evasiva. Recuerdo el
renovado deleite con que exploré el cuerpo de Maude tras enterarme de que había
ido a ver a un doctor para un examen vaginal. Lo que daba interés a la
situación era que el doctor en cuestión había sido un antiguo novio de ella,
uno de esos novios de los que nunca me había hablado. Un día me anunció de
buenas a primeras que había estado en su consulta, que un día había tenido una
caída de la que no me había hablado, y, por haberse encontrado más adelante a
su antiguo amorcito, de quien sabía podía fiarse (!), había decidido dejarle
que la examinara.
«O sea, ¿que te presentaste y le pediste que te
examinase?»
«No, no exactamente así.» No pudo por menos de troncharse
de risa al oírme decir eso.
«Pues, entonces, ¿qué pasó exactamente?»
Sentía curiosidad por saber si la había encontrado
mejorada o no en el intervalo de cinco o seis años que había transcurrido. ¿No
le había hecho insinuaciones? Naturalmente, estaba casado, ya me lo había
contado. Pero también era guapísimo, una personalidad magnética, me había hecho
saber sin falta.
«Bueno, ¿qué sentiste al tumbarte en la camilla y abrirte
de piernas... delante de tu antiguo amorcito?»
Intentó hacerme entender que se había quedado
absolutamente frígida, que el Dr. Hilary, o como diablos se llamara, la había
instado a relajarse, le había recordado que estaba actuando como médico, y que
si patatín y que si patatán.
«¿Conseguiste relajarte... por fin?»
Volvió a reírse, con una de esas risas provocadoras que
siempre soltaba, cuando tenía que hablar de cosas «vergonzosas».
«Bueno, ¿y qué hizo?», le insistí.
«Oh, nada del otro mundo, en realidad. Simplemente se
limitó a explorar la vagina» —¡no se le habría ocurrido decir mi vagina!— «con
el dedo. Por supuesto, tenía puesta una goma en el dedo». Añadió esto como para
absolverse de la menor sospecha de que el procedimiento pudiera haberse salido
de lo rutinario.
«Le parecía que estaba más llenita y que me sentaba muy
bien», dijo espontáneamente y para mi sorpresa.
«¡Ah!, ¿sí? Entonces, ¿te hizo un reconocimiento
completo?»
El recuerdo de aquel pequeño incidente me lo había evocado
una observación que había dejado caer. Dijo que había estado preocupada por el
antiguo dolor que había reaparecido recientemente. Volvió a describir la caída
que había tenido años atrás, cuando creyó, equivocadamente, que se había
lesionado la pelvis. Hablaba con tal seriedad, que, cuando me cogió la mano y
se la colocó sobre el coño, justo en el relieve del monte de Venus, creí que
era un gesto completamente inocente. Tenía ahí una espesa maleza de pelo, una
auténtica mata de rosas que, si los dedos vagaban a poca distancia, se ponía de
punta inmediatamente, erizada como un cepillo. Era uno de esos vellones que te
hacen enloquecer al tocarlos a través de la seda o del terciopelo. Con
frecuencia, en los viejos tiempos, cuando llevaba vestidos ligeros y
atractivos, cuando se hacía la coqueta y la seductora, yo solía alargar la mano
y tenérsela cogida, estando en lugares públicos, el vestíbulo de un teatro o
una estación del ferrocarril elevado. Se ponía furiosa conmigo. Pero yo,
arrimándome a ella, tapando la mano que se movía a tientas para que no pudieran
verla, seguía reteniéndola y decía: «Nadie puede ver lo que estoy haciendo. ¡No
te muevas!» Y seguía hablando con ella, con la mano hundida en su peludo chocho
y ella hipnotizada de miedo. En el teatro, en cuanto se atenuaban las luces, se
abría de piernas y me dejaba juguetear con ella. Entonces no tenía
inconveniente en abrirme la bragueta y jugar con mi polla durante toda la
sesión.
Su coño todavía podía hacerme estremecer. Era consciente
de ello ahora, con la mano descansando todavía cálidamente al borde de su
espeso vellón. Ella hablaba y hablaba sin parar para posponer el embarazoso
momento de silencio en que no habría otra cosa que la presión de mi mano y la
admisión tácita de que deseaba que siguiera ahí.
Como si estuviese vitalmente interesado en lo que estaba
contando, le recordé de repente a su padrastro, ya fallecido. Como había
previsto, se estremeció inmediatamente ante aquella sugerencia. Excitada por la
simple mención del nombre, colocó su mano sobre la mía y la apretó
cariñosamente. Que mi mano se deslizara un poquito más abajo, que los dedos se
quedasen enredados en los espesos pelos, no pareció importarle... de momento.
Siguió hablando de él a borbotones, como una colegiala enteramente. Mientras mis
dedos se enroscaban y desenroscaban, sentí despertárseme una doble pasión. Años
atrás, en las primeras visitas que le hice, sentía violentos celos de su
padrastro. Entonces era una mujer de veintidós o veintitrés años, de figura
completamente desarrollada, madura en todos los sentidos de la palabra; verla
sentada en las rodillas de él delante de la ventana, al atardecer, hablándole
en voz baja y acariciadora, me ponía furioso. «Lo amo», decía ella, como si eso
excusara su comportamiento, pues en su caso la palabra amor siempre significaba
algo puro, algo separado del placer carnal. Era en verano cuando ocurrían esas
escenas y yo, que lo único que esperaba era que el viejo chocho la soltase, era
más que consciente de la cálida carne desnuda bajo el tenue vestido, semejante
a una gasa. Igual podría haberse sentado desnuda en sus brazos, me parecía a
mí. Yo siempre era consciente del peso de ella en los brazos de él, del modo
como se acomodaba sobre él, con los muslos ondulantes y la generosa raja
anclada firmemente sobre su bragueta. Yo estaba seguro de que, por puro que
fuera el amor del viejo por ella, tenía que ser consciente del sabroso fruto
que sostenía en los brazos. Sólo un cadáver habría permanecido indiferente a la
savia y el calor que emanaban de aquel cuerpo cálido. Además, cuanto mejor la
conocía yo, más natural me parecía que ofreciese su cuerpo de esa forma furtiva
y libidinosa. Era perfectamente capaz de una relación incestuosa; si tuvieran
que «violarla», preferiría que lo hiciese el padre que amaba; el hecho de que
no fuera su padre verdadero, sino el que ella había escogido, simplificaba la
situación, en caso de que se permitiese a sí misma pensar en cosas así a las
claras. Aquella maldita relación perversa era la que había hecho que me resultara
tan difícil en aquella época inducirla a una relación sexual clara y abierta.
Quería que le hiciese fiestas como a una niña, que le susurrara tiernas
naderías al oído, que la mimase, que la complaciera, que le siguiese la
corriente. Quería que la abrazara y la acariciase de un modo absurdo e
incestuoso. No quería reconocer que ella tenía un coño y yo una picha. Quería
palabras de amor y presiones y exploraciones furtivas y en silencio con las
manos. Para su gusto, yo era demasiado directo, demasiado brutal.
Después de haber probado el asunto de verdad, estaba casi
fuera de sí... de pasión, rabia, vergüenza, humillación, y qué sé yo.
Evidentemente, nunca había pensado que fuese a ser tan placentero, ni tan
repugnante. Lo repugnante —para ella— era el abandono. Pensar que había algo
que colgaba entre las piernas de un hombre y que podía hacerle olvidarse de sí
misma completamente la exasperaba. Deseaba tanto ser independiente... cuando no
una simple niña. No quería la zona intermedia, el abandono, la fusión, el intercambio.
Quería conservar ese pequeño y hermético meollo de su yo que llevaba escondido
en el pecho y permitirse sólo el placer legítimo de entregar el cuerpo. Que
cuerpo y alma no pudieran separarse, especialmente en el acto sexual, era
motivo para la más profunda irritación. Se comportaba como si, al haber
abandonado el coño a la exploración del pene, hubiese perdido algo, una pequeña
partícula de su yo abismal, un elemento que nunca pudiera reponerse. Cuanto más
luchaba contra eso, más completo era su abandono. No hay mujer que pueda follar
tan salvajemente como la mujer histérica que ha vuelto frígida la mente.
Al jugar ahora con los tiesos e hirsutos pelos de aquella
mata suya, al dejar deslizar un dedo de vez en cuando hasta el extremo de su
coño, mis pensamientos vagaban y penetraban profundamente en el pasado. Tenía
casi la sensación de que era su padre elegido, de estar jugando con aquella
hija lasciva en la penumbra hipnótica de una habitación con la calefacción al
máximo. Todo era falso y profundo y real al mismo tiempo. Si yo actuara como
ella deseaba, si desempeñase el papel de amante tierno y comprensivo, no había
duda de que obtendría la recompensa. Me devoraría en apasionado abandono.
Bastaba con que yo conservara las apariencias para que ella abriese los muslos
con ardor volcánico.
«Déjame ver si te duele por dentro», le susurré, apartando
la mano, deslizándosela hábilmente bajo el camisón y pasándosela coño arriba.
Los jugos le rezumaban; las piernas se separaron un poco más, sensibles a la
más ligera presión de mi mano.
«Ahí... ¿duele ahí?», le pregunté, penetrándola
profundamente.
Tenía los ojos medio cerrados. Hizo un gesto sin sentido
con la cabeza, un gesto que no significaba ni sí ni no. Le metí dos dedos más
dentro del coño y me tendí a su lado en silencio. Le pasé el brazo por debajo
de la cabeza y la atraje suave hacia mí, sin dejar de batir hábilmente los
jugos que rezumaban de ella.
Yacía inmóvil, absolutamente pasiva, con la mente
enteramente absorta en el revoloteo de mis dedos. Le cogí la mano y la deslicé
hasta mi bragueta, que se desabrochó mágicamente. Me cogió la picha firme y
suavemente, y la acarició con mano experta. Le eché un vistazo rápido y le vi
una expresión casi de arrobamiento en el semblante. Eso era lo que le gustaba,
ese intercambio ciego y táctil. Si hubiera podido quedarse dormida de verdad y
dejarse follar, fingir que no tomaba parte atenta y despierta en el asunto...
limitarse a entregarse completamente y, aun así, ser inocente... ¡qué felicidad
habría sido! Le gustaba joder con el coño interior, yaciendo absolutamente
inmóvil, como en trance. Con los semáforos erectos, estirados, alborozados,
crispándose, cosquilleando, chupando, pegándose, podía joder a sus anchas,
joder hasta que se agotara la última gota de jugo.
Ahora era primordial no dar un paso en falso, no agujerear
la fina capa que todavía estaba tejiendo, como un capullo, sobre su desnudo yo
carnal. Pasar del dedo a la picha requería la destreza de un hipnotizador.
Había que incrementar el mortífero placer lo más gradualmente posible, como si
fuera un veneno al que el cuerpo sólo se acostumbrase gradualmente. Habría que
follarla a través del velo del capullo, igual que años atrás, para poseerla,
tenía que violarla a través del camisón... Mientras la polla me brincaba de
placer con sus hábiles caricias, se me ocurrió una idea diabólica. La imaginé
sentada en las rodillas de su padrastro al atardecer, con la raja pegada a su
bragueta como siempre. Me pregunté qué expresión habría adquirido su rostro, si
hubiera sentido de repente la luciérnaga de él penetrando en su coño soñador;
si, mientras le murmuraba a los oídos su perversa letanía de amor adolescente,
si, sin advertir que su vestido ligero como una gasa ya no le cubría el carnoso
trasero, esa cosa innombrable que él llevaba escondida entre las piernas se
irguiese de golpe y se le introdujera y explotase como una pistola de agua. La
miré para ver si podía leer mis pensamientos, mientras exploraba los pliegues y
las hendiduras de su ardiente coño con palpos audaces y agresivos. Tenía los
ojos cerrados y apretados y los labios separados lascivamente; la parte
inferior de su cuerpo empezó a retorcerse y contorsionarse, como si intentara
liberarse de una red. Le quité suavemente la mano de la polla, al tiempo que le
levantaba cuidadosamente una pierna y me la pasaba por encima del cuerpo. Por
unos momentos dejé que mi polla brincara y se estremeciese al borde de su raja,
que resbalara de delante atrás y vuelta a empezar, como si fuese un juguete de
goma flexible. Un estribillo estúpido se repetía en mi cabeza: «¿Qué es esto
que sostengo sobre tu cabeza: bueno o superior?» Continué con ese jueguecito
por un intervalo exasperante, metiéndole de cuando en cuando el capullo unos
centímetros, rozándolo después contra el extremo de su coño y dejándole
cobijarse en su fresco matorral. De repente resolló y con los ojos bien
abiertos se dio la vuelta; apoyándose en las manos y las rodillas, se esforzó
frenéticamente por atraparme la picha con su glutinosa trampa. Le rodeé el
trasero con las dos manos, al tiempo que hacía un glissando con los dedos a lo
largo del borde interior de su hinchado coño y, abriéndolo como si fuera una
pelota de goma rota, coloqué la polla en el punto vulnerable y esperé a que le
cayese encima. Por un momento pensé que había cambiado de idea de repente. Su
cabeza, que había estado colgando suelta, con los ojos siguiendo indefensos los
frenéticos movimientos de su coño, se irguió hasta quedar tiesa, al tiempo que
la mirada se fijaba de repente en un punto por encima de mi cabeza. Los ojos
plenos y perdidos se llenaron con una expresión de placer total y egoísta, y,
al tiempo que se ponía a girar el culo, con la picha a medio meter, empezó a
morderse el labio inferior. Entonces me agaché un poquito y empujándola hacia
abajo con todas mis fuerzas se la clavé hasta dentro, tan adentro, que lanzó un
gemido y la cabeza le cayó hacia adelante sobre la almohada. En ese momento,
cuando habría podido coger una zanahoria y metérsela, porque para el caso
habría dado igual, llamaron con fuerza a la puerta. Nos sobresaltamos tanto los
dos, que casi dejó de latimos el corazón. Como de costumbre, ella se recuperó
la primera. Separándose de mí, corrió hacia la puerta.
«¿Quién es?», preguntó.
«Soy yo», se oyó la voz tímida y temblorosa que reconocí
inmediatamente.
«¡Ah, eres tú! ¿Por qué no lo has dicho? ¿Qué ocurre?»
«Sólo quería saber», dijo la voz débil y cansina con
lentitud exasperante, «si estaba aquí Henry».
«Sí, claro que está aquí», dijo bruscamente Maude,
recobrando la sangre fría. «Oh, Melanie», dijo, como si ésta la estuviera
torturando, «¿eso era lo único que querías? ¿No podías...?»
«Llaman a Henry al teléfono», dijo la pobre Melanie.
Y después, más despacio todavía, como si ya no le quedaran
fuerzas para nada más: «Creo... que... es importante.»
«Está bien», grité, levantándome del sofá y abrochándome
la bragueta, «¡ya voy!»
Cuando cogí el auricular, me llevé un susto de aúpa. Era
Curley, que llamaba desde Cockroach Hall. No podía decirme de qué se trataba,
dijo, pero debía ir a casa lo más rápido que pudiera.
«No hables así», dije, «dime la verdad. ¿Qué ha ocurrido?
¿Se trata de Mona?»
«Sí», dijo, «pero se recuperará pronto.»
«Entonces, ¿no ha muerto?»
«No, pero le ha faltado poco. Date prisa...» y, dicho eso,
colgó.
En el vestíbulo me tropecé con Melanie, con el pecho medio
descubierto, que se iba cojeando con satisfacción melancólica. Me echó una
mirada comprensiva, una mirada de compasión, envidia y censura combinadas.
«Mira, no te habría molestado» —su voz arrastraba las palabras penosamente— «si
no hubiesen dicho que era importante. ¡Ay, Señor!», y empezó a dirigirse hacia
la escalera, «hay tanto que hacer. Cuando se es joven...»
No esperé a oírla terminar. Bajé corriendo las escaleras y
caí casi en brazos de Maude.
«¿Qué pasa?», preguntó solícita. Luego, como no respondí
al instante, añadió: «¿Le ha ocurrido algo... a... a ella?»
«Espero que no sea nada grave», dije, buscando nervioso el
abrigo y el sombrero.
«¿Tienes que irte ahora mismo? Quiero decir...»
Había algo más que ansiedad en la voz de Maude; había un
atisbo de decepción, una débil sugerencia de desaprobación.
«No he encendido la luz», prosiguió, dirigiéndose hacia la
lámpara, como para encenderla, «porque temía que Melanie bajara contigo». Se
arregló un poco la bata, como para volver a recordarme el tema que le tenía
sorbido el seso en ese momento.
De repente comprendí que era cruel irse al instante sin
hacerle una pequeña manifestación de ternura.
«Tengo que irme corriendo, de veras», dije, dejando caer
el abrigo y el sombrero y acercándome con rapidez a ella. «Siento mucho tener
que dejarte ahora... así», y, cogiéndola de la mano que estaba a punto de
encender la lámpara, la atraje hacia mí y la abracé. No ofreció resistencia. Al
contrario, echó la cabeza hacia atrás y ofreció los labios. En un instante le
había metido la lengua en la boca y su cuerpo, fláccido y cálido, se apretaba
convulsivamente contra el mío. («¡Date prisa, date prisa!», oía las palabras de
Curley.) «Será cosa de unos minutos», me dije para mis adentros, sin importarme
ya dar un paso en falso. Le deslicé la mano bajo el camisón y le hundí los
dedos en la entrepierna. Para mi sorpresa, me metió la mano en la bragueta, la
abrió y me sacó la picha. La recosté contra la pared y le dejé colocar la picha
contra el coño. Ahora ardía de pasión, consciente de cada movimiento que hacía,
deliberado e imperioso. Manejaba mi picha como si fuese su propiedad privada.
De pie era difícil darle al asunto. «Tumbémonos aquí»,
susurró, arrodillándose y tirando de mí para que hiciese lo mismo.
«Vas a coger frío», dije, mientras ella intentaba
febrilmente quitarse la ropa.
«No me importa», dijo, bajándome los pantalones y
atrayéndome hacia ella precipitadamente. «Oh, Dios», gimió, mordiéndose los
labios de nuevo y apretándome los cojones, mientras yo le metía la picha
despacio. «Oh, cielos, dámelo... ¡métela hasta dentro!», y jadeaba y gemía de
placer.
Como no quería levantarme de un brinco y lanzarme a por el
sombrero y el abrigo, me quedé así, encima de ella, con la picha todavía metida
y tiesa como una baqueta. Por dentro era como un fruto maduro y la pulpa
parecía estar respirando. Al cabo de poco sentí flamear las dos banderitas; era
como una flor oscilando, y la caricia de los pétalos era tentadora. Se movían
incontrolablemente, no con sacudidas fuertes y convulsivas, sino como banderas
de seda movidas por la brisa.
Y después pareció como si ella asumiera el control de
repente: con las paredes del coño se convirtió en un exprimelimones por dentro,
extrayendo y apretando a voluntad, casi como si le hubiese crecido una mano
invisible.
Tumbado y absolutamente inmóvil, me abandoné a aquellas
diestras manipulaciones: («¡Date prisa, date prisa!» Pero recordé con toda
claridad entonces que Curley había dicho que no había muerto.) En último caso,
podía coger un taxi; unos minutos más o menos no importarían. Nadie imaginaría
nunca la razón por la que me había retrasado.
(Toma el placer mientras dure... Toma el placer.)
Ahora ella sabía que no iba a salir corriendo. Sabía que
podía prolongarlo cuanto quisiera, sobre todo tumbados así, inmóviles, follando
sólo con el coño interior, follando con la mente en blanco.
Apliqué mi boca a la suya y empecé a joder con la lengua.
Ella podía hacer las cosas más asombrosas con la lengua, cosas que yo había
olvidado que sabía.
A veces me la deslizaba hasta la garganta como para
dejarme tragarla, después la retiraba tentadoramente para concentrarse en las
señales de abajo. Una vez saqué la picha del todo, para refrescarla un poco al
aire, pero ella la cogió y la volvió a meter, echándose hacia adelante para que
le llegara hasta el fondo. Luego la saqué justo hasta el extremo del coño y,
como un perro con el hocico mojado, lo olfateé con la punta del canario. Ese
jueguecito fue demasiado excitante para ella; empezó a correrse con un orgasmo
prolongado que explotó suavemente como una estrella de cinco puntas. Yo me
controlaba con tal sangre fría, que, mientras ella pasaba por sus espasmos, se
la clavaba en círculo como un demonio, arriba, a los lados, abajo, dentro,
fuera otra vez, hundiéndola, alzándola, pinchando, resoplando, y absolutamente
seguro de que no me correría hasta que no estuviera más a punto que la hostia.
Y entonces hizo algo que nunca había hecho. Moviéndose con
furioso abandono mordiéndome los labios, el cuello, las orejas, repitiendo como
un autómata enloquecido: «¡Sigue, dámelo, sigue, dame, sigue, oh, Dios, dame,
dámelo!», pasó de un orgasmo a otro, empujando, impeliendo, elevándose,
meneando el culo en círculo, levantando las piernas y echándomelas al cuello,
gimiendo, gruñendo, chillando como un cerdo, y luego de repente, completamente
exhausta, pidiéndome que acabara, rogándome que descargase. «Córrete,
córrete... me voy a volver loca.» Tumbada ahí como un saco de patatas,
jadeando, sudando, totalmente indefensa y agotada como estaba, le metí y saqué
la polla despacio y deliberadamente como un espolón, y, cuando hube saboreado
el filete de lomo, el puré de patatas, la salsa y todas las especias, le solté
un chorro en la boca de la matriz que la estremeció como una descarga
eléctrica.
En el metro intenté prepararme para la prueba que me
esperaba. No sé por qué, pero estaba seguro de que Mona no estaba en peligro. A
decir verdad, la noticia no fue del todo una sorpresa; llevaba varias semanas
esperando una explosión de algún tipo. Una mujer no puede seguir fingiendo
indiferencia, cuando todo su futuro está en peligro. Sobre todo, una mujer que
se siente culpable. Si bien no dudaba de que había hecho un esfuerzo para hacer
algo desesperado, también sabía que sus instintos le impedirían llevar a cabo
su propósito. Lo que temía más que nada era que se hubiera hecho un destrozo.
Se me despertó la curiosidad. ¿Qué habría hecho? ¿Cómo lo habría llevado a
cabo? ¿Lo habría planeado sabiendo que Curley acudiría en su ayuda? Yo
esperaba, de forma extraña y perversa, que su historia pareciera convincente;
no quería oír un cuento disparatado y estrafalario, que en mi estado de nervios
me habría hecho romper a reír histéricamente. Quería poder escuchar con cara
seria: con expresión apenada y compasiva, porque me sintiese apenado y
compasivo. Los dramas siempre me afectaban de forma extraña, siempre me
despertaban el sentido del ridículo, sobre todo cuando el motivo era el amor.
Quizá fuese ésa la razón por la que, en momentos de desesperación, siempre podía
reírme de mí mismo. En el momento en que tomaba la decisión de actuar, me
convertía en otra persona: el actor. Y, naturalmente, siempre exageraba el
papel. Supongo que en el fondo ese comportamiento extraño se basaba en una
aversión incurable por el engaño. Aun cuando fuera para salvar la piel,
detestaba engañar a la gente. Vencer la resistencia de una mujer, hacer que te
amase, despertar sus celos, volverla a ganar: hacer cosas así, incluso mediante
el uso inconsciente de métodos legítimos, iba contra mi carácter. Para mí, no
había triunfo ni satisfacción, a no ser que la mujer se entregase
voluntariamente. Siempre fui un mal pretendiente. Me desanimaba fácilmente, no
porque dudara de mis poderes, sino porque desconfiaba de ellos. Quería que la
mujer viniese a mí. Quería que fuera ella la que hiciese las insinuaciones. ¡No
había peligro de que pareciera demasiado audaz! Cuanto más imprudentemente se
entregaba, más la admiraba yo. Detestaba a las vírgenes y a las vergonzosas.
¡La femme fatale!: ése era mi ideal.
¡Cuánto detestamos reconocer que nada nos gustaría tanto
como ser el esclavo! ¡Esclavo y amo al mismo tiempo! Pues hasta en el amor el
esclavo siempre es el amo encubierto. El hombre que ha de conquistar a la
mujer, subyugarla, someterla a su voluntad, formarla de acuerdo con sus
deseos... ¿acaso no es el esclavo de su esclava? ¡Qué fácil le resulta a la
mujer, en esa relación, romper el equilibrio del poder! A la menor amenaza de
independencia por parte de la mujer, el gallardo déspota es presa del vértigo.
Pero, si son capaces de lanzarse el uno sobre el otro al mismo tiempo y con
audacia, sin ocultar nada, entregando todo, si se reconocen su interdependencia
mutua, ¿es que no gozan de una gran libertad insospechada? El hombre que
reconoce ante sí mismo que es un cobarde ha dado un paso hacia la superación de
su miedo; pero el hombre que lo reconoce con franqueza ante todo el mundo, que
te pide que lo reconozcas en él y se lo disculpes al tratar con él, va camino
de convertirse en un héroe. Un hombre así se ve sorprendido con frecuencia,
cuando llega la prueba crucial, al descubrir que no conoce el miedo. Al haber
perdido el miedo a considerarse a sí mismo un cobarde, ha dejado de serlo; sólo
hace falta la demostración para probar la metamorfosis. Lo mismo ocurre con el
amor. El hombre que reconoce no sólo ante sí mismo, sino también ante sus
semejantes, e incluso ante la mujer que adora, que las mujeres lo pueden
dominar, que está indefenso en lo relativo al otro sexo, suele descubrir que es
el más poderoso de los dos. Nada vence antes la resistencia de una mujer que la
entrega total. Una mujer está preparada para resistir, para verse asediada; la
han educado para que se comporte así. Cuando no encuentra resistencia, cae de
cabeza en la trampa. Ser capaz de entregarse total y completamente es el mayor
lujo que la vida proporciona. El amor auténtico no comienza hasta ese punto de
disolución. La vida personal se basa totalmente en la dependencia, en la
dependencia mutua. La sociedad es el conjunto de personas, todas
interdependientes. Existe otra vida más rica fuera de los límites de la
sociedad, fuera de las fronteras de la persona, pero no se la puede conocer, no
hay modo de alcanzarla, sin atravesar primero las alturas y profundidades de la
jungla personal. Para llegar a ser el gran amante, el magnetizador y
catalizador, el foco cegador y la inspiración del mundo, primero hay que
experimentar la profunda sabiduría de ser un tonto de remate. El hombre cuya
grandeza de corazón lo conduce a la locura y a la ruina es irresistible para
una mujer. Es decir, para la mujer que ama. Por lo que se refiere a los que
sólo piden que se les ame, que sólo buscan su propio reflejo en el espejo,
ningún amor, por grande que sea, los satisfará. En un mundo tan hambriento de
amor, no es de extrañar que los hombres y las mujeres se vean cegados por el
encanto y el brillo de sus yoes reflejados. No es de extrañar que el disparo de
un revólver sea la última citación. No es de extrañar que las ruedas
trituradoras del metro, a pesar de cortar en pedazos el cuerpo, no precipiten
el elixir del amor. En el prisma egocéntrico la víctima se ve aprisionada por
la propia luz que refracta. El yo muere en su jaula de cristal...
Mis pensamientos retrocedían como los cangrejos. La imagen
de Melanie surgió de pronto. Siempre estaba ahí, como un tumor carnoso. Había
algo bestial y angélico en ella. Siempre renqueando, arrastrando las palabras,
salmodiando, diciendo tonterías, con sus enormes ojos melancólicos suspendidos
como brasas en sus cuencas. Era una de esas bellas hipocondríacas que, al
volverse asexuadas, adquieren las misteriosas cualidades sensuales de los seres
que pueblan la casa de fieras apocalíptica de William Blake. Era
extraordinariamente distraída, no con respecto a las trivialidades habituales
de la vida rutinaria, sino a su cuerpo. No era raro que anduviese por la casa,
realizando las tareas que nunca acababan, con las llenas tetas color blanco
leche al descubierto. Maude no cesaba de regañarla, siempre estaba furiosa con
las indecencias de Melanie, como las llamaba. Pero Melanie era tan inocente
como una nutria loca.
Y si la palabra «nutria» parece rara es por ser tan
apropiada. Con Melanie siempre me acudían a la mente toda clase de imágenes
absurdas. Sólo estaba «ligeramente» loca, por decirlo así. Cuanto más
disminuían sus facultades mentales, más obsesivo se volvía su cuerpo. La mente
se le había hundido en la carne y, si sus movimientos eran torpes y
temblorosos, era porque pensaba con su cuerpo carnoso y no con el cerebro. El
sexo que hubiera en ella parecía haberse distribuido por todo el cuerpo; ya no
estaba localizado, ni entre sus piernas ni en ningún otro sitio. No tenía
sentido de la vergüenza. El pelo del coño, si daba la casualidad que nos lo
enseñara en la mesa del desayuno al servimos, no se diferenciaba de las uñas de
los pies ni del ombligo. Estoy seguro de que, si alguna vez le hubiera tocado
el coño distraídamente, al alcanzar la cafetera, no habría reaccionado de forma
diferente que en caso de que le hubiese tocado el brazo. Muchas veces, cuando
estaba yo tomando un baño, abría la puerta despreocupadamente y colgaba las
toallas en la percha de encima de la bañera, excusándose débil y retraídamente,
pero sin hacer nunca el menor intento de apartar los ojos. A veces, en esas
ocasiones, se quedaba allí hablando conmigo unos momentos —de sus animalitos o
de sus juanetes o del menú del día siguiente— y mirándome con absoluto candor,
sin la menor turbación. A pesar de ser vieja y tener pelo blanco, su carne
estaba viva, casi escandalosamente viva para una persona de su edad.
Naturalmente, de vez en cuando me venía una erección tumbado allí en la bañera,
mientras ella seguía mirando descarada y farfullando un auténtico guirigay. Una
o dos veces Maude nos había cogido desprevenidos. Naturalmente, se quedaba
horrorizada. «Debes de estar loca», decía a Melanie. «¡Vaya por Dios!»,
respondía ésta. «¡Cuánto alboroto armas! Estoy segura de que a Henry no le
importa», y sonreía con esa sonrisa melancólica y pensativa de los
hipocondríacos. Después se marchaba a su habitación, que Maude había elegido
para ella. Dondequiera que viviésemos, la habitación de Melanie era siempre
exactamente la misma. Era una habitación en que la Demencia estaba enjaulada y
aprisionada. Siempre el loro en su jaula, siempre un perro de lanas escuálido,
siempre los mismos daguerrotipos, siempre la máquina de coser, siempre la cama
de cobre y el baúl anticuado. Una habitación desordenada que a Maude le parecía
el Paraíso. Una habitación llena de ladrillos estridentes, de graznidos
interrumpidos por murmullos acariciadores, zalamerías, arrullos, frases
embarulladas, chillidos de afecto. A veces, al pasar por delante de la puerta
abierta, la sorprendía sentada en la cama y vestida sólo con el camisón, con el
loro posado en su mano curvada y el perro mordisqueando el cebo que tenía entre
las piernas. «Hola», me decía, alzando la vista y mirándome con expresión vacía
e imperturbable. «Hace un día bonito, ¿verdad?» Y puede que apartara al perro,
no por vergüenza o turbación, sino porque le estaba haciendo cosquillas con su
lengüecita húmeda y diabólicamente hábil.
A veces entraba yo a hurtadillas en su habitación, sólo
para husmear. Sentía curiosidad por Melanie, por las cartas que recibía, los
libros que leía, y demás. En su habitación no había nada escondido. Tampoco se
consumía nada del todo. Siempre había un poco de agua en el platillo bajo la
cama, siempre había algunas galletas mordisqueadas sobre el baúl o un trozo de
pastel que había mordido y olvidado acabar. A veces había un libro abierto
sobre la cama, con la página sujetada por una zapatilla rota. Al parecer,
Bulwer-Lytton era uno de sus autores, y también Rider Haggard. Parecía
interesarle la magia, la negra en particular. Había un folleto sobre
hipnotismo, que presentaba señales de haber sido muy manoseado. El
descubrimiento más sorprendente, oculto en uno de los cajones de la cómoda, era
el de un instrumento de goma que sólo podía tener un uso, a no ser que Melanie,
con su chifladura, lo dedicara a un empleo totalmente inocente. La cuestión de
si Melanie pasaba una hora agradable con aquel objeto, como hacían las monjas
de otros tiempos, o si lo había comprado en una chamarilería y lo había
escondido para algún uso inesperado en un momento u otro de su inacabable vida,
era un misterio para mí. No me costaba trabajo imaginarla tumbada en el sucio
edredón vestida con su camisón desgarrado, metiéndose aquella cosa en el chocho
y sacándola con regocijo distraído. Podía incluso imaginar al perro lamiendo el
jugo que le goteaba despacio entre las piernas. Y el loro chillando
demencialmente, repitiendo tal vez una frase estúpida que Melanie le hubiera
enseñado, como: «¡Muy despacito, querido!» o «¡Muévete ahora, muévete!»
Un personaje extraño, aquella Melanie, y, aunque hubiera
perdido el juicio, entendía de modo primitivo, casi caníbal, que el sexo estaba
por todas partes, como la comida y el agua y el sueño y los juanetes. Me
exasperaba que Maude conservara las apariencias innecesariamente, cuando
Melanie estaba delante. Si nos tumbábamos en el sofá después de cenar, para
marcarnos un polvete tranquilo en la oscuridad, Maude se levantaba de un brinco
de repente y encendía una luz suave... para que Melanie no sospechara lo que
estábamos haciendo, o para que no nos interrumpiese distraídamente con el fin
de entregarnos una carta que había olvidado darnos en el desayuno. Yo
disfrutaba con la idea de que Melanie nos interrumpiera (justo cuando Maude
estaba subiéndose encima, pongamos por caso), de que nos interrumpiese para
entregarme una carta, y de que yo la cogiera sonriendo y dándole las gracias, y
Melanie se quedase allí un momento para decir alguna nadería como que el agua
caliente estaba demasiado caliente o preguntar a Maude si quería huevos por la
mañana o un poco de queso de cerdo. Me habría divertido enormemente hacerle a
Maude una jugada semejante. Pero Maude nunca podía admitir ante sí misma que
Melanie estuviera enterada de nuestras relaciones sexuales. Por considerarla
idiota o loca de remate, se había hecho creer a sí misma que personas como
Melanie nunca pensaban en el sexo. Su padrastro no había tenido vida sexual con
aquella demente, de eso estaba segura. Se negaba a tocar ese tema, a decir por
qué estaba tan segura, pero no le cabía la menor duda, y la forma como
desechaba el tema indicaba con toda claridad que consideraba que su padrastro
había sido víctima de un crimen. De creerla, era como para pensar que Melanie
se había vuelto mochales a propósito para privar a su padrastro de su ración
sexual.
Melanie sentía debilidad por mí en el fondo de su corazón,
siempre se ponía de mi parte, cuando regañaba con Maude, y no recuerdo ni una
sola vez en que hiciera el menor intento de reprocharme mi flagrante mala
conducta. Así fue desde el principio mismo. Los primeros tiempos, Maude
intentaba mantenerla fuera de la vista. Melanie era algo de lo que se
avergonzaba profundamente: un recuerdo viviente, parecía, de la mancha de la
familia. Melanie no parecía notar la diferencia entre las personas buenas y las
malas; sólo se guiaba por un principio, una respuesta inmediata ante la bondad.
Y, por eso, cuando descubrió que yo no intentaba escapar de su lado, en cuanto
abría el pico, cuando notó que podía escuchar su cháchara sin quedar aturdido,
como Maude, cuando vio que me encantaba la comida, la cerveza y el vino, sobre
todo el queso y la mortadela de Bolonia, estuvo dispuesta a ser mi esclava. A
veces, cuando Maude no estaba, sostenía con ella las más maravillosas
conversaciones meningíticas: generalmente, en la cocina con la botella de
cerveza entre los dos y quizá un poco de liverwurst y un pedazo de Liederkranz
al lado. Soltándole las riendas, como hacía yo en esas ocasiones, captaba
instantáneas notables de su pasado, que no carecía de interés. «Ellos» parecían
ser oriundos de una región indolente y semiestreñida donde corre el Würzburger.
Las mujeres siempre estaban quedando preñadas y los hombres se pasaban la vida
yendo a la cárcel por alguna razón trivial. Era una especie de atmósfera de
excursión al campo de la escuela dominical con barrilitos de cerveza,
bocadillos de pan negro de centeno, enaguas de tafetán, bragas de encaje y
cabras extraviadas follando satisfechas en los prados. A veces me daban ganas
de preguntarle si se había dejado joder alguna vez por un caballo de
Shetlandia. Si Melanie pensaba que deseabas sinceramente enterarte, te
respondía a una pregunta así sin vacilar. Podías pasar de una pregunta así a
otra sobre el servicio de la comunión sin cambiar el tono de voz. No había
censor parado en su umbral subliminal; los mensajeros iban y venían sin la
menor formalidad.
Fue maravilloso ver cómo aceptó al japonesito que fue la
estrella de nuestros huéspedes. Se llamaba Tori Takekuchi, y era un joven
encantador, amable, espléndido. Había comprendido la situación de un vistazo, a
pesar de sus dificultades con el idioma. Naturalmente, siendo japonés, le
resultaba fácil sonreír y poner expresión radiante ante Melanie, cuando ésta se
colocaba en el umbral de su puerta y charlaba por los codos como una cabra
loca. A nosotros nos sonreía igual, hasta cuando le informábamos de una grave
catástrofe. Creo que me habría dedicado la misma sonrisa, si le hubiera dicho
que me iba a morir dentro de unos minutos. Desde luego, Melanie sabía que los
orientales sonríen de ese modo inescrutable, pero pensaba que la sonrisa del
señor T. —así era como lo llamaba siempre, «Señor T.»— era particularmente
simpática. Le parecía que era como un muñeco. Y, además, ¡tan limpio y
ordenado! Nunca dejaba una pizca de suciedad tras sí.
Cuando intimamos más, y debo decir que todos llegamos a
intimar mucho antes de que pasaran uno o dos meses, el señor T. empezó a traer
chicas a su habitación. Desde luego, un día me había llevado aparte
discretamente y me había preguntado si le daba permiso para llevar de vez en
cuando a una joven a casa, poniéndome la endeble excusa (con una amplia
sonrisa) de que tenía que tratar de negocios con ellas. Usé su excusa para
obtener el consentimiento de Maude. Sostuve que el tipejo era tan poco
atractivo, que no podía ser otra cosa que negocios lo que llevara a una bonita
joven americana a su habitación. Maude consintió a regañadientes, dividida
entre el deseo de conservar las apariencias con los vecinos y el miedo a perder
un huésped generoso, cuyo dinero necesitábamos.
Yo no estaba en casa, cuando la primera intrusa cruzó el
umbral, pero me enteré de ello el día siguiente... me dijeron que era
«terriblemente atractiva». Fue Melanie la que vació el costal. Estaba tan
contenta de que hubiera encontrado a una amiguita... como él.
«Pero no es una amiga», intervino Maude ceremoniosamente.
«Bueno», dijo Melaine arrastrando las palabras, «tal vez
sólo se trate de negocios... pero era increíblemente atractiva. Tiene que tener
una chica, como todo el mundo».
Unas semanas después, el señor T. había cambiado de chica.
Esta no era tan «atractiva». Le sacaba por lo menos la cabeza, tenía tipo de
pantera, y era más que evidente que no iba a hablar de negocios.
La mañana siguiente le felicité en la mesa, al tiempo que
le preguntaba dónde se había ligado una belleza tan despampanante.
«En el baile», dijo el señor T., enseñando sus amarillos
colmillos y soltando después una risita de colegiala.
«Muy inteligente, ¿eh?», pregunté, sólo por no dejar
decaer la conversación.
«Oh, sí, ella muy inteligente, ella muy buena chica.»
«Tenga cuidado de que no le pegue unas purgaciones», voy y
le digo, sorbiendo el café tranquilamente.
Creí que Maude se caería de la silla. Cómo podía hablar
así al señor T. Era insultante además de asqueroso, si quería que me fuese
sincera.
El señor T. puso cara de asombro. Todavía no había
aprendido la palabra «purgaciones». Naturalmente, sonreía, ¿y por qué no había
de hacerlo? Le importaba tres cojones lo que dijéramos, con tal de que le
permitiésemos hacer lo que le apeteciera.
Por educación le ofrecí espontáneamente una explicación.
Dolor de cabeza, expliqué.
Se echó a reír estruendosamente al oír aquello. Un chiste
muy bueno. Sí, ya entendía. No entendía nada, el muy capullo, pero era de buena
educación hacerle creer que había entendido. Después sonreí yo también, una
sonrisa amplia, que hizo soltar otra risita tonta al señor T., lavarse los
dedos en el vaso de agua, eructar y arrojar la servilleta al suelo.
Debo reconocer que tenía buen gusto el señor T.
Indudablemente era generoso con el dinero. Al ver a alguna de ellas, se me
hacía la boca agua. No creo que a él le importara demasiado su belleza;
probablemente le interesaba más su peso, la textura de su piel, y, sobre todo,
su limpieza. Las tenía de todas clases: pelirrojas, rubias, morenas, bajas,
altas, regordetas, esbeltas, como si las hubiera sacado de un paquete sorpresa.
Compraba polvos... y no había nada más que decir. Al mismo tiempo, estaba aprendiendo
un poco más de inglés. («¿Cómo dices esto...?» «¿Cómo llamado eso?» «Te gustan
los bombones, ¿sí?») Sabía hacer regalos: en él era un arte. Muchas veces
pensaba, cuando le veía llevar a una chica a su habitación, cuando le oía
reírse y tartamudear en ese chau-chau de los japoneses, cuánto mejor les iba a
las chicas pescando al señor T, y no a un joven universitario americano de
juerga. Estaba seguro también de que el señor T. sacaba provecho a su dinero.
(«Ahora te vuelves, por favor.» «Ahora chupas, ¿sí?») Comparadas con las
artistas de su país, aquellas estúpidas zorras americanas debían de hacer un
triste ridículo ante el señor T. Recordaba la descripción por parte de O’Mara
de sus visitas a los burdeles de Japón. Al oírselas contar, eran como sueños de
opio. Al parecer, se ponía el acento en los preliminares. Había música,
incienso, baños, masajes, caricias, toda una orquesta de seducción y encanto,
lo que convertía la consumación final en algo irresistiblemente extático. «Como
muñecas enteramente», decía O’Mara. «Y tan tiernas, tan cariñosas. Te
hechizan.» Y después se extasiaba con los trucos que guardaban bajo la manga.
Parecían tener un manual de follar que empezaba donde el nuestro acababa. Y
todo eso en un ambiente de delicadeza, como si follar fuera el arte espiritual,
el vestíbulo del cielo.
El señor T. tenía que sacar el mejor partido de su
habitación amueblada, y considerarse muy afortunado si podía encontrar un trozo
de yesca para quemar. Era difícil decir si disfrutaba, porque a todas las
preguntas respondía invariablemente: «Muy bueno.» De vez en cuando, al llegar
tarde, lo sorprendía yendo al baño después de una de sus sesiones con una gachí
americana. Siempre iba al baño en zapatillas de esparto y quimono, un quimono
corto que apenas si le tapaba la picha. A Maude le parecía escandaloso que se
paseara por la casa con esa vestimenta, pero a Melanie le parecía que le
sentaba a las mil maravillas. «Andan por ahí así», decía, sin tener ni puta
idea de la cuestión, pero siempre dispuesta a ponerse de parte de la otra
persona.
«¿Lo ha pasado bien, señor T.?», le decía yo sonriendo.
«Muy bien, muy bien», y después soltaba una risita. Puede
que se rascara los huevos, al tiempo que descubría los dientes con una sonrisa.
«Agua caliente, ¿sí?» En el baño se entregaba a sus inacabables abluciones.
Si suponía que Maude estaba durmiendo, a veces me hacía
señas con el dedo, dando a entender que tenía algo que enseñarme. Yo lo seguía
a su habitación.
«Yo entrar, ¿sí?», decía, dando un susto de mil demonios a
la chica. «Este el señor Miller, mi amigo mío... ésta la señorita Smith.»
Advertí que todas se llamaban Smith, Brown o Jones. Probablemente nunca se
molestara en preguntarles su nombre verdadero.
Algunas de las chicas eran imponentes, debo reconocerlo.
«Simpático, ¿verdad?», decían muchas veces.
Entonces el señor T. se acercaba a la chica, como quien se
acerca a una figura de un escaparate, y le levantaba las faldas. «Ella muy
guapa, ¿sí?» Y a continuación se ponía a inspeccionarle el chocho, como si
hubiera comprado acciones en él.
«Alto, diablillo, ¡no hagas eso!», decía la chica.
«Te vas ahora, ¿sí?» Así era como las despachaba el señor
T. Parecía más grosero que la leche, dicho por un mequetrefe. Pero el señor T.
no era consciente de su indelicadeza. Le había proporcionado un buen polvo, le
había lamido el culo, le había pagado con moneda contante y sonante y le había
dado un regalito de propina... ¿qué más, por el amor de Dios? «Te vas ahora,
¿sí?», y cerraba a medias los ojos, ponía cara absolutamente inexpresiva e
indiferente, sin que a la muchacha pudiera caberle la menor duda de que cuanto
más rápido se fuese, mejor para ella.
«¡Próxima vez usted probar! Suyo muy pequeño.» Al decir
eso, sonreía haciendo un gestito con los dedos para mostrarme lo bien que había
ido. «Chicas japonesas a veces muy grande. Este país chica grande, pequeño. Muy
bueno.» Después de una observación así, se relamía. Luego como para sacar el
mayor partido de la ocasión, cogía un palillo y, mientras se escarbaba los
dientes, buscaba las palabras que había anotado en su libreta. «¿Qué significar
esto?», me mostraba una palabra como «precario» o «sobrenatural». «Ahora yo
enseñar a usted palabra japonesa: ¡OHIO! Esto significa "¡Buenos días!”»
Amplia sonrisa. Seguía escarbándose los dientes o examinándose los dedos de los
pies.
«Japonés muy sencillo. Todas las palabras pronunciarse
igual», y recitaba una retahila de palabras, al tiempo que soltaba risitas,
porque significaban «bribón», «marica blanco», «necio extranjero», y cosas así.
Me importaba una leche lo que significaran las palabras, ya que no tenía
intención de estudiar el japonés en serio. Lo que más me interesaba era su
técnica de ligarse a las mujeres blancas. Por lo que contaba, era muy sencillo.
Naturalmente, muchas de las chicas se las recomendaba un japonés a otro. Y
muchas de aquellas chicas debían de haberse especializado en japoneses,
sabiendo que eran limpios y generosos. Follamen para los japoneses, eso es lo
que eran, y se trataba de un negocio productivo. Los japoneses tenian clase.
Tenían coches propios, vestían bien, comían en buenos restaurantes, y demás. En
cambio, los chinos eran otra cosa. Los chinos eran tratantes de blancas. Pero
en un japonés podías confiar. Y tal. Yo comprendía su razonamiento
perfectamente. Lo que más apreciaban eran los regalitos que les hacían los
japoneses. Por lo general, a los americanos nunca se les ocurría hacer regalos.
Había que ser un bobo para tirar el dinero en un regalo a una puta.
No sé por qué me había venido al pensamiento el amable
señor T. El trayecto hasta el Bronx es la hostia de largo, y, si dejas volar la
imaginación, puedes escribir un libro entre Borough Hall y Tremont. Además, a
pesar de la exhaustiva juerga con Maude, me estaba volviendo una de esas
erecciones lentas e insinuantes. Se trata de un lugar común, pero no deja de
ser cierto: cuanto más follas, más quieres follar, ¡y mejor follas! Cuando
haces excesos, la polla parece volverse más flexible: cuelga fláccida, pero
alerta, por decirlo así. Basta con que te pases la mano por la bragueta para
que responda. Puedes pasarte días andando con una vara de goma colgando entre
las piernas. Las mujeres parecen sentirlo también.
De vez en cuando intentaba concentrar la mente en Mona,
poner cara de pena plástica, pero no duraba mucho. Me sentía demasiado bien,
demasiado relajado, demasiado despreocupado. Por horrible que pueda parecer,
pensaba más en el polvo que preveía le echaría en cuanto la hubiera
tranquilizado. Me olí los dedos para asegurarme de que me los había limpiado
como es debido. Al hacerlo, me asaltó una imagen bastante cómica de Maude. La
había dejado tumbada en el suelo, exhausta, y había corrido al baño para lavarme.
Estaba restregándome la polla, cuando va y abre la puerta. Quiere darse una
ducha inmediatamente, siempre temerosa de quedar preñada. Le digo que adelante,
que no se preocupe por mí. Se quita la ropa, acopla el tubo al calentador de
gas, y se tumba en la estera del baño, con las piernas levantadas contra la
pared.
«¿Quieres que te ayude?», voy y le digo, al tiempo que me
seco la polla y la rocío con sus excelentes polvos perfumados.
«¿No te importa?», dice ella, meneando el culo para que
las piernas estén más rectas.
«Abrelo un poquito», le pido, tomando la boquilla y listo
para meterla.
Hizo lo que le dije abriéndose la raja con todos los
dedos. Me incliné y la examiné pausadamente. Era de color oscuro, como de
hígado, y los labios bastante exagerados. Los cogí entre los dedos y los froté
suavemente y al mismo tiempo, como haría uno con dos pétalos aterciopelados.
Yacía tan indefensa con el culo apoyado en la pared y las piernas rectas como
las manecillas de un compás, que no pude reprimir la risa.
«Por favor, déjate de tonterías ahora», suplicó, como si
el retraso de unos segundos pudiera significar un aborto. «Pensaba que tenías
mucha prisa.»
«Y la tengo», respondí, «pero, joder, cuando miro esto, me
pongo cachondo otra vez.»
Metí la boquilla. El agua empezó a escurrirle y a caer al
suelo. Eché unas toallas para enjugarla. Cuando se puso de pie, cogí el jabón y
la manopla y le froté el coño. La enjaboné bien, por dentro y por fuera: una
sensación táctil deliciosa, que fue mutua.
Ahora parecía más sedoso que nunca, su coño, mis dedos
entraban y salían como una exhalación, como si rasguearan un banjo. Tenía una
de esas erecciones frías y entumecidas que hacen parecer una polla más asesina
que cuando está del todo tiesa. Me colgaba de la bragueta, rozándole el muslo.
Ella seguía desnuda. Empecé a secarla. Para hacerlo cómodamente, me senté al
borde de la bañera, con la polla atiesándose gradualmente y dando brincos
espasmódicos hacia ella. Cuando la atraje hacia mí para secarle los costados,
le echó una mirada hambrienta y desesperada, fascinada y, aun así, medio
avergonzada de sí misma por mostrarse glotona. Finalmente, no pudo resistir
más. Se puso de rodillas impulsivamente y se la metió en la boca. Le pasé los
dedos por el pelo, le acaricié la concha de la oreja, la nuca, le cogí las
tetas y les di masajes suaves, deteniéndome en los pezones hasta que se
pusieron tiesos. Había abierto la boca y estaba lamiéndola como si fuera un
pirulí. «Oye», dije, susurrándole las palabras al oído. «No vamos a darle al
asunto otra vez, pero déjame meterla sólo unos momentos y después me iré. Es
demasiado bueno como para cortar de repente. No me correré, te lo prometo...»
Me miró implorante, como diciendo: «¿Puedo creerte? Sí, lo deseo. Sí, sí, pero
no me dejes preñada, ¿de acuerdo?»
La puse de pie, le di la vuelta como a un maniquí, le
coloqué las manos en el borde de la bañera, y le levanté el pompis un poquito.
«Vamos a hacerlo así, para variar», murmuré, sin meter la polla inmediatamente,
sino frotándosela por la raja de arriba abajo y desde atrás.
«No te correrás, ¿verdad?», me suplicó estirando el cuello
y girándolo y lanzándome una mirada frenética e implorante por el espejo de
encima del lavabo. «Estoy completamente abierta...»
Ese «completamente abierta» me despertó todo el deseo.
«Maldita zorra», voy y me digo para mis adentros, «eso es justamente lo que
quiero. ¡Voy a mear en tu suntuosa matriz!» Y acto seguido se la metí
lentamente, moviéndola de derecha a izquierda, rozándole los pliegues y el
forro del coño completamente abierto hasta que sentí la boca de la matriz; allí
la encajé bien, soldándosela como si tuviera intención de dejarla para siempre.
«¡Oh, oh!», gimió. «No te muevas, por favor... ¡aguanta así!» Vaya si aguanté,
hasta cuando el culo empezó a girar como un molinillo.
«¿Puedes aguantar todavía?», murmuró con voz ronca,
intentando volver la cabeza otra vez y viéndose en el espejo.
«Pues claro que puedo aguamar», dije, sin hacer el menor
movimiento, sabiendo que eso la animaría a desplegar todos sus trucos.
«Sienta maravillosamente», dijo, dejando caer la cabeza,
como si se le hubiera dislocado. «¿Sabes que ahora la tienes más gruesa? ¿Está
bastante apretado para ti? Yo estoy terriblemente abierta.»
«Está bien», dije. «Encaja maravillosamente. Oye, no te
muevas más... apriétala simplemente... ya sabes cómo...»
Lo intentó, pero, no sé por qué, no funcionaba, su
exprimelimones. Me retiré bruscamente, sin avisar. «Vamos a tumbarnos... aquí»,
dije, apartándola para colocarle una toalla seca debajo. Tenía la polla
reluciente de jugo y dura como un palo. Ya apenas parecía una picha; era como
un instrumento que llevara atado, una erección hecha carne. Se tumbó boca
arriba, mirándola con terror y alborozo, preguntándose qué otra cosa podría
ocurrírsele hacer... sí, enteramente como si ella fuera la que decidiese las cosas
y no Maude ni yo.
«Es cruel por mi parte retenerte», dijo, mientras se la
clavaba rápidamente. La succión produjo un chasquido, como los pedos húmedos.
«Hostias, ahora te voy a joder como Dios manda. No te
preocupes, no me correré... no me queda ni una gota. Muévete todo lo que
quieras... hazla subir y bajar... eso es, frótala en círculo, vamos, así...
¡folla hasta reventar!»
«¡Chsss!», susurró, poniéndose la mano en la boca. Me
incliné hacia adelante y le di un mordisco largo y profundo en el cuello; le
mordí las orejas, los labios. La volví a sacar por un segundo para exasperarla
y le mordí el pelo del coño, chupé los dos labios menores y los deslicé por
entre los míos.
«¡Métela, métela!», suplicó, con los labios babeantes, al
tiempo que me cogía la picha con la mano y volvía a meterla. «Oh, Dios mío, voy
a correrme... no puedo aguantar más. Oh, oh...» y le dio un espasmo, mientras
se restregaba contra mí con tal furia, tal abandono, que parecía un animal
enloquecido. Me retiré sin correrme, con la picha reluciente, resplandeciente,
tiesa como una baqueta. Se puso de pie despacio. Insistió en lavármela, le dio
palmaditas con admiración y ternura, como si la hubiera puesto a prueba y
hubiese quedado satisfecha. «Tienes que irte corriendo», dijo, sosteniéndome
entre las manos la picha, envuelta en la toalla. Y después, dejando caer la
toalla y apartando la vista: «Espero que no le haya pasado nada. Díselo,
¿quieres?»
Sí, no pude por menos de sonreír al pensar en aquella
escena del último momento. «Díselo...» Aquel polvo extra la había ablandado. Me
acordé de un libro que había leído y que contaba experimentos bastante extraños
con animales carnívoros: leones, tigres, panteras. Al parecer, cuando mantenían
esas fieras feroces bien alimentadas —sobrealimentadas, en realidad—, podían
meter con ellas en la misma jaula animales mansos y aquéllas nunca los
molestaban. Los leones atacaban sólo por hambre. No eran sanguinarios perpetuamente.
Ese era el quid de la cuestión...
Y Maude... Después de haberse satisfecho a sus anchas,
probablemente hubiese comprendido por primera vez que era inútil abrigar rencor
contra la otra mujer. Tal vez se hubiese dicho que, si era posible follar así
siempre que lo deseara, no importarían los derechos que la otra tuviese sobre
mí. Quizá le entrara en la cabeza por primera vez que la posesión no es nada,
si no puedes entregarte. Tal vez llegase incluso hasta el extremo de pensar que
podía ser mejor así: teniéndome para protegerla y joderla y no teniendo que
enfadarse conmigo a causa del miedo y los celos. Si la otra fuera capaz de
retenerme, si la otra fuese capaz de impedirme andar con cualquier mujerzuela
que se me cruzara en el camino, si pudiesen compartirme las dos, tácitamente,
por supuesto, y sin embarazo ni confusión, quizá resultaría mejor así al fin y
al cabo, follar sin miedo a verse engañada, follar a tu marido, que ahora es tu
amigo (y quizás un amante otra vez), tomar de él lo que deseas, llamarle cuando
lo necesites, compartir con él un secreto cálido y apasionado, revivir los
antiguos polvos, aprender otros nuevos, robar y, sin embargo, no robar, pero
entregarse con placer y abandono, volverse cada vez más joven, no perder nada
excepto un vínculo convencional... sí, podría ser mucho mejor.
Estoy seguro de que algo así le había pasado por la
cabeza, la había cubierto con su aureola. Yo la veía, con el pensamiento,
peinándose lánguida, tocándose los pechos, examinando las marcas de mis dientes
en su cuello, confiando en que Melanie no las notaría, pero sin preocuparle
demasiado que así fuera. Sin preocuparse ya demasiado de que Melanie oyese
cosas por casualidad. Preguntándose, tal vez añorante, cómo es que había
llegado a perderme. Sabiendo ahora que, si tuviera que volver a vivir, nunca se
comportaría como lo había hecho, nunca se preocuparía de cosas vanas.
¡Era tan absurdo preocuparse de lo que la otra mujer
pudiese estar haciendo! ¿Qué importaba que un hombre sacara los pies del plato
de vez en cuando? Se había encerrado, se había metido en una jaula; había
fingido no tener deseos, no atreverse a joder... porque habíamos dejado de ser
marido y mujer. ¡Qué humillación más terrible! Deseándolo desesperadamente,
muriéndose de ganas, casi pidiéndolo como un perro... y ahí lo tenía todo el
tiempo, esperándola. ¿A quién le importaba que estuviera bien o mal? ¿Acaso no
era aquella maravillosa hora robada mejor que nada de lo que había conocido en
su vida? ¿Culpabilidad? Nunca se había sentido menos culpable en su vida. Aun
cuando la «otra» se hubiese muerto entretanto, no habría sentido remordimiento.
Estaba tan seguro de lo que le había pasado por el
pensamiento, que tomé nota mentalmente para preguntárselo la próxima vez que
nos viéramos. Desde luego, la próxima vez podía ser su antiguo yo otra vez: eso
era más que posible tratándose de Maude. Además, de nada serviría darle a
entender que estaba demasiado interesado: lo único que eso haría sería activar
el veneno. Lo que había que hacer era mantener la cosa en un nivel impersonal.
No tenía sentido permitirle recaer en los antiguos hábitos. Simplemente presentarme
con un saludo jovial, hacerle unas cuantas preguntas, enviar a la niña a jugar
afuera, acercarme, tranquila, firmemente, sacarme la picha y ponérsela en la
mano. Asegurarme de que la habitación no estuviera demasiado iluminada. ¡Nada
de tonterías! Limitarme a acercarme a ella y, mientras le preguntaba cómo iban
las cosas, deslizarle una mano debajo del vestido y que empezase a manar el
jugo.
Aquel polvo extra del último momento había surtido un
efecto maravilloso también en mí. Siempre, cuando ahondas profundamente en el
depósito, cuando extraes hasta la última gota, por decirlo así, te asombras al
descubrir que hay una fuente de energía ilimitada. Ya me había ocurrido antes,
pero nunca le había prestado atención en serio. Pasar toda la noche en vela e
ir al trabajo sin dormir, surtía un efecto semejante en mí; o, lo contrario,
quedarme en la cama mucho después del período de recuperación, forzarme a
descansar, cuando ya no lo necesitaba. Romper un hábito, establecer un nuevo
ritmo: recursos simples, conocidos hace mucho tiempo por los antiguos. Nunca
fallaba. Rompe la pauta antigua, las conexiones gastadas, y el espíritu se
libera, establece nuevas polaridades, crea nuevas tensiones, transmite nueva
vitalidad.
Sí, observé con el placer más vivo cómo centelleaba mi
mente, cómo irradiaba en todas direcciones. Ese era el tipo de exaltación y
élan por el que rezaba, cuando sentía deseos de escribir. Solía sentarme y
esperar a que se produjera. Pero nunca ocurría... no así. Se producía después,
a veces cuando había dejado la máquina y me había ido a dar un paseo. Sí, de
repente sobrevenía, como un ataque, tumultuosamente, desde todas las
direcciones, una auténtica inundación, una avalancha... y ahí me teníais, impotente,
a kilómetros de distancia de la máquina de escribir, sin un pedazo de papel en
el bolsillo. A veces salía corriendo hacia la casa, no demasiado de prisa,
porque entonces se desvanecía, sino con calma, exactamente como el follar...
cuando te dices a ti mismo que debes tomártelo con calma, que no debes pensar
en ello, eso es, dentro y fuera, sereno, despreocupado, intentando convencerte
a ti mismo de que es tu picha la que está jodiendo y no tú. El mismo
procedimiento exactamente. No te apresures, con paso regular, conténte, no
pienses en la máquina ni en lo que falta para la casa, poco a poco, con paso
uniforme, eso es...
Al repasar esos extraños momentos de inspiración, de
repente recordé una ocasión en que iba camino del teatro de strip-tease, «The
Gayety», en Lorimer Street y Broadway. (Iba en el ferrocarril elevado.) Justo
dos estaciones antes de mi destino me vino el ataque. Fue un ataque muy
importante porque por primera vez en mi vida sabía que era lo que se llama «un
torrente de inspiración». Entonces, en el transcurso de unos momentos, supe que
me estaba ocurriendo algo que, al parecer, no le ocurría a todo el mundo. Se
había producido sin avisar, sin que me fuera posible encontrar la razón. Quizá
simplemente porque la mente se me había quedado en blanco, porque me había
hundido en mí mismo profundamente, contentándome con ir a la deriva. Recuerdo
vivamente cómo se iluminó el mundo exterior, cómo empezó a funcionar como un
relámpago el mecanismo de mi cerebro con suavidad y rapidez pasmosas, con los
pensamientos encajando uno en otro y las imágenes sucediéndose y borrándose
unas a otras, en su frenético deseo por registrarse. Aquel Broadway que tanto
detestaba, sobre todo desde la línea elevada (que me permitía una visión
«superior», una mirada desde las alturas a la vida, la gente, los edificios,
las actividades), ese Broadway había experimentado de pronto una metamorfosis.
No es que se volviera ideal ni bello ni irreal; al contrario, se volvió
terriblemente real, terriblemente vivido. Pero había adquirido una orientación
nueva; estaba situado en el corazón del mundo, y ese mundo que ahora yo parecía
capaz de asimilar de una vez tenía sentido. Antes, Broadway resaltaba porque
ofendía a la vista, todo fealdad y confusión; ahora volvía a ocupar su lugar
apropiado, volvía a ser parte integrante, ni buena ni mala, ni fea ni bonita:
simplemente, estaba en su lugar. Estaba allí como un clavo oxidado en un tablón
arrojado a una playa desierta durante una tormenta de invierno. No puedo
expresarlo mejor. Caminas por la playa, el aire es aromático, estás de buen
humor, piensas con claridad —no sólo con brillantez—, sino con claridad.
Después el tablón, una parte fenoménica del mundo sustancial: yace ahí, lleno
de experiencia, lleno de misterio. Algún hombre clavó ese clavo en algún lugar,
en algún momento, de algún modo. Había una razón para hacerlo. Estaba haciendo
un barco para que otros hombres navegaran. Construir barcos era su trabajo de
toda la vida... y su propio destino, así como el de sus hijos, intervenía en
cada martillazo. Ahora el tablón yace ahí, y el clavo está oxidado, pero, ¡qué
leche!, es más que un simple clavo oxidado... o, si no, todo es demencial y
absurdo... Lo mismo ocurría con Broadway. Jamones en la vitrina y los
deprimentes escaparates de los vidrieros, con montones de masilla en el
mostrador que dejan manchas de grasa en el papel basto. Es extraño cómo evoluciona
el hombre a lo largo de las eras: del Pithecanthropus erectus a un vidriero de
cara grisácea que maneja una sustancia frágil llamada vidrio, con la que
durante millones de años nadie, ni aun los magos de la antigüedad, había soñado
siquiera. Ya veía la calle hundiéndose lentamente, desvaneciéndose en el
tiempo: el tiempo que pasa como el plomo o se evapora como el vapor. Los
edificios se desplomaban; tablas, ladrillos, mortero, cristal, clavos, jamones,
masilla, papel, todo retrocedía hasta el gran laboratorio. Una nueva raza de
hombres caminando por la tierra (sobre este mismo suelo), sin conocer nuestra
existencia, sin importarles el pasado ni ser capaces de concebirlo, aun cuando
fuera posible revivirlo. En las grietas de la tierra, chinches arrastrándose
por todos lados, como habían hecho durante miles de millones de años:
manteniéndose tozudamente fieles a su norma, sin hacer la menor aportación a la
evolución, desafiándola aparentemente. Habían visto, en su generación, todas
las razas del hombre pisar la tierra... y habían sobrevivido a todos los
cataclismos, a todos los derrumbes históricos. Allí abajo, en México, ciertos
insectos reptantes eran una exquisitez para el paladar. Había hombres todavía
vivos y caminando por la tierra, separados no por distancias físicas tremendas,
sino por abismos mentales y espirituales, que cogían hormigas y las freían, y
mientras se relamían de satisfacción, sonaba música y era una música diferente
de la nuestra. Y así, por toda la tierra, en el mismo momento del tiempo,
semejantes cosas diferentes estaban ocurriendo no sólo en la tierra, sino
también en el aire y en las profundidades del mar.
Entonces vino la estación de Lorimer Street. Salí como un
autómata, pero me sentía incapaz de avanzar hacia las escaleras. Estaba
atrapado en la corriente de fuego, fijado allí tan definitivamente como si me
hubiera arponeado un pescador. Todas aquellas corrientes que había liberado se
arremolinaban a mi alrededor, me engullían, me absorbían hasta la vorágine.
Tuve que quedarme allí parado así, paralizado, por tres o cuatro minutos tal
vez, aunque me parecieron muchos más. La gente pasaba como en un sueño. Llegó
otro tren y se marchó. Entonces un hombre chocó contra mí, corriendo hacia las
escaleras, y le oí excusarse, pero su voz llegaba de muy lejos. Al empujarme,
me había hecho girar un poco. No es que yo fuera consciente de su rudeza, no...
pero de repente vi mi imagen en la máquina tragaperras expendedora de chicle.
Desde luego, era falsa, pero tuve la ilusión de alcanzarme a mí mismo... como
si hubiese captado la fase final del restablecimiento de mi yo antiguo, la
persona familiar y cotidiana mirándome desde detrás de mis propios ojos. Me
puso un poco nervioso, como le habría ocurrido a cualquiera, si, al salir de un
ensueño, viese de pronto la cola de un cometa pasar velozmente por el cielo,
borrándose al pasar por la retina. Me quedé mirando mi propia imagen, pasado ya
el ataque, cuando se hacía sentir el efecto posterior. Estar borracho. ¡La
hostia! ¡Parecía tan suave comparado con aquello! (Un resplandor crepuscular,
nada más.) Ahora estaba embriagado... pero un momento antes me había sentido
inspirado. Un momento antes había conocido lo que era ir más allá del júbilo.
Un momento antes había olvidado absolutamente quién era: me había desplegado
por toda la tierra. Si hubiera sido más intenso, tal vez habría traspasado la
tenue línea que separa la cordura de la locura. Podía haber llegado a la
despersonalización, haberme ahogado en el océano de la inmensidad. Me dirigí
hacia las escaleras, bajé, crucé la calle, compré una localidad, y entré en el
teatro. Justo en ese momento estaba alzándose el telón. Dejaba al descubierto
un mundo todavía más extraño que el alucinante del que acababa de librarme. Era
totalmente irreal: totalmente, pero totalmente. Hasta la música, tan
penosamente familiar, parecía extraña a mis oídos. Apenas podía distinguir los
cuerpos vivos que se divertían a mi alrededor y el resplandor y las irisaciones
del escenario; parecían hechos de la misma sustancia, una escoria gris henchida
del bajo voltaje de una corriente vital. ¡Qué maquinalmente se agitaban! Miré a
mi alrededor, miré arriba, a las filas de palcos, los cordones de felpa
tendidos entre los pilares de metal, las marionetas sentadas en ellos unas por
encima de las otras, todas mirando al escenario, todas inexpresivas, todas
hechas de la misma sustancia: arcilla, arcilla común. Era un mundo de sombras,
pavorosamente inmóvil. Todos pegados juntos —escenario, espectadores, actores,
telón, música, humo— en un paño mortuorio deprimente y absurdo. De repente,
empecé a sentir picores, tantos picores, que parecía que mil pulgas me picaran
a un tiempo. Sentí deseos de gritar. Sentí deseos de gritar algo que los
sobresaltase y los sacara de su pavoroso trance. (¡Mierda! ¡Mierda pura! Y todo
el mundo se pondría de pie de un brinco, el telón se desplomaría, el acomodador
me cogería de las solapas y me pondría de patas en la calle como a un pobre
diablo.) Pero no pude emitir sonido alguno. Tenía la garganta como papel de
lija. Pasaron los picores y entonces me entró calor y fiebre. Pensaba que me
iba a asfixiar. Joder, pero qué aburrido estaba. Como nunca lo había estado.
Comprendí que nada iba a ocurrir. Nada podía suceder, ni siquiera en caso de
que arrojara una bomba. Estaban muertos y apestaban, eso era lo que pasaba.
Estaban sentados en su propia mierda hedionda, cociéndose al vapor en ella...
No pude soportarlo ni un segundo más. Salí disparado.
En la calle todo volvió a tener su aspecto gris y normal.
Una normalidad de lo más deprimente. La gente pasaba como vegetales espigados.
Se parecían a las cosas que comían. Y lo que comían se convertía en mierda.
Nada más. ¡Pufff!
A la luz de aquella experiencia anterior en la línea
elevada, comprendí que se estaba manifestando un nuevo elemento de significado
portentoso. Era la conciencia. Ahora sabía lo que me estaba ocurriendo, hasta
cierto punto podía controlar la explosión. Algo perdido, algo ganado. Si bien
no había ya la misma intensidad que en el «ataque» anterior, tampoco había la
impotencia que lo había acompañado. Era como ir en un aeroplano corriendo entre
las nubes a velocidad extraordinaria y, a pesar de no poder apagar el motor,
descubrir la gozosa sorpresa de que, en cualquier caso, podías manejar los
mandos.
A pesar de verme desviado de mi órbita habitual, mantenía
el equilibrio lo suficiente como para observar mi situación. La forma como veía
entonces las cosas era como escribiría sobre ellas algún día. Inmediatamente me
asaltaron interrogantes, como piedras y dardos arrojados por dioses airados.
¿Recordaría? ¿Sería capaz de desplegarme en una hoja de papel y en todas las
direcciones a la vez? ¿Era el fin del arte avanzar tambaleándose de ataque en
ataque, dejando tras sí una hemorragia sangrante? ¿Debía uno limitarse a
escribir al «dictado»... como un chela fiel que obedece la orden telepática de
su Maestro? ¿Comenzaba la creación, como en el caso de la propia tierra, en la
burbuja ígnea del magma incipiente, o era necesario que primero se enfriara la
corteza?
Con bastante frenesí excluí todo menos la cuestión del
recuerdo. Era imposible pensar en reproducir un aguacero mental. Lo único que
podía hacer era limitarme a recordar ciertas claves claras, a transformarlas en
piedras de toque mnemotécnicas. Volver a encontrar la veta era lo primordial...
no la cantidad de oro que pudiera extraer. Mi tarea consistía en elaborar un
índice mnemotécnico para mi atlas inspiracional. Ni siquiera el aventurero más
audaz se hace la menor ilusión de poder recorrer todos los metros cuadrados de
tierra en este misterioso globo. En realidad, el aventurero auténtico ha de
acabar por comprender, mucho antes de llegar al final de sus viajes, que la
mera acumulación de experiencias maravillosas es algo estúpido.
Pensé en Melanie, a quien normalmente, si estuviera
proyectando el libro de mi vida, nunca me habría molestado en incluir. ¿Cómo
había conseguido introducirse, cuando de ordinario apenas pensaba en ella? ¿Qué
significaba esa intrusión? ¿Qué podía aportar? Dos piedras de toque cayeron
inmediatamente en mis rodillas. ¿Melanie? Pues, sí, claro, recuerda siempre
«belleza» y «demencia». ¿Y por qué debía recordar la belleza y la demencia?
Entonces me vinieron al pensamiento estas palabras: «variedades de la carne». A
eso siguieron las más sutiles divagaciones sobre la relación entre carne,
belleza y demencia. Lo que había de bello en Melanie derivaba de su naturaleza
angélica; lo que tenía de demente, de la carne. Lo carnal y lo angélico se
habían separado, y Melanie era inexplicablemente bella como una estatua que se
desmorona, estaba ya expirando en la frontera. (Había tipos histéricos que
también conseguían aislar la carne, con lo que le daban una vida particular y
propia. Pero en su caso siempre era posible conectar el fusible, restablecer la
corriente, volver a someter la mente a control. Llevaban una persiana en la
mente que, igual que el telón de amianto en el teatro, podía desenrollarse en
caso de incendio o como indicación de que había acabado otro acto.) Melanie era
como un extraño ser desnudo, medio humano, medio divino, que pasaba todo su
tiempo intentando en vano subir del foso de la orquesta al escenario. En su
caso poco importaba que estuviera representándose la función o que hubiese
acabado, que se tratara de un ensayo, un entreacto o una sala vacía y
silenciosa. Trepaba con la repulsiva seducción de los dementes en su desnudez.
Los ángeles llevarán diademas o sombreros hongo, según su antojo, en caso de
que creamos las extravagancias de algunos visionarios, pero nunca se los ha
calificado de dementes. Tampoco ha sido nunca su desnudez una provocación a la
lujuria. Pero Melanie podía ser tan ridicula como un ángel swedenborgiano y tan
provocativa como una oveja en celo para la vista de un pastor solitario. Su
pelo blanco no hacía sino realzar la trémula seducción de su carne; sus ojos
eran de color azabache; su pecho, firme y lleno; su cadera, como un campo
magnético. Pero cuanto más reflexionabas sobre su belleza, más obscena parecía
su demencia. Daba la apariencia engañosa de moverse por todos lados desnuda, de
invitarte a que la masturbaras con el dedo para que pudiese reírse de ese modo
bajo y pavoroso con el que los dementes registran sus imprevisibles reacciones.
Me obsesionaba como una señal de peligro vislumbrada desde la ventana de un
tren por la noche, cuando te preguntas de repente si el maquinista estará
dormido o despierto. Así como en semejantes momentos, demasiado paralizado de
miedo como para moverte o hablar, te preguntas cuál será la naturaleza precisa
de la catástrofe, así también, al pensar en la belleza demente de Melanie, me
entregaba con frecuencia a sueños extáticos de la carne, las variedades que
había conocido y explorado y las variedades que me quedaban por descubrir.
Lanzarse desenfrenadamente a aventuras carnales despierta el sentido del
peligro. Yo había experimentado más de una vez el terror y la fascinación que
el perverso conoce, cuando en el metro atestado se rinde a la compulsión de
acariciar un culo tentador o de apretar la teta seductora que queda al alcance
de sus dedos.
El ingrediente de la conciencia no sólo actuaba como
control parcial, permitiéndome pasar con pies imaginarios de una escalera
mecánica a otra, sino que, además, estaba al servicio de un fin más importante
todavía: estimulaba el deseo de comenzar el trabajo de creación. Que Melanie,
de quien hasta entonces no había hecho caso, a quien había considerado una mera
cifra en la complicada suma de las experiencias, resultara ser una veta tan
rica, me abrió los ojos. En realidad, no era Melanie en absoluto, sino esos
coágulos verbales («belleza», «demencia», «variedades de la carne») que sentía
la necesidad de explorar y expresar con estilo suntuoso. Aunque tardara años en
hacerlo, recordaría esa serie de fabulaciones, captaría su secreto, lo
expondría por escrito. Cuántos centenares de mujeres había perseguido yo, había
seguido como un perro perdido, para estudiar algún rasgo misterioso: un par de
ojos muy separados, una cabeza labrada en cuarzo, una cadena que parecía llevar
una vida independiente, una voz tan melodiosa como el gorjeo de un pájaro, una
catarata de cabello cayendo como lana de vidrio, un torso dotado de la
flexibilidad de la goma... Siempre que la belleza de la mujer se vuelve
irresistible puede atribuirse a una sola cualidad característica. Esa cualidad
característica, muchas veces un defecto físico, puede adquirir proporciones tan
irreales, que para la poseedora su asombrosa belleza es nula. El busto
excesivamente atractivo puede convertirse en un gusano bicéfalo que penetra
hasta el cerebro y se convierte en un misterioso tumor acuoso; los labios
túmidos y tentadores pueden crecer en las profundidades del cráneo como una
vagina doble, provocando esa enfermedad que es una de las más difíciles de
curar: la melancolía. (Hay mujeres hermosas que prácticamente nunca se paran
ante el espejo desnudas, mujeres que, cuando piensan en el poder magnético que
el cuerpo ejerce, se aterran y se vuelven taciturnas, temerosas de que hasta el
olor que despiden las delate. Hay otras que, paradas ante el espejo, apenas
pueden contenerse para no salir corriendo a la calle completamente desnudas y
ofrecerse al primero que llegue.)
Variedades de la carne... Antes de dormir, justo cuando
los párpados se cierran sobre la retina y las imágenes espontáneas inician su
desfile nocturno... Esa mujer del metro a la que has seguido hasta la calle: un
fantasma anónimo que reaparece ahora de repente, avanzando hacia ti con
movimiento vigoroso y ágil de los riñones. Te recuerda a alguien, alguien
exactamente así, sólo que con cara diferente. (Pero, ¡la cara nunca era
importante!) Recuerdas la ondulación y fulguración de un lomo tan fuerte como
la imagen que tienes en algún lugar del cerebro de un toro que viste de niño:
el toro en el acto de montar a la vaca. Imágenes vienen y van, y siempre es una
parte determinada del cuerpo la que destaca, una señal de identificación. Los
nombres... los nombres se desvanecen. Las palabras tiernas... también ésas se
desvanecen. Hasta la voz, que era tan potente, tan seductora, tan totalmente
personal... también ésa tiene una forma de desvanecerse, de perderse en todas
las demás voces. Pero el cuerpo sigue viviendo, y los ojos, y los dedos de los
ojos, recuerdan. Vienen y van, las desconocidas, las anónimas, mezclándose con
las otras tan libremente como si fueran parte integrante de la vida de uno. Con
las desconocidas viene el recuerdo de ciertos días, de ciertas horas, de la
forma voluptuosa como se abandonaban en un momento de monotonía y cansancio.
Recuerdas exactamente la postura de aquella alta con el vestido de seda malva,
aquella tarde en que el sol batía con calor ardiente, mientras miraba encantada
los juegos del agua en la fuente. Recuerdas exactamente la forma cómo se
expresaba tu hambre de aquella época: aguda, rápida, como la hoja de un
cuchillo entre los hombros, para después extinguirse casi con la misma rapidez,
pero en un humo muy placentero, como una bocanada profunda y nostálgica. Y
entonces se alza otra, pesada, imperturbable, con la piel porosa de la
arenisca; en su caso todo está centrado en la cabeza que no cuadra con el
cuerpo, la cabeza que es volcánica, todavía llena de erupción. Vienen y van
así, claras, precisas, llevando consigo el ambiente de la colisión, irradiando
sus efectos instantáneos. Todos los tipos, todos templados por la textura, el
clima, el talante: metálicas, estatuillas de mármol, traslúcidas e incorpóreas,
semejantes a flores, animales esbeltos cubiertos de pieles de gamuza,
trapecistas, cortinas de agua plateada que se alzan en forma humana y se
inclinan como vidrio veneciano. Lentamente las desnudas, las examinas bajo el
microscopio, les pides que oscilen, que se inclinen, que doblen las rodillas,
que se den la vuelta, que abran las piernas. Hablas con ellas, ahora que no
tienes los labios sellados. ¿Qué hacías aquel día? ¿Siempre llevas el pelo así?
¿Qué ibas a decirme cuando me miraste así? ¿Puedo pedirte que te des la vuelta?
Eso es. Ahora cógete los pechos con las manos. Sí, me podría haber arrojado
sobre ti aquel día. Podría haberte follado allí mismo en la acera, bajo las
pisadas de la gente. Podría haberte jodido hasta enterrarte cerca del lago
donde estabas sentada con las piernas cruzadas. Sabías que te estaba mirando.
Dime... dime porque nadie lo sabrá nunca... qué estabas pensando entonces, en
aquel preciso momento. ¿Por qué mantuviste las piernas cruzadas? Sabías que
estaba esperando que las abrieras. Querías abrirlas, ¿verdad? ¡Dime la verdad!
Hacía calor y no llevabas nada bajo el vestido. Habías bajado de tu percha para
tomar un poco el aire, con la esperanza de que ocurriera algo. No te importaba
demasiado lo que ocurriese, ¿verdad? Te paseaste por la orilla del lago,
esperando a que oscureciera. Querías que alguien te mirase, alguien cuyos ojos
te desnudaran, alguien que clavase los ojos en ese punto cálido y húmedo entre
tus piernas...
Vas devanando así la bobina, de medio millón de
kilómetros. Y todo el tiempo, mientras diriges la mirada a una tras otra con
furia caleidoscópica, lo que se te mete bajo la piel es la naturaleza
inexplicable de la atracción. ¡La misteriosa ley de la atracción! Un secreto
enterrado tan profundamente en las partes aisladas como en el todo misterioso.
El irresistible ser del otro sexo es un monstruo en
proceso de convertirse en flor. La belleza femenina es una creación incesante,
una revolución incesante en torno a un defecto (muchas veces imaginario) que
hace que todo el ser gire hacia el cielo.
Capítulo XI
«¡Ha intentado envenenarse!»
Esas fueron las palabras que me recibieron al abrir la
puerta del establecimiento del Dr. Onirifick. Fue Curley quien me lo anunció,
apagando sus palabras con el ruido del picaporte.
Con un vistazo por encima del hombro de Curley comprobé
que estaba dormida. La había atendido Kronski. Había pedido que no dijeran nada
al Dr. Onirifick.
«Olí a cloroformo en cuanto entré», explicó Curley.
«Estaba sentada en el sillón, acurrucada, como si hubiera tenido un ataque.»
«Pensé que tal vez fuera un aborto...», añadió, con
expresión un poco tímida.
«¿Por qué lo ha hecho? ¿Lo ha dicho?»
Curley se puso a tartamudear.
«Vamos, no seas bobo. ¿Qué ha sido? ¿Celos?»
No estaba seguro. Lo único que sabía era lo que ella había
balbuceado al volver en sí. Había repetido una y otra vez que no podía
resistirlo más.
«¿Resistir qué?», pregunté.
«Que fueras a visitar a tu mujer, supongo. Dijo que había
cogido el auricular para telefonearte. Tenía la sensación de que algo no iba
bien.»
«¿Cómo lo dijo exactamente? ¿Lo recuerdas?»
«Sí, dijo muchas cosas sin sentido sobre verse
traicionada. Decía que no era a la niña a la que ibas a ver, sino a tu mujer.
Dijo que eras débil, que cuando no estaba ella contigo eras capaz de hacer
cualquier cosa...»
Lo miré perplejo. «¿De verdad ha dicho eso? No estarás
inventando, ¿eh?»
Curley hizo como que no oía. Siguió hablando de Kronski,
de lo bien que se había portado.
«No creí que fuera capaz de mentir tan hábilmente», dijo
Curley.
«¿Mentir? ¿A qué te refieres?»
«A la forma como ha hablado de ti. Tendrías que haberlo
oído. Por Dios, que era enteramente como si estuviese haciéndole la corte. Ha
dicho cosas tan maravillosas sobre ti, que ella se ha echado a llorar como una
niña.»
«¡Figúrate», prosiguió, «que le ha dicho que eres el tipo
más leal y fiel del mundo! También le ha dicho que has cambiado completamente
desde que la conoces: ¡que ninguna mujer puede tentarte!»
En ese momento Curley no pudo evitar una sonrisa
enfermiza.
«Bueno, es verdad», dije, casi enfadado. «Kronski estaba
diciendo la verdad.»
«Que la quieres tanto, que...»
«¿Y qué es lo que te hace pensar que no es así?»
«Pues, que te conozco. Nunca cambiarás.»
Me senté junto a la cama y la miré. Curley iba y venía
inquieto. Yo sentía su rabia latente. Sabía cuál era la causa.
«Supongo que ahora estará completamente fuera de peligro,
¿no?» Pregunté al cabo de un rato.
«¿Cómo voy a saberlo? No es mi mujer.» Sus palabras me
llegaron como el destello de un cuchillo.
«¿Qué te pasa, Curley? ¿Estás celoso de Kronski? ¿O estás
celoso de mí? Puedes cogerle la mano y acariciarla, cuando se despierte. Ya me
conoces...»
«¡Mejor que la hostia!», fue la hosca respuesta de Curley.
«Tendrías que haber estado tú cogiéndole la mano. Nunca estás, cuando te
necesitan. Supongo que estarías cogiéndole la mano a Maude... ahora que ya no
quiere saber nada de ti. Recuerdo cómo la tratabas. Entonces me parecía
divertido... era demasiado joven para considerarlo de otro modo. Y también
recuerdo a Dolores...»
«¡Cuidado!», susurré, indicando con la cabeza la figura
postrada.
«No se va a despertar tan pronto, ¡no te preocupes!»
«De acuerdo... ahora, a ver, ¿qué pasaba con Dolores?»,
dije, bajando la voz. «¿Qué hice a Dolores que te ofendiera tanto?»
Por un momento no pudo decir nada. Sencillamente estaba
que reventaba de desdén y desprecio. Finalmente, lo soltó de pronto:
«¡Eres su ruina! Destruyes algo en ellas, es lo único que
puedo decir.»
«¿Quieres decir que después de que rompiéramos intentaste
ligarte a Dolores y ella no quiso nada contigo?»
«Antes o después..., ¿qué más da?», refunfuñó. «Sé cómo se
sentía: solía contármelo. Aun cuando te odiaba, no me podía aceptar. Me usaba
de paño de lágrimas. Me lloraba encima, como si yo estuviera hecho de Dios sabe
qué... Tú solías largarte radiante de alegría después de aquellas sesiones en
la habitación del fondo. El pequeño Curley se quedaba para recoger las migajas.
El pequeño Curley arreglaba las cosas por ti. Tú nunca pensabas en lo que
ocurría cuando la puerta se cerraba tras ti, ¿verdad?»
«No-o-o», respondí arrastrando los sonidos y sonriéndole
burlonamente. «¿Qué ocurría? Cuéntame.»
Siempre es interesante enterarte de lo que ocurre
realmente, cuando se cierra la puerta tras ti. Estaba listo para arrellanarme y
escucharlo aguzando el oído.
«Naturalmente», me aventuré a decir, para estimularlo más,
«intentaste sacar el mayor partido de la situación.»
«Si quieres que te diga la verdad», respondió con
franqueza brutal, «sí, lo hice. ¡A pesar de que era comer las migajas que tú
dejabas! La animaba a llorar, porque así podía rodearla con los brazos. Y por
fin lo conseguí. No me fue demasiado mal, teniendo en cuenta la desventaja en
que estaba. Te puedo contar algunas cosas de tu bella Dolores...»
Hice un gesto con la cabeza. «A ver, cuéntalo todo. Parece
apasionante.» «Lo que probablemente no sepas es cómo se porta, cuando le da un
ataque de llanto. Te perdiste algo bueno.»
Intenté hacer que se sintiera libre para hablar, ocultando
mis emociones tras una máscara de tolerancia desinteresada. Cosa bastante
curiosa, a pesar de su deseo de herirme, le resultó difícil contar su historia
coherentemente, o aprovecharse siquiera de la oportunidad que le había dado.
Cuanto más hablaba, más compasión sentía de sí mismo. No podía librarse de su
sensación de frustración. Quería mancharla, y el hecho de poder obtener mi
aprobación añadía interés al procedimiento. Pensaba que yo también iba a
disfrutar con aquella profanación de un antiguo ídolo.
«Conque en realidad, ¿nunca conseguiste mojar el churro?»
Le lancé una mirada consoladora. «Lástima, porque la verdad es que tenía un
buen polvo... Si lo hubiera sabido, podría haberte ayudado. Deberías haber
dicho algo. Pensaba que estabas demasiado verde como para sentir así por ella.
Naturalmente, sospechaba que la abrazabas, cuando me volvía de espaldas. Sin
embargo, no te creía capaz de sacar la polla e intentar metérsela. No, creía
que la adorabas demasiado como para eso. Joder, si eras un niño entonces. ¿Qué
edad tenías? ¿Dieciséis, diecisiete? Debería haber recordado lo de tu tía. Pero
eso fue diferente. Ella te violó, ¿no fue así?»
Encendí un cigarrillo y me arrellané en el sillón.
«¿Sabes, Curley, que esto me da que pensar un poco...?»
«¿Te refieres a Maude? Nunca intenté nada...»
«No, no me refiero a eso. Me importa un comino lo que
intentaras o no intentaras...»
«Creo que tendrías que ir yéndote pronto», añadí. «Cuando
vuelva en sí, quiero hablar con ella. Ha sido una suerte que te presentases,
cuando lo has hecho. ¡Hum! Supongo que debo darte las gracias.»
Curley recogió sus cosas. «Por cierto», dijo, «el corazón
le falla un poco. Y tiene otra cosa que no le funciona bien... Kronski te lo
dirá.»
Lo acompañé hasta la puerta. Nos dimos la mano. Me sentí
obligado a decir algo. «Mira, no te guardo rencor por lo de Dolores, pero...
pero no empieces a venir de visita aquí, cuando yo esté fuera, ¿comprendes?
Puedes adorarla todo lo que quieras a distancia. ¡No me vayas a venir con tus
malditos trucos! ¿Entendido?»
Me lanzó una mirada asesina y se marchó de mal humor.
Nunca le había hablado así y lo sentí, no porque lo hubiera herido, sino porque
de repente comprendí que le había metido una idea en la cabeza. Ahora iba a
creerse peligroso; no iba a ser feliz hasta que no hubiese puesto a prueba sus
poderes.
¡Dolores! Pues, bien, no me había enterado de nada
importante. Aun así, había algo que no me gustaba. Dolores era blanda.
Demasiado complaciente como para satisfacerme. Hubo una época en que había
estado a punto de pedirle que se casara conmigo. Recordaba lo que me había
impedido cometer ese disparate. Fue saber que diría que sí, débilmente, porque
seguía siendo virgen mentalmente, incapaz de resistir la presión de una polla
tiesa. Eso: su débil sí, al que seguiría toda una vida de llantos y lamentaciones.
En lugar de ayudarme a olvidar, iba a ser un recordatorio mudo y constante del
crimen que me proponía cometer. (El crimen de abandonar a mi esposa.) Dios sabe
que había una parte de mí que era blanda como una esponja. ¡No necesitaba a
nadie que cultivase ese aspecto de mí! La verdad es que era desagradable,
Dolores. Los ojos le brillaban con tal fervor adolescente, cuando me veía
consolar a los lisiados y heridos. Sí, ahora la veía con claridad. Era como una
enfermera ayudando a un médico. Quería cuidar como una madre a todos aquellos
pobres diablos para ayudar a los cuales yo estaba matándome de un modo o de
otro. Y después ofrecerme su coñito: como premio, como señal de aprobación.
¿Qué diablos sabía del amor? Era una niñata. Sentí lástima de Curley.
¡Kronski había dicho la verdad! Eso era lo que no dejaba
de repetirme a mí mismo, mientras permanecía sentado junto a la cama y esperaba
a que ella volviera a la vida. Gracias a Dios, no estaba muerta. Sólo dormida.
Por su expresión parecía que flotase en «luminol».
Era tan inhabitual para mí desempeñar el papel de
desconsolado, que me fascinó la idea de cómo actuaría, en caso de que muriera
de verdad delante de mí. ¿Y si no volviese a abrir los ojos nunca? ¿Y si pasara
de ese profundo trance a la muerte? Intenté concentrarme en esa idea. Deseaba
desesperadamente saber cómo me sentiría, en caso de que ella muriese. Intenté
imaginar que era un viudo tan reciente, que ni siquiera había llamado a la
funeraria.
Sin embargo, antes que nada me levanté y le puse el oído
en la boca. Sí, todavía respiraba. Acerqué la silla a los pies de la cama y me
concentré lo mejor que pude en la muerte... su muerte. No se manifestaban
emociones extraordinarias. A decir verdad, me olvidé de mi supuesta pérdida
personal y me quedé absorto en una contemplación arrobada de lo deseable de la
muerte. Me puse a pensar en mi propia muerte, y en cómo la disfrutaría. La
figura postrada y tumbada ahí, que apenas si respiraba, que flotaba en la
estela de una droga como un barquito atado a la popa de un navio, era yo. Había
deseado morir y ahora estaba muriendo. Ya no tenía conciencia de este mundo,
pero todavía no estaba en el otro. Iba derivando despacio hacia alta mar,
ahogándome sin dolor ni asfixia. Mis pensamientos no eran ni de este mundo que
abandonaba ni de aquel al que me acercaba. De hecho, no se producía nada
comparable al pensamiento. Tampoco era sueño. Era más que nada como una
diáspora; el nudo estaba desenredándose, el yo se vaciaba gota a gota. Ya ni
siquiera había un yo: yo era el humo de un buen puro, y, como el humo, me
esfumaba en el aire, y lo que quedaba del puro se desmoronaba hasta reducirse a
polvo y disolución.
Me sobresalté. Rumbo equivocado. Me relajé y la miré con
menos fijeza. ¿Por qué había de pensar en su muerte?
Entonces se me ocurrió: ¡sólo si estuviera muerta podría
amarla como imaginaba amarla!
«¡Siempre el actor! La amaste efectivamente en un tiempo,
pero estabas tan satisfecho de ti mismo al pensar que podías amar a otra
persona además de a ti mismo, que te olvidaste de ella inmediatamente. Has
estado mirándote amar. La has empujado a esto para volver a sentir. Perderla
sería volver a encontrarla.»
Me di un pellizco, como para convencerme de que era capaz
de sentir.
«Sí, no estás hecho de madera. Tienes sentimientos... pero
van descaminados. Tu corazón funciona espasmódicamente. Sientes agradecimiento
hacia quienes te hacen sangrar el corazón; no sufres por ellos, sufres por
gozar el lujo de sufrir. Todavía no has empezado a sufrir; sólo estás sufriendo
indirectamente.»
Había algo de verdad en lo que me estaba diciendo a mí
mismo. Desde que había entrado en la habitación, había estado preocupado por
cómo debía actuar, cómo debía expresar mis sentimientos. En cuanto a aquel
asunto de los últimos momentos con Maude... era excusable. Mis sentimientos se
habían desviado, y nada más. El destino me había engañado. Maude, ¡puff!, me
importaba tres cojones. No recordaba una sola ocasión en que hubiera despertado
sentimiento real alguno en mí. ¡Qué ironía más cruel sería que Mona descubriese
la verdad! ¿Cómo iba a poder explicar nunca semejante dilema? En el preciso
momento en que estoy engañándola, como ha adivinado, Kronski le está contando
lo fiel y ferviente que soy. ¡Y Kronski estaba en lo cierto! Pero Kronski debió
de sospechar, mientras le contaba la verdad, que descansaba sobre una mentira.
Estaba afirmando su fe en mí porque él mismo quería creer en mí. Kronski no era
tonto. Y probablemente fuera un amigo mucho mejor de lo que lo consideré nunca.
¡Si por lo menos no se mostrase tan deseoso de hurgarme en las entrañas! ¡Si al
menos dejara de ponerme en evidencia!
La observación de Curley volvió para atormentarme. Kronski
se había portado tan maravillosamente... ¡como si le hiciera la corte! ¿A qué
se debía que siempre me estremeciese, cuando pensaba en alguien haciéndole la
corte? ¿Celoso? Estaba más que deseoso de que me diesen celos, con tal de que
pudiera ser testigo de ese poder que ella tenía para hacer que otros la amasen.
Mi ideal —¡sentía un sobresalto al formularlo!— era el de una mujer que tuviese
el mundo a sus pies. Si pensase que había hombres ciegos para sus encantos, la
ayudaría deliberadamente a atraparlos. Cuantos más amantes acumulase, mayor
sería mi triunfo personal. Porque me amaba efectivamente, de eso no había duda.
¿Acaso no me había escogido a mí de entre todos los demás, a mí, que tenía tan
poco que ofrecerle?
Yo era débil, le había dicho a Curley. Sí, pero también lo
era ella. Yo era débil en relación con las mujeres en general; ella era débil
en relación con aquel a quien amaba. Quería que mi amor se centrase en ella
exclusivamente, aun en el pensamiento.
Cosa bastante curiosa, yo estaba empezando a centrarme en
ella exclusivamente, a mi débil modo. Si no me hubiera llamado la atención
sobre su debilidad, habría descubierto por mí mismo, con cada nueva aventura,
que en el mundo sólo había una mujer para mí... y era ella. Pero, ahora que me
lo había revelado dramáticamente, siempre me obsesionaría la idea del poder que
ejercía sobre ella. Podría sentir la tentación de probarlo, aun a
regañadientes.
Deseché esa corriente de pensamiento... violentamente. No
era en absoluto así como quería que fuesen las cosas. La amaba exclusivamente,
sólo a ella, y nada del mundo me desviaría de ese camino.
Me puse a pasar revista a la evolución de aquel amor.
¿Evolución? No había habido evolución. Había sido instantáneo. Pero, bueno, y
me asombré al pensar en que adujera esa prueba, pero, bueno, si hasta el hecho
de que mi primer gesto hubiese sido de rechazo era una prueba de que reconocí
la atracción. Le había dicho que no instintivamente, por miedo. Repasé toda la
escena en el baile la noche que abandoné mi antigua vida. Venía hacia mí, del
centro de la pista. Yo había echado un vistazo rápidamente a ambos lados, sin
poder creer que me hubiera elegido a mí. Y después pánico, a pesar de que me
moría por arrojarme en sus brazos. ¿Acaso no había sacudido la cabeza
vigorosamente? ¡No! ¡No! Casi insultante. Al mismo tiempo, me estremecí por
miedo a que, aun cuando me quedara allí para siempre, no volviese a dirigirme
la mirada. Entonces supe que la deseaba, que la perseguiría inexorablemente,
aun cuando no quisiera saber nada conmigo. Abandoné la barandilla y me fui a
fumar a un rincón. Temblando de la cabeza a los pies, me quedé de espaldas a la
pista, sin atreverme a mirarla. Ya celoso, celoso de quienquiera que escogiese
para próxima pareja...
(Era maravilloso recordar aquellos momentos. Dios mío,
ahora estaba volviendo a sentir...)
Sí, al cabo de un rato me había recobrado y había vuelto a
la barandilla, estrujado por todos lados por una manada de lobos hambrientos.
Ella estaba bailando. Bailó varias piezas seguidas, con el mismo hombre. No
apretándose, como las otras chicas, sino como en el aire, mirando al hombre en
la cara, sonriendo, riendo, hablando. Estaba claro que ese hombre no
significaba nada para ella.
Entonces llegó mi vez. ¡Por fin se había dignado fijarse
en mí! No parecía desagradarle en absoluto; al contrario, se comportaba como si
se tomara la molestia de mostrarse agradable. Y así, arrobado, le había dejado
conducirme por la pista. Y después, otra vez, y otra, y otra. Y antes incluso
de que me atreviera a darle conversación supe que nunca saldría del local sin
ella.
Bailamos y bailamos, y, cuando estuvimos cansados de
bailar, nos sentamos en un rincón y hablamos, y por cada minuto que hablaba o
bailaba un reloj señalaba los dólares y centavos. ¡Qué rico era aquella noche!
¡Qué sensación más deliciosa era desprenderse despreocupado de un dólar tras
otro! Me comportaba como un millonario, porque era un millonario. Por primera
vez en mi vida, supe lo que era ser rico, ser un magnate, un rajá, un maharajá.
Estaba regalando mi alma: no cambalacheándola, como Fausto, sino dilapidándola.
Habíamos sostenido aquella extraña conversación sobre
Strindberg, que iba a correr a través de nuestra vida como un hilo de plata.
Siempre iba a releer La señorita Julia, por lo que ella había dicho aquella
noche, pero nunca lo hice... y probablemente no lo haga nunca.
Luego la espera en la calle, en Broadway, y, al venir
hacia mí aquella segunda vez, tomó posesión de mí completamente. En el
compartimiento del Chin Lee volvió a convertirse en otra persona. Se volvió —y
ése era en realidad el secreto de su irresistible encanto— se volvió vaga.
No lo formulé así para mí, pero, sentado y abriéndome
camino a tientas a través del humo de sus palabras, supe que me iba a arrojar
como un loco a todos los huecos de su historia. Estaba tejiendo una tela
demasiado delicada, demasiado tenue, como para soportar el peso de mis
pensamientos inquisitivos. Otra mujer que se comportara así me habría
despertado sospechas. La habría calificado de mentirosa consumada. Esta no
estaba mintiendo. Estaba bordando. Estaba hilvanando... y de vez en cuando se
le escapaba un punto.
En ese momento se me ocurrió una idea que nunca se había
formulado antes. Era una de esas ideas larvales que se deslizan por la mente
como una luna tenue por un cielo aborregado. ¡Ha estado haciendo esto siempre!
Sí, probablemente se me hubiera ocurrido en aquel momento, pero lo había
descartado al instante. El modo como se inclinaba hacia adelante, con el peso
descansando sobre un brazo, con la mano, la mano derecha, moviéndose como una
aguja... sí, en aquel momento, y varias veces más después, una imagen me había
pasado por la mente como un relámpago, pero no había tenido tiempo, o, mejor
dicho, no me había dado tiempo ella de atraparla. Pero ahora estaba clara.
¿Quién era quien «había estado haciéndolo siempre»? Las Parcas. Eran tres, y
había algo siniestro en ellas. Vivían en un crepúsculo y tejían una malla: una
de ellas había adoptado esa postura, había desplazado su peso, había mirado a
la cámara con la mano suspendida, y después había reanudado esos hilvanar,
tejer, trenzar interminables, esa charla silenciosa que entra y sale, al tejer,
de la malla hablada de las palabras.
Una lanzadera avanzando y retrocediendo, una bobina
girando sin cesar. De vez en cuando un punto saltado... Como el hombre que le
levantó las faldas. Estaba parado en el porche dando las buenas noches.
Silencio. Se vuela los sesos... O el padre haciendo volar sus cometas en la
azotea. Baja volando del cielo, como un ángel violeta de Chagall. Camina entre
sus caballos de carreras, sujetando uno a cada lado, de la brida. Silencio.
Falta el Stradivarius...
Estamos en la playa y la luna se desliza por entre las
nubes. Pero antes de eso estábamos sentados muy juntos en la cabina del
conductor, en el ferrocarril elevado. Había estado contándole la historia de
Tony y Joey. Acababa de escribirla... quizá por ella, por el efecto de ciertas
vaguedades. De repente ella me había arrojado de nuevo dentro de mí mismo;
había vuelto otra vez deleitosa la soledad. Había removido los racimos de
emoción que iban atados como una guirnalda al esqueleto de mi yo. Había revivido
al niño, al niño que corría por el campo para saludar a sus amiguitos.
¡Entonces no tenía nada de actor! Aquel niño corría solo. Aquel niño corría
para arrojarse en brazos de Joey y Tony... ¿Por qué me miró tan interesada,
cuando le conté la historia de Joey y Tony? Su cara tenía un brillo terrible,
que nunca podré olvidar. Ahora creo que sé lo que era. Creo que yo la había
detenido... había detenido aquel hilvanar y tejer incesante. Había gratitud en
sus ojos, así como amor y admiración. Yo había detenido la máquina y ella se
había alzado como un vapor, por unos pocos minutos. Aquella mirada brillante y
terrible era el nimbo de su yo liberado.
Después, zambullidas sexuales. Sumergiendo aquella nube de
vapor. Como intentar retener humo bajo el agua. Como desprender una capa tras
otra de oscuridad a oscuras. Otro tipo de gratitud. Un poco horrible, sin
embargo. Como si le hubiera enseñado el modo prescrito de realizar el
hara-kiri... Aquella noche totalmente inexplicable en Rockaway Beach... en el
hotel y casa de baños del Dr. Caligari. Corriendo una y otra vez al lavabo.
Abalanzándome sobre ella, excavándola, traspasándola... hundiéndome y hundiéndome,
como si me hubiera convertido en un gorila con un cuchillo en la mano y
estuviese acuchillando a la Bella Durmiente para despertarla. La mañana
siguiente... ¿o fue por la tarde? Tumbados en la playa, metiéndonos mutuamente
los dedos del pie en la entrepierna. Como dos objetos surrealistas demostrando
una rencontre azorosa.
Y después el Dr. Tao, su poema pintado en papel de
triquitraque. Enquistada en la mente, porque no había venido a la cita en el
jardín como había prometido. Lo tenía en la mano mientras hablaba con ella por
teléfono. Parte del oro se había desprendido y se me había pegado en los dedos.
Ella todavía estaba en la cama... con aquella zorra de Florrie. Habían bebido
demasiado la noche anterior. Sí, se había subido a una mesa —¿dónde? ¡en un
sitio!— y había intentado dar el salto abierta de piernas. Y se había hecho
daño. Pero yo estaba demasiado furioso como para preocuparme de si se había
hecho daño o no. Estaba viva, ¿no?, y no se había presentado. Y quizá no
estuviera Florrie tumbada a su lado, como afirmaba, y tal vez no fuese Florrie
sino ese tipo, Carruthers. Sí, ese viejo que era tan amable y atento, pero que
todavía tenía brío suficiente como para clavar puñales en los retratos de la
gente.
De pronto me asaltó una idea angustiosa. El peligro de
Carruthers había pasado. Carruthers le había ayudado. Otros le habían ayudado
antes que él sin lugar a dudas... Pero ésta era la idea: si yo no hubiera ido
aquella noche al baile con un fajo de billetes en el bolsillo, si hubiese
tenido sólo lo suficiente para unos cuantos bailes, entonces, ¿qué? Y dejando
de lado aquella primera ocasión magnífica, ¿qué pensar de aquella otra vez en
el descampado? («¡Y ahora, las malas noticias!...») ¿Y si le hubiera fallado
entonces? Pero no podía haberle fallado, ésa era la cuestión. Debía de haberlo
comprendido o no se habría arriesgado nunca...
No obstante, con sinceridad y a sangre fría me vi obligado
a reconocer que aquellas pocas sumas milagrosas que yo había conseguido
presentar en el momento oportuno habían sido un factor importante. Le habían
ayudado a creer que podía confiar en mí.
Hice borrón y cuenta nueva. ¡Qué leche! Si hubiera que
interrogar al Destino de ese modo, todo podría explicarse por lo que tuvieras
para desayunar. La providencia coloca oportunidades en tu camino: pueden
traducirse en dinero, suerte, juventud, vitalidad, mil cosas diferentes. Si
falta la atracción, nada puede sacarse ni siquiera de la oportunidad más
favorable. Porque estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella fue por lo
que se me habían presentado tantas oportunidades. El dinero, ¡una mierda! El dinero
no tenía nada que ver. ¡Tanta anfractuosidad, o deficiencia, o indigencia! Era
como la definición de la histeria en la biblioteca del Dr. Onirifick: «una
permeabilidad excesiva del diafragma psíquico».
No, no iba a adentrarme en aquellos remolinos complicados.
Cerré los ojos para volver a hundirme en esa otra corriente clara que no cesaba
de correr como un hilo de plata. En algún punto tranquilo de mí había una
leyenda que ella había alimentado. Trataba de un árbol, como en la Biblia, y
debajo de él se encontraba la mujer llamada Eva con una manzana en la mano. Por
ahí la leyenda corría como un arroyo claro, todo lo que constituía mi vida de
verdad. Ahí había sentimiento, de una orilla a otra.
¿Adonde iba a parar...? ¿Ahí donde la corriente
subterránea corría clara? ¿Por qué aquella imagen del Arbol de la Vida? ¿Por
qué era tan estimulante volver a probar la manzana venenosa, arrodillarse a
suplicar a los pies de una mujer de la Biblia? ¿Por qué era la sonrisa de Mona
Lisa la más misteriosa de todas las expresiones humanas? ¿Y por qué había yo de
trasponer aquella sonrisa del Renacimiento a los labios de una Eva a la que
sólo había conocido en forma de grabado?
Había algo que pendía en el margen de la memoria, una
sonrisa enigmática que expresaba serenidad, beatitud, beneficencia. Pero
también había un veneno, una destilación que exudaba de aquella sonrisa
desconcertante. Y yo me había tragado ese veneno y había borrado el recuerdo.
Había habido un día en que había aceptado algo a cambio de algo; ese día se
había producido una extraña bifurcación.
En vano me escudriñaba el cerebro. Sin embargo, pude
recordar todo esto. Cierto día de primavera me reuní con ella en el Salón Rosa
de un gran hotel. Ella había dispuesto que nos encontráramos allí para
mostrarme un vestido que había comprado. Yo había llegado antes de la hora y
después de unos momentos de desasosiego había caído en trance. Su voz fue la
que me hizo volver en mí. Había pronunciado mi nombre y la voz me había
atravesado, como el humo por una gasa. Estaba cautivadora, al aparecer así de repente
delante de mí. Yo todavía estaba saliendo de la bruma. Al sentarse ella, yo me
levanté, moviéndome todavía a través de una neblina, y me arrodillé a sus pies,
mascullando algo sobre su radiante belleza. Durante unos buenos minutos no hizo
esfuerzo para despertarme. Me tuvo cogidas las dos manos en las suyas y me
sonrió, con esa sonrisa radiante y luminosa que se extiende como un halo y
después se desvanece, para no volver a aparecer nunca. Era la sonrisa seráfica
de la paz y la bendición. Me la ofreció en un lugar público en que nos
encontrábamos solos. Era un sacramento, y la hora, el día, el lugar quedaron
anotados con letras de oro en el libro de la leyenda que se encontraba al pie
del Arbol de la Vida. En adelante, con nosotros, que nos habíamos unido, se
reunió un ser invisible. Nunca más íbamos a volver a estar solos. Nunca más iba
a volver aquella quietud, aquella finalidad... hasta la muerte tal vez. Algo se
había dado, algo se había recibido. Por unos momentos intemporales habíamos
estado a las puertas del Paraíso... después nos empujaron hacia adelante y el
resplandor estrellado desapareció. Como lenguas de rayos, se desvaneció en mil
direcciones diferentes.
Existe la teoría de que, cuando un planeta, como nuestra
Tierra, por ejemplo, ha manifestado todas las formas de la vida, cuando se ha
realizado hasta llegar al agotamiento, se hace añicos y se dispersa como polvo
cósmico por el universo. No sigue girando como una luna muerta, sino que
explota, y en pocos minutos, no queda ni rastro visible de él en los cielos. En
la vida marina tenemos un efecto similar. Se llama implosión. Cuando un anfibio
acostumbrado a las negras profundidades sube por encima de determinado nivel,
cuando se eleva la presión a la que se adapta, el cuerpo explota por dentro.
¿Acaso no estamos familiarizados con ese espectáculo también en los seres
humanos? Los antiguos escandinavos que enloquecían, el malayo al que le entra
la locura homicida... ¿es que no son ejemplos de implosión y explosión? Cuando
la taza está llena, rebosa. Pero cuando la taza y lo que contiene son una misma
sustancia, entonces, ¿qué?
Hay momentos en que el elixir de la vida alcanza un
esplendor tan rebosante, que el alma se derrama. En la sonrisa seráfica de las
Madonnas se ve que el alma inunda la psique. La luna de la cara se vuelve
llena; la ecuación es perfecta. Un minuto, medio minuto, un segundo después, el
milagro ha pasado. Algo intangible, algo inexplicable se ha dado... y recibido.
En la vida de un ser humano puede ocurrir que la luna no llegue a estar nunca
llena. En las vidas de algunos seres humanos parece realmente que el único
fenómeno misterioso observable es el del eclipse perpetuo. En el caso de los
afligidos por el genio, cualquiera que sea la forma que adopte, nos da casi
miedo observar que no hay sino un constante crecer y menguar de la luna. Más
raros aún son los anómalos que, tras haber llegado al plenilunio, se sienten
tan aterrados por el prodigio que representa, que se pasan el resto de su vida
tratando de sofocar lo que les dio el nacimiento y el ser. La guerra de la
mente es la historia de la división del alma. Cuando la luna estaba llena, hubo
quienes no pudieron aceptar la oscura muerte del amenguamiento; intentaron
permanecer suspendidos en su plenitud, en el cénit de su propio cielo.
Intentaron detener la acción de la ley que se estaba manifestando a través de
ellos, a través de su nacimiento y su muerte, en realización y transfiguración.
Atrapados entre las mareas, se vieron separados; el alma abandonó el cuerpo,
dejando el simulacro de un yo dividido para decidirlo luchando en la mente.
Destrozados por su propia refulgencia, viven para siempre la búsqueda de la
belleza, la verdad y la armonía. Desprovistos de su propio esplendor, intentan
poseer el alma y el espíritu de aquellos hacia quienes se sienten atraídos.
Captan cada rayo de luz; reflejan con todas las facetas de su hambriento ser.
Instantáneamente iluminados, cuando la luz va dirigida hacia ellos, con la
misma rapidez se extinguen también. Cuanto más intensa la luz que los baña, más
deslumbrantes —y cegadores— parecen. Especialmente peligrosos son para los
radiantes; hacia esos luminares brillantes e inagotables es hacia los que se
sienten siempre atraídos más apasionadamente...
Estaba tumbada en una luz ardiente, con los labios
ligeramente separados en una sonrisa misteriosa. Su cuerpo parecía
extraordinariamente ligero, como si flotara en los vapores destilados de una
droga. El brillo que siempre emanaba de su carne seguía presente, pero estaba
separado, suspendido a lo largo de todo su cuerpo, cerniéndose sobre ella como
una rara condensación esperando ser reabsorbida por la carne.
Una extraña idea se apoderó de mí, mientras me perdía en
la contemplación. ¿Era locura pensar que, al intentar aniquilarse, había
descubierto que ya estaba muerta? ¿Había retrocedido la muerte para no dejarse
engañar? ¿Era ese extraño brillo, que se estaba acumulando a su alrededor como
el valió en un espejo, el reflejo de otra muerte?
Estaba siempre tan intensamente viva. Sobrenaturalmente
viva, podría decir. Nunca descansaba, excepto en el sueño. Y su sueño era el de
una piedra.
«¿Nunca sueñas?», le había preguntado una vez.
No recordaba... hacía tanto tiempo que había tenido un
sueño.
«Pero todo el mundo sueña», insistí. «Lo que pasa es que
no te esfuerzas por recordar, y nada más.»
Poco después me hizo saber de forma demasiado
evidentemente casual que estaba empezando a soñar otra vez. Eran sueños
extraordinarios. Totalmente diferentes de su conversación. Al principio fingió
que le daba vergüenza revelármelos, pero después, cuando vio por mis preguntas
lo extraordinarios que eran, me los explicó con todo detalle.
Un día, al contarle uno de ellos a Kronski como si fuera
mío y fingiendo estar perplejo y confuso, me quedé pasmado al oírle decir: «¡No
hay nada original en eso, señor Miller! ¿Estás intentando cogerme en falta?»
«¿Cogerte en falta?», repetí con asombro auténtico.
«Puede parecerle original a un escritor», dijo
despectivamente, «pero para un psicólogo es falso. Mira, los sueños no se
pueden inventar como los relatos. Los sueños tienen su marca de autenticidad,
igual que los relatos.»
Le permití destruir el sueño y, para hacerle callar,
reconocí que lo había inventado.
Unos días después, curioseando en la biblioteca del Dr.
Onirifick, me encontré un tomo voluminoso que trataba de la despersonalización.
Hojeando sus páginas, encontré un sobre con mis propios nombres y dirección en
el remite. Era sólo la tapa del sobre, pero la caligrafía era la mía
indudablemente. Sólo había una explicación: lo había dejado allí Mona.
Las páginas que devoré como un oso hormiguero estaban
dedicadas a los sueños recogidos por un psiquiatra. Eran los sueños en vela de
un sonámbulo con personalidad dimorfa. Me vi siguiéndolos con una inquietante
sensación de familiaridad. Los reconocía sólo a trozos.
Por último, quedé tan absorto, que tomé notas de los
fragmentos reconocibles. A su debido tiempo descubriría de dónde procedían los
demás elementos. Saqué varios libros, buscando lugares marcados, pero no encontré
ninguno.
Sin embargo, había comprendido el proceso. Había sacado
los elementos más dramáticos... y después los había unido. Le daba igual que un
fragmento fuera el sueño de una muchacha de dieciséis años y otro el sueño de
un hombre toxicómano.
Me pareció buena idea colocar el trozo de sobre en otra
sección del libro antes de volverlo a colocar en la estantería.
Media hora después tuve una idea todavía mejor. Saqué el
libro, consulté mis notas, y después subrayé cuidadosamente los pasajes
fragmentarios que ella había copiado. Desde luego, comprendí que con una
persona como ella podría ser que nunca me enterara de la verdad de la cuestión
hasta años después... tal vez nunca. Pero no me importaba esperar.
Una idea deprimente siguió a esa reflexión. Si era capaz
de falsificar, ¿qué pensar de su vida de vigilia? Si tuviese que ponerme a
investigar su pasado... La enormidad de la tarea era por sí misma suficiente
para disuadirme de intentarlo inmediatamente. Sin embargo, siempre podía
aguzarse el oído. Esa tampoco era una idea alentadora. No se puede ir por la
vida aguzando el oído. Cosa bastante curiosa, acababa de decirme esto cuando
recordé la forma como había descartado determinado tema. Era extraño cómo había
conseguido hacerme olvidar ese pequeño detalle. Al quitarme de la cabeza la
idea de haber vislumbrado a su madre en el patio de atrás en mi primera
inspección de los alrededores de su casa, había enterrado hábilmente la
sospecha extendiéndose con astuta sinceridad sobre los rasgos y cualidades de
la mujer que yo había imaginado ser su madre, la mujer que ella insistía en que
debía de haber sido su tía. Era un truco tan trillado de los mentirosos, que me
sentí molesto conmigo mismo por haberme dejado engañar tan fácilmente. Por lo
menos eso era algo que podía investigar en un futuro próximo. Estaba tan seguro
de estar en lo cierto, que casi decidí renunciar a la tarea mecánica de la
corroboración. Sería más agradable, pensé, no ir todavía allí, sino cogerla en
la trampa mediante alguna astuta maniobra verbal. Si yo fuera capaz de adquirir
el arte de tender trampas, me ahorraría muchas caminatas inútiles.
Llegué a la conclusión de que sobre todo era esencial no
dejarla sospechar nunca que sabía que estaba mintiendo. ¿Por qué era eso tan
esencial? Me lo pregunté casi inmediatamente. ¿Para tener el placer de
descubrir más y más mentiras? ¿Es que era eso un placer?
Y después me pasó por la cabeza otra pregunta. Si
estuvieses casado con una dipsómana, ¿afirmarías que la manía del alcohol era
perfectamente inofensiva? ¿Seguirías aparentando que todo iba bien con el fin
de estudiar los efectos de ese vicio particular sobre la persona de tu amada?
Si había algo de legítimo en favorecer los apetitos de la
curiosidad, en ese caso era mejor ir a la raíz del asunto, descubrir por qué
mentía tan flagrantemente. Los efectos de esa enfermedad no eran del todo
evidentes para mí... todavía. Un poco de reflexión y habría advertido
inmediatamente que el primer efecto y el más desastroso es... la alienación. El
sobresalto que produce el descubrimiento de la primera mentira presenta casi
los mismos rasgos emotivos que el sobresalto que acompaña al hecho de saber que
la persona que tenemos delante está loca. El engaño, el miedo a él, tiene sus
raíces en el miedo universal a la pérdida de la personalidad. Debe de haber
hecho falta una eternidad para elevar la verdad a un nivel tan supremo, para
convertirla en el fulcro, por decirlo así, de la individualidad. El aspecto
moral era un simple concomitante, el enmascaramiento de un objetivo más
profundo, casi olvidado. Que histoire fuese cuento, mentira e historia a un
tiempo era de una importancia nada desdeñable. Y que un cuento, considerado
invención de un autor creativo, se considere el material más eficaz para llegar
a la verdad sobre su autor también era significativo. Las mentiras sólo pueden
ir engastadas en la verdad. Una buena mentira revela más de lo que la verdad
pueda revelar. Es decir, a quien busque la verdad. Esa persona, al encontrarse
ante la mentira, nunca la considerará motivo de enfado o recriminación. Ni
siquiera de dolor, porque todo estaría claro, y desnudo y sería revelador.
Me asombró mucho advertir lo lejos que podía conducirme
semejante distanciamiento filosófico. Me propuse volver a repetir el
experimento. Podría dar fruto.
Capítulo XII
Acababa de salir del despacho de Clancy. Clancy era el
director general de la Corporación Cosmodemónica de Soplapollas. El era el
Soplapollas en Jefe, por decirlo así. Trataba de «señor» tanto a sus
subalternos como a sus superiores.
Mi respeto hacia Clancy había bajado a cero. Durante más
de seis meses había evitado ir a verlo, a pesar de que habíamos quedado en que
debía pasarme por allí una vez al mes o así... para charlar un poco. Aquel día
me había llamado a su despacho. Había manifestado decepción con respecto a mí.
Prácticamente había insinuado que le había fallado.
¡Pobre idiota! Si no hubiera estado tan asqueado, podría
haber sentido lástima de él. Estaba en un apuro, de eso me daba cuenta. Pero
durante veinte años o más había maniobrado todo lo posible para llegar a esa
situación.
El modelo de comportamiento para Clancy era el del
soldado, el hombre que puede recibir órdenes y darlas, en caso necesario. La
obediencia ciega era su lema. Estaba claro que yo era un mal soldado. Había
sido un instrumento excelente, mientras me habían dado carta blanca, pero,
ahora que me apretaban las riendas, recibía el disgusto de enterarse de que yo
no obedecía las órdenes de aquellos ante quienes él mismo, Clancy, el director
general, tenía que inclinarse con deferencia. Le dolió enterarse de que yo había
insultado a uno de los secuaces del señor Twilliger. Este era el
vicepresidente, un hombre con corazón de cemento que de soldado raso había
llegado a oficial, igual que el propio Clancy.
Había tragado tanta mierda en aquella breve entrevista con
mi superior, que estaba devolviéndola. La conversación había acabado con una
nota de lo más desagradable: que tenía que aprender a cooperar con el señor
Spivak, quien ahora había pasado a ser definitivamente el correveidile del
señor Twilliger.
¿Cómo se puede colaborar con un soplón? ¿Sobre todo con un
soplón cuya única función es espiarle a uno?
La entrada en escena de Spivak, reflexioné al meterme en
un bar a tomar una copa, sólo había precedido unos meses a mi resolución de
abandonar la antigua vida. Ahora me parecía que su llegada había precipitado
ese acontecimiento, o conspirado para producirlo. El punto critico en mi vida
cosmocócica había llegado en el momento de plenitud. Justo cuando había puesto
todo en orden, cuando la máquina estaba funcionando como un reloj, Twilliger
había hecho venir a Spivak de otra ciudad y lo había colocado en el cargo de
experto en eficacia. Y Spivak había tomado el pulso a la máquina cosmocócica y
le había parecido que latía demasiado despacio.
Desde aquel día fatal, me habían movido de un lado para
otro como a un peón de ajedrez. Como para amenazarme, primero habían trasladado
mi despacho a la oficina principal. Twillinger tenía su santuario en el mismo
edificio, unos quince pisos más arriba del mío. Nada de tonterías, ahora, como
en la antigua oficina de repartidores con los vestuarios al fondo y la mesa
revestida de zinc, donde de vez en cuando echaba un polvo fugaz. Ahora estaba
en una jaula sin aire, rodeado de artefactos infernales que zumbaban, sonaban y
brillaban cada vez que un cliente pedía un repartidor. En un espacio en que
sólo había sitio para un escritorio doble y una silla a cada lado (para los
candidatos), tenía que gritar y gritar a pleno pulmón para hacerme oír. Tres
veces, por espacio de pocos meses, había perdido la voz. Todas las veces me
presenté ante el médico de la compañía en el piso de arriba. Todas las veces
sacudió la cabeza perplejo.
«¡Diga "A"!»
«¡A!»
«¡Diga ”E-e-e-e!”»
«¡E-e-e-e!»
Me metía hasta la garganta una varilla pulida, como un
pulverizador de espuma.
«¡Abra bien la boca!»
Yo abría la boca todo lo que podía. El me la limpiaba y a
veces la rociaba con un vaporizador, si le parecía oportuno.
«¿Se siente mejor ahora?»
Intentaba decir que sí, pero lo mejor que conseguía hacer
era ofrecerle un ejemplo de flema vocal. ¡Ooog!
«No veo que le ocurra nada en la garganta», decía. «Vuelva
dentro de unos días y volveré a examinársela. Puede ser el tiempo.»
Nunca se le ocurría preguntarme qué hacía con la garganta
todo el día. Y, naturalmente, una vez que comprendí que perder la voz era
disfrutar de unos días de vacaciones, pensé que lo mismo daba dejarlo en la
ignorancia de la causa de mi aflicción.
Sin embargo, Spivak pensaba que estaba fingiendo.
Disfrutaba hablando con él en un susurro casi inaudible mucho después de que
hubiera recobrado la voz.
«¿Qué ha dicho?», decía con voz áspera.
Escogiendo el momento en que el alboroto era más intenso,
repetía una información de lo más insignificante en el mismo susurro inaudible.
«¡Ah, eso!», decía, sumamente irritado, exasperado de que
yo no hiciera el menor intento de forzar la voz.
«¿Cuándo cree que recuperará la voz?»
«No sé», decía yo, mirándolo fijamente a los ojos y
dejando expirar mi voz.
Después él hablaba con el telefonista, le sonsacaba a mi
espalda para averiguar si le estaba tomando el pelo. En cuanto se marchaba,
recuperaba mi tono de voz natural. Sin embargo, si sonaba el teléfono, ordenaba
contestar a mi ayudante. «El señor Miller no puede hablar por teléfono: se ha
quedado sin voz.» Me mantenía en mis trece para contrarrestar los esfuerzos de
Spivak. Era muy propio de él salir de mi despacho, irse por la puerta
principal, dirigirse a una cabina y llamarme. Habría sentido júbilo, si me
hubiera cogido desprevenido.
Pero ¡qué cantidad de mierda era todo aquello! Juegos de
niños. En todas las empresas se dan esos juegos. Es la única salida para
nuestro aspecto humano. Es como la civilización. Todo engranado para que
funcione suavemente con el fin de destruirla con una pequeña hoguera. Cuando te
acaban de dar lustre a los impulsos, de hacerles la manicura y un traje a
medida, te ponen un rifle en la mano y confían en que en seis semanas aprendas
el arte de clavar una bayoneta en un saco de trigo. Te quedas estupefacto, por
no decir otra cosa. Y, si no hay pánico, ni guerra, ni revolución, sigues
subiendo de un puesto de soplapollas a otro hasta que llegas al ser el Gran
Capullo en persona y te vuelas la tapa de los sesos.
Tomé otro trago y eché una mirada al gran reloj de la
Metropolitan Tower. Era gracioso que ese reloj hubiese inspirado el único poema
que yo había escrito en toda mi vida. Fue poco después de que me hubieran
trasladado de la oficina principal a una sucursal. La torre se recortaba en la
ventana desde la que yo miraba a la calle. Frente a mí se sentaba Valeska. Por
ella había escrito el poema. Recordé la excitación que me entró el domingo por
la mañana que empecé el poema. Era increíble... un poema. Tuve que llamar por
teléfono a Valeska y contarle la buena noticia. Dos meses después, ella había
muerto.
Esa fue una época en que Curley había conseguido mojar el
churro. Hacía poco que me había enterado de eso. Al parecer, solía llevársela a
la playa. Lo hizo, ¡por Dios!, en el agua, de pie. Es decir, la primera vez.
Después fue un polvo tras otro: en el coche, en el baño, a la orilla del mar,
en el barco de las excursiones.
En plenos recuerdos agradables vi una figura alta vestida
de uniforme que pasaba por delante de la ventana. Salí corriendo y le saludé.
«No sé si debería entrar, señor Miller. Estoy de servicio,
ya sabe.»
«Eso es igual. Venga, venga un momento y tome una copa
conmigo. Me alegro de verlo.»
Era el coronel Sheridan, el jefe de la brigada de
repartidores que Spivak había organizado. Sheridan era de Arizona. Había
acudido a mí en busca de trabajo y yo lo había metido en el cuerpo nocturno. Me
gustaba Sheridan. Era una de las pocas personas decentes que había conocido
entre los miles que había puesto a trabajar en el cuerpo de repartidores.
Gustaba a todo el mundo, incluso a ese bloque de cemento animado que era el
señor Twilliger.
Sheridan era absolutamente cándido. Había nacido en un
ambiente limpio, no había recibido más educación que la que necesitaba, que era
muy poca, y no tenía otra ambición que la de ser el que era, un individuo
llano, sencillo, corriente, que aceptaba la vida como le venía. Por lo que se
desprendía de mi observación de la naturaleza humana, había uno como él por
cada millón.
Le pregunté cómo le iba de instructor militar. Dijo que
era deprimente. Estaba desilusionado: los chicos no mostraban ánimo ni interés
por la formación militar.
«Señor Miller», exclamó. «En toda mi vida no he conocido
chicos como éstos. No tienen sentido del honor...»
Me eché a reír. ¡La leche... sentido del honor!
«Sheridan», dije, «¿Todavía no se ha dado cuenta de que
está tratando con la escoria de la tierra? Además, los chicos no nacen con
sentido del honor. Sobre todo, los chicos de ciudad. Esos chicos son gángsteres
incipientes. ¿No ha estado nunca en el despacho del alcalde? ¿No ha visto la
multitud que anda por allí? Esos son repartidores adultos. Si los pusieran tras
los barrotes, no se los podría distinguir de los auténticos presidiarios. Toda
la ciudad de los cojones se compone de ladrones y gángsteres. Eso es lo que una
ciudad es: un criadero de criminales.»
Sheridan me miró perplejo.
«Pero usted no es así, señor Miller», dijo, sonriendo
tímidamente.
No pude por menos de reírme otra vez. «Ya lo sé, Sheridan.
Soy una de las excepciones. Simplemente estoy matando el tiempo aquí. Algún día
me iré a Arizona, o a algún lugar tranquilo y solitario. Ya le dije, ¿verdad?,
que estuve en Arizona hace años. Ojalá hubiera tenido juicio y me hubiese
quedado allí... Dígame, ¿qué hacía usted allí?... no era pastor, ¿verdad?»
Ahora le tocaba sonreír a Sheridan. «No, señor Miller, ya
le dije, ¿no se acuerda?, que era barbero.»
«¡Barbero!»
«Sí», dijo Sheridan, «y, además, de los buenos.»
«Pero sabe usted montar a caballo, ¿verdad? Supongo que no
habrá pasado usted toda su vida en una barbería.»
«¡Oh, no!», respondió rápidamente. «He hecho un poco de
todo. Me he ganado la vida desde que tenía siete años.»
«¿Qué le hizo venir a Nueva York?»
«Quería ver cómo era una gran ciudad. Había estado en
Denver y en Los Angeles... y también en Chicago. Todo el mundo me decía
constantemente que tenía que ver Nueva York; así, que decidí venir. Le diré,
señor Miller, que Nueva York es un lugar hermoso... pero no me gusta la
gente... Será que no entiendo sus modales.»
«¿Se refiere al modo como te empujan de un lado para
otro?»
«Sí, y a su modo de mentir y engañar. Hasta las mujeres
son diferentes aquí. Parece que no puedo encontrar una chica que me guste.»
«Es usted demasiado bueno, Sheridan. No sabe tratarlas.»
«Ya lo sé, señor Miller.» Bajó la cabeza. Se comportaba
como un fauno tímido.
«¿Sabe lo que le digo?», dijo titubeando. «Debe de ser que
me pasa algo raro. Se ríen a mi espalda... todo el mundo, hasta los muchachos.
Puede que sea por mi forma de hablar.»
«No se puede ser demasiado tolerante con los chicos,
Sheridan», le interrumpí. «Ya le avisé: ¡sea duro con ellos! Déles una bofetada
de vez en cuando. Echeles una buena bronca. No les haga pensar que es usted
blando. Si lo hace, le pisarán.»
Alzó la vista tranquilamente y me enseñó la mano. «¿Ve?
Aquí me mordió un chico el otro día. ¿Se imagina?»
«¿Qué le hizo usted?»
Sheridan volvió a mirarse los pies. «Lo envié a casa»,
dijo.
«¿Nada más? ¿Se limitó a enviarlo a casa? ¿No le dio una
zurra?»
Guardó silencio. Al cabo de unos minutos, habló con calma
y sencilla dignidad.
«No creo en los castigos, señor Miller. Si un hombre me
pega, nunca le devuelvo el golpe. Intento hablar con él, averiguar qué le pasa.
Mire, de niño me dieron para el pelo de lo lindo. No tuve una vida fácil...»
Se detuvo de pronto, cambió el peso de un pie al otro.
«Siempre he querido contarle una cosa», prosiguió,
haciendo acopio de todo su valor. «Usted es el único hombre a quien se lo puedo
contar, señor Miller. Sé que puedo confiar en usted...»
Volvió a hacer una pausa. Esperé atentamente,
preguntándome qué sería lo que iba a desembuchar.
«Cuando llegué a la compañía telegráfica», continuó, «no
tenía un céntimo en el bolsillo. Recordará, señor Miller... tuvo usted que
ayudarme. Y le agradezco todo lo que hizo por mí.»
Pausa.
«Hace un momento he dicho que vine a Nueva York para ver
la gran ciudad. Eso sólo es verdad a medias. Escapaba de algo. Mire, señor
Miller, estaba profundamente enamorado de una mujer de allí. Era una mujer que
significaba todo para mí. Me entendía, y yo la entendía. Pero estaba casada con
mi hermano. No quería quitársela a mi hermano, pero no podía vivir sin ella...»
«¿Sabía su hermano que estaba usted enamorado de ella?»
«Al principio, no», dijo Sheridan. «Pero al cabo de un
tiempo tuvo por fuerza que enterarse. Mire, vivíamos todos juntos. El era el
dueño de la barbería y yo le ayudaba. Además, nos iba de maravilla.»
Otra pausa embarazosa.
«Los problemas comenzaron un día, un domingo, que fuimos
de excursión al campo. Habíamos estado enamorados todo el tiempo, pero no
habíamos hecho nada. Yo no quería herir a mi hermano, como le he dicho. El caso
es que sucedió. Estábamos durmiendo al aire libre y ella estaba tumbada entre
los dos. Me desperté de repente y sentí su mano sobre mí. Estaba completamente
despierta, mirándome con ojos muy abiertos. Se inclinó y me besó en la boca. Y
allí mismo, con mi hermano tumbado a nuestro lado, la poseí.»
«Tómese otra copa», le insté.
«Creo que aceptaré», dijo Sheridan. «Gracias.»
Continuó lento y vacilante, con mucha delicadeza, y,
evidentemente, turbado de verdad. Era casi como si estuviera hablando de sí
mismo.
«En fin, para abreviar, señor Miller, un día se volvió
completamente loco de celos: vino detrás de mí con una navaja de afeitar. ¿Ve
usted esta cicatriz?» Volvió la cabeza ligeramente hacia un lado. «Aquí es
donde me dio, al intentar esquivarlo. Si no hubiera bajado la cabeza, supongo
que me habría rebanado la mitad de la cara.»
Sheridan sorbió su copa despacio, mirando pensativo el
espejo empañado que tenía delante.
«Por fin, lo calmé», dijo. «Naturalmente, cuando vio la
sangre que me corría por el cuello y la oreja casi colgando, se asustó. Y
entonces, señor Miller, ocurrió algo terrible. Se echó a llorar, igual que un
niño. Me dijo que no valía para nada, pero yo sabía que no era cierto. Dijo que
no debía haberse casado con Ella: así se llamaba ella. Dijo que se divorciaría,
que se iría a otro sitio, que empezaría todo de nuevo... y que yo debía casarme
con Ella. Me rogó dijera que lo iba a hacer. Incluso intentó dejarme algo de
dinero. Quería marcharse inmediatamente... dijo que no podía soportarlo más.
Naturalmente, yo no quería ni oír hablar de eso. Le pedí que no dijese nada a
Ella. Dije que sería yo quien hiciera un pequeño viaje, para dejar que se
olvidasen las cosas. No quería ni oír hablar de eso... pero, al final, después
de que le demostré que era la única cosa sensata que se podía hacer, accedió a
dejarme marchar...»
«¿Y así es como llegó usted a Nueva York?»
«Sí, pero eso no es todo. Mire, intenté hacer lo más
correcto. Usted habría hecho lo mismo, si hubiera sido su hermano, ¿verdad?
Hice todo lo que pude...»
«Bien», dije, «¿y qué es lo que le preocupa ahora?»
Miró el espejo con ojos en blanco.
«Ella», dijo, tras una larga pausa. «Lo ha abandonado. Al
principio, no sabía dónde estaba yo. De vez en cuando les enviaba una postal
desde un lugar u otro, pero nunca les daba mi dirección. El otro día recibí una
carta de mi hermano, en la que me decía que ella le había escrito... desde
Texas. Le pedía que le diera mi dirección. Decía que, si no sabía algo de mí
pronto, se suicidaría.»
«¿Le ha escrito usted?»
«No», dijo, «todavía no le he escrito. No sé qué hacer
exactamente.»
«Pero, por el amor de Dios, usted la ama, ¿no? Y ella le
ama a usted. Y su hermano... no pondría objeciones. ¿Qué diablos está usted
esperando?»
«No quiero quitarle la esposa a mi hermano. Además, sé que
ella lo ama. Nos ama a los dos: eso es lo que pasa.»
Ahora me tocaba a mí sorprenderme otra vez. Di un silbido
bajito. «Así ¿que es eso?», me reí entre dientes. «Vaya, eso es diferente.»
«Sí», dijo Sheridan rápidamente, «ella nos ama a los dos
igual. No se fue de su lado porque lo odiara o porque me quisiese a mí. Me
quiere a mí, sí. Pero se fue para obligarle a hacer algo, para obligarle a
encontrarme y llevarme a casa otra vez.»
«¿Sabe él eso?», pregunté, con la vaga sospecha de que
Sheridan hubiera imaginado cosas.
«Sí, lo sabe y está dispuesto a vivir así, si eso es lo
que ella quiere. Creo que también se sentiría mejor, si se pudiese arreglar
así.»
«¿Entonces?», dije. «Ahora, ¿qué? ¿Cuáles son sus planes?»
«No sé. No se me ocurre nada. ¿Qué haría usted en mi
lugar? Le he contado todo, señor Miller.»
Y después, como hablándose a sí mismo: «Un hombre no puede
resistir siempre. Sé que no está bien vivir así... pero, si no hago algo
rápidamente, Ella podría suicidarse. No quisiera que ocurriese eso. Haría
cualquier cosa por evitarlo.»
«Mire, Sheridan... antes su hermano estuvo celoso. Pero lo
ha superado, me imagino. Quiere que regrese tanto como usted. Ahora bien... ¿ha
pensado alguna vez si tendría usted celos de su hermano... con el tiempo? No es
fácil compartir la mujer que amas con otro, aunque sea tu hermano. Lo sabe
usted, ¿verdad?»
Sheridan no vaciló al responder a aquello.
«Lo he considerado todo detenidamente, señor Miller. Sé
que yo no sería el celoso. Y tampoco me preocupa mi hermano. Nos entendemos. Es
Ella. A veces me pregunto si sabe lo que quiere de verdad. Los tres crecimos
juntos, ¿sabe usted? Por eso pudimos vivir juntos tan pacíficamente... hasta
que... en fin, era lo más natural del mundo, ¿no cree? Pero, si ahora vuelvo, y
la compartimos abiertamente, podría empezar a querernos de forma diferente.
Esto ha separado a la familia feliz. Y pronto la gente empezaría a notar cosas.
Allí vivimos en un círculo muy reducido, y nuestra gente no hace esas cosas. No
sé qué ocurriría al cabo de un tiempo...»
Volvió a hacer una pausa y jugó nervioso con su vaso.
«He pensado otra cosa, señor Miller... Supongamos que
tuviera un hijo. Puede que no sepamos nunca cuál de nosotros era el padre. Oh,
lo he considerado desde todos los ángulos. No es fácil decidir.»
«No», convine, «no lo es. Estoy confuso, Sheridan. Tendré
que pensarlo.»
«Gracias, señor Miller. Sé que me ayudará, si puede. Creo
que debería irme ahora. Spivak debe de estar buscándome. Adiós, señor Miller»,
y salió corriendo.
Cuando regresé a la oficina, me dijeron que Clancy había
telefoneado. Había pedido la solicitud de una muchacha repartidora que yo había
contratado hacía poco.
«¿Qué ocurre?», pregunté. «¿Qué ha hecho?»
Nadie me daba una información precisa.
«Bueno, ¿dónde estaba trabajando?»
Descubrí que la habíamos enviado a uno de los edificios de
oficinas del centro. Se llamaba Nina Andrews. Hymie había tomado nota de todos
los detalles. Ya había telefoneado al director de la oficina en que trabajaba
la muchacha, pero no pudo averiguar nada. La directora, que era también joven,
tenía la impresión de que la chica era satisfactoria en todos los sentidos.
Decidí que lo mejor era llamar a Clancy y acabar de una
vez. Su voz era áspera e irritable. Evidentemente, el señor Twilliger le había
dado un buen rapapolvos.
Y ahora me tocaba a mí.
«Pero, ¿qué ha hecho?», pregunté con la mayor inocencia.
«¿Que qué ha hecho?», repitió furiosa la voz de Clancy.
«Señor Miller, ¿no le he advertido una y mil veces que sólo queremos mujeres
jóvenes y finas en nuestro cuerpo de repartidores?»
«Sí, señor», tuve que decir, maldiciéndolo para mis
adentros por lo rematadamente estúpido que era.
«Señor Miller», y su voz adoptó una solemnidad desoladora,
«la mujer que dice llamarse Nina Andrews no es sino una vulgar prostituta. Nos
lo ha comunicado uno de nuestros clientes importantes. Ha dicho al señor
Twilliger que esa mujer le ha hecho insinuaciones. El señor Twilliger va a
hacer una investigación. Sospecha que puede que tengamos otras mujeres
indeseables en nuestro personal. No hace falta que le diga, señor Miller, que
se trata de un asunto muy grave. Un asunto muy grave. Confío en que sabrá hacer
frente a la situación. Me entregará un informe mañana o pasado mañana... ¿está
claro?» Colgó.
Permanecí sentado intentando recordar a la joven en
cuestión.
«¿Dónde está ahora?», pregunté.
«La han enviado a su casa», dijo Hymie.
«Envíale un telegrama», dije, «y pídele que me llame.
Quiero hablar con ella.»
Me quedé allí hasta las siete esperando que me llamara.
O’Rourke acababa de llegar. Tuve una idea. Quizá pidiese a O’Rourke...
Sonó el teléfono. Era Nina Andrews. Tenía una voz muy
agradable, una voz que despertó mi simpatía inmediatamente.
«Siento no haber podido llamarle antes», dijo. «He estado
fuera toda la tarde.»
«Señorita Andrews», dije. «Quisiera saber si podría
hacerme un favor. Me gustaría pasar por su casa por unos minutos y charlar con
usted.»
«Oh, no quiero recuperar el empleo», dijo en tono alegre.
«Ya he encontrado otro: uno mucho mejor. Ha sido usted muy amable...»
«Señorita Andrews», insistí. «Me gustaría verla, de todos
modos... sólo por unos minutos. ¿Le importaría?»
«No, en absoluto. Pues, claro, venga usted. Sólo quería
evitarle la molestia...»
«Bien, gracias... Estaré ahí dentro de unos minutos.»
Me acerqué a O’Rourke y le expliqué el caso en pocas
palabras. «A lo mejor le gustaría a usted acompañarme», dije. «Mire, no creo
que esa chica sea una puta. Estoy empezando a recordarla ahora. Creo que sé...»
Montamos en un taxi y fuimos hasta la calle Setenta y Dos,
donde vivía. Era una típica casa de huéspedes pasada de moda. Vivía en una
habitación interior del cuarto piso.
Se sorprendió un poco al verme llegar con O’Rourke. Pero
no se asustó: un punto a su favor, pensé.
«No sabía que iba a traer a un amigo», dijo, mirándome con
ojos azules y francos. «Tendrá que perdonar el aspecto de la habitación.»
«No se preocupe por eso, señorita Andrews.» Fue O’Rourke
el que habló. «Se llama usted Nina, ¿verdad?»
«Sí», dijo. «¿Por qué?»
«Es un nombre bonito», dijo. «Ya no se oye con frecuencia.
No será usted de origen español, ¿verdad?»
«¡Oh, no, español, no!», dijo, viva y rápida, y en un tono
absolutamente cautivador. «Mi madre era danesa, y mi padre es inglés. ¿Por qué?
¿Parezco española?»
O’Rourke sonrió. «Para ser sinceros, señorita Andrews...
señorita Nina... ¿puedo llamarla así?... no, no parece usted española en
absoluto. Pero Nina es nombre español, ¿no?»
«¿Quieren sentarse?», dijo, arreglando los cojines del
diván. Y después, con tono de voz perfectamente natural: «Supongo que se habrán
enterado de que me han despedido. ¡Así como así! Sin una palabra de
explicación. Pero me han dado el salario de dos semanas... y acabo de conseguir
un trabajo mejor. Así, que no es tan terrible, ¿verdad?»
Me alegré de haber llevado a O’Rourke. Si hubiera ido
solo, me habría marchado sin querer saber más. Para entonces ya estaba
absolutamente convencido de que la muchacha era inocente.
La muchacha había dicho que tenía veinticinco años en la
solicitud, pero era evidente que no tenía más de diecinueve. Parecía una chica
que se hubiera criado en el campo. Una muchachita encantadora, y muy despierta.
Evidentemente, O’Rourke había estado haciendo una
valoración semejante. Cuando le habló, quedó claro que en lo único que pensaba
era en evitarle disgustos innecesarios.
«Señorita Nina», dijo, hablando como un padre, «el señor
Miller me ha pedido que lo acompañara. Soy el inspector nocturno, ¿sabe usted?
Ha habido un malentendido con uno de nuestros clientes, uno de los clientes
servidos por la oficina de usted. Quizá recuerde usted el nombre: Agencia de
Seguros Brooks. ¿Recuerda usted ese nombre, señorita Nina? Piense, porque quizá
pueda ayudamos.»
«Por supuesto, que conozco el nombre», respondió con
presteza. «Habitación 715, señor Harcourt. Sí, lo conozco muy bien. También
conozco a su hijo.»
O’Rourke aguzó el oído inmediatamente.
«¿Conoce usted a su hijo», repitió.
«Pues, claro. Eramos novios. Procedemos del mismo pueblo.»
Citó un pueblecito del norte del Estado de Nueva York. «Supongo que casi no se
le puede llamar pueblo.» Nos ofreció una sonrisita radiante.
«Comprendo», dijo O’Rourke, arrastrando la palabra para
inducirla a continuar.
«Ahora comprendo por qué me han despedido», dijo. «No me
considera digna de su hijo. Pero no pensaba que me odiara tanto.»
Mientras seguía hablando, fui recordando cada vez mejor
las circunstancias de su primera visita a la oficina de empleo. Un detalle
destacaba claramente. Al rellenar la solicitud había pedido específicamente que
la enviaran a determinado edificio de oficinas. No era una petición inhabitual;
los solicitantes expresaban con frecuencia su preferencia por determinadas localidades
por una razón u otra. Pero recordé la sonrisa que me había dedicado al
agradecerme la cortesía que le había mostrado.
«Señorita Andrews», dije, «¿no me pidió usted que la
enviara al Edificio Heckscher cuando solicitó el trabajo?»
«Naturalmente que sí», respondió. «Quería estar cerca de
John. Sabía que su padre estaba intentando mantenemos alejados. Por eso me fui
de casa.»
«Al principio el señor Harcourt intentó ridiculizarme»,
añadió. «Quiero decir la primera vez que entregué telegramas en su oficina.
Pero no me importaba. Tampoco a John.»
«Bien», dijo O’Rourke, «entonces, ¿no le importa demasiado
perder su empleo? Porque si quisiera recuperarlo, creo que el señor Miller
podría arreglarlo.» Se volvió a mirarme.
«Oh, de verdad que no quiero recuperarlo», dijo sin
aliento. «He encontrado otro mucho mejor... y en el mismo edificio.»
Los tres nos echamos a reír.
O'Rourke y yo nos levantamos para marchamos. «Es usted
aficionada a la música, ¿verdad?», preguntó O’Rourke.
Ella se ruborizó. «Pues, sí... ¡Caramba! ¿Cómo lo sabe?
Soy violinista. Naturalmente, ésa es otra razón por la que decidí venir a Nueva
York. Espero dar un recital de aquí a algún tiempo: quizá en el Ayuntamiento.
Es emocionante estar en una gran ciudad como ésta, ¿verdad?» Se rió como una
colegiala.
«Es maravilloso vivir en un lugar como Nueva York», dijo
O'Rourke, con la voz descendiendo de repente a un registro más serio. «Espero
que obtenga todo el éxito que busca...» Hizo una pausa, una pausa tensa, y
después cogiéndole las dos manos en las suyas, se colocó frente a ella y dijo:
«¿Me permite que le haga una sugerencia?»
«Pues, ¡claro!», dijo la señorita Andrews, enrojeciendo
ligeramente.
«Bueno, pues, cuando dé su primer concierto en Town Hall,
pongamos por caso, yo le sugeriría que usara su nombre real. Marjorie Blair
suena tan bien exactamente como Nina Andrews... ¿no cree? Bien», y sin pararse
a observar el efecto de su réplica, cogiéndome del brazo y dirigiéndose hacia
la puerta, «creo que deberíamos ir yéndonos. Buena suerte, señorita Blair.
¡Adiós!»
«¡Caramba! ¡Quién lo hubiera dicho!», dije, cuando salimos
a la calle.
«Es una chiquita excelente, ¿verdad?», dijo O'Rourke,
tirando de mí. «Clancy me ha llamado esta tarde... me ha mostrado la solicitud.
Tengo toda la información sobre ella. Es absolutamente excelente.»
«Pero», dije, «¿por qué cambió de nombre?»
«Oh, eso, eso no es nada», dijo O’Rourke. «A la gente
joven le resulta excitante cambiar de nombre a veces... Es una suerte que no
sepa lo que el señor Harcourt dijo al señor Twilliger, ¿eh? Si alguna vez se
supiera eso, tendríamos un caso interesante entre manos.»
«Por cierto», añadió, como si no tuviese importancia,
«cuando haga mi informe para Twilliger, diré que estaba a punto de cumplir
veintidós años. No le importará eso a usted, ¿verdad? Mire, sospechaban que era
menor de edad. Naturalmente, no se puede comprobar la edad de todo el mundo.
Aun así, tiene que tener cuidado. Me entiende, ¿verdad?...»
«Desde luego», dije, «y estoy muy agradecido de que me
ayude.»
Caminamos en silencio por unos momentos, abriendo el ojo
en busca de un restaurante.
«¿No corría Harcourt un gran riesgo al ofrecer a Twilliger
una historia así?»
O’Rourke no respondió al instante.
«Me pone furioso», dije. «Pero, joder, si casi me ha hecho
perder el empleo a mí. ¿Se da usted cuenta?»
«El caso de Harcourt es más complicado», dijo O’Rourke
despacio. «Le cuento esto como estricta confidencia, ¿entiende? No vamos a
decir nada al señor Harcourt. En mi informe contaré al señor Twilliger que el
caso se ha resuelto satisfactoriamente. Explicaré que el señor Harcourt estaba
en un error respecto al carácter de la chica, que ella ha encontrado
inmediatamente otra, posición, y ha recomendado que se olvide el asunto... El
señor Harcourt, como supongo habrá usted deducido ya, es un amigo íntimo de Twilliger.
Todo lo que la chica ha dicho era cierto, sin lugar a dudas, y además es una
chiquita excelente, me gusta. Pero hay una cosa que ha omitido decirnos:
naturalmente, el señor Harcourt ordenó que la despidieran porque está celoso de
su hijo... ¿Se pregunta usted cómo me he enterado de eso tan rápidamente?
Bueno, tenemos nuestra forma de enteramos de las cosas. Podría contarle mucho
más sobre ese Harcourt, si le interesase.»
Estaba a punto de decir: «Sí, me gustaría», cuando cambió
de tema de repente.
«Tengo entendido que ha conocido usted recientemente a un
individuo llamado Monahan.»
Me sentí como si me hubiera dado un sobresalto.
«Sí, Monahan... desde luego. ¿Por qué? ¿Se lo ha dicho su
hermano?»
«Naturalmente, sabrá usted», continuó O’Rourke a su modo
suave y natural, «cuál es el trabajo de Monahan, ¿verdad? Me refiero a su
cargo.»
Mascullé una respuesta, fingiendo saber más de lo que
sabía, y esperé pacientemente a que continuara.
«Bueno, pues es curioso en este oficio», prosiguió, «cómo
se relacionan las cosas. La señorita Nina Andrews no fue inmediatamente a la
oficina de repartidores en busca de trabajo, cuando llegó a Nueva York. Como a
todas las chicas jóvenes, la atrajeron las luces potentes. Es joven,
inteligente, y sabe cuidarse. No creo que sea tan inocente como parece, para
serle sincero. Conociendo a Harcourt, quiero decir. Pero eso no es asunto
mío... El caso es que, para abreviar, señor Miller, su primer empleo fue el de
taxi girl en un baile. Puede que lo conozca usted...» Miró directamente al
frente al decir esto. «Sí, el mismo lugar que Monahan estaba vigilando. Lo
regenta un griego. Buena persona, por cierto. Absolutamente honrado, en mi
opinión. Pero hay otros individuos que merodean por allí y que valdría la pena
investigar más detenidamente. Sobre todo cuando una chica bonita como Nina
Andrews entra en escena... con esas mejillas rojas y esos modales tímidos, de
chica de campo.»
Confiaba en que dijera algo más sobre Monahan, cuando
volvió a cambiar de tema.
«Es curioso un caso como el de Harcourt. Para que vea
usted el cuidado que hay que tener cuando se comprueban las cosas...»
«¿Qué quiere usted decir?», dije, preguntándome qué
soltaría a continuación.
«Pues esto simplemente», dijo O’Rourke, midiendo sus
palabras. «Harcourt tiene toda una cadena de baile aquí, en Nueva York, y en
otros lugares también. La agencia de seguros es sólo para despistar. Por eso
está adiestrando a su hijo. No le interesa el ramo de seguros. La pasión de
Harcourt son las chicas jóvenes... cuanto más jóvenes, mejor. Desde luego, esto
no lo sé, señor Miller, pero no me sorprendería que ya hubiera intentado
seducir a la señorita Andrews... o Marjorie Blair, por usar su nombre auténtico.
Si algo hubiese ocurrido entre ellos, no es probable que la señorita Andrews se
lo diga a nadie, ¿no cree? Menos que a nadie al joven del que está enamorada.
Sólo tiene diecinueve años ahora, pero probablemente tuviera el mismo aspecto a
los dieciséis. Es una chica del campo, no lo olvide. A veces empiezan antes...
ya sabe, sangre roja y caliente.»
Se detuvo, como para estudiar el restaurante, desconocido
para mí, hacia el que me había ido conduciendo despacito.
«No está mal este sitio. ¿Probamos? Oh, sólo un instante
antes de entrar... En relación con Harcourt... Por supuesto, la muchacha no
sospecha que tenga algo que ver con bailes. Eso fue una simple coincidencia,
que entrara en ese local. Ya sabe a cuál me refiero, ¿verdad? Justo enfrente
de...»
«Sí, lo conozco», dije, un poco molesto con él por
lanzarme esas indirectas. «Tengo una amiga que trabaja allí», añadí. Y tú sabes
mejor que la hostia lo que quiero decir, pensé para mis adentros.
Estaba preguntándome cuánto le habría revelado Monahan.
También me pregunté, de repente, si haría años que Monahan conocía a O’Rourke.
¡Cómo les gustaba representar, igual que en el teatro, con aquellas expresiones
de sorpresa, de ignorancia, de asombro, y demás! Supongo que no lo pueden
evitar. Son como cajeras que dicen «¡gracias!» en sueños.
Y después, mientras esperaba que continuara, me pasó por
la mente otra sospecha. Quizás esos dos billetes de cincuenta dólares que
Monahan me había soltado procediesen del bolsillo de O’Rourke. Estaba casi
seguro de ello. A no ser que... pero deseché la siguiente ocurrencia: era
demasiado traída de los pelos. A no ser que, no pude por menos de repetirme, el
dinero hubiera procedido del bolsillo de Harcourt. Era un grueso fajo de
billetes el que había ostentado delante de mí aquella noche. Los detectives no suelen
andar por ahí con grandes sumas de dinero en los bolsillos. En cualquier caso,
si Monahan había dado un sablazo a Harcourt (¡o quizás al griego!), O’Rourke no
podía saberlo.
Una observación todavía más alarmante de O'Rourke me sacó
de aquellas especulaciones interiores. Estábamos en el vestíbulo, a punto de
entrar en el restaurante, cuando le oí claramente decir:
«En ese baile particular es casi imposible que una chica
consiga el empleo sin acostarse primero con Harcourt. Al menos, eso es lo que
me ha contado Monahan.»
«Desde luego, eso no es ningún delito», continuó, haciendo
una pausa por un instante para que la observación hiciera efecto.
Nos sentamos en una mesa en un rincón del fondo del
restaurante, donde podíamos hablar sin miedo de que acertasen a oírnos. Noté
que O’Rourke miraba a su alrededor con su habitual mirada aguda, a la que no se
le escapaba nada a pesar de su discreción. Lo hacía instintivamente, igual que
un decorador de interiores observa el mobiliario de una habitación, incluido el
dibujo del empapelado en la pared.
«Pero el hecho de que la señorita Marjorie Blair tomara el
empleo con otro nombre casi lo condujo a cometer una indiscreción.»
«Huy, la Virgen, sí», exclamé. «¡No había pensado en eso!»
«Tuvo suerte de haber tomado la precaución de pedirle la
fotografía primero...»
No pude por menos de interrumpirle. «Tengo que reconocer
que se enteró usted de la tira de cosas en poco tiempo.»
«Pura casualidad», dijo O’Rourke modestamente. «Me
encontré con Monahan camino del despacho de Clancy.»
«Sí, pero ¿cómo consiguió atar cabos tan de prisa?»,
insistí. «Cuando se encontró a Monahan no sabía usted que la chica había estado
trabajando en un baile. No comprendo cómo demonios dio con esa información.»
«No la descubrí yo», dijo O’Rourke. «Se la saqué a
Harcourt. Mire, cuando estaba charlando con Monahan... éste estaba hablando de
su cargo... y de usted, por cierto... sí, dijo que le gustaba usted mucho... a
propósito, quiere volver a verlo... debería usted ponerse en contacto con él...
bueno, el caso es que, como estaba diciendo, se me ocurrió telefonear a
Harcourt. Le hice algunas preguntas rutinarias... entre ellas, dónde había
trabajado la chica anteriormente, si es que lo sabía. Dijo que había trabajado
en un baile. Lo dijo como dando a entender: "Es una putilla.” Cuando volví
a la mesa, le pregunté al tuntún a Monahan si conocía a una chica llamada
Andrews... en el baile. Entonces ni siquiera sabía qué baile era. Y entonces,
para mi sorpresa, después de explicarle el caso, empezó a hablarme de Harcourt.
Así, que ya ve. Es sencillo, ¿verdad? Como le digo, todo se relaciona en este
oficio. Tienes una corazonada, haces un sondeo... y a veces aciertas.»
«¡Caramba!», fue lo único que pude decir.
O’Rourke estaba estudiando el menú. Yo le eché un vistazo
distraído, incapaz de decidir lo que quería comer. En lo único que podía pensar
era en Harcourt. ¡Así que Harcourt se las jodía a todas! ¡La madre de Dios, qué
furioso me puse! Quería más que nunca hacer algo al respecto. Quizá Monahan fuera
el hombre indicado; tal vez ya estuviese tendiendo sus trampas.
Pedí algo al azar y me quedé mirando desconsolado a los
comensales.
«¿Qué le pasa?», dijo O’Rourke. «Parece deprimido.»
«Lo estoy», respondí. «No es nada. Ya pasará.»
Durante toda la comida sólo escuché a medias la charla de
O’Rourke. No podía dejar de pensar en Mona. Me preguntaba qué diría, si le
citara el nombre de Harcourt. ¡Ese hijo de puta! Jodiendo todo lo que se
pusiese a tiro y, encima, casi me jode el empleo. ¡La hostia! ¡Qué descaro! En
fin, otra pista que seguir. Los acontecimientos se precipitaban...
Me costó varias horas conseguir escapar de O’Rourke.
Cuando quería retenerte, podía contar historia tras historia, pasando de una a
otra con el mayor ingenio y habilidad. Después de pasar una tarde con él,
siempre quedaba exhausto. Sólo de oírlo quedaba agotado, porque al final de
cada frase yo estaba alerta como un ave de presa en pos de una ocasión para
largarme. Además, siempre había largas interrupciones y toda clase de
acrobacias. A veces me hacía esperar media hora o más en una oficina de
telégrafos, mientras con esa paciencia que me exasperaba, repasaba
laboriosamente los archivos en busca de algún detalle trivial. Y siempre, antes
de reanudar su relato, daba un rodeo largo y sinuoso, yendo de una oficina a
otra, en relación con el oficinista o el director o el telegrafista de la
oficina que acabábamos de visitar. Tenía una memoria prodigiosa. En las cien o
más oficinas distribuidas por toda la ciudad conocía de nombre a todos los
oficinistas, el historial de su ascenso de un empleo a otro, de una oficina a
otra y miles de detalles íntimos sobre su vida familiar. No sólo conocía a todo
el personal presente... también conocía a los fantasmas que habían ocupado sus
lugares antes que ellos. Además, conocía a muchos de los repartidores, tanto
del turno de noche como del de día. Sentía afecto especial por los viejos,
algunos de los cuales habían servido a la compañía casi tantos años como el
propio O’Rourke.
Yo había aprendido mucho en las inspecciones nocturnas,
cosas que dudaba supiera el propio Clancy. Buen número de los oficinistas,
según descubrí durante aquellas rondas con O’Rourke, habían cometido un
desfalco en una época u otra de su miserable carrera cosmocócica. O’Rourke
tenía su modo particular de tratar esos casos. Basándose en el buen criterio
que había adquirido con su larga experiencia, muchas veces se tomaba asombrosas
libertades a la hora de tratar con aquellos desgraciados individuos. Estoy seguro
de que la mitad de los casos nunca llegaron a conocimiento de nadie más que de
O'Rourke. Cuando tenía confianza en el individuo en cuestión, le permitía
restituir el dinero poco a poco, dejando claro, desde luego, que el asunto
debía quedar como un secreto entre los dos. Al zanjar el incidente de ese modo
irregular, no sólo garantizaba a la compañía la recuperación de todo lo robado,
sino que, además, se podía confiar en que la víctima, por gratitud, haría de
soplón. Se le podía hacer denunciar y desembuchar, cuando llegara la ocasión.
Más de una vez, al principio, cuando me preguntaba por qué se interesaba tanto
O’Rourke por ciertos personajes que parecían soplones, descubrí que formaban
parte de la tribu de los perdidos, a quienes O’Rourke había convertido en
instrumentos útiles. De hecho, descubrí una cosa relativa a O’Rourke que
explicaba todo en relación con su comportamiento misterioso: que aquel a quien
dedicaba el menor tiempo o atención tenía alguna importancia en el esquema de
su vida cosmocócica.
Aunque daba la impresión de dar vueltas sin llegar a
ninguna parte, aunque muchas veces se comportaba como un bobo y un ignorante,
aunque parecía que lo único que hacía era perder el tiempo, en realidad todo lo
que decía o hacía tenía relación de la mayor importancia con el trabajo que
estaba realizando. Además, nunca se ocupaba de un caso exclusivamente. Tenía
cien cuerdas en su lira. Ningún caso era tan desesperado como para que
abandonase. La compañía podía haberlo retirado de los ficheros... pero no O’Rourke.
Tenía la paciencia infinita de un artista, y con ella la convicción de que el
tiempo trabajaba a su favor. No parecía haber fase de la vida con la que no
estuviera familiarizado. Aunque, hablando del artista, debo reconocer que quizá
en ese terreno estuviese menos seguro de sí mismo. Podía pararse a mirar la
obra de un pompier en el escaparate de unos almacenes con los ojos
encandilados. Su conocimiento de la literatura era casi nulo. Pero, si, por
ejemplo, le contaba la historia de Raskolnikov, tal como Dostoyevski nos la
expuso, podía estar seguro de cosechar las observaciones más penetrantes. Y lo
que verdaderamente me hacía apreciar su amistad era su parentesco, humana y
espiritualmente, con escritores como Dostoyevski. Su conocimiento del hampa lo
había ablandado y lo había vuelto comprensivo. Era detective por su
extraordinario interés y compasión por sus semejantes. Nunca hacía sufrir
innecesariamente a nadie. Siempre daba beligerancia a todo el mundo. Nunca
guardaba rencor a nadie, independientemente de lo que hubieran hecho. Procuraba
entender, comprender sus motivos, aun cuando se tratase de las personas más
viles. Sobre todo se podía confiar en él absolutamente. Una vez que daba su
palabra, se mantenía fiel a ella a toda costa. Tampoco se lo podía sobornar. No
puedo imaginar una tentación que pudiera colocarse ante él para desviarlo del
cumplimiento de su deber. Otro punto a su favor, en mi opinión, era que carecía
totalmente de ambición. No tenía el menor deseo de ser si no lo que era. Se entregaba
en cuerpo y alma a su tarea, sabiendo que era ingrata, sabiendo que una
organización desalmada y despiadada lo usaba y abusaba de él. Pero, como había
observado él mismo más de una vez, fuera cual fuese la actitud de la compañía,
no era asunto suyo. Tampoco le importaba que, en caso de que se retirara,
deshiciesen todo lo que le había costado tanto trabajo construir. A pesar de
carecer de ilusiones, daba cuanto podía a todos los que le pedían algo.
Era una persona excepcional, O’Rourke. A veces me
inquietaba profundamente. No creo haber conocido nunca a nadie antes ni después
que me hiciera sentir tan transparente como él. Tampoco recuerdo a nadie que se
abstuviese tan estrictamente de dar consejos o de expresar críticas. Fue el
único hombre de los que he conocido que me hizo comprender lo que significa ser
tolerante, lo que significa respetar la libertad de los demás. Es curioso,
ahora que lo pienso, lo profundamente que representaba la Ley. No el espíritu
mezquino de la ley que el hombre usa para sus propios fines, sino la
inescrutable ley cósmica que nunca cesa de funcionar, que es implacable y justa
y, en consecuencia, la más misericordiosa en última instancia.
Tumbado en la cama completamente despierto, después de una
noche como aquélla, me preguntaba muchas veces qué haría O’Rourke si estuviera
en mi pellejo. Al intentar hacer la transposición, se me había ocurrido más de
una vez que no sabía nada de la vida privada de O’Rourke. Absolutamente nada.
No es que fuera evasivo... yo no podía decir eso. Simplemente era un vacío. No
sé por qué, pero nunca tocábamos ese tema.
No sé por qué lo pensé, pero tenía la impresión de que
hacía mucho tiempo había sufrido una gran decepción. Un amor frustrado, tal
vez.
Fuera lo que fuese, no había quedado amargado. Había
estado a punto de hundirse y después se había recuperado. Pero su vida había
quedado transformada irremediablemente. Atando cabos, colocando a un lado el
hombre que yo conocía y al otro el hombre que vislumbraba alguna vez que otra
(cuando le daba por recordar), comparando al uno con el otro, era imposible
negar que eran dos seres completamente diferentes. Todos los rasgos de dureza y
solidez que O’Rourke presentaba eran como recursos protectores, interiores, no
exteriores. Del mundo tenía poco o nada que temer. Estaba en él y era de él,
totalmente. Pero ante los decretos del Destino era impotente.
Era extraño, pensaba al cerrar los ojos, que el hombre al
que debía tanto debiera permanecer para siempre como un libro cerrado. Sólo
podía aprender de su comportamiento y de su ejemplo.
Una ola de ternura me embargó. Comprendí a O’Rourke con
mayor profundidad que antes. Entendí todo con mayor claridad. Entendí por
primera vez lo que significa realmente ser «delicado».
Capítulo XIII
Hay días en que el regreso a la vida es penoso y
angustioso. Abandonas el reino de los sueños contra tu voluntad. Nada ha
ocurrido, excepto la comprensión de que la realidad más profunda y auténtica
pertenece al mundo del inconsciente.
Así, una mañana abrí los ojos involuntariamente, al tiempo
que me esforzaba frenéticamente por recaer en ese estado de felicidad en que el
sueño me había envuelto. Me sentía tan afligido de encontrarme despierto, que
estaba a punto de llorar. Cerré los ojos e intenté sumergirme de nuevo en el
mundo del que me había visto expulsado tan cruelmente. Fue inútil. Probé todos
los recursos de que hubiera oído hablar alguna vez, pero no lo conseguí, de
igual modo que no se puede detener una bala en el aire ni devolverla a la
recámara vacía de un revólver.
Sin embargo, lo que permanecía era el aura del sueño: en
ella me entretuve voluptuosamente. Algún objetivo profundo se había cumplido,
pero, antes de tener tiempo de interpretar su significado, habían borrado la
pizarra y me habían lanzado fuera, a un mundo cuya única solución para todo era
la muerte.
Sólo me quedaban en las manos unos cuantos jirones
tangibles y, como las migajas que se supone recogen los pobres de las mesas de
los ricos, me aferré a ellos ávidamente. Pero las migajas caídas de la mesa del
sueño son como los escasos datos de un crimen cuya solución ha de seguir siendo
un enigma para siempre. Las imágenes rezumantes que, al despertar, pasamos a
hurtadillas por el umbral, como un contrabandista místico, tienen la virtud de
experimentar las más desconsoladoras transformaciones de este lado. Se derriten
como un helado en un día sofocante de agosto. Y, sin embargo, mientras se
funden en el magma incipiente que es la sustancia misma del alma, un nudo
confuso del recuerdo mantiene vivo —para siempre, da la impresión— el opaco y
aterciopelado contorno de un continuum palpable y sensible en el que se mueven
y tienen su realidad, ya que no su ser. ¡La realidad! Lo que abraza, sostiene y
exalta la vida. A esa corriente es a la que anhelas regresar para permanecer
inmerso en ella para siempre.
Entonces, ¿qué quedaba de aquel mundo inextinguible del
que desperté una mañana lleno de heridas tiernas que habían sido restañadas tan
diestramente por la noche? ¡El rostro de la que había amado y perdido! Una
Gifford. No la Una que había conocido, sino una Una a la que años de dolor y
separación habían magnificado hasta convertirla en una belleza aterradora. Su
rostro había pasado a ser como una pesada flor atrapada en las tinieblas;
parecía traspasada por su propio resplandor difuso. Todos aquellos recuerdos
que yo había conservado celosamente y que habían sido apretados ligeramente,
como el tabaco fino bajo el dedo de un fumador de pipa, habían producido un
embellecimiento espontáneamente combustible. La palidez de su piel se veía
intensificada por el brillo marmóreo que las brasas en rescoldo del recuerdo
avivaban. La cabeza giraba despacio sobre el tronco casi imperceptible. Los
labios estaban abiertos por la sed; eran extraordinariamente vividos y
vulnerables. Parecía la cabeza separada de un soñador intentando recibir los
labios hambrientos de alguien convocado desde un lugar remoto. Y, como los
repliegues de las plantas exóticas que se retuercen y agitan por la noche,
nuestros labios en búsqueda incesante se encontraron por fin, se cerraron y
sellaron la herida que había sangrado sin cesar hasta entonces. Fue un beso que
borró el recuerdo de todas las penas; restañó y curó la herida. Duró un tiempo
infinito, un período olvidado, como entre dos sueños no recordados.
Y después, como si los pliegues de la noche se hubieran
interpuesto suavemente entre nosotros, quedamos separados y mirándonos,
traspasando los colgantes velos de la oscuridad con una sola mirada hipnótica.
Así como antes los húmedos labios se habían juntado —como pétalos esponjosos y
frágiles sacudidos por una tormenta—, así también se unieron los ojos entonces,
reunidos por la corriente eléctrica de un reconocimiento contenido por mucho
tiempo. En ninguno de ambos casos pareció haber la menor intervención de las
facultades mentales: todo fue independiente de la mente y de la voluntad. Fue
como la unión de dos imanes, de sus opacos y grises términos; las partes que no
habían cesado nunca de buscarse se habían juntado por fin. En aquella unión
inmóvil y cargada, otra sensación se hizo sentir gradualmente: el sonido de
nuestra antigua voz. Una sola voz que hablaba y respondía simultáneamente: una
nota bifurcada que al principio sonaba como una interrogación, pero que siempre
se extinguía como el agradable lamido de una ola. Resultaba difícil al
principio que ese monólogo fuera realmente el enlace de dos voces distintas;
era como el juego de dos fuentes que enviaran y recibiesen el agua desde el
mismo origen y con el mismo chorro.
Luego todo se interrumpió de repente, un cambio como de
arena mojada que se deslizara del montículo más elevado, una sustancia profunda
y oscura extraída repentinamente, que dejase una fina y engañosa capa de fulgor
blanco en la que el pie desprevenido pisaría y se precipitaría a su perdición.
Un intervalo de pequeñas muertes, todas indoloras, como si
los sentidos fueran otros tantos registros de órgano y una mano, invisible y
caritativa, hubiese sofocado el aire.
Ahora ella está leyendo en voz alta: pasajes conocidos de
un libro que debo de haber leído. Está tumbada boca abajo, con los codos
doblados y la cabeza apoyada en las dos palmas. Me ofrece el perfil de su cara
y la blanca opacidad de la carne está enguantada y perfumada. Los labios son
como geranios machacados, dos pétalos perfectamente enquiciados que se abren y
se cierran. Las palabras están disimuladas melodiosamente; salen de una caja
acústica hecha de tela aterciopelada.
Hasta que no reconozco que son mis propias palabras,
palabras que nunca puse por escrito, sino que escribí en la cabeza, no me doy
cuenta de que no está leyendo para mí, sino para un joven que está tumbado a su
lado. Está echado boca arriba y le mira la cara con la atención de un devoto.
Están los dos solos, y el mundo no tiene existencia para ellos. No es una
cuestión de espacio lo que me separa de ellos, sino un abismo entre mundos. Ya
no hay posibilidad alguna de comunicación; flotan por el espacio en una hoja de
loto. Estamos desconectados. Intento desesperadamente enviar un mensaje a
través del vacío, hacerle saber por lo menos que las palabras encantadoras
proceden del libro embrionario de mi vida. Pero ella está más allá de los
límites. La lectura continúa y su éxtasis asciende. Estoy perdido y olvidado.
Después, por un simple instante, vuelve la cabeza hacia
mí, sin que los ojos revelen señal alguna de reconocimiento. Los ojos están
dirigidos hacia dentro, como en profunda meditación. La plenitud del rostro ha
desaparecido; el contorno del cráneo se vuelve más pronunciado. Sigue siendo
bella, pero ya no es el encanto del astro y de la carne; es la belleza
fantasmal del alma sofocada que emerge con la cresta y el tinte del prisma de
la muerte. Una fugaz nube de recuerdos pasa sobre el mapa vacío de sus angulosas
facciones Ella, que estaba viva, encamada, que era una flor atormentada en la
hendidura de la memoria, se desvanece ahora como el humo del imperio del sueño.
No podría decir si ella había muerto durmiendo, tal vez soñando, o si yo mismo
había muerto y la había encontrado al otro lado, dormida y soñando. Por un
instante interminable de tiempo nuestros senderos se habían cruzado, la unión
se había consumado, la herida del pasado se había curado. Encarnados o
desencarnados, ahora rodábamos en el espacio, cada cual por su órbita, cada
cual acompañado de su propia música. El tiempo, con su rastro interminable de
dolor, pena y separación, se había plegado; volvíamos a estar en el azul
intemporal, distantes uno del otro, pero ya no separados. Estábamos rodando
como las constelaciones, rodando en las dóciles praderas de las estrellas. Sólo
había el son mudo de los rayos estelares, las luminosas colisiones de plumas
que flotan agitadas con centelleante brillantez en el ígneo rastro sonoro de
los dominios angélicos.
Entonces supe que había encontrado la dicha, y que la
dicha es el mundo, o estado del mundo, en que reina la creación. Supe otra cosa
que, si fuera un simple sueño, acabaría, y, si no fuese un sueño...
Tenía los ojos abiertos y estaba en una habitación, la
misma habitación en que me había acostado la noche anterior.
Otros se contentarían con llamarlo sueño. Pero ¿qué es un
sueño? ¿Quién experimentó? ¿Y qué cosa? ¿Y dónde? ¿Y cuándo?
Estaba drogado por los esplendores esfumados de mi
fantasmal viaje. No podía regresar ni partir. Me quedé en la cama con los ojos
ligeramente cerrados y volví a contemplar la procesión de imágenes hipnagógicas
que pasaban como centinelas espectrales de estación a estación a lo largo de
las tenues fronteras del sueño. Recuerdos de otras imágenes en estado de vela
se arremolinaban, dejando manchas oscuras a lo largo del brillante rastro
formado por el paso de los fantasmas autóctonos. Una era Una, a quien había
dicho adiós con la mano un día de verano, la Una a quien había dado la espalda,
la Una cuyos ojos me siguieron calle abajo, y en la esquina, cuando me volví,
había sentido aquellos ojos traspasándome... y supe que, fuera donde fuese o
por mucho que intentara olvidar, aquellos dos ojos suplicantes permanecerían
enterrados para siempre entre mis omóplatos. Hubo otra Una que me enseñó su
dormitorio... años después, cuando nos encontramos por casualidad en la calle
frente a su casa. Una Una cambiada, que florecía sólo en sueños. La Una que
pertenecía a otro hombre, la Una rodeada por los vástagos del matrimonio. Ese
era un sueño recurrente, agradable, trivial, consolador. Reaparecía
obsesivamente en una configuración casi matemáticamente exacta. Guiado por mi
doble, George Marshall, me quedaba parado frente a su casa y, como un voyeur,
esperaba a que saliera de ella con las mangas recogidas y respirase una
bocanada de aire. Ella nunca era consciente de nuestra presencia, a pesar de
que estábamos allí, de tamaño natural y a unos pasos sólo de ella. Eso
significaba que yo tenía el privilegio de observarla cómodamente, de discutir
incluso los detalles con mi compañero y guía. Siempre tenía el mismo aspecto:
la matrona en todo su esplendor. La observaba hasta saciarme y después me
marchaba en silencio. Estaba oscuro y hacía un esfuerzo desesperado para
recordar el nombre de la calle que, no sé por qué, nunca podía encontrar sin
ayuda. Pero en la esquina, al buscar el rótulo de la calle, la oscuridad se
convertía en una capa espesa de tinieblas. Sabía que entonces George Marshall
me cogería del brazo y diría, como siempre: «No te preocupes, yo sé dónde es...
te volveré a traer algún día.» Y entonces, George Marshall, mi propio doble, mi
amigo y traidor, me daba esquinazo de repente, y yo me quedaba dando traspiés
en las sucias inmediaciones de un barrio odioso que apestaba a crimen y vicio.
Erraba de bar en bar, siempre mirando de reojo, siempre
insultado y humillado, con frecuencia golpeado y pateado como un saco de
patatas. Una vez tras otra me encontraba tirado en el pavimento, echando sangre
por la boca y las orejas, con las manos cortadas y hechas jirones, con el
cuerpo cubierto de magulladuras y contusiones. Era un precio terrible el que
tenía que pagar siempre por el privilegio de verla respirar una bocanada de
aire. Pero, ¡valía la pena! Y cuando en mis sueños veía acercarse a George Marshall,
cuando oía la promesa que sus tranquilizadoras palabras de saludo contenían
siempre, el corazón se me ponía a latir con violencia y apretaba el paso para
llegar frente a su casa en el momento oportuno. Es extraño que nunca pudiera
encontrar el camino yo solo. Extraño que George Marshall tuviese que ser el que
me guiara hasta ella, pues George Marshall nunca había visto en ella otra cosa
que un simple fardo de carne agradable. Pero George Marshall, atado a mí por
una cuerda invisible, había sido el testigo mudo de un drama que sus incrédulos
ojos habían rechazado. Y así, en sueños, George Marshall podía volver a mirar
con ojos maravillados; también él podía encontrar cierta satisfacción al
redescubrir la bifurcación en que nuestros caminos se habían separado.
De repente recordé algo que había olvidado completamente.
Abrí los ojos como para mirar a través del trecho del pasado distante y
capturar el ángulo de una visión vacía. Veo el patio de atrás tal como era
durante el largo invierno, las negras ramas de los olmos adornados con el
encaje de la nieve, el suelo duro y árido, el cielo manchado de zinc y láudano.
Soy el prisionero en la casa del amor extraviado. Soy August Angst dejándose
crecer una barba de melancolía. Soy un zángano cuya única función es descargar
espermatozoos en la escupidera de la angustia. Provoco orgasmos con furia
cigomática. Muerdo la barba que cubre la boca de ella como musgo. Mastico
gruesos pedazos de mi propia melancolía y los escupo como cucarachas.
Las cosas siguen así todo el invierno... hasta el día en
que llego a casa y la encuentro tumbada en la cama en medio de un charco de
sangre. En la cómoda el doctor ha dejado el cuerpo del dolor de muelas de siete
meses envuelto en una toalla. Es como un homúnculo, la piel de rojo oscuro, y
tiene cabello y uñas. Yace exánime en el cajón de la cómoda, una vida arrancada
de un tirón a las tinieblas y devuelta a las tinieblas. No tiene nombre, ni ha
sido amado, ni será llorado. Ha sido arrancado de raíz, y, si ha gritado, nadie
lo ha oído. La vida que tuviera la ha vivido y perdido en sueños. Su muerte ha
sido simplemente otra zambullida, más profunda, en ese sueño del que nunca ha
despertado.
Estoy parado en la ventana, mirando sin expresión, a
través del patio desolado, a la ventana de enfrente. Una forma revolotea de
aquí para allá. Al seguirla con mirada vacía, un débil recuerdo se despierta,
aletea y después se apaga. Me quedo revoleándome en la ciénaga de
excentricidades pantanosas. Me quedo de pie, taciturno y rígido, como el propio
Rigor Mortis. Soy el Rey del Silicio y mi reino incluye todo lo deslucido y
corroído.
Carlotta está tumbada en la cama de través, con los pies
colgando del borde. Permanecerá así hasta que acuda el doctor y la devuelva a
la vida. La patrona acudirá y cambiará las sábanas. Se desharán del cuerpo al
modo habitual. Nos dirán que nos mudemos, fumigarán la habitación, el crimen se
mantendrá en secreto. Encontraremos otro lugar con una cama, una estufa, una
cómoda. Pasaremos por la misma rutina de comer, dormir, engendrar y enterrar.
Augusto Angst dejará paso a Tracy le Créve-coeur. Será un caballero árabe con
pene de frío jade. No comerá sino especias y condimentos y derramará su semen
atolondradamente. Pondrá pie a tierra, doblará su pene como una navaja de
bolsillo, y ocupará su lugar junto a los otros sementales.
La forma que revoloteaba de acá para allá... era Una
Gifford. Semanas después de que Carlotta y yo nos hubiéramos mudado a otro
piso, nos encontramos en la calle frente a su casa. Subí con ella y puede que
me quedase media hora, tal vez algo más, pero lo único que consigo recordar de
esa visita es que me llevó al dormitorio y me enseñó la cama, la cama de ellos,
en que ya había nacido un hijo.
No mucho después conseguí escapar de las garras
devoradoras de Carlotta. Hacia el final había estado poniéndole los cuernos con
Maude. Cuando llevábamos unos tres meses casados, se produjo el encuentro más
inesperado. Una noche había ido al cine solo. Es decir, que había comprado mi
localidad y había entrado en la sala. Tuve que esperar unos minutos en la parte
trasera hasta encontrar un asiento. En la mortecina luz se me acercó una
acomodadora con una linterna. Era Carlotta. «¡Harry!», dijo, dando un gritito,
como una cierva herida. Estaba demasiado abrumada para decir gran cosa. No
dejaba de mirarme, al tiempo que me escuchaba, con ojos que se le habían
abierto y humedecido. En seguida quedé abatido ante aquella acusación firme y
silenciosa. «Voy a buscarte una butaca», dijo por fin, y, al tiempo que me
acomodaba en una localidad, me susurró al oído: «Intentaré reunirme contigo
después.»
Mantuve los ojos clavados en la pantalla, pero mis
pensamientos corrían como un reguero de pólvora. Debí de permanecer horas
sentado allí, aturdido por los recuerdos. De repente, noté que se deslizaba en
el asiento de al lado y me cogía el brazo. Rápidamente me puso la mano sobre la
mía y, mientras la apretaba, la miré y vi que las lágrimas le corrían por las
mejillas. «Dios mío, Harry, ha pasado tanto tiempo», susurró, y acto seguido su
mano descendió hasta mi pierna y me la cogió fervorosamente justo por encima de
la rodilla. Al instante, hice lo mismo, y nos quedamos así un rato, con los
labios sellados y los ojos mirando en blanco la pantalla titilante.
Pronto una ola de pasión nos arrebató y nuestras manos
buscaron a tientas la carne abrasadora. Apenas habíamos acabado la búsqueda,
cuando acabó la película y se encendieron las luces.
«Te acompaño a casa», dije, mientras salíamos al pasillo
dando traspiés. Yo tenía la voz apagada y ronca, la garganta seca, los labios
resecos. Me cogió del brazo, al tiempo que restregaba su muslo contra el mío.
Nos dirigimos tambaleándonos hacia la salida. En el vestíbulo se detuvo un
momento a empolvarse la cara. No había cambiado demasiado; los ojos se le
habían agrandado y entristecido. Eran brillantes y obsesivos. Un vestido malva
de tela ligera y adherente realzaba su figura. Le miré los pies y de pronto
recordé que habían sido pequeños y flexibles, los pies ligeros de alguien que
nunca envejecería.
En el taxi me puse a contarle lo que había ocurrido desde
que yo había huido, pero me puso la mano en la boca y en voz baja y ronca me
pidió que no dijera nada hasta que no llegásemos a casa. Después, sin apartarme
la mano de la boca, dijo: «Estás casado, ¿verdad?» Asentí con la cabeza. «Lo
sabía», murmuró, y después retiró la mano.
Un instante después me echó los brazos al cuello. Mientras
me besaba frenéticamente, dijo sollozando: «Harry, Harry, no deberías haberme
tratado nunca así. Podrías haberme contado todo. Fuiste terriblemente cruel,
Harry. Mataste todo.»
La atraje hacia mí, colocando su pierna sobre la mía y
deslizándole rápidamente la mano piernas arriba hasta la entrepierna. El taxi
se paró de repente y nos separamos. La seguí temblando por la escalera del
porche, sin saber qué esperar una vez que estuviéramos dentro. Al cerrarse la
puerta tras nosotros, me susurró al oído que debía avanzar en silencio sin
hacer ruido.
«No debe oírte Georgie. Está muy enfermo... me temo que se
está muriendo.»
El vestíbulo estaba oscuro como boca de lobo. Tuve que
cogerle la mano, mientras me guiaba por las escaleras largas y tortuosas hasta
la buhardilla, donde ella y su hijo estaban acabando sus días
Encendió una luz mortecina y con el índice en los labios
indicó el sofá. Después se quedó parada con la oreja en la puerta de la
habitación contigua y escuchando atentamente para asegurarse de que Georgie
estaba dormido. Por último se me acercó de puntillas y se sentó con cuidado en
el borde del sofá. «Ten cuidado», susurró, «que cruje.»
Yo estaba tan perplejo, que ni cuchicheé ni moví un
músculo. No me atrevía a pensar en lo que haría Georgie, si me descubriera allí
sentado. Y ya estaba muriéndose, por fin. Un fin horrible. Y allí estábamos
nosotros, sentados como momias culpables en una buhardilla miserable. Y, sin
embargo, pensé, quizá fuera una suerte que aquella escena sólo pudiese
representarse en sordina. Sólo Dios sabe las terribles palabras de reproche que
podría haberme dirigido, si hubiera podido alzar la voz.
«¡Apaga la luz!», le pedí en muda pantomima. Cuando se
alzó para hacerlo, señalé el suelo, queriendo decir que me iba a tumbar junto
al sofá. Tardó unos momentos en reunirse conmigo en el suelo. Estaba en un
rincón desnudándose a escondidas. La vi con la tenue luz que se filtraba por
las ventanas. Cuando alcanzó una bata para echársela sobre su desnuda figura,
me desabroché la bragueta rápidamente.
Era difícil moverse sin hacer ruido. Parecía aterrorizada
ante la idea de que Georgie pudiera oírnos. Supuse que le habría parecido más
fácil culparme a mí de su sufrimiento. Supuse que ella habría asentido en
silencio y que el terror que ahora sentía era una reacción ante el horror
máximo de la traición.
Moverse sin respirar, entrelazarnos como dos tirabuzones,
follar con una pasión como jamás habíamos experimentado antes y, aun así, no
hacer ruido, requería una habilidad y una paciencia que se habrían prestado a
admirables meditaciones, si no hubiera sido porque algo estaba sucediendo que
me afectaba profundamente... Ella estaba llorando sin lágrimas. Yo lo oía
gorgotear en su interior como una cisterna de retrete que no dejase de correr.
Y, aunque me había pedido con un susurro espantado que no me corriera, pues no
podía lavarse a causa de Georgie, que estaba en la habitación contigua, aunque
sabía que era la clase de mujer que se queda preñada con sólo mirarla, y que,
si se quedaba preñada, sería muy duro para ella, aun así, y quizá más aún a
causa del llanto mudo, más aún porque quería poner fin al gorgoteo, me corrí
una y otra vez. Ella también pasó de un orgasmo a otro, sabiendo todas las
veces que iba a soltarle una descarga en la matriz, pero sin poderlo evitar. Ni
siquiera una vez saqué la polla. Esperaba tranquilamente el baño de agujas de
respuesta, la apretaba bien prieta como un cartucho, y después estallaba en la
oscuridad eléctricamente húmeda de una boca con los suaves labios de una
alcachofa. Había un distanciamiento perverso en todo aquello, casi como si
fuera un pirómano sentado en un cómodo sillón en mi propia casa, que hubiese
incendiado con mis propias manos, sabiendo que no me movería hasta que el
propio sillón en que estaba sentado empezara a chisporrotear y a tostarme el
culo.
Cuando por fin salí al descansillo de fuera y la abracé
por última vez, susurró que necesitaba dinero para el alquiler, me rogó que se
lo llevase el día siguiente.
Y después, cuando estaba a punto de bajar las escaleras,
me atrajo hacia sí y me dijo con los labios pegados en mi oído: «¡No va a durar
otra semana!» Aquellas palabras me llegaron como a través de un amplificador.
Aun hoy, al repetírmelas, oigo el suave soplo silbante que acompañó al sonido
de su voz casi inaudible. Era como si mi oído fuese un diente de león y cada
puntita una antena que captase el mensaje y lo transmitiera al techo de mi
cerebro, donde explotaba con el opaco chapoteo de un obús. «¡No durará otra
semana!» fui diciendo todo el camino hasta casa, mil veces o más.
Y cada vez que comentaba ese estribillo veía una imagen
fotogénica del espanto: la cabeza de una mujer cortada por el marco del cuadro
justo por debajo del cuero cabelludo. Siempre lo veía igual: un rostro que
salía de la oscuridad, con la parte superior de la cabeza cogida como en una
trampa. Un rostro con un resplandor de calcio alrededor, suspendido por su
propio esfuerzo, como en sueños, por encima de una masa imperceptible de seres
serpenteantes de los que infestan las regiones pantanosas de los tenebrosos
miedos de la mente. Y entonces vi nacer a Georgie... tal como ella me lo había
contado en cierta ocasión. Nacer en el suelo de una dependencia fuera de la
casa donde ella se había encerrado para escapar del padre del niño, que estaba
borracho perdido. La vi tumbada y hecha un ovillo con Georgie entre las
piernas. Tumbada así hasta que la luna los bañó con sus misteriosas olas de
platino. ¡Cómo amaba a Georgie! ¡Cómo se aferraba a él! Nada era demasiado
bueno para Georgie. Después por el norte en el tren nocturno con su ovejita
negra. Muriéndose de hambre para alimentar a Georgie, vendiéndose para que
Georgie fuera al colegio. Todo para Georgie. «Estabas llorando», decía yo, al
cogerla desprevenida. «¿Qué pasa? ¿Te ha vuelto a tratar mal?» No había nada
bueno en Georgie: estaba lleno de pus negro. «¡Tararea esa canción!», decía él
a veces, estando los tres sentados a oscuras. Y se ponían a tararear y
canturrear, y, al cabo de un rato, Georgie se le acercaba, la rodeaba con el
brazo, y lloraba como un niño. «Soy un puñetero inútil», decía una y otra vez.
Y después se ponía a toser y toser y parecía que la tos no cesaba nunca. Sus
ojos, como los de ella, eran grandes y negros; asomaban por su rostro descamado
como dos agujeros ardientes. Después se marchó —a un rancho— y pensé que quizás
se curase. Le perforaron un pulmón, y cuando ése curó, le perforaron el otro. Y
antes de que los médicos hubiesen acabado sus experimentos, yo era como un
manojo de tumores malignos, a punto de explotar, de romper las cadenas, de
matar a su madre, si fuera necesario, cualquier cosa, cualquier cosa, pero no
más dolores de cabeza, no más miseria, no más sufrimiento en silencio. ¿Cuándo
la había yo amado de verdad? ¿Cuándo? No podía recordarlo. Había estado
buscando una matriz acogedora y había quedado atrapado en una dependencia
exterior, me había encerrado en ella, había visto salir y ocultarse la luna,
había visto caerle una pulpa sangrante tras otra de entre las piernas. ¡Febo!
¡Sí, ése era el lugar! Cerca del Asilo de Soldados Retirados. Y él, el padre y
seductor, estaba a buen recaudo tras los barrotes en el Fuerte Monroe. Estaba.
Y después, cuando ya nadie mencionaba su nombre, un cadáver que yacía en un
ataúd varias manzanas más allá y, antes de que me diera cuenta, ya habían
despachado su cuerpo hacia el norte, ella lo había enterrado... ¡con honores
militares! ¡La hostia! ¡Qué de cosas pueden ocurrir a tus espaldas... mientras
estás dando un paseo o vas a la biblioteca a consultar un libro importante! Un
pulmón, dos pulmones, un aborto, un parto con el feto muerto, edemas
puerperales, sin trabajo, huéspedes, cargar cubos de basura, empeñar
bicicletas, sentarse en la calle a mirar las palomas: esos objetos y
acontecimientos fantasmales llenan la pantalla, después se esfuman como el
humo, se olvidan, se esconden en los cubos de basura como tumores podridos,
hasta que... dos labios apretados contra el céreo oído explotan con un
estruendo de diente de león ensordecedor, tras lo cual August Angst, Tracy le
Créve-coeur y Rigor Mortis navegan inclinados a través del techo del cerebro
para colgar suspendidos de un cielo que brilla con rayos ultravioleta.
El día siguiente a ese episodio no volví a verla con el
dinero ni aparecí diez días después en el funeral. Pero unas tres semanas
después me sentí obligado a desahogarme con Maude. Desde luego, no le dije nada
del polvo de aquella noche, en el suelo y entre susurros, pero sí que le
confesé que la había acompañado hasta su casa. A otra mujer le habría confesado
todo, pero no a Maude. Con lo que le conté, con lo poquito que le conté, ya se
puso tan tensa como una yegua espantada. Ya no me escuchaba... simplemente
esperaba que concluyera para poder decir del modo más tajante: ¡NO!
Para ser justos con ella, hay que reconocer que era
bastante locura esperar que accediese a mi sugerencia. Sería rara la mujer que
dijera que sí. ¿Qué quería que hiciese? Pues, hombre, invitar a Carlotta a
vivir con nosotros. Sí, al final había yo llegado a la extraordinaria
conclusión de que la única cosa decente que podía hacer era pedir a Carlotta
que compartiese su vida con nosotros. Estaba intentando hacer comprender a
Maude que nunca había amado a Carlotta, que sólo la había compadecido, y que,
por lo tanto, le debía algo. ¡Singular lógica masculina! ¡Loco! Loco de remate.
Pero me creía todas las palabras que pronunciaba. Carlotta vendría y ocuparía
una habitación y viviría su vida. La trataríamos amablemente, como a una reina
destronada. A Maude debió de parecerle terriblemente hueco y falso. Pero, al
oír las reverberaciones de mi propia voz, tuve la clara sensación de oír que
aquellas ondas sonoras apagaban el horrible gorgoteo de la cisterna del
retrete. Como Maude ya había tomado una decisión, como sólo yo estaba
escuchando, como las palabras rebotaban cual berenjenas contra una calabaza,
continué con mi transmisión, poniéndome cada vez más serio, volviéndome cada
vez más convencido, cada vez más decidido a salirme con la mía. Una ola encima
de otra, un ritmo contra otro: silenciamiento contra clamor, oleada contra
explosión, confesión contra compulsión, océano contra arroyo. ¡Derríbalo,
húndelo, ahógalo, mételo bajo tierra, ponle una montaña encima! Seguí y seguí,
con amore, con furioso, con connectibusque, con abulia, con estesia, con
Silesia... Y ella escuchaba todo el tiempo como una rosa, revistiendo con
material incombustible su corazoncito en camisola, su lata de galletas, sus
entrañas de carne picada, su fumigada matriz.
La respuesta fue: ¡No! Ayer, hoy, mañana... ¡NO!
¡Rotundamente no! Todo su desarrollo físico, mental, moral y espiritual la
había conducido al gran momento en que podía responder triunfalmente: ¡NO!
¡Rotundamente no!
Si al menos me hubiera dicho: «Mira, ¡no puedes pedirme
que haga una cosa así! Es una locura, ¿es que no lo ves? ¿Cómo nos llevaríamos
los tres? Sé que te gustaría ayudarla... y a mí también me gustaría pero...»
Si hubiera hablado así, me habría acercado al espejo, me
habría echado una mirada prolongada y serena a mí mismo y habría convenido en
que era una completa locura. No sólo eso, sino más aún... habría reconocido su
mérito por desear hacer de verdad algo que yo sabía que su pobre espíritu era
incapaz de imaginar. Sí, habría marcado un punto a su favor con tiza y lo
habría rematado con un polvo tranquilo y demente á la Huysmans. La habría
subido a mis rodillas, como su padre, que en Gloria esté, solía hacer, y, entre
ternezas y caricias y fingiendo que 986 más 2 son menos 69, le habría alzado
delicadamente el camisón de organdí y habría apagado el fuego con un extintor
etéreo.
Sin embargo, en lugar de eso, por mear en vano contra una
pared de palastro a prueba de fuego, me puse tan furioso, que salí de casa
disparado a medianoche y me puse a caminar hacia Coney Island. El tiempo era
apacible, y, cuando llegué al paseo marítimo, me senté en una rampa y me eché a
llorar. Me puse a pensar en Stanley, en la noche que lo encontré después de que
se licenciara de Fort Oglethorpe, en el birlocho que alquilamos y las botellas
de cerveza apiladas en el asiento de enfrente. Después de cuatro años en la
caballería, Stanley era un hombre de hierro. Era fuerte por dentro y por fuera,
como sólo un polaco puede serlo. Me habría arrancado una oreja de un mordisco,
si le hubiera retado a hacerlo, y quizá me habría escupido en la cara. Llevaba
doscientos dólares en el bolsillo y quería gastarlos todos aquella noche. Y
recuerdo que, antes de que acabase la noche, teníamos entre los dos lo justo
para compartir una habitación en algún hotel destartalado cerca de Borough
Hall. También recuerdo que estaba tan borracho perdido, que no se levantaba de
la cama para aliviar la vejiga: se limitaba a volverse y mear con chorro firme
contra la pared.
El día siguiente yo seguía furioso. Y el siguiente y el
otro. Aquel ¡NO! me estaba devorando las entrañas. Iban a hacer falta mil síes
para enterrarlo. Nada esencial me ocupaba entonces. Simulaba ganarme la vida
vendiendo una colección de libros considerada «la mejor literatura del mundo».
Todavía no había caído tan bajo como para vender enciclopedias. El canalla que
me había metido en el ramo me había hipnotizado. Yo había vendido todo en
trance posthipnótico. A veces me despertaba con ideas brillantes, es decir,
ligeramente criminales o claramente alucinatorias. El caso es que, todavía loco
de cólera, todavía furioso, un día me desperté con aquel ¡NO! reverberándome en
los oídos. Estaba desayunando, cuando recordé de repente que no había probado
con la prima Julie. La prima Julie de Maude. Ahora Julie llevaba casada el
tiempo suficiente, supuse, como para desear un cambio de ritmo. Julie iba a ser
mi primera visita. Me lo tomaría con calma, me presentaría justo un poco antes
del mediodía, le vendería una colección de libros, me trincaría una buena
comida, mojaría el churro y después me iría al cine.
Julie vivía en el extremo de arriba de Manhattan en una
incubadora de paredes empapeladas. Su marido era un bobo, por lo que podía
deducir. Es decir, que era un espécimen perfectamente normal que se ganaba la
vida honradamente y votaba a la candidatura republicana o a la democrática,
según su estado de ánimo. Julie era una tontorrona de buen carácter que nunca
leía nada más inquietante que el Saturday Evening Post. Era sencillamente una
tía para un polvo con la suficiente inteligencia más o menos como para comprender
que después de un palo tienes que darte un lavado y, si eso no da resultado,
entonces aplicarte una aguja de zurcir. Lo había aplicado con tanta frecuencia,
el truco de la aguja de zurcir, que era una adepta. Podía provocar una
hemorragia, aun cuando hubiera sido una concepción inmaculada. Su propósito
principal era pasárselo bien como una comadreja borracha y sacárselo del
organismo lo más rápidamente posible. No titubearía a la hora de usar un cincel
o una llave inglesa, si pensase que cualquiera de esas cosas surtiría efecto.
Me quedé un poco pasmado, cuando abrió la puerta. No había
pensado en el cambio que un año más o menos puede producir en una mujer, ni
tampoco en el aspecto que ofrecen la mayoría de las mujeres a las once de la
mañana, cuando no esperan visita. Para ser cruelmente exactos, ofrecía el
aspecto de una albóndiga fría que hubieran rociado de catsup y vuelto a colocar
en la nevera. En comparación, la Julie que yo había visto por última vez era un
sueño. Tuve que hacer algunas trasposiciones rápidas antes de adaptarme a la
situación.
Naturalmente, yo estaba más de humor para vender que para
follar. Sin embargo, al cabo de poco comprendí que para vender tendría que
follar. Sencillamente, Julie no podía entender qué demonios me pasaba... para
presentarme ante ella e intentar endilgarle un montón de libros. No podía
decirle que mejorarían su inteligencia, porque no tenía inteligencia, y ella lo
sabía y no sentía la menor vergüenza en admitirlo.
Me dejó solo unos minutos para acicalarse. Me puse a leer
el prospecto. Me pareció tan interesante, que casi me vendí a mí mismo una
colección de libros. Estaba leyendo un fragmento de Coleridge, qué maravillosa
inteligencia la suya (¡y yo que siempre lo había considerado una mierda!),
cuando la sentí venir hacia mí. Era tan interesante el pasaje, que me excusé
sin levantar la vista y seguí leyendo. Se arrodilló detrás de mí, en el sofá, y
se puso a leer por encima de mi hombro. Sentí sus fofas tetas rozarme, pero yo
estaba demasiado interesado en seguir las ramificaciones de la asombrosa
inteligencia de Coleridge como para dejar que sus apéndices vegetales me
molestaran.
De repente el precioso prospecto encuadernado escapó
volando de mi mano.
«¿Para qué estás leyendo ese disparate?», gritó,
haciéndome girar y sujetándome por los codos. «No entiendo ni palabra de eso, y
apuesto a que tú tampoco. ¿Qué te pasa? ¿Es que no puedes buscarte un empleo?»
Una sonrisa boba y lela se le extendió por la cara.
Parecía un ángel teutónico pensando de verdad. Me levanté, recuperé el
prospecto y le pregunté qué pasaba con la comida.
«Señor, ¡qué descaro!», dijo. «Pero, bueno, ¿qué demonios
te crees que soy?»
En ese momento tuve que fingir que estaba bromeando
simplemente, pero, tras bajarle la mano por el pecho y jugar un rato con el
pezón de su teta derecha, volví a centrar hábilmente el tema de conversación en
la comida.
«Oye, has cambiado», dijo. «No me gusta tu forma de
hablar... ni de actuar.» Al decir eso, volvió a poner en su sitio con firmeza
la teta, como si fuera una bola de calcetines mojados metidos en una bolsa de
ropa de lavar. «Oye, que soy una mujer casada, ¿es que no te das cuenta? ¿Sabes
lo que te haría Mike, si te sorprendiera comportándote así?»
«Tú también has cambiado un poco», dije, poniéndome de pie
y olfateando el aire en busca de comida. Lo único que quería ahora era comida.
No sé por qué, pero se me había metido en la cabeza que me serviría una buena
comida: eso era lo menos que podía hacer por mí, la muy imbécil.
La única forma de sacarle algo era darle marcha. Tuve que
fingir apasionarme sobándole los carrillos de su abultado culo. Y, sin embargo,
no parecer demasiado apasionado, porque eso significaría un polvo rápido y
quedarme sin la comida. Si la comida era buena, podría hacerle una faena
rápida... eso era lo que estaba pensando para mis adentros mientras la
magreaba.
«Huy, la Virgen, de acuerdo, te prepararé una comida»,
dijo abruptamente, leyendo mis pensamientos como una polilla ciega.
«Estupendo», casi exclamé. «¿Qué tienes?»
«Ven a verlo tú mismo», respondió, al tiempo que me
llevaba hasta la cocina y abría la nevera.
Vi jamón, ensalada de patatas, sardinas, remolachas frías,
arroz con leche, compota de manzana, salchichas de Frankfurt, escabeche, tallos
de apio, queso de nata y un plato especial de vómito con mayonesa que estaba
seguro de no querer.
«Vamos a sacarlo todo», sugerí. «¿Y tienes alguna
cerveza?»
«Sí, hombre, sí, y también tengo mostaza», rezongó.
«¿Un poco de pan?»
Me lanzó una mirada de absoluta aversión. Me apresuré a
sacar las cosas de la nevera y las coloqué sobre la mesa.
«No estaría mal que hicieras un poco de café también»,
dije.
«Supongo qué te gustaría un poco de crema de chantilly,
¿no? ¿Sabes lo que te digo? Me dan ganas de envenenarte. Señor, si estás sin
blanca, podrías pedirme que te preste algo de dinero... en lugar de presentarte
aquí e intentar venderme un montón de mierda. Si hubieras sido un poco más
amable, te habría invitado a comer fuera. Tengo localidades para el teatro.
Podríamos haberlo pasado bien... hasta puede que te hubiera comprado tus
estúpidos libros. Mike no es un mal tipo. Te habría comprado los libros, aun
cuando no tuviésemos intención de leerlos. Si pensara que necesitabas ayuda...
Entras y me tratas como si fuera una basura. ¿Qué te he hecho yo en mi vida? No
lo entiendo. ¡No te rías! Hablo en serio. No veo por qué tengo que aceptarte
esto. ¿Quién demonios te crees que eres?»
Colocó violentamente un plato sobre la mesa delante de mí.
Después giró sobre sus talones y fue a la cocina. Me quedé allí con toda la
comida amontonada delante de mí.
«¡Vamos, vamos, no te lo tomes así!», dije, metiéndome un
bocado. «Sabes que no se trata de nada personal.» (La palabra «personal» me
pareció de lo más incongruente, pero sabía que le gustaría.)
«Personal o no, no voy a acompañarte», replicó. «Puedes
comer hasta hartarte y largarte. Te haré un poco de café. No quiero volver a
verte. Eres asqueroso.»
Dejé el cuchillo y el tenedor sobre la mesa y fui a la
cocina. De todos modos, la comida estaba fría; así, que no importaría perder
unos minutos calmando su malhumor.
«Lo siento, Julie», dije, intentando rodearla con el
brazo. Me rechazó enfadada. «Mira», y empecé a poner algo de sentimiento en mis
palabras, «Maude y yo no nos llevamos muy bien. Esta mañana hemos tenido una
discusión tremenda. Debo de estar fuera de mí...»
«¿Es ésa una razón para pagarlo conmigo?»
«No, no lo es. No sé, estaba desesperado esta mañana. Por
eso he venido a verte. Y después, cuando me he puesto a soltarte el rollo para
venderte los libros... me he sentido avergonzado de mí mismo. No habría dejado
que te los quedaras, aun cuando hubieses fingido que los querías...»
«Sé lo que te pasa», dijo. «Te ha decepcionado mi aspecto.
He cambiado, eso es lo que pasa. Y eres mal perdedor. Quieres pagarlo
conmigo..., pero es culpa tuya. Tienes una mujer guapa..., ¿por qué no te
quedas con ella? Todo el mundo tiene discusiones: no sois la única pareja del
mundo. ¿Es que yo corro a por el marido de otra, cuando las cosas van mal?
¿Adónde diablos nos conduciría eso? Mike no es un ángel para vivir con él,
nadie lo es, supongo. Te comportas como un niño mimado. ¿Qué te crees que es la
vida? ¿Como correrse en sueños?»
No podía reírme ante aquellas palabras. Tuve que rogarle
que se sentara a comer conmigo, que me diese una oportunidad de explicarme.
Accedió de mala gana.
Fue una historia muy larga la que conté, mientras limpiaba
un plato tras otro. Parecía tan impresionada por mi sinceridad, que empecé a
acariciar la idea de reintroducir la mejor literatura del mundo. Tenía que
andarme con pies de plomo, porque esa vez tenía que aparentar que le estaba
haciendo un favor. Intentaba maniobrar para colocarme en la posición de dejarla
ayudarme. Al mismo tiempo me preguntaba si valía la pena, si no sería quizá más
agradable ir a la sesión de la tarde.
Ella estaba volviendo a la normalidad, recuperando la
cordialidad y la confianza. El café era excelente, y acababa de terminar la
segunda taza, cuando sentí que me venía un movimiento del vientre. Me excusé y
fui al baño. En él disfruté el lujo de una evacuación perfecta. Tiré de la
cadena y me quedé sentado unos momentos, dividido entre los sueños y la
lascivia, cuando de repente advertí que estaba recibiendo un baño de asiento.
Volví a tirar de la cadena. El agua empezó a derramarse entre mis piernas y hasta
el suelo. Me puse de pie de un brinco, me sequé el culo con una toalla y
examiné desesperado la cisterna del retrete. Probé todo lo que se me ocurrió,
pero el agua seguía saliendo y derramándose... y con ella salieron dos hermosos
chorizos y un amasijo de papel higiénico.
Presa del pánico, llamé a Julie. Por una rendija de la
puerta le pedí que me dijera qué debía hacer.
«Déjame entrar, yo lo arreglaré», dijo.
«Dime lo que debo hacer», le rogué. «Yo lo haré. No puedes
entrar todavía.»
«No puedo explicarlo», dijo Julie. «Tendrás que dejarme
entrar.»
No me quedó más remedio, tuve que abrir la puerta. En mi
vida me he sentido más violento. El suelo estaba hecho un muladar. Sin embargo,
Julie se puso manos a la obra con diligencia, como si fuese una rutina
cotidiana. En un santiamén el agua había dejado de correr; sólo faltaba limpiar
el muladar.
«Mira, tú ahora salte», le pedí. «Yo me encargo de esto.
¿Tienes un recogedor... y una fregona?»
«¡Sal tú!», dijo. «Yo lo recogeré.» Y, acto seguido, me
hizo salir de un empujón y cerró la puerta.
Esperé en ascuas a que saliera. Entonces fui presa de
auténtico pavor. Sólo podía hacer una cosa: escapar lo más rápido posible.
Me agité unos momentos, apoyado primero en un pie y
después en el otro, sin atreverme a mirar. Sabía que no podría volver a mirarla
a la cara. Eché un vistazo a mi alrededor, calculé la distancia hasta la
puerta, escuchando atentamente por un segundo, después cogí mis cosas y me
marché de puntillas.
Era un edificio de apartamentos con ascensor, pero no
esperé al ascensor. Bajé saltando las escaleras de tres en tres, como si me
persiguiera el propio diablo.
Lo primero que hice fue ir a un restaurante y lavarme las
manos cuidadosamente. Había una máquina que, insertando una moneda, te echaba
perfume encima. Me ofrecí unas cuantas rociadas y salí a la radiante luz del
sol. Caminé sin rumbo fijo por un rato, al tiempo que ponía en contraste el
espléndido tiempo que hacía con mi intranquilo estado de ánimo.
Pronto me encontré caminando cerca del río. Unos metros
más allá había un pequeño parque, o por lo menos una franja de hierba y algunos
bancos. Me senté y me puse a cavilar. En menos que canta un gallo mis
pensamientos habían vuelto a Coleridge. Era un alivio dejar que la mente se
entretuviera con problemas puramente estéticos.
Distraídamente, abrí el prospecto y me puse a leer el
fragmento que tanto me había embelesado... antes del horrible fracaso con
Julie. Salté de un artículo a otro. En el dorso del prospecto había mapas y
gráficos y reproducciones de escrituras antiguas encontradas en tablillas y
monumentos de diferentes partes del mundo. Me encontré con «la escritura
misteriosa» de los uigures, que en tiempos habían invadido Europa desde el pozo
rebosante de Asia Central. Me enteré de la existencia de ciudades que se habían
elevado hacia el cielo trescientos y cuatrocientos metros, cuando empezaron a
formarse las cordilleras; me informé sobre la conversación de Solón con Platón
y sobre los grifos de setenta mil años de antigüedad encontrados en el Tíbet,
que sugerían con toda claridad la existencia de continentes ahora desconocidos.
Me encontré con las fuentes de las concepciones de Pitágoras y me enteré
entristecido de la destrucción de la gran biblioteca de Alejandría. Ciertas
tablillas mayas me recordaron vivamente los cuadros de Paul Klee. Los escritos
de los antiguos, sus símbolos, sus motivos decorativos, sus composiciones, eran
extraordinariamente parecidos a las cosas que los niños inventan en los
jardines de infancia. Por otro lado, los locos producían las composiciones más
intelectuales. Leí sobre Lao zi y Alberto Magno y Cagliostro y Cornelio Agrippa
y Yámblico, cada uno de ellos un universo, cada uno de ellos un eslabón de una
cadena invisible de mundos ahora desacreditados. Me encontré con un gráfico
dispuesto como cuerdas paralelas de trastes de banjo, que lateralmente indicaba
los siglos «desde el alborear de la civilización» y verticalmente enumeraba las
figuras literarias de las épocas, sus nombres y sus obras. La Era de las
Tinieblas resaltaba como una ventana falsa junto a un rascacielos; aquí y allá
en el gran muro liso había un rayo de luz emitido por el espíritu de un gigante
intelectual que había conseguido hacer oír su voz por encima de los graznidos
de los habitantes sumergidos y desalentados de las ciénagas. Cuando Europa
estaba en tinieblas, en otro lugar había habido luz: el espíritu del hombre era
como un auténtico conmutador, que se revelaba en señales y destellos, muchas
veces a través de océanos de tinieblas. Una cosa resaltaba con claridad: en ese
conmutador ciertos espíritus grandes seguían enchufados, preparados para una
llamada. Cuando la época que los había producido se consumió, surgieron de las
tinieblas como los imponentes picos nevados del Himalaya. Y, según me parecía,
había motivo para creer que hasta que no ocurriera otra catástrofe atroz, no se
extinguiría la luz que emitían. Al cortar la corriente de ensueño en que había
yo caído, una imagen semejante a la Esfinge apareció en el telón bajado: era el
rostro venerable de uno de los magos de Europa: Leonardo da Vinci. La máscara
que llevaba puesta para ocultar su personalidad es uno de los disfraces más
desconcertantes jamás adoptados por un emisario de las profundidades. Me
estremecí al pensar en lo que habían percibido esos ojos clavados resueltamente
en el futuro...
Miré, al otro lado del río, la orilla de Jersey. Me
pareció desolada, más desolada todavía que el lecho de cantos de un río seco.
Nada de alguna importancia para la raza humana había ocurrido jamás allí. Nada
ocurriría durante miles de años tal vez. Los pigmeos eran inmensamente más
interesantes de estudiar, inmensamente más edificantes que los habitantes de
Nueva Jersey. Miré hacia arriba y hacia abajo el Hudson, río que siempre había
detestado, hasta la primera vez que leí algo sobre Henry Hudson y su maldito
Half Moon. Detestaba ambas orillas del río por igual. Detestaba las leyendas
forjadas en torno a su nombre. El valle entero era como el sueño vacío de un
holandés abotargado de cerveza. Siempre me importaron tres cojones Powhatan o
Manhattan. Aborrecía al Padre Knickerbocker. Deseaba que hubiera diez mil
fábricas de pólvora negra diseminadas a ambas orillas del río y que todas ellas
explotaran simultáneamente...
Capítulo XIV
Decisión repentina de largamos de Cockroaoh Hall. ¿Por
qué? Porque había conocido a Rebecca...
Rebecca era la segunda mujer de mi viejo amigo Arthur
Raymond. Ahora estaban viviendo en un piso enorme en Riverside Drive; querían
realquilar habitaciones. Fue Kronski quien me habló de ello; dijo que iba a
coger una de las habitaciones.
«¿Por qué no vienes a conocer a su mujer...? Te gustará.
Podría ser la hermana de Mona.»
«¿Cómo se llama?», pregunté.
«Rebecca. Rebecca Valentine.»
El nombre Rebecca me animó. Siempre había deseado conocer
a una mujer que se llamara Rebecca. Rebecca... y no Becky.
(Rebecca, Ruth, Roxane, Rosalind, Frederika, Ursula,
Sheila, Norma, Guinevere, Leonora, Sabina, Malvina, Solange, Deirdre. ¡Qué
nombres más maravillosos tenían las mujeres! Como las flores, las estrellas,
las constelaciones...)
A Mona no le hacía tanta gracia el traslado, pero, cuando
fuimos a la casa de Arthur Raymond y lo oyó practicar, cambió de opinión.
Fue Renée, la hermana menor de Arthur Raymond, la que
abrió la puerta. Tenía unos diecinueve años, una cascarrabias llena de
vitalidad y con cabellera abundante y rizada. Su voz era como la de un
ruiseñor: dijera lo que dijese sentías deseos de darle la razón.
Por fin, apareció Rebecca. Parecía salida directamente del
Antiguo Testamento: morena y risueña de pies a cabeza. Mona simpatizó con ella
inmediatamente, como si se tratara de una hermana perdida. Ambas eran bellas.
Rebecca era más madura, más sólida, más equilibrada. Notabas instintivamente
que siempre prefería la verdad. Me gustó su firme apretón de mano, la mirada
directa y brillante con que te saludaba. No parecía tener ni pizca de la
trivialidad femenina habitual.
Arthur no tardó en reunirse con nosotros. Era bajo,
musculoso, hablaba con acento nasal, recio y firme, y se estremecía a menudo
con espasmos de risa explosivos. Se reía con la misma sinceridad de sus
ocurrencias que de las de los demás. Era extraordinariamente sano, vital,
jovial, efusivo. Siempre había sido así y en los viejos tiempos, cuando Maude y
yo nos trasladamos a su barrio, yo lo apreciaba mucho. Solía visitarlo sin
avisar a todas horas del día y de la noche y resumirle durante tres y cuatro horas
los libros que acababa de leer. Recuerdo haber pasado tardes enteras hablando
de Smerdyakov y Pavel Pavlovitch, o del General Ivolgin, o de los fantasmas
angélicos que rodeaban al Idiota, o a la Filipovna. Entonces estaba casado con
Irma, que más adelante pasó a ser una de mis compañeras en la Compañía
Cosmodemónica Telefleco. En aquellos viejos tiempos, cuando conocí a Arthur
Raymond, ocurrían cosas tremendas... en la mente, debo añadir. Nuestras
conversaciones eran como pasajes de La montaña mágica, sólo que más virulentas,
más exaltadas, más continuadas, más provocativas, más inflamables, más
peligrosas, más amenazadoras... y mucho, pero que mucho, más agotadoras.
Mientras lo observaba hablar, yo estada dando un rápido
repaso retrospectivo. Su hermana Renée estaba intentando mantener con la mujer
de Kronski una conversación que decaía. (Esta última se quedaba siempre muda,
por absorbente que fuera el tema.) Me pregunté cómo nos llevaríamos todo el
grupo bajo el mismo techo. De las dos habitaciones desocupadas, Kronski ya se
había apropiado de la mayor. Ahora los seis atestábamos la otra habitación, que
no era más que un cuchitril.
«Oh, podréis arreglaros», estaba diciendo Arthur Raymond.
«Señor, no necesitáis demasiado sitio: tenéis toda la casa. Quiero que vengáis
a vivir aquí. Lo vamos a pasar en grande aquí, ¡qué caramba!» Volvió a estallar
en carcajadas.
Yo sabía que estaba desesperado. Sin embargo, era
demasiado orgulloso como para reconocer que necesitaba dinero. Rebecca me miró
en espera de mi decisión. Leí con toda claridad lo que estaba escrito en su
cara. De repente, Mona intervino: «Desde luego, que la cogeremos.» Kronski se
frotó las manos alegremente. «Pues, ¡claro! Ya veréis qué cocido más
maravilloso vamos a preparar.» Y después se puso a regatear con ellos sobre el
precio. Pero Arthur Raymond se negó a hablar de dinero. «Fijad las condiciones
vosotros mismos», dijo, escabullándose hacia la habitación grande en que se
encontraba el piano. Lo oí aporrear el piano. Intenté escuchar, pero Rebecca se
quedó delante de mí acosándome a preguntas.
Unos días después estábamos instalados. La primera cosa
que notamos del nuevo domicilio fue que todo el mundo intentaba usar el cuarto
de baño a la vez. Llegabas a saber quién había sido el último ocupante por el
olor que dejaba tras sí. El lavabo estaba siempre atascado con largos pelos, y
Arthur Raymond, que nunca tenía cepillo de dientes propio, usaba el primero que
encontraba. Otra cosa era que había demasiadas mujeres por la casa. La hermana
mayor, Jessica, que era actriz venía con frecuencia y muchas noches se quedaba
a dormir. También había que contar a la madre de Rebecca, que siempre estaba
entrando y saliendo de la casa, siempre arropada en su pena, siempre
arrastrándose como un cadáver. Y también los amigos de Kronski y los amigos de
Rebecca y los amigos de Arthur y los amigos de Renée, por no hablar de las
alumnas que acudían a todas las horas del día y de la noche. Al principio era
encantador oír tocar el piano: fragmentos de Bach, Ravel, Debussy, Mozart, y
demás. Después llegaba a ser exasperante, sobre todo cuando el propio Arthur
Raymond practicaba. Repetía una y otra vez una frase con la tenacidad y
persistencia de un loco. Primero con una mano, firme y lentamente; después con
la otra, firme y lentamente. Luego con las dos, muy firme, muy lentamente,
después cada vez más rápido, hasta que alcanzaba el compás normal. Veinte
veces, cincuenta veces, cien veces. Avanzaba un poco: unos cuantos compases
más. Idem de ídem. Después vuelta a empezar, como un cangrejo, desde el
principio. Luego lo dejaba de repente, empezaba algo nuevo, algo que le
gustaba. Lo tocaba con toda el alma, como si estuviera dando un concierto.
Pero, al llegar a la tercera parte tal vez, vacilaba. Repetía unos compases,
los analizaba, los desarrollaba, despacio, deprisa, una mano, dos manos, todo a
la vez, manos, pies, codos, nudillos, avanzando como una unidad de tanques,
barriendo todo lo que encontrara por delante, arrasando árboles, vallas,
graneros, cercas, muros. Era doloroso seguirlo. No tocaba por placer: tocaba
para perfeccionar su técnica. Se desgastaba las yemas de los dedos, se frotaba
el culo hasta dejarlo liso. Siempre avanzando, adelantando, atacando,
conquistando, aniquilando, liquidando, reagrupando sus fuerzas, eliminando
centinelas, cubriendo su retaguardia, atrincherándose, haciendo prisioneros,
separando a los heridos, haciendo reconocimientos, emboscando a sus hombres,
lanzando llamaradas, cohetes, volando fábricas de municiones, centros
ferroviarios, inventando nuevos torpedos, dinamos, lanzallamas, cifrando y
descifrando los mensajes que llegaban...
Sin embargo, era un gran maestro. Un maestro encantador.
Se movía por la habitación con su camisa caqui, siempre con el cuello abierto,
como una pantera inquieta. Se quedaba parado en un rincón, escuchando, con la
barbilla en la palma de la mano y la otra mano sujetando el codo. Se dirigía a
la ventana y miraba afuera, tarareando bajito mientras seguía los valientes
intentos de llegar a la perfección que Arthur exigía a todas sus alumnas. Si se
trataba de una alumna muy joven, podía ser tan tierno como un cordero; hacía
reír a la niña, la cogía en sus brazos y la alzaba de la banqueta. «¿Ves...?» y
muy lenta, muy amable, muy cuidadosamente, indicaba cómo debía hacerse. Tenía
una paciencia infinita con las alumnas jóvenes: un espectáculo hermoso. Las
cuidaba como si fueran flores. Intentaba llegar a sus almas, intentaba
calmarlas o enardecerlas, según los casos. Con las mayores era todavía más
emocionante observar su técnica. Con éstas era todo atención, alerta como un
puercoespín, con las piernas separadas, oscilando, balanceándose, alzando los
talones y volviendo a bajarlos, con los músculos de la cara moviéndose
rápidamente, mientras seguía con chispeante impaciencia la transición de un
pasaje a otro. A ésas les hablaba como si ya fueran maestras. Sugería tal o
cual manipulación, tal o cual interpretación. A veces, interrumpiendo la
actuación diez o quince minutos, se lanzaba a brillantes exposiciones de
técnicas dominantes, comparando una con otra, valorándolas, comparando una
partitura con un libro, a un autor con otro, una paleta con una textura, un
tono con un modismo personal, etcétera. Hacía vivir la música. Oía música en
todo. Las jóvenes, al acabar una sesión, se desvanecían por el vestíbulo,
inconscientes de todo lo que no fueran las llamas del genio. Sí, era
vivificador, un dios-sol: las enviaba a la calle tambaleantes de vértigo.
Al discutir con Kronski, era una persona diferente.
Aquella manía de perfección, aquella furia pedagógica que era un don tan
poderoso para él como maestro de música, lo reducían a proporciones ridículas,
cuando se lanzaba al mundo de las ideas. Kronski jugaba con él como un gato con
un ratón. Se recreaba poniendo zancadillas a su adversario. No defendía otra
cosa que su ingeniosa seguridad. En una discusión acalorada Arthur Raymond
tenía algo del estilo de Jack Dempsey. Cargaba firmemente, siempre con estocadas
cortas y rápidas, como un tajo de cortar carne dotado de piernas danzarinas. De
vez en cuando lanzaba una embestida, una embestida brillante, para simplemente
descubrir que estaba forcejeando con el espacio. Kronski tenía el truco de
esfumarse completamente, justo cuando parecía estar contra las cuerdas. Un
segundo después lo encontrabas colgando de la araña. No tenía una estrategia
reconocible, a no ser la de eludir, cambiar de dirección y provocar con burlas,
la de enfurecer a su oponente, y después usar el truco de desaparecer. Arthur
Raymond parecía decirle todo el tiempo: «¡Saca los puños! ¡Lucha! ¡Pelea,
cabrón!» Pero Kronski no tenía intención de convertirse en una pelota de boxeo.
Nunca sorprendí a Arthur Raymond leyendo un libro. No creo
que leyera muchos libros, y, sin embargo, tenía un conocimiento asombroso de
muchas cosas. Lo que quiera que leyese lo recordaba con claridad y exactitud
pasmosas. De todas las personas que he conocido, exceptuando a mi amigo Roy
Hamilton, era quien más podía sacar de un libro. Destripaba el texto
literalmente. Roy Hamilton avanzaba milímetro a milímetro, por decirlo así,
deteniéndose en una frase durante días o semanas. A veces tardaba un año o dos
en acabar un libro breve, pero, cuando lo había acabado, parecía haber
aumentado un codo de estatura. Para él, media docena de libros eran suficientes
para suministrarle alimento espiritual para el resto de su vida. Para él, las
ideas eran cosas vivas, como lo eran para Louis Lambert. Tras haber acabado de
leer un libro, daba la impresión absolutamente real de conocer todos los
libros. Pensaba y vivía un libro desde la primera página hasta la última, y
emergía de la experiencia con un ser nuevo y exaltado. Era lo contrario mismo
del erudito, cuya estatura disminuye con cada libro que lee. Para él, los
libros eran lo que el yoga es para quien busca en serio la verdad: le ayudaban
a unirse con Dios.
En cambio, Arthur Raymond daba la falsa impresión de
devorar el contenido de un libro. Leía con atención muscular. Al menos eso era
lo que yo imaginaba, al observar el efecto que surtía en él. Leía como una
esponja, atento a observar los pensamientos del autor. Su única preocupación
era absorber, asimilar, redistribuir. Era un vándalo. Cada libro nuevo era una
nueva conquista. Los libros fortalecían su yo. No crecía, se henchía de orgullo
y arrogancia. Buscaba corroboraciones para lanzarse con ímpetu y dar batalla.
No se permitía a sí mismo darse por vencido. Puede que rindiera homenaje al
autor que admiraba, pero nunca doblaba la rodilla. Se mantenía inquebrantable e
inflexible; su concha se volvía cada vez más espesa.
Era el tipo de persona que, después de acabar un libro, no
puede hablar de otra cosa durante semanas. Fuera lo que fuese lo que uno
tratara al conversar con él, lo relacionaba con el libro que acababa de
devorar. Lo curioso de aquellas resacas era que cuanto más hablaba del libro,
más sentía uno su deseo inconsciente de destruirlo. En el fondo, siempre me
parecía que en realidad estaba avergonzado de haber permitido a otra mente
subyugarlo. Su charla no era sobre el libro, sino sobre lo completa y penetrantemente
que él, Arthur Raymond, lo había entendido. Esperar que diera un resumen del
libro era inútil. Te daba justo la información necesaria sobre su tema para
permitirte seguir sus análisis y elaboraciones inteligentemente. Aunque no
dejaba de decirte: «Tienes que leerlo. Es maravilloso», lo que quería decir
era: «Puedes hacerme caso: es una obra importante; si no, no estaría perdiendo
el tiempo hablándote de él.» Y lo que daba a entender, además, era que era
igual que no lo hubieras leído, porque nunca serías capaz por tus propios
esfuerzos de desenterrar las gemas que él, Arthur Raymond, había encontrado en
él. «Cuando acabe de contártelo», parecía decir, «no vas a necesitar leerlo. Sé
no sólo lo que el autor dijo, sino también lo que quería decir y no dijo.»
En la época de que estoy hablando, una de sus pasiones era
Sigmund Freud. No quiero decir que sólo conociera a Freud. No, hablaba como si
estuviese familiarizado con todo el grupo, desde Krafft-Elbing y Stekee en
adelante. Consideraba a Freud no sólo un pensador, sino también un poeta. En
cambio, Kronski, cuyas lecturas eran más amplias y profundas en su dominio, que
además tenía la ventaja de la experiencia clínica, que entonces estaba haciendo
un estudio comparativo del psicoanálisis y no simplemente intentando asimilar
una contribución tras otra, irritaba a Arthur Raymond indeciblemente por lo que
a este último le gustaba llamar «su escepticismo corrosivo».
En nuestro cubículo era donde se celebraban aquellas
discusiones, que no sólo eran encarnizadas, sino también interminables. Mona
había dejado el empleo en el baile y buscaba trabajo en el teatro. A menudo
comíamos juntos en la cocina, procurando dispersarnos hacia medianoche y volver
a nuestras habitaciones respectivas. Pero a Arthur Raymond no le importaba la
hora en absoluto; cuando estaba interesado en un tema, no pensaba en comer, ni
en dormir, ni en el sexo. Si se acostaba a las cinco de la mañana, se levantaba
a las ocho, si quería, o se quedaba en la cama dieciocho horas. Dejaba para
Rebecca la tarea de arreglar de nuevo su horario. Naturalmente, aquella clase
de vida creaba una atmósfera de caos y aplazamientos. Cuando las cosas se
complicaban mucho, Arthur Raymond alzaba las manos al cielo y abandonaba la
cuestión, a veces ausentándose durante varios días. Tras esos períodos de
ausencia, llegaban extraños rumores, historias que arrojaban una luz muy
diferente sobre su carácter. Al parecer, aquellas excursiones eran necesarias
para completar su ser físico; la vida de un músico no podía satisfacer en modo
alguno su robusta naturaleza. Tenía que escapar en ocasiones y juntarse con sus
camaradas: la colección de personajes más incongruentes, dicho sea de paso.
Algunas de sus escapadas eran inocentes y divertidas, otras eran sórdidas y
feas. Como lo habían criado como a un mariquita, había sentido la imperiosa
necesidad de desarrollar el aspecto brutal de su naturaleza. Disfrutaba
buscando pelea con algún idiota corpulento y bravucón mucho más alto que él y
rompiéndole el brazo o la pierna a sangre fría. Había hecho lo que muchos tipos
bajitos sueñan con hacer: dominar el jiu-jitsu. Lo había hecho para darse el
placer de insultar a los gigantes amenazadores que componen el mundo de los
pendencieros a quienes el hombre bajito teme. Cuanto más altos eran, más
disfrutaba Arthur Raymond. No se atrevía a usar los puños por miedo a herirse
las manos, sino que —bastante vilmente, me parecía a mí— fingía pelear y después,
naturalmente, cogía por sorpresa a su adversario. «No admiro nada eso en ti»,
le dije una vez. «Si me hicieras una jugada de ésas, te rompería una botella en
la cabeza.» Me miró asombrado. El sabía que no me gustaba pelear ni luchar. «No
me importaría», añadí, «si recurrieras a esos trucos en casos de apuro. Pero lo
que quieres simplemente es alardear. Eres un bravucón bajito, y un bravucón
bajito es aún más odioso que uno alto. Un día te vas a tropezar con alguien que
te dé para el pelo...»
Se echó a reír. Dijo que yo siempre interpretaba las cosas
de modo extraño.
«Por eso me gustas», decía. «Eres caprichoso. No tienes
normas fijas. De verdad, Henry», y soltaba una fuerte carcajada, «eres
esencialmente traicionero. Si alguna vez llegamos a hacer un mundo nuevo, no
habrá sitio para ti en él. No pareces entender lo que significa dar y tomar.
Eres un vagabundo intelectual... A veces no te entiendo en absoluto. Siempre
estás alegre y afable, eres casi sociable, y, sin embargo... pues, no tienes
lealtades. Intento ser amigo tuyo... hubo un tiempo en que fuimos amigos, recuerda...
pero has cambiado... eres duro por dentro... eres intocable. Señor, crees que
soy duro... soy simplemente presumido, pendenciero, estoy lleno de energía. Tú
sí que eres duro. Eres un gángster, ¿lo sabías?» Se rió entre dientes. «Sí,
Henry, eso es lo que eres: un gángster espiritual. No me fío de ti...»
Le irritaba observar la relación natural que existía entre
Rebecca y yo. No estaba celoso, ni tenía motivos para estarlo, pero envidiaba
mi capacidad para crear una relación serena con su mujer. El siempre me hablaba
de las habilidades intelectuales de ella, como si ésa debiera ser la base de
atracción entre nosotros, pero en una discusión, si Rebecca estaba presente, se
comportaba con ella como si sus opiniones no tuvieran la menor importancia. A
Mona la escuchaba con una seriedad que era casi cómica. Desde luego, escuchaba
hasta el final, y decía: «Sí, sí, por supuesto», pero en realidad no prestaba
la menor atención a lo que estaba diciendo.
A solas con Rebecca, mientras la observaba hacer una
comida o planchar, yo tenía la clase de conversaciones que sólo se pueden tener
con una mujer, si pertenece a otro hombre. En esos casos era en los que había
ese espíritu del «dar y tomar» que Arthur se quejaba de no encontrar en mí.
Rebecca era natural y sencilla y no tenía nada de intelectual. Le gustaba que
la trataran como a una mujer y no como a una inteligencia. A veces hablábamos
de las cosas más sencillas y domésticas, cosas en las que el maestro de música
no encontraba el menor interés.
La conversación sólo es un pretexto para otras formas más
sutiles de comunicación. Cuando éstas no funcionan, la conversación es algo
muerto. Si dos personas tienen interés en comunicar mutuamente, no importa lo
más mínimo lo confusa que llegue a ser la conversación. Las personas que
insisten en la claridad y la lógica con frecuencia no consiguen hacerse
entender. Siempre están buscando un transmisor más perfecto, engañadas por la
suposición de que la mente es el único instrumento para la transmisión del pensamiento.
Cuando empiezas a hablar de verdad, te entregas. Arrojas las palabras
precipitadamente, no las cuentas como monedas. No te preocupas de los errores
gramaticales o factuales, de las contradicciones, de las mentiras, etc. Hablas.
Si hablas con alguien que sepa escuchar, entiende perfectamente, aun cuando las
palabras carezcan de sentido. Cuando esa clase de conversación se pone en
marcha, se produce un enlace, independientemente de que hables con un hombre o
una mujer. Los hombres hablando con otros hombres necesitan esa clase de
conversación tanto como las mujeres hablando con otras mujeres. Las parejas
casadas raras veces disfrutan de esa clase de conversación, por razones que son
más que evidentes.
La conversación, la conversación auténtica, es una de las
manifestaciones más expresivas del anhelo de enlace ilimitado que siente el
hombre. Las personas sensibles, las personas que sienten, desean unirse de modo
más profundo, sutil y duradero de lo que permiten la costumbre y la convención.
Me refiero a formas que superan los sueños de los utopistas sociales y
políticos. La fraternidad del hombre, en caso de que alguna vez se realice,
sólo es la etapa de jardín de infancia en el drama de las relaciones humanas.
Cuando el hombre empiece a permitirse expresión plena, cuando pueda expresarse
sin miedo al ridículo, el ostracismo o la persecución, lo primero que hará será
soltar su amor a borbotones. En la historia del amor humano todavía estamos en
el primer capítulo. Aun ahí, aun en el dominio de lo puramente personal, es un
relato bastante vulgar. ¿Acaso tenemos más de una docena de héroes y heroínas
del amor para mostrar como ejemplos? Dudo de que tengamos incluso tantos
amantes como santos ilustres. Tenemos eruditos en abundancia, y reyes y
emperadores, y estadistas y militares, y artistas en profusión, e inventores,
descubridores, exploradores... pero, ¿dónde están los grandes amantes? Después
de un momento de reflexión, volvemos a Abelardo y Eloísa, o a Antonio y
Cleopatra, o a la historia del Taj Mahal. Una gran parte es ficticia, hinchada
y glorificada por los amantes insatisfechos a cuyas plegarias responden sólo el
mito y la leyenda. Tristán e Isolda... ¡qué poderoso hechizo ejerce todavía
sobre el mundo moderno esa leyenda! En el paisaje de los amores novelescos
destaca como el pico nevado del Fujiyama.
Había una observación que me hacía a mí mismo una y otra
vez, al escuchar las interminables discusiones entre Arthur Raymond y Kronski.
Se refería a que el conocimiento divorciado de la acción conduce a la
esterilidad. Allí tenía a dos jóvenes vivaces, los dos brillantes a su modo,
discutiendo apasionadamente noche tras noche sobre un nuevo enfoque de los
problemas de la vida. Un individuo austero, que llevaba una vida disciplinada,
modesta y sobria, en la lejana ciudad de Viena, era el responsable de aquellas
discordias. Por todo el mundo occidental estaban produciéndose esas disputas.
Al parecer, una de dos: o se hablaba apasionadamente de aquellas teorías de
Sigmund Freud o no se hablaba de ellas. Ese simple hecho tiene importancia,
mucha más importancia que las teorías discutidas. En el transcurso de los
veinte años siguientes unos miles de personas —¡no centenares de miles!— iban a
someterse al proceso llamado psicoanálisis. El término «psicoanálisis» iba a
perder gradualmente su magia y a convertirse en moneda corriente. Su valor
terapéutico iba a disminuir en proporción con la difusión de su comprensión
popular. La sabiduría subyacente a las exploraciones e interpretaciones de
Freud iba a disminuir en eficacia con el deseo en aumento por parte del neurótico
de readaptarse a la vida.
En el caso de mis dos jóvenes amigos, uno de ellos no iba
a encontrar más adelante otra solución satisfactoria a los problemas del
momento que la ofrecida por el comunismo; el otro, que me habría considerado
loco, si entonces hubiera insinuado semejante eventualidad, iba a llegar a ser
paciente mío. El maestro de música abandonó su música para corregir el mundo y
fracasó. Fracasó incluso a la hora de volver su vida más interesante, más
satisfactoria, más rica. El otro abandonó su práctica médica y finalmente se
puso en manos de un charlatán, vuestro seguro servidor. Lo hizo
deliberadamente, sabiendo que yo no tenía otras cualidades que mi sinceridad y
mi entusiasmo. Incluso le agradó el resultado, que fue nulo, y que él había
previsto por adelantado.
Ahora han pasado unos veinte años desde la época de que
hablo. El otro día, cuando andaba paseando sin rumbo fijo, me encontré con
Arthur Raymond por la calle. Podría haber pasado de largo, si no me hubiera
llamado. Había cambiado, había echado una barriga casi comparable con la de
Kronski. Ahora es un hombre maduro con una hilera de dientes negros como el
carbón. Después de unas palabras, se puso a hablar de su hijo... el hijo mayor,
que ahora está en la universidad y es miembro del equipo de rugby. Había traspasado
todas sus esperanzas a su hijo. Me sentí asqueado. En vano traté de que me
diera alguna idea sobre su propia vida. No, prefirió hablar de su hijo. ¡El iba
a ser alguien! (Un atleta, un escritor, un músico: Dios sabe qué.) Me importaba
tres cojones el hijo. Lo único que conseguí comprender de aquel parloteo
efusivo fue que él, Arthur Raymond, había entregado el alma. Vivía en el hijo.
Era lastimoso. Me faltó tiempo para escapar de su lado.
«Tienes que venir a vernos pronto.» (Estaba intentando
retenerme.) «Tenemos que celebrar una sesión de las de antes. ¡Ya sabes cuánto
me gusta hablar!» Lanzó una de aquellas carcajadas desenfrenadas de otros
tiempos.
«¿Dónde vives ahora?», añadió, cogiéndome con fuerza del
brazo.
Saqué un trozo de papel del bolsillo y escribí una
dirección falsa y un número de teléfono. Pensé para mis adentros: «La próxima
vez que nos veamos será probablemente en el limbo.»
Cuando me alejaba, advertí de repente que no había
demostrado interés por lo que me había ocurrido durante estos años. Sabía que
había estado en el extranjero, que había escrito algunos libros. «¿Sabes? He
leído algunas de tus cosas», había observado. Y después se había echado a reír
confusamente, como diciendo: «Pero te conozco, viejo tunante... ¡a mí no me
engañas!» Por mi parte, podría haber respondido: «Sí, y yo sé todo lo referente
a ti. Conozco las decepciones y humillaciones que has sufrido.»
Si nos hubiéramos puesto a intercambiar experiencias,
podríamos haber tenido una conversación agradable. Podríamos habernos entendido
mutuamente mejor de lo que nos habíamos entendido antes. Con sólo que me
hubiera dado una oportunidad, podría haberle demostrado que el Arthur Raymond
que había fracasado era para mí tan querido como el joven prometedor que en
otro tiempo había yo admirado ciegamente. Ambos éramos rebeldes, a nuestro
modo. Y los dos habíamos luchado por construir un mundo nuevo.
«Naturalmente, sigo creyendo [en el comunismo]», me había
dicho al separamos. Lo dijo como si le diese pena reconocer que el movimiento
no era lo suficientemente grande como para incluirlo a él con todas sus
idiosincrasias. De igual modo podía imaginarlo diciéndose a sí mismo que
todavía creía en la música, o en la vida al aire libre, o en el jiu-jitsu. Me
pregunté si se daba cuenta de lo que había hecho con abandonar un camino tras
otro. Si se hubiera detenido en algún punto y hubiese luchado por abrirse paso,
la vida habría valido la pena. ¡Aunque sólo hubiera llegado a ser un campeón de
lucha libre! Recuerdo la noche que me indujo a acompañarlo a una pelea entre
Earl Caddock y Strangler Lewis. (Y otra ocasión en que fuimos juntos a
presenciar el combate Dempsey-Carpentier.) Entonces era un poeta. Veía a dos
dioses en un combate mortal. Sabía que era más que un forcejeo hasta el fin
entre dos brutos. Hablaba de aquellas dos grandes figuras de la liza como
habría hablado de los grandes compositores o de los grandes dramaturgos. Era
una parte consciente de la multitud que asistía a esos espectáculos. Era como
un griego en los días de Eurípides. Era un artista que aplaudía a otros
artistas. Estaba en su elemento en el anfiteatro.
Recordé otra ocasión en que estábamos esperando en el
andén de una estación de tren. De repente, mientras nos paseábamos para arriba
y para abajo, me coge del brazo y me dice: «¡Dios mío, Henry! ¿Sabes quién es
ése? ¡Es Jack Dempsey!» Y se va disparado de mi lado y corre hacia su querido
ídolo. «iHola, Jack!», va y dice, en voz alta y sonora. «Tienes buen aspecto.
Quiero estrecharte la mano. Quiero decirte que eres un auténtico campeón.»
Me parecía volver a oír la voz chillona y aguda de Dempsey
al responder al saludo. Dempsey, que era mucho más alto que Arthur Raymond,
parecía en aquel momento como un niño. Era Arthur Raymond el que era audaz y
agresivo. No parecía intimidado lo más mínimo por la presencia de Dempsey. Casi
esperaba yo que diera una palmada en el hombro al campeón.
«Es como un espléndido caballo de carreras», dijo Arthur
Raymond, con voz tensa de emoción. «Una persona de lo más sensible.»
Probablemente pensara en sí mismo, en la impresión que causaría a los demás, si
de repente se convirtiese en el campeón del mundo. «Un tipo inteligente,
además. Nadie puede pelear con ese estilo brillante sin poseer un alto grado de
inteligencia. Es un tipo excelente, de verdad. Mira, es como un niño
enteramente. ¿Sabes que se ha sonrojado?» Seguía y seguía así, cantando a su
héroe como un rapsoda.
Pero era sobre Earl Caddock sobre el que decía las cosas
más maravillosas. Creo que Earl Caddock estaba más próximo todavía a su ideal
que Dempsey. «El hombre de las mil llaves», así es como llamaban a Dempsey. Un
cuerpo como de un dios, demasiado frágil, podía parecer, para los combates
prolongados y agotadores de esa prueba mortal que es la lucha. Recuerdo
claramente el aspecto que ofrecía aquella noche junto a Strangler Lewis, más
corpulento y robusto. Arthur Raymond estaba seguro de que Lewis iba a ganar...
pero su corazón estaba con Earl Caddock. Gritaba a pleno pulmón para animar a
Caddock. Después, en un establecimiento de delicatessen judío del East Side, me
volvió a contar la pelea detalladamente. Tenía una memoria extraordinaria para
cualquier cosa que lo apasionara. Creo que disfruté todavía más con el combate
visto con sus ojos y retrospectivamente. En realidad, habló de él tan
maravillosamente, que el día siguiente me senté a escribir un poema en prosa
sobre dos luchadores. Me lo llevé al consultorio del dentista el día siguiente.
Al dentista le pareció un chef-d’oeuvre. El resultado fue que no llegó a
empastarme la muela. Me llevó al piso de arriba para que conociera a la familia
—eran de Odesa— y, antes de que quisiese darme cuenta, estaba absorto en una
partida de ajedrez que duró hasta las dos de la mañana. Y entonces se inició
una amistad que duró hasta que me hubo tratado todas las muelas... se prolongó
por espacio de catorce o quince meses. Cuando llegó la cuenta me esfumé. Hasta
cinco o seis años más tarde, supongo, no volvimos a vernos, y en circunstancias
singulares. Pero de eso hablaremos más adelante...
Freud, Freud... Muchas cosas podrían atribuírsele. Tomemos
el caso del doctor Kronski, unos diez años después de nuestra semántica vida en
Riverside Drive. Grande como un delfín, resoplando como una morsa, emitiendo
palabras como vapor echa una locomotora. Una herida en la cabeza ha trastornado
todo su organismo. Se ha convertido en una anomalía glandular, un estudio sobre
objetos opuestos.
Hacía unos años que no nos veíamos. Volvemos a vernos en
Nueva York. Charlas febriles. Se entera de que he tenido algo más que un
conocimiento superficial del psicoanálisis durante mi ausencia en el
extranjero. Le cito ciertas figuras de ese mundo que conoce muy bien... por sus
escritos. Le asombra que yo los conozca, que me hayan aceptado... como amigo.
Empieza a preguntarse si no habrá cometido un error con su viejo amigo Henry
Miller. Quiere hablar de eso, hablar y hablar y hablar. Me niego. Eso le impresiona.
Sabe que hablar es su debilidad, su vicio.
Después de vernos varias veces, me doy cuenta de que está
tramando algo. No acepta así como así que yo sepa algo sobre el psicoanálisis:
quiere pruebas. «¿Qué estás haciendo ahora... en Nueva York?», pregunta. Le
respondo que no hago nada, de verdad.
«¿No escribes?»
«No.»
Larga pausa. Después desembucha. Un experimento... un
experimento grandioso. Yo soy el hombre indicado para llevarlo a cabo. Ya me lo
explicará.
La esencia del asunto es que le gustaría que yo
experimentara con algunos de sus pacientes... sus ex pacientes debería decir,
pues ha abandonado la práctica. Está seguro de que puedo hacerlo tan bien como
cualquier hijo de vecino... mejor incluso. «No voy a decirles que eres
escritor. Fuiste escritor, pero durante tu estancia en Europa te hiciste
psicoanalista. ¿Qué te parece?»
Sonreí. No parecía nada mal, a primera vista. En realidad,
yo llevaba mucho tiempo acariciando esa misma idea. Acepté en el acto. De
acuerdo, entonces. Mañana, a las cuatro en punto, iba a presentarme a uno de
sus pacientes.
Así empezó la cosa. Al cabo de poco ya tenía siete u ocho
pacientes. Parecían satisfechos con mis esfuerzos. Así se lo dijeron al Dr.
Kronski. Naturalmente, él había esperado que resultara así. Pensaba que también
él podría hacerse analista. ¿Por qué no? Tuve que confesar que no veía razón
para que no fuese así. Cualquier persona con encanto, inteligencia y
sensibilidad podía hacerse analista. Mucho antes de que se oyera hablar de Mary
Baker Eddy o de Sigmund Freud, hubo curadores. El sentido común también intervenía.
«No obstante, para ser analista», dije, sin intención de
hablar en serio, «primero tiene que analizarse uno, a su vez, como bien sabes.»
«¿Y tú?», dijo.
Fingí haberme analizado. Le dije que lo había hecho con
Otto Rank.
«No me lo habías dicho», dijo, visiblemente impresionado
de nuevo. Sentía un respeto reverente por Otto Rank.
«¿Cuánto duró?», preguntó.
«Unos tres meses. Rank no cree en los análisis
prolongados, como supongo sabrás.»
«Es verdad», dijo, quedándose muy pensativo. Un momento
después saltó. «¿Qué tal si me analizaras a mí? No, en serio. Sé que se
considera un gran riesgo, cuando las personas se conocen tan íntimamente como
nosotros, pero es igual...»
«Sí», dije despacio, con cautela, «quizá podríamos refutar
hasta ese prejuicio estúpido. Al fin y al cabo, Freud tuvo que analizar a Rank,
¿no?» (Eso era mentira, porque Rank no se había analizado nunca, ni siquiera
con el Padre Freud.)
«Entonces, ¡mañana, a las diez!»
«Bien», dije, «y sé puntual. Te voy a cobrar por horas.
Sesenta minutos, no más. Si no llegas a tiempo, tú eres el que pierdes...»
«¿Vas a cobrarme?», repitió, mirándome como si yo hubiera
perdido el juicio.
«Pues ¡claro que sí! Sabes perfectamente lo importante que
es para el paciente pagar su análisis.»
«Pero ¡yo no soy un paciente!», gritó. «Pero, joder, si te
estoy haciendo un favor.»
«Tú verás», dije, afectando sang-froid. «Si encuentras a
alguien que lo haga gratis, mejor para ti. Te voy a cobrar los honorarios
normales, los que tú mismo sugeriste para tus propios pacientes.»
«Pero, bueno», dijo, «esto sí que es fantástico. Al fin y
al cabo, yo fui quien te lanzó en esta profesión, no lo olvides.»
«Debo olvidarlo», insistí. «No es cuestión de
sentimientos. En primer lugar, debo recordarte que no sólo necesitas el
análisis para hacerte analista, sino que también lo necesitas porque eres un
neurótico. No podrías llegar a ser analista en modo alguno, si no fueras
neurótico. Antes de poder curar a los demás tienes que curarte a ti mismo. Y,
si no eres neurótico, yo haré que lo seas antes de que acabemos. ¿Qué te
parece?»
Le pareció una broma tremenda. Pero la mañana siguiente
vino, y, además, puntual. Parecía que hubiera pasado la noche en vela para
llegar a la hora.
«El dinero», dije, antes incluso de que se hubiese quitado
el abrigo.
Intentó tomárselo a risa. Se acomodó en el sofá tan
ansioso por el biberón como un niño en pañales.
«Tienes que dármelo ahora», insistí, «o no te trataré».
Disfrutaba mostrándome firme con él: también para mí era un papel nuevo.
«Pero, ¿cómo podemos saber si resultará?», dijo,
intentando dar largas al asunto. «Mira... si me gusta el modo como me tratas,
haré lo que pidas... dentro de lo razonable, naturalmente. Pero no te pongas
pesado con eso ahora. Venga, al grano.»
«No hay nada que hacer», dije. «Esta casa no fía. Si no
soy competente, puedes llevarme a juicio, pero si quieres que te ayude, tienes
que pagar... y por adelantado... Por cierto, estás desperdiciando el tiempo,
¿sabes? Cada minuto que pasas ahí sentado discutiendo por el dinero, estás
desperdiciando tiempo que podrías utilizar de modo más provechoso. Ya son», y
entonces consulté el reloj, «ya son las diez y doce minutos. En cuanto estés
listo, empezaremos...»
Estaba rabioso como un cachorro, pero yo lo tenía
arrinconado y no le quedaba más remedio que aflojar.
Cuando estaba soltándolo —le cobré diez dólares por
sesión—, levantó la vista, pero esa vez con la expresión de quien se ha
confiado a las manos del doctor. «¿Quieres decir que si un día vengo sin el
dinero, si se me olvida por casualidad o me faltan unos dólares, no me
admitirías?»
«Exactamente», dije. «Nos entendemos perfectamente.
¿Empezamos... ahora?»
Se echó en el sofá como un cordero listo para el
sacrificio. «Tranquilízate», dije suavemente, al tiempo que me sentaba detrás
de él y fuera de su ángulo de visión. «Cálmate y relájate. Me vas a contar todo
lo relativo a ti... desde el principio mismo. No vayas a pensar que puedes
contarlo todo en una sesión. Vamos a tener muchas sesiones como ésta. De ti
depende que esta relación sea larga o corta. Recuerda que te está costando diez
dólares cada vez. Pero no te dejes obsesionar por eso, porque si sólo piensas
en lo que te está costando, te olvidarás de lo que querías decirme. Es un
procedimiento doloroso, pero es por tu bien. Si aprendes a adaptarte al papel
de paciente, también aprenderás a adaptarte al papel de analista. Sé crítico
contigo mismo, no conmigo. Yo sólo soy un instrumento. Estoy aquí para
ayudarte... Ahora serénate y relájate. Estaré escuchando en el momento en que
estés listo para expresarte...»
Se había estirado cuan largo era, con las manos enlazadas
sobre la montaña de carne de su estómago. Estaba muy pálido; tenía la piel
blanquecina de quien acaba de volver del retrete después de haber hecho
esfuerzos mortales. El cuerpo tenía el aspecto amorfo del obeso indefenso a
quien los esfuerzos para reincorporarse y sentarse le resultan casi tan
difíciles como para una tortuga ponerse derecha, cuando ha quedado boca arriba.
Las energías que tuviera parecían haberlo abandonado. Durante unos minutos se agitó
inquieto, un lenguado humano colgando del anzuelo.
Mi exhortación a que hablase le había paralizado la
facultad del habla, que era su talento mayor. Para empezar, ya no había un
adversario delante de él al que derribar. Se le pedía que usara su agudeza
contra sí mismo. Debía expresar y revelar —en una palabra, crear— y eso era
algo que no había hecho nunca en su vida. Debía descubrir «el significado del
significado» de forma nueva, y era evidente que la idea lo aterraba.
Después de retorcerse, arrascarse, moverse de un lado a
otro del sofá, restregarse los ojos, toser, escupir, bostezar, abrió la boca
como para hablar... pero no salió nada. Tras emitir unos gruñidos, se alzó
sobre el codo y volvió la cabeza hacia mí. Había algo lastimoso en la expresión
de sus ojos.
«¿No podrías hacerme algunas preguntas?», dijo. «No sé por
dónde empezar.»
«Sería mejor que no te hiciera preguntas», dije. «Tómate
el tiempo que te haga falta, y verás cómo te sale. Una vez que empieces,
seguirás como una catarata. No lo olvides.»
Volvió a colocarse boca arriba y suspiró profundamente.
Sería maravilloso cambiar de sitio con él, pensé para mis adentros. Durante los
silencios, con la voluntad en suspenso, yo disfrutaba con el placer de hacer
una confesión muda a un superanalista invisible. No sentía la menor timidez ni
torpeza ni inexperiencia. En realidad, una vez que decidí desempeñar el papel,
me sentí completamente inmerso en él y listo para cualquier eventualidad.
Comprendí al instante que por el simple hecho de asumir el papel de curador, te
conviertes en curador efectivamente.
Tenía una libreta en la mano lista para usarla, en caso de
que soltara algo importante. Como se prolongaba el silencio, tomé unas notas de
carácter extraterapéutico. Recuerdo que apunté los nombres de Chesterton y
Herriot, dos figuras gargantuescas, que, como Kronski, estaban dotadas de una
facilidad verbal extraordinaria. Se me ocurrió que había observado con
frecuencia ese fenómeno chez les gros hommes. Eran como las medusas del mundo
marino: órganos flotantes que nadaban en el sonido de su propia voz. Por fuera
eran pólipos, pero en sus facultades mentales podía observarse una
concentración aguda y brillante. Con frecuencia los hombres gruesos eran de lo
más dinámicos, de lo más simpáticos, de lo más encantadores y seductores. Su
indolencia y dejadez eran engañosas. Muchas veces en el cerebro llevaban un
diamante. Y, a diferencia del hombre delgado, después de engullir camiones de
comida, sus pensamientos chispeaban y centelleaban. En muchos casos estaban en
su elemento, cuando se estimulaban sus apetitos gustativos. En cambio, el
hombre delgado, también gran comilón con mucha frecuencia, suele volverse
indolente y somnoliento, cuando se pone a trabajar su aparato digestivo. Por lo
general, da mucho más de sí con el estómago vacío.
«No importa por dónde empieces», le dije finalmente,
temiendo que se quedara dormido en mis narices. «Empieces con lo que empieces,
siempre volverás al asunto espinoso.» Hice una pausa por un momento. Después,
con voz suave dije con toda intención: «Puedes echarte una siestecita también,
si te apetece. Quizá te sentaría bien.»
En un instante estuvo despierto y hablando. La idea de
pagarme por echarse una siesta lo electrizó. Ahora estaba desembuchando en
todas las direcciones a la vez. No ha sido mala estratagema, pensé para mis
adentros.
Como digo, empezó impetuosamente, impulsado por el miedo
frenético a estar desperdiciando el tiempo. Después pareció haber quedado de
repente tan impresionado por sus propias revelaciones, que quiso arrastrarme a
una discusión de su importancia. Una vez más rechacé el desafío firme y
suavemente. «Más adelante», dije, «cuando tengamos algo en qué basarnos. Acabas
de empezar... sólo has arañado la superficie.»
«¿Estás tomando notas?», preguntó, pagado de sí mismo.
«No te preocupes por mí», respondí. «Piensa en ti, en tus
problemas. Tienes que tener confianza implícita en mí, recuerda eso. Cada
minuto que pases pensando en el efecto que estás produciendo es minuto
desperdiciado. No debes intentar impresionarme: tu misión es sincerarte contigo
mismo. Aquí no hay auditorio: yo sólo soy un receptáculo, un gran oído. Puedes
llenarlo con sensiblería y disparates, o puedes dejar caer perlas en él. Tu
vicio es la falta de naturalidad. Aquí lo único que necesitamos es lo real y
verdadero y sentido...»
Volvió a guardar silencio, se agitó de un lado para otro
por unos momentos, y después se quedó completamente inmóvil. Ahora tenía las
manos enlazadas bajo la nuca. Había enderezado la almohada para no volver a
sumirse en el sueño.
«He estado pensando», dijo con talante más sereno y
contemplativo, «en un sueño que tuve la otra noche. Creo que te lo voy a
contar. Puede darnos una pista...»
Ese pequeño preámbulo sólo significaba una cosa: que
seguía preocupado por mi finalidad en la colaboración. Sabía que en el análisis
se espera del paciente que revele sus sueños. Por lo menos de esa parte de la
técnica estaba seguro: era ortodoxa. Era curioso, reflexioné, que, por mucho
que sepa uno sobre un tema, actuar es harina de otro costal. El entendía
perfectamente lo que ocurría entre el paciente y el analista en el análisis,
pero nunca se había enfrentado a la comprensión de su significado. Aun entonces,
a pesar de que detestaba desperdiciar su dinero, habría sentido un alivio
tremendo, si, en lugar de seguir con su sueño, le hubiera sugerido que
discutiésemos el carácter terapéutico de aquellas revelaciones. En realidad,
habría preferido inventar un drama y después desmenuzarlo conmigo a desahogarse
tranquila y sinceramente. Sentí que estaba maldiciéndose a sí mismo —y a mí,
por supuesto— por haber sugerido una situación en la que, según imaginaba, lo
único que podía hacer era dejarse torturar.
Sin embargo, después de muchos esfuerzos y sudores,
consiguió revelar una descripción coherente del sueño. Cuando hubo acabado,
hizo una pausa, como esperando que yo hiciera algún comentario, que le diese
alguna señal de aprobación o desaprobación. Como no dije nada, empezó a
recrearse con la idea del significado del sueño. En medio de aquellas
digresiones intelectuales, se interrumpió de repente y, girando la cabeza
ligeramente., murmuró desanimado: «Supongo que yo no debería estar haciendo
esto... ésa es tu tarea, ¿no?»
«Puedes hacer lo que te plazca», dije tranquilamente. «Si
prefieres analizarte —y pagarme por ello—, no tengo nada que objetar. Supongo
que te darás cuenta de que una de las razones por las que has acudido a mí es
para adquirir confianza y fe en los demás. Tu incapacidad para reconocer eso es
parte de tu enfermedad.»
Inmediatamente se puso a fanfarronear. Simplemente, tenía
que defenderse de esas imputaciones. No era cierto que careciera de confianza
ni de fe. Yo había dicho eso sólo para provocarlo.
«También es completamente inútil», le interrumpí,
«arrastrarme a una discusión. Si tu única preocupación es demostrar que sabes
más que yo, en ese caso no llegarás a ninguna parte. Reconozco que sabes mucho
más que yo —pero también eso es parte de tu enfermedad—, que sabes demasiado.
Nunca lo sabrás todo. Si el saber pudiera salvarte, no estarías ahí echado.»
«Tienes razón», dijo dócilmente, aceptando mi afirmación
como un castigo que merecía. «Ahora veamos... ¿qué estaba yo diciendo? Voy a ir
al fondo de las cosas...»
En aquel momento miré por casualidad al reloj y descubrí
que había expirado la hora.
«Ha pasado la hora», dije, poniéndome en pie y
dirigiéndome hacia él.
«Espera un minuto, ¿quieres?», dijo, mirándome irritado y
como si lo hubiera ofendido. «Precisamente se me está ocurriendo ahora lo que
te quería decir. Siéntate un momento..'.»
«No», dije, «no podemos hacer eso. Has tenido tu
oportunidad: te he dado toda una hora. La próxima vez probablemente te saldrá
mejor. Es la única forma de aprender.» Y, dicho eso, lo puse en pie de un
tirón.
Se rió a pesar suyo. Me tendió la mano y estrechó la mía
efusivamente. «¡Caramba!», dijo, «¡lo haces muy bien! Te sabes la técnica al
dedillo. Yo habría hecho exactamente lo mismo en tu lugar.»
Le tendí el abrigo y el sombrero, y me dirigí hacia la
puerta para acompañarlo.
«No me estarás echando, ¿verdad?», dijo. «¿No podemos
charlar un poco antes?»
«Te gustaría discutir la situación, ¿no es eso?», dije,
dirigiéndolo hacia la puerta contra su voluntad. Eso no está permitido, Dr.
Kronski. Nada de discusiones. Te espero mañana a la misma hora.»
«Pero ¿no vienes a casa esta noche?»
«NO, eso tampoco está permitido. Hasta que no acabes el
análisis, no tendremos otra relación que la de doctor y paciente. Es mucho
mejor, ya verás.» Le estreché la mano, que colgaba floja, la alcé y la agité
vigorosamente para despedirme de él. Salió hacia atrás, como aturdido.
Acudió un día sí y otro no durante las primeras semanas,
después pidió un horario más escalonado, quejándose de que se le estaba
acabando el dinero. Desde luego, yo sabía que era una carga para él, porque,
como había abandonado el ejercicio de la medicina, sus únicos ingresos
procedían de la compañía de seguros. Probablemente hubiera ahorrado una pequeña
suma... antes del accidente. Y, por supuesto, su mujer trabajaba de maestra...
yo no podía olvidar eso. Sin embargo, el problema era arrancarlo de su estado
de dependencia, sacarle hasta el último céntimo que tuviese y devolverle el
deseo de ganarse la vida de nuevo. Costaba trabajo considerar posible que un
hombre de sus energías, talentos, capacidades, pudiera castrarse a sí mismo
deliberadamente para sacar el mayor partido de una compañía de seguros.
Indudablemente, las heridas que había sufrido en el accidente de automóvil
habían dañado su salud. Entre otras cosas, se había convertido en un monstruo
enteramente. En el fondo, yo estaba convencido de que el accidente simplemente
había acelerado la extraña metamorfosis. Cuando lanzó la idea de hacerse
analista comprendí que le quedaba una chispa de esperanza. Acepté la
proposición en sentido literal, sabiendo que su orgullo nunca le permitiría
confesar que se había convertido en un «caso clínico». Yo siempre usaba la
palabra «enfermedad» deliberadamente: para sacudirlo, para hacerle reconocer
que necesitaba ayuda.
También sabía yo que, si se concediera a sí mismo la menor
oportunidad, tarde o temprano su resistencia cedería y se pondría en mis manos
completamente.
No obstante, era aceptar un riesgo enorme suponer que
podría quebrar la resistencia de su orgullo. Había capas de orgullo en él, de
igual modo que había capas de grasa en torno a su cintura. Era un vasto sistema
defensivo, y sus energías se consumían constantemente reparando las goteras que
surgían por todos lados. Al orgullo acompañaba la sospecha. Ante todo, la
sospecha de que podía haberse equivocado con respecto a mi capacidad para
manejar el «caso». Siempre se había jactado de conocer los puntos débiles de
sus amigos. Así era, indudablemente: tampoco es tan difícil. Mantenía vivas las
debilidades de sus amigos para reforzar su sensación de superioridad. Cualquier
mejora, cualquier avance por parte de un amigo lo consideraba una traición.
Revelaba el aspecto envidioso de su carácter... En resumen, toda su actitud
hacia los demás era un círculo vicioso.
El accidente no lo había cambiado esencialmente.
Simplemente había transformado su aspecto, había exagerado lo que ya estaba
latente en su ser. El monstruo que siempre había sido en potencia era ahora de
carne y hueso. Podía mirarse todos los días al espejo y ver en sus propios ojos
en lo que se había convertido a sí mismo. Podía ver en los ojos de su mujer la
aversión que inspiraba a los demás. Pronto sus hijos empezarían a mirarlo de
forma extraña: eso iba a ser el tiro de gracia.
Al atribuir todo al accidente, había conseguido recoger
algunas migajas de consuelo de los incautos. También consiguió concentrar la
atención en su físico y no en su psique. Pero, a solas consigo mismo, sabía que
era un juego que pronto acabaría. No podía seguir siempre convirtiendo su
enorme masa de carne en una pantalla de humo.
Cuando se echaba en el sofá a desahogarse, era curioso
que, partiera del punto del pasado del que partiese, siempre se veía a sí mismo
extraño y monstruoso. Condenado, para ser más precisos, era como se sentía.
Condenado desde el principio mismo. Una absoluta falta de confianza en su
propio destino. Natural e inevitablemente, había comunicado esa sensación a los
demás; de un modo o de otro, se las arreglaba para que su amigo o su amada le
fallara o lo traicionase. Los escogía con la misma presciencia que Cristo
demostró al escoger a Judas.
Kronski deseaba un fracaso brillante, un fracaso tan
brillante que eclipsara el éxito. Parecía querer probar al mundo que podía
saber y ser tanto como el que más, y al mismo tiempo demostrar que era
inútil... ser algo o saber algo. Parecía congénitamente incapaz de comprender
que en todo hay un significado inherente. Se consumía con el esfuerzo de
demostrar que nunca podría haber pruebas finales, nunca consciente por un
momento del absurdo de derrotar a la lógica con la lógica. Su actitud me
recordaba al Céline joven diciendo con furioso hastío: «Podía mostrarse más
encantadora incluso, cien mil veces más sensual, que no por ello iba a
conseguir el menor cambio en mí: ni un suspiro, ni una salchicha. Podía probar
cualquier truco y treta imaginable, podía desnudarse y mostrarme todas sus
prendas para gustarme, quebrarse, o cortarse tres dedos de la mano, podía
salpicarse sus cortos cabellos de estrellas... pero yo no hablaría, ¡nunca! Ni
el menor suspiro. ¡Siempre me negaría! No había nada más que hablar...»
La variedad de fortificaciones tras las que el ser humano
se parapeta es tan asombrosa como los mecanismos de defensa visibles en el
mundo de los animales y en el de los insectos. Hasta en las fortificaciones
psíquicas hay una textura y una sustancia, como descubres cuando empiezas a
penetrar en el recinto prohibido del yo. Los más difíciles no son
necesariamente los que se esconden tras una chapa de armadura, ya sea de
hierro, acero, estaño o zinc. Tampoco son tan difíciles, aunque ofrezcan mayor
resistencia, quienes se envuelven en goma y quienes, mirabile dictu, parecen
haber adquirido el arte de vulcanizar las barreras perforadas del alma. Los más
difíciles son los que yo llamaría «simuladores tipo pez.» Esos son los yoes
fluidos, solubles, que se quedan inmóviles como fetos en las ciénagas uterinas
de su estancado ser. Cuando perforas el saco, cuando piensas: «¡Ah! ¡Ya te
tengo, por fin!», no encuentras sino mucosidad en la mano. En mi opinión, ésos
son los desconcertantes. Son como el «pez soluble» de la metempsicología
surrealista. Crecen sin espinazo; se disuelven a voluntad. Lo único que puedes
atrapar son los núcleos indisolubles e indestructibles: los gérmenes de
enfermedad, por decirlo así. Tienes la sensación de que semejantes individuos
no son, en cuerpo, mente y alma, otra cosa que enfermedad. Nacieron para
ilustrar las páginas de los libros de texto. En el dominio de la psique son los
monstruos ginecológicos, cuya única vida es la del espécimen en salmuera que
adorna el estante del laboratorio.
Su disfraz más logrado es la compasión. ¡Qué tiernos
pueden llegar a ser! ¡Qué conmovedoramente compasivos! Pero, si se les pudiera
echar un vistazo —¡una simple mirada fluorescente!—, menudos egomaníacos
contemplaríamos. Sangran con todas las almas que sangran en el universo... pero
nunca se deshacen. En la crucifixión te cogen la mano y te aplacan la sed,
lloran como vacas borrachas. Son los plañideros profesionales desde tiempos
inmemoriales; lo eran incluso en la Edad de Oro, cuando no había nada de qué
llorar. La miseria y el sufrimiento son su habitat, y en el equinoccio
convierten toda la configuración calidoscópica de la vida en una glauca goma de
pegar...
Hay algo en el análisis que te recuerda a la sala de
operaciones. Para cuando está uno dispuesto a analizarse suele ser demasiado
tarde. Ante una psique deshecha, el único recurso que le queda al analista es
hacer Cirugía plástica. El buen analista prefiere dar a su inválido psíquico
miembros artificiales antes que muletas; todo se reduce a eso.
Pero a veces el analista no tiene opción, como le ocurre
de vez en cuando al cirujano en el campo de batalla. A veces el cirujano tiene
que amputar brazos y piernas, fabricar una nueva cara a partir de una masa de
pulpa irreconocible, cortar los testículos, idear un ingenioso recto y Dios
sabe qué más... en caso de que tenga tiempo. Sería más humano acabar con
semejante ruina, pero ésa es una de las ironías de la forma de vida civilizada:
se intenta preservar los restos. De vez en cuando, en los horribles anales de
la cirugía, te encuentras con asombrosos especímenes de vitalidad que se ven
truncados y reducidos a un torso, una especie de pera humana que un Brancusi
podría refinar hasta convertirla en un objet d'art. Nos enteramos de que ese
chisme humano mantiene a sus ancianos padres con las ganancias de su increíble
destreza, en la que el único instrumento es la boca artificial que el bisturí
del cirujano esculpió en un rostro en tiempos irreconocible.
Hay especímenes psíquicos de ese tipo que salen de la
consulta del analista para ocupar su lugar en las filas del trabajo
deshumanizado. Han quedado reducidos a un pequeño manojo de reflejos mutilados.
No sólo se ganan la vida, sino que, además, mantienen a sus parientes de edad.
Rechazan el nicho de la fama a que tienen derecho en el salón de los horrores,
prefieren competir con otras personas en forma casi sentimental. Se resisten a
morir, como los nudos en el tronco de un roble gigantesco. Oponen resistencia
al hacha, hasta cuando ya no hay remedio.
No me aventuraría a decir que Kronski fuera de ese tipo,
pero debo confesar que más de una vez me dio esa impresión. Más de una vez
sentí deseos de blandir el hacha y acabar con él. Nadie lo habría echado de
menos; nadie habría llorado su pérdida. Había nacido inválido e inválido
moriría, eso era lo que me parecía. Yo no veía de qué provecho podía ser para los
demás como analista. Como analista sólo vería inválidos por todos lados, hasta
entre los divinos. Otros analistas, y yo había conocido personalmente a algunos
que tenían mucho éxito, se habían recuperado de su invalidez, por decirlo así,
y eran útiles para otros inválidos como ellos, porque por lo menos habían
aprendido a usar sus miembros artificiales con facilidad y perfección. Eran
buenos ejemplos.
No obstante, había una idea que me horadaba como una
barrena durante aquellas sesiones con Kronski. Era la de que todo el mundo, por
ido que estuviera, podía ser salvado. Sí, si uno dispusiese de tiempo y
paciencia infinitos, se podía conseguir. Empecé a comprender que el arte de
curar no era en absoluto lo que la gente se figuraba, que era algo muy
sencillo, demasiado sencillo, de hecho, como para que la inteligencia corriente
lo entendiera.
Por expresarlo del modo sencillo como se me ocurrió, yo
diría que es así: todo el mundo se convierte en curador en el momento en que se
olvida de sí mismo. La enfermedad que vemos por todas partes, la amargura y el
hastío que la vida inspira en tantos de nosotros, sólo es el reflejo de la
enfermedad que llevamos dentro. La profilaxis nunca nos protegerá contra la
enfermedad del mundo, porque llevamos el mundo dentro. Por maravillosos que
lleguen a ser los seres humanos, la suma total producirá un mundo exterior
doloroso e imperfecto. Mientras vivamos cohibidos, siempre fracasaremos a la
hora de habérnoslas con el mundo. No es necesario morir para encontrarse cara a
cara con la realidad. La realidad está aquí y ahora, en todas partes, brillando
a través de cualquier reflejo que llega al ojo. Las prisiones y los manicomios
se vacían cuando un peligro mayor amenaza a la comunidad. Cuando se acerca el
enemigo, se vuelve a convocar al exiliado político para que participe en la
defensa de su país. En la última trinchera empezamos a metemos la idea de que
en nuestras obtusas cabezas todos somos parte integrante de la misma carne.
Cuando nuestras propias vidas están amenazadas, empezamos a vivir. Hasta el
inválido psíquico arroja sus muletas, en semejantes momentos. Para él la mayor
alegría consiste en comprender que hay algo más importante que él. Toda su vida
ha girado en torno a la imagen de su propio yo. Hizo el fuego con sus propias
manos. Gotea en sus propios jugos. Se convierte a sí mismo en un bocado tierno
para los demonios que ha liberado con sus propias manos. Esa es la imagen de la
vida humana en este planeta llamado Tierra. Todo el mundo es neurótico, hasta
los últimos hombre y mujer. El curador, o el analista, si preferís, no es sino
un superneurótico. Nos ha hechizado. Para curarnos, debemos levantamos de
nuestras tumbas y tirar las mortajas de los muertos. Nadie puede hacerlo por
otro: es un asunto privado que como mejor se hace es colectivamente. Debemos
morir como yoes y renacer en el enjambre, no separados y autohipnotizados, sino
individuales y relacionados.
Por lo que se refiere a la salvación y a todo eso... Los
más grandes maestros, los curadores auténticos, diría yo, siempre han insistido
en que sólo pueden señalar el camino. Buda llegó hasta el extremo de decir: «No
creáis nada, independientemente de dónde lo leáis o de quién os lo haya dicho,
ni aun en el caso de que lo haya dicho yo, a no ser que coincida con vuestra
propia razón y vuestro propio sentido común.»
Los grandes no abren oficinas, ni cobran honorarios, ni
pronuncian conferencias, ni escriben libros. La sabiduría es muda, y la
propaganda más eficaz en favor de la verdad es la fuerza del ejemplo personal.
Los grandes atraen a discípulos, figuras inferiores cuya misión es predicar y
enseñar. Esos son los evangelistas que, incapacitados para la tarea más alta,
pasan la vida convirtiendo a otros. Los grandes son indiferentes, en el sentido
más profundo. No te piden que creas; te electrizan con su conducta. Son los
concienciadores. Lo que hagas con tu vida sólo te concierne a ti, parecen
decir. En resumen, su único objetivo aquí en la tierra es inspirar. ¿Y qué más
podemos pedir a un ser humano?
Estar enfermo, estar neurótico, si preferís, es pedir
garantías. El neurótico es el lenguado que se queda en el lecho del río,
instalado y a salvo en el barro, en espera de que lo arponeen. Para él la
muerte es la única certeza, y el temor a esa siniestra certeza lo inmoviliza en
una muerte en vida mucho más horrible que la que imagina sin saber nada sobre
ella.
No obstante, el camino de la vida, dondequiera que
conduzca, va hacia la realización. Devolver a un ser humano a la corriente de
la vida significa no sólo infundirle confianza en sí mismo, sino también una fe
duradera en el proceso de la vida. Un hombre que tenga confianza en sí mismo
debe tener confianza en los demás, confianza en la corrección y rectitud del
universo. Cuando un hombre está anclado así, deja de preocuparse por la
corrección de las cosas, por la conducta de sus semejantes, por lo bueno y lo
malo y la justicia y la injusticia. Si sus raíces están en la corriente de la
vida, flotará en la superficie como un loto y florecerá y dará fruto. Obtendrá
su alimento de arriba y de abajo; hundirá sus raíces cada vez más
profundamente, sin temer ni las profundidades ni las alturas. La vida que hay
en él se manifestará en el crecimiento, y el crecimiento es un proceso
inacabable, eterno. No tendrá miedo a marchitarse, porque el deterioro y la
muerte son parte del crecimiento. Como semilla comenzó y como semilla
regresará. Los comienzos y los finales son sólo etapas parciales del eterno
proceso. El proceso lo es todo... el camino... el Tao.
¡El camino de la vida! Una expresión grandiosa. Como decir
La verdad. No hay nada más allá de eso... lo es todo.
Y, así, el analista dice: «¡Adáptate!» No quiere decir,
como algunos prefieren pensar: «¡Adáptate a este estado de cosas corrompido!»
Quiere decir: «¡Adáptate a la vida! ¡Conviértete en un adepto/» Ese es el
ajuste supremo: convertirte en un adepto.
Las flores delicadas son las primeras que perecen en una
tormenta; el gigante se ve abatido por una honda. Por cada nueva altura que
alcanzamos, nuevos y más desconcertantes peligros nos amenazan. Con frecuencia
el cobarde queda sepultado bajo la propia pared contra la que se acurrucó con
miedo y angustia. La cota de malla más perfecta puede ser penetrada por una
hábil estocada. Las mayores armadas acaban hundiéndose, las líneas Maginot
siempre son evitadas. El caballo de Troya siempre está esperando que le hagan
trotar. Entonces, ¿dónde está la seguridad? ¿Qué protección puedes inventar que
no se haya imaginado ya? Es inútil pensar en la seguridad: no existe ni la más
mínima. El hombre que busca seguridad, aunque sea mental, es como un hombre que
se cortara las piernas para tener otras artificiales que no le provocasen dolor
ni trastornos.
En el mundo de los insectos es en el que vemos el sistema
defensivo por excelencia. En la vida gregaria del mundo animal vemos otro tipo
de sistema defensivo. Comparado con él, el ser humano parece una criatura
indefensa. En el sentido de que lleva una vida más expuesta, lo es. Pero esa
capacidad de exponerse a todos los riesgos es precisamente su fuerza. Un dios
no tendría defensa reconocible alguna. Estaría unido a la vida, moviéndose
libremente en todas las dimensiones.
El miedo, el miedo de cabeza de hidra, que se da
ferozmente en todos nosotros, es una resaca procedente de formas de vida
inferiores. Estamos a caballo entre dos mundos, aquel del que hemos surgido y
aquel al que nos dirigimos. Ese es el significado más profundo de la palabra
«humano», el de que somos un eslabón, un puente, una promesa. En nosotros es en
quienes el proceso de la vida llega a su realización. Tenemos una
responsabilidad tremenda, y su gravedad es lo que nos infunde el miedo. Sabemos
que, si no avanzamos, si no advertimos nuestro ser potencial, recaeremos,
farfullaremos y arrastraremos el mundo con nosotros. Llevamos el Cielo y el
Infierno dentro de nosotros; somos los constructores cosmogónicos. Tenemos
opción... y nuestra esfera de acción es toda la creación.
Para algunos es una perspectiva aterradora. Piensan que
sería mejor que el Cielo estuviera arriba y el Infierno abajo... en cualquier
sitio exterior, pero no dentro. Nos han quitado ese consuelo de debajo de los
pies. No hay sitios donde ir, ni a por premio ni a por castigo. El lugar es
siempre aquí y ahora, en tu propia persona y de acuerdo con tu propia fantasía.
El mundo es exactamente lo que imaginas que es, siempre, en todo instante. Es
imposible cambiar el decorado y fingir que disfrutarás con otro acto diferente.
El decorado es permanente, cambia con la mente y el corazón, no de acuerdo con
los dictados de un director de escena invisible. Tú eres el autor, director y
autor a un tiempo: el drama va a ser siempre tu propia vida, no la de otro. Un
drama bello, terrible, ineluctable, como un traje hecho de tu propia piel.
¿Desearías que fuera de otro modo? ¿Podrías inventar un drama mejor?
Entonces, échate en el blando sofá que el analista te
proporciona, e intenta concebir algo diferente. El analista tiene tiempo y
paciencia interminables; cada minuto que lo retienes significa dinero en su
bolsillo. Es como Dios, en cierto sentido: el Dios de tu creación. Ya gimas, te
lamentes, supliques, llores, implores, halagues, reces o maldigas... él
escucha. Es sencillamente un gran oído menos un sistema nervioso simpático.
Está sordo a todo lo que no sea la verdad. Si crees que
vale la pena engañarle, engáñale. ¿Quién perderá? Si crees que él puede
ayudarte, y tú no, entonces aférrate a él hasta que te pudras. El no tiene nada
que perder. Pero si te das cuenta de que no es un dios, sino un ser humano como
tú, con preocupaciones, defectos, ambiciones, flaquezas, que no es el
depositario de una sabiduría universal, sino un vagabundo, como tú, por el
sendero, quizá dejes de soltar el rollo a borbotones como una alcantarilla, por
melodioso que te suene en los oídos, y te alces sobre las dos piernas y cantes
con tu voz recibida de Dios. Confesarse, gemir, quejarse, compadecerse, exige
siempre un tributo. Cantar no te cuesta ni un céntimo. No sólo no cuesta
nada... sino que, además, enriquece a los demás. Canta las alabanzas del Señor,
se nos ordena. ¡Sí, canta! ¡Canta, maestro de obras! ¡Canta, guerrero alegre!
Pero, te excusas, ¿cómo puedo cantar, cuando el mundo está desintegrándose,
cuando todo lo que me rodea está bañado en sangre y lágrimas? ¿Te das cuenta de
que los mártires cantaban, mientras los quemaban en la hoguera? No veían
desintegrarse nada, no oían alaridos de dolor. Cantaban porque estaban
henchidos de fe. ¿Quién puede destruir la fe? ¿Quién puede acabar con la alegría?
Los hombres lo han intentado, en todas las épocas. Pero no lo han conseguido.
La alegría y la fe son inherentes al universo. En el crecimiento hay dolor y
lucha; en el logro hay alegría y exuberancia; en la realización hay paz y
serenidad. Entre los planos y esferas de la existencia, terrestre y
supraterrestre, hay escaleras y celosías. El que sube canta. Lo embriagan y
exaltan las vistas que se le revelan. Sube con pie seguro, sin pensar en lo que
queda debajo, en caso de que se escurriera y perdiese el control, sino en lo
que queda por delante. Todo queda por delante. El camino es infinito, y cuanto
más lejos llegas, más se abre el camino. Las ciénagas y cenagales, los pantanos
y sumideros, las trampas y celadas, están todos en la mente. Esperan al acecho,
dispuestos para tragarte en el momento en que dejes de avanzar. El mundo
fantasmal es el mundo que no se ha conquistado del todo. Es el mundo del
pasado, nunca del futuro. Avanzar aferrándose al pasado es como arrastrar una
bola y una cadena. El prisionero no es el que ha cometido un crimen, sino el
que se aferra a su crimen y lo vive una y mil veces. Todos nosotros somos
culpables de un crimen, el gran crimen de no vivir la vida al máximo. Pero
todos somos libres en potencia. Podemos dejar de pensar en lo que no hemos
hecho y hacer lo que esté en nuestro poder. Nadie se ha atrevido a imaginar de
verdad qué pueden ser esos poderes que hay dentro de nosotros. Que son
infinitos lo comprenderemos el día en que reconozcamos ante nosotros mismos que
la imaginación lo es todo. La imaginación es la voz de los atrevidos. Si hay
algo divino en Dios, es eso. Se atrevió a imaginarlo todo.
Capítulo XV
Todo el mundo tomaba a Mona y a Rebecca por hermanas.
Exteriormente parecían tener todo en común; interiormente no había la menor
relación entre ellas Rebecca, que nunca negaba su sangre judía, vivía
completamente en el presente; era normal, sana, inteligente, disfrutaba
comiendo, se reía con ganas, hablaba con facilidad y me imagino que follaba y
dormía bien. Estaba totalmente adaptada, sólidamente anclada, era capaz de
vivir en cualquier plano y sacar el mejor partido de él. Tenía todo lo que un
hombre puede desear en una esposa. Era una mujer de verdad. Delante de ella la
mujer americana media parecía un manojo de defectos.
Su cualidad especial era la naturalidad. Por haber nacido
en el sur de Rusia y haberse librado de los horrores de la vida del ghetto,
reflejaba la grandeza de la gente rusa sencilla entre la que se había criado.
Su espíritu era amplio y flexible, robusto y ágil a un tiempo, sano y de una
pieza.
Aunque era hija de un rabino, se había emancipado a edad
temprana. De su padre había heredado la agudeza e integridad que desde tiempo
inmemorial han dado al judío piadoso ese aura de pureza y fuerza. La sumisión y
la hipocresía no han sido nunca atributos del judío devoto; su debilidad, como
en el caso de los chinos, ha sido una reverencia desmedida hacia la palabra
escrita. Para ellos, la Palabra tiene un significado casi desconocido para los
gentiles. Cuando se exaltan, resplandecen como letras de fuego.
Por lo que a Mona se refiere, era imposible adivinar sus
orígenes. Durante mucho tiempo había sostenido haber nacido en New Hampshire y
haberse educado en una universidad de Nueva Inglaterra. Habría podido pasar por
portuguesa, vasca, cíngara, rumana, húngara, georgiana, cualquier cosa que
quisiera hacerte creer. Su inglés era impecable y, para la mayoría de los
observadores, sin el menor rastro de acento. Podría haber nacido en cualquier
parte, porque el inglés que hablaba era, evidentemente, un inglés que había
dominado para frustrar todas las preguntas referentes a los orígenes y
antecedentes. En su presencia la habitación vibraba. Tenía su propia longitud
de onda: era corta, potente, demoledora. Servía para desbaratar otras
transmisiones, sobre todo las que amenazaban con establecer una comunicación
real con ella. Se agitaba como los rayos sobre un mar tempestuoso.
Había algo inquietante para ella en la atmósfera creada
por la reunión de personalidades tan fuertes como las que componían la nueva
vida en común. Sentía un desafío que no era del todo capaz de afrontar. Su
pasaporte estaba en orden, pero su equipaje despertaba sospechas. Al final de
cada encuentro, tenía que reagrupar sus fuerzas, pero era evidente, hasta para
ella misma, que las fuerzas estaban agotándose y disminuyendo. A solas en
nuestro cuartito —el cubículo—, yo le cuidaba las heridas y trataba de armarla
para el próximo encuentro. Naturalmente, tenía que fingir que había salido
admirablemente bien parada. Con frecuencia yo repetía algunas de sus
declaraciones, alterándolas sutilmente o amplificándolas de forma inesperada,
para ofrecerle la pista que estaba buscando. Procuraba no humillarla nunca
forzándola a responder a una pregunta directa. Sabía dónde era fino el hielo y
patinaba por esas zonas peligrosas con la destreza y agilidad de un
profesional. De ese modo, intentaba llenar pacientemente las lagunas que eran
penosamente flagrantes en alguien que, en teoría, se había graduado por una
institución del saber tan venerable como Wellesley.
Era un juego extraño, desagradable y embarazoso. Me
sorprendía detectar en mí la germinación de un nuevo sentimiento hacia ella: la
compasión. Me resultaba incomprensible que, forzada a descubrir su juego, no se
hubiera refugiado en la franqueza. Sabía que yo estaba al corriente, pero
insistía en mantener las apariencias. ¿Por qué? ¿Por qué conmigo? ¿Qué podía
temer? Mi amor no había disminuido lo más mínimo por haber descubierto su
debilidad. Al contrario, había aumentado. Su secreto había pasado a ser mío, y,
al protegerla, me protegía también a mí. ¿Es que no veía que nos unía? Pero
quizá no fuera eso lo que más le preocupara; tal vez diese por sentado que el
lazo se fortalecería con los años.
Volverse invulnerable: ésa era su preocupación obsesiva.
Al descubrirlo, mi compasión aumentó ilimitadamente. Fue casi como si hubiese
descubierto que era una inválida. Son cosas que ocurren de vez en cuando,
cuando dos personas se enamoran. Y, si lo que ha unido a dos personas es el amor,
en ese caso un descubrimiento de esa clase para lo único que sirve es para
intensificar el amor. No sólo estás deseoso de pasar por alto la duplicidad de
la infortunada, sino que, además, haces un esfuerzo violento y forzado para
identificarte con ella. «¡Déjame cargar con el peso de tu dulce defecto!» Ese
es el grito del corazón enfermo de amor. Sólo un egotista innato puede eludir
los grilletes impuestos por una unión desigual. El que ama se estremece ante la
idea de pruebas más severas; suplica en silencio que se le permita poner la
mano en el fuego. Y si la adorable inválida insiste en jugar el juego de la
apariencia, en ese caso el corazón ya abierto y acogedor bosteza con el
doloroso vacío de la tumba. En ese caso no sólo el defecto, sino también el cuerpo,
el alma y el espíritu de la amada se ven devorados en lo que es una auténtica
tumba viviente.
Rebecca era quien de verdad colocaba a Mona en el potro de
la tortura. Mejor dicho, permitía a Mona colocarse en él. Nada podía inducirla
a jugar el juego como Mona exigía que se jugara. Se mantenía firme como una
roca, sin ceder ni un centímetro ni en un sentido ni en el otro. No daba
muestras ni de compasión ni de crueldad; se oponía inflexiblemente a todas las
tretas y seducciones que Mona sabía emplear tanto con las mujeres como con los
hombres. El contraste fundamental entre las dos «hermanas» llegó a ser cada vez
más evidente. El antagonismo, mudo con mayor frecuencia que declarado, revelaba
con dramática claridad las dos facetas del alma femenina. Superficialmente,
Mona se parecía al tipo del eterno femenino. Pero Rebecca, cuya amplia
naturaleza carecía de superficies, tenía la plasticidad y la fluidez de la
mujer auténtica, que, a lo largo de las épocas y sin abdicar de su
individualidad, ha transformado los rasgos de su alma de acuerdo con la imagen
cambiante que el hombre crea para enfocar el imperfecto instrumento de sus
deseos.
La faceta creativa de la mujer funciona
imperceptiblemente: su esfera es el hombre potencial. Cuando su juego no conoce
restricciones, el nivel de la raza sube. Siempre se puede apreciar el nivel de
una época por la condición de sus mujeres. En eso interviene algo más que la
libertad y la oportunidad, porque la auténtica naturaleza de la mujer nunca se
expresa en exigencias. Como el agua, la mujer siempre encuentra su propio
nivel. Y, también como el agua, refleja fielmente todo lo que pasa por el alma del
hombre.
Así pues, lo que se llama «verdaderamente femenino» sólo
es el disfraz engañoso que el hombre no creativo acepta a ciegas como
exhibición auténtica. Es el substitutivo lisonjero que la mujer frustrada
ofrece en defensa propia. Es el juego homosexual que el narcisismo exige. Se
revela de la forma más descarada, cuando los integrantes de la pareja son
extremadamente masculino y femenino. Puede remedarse con el mayor éxito en el
juego de sombras de los homosexuales declarados. Y llega a la culminación ciega
en el Don Juan. En este caso la persecución de lo inalcanzable alcanza las
burlescas proporciones de una persecución chaplinesca. El fin es siempre el
mismo: Narciso ahogándose en su propia imagen.
Un hombre sólo puede empezar a entender las profundidades
de la naturaleza de la mujer, cuando entrega su alma inequívocamente. Sólo
entonces empieza a crecer y a fecundarla de verdad. Entonces no hay límites
para lo que puede esperar de ella, porque, al entregarse, él ha delimitado sus
propios poderes. En esa clase de unión, que es de verdad un enlace de espíritu
con espíritu, un hombre se enfrenta al significado de la creación. Participa en
un experimento que, según entiende, siempre superará su comprensión. Siente el
drama del ser atado a la tierra y el papel que la mujer desempeña en él. La
propia posesividad de la mujer se le revela con luz nueva. Se vuelve tan
encantadora y misteriosa como la ley de la gravedad.
Estábamos librando una extraña batalla en cuatro frentes,
en la que Kronski hacía de árbitro y acicate. Mientras Mona trataba en vano de
calumniar y seducir a Rebecca, Arthur Raymond hacía todo lo posible para
convertirme a mí a su forma de pensar. Aunque ninguno de nosotros hacía alusión
directa alguna al tema, era evidente que, según él, yo no me ocupaba lo
suficiente de Mona y que, en mi opinión, él no valoraba lo suficiente a
Rebecca. En todas nuestras discusiones yo siempre apoyaba a Rebecca o ella a mí,
y Mona y él hacían lo mismo, por supuesto. Kronski, con el auténtico espíritu
de un árbitro, procuraba que nos mantuviéramos alerta. A su mujer, que nunca
tenía nada que aportar, solía entrarle sueño y se retiraba de la escena lo más
rápido posible. Yo tenía la impresión de que pasaba el tiempo tumbada en la
cama, despierta y escuchando, porque tan pronto como Kronski se reunía con ella
se abalanzaba sobre él y lo atormentaba por haberse desentendido de ella tan
vergonzosamente. La riña solía acabar con gruñidos y chillidos seguidos de
repetidas visitas al lavabo que compartíamos.
Muchas veces, después de que Mona y yo nos hubiéramos
retirado, Arthur Raymond se quedaba parado delante de nuestra puerta, y,
después de preguntar si todavía estábamos despiertos, nos hablaba a través del
montante. Yo mantenía la puerta cerrada deliberadamente porque al principio
había cometido el error de ser educado e invitarlo a entrar, proceder fatal en
caso de que tuvieras la menor intención de descansar por la noche. Después
cometí otro error, el estúpido error de ser semieducado, de contestar a intervalos
con monosílabos somnolientos: Sí ... No ... Sí ... No. Mientras tuviera la
menor sensación de conciencia en su oyente, Arthur Raymond seguía con su
cháchara despiadadamente. Como un Niágara, desgastaba las rocas y piedras que
se oponían a su corriente torrencial. Sencillamente ahogaba cualquier
oposición... Sin embargo, existe una forma de protegerse contra esas fuerzas
irresistibles. Se puede aprender el truco yendo a la cataratas del Niágara y
observando esas figuras espectaculares que se encuentran con la espalda contra
la pared de roca y contemplan el poderoso río proyectarse y caer con estruendo
ensordecedor al estrecho cauce de la garganta. El hormigueo que les produce el
rocío que les cae encima estimula sus sentidos desfallecientes.
Arthur Raymond parecía ser consciente de que yo había
descubierto algún tipo de protección análoga a esa imagen descriptiva. En
consecuencia, su único recurso era desgastar a fondo el lecho superior del río
y arrancarme de mi precario lugar de refugio. Había algo de obstinación
ridícula en aquella persistencia ciega y tozuda, algo que por su monumentalidad
se parecía a la estrategia gargantuesca que más adelante iba a emplear como
novelista Thomas Wolfe y que él mismo debió de reconocer como defecto de la máquina
del perpetuum mobile al dar a su gran obra el título de Of Time and the River
(“Del tiempo y del rio.” (N. del T.)).
Si Arthur Raymond hubiera sido un libro, yo habría podido
dejarlo de lado. Pero era un río encarnado, y el cauce por el que latía como
una dinamo estaba a sólo unos pasos del saliente en que habíamos tallado el
rincón que nos servía de refugio. Hasta en el sueño el bramido de su voz estaba
presente; salíamos de nuestro sueño con la expresión de aturdimiento de quienes
han quedado ensordecidos mientras dormían. Esa fuerza, que nadie había podido
canalizar ni transformar, se convirtió en una amenaza omnipresente. Pensando en
él años más tarde, lo comparaba con frecuencia con esos ríos turbulentos que se
escapan de sus orillas, vuelven sobre sus pasos y forman meandros tremendos
como las contorsiones de una serpiente, intentando en vano agotar sus
incontrolables energías, y acaban su agonía lanzándose hacia el mar con una
docena de desembocaduras furiosas.
Pero la fuerza que estaba arrastrando a Arthur Raymond
hacia la anulación era en aquella época, en razón de su propio aspecto
amenazador, sedante e hipnótica. Como mandrágoras bajo un techo de cristal.
Mona y yo yacíamos enraizados en nuestra cama, que era una cama estrictamente
humana, y fertilizábamos el huevo del amor hermafrodita. Cuando el tintinear
del rocío dejaba de salpicar en el techo de cristal de nuestra indiferencia,
gorgoteábamos desde las raíces con esa lastimera salmodia de la flor que es humanizada
por el esperma del criminal agonizante. El maestro de la toccata y la fuga se
habría sentido consternado, si hubiera oído las reverberaciones que su bramido
engendraba.
Hacía poco que estábamos instalados en el Palacio del
Tiempo y del Río, cuando una mañana, mientras me daba una ducha, descubrí que
tenía el capullo rodeado de llagas sanguinolentas. Huelga decir que me llevé un
buen susto. Inmediatamente pensé que había contraído la sífilis. Y, como había
sido fiel a mi modo, no me quedaba más remedio que suponer que Mona me había
contagiado.
Sin embargo, no soy de los que corren al médico al
instante. Entre nosotros siempre se ha considerado al médico un charlatán, si
no un puro y simple criminal. Solemos esperar al cirujano, quien naturalmente
está conchabado con el empresario de pompas fúnebres. Siempre pagamos
espléndidamente por el cuidado perpetuo de la tumba.
«Se irá solo», me decía, sacando la picha para mirarla
veinte o treinta veces al día.
También podría haber sido consecuencia de aquellos polvos
en el puré de guisantes menstrual. Con frecuencia, con fatuo orgullo masculino,
confunde uno el jugo de tomate del período con el flujo que precede al coito.
Más de un nabo orgulloso ha naufragado en esa Scapa Flow...
Desde luego, lo más sencillo era preguntar a Mona, cosa
que me apresuré a hacer.
«Oye, mira», dije, todavía con buen humor, «si has pescado
unas purgaciones, lo mejor es que me lo digas. No voy a preguntarte cómo ha
sido... quiero la verdad, nada más.»
La franqueza de la pregunta le hizo soltar una carcajada.
Se reía con demasiadas ganas, pensé.
«Se pueden pescar unas purgaciones de sentarse en el
retrete», dije.
Eso le hizo reírse todavía con más ganas... casi
histéricamente.
«O podría ser una recaída de unas purgaciones antiguas. No
me importa dónde o cuándo fuese... lo único que quiero saber es si las tienes.»
La respuesta fue No. ¡No, no Y NO! Se estaba serenando y
con el cambio empezó a dar muestras de irritación. ¿Cómo podía ocurrírseme
semejante acusación? ¿Por quién la tomaba? ¿Por una furcia?
«Bueno, si es así», dije, poniendo a mal tiempo buena
cara, «no hay por qué preocuparse. No se pescan las purgaciones en el aire.
Olvidémoslo...»
Pero es que no era tan fácil olvidar... así como así. En
primer lugar, follar era tabú. Había pasado una semana, y una semana es mucho
tiempo cuando estás acostumbrado a follar todas las noches y entre medias un
palete de vez en cuando... al vuelo, por decirlo así.
Todas las noches se me ponía tiesa como un poste. Llegué
hasta el absurdo extremo de usar un condón —una sola vez—, porque me hizo un
daño de la hostia. La única alternativa era usar el dedo o hacerle una mamada.
Sobre esto último me mostraba receloso, a pesar de sus protestas profilácticas.
La masturbación era el mejor sustitutivo. En realidad,
abría una nueva zona de exploración. Psicológicamente, quiero decir. Tumbado
allí, rodeándola con un brazo y con los dedos entrepierna arriba, se volvía
extrañamente confidencial. Era como si mis dedos le cosquillearan la zona
erógena de la mente. El jugo empezaba a manarle... «las malas noticias»... como
lo había llamado en cierta ocasión.
¡Es interesante la forma como las mujeres sirven la
verdad! Muchas veces empiezan con un embuste, una mentirijilla inofensiva, que
es un mero sondeo. Simplemente para ver de qué parte sopla el viento, verdad.
Si tienen la impresión de que no te sientes demasiado herido, demasiado
ofendido, aventuran una pizca de verdad, unas migajas hábilmente envueltas en
una trama de mentiras.
Por ejemplo, aquel alocado paseo en automóvil que está
contando en voz baja. No había que pensar ni por un momento que disfrutara
saliendo con tres extraños... y dos cabezas de chorlito del baile. Había consentido
sólo porque en el último momento no se pudo encontrar a otra chica. Y,
naturalmente, aunque no lo sabía en aquel momento, puede que tuviera la
esperanza de que uno de los hombres fuese humano, escuchara su historia y la
ayudase... tal vez con un billete de cincuenta dólares. (Siempre podía recurrir
al pretexto de su madre: la madre, causa primordial y motivación de todos los
crímenes...)
Y después, como ocurre siempre en los paseos en automóvil,
empezaron a achisparse. Sin las otras chicas, el resultado podría haber sido
distinto; apenas habían arrancado el coche, cuando ya tenían las faldas alzadas
por encima de las rodillas. También tuvieron que beber: eso fue lo peor.
Naturalmente, ella se limitaba a fingir que bebía... tragaba sólo unas gotas...
lo suficiente para mojarse el gaznate... las otras trincaban de lo lindo.
Tampoco le importaba demasiado besar a aquellos hombres —eso no era nada—, pero
sí la forma como la agarraron inmediatamente... sacándole las tetas y
subiéndole las manos piernas arriba... los dos a la vez. Debían de ser
italianos, pensó. Brutos lascivos.
Entonces confesó algo que yo sabía era una puñetera
mentira, pero, aun así, interesante. Una de esas «deformaciones» o
«trasposiciones», como en sueños. Sí, cosa bastante curiosa, las otras chicas,
verdad, sintieron lástima de ella... lástima de haberla metido en aquel
fregado. Sabían que no estaba acostumbrada a acostarse con todo quisquí. Así,
que pararon el coche y cambiaron de asiento, dejándola sentarse delante con el
tipo peludo, que hasta entonces había parecido decente y tranquilo. Se sentaron
detrás en las rodillas de aquellos hombres, con las faldas alzadas, mirando
hacia adelante y, mientras fumaban sus cigarrillos y reían y bebían, les
dejaban ponerse las botas.
«¿Y qué hizo el otro tipo, mientras sucedía eso?», me
sentí obligado a preguntar finalmente.
«No hizo nada», dijo. «Le dejé que me cogiera la mano y le
hablé lo más rápido que pude para distraerlo.»
«Venga, hombre», dije, «déjate de cuentos. A ver, ¿qué
hizo...? ¡Cuenta! ¡Cuenta!»
Bueno, el caso es que le tuvo cogida la mano mucho rato,
lo creáis o no. Además, ¿qué podía hacer?... ¿es que no iba conduciendo el
coche?
«¿Quieres decir que en ningún momento se le ocurrió parar
el coche?»
Claro que sí. Lo intentó varias veces, pero ella lo
convenció para que no lo hiciera... Ese era el rollo. Estaba pensando
desesperadamente cómo pasar a la verdad.
«¿Y al cabo de un rato?», dije, para allanar el terreno.
«Pues, de repente me soltó la mano...» Hizo una pausa.
«¡Sigue!»
«Y después volvió a cogerla y se la colocó sobre la
pierna. Llevaba la bragueta abierta y tenía el aparato tieso... y
estremeciéndose. Era un aparato tremendo. Era enorme. Me asusté terriblemente.
Pero no me dejaba retirar la mano. Tuve que hacerle una paja. Después paró el
coche e intentó arrojarme fuera. Le rogué que no lo hiciese. "Sigue
conduciendo despacio”, dije. "Haré lo que quieras... después. Estoy
asustada." Se limpió con un pañuelo y reanudó la marcha. Entonces empezó a
decir las guarrerías más soeces...»
«¿Como por ejemplo? ¿Qué dijo exactamente? ¿Lo recuerdas?»
«Oh, no quiero hablar de eso... era repugnante.»
«Después de lo que me has contado, no veo por qué vacilas
por unas palabras», dije. «¿Qué diferencia hay?... Igual podrías...»
«Muy bien, si lo deseas... "Eres la clase de tía que
me gusta follar", dijo. "Hace mucho tiempo que tengo ganas de
joderte. Me gusta la forma de tu culo. Me gustan tus tetas. No eres virgen: ¿a
qué vienen tantos remilgos? Como si no te hubieran jodido más que a una
gallina... como si no tuvieses un coño que te llega hasta los ojos’’... y cosas
así.»
«Me estás poniendo cachondo», dije. «Vamos, cuéntamelo
todo.»
Ahora veía que le encantaba desembuchar. Ya no teníamos
que seguir disimulando: estábamos disfrutando los dos.
Al parecer, los hombres del asiento trasero querían
cambiar de pareja. Eso la asustó de verdad. «Lo único que podía hacer era
fingir que quería que me jodiera el otro primero. Este quería parar al instante
y salir del coche. "Conduce despacio”, lo engatusé, "luego podrás
hacer lo que quieras conmigo... no quiero tenerlos a todos encima a la
vez." Le cogí la picha y empecé a darle masajes. Al cabo de un instante
estaba tiesa... mayor incluso que antes. ¡La Virgen! Te lo aseguro, Val, nunca
había tocado una herramienta como aquélla. Debía de ser un animal. Me obligó a
cogerle los huevos también: eran pesados y estaban hinchados. Se la meneé de
prisa, con la esperanza de hacerle correrse en seguida...»
«Oye», le interrumpí, excitándome con el cuento de la gran
polla de caballo, «hablemos claro. Debías de morirte de ganas de follar, con
aquel aparato en la mano...»
«Espera», dijo, con los ojos brillantes. Ya estaba tan
mojada como una gansa, con los masajes que le había estado dando...
«No me hagas correrme ahora», suplicó, «o no podré acabar
la historia. ¡La Virgen! Nunca pensé que querrías oír todo esto.» Cerró las
piernas bajo mi mano, para no excitarse demasiado. «Oye, bésame...» y me metió
la lengua hasta la garganta. «Ay, señor, ¡ojalá pudiéramos follar ahora! Esto
es una tortura. Tienes que curarte eso pronto... me voy a volver loca...»
«No te distraigas... ¿Qué más ocurrió? ¿Qué hizo él?»
«Me cogió por la nuca y me metió la cabeza a la fuerza en
su entrepierna. "Voy a conducir despacio como has dicho”, susurró,
"quiero que me la chupes. Después de eso, estaré listo para echarte un
polvo, un polvo como Dios manda." Era tan enorme, que creía que iba a
asfixiarme. Sentí ganas de morderlo. De verdad, Val, nunca había visto una cosa
igual. Me obligó a hacerle de todo. "Ya sabes lo que quiero”, dijo.
"Usa la lengua. No es la primera vez que te metes una picha en la boca.”
Finalmente empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, a meterla y sacarla. Me
tuvo todo el tiempo cogida de la nuca. Estaba a punto de volverme loca.
Entonces se corrió... ¡pufff! ¡Qué asco! Creí que no acabaría nunca de
correrse. Aparté la cabeza rápidamente y me echó un chorro en la cara... como
un toro.»
Para entonces estaba a punto de correrme yo también. La
picha me bailaba como una vela mojada. «Con purgaciones o sin ellas, esta noche
follo», pensé para mis adentros.
Después de una pausa, reanudó el relato. Que si la hizo
acurrucarse en el rincón del coche con las piernas levantadas y le anduvo
hurgando por dentro, mientras conducía con una mano y el coche iba haciendo
eses por la carretera. Que si le hizo abrirse el coño con las dos manos y
después lo enfocó con la linterna. Que si le metió el cigarrillo y la obligó a
intentar chupar con el coño. Que si uno de ellos intentó ponerse de pie y
meterle la picha en la boca, pero que estaba demasiado borracho como para
lograrlo. Y las chicas... para entonces en pelotas y cantando canciones verdes.
Sin saber adónde se dirigía ni qué vendría después. «No», dijo, «tenía
demasiado miedo como para sentirme apasionada. Eran capaces de cualquier cosa.
Eran unos matones. En lo único que podía pensar era en cómo escapar. Estaba
aterrorizada. Y lo único que él seguía diciendo era: "Espera, preciosa...
te voy a joder hasta las entrañas. ¿Qué edad tienes? Espera...” Y entonces se
la cogía y la blandía como una porra. "Cuando te meta esto dentro de ese
chochito tan mono que tienes, vas a sentir algo. Te voy a hacer correrte por la
boca. ¿Cuántas veces crees que puedo hacerlo? ¡Adivina!" Tuve que
responderle. "¿Dos veces... tres veces?" "Supongo que nunca te
han echado un polvo de verdad. ¡Tócala!"
Y me hizo cogerla otra vez, mientras se movía hacia
delante y hacia atrás. Estaba viscosa y resbaladiza... debió de estar
corriéndose todo el tiempo. "¿Qué tal sienta, amiga? Puedo alargarla dos o
tres centímetros más, cuando te barrene el agujero con ella. Por cierto, ¿qué
tal, si te la metiera por el otro agujero? Mira, cuando acabe contigo, no vas a
poder ni pensar en follar durante un mes." Así es como hablaba...»
«¡Por el amor de Dios, no te detengas ahora!», dije. «¿Qué
más?»
Pues, paró el coche, junto a un campo. Se habían acabado
las contemplaciones. Las chicas estaban intentando vestirse, pero los tipos las
sacaron desnudas. Estaban gritando. Una de ellas se ganó un guantazo en la
mandíbula para que fuera aprendiendo y cayó como un tronco junto a la
carretera. La otra se puso a apretar las manos, como si estuviese rezando, pero
no podía emitir sonido alguno, de tan paralizada como estaba por el miedo.
«Esperé a que abriera su puerta», dijo Mona. «Entonces
salí de un brinco y eché a correr por el campo. Se me salieron los zapatos. Me
corté los pies con los espesos rastrojos. Corrí como una loca y él tras mí. Me
alcanzó y me arrancó el vestido: lo desgarró de un tirón. Después le vi alzar
la mano y el momento siguiente vi las estrellas. Tenía agujas en la espalda y
veía agujas en el cielo. El estaba encima de mí cabalgándome como un animal. Me
hacía un daño terrible. Quería gritar, pero sabía que lo único que haría sería
volver a pegarme. Me quedé tumbada y rígida de miedo y le dejé magullarme. Me
mordió por todo el cuerpo —los labios y las orejas, el cuello, los hombros, los
pechos— y no dejó de moverse ni por un instante: no paraba de follar, como un
animal enloquecido. Pensé que se me había roto todo por dentro. Cuando se
retiró, creí que había acabado. Me eché a llorar. "Calla", dijo, ”o
te doy una patada en la mandíbula." Sentía la espalda como si hubiera
estado rodando entre cristales. El se quedó tumbado boca arriba y me dijo que
se la chupase. Todavía la tenía grande y viscosa. Creo que debía tener una
erección perpetua. Tuve que obedecer. "Usa la lengua", dijo.
"¡Lámela!” Se quedó tumbado respirando pesadamente, con los ojos en blanco
y la boca completamente abierta. Después me puso encima de él, haciéndome
saltar como si fuera una pluma, girándome y retorciéndome, como si estuviese
hecha de goma. "Así está mejor, ¿eh?", dijo. "Ahora dale tú,
¡zorra!”, y me sostuvo ligeramente de la cintura con las dos manos, mientras yo
follaba con todas mis fuerzas. «Te lo juro, Val, no me quedaba ni pizca de
sentimiento... excepto un dolor abrasador, como si me hubieran metido por el
cuerpo una espada al rojo vivo. ”Ya está bien", dijo. "Ahora ponte a
cuatro patas... y levanta bien el culo." Entonces lo hizo todo... la
sacaba de un sitio y la metía en el otro. Me tema con la cabeza enterrada en el
suelo, en pleno lodo, y me obligó a cogerle los cojones con las dos manos.
"¡Apriétalos!”, dijo, "pero no demasiado fuerte, ¡o te parto la
boca!” El lodo me estaba entrando en los ojos... apestaba horriblemente. De
repente, sentí que apretaba con todas sus fuerzas... estaba corriéndose otra
vez... era caliente y espesa. No podía resistir ni un momento más. Me desplomé
de cara contra el suelo y sentí derramárseme la lefa por la espalda. Le oí
decir: "¡Maldita sea tu estampa!", y después debió de golpearme otra
vez, porque no recuerdo nada hasta que me desperté tiritando de frío y me vi
cubierta de cortes y magulladuras. El suelo estaba mojado y yo estaba sola...»
En ese punto la historia siguió otra dirección. Y después
otra y otra. Con mi afán por seguir sus divagaciones, casi me olvidé del
sentido de la historia, que era el de que había contraído una enfermedad. Al
principio no se dio cuenta de lo que era, porque se había manifestado primero
como un grave acceso de hemorroides. La causa había sido haber permanecido
tumbada en el suelo mojado, afirmó. Al menos, ésa había sido la opinión del
médico. Después vino lo otro... pero había ido al médico a tiempo y la había
curado.
Para mí, por interesante que fuera eso, teniendo en cuenta
que seguía preocupado por las llagas, había surgido otro hecho que lo
trascendía en importancia. No sé por qué, no había prestado tanta atención a
los detalles de lo que había ocurrido después: se había levantado, había rogado
a alguien que pasó en coche que la llevara a Nueva York, había pedido prestada
ropa a Florrie, y cosas así. Recuerdo haberle interrumpido para preguntarle
cuánto hacía que había ocurrido la violación y tuve la impresión de que la
respuesta era bastante vaga. Pero, de repente, mientras intentaba atar cabos,
me di cuenta de que estaba hablando de Carruthers, de que vivía con él y le
hacía las comidas y cosas así. ¿Cómo había sido?
«Pero, si acabo de contártelo», dijo. «Fui a su casa
porque no me atrevía a ir a la mía con aquel aspecto. Fue muy amable. Me trató
como si fuera su propia hija. El médico al que fui era el suyo: me llevó él
mismo.»
Supuse que se refería a que había estado viviendo con
Carruthers en la casa en que me había citado en cierta ocasión, donde
Carruthers nos había cogido desprevenidos y había hecho una escena de celos.
Pero estaba equivocado.
«Fue mucho antes de eso», dijo. «Entonces él vivía en la
parte alta de la ciudad», y mencionó el nombre de un famoso humorista americano
con quien Carruthers compartía un piso.
«Pero, bueno, si entonces eras casi una niña... a no ser
que mientas sobre la edad que tienes.»
«Tenía diecisiete años. Me había escapado de casa durante
la guerra. Fui a Nueva Jersey y cogí un empleo en una fábrica de municiones.
Sólo me quedé unos meses. Carruthers me hizo dejar el trabajo y volver a la
universidad.»
«Entonces, ¿sí que acabaste los estudios?», dije un poco
confuso con todas las contradicciones.
«Pues, ¡claro que sí! Ojalá dejaras de insin...»
«¿Y conociste a Carruthers en la fábrica de municiones?»
«En la fábrica, no. Trabajaba en una empresa de tintes
cercana. Solía llevarme a Nueva York de vez en cuando. Creo que era el
vicepresidente. El caso es que podía hacer lo que quisiera. Solía llevarme al
teatro y a salas de fiestas... Le gustaba bailar.»
«¿Y no estabas viviendo con él entonces?»
«No, eso fue más adelante. Ni siquiera en la parte alta de
la ciudad, después de la violación, viví con él. Le hacía la comida y las
tareas de la casa para demostrarle mi agradecimiento por todo lo que había
hecho. Nunca me pidió que fuera su amante. Quería casarse conmigo... pero no
tenía valor para abandonar a su esposa. Estaba inválida...»
«¿Quieres decir sexualmente?»
«Ya te he contado todo sobre ella. ¿Qué más da?»
«Estoy hecho un lío», dije.
«Pero te estoy diciendo la verdad. Me has pedido que te
contara todo. Y ahora no me crees.»
En aquel momento me pasó por la mente como un relámpago la
horrible sospecha de que la «violación» (¡y quizá no hubiese sido una
violación!) había ocurrido en un pasado más que reciente. Quizás el «italiano»
de la picha insaciable no hubiera sido sino un leñador cariñoso de los bosques
del norte. Sin lugar a dudas había habido más de una «violación» en esos paseos
nocturnos en automóvil a que se entregan las chicas apasionadas después de
haber estado pimplando. La imagen de ella de pie, sola y desnuda en un campo
mojado al amanecer, con el cuerpo cubierto de cortes y magulladuras, la pared
uterina deshecha, el recto herido, los zapatos perdidos, los ojos amoratados...
en fin, era la clase de historia que una joven romántica podía inventar para
encubrir un alegre desliz que acaba con gonorrea y hemorroides, si bien lo de
las hemorroides parecía un poco gratuit.
«Creo que lo mejor es que vayamos al médico mañana, los
dos, y nos hagan un análisis de sangre», dije tranquilamente.
«Desde luego, iré contigo», respondió.
Nos abrazamos en silencio y pasamos a un largo polvo.
Una idea inquietante estaba tomando cuerpo en mi cabeza.
Tenía el presentimiento de que ella encontraría una excusa para aplazar la
visita al médico unos días. En ese tiempo, si fuera una enfermedad lo que yo
tenía, se la podía haber pegado yo. Deseché la idea por considerarla absurda.
Probablemente un doctor podría decir, mediante un examen, si ella me la había
pegado a mí o yo a ella. ¿Y cómo podía yo haber pescado unas purgaciones,
excepto a través de ella?
Antes de que nos quedáramos dormidos me enteré de que la
habían desvirgado a los quince años. Eso también fue culpa de su madre. Sí, la
habían estado volviendo loca en casa con tanto hablar de dinero, dinero, dinero
todo el tiempo. Así, que había cogido un empleo de taquillera en un cine. No
pasó mucho tiempo antes de que el propietario, que poseía una cadena de cines
en todo el país, se fijara en ella. Tenía un Rolls-Royce, llevaba los trajes
más caros, botines, guantes color limón, una flor en el ojal y todo lo que
lleva esa clase de personas. Nadaba en dinero. No paraba de sacar billetes de
cien dólares del fajo. Llevaba los dedos cubiertos de anillos de diamantes. Las
uñas magníficamente arregladas por manicura. Un hombre de edad indefinible,
probablemente próximo a cumplir los cincuenta. Un hombre desocupado y muy
interesado por el sexo, que siempre estaba al acecho. Naturalmente, ella había
aceptado sus regalos... pero nada de indecencias. Sabía que podía manejarlo con
un dedo.
Pero hay que tener en cuenta lo que la apremiaban en casa.
Por mucho que arrojara sobre la mesa nunca era bastante.
Así, que, cuando él le preguntó un día si le gustaría ir a
Chicago con él para inaugurar una nueva sala, aceptó. Estaba segura de poder
manejarlo perfectamente. Además, se moría por salir de Nueva York, lejos de sus
padres, y demás.
El se comportó como un caballero. Todo estaba saliendo a
las mil maravillas: le había concedido un aumento sustancial del sueldo, le
había comprado vestidos, la había llevado a los sitios mejores, todo
exactamente como ella había imaginado que sería. Luego, una noche después de
cenar (había comprado localidades para el teatro), se destapó bruscamente:
quería saber si todavía era virgen. Ella se había apresurado a decirle que sí,
pensando que su virginidad era su protección. Pero, para su asombro, él inició entonces
una confesión de lo más franca y brutal en la que reveló que su única y
exclusiva obsesión era desflorar a chicas jóvenes. Confesó incluso que le había
costado un ojo de la cara y le había creado graves apuros. Sin embargo, parecía
ser que no podía hacer nada para refrenar su pasión Reconoció que era perverso,
pero, como tenía medios para entregarse a su vicio, no se había preocupado de
curarse. Insinuó que no había nada brutal en su proceder. Siempre había tratado
a sus víctimas con amabilidad y consideración. Al fin y al cabo, más adelante
podrían perfectamente considerarlo un benefactor. Tarde o temprano toda joven
tiene que entregar su virginidad. Llegaba hasta el extremo de decir que, puesto
que tenia que hacerse, era mejor encomendar la operación a un profesional, a un
entendido, por decirlo así. Muchos maridos jóvenes eran tan torpes e inútiles,
que con frecuencia provocaban la frigidez de sus mujeres. Más de un fracaso
matrimonial podía atribuirse a esa primera noche, insistía suavemente y con
innegable razón.
En resumen, según relataba ella el incidente, se trataba
de un argumentador excelente, diestro no sólo en el arte de la desfloración,
sino también en el de la seducción.
«Yo pensé para mis adentros», dijo Mona, «que, si sólo iba
a ser una vez, podía dejar que lo hiciera. Me había dicho que me pagaría mil
dólares, y yo sabía lo que significaban mil dólares para mi madre y mi padre.
Tuve la impresión de que podía fiarme de él.»
«Así ¿que no fuisteis al teatro aquella noche?»
«Sí, fuimos... pero ya le había prometido que accedería a
lo que él deseaba. Dijo que no había prisa. No debía preocuparme. Me aseguró
que no iba a ser demasiado doloroso. Dijo que podía fiarse de mí; había estado
observándome durante mucho tiempo y sabía que yo me comportaría sensiblemente.
Para probar su sinceridad, se ofreció a darme el dinero primero. Yo me negué a
aceptarlo. Había sido muy bueno conmigo y pensé que debía cumplir el trato
antes de aceptar el dinero. En realidad, Val, empecé a cogerle cariño. Fue
astuto al no apremiarme. Si lo hubiera hecho, podría haberlo odiado después.
Así, le estoy bastante agradecida... a pesar de que resultó ser peor de lo que
había imaginado.»
Estaba preguntándome para mis adentros qué quería decir
con esto último, cuando para mi sorpresa la oí decir:
«Mira, yo tenía un himen muy duro. A veces tienen que
operar, ya sabes. Yo no sabía nada de esas cosas entonces. Pensaba que sería un
poco doloroso y que saldría sangre... unos minutos... y después... El caso es
que no fue así en absoluto. Pasó una semana antes de que pudiese romperlo. Debo
decir que se lo pasaba en grande. ¡Y qué tierno era! Quizás estuviese mintiendo
sobre lo de que fuera tan duro. Tal vez fuese un cuento para prolongar el
asunto. Además, no estaba muy dotado. Tenía un aparato corto y grueso. A mí me
parecía que lo metía hasta dentro, pero es que estaba tan nerviosa, que no
podía decir con seguridad. Lo dejaba dentro de mí mucho tiempo, sin apenas
moverse, pero duro como una roca y saltando como un bailarín. A veces lo sacaba
y jugaba con él por fuera. Eso me sentaba maravillosamente. Podía hacerlo
durante un rato increíblemente largo sin correrse. Decía que yo tenía un tipo
perfecto... que, una vez que tuviera la piel perforada, sería maravilloso
acostarse conmigo. No usaba palabras indecentes... como aquel otro bruto. Era
un sensualista. Me contemplaba, me decía cómo debía moverme, me enseñaba toda
clase de trucos... Dios sabe que podría haberse prolongado mucho más, si una
noche no me hubiera excitado terriblemente. Me estaba volviendo loca, sobre
todo cuando la sacó y se puso a restregarla en torno a los labios...»
«¿Entonces disfrutaste de verdad?»
«¿Disfrutar? Estaba fuera de mí. Sé que lo escandalicé
tremendamente, cuando, por fin no pude resistirlo más y lo cogí y lo atraje
hacia mí con todas mis fuerzas. «¡Maldita sea! ¿Vas a follar de una vez?», y lo
apreté contra mí y le mordí los labios. Entonces perdió el control y empezó a
darle al asunto con toda el alma. Aun después de que lo hubiera perforado, a
pesar de que me dolía, yo seguía empujando. Debí de tener cuatro o cinco
orgasmos. Quería sentirle penetrar hasta dentro. El caso es que no sentía
vergüenza ni embarazo. Quería que me follaran y ya no me importaba lo que
doliese.»
Estaba preguntándome si me diría sinceramente cuánto había
durado aquella relación... una vez acabado el aspecto técnico. Recibí respuesta
casi inmediatamente. Se mostró asombrosamente franca al respecto. Me pareció
que había una ternura inhabitual en sus reminiscencias. Me hizo comprender lo
agradecidas que son las mujeres, cuando se las ha manejado con comprensión.
«Fui su amante durante bastante tiempo», prosiguió. «Casi
esperaba que se cansara de mí, porque había insistido mucho en que sólo podía
apasionarse con una virgen. Desde luego, en cierto sentido yo seguía siendo
virgen. Era muy joven, aunque la gente siempre me echaba dieciocho o diecinueve
años. Me enseñó muchas cosas. Iba a todas partes con él, por todo el país. Me
quería mucho y siempre me trataba con la mayor consideración. Un día noté que
estaba celoso. Me sorprendió, porque sabía que había tenido muchas mujeres: no
pensaba que me amara. "Pero, claro que te amo", dijo, cuando lo
pinché al respecto. Entonces me entró curiosidad. Quería saber cuánto esperaba
que durase aquella relación. Yo siempre estaba previendo el momento en que
encontraría a otra chica a la que querría desflorar. Temía conocer a una chica
delante de él.
»"Pero no estoy pensando en otra chica”, me dijo.
"Te quiero a ti... y te voy a conservar a mi lado.”
»"Pero tú me dijiste...", empecé a decir, y
entonces lo vi reírse... y comprendí al instante lo idiota que había sido.
"De modo, que así fue como me conseguiste, ¿eh?”, dije. Y entonces sentí
deseos de venganza. Fue un disparate por mi parte, porque no había hecho nada
para ofenderme. Pero yo quería humillarlo.»
«¿Sabes una cosa? Me desprecio de verdad por lo que hice»,
prosiguió. «No se merecía ese trato. Pero obtuve una cruel satisfacción
haciéndole sufrir. Coqueteaba con todos los hombres que encontraba,
ultrajantemente. Hasta me acostaba con algunos de ellos, y después se lo
contaba a él y sentía un placer malicioso al ver el daño que le hacía.
"Eres joven", solía decir. "No sabes lo que haces." Era
bastante cierto, pero yo sólo sabía una cosa: que le podía y que, aunque me
hubiese vendido a él, era mi esclavo. "Ves a comprarte otra virgen”, le
decía. "Probablemente puedas conseguirlas por menos de mil dólares. Yo te
habría dicho que sí, si hubieras ofrecido quinientos. Podrías haberme
conseguido gratis, si hubieses sido un poco más listo. Si yo tuviera tu dinero,
escogería una nueva todas las noches." Seguía hablándole así hasta que él
no podía resistirlo más. Una noche me pidió que me casara con él. Juró que se
divorciaría de su mujer al instante... con sólo que le dijese que sí. Dijo que
no podía vivir sin mí. "Pero yo puedo vivir sin ti”, respondí. Dio un
respingo. "Eres cruel", dijo. "Eres injusta.” No tenía intención
de casarme con él, por muy sincero que fuera. No me importaba su dinero. No sé
por qué lo ultrajé así. Luego, después de haberlo dejado, me sentí totalmente
avergonzada de mí misma. En cierta ocasión volví ante él y le pedí perdón.
Estaba viviendo con otra chica: me lo dijo al instante. "Nunca te habría
sido infiel", dijo. ”Te amaba. Quería hacer cosas para ti. No tenía
esperanzas de que te quedaras conmigo para siempre. Pero eras demasiado
testaruda... eras demasiado orgullosa.” Me habló como me habría hablado mi
padre. Sentí ganas de llorar... Entonces hice algo que nunca habría soñado que
podría hacer. Le rogué que se acostara conmigo. El estaba temblando de pasión.
Sin embargo, era tan puñeteramente decente, que no tuvo valor para aprovecharse
de mí. ”Tú no quieres acostarte conmigo", dijo, "lo único que quieres
es demostrarme que estás arrepentida." Insistí en que deseaba acostarme
con él, que me gustaba como amante. Apenas si podía ya resistirse. Pero tenía
miedo, supongo, de lo que le ocurriría. No quería empezar de nuevo a desearme
vehementemente, eso era. Pero yo sólo pensaba en resarcirme. No sabía de qué
otro modo hacerlo. Sabía que me amaba, mi cuerpo y todo. Yo quería hacerle
feliz, aun cuando lo trastornara... Todo era muy confuso. El caso es que nos
acostamos, pero no pudo tener una erección. Que yo supiese, era la primera vez
que le ocurría. Lo intenté todo. Disfruté humillándome. Mientras se la chupaba,
sonreía para mis adentros, pensando en lo extraño que era que tuviese que sudar
así por un hombre al que despreciaba... No ocurrió nada. Le dije que regresaría
el día siguiente y volveríamos a intentarlo. Me miró como si la idea lo consternara.
’Tú fuiste paciente conmigo al principio, ¿recuerdas?", dije. "¿Por
qué no habría yo de ser paciente ahora?" "Es una locura", dijo
él. ’Tú no me amas. Simplemente te estás entregando como una puta.” "Eso
es lo que soy ahora", dije... "una puta." Lo interpretó al pie
de la letra. Me miró asustado, completamente asustado...»
Esperé a oír el resto. «¿Volviste?», pregunté.
No, no había vuelto. No volvió a acercarse a él nunca.
«Debió de vivir en ascuas», me dije para mis adentros.
La mañana siguiente le recordé nuestro propósito de ir al
médico. Le dije que le llamaría más tarde durante el día y le pediría que se
reuniese conmigo en el despacho del médico. Tendría que consultar a Kronski al
respecto. Se mostró perfectamente de acuerdo. Como yo quisiera.
Así, que fuimos a ver al médico que Kronski había elegido,
nos hicieron análisis de sangre, y hasta cenamos con el médico. Era joven y no
del todo seguro de sí mismo, pensé yo. No sabía qué hacer con mi polla.
Preguntó si había tenido purgaciones alguna vez... o sífilis. Le dije que había
tenido purgaciones dos veces. ¿Habían vuelto alguna vez? No, que yo supiese. Y
cosas así. Le pareció que lo mejor era esperar unos días antes de hacer nada.
Entretanto recibiría el resultado de los análisis de sangre. Le pareció que los
dos teníamos aspecto saludable, si bien el aspecto a veces era engañoso. En
resumen, habló de todo un poco, como hacen con frecuencia los médicos jóvenes
—y también los viejos—, sin aclaramos gran cosa.
Entre la primera y la segunda visita, tuve que ir a ver a
Maude. Le conté lo que pasaba. Naturalmente, estaba convencida de que Mona era
la responsable. Había imaginado que sucedería algo así. Era cómico, de verdad,
el interés que se tomaba por mi nabo enfermo. Como si todavía fuera de su
propiedad. Tuve que sacarlo y enseñárselo, mire usted qué cosas. Al principio
lo manipuló cuidadosamente, pero después se despertó su interés profesional y,
con el aparato volviéndose cada vez más pesado en su mano, olvidó las
precauciones. Yo tenía que tener cuidado de no excitarme demasiado o podría
mandar al diablo la cautela. En cualquier caso, antes de permitirme que
volviera a guardarlo en la bragueta, me pidió que le dejase bañarlo suavemente
en una solución. Estaba segura de que eso no podía hacer daño. Así, que fui al
baño con ella, con la picha tiesa como una vara, y la contemplé acariciarla y
mimarla.
Cuando volvimos a visitar al médico, nos enteramos de que
todos los resultados de los análisis eran negativos. Sin embargo, según nos
explicó, ni siquiera eso constituía una prueba final.
«Mire», dijo —evidentemente, había estado pensándolo antes
de nuestra llegada—, «he estado pensando que le convendría circuncidarse.
Cuando le quiten el prepucio, todo lo que tiene desaparecerá también. Tiene
usted un prepucio extraordinariamente largo: ¿no le ha molestado?»
Le confesé que nunca se me había ocurrido. Uno nace con un
prepucio y muere con él. Nadie piensa en su apéndice, hasta que llega el
momento de extirparlo.
«Sí», prosiguió, «se encontraría usted mucho mejor sin el
prepucio. Naturalmente, tendrá usted que ir al hospital... podría ocuparle una
semana más o menos.»
«¿Y cuánto costaría?», pregunté, algo mosca.
No podía decir exactamente... tal vez cien dólares.
Le dije que lo pensaría. No me hacía mucha gracia perder
mi precioso prepucio, aun cuando presentara ventajas higiénicas. Entonces se me
ocurrió una idea graciosa: que en adelante mi capullo quedaría insensible. No
me gustaba nada esa idea.
Sin embargo, antes de que abandonara su despacho me había
convencido para que concertase una visita con su cirujano para dentro de una
semana. «Si se le pasa en ese tiempo, no necesitará operarse... en caso de que
no le guste la idea.»
«Pero», añadió, «si yo fuera usted, me operaría, aunque no
me gustase. Es mucho más higiénico.»
En el intervalo las confesiones nocturnas prosiguieron
aceleradamente. Hacía varias semanas que Mona no trabajaba en el baile y
pasábamos toda la noche juntos. No estaba segura de lo que haría después
—siempre era la cuestión del dinero lo que la preocupaba—, pero estaba segura
de que no volvería nunca al baile. Parecía tan aliviada como yo de saber que su
análisis de sangre había dado negativo.
«Pero no pensabas que tuvieras algo, ¿verdad?»
«Nunca se sabe», dijo. «Era un lugar tan horrible... las
chicas eran sucias.»
«¿Las chicas?»
«Y también los hombres... No hablemos de eso.» Después de
un corto silencio, se echó a reír y dijo: «¿Qué te parecería, si me dedicara al
teatro?»
«Estaría bien», dije. «¿Crees que sabrías actuar?»
«Estoy segura de que sí. Espera y verás, Val...»
Aquella noche llegamos tarde a casa y nos escabullimos
hasta la cama en silencio. Cogida a mi polla, comenzó otra serie de
confesiones. Había estado esperando para decirme algo... no debía enfadarme...
no debía interrumpirle. Tuve que prometérselo.
Me quedé tumbado y escuché en tensión. De nuevo la
cuestión del dinero. Siempre estaba presente, como una herida abierta. «No
querrás que vuelva al baile, ¿verdad?» Desde luego que no. ¿Qué más? Me
preguntaba yo.
Bueno, pues, naturalmente tenía que encontrar algún modo
de juntar los fondos necesarios. ¡Continúa!, pensaba yo para mis adentros.
¡Acaba de una vez! Me administré un anestésico y la escuché sin abrir el pico.
Aunque parezca extraño, fue una operación indolora. Estaba hablando de hombres
viejos, viejos agradables que había conocido en el baile. Lo que querían era
tener la compañía de una joven bella... alguien con quien pudieran comer e ir
al teatro. En realidad, no les importaba bailar... ni acostarse, siquiera, con
una chica. Querían que los vieran con mujeres jóvenes: les hacía sentirse más
jóvenes, más alegres, más esperanzados. Todos ellos eran cabrones adinerados...
con dentadura postiza y venas varicosas y cosas así. No sabían qué hacer con su
dinero. Uno de ellos, aquel del que estaba hablando, era propietario de una
gran lavandería. Tenía más de ochenta años, era frágil, con venas azules y ojos
vidriosos. Era casi un niño. Desde luego, ¡yo no podía sentir celos de él! Lo
único que le pedía era permiso para gastarse el dinero con ella. No dijo cuánto
había apoquinado ya, pero suponía que era una suma respetable. Y ahora se
trataba de otro: vivía en el Ritz Carlton. Un fabricante de zapatos. A veces
ella comía en su habitación, porque a él le daba placer. Era multimillonario...
y estaba un poco chocho, según ella. A lo máximo a que se atrevía era a besarle
la mano... Sí, hacía semanas que tenía intención de contarme todo aquello, pero
había tenido miedo de que me lo tomara a mal. «No te lo tomas a mal, ¿verdad?»,
dijo, inclinándose sobre mí. No respondí inmediatamente. Estaba pensando,
haciéndome preguntas, buscando soluciones. «¿Por qué no dices algo?», dijo,
tocándome suavemente con el codo. «Has dicho que no te enfadarías. Lo has
prometido.»
«No estoy enfadado», dije. Y después volví a guardar
silencio.
«¡Sí que lo estás! Te sientes herido... Oh, Val, eres tan
tonto. ¿Crees que te contaría estas cosas si pensara que te sentirías herido?»
«No creo nada», dije. «No tiene importancia, créeme. Haz
lo que te parezca mejor. Sólo que lamento que tenga que ser así.»
«Pero, ¡no va a ser siempre así! Es sólo por un tiempo...
Por eso es por lo que quiero meterme en el teatro. Me repugna tanto como a ti.»
«De acuerdo», dije. «Olvidémoslo.»
La mañana que tenía que presentarme en el hospital me
desperté temprano. Mientras tomaba una ducha, me miré la picha y, ¡caracoles!,
no había la menor señal de irritación. Apenas podía creer lo que veía. Desperté
a Mona y se la enseñé. Ella la besó. Volví a meterme en la cama y echamos un
polvete rápido... para probarla. Después fui al teléfono y llamé al médico. «Ya
está mejor», dije, «no voy a operarme.» Colgué rápidamente para atajar otras
posibles persuasiones por su parte.
Al salir de la cabina de teléfonos, se me ocurrió de
repente llamar a Maude.
«No puedo creerlo», dijo.
«Pues es una realidad», dije, «y si no lo crees, te lo
demostraré, cuando vaya la próxima semana.»
Parecía no querer cortar la comunicación. Siguió hablando
sobre un montón de cosas sin importancia. «Tengo que marcharme», dije, pues
estaba empezando a fastidiarme.
«Un momento», suplicó. «Iba a preguntarte si no podrías
venir antes, por ejemplo el domingo, y llevarnos al campo. Podríamos hacer una
pequeña excursión, los tres. Yo prepararía una comida...»
Su voz sonaba muy tierna.
«De acuerdo», dije. «Iré temprano... hacia las ocho.»
«¿Estás seguro de estar curado?», dijo. «Absolutamente seguro. Te lo
enseñaré... el domingo.» Soltó una risita lasciva. Colgué antes de que hubiera
cerrado el pico.
Capítulo XVI
Mientras los trámites del divorcio seguían su curso, los
acontecimientos se acumularon como al final de una época. Sólo faltaba una
guerra para acabarla de rematar. En primer lugar, a las Satánicas Majestades de
la Compañía Telegráfica Cosmodemónica les había parecido oportuno trasladar mi
cuartel general una vez más, aquella vez al último piso de un antiguo almacén
en un barrio industrial. Mi escritorio se encontraba en el centro de un enorme
piso desierto que la brigada de repartidores utilizaba después de las horas de
trabajo como sala de instrucción. En la habitación contigua, igualmente grande
y vacía, establecieron una combinación de clínica, dispensario y gimnasio. Lo
único que hacía falta para completar el cuadro era la instalación de unas
cuantas mesas de billar. Algunos de aquellos chorras se llevaban sus patines
para pasar los «períodos de descanso». Armaban un alboroto infernal todo el
día, pero a mí me interesaban tan poco entonces los planes y proyectos de la
compañía, que, lejos de molestarme, me divertía enormemente. Entonces estaba
totalmente aislado de las demás oficinas. El espionaje había cesado; yo estaba
en cuarentena, por decirlo así. Las contrataciones y despidos seguían como en
un sueño; mi personal había quedado reducido a dos miembros; yo y el ex
boxeador que antes había estado a cargo del guardarropas. Yo no hacía esfuerzos
por mantener los archivos en orden ni investigaba las referencias ni mantenía
correspondencia alguna. La mitad de las veces ni me molestaba en contestar al
teléfono; si había algo muy urgente, podía recurrir al telégrafo.
La atmósfera del nuevo local era claramente de demencia
precoz. Me habían relegado al infierno y yo me lo estaba pasando en grande. En
cuanto me libraba de los candidatos de la jornada, me iba a la habitación de al
lado a observar las payasadas. De vez en cuando me ponía unos patines y daba
una vuelta con aquellos tontainas. Mi ayudante me miraba con desconfianza,
incapaz de comprender lo que me había ocurrido. A veces, a pesar de su
austeridad, sus «principios» y otros elementos psicológicos desmerecedores,
soltaba una carcajada que se prolongaba hasta el borde de la histeria. En
cierta ocasión me preguntó si tenía «problemas en casa». Temía que el paso
siguiente fuera la bebida, supongo.
En realidad, sí que empecé a darme a la bebida con
bastante liberalidad por aquella época, entre unas cosas y otras. Era una forma
de beber inofensiva, que no empezaba hasta que me sentaba a cenar. Por pura
casualidad había descubierto un restaurante francoitaliano en la trastienda de
un establecimiento de ultramarinos. La atmósfera era de lo más festiva. Todos
eran «personajes», hasta los sargentos de policía y detectives que se
atiborraban ignominiosamente a expensas del propietario.
Necesitaba un lugar en que pasar las noches, ahora que
Mona se había introducido en el teatro por la puerta trasera. Nunca pude
descubrir si Monahan le había encontrado el empleo o si, como ella dijo, había
logrado entrar con mentiras. El caso es que se había dado un nuevo nombre, un
nombre apropiado para su carrera, y con él una nueva historia completa de su
vida y antecedentes. De repente, había pasado a ser inglesa, y su familia había
estado relacionada con el teatro desde épocas lejanas, que con frecuencia eran
asombrosamente lejanas. En uno de los teatritos que entonces florecían fue en
el que hizo su entrada en ese mundo de artificio que tan bien le cuadraba. Como
apenas le pagaban, podían permitirse el lujo de mostrarse crédulos.
Arthur Raymond y su mujer se inclinaron al principio por
no creer la noticia. Otra de las invenciones de Mona, pensaron. Rebecca,
siempre incapaz de disimular, virtualmente se rió en las narices de Mona. Pero
cuando ésta llegó a casa una noche con el guión de una obra de Schnitzler y
empezó a ensayar en serio su papel, la incredulidad dio paso a la
consternación. Y, cuando Mona, en virtud de un malabarismo inexplicable,
consiguió entrar en el Theater Guild, la atmósfera de la casa llegó a estar
supersaturada de envidia, despecho y mala voluntad. El juego se estaba
volviendo de lo más real: había auténtico peligro de que Mona llegara a ser la
actriz que fingía ser.
Al parecer, los ensayos eran inacabables. Nunca sabía yo a
qué hora regresaría a casa Mona. Cuando pasaba una noche con ella, era como
escuchar a un borracho. El hechizo de la nueva vida la había embriagado
completamente. De vez en cuando me quedaba una noche en casa e intentaba
escribir, pero era inútil. Arthur Raymond estaba siempre allí, al acecho como
un pulpo. «¿Para qué quieres escribir?», decía. «Señor, ¿es que no hay
bastantes escritores en el mundo?» Y después se ponía a hablar de escritores, de
los escritores que admiraba, y yo me sentaba ante la máquina, como listo para
reanudar mi trabajo en cuanto se fuera. A veces no hacía otra cosa que escribir
una carta... a algún escritor famoso, diciéndole lo mucho que lo admiraba e
insinuándole que, si todavía no había oído hablar de mi, pronto oiría. Así fue
como un día sucedió que recibí una carta sorprendente del Dostoyevski del
norte, como se le llamaba: Knut Hamsun. Estaba escrita por su secretaria, en
inglés chapurreado, y, tratándose de un hombre que al cabo de poco iba a
recibir el premio Nobel, era, por no decir algo peor, un ejemplo de dictado
incomprensible. Después de explicar que le había agradado, emocionado incluso,
mi homenaje, añadía (por mediación de su torpe portavoz) que su editor americano
no estaba del todo satisfecho con los rendimientos financieros procedentes de
las ventas de sus libros. Temían que no iban a poder publicar ningún otro libro
suyo... a no ser que el público mostrara un interés más vivo. Su tono era el de
un gigante en apuros. Se preguntaba vagamente qué se podía hacer para salvar la
situación, no tanto por él como por su querido editor, que estaba sufriendo de
verdad por él. Y después, a medida que avanzaba la carta, parecía habérsele
ocurrido una idea feliz y se apresuró a expresarla. Era lo siguiente: en cierta
ocasión había recibido una carta de un tal señor Boyle, que también vivía en
Nueva York y a quien sin lugar a dudas yo conocería (!). Pensaba que quizás el
señor Boyle y yo podríamos reunimos, devanarnos los sesos a propósito de la
situación, y con toda probabilidad encontrar una solución brillante. Quizá
podríamos decir a otra gente de América que en los bosques y marjales de
Noruega existía un escritor llamado Knul Hamsun, cuyos libros se habían
traducido concienzudamente al inglés y ahora estaban muertos de risa en las
estanterías del almacén de su editor. Estaba seguro de que con sólo que
consiguiéramos incrementar las ventas de sus libros en unos centenares de
ejemplares, su editor se animaría y recuperaría la fe en él. Decía que había
estado en América y, aunque su inglés era demasiado deficiente como para
permitirle escribirme personalmente, confiaba en que su secretaria expondría
claramente sus ideas e intenciones. Yo debía buscar al señor Boyle, cuya dirección
ya no recordaba. Me instaba a hacer lo que pudiera. Quizá hubiese otras
personas en Nueva York que hubieran oído hablar de su obra y con las que yo
pudiese colaborar. Concluía con una nota dolorosa, pero majestuosa... Examiné
la carta cuidadosamente para ver si tal vez había derramado algunas lágrimas
sobre ella.
Si el sobre no hubiera llevado el matasellos noruego, si
la propia carta no hubiese ido firmada con su propio garabato, que
posteriormente confirmé, la habría considerado una broma. A consecuencia de
ella se produjeron tremendas discusiones en medio de estrepitosas carcajadas.
Consideraban que había recibido mi merecido por mi ridícula veneración del
héroe. El ídolo había quedado hecho añicos y mis facultades críticas reducidas
a cero. Nadie podía entender cómo iba a poder volver a leer nunca a Knut Hamsun.
A decir verdad, sentí deseos de llorar. Se había producido un error terrible,
no podía imaginar cómo, pero, a pesar de las pruebas en sentido contrario,
sencillamente no podía resignarme a creer que el autor de Hambre, Pan,
Victoria, Tierra Nueva, hubiera dictado aquella carta. Era de suponer
perfectamente que había dejado la cuestión en manos de su secretaría, que había
firmado con buena fe sin preocuparse de que le explicaran el contenido. Sin
lugar a dudas, un hombre tan famoso como él recibía docenas de cartas diarias
de admiradores de todo el mundo. En mi juvenil panegírico no había nada que
pudiera interesar a un hombre de su talla. Además, probablemente despreciase a
toda la raza americana, por haber pasado muchas calamidades aquí durante los
años de su peregrinaje. Lo más probable era que hubiese dicho a la boba de su
secretaria en más de una ocasión que sus ventas americanas eran
insignificantes. Puede que sus editores hubiesen estado importunándolo: ya se
sabe que a los editores sólo les preocupa una cosa al tratar con sus autores, a
saber, las ventas. Tal vez hubiera observado hastiado, delante de su
secretaria, que los americanos tenían dinero para gastarlo en todo menos en las
cosas que valen la pena en la vida. Y ella, la pobre imbécil, probablemente
admiradora ferviente del maestro, había decidido aprovechar la oportunidad y
ofrecer unas sugerencias insensatas para mejorar la penosa situación. Era más
que probable que no fuese una Dagmar, ni una Edwige. No, ni siquiera un alma
sencilla como Marta Gude, quien intentó desesperadamente no dejarse engañar por
los ímpetus románticos y las proposiciones del señor Nagel. Probablemente fuera
una de esas noruegas panolis y con estudios, que están emancipadas en todo
menos en la imaginación. Probablemente fuese higiénica y de mentalidad
científica, capaz de conservar su casa en orden, sin hacer daño a nadie,
ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con llegar a ser un día la directora
de un establecimiento de fertilizantes o de una guardería para niños ilegítimos.
No, mi dios me había desilusionado completamente. Releí a
propósito algunos de sus libros y, como alma ingenua que era, lloré con ciertos
pasajes. Me sentí tan profundamente impresionado, que empecé a preguntarme si
no habría soñado la carta.
Las repercusiones de aquel «error» fueron absolutamente
extraordinarias. Me volví salvaje, mordaz, cáustico. Me convertí en un
vagabundo que tocaba con cuerdas de hierro mudas. Personifiqué uno tras otro a
los personajes de mi ídolo. Decía puros disparates e insensateces; vertía orina
caliente sobre todo. Me convertí en dos personas: yo mismo y mis
personificaciones, que eran legión.
El juicio del divorcio era inminente. Eso me volvió más
salvaje y mordaz, por alguna razón inexplicable. Detestaba la farsa por la que
había que pasar en nombre de la justicia. Aborrecía y despreciaba al abogado
que Maude había contratado para proteger sus intereses. Parecía un Romain
Rolland alimentado con maíz, una chauve-souris sin pizca de humor ni de
imaginación. Parecía cargado de indignación moral; era un capullo de pies a
cabeza, un cobarde, un falso, un hipócrita. Me daba grima.
Hablamos claro, a propósito de él, el día de la excursión.
Tumbados en la hierba en un lugar cerca de Mineola. La niña andaba corriendo
por allí y recogiendo flores. Hacía calor, mucho calor, y soplaba un viento
seco y caliente que le ponía a uno nervioso e inquieto. Yo me había sacado la
picha y se la había puesto en la mano. La examinó tímidamente, sin deseos de
entrar en demasiados detalles clínicos sobre ella y, aun así, muriéndose de
ganas de convencerse a sí misma de que no le pasaba nada. Al cabo de un rato,
la soltó y rodó sobre la espalda, con las rodillas alzadas y el cálido viento
lamiéndole el trasero. La coloqué en una posición favorable y le hice quitarse
las bragas. Volvía a estar de humor protestón. No le gustaba que la maltrataran
así en un campo abierto. Pero, si no hay nadie por aquí, insistí. Le hice
separar las piernas todavía más; le metí la mano coño arriba. Estaba viscoso.
La atraje hacia mí e intenté metérsela. Se resistió. Le
preocupaba la niña. Miré a mi alrededor. «No hay problema», dije. «Está
divirtiéndose. No está pensando en nosotros.»
«Pero, ¿y si vuelve... y nos encuentra...?»
«Pensará que estamos durmiendo. No sabrá lo que estamos
haciendo...»
Al oír eso, me empujó violentamente. Era ultrajante.
«¡Serías capaz de poseerme delante de tu propia hija! ¡Es horrible!»
«No es horrible en absoluto. Tú eres la única que es
horrible. Te digo que es inocente. Aun cuando lo recuerde —cuando sea mayor—,
entonces será una mujer y comprenderá. No hay nada sucio en esto. Lo único
sucio es tu mente, nada más.»
Ya estaba poniéndose las bragas. No me había molestado en
meterme de nuevo la picha en los pantalones. Se estaba volviendo fláccida; cayó
sobre la hierba, abatida.
«Bueno, vamos a comer algo, entonces», dije. «Si no
podemos follar, nadie nos impide comer.»
«¡Sí, comer! Puedes comer a cualquier hora. Eso es lo
único que te preocupa: comer y dormir.»
«Follar», dije, «no dormir».
«Preferiría que dejaras de hablarme de ese modo.» Se puso
a sacar la comida. «Siempre tienes que estropearlo todo. Pensaba que podríamos
tener un día en paz, por una vez. Siempre decías que querías llevamos de
excursión. Nunca lo hiciste. Ni una vez. Sólo pensabas en ti, en tus amigos, en
tus mujeres. Fui una tonta al pensar que podías cambiar. No te importa la
niña... apenas le has prestado atención. Ni siquiera puedes contenerte en su
presencia. Serías capaz de poseerme delante de ella y fingir que era inocente.
Eres vil... me alegro de que todo haya acabado. La semana que viene estaré
libre... me habré librado de ti para siempre. Me has corrompido. Desde que te
conozco, ya no me reconozco a mí misma. Me he vuelto lo que querías que fuera.
Nunca me has amado... nunca. Lo único que querías era satisfacer tus deseos. Me
has tratado como a un animal. Coges lo que quieres y te marchas. Pasas de mí a
la mujer siguiente —a cualquier mujer—, con tal de que abra las piernas. No
tienes ni pizca de lealtad ni ternura ni consideración... ¡Toma, aquí tienes!»,
dijo, poniéndome un bocadillo en la mano. «¡Ojalá se te atragante!»
Al llevarme el bocadillo a la boca, percibí el olor de su
coño en mis dedos. Me los olfateé, al tiempo que alzaba la vista para mirarla
con una sonrisa.
«¡Eres asqueroso!», dijo.
«No tanto, señora mía. A mí me huele bien, aunque seas una
aguafiestas odiosa. Me gusta. Es la única cosa de ti que me gusta.»
Ahora estaba furiosa. Se echó a llorar.
«¡Llorar porque te digo que me gusta tu coño! ¡Qué mujer!
¡La Virgen! Soy yo quien tendría que despreciarte. ¿Qué clase de mujer eres?»
Sus lágrimas se volvieron más copiosas. Justo entonces
llegó la niña corriendo. ¿Qué pasaba? ¿Por qué lloraba mamá?
«No es nada», dijo Maude, secándose las lágrimas. «Me he
torcido el tobillo.» Se le escaparon unos cuantos sollozos más, a pesar de sus
esfuerzos para contenerse. Se inclinó sobre la cesta y escogió un bocadillo
para la niña.
«¿Por qué no haces algo, Henry?», dijo la niña. Se sentó a
contemplamos primero a uno y luego al otro con mirada seria y perpleja.
Me puse de rodillas y di friegas a Maude en el tobillo.
«¡No me toques!», dijo ásperamente.
«Pero ¡si es para que se te pase!», dijo la niña.
«Sí, papá va a hacer que se le pase», dije dándole suaves
friegas en el tobillo y después palmaditas en la pantorrilla.
«Bésala», dijo la niña. «Bésala para que deje de llorar.»
Me incliné y besé a Maude en la mejilla. Para mi asombro,
me arrojó los brazos en torno al cuello y me besó violentamente en la boca. La
niña nos rodeó también con los brazos y nos besó.
De repente, Maude tuvo un nuevo acceso de llanto. Esa vez
era verdaderamente lastimoso. Sentí lástima de ella. La rodeé con los brazos
tiernamente y la consolé.
«Dios mío», sollozó, «¡qué farsa!»
«Pero, no es una farsa», dije. «Lo hago sinceramente. Lo
siento, siento todo.»
«No llores más», le pidió la niña. «Quiero comer. Quiero
que Henry me lleve hasta allí», y señaló con su manita un matorral al final del
campo. «Quiero que vengas tú también.»
«Y pensar que ésta es la única vez... y tenía que ser
así.» Ahora estaba resollando.
«No digas eso, Maude. El día no ha acabado todavía.
Olvidemos todo eso. Venga, vamos a comer.»
De mala gana, fastidiada, al parecer, cogió un bocadillo y
se lo llevó a la boca. «No puedo comer», murmuró, dejando caer el bocadillo.
«Vamos, ¡claro que puedes!», la insté, volviendo a
rodearla con el brazo.
«Ahora te comportas así... y después harás algo para
estropearlo.»
«No, no voy a hacer nada... te lo prometo.»
«Bésala otra vez», dijo la niña.
Me incliné y la besé suave y cariñosamente en los labios.
Ahora parecía aplacada de verdad. Se le iluminaron los ojos suavemente.
«¿Por qué no puedes ser así siempre?», dijo, después de
una breve pausa.
«Lo soy», dije, «cuando me dan una oportunidad. No me
gusta regañar contigo. ¿Por qué habría de hacerlo? Ya no somos marido y mujer.»
«Entonces, ¿por qué me tratas así? ¿Por qué estás
cortejándome siempre? ¿Por qué no me dejas en paz?»
«No te cortejo», respondí. «No es amor, es pasión. No es
ningún delito, ¿o sí? Por amor de Dios, no empecemos otra vez. Te voy a tratar
como quieras que te trate... hoy. No volveré a tocarte.»
«No te pido eso. No digo que no debas tocarme. Pero es la
forma como lo haces... no das la menor muestra de respeto hacia mí... hacia mi
persona. Eso es lo que me desagrada. Sé que ya no me amas, pero puedes
comportarte decentemente conmigo, aun cuando ya no te importe nada. No soy la
mojigata que tú dices. También tengo sentimientos... puede que más profundos,
más fuertes que los tuyos. Puedo encontrar a otro para sustituirte, no vayas a
pensar que no puedo. Sólo necesito un poco de tiempo...»
Estaba comiéndose su bocadillo con ganas. De repente, le
brillaron los ojos. Puso una expresión tímida y picara.
«Podría casarme mañana mismo, si quisiera», continuó.
«Nunca lo habías pensado, ¿verdad? En realidad, he tenido tres proposiciones.
La última fue de...», y entonces mencionó el nombre del abogado.
«¿Ese?», dije, incapaz de reprimir una sonrisa desdeñosa.
«Sí, ése», dijo. «Y no es lo que te piensas. Me gusta
mucho.»
«Vaya, eso explica algunas cosas. Ahora ya sé por qué se
ha tomado un interés tan apasionado por el caso.»
Yo sabía que no le quería, a aquel personaje rocambolesco,
como tampoco quería al médico que le exploró la vagina con un dedo de goma. En
realidad, no quería a nadie; lo que quería era paz, que cesara el dolor. Quería
unas rodillas en que sentarse a oscuras, una picha que le entrase
misteriosamente, un barboteo de palabras que sofocara sus deseos inconfesables.
El abogado no sé cuántos serviría, naturalmente. ¿Por qué no? Sería tan fiel
como una estilográfica, tan discreto como una ratonera, tan próvido como una
póliza de seguros. Era una cartera ambulante con casillas para palomas en el
campanario; era una salamandra con corazón de pastrami. Así ¿que se había
escandalizado al enterarse de que había llevado a otra mujer a mi propia casa?
¿De que había dejado los condones usados en el borde del lavabo? ¿De que me
había quedado a desayunar con mi amante? A un caracol le escandaliza que una
gota de lluvia caiga sobre su concha. A un general le escandaliza que su
guarnición haya sido exterminada durante su ausencia. Al propio Dios le
escandaliza sin lugar a dudas ver lo repugnantemente estúpida e insensible que
es la bestia humana en realidad. Pero dudo de que los ángeles se escandalicen
nunca... ni siquiera ante la presencia de un loco.
Estaba intentando hacerle comprender la dialéctica del
dinamismo moral. Me retorcía la lengua tratando de hacerle entender el
matrimonio de lo animal y lo divino. Ella entendía tan poco como un profano,
cuando se le explica la cuarta dimensión. Hablaba de delicadeza y respeto, como
si fueran trozos de un bizcocho. El sexo era un animal encerrado en el zoo al
que uno visitaba de vez en cuando para estudiar la evolución.
Hacia el atardecer volvimos hacia la ciudad, el último
tramo en el ferrocarril elevado, con la niña dormida en mis brazos. Mamá y papá
regresando de la excursión. Abajo, la ciudad se extendía con rigidez geométrica
y absurda, un mal sueño que se elevaba arquitectónicamente. El señor
Megapolitano, su señora y su retoño. Trabados y encadenados. Suspendidos del
cielo como pedazos de carne de venado. Un par de cada clase colgados de los
jarretes. En un extremo de la línea, inanición; en el otro, insolvencia. Entre
estaciones el prestamista con las tres bolas de oro que significan el Dios
trino y uno del nacimiento, la sodomía y el infortunio. Días felices. Una
niebla que avanza desde Rockaway. La Naturaleza doblándose como una hoja
muerta... en Mineola. De vez en cuando las puertas se abren y se cierran:
nuevos lotes para el matadero. Pequeños retazos de conversación, como el gorjeo
de los paros. ¿Quién pensaría que el chaval regordete que va a tu lado
enloquecerá de miedo dentro de diez o quince años en un campo de batalla
extranjero? Te pasas el día fabricando chismes inocentes; por la noche te
sientas en una sala oscura a ver pasar fantasmas por una pantalla plateada. Tal
vez los momentos más reales que conozcas sean aquellos en que te sientas solo
en el retrete a hacer caca. Eso no cuesta nada ni te compromete en modo alguno.
No como comer o follar, o hacer obras de arte. Abandonas el retrete y entras en
el gran cagadero. Lo que quiera que toques es mierda. Aunque vaya envuelto en
celofán, sigue oliendo. ¡Caca! La piedra filosofal de la era industrial. Muerte
y transfiguración... ¡en mierda! La vida de los grandes almacenes... con seda
tenue en un mostrador y bombas en el otro. Cualquiera que sea la interpretación
que des, todas las ideas, todos los hechos, quedan registrados en la caja.
Desde que tomas aliento por primera vez estás jodido. Una gran compañía de la
máquina de negocios internacional. Logística, así la llaman.
Mamá y papá están ahora tan tranquilos como blutwurst. No
les queda ni pizca de belicosidad. Qué espléndido es pasar un día al aire
libre, con los gusanos y otras criaturas de Dios. ¡Qué entreacto más delicioso!
La vida pasa como un sueño. Si abriéramos en canal los
cuerpos estando todavía calientes, no encontraríamos nada semejante a este
idilio. Si vaciásemos los cuerpos y los llenáramos de piedras, se hundirían
hasta el fondo del mar, como patos muertos.
Empieza a llover. Llueve a cántaros. Bolas de granizo
grandes como chambergos rebotan en el pavimento. La ciudad parece un hormiguero
untado de arsenofenilamina. Las alcantarillas se inundan y arrojan su vómito.
El cielo está pálido y sombrío como el fondo de una probeta.
De repente me siento sanguinariamente alegre. Espero con
toda el alma que llueva así durante cuarenta días y cuarenta noches; me
gustaría ver la ciudad nadando en su propia mierda; me gustaría ver maniquíes
flotando en el río y máquinas registradoras varadas bajo las ruedas de
camiones; me gustaría ver a los locos salir en muchedumbre de los manicomios
con cuchillos y rajar a diestro y siniestro. ¡La cura del agua! ¡Como la que
dieron a los filipinos en el 98! Pero, ¿dónde está nuestro Aguinaldo? ¿Dónde
está el canalla que puede afrontar la crecida con un cuchillo entre los labios?
Las llevo a casa, las deposito sanas y salvas en el
momento justo en que un rayo cae sobre el campanario de la iglesia católica de
la esquina. Las campanas rotas hacen un estruendo de mil demonios al chocar
contra el pavimento. Dentro de la iglesia una Virgen de yeso queda hecha
añicos. Al sacerdote lo coge tan de sorpresa, que no le da tiempo de abrocharse
el pantalón. Sus cojones sobresalen como rocas.
Melanie revolotea de un lado a otro como un albatros
demente. «¡Sécate la ropa!», dice. Me desvisto solemnemente entre jadeos,
chillidos y reconvenciones. Me pongo la bata de Maude, la de las plumas de
marabú. Parezco un sarasa a punto de personificar a Loulou Hurluburlu. Un
desastre. Me está viniendo una erección, «una erección personal», no sé si me
explico.
Maude está en el piso de arriba acostando a la niña. Me
paseo descalzo, con la bata completamente abierta. Una sensación deliciosa.
Melanie asoma la cabeza, simplemente para ver si me encuentro bien. Se pasea en
bragas con el loro posado en la muñeca. Le dan miedo los truenos. Estoy
hablando con ella con las manos cerradas en torno a la picha. Podría ser una
escena de «El mago de Oz» de Memling. Hora: dreviertel-takt. De vez en cuando
vuelve a caer un rayo. Deja sabor a goma quemada en la boca.
Estoy parado delante del gran espejo admirando mi polla
trémula, cuando Maude entra ligera. Está tan retozona como una liebre y toda
ataviada con tul y mousseline. No parece asustarle en absoluto lo que ve en el
espejo. Se acerca y se queda a mi lado. «¡Abrelo!», la insto. «¿Tienes
hambre?», dice, al tiempo que se desabrocha despacio. Le doy la vuelta y la
aprieto contra mí. Alza una pierna para dejarme entrar. Nos miramos en el
espejo. Está fascinada. Le levanto la bata por encima del culo para que pueda verse
mejor. La alzo y me rodea con las piernas. «Sí, hazlo», me suplica. «¡Jódeme!
¡Jódeme!» De repente afloja las piernas y se suelta. Coge el gran sillón y le
da la vuelta, para descansar las manos en el respaldo. Su culo sobresale
tentador. No espera a que se la meta: la coge y se la coloca ella misma, sin
dejar de mirar al espejo. La meto y la saco despacio, manteniendo mis faldas
levantadas como una mujerzuela andrajosa. Le gusta verla salir... el camino que
ha de recorrer antes de salir del todo. Pasa la mano por debajo y juega con mis
huevos. Ahora está completamente desatada, da muestras de la mayor
desvergüenza. Me retiro todo lo que puedo sin sacarla completamente, y ella
gira el culo, hundiéndose en la polla de vez en cuando y apretándola con un
pico suave como una pluma. Finalmente, se ha cansado de eso. Quiere tumbarse en
el suelo y rodearme el cuello con las piernas. «Métela hasta dentro», me
suplica. «No tengas miedo de hacerme daño... lo deseo. Quiero que hagas todo.»
Se la metí tan adentro, que tuve la sensación de haberla enterrado en un lecho
de mejillones. Era toda temblores y culebreos. Me incliné y le chupé las tetas;
los pezones estaban tiesos como clavos. De repente me bajó la cabeza y se puso
a morderme salvajemente: los labios, las orejas, las mejillas, el cuello. «Lo
deseas, ¿verdad?», susurró. «Lo deseas, lo deseas...»
Los labios se le retorcieron obscenamente. «Lo deseas...
¡lo deseas!» Y se alzó del suelo completamente en su abandono. Después un
gemido, un espasmo, una mirada enloquecida y torturada, como si su casa
estuviera bajo un espejo machacado por un martillo. «No la saques todavía»,
gruñó. Se quedó tumbada, con las piernas todavía en cabestrillo en torno a mi
cuello, y la banderita que tenía dentro empezó a crisparse y a ondear. «Señor»,
dijo, «¡no puedo parar!» Mi picha seguía firme. Colgaba obediente sobre sus
húmedos labios, como si estuviera recibiendo el sacramento de un ángel lascivo.
Volvió a correrse, como un acordeón que se desplomase sobre un pellejo lleno de
leche. Yo estaba cada vez más cachondo. Le bajé las piernas y las dejé
descansar horizontalmente junto a las mías. «No te muevas ahora, ¡hostias!»,
dije. «Ahora voy a echarte un polvo como Dios manda.» Me puse a meterla y
sacarla lenta y furiosamente. «¡Ah, ah... Oh!», susurraba ella, aspirando el
aliento. Seguía sin parar como un Juggemaut. Moloch follando a un bombasí.
Organza Friganza. El bolero a estocadas directas. La mirada se le perdía;
parecía un elefante caminando por una esfera. Lo único que necesitaba era una
trompa para trompetear con ella. Era follar hasta la parálisis. Caí encima de ella
y le mordí los labios hasta deshilacharlos.
Entonces recordé de pronto la ducha. «¡Levántate!
¡Levántate!», dije, dándole un fuerte codazo.
«No hace falta», dijo débilmente, sonriéndome con complicidad.
«¿Quieres decir que...?», la miré asombrado.
«Sí, no hay por qué preocuparse... ¿Qué tal estás tú? ¿No
quieres lavarte?»
En el baño me confesó que había ido al médico... a otro
médico. Ya no iba a haber nada que temer.
«Ah, ¿sí?» Y silbé.
Me puso polvos en la polla, la estiró como quien ajusta un
dedo de un guante y después se inclinó y la besó. «¡Oh, Dios mío!», dijo,
rodeándome con los brazos, «con sólo que...»
«Con sólo que... ¿qué?»
«Ya sabes a lo que me refiero...»
Me despegué y, volviendo la cabeza a otro lado, dije: «Sí,
supongo que sí. En fin, ya no me odias, ¿verdad?»
«No odio a nadie», respondió. «Lamento que hayan salido
las cosas así. Ahora voy a tener que compartirte... con ella.»
«Debes de tener hambre», añadió rápidamente. «Déjame
prepararte algo antes de que te vayas.» Primero se empolvó la cara
cuidadosamente, se pintó los labios y se peinó sin demasiado esmero pero
atractivamente. Tenía la bata abierta de cintura para abajo. Nunca la había
visto tan atractiva. Era como un animal despierto y voraz.
Me paseé por la cocina con la picha colgando y le ayudé a
preparar un tentempié. Para mi sorpresa, sacó una botella de vino casero: licor
de saúco que le había regalado una vecina. Cerramos las puertas y dejamos el
gas encendido para mantener caldeado el ambiente. Joder, era de todo punto
maravilloso. Era como empezar a conocerse uno al otro de nuevo. De vez en
cuando me levantaba y la rodeaba con los brazos, la besaba apasionadamente,
mientras le deslizaba la mano hasta la raja. No se mostraba nada tímida ni
retraída. Al contrario. Cuando me aparté, me retuvo la mano, y después se lanzó
rápidamente a cubrirme la picha con la boca y la chupó.
«No pensarás irte inmediatamente, ¿verdad?», preguntó,
mientras me sentaba y volvía a comer.
«No, si tú no quieres», dije, con el estado de ánimo más
amable y complaciente.
«¿Fue culpa mía», dijo, «que no ocurriera esto nunca
antes? ¿Es que era yo una persona tan quisquillosa?» Me miró con tal franqueza
y sinceridad, que apenas reconocí a la mujer con la que había vivido todos
aquellos años.
«Supongo que la culpa es de los dos», dije, bebiéndome
otro vaso de licor de saúco.
Se dirigió a la nevera para sacar una golosina.
«¿Sabes lo que me gustaría hacer?», dijo, volviendo a la
mesa con los brazos cargados. «Me gustaría bajar el gramófono y bailar. Tengo
algunos discos muy suaves. ¿Te gustaría eso?»
«Pues, ¡claro!», dije. «Me parece estupendo.»
«Y vamos a emborracharnos un poco... ¿te importaría? Me
siento tan maravillosamente. Quiero celebrarlo.»
«¿Y el vino?», dije. «¿Eso es todo lo que tienes?»
«Puedo pedirle más a la chica de arriba», dijo. «O tal vez
un poco de coñac: ¿te gustaría?»
«Beberé cualquier cosa... con tal de que estés contenta.»
Se dispuso a salir al instante. Di un salto y la cogí de
la cintura. Le levanté la bata y le besé el culo.
«Déjame ir», susurró. «Vuelvo dentro de un instante.»
Cuando volvía, la oí que cuchicheaba con la chica de
arriba. Dio un golpecito en la puerta de cristal. «Ponte algo», arrulló, «vengo
con Elsie.»
Me fui al baño y me puse una toalla en tomo a los riñones.
A Elsie le dio un ataque de risa cuando me vio. No habíamos vuelto a vemos
desde el día en que me encontró acostado con Mona. Parecía de excelente humor y
nada violenta por el giro de los acontecimientos. Habían bajado una botella de
vino y un poco de coñac.
Y el gramófono y los discos.
Elsie estaba justo de humor para compartir nuestra
celebración. Yo esperaba que Maude le ofreciera una copa y después se librase
de ella de forma más o menos educada. Pero no, nada de eso. La presencia de
Elsie no la molestaba lo más mínimo. Lo que sí hizo fue excusarse por ir medio
desnuda, pero con una risa alegre, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Pusimos un disco y bailé con Maude. La toalla se me cayó, pero ninguno de
nosotros hizo el menor intento de recogerla. Cuando nos separamos, me quedé
así, con la picha destacando como un asta de bandera y tranquilamente fui a
coger mi vaso. Elsie lanzó una mirada de asombro y después volvió la cabeza.
Maude me pasó la toalla, mejor dicho, me la colgó sobre la picha. «No te
importa, ¿verdad, Elsie?», dijo. Elsie estaba absolutamente inmóvil... se
podían oír los latidos de sus sienes. Al cabo de poco se acercó a la máquina y
dio la vuelta al disco. Después fue a por su vaso y se lo trincó de una vez.
«¿Por qué no bailas con ella?», dijo Maude. «No voy a
impedírtelo. Anda, Elsie, baila con él.»
Me acerqué a Elsie con la toalla colgando de la picha. Al
volver la espalda a Maude, quitó la toalla y me la cogió con mano febril. Sentí
estremecerse todo su cuerpo, como si le hubiera dado un escalofrío.
«Voy a por unas velas», dijo Maude. «Hay demasiada luz
aquí.» Desapareció en la habitación de al lado. Inmediatamente Elsie dejó de
bailar, juntó sus labios contra los míos y me metió la lengua hasta la
garganta. Le puse la mano en el coño y se lo apreté. Seguía sosteniéndome la
polla. El disco se acabó. Ninguno de nosotros dos se retiró para apagar la
máquina. Oí volver a Maude. Aun así, seguí estrechado entre los brazos de
Elsie.
Ahora es cuando van a empezar los problemas, pensé para
mis adentros. Pero Maude pareció no prestar atención. Encendió las velas y
después apagó la luz eléctrica. Estaba separándome de Elsie, cuando la sentí
parada detrás de nosotros. «No hay problema», dijo. «No me importa. Dejadme
unirme a vosotros.» Y, dicho eso, nos rodeó con los brazos a los dos y los tres
empezamos a besamos.
«¡Uf! ¡Qué calor hace!», dijo Elsie, retirándose por fin.
«Quítate el vestido, si te apetece», dijo Maude. «Yo me
voy a quitar esto», y, dicho y hecho, se quitó la bata y se quedó desnuda
delante de nosotros.
Un momento después estábamos los tres completamente
desnudos...
Me senté con Maude sobre las rodillas. Tenía el coño
húmedo otra vez. Elsie se quedó a nuestro lado con el brazo en torno al cuello
de Maude. Era un poco más alta que Maude y tenía muy buen tipo. Le restregué la
mano por el vientre y enredé los dedos en la mata que tenía casi a la altura de
la boca. Maude lo contempló con una agradable sonrisa de satisfacción. Me
incliné hacia adelante y besé el coño de Elsie.
«Es maravilloso no volver a sentir celos», dijo Maude con
toda sencillez.
La cara de Elsie estaba roja. No sabía a ciencia cierta
cuál era su papel, hasta dónde podía arriesgarse. Estudió a Maude atentamente,
como si no estuviera del todo convencida de su sinceridad. Ahora yo estaba
besando a Maude apasionadamente, al tiempo que acariciaba con los dedos el coño
de Elsie. Sentí que Elsie se acercaba y se apretaba más. El jugo estaba
derramándose por mis dedos. Al mismo tiempo Maude se alzó y, cambiando el culo
de sitio, consiguió hundirlo hábilmente otra vez, con la picha bien metida
dentro de ella. Ahora estaba vuelta hacia adelante con la cara apretada contra
los pechos de Elsie. Alzó la cabeza y se metió el pezón en la boca. Elsie se
estremeció y su coño empezó a temblar con suaves espasmos. Ahora la mano de
Maude, que había estado descansando en la cintura de Elsie, se deslizó hacia
abajo y acarició los suaves carrillos. Un momento después se había deslizado
más abajo y se había encontrado con la mía. Aparté la mía instintivamente.
Elsie se corrió un poquito, entonces Maude se inclinó hacia adelante y colocó
la boca en el coño de Elsie. Al mismo tiempo Elsie se hizo adelante, por encima
de Maude, y juntó sus labios con los míos. Ahora los tres estábamos temblando,
como si tuviéramos la fiebre palúdica.
Al sentir que Maude se corría, me retuve, decidido a
reservarlo para Elsie. Con la picha todavía tiesa, levanté suavemente a Maude
de mis rodillas y tendí los brazos hacia Elsie. Se me sentó a horcajadas y de
cara y con pasión incontrolable me rodeó con los brazos, pegó sus labios a los
míos y se puso a follar como si en ello le fuera la vida. Maude se había ido al
baño discretamente. Cuando regresó, Elsie estaba sentada en mis rodillas, con
el brazo en tomo a mi cuello y la cara encendida. Entonces Elsie se levantó y
se fue al baño. Yo me fui a la pila y me lavé en ella.
«En mi vida he sido tan feliz», dijo Maude, al tiempo que
se acercaba a la máquina y ponía un disco. «Dame tu vaso», dijo, y, mientras lo
llenaba, susurró: «¿Qué vas a decir cuando llegues a casa?» No dije nada.
Entonces añadió en voz baja: «Podrías decir que una de nosotras se ha puesto
enferma.»
«No tiene importancia», dije. «Ya pensaré algo.»
«¿No estarás enfadado conmigo?»
«¿Enfadado? ¿Por qué?»
«Por retenerte tanto tiempo.»
«¡Qué tontería!», dije.
Me rodeó con los brazos y me besó tiernamente. Y,
tomándonos de la cintura mutuamente, cogimos los vasos y bebimos un brindis en
silencio. En ese momento regresó Elsie. Nos quedamos así, desnudos como
percheros, con los brazos entrelazados y bebiendo uno en el vaso del otro.
Nos pusimos a bailar de nuevo, con las velas apagándose.
Yo sabía que al cabo de unos minutos estarían apagadas y ninguno de nosotros
haría un movimiento para traer otras nuevas. Cambiábamos de pareja a intervalos
rápidos, para evitamos mutuamente el embarazo de quedar separados y mirando.
Unas veces Maude y Elsie bailaban juntas, restregándose los coños obscenamente
y después retirándose entre risas, y una u otra me cogía. Había tal sensación
de libertad e intimidad, que cualquier gesto, cualquier acción se volvía
permisible. Nos echamos a reír y bromeamos cada vez más. Cuando por fin las
velas se quemaron del todo, primero una, luego otra, y sólo un pálido rayo de
luna entraba por las ventanas, desapareció cualquier apariencia de comedimiento
o decencia.
Fue Maude la que tuvo la idea de despejar la mesa. Elsie
lo contempló sin comprender, como alguien a quien hubieran hipnotizado.
Rápidamente las cosas desaparecieron y se encontraron en la pila. Hubo una
salida rápida a la habitación de al lado a buscar una manta suave, que se
extendió sobre la mesa. Una almohada incluso. Elsie estaba empezando a
entender. Los ojos se le salían de las órbitas.
Sin embargo, antes de pasar a los hechos, Maude tuvo otra
inspiración: hacer ponche de leche y huevo. Para eso tuvimos que encender la
luz. Las dos trabajaron presurosas, casi frenéticas. Echaron una dosis generosa
de coñac en la mezcla. Cuando la sentí deslizarse por mi gaznate, tuve la
impresión de que se dirigía directa hasta mi canario, hasta los cojones.
Mientras bebía, con la cabeza echada hacia atrás, Elsie me cubrió los huevos
con las palmas de las manos. «Uno es más grande que el otro», dijo riendo.
Después, tras una ligera vacilación: «¿No podríamos hacer algo juntos?» Miró a
Maude. Maude sonrió como diciendo: ¿por qué no? «Vamos a apagar la luz», dijo
Elsie. «Ya no la necesitamos, ¿verdad?» Se sentó en la silla junto a la mesa.
«Quiero miraros», dijo, dando palmaditas en la manta. Cogió a Maude, la levantó
y la colocó sobre la mesa. «Esto es nuevo para mí», dijo. «¡Un momento!» Me
cogió la mano y me atrajo hacia sí. Después, mirando a Maude... «¿Puedo?» Y,
sin esperar una respuesta, se inclinó hacia adelante y cogiéndome la polla, se
la colocó en la boca. Después de unos momentos retiró la boca. «Ahora...
¡dejadme miraros!» Me dio un empujoncito, como para meterme prisa. Maude se
estiró como una gata, con el culo colgando al borde de la mesa y la almohada
bajo la cabeza. Me rodeó la cintura con las piernas. Después, las separó de
repente y me las puso en cabestrillo sobre los hombros. Elsie estaba de pie a
mi lado, con la cabeza gacha, mirando absorta y sin aliento. «Sácala un poco»,
dijo con un ronco susurro. «Quiero volver a verla entrar.» Después corrió
ligera hasta la ventana y subió las persianas. «¡Hazlo!», dijo. «¡Vamos!
¡Follala!» Al meterla sentí que Elsie se deslizaba junto a mí. Un momento
después sentí su lengua en mis cojones, lamiéndolos vigorosamente.
De repente, totalmente asombrado, oí decir a Maude: «No te
corras todavía. Espera... Dale una oportunidad a Elsie.»
Me retiré, con lo que empujé el culo contra la cara de
Elsie y la derribé de espaldas. Lanzó un chillido de placer y rápidamente
volvió a ponerse de pie. Maude bajó de la mesa y Elsie se colocó ágilmente en
posición. «¿No podrías hacer algo tú también?», dijo a Maude, al tiempo que se
erguía y quedaba sentada. «Tengo una idea...», y bajó de la mesa de un salto y
echó la manta por el suelo y después la almohada. No tardó en idear una
configuración interesante.
Maude estaba echada boca arriba, Elsie en cuclillas y con
las rodillas dobladas, con la cara mirando a los pies de Maude, pero la boca
pegada a su raja. Yo estaba de rodillas, metiéndosela a Elsie por detrás. Maude
estaba jugando con mis huevos, una manipulación ligera y delicada con las
puntas de los dedos. Sentí a Maude estremecerse mientras Elsie se lo lamía
furiosa y ávidamente. Había una extraña luz pálida en la habitación y en mi
boca el sabor a coño. Yo tenía una de esas erecciones finales que amenazan con
no desaparecer nunca. De vez en cuando la sacaba y, empujando a Elsie hacia
adelante, me bajaba y se la ofrecía a la ágil lengua de Maude. Después volvía a
hundirla y Elsie se retorcía como una loca y enterraba la nariz en la
entrepierna de Maude, agitando la cabeza como un terrier. Finalmente, la saqué
y, apartando a Elsie, caí sobre Maude y se la enterré hasta el fondo. «¡Hazlo,
hazlo!», me suplicaba, como si estuviera esperando el hacha. Volví a sentir la
lengua de Elsie en los cojones. Entonces Maude se corrió, como una estrella que
explota con un torrente de palabras y frases a medio acabar. Me retiré, con la
polla todavía tiesa como un palo y temeroso de no volver a correrme nunca, y
busqué a Elsie. Estaba tremendamente viscosa, y su boca era ahora exactamente
como un coño. «¿La quieres?», dije, metiéndosela dentro y girándola como un
demonio borracho. «¡Sigue, jode, jode!», gritó, colocando las piernas en
cabestrillo sobre mis hombros y acercando más el trasero. «¡Dámelo, dámelo,
chaval!» Ahora estaba casi dando alaridos. «Sí, te voy a joder... ¡te voy a
joder!», y se retorcía y serpenteaba y culebreaba y me mordía y arañaba.
«¡Oh, oh! No. Por favor, no. ¡Me duele!», gritó.
«¡Calla, zorra!», dije. «Duele, ¿verdad? Lo querías, ¿no?»
La sostuve con fuerza, me alcé un poco más para metérsela hasta el fondo, y
empujé hasta que pensé que su matriz cedería. Entonces me corrí... en aquella
boca como de babosa completamente abierta. Le dio una convulsión, estaba
delirante de gozo y dolor. Entonces se le deslizaron las piernas de mis hombros
y cayeron al suelo dando un baquetazo. Se quedó tumbada como una muerta,
completamente agotada.
«¡La Virgen!», dije, de pie con las piernas a ambos lados
de ella y el esperma saliendo todavía, cayendo sobre su pecho, su cara, su
pelo. «¡La madre de Dios! Estoy exhausto. Estoy que no puedo con mi alma,
¿sabes?» Me dirigía a la habitación.
Maude estaba encendiendo una vela. «Se está haciendo
tarde», dijo.
«No me voy a casa», dije. «Me quedo a dormir aquí.»
«¿De verdad?», dijo Maude, con un estremecimiento
irreprimible que se le trasparentaba en la voz.
«Sí, no puedo volver en este estado, ¿no crees? ¡La
hostia! Estoy débil y aturdido, como borracho.» Me dejé caer sobre una silla.
«Dame un trago de ese coñac, ¿quieres? Necesito un estimulante.»
Me echó un buen vaso y me lo sostuvo en los labios, como
si estuviera dándome una medicina. Elsie se había puesto en pie, un poco
tambaleante. «Dame uno a mí también», rogó. «¡Qué noche! Tendríamos que volver
a hacer esto alguna vez.»
«Sí, mañana», dije.
«Ha sido una actuación maravillosa», dijo, acariciándome
la azotea. «Nunca pensé que fueras así... Casi me matas, ¿sabes?»
«Lo mejor sería que te dieses una ducha», dijo Maude.
«Supongo que sí», suspiró Elsie. «Pero me parece que me da
igual. Si me quedo preñada, ¡qué le vamos a hacer!»
«Ve ahí, Elsie», dije. «No seas tonta.»
«Estoy demasiado cansada», dijo Elsie.
«Espera un momento», dije. «Quiero echarte un vistazo
antes de que entres ahí.» La hice subir a la mesa y abrir bien las piernas. Con
el vaso en una mano le husmeé en el coño con el pulgar y el índice de la otra
mano. La esperma seguía rezumando.
«Es un coño bonito, Elsie.»
Maude le echó un buen vistazo también. «Bésalo», dije,
empujándola suavemente hasta meterle la nariz en la mata de Elsie.
Me senté a mirar a Maude mordisqueando el coño de Elsie.
«Es agradable», estaba diciendo Elsie. «Muy agradable.» Se movía como una
bailarina árabe clavada al suelo. El culo de Maude sobresalía tentador. A pesar
de la fatiga, la picha empezó a inflarse otra vez. Se puso tiesa como una
morcilla. Me coloqué detrás de Maude y se la metí poquito a poco. Ella se puso
a girar el culo, sólo con la punta dentro. Ahora Elsie se retorcía de placer;
se había metido un dedo en la boca, y estaba mordiéndose el nudillo. Seguimos
así varios minutos, hasta que Elsie tuvo un orgasmo. Entonces nos separamos y
nos miramos mutuamente como si no nos hubiéramos visto nunca. Estábamos
aturdidos.
«Me voy a la cama», dije, decidido a acabar. Me dirigí
hacia la habitación de al lado, pensando en acostarme en el sofá.
«Puedes dormir conmigo», dijo Maude, cogiéndome del brazo.
«¿Por qué no?», dijo, al ver la expresión de sorpresa en mis ojos.
«Sí», dijo Elsie, «¿por qué no? Quizá me vaya yo también a
la cama con vosotros. ¿Me dejarías?», preguntó directamente a Maude. «No os
molestaré», añadió. «Es que me cuesta dejaros ahora.»
«Pero ¿qué dirán tus padres?», dijo Maude.
«No se van a enterar de que Henry se ha quedado a dormir,
¿verdad?»
«No, ¡por supuesto que no!», dijo Maude, un poco asustada
ante la idea.
«¿Y Melanie?», dije yo.
«Oh, se va temprano por la mañana. Ahora trabaja.»
De repente me pregunté qué demonios iba a decir a Mona.
Era casi presa del pánico.
«Creo que debo llamar a casa», dije.
«Oh, ahora no», dijo Elsie zalamera. «Es demasiado
tarde... Espera.»
Escondimos las botellas, amontonamos los platos en la pila
y nos llevamos el fonógrafo arriba con nosotros. Más valía que Melanie no
sospechara demasiado. Pasamos por el vestíbulo de puntillas y subimos las
escaleras, con los brazos cargados.
Me tumbé entre las dos, con una mano en cada coño.
Estuvieron tumbadas y quietas un rato largo, profundamente dormidas, pensaba
yo. Estaba demasiado cansado para dormir. Me quedé tumbado con los ojos
abiertos, mirando a la oscuridad. Finalmente, me puse de costado. Mirando a
Maude. Al instante se volvió hacia mí, me rodeó con los brazos y pegó sus
labios a los míos. Después los retiró y me los puso al oído. «Te quiero»,
susurró débilmente. No respondí «¿Has oído?», susurró. «¡Te quiero!» La apreté
más fuerte y le puse la mano entre las piernas. Justo entonces sentí que Elsie
se daba la vuelta: se apretó contra mí como una cuchara contra otra cuchara.
Sentí deslizarse su mano entre mis piernas y apretarme los cojones. Me había
colocado los labios en el cuello y me estaba besando suave, cariñosamente, con
labios húmedos y frescos.
Después de un rato, me volví a poner boca arriba. Elsie
hizo lo mismo. Cerré los ojos, intenté conciliar el sueño. Fue imposible. La
cama estaba deliciosamente blanda, los cuerpos a mi lado eran suaves y se me
pegaban, y tenía el olor a cabello y a sexo en las ventanas de la nariz. Del
jardín llegaba la intensa fragancia de tierra mojada por la lluvia. Era
extraño, extraño y sedante, volver a estar en aquella cama, la cama conyugal,
con una tercera persona junto a nosotros, y los tres bañados en una atmósfera
de lujuria franca y sensual. Era demasiado bonito para ser cierto. Esperaba que
se abriese la puerta de par en par en cualquier momento y que una voz acusadora
gritara: «¡Salid de aquí, desvergonzados!» Pero sólo había el silencio de la
noche, la oscuridad, los olores sensuales y penetrantes de la tierra y del
sexo.
Cuando volví a darme la vuelta, fue hacia Elsie. Estaba
esperándome, deseosa de apretar el coño contra mí, de deslizarme hasta la
garganta su lengua espesa y tiesa.
«¿Está dormida?», susurró. «Hazlo otra vez», suplicó.
Me quedé inmóvil, con la polla fláccida y el brazo
descansando sobre su cintura.
«Ahora, no», susurré. «Por la mañana tal vez.»
«No, ¡ahora!», suplicó. Mi picha estaba curvada en su mano
como un caracol muerto. «Por favor, por favor», susurró. «Lo deseo. Sólo otro
polvo, Henry.»
«Déjale dormir», dijo Maude, arrimándose a mí. Su voz
sonaba como si estuviera drogada.
«De acuerdo», dijo Elsie, al tiempo que daba palmaditas a
Maude en el brazo. Después, tras unos momentos de silencio, con los labios
apretados contra mi oído, susurró despacio, haciendo una pausa entre cada
palabra: «Cuando se quede dormida, ¿eh?» Dije que sí con la cabeza. De repente,
sentí que me quedaba dormido. «Gracias a Dios», me dije.
Hubo un vacío, un largo vacío, me pareció, durante el cual
estuve completamente ausente. Fui despertándome poco a poco, levemente
consciente de que mi picha estaba en la boca de Elsie. Le pasé la mano por la
cabeza y le acaricié la espalda. Ella subió la mano y me colocó los dedos sobre
la boca, como para advertirme que no protestara. Advertencia inútil, porque,
cosa bastante curiosa, me había despertado con pleno conocimiento de lo que
estaba ocurriendo. Mi picha estaba ya respondiendo a las caricias labiales de
Elsie. Era una picha nueva; parecía más delgada, más larga, puntiaguda: una
picha semejante a la de un perro. Y tenía vida, como si hubiera recuperado las
fuerzas independientemente, como si hubiese echado una siesta por su cuenta.
Despacio, con suavidad, en secreto —¿por qué habíamos
vuelto a disimular?, me pregunté—, puse a Elsie encima de mí. Su coño era
diferente del de Maude, más largo, más estrecho, como el dedo de un guante
deslizándose sobre mi picha. Hice comparaciones mientras la hacía subir y bajar
cautelosamente. Le pasé los dedos por el borde, le cogí la mata y le di un
suave tirón. Ni un susurro salió de nuestros labios. Ella tenía los dientes
clavados en mi hombro. Estaba arqueada, con lo que sólo tenía metida la punta y
ella hacía girar su culo lenta, hábil, atormentadoramente. De vez en cuando se
hundía en ella y se afanaba como un animal.
«Dios mío, ¡cómo me gusta!», susurró por fin. «Me gustaría
follar contigo todas las noches.»
Nos pusimos de costado y nos quedamos así pegados el uno
al otro, sin hacer movimientos, ni emitir sonidos. Con extraordinarias
contracciones musculares, su coño jugaba con mi picha como si tuviera vida y
voluntad propias.
«¿Dónde vives?», susurró. «¿Dónde puedo verte... a solas?
Escríbeme mañana... dime dónde puedo encontrarte. Quiero un polvo cada día...
¿me oyes? No te corras todavía, por favor. Quiero que dure eternamente.»
Silencio. Sólo el latido de su pulso entre las piernas.
Nunca sentí un ajuste tan ceñido, un ajuste ceñido tan largo, suave, sedoso,
limpio y fresco. No podían haberla follado más de una docena de veces. Y las
raíces de su cabello, tan fuertes y fragantes. Y sus pechos, firmes y suaves,
casi como manzanas. También los dedos, fuertes, ágiles, voraces, siempre
explorando, agarrando, acariciando, cosquilleando. Cómo le gustaba cogerme los
huevos, contenerlos en las palmas, sopesarlos y después rodear el escroto con
dos dedos como si fuera a ordeñarme. Y su boca siempre activa, con los dientes
mordiendo, pellizcando, mordisqueando...
Ahora está muy tranquila, no mueve ni un músculo. Vuelve a
susurrar. «¿Lo estoy haciendo bien? Me enseñarás, ¿verdad? Me muero de ganas.
Podría follar eternamente... Ya no estás cansado, ¿verdad? Quédate así... no te
muevas. Si me corro, no la saques... no la sacarás, ¿verdad? Dios mío, esto es
el cielo...»
Silencio otra vez. Tengo la sensación de que podría
quedarme así indefinidamente. Quiero oír más.
«Tengo una amiga», susurra. «Podríamos encontrarnos en su
casa... no diría nada. ¡La Virgen, Henry! Nunca pensé que pudiera ser así.
¿Puedes joder así todas las noches?»
Sonreía en la oscuridad.
«¿Qué pasa?», susurró.
«No todas las noches», susurré, casi a punto de soltar una
risita.
«¡Henry, folla! Rápido, fóllame... que me corro.»
Nos corrimos simultáneamente, un orgasmo prolongado que me
hizo preguntarme de dónde procedía el puñetero jugo.
«¡Lo has logrado!», susurró. Después: «Ya está bien... ha
sido maravilloso.»
Maude se dio la vuelta pesadamente en sueños. «Buenas
noches», susurré. «Voy a dormirme... estoy muerto.»
«Escríbeme mañana», susurró, besándome la mejilla. «O
telefonéame... promételo.»
Gruñí. Se apretó contra mí, con el brazo en torno a mi
cintura. Caímos en trance.
Capítulo XVII
Aquella excursión fue un domingo. No vi a Mona hasta el
martes cerca del amanecer. No es que me quedara con Maude... no. El lunes por
la mañana fui derecho a la oficina. Hacia mediodía telefoneé a Mona y me
dijeron que estaba durmiendo. Fue Rebecca quien contestó al teléfono. Dijo que
Mona no había estado en casa en toda la noche, que había estado ensayando. «¿Y
dónde estuviste tú toda la noche?», me preguntó, casi con interés de
propietaria. Le expliqué que la niña se había puesto enferma y que me había tenido
que quedar con ella toda la noche.
«Será mejor que inventes algo mejor que eso», se echó a
reír, «antes de hablar con Mona. Ha estado telefoneando toda la noche. Estaba
furiosa contigo.»
«Será por eso por lo que no ha venido a casa, supongo.»
«No esperarás que nadie crea tus historias, ¿verdad?»,
dijo Rebecca, soltando otra carcajada débil y ronca. «¿Vendrás esta noche?»,
añadió. «Te hemos echado de menos... ¿Sabes una cosa, Henry? No deberías
casarte nunca...»
La interrumpí. «Iré a casa a cenar, sí. Díselo cuando se
despierte, ¿quieres? Y no te rías cuando le cuentes lo que te he dicho... me
refiero a lo de la niña.»
Se echó a reír otra vez.
«Oye, Rebecca. Confío en ti. No me compliques las cosas.
Ya sabes que te aprecio mucho. Si alguna vez me caso con otra mujer, será
contigo, ya lo sabes...»
Más risas. Después: «Por el amor de Dios, Henry, ¡no
sigas! Pero ven a casa esta noche... Quiero que me lo cuentes todo. Arthur no
va a estar en casa. Te ayudaré... aunque no lo mereces.»
Así, que me fui a casa después de echar una siestecita en
la sala de patinaje. Además, al llegar estaba bastante animado gracias a una
entrevista en el último momento con un egiptólogo que quería trabajar de
repartidor nocturno. Una afirmación que había dejado caer sobre la probable
edad de las pirámides me había arrancado de la rutina tan violentamente, que la
cuestión de cómo reaccionaría Mona ante mi historia había pasado a serme
completamente indiferente. Según había dicho, y estaba seguro de haberle oído
correctamente, había razones para creer que las pirámides podían tener sesenta
mil años... por lo menos. Si eso fuera cierto, podía desecharse toda la
puñetera concepción de la civilización egipcia... y muchas otras concepciones
científicas también. En el metro me sentí inconmensurablemente más viejo de lo
que había pensado nunca que pudiera uno sentirse. Estaba intentando remontarme
veinte o treinta mil años, en algún punto intermedio entre la erección de
aquellos monolitos enigmáticos y el supuesto amanecer de esa remota
civilización del Nilo. Estaba suspendido en el tiempo y en el espacio. La
palabra «edad» empezó a adquirir un nuevo significado. Al mismo tiempo se me
ocurrió una idea fantástica: ¿y si viviera hasta los ciento cuarenta años o
hasta los ciento cincuenta y cinco? ¿Qué tal quedaría en una comparación el
pequeño incidente que estaba intentando encubrir —el asunto de Organza
Friganza— a la luz de ciento cincuenta años de experiencia? ¿Qué importaría que
Mona me dejara? ¿Qué importaría dentro de tres generaciones cómo me hubiese
comportado la noche del catorce del tal mes y tal año? ¿Y suponiendo que
conservara la virilidad a los noventa y cinco años y que hubiese sobrevivido a
la muerte de seis esposas, u ocho, o diez? ¿Y suponiendo que en el siglo XXI se
diese una vuelta al mormonismo? ¿O que empezáramos a comprender, y no sólo a
comprender, sino también a practicar, la lógica sexual de los esquimales? ¿Y
suponiendo que se aboliese la idea de propiedad y que se acabara con la
institución del matrimonio? Dentro de setenta u ochenta años podrían producirse
revoluciones tremendas. Dentro de setenta u ochenta años yo sólo contaría cien
años de edad más o menos... relativamente joven todavía. Probablemente habría
olvidado los nombres de la mayoría de mis esposas, por no decir nada de las
efímeras compañeras de una noche... Cuando entré, estaba casi exaltado.
Rebecca acudió al instante a mi habitación. La casa estaba
vacía. Me dijo que Mona había telefoneado para decir que estaba en otro ensayo.
No sabía cuándo volvería a casa.
«Excelente», dije. «¿Has hecho cena?»
«Dios mío, Henry, eres adorable.» Me rodeó con los brazos
afectuosamente y me dio un abrazo de camarada. «Ojalá fuera así Arthur. Sería
más fácil perdonarle a veces.»
«¿No hay nadie por aquí?», pregunté. Era de lo más
inhabitual que la casa estuviese tan desierta.
«No, todo el mundo se ha ido», dijo Rebecca, examinando el
asado en el horno. «Ahora puedes contarme sobre el gran amor de que me estabas
hablando por teléfono.» Volvió a reír, con una risa débil y natural que hizo
que un estremecimiento me recorriera el cuerpo.
«Sabes que no hablaba en serio», dije. «A veces digo
cualquier cosa... aunque en cierto modo también hablaba en serio. Entiendes,
¿verdad?»
«¡Perfectamente! Por eso me gustas. Eres totalmente infiel
y sincero. Es una combinación irresistible.»
«Sabes que estás segura conmigo, ¿no es eso?», dije,
acercándome y rodeándola con un brazo.
Se escabulló riéndose. «No creo tal cosa... ¡y tú lo
sabes!», exclamó.
«Te estoy adulando sólo por cortesía», dije, con una
amplia sonrisa. «Ahora vamos a darnos una comida íntima... Señor, ¡qué bien
huele!... ¿Qué es? ¿Pollo?»
«¡Cerdo!», dijo. «Pollo... ¿qué te has creído? ¿Que la he
hecho especialmente para ti? Sigue, cuéntame. Olvídate de la comida por un rato
más. Di algo agradable, si puedes. Pero no te acerques a mí, o te clavaré un
tenedor... Cuéntame lo que ocurrió anoche. A ver si te atreves a decirme la
verdad...»
«Eso no es difícil, mi maravillosa Rebecca. Sobre todo
estando solos. Es una larga historia: ¿estás segura de que te gustaría
escucharla?»
Estaba riéndose de nuevo.
«Joder, tienes una risa maliciosa», dije. «Bueno, en fin,
¿qué estaba diciendo? Ah, sí, la verdad... Mira, la verdad es que me acosté con
mi mujer...»
«Eso ya me lo imaginaba», dijo Rebecca.
«Pero espera, eso no es todo. Además, había otra mujer...»
«¿Quieres decir después de que te acostaras con tu
mujer... o antes?»
«Al mismo tiempo», dije, sonriendo afablemente.
«¡No, no! ¡No me digas eso!» Dejó caer el cuchillo de
trinchar y se quedó con los brazos en jarras mirándome escrutadora. «No sé...
contigo todo es posible. Espera un momento. Espera a que ponga la mesa. Quiero
enterarme de todo, desde el principio hasta el fin.»
«¿No tienes un poco de ginebra?», dije.
«Tengo un poco de vino tinto... tendrás que conformarte
con eso.»
«¡Bien, bien! Por supuesto, que me conformo. ¿Dónde está?»
Mientras yo descorchaba la botella, se me acercó y me
cogió del brazo. «Oye, dime la verdad», dijo. «No te delataré.»
«Pero, ¡si te estoy diciendo la verdad!»
«Muy bien, calla, entonces. Espera a que nos sentemos...
¿Te gusta la coliflor? No tengo ninguna otra verdura.»
«Me gusta cualquier clase de comida. Me gusta todo. Me
gustas tú, me gusta Mona, me gusta mi mujer, me gustan los caballos, las vacas,
las gallinas, el pinochle, la tapioca, Bach, la bencina, la urticaria...»
«Te gusta... Eso eres tú, enteramente. Es maravilloso
escucharte. Me haces sentir hambre a mí también. Te gusta todo, sí... pero no
amas.»
«También amo. Amo la comida, el vino, a las mujeres. Claro
que amo. ¿Qué te hace pensar que no? Si algo te gusta, lo amas. El amor sólo es
el grado superlativo. Amo como Dios ama... sin distinción de tiempo, lugar,
raza, color, sexo, etc. También te amo a ti... de ese modo. Supongo que no es
bastante.»
«Querrás decir que es demasiado. Eres un exagerado... Oye,
cálmate un momento. Trincha la carne, ¿quieres? Voy a preparar la salsa.»
«Salsa... oh, oh. Amo la salsa.»
«Igual que amas a tu mujer y a mí y a Mona, ¿no es eso?»
«Más todavía. Ahora mismo todo es salsa. Podría bebérmela
a cucharadas del cazo. La rica salsa espesa, pesada y negra... es maravillosa.
Por cierto, acabo de hablar con un egiptólogo: quería trabajar de repartidor.»
«Aquí está la salsa. No cambies de tema. Ibas a hablarme
de tu mujer.»
«Claro, claro, te hablaré de ella. Te hablaré de eso
también. Te lo contaré todo. Antes que nada, quiero decirte lo guapa que
estás... con la salsa en la mano.»
«Si no dejas ese tema», dijo, «te clavaré un cuchillo.
¿Qué te ha pasado, de todos modos? ¿Es que tu mujer ejerce tanto efecto sobre
ti, cada vez que la ves? Debiste de pasártelo bomba.» Se sentó, no enfrente de
mí, sino a un lado.
«Sí, me lo pasé bomba», dije. «Y luego que hoy ha venido
ese egiptólogo...»
«¡Oh, al diablo con el egiptólogo! Quiero oír lo de tu
mujer... y de esa otra mujer. Señor, como estés inventándotelo, ¡te mato!»
Por un rato me ocupé del cerdo y la coliflor. Eché unos
tragos de vino para pasarlos. Una comida suculenta. No podía sentirme mejor.
Necesitaba recuperar fuerzas.
«Fue así», empecé, después de haber tragado unos bocados.
Ella se echó a reír entre dientes.
«¿Qué pasa? ¿Qué he dicho ahora?»
«No es lo que dices, sino la forma como lo dices. Pareces
tan sereno y despreocupado, tan inocente. Señor, sí, eso es: inocente. Si se
hubiera tratado de un asesinato en lugar de un adulterio, o una fornicación,
habrías empezado del mismo modo. Te diviertes, ¿verdad?»
«Naturalmente... ¿por qué no? ¿Por qué no habría de
hacerlo? ¿Acaso es tan extraño?»
«No-o-o», dijo, arrastrando los sonidos. «Supongo que
no... o que no debería serlo, en cualquier caso. Pero haces que todo parezca un
poco demencia! a veces. Eres demasiado exagerado. ¡Deberías haber nacido en
Rusia!»
«¡Sí, Rusia! Eso es... ¡Amo a Rusia!»
«Y amas el cerdo y la coliflor... y la salsa y a mí. Dime,
¿qué es lo que no amas? ¡Piensa primero! De verdad, que me gustaría saberlo.»
Engullí un jugoso pedazo de cerdo grasiento bañado en
salsa y la miré. «Pues, para empezar, no me gusta el trabajo.» Me detuve un
momento a pensar qué otra cosa no me gustaba. «Oh, sí», dije, absolutamente en
serio, «y no me gustan las moscas».
Se echó a reír. «El trabajo y las moscas... conque ¿eso
es? Debo recordarlo. Señor, ¿eso es todo lo que no te gusta?»
«De momento, eso es todo lo que se me ocurre.»
«¿Y qué me dices del crimen, la injusticia, la tiranía y
cosas así?»
«¿Y qué quieres que te diga?», dije. «¿Qué puede uno hacer
con respecto a cosas así? Lo mismo podrías preguntarme: ¿qué me dices del
tiempo?»
«¿Lo dices en serio?»
«Naturalmente que sí.»
«¡Contigo no se puede! O quizá sea que no puedes pensar
cuando estás comiendo.»
«Eso es cierto», dije. «No pienso muy bien cuando estoy
comiendo. ¿Y tú? En realidad, no quiero. En fin, nunca he sido un gran
pensador. En cualquier caso, pensar no te lleva a ninguna parte. Es una falsa
ilusión. Pensar te vuelve morboso... Por cierto, ¿tienes algún postre... un
poco de ese Liederkranz? Es un queso maravilloso, ¿no crees?»
«Supongo que parece gracioso», continué, «oír a alguien
decir "Me encanta, es maravilloso, es bueno, es magnífico” refiriéndose a
todo. Desde luego, no me siento así todos los días... pero me gustaría. Y me
siento así cuando estoy normal, cuando soy yo. A todo el mundo le sucede, si se
le da una oportunidad. Es el estado natural del corazón. El problema es que la
mayor parte del tiempo estamos aterrorizados. Digo "estamos
aterrorizados”, pero quiero decir que nos aterrorizamos a nosotros mismos.
Anoche, por ejemplo. No puedes imaginarte lo extraordinario que fue. Nada
externo lo creó... a no ser que fueran los truenos. De repente, todo era
diferente... y, sin embargo, era la misma casa, la misma atmósfera, la misma
esposa, la misma cama. Era como si de pronto hubiese desaparecido la presión...
quiero decir la presión psíquica, ese incomprensible aguafiestas que nos sofoca
desde el momento en que nacemos... Has hablado de la tiranía, la injusticia y
cosas así. Naturalmente, sé lo que quieres decir. Solía ocuparme de esos
problemas, cuando era más joven... cuando tenía quince o dieciséis años. Lo
entendía todo, muy claramente... es decir, en la medida en que la mente le
permite a uno entender las cosas. Era más puro, más desinteresado, por decirlo
así. No tenía que defender ni apoyar nada, y mucho menos un sistema en el que
nunca creí, ni siquiera de niño. Creé todo un universo ideal, mío propio. Era
muy sencillo: ni dinero, ni propiedad, ni leyes, ni policía, ni gobierno, ni
soldados, ni verdugos, ni cárceles, ni escuelas. Eliminé todos los elementos
perturbadores y represivos. La libertad perfecta. Era un vacío... y en él
exploté. Mira, lo que deseaba en realidad era que todo el mundo se comportara
como yo me comportaba, o creía comportarme. Quería un mundo hecho a mi propia
imagen, un mundo que respirase mi espíritu. Me convertí a mí mismo en Dios,
puesto que no había nada que me lo impidiera...»
Me detuve a tomar aliento. Noté que estaba escuchando con
la mayor seriedad.
«¿Sigo? Probablemente hayas oído este tipo de cosas mil
veces.»
«Sí, sigue», dijo suavemente, poniéndome una mano en el
brazo. «Estoy empezando a ver otro ser en ti. Me gustas más en esta vena.»
«¿No has olvidado el queso? Por cierto, el vino no está
nada mal. Quizá un poco áspero, pero no es malo.»
«Oye, Henry, come, bebe, fuma, haz lo que quieras, hasta
hartarte. Pero no dejes de hablar ahora... por favor.»
Estaba a punto de sentarse. Me levanté de repente, con los
ojos llenos de lágrimas, y la rodeé con los brazos. «Ahora puedo decirte
honrada y sinceramente», dije, «que te amo.» No intenté besarla... me limité a
abrazarla. Me separé de ella por mi propia voluntad, me senté, cogí el vaso de
vino y lo acabé de un trago.
«Eres un actor», dijo. «En el sentido auténtico de la
palabra, desde luego. No me sorprende que la gente te tema a veces.»
«Ya lo sé, a veces me temo a mí mismo. Sobre todo cuando
la otra persona responde. No sé dónde quedan los límites justos. Supongo que no
hay límites. Nada sería malo ni feo ni perverso... si de verdad siguiéramos
nuestros impulsos. Pero es difícil hacer entender eso a la gente. En cualquier
caso, ésa es la diferencia entre el mundo de la imaginación y el mundo del
sentido común, que no es sentido común en absoluto, sino pura bestialidad y
demencia. Si te paras a mirar las cosas... digo mirar, no pensar, no criticar...
el mundo te parece absolutamente demencial. ¡Y, por Dios, que es demencial! Es
tan demencial, cuando las cosas son normales y pacíficas como en épocas de
guerra o revolución. Los males son males demenciales, y las panaceas son
panaceas demenciales. Porque nos vemos conducidos como perros. Estamos huyendo.
¿De qué? No lo sabemos. De un millón de cosas sin nombre. Es una huida
desordenada, un pánico. No hay un lugar definitivo donde retirarse... a no ser
que, como te digo, te quedes inmóvil. Si eres capaz de hacerlo, sin perder el
equilibrio, sin dejarte llevar por la embestida, puede que también seas capaz
de controlarte, de actuar, no sé si me explico. Ya sabes lo que quiero decir...
Desde el momento en que te despiertas hasta el momento en que te vas a la cama,
todo es una mentira, una vergüenza y una estafa. Todo el mundo lo sabe, y todo
el mundo colabora en la perpetuación del fraude. Por eso es por lo que
parecemos más desagradables que la hostia unos a otros. Por eso es por lo que
es tan fácil organizar una guerra, o un pogrom, o una cruzada contra el vacío,
o cualquier puñetera cosa que desees. Siempre es más fácil ceder, partir la
cara a alguien, porque por lo que todos rezamos es por acabar, pero acabar de
verdad y sin retorno. Si todavía pudiéramos creer en un dios, lo convertiríamos
en un dios de venganza. Pondríamos en sus manos de todo corazón la tarea de
limpiar las cosas a fondo. Es demasiado tarde para que aspiremos a limpiar el
desbarajuste. Estamos metidos en él hasta los ojos. No queremos un mundo
nuevo... queremos poner fin al desbarajuste que hemos creado. A los dieciséis
años puedes creer en un mundo nuevo... puedes creer en cualquier cosa, de
hecho... pero a los veinte estás condenado, y lo sabes. A los veinte estamos
bien sujetos, y lo máximo a que podemos aspirar es a librarnos con las manos y
las piernas intactas. No es que se desvanezca la esperanza... La esperanza es
un signo funesto; significa impotencia. El valor tampoco sirve: todo el mundo
puede hacer acopio de valor para lo que no debe. No sé qué decir... a no ser
que use una palabra como visión. Y con eso no me refiero a una imagen
proyectada del futuro, de algún ideal vuelto real. Me refiero a algo más
flexible, más constante: una supervista permanente, por decirlo así... algo así
como un tercer ojo. En tiempos lo tuvimos. Había una especie de clarividencia
que era natural y común a todos los hombres. Entonces sobrevino la mente, y ese
ojo que nos permitía ver la totalidad y alrededor y más allá quedó absorbido
por el cerebro, y pasamos a tener conciencia del mundo, y unos de otros, de una
forma nueva. Nuestros lindos e insignificantes yoes florecieron; tomamos
conciencia de nosotros mismos, y con ello apareció el engreimiento, la
arrogancia, la ceguera, una ceguera como nunca antes se había conocido, ni
siquiera los ciegos.»
«¿De dónde sacas esas ideas?», dijo Rebecca de repente.
«¿O las estás inventando en el momento? Espera un instante... quiero que me
digas una cosa. ¿Pones por escrito alguna vez tus pensamientos? En fin, ¿de qué
escribes? Nunca me has enseñado nada. No tengo la menor idea de lo que estás
haciendo.»
«Ah, eso», dije, «da igual que no hayas leído nada.
Todavía no he dicho nada. Parece que no puedo comenzar. No sé qué demonios
escribir primero, hay tanto que decir.»
«Pero, ¿escribes como hablas? Eso es lo que quiero saber.»
«Creo que no», dije, ruborizándome. «Todavía no sé nada
sobre el arte de escribir. Supongo que tengo miedo al ridículo.»
«No deberías tenerlo», dijo Rebecca. «No lo tienes, cuando
hablas, ni tampoco cuando actúas.»
«Rebecca», dije, hablando lenta y decididamente, «si
supiera de lo que soy capaz de hacer, no estaría aquí sentado hablando contigo.
A veces tengo la sensación de que voy a explotar. La verdad es que me importa
un pito la miseria del mundo. La doy por sentada. Lo que quiero es abrirme.
Quiero saber lo que hay dentro de mí. Quiero que todo el mundo se abra. Soy
como un imbécil con un abrelatas en la mano, preguntándome por dónde empezar...
para abrir la tierra. Sé que por debajo del desbarajuste todo es maravilloso.
Estoy seguro de ello. Lo sé porque la mayoría de las veces me siento
maravillosamente. Y cuando me siento así, todo el mundo me parece
maravilloso... todo el mundo y todas las cosas... hasta los guijarros y los
trozos de cartón... la barba de un chivo, si prefieres. Sobre eso es sobre lo
que quiero escribir... pero no sé cómo... no sé por dónde empezar. Quizá sea
algo demasiado personal. Tal vez parecieran puros disparates... Mira, a mí me
parece como si los artistas, los científicos, los filósofos estuviesen puliendo
lentes. Todo es una gran preparación para algo que nunca llega. Un día la lente
va a estar perfecta y entonces todos vamos a ver claro, vamos a ver que se
trata de un mundo asombroso, maravilloso, bello. Pero entretanto vamos sin gafas,
por decirlo así. Andamos a tientas como idiotas miopes entornando los ojos. No
vemos lo que tenemos delante de las narices, porque estamos tan empeñados en
ver las estrellas o lo que queda más allá de las estrellas. Estamos intentando
ver con la mente, pero la mente sólo ve lo que se le dice que vea. La mente no
puede abrir los ojos y mirar por el simple placer de mirar. ¿No has notado
nunca que, cuando dejas de mirar, cuando no intentas ver, ves de repente? ¿Qué
es lo que ves?
¿Quién es el que ve? ¿Por qué es todo tan diferente —tan
maravillosamente diferente— en esos momentos? ¿Y cuál es más real: esa clase de
visión o la otra? Ya sabes lo que quiero decir... Cuando te sientes inspirado,
la mente se te queda en suspenso; se la entregas a alguien, a un poder
invisible e incognoscible que toma posesión de ti, como solemos decir con toda
propiedad. ¿Qué demonios significa eso... en caso de que signifique algo? ¿Qué
sucede cuando el mecanismo de la mente afloja el ritmo o se queda inmóvil? Sea
lo que fuere lo que escojas —o comoquiera que lo hagas— para examinarlo, ese
otro modus operandi es de un orden diferente. La máquina funciona
perfectamente, pero su objeto y fin parecen puramente gratuitos. Tiene otra
clase de sentido... un sentido grandioso, si lo aceptas incondicionalmente, y
sinsentido —o, mejor, no sinsentido, sino locura—, si intentas examinarlo con
el otro mecanismo... Joder, me parece que me estoy yendo por las ramas.»
Poco a poco fue dirigiéndome a la historia que quería oír.
Sentía una curiosidad ávida por los detalles. Se rió mucho... con aquella risa
débil y natural, que era provocativa y aprobadora a un tiempo.
«Escoges las mujeres más extrañas», dijo. «Pareces elegir
con los ojos cerrados. ¿Es que nunca piensas por adelantado lo que va a
significar vivir con ellas?»
Siguió así por un rato y después me di cuenta de repente
de que había centrado la conversación en Mona. Mona: era un misterio para ella.
Me preguntó qué teníamos en común. ¿Cómo podía soportar sus mentiras, sus
simulaciones... o es que no me importaban esas cosas? Seguro que tenía que
haber terreno firme en alguna parte... no se podía construir sobre arenas
movedizas. Había pensado mucho en nosotros, antes incluso de conocer a Mona.
Había oído hablar de ella, a personas diferentes, había sentido curiosidad por
conocerla, por entender cuál era su gran atracción... Mona era bella, sí
—cautivadoramente bella—, y tal vez inteligente también. Pero, señor, ¡tan
teatral! No había por dónde cogerla; te eludía como un fantasma.
«¿Qué sabes de ella realmente?», preguntó desafíante.
«¿Has conocido a sus padres? ¿Sabes algo de su vida antes de conocerla?»
Confesé que no sabía casi nada. Quizá fuera mejor no
saber, declaré. Había algo atractivo en el misterio que la envolvía.
«¡Oh, tonterías!», dijo Rebecca mordaz. «No creo que haya
ningún gran misterio en eso. Probablemente su padre sea un rabino.»
«¿Cómo? ¿Qué te hace decir eso? ¿Cómo sabes que es judía?
Ni siquiera lo sé yo.»
«Querrás decir que no quieres saberlo. Naturalmente, yo
tampoco lo sé; sólo sé que lo niega tan vehementemente: eso siempre le hace
sospechar a uno. Además, ¿acaso tiene aspecto de americana media? Vamos, vamos,
no me digas que no sospechas lo mismo: no eres tan tonto.»
Lo que me sorprendía más que nada, en relación con
aquellas observaciones, era que Rebecca hubiese conseguido tratar el tema con
Mona. Ni la menor alusión a ello había llegado a mis oídos. Habría dado
cualquier cosa por estar detrás de una cortina durante ese encuentro.
«Si de verdad quieres saberlo», dije, «preferiría que
fuera judía a cualquier otra cosa. Nunca la he sondeado con respecto a eso,
desde luego. Evidentemente, es un tema delicado. Un día se destapará con
respecto a eso, ya verás...»
«Eres un jodio romántico», dijo Rebecca. «En realidad,
eres incurable. ¿Por qué había de ser una chica judía diferente de una gentil?
Yo vivo en los dos mundos... no encuentro nada extraño o maravilloso en ninguno
de los dos.»
«Naturalmente», dije. «Siempre eres la misma persona. Tú
no cambias de un ambiente a otro. Eres sincera y abierta. Podrías llevarte bien
en cualquier parte con cualquier grupo o raza. Pero la mayoría de la gente no
es así. La mayoría de la gente es consciente de la raza, el color, la religión,
la nacionalidad, y demás. Para mí, todas las personas son misteriosas, cuando
las observo detenidamente. Puedo percibir sus diferencias con mayor facilidad
que su parentesco. En realidad, me gustan las distinciones que las separan
tanto como lo que las une. Creo que es absurdo fingir que todos somos bastante
parecidos. Sólo los grandes individuos, los verdaderamente característicos, se
parecen. La hermandad no comienza por abajo, sino por arriba. Cuanto más nos
acercamos a Dios, más nos parecemos. Abajo es como un montón de basura... es
decir, que desde lejos todo parece basura, pero, cuando te acercas, adviertes
que esa llamada «basura» se compone de miles de millones de partículas
diferentes. Y, aun así, por diferente que sea un trozo de «basura» de otro, la
auténtica diferencia sólo se manifiesta, cuando observas algo que no sea
«basura». Aun cuando los elementos que componen el universo puedan reducirse a
una sola sustancia vital... bueno, no sé qué iba a decir exactamente... tal vez
esto... que mientras haya vida, habrá diferenciación, valores, jerarquías. La
vida siempre está formando estructuras piramidales, en todos los dominios. Si
estás en la base, recalcas la semejanza de las cosas; si estás en la cúspide, o
cerca de ella, tomas conciencia de la diferencia entre las cosas. Y si algo es
oscuro —sobre todo una persona—, te sientes atraído por encima de tu voluntad.
Puede que descubras que era una búsqueda vacía, que no había nada en eso, nada
más que una interrogación, pero aun así...»
Sentí deseos de añadir algo más. «Y también se da lo
opuesto a todo esto», continué. «Como, por ejemplo, mi ex mujer. Naturalmente,
debería haber sospechado que tenía otra faceta, al odiarla tanto por ser tan
puñeteramente mojigata y decente. Está muy bien decir que una persona recatada
en exceso es extraordinariamente impúdica, como hacen los analistas, pero
sorprender a alguien pasando de lo uno a lo otro, eso es algo que no tienes
oportunidad de presenciar con frecuencia. O si la tienes, la transformación
suele producirse con otra persona. Pero ayer la vi producirse ante mis ojos, y
no con otra persona, sino, ¡conmigo! Por mucho que creas conocer los
pensamientos secretos de una persona, aun sus impulsos inconscientes y todo
eso, aun así, cuando la conversión se produce ante tus ojos, empiezas a
preguntarte si has conocido alguna vez a la persona con la que has estado
viviendo toda tu vida. Está muy bien que te digas, a propósito de un amigo
querido: «Tiene todos los instintos de un criminal», pero, cuando lo ves
dirigirse hacia ti con un cuchillo, eso es otra cosa. No sé por qué, pero no
estás del todo preparado para eso, por muy listo que seas. Como máximo, podrías
considerarlo capaz de hacerlo a otra persona... pero nunca a ti... ¡oh. Dios
mío, no! Ahora siento que debo estar preparado para esperar cualquier cosa de
quienes pueda sospechar lo más mínimo. No quiero decir que haya que estar
angustiado, no, eso no... no hay que sorprenderse, nada más. La única sorpresa
debería ser que todavía puedas sorprenderte. Eso es. Eso es jesuítico, ¿eh? Oh,
sí, cuando me lanzo, no puedo parar... Rabino, has dicho hace un momento. ¿Has
pensado alguna vez que yo podría ser un buen rabino? Lo digo en serio. ¿Por qué
no? ¿Por qué no podría ser un rabino, si lo deseara? ¿O un pope, o un mandarín,
o un Dalai Lama? Si puedes ser un gusano, también puedes ser un dios.»
La conversación siguió así durante varias horas, y no se
interrumpió hasta la llegada de Arthur Raymond. La prolongué un poco más para
disipar cualquier sospecha por su parte, y después me retiré. Hacia el amanecer
regresó Mona, muy despierta, más encantadora que nunca, con la piel brillante
como calcio. Apenas escuchó mis explicaciones sobre la noche anterior; estaba
exaltada, pagada de sí misma. Tantas cosas habían ocurrido desde entonces: no
sabía por dónde empezar. En primer lugar, le habían prometido el papel suplente
de la protagonista en la próxima producción. Es decir, se lo había prometido el
director: nadie más tenía noticias todavía. Estaba enamorado de ella...
locamente enamorado. Había sido él quien había estado preparándola todo el
tiempo. Le había estado enseñando a respirar, a relajarse, a mantenerse de pie,
a andar, a usar la voz. Era maravilloso. Era una persona nueva, con poderes
desconocidos. Tenía fe en sí misma, una fe ilimitada. Pronto iba a tener el
mundo a sus pies. Iba a tomar Nueva York al asalto, hacer giras por el país, ir
al extranjero tal vez... ¿Quién podía predecir lo que le reservaba el futuro?
Aun así, también estaba un poco asustada de todo aquello. Quería que yo la
ayudara; debía escucharla leer el guión de su nuevo papel. Había tantas cosas
que no sabía... y no quería revelar su ignorancia ante sus amartelados
adoradores. Tal vez fuera a ver al viejo fósil del Ritz-Carlton, a hacer que le
comprase un nuevo vestuario. Necesitaba sombreros, zapatos, vestidos, blusas,
guantes, medias... tantas, tantas cosas. Ahora era importante cuidar la
apariencia. También iba a peinarse de otro modo. Tuve que ir con ella al salón
y observar el nuevo porte, los nuevos andares que había adoptado. ¿No había yo
notado el cambio en su voz? Bueno, pues, pronto lo notaría. Iba a estar
completamente transformada... y yo iba a amarla todavía más. Ahora iba a ser
cien mujeres diferentes para mí. De repente se acordó de un antiguo admirador
al que había olvidado, un empleado del Imperial Hotel. Ese le compraría todo lo
que necesitaba... sin decir palabra. Sí, tenía que telefonearle por la mañana.
Yo podría reunirme con ella para cenar, con su nuevo atuendo. No iba a estar
celoso, ¿verdad? Era joven, el empleado, pero un perfecto idiota, un simplón,
un lelo. La única razón por la que ahorraba dinero era para que ella pudiese
gastarlo. No le servía para nada más; era demasiado estúpido como para saber
qué hacer con él. Con sólo que pudiese cogerle la mano furtivamente, se sentía
agradecido. Tal vez le diera un beso alguna vez... cuando necesitase algún
favor extraordinario.
Siguió así, charla que te charla... el tipo de guantes que
le gustaban, el tono de voz que debía adoptar, el modo de andar de los indios,
el valor de los ejercicios de yoga, la forma de ejercitar la memoria, el
perfume que convenía a su estado de ánimo, el carácter supersticioso de la
gente del teatro, su generosidad, sus intrigas, sus amoríos, su orgullo, su
vanidad. Lo que sentía al ensayar en una sala vacía, las bromas y jugarretas
que ocurrían entre bastidores, la actitud de los tramoyistas, el aroma peculiar
de los camerinos. ¡Y los celos! Todo el mundo celoso de todos los demás.
Fiebre, agitación, confusión, esplendor. Un mundo dentro de un mundo. Quedaba
uno embriagado, drogado, alucinado.
¡Y las discusiones! Una simple menudencia podía provocar
una controversia violenta, que a veces acababa en una riña en la que se tiraban
de los pelos. Algunos de ellos parecían tener dentro el diablo mismo, sobre
todo las mujeres. Sólo había una decente, y era muy joven e inexperta. Las
otras eran auténticas ménades, furias, harpías. Juraban como carreteros.
Comparadas con ellas, las chicas del baile eran angélicas.
Larga pausa.
Luego, sin venir a cuento, me preguntó cuándo era el
juicio del divorcio.
«Esta semana», dije, sorprendido ante el repentino giro de
sus pensamientos.
«Nos casaremos en seguida», dijo.
«Desde luego», respondí.
No le gustó la forma como dije «desde luego». «No tienes
que casarte conmigo, si no quieres», dijo.
«Pero sí que quiero», dije. «Y después nos iremos de esta
casa... buscaremos una para nosotros solos.»
«¿Lo dices en serio?», exclamó. «¡Qué alegría me das! He
estado esperando oírte decir eso. Quiero empezar una nueva vida contigo.
¡Alejémonos de toda esta gente! Y quiero que dejes ese horrible trabajo.
Buscaré un lugar en que puedas escribir. No necesitarás ganar ningún dinero.
Pronto estaré yo ganando el dinero a puñados. Podrás tener lo que quieras. Te
compraré todos los libros que quieras leer... Quizá escribas una obra de
teatro... ¡y yo actuaré en ella! Eso sería maravilloso, ¿verdad?»
Me pregunté qué habría dicho Rebecca de aquella
conversación, si hubiera estado escuchando. ¿Habría oído sólo a la actriz, o
habría detectado el germen de un nuevo ser que se expresaba? Tal vez ese rasgo
misterioso de Mona no radicara en el oscurecimiento, sino en la germinación.
Era cierto que los contornos de su personalidad no estaban definidos
claramente, pero eso no era razón para acusarla de falsedad. Era mimética,
camaleónica, y no por fuera, sino por dentro. Exteriormente todo en ella estaba
acentuado y definido; dejaba su marca en uno al instante. Interiormente, era
como una columna de humo; la menor presión de su voluntad alteraba la
configuración de su personalidad en el acto. Era sensible a las presiones, no a
la presión de la voluntad de los otros, sino de sus deseos. El papel
histriónico en ella no era algo que se pudiera quitar y poner: era su forma de
aproximarse a la realidad. Lo que pensaba lo creía; lo que creía era real; lo
que era real lo representaba. Para ella, nada era irreal, excepto aquello en lo
que no estuviera pensando. Pero en cuanto centraba su atención en algo, por
monstruoso, fantástico o increíble que fuera, se volvía real. En ella las
fronteras nunca estaban cerradas. Las personas que le atribuían una voluntad
férrea se equivocaban. Tenía voluntad, sí, pero no era la voluntad lo que la
lanzaba de cabeza a situaciones nuevas y sorprendentes: era su permanente
disposición, su viveza, para representar sus ideas. Podía pasar de un papel a
otro con rapidez abrumadora; cambiaba ante los ojos de uno con esa increíble y
escurridiza prestidigitación de la estrella del teatro de variedades, que
personifica los tipos más diversos. Ahora el teatro le enseñaba a hacer
deliberadamente lo que había estado haciendo inconscientemente toda su vida.
Estaban haciendo de ella una actriz sólo en el sentido de que estaban
revelándole los límites del arte; estaban indicando las limitaciones que rodean
a la creación. La única forma de hacer de ella una fracasada era soltándole la
brida.
Capítulo XVIII
El día del juicio me presenté ante el tribunal con talante
alegre y altanero. Todo había quedado acordado de antemano. Lo único que tenía
que hacer era alzar la mano, pronunciar un juramento estúpido, reconocer mi
culpabilidad y aceptar el castigo. El juez parecía un espantapájaros con
prismáticos lunares; sus negras alas aleteaban lúgubres en el silencio de la
sala. Parecía ligeramente molesto con mi serena complacencia; no reforzaba la
ilusión de su importancia, que era absolutamente nula. Yo no podía distinguirlo
de la barandilla de metal ni de la escupidera. La barandilla de metal, la
Biblia, la escupidera, la bandera americana, el secante de su mesa, los matones
de uniforme que preservaban el orden y el decoro, los conocimientos que estaban
escondidos en las células de su cerebro, los mohosos libros de su despacho, la
filosofía en que se basaba toda la estructura de la ley, las gafas que llevaba,
sus calzoncillos, su persona y su personalidad, todo el conjunto era una
colaboración absurda en nombre de una máquina ciega que me importaba tres
cojones. Lo único que deseaba era saber que estaba libre definitivamente para
meter la nariz en la trampa otra vez.
Todo se sucedía como en el juego de las tres en raya, una
cosa anulando otra, y al final, naturalmente, la ley aplastándote, como si
fueras una chinche gruesa y jugosa, cuando de pronto advertí que me estaba
preguntando si estaba dispuesto a pagar regularmente determinada cantidad de
pensión para el resto de mis días.
«¿Cómo es eso?», pregunté. La perspectiva de encontrar por
fin alguna oposición le hizo animarse apreciablemente. Se puso a farfullar un
galimatías en relación con la conformidad de pagar no sé qué cantidad.
«No estoy conforme con semejante cosa», dije
enfáticamente. «Tengo intención de pagar»... y entonces cité una suma que era
el doble de la cantidad que él había estipulado.
Ahora le tocaba a él decir: «¿Cómo es eso?»
Se lo repetí. Me miró como si hubiera perdido el juicio;
después, rápidamente, como si estuviese cogiéndome en una trampa, dijo
bruscamente: «¡Muy bien! Se hará como usted desea. Es su entierro.»
«Es mi gusto y privilegio», repliqué.
«¿Cómo?»
Se lo repetí. Me lanzó una mirada fulminante, hizo señas
al abogado para que se acercara, se inclinó y le susurró algo al oído. Tuve la
clara impresión de que estaba preguntando al abogado si estaba en mi sano
juicio. Asegurado al parecer de que lo estaba, alzó la vista y, fijando una
mirada dura en mí, dijo: «Joven, ¿sabe usted cuál es la sanción por no cumplir
con sus obligaciones?»
«No, señor», dije, «ni lo sé ni quiero saberlo. ¿Hemos
acabado ya? Tengo que volver a mi trabajo.»
Fuera hacía un día espléndido. Me puse a caminar sin
rumbo. Pronto estuve en el Puente de Brooklyn. Empecé a andar sobre el puente,
pero al cabo de unos minutos me desanimé, di la vuelta y me metí en el metro.
No tenía intención de volver a la oficina; me habían dado día libre y estaba
decidido a aprovecharlo al máximo.
En Times Square me apeé y me dirigí instintivamente al
restaurante francoitaliano cerca de la Tercera Avenida. En la trastienda del
establecimiento de ultramarinos, donde servían la comida, hacía fresco y estaba
oscuro. Al mediodía nunca había muchos clientes. Al cabo de poco sólo estábamos
yo y una chica irlandesa, alta y desgarbada, que ya había cogido una buena
cogorza. Entablamos una extraña conversación sobre la Iglesia católica durante
la cual repetía como un estribillo: «El Papa es buen tío, pero me niego a
besarle el culo.»
Finalmente empujó su silla hacia atrás, se levantó con
muchos esfuerzos e intentó dirigirse al servicio. (El servicio era usado tanto
por hombres como por mujeres y estaba en el pasillo.) Comprendí que nunca lo
conseguiría sola. Me levanté y la cogí del brazo. Estaba como una cuba y se
tambaleaba como un barco sacudido por la tempestad.
Cuando llegamos a la puerta del servicio, me rogó que la
ayudara a sentarse. La sostuve junto a la taza para que lo único que tuviera
que hacer fuese sentarse. Se alzó las faldas e intentó bajarse las bragas, pero
el esfuerzo era excesivo. «Bájamelas, ¿quieres?», me rogó con una sonrisa
somnolienta. Hice lo que me pedía, le acaricié el coño cariñosamente y la senté
en la taza. Después me volví para marcharme.
«¡No te vayas!», dijo con voz lastimera, al tiempo que me
agarraba la mano, y, acto seguido, empezó a vaciar el vientre. Esperé mientras
hacía aguas mayores y menores con bombas fétidas y demás. Durante toda la
operación repetía una y otra vez: «¡No, no voy a besarle el culo al Papa!»
Parecía tan absolutamente desvalida, que pensé que quizá tendría que limpiarle
el culo yo. Sin embargo, gracias a años de entrenamiento, consiguió hacerlo sin
ayuda, aunque tardó un rato increíblemente largo. Yo ya estaba a punto de
vomitar, cuando por fin me pidió que la levantara. Cuando estaba subiéndole las
bragas, no pude por menos de restregarle la mano por la mata de rosas. Era
tentador, pero el hedor era demasiado fuerte como para acariciar esa idea.
Mientras la ayudaba a salir del servicio, la patronne nos
vio y movió la cabeza con tristeza. Me pregunté si se daría cuenta de la
caballerosidad que necesité para realizar aquella acción. El caso es que
volvimos a la mesa, pedimos cafés solos y nos quedamos hablando un rato más. Al
serenarse, se volvió casi desagradablemente agradecida. Dijo que si la llevaba
a casa, podía poseerla: quería compensarme. «Me daré un baño y me cambiaré de
ropa», dijo. «Me siento sucia. Bueno, es que ha sido un asco, ¡la verdad!»
Le dije que la acompañaría hasta su casa en taxi, pero que
no podría quedarme con ella.
«Ahora te estás poniendo delicado», dijo. «¿Qué pasa? ¿Es
que no valgo bastante para ti? No es culpa mía, ¿no?, que tuviera que ir al
retrete. Tú también vas al retrete, ¿no? Espera a que me dé un baño... y verás
qué aspecto tengo. Oye, ¡dame la mano!» Le di la mano y se la metió bajo la
falda, en pleno coño tupido. «Pruébalo», me instó. «¿Te gusta? Pues es tuyo. Lo
restregaré y perfumaré para ti. Puedes disfrutarlo cuanto quieras. No tengo un
mal polvo. Y no soy una fulana tampoco, ¿entiendes? He cogido una toña, nada
más. Un tipo me ha dejado, y he sido tan loca como para tomármelo a pecho. No
te preocupes, no tardará en volver arrastrándose. Pero, joder, qué chalada
estaba por él. Le dije que no iba a besar el culo al Papa... y eso le hizo
disgustarse. Soy buena católica, igual que él, pero no puedo ver al Papa como
Cristo Todopoderoso, ¿y tú?»
Siguió con su monólogo, saltando de una cosa a otra como
una cabra. Me pareció entender que trabajaba de telefonista en un gran hotel.
No estaba mal tampoco, bajo su piel irlandesa. Me di cuenta de que podía ser
muy atractiva, una vez que se disiparan los vapores del alcohol. Tenía ojos muy
azules y pelo negro azabache, y una sonrisa que siempre era traviesa y
maliciosa. Tal vez subiera y la ayudase a bañarse. En último caso, podía
largarme, si algo salía mal. Lo que me preocupaba era que tenía que encontrarme
con Mona para cenar. Debía esperarla en el Salón Rosa del Mac-Alpin Hotel.
Subimos a un taxi y nos dirigimos hacia la parte alta de
la ciudad. En el taxi apoyó la cabeza en mi hombro. «Eres muy bueno conmigo»,
dijo con voz somnolienta. «No sé quién eres, pero conmigo eres estupendo. La
Virgen, ¡ojalá pudiera echar un sueñecito antes! ¿Me esperarías?»
«Pues ¡claro!», dije. «Puede que me eche una siesta yo
también.»
El piso era acogedor y atractivo, mejor de lo que había
esperado. Apenas había abierto la puerta, se quitó los zapatos. La ayudé a
desnudarse.
Cuando estaba delante del espejo, vestida sólo con las
bragas, tuve que reconocer que tenia una figura hermosa. Los pechos eran
blancos y llenos, redondos y firmes, con radiantes pezones color fresa.
«¿Por qué no te quitas eso también?», dije, señalando las
bragas.
«No, ahora no», dijo, mostrándose cohibida de repente y
enrojeciendo ligeramente.
«Te las he quitado antes», dije. «¿Qué más da ahora?» Le
puse la mano en la cintura como para bajárselas. «¡No hagas eso, por favor!»,
suplicó. «Espera a que me bañe.» Se detuvo un momento y después añadió: «Se me
está acabando el período.»
Eso zanjó la cuestión por mi parte. Volví a ver florecer
el anillo de llagas. Me entró pánico.
«De acuerdo», dije, «¡báñate! Me echaré aquí mientras lo
haces.»
«¿No quieres frotarme la espalda?», dijo, con los labios
torciéndosele en su sonrisa traviesa.
«Pues, claro que sí... desde luego», dije. La llevé hasta
el cuarto de baño, medio empujándola con mi prisa por librarme de ella.
Cuando se quitó las bragas, advertí una mancha de sangre
negra. En mi vida, pensé para mis adentros. No, señor, no mientras esté en mi
sano juicio. ¿Besar el culo al Papa?... ¡nunca!
Pero cuando se tumbó a enjabonarse, sentí que me
ablandaba. Le cogí el jabón de la mano y le froté el matorral. Se retorcía de
placer, mientras mis dedos jabonosos se enredaban en su pelo.
«Creo que se ha acabado», dijo, arqueando la pelvis y
exhibiendo el coño abierto con las dos manos. Mira... ¿ves algo?»
Le metí el dedo corazón de la mano derecha coño arriba y
le di suaves masajes. Volvió a tumbarse con las manos enlazadas bajo la nuca y
giró la pelvis despacio. «La Virgen, qué gusto da», dijo. «Sigue, hazlo un poco
más. Quizá no necesite echar una siesta.»
A medida que se excitaba, se puso a moverse más
violentamente. De repente, se separó las manos y con los dedos me desabrochó la
bragueta, me sacó la picha y se lanzó a por ella con la boca. Lo hizo como una
profesional, haciéndole de rabiar, atormentándola, adelantando los labios y
después asfixiándose con ella; se lo tragó como si fuera néctar y ambrosía.
Entonces volvió a recostarse en la bañera, suspiró
pesadamente y cerró los ojos.
Ahora es el momento de guillárselas, me dije, y, fingiendo
que iba a coger un cigarrillo cogí el sombrero y salí disparado. Mientras
corría escaleras abajo me llevé el dedo a la nariz y lo olí. No era mal olor.
Olía a jabón más que a otra cosa.
Unas noches más adelante, en el teatro dieron una
representación privada. Mona me rogó que no asistiera, diciendo que la pondría
nerviosa saber que yo estaba mirándola. Debía encontrarme con ella después en
la entrada del teatro de los artistas. Especificó la hora exacta.
Llegué antes de tiempo, no a la puerta de entrada de los
artistas, sino a la entrada del teatro. Miré los anuncios una y mil veces,
emocionado de ver su nombre en letras grandes y claras. Cuando empezó a salir
la multitud, crucé a la acera de enfrente y miré. No sabía por qué estaba
mirando: simplemente estaba clavado en aquel sitio. Estaba bastante oscuro
enfrente del teatro y había un embotellamiento de taxis.
De repente, vi que alguien se precipitaba impulsivamente
hacia la acera en que un hombre bajito estaba esperando un taxi. Era Mona. La
vi besar al hombre y después, cuando el taxi se alejaba, la vi decir adiós con
la mano. Después la mano le cayó inerte a su lado, y se quedó allí parada unos
minutos, como absorta en sus pensamientos. Finalmente, volvió corriendo al
teatro por la puerta principal.
Cuando me reuní con ella en la puerta de los artistas unos
minutos después, parecía sobreexcitada. Le conté lo que había presenciado.
«Entonces, ¿lo has visto?», dijo, cogiéndome la mano.
«Sí, pero, ¿quién era?»
«Pues, era mi padre. Se ha levantado de la cama para
venir. No va a durar mucho.»
Mientras hablaba, se le saltaron las lágrimas. «Ha dicho
que ahora ya puede morir tranquilo.» Dicho eso, se detuvo bruscamente y,
escondiendo la cara en las manos, se echó a llorar. «Debería haberlo acompañado
a casa», dijo deshecha.
«Pero, ¿por qué no me has dejado conocerlo?», dije.
«Podríamos haberlo acompañado a casa juntos.»
Se negó a hablar de eso. Quería irse a casa... irse a casa
sola y llorar. ¿Qué podía yo hacer? Tenía que asentir: parecía lo más delicado.
La puse en un taxi y la vi alejarse. Me sentía
profundamente emocionado. Entonces me puse en marcha, decidido a hundirme en la
muchedumbre. En la esquina de Broadway oí a una mujer llamarme por mi nombre.
Se me acercó corriendo.
«Has pasado por mi lado», dijo, «sin reconocerme. ¿Qué te
pasa? Pareces deprimido.» Me tendió las dos manos para que se las cogiese.
Era la ex esposa de Arthur Raymond, Irma.
«Es curioso», dijo, «acabo de ver a Mona hace unos
segundos. Ha salido de un taxi y ha bajado la calle corriendo. Parecía
enloquecida. Iba a hablarle, pero ha salido corriendo demasiado deprisa.
Tampoco creo que me haya visto... ¿Ya no vivís juntos? Pensaba que vivíais
todos en casa de Arthur.»
«¿Dónde la has visto exactamente?» Me preguntaba si podría
haberse equivocado.
«Pues, a la vuelta de la esquina.»
«¿Estás absolutamente segura?»
Sonrió de forma extraña. «¿Te parece que puedo confundirla
con otra persona?»
«No sé», mascullé, más que nada para mis adentros...
«parece imposible. ¿Cómo iba vestida?»
La describió con exactitud. Cuando dijo «una pequeña capa
de terciopelo», supe que no podía haber sido otra persona.
«¿Habéis reñido?»
«No-o-o, no precisamente...»
«Bueno, a estas alturas ya deberías conocer a Mona», dijo
Irma, intentando abandonar el tema. Me había cogido del brazo y me guiaba, como
si tal vez yo no estuviera en pleno dominio de mis facultades.
«Me alegro mucho de verte», dijo. «Dolores y yo siempre
estamos hablando de ti... ¿No quieres subir un momento? Dolores va a estar
encantada de verte. Tenemos un piso juntas. Está aquí al lado. Ven, sube... me
gustaría hablar contigo un rato. Debe de hacer un año desde que te vi por
última vez. Acababas de dejar a tu mujer, ¿te acuerdas? Y ahora estás viviendo
con Arthur... es extraño. ¿Cómo le va? ¿Está bien? Me han dicho que tiene una mujer
muy guapa.»
No hizo falta que me engatusara más para convencerme de
subir y tomar una copa tranquilo con ellas. Irma parecía rebosante de alegría.
Siempre había sido muy cordial conmigo, pero nunca tan efusiva. Me pregunté qué
le había pasado.
Cuando llegamos arriba, la casa estaba a oscuras. «Es
curioso», dijo Irma. «Había dicho que iba a venir pronto esta noche. Bueno,
seguro que no tardará. Ponte cómodo... siéntate... te preparo una copa en un
instante.»
Me senté, sintiéndome algo aturdido. Años atrás, cuando
conocí a Arthur Raymond, había apreciado mucho a Irma. Cuando se separaron, se
había enamorado de mi amigo O'Mara, y éste la había hecho tan desgraciada como
Arthur. Se quejaba de que era fría... no frígida, sino egoísta. En aquella
época yo no le había prestado demasiada atención, porque estaba interesado por
Dolores. Sólo una vez había habido algo que se pareciera a la intimidad entre
nosotros. Había sido una pura casualidad y ninguno de los dos le había
atribuido importancia. Nos habíamos encontrado en la calle frente a un cine
barato una tarde y, después de cambiar unas palabras, como los dos estábamos
bastante apáticos y aburridos, nos habíamos metido dentro. La película era
insoportablemente tediosa, la sala estaba casi vacía. Nos habíamos echado los
abrigos sobre las rodillas y después, más que nada por aburrimiento y por
necesidad de contacto humano, nuestras manos se habían encontrado y nos
quedamos así un rato mirando la pantalla distraídos. Al cabo de un rato, la
rodeé con el brazo y la atraje hacia mí. Unos momentos después, me soltó la
mano y me colocó la suya en la picha. No hice nada, curioso por ver qué haría
en aquella situación. Recordé a O’Mara diciendo que era fría e indiferente. Así,
que me quedé así esperando. Sólo tenía una erección a medias, cuando me tocó.
La dejé crecer bajo su mano, que descansaba inmóvil. Gradualmente sentí la
presión de sus dedos, después un apretón firme, luego una caricia, todo ello
muy tranquila, delicadamente, como si estuviera dormida y haciéndolo
inconscientemente. Cuando empezó a estremecerse y a saltar, me desabrochó la
bragueta lenta y deliberadamente, metió la mano y me cogió los cojones. Seguí
sin hacer movimiento alguno para tocarla. Tenía un deseo perverso de obligarla
a hacerlo todo. Recordé la forma y el tacto de sus dedos; eran sensibles y
expertos. Se me había arrimado como una gata y había dejado de mirar a la
pantalla. Naturalmente, yo tenía la picha fuera, pero todavía cubierta bajo el
abrigo. La vi echar el abrigo atrás y fijar la vista en mi picha. Entonces, con
mayor audacia, se puso a darle masajes, cada vez con mayor firmeza y rapidez.
Por fin me corrí en su mano. «Lo siento», murmuró, cogiendo el bolso para sacar
un pañuelo. La dejé que me limpiara con su pañuelo de seda. No pronuncié
palabra. No hice movimiento alguno para abrazarla. Nada. Exactamente como si la
hubiera visto hacérselo a otra persona. Después de que se hubiese puesto polvos
en la cara, y de que hubiera vuelto a meter todo en el bolso, la atraje hacia
mí y pegué mi lengua a la suya. Después le quité el abrigo de encima del
regazo, le alcé las piernas y las coloqué sobre mis rodillas. No llevaba nada
bajo la falda, y estaba mojada. Le pagué con la misma moneda, haciéndolo casi
despiadadamente, hasta que se corrió. Cuando abandonamos el cine, tomamos un
café y unas pastas juntos en una pastelería y, después de una conversación
intrascendente, nos separamos como si no hubiera ocurrido nada.
«Perdóname», dijo. «Por haber tardado tanto. Tenía ganas
de ponerme algo cómodo.»
Salí de mi ensueño para mirar a una aparición encantadora
que me ofrecía un vaso largo. Se había transformado en una muñeca japonesa.
Apenas nos habíamos sentado en el diván, cuando se levantó y se dirigió al
armario empotrado de la ropa. La oí mover las maletas y después una pequeña
exclamación, una señal de frustración, como si estuviera llamándome en voz
muda.
Me levanté y me precipité hacia el armario, donde la
encontré de pie, encima de una maleta que se movía, intentando coger algo del
último estante. Le cogí las piernas un momento para mantenerla en equilibrio,
justo cuando se volvía para bajar. Le deslicé la mano bajo el quimono de seda.
Cayó en mis brazos, con mi mano firmemente fija entre sus piernas. Nos quedamos
así, en un abrazo apasionado, envueltos en sus femeninos volantes. Entonces se
abrió la puerta y entró Dolores. Se sobresaltó al encontrarnos metidos en el
armario.
«¡Vaya!», exclamó con un pequeño suspiro, «¡quién iba a
decir que te encontraría aquí!»
Solté a Irma y abracé a Dolores, que sólo protestó
débilmente. Parecía más bella que nunca.
Al soltarse, se echó a reír con su risita habitual, que
siempre era ligeramente irónica. «No tenemos que quedarnos en el armario,
¿verdad?», dijo, cogiéndome de la mano. Entretanto, Irma me había rodeado con
un brazo.
«¿Por qué no nos quedamos aquí?», dije. «Es acogedor como
una matriz.» Mientras hablaba, estaba apretándole el culo a Irma.
«Señor, no has cambiado nada», dijo Dolores. «Nunca te
cansas de eso, ¿verdad? Creí que estabas locamente enamorado de... de... he
olvidado su nombre.»
«Mona.»
«Sí, Mona... ¿cómo está? ¿Todavía seguís en serio?
¡Pensaba que no ibas a mirar nunca más a una mujer!»
«Exactamente», dije. «Esto es un accidente, como puedes
ver.»
«Ya sé», dijo, revelando cada vez más sus celos
encubiertos, «ya conozco esos accidentes tuyos. Siempre alerta, ¿no?»
Pasamos a la sala de estar, donde Dolores tiró sus
cosas... con bastante vehemencia, me pareció, como preparándose para una lucha.
«¿Quieres que te sirva un trago?», preguntó Irma.
«Sí, uno fuerte», dijo Dolores. «Lo necesito... Oh, no
tiene nada que ver contigo», observando que yo la miraba extrañado. «Es ese
amigo tuyo, Ulric.»
«¿Qué pasa? ¿No te trata bien?»
Guardó silencio. Me lanzó una mirada afligida, como
diciendo: sabes muy bien de qué hablo.
Irma consideró que las luces eran demasiado intensas;
apagó todas menos la lamparita de lectura junto al diván.
«Parece como si estuvieras preparando la escena», dijo
Dolores burlona. Al mismo tiempo se le sentía una secreta emoción en la boca.
Yo sabía que sería con Dolores con la que tendría que habérmelas. En cambio,
Irma era como una gata; se movía por la habitación suavemente, casi
ronroneando. No estaba turbada lo más mínimo; estaba preparándose para
cualquier eventualidad.
«Es agradable tenerte aquí a solas», dijo Irma, como si
hubiera encontrado a un hermano perdido desde hacía mucho tiempo. Se había
estirado en el diván, contra la pared. Dolores y yo estábamos sentados casi a
sus pies. Tras la espalda de Dolores yo tenía la mano sobre el muslo de Irma;
un calor seco emanaba de su cuerpo.
«Debe de vigilarte bastante estrechamente», dijo Dolores,
refiriéndose a Mona. «¿Es que teme perderte... o qué?»
«Tal vez», dije, ofreciéndole una sonrisa provocativa. «Y
quizá tema yo perderla a ella.»
«Entonces, ¿va en serio?»
«Muy en serio», respondí. «He encontrado a la mujer que
necesito, y voy a conservarla.»
«¿Estás casado con ella?»
«No, todavía no... pero pronto.»
«¿Y tendréis hijos y demás?»
«No sé si tendremos hijos... ¿por qué? ¿Tan importante es
eso?»
«Ya que lo hacéis, podríais hacerlo del todo», dijo
Dolores.
«¡Oh, basta!», dijo Irma. «Parece como si estuvieras
celosa. ¡Yo, no! Me alegro de que haya encontrado a la mujer que le conviene.
Se lo merece.» Me apretó la mano; al aflojar la presión, me deslizó la mano
hábilmente hasta su chichi.
Dolores, consciente de lo que estaba sucediendo, pero
fingiendo no notarlo, se levantó y se fue al baño.
«Se comporta de forma extraña», dijo Irma. «Parece morirse
de celos.»
«¿Quieres decir que está celosa de ti?», dije, algo
perplejo yo también.
«No, no de mí... ¡naturalmente que no! Celosa de Mona.»
«Es extraño», dije. «Creí que estaba enamorada de Ulric.»
«Y lo está, pero no te ha olvidado. Ella...»
La interrumpí con un beso. Me echó los brazos en torno al
cuello y se arrimó a mí, retorciéndose y culebreando como una gran gata. «Me
alegro de no sentirme así», murmuró. «No quisiera estar enamorada de ti. Me
gustas más de este modo.»
Volví a pasarle la mano bajo el quimono. Respondió tierna
y deseosa.
Dolores volvió y se excusó débilmente por interrumpir el
juego. Estaba de pie junto a nosotros, mirando con ojos brillantes y
maliciosos.
«Alcánzame mi vaso, ¿quieres?», dije.
«Quizá te gustaría que te abanicara también», dijo, al
tiempo que me ponía el vaso en los labios.
La hice sentarse a nuestro lado, acariciándole la pierna
medio al descubierto que sobresalía por entre su bata. También ella se había
quitado la ropa.
«¿No tenéis algo cómodo para que yo me lo ponga?»
«Pues, claro que sí», dijo Irma, poniéndose en pie con
presteza.
«Oh, no lo mimes así», dijo Dolores, con una sonrisa
enfurruñada. Eso es lo que le gusta... quiere que le hagan fiestas. Y después
se pondrá a contarte lo fiel que es a su esposa.»
«Todavía no es mi esposa», dije, en tono sarcástico, al
tiempo que aceptaba la bata que me ofrecía Irma.
«Ah, ¿no?», dijo Dolores. «Pues, entonces es peor.»
«Peor, ¿cómo que peor? Todavía no he hecho nada, ¿no?»
«No, pero vas a intentarlo.»
«Quieres decir que te gustaría. No seas impaciente... ya
tendrás tu oportunidad.»
«Conmigo, no», dijo Dolores, «me voy a la cama. Vosotros
dos podéis hacer lo que os apetezca.»
Como respuesta cerré la puerta y empecé a desnudarme.
Cuando volví, encontré a Dolores tumbada en el sofá y a Irma sentada a su lado
con las piernas cruzadas, enseñándolo todo.
«No te preocupes por nada de lo que diga», dijo Irma. «Le
gustas tanto como a mí... tal vez más. Lo que pasa es que no le gusta Mona.»
«¿Es eso cierto?» Miré primero a Irma y luego a Dolores.
Esta última guardaba silencio, pero era un silencio de asentimiento.
«No sé por qué habías de estar tan resentida con ella», me
apresuré a continuar. «Nunca te ha hecho nada. Y no puedes estar celosa de ella
porque... en fin, porque no estabas enamorada de mí... entonces.»
«¿Entonces? ¿Qué quieres decir? Nunca he estado enamorada
de ti, ¡gracias a Dios!», dijo Dolores.
«No me pareces muy convincente», dijo Irma, en broma.
«Oye, si nunca has estado enamorada de él, no te muestres tan apasionada al
respecto.» Se dirigió a mí y en su alegre tono habitual dijo: «¿Por qué no la
besas, para acabar con estas tonterías?»
«De acuerdo, lo haré», dije, y, acto seguido, me incliné y
abracé a Dolores. Al principio mantuvo los labios cerrados firmemente,
mirándome desafiante. Después, poco a poco, cedió, y, cuando por fin se retiró,
estaba mordiéndome los labios. Al retirar la boca, me dio un empujoncito.
«¡Dile que se vaya!», dijo. Le lancé una mirada de reproche en que había algo
de lástima y asco. Al instante se mostró arrepentida y volvió a ceder. Volví a
inclinarme sobre ella, tiernamente esa vez, y, al meterle la lengua en la boca,
le puse la mano entre las piernas. Intentó apartarme la mano, pero era un
esfuerzo excesivo.
«¡Huy! Ya falta poco», oí decir a Irma, y después me
apartó. «Yo estoy aquí también, no lo olvides.» Me estaba ofreciendo los labios
y los pechos.
Estaba empezando a haber competencia. Me levanté para
servirme una copa. El albornoz quedó abierto como una tienda extendida.
«¿Es necesario que nos enseñes eso?», dijo Dolores,
fingiendo estar violenta.
«No es necesario, pero voy a hacerlo, ya que lo pides»,
dije, abriendo el albornoz del todo y descubriéndome completamente.
Dolores volvió la cabeza hacia la pared, mascullando algo
en voz pseudohistérica sobre el espectáculo «asqueroso y obsceno». En cambio,
Irma la miró de buen humor. Finalmente, alargó la mano y la apretó
cariñosamente. Al levantarse para aceptar la copa que le había servido, le abrí
la bata y le coloqué la polla entre las piernas. Bebimos juntos con mi trabuco
llamando a la puerta.
«Yo también quiero un trago», dijo Dolores de mal humor.
Nos volvimos simultáneamente y la miramos. Tenía la cara colorada, los ojos
grandes y brillantes, como si les hubiese puesto belladona. «Parecéis
degenerados», dijo, con los ojos pasando rápidamente de Irma a mí una y otra
vez.
Le tendí un vaso y echó un buen trago. Estaba haciendo
esfuerzos para conseguir la libertad que Irma ostentaba como una bandera.
Su voz se volvió desafiante entonces. «¿Por qué no lo
hacéis y acabáis de una vez?», dijo, como arrojándonos las palabras. Al moverse
se le había abierto la bata; lo sabía perfectamente y no hizo el menor esfuerzo
para ocultar su desnudez.
«Echate ahí», dije, empujando suavemente a Irma hacia el
diván otra vez.
Irma me cogió la mano y tiró. «Echate tú también», dijo.
Me llevé el vaso a los labios y, mientras la bebida me
pasaba por la garganta, se apagó la luz. Oí a Dolores decir: «¡No, no hagas
eso, por favor!» Pero la luz siguió apagada y, mientras acababa la bebida de
pie, sentí que la mano de Irma me apretaba la picha convulsivamente. Dejé el
vaso y me eché entre las dos. Casi al instante se apretaron contra mí. Dolores
me besaba apasionadamente, e Irma, como una gata, se había puesto en cuclillas
y me había aplicado la boca a la picha. Fue una dicha agonizante que duró unos
segundos y después exploté en la boca de Irma.
Cuando llegué a Riverside Drive, estaba casi amaneciendo.
Mona no había regresado. Me tumbé a esperar oír sus pasos. Empecé a temer que
hubiese tenido un accidente... peor, que tal vez se hubiera matado, o lo
hubiese intentado, por lo menos. También podía ser que hubiera ido a casa de
sus padres. Pero, entonces, ¿por qué había salido del taxi? Quizá para correr
al metro. Pero es que el metro no iba en esa dirección. Desde luego, podía
telefonearla a casa de sus padres, pero sabía que lo interpretaría mal. Me
pregunté si habría telefoneado durante la noche. Ni Rebecca ni Arthur se
molestaban nunca en dejarme una nota; siempre esperaban hasta que me veían.
Hacia las ocho llamé a su puerta. Todavía estaban
dormidos. Tuve que llamar fuerte antes de que respondieran. Y luego no me
enteré de nada: también ellos habían llegado a casa muy tarde.
Desesperado, fui a la habitación de Kronski. También él
estaba completamente dormido. Parecía no entender lo que yo quería decir.
Por fin dijo: «¿Qué pasa? ¿Ha vuelto a faltar toda la
noche? No, no ha habido ninguna llamada para ti. Sal de aquí... ¡déjame en
paz!»
Yo no había pegado ojo. Me sentía exhausto. Pero entonces
se me ocurrió la idea tranquilizadora de que podría telefonearme a la oficina.
Casi tenía la esperanza de que hubiera una nota esperándome sobre la mesa.
Pasé la mayor parte del día echando siestas como un gato.
Dormía en la mesa, con la cabeza hundida entre los brazos cruzados. Varias
veces llamé a Rebecca para ver si había recibido algún recado, pero siempre me
daba la misma respuesta. Cuando llegó la hora de cerrar, me quedé un rato más.
Fuera lo que fuese lo que hubiera ocurrido, no podía creer que dejase pasar el
día sin telefonearme. Era sencillamente increíble.
Una vitalidad extraña y nerviosa se apoderó de mí. De
repente, estaba completamente despierto, más despierto que si hubiera
descansado en la cama durante tres días. Iba a esperar otra media hora y, si no
telefoneaba, iría derecho a casa de sus padres.
Mientras me paseaba para arriba y para abajo con zancadas
de pantera, se abrió la puerta y entró un chaval de piel oscura. Cerró la
puerta tras sí rápidamente, como si alguien lo persiguiera. Había algo jovial y
misterioso en él, que su acento cubano exageraba.
«Va usted a darme trabajo, ¿verdad, señor Miller?»,
exclamó. «Tengo que trabajar de repartidor para acabar mis estudios. Todo el
mundo me ha dicho que es usted un hombre bondadoso... y yo también lo veo...
tiene usted cara de bueno. Soy experto en muchas cosas, como descubrirá cuando
me conozca mejor. Me llamo Juan Rico. Tengo dieciocho años. Además, soy poeta.»
«Vaya, vaya», dije, riéndome entre dientes y acariciándolo
bajo la barbilla —tenía la talla y el aspecto de un enano—, «conque ¿eres
poeta? Entonces seguro que te voy a dar trabajo.»
«También soy acróbata», dijo. «Mi padre tuvo un circo en
tiempos. Ya verá que soy muy rápido de piernas. Me encanta ir de acá para allá
con gusto y presteza. Además, soy extraordinariamente cortés y, al entregar un
telegrama, diré: "Gracias, señor”, y me qui taré la gorra respetuosamente.
Conozco todas las calles de memoria, incluido el Bronx. Y, si me destina al
barrio hispánico, le resultaré muy eficaz. ¿Soy de su agrado, señor?» Me dedicó
una sonrisa encantadora, que daba a entender que sabía perfectamente vender su
mercancía.
«Ve ahí y siéntate», dije. «Te voy a dar una instancia
para que la rellenes. Puedes empezar mañana por la mañana temprano... con una
sonrisa.»
«Oh, sé sonreír, señor... maravillosamente», y lo hizo.
«¿Estás seguro de que tienes dieciocho años?»
«Oh, sí, señor, eso puedo demostrarlo. He traído todos mis
papeles.»
Le di una instancia y fui a la habitación de al lado —la
pista de patinaje— para dejarlo tranquilo. De repente sonó el teléfono. Volví
de un salto hasta la mesa y cogí el aparato. Era Mona la que hablaba, en voz
baja, contenida, irreconocible, como si la hubieran vaciado.
«Ha muerto hace un rato», dijo. «He estado a su lado desde
que me separé de ti...»
Mascullé unas palabras inadecuadas de consuelo y después
le pregunté cuándo volvería. Todavía no estaba segura de cuándo... quería que
le hiciese un pequeño favor... ir a unos almacenes y comprarle un traje de luto
y unos guantes negros. Talla dieciséis. ¿Qué clase de material? No sabía, lo
que yo escogiera... Unas palabras más y colgó.
El pequeño Juan Rico me estaba mirando a los ojos como un
perro fiel. Había entendido todo y, con sus delicados modales cubanos, estaba
intentando hacerme saber que deseaba compartir mi pena.
«No te preocupes, Juan», dije. «Todo el mundo tiene que
morir tarde o temprano.»
«¿Era su esposa la que ha llamado?», preguntó. Tenía los
ojos húmedos y brillantes.
«Estoy seguro de que debe de ser guapa.»
«¿Por qué dices eso?»
«Por la forma como le hablaba usted, casi podía verla.
Ojalá pudiera yo casarme algún día con una mujer guapa. Pienso en eso con
frecuencia.»
«Eres un muchacho gracioso», dije. «Pensar ya en el
matrimonio. Pero, bueno, si eres un niño.»
«Aquí tiene mi instancia, señor. ¿Quiere hacer el favor de
examinarla ahora para estar seguro de que puedo venir mañana?»
Le eché un vistazo rápido y le aseguré que era
satisfactoria.
«Entonces estoy a su servicio, señor. Y ahora, señor, si
me perdona, ¿puedo sugerirle que me deje quedarme con usted un ratito? No creo
que sea bueno que se quede solo en este momento. Cuando el corazón está triste,
necesita uno a un amigo.»
Me eché a reír. «Buena idea», dije. «Vamos a ir a cenar juntos,
¿qué te parece? Y después al cine... ¿te hace?»
Se levantó y se puso a retozar como un perro amaestrado.
De repente, sintió curiosidad por la habitación vacía al fondo. Lo seguí y lo
contemplé de buen humor, mientras examinaba los objetos. Los patines le
intrigaban. Había cogido un par y estaba examinándolos como si nunca hubiera
visto cosa semejante.
«Póntelos», dije, «y da una vuelta. Esta es la pista de
patinaje.»
«¿Sabe usted también patinar?», preguntó.
«Claro que sí. ¿Quieres verme patinar?»
«Sí», dijo, «y déjeme patinar con usted. Hace muchos años
que no lo he hecho. Es una diversión bastante cómica, ¿no cree?»
Nos pusimos los patines. Me lancé hacia adelante con las
manos a la espalda. El pequeño Juan Rico me siguió pegado a mis talones. En el
centro de la habitación había unas columnas delgadas; di vueltas en torno a las
columnas, como si estuviera dando una exhibición.
«Caramba, es muy estimulante, ¿verdad?», dijo Juan sin
aliento. «Se desliza usted como un céfiro.»
«¿Como un qué?»
«Como un céfiro... una brisa suave y agradable.»
«¡Ah, céfiro!»
«Una vez escribí un poema sobre un céfiro... hace mucho.»
Le cogí la mano y le hice girar. Después lo coloqué
delante de mí y con las manos en su cintura lo llevé empujándolo, guiándolo
ligera y diestramente por la pista. Finalmente, le di un buen empujón y lo
envié a toda velocidad hacia el otro extremo de la habitación.
«Ahora te voy a mostrar algunos ejercicios de fantasía que
aprendí en el Tirol», dije, enlazando los brazos por delante y alzando una
pierna en el aire. La idea de que nunca en su vida sospecharía Mona lo que
estaba haciendo en aquel momento me daba una alegría demoníaca. Al pasar una y
otra vez delante del pequeño Juan, que ahora estaba sentado en el alféizar de
la ventana y absorto en el espectáculo, le hacía muecas: primero triste y
apenado, después alegre, luego despreocupado, después divertido, luego meditativo,
después severo, luego amenazador, después idiota. Me hacía cosquillas en los
sobacos como un mono; bailaba como un oso amaestrado; me ponía en cuclillas
como un inválido; cantaba con voz cascada, después gritaba como un maniaco. Una
vuelta tras otra, sin cesar, alegremente, libre como un pájaro, Juan se me
unió. Nos acechábamos como animales, nos volvíamos ratones danzarines,
imitábamos a los sordomudos.
Y todo el tiempo pensaba en Mona paseándose por la casa
del duelo, esperando su traje de luto, sus guantes negros, y yo qué sé.
Una vuelta tras otra, sin la menor preocupación. Un
poquito de petróleo, una cerilla, y saltaríamos en llamas, como un carrusel
ardiendo. Miré la nuca de Juan: era como yesca. Sentía el deseo demente de
incendiarlo, hacerle arder y luego precipitarlo por el hueco del ascensor.
Después dos o tres vueltas feroces, a lo Brueghel, ¡y por la ventana!
Me calmé un poco. No Brueghel, sino Hieronymus Bosch. Una
temporada en el infierno, entre los cepos y las poleas de la mentalidad
medieval. A la primera vuelta arrancaban un brazo. A la segunda vuelta, una
pierna. Al final, sólo un torso rodando. Y la música sonaba con tañidos
vibrantes. El arpa de hierro de Praga. Una calle hundida cerca de la sinagoga.
Un repique doloroso de campanas. El lamento gutural de una mujer.
Ya no Bosch, sino Chagall. Un ángel en traje de paisano
bajando inclinado por encima del techo. Nieve en el suelo y en los arroyos
trocitos de carne para ratas. Cracovia a la luz violeta del destripamiento.
Bodas, nacimientos, entierros. Un hombre con abrigo y una sola cuerda en el
violín. La novia ha perdido el juicio; baila con las piernas rotas.
Una vuelta tras otra, llamando a los timbres de las
puertas, sonando cascabeles. La rueda cosmocócica de la pena y las bofetadas.
En las raíces de mi cabello una pizca de escarcha, en las puntas de los dedos
de los pies un fuego. El mundo es un carrusel en llamas, con los caballos
quemados hasta los jarretes. Un padre frío y tieso y que yace en una cama de
plumas. Una madre verde como la gangrena. Y el novio girando.
Primero lo enterraremos en el frío suelo. Después
enterraremos su nombre, su leyenda y a una viuda vienesa. Me casaré con la hija
de la viuda... con su traje de luto y sus guantes negros. Haré sacrificios y me
ungiré la cabeza de cenizas.
Una vuelta tras otra... Ahora la figura del ocho. Ahora el
símbolo del dólar. Ahora el águila con las alas desplegadas. Un poco de
petróleo y una cerilla, y arderá como un árbol de Navidad.
«¡Señor Miller! ¡Señor Miller!», llama Juan. «Señor
Miller, ¡deténgase! Por favor, ¡deténgase!»
El muchacho parece asustado. ¿Qué puede ser lo que le hace
mirarme así?
«Señor Miller», dice, cogiéndome del faldón, «¡no se ría
así, por favor! Por favor, tengo miedo por usted.»
Me relajé. Una amplia mueca me cubrió la cara, y después
se suavizó en una sonrisa amable.
«Así está mejor, señor. Me tenía preocupado. ¿No sería
mejor que nos fuéramos ahora?»
«Me parece que sí, Juan. Creo que por hoy ya hemos hecho
bastante ejercicio. Mañana tendrás una bicicleta. ¿Tienes hambre?»
«Sí, señor, tengo mucho hambre. Siempre tengo un apetito
fabuloso. En cierta ocasión me comí un pollo entero yo solo. Fue cuando murió
mi tía.»
«Esta noche cenaremos pollo, Juan, hijo. Dos pollos: uno
para ti y otro para mí.»
«Es usted muy bueno, señor... ¿Está seguro de encontrarse
bien ahora?»
«Me encuentro perfectamente, Juan. Vamos a ver, ¿dónde
supones que podríamos comprar un traje de luto a estas horas?»
«La verdad es que no lo sé», dijo Juan.
En la calle llamé a un taxi. Tenía la idea de que en el
East Side habría tiendas todavía abiertas. El taxista estaba seguro de
encontrar alguna.
«Está muy animado por aquí, ¿verdad?», dijo Juan, cuando
bajamos frente a una tienda de ropa. «¿Está siempre así?»
«Siempre», dije. «Una fiesta perpetua. Sólo los pobres
disfrutan de la vida.»
«Me gustaría trabajar por aquí alguna vez», dijo Juan.
«¿Qué lengua hablan aquí?»
«Todas las lenguas», dije. «También puedes hablar inglés.»
El propietario estaba de pie en la puerta. Dio a Juan una
palmada cordial en la cabeza.
«Quisiera un traje de luto, talla dieciséis», dije. «No
demasiado caro. Tiene que entregarse esta noche; lo pagarán en destino.»
Una judía joven y morena con acento ruso se adelantó. «¿Es
para una mujer joven o mayor?», dijo.
«Una mujer joven, de su talla aproximadamente. Mi esposa.»
Empezó a enseñar diferentes modelos, le dije que escogiera
el que considerase más adecuado. «Que no sea feo», le rogué, «y tampoco
demasiado elegante. Ya sabe lo que quiero decir.»
«Y los guantes», dijo Juan. «No olvide los guantes.»
«¿Qué talla?», preguntó la joven.
«Déjeme ver sus manos», dije. Las estudié un momento. «Un
poco más grandes que las de usted.»
Le di la dirección y dejé una propina generosa para el
recadero. Entonces se acercó el propietario y se puso a hablar con Juan.
Parecía haberle caído en gracia.
«¿De dónde eres, hijo?», preguntó. «¿De Puerto Rico?»
«De Cuba», dijo Juan.
«¿Hablas español?»
«Sí, señor, y francés y portugués.»
«Eres muy joven para saber tantas lenguas.»
«Mi padre me las enseñó. Mi padre era director de un
periódico en La Habana.»
«Vaya, vaya», dijo el propietario. «Me recuerdas a un muchacho
que conocía en Odesa.»
«¡Odesa!», dijo Juan. «Yo estuve una vez en Odesa. Era
grumete en un barco mercante.»
«¿Cómo?», exclamó el propietario. «¿Estuviste en Odesa? Es
increíble. ¿Qué edad tienes?»
«Dieciocho años, señor.»
El propietario se dirigió a mí. Me preguntó si podía
invitarnos a tomar una copa con él en la heladería de al lado.
Aceptamos la invitación encantados. Nuestro anfitrión, que
se llamaba Eisenstein, se puso a hablar de Rusia. En un principio había sido
estudiante de medicina. El muchacho que se parecía a Juan era su hijo, que
había muerto. «Era un muchacho extraño», dijo Eisenstein. «No se parecía a
nadie de la familia. Y tenía su forma de pensar propia. Quería recorrer el
mundo. Le dijeras lo que le dijeses, siempre tenía una idea diferente. Era un
poco filósofo. En cierta ocasión se escapó a Egipto... porque quería estudiar
las pirámides. Cuando le dijimos que nos íbamos a América, dijo que él se iría
a China. Dijo que no quería llegar a ser rico, como los americanos. ¡Un
muchacho extraño! ¡Y de una independencia! Nada lo asustaba... ni siquiera los
cosacos. A veces casi me daba miedo. ¿De dónde procedía? Ni siquiera tenía
aspecto de judío...»
Se lanzó a un monólogo sobre la extraña sangre que se
había vertido a las venas de los judíos en sus vagabundeos. Habló de extrañas
tribus de Arabia. Africa, China. Pensaba que hasta los esquimales podían llevar
sangre judía. A medida que hablaba, se embriagaba con esa idea de la mezcla de
razas y sangres. El mundo habría sido una charca estancada, si no hubiera sido
por los judíos. «Somos como semillas arrastradas por el viento», dijo.
«Brotamos en todas partes. Plantas resistentes. Hasta que nos arrancan de raíz.
Ni siquiera entonces perecemos. Podemos vivir cabeza abajo. Podemos crecer
entre las piedras.»
Todo el tiempo me había tomado por un judío. Finalmente le
expliqué que no era judío, pero que mi mujer lo era.
«¿Y se convirtió al cristianismo?»
«No, yo me estoy convirtiendo al judaismo.»
Juan me miraba con grandes ojos inquisitivos. El señor
Eisenstein no sabía si yo hablaba en broma.
«Cuando vengo por aquí», dije, «me siento feliz. No sé qué
es, pero me siento más en casa aquí. Quizá tenga sangre judía y no lo sepa.»
«Me temo que no», dijo el señor Eisenstein. «Se siente
atraído porque no es judío. Le gusta lo que es diferente, nada más. Puede que
en tiempos odiara a los judíos. Eso ocurre a veces. De repente un hombre ve que
estaba equivocado y entonces se enamora violentamente de lo que en otro tiempo
odiaba. Va hasta el otro extremo. Conozco a un gentil que se convirtió al
judaismo. Nosotros no intentamos convertir, ya lo sabe. Si eres un buen
cristiano, es mejor que sigas siendo cristiano.»
«Pero a mi no me importa la religión», dije.
«La religión lo es todo», dijo. «Si no puedes ser buen
cristiano, no puedes ser buen judio. Nosotros no somos un pueblo ni una raza:
somos una religión.»
«Eso es lo que usted dice, pero no lo creo. Es más como si
fueran una especie de bacteria. Nada puede explicar su supervivencia, desde
luego no su fe. Por eso siento tanta curiosidad, tanta pasión, cuando estoy con
su gente. Me gustaría poseer el secreto.»
«Pues, estudie a su esposa», dijo.
«Ya lo hago, pero no la entiendo. Es un misterio.»
«Pero, ¿la ama usted?»
«Sí», dije, «la amo apasionadamente.»
«¿Y por qué no está con ella ahora? ¿Por qué hace que le
envíen el vestido? ¿Quién ha muerto?»
«Su padre», respondí. «Pero nunca lo he conocido», añadí
rápidamente. «Nunca he estado en su casa.»
«Eso está mal», dijo. «Algo falla ahí. Debería usted ir
con ella. No le importe que no se lo haya pedido. ¡Vaya con ella! No le deje
avergonzarse de sus padres. No hace falta que vaya al entierro, pero debe
hacerle ver que le importa su familia. Usted sólo es un accidente en su vida.
Cuando usted muera, la familia seguirá. Absorberá la sangre de usted. Nosotros
hemos bebido la sangre de todas las razas. Y seguimos nuestro curso como un
río. No debe usted pensar que sólo se ha casado con ella: se ha casado con toda
la raza judía, con el pueblo judío. Nosotros les damos vida y vigor a ustedes.
Los alimentamos. Al final, todos los pueblos se unirán. Tendremos paz. Haremos
un mundo nuevo. Y habrá sitio para todos los hombres... No, no la deje sola
ahora. Lo lamentará, si lo hace. Es orgullosa, eso es lo que pasa. Debe usted
ser suave y tierno. Debe arrullarla como un palomo. Puede que lo ame a usted
como un vicio. No hay amor como el de la mujer judía para el hombre al que
entrega su corazón. Sobre todo si él es de sangre gentil. Es una victoria para
ella. Es mejor que usted ceda que no que sea el señor... Excúseme por hablar de
este modo, pero sé de lo que hablo. Y veo que usted no es un gentil corriente.
Usted es uno de esos gentiles perdidos: está usted buscando algo... no sabe qué
exactamente. Nosotros conocemos a los de su clase. No siempre estamos deseosos
de conseguir su amor. Nos hemos visto traicionados con mucha frecuencia. A
veces es mejor tener un buen enemigo: entonces sabemos a qué atenemos. Con los
de su clase nunca sabemos a qué atenernos. Son ustedes como el agua... y
nosotros somos rocas. Nos van royendo poco a poco... no con malicia, sino con
bondad. Nos lamen como las olas del mar. Las grandes olas podemos
resistirlas... pero el lamido suave es lo que nos quita la fuerza.»
Estaba tan excitado con aquella digresión inesperada, que
tuve que interrumpir su discurso.
«Sí, ya sé», dijo. «Sé cómo se siente usted. Mire, sabemos
todo sobre ustedes... pero ustedes todavía no han aprendido nada de nosotros.
Puede usted casarse mil veces, con mil mujeres judías, y aun así no sabrá lo
que nosotros sabemos. Estamos dentro de ustedes todo el tiempo. Bacterias, sí,
tal vez. Si son ustedes fuertes, los apoyamos; si son débiles, los destruimos.
No vivimos en el mundo, como les parece a los gentiles, sino en el espíritu. El
mundo pasa, pero el espíritu es eterno. Mi hijo entendía eso. Quería permanecer
puro. El mundo no era bueno para él. Murió de vergüenza... de vergüenza del
mundo...»
Capítulo XIX
Unos minutos después, cuando deambulábamos a la luz
violeta del crepúsculo, vi el ghetto con ojos nuevos. Hay noches de verano en
Nueva York en que el cielo es azul puro, en que los edificios son inmediatos y
palpables, no sólo en su sustancia, sino también en su esencia. Esa luz sucia y
estirada que sólo revela la fealdad de las fábricas y de las viviendas sórdidas
desaparece muchas veces con el crepúsculo, el polvo se posa, los contornos de
los edificios se vuelven más claros, como el perfil de un ogro a la luz de un
reflector de calcio. Aparecen palomas en el cielo moviéndose por encima de los
tejados. Surge una cúpula, a veces de una casa de baños turcos. Siempre está la
majestuosa sencillez de St. Marks-on-the-Bouwery, la gran plaza extranjera en
que desemboca la Avenida A, los bajos edificios holandeses sobre los que asoman
los rojizos depósitos de gas, las íntimas calles laterales con sus
incongruentes nombres americanos, los triángulos que llevan el sello de señales
antiguas, la zona portuaria con la ribera de Brooklyn tan cercana, que casi
puede uno reconocer a la gente que camina por el otro lado. Todo el encanto de
Nueva York se concentra en esa zona pululante, delimitada por formaldehído y
sudor y lágrimas. Nada es tan familiar, tan íntimo, tan nostálgico para el
neoyorquino como ese distrito que menosprecia y rechaza. Todo Nueva York
debería haber sido un vasto ghetto: se habría drenado el veneno, se habría
repartido la miseria; se habría comunicado la alegría por todas las venas y
arterias. El resto de Nueva York es una abstracción; es frío, geométrico,
rígido como rigor mortis y, podría también añadir, demencial... en caso de que
pueda uno quedarse aparte y mirarlo impertérrito. Sólo en la colmena puede
encontrarse el contacto humano, encontrarse esa ciudad de vistas, sonidos,
olores que uno busca afanosamente y en vano más allá de los límites del ghetto.
Vivir fuera de ese recinto es languidecer y morir. Más allá de sus límites sólo
hay cadáveres endomingados. Cada día les dan cuerda, como a los despertadores.
Actúan como focas; mueren como recaudaciones de taquilla. Pero en el hirviente
panal hay un crecimiento como de plantas, un calor animal casi sofocante, una
vitalidad que aumenta con tanto rozarse y aglutinarse, una esperanza que es tan
física como espiritual, una contaminación que es peligrosa pero saludable.
Almas pequeñas quizá, ardiendo como cirios, pero ardiendo constantemente... y
capaces de arrojar sombras portentosas sobre los muros que las confinan.
Camina por cualquier calle a la suave luz violeta. Deja la
mente en blanco. Mil sensaciones te asaltan al instante desde todas las
direcciones. Aquí el hombre todavía lleva pieles y plumas; aquí el quiste y el
cuarzo todavía hablan. Hay edificios audibles, volubles, con viseras de
palastro y ventanas que sudan; lugares de adoración también donde los niños se
cuelgan por los atrios como contorsionistas; calles rodantes, ambulantes, en
que nada permanece inmóvil, nada está fijo, nada es comprensible excepto con
los ojos y la mente de un soñador. Calles alucinantes también, en que
repentinamente todo es silencio, todo está desierto, como si acabara de pasar
una plaga. Calles que tosen, que palpitan como una sien febril, calles para
morir en ellas y que ni un alma se dé cuenta. Calles extrañas, aromáticas, en
que la esencia de rosas se mezcla con el acre olor del puerto y la escalonia.
Calles con zapatillas, que reverberan con las palmadas y palmetazos de pies
perezosos. Calles procedentes de Euclides, que sólo pueden explicarse con
lógica y teoremas...
Invadiéndolo todo, suspendido entre las capas de piel como
un destilado de vapor rojizo, está el sudor sexual secundario —púbico, órfico,
mamífero—, un incienso espeso metido de contrabando por la noche en
aterciopeladas almohadillas de almizcle. Nadie es inmune, ni siquiera el idiota
mongólico. Te baña como el roce y el paso de pechos en camisón. Cuando cae una
lluvia fina, forma un lodo etéreo e invisible. Es de todas las horas, hasta
cuando se guisan los conejos. Brilla en los canalones, los folículos, las
papilas. A medida que la tierra gira lentamente, giran los porches y las
barandas y los niños con ellos; en la sombría neblina de las noches bochornosas
todo lo terrenal, voluptuoso y fatídico zumba como una cítara. Una rueda pesada
revestida de forraje y lechos de plumas, de lamparitas de aceite y gotas de
puro sudor animal. Todo gira y gira, crujiendo, bamboleándose, retumbando,
gimoteando a veces, pero girando y girando y girando. Entonces, si te quedas
muy quieto, parado en un porche, por ejemplo, y procuras no pensar, una
claridad miope, bestial, te estorba la visión. Hay una rueda, con sus radios y
su cubo. Y en el centro del cubo hay... exactamente nada. Es donde va la grasa,
y el eje. Y tú estás ahí, en el centro de una nada, todo sensibilidad, todo
expansión, zumbando con el zumbido de ruedas planetarias. Todo se vuelve vivo y
significativo, hasta el moco de ayer, pegado al pomo de la puerta. Todo se
hunde y flaquea, está mohoso con el uso y el cuidado; todo ha sido mirado mil
veces, frotado y acariciado por el ojo occipital.
Un hombre de una antigua raza, de pie, petrificado en
trance. Huele la comida que sus antepasados cocinaban en el pasado milenario:
el pollo, el páté de hígado, el pescado relleno, los arenques, el pato de
flojel. Ha vivido con ellos y ellos han vivido en él. Plumas flotan por el
aire, las plumas de seres alados y enjaulados en canastas... como en Ur, en
Babilonia, en Egipto y Palestina. Las mismas sedas brillantes, negras y
volviéndose verdes con el tiempo: las sedas de otros tiempos, de otras ciudades,
otros ghettos, otros pogroms. De vez en cuando un molinillo de café o un
samovar, una cajita de madera para las especias, para la mirra y los áloes de
Oriente. Pequeñas tiras de alfombras: de los zocos y bazares, de los emporios
de Levante; trozos de astracán, cintas, mantones y enaguas de volantes de color
rojo llameante. Algunos traen aves, sus mascotas; seres cálidos, tiernos, que
laten temblorosos, que no aprenden un lenguaje nuevo, ni melodías nuevas, sino
que desfallecen, flojos, apáticos, que languidecen en sus recalentadas jaulas
sobre las escaleras de emergencia. Los balcones de hierro están festoneados de
carne y ropa de cama, de plantas y animales domésticos: un bodegón hormigueante
en que hasta el moho es devorado. Con el frescor de la tarde exponen a los
pequeños como berenjenas; se tumban bajo las estrellas y sueñan arrullados por
la obscena jerigonza de la calle americana. Abajo, en barriles de madera, están
los encurtidos flotando en salmuera. Sin los encurtidos, las galletas saladas,
los dulces turcos, el ghetto carecería de sabor. Pan de todas las variedades,
con anís y sin él. Blanco, negro, moreno, hasta pan gris... de todos los pesos,
de todas las consistencias...
¡El ghetto! Una mesa de mármol con una cesta de pan. Una
botella de agua de Seltz, preferentemente azul. Una sopa de huevo. Y dos
hombres hablando. Hablando, hablando, hablando, con cigarrillos encendidos
colgando de los labios blanquecinos. Cerca una bodega con música: instrumentos
extraños, trajes extraños, tonadas extrañas. Los pájaros se ponen a gorjear, la
atmósfera se vuelve recalentada, el pan se amontona, las botellas de agua de
Seltz humean y sudan. Las palabras son arrastradas como armiño por el serrín
lleno de escupitajos; perros que lanzan gruñidos guturales escarban en el aire.
Mujeres adornadas con lentejuelas, asfixiadas con diademas, dormitan
pesadamente en sus ataúdes de carne ricamente tapizados. La magnética furia del
deseo se concentra en ojos color caoba oscuro.
En otra bodega un viejo está sentado en su abrigo sobre
una pila de leña, contando su carbón. Está sentado a oscuras, como hacía en
Cracovia, acariciándose la barba. Su vida es toda carbón y leña, pequeños
viajes de la oscuridad a la luz. En sus oídos resuenan todavía los cascos sobre
los adoquines, los alaridos y chillidos, el estruendo de los sables, el impacto
de las balas contra una pared desnuda. En el cine, en la sinagoga, en el café,
dondequiera que te sientes, dos tipos de música sonando: una amarga, otra
dulce. Te sientas en medio de un río llamado Nostalgia. Un río lleno de
recuerdos recogidos entre los restos del naufragio del mundo. Recuerdos de los
sin hogar, de aves fugitivas que construyen una y otra vez con palitos y
ramitas. Por todas partes nidos destruidos, cáscaras de huevo, pajarillos con
el cuello retorcido y ojos muertos clavados en el espacio. Sueños de río
nostálgico bajo albardillas de hojalata, bajo cobertizos herrumbrosos, bajo
barcas volcadas. Un mundo de esperanzas mutiladas, de aspiraciones sofocadas,
de inanición a prueba de balas. Un mundo en que hasta el cálido hálito de la
vida tiene que pasarse de contrabando, en que se trocan gemas del tamaño del
corazón de una paloma por un metro de espacio, por una onza de libertad. Todo
se combina en un páté de hígado familiar que se traga en una hostia insípida.
En un bocado se tragan cinco mil años de amargura, cinco mil años de cenizas,
cinco mil años de ramitas rotas, de cáscaras de huevo aplastadas, de pajarillos
estrangulados...
En el profundo sótano del corazón humano suena el doloroso
tañido del arpa de hierro.
Construid vuestras ciudades altivas y elevadas. Disponed
vuestras cantarillas. Trabajad febrilmente. Dormid sin sueños. Cantad
enloquecidos como el ruiseñor persa. Por debajo, bajo los cimientos más
profundos, vive otra raza de hombres. Son morenos, sombríos, apasionados. Se
abren paso hasta las entrañas de la tierra. Esperan con una paciencia
aterradora. Son los basureros, los devoradores, los vengadores. Emergen cuando
todo se viene abajo y queda reducido a polvo.
Capítulo XX
Durante siete días y siete noches estuve solo. Empecé a
pensar que Mona me había dejado. Telefoneé dos veces, pero su voz sonaba
lejana, perdida, consumida por la pena. Recordé las palabras del señor
Eisenstein. Me preguntaba, me preguntaba si la habrían hecho volver al redil.
Después, un día, hacia la hora de cerrar, salió del
ascensor y se detuvo ante mí. Iba vestida de negro, excepto un turbán malva que
le daba un aspecto exótico. Se había producido una transformación. Los ojos se
habían vuelto todavía más apacibles, la piel más traslúcida. Su figura se había
vuelto seductoramente suave, su porte más majestuoso. Tenía el aplomo de una
sonámbula.
Por un momento, apenas si podía dar crédito a mis ojos.
Había algo hipnótico en ella. Irradiaba poder, magnetismo, encantamiento. Era
como una de esas mujeres del Renacimiento que te miran fijamente con una
sonrisa enigmática desde un cuadro que retrocede hasta el infinito. En los
pocos pasos que dio antes de arrojarse en mis brazos sentí un abismo, como no
había sabido nunca que pudiera existir entre dos personas, que se cerraba. Era
como si la tierra se hubiese abierto entre nosotros, como si, mediante un
esfuerzo supremo y mágico de la voluntad, hubiera salvado el vacío de un salto
y se hubiese reunido conmigo. El suelo sobre el que estaba hacía un momento
desapareció, se deslizó hasta un pasado completamente desconocido para mí, de
igual modo que la plataforma continental se desliza en el mar. Nada tan claro y
tangible como esto se formuló en mi mente entonces; hasta después —porque
reviví aquel momento una y otra vez posteriormente— no entendí la naturaleza de
nuestra reunión.
Todo su cuerpo me transmitía una sensación extraña al
tacto, al apretarla contra mí. Era el cuerpo de un ser que había renacido. Era
un cuerpo enteramente nuevo el que me entregaba, nuevo porque contenía algún
elemento que hasta entonces había faltado. Por extraño que pueda parecer
decirlo así, era como si hubiese regresado con su alma... y no su alma privada,
individual, sino el alma de su raza. Parecía estar ofreciéndomela, como un
talismán.
Las palabras nos llegaban con dificultad a los labios.
Simplemente hacíamos gorgoritos y nos mirábamos. Después vi su mirada errar por
el local, observando todo con ojos despiadados, y finalmente detenerse en mi
escritorio y en mí. «¿Qué haces aquí?», parecía decir. Y después, como
ablandada, mientras me cubría con los pliegues de su tribu: «¿Qué te han
hecho?» Sí, sentí el poder y el orgullo de su pueblo. No te he escogido, decía,
para que te sientes entre los humildes. Te voy a sacar de este mundo. Te voy a
entronizar.
Y ésa era Mona, la Mona que había llegado hasta mí desde
el centro de la pista de baile y se me había ofrecido, como se había ofrecido a
cientos y quizá miles de hombres antes que a mí. ¡El ser humano es una flor tan
extraña y maravillosa! La sostienes en la mano y, mientras duermes, crece, se
transforma, exhala una fragancia narcótica.
En unos segundos me había convertido en un adorador. Era
casi insoportable mirarla fijamente. Pensar que me seguiría a casa, que
aceptaría la vida que podía ofrecerle, parecía increíble. Había pedido una
mujer y me habían dado una reina.
Lo que ocurrió en la cena se me ha borrado por completo.
Debimos de comer en un restaurante, debimos de hablar, debimos de hacer planes.
No recuerdo nada de todo aquello. Recuerdo su rostro, su nueva mirada
espiritual, el brillo y magnetismo de los ojos, el tono traslúcido de la carne.
Recuerdo que caminamos un rato por calles desiertas. Y
quizá, escuchando sólo el sonido de su voz, quizá entonces me contara todo,
todo lo que siempre había anhelado saber sobre ella. No recuerdo ni una
palabra. Nada tenía la menor importancia ni significado salvo el futuro. Le
cogí la mano, la apreté firmemente, con los dedos entrelazados, caminando con
ella hacia el futuro sobreabundante. Nada podía ser en modo alguno lo que había
sido antes. El suelo se había abierto, el pasado había quedado barrido, sumergido
tan profundamente como un continente perdido. Y milagrosamente —¡cuán
milagrosamente sólo lo comprendía a medida que los momentos se prolongaban!—
había sido salvada, me la habían restituido. Era mi deber, mi misión, mi
destino en esta vida quererla y protegerla. Mientras pensaba en todo lo que nos
reservaba el futuro, empecé a crecer, desde dentro, como a partir de una
pequeña semilla. Crecí varios centímetros en el espacio de una manzana. En mi
corazón era donde sentía reventar la semilla.
Y entonces, estando parados en una esquina, pasó un autobús.
Montamos y subimos al piso de arriba. Nos sentamos en el asiento del fondo. En
cuanto hubimos pagado el billete, la cogí en mis brazos y la colmé de besos.
Estábamos solos y el autobús corría a toda velocidad sobre el pavimento lleno
de baches.
De repente la vi lanzar una mirada salvaje a su alrededor,
alzarse el vestido febrilmente, y un momento después ya estaba a horcajadas
sobre mí. Follamos como locos en el espacio de unas manzanas ebrias. Se sentó
en mis rodillas, aun después de haber acabado, y seguía acariciándome
apasionadamente.
Cuando entramos en casa de Arthur Raymond, todo estaba
iluminado. Era como si hubieran estado esperando su regreso. Estaba Kronski y
las dos hermanas de Arthur, Rebecca y algunas de sus amigas. Saludaron a Mona
con la mayor efusión y afecto. Casi lloraron por ella.
Era el momento de celebrarlo. Trajeron botellas, pusieron
la mesa, conectaron el fonógrafo. «Sí, sí, ¡regocijémonos!», parecían decir
todos. Nos lanzábamos unos en los brazos de los otros, literalmente. Bailamos,
cantamos, charlamos, comimos, bebimos. La alegría aumentaba cada vez más. Todo
el mundo se amaba. Unión y reunión. Así hasta las tantas de la noche, y hasta
Kronski cantó a pleno pulmón. Era como una fiesta de bodas. La novia había
vuelto de la tumba. La novia volvía a ser joven. La novia había florecido.
Sí, era una boda. Aquella noche supe que estábamos unidos
en las cenizas del pasado.
«¡Mi esposa, mi esposa!», susurré, al quedamos dormidos.
Capítulo XXI
Con la muerte de su padre. Mona llegó a obsesionarse cada
vez más con la idea de que nos casáramos. Quizá en su lecho de muerte le
hubiera hecho una promesa que estaba intentando cumplir. Cada vez que se
planteaba el tema, el resultado era una pequeña riña. (Al parecer, yo me tomaba
el tema demasiado a la ligera.) Un día, tras una de aquellas discusiones, se
puso a recoger sus cosas. No iba a quedarse ni un día más. Como no teníamos
maleta, tuvo que envolver sus cosas en un papel de embalar. Era un bulto muy
voluminoso y difícil de manejar.
«Vas a parecer una inmigrante caminando por la calle con
eso», dije. Yo había estado sentado en la cama observando la maniobra durante
media hora o más. No sé por qué, pero no podía convencerme de que se marchaba.
Esperaba el hundimiento habitual del último momento: un arrebato de cólera, un
acceso de llanto y después una reconciliación tierna y cálida.
Sin embargo, aquella vez parecía determinada a llevar
adelante la representación. Yo seguía sentado en la cama, cuando arrastró el
bulto por el vestíbulo y abrió la puerta de la calle. Ni siquiera nos dijimos
adiós.
Cuando la puerta se cerró de un portazo, Arthur Raymond
apareció en el umbral y dijo: «No irás a dejarla marchar así, ¿verdad? Es un
poco inhumano, ¿no?»
«¿Tú crees?», respondí. Le lancé una mirada débil y
bastante acongojada.
«No te entiendo en absoluto», dijo. Hablaba como si
estuviera controlando su irritación.
«Probablemente esté de vuelta mañana», dije.
«Yo no estaría tan seguro de eso, si fuera tú. Es una
chica sensible... y tú eres un cabrón desalmado.»
Arthur Raymond estaba excitándose hasta un arrebato moral.
La verdad era que había llegado a tomar mucho cariño a Mona. Si hubiera sido
sincero consigo mismo, habría tenido que reconocer que estaba enamorado de
ella.
«¿Por qué no vas tras ella?», dijo de repente, después de
una pausa embarazosa. «Iré yo, si quieres. Joder, ¡no puedes dejar que se
marche así.»
No respondí. Arthur Raymond se me acercó y me colocó una
mano en el hombro. «Vamos, vamos», dijo, «esto es absurdo. Tú quédate aquí...
Yo correré tras ella y la haré volver.»
Salió corriendo al vestíbulo y abrió la puerta de la
calle. Le oí exclamar: «¡Bien, bien! Iba a ir a buscarte ahora mismo.
¡Perfecto! Entra, entra. A ver, déjame que coja eso. ¡Bien hecho!» Le oí reír,
con aquella risa jovial y animada, que a veces le ponía a uno los nervios de
punta. «Ven aquí... te está esperando. Pues, claro, todos estamos esperándote.
¿Por qué has hecho una cosa así? No tienes que salir corriendo así. Todos somos
amigos, ¿no? No puedes dejamos así...»
Por el tono de voz era como para pensar que el marido era
Arthur Raymond, no yo. Era casi como si estuviese dándome la indicación de
apuntador.
Fue sólo cosa de segundos, todo aquello, pero en aquel
intervalo, a pesar de su brevedad, volví a ver a Arthur Raymond como lo había
visto cuando lo conocí. Ed Gavarni me había llevado a su casa. Durante semanas
había estado hablándome de su amigo Arthur Raymond y de su genialidad. Parecía
pensar que se le había concedido un raro privilegio al tener la oportunidad de
ponernos en contacto, porque en opinión de Ed Gavami yo también era un genio.
Allí estaba sentado, Arthur Raymond, en la penumbra de un sótano en una de esas
casas de piedra de aspecto solemne de la zona de Prospect Park. Era mucho más
bajo de lo que me esperaba, pero su voz era potente, cordial, alegre, como su
apretón de mano, como toda su personalidad. Irradiaba vitalidad.
Tuve la impresión al instante de encontrarme ante una
persona excepcional. Además, se encontraba en uno de sus peores momentos, como
descubrí más adelante. Había estado en un baile toda la noche, había dormido
con la ropa puesta, y estaba bastante nervioso e irritable. Tras unas palabras,
se sentó al piano, con una colilla apagada colgando de los labios; mientras
hablaba, tamborileaba unas teclas en el registro alto. Había estado forzándose
a sí mismo a practicar porque el tiempo apremiaba: al cabo de unos días iba a
dar un concierto, el primer concierto con pantalones largos, podríamos decir.
Ed Gavarni me explicó que Arthur Raymond había sido un niño prodigio, que su
madre lo había vestido como Ford Launtleroy y lo había paseado por todo el
continente, de concierto en concierto. Y entonces, un día, Arthur Raymond se
había plantado y se había negado a seguir haciendo el chimpancé. Le había
entrado fobia a tocar en público. Quiso llevar su propia vida. Y lo hizo. Se
había vuelto loco. Había hecho todo lo posible para destruir al virtuoso que su
madre había creado.
Arthur Raymond escuchó aquel relato impaciente. Finalmente
lo interrumpió, girando en el taburete y tocando con dos manos mientras
hablaba. Acababa de encender otro cigarrillo y, mientras recorría el piano con
los dedos, el humo le subía a los ojos en espirales. Estaba intentando disipar
su embarazo. Al mismo tiempo, sentí que estaba esperando a que yo abriera la
boca. Cuando Ed Gavarni le informó de que yo también era músico, Arthur Raymond
se puso en pie de un brinco y me pidió que tocara algo. «Adelante,
adelante...», dijo, casi brutalmente. «Me gustaría oírlo. Señor, llego a
hartarme de oírme a mí mismo tocar.»
Me senté, muy a regañadientes, y toqué una cosilla.
Comprendí más que nunca antes lo deficiente que era mi forma de tocar. Me sentí
bastante avergonzado de mí mismo y me disculpé profusamente por mi pobre
interpretación.
«¡En absoluto, en absoluto!», dijo, con una risita débil y
agradable. «Debe usted continuar... tiene talento.»
«La verdad es que ya apenas toco el piano», confesé.
«¿Cómo es eso? ¿Qué hace, entonces?»
Ed Gavarni ofreció las explicaciones acostumbradas. «En
realidad, es escritor», concluyó.
Los ojos de Arthur Raymond centellearon. «¡Escritor! Vaya,
vaya...» Y acto seguido volvió a ocupar su asiento al piano y se puso a tocar.
Una expresión seria que no sólo me gustó, sino que iba a recordar toda mi vida.
Su interpretación me subyugó. Era una sonata de Brahms. Al cabo de unos minutos
se detuvo de repente y después, antes de que pudiéramos abrir la boca, ya
estaba tocando algo de Debussy, y de eso pasó a Ravel y a Chopin. Durante el
preludio de Chopin, Ed Gavarni me guiñó el ojo. Cuando hubo acabado, instó a
Arthur Raymond a que tocara el «Estudio Revolucionario». «¡Oh, ese rollo! ¡Al
diablo! Señor, ¿cómo puede gustarte esa bazofia!» Tocó unos compases, lo dejó,
volvió a la parte central, se detuvo, se quitó el cigarrillo de los labios, y
se lanzó a un ¡Fragmento de Mozart.
Mientras tanto, yo había pasado por una revolución
interior. Al escuchar la interpretación de Arthur Raymond, comprendí que, para
llegar a ser pianista alguna vez, tendría que empezar desde el principio. Tenía
la sensación de no haber tocado nunca el piano de verdad: había jugado con él.
Algo semejante me había sucedido, al leer a Dostoyevski por primera vez. Había
barrido toda la literatura restante. («¡Ahora estoy oyendo hablar de verdad a
seres humanos!», me había dicho a mí mismo.) Lo mismo ocurrió con la
interpretación de Arthur Raymond: por primera vez me parecía entender lo que
los compositores estaban diciendo. Cuando se interrumpía para repetir una frase
una y otra vez, era como si los oyera hablar, hablar ese idioma del sonido con
el que todo el mundo está familiarizado, pero que en realidad para la mayoría
de nosotros es griego. Recordé de pronto que el profesor de latín, tras
escuchar nuestras lamentables traducciones, nos quitaba el libro de las manos y
se ponía a leernos en voz alta... en latín. Lo leía como si significara algo
para él, mientras que para nosotros, por buenas que fuesen nuestras
traducciones, sólo era latín y el latín era una lengua muerta y los hombres que
escribieron en latín estaban todavía más muertos para nosotros que la lengua en
que escribieron. Sí, al escuchar la interpretación de Arthur Raymond, ya fuera
de Bach, Brahms o Chopin, no quedaban espacios vacíos entre los pasajes. Todo
adquiría forma, dimensión, significado. No había partes aburridas, ni lentas,
ni preliminares.
Hubo otra cosa en aquella visita que me pasó como un rayo
por la mente: Irma. Irma era entonces su esposa, y se trataba de una muñeca muy
encantadora y bonita. Más parecida a una porcelana de Dresde que a una esposa.
En el instante mismo en que nos presentaron supe que algo no iba bien entre
ellos. La voz de él era demasiado áspera, sus gestos demasiado rudos; ella lo
rehuía como si temiera que la hiciese añicos con un movimiento descuidado. Al
estrecharle la mano, noté que las palmas de ella estaban húmedas... húmedas y
calientes. Ella también era consciente de ello y sonrojándose hizo una
observación sobre que sus glándulas no funcionaban bien. Pero, mientras decía
eso, yo tenía la impresión de que el auténtico motivo del desequilibrio de ella
era Arthur Raymond, que era el «genio» de él lo que la había alterado. O’Mara
estaba en lo cierto con respecto a ella: era totalmente felina, le gustaba que
la acariciaran y mimasen. Y uno sabía que Arthur Raymond no perdía tiempo con
esas insignificancias. Se daba uno cuenta inmediatamente de que era la clase de
hombre que iba derecho al objeto. La estaba violando, eso fue lo que sentí. Y
no me equivocaba. Posteriormente ella me lo confesó.
Y, además, había que contar a Ed Gavarni. Por la forma
como Arthur Raymond se dirigía a él, no le cabía a uno duda de que estaba
acostumbrado a esa clase de adulación. Todos sus amigos eran serviles.
Indudablemente, lo asqueaban, y, aun así, la necesitaba. Su madre lo había
iniciado mal: casi lo había destruido. Cada concierto que había dado había
debilitado su confianza en sí mismo. Eran interpretaciones posthipnóticas,
éxitos porque su madre había querido que lo fueran. El la odiaba. Necesitaba
una mujer que creyese en él —como hombre, como ser humano—, no como oso
amaestrado.
Irma odiaba también a la madre de él. Eso tuvo un efecto
desastroso sobre Arthur Raymond. Se sintió obligado a defender a su madre
contra los ataques de su esposa. ¡Pobre Irma! Estaba entre la espada y la
pared.
Y en el fondo no le interesaba demasiado la música. En el
fondo no le interesaba nada demasiado. Era suave, dúctil, graciosa, semejante a
un sauce: su única respuesta era un ronroneo. No creo que tampoco le gustara
mucho follar. No estaba mal de vez en cuando, cuando estaba en celo, pero en
conjunto era demasiado directo, demasiado brutal, demasiado humillante. Si se
podía uno correr al mismo tiempo, como azucenas, sí, entonces podría ser
diferente. Rozarse, una especie de entrelazamiento suave, tierno, acariciador:
eso era lo que le gustaba. Había algo ligeramente nauseabundo en una picha
tiesa, sobre todo goteando esperma. ¡Y las posiciones que había que adoptar! De
verdad, a veces se sentía absolutamente degradada por ese acto. Arthur Raymond
tenía una picha corta y tenaz: era el Carnero. Se lanzaba al asunto como un
bruto, como si estuviera cortando carne en un tajo. Acababa antes de que ella
tuviese oportunidad de sentir nada. Estocadas cortas y rápidas, a veces en el
suelo, en cualquier sitio, dondequiera y cuando quiera que le viniesen las
ganas. Ni siquiera le daba tiempo para quitarse la ropa. Se limitaba a
levantarle la falda y a metérsela. No, realmente era «horrendo». Esa era una de
sus palabras favoritas: «horrendo».
En cambio, O’Mara era como una serpiente experta. Tenía un
pene largo y curvado que se deslizaba como un rayo lubricado y abría la puerta
de la matriz. Sabía controlarse. Pero a ella tampoco le gustaba su forma de
darle al asunto. Usaba el pene como si fuera un aparato desmontable. Lo que le
encantaba era quedarse de pie sobre ella —tumbada con las piernas abiertas y
suspirando por él—, obligarla a admirarlo, a tomarlo con la boca, a metérselo
en el sobaco. La hacía sentir a su merced... o, mejor, a merced de aquel chisme
largo y viscoso que llevaba entre las piernas. Podía conseguir una erección en
cualquier momento... a voluntad, por decirlo así. No se dejaba arrebatar por la
pasión: su pasión se concentraba en la picha. A pesar de su actitud de experto,
sabía ser tierno, pero por alguna razón no era una ternura que la conmoviese:
era estudiada, parte de su técnica. No era «romántico»: así se expresaba ella.
Estaba demasiado orgulloso de su puñetera pericia sexual. Aun así, como era una
picha excepcional, como era larga y curvada, como podía contenerse
indefinidamente, como podía hacerla olvidarse de sí misma, ella era incapaz de
resistirse. Bastaba con que la sacase y se la pusiera en la mano para que se
sintiese vencida. También era repugnante que a veces, cuando la sacaba,
estuviese semierecta. Aun entonces era mayor, más suave, más serpentina que la
picha de Arthur Raymond, hasta cuando más excitado estaba éste. O’Mara tenía un
tipo de picha adusta. Su signo era escorpión. Era como un ser primitivo que esperara
emboscado, un enorme reptil paciente y reptante que se escondiese en las
ciénagas. Era frío y fecundo; vivía sólo para follar, pero podía esperar su
oportunidad, podía esperar años entre polvos, si fuera necesario. Después,
cuando te tenía, cuando cerraba sus mandíbulas sobre ti, te devoraba pedazo a
pedazo. Así era O'Mara...
Alcé la vista para ver a Mona parada en el umbral, con la
cara cubierta de lágrimas. Arthur Raymond estaba detrás de ella, sosteniendo el
enorme bulto incómodo con las dos manos. Una gran sonrisa se le había extendido
por la cara. Estaba satisfecho de sí mismo, tremendamente satisfecho.
No era propio de mi carácter levantarme y hacer
demostraciones, sobre todo delante de Arthur Raymond.
«Bien», dijo Mona, «¿no tienes nada que decir? ¿No estás
arrepentido?»
«Pues, claro que lo está», dijo Arthur Raymond, temeroso
de que se largase otra vez.
«No te lo pregunto a ti», dijo bruscamente, «se lo
pregunto a él».
Me levanté de la cama y me acerqué a ella. Arthur Raymond
miraba con timidez. Habría dado cualquier cosa por estar en mi posición: yo lo
sabía. Cuando nos abrazamos, Mona volvió la cabeza y murmuró por encima del
hombro: «¿Por qué no te marchas?» Se puso colorado como un tomate. Intentó
balbucear una disculpa, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Cuando se fue, Mona cerró la puerta de un portazo. «¡Qué imbécil!», dijo.
«¡Estoy harta de este sitio!»
Al apretar su cuerpo contra el mío, sentí en ella un deseo
y una desesperación nuevos. La separación, a pesar de lo breve que había sido,
había sido real para ella. Y también la había asustado. Nadie le había
permitido nunca marcharse así. No soló se había visto humillada, también le
había entrado curiosidad.
Es interesante observar lo repetitivo que es el
comportamiento de la mujer en semejantes situaciones. Casi invariablemente
llega la pregunta: «¿Por qué has hecho una cosa así?» O: «¿Cómo has podido
tratarme así?» Si es el hombre el que habla, dice: «No hablemos de eso...
¡olvidémoslo!» Pero la mujer reacciona como si hubiera recibido una sacudida en
sus centros vitales, como si quizá no fuese a recuperarse nunca de la estocada
mortal. En su caso todo se basa en lo puramente personal. Habla como una ególatra,
pero no es el yo el que le inspira sus respuestas: es la MUJER. Que el hombre
al que ama, el hombre al que se ha unido, el hombre que está creando a su
imagen, deje de pertenecerle de repente es algo inconcebible. Si hubiera por
medio otra mujer, una rival, sí, en ese caso podría entender. Pero que se
desencadene uno sin motivo, que renuncie con tanta facilidad —¡por un simple
truquito femenino!— eso la desconcierta. Entonces habrá que construir todo
sobre arena... en ese caso no hay asidero firme en ninguna parte.
«Sabías que volvería, ¿verdad?», estaba diciendo, a medias
sonriendo y a medias llorando.
Responder sí o no era igualmente comprometedor. De
cualquier modo, lo único que haría sería provocar una larga discusión. Así, que
dije: «El creía que volverías. Yo no sabía. He pensado que quizá te hubiera
perdido.»
La última frase la impresionó favorablemente. «Perderla»:
eso significaba que era preciosa. También daba a entender que, al volver por su
propia voluntad, estaba entregando el don de su persona, el don más precioso
que podía ofrecerme.
«¿Cómo iba a poder hacerlo?», dijo con ternura, lanzándome
una mirada enternecedora. «Lo único que deseo saber es que me quieres. A veces
hago tonterías... parece como si necesitara pruebas de tu amor... es tan
ridículo.» Me apretó con fuerza, eclipsándose literalmente contra mí. Al cabo
de un momento estaba apasionada y me andaba con la mano en la bragueta.
«Querías que volviera, ¿verdad?», murmuró, sacándome la polla y colocándola
contra su cálido coño. «¡Dilo! ¡Quiero oírte decirlo!»
Lo dije. Lo dije con toda la convicción de que pude hacer
acopio.
«Ahora, ¡fóllame!», susurró, y la boca se le torció
salvajemente. Se tumbó de través en la cama, con la falda en tomo al cuello.
«¡Sácala!», me suplicó, demasiado febril como para encontrar los broches.
«Quiero que me folies como si nunca lo hubieras hecho.»
«Espera un momento», dije, retirándome. «Primero voy a
quitarme esta maldita ropa.»
«¡Rápido, rápido!», imploró. «Métela hasta dentro. La
Virgen, Val, nunca podría vivir sin ti... Sí, bien, bien... eso es.» Se
retorcía como una anguila. «Oh, Val, no debes dejarme marchar nunca. ¡Fuerte,
apriétame fuerte! Oh, Dios, me corro... sujétame, sujétame.» Esperé a que se
apagara el espasmo. «No te has corrido, ¿verdad?, dijo. «No te corras todavía.
Déjala dentro. No te muevas.» Hice lo que deseaba; estaba metida y bien
apretada y sentía dentro los pendones de seda ondeando como aves hambrientas.
«Espera un momento, querido... espera.» Estaba reuniendo sus fuerzas para otra
explosión. Los ojos se le habían agrandado y humedecido, se habían relajado,
podríamos decir. A medida que se acercaba el orgasmo, se concentraban,
corriendo desenfrenados de un extremo al otro, como si buscaran frenéticamente
algo en que fijarse. «Hazlo, hazlo ahora», me pidió con voz ronca. «¡Vámos,
dámelo!» Su boca volvía a estar crispada salvajemente, con ese rictus obsceno
que, más que los movimientos del cuerpo, desencadena el orgasmo masculino. Al
descargarle dentro el esperma caliente, le dieron convulsiones. Era como una
artista de trapecio que se soltara al llegar cerca del techo. Y, como le
ocurría con frecuencia, los orgasmos se sucedían en rápida sucesión. Yo estaba
casi a punto de abofetearla, para arrancarla de aquel estado.
A continuación un cigarrillo, naturalmente. Se quedó
tumbada bajo la sábana y daba caladas profundas, como si estuviera usando un
pulmón de acero.
«A veces pienso que el corazón se me va a parar... que me
voy a morir antes de acabar.» Se relajaba con la facilidad de una pantera, con
las piernas bien separadas, como para dejar salir el esperma. «Señor», dijo,
colocándose las manos sobre las piernas, «todavía sigue saliendo... Dame una
toalla, ¿quieres?»
Cuando estaba inclinándome sobre ella con la toalla, le
pasé los dedos coño arriba. Me gustaba tocarlo justo después de un polvo. Me
daba escalofríos de emoción.
«No hagas eso», me rogó débilmente, «o empezaré de nuevo».
Mientras hablaba, movía la pelvis lascivamente. «No demasiado fuerte, Val... es
delicado. Eso es.» Me puso la mano en la muñeca y me la sostuvo, dirigiendo mis
movimientos con diestra y delicada presión de los dedos. Finalmente, conseguí
retirar la mano, y rápidamente le pegué la boca a la raja. «Esto es
maravilloso», suspiró. Había cerrado los ojos. Estaba recayendo en el oscuro
hueco de su ser.
Estábamos tumbados de costado, con sus piernas en torno a
mi cuello. Al cabo de poco sentí sus labios tocándome la picha. Estaba
separándole los carrillos con las dos manos, y tenía el ojo que me quedaba
libre clavado en el botón marrón de encima de su coño. «Ese es el ojo del
culo», me dije. Daba gusto mirarlo. Tan pequeño, tan apretado, como si sólo
pudieran salir por él cagaditas negras de oveja.
Estando tumbados entre las sábanas y dormitando
tranquilamente, después de habernos dado un hartazgo, llamaron imperiosamente a
la puerta. Era Rebecca. Preguntaba si habíamos acabado: iba a hacer té y quería
que fuéramos a tomarlo con ellos.
Le dije que estábamos echando una siesta, que no sabía
cuándo nos levantaríamos.
«¿Puedo entrar un momento?» Dicho esto, entornó la puerta
ligeramente.
«Pues, claro, ¡entra!», dije, abriendo sólo un ojo para
mirarla.
«Señor, desde luego vosotros dos sois un par de tórtolos»,
dijo, lanzando una risita baja, agradable, natural. «¿Es que no os cansáis
nunca? Os estaba oyendo desde el otro extremo del pasillo. Me ponéis celosa.»
Se había quedado parada junto a la cama mirándome. Mona
tenía la mano sobre mi picha, gesto instintivo de autoprotección. Los ojos de
Rebecca parecían concentrados en ese punto.
«Por el amor de Dios, deja de jugar con eso, mientras
hablo, ¿quieres?», dijo.
«¿Por qué no nos dejas en paz?», dijo Mona. «Nosotros no
entramos en tu habitación, ¿no? ¿Es que no se puede tener un poco de intimidad
aquí?»
Rebecca lanzó una carcajada sana y gutural. «Es porque
nuestra habitación no es tan atractiva como la vuestra. Sois como una pareja de
recién casados: ponéis febril la casa entera.»
«Vamos a marchamos pronto», dijo Mona. «Quiero tener una
casa propia. Esto es demasiado incestuoso para mí. ¡La Virgen! Ni siquiera se
puede menstruar sin que se entere todo el mundo.»
Me sentí obligado a decir algo para aplacar los ánimos. Si
Rebecca se enojaba, podía hacer pedazos a Mona.
«Vamos a casarnos la semana que viene», intervine.
«Probablemente nos mudemos a Brooklyn, a algún sitio tranquilo y apacible. Esto
queda un poco a trasmano.»
«Comprendo», dijo Rebecca. «Desde luego, habéis estado
casándoos desde que llegasteis aquí. Estoy segura de que no os lo hemos
impedido... ¿o sí?» Hablaba como si se sintiera herida.
Después de unas palabras más se fue. Volvimos a quedarnos
dormidos y nos despertamos tarde. Estábamos hambrientos como lobos. Cuando
salimos a la calle, cogimos un taxi y fuimos a la tienda de ultramarinos
francoitaliana. Era hacia las diez de la noche y el local estaba todavía
atestado. A un lado teníamos a un teniente de policía y al otro a un detective.
Nos sentamos en la mesa larga. Enfrente de mí, colgada de un clavo, había una
pistola en su funda. A la izquierda quedaba la cocina abierta, que era el feudo
del hermano alto y grueso del propietario. Era un oso maravilloso y mudo que
chorreaba grasa y sudor. Siempre medio borracho, al parecer. Luego, después de
que hubiéramos comido, nos invitaba a tomar una copa con él. Su hermano, que
servía la comida y cobraba, era totalmente diferente. Era apuesto, suave,
cortés y hablaba inglés con nosotros. La mayor parte del tiempo hablaba de
Europa, de lo diferente que era de este país, de lo «civilizada», de lo
agradable que era la vida. A veces se ponía a hablar de las mujeres rubias del
norte de Italia, de donde él procedía. Las describía minuciosamente: el color
del pelo y de los ojos, la textura de la piel, las bocas voluptuosas y
sensuales que tenían, el contoneo de las caderas al andar, etc. Decía que nunca
había visto mujeres así en América. Hablaba de las mujeres americanas con un
rictus de desprecio, casi de asco, en los labios. «No sé por qué se queda usted
aquí, señor Miller», solía decirme. «Su mujer es tan bella... ¿por qué no se
van a Italia? Sólo por unos meses. Le aseguro que no volverán nunca.» Y
entonces pedía otra copa para nosotros y nos decía que nos quedáramos otro
ratito... tal vez viniese un amigo suyo... un cantante de la Metropolitan Opera
House.
No tardamos en entablar conversación con un hombre y una
mujer sentados enfrente de nosotros. Estaban de buen humor y ya habían pasado
al café y los licores. Por sus observaciones deduje que eran gente de teatro.
Era bastante difícil sostener una conversación por la
presencia de los rufianes sentados a ambos lados de nosotros. Se sentían
defraudados, simplemente porque estábamos hablando de cosas que superaban su
comprensión. De vez en cuando el teniente hacía un comentario estúpido sobre la
«escena». El otro, el detective, ya estaba borracho y se estaba poniendo
pesado. Los detestaba a los dos y lo demostré a las claras no haciendo el menor
caso de sus comentarios. Finalmente, no sabiendo qué hacer, se pusieron a molestarnos.
«Vámonos a la otra habitación», dije haciendo una seña al
propietario. «¿Puede darnos una mesa ahí dentro?», le pregunté.
«¿Qué ocurre?», dijo. «¿Algo no va bien?»
«No», dije, «no nos gusta esta mesa, nada más.»
«Querrá decir que no le gustamos nosotros», dijo el
detective, gruñendo.
«Eso es», le contesté, también gruñendo.
«No somos dignos de usted, ¿eh? ¿Quién demonios se cree
que es, a todo esto?»
«Soy el presidente McKinley... ¿y usted?»
«Se cree muy listo, ¿eh?» Se volvió hacia el propietario.
«Oiga, ¿quién es este tipo?... ¿a qué se dedica? ¿Me toma por un lelo?»
«¡Calle la boca!», dijo el propietario. «Está usted
borracho.»
«¡Borracho! ¿Quién ha dicho que estoy borracho?» Intentó
ponerse en pie tambaleándose, pero volvió a desplomarse sobre la silla.
«Más vale que se vaya de aquí... está armando escándalo.
No quiero escándalo en mi casa, ¿entiende?»
«¿Qué he hecho para que me grite?» Empezaba a comportarse
como un niño maltratado.
«No quiero que me ahuyente a los clientes», dijo el
propietario.
«¿Quién está ahuyentando a sus clientes? Este es un país
libre, ¿no? Puedo hablar, si me da la gana, ¿no? ¿Qué he dicho?... ¡a ver! No
he dicho nada insultante. Yo también puedo ser un caballero, si quiero...»
«Usted nunca será un caballero», dijo el propietario.
«Venga, coja sus cosas y salga de aquí. ¡Váyase a casa a dormir la mona!» Se
volvió hacia el teniente con mirada expresiva, como diciendo: esto es asunto
suyo, ¡sáquelo de aquí!
Después nos llevó del brazo y nos condujo a la otra
habitación. El hombre y la mujer que estaban sentados enfrente de nosotros nos
siguieron. «Me voy a deshacer de esos borrachos en un momento», dijo, al tiempo
que nos indicaba nuestros sitios. «Lo siento mucho, señor Miller. Esto es lo
que tengo que soportar a causa de esa maldita ley antialcohólica. En Italia no
tenemos estas cosas. Cada cual se ocupa de sus asuntos... ¿Qh ¿van a beber?
Espere, voy a traerles algo bueno...»
La habitación a la que nos había llevado era la del
banquete privado de un grupo de artistas: la mayoría gente de teatro, aunque
había algunos músicos, escultores y pintores. Uno del grupo se nos acercó y,
después de presentarse, hizo lo propio con los otros miembros. Parecían
complacidos de tenernos entre ellos. No tardaron en persuadirnos de que
abandonáramos nuestra mesa y nos uniésemos al grupo de la gran mesa, que estaba
abarrotada de garrafas, agua de Seltz, quesos, pastas, cafeteras y qué sé yo.
El propietario volvió rebosante de alegría. «Se está mejor
aquí, ¿eh?», dijo. Traía dos botellas de licor en las manos. «¿Por qué no tocan
algo de música?», dijo, sentándose en la mesa. «Arturo, coge tu guitarra...
vamos, ¡toca algo! Quizá la señora cante algo para ti.»
No tardamos en cantar todos: canciones italianas,
alemanas, francesas, rusas. El hermano, el cocinero, vino con una fuente de
fiambres variados, fruta y frutos secos. Se movía por la habitación
tambaleándose, como un oso piripi, gruñendo, chillando, riendo solo. No tenía
ni pizca de materia gris en la chola, pero era un cocinero maravilloso. No creo
que fuera nunca a dar un paseo. Pasaba toda su vida en la cocina. Sólo manejaba
comestibles... dinero nunca. ¿Para qué necesitaba el dinero? No se podía cocinar
con dinero. Eso era asunto de su hermano, hacer malabarismos con el dinero. El
se ocupaba de lo que la gente comía y bebía: no le importaba lo que su hermano
cobrara. «¿Estaba bueno?»: eso era lo único que le interesaba saber. De lo que
hubieran comido, sólo tenía una idea aproximada, nebulosa. Era fácil engañarle,
si tenías intención de hacerlo. Pero nadie lo hacía nunca. «No tengo dinero...
le pagaré la próxima vez.» «Pues claro, ¡la próxima vez!» respondía, sin la
menor señal de temor o preocupación en el grasiento semblante. «La próxima vez
traiga también a su amigo, ¿eh?» Y entonces te daba una palmada en la espalda
con su peluda manota... un golpe tan sonoro, que los huesos se te estremecían
como dados. ¡Era un auténtico grifo! En cambio, su mujer era una mujercita
frágil de ojos grandes y confiados, una persona que no hacía el menor ruido,
que hablaba y escuchaba con grandes ojos dolorosos.
Se llamaba Louis, nombre que le cuadraba perfectamente.
¡Luis el gordo! Y su hermano se llamaba Joe... Joe Sabbatini. Joe trataba al
imbécil de su hermano de forma muy parecida a como un caballerizo trataría a su
caballo favorito. Le daba palmaditas cariñosas, cuando quería que preparara un
plato especialmente bueno para un parroquiano. Y Louis respondía con un gruñido
o un relincho, y tan complacido como una yegua sensible, cuando le acarician la
suave grupa. Se ponía un poco coquetón incluso, como si la caricia de su
hermano hubiera revelado en él un oculto instinto femenino. A pesar de su
fuerza de oso, nunca pensaba uno en las inclinaciones sexuales de Louis. Era
neutro y epiceno. Si tenía picha, era para hacer aguas con ella, nada más.
Tenías la sensación de que, en caso necesario, sacrificaría la picha para
disponer de algunas rodajas más de saucisson. Preferiría perder la picha a
entregarte un hors d'oeuvre raquítico.
«En Italia se comen cosas mejores que esto», estaba
explicándonos Joe a Mona y a mí. «Mejor carne, mejores verduras, mejor fruta.
En Italia brilla el sol todos los días. ¡Y la música! Todo el mundo canta. Aquí
todo el mundo tiene expresión triste. No lo entiendo. Dinero en abundancia,
trabajo en abundancia, pero todo el mundo triste. Este no es un país para
vivir... sólo es bueno para hacer dinero. Otros dos o tres años y me vuelvo
para Italia. Me llevo a Louis conmigo y abrimos un restaurante pequeño. No por
el dinero... simplemente por tener algo que hacer. En Italia nadie hace dinero.
Todo el mundo pobre. Pero, joder, señor Miller... discúlpeme... ¡lo pasamos
bomba! La tira de mujeres guapas... ¡la tira! Tiene usted suerte de tener una
mujer tan bella. Es como Italia, su esposa. Los italianos son gente muy buena.
Todo el mundo te trata correctamente. Todo el mundo hace amigos al instante...»
Aquella noche en la cama fue cuando empezamos a hablar de
ir a Europa. «Tenemos que ir a Europa», estaba diciendo Mona.
«Sí, pero, ¿cómo?»
«No sé, Val, pero encontraremos algún modo.»
«¿Te das cuenta del dinero que hace falta para ir a
Europa?»
«Eso no importa. Si queremos ir, juntaremos el dinero de
algún modo...»
Estábamos tumbados boca arriba, con las manos enlazadas
bajo la nuca, mirando a la oscuridad... y viajando como locos. Yo me había
montado en el Orient Express con destino a Bagdad. Era un trayecto familiar
para mí, porque había leído una descripción de ese viaje en uno de los libros
de Dos Passos, Viena, Budapest, Sofía, Belgrado, Atenas, Constantinopla...
Quizá, si íbamos tan lejos, podríamos llegamos también hasta Timbuctú. Yo sabía
mucho también sobre Timbuctú... por los libros. ¡No había que olvidar Taormina!
Ni aquel cementerio de Estambul sobre el que había escrito Pierre Loti. Ni
Jerusalén...
«¿En qué estás pensando ahora?», le pregunté, dándole un
suave codazo.
«Estaba visitando a mis parientes en Rumania.»
«¿En Rumania? ¿En qué parte de Rumania?»
«No sé exactamente. En algún lugar de los Montes
Cárpatos.»
«Tuve una vez un repartidor, un holandés loco, que solía
escribirme cartas largas desde los Montes Cárpatos. Vivía en el palacio de la
Reina...»
«¿No te gustaría ir a Africa también... Marruecos,
Argelia, Egipto?»
«Con eso precisamente estaba soñando hace un momento.»
«Siempre he deseado ir al desierto... y echar un vistazo
por allí.»
«Es curioso, yo también. Me enloquece el desierto.»
Silencio. Perdidos en el desierto...
Alguien me está hablando. Hemos sostenido una larga
conversación. Y ya no estoy en el desierto, sino en la Sexta Avenida bajo una
estación del ferrocarril elevado. Mi amigo Ulric me está colocando la mano en
el hombro y sonriéndome tranquilizador. Está repitiendo lo que ha dicho hace un
momento: que seré feliz en Europa. Vuelve a hablar del Monte Etna, de las uvas,
del ocio, de la pereza, de la buena comida, del brillo del sol. Arroja una
semilla en mí.
Dieciséis años después, un domingo por la mañana,
acompañado de un argentino y de una puta francesa de Montmartre, estoy paseando
tranquilamente por una catedral en Nápoles. Tengo la sensación de haber visto
por fin una casa de devoción en que disfrutaría orando. No pertenece a Dios ni
al Papa, sino al pueblo italiano. Es un lugar enorme, semejante a un granero,
decorado con pésimo gusto, con todos los adornos a que tan aficionada es la
Iglesia Católica. Hay mucho espacio, espacio vacío, quiero decir. La gente
entra por los diferentes pórticos y se pasea con la mayor libertad. Dan la
impresión de estar en día de fiesta. Los niños retozan por allí como corderos,
algunos con ramilletes de flores en la mano. Las personas se acercan unas a
otras y se saludan, exactamente igual que si estuvieran en las calles. A lo
largo de las paredes hay estatuas de los mártires en diferentes posturas.
Trasudan sufrimiento. Siento un deseo imperioso de pasar la mano por el frío
mármol, como para instarles a no sufrir demasiado, es indecente. Al acercarme a
una de las estatuas, percibo por el rabillo del ojo a una mujer vestida
enteramente de negro y arrodillada ante un objeto sagrado. Es la imagen de la
piedad. Pero no puedo por menos de notar que también es poseedora de un culo
exquisito, un culo musical, podríamos decir. (El culo te dice todo lo relativo
a una mujer, su carácter, su temperamento, si es sanguínea, morbosa, alegre o
voluble, si es sensible o no, si es maternal o amante del placer, si es sincera
o mentirosa por naturaleza.)
Me interesaba aquel culo, así como la piedad que lo
sofocaba Lo miré tan intensamente, que por fin la propietaria se dio la vuelta,
con las manos todavía alzadas para orar, con los labios moviéndose como si
estuvieran masticando avena en sueños. Me lanzó una mirada de reproche, se
ruborizó intensamente, y después volvió la mirada hacia el objeto de adoración,
que, como observaba yo ahora, era uno de los santos, un mártir acongojado y
lisiado que parecía estar subiendo una colina con el espinazo roto.
Me alejé respetuosamente en busca de mis compañeros. La
actividad de la multitud me recordaba el vestíbulo del Hotel Astor... y las
pinturas de Uccello (¡ese mundo fascinante de perspectiva!). También me
recordaba el Caledonian Market de Londres con su barahúnda de baratijas. Estaba
empezando a recordarme muchas cosas, todo, en realidad, menos la casa de
devoción que era. Casi esperaba ver entrar a Malvolio o a Mercurio vestidos con
mallas. Vi a un hombre evidentemente un barbero, que me recordó a Wemer Krause
en Otelo. Reconocí a un organillero de Nueva York a quien en cierta ocasión
había seguido hasta su cubil, detrás del Ayuntamiento.
Sobre todo, me fascinaban las tremendas cabezas, como de
Gorgona, de los ancianos de Nápoles. Parecían salir enteramente del
Renacimiento: grandes coles letales con carbones ardiendo en la frente. Como
los Urizens de la imaginación de William Blake. Aquellas cabezas animadas se
paseaban con aire de superioridad, como auspiciando los atroces Misterios de la
Iglesia mundana y su vómito de proxenetas vestidos de escarlata.
Me sentía como en casa. Era un bazar que tenía sentido.
Era operístico, mercurial, barberil. El cuchicheo en el altar era discreto y
elegante, una especie de atmósfera velada de tocador en que el sacerdote,
asistido por sus castrados acólitos, lavaba sus calcetines en agua bendita.
Bajo las brillantes sobrepellices había puertecitas con enrejado, como las
utilizadas por los saltimbanquis en los espectáculos callejeros medievales. De
esas misteriosas puertecitas podía saltarte cualquier cosa. Ahí estaba el altar
de la confusión, adornado con brazaletes y diademas de cascabeles, oliendo a
cosméticos, incienso, sudor y abandono. Era como el último acto de un sainete,
una obra vulgar que tratara de la prostitución y acabase con preservativos. Los
actores inspiraban afecto y simpatía; no eran pecadores, eran vagabundos. Dos
mil años de fraude e hipocresía habían culminado en ese espectáculo de segunda
categoría. Todo se reducía a vueltas de campana y tutti-frutti, un carnaval
grotesco y obsceno en que el Redentor, hecho de yeso blanco, adoptaba la
apariencia de un eunuco en enagua. Las mujeres rezaban por hijos y los hombres
por comida con que llenar las bocas hambrientas. Afuera, en el alar, había
pilas de verduras, fruta, flores y dulces. Las barberías estaban abiertas de
par en par y niños pequeños, parecidos a la progenie de Fra Angélico, sostenían
enormes abanicos y espantaban a las moscas. Una bella ciudad, viva en cada
habitante y bañada por los rayos del sol. En el fondo el Vesubio, un cono
somnoliento que emitía una perezosa espiral de humo.
Yo estaba en Italia: estaba seguro de eso. Todo era
exactamente como esperaba. Y de repente me di cuenta de que ella no estaba
conmigo, y por un momento me sentí triste. Después me pregunté... me pregunté
por la semilla y su fructificación. Pues aquella noche, en que nos acostamos
con el anhelo de Europa, algo se avivó en mí. Los años habían pasado... años
cortos, terribles, en que cada semilla que hubiera germinado alguna vez parecía
haber sido machacada y reducida a pulpa. Nuestro ritmo se había acelerado, el
de ella en sentido físico, el mío en un sentido más sutil. Ella saltaba hacia
delante febrilmente, y sus propios andares se convertían en el galope de un
antílope. Yo parecía permanecer inmóvil, no avanzar, sino girar como una
peonza. Ella tenía los ojos puestos en la meta, pero cuanto más rápido avanzaba
más alejada llegaba a estar la meta. Yo sabía que nunca alcanzaría la meta de
ese modo. Movía el cuerpo obediente, pero siempre con un ojo puesto en la
semilla de dentro. Cuando resbalaba y caía, lo hacía suavemente, como un gato,
como una mujer preñada, siempre atento a lo que estaba creciendo dentro de mí.
Europa, Europa... la llevaba conmigo siempre, hasta cuando reñíamos, y nos
dábamos voces mutuamente como maniacos. Como un obseso, hacía converger todas
las conversaciones en el único tema que me interesaba: Europa. Las noches que
vagábamos por la ciudad, buscando en la mente las ciudades y pueblos de Europa.
Era como un esclavo que sueña con la libertad, cuyo entero ser está saturado
con una idea: escapar. Nadie habría podido convencerme entonces de que, si me
hubieran ofrecido la elección entre ella y mi sueño de Europa, habría escogido
este último. Me habría parecido totalmente fantástico, entonces, suponer que
sería ella quien me ofrecería la alternativa. Y quizá más fantástico todavía
que el día que me embarcara para Europa iba a tener que pedir a mi amigo Ulric
diez dólares para llevar algo en el bolsillo al desembarcar en mi amada Europa.
Aquel sueño a media voz en la oscuridad, aquella noche a
solas en el desierto, la voz de Ulric consolándome, los Montes Cárpatos
elevándose bajo la luna, Timbuctú, las campanillas de los camellos, el olor a
cuero y a excrementos secos y tostados por el sol («¿En qué estás pensando?»
«¡Yo también!»), el silencio tenso y cargado, las paredes vacías y muertas de
la vivienda de enfrente, que Arthur Raymond estuviera dormido, que por la
mañana fuese a continuar sus ejercicios, por siempre jamás, pero que yo hubiera
cambiado, que existiesen salidas, escapatorias, aunque sólo fuera en la
imaginación, todo eso actuaba como un fermento y daba dinamismo a los días, a
los meses, a los años que había por delante. Daba dinamismo a mi amor por ella.
Me hacía creer que lo que pudiera realizar solo lo podía realizar con ella,
para ella, gracias a ella, a causa de ella. Mona se convirtió en la regadera,
el fertilizante, el invernadero, la manada de mulas, la exploradora, el sostén
de la familia, el giroscopio, la vitamina de refuerzo, el lanzallamas, la
buscavida.
Desde aquel día las cosas fueron sobre ruedas bien
engrasadas. ¿Casarnos? Pues, claro, ¿por qué no? En seguida. ¿Tienes el dinero
para la licencia? No, pero lo pediré prestado. Estupendo. Nos encontramos en la
esquina...
Vamos en el ferrocarril de Nueva Jersey camino de Hoboken.
Allí vamos a casarnos. ¿Por qué Hoboken? No recuerdo. Quizá para ocultar que yo
ya había estado casado, tal vez estuviéramos adelantándonos al plazo legal. El
caso es que íbamos a Hoboken.
En el tren tenemos una pequeña riña. La misma historia de
siempre: no está segura de que quiera casarme con ella. Piensa que lo hago
simplemente para complacerla.
Una estación antes de Hoboken salta del tren. Yo también
salto y corro detrás de ella.
«¿Qué te pasa? ¿Estás loca?»
«Tú no me amas. No me voy a casar contigo.»
«¡Eso vamos a verlo! ¡Huy, la Virgen!»
La cojo y tiro de ella hasta el extremo del andén. Al
entrar el siguiente tren, la abrazo.
«¿Estás seguro. Val? ¿Estás seguro de que quieres casarte
conmigo?»
Vuelvo a besarla. «Vamos, ¡basta ya! Sabes perfectamente
que vamos a casarnos.» Subimos.
Hoboken. Un lugar demencial, deprimente. Una ciudad más
extraña para mí que Pekín o Lhasa. A buscar el Ayuntamiento. A buscar un par de
vagabundos que hagan de testigos.
La ceremonia. ¿Cómo se llama usted? ¿Y usted? ¿Y este
señor? Y demás. ¿Cuánto hace que conoce a este hombre? ¿Y este hombre es amigo
de usted? Sí, señor. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿En el cubo de la basura? Muy
bien. Firme aquí. ¡Bang, bang! ¡Levante la mano derecha! Juro solemnemente,
etcétera. Casados. Cinco dólares, por favor. Bese a la novia. El siguiente, por
favor...
¿Todo el mundo contento?
Tengo ganas de escupir.
En el tren... Le cojo la mano en la mía. Los dos nos
sentimos deprimidos, humillados. «Lo siento, Mona... no deberíamos haberlo
hecho así.»
«No tiene importancia, Val.» Está muy tranquila ahora.
Como si acabáramos de enterrar a alguien.
«Pero es que sí que tiene importancia. Me cago en la leche
puta. Estoy disgustado. Estoy asqueado. Esta no es forma de casarse. Nunca más
voy a...»
Me contuve. Ella me miró asombrada.
«¿Qué ibas a, decir?»
Mentí. Dije: «Nunca voy a perdonarme por haberlo hecho de
este modo.»
Me quedé silencioso. A ella le temblaban los labios.
«No quiero volver a la casa ahora mismo», dijo.
«Yo tampoco.»
Silencio.
«Voy a llamar a Ulric», dije. «Cenaremos con él, ¿de
acuerdo?»
«Sí», dijo, casi dócilmente.
Nos metimos juntos en la cabina de teléfonos para llamar a
Ulric. Tenía el brazo en torno a su cintura. «Ahora eres la señora Miller»,
dije. «¿Cómo te sientes?»
Se echó a llorar. «¡Hola! ¿Eres tú, Ulric?»
«No, soy yo, Ned.»
Ulric no estaba: había ido a algún sitio para todo el día.
«Oye, Ned, acabamos de casarnos.»
«¿Quién se ha casado?», dijo.
«Mona y yo, naturalmente... ¿quién te creías?»
Estaba intentando bromear, como diciendo que no podía
estar seguro de con quién me casaría yo.
«Oye, Ned, hablo en serio. Puede que tú no te hayas casado
nunca. Estamos deprimidos. Mona está llorando. Yo también estoy a punto de
echarme a llorar. ¿Podemos ir a tu casa un rato? Nos sentimos solos. ¿Vas a
darnos algo de beber?»
Ned estaba riéndose de nuevo. Desde luego, que fuéramos...
en seguida. Estaba esperando a su gachí, Marcelle. Pero eso no importaría.
Estaba empezando a hartarse de ella. Era demasiado buena para él. Le estaba
quitando la vida de tanto follar. Sí, venid en seguida... beberemos todos para
olvidar nuestras penas.
«Bueno, no te preocupes. Ned tendrá algo de dinero. Le
haremos que nos lleve a cenar. Supongo que a nadie se le ocurrirá hacernos un
regalo de boda. Eso es lo malo de casarse así, sin ceremonias. Mira, cuando
Maude y yo nos casamos, empeñamos algunos de los regalos de boda el día
siguiente. Nunca los desempeñamos. ¿Para qué queríamos un montón de cuchillos y
tenedores de plata?»
«Por favor, no hables así, Val.»
«Lo siento. Me parece que estoy un poco chiflado hoy. La
ceremonia me ha dejado chafado. Podría haber asesinado a aquel tipo.»
«Basta, Val, ¡te lo suplico!»
«De acuerdo, no vamos a hablar más de eso. Vamos a
alegramos, ¿eh? Vamos a reír...»
Ned tenía una sonrisa cordial. Me gustaba Ned. Era débil.
Débil y adorable. Egoísta en el fondo. Muy egoísta. Por eso no iba a poder
casarse nunca. También tenía talento, mucho talento, pero no genio, no poderes
sustentadores. Era un artista que nunca había descubierto su medio de
expresión. Su mejor medio era la bebida. Cuando bebía, se volvía expansivo. En
físico recordaba a John Barrymore en sus mejores tiempos. Su papel era Don
Juan, sobre todo con traje de Finchley y chalina. Tenía una espléndida voz de
barítono, llena de modulaciones encantadoras. Todo lo que decía sonaba suave e
importante, aunque no decía ni una palabra que valiera la pena recordar. Pero,
al hablar, parecía acariciarte con la lengua; te lamía de arriba abajo, como un
perro contento.
«Vaya, vaya», dijo, sonriendo de oreja a oreja, y ya medio
mamado, como pude ver. «Conque ¿habéis ido y lo habéis hecho? Bueno, adelante.
Hola, Mona, ¿cómo estás? ¡Enhorabuena! Marcelle no ha llegado todavía. Espero
que no venga. No me siento tremendamente vital hoy.»
Seguía sonriendo, cuando se sentó en una gran silla
parecida a un trono, junto al caballete.
«La verdad es que Ulric va a sentir mucho haberse perdido
esto», dijo. «¿Vais a tomar whisky... o queréis ginebra?»
«Ginebra.»
«Bueno, contadme. ¿Cuándo ha sido? ¿Ahora mismo? ¿Por qué
no me lo dijisteis?... Habría hecho de testigo...» Se dirigió a Mona. «No estás
encinta, ¿verdad?»
«¡Huy, por Dios! Vamos a hablar de otra cosa», dijo Mona.
«Juro que no volveré a casarme nunca... es horrible.»
«Oye, Ned, antes de que te emborraches, dime una cosa...
¿cuánto dinero tienes aquí?»
Sacó sesenta centavos. «Oh, no importa», dijo. «Marcelle
tendrá algo.»
«Si viene.»
«Oh, vendrá, no os preocupéis. Eso es lo malo. No sé qué
es peor: si estar sin un céntimo o tener que aguantar a Marcelle.»
«No creí que fuera tan terrible», dije.
«No, si en realidad no lo es», dijo Ned. «Es una chica
cojonuda. Pero es demasiado afectuosa. Se te pega. Mira, no estoy hecho para la
dicha conyugal. Me canso de ver la misma cara, aunque sea una Madonna. Soy
voluble. Y ella es constante. No para de protegerme. No quiero que me
protejan... por lo menos no todo el tiempo.»
«No sabes lo que quieres», dijo Mona. «No sabes apreciar
lo que tienes.»
«Supongo que tienes razón», dijo Ned. «Ulric es igual.
Debemos de ser masoquistas.» Sonrió. Se avergonzaba un poco de usar una palabra
como ésa con tanta seguridad. Era una palabra intelectual y a Ned no le
gustaban las cosas intelectuales.
Sonó el timbre. Era Marcelle. La oí darle un beso sonoro.
«Conoces a Henry y Mona, ¿verdad?»
«Pues, claro», dijo Marcelle con vivacidad. «Te cogí con
los pantalones bajados... ¿recuerdas? Parece como si hubiera pasado un siglo.»
«Oye», dijo Ned, «¿a que no te imaginas lo que han hecho?
Se han casado... sí, hace un rato... en Hoboken.»
«¡Eso es maravilloso!», dijo Marcelle. Se acercó a Mona y
la besó. Me besó también a mí.
«¿No te parecen tristes?», dijo Ned.
«No», dijo Marcelle, «no me parecen tristes. ¿Por qué
habrían de estarlo?» Ned le sirvió una copa. Al ofrecérsela, dijo:
«¿Tienes dinero?»
«Naturalmente que tengo. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?»
«No, pero ellos necesitan un poco. Están sin un céntimo.»
«Lo siento», dijo Marcelle. «Naturalmente que tengo
dinero. ¿Cuánto necesitáis: diez, veinte? Pues, claro; no faltaba más. Y no me
lo devolváis: es un regalo de boda.»
Mona se acercó a ella y le cogió la mano. «Es muy generoso
de tu parte, Marcelle. Gracias.»
«Entonces os invitaremos a cenar», dije, intentando
expresar mi agradecimiento.
«No, de ningún modo», dijo Marcelle. «Vamos a hacer una
cena aquí mismo. Pongámonos cómodos. No creo que se deban celebrar estas cosas
en un restaurante... De verdad, estoy muy contenta. Me gusta ver a la gente
casarse... y permanecer casados. Quizá sea anticuada, pero creo en el amor.
Quiero seguir enamorada toda mi vida.»
«Marcelle», dije, «¿de dónde demonios eres?»
«De Utah. ¿Por qué?»
«No sé, pero me gustas. Eres como un soplo de aire puro.
También me gusta cómo repartes el dinero.»
«¡Te estás burlando de mí!»
«No, en absoluto. Hablo en serio. Eres una mujer buena.
Eres demasiado buena para ese holgazán. ¿Por qué no te casas con él? ¡Anda! Se
iba a morir de miedo, pero podría sentarle muy bien.»
«¿Oyes eso?», dijo con un gorgorito y dirigiéndose a Ned.
«¿No te lo he estado diciendo todo el tiempo? Eres un vago, eso es lo que te
pasa. No sabes apreciar lo que valgo.»
En ese momento a Mona le dio un ataque de risa. Se reía
como si fuera a tronchase. «No puedo evitarlo», dijo. «Es demasiado gracioso.»
«No estarás ya borracha, ¿verdad?», dijo Ned.
«No, no es eso», dije yo. «Está relajándose. Es una
reacción simplemente. No deberíamos haber esperado tanto, eso es lo que pasa.
¿Verdad, Mona?»
Otra carcajada.
«Además», dije, «siempre se siente violenta, cuando pido
dinero prestado. ¿No es así, Mona?»
Marcelle se acercó a ella, le habló en voz baja y dulce.
«Yo me encargo de ella», dijo. «Vosotros emborrachaos. Vamos a salir a comprar
algo de comida, ¿eh, Mona?»
«¿Qué es lo que la ha puesto tan histérica?», dijo Ned,
después de que se hubieran ido.
«No tengo la menor idea», dije. «Supongo que no está
acostumbrada a casarse.»
«Oye», dijo Ned, «¿qué es lo que te ha impulsado a
hacerlo? ¿No ha sido un poco impulsivo?»
«Tú siéntate», dije. «Te voy a decir unas palabras. No
estás demasiado borracho para comprender lo que digo, ¿verdad?»
«No irás a darme una conferencia, ¿eh?», dijo, con
expresión algo tímida.
«Te voy a hablar claro. Ahora, escúchame... Acabamos de casarnos,
¿no? Tú crees que es un error, ¿eh? Permíteme decirte lo siguiente... nunca en
mi vida he hecho algo mejor. La amo. La amo lo suficiente como para hacer
cualquier cosa que me pida. Si me pidiera que te cortase el cuello... lo haría.
¿Que por qué se reía tan histéricamente? Eres un pobre tío, no sé lo que te
pasa. Has dejado de sentir. Simplemente estás intentando protegerte. Pues,
mira, yo no quiero protegerme.
Quiero hacer disparates, cosas pequeñas, cosas corrientes,
cualquier cosa y todo lo que haga feliz a una mujer. ¿Entiendes eso? Tú —y
también Ulric— considerabas una broma este amor nuestro. Henry no volverá a
casarse nunca. ¡Oh, no! Una simple pasión pasajera. Se disiparía al cabo de un
tiempo. Así lo veíais. Bueno, pues, os equivocabais. Lo que siento por ella es
tan acojonantemente intenso, que no sé cómo expresarlo. Ahora está ahí fuera,
en la calle. Mona. Podría atropellarla un camión. Podría ocurrir cualquier
cosa. Tiemblo al pensar lo que me pasaría, si me enterase de que algo le había
ocurrido. Creo que me volvería loco de remate. Creo que te mataría al instante,
eso es lo primero que haría... Tú no sabes lo que significa amar de ese modo,
¿verdad? Tú sólo piensas en que vas a ver la misma cara a la hora del desayuno.
Yo pienso en lo maravillosa que es su cara, en cómo cambia a cada minuto. Nunca
la veo dos veces del mismo modo. Sólo veo una infinitud de adoración. Ahí
tienes una buena palabra: adoración. Apuesto a que no la has usado nunca. Ahora
empezamos a entendernos... la adoro. Voy a decirlo otra vez. ¡La adoro! Joder,
es maravilloso decirlo. La adoro y me postro a sus pies. La venero. Digo mis
oraciones por ella. La idolatro... ¿Qué te parece? Cuando la traje aquí la
primera vez, en ningún momento pensaste que algún día te hablaría así, ¿verdad?
Y, sin embargo, os lo advertí a los dos. Os dije que algo había ocurrido. Os
reisteis. Creíais saberlo todo. Bueno, pues no sabéis nada, ninguno de los dos.
No sabéis quién soy ni de dónde vengo. Sólo veis lo que os enseño. Nunca miráis
bajo mi chaleco. Si me río, creéis que estoy contento. No sabéis que, cuando me
río con tantas ganas, a veces estoy al borde de la desesperación. Por lo menos,
así era antes. Ya no. Cuando me río ahora, estoy riendo, no llorando por dentro
y riendo por fuera. He vuelto a ser completo. Entero. Un hombre enamorado. Un
hombre que se ha casado por su propia voluntad. Un hombre que antes no había
estado casado de verdad. Un hombre que conocía a mujeres, pero no el amor...
Ahora voy a cantar para ti. O recitar, si prefieres. ¿Qué quieres? Dilo y lo
tendrás...
Oye, cuando vuelva —y, por Dios, que es maravilloso saber
simplemente que va a volver, que no ha salido por esa puerta y ha
desaparecido—, cuando vuelva, quiero que estés alegre... quiero que estés
alegre con naturalidad. Dile cosas agradables... cosas buenas... cosas en
serio... cosas que te resulte difícil decir normalmente. Prométele cosas. Dile
que le vas a comprar un regalo de boda. Dile que esperas que tenga hijos.
Miéntele, si es necesario. Pero hazla feliz. No la dejes reír de ese modo otra
vez, ¿me oyes? No quiero oírla reír así... ¡nunca! ¡Ríe tú, cabrón! Haz el
payaso, haz el idiota. Pero hazle creer que piensas que todo va bien... que
todo es bello... bello y espléndido... y que va a durar siempre...»
Hice una pausa para tomar aliento y eché otro trago de
ginebra. Ned me miraba con la boca abierta.
«¡Sigue!», dijo. «¡Adelante!»
«Te gusta, ¿verdad?»
«Es maravilloso», dijo. «Pasión auténtica. Daría cualquier
cosa por alcanzar ese tono... Continúa, di lo que quieras. No temas herir mis
sentimientos. No soy nadie...»
«Por amor de Dios, no hables así... me quitas energías. No
estoy haciendo teatro... Hablo en serio.»
«Ya lo sé... por eso digo que continúes. La gente ya no
habla así... por lo menos la gente que yo conozco.»
Se puso de pie, me pasó el brazo bajo el mío y me ofreció
su encantadora sonrisa fluorescente. Tenía los ojos grandes y húmedos; los
párpados eran como platillos desportillados. Era asombrosa la ilusión de
simpatía y comprensión que podía ofrecer. Por un momento me pregunté si no lo
habría subestimado. No se debe desdeñar ni rechazar a nadie que dé aunque sólo
sea la falsa ilusión de tener sentimiento. ¿Cómo podía yo saber los esfuerzos
que había hecho, y quizá seguía haciendo, para elevarse hasta la superficie?
¿Qué derecho tenía yo a juzgarlo a él... ni a nadie? Si la gente te sonríe, te
coge del brazo, irradia ardor, debe de ser que hay algo en ella que responde.
Nadie está del todo muerto.
«No te preocupes de lo que pienso», estaba diciendo
aquella voz modulada, de pastor. «Lo único que deseo es que Ulric estuviera
aquí... lo apreciaría más aún que yo.»
«Por el amor de Dios, ¡no digas eso, Ned! Lo que uno
quiere no es apreciación... sino respuesta. A decir verdad, no sé lo que quiero
de ti, ni de nadie, si vamos al caso. Quiero más de lo que recibo, eso es lo
único que sé. Quiero que salgas de tu pellejo. Quiero que todo el mundo se
desnude, no para enseñar la carne sólo, sino también el alma. A veces me siento
tan hambriento, tan voraz, que sería capaz de comerme a la gente. No puedo
esperar a que me digan cosas... cómo se sienten... lo que quieren... y demás.
Quiero masticarlos crudos... averiguar por mi cuenta... rápido, al instante.
Oye...»
Cogí un dibujo de Ulric que había sobre la mesa. «¿Ves
esto? ¿Y si me lo como?» Me puse a masticar el papel.
«La hostia, Henry, ¡no hagas eso! Ha estado trabajando en
eso los tres últimos días. Es un trabajo.» Me arrancó el dibujo de la mano.
«Muy bien», dije. «Dame otra cosa, entonces. Dame una
chaqueta... cualquier cosa. A ver, ¡dame la mano!» Le agarré la mano y me la
llevé a la boca. La retiró violentamente.
«Te estás volviendo loco», dijo. «Oye, para el carro. Las
chicas van a volver pronto... entonces tendrás comida.»
«Me comeré cualquier cosa», dije. «No estoy hambriento,
estoy exaltado. Simplemente quiero mostrarte cómo me siento. ¿A ti no te pasa
nunca?»
«No, la verdad», dijo, enseñando un colmillo. «La Virgen,
si llegara a estar tan grave, iría a un médico. Pensaría que tenía el delirium
tremens, o algo así. Más vale que dejes le copa... esa ginebra no te sienta
bien.»
«¿Crees que es la ginebra? Muy bien, tiraré la copa.» Me
acerqué a la ventana y la arrojé al patio. «¡Ahí tienes! Ahora dame un vaso de
agua. Trae una jarra de agua. Vas a ver... Nunca has visto a nadie
emborracharse con agua, ¿eh? Bueno, pues, ¡mírame!»
«Ahora bien, antes de que me emborrache con el agua»,
continué, siguiéndolo hasta el baño, «quiero que observes la diferencia entre
exaltación y embriaguez. Las chicas van a volver pronto. Para cuando lleguen,
ya estaré borracho. Tú mira. Vas a ver lo que ocurre.»
«¡Ni que lo jures!», dijo. «Si pudiera aprender a
emborracharme con agua, me evitaría muchos dolores de cabeza. Ten, toma un vaso
de agua. Voy a por la jarra.»
Cogí el vaso y lo vacié de un trago. Cuando volvió, bebí
otro de igual forma. Me miraba como si fuera un fenómeno de circo.
«Después de cinco o seis de éstos, empezaré a notar el
efecto», dije.
«¿Estás seguro de que no quieres un chorrito de ginebra
dentro? No te acusaré de hacer trampas. El agua es tan insípida y sosa.»
«El agua es el elixir de la vida, querido Ned. Si yo
gobernara el mundo, daría a la gente creativa una dieta de pan y agua. A los
estúpidos les daría toda la comida y bebida que ansian. Los envenenaría
satisfaciendo sus deseos. La comida es un veneno para el espíritu. La comida no
sacia el hambre, ni la bebida la sed. La comida, sexual o de otro tipo, sólo
satisface los apetitos. El hambre es algo diferente. Nadie puede saciar el
hambre. El hambre es el barómetro del alma. El éxtasis es la norma. La serenidad
es la libertad con respecto a las condiciones atmosféricas: el clima permanente
de la estratosfera. Hacia allí es hacia donde nos dirigimos todos... hacia la
estratosfera. Ya estoy un poco borracho, ¿ves? Porque, cuando puedes pensar en
la serenidad, significa que has cruzado el cénit de la exaltación. Los chinos
dicen que a las doce y un minuto del mediodía empieza la noche. Pero en el
cénit y en el nadir te quedas inmóvil por un momento o dos. En los dos polos
Dios te da la oportunidad de escapar a la regularidad del reloj. En el nadir,
que es la embriaguez física, tienes el privilegio de volverte loco... o de
suicidarte. En el cénit, que es el éxtasis, puedes pasar satisfecho a la
serenidad y la dicha. Ahora son las doce y diez minutos en el reloj espiritual.
Ha caído la noche. Ya no tengo hambre. Simplemente tengo un deseo demencial de
ser feliz. Eso significa que quiero compartir mi embriaguez contigo y con todo
el mundo. Eso es sensiblero. Cuando acabe la jarra de agua, empezaré a creer
que todo el mundo es tan bueno como todos los demás: perderé todo el sentido de
los valores. Ese es el único modo que tenemos de saber ser felices... creer que
somos idénticos. Es la ilusión falsa de los pobres de espíritu. Es como el
Purgatorio equipado con abanicos eléctricos y mobiliario aerodinámico. Es la
caricatura de la alegría. Alegría significa unidad: felicidad significa
pluralidad.»
«¿Te importa que vaya a cambiar el agua al canario?», dijo
Ned. «Me parece que ahora empiezo a entenderte. Me siento bastante a gusto.»
«Eso es felicidad reflejada. Estás viviendo en la Luna. En
cuanto yo deje de brillar, quedarás extinto.»
«Tú lo has dicho, Henry. Joder, tenerte cerca es como
inyectarse una dosis en el brazo.»
La jarra estaba casi vacía. «Llénala», dije. «Estoy
lúcido, pero todavía no estoy borracho. Ojalá vuelvan las chicas. Necesito un
incentivo. Espero que no las hayan atropellado.»
«¿Cantas, cuando te emborrachas?», preguntó Ned.
«¿Que si canto? ¿Quieres oírme?» Inicié la obertura de
Pagliacci.
En plena interpretación volvieron las chicas, cargadas de
paquetes. Yo seguía cantando.
«Debéis de estar bastante amonados», dijo Marcelle,
mirándonos primero a uno y luego al otro.
«Se está emborrachando», dijo Ned. «Con agua.»
«¿Con agua?», repitieron ellas.
«Sí, con agua. Es lo contrario del éxtasis, según dice.»
«No te entiendo», dijo Marcelle. «Déjame olerte el
aliento.»
«No me lo huelas a mí... huéleselo a él. Yo me conformo
con emborracharme con licor. Henry dice que dos minutos después de las doce del
mediodía ya es de noche. La felicidad no es otra cosa que una forma de
Purgatorio climatizado... ¿no es así, Henry?»
«Oye», dijo Marcelle. «Henry no está borracho, tú eres el
que lo está.»
«La alegría es unidad; la felicidad sólo la conoce la
mayoría, o algo así. Tendrías que haber estado aquí hace un rato. Quería
comerme la mano. Cuando me he negado a complacerlo, me ha pedido una chaqueta.
Venid aquí... os voy a enseñar lo que ha hecho al dibujo de Ulric.»
Miraron el dibujo, una de cuyas esquinas había quedado
reducida a jirones de los mordiscos.
«Ahí tenéis: eso es el hambre», explicó Ned. «No se
refiere al hambre corriente: se refiere al hambre espiritual. La meta es la
estratosfera donde el clima siempre es sereno. ¿No es así, Henry?»
«Así es», dije, con una sonrisa seria. «Ahora, Ned, dile a
Mona lo que me estabas haciendo hace un momento...» Le hice un guiño hipnótico
y me llevé otro vaso a los labios.
«No creo que debas dejarle beber todo ese agua», dijo Ned,
apelando a Mona. «Ya ha acabado una jarra. Temo que le dé hidropesía... o
hidrocefalia.»
Mona me lanzó una mirada inquisitiva. Decía: «¿Qué
significa esto?»
Le puse la mano en el brazo, ligeramente, como si la
tocara con una varita mágica. «Tiene algo que decirte. Escúchalo bien. Te hará
sentir bien.»
Todos los ojos estaban fijos en Ned. El se sonrojó y
tartamudeó.
«¿Qué es?», dijo Marcelle. «¿Qué ha dicho que fuera tan
maravilloso?»
«Supongo que tendré que decirlo por él», dije. Cogí las
dos manos a Mona y la miré a los ojos. «Ha dicho lo siguiente, Mona...
"Nunca imaginé que un ser humano pudiera transformar a otro ser humano
como Mona te ha transformado a ti. Hay gente que encuentra la religión; tú has
encontrado el amor. Eres el hombre más afortunado del mundo.”»
Mona: «¿De verdad has dicho eso, Ned?»
Marcelle: «¿Cómo es que yo no te he transformado nunca a
ti?»
Ned se puso a farfullar.
«Supongo que necesita otra copa», dijo Marcelle.
«No, la bebida sólo satisface los apetitos inferiores»,
dijo Ned. «Yo estoy buscando el elixir de la vida, que es el agua, según
Henry.»
«Te daré el elixir después», replicó Marcelle. «¿Qué tal
un poco de pollo frío ahora?»
«¿Tienes huesos?», pregunté.
Marcelle parecía perpleja.
«Quiero comerlos», dije. «Los huesos dan fósforo y yodo.
Mona siempre me alimenta con huesos, cuando estoy exaltado. Es que, cuando
estoy animado, despido energía vital. Tú no necesitas huesos: tú necesitas jugo
cósmico. Has desgastado tu envoltura celestial hasta dejarla demasiado fina.
Irradias desde la esfera sexual.»
«¿Qué significa eso en cristiano?»
«Significa que te alimentas con semen en lugar de
ambrosía. Tus hormonas espirituales están empobrecidas. Amas a Apis, el toro,
en lugar de a Krishna, el auriga. Encontrarás tu Paraíso, pero será en el nivel
inferior. Entonces el único escape es la locura.»
«Está tan claro como el lodo», dijo Marcelle.
«Que no te dejes coger en el mecanismo de relojería, eso
es lo que quiere decir», explicó Ned.
«¿Qué mecanismo de relojería? ¿De qué demonios estáis
hablando, vosotros dos?»
«¿No lo entiendes, Marcelle?», dije.
«¿Qué puede proporcionarte el amor que no tengas ya?»
«Lo único que tengo es un montón de responsabilidades»,
dijo Marcelle. «El se queda con todo.»
«Exactamente, y por eso es tan agradable.»
«¡No he dicho eso! Oye, ¿de qué estás hablando? ¿Estás
seguro de encontrarte bien?»
«Estoy hablando de tu alma», dije. «Has estado matando tu
alma de hambre. Necesita jugos cósmicos, como te he dicho antes.»
«Sí, ¿y dónde se compran?»
«No se compran se reza por ellos. ¿Nunca has oído hablar
del maná que cayó del cielo? Pide maná esta noche: te tonificará los ligamentos
astrales...»
«No sé nada de esos disparates astrales, pero sé algo de
mi culo», dijo Marcelle. «Si quieres saberlo, creo que me estás hablando con
double-entendre. ¿Por qué no te vas al baño un rato y te la meneas un poco? El
matrimonio te produce un efecto raro.»
«Mira, Henry», la interrumpió Ned, «así es como ellas
devuelven las cosas al plano terrenal. Siempre está preocupada por el asunto,
¿verdad, querida?» La acarició bajo la barbilla. «Estaba pensando», continuó,
«que quizá deberíamos ir a ver un strip-tease esta noche? Mirad, sugiere
i-de-as».
Marcelle miró a Mona. Era evidente que no les parecía una
idea apasionante precisamente.
«Comamos primero», sugerí. «Trae esa chaqueta, o una
almohada... por si me apeteciera un suplemento. Hablando de culo», dije,
«¿habéis probado alguna vez un bocado... quiero decir, un bocado de verdad? Por
ejemplo, Marcelle... es lo que yo llamo un culito tentador.»
Marcelle se echó a reír entre dientes. Se puso las manos
detrás instintivamente.
«No te preocupes, no voy a morderte todavía. Primero hay
un pollo y otras cosas. Pero, sinceramente, a veces siente uno ganas de
arrancar un pedazo, ¿eh? Un par de tetas es diferente. Nunca podría dar un
mordisco a una mujer en las tetas: un mordisco de verdad, quiero decir. Nunca
perdería el miedo a que me salpicase a la cara un chorro de leche. Y todas esas
venas... joder, hay tanta sangre. Pero un hermoso culo... no sé por qué, pero
no piensas en que haya sangre en un culo de mujer. Es simplemente pura carne
blanca. Hay otra golosina justo debajo de la entrepierna, por dentro. Eso es
todavía más tierno que un trozo de culo puro. No sé, quizá esté exagerando. En
fin, tengo hambre... Esperad a que vacíe este pis. Me ha dado una erección, y
no puedo comer con una erección. Guardad un poco de la carne marrón, con la
piel. Me encanta la piel. Hacedme un bocadillo de coño curiosito, con un poco
de salsa fría. Joder, se me está haciendo la boca agua...»
«¿Te sientes mejor ahora?», dijo Ned, cuando regresé del
baño.
«Estoy hambriento., ¿Qué es ese precioso vómito que hay
ahí... en la fuente grande?»
«Es mierda de tortuga con huevos podridos y un poco de salsa
menstrual», dijo Ned. «¿Te abre el apetito?»
«Me gustaría que cambiarais de tema», dijo Marcelle. «No
soy excesivamente delicada, pero el vómito es algo en lo que no me gusta
pensar, cuando estoy comiendo. Si tenéis que hablar de guarrerías, prefiero que
habléis de sexo.»
«¿Qué quieres decir?», dijo Ned. «¿Es que el sexo es una
guarrería? ¿Qué te parece, Henry? ¿Es el sexo una guarrería?»
«El sexo es una de las nueve razones para la
reencarnación», respondí. «Las ocho restantes carecen de importancia. Si todos
fuésemos ángeles, no tendríamos sexo: tendríamos alas. Un aeroplano no tiene
sexo; Dios tampoco. El sexo es necesario para la reproducción y la reproducción
conduce al fracaso. Según dicen, las personas más sexuales son los dementes.
Viven en el Paraíso, pero han perdido su inocencia.»
«Para ser una persona inteligente, dices muchos
disparates», dijo Marcelle. «¿Por qué no hablas de cosas que todos entendamos?
¿Por qué nos dices todas esas chorradas sobre los ángeles y Dios y el
manicomio? Si estuvieras borracho, sería diferente, pero no lo estás... ni
siquiera estás fingiendo estar borracho... eres un insolente y un arrogante.
Estás faroleando.»
«¡Bien dicho, Marcelle! ¡Muy bien dicho! ¿Quieres saber la
verdad? Estoy aburrido. Estoy harto. He venido aquí para conseguir una cena y
pedir prestado algo de dinero. Sí, hablemos de cosas sencillas, corrientes.
¿Cómo fue tu última operación? ¿Prefieres la carne blanca o la marrón? Hablemos
de cualquier cosa que nos impida pensar o sentir. Desde luego, ha sido muy
amable de tu parte darnos veinte dólares, así como así, al instante. Pero que
muy amable. Pero me pongo nervioso, cuando te oigo hablar. Quiero oír a alguien
decir algo... algo original. Sé que tienes buen corazón, que nunca haces daño a
nadie. Y supongo que, además, sólo te ocupas de tus asuntos. Pero eso no me
interesa. Estoy harto de la gente buena, cordial, generosa. Quiero una
demostración de carácter y temperamento. Pero, joder, si ni siquiera puedo
emborracharme... en esta atmósfera. Me siento como el Judío Errante. Me
gustaría ver la casa en llamas, o algo así. Quizá si te quitaras las bragas y
las mojases en el café, me sentiría mejor. O si cogieras una salchicha de
Frankfurt y te hicieses una pajita... Seamos sencillos, dices. Bien. ¿Eres
capaz de tirarte un pedo sonoro? Mira, hubo un tiempo en que yo tenía
inteligencia corriente, sueños corrientes, deseos corrientes. Casi me volví
tarumba. Detesto lo corriente. Me da extreñimiento. La muerte es corriente: es
lo que le ocurre a todo el mundo. Me niego a morir. He llegado a la conclusión
de que voy a vivir eternamente. La muerte es fácil: es como el manicomio, sólo
que no puedes seguir masturbándote. Te gusta el asunto, según dice Ned. Pues,
claro, como a todo el mundo.
Y después, ¿qué? Dentro de diez años tendrás el culo lleno
de arrugas y las tetas colgando como bolsas de irrigación vacías. Diez años...
veinte años... ¿qué más da? Disfrutaste unos cuantos buenos polvos y después te
secaste. ¿Y qué? En cuanto dejas de pasártelo bien, te vuelves melancólica. No
regulas tu vida: dejas que lo haga tu coño por ti. Estás a merced de una picha
tiesa...»
Me detuve un momento a tomar aliento, bastante sorprendido
de no haber recibido una bofetada. Ned tenía un brillo en los ojos que podía
interpretarse como amistoso y alentador... o asesino. Yo esperaba que alguien
tomara alguna iniciativa, que arrojase una botella, destrozara cosas, gritase,
diera alaridos, cualquier cosa menos quedarse sentados como búhos pasmados. No
sé por qué me había dado por tomarla con Marcelle, no me había hecho nada. La
estaba usando como una marioneta. Mona debería haberme interrumpido... en
cierto modo yo contaba con que lo hiciera. Pero, no; estaba extrañamente
tranquila, extrañamente imparcial.
«Ahora que me he desahogado», proseguí, «permíteme que me
disculpe, Marcelle; no sé qué decirte. Desde luego, no te lo merecías.»
«No tiene importancia», dijo ella, despreocupada. «Sé que
algo te roe por dentro. No podía ser yo porque... en fin, nadie que me conozca
me hablaría nunca así. ¿Por qué no te pasas a la ginebra? Ya ves lo que hace el
agua. Toma, echa un buen trago fuerte...» Me bebí medio vaso de una vez y vi
herraduras echando chispas. «Lo ves... te hace sentirte humano, ¿verdad? Toma
algo más, pollo... y un poco de patatas en ensalada. Lo que te pasa es que eres
hipersensible. Mi viejo era así. Quería ser pastor y, en lugar de eso, llegó a
ser contable. Cuando se retorcía más de la cuenta, mi madre lo emborrachaba.
Entonces él nos daba una paliza... y a ella también. Pero después se sentía
mejor. Es mucho mejor dar una paliza a las personas que pensar cosas malas de
ellas. No habría sido mejor en absoluto, si hubiera llegado a ser pastor: había
nacido con rencor hacia el mundo. No estaba contento, si no estaba criticando
algo. Por eso yo no puedo odiar a la gente... vi el daño que le hizo a él.
Desde luego, me gusta el asunto. ¿A quién no?, como tú dices. Me gustan las
cosas suaves y fáciles. Me gusta hacer feliz a la gente, si puedo. Puede que
sea estúpido, pero te hace sentir bien. Mira, mi viejo tenía la idea de que
había que destruirlo todo antes de que pudiéramos empezar a vivir bien. Mi
filosofía, si es que se puede llamar así, es justo lo contrario. No veo la
necesidad de destruir nada. Cultivo lo bueno y no me ocupo de lo malo. Esa es
una forma femenina de ver la vida. Soy conservadora. Creo que las mujeres
tienen que hacerse las tontas para que los hombres no se sientan estúpidos...»
«¡Caramba! ¡Quién lo hubiera creído!», exclamó Ned. «Nunca
te había oído hablar así.»
«Pues claro que no, querido. Nunca habías pensado que yo
tuviera ni pizca de inteligencia, ¿verdad? Echas un polvete y después te quedas
dormido. He estado un año pidiéndote que te cases conmigo, pero todavía no
estás preparado para hacerlo. Tienes otros problemas. Pues, mira, algún día
descubrirás que sólo tienes un problema: tú mismo.»
«¡Bien! ¡Bien dicho, Marcelle!» Fue Mona la que saltó así,
de repente.
«¡Qué demonios!», dijo Ned. «¿Qué es esto? ¿Una
conspiración?»
«¿Sabes lo que te digo?», dijo Marcelle, como si se
hablara a sí misma. «A veces pienso que soy una boba de verdad. Aquí estoy
esperando a que este tipo se case conmigo. Supongamos que lo haga
efectivamente: y entonces, ¿qué? No me conocerá mejor después del matrimonio
que antes. No está enamorado. Si un tipo está enamorado de ti, no se preocupa
del futuro. El amor es una aventura arriesgada, no una póliza de seguros.
Supongo que estoy empezando a abrir los ojos... Ned, voy a dejar de preocuparme
por ti. Voy a dejar que te preocupes tú de ti mismo. Eres de los que no dejan
de preocuparse nunca... y eso no tiene cura. Por un tiempo me tuviste
preocupada... preocupada por ti, quiero decir. Estoy harta de preocuparme.
Quiero amor, no protección.»
«Huy, la Virgen, ¿no nos estamos poniendo demasiado
serios?», dijo Ned, desconcertado ante el inesperado giro que había dado la
conversación.
«¿Serios?», dijo Marcelle burlona. «Te dejo. Puedes
quedarte soltero el resto de tu vida... y resolver todos los graves problemas
que te preocupan. Me siento como si me hubieran quitado un gran peso de
encima.» Se volvió hacia mí con la mano tendida. «Gracias, Henry, por haberme
sacudido. Supongo que, al fin y al cabo, no estabas diciendo disparates tan
grandes...»
Capítulo XXII
Cleo seguía haciendo furor en el teatro de variedades de
Houston Street. Se había convertido en una institución, como Mistinguette. Es
fácil entender por qué fascinaba a aquel auditorio que los emprendedores
hermanos Minsky congregaban todas las noches en su sala de espectáculos.
Bastaba con pararse junto a la taquilla antes de la función de la tarde,
cualquier día de la semana, y observar el continuo chorreo de espectadores. Por
la noche era una multitud más refinada, procedente de todas las partes de Manhattan,
Brooklyn, Queens, el Bronx, Staten Island y Nueva Jersey. Hasta Park Avenue
aportaba clientela, por la noche. Pero a la vivida luz del día, con la
marquesina como picada de viruelas y la iglesia católica contigua tan sucia,
desolada, tan miserable, con el cura siempre de pie en la escalinata,
rascándose el culo para mostrar su disgusto y desaprobación, se parecía mucho a
la representación de la realidad que la esclerótica mente de un escéptico idea,
cuando intenta explicar por qué no puede haber Dios.
¡Qué de veces merodeé por la entrada del teatro, buscando
con ojos ávidos a alguien que me dejara unos centavos para completar el precio
de la localidad! Cuando estás sin trabajo, o demasiado asqueado como para
buscar trabajo, es infinitamente mejor sentarte en una platea hedionda que
quedarte horas de pie en un urinario público... simplemente porque se está
calentito. El sexo y la pobreza van de la mano.
¡Qué fétido olor el del teatro de variedades! ¡Ese olor a
letrina, a orina saturada de naftalina! ¡El olor combinado de sudor, pies,
malos alientos, chicle, desinfectantes! El nauseabundo desodorante procedente
de las pistolas de agua que te apuntaban, ¡como si fueras una masa de moscones
azules! ¿Nauseabundo? No hay palabra para calificarlo. Ni el propio Onán podía
oler peor.
Y el décor, ¡no digamos! El gusto de un Renoir en las
últimas fases de la gangrena. Combinado perfectamente con los efectos luminosos
del Mardi Gras: una ristra de luces rojas que iluminaba una matriz podrida.
Daba una satisfacción ignominiosa estar sentado allí con los idiotas mongólicos
en el crepúsculo de Gomorra, sabiendo perfectamente que después de la función
tendrías que volver a casa a pie. Sólo un hombre con los bolsillos vacíos puede
apreciar plenamente el calor y el hedor de una gran úlcera en que centenares de
otros como él están sentados y esperan que se alce el telón. A tu alrededor,
idiotas desproporcionadamente altos pelando cacahuetes, o mordisqueando barras
de chocolate, o vaciando con pajas botellas de gaseosa. El Lumpen Proletariat.
Gentuza cósmica.
La atmósfera era tan pestilente, que era exactamente como
un gran pedo coagulado. En el telón de amianto, anuncios de remedios contra las
enfermedades venéreas, de trajes y capas, de peleterías, de dentífricos
exquisitos, de relojes para ver la hora... ¡como si la hora fuera importante en
nuestras vidas! Anuncios de lugares donde ir a tomar un refrigerio rápido
después de la función... como si tuviera uno dinero para desperdiciar, como si
después de la función fuésemos a acudir todos a Casa Louie o Casa August a
echar un vistazo a las chicas, a meterles dinero por el culo y ver la Aurora
Boreal o la Bandera de Estados Unidos.
Los acomodadores... malhechores zarrapastrosos los
hombres, mierdas vacías las del otro sexo. De vez en cuando una polaca
atractiva, de cabellos rubios y aspecto insolente y desafiante. Una de las
estúpidas polacas que preferían ganarse un centavo honradamente a presentar el
culo para que les echaran un polvo rápido. Se sentía el olor de su sucia ropa
interior, tanto en invierno como en verano...
En fin, todo basado en el lema «paga al contado y te lo
llevas puesto»: ése era el plan Minsky. Y, además, funcionaba. Nunca un pateo,
aunque la actuación fuera un pestiño. Si asistías con bastante frecuencia,
llegabas a conocer las caras tan bien, no sólo del reparto, sino también del
auditorio, que era como una reunión de familia. Si te sentías asqueado, no
necesitabas un espejo para verte el aspecto: bastaba con que echaras un vistazo
a tu vecino. Debería haberse llamado «Casa de la Identidad». Era Devachán patas
arriba.
Nunca había nada original, nada que no hubieras visto ya
mil veces. Era como un coño que estás harto de mirar: te conoces todos los
pliegues, todas las arrugas color hígado; estás tan hasta los cojones de él,
que sientes deseos de escupirle, o coger una goma de desatrancar y sacar todo
el lodo atascado en la laringe. Oh, sí, más de una vez te daban ganas de abrir
fuego: de apuntarlos con una ametralladora, a hombres, mujeres y niños, y
volarles las entrañas. A veces se apoderaba de ti una especie de debilidad:
sentías deseos de tirarte al suelo y quedarte ahí entre las cáscaras de
cacahuetes. Y que la gente te pisara con sus zapatos grasientos, hediondos y
manchados de mierda.
Y tampoco faltaba nunca la nota patriótica. (Cualquier tía
apolillada podía salir a escena vestida con la bandera norteamericana y, tras
cantar una tonada con voz ronca y jadeante, hacer que el teatro se viniera
abajo con los aplausos. Si ocupabas una butaca bien situada, podías
sorprenderla limpiándose la nariz con la bandera entre bastidores) Ni los
números sensibleros... ¡cómo les gustaban las canciones dedicadas a la madre!
¡Pobres diablos alelados! Cuando se trataba el tema del
hogar y de la madre, babeaban como ratones llorones. Para esos números siempre
sacaban a escena a la imbécil canosa, la encargada del servicio de señoras. Su
recompensa por pasarse día y noche sentada en el cagadero consistía en aquel
babeo sensiblero durante uno de los números sentimentales. Llevaba una enorme
faja —la matriz caída, con toda probabilidad— y tenía los ojos vidriosos. Era
tan simple y dócil, que podría haber sido la madre de todos. La encarnación
misma de la maternidad... después de treinta y cinco años de partos, palizas
del marido, abortos, hemorragias, úlceras, tumores, hernias, venas varicosas y
otros emolumentos de la vida maternal. Siempre me sorprendía que nadie pensara
en traspasarla con una bala y liquidarla.
No se podía negar que los hermanos Minsky habían pensado
en todo, todo lo que le recordara a uno las cosas de las que quería escapar.
Sabían sacar a relucir todo lo gastado y marchito, incluidos los propios piojos
que tenías en los sesos... y te restregaban aquella mezcolanza por la nariz
como un trapo sucio. Eran emprendedores, de eso no había duda. Probablemente de
izquierdas también, a pesar de contribuir al sostén de la iglesia católica
contigua. Eran unitarios, en el sentido práctico. Generosos y liberales
proveedores de diversión para los pobres de espíritu. No cabía la menor duda.
Estoy seguro de que iban a los baños turcos todas las noches (después de contar
el dinero), y tal vez a la sinagoga también, cuando hubiera tiempo.
Pero volvamos a Cleo. Aquella noche era Cleo otra vez,
como había sido en el pasado. Aparecía dos veces, una antes del descanso y otra
al final de la función.
Ni Marcelle ni Mona habían estado nunca en un teatro de
strip-tease; estuvieron alerta desde el principio hasta el final. Los cómicos
les gustaron; era un vacile obsceno para el que no estaban preparadas. Los
cómicos hacen un trabajo espléndido, no cabe duda. Lo único que necesitan para
crear la ilusión de un mundo en que el Inconsciente es dueño y señor es un par
de pantalones holgados, un orinal, un teléfono o un perchero. Todos los cómicos
de revista, si son dignos de ese nombre, tienen algo de héroes. En todas las
actuaciones matan al censor que permanece como un fantasma en el umbral del yo
subliminal. No sólo lo matan por nosotros, sino que, además, se mean en él y
mortifican la carne.
En fin, ¡Cleo! Para cuando entra en escena Cleo, todo el
mundo está listo para cascársela. (No como en India, donde un nabab rico se
compra media docena de filas de butacas para masturbarse en paz.) Aquí todo el
mundo pone manos a la obra bajo el sombrero. Una orgía de leche condensada. El
semen mana en abundancia como la gasolina. Hasta un ciego sabría que no hay
otra cosa a la vista que coño, muslamen y tetamen. Lo asombroso es que no se
produzca nunca un desbocamiento. De vez en cuando alguien se va a casa y se
corta los cojones con una navaja de afeitar oxidada, pero de esas pequeñas
hazañas nunca hablan los periódicos.
Una de las cosas que hacían fascinante la danza de Cleo
era el pomponcito que llevaba en el centro de la pelvis... plantado justo
encima de la mata de rosas. Servía para mantenerte los ojos clavados en ese
punto. Podía girarlo como un molinillo o hacerle saltar y estremecerse con
espasmos eléctricos. A veces se calmaba con pequeños jadeos, como un cisne que
se queda en reposo después de un profundo orgasmo. Unas veces se comportaba de
forma atrevida e impúdica, otras veces se mostraba taciturno y adusto. Parecía
ser parte de ella, una bolita de pelusa que le hubiera crecido en el Monte de
Venus. Posiblemente lo hubiese conseguido en una casa de putas argelina, regalo
de un marinero francés. Era provocativo, sobre todo para el chaval de dieciséis
años que todavía no sabe lo que se siente al agarrar la mata de una mujer.
Casi no recuerdo cómo era su cara. Tengo un débil recuerdo
de que tenía la nariz retroussé. Lo que es seguro es que nunca la reconocería
uno con la ropa puesta. Concentrabas la atención en el torso, en cuyo centro
había un enorme ombligo pintado color carmín. Era como una boca hambrienta,
aquel ombligo. Como la boca de un pez atacado de repente por la parálisis.
Estoy seguro de que mirarle el coño no era la mitad de excitante. Probablemente
fuese una loncha de carne azulada y pálida que un perro ni siquiera se
molestaría en olfatear. Estaba viva en el diafragma, en aquella pera sinuosa y
carnosa que se abombaba bajo el esternón. El torso me recordaba a esos
maniquíes de modista cuyos muslos acaban en un esqueleto de varillas de
paraguas. De niño me encantaba pasar la mano por la ondulación imbilical. Era
deliciosa al tacto. Y el hecho de que el maniquí no tuviera brazos ni piernas
incrementaba la prominente belleza del torso. A veces no había mimbre debajo:
sólo una figura truncada con un cuello camisero —en lugar del pescuezo— que
siempre iba pintado de negro brillante. Esos eran los intrigantes, los
adorables. Una noche, en una barraca de feria, me encontré con uno vivo,
idéntico a los de las modistas. Se movía por la plataforma con las manos, como
si anduviera por el agua. Me acerqué mucho y entablé conversación con ella.
Tenía cabeza, naturalmente; era bastante bonita, algo así como las imágenes de
cera que se ven en las peluquerías de los barrios elegantes de una gran ciudad.
Me dijo que era de Viena; había nacido sin piernas. Pero me estoy yendo por las
ramas... Lo que me fascinaba de ella era que tenía aquella misma ondulación
voluptuosa, aquellas onda y comba como de pera. Me quedé mucho rato junto a su
plataforma para examinarla desde todos los ángulos. Era asombrosa la exactitud
con que le habían cercenado las piernas. Otra rodaja de su carne y se habría
quedado sin chocho. Cuanto más la estudiaba, más tentado me sentía a abordarla.
Imaginaba mis brazos en torno a su linda cinturita, me imaginaba cogiéndola,
pasándomela bajo el brazo y largándome con ella para violarla en un descampado.
Durante el descanso, mientras las chicas fueron al
servicio a ver a la querida y anciana mamá, Ned y yo nos quedamos en la
escalera de hierro que decora el exterior del teatro. Desde las filas de arriba
se podía mirar a las casas de la acera de enfrente, donde las queridas y
ancianas mamás se agitan como cucarachas irritadas. Pisitos acogedores, en caso
de que tengas estómago fuerte y gusto por los sueños ultravioletas de Chagall.
La comida y las ropas de cama son los motivos predominantes. A veces se mezclan
indiscriminadamente y el padre que ha pasado el día vendiendo cerillas con
frenesí de tuberculoso se encuentra comiendo el colchón. Entre los pobres sólo
se sirve lo que tarda horas en prepararse. Al gourmet le gusta comer en un
restaurante lleno de aromas; el pobre siente náuseas, cuando sube las escaleras
y percibe el olor de lo que le espera. Al rico le gusta dar la vuelta a la
manzana paseando al perro... para estimular ligeramente el apetito. El pobre
mira la perra enferma tumbada bajo la pila y piensa que sería un acto de
misericordia darle un puntapié en las tripas. Nada le da apetito. Está
hambriento, perpetuamente hambriento de las cosas que le apetecen. Hasta un
soplo de aire puro es un lujo. Pero es que no es un perro, por lo que nadie lo
saca a dar un paseo y tomar el aire, desgraciadamente. Yo he visto a los pobres
desgraciados asomados a las ventanas y apoyados en los codos, con la cabeza
colgando en las manos como una linterna: no hace falta un adivinador del
pensamiento para saber lo que está pensando. De vez en cuando derriban una
hilera de viviendas para abrir agujeros de ventilación. Al pasar por esas zonas
vacías, espaciadas como agujeros de muelas sacadas a una dentadura, muchas
veces he imaginado a los pobres desgraciados todavía colgados ahí, en los
alféizares de las ventanas, con las casas derribadas, pero ellos suspendidos en
el aire, sostenidos por su propia aflicción y miseria, como dirigibles
inactivos desafiando la ley de la gravedad. ¿Quién percibe esos espectros
aéreos? ¿A quién no le importa tres cojones que estén suspendidos en el aire o
enterrados a dos metros de profundidad? Lo importante es el espectáculo, como
dice Shakespeare. Dos sesiones al día, domingos incluidos, sigue el
espectáculo. Si lo que te pasa es que te falta comida, pues, hombre, guísate un
par de calcetines viejos. Los hermanos Minsky se dedican a ofrecer diversión.
Las tabletas de chocolate con almendras están siempre a mano, excelentes antes
o después de cascártela. Un espectáculo nuevo cada semana... con el mismo
reparto y los mismos chistes de siempre. Lo que de verdad sería una catástrofe
para esos señores Minsky sería que a Cleo se le declarara una hernia doble. O
que quedase embarazada. Resulta difícil decir qué sería peor. Podría tener
trismo o enteritis o claustrofobia, e importaría un comino. Podría sobrevivir
incluso a la menopausia. O, mejor dicho, los Minsky podrían sobrevivir. Pero
una hernia, eso sería como la muerte: irrevocable.
Lo que pasó por la mente de Ned durante aquel breve
descanso era algo que tenía que limitarme a conjeturar. «Bastante horrible,
¿eh?», comentó, coincidiendo con alguna observación que había hecho yo. Lo dijo
con una indiferencia propia de un niñato de Park Avenue. Algo sobre lo que
nadie podía hacer nada, era lo que quería decir. A los veinticinco años había
sido el director artístico de una agencia de publicidad; eso había sido cinco o
seis años antes. Desde entonces había estado sin blanca, pero la adversidad no
había alterado en modo alguno su forma de ver la vida. Simplemente había
confirmado su idea básica de que la pobreza era algo que había que evitar. Con
un poco de suerte volvería a estar en la cima, dando órdenes a aquellos a los
que ahora adulaba.
Me estaba hablando de un proyecto que tenía entre manos,
otra idea «única» para una campaña de publicidad. (Cómo hacer que la gente
fumara más... sin perjudicar su salud.) Lo malo era que, ahora que estaba al
otro lado de la valla, nadie le iba a hacer caso. Si todavía hubiera sido
director artístico, todo el mundo habría aceptado la idea inmediatamente y la
habría considerado brillante. Ned veía la ironía de la situación, nada más.
Pensaba que tenía algo que ver con su aspecto: quizá no pareciera tan seguro de
sí mismo como en otro tiempo. Si tuviese un vestuario mejor, si pudiera dejar
la bebida por una temporada, si fuese capaz de recuperar el entusiasmo
adecuado... y demás. Marcelle le preocupaba. Lo estaba agotando. Con cada polvo
que le echaba tenía la sensación de haber sacrificado otra idea brillante.
Quería estar solo por una temporada para poder pensar. Si Marcelle estuviera a
mano sólo cuando la necesitaba y no apareciese en momentos inoportunos —justo
cuando estaba haciendo algo—, sería estupendo.
«Tú lo que quieres es un abrebotellas y no una mujer»,
dije.
Se rió, como si estuviera ligeramente avergonzado.
«En fin, ya sabes cómo son las cosas», dijo. «Joder, me
gusta... está bien. Otra chica me habría dejado hace mucho. Pero...»
«Sí, ya sé. Lo malo es que persiste.»
«Parece brutal, ¿no?»
«Lo es», dije. «Oye, ¿se te ha ocurrido alguna vez que
podrías no volver a ser nunca director artístico, que tuviste tu oportunidad y
la desaprovechaste? Ahora tienes otra oportunidad... y estás desaprovechándola
de nuevo. Podrías casarte y hacerte... en fin, no sé qué... cualquier puñetera
cosa... ¿qué más da? Tienes la oportunidad de llevar una vida normal, feliz...
en un plano modesto. Supongo que te parecerá imposible que pudieras estar mejor
conduciendo una camioneta de leche. Eso es demasiado aburrido para ti, ¿eh?
¡Qué lástima! Sentiría más respeto por ti viéndote de pocero que de presidente
de la Compañía de Jabones Palmolive. Tú no rebosas de ideas originales, como te
imaginas, simplemente estás intentando recuperar algo perdido. Lo que te incita
es el orgullo, no la ambición. Si tuvieras alguna originalidad, serías más
flexible: lo demostrarías en cien formas diferentes. Lo que te aflige es haber
fracasado. Probablemente sea la mejor cosa que te haya ocurrido nunca. Pero no
sabes aprovechar tus contratiempos. Probablemente estés hecho para algo
totalmente diferente, pero no te vas a dar la oportunidad de averiguar para
qué. Das vueltas en torno a tu obsesión como una rata en una trampa. Si quieres
saber mi opinión, es bastante horrible... más horrible que la visión de esos
pobres diablos condenados, que cuelgan de las ventanas. Ellos están dispuestos
a coger cualquier cosa; tú no estás dispuesto a alzar el meñique. Quieres
volver a tu trono y ser el rey del mundo de la publicidad. Y, si no puedes conseguir
eso, vas a hacer desgraciados a todos los que te rodean. Vas a castrarte y
después dirás que alguien te ha cortado los cojones...»
Los músicos estaban afinando; tuvimos que volver corriendo
a nuestros asientos. Mona y Marcelle ya estaban sentadas, enfrascadas en una
conversación muy animada. De repente, del foso de la orquesta se elevó un
tremendo estruendo, como un reguero de ácido prúsico sobre un toldo tenso. El
tipo pelirrojo del piano estaba completamente fláccido e invertebrado y sus
dedos caían sobre el teclado como estalactitas. La gente seguía volviendo en
masa de los servicios. La música se volvía cada vez más frenética, con predominio
de los instrumentos metálicos y de percusión. Aquí y allá pestañeaba un cambio
de luces, como si hubiera una fila de búhos electrificados abriendo y cerrando
los ojos. Delante de nosotros un muchacho joven iluminaba una postal con una
cerilla encendida, esperando descubrir a la puta de Babilonia... o a los
hermanos siameses revolcándose en un orgasmo gimnástico.
Al alzarse el telón, las bellezas egipcias de las
inmediaciones de Rivington Street empezaron a actuar; se agitaban como
lenguados recién soltados del anzuelo. Una contorsionista larguirucha hizo el
molinillo, luego se dobló como una navaja y, después de varias volteretas hacia
atrás, intentó besarse el culo. La música se volvió empalagosa, alternando de
un ritmo a otro y sin llegar a ninguna parte. Justo cuando todo parecía al
borde del colapso, las torpes coristas hicieron mutis por el foro, la contorsionista
se levantó y se fue renqueando como una leprosa, y aparecieron un par de
bufones que fingían ser unos libertinos de aúpa. Baja el telón negro y ahí
están, parados en medio de una calle, en la ciudad de Irkustk. Uno de ellos
desea a una mujer tan ansiosamente, que lleva la lengua colgando. El otro es un
entendido en caballos. Tiene un aparatito, una especie de «Abrete Sésamo», que
va a vender a su amigo por novecientos sesenta y cuatro dólares y treinta y dos
centavos. Regatean hasta fijar el precio en un dólar y medio. Estupendo. Una
mujer baja caminando por la calle. Es de la Avenida A. El tipo que ha comprado
el aparato le habla en francés. Ella responde en volapuk. Lo único que tiene
que hacer aquél es soltar el jugo y ella se lanza en sus brazos. La cosa
continúa en noventa y dos variaciones, exactamente como la semana pasada y la
anterior... hasta remontarse a la época de Bob Fitzsimmons, en realidad. Baja
el telón y un joven alegre con un micrófono sale de entre bastidores y te canta
con voz melosa una cantinela romántica sobre un avión que lleva una carta a su
amor en Caledonia.
Ahora vuelven a salir los lenguados, esta vez disfrazados
de navajos. Danzan en tomo a una hoguera eléctrica. La música pasa de «Pony
Boy» a «Kashmiri Song» y después a «Rain in the Face». Una chica letona con una
pluma en el pelo se yergue como Hiawata, mirando hacia la tierra en que se pone
el sol. Tiene que permanecer de puntillas hasta que Bing Crosby, hijo, acaba
catorce cuartetos de poesía popular amerindia escrita por un vaquero de Hester
Street. Entonces se oye un disparo de pistola, las coristas gritan,
entusiasmadas, despliegan la bandera norteamericana, la contorsionista da
saltos mortales a través del fortín, Hiawata baila un fandango, y a la orquesta
le da apoplejía. Cuando se apagan las luces, la anciana canosa encargada de los
servicios está parada junto a la silla eléctrica esperando para ver el
ajusticiamiento de su hijo. Esa escena desconsoladora va acompañada de una
interpretación en falsete de «Silver Threads Among the Gold». La víctima de la
justicia es uno de los payasos, que dentro de un momento saldrá con un orinal
en la mano. Va a tener que tomar las medidas a la primera actriz para un traje
de baño. Ella se inclinará complaciente y exhibirá el culo para que él pueda
tomarle las medidas absolutamente exactas. Acabado eso, ella será la enfermera
de un manicomio, armada con una jeringa llena de agua que le inyectará en los
pantalones. Después habrá dos primeras actrices vestidas con saltos de cama. Se
sientan en un piso acogedor a esperar que lleguen sus novios. Llegan los
muchachos y al cabo de unos momentos se ponen a quitarse los pantalones.
Entonces vuelve el marido y los muchachos saltan de un lado para otro en
calzoncillos como gorriones inválidos.
Todo está calculado al minuto. A las 10,23, Cleo está
lista para hacer su segundo y último número. Después tendrá unos ocho minutos y
medio de descanso, según los términos del contrato. Luego tendrá que esperar
entre bastidores otros doce minutos y ocupar su lugar con el resto del reparto
para el número final. Esos doce minutos la consumen. Son minutos preciosos
completamente desperdiciados. Ni siquiera puede ponerse la ropa de calle; debe
mostrarse con toda su gloria y culebrear una o dos veces más mientras baja el
telón. Es algo que la pone negra.
¡Las diez y veintidós minutos y medio! Un decrescendo
cargado de presagios, un redoble apagado de los tambores. Se apagan todas las
luces, excepto las situadas encima de las «Salidas». El proyector enfoca las
bambalinas, donde a las 10,23 en punto aparecerá primero una mano, luego un
brazo y después un pecho. La cabeza sigue al cuerpo, como el aura sigue al
santo. La cabeza va envuelta en viruta de madera con hojas de col cubriendo los
ojos; se mueve como un erizo de mar luchando con anguilas. Un radiotransmisor
va escondido en la boca carmesí del ombligo: es un ventrílocuo que usa el
código de los sordomudos.
Antes de que se inicien los grandes movimientos
espasmódicos con un redoble —corno de tambor— del torso, Cleo da vueltas por el
escenario con la desenvoltura y la languidez hipnóticas de una cobra. Las
ágiles piernas blancas como la leche van ocultas por un velo de abalorios
sujeto a la cintura; los rosados pezones van cubiertos con una gasa
transparente. Cleo es invertebrada, lechosa, está drogada: una medusa con
peluca de paja ondulándose en un lago de abalorios de cristal.
Mientras se quita la capa tintineante, el pompón se
convierte en tam-tam y el tam-tam en pompón.
Y ahora estamos en el corazón del Africa más misteriosa,
donde corre el Ubangi. Dos serpientes están trabadas en mortal combate. La
grande, que es una boa, está tragando lentamente a la pequeña... empezando por
la cola. La pequeña es de unos cuatro metros de larga... y venenosa. Lucha
hasta el último aliento; sus colmillos siguen escupiendo, hasta en el momento
en que las fauces de la grande se cierran sobre su cabeza. Ahora sigue una
siesta en la sombra para que los procesos digestivos entren en acción. Un
combate extraño, silencioso, no producido por el odio, sino por el hambre.
Africa es el continente de la abundancia en que el hambre es dueño y señor. La
hiena y el buitre son los árbitros. Una tierra de silencios escalofriantes
rotos por gruñidos furiosos y alaridos de agonía Todo es devorado caliente, y
crudo. La vida tan abundante abre el apetito a la muerte. Odio, no; sólo
hambre. Hambre en plena abundancia. La muerte llega rápida. En cuanto está uno
hors de combat, sobreviene el proceso de devoración. Peces diminutos,
enloquecidos de hambre, pueden devorar un gigante y dejarlo reducido al
esqueleto en unos minutos. La sangre es sorbida como el agua. El pelo y la piel
cambian de dueño al instante. Las garras y los colmillos hacen de armas y de
moneda. No hay desperdicio. Todo se come vivo entre gruñidos espeluznantes. La
muerte cae como el rayo en bosques y ríos. Los gigantes no están más inmunes
que los enanos. Todo es presa.
En medio de esa pugna incesante los supervivientes del
reino humano organizan sus danzas. El hambre es el cuerpo solar de Africa, la
danza es el cuerpo lunar. La danza es la expresión de un hambre secundaria: el
sexo. Hambre y sexo son como dos serpientes trabadas en mortal combate. No hay
principio ni fin. Uno traga al otro para reproducir a un tercero: la máquina
convertida en carne. Una máquina que funciona por sí sola y sin objeto, a no
ser el de producir cada vez más y crear cada vez menos. Los sabios, los
renunciantes, parecen ser los gorilas. Llevan una vida aparte: habitan en los
árboles. Son los más feroces de todos: más terribles incluso que el rinoceronte
y la leona. Lanzan bramidos penetrantes y ensordecedores. Desafían a quien se
les acerque.
Por todo el continente continúa la danza. Es la sempiterna
historia del dominio sobre las fuerzas oscuras de la naturaleza. El espíritu
que actúa mediante el instinto. Africa danzando es Africa intentando alzarse
por encima de la confusión de la mera reproducción.
En Africa la danza es impersonal, sagrada y obscena.
Cuando el falo se pone erecto y se lo maneja como un plátano, no es una
«erección personal» lo que vemos, sino una erección tribal. Es una «erección
religiosa», no dirigida a una mujer, sino a un miembro femenino de la tribu.
Almas en grupo representando un polvo en grupo. El hombre elevándose sobre el
mundo animal mediante un rito de su propia invención. Con su mímica demuestra
que ha llegado a ser superior al mero acto sexual.
La bailarina lasciva de la gran ciudad baila sola: hecho
de enorme importancia. La ley prohíbe la respuesta, prohíbe la participación.
Del rito primitivo no queda otra cosa que los movimientos «sugerentes» del
cuerpo. Lo que sugieren varía según el observador. Para la mayoría,
probablemente nada más que un polvo extraordinario en la oscuridad. Un polvo de
ensueño, para ser más exactos.
Pero, ¿qué ley es la que mantiene al espectador rígido en
su butaca, como si estuviera encadenado y maniatado? La ley muda del mutuo
acuerdo que ha convertido el sexo en un acto furtivo y desagradable, al que
sólo se puede uno entregar con la autorización de la Iglesia.
Al observar a Cleo, me vuelve al pensamiento la imagen de
aquel torso vienés en la barraca de feria. ¿Acaso no estaba Cleo tan
absolutamente excomulgada de la sociedad humana como aquel monstruo seductor
que había nacido sin piernas? Nadie se atreve a abalanzarse sobre Cleo, como
tampoco se atrevería a magrear a la belleza sin piernas de Coney Island. A
pesar de que todos los movimientos de su cuerpo están basados en el manual del
coito terrenal, a nadie se le ocurre siquiera responder a la invitación. Abordar
a Cleo en plena danza se consideraría un delito tan horrendo como el de violar
al monstruo indefenso de la barraca de feria.
Pienso en el maniquí de modista que fue en un tiempo el
símbolo del encanto femenino. Pienso en cómo acababa aquella imagen del placer
carnal por debajo del torso en una aireada falda de varillas de paraguas.
Esto es lo que me está pasando por la cabeza...
Somos una comunidad de siete u ocho millones de personas,
democráticamente libres e iguales, dedicadas a la consecución de la vida, la
libertad y la felicidad para todos... en teoría. Representamos a casi todas las
razas y pueblos del mundo en el apogeo de los logros culturales... en teoría.
Tenemos derecho a adorar lo que nos plazca, a votar lo que nos plazca, a crear
nuestras propias leyes, etc., en teoría.
Teóricamente todo es ideal, justo, equitativo. Africa
sigue siendo un continente misterioso que ahora el hombre blanco empieza a
ilustrar con la Biblia y la espada. Y, sin embargo, en virtud de un extraño
acuerdo místico, una mujer llamada Cleo está bailando una danza obscena en una
sala a oscuras contigua a una iglesia. Si danzara de ese modo en la calle, la
arrestarían; si bailase de esa forma en una casa particular, la violarían y
despedazarían; si danzara así en Camegie Hall, provocaría una revolución. Su
danza es una violación de la Constitución de Estados Unidos. Es arcaica,
primitiva, obscena, encaminada únicamente a excitar y encender las bajas
pasiones de hombres y mujeres. Sólo tiene un fin honrado: aumentar los ingresos
de los hermanos Minsky. Eso lo consigue. Y ahí debemos dejar de pensar en el
tema o volvemos locos.
Pero no puedo dejar de pensar... veo un maniquí que ante
la mirada lasciva del ojo cosmopolita se ha vuelto de carne y hueso. Lo veo
agotar las pasiones de un supuesto auditorio civilizado en la segunda ciudad
más grande del mundo. Se ha apoderado de su carne, de sus pasiones, de sus
sueños y deseos lascivos, y, al hacerlo, los ha mutilado, los ha dejado con
torsos rellenos y varillas de paraguas. Sospecho incluso que les ha robado los
órganos sexuales, porque, si todavía fueran hombres y mujeres, ¿qué les iba a
mantener pegados a sus butacas? Veo toda la rápida actuación como una especie
de sesión de Caligari, un caso de transferencia psíquica hábil y magistral.
Dudo de estar sentado en un teatro. Dudo de todo, menos del poder de la
sugestión. Puedo creer con la misma facilidad que estamos en un bazar en
Nagasaki, donde se venden objetos sexuales; que estamos sentados en la
oscuridad con sexos de goma en las manos y masturbándonos como maniacos. Puedo
creer que estamos en el limbo, entre el vaho de los mundos astrales, y que lo
que pasa ante los ojos es un espejismo procedente del mundo fenoménico del
dolor y la crucifixión. Puedo creer que todos estamos colgados del cuello, que
estamos en el momento intermedio entre la apertura de la trampa y la ruptura del
cordón cerebroespinal, que provoca la última y más exquisita eyaculación. Puedo
creer que estamos en cualquier parte menos en una ciudad de siete u ocho
millones de almas, todas libres e iguales, todas cultas y civilizadas, todas
dedicadas a la consecución de la vida, la libertad y la felicidad. Sobre todo,
me resulta de lo más difícil creer que en este día acabo de entregarme en santo
matrimonio por tercera vez, que estamos sentados uno junto al otro en la
oscuridad como marido y mujer, y que celebramos los ritos de la primavera con
emociones de goma.
Me parece absolutamente increíble. Hay situaciones que
desafían las leyes de la inteligencia. Hay momentos en que la mezcla
antinatural de ocho millones de personas alumbra ejemplos florales de la más
tenebrosa demencia. El Marqués de Sade fue tan lúcido y razonable como un
pepino. Sacher-Masoch fue una perla de ecuanimidad. Barba Azul fue manso como
una paloma.
Cleo se está volviendo totalmente luminosa con la
refulgencia del proyector. Su vientre se ha convertido en un mar hinchado y
tenebroso en que el brillante ombligo carmesí se agita como la boca jadeante de
un tiaufragé. Con la punta del coño arroja flores a la orquesta. El pompón se
convierte en tam-tam y el tam- tam en pompón. Lleva en las venas la sangre del
masturbador. Sus tetas son venas concéntricas de púrpura estofada. Su boca
destella como el rojo estigma de un colmillo que desgarra una pierna caliente.
Los brazos son cobras, las piernas son de charol. Su rostro está más pálido que
el marfil; las expresiones, fijas, como en los demonios de terracota de
Yucatán. La lascivia concentrada de la multitud la penetra con el nebuloso
ritmo de un cuerpo solar que adquiere sustancia. Como una luna desgajada de la
superficie ardiente de la tierra, vomita trozos de carne empapada en sangre. Se
mueve sin pies, como hacen en sueños las víctimas de la batalla recién
amputadas. Se retuerce con sus suaves muñones imaginarios, al tiempo que emite
gemidos inaudibles de éxtasis lacerante.
El orgasmo llega despacio, como las últimas gotas que
salen de un géiser dolorido. En la ciudad de ocho millones Cleo está sola,
aislada, excomulgada. Está dando los últimos toques a una exhibición de pasión
sexual que resucitaría hasta a un cadáver. Tiene la protección de los Padres de
la Ciudad y la bendición de los hermanos Minsky. En la ciudad de Minsk, de
donde se habían trasladado hasta Pinsk, aquellos dos muchachos sagaces
planearon que todo debía ser así. Y sucedió, igual que en el sueño, que abrieron
su bello Winter Garden contiguo a la iglesia católica. Todo de acuerdo con un
plan, incluida la anciana canosa del servicio.
Los últimos espasmos... ¿Cómo es que todo está tan
tranquilo? Las flores negras gotean leche condensada. Un hombre llamado
Silverberg está mordisqueando los labios de una yegua. Otro llamado Vittorio
está montando a una oveja. Una mujer sin nombre está descascarando cacahuetes y
metiéndoselos entre las piernas.
Y a esa misma hora, casi al minuto, un tipo moreno y
saludable, elegantemente vestido con un traje de estambre, radiante corbata
amarilla y clavel rojo en el ojal, ocupa un lugar frente al Hotel Astor en el
tercer escalón, reclinándose ligeramente sobre el bastón de bambú que luce a
esa hora del día.
Se llama Osmanli, nombre inventado evidentemente. Lleva un
fajo de billetes de diez, veinte y cincuenta dólares en el bolsillo. La
fragancia de una colonia cara emana del pañuelo de seda que sobresale
prudencialmente del bolsillo exterior de la chaqueta. Está fresco como una
margarita, acicalado, sereno, insolente: un auténtico dandy. Al verlo, nadie
sospecharía que está a sueldo de una organización eclesiástica, que su única
misión en la vida es esparcir veneno, malicia, calumnia, que disfruta con su trabajo,
duerme bien y florece como la rosa.
Mañana a mediodía estará en su lugar acostumbrado en Union
Square, subido a una plataforma, con la bandera norteamericana protegiéndolo;
estará saliéndole espuma de los labios, las ventanas de la nariz le temblarán
de rabia, su voz será ronca y cascada. Tiene a su disposición todos los
argumentos que el hombre ha inventado para destruir la atracción del comunismo,
puede sacárselos del sombrero como un prestidigitador de pacotilla. Está ahí no
sólo para argumentar, para esparcir veneno y calumnia, sino también para
fomentar disturbios: está ahí para provocar alboroto, para atraer a la bofia,
para ir a los tribunales y acusar a gente inocente de atacar a la bandera
norteamericana.
Cuando la cosa se vuelve demasiado peligrosa para él en
Union Square, se va a Boston, Providence, a alguna otra ciudad norteamericana,
siempre envuelto en la bandera norteamericana, siempre rodeado de sus
adiestrados fomentadores de discordia, siempre protegido por la sombra de la
Iglesia. Un hombre cuyo origen está completamente borroso, que ha cambiado de
nombre docenas de veces, que ha servido a todos los partidos, rojo, blanco y
azul, en una época u otra. Un hombre sin patria, sin principios, sin fe, sin
escrúpulos. Un servidor de Belcebú, un soplón, un delator, un traidor, un
chaquetero. Un maestro en el arte de sembrar la confusión en las mentes, un
adepto de la Logia Negra.
No tiene amigos íntimos, ni amante, ni vínculos de ninguna
clase. Cuando desaparece, no deja rastro. Un hilo invisible lo une a aquellos a
quienes sirve. En la plataforma de la calle parece un hombre poseído, como un
fanático delirante. En las escaleras del Hotel Astor, donde todas las noches se
queda parado unos minutos, como vigilando a la multitud, como ligeramente
distraído, es la imagen misma del aplomo, de la indiferencia serena y suave. Se
ha dado un baño y una fricción, la manicura le ha arreglado las manos, le han
lustrado los zapatos; también ha echado una buena siesta y, a continuación, una
comida excelente en uno de esos restaurantes tranquilos y selectos, reservados
a los gourmets. Con frecuencia se da un corto paseo por el parque para digerir
la comida. Mira a su alrededor con ojos inteligentes y de entendido, de
conocedor de las atracciones de la carne, de las bellezas de la tierra y el
cielo. Ha leído mucho, ha viajado, tiene gusto para la música y siente pasión
por las flores y con frecuencia va meditando, mientras pasea, sobre las locuras
del hombre. Le encanta el sabor y el perfume de las palabras; les da vueltas
con la lengua, como si se tratara de un delicioso bocado de comida. Sabe que
tiene poder para gobernar a los hombres, para excitar sus pasiones, para
estimularlos y confundirlos a voluntad. Pero esa propia capacidad le ha hecho
adoptar una actitud desdeñosa, despreciativa y burlona hacia sus semejantes.
Ahora en las escaleras del Astor, disfrazado de
boulevardier, de fláneur, de Beau Brummel, mira meditativo por encima de las
cabezas de la multitud, sin inmutarse por los anuncios luminosos de goma de
mascar, la carne de alquiler, el tintineo de arneses espectrales, la expresión
de ausencia demente en los ojos que pasan. Se ha separado de todos los
partidos, cultos, ismos, ideologías. Es un yo libre y sin responsabilidades,
inmune a todas las religiones, creencias, principios. Puede comprar lo que
quiera que necesite para mantener la ilusión de que no necesita nada, ni a
nadie. Esta noche parece estar más libre, más independiente que nunca. Reconoce
para sus adentros que se siente como un personaje de una novela rusa, se
pregunta vagamente por qué está entregándose a esa clase de sentimientos.
Reconoce que acaba de desechar la idea del suicidio; se sobresalta un poco al
descubrir que ha estado acariciando semejantes ideas. Ha estado discutiendo
consigo mismo; ha sido un asunto bastante prolongado, ahora que repasa sus
pensamientos. La idea más inquietante es la dé que es incapaz de reconocer el
yo con el que ha discutido la cuestión del suicidio. Ese ser oculto nunca había
manifestado sus deseos. Siempre había habido un vacío en torno al cual había
construido una auténtica catedral de personalidades cambiantes. Al retirarse
tras la fachada, siempre se había encontrado solo. Y después, hace un momento,
había descubierto que no estaba solo; a pesar de todo el cambio de máscaras,
todo el camuflaje arquitectónico, alguien vivía con él, alguien que lo conocía
íntimamente, y que ahora lo instaba a acabar de una vez.
La parte más fantástica era que se veía instado a hacerlo
al instante, a no desperdiciar tiempo. Era ridículo porque, aun reconociendo
que la idea era tentadora y atractivo, sentía el deseo humanísimo de disfrutar
el privilegio de vivir su propia muerte en la imaginación, al menos por una
hora o así. Parecía estar pidiendo tiempo, lo que era extraño, pues nunca en su
vida había acariciado la idea de acabar con su propia vida. Debería haber
desechado la idea en lugar de implorar unos momentos de gracia como un criminal
convicto. Pero esa vacuidad, esa soledad a que solía retirarse, empezó entonces
a adquirir el carácter apremiante y explosivo de un vacío. La burbuja estaba a
punto de explotar. Lo sabía. Sabía que no podía hacer nada para impedirlo. Bajó
rápidamente las escaleras del Astor y se sumergió en la multitud. Por un
momento pensó que tal vez se perdiera en medio de todos aquellos cuerpos, pero
no, se volvió cada vez más lúcido, cada vez más consciente de sí mismo, cada
vez más decidido a obedecer la voz imperiosa que lo incitaba a seguir. Era como
un amante camino de una cita. Sólo pensaba en una cosa: su propia destrucción.
Ardía como un fuego, iluminaba el camino.
Al volver la esquina de una calle transversal, para
apresurarse hacia el lugar de la cita, entendió con toda claridad que ya no era
dueño de sí mismo, por decirlo así, y que no podía hacer otra cosa que seguir a
su nariz. No tenía problemas ni conflictos. Ciertos gestos automáticos los
hacía sin siquiera aminorar la marcha. Por ejemplo, al pasar por delante de un
cubo de basura, arrojó a él su fajo de billetes, como si estuviese
desprendiéndose de una piel de plátano; en una esquina vació el contenido del bolsillo
interior de la chaqueta a una alcantarilla; su reloj y cadena, su anillo, su
cortaplumas siguieron el mismo camino. Iba dándose palmadas por todo el cuerpo,
mientras caminaba, para asegurarse de que se había deshecho de todas sus
posesiones personales. Hasta el pañuelo, después de haberse sonado la nariz por
última vez, arrojó al arroyo. Se sentía ligero como una pluma y avanzaba cada
vez con mayor celeridad por las sombrías calles. En un momento dado darían la
señal y él se rendiría. En lugar de una corriente tumultuosa de pensamientos,
miedos, deseos, esperanzas, remordimientos del último minuto, de los que
imaginamos que asaltan a los condenados, sólo tuvo conocimiento de un vacío
singular y que no dejaba de crecer. Su corazón era como un claro cielo azul en
el que no se percibe ni el más ligero rastro de una nube. Era como para pensar
que ya había cruzado la frontera del otro mundo, que ya estaba entonces, antes
de su muerte corporal efectiva, en coma, y que, al salir y hallarse del otro
lado, se iba a sorprender de encontrarse caminando tan de prisa. Sólo entonces
sería capaz tal vez de concentrarse y preguntarse por qué lo había hecho.
Por encima de su cabeza pasa el ferrocarril elevado
traqueteando y haciendo estruendo. Un hombre lo adelanta corriendo a toda
velocidad. Tras él va un agente de la ley con el revólver en la mano. Osmanli
echa a correr también. Ahora los tres van corriendo. El no sabe por qué, ni
siquiera sabe que alguien va detrás de él. Pero cuando la bala le traspasa la
nuca y cae de cara contra el suelo, un fulgor de claridad cegadora reverbera
por todo su ser.
Sorprendido por la muerte boca abajo ahí, en la acera, con
hierba brotándole ya por los oídos, Osmanli vuelve a descender las escaleras
del Hotel Astor, pero en lugar de reunirse con la multitud, se desliza por la
puerta trasera de una casita humilde en un pueblo donde hablaba una lengua
diferente. Se sienta en la mesa de la cocina y bebe un vaso de leche. Parece
como si fuera simplemente ayer cuando, sentado en esa misma mesa, su mujer le
había dicho que lo abandonaba. La noticia lo había dejado tan atontado, que no
había podido pronunciar ni una palabra; la había observado marcharse sin dar la
menor señal de protesta. Se había quedado sentado a beber la leche
tranquilamente y ella le había dicho con franqueza brutal y directa que nunca
lo había amado. Unas palabras más, igualmente crueles, y se había ido. En esos
pocos minutos se había convertido en un hombre completamente diferente. Al
recuperarse del sobresalto, experimentó el alborozo más sorprendente. Era como
si ella le hubiera dicho: «¡Ahora tienes libertad para actuar!» Se sintió tan
misteriosamente libre, que se preguntó si su vida hasta aquel momento no habría
sido un sueño. ¡Actuar! Era tan sencillo. Había salido al patio y, pensando
entonces con la misma espontaneidad, se había dirigido a la caseta del perro,
le había silbado, y, cuando éste había sacado la cabeza, se la había cortado de
un tajo. ¡Eso era lo que significaba... actuar! Tan extraordinariamente
sencillo, que le dio risa. Ahora sabía que podía hacer cualquier cosa que
desease. Fue adentro y llamó a la criada. Quería echarle un vistazo con
aquellos ojos nuevos. No tenía intención de hacer nada más. Una hora después,
tras haberla violado, fue derecho al banco y de éste a la estación de
ferrocarril, donde cogió el primer tren que pasó.
Desde entonces su vida había adquirido una configuración
caleidoscópica. Los pocos asesinatos que había cometido los había llevado a
cabo distraídamente, sin malicia, odio ni avaricia. Hacía el amor casi del
mismo modo. No conocía ni el miedo, ni la timidez, ni la prudencia.
De ese modo diez años habían transcurrido en el espacio de
unos minutos. Se había librado de las cadenas que mantienen amarrado al hombre
corriente, había vagado por el mundo a voluntad, había probado la libertad y la
inmunidad, y después, en un momento de calma absoluta, abandonándose a la
imaginación, con lógica despiadada había llegado a la conclusión de que la
muerte era el único lujo que se había negado a sí mismo. Conque había bajado
las escaleras del Hotel Astor y unos minutos después, al caer boca abajo en la
muerte, comprendió que no se equivocaba, cuando había oído decir a ella que
nunca lo había amado. Era la primera vez que había vuelto a pensarlo y, aunque
sería la última vez que tendría oportunidad de hacerlo, pudo sacar tan poco en
claro como cuando por primera vez lo oyó diez años antes. No había tenido
sentido entonces y no lo tenía ahora. Todavía estaba bebiendo su leche. Ya era
un hombre muerto. Estaba impotente, por eso se había sentido tan libre. Pero en
realidad no había sido nunca libre, como había imaginado. Eso había sido
simplemente una alucinación. Para empezar, nunca había cortado la cabeza al
perro; de lo contrario, no estaría ahora ladrando de alegría. Si al menos
pudiera ponerse en pie y mirar con sus propios ojos, sabría seguro si todo
había sido real o alucinante. Pero había perdido la capacidad de moverse. Desde
el momento en que ella había pronunciado aquellas pocas palabras reveladoras,
supo que nunca más volvería a poder moverse del sitio. Por qué había escogido
aquel momento particular, en que estaba bebiendo la leche cuajada, por qué
había esperado tanto tiempo para decírselo, era algo que no podía entender y
nunca entendería. Ni siquiera iba a intentar entenderlo. La había oído con toda
claridad, exactamente como si le hubiera puesto los labios al oído y le hubiese
gritado las palabras. Estas habían recorrido todas las partes de su cuerpo con
tal velocidad, que era como si una bala le hubiese explotado en el cerebro.
Luego —¿había sido unos minutos o una eternidad después?— había salido de la
prisión de su antiguo yo de modo muy semejante a como sale una mariposa de la
crisálida. Después el perro, luego la criada, después esto, luego lo otro:
incidentes innumerables que se repetían como de acuerdo con un plan
preestablecido. Todo siguiendo una pauta, incluidos los tres o cuatro
asesinatos casuales.
Como en las leyendas que cuentan que quien renuncia a su
propia visión cae en un laberinto del que no hay otra salida que la muerte, en
que mediante el símbolo y la alegoría queda claro que las circunvoluciones del
cerebro, las espirales del laberinto y los culebreos de las serpientes que se
enroscan en torno al espinazo son uno y el mismo proceso estrangulados el
proceso de cerrar puertas tras sí, de amurallar la carne, de avanzar
inexorablemente hacia la petrificación, fue lo que le sucedió a Osmanli, un oscuro
turco, atrapado por la imaginación en las escaleras del Hotel Astor en el
momento de libertad y despreocupación más ilusorias. Al mirar por encima de las
cabezas de la multitud, había percibido con un recuerdo estremecedor la imagen
de su amada esposa, su cabeza como de perro convertida en piedra. El patético
deseo de sobreponerse a su dolor había acabado en la confrontación con la
máscara. El monstruoso embrión de la frustración obstruyó todas las salidas.
Con la cara estrellada contra el pavimento parecía besar las facciones de
piedra de la mujer que había perdido. Su huida, realizada con hábil
tortuosidad, lo había colocado frente a la clara imagen del horror reflejada en
el escudo de la autoprotección. Al morir asesinado, había asesinado al mundo, a
su vez. Había alcanzado su propia identidad en la muerte.
Cleo estaba acabando su danza. El último movimiento
convulsivo había coincidido con la fantástica retrospección sobre la muerte de
Osmanli...
Capítulo XXIII
Lo increíble de semejantes alucinaciones es que su
sustancia corresponde a la realidad. Cuando Osmanli cayó boca abajo sobre la
acera, simplemente estaba representando una escena de mi vida por adelantado.
Saltemos unos años... hasta el caldero del horror.
Los condenados siempre tienen una mesa en que sentarse,
sobre la que apoyan los codos para sostener la plúmbea carga de sus sesos. Los
condenados están siempre ciegos y miran el mundo con ojos en blanco. Los
condenados están siempre petrificados, y, en el centro de su petrificación, hay
un vacío inconmensurable. Los condenados siempre tienen la misma excusa: la
pérdida de la amada.
Es de noche y estoy sentado en un sótano. Es nuestro
hogar. La espero noche tras noche, como un prisionero encadenado al suelo de su
celda. Hay una mujer con ella a la que llama su amiga. Han conspirado para
traicionarme y derrotarme. Me dejan sin comida, sin calor, sin luz. Me dicen
que me divierta hasta que regresen.
Al cabo de meses de vergüenza y humillación, he llegado a
amar mi soledad. Ya no busco ayuda del mundo exterior. Ya no respondo, cuando
llaman al timbre. Vivo solo, en el tumulto de mis propios temores. Cogido en la
trampa de mis propios fantasmas, espero a que suba la marea y me ahogue.
Cuando vuelven a torturarme, me comporto como el animal en
que me he convertido. Me abalanzo sobre la comida con hambre canina. Como con
los dedos.
Y, mientras devoro la comida, les hago una mueca
despiadada, como si fuera un zar loco y celoso. Finjo estar enojado: les lanzo
insultos soeces, las amenazo con los puños, gruño y escupo de rabia.
Lo hago noche tras noche, para estimular mis emociones
casi extintas. He perdido la capacidad de sentir. Para ocultar ese defecto
simulo todas las pasiones. Hay noches en que las divierto extraordinariamente
rugiendo como un león herido. A veces las derribo con garra de terciopelo.
Hasta les he meado encima, cuando rodaban por el suelo histéricas y
desternillándose de risa.
Dicen que tengo auténtico talento de payaso. Dicen que una
noche traerán a algunos amigos y me harán actuar para ellos. Rechino los
dientes y muevo el cuero cabelludo hacia adelante y hacia atrás para dar a
entender aprobación. Estoy aprendiendo todos los trucos del zoo.
Mi número más sensacional es el de fingir celos. Celos por
cosas pequeñas, en particular. Nunca preguntar si se acostó con éste o con
aquél, sino sólo saber si él le besó la mano. Puedo ponerme furioso por un
gesto insignificante como ése. Soy capaz de coger el cuchillo y amenazarla con
cortarle el cuello. En algunas ocasiones llego hasta el extremo de dar un
tierno pinchazo en el trasero a su inseparable amiga. Traigo yodo y esparadrapo
y beso el culo a su inseparable amiga.
Supongamos que llegan a casa una noche y encuentran el
fuego apagado. Supongamos que esa noche estoy de excelente humor, por haber
vencido las punzadas del hambre con voluntad férrea, por haber resistido a
solas la embestida de la demencia en la oscuridad, por haberme casi convencido
de que sólo el egotismo puede producir dolor y miseria. Supongamos, además,
que, al entrar en la celda de la prisión, parezcan indiferentes a la victoria
que he obtenido. Sólo sienten el peligroso frío de la habitación. No preguntan
si tengo frío; se limitan a decir: hace frío aquí.
¿Frío, mis reinas? Entonces habrá que encender un fuego
colosal. Cojo la silla y la hago añicos contra la pared de piedra. Salto sobre
ella y la rompo en pedazos
pequeños. Enciendo una llamita en el hogar con papeles y
astillas. Tuesto la silla trozo a trozo.
Un gesto encantador, piensan ellas. Por ahora todo va
bien. Ahora un poco de comida, una botella de cerveza fría. Conque, ¿lo habéis
pasado bien esta noche? Hacía frío afuera, ¿verdad? ¿Habéis juntado algo de
dinero? Excelente, ¡depositadlo mañana en la Caja de Ahorros! Tú, Hegoroboru,
¡corre a comprar una botella de ron! Me marcho mañana... salgo de viaje.
El fuego pierde fuerza. Cojo la silla libre y le rompo la
crisma contra la pared. Las llamas se elevan. Hegoroboru vuelve sonriente y
ofrece la botella. En cuestión de un minuto se descorcha, se bebe un buen
trago. Me brotan llamas en las entrañas. ¡Ponte de pie!, grito. ¡Dame esa otra
silla! Protestas, lamentos, gritos. Eso es pasarse de la raya. Pero, ¿no decís
que hace frío afuera? Entonces necesitamos más calor. ¡Fuera! Tiro los platos
al suelo de un manotazo y agarro la mesa. Intentan apartarme. Salgo a buscar el
hacha afuera, donde está la basura. Me pongo a dar hachazos sin parar, dejo la
mesa hecha astillas, luego la cómoda, y tiro todo al suelo. Les advierto que
voy a hacer añicos todo, hasta la loza. Vamos a calentarnos como no nos hemos
calentado nunca.
Una noche en el suelo, los tres dando vueltas como leños
ardiendo. Burlas y sarcasmos van y vienen.
«No se va a ir nunca... está fingiendo.»
Una voz que me susurra al oído: «¿De verdad te vas a ir?»
«Sí, te lo prometo.»
«Pero no quiero que te vayas.»
«Ya no me importa lo que quieras o dejes de querer.»
«Pero te amo.»
«No lo creo.»
«Pero debes creerme.»
«No creo nada ni a nadie.»
«Estás enfermo. No sabes lo que haces. No dejaré que te
vayas.»
«¿Cómo vas a impedírmelo?»
«Por favor, por favor, Val, no hables así... me tienes
preocupada.»
Silencio.
Un tímido susurro: «¿Cómo vas a vivir sin mí?»
«No sé, no me importa.»
«Pero me necesitas a mi. No sabes cuidarte.»
«No necesito a nadie.»
«Tengo miedo, Val. Temo que le ocurro algo.»
Por la mañana me marcho furtivamente, mientras ellas
duermen como unas benditas. Tras robarle unos centavos a un vendedor de
periódicos ciego, llego hasta la orilla de Jersey y me dirijo a la carretera.
Me siento fantásticamente ligero y libre. En Filadelfia me paseo como si fuera
un turista. Me entra hambre. Pido diez centavos a un transeúnte y me los da.
Pruebo con otro y con otro... sólo por divertirme. Entro en un bar, me tomo una
señora comida con una jarra de cerveza, y me pongo en camino hacia la carretera
otra vez.
Alguien me coge en dirección a Pittsburg. El conductor es
poco comunicativo. Yo también. Es como si tuviera chófer particular. Al cabo de
un rato me pregunto adonde voy. ¿Quiero trabajo? No. ¿Quiero empezar una nueva
vida? No. ¿Quiero unas vacaciones? No. No quiero nada.
Entonces, ¿qué quieres?, me digo. La respuesta es siempre
la misma: nada.
El diálogo se extingue poco a poco. Centro la atención en
el encendedor eléctrico que va enchufado en el tablero de instrumentos. Me
viene a la cabeza la palabra «cuña». Me entretengo con ella un buen rato,
después la desecho terminantemente, como se rechazaría a un niño que todo el
día quisiera jugar a la pelota con uno.
Carreteras y arterias que se ramifican en todas las
direcciones. ¿Qué sería la tierra sin carreteras? Un océano sin huellas. Una
jungla. El primer camino a través de la selva debió de parecer una gran
realización. Dirección, orientación, comunicación. Después dos caminos, tres
caminos... Después millones de caminos. Una tela de araña y en el centro de
ella el hombre, el creador, atrapado como una mosca.
Marchamos a cien por hora, o quizá lo imagino. No
cambiamos ni una palabra. Debe de tener miedo de oírme decir que tengo hambre o
de que no tengo dónde dormir. Debe de estar pensando dónde deshacerse de mí, si
empiezo a comportarme de forma sospechosa. De vez en cuando enciende un
cigarrillo en el encendedor eléctrico. Ese artilugio me fascina. Es como una
silla eléctrica en pequeño.
«Yo giro aquí», dice el conductor de repente. «¿Dónde va
usted?»
«Puede dejarme aquí... gracias.»
Bajo y está lloviznando. Oscurece. Carreteras que no
conducen a ninguna parte. Debo decidir adonde quiero ir. Debo tener un
objetivo.
Me sumo en un trance tan profundo, que dejo pasar cien
coches sin levantar la vista. Descubro que ni siquiera tengo pañuelo de sobra.
Iba a limpiarme las gafas, pero es que, ¿para qué sirve? No tengo que ver
demasiado bien ni sentir demasiado bien ni pensar demasiado bien. No voy a
ninguna parte. Cuando me canse, puedo dejarme caer y quedarme dormido. Los
animales duermen bajo la lluvia, ¿por qué no el hombre? Si pudiera convertirme
en un animal, llegaría a alguna parte.
Un camión se detiene a mi lado; el conductor necesita una
cerilla.
«¿Quiere subir?», me pregunta.
Monto sin preguntar adónde va. La lluvia arrecia, de
repente ha caído una oscuridad de boca de lobo. No tengo ni idea de adónde nos
dirigimos ni quiero tenerla. Me siento satisfecho con estar protegido de la
lluvia y sentado al calor de un cuerpo.
Este tipo es más sociable. Habla mucho de cerillas, de lo
importante que son cuando las necesitas, de lo difícil que es perderlas, y
demás. Encuentra pretexto en cualquier cosa para entablar conversación. Parece
extraño hablar tan en serio sobre cualquier cosa, cuando en realidad están sin
resolver los problemas más tremendos. Salvo por el detalle de que estamos
hablando de naderías materiales, ésta es la clase de conversación que podría
sostenerse en un salón francés. Las carreteras han conectado todo tan maravillosamente,
que hasta la futilidad puede transportarse fácilmente.
Al llegar a las afueras de una gran ciudad, le pregunto
dónde estamos.
«En Filadelfia», dice. «¿Dónde va a ser?»
«No sé», dije. «No tenía ni idea... Supongo que irá usted
a Nueva York.»
Gruñó. Después añadió: «No parece importarle mucho una
cosa o la otra. Parece como si estuviera usted dando vueltas en la oscuridad.»
«Usted lo ha dicho. Eso es exactamente lo que estoy
haciendo... dando vueltas en la oscuridad.»
Me arrellané y le escuché hablar de tipos que daban
vueltas en la oscuridad buscando un lugar donde echarse a dormir. Hablaba de
ellos de modo muy parecido a como un horticultor hablaría de ciertas especies
de arbustos. Era «enlace espacial», como dice Korzybski, un tipo que recorría
las carreteras generales y secundarias sin otra compañía que su soledad. Lo que
quedaba a ambos lados de las vías de tránsito era la estepa, y los seres que
habitaban ese vacío eran vagabundos hambrientos que suplicaban les dejases
montar.
Cuanto más hablaba él con mayor añoranza pensaba yo en el
significado del refugio. Al fin y al cabo, el sótano no había estado tan mal.
Por ahí, en el mundo, la gente era igual de pobre. La única diferencia entre
ellos y yo era que ellos salían y obtenían lo que necesitaban; sudaban para
conseguirlo, se engañaban unos a otros, luchaban unos con otros a brazo
partido. Yo no tenía ninguno de esos problemas. Mi único problema era el de
cómo vivir conmigo mismo día tras día.
Pensaba en lo ridículo y patético que sería colarme de
rondón en el sótano y buscarme un rinconcito para mí solito, donde pudiera
acurrucarme y calarme el techo hasta las orejas. Podría entrar a gatas como un
perro con la cola entre las piernas. No las volvería a molestar con escenas de
celos. Les agradecería cualquier migaja que me ofrecieran. Si ella quisiese
traerse a sus amantes a casa y hacer el amor con ellos delante de mí, tampoco
me opondría. No hay que morder la mano que te da de comer. Ahora que había
visto el mundo, no iba a volver a quejarme nunca. Cualquier cosa era mejor que
quedarte parado bajo la lluvia y no saber adónde quieres ir. Al fin y al cabo,
todavía tenía inteligencia. Podía tumbarme a oscuras y pensar, pensar todo lo
mucho, o lo poco, que desease. Afuera la gente iría corriendo de un lado para
otro, trasladando cosas, comprando, vendiendo, poniendo dinero en el banco y
sacándolo otra vez. Eso era horrible. No quisiera hacerlo nunca. Preferiría con
mucho fingir ser un animal, un perro, pongamos por caso, y que me arrojasen un
hueso de vez en cuando. Si me comportaba decentemente, me mimarían y
acariciarían. Podría encontrar un amo bueno que me pusiera una correa y me
dejase hacer pipí por todas partes. Podría conocer a otro perro, uno del sexo
opuesto, y echar un palete rápido de vez en cuando. Oh, ahora sabía estar
tranquilo y obedecer. Había aprendido mi leccioncita. Me acurrucaría en un
rincón cerca del hogar, tan tranquilo y dócil como desearan. Tendrían que ser
terriblemente miserables para echarme a patadas. Además, si demostraba que no
necesitaba nada, que no quería favor alguno, si les dejaba seguir su vida como
si estuvieran solas, ¿qué molestia podía representar hacerme un sitio en el
rincón?
Lo importante era colarse a hurtadillas, mientras
estuviesen fuera, para que no pudieran cerrarme la puerta en las narices.
En aquel punto de mi cavilación, se apoderó de mí la idea
más inquietante. ¿Y si hubieran huido? ¿Y si la casa estuviese abandonada?
Cerca de Elizabeth nos detuvimos. Algo fallaba en el
motor. Me pareció más sensato bajar y parar otro coche que esperar toda la
noche. Caminé hasta la estación de servicio más cercana y anduve rondando por
allí en busca de un coche que me llevara a Nueva York. Esperé más de una hora y
entonces me entró impaciencia y me puse en camino a patita por la sombría
carretera. La lluvia había disminuido; era una fina llovizna. De vez en cuando,
al pensar lo delicioso que sería arrastrarme hasta la perrera, echaba a correr
al trote. Elizabeth quedaba a unos veinte kilómetros.
En cierto momento me entró tal alegría, que me puse a
cantar. Cada vez más alto cantaba, como para hacerle saber que llegaba. Desde
luego no iba a entrar en la casa cantando: eso les daría un susto de muerte.
Cantando me entró hambre. Compré una tableta de chocolate
en un puesto junto a la carretera. Era deliciosa. ¿Ves? No te va tan mal, me
dije. Todavía no estás comiendo huesos ni desperdicios. Puede que consigas
algunos platos buenos antes de que te mueras. ¿En qué estás pensando? ¿En
estofado de cordero? No tienes que pensar en cosas apetitosas . piensa sólo en
huesos y desperdicios. A partir de ahora es una vida de perro.
Estaba en una gran roca antes de llegar a Elizabeth,
cuando vi que se acercaba un gran camión. Era el tipo que había dejado atrás.
Monté. Se puso a hablar de motores, de lo que los avería, de lo que les hace
funcionar, y cosas así. «Ya falta poco», dijo de repente, sin que viniera a
cuento.
«¿Para dónde?», pregunté.
«Pues, para Nueva York... ¿para dónde va a ser?»
«Ah, Nueva York, sí. Había olvidado.»
«Oiga, ¿qué demonios va usted a hacer en Nueva York, si no
es mucho preguntar?»
«Voy a reunirme con mi familia.»
«¿Ha estado usted fuera mucho tiempo?»
«Unos diez años», dije, arrastrando las palabras caviloso.
«¡Diez años! Eso es la tira de tiempo. ¿Qué ha estado
haciendo? ¿Simplemente vagabundeando por ahí?»
«Sí, simplemente eso.»
«Supongo que se alegrarán de verlo... su familia.»
«Supongo que sí.»
«No parece usted estar tan seguro de ello», dijo,
lanzándome una mirada inquisitiva.
«Es verdad. En fin, ya sabe como son las cosas.»
«Creo que sí», respondió. «Me encuentro con muchos tipos
como usted. Siempre vuelven al nido tarde o temprano.»
El dijo nido, yo dije perrera... para mis adentros,
naturalmente. Prefería perrera. Nido era para gallos, palomas, aves con plumas
que ponen huevos. ¡Y una leche iba yo a poner huevos! Huesos y desperdicios,
huesos y desperdicios, huesos y desperdicios. Lo repetí una y mil veces, a fin
de darme valor para volver arrastrándome como un perro apaleado.
Le pedí prestados unos centavos al marcharme y me metí en
el metro. Me sentía cansado, hambriento, deshecho de estar a la intemperie. Los
pasajeros me parecían enfermos. Como si alguien acabara de soltarlos de la
cárcel o del hospicio. Yo había andado por el mundo, lejos, muy lejos. Había
pasado diez años vagando y ahora volvía a casa. ¡Bienvenido a casa, hijo
pródigo! ¡Bienvenido a casa! ¡Dios mío, qué historias había oído, qué ciudades
había visto! ¡Qué maravillosas aventuras! Diez años de vida, desde la mañana a
la medianoche. ¿Estaría la familia todavía en casa?
Entré de puntillas en el patio y miré a ver si veía luz.
No había señal de vida. La verdad es que nunca volvían a casa temprano. Subiría
al piso de arriba por el porche. Quizá estuviesen en la parte trasera de la
casa. A veces se sentaban en el cuartito de Hegoroboru al fondo del pasillo,
donde la cisterna del retrete goteaba día y noche.
Abrí la puerta despacito, fui hasta el comienzo de la
escalera interior y despacio, muy despacito, bajé escalón a escalón. Había una
puerta al final de la escalera. Me encontraba completamente a oscuras.
Cerca del final de la escalera oí voces apagadas. ¡Estaban
en casa! Me sentí profundamente feliz, jubiloso. Quería entrar corriendo,
meneando la colita, y arrojarme a sus pies. Pero ése no era el programa que
había proyectado seguir.
Después de haber pegado al oído al entrepaño varios
minutos, puse la mano en el pomo de la puerta y lo giré muy lenta y
silenciosamente. Las voces me llegaron mucho más claras, ahora que había
abierto la puerta unos centímetros. Estaba hablando la mayor, Hegoroboru. El
tono de su voz era sensiblero, histérico, como si hubiese bebido. La otra voz
era baja, más suave y acariciadora que nunca. Parecía estar discutiendo con la
mayor. También había pausas extrañas, como si estuvieran abrazándose. De vez en
cuando podía jurar que la mayor lanzaba un gruñido, como si estuviese
restregando la piel a la otra. Después soltó de repente un gemido de placer,
pero vengativo. De pronto gritó.
«Entonces, ¿todavía lo amas? ¡Estabas mintiéndome!»
«¡No, no! Te juro que no. Debes creerme, por favor. Nunca
lo he amado.»
«¡Eso es mentira!»
«Te lo juro... te juro que nunca lo he amado. Era
simplemente un niño para mí.»
A eso siguió una explosión de risa chillona. Luego una
ligera agitación, como si estuvieran forcejeando. Después un silencio de
muerte, como si se hubiesen pegado los labios. Luego pareció que se estaban
desnudando la una a la otra, lamiéndose por todo el cuerpo como terneras en el
prado. La cama chirrió. Profanar el nido, eso era lo que estaban haciendo. Se
habían librado de mí, como si fuese un leproso, y ahora estaban intentando
hacer de marido y mujer. Era una suerte no haber estado echado en el rincón observando
aquello con la cabeza entre las patas. Habría ladrado furioso, tal vez las
habría mordido. Y entonces me habrían pateado como a un chucho asqueroso.
No quise oír más. Cerré la puerta con suavidad y me senté
en los escalones en completa oscuridad. La fatiga y el hambre habían pasado.
Estaba extraordinariamente despierto. Podría haber caminado hasta San Francisco
en tres horas.
¡Ahora debo ir a alguna parte! Debo decidirme
claramente... o me volveré loco. Sé que no soy un niño. No sé si soy un hombre
—me siento demasiado magullado y apaleado—, pero desde luego, ¡no soy un niño!
Entonces se produjo una curiosa comedia fisiológica.
Empecé a menstruar. Menstruaba por todos los agujeros de mi cuerpo.
Cuando un hombre menstrua, acaba en unos minutos.
Y no deja rastro.
Subí la escalera a cuatro patas y abandoné la casa tan
silenciosamente como había entrado. Había dejado de llover, se veían las
estrellas en todo su esplendor. Soplaba una brisa ligera. La iglesia luterana
de la acera de enfrente, que de día era de color caca de niño, había adquirido
ahora un tono ocre suave que armonizaba serenamente con el negro del asfalto.
Todavía no estaba del todo decidido sobre el futuro. En la esquina me quedé
parado unos minutos mirando de un extremo a otro de la calle, como si la observara
por primera vez.
Cuando has sufrido mucho en determinado lugar, tienes la
impresión de que el recuerdo está grabado en la calle. Pero, no sé si habéis
notado que, curiosamente, a las calles no parecen afectarlas los sufrimientos
de los individuos particulares. Si sales de una casa por la noche, después de
perder a un amigo querido, la verdad es que la calle parece muy discreta. Si el
exterior llegara a estar como el interior, sería irresistible. Las calles son
lugares para respirar mejor...
Echo a andar, intentando decidirme sin desarrollar una
idea fija. Paso por delante de cubos de basura abarrotados de huesos y
desperdicios. Algunas personas han dejado zapatos viejos, zapatillas rotas,
sombreros, tirantes, y otros artículos gastados delante de sus casas. No hay
duda de que, si me dedicara a rondar de noche, podría vivir espléndidamente con
las migajas tiradas.
La vida en la perrera queda descartada, eso es seguro. En
cualquier caso, ya no me siento como un perro, me siento más como un gato. El
gato es independiente, anarquista, libre. El gato es el que domina en el nido
por la noche.
Me está entrando hambre de nuevo. Voy bajando hacia las
luces brillantes de Borough Hall, donde resplandecen los restaurantes de
autoservicio. Miro por los ventanales para ver si puedo descubrir alguna cara
cordial. Voy pasando, de escaparate en escaparate, observando zapatos,
artículos de mercería, tabacos de pipa, etcétera. Después me quedo parado un
rato en la entrada del metro, esperando desesperanzado que alguien deje caer
una moneda sin darse cuenta. Recorro con la mirada los puestos de periódicos
para ver si hay algún ciego al que robar unos centavos.
Al cabo de un rato voy caminando por el acantilado de
Columbia. Paso por delante de una tranquila casa de piedra en la que recuerdo
haber entrado hace muchos años para entregar un traje a uno de los clientes de
mi padre. Recuerdo haber esperado en el gran salón del fondo con miradores que
daban al río. Era un día en que brillaba el sol, al final de la tarde, y la
habitación era como un Vermeer. Tuve que ayudar al viejo a vestirse. Estaba
herniado. Parado en el centro de la habitación con su ropa interior de algodón,
tenía un aspecto absolutamente obsceno.
Bajo el acantilado había una calle llena de almacenes. Las
terrazas de las casas ricas eran como jardines colgantes, que acababan
abruptamente unos cinco o diez metros por encima de aquella calle deprimente,
con sus ventanas muertas y sus tétricos pasajes que desembocan en los muelles.
Al final de la calle me paré ante una pared para cambiar el agua al canario.
Llega un borracho y se para a mi lado. Se mea encima y después se dobla de
repente y empieza a vomitar. Al marcharme, lo oigo caer sobre sus zapatos.
Bajo corriendo una larga escalera que conduce a los
muelles y me encuentro de frente con un hombre de uniforme que blande una gran
porra. Me pregunta qué busco, pero antes de que pueda contestar se pone a
empujarme y a agitar la porra.
Vuelvo a subir la larga escalera y me siento en un banco.
Frente a mí se encuentra un hotel anticuado en el que vive una maestra que era
muy buena conmigo. La última vez que la vi la había llevado a cenar a un
restaurante y, cuando me estaba despidiendo, tuve que pedirle cinco centavos.
Me los dio —sólo cinco centavos— con una mirada que nunca olvidaré. Había
puesto grandes esperanzas en mí, cuando era estudiante. Pero aquella mirada me
decía con la mayor claridad que había cambiado definitivamente de opinión con
respecto a mí. Igual podría haber dicho: «¡Nunca vas a ser capaz de afrontar el
mundo!»
Las estrellas brillaban intensamente. Me eché en el banco
y las miré fijamente. Todos mis fracasos estaban unidos ahora dentro de mí
formando un nudo, un auténtico embrión de frustración. Ahora todo lo que me
había ocurrido me parecía extraordinariamente remoto. No tenía otra cosa que
hacer que recrearme en mi indiferencia. Me puse a viajar de estrella a
estrella...
Una hora después más o menos, helado hasta los huesos, me
puse en pie y empecé a caminar enérgicamente. Se apoderó de mí un deseo
demencial de volver a pasar por la casa de la que me habían expulsado. Me moría
por saber si todavía estaban levantadas.
Las persianas no estaban bajadas del todo y la luz de una
vela junto a la cama daba a la habitación del frente un resplandor tranquilo.
Me acerqué furtivamente a la ventana y pegué el oído. Estaban cantando una
canción rusa que a la mayor le gustaba mucho. Al parecer, todo era dicha allí.
Salí de puntillas del patio y giré por Love Lane, en la
primera esquina. Lo más probable era que le hubiesen puesto ese nombre durante
la Revolución; ahora era simplemente un callejón salpicado de garajes y
talleres de coches. Cubos de basura volcados por todos lados como fichas de
ajedrez comidas.
Volví sobre mis pasos hacia el río, hacia esa calle
sombría y deprimente que corría como una uretra arrugada bajo las terrazas
colgantes de los ricos. Nadie caminaba nunca por esa calle a las tantas de la
noche: era demasiado peligroso.
No se veía ni un alma. Los pasadizos entre los almacenes
ofrecían vislumbres fascinantes de la vida del río: barcazas que yacían sin
vida, remolcadores que se deslizaban como fantasmas humeantes, los rascacielos
cuyo perfil destacaba sobre la orilla de Nueva York, enormes postes de hierro
con estachas enrolladas en torno a ellos, pilas de ladrillos y tablones, sacos
de café. El espectáculo más conmovedor era el del propio cielo. Limpio de nubes
y tachonado de racimos de estrellas, brillaba como la túnica de los sumos
sacerdotes de la antigüedad.
Por fin me decidí a meterme por un pasaje. A medio camino
aproximadamente sentí que una rata enorme me corría por entre los pies. Me
detuve estremecido y otra se me deslizó sobre los pies. Entonces fui presa del
pánico y volví corriendo a la calle. Al otro lado de ésta, pegado a la pared,
había un hombre parado. Me quedé inmóvil, sin saber qué camino seguir,
esperando que aquella figura silenciosa diera el primer paso. Pero permaneció
inmóvil, mirándome como un halcón. Volví a sentir pánico, pero esta vez me armé
de valor para alejarme andando, por miedo a que, si corría, corriera él
también. Caminé lo más silenciosamente posible, aguzando el oído para captar el
sonido de sus pasos. No me atrevía a volver la cabeza. Caminé despacio,
decidido, casi sin apoyar los talones.
Sólo había recorrido unos metros, cuando tuve la sensación
cierta de que me estaba siguiendo, no al otro lado de la calle, sino
directamente detrás de mí, quizá a sólo unos metros de distancia. Apreté el
paso, pero aún sin hacer ruido. Me parecía que avanzaba más rápido que yo, que
me estaba alcanzando. Casi podía sentir su aliento en mi cuello. De repente
eché una rápida mirada hacia atrás. Allí estaba, casi a mi lado. Sabía que
ahora no podía eludirlo. Tuve la sensación de que iba armado y de que usaría el
arma, cuchillo o pistola, en cuanto intentara arrojarme a por ella.
Instintivamente me volví como un rayo y me lancé a por sus
piernas. Me cayó sobre la espalda y se golpeó la cabeza contra el pavimento. Yo
sabía que no tenía fuerza para luchar con él. De nuevo tuve que actuar con
rapidez. Estaba dándose la vuelta, ligeramente aturdido, al parecer, cuando me
puse en pie de un salto. Buscaba algo con la mano en el bolsillo. Di una patada
y le acerté de lleno en el estómago.
Gimió y rodó sobre sí mismo. Salí como una flecha. Corrí
con todas mis fuerzas. Pero la calle era empinada, y, mucho antes de que
hubiese llegado al extremo, tuve que ponerme a caminar. No oía otra cosa que
los desenfrenados latidos de mi corazón, el martilleo de mis sienes. Me recosté
en la pared para tomar aliento. Me sentía tremendamente débil, a punto de
desmayarme. Me preguntaba si tendría fuerza para llegar hasta el final de la
cuesta.
Justo cuando estaba felicitándome de haber escapado por un
pelo, vi una sombra que avanzaba cautelosamente junto a la pared allí abajo,
donde lo había dejado. Esa vez el miedo me volvió las piernas de plomo. Estaba
absolutamente paralizado. Incapaz de mover un músculo, lo vi acercarse y
acercarse cautelosamente. El parecía adivinar lo que había ocurrido; no apretó
el paso en ningún momento.
Cuando llegó a unos metros de mí, blandió una pistola. Al
verla, alcé las manos instintivamente. Se me acercó y me registró. Después
volvió a meterse la pistola en el bolsillo de atrás. No pronunciaba palabra. Me
miró los bolsillos, no encontró nada, me dio un bofetón con el revés de la mano
y después se retiró hasta el bordillo.
«Baja las manos», dijo, en voz baja y tensa.
Las dejé caer como dos mazas. Estaba petrificado de
terror.
Volvió a sacar la pistola, la alzó y dijo, con la misma
voz baja y tensa: «¡Te voy a volar las entrañas, perro asqueroso!» Al oír
aquello, me desplomé. Al caer, oí rebotar la bala contra la pared. Era el fin.
Esperaba una descarga. Recuerdo que intenté encogerme como un feto, torciendo
el codo sobre los ojos para protegerlos. Entonces se produjo la descarga. Y
después lo oí correr.
Sabía que debía de estar agonizando, pero no sentía dolor.
De repente me di cuenta de que no tenía ni un rasguño. Me
incorporé y vi a un hombre con una pistola en la mano corriendo tras el
asaltante que huía. Disparó varios tiros mientras corría, pero debió de fallar.
Me puse en pie titubeando, me palpé todo el cuerpo de
nuevo para asegurarme de que no estaba herido y esperé a que volviera el
guardia.
«¿Podría ayudarme?», le rogué. «Estoy bastante maltrecho.»
Me miró con desconfianza, todavía con la pistola en la
mano.
«¿Qué demonios anda usted haciendo por aquí a estas horas
de la noche?»
«Estoy que no me tengo de debilidad», mascullé. «Se lo
diré después. Ayúdeme a llegar a casa, ¿quiere?»
Le dije dónde vivía, que era escritor, que había salido a
respirar un poco de aire fresco. «Me ha limpiado todo lo que llevaba», añadí.
«Qué suerte que haya aparecido usted...»
Con un poco más de cháchara de ésa, se ablandó lo bastante
como para decir: «Tenga, tome esto y coja un taxi. Supongo que no está usted
herido.» Me puso bruscamente un billete de dólar en la mano.
Encontré un taxi delante de un hotel y ordené al conductor
que me llevara a Love Lane. Por el camino me detuve a comprar una cajetilla de
tabaco.
Esa vez las luces estaban apagadas. Subí por el porche y
me deslicé a paso ligero por el pasillo. No se oía nada. Apliqué el oído a la
puerta de la habitación delantera y escuché atentamente. Después volví a
hurtadillas hasta el cuartito del extremo del pasillo donde solía dormir la
mayor. Tenía la sensación de que la habitación estaba vacía. Giré despacio el
pomo de la puerta. Cuando hube abierto la puerta lo suficiente, me puse a gatas
y entré cautelosamente sobre las manos y las rodillas, y avancé a tientas y con
cautela hasta la cama. Al llegar a ella, alcé la mano y palpé la cama. Estaba
vacía. Me desvestí de prisa y me acosté. Al pie de la cama había algunas
colillas: bajo las manos parecían escarabajos muertos.
Al cabo de un momento estaba profundamente dormido. Soñé
que estaba tumbado en el rincón junto a la chimenea, con una capa de piel,
patas peludas y largas orejas. Entre las patas tenía un hueso reluciente de
tanto lamerlo. Estaba guardándolo celosamente, aun en sueños. Entró un hombre y
me dio una patada en las costillas. Fingí no sentirla. Volvió a patearme, como
para hacerme gruñir... o quizá fuera para hacerme soltar el hueso.
«¡Levántate!», dijo, esgrimiendo un látigo que llevaba
escondido detrás de la espalda.
Estaba demasiado débil como para moverme. Lo miré con ojos
nublados y lastimosos, implorándole en silencio que me dejara en paz.
«¡Vamos, fuera de aquí!», murmuró, alzando el mango del
látigo, como para descargármelo encima.
Me incorporé a cuatro patas tambaleándome e intenté
largarme renqueando. Mi espinazo parecía roto. Cedí y me derrumbé como un
costal agujereado.
El hombre, fríamente, volvió a alzar el látigo y con el
mango me golpeó en la cabeza. Lancé un aullido de dolor. Irritado ante eso,
empuñó el látigo por el mango y se puso a flagelarme despiadadamente. Intenté
alzarme, pero fue inútil: tenía roto el espinazo. Me retorcía por el suelo como
un pulpo, recibiendo un latigazo tras otro. La furia de los azotes me había
cortado la respiración. Hasta que no se hubo ido, creyendo que me había dejado
en el sitio, no me puse a dar rienda suelta a mi agonía. Al principio, empecé a
gimotear; después, al recuperar las fuerzas, me puse a berrear y a aullar. La
sangre rezumaba de mí como de una esponja. Manaba en todas direcciones,
formando una gran mancha oscura, como en los dibujos animados. La voz se me
volvía cada vez más débil. De vez en cuando lanzaba un aullido.
Cuando abrí los ojos, las dos mujeres estaban inclinadas
sobre mí, sacudiéndome.
«¡Basta! ¡Por amor de Dios, basta!», decía la mayor.
La otra decía: «Dios mío, Val. ¿Qué ha ocurrido?
¡Despierta, despierta!»
Me senté y las miré con expresión aturdida. Estaba desnudo
y tenía el cuerpo cubierto de sangre y de magulladuras.
«¿Dónde has estado? ¿Qué ha ocurrido?» Ahora sus voces
sonaban al mismo tiempo.
«Supongo que estaba soñando.» Intenté sonreír, pero la
sonrisa se desvaneció en una mueca torcida. «Miradme la espalda», rogué.
«Siento como si la tuviera rota.»
Me volvieron a tumbar y me dieron la vuelta, como si
llevase la marca de «frágil».
«Estás lleno de magulladuras. Deben de haberte dado una
paliza.»
Cerré los ojos e intenté recordar lo que había ocurrido.
De lo único que me acordaba era del sueño, de aquel bruto inclinado sobre mí
con un látigo y azotándome. Me había dado patadas en las costillas, como si
fuera un chucho sarnoso.» («/Te voy a volar las entrañas, perro asqueroso!»)
Tenía la espalda rota, recordé con claridad. Me había desplomado y había
quedado tendido en el suelo como un pulpo. Y en esa posición indefensa me había
azotado sin parar con una furia inhumana.
«Déjale dormir», oí decir a la mayor.
«Voy a llamar a una ambulancia», dijo la otra.
Se pusieron a discutir.
«Marchaos, dejadme tranquilo», murmuré.
Volvió a hacerse el silencio. Me quedé dormido. Soñé que
estaba en una exposición de perros; yo era un pequinés y llevaba una cinta azul
en tomo al cuello. En la casilla contigua había otro pequinés; llevaba una
cinta rosa en torno al cuello. No se sabía cuál de nosotros dos ganaría el
premio.
Dos mujeres a las que me parecía reconocer estaban
discutiendo sobre nuestros respectivos méritos y deméritos. Finalmente, se
acercó el juez y me acarició lu nuca. La mujer más mayor se alejó irritada,
escupiendo de asco. Pero la mujer a la que yo pertenecía se inclinó y,
cogiéndome de las orejas, me alzó la cabeza y me besó en el hocico. «Sabía que
ganarías el premio para mí», susurró. «Eres un sol, un tesoro», y se puso a
acariciarme el pelo. «Espera un momento, querido, y te traeré una cosita. Un
momentito...»
Cuando regresó, traía un paquetito en la mano; estaba
envuelto en papel de seda y atado con una cinta preciosa. La sostuvo delante de
mí y yo me alcé sobre las patas traseras y ladré. «¡Guau, guau! ¡Guau, guau!»
«Calma, querido», dijo, abriendo el paquete despacio.
«Mamá te ha traído un regalito precioso.»
«¡Guau, guau! ¡Guau, guau!»
«¡Huy, qué tesoro!... eso es... calma ahora... calma.»
Yo estaba furiosamente impaciente por recibir mi regalo.
No podía entender por qué tardaba tanto. Debía de ser algo extraordinariamente
precioso, pensaba para mis adentros.
Ahora el paquete estaba ya casi abierto. Ella estaba
sosteniendo el regalito tras la espalda.
«¡Arriba, arriba! Eso es... ¡arriba!»
Me alcé sobre las patas traseras y me puse a hacer
cabriolas y piruetas.
«Ahora, ¡pídelo! ¡Pídelo!»
«¡Guau, guau! ¡Guau, guau!» No cabía en mí de gozo.
De repente lo suspendió ante mis ojos. Era un magnífico
hueso de nudillo, lleno de tuétano, rodeado por un anillo de oro, de
matrimonio. Yo estaba furiosamente ansioso por atraparlo, pero ella lo sostenía
por encima de su cabeza, sometiéndome despiadadamente al suplicio de Tántalo.
Por fin y para mi asombro, sacó la lengua y se puso a chupar el tuétano. Le dio
la vuelta y lo chupó por el otro extremo. Cuando hubo abierto un agujero de una
punta a la otra, me cogió y se puso a acariciarme. Lo hizo con tal destreza,
que al cabo de unos segundos la tenía tiesa como un nabo. Entonces cogió el
hueso (rodeado todavía por el anillo de matrimonio) y lo colocó sobre el nabo.
«Ahora, amorcito, te voy a llevar a casa y a acostarte.» Y, acto seguido, me
levantó y salió, mientras todo el mundo reía y aplaudía. Cuando llegamos a la
puerta, el hueso resbaló y cayó al suelo. Intenté salir de sus brazos, pero me
apretó más fuerte contra su pecho. Me puse a gimotear.
«¡Chsss, chsss!», dijo, y, sacando la lengua, me lamió la
cara. «¡Mi sol, mi querido tesoro!»
«¡Guau, guau! ¡Guau, guau, guau!», ladré. «¡Guau, guau,
guau!»


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